© Libro N° 14040. Añoranzas y
pesares 1. El Trono de Huesos de Dragón I. Williams, Tad.
Emancipación. Julio 12 de 2025
Título Original: © The Dragonbone Chair (Memory.
Sorrow and Thorn, Book 1)
Versión Original: © Añoranzas y pesares 1. El Trono de Huesos de Dragón I. Tad
Williams
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL TRONO DE HUESOS DE
DRAGÓN I
Tad Williams
Añoranzas y
pesares 1
El Trono de
Huesos de Dragón I
Tad Williams
Añoranzas y pesares
1
Tad Williams
El Trono de Huesos
de Dragón I
Título original:
The Dragonbone Chair (Memory. Sorrow and Thorn, Book 1)
AÑORANZAS y PESARES
8 volúmenes .
I. El trono de
huesos de dragón 1
2. El trono de
huesos de dragón 2
3. La Roca del
Adiós 1
4. La Roca del
Adiós 2
5. A través del
nido de ghants 1
6. A través del
nido de ghants 2
7. La Torre del
Ángel Verde 1
8. La Torre del
Ángel Verde 2
NOTA DEL AUTOR
«He llevado a cabo
una labor, una grata labor dirigida al mundo y des¬tinada a consolar nobles
corazones: a aquellos a los que aprecio y al mundo sobre el que descansa el mío
propio. No me refiero al mundo co¬mún, a ese mundo de los que, según he oído decir,
no pueden soportar el dolor y únicamente ansían estar inmersos en la felicidad.
¡Que Dios se lo permita! Mi historia no está dirigida ni a su mundo ni a su
forma de vivir; su vida y la mía son dos mundos aparte. Es a otro mundo al que
me dirijo, al mundo que lleva en su corazón una carga de dulce amar¬gura, que
se deleita con ello y con el dolor de la nostalgia, que ama la vida y se
entristece con la muerte, que ama la muerte y se entristece con la vida. Dejad
que tenga mi mundo en ese mundo, que me condene o me salve con él.»
Gottfried von
Strassburg
(autor de Tristán e
Isolda)
Este trabajo no
hubiera sido posible sin la ayuda de muchas otras personas. Mi agradecimiento
para Eva Cumming, Nancy Deming-Williams, Arthur Ross Evans, Peter Stampfel y
para Michael Whelan, quienes leyeron un manuscrito horriblemente ex¬tenso, me
ofrecieron apoyo, consejos útiles e inteligentes sugeren¬cias; también para
Andrew Harris, por el soporte logístico más allá de la amistad; y especialmente
para mis editores, Betsy Wollheim y Sheila Gilbert, que trabajaron larga y
duramente para ayudarme a escribir el mejor libro que soy capaz de escribir,
todos ellos son grandes personas.
Este libro está
dedicado a mi madre, Barbara Jean Evans, que me inculcó un profundo cariño por
Toad Hall, los Bosques de Aker y Shire, así coma por otros lugares y países
recónditos más allá de lo conocido. También inculcó en mí un inagotable deseo
de realizar mis propios des¬cubrimientos y de compartirlos con los demás.
Quisiera compartir este libro con ella.
ADVERTENCIA DEL
AUTOR
A los viajeros que
circulen por la tierra de Osten Ard se les acon¬seja no menospreciar las
antiguas reglas y formalidades, y observar todos los rituales cuidadosamente,
ya que a veces pueden confundir el ser con el parecer.
El pueblo qanuc de
las nevadas Montañas de los Gnomos tiene un proverbio: «El que está seguro de
conocer el fin de las cosas cuando tan sólo ha empezado a realizarlas es o un
sabio o un loco; no importa cuál de las dos cosas sea, lo cierto es que será un
hombre desgraciado, ya que ha puesto un cuchillo en el corazón del enigma».
Como premisa, los
nuevos visitantes de esta tierra deben prestar especial atención a lo
siguiente:
Eviten las
suposiciones.
Los qanuc tienen
otro dicho: «Bienvenido, extranjero. Los ca¬minos no están hoy nada seguros».
Prólogo
«... Dicen los que
lo han visto que el libro de Nisses, un sacerdote que enloqueció, es grande y
pesado como un niño. Fue descubierto junto a Nisses, que yacía muerto y con una
sonrisa en el rostro, al lado de la ventana de la torre desde la que su señor,
el rey Hjeldin, había saltado hacia su propia muerte momentos antes.
La mohosa tinta de
color marrón, que al parecer está hecha con grasa de cordero, eléboro y ruda
—así como de un espeso y rojizo lí¬quido—, está muy seca y, por ello, salta con
facilidad de las delgadas pá¬ginas. La piel sin curtir de un animal sin pelo, de
especie desconocida, conforma el soporte.
Los hombres santos
de Nabban, que lo leyeron tras la muerte de Nisses, lo consideraron herético y
peligroso, pero por alguna causa desco¬nocida no lo quemaron, como solía
hacerse con textos de esa especie. En lugar de ello, permaneció, durante
incontables años, en los inmensos ar¬chivos de la Madre Iglesia, en los más
profundos y secretos sótanos de Sancellan Aedonitis.
En la actualidad
parece haber desaparecido del cofre de ónix que lo albergaba; la siempre poco
social Orden de los Archivos se manifiesta vagamente sobre su actual paradero.
Algunos de los que
han leído el herético trabajo de Nisses proclaman que contiene todos los
secretos de Osten Ard, desde los oscuros orígenes de esta tierra hasta más allá
de las sombras de lo que todavía está por venir. Los sacerdotes-examinadores
aedonitas sólo declaran que su contenido es, «impío».
En verdad debe de
ser cierto que los escritos de Nisses predicen lo que está por acontecer
deforma tan clara —y, presumimos, de manera excén¬trica— como lo ya ocurrido.
De todas formas, se desconoce si los grandes acontecimientos de nuestra era —y,
de forma especial para nosotros, la aparición y el triunfo del Preste Juan—
aparecen incluidos en los escritos del sacerdote, aunque existen indicios de
que así es.
La mayor parte de
los escritos de Nisses son misterios, y su sentido permanece oculto en extrañas
rimas y oscuras referencias. Nunca llegué a leerlo por completo y la mayor
parte de los que lo hicieron hace ya mu¬cho que murieron.
El título del
libro., redactado en la extraña y oscura escritura rúnica del lugar de origen
de Nisses, allá en el norte, es Du Svardenvyrd, que significa Enigma de las
Espadas...»
Extracto de La vida
y el reinado del rey Juan el Presbítero, por Morgenes Ercestres.
Primera Parte
Simón cabezahueca
1
El Saltamontes y el
Rey
Aquel día podía
apreciarse una agitación fuera de lo común en el dormido corazón de Hayholt, en
la desconcertante maraña de tranquilos pasillos y en los patios llenos de
hie¬dra, en las celdas de los monjes y en las húmedas y sombrías cáma¬ras.
Cortesanos y sirvientes murmuraban con los ojos fuera de las órbitas. Los
pinches de las cocinas intercambiaban significativas miradas a través de los
fogones humeantes. Conversaciones en su¬surros parecían tener lugar en cada
pasillo y puerta de la gran for¬taleza.
Debía de ser el
primer día de primavera, a juzgar por el am¬biente de expectación que parecía
existir, pero el gran calendario si¬tuado en las abarrotadas estancias del
doctor Morgenes parecía in¬dicar algo muy diferente: era el mes de novendre. El
otoño estaba en pleno apogeo y el invierno se acercaba lentamente.
Lo que hacía que
aquel día fuese diferente de los demás era algo que no tenía nada que ver con
la estación del año, sino con lo que ocurría en la sala del trono de Hayholt.
Durante tres largos años sus puertas habían permanecido cerradas por orden del
rey y sus venta¬nas multicolores habían sido igualmente cubiertas con grandes
te¬las. Ni siquiera se les había permitido traspasar el umbral a los cria¬dos
que se ocupaban de la limpieza, lo que provocó una angustia sin fin a la dama
encargada de las sirvientas. Tres veranos y tres invier¬nos había permanecido
cerrada aquella sala, pero hoy había dejado de estar vacía y eso hacía que el
castillo hirviese de rumores.
Lo cierto es que
había una persona en Hayholt cuya atención no se hallaba volcada en la sala que
durante tanto tiempo había per¬manecido cerrada; era una solitaria abeja, en un
panal lleno de mur¬mullos, cuya canción solitaria no entroncaba con el zumbido
gene¬ral. Aquel ser se hallaba en el corazón del Jardín de los Setos, en un
hueco entre la apagada piedra roja de la capilla y la parte trasera de un seto
cardado, y esperaba que nadie lo echase de menos. Había tenido un día
horroroso; todas las mujeres andaban de aquí para allá muy ocupadas, con poco
tiempo para responder a preguntas; el de¬sayuno había sido preparado tarde, y
frío por añadidura. Como siempre, le habían dado órdenes confusas, y parecía
que nadie tenía tiempo para ninguno de sus problemas...
De mala gana pensó
que aquello también era de prever. Si no fuera por el descubrimiento de aquel
grande y magnífico escarabajo —que había llegado deambulando a través del
jardín, tan satisfecho de sí mismo como un próspero aldeano—, toda la tarde
habría resul¬tado una gran pérdida de tiempo.
Con una ramita
ensanchó el delgado caminito que había escar¬bado en la oscura y fría tierra
junto a la muralla, pero aun así el cau¬tivo no pudo seguir hacia adelante.
Movió ligeramente el brillante caparazón, pero el terco escarabajo se negó a
moverse. El muchacho enarcó las cejas y se mordió el labio superior.
—¡Simón! En el
nombre de la Creación, ¿dónde has estado me¬tido?
La ramita cayó de
sus nerviosos dedos, como si una flecha le hu¬biese atravesado el corazón. Poco
a poco se volvió para mirar la sombra surgida por encima de él.
—En ningún sitio...
—empezó a decir Simón, y según sentía salir las palabras a través de sus labios
un par de huesudos dedos lo co¬gían de la oreja y lo levantaban hasta ponerlo
en pie, mientras au¬llaba de dolor.
—No me digas que en
ninguna parte, gandul —rugió en su oreja Raquel el Dragón, dama encargada de
las sirvientas, una yuxtaposi¬ción únicamente posible gracias a que Raquel
estaba de puntillas y a la natural inclinación de Simón a estar cabizbajo, ya
que a la cabeza de la sirvienta le faltaba más de un palmo para alcanzar la
estatura del muchacho.
—Perdonad, señora,
lo siento —murmuró Simón, a la vez que percibía, lleno de tristeza, que el
escarabajo se dirigía hacia una ren¬dija en la pared de la capilla, hacia la
libertad.
—El sentirlo no
siempre te va a servir—rezongó Raquel—. ¡Todos los chicos de la casa están
trabajando y poniéndolo todo a punto menos tú! Eso ya está bastante mal, pero,
claro, yo tengo que per¬der mi valioso tiempo en tratar de encontrarte. ¿Cómo
puedes ser tan malo, Simón, cuando deberías actuar como un hombre? ¿Eh, cómo?
El chico, de
catorce larguiruchos años y totalmente aturdido, no dijo nada. Raquel lo miró.
«Ya tiene un
aspecto bastante triste —pensó la mujer— con ese pelo rojo y las pecas, pero
cuando entorna los ojos y frunce el entre¬cejo, parece medio bobo.»
A su vez, Simón
miró a su apresadora, y vio que respiraba pesa¬damente, exhalando el aire de
novendre con bufidos de vapor. Ella también temblaba, aunque el muchacho no
podía afirmar si era de frío o de rabia. En realidad, no tenía mucha
importancia, pero lo hacía sentirse peor.
«Todavía espera una
respuesta. ¡Qué aspecto más enfadado y cansado tiene!» Simón se encogió todavía
más y se miró los pies.
—Bueno, pues vas a
venir conmigo. El buen Dios sabe que tengo un montón de cosas que un chico
ocioso como tú puede hacer. ¿Es que no sabes que el rey se ha levantado de su
lecho de enfermo?
Raquel lo agarró
del codo y lo llevó arrastrando por el jardín.
—¿El rey? ¿El rey
Juan? —preguntó Simón, lleno de sorpresa.
—¡No, ignorante, el
rey Perico-de-los-Palotes! ¡Claro que se trata del rey Juan!
Raquel detuvo sus
pasos para apartarse una guedeja de lacio ca¬bello gris y sujetarla bajo su
bonete. Le tembló la mano.
—Espero que estés
contento —dijo—. Me has hecho enfadar tan¬to que he sido irrespetuosa con el
nombre de nuestro buen rey Juan, que tan enfermo está. —Respiró ruidosamente y
se inclinó para dar una dolorosa manotada en la parte carnosa del brazo de
Simón—. Sígueme.
Ea dama echó a
andar, con un compungido muchacho pisán¬dole los talones.
Simón nunca había
conocido otro hogar aparte del antiquísimo castillo llamado Hayholt, que quiere
decir Gran Torreón. El nom¬bre era adecuado: la Torre del Ángel Verde, su punto
más alto, se elevaba por encima de los más altos y viejos árboles. Si el mismo
án¬gel, encaramado en el extremo de la torre, hubiera dejado caer una piedra de
su verdusca mano, habría recorrido cerca de doscientos codos1 antes de caer
ruidosamente en el foso salobre y turbar el sueño de los grandes lucios que se
agitaban por encima del lodo centenario.
Hayholt era más
antiguo que todas las generaciones de campesi¬nos erkynos que hubieran podido
nacer, trabajar y morir en los campos y pueblos que rodeaban el gran torreón.
Los erkynos eran sólo los últimos poseedores del castillo; otros muchos también
lo habían llamado suyo, pero nadie había podido conseguirlo del todo. La
muralla exterior que rodeaba la desgarbada torre mostraba el trabajo de
diversas manos y épocas. La áspera roca y la madera labradas por los rimmerios,
los extraños grabados de los hernystiros, junto con las meticulosas tallas de
los nabbanos. Pero, por encima de todo ello, permanecía la Torre del Ángel
Verde, erigida por los imperecederos sitha mucho antes de que los hombres
llegasen a estas tierras, cuando todo Osten Ard formaba parte de sus dominios.
Los sitha fueron los primeros en construir aquí; edificaron el baluarte
primigenio en los promontorios situados junto al lago Kynslag y al río que
corría hacia el mar. Asu’a llamaron los sitha a su castillo. Si esta casa con
tantos se¬ñores tuviera un nombre real, ése sería Asu’a.
Aquella «raza
mágica», los sitha. desaparecieron de las verdes pra¬deras y se dirigieron
hacia los bosques, las escarpadas montañas y a otros lugares desconocidos no
recomendables para el hombre. Los restos de su castillo —un hogar para los
usurpadores— quedaron atrás.
Asu’a representaba
una paradoja; orgulloso y desvencijado, festivo y prohibido, se alzaba
imponente por encima de los campos y del pue¬blo, inclinado sobre su feudo como
un oso durmiendo entre sus crías.
A menudo Simón
tenía la sensación de ser el único habitante del inmenso castillo que no había
encontrado su lugar en la vida. Los albañiles enyesaron la parte frontal de la
residencia y repararon los desperfectos de los muros del castillo —aunque a
menudo aque¬llos desperfectos parecían volver a abrirse paso a través de la
restau¬ración— sin dedicar un solo pensamiento al porqué o al cómo giraba el
mundo. Los carniceros, entre alegres silbidos, llevaban rodando grandes
barriles de buey en salazón, de aquí para allá. Junto con el senescal del
castillo, regateaban con granjeros, todavía con tierra húmeda pegada a la piel,
sobre las cebollas y zanahorias que cada mañana llegaban a las cocinas de
Hayholt. Raquel y las sirvientas que estaban a su cargo siempre se hallaban
terriblemente ocupadas, arriba y abajo con sus escobas de paja, juntando
montoncitos de polvo como si estuviesen reuniendo un rebaño de asustadizas
ove¬jas, entre murmullos de piadosas imprecaciones sobre la forma en que
algunas gentes dejan las habitaciones cuando se marchan, y, en general, siendo
el terror de los perezosos y dejados.
En medio de tanta
actividad, el desgarbado Simón era como un desfallecido saltamontes en un
hormiguero. Sabía que nunca llegaría a ser gran cosa; así lo había pronosticado
demasiada gente, casi todos ellos mayores que él, y presumiblemente más listos.
A una edad en la que otros chicos clamaban por las responsabilidades de los
hombres adultos, Simón todavía era una persona atolondrada. No importaba el
trabajo que le encomendasen, su atención pronto empezaba a vagar y caía en
sueños sobre batallas, gigantes, viajes por mar a bordo de grandes y brillantes
navíos..., y, de alguna manera, las cosas se le rompían, perdían o salían al
revés.
En otras ocasiones
no se lo encontraba por ninguna parte. Per¬manecía oculto en el castillo como
una escuálida sombra, podía es¬calar los muros como los encargados de reparar
los tejados o como los vidrieros, y conocía tantos pasadizos y lugares ocultos que
la gente del castillo lo llamaba «el chico fantasma». Raquel le tiraba con
bastante frecuencia de las orejas y lo llamaba cabezahueca.
Por fin Raquel le
había soltado el brazo, y Simón arrastró los pies con aspecto sombrío mientras
seguía, como un cordero, a la dama encargada de las sirvientas. Había sido
descubierto, el escara¬bajo había escapado y toda la tarde se había desplomado
sobre él.
—¿Qué es lo que
tengo que hacer, Raquel? —murmuró desga¬nado—. ¿Ayudar en la cocina?
La dama gruñó con
desdén y siguió andando. Simón miró hacia atrás con pesar al tener que
abandonar el refugio de los árboles y ar¬bustos del jardín. Las pisadas de
ambos resonaron llenas de solemnidad a lo largo del pasillo enlosado.
Simón había sido
criado por las sirvientas, pero estaba claro que él nunca podría entrar en el
servicio; dejando su niñez aparte, Si¬món era alguien a quien obviamente no se
le podían confiar delica¬das operaciones domésticas. Se había realizado un gran
esfuerzo para encontrarle tareas adecuadas. En una gran casa, y Hayholt sin
duda era la mayor de ellas, no había lugar para los que no estaban ocupados.
Encontró una especie de trabajo en las cocinas del casti¬llo, pero incluso en
esa labor, que no pedía demasiado de él, le fue imposible acomodarse. Los demás
friegaplatos reían y se daban co¬dazos unos a otros al observar cómo Simón —con
los brazos metidos hasta el codo en agua caliente y los ojos entrecerrados,
mientras se perdía en el mundo de los sueños— aprendía el secreto del vuelo de
los pájaros o salvaba a doncellas de bestias imaginarias, mientras su estropajo
flotaba lejos, en la superficie de la pila.
La leyenda dice que
sir Fluiren —un familiar del famoso sir Camaris de Nabban— llegó en su juventud
a Hayholt para convertirse en caballero, y que durante un año trabajó
disfrazado en el mismo fregadero, debido a su gran humildad. Los trabajadores
de la cocina se burlaban de él y lo apodaron «manos finas», ya que el terrible
tra¬bajo no conseguía disminuir la blancura de sus dedos.
Simón sólo tenía
que mirar sus agrietadas y enrojecidas manos para darse cuenta de que él no era
el hijo huérfano de ningún gran señor. Siendo no mucho mayor que él, el rey
Juan había matado al Dragón Rojo. Simón peleaba con escobas y cacerolas, lo que
para él no resultaba muy diferente. Se trataba de un mundo más tranquilo,
diferente del de los tiempos de la juventud de Juan, gracias, en gran parte, a
los actos del ahora anciano rey. Ya no había dragones —al menos vivos— que
habitasen las oscuras y grandes estancias de Hay¬holt. Aunque Raquel —según se
decía Simón—, con su hosca faz y sus dedos retorcidos, se parecía bastante a
ellos.
Llegaron a la
antecámara de la sala del trono, centro de una de¬sacostumbrada actividad. Las
sirvientas se movían casi a la carrera, de una pared a otra, como moscas
encerradas en una botella. Ra¬quel se detuvo y, con los brazos apoyados en las
caderas, dio un vistazo a sus dominios; por la sonrisa que afloró a sus labios,
lo que vio parecía agradarle.
Durante un momento
se olvidó de Simón, que permanecía me¬dio apoyado en una pared llena de
tapices. Con la cabeza baja diri¬gió una mirada de reojo a la chica nueva,
Hepzibah, que estaba rellenita y tenía el cabello ensortijado; observó cómo
caminaba con un balanceo de caderas insolente. Al pasar junto a él con un cubo
de agua, vio cómo la miraba y la muchacha sonrió abiertamente, diver¬tida.
Simón sintió que el fuego le subía por el cuello hasta inundarle las mejillas y
se volvió para cogerse al deshilachado tapiz que col¬gaba de la pared.
A Raquel no le
había pasado inadvertido el intercambio de mi¬radas.
—Que el Señor te
azote como a un burro, chico, ¿no te he dicho que te pusieras a trabajar? ¡Pues
ponte!
—¿En qué?
—respondió Simón, y se sintió mortificado al oír la risita burlona de Hepzibah
desde el pasillo. El muchacho se pellizcó el brazo, lleno de frustración, y le
dolió.
—Coge esa escoba y
vete a barrer las habitaciones del doctor. Ese hombre vive como en un nido de
raras, y quién sabe dónde querrá ir el rey, ahora que se ha levantado.
Por el tono de voz
de Raquel podía percibirse que el hecho de ser rey no aminoraba la generalizada
aversión que sentía hacia los hombres.
—¿A las
habitaciones del doctor Morgenes? —preguntó Simón; por primera vez desde que
había sido descubierto en el jardín, se sintió revivir—. ¡Ahora mismo voy!
Asió una escoba a
la carrera y desapareció.
Raquel bufó y se
dio la vuelta para examinar la más mínima mota de polvo que pudiera quedar en
la antecámara. Durante un instante se preguntó lo que sería poder atravesar la
gran puerta de la sala del trono, aunque apartó el pensamiento de sí de un
manotazo. Reunió a sus legiones con unas palmadas y con su recia mirada las
condujo fuera de la antecámara para librar otra batalla contra su gran enemigo:
el desorden.
En la sala que se
extendía más allá de la puerta colgaban polvo¬rientos estandartes, una fila
sobre otra, a lo largo de los muros, llenos de animales fantásticos: el dorado
purasangre del clan Mehrdon, la brillante cimera en forma de martín pescador de
Nabban, lechuzas y bueyes, nutrias, unicornios y serpientes fabulosas; todas
las hileras estaban llenas de silenciosas y durmientes criaturas. Ningún
destaca¬mento agitó aquellos raídos colgantes; incluso las telarañas aparecían
vacías y deshechas.
Algunos pequeños
cambios se habían producido en la sala del trono, algo volvía a revivir en la
lóbrega cámara. Alguien cantaba una tranquila canción con la delicada voz de un
joven o de un an¬ciano.
En el extremo más
alejado de la sala colgaba un inmenso tapiz entre las estatuas de los Supremos
Reyes de Hayholt, un tapiz con el escudo de armas, el Dragón y el Árbol. Las
ceñudas estatuas de ma¬laquita, una guardia de honor en número de seis,
flanqueaban un enorme y pesado trono que daba la impresión de estar
completa¬mente hecho de amarillento marfil. Los brazos del trono eran nu¬dosos
y el respaldo aparecía cubierto por una enorme y dentada cala¬vera cuyos ojos
eran pozos de sombras.
Ante el trono
aparecían sentadas dos figuras. La más menuda de ellas iba vestida con ropas
multicolores y cantaba: era su voz la que se elevaba desde los pies del trono,
demasiado débil para producir ni siquiera un ligero eco. Sobre ella se cernía
una gran forma, sentada en el borde como una vieja y cansada ave de presa
encadenada al hueso del trono.
El rey, tras tres
años de enfermedad y debilitamiento, había re¬gresado a su polvorienta sala y
escuchaba mientras el hombrecito cantaba a sus pies; las largas y moteadas
manos del monarca se afe¬rraban a su grande y amarillento trono.
Se trataba de un
hombre alto; tiempo atrás lo habría parecido mucho más, pero ahora aparecía
encorvado, como un monje en po¬sición de orar. Vestía una túnica del color del
cielo y llevaba bar¬ba como un profeta jesureo. Una espada reposaba cruzada en
su regazo, brillando como si acabase de ser limpiada; en la frente del rey
descansaba una corona de hierro, tachonada de esmeraldas y ópalos.
El enano que había
a los pies del soberano reposó durante un largo y silencioso instante, para
luego volver a empezar otra canción:
¿Pueden contarse
las gotas de lluvia
cuando el sol luce
en lo alto?
¿Se puede nadar en
el río
cuando su lecho
está seco?
¿Se puede coger una
nube?
No, no se puede,
tampoco yo…
y el viento grita:
«Espera»
cuando pasa una.
El viento grita:
«Espera»
cuando pasa una…
Una vez que la
canción hubo acabado, el hombre alto con la tú¬nica azul bajó su mano y el
bufón la tomó entre las suyas. Ninguno de los dos dijo ni una palabra.
Juan el Presbítero,
Señor de Erkynlandia y Supremo Rey de todo Osten Ard; azote de los sitha y
defensor de la verdadera fe, po¬seedor de la espada Clavo Brillante, flagelo
del dragón Shurakai... Preste Juan, sentado una vez más en el trono hecho con
huesos de dragón. Era muy, muy anciano, y estaba llorando.
—Ay, Towser
—balbuceó al fin, con voz profunda pero cascada por la edad—, debe de tratarse
de un Dios inmisericorde para que me haga pasar este mal trago.
—Tal vez, mi señor—
respondió el hombrecito con una sonrisa amarga—. Tal vez..., pero sin duda
otros muchos no se quejarían de crueldad si los condujera a vuestra posición en
la vida.
—¡Eso es
precisamente lo que quiero decir, viejo amigo! —El rey agitó la cabeza—. En
esta edad enfermiza, todos los hombres son ecuánimes. Cualquier aprendiz de
sastre ha sacado seguramente más provecho de la vida que yo.
—Ay, mi señor...
—La canosa cabeza de Towser se movió de lado a lado, pero los cascabeles de su
sombrero, desde hacía tiempo sin ba¬dajo, no tintinearon—. Mi señor, os quejáis
oportunamente pero sin razón, todos los hombres llegan a este momento, grandes
o peque¬ños. Habéis tenido una hermosa vida.
El Preste Juan
levantó la empuñadura de Clavo Brillante ante él, blandiéndola como si se
tratase del Sagrado Árbol. Estiró la mano y pasó el dorso ante sus ojos.
—¿Conoces la
historia de esta espada? —preguntó.
Towser la miró
abiertamente. Había oído aquel relato en nume¬rosas ocasiones.
—Explicádmela, ¡oh,
rey! —dijo, tranquilo. El Preste Juan sonrió, pero sus ojos no dejaron de mirar
la em¬puñadura forrada de cuero.
—Una espada, mi
pequeño amigo, es la extensión de la mano de¬recha de un hombre... y el extremo
de su corazón. —Elevó todavía más la espada, para que atrapase un delgado rayo
de luz que atrave¬saba una de las diminutas y altas ventanas—. Al igual que el Hombre
es la mano derecha de Dios, el Hombre es el ejecutor de los deseos del Corazón
de Dios. ¿Lo entiendes?
De repente se
agachó y miró con ojos brillantes bajo las pobla¬das cejas.
—¿Sabes lo que es
esto?
Su tembloroso dedo
señalaba un trozo de gastado metal incrus¬tado en la empuñadura de la espada.
—Decidme, señor
—contestó Towser, a pesar de saber perfecta¬mente de qué se trataba.
—Este es el único
clavo del verdadero Árbol que todavía queda en Osten Ard. —El Preste Juan llevó
la empuñadura a sus labios y la besó, para después apretar el frío metal contra
su mejilla—. Este clavo proviene de la mano de Jesuris Aedón, nuestro Salvador...,
de Su mano...
Los ojos del rey se
convirtieron en espejos al recibir el reflejo de una extraña luz proveniente
del techo.
—Y también está la
reliquia, claro —dijo un instante después—, el hueso del dedo del martirizado
san Eahlstan, el azote de los drago¬nes, que está aquí, en la empuñadura...
Hubo otro intervalo
de silencio, y cuando Towser alzó la mirada vio que su señor lloraba de nuevo.
—¡Al diablo con
ello! —se quejó Juan—. ¿Cómo puedo ser merece¬dor del honor de poseer la Espada
de Dios? Tanto pecado hay en mi alma que todavía siento su peso, y el brazo que
una vez castigó al dragón apenas puede ahora levantar una taza de leche. ¡Me muero,
querido Towser, me muero!
El bufón se inclinó
hacia adelante y desasió de la empuñadura de la espada una de las huesudas
manos del rey para besarla mien¬tras éste sollozaba.
—Por favor, mi
señor—suplicó—. ¡No lloréis más! Todos los hom¬bres deben morir; vos, yo, todo
el mundo. Si no nos matamos a causa de la estupidez de nuestra juventud o por
la mala ventura, es nuestro destino vivir como los árboles: envejecer hasta que
nos tam¬baleemos y caernos. Ése es el camino que siguen todas las cosas. ¿Cómo
se puede luchar contra la voluntad del Señor?
—¡Pero es que yo
construí este reino! —El Preste Juan tembló de rabia y liberó su mano de la
presión del bufón para depositarla en el brazo del trono—. ¡Eso debería contar
y contrarrestar cualquier pe¬cado que hubiese en mi alma, por muy manchada que
ésta estu¬viese! ¡Seguro que el Buen Dios lo tiene en cuenta! Saqué a esa gente
del fango, fui el azote de los malditos, expulsé a los sitha del país, di a los
campesinos ley y justicia... El bien que he hecho debe ser te¬nido en cuenta.
Durante un instante
la voz de Juan se hizo apenas perceptible, como si sus pensamientos vagasen por
otros mundos.
—¡Ay, mi querido
amigo! —dijo, por fin, con un tinte de amar¬gura en la voz— y ahora ni siquiera
puedo ir al mercado de la calle Mayor. Debo permanecer en el lecho, o caminar
penosamente por el castillo apoyado en los brazos de hombres más jóvenes. Mi...,
mi reino se está corrompiendo mientras los sirvientes murmuran y ca¬minan de
puntillas al otro lado de mi cámara. ¡Todo es pecado!
La voz del rey
rebotó en las paredes de piedra de la sala provo¬cando un eco que se disipó
entre las motas de polvo que revolotea¬ban por todas partes. Towser volvió a
tomar la mano de Juan y la apretó hasta que el monarca volvió a recuperar la
compostura.
—Bueno —dijo el
Preste Juan al cabo de unos instantes—, mi Elías reinará con mayor firmeza de
lo que yo soy ahora capaz. Al ver la decadencia de todo esto —y extendió el
brazo como para abarcar la sala del trono—, hoy he decidido hacer que regrese
de Meremund. Debe prepararse para ser coronado. —El rey suspiró—. Supongo que
debo abandonar estos lamentos propios de mujer y estar agradecido por tener lo
que otros muchos reyes no tuvieron: un hijo fuerte que pueda mantener el reino
unido después de mi marcha.
—Dos hijos fuertes,
mi señor.
—Bah —sonrió el
rey—. Podría llamar muchas cosas a Josua, pero no creo que «fuerte» fuera una
de ellas.
—Sois demasiado
duro con él, mi señor.
—Tonterías. ¿Crees
que puedes hacer que cambie de opinión, bufón? ¿Conoces al hijo mejor de lo que
puede hacerlo el padre?
La mano de Juan
tembló, y éste pareció ponerse enteramente rí¬gido. La tensión se aflojó al
cabo de un instante.
—Josua es un cínico
—volvió a empezar el rey con voz más tran¬quila—. Un cínico, un melancólico,
frío con sus súbditos, y el hijo de un rey no tiene nada excepto súbditos, cada
uno de los cuales es un potencial asesino. No, Towser, mi hijo menor es muy extraño,
sobre todo desde..., desde que perdió la mano. Ay, misericordioso Aedón, tal
vez sea culpa mía.
—¿Qué queréis
decir, mi señor?
—Tendría que haber
tomado otra esposa tras la muerte de Ebekah. Mi hogar, sin una reina, ha sido
un lugar frío... Tal vez sea éste el origen del extraño carácter del chico. Sin
embargo, creo que Elías no es de esa manera.
—Hay una especie de
franqueza brutal en la naturaleza del prín¬cipe Elías —murmuró Towser, pero si
el rey lo oyó no hubo reacción por su parte que así lo indicase.
—Doy gracias a Dios
por hacer que Elías naciese primero. Posee un carácter valiente y marcial. Creo
que si fuese el menor, Josua no estaría seguro sobre el trono.
El rey Juan agitó
la cabeza para asentir a sus propias palabras y, a tientas, agarró la oreja del
bufón, pellizcándola como si el viejo sal¬timbanqui fuese un niño de cinco o
seis años.
—Prométeme una
cosa, Towser...
—¿Qué, señor?
—Cuando muera (sin
duda pronto, no creo que resista el in¬vierno) traerás a Elías a esta sala...
¿Crees que la coronación tendrá lugar aquí? No importa; si es así, esperarás
hasta el final. Tráelo aquí y entrégale Clavo Brillante. Sí, tómala ahora y
sosténla. Temo morir mientras Elías esté lejos, en Meremund o en cualquier otro
lugar, y quiero que la hoja llegue a sus manos con mis bendiciones. ¿Lo has
entendido, Towser?
Con manos
temblorosas Juan volvió a enfundar la espada y durante unos instantes luchó por
deshacer el nudo de tahalí del que colgaba. Towser se arrodilló para tratar de
ayudar al rey con sus hierres dedos.
—¿Cuáles son
vuestras bendiciones, mi señor? —preguntó Tow¬ser, con la lengua entre los
dientes, mientras trataba de desenredar el nudo.
—Dile lo que yo te
he explicado. Dile que esta espada es la punta de su corazón y de su mano, al
igual que nosotros somos los instru¬mentos del Corazón y la Mano del Dios... Y
dile que nada vale tanto, vale tanto..., vale tanto... —Juan dudó, y condujo sus
manos temblorosas hacia los ojos—. No, déjalo. Explícale únicamente lo que te
he dicho sobre la espada. Dile sólo eso.
—Lo haré, mi señor
—respondió Towser, y enarcó las cejas al deshacer el nudo—. Cumpliré vuestros
deseos de buen grado.
—Muy bien. —El
Preste Juan volvió a apoyarse en su trono de huesos de dragón y cerró sus ojos
grises—. Vuelve a cantar para mí, Towser.
Así lo hizo el
bufón. Por encima de ellos, los polvorientos gallar¬detes parecieron moverse
ligeramente, como si un susurro se desli¬zase entre la multitud de
observadores, entre las viejas garzas, osos de ojos apagados, y otros todavía
más raros.
2
Una historia de dos
ranas
Una mente ociosa es
un semillero del mal.
Mientras observaba
las armaduras para caballos que se hallaban esparcidas a lo largo del pasillo,
Simón parecía ser un triste reflejo de la frase, una de las expresiones
favoritas de Ra¬quel. Un momento antes había descendido por el largo y adornado
pasillo que corría a lo largo de la capilla, de camino hacia las habita¬ciones
del doctor Morgenes, que tenía que barrer. Había estado moviendo la escoba,
pretendiendo que era el estandarte del Árbol y el Dragón de la guardia erkyna
del Preste Juan y que los conducía a la batalla. Tal vez le hubiera valido más
la pena poner atención so¬bre dónde estaba agitando su escoba, pero, ¿quién
había sido el idiota que había colgado una armadura de caballo en el pasillo
del capellán? No es necesario decir que el estruendo que provocó la ar¬madura
al ser golpeada por la escoba de Simón y caer al suelo había sido horroroso, y
el muchacho esperaba, con el rostro expectante, que un vengativo padre Dreosan
apareciese de un momento a otro.
Se dio mucha prisa
en recoger los deslustrados trozos de la ar¬madura, algunos de los cuales se
habían soltado de las tiras de cuero que sujetaban la pieza entera. Simón
consideró otra de las máximas de Raquel: «El mal siempre encuentra quehaceres
para unas manos desocupadas». Aquello era una tontería, claro, pero lo puso
furioso. No eran sus manos vacías ni lo ocioso de su pensamiento lo que le
causaba problemas. No, eran el hacer y el pensarlos que lo sacaban de quicio.
¡Si pudieran dejarlo en paz!
El padre Dreosan
todavía no había hecho acto de presencia cuando Simón ya había conseguido
amontonar todas las piezas en un precario equilibrio; luego, de forma
precipitada, las escondió bajo los faldones de un tapete de mesa. Al hacerlo,
casi derribó el re¬licario dorado que reposaba en el centro de la mesa; pero,
por fin —y sin más contratiempos— consiguió hacer desaparecer de la vista los
restos de la armadura, y nada, excepto un ligero cerco en la pared, indicaba
que allí había reposado aquel objeto. Simón recogió su escoba y la restregó por
la ennegrecida pared, tratando de borrar los bordes más oscuros de la marca que
indicaba la presencia de la arma-dura colgada. Después echó a correr por el
pasillo y a través de las escaleras del coro.
Volvió a aparecer
en el Jardín de los Setos, de donde había sido brutalmente arrancado por el
Dragón. Simón se detuvo para inha¬lar el fuerte aroma de las plantas y tratar
de apartar de sus narices el hedor de sopa sebosa. Su mirada se vio sorprendida
por una extraña forma que se perfilaba en las ramas superiores del Roble del
Festival, un viejo árbol al otro extremo del jardín, tan retorcido y lleno de
ra¬mas que daba la impresión de que durante siglos había crecido bajo una cesta
gigante. Bizqueó y levantó una mano para protegerse los ojos de los rayos del
sol. ¡Se trataba de un nido de pájaros!
Aquello era algo
que de verdad le gustaba. Tiró la escoba y dio algunos pasos en dirección al
árbol antes de recordar su misión en las habitaciones de Morgenes. Si hubiera
estado en situación de dis¬traerse habría trepado al árbol en un instante, pero
el tener que ver al doctor era un placer, aunque ello implicase trabajo. Se
prometió a sí mismo que el nido no permanecería allí mucho tiempo sin que le
echase un vistazo; pasó a través de los setos y penetró en el patio del
castillo que se extendía ante la puerta del bastión interior.
Dos figuras
acababan de traspasar la puerta y se dirigían hacia Simón. Una de ellas era
achaparrada; la otra, todavía más. Se tra¬taba de Jakob, el candelero, y de su
ayudante Jeremías. Este último llevaba un enorme y al parecer pesado bulto
sobre el hombro, y ca¬minaba —si es que ello era posible— con más pereza de lo
habitual. Simón los saludó al cruzarse con ellos. Jakob sonrió y alzó la mano.
—Raquel quiere
velas nuevas para el comedor — dijo el cande¬lero—, así que le llevamos velas.
Jeremías puso cara
hosca.
Un corto trote por
la verde pendiente llevó a Simón ante la in¬mensa puerta. Un pequeño retazo de
sol todavía brillaba a aquellas horas de la tarde sobre las almenas que se
extendían por encima de su cabeza, y las sombras de los gallardetes del muro
occidental se re¬volvían como oscuros peces sobre la hierba. El guardia —poco
mayor que Simón—, que vestía librea roja y blanca, sonrió y asintió mien¬tras
el señor de los espías traspasaba la puerta, con su mortífera es¬coba en la
mano, y la cabeza baja por si a la tiránica Raquel se le ocurría asomarse a
echar un vistazo desde una de las altas ventanas del torreón. Cuando se creyó
al abrigo de la gran entrada, aminoró el paso. La atenuada sombra de la Torre
del Ángel Verde atravesaba el foso; la distorsionada figura del Ángel,
triunfante en su aguja, descansaba en una zona de tintes rojizos, en uno de los
extremos del foso.
Tan pronto como se
encontró allí, Simón decidió coger algunas ranas. No le llevaría demasiado
tiempo, y el doctor las usaba a me¬nudo para sus cosas. No estaría
escabulléndose de su trabajo sino ampliando la gama de sus servicios, aunque
tendría que apresurarse, ya que se acercaba la noche. Ya podían escucharse los
laboriosos en-sayos de los grillos para lo que debía de ser una de sus últimas
actua¬ciones del año, a la vez que las ranas dejaban escapar sus sonoros
contrapuntos.
Simón se metió en
el agua y se detuvo para escuchar; vio cómo el cielo iba adquiriendo tintes
violetas por el este. Junto con las ha¬bitaciones del doctor Morgenes, el foso
era su lugar favorito en toda la Creación..., o al menos en lo que había podido
ver de ella.
Con un suspiro
inconsciente se quitó su deformada gorra de tela y chapoteó a lo largo del foso
hacia los viveros de jacintos.
El sol había
desaparecido por completo y el viento siseaba a tra¬vés de los arbustos que
bordeaban el foso cuando Simón llegó al bastión mediano para detenerse, con la
ropa goteando y una rana en cada bolsillo, ante los aposentos del doctor
Morgenes. Golpeó con los nudillos sobre el grueso panel de la puerta,
procurando no tocar el extraño símbolo pintado con tiza sobre la madera. Había
apren¬dido a través de una dura experiencia que no tenía que posar las ma¬nos
sobre las cosas del doctor sin antes preguntar. Pasaron unos ins¬tantes antes
de que la voz de Morgenes se hiciese audible.
—Idos —dijo, con un
tono de irritación.
—¡Soy yo..., Simón!
—gritó éste, y volvió a llamar.
En esta ocasión se
produjo una pausa mayor que se deshizo al escucharse el sonido de unos pasos
rápidos. La puerta se abrió. Morgenes, cuya cabeza apenas alcanzaba la barbilla
de Simón, apa¬reció enmarcado en una brillante luz azulada, y la expresión de su
rostro se presentó oscurecida. Durante unos instantes pareció mi¬rarlo con
fijeza.
—¿Qué? —dijo, por
fin—. ¿Quién?
—Soy yo. ¿Queréis
ranas?—repuso Simón, sonriendo. Agarró una de las cautivas y se la alargó
cogida de una pata.
—¡Oh, oh! —dijo el
doctor, que pareció despertar de un profundo sueño. Agitó la cabeza—.
¡Simón..., claro! ¡Entra, entra! Te pido dis¬culpas... Soy algo distraído.
El doctor Morgenes
abrió la puerta lo suficiente como para que el muchacho pudiera deslizarse a
través de ella y entrar en un estre¬cho vestíbulo interior. Luego volvió a
cerrarla.
—Has dicho ranas,
¿eh? Hummm, ranas...
El doctor se
adelantó y lo condujo a través del corredor. A la luz de las lámparas azules
que se alineaban a lo largo del pasillo, la forma simiesca del doctor parecía
inclinarse en vez de caminar. Si¬món lo siguió, con los hombros casi tocando
los fríos muros de pie¬dra de ambos lados. Nunca había podido entender cómo
estancias que parecían tan pequeñas como las de Morgenes —las había obser¬vado
desde la muralla y había medido la distancia desde el patio— podían tener
corredores tan largos.
Las divagaciones de
Simón se vieron interrumpidas por un re¬pentino estruendo proveniente del final
del pasillo. Silbidos, piti¬dos, estallidos y algo que parecía el aullido de
cien podencos ham¬brientos.
Morgenes dio un
salto de sorpresa, y dijo:
—Oh, en el Nombre
del más grande, olvidé apagar las velas. Es¬pérame aquí.
El hombrecito salió
disparado por el corredor, con el fino cabe¬llo blanco ondeando, empujó la
puerta hasta que consiguió entrar —el aullido y los silbidos doblaron su
intensidad— y se deslizó en el interior. Simón pudo oír una explosión apagada.
El horroroso
estruendo cesó al instante, de forma tan rápida y absoluta como..., como...
«Como una vela que
se apaga», pensó.
La cabeza del
doctor asomó por la puerta y le hizo una seña para que entrase.
Simón, que ya había
presenciado escenas similares, siguió a Morgenes al interior de las estancias,
no sin cierta precaución. Entrar de forma precipitada en ellas podía
representar que uno cayese de bruces sobre algo desagradable y extraño.
En el interior no
existía nada que pudiese ser relacionado con el espantoso griterío. El muchacho
volvió a maravillarse de la diferen¬cia entre lo que las estancias de Morgenes
parecían ser —una garita de guardia reconvertida, de veinte pasos de largo, colgada
entre la pared llena de hiedra de la esquina nordeste del bastión mediano— y la
percepción del lugar una vez que uno se encontraba en su inte¬rior, que era la
de una cámara de techo bajo pero espaciosa, casi tan larga como un campo de
torneo, aunque no tan ancha. A la anaran¬jada luz que se filtraba a través de
la larga hilera de ventanitas que daban al patio de armas, Simón oteó el rincón
más lejano de la ha-bitación y decidió que, si tirase una piedra, le costaría
alcanzar la pa¬red al otro lado de donde se encontraba, junto a la puerta.
Aquel curioso
efecto de estiramiento le resultaba, a pesar de todo, familiar. De hecho,
aparte de los sonidos horrorosos, toda la estancia tenía el aspecto usual, como
si una horda de buhoneros en¬loquecidos hubieran sentado sus puestos de venta y
a continuación hubiesen emprendido una precipitada retirada bajo una salvaje
tor¬menta. La gran mesa del refectorio, que se extendía casi a lo largo de toda
la pared, estaba atestada de aflautados tubos de vidrio, cajas, sa¬cos de tela
llenos de especias y olorosas sustancias, así como intrinca¬das estructuras de
madera y metal de las que colgaban ampollas, fras¬cos y otros recipientes
irreconocibles. La pieza central de la mesa la constituía una gran bola llena
de delgados tubos que se introducían en su interior a través de la brillante
superficie y que parecía flotar en un recipiente de líquido plateado. Ambos
artilugios se balanceaban en el vértice de un trípode de marfil labrado. De los
tubos salía una especie de vapor, y la bola de metal no dejaba de agitarse.
El suelo y los
estantes estaban llenos de objetos aun más extra¬ños. Bloques de piedra pulida,
cepillos y alas de cuero se veían ex¬tendidos por las losas del suelo,
compitiendo por el espacio con jau¬las —algunas llenas y otras no—, armatostes
metálicos, láminas de brillante cristal amontonadas de forma caprichosa contra
las pare¬des tapizadas... y libros, libros y más libros, por todas partes,
medio abiertos o apilados aquí y allá por toda la habitación, como grandes y
torpes mariposas.
También se veían
bolas de vidrio con líquidos de colores en su interior, que hervían y
burbujeaban sin estar al fuego, y una caja plana de brillante arena negra que
cambiaba de forma en un movi¬miento sin fin, como si estuviese siendo modelada
por una inexis¬tente brisa del desierto. Cabinas de madera que colgaban de la
pared dejaban entrever pájaros que piaban de forma impertinente para
de¬saparecer a continuación. Junto a éstas colgaban grandes mapas de países de
geografía desconocida, aunque la geografía nunca había sido uno de los fuertes
de Simón. Todo aquello junto hacía que la guarida del doctor resultase un
paraíso para un joven curioso... Sin lugar a dudas, era el lugar más
maravilloso de Osten Ard.
Morgenes se paseaba
por el extremo más alejado de la habita¬ción bajo un mapa estelar medio caído,
en el que se unían los bri¬llantes puntos celestiales mediante una línea
dibujada que confor¬maba el contorno de un extraño pájaro de cuatro alas. Con
un silbido de triunfo, el doctor se inclinó y empezó a excavar entre todo aquel
desorden como una ardilla en primavera. Un rollo de pergaminos, unas calzas de
brillantes colores, un montón de copas y platos provenientes de alguna cena
perdida salieron volando por en¬cima de su cabeza. Por fin se incorporó,
levantando una gran caja de cristal. Se abrió paso hasta la mesa, depositó la
caja encima y cogió un par de frascos de una estantería, según creyó Simón, al
azar.
El líquido de uno
de ellos era del color de las puestas de sol; del frasco salía humo como si de
un incensario de tratase. El otro estaba lleno de algo azul y viscoso que cayó
muy lentamente a la caja en la que Morgenes vaciaba ambos frascos. Los fluidos
se mezclaron y se tornaron tan claros como el aire de la montaña. El doctor
sacó sus ma¬nos de la caja, como un ilusionista ambulante, y se hizo un
silencio.
—Las ranas —pidió
Morgenes, agitando los dedos.
Simón se acercó y
sacó a los batracios de los bolsillos de su manto. El doctor los cogió y los
echó a la caja con un ademán de triunfo. Los sorprendidos anfibios se
sumergieron en el líquido transparente, hundiéndose con lentitud hacia el fondo
para, a con¬tinuación, empezar a nadar con vigor por su nuevo hogar. Simón rió
tanto a causa de la sorpresa como de lo divertido que encontró el
comportamiento de las ranas.
—¿Es agua?
El anciano se
volvió para mirarlo con ojos brillantes.
—Más o menos, más o
menos... —Morgenes se pasó los largos de¬dos por su espesa barba—. Esto...,
gracias por las ranas. Creo que ya sé qué hacer con ellas. No les dolerá lo más
mínimo. Incluso diría que disfrutarán, aunque dudo de que les guste ponerse botas.
—¿Botas? —preguntó
Simón, pero el doctor ya volvía a estar au¬sente y revolviéndolo todo de nuevo.
Esta vez cogió un fajo de ma¬pas de un estante inferior y le indicó al muchacho
que tomase asiento.
—Bueno, jovencito,
¿qué te gustaría recibir a cambio de tu día de trabajo? ¿Una brillante moneda?
¿O tal vez preferirías quedarte a Coccindrilis como mascota?
El doctor soltó una
carcajada y le alargó un lagarto disecado.
Simón dudó acerca
de la oferta sobre el lagarto —sería estupendo dejarlo en la cesta de la ropa
para que lo descubriese la chica nueva, Hepzibah—, pero no se decidió. El
pensar en las sirvientas y en la limpieza lo irritó. Algo que quería ser
recordado se abría paso a tra¬vés de su mente, pero Simón se las arregló para
apartarlo.
—No—dijo, al fin—.
Me gustaría oír algunas historias.
—¿Historias?
—preguntó Morgenes mientras se inclinaba hacia adelante con gesto sorprendido—.
¿Historias? Deberías acudir al viejo Shem, a los establos, si quieres escuchar
ese tipo de cosas.
—No —respondió
Simón, cabizbajo. Esperaba no haber ofendido al anciano. ¡Los viejos eran tan
sensibles!-. ¡Me refiero a historias sobre cosas reales! ¡Sobre cómo eran las
cosas —las batallas, los dra¬gones—, cosas que hayan ocurrido!
—Aaahh —dijo
Morgenes, al tiempo que la sonrisa volvía a aparecer en su sonrosada cara—. Ya
comprendo. Te refieres a la historia. —El doctor se frotó las manos—. Eso está
mejor. —Se incorporó y empezó a andar, evitando con ágiles pasos todos los
cachivaches esparcidos por el suelo—. Bueno, ¿qué es lo que quieres escuchar,
muchacho? ¿La caída de Naarved? ¿La batalla de Ach Samrath?
—Explicadme algo
sobre el castillo —contestó Simón—. Sobre Hayholt. ¿Lo construyó el rey? ¿Qué
antigüedad tiene?
—El castillo...
El anciano detuvo
su caminar, se cogió una esquina de su bri¬llante túnica gris y empezó a
frotar, con aire ausente, una de las cu¬riosidades favoritas de Simón: una
armadura, de exótico diseño, pintada con flores de brillantes colores azul y
amarillo, fabricada en¬teramente en madera pulida.
—Hummm..., el
castillo... —repitió Morgenes—. Bueno, ésta es en verdad una historia de dos
ranas. Si tuviera que contarte la historia completa tendrías que vaciar el foso
y traer a todos sus verrugosos habi¬tantes, carretadas de ellos, para
merecerlo. Pero si lo que quieres es un apunte general, creo que te lo podré
ofrecer. Ten un poco de paciencia mientras encuentro algo con lo que
humedecerme la garganta.
Mientras Simón
trataba de permanecer tranquilo, Morgenes se dirigió a su gran mesa y cogió una
taza que contenía un líquido es¬pumoso y marrón. La olió con aire sospechoso,
la llevó a sus labios y bebió un trago. Tras una pausa en la que se detuvo a
considerar el sabor, se relamió el labio superior y se atusó la barba con aire
de feli-cidad.
—Ah, la Stanshire
Negra. Sin lugar a dudas, la cerveza es lo me¬jor. ¿De qué hablábamos? Ah, sí,
del castillo.
Morgenes despejó un
lado de la mesa y —con la taza cogida cui¬dadosamente— saltó con sorprendente
facilidad para sentarse en ella; entonces dejó que los pies se balanceasen a
medio codo por en¬cima del suelo. Volvió a beber otro trago.
—Me temo que esta
historia empieza mucho antes de nuestro rey Juan. Deberíamos empezar con los
primeros hombres y mujeres que llegaron a Osten Ard, gente sencilla que vivía a
orillas del Gleniwent. La mayoría eras pastores y pescadores; tal vez habían venido
del perdido oeste a través de algún puente de tierra que ya no existe. A los
señores de Osten Ard apenas les causaron molestias...
—Creí haberos oído
decir que fueron los primeros en llegar aquí —interrumpió Simón, con el secreto
placer de haber pillado a Morgenes en una contradicción.
—No. Dije que
fueron los primeros hombres. Los sitha eran los amos de esta tierra mucho antes
de que ningún hombre caminase sobre ella.
—¿Queréis decir que
en verdad eran la Gente Pequeña? —Simón hizo una mueca—. ¿Tal y como Shem
Horsegroom explica? ¿Pookahs, niskis y todo eso? Qué interesante.
Morgenes agitó su
cabeza y bebió otro trago.
—No sólo eran: son,
aunque eso ya se sale del marco de mi narra¬ción, y de ninguna manera son
«gente pequeña»... Espera, mucha¬cho, déjame seguir.
Simón se inclinó
hacia adelante y trató de parecer paciente.
—¿Sí?
—Bueno, como ya he
dicho, los hombres y los sitha fueron pacífi¬cos vecinos, aunque bien es cierto
que, de forma ocasional, se origi¬naron disputas sobre pastos o cosas por el
estilo. Pero como los hu¬manos no representaban ninguna amenaza para el Pueblo
Encantado, fueron generosos. Según fue pasando el tiempo, los hombres
empe-zaron a construir ciudades, a veces a sólo medio día de camino de tie¬rras
sitha. Más tarde, emergió un gran reino en la península rocosa de Nabban, y los
hombres mortales de Osten Ard empezaron a diri¬gir sus miradas hacia allí en
busca de guía. ¿Me sigues, muchacho?
Simón asintió.
—Bien. —Antes de
continuar, Morgenes echó un gran trago—. Pues bueno, la tierra parecía lo
bastante grande como para ser com¬partida por todos, hasta que el hierro negro
llegó de más allá de las aguas.
—¿El qué? ¿Qué
hierro negro?
Simón se quedó
rígido ante la mirada que le dirigió el doctor.
—El pueblo de
marinos que vino del casi olvidado oeste, los rimmerios —continuó Morgenes—.
Desembarcaron en el norte, iban muy armados y eran fieros como osos. Vinieron
en sus grandes navíos en forma de serpiente.
—¿Los rimmerios?
—preguntó el muchacho—. ¿Rimmerios como el duque Isgrimnur de nuestra corte?
¿En barcos?
—Los antepasados
del duque eran grandes marinos antes de asentarse en estas tierras —afirmó el
anciano—. Pero cuando llegaron no venían en busca de pastos o de tierra
cultivable, sino a saquear. Aunque lo más importante es que trajeron el hierro
con ellos, o al menos el secreto para darle forma. Hicieron espadas y lanzas de
hie¬rro, armas contra las que nada podía el bronce de Osten Ard; armas que
incluso podían abatir las de madera encantada de los sitha.
Morgenes se
incorporó y volvió a llenar la copa con el conte¬nido de una barrilito situado
sobre la catedral de libros que había junto a la pared. En lugar de regresar a
la mesa se detuvo para pasar el dedo sobre las brillantes charreteras de la
armadura.
—Nadie pudo
contenerlos durante mucho tiempo; el trío y fuerte espíritu del hierro parecía
estar tanto en los navegantes como en sus armas. Mucha gente huyó hacia el sur,
en busca de la protección de las guarniciones fronterizas de Nabban. Las
legiones de Nabban, fuerzas bien organizadas, resistieron todavía durante un
tiempo. Pero al final también ellas se vieron forzadas a abandonar la Marca
Helada en manos de los rimmerios. Huno... muchas matanzas.
Simón se revolvió
inquieto.
—¿Qué pasó con los
sitha? ¿Dijisteis que no tenían hierro?
—El hierro les
resultaba mortal.
El doctor rascó con
la uña e hizo desaparecer una mota de polvo de la pulida madera de la pechera
de la armadura.
—Ni siquiera ellos
pudieron derrotar a los rimmerios en campo abierto, pero— apuntó con su dedo
lleno de polvo en dirección a Si¬món, como si el hecho le concerniese de forma
personal—, pero los sitha conocían su tierra. Estaban unidos a ella, puede decirse
que formaban parte de ella, de una manera que los invasores nunca con¬seguirían
emular. La defendieron durante un tiempo y fueron reti¬rándose poco a poco a
posiciones de resistencia. El mayor de estos lugares, y ahora comprende la
razón de todo este discurso, era Asu'a Hayholt.
—¿Este castillo?
¿Los sitha vivieron en Hayholt? —A Simón le re¬sultaba imposible disimular el
tono de incredulidad que tenía su voz—. ¿Cuánto hace que fue construido?
—Simón, Simón...
El doctor se rascó
la oreja y volvió a sentarse en la mesa. La puesta de sol había desaparecido
por completo de las ventanas, y la luz de las antorchas dividía su rostro como
una máscara medio iluminada.
—Por todo lo que yo
o cualquier otro mortal podemos saber, aquí ya había un castillo cuando
llegaron los sitha..., cuando Osten Ard era tan nuevo e inmaculado como un
arroyo de alta montaña. Lo cierto es que los sitha vivieron aquí desde
incontables años antes de que apareciesen los hombres. Éste fue el primer lugar
de todo Osten Ard que sintió el trabajo de manos artesanas. Es la fortaleza del
país que domina las vías de agua, las tierras de cultivo y los pas¬tos. Hayholt
y sus predecesores, las antiguas ciudadelas que se ha¬llan enterradas debajo de
nosotros, han permanecido aquí desde mucho antes de la aparición de la
humanidad. Ya era viejo, muy viejo, cuando llegaron los rimmerios.
A Simón le dio
vueltas la cabeza al pensar en la enormidad de las afirmaciones de Morgenes. El
viejo castillo le pareció de repente opresivo, como si sus muros fueran una
jaula. Se estremeció y miró a su alrededor, como si alguna antigua y celosa
cosa fuera a aparecer en aquel instante para cogerlo con manos polvorientas.
Morgenes se rió
alborozado —una risa muy juvenil para un hom¬bre tan viejo— y saltó de la mesa.
Las antorchas
parecieron brillar con más intensidad.
—No temas, Simón.
Creo, y yo, entre todo el mundo, soy el más indicado para saberlo, que ya no
hay nada que temer de la magia sitha. No hoy en día. El castillo ha cambiado
mucho, con piedras nuevas sobre las antiguas, y cada palmo ha sido bendecido
por cien sacerdotes. Bueno, Judit y el personal de cocina de vez en cuando
de¬ben de notar la desaparición de alguna bandeja de pasteles, pero creo que
eso se podría imputar tanto a los jovencitos como a los duendes...
La charla del
doctor fue interrumpida por unos golpes secos so¬bre la puerta de las
estancias.
—¿Quién es? —gritó.
—Soy yo —respondió
una voz sombría. Se hizo una larga pausa—. Yo, Inch —acabó de decir la voz.
—¡Por los huesos de
Anaxos! —juró el anciano, muy aficionado a las expresiones exóticas—. Abre la
puerta..., yo ya estoy demasiado viejo para hacer caso a los tontos.
La puerta se abrió
hacia adentro. El hombre que apareció en¬marcado a la luz del vestíbulo
interior parecía ser alto, pero tenía la cabeza gacha e inclinaba su cuerpo
hacia adelante de forma que era difícil poder afirmarlo con seguridad. Una cara
redonda y sin expre¬sión flotaba como una luna por encima de las clavículas,
tachonada de erizado cabello negro, como si hubiera sido cortado con un
cu¬chillo sin filo y mellado.
—Siento...
molestaros, doctor, pero..., dijisteis que viniese antes, ¿no?
La voz era lenta y
pesada como la manteca al caer.
Morgenes hizo un
gesto de exasperación y se tiró de una guedeja de su propio cabello gris.
—Sí, así lo hice,
pero me refería a pronto después de la hora de la cena, que todavía no es el
caso. Bueno, ahora no tiene sentido ha¬certe volver tras tus pasos. Simón,
¿conoces a Inch, mi ayudante?
El muchacho asintió
educadamente. Había visto a aquel hom¬bre una o dos veces; Morgenes lo había
hecho venir alguna noche para que lo ayudase, al parecer, a mover cosas
pesadas. Lo cierto es que no parecía servir para gran cosa más, ya que Inch no
tenía el as¬pecto de ser la persona más idónea en la que confiar.
—Bien, joven Simón.
Siento tener que poner fin a mi charla—dijo el anciano—, pero ya que Inch está
aquí, debo aprovecharlo. Vuelve pronto, y hablaremos más, si quieres.
—Claro que sí.
Una vez más Simón
saludó con una inclinación de cabeza a Inch, que lo miró con ojos de vaca.
Había alcanzado la puerta, y casi la llegó a tocar, cuando una visión repentina
volvió la vida a su ca¬beza: una clara visión de la escoba de Raquel, que
seguía donde él la había dejado, en la hierba, junto al foso, como el cadáver
de un ex-traño pájaro acuático.
¡Cabezahueca!
No respondería
nada. Podría recoger la escoba en el camino de regreso y explicar al Dragón que
había terminado la tarea encomen¬dada. Raquel tenía demasiadas cosas en las que
pensar, y, aparte de que ella y el doctor fueran dos de los habitantes más antiguos
del castillo, apenas hablaban. No era un mal plan.
Sin comprender por
qué, Simón se dio la vuelta. El anciano es¬taba inclinado sobre un rollo de
pergaminos depositados sobre la mesa mientras Inch permanecía tras él sin tener
la mirada fija en nada en particular.
—Doctor Morgenes...
Al conjuro de su
nombre el doctor alzó la mirada, bizqueando. Pareció sorprendido de que Simón
todavía permaneciese en la habi¬tación, y éste también lo estaba.
—Doctor, me he
portado como un loco.
Morgenes arqueó las
cejas, expectante.
—Se suponía que
tenía que barrer vuestras estancias. Eso es lo que Raquel me pidió que hiciese,
y se me ha pasado toda la tarde sin que cumpliese el encargo.
—¡Ah, ya! —dijo
Morgenes, mientras arrugaba la nariz; luego mostró una amplia sonrisa—. Conque
barrer mis habitaciones, ¿eh? Bueno, muchacho, vuelve mañana y hazlo. Dile a
Raquel que tengo más tareas para ti y que, por favor, sea tan amable de dejarte
venir.
Morgenes volvió a
depositar la mirada sobre el libro, la levantó de nuevo, con ojos
entrecerrados, y frunció los labios. Cuando el doctor se sentó en silencio, la
alegría que había sentido Simón se transformó en nerviosismo.
«¿Por qué me mirará
así?»
—Piensa en ello,
muchacho —añadió el doctor—. Tengo muchas tareas en las que me puedes ayudar
y... puede que necesite un apren¬diz. Vuelve mañana, como ya te he dicho. Yo
hablaré con el ama de los sirvientes acerca de lo otro.
El doctor sonrió y
regresó al estudio de sus pergaminos. Simón se dio cuenta de que Inch lo miraba
desde detrás del doctor, con una indescifrable expresión que se movía por
debajo de la plácida superficie de su pálida faz. El muchacho se dio la vuelta
y salió co¬rriendo a través de la puerta. La euforia hizo presa de él cuando
abandonó el vestíbulo de luz azulina y emergió bajo el cielo oscuro y cubierto
de nubes. ¡Aprendí! ¡Aprendiz del doctor!
Cuando llegó al
gran portón, se detuvo y se asomó al borde del foso para buscar la escoba. Los
grillos ya habían dado comienzo a su actuación coral. Cuando por fin la
encontró, se sentó un momento, reclinado en el muro, junto a la orilla del agua
para escucharlos.
Mientras la rítmica
serenata crecía a su alrededor, pasó los dedos por las piedras cercanas. Al
acariciar la superficie de una de ellas, tan suave y pulida como madera de
cedro, pensó:
«Esta piedra puede
que esté aquí desde..., desde antes de que nuestro Señor Jesuris naciera.
Quizás algún chiquillo sitha se hu¬biera sentado en este mismo rincón tranquilo
para escuchar los so¬nidos de la noche...
«¿De dónde llegaría
esa brisa?»
Se oyó una voz
parecida a un silbido, aunque las palabras eran demasiado débiles para ser
entendidas.
«Tal vez, también
pasó la mano sobre la misma piedra.»
Un silbido del
viento: «Volveremos a tenerlo, hombrecito. Vol¬veremos a tenerlo...».
Arrebujó el cuello
de su manto para guarecerse de aquel frío ines¬perado y se incorporó para subir
por la vertiente donde crecía la hierba. De repente, se sintió solo y lejos de
las voces y luces familiares.
3
Pájaros en la
capilla
En el nombre del
Bendito Aedón...
¡Paf!
—... Y de Elysia,
su madre...
¡Paf!
—... Y de todos los
santos que cuidan de nosotros...
¡Paf!
—... Cuidad...
¡Bah! —sonó un grito de frustración—. ¡Malditas arañas!
Entre golpes,
maldiciones e invocaciones, Raquel limpiaba de telarañas el techo del comedor.
Dos muchachas
estaban enfermas y otra se había torcido un to¬billo. Aquélla era la clase de
día que proporcionaba un brillo peli¬groso a los ojos color ágata de Raquel el
Dragón. Ya era bastante te¬ner a Sara y a Jael en cama con la menstruación.
—Raquel era muy severa, pero sabía que cada día de trabajo de una chica que se
en¬cuentra mal puede significar perderla tres días más—. Sí, ya era bas¬tante
desagradable que Raquel tuviera que cuidarse del trabajo restante a causa de la
ausencia de aquéllas. Como si no tuviera su¬ficiente, ahora el senescal había
anunciado que el rey cenaría aquella noche en el Gran Salón, y Elías, el
príncipe regente, había llegado de Meremund, por lo que todavía había más
trabajo que hacer.
Y Simón, a quien
había enviado hacía horas a recoger unos po¬cos montoncitos de polvo, todavía
no había regresado.
Así que allí estaba
ella con su cansado y viejo cuerpo, colgada de una desvencijada escalera,
mientras trataba de desprender las telarañas de los altos rincones del techo
con una escoba. ¡Ese chico! Ese, ese...
—Sagrado Aedón,
dame fuerzas...
¡Paf! ¡Paf! ¡Paf!
¡Ese maldito chico!
No sólo se trataba
—pensó después Raquel, mientras trepaba por la escalera, con la cara
enrojecida— de que el chico fuese perezoso y difícil. Había hecho por él todo
lo posible durante años para evitarle desgracias; y a causa de ello sabía que
era mejor de lo que cabía espe¬rar. No, lo peor de todo es que parecía que no
le importaba a nadie más. Simón ya tenía la altura de un hombre y una edad en
la que casi debería desempeñar las labores de un hombre... Pues no. Se
escon¬día, desaparecía y soñaba despierto. Los trabajadores de la cocina se
reían de él. Las sirvientas lo mimaban y le hacían llegar comida, cuando ella,
Raquel, lo había castigado sin comer. ¡Y Morgenes! Bendita Elysia. ¡Ese hombre
incluso lo animaba a hacerlo!
Y encima, ahora le
había pedido a Raquel que dejara que el chico trabajase para él, a diario, para
que barriese y le ayudase a tener las cosas en orden —¡ja!— y para asistir al
anciano en algunos de sus tra¬bajos. Como si ella no lo supiera. Ambos no harían
más que sen¬tarse, y el viejo trasegaría cerveza y le explicaría al chico sólo
el cielo podía llegar a saber qué clase de perniciosas historias.
De todas formas, no
podía dejar de tener en cuenta la oferta. Era la primera vez que alguien se
interesaba por el muchacho. ¡Pare¬cía tan hundido la mayor parte del tiempo! Al
fin y al cabo Morge¬nes parecía creer que podía ser en beneficio del chico...
El doctor a menudo
irritaba a Raquel con sus historias y su florido lenguaje —pues estaba segura
de que ocultaba burla—, pero parecía querer cuidar al mozo. Morgenes siempre
parecía haber sentido interés por todo lo referente a Simón... Una sugerencia
aquí, una idea allí: en una ocasión intercedió por él cuando el jefe de los
lavaplatos lo echó y le prohibió volver a las cocinas. Morge¬nes se había
interesado por el chico.
Raquel miró por
entre las anchas vigas del techo y su mirada se deslizó a través de las
sombras,- sopló para apartarse un mechón de húmedo cabello del rostro.
Volvió a acordarse
de aquella lluviosa noche, ¿cuándo fue...? ¿Hace casi quince años? Se sintió
muy vieja al volver a pensar en aquello... Le parecía que sólo había
transcurrido un momento...
La lluvia había
caído durante todo el día y toda la noche. Raquel atravesó el patio lleno de
barro, levantando su capa por encima de la cabeza con una mano y con la otra
sosteniendo un candil. De re¬pente metió el pie en una ancha rodera dejada por
un carromato y sintió que el agua le salpicaba las pantorrillas. Liberó el pie,
pero sin el zapato. Juró con amargura y continuó su agotadora carrera en una
noche como aquélla con un pie descalzo, pero no disponía de tiempo para hurgar
en los charcos en busca de su zapato.
Una luz permanecía
encendida en el estudio de Morgenes, pero los pasos que la llevaron hasta su
entrada le parecieron intermina¬bles. Cuando el doctor abrió la puerta, Raquel
se dio cuenta de que estaba acostado: vestía un largo camisón que necesitaba unos
cuan¬tos remiendos y se frotaba los ojos con aspecto adormilado a la luz de un
candil. Las enredadas sábanas del lecho, rodeado de una espe¬cie de empalizada
de libros, hicieron que a Raquel le viniese al pen¬samiento el cubil de algún
animal salvaje.
—¡Doctor, dése
prisa! —dijo la dama—. ¡Tiene que venir ense¬guida, ahora mismo!
Morgenes la miró y
retrocedió.
—Entra, Raquel. No
tengo idea de qué clase de palpitaciones nocturnas son las que padeces, pero ya
que estás aquí...
—No, no, loco, se
trata de Susana. Ha llegado la hora, pero está muy débil. Tengo miedo de lo que
pueda ocurrirle.
—¿Quién? ¿Qué?
Bueno, un momento, deja que coja mis cosas. ¡Qué noche más horrorosa! Ve para
allá. Ya te alcanzaré.
—Pero, doctor
Morgenes, he traído el candil para usted.
Demasiado tarde. La
puerta ya estaba cerrada y Raquel se en¬contró sola en el escalón con el agua
de lluvia goteando por su larga nariz. Maldijo y volvió hacia las dependencias
de los servidores.
Poco después
Morgenes aparecía subiendo las escaleras mientras se quitaba el manto. Al
llegar al umbral se dio cuenta de cuál era la situación con una sola mirada:
una mujer estaba tendida en la cama con el rostro vuelto hacia el otro lado;
estaba embarazada y gemía. Su oscuro cabello le cruzaba el rostro, y con un
puño sudado aga¬rraba la mano de otra joven arrodillada junto a ella. Raquel
estaba al pie de la cama con otra mujer de más edad.
La mayor de ellas
se dirigió a Morgenes mientras éste se desha¬cía de su abultado vestuario.
—Hola, Elispeth
—saludó él con calma—. ¿Cómo está?
—No muy bien. Tengo
miedo, señor. Sabéis que si fuese de otra forma lo habría hecho yo misma, pero
ella ha probado durante horas y ahora se está desangrando. Su corazón está muy
débil.
Mientras Elispeth
hablaba, Raquel se acercó.
—Hummm —dijo
Morgenes, se inclinó y revolvió en la bolsa que había traído consigo—. Dale un
poco de esto, por favor —indicó, y alargó hacia Raquel un frasquito tapado—.
Sólo un trago, pero cuida de que lo tome.
El doctor volvió a
rebuscar en su bolsa mientras Raquel abría con mucho cuidado la temblorosa
mandíbula de la mujer que reposaba en el lecho y vertía un poco del líquido en
el interior de la boca. El olor de sangre y sudor que impregnaba la habitación
cambió de repente y se convirtió en una fuerte y aromática fra¬gancia.
—Doctor —dijo
Elispeth cuando Raquel regresaba—, no creo que podamos salvar a los dos.
—Debéis salvar la
vida del niño —interrumpió Raquel—. Ése es el deber de los temerosos de Dios.
Así lo afirman los sacerdotes. Sal¬vad al niño.
Morgenes se volvió
para dirigirle una mirada de desagrado.
—Buena mujer, yo
temo a Dios a mi manera, si es que no te im¬porta. Si la salvo a ella, y no
pretendo que pueda hacerlo, siempre podrá tener otra criatura.
—No, no puede
—respondió Raquel, con tono duro—. Su esposo ha muerto.
La mujer pensó que
de todas las personas que allí había, Morge¬nes tenía que ser el que mejor lo
supiera. El marido de Susana había sido pescador y visitaba a menudo al doctor
antes de ahogarse, aun¬que Raquel no podía imaginarse de qué hablaban.
—Está bien —dijo
Morgenes, distraído—, siempre puede encon¬trar otro... ¿Qué? ¿Su marido?
Su mirada se
iluminó y corrió junto al lecho. El doctor pareció darse cuenta finalmente de
quién estaba en el lecho, desangrando su vida en la áspera sábana.
—¿Susana?
—preguntó, con calma, y volvió el doloroso rostro de la mujer hacia él. Los
ojos de ella se abrieron durante un instante y lo vieron; después, tras sufrir
otra oleada de agonía, se volvieron a cerrar—. Pero ¿qué es lo que ha pasado
aquí? —suspiró Morgenes. Su¬sana sólo podía gemir, y el doctor miró a Raquel y
a Elispeth con ra¬bia en el rostro—. ¿Por qué no me ha informado nadie de que
esta pobre muchacha estaba a punto de concebir a su hijo?
—No esperaba
hacerlo hasta dentro de dos meses —respondió amablemente Elispeth—. Ya lo
sabéis, estamos tan sorprendidas como vos.
—¿Y por qué tendría
que preocuparos que la viuda de un pesca¬dor fuera a dar a luz? —preguntó
Raquel. Ella también podía po¬nerse furiosa—, ¿Y por qué perdéis el tiempo
preguntando?
Morgenes la miró y
bizqueó.
—Tenéis toda la
razón —dijo, y volvió junto al lecho—. Salvaré al niño, Susana —dijo a la
temblorosa mujer.
Ella asintió una
vez y luego se puso a llorar.
Era un llanto
débil, pero se trataba del llanto de un niño vivo. Morgenes tendió la delgada y
enrojecida criatura a Elispeth.
—Es un niño
—explicó el doctor, y volvió a posar su atención so¬bre la madre.
Susana estaba
tranquila y respiraba con más calma, pero su piel estaba tan blanca como el
mármol de Harcha.
—Lo he salvado,
Susana. Tenía que hacerlo —susurró el doctor. Las comisuras de la boca de la
mujer se tensaron en lo que podía ser el esbozo de una sonrisa.
—Lo... sé... —dijo,
con una voz cada vez más débil—. Si mi... Eahlferend... no hubiera...
El esfuerzo fue
demasiado para ella y se detuvo. Elispeth se in¬clinó sobre el lecho para
enseñarle la criatura, envuelta en sábanas, y todavía unida por el cordón
umbilical.
—Es muy
pequeño—dijo la anciana mujer—, pero se debe a que ha llegado demasiado pronto.
¿Cuál es su nombre?
—Llamadle...
Seomán... —jadeó Susana—. Quiere decir... «es¬pera»...
Susana se volvió
hacia Morgenes y pareció desear decir algo más. El doctor se le acercó, y con
su blanco cabello rozó una mejilla pálida como la nieve, pero ella no pudo
decir nada más. Después volvió a toser, y sus ojos oscuros rodaron para
mostrarse blancos. La muchacha que sostenía una de sus manos sollozó.
También Raquel
sintió sus ojos llenos de lágrimas. Se alejó y pretendió hacer ver que limpiaba
algo. Elispeth separaba a la cria¬tura del último vínculo que lo unía a su
madre ya muerta.
El movimiento hizo
que la mano derecha de Susana, que había estado cogida a su propio cabello, se
liberase y cayese hasta el suelo. Cuando chocó contra éste, algo que brillaba
saltó de su palma ce¬rrada y rodó hasta detenerse junto a los pies del doctor.
Raquel vio por el rabillo del ojo cómo Morgenes se agachaba y recogía el
ob¬jeto. Se trataba de algo pequeño, que desapareció de inmediato en la palma
de su mano y de allí fue a parar al interior de su bolsa.
A Raquel no le
gustó el gesto, pero parecía que nadie más se ha¬bía dado cuenta. Trató de
enfrentarse al doctor, con lágrimas en los ojos, pero la mirada de aquél la
hizo permanecer donde se encon¬traba sin decir palabra.
—Se llamará Seomán
—dijo el anciano, cuyos ojos aparecían más extraños y ensombrecidos cuando se
acercó a Raquel, a quien dijo con ronca voz—: Debes cuidar de él, Raquel. Sus
padres han muerto.
Con la respiración
entrecortada Raquel volvió a la realidad y a punto estuvo de resbalar y caer
del taburete en el que estaba sentada. Se sentía avergonzada de sí misma,
¡había soñado despierta! Aquello venía a añadirse al ritmo brutal con que había
trabajado durante todo el día para cubrir las ausencias de las tres chicas... y
de Simón.
Lo que necesitaba
era un poco de aire fresco. No había duda de que subida a un taburete y pasando
la escoba de aquí para allá como una loca, su cuerpo había empezado a ser presa
de los vapores. Salió al exterior para que le diera un poco el aire. El señor
sabía que tenía todo el derecho a hacerlo. Aquel Simón estaba hecho un
holgazán.
Lo habían criado
ella y las sirvientas. Susana no tenía parientes, y nadie quería saber mucho o
poco acerca de Eahlferend, su esposo, que murió ahogado, así que se quedaron
con el chico. Raquel pre¬tendió protestar por ello, pero tampoco habría dejado
que se mar¬chase, al igual que no habría traicionado al rey o dejado las camas
sin hacer. Fue ella la que le dio el nombre de Simón, todo el mundo al servicio
del rey Juan tomaba un nombre proveniente de la isla de donde era nativo el
monarca, Warinsten. Simón era el que más se aproximaba a Seomán, así que se
quedó con Simón.
Raquel descendió
por las escaleras hasta el piso inferior y notó que le temblaban las piernas.
Pensó que debería haber traído una capa con ella, ya que parecía refrescar. La
puerta se abrió poco a poco, ruidosamente —se trataba de una puerta imponente,
cuyos goznes necesitaban algo de aceite—, y la mujer caminó hacia el patio. El
sol matutino empezaba a asomar por encima de las almenas, como un niño
travieso.
A Raquel le gustaba
aquel lugar, situado bajo el puente de pie¬dra que conectaba el pasillo del
refectorio con el cuerpo principal de la capilla. El pequeño patio a la sombra
del puente aparecía lleno de pinos y brezos, dispuestos en las pequeñas vertientes
de la colina; todo el jardín no tenía más extensión que la que podría alcanzar
un tiro de piedra. Mirando hacia arriba, más allá del pasadizo de piedra pudo
ver la forma puntiaguda de la Torre del Ángel Verde, que bri¬llaba frente al
sol como un colmillo de marfil.
Raquel recordaba
que había existido un tiempo, mucho antes de la llegada de Simón, en que ella
misma también había sido una niña que jugaba en aquel mismo jardín. ¡Cuánto
reirían algunas de las doncellas si llegaba a saberse!: el Dragón también había
sido niña. Bueno, lo había sido, y después se había convertido en una jo¬ven
dama, incluso atractiva. Por aquel entonces el jardín se había llenado del
frufrú de los brocados y la seda, de damas y caballeros que reían, y que
portaban halcones en sus puños y una alegre can¬ción en los labios.
Ahora Simón creía
saberlo todo. Dios hacía que los jóvenes fue¬ran estúpidos y ahí estaba la
causa de todo. Las chicas lo habían es¬tropeado hasta que casi no hubo
posibilidad de recuperación, sin embargo, Raquel siempre había permanecido
vigilante. Ella sabía muchas cosas, aunque los jóvenes pensasen lo contrario.
«Las cosas eran
diferentes, entonces», pensó Raquel... Y, mien¬tras meditaba sobre todo ello,
el aroma a pino del sombreado jardín pareció apoderarse de su corazón. El
castillo había sido un lugar tan maravilloso y emocionante...: altos caballeros
con brillantes armadu¬ras, hermosas jóvenes con elegantes ropajes, la
música..., ay, y el campo de los torneos, lleno del colorido de las tiendas de
los conten-dientes. Ahora el castillo reposaba tranquilo y únicamente parecía
soñar. Las altas almenas estaban ahora a cargo de los de la misma condición de
Raquel: cocineros y sirvientas, senescales y lavaplatos...
Hacía un poco de
frío. Raquel se inclinó hacia adelante y se arrebujó en el chal, para volver a
mirar frente a sí. Simón estaba allí, con las manos escondidas a su espalda.
¿Cómo habría conseguido deslizarse hasta ella sin que se diera cuenta? ¿Y por
qué mostraba aquella sonrisa idiota en el rostro? La dama sintió que la fuerza
de su carácter volvía a inundar su cuerpo. La camisa de Simón —limpia tan sólo
una hora antes— aparecía ennegrecida y sucia, además de descosida en varios
sitios, al igual que sus calzas.
—¡Bendita sea santa
Rhiap! —gritó Raquel—. ¿Qué has hecho?
Rhiappa había sido
una mujer aedonita de Nabban que había perecido con el nombre del único Dios en
sus labios tras haber sido repetidamente violada por piratas del mar. Gozaba de
gran devo¬ción entre el personal doméstico.
—¡Mira lo que
tengo, Raquel! —dijo Simón, y le mostró un sucio y desproporcionado cono de
paja: un nido de pájaros del que salían débiles gorjeos— ¡Lo encontré debajo de
la Torre de Hjeldin! Debe de haberse caído a causa del viento. ¡Tres de ellos
todavía viven, y yo voy a cuidarlos!
—¿Estás loco?
—preguntó Raquel, al tiempo que elevaba la escoba, como si fuera el rayo
vengador del Señor que con toda probabilidad había destruido a los violadores
de Rhiap—. Tú no criarás a esas cria¬turas en mi casa. Cosas peludas y sucias
que estén todo el día vo¬lando por ahí y enredando en el cabello de las gentes.
Además, mira tus ropas. ¿Sabes cuánto tiempo le llevará a Sara recomponerlas?
El palo de la
escoba se estremeció en el aire.
Simón bajó la
mirada. Desde luego no había encontrado el nido en el suelo: era el que había
localizado desde donde había estado sentado, bajo el Roble del Festival. Se
había subido al árbol para co¬gerlo y, en su excitación al pensar en quedarse
para sí los pajaritos, no había reparado en el trabajo que ello le iba a
proporcionar a Sara, la tranquila y hogareña muchacha que realizaba los
zurcidos en el piso de abajo. Una ola de vergüenza y frustración se abatió
sobre él.
—¡Pero Raquel, me
acordé de recoger las esteras!
Simón balanceó el
nido con cuidado y extrajo de debajo de su justillo un magro y mojado grupo de
cañas.
La expresión de
Raquel se suavizó un poco, pero siguió con el entrecejo fruncido.
—Es que no piensas,
muchacho, no piensas: eres como un crío. Si algo se rompe o se hace demasiado
grande, alguien tiene que respon¬sabilizarse de ello. Así es como el mundo
funciona. Ya sé que no lo ha¬ces con mala intención, pero... ¿Por qué tienes
que ser tan estúpido?
Simón levantó la
mirada con precaución. Aunque su rostro to¬davía mostraba preocupación y
arrepentimiento en la medida justa, Raquel, a través de su ojo de basilisco,
pudo observar que él creía que lo peor había pasado. La ceja de la dama volvió
a enarcarse.
—Lo siento, Raquel,
de verdad que... —dijo el chico, al tiempo que ella se incorporaba y le daba un
golpecito en el hombro con el mango de la escoba.
—No me vengas con
el «lo siento» de siempre, muchacho. Lo que debes hacer es devolver esos
pájaros al lugar donde los has en¬contrado. En este lugar no habrá criaturas
revoloteadoras.
—Venga, Raquel.
¡Puedo meterlos en una jaula! ¡Construiré una!
—No y no. Cógelos y
llévaselos a tu inútil doctor si te place, pero no los traigas por aquí para
que molesten a la gente honrada que tiene trabajo que hacer.
Simón se dio la
vuelta arrastrando los pies, con el nido entre sus manos. En alguna parte debía
de estar el fallo. Raquel había estado a punto de ceder, pero era una vieja
dura. El más ligero error de cálculo al tratar con ella significaba una rápida
y terrible derrota.
—¡Simón! —llamó
Raquel.
El joven giró sobre
sus talones.
—¿Puedo
quedármelos?
—Desde luego que
no. No seas cabezahueca. La mujer lo miró con fijeza. Pasó un incómodo espacio
de tiempo; Simón se apoyaba ora en un pie ora en el otro y esperaba.
—Vete a trabajar
con el doctor —dijo ella, al fin—, tal vez él pueda inculcarte algo de sentido
común. Yo abandono. —Raquel lo miró con viveza—. Y haz lo que te diga que debes
hacer, y agradécele que te dé esa última oportunidad. ¿Has entendido?
—¡Claro que sí!
—dijo Simón, lleno de felicidad.
—No siempre vas a
escaparte de mí con tanta facilidad. Regresa a la hora de comer.
—¡Sí, señora!
Simón se dio la
vuelta para salir corriendo en dirección a los aposentos de Morgenes, pero se
detuvo.
—¿Raquel? Gracias.
La dama respondió
con un gruñido y regresó a las escaleras del refectorio. Simón se preguntó por
qué tenía tantas agujas de pino enganchadas en el chal.
Un débil manto de
nieve había empezado a caer desde las nubes bajas. El tiempo se ponía bueno.
Simón sabía que haría frío para la Candelaria. En lugar de llevar a los
pajaritos a través del ventoso pa¬tio, decidió sumergirse en la capilla y
continuar por la parte oeste del bastión interior. Las plegarias matinales
habían finalizado hacía una o dos horas y la iglesia debía de estar vacía. Al
padre Dreosan no le gustaba ver a Simón merodear por su territorio, pero sin
duda el buen padre debía de estar muy atareado en la mesa, en uno de sus
habituales tentempiés de media mañana, canturreando las excelen¬cias de la
mantequilla o la consistencia del pastel de pan y miel.
Simón subió las dos
docenas de escalones que conducían a la puerta lateral de la capilla. La nieve
empezaba a arreciar y la piedra gris de la arcada de entrada aparecía moteada
con los húmedos res¬tos de copos mortecinos. La puerta se abrió sobre unos goznes
in¬creíblemente silenciosos.
Antes de que sus
zapatos mojados dejaran huellas que pudieran delatarlo, optó por cogerse a los
tapices de terciopelo que colgaban de la entrada y subir otro tramo de
escalones que conducían a la ba¬randilla del coro.
El desordenado y
mal ventilado coro, un horno durante el ve¬rano, ahora resultaba agradable y
cálido. El suelo estaba lleno de res¬tos dejados por los monjes: cascaras de
nuez, un corazón de man¬zana, trozos de pizarra en los que habían sido escritos
mensajes contraviniendo los votos de silencio. Más parecía una jaula de mo¬nos
que una pieza en la que se cantaban alabanzas al Señor. Simón sonrió, mientras
seguía su recorrido por entre otros objetos: ropa amontonada, unos pocos
taburetes de madera... Resultaba recon¬fortante el saber que aquellos hombres
de rostro adusto y cabeza afeitada podían llegar a ser tan revoltosos como
niños.
Alarmado por el
repentino sonido de unas voces que conversa¬ban abajo, se detuvo y se escondió
bajo el tapiz que colgaba de la pa¬red trasera del coro. Apretado tras el
tejido, tanto su respiración como el corazón emprendieron una loca carrera. Si
el padre Dreosan o Barnabás, el sacristán, estaban abajo, nunca podría salir
por donde pensaba hacerlo, así que tendría que escabullirse por donde había
entrado y, después de todo —el maestro de espías cogido en campo enemigo—,
atravesar por el patio.
Agachado, más
callado que un muerto, Simón puso atención para localizar a los que hablaban.
Le pareció oír dos voces; en ello estaba concentrado cuando los pajarillos
asomaron por entre sus manos. Durante un instante balanceó el nido en el ángulo
interior del codo al tiempo que se desprendía del gorro —¡si el padre Dreosan
lo cogía con el gorro puesto en la capilla, su situación empeoraría aun más!— y
lo colocaba en el nido. El piar de los pajarillos pronto se apagó, como si
sobre ellos hubiera descendido la noche. Apartó un poco los bordes del tapiz y
asomó la cabeza. Las voces provenían del pasillo situado junto al altar. Por el
tono tranquilo que de ellas se desprendía supo que no había sido descubierto.
Tan sólo unas pocas
antorchas permanecían encendidas. El vasto techo de la capilla estaba casi por
completo oculto entre las sombras; las brillantes ventanas de la cúpula
parecían flotar en un cielo nocturno, como agujeros en la oscuridad a través de
los cuales podían ser observadas las líneas del cielo. Con sus huerfanitos
tapa¬dos y mecidos, Simón avanzó sin ruido hasta la barandilla del coro. Se
colocó en la zona más oscura y cercana a las escaleras que condu¬cían a la
propia capilla y asomó la cabeza por entre las columnitas de la balaustrada,
con una mejilla contra el martirio de san Tunath y la otra rozando el
nacimiento de santa Pelippa de la Isla.
—... y tú, ¡con
todas tus malditas quejas! —despotricaba una de las voces—. Estoy harto de todo
esto.
Simón no podía ver
el rostro del que hablaba, pues estaba de es¬paldas al coro y vestía una capa
con el cuello levantado. Su compa–ero, hundido en un banco, tampoco era muy
visible; sin embargo, el muchacho enseguida lo reconoció.
—La gente que oye
cosas que no quiere oír, a menudo lo llama «quejas», hermano —dijo el del
banco, y movió una mano de dedos muy delgados—. Te prevengo sobre ese sacerdote
en interés del reino —se hizo un silencio— y a causa del aprecio que una vez
tuvimos el uno por el otro.
—¡Puedes decir
todo, todo lo que quieras! — aúllo el primer hom¬bre, y su rabia pareció
retumbar con dolor—. Pero el trono es mío por ley y por el deseo de nuestro
padre. ¡Nada de lo que pienses, di¬gas o hagas cambiará eso!
Josua el Manco,
como Simón había oído llamar a menudo al hijo menor del rey, se irguió del
banco. Vestía una túnica gris perla y calzas bordadas con finos estampados
rojos y blancos; el cabello cas¬taño le caía sobre la frente. Donde debería
haber estado su mano derecha aparecía un cilindro de cuero negro.
—Yo no quiero el
Trono del Dragón; créeme, Elías —siseó.
Sus palabras fueron
pronunciadas en voz baja, pero volaron hasta el lugar en que Simón se ocultaba
como si de flechas se tratase.
—Sólo quiero
prevenirte acerca del sacerdote Pryrates, un hom¬bre con... intereses insanos.
No lo traigas aquí, Elías. Créeme, lo co¬nozco desde los tiempos en que estaba
en el seminario jesuriano de Nabban. Los monjes de allí le rehuían como al
portador de una plaga. Y aun así continúas oyendo sus consejos, como si fuera
tan de fiar como el duque Isgrimnur o el anciano sir Fluiren. ¡No seas loco!
Ese sacerdote arruinará nuestra casa. —Josua retomó la compostura—. Sólo
intento ofrecerte un consejo desinteresado. Por favor, créeme. No ambiciono el
trono.
—¡Entonces,
abandona el castillo! —rugió Elías, y volvió la es¬palda a su hermano, con los
brazos cruzados ante el pecho—. Vete, y deja que me prepare para gobernar como
un hombre debe hacerlo: libre de tus quejas y manipulaciones.
El hermano mayor
poseía la misma frente despejada y la misma nariz aguileña que Josua, pero era
de complexión mucho más fuerte; daba la impresión de ser un hombre que podía
romper cue¬llos con la única ayuda de sus manos. El cabello, al igual que las
bo¬tas de montar y la túnica, eran negros. La capa y las calzas aparecían
manchadas de verde a causa del viaje.
—Ambos somos hijos
de nuestro padre, ¡oh, heredero del trono…! —La sonrisa de Josua era de burla—.
La corona es tuya por derecho. Los recelos que tenemos uno contra otro no
tienen que preocuparte. Tu persona, ya casi, casi real, está a salvo; te doy mi
palabra. Pero —la voz alzó el tono—, pero yo no seré, óyeme, no seré echado de
la casa de mi señor por nadie. Ni siquiera por ti, Elías.
Este se dio la
vuelta y miró a Josua; el reflejo que aparecía en sus miradas encontradas le
recordó a Simón el entrechocar de espadas.
—¿Los recelos que
existen entre nosotros? —gruñó Elías, y había algo roto y agonizante en su
voz—. ¿Qué clase de recelos puedes tener contra mí? ¿Tu mano? —preguntó, y se
alejó de Josua unos pasos, para permanecer de espaldas a él y dirigirle
palabras llenas de amar¬gura—. La pérdida de tu mano. Gracias a ti, ahora estoy
viudo, y mi hija es medio huérfana. ¡No me hables de penas!
Josua pareció
contener la respiración durante un instante antes de responder.
—Tu dolor... no es
desconocido para mí, hermano —dijo—. ¡Sabes que no sólo habría dado mi mano
derecha sino mi vida...!
Elías se dio la
vuelta, llevó una mano a su garganta y extrajo algo brillante de su túnica.
Simón miró entre las columnas de la balaus¬trada. No se trataba de un cuchillo,
sino de algo suave y flexible, algo así corno un retal de trémulo tejido. Elías
lo mantuvo ante el rostro encendido de su hermano con una muestra de desprecio,
luego lo tiró al suelo, giró sobre sus talones y salió por el pasillo. Josua
permaneció sin moverse durante unos instantes, después se agachó, como un
hombre en sueños, para recoger el brillante ob¬jeto, un pañuelo dorado de
mujer. Mientras lo veía brillar en su mano, el rostro se le contrajo en un
rictus de dolor o de rabia. Si¬món respiró varias veces antes de que Josua
metiera el pañuelo en el interior de su camisa y siguiera los pasos de su
hermano hacia el ex¬terior de la capilla.
Transcurrió un
tiempo hasta que Simón se sintió lo suficiente¬mente a salvo como para
descender de su escondite y dirigirse hacia la puerta principal de la capilla.
Se sentía como si hubiese presen¬ciado una extraña representación de títeres,
una representación ex¬presamente realizada para él. De repente el mundo le
pareció menos estable, menos merecedor de confianza, al ver que los príncipes
de Erkynlandia, herederos de todo Osten Ard, podían insultarse y gri¬tar como
soldados borrachos.
Se asomó al
interior de la sala y se sobresaltó al percibir un sú¬bito movimiento, una
figura con un justillo marrón que corría por el pasillo: una pequeña figura, un
joven de aproximadamente la misma edad que Simón. El extraño dirigió una breve
mirada hacia atrás y dio la vuelta a la esquina. Simón no lo reconoció. ¿Podría
aquella figura haber estado espiando a los príncipes? El muchacho agitó la
cabeza y se sintió tan confuso y estúpido como un buey deslumbrado por el sol.
Levantó el gorro del nido, haciendo que vol¬viese a ser de día para los
pajaritos, que volvieron a piar, y de nuevo sacudió la cabeza. Había sido una
mañana muy perturbadora.
4
Jaula de grillos
Morgenes revolvía
todo su estudio en busca de un libro ex¬traviado. Con la mano dio permiso a
Simón para que en¬contrase una jaula para los pajaritos y volvió a su
bús¬queda, tirando pilas de papeles y manuscritos como un gigante ciego en una
frágil ciudad.
Encontrar un hogar
para los ocupantes del nido resultó una ta¬rea más difícil de lo que Simón
había esperado: todo estaba lleno de jaulas, pero ninguna parecía adecuada.
Unas tenían barrotes tan separados que parecían haber sido construidas para
cerdos u osos; otras ya estaban llenas de extraños objetos, ninguno de los
cuales parecía tener el aspecto de un animal. Por fin encontró una que pa¬recía
adecuada bajo un trozo de tejido brillante. Le llegaba hasta la rodilla y tenía
forma de campana; estaba construida con cañas de río y se hallaba vacía, a
excepción de una capa de arena que reposaba en el fondo. Había una puertecita
en uno de los lados que permane¬cía cerrada con un trozo de cuerda. Simón
deshizo el nudo y abrió la jaula.
—¡Alto! ¡Deténte
ahora mismo!
—¿Qué?
El chico retrocedió
de un salto. El doctor apareció corriendo tras él y cerró la puerta de la jaula
con un pie.
—Perdóname por
asustarte, muchacho —dijo Morgenes mientras respiraba con dificultad—, pero
tendría que haberlo pensado antes de dejarte rebuscar por ahí. Esta jaula no
sirve para tus propósitos. Lo siento.
—¿Porqué no?
Simón se inclinó
hacia adelante y miró la jaula con ojos inquisi¬tivos, pero no pudo descubrir
nada extraordinario.
—Bueno, amigo mío,
espera aquí un momento y no toques nada, te lo enseñaré. Qué tonto he sido por
no acordarme.
Morgenes rebuscó
durante unos instantes hasta que encontró una cesta de frutos secos con aspecto
de haber sido olvidada hacía mucho tiempo. Sopló para quitar el polvo de un
higo mientras se acercaba a la jaula.
—Ahora observa con
atención —le dijo a Simón.
El doctor abrió la
jaula y echó el fruto en el interior, que fue a parar sobre la arena que
reposaba en el fondo.
—¿Y...? —preguntó
Simón, perplejo.
—Espera —susurró el
doctor.
No había acabado de
decir aquellas palabras cuando algo ocu¬rrió. Al principio dio la impresión de
que empezaba a soplar el viento en el interior de la jaula, y por ello
temblaba; pero pronto se hizo patente que la arena se deslizaba y rodeaba el
higo. De pronto —tan de golpe que Simón reculó sobresaltado— una inmensa boca
dentada se abrió en la arena y engulló el fruto con tanta rapi¬dez como una
carpa emerge a la superficie de un estanque para atra¬par un mosquito. Se
produjo una ligera onda a través de la arena, y volvió a quedar inmóvil, con
una apariencia tan inocente como antes.
—¿Qué es lo que hay
debajo? —balbuceó Simón.
Morgenes rió.
—¡Es la arena!
—dijo, con aire satisfecho—. ¡Ella es la bestia! No es arena: para decirlo de
alguna manera, es un disfraz. Lo que hay en el fondo de la jaula es un animal
muy listo. Encantador, ¿verdad?
—Eso parece
—respondió Simón, sin demasiada convicción—. ¿De dónde proviene?
—De Nascadu, en los
países desérticos. Ahora puedes ver por qué no quería que pusieras nada ahí. No
creo que a tus temerosos huerfanitos les hubiera ido muy bien ahí dentro.
Morgenes volvió a
cerrar la puerta de la jaula con una tira de cuero y la colocó en una de las
estanterías de arriba. Habiéndose su¬bido a la mesa para conseguirlo, continuó
a lo largo de ella, con paso experto, por encima de todos los objetos que allí
se encontra¬ban hasta que dio con lo que buscaba. Volvió a saltar al suelo. La
caja que sostenía, hecha de tiras de madera, no contenía arena de as¬pecto
sospechoso.
—Es una jaula de
grillos —explicó el doctor.
A continuación
ayudó al joven a meter los pajarillos en ella. En el interior colocaron un
plato con agua, y, de alguna parte, Morge¬nes sacó una bolsita de semillas, que
esparció por el suelo de la jaula.
—¿Ya tienen edad
para esto? —preguntó Simón.
El anciano hizo un
gesto para quitarle importancia al asunto.
—No te preocupes
—dijo—. Es bueno para sus picos.
Simón les prometió
a sus pájaros que estaría pronto de regreso con algo más adecuado y siguió al
doctor hacia el estudio.
—Bueno, joven Simón
—sonrió Morgenes—. ¿Qué puedo hacer por ti en esta fría mañana? Creo que el
otro día, antes de ser inte¬rrumpidos, no acabamos de completar la muy
honorable transac¬ción de tus ranas.
—Así es, y
esperaba...
—Y creo que hay
algo más, ¿verdad?
—¿Qué? —trató de
pensar Simón.
—¿Una minucia
acerca de un suelo que necesita ser barrido? ¿Algo sobre una escoba, solitaria
y abandonada, que con el corazón compungido espera ser utilizada?
El muchacho asintió
con tristeza. Había supuesto que el apren¬dizaje empezaría de manera más
propicia.
—Ah..., ya veo,
¿padeces de una pequeña aversión a las labores menores? —preguntó el doctor,
con una ceja enarcada—. Es com¬prensible, pero está fuera de lugar. Uno debe
realizar esas humildes tareas que mantienen el cuerpo ocupado, pero debe dejar
la mente y el corazón libres y sin trabas. Bien, tenemos que esforzarnos para
ayudarte durante tu primer día de trabajo y he pensado en un mag¬nífico
arreglo. —Dio un gracioso saltito—. Yo hablaré y tu trabajarás. ¿Está bien,
verdad?
Simón se encogió de
hombros.
—¿Tenéis una
escoba? —preguntó—. Me he olvidado la mía.
Morgenes echó un
vistazo detrás de la puerta y volvió con un objeto viejo y lleno de telarañas,
en el que apenas se podía reconocer una escoba.
—Ahora —dijo el
doctor, al presentársela con tanta dignidad como si fuera el estandarte real—,
¿de qué quieres que hable?
—Acerca de los
marinos y de su hierro negro, y de los sitha..., y de nuestro castillo, claro.
¡Ah, y del rey Juan!
—Ah, sí —asintió
Morgenes—. Se trata de una larga lista, pero si ese tonto y haragán de Inch no
nos vuelve a interrumpir, tal vez sea capaz de rebajarla un poco. Ponte a
barrer, muchacho, ponte a ha¬cerlo, ¡haz volar el polvo! A propósito, ¿en qué
parte de la historia me había quedado?
—Cuando llegaron
los rimmerios y se retiraron los sitha, y en las espadas de hierro con que los
rimmerios troceaban a la gente, y ma¬taban a todo el mundo y a los sitha con
hierro negro...
—Hummm —dijo
Morgenes—, ahora me acuerdo. Humm. Bueno, a decir verdad, los saqueadores del
norte no mataban exactamente a. todo el mundo; ni sus saqueos y asaltos fueron
tan impla¬cables como pudiera parecer. Permanecieron en el norte durante muchos
años antes de cruzar la Marca Helada; después se encontra¬ron ante otro gran
obstáculo: los hombres de Hernystir.
—¡Sí, pero los
sitha...! —interrumpió Simón, impaciente. Lo sa¬bía todo acerca de los
hernystiros, pues había conocido a mucha gente de las tierras del oeste
pagano—, ¡Dijisteis que la Gente Pe¬queña tuvo que huir de las espadas de
hierro!
—No Gente Pequeña,
Simón... ¡Oh! —contestó el doctor, y se lanzó sobre una pila de libros forrados
de piel para, a continuación, atusarse la espesa barba—. Veo que tendré que
darle más profundidad a mi historia. ¿Esperan en la cocina que regreses a la hora
de comer?
—No —mintió el
chico con prontitud. Una historia ininterrum¬pida de boca del doctor valía la
pena a cambio de una de las zurras de Raquel.
—Bien. Entonces,
vamos a buscar algunas cebollas y pan para nuestros estómagos..., y tal vez un
vasito de algo para beber: hablar es un oficio que da mucha sed. Y después
haremos un esfuerzo para convertir la escoria en Metal Absoluto: en otras
palabras, para tratar de enseñarte algo.
Cuando se hubieron
provisto de todo ello, el doctor Morgenes volvió a tomar asiento.
—Bueno, bueno,
Simón. Oh, no hace falta que sigas con la es¬coba mientras comes. ¡Los jóvenes
sois tan flexibles! Ahora, por fa¬vor, corrígeme si me equivoco: hoy es jueves,
quince..., ¿dieciséis?... No, quince de novendre. Y el año es mil ciento
sesenta y cuatro, ¿no es así?
—Creo que sí.
—Estupendo. Pon eso
encima del taburete, ¿quieres? Así que hace mil ciento sesenta y cuatro años,
¿de qué? ¿Lo sabes?
Morgenes se echó
hacia adelante.
Simón compuso una
amarga expresión. El doctor sabía que era un cabezahueca y se burlaba de él.
¿Cómo se suponía que un friega¬platos podía saber de esas cosas? Continuó
barriendo en silencio.
Instantes después
levantó la mirada. El anciano masticaba y lo miraba con intensidad por encima
de un mendrugo de oscuro pan.
«¡Qué ojos más
azules tiene!», pensó Simón, y volvió a apartar la vista.
—¿Y bien? —dijo el
doctor con la boca llena—. ¿De qué?
—No lo sé —susurró
el muchacho, y odió el sonido de su propia voz resentida.
—Dejémoslo así. No
lo sabes..., o tal vez crees que no. ¿Escuchas las proclamaciones cuando las
lee el pregonero?
—A veces. Cuando
estoy en el mercado. Otras veces Raquel me explica lo que ha dicho.
—¿Y qué es lo que
dice al final? Lee la fecha, ¿recuerdas?... Ten cuidado con esa urna de
cristal, muchacho, barres como alguien que estuviera afeitando a su peor
enemigo. ¿Qué es lo que dice al final?
Simón, lleno de
vergüenza, estaba a punto de tirar la escoba y salir corriendo cuando, de
repente, una frase flotó y emergió de las profundidades de su memoria, trayendo
consigo los sonidos del mercado —el ondear de los gallardetes y toldos— y el
nítido olor de la hierba de primavera esparcida a sus pies.
—Desde la
Fundación.
Estaba seguro de
ello. Lo había oído en la calle Mayor.
—¡Excelente!— dijo
el doctor, y levantó la jarra como en un brin¬dis para al final echar un largo
trago—. Y ahora, ¿la «Fundación» de qué? No te preocupes —continuó Morgenes
mientras Simón empe¬zaba a negar con la cabeza—, yo te lo diré. No espero que
los jóvenes de hoy día, criados como lo hacen, sepan demasiado sobre la
verda-dera naturaleza de los acontecimientos —añadió el doctor sacu¬diendo la
cabeza, en un rictus mitad en broma, mitad en serio—. El Imperium Nabbanai fue
fundado, o declarado fundado, hace mil ciento sesenta y cuatro años, por
Tiyagaris, el primer Imperator. En ese tiempo, las legiones de Nabban
gobernaban en todos los países del hombre, tanto al norte como al sur, y a
ambas orillas del río Gleniwent.
—Pero..., pero
Nabban es pequeño —dijo Simón, sorprendido—. ¡Es la parte más pequeña del reino
del rey Juan!
—Eso, jovencito
—explicó Morgenes—, es lo que llamamos «histo¬ria». Los imperios tienen
tendencia a declinar; y los reinos, a caer. En el lapso de mil años o algo así,
cualquier cosa puede suceder. La época de máximo apogeo de Nabban no se alargó
tanto. Lo que quiero decir, al fin y al cabo, es que Nabban gobernó un tiempo a
los hombres, y los hombres vivían codo a codo con los sitha. El rey de los
sitha reinaba aquí, en Asu'a, o Hayholt, como nosotros lo lla¬mamos. El
rey-erl, «erl» es una vieja palabra que quiere decir sitha, negaba a los
humanos el derecho a entrar en las tierras de su gente, si no era mediante un
permiso especial; y los humanos, más ligera¬mente temerosos de los sitha, lo
obedecían.
—¿Qué son lo sitha?
Dijisteis que no eran Gente Pequeña.
Morgenes sonrió.
—Aprecio tu
interés, muchacho, ¡en especial cuando todavía no he hablado de matanzas ni
amputaciones!, pero lo apreciaría todavía más si no te mostrases tan tímido con
la escoba. Baila con ella, muchacho, ¡baila con ella! Mira, si puedes, limpia
eso de ahí.
Morgenes trotó
hasta la pared y señaló una mancha de hollín de varios codos de diámetro.
Parecía una pisada. Simón decidió no preguntar, y en lugar de ello se puso a
tratar de borrarla de la pared enyesada.
—Ahhh, te doy las
gracias. He esperado para sacar eso de ahí du¬rante meses; de hecho, desde la
víspera de los Difuntos del último año. Ahora, ¿por dónde, en el nombre de los
Vistrilies Interiores, iba yo...? Ah, sí, tus preguntas. ¿Los sitha? Bueno, ellos
fueron los primeros y tal vez sigan aquí cuando desaparezcamos todos noso¬tros.
Son tan diferentes de nosotros como el hombre lo es de los ani¬males, aunque
más parecidos... —El doctor se detuvo para reconsi¬derar sus afirmaciones—.
Para ser franco, el hombre y los animales viven un mismo y breve lapso de años,
pero no ocurre lo mismo en¬tre el hombre y los sitha. Si bien el Pueblo
Encantado no es inmor-tal, la verdad es que viven mucho más que cualquier
hombre, in¬cluso más que nuestro nonagenario rey. Puede que tal vez no mueran,
si no es por propia elección o a través de la violencia... Tal vez, si fueras
sitha, la violencia en sí misma podría ser una elección...
Morgenes perdió el
hilo. Simón lo miraba con la boca abierta.
—Oh, vamos, cierra
esa mandíbula, muchacho, pareces Inch. Es mi privilegio el poder divagar un
poco. ¿Preferirías regresar y escu¬char a la dama encargada de la servidumbre?
Simón cerró la boca
y continuó frotando el hollín de la pared. Había conseguido cambiar la forma
original de la mancha para con¬vertirla en algo parecido a un cordero; de vez
en cuando se detenía para valorar su trabajo. Una picazón de fastidio se hizo presente
en la base del cuello; le gustaba el doctor, y prefería estar aquí antes que en
cualquier otra parte, pero el anciano hablaba tanto... Tal vez si frotase un
poco más por la parte superior de la mancha ésta podría llegar a parecerse a un
perro... Su estómago rugió intranquilo.
Morgenes siguió con
sus explicaciones, llenas de lo que para Si¬món resultaban detalles
innecesarios, sobre la era de paz entre los súbditos del rey-erl de edad
indefinida y los de los Imperatores hu¬manos emergentes.
—... Así, sitha y
hombres encontraron una especie de equilibrio —dijo el anciano—, incluso
comerciaban un poco...
El rugido del
estómago de Simón se hizo audible. El doctor sonrió y dejó otra vez sobre la
mesa la última cebolla que acababa de coger.
—Los hombres traían
especias y tintes de las Islas del Sur, o pie¬dras preciosas de las Montañas
Grianspog de Hernystir; a cambio recibían hermosas cosas provenientes de los
cofres del rey-erl, obje¬tos de una misteriosa y exquisita artesanía.
La paciencia de
Simón tocaba a su fin.
—Pero ¿qué ocurrió
con los hombres de los barcos, los rimmerios? ¿Qué pasó con las espadas de
hierro?
El muchacho miró a
su alrededor en busca de algo a lo que hin¬carle el diente. ¿La última cebolla?
Se acercó con cautela hacia ella. Morgenes estaba frente a la ventana, desde
donde observaba el gris atardecer. Simón se la metió en el bolsillo y corrió de
vuelta hasta la mancha de la pared. Con un tamaño claramente inferior al
original, la mancha tenía ahora la forma de una serpiente. Morgenes conti¬nuaba
sin apartarse de la ventana.
—Supongo que ha
habido un poco de tiempos pacíficos y gentes de igual talante en mi historia de
hoy —dijo. Meneó la cabeza y se di¬rigió hacia su asiento—. La paz pronto
acabará...
El doctor volvió a
sacudir la cabeza y un mechón de fino cabello se cruzó en su frente arrugada.
Simón mordisqueaba la cebolla a es¬condidas.
—La edad de oro de
Nabban duró unos cuatro siglos, hasta el ad¬venimiento de los rimmerios sobre
Osten Ard. El Imperium Nabbanai se había recluido sobre sí mismo. El linaje de
Tiyagaris había muerto, y cada nuevo emperador que se hacía con el poder era como
un dado escogido de un cubilete; algunos eran buenos y tra¬taban de mantener al
reino unido; otros, como Crexis el Chivo, eran peores que los saqueadores del
norte. Y algunos, como Enfortis, eran simplemente débiles.
»Durante el reinado
de Enfortis se produjo la llegada de los po¬seedores del hierro. Nabban decidió
retirarse del norte. Lo hicieron a través del río Gleniwent, de forma tan
apresurada que muchos de los puestos fronterizos del norte se encontraron solos
y abandona¬dos a su suerte: unirse a los rimmerios o morir.
»Hummm... ¿Te
aburro, muchacho?
Simón, apoyado
contra la pared, se sacudió para enfrentarse con la conocida sonrisa de
Morgenes.
—¡No, doctor, no!
—Tenía los ojos cerrados para poder escuchar mejor—. ¡Seguid!
Todos aquellos
nombres, nombres y más nombres le estaban provocando sueño..., y deseó que el
anciano se apresurase para lle¬gar a la parte de las batallas. Pero le gustó
ser el único del castillo para quien hablaba Morgenes. Las sirvientas no sabían
nada de aquel tipo de cosas..., cosas de hombres. ¿Qué sabían las sirvientas o
las chicas más jóvenes sobre ejércitos, banderas y espadas...?
-¿Simón?
-¡Oh! ¿Sí? ¡Seguid!
El chico se dio la
vuelta con rapidez para restregar los últimos restos de la mancha mientras el
doctor continuaba. La pared estaba limpia. ¿Lo habría hecho sin darse cuenta?
—Así que trataré de
acortar un poco la historia, muchacho. Como iba diciendo, Nabban retiró sus
ejércitos del norte y se con¬virtió por primera vez en un imperio totalmente
sureño. Fue el principio del fin, claro; según fue pasando el tiempo, el
imperio se replegó sobre sí mismo como una sábana, cada vez más y más pe¬queño,
hasta nuestros días, cuando ya no es más que un ducado, una península con unas
cuantas islas añadidas. En el nombre de la Flecha de Paldir, ¿qué es lo que
haces?.
Simón se
contorsionaba como un podenco mientras trataba de rascar una mancha en un lugar
difícil. Sí, allí estaban los restos de la mancha de la pared: una silueta en
forma de serpiente cruzaba toda la espalda de su camisa. Se había apoyado
contra ella. Se volvió ha¬cia Morgenes con cara de borrego, pero el doctor se
rió y continuó.
—Sin las
guarniciones imperiales, Simón, el norte quedó inmerso en el caos. Los hombres
que habían llegado en los barcos capturaron la mayor parte del norte de la
Marca Helada, y llamaron a su nuevo hogar Rimmersgardia. No contentos con ello,
los rimmerios avanza¬ron hacia el sur, barriendo todo lo que encontraban en su
sangriento camino. Pon esas hojas en la estantería, contra la pared, ¿quieres?
»Robaron y
arruinaron a otros hombres, hicieron numerosos cautivos, pero para los sitha
fueron criaturas fatales; los cazaron y dieron muerte allí donde los
encontraron, mediante el fuego y el hierro frío... Cuidado con eso, muchacho.
—¿Aquí encima,
doctor?
—Sí..., pero, ¡por
los Huesos de Anaxos, no los tires!. ¡Ponlos bien! ¡Si supieras la de horas que
durante una terrible noche estuve ju¬gando a los dados en un cementerio
utanyeato para poner mis ma¬nos sobre ellos...! ¡Allí! Así está mucho mejor.
»Por aquel
entonces, la gente de Hernystir, un orgulloso y ague¬rrido pueblo al que ni
siquiera los emperadores de Nabban habían podido conquistar, no parecía estar
dispuesta a ofrecer sus cuellos a los rimmerios. Estaba horrorizada por lo que
los norteños hacían con los sitha. De todos los humanos, los hernystiros eran
los más cercanos a los sitha; todavía hoy son visibles las marcas de una
anti¬gua ruta comercial entre este castillo y el Taig de Hernysadharc. El señor
de Hernystir y el rey-erl formaron una alianza desesperada, y durante un tiempo
mantuvieron a distancia la marea norteña.
»Pero ni siquiera
unidos podían oponer suficiente resistencia frente al avance invasor. Fingil,
el rey de los rimmerios, marchó hacia el sur de la Marca Helada por encima de
las fronteras del territorio del rey-erl... —Morgenes sonrió con tristeza y
continuó—: Estamos a punto de acabar, joven Simón, no temas, llegamos al final
de todo ello...
»En el años
seiscientos sesenta y tres, las dos grandes huestes lle¬garon a las praderas de
Ach Samrath, al norte del río Gleniwent. Durante cinco días de horribles y
despiadados combates, los hernystiros y los sitha consiguieron hacer retroceder
a los rimme¬rios. Pero en el sexto día fueron atacados a traición por su flanco
desprotegido. El ataque fue llevado a cabo por un ejército de hom¬bres de
Thrithings, que durante mucho tiempo habían codiciado las riquezas de
Erkynlandia y de los sitha. Amparados por la oscuri¬dad, llevaron a cabo una
carga mortífera. La línea de defensa fue rota; los carros hernystiros,
aplastados, y el Blanco Venado de la Casa de Hern, pisoteado sin miramientos.
Se dice que, sólo en ese día, diez mil hombres de los hernystiros encontraron
la muerte en el campo de batalla. Nadie sabe cuántos sitha cayeron, pero sus
pérdi¬das también fueron enormes. Los hernystiros que sobrevivieron hu¬yeron
hacia los bosques de su tierra. En Hernystir, Ach Samrath es un nombre que se
emplea para designar odio y pérdida.
—¡Diez mil! —silbó
Simón. Los ojos le brillaron a causa del terror y la enormidad de la cifra.
Morgenes se percató
de la expresión del chico e hizo una mueca, aunque sin añadir comentario
alguno.
—Ése fue el día en
que el señorío de los sitha sobre Osten Ard tocó a su fin, aunque todavía
pasaron tres años de duro sitio antes de que Asu'a cayese en manos de los
victoriosos norteños.
»Si no hubiera sido
por las horribles magias realizadas por el hijo del rey-erl, no habría
sobrevivido ni un solo sitha a la caída del castillo. Sin embargo, muchos lo
hicieron y huyeron a los bosques y hacia el sur, en dirección a las aguas, y...
hacia cualquier parte.
Ahora la atención
de Simón estaba fija como si se hallase cla¬vado al suelo.
—¿Y el hijo del
rey-erl? ¿Cómo se llamaba? ¿Qué clase de magia invocó? —preguntó el chico, y un
pensamiento repentino atravesó su mente—. ¿Y qué hay del rey Juan? Creí que
ibais a explicarme algo del rey..., ¡de nuestro rey!
—Otro días, Simón.
Morgenes se abanicó
la frente con un fajo de pergaminos, aun¬que la pieza estaba bastante Fría.
—Hay mucho que
explicar sobre las eras oscuras tras la caída de Asu'a, muchas historias. Los
rimmerios gobernaron aquí hasta la llegada del dragón. Años más tarde, mientras
el dragón dormía, otros hombres poseyeron el castillo. Muchos años y varios
reyes pa¬saron por Hayholt, muchos años oscuros y muchas muertes hasta el
advenimiento de Juan...
Se detuvo y pasó
una mano por el rostro como para apartarse el cansancio.
—Pero ¿qué pasó con
el hijo del rey de los sitha? —preguntó Si¬món, con calma—. ¿Qué hay sobre...
la «terrible magia»?
—Sobre el hijo del
rey-erl... es mejor no decir nada.
—¿Por qué?
—¡Basta de
preguntas, muchacho! —rugió Morgenes, agitando las manos—. ¡Estoy cansado de
tanto hablar!
Simón se ofendió.
Sólo había tratado de oír la historia com¬pleta; ¿por qué la gente mayor se
enfada con tanta facilidad? De to¬das formas, era mejor no matar la gallina de
los huevos de oro.
—Lo siento, doctor.
Trató de parecer
contrito, pero el viejo sabio tenía un aspecto tan gracioso, con su cara
sonrosada y su cabello encrespado, que Si¬món sintió cómo se iba conformando en
sus labios una sonrisa. Morgenes lo vio, pero mantuvo su adusta expresión.
—De verdad que lo
siento.
No se produjo
ningún cambio. ¿Qué más podía probar?
—Os doy las gracias
por explicarme la historia.
—¡No es ninguna
«historia»!— gruñó Morgenes—. ¡Es Historia! ¡Ahora vete! ¡Vuelve mañana por la
mañana dispuesto a trabajar, porque apenas has empezado la faena de hoy!
Simón se incorporó
y trató de ocultar su sonrisa, pero según se daba la vuelta para marcharse se
le escapó y se dibujó a través de su rostro. Al cerrar la puerta tras de sí oyó
al anciano maldecir a no-sé-qué-demonios que habían ocultado su jarra de cerveza.
La luz del
atardecer se introducía como un cuchillo a través de los claros abiertos entre
las nubes mientras Simón volvía de camino al bastión interior. Tenía el aspecto
de un holgazán tonto y boquia¬bierto, un alto y desagradable chico pelirrojo,
vestido con ropas pol¬vorientas. Pero en su interior bullían extraños
pensamientos, como un panal de deseos y murmullos zumbones.
«Mira el castillo»,
pensó. Estaba viejo y muerto, con piedras amontonadas sobre piedras carentes de
vida, una montaña de rocas habitada por criaturas de mente estrecha. Pero una
vez había sido diferente. Grandes acontecimientos ocurrieron aquí. Los cuernos
habían sonado; las espadas, brillado; grandes ejércitos se habían en-frentado
como las olas del Kynslagh batiendo contra el muro. Cien¬tos de años habían
transcurrido, pero a Simón le pareció que estaba ocurriendo en aquel instante y
sólo para él, mientras la lerda y tonta gente con la que compartía el castillo
se arrastraba sin pensar en nada excepto en la próxima comida, y en echar una
cabezada inme-diatamente después.
«Idiotas.»
Al atravesar la
postrera puerta, una luz le llamó la atención hacia la distante pasarela que
rodeaba la Torre de Hjeldin. Vio a una mu¬chacha, brillante y pequeña como una
pieza de joyería. Su ropa de color verde y el dorado cabello eran abrazados por
un rayo de luz so¬lar como si hubiera sido lanzado como una flecha desde el
cielo para ella sola. Simón no podía verle el rostro, pero estaba seguro de que
tenía que ser hermosa; hermosa y compasiva como la imagen de la Inmaculada
Elysia que había en la capilla.
Durante un momento
aquel destello de verde y oro lo encendió, como una chispa sobre madera seca.
Sintió desaparecer todo el fas¬tidio y el resentimiento que llevaba dentro de
sí, que se esfumaron en un instante. Se sintió ligero y capaz de flotar como una
pluma de ganso y rogó que la brisa se lo llevase de un soplo hacia el rayo
dorado.
Apartó la mirada de
la maravillosa muchacha sin rostro y miró sus ropas harapientas. Raquel lo
esperaba, y su comida se habría en¬friado. Un indefinible peso volvió a tomar
su lugar acostumbrado y le hizo inclinar el cuello y hundir sus hombros
mientras caminaba arrastrando los pies hacia las dependencias de los
servidores.
5
La ventana de la
torre
Novendre balbuceaba
en el exterior a través del viento y de la delicada nieve; decimbre aguardaba
paciente, con el final del año atado en su cola.
El rey Juan el
Presbítero había enfermado tras hacer que sus dos hijos regresasen a Hayholt, y
había vuelto a sus sombrías estancia:, rodeado de sanguijuelas, sabios doctores
y del inquieto cuerpo de servidores. El obispo Domitis vino desde San Sutrino, la
más grande iglesia de Erchester, y sentó plaza junto a la cama de Juan. Aquél
despertaba al monarca a todas horas para inspeccionar la tex¬tura y el peso del
alma real. El anciano rey, que se debilitaba por momentos, soportó a ambos,
dolor y sacerdote, con valeroso estoi¬cismo.
En la pequeña
estancia situada junto a la del propio rey, que Towser había ocupado durante
cuarenta años, reposaba la espada Clavo brillante, engrasada y enfundada,
envuelta en finos lienzos en el fondo del baúl de roble del bufón.
La noticia se
extendió por la ancha faz de Osten Ard: el Preste Juan se moría. Hernystir al
oeste y la norteña Rimmersgardia despa¬charon delegaciones inmediatamente junto
al lecho de la sufrida Erkynlandia. El viejo duque Isgrimnur, compañero del rey
a la iz¬quierda de la Gran Mesa, llevó cincuenta rimmerios de Elvritshalla y
Naarved. La compañía iba envuelta de pies a cabeza en pieles y cueros para
cruzar la Marca Helada en invierno. Sólo veinte hernystiros acompañaron al hijo
del rey Lluth, Gwythinn, pero el brillo del oro y la plata que vestían relucía
tanto que ocultaba la pobreza de sus prendas.
El castillo empezó
a llenarse de vida con música y lenguas que durante mucho tiempo habían dejado
de escucharse: rimmerspakk, perdruinense y lengua harcha. El lenguaje isleño de
Naraxi flotaba en el patio, y en los establos se oía el eco de las cadencias
musicales de los hombres de Thrithings; los habitantes de las llanuras, como
siempre, se encontraban más cómodos entre caballos. Entre éstos y aquéllos
flotaba el lento hablar de Nabban, la articulada lengua de la Madre Iglesia y
de sus sacerdotes aedonitas, siempre preocupados por las idas y venidas de los
hombres y de sus almas.
En el alto Hayholt
y bajo él, en Erchester, aquellos pequeños ejércitos de extranjeros llegaban
juntos y se separaban, la mayor parte de las veces sin incidentes. Aunque
muchas de esas gentes eran antiguos enemigos, casi ochenta años de tutela bajo
el Supremo Rey habían curado muchas heridas. Se intercambiaron más litros de
cer¬veza que duras palabras.
Existió una
lamentable excepción a aquella regla de armonía, difícil de pasar por alto o
dejar de entender. Allí donde se encontra¬sen, bajo las anchas puertas de
Hayholt o en las estrechas callejuelas de Erchester, los soldados de verdes
libreas, del príncipe Elías, y los de las camisas pardas, seguidores del
príncipe Josua, se zarandeaban y discutían. Aquello era un reflejo público de
la privada división que existía entre los hijos del rey. La guardia erkyna del
Preste Juan tuvo que ser llamada para intervenir en varias reyertas. Al final,
uno de los seguidores de Josua fue apuñalado por un joven noble meremundo, un
íntimo del heredero. Por fortuna, la herida del hombre de Josua no resultó
fatal y todos tuvieron que oír las reprimendas de los cortesanos más ancianos.
Las tropas de ambos príncipes volvie¬ron a las miradas frías y a las burlas
desdeñosas; el derramamiento de sangre fue abortado.
Aquéllos eran
extraños días en Erkynlandia y en todo Osten Ard; días cargados por igual de
pena y excitación. El rey no había muerto, pero daba la impresión de que lo
haría pronto. El mundo entero estaba en proceso de cambio. ¿Cómo podría
continuar todo igual cuando el Preste Juan ya no se sentase en el Trono del
Dragón?
«¡Lunen: sueño...
Jueses: mejor... Veirnes: el mejor... Sátedo: día de mercado... Domingo:
descanso!»
Mientras bajaba las
crujientes escaleras de dos en dos, Simón cantaba la vieja rima a voz en
cuello. Casi tropezó con Sofrona, la dama que se ocupaba de la ropa, mientras
ésta conducía a un escua¬drón de doncellas cargadas con sábanas por la puerta
del Jardín de Pinos. Sofrona se echó atrás, contra la jamba de la puerta,
emi-tiendo un gritito mientras Simón la cruzaba. La mujer levantó un huesudo
puño en ademán amenazante contra la espalda ya lejana del muchacho.
—¡Se lo diré a
Raquel! —gritó.
Sus acompañantes
ahogaron la risa.
¿A quién le
preocupaba Sofrona? Hoy era sátedo —día de mer¬cado— y Judit, la cocinera, le
había dado dos peniques para que le comprase algo, y una pequeña pieza
—¡bendito sátedo!— para que se la gastase en lo que Simón quisiera. Las monedas
sonaban con ruido cantarín en su bolsa de piel mientras daba una vuelta por los
acres de largos y circulares patios del castillo, yendo desde el bastión
interno al mediano, ahora casi vacío, desde que sus residentes —sol¬dados y
artesanos— se encontraban, en su mayoría, atendiendo sus deberes o en el
mercado.
Los animales
pastaban en el patio de los comunes del bastión exterior, amontonados de forma
miserable para resguardarse del frío, vigilados por pastores que apenas
mostraban mejor aspecto que el ganado. Simón se apresuró a lo largo de las
hileras de casas bajas, almacenes y cobertizos de animales, la mayoría de ellos
dema¬siado viejos y tan cubiertos de hiedra que parecían tumores que le
hubiesen salido a las murallas interiores de la Gran Torre.
El sol, apenas
velado por las nubes, brillaba sobre los innumera¬bles grabados que cubrían la
imponente superficie de ágata de la Puerta Nearulagh. Mientras reducía la
velocidad de sus pasos para evitar los charcos que se habían formado en el
suelo y miraba con la boca abierta los intrincados grabados de la victoria del
rey Juan so¬bre Ardrivis —la batalla por la que Nabban se inclinó ante la
autori¬dad real—, Simón oyó el sonido de cascos de caballos y el chirrido de
las ruedas de los carros. Levantó la mirada lleno de horror para en¬contrarse
frente a los grandes ojos en blanco de un caballo que iba salpicando fango con
sus cascos según penetraba a través de la Puerta Nearulagh. Simón se echó a un
lado y sintió que el viento azotaba su rostro al paso del animal. El conductor
del carro iba azu¬zando a la bestia mediante salvajes voces. El chico tuvo una
breve visión del conductor, que iba enfundado en una oscura capa con ca¬pucha
de color escarlata. Los ojos del hombre lo miraron con des¬precio al pasar junto
a él; eran negros y brillantes, como las crueles órbitas de un tiburón. Aunque
el encuentro de sus miradas fue muy breve, Simón sintió que los ojos del
conductor casi lo habían que¬mado. Se echó hacia atrás y se dejó caer,
encogido, contra la piedra de la jamba de la puerta, mientras veía desaparecer
el carro por el bastión exterior. Los pollos chillaban y revoloteaban a su
paso, ex¬cepto los que quedaban aplastados bajo las ruedas del carro. Plumas
sucias de barro cayeron al suelo.
—¡Eh, chico! ¿Estás
herido? —preguntó uno de los guardias de la puerta mientras cogía la temblorosa
mano de Simón y lo ayudaba a incorporarse—. Entonces, sigue tu camino.
La nieve se
arremolinaba en el aire y se posaba casi deshecha so¬bre sus mejillas mientras
Simón bajaba por la colina en dirección a Erchester. El tintineo de las monedas
en su bolso tenía ahora un ritmo más lento.
—Ese sacerdote está
más loco que una cabra —oyó decir al guar¬dia, que se dirigía a su compañero—.
Si no fuese porque es un hom¬bre del príncipe Elías...
Tres niños seguían
con dificultad a su madre colina arriba y se¬ñalaron al larguirucho Simón
cuando se cruzó con ellos; se reían de la expresión que denotaba su pálido
rostro.
La calle Mayor
aparecía cubierta de pieles estiradas a lo ancho, de edificio a edificio. En
cada cruce había grandes fogatas; la mayor parte del humo que éstas producían
subía en espirales y desaparecía a través de los agujeros practicados en los
toldos de piel. La nieve caía lentamente a través de las improvisadas chimeneas
y se fundía entre siseos al entrar en contacto con el aire caliente de las
hogueras. Calentándose a las llamas o charlando y paseando —mientras
exami¬naban los artículos que aparecían expuestos a cada lado de la calle—, la
gente de Erchester y de Hayholt se mezclaban con aquellos llega¬dos de los
feudos más lejanos, mientras se arremolinaban arriba y abajo de la ancha calle
que corría a lo largo de dos leguas, desde la Puerta Nearulagh hasta la Plaza
de la Batalla, al final de la ciudad. Atrapado en medio de toda aquella
agitación, Simón se sintió revi¬vir. ¿Por qué tenía que preocuparse por un cura
borracho? ¡Al fin y al cabo, era día de mercado!
El usual ejército
de mercaderes y vendedores ambulantes que no dejaban de gritar, campesinos de
mirada sorprendida, jugadores, la¬dronzuelos y músicos, había engrosado sus
filas con la soldadesca de las misiones enviadas junto al rey moribundo.
Reimmerios, hernystiros, warinstenos o perdruinos; su andar lleno de pavoneo y
sus bri¬llantes correajes atraían la mirada de Simón. Se encontró siguiendo a
un grupo de legionarios nabbanos vestidos de azul y oro, admirando su contoneo
y aires de superioridad, entendiendo sin que mediaran palabras la tonta manera
en que se imprecaban los unos a los otros. Cada vez se iba acercando más a
ellos, con la esperanza de echar una mirada a las cortas espadas enfundadas que
colgaban de sus cinturas, cuando uno de ellos —un soldado de ojos brillantes y
oscuros y es¬peso bigote— se volvió y lo vio.
—Ah, hermanos —dijo
con una mueca, mientras agarraba el brazo de uno de sus compañeros—. ¡Mira! Un
ladronzuelo. ¡Apuesto a que tenía la mirada puesta en tu bolsa, Turis!
Ambos hombres se
detuvieron para mirar a Simón, y el más pesado de ellos, de espesa barba, el
llamado Turis, miró al joven con una mueca.
— Tocó bolsa, lo
mataré —gruñó.
Su dominio de la
lengua westerling no era tan bueno como el del primer hombre; también parecía
carecer de su humor.
Otros tres
legionarios habían llegado para unirse a los primeros. Cada vez se acercaban
más a Simón, hasta que éste se sintió como un zorro acorralado.
—¿Qué ocurre,
Gelles? —preguntó uno de los recién llegados al compañero de Turis—. Hué fauge?
¿Ha robado algo?
—Nai, nai... —dijo
Gelles entre dientes—. Estábamos de broma con Turis. Este flacucho no ha hecho
nada.
—¡Tengo mi propia
bolsa! —espetó Simón, lleno de indignación. La desató del cinturón y la alzó
para moverla ante los rostros de los sonrientes soldados—. ¡No soy un ladrón!
¡Vivo en la casa del rey! ¡ vuestro rey!
Todos los soldados
estallaron en carcajadas.
—¡Heá, escuchadlo!
—dijo Gelles—. ¡Nuestro rey, dice! ¡Qué va¬liente!
Simón se dio cuenta
en aquel instante de que el joven legionario estaba borracho. Parte —aunque no
toda— de su fascinación desapa¬reció y se convirtió en disgusto.
—Oíd, muchachos.
—Gelles alzó las cejas—. «Mulveiz-nei cenit drenizend», dicen. Hay que tener
cuidado con este cachorro, así que dejémosle que duerma.
Otra explosión de
risas sacudió a los soldados. Simón, con el rostro enrojecido, volvió a
anudarse la bolsa y se dio la vuelta.
—¡Adiós, rata de
castillo! —se despidió uno de los legionarios.
Simón no se dio la
vuelta para contestar, sino que se alejó a toda prisa.
Había pasado junto
a una de las fogatas y había salido bajo los toldos de la calle Mayor cuando
sintió que una mano se posaba so¬bre su hombro. Giró sobre sí mismo, pensando
que los nabbanos habían vuelto para seguir insultándolo, pero en su lugar
encontró a un hombre rechoncho con la cara sonrosada a causa de lo que pare¬cía
una larga exposición a los elementos. El extraño vestía el manto gris y lucía
la tonsura de un padre mendicante.
—Perdóname,
muchacho —dijo, con fuerte acento hernystiro—. Sólo deseaba saber si te
encontrabas a salvo, si esos goirach nabbanos te habían causado algún daño.
El extraño se
acercó a Simón y lo palpó, para cerciorarse de que no había sufrido mal alguno.
Sus ojos, bajo unas espesas cejas, se movían sin cesar en un rostro con arrugas
que marcaban las curvas de una sonrisa que debía de ser frecuente, pero que
parecía contener algo más: una sombra muy densa, que causaba desazón aunque no
miedo. Simón se dio cuenta de que se había quedado con la mirada fija en el
fraile, casi contra su voluntad, y la retiró.
—No, gracias, padre
—empezó a decir, siguiendo las normas de educación—. Sólo se estaban
divirtiendo a mi costa. No me han cau¬sado daño.
—Eso está bien, muy
bien... Ah, perdóname, no me he presen¬tado. Soy el hermano Cadrach
ec-Crannhyr, de la orden vilderivana —dijo, y le dirigió una sonrisa al
muchacho. Su aliento hedía a vino—. He venido con el príncipe Gwythinn y sus
hombres. ¿Quién eres tú?
—Simón. Vivo en
Hayholt —respondió, e hizo un vago gesto in¬dicando el castillo.
El fraile volvió a
sonreír, sin decir nada, y se dio la vuelta para observar a un hyrka vestido
con brillantes colores; el hombre lle¬vaba arrastrando de una cadena a un oso
con bozal. Cuando el dúo hubo pasado, Cadrach volvió a dirigir sus vivos ojitos
hacia Simón.
—Hay algunos que
dicen que los hyrkas pueden hablar con los animales, ¿lo has oído alguna vez?
Sobre todo con sus caballos, y que los animales les entienden perfectamente.
El fraile se
encogió de hombros con una mueca burlona, como para mostrar que un hombre de
Dios de ninguna manera puede creer aquella clase de tonterías.
Simón no contestó.
Él, desde luego,
también había oído aquel tipo de historias a propósito de los salvajes hyrkas.
Shem Horsegroom juraba que esas historias eran pura verdad. A los hyrkas se los
podía ver a menudo en el mercado, donde vendían hermosos caballos a precios de
escán¬dalo y donde engañaban a los campesinos con trampas y rompeca-bezas. Al
pensar en ello —sobre todo en la mala reputación de que gozaban—, Simón bajó la
mano y se cogió la bolsa del dinero. Se sin¬tió más seguro al advertir las
monedas en el interior.
—Gracias por
vuestra ayuda, padre —dijo, para acabar, aunque no recordaba que el hombre
hubiera hecho nada por él—. Ahora debo irme. Tengo que comprar algunas
especias.
Cadrach lo miró
durante unos instantes, como si tratase de re¬cordar algo, una clave que
debiera estar escondida en el rostro de Simón. Después dijo:
—Me gustaría
pedirte un favor, jovencito.
—¿Qué? —preguntó
Simón, con una voz llena de sospecha.
—Como ya te he
dicho, soy un extranjero en tu Erchester. Tal vez pudieras guiarme durante un
rato, sólo para ayudarme un poco. Después, tras haber hecho una buena obra,
podrás seguir tu ca¬mino.
—Ah... —dijo Simón.
Se sintió aliviado.
Su primer impulso fue decir que no, pues ya era bastante raro que tuviese una
tarde libre para recorrer el mer¬cado. Pero ¿cuántas veces tiene uno la
oportunidad de charlar con un monje aedonita de la pagana tierra de Hernystir?
Además, el her¬mano Cadrach no parecía del tipo de los que sólo quieren
aleccio¬narte sobre el pecado y la condenación. Volvió a mirar el rostro del
hombre, pero la cara del monje le pareció inescrutable.
—Bueno, supongo que
sí. Vamos... ¿Queréis ver las danzas de Nascadu en la Maza de la Batalla...?
Cadrach resultó ser
un compañero interesante. Aunque no de¬jaba de hablar —explicó a Simón todo lo
referente al frío viaje que, desde Hernysadharc a Erchester, había realizado
con el príncipe Gwythinn, y sus frecuentes chanzas sobre los transeúntes y sus
exó¬ticas vestimentas—, parecía refrenado, como esperando siempre algo, incluso
cuando se reía de sus propias historias. Ambos deam¬bularon por el mercado
durante buena parte de la tarde, miraron las mesas de pasteles y vegetales
secos que se amontonaban contra las paredes de las tiendas de la calle Mayor,
olieron los cálidos aromas de las panaderías y de los vendedores de castañas.
Cuando se per-cató de la triste mirada de Simón al ver tales cosos, el fraile
insistió en pararse a comprar un cestillo de castañas asadas, que pagó de buena
gana, dando al vendedor de cara agrietada una pieza extraída con torpeza de un
bolsillo de su casulla gris. Después de quemarse los dedos y lenguas en vano
intento por comerse las castañas, reco¬nocieron su derrota y esperaron a que se
enfriasen mientras observa¬ban una discusión entre un mercader de vinos y un
malabarista que obstruía la puerta de su bodega.
Más tarde se
detuvieron para ver una representación de títeres sobre la vida de Jesuris, a
la que asistía una manada de niños chillo¬nes y fascinados adultos. Los muñecos
hacían reverencias y más re¬verencias. Jesuris, con su túnica blanca, trataba
de no ser capturado por el emperador Crexis, representado con cuernos y barba
de chivo y agitando una larga pica. Al final Jesuris fue capturado y colgado en
el Árbol; Crexis, con aguda y estridente voz, no hacía más que atormentar al
Sabio colgado. Los niños, muy excitados, insultaban al emperador.
Cadrach dio un
ligero codazo a Simón.
—¿Ves? —preguntó,
mientras apuntaba con un grueso dedo hacia el teatrillo.
La cortina que
colgaba desde el escenario hasta el suelo se mo¬vía, como agitada por una
fuerte brisa. Cadrach volvió a dar un co¬dazo a Simón.
—¿No dirías que
ésta es una buena representación de Nuestro Se¬ñor? —inquirió, sin apartar los
ojos del telón. Arriba, Crexis daba sal¬tos y Jesuris sufría—. Mientras el
hombre desarrolla su propia repre¬sentación, el Manipulador permanece fuera de
la vista; lo conocemos no porque lo hayamos visto, sino por la forma en que se
mueven Sus títeres. De vez en cuando la cortina se agita, eso Lo hace
permanecer oculto a Su fervoroso público. Ah, pero le estamos agradecidos
in¬cluso por ese pequeño movimiento del telón, ¡agradecidos!
Simón lo observó;
Cadrach dejó de mirar la representación de títeres y sus ojos se encontraron.
Una extraña y triste sonrisa hizo acto de presencia por una de las comisuras de
la boca del fraile; por una vez su mirada podía ser valorada.
—Ah,
muchacho—dijo—, ¿qué puedes saber tú de asuntos reli¬giosos?
Continuaron vagando
por el mercado durante un tiempo antes de que el padre Cadrach se marchase
agradeciendo su hospitalidad al muchacho. Simón continuó su andar sin rumbo
durante bastante tiempo más, y los trozos de cielo que podían ser vistos a
través de los toldos fueron adquiriendo un tinte oscuro antes de que recordase
el encargo.
Cuando llegó al
puesto del comerciante de especias descubrió que su bolsa había desaparecido.
El corazón empezó a
latirle a un ritmo tres veces más rápido de lo normal mientras trataba de
recordar. Sabía que había sentido el balanceo de la bolsa en el cinturón cuando
junto a Cadrach se de¬tuvieron para comprar las castañas, pero no pudo recordar
su pre¬sencia a partir de entonces. Fuera donde fuese que había desapare¬cido,
ya no la tenía, y no sólo se trataba de su moneda, ¡sino de los dos peniques
que Judit le había confiado!
Recorrió en vano el
mercado hasta que los agujeros del techo de toldos se hubieron vuelto del todo
negros. La nieve que apenas ha¬bía sentido antes le pareció muy fría y húmeda
al regresar, con las manos vacías, al castillo.
Peor que ningún
castigo —como descubriría Simón al regresar a casa sin especias ni dinero— fue
el observar la mirada de fastidio que la dulce, gorda y llena de harina Judit
le dirigió. Raquel también utilizó la más desagradable de las tácticas al
castigarlo con algo tan doloroso como una expresión de disgusto ante la
chiquillada y la promesa de que trabajaría «hasta que se le gastasen los dedos»
para devolver el dinero. Incluso Morgenes, a quien Simón acudió en busca de
consuelo y simpatía, pareció poco sorprendido ante la falta de cuidado del
joven. Aunque se había ahorrado una zurra, nunca se había sentido tan mal ni
había tenido tan mala impresión de sí mismo.
El domingo llegó y
pasó, como un oscuro y triste día en el que la mayor parte del personal de
Hayholt pareció estar en la capilla orando por el rey Juan. O eso, o diciéndole
a Simón que se apartase. Sentía la clase de desagradable sentimiento que podía
ser aliviado mediante una visita al doctor Morgenes o una excursión más allá de
las puertas, para realizar alguna exploración. El doctor se encon¬traba
ocupado, encerrado con Inch; parecía trabajar en algo grande y peligroso; no
iba a necesitar a Simón para nada. El tiempo en el exterior era tan frío que ni
siquiera en el estado en que se encon¬traba pudo convencerse para salir a
deambular. En lugar de ello, el resto de la larga tarde lo pasó con el gordo
aprendiz de candelero, Je¬remías, amontonando rocas de uno de los torreones del
bastión in¬terno y hablando de cosas tan insulsas como si los peces se helaban
en el foso durante el invierno o, si no, adonde iban hasta que llegase la
primavera.
El frío exterior
—así como la frialdad de una naturaleza diferente que se respiraba en las
habitaciones de los servidores— permanecía cuando se levantó, la mañana del
lunen, y se sintió mal y a disgusto. Morgenes también parecía encontrarse de no
muy buen humor. Así que, cuando Simón hubo terminado sus labores en las
estancias del doctor, cogió algo de pan y queso de la despensa y salió al
exterior para estar solo.
Durante un rato
permaneció con aspecto abatido en el Salón de los Archivos, en el bastión
mediano, y se dedicó a escuchar el sonido seco y parecido al zumbido de un
insecto que hacían los padres escribanos al copiar. Pero después de una hora
empezó a sentirse como si fuese sobre su propia piel sobre la que las plumas de
los es¬cribas estuvieran rascando, rascando y rascando...
Decidió coger la
comida y subir las escaleras de la Torre del Ángel Verde, algo que no había
hecho desde que el tiempo había empezado a cambiar.
Teniendo en cuenta
que Barnabás, el sacristán, lo echaría fuera si lo pillaba, resolvió no tomar
el camino de la capilla para dirigirse a la torre, y en lugar de ello decidió
tomar su propio y secreto ca¬mino hacia los pisos superiores. Envolvió con cuidado
la comida en el pañuelo y partió.
Caminó por las que
parecían interminables salas de la Cancille¬ría, de pasillos cubiertos a patios
al aire libre. De vuelta otra vez a los pasillos —aquella parte del castillo
estaba dotada de pequeños patios cerrados—, evitó, no sin cierta superstición,
mirar hacia lo alto de la torre que, delgada y pálida, dominaba la esquina
sudoeste de Hayholt como un abedul en un jardín de piedras, tan increíble¬mente
alta y delicada que desde el nivel del suelo parecía erigirse en alguna lejana
colina, a millas y millas de distancia de los muros del castillo. Cuando se
detuvo la sintió estremecerse al contacto con el viento, como si fuese la
cuerda de un laúd rasgada por alguna púa celestial.
Los cuatro primeros
niveles de la Torre del Ángel Verde no se diferenciaban demasiado de cientos de
otras estructuras similares esparcidas por el castillo. Antiguos señores de
Hayholt habían encerrado su delgada base entre muros de granito y almenas; si lo
hicieron con el objetivo de asegurar su estabilidad o por el ex¬traño aspecto
de la torre, nadie podría decirlo. Por encima del ni¬vel del recinto que la
rodeaba, la estructura de contención dejaba de existir; la torre seguía hacia
arriba, desnuda, como una her¬mosa criatura albina que escapase de un monótono
capullo. Bal-conadas y ventanas de extrañas formas habían sido abiertas en la
misma brillante superficie de piedra, al igual que el diente de ba¬llena lleno
de grabados que Simón había visto a menudo en el mercado. En el distante
pináculo de la torre brillaba un halo de cobre dorado y verde: se trataba del
Ángel, con un brazo exten¬dido como en un gesto de despedida y el otro con la
palma de la mano extendida sobre los ojos, como si mirase lejos en la dis¬tancia.
La vasta y ruidosa
Cancillería aparecía más ajetreada que de cos¬tumbre. Los muchachos a cargo del
padre Helfcene corrían de aquí para allá y de una cámara a otra, o se
amontonaban para discutir en el patio frío y nevado. Algunos de ellos, que
llevaban rollos de papel y poseían una expresión distraída, trataron de
conseguir que Simón les hiciera algunos encargos en el Salón de los Archivos,
pero él si¬guió su camino, pretextando una misión del doctor Morgenes.
Se detuvo en la
antecámara de la sala del trono, y trató de apa¬rentar que admiraba los vastos
mosaicos mientras esperaba que el último de los sacerdotes de la Cancillería
pasase en su camino hacia la capilla. Cuando ese momento hubo llegado, abrió la
puerta y se deslizó hasta el interior de la sala del trono.
Los grandes goznes
crujieron para después quedar en silencio. Las propias pisadas de Simón
produjeron un impresionante eco. El joven se detuvo y permaneció inmerso en un
gran silencio, sin res¬pirar. No importaba en cuántas ocasiones había visitado
aquella sala —durante varios años había sido, al menos por lo que él sabía, el
único residente del castillo que se había atrevido a entrar en ella—, el caso
es que siempre le había parecido imponente.
Justo el mes
pasado, tras la inesperada recuperación del rey Juan, a Raquel y a su grupo de
ayudantes les fue permitido traspasar el prohibido umbral; habían realizado un
asalto de dos semanas contra dos años de polvo y suciedad, cristales rotos,
nidos de pájaros y telarañas. Pero aunque apareciese limpia, con las losas
fregadas, las paredes igualmente pulidas y algunos —aunque no todos— de los
es-tandartes librados de su armadura de polvo, a pesar de la infatigable e
implacable acción de limpieza, la sala del trono emanaba un cierto
envejecimiento y antigüedad.
Los estrados se
hallaban en el extremo más alejado de la enorme sala, en una laguna de luz que
se filtraba desde una ventana situada en el techo abovedado. Por encima de los
estrados se elevaba, como un extraño altar, el Trono del Dragón, desocupado,
rodeado de bri¬llantes y juguetonas motas de polvo, flanqueado por las estatuas
de los seis Supremos Reyes de Hayholt.
Los huesos del
trono eran grandes, más gruesos que las piernas de Simón, y tan pulidos que
brillaban como piedra bruñida. Con algunas contadas excepciones se habían
cortado y ajustado de ma¬nera que, aunque su tamaño era evidente, resultaba
difícil adivinar en qué parte del otrora poderoso dragón habían encajado. Sólo
el respalda del trono, una gran estructura de siete cúbitos de curvadas
varillas amarillas que se elevaba por encima de la cabeza de Simón tras los
cojines aterciopelados del rey, podría ser identificado de in¬mediato como el
cráneo del dragón. Colgados por encima del res¬paldo del gran asiento,
sobresaliendo lo suficiente como para servir de marquesina, se veían —si es que
alguna vez había penetrado en la oscura sala del trono algo más que un débil
rayo de sol— el cráneo y las mandíbulas del dragón Shurakai. Las cuencas de los
ojos eran como rotas y negras ventanas, y los curvados dientes podían tener la
misma longitud que los brazos de Simón. La calavera del dragón era del color de
los viejos pergaminos, y estaba plagada de pequeñas grietas, pero en ella
existía algo vivo, algo terrible y maravillosa¬mente vivo.
De hecho, existía
un aura impresionante y sagrada en toda la sala, que iba más allá del
entendimiento de Simón. El trono de pe¬sados y amarillentos huesos, así como
los masivos bloques que con¬formaban las figuras negras que guardaban un trono
vacío en una elevada y desierta cámara, parecían impregnados de algún terrible
poder. Los ocho habitantes de la sala, el fregaplatos, las estatuas y la enorme
calavera de cuencas vacías, parecieron contener la respira¬ción.
Aquellos momentos
robados llenaban a Simón de un éxtasis tranquilo y casi imponente. Tal vez los
reyes de malaquita esperaran con oscura paciencia de piedras a que el muchacho
tocase con su blasfema mano de hombre común el Trono del Dragón; espera¬rían...,
esperarían, y entonces, con un horrible ruido lleno de cru¬jidos, volverían a
la vida. Simón sintió un estremecimiento de nervioso placer a la vista de su
propia imaginación y poco a poco avanzó con la mirada puesta en los oscuros
rostros. Sus nombres le habían resultado familiares tiempo atrás, cuando habían
sido in¬cluidos en una tonta rima de niños, una rima que Raquel —¿Raquel? ¿Era
eso cierto?— le había enseñado cuando era un renacuajo de unos cuatro años.
¿Podía recordarla?
Si su propia niñez
le parecía tan lejana, se preguntó, ¿cómo la sentiría el Preste Juan, que lo
aventajaba en varias décadas? ¿Despia¬dadamente clara, como cuando Simón
recordaba humillaciones pasadas, o suave e insustancial, como historias de un
glorioso pa¬sado...? Cuando te hacías viejo, ¿se mezclaba la memoria con el
resto de los pensamientos, o perdías para siempre tu infancia, los odiados
enemigos, los amigos...?
¿Cómo era esa vieja
canción? Seis reyes...
Seis reyes
gobernaron en las grandes salas de Hayholt;
seis señores
caminaron por entre sus poderosos muros de piedra;
seis túmulos en los
acantilados por encima del profundo Kynslagh;
seis reyes allí
dormirán hasta el Día del Juicio Final.
¡Eso es!
Fingil, el primero,
llamado el Rey Sanguinario,
que voló desde el
norte en una roja ala de guerra.
Hjeldin, su hijo,
el horroroso Rey Loco,
saltó hacia su
muerte desde lo alto del chapitel.
Ikferdig, el
siguiente, el Rey Quemado,
encontró al dragón
llameante en la oscuridad de la noche.
Tres reyes
norteños, todos muertos y fríos.
No más leyes del
norte en el altivo Hayholt.
Aquéllos eran los
tres reyes rimmerios que se encontraban a la iz¬quierda del trono. ¿No era de
Fingil de quien le había hablado Morgenes, el líder de aquel ejército criminal
que mató a los sitha? A la de¬recha de los amarillentos huesos estaba el resto,
que debían de ser...
El rey Sulis de
Heron, llamado el Rey Garza,
dejó Nabban, pero
en Hayholt encontró su destino.
El sagrado rey
hernystiro, el viejo Tethtain,
que entró por la
puerta para no volver a salir.
Y el último,
Eahlstan, el Rey Pescador, de ciencias muy conocedor,
al dragón despertó,
y en Hayholt murió...
«¡Ahá! —Simón miró
al rey de Heon, con rostro satisfecho—. Mi memoria es mejor de lo que cree
mucha gente, mejor que la de la mayoría de los cabezahuecas.» Claro, ahora
había un séptimo rey en Hayholt, el viejo Preste Juan. Simón se preguntó si
alguien añadiría el rey Juan, algún día, a la canción.
La sexta estatua,
la más cercana al trono por la derecha, era la fa¬vorita de Simón; se trataba
del único nativo de Erkynlandia que se había sentado en el gran trono de
Hayholt. Se acercó a ella para mirar en los profundos ojos de san Eahlstan,
llamado Eahlstan Fiskerne porque provenía del pueblo pescador del Gleniwent, y
lla-mado también el Mártir por haber sido asesinado por Shurakai, el dragón de
fuego, criatura al fin destruida por el Preste Juan.
Al contrario que el
Rey Quemado del otro lado del trono, el ros¬tro del Rey Pescador no aparecía
grabado con una mueca de miedo y duda: más bien el escultor había dotado los
rasgos de una especie de radiante fe, le había dado a los opacos ojos la
ilusión de estar mirando cosas remotas. El ya desaparecido artesano le confirió
un aspecto hu¬milde y reverente a Eahlstan, aunque también audaz. En lo más
re¬cóndito de sus pensamientos, Simón a menudo imaginaba que su propio padre,
que había sido pescador, debía de parecerse al rey.
Mientras miraba, el
muchacho sintió una súbita sensación de frialdad en la mano. ¡Había tocado el
brazo de hueso del trono! ¡Un fregaplatos había tocado el trono! Retiró los
dedos y se preguntó cómo incluso la muerta sustancia de una bestia tan fiera
como aquélla podía tener un tacto tan helado. Dio un paso atrás.
Durante un instante
terrorífico le pareció que las estatuas ha¬bían empezado a inclinarse sobre él,
con sus sombras reflejadas en los tapices de los muros, y retrocedió. Una vez
que hubo constatado que nada se movía, se irguió con toda la dignidad que pudo,
hizo una reverencia a los reyes y al trono, y retrocedió. Palpó con la mano
-«Calma, calma —se dijo a sí mismo—. No te comportes como un loco asustado»—y
al final encontró la puerta de la sala de espera para las audiencias, su
destino original. Dirigió una cauta mirada a la es¬cena, que parecía seguir
inmóvil, y se deslizó hacia el exterior.
Tras los pesados
tapices de la sala, llenos de gruesos y rojos bor¬dados de terciopelo que
representaban escenas festivas, encontró la escalera que subía hasta un
excusado. Éste se hallaba por encima de la galería que se extendía al sur de la
sala del trono. Se maldijo por el nerviosismo de que había hecho gala instantes
atrás y subió por la escalera. Una vez arriba sólo era cuestión de abrirse paso
y apretarse a través de la larga ventana del excusado hasta llegar al muro que
co¬rría por debajo. El atajo se presentaba un poco más difícil que cuando
estuvo allí por última vez, en setiendre: las piedras estaban resbaladizas a
causa de la nieve y soplaba una fría brisa. Por fortuna, el borde del muro era
ancho; Simón saltó con mucho cuidado.
Ahora venía la
parte que más le gustaba. La esquina de aquel muro se encontraba a tan sólo
cinco o seis pies de la ancha balaus¬trada del cuarto piso de la Torre del
Ángel Verde. Se detuvo y casi pudo oír el tronar de las trompetas y el choque
de las armas de los caballeros en las plataformas que había por debajo de donde
él se encontraba. Se preparó para saltar...
Ya fuese porque su
pie resbaló un poco al saltar o porque su atención se vio distraída por las
imaginarias escaramuzas que tenían lugar abajo, el caso es que Simón llegó mal
al borde del torreón. Se dio un tremendo golpe en la rodilla contra las piedras
y casi resbaló hacia atrás, lo que habría provocado una caída de dos brazas
hasta el muro inferior de la base de la torre o hasta el foso. La súbita
con¬ciencia del peligro hizo que el corazón se le desbocase de horror.
Consiguió deslizarse en el espacio que había entre los esmerejones del torreón
y se arrastró hasta el suelo de anchas tablas.
Empezaba a nevar
cuando se sentó, lleno de una sensación de horrible pánico. Se frotó la rodilla
herida, que le dolía como un pe¬cado; si no fuera porque se dio cuenta de lo
infantil que hubiese re¬sultado, habría gritado.
Se incorporó y
cojeó mientras entraba en la torre. Después de todo, había tenido suerte: nadie
había oído su dolorosa caída. La culpa sólo había sido suya. Se palpó el
bolsillo; encontró el pan y el queso, que, aunque aplastados, todavía estaban
comestibles. Al me¬nos por esa parte no tenía que preocuparse.
El subir escaleras
con la rodilla dolorida significó un esfuerzo, pero no estaría bien haber
llegado a la Torre del Ángel Verde, la construcción más alta de Erkynlandia
—era probable que de todo Osten Ard—, para después quedarse a la altura de los
muros princi¬pales de Hayholt.
El hueco de la
escalera era bajo y estrecho, y los escalones, he¬chos de lustrosa piedra
blanca, distinta a la del resto del castillo, re¬sultaban resbaladizos al tacto
pero firmes bajo el pie. La gente del castillo decía que aquella torre era la
única parte original de la forta¬leza de los sitha que había permanecido sin
cambios. El doctor Morgenes le había explicado una vez que aquello no era
cierto. Si eso significaba que la torre había sufrido cambios, o que quedaban
otros vestigios de la vieja Asu'a, el doctor —con su exasperante forma de ser—
no se lo había dicho.
Tras haber subido
durante algunos minutos. Simón pudo ver, desde las ventanas, que ya estaba más
alto que la torre de Hjeldin. La siniestra columna abovedada desde la que el
Rey Loco había en¬contrado la muerte miraba hacia el Ángel Verde a través de la
exten¬sión del tejado de la sala del trono, como un enano celoso mira a su
príncipe cuando nadie lo ve.
A la altura en que
se encontraba, la piedra del interior del hueco de la escalera era diferente:
de suave color beige, estaba llena de ve¬tas de color azul celeste. Apartó su
atención de la Torre de Hjeldin y se detuvo por unos instantes donde la luz de una
alta ventana ilumi¬naba la pared, pero cuando trató de seguir el curso de una
de las de-licadas vetas de la piedra sintió su cabeza presa del vértigo y
apartó la mirada.
Por fin, cuando
parecía que había subido durante interminables y penosas horas, el hueco de la
escalera se ensanchó y se abrió ante el reluciente suelo blanco del campanario,
construido también éste con el mismo tipo de piedra que la escalera. Aunque la torre
seguía hacia arriba durante casi cien codos más —hasta la cima en la que
permanecía el mismísimo Ángel recortado contra el nublado hori¬zonte—, la
escalera acababa allí, donde colgaban grandes campanas de bronce alineadas en
filas a lo largo de todo el techo abovedado, como solemnes frutas verdes. El
campanario estaba abierto a la in¬temperie por los cuatro lados, así que,
cuando sonaban los repiques a través de las arqueadas ventanas, todo el país
podía oírlos.
Simón permaneció
con la espalda apoyada contra uno de los seis pilares de oscura y lisa madera,
dura como la piedra, que se extendían entre suelo y techo. Mientras masticaba
el chusco de pan miró el pai¬saje que se abría hacía el oeste, donde las aguas
del Kynslagh rompían con eterna monotonía contra los muros de Hayholt. Aunque
el día era oscuro, y los copos de nieve danzaban enloquecidos ante él, Si¬món
estaba sorprendido a causa de la claridad con la que veía el mundo que se
extendía a sus pies. Muchos barcos sorteaban las olas del Kynslagh; hombres con
capas negras se inclinaban de manera im¬perturbable sobre los remos. Más allá,
pensó que apenas podía entre¬ver el lugar en el que el río Gleniwent salía del
lago al comienzo de su largo viaje hacia el océano, un sinuoso camino de
quinientas millas, a lo largo de poblaciones portuarias y granjas. Ya fuera del
curso del Gleniwent, en los brazos del mismo mar, la isla Warinsten guardaba la
desembocadura del río; más allá de Warinsten, al oeste, no había nada sino
incontables y desconocidas leguas de océano.
Comprobó el estado
de su dolorida rodilla y, por el momento, decidió no sentarse, ya que después
se tendría que levantar. Se hun¬dió la gorra hasta las orejas, que enrojecían y
le dolían a causa del viento, para empezar a mordisquear un trozo de queso desmenu¬zado.
A la derecha, pero ya lejos de los límites de su visión, se en-contraban las
praderas y colinas de Ach Samrath, las todavía más le¬janas marcas del reino de
Hernystir y el sitio donde tuvo lugar la terrible batalla descrita por
Morgenes. A mano izquierda, al otro lado del ancho Kynslagh, se extendían las
Thrithings, tierras de pastos que parecían no tener fin. Claro que en algún
lugar tenían que acabar: más allá estaban Nabban, Bahía Firranos y sus islas, y
el pan¬tanoso país Wran... Lugares que Simón no había visto y que lo más seguro
es que nunca llegaría a conocer.
Cada vez más
aburrido con el monótono Kynslagh y sus histo¬rias imaginarias sobre el
inaccesible sur, se trasladó al otro lado del campanario. Mirando desde el
centro de la pieza, desde donde no se podían ver detalles de la tierra que se
extendía por debajo, la oscuri¬dad envolvente y sin forma le resultaba un gris
agujero en la nada, y la torre se convirtió por un instante en un navío
fantasma a la deriva en un mar vacío y lleno de niebla. El viento aullaba,
cantaba y se in¬troducía por las ventanas abiertas; las campanas repicaban de
forma apenas audible, como si la tormenta hubiera conducido a pequeños y
asustados espíritus al interior de sus pieles de bronce.
Simón se asomó al
bajo alféizar y se inclinó para mirar el revol¬tijo que conformaban los tejados
de Hayholt, los cuales se exten¬dían a sus pies. Al principio el viento lo
estiraba como si desease agarrarlo y sacudirlo, como un gatito jugando con una
hoja seca. Se agarró con más fuerza a la húmeda piedra, y pronto el viento se
hizo más suave. Simón sonrió; desde su aventajado mirador, la gran mez¬colanza
de tejados de Hayholt —cada uno de ellos de diferente altura y estilo, con su
bosque de chimenea, azoteas y cúpulas— parecía un patio lleno de extraños y
robustos animales. Casi se arremolinaban unos encima de los otros, como si
lucharen por hacerse un sitio, como cerdos ante la comida.
De menor altura que
las dos torres, la bóveda de la capilla del castillo dominaba el bastión
interior, y sus ventanas llenas de color aparecían cubiertas de aguanieve. Las
demás construcciones de la fortaleza, las residencias, el refectorio, la sala
del trono y la Cancille¬ría, estaban, cada una de ellas, amontonadas y
apretadas entre pos¬teriores ampliaciones, muda evidencia de los diferentes
señoríos del castillo. Los dos bastiones exteriores y la gran muralla exterior
des¬cendían de modo concéntrico por la colina y aparecían atestados de la misma
forma. Hayholt nunca se había extendido más allá de las murallas exteriores; la
gente construía hacia arriba, o dividía lo que ya tenía en porciones cada vez
más pequeñas.
Más allá de la
fortaleza se extendía el pueblo de Erchester en una desordenada sucesión de
calles y casas bajas; únicamente la catedral sobresalía de esa monotonía, pero
también quedaba empequeñecida al ser comparada con Hayholt y con la torre en la
que se encon¬traba Simón. Aquí y allá se elevaban columnas de humo que se
dis-persaban en el viento.
Al otro lado de los
muros de la ciudad, Simón podía percibir los difusos, ahora suavizados por la
nieve, contornos del cementerio, del antiguo cementerio pagano, un lugar de
mala reputación. Más allá de aquel lugar las colinas se extendían casi hasta el
mismo borde del bosque; por encima de aquella humilde formación se elevaba la
alta colina llamada Thisterborg, que se erguía de forma tan dramá¬tica como la
catedral por encima de las bajas techumbres de Erchester. Aunque Simón no
pudiera verlos, sabía que Thisterborg estaba coronada por un anillo de pilares
de piedra, pulidos por el viento, que los habitantes del pueblo llamaban
Piedras de la Cólera.
Y más allá de
Erchester y del cementerio, de las colinas y de la coronada de piedras
Thisterborg, se extendía el Bosque. Su nombre era Aldheorte y era como el mar:
vasto, oscuro e insondable. Los hombres que vivían en sus lindes mantenían
abiertos unos cuantos caminos al borde del bosque, pero muy pocos se
aventuraban en su interior, más allá de la periferia. Era un gran y sombrío
país en el centro de Osten Ard; no enviaba embajadas y recibía muy pocos
visitantes. Comparado con su magnificencia, incluso el inmenso Circoille, el
enmarañado bosque de Hernystir, al oeste, era un mero bosquecillo. Sólo existía
un Bosque.
El mar hacia el
oeste, el Bosque al este; el norte y sus hombres de hierro; la tierra de los
imperios caídos hacia el sur... Al mirar a través del rostro de Osten Ard,
Simón se olvidó de su rodilla durante un rato. La verdad es que durante ese
tiempo el muchacho se sintió como el rey de todo el mundo conocido.
Cuando el velado
sol invernal hubo traspasado el borde del cielo, Simón se movió para marcharse.
Al estirar la pierna dio un grito de dolor: la rodilla se había quedado rígida
durante la hora larga que había estado en el alféizar. Resultaba obvio que no podría
tomar su accidentada ruta secreta para bajar del campanario. Ten¬dría que
probar suerte ante Barnabás y el padre Dreosan.
La larga escalinata
le resultó un martirio, pero la vista desde la ventana de la torre apartó sus
pesares; ya no sentía la pena de sí mismo que de otra forma hubiera sentido.
Ardía en su interior el deseo de conocer más acerca del mundo, y el calor de ese
fuego se extendía hasta la punta de sus dedos. Le pediría a Morgenes que le
hablase de Nabban y de las Islas del Sur, y de los Seis Reyes.
Al llegar al cuarto
nivel, por donde había entrado, oyó un ruido: alguien bajaba la escalera con
rapidez por debajo de él. Simón se de¬tuvo mientras se preguntaba si habría
sido descubierto. No es que estuviese prohibido de una forma estricta el subir
a la torre, pero no tenía una buena razón para justificar su presencia allí; el
sacristán sospecharía de su culpabilidad. Era extraño, pero las pisadas iban
disminuyendo de intensidad. La verdad es que Barnabás o cual¬quier otro hubiera
albergado pocas dudas en cuanto a subir y co¬gerlo del cuello hasta llegar
abajo. Simón continuó descendiendo por las escaleras; al principio con cuidado;
después, y a pesar de su rodilla herida, más deprisa.
El hueco de la
escalera finalizaba en el amplio vestíbulo de en¬trada de la torre, que se
encontraba iluminado por una débil luz y de cuya pared colgaban grandes y
apenas visibles tapices que repre¬sentaban, seguramente, motivos religiosos.
Simón se detuvo en el último escalón, todavía al abrigo de la oscuridad de la
escalera. No se oía ruido de pasos, ni de ninguna otra cosa. Caminó tan en
silen¬cio como pudo a través de la fría habitación y cada roce de sus botas
sobre el suelo parecía elevarse, a causa del eco, hasta el techo de vi¬gas de
roble. La puerta principal se hallaba cerrada; la única ilumi¬nación provenía
de la luz que se filtraba a través de las ventanas si¬tuadas por encima del
dintel.
¿Como había podido,
quienquiera que estuviese en las escaleras, haber abierto y cerrado una puerta
gigantesca como aquélla sin que él lo hubiese oído? Los pasos se habían
escuchado con mucha clari¬dad, y había estado esperando el chirrido que harían
los goznes de la puerta al abrirse. Se volvió para inspeccionar el vestíbulo
otra vez.
Allí, bajo el
adornado reborde inferior de uno de los tapices que colgaban junto a las
escaleras, sobresalían dos pequeñas formas: unos zapatos. Si miraba con
atención podía observar que el viejo ta¬piz parecía abultado, como si alguien
estuviera escondido detrás.
Se sostuvo sobre un
pie, como una garza, y primero se quitó una bota para después hacer lo mismo
con la otra. ¿Quién podría ser? Tal vez se tratase del gordo Jeremías, que lo
había seguido para gas¬tarle una broma. Bueno, si así era, Simón pronto le enseñaría
lo que es bueno.
Con los pies
descalzos, sin hacer ruido, se deslizó a través de la sala hasta que se
encontró justo enfrente del sospechoso abultamiento. Durante unos momentos,
mientras elevaba la mano hasta el borde del tapiz, recordó las extrañas cosas
que había dicho el her¬mano Cadrach sobre las cortinas, cuando eran
espectadores de la representación de títeres. Dudó y se sintió avergonzado de
su propia timidez, pero apartó el tapiz a un lado.
En lugar de abrirse
y revelar al espía, el gran tapiz se salió de las guías y cayó como una
monstruosa sábana rígida. Simón sólo pudo captar una ligera visión de una
carita asustada antes de que el peso de la tela lo hiciese caer al suelo.
Mientras caía, maldiciendo y lu¬chando por liberarse, una figura vestida de
marrón salió corriendo.
Simón oyó a
quienquiera que fuese luchar con la pesada puerta mientras él mismo forcejeaba
con la polvorienta y envolvente colga¬dura. Al fin pudo liberarse del tapiz y
ponerse en pie; trató de cruzar la habitación para atrapar a la pequeña figura
antes de que se desli¬zara por la puerta, ahora en parte abierta. Logró asir
con firmeza un justillo. El espía fue capturado con medio cuerpo fuera.
Simón estaba
enfadado, en gran parte debido a la turbación.
—¿Quién eres?
—gruñó—. ¡Eres un espía!
Su cautivo no dijo
nada, sólo trató de liberarse con más fuerza. Quienquiera que fuese, no tenía
el vigor suficiente como para li¬brarse de Simón. Al forcejear para colocar a
la figura que se le resistía contra la puerta —un trabajo que no le resultó fácil—,
Simón se quedó asombrado al reconocer la ropa de color marrón que asía con sus
ma¬nos. ¡Aquél debía de ser el joven que lo había espiado en la puerta de la
capilla! Simón estiró con fuerza y apretó la cabeza y los hombros del otro
muchacho contra la jamba de la puerta, para poder mirarlo.
El prisionero era
pequeño y de finas facciones: había algo en la nariz y en la barbilla que le
recordaba a un zorro, pero no resultaba desagradable. Su cabello era negro como
ala de cuervo. Simón llegó a pensar que se trataba de un sitha, a causa de su altura
—trató de re¬cordar las historias de Shem sobre los duendes: si pescabas a uno
no tenías que dejarlo marchar hasta que te diese su caldero de oro—, pero antes
de que pudiera gastar nada de su tesoro imaginario vio el miedo que se
reflejaba en aquel rostro y en las mejillas enrojecidas, y decidió que aquello
no era una criatura sobrenatural.
—¿Cómo te llamas?
—preguntó.
El cautivo trató de
desasirse, pero estaba bien sujeto. Un ins¬tante después desistió de toda
lucha.
—¿Cuál es tu
nombre? —volvió a insistir Simón, esta vez con voz más suave.
—Malaquías —dijo el
joven, respirando con dificultad.
—Bien, Malaquías,
¿por qué me seguías?
Simón acompañó su
frase con un empujón en el hombro del otro para recordarle quién había
capturado a quién.
El joven se volvió
y lo miró con resentimiento. Tenía unos ojos muy oscuros.
—¡No te estaba
espiando! —respondió con vehemencia.
El chico volvió a
desviar el rostro una vez más y Simón se vio asaltado por la sensación de que
existía algo que le resultaba familiar en la cara de Malaquías, algo que
debería reconocer.
—Entonces, ¿qué
eres? —preguntó Simón, y volvió la barbilla del otro chico hacia él—. ¿Trabajas
en los establos... o en algún otro sitio de Hayholt?
Antes de que
pudiese volver el rostro del chico para mirarlo de nuevo, Malaquías puso ambas
manos en el pecho de Simón y le dio un fuerte y sorprendente empujón. Simón
soltó el justillo del joven y se tambaleó hacia atrás, para acabar cayendo al
suelo. Antes de que hiciese amagos de levantarse, Malaquías su había esfumado
por la puerta y la había cerrado con un agudo y sonoro chirrido de los goz¬nes
de bronce.
Simón todavía
permanecía sentado en el suelo de piedra —con la rodilla dolorida, el trasero
resentido y su dignidad mortalmente he¬rida— cuando Barnabás, el sacristán,
salió de la Cancillería para in¬vestigar las causas de todo aquel barullo. Se
detuvo bajo el umbral de la puerta, vio a Simón descalzo en el suelo, miró el
tapiz caído y amontonado frente a la escalera y volvió a mirar a Simón.
Barnabás no dijo ni palabra, pero una vena empezó a hacerse visible y a
palpi¬tar a la altura de sus sienes, y sus párpados se entrecerraron hasta que
los ojos parecieron meras rendijas.
Simón, dolorido y
humillado, sólo pudo sacudir la cabeza, como un borracho que hubiese tropezado
con su propia jarra y hu¬biese caído sobre el gato del mismísimo lord mayor.
6
El túmulo sobre los
acantilados
El castigo de Simón
por su reciente delito fue la suspensión de su nuevo aprendizaje y el
confinamiento en las dependencias de la servidumbre.
Durante días
recorrió los límites de su prisión, desde los frega¬deros de la cocina hasta
las habitaciones de costura y a la inversa, sin descanso, como un cernícalo en
cautiverio.
«Me lo he buscado
yo mismo —pensaba en ocasiones—. Soy tan estúpido como dice el Dragón que soy.»
«¿Por qué tienen que preo¬cuparse tanto por mí? —se preguntaba en otras
ocasiones—. Todo el mundo pensará que soy un animal salvaje en el que no se
puede confiar.»
Raquel, en un gesto
de misericordia, le encontró una serie de la¬bores domésticas que realizar; los
días no pasaron tan desesperada¬mente lentos como había esperado, pero Simón
tenía la impresión de ser algo menos que un caballo de tiro. Habría traído y llevado
pe¬sos hasta que hubiera sido demasiado viejo para trabajar; después iría de
vuelta a los establos, en donde Shem le daría un buen marti¬llazo en la frente
para acabar con sus días.
Mientras tanto
fueron pasando los últimos días de novendre, y decimbre se coló en sus vidas
como un sinuoso ladrón.
A finales de la
segunda semana del nuevo mes, a Simón le fue permitido recobrar su libertad. Se
le prohibió regresar a la Torre del Ángel Verde y a otros de sus escondites
preferidos; en cambio, le fue permitido volver a sus ocupaciones con el doctor,
pero le encomen¬daron labores adicionales por las tardes que requerían su
pronto re¬greso a las dependencias de los sirvientes. Incluso esas cortas
visitas significaron para él un gran consuelo. De hecho, parecía que Morgenes
confiaba cada vez más en Simón. El doctor le enseñó muchas cosas acerca de los
usos y cuidados de la fantástica variedad de ca¬chivaches que se amontonaban en
el estudio.
Desgraciadamente,
también aprendía a leer. Aquello era un trabajo mucho más laborioso que barrer
suelos y fregar polvorientos alambiques y contenedores, pero Morgenes lo
condujo a través de todo ello con mano decidida, explicándole que sin el
conocimiento de las letras Simón nunca sería un aprendiz de utilidad.
El día de San
Tunath, el veintiuno de decimbre, Hayholt hervía de actividad. La festividad
del santo era la última gran celebración antes de Aedomansa y por ello se había
preparado un gran festín. Las doncellas del servicio colocaban ramas de
muérdago alrededor de docenas de esbeltos candelabros de cera de abeja; todos
ellos se en¬cenderían a la puesta del sol, cuando sus llamas pudieran traspasar
las ventanas, para convocar al errante san Tunath desde la oscuridad del
invierno o para que éste bendijese el castillo y a sus moradores. Otros
sirvientes apilaban troncos en las chimeneas o esparcían al¬fombras en los
suelos.
Simón, que había
hecho todo lo posible durante la tarde para pasar inadvertido, fue, a pesar de
ello, descubierto y encargado de di¬rigirse a las estancias del doctor Morgenes
para averiguar si el sabio tenía algún tipo de aceite para dar brillo a las cosas.
Las huestes de Raquel habían usado todo el disponible para obtener un brillo
cega¬dor en la Gran Mesa, y el trabajo no había hecho más que empezar en el
Salón Principal.
Simón, que ya había
pasado toda la mañana en las estancias del doctor, leyendo en voz alta y
titubeante un libro titulado Remedios de los Sanadores wrananos, prefería
cualquier cosa que Morgenes quisiera de él a los horrores de la dura mirada de
Raquel. Casi voló desde el Salón Principal, por la Cancillería y el patio de
los comu¬nes, bajo el Ángel Verde. Poco después atravesaba el puente sobre el
foso como un halcón en pleno vuelo; sólo habían pasado algunos instantes cuando
se encontró ante las puertas de las estancias del doctor por segunda vez en
aquel día.
El anciano tardó en
responder a la llamada de Simón, pero éste pudo escuchar algunas voces
provenientes del interior. Aguardó con tanta paciencia como fue capaz de
reunir, rascando astillas de la vieja puerta, hasta que Morgenes llegó. Había
visto al muchacho poco an¬tes, pero no hizo ningún comentario sobre su
reaparición. Parecía dis¬traído cuando le indicó que pasase; al sentir su
extraña disposición de ánimo, Simón lo siguió por el iluminado corredor sin
decir palabra.
Gruesas telas
cubrían los ventanales. Al principio, mientras sus ojos se acostumbraban a la
oscuridad de la habitación, Simón no pudo ver ni rastro de ningún visitante.
Después advirtió una borrosa forma sentada en un gran baúl, situado en un
rincón. El hom¬bre del manto gris miraba hacia el suelo, con el rostro oculto,
pero el muchacho lo reconoció.
—Perdonad, príncipe
Josua —se excusó Morgenes—. Este es Si¬món, mi nuevo aprendiz.
Josua levantó la
mirada. Sus pálidos ojos —¿eran grises... o azu¬les?— lo miraron con desapego,
como un comerciante hyrka exami¬naría un caballo que no intentase comprar. Tras
una primera ins¬pección el príncipe volvió a fijar su atención en Morgenes, como
si Simón hubiera desaparecido. El doctor indicó al muchacho que es-perase en el
otro extremo de la habitación.
—Alteza —dijo
Morgenes al príncipe—, me temo que no hay nada más que yo pueda hacer. Mis
habilidades como doctor y boticario se han agotado. —El anciano se frotó las
manos con un gesto de ner¬viosismo—. Perdonadme. Sabéis que amo al rey y que
odio verlo su¬frir, pero..., pero algunas cosas no pueden ser removidas por
alguien como yo. Existen demasiadas posibilidades, demasiadas consecuen¬cias
imprevisibles. Una de ellas es el traspaso de un reino.
Morgenes, al que
Simón nunca había visto con aquella disposi¬ción, extrajo de su manto un objeto
unido a una cadena dorada y lo sopesó con nerviosismo. Por lo que el muchacho
sabía, el doctor —al que le encantaba evitar todo tipo de presunción— nunca había
lle¬vado ninguna joya.
—¡Pero, en nombre
de Dios, no os pido que interfiráis en la suce¬sión!—exclamó Josua, con una voz
tensa como la cuerda de un arco.
A Simón le
molestaba terriblemente estar presente en aquella conversación, pero no tenía
ningún sitio en el que meterse sin que se advirtiera su presencia.
—No os pido que
«remováis» nada, Morgenes —continuó Josua—, sólo os pido que me deis algo que
haga que mi anciano padre pase sus últimos momentos de forma tranquila. Tanto
si muere mañana como el año que viene, Elías será el Supremo Rey, y yo sólo
seré el señor de Naglimund. —El príncipe agitó la cabeza— Al menos pen¬sad en
el viejo vínculo que os une con mi padre... ¡Vos, que habéis sido su sanador y
que habéis estudiado y realizado la crónica de su vida durante décadas!
Josua levantó la
mano para señalar un montón de hojas apiladas en el carcomido escritorio del
doctor.
«¿Ha escrito acerca
de la vida del rey?», se preguntó Simón. Era la primera vez que oía hablar de
un trabajo así. El doctor parecía lleno de muchos secretos aquella mañana.
El príncipe todavía
intentaba convencerlo.
—¿No podéis tener
un poco de piedad? Es un viejo león al final de sus días, una gran bestia
rodeada de chacales. Dulce Jesuris, la deslealtad...
—Pero alteza...
—había empezado a decir con voz lastimera Morgenes cuando los tres ocupantes de
la estancia oyeron carreras y vo¬ces en el patio exterior.
Josua, con el
rostro pálido y ojos enfebrecidos, se levantó con la espada desenvainada, con
tanta rapidez que dio la impresión de ha¬ber aparecido por arte de magia en su
mano izquierda. Un fuerte golpe hizo temblar la puerta. Morgenes se echó hacia
adelante, pero fue detenido por un aviso del príncipe. Simón sentía galopar su
co-razón. El temor de Josua era contagioso.
—¡Príncipe Josua,
príncipe Josua! —llamó alguien. El golpeteo so¬bre la puerta continuó.
El hijo del rey
enfundó la espada y se adelantó al doctor a través del corredor. Abrió la
puerta, en cuyo quicio aparecieron cuatro fi¬guras. Tres vestían la librea
verde propia de los hombres de Josua; la otra, que hincó una rodilla en el
suelo ante el príncipe, vestía una brillante túnica blanca y sandalias. Como en
sueños, Simón reco-noció en él a san Tunath, un muerto protagonista de
incontables pinturas de motivo religioso. ¿Que quería decir aquello...?
—Oh, alteza...
—dijo el santo arrodillado, y se detuvo para recu¬perar el aliento.
Simón se quedó
boquiabierto al darse cuenta de que aquél no era sino otro soldado, disfrazado
para representar el papel del santo en las festividades que se preparaban para
aquella noche.
—Alteza... Josua...
—repitió el soldado.
—¿Qué ocurre,
Deornoth? —preguntó el príncipe, con voz ti¬rante.
Deornoth elevó la
mirada. Su cabello al estilo militar se percibía en el interior de su blanca
capucha. En aquel instante tenía verdade¬ros ojos de mártir.
—El rey, señor,
vuestro padre el rey... El obispo Domitis dice..., dice que ha muerto.
Sin decir una
palabra, Josua apartó al hombre arrodillado y atra¬vesó el patio, con los
soldados corriendo tras él. Un instante des¬pués Deornoth se incorporó y los
siguió, con las manos unidas ante el pecho en un gesto típico de monje, como si
la tragedia hubiese cambiado impostura por realidad. La puerta se quedó
batiendo de¬bido al frío viento.
Cuando Simón se
volvió hacia Morgenes, éste miraba hacia los que marchaban, con sus ancianos
ojos muy brillantes y a punto de derramar lágrimas.
Así fue como el rey
Juan el Presbítero murió el día de San Tunath, a una muy avanzada edad. Amado y
reverenciado, como parte integrante de la vida de su pueblo, como la misma
tierra. Aunque su muerte se sabía cierta, el dolor de su deceso hizo mella en todos
los países habitados por el hombre.
Algunos de los más
ancianos recordaron que fue en el día de San Tunath, el año 1083 de la
Fundación —ochenta años antes—, cuando el Preste Juan mató al dragón Shurakai y
salió triunfante a través de las puertas de Erchester. Cuando aquella historia
fue ex¬plicada de nuevo, no sin algo de embellecimiento, las cabezas
asin¬tieron en un gesto de reconocimiento. Ungido rey por Dios —de¬cían—, como
fue revelado a través de ese gran acontecimiento, volvía al regazo del Redentor
en su aniversario. Era de prever.
Aunque estaban a
mediados de invierno y durante la festividad de Aedón, la gente llegaba a
Erchester y al Castillo Supremo desde todos los puntos de Osten Ard. La verdad
es que las gentes del pue¬blo empezaron a quejarse porque los visitantes
tomaban para sí los mejores bancos de la iglesia, y lo mismo en las tabernas.
Existía algo más que un poco de resentimiento hacia los extraños que tanto
ruido hacían sobre su rey: aunque hubiera sido el señor de todos, Juan había
dado la impresión de ser, principalmente, el señor de los habitantes de
Erchester. En sus años mozos había gustado de mez¬clarse entre la gente, con su
hermosa figura brillando, a causa de la armadura, sobre la grupa del caballo.
Los habitantes del pueblo que vivían en los barrios más pobres a menudo
hablaban con orgullo fa¬miliar de «nuestro viejo, allá en Hayholt».
Ahora se había ido,
o al menos había marchado fuera del al¬cance de las almas simples. Ya
pertenecía a los historiadores, escri¬banos, poetas y curas.
En los cuarenta
días estipulados entre la muerte y el entierro del rey, el cuerpo de Juan
permaneció en la Sala de Preparativos de Er¬chester, donde los sacerdotes lo
ungieron con raros aceites, lo frota¬ron con olorosas resinas vegetales de las
islas sureñas y lo envolvieron en lino blanco, mientras no dejaban de recitar
piadosas plegarias. A continuación, el rey Juan fue vestido con una simple
túnica, del tipo de las usadas por los jóvenes caballeros para jurar sus
primeros votos, y se le dejó reposar en un féretro situado en la sala del
trono, con del¬gadas velas negras ardiendo a su alrededor.
Mientras el cuerpo
de rey era expuesto, el padre Helfcene, capellán de la Cancillería del rey,
ordenó que se encendiera el gran fuego de la fortaleza de Wentmouth, algo que
sólo se hacía en tiempos de guerra o con ocasión de grandes acontecimientos.
Sólo algunos podían recordar la última vez en que la poderosa torre había sido
prendida.
Helfcene también
ordenó excavar un gran agujero en Swertclif, en las tierras al este de
Erchester y sobre el Kynslagh, en la cumbre de una colina batida por el viento,
donde permanecían los seis tú¬mulos coronados por la nieve de los reyes que
poseyeron Hayholt antes que Juan. El tiempo no era adecuado para cavar, pues el
suelo se hallaba medio helado a causa del tiempo invernal; pero los
traba¬jadores de Swertclif eran orgullosos y sufrieron los embates del viento a
causa del honor que representaba el trabajo. La mayor parte del frío mes de
eneror pasó antes de que la excavación fuese concluida y el hoyo fue cubierto
con una gran tienda de tela de vela¬men, de color rojo y blanco.
En Hayholt, los
preparativos procedieron a paso más lento. las cuatro cocinas del castillo
hervían como atareadas fundiciones al compás de una horda de sudorosos pinches
que preparaban las viandas para el funeral, las carnes, el pan y las galletas.
El senescal Pete Tazón-Dorado, un hombre pequeño y fiero de pelo amari¬llento,
parecía estar en todos los lugares a la vez, como un ángel ven¬gador. Con la
misma facilidad probaba el caldo que hervía en ollas gigantescas, como andaba
en busca de polvo entre las rendijas de la Gran Mesa —con escasa suerte, ya que
pertenecía a los dominios de Raquel— o lanzaba imprecaciones tras los atareados
servidores. To¬dos estuvieron de acuerdo en que se trataba de su hora más
grande.
El velatorio reunió
en Hayholt a todas las naciones de Osten Ard. Skali Nariz Afilada de
Kaldskryke, odiado primo del duque Isgrimnur, llegó de Rimmersgardia con diez
barbudos y sospechosos secuaces. De los tres clanes que reinaban en las
salvajes y verdes Thrithings llegó el Primer Lord de sus casas reinantes.
Extrañando a todos, los hombres de los clanes se olvidaron por una vez de sus
ene¬mistades y llegaron juntos; era un muestra de su respeto hacia el rey Juan.
Incluso se decía que cuando las noticias sobre la muerte del rey llegaron a las
Thrithings, los jefes de los tres clanes se encontra¬ron en las fronteras —que
con tanto celo guardaban unos de otros— y lloraron y bebieron juntos durante
toda la noche a la salud del alma de Juan.
Desde Sancellan
Mahistrevis, el palacio ducal de Nabban, el du¬que Leobardis envió a su hijo
Benigaris con una columna de caba¬lleros y legionarios con cotas de malla, en
número de cien. Cuando desembarcaron de los navíos de guerra, cada uno de ellos
con el do¬rado martín pescador, emblema de Nabban en la vela, la multitud
congregada en los muelles irrumpió en exclamaciones llenas de ad¬miración.
Incluso se elevaron algunos gritos en honor de Benigaris cuando éste pasó,
montado en un majestuoso corcel; pero también hubo mucha gente que murmuraba
que si aquél era el sobrino de Camaris, el más grande caballero de la época de
Juan, parecía estar cortado según el patrón de su padre y no por el de su tío.
Camaris había sido un hombre alto y fuerte como una torre —o al menos eso
decían los que lo recordaban—, mientras que Benigaris, si había que decir la
verdad, parecía estar un poco gordo. Pero habían transcu¬rrido casi cuarenta
años desde que Camaris-sáVinitta se perdiera en el mar: muchos de los jóvenes
albergaban la sospecha de que su esta¬tura había crecido en la memoria de los
vejetes y los parlanchines.
También llegó otra
gran delegación desde Nabban, sólo que menos marcial que la de Benigaris: el
lector Ranessin en persona na¬vegaba en el Kynslagh a bordo de un hermoso bajel
blanco, sobre cuya vela azulina brillaba el blanco Árbol y el dorado Pilar de la
Ma¬dre Iglesia. La multitud apiñada en los muelles, que había recibido a
Benigaris y a los soldados nabbanos con un poco de frialdad —como si recordasen
los días en que Nabban se había enfrentado con Erkynlandia por el dominio de la
nación—, saludaron con gritos en¬tusiastas. Los apiñados en el muelle de
atraque fueron los primeros que se echaron hacia adelante, y fue necesaria la
fuerza combinada de los guardias del rey y del lector para mantenerlos a raya;
incluso así, dos o tres no pudieron aguantar el empuje y cayeron en las frías
aguas del lago. Sólo un rápido rescate permitió salvarlos de la con¬gelación.
—Esto no es lo que
yo hubiera deseado —susurró el lector a su jo¬ven ayudante, el padre Dinivan—.
Me refiero a esa cosa que me han enviado —y señaló a la litera, una espléndida
creación de madera de cerezo tallada con sedas azules y blancas.
El padre Dinivan,
envuelto en un sencillo hábito negro, sonrió.
Ranessin, un hombre
delgado y elegante de casi setenta años, frunció el entrecejo en señal de
disgusto ante la litera que esperaba. Después hizo una gentil seña a un
nervioso oficial de la guardia de Erkynlandia.
—Por favor, llevaos
eso —dijo—. Apreciamos el detalle del canci¬ller Helfcene, pero preferimos
andar cerca del pueblo.
El ofensivo
vehículo fue alejado y el lector se movió hacia las re¬pletas escaleras del
Kynslagh. Mientras hacía el signo del Árbol —el dedo pulgar y el meñique
unidos, y los medianos en posición verti¬cal—, la multitud, llena de júbilo,
abrió un pasillo a lo largo de los al¬tos y anchos escalones.
—Por favor, no
andéis tan deprisa, señor —exclamó Dinivan, mientras apartaba los brazos que se
estiraban hacia ellos—. Dejáis atrás a vuestros guardianes.
—¿Y qué os hace
pensar —dijo Ranessin mientras una traviesa sonrisa cruzaba su rostro, tan
rápida que sólo Dinivan pudo verla— que no es eso lo que trato de hacer?
Dinivan maldijo en
silencio, para arrepentirse de inmediato de su debilidad. El lector iba un
escalón por encima de él y la multi¬tud se apretaba hacia ellos. Por fortuna,
el viento que soplaba en los muelles arreció y Ranessin se vio forzado a
aminorar el paso, mientras con sus manos desocupadas trataba de mantener el
som-brero sobre su cabeza. Este parecía tan alto, delgado y pálido como Su
Santidad misma. El padre Dinivan, viendo que el lector empe¬zaba a tener
problemas con el viento, se abrió paso hacia adelante y, cuando estuvo a la
altura del anciano, lo agarró con firmeza del codo.
—Perdonadme, señor,
pero el escritor Velligis nunca podría en¬tender que os dejase caer en el lago.
—Claro, hijo mío
—asintió Ranessin, mientras continuaba tra¬zando la señal del Árbol en el aire
a cada lado de la ancha y larga es¬calera—. He sido un inconsciente. Ya sabes
lo que me molesta toda esta pompa innecesaria.
—Pero lector
—arguyó Dinivan con amabilidad, enarcando las cejas con una mirada entre
burlona y sorprendida—, sois la voz en el mundo de Jesuris Aedón. No me gusta
veros subir las escaleras como si fueseis un seminarista.
Dinivan quedó
decepcionado cuando el lector sólo respondió con una débil sonrisa. Durante un
rato subieron en silencio, mien¬tras el joven mantenía su protector apretón en
el brazo del anciano.
«Pobre Dinivan
—pensó Ranessin—. Lo intenta con ganas, y es tan cuidadoso... No es que me
trate, a mí, al Lector de la Madre Iglesia, nada menos, con una cierta falta de
respeto. Bueno, claro que lo hace, pero porque yo se lo permito, en mi propio
beneficio. Pero hoy no estoy de humor y él lo sabe.»
Era a causa de la
muerte de Juan, claro, pero no sólo porque se tratase de la muerte de un buen
amigo y un gran rey: se trataba del cambio, y la Iglesia, en la persona del
lector Ranessin, no podía afrontar un cambio tan súbito con demasiada
facilidad. También se trataba de la marcha —aunque sólo de este mundo, se
recordó el lec¬tor con firmeza— de un hombre de buen corazón y mejores
inten¬ciones, aunque en ocasiones Juan había sido demasiado directo en la
consecución de esos fines. Ranessin le debía mucho a Juan, pues la influencia
del rey había jugado un papel decisivo en la elevación del antiguo obispo de
Stanshire a las alturas de la Iglesia y posterior¬mente al lectorado, que
ningún otro erkyno había conseguido en cinco siglos. Al rey se lo iba a echar
mucho de menos.
Por fortuna,
Ranessin tenía depositadas grandes esperanzas en Elías. Sin duda, el príncipe
era un hombre de coraje, decidido, va¬liente: rasgos todos ellos extraños de
encontrar en los hijos de los grandes hombres. El heredero también poseía un
temperamento no demasiado tranquilo, pero aquél era un defecto que se curaba, o
al menos se suavizaba, a través de la responsabilidad y de los buenos consejos.
Cuando llegó a la
cima de las escaleras del Kynslagh y entró con su cortejo en el Camino Real que
rodeaba las murallas de Erchester, el lector se prometió que enviaría un
consejero de confianza para ayudar al nuevo rey y, claro, para que se ocupase
de incrementar el bienestar de la Iglesia. Alguien como Velligis, o incluso el
joven Dinivan... No, no enviaría a Dinivan. No importaba, Ranessin man¬daría a
alguien para contrarrestar a los sanguinarios jóvenes nobles de Elías y al
idiota del obispo Domitis.
El primero de
ferruero, el día anterior a Candelmansa amaneció brillante, frío y claro. El
sol apenas había aparecido por encima de los picos de las lejanas montañas
cuando una lenta y solemne multi¬tud empezó a llenar la capilla de Hayholt. El
cuerpo del rey ya se en¬contraba frente al altar, en un féretro envuelto en
ropa de hilo de oro con negros ribetes de seda.
Simón observaba con
resentida fascinación a los nobles enfun¬dados en sus ricas y sombrías
vestimentas. Había llegado al desierto coro de la capilla directo desde las
cocinas y todavía llevaba puesta la sucia camisa de trabajo; incluso oculto
entre las sombras se sintió avergonzado de sí mismo por su pobre atuendo.
«Soy el único
sirviente que se encuentra aquí —pensó—. ¡El único de todos los que vivieron en
el castillo con nuestro rey! ¿De dónde serán todos esos elegantes caballeros y
damas? Sólo reconozco a unos pocos...: el príncipe Isgrimnur, los dos príncipes
y algún otro.»
Había algo equívoco
en todo ello, en que los que se sentaban abajo, en la capilla, estuvieran tan
espléndidos en sus sedas funera¬rias mientras él llevaba la marca de las
cocinas sobre sí, como una sá¬bana. Pero ¿qué es lo que estaba equivocado?
¿Acaso debieran los servidores del castillo ser bienvenidos entre los nobles?
¿O acaso era él quien lo deseaba?
«¿Qué ocurriría si
el rey Juan estuviera vigilando? —Sintió un estre¬mecimiento al pensarlo—. ¿Y
si estuviera haciéndolo desde algún lu¬gar? ¿Le diría a Dios que me colé en la
capilla con una camisa sucia?»
El lector Ranessin
entró, cubierto con los ropajes propios de las circunstancias, en negro, plata
y oro. Sobre la cabeza llevaba una guirnalda de sagradas hojas de ciyán, y en
sus manos, un incensario y una vara de ónix negro. Hizo que el gentío se arrodillase
y dio co¬mienzo la recitación de las oraciones del Mansa-sea-Cuelossan, la Misa
de Difuntos. Mientras leía las líneas en su rico, pero todavía li¬geramente
acentuado, nabbaneo, y envolvía en incienso el cuerpo del rey muerto, a Simón
le pareció descubrir el brillo de una luz en el rostro del Preste Juan; pudo
ver el aspecto del rey cuando era jo¬ven y cabalgaba con ojos brillantes en el
fragor de la batalla, a las puertas de la recién conquistada Hayholt. ¡Cómo
desearía haberlo visto en realidad!
Cuando las
numerosas oraciones hubieron finalizado, la com¬pañía de nobles se incorporó y
cantó el Cansim Felis; Simón se con¬tentó con musitar las palabras. Cuando los
acompañantes del fére¬tro volvieron a sentarse, Ranessin empezó a hablar y
sorprendió a todos al abandonar el nabbaneo para usar el westerling, idioma que
Juan había hecho la lingua franca de su reino.
—Debe ser recordado
—entonó Ranessin— que, cuando el último clavo fue introducido en el Árbol del
Sacrificio, nuestro Señor Jesuris fue abandonado a una terrible agonía. Una
noble mujer de Nabban, llamada Pelippa, hija de un poderoso caballero, lo vio,
y su co¬razón se llenó de piedad a causa de Su sufrimiento. Cuando la oscuridad
llegó, durante la Primera Noche, mientras Jesuris Aedón colgaba, agonizando y
solo (pues Sus discípulos fueron expulsados del patio del templo), ella se
acercó con agua, y se la dio empapando su rico pañuelo en un cuenco dorado para
después humedecer Sus secos labios.
«Cuando le dio de
beber, Pelippa lloró al ver el dolor del Reden¬tor, y le dijo: "Pobre
hombre, ¿qué es lo que te han hecho?". Jesuris le respondió: "Nada
para lo que este pobre hombre no haya nacido". Pelippa volvió a llorar, y
dijo: "Pero es terrible que te hayan colgado sólo a causa de tus palabras,
además de que lo hayan hecho cabeza abajo para humillarte aun más".
Jesuris el Redentor contestó: "Hija, no importa el modo en el que estoy
colgado, cabeza arriba o al revés. Aun así puedo mirar en el rostro de Dios, mi
Padre".
»Así, pues... —el
lector bajó su mirada para abarcar a los asisten¬tes—, al igual que de nuestro
Señor Jesuris, así podemos nosotros de¬cir de nuestro amado Juan. La gente
común del pueblo que está bajo nosotros dice que Juan el Presbítero no se ha
ido, sino que per¬manece para proteger a su pueblo y a Osten Ard. El Libro de
Aedón dice que ya ahora debe de haber ascendido a nuestro hermoso Cielo de luz,
música y azules montañas. Otros, nuestros hermanos, los súbditos de Juan de
Hernystir, dirán que ha marchado para unirse a los demás héroes en las
estrellas. No tiene importancia. Esté donde esté el que una vez fue Juan el
Rey, se encuentre en brillantes mon¬tañas o en campos estelares, sabemos esto:
es feliz por ver el rostro de Dios...
Cuando el lector
acabó de hablar, con lágrimas en los ojos, y las últimas plegarias fueron
recitadas, los asistentes dejaron la capilla.
Simón observó, con
reverente silencio, cómo el cuerpo de sir¬vientes del rey Juan daba comienzo a
sus últimos servicios en su nombre, amontonándose a su alrededor como
escarabajos en torno a una libélula, mientras lo vestían con todos los
atributos reales y guerreros. Sabía que tenía que irse —aquello iba más allá
del espiar; bordeaba la blasfemia—, pero no pudo moverse. Miedo y pena ha¬bían
sido reemplazados por un extraño sentido de irrealidad. Todo parecía una
representación o una mascarada, cuyos personajes se movían rígidos en sus
papeles como si sus miembros se congelaran y se derritiesen y volvieran a
congelarse de nuevo.
Los sirvientes del
difunto rey lo vistieron con su blanca armadura, poniendo los guanteletes
agarrados al tahalí, pero con los pies desnudos. Por encima del corselete de
Juan colocaron una túnica de color azul cielo y le pasaron una capa de
brillante color carmesí por encima de los hombros. Todo ello lo hicieron a un
ritmo tan lento que parecían tener fiebre. El cabello y la barba del rey fueron
anuda¬dos en coletas al estilo de los guerreros, y la corona en forma de
ani¬llo circular que significaba el señorío sobre Hayholt le fue colocada sobre
la frente. Al final, Noah, el viejo ayuda de cámara del rey, trajo el anillo de
hierro de Fingil; los súbitos lamentos del hombre res¬quebrajaron el silencio
que a todos envolvía. Noah sollozaba con tanta amargura que Simón se preguntaba
si, con los ojos llenos de lágrimas, podría encajar el anillo en el dedo del
monarca. Por fin los escarabajos de negros ropajes colocaron al rey Juan de
nuevo en el féretro. Envuelto en el manto de hilo dorado, lo sacaron del castillo
por última vez, con tres hombres a cada lado del ataúd. Noah los se¬guía con el
casco de guerra que había pertenecido al rey, cuya ci¬mera tenía forma de
dragón.
Entre las sombras
de su observatorio, a Simón se le cortó la res¬piración. El rey se había ido.
Cuando el duque
Isgrimnur vio pasar el cuerpo del Preste Juan a través de la Puerta Nearulagh y
vio la procesión de nobles aparecer tras él, un extraño sentimiento se apoderó
de su corazón, como un sueño de ahogo.
«No seas tan burro,
viejo —se dijo—. Nadie vive pare siempre, aunque Juan pareciera estar a punto
de hacerlo.»
Lo más gracioso era
que, incluso cuando estaban codo con codo en el infierno de las batallas y las
negras flechas de Thrithings silba¬ban a su alrededor como relámpagos divinos,
Isgrimnur siempre supo que Juan moriría en la cama. Verlo en la batalla era ver
a un hombre ungido por el cielo, intocable y lleno de autoridad, un hom¬bre que
reía mientras el cielo se teñía de niebla color sangre. «Si Juan hubiera sido
un rimmerio —sonrió Isgrimnur para sus aden¬tros—, habría sido un auténtico
demonio. Pero está muerto, y eso es lo que más cuesta de entender. Mira a los
caballeros y señores..., ellos también creyeron que viviría para siempre.
Asustados; la ma¬yoría de ellos están asustados.»
Elías y el lector
habían ocupado sus lugares inmediatamente después del féretro del rey.
Isgrimnur, el príncipe Josua y la rubia princesa Mínamele —la única hija de
Elías— los seguían de cerca. Las otras grandes familias también habían ocupado
sus lugares, sin que mediase ninguno de los acostumbrados codazos para lograr
una mejor posición. Cuando el cuerpo fue llevado por el Camino Real hacia los
promontorios, la gente común retrocedió un paso, emo¬cionada por la procesión.
En un lecho de
largas varas, en la base del Camino Real, se en¬contraba el barco del rey,
Flecha del Mar, en el que, se decía, llegó a Erkynlandia desde las islas
Westerling. Era un barco no muy grande, con no más de ocho metros de longitud;
el duque Isgrimnur se alegró de ver que las maderas de su estructura habían
sido la¬cadas de nuevo y ahora brillaban a la débil luz del sol de ferruero.
«¡Por los dioses,
cómo amaba ese barco!», recordó Isgrimnur. Las obligaciones del reino le habían
dejado poco tiempo para nave¬gar, pero el duque recordó una noche infernal,
hacía unos treinta años, cuando Juan se encontraba tan fuerte que nada pudo
evitar que él e Isgrimnur —entonces un joven— cogieran Flecha del Mar y
partieran por el Kynslagh, azotado por los vientos. El aire era tan frío que
dolía. Juan, entonces casi con setenta años, reía mientras el navío volaba por
encima de las olas. Isgrimnur, cuyos antepasados se habían convertido en
hombres de tierra desde largo tiempo atrás, se tuvo que coger a la regala y
rezar a sus viejos dioses, y al nuevo.
Ahora, los
sirvientes y soldados del rey depositaban el cuerpo de Juan sobre el barco, con
suma ternura, y lo dejaban sobre una plata¬forma que había sido preparada para
recibir el féretro. Cuarenta sol¬dados de la guardia real tiraron de las
grandes planchas y se las co¬locaron en los hombros; a continuación, levantaron
el barco y lo cargaron.
El rey y Flecha del
Mar guiaron a la larga comitiva durante me¬dia legua, a lo largo de los
promontorios que se extendían sobre la bahía; luego llegaron a Swertclif y a la
sepultura. La tienda que cu¬bría el agujero fue retirada, y el hoyo pareció una
boca abierta junto a los seis pilares, solemnes y redondeados, de los seis
señores ante¬riores de Hayholt.
A un lado del hoyo
se amontonaban pilas de césped cortado y un montón de piedras, junto con
maderas. Flecha del Mar fue depo¬sitado en la tumba, en un lado en que la
tierra había sido removida para formar un ligero ángulo. Cuando el navío quedó
fijo, las no¬bles casas de Erkynlandia y los sirvientes de Hayholt dejaron caer
presentes sobre la cubierta del barco o sobre el túmulo, como mues¬tra de amor.
Cada una de las tierras bajo su Suprema Custodia tam¬bién habían enviado alguna
pieza valiosa, que el Preste Juan llevaría consigo hacia el Cielo; un tejido o
seda preciosa de Perdruin, una cruz tallada de Nabban. El grupo de Isgrimnur
trajo desde Elvritshalla, en Rimmersgardia, un hacha de plata con piedras
preciosas incrustadas en el mango. Lluth, el rey de Hernystir, envió desde
Taig, en Hernysadharc, una larga lanza toda taraceada en oro rojo y con la
punta dorada.
El sol de mediodía
parecía colgar demasiado alto en el cielo, y el duque Isgrimnur tuvo la
impresión de que, aunque siguiera su recorrido a través de la bóveda celestial,
el calor permanecería. El viento soplaba aun más fuerte, chillando a través de
los acantilados. Isgrimnur llevaba en sus manos las gastadas botas de guerra
negras del Preste Juan. No pudo encontrar fuerzas en su corazón para levantar
la vista y mirar los blancos rostros que sobresalían de la multitud como el
trémulo brillo de la nieve en el bosque profundo.
Al aproximarse al
navío miró a su rey por última vez. Aunque más pálido que la pechuga de una
paloma, Juan todavía parecía tan duro y lleno de durmiente vida que Isgrimnur
se sorprendió al sen¬tir pena por su viejo amigo, estirado allí de aquella
forma, sin nin¬guna manta que ponerse. En aquel instante casi sonrió.
«Juan siempre decía
que yo tengo el corazón de un oso y talento de un buey —se reprendió
Isgrimnur—. Y si aquí hace frío, imagina el frío que hará para él en la tierra
helada...»
Isgrimnur se movió
con cuidado aunque de manera torpe por la empinada rampa de tierra, mientras
empleaba una mano para ayu¬darse cuando era necesario. Aunque la espalda le
dolía un horror, supo que nadie lo sospechaba; no era tan viejo como para
sentirse orgulloso de ello.
Tomó los pies de
Juan el presbítero, llenos de venas azules, uno después del otro, les enfundó
las botas y elogió las habilidosas ma¬nos que habían trabajado en la Sala de
Preparaciones por la meticu¬losidad con que habían hecho su trabajo. Sin volver
a mirar el rostro de su amigo, le tomó la mano y la besó; después se alejó, con
una ex¬traña rigidez en el cuerpo.
De repente le
pareció que aquél no era el cuerpo sin vida del rey que había sido condenado a
ser enterrado; el alma revoloteaba libre como una mariposa recién nacida, la
flexibilidad de los miembros de Juan, el rostro familiar en reposo —tal y como
Isgrimnur lo había visto en incontables ocasiones, cuando el rey se concedía
una hora o dos de sueño durante una tregua en la batalla—, todas esas cosas lo
hacían sentir como si abandonase a un amigo vivo. Sabía que Juan estaba muerto,
pues había sostenido su mano cuando exhaló el úl¬timo suspiro; pero aun así, se
sintió como un traidor.
Tan ensimismado
estaba en sus pensamientos que casi tropezó con el príncipe Josua, que se movía
con dificultad cerca de él mien¬tras caminaba hacia el túmulo. Isgrimnur se
sorprendió al ver que Josua llevaba la espada de Juan, Clavo Brillante,
envuelta en tela gris.
«¿Qué ocurre aquí?
—se preguntó Isgrimnur—. ¿Qué es lo que hace con la espada?»
Cuando el duque
alcanzó la primera fila del gentío allí congre¬gado y se dio la vuelta para
observar, se acrecentó su desazón: Josua había depositado a Clavo Brillante
sobre el pecho del rey y cerraba las manos de Juan sobre la empuñadura.
«Esto es una locura
—pensó el duque—. Esa espada pertenece al heredero del rey. ¡Sé que Juan quería
que la tuviese Elías! Y aunque éste prefiriese enterrarla con su padre, ¿por
qué no la ha depositado él mismo? ¡Qué locura! ¿Es que no le extraña a nadie más?»
Isgrimnur miró a
uno y otro lado, pero en los rostros que lo ro¬deaban no vio nada excepto
dolor.
Ahora era Elías el
que descendía con lentitud y se cruzaba con su hermano, como si participase en
una danza estática, como de he¬cho así era. El heredero del trono se inclinó
sobre la regala del barco. Lo que depositó junto a su padre nadie pudo verlo, pero
todos ad¬virtieron que, aunque una sola lágrima afloró en la mejilla de Elías
cuando éste volvía, los ojos de Josua permanecían secos.
El cortejo elevó
una plegaria más. Ranessin, cuyos ropajes on¬deaban al viento del lago, salpicó
a Flecha del Mar con los santos óleos. Después hicieron descender el barco con
suavidad por la pendiente hasta el hoyo. Unos soldados realizaron aquella operación
en silen¬cio hasta que el navío reposó a una braza de profundidad en el
inte-rior de la tierra. Sobre él fueron depositadas grandes planchas de madera,
formando un arco, y unos trabajadores pusieron los trozos de tierra y césped
uno sobre otro. Por fin, mientras se iban amonto¬nando las piedras que
conformarían el túmulo de Juan, el cortejo fúnebre dio la vuelta y regresó por
encima de los acantilados del Kynslagh.
El festín fúnebre
que se celebró aquella noche en la gran sala del castillo no fue una reunión
solemne, sino más bien una reunión llena de alborozo. Juan había muerto, claro,
pero su vida había sido larga —más que la de la mayoría de los hombres— y dejaba
un reino estable y en paz, así como un hijo fuerte para gobernarlo.
Las llamas de las
chimeneas encendidas formaban extrañas y sobrecogedores sombras en los muros,
mientras sudorosos sirvientes corrían de un lado para otro. Los participantes
en el festín agitaban los brazos y lanzaban brindis por el anciano rey
desaparecido, al igual que por el que iba a ser coronado al amanecer. Los
perros del castillo, grandes y pequeños, ladraban y se lanzaban sobre los
des¬perdicios que caían sobre el suelo cubierto de paja. Simón, que for¬maba
parte del servicio y que cargaba con uno de los pesados aguamaniles llenos de
vino, corría a las llamadas de los alborotados inte¬grantes del festín; se
sentía como si estuviera sirviendo vino en al¬guno de los ruidosos infiernos
que aparecían en los sermones del padre Dreosan. Los huesos sobrantes de la
comida se amontonaban encima de las mesas y crujían bajo los pies al ser
pisados, como si se tratase de los osarios de los atormentados pescadores y
luego fuesen apartados por los alegres demonios.
Aunque todavía no
había sido coronado, Elías poseía el aspecto de un rey guerrero. Se sentaba a
la mesa principal rodeado de los jóvenes nobles que gozaban de su favor:
Guthwulf de Utanyeat, Fengbald, el conde de Falshire, Breyugar de Westfold y
otros. Todos ellos llevaban en sus ropas de funeral un poco de color verde,
repre¬sentativo de Elías, y cada uno competía con los otros para brindar con
más fuerza que el anterior y para hacer la broma más graciosa. El heredero
presidía todo aquel esfuerzo y premiaba a los favoritos con su sonrisa. De vez
en cuando se inclinaba para decirle algo a Skali de Kaldskryke, pariente de
Isgrimnur, que se sentaba a la mesa de Elías por invitación expresa. Aunque era
un hombre de aspecto imponente, con cara de halcón y barba rubia, Skali parecía
algo abrumado por estar junto al príncipe coronado; sobre todo porque el duque
de Isgrimnur no había recibido honores similares. Simón advirtió que algo que
decía Elías provocaba la sonrisa del rimmerio, que estalló después en una gran
carcajada, y vio cómo entrechocaba su copa de metal con la del príncipe. Elías,
con sonrisa lobuna, se volvió y dijo algo a Fengbald; éste también se unió al
alborozo.
En comparación, la
mesa a la que Isgrimnur se sentaba, junto al príncipe Josua y algunos otros,
parecía más bien seria y austera, a tono con la vestimenta gris del príncipe.
Aunque el resto de los no¬bles hacían lo que podían para mantener la
conversación, Simón pudo darse cuenta al pasar de que las dos figuras
principales no to¬maban parte en ella. Josua miraba al vacío, como fascinado
por los tapices que se alineaban en los muros. El duque de Isgrimnur tam¬bién
aparecía silencioso, aunque sus razones no eran un misterio. Incluso Simón
podía darse cuenta de la manera en que el viejo du¬que miraba a Skali Nariz
Afilada, y cómo sus grandes y retorci¬das manos doblaban, con aire distraído,
el borde de su capa de piel de oso.
El desprecio que
sentía Elías por uno de los más queridos caba¬lleros de Juan no había pasado
inadvertido para las otras mesas: al¬gunos de los nobles más jóvenes, aunque lo
suficientemente cor¬teses como para no demostrarlo, parecían encontrar
divertida la incomodidad del duque. Murmuraban ocultando sus labios tras las
manos, con las cejas enarcadas para realzar la magnitud del escán¬dalo.
Mientras Simón
observaba todo aquello, fascinado por el estré¬pito y por sus propias y
confusas observaciones, una voz se elevó desde una mesa y le increpó algo
acerca del vino, lo que lo hizo vol¬ver a toda prisa a la vida.
Al anochecer,
cuando por fin Simón hubo encontrado un mo¬mento para descansar en una alcoba
tras uno de los gigantescos ta¬pices, se dio cuenta de que un nuevo huésped se
había sentado a la mesa principal, en un alto taburete, entre Elías y Guthwulf.
El re¬cién llegado no iba vestido de funeral, sino de escarlata, con lunares
negros y dorados en el dobladillo de sus voluminosas mangas. Cuando el extraño
se inclinó hacia Elías para susurrarle algo al oído, Simón se quedó
observándolo con muda fascinación. El hombre no tenía ni un pelo sobre la
cabeza, ni cejas ni pestañas, pero sus rasgos eran los de un joven. La piel,
tersa y tirante sobre el cráneo, resul¬taba pálida incluso a la luz anaranjada
que bañaba la estancia; los ojos aparecían hundidos en las órbitas, y eran tan
oscuros que pare¬cían puntos negros bajo las desnudas cejas. Simón conocía
aquellos ojos; lo habían mirado desde la capucha del conductor del carro que
casi se lo lleva por delante en la Puerta Nearulagh. El muchacho se estremeció
y lo miró con fijeza. Había algo enfermizo, pero a la vez embelesador, en aquel
hombre, como en una serpiente.
—Resulta repugnante
mirarlo, ¿verdad? —dijo una voz a la altura de su hombro.
Simón brincó. Un
hombre joven, de pelo oscuro y con una son¬risa en el rostro, se encontraba en
la alcoba, tras de él, con un laúd colgado sobre una túnica de color gris
paloma.
—Lo..., lo siento
—tartamudeó el chico—. Me habéis sorprendido.
—No pretendía
hacerlo —rió el otro—. Vine para saber si me po¬drías ayudar.
El desconocido sacó
la otra mano de detrás de la espalda y mos¬tró a Simón una copa de vino vacía.
—Oh... —dijo el
muchacho—. Perdonadme..., estaba descan¬sando, señor... Lo siento mucho.
—¡Paz, amigo, paz!
No he venido a molestarte, pero si no dejas de disculparte, entonces me
enfadaré. ¿Cómo te llamas?
—Simón, señor.
Levantó la jarra
con dificultad, llenó la copa del joven y luego éste la dejó en una hornacina.
Agarró el laúd, sacó otra copa del interior de la túnica y se la ofreció con
una reverencia.
—Iba a robar esto,
maese Simón, pero creo que deberíamos be¬ber por la salud de ambos, y en
memoria del viejo rey... Y, por favor, no me llames señor, porque no lo soy.
Acercó la copa a la
jarra hasta que Simón la llenó.
—¡Así! —dijo el
extraño—. Ahora, llámame Sangfugol o, como el viejo Isgrimnur lo hace,
«Zong-vogol».
La perfecta
imitación del acento rimmerio por parte del extraño dibujó una leve sonrisa en
el rostro de Simón. Tras mirar a su alre¬dedor en busca de Raquel, dejó el
aguamanil en el suelo y empinó la copa que le había dado Sangfugol. Fuerte y
amargo, el vino recorrió su garganta como agua de primavera; cuando bajó la
copa, la son¬risa se le había ensanchado.
—¿Formáis parte
del... cortejo del duque Isgrimnur? —preguntó Simón, mientras se secaba los
labios con la manga.
Sangfugol rió. Las
risas parecían aflorar con facilidad a su rostro.
—¡Cortejo! ¡Buena
palabra para ser dicha por un chico que sirve el vino! No, soy el arpista de
Josua. Vivo en la fortaleza de Naglimund, en el norte.
—¿Gusta Josua de la
música? —preguntó Simón, y aquel pensa¬miento lo dejó pasmado—. Parece tan
serio...
—Y lo es..., pero
ello no significa que le disguste el arpa o el laúd. La verdad es que son mis
canciones melancólicas las que son de su agrado, pero en ocasiones me pide la
Balada de Tom el de tres piernas o cosas así.
Antes de que Simón
pudiera hacer otra pregunta, se produjo una explosión de hilaridad que provenía
de la mesa principal. El chico se dio la vuelta y vio que Fengbald había
derramado su jarra de vino sobre el regazo de otro hombre que, con adémanos
ebrios, trataba de quitarse la camisa, mientras Elías, Guthwulf y los demás
nobles se burlaban y gritaban. Sólo el extraño calvo de ropa escar¬lata
permanecía frío, con impasibles y fijos ojos y una leve sonrisa.
—¿Quién es ése?
—preguntó Simón a Sangfugol, que había aca¬bado con el vino y había cogido el
laúd para acercárselo a la oreja y comprobar el estado de las cuerdas—. El
hombre vestido de rojo.
—Sí —dijo el
arpista—, ya he visto que lo mirabas al llegar. Tiene un aspecto que da miedo,
¿eh? Se trata de Pryrates, un sacerdote nabbano, uno de los consejeros de
Elías. La gente dice que es un maravilloso alquimista, aunque parece demasiado
joven para serlo, ¿no? Eso por no mencionar que no parece una actividad muy
adecuada para un sacerdote. Si pones atención, también puedes oír murmurar que
es un brujo: alguien que practica la magia negra. Y si todavía escuchas más
atentamente...
Como para
demostrarlo, Sangfugol bajó el tono de la voz y Si¬món tuvo que inclinarse para
oír. Se dio cuenta de que acababa de beberse el tercer jarro de vino.
—Si escuchas con
mucha atención, mucha atención... —continuó el arpista—, oirás decir a la gente
que la madre de Pryrates era una bruja, y que su padre era... ¡un demonio!
Sangfugol hizo
sonar en tono bajo una de las cuerdas del laúd, y Simón retrocedió,
sorprendido.
—Pero Simón, no
puedes creer todo lo que oyes, sobre todo lo que dicen los juglares borrachos.
Sangfugol acabó la
frase con una risa sofocada y extendió la mano. El muchacho lo miraba con
expresión estúpida.
El arpista sonrió.
—Me ha gustado
mucho hablar contigo, pero me temo que debo regresar a la mesa, donde otros
aguardan impacientes a que los di¬vierta. Adiós.
—Adiós...
Simón le dio la
mano y observó cómo el arpista cruzaba la sala con la torpeza de un
experimentado borracho.
Cuando Sangfugol se
sentó, los ojos del chico se posaron sobre dos muchachas del servicio que
permanecían apoyadas contra una pared del vestíbulo, abanicándose con los
delantales y charlando. Una de ellas era Hepzibah, la chica nueva; la otra era
Rebah, una de las sirvientas de la cocina.
Simón notó que le
empezaba a hervir la sangre. Resultaría tan fácil cruzar la estancia y ponerse
a hablar con ellas... Había algo en Hepzibah, un descaro en sus ojos y boca
cuando reía...
Como se sentía con
la cabeza algo más que ligera, Simón se adentró en la estancia y el rugido de
las voces lo engulló como una tormenta.
«Un momento, un
momento —pensó, y empezó a sentirse asus¬tado—, ¿cómo puedo acercarme y ponerme
a hablar con ellas como si no pasase nada?... ¿No se darán cuenta de que las he
estado mi¬rando? No...»
—¡Eh, tú, vago
patán! ¡Tráenos algo de vino!
Simón se giró para
ver la cara enrojecida del conde Fengbald, que agitaba un jarro hacia él desde
la mesa del rey. En el vestíbulo las chicas del servicio empezaban a alejarse
despacio. Simón volvió a la carrera hacia la alcoba para recuperar su aguamanil
y lo cogió de entre una enmarañada manada de perros que se disputaban el hueso
de una costilla. Un cachorro, joven y escuálido, con una mancha blanca sobre su
cabeza marrón, gimoteaba junto al resto del grupo, incapaz de competir con los
demás perros más grandes. Simón en¬contró una tira de piel grasosa en una silla
desierta y se la echó al pe¬rrito, que meneó la cola al recibir el regalo y
después siguió al mu¬chacho mientras salía de la pieza con el aguamanil.
Fengbald y
Guthwulf, conde de Utanyeat, se encontraban in¬mersos en una especie de
pulseada, con sus respectivas dagas clava¬das sobre la mesa a cada lado de los
brazos de los contendientes. Si¬món se acercó con todo el cuidado que pudo y
escanció el vino del pesado aguamanil en las jarras de los bulliciosos
espectadores mien¬tras trataba de no pisar al perro, que jugueteaba entre sus
piernas. El rey observaba la pulseada con regocijo, pero tenía a su propio paje
a la espalda, por lo que Simón no le llenó el vaso. A Pryrates le sirvió el
último mientras trataba de evitar la mirada de éste, aunque no le pasó
inadvertida la extraña fragancia del hombre, una inexplicable amalgama de metal
y especias dulzonas. Al retroceder vio que el pe¬rrillo se encontraba jugando
cerca de las brillantes botas negras de Pryrates.
—¡Ven aquí! —siseó
Simón, al tiempo que retrocedía un poco más y se palmeaba la rodilla; pero el
animal no le hizo caso. Empezó a es¬carbar en la paja del suelo con ambas patas
delanteras, mientras con el lomo rozaba el manto rojizo del sacerdote—. ¡Ven aquí!
—volvió a susurrar el chico.
Pryrates se dio la
vuelta y miró hacia abajo. La brillante cabeza se inclinó despacio sobre el
largo cuello. Levantó el pie y puso la pe¬sada bota sobre el lomo del perro con
un rápido y compacto movi¬miento realizado en un abrir y cerrar de ojos. Se produjo
un «crack» de huesos astillados y un chillido apagado; el perrito se agitó en
la paja, hasta que Pryrates levantó el pie y le aplastó el cráneo.
El sacerdote miró
el cuerpo con aire despreocupado, y después deslizó sus ojos sin brillo hacia
el horrorizado rostro de Simón. La oscura mirada —sin trazas de remordimiento,
despreocupada— se apoderó de él. Los mortecinos y fríos ojos de Pryrates volvieron
a descender hacia el perro y, cuando se dirigieron de nuevo a Simón, una ligera
sonrisa cruzaba el rostro del sacerdote.
«Ya no puedes hacer
nada por él, muchacho —decía la mirada—. ¿A quién le importa?»
La atención del
sacerdote volvió a dirigirse a la mesa; Simón, liberado, dejó caer el aguamanil
y corrió en busca de un lugar para vomitar.
Era poco antes de
medianoche y casi la mitad de los comensales se habían retirado o habían sido
conducidos al lecho. Parecía du¬doso que la mayoría de ellos pudiera asistir a
la coronación al día si¬guiente. Simón escanciaba en la copa de un huésped ya borracho
el vino aguado, que era todo lo que a aquellas horas servía Peter
Ta¬zón-Dorado, cuando el conde Fengbald, el único que quedaba en la mesa del
rey, entró a la estancia desde el patio. El joven noble apare¬cía con el
cabello desordenado y sus calzas a medio ajustar, aunque una beatífica sonrisa
le cruzaba el rostro.
—¡Venid todos
afuera! —gritó—. ¡Salid a mirar!
Volvió a salir por
la puerta. Los que todavía podían hacerlo se le¬vantaron y lo siguieron,
mientras se daban empujones y reían, algu¬nos de ellos cantando tonadas de
borrachos.
Fengbald se hallaba
en los comunes, con la cabeza mirando ha¬cia arriba. El negro cabello le caía
en cascada por la espalda de su manchada túnica mientras oteaba el cielo.
Señalaba algo. Uno de¬trás de otro, los rostros de los que habían salido se
elevaron para mirar.
—¡Una estrella que
arde! —gritó alguien—. ¡Es un presagio!
—¡El viejo rey está
muerto, muerto, muerto! —gritó Fengbald, mientras agitaba una daga al aire,
como si tratase de retar a las estre¬llas—. ¡Larga vida al rey! —voceó—. ¡Una
nueva era ha dado comienzo!
Los gritos de
asentimiento llenaron el aire, y algunos de los pre¬sentes aullaron y
patalearon. Otros dieron comienzo a un baile lleno de risas, en el que los
hombres y las mujeres se cogían de las manos mientras giraban en círculos. Por
encima de ellos la estrella roja brillaba como carbón encendido.
Simón, que había
seguido a los juerguistas para descubrir cuál era la causa de todo aquel lío,
volvió a la sala con los gritos de los bailarines flotando a su espalda. Se
sorprendió al ver al doctor Morgenes entre las sombras del muro del bastión. El
anciano, que no se percató de la presencia de su aprendiz, iba envuelto en una
gruesa ropa para defenderse del aire frío y también miraba hacia la estrella,
cuya roja cola rasgaba la bóveda celeste. Al contrario que los demás, no se
veían rastros de borrachera o alegría en su rostro. Parecía asus¬tado, pequeño
y lleno de frío.
«Parece —pensó
Simón— un hombre solitario oyendo la ham¬brienta canción de los lobos...»
7
La estrella del
conquistador
La primavera y el
verano del primer año del reinado de Elías fueron mágicos y brillaron de pompa
y lujo. Todo Osten Ard pareció renacer. La joven nobleza volvió a llenar los
salones de Hayholt, durante mucho tiempo desiertos, cubriendo de luz y color lo
que antes era oscuridad. Como en los días de juventud de Juan, el castillo se
llenó de risas, bebida y del movimiento de bri¬llantes espadas de batalla y
armaduras. Durante las noches, la mú¬sica volvía a oírse en los jardines de
setos y las espléndidas damas de corte iban y venían de citas amorosas
amparadas por la cálida oscu¬ridad, como gráciles espíritus que flotasen. El
campo de torneos re¬nació y se llenó de tiendas multicolores como si fuese un
jardín de flores. A la gente común todo aquello le hacía tener la impresión de
que cada día era festivo y de que el alborozo no tenía fin. El rey Elías y sus
amigos estaban siempre de broma. Todo Erkynlandia parecía festejar y dar
volteretas como un perro emborrachado de verano.
Algunos de los
habitantes del pueblo murmuraban que resul¬taba difícil plantar la cosecha con
tanta despreocupación a su alre¬dedor. Muchos de los viejos y amargados
sacerdotes hacían predic¬ciones sobre tan licenciosas costumbres, pero la mayor
parte de la gente se reía de aquellos pronósticos. La monarquía de Elías era de
nuevo cuño, y Erkynlandia —y de hecho parecía que todo Osten Ard— había salido
de un largo invierno para despertar a una impere¬cedera estación de juventud.
¿Cómo podía todo ello ser antinatural?
Simón sentía que le
dolían los dedos mientras trazaba las letras sobre el pergamino gris con gran
laboriosidad. Morgenes se encon¬traba junto a la ventana, con una larga y
aflautada pipa de cristal que examinaba a la luz del sol, como si buscase
suciedad en ella.
«¡Si dice una sola
palabra acerca de que esa cosa no está suficien¬temente limpia, me marcharé!
—pensó Simón—. La única luz del sol que puedo ver es la que se refleja en los
vasos que limpio.»
Morgenes se apartó
de la ventana y trajo la pieza de cristal hasta la mesa en la que el muchacho
sudaba tinta con la escritura. Mien¬tras el anciano se acercaba, Simón se iba
preparando para la repri¬menda y sintió un ramalazo de resentimiento.
—¡Un excelente
trabajo, Simón! —dijo Morgenes, y depositó la pipeta junto al rollo de
pergamino—. Parece ser que tratas todas estas cosas con más cuidado del que yo
tendré nunca.
El doctor le dio
una palmada en el brazo y se inclinó hacia los escritos.
—¿Cómo te va con
eso? —preguntó Morgenes.
—Muy mal —se oyó
contestar el aprendiz. Aun cuando el nudo de resentimiento seguía en él, se
sentía disgustado por el tono frívolo de su voz—. Quiero decir que nunca lo
haré bien. No puedo trazar las letras sin que lo manche todo de tinta, ¡y
tampoco pue¬do leer nada de lo que escribo!
Al decirlo se
sintió algo mejor, pero todavía se notaba estúpido.
—Simón, te
preocupas por nada —dijo el doctor, y se incorporó.
Tenía un aire
distraído y, mientras hablaba, parecía buscar algo con la mirada por la
habitación.
—En primer lugar,
cuando se aprende a escribir todo el mundo hace borrones. Algunos malgastan sus
vidas «emborronando»; eso significa que no tienen nada importante que decir. Y
en segundo lu¬gar, claro que no puedes leer lo que escribes, pues el libro está
escrito en nabbaneo y tú no conoces esa lengua.
—Entonces, ¿por qué
tengo que copiar palabras que no en¬tiendo? —rezongó Simón—. Es una tontería.
Morgenes volvió a
posar la mirada sobre el muchacho.
—Ya que he sido yo
el que te ha dicho que lo hagas, ¿también soy yo un tonto?
—No, no quería
decir eso... Es que...
—No te molestes en
explicarlo.
El doctor acercó un
taburete y se sentó junto a Simón. Sus lar¬gos y curvados dedos rascaban
distraídamente unas manchas de la mesa.
—Quiero que copies
esas palabras porque es más fácil concen¬trarse en la forma de las letras si no
te distraes con el significado.
—Ya —respondió
Simón, que se sentía satisfecho a medias—. ¿Po¬déis decirme qué libro es éste?
Aunque miro las pinturas no puedo imaginármelo.
Pasó las páginas
hasta dar con una ilustración que había mirado muchas veces durante los últimos
tres días: un grotesco grabado de un hombre con una cornamenta, que miraba con
grandes ojos y poseía negras manos. Unas figuras aparecían postradas a sus pies;
por encima del hombre un sol flamígero colgaba en un cielo negro.
—Como ésta —señaló
Simón a la extraña pintura—; aquí al pie dice Sa Asdridan Condiquilles. ¿Qué
significa?
—Quiere decir
—respondió Morgenes mientras cerraba la tapa y cogía el libro— «la Estrella del
Conquistador», y no es de la clase de cosas que necesitas saber —añadió, y
colocó el libro en precario equi¬librio en una estantería que había en la
pared.
—¡Pero soy vuestro
aprendiz! —protestó el chico—. ¿Cuándo vais a enseñarme algo?
—¡Muchacho idiota!
¿Qué es lo que crees que estoy haciendo? Intento enseñarte a leer y escribir.
Eso es lo más importante. ¿Qué quieres aprender?
—¡Magia! —dijo
Simón de inmediato.
Morgenes lo miró
con fijeza.
—¿Y leer...?
—preguntó el doctor, amenazador.
El muchacho estaba
malhumorado. Como de costumbre, la gente parecía determinada a burlarse de él
en todo momento.
—No sé... —dijo—.
¿Qué importa la lectura y las letras? Los libros son sólo historias sobre
cosas. ¿Por qué tendría que leer libros?
Morgenes sonrió
mostrando los dientes, como un viejo zorro al encontrar un agujero en la tapia
del gallinero.
—Ah, muchacho,
podría enfadarme tanto contigo... ¡Qué mara¬villosa, encantadora y
perfectamente estúpida cosa acabas de decir!
El doctor rió.
—¿Qué queréis
decir? —repuso Simón frunciendo el entrecejo—. ¿Por qué es maravillosa y
estúpida?
—Es maravillosa por
haber obtenido esa maravillosa respuesta —rió Morgenes—. Y estúpida porque...,
porque los jóvenes son estú¬pidos. Supongo que, al igual que las tortugas han
sido provistas de caparazones y las avispas de aguijones, es su protección contra
las incomodidades de la vida.
—Perdonadme, ¿qué
habéis dicho?
Ahora Simón se
encontraba totalmente desconcertado.
—Los libros...
—explicó Morgenes con gesto imponente—, los li¬bros son magia. Esa es la
respuesta. Y los libros también son trampas.
—¿Magia? ¿Trampas?
—Los libros son una
forma de magia —el doctor cogió el volumen que acababa de dejar en el estante—
porque atraviesan el tiempo y la distancia de forma más segura que cualquier
encantamiento. ¿Qué hizo que alguien pensase así sobre esto y lo otro hace doscientos
años? ¿Puedes volar hacia el pasado y preguntárselo? No..., segura-mente que
no... Pero, ah, si escribió sus pensamientos, si en alguna parte existe un
rollo de pergaminos o un libro de sus discursos..., ¡esa persona te habla a
través de los siglos! Y si deseas visitar Nascadu o la perdida Khandia, no
tienes más que abrir un libro.
—Sí, creo que eso
lo entiendo —dijo Simón, que no trataba de ocultar su desagrado. Aquello no era
lo que él entendía por «ma¬gia»—. ¿Y las trampas? ¿Por qué trampas?
Morgenes se inclinó
hacia adelante y agitó el volumen forrado de cuero bajo la nariz del muchacho.
—Un escrito es una
trampa —explicó de forma jovial—, y del peor tipo. Mira, un libro es la única
clase de trampa que mantiene a su cautivo, que es el conocimiento, vivo para
siempre. Cuantos más li¬bros tienes —dijo el doctor mientras con sus manos
abarcaba la es¬tancia—, más trampas, y por ello más oportunidades de capturar
al¬guna presa elusiva y brillante que de otra forma moriría sin ser vista.
Morgenes finalizó
con un ademán grandilocuente, y dejó caer el libro sobre los otros. Una tenue
nube de polvo se elevó y las motas se hicieron visibles en la franja de luz
solar que se filtraba a través de las ventanas barradas.
Simón miró durante
un instante el polvo, mientras trataba de poner en orden sus pensamientos.
Seguir las explicaciones del an¬ciano era como tratar de coger con mitones a un
ratón.
—Pero ¿qué me decís
de la magia real? —preguntó al fin, con un pliegue de tozudez entre las cejas—.
Magia como la que dicen que practica Pryrates en la torre.
Durante un breve
instante una mirada de rabia —¿o tal vez de miedo?— contrajo el rostro del
doctor.
—No, Simón —dijo
con calma—. No me hables de Pryrates. Es peligroso y está loco.
A pesar de sus
malos recuerdos sobre el sacerdote rojo, Simón pensó que la intensidad de la
mirada del sabio resultaba extraña y algo asustadiza, pero se animó para
realizar otra pregunta.
— Vos hacéis magia,
¿no? ¿Por qué es Pryrates peligroso?
Morgenes se
incorporó de repente, y por un instante el joven te¬mió que el anciano fuese a
golpearlo o a gritarle. En lugar de ello, caminó con rigidez hasta la ventana y
miró hacia afuera durante un momento. Desde donde Simón permanecía sentado, el
fino cabello del doctor formaba un halo pajizo por encima de los hombros.
Morgenes se volvió
y regresó junto al aprendiz. Su rostro apare¬cía lleno de gravedad y turbado
por la duda.
—Simón —dijo—, lo
más seguro es que lo que voy a decirte no me reporte ningún bien, pero quiero
que te mantengas lejos de Pryrates. No te le acerques ni hables de él...,
excepto conmigo, claro.
—Pero ¿por qué?
Contrariamente a lo
que el doctor pudiera pensar, Simón ya ha¬bía decidido mantenerse alejado del
alquimista. Morgenes nunca se mostraba tan comunicativo y, por ello, el chico
no quería desperdi¬ciar la ocasión.
—¿Qué hay de malo
en él? —preguntó.
—¿Te has dado
cuenta de que la gente tiene miedo de Pryrates, de que cuando desciende de sus
nuevas habitaciones en la Torre de Hjeldin la gente se aparta corriendo de su
camino? Existe una ra¬zón. Lo temen porque él mismo no posee ni un ápice de
miedo. Sus ojos así lo demuestran.
Simón se puso el
extremo de la pluma en la boca y la mordió, para volver a preguntar:
—¿Ni un ápice de
miedo? ¿Eso qué significa?
—No existe lo que
se llama «falta de temor», Simón, a menos que un hombre esté loco. La gente a
la que se llama intrépida lo único que hace es esconderlo bien, y eso es una
cosa muy diferente. El viejo rey Juan conocía el miedo, y sus dos hijos también
lo han co¬nocido... Yo también. Pero Pryrates... Bueno, la gente se da cuenta
de que él no teme ni respeta las cosas que los demás sí respetan y te¬men. Eso
es lo que queremos decir cuando llamamos loco a alguien.
A Simón todo
aquello le pareció fascinante. Ni siquiera estaba seguro de poder llegar a
creer que el Preste Juan o Elías hubiesen te¬nido miedo, pero el tratar sobre
Pryrates se le hacía irresistible.
—¿Está Pryrates
loco? ¿Cómo puede ser? Es un sacerdote y uno de los consejeros del rey
—preguntó el muchacho; aunque recordó los ojos y la sonrisa dentona y supo que
Morgenes tenía razón.
—Deja que te lo
explique de otra forma —dijo el sabio, al tiempo que se retorcía un rizo cíe la
nevada barba entre los dedos—. Te he hablado de trampas, de la búsqueda del
conocimiento como de la caza de una criatura escurridiza. Bien, mientras que yo
y otros bus¬cadores del conocimiento ponemos nuestras trampas para ver qué
brillante presa podemos tener la suerte de atrapar, Pryrates deja abierta su
puerta durante la noche y espera a ver qué es lo que entra.
Morgenes apartó la
pluma de Simón, se cogió la manga del manto y frotó para quitar la tinta que se
extendía por la mejilla del muchacho.
—El problema del
método de Pryrates —continuó— es que, si no te gusta la presa que ha acudido a
la llamada, es muy difícil, muy, muy difícil, volver a cerrar la puerta.
—¡Aja! —aulló
Isgrimnur—. ¡Te he tocado! ¡Admítelo!
—No tengo el más
mínimo rasguño sobre la ropa —dijo Josua, con una ceja enarcada y aire de
fingida sorpresa—. Siento ser testigo de que los achaques os hayan conducido a
tan desesperados recur¬sos...
A media frase se
echó hacia adelante. Con un ruido sordo, Is¬grimnur paró con su propia
empuñadura la estocada de la hoja de madera, y desvió el golpe.
—¿Achaques? —siseó
el duque a través de su boca desdentada—. ¡Yo te daré un achaque que te enviará
llorando de regreso con tu ni–era!
Todavía veloz, a
pesar de su corpulencia y los años, el duque de Elvritshalla avanzó, con ambas
manos sobre la empuñadura de la hoja, lo que le permitía mantener un buen
control al lanzar mando¬bles en amplios arcos con la espada de madera. Josua
retrocedió de un salto, tratando de defenderse, mientras los finos cabellos se
le pe¬gaban a la frente empapada de sudor. Vio una abertura en la guardia del
duque y, cuando éste tuvo la espada de prácticas a su espalda para volver a
lanzar otro barrido, el príncipe agachó la cabeza. En¬tonces, usando su propia
arma para ayudarse a esquivar el golpe, metió un pie tras el talón de Isgrimnur
y estiró. El duque cayó de es¬paldas al suelo sobre la hierba, junto a él. Con
su única mano se de¬sató el grueso traje y rodó sobre la espalda.
Isgrimnur, que
trataba de recuperar el aliento, no dijo nada du¬rante un rato. Tenía los ojos
cerrados y las gotas de sudor que le hu¬medecían la barba brillaban a la luz
del sol. Josua se sentó para mi¬rarlo y una mueca de pesar le atravesó el
rostro. Se incorporó del todo para desabrochar el traje de Isgrimnur. Cuando
puso los dedos sobre el nudo, la manaza rosada del duque se levantó, lo golpeó
a un lado de la cabeza y lo hizo caer de nuevo al suelo. El príncipe se llevó
una mano a la oreja y su rostro expresó una mueca de dolor.
—¡Aja! —jadeó el
duque—. Eso te enseñará..., joven cachorro.
Pasó otro lapso de
tiempo en silencio mientras ambos hombres continuaban estirados mirando hacia
el cielo despejado.
—Has hecho trampa
—dijo Isgrimnur mientras se sentaba sobre la hierba—. La próxima vez que
aparezcas en Hayholt te pediré la re¬vancha. Además, si no hiciese este maldito
calor y yo no estuviera tan malditamente gordo, te habría roto las costillas
hace una hora.
Josua se sentó, con
ojos ensombrecidos. Dos figuras se acerca¬ban a través de la hierba amarillenta
del campo de torneo. Una de ellas iba enfundada en un largo manto.
—Hace calor —apuntó
el príncipe.
—¡Y estamos en
novendre! —gruñó Isgrimnur, despojándose del traje de duelo—. Los días de
verano están lejos, y todavía hace este calor. ¿Dónde está la lluvia?
—Tal vez se haya
asustado y haya desaparecido —dijo Josua, y miró con ojos entornados las
figuras que se aproximaban.
—¡Hola, hermano
menor! —saludó una de ellas—. ¡Y hola a ti tam¬bién, viejo tío Isgrimnur!
¡Parece que os hayáis lastimado con vues¬tro juego!
—Josua y el calor
casi me matan, majestad —respondió el duque al aproximarse el rey.
Elías vestía una
rica túnica de color verde mar; Pryrates, con la mirada oscura, caminaba a su
lado con un manto rojo.
Josua se levantó y
le ofreció la mano a Isgrimnur para que pu¬diera incorporarse.
—El duque exagera,
como de costumbre —dijo el príncipe con suavidad—. Me vi obligado a derribarlo
y sentarme encima de él para salvar mi vida.
—Sí, sí, ya vimos
vuestros juegos desde la Torre de Hjeldin —ex¬plicó Elías, y agitó la mano
hacia donde la mole de la torre se elevaba por encima de la muralla exterior de
Hayholt—, ¿no es así, Pryrates?
—Sí, sire
—respondió el sacerdote, con voz rasposa y una sonrisa tan delgada como un
cabello—. Vuestro hermano y el duque son en verdad hombres vigorosos.
—A propósito,
majestad —intervino Isgrimnur—, ¿puedo pediros algo? Odio tener que molestaros
con asuntos de Estado en estos momentos.
Elías, que había
tenido la vista perdida por el campo de torneo, se volvió hacia el viejo duque
con una mirada de ligera molestia.
—Ahora estoy
tratando algunos asuntos importantes con Pryra¬tes. ¿Por qué no venís a verme
cuando conceda audiencia para tratar ese tipo de asuntos? —respondió, y miró
hacia otra parte.
Al otro lado del
campo de torneo, Guthwulf y el conde Eolair de Nad Mullach —un pariente del rey
Lluth de Hernystir— trataban de coger a un semental que había roto las riendas.
Elías se rió al verlo y dio un ligero codazo a Pryrates, quien le obsequió con
otra sonrisa superficial.
—Eh..., os pido
perdón, majestad —Isgrimnur volvió a la carga—, pero hace quince días que trato
de hablar con vos sobre este asunto. Vuestro canciller Helfcene no hace más que
decirme que estáis muy ocupado...
—...en la Torre de
Hjeldin —añadió Josua.
Durante un instante
los hermanos entrecerraron los ojos; des¬pués, Elías se volvió hacia el duque.
—Está bien. ¿De qué
se trata?
—Se trata de la
guarnición real de Vestvennby. Hace más de un mes que se marcharon y continúan
sin ser reemplazados. La Marca Helada sigue siendo un lugar salvaje, y yo no
tengo los hombres su¬ficientes como para mantener abierta la ruta de Wealdhelm
sin la guarnición de Vestvennby. ¿Enviaréis otra tropa?
Elías había vuelto
a dirigir la mirada hacia Guthwulf y Eolair, dos pequeñas figuras que brillaban
al sol mientras trataban de dar caza al cada vez más lejano caballo. Respondió
sin darse la vuelta.
—Skali de
Kaldskryke asegura que tenéis hombres más que sufi¬cientes, viejo tío. Dice que
estáis acumulando hombres en Elvritshalla y Naarved. ¿Por qué lo hacéis?
Antes de que el
furioso Isgrimnur pudiera responder, Josua elevó su voz.
—Skali Nariz
afilada es un mentiroso si afirma eso, y tú eres un loco si le crees.
Elías se dio la
vuelta, con los labios contraídos.
—¿Es eso cierto,
hermano Josua? ¿Es Skali un mentiroso? ¿Y debo creeros a vos, a vos, que nunca
habéis ocultado vuestro odio hacia mí?
—Un momento, un
momento... —interrumpió Isgrimnur, ner¬vioso y algo más que asustado—.
Elías..., vuestra majestad, sabéis de mi lealtad. ¡Fui el amigo más firme que
vuestro padre jamás tuvo!
—¡Oh, sí, mi padre!
—gruñó el monarca.
—Y, por favor, no
prestéis oídos a esos escandalosos rumores, porque eso es lo que son, sobre
Josua. ¡El no os odia! ¡Os es tan leal como yo!
—De eso —dijo el
rey— no tengo ninguna duda. ¡Enviaré una guarnición a Vestvennby cuando esté
listo para ello, y no antes!
Tras decir aquello,
Elías miró a ambos con ojos muy abiertos. Pryrates, que había permanecido
callado todo el rato, levantó una mano y la apretó contra la manga de la túnica
de Elías.
—Mi señor
—intervino—, éste no es el lugar ni el momento ade¬cuado para este tipo de
asuntos... —añadió, y le dedicó una impru¬dente y burlona sonrisa a Josua—, o
así humildemente lo creo.
El rey miró a su
valido, y asintió una vez.
—Tenéis razón. Me
he puesto colérico por nada. Perdonadme, tío —le dijo a Isgrimnur—. Como bien
habéis dicho, es un día calu¬roso. Perdonad mis maneras —acabó, y sonrió.
El duque sacudió la
cabeza.
—Desde luego, sire.
Es fácil dejarse llevar por los malos humores en un día tan caluroso, lo cual
resulta muy extraño en esta época del año. ¿No es así?
—Así es —respondió
Elías, y sonrió de oreja a oreja mirando al sa¬cerdote vestido de rojo—.
Pryrates, aquí presente, a pesar de su sa¬grada pertenencia a la Iglesia, no
parece poder convencer a Dios para que nos conceda la lluvia por la que
rezamos, ¿no es cierto, consejero?
Pryrates miró al
rey con extrañeza y hundió la cabeza en el cue¬llo del manto, como una tortuga
albina.
—Por favor, mi
señor... —dijo—, prosigamos nuestra conversación y dejemos a estos caballeros
con su esgrima.
—Sí—asintió el
rey—, supongo que será lo mejor.
La pareja empezó a
alejarse, cuando Elías se detuvo. Se dio la vuelta con lentitud hasta encararse
con Josua, que recogía las espa¬das de madera de la seca hierba.
—¿Sabes, hermano?
—empezó a decir el rey—. Hace mucho tiempo que no cruzamos nuestras espadas. Al
observarte he recor¬dado los viejos tiempos. ¿Qué te parece si hacemos un poco
de ejer¬cicio, aprovechando que estamos aquí?
Pasó un momento en
el que nadie dijo nada.
—Como deseéis,
Elías —replicó Josua, y lanzó una de las hojas de madera hacia el rey. Este la
cogió por el mango con la mano derecha.
—De hecho —dijo el
monarca, con una media sonrisa en los la¬bios—, creo que no nos hemos vuelto a
enfrentar desde tu... acci¬dente. —Elías adoptó una mirada solemne—. Tuviste
suerte de no perder la mano con la que esgrimes la espada.
—Mucha suerte, en
verdad —respondió Josua, retrocediendo un paso y medio antes de enfrentarse al
rey.
—Por otra parte
—empezó a decir el rey—, es una tontería que lo hagamos con estas pobres
espadas de madera. —Elías movió el arma de prácticas—. Me divertiría mucho
veros usar..., ¿cómo llamáis a esa gruesa hoja vuestra?... Ah, Naidel. Es una
lástima que no la hayáis traído.
Sin avisar, Elías
se echó hacia adelante y fue a golpear a Josua en la cabeza con el dorso de la
mano. El príncipe vio venir el golpe y pudo esquivarlo; y, a su vez,
contraatacó. El soberano eludió con destreza la estocada. Ambos hermanos se
separaron.
—Sí —dijo Josua, al
tiempo que levantaba la espada frente a sí, con el rostro mojado de sudor—. Es
una pena que Naidel no esté conmigo. También me disgusta que Clavo Brillante no
esté con vos.
El príncipe
arremetió con una estocada baja, pero el rey retroce¬dió con rapidez para
contraatacar a su vez.
—¿Clavo Brillante?
—dijo Elías, respirando con un poco de difi¬cultad—. ¿Que queréis decir con
eso? Sabéis que fue enterrada con nuestro padre.
Giró la espada y se
lanzó hacia su hermano, que retrocedió.
—Ya lo sé
—respondió Josua, rechazando el golpe—, pero la espada de un rey, así como su
reino, debe ser sabia —avanzó— y valiente —volvió a echarse hacia adelante— ...
Debe ser usada con sabiduría y cuidado... por su heredero.
Las dos hojas de
madera entrechocaron con el ruido de un ha¬cha al penetrar en la madera. Ambas
empuñaduras quedaron juntas y los rostros de los hermanos se encontraron
separados por unos po¬cos centímetros. Los músculos de ambos se hincharon bajo
la ropa; durante un instante casi parecieron estar rígidos. El único
movi-miento que se apreció fue un ligero temblor al presionar uno contra el
otro. Por fin, Josua, que no podía coger la empuñadura con am¬bas manos, como
el rey, sintió que su espada empezaba a resbalar. Con un rápido encogerse de
hombros pudo deshacerse de la pre¬sión contraria y retroceder, al tiempo que
volvía a elevar la espada entre él y su hermano.
Mientras ambos se
enfrentaban sobre la hierba, con respiración agitada, se oyó un repique a
través del campo de torneo; se trataba de las campanas de la Torre del Ángel
Verde, que tocaban la hora de mediodía.
—¡Ya está bien,
caballeros! —gritó Isgrimnur, con una débil son¬risa en el rostro. No había
posibilidad de pasar por alto el odio que flotaba entre ambos hermanos—. Han
sonado las campanas y eso significa que es la hora de comer. ¿Podemos decir que
ha sido un empate? Si no me aparto del sol y encuentro una jarra de vino, temo
que no llegaré a final de año.
—El duque tiene
razón, mi señor —dijo Pryrates, y puso la mano sobre la de Elías, que todavía
sostenía la espada enhiesta. Una son¬risa de reptil apareció en los labios del
sacerdote—. Podemos seguir con nuestro asunto mientras regresamos.
—Muy bien —gruñó
Elías, y tiró la espada por encima del hom¬bro. La hoja rebotó en el suelo, se
irguió un poco y volvió a caer plana—. Os agradezco el ejercicio, hermano.
El rey se dio la
vuelta y ofreció el brazo a Pryrates. Ambos se ale¬jaron, escarlata y verde.
—¿Qué me dice,
Josua? —preguntó Isgrimnur, y cogió la espada de la mano del príncipe—. ¿Vamos
a tomar un poco de vino?
—Sí, me parece que
sí —replicó Josua, que se agachó para recoger la capa mientras Isgrimnur
agarraba la espada que había tirado el monarca—. ¿Pueden los muertos permanecer
para siempre entre los vivos, tío? —inquirió con calma, y se pasó la mano por
el rostro—. Es igual. Vamos a ver si encontramos un lugar más fresco.
—De verdad, Judit,
está bien, a Raquel no le importará...
La mano de Simón
fue capturada a pocos centímetros del reci¬piente. A pesar de lo rolliza y
sonrosada que era Judit, la asió con fuerza.
—Acaba de una vez
con eso de que «a Raquel no le importará». Me rompería todos los huesos de mi
frágil y viejo cuerpo.
Retiró la mano de
Simón y se apartó de los ojos un mechón de cabello; después se limpió las manos
en el sucio delantal.
—Tendría que haber
sabido que el más mínimo soplo del olor a pastel te traería hacia aquí como a
un perro de Inniscrich.
El muchacho trazó
formas sin sentido sobre la mesa llena de ha¬rina, con triste expresión en el
rostro.
—Pero Judit, has
hecho montones y montones de masa, ¿por qué no puedo probar un poco?
La mujer se
incorporó del taburete y se dirigió, llena de gracia, hacia uno de los cientos
de estantes de la cocina, como una barcaza sobre un plácido río. Dos jóvenes
pinches salieron corriendo ante ella, como gaviotas asustadas.
—Y ahora...
—musitó—, ¿dónde está la vasija de la mantequilla?
Mientras permanecía
con el dedo sobre los labios en actitud pensativa, Simón se acercó al
recipiente de la masa.
—Ni te atrevas,
jovencito. —Judit se había dirigido al muchacho por encima del hombro, sin ni
siquiera haberlo mirado, ¿Es que te¬nía ojos en la nuca?—. Ahí no hay masa para
ti, Simón. A Raquel no le gusta que luego no cenes.
Judit continuó su
búsqueda a través de los ordenados estantes llenos de cosas, al tiempo que
Simón volvía a sentarse.
A pesar de las
periódicas frustraciones, la cocina era un lugar agradable. Más grande,
incluso, que las estancias de Morgenes; daba la sensación de ser pequeña y
acogedora, envuelta en el calor de los hor¬nos y en los aromas de los buenos
alimentos. El cordero estofado se estaba haciendo en cazuelas de hierro, panes
de Aedontide se cocían en el horno y marrones cebollas colgaban como campanas
de cobre en la empañada ventana. El aire resultaba espeso, lleno del aroma de
las especias y del fuerte olor a jengibre y canela, azafrán, clavo y pi¬mienta
molida. Los pinches movían barriles de harina y pescado en escabeche a través
de la puerta, o extraían panes de los hornos con lar¬gas palas de madera. Uno
de los jefes de cocina hervía pasta de arroz sobre el fuego en un cazo de leche
de almendras, para el postre del rey. La misma Judit, una mujer tan corpulenta
como amable, que había conseguido que la gigantesca cocina pareciese tan íntima
como una cabaña de granjero, lo dirigía todo sin apenas levantar la voz. Parecía
una amable y lista soberana en su reino de pucheros y fuegos.
La buena mujer
regresó con el frasco de la mantequilla, y Simón vio con pesar cómo con un
largo cepillo bañaba la superficie de los panes con la mantequilla deshecha.
—Judit —preguntó el
chico—, casi es Aedomansa.2 ¿Por qué no ha nevado todavía? Morgenes dice que
nunca había tardado tanto en hacerlo.
—No lo sé —dijo
ella con rapidez—. Tampoco hemos tenido lluvia en novendre. Creo que debe de
tratarse de un año seco —añadió, y volvió a cepillar la barra más cercana.
—Han estado dando
de beber agua del foso de Hayholt al ga¬nado del pueblo —dijo Simón.
—¿De veras?
—Sí. Puedes incluso
darte cuenta de cómo ha bajado su nivel por las marcas que ha dejado el agua en
la tierra. ¡Hay algunos sitios en los que ni siquiera te llega a las rodillas!
—Y seguro que tú te
los conoces todos, no tengo la menor duda.
—Pues sí —respondió
Simón con orgullo—. El año pasado, a estas alturas, ya estaba helado. ¡Piensa
en ello!
Judit levantó la
vista de lo que hacía para mirar al muchacho con sus pálidos ojos azules.
—Ya sé que todo eso
es muy interesante —dijo—, pero recuerda que necesitamos el agua. No habrá más
comidas decentes sí no te¬nemos lluvia o nieve. Ya sabes que no nos podemos
beber el Kynslagh.
El Kynslagh, al
igual que el Gleniwent que lo alimentaba, era tan salado como el mar.
—Ya lo sé —replicó
Simón—. Estoy seguro de que pronto nevará, o lloverá, porque hace mucho
bochorno. Simplemente estamos pa¬sando una temporada rara.
Judit estaba a
punto de decir algo más, pero se contuvo al mirar el vano de la puerta por
encima del hombre de Simón.
—¿Sí, muchacha?
¿Qué ocurre? —preguntó.
El chico se volvió
para encontrarse con una joven de rizado ca¬bello que estaba a unos metros:
Hepzibah.
—Raquel me ha
enviado a buscar a Simón, Judit —explicó con una especie de reverencia
cansina—. Lo necesita para coger algo de una estantería alta.
—Bien, querida, no
tienes que preguntármelo. El está aquí sen¬tado remoloneando alrededor de la
masa, y no me es de ninguna ayuda.
Judit hizo un gesto
hacia Simón, como despidiéndolo, aunque él no lo vio, pues estaba admirando el
entallado delantal de Hepzi¬bah y el suelto cabello que ni siquiera la cofia
podía contener.
—Por el amor de
Lysia, muchacho, levántate —dijo Judit, y se in¬clinó hacia él con el mango de
un cepillo en alto.
Hepzibah ya había
dado media vuelta y casi había salido de la habitación. Cuando Simón saltó del
taburete para seguirla, la en¬cargada de la cocina posó una cálida mano sobre
su hombro.
—Aquí —le indicó—
parece que se ha estropeado éste... Mira, está torcido.
La mujer le alargó
una barra de pan recién hecho, torcido como un trozo de cuerda. El pan olía a
azúcar.
—¡Gracias!
—respondió el muchacho.
Partió un trozo y
se lo metió en la boca mientras corría hacia la puerta.
—¡Está muy bueno!
—dijo, como despedida.
—¡Claro que lo
está! —añadió Judit a su espalda—. ¡Si se lo dices a Raquel te desollaré vivo!
Cuando hubo acabado
de lanzar su amenaza, se encontró gri¬tando ante un umbral vacío.
A Simón sólo le
costó unos pasos alcanzar a Hepzibah, que no iba muy deprisa.
«¿Me esperaba?», se
preguntó, y sintió que le faltaba el aire. De¬cidió que sería mejor dar una
vuelta lejos de la mirada de Raquel.
—¿Te gustaría...,
te gustaría un poco de esto? —preguntó Simón, con voz trémula.
—Oh, claro que sí
—dijo Hepzibah, y obsequió al muchacho con una deslumbrante sonrisa—. Dame otro
trozo, ¿quieres?
Simón quiso.
Salieron por el
vestíbulo hacia el patio. Hepzibah cruzó los bra¬zos como para abrazarse a sí
misma.
—¡Qué frío!
—exclamó la muchacha, aunque hacía bastante calor, considerando que estaban en
decimbre; pero ahora que ella lo había mencionado, Simón se dio cuenta de que
se había levantado brisa.
—Sí, hace
frío—dijo, y volvió a callarse.
Mientras daban la
vuelta al bastión interior que albergaba las es¬tancias reales, Hepzibah señaló
hacia una pequeña ventana que es¬taba situada bajo el torreón superior.
—¿Ves aquella
ventana? —preguntó—. Pues el otro día vi allí a la princesa mientras se
cepillaba el cabello... ¡Qué hermoso pelo tiene!
Un ligero recuerdo
del oro que atrapaba la luz del atardecer vino a la memoria de Simón, pero
aquello no lo iba a distraer.
—Bueno, yo creo que
tú tienes el cabello mucho más bonito —dijo, y miró hacia una de las torres de
vigilancia del bastión me¬diano, aunque el rubor de sus mejillas lo traicionó.
—¿De verdad? —rió
Hepzibah—. Me parece que lo tengo muy en¬redado. La princesa Miriamele tiene
damas que le cepillan el pelo. Sara, la chica rubia, ¿sabes?, conoce a una de
ellas y dice que esa dama le explicó que la princesa a veces está muy triste, y
que quiere regresar a Meremund, en donde se crió.
Simón miraba el
cuello de Hepzibah con mucha atención. Un cuello que estaba inundado de los
bucles del rizado cabello de la muchacha que se escapaban por debajo de la
cofia.
—Hummm —musitó el
joven.
—¿Quieres saber
alguna cosa más? —preguntó Hepzibah. Se dio la vuelta y miró a Simón—. ¿Qué es
lo que miras? —preguntó con una mueca, aunque sus ojos parecían divertidos—.
Deja de hacerlo. Ya te dije que tenía el cabello muy enredado. ¿Quieres saber
algo más sobre la princesa?
—¿Qué, por ejemplo?
—Su padre quiere
casarla con el conde Fengbald, pero ella se niega. El rey está furioso con
ella, y Fengbald amenaza con dejar la corte y volver a Falshire, aunque quién
sabe por qué querrá hacerlo. Lofsunu dice que nunca se irá, porque en su
condado nadie tiene el dinero suficiente como para apreciar sus caballos,
ropajes y demás.
—¿Quién es Lofsunu?
—quiso saber Simón.
—Oh... —Hepzibah
pareció evasiva—. Es un soldado que co¬nozco. Ha venido con la guardia del
conde Breyugar. Es muy bien parecido.
El último pedazo de
pan pareció convertirse en ceniza mojada en la boca de Simón.
—¿Un soldado?
—dijo, con calma—. ¿Es... un familiar tuyo?
Hepzibah rió
cantarina, de una forma que al joven le empezaba a resultar irritante.
—¿Un familiar? Por
el misericordioso Rhiap, no. ¡No hace más que ir detrás de mí! —volvió a reír.
A Simón la risa de la muchacha le gustaba cada vez menos—. Tal vez lo hayas
visto —continuó Hepzi¬bah—. Está de guardia en los cuarteles orientales. Posee
anchas espal¬das y lleva barba. —Mientras hablaba, sus manos dibujaban una
fi¬gura de hombre en el aire, en cuyo interior hubieran podido caber dos
Simones con comodidad.
El chico se sintió
herido en sus sentimientos.
—Los soldados son
estúpidos —gruñó, irritado.
—¡No es cierto!
—respondió la muchacha—. ¡Lofsunu es muy agradable, y algún día se casará
conmigo!
—Qué bien, haréis
una bonita pareja —gruñó Simón, aunque un instante después se arrepintió de
haberlo dicho—. Espero que seáis felices —acabó, con la esperanza de que las
razones de su resenti¬miento no se hiciesen tan transparentes como él sentía
que eran.
—Lo seremos —dijo
Hepzibah, calmada, y miró a un par de guar¬dianes que caminaban por las
almenas, con largas picas apoyadas en los hombros—. Algún día Lofsunu será
sargento y tendremos una casa propia en Erchester. Seremos tan felices... como
podamos. Pero, en cualquier caso, más felices que la pobre princesa.
Con una mueca de
disgusto, Simón cogió una piedra y la lanzó por encima del muro del bastión.
El doctor Morgenes,
que paseaba por las almenas, miró hacia abajo y vio que Simón y una de las
jóvenes sirvientas pasaban por debajo de él. Un golpe de viento le quitó la
capucha justo cuando la pareja estaba a su altura. Sonrió y le deseó a Simón
buena suerte, pues el chico parecía necesitarla. Aunque su carácter lo
aproximaba más a un niño que a un hombre, ya era bastante alto y en él se
po¬dían ver indicios de que algún día crecería. Simón se encontraba en la
frontera, e incluso el doctor, cuya edad nadie del castillo podía adivinar,
recordó lo que eso significaba.
Se produjo un
súbito batir de alas a espaldas del sabio; éste se volvió, con cuidado, como si
lo esperase. Todos los que hubiesen es¬tado observándolo habrían podido ver una
sombra de color gris frente al anciano durante algunos segundos; la sombra
desapareció después en los anchos pliegues de sus mangas grises.
Las manos del
doctor, que un momento antes estaban vacías, ahora se hallaban ocupadas con un
delgado pergamino enrollado y sujeto mediante una cinta azul, cuyo nudo deshizo
con suaves ade¬manes. El mensaje estaba escrito en la lengua sureña de Nabban y
de la Iglesia, pero las letras eran runas de Rimmersgardia.
«Morgenes:
»Los fuegos del
Pico de las Tormentas han sido encen¬didos. Desde Tungoldyr he podido ver el
humo durante nueve días y las llamas durante ocho. Los Zorros Blancos han
vuelto a despertar otra vez, y en la oscuridad amena¬zan a los niños. Envío
también palabras aladas a nuestro pequeño amigo, aunque no creo que lo cojan
despreve¬nido. Alguien ha llamado a puertas peligrosas.
»Jarnauga.»
Junto a la firma el
autor había dibujado una pluma en un círculo.
—Qué tiempo tan
extraño, ¿verdad? —dijo una seca voz—. Pero resulta muy agradable para pasear
por las almenas.
El doctor se dio la
vuelta mientras estrujaba el mensaje en la mano. Pryrates estaba a su espalda,
con una sonrisa en el rostro.
—El aire parece
estar hoy lleno de pájaros —añadió el sacerdote—. ¿Estudiáis vos a los pájaros,
doctor? ¿Sabéis mucho de sus hábitos?
—Tengo algún
conocimiento sobre ellos —dijo Morgenes, con calma, aunque sus ojos azules se
achicaron.
—Yo también he
pensado en estudiarlos —asintió Pryrates—. Son muy fáciles de capturar,
¿sabéis...?, y poseen numerosos secretos que pueden resultar de mucho valor
para una mente inquisitiva. —Sus¬piró y se frotó la barbilla—. Ah, bueno, tan
sólo es algo que está por considerar. Buenos días, doctor. Disfrutad del aire.
Pryrates se retiró
de las almenas.
Morgenes no se
movió hasta que hubo pasado un buen rato tras la partida del sacerdote y se
quedó con la vista fija en dirección al norte, cuyo cielo aparecía de color
azul grisáceo.
8
Aire dulce y amargo
Estaban a fines del
mes de eneror y las lluvias todavía no ha¬bían llegado. El sol empezó a
encenderse tras las murallas del oeste y los insectos revoloteaban en la alta y
seca hierba. Si¬món y Jeremías, el aprendiz de velero, estaban sentados espalda
contra espalda y respiraban con dificultad.
—Venga —dijo el
primero, y se esforzó por ponerse en pie—. Vol¬vamos a intentarlo.
jeremías, al que ya
nada sostenía, cayó hacia atrás hasta quedar tendido en la hierba como una
tortuga boca arriba.
—Ve tú —siseó—. Yo
nunca seré soldado.
—Claro que sí
—contestó Simón, molesto por la respuesta—. Lo seremos ambos. Lo hiciste mucho
mejor la última vez. Vamos, le¬vántate.
Con un gemido de
dolor, Jeremías intentó levantarse y, de mala gana, cogió la tabla de tonel que
le alargaba su amigo.
—Vámonos, Simón. Me
duele todo.
—Piensas demasiado
—respondió el muchacho, y recogió su pro¬pia madera—. ¡Ya! —gritó.
—¡Una estocada
mortal! —dijo el aprendiz de velero, ya más ani¬mado.
El retumbar de la
lucha continuó.
No sólo era su
frustrado intento de coqueteo con Hepzibah lo que había vuelto a despertar en
Simón la antigua fascinación que sentía por las glorias de la vida castrense.
Antes de que Elías ocupase el trono, el chico había sentido que su verdadero
deseo —por el que lo hubiera dado todo— era ser el aprendiz de Morgenes, y
descubrir todos los secretos del mágico y confuso mundo del doctor. Pero ahora
que estaba en ello y había reemplazado al laborioso Inch como ayudante del
doctor, la gloria había empezado a palidecer. En pri¬mer lugar, representaba
demasiado trabajo, y Morgenes era tan mal¬ditamente riguroso con todo... ¿Había
podido aprender algo de magia? No. Comparados con las largas horas de lectura,
escritura, ba¬rrido y limpieza de la oscura cámara del doctor, los grandes
hechos del campo de batalla y las miradas llenas de admiración de las muje¬res
jóvenes no podían ser desperdiciadas así como así.
En lo más profundo
del gabinete —lleno de olor a sebo— del candelero Jakob, el gordo Jeremías
también había caído en las redes del esplendor marcial que reinaba durante el
primer año desde la ascen¬sión de Elías al trono. Durante las justas, de una
semana de dura¬ción, que el soberano promovía cada mes, todo el color de la
realeza se hallaba representado en los torneos. Los caballeros parecían
relu¬cientes mariposas de seda y brillante acero, mucho más hermosos que
cualquier cosa mortal. El viento lleno de gloria que batía el campo de torneos
despertaba profundos anhelos en los pechos de los jóvenes.
Simón y Jeremías
fueron al taller del tonelero en busca de trozos de madera para convertir en
espadas, como habían hecho en su in¬fancia, e intercambiaron estocadas y golpes
durante horas, después de finalizar sus tareas. Al principio sus fingidas
batallas tenían lugar en los establos, hasta que Shem los echó de allí con el
fin de propor¬cionar paz a sus huéspedes; después se trasladaron a la franja de
hierba que había justo al lado del campo de torneos. Noche tras no¬che Simón
volvía cojeando a las dependencias de la servidumbre, con las calzas llenas de
rotos y la camisa rasgada, y Raquel el Dragón apartaba los ojos de él y rezaba
en voz alta a san Rhiap para que la salvase de la estupidez de los chicos;
después se arremangaba y aña¬día algunos moretones a los que ya mostraba el
muchacho.
—Creo... —bufó
Simón— que... es suficiente.
La sonrosada cara
de Jeremías sólo pudo asentir.
Cuando volvían
hacia el castillo, sudorosos y resoplando como bueyes atados a un arado, Simón
notó con cierta alegría que el aprendiz de velero empezaba a perder parte de su
torpeza. Un mes más y empezaría a parecerse a un soldado. Antes de que sus
duelos dieran comienzo de una forma regular, tenía el aspecto de algo en lo que
su maestro podría poner una mecha.
—Hoy ha estado
bien, ¿no te parece? —preguntó Simón. Jeremías se frotó la cabeza y lo miró con
disgusto.
—No sé por qué he
dejado que me metieras en esto —se quejó—. A la gente como nosotros nunca la
dejarán ser otra cosa que chicos de cocina.
—¡Pero en el campo
de batalla puede suceder cualquier cosa!—dijo el maestro—. ¡Puedes salvar la
vida del rey frente a los hombres de Thrithings o los jinetes de Naraxi, y ser
nombrado caballero allí mismo!
—Ya... —Jeremías no
parecía muy impresionado—. ¿Y cómo nos las vamos a arreglar para estar en
primer fila, sin familias, caballos, ni espadas? —preguntó mientras levantaba
el trozo de madera.
—Sí—dijo Simón—,
bueno..., esto..., ya pensaré en algo.
—Ya —asintió
Jeremías, y se enjugó el sudor del rostro con el do¬bladillo de la túnica.
El resplandor de
las antorchas se cruzó en su camino al menos en una veintena de lugares
mientras se acercaban a los muros del castillo. Lo que había sido un espacio
vacío a la sombra de las mura¬llas exteriores de Hayholt se encontraba ahora
infestado de tiendas y chozas amontonadas unas sobre otras, como las escamas de
un viejo y enfermo lagarto. La hierba había desaparecido ya hacía tiempo,
arrancada del suelo por cabras y ovejas. Mientras los hara¬pientos moradores
iban arriba y abajo, encendían las hogueras para la noche y llamaban a sus
hijos en la oscuridad, el polvo se convirtió en arena y revoloteó un poco en el
aire antes de posarse sobre las ro¬pas y las telas de las tiendas, a las que
confirió un oscuro color gris marrón.
—Si no llueve
pronto —observó Jeremías, enarcando las cejas al mirar a un grupo de niños
gritones que se cogían a las descoloridas ropas de una mujer de cara amarga—,
la guardia tendrá que echarlos. No tenemos suficiente agua como para ir
dándosela a ellos. Que se vayan y caven sus propios pozos.
—Pero ¿dónde...?
—empezó a preguntar Simón, para detenerse y quedarse con la mirada fija.
Al final de una de
las travesías del poblado de chozas le pareció ver un rostro familiar. Sólo fue
durante un segundo, luego desapa¬reció; pero estaba seguro de que se trataba
del chico al que había en¬contrado espiando, el que lo había abandonado a la cólera
del sa¬cristán Barnabás.
—¡Es de quien te he
hablado! —siseó lleno de excitación. Jeremías miró hacia atrás sin comprender—.
Ya sabes, Mal..., ¡Malaquías! ¡Le debo algo! —Simón llegó hasta el grupo de
gente entre el que estaba seguro de haber visto la cara del espía. La mayoría eran
mujeres y ni¬ños pequeños, pero también encontró a unos cuantos hombres
ma¬yores entre los miembros del grupo, doblados y marchitos como ár¬boles
viejos. Rodeaban a una mujer joven que estaba sentada en el suelo, ante una
casucha medio caída que se apoyaba en la parte baja de la muralla exterior.
Sobre su regazo sostenía a un niño diminuto al que mecía, llorando. Malaquías
no estaba a la vista.
Simón observó las
caras impasibles y ajadas de su alrededor y luego bajó la mirada hasta
encontrar a la mujer que lloraba.
—¿Está enfermo el
niño? —preguntó a alguien que había a su lado—. Soy el aprendiz del doctor
Morgenes. ¿Quieren que vaya a buscarlo?
Una anciana volvió
el rostro hacia él. Sus ojos, entre una intrin¬cada maraña de sucias arrugas,
eran tan duros y oscuros como los de un pájaro.
—Lárgate de aquí,
hombre del castillo —dijo, y escupió en el polvo—. Vete, hombre del rey.
—Pero quisiera
ayudar... —empezó a contestar Simón, cuando una fuerte mano lo cogió del codo.
—Haz lo que la
vieja te ha mandado, muchacho.
El que le había
dicho aquello era un hombre anciano de barba enmarañada. La mirada que aparecía
en su rostro no era del todo desagradable, y apartó a Simón del círculo.
—Nada puedes hacer
aquí. La gente está llena de ira. El niño está muerto. Sigue tu camino.
El hombre le dio a
Simón un amable pero firme empujón.
Jeremías todavía lo
esperaba en el mismo lugar. Los fuegos del campamento de alrededor iluminaban
la expresión de preocupa¬ción de su rostro.
—No hagas eso,
Simón —se quejó su amigo—. No me gusta estar aquí, sobre todo cuando el sol ya
ha desaparecido.
Ninguna de las
antorchas estaba encendida, pero una extraña y des¬vaída luz llenaba la amplia
sala. Simón no podía ver ni un alma en Hayholt, pero en cada pasadizo sonaban
los ecos de voces que cantaban y reían.
Simón pasaba de una
habitación a otra, apartaba las cortinas, abría las puertas de las despensas,
pero no podía encontrar a nadie. Las voces parecían burlarse de él y de su
búsqueda; aumentaban el volumen para luego disminuir, cantaban y reían en cien
diferentes lenguas y nin¬guna de ellas resultaba ser la de Simón.
Al final se
encontró delante de la puerta de la sala del trono. Las vo¬ces se oían más
fuertes que antes, y todas parecían gritar desde el interior de la gran sala.
Empujó la puerta con una mano y se abrió, no estaba cerrada. Mientras la
empujaba las voces se iban callando, como si fue¬sen desterradas al silencio
por el chirriar de los goznes. La luz pastosa sa¬lió como humo brillante. Simón
entró.
El trono
amarillento, el Trono del Dragón, se encontraba en el centro de la habitación.
A su alrededor danzaban unas figuras en círculo, con las manos entrelazadas,
que se movían con tanta lentitud como si estuvieran en aguas profundas. Simón
reconoció a algunas: Judit, Raquel, Jakob el candelero y a otra gente del
castillo, con sus rostros contraídos por el salvaje alborozo mientras se
inclinaban y brincaban. Entre ellos se movían baila¬rines de más alto rango: el
rey Elías, Guthwulf de Utanyeat, Gwythinn de Hernystir; éstos, al igual que la
gente del castillo, giraban con tanta lenti¬tud como el hielo que cae de las
montañas convertido en polvo. Dispersas a lo largo del silencioso círculo había
figuras amenazadoras, de un negro brillante como escarabajos: los reyes, que
habían bajado de sus pedestales para unirse a la etérea festividad. En el
centro se alzaba el gran trono, una montaña de apagado marfil que, en cierta
forma, parecía lleno de vitali¬dad, inundado por una vieja y misteriosa energía
que sostenía a los baila¬rines del círculo mediante unas tensas aunque
invisibles riendas.
La sala del trono
estaba silenciosa, a excepción de un hilo de melo¬día que flotaba en el aire:
el Himno de la Alegría. La tonada era tensa y desafinada, como si las manos
invisibles que la hacían posible no estu¬vieran preparadas para manejar
instrumentos terrenales.
Simón se sintió
empujado hacia la terrible danza, hacia el centro de un torbellino; apretó los
pies contra el suelo, pero aun así se sintió atraí¬do hacia el centro de manera
inexorable. Las cabezas de los bailarines se volvieron hacia él con lentos movimientos,
como tallos de hierba echa¬dos al viento.
En el centro del
anillo, en el mismo Trono del Dragón, se iba con¬formando la oscuridad; se
estaban uniendo oscuridades procedentes de muchas partes, que revoloteaban como
una nube de moscas. Cerca del extremo superior de aquella hirviente y
hormigueante negrura, dos la¬tentes chispas carmesíes empezaron a brillar, como
si fuesen avivadas por una súbita brisa.
Los bailarines
miraban a Simón, mientras pasaban por su lado, y murmuraban su nombre: Simón,
Simón, Simón... En la parte más alejada del círculo, más allá de la oscuridad
del trono, se abrió una ren¬dija: dos manos apretadas se separaron produciendo
el ruido de una tela al ser rasgada.
Cuando el círculo
se movió hacia él, una de las manos flotó como un ondulante pez. Era Raquel, y
al acercarse lo llamó por señas. En lu¬gar de su acostumbrada mirada llena de
sospechas, el rostro de la mujer estaba plagado de líneas de desesperada alegría.
Raquel alargó la mano y, a través de ella, el gordo Jeremías mantuvo la rendija
abierta, con una menguada sonrisa en su pálido rostro.
—Ven, muchacho... —
dijo Raquel, o al menos eran sus labios los que se movían, aunque la voz suave
y ronca era de la un hombre—. Ven, ¿es que no ves el lugar que hemos dejado
para ti? Un sitio especial¬mente preparado.
La mano lo cogió
del cuello y empezó a tirar de él hacia La órbita de la danza. Simón luchó,
trató de desasirse de los dedos pegajosos, pero es¬taba sin fuerzas. La boca de
Raquel y la de jeremías estaban contraídas en una mueca. Las voces se hicieron
más profundas.
—¡Muchacho! ¿Es que
no me oyes? ¡Vamos, muchacho!
—¡No! —El grito
salió al fin, liberándose de la constreñida prisión que constituía la garganta
de Simón—. ¡No, no quiero, no!
—Oh, vamos, por la
ligas de Frayja, muchacho. ¡Despierta! ¡Has desvelado a todo el mundo!
La mano volvió a
sacudirlo con brusquedad, y se hizo un súbito rayo de luz. Simón se sentó,
trató de gritar y cayó de espaldas, presa de un ataque de tos. Una negra sombra
se inclinó sobre él, perfilada por una lámpara de aceite.
«La verdad es que
el chico no ha despertado a nadie —pensó Isgrimnur—. Los demás han estado
agitados y quejándose desde que he entrado, como si todos padeciesen la misma
pesadilla. ¡Por los dioses, qué noche tan extraña!»
El duque observó
cómo las agitadas figuras que lo rodeaban caían poco a poco en la quietud y
volvió a fijar su atención en el chico.
«Mira, el pequeño
cachorro no deja de toser. Aunque la verdad es que no es tan pequeño, lo que
ocurre es que está más delgado que un potro hambriento.»
Isgrimnur colocó la
lámpara en una hornacina, retiró a un lado la sábana de basto tejido para poder
coger mejor el hombro del jo¬ven. Levantó al chico en la cama y le dio una
firme palmada en la es¬palda. El muchacho tosió una vez más y luego dejó de hacerlo.
El duque le dio unas cuantas palmadas más con su ancha y velluda mano.
—Perdona, amigo,
perdona. Tómate tu tiempo.
Mientras el joven
recobraba el ritmo respiratorio, Isgrimnur miró alrededor de la alcoba
compartida en la que la lisa cama del muchacho estaba extendida, separada por
una sábana colgada. Del otro lado de la sábana provenían los murmullos de sueño
y noctur¬nidad de una docena o más de pinches, que permanecían acostados en las
proximidades.
Isgrimnur volvió a
coger el candil y echó una mirada a las extra¬ñas formas que colgaban en la
pared llena de sombras: un desenmarañado nido de pájaros, un gallardete de seda
—parecía verde a la dé¬bil luz— que con toda probabilidad provenía del equipo de
algún ca¬ballero. Cerca de ellos, también colgados en clavos incrustados en las
hendiduras de la pared, podían verse una pluma de halcón, un tosco Árbol de
madera y una pintura cuyo borde rasgado mostraba que provenía de un libro.
Isgrimnur torció el gesto; en el grabado distinguía a un hombre que lo
contemplaba con el cabello total¬mente alborotado..., ¿o eran cuernos...?
Cuando volvió a
mirar hacia el suelo, sonriendo ante el desor¬den de los jóvenes, el chico
había recuperado el aliento. Miraba ha¬cia arriba, al duque, con grandes y
nerviosos ojos.
«Con esa nariz y
cubierto de —¿qué es, rojo?— pelo, el muchacho parece un maldito pájaro de los
pantanos», pensó.
—Perdóname por
haberte despertado —dijo el viejo duque—, pero eras el que más cerca estaba de
la puerta. Necesito hablar con Towser, el bufón. ¿Sabes quién es?
El muchacho
asintió, y miró el rostro del conde con aire dor¬mido.
«Dios —pensó el
rimmerio—, al final resultará que no es más que un tonto.»
—Me dijeron que
esta noche dormía por aquí, pero no veo dónde está. ¿Lo sabes tú?
—Vos sois..., vos
sois...
El joven tenía
problemas para acabar.
—Sí, soy el duque
de Elvritshalla, y no empieces a hacer reveren¬cias y a decir un «sire» tras
otro. Sólo dime dónde está el bufón y te dejaré volver a dormir.
Sin mediar otra
palabra el muchacho se deslizó fuera del jergón y se incorporó, cogió la sábana
y se la puso como abrigo por encima de los hombros. La camisa le caía por
debajo y se agitaba entre las piernas desnudas mientras saltaba por encima de
los cuerpos tendi¬dos en la pieza, algunos de los cuales aparecían enfundados
en sus capas en el desnudo suelo, como si no hubiesen sido capaces de re¬correr
el camino hasta sus camas. Isgrimnur lo siguió con la lám¬para, saltando con
cuidado por encima de las negras formas como si siguiese a una de las
doncellas-espíritus de Udún3 a través de la car¬nicería de un campo de batalla.
Atravesaron dos
habitaciones más de la misma forma, el gran es¬píritu y el pequeño; en la
última, unas cuantas brasas de carbón ardían en la chimenea. En las baldosas
del suelo frente al hogar, hecho un ovillo y con una bota de vino de piel de
carnero agarrada con sus viejos dedos huesudos, estaba estirado y roncaba
Towser, el bufón.
—Ah —gruñó
Isgrimnur—. Bien, gracias, muchacho. Vuelve a la cama con mis disculpas, aunque
creo que tenías un sueño del que debes de haberte sentido feliz de despertar.
Ahora vete.
El joven se dio la
vuelta y se dirigió de regreso hacia la puerta. Cuando pasó al lado del duque,
éste se sorprendió al reparar en que casi era tan alto como él, e Isgrimnur no
era bajo. Era la delgadez del muchacho y el modo en que se encorvaba al andar
lo que hacía su talla menos evidente.
«Es una pena que
nadie le enseñe a caminar erguido —pensó—. Y lo más seguro es que nunca lo
aprenderá en las cocinas, o donde¬quiera que esté.»
Cuando al cabo de
un instante el joven hubo desaparecido, Is¬grimnur se agachó y zarandeó a
Towser; con suavidad, al principio, para luego pasar a hacerlo con más vigor,
cuando se hizo patente que el hombrecito estaba totalmente ausente. Las más
fuertes sacu¬didas del duque sólo provocaban débiles sonidos de protesta. Al
fi¬nal se agotó la paciencia de Isgrimnur. Se agachó, cogió un tobillo del
hombrecito con cada una de sus manos y tiró de ellos hacia arriba, hasta que
Towser quedó colgando cabeza abajo; únicamente su calva coronilla estaba en
contacto con el suelo. La modorra de Towser dio paso a graznidos de disgusto,
que al final se convirtieron en inteligibles palabras en lengua westerling.
—¿Qué...?
¡Abajo!... Ponedme... en pie, Aedón os maldiga...
—¡Si no te
despiertas, viejo borracho, golpearé tu cabeza contra el suelo hasta que te
convenzas para siempre de que el vino es pecado!
El duque añadió
hechos a sus palabras y levantó los tobillos del bufón unos cuantos palmos,
para dejarlo caer de nuevo de cabeza, sin demasiada amabilidad, sobre las frías
piedras.
—¡Desistid!
¡Demonio, yo... me rindo! Dadme la vuelta, hom¬bre, dadme la vuelta. ¡No soy
Jesuris para que me colguéis cabeza abajo para la instrucción de... de las
masas!
Isgrimnur lo bajó
con suavidad hasta que el pequeño bufón es¬tuvo del todo estirado sobre la
espalda.
—No añadas
blasfemias a las tonterías, viejo loco —gruñó.
Mientras
contemplaba cómo Towser rodaba con dolor sobre su estómago, el duque no observó
la delgada sombra que tomó posi¬ción en el vano de la puerta, tras él.
—Oh,
misericordioso, misericordioso Aedón —gorgoteó el bufón mientras se
incorporaba, hasta que logró quedar sentado—. ¿Habéis venido para usar mi
cabeza como un pico? SI lo que queréis es exca¬var un pozo, yo mismo os hubiera
podido decir que el suelo es aquí, en las habitaciones de los servidores,
demasiado duro.
—Ya basta, Towser.
No me he levantado dos horas antes de la sa¬lida del sol para oír chistes
malos. Josua se ha marchado.
El hombrecito se
rascó la coronilla, mientras con la otra mano buscaba la bota de vino a
tientas.
—¿Adonde ha ido,
Isgrimnur? Por piedad, hombre, ¿habéis roto mi calva porque Josua no ha acudido
a encontrarse con vos en al¬guna parte? Yo no tengo nada que ver con ello, os
lo juro. Towser tomó la bota y bebió un largo trago.
—Idiota —increpó
Isgrimnur, pero el tono de su voz no denotaba enfado—. Me refiero a que el
príncipe se ha ido. Ha abandonado Hayholt.
—Imposible
—respondió el otro con firmeza, al tiempo que reco¬braba algo de compostura
gracias al segundo trago de vino dulce—. No se marchará hasta la semana que
viene. Así lo anunció. Me dijo que si lo deseaba podía ir con él y ser su
juglar en Naglimund. —Towser torció la cabeza y escupió a un lado—. Le dije que
le daría mi respuesta mañana..., hoy, ya que a Elías parece no importarle si me
quedo o me voy. —Meneó la cabeza—. Yo, el más querido compa¬ñero de su padre...
El duque movió la
cabeza con impaciencia y se acarició la bar¬ba gris.
—No, hombre, se ha
ido. Ha partido en algún momento después de medianoche; eso es todo lo que
puedo decir, o al menos eso afirma el guardia erkyno que encontré en sus
estancias vacías cuando me dirigía a la reunión que debíamos mantener. Me dijo
que fuera a esas horas de la noche, aunque yo ya me hubiese acostado, porque me
explicó que había algo que no podía esperar. ¿Es eso propio de él: marcharse
así, sin ni siquiera dejarme un mensaje? —explicó.
—¿Quién sabe? —dijo
Towser. Su rostro arrugado se tensó mien¬tras pensaba—. Tal vez por eso quería
hablaros, porque se marchaba en secreto.
—Entonces, ¿por qué
no esperó hasta que llegase? Todo esto no me gusta nada. —Isgrimnur se sentó en
cuclillas y removió el carbón con un atizador—. Esta noche se respira un
ambiente extraño en las salas de esta casa.
—A menudo los actos
de Josua parecen extraños —intervino el bufón con tranquila seguridad—. En
ocasiones es caprichoso, por el Señor, ¡ya lo creo que es caprichoso! Lo más
seguro es que haya sa¬lido a cazar búhos, o por cualquier otro motivo. No
temáis.
Tras un largo
silencio, el duque dejó escapar un suspiro.
—Ah, estoy seguro
de que tienes razón —dijo, y el tono de su voz casi resultó convincente—.
Aunque él y Elías estén abiertamente en¬frentados, nada puede suceder aquí, en
la casa de su padre, ante Dios y ante la corte.
—Nada excepto que
vengáis a golpearme la cabeza en plena no¬che. Parece que Dios se muestra hoy
un poco torpe, por lo que res¬pecta al reparto de castigos —sonrió Towser, con
una mueca.
Mientras ambos
hombres seguían hablando en un murmullo, cerca de las brasas casi apagadas,
Simón volvió en silencio hacia su lecho, en donde se mantuvo despierto durante
bastante tiempo, en¬vuelto en la sábana y con los ojos abiertos en la
oscuridad; pero cuando el gallo del patio vio aparecer el primer rayo de sol,
el chico ya había vuelto a caer dormido.
—Ahora recordad
—avisó Morgenes, mientras se secaba el sudor de la frente con un brillante
pañuelo azul—, no comáis nada hasta que lo traigáis de regreso y me preguntéis.
Especialmente si tiene manchas rojas. ¿Entendido? Muchas de las cosas que os he
pedido que me consigáis son puro veneno. Evitad la estupidez, si es posible.
Simón, muchacho, tú estás a cargo de todo. Té encomiendo la res¬ponsabilidad de
velar por la seguridad de los otros.
Los otros eran
Jeremías, el muchacho del candelero, e Isaak, un joven paje de la residencia de
arriba. El doctor había escogido aquel cálido atardecer de ferruero para
organizar una batida en busca de setas y plantas en el Kynswood, un pequeño
bosque de menos de cien acres que se extendía en la orilla superior del
Kynslagh, a lo largo del muro occidental de Hayholt. A causa de la sequía, las
provisiones de importantes productos del doctor Morgenes habían disminui¬do de
forma alarmante, y Kynswood, situado como estaba, junto al gran lago, parecía
ser un buen lugar para buscar los apreciados teso¬ros de humedad del doctor.
Se dispersaron por
el bosque y Jeremías se quedó atrás para es¬perar hasta que el sonido de las
pisadas de Morgenes disminuyera de intensidad entre los poblados arbustos.
—¿Se lo has
preguntado? —inquirió Jeremías, cuyas ropas ya apa¬recían tan empapadas de
sudor que se le pegaban al cuerpo.
—No —respondió
Simón, que se había agachado para observar una apresurada fila de hormigas que
subía por un tronco de pino de Vestivegg—. Lo haré hoy, pero tengo que pensar
en la forma más adecuada de hacerlo.
—¿Y si dice que no?
—preguntó el otro, mientras miraba la proce¬sión con cierto disgusto—. ¿Qué
haremos entonces?
—No dirá que no.
—Simón se incorporó—. Y si lo hace..., bueno, tendré que pensar en algo.
—¿Qué andáis
cuchicheando vosotros dos? —exclamó el joven Isaak, que había reaparecido en el
claro del bosque—. No está bien guardar secretos.
Aunque tenía tres o
cuatro años menos que ellos, Isaak ya había desarrollado un tono «de arriba».
Simón frunció el entrecejo.
—No te importa.
—Mirábamos el árbol
—terció Jeremías, que ya se sentía culpable.
—Debería haberlo
pensado —dijo el paje, asqueado—. Hay un montón de árboles a los que mirar sin
necesidad de permanecer oculto y contar secretos.
—Ya, pero éste...
—empezó Jeremías—. Este es...
—Deja el estúpido
árbol —añadió Simón con disgusto—. Vamos. Morgenes nos puede pillar y entonces
sabremos cómo las gasta.
Simón apartó una
rama y se sumergió en la espesura de los ar¬bustos.
Era un trabajo
duro; cuando se detuvieron para beber agua y descansar a la sombra, una hora y
media después, los tres chicos es¬taban cubiertos de fino polvo rojo, desde las
manos hasta los codos y de los pies a las rodillas. Cada uno de ellos llevaba
un pequeño montón de artículos envueltos en un pañuelo. El de Simón era el más
grande, y los de Isaak y Jeremías presentaban un aspecto más modesto.
Encontraron una gran picea en la que se acomodaron con las piernas, llenas de
polvo, extendidas en abanico como los ra¬dios de una rueda. Simón tiró una
piedra a través del claro; éste fue a parar a un montón de ramas rotas, e hizo
temblar unas cuantas hojas.
—¿Por qué hace
tanto calor? —se quejó Jeremías, mientras se secaba la frente—. ¿Y por qué debo
llevar el pañuelo lleno de ridículas setas y secarme el sudor con las manos? —y
mostró las palmas húmedas.
—Hace calor porque
hace calor —refunfuñó Simón—, porque no llueve.
Pasó un largo rato
sin que nadie dijese nada. Incluso los insectos y los pájaros parecían haber
desaparecido, haberse ido a lugares más oscuros para dormir durante el seco
atardecer.
—Supongo que
deberíamos alegrarnos de no estar en Meremund —intervino Jeremías al fin—.
Dicen que allí han muerto más de mil personas a causa de la plaga.
—¿Mil? —dijo Isaak,
desdeñoso. El calor había hecho que su acos¬tumbrada tez pálida apareciese
sonrosada—. ¡Miles! Es la comidilla de la residencia. Mi amo va por todo
Hayholt con un pañuelo em¬papado en agua bendita sobre el rostro, y eso que la
plaga todavía no ha llegado a cien leguas de aquí.
—¿Sabe tu amo lo
que ocurre en Meremund? —preguntó Simón, interesado— ¿Te habla de ello?
—Continuamente
—explicó el joven paje, pagado de sí mismo—. El marido de su hermana es el
alcalde. Fueron de los primeros en huir de la plaga. Ha obtenido mucha
información de ellos.
—Elías ha nombrado
Heraldo del Rey a Guthwulf de Utanyeat —dijo Simón.
Jeremías se quejó y
se apartó del tronco, para estirarse en el manto de agujas de pino que cubría
el suelo.
—Eso está bien
—replicó Isaak, que con una ramita escarbaba en el suelo—, y ha conseguido
mantener la enfermedad a raya, sin que se extendiera.
—¿Qué es lo que
causó la plaga, la pestilencia? —preguntó Si¬món—. ¿Lo sabe alguien de la
residencia?
Se sintió estúpido
haciendo preguntas a un chico mucho más joven que él, pero el paje oía los
chismorreos de arriba y no se mos¬traba reticente en compartirlos.
—Nadie lo sabe con
certeza. Algunos dicen que celosos comer¬ciantes hernystiros de Abaingeat, al
otro lado del río, envenenaron los pozos. También ha muerto mucha gente en
Abaingeat. —Isaak dijo aquello con cierto aire de satisfacción; después de
todo, los hernystiros no eran aedonitas, sino paganos. Aunque nobles y
alia¬dos, la Casa de Lluth debería estar bajo la Tutela del Supremo Rey—. Otros
dicen que la sequía ha hecho que la tierra se resquebraje, y que aires
venenosos escaparon del suelo. Sea lo que fuere, mi amo dice que no se detiene
ante nadie, ricos, sacerdotes o campesinos. Primero sientes calor y fiebre...
Jeremías, estirado
sobre la espalda, gruñó y se palpó la frente.
—... después te
salen ampollas, como si hubieses caído sobre car¬bones encendidos. Luego las
ampollas empiezan a supurar. —Isaak enfatizó la última frase con una mueca
infantil, enmarcada por el rubio cabello que le caía sobre el rostro
contraído—. Y finalmente te mueres. Con muchos dolores.
El bosque parecía
exhalar calor a su alrededor cuando se queda¬ron sentados sin hablar.
—Mi amo Jakod
—explicó Jeremías— teme que la plaga llegue a Hayholt, a causa de todos esos
sucios campesinos que viven al otro lado de las murallas. — El bosque pareció
volver a exhalar una pesada respiración—. Rubén el Oso, el herrero, le dijo a
mi amo que un fraile mendicante le había hablado de que Guthwulf había tomado
medi-das muy crueles en Meremund.
—¿Crueles medidas?
—preguntó Simón, con los ojos cerrados—. ¿Eso qué quiere decir?
—El fraile le dijo
a Rubén que, cuando Guthwulf llegó a Mere¬mund, como Heraldo del Rey, reunió a
la guardia erkyna y fue a los hogares de los afectados. Cogieron martillos,
clavos y tablas y sella¬ron las casas.
—¿Con la gente
dentro? —interrogó Simón, horrorizado a la vez que fascinado.
—Claro. Lo hizo
para detener el avance de la plaga. Sellaron las casas para que los familiares
de los enfermos no pudieran huir y ex¬tender la enfermedad a los demás.
Jeremías levantó la
manga y se volvió a secar el sudor.
—Pero yo creía que
la plaga provenía de malignos vapores esca¬pados de la tierra.
—Incluso así podía
extenderse. De esa manera han muerto nu¬merosos sacerdotes, monjas y
sanguijuelas. El fraile dijo que por la noche, y durante muchas semanas, las
calles de Meremund eran..., eran..., ¿cómo dijo?, «como los Salones del
Infierno». Podías oír au¬llar como perros a la gente que había quedado en las
casas selladas. Al final, cuando todos hubieron callado, Guthwulf y la guardia
erkyna quemaron las viviendas sin abrirlas.
Mientras Simón se
maravillaba ante aquel último detalle, se oyeron ruidos de ramas rotas.
—¡Así que estáis
aquí, vagos! —dijo Morgenes al aparecer entre la espesura, con la ropa llena de
ramitas y hojas. Un poco de hierba colgaba del borde de su ancho sombrero—.
Debería haberme imagi¬nado que os iba a encontrar así.
Simón se puso en
pie.
—Sólo llevamos
sentados un poco, doctor —intervino—. Hemos estado buscando durante mucho
tiempo.
—¡No te olvides de
preguntárselo! —siseó Jeremías, a la vez que se incorporaba.
—Bien —dijo
Morgenes, mientras los observaba con ojo crítico—. Supongo que no lo habéis
hecho del todo mal, teniendo en cuenta las circunstancias. Veamos qué es lo que
habéis encontrado. —Se aga¬chó como un granjero que recortase un seto y miró
entre lo que los chicos habían hallado—. ¡Ah! ¡Oreja de Diablo! —gritó, y
sostuvo un festoneado champiñón para mirarlo a la luz del sol—. ¡Estupendo!
—Doctor—dijo
Simón—, quisiera pediros un favor.
—¿Hummm? —respondió
Morgenes, revolviendo entre los hon¬gos, con un pañuelo extendido como mesa.
—Bueno, Jeremías
está interesado en entrar a formar parte de la guardia, o en intentarlo. El
problema reside en que el conde Breyugar no nos conoce mucho, a nosotros, la
gente del castillo, y Jere¬mías no tiene conexiones en esos círculos.
—Eso —dijo
Morgenes— no me sorprende.
El doctor vació el
siguiente pañuelo.
—¿Creéis que
podríais escribirle una carta de recomendación? Vos sois bien conocido por
todos.
Simón trataba de
aparentar un tono de tranquilidad en la voz. Isaak miraba al sudoroso Jeremías
entre admirado y divertido.
—Hummm. —El tono de
voz del anciano era neutro—. Sospecho que soy demasiado bien conocido para
Breyugar y sus amigos. —Morgenes elevó la mirada y enfocó a Jeremías—. ¿Lo sabe
Jakob?
—El..., él conoce
mis deseos —aseguró el interesado.
El sabio doctor
amontonó todo lo encontrado en un saco y de¬volvió los pañuelos a los
muchachos. Luego se incorporó y se sacu¬dió unas hojas y agujas de pino de la
ropa.
—Supongo que sí que
podría —dijo, mientras regresaban a Hayholt—, aunque no lo apruebo. Y no creo
que una nota de mi parte les merezca una respetuosa atención. Pero supongo que
si Jakob lo sabe, está bien.
Caminaron en fila
india a través de la espesura.
—Gracias, doctor
—expresó Jeremías casi sin respiración, mien¬tras luchaba por mantener el
equilibrio.
—Dudo de que te
acepten —añadió el paje, con algo de envidia. Mientras regresaban al castillo
su altanería reapareció.
—Doctor Morgenes
—dijo Simón, tratando de aparentar un tono de indiferencia—, ¿por qué no
escribo yo la carta? Vos podéis verla después y firmarla. Sería una buena
práctica para mí, ¿no creéis?
—Por qué no...
—respondió el doctor y saltó por encima del tronco de un árbol caído—. Me
parece una excelente idea. Me alegra verte tomar ese tipo de iniciativas. Tal
vez haya hecho de ti un ver¬dadero aprendiz.
La alegre
afirmación del anciano, su tono de orgullo, cayeron sobre el muchacho como un
manto de plomo. Todavía no había he¬cho nada, nada malo, y ya se sentía como un
asesino o algo peor. Iba a decir algo más cuando el apacible ambiente del
bosque fue roto por un grito.
Simón se volvió y
vio a Jeremías, con la cara tan blanca como la harina, que señalaba hacia algo
en la espesura, junto a una rama caída. Isaak estaba junto a él, helado de
terror. Simón retrocedió a la carrera, con Morgenes a sus talones.
Se trataba de un
cuerpo caído; se veía a medias a través de la ve¬getación. Aunque el rostro
estaba parcialmente cubierto de arbus¬tos, el estado casi descarnado de las
zonas expuestas indicaba que llevaba muerto bastante tiempo.
—Oh, oh, oh —boqueó
Jeremías—. ¡Está muerto! ¿Hay bandidos por aquí? ¿Qué haremos?
—Oh, calla —saltó
Morgenes—. Esto será el principio. Dejadme echar una mirada.
El doctor se cogió
el vuelo de la ropa y se introdujo en la espe¬sura; luego se detuvo y apartó
las ramas que ocultaban parte del cuerpo.
Por la barba
enredada que todavía colgaba del rostro picoteado por pájaros e insectos,
parecía que se trataba de un norteño, tal vez de un rimmerio. El cadáver vestía
ropas de viaje, una ligera capa de lana y botas de cuero teñido, ahora podrido,
por las que asomaban trozos del forro.
—¿Cómo habrá
muerto? —preguntó Simón.
Las vacías cuencas
de los ojos, oscuras y taciturnas, lo ponían nervioso. La boca llena de
dientes, en la que faltaban algunos trozos de carne, parecía estar paralizada
en una sonrisa, como si el cadáver hubiera estado allí tendido durante semanas,
riéndose de algún chiste.
Morgenes usó un
palo para apartar la túnica del muerto. Unas cuantas moscas se alzaron
perezosas y volaron en círculo.
—Mira —dijo.
De un putrefacto
agujero en el reseco tronco del cadáver sobre¬salía un fragmento de flecha,
rota un palmo por encima de las cos¬tillas.
—Lo ha hecho
alguien que tal vez tuviera prisa; alguien que no quería ser reconocido por la
flecha.
Tuvieron que
esperar un rato hasta que Isaak volvió a encon¬trarse bien antes de regresar al
castillo.
9
Humo en el viento
¿Lo hiciste? ¿Se ha
dado cuenta?
Todavía pálido, a
pesar de todas las horas que pasaba al sol, Jeremías bailoteaba junto a Simón
como una boya flota en la red del pescador.
—Lo hice —gruñó el
aprendiz de Morgenes.
La agitación de
Jeremías lo irritaba; parecía estar fuera de lugar, vista la masculina gravedad
de su misión.
—Piensas demasiado
—añadió.
Jeremías no se
sintió ofendido.
—Hasta que lo
conseguiste —dijo.
La calle Mayor,
descubierta bajo el duro sol de mediodía, sin los toldos, estaba casi desierta
por completo. Aquí y allá aparecían guardias —de librea amarilla, para mostrar
su lealtad al conde Breyugar, y con franjas del verde real de Elías— que se
apoyaban en los qui¬cios de las puertas o jugaban a los dados a la sombra de
los muros de las tiendas cerradas. Aunque el mercado había acabado hacía horas,
a Simón le pareció ver más comunes de lo habitual en la calle. Aquellos que se
veían eran, en su mayoría, los sin hogar que habían llegado a Erchester durante
los recientes meses invernales, desaloja¬dos del campo a causa de los torrentes
secos y los pozos anegados. Permanecían de pie o sentados a la sombra de los
edificios y de los muros de piedra, llenos de indiferencia y con movimientos
lentos o sin propósito. Los guardias los empujaban o saltaban por encima de
ellos como si fuesen perros.
La pareja giró a la
derecha de la calle Mayor para salir a la calle de la Taberna, la más larga de
las travesías que corrían perpendicula¬res a la Mayor. Aquí parecía haber más
actividad, aunque la mayor parte de la gente que se veía seguían siendo soldados.
El calor los ha¬bía hecho entrar en las casas; se apoyaban en las ventanas
bajas con jarros en las manos, observando a Simón y a Jeremías y a una media
docena de peatones con desinterés provocado por la cerveza.
Una muchacha que
vestía una falda de las hechas en casa —la hija de un mozo de cuadra, con toda
probabilidad— atravesó la calle corriendo. Unos cuantos soldados le silbaron y
llamaron, mientras lanzaban parte del contenido de sus jarras de cerveza sobre el
polvo, al otro lado de los alféizares de la taberna. La joven no levantó la
mi-rada al caminar. Su prisa, combinada con la pesada jarra que llevaba a la
espalda, hacía que sus pasos fuesen cortos. Simón miró aprecia¬tivamente el
balanceo de sus caderas; incluso se dio la vuelta para se¬guir mirándola hasta
que desapareció por un callejón.
—¡Simón, vamos!
—dijo Jeremías—. ¡Es allí!
En medio del bloque
de edificios, sobresaliendo ele la calle de la Taberna, como una piedra en el
centro de un camino lleno de ba¬ches, estaba la catedral de San Sutrino. La
piedra de su gran fachada se reflejaba en el sol. Las altas arcadas y los
abovedados contrafuer¬tes dibujaban sombras sobre los nidos de gárgolas, cuyos
vividos y torcidos rostros miraban hacia abajo llenos de alegría, soltando
riso¬tadas y bromeando por encima de los severos santos. Tres gallarde¬tes
colgaban del mástil que se encontraba sobre las dos amplias puertas: el dragón
verde de Elías, el Pilar y el Árbol de la Iglesia, y la diadema de Erchester,
sobre campo blanco. Un par de guardias se apoyaban en las puertas abiertas, con
las picas hacia abajo.
—Bueno, vamos allá
—exclamó Simón, ceñudo, y con Jeremías trotando tras él subió las dos docenas
de escalones de mármol. Una vez arriba uno de los guardias levantó la pica y
les barró el paso. Te¬nía la capucha de malla echada hacia atrás, y le colgaba
como un velo por los hombros.
—¿Qué queréis?
—preguntó el centinela, y estrechó los ojos.
—Un mensaje para
Breyugar. —Simón se sintió avergonzado al oír su voz asustada—. Para el conde
Breyugar, de parte del doctor Morgenes, de Hayholt.
Con gesto
desafiante alargó el manuscrito enrollado. El guardia que había hablado lo
cogió y dedicó una mirada rápida al sello. El otro observaba las figuras
grabadas en el dintel, como si esperase ver escrito que era relevado del
trabajo durante ese día.
El primer guardia
devolvió el pergamino con un encogimiento de hombros.
—Dentro y a la
izquierda. No os entretengáis por ahí.
Simón se irguió,
indignado. Cuando fuese un guardia, se com¬portaría con más elegancia que
aquellos barbudos idiotas. ¿Es que no se daban cuenta del honor que
representaba vestir el verde del rey? El y Jeremías pasaron al frío interior de
San Sutrino.
Nada se movía en la
antecámara, ni siquiera el aire, pero Simón pudo ver el juego de la luz sobre
las figuras en movimiento que ha¬bía más allá de la puerta. En lugar de ir
directamente hacia la puerta de la izquierda, se dio la vuelta para ver si los
guardias los vigilaban —no lo hacían, claro— y siguió hacia adelante, para
observar el inte¬rior de la gran capilla de la catedral.
—¡Simón!—siseó
Jeremías, alarmado—. ¿Qué es lo que haces? ¡Di¬jeron que era por allí! —y
señaló hacia la puerta de la izquierda.
Simón ignoró a su
compañero y metió la cabeza por otra puerta. Jeremías, que estaba hecho un
manojo de nervios, vino a su lado.
«Es como una de
esas pinturas religiosas —pensó Simón— en las que ves a Jesuris con el Árbol a
la espalda, y los rostros de los campe¬sinos nabbanos, muy cercanos todos y de
frente.»
La capilla era tan
alta y grande que parecía todo un mundo. La luz del día, suavizada por las
ventanas coloreadas como si fuesen nu¬bes, se esparcía por toda la parte
superior. Sacerdotes de blancos há¬bitos se movían alrededor del altar,
limpiaban y pulían como sir¬vientas de cabezas afeitadas. Simón supuso que se
preparaban para los servicios de Elysiamansa, una o dos semanas más tarde.
Más cerca de la
puerta, aunque con movimientos igualmente atareados, pero sin ningún otro punto
de unión, los guardias de tú¬nicas amarillas al servicio de Breyugar iban de
aquí para allá, cruzán¬dose con un centinela del castillo o con algún notable
de Erchester, vestido con ropas pardas o negras. Ambos grupos parecían estar
to¬talmente separados; a Simón le costó un momento ver la fila de ta¬bleros y
taburetes que habían sido montados entre el frente y la parte trasera de la
catedral. Enseguida se dio cuenta de lo que significaba; no era una cerca para
mantener a los escurridizos sacerdotes dentro, como fue su primera impresión;
no, más bien era para mantener a los soldados fuera. Parece que el obispo
Domitis y los sacerdotes to¬davía no habían renunciado a la esperanza de que la
ocupación de la catedral por parte del Lord de la Guardia dejase de ser
permanente.
Mientras subían las
escaleras tuvieron que mostrar el pergamino a tres guardias más. Todos ellos
estaban más alerta que los de la en¬trada principal, debido a que se
encontraban dentro, apartados del sol, y debido también a su proximidad con el
objeto que debían proteger. Al final permanecieron en una atestada habitación
ante un veterano de cara arrugada, cuyo cinturón, lleno de llaves, y un aire de
marcado desinterés le conferían una evidente autoridad.
—Sí, el Lord de la
Guardia se encuentra aquí, hoy. Dadme la carta y yo se la haré llegar —dijo el
sargento, y se rascó la barbilla, im¬pasible.
—No, señor, debemos
entregársela en persona. Es del doctor Morgenes—respondió Simón, aparentando
firmeza. Jeremías miraba al suelo. —¿Ah sí? Bueno, ya veremos. El hombre
escupió al suelo lleno de polvo. —Aedón me proteja, qué día. Esperad aquí.
—¿Qué es lo que
tenemos aquí? —preguntó el conde Breyugar.
El conde se
encontraba sentado a la mesa junto a los restos de una comida constituida por
pajaritos. Enarcó una ceja. Poseía fac¬ciones delicadas, casi perdidas en la
papada, y manos de músico: fi¬nas y de largos dedos.
—Una carta, mi
señor —dijo Simón, rodilla en tierra, con el per¬gamino extendido hacia él.
—Bien, entonces
dádmela, muchacho. ¿Es que no ves que estoy comiendo?
Ea voz de Breyugar
era aflautada y afeminada, pero el mucha¬cho había oído decir que era un
terrible espadachín; aquellas manos tan finas habían matado a muchos hombres.
Mientras el conde
leía el mensaje, moviendo los labios, que bri¬llaban llenos de grasa, Simón
trató de mantener los hombros ergui¬dos y la espalda tiesa. Por el rabillo del
ojo creyó ver al canoso sar¬gento mirándolo, así que irguió la barbilla y miró
hacia adelante, mientras pensaba en lo favorecido que salía en comparación con
lo zoquetes que estaban de guardia a las puertas de la catedral.
—... Por favor,
considerad..., portadores..., para servir bajo vues¬tro mando... —leyó Breyugar
en voz alta. El énfasis produjo pánico en Simón: ¿se habría dado cuenta de la
«e» y «s» que había añadido a «portador»? Las había apretado un poco para que
cupiesen.
El conde, con la
mirada puesta sobre Simón, le alargó la carta al sargento. Mientras aquél la
leía, todavía con más lentitud que Bre¬yugar, el noble miró al joven de arriba
abajo, y dirigió un rápido vis¬tazo al todavía arrodillado Jeremías. Cuando el
sargento le devolvió la carta, en su rostro se dibujaba una sonrisa que
mostraba la falta de dos dientes y una lengua sonrosada que se movía en el
vacío.
—Así —Breyugar dejó
escapar un sonido que pareció un suspiro de pesar— que Morgenes, el viejo
boticario, quiere que tome a mi cargo a un par de ratones de castillo y los
convierta en hombres. —El conde cogió una pata del plato y la mordió—.
Imposible.
Simón sintió
temblar sus rodillas y el estómago se le subió a la garganta.
—Pero..., pero...,
¿por qué? —balbuceó.
—Porque no os
necesito. Tengo hombres suficientes. No podría manteneros. Nadie puede plantar
si no llueve, y tengo hombres que ya están buscando otras tareas que puedan
alimentarlos. Pero lo más importante es que no os quiero; sois una pareja de
sebosos chicos de castillo que en toda vuestra vida no habéis sentido nada más
dolo¬roso que unas palmadas en el trasero por haber robado cerezas. Lar¬gaos.
Si hay guerra, si esos malditos paganos de Hernystir conti¬núan resistiéndose a
la voluntad del rey, o si el traidor Josua se rebela, entonces podréis llevar
una bielda o una pequeña guadaña, junto con el resto de los campesinos; tal vez
incluso podáis seguir al ejército y dar de beber a los caballos, si estamos
necesitados de hom¬bres, pero nunca seréis soldados. El rey no me ha hecho Lord
de la Guardia para alimentar a dos palurdos. Sargento, mostrad a estos ratones
de castillo dónde hay un agujero para que desaparezcan.
Ni Simón ni
Jeremías dijeron una palabra durante el largo viaje de regreso a Hayholt.
Cuando Simón estuvo a solas en su cortinada alcoba, rompió sobre la rodilla el
trozo de madera de barril que uti¬lizaba como espada. No lloró. No lloraría.
«Hoy hay algo
extraño en el viento del norte —pensó Isgrimnur—. Algo que huele como un
animal, o como una tormenta a punto de descargar, o ambas cosas... Algún
maldito fenómeno que me ha erizado el pelo de la nuca.»
Se frotó las manos
como si el aire fuese frío, y se bajó las mangas de su ligera túnica de verano
—que llevaba desde ya hacía muchos meses de este extraño año— por encima de sus
brazos. Regresó al umbral y miró hacia afuera, sintiendo vergüenza de que un
viejo soldado como él estuviese mezclado en juegos de jovenzuelos.
¿Dónde estaría
aquel condenado hernystiro?
Volvió a caminar
impaciente y casi se cayó por encima de una pila de cajas rotuladas al tratar
de poner el pie sobre ellas para atarse una hebilla de las botas. Maldijo
desesperado y se agachó a tiempo para evitar la caída de las cajas. La verdad
es que la desierta habita¬ción del Salón de los Archivos, vacía para que los
sacerdotes pudie¬ran realizar su observancia de Elysiamansa, resultaba un buen
lugar para encontrarse en una reunión clandestina. Pero ¿por qué no po¬dían
dejar el espacio suficiente entre sus malditos garabatos para que un hombre
crecido pudiera moverse con soltura?
El picaporte de la
puerta giró. El duque Isgrimnur, cansado de esperar, se echó hacia adelante. En
vez de asomarse con cautela, abrió la puerta no para encontrarse, como
esperaba, con dos hom¬bres, sino con uno solo.
—¡Eolair, estáis
aquí! —rugió—. ¿Dónde está el escritor?
—Chist. —El conde
de Nad Mullach se puso dos dedos sobre los labios al entrar, y cerró la puerta
tras de sí—. Más bajo. El archivero está charlando con alguien en la sala.
—¿Y por qué debo
preocuparme? —exclamó el duque, aunque con voz más baja que al principio—. ¿Es
que somos críos para escon¬dernos de ese viejo eunuco?
—Si queríais tener
una reunión de la que se enterase todo el mundo —preguntó Eolair, al tiempo que
se acomodaba en un tabu¬rete—, ¿por qué estamos escondidos en un ropero?
—No es un ropero
—gruñó el rimmerio—, y sabéis perfectamente por qué os he pedido que vinieseis,
y por qué no hay ningún secreto que pueda ser guardado en el bastión interior.
¿Dónde está el escri¬tor Velligis?
—Sintió que un
ropero no era lugar adecuado para la mano dere¬cha del lector.
Eolair rió.
Isgrimnur no, y pensó que el hernystiro estaba be¬bido, a causa de su rostro
arrebolado, o al menos un poco borracho, y deseó estar en el mismo estado.
—Pensé que sería
importante que nos reuniéramos en algún lu¬gar donde pudiéramos hablar con
tranquilidad —dijo Isgrimnur, un poco a la defensiva—. No hemos tenido ninguna
conversación en los últimos tiempos.
—No, Isgrimnur;
tenéis razón. —Eolair agitó la mano en un gesto de asentimiento.
Iba vestido para
las celebraciones del Día de la Señora, en su condición de respetuoso
observador; una condición que los paga¬nos hernystiros habían aprendido bien.
Su túnica blanca de festivi¬dades estaba rodeada por tres cinturones, cada uno
de ellos cubierto de oro o de esmaltes, y su larga melena de negro cabello le
caía por la espalda sujeta por cintas doradas.
—Sólo bromeaba, y
en verdad que es una broma de triste cariz —siguió Eolair—, ya que los súbditos
del rey Juan deben encontrarse en secreto para hablar de cosas que no
significan traición.
Isgrimnur se movió
con lentitud hacia la puerta y jugueteó con el picaporte, asegurándose de que
permanecía cerrado. Se dio la vuelta, apoyó su ancha espalda contra la madera y
cruzó los brazos sobre el pecho. El también iba vestido de acuerdo con las festivida¬des:
llevaba la fina túnica de color azul y calzas, pero las trenzas de su barba ya
aparecían deshechas a causa del nerviosismo, que había provocado que el conde
las desenredase; además, las calzas ya le lle¬gaban a las rodillas. Isgrimnur
odiaba tener que vestirse de fiesta.
—Bien —dijo,
refunfuñando y alzando la cabeza en tono desa¬fiante—, ¿hablo yo primero o lo
hacéis vos?
—No necesitamos
preocuparnos por quién hable primero —res¬pondió el conde.
Durante un
instante, el rubor del rostro de Eolair, el color que mostraban sus altos
pómulos, le recordó al anciano algo que había visto antes, hacía muchos años;
una inolvidable figura entrevista a través de cincuenta yardas de nieve
rimmeria.
«Una de las Zorras
Blancas, como las llamó mí padre.»
Isgrimnur se
preguntó si las viejas historias serían ciertas. ¿Ha¬bría en verdad sangre
sitha en las nobles casas de Hernystir?
Eolair se pasó la
mano por la frente mientras hablaba, para se¬carse las gotas de sudor, y la
momentánea imagen se esfumó.
—Hemos hablado lo
suficiente como para saber que las cosas han ido muy mal. De lo que necesitamos
hablar, y para lo que preci¬samos hacerlo en privado —agitó la mano para
abarcar la atestada habitación del archivo, un oscuro nido de papel y pergamino
ilumi¬nado por una alta ventana triangular—, es de lo que podemos hacer al
respecto; si es que podemos hacer algo. La cuestión es precisa¬mente ésta: ¿Qué
se puede hacer?
Isgrimnur todavía
no estaba dispuesto a lanzarse a tontas y a lo¬cas en la conversación, que, a
pesar de lo que dijese Eolair, ya tenía un débil tufo a traición.
—Si seguimos así
—dijo—, seré el último en condenar a Elías por el mal tiempo que tenemos. Sé
que mientras aquí hace tanto calor como si se tratase de la respiración del
diablo y está todo más seco que un hueso, en mi tierra, en el norte, el
invierno está siendo terri¬ble: la nieve y el hielo están causando estragos.
Así que el tiempo que hace aquí no es culpa del rey, como el hecho de que se
caigan los techos a causa de la nieve y de que el ganado se congele en los
esta¬blos de Rimmersgardia tampoco es culpa mía. —Se pasó la mano por la barba
y se deshizo otra trenza; la cinta que la sujetaba colgó de la gris maraña—.
Claro que a Elías hay que recriminarle el mante¬nerme aquí mientras mi gente
sufre, pero ésa ya es otra cuestión... ¡No, lo que ocurre es que parece no
preocuparle! Los pozos se secan, las granjas están en barbecho, la gente
hambrienta duerme en los campos y las ciudades están infestadas por la plaga, y
todo ello pa¬rece no importarle. Las tasas y las levas siguen aumentando; esos
malditos cachorros lameculos de la nobleza que ha reunido a su al-rededor se
pasan el día bebiendo, cantando, luchando y..., y... —El viejo duque gruñó con
disgusto—. ¡Y los Torneos! Por la lanza roja de Udún, en mis tiempos no había
hombre al que le gustasen más los torneos que a mí, pero Erkynlandia se hunde
en el polvo bajo el trono de su padre, los países bajo la Suprema Custodia
están intran¬quilos como un potro encabritado, ¡y los torneos siguen
celebrán¬dose! ¡Al igual que las fiestas sobre barcazas en el Kynslagh! ¡Y los
malabaristas, los saltimbanquis, y las luchas entre perros y osos! ¡Es peor de
lo que dicen que fueron los peores días de Crexis el Chivo! —Isgrimnur cerró
los puños, con la cara roja de furor.
—En Hernystir —la
voz de Eolair tenía un sonido suave y musical tras la áspera invectiva del
rimmerio— decimos: «Un pastor, no un carnicero», queriendo dar a entender con
ello que un rey debe pre¬servar su tierra y a su pueblo como a un rebaño,
tomando de ellos sólo lo que necesite tomar; pero no hasta el extremo de que no
les quede nada que hacer, excepto comerse los restos. —Eolair miró la ventanita
y las partículas de polvo de pergamino que se entreveían en la difusa luz—. Eso
es lo que Elías está haciendo: devorar la tierra poco a poco, al igual que el
gigante Croich-ma-Feareg devoró en una ocasión la montaña de Crannhyr.
—Antes Elías era un
hombre bueno —dijo Isgrimnur—, era de trato mucho más agradable que su hermano.
Claro que no todos los hombres están hechos para reinar, pero parece ser que se
trata de algo peor que de un hombre echado a perder por el poder. Algo está
equivocado, y no sólo son Fengbald, Breyugar y los demás los que lo llevan
hasta el precipicio. —El duque había recuperado el aliento—. Ya sabéis que ese
bastardo vicioso de Pryrates le llena la ca¬beza con extraños pensamientos y lo
mantiene despierto por las no¬ches en esa torre llena de luz y de ruidos
endiablados; a veces da la impresión de que el rey no sabe dónde está cuando
sale el sol. ¿Qué puede querer Elías de una criatura como ese sacerdote hijo de
puta? Es el rey del mundo conocido, ¿qué puede tener Pryrates que ofre¬cerle?
Eolair se
incorporó, todavía con los ojos puestos en la luz que se filtraba por la
ventana, y se pasó la manga por la frente.
—Desearía saberlo
—replicó, al fin—. ¿Qué podemos hacer?
Isgrimnur
entrecerró sus viejos y fieros ojos.
—¿Qué es lo que
dice el escritor Velligis? Después de todo, la ca¬tedral de la Madre Iglesia ha
sido confiscada. Son los barcos del du¬que Leobardis de Nabban, junto con los
de vuestro rey Lluth, los que ha robado Guthwulf, bajo pretexto del «peligro de
plaga» en el soberano puerto de Abaingeat. Leobardis y el lector Ranessin son
amigos; gobiernan Nabban como un monarca bicéfalo. Seguro que Velligis debe de
tener algo que decir en nombre de su señor.
—Tiene mucho que
decir, pero con poca sustancia, amigo mío.
Eolair se dejó caer
en el taburete. La brillante luz del sol iba en disminución, y parecía
palidecer mientras el astro hundía a la salita en una sombra más espesa.
—Lo que el duque
Leobardis piense de ese acto de piratería: tres barcos llenos de grano robados
en un puerto de Hernystir, Velligis asegura desconocerlo. Y en representación
de su señor, se muestra, como de costumbre, vago en extremo. En cuanto a Su
Santidad Ranessin —continuó Eolair—, creo que tiene intenciones de convertirse
en mediador entre Elías y el duque Leobardis y, tal vez, al mismo tiempo,
aumentar la importancia de vuestra Iglesia aedonita aquí en la corte. Mi señor,
el rey Lluth, me ha enviado de viaje a Nabban, y quizá pueda averiguar la
verdad de todo esto cuando me encuen¬tre allí. Temo que, si ése es el caso, el
lector se haya equivocado en sus cálculos; si el desaire que Elías y sus
aduladores han hecho a Ve¬lligis representa alguna señal, el rey se encuentra
más intranquilo in¬cluso que su padre bajo la amplia sombra de la Madre
iglesia.
—¡Demasiadas
conspiraciones! —gruñó Isgrimnur—. ¡Demasiadas intrigas! Todo ello hace que la
cabeza me dé vueltas. No soy hombre para eso. ¡Dadme una espada o un hacha y
dejadme que me las en¬tienda con quien sea!
—¿Es por ello por
lo que os metéis en los roperos? —sonrió Eolair, y de debajo de la capa sacó
una bota de aguamiel—. No parece que haya nadie a quien golpear aquí. Me parece
que os estáis metiendo en intrigas a avanzada edad, mi buen duque.
El noble frunció el
entrecejo y tomó la bota que se le ofrecía.
«El también está
hecho un buen intrigante, nuestro Eolair—pen¬só—. Pero al menos debo estar
agradecido de tener a alguien con quien hablar. A pesar de toda esa palabrería
de poeta que le he oído cuando persigue a las mujeres, en el fondo es duro como
un escudo de acero; un buen aliado en tiempos de traición.»
—Hay algo más.
—Isgrimnur devolvió la bota a Eolair y se pasó la mano por la comisura de los
labios.
El conde bebió un
largo trago y asintió con la cabeza.
—Vamos a ello. Soy
todo oídos, como una liebre de Circoille.
—¿Sabéis lo del
muerto que encontró el viejo Morgenes en Kynswood; el que murió de un flechazo?
Eolair volvió a
asentir.
—Se trataba de un
hombre de los míos —dijo Isgrimnur—. Se lla¬maba Bindesekk, aunque nunca lo
habría reconocido, después de todo ese tiempo que llevaba muerto, si no hubiera
sido por un hueso roto en su rostro que se había fracturado durante un servicio
anterior. No he dicho nada, desde luego.
—¿Era vuestro? —El
conde enarcó una ceja— . ¿Y qué es lo que ha¬cía? ¿Lo sabéis?
El duque rió, con
un sonido corto como un ladrido.
—Ciertamente. Por
eso es por lo que no he dicho nada. Lo envié cuando Skali de Kaldskryke salió
hacia el norte con sus hombres. Nariz afilada ha hecho demasiados amigos entre
la corte de Elías, para mi gusto, así que envié a Bindesekk con un mensaje para
mi hijo Isorn. Mientras el rey me siga manteniendo aquí con todas esas idas y
venidas diplomáticas que dice que son tan importantes (y si son tan
importantes, ¿por qué se las confía a un torpe y viejo perro de guerra como
yo?), quiero que mi hijo Isorn esté especialmente atento. No confío en Skali
más que en un lobo hambriento, y mi hijo ya tiene bastantes problemas allí, por
lo que he oído: tormen¬tas, caminos inseguros, los aldeanos forzados a alojarse
en las salas principales del castillo a causa de los desastres. Todo ello hace
que sean tiempo difíciles, y Skali lo sabe.
—¿Pensáis que Skali
mató a vuestro hombre? —preguntó Eolair, que se inclinó hacia adelante para
volver a pasar la bota.
—No lo sé con
seguridad. —El duque volvió a levantar la cabeza para echar otro largo trago;
los músculos de su grueso cuello tem¬blaban. Un chorro de aguamiel cayó sobre
su túnica azul—. Lo que quiero decir es que parece lo más obvio, pero tengo
muchas dudas. —Se limpió la mancha con aire ausente—. En primer lugar, aunque
apresase a Bindesekk, matarlo representaría un acto de traición. A pesar de
toda su rebeldía, Skali es mi súbdito y yo soy su señor.
—Pero el cuerpo
estaba escondido.
—No del todo. ¿Y
por qué se hallaba tan cerca del castillo? ¿Por qué no esperar hasta alcanzar
las colinas Wealdhelm o la ruta de la Marca Helada, si es que todavía es
practicable, y matarlo allí, donde nunca lo hubiesen descubierto? Además, la
flecha no me parece que sea del estilo de Skali. Me lo imagino lleno de rabia y
troceando a Bindesekk con su gran hacha; pero ¿dispararle una flecha y
abando¬narlo en Kynswood? No me acaba de encajar.
—Entonces, ¿quién?
Isgrimnur agitó la
cabeza, como si acabase de sentir el aguamiel.
—Eso es lo que me
preocupa, hernystiro —respondió—. No lo sé. Se están tramando extrañas cosas;
no hay más que oír las historias de los viajeros, los rumores del castillo...
Eolair se dirigió a
la puerta y quitó el pestillo para después abrirla y dejar entrar aire fresco
en la pequeña habitación.
—En verdad éstos
son tiempos extraños, amigo mío —dijo el conde, y tomó aire—. Y queda la
pregunta más importante de todas: ¿dónde está el príncipe Josua?
Simón cogió un
trocito de pedernal y lo lanzó con fuerza al es¬pacio. Tras describir un arco a
través de la mañana, la piedra descen¬dió y cayó con un ruido sordo sobre los
setos recortados en forma de animales del jardín de abajo. Se asomó al borde
del tejado de la capilla y se fijó en el impacto, como si fuese un avezado
lanzador de catapultas; notó el temblor de las patas del seto en forma de
ardilla. Luego se deslizó por el canalón hasta encontrar la sombra de una
chimenea y se dejó rodar; saboreó la fría solidez de las piedras sobre las que
reposaba su espalda. Por encima de su cabeza, el fiero ojo del sol de marzis
casi había alcanzado el cenit del mediodía.
Era un día para
escapar de las responsabilidades, para escapar de las tareas de Raquel y de las
explicaciones de Morgenes. El doctor todavía no había descubierto —o no había
mencionado— la frustrada incursión de Simón en las artes militares, y el
muchacho estaba sa¬tisfecho de que así fuese.
Con los miembros
extendidos y bizqueando al brillante sol de la mañana, oyó un débil ruido junto
a la cabeza. Abrió un ojo a tiempo de ver una pequeña sombra gris. Rodó con
cuidado sobre el estómago y se fijó en el tejado.
La gran cubierta de
la capilla se extendía ante él; un campo de relieve irregular, lleno de tejas
de pizarra, en cuyas rendijas crecía el musgo que de alguna forma milagrosa
había sobrevivido a la sequía, aferrándose a la vida como se aferraban a las
tejas escalonadas. El campo de tejas se extendía hacia arriba, desde el borde
del tejado hasta la cúpula de la capilla, que se elevaba sobre el techo como el
caparazón de una tortuga de mar a través de las tranquilas olas de una gruta.
Vistos desde aquel ángulo, los paneles de vidrio multico¬lor de la cúpula —que
brillaban en el interior de la capilla en forma de mágicas pinturas sobre la
vida de los santos— tenían un aspecto oscuro y plano, una muestra de crudas
figuras a través de un mundo de color pardo. En el extremo de la cúpula, una
protuberancia suje¬taba, en lo alto, un Árbol dorado, pero desde el punto de
observación de Simón parecía sólo bañado en oro, pues los panes habían ido
abriéndose y mostrando la corrosión que avanzaba por debajo.
Más allá de la
capilla del castillo se extendía un mar de tejados: el Gran Salón, la sala del
trono, los archivos y las dependencias de la servidumbre; todos desiguales,
reparados o reemplazados en nume¬rosas ocasiones a causa del paso de las
estaciones, que habían dejado su rastro en la gris piedra, mordisqueándola y a
veces haciéndola de¬saparecer. A la izquierda de Simón se elevaba la delgada
arrogancia blanca de la Torre del Ángel Verde; más allá, el achaparrado bulto
de la Torre de Hjeldin sobresalía por encima del arco de la cúpula de la
capilla, como si fuese un perro mendicante.
Mientras el chico
inspeccionaba el mundo de los tejados, una sombra gris volvía a aparecer en el
filo de su visión. Se volvió con ra¬pidez y vio los cuartos traseros de un
gatito lleno de hollín que desa¬parecía por una agujero que había en el borde
de la cubierta. Ca¬minó de cuclillas por las tejas para investigar. Cuando
estuvo lo suficientemente cerca como para ver el agujero, volvió a dejarse caer
sobre el estómago y apoyó la barbilla en el dorso de las manos. No se produjo
ninguna señal de movimiento.
«Un gato en el
tejado —pensó—. Bueno, alguien debe de vivir aquí, además de las moscas y las
palomas; supongo que ese gato debe de comer ratas de tejado.»
Simón, a pesar de
haberle visto sólo la cola y las patas traseras, sintió una repentina afinidad
con el gato. Al igual que él, el animal conocía los pasajes secretos, los
ángulos y las grietas, y se movía por ellos a su gusto. Al igual que él mismo,
aquel cazador gris seguía su camino sin preocuparse de los otros...
Incluso Simón se
dio cuenta de que todo ello era una exagera¬ción de su propia situación, pero
aun así le gustó la comparación.
Por ejemplo, ¿es
que no había trepado al misma tejado hacía cuatro días, en la festividad de
Elysiamansa, para observar la lla¬mada a formar de la guardia erkyna? Raquel el
Dragón, irritada a causa de su chifladura por todo menos por el mantenimiento
de la casa, que ella sentía era su verdadero —y abandonado— trabajo, se
apresuró a prohibirle que bajara a unirse a la multitud que se arre¬molinaba en
la puerta principal.
Rubén el Oso, el
musculoso herrero de anchas espaldas del cas¬tillo, le había contado a Simón
que la guardia erkyna iba a ir a Falshire, por el río Ymstrecca, hacia el este
de Erchester. Parecía que el gremio de comerciantes de lana estaba causando
disturbios, le ex¬plicó Rubén al joven mientras metía una herradura al rojo
vivo en un cubo de agua. Apartó el siseante vapor y trató de describirle la
complicada situación: parecía que la sequía había causado tantos desastres que
las ovejas de los granjeros de Falshire —su principal fuente de ingresos— iban
a ser expropiadas por la Corona para ali¬mentar a las masas hambrientas y
desposeídas que atestaban Erchester. Los comerciantes de lana argüían que eso
los arruinaría —y que también les haría padecer hambre— y se habían echado a
las calles, inflamando a la población local contra el impopular edicto.
Así que, el último
mardis, Simón había trepado a escondidas al tejado de la capilla para ver
partir a la guardia erkyna: unos cientos de bien armados soldados de a pie y
una docena de caballeros bajo el mando del conde Fengbald, cuyo feudo era
Falshire. Cuando Fengbald se situó al frente de la guardia, con el casco y la
armadura puestos, espléndido con su capa roja y el águila plateada cosida en
ella, algunos de los más cínicos entre la multitud que lo observaba sugirieron
que el conde llevaba tantos soldados por miedo a que sus súbditos de Falshire
no lo reconocieran, debido a sus largas ausen¬cias. Otros sugirieron que debía
de temer que lo reconocieran, pues no se había preocupado demasiado por
defender los intereses de su heredado dominio.
Simón volvió a
pensar en el impresionante casco de Fengbald, un brillante yelmo plateado
rematado por un par de alas extendidas.
«Raquel y los demás
tienen razón —pensó de repente—. Aquí es¬toy soñando con los ojos abiertos de
nuevo. Fengbald y sus amigos de la nobleza nunca sabrán si estás vivo o muerto.
Tengo que hacer algo que salga de mí mismo. No quiero ser un niño para siempre,
¿no?» Simón rascó una teja de pizarra con un trozo de grava, en un intento de
dibujar un águila. «Además, seguro que tengo un aspecto horrible con una
armadura...»
El recuerdo de los
soldados de la guardia erkyna saliendo orgullo¬sos por la Puerta Nearulagh le
produjo pinchazos de amargura, pero también le produjo una sensación cálida;
estiró los pies con pereza mientras observaba el agujero del gato, en busca de
su morador.
Una hora después
del mediodía, una nariz sospechosa apareció por el agujero. En esos momentos
Simón montaba en un alazán a través de las puertas de Falshire y le tiraban
flores desde las ventanas superiores de las casas. Vuelto a la realidad a causa
de un súbito mo¬vimiento, recuperó el aliento cuando la nariz fue seguida del
resto del animal. Se trataba de un pequeño gato gris de pelo corto con una
mancha blanca que se extendía desde el ojo derecho hasta la barbilla.
El joven se quedó
totalmente inmóvil cuando el gato —a una es¬casa media braza de su propia
posición— se asustó de algo, arqueó el lomo y entrecerró los ojos. Simón temió
que lo hubiese visto, pero después de que el gato permaneciese inmóvil, saltó
hacia adelante de forma repentina, salió del borde sombreado del tejado y
apareció inmediatamente en la ancha zona bañada por el sol.
Observado con
delectación por el muchacho, el gatito encontró un trozo de pedernal y jugueteó
con él por las tejas haciéndolo co¬rrer con un rápido movimiento de la pata,
hasta que la piedra que¬daba inmóvil y el juego volvía a empezar.
Simón observó cómo
jugueteaba el animal durante un rato, hasta que una ridícula caída de culo —el
gatito había resbalado con ambas patas delanteras sobre una teja astillada y
había metido la ca¬beza en una hendidura entre dos tejas, para quedar allí agitando
la cola y lleno de desesperación— lo forzó a revelar su posición. La carcajada
que había tratado de reprimir lo desbordó: el animal saltó dando un tumbo en el
aire, cayó y volvió en dirección a su agujero sin dirigir más que una rápida
mirada hacia donde estaba Simón. Aquella escapada precipitada lo volvió a
convulsionar. —¡Desaparece, gato! —dijo tras la criatura desaparecida—.
¡Desa¬parece, desaparece!
Mientras se
arrastraba hacia el agujero para cantarle una cancioncilla al animalito gris
sobre panoramas compartidos, tejados, piedras y soledad —que estaba seguro
escucharía—, algo le llamó la atención. Colocó las manos en el borde del tejado
y asomó la cabeza por encima. El inicio de una suave brisa trazo sutiles
dibujos en su cabello.
Lejos, hacia el
sudeste, más allá de los límites de Erchester y de los promontorios sobre el
Kynslagh, una gran mancha de color gris se extendía por el claro cielo de
marzis, como si un sucio pulgar se hubiese marcado sobre una pared recién
pintada. El viento deshacía la mancha, según observaba Simón, pero oscuras
oleadas volvían a crecer desde atrás, formando una turbulenta oscuridad
demasiado espesa para que ningún viento pudiese dispersarla. Una gran nube
negra hacía aparición por el horizonte, desde el este.
Durante un momento
estuvo tan sorprendido que le costó darse cuenta de que lo que veía era humo,
una densa humareda que man¬chaba el pálido y claro cielo.
Falshire ardía.
10
El rey cicuta
Dos días después,
en la última mañana de marzis, Simón ha¬bía bajado a desayunar con los demás
pinches cuando se sobresaltó al notar una negra y pesada mano sobre el hom¬bro.
Durante un irreal y terrorífico instante, sus pensamientos vol-vieron al sueño de
la sala del trono y al baile de los reyes de mala¬quita.
Aquella mano, sin
embargo, estaba enfundada en un guante agrie¬tado al que le faltaba la parte
superior de los dedos. Su dueño tampoco estaba hecho de negra piedra, aunque
cuando Simón miró, sorpren¬dido, el rostro de Inch, le pareció que Dios debía
de ir corto de materia humana cuando lo hizo y que las sustituciones de última
hora, a base de algún material inerte e imperturbable, habían sido necesarias.
Inch se inclinó
hasta que su rostro sin afeitar estuvo muy cerca del de Simón; incluso su
respiración parecía oler más a piedra que a vino, cebollas o cualquier otra
cosa normal.
—El doctor quiere
verte —dijo, e hizo rodar sus ojos de lado a lado—. Ahora mismo.
Los demás pinches
pasaron junto al muchacho y el fornido Inch, dirigiéndoles miradas llenas de
curiosidad y, a continuación, siguieron su camino. Simón trató de mirar por
debajo de la pesada manaza que reposaba sobre su hombro, y los vio desaparecer
lleno de desesperanza.
—Muy bien. Ahora
mismo iré —respondió, y mediante un tirón se deshizo de la presa de Inch—. Deja
que coja un trozo de pan que pueda ir comiendo mientras vamos.
Simón se lanzó por
el corredor hacia el comedor de la servidum¬bre, mientras lanzaba una mirada a
su espalda; Inch todavía perma¬necía en el mismo lugar, y seguí sus pasos con
los tranquilos ojos de un toro paciendo en la pradera.
Cuando Simón volvió
a aparecer un poco después con un chusco de pan y un pedazo de queso blanco,
casi se desmaya al ver que Inch todavía lo esperaba. El chico le ofreció algo
de comida y trató de sonreír mientras lo hacía, pero el otro lo miró desprovisto
de interés y sin decir nada.
Mientras caminaban
por el reseco patio del bastión mediano, serpenteando entre los grupos de
monjes-escribanos en su diaria peregrinación de la Cancillería al Salón de los
Archivos, Inch se aclaró la garganta como para hablar. Simón, que se encontraba
muy incómodo junto a él, pues lo ponía nervioso incluso el silencio, lo miró
lleno de expectación.
—¿Por qué...
—empezó por fin Inch—, por qué me has quitado el puesto? —preguntó, sin apartar
la mirada del camino lleno de mon¬jes que venían hacia ellos.
Ahora fue el
corazón de Simón el que adquirió las características de la piedra: frío, pesado
y gravoso. Lo sentía por aquel animal que se creía un hombre, pero también
estaba asustado por él.
—Yo..., yo no te he
quitado el sitio.—Sus protestas sonaron falsas hasta en sus propios oídos—. ¿Es
que no te llama el doctor cuando necesita ayuda para cargar o mover algo? A mí
me enseña otras co¬sas, cosas muy diferentes.
Siguieron caminando
en silencio. Al fin, las estancias de Morgenes se hicieron visibles, envueltas
en una espesa enredadera, como el nido de un pequeño pero ingenioso animal.
Cuando estuvieron a unos diez pasos de distancia, la mano de Inch se posó una vez
más en el hombro de Simón.
—Antes de que tú
vinieras... —dijo, con su ancha y redonda cara moviéndose hacia Simón como una
cesta que bajase desde una ven¬tana del piso de arriba—, antes de que tú
vinieras yo era su ayudante. Yo iba a ser el próximo. —Frunció el entrecejo,
dejó caer el labio su¬perior y puso sus rectas cejas en un ángulo superior,
pero sus ojos continuaron siendo mansos y tristes—. Doctor Inch, yo hubiera
sido. —Concentró la mirada sobre Simón, que temió romperse bajo el peso de la
garra en su hombro—. No me gustas, muchachito de cocina.
Inch lo dejó libre
y se marchó arrastrando los pies; la parte de atrás de su cabeza apenas era
visible por encima de la enormidad de sus hombros caídos. El muchacho se frotó
el cuello y se sintió un poco mal.
Morgenes estaba
despidiendo a un trío de jóvenes sacerdotes. Parecían —al menos por lo que
Simón pudo ver— bebidos.
—Han venido para mi
contribución a la celebración del Día de Todos los Locos —dijo Morgenes,
mientras cerraba la puerta tras el trío, que ya habían empezado a cantar una
canción—. Sostén la esca¬lera, Simón.
Un cubo de pintura
roja aparecía colocado en el escalón supe¬rior. Cuando el doctor hubo llegado
junto a él, sacó un pincel que había caído en su interior y comenzó a dibujar
extraños caracteres por encima del marco de la puerta, símbolos angulosos, cada
uno de ellos una diminuta y enigmática pintura. A Simón le recordaron un poco
los antiguos escritos que contenían algunos de los libros de Morgenes.
—¿Para qué son?
—preguntó.
El sabio, que
seguía pintando, no respondió. Simón apartó la mano del peldaño para rascarse
el tobillo y la escalera empezó a res¬balar de forma amenazadora. Morgenes tuvo
que cogerse al dintel de la puerta para no caer.
—¡No, no, no!
—gritó, mientras trataba de mantener el vaivén de la pintura por debajo del
borde del cubo—. Sabes hacerlo mejor, Si¬món. La regla es: ¡Todas las preguntas
por escrito! Pero espera a que baje de aquí; si me caigo y muero, no habrá
respuestas para ti.
El anciano volvió a
su pintura, farfullando para sí.
—Perdonad, doctor
—se excusó Simón, un poco indignado—. Lo olvidé.
Pasaron unos
instantes sin otros sonidos que el del pincel de Morgenes.
—¿Siempre tendré
que escribir las preguntas? Creo que nunca es¬cribiré tan rápido como para
poder plantearlas todas.
—Esa —dijo
Morgenes, mirando su último trazo— era la idea ge¬neral que sostenía la regla.
Tú, muchacho, haces preguntas como Dios crea moscas y gente pobre: en
cantidades asombrosas. Soy un hombre viejo, y prefiero ir a mi propio paso.
—Pero —la voz de
Simón adquirió tintes de desesperación—, ¡ten¬dré que escribir durante el resto
de mis días!
—Puedo pensar en
maneras menos valiosas en las que puedes mal¬gastar la vida —respondió
Morgenes, mientras bajaba de la escalera. Se dio la vuelta para observar el
efecto de las extrañas letras a lo largo de la parte superior del marco de la
puerta—. Por ejemplo —dijo, mirando de forma penetrante al muchacho—, puedes
falsear una carta y unirte a los guardias de Breyugar, y pasar el resto de tu
vida perdiendo trozos de tu cuerpo a manos de otros hombres con espadas.
«Maldición —pensó
Simón—, atrapado como una rata.»
—¿Lo... lo sabéis?
—pregunto, por fin.
El doctor asintió
con una sonrisa llena de rabia.
«¡Jesuris me salve,
qué ojos tiene! —pensó Simón—. Son como agujas. Tiene una mirada peor que la
voz de Raquel.»
El anciano continuó
observándolo. La mirada de Simón cayó al suelo. Al final, con una débil voz que
sonaba mucho más juvenil de lo que hubiese deseado, dijo:
—Lo siento.
El doctor, como si
una tirante cuerda hubiese sido cortada, em¬pezó a pasear.
—Si hubiese
imaginado para lo que querías la carta... —mascu¬lló—. ¿En qué estabas
pensando? ¿Y por qué, por qué tuviste que mentirme?
En algún lugar de
su interior, una parte del chico estaba encan¬tada de ver al sabio fuera de sí.
Otra parte, sin embargo, se sentía avergonzada. En algún otro rincón —¿cuántos
Simones había allí?—, era un tranquilo e interesado observador que esperaba para
saber qué parte hablaría por todas.
El caminar de
Morgenes empezó a ponerlo nervioso.
—De todos modos
—dijo Simón al anciano —, ¿por qué os preocu¬páis? Se trata de mi vida, ¿no es
cierto? ¡La vida de un estúpido pin¬che de cocina! En cualquier caso, tampoco
me han aceptado... —fi¬nalizó, en un murmullo.
—¡Y deberías estar
agradecido! —exclamó Morgenes, con clari¬dad—. Agradecido de que no te
quisieran. ¿Qué clase de vida es ésa? Siempre sentado en los barracones jugando
a los dados con estúpidos que no saben nada de nada, en tiempos de paz; siendo
herido, atravesado por flechas y pisoteado por caballos, en tiem¬pos de guerra.
¿No sabes, no sabes, estúpido muchacho, que ser un simple lancero mientras
todos esos caballeros expoliadores de campesinos están en el campo de batalla
no es mucho mejor que ser un gallo volador en los juegos del Día de la Señora?
—Se dio la vuelta para mirar a Simón—. ¿Sabes lo que han hecho Fengbald y sus
caballeros en Falshire?
El joven no
respondió.
—Quemaron todo el
distrito lanar, eso es lo que hicieron. Que¬maron a mujeres y niños junto con
el resto, sólo porque no quisie¬ron entregar sus ovejas. Fengbald llenó sus
vasijas de aceite hirviente y escaldó a los líderes de los comerciantes de lana
hasta que murie¬ron. ¡Seiscientos de los propios súbditos del conde asesinados,
y él y sus hombres volvieron al castillo cantando! ¿Y ésa es la compañía que
quieres tener?
Simón estaba
rabioso de verdad. Sintió que se ponía colorado, y lo aterrorizó la idea de
echarse a llorar. El desapasionado observador Simón había desaparecido del
todo.
—¿Y? —espetó—. ¿A
quién le importa?
La aparente
sorpresa de Morgenes a su desacostumbrado exa¬brupto lo hizo sentirse peor.
—¿Qué va a ser de
mí? —preguntó Simón, y se golpeó los muslos, lleno de frustración—. ¡No hay
gloria en ser pinche, ni entre las ser¬vidores..., ni en esta oscura habitación
llena de estúpidos... libros!.
La mirada herida
que apareció en el rostro del anciano pareció echar abajo los diques; Simón
corrió al rincón más alejado de la ha¬bitación para sollozar desconsolado, con
el rostro apretado contra la fría pared de piedra. Afuera, en algún lugar, los
tres jóvenes sacerdo¬tes cantaban himnos con distraída armonía de borrachos.
El pequeño doctor
estuvo a su lado en un instante y le dio unas palmadas sobre el hombro.
—Vamos, muchacho,
vamos... —dijo, desconcertado—. ¿Qué es todo eso acerca de la gloria? ¿También
tú has contraído esa enferme¬dad? Me maldigo por no haberme dado cuenta.
Tendría que ha¬berlo visto. Esa fiebre ha corrompido incluso tu simple corazón,
¿no es cierto? Lo siento. Hace falta una fuerte voluntad o un ojo avezado para,
a través del resplandor exterior, ver el podrido cora¬zón. —Dicho esto, volvió
a palmear el hombro de Simón.
El chico no tenía
ni idea de lo que hablaba Morgenes, pero el tono de su voz resultaba
consolador. A pesar de sí mismo, sintió que la rabia lo iba abandonando; pero
el sentimiento de lo que parecía debilidad que le siguió le hizo rechazar la
mano del anciano. Se secó el rostro mojado con la manga del justillo.
—No sé por qué lo
sentís, doctor—empezó a decir, tratando de que su voz no temblase—. Yo soy el
que lo siente..., por actuar como un chiquillo. —Los ojos del sabio lo
siguieron mientras cruzaba la habitación hasta llegar a la mesa, donde pasó un
dedo por encima de un montón de libros—. Os he mentido, y he hecho un tonto de
mí mismo —dijo Simón, sin levantar la mirada—. Por favor, perdo¬nad la
estupidez de un simple pinche de cocina, doctor..., un pin¬che que creyó que
podría llegar a ser algo más que eso.
En el silencio que
siguió a su valiente confesión, Simón oyó que Morgenes hacía un extraño ruido
—¿acaso lloraba?—. Pero un mo¬mento después todo se aclaró: el anciano trataba
de aguantarse la risa; no, se reía, tratando de esconderse tras su abultada manga.
El chico se dio la
vuelta, con las orejas ardiendo como carbones.
Morgenes lo miró
durante un instante, para desviar la vista a conti¬nuación y volverse de
espaldas con fuertes sacudidas de hombros.
—Ay, muchacho...,
ay, muchacho —exclamó con voz asmática, y alargó una mano hacia el ofendido
Simón—. ¡No te marches! Va¬mos, no te enfades. ¡Te echarás a perder en los
campos de batalla! En lugar de ello debes ser un gran señor y obtener tus
victorias en la mesa de negociaciones, que siempre pesan más que las victorias
en los campos de batalla; o ser un escritor de la Iglesia, y engatusar a las
almas eternas de los ricos y disolutos. —Morgenes volvió a sonreír a
escondidas, y se atusó la barba hasta que pasó el ataque de risa.
El joven permanecía
rígido, como si fuese de piedra, con el en¬trecejo fruncido. No sabía si lo
estaba agasajando o insultando. Por fin el doctor recobró la compostura; se
aseguró de que podía soste¬nerse sobre las piernas y se dirigió hacia el barril
de cerveza. Un largo trago completó el proceso de recobrar la calma, y se
volvió ha¬cia el chico con una sonrisa en los labios.
—¡Ay, Simón,
bendito seas! No dejes que el ruido y la jactancia de los camaradas del rey
Elías te impresionen demasiado. Posees una afilada inteligencia..., bueno, a
veces..., y posees dones de los que todavía nada sabes. Aprende lo que puedas
de mí, joven halcón, y de los demás que encuentres que puedan enseñarte algo.
¿Quién sabe cuál será tu destino? Existen muchas clases de gloria.
Dicho esto, el
doctor volvió a abrir el barril para beber otro trago.
Tras observar
cuidadosamente a Morgenes durante un mo¬mento, para asegurarse de que el último
parlamente no fuese sólo otra broma, Simón se permitió esbozar una tímida
sonrisa. Le gus¬taba que lo hubiese llamado «joven halcón».
—Muy bien. Pues yo
siento haberos mentido. Pero si tengo una afilada inteligencia, ¿por qué no me
enseñáis algo que sea impor¬tante?
—¿Como qué?
—preguntó Morgenes, a quien se le iba borrando la sonrisa.
—Ah, no sé.
Magia..., o algo.
—¡Magia!—siseó el
sabio—. ¿Es en eso en todo lo que piensas, mu¬chacho? ¿Crees que soy una
especie de brujo, algún mago barato que deleita a la corte, para que tenga que
enseñarte trucos?
Simón no dijo nada.
—Todavía estoy
furioso a causa de tu embuste —añadió Morge¬nes—. ¿Por qué debería premiarte?
—Haré todas las
tareas que me digáis, a cualquier hora —dijo Si¬món—. Incluso limpiaré el
techo.
—Aquí y ahora
—respondió el doctor—, no me dejaré intimidar. Te diré algo, muchacho: abandona
esa fascinación sin fin por la ma¬gia y responderé a todas tus demás preguntas
durante todo un mes, ¡y no tendrás que escribir ninguna! ¿Qué te parece, eh?
El muchacho torció
la vista, pero no dijo nada.
—¡Bueno, entonces
te leeré mi manuscrito sobre la vida del Preste Juan! —ofreció el anciano—.
Recuerdo que me lo pediste una o dos veces.
Simón todavía
torció más la mirada.
—Si me enseñáis
magia —sugirió—, os traeré cada semana uno de los pasteles de Judit, y un
barril de cerveza de Stanshire de la des¬pensa.
—¡Hete aquí! —rugió
Morgenes, triunfante—. ¿Lo ves? ¿Lo ves, muchacho? ¡Estás tan convencido de que
los trucos de magia te re¬portarán poder y buena suerte que estás dispuesto a
robar para con¬vencerme de que te enseñe! No, Simón, no puedo regatear contigo
sobre todo esto.
El chico volvía a
estar furioso, pero respiró profundamente y se pellizcó el brazo.
—¿Por qué está tan
en contra, doctor? —preguntó cuando se hubo calmado— ¿Es porque soy un pinche
de cocina?
Morgenes sonrió.
—Aunque tu trabajo
sea de pinche, Simón, muchacho, no eres un pinche. Eres mi aprendiz. No, no
existe ninguna deficiencia en ti, excepto tu juventud e inmadurez. Se trata de
que no comprendes lo que pides.
El joven se subió a
un taburete.
—No os entiendo
—murmuró.
—Exacto. —El doctor
bebió otro trago de cerveza—. Lo que tú lla¬mas «magia» es sólo la acción de
cosas, de la naturaleza, fuerzas ele¬mentales como el fuego y el aire. Todo eso
responde a leyes natura¬les, las cuales son muy difíciles de aprender y entender.
Muchas nunca serán comprendidas.
—¿Por qué no me
enseñáis esas leyes?
—Por la misma razón
por la que no le daría una antorcha encen¬dida a un crío sentado sobre un
montón de paja. El niño, y eso no es un insulto, Simón, no está preparado para
la responsabilidad. Sólo aquellos que han estudiado durante muchos años, y
muchas otras materias y disciplinas, pueden empezar a dominar el Arte que tanto
te fascina. Incluso entonces la mayoría de ellos no están preparados para
hacerse con ningún poder. —El anciano volvió a beber, secó sus labios y
sonrió—. Cuando la mayoría de nosotros somos capaces de usar el Arte, somos lo
suficientemente viejos como para saber más. Es demasiado peligroso para los
jóvenes, Simón.
—Pero...
—Si vas a decir:
«Pero Pryrates...», te daré un puntapié —dijo Morgenes—. En una ocasión ya te
dije que era un loco, o algo así. El sólo busca el poder a través del dominio
del Arte, e ignora las conse¬cuencias. Pregúntame sobre las consecuencias,
Simón.
El muchacho
inquirió con voz apagada:
—¿Qué ocurre con
las conse...?
—No puedes ejercer
la fuerza sin pagar por ello. Si robas un pas¬tel, alguien se quedará con
hambre. Si galopas sobre un caballo y quieres ir demasiado rápido, el caballo
morirá. Si usas el Arte para abrir puertas, Simón, no tienes elección en cuanto
a los huéspedes.
Desilusionado, el
joven echó una mirada por la polvorienta ha¬bitación.
—¿Por qué habéis
pintado esos signos sobre vuestra puerta, doc¬tor? —preguntó.
—Porque no deseo
que me visite un huésped al que no quie¬ro ver.
Morgenes se inclinó
para dejar el jarro y, al hacerlo, algo dorado y brillante cayó del collar de
su manto gris, hasta quedar colgando de una cadena. El anciano pareció no darse
cuenta.
—Ahora debo hacerte
regresar, pero recuerda esta lección, Si¬món, una que encaja con los reyes... o
con los hijos de los reyes. No existe nada que no tenga un coste. Hay un precio
para todo poder, y no siempre se nos hace evidente. Prométeme que lo recordarás.
—Lo prometo, doctor
—respondió Simón; empezaba a sentir los efectos de tanto gritar y llorar pues
se encontraba algo mareado, como si hubiese corrido una carrera—. ¿Qué es eso?
—preguntó, al tiempo que se inclinaba para mirar el objeto dorado que colgaba
del cuello del sabio.
Morgenes lo sostuvo
en la palma de la mano, para que el apren¬diz pudiera echarle un vistazo.
—Es una pluma —dijo
sin más.
Mientras el sabio
devolvía el brillante objeto al interior de sus ropas, Simón vio que el final
del cañón de la pluma estaba unido a un rollo para escribir grabado de piedra
blanca perlada.
—No es una pluma
común —replicó inquisitivo—; es una pluma para escribir, ¿verdad?
—Sí, muy bien, se
trata de una pluma para escribir —gruñó Morgenes—. Ahora, si no tienes nada
mejor que hacer que interrogarme sobre mis objetos, será mejor que te vayas. ¡Y
no olvides tu promesa! ¡Recuérdalo!
Mientras se dirigía
a los aposentos de la servidumbre, a través del Jardín de los Setos, Simón se
preguntó acerca de los eventos de tan extraña mañana. El doctor había
descubierto lo de la carta, pero no lo castigó ni lo echó para no volver más.
También se había ne¬gado a enseñarle algo sobre la magia. ¿Y por qué su aserto
acerca de la pluma para escribir había irritado tanto al anciano?
Mientras pensaba en
todo ello y arrancaba, de manera incons¬ciente, los secos rosales sin podar,
Simón se enganchó el dedo con una espina escondida. Maldijo, y levantó la mano.
La brillante san¬gre era una gota roja en la yema del dedo, una perla escarlata.
Se llevó el dedo a la boca y le supo salado.
En la oscuridad más
densa de la noche antes del Día de Todos los Locos, un tremendo estruendo
retumbó a través de Hayholt. Hizo que los durmientes despertasen sobresaltados
en sus lechos y produjo un largo y simpático zumbido proveniente del campanario
de la Torre del Ángel Verde.
Algunos de los
sacerdotes más jóvenes, que con júbilo ignora¬ban sus rezos de medianoche en
aquella su única noche de libertad al año, fueron sacudidos en sus taburetes
mientras bebían vino e in¬sultaban al obispo Domitis; la conmoción por la
fuerza del estrépito fue tan grande que incluso los borrachos se sintieron
invadidos por una oleada de terror, como si en una parte profundamente
ente¬rrada de su ser hubieran sabido reconocer lo disgustado que Dios se
encontraba.
Pero cuando el
harapiento y súbitamente despierto grupo salió al patio para ver lo ocurrido,
con sus testas rapadas como pálidos champiñones a la sedosa luz de la luna, no
existió ni una sombra del cataclismo universal que habían esperado. A excepción
de algunos rostros pertenecientes a otros moradores del castillo que se habían
despertado de repente y miraban con curiosidad desde las ventanas, la noche era
apacible y clara.
Simón dormía en un
estrecho lecho, ubicado entre los tesoros que había coleccionado con tanto
esfuerzo; en su sueño se veía esca¬lando un pilar de hielo negro, y a cada paso
que daba hacia arriba le correspondía un resbalón que lo hacía volver a
descender. Llevaba un pergamino cogido entre los dientes, un mensaje de algún
tipo. En la cima del helado pilar se encontraba una puerta, en cuyo um¬bral se
acurrucaba una oscura presencia..., esperando el mensaje.
Cuando al final
alcanzó el umbral, apareció una mano que le arrebató el manuscrito, y se cerró
en un puño negro y vaporoso. Si¬món trató de retroceder, de apartarse, pero
otra oscura zarpa apare¬ció y lo agarró de la muñeca. Fue alzado hacia un par
de ojos que brillaban con una luz roja, como agujeros carmesíes en la barriga
de un infernal y oscuro harno...
Se despertó
boqueando en busca de aire y oyó las hoscas voces de las campanas, que gemían
incómodas mientras parecían regresar a su frío y triste sueño.
Sólo una persona en
el castillo parecía haber visto algo: Caleb, el mozo de cuadra, ayudante de
Shem, que se encontraba tan excitado que no había podido dormir durante la
noche. A la mañana si¬guiente iba a ser coronado Rey de los Locos y llevado en
hombros por los sacerdotes jóvenes en su marcha a través del castillo,
can¬tando canciones picaras y lanzando avena y pétalos de flores. Lo co¬gerían
y llevarían al refectorio, donde presidiría el banquete de to¬dos los Locos
desde su burlesco trono, construido con juncos de la ribera del Gleniwent.
Caleb había oído el
gran rugido, dijo a todos los que quisieron escucharle, pero también había oído
palabras, una potente voz que hablaba en una lengua que el chico del establo
sólo podía calificar como «mala». También creía haber visto salir una gran serpiente
de fuego desde la ventana de la Torre de Hjeldin, enroscarse alrededor de la
aguja de la torre y estallar en una lluvia de chispas.
Nadie hizo
demasiado caso de la historia de Caleb, pues por al¬guna razón el muchacho
retrasado había sido escogido Rey de los Locos. Además, el amanecer trajo algo
a Hayholt que eclipsó cual¬quier trueno nocturno, e incluso las expectativas
despertadas por el Día de los Locos.
La luz de la mañana
reveló una línea de nubes —nubes de lluvia— que se arremolinaban desde el
horizonte, al norte, como un rebaño de gordas y grises ovejas.
—¡Por la maza de
Dror, el terrorífico ojo de Udún y..., y..., y Jesuris nuestro Señor! ¡Hay que
hacer algo!
El duque Isgrimnur,
olvidando casi su te aedonita al dejarse llevar por la cólera, golpeó la Gran
Mesa con su fuerte y nudoso puño, con el vigor suficiente como para que la
vajilla saltase un palmo a causa del impacto. Su voluminoso cuerpo se agitaba
como un bajel sobrecargado en medio de una tormenta, mientras sus ojos iban de
un extremo a otro de la mesa; a continuación volvió a gol¬pearla con el puño.
Una copa se elevó levemente, para volver a ren¬dirse ante la gravedad.
—¡Debemos adoptar
medidas, sire! —rugió, y se pasó la mano por la barbilla, lleno de angustia—.
¡La Marca Helada se encuentra hun¬dida en la anarquía! ¡Mientras yo estoy aquí
con mis hombres, la ruta de la Marca helada se ha convertido en un camino de bandidos!
¡Y además, no he tenido noticias de Elvritshalla desde hace dos me¬ses o más!
—El duque expiró con tanta fuerza que su bigote pareció a punto de
desprenderse—. ¡Mi hijo necesita ayuda, y yo no puedo ha¬cer nada! ¿Dónde está
la tutela del Supremo Rey, mi señor?
Rojo como una
remolacha, el rimmerio volvió a dejarse caer en la silla. Elías levantó una
lánguida ceja y miró a los otros caballeros esparcidos por la circunferencia de
la mesa, superados en número por las sillas vacías que había entre ellos. Las
antorchas que pendían de los candelabros de la pared lanzaban alargadas sombras
sobre los tapices de las paredes.
—Bien, ahora que el
anciano pero honorable duque se ha presen¬tado a sí mismo, ¿quisiera alguien
más unirse a él? —Elías jugueteó con su propia jarra de oro, restregándola por
las rendijas de la mesa de roble—. ¿Hay alguien más que sienta que el Supremo Rey
de Osten Ard ha abandonado a sus súbditos?
A la derecha del
soberano, Guthwulf sonrió con satisfacción.
Isgrimnur,
resentido, hizo ademán de volverse a levantar, pero Eolair de Nad Mullach posó
una mano en el brazo del viejo duque.
—Sire —dijo
Eolair—, ni Isgrimnur ni nadie más que haya ha¬blado lo ha hecho para acusaros
de nada. —El hernystiro puso las palmas de las manos sobre la mesa—. A lo que
todos se refieren es a que pedimos..., suplicamos, mi señor, que dediquéis más
atención a los problemas de aquellos de vuestros súbditos que viven más allá de
vuestra mirada, aquí en Hayholt. —Pensando que sus palabras ha¬bían sido
demasiado duras, Eolair hizo aparecer una sonrisa en su rostro—. Los problemas
existen allí—continuó—. El bandolerismo se extiende por todo el norte y el
oeste. Los hombres hambrientos tie¬nen pocos escrúpulos, y la sequía que acaba
de terminar ha sacado a la superficie lo peor... de cada uno de nosotros.
Elías, sin decir
una palabra, continuó mirando a Eolair después de que el occidental hubiese
terminado de hablar. Isgrimnur no se sintió más aliviado al ver lo pálido que
estaba el rey. Recordó los tiempos en los que había cuidado al padre de Elías,
Juan, cuando éste se vio atacado por un brote de fiebre, en las Islas del Sur.
«Esa mirada tan
brillante —pensó—, esa nariz como las de las aves de presa... Es extraño
comprobar cómo esos detalles, esas breves ex¬presiones y recuerdos, pasan de
generación en generación, mucho después de que el hombre y sus palabras hayan
muerto.»
Isgrimnur pensó en
Miriamele, la melancólica hija de Elías. Se preguntó qué bagaje perteneciente a
su padre llevaría sobre sí y qué dispares imágenes arrastraría de su hermosa
madre, muerta ya hacía diez años; ¿o eran doce?
Al otro lado de la
mesa Elías movió la cabeza, despacio, como si ándase en sueños o tratando de
desprenderse de los efectos del vino. Isgrimnur vio que Pryrates, sentado a la
izquierda del rey, apartaba con rapidez su pálida mano de la manga del monarca.
Había algo repugnante en el sacerdote, pensó Isgrimnur, no por primera vez; era
algo más que su calvicie o su áspera voz.
—Bien, conde Eolair
—dijo el rey, con una esquiva sonrisa en los labios—, ya que hablamos de
«obligaciones» y demás, ¿qué tiene que decir vuestro pariente, el rey Lluth,
sobre el mensaje que le envié?
El soberano se echó
hacia adelante con aparente interés y las po¬derosas manos extendidas sobre la
mesa.
Eolair replicó con
tono mesurado, escogiendo con cuidado cada una de sus palabras.
—Como siempre,
señor, os envía sus respetos y su amor para la noble Erkynlandia. Sin embargo,
cree que no podrá enviaros nada más en forma de impuestos...
—¡Tributos! —rugió
Guthwulf, que se limpiaba las uñas con un delgado puñal.
—... Como
impuestos, al menos por ahora —acabó el conde, ha¬ciendo caso omiso de la
interrupción.
—¿Es eso cierto?
—preguntó Elías, y volvió a sonreír.
—En realidad, mi
señor —Eolair, de forma deliberada, no quiso tomar en cuenta la sonrisa—, me ha
enviado a pediros vuestra real ayuda. Sabéis los problemas que han causado la
sequía y la plaga. La guardia erkyna debe trabajar con nosotros para mantener abiertas
las rutas comerciales.
—Ah. ¿Deben
hacerlo? —preguntó el rey, cuyos ojos centelleaban, al tiempo que un leve
palpitar aparecía entre los músculos de su cuello—. Ahora se trata de que
«deben», ¿no es así? —Se echó hacia adelante, desprendiéndose de la mano de
Pryrates, que trataba de contenerlo—. ¿Y quién sois vos —rugió—, el primo
destetado de un rey pastor, ¡que sólo es rey a causa de la debilidad de mi
padre!, quién sois vos para decirme qué debo hacer?
—¡Mi señor! —gritó
el anciano Fluiren de Nabban, lleno de ho¬rror, golpeando la mesa con sus manos
moteadas a causa de la edad; unas manos antaño poderosas, pero ahora dobladas y
retorcidas como las garras de un halcón—. ¡Mi señor! —dijo, entre jadeos—, ¡vuestra
cólera es real, pero Hernystir ha sido un leal aliado bajo la Suprema Custodia
de vuestro padre, por no mencionar que su país fue la tierra en la que nació
vuestra santa madre, que en paz des¬canse su alma! ¡Por favor, sire, no habléis
así de Lluth!
Elías posó su
mirada esmeralda sobre Fluiren, y pareció que iba a volcar toda su ira contra
el otro héroe, pero la línea de la boca per¬maneció tan tensa como la cuerda de
un arco.
Incluso el aire que
reposaba encima de la mesa pareció tensarse ante los desagradables
acontecimientos que amenazaban sobre¬venir.
—Perdonad lo
imperdonable, conde Eolair —dijo Elías, al fin, con una extraña y estúpida
sonrisa en la comisura de sus anchos la¬bios—. Perdonad mis crueles y estúpidas
palabras. Hace menos de un mes que empezaron las lluvias, y antes de que
llegasen ha sido un año duro para todos nosotros.
El conde asintió, y
sus inteligentes ojos bailaron incómodos.
—Desde luego,
majestad. Os entiendo. Por favor, perdonadme por haberos provocado.
En el otro extremo
de la mesa oval, Fluiren juntó sus moteadas manos con un gesto de satisfacción.
Isgrimnur se
incorporó, poderoso como un oso marrón que es¬calase un témpano de hielo.
—Sire, también yo
quisiera hablar de forma comedida, pero to¬dos vosotros sabéis que eso va en
contra de mi naturaleza de gue¬rrero.
La divertida
sonrisa de Elías prevaleció en su rostro.
—Muy bien, tío Piel
de Oso, todos practicaremos la amabilidad en nuestras formas. ¿Qué es lo que
queréis de vuestro rey?
El duque de
Elvritshalla inspiró profundamente y se acarició la barba con dedos nerviosos.
—Mi gente y la de
Eolair estaban necesitadas de ayuda, señor. Por primera vez desde los comienzos
del reinado de Juan el Presbí¬tero, la ruta de la Marca Helada se ha vuelto
impracticable a causa de las tempestades en el norte y de los ladrones en el
sur. El Camino Real del Norte, más allá de Wealdhelm, no está en mejores
condi¬ciones. Necesitamos que esas rutas estén abiertas y mantenerlas así.
—Isgrimnur se volvió a un lado y escupió, lo que provocó las quejas de
Fluiren—. Muchas de las poblaciones de los clanes, de acuerdo con la última
carta de mi hijo Isorn, sufren la falta de alimentos. No podemos comerciar
nuestros productos y no podemos mantener el contacto con los clanes más
lejanos.
Guthwulf, que
escarbaba con el cuchillo en el borde de la mesa, bostezó de forma llamativa,
Heahferth y Godwig, dos jóvenes ba¬rones que vestían visibles ribetes verdes,
se sonrieron disimulada¬mente.
—Duque, seguramente
—Guthwulf habló de forma lenta y pe¬sada, mientras se apoyaba contra el brazo
de la silla como un gato descansando al sol— no nos echaréis la culpa de todo
eso. ¿Posee el rey, nuestro señor, poderes como Dios Todopoderoso para detener
las tormentas y las nieves con un movimiento de su mano?
—¡No he sugerido
tal cosa! —rugió Isgrimnur.
—¿Tal vez —dijo
Pryrates desde la cabecera de la mesa, con una inapropiada y ancha sonrisa—
también le echéis la culpa al rey de la desaparición de su hermano, como hemos
oído que se rumorea?
—¡Nunca! —El duque
se hallaba realmente sorprendido. Junto a él, Eolair entrecerró los ojos, como
si viese algo inesperado—. ¡Nunca! —repitió, mirando desesperado hacia Elías.
—Sé que Isgrimnur
nunca pensaría algo así —intervino el rey, mientras movía una mano con apatía—,
porque nos ha mecido a ambos, a mí y a Josua, en sus rodillas. Espero, claro,
que Josua no haya sufrido ninguna desgracia. El hecho de que no haya aparecido
en Naglimund después de todo este tiempo es preocupante; pero si ha ocurrido
alguna tragedia, no será mi conciencia la que necesite consuelo.
Pero mientras así
terminaba, durante un instante Elías pareció turbado, con la vista fija en la
nada, como si vagase a través de su confusa memoria.
—Dejadme volver
sobre la cuestión, señor —dijo Isgrimnur—. Las rutas del norte no son seguras y
el tiempo no es el único factor. Mis hombres han sido desplegados, pero
necesitamos refuerzos; hom¬bres fuertes que vuelvan a hacer de la Marca Helada
un lugar se¬guro. La tierra está llena de ladrones y bandoleros y..., y de
cosas peores, según dicen.
Pryrates se echó
hacia adelante, interesado, con la barbilla apo¬yada en sus largos dedos, como
un niño viendo llover a través de la ventana, con sus ojos hundidos atrapados
en el brillo de las an¬torchas.
—¿Qué «cosas
peores», noble Isgrimnur? —preguntó el sacerdote.
—Eso no importa. La
gente piensa... cosas, eso es todo. Ya sabéis cómo son los habitantes de la
Marca... —El rimmerio dejó de hablar y tomó un trago de vino.
Eolair se alzó.
—Si él no quiere
decir sus pensamientos en voz alta, los pensa¬mientos que se oyen en el mercado
y entre los sirvientes, yo lo haré. La gente del norte está asustada. Suceden
cosas que no pueden ser explicadas por un tiempo horroroso o por las malas cosechas.
En mi tierra no necesitamos llamar a las cosas ángeles o demonios. Noso-tros,
los de Hernystir, nosotros, los del oeste, sabemos que hay seres que caminan
sobre la tierra y que no son hombres..., y sabemos si hay que temerlos o no.
Nosotros, los hernystiros, conocimos a los sitha cuando todavía vivían en
nuestros campos, cuando las altas montañas y anchas praderas de Erkynlandia
eran suyas.
Las antorchas
parpadeaban, y la alta frente y mejillas de Eolair parecían brillar con un
débil resplandor escarlata.
—No hemos olvidado
—añadió, con calma. Su voz incluso llamó la atención al medio dormido Godwig,
que levantó su borracha cabeza como un perro que oyese una lejana llamada—.
Nosotros, los hernysti¬ros, recordamos los días de los gigantes y los días de
la maldición del norte, los Zorros Blancos; así que hablemos claro: el mal está
presente en este invierno y en esta primavera de mal augurio. No son sólo los
bandidos los que hacen presa en los viajeros y los que causan la desa¬parición
de aislados granjeros. La gente del norte está asustada...
—«¡Nosotros, los
hernystiros!» —La voz burlona de Pryrates se oyó a través del silencio,
apartando el embrujo de lo desconocido—. «¡Nosotros, los hernystiros!» ¡Nuestro
noble y pagano amigo quiere hablar con claridad! —El sacerdote trazó un
exagerado signo del Árbol sobre el pecho de sus rojas vestiduras. La expresión
de Elías dejó entrever su buen humor—. ¡Muy bien! —continuó—. —¡El nos ha
regalado con la cantidad más grande de misterios de charlatanes que nunca había
oído! ¡Gigantes y elfos! —Pryrates dio un golpe con la mano, y la manga de su
vestido revoloteó por encima de la vaji¬lla—. ¡Como si su majestad el rey no
tuviera suficiente con que preo-cuparse: su hermano ha desaparecido, sus
súbditos están hambrien¬tos y asustados! ¡Como si el gran corazón del monarca
no estuviera a punto de romperse! ¡Y tú, Eolair, nos traes paganas historias de
fan¬tasmas propias de viejas viudas!
—¡Sí, será un
pagano —alzó la voz Isgrimnur—, pero en él hay más buena voluntad aedonita que
en el montón de cachorros soñolien¬tos que he visto repantigarse por esta
corte...!
El barón Heahferth
ladró, provocando una carcajada de borra¬cho por parte de Godwig.
—¡... Repantigados
mientras la gente tiene que vivir de magras esperanzas y menos cosechas! —acabó
el duque.
—Ya está bien,
Isgrimnur —dijo Eolair, con tono de hastío.
—¡Señores! —exclamó
Fluiren, agitado.
—¡No quiero ver
cómo sois insultado cuando habláis con hones¬tidad! —dijo Isgrimnur,
dirigiéndose al conde. El duque levantó el puño para volver a golpear la mesa,
pero pareció pensarlo mejor y lo llevó a su pecho, donde cogió el Árbol de
madera que pendía del cuello—. Perdonad mis exabruptos, mi rey, pero Eolair
dice la ver¬dad. Tengan o no consistencia sus miedos, el caso es que la gente
los tiene.
—¿Y qué es lo que
temen, querido y viejo tío Piel de Oso? —pre¬guntó el rey mientras alargaba la
copa a Guthwulf para que se la lle¬nase.
—Temen la oscuridad
—respondió el anciano, lleno de digni¬dad—. Temen el oscuro invierno, y temen
que el mundo se haga to¬davía más oscuro.
Eolair puso boca
abajo sobre la mesa su copa vacía.
—En el mercado de
Erchester, unos cuantos mercaderes que han podido llegar hasta el sur llenan
los oídos de la gente con noticias de una extraña aparición. He escuchado la
misma historia tantas veces que no dudo de que nadie en el pueblo se haya
quedado sin oírla. —Eolair hizo una pausa y miró al rimmerio, que volvía a
asentir, con gravedad, mientras se acariciaba la barba grisácea.
—¿Y bien? —preguntó
Elías, con impaciencia.
—Durante la noche,
en las extensiones de la Marca Helada, una cosa muy extraña ha sido vista; un
carruaje, un carruaje negro, ti¬rado por caballos blancos...
—¡Qué cosa tan
rara! —rezongó Guthwulf; Pryrates y Elías cruza¬ron sus miradas durante un
instante. El rey enarcó una ceja mien¬tras volvía a mirar al occidental.
—Seguid.
—Los que lo han
visto dicen que apareció pocos días después de la festividad de Todos los
Locos. Cuentan que el carruaje lleva un ataúd, y que monjes con hábitos negros
caminan tras él.
—¿Y a qué espíritus
de naturaleza pagana atribuyen los campesinos dicha visión? —preguntó el
monarca y se inclinó poco a poco en la silla, hasta que se quedó mirando el
puente de la nariz del hernystiro.
—Dicen, mi rey, que
se trata del carruaje de la muerte de vuestro padre..., os pido perdón,
sire..., y que mientras sufra la tierra, él no descansará tranquilo en su
túmulo.
Tras un intervalo
habló el rey; su voz tan sólo se elevó un poco por encima del crepitar de las
antorchas.
—Bien, entonces
—dijo—, tendremos que asegurarnos de que mi padre consiga su bien merecido
descanso, ¿no es así?
«Míralos —pensó el
viejo Towser mientras estiraba su pierna do¬blada y su cansado cuerpo por el
pasillo de la sala del trono—. Míra¬los, todos repantigados y sonriendo
satisfechos; más parecen jefes paganos de las Thrithings que caballeros
aedonitas de Erkynlandia.»
Los cortesanos de
Elías gritaban y chillaban mientras el bufón cojeaba, moviendo las cabezas
hacia él como si se tratase de un mono de Naraxi atado a una cadena. Incluso el
rey y su heraldo, el conde Guthwulf, cuya silla se encontraba próxima al trono,
contri¬buían a las crueles chanzas; Elías estaba sentado con una pierna so¬bre
el Trono del Dragón, como un muchacho de granja sobre una cerca. Sólo la joven
hija del monarca, Miriamele, se sentaba erguida y callada, con su hermoso
rostro lleno de solemnidad y los hombros echados hacia atrás como si esperase
recibir una bofetada. Su cabe¬llo, del color de la miel —que no había heredado
ni de su padre mo¬reno, ni del pelo negro como ala de cuervo de su madre—, le
caía a cada lado del rostro, como si de cortinas se tratase.
«Parece como si
tratara de esconderse tras el cabello —pensó Towser—. Qué vergüenza, Dicen que
la pecosa es testaruda, pero todo lo que veo en sus ojos es miedo. Se merece
algo mejor, sospe¬cho, que los lobos jactanciosos que llegan a nuestro castillo
en estos días; pero dicen que su padre ya la ha prometido a ese maldito
bo¬rracho baboso de Fengbald.»
No avanzó más
deprisa; su camino hacia el trono se vio dificul¬tado por las manos que se
extendían para tocarlo. Se decía que tocar la cabeza de un enano daba buena
suerte. Towser no era un enano, pero era viejo, muy viejo, y caminaba
encorvado, lo que hacía que los cortesanos se divirtiesen tratándolo como si lo
fuera.
Al fin llegó junto
al trono de Elías. Los ojos del rey estaban enro¬jecidos a causa del exceso de
bebida o de dormir poco, o ambas cosas.
El soberano puso
sus verdes ojos sobre el hombrecito.
—Mi querido Towser
—dijo—, nos complaces con tu compañía.
El bufón se dio
cuenta de que los botones de la blanca blusa del rey aparecían sin abrochar, y
que era visible una mancha de salsa en los hermosos guantes de ante que
colgaban de su cinturón.
—Sí, sire, he
venido.
Towser trató de
hacer una reverencia, cosa harto difícil con una pierna rígida como la suya; un
borbotar de risas recorrió las filas de damas y caballeros.
—Antes de que nos
entretengas, viejo bufón —habló Elías, ba¬jando la pierna del brazo del trono y
enfocando al anciano con su mirada más sincera—, ¿podría, tal vez, pedirte un
favor? Se trata de algo que me he estado preguntando desde hace tiempo.
—Desde luego, mi
señor.
—Entonces, dime,
querido Towser, ¿qué ocurrió para que te pu¬sieran el nombre de un perro?.
Elías enarcó las
cejas con gesto burlón; primero miró a Guthwulf, que sonreía, y luego a
Mínamele, que miraba hacia otra parte. El resto de los cortesanos rió y
murmuró, cubriendo sus bocas con las manos.
—No me pusieron el
nombre de un perro, sire —respondió Tow¬ser, con calma—. Yo lo escogí.
—¿Qué? —dijo Elías,
volviéndose de nuevo hacia el anciano—. Creo que no he oído bien lo que has
dicho.
—Yo me di a mí
mismo un nombre de perro, sire. Vuestro noble padre lo usaba para tomarme el
pelo a causa de mi lealtad, ya que siempre lo acompañé, siempre estuve a su
lado. Como broma, llamó a uno de sus canes Cruinh, que era mi verdadero nombre
—el anciano se volvió poco a poco, como para actuar ante la multitud—, así que
me dije: «Si el perro lleva mi nombre por voluntad de Juan, entonces yo tomaré
el nombre del perro». Desde entonces no he res¬pondido a otro nombre que no sea
Towser, y nunca lo haré. —El bufón se permitió una ligera sonrisa—. Es posible
que vuestro reve¬renciado padre se haya arrepentido de su broma en alguna
ocasión.
Elías no pareció
muy conforme con la respuesta, pero rió abier¬tamente y se palmeó las rodillas.
—Qué enano tan
gracioso, ¿no es cierto? —dijo, mientras miraba a su alrededor.
Los allí
congregados trataron de acomodarse al humor del rey y rieron educadamente;
todos menos Miriamele, que miró hacia Towser desde su silla de alto respaldo
con una expresión en su rostro cuyo significado el bufón no pudo descifrar.
—Bueno —prosiguió
Elías—, si yo no fuese el buen rey que soy, si fuese, por así decirlo, un rey
pagano como el rey Lluth de Hernystir, tu minúscula cabeza hubiera rodado por
hablar de mi padre como lo has hecho. Pero, claro, yo no soy esa clase de
monarca.
—Desde luego que
no, sire —dijo Towser.
—¿Has venido para
cantar con nosotros, para dar volteretas..., espero que no, ya que pareces
demasiado frágil para tales ejerci¬cios..., o para qué? Vamos dilo. —Elías se
dejó caer hacia atrás en su trono y dio unas palmadas para que le sirviesen más
vino.
—Para cantar,
majestad—replicó el bufón.
Towser cogió el
laúd que colgaba a su espalda y comenzó a ensa¬yar los arpegios, haciendo que
sonasen unas notas. Cuando un joven paje se acercó para volver a llenar la copa
del rey, el anciano elevó la mirada hacia el techo, donde los gallardetes de
los caballeros y de los nobles de Osten Ard colgaban ante las ventanas
superiores, ahora ba¬rridas por la lluvia. El polvo había desaparecido y las
telarañas habían sido dispersadas, pero a los ojos de Towser los vivos colores
de los banderines le parecieron falsos, demasiado brillantes, como si hubie¬sen
sido vueltos a pintar esperando imitar los viejos tiempos, aunque haciendo
desaparecer lo que quedaba de auténtica belleza en ellos.
Cuando el nervioso
paje acabó de llenar los jarros de Guthwulf, Fengbald y los demás, Elías movió
la mano hacia Towser.
—Mi señor —asintió
el bufón—, cantaré sobre otro buen rey; sin embargo, éste fue un monarca
desafortunado y triste.
—No me gustan las
canciones tristes —dijo Fengbald que, como siempre, estaba bebido. Junto a él,
Guthwulf aparecía con una son¬risa satisfecha.
—Silencio. —El
Heraldo del Rey le dio un codazo a su compa¬ñero—. Si cuando haya acabado no
nos ha gustado la canción, entonces podremos hacer saltar al enano.
Towser se aclaró la
garganta y empezó a rasguear su instrumen¬to, para, a continuación, cantar con
su fina y dulce voz:
El viejo rey
Junípero,
muy viejo era;
su barba blanca
colgaba
desde la barbilla
hasta la rodilla.
El noble y viejo
rey Junípero,
sentado en su
trono,
llamó: Traedme a
mis hijos,
porque pronto
partiré.
Le trajeron a sus
principescos hijos,
que llegaron con
perros y halcones.
El más joven era el
príncipe Acebo;
el mayor, el
príncipe Cicuta.
Hemos oído que nos
llamabas, sire,
y hemos dejado la
cacería.
Así habló Cicuta:
¿Por qué
nos ordenasteis
venir?
Pronto moriré,
principescos hijos
—dijo el anciano
rey.
y quisiera ver paz
entre vosotros,
cuando al fin
muerto esté...
—Creo que no me
gusta cómo suena esa canción —gruñó Guthwulf—. Parece una burla.
Elías le ordenó
callar; sus ojos brillaban cuando le indicó a Towser que podía proseguir.
Pero, querido
padre, ¿por qué teméis?
El príncipe Cicuta
tiene todo el derecho
—dijo Acebo—, Yo no
podría ir contra él
y ser un caballero
temeroso de Dios.
Con el pensamiento
tranquilo el rey ordenó
salir a sus hijos,
y agradeció al
misericordioso Aedón
el que fuesen
hombres tan buenos.
Pero en lo más
profundo del corazón de Cicuta,
que era el
heredero,
las amables
palabras de Acebo
encendieron un
fuego de infamia.
Quien habla con
palabras tan dulces
debe de esconder
malvadas intenciones
—pensó Cicuta—.
Debo pensar en alguna
estratagema contra
mi taimado hermano.
Temiéndole al
gentil corazón
que latía en el
pecho de Acebo,
cogió una dosis de
veneno
del forro de sus
ropajes.
Y, cuando los
hermanos se sentaron a comer,
lo vertió en una
copa
y el confiado
príncipe Acebo se lo bebió...
—¡Basta! ¡Esto es
traición! —rugió Guthwulf, mientras se incor¬poraba, tirando la silla hacia
atrás entre los sorprendidos cortesanos; su larga espada silbó al ser
desenvainada. Si Fengbald no se hubiera levantado, medio atontado por la
bebida, y no se hubiese colgado de su brazo, Guthwulf le habría dado una
estocada al amedrentado Towser.
Elías también se
incorporó con rapidez.
—¡Envainad esa
espada, idiota! —gritó—. ¡Nadie desenvaina una espada en la sala del trono del
rey!
El monarca dejó de
dirigirse al furioso conde de Utanyeat para mirar al bufón. El anciano, que de
alguna forma se había recobrado del alarmante espectáculo ofrecido por el
colérico Guthwulf, lu¬chaba por recobrar la dignidad.
—No creas, criatura
enana, que tu canción nos ha complacido —rezongó el rey—, o que tus largos años
al servicio de mi padre te ha¬cen intocable; pero tampoco pienses que
provocarás escozor en la piel real con esos aburridos dardos. ¡Desaparece de mi
vista!
—Confieso, sire,
que esta canción ha sido compuesta reciente¬mente —dijo el bufón, a la vez que
empezaba a temblar. Su gorro multicolor aparecía ladeado—, pero no era...
—¡Vete de
aquí!—espetó Elías, con la tez pálida y ojos de bestia.
Towser salió
cojeando de la sala del trono, temblando al ver la salvaje mirada del rey y el
desesperanzado rostro de su hija, la prin¬cesa Miriamele.
11
Un huésped
inesperado
Mediada la tarde
del último día de avrel, Simón se encon¬traba en el oscuro henil del establo,
sumergido en un mar de paja amarilla, con sólo la cabeza por encima de las
olas. El henil relucía a causa de la luz que penetraba por la ancha ventana;
Simón escuchaba su propia respiración.
Había bajado desde
la sombría galería de la capilla, donde los monjes cantaban sus salmos de
mediodía. Los limpios tonos de las solemnes plegarias lo habían emocionado de
la misma forma en que a menudo lo hacía la capilla y las estampas que se veían
en sus viejos tapices. Cada una de las notas era cuidadosamente producida, como
un artesano de la madera poniendo delicados barcos de ju¬guete en un torrente.
Las voces cantoras envolvían su secreto cora¬zón en una dulce y fría red de
plata; la tierna resignación de sus voces todavía lo embargaba. Era una extraña
sensación; por un mo¬mento se había sentido muy frágil, como un pajarillo en
las manos de Dios.
Había bajado las
escaleras de la galería a todo correr; se había sentido indigno de tanta
delicadeza y atención. Él era demasiado tosco, demasiado tonto. Le daba la
impresión de que con sus cuar¬teadas manos de pinche podía malograr la hermosa
música, como un niño podía lastimar, sin quererlo, a una mariposa.
Ahora, en el henil,
el corazón se le empezó a calmar. Se enterró en la húmeda paja y con los ojos
cerrados escuchó el tranquilo pacer de los caballos en el establo de abajo.
Pensó que casi podía sentir el imperceptible contacto de las motas de polvo que
le caían sobre el rostro, en la soñolienta oscuridad.
Debía de haberse
quedado dormido —no estaba seguro—, pero lo siguiente que notó fue el súbito y
claro sonido de voces por debajo de él. Rodó sobre sí mismo y se arrastró por
la cosquilleante paja hasta el borde del henil, para poder ver lo que ocurría
abajo, en el establo.
Eran tres: Shem
Horsegroom, Rubén el Oso y un hombrecillo. Simón pensó que debía de ser Towser,
el viejo bufón, aunque no po¬día estar seguro, ya que éste no vestía un traje
de colores y llevaba un gorro que le cubría la mayor parte del rostro. Habían
entrado a tra¬vés de la puerta del establo como un trío de cómicos locos; Rubén
el Oso llevaba colgada de su puño una jarra tan grande como la pierna de un
cabrito. Los tres estaban borrachos como pájaros en un cerezo, y Towser —si es
que de él se trataba— cantaba una vieja tonada:
Jack lleva a una
doncella
a lo alto de la
alegre colina.
Va entonando una
canción,
con el sol en lo
alto.
Rubén le pasó la
jarra al hombrecillo. El peso de ésta lo desequi¬libró en mitad de la canción;
se balanceó hacia adelante para luego hacerlo hacia atrás. Se le cayó el
sombrero. Era Towser; mientras ro¬daba sin parar, Simón pudo ver su arrugado y
fruncido rostro, que empezaba a poner una expresión como la de un bebé a punto
de llo¬rar. En vez de eso, empezó a reír sin parar y se apoyó contra la pared
con la jarra entre las rodillas. Sus dos compañeros se echaron hacia adelante
para unírsele. Todos se sentaron en fila, como urracas en una cerca.
Simón se preguntaba
si debía dejarse ver; no conocía demasiado bien a Towser, pero siempre se había
mostrado amistoso con Shem y con Rubén. Tras considerarlo durante un momento,
se decidió a no hacerlo. Era más divertido observarlos sin que lo supieran; ¡tal
vez pudiera gastarles una broma! Se sintió cómodo, en secreto y si-lencioso en
lo alto del pajar.
—Por san Muirfath y
el Arcángel —dijo Towser con un suspiro después de que hubieran pasado unos
momentos—. ¡Siento una gran necesidad de esto! —añadió; pasó el dedo índice por
el borde de la jarra y después se lo llevó a la boca.
Shem Horsegroom se
le acercó por encima del amplio estómago del herrero y cogió la jarra para dar
un trago; luego se secó los labios con el dorso de la mano.
—¿Adonde irás?
—preguntó al bufón.
Towser dejó escapar
un suspiro. La vida pareció desaparecer de la pequeña reunión de borrachos;
todos miraron al suelo con tristeza.
—Tengo algunos
parientes, parientes lejanos, en Grenefod, en el delta del río. Tal vez vaya
allí, aunque dudo de que se sientan muy felices al tener otra boca que
alimentar. Tal vez vaya al norte, a Naglimund.
—Pero si Josua se
ha ido —dijo Rubén, y eructó.
—Sí, se ha ido
lejos —añadió Shem.
Towser cerró los
ojos y descansó la cabeza contra la áspera ma¬dera de la puerta del corral.
—Pero la gente de
Josua todavía está en Naglimund, y deberían sentir simpatía por alguien que ha
sido expulsado de su hogar por los patanes de Elías; ahora incluso más
simpatía, ya que la gente dice que el rey ha asesinado al pobre Josua.
—Pero otros dicen
que el príncipe se había convertido en un trai¬dor—dijo a su vez Shem, y se
trotó la barbilla con aire soñoliento.
—¡Bah! —espetó el
pequeño bufón.
En el pajar,
arriba, también Simón sintió la calidez de la tarde de primavera, y el sueño
que se infiltraba en él. Todo ello confería a la conversación que se
desarrollaba abajo un aire de poca importancia, distante; asesinato y traición
parecían los nombres de lugares lejanos.
Durante la larga
pausa que siguió, el muchacho sintió que se le cerraban los párpados de forma
inexorable...
—Tal vez no haya
sido una acción demasiado inteligente, her¬mano Towser... —ahora hablaba Shem,
con tono desvaído—, ... aco¬sar al rey, quiero decir. ¿Qué necesidad tenías de
cantar una canción tan irritante?
—¡Ja! —Towser se
rascó la nariz—. Mis antepasados occidentales era verdaderos bardos, no
renqueantes saltimbanquis como yo. ¡Ellos le hubieran cantado una canción que
le habría erizado las ore¬jas! ¡Dicen que el poeta Eoin-ec-Cluias compuso una
vez una can¬ción llena de rabia tan poderosa que todas las doradas abejas del
Grianspog descendieron sobre el caudillo Gormhbata y lo picaron hasta
matarlo... ¡Esa sí que fue una canción! —El viejo bufón volvió a apoyar la
cabeza sobre la pared del establo—. ¿El rey? ¡Por los dientes de Dios, ni
siquiera puedo aguantar el llamarle así! Yo estuve con su santo padre; ¡aquél
era un rey al que podíais llamar rey! Este otro no es mucho mejor que un
bandido... No es ni la mitad de hombre que... su padre Juan...
La voz del anciano
vacilaba ante el sueño, la cabeza de Shem descendió poco a poco sobre su pecho.
Los ojos de Rubén permane¬cían abiertos, pero era como si mirase a los espacios
vacíos que ha¬bía entre las vigas del techo. Towser, junto a él, volvió a agitarse.
—¿Os he contado?
—dijo el viejo de repente—, ¿os he contado lo de la espada del rey? ¿La espada
del rey Juan..., Clavo Brillante? Él me la dio a mí, ¿sabéis?, y dijo: «Towser,
sólo tú puedes dársela a mi hijo Elías. Sólo tú...». —Una lágrima cayó por la arrugada
mejilla del bufón—. «Lleva a mi hijo a la sala del trono y dale Clavo
Brillante», me dijo. ¡Y lo hice! ¡Se la entregué la misma noche en que murió su
querido padre...! La puse en sus manos de la forma en que él me dijo..., y la
dejó caer. ¡La dejó caer! —La voz de Towser se elevó llena de rabia—. ¡La
espada que su padre llevó en más batallas que pulgas tiene un perro vagabundo!
¡Apenas puedo creer en una torpeza así, tan... irrespetuosa! ¿Me oyes, Shem?
¿Rubén?
Junto a él se oyó
roncar al herrero.
—Me quedé
horrorizado, claro. La recogí y se le volví a dar; esa vez la cogió con ambas
manos. «Se me ha resbalado», dijo, como un idiota. Ahora que la volvía a
empuñar, una extraña mirada se adueñó de su rostro, como..., como... —El bufón
se detuvo.
Simón temió que se
hubiese quedado dormido, pero, por lo visto, el hombrecillo se limitaba a
pensar, tal y como lo hacen los borrachos.
—La mirada en su
rostro —volvió a empezar— era como la de un chiquillo al que sorprenden
haciendo algo muy, muy malo, ¡exacta¬mente! ¡Eso es! ¡Se puso pálido, y se le
aflojó la boca; después me la volvió a alargar! «Entierra esto con mi padre
—dijo—. Es su espada; debe estar con él.» «¡Pero él quiso que os la diera a
vos, mi señor!», repliqué... Pero ¿me escuchaba? ¿Eh, lo hacía? No. «Esta es
una nueva era, anciano —me dijo—. No necesitamos cargar con estas reli¬quias
del pasado.» ¿Podéis imaginaros la clase de agallas que posee un hombre así?
Towser tanteó a su
alrededor con las manos hasta que encon¬tró la jarra, que levantó para echarse
un largo trago. Ahora, sus dos compañeros habían cerrado los ojos y respiraban
pesadamente, pero el anciano no reparó en ello, perdido en sus indignados re¬cuerdos.
—Y luego, ni
siquiera tuvo la cortesía hacia su viejo padre de... depositarla él mismo en la
tumba. ¡Ni siquiera..., ni siquiera de to¬carla! ¡Hizo que fuese su hermano
pequeño! Hizo que Josua... —La calva cabeza de Towser asintió—. Habríais dicho
que le quemaba las manos..., si hubierais visto cómo me la devolvió..., tan
deprisa..., maldito cachorro... —La cabeza se balanceó una vez más y se hundió
en el pecho, para no volver a elevarse.
Cuando Simón bajó,
sin hacer ruido, por la escalera del pajar, los tres hombres roncaban como
perros viejos ante una chimenea. Pasó junto a ellos de puntillas, aunque se
detuvo para evitar que vol¬caran la jarra en medio del sueño, y salió a la
oblicua luz del sol que caía sobre el patio de los comunes.
«Cuántas cosas
extrañas han sucedido este año», pensó mientras se sentaba a tirar piedras en
el pozo situado en el centro del patio de los comunes. «Sequía y enfermedad, el
príncipe desaparecido, la gente quemada y asesinada en Falshire...» Pero nada
de ello le pare¬cía demasiado grave.
«Todo les ocurre a
los demás —decidió Simón, entre contento y pesaroso—. Todo les ocurre a los
extraños.»
Estaba hecha un
ovillo en el quicio de la ventana, mirando hacia abajo y a través de las
deliciosas hojas de vidrio grabadas al agua¬fuerte. No levantó la mirada cuando
él entró, aunque el roce de las botas sobre las losas lo anunció de forma
clara; él se quedó durante un instante en el umbral, con los brazos cruzados
sobre el pecho, pero la joven tampoco se volvió. Él continuó hacia adelante y
se de¬tuvo, mirando por encima del hombro de ella.
No había nada que
ver en el patio de los comunes excepto un chico de las cocinas que estaba
sentado en el borde de la cisterna de piedra; un joven de piernas largas,
greñudo y con una sucia camisa. Aparte de eso, el patio se encontraba vacío del
todo, excepto de ove¬jas, sucios montones de lana que buscaban el suelo más
oscuro en busca de restos de hierba fresca.
—¿Qué ocurre?
—preguntó él, posando una ancha mano en el hombro de la joven—. ¿Tanto me odias
que te has ido sin decirme una sola palabra?
Ella movió la
cabeza, atrapando un rayo de sol en su cabello. Su mano cogió la de él con
fríos dedos.
—No —respondió,
mirando todavía al desierto patio de abajo—. Pero odio las cosas que veo a mi
alrededor.
Él se inclinó hacia
adelante, pero la muchacha liberó su mano y la colocó sobre el rostro, como
para resguardarse del sol del atar¬decer.
—¿Qué cosas?
—preguntó él, con un ligero tono de exasperación en su voz—. ¿Preferiríais
estar en Meremund y vivir en esa especie de prisión que mi padre me dio, con el
olor a pescado envenenando el aire, incluso de las más altas balconadas? —Le
cogió la barbilla y la giró, con firme dulzura, hasta que pudo ver los ojos
húmedos y ra-biosos de la muchacha.
—¡Sí! —respondió
ella, y le apartó la mano, aunque ahora man¬tuvo la mirada—. Sí, lo preferiría.
Allí también puedes oler el viento y ver el océano.
—¡Oh, Dios,
muchacha! ¿El océano? ¿Eres la dueña del mundo conocido y todavía lloras porque
no puedes ver la condenada agua? ¡Mira! ¡Mira allí! —señaló más allá de las
murallas de Hayholt—. ¿En¬tonces, qué es el Kynslagh?
La joven lo miró
con resentimiento.
—Es una bahía, una
bahía real, que pacientemente espera a que el rey embarque o nade en ella.
Ningún rey posee el mar.
—Ah. —Elías se dejó
caer en un cojín, con las largas piernas ex¬tendidas una a cada lado—. Y el
pensamiento que se esconde detrás de todo ello supongo que será que eres
prisionera también aquí, ¿eh? ¡Vaya una tontería! Ya sé por qué estás enfadada.
La muchacha apartó
del todo la vista de la ventana y le dirigió una intensa mirada.
—¿De verdad?
—preguntó, y bajo el desdén flotó una leve espe¬ranza—. Entonces, decidme por
qué, padre.
Elías rió.
—Porque estás a
punto de casarte. ¡No es ninguna sorpresa! —El rey se acercó más a su hija—.
Ay, Miri, no tienes nada que temer. Fengbald es un jactancioso, pero es joven y
un poco alocado. Con una paciente mano de mujer que se encargue de ello
aprenderá a comportarse muy pronto. Y si no lo hace..., bueno, se comportaría
como un auténtico loco si maltratase a la hija del rey.
El rostro de
Miriamele se endureció y su mirada se llenó de re¬signación.
—No lo has
entendido. —El tono de su voz era plano, como el de un recaudador de
impuestos—. Fengbald me interesa tanto como una piedra o como un zapato. Es a
ti a quien preocupa, y eres tú el que tiene algo que temer. ¿Por qué haces gala
de tanta ostentación delante de ellos? ¿Por qué te burlas y amenazas a un
anciano?
—¿Burlas y
amenazas? —Durante un instante el amplio rostro de Elías se contrajo en una fea
mueca—. Ese viejo hijo de puta canta una canción que poco menos me acusa de
haber matado a mi her¬mano, ¿y dices que me burlo de él? —De repente, el rey se
puso en pió y dio tal patada al cojín que éste salió rodando por el suelo de la
estancia—. ¿Qué es lo que tengo que temer? —preguntó, de súbito.
—Si tú no lo sabes,
padre, tú, que pasas tanto tiempo junto a esa serpiente roja de Pryrates y sus
maldades, si no puedes darte cuenta de lo que ocurre...
—En el nombre de
Aedón, ¿de qué me hablas? —inquirió el rey—. ¿Qué sabes tú? —Se golpeó el muslo
con la palma de la mano, pro¬duciendo un chasquido—. ¡Nada! Pryrates es mi fiel
servidor; él hará por mí lo que nadie más puede hacer.
—¡Pryrates es un
monstruo y un nigromante! —gritó la princesa—. ¡Y tú te has convertido en su
instrumento, padre! ¿Qué te pasa? ¡Has cambiado!
Miriamele, con un
sollozo lleno de angustia, trató de esconder el rostro en su largo velo azul;
después se incorporó para, mediante pasos dados en sus zapatillas de
terciopelo, encaminarse a su dormi¬torio. Un momento después había cerrado la
pesada puerta tras ella.
—¡Maldita
chiquilla! —exclamó Elías—. ¡Muchacha! —gritó, mien¬tras se abalanzaba contra
la puerta—. ¡Tú no puedes entenderlo! No sabes nada respecto a lo que el rey
está llamado a realizar. Y no tie¬nes ningún derecho a ser desobediente. ¡No
tengo ningún hijo! ¡No tengo ningún heredero! Hay hombres ambiciosos a mi
alrededor, y necesito a Fengbald. ¡No me estorbarás en mis designios!
El rey permaneció
junto a la puerta durante un buen rato, pero del interior no surgió ninguna
respuesta, y golpeó con la palma de la mano contra la superficie de madera. La
hoja tembló.
—¡Miriamele! ¡Abre
la puerta!
Elías obtuvo
silencio como respuesta.
—Hija —dijo al fin,
y apoyó la cabeza contra la madera—, sólo quiero que me des un nieto, yo te
daré Meremund. Procuraré que Fengbald no impida tu marcha, y podrás pasar el
resto de tu vida mirando el océano. —El rey levantó la mano y se enjugó el
sudor de su rostro—. Yo no quiero mirar el océano... porque me hace pensar en
tu madre.
Volvió a golpear la
puerta una vez más. Se escuchó el eco, que luego se apagó.
—Te quiero, Miri...
—dijo el monarca, con voz muy dulce.
La torreta de la
esquina del muro occidental acababa de atrapar el primer bocado del sol del
atardecer. Otro guijarro cayó cisterna abajo, siguiendo a cientos de compañeros
camino del olvido.
«Tengo hambre. No
sería mala idea —pensó Simón— dirigirse hacia la despensa y pedir algo que
comer a Judit.» La cena no sería servida hasta dentro de más de una hora, y el
muchacho se encon¬traba a disgusto, pues no había probado un bocado desde muy
tem¬prano, por la mañana. El único problema era que Raquel y su equipo
limpiaban el largo pasillo del refectorio y las cámaras que había junto al
comedor, en la última batalla de la exhaustiva cam¬paña de primavera de Raquel.
Lo mejor sería, sin duda, tratar de evitar al Dragón y cualquier comentario que
tuviese a bien realizar acerca de lo que pudiera parecerle el que fuese a pedir
comida antes de la hora de la cena.
Tras un momento de
consideración, durante el cual todavía tuvo tiempo de lanzar tres piedras más
pozo abajo, Simón decidió que sería mejor pasar bajo el Dragón que por su
alrededor. La sala del refectorio ocupaba la misma extensión que el piso
superior a lo largo del dique de contención del bastión central del castillo;
le lle¬varía bastante tiempo dar toda la vuelta alrededor de la Cancillería
para llegar a las cocinas, que se encontraban en el extremo opuesto. No, la
única ruta posible era a través de los trasteros.
Probó suerte y se
lanzó con rápida zancada desde el patio de los comunes a través del pórtico
occidental del refectorio, para colarse por él sin ser observado. Una vaharada
de agua con jabón y el dis¬tante chapoteo de las fregonas le hicieron aminorar
el paso mientras se introducía por el oscuro piso inferior, en donde se
hallaban las habitaciones y trasteros que ocupaban la superficie de los
comedo¬res, aunque por debajo.
Como aquel piso se
encontraba a unas cuantas brazas por de¬bajo de los cimientos del muro del
bastión interior, sólo un ligerísimo espectro de luz se abría camino a través
de las ventanas. La profunda oscuridad le dio confianza a Simón. A causa de los
com¬bustibles que allí se encontraban almacenados, casi nunca se lleva¬ban
antorchas, así que existían pocas oportunidades de que fuese descubierto.
En la gran cámara
central se apilaban grandes cantidades de ba¬rriles y toneles que llegaban
hasta el techo, formando un tenebroso paisaje de torres redondeadas y estrechos
pasillos. En esos barriles podía estar almacenada cualquier cosa: vegetales
secos, quesos, ro¬llos de tejido de muchos años de antigüedad, incluso
armaduras en aceite, como si fuesen brillantes pescados en salazón. La
tentación de abrir algunos para ver los tesoros que contenían tomó forma en el
interior de Simón, pero éste no llevaba consigo ninguna palanca con la que
abrir los pesados y claveteados barriles; tampoco quería hacer demasiado ruido
con el Dragón y sus huestes limpiando y pu-liendo como condenados justo por
encima.
En el centro de la
larga y ensombrecida habitación, mientras ca¬minaba por entre las pilas de
barriles que parecían contrafuertes de una catedral, Simón casi se cae en un
agujero oculto en la oscuridad.
Retrocedió con el
corazón latiendo a ritmo desenfrenado, y pronto se dio cuenta de que más que un
agujero se trataba de una escotilla, que se abría en el suelo, ante él, con la
puerta abierta y echada hacia atrás. Si ponía cuidado podría rodearla, a pesar
de lo estrecho del camino... ¿Pero por qué estaba abierta? Obviamente, las
escotillas no se abren sin que nadie las ayude a hacerlo. Era muy dudoso que
una de las asistentas hubiese ido a buscar algo al alma¬cén de abajo, y que le
hubiese resultado molesto volver a cerrar la puerta a causa del peso.
Sólo dudó un
instante y, al siguiente, Simón descendía por la es¬cala que había bajo la
puerta de la escotilla. ¿Quién podría imagi¬narse las extrañas y excitantes
cosas que se escondían en la habita¬ción de abajo?
El espacio, una vez
allí, se hizo más oscuro que el de la habita¬ción superior, y al principio no
pudo ver nada. Su vacilante pie tocó algo al descender y, al acabar de bajar,
notó el familiar tacto de las tablas de madera que formaban el suelo. De todos
modos, cuando el otro pie llegó a la misma altura, no encontró nada en que
apo¬yarse y sólo la fuerza con que sus manos agarraban la escala hicieron que
no perdiese el equilibrio. Había más espacio vacío bajo la es¬cala; otra
escotilla que descendía a un nivel inferior. Maniobró como pudo hasta que el
pie en el aire encontró el borde de la escoti¬lla inferior; luego dejó la
escalera para quedarse sobre el suelo de la habitación del medio.
La puerta de la
escotilla que había por encima de él y por la que había descendido era un gris
rectángulo en un muro de oscuridad. Con la escasa luz que penetraba a través de
ella vio, no sin disgusto, que la habitación en la que estaba apenas era más grande
que un ro¬pero; el techo era mucho más bajo que el de la habitación superior, y
las paredes apenas se extendían a unos pocos brazos de distancia de donde él se
encontraba. Aquel pequeño espacio estaba repleto hasta el techo de barriles y
sacos, con sólo un pequeño pasillo que llegaba hasta la pared del otro extremo.
Mientras observaba
la habitación con desinterés, oyó crujir una tabla en algún sitio y percibió
unos pasos apagados en la oscuridad, por debajo de él.
«¡Oh, Dios mío!
¿Quién debe de ser? ¿Y ahora qué puedo hacer?»
¡Qué estúpido había
sido al no pensar en que si la escotilla es¬taba abierta se debía a que todavía
había alguien en las habitaciones inferiores! ¡Lo había vuelto a hacer! Se
maldijo a sí mismo por ser tan tonto y se deslizó por el estrecho pasillo que había
entre los artículos empaquetados. Los pasos de abajo se aproximaron a la
escala. Si¬món se apartó del pasillo y se apretujó en un espacio que había
en¬tre dos mohosos sacos de tela, que olían como si estuviesen llenos de ropa
vieja. Se dio cuenta de que aun así podría ser visible para cual¬quiera que
dejase la escotilla y se adentrase en el pasillo; se hundió medio agachado,
haciendo que su peso descansase en un barril de roble. Los pasos se detuvieron
y la escala empezó a crujir como si al¬guien subiese por ella. Simón contuvo la
respiración, aunque no te¬nía ni idea de por qué se sentía tan asustado; si era
descubierto, ello sólo implicaría más castigos, más palabras duras por parte de
Ra-quel y comentarios airados. ¿Por qué se sentía como un conejo arrinconado
por podencos?
El ruido de la
escalera continuó y, por un momento, pareció que quienquiera que fuese iba a
proseguir su ascensión hasta la gran habitación de encima... Finalmente los
crujidos cesaron y se produjo un profundo silencio. Oyó un crujido y luego otro
más, pero se dio cuenta, con súbito malestar en el estómago, de que los ruidos
eran producidos por alguien que volvía a descender. Un golpe sordo le reveló
que una figura invisible había bajado de la escala hasta el suelo del ropero y,
de nuevo, volvió a hacerse el si¬lencio, pero en esta ocasión la calma parecía
estremecedora. Unas lentas pisadas se deslizaron por el interior del estrecho
pasillo, hasta que se detuvieron justo enfrente del lugar escogido por Si¬món
para esconderse. Con la escasa luz que le llegaba, el muchacho pudo ver unas
botas negras, casi tan cerca de él que podía tocarlas; por encima de ellas
colgaba el dobladillo negro de un manto escar¬lata. Era Pryrates.
Simón se acurrucó
contra los sacos y rezó para que Aedón detu¬viera el pulso de su corazón, cuyos
latidos le parecían truenos. Sin¬tió que sus ojos se elevaban a pesar de su
voluntad hasta que se en¬contró mirando entre los sacos tras los que se
escondía. A través de la estrecha rendija pudo ver la desoladora faz del
alquimista: du¬rante un instante pareció que Pryrates lo miraba fijamente a los
ojos, y casi gritó lleno de terror. Un momento después se dio cuenta de que no
era así; los sombríos ojos del sacerdote miraban la pared, por encima de Simón.
Parecía estar escuchando.
«Sal.»
Los labios de
Pryrates no se habían movido, pero el chico oyó la voz tan clara como si se lo
hubiera dicho al oído.
«Sal ahora mismo.»
El tono era firme,
aunque razonable. Simón se avergonzó de su conducta; no había nada que temer.
Era una chiquillada continuar allí escondido, en la oscuridad, cuando podía
incorporarse y mos¬trarse, admitiendo la broma... Pero aun así...
«¿Dónde estás?
Muéstrate.»
Justo cuando la
tranquila voz que escuchaba lo había conven¬cido de que nada sería tan fácil
como mostrarse y hablar —estaba empezando a levantarse—, los negros ojos de
Pryrates se deslizaron un momento a través de la oscura rendija por la que
Simón obser¬vaba, y la mirada asesina que éste vio en ellos le hizo abandonar
por completo cualquier intención de descubrirse, como una súbita ne¬vada
helaría un capullo de rosa. La mirada de Pryrates hirió los es¬condidos ojos
del muchacho y una puerta se abrió en su corazón; la sombra de la destrucción
llenó por completo el umbral.
Aquello era la
muerte, y Simón lo supo. Sintió cómo se desmo¬ronaba el suelo de la tumba bajo
sus dedos retorcidos, el peso de la oscuridad y el sabor de tierra húmeda en la
boca y los ojos. Ahora ya no había más voces, ninguna voz desprovista de pasión
se abría ca¬mino en su cabeza, sólo un tirón; un algo intocable que tiraba de
él hacia adelante, poco a poco. Un gusano de hielo se enroscó en su corazón
mientras luchaba por resistirse; aquello era la muerte, que aguardaba... su
propia muerte. Si hacía un ruido, la más mínima se¬ñal que indicase dónde
estaba, nunca más volvería a ver el sol. Cerró los ojos con tanta fuerza que le
dolieron las sienes; apretó los dientes y la lengua contra la acuciante
necesidad de respirar. El silencio pa¬recía sisear y palpitar. El tirón se hizo
más fuerte, más intenso. Si¬món sintió como si se estuviese hundiendo poco a
poco en las aplas¬tantes profundidades del mar.
Un súbito aullido
fue seguido por una imprecación de Pryrates. El intangible y asfixiante tirón
había desaparecido; Simón abrió los ojos a tiempo para ver que una rápida
sombra saltaba hasta el suelo, brincaba por encima de las botas del sacerdote y
desaparecía rápida¬mente por la escotilla. La carcajada de sorpresa de Pryrates
se espar¬ció por la pequeña habitación, provocando un eco apagado.
—¿Un gato…?
Tras una pausa de
una media docena de latidos del corazón de Simón, las negras botas dieron la
vuelta y retrocedieron por el pasi¬llo. Un instante después, Simón oyó crujir
los peldaños de la es¬cala. Continuó rígido, con la respiración intranquila y
con todos los sentidos a flor de piel. Un sudor frío le penetró en los ojos,
pero no levantó la mano para secarse; todavía no.
Finalmente, después
de que hubieran pasado muchos minutos y de que los ruidos de la escala hubieron
desaparecido, Simón se le¬vantó con piernas temblorosas de los sacos que le
habían dado refu¬gio. ¡Rezó a Jesuris y dio las gracias al gato! Pero ¿qué podía
hacer ahora? Había oído cómo se cerraba la escotilla de arriba y el sonido de
los pasos de las botas sobre el techo superior, pero eso no quería decir que
Pryrates se hubiera ido muy lejos. ¡Incluso levantar la pe¬sada puerta y mirar
significaba un gran riesgo! Si el sacerdote to¬davía estaba en el trastero
tenía todas las posibilidades de oírlo. ¿Cómo se las arreglaría para salir de
allí?
Simón sabía que
debía quedarse donde estaba, esperando en la oscuridad. Si el alquimista se
encontraba en el piso superior, debía dejarle acabar con sus asuntos y esperar
que se fuera. Aquél parecía ser el mejor plan; pero una parte de la naturaleza
de Simón se re¬beló. Una cosa era estar asustado —y Pryrates lo había asustado
ton-tamente— y otra muy distinta pasar toda la tarde encerrado en un oscuro
cuartucho y sufrir los castigos que le aguardaban , cuando el sacerdote ya casi
debía de encontrarse de regreso a su nido de águi¬las en la Torre de Hjeldin.
«Además, no creo
que en realidad hubiera podido hacerme sa¬lir... Lo que pasa es que estaba tan
asustado que casi me muero...»
El recuerdo del
perro con el lomo partido se agitó en su mente. Simón trató de ahogarlo en el
fondo de la memoria y se pasó un buen rato respirando profundamente.
¿Y qué le había
pasado al gato que lo había salvado de ser atra¬pado? Atrapado; la imagen de
los negros y hundidos ojos de Pryrates no lo abandonaba; no eran un producto de
la fantasía. ¿Adonde ha¬bía ido el animal? Si había escapado hacia el piso
inferior, sin duda estaría atrapado y nunca podría encontrar el camino de
regreso sin la ayuda de Simón. Se trataba de una deuda de honor.
Al moverse hacia
adelante vio un débil resplandor que escapaba por la rendija de una escotilla
en el suelo. ¿Habría allí una antorcha encendida? ¿O tal vez había algún camino
de salida, un pasadizo que iba a parar a uno de los bastiones inferiores?
Tras escuchar en
silencio durante unos instantes lo que ocurría bajo la escotilla para
asegurarse de que esta vez no sería sorprendido por nadie, Simón descendió con
cautela por la escala. Una oleada de aire frío agitó su túnica y le puso la
carne de gallina; se mordió los labios y dudó, luego se decidió a continuar.
En lugar de llegar
enseguida al suelo del piso inferior, el mucha¬cho se dio cuenta de que seguía
bajando. Al principio la única luz que percibía venía de la parte de abajo,
como si descendiera por una especie de cuello de botella. Poco después la
iluminación se hizo más general, y al cabo de un poco más su descenso se
encontró con la resistencia del suelo. Tocó madera a un lado de la escalera con
la punta del pie: había llegado al suelo. Descendió del todo y vio que la
escala ya no continuaba más abajo, el extremo inferior terminaba allí. La única
fuente de luz que existía en la cámara —con la escotilla de arriba del todo
cerrada— era un extraño y luminoso rectángulo que brillaba en la pared más
alejada; se trataba de una puerta como envuelta en bruma pintada en la pared y
que emitía una irregular luz amarillenta.
Simón, para curarse
de espanto, hizo el signo del Árbol mientras miraba a su alrededor. El resto de
la habitación contenía única¬mente un poste roto y otras piezas estropeadas que
formaban parte de un equipo de torneo. Aunque las alargadas sombras de la estan¬cia
dejaban muchos rincones totalmente a oscuras, el muchacho no vio nada que
pudiera interesar a un hombre como Pryrates. Se mo¬vió hacia la brillante forma
de la pared con las manos extendidas; las cinco siluetas de sus dedos aparecían
perfiladas sobre una luz amba¬rina. El brillante rectángulo pareció llamear de
repente, para des¬pués debilitarse y desaparecer, dejando sobre toda la
habitación un manto de absoluta negrura.
Simón estaba solo
en la oscuridad. No se distinguía ningún so¬nido excepto el de su propia sangre
zumbándole en los oídos, como un distante océano. Dio un cauteloso paso hacia
adelante; el ruido del zapato al arrastrarse por el suelo llenó el vacío durante
un ins¬tante. Dio otro paso, luego otro más; los dedos extendidos sintieron la
fría piedra..., y algo más: extrañas y apenas perceptibles líneas de calor. A
continuación se arrodilló ante la pared.
«Ahora ya sé lo que
se siente al estar en e! fondo de un pozo. Sólo espero que nadie empiece a
tirar piedras desde arriba.»
Al sentarse para
pensar en lo que haría a continuación, oyó un débil rumor de movimiento. Algo
saltó sobre su pecho y le dio un susto. Cuando gritó, el contacto ya había
desaparecido, pero regresó un momento después. Algo jugueteaba con su túnica...
y ronro¬neaba.
—¡Gato! —murmuró.
«Me salvaste,
¿sabes?» Simón acarició la invisible forma. «Cál¬mate. Es difícil saber dónde
tienes la cabeza si te retuerces de esa manera. Es verdad, me salvaste, y voy a
sacarte de este agujero en el que te has metido.»
—Claro que yo
también me he metido en el mismo agujero —dijo Simón, en voz alta. Cogió la
forma peluda y la colocó sobre la tú¬nica. El ronroneo del gato se hizo más
evidente cuando estuvo apo¬yado sobre el cálido estómago del chico—. Ya sé lo
que era aquello que brillaba —susurró—. Una puerta. Era una puerta mágica.
También era la
puerta mágica de Pryrates, y Morgenes lo deso¬llaría por acercarse a ella; pero
Simón sintió una cierta indignación cabezota. Después de todo, aquél también
era su castillo, y los tras¬teros no pertenecían a ningún sacerdote advenedizo,
aunque fuese temido. En cualquier caso, si volvía a subir por la escala y
Pryrates estaba allí... Bueno, incluso el recobrado orgullo de Simón le
per¬mitió especular sobre lo que pasaría en ese caso. Así que, o se sen¬taba
durante toda la noche en el fondo de un pozo de oscuridad, o...
Extendió la mano
sobre la pared y la deslizó por las frías piedras hasta que volvió a encontrar
cálidas estrías. Las recorrió con los de¬dos y cayó en la cuenta de que se
correspondían con la forma rec¬tangular que había visto. Puso las manos en el
centro y trató de apretar, pero sólo encontró la sólida resistencia de la
piedra. Volvió a intentarlo y empujó con tanta fuerza como pudo reunir; el gato
se agitó nervioso bajo la camisa. No sucedió nada. Se inclinó para re¬cobrar el
aliento y volvió a notar el calor que salía por las rendijas, bajo sus manos.
Una súbita visión de Pryrates —esperando en la os-curidad, por encima de su
cabeza, como una araña, con una sonrisa cruzando su huesudo rostro— hizo que el
corazón de Simón se des¬bocase.
—¡Por Elysia, Madre
de Dios, ábrete! —murmuró, sin esperanza y con las palmas de las manos
resbaladizas a causa del sudor frío que le provocaba el miedo—. ¡Ábrete!
La piedra se fue
calentando más, hasta quemar, lo que forzó a Simón a apartarse. Una línea
dorada se formó en la pared, ante él, y corrió como un torrente de metal
fundido, hasta que ambos extre¬mos se unieron. Allí estaba la puerta,
refulgiendo. Simón sólo tuvo que alzar la mano y tocarla con un dedo para que
la línea se volviera aun más brillante. Las rendijas se hicieron más visibles,
a lo largo de toda la silueta. Colocó con mucho cuidado los dedos sobre un
borde y tiró hacia sí; una puerta de piedra se abrió silenciosa hacia afuera,
llenando de luz la habitación.
Le llevó unos
instantes adaptar sus ojos al baño de luz. Tras la puerta se extendía un
corredor de piedra que desaparecía tras una esquina, excavado directamente
sobre la áspera roca del castillo. Una antorcha ardía en un tedero sobre la
pared, en el interior del pasadizo; aquello era lo que lo había deslumbrado. Se
puso en pie, y sintió el agradable peso del gato en el interior de la camisa.
¿Habría dejado
Pryrates arder una antorcha si no pensase vol¬ver? ¿Y qué era aquel extraño
pasadizo? Simón recordó que Morge¬nes le había dicho algo sobre unas viejas
ruinas sitha bajo el castillo. Desde luego, aquél parecía ser un trabajo muy
antiguo, pero dema¬siado basto en comparación con la pulida delicadeza de la
Torre del Ángel Verde. Decidió hacer una rápida inspección; si el corredor no
llevaba a ninguna parte, no le quedaría más remedio que subir por la escala.
Las rugosas paredes
de piedra del túnel estaban húmedas y mo¬jadas. Mientras Simón entraba pisando
sin hacer ruido, escuchó un sonido apagado a través de la piedra.
«Debo de estar bajo
el nivel del Kynslagh. Por eso las piedras, el aire y todo es tan húmedo.» Como
para confirmar sus pensamien¬tos, sintió que le entraba agua por las costuras
de los zapatos.
Ahora el corredor
volvía a girar, continuando su descenso. La ya difusa luz de la antorcha de la
entrada se vio aumentada por otra nueva fuente de luminosidad. Al dar la vuelta
al último recodo del pasillo, fue a parar a un piso elevado y ancho que acababa
a unos diez pasos, en una pared de granito. Otra antorcha ardía allí en un
soporte.
Dos oscuros
agujeros aparecieron en la pared que quedaba a la izquierda de Simón; al final,
justo tras ellos, había lo que parecía ser otra puerta, casi levantada al final
del corredor. El agua salpicaba cerca de las punteras de sus zapatos y Simón se
adelantó unos pasos.
Los dos primeros
espacios negros tenían el aspecto de haber sido cámaras de algún tipo —más bien
celdas—, pero sus puertas astilladas colgaban fuera de los goznes; la luz
temblorosa de la antorcha no re¬velaba nada en su interior, aparte de sombras.
Un olor a humedad podía ser percibido en los abandonados agujeros, y Simón
pronto los pasó de largo para detenerse frente a la puerta del fondo. El gato
escondido le hizo cosquillas con sus garras, que no querían hacerle daño,
mientras examinaba la plana y pesada hoja de la puerta a la difusa luz de la
antorcha.
¿Qué habría detrás?
¿Otra cámara en estado de abandono o un corredor que llevaba aun más lejos en
el interior de la piedra embes¬tida por el agua? ¿O tal vez fuese la cámara
secreta del tesoro de Pry¬rates, a cubierto de todas las miradas
indiscretas...? Bueno, de casi todas las miradas indiscretas...
En mitad de la
puerta se encontraba fijada una placa de metal.
Simón no podía
asegurar si se trataba de un pestillo o de la tapa de un agujero para mirar.
Trató de moverla, pero el oxidado metal no se desplazó, y el muchacho se retiró
con marcas rojas en los dedos. Buscó a su alrededor y encontró un trozo de
bisagra rota que repo¬saba junto al marco abierto de su izquierda. Lo cogió y
lo apretó contra la pieza metálica de la puerta, hasta que, con un chasquido,
la placa pareció levantarse de mala gana sobre una oxidada y he¬rrumbrosa
bisagra. Simón echó una rápida mirada por el corredor y se mantuvo un momento
en silencio para ver si oía el rumor de pa¬sos; después se inclinó hacia la
puerta y miró a través del agujero de la madera.
Para su sorpresa,
unos cuantos manojos de cañas ardían en un soporte que había en la cámara; la
idea de que había encontrado la cámara secreta de Pryrates desapareció de
inmediato de su cabeza, barrida por el aspecto húmedo del suelo cubierto de
paja y las des¬nudas paredes. Había algo en el extremo más alejado de la
cámara, sí..., un bulto oscuro.
Un sonido metálico
hizo que Simón se volviese sorprendido. El miedo lo inundó mientras miraba a su
alrededor con frenesí, espe¬rando oír en cualquier momento el sonido de las
pisadas de unas botas negras sobre el suelo del pasillo. El ruido volvió a dejarse
oír; con sorpresa, Simón se dio cuenta de que procedía de más allá de la puerta
de la cámara que ya había inspeccionado. Volvió a mirar por el agujero hacia
las sombras.
Algo se movía al
otro lado de la habitación, una sombra oscura, y, mientras se arrastraba
lentamente hacia un lado, el sonido metá¬lico volvió a hacerse presente en el
pequeño espacio. La forma en¬vuelta en la oscuridad levantó la cabeza.
Simón se atragantó
y retrocedió, abandonando el agujero como si le hubiesen abofeteado el rostro.
Durante un instante pensó que la tierra se movía a sus pies, como si al
levantar un objeto familiar hubiese descubierto que debajo se arrastraba algo
podrido...
La cosa encadenada
que lo había mirado, la cosa con ojos des¬quiciados... era el príncipe Josua.
12
Seis gorriones
Simón salió
corriendo por el patio de los comunes. Sus pensa¬mientos se le amontonaban en
la cabeza como una multitud ensordecedora. Tenía deseos de esconderse, de
correr, de huir. Quería gritar la terrible verdad y reírse a carcajadas,
llevarse a la gente del castillo saltando y tropezando hasta estar fuera de las
puertas, ¡pero ellos no sabían nada! ¡Nada! Simón quería aullar y patalear,
pero no podía liberar su corazón de la terrible sensación de miedo que le
habían inspirado los ojos de corneja de Pryrates. ¿Qué podía hacer? ¿Quién lo
ayudaría a volver a poner el mundo a derechas?
Morgenes.
Mientras Simón
corría arrastrando los pies a través del ya oscuro patio de los comunes, la
enigmática y tranquila faz del doctor apare¬ció en sus pensamientos, apartando
de él el mortífero semblante del sacerdote y la sombra encadenada en la
mazmorra de abajo.
Sin otro
pensamiento consciente atravesó las puertas negras de la Torre de Hjeldin y
subió las escaleras de la Cancillería. En pocos instantes atravesó los largos
vestíbulos y dio un tirón para abrir la puerta de la prohibida Torre del Ángel
Verde. Tan imperiosa era su necesidad de llegar a las estancias del doctor, que
si Barnabás, el sa-cristán, hubiera estado allí esperándolo. Simón se habría
convertido en mercurio entre las manos del hombre. Una gran oleada de viento lo
invadía, inflamando su prisa, empujándolo hacia adelante. Antes de que la
puerta lateral de la torre se hubiese vuelto a cerrar, el mu¬chacho ya estaba
en el puente levadizo, y segundos después llamaba a la puerta de Morgenes. Un
par de guardias erkynos levantaron la mirada y acto seguido volvieron a jugar a
los dados.
—¡Doctor! ¡Doctor!
¡Doctor! —gritó Simón, mientras aporreaba la puerta como un tonelero demente.
El anciano apareció
rápidamente; sus pies estaban descalzos y sus ojos denotaban alarma.
—¡Por los cuernos
de Cryunnos, muchacho! ¿Es que te has vuelto loco? ¿Te has tragado algún
abejorro?
Simón empujó a
Morgenes al entrar, sin pronunciar una sola palabra a modo de explicación, y
atravesó el corredor. Se quedó res¬pirando con dificultad ante la puerta
interior mientras el sabio lle¬gaba tras él. Tras un momento de perspicaz
inspección, Morgenes abrió y ambos entraron.
El doctor no hizo
más que cerrar la puerta y Simón empezó a explicar la historia de su expedición
y sus resultados. El anciano en¬cendió un pequeño fuego y puso una jarra de
fuerte vino a calentar en un cazo. Morgenes escuchaba mientras trabajaba; de
vez en cuando, y con mucho cuidado, hacía una pregunta que detenía la parrafada
del chico, como un hombre que tuviera que coger un palo de una jaula de un oso.
Meneó la cabeza, reflexivo, y le alargó al jo¬ven una copa de vino caliente con
especias; después se sentó con su propia taza en una silla de respaldo alto. Se
había puesto unas zapa¬tillas en sus finos y blancos pies; cuando se sentó con
las piernas cruzadas sobre el cojín de la silla, la túnica verde se arrugó por
en¬cima de sus huesudas espinillas.
—... Yo sé que no
debería haber tocado la puerta mágica, doctor. Lo sé, pero lo hice..., ¡y era
Josua! Lo siento, eso y explicar las cosas sin ningún orden, ¡pero estoy seguro
de haberlo visto! ¡Llevaba barba, creo, y tenía un aspecto horrible..., pero era
él!
Morgenes sorbió el
vino y se limpió los pelos de la barba con una larga manga.
—Te creo,
muchacho—dijo—. Desearía no hacerlo, pero todo tiene un maldito sentido.
Confirma una extraña información que he recibido.
—Pero ¿qué es lo
que haremos?—preguntó Simón, casi con un grito—. ¡Casi está muerto! ¿Es Elías
el que le ha hecho eso? ¿Lo sabrá el rey?
—La verdad es que
no puedo asegurarlo; lo que es cierto es que Pryrates lo sabe.
El doctor dejó la
taza de vino en el suelo y se levantó. El último rayo de sol de la tarde
enrojecía las estrechas ventanas por detrás de la cabeza de Morgenes.
—Y en cuanto a lo
que haremos —prosiguió—, lo primero será que te vayas a cenar.
—¿Cenar?— dijo
Simón, sorprendido, y se le derramó el vino por la túnica—. ¿Con el príncipe
Josua...?
—Sí, muchacho, eso
es lo que he dicho, a cenar. No podemos ha¬cer nada en este preciso instante, y
necesito tiempo para pensar. Si no vas a cenar, levantarás sospechas, aunque no
muy grandes, y ello contribuirá a que ocurra lo que precisamente no necesitamos:
atraer la atención. No, vete y cena..., y mientras comes, mantén la boca
cerrada. ¿Lo harás?
La cena pareció
durar tanto como el deshielo en primavera. Apretado entre pinches que gritaban
mientras masticaban, a Simón el corazón le latía al doble de velocidad de lo
normal, pero se resistió al impulso de repartir golpes a diestro y siniestro, y
tirar copas y va¬jilla por el suelo recién fregado. Las conversaciones lo
ponían fu¬rioso a causa de su irrelevancia, y el pastel de pastor que preparó
Judit especialmente para la Fiesta de Belthainn4 le pareció tan inco¬mestible y
falto de sabor como si fuese de madera.
Raquel observaba su
inquietud con descontento desde su asiento a la cabecera de la mesa. Cuando
Simón hubo permanecido sentado tanto tiempo como pudo aguantar y se levantó
para presen¬tar sus excusas, la mujer lo siguió hasta la puerta.
—¡Lo siento,
Raquel, tengo prisa! —dijo, con la esperanza de aho¬rrarse el discurso que ella
parecía tenerle reservado—. El doctor Morgenes tiene algo muy importante que
hacer y quiere que yo lo ayude. ¿Puedo?
Durante un
instante, el Dragón dio la impresión de ir a cogerlo de la oreja y devolverlo a
la mesa por la fuerza, pero algo en el rostro y en la voz de Simón pareció
convencerla; incluso el joven tuvo la impresión de que por un momento ella
había sonreído.
—De acuerdo,
muchacho, por esta vez, pero tendrás que darle las gracias a Judit por ese
delicioso trozo de pastel antes de irte. Ha tra¬bajado en él durante toda la
tarde.
Simón se dirigió a
la mujer, que estaba en su propia mesa. Las rollizas mejillas de la cocinera
enrojecieron de forma deliciosa cuando él le agradeció sus atenciones.
Cuando salía
corriendo hacia la puerta, Raquel se le acercó y lo cogió de una manga. Simón
se detuvo, se dio la vuelta y, cuando iba a abrir la boca para quejarse, ella
le dijo:
—Tienes que
calmarte y ser cuidadoso, desastre de muchacho. Nada es lo suficientemente
importante como para que te mates por intentar llegar allí.
Raquel le dio unas
palmadas en el brazo y lo dejó marchar: el chico atravesó la puerta y
desapareció mientras ella lo observaba.
Cuando llegó al
pozo, Simón ya se había abrochado las ropas y la capa. Morgenes todavía no
había venido, así que el muchacho se puso a caminar impaciente a lo largo de
las densas sombras del co¬medor, hasta que una suave voz que oyó a la altura
del codo le hizo dar un respingo de sorpresa.
—Discúlpame por
haberte hecho esperar, muchacho, pero es que llegó Inch y perdí un maldito
tiempo tratando de convencerlo de que ya no lo necesitaría.
El doctor se echó
la capucha por encima, ocultando el rostro.
—¿Cómo os habéis
podido acercar de forma tan silenciosa? —pre¬guntó el chico, con un murmullo
calcado del emitido por el anciano.
—Todavía puedo
hacer algunas cosillas, Simón—dijo el doctor, con un tono de voz ofendido—; soy
viejo, pero todavía no estoy mo¬ribundo.
Simón no sabía lo
que quería decir «moribundo», pero captó la idea general.
—Perdonadme —siseó.
Ambos recorrieron
el camino a través del comedor hasta llegar al primer trastero, en donde
Morgenes hizo aparecer una esfera de cristal del tamaño de una manzana. Al
frotarla apareció una chispa en el centro, que fue haciéndose más brillante
hasta que iluminó los barriles y bultos con una suave luz de color miel. El
anciano cubrió la mitad de la bola con la manga y alargó la mano en la que la
soste¬nía para que les iluminase el camino mientras andaban a través de los
artículos empaquetados.
La escotilla estaba
cerrada; Simón no recordaba si la había ce¬rrado él mismo en su alocada
carrera. Bajaron por la escala con mu¬cho cuidado; el muchacho iba en primer
lugar, mientras Morgenes, por encima de él, observaba el camino con la
brillante esfera. El aprendiz señaló el cuartucho en el que Pryrates casi lo
captura. Lo pasaron de largo y siguieron hacia el piso de abajo.
La habitación que
se encontraba en el nivel más bajo aparecía tan descuidada como antes, pero la
puerta que conducía al pasadizo de piedra aparecía cerrada. Simón estaba seguro
de no haberlo he¬cho, y así se lo comunicó a Morgenes, pero el hombrecillo movió
la mano y fue en dirección a la pared; encontró el lugar en el que se hallaba
la grieta, según las indicaciones del joven, murmuró algunas palabras en voz
baja, pero la franja de calor continuó sin aparecer. Mientras el doctor seguía
junto a la pared en lo que parecía ser un diálogo consigo mismo, Simón pareció
cansarse de estar apoyado ora en un pie ora en el otro y se agachó junto a él.
—¿No podéis decir
algo mágico y abrirla? —preguntó el mu¬chacho.
—¡No! —susurró
Morgenes—. Un hombre sabio nunca, repito nunca usa el Arte cuando no lo
necesita; sobre todo cuando trata con otro adepto, como nuestro padre Pryrates.
Sería como dejar mi nombre escrito sobre la pared.
Cuando Simón se
incorporó y frunció el entrecejo, el doctor co¬locó la mano izquierda en medio
de la zona en la que había estado la puerta; palpó durante unos instantes la
superficie y luego dio un golpe con la palma de la mano derecha. La puerta
apareció y se abrió, inundando la habitación con luz proveniente de la
antorcha. El anciano se introdujo por ella y ocultó la lámpara de cristal en el
interior de su voluminosa manga, para después extraer un bolso de cuero.
—Ah, Simón,
muchacho —sonrió—, qué ladrón hubiera podido ser. No se trataba de una puerta
mágica, sólo había sido escondida a través del uso del Arte. ¡Entra, vamos!
A continuación
penetraron por el húmedo corredor de piedra.
Sus pasos
provocaban ecos según avanzaban hacia el final del pasillo y llegaban a la
puerta cerrada. Tras examinar durante unos instantes la cerradura, Morgenes se
acercó a la mirilla y echó una ojeada en el interior.
—Creo que tienes
razón, chaval —siseó—. ¡Por la Tibia del Nuanni! Aunque hubiese preferido que
no fuese así. — El doctor volvió a in¬vestigar la cerradura—. Ve ahora hasta el
final del pasillo y mantén los ojos abiertos, ¿de acuerdo?
Mientras Simón
estaba de guardia, Morgenes revolvió en el in¬terior de la bolsa de cuero hasta
que extrajo una larga aguja con un mango de madera. Se la mostró al chico con
alegría en el rostro.
—Una ganzúa de
Naraxi. ¡Sabía que un día me sería de utilidad!
Morgenes la
introdujo en el agujero de la cerradura y pareció que entraba, aunque le
sobraba bastante espacio. El anciano remo¬vió su artilugio a la vez que sacaba
un pequeño frasco de la bolsa, que destapó con los dientes. Mientras Simón lo
observaba, fasci¬nado, levantó el frasco y vertió una oscura y viscosa
sustancia a lo largo de la aguja; después, colocó ésta de nuevo en el agujero
de la cerradura.
Morgenes retorció
la ganzúa durante unos instantes, después re¬trocedió y empezó a contarse los
dedos. Cuando hubo contado am¬bas manos tres veces cada una, agarró la delgada
manija e intentó hacerla girar. Pero luego, con una mueca, volvió a dejarla.
—Ven aquí, Simón.
Necesito tus fuertes y jóvenes brazos.
Bajo las
indicaciones del doctor, el chico agarró la extraña herra¬mienta por el mango y
empezó a hacerle dar vueltas. Durante unos instantes le resbalaron las sudadas
palmas sobre la madera pulida; volvió a cogerla, y tras un pequeño intervalo
sintió un crujido en el interior de la cerradura. Un segundo después oyó cómo
se abría el pestillo. Morgenes asintió con la cabeza y Simón empujó la puer¬ta
con los hombros para abrirla.
Las cañas que
ardían en un hueco de la pared ya sólo emitían una débil luz.
Cuando el doctor y
Simón se aproximaron, vieron que la figura encadenada al fondo de la celda
levantaba la mirada y sus ojos se ha¬cían más grandes, como si los hubiese
reconocido. La boca de la fi¬gura se movió, pero sólo emitió una especie de
suspiro entrecor¬tado. El olor de la mojada paja sucia era insoportable.
—Oh..., oh..., mi
pobre príncipe Josua—dijo Morgenes.
El sabio le echó un
rápido vistazo a las argollas de Josua; Simón sólo podía mirarlo. Se sentía
impotente ante el curso de los aconte¬cimientos, como si viviese un sueño.
Morgenes susurraba
algo al oído del príncipe. El doctor había vuelto a extraer el bolso de piel y
de su interior sacó un potecito, del tipo de los que usaban las damas para
pintarse los labios. Frotó enérgicamente su contenido, primero en una palma y
luego en la otra, mientras una vez más miraba las ligaduras de Josua. Ambos
brazos aparecían encadenados a un gran anillo de hierro sujeto a la pared; una
argolla encadenaba una mano, y el brazo manco aparecía ligado en el flaco
antebrazo del príncipe.
Morgenes acabó de
frotarse las manos y le pasó a Simón el bote y el bolso.
—Ahora, sé un buen
muchacho —dijo—, y cúbrete los ojos. Cam¬bié un volumen forrado en seda del
Plesinnen Myrmenis, el único existente al norte de Perdruin, para aprender a
hacer esto. Espero que..., Simón, cúbretelos ojos...
Cuando el joven
levantó las manos para obedecer la indicación, vio que Morgenes se acercaba al
anillo de hierro que sujetaba las ca¬denas del príncipe Josua. Un instante
después, una explosión de luz pareció atravesar los entrelazados dedos de
Simón, acompañada de un estruendo parecido al golpear de un martillo sobre una
placa de pizarra.
El chico se atrevió
a mirar y vio al príncipe Josua tendido en el suelo, hecho un ovillo con sus
cadenas, y a Morgenes arrodillado a su lado y con las palmas de las manos
humeantes. La argolla de la pared se veía ennegrecida y doblada como un pastel
de centeno quemado.
—¡Fu! —respiró el
doctor—. Espero..., espero... que nunca tenga que volver a hacerlo. ¿Puedes
levantar al príncipe, Simón? Yo me encuentro muy débil.
Josua se dio la
vuelta poco a poco y miró a su alrededor.
—Creo... que...
podré caminar. Pryrates... me hizo tomar algo.
—Tonterías
—respondió Morgenes, que respiró profundamente y se puso en pie—. Simón es un
muchacho fuerte; ¡vamos, chico, no te quedes ahí mirando las musarañas!
¡Levántalo!
Después de
intentarlo durante unos instantes, Simón se las arre¬gló para coger los restos
de las cadenas de Josua que todavía colga¬ban de su muñeca y brazo, y
enrollarlas a la cintura del príncipe. Después, con la ayuda de Morgenes, lo
levantó como si cogiese a un niño a cuestas. Se incorporó y trató de tomar una
bocanada de aire. Por unos instantes temió no poder aguantar el peso, pero con
un pequeño balanceo colocó a Josua más arriba en su espalda y se dio cuenta de
que incluso con el peso adicional de las cadenas no le re¬sultaría imposible.
—Borra esa tonta
sonrisa de la cara, Simón —dijo el doctor—. To¬davía tenemos que subirlo por la
escala.
De alguna forma se
las arreglaron. Simón gruñía y casi lloraba a causa del esfuerzo que suponía
subir a Josua por los peldaños, mien¬tras Morgenes empujaba desde abajo y
murmuraba frases de ánimo. Fue una lenta y angustiosa subida, pero al final
consiguieron alcan¬zar el suelo del almacén principal. El doctor se puso a
caminar mientras Simón se apoyaba contra un fardo para descansar, con el
príncipe todavía colgado de su espalda.
—En alguna parte,
en alguna parte... —murmuraba Morgenes, caminando entre los barriles y
paquetes. Cuando llegó a la pared sur de la habitación, con la esfera luminosa
ante él, empezó a buscar con fervor.
—¿Qué...? —quiso
preguntar Simón, pero el doctor lo silenció con un gesto.
Mientras lo veía
aparecer y desaparecer por entre las montañas de bultos, el muchacho sintió un
contacto muy suave sobre su cabe¬llo. El príncipe le daba leves palmadas en la
cabeza.
—Real. ¡Real!—dijo
Josua.
Simón sintió que
algo húmedo le bajaba por el cuello.
—¡Lo encontré! —oyó
que susurraba en tono de triunfo Morgenes—. ¡Ven! —le dijo el doctor.
Simón se incorporó,
se tambaleó un poco y avanzó con el prín¬cipe todavía en su espalda. El anciano
se encontraba junto a una desnuda pared de piedra, y señalaba hacia una
pirámide de barriles. La lámpara de cristal le otorgaba lo que parecía la
sombra de un gi¬gante.
—¿Qué habéis
encontrado? —Simón sujetó bien al príncipe y miró—. ¿Barriles?
—¡Eso es! —cacareó
el sabio, y con un ademán, giró un cuarto de vuelta el borde redondeado del
barril superior. Aquella cara se abrió como si se tratase de una puerta y
reveló una cavernosa oscuridad en su interior.
Simón miró lleno de
desconfianza.
—¿Qué es eso?
—preguntó.
—Un pasadizo,
tonto.
Morgenes lo cogió
del codo y lo condujo hasta el barril abierto.
—El castillo está
perforado con esta clase de pasadizos.
Simón se detuvo y
frunció el entrecejo, mientras miraba las pro¬fundas oscuridades que se
extendían más allá del umbral.
—¿Hay que entrar
ahí?
El doctor asintió.
El muchacho, que se había dado cuenta de que no podría entrar, debido a la
reducida altura de la tapa de la cuba, se arrodilló para introducirse dentro,
con el príncipe mon¬tado sobre su espalda, como si el chico fuese un poni de
festival.
—No sabía que
existía este tipo de pasadizos en los almacenes —dijo, y su voz produjo un eco
en el interior del barril.
El joven se inclinó
para que la cabeza de Josua pasase por el qui¬cio de la entrada.
—Simón, hay más
cosas que tú no sabes y que yo sí sé. Me deses¬pera la diferencia existente.
Ahora cierra la boca y démonos prisa.
Pudieron llegar al
otro extremo. La bola de Morgenes les mostró un largo y anguloso corredor, que
pasaría inadvertido si no fuese por la fabulosa acumulación de polvo.
—¡Ah, Simón!
—exclamó el doctor, mientras seguían hacia ade¬lante—, sólo desearía tener el
tiempo suficiente para mostrarte unas cuantas de las habitaciones por las que
atraviesa este pasadizo; algu¬nas eran las cámaras de una muy grande y hermosa
dama que usaba este corredor para acudir a sus secretas citas amorosas. —El
anciano miró a Josua, cuyo rostro descansaba sobre el cuello de Simón—. Ahora
está dormido —murmuró Morgenes—, del todo.
El pasillo subía y
bajaba, giraba a uno y otro lado. Pasaron junto a muchas puertas cuyos cerrojos
aparecían enmohecidos y junto a otras que los tenían relucientes como una
moneda nueva. Pasaron junto a una serie de ventanucos a través de los cuales
Simón se sor¬prendió al ver a los centinelas del muro occidental, con sus
siluetas enmarcadas contra el cielo. Las nubes aparecían teñidas de un débil
color rosa donde el sol había desaparecido.
«Debemos de estar
por encima del comedor—pensó Simón, ma¬ravillado—. ¿Cuándo habremos subido
tanto?»
Ya estaban a punto
de desfallecer exhaustos, cuando Morgenes se detuvo. En aquella parte del
corredor no existían puertas, sólo ta¬pices. El doctor levantó uno que reveló
una puerta de áspera ma¬dera. Posó la oreja contra ella y escuchó durante unos
instantes; des¬pués la abrió.
—El Salón de los
Archivos —Morgenes señaló hacia el vestíbulo iluminado por antorchas que se
veía a corta distancia—, a tan sólo unos... cientos de pasos de mis
estancias...
Cuando Simón y su
pasajero salieron, el anciano dejó que la puerta se cerrase tras de ellos; ésta
lo hizo con un autoritario por¬tazo. El muchacho miró a sus espaldas pero no
consiguió distinguir la entrada de los demás paneles de madera que se alineaban
por el muro del corredor.
Sólo quedaba una
pequeña distancia que recorrer a cielo abierto, una relativamente rápida
carrera desde la puerta más orien¬tal del Salón de los Archivos, a través del
patio de los comunes.
Cuando se lanzaron
a través de la hierba ensombrecida, tan arri¬mados a los muros como podían sin
llegar a tropezar en las enreda¬deras, Simón creyó ver un movimiento entre las
sombras de la pared del otro extremo del patio; algo grande que se deslizaba con
sigilo, como si observase su paso, una familiar forma de hombros abulta¬dos. La
luz del sol se apagaba con rapidez y el muchacho no pudo asegurar que no se
trataba de una mancha más que se movía frente a sus ojos.
Simón sentía una
punzada en uno de los costados, como si al¬guien le cogiese las costillas con
una de las tenazas de fundición de Rubén. Morgenes, que iba en cabeza, abrió la
puerta. Simón entró casi a la carrera, depositó su carga en el suelo, con extremo
cuidado, y se dejó caer cuan largo era sobre las frías losas, sudoroso y sin
aliento. El mundo parecía girar a su alrededor en una danza alocada.
—Alteza, bebed
esto..., así —oyó que decía el anciano.
Al cabo de un rato
volvió a abrir los ojos y se incorporó sobre un codo. Josua estaba sentado
apoyado contra la pared; Morgenes se inclinaba sobre él con una jarra de
cerámica verde.
—¿Mejor? —preguntó
el doctor.
El príncipe asintió
débilmente.
—Me encuentro
mejor. Ese licor tiene casi el mismo sabor que el que me dio Pryrates...,
aunque no es tan amargo. Dijeron que me de¬bilitaba con demasiada rapidez..., y
que me necesitarían esta noche.
—¿Necesitaros? No
me gusta cómo suena eso, no me gusta nada de nada.
Morgenes llevó la
jarra hasta donde se encontraba Simón. La bebida era algo amarga de gusto pero
calentaba. El doctor echó una ojeada al otro lado de la puerta y luego la cerró
y corrió el cerrojo.
—Mañana es el Día
de Belthainn, el primero de maya —dijo el doctor—. Esta noche..., esta noche es
una noche muy mala, alteza. La llaman la «Noche Empedrada».
Simón sintió que el
licor del anciano lo calentaba placentera¬mente al bajarle hasta el estómago.
El dolor de sus articulaciones disminuyó, como si un pedazo de tela retorcida
hubiera sido aflo¬jado una o dos vueltas. Se sentó, con una sensación de vértigo
en la cabeza.
—Me parece una mala
señal que os «necesiten» en una noche como ésta —repitió Morgenes—. Temo que
ocurran cosas incluso peores que el encarcelamiento del hermano del rey.
—Eso ya ha sido
bastante malo para mí. —Una sonrisa llena de ironía cruzó las desvaídas
facciones de Josua, para desaparecer a continuación y ser sustituida por una
mueca de dolor—. Morgenes —dijo un momento después, con voz temblorosa—,
esos..., esos bas¬tardos hijos de puta mataron a mis hombres. Nos tendieron una
emboscada.
El doctor levantó
la mano como para coger al príncipe por el hombro, pero luego la bajó con
dificultad.
—Lo creo, mi señor,
lo creo. ¿Sabéis a ciencia cierta si vuestro hermano ha sido el responsable?
¿Puede haber actuado Pryrates por propia iniciativa?
Josua movió la
cabeza lleno de cansancio.
—No lo sé. Los
hombres que nos atacaron no llevaban distinti¬vos, y nunca había visto a
ninguno de ellos, excepto al sacerdote, an¬tes de que me trajeran aquí... Pero
me parece muy sorprendente que Pryrates hiciese algo así sin Elías.
—Eso es cierto.
—¿Pero por qué?
¿Por qué, malditos sean? No me interesa el po¬der, todo lo contrario. Vos lo
sabéis, Morgenes. ¿Por qué lo habrán hecho?
—Mi señor, me temo
no poder ofreceros las respuestas en este momento, pero sí debo deciros que
todo esto va más allá en cuanto a confirmar mis sospechas sobre... otras cosas.
Acerca de... cuestio¬nes del norte. ¿Recordáis haber oído hablar de los Zorros Blancos?
—El tono de voz del sabio era significativo, pero el príncipe sólo enarcó una
ceja y no respondió—. Bien, en estos momentos no po¬demos perder ni un segundo
hablando de mis temores. Tenemos poco tiempo, y debemos ocuparnos de cuestiones
más inmediatas.
Morgenes ayudó a
levantarse del suelo a Simón y después se puso a buscar algo. El joven se quedó
mirando con timidez al prín¬cipe Josua, que continuaba apoyado en la pared, con
los ojos ce¬rrados.
El doctor volvió
con un martillo de cabeza redondeada, a causa del uso, y con un cincel.
—Rompe las cadenas
de Josua; ¿podrás conseguirlo, muchacho? Yo tengo unas cuantas cosas que hacer
—dijo el doctor, y volvió a ale¬jarse.
—¿Alteza? —murmuró
Simón en voz baja, y se acercó al príncipe.
Josua abrió los
ojos y primero miró al joven; después, a las he¬rramientas que llevaba.
Asintió.
El chico se
arrodilló junto a él y rompió mediante un par de fuertes golpes el cierre de la
banda metálica que rodeaba el brazo de¬recho del príncipe. Cuando se movió para
ponerse a la izquierda de Josua, éste volvió a abrir los ojos y depositó la
mano sobre el brazo de Simón.
—En este lado quita
sólo la cadena, muchacho. —Un sonrisa fan¬tasmal apareció en su rostro—. Deja
que conserve el grillete para que recuerde por ello a mi hermano. —El príncipe
alargó el arrugado muñón de su muñeca derecha—. Tenemos una especie de cuenta
pendiente.
Simón sintió frío
de repente y tembló al apoyar el antebrazo iz¬quierdo de Josua contra las losas
de piedra. Mediante un único golpe cortó la cadena y dejó el grillete de hierro
negro por encima de la mano.
Morgenes apareció
con un fardo de ropas oscuras.
—Venid, debemos
darnos prisa. Casi ha pasado una hora desde que oscureció, ¿y quién sabe cuándo
irán a buscaros? He dejado la puerta tal y como estaba, pero eso no evitará que
descubran vuestra ausencia.
—¿Qué podemos
hacer? —preguntó el príncipe, al tiempo que se incorporaba con dificultad y
Simón lo ayudaba a ponerse el gastado traje de campesino—. ¿En quién podemos
confiar en este castillo?
—Por ahora, en
nadie, al menos de momento. Por ello debéis huir a Naglimund. Sólo allí os
encontraréis a salvo —contestó Morgenes.
—Naglimund...
—Josua pareció contento—. Durante estos horri¬bles meses he soñado tantas veces
con mi hogar... ¡Pero no! Mos¬traré a la gente el engaño de mi hermano.
¡Encontraré fuertes brazos que me ayuden!
—No aquí... y no
ahora. —La voz del doctor era firme, y sus bri¬llantes ojos imponían respeto—.
Volveríais a encontraros en un cala¬bozo, y en esa ocasión pronto seríais
decapitado en privado. ¿Es que no os dais cuenta? Debéis llegar a una plaza
fuerte, dónde estéis a salvo de la traición, antes de dar a conocer vuestras
acusaciones. Muchos reyes han metido en prisión y asesinado a sus parientes; se
necesita algo más que peleas familiares para excitar al populacho.
—De acuerdo —dijo
Josua, todavía en un mar de dudas—; pero, aunque estéis en lo cierto, ¿cómo
podría escapar? —Un ataque de tos hizo presa en él—. Las puertas del castillo,
sin duda..., están..., están cerradas durante la noche. ¿Debo ir hasta la
entrada disfrazado de juglar y tratar de cantar para conseguir que me dejen
salir?
Morgenes sonrió.
Simón estaba impresionado por el espíritu in¬dómito del príncipe, cuando apenas
hacía una hora estaba encade¬nado en una húmeda celda sin la más mínima
esperanza de ser res¬catado.
—Como veréis, no me
habéis cogido desprevenido ante tal pre¬gunta —respondió el doctor—. Observad,
por favor.
El anciano caminó
hasta el otro extremo de la larga estancia, ha¬cia la esquina donde Simón lloró
una vez, inclinado contra el áspero muro de piedra. Hizo un gesto señalando el
mapa del firmamento, cuyas constelaciones conectadas entre sí conformaban un pájaro
de cuatro alas. Apartó el mapa y detrás de él vieron un gran agujero cuadrado
que se introducía en la roca, y que estaba cerrado me¬diante una puerta de
madera.
—Como ya os he
demostrado, Pryrates no es el único que posee puertas escondidas y pasadizos
secretos —rió el doctor—. El padre Capa Roja es un recién llegado y todavía
tiene mucho que aprender sobre el castillo que ha sido mi hogar durante más
tiempo del que vosotros dos podáis imaginar.
Simón se encontraba
presa de tal excitación que apenas pudo mantenerse en pie, pero la expresión de
Josua mostraba dudas.
—¿Adonde conduce,
Morgenes? —preguntó el príncipe—. No me resultaría muy beneficioso escapar de
la mazmorra de Elías para ir a parar al foso de Hayholt.
—No temáis. Este
castillo está construido sobre un laberinto de cuevas y túneles, por no
mencionar las ruinas del anterior castillo que reposa bajo nosotros. El
laberinto es tan grande que ni siquiera yo conozco la mitad de él, pero sí lo
suficiente como para aseguraros hasta dónde os conducirá. Venid conmigo.
Morgenes se llevó
al príncipe, que descansaba sobre el brazo de Simón, junto a la mesa; el doctor
había extendido un pergamino cu¬yos bordes estaban grises y desgastados a causa
del paso del tiempo.
—¿Veis? —intervino
el sabio—, no estuve ocioso mientras mi joven amigo, aquí presente, se fue a
cenar. Éste es un plano de las cata¬cumbas. Desde luego que sólo es parcial,
pero en él aparece mar¬cado el camino que habréis de tomar. Si seguís estas
indicaciones cuidadosamente, os encontraréis de nuevo en cielo abierto un poco
más allá del cementerio que hay a las afueras de los muros de Erchester. Estoy
seguro que una vez allí, podréis hallar el camino que os conduzca hacia un
lugar seguro al amparo de la noche.
Tras estudiar el
mapa durante unos instantes, Morgenes se llevó aparte a Josua y ambos hombres
mantuvieron una conversación en susurros. Simón, que se sentía un poco al
margen, se puso a exami¬nar el pergamino del doctor. Aquél había marcado el
camino en bri¬llante tinta roja; el muchacho casi se mareó al tratar de seguir
los gi¬ros y vueltas.
Cuando ambos
hombres acabaron la conversación, Josua reco¬gió el mapa.
—Bien, viejo
amigo—dijo—, si tengo que irme debo hacerlo lo an¬tes posible. No sería muy
inteligente por mi parte permanecer una hora más entre los muros de Hayholt.
Pensaré con mucho cuidado en las demás cosas que me habéis dicho. —La mirada
del príncipe re¬corrió la atestada habitación—. Lo único que temo es lo que os
re¬portará vuestra valiente actuación.
—No hay nada que
podáis hacer al respecto, Josua —replicó Mor¬genes—. No estoy del todo
indefenso, todavía puedo emplear algu¬nos trucos. Tan pronto como Simón me
comunicó que os había en¬contrado, empecé a hacer algunos preparativos. Durante
bastante tiempo he temido que viniesen por mí; todo esto no hará sino
ade-lantarlo un poco. Tomad esta antorcha.
Mientras decía
aquello, el pequeño doctor descolgó una antor¬cha de la pared y se la alargó al
príncipe; luego le dio también un zu¬rrón que colgaba de un gancho junto a
aquélla.
—He puesto algo de
comida para vos, al igual que un poco más del licor curativo. No es demasiado,
pero debéis viajar ligero. Por fa¬vor, daos prisa. —Morgenes cogió el mapa de
las constelaciones y lo descolgó de la puerta del pasadizo—. Avisadme tan pronto
como os encontréis a salvo en Naglimund y a buen seguro que tendré más cosas
que explicaros.
El príncipe asintió
y se adentró lentamente por la boca del pasa¬dizo. La llama de la antorcha
empujó su sombra hacia las profundi¬dades cuando éste se volvió.
—Nunca olvidaré
esto, Morgenes —dijo—. Y tú, muchacho..., tú has realizado un acto valeroso en
el día de hoy. Espero que ello sea el comienzo, algún día, de un nuevo futuro
para ti.
Simón se arrodilló,
embargado por la emoción que sentía. Josua tenía un aspecto cansado y
ojeroso... El chico sintió orgullo, pesar y miedo, todo ello a la vez. Sus
pensamientos estaban agitados.
—Que os vaya bien,
Josua —añadió Morgenes, y posó una mano sobre el hombro de Simón. Juntos
observaron cómo la antorcha del príncipe se hundía en el estrecho pasadizo
hasta que fue tragada por la oscuridad. El doctor cerró la puerta y volvió a
colgar el mapa en su lugar—. Vamos, Simón —dijo—, todavía nos queda mucho por
ha-cer. Pryrates ha perdido a su huésped en esta «Noche Empedrada», y no creo
que ello lo haga muy feliz.
Pasaron un rato en
silencio. Simón balanceaba los pies desde su asiento en la mesa, asustado,
pero, a pesar de ello, saboreando la tensión que llenaba las estancias y que
ahora parecía pender sobre todo el castillo.
—La mayor parte de
todo esto lo hice mientras estabas cenando, pero todavía tenemos que hacer
algunas cosas más; hay que atar al¬gunos cabos.
La explicación del
anciano no le aclaró nada a Simón; sin em¬bargo, las cosas sucedían a tal
velocidad que incluso su naturaleza impaciente se veía satisfecha. Asintió y
balanceó los pies durante unos instantes más.
—Bueno, supongo que
esto es todo lo que puedo hacer por esta noche —dijo Morgenes—. Lo mejor que
podrás hacer es irte a la cama. Vuelve mañana temprano, después de que hayas
terminado tus labores.
—¿Labores? —se
atragantó el chico—. ¿Labores? ¿Mañana?
—Claro que sí
—cortó el doctor—. No creerás que va a suceder algo fuera de lo corriente,
¿verdad? ¿Es que crees que el rey va a anunciar: «Oh, a propósito, mi hermano
escapó de la mazmorra ayer por la noche, así que hoy tomaremos el día libre e
iremos a bus¬carlo»? No lo crees, ¿verdad?
—No, pe...
—... Y tú no irás a
decir: «Raquel, no puedo realizar mis tareas por¬que Morgenes y yo estamos
planeando una traición», ¿verdad que no?
—¡Pues claro que
no...!
—Muy bien, entonces
lo mejor que puedes hacer es acabar tus ta¬reas y regresar tan pronto como
puedas, y entonces valoraremos la situación. Todo esto es más peligroso de lo
que te imaginas, Simón, pero me temo que, para bien o para mal, ahora formas
parte de ello. Hubiera deseado mantenerte fuera de este...
—¿Fuera de qué?
¿Parte de qué, doctor?
—No te preocupes,
muchacho. ¿Todavía no tienes bastante? Ma¬ñana trataré de explicarte todo lo
que pueda, pero la «Noche Empe¬drada» no es la mejor ocasión para hablar de
cosas como...
Las palabras de
Morgenes fueron interrumpidas por unos fuer¬tes golpes que provenían de la
puerta exterior. Durante un instante, Simón y el doctor se miraron el uno al
otro; tras una pausa los gol¬pes volvieron a repetirse.
—¿Quién está ahí?
—preguntó Morgenes, con una voz tan tran¬quila que Simón tuvo que volver a
mirar la cara, llena de miedo, del anciano.
—Inch —replicaron
desde el otro lado.
El doctor se
tranquilizó visiblemente.
—Vete —respondió—.
Ya te dije que esta noche no te necesitaría.
Se hizo un breve
silencio.
—Doctor—susurró
Simón—, me parece que vi a Inch antes...
La voz apagada
volvió a elevarse.
—Creo que me he
dejado algo... en vuestra habitación, doctor.
—Vuelve en otro
momento —contestó Morgenes, y en esa oca¬sión su irritación era auténtica—.
Estoy demasiado ocupado como para que me molestes ahora.
Simón volvió a
dirigirse al anciano.
—Creo que lo vi
cuando íbamos con Jos...
—¡¡Abrid esta
puerta inmediatamente, en el nombre del rey!!
Simón sintió que se
le retorcía el estómago de desesperación: aquella nueva voz no pertenecía a
Inch.
—¡Por el Cocodrilo
Menor! —maldijo Morgenes—, ese estúpido nos ha vendido. No creí que pudiera
hacer una cosa así. ¡No me mo¬lestéis más! —exclamó, y cogió la mesa para ir a
apoyarla contra la puerta interior—. ¡Soy un anciano y necesito descansar!
El muchacho se
incorporó para ayudarlo, con un sentimiento mezcla de terror y de una
inexplicable euforia.
Una tercera voz
vino a unirse a las dos anteriores, al otro lado de la puerta; una voz cruel.
—Vuestro descanso
será largo en verdad, anciano.
Simón se tambaleó y
casi se cayó al doblársele las rodillas. Pryrates estaba allí.
Un horrible ruido
de crujidos empezó a oírse a través del pasillo interior cuando Simón y el
doctor consiguieron por fin colocar la pesada mesa contra la puerta.
—Hachas —dijo el
sabio, y empezó a rebuscar sobre la mesa.
—¡Doctor! —siseó el
joven, que se movía arriba y abajo, lleno de miedo. El sonido de la madera
partida retumbaba fuera de la habi¬tación—. ¿Qué podemos hacer?
Simón se dio la
vuelta para enfrentarse a una escena de locura.
Morgenes estaba de
rodillas encima de la mesa, inclinado sobre un objeto que un instante después
reconoció como una jaula de pá¬jaros. El anciano tenía la cara junto a los
delgados barrotes y parecía arrullar y murmurar algo a las criaturas de dentro;
al mismo tiempo Simón oyó caer la puerta exterior.
—¡¿Qué
hacéis?!—gritó.
Morgenes saltó
abajo, y corrió por la habitación hasta llegar a la ventana. Al oír el grito de
Simón se volvió para mirar, lleno de calma, al aterrorizado joven; después,
sonrió con tristeza y movió la cabeza.
—Claro que sí,
muchacho, también he pensado en ti, como le prometí a tu padre. ¡Qué poco
tiempo tenemos!
El doctor dejó la
jaula y volvió junto a la mesa, en cuya superfi¬cie desordenada empezó a
rebuscar, justo cuando la puerta de la ha¬bitación se estremeció bajo el
impacto de los pesados golpes. Podían oírse violentas voces y el sonido
metálico de unas armaduras. Mor¬genes encontró lo que buscaba: una caja de
madera. La abrió y dejó caer sobre las palmas de sus manos una cosa brillante y
dorada. Vol¬vió a dirigirse hacia la ventana, después se detuvo y también
recogió un fajo de pergaminos del caos de la mesa.
—¿Te llevarás esto,
por favor? —preguntó, y le alargó el paquete de manuscritos a Simón para
después regresar a toda prisa junto a la ventana—. Es mi biografía sobre el
Preste Juan, y quiero evitarle a Pryrates el placer de criticarla.
Estupefacto, el
muchacho recogió los papeles y se los puso en el cinturón, bajo la camisa. El
doctor cogió la jaula y extrajo, en la palma de la mano, a uno de sus pequeños
moradores. Se trataba de un pequeño gorrión de color gris plateado. Mientras
Simón lo ob¬servaba todo en un estado de entumecimiento sensorial, el sabio ató
con un poco de hilo el brillante objeto —¿un anillo?— en una pata del gorrión.
Una pequeña porción de pergamino fue igualmente ligada a la otra pata.
—Manténte fuerte
con esta pesada carga —dijo, con dulzura, al pajarillo.
La hoja de un hacha
traspasó la pesada puerta justo por encima de la cerradura. Morgenes se agachó
y recogió un palo largo del suelo para romper con él el cristal de la alta
ventana; después depo¬sitó al gorrión en el alféizar y lo dejó marchar. El
pájaro dio unos saltitos a lo largo del marco, después desplegó las alas y
desapareció en la inmensidad del cielo vespertino. Uno a uno, el doctor fue
libe¬rando cinco gorriones más de la misma forma, hasta que la jaula es¬tuvo
vacía.
Un gran trozo de
madera había sido arrancado del centro de la puerta; Simón vio los rostros
llenos de ira y el resplandor de la an¬torcha sobre el metal del otro lado de
la entrada.
El doctor le hizo
una seña.
—¡Por el túnel,
muchacho, rápido!
Otra plancha de
madera cayó al suelo tras ellos. Mientras cruza¬ban la habitación hacia la
puerta del pasadizo, el anciano alargó a Simón un objeto pequeño y redondo.
—Frótalo y tendrás
luz, Simón —dijo—. Es mejor que una antor¬cha. —El doctor apartó el mapa y
abrió la puerta—. ¡Entra, corre! ¡Busca las escaleras de Tan'ja y súbelas!
Cuando el muchacho
entraba en el corredor la gran puerta de la estancia saltaba de sus goznes y
caía al suelo. Morgenes se dio la vuelta.
—¡Pero, doctor!
—gritó Simón—. ¡Venid conmigo! ¡Podemos es¬capar!
El hombrecillo lo
miró y sonrió, luego movió la cabeza. La mesa que había frente a la puerta fue
derribada en medio de un estruendo de cristales rotos, y un grupo de hombres
armados, vestidos de verde y amarillo, empezaron a pasar a través de los
escombros. Entre los hombres de la guardia erkyna, acurrucado como un sapo en
un jardín de espadas y hachas, se encontraba Breyugar, el Lord de la Guardia.
En el pasillo iluminado permanecía la voluminosa figura de Inch; tras él, el
manto escarlata de Pryrates emitía destellos al re¬flejar la luz.
—¡Alto!—rugió una
voz a través de la habitación.
Simón se quedó
maravillado, en medio de todo el miedo y la confusión que sentía, de que un
sonido tal pudiera provenir del frá¬gil cuerpo de Morgenes. El doctor ahora se
encontraba en pie frente a la guardia erkyna, y sus dedos formaban extrañas
figuras en el es¬pacio. El aire entre él y los sorprendidos soldados empezó a
doble¬garse y tomar forma, y a brillar como algo sólido. Parecía que algo
estaba creciendo de la nada, mientras Morgenes seguía realizando extraños
movimientos con las manos. Durante un instante las an¬torchas delimitaron la
escena ante los ojos de Simón, como si las fi¬guras formasen parte de un viejo
tapiz.
—Bendito seas,
muchacho —siseó Morgenes—. ¡Vete! ¡Ahora!
Simón retrocedió un
paso en el interior del corredor.
Pryrates avanzó a
través de los atemorizados guardias, como una borrosa sombra rojiza contra la
pared de aire. Una de las manos del sacerdote se levantó hacia adelante; una
crepitante red de chispas azules marcó el lugar que había tocado en la pared de
aire creada por el doctor. Este retrocedió, y su barrera empezó a deshacerse
como si fuese de hielo. El anciano se agachó y recogió un par de vasos de una
estantería junto al suelo.
—¡Detened al joven!
—gritó Pryrates, y de repente Simón vio los ojos del sacerdote por encima del
manto escarlata..., unos fríos ojos negros de reptil que parecían apoderarse de
él..., traspasarlo...
La pared de aire se
disolvió.
—¡Cogedlos! —ordenó
el conde Breyugar, y los soldados avanza¬ron hacia ellos.
Simón lo observaba
todo inmerso en una enfermiza fascinación. Deseaba correr, pero no podía
hacerlo; no había nada entre él y las espadas de la guardia erkyna, nada
excepto... Morgenes.
—¡ENKI ANNUKHAI
SHI'IGAO!— La voz del doctor retumbó como una campana hecha de piedra.
Un fuerte viento
invadió la habitación y extinguió las antorchas. En el centro del remolino
permanecía Morgenes, con un frasco en cada una de sus extendidas manos. En un
instante de oscuridad se produjo un estallido, y después una llamarada de
incandescencia al romperse los frascos, envueltos en llamas. Un segundo
después, los brazos de Morgenes eran recorridos por llamaradas inmensas. Simón
se quedó petrificado a causa del terrible calor, mientras el doc¬tor se volvía
para mirarlo una vez más; su rostro parecía desvane¬cerse y desaparecer tras el
vaho del fuego que lo envolvía.
—Vete, Simón
—suspiró, en llamas—. Ya es demasiado tarde para mí. Ve con Josua.
El muchacho
retrocedió lleno de horror, y la frágil forma del an¬ciano avanzó hacia los
soldados con flamígero resplandor. Morgenes pareció correr y saltar hacia los
amedrentados soldados, que gri¬taron al verlo sobre ellos. Los guardias se
apartaron y se pisaron unos a otros llenos de desesperación, en busca de una
salida a través de la destrozada puerta. Unas inmensas llamas se elevaron hacia
arriba y ennegrecieron las vigas del techo, que crujieron ante la amenaza.
Todas las paredes empezaron a estremecerse. Durante un instante Simón escuchó
la ronca y burlona voz de Pryrates mezclada con los sonidos de la agonía final
de Morgenes... Después se pro¬dujo una gran explosión de luz y un estampido de
los que rompen los tímpanos. Una oleada de aire caliente empujó al joven hacia
el interior del pasadizo y cerró la puerta tras él con un ruido parecido al que
debía de producir un martillo del Juicio Final. Incapaz de moverse, Simón oyó
el crujido de la madera de las vigas del techo al caer al suelo. La puerta se estremeció,
ahora ya bloqueada por tone¬ladas de escombros de madera y piedra.
Simón permaneció
allí, sin moverse, inmerso en interminables sollozos, cuyas lágrimas se
evaporaban de inmediato a causa del ca¬lor. Al fin se puso en pie. Encontró la
cálida pared de piedra al pal¬par con la mano y, dando tumbos, se adentró en la
oscuridad.
13
Entre mundos
Voces, muchas voces
—producto de su propia imaginación o provenientes de las intranquilizadoras
sombras que lo ro¬deaban, Simón no podía asegurarlo— fueron su única com¬pañía
durante la primera y terrible hora.
«¡Simón
cabezahueca! ¡Lo has vuelto a hacer, Simón cabezahueca!»
«¡Su amigo, su
único amigo está muerto!»
«¿Dónde estamos?»
«En la oscuridad,
para siempre en la oscuridad, revoloteando como una alma en pena a través de
los túneles sin fin...»
«Ahora es Simón
peregrino, cuyo destino es vagar, desear...»
«No —se estremeció
el muchacho, y trató de refrenar el clamor de las voces—, lo recordaré,
recordaré la línea roja que aparecía en el viejo mapa, y buscaré las escaleras
de Tan'ja, estén donde estén. Re¬cordaré los planos y los negros ojos de ese
asesino de Pryrates; recor¬daré a mi amigo..., a mi amigo el doctor
Morgenes...»
Simón se hundió en
el arenoso suelo del túnel, y lloró desconso¬ladamente, lleno de rabia, como un
corazón solitario en un uni¬verso de negra piedra. La oscuridad era asfixiante
y le resultaba inso¬portable, case le impedía respirar.
«¿Por qué lo hizo?
¿Por qué no corrió?»
«Murió para
salvarte a ti, muchacho estúpido, y a Josua. Si hu¬biese huido, os habrían
seguido; Pryrates poseía poderes más fuer¬tes. Habríais sido capturados, y
después habrían seguido al prín¬cipe, para apresarlo y volverlo a encerrar en
la celda. Morgenes murió para que eso no ocurriese.»
Simón maldijo el
sonido de su propio llanto, la tos seca y el llo¬riqueo que parecían oírse para
siempre en el eco del túnel. Vació su ser de todo ello, y sollozó hasta que su
voz fue un sonido áspero, un sonido que pudo soportar, y no el gemido de un cabezahueca
per¬dido en la oscuridad.
Mareado y
sintiéndose enfermo, se secó las lágrimas con la manga de la camisa y notó que
había olvidado el peso de la esfera de cristal de Morgenes. Luz. El doctor le
había proporcionado luz. Junto con los papeles que descansaban atravesados en
el cinturón de sus calzas, era el último regalo que el anciano le había hecho.
«No —murmuró una
voz—, el penúltimo, Simón peregrino.»
El joven movió la
cabeza en un intento de deshacerse del miedo que sentía. ¿Qué era lo que había
dicho Morgenes cuando ató el ob¬jeto brillante a la delgada pata del gorrión?
¿Que se mostrase fuerte con la pesada carga? ¿Por qué estaba sentado en aquella
oscuridad, entre sollozos? ¿Acaso no era el aprendiz de Morgenes?
Se puso en pie,
desconcertado y tembloroso. Sintió la superficie de vidrio de la bola de
cristal bajo los dedos. Miró a la oscuridad, hacia el lugar en que debían
encontrarse sus manos, con el pensa¬miento puesto en el sabio. ¿Cómo podía reír
tan a menudo el doc¬tor, cuando el mundo estaba tan lleno de escondida
traición, de cosas hermosas que llevaban el germen de la podredumbre en su
interior? Existían demasiadas zonas oscuras, y tan poca...
Un débil chispazo
de luz apareció ante él, como un agujero he¬cho por una aguja en la cortina de
la noche. Frotó la bola con más intensidad para ver qué sucedía. La luz se hizo
más intensa y se abrió paso entre las sombras; las paredes del pasadizo aparecieron
a ambos lados, teñidas de una suave luz ámbar. El aire pareció pene¬trarle en
los pulmones. ¡Podía ver!
La emoción
momentánea desapareció cuando miró a un lado y otro del túnel. El dolor de
cabeza que sentía hacía que las pare¬des se moviesen ante él. El túnel apenas
tenía forma, tan sólo era un agujero que penetraba en la panza del castillo,
cubierto de páli¬das telarañas. Miró hacia atrás y vio el cruce que ya había
pasado, una boca abierta en el muro. Retrocedió. La luz de la bola no re¬veló
nada más allá del otro agujero, excepto cascotes, una pequeña montaña de
escombros que se extendía más allá del alcance de la luz de la esfera. ¿Cuántos
cruces y desvíos habría dejado atrás? ¿Y cómo podría saber cuáles eran los
acertados? Simón volvió a sen¬tirse invadido por otra ola de desasosiego.
Estaba solo, perdido sin remisión. Nunca podría volver al mundo de la luz.
«Simón peregrino,
Simón cabezahueca... La familia muerta, el amigo muerto, vedle vagar y vagar
para siempre...»
—¡Silencio! —gritó,
y se sorprendió al oír su voz recorrer el ca¬mino ante él; un mensajero que
transportaba una proclama del rey del subsuelo: Silencio... silencio...
silen... si...
Simón, el rey de
los Túneles, inició su tambaleante caminar.
El pasadizo se
adentraba en el corazón de piedra de Hayholt, a través de un monótono camino
lleno de telarañas e iluminado sólo por el brillo de la esfera de cristal de
Morgenes. Las telarañas rotas parecían representar una lenta y fantasmagórica
danza a su paso; cuando se volvió para mirar hacia atrás, los filamentos se
movieron tras él, como los fláccidos dedos de los ahogados. Tenían engancha¬das
en el cabello madejas de fino hilo que también se le pegaban en el rostro, de
tal forma que tuvo que caminar con la mano sobre los ojos. De vez en cuando
sentía alguna cosa pequeña y llena de patas que le recorría los dedos al ir
atravesando las redes; tuvo que dete¬nerse durante un instante, con la cabeza
baja, hasta que cesaron los espasmos.
Cada vez hacía más
frío, y las estrechas paredes del pasadizo pa¬recían exudar humedad. El túnel
aparecía derrumbado en algunos lugares; en otro se veían, cerrando el camino,
montones de piedras sucias apiladas tan alto que Simón tenía que pasar con la espalda
contra las paredes húmedas.
Se hallaba
realizando una de estas maniobras —en las que ro¬deaba un obstáculo, con la
mano en la que llevaba su fuente de ilumi¬nación sobre la cabeza y la otra
extendida por delante, para tantear el terreno—, cuando de repente sintió un
punzante dolor, como si le clavasen mil agujas en el brazo que iba extendido
por delante y en la mano. A la luz de la esfera tuvo una visión que lo llenó de
horror: cientos, no, miles de diminutas arañas blancas le subían por la mu¬ñeca
y se introducían en su interior por la manga de la camisa, y lo picaban como
miles de fuegos encendidos. Simón chilló y golpeó el brazo contra la pared del
túnel; así consiguió que cayese al suelo un montón de suciedad y polvo, que se
le introdujo en los ojos y la boca. Sus gritos de terror provocaron a través de
todo el pasadizo un eco que se fue alejando poco a poco. Cayó de rodillas en el
húmedo suelo, y golpeó una y otra vez el brazo dolorido hasta que el pun¬zante
dolor empezó a menguar; después se encogió de brazos y pier¬nas, para alejarse
del horrible nido o madriguera de lo que fuese que había tocado. Mientras se
retorcía y seguía con sus frenéticos golpes contra el suelo, volvió a llorar;
se sentía como si hubiese recibido una paliza.
Cuando reunió
suficiente valor para mirarse el codo, la luz de la esfera de cristal reveló
únicamente un enrojecimiento de la piel que había bajo la suciedad, en lugar de
las heridas sanguinolen¬tas que estaba seguro de encontrar. El brazo le
palpitaba, y se pre¬guntó si las arañas serían venenosas, si todavía tenía que
llegar lo peor. Cuando el pecho se le inundó de sollozos que una vez más le
impedían respirar, se forzó a incorporarse. Debía seguir adelante. Tenía que
hacerlo.
Mil arañas blancas.
Tenía que seguir
adelante.
Siguió hacia el
interior del túnel alumbrado con el débil res¬plandor de la esfera. La luz
iluminaba las piedras, que estaban resba¬ladizas a causa de la humedad, así
como las bocas de los corredores que se cruzaban, las cuales se hallaban
tapadas con escombros. Ahora debía de encontrarse bastante por debajo del
castillo, muy en el fondo de la oscura tierra. No descubrió ningún rastro del
paso de Josua ni de ningún otro ser. Poseía la enfermiza certeza de que, en la
oscuridad, había dejado atrás algún lugar en el que tendría que ha¬ber torcido
para adentrarse por otro pasadizo, y estaba seguro de que ahora se encontraba
dando vueltas sin fin dentro de un pozo del que no había escapatoria.
Caminó penosamente
durante mucho tiempo; dio vueltas y gi¬ros en tal cantidad que ahora ya no le
servía de nada el recuerdo de la línea roja sobre el mapa de Morgenes. No
encontró nada en el es¬trecho y desesperante agujero que se pareciera, ni
remotamente, a unas escaleras. La luminosa esfera empezaba a debilitarse. Las
voces volvieron a escapar de su control y lo envolvían entre sombras de lo¬cura
como una multitud vociferante.
«Está seguro y cada
vez lo estará más. Está seguro y cada vez lo estará más.»
«Descansemos en el
suelo por unos momentos. Queremos dor¬mir, sólo unos instantes, dormir...»
«El rey tiene unas
bestia en su interior, y Pryrates es su guar¬dián...»
«"Mi
Simón", te llamó Morgenes. "Mi Simón"... El doctor co¬nocía a tu
padre. Él sabía secretos.»
«Josua se dirige a
Naglimund. El sol brilla allí, día y noche. Naglimund. Allí la gente come dulce
miel y bebe una clara, muy clara agua. En Naglimund el sol brilla en el cielo.»
«El sol es cálido y
brillante. Es cálido. ¿Por qué?»
De repente, el aire
del húmedo túnel se había vuelto muy ca¬liente. Simón avanzó dando traspiés,
con la seguridad de que sentía el principio de la fiebre ocasionada por el
veneno de las arañas. Iba a morir en la oscuridad, en la terrible oscuridad.
Nunca volvería a ver el sol, o a sentir sus...
El bochorno pareció
penetrarle en el interior de los pulmones. ¡Cada vez hacía más calor!
La calurosa
atmósfera lo rodeó; la camisa se le pegó al pecho, y el cabello, a la frente.
Durante un instante sintió todavía más pá¬nico del que había sentido hasta
aquel momento.
«¿Habré estado
caminando en círculos? ¿He andado durante años sólo para volver a encontrarme
entre las ruinas de las estancias de Morgenes, entre los quemados y
ennegrecidos restos de su vida?»
No era posible.
Había caminado hacia abajo, y nunca le pareció que se hubiera dirigido hacia
arriba, a excepción de unos ligeros pa¬sos. ¿Por qué hacía tanto calor?
El recuerdo de una
de las historias de Shem, el encargado de los establos, se abrió camino en su
memoria. Una historia sobre el joven Preste Juan vagando a través de la
oscuridad hacia el gran calor, hacia el dragón Shurakai en su guarida bajo el
castillo..., aquel castillo.
«¡Pero el dragón
está muerto! Yo toqué sus huesos, que forman un solio amarillo en la sala del
trono. Ya no existe ningún dragón, ninguna forma adormilada, de respiración
profunda, del tamaño de un campo de torneos, que espera en la oscuridad con
garras tan afi¬ladas como espadas y un alma tan antigua como las piedras de
Osten Ard. El dragón está muerto.»
Pero ¿acaso los
dragones no tenían hermanos?
¿Y qué ruido era
aquel que se oía, aquel apagado y constante ruido?
El calor era
insoportable y el aire estaba inundado de humo. Si¬món sentía su corazón como
si fuese un pedazo de plomo. La esfera de cristal empezó a reducir su
intensidad justo cuando grandes man¬chas de luz rojiza oscurecieron la débil
potencia de la esfera. El túnel se alisó, y ya no giraba ni a derecha ni a
izquierda, sino que conti-nuaba hacia adelante por una larga y erosionada
galería que desem¬bocaba en un dintel en forma de arco. Éste brillaba iluminado
por una difusa luz anaranjada. Simón tembló, mientras el sudor le res¬balaba a
lo largo del rostro, pero se sintió atraído hacia la salida.
«¡Date la vuelta y
echa a correr, cabezahueca!»
No pudo hacerlo.
Cada paso que daba representaba un gran es¬fuerzo, pero aun así se acercó
todavía más. Llegó hasta la arcada y asomó la cabeza, lleno de temor.
Se trataba de una
gran caverna, inundada de luz. Las paredes de piedra parecían derretidas y
compuestas como la cera en la base de una vela. Durante unos instantes los ojos
de Simón se abrieron llenos de asombro: en la parte más alejada de la caverna
aparecieron una veintena de formas arrodilladas ante la figura de... ¡un
mons-truoso y llameante dragón!
Un segundo más
tarde pudo ver que no se trataba de eso: la in¬mensa figura agazapada contra la
piedra era un enorme horno.
«¡La fundición! ¡La
fundición del castillo!»
Por toda la caverna
aparecían hombres enmascarados y pesada¬mente vestidos que forjaban armas de
guerra. Grandes recipientes de hirviente hierro fundido eran extraídos de las
llamas con la ayuda de largas varas. El metal burbujeaba y siseaba al ser vertido
en los moldes, y por encima de la ronca voz de la fundición retumba¬ban los
sonidos metálicos del martillo contra el yunque.
Simón retrocedió al
interior del túnel. Por un momento había pensado echar hacia adelante y correr
en dirección a aquellos hom¬bres, pues hombres eran, a pesar de su extraña
vestimenta. En aquel instante le pareció que cualquier cosa sería preferible
antes que el oscuro túnel y las voces, pero lo pensó mejor. ¿Creía que aquellos
individuos le ayudarían a escapar? Sin duda, sólo conocerían un ca¬mino para
salir de la abrasadora fundición; un camino que llevaba de vuelta arriba, de
regreso a las garras de Pryrates —si es que había sobrevivido al infierno de
las estancias de Morgenes— o a la brutal justicia de Elías.
Simón se sentó a
pensar. El ruido de la fundición y su dolorida cabeza le impidieron hacerlo con
claridad. No podía recordar haber pasado ningún cruce de túneles desde hacía
tiempo. En la pared más alejada de la caverna había visto una hilera de
agujeros; puede que no fuesen nada excepto cámaras de almacenamiento...
«O calabozos...»
Pero más bien daba
la impresión de que podían tratarse de dife¬rentes caminos que llevasen hacia
el exterior de la cámara. Volver al túnel sobre sus pasos le parecía una
locura...
«¡Cobarde, más que
cobarde!»
Entumecido y
magullado, Simón se encontraba en el filo de la indecisión. Regresar, y vagar
de nuevo a través de la misma oscuri¬dad que ya conocía, a través de los
túneles llenos de arañas, y con la única fuente de luz de que disponía casi
extinguida... O atravesar el rugiente infierno de la fundición, y desde allí,
¿quién podía saber lo que ocurriría?
«¡Será el "Rey
del Subterráneo", el "Señor de las Lágrimas"!»
«¡No, su gente ha
partido, dejadlo!»
Simón se dio un
golpe en la cabeza, para tratar de ahuyentar las voces.
«Si tengo que morir
—decidió, una vez reconquistado el domi¬nio de su alocado corazón—, al menos
que sea a la luz del día.»
Se inclinó hacia
adelante, con la cabeza palpitando, para mirar la esfera de cristal que
reposaba entre sus manos. La luz se extinguía y, con una vibración, parecía
regresar a la vida. Simón la guardó en el bolsillo.
Las llamas del
horno y las figuras que pasaban ante ellas confi¬guraban compulsivas
explosiones de colores rojo, naranja y negro a lo largo de las paredes; el
muchacho salió del umbral de la arcada y se escondió tras el declive de una
rampa. El siguiente escondite re¬sultó ser una derruida estructura de
ladrillos, a unas quince o veinte yardas de donde estaba acurrucado, un horno
en desuso que se en¬contraba en uno de los márgenes de la cámara. Tomó unas
cuantas bocanadas de aire y se lanzó en aquella dirección, medio corriendo y
medio a rastras. Le dolía la cabeza, y cuando alcanzó el horno tuvo que
apoyarla sobre las rodillas hasta que se le pasó un poco. El bes¬tial rugido de
la fundición penetraba como un trueno en el ator¬mentado cerebro de Simón y llegaba
incluso a silenciar las voces que producían el doloroso clamor.
Fue de lugar oscuro
en lugar oscuro, pequeñas islas de sombras en medio de un océano de humo rojo y
ruido. Los hombres de la fundición no levantaron la mirada ni lo vieron. Apenas
se comuni¬caban entre ellos; se limitaban a gesticular en medio de todo aquel
estruendo, como hombres con armadura en medio del caos de la batalla. Sus ojos,
pequeños puntos que reflejaban la luz, a pesar de llevar sus rostros
enmascarados, parecían tener un único objetivo: el brillante y compacto flujo
de hierro caliente. Al igual que la línea roja marcada en el mapa que todavía
serpenteaba a través de la me¬moria de Simón, el radiante metal estaba por
todas partes, seme¬jante a la mágica sangre de un dragón. En unos sitios
saltaba por en¬cima del borde de algún recipiente y caía al suelo, donde
parecía romperse en mil gotas, brillantes como gemas; en otros lugares
ser¬penteaba a través de la roca para ir a caer, entre humo siseante, en un
estanque de agua salobre. Grandes lenguas incandescentes, que eran vertidas por
enormes recipientes, teñían de escarlata a los en¬mascarados hombres de la
fundición.
Simón se arrastraba
y se escabullía de rincón en rincón dando un laborioso rodeo por el borde de la
cueva-fundición, hasta que consiguió llegar a la rampa cercana que conducía al
exterior. El opresivo y asfixiante calor, al igual que su propio espíritu herido,
le impelieron a subir deprisa, pero la aplastada tierra de la rampa mostraba
una profunda huella de carro. Se trataba de una salida muy utilizada, meditó
Simón, con la mente llena de pensamientos nebu¬losos y lentos. No era el lugar
que debería escoger para salir de allí.
Al final alcanzó
una de las bocas sin rampa que se abrían en la pared de la caverna. Resultó
difícil subir por la ablandada —¿por el fuego?, ¿por las llamas del dragón?—
roca, pero las escasas fuerzas que aún podía reunir le permitieron alcanzar la
boca y meterse de cabeza en las sombras protectoras del interior, con la esfera
débil¬mente iluminada entre sus manos, como una luciérnaga atrapada.
Cuando pudo
recordar quién era, se encontró arrastrándose por el suelo.
«¿Otra vez de
rodillas, cabezahueca?»
La oscuridad era
completa, y Simón se movió a ciegas hacia el interior de la oscura boca. Bajo
sus manos el suelo parecía estar seco y cubierto de arena.
Siguió a rastras
durante mucho, mucho tiempo; incluso le pare¬ció que las voces empezaban a
sentir pena por él.
«Simón perdido...
Simón perdido, perdido, per...»
Sólo la sensación
de ir alejándose poco a poco del calor lo con¬venció de que se movía, pero
¿hacia qué y hacia dónde? Se arrastró como un animal herido a través de las
sombras, en descenso, siem¬pre hacia abajo. ¿Acaso llegaría al mismísimo centro
de la tierra de aquella manera?
Los seres que
serpenteaban entre sus dedos en aquellos momen¬tos no significaban nada para
Simón. La oscuridad era completa, tanto dentro como fuera. En su interior, el
muchacho se sentía casi incorpóreo, como un fardo de asustados pensamientos que
se hun¬dían en la enigmática tierra.
Algo después,
cuando la ya oscurecida esfera que había apretado entre sus manos durante tanto
tiempo parecía formar parte de él, empezó a alumbrar de nuevo, esta vez con
extraña claridad azulada. De un vibrante núcleo de color azul empezó a
expandirse luz hasta que tuvo que sujetar la bola por delante de la cabeza,
aunque el des¬tello lo hiciera bizquear. Se incorporó con lentitud y una vez en
pie respiró con dificultad; las manos y rodillas le hormigueaban en los lugares
que habían estado en contacto con la arena del suelo.
La pared, por
debajo del musgo, aparecía cubierta por una espe¬cie de azulejos, en algunos
lugares rotos y desconchados, y en otros inexistentes, por lo que se podía ver
la blanda tierra. Tras él, el túnel parecía ascender y las huellas de su paso
se detenían donde ahora estaba. Ante él continuaba la oscuridad. Simón decidió
que cami-naría sobre las piernas durante un rato.
El pasadizo se
ensanchó al cabo de un momento. Las entradas arqueadas de decenas de otros
corredores se unían al que recorría Simón, la mayoría de ellas cubiertas con
tierra y piedras. Pronto aparecieron losas bajo sus pasos, desiguales y
desencajadas piedras que, no obstante, atrapaban la luz de la esfera con
extrañas opales¬cencias. El techo pareció adquirir forma de ángulo por encima
de él de manera gradual, fuera del alcance de la luz azul; el corredor
continuaba descendiendo en la tierra. Algo que podía haber sido el batir de
alas de un murciélago revoloteó en la vacuidad que se ex¬tendía sobre la cabeza
del chico.
«¿Dónde estoy?
¿Cómo puede llegar hasta tan abajo el Hayholt? El doctor dijo que había
castillos sobre castillos, hasta llegar al es¬queleto de la tierra. Castillos
sobre castillos..., sobre castillos...»
Se detuvo sin darse
cuenta, y se volvió para permanecer ante uno de los cruces de pasadizos. En
algún lugar en su cabeza podía verse y observar el aspecto que presentaba:
andrajoso, sucio y mo¬viendo la cabeza de lado a lado, como un idiota; la baba
le caía por la comisura de los labios.
La oscura entrada
que había ante él aparecía abierta, sin obs¬trucciones, y flotaba un extraño
aroma, como de flores secas. Simón se echó hacia adelante, con un brazo
extendido y sosteniendo en alto, en la otra mano, la esfera de cristal.
«... ¡Qué hermoso
lugar! ¡Hermoso!»
Se trataba de una
habitación en perfecto estado, según lo que de ella podía verse con la luz
azulada de la esfera; tan arreglada como si alguien acabase de salir. El techo
era abovedado y estaba adornado de delicados trazos y líneas pintadas, algo que
sugería arbustos espi¬nosos, cepas de uva o el serpentear de mil torrentes. Las
ventanas re¬dondeadas estaban tapiadas y la suciedad y los sedimentos cubrían
el suelo de azulejos, pero todo lo demás permanecía en un estado impecable. Vio
una cama —una maravilla de trabajo en madera— y una silla de patas tan delgadas
como las de un pájaro. En el centro de la habitación se encontraba una fuente
de piedra pulida: daba la sensación de que el agua cantarina iba a manar de
ella de un mo¬mento a otro.
«Un hogar para mí.
Un hogar en las profundidades de la tierra. Un lecho en el que dormir
profundamente hasta que Pryrates, el rey y los soldados hayan desaparecido...»
Dio unos cuantos
pasos hacia adelante y permaneció junto a la cama, cuyas sábanas eran limpias e
inmaculadas como las mortajas de los benditos. Un rostro lo miraba desde una
hornacina por en¬cima del lecho; se trataba de un espléndido e inteligente
rostro de mujer, una estatua. Algo en el busto no acababa de ser perfecto; los
rasgos resultaban demasiado angulosos, los ojos demasiado grandes y hundidos,
los pómulos altos y pronunciados. Aun así, era un ros¬tro de gran belleza,
capturado en piedra translúcida y para siempre congelado en una triste sonrisa.
Cuando Simón se
acercó con lentitud para acariciar la mejilla de la escultura, su espinilla
rozó la estructura del lecho. Apenas se trató de un ligero roce, como el paso
de una araña, pero el lecho se derrumbó y se deshizo hasta quedar convertido en
simple polvo. Un instante después, mientras Simón permanecía paralizado de
te¬rror, el busto de la hornacina se disolvió como fina ceniza bajo las yemas
de sus dedos; las facciones de la mujer se esfumaron en un se¬gundo. El
muchacho dio un salto hacia atrás y la luz de la esfera pa¬reció disminuir de
intensidad. El ruido de sus pasos sobre el suelo provocó el mismo efecto sobre
la silla y la fuente, y un instante des¬pués el techo también pareció
derrumbarse. Las entrelazadas ramas de los diseños se convirtieron en polvo. La
estera parpadeó cuando Simón salió del cuarto, y cuando alcanzó el corredor, la
luz azul se extinguió.
Otra vez volvía a
encontrarse en la oscuridad. De repente, oyó llorar a alguien. Pasó un largo
minuto antes de que se decidiera a avanzar y penetrar en la negrura que parecía
no tener fin, mientras se preguntaba quién era el ser que todavía parecía tener
lágrimas que verter.
El paso del tiempo
parecía haberse convertido en una cuestión de detenerse y volver a continuar.
En alguna parte, tras él, Simón había dejado caer la esfera, ya gastada, para
que permaneciese para siempre en la oscuridad, como una perla en las oscuras profundida¬des
de un mar secreto. En lo que daba la sensación de ser la única parte de su
mente que todavía permanecía sana, supo que avanzaba y que seguía un camino
descendente.
«Voy hacia abajo,
sigo cayendo por el pozo. Hacia abajo.»
«¿Hacia dónde?
¿Hacia qué?»
«De sombra en
sombra, como siempre viaja un simple pinche.»
«Un cabezahueca
muerto. Un fantasmal cabezahueca...»
A la deriva, sin
propósito... Simón pensó en Morgenes, con su barba rala envuelta en llamas,
pensó en el resplandeciente cometa que brillaba con aquella luz roja por encima
de Hayholt..., pensó en sí mismo, que descendía a través de la negra nada como
una pe¬queña y fría estrella. A la deriva.
La vacuidad era
completa. La oscuridad, al principio sólo una ausencia de luz y de vida, empezó
a asumir cualidades por sí misma: incómoda y llena de nada cuando los túneles
se estrechaban. Simón avanzó a través de escombros y de retorcidas raíces, o
por la altiva y amplia oscuridad de cámaras invisibles, repletas del roce de
alas de murciélago. Seguía andando a través de las vastas galerías
subterrá¬neas y podía escuchar el rumor apagado de sus propias pisadas;
cual¬quier sentido de la orientación que pudiera haber tenido había
desa¬parecido ya hacía mucho tiempo. Podría estar subiéndose por las paredes y
deambulando por el techo como una mosca enloquecida. No existía derecha ni
izquierda; cuando los dedos de Simón volvían a encontrar sólidas paredes ante
él o puertas que conducían a otros túneles, entraba sin pensarlo dos veces y
penetraba en estrechos pasa¬dizos o en otras catacumbas llenas del batir de
alas de murciélago.
«¡El fantasma de un
cabezahueca!»
Un olor a roca
húmeda lo impregnaba todo. Su sentido del ol¬fato, al igual que el del oído,
parecía haberse desarrollado para con¬trarrestar la ciega y negra noche en la
que caminaba. Y, a medida que avanzaba palpando el camino con las manos,
siempre hacia abajo, los olores de su mundo nocturno lo inundaban: una húmeda y
margosa tierra, con un aroma casi tan rico como el de la masa de pan, y la
blanda, aunque persistente, fragancia de las rocas. Simón se vio inundado por
los vibrantes olores del musgo y las raíces, en la dulce podredumbre de las
cosas diminutas que viven y mueren. Flotando por encima de todo ello,
empapándolo todo, estaba el amargo y fuerte olor de agua de mar.
¿Agua de mar? Con
la respiración contenida escuchó los distan¬tes sonidos del océano. ¿A qué
profundidad debía de haber llegado? Todo lo que oía era el arrastrar de
diminutas cosas que hurgaban bajo sus pies y su propia respiración
entrecortada. ¿Acaso había ido a parar bajo el insondable Kynslagh?
¡Allí! Débiles
sonidos musicales, que provenían de las lejanas profundidades. Se trataba de
agua que goteaba.
Simón avanzó y notó
que las paredes estaban mojadas.
«Estás muerto,
Simón Cabezahueca. Eres un espíritu, destinado a vagar en el vacío.»
«No existe luz.
Aquí nunca existió tal cosa. ¿Hueles la oscuri¬dad? ¿Escuchas el sonido de la
nada? Así es como ha sido siempre.»
El miedo era todo
lo que le quedaba, pero incluso eso ya era algo, pues si se asustaba, quería
decir que debía de estar vivo. Existía la oscuridad, pero también existía
Simón. Todavía no eran uno sólo. Todavía no...
Y ahora, tan
lentamente que el muchacho no percibió la dife¬rencia durante largo tiempo,
volvió a aparecer la luz. Se trataba de un rayo tan débil, tan apagado, que al
principio era algo así como puntos de colores que permanecían inmóviles frente
a sus inservi¬bles ojos. Después, con sorpresa, vio una forma negra ante él,
una sombra aun más profunda. ¿Sería una amalgama de gusanos retor¬ciéndose? No.
Eran dedos..., una mano..., ¡su mano! Vio la silueta de su propia mano frente a
él, bañada en una débil luminosidad.
Las estrechas
paredes del túnel estaban cubiertas de musgo, y era este mismo el que emitía
destellos de un pálido y verdoso res¬plandor. Ello despedía la suficiente luz
como para percibir la inson¬dable oscuridad del paso subterráneo que se
extendía ante él, y la sombra de sus propias manos y brazos. ¡Pero era luz!
¡Luz! Simón rió sin emitir sonido alguno, y su sombra nebulosa atravesó el
pasadizo.
El túnel
desembocaba en otra galería abierta. Simón miró hacia arriba, estupefacto, a la
constelación de radiante musgo que se es¬parcía por el techo, y sintió que le
caía una gota de agua fría sobre el cuello. Cayeron más gotas, y cada una de
ellas golpeaba la roca de abajo produciendo un sonido parecido al de un mazo
contra un cristal. La cámara abovedada se encontraba llena de largos pilares de
piedra, plano en los remates y estrechos en la mitad; algunos eran tan delgados
como un cabello, como la miel que cae de un frasco. Al avanzar se dio cuenta,
en alguna remota parte de su trastornada mente, de que la mayor parte de los
pilares eran consecuencia de la unión entre la roca y el agua que goteaba, y no
producto de unas manos humanas. Pero aun así, veía, entre la penumbra, algunas
for¬mas que le resultaban difíciles de identificar como naturales: unos
pliegues angulosos que se encontraban en las paredes cubiertas de musgo, una
especie de pilares en ruinas que aparecían en medio de las estalagmitas y que
estaban demasiado bien ordenados como para tratarse de algo accidental. Se
movía a través de un lugar que alguna vez había sido algo más que un incesante
ritmo de agua que caía so¬bre los charcos del suelo. En alguna ocasión debían
de haberse escu¬chado otros pasos. Pero «en alguna ocasión» sólo quería decir
algo si el tiempo todavía fuese una barrera. Se había arrastrado durante tanto
tiempo por lugares oscuros, que debía de haber penetrado a través del nebuloso
futuro o del sombrío pasado, o en los descono¬cidos reinos de la locura; ¿cómo
podía llegar a saberlo...?
Al adelantar el pie
para dar un paso, Simón notó un sorpren¬dente vacío. Se sumergió en la fría y
húmeda oscuridad. Vio sus propias manos mientras caía, y el agua lo cubrió
hasta las rodillas. Percibió el contacto de algo que le arañaba la pierna y
retrocedió para regresar al pasadizo, mientras temblaba a causa de algo más que
de frío.
«No quiero morir.
Quiero volver a ver el sol.»
«Pobre Simón
—respondieron las voces en su cabeza—. Se ha vuelto loco en la oscuridad.»
Calado y
tembloroso, trató de llegar a la cámara iluminada por el musgo, lleno de
prevención, ante la posibilidad de que la vacía os¬curidad fuese más profunda
en la próxima ocasión. Unos fulgores débiles y repentinos, entre rosas y
blancos, aparecían y desaparecían en los agujeros llenos de agua, según los
cruzaba o rodeaba. ¿Serían peces? ¿Se trataría de peces luminosos que habitaban
en lo más pro¬fundo de la tierra?
Ahora, a medida que
una gran cámara desembocaba en otra y en otra, las líneas pertenecientes a las
formas forjadas por la mano del hombre empezaron a hacerse más nítidas bajo la
capa de musgo y de piedra caída, conformando extrañas siluetas a la débil luz:
espa¬cios que en otro tiempo parecían haber sido balconadas y unas de-presiones
arqueadas cubiertas de pálido musgo que podrían haber sido ventanas o puertas.
Simón bizqueaba
mientras trataba de descubrir los detalles en la casi total negrura reinante, y
sintió que la mirada se le desplazaba hacia los lados; de alguna forma, las
sombras ampliadas y suavizadas en la escasa luz parecían iluminarse con los
rasgos que una vez revis¬tieron. Con el rabillo del ojo vio una de las medio
derruidas colum¬nas que se alineaban a lo largo de la galería y que permanecía
erecta: una brillante cosa blanca con una serie de armoniosos motivos flo¬rales
grabados. Cuando se volvió para mirar, advirtió que, una vez más, sólo se
trataba de un montón de piedras derruidas, medio co¬midas por el musgo y la
tierra. La profunda oscuridad de las cáma-ras provocaba que forzase
dolorosamente la vista; la cabeza le marti¬lleaba. El incesante sonido del agua
que caía empezó a carcomer su mente agitada. Las voces volvieron a oírse, esta
vez excitadas a causa de la salvaje tonada producida por las gotas al caer.
«¡Loco! ¡El chico
se ha vuelto loco!»
«¡Tened piedad de
él, está perdido, perdido, perdido...!»
«¡La tendremos,
muchacho! ¡La tendremos!»
«¡Loco
cabezahueca!»
Cuando descendió
por la vertiente de otro túnel empezó a oír otras voces que hablaban en el
interior de su cabeza, voces que nunca antes había escuchado, más reales e
irreales a la vez que las que durante tanto tiempo habían sido compañeras
indeseadas. Al¬gunas de ellas hablaban en lenguas desconocidas para él, a menos
que las hubiese entrevisto en los antiguos libros del doctor.
«¡Ruakha, ruakha
Asu'a!»
«¡ T'si e-isi'ha
as-irigú!»
«¡Arden los
árboles! ¿Dónde está el príncipe? ¡El bosque encan¬tado está en llamas, los
jardines arden!»
La penumbra giraba
a su alrededor, como si Simón se encon¬trase en el centro de una rueda
giratoria. El muchacho torció y avanzó tambaleante y a ciegas por el pasadizo,
hasta desembocar en otra habitación, con su delirante cabeza entre las manos.
Aquí exis¬tía otro tipo de luz, diferente: delgados haces luminosos salían por
entre las rendijas de un techo invisible; una luz que se introducía en la
oscuridad para no iluminar nada en su descenso. Simón volvió a sentir el
penetrante olor a agua y a extraña vegetación; oyó cómo los hombres corrían y
gritaban y cómo lloraban las mujeres, y el sonido de metal al entrechocar con
metal. En aquella extraña penumbra percibía el sonido de alguna terrible
batalla que se desencadenaba a su alrededor, pero que no lo afectaba. El chico
gritó —o pensó que así lo hacía—, aunque no pudo oír su propia voz, sólo un
horrible es¬trépito en el interior de su cabeza.
Después, como para
confirmar su ya casi cierta locura, unas fi¬guras borrosas empezaron a correr
por entre la azulada oscuridad, hombres barbudos portadores de antorchas y
hachas que perse¬guían a otros más delgados, que llevaban espadas y arcos.
Todos ellos, perseguidores y perseguidos, eran tan transparentes y vaga¬mente
definidos como la niebla. Ninguno tocó o vio a Simón, aun¬que éste permaneció
en el centro de su camino.
«¡Jinguzu! ¡Aya'ai!
¡O jingizu!», chilló una voz quejumbrosa.
«Matad a los
demonios sitha —gritaron voces llenas de cruel¬dad—. ¡Prended fuego a su
refugio!»
Aunque Simón se
tapó los oídos con las manos, no pudo apartar aquellos gritos de su cabeza.
Avanzó con pasos vacilantes, tratando de escapar de las formas que giraban, y
cayó a través de una puerta, donde pudo descansar al fin sobre unas brillante y
blanca piedra plana. El muchacho sintió el musgo blando bajo las manos, pero no
pudo ver nada excepto negrura. Se arrastró sobre el estómago, toda¬vía con
deseos de escapar de las horribles voces que gritaban de do¬lor y de rabia.
Sintió agujeros y grietas bajo los dedos, pero la piedra le siguió pareciendo
tan lisa como el vidrio. Finalmente alcanzó el borde y levantó la mirada para
ver el negro vacío que olía a tiempo, a muerte y al paciente océano. Un
guijarro invisible rodó bajo su mano y cayó en silencio, hasta que se lo oyó
entrar en contacto con el agua que reposaba debajo, en las profundidades.
Algo grande y
blanco brillaba a su lado. Simón levantó su pe¬sada y dolorida cabeza del borde
del lago interior. A escasas pulga¬das de donde estaba tendido sobresalían los
peldaños finales de una larga escalera de piedra, una espiral que se perdía
hacia arriba, esca¬lando la pared de la caverna y rodeando el lago subterráneo
para de¬saparecer en la oscuridad superior. Simón la observó al tiempo que un
recuerdo de perfiles borrosos se abría paso a través del clamor que moraba en
el interior de su cabeza.
«Escaleras.
"Las escaleras de Tan'ja." El doctor dijo que buscase las
escaleras...»
Simón avanzó,
realizando un esfuerzo para subir por el alto esca¬lón que venía a
continuación, con dedos temblorosos y resbaladizos a causa del sudor. Mientras
ascendía, a veces descansando, a veces arras¬trándose y arañando la piedra,
miró hacia abajo. El silencioso lago, un gran estanque de sombras bajo él,
descansaba en el fondo de una gran sala de forma circular, mucho más grande que
la fundición. El techo era inconmensurablemente alto, perdido en la negrura que
había por encima de Simón, con el remate de los delgados y hermosos pilares
blancos atravesando el espacio. Una luz nebulosa, y que no parecía di¬rigirse a
nada en particular, resplandecía en las paredes de color jade y azul marino,
rozando los marcos de altas ventanas abovedadas que ahora parpadeaban con un
amenazador resplandor carmesí.
En medio de la
perlada niebla suspendida sobre el silencioso lago, permanecía una oscura
sombra oscilante que producía a su vez otra sombra maravillosa y llena de
terror. Esta inundó a Simón de un inexplicable horror.
—¡Príncipe Ineluki!
¡Ahora llegan! ¡Llegan los norteños!
Mientras este
último grito exaltado resonaba en las oscuras pa¬redes del cráneo de Simón, la
figura que permanecía en el centro de la habitación levantó la cabeza. Unos
brillantes ojos rojos parecían hervir en el rostro y atravesaban la niebla como
antorchas.
«Jingizu —suspiró
una voz—. Jingizu. Demasiado dolor.»
La luz carmesí
resplandeció. El grito de muerte y miedo se elevó como una gran oleada. En el
centro de todo ello, la oscura figura elevó un objeto estilizado y la cámara se
estremeció, trémula como un reflejo destrozado, para volver a caer en la nada.
Simón desvió la mirada, lleno de terror, envuelto en una estranguladora oleada
de perplejidad y desespero.
Algo había
desaparecido. Algo hermoso había sido destruido más allá de toda posible
recuperación. Un mundo acababa de mo¬rir, y el muchacho sintió que su llanto le
penetraba en el corazón como una espada. Incluso el miedo que lo consumía había
sido des¬plazado por la terrible tristeza que lo invadía y que lo llenó de
dolorosas y estremecedoras lágrimas, provenientes de depósitos que te¬nían que
haberse secado hacía ya mucho tiempo. Penetró en la oscuridad y continuó su
ascensión sin fin, por la escalera de caracol, alrededor de la estancia. Las
sombras y el silencio se tragaron bajo él la fantasmal batalla y la habitación
imaginada, para extender un ne¬gro velo por encima de su enfebrecida mente.
Bajo su cuerpo, que
avanzaba a ciegas, pasaron un millón de es¬calones. Un millón de años
transcurrieron mientras viajó por el va¬cío, ahogado en el dolor.
Oscuridad a su
alrededor y oscuridad en su interior. Lo último que sintió fue el tacto de
metal bajo los dedos y el contacto del aire libre sobre el rostro.
14
Fuego en la colina
Se despertó en una
gran habitación oscura, rodeado por rígi¬das y dormidas figuras. Claro, todo
debía de haber sido un sueño. Estaba de nuevo en su lecho, junto a los otros
pinches soñolientos; la única luz era un delgado rayo de luna que penetraba a
través de una grieta que había en la puerta. Simón agitó su dolo¬rida cabeza.
«¿Por qué estoy
durmiendo en el suelo? Estas piedras están tan frías...»
¿Y por qué los
demás permanecían tan inmóviles, y sus figuras aparecían con cascos y escudos,
fuera de sus lechos, en fila, como..., como muertos aguardando el juicio...?
Todo había sido un sueño...,
Con un grito de
terror, Simón se arrastró y se alejó de la negra boca del túnel, hacia la
blanquecina luz que se distinguía en la en¬trada. Las imágenes de los muertos,
fijadas en piedra inmóvil por encima de sus viejas tumbas, no lo siguieron. El
muchacho empujó la pesada puerta de la cripta y cayó hacia adelante, sobre la
húmeda hierba del cementerio.
Tras lo que le
parecieron interminables años en los oscuros lu¬gares de abajo, la marfileña y
redonda luna, que se perfilaba en la oscuridad de arriba, sólo parecía otro
agujero que condujera a un lugar frío e iluminado más allá del cielo, una
tierra de ríos resplan¬decientes y olvido. Reposó la mejilla contra el suelo y
sintió las hú¬medas briznas de hierba dobladas bajo el peso de su rostro. Dedos
de deteriorada piedra asomaban a cada lado a través de las aprisio¬nadas
plantas, o aparecían rotos en segmentos, como grabados por la luna con luz
tenue, sin nombre y sin preocuparse por los viejos muertos cuyas tumbas
señalaban.
En la mente de
Simón, el oscuro lapso de horas que había trans¬currido desde los momentos
llenos de fuego presenciados en las es¬tancias del doctor y la hierba llena de
la humedad de la noche del presente era tan inalcanzable como las casi
invisibles nubes que llenaban el cielo. El estallido y las crueles llamas, el
rostro de Morgenes ardiendo, los ojos de Pryrates como agujeros practicados en
la oscuridad: todo eso era tan genuino como el aliento que acababa de
recuperar. El túnel sólo representaba un menguante y medio recor¬dado dolor,
una espesa niebla llena de voces y locura. Sabía que ha¬bía pasado por entre
ásperas paredes y atravesado telarañas y túneles que se bifurcaban sin cesar.
También le parecía haber tenido vividos sueños llenos de tristeza y de la
muerte de hermosas cosas. Se sentía como una hoja en otoño, frágil y sin ningún
tipo de fuerza.
Le pareció que se
había arrastrado por el suelo —lo cual comprobó al mirarse las rodillas y
brazos, inflamados y doloridos, y la ropa, llena de desgarrones—, pero su
memoria se hallaba velada por la oscuridad. Nada de todo ello le parecía lo
suficientemente real; no como el ce¬menterio en el que ahora estaba estirado, a
la luz de la luna.
El sueño se
introducía desde la parte de atrás de su cabeza con pasos lentos pero
decididos. Simón luchó contra esa sensación, se puso de rodillas y sacudió la
cabeza. No podía quedarse a dormitar allí, aunque, por lo que sabía, no se
había iniciado ninguna persecu¬ción a través de la obstruida puerta de la
cámara del doctor; pero eso no quería decir gran cosa. Sus enemigos disponían
de soldados, de caballos y de la autoridad del rey.
Las ganas de dormir
dejaron sitio al miedo y a un poco de rabia. Le habían robado todo lo que
tenía, sus amigos, y su hogar, así que no lo iban a despojar de lo único que le
quedaba: la vida y la liber¬tad. Se incorporó con dificultad y echó un vistazo
a su alrededor; luego se apoyó en la lápida de la tumba para secarse las
lágrimas de miedo y cansancio.
Las murallas de
Erchester se erguían a una media legua, como un cinturón de piedra iluminado
por la luna, que separaba a los dormidos ciudadanos del cementerio y del mundo
que se extendía más allá. Ante las puertas de la muralla llegaba la pálida
forma de la ruta de Wealdhelm; a la derecha de Simón, la ruta serpenteaba
ha¬cia el norte, por entre las colinas; a su izquierda, acompañaba al río
Ymstrecca a través de las granjas que se extendían bajo Swertchf, por Flashire,
en la orilla opuesta, y por último a través de las prade¬ras del este.
Parecía obligado
pensar que los pueblos que se encontraban a lo largo de la gran ruta serían los
primeros lugares en los que la guardia erkyna buscaría a un fugitivo. Además,
la mayor parte del camino se extendía a través de las granjas del valle Hasu, donde
le sería difícil encontrar un escondite si se veía obligado a abandonar el
itinerario.
Se volvió de
espaldas a Erchester, y al único hogar que había co¬nocido, y cojeó a través
del cementerio, en dirección a las lejanas pendientes. Sus primeros pasos le
produjeron un ramalazo de dolor en la base del cráneo, pero pensó que sería
mejor no hacer caso de los dolores del cuerpo y del espíritu durante bastante
tiempo; po¬dría preocuparse del futuro cuando hubiese encontrado un lugar
se¬guro en el que tenderse.
Cuando la luna
recorrió el cálido cielo hacia la medianoche, los pasos de Simón se hicieron
más y más pesados. El cementerio pare¬cía no tener fin, aunque la verdad es que
el terreno había empezado a subir y bajar por las suaves ondulaciones de las
pendientes, cuando se encontró entre desgastados dientes de piedra, algunos
solitarios y erguidos, otros juntos y tendidos como ancianos en un coloquio
se¬nil. Recorrió el terreno por entre los pilares enterrados, dando tras¬piés
por el herboso y desigual suelo. Cada paso que daba parecía ser el resultado de
una terrible lucha, como si tratase de vadear un río con el agua hasta el
cuello.
Titubeante y
cansado, tropezó, una vez más, con una piedra oculta y cayó al suelo como un
saco de arena. Se arrastró unos cuantos metros hasta que pudo acurrucarse en la
vertiente llena de hierba de un terraplén. Algo se le clavaba en la espalda;
Simón, con torpeza, cambió de posición, lo que no resultó ser mucho más
có-modo, ya que ahora estaba estirado sobre el doblado pergamino de Morgenes,
que seguía sujeto en su cintura. Con los ojos medio ce¬rrados de cansancio
trató de incorporarse y descubrir la causa de la molestia que sentía. Se
trataba de una pieza de metal que mostraba la huella de la corrosión y que
aparecía perforada como una ma-dera corroída por gusanos. Trató de desclavarla,
pero parecía estar muy enterrada en el suelo. Tal vez el resto, fuera lo que
fuese, per¬manecía a cierta profundidad. ¿Sería la punta de una lanza? ¿Una
hebilla de cinturón o un pedazo de armadura cuyo propietario ha¬bía sido
alimento de la hierba sobre la que permanecía estirado? Durante un confuso
momento, Simón pensó en todos los cuerpos que permanecían bajo tierra, en la
carne que una vez había palpi¬tado llena de vida pero que ahora formaba parte
de la oscuridad y del silencio.
Mientras el sueño
se iba adueñando de él, le daba la impresión de que volvía a encontrarse en el
tejado de la capilla. Bajo él se ex¬tendía el castillo..., pero éste estaba
hecho de mojado e irregular suelo y de blancas raíces. La gente del castillo
dormía de forma intermitente, agitada, como si en sus sueños escuchase a Simón
andar por el tejado de encima de sus lechos.
Ahora caminó —o
soñó que lo hacía— a lo largo del negro río de aguas agitadas que no reflejaba
luz alguna, como un fluido de som¬bras. Se vio rodeado por la neblina y no
podía distinguir nada de la tierra sobre la que caminaba. Oyó muchas voces en
la oscuridad que se extendía tras él; los murmullos se entremezclaban con el
diluido rumor del río de aguas negras, y se acercaban, precipitándose como el
viento entre las hojas de los árboles.
La orilla opuesta
se presentaba desprovista de niebla. La hierba se extendía ante su mirada, y,
más allá de ella, un sombrío grupo de alisos corrían hacia las faldas de las
colinas. Todo el paisaje al otro lado del río aparecía oscuro y húmedo, como si
se tratase del ama¬necer o del crepúsculo; al cabo de un rato tuvo la sensación
de que debían de ser las últimas horas del día, a causa del eco del solitario
canto de un ruiseñor que provenía de las cercanas colinas. Todo pa¬recía estar
fijo e inmóvil.
Escrutó con la
mirada más allá de las rumorosas aguas y vio una figura junto a la orilla
contraria. Se trataba de una mujer toda ves¬tida de gris y con largos cabellos
que ocultaban parte del rostro; en los brazos apretaba algo contra su pecho.
Cuando la mujer levantó los ojos y lo miró, Simón se dio cuenta de que lloraba.
Daba la im¬presión de que al muchacho no le resultaba del todo desconocida.
—¿Quién sois?
—gritó él.
Su voz se apagó en
cuanto las palabras abandonaron la boca, tra¬gadas por el profundo y denso
correr de las aguas. La mujer lo miró como intentando memorizar todos y cada
uno de los rasgos del chico. Al final, habló.
—Seomán. —Sus
palabras le llegaron como provenientes de un largo corredor, débiles y huecas—.
¿Por qué nos has venido a mí, hijo mío? El viento es helado y está triste, y yo
he pasado tanto tiempo esperándote...
—¿Madre?
Simón sintió un
frío terrible. El suave rumor de las aguas pare¬cía estar en todas partes. La
figura volvió a hablar:
—No nos hemos visto
desde hace mucho tiempo, mi querido hijo. ¿Por qué no viniste a mí? ¿Por qué no
viniste y enjugaste las lá¬grimas de una madre? El viento es frío, pero el río
es cálido y tran¬quilo. Ven..., ¿es que no vas a cruzar para venir conmigo?
La mujer extendió
los brazos, y la boca, bajo los ojos negros, se abrió en una sonrisa. Simón se
movió en dirección a ella, hacia su madre perdida que lo llamaba; caminó y
descendió por la orilla ha¬cia el serpenteante y negro río. Los brazos de la
mujer estaban ex¬tendidos para él, para su hijo...
Y entonces, Simón
vio lo que la figura apretaba entre sus brazos, lo que ahora balanceaba desde
una mano extendida: era una mu¬ñeca..., una muñeca hecha de cañas, hojas y
tallos de hierba retorci¬dos. Pero parecía muy oscura; las arrugadas hojas se
ensortijaban en los tallos, y Simón se dio cuenta, de repente, de que ningún
ser vivo cruzaría el río hacia la zona del ocaso. El muchacho se detuvo al
borde del agua y bajó la mirada.
En el agua negra
como tinta pudo ver un débil rayo de luz; mientras lo observaba, el destello
emergió hacia la superficie y se convirtió en tres brillantes y estilizadas
formas. El sonido del río cambió; se volvió una especie de música etérea y
desagradable. Las aguas hirvieron y se encresparon, ocultando las verdaderas
formas de los objetos, pero daba la impresión de que si lo deseaba, podía
adentrarse en el río y tocarlas...
—¡Simón...! —volvió
a llamarlo su madre.
El chico levantó la
vista y la vio más alejada, vio que retrocedía lentamente, como si la tierra
gris fuese un torrente que la alejase de él. Los brazos de la mujer permanecían
abiertos y su voz resonaba con la vibrante soledad del frío que busca el calor
y del infructuoso deseo de la oscuridad por la luz.
—¡Simón...
Simón...! —la voz sonó como un quejido de deses¬peración.
El muchacho se
sentó sobre la hierba, en el regazo de un viejo túmulo. La luna todavía estaba
alta, pero la noche se había hecho más fría. Retazos de niebla acariciaban las
piedras a su alrededor mientras se sentaba, con el corazón a punto de
enloquecer.
—... Simón.
El grito llegó
susurrante desde la oscuridad que se extendía más allá. Se trataba de una
figura gris y de la voz de una mujer que lo lla¬maba desde el nebuloso
cementerio que había cruzado. Sólo pare¬cía una diminuta y vacilante forma
gris, un parpadeo lejano en una zona inmersa en la niebla que recorría los
túmulos; pero al verla, Si¬món sintió que el corazón le daba un vuelco en el
pecho. Empezó a correr por las ondulaciones, como si lo persiguiese el
mismísimo diablo. La oscura mole del Thisterborg se elevaba en el horizonte y
los promontorios parecían rodearlo. Simón corrió, corrió y corrió...
Tras mil
apresuradas palpitaciones detuvo su carrera para con¬vertirla en un desordenado
caminar. No habría corrido tanto si hu¬biera sido la presa del demonio más
salvaje. Se encontraba exhaus¬to, flojo y hambriento. El miedo y la confusión
lo embargaban corno si estuviese cubierto de cadenas; el sueño lo había
asustado tanto que incluso se sentía más débil que antes de dormir.
Caminó despacio
hacia adelante, siempre dejando el castillo a sus espaldas. Sintió que los
recuerdos de tiempos mejores aparecían confusos y enmarañados en su memoria, y
lo dejaban vacío de todo, excepto de un delgadísimo nexo de unión con el mundo
de la clari¬dad, del orden y de la cordura.
«¿Qué sentía cuando
acostumbraba tumbarme en el henil, en medio de toda aquella tranquilidad? Ahora
ya no hay nada en mi cabeza, excepto palabras. ¿Me gustaba vivir allí, en el
castillo? ¿Dor¬mía allí, corría por allí, comía, hablaba y...?
»No lo creo. Me
parece que desde siempre he caminado por es¬tas pendientes, bajo la luz de la
luna —ese rostro blanco—, cami¬nando y caminando, como el lastimero y solitario
espíritu de un cabezahueca; andando y andando...»
Una súbita
llamarada que apareció en la cima de la colina de¬tuvo sus lóbregos
pensamientos. Durante algún tiempo, el terreno había ido elevándose, y Simón
casi había alcanzado la base del som¬brío Thisterborg; el manto de altos
árboles de que estaba recubierta formaba una impenetrable oscuridad superpuesta
a la propia ne¬grura de la colina. Ahora se veía vibrar un fuego en la cima, un
signo de vida en medio de las ondulaciones y de la húmeda tierra. Inició una
lenta carrera, que era lo más que podía intentar en el estado en que se
encontraba. Tal vez se tratase de un campamento de pastores, de una alegre
hoguera junto a la que pasar la noche.
«¡Puede que tengan
comida! Una pata de cordero..., un chusco de pan...»
Tuvo que doblarse a
la altura del estómago porque se le retorcie¬ron las tripas al pensar en
comida. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que cenó por última vez...? Le
resultaba asombroso ponerse a considerarlo.
«Aunque no tengan
comida, resultará maravilloso oír sus voces, calentarme al fuego..., un
fuego...»
El recuerdo de
llamas crepitantes se abrió paso en su cabeza y lo invadió una sensación de
esperanza.
Simón subió a
través de árboles y enredados arbustos. La base del Thisterborg aparecía
rodeada de niebla, como si la colina fuese una isla elevada sobre un mar de
color gris. Mientras se acercaba a la cum¬bre, observó las abultadas formas de
las Piedras de la Cólera, que co¬ronaban la elevación final, rematadas en rojo
relieve contra el cielo.
«Más piedras.
Piedras y más piedras. ¿Qué dijo Morgenes que era esta noche —si es que todavía
se trataba de la misma luna, de la misma oscuridad y de las mismas estrellas—?
¿Cómo la llamó?»
Noche Empedrada.
Como si las mismas piedras estuvieran de fiesta. Como si, mientras Erchester
dormía tras la ventanas cerradas y las puertas con los pasadores echados, las
piedras festejasen algo. En el interior de sus cansados pensamientos, Simón
veía a las pie¬dras rodar y bailar..., girar poco a poco...
«¡Estúpido!
—pensó—. Tu mente desvaría, y ello no es sorpren¬dente. Necesitas comer y
dormir; de otra forma, te volverás loco de verdad, sea lo que sea volverse
loco...» ¿Sería estar enfadado para siem¬pre? ¿Asustado de la nada? Una vez
había visto a una mujer loca en la Plaza de la Batalla, pero ella se había
limitado a recoger un montón de harapos y a mecerse entre lamentos, que le
parecieron de gaviota.
«Loco bajo la luna.
Un cabezahueca loco.»
Simón alcanzó la
última hilera de árboles que rodeaban la cima de la colina. La atmósfera era
tensa, expectante; sintió que se le eri¬zaba el pelo. De pronto le pareció
buena idea caminar con lentitud, echar una cautelosa mirada a aquellos pastores
nocturnos en lugar de aparecer repentinamente de entre los arbustos, como un
oso hambriento. Se acercó a la luz y se agachó bajo las retorcidas ramas de un
roble atormentado por el viento. Por encima de su posición sobresalían las
Piedras de la Cólera, conformadas en anillos concén¬tricos de altos pilares,
esculpidos por las tormentas.
Desde allí vio un
grupo de sombras humanas acurrucadas cerca del fuego, en el centro de los
anillos de piedra, con las capas sobre los hombros. Había algo en ellas que les
confería una sensación de desasosiego y rigidez, como si esperasen algo que no
fuese del todo deseado. Hacia el nordeste, más allá de las piedras, la cumbre
del Thisterborg se estrechaba. La hierba, batida por el viento, y el brezo
colgaban de la pendiente, que se extendía desde las rocas para hun¬dirse más
allá de la luz del fuego, en el borde norte de la colina.
Al mirar las
figuras rígidas como estatuas que permanecían junto al fuego, Simón volvió a
sentir que el miedo se apoderaba de él. ¿Por qué permanecían tan inmóviles? ¿Se
trataba de hombres vi¬vos o tal vez eran alguna especie de demonios de las
colinas?
Una de las formas
se acercó al fuego y lo removió con un palo. Cuando se elevaron las llamas, el
muchacho pudo verificar que era un ser humano. Se arrastró de hurtadillas hacia
adelante y se detuvo justo en el borde del anillo exterior de piedras. La luz
de la hoguera hizo aparecer un súbito brillo de metal bajo la capa de la figura
más cercana; aquel pastor llevaba puesta una cota de malla.
El vasto cielo
nocturno pareció encogerse, como si fuese una manta que lo aprisionase. Simón
se dio cuenta de que la decena de hombres cubiertos que allí había iban
armados. Estaba seguro de que se trataba de la guardia erkyna. Se maldijo con
amargura, pues se ha¬bía dirigido directamente a su campamento, como una
polilla que volase hacia la llama de una vela.
«¿Por qué siempre
actúo como un condenado loco?»
Se levantó una
ligera brisa nocturna y las llamas se elevaron como gallardetes. Los hombres,
embozados y cubiertos con capu¬chas, volvieron las cabezas al unísono, con
lentitud, y echaron una mirada hacia la oscuridad del borde norte de la colina.
Simón también pudo
escucharlo. Por encima del ulular del viento que doblegaba la hierba y agitaba
los árboles, se acercaba un débil sonido, que iba aumentando de intensidad: era
el chirrido de las ruedas de un carro. Una abultada forma empezó a hacerse visible
en la oscuridad del norte de la cima. Los guardias se alejaron de lo que venía
y se reunieron alrededor del fuego, en el lado más cercano a Simón. No cruzaron
ninguna palabra entre ellos.
Tétricas y pálidas
formas que se convirtieron en caballos aparecie¬ron en el borde de la luz de la
hoguera; tras ellas, sobresaliendo por encima de la noche, vio un carro negro.
Oscuras figuras encapucha¬das caminaban a ambos lados del vehículo, cuatro en
total, siguiendo su paso fúnebre. La parpadeante luz reveló a un quinto
individuo en-cima del carro, encorvado sobre el grupo de corceles blancos como
el hielo. Esta última figura parecía más grande que las demás, y más sombría,
como si llevase puesto algún manto de oscuridad; la rigidez que mostraba
parecía hablar de un escondido y triste poder.
Los guardias
continuaron sin moverse, pero permanecieron ob¬servando en atenta posición.
Sólo el chirrido de las ruedas del carro pareció romper el silencio. Simón se
encontraba paralizado; sentía una fría presión en la cabeza, como si le
desgarrasen el interior.
«Todo esto es un
sueño, una pesadilla... ¿Por qué no puedo mo¬verme?»
El carro negro y
sus acompañantes se detuvieron al entrar en el círculo de luz. Una de las
cuatro figuras levantó el brazo, y la oscura manga cayó para mostrar una muñeca
y una mano tan delgada y blanca como un hueso.
Habló con voz fría
y sin tono:
—Hemos venido hasta
aquí para cumplir lo que se acordó.
Hubo un
estremecimiento entre los que esperaban. Uno de ellos dio un paso al frente.
—Al igual que
nosotros.
Ante las
proporciones que estaba adquiriendo toda aquella lo¬cura, Simón no se
sorprendió demasiado al reconocer la voz de Pryrates. El sacerdote se quitó la
capucha; la luz de la hoguera trazó un arco alto en su frente y destacó la
cadavérica profundidad de las cuencas de sus ojos.
—Estamos aquí...,
según lo que se convino —continuó Pryrates, en lo que a Simón le pareció un
tono de voz trémulo—. ¿Habéis traído lo prometido?
El brazo blanco y
delgado apuntó señalando al carro.
—Sí. ¿Y vosotros?
El sacerdote
asintió con la cabeza. Dos de los guardias se agacha¬ron y cogieron un bulto
que descansaba sobre la hierba, lo llevaron hacia adelante y lo dejaron junto a
la bota del alquimista.
—Aquí está —dijo
Pryrates—. Este es el presente para vuestro amo.
Dos de las figuras
envueltas en los mantos negros se dirigieron al carro y, con mucho cuidado,
bajaron un objeto grande y oscuro. Mientras lo traían hacia la luz, uno a cada
extremo del bulto, se le¬vantó una ráfaga de aire que batió la colina. Los
mantos ondearon al viento, y la capucha de una de las figuras cayó, dejando al
descu¬bierto una mata de brillante pelo blanco. El rostro que apareció du¬rante
ese breve instante era delicado como una máscara del más fino y exquisito
marfil. Un segundo después volvió a colocarse la capucha.
«¿Quiénes son esas
criaturas? ¿Son brujos? ¿Fantasmas?»
Al abrigo de las
piedras, Simón hizo la señal del Árbol con mano temblorosa.
«Las Zorras
Blancas... Morgenes dijo Zorras Blancas...»
Pryrates, esos
demonios —o lo que pudieran ser— ..., todo ello era demasiado. Simón pensó que
todavía debía de estar soñando en el cementerio. Rezó para que así fuese, y
cerró los ojos para apartar tan horribles imaginaciones... Pero el suelo que
había debajo de él rezu¬maba un inconfundible olor a tierra húmeda, y el fuego
crepitaba en sus oídos. Abrió los ojos y vio que la pesadilla no había
desaparecido.
¿Qué estaba
ocurriendo?
Las dos oscuras
figuras alcanzaron el borde del círculo ilumi¬nado por el fuego; mientras los
soldados aún retrocedían más, de¬positaron la carga y volvieron a su lugar. Se
trataba de un ataúd, o al menos era algo con esa forma, pero de tres palmos de
alto. Una fan¬tasmagórica luz azul aparecía latente en el borde de la caja.
—Mostrad lo que
habéis prometido —dijo la primera criatura vestida de oscuro.
Pryrates hizo un
gesto y el bulto que reposaba a sus pies fue echado hacia adelante. Cuando los
soldados retrocedieron, el alqui¬mista empujó el objeto con la punta de una de
sus botas. Se trataba de un hombre, amordazado y con las muñecas atadas. Simón ape¬nas
pudo reconocer la redonda y pálida faz del conde Breyugar, el Lord de la
Guardia.
La figura envuelta
en ropas oscuras observó las magulladas fac¬ciones de Breyugar durante un
intervalo. Su expresión permaneció oculta entre los pliegues de la capucha,
pero cuando habló se advir¬tió el desagrado en su clara voz, desprovista de
tono.
—Esto no parece ser
lo prometido.
Pryrates inclinó un
poco el cuerpo hacia un lado, acercándose a la criatura encapuchada.
—Éste permitió que
el que habíamos prometido escapase —dijo, con algo de aprensión—. Por tanto,
ocupará su lugar.
Otra figura se
abrió paso entre una pareja de guardias, hasta po¬nerse a la altura del
sacerdote.
—¿Prometido? ¿Qué
es lo «prometido»? ¿Quién fue prometido?
Pryrates levantó
las manos en un gesto tranquilizador, pero su expresión era severa.
—Por favor, mi
señor. Creo que ya lo sabéis. Por favor.
Elías movió
bruscamente la cabeza para mirarlo.
—¿Lo sé, consejero?
¿Qué es lo que prometisteis en mi nombre?
Pryrates se acercó
a su amo; su voz rasposa dijo, con tono ofen¬dido:
—Señor, me
mandasteis que hiciera todo lo necesario para que este encuentro tuviese lugar.
Lo hice... o lo hubiera hecho de no ser por este... imbécil —y con el pie
golpeó a Breyugar—, que fracasó en su deber para con su soberano. —El
alquimista levantó la mirada para observar a la figura vestida de negro, que, a
pesar de la impasi¬bilidad que demostraba, parecía estar algo impaciente. El
sacerdote frunció el entrecejo—. Por favor, mi señor, de quien hablábamos ha
huido; ya no hay por qué discutir. Por favor —y posó ligeramente la mano en el
hombro de Elías.
El rey rehuyó el
contacto y, desde las sombras de su capucha, miró a su consejero, pero sin
decir nada. Pryrates se volvió otra vez hacia la negra figura.
—Os ofrecemos a
éste..., su sangre también es noble. Su linaje es alto.
—¿De alto linaje?
—preguntó el individuo, y sus hombros sufrie¬ron una sacudida, como si al
pensarlo riese—. Ah, sí, eso es muy im¬portante. ¿Su familia se remonta a
muchas generaciones de hom¬bres? —preguntó la oscura capucha, y se giró para
encontrar la velada mirada de sus compañeros.
—Así es —respondió
el sacerdote, algo desconcertado—. Desde hace cientos de años.
—Bien, nuestro amo
estará en verdad complacido —dijo el enca¬puchado, y rió con una especie de
agudo trino que hizo retroceder un paso a Pryrates—. Proceded.
El consejero miró a
Elías y éste descubrió su cabeza. Simón sin¬tió que el cielo todavía
empequeñecía más. El rostro del rey aparecía pálido incluso junto a las rojas
llamas y parecía flotar en el aire. La noche se arremolinó, y la impasible
mirada del soberano reflejó la luz como haría un espejo en un pasillo iluminado
por antorchas. Fi-nalmente, Elías asintió.
Pryrates dio un
paso y agarró a Breyugar por el cuello para arras¬trarlo hasta la especie de
ataúd, donde lo dejó caer en el suelo. A continuación, se desabrochó la capa e
hizo visible un apagado brillo de ropas rojas; después rebuscó entre los
pliegues interiores hasta extraer una larga y curvada hoja, como una hoz. La
elevó ante sus ojos, mientras se encaraba al punto más al norte de los anillos
de piedra, y empezó a cantar con una voz que, a cada instante que transcurría,
aumentaba en volumen y autoridad:
Al Oscuro, que es
el amo de este mundo,
a quien domina el
cielo del norte:
¡Vasir Sombris,
feata concordin!
Al Negro Cazador,
poseedor de la mano
de hielo:
¡Vasir Sombris,
feata concordin!
Al Rey de la
Tormenta, al que está fuera de todo alcance,
al Morador de la
Montaña de Piedra,
al helado y
ardiente,
al dormido pero
despierto:
¡Vasir Sombris,
feata concordin!
Las figuras
vestidas de negro se balancearon —todas excepto la que permanecía sobre el
carro, que seguía tan rígida como las mis¬mas Piedras de la Cólera—, y un siseo
emergió desde el centro del grupo, mezclado con el viento, que de nuevo parecía
haberse levan¬tado.
—¡Escucha a los que
te suplican! —gritó Pryrates.
Al escarabajo bajo
vuestro pie,
a la mosca entre
vuestros fríos dedos,
al susurrante polvo
de vuestra sombra sin fin:
¡Escuchadme! ¡
Oídme!
¡ Timior cuelos
exaltat mei!
¡Padre de las
Sombras, que el pacto quede sellado!
La mano del
alquimista descendió y agarró la cabeza de Breyu¬gar. El conde, que seguía
tendido a los pies de Pryrates, trató de in¬corporarse y se tambaleó.
Finalmente consiguió alejarse dejando al sorprendido sacerdote sin nada en las
manos excepto un puñado de cabellos ensangrentados.
Simón observó cómo
el Lord de la Guardia, cuyos ojos apare¬cían desorbitados, avanzaba justo en la
dirección en la que se ha¬llaba escondido; apenas oyó el colérico grito de
Pryrates. La noche se estrechó a su alrededor, impidiéndole respirar y
oscureciéndole la visión cuando un par de guardias salieron tras Breyugar.
El conde sólo se
encontraba a unos cuantos pasos de Simón, y corrió con dificultad a causa de
sus manos atadas, cuando tropezó y cayó al suelo. En el instante en que los
guardias llegaron a su al¬tura, empezó a patalear y a respirar jadeante tras la
banda que lo amordazaba. Simón casi se había incorporado tras la piedra que lo
ocultaba, y su asustado corazón latía como si fuese a estallar. Trató, lleno de
desesperación, de mantener las piernas rígidas. Los guar¬dias, tan cerca que
casi podría haberlos tocado, tiraron de Breyugar para levantarlo entre
juramentos. Uno de ellos elevó la espada y gol¬peó al conde con la hoja plana.
Simón vio que Pryrates lo obser-vaba todo desde el círculo de luz; el rostro
ceniciento y fascinado del rey estaba junto a él. Cuando Breyugar fue llevado
de nuevo junto al fuego, el sacerdote continuó observando el lugar en que había
caído el conde.
—¿Quién está ahí?
La voz pareció
cabalgar sobre el viento en dirección a la cabeza de Simón. ¡Pryrates lo
miraba! ¡Debía de haberlo visto!
—Sal, seas quien
seas. Te ordeno que vengas hacia aquí.
Las figuras
enfundadas en mantos negros empezaron a emitir un extraño y amenazador
canturreo, mientras el muchacho luchaba contra la voluntad del alquimista.
Recordó lo que estuvo a punto de ocurrirle en el almacén y trató de resistirse
a la inexorable fuerza, pero cada vez se sentía más débil.
—Sal —repitió la
voz, y algo alcanzó a tocar la mente de Simón. Este luchó, y trató de cerrar
las puertas de su alma, pero la fuerza que penetraba en él era mucho más
potente que su voluntad. Sólo tenía que sujetarlo.
—Si el pacto no os
place —dijo una fina voz—, rompámoslo ahora. Es peligroso dejar el ritual a
medias, muy peligroso.
Fue la figura
encapuchada la que así había hablado, y Simón notó que las órdenes del
sacerdote empezaban a desvanecerse.
—¿Qué..., qué?
—titubeó Pryrates, como si acabase de despertar.
—Tal vez no
entendáis lo que hacéis en este lugar—murmuró la figura negra—. Puede que no
comprendáis quién y qué están involu¬crados.
—No..., sí, sí que
lo sé —tartamudeó.
Simón llegó a
sentir el nerviosismo del alquimista, como si se tratase de un olor.
—Rápido —se volvió
Pryrates hacia los guardia—, traedme ese saco de asaduras.
Los soldados
llevaron la carga de regreso a los pies del sacerdote.
—Pryrates...
—empezó a decir el rey.
—Por favor,
majestad, por favor. Sólo será un momento.
Para horror de
Simón, una parte de la mente de Pryrates no ha¬bía abandonado su cerebro: una
especie de asidero que aquél no ha¬bía retirado. El muchacho casi sentía el
estremecimiento expectante del sacerdote cuando éste levantó la cabeza de
Breyugar; sentía su respuesta al murmullo de los encapuchados. Ahora, en ese
instante, sentía algo más profundo, una especie de cuña de horror que
pene¬traba en su mente inexperta y sensible. Una especie de inexplicable otro
estaba allí, en la noche, un terrible alguien que permanecía en el aire por
encima de la colina como una nube asfixiante, y que ardía en el interior de la
figura sentada en el carro como una oculta llama negra; también habitaba en los
cuerpos de las piedras.
La hoz se elevó.
Durante un instante, la brillante curva carmesí de la hoja pareció una segunda
luna en el cielo, una vieja y roja luna creciente. Pryrates gritó en una lengua
que Simón no pudo entender.
—¡Aí Samu’sitech'a!
¡Ai Nakkiga!
La hoja descendió y
Breyugar cayó hacia adelante. De su cuello manó sangre púrpura, que cayó en el
ataúd. Durante un instante, el Lord de la Guardia se retorció con violencia
bajo la mano del sacer¬dote, para quedarse tan fláccido como una anguila; el oscuro
fluido continuó manando sobre la negra tapa. Enredado en una extraña maraña de
pensamientos, Simón no pudo evitar experimentar la aterradora euforia que
sentía Pryrates. Tras todo ello sintió al al¬guien, como una cosa fría, oscura,
horrible y vasta. Sus antiguos pensamientos cantaron con obscena alegría.
Uno de los soldados
vomitaba y, si no hubiera sido por la insen¬sibilidad que lo dominaba y
silenciaba, Simón habría hecho lo mismo.
El alquimista
apartó el cuerpo del conde a un lado; Breyugar cayó como un fardo, con unos
dedos muy blancos retorcidos hacia el cielo. La sangre humeaba encima de la
oscura caja, y la luz azul brillaba aun más. La línea que describía alrededor
del borde se hizo más pronunciada. Poco a poco, y de forma terrible, la tapa
empezó a abrirse.
«Sagrado Jesuris
que me amáis, Sagrado Jesuris que me amáis —los pensamientos de Simón eran un
enfebrecido y aterrado revol¬tijo—, ayudadme, ayudadme. El diablo está en el
interior de esa caja y está saliendo. Por favor, ayudadme, oh, por favor,
ayudadme.»
«¡Lo hemos
conseguido, lo hemos conseguido! —decían otros pensamientos, ajenos a los
suyos. Demasiado tarde para dar marcha atrás.»
«El primer paso
—dijeron los más fríos y terribles de todos—. Cómo lo pagarán, pagarán,
pagarán...»
Cuando la tapa se
abrió, una luz salió del interior, una luz color índigo mezclada con un gris
nebuloso y púrpura, una luz terrible que deslumbraba y latía. La tapa acabó de
abrirse, y el viento se hizo más débil, como si estuviese asustado y enfermo a
causa de la lumi¬nosidad que salía de la gran caja negra. Al final pudo verse
lo que contenía.
«jingizu—susurró
una voz en la cabeza de Simón—, Jingizu...»
Se trataba de una
espada: una espada que reposaba en el fondo de la caja, mortífera como una
víbora. Debía de ser negra, pero apa¬recía moteada por un extraño brillo, una
especie de fosforescencia gris, como una mancha de aceite sobre agua negra. El
viento ululó. «Late como un corazón; el corazón de todo el pesar...» Una voz
pareció cantar en el interior de la cabeza de Simón, una voz horrible y hermosa
a la vez, tan seductora como garras que le arañasen suavemente la piel.
—¡Cogedla, alteza!
—urgió Pryrates a través del ulular del viento
Embelesado y sin
opción, de repente Simón deseó tener la sufi¬ciente fortaleza como para cogerla
él mismo. ¿Podría hacerlo? El po¬der le susurraba al oído, le hablaba de los
tronos de los poderosos, de lo que significaba alcanzar un deseo.
Elías dio un paso
vacilante. Uno de los soldados que había junto a él retrocedió y empezó a
correr entre sollozos colina abajo, para desaparecer entre la oscuridad de los
árboles. En unos instantes, sólo Elías, Pryrates y el oculto Simón fueron los
únicos que perma¬necieron en la cima de la colina junto a los encapuchados y su
es¬pada. Elías dio otro paso; ahora ya se encontraba sobre la caja. Tenía los
ojos desorbitados por el miedo; parecía estar asaltado por la duda y sus labios
se movían sin cesar y sin emitir sonido alguno. Los invisibles dedos del viento
agarraron su capa, y la hierba de la colina se agitó bajo los tobillos del rey.
—¡Debéis cogerla!
—volvió a decir Pryrates, y Elías lo miró como si lo viese por primera vez—.
¡Tomadla!
Las palabras del
alquimista bailaron de forma frenética en el in¬terior de la cabeza de Simón,
como ratas en una casa que se que¬mase. El soberano se inclinó y extendió la
mano. La codicia que ha¬bía sentido el muchacho se convirtió en horror ante el
salvaje vacío de la oscura canción de la espada.
«¡No es bueno! ¿Es
que no puede sentirlo? ¡No es bueno!»
Mientras la mano de
Elías alcanzaba la espada, el gemido del viento se hizo más vivido. Las cuatro
figuras encapuchadas perma¬necieron sin moverse ante el carro; la quinta
pareció hundirse en una oscuridad más profunda. Sobre la cima de la colina cayó
un si¬lencio tan espeso que podía palparse.
El monarca agarró
la empuñadura y sacó el arma de la caja con un lento movimiento. Cuando la puso
ante sí, el miedo desapareció de su rostro y sus labios se abrieron en una
sonrisa idiota. Entonces elevó la espada; un resplandor azul se extendía a lo
largo de todo el filo, haciendo que resaltase sobre la oscuridad del cielo. La
voz de Elías casi era un gemido de placer.
—To... tomaré el
presente de vuestro amo. Haré... honor a este pacto.
Con lentitud, y con
la espada levantada frente a sí, el rey puso una rodilla en tierra.
—¡Salve a Ineluki,
Rey de la Tormenta!
El viento volvió a
levantarse y a gemir. Simón empezó a retroce¬der y a apartarse de la agitada
colina cuando las cuatro figuras en¬vueltas en ropas negras elevaron sus
blancos brazos y empezaron a cantar:
—¡Ineluki, aí!
¡Ineluki, aí!
«¡No! —se agitaron
los pensamientos de Simón—, el rey... ¡Todo está perdido! ¡Corre, Josua!
«Dolor... Dolor
sobre toda la tierra...»
El quinto
encapuchado empezó a retorcerse sobre el carro. La ropa cayó y una forma de luz
carmesí se hizo visible, y se agitó como una vela marina ardiendo. Un horrible
y demoledor miedo parecía exteriorizarse desde esa cosa cuando empezó a crecer
ante los aterro¬rizados y fijos ojos de Simón. Aquello carecía de cuerpo y se
movía en oleadas, cada vez más grandes, hasta que la forma batida por el viento
lo cubrió todo, como una aullante criatura hecha de aire y de una brillante
magnitud rojiza.
«¡El diablo está
aquí! ¡Dolor, su nombre es Dolor...! ¡El rey ha traído al demonio! ¡Morgenes,
Sagrado Jesuris, salvadme, salvadme, salvadme!»
Simón corrió sin
pensar a través de la negra noche, lejos de la cosa roja y del exultante otro.
El ruido que provocó en su huida se perdió entre el gemido del viento. Las
ramas le golpeaban los brazos y se enredaban entre el cabello y el rostro como
zarpas...
«La helada garra
del norte..., las ruinas de Asu'a.»
Al final el
muchacho tropezó y cayó, y su espíritu se alejó de todo aquel horror. Se hundió
en una oscuridad más profunda y, en el último instante, oyó a las piedras de la
tierra gemir en sus lechos, bajo él.
Segunda Parte
Simón peregrino
15
Un encuentro en el
albergue
Lo primero que oyó
Simón fue un zumbido, un apagado ru¬mor que penetraba de forma insistente en su
oído mientras luchaba por despertarse. Entreabrió un ojo y se encontró con que
miraba una monstruosidad, una oscura e indistinguible masa de patas retorcidas
y ojos brillantes. Se sentó al tiempo que gritaba y agitaba los brazos; el
abejorro que de forma inocente había explo¬rado su nariz se alejó con un batir
de alas translúcidas en busca de algo menos excitable.
Simón levantó la
mano para cubrirse los ojos, que bizqueaban a causa de la vibrante claridad del
mundo que se extendía a su alrede¬dor. La luz diurna resultaba deslumbrante. El
sol de primavera, como si participase en una procesión imperial, había esparcido
oro a todos los lados de las colinas cubiertas de hierba; a cualquier parte que
mirase asomaban infinidad de flores: dientes de león y caléndu¬las de largos
tallos, repartidas por las vertientes de las colinas. Las abejas se afanaban de
unas a otras, yendo de flor en flor como pe¬queños doctores que descubrían
—para su sorpresa— que todos los pacientes mejoraban al mismo tiempo.
Simón volvió a
estirarse sobre la hierba y cruzó las manos bajo la nuca. Había dormido durante
mucho tiempo, pues el radiante sol ya parecía estar encima de su cabeza y hacía
que el vello de los ante¬brazos brillase como cobre fundido; las punteras de sus
destrozados zapatos se veían tan lejanas que casi pudo imaginar que se trataban
de los picos de distantes montañas.
Un súbito pinchazo
en los recuerdos atravesó el velo de la som¬nolencia. ¿Cómo había llegado hasta
allí? ¿Qué...?
Una oscura
presencia a su espalda le hizo ponerse de rodillas con rapidez; se volvió para
ver la masa del Thisterborg, que se elevaba a menos de una legua de distancia.
Cada detalle resultaba asombrosa¬mente claro y todos los relieves podían ser
apreciados; si no fuese por los recuerdos agitados de Simón, podría haber
parecido un lu¬gar confortable y fresco, una plácida colina que se erguía entre
anillos de árboles, llena de sombra y de brillantes hojas verdes. En la cresta
podrían apreciarse las Piedras de la Cólera, unos pequeños puntos grises
enmarcados contra el cielo azul.
El hermoso día de
primavera se hallaba ahora empañado por un retazo de sueño. ¿Qué había sucedido
la última noche? Simón había huido del castillo, claro; aquellos momentos, los
últimos que ha¬bía pasado con Morgenes, estaban grabados en lo más profundo de
su corazón. Pero ¿y después? ¿Qué significaban aquellos espantosos recuerdos,
todos aquellos túneles sin fin? ¿Y el fuego y los demonios de blanco cabello?
«Sueños, idiota,
pesadillas. Terror, cansancio y más terror. Co¬rría por el cementerio, de
noche, y caí. Me dormí y tuve pesadillas.»
Pero ¿y los
túneles, y... el ataúd negro? Todavía le dolía la cabeza, pero también lo
embargaba una extraña sensación de torpor, como si le hubiesen puesto un trozo
de hielo sobre una herida. El sueño pareció del todo real. Ahora resultaba
distante y sin sentido, una os¬cura punzada de miedo y dolor que desaparecería
como humo si Si¬món así lo deseaba, o al menos eso creía. Apartó los recuerdos
y los enterró tan profundamente como pudo; a continuación, cerró su mente sobre
ellos como la tapa de una caja.
«Como si no tuviese
suficientes cosas por las que preocu¬parme...»
El brillante sol de
la Fiesta de Belthainn ablandó los nudos que se habían formado en sus músculos,
pero todavía se encontraba do¬lorido... y muy hambriento. Se puso en pie con
rigidez y se sacudió las briznas de hierba de sus haraposos y sucios vestidos.
Volvió a mi¬rar el Thisterborg. ¿Estarían las cenizas de un gran fuego
esparcidas entre las piedras de allá arriba? ¿O es que los acontecimientos tan
inquietantes del día anterior lo habían llevado a la locura? La colina
permanecía imponente e impasible; cualesquiera que fuesen los se¬cretos que se
ocultaban bajo el manto de árboles, o en lo alto de las piedras, Simón no tenía
ninguna gana de saberlos. Existían dema¬siados vacíos que necesitaban ser
llenados.
Le dio la espalda
al Thisterborg y miró la oscura linde del bos¬que, más allá de los
promontorios. Al observar toda aquella exten¬sión de tierra se sintió invadido
por una profunda pena y por un sentimiento de autocompasión. ¡Se encontraba tan
solo! Lo habían dejado sin nada, sin hogar y sin amigos. Dio un golpe con las
ma¬nos, lleno de rabia, y sintió dolor en las palmas. ¡Después! Después
lloraría; ahora debía comportarse como un hombre. ¡Pero todo re¬sultaba tan
desagradable!
Respiró
profundamente una y otra vez, y volvió a mirar hacia las distantes tierras. En
alguna parte, cerca de la delgada línea de som¬bras, corría el camino del Viejo
Bosque. Se extendía durante mu¬chas millas a lo largo del perímetro sur de
Aldheorte, a veces a dis¬tancia, y a veces junto al mismo límite del hogar de
los viejos árboles. En otros lugares recorría su camino bajo las bóvedas del
bosque, a través de oscuros emparrados o entre silenciosos claros bañados por
el sol. Unos cuantos y diminutos pueblos y algunas ca¬sas tenían su refugio a
la sombra de los árboles.
«Tal vez pueda
encontrar algún tipo de trabajo, incluso conse¬guir comida. Estoy tan
hambriento como un oso..., como un oso que acabase de despertar de un largo
invierno. ¡Realmente, estoy muerto de hambre! No he comido desde..., desde...»
Simón se mordió el
labio. Lo único que tenía que hacer era em¬pezar a caminar.
El contacto del sol
actuaba como una bendición. Al calentar el dolorido cuerpo de Simón, también
parecía atravesar el turbulento manto de sus pensamientos. Se sintió como un
recién nacido, como el potro de piernas temblorosas y lleno de curiosidad que
Shem le había mostrado la primavera pasada. Pero la nueva extrañeza que sentía
por el mundo no resultaba del todo inocente; algo raro y oculto se agazapaba
tras los maravillosos paisajes que pendían ante él; los colores resultaban
demasiado chillones, y los aromas y soni¬dos demasiado dulzones.
Pronto se le hizo
patente la molestia que le ocasionaba el ma¬nuscrito de Morgenes que llevaba
metido en el cinto, pero tras ha¬ber tratado de llevar el fajo de pergaminos en
las sudorosas manos durante unos cuantos cientos de pasos, lo dejó estar y lo volvió
a su¬jetar en el cinturón. El anciano le había pedido que lo salvase y él así
lo haría; para evitar el roce con la piel puso los faldones de la camisa entre
el manuscrito y su cuerpo.
Cuando se cansó de
buscar lugares por los que vadear los torren¬tes que circulaban por los campos,
se quitó los zapatos. El olor de las praderas de hierba y del húmedo aire de
maya le resultaban indi¬cios de los que desconfiar, pero a pesar de ello encontró
la manera de mantener sus pensamientos alejados de la oscuridad y de los
lu¬gares que le provocaban dolor; el sentir el barro bajo los pies tam¬bién lo
ayudó.
Llegó al ancho
camino del Viejo Bosque al cabo de poco tiem¬po. En lugar de continuar por él,
pues estaba embarrado y lleno de roderas de carro encharcadas, Simón giró hacia
el oeste y siguió el curso del camino por la orilla llena de alta hierba. Bajo
él, en el suelo, las lilas y otras flores aparecían contusas y desprotegidas
entre las marcas de las ruedas, como sorprendidas en medio de un lento
peregrinaje desde una orilla a la otra. Los charcos retenían en su in¬terior el
azul del cielo al atardecer, y el humilde barro parecía tacho¬nado de brillante
cristal.
A una estadio5 de
distancia del camino se veían los árboles de Aldheorte, en una formación
interminable, como un ejército dor¬mido de pie. La completa oscuridad en la que
encerraban la tierra que reposaba bajo ellos aparecía resquebrajada por la luz
que pene¬traba entre algunos troncos. En otros lugares descansaban lo que
parecían ser chozas de troncos, con sus líneas angulosas en contraste con las
suaves formas de Aldheorte.
Simón caminó y se
deleitó mirando el interminable frente del bosque. Pasó por encima de una zarza
llena de moras y se arañó los pies. Tan pronto como se dio cuenta de lo que
había pisado, dejó de maldecir. La mayor parte de las moras todavía estaban
verdes, pero algunas habían madurado; las mejillas y la barbilla de Simón
apare¬cieron manchadas de su jugo cuando minutos después continuó ca¬minando
mientras masticaba. Las moras todavía no estaban dulces, pero aun así le
pareció el primer argumento en favor de la Creación que había encontrado en
mucho tiempo. Cuando acabó de comer, se limpió las manos en su arruinada
camisa.
El camino, con
Simón como compañero, empezó a subir por un terreno elevado. De repente,
apareció una evidencia definitiva de pre¬sencia humana. Aquí y allá, hacia el
sur, surgían cercas hechas de madera desbastada que se elevaban desde la hierba
crecida; más allá de aquellos vigilantes de fronteras podían verse unas figuras
que se movían con la lentitud de los plantadores, que hacían lo propio con los
guisantes de primavera. Más cerca había otros que se agachaban por las hileras
y manejaban herramientas con las que cortaban las malas hierbas, tratando de
salvar todo lo posible de un mal año. Los más jóvenes estaban en los tejados de
las cabañas, revolviendo la paja y golpeándola con largos palos para desprender
el musgo que había crecido durante las lluvias de avrel.
Simón sintió la
urgente necesidad de atravesar los campos y di¬rigirse hacia las tranquilas y
ordenadas granjas. Seguro que alguien le daría trabajo, lo tomaría a su
cargo..., lo alimentaría.
«¿Cómo puedo llegar
a ser tan estúpido? —pensó—. ¿Por qué no vuelvo al castillo y me pongo a gritar
en el patio de los comunes?» Era bien conocido que la gente del campo
desconfiaba de los extra¬ños, en especial durante aquellos días, con todos esos
rumores sobre bandolerismo y cosas peores que provenían del norte. La guardia
erkyna lo habría estado buscando, de eso estaba seguro, y en aque¬llas granjas
aisladas no les resultaría difícil recordar a un joven peli¬rrojo que hubiera
pasado por ellas. Además, no tenía ninguna prisa en entablar conversación con
extraños, al menos no tan cerca de Hayholt. Tal vez fuese mejor dejarse caer
por uno de los albergues que se encontraban junto al misterioso bosque.
«Sé algo sobre el
trabajo en las cocinas, ¿no? Alguien me dará trabajo..., al menos eso creo.»
Trepó a un
promontorio y vio que el camino llevaba hasta una intersección con un sendero
de carros que emergía del bosque y que serpenteaba por los campos; tal vez se
tratase de una ruta de leñado¬res o de un camino que venía desde una serrería y
que se dirigía ha¬cia las granjas al oeste de Erchester. Había un objeto
oscuro, angu¬loso y erecto que permanecía quieto justo en el punto en el que se
encontraban ambas sendas. Simón sintió un súbito ramalazo de miedo antes de
darse cuenta de que el objeto era demasiado alto como para que se tratase de
alguien que esperaba su paso. Deseó que fuera un espantapájaros o una imagen
junto a la carretera, dedi¬cada a Elysia, Madre de Dios. Los cruces de caminos
eran lugares extraños y la gente común a menudo erigía una sagrada reliquia
para mantener alejados a los espíritus de los alrededores.
Mientras se
acercaba al cruce decidió que tenía razón al pensar que se trataba de un
espantapájaros; el objeto parecía colgar de un árbol o de un poste, y se
balanceaba con lentitud a causa del viento. Al cabo de poco tiempo, ya no tuvo
la posibilidad de convencerse de que se trataba de otra cosa de la que en
realidad era: el cuerpo de un hombre que se balanceaba en una horca.
Simón llegó al
cruce. El viento persistía y el fino polvo del ca¬mino lo envolvía en una nube
marrón. Se detuvo para mirar, impo¬tente. El polvo se posó, por un momento,
para volver a arremoli¬narse a su alrededor.
Los pies del hombre
que pendía de la horca colgaban desnudos y ya negros a causa de la hinchazón, a
la altura del hombro de Si¬món. La cabeza aparecía hacia un lado, como un
cachorro cogido por el pescuezo; los pájaros habían pasado por los ojos y el
rostro del condenado. Un trozo de madera con las palabras «N LAS TIERRAS DE
REY» colgaba del pecho del ahorcado; en el camino había otro trozo de madera
caído, que parecía haber estado unido al ante¬rior. En él también aparecían
grabadas otras palabras: «CAZADOR FURTIVO E».
Simón retrocedió
espantado. Una suave brisa hizo que el cuerpo que colgaba se moviese y el
rostro del hombre se torció para que¬darse mirando a la lejanía que se extendía
a través de los campos. El muchacho corrió por el camino y trazó el signo del
Árbol sobre su pecho cuando pasó por la sombra del ahorcado. En circunstancias
normales su visión le hubiese resultado temerosa y fascinante, como todo lo
muerto, pero ahora lo único que podía sentir era un terror enfermizo. Él mismo
había robado —o ayudado a robar— algo mu¬cho más importante de lo que aquel
desgraciado ladronzuelo nunca hubiera podido imaginar: había robado al hermano
del rey de los propios calabozos reales. ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que lo
atrapasen, como habían atrapado a aquella pobre criatura comida por los
pájaros? ¿Cuál sería su castigo?
Volvió a mirar
hacia atrás. El arruinado rostro se había vuelto a mover, como para observar su
marcha. Simón corrió hasta que el camino empezó a descender y el cruce
desapareció de su vista.
A última hora de la
tarde llegó a un pueblecito llamado Flett. La verdad es que no se trataba de un
pueblo propiamente dicho, sino de un albergue y de unas cuantas casas
amontonadas junto al camino, a un tiro de piedra del bosque. No se veía a nadie
excepto a una del¬gada mujer que estaba a la puerta de una de las casas, y a
una pareja de solemnes niños de ojos muy abiertos que se asomaban junto a las
piernas de la mujer. También eran visibles varios caballos —la mayor parte de
ellos, animales de granja— atados a un tronco situado frente al albergue El
Dragón y el Pescador. Simón pasó cauteloso ante la puerta y miró dentro, pero
unas voces estentóreas salieron del inte¬rior y se asustó. Decidió esperar y
probar suerte más tarde, cuando hubiese más clientela que se detuviese para
pasar la noche y entre la cual su haraposa y sucia apariencia pasase más
inadvertida.
Siguió andando por
el camino un poco más. Las tripas se queja¬ban y Simón se arrepintió de no
haber guardado moras. Ante él sólo había unas cuantas casas y una especie de
capilla; más allá, el ca¬mino se desviaba repentinamente para acabar bajo el
bosque above¬dado.
Al llegar al
extremo del pueblo encontró un pequeño torrente que serpenteaba por el negro y
frondoso suelo. Se arrodilló y bebió.
Intentó no fijarse
en las zarzas y la humedad tanto como pudo. Co¬gió los zapatos para usarlos
como almohada y se arrellanó a la som¬bra de un roble, fuera de la vista del
sendero y de la última casa del pueblo. Cayó dormido rápidamente bajo los
árboles, como un agradecido huésped bajo la seguridad de las ramas.
Simón soñó...
Encontró una
manzana en el suelo, al pie de un gran árbol blanco, una manzana tan brillante
y redonda, de color rojo, que no se atrevió a darle un mordisco. Pero tenía
mucha hambre y pronto la llevó hasta la boca e hincó los dientes en ella. El
sabor de la fruta era delicioso, dulce y crujiente, pero cuando miró donde
había mordido, vio el delgado y resbaladizo cuerpo de un gusano que se retorcía
sobre la brillante superficie. Simón no se atrevió a tirar la manzana, pues era
una fruta de hermoso aspecto y él se encontraba muy hambriento. Le dio la
vuelta y mordió en otro lugar, pero cuando sus dientes entraron en contacto con
la superficie, volvió a retirarla y una vez más observó el sinuoso cuerpo del
gusano. Allí donde mordiese, siempre en lugares diferentes, volvía a encontrar
a la criatura, que no parecía poseer cabeza ni cola, sino únicamente anillos
interminables alrededor del corazón de la manzana, los cua¬les se extendían a
través de la fría y blanca carne de la fruta...
Simón se despertó
bajo los árboles con dolor de cabeza y un sa¬bor amargo en la boca. Se dirigió
a la corriente del arroyo para beber y se sintió flojo y débil de espíritu.
¿Cuándo alguien había estado tan solo como él? La oblicua luz del atardecer no
llegaba a acariciar la hundida superficie del riachuelo; al arrodillarse y
mirar durante un instante la oscura y murmurante corriente de agua, sintió que
ya había estado en aquel lugar con anterioridad. Mientras pensaba en ello, el
suave movimiento de las ramas de los árboles que le llegaba como si se tratase
de un idioma fue acallado por el creciente mur¬mullo de voces humanas. Por un
instante temió que estuviese de nuevo soñando, pero al volverse vio a un grupo
de personas, al me¬nos una veintena, que venían por el camino del Viejo Bosque
y se dirigían a Flett. Todavía al abrigo de la sombra de los árboles, Si¬món
los observó, mientras se secaba la boca con la manga de la camisa.
Los que así
llegaban eran campesinos, ataviados con la áspera ropa propia de la región,
pero en medio de una atmósfera festiva. Las mujeres llevaban cintas de color
azul, oro y verde, prendidas en el suelto cabello, y las faldas por encima de
los desnudos tobillos. Alguna de las que corrían por delante llevaban pétalos
de flores en los delantales y los esparcían por el aire. Los hombres, algunos
jóve¬nes y de pies ligeros, otros vejetes renqueantes, llevaban sobre las
es¬paldas un árbol caído. Sus ramas aparecían adornadas de cintas, como las
mujeres, y los hombres lo izaban, balanceándolo mientras venían por el camino.
Simón sonrió
débilmente. ¡El árbol de maya! Claro, de eso se trataba. Hoy se celebraba la
Fiesta de Belthainn, y aquella gente traía el árbol de maya. El muchacho había
visto, en algunas ocasiones, su¬bir el árbol por la Plaza de la Batalla, en
Erchester. De repente su sonrisa le pareció demasiado satisfecha. Se sentía
mareado y se acu-rrucó todavía más entre los arbustos que le servían de
escondite.
Ahora se oía cantar
a las mujeres, y sus dulces voces se mezcla¬ban de forma desigual en medio de
los bailes y las vueltas de todos.
Venid a Breredón,
¡venida la Colina
de las Zarzas!
¡Poneos vuestras
guirnaldas de flores!,
¡venida bailar
junto a mi fuego!
Los hombres
replicaban, con voces jocosas y alegres:
¡Bailaré ante tu
fuego, moza;
después, en la
sombra del bosque
extenderemos un
lecho de flores,
y pondremos fin a
la tristeza!
Ambos, hombres y
mujeres, cantaron juntos un estribillo:
Así estaremos bajo
este Yrmansol;
¡elevad vuestros
cánticos!,
permaneced bajo el
poste de maya,
¡elevad vuestros
cánticos!
¡Dios se hace
hombre!
Las muchachas
empezaron a cantar otro verso, uno acerca de la malvaloca y de las hojas de lis
y del Rey de las Flores, cuando el rui¬doso grupo se dirigió hacia donde estaba
Simón; éste, sorprendido en un momento de alegría, con la cabeza llena de la
exuberante mú¬sica, empezó a avanzar. A menos de diez pasos, sobre el camino
lleno de luz del sol, tropezó uno de los hombres que más cerca se encontraba de
donde estaba Simón; tropezó, y una de las cintas que colgaba se le enredó
alrededor de los ojos. Un compañero le ayudó a quitársela y, cuando consiguió
desembarazarse de la dorada cinta, el rostro de barba crecida se transformó en
una amplia sonrisa. Por al-guna extraña razón la visión de aquella sonrisa hizo
que Simón du¬dase en abandonar el refugio de los árboles.
«Pero ¿qué es lo
que hago? —se regañó—. ¿Es que me voy a lanzar al descubierto al primer sonido
de voces amistosas que oiga? Esa gente está muy alegre, pero un mastín también
jugaría con su amo... y se lanzaría contra el extraño que apareciese sin ser esperado.»
El hombre al que
había observado le gritó algo a su compañero que Simón no pudo escuchar por
encima del estruendo del grupo; después, se volvió y levantó una cinta al
tiempo que vociferaba algo a otra persona. El árbol siguió hacia adelante y,
cuando pasaron los últimos rezagados de la procesión, Simón salió al camino y
los si-guió. Su figura resultaba tan delgada y sus ropas tan andrajosas que
podía haber sido el doliente espíritu de los árboles que, lleno de tris¬teza,
seguía a su hogar robado.
La alegre procesión
torció por una pequeña colina situada de¬trás de la ermita. El último rayo de
sol se desvanecía con rapidez a lo largo de los anchos campos; la sombra de la
cruz que coronaba el te¬jado de la iglesia se extendía por el montículo como un
largo y cur¬vado cuchillo. No sabiendo lo que venía a continuación, Simón se
quedó detrás del grupo mientras éste cargaba con el árbol por el montículo,
tropezando y cayendo entre las zarzas. Una vez arriba, se reunieron los
hombres, sudorosos y sin dejar de bromear, y bajaron el tronco para meterlo en
un agujero que había sido cavado a tal efecto. Después, mientras algunos lo
sostenían recto, otros rellena¬ron el resto del agujero y el borde con piedras.
Luego retrocedieron unos pasos. El árbol de maya se balanceó un poco y después
se inclinó hacia un costado, lo que provocó un chillido sofocado y risas entre
el grupo. Finalmente se quedó algo torcido; un grito de entusiasmo se elevó de
las gargantas de la gente. Simón, todavía bajo las sombras de los árboles,
exhaló un alegre suspiro, pero tuvo que abandonar su refugio con un nudo en la
garganta. Tosió hasta que se le nubló la vista; casi había transcurrido un día
entero desde que había hablado por última vez.
Retrocedió
lentamente, con los ojos humedecidos. Habían en¬cendido una hoguera al pie de
la colina. Con la parte superior te–ida por la luz de la puesta de sol y las
llamas crepitando en la base, el árbol parecía una antorcha encendida por ambos
extremos. Atraído de un modo irresistible por el olor a comida, Simón se acercó
a los vejetes y charlatanes que extendían manteles y preparaban la cena junto
al muro de piedra trasero de la ermita. Se sintió sorpren¬dido y frustrado al
ver lo magro de los alimentos que allí reposaban: escasos bienes para un día
festivo y, mala suerte, todavía una más es¬casa posibilidad de poder llegar
hasta ellos sin ser sorprendido.
Los hombres y
mujeres más jóvenes empezaron a bailar alrededor de la base del árbol de maya,
para conformar un círculo. El anillo, a causa de los borrachos que tropezaban,
nunca acabó de cerrarse; los espectadores gritaban al ver a los bailarines
tratar de alcanzar una mano, sin resultados, o al verlos girar sin ton ni son.
Uno a uno, los juerguistas se fueron apartando de la danza, tambaleándose y a
veces rodando colina abajo para detenerse al final entre carcajadas. Simón no
deseaba otra cosa que unirse a ellos.
Poco después se
formaron grupos de gente que se sentaron en la hierba y junto a la pared. La
copa del árbol tenía el aspecto de un rubí, con el último rayo de sol capturado
en ella. Uno de los hom¬bres que permanecía en la base de la pequeña colina
extrajo una flauta hecha de hueso y empezó a tocar. Un silencio gradual fue
ex-tendiéndose a medida que tocaba, sólo interrumpido por algunos susurros y
algún estallido de risa ocasional. La oscuridad de la noche también cayó sobre
el grupo. La quejumbrosa voz de la flauta sobre¬salía por encima de todo ello
como el espíritu de un pájaro melan¬cólico. Una muchacha, de negro cabello y
rostro delgado, se incor¬poró y se apoyó en el hombro de su joven acompañante.
Empezó a balancearse con lentitud, como un abedul en el camino del viento, y de
sus labios salió una canción; Simón sintió que el gran vacío que había en su
interior se abría para recibir la canción, el anochecer, el paciente y
contenido olor de la hierba y otras cosas.
Oh fiel amigo, oh
tilo,
Me diste cobijo
cuando era joven.
Háblame del que me
fue desleal;
vuelve a ser mi
amigo.
El que fue el deseo
de mi corazón,
el que me prometió
todo a cambio,
me ha abandonado y
mi corazón ha rechazado,
y ha hecho del Amor
una mentira.
¿Adonde ha ido, oh
tilo?
¿A los brazos de
qué dulce amiga?
¿Qué podría hacerlo
regresar?
¡Oh, tilo, espíalo
por mí!
No me pidáis eso,
hermosa mujer.
De buena gana no os
respondería,
pues sólo la verdad
puedo responder
y no deseo herir
vuestros sentimientos.
No me rechaces, oh
alto tilo;
¡dime quién está
junto a él esta noche!
¡Dime quién es la
mujer que me ha deshancado!,
¿quién lo aparta de
mi llamada?
Oh, hermosa mujer,
os diré la verdad:
él ya no volverá a vos nunca más.
Esta noche caminará por la orilla del río
para tropezar y
caer.
Ahora tiene a la
mujer-río,
y ella se abraza
fuerte a él,
pero ella lo
devolverá,
empapado y frío.
Así volverá,
mojado por el río y
frío...
Cuando la muchacha
de cabello negro volvió a sentarse el fuego crepitó, como si se burlase de una
canción tan tierna y sentimental.
Simón se alejó de
las llamas, con los ojos inundados en lágrimas. La voz de la mujer había
despertado en él una enorme nostalgia por su hogar, por las bromistas
conversaciones con los trabajadores de la cocina, por la ternura de las
sirvientas, por su cama, el foso, por las soleadas estancias de Morgenes,
incluso —y le causó disgusto el darse cuenta— por la severa presencia de
Raquel, el Dragón.
Los murmullos y las
risas que se oían a su espalda inundaban la primaveral noche como el suave
aleteo de los pájaros.
Aproximadamente una
veintena de personas se encontraban en la calle, frente a la iglesia. La
mayoría de ellas, reunidas en grupos de dos, tres o cuatro, parecían dirigirse
a través de la oscuridad hacia El Dragón y el Pescador. La luz de las antorchas
brillaba junto a la puerta del local, inundando a los que remoloneaban en el
porche con una claridad amarillenta. Cuando Simón se acercó, todavía se¬cándose
los ojos, el olor a carne y cerveza negra casi lo ahoga, como si hubiese sido
alcanzado por una ola del océano. Caminaba con lentitud, a unos pasos de
distancia del grupo, y se preguntaba si de¬bería pedir trabajo ahora mismo o
esperar, en aquel cálido ambiente de sociabilidad, hasta más tarde, cuando el
mesonero dispusiera de un momento para hablar con él y comprobar que era un
muchacho en quien se podía confiar. Le daba miedo el pensar en pedirle tra¬bajo
a un extraño, ¿pero qué podía hacer? ¿Dormir en el bosque como si fuese un
animal?
Cuando pasó junto a
un grupo de granjeros borrachos que dis¬cutían sobre los méritos de la última
esquilada, casi se echó de bru¬ces sobre una oscura figura arrebujada contra la
pared, bajo el osci¬lante cartel del hostal. Una cara redondeada y sonrosada,
de ojos diminutos, se giró para mirarlo. Simón murmuró algunas palabras a modo
de disculpa y ya se alejaba cuando recordó.
—¡Yo os conozco!
—le dijo a la figura que permanecía en cuclillas; los oscuros ojos del hombre
emitieron una señal de alarma—. ¡Vos sois el fraile que conocí en la calle
Mayor!... ¿El hermano Cadrach?
Cadrach, que
durante un instante pareció que saldría corriendo a cuatro patas, estrechó los
ojos para mirarlo.
—¿No os acordáis de
mí? —preguntó el muchacho, lleno de exci¬tación. La visión de un rostro
familiar se le había subido a la cabeza como el vino—. Me llamo Simón. —Un par
de granjeros se giraron para mirarlo con ojos turbios, desprovistos de
curiosidad; el chico sintió un pinchazo de terror al recordar que era un
fugitivo—. Me llamo Simón —repitió en voz más baja.
Una chispa de
reconocimiento, y algo más, se abrió paso a través del rechoncho rostro del
monje.
—¡Simón! ¡Pues
claro que sí, muchacho! ¿Qué es lo que te ha he¬cho venir de la gran Erchester
al diminuto Flett? —preguntó el fraile, mientras se incorporaba con la ayuda de
una larga vara que repo¬saba contra la pared, a su lado.
—Pues... —Simón
estaba confundido.
«Sí, realmente,
¿qué es lo que haces, idiota, conversando con quien es casi un desconocido?
¡Piensa, estúpido! Morgenes ya te dijo que esto no era ningún juego.»
—Estoy haciendo un
recado... para una gente del castillo...
—Y has decidido
coger algo del dinero que te han dado y hacer una parada en el famoso El Dragón
y el Pescador... —Cadrach com¬puso una mueca irónica—, para comer algo. —Antes
de que Simón pudiera contradecirlo, o al menos decidir si quería hacerlo, el monje
continuó—: Lo que deberías hacer es cenar conmigo y dejar que pague tu cuenta;
no, no, muchacho. ¡Insisto! Sólo quiero devol¬verte el favor, después de la
amabilidad que demostraste hacia un extraño.
Simón no pudo decir
ni una palabra, pues antes de que pudiese reaccionar, el hermano Cadrach lo
hizo entrar en la taberna.
Unos cuantos
rostros se giraron cuando hicieron su entrada, pero las miradas no
permanecieron mucho tiempo posadas sobre ellos. La habitación era grande y de
techo bajo, y a ambos lados se alineaban mesas y bancos tan manchados de vino,
mellados y de¬sencajados que parecían sostenerse sólo a causa de la salsa seca
y el sebo con que tan generosamente aparecían salpicados. Cerca de la puerta
ardía una chimenea. Un muchacho campesino, cubierto de hollín, estaba dando
vueltas a una pata de buey en un asador y re¬culó cuando de la pierna cayó un
trozo de grasa que hizo crepitar el fuego. A Simón le dio la impresión de que
todo parecía y olía como el paraíso.
Cadrach lo arrastró
hacia un lugar junto a la negra pared; la su¬perficie de la mesa estaba tan
resquebrajada y astillada que causaba dolor cuando se apoyaban los codos sobre
ella; el monje se sentó frente al muchacho, reposó la espalda contra la pared y
estiró las piernas por debajo del banco. En lugar de las sandalias que Simón
había esperado ver, el fraile calzaba unas destrozadas botas, muy desgastadas a
causa del tiempo y del mucho uso.
—¡Mesonero! ¿Dónde
estáis, respetable mesonero? —llamó Ca¬drach.
Un par de
cejijuntos y mal afeitados campesinos, que Simón hubiera jurado que eran
gemelos, los miraron desde la mesa de al lado con una mueca de desagrado en el
rostro. El propietario apare¬ció tras una corta espera; se trataba de un hombre
ancho como un barril, barbudo y con una profunda cicatriz que le cruzaba por
toda la nariz hasta el labio superior.
—Ah, aquí estáis
—dijo Cadrach—. Bendito seáis, hijo mío, y traednos una jarra de vuestra mejor
cerveza. Después, ¿seríais tan amable de alcanzarnos algo de esa pierna y dos
pedazos de pan para untar? Gracias, muchacho.
El propietario
frunció el entrecejo ante las palabras del monje, pero asintió con la cabeza y
se alejó.
—... Mierda de
hernystiro... —lo oyó murmurar Simón mientras se iba.
La cerveza llegó
enseguida, y luego la carne y después más cer¬veza. Al principio, el chico
comía como un perro hambriento, pero luego dulcificó sus maneras iniciales y
echó un vistazo por la habita¬ción para asegurarse de que nadie prestaba
demasiada atención; fi¬nalmente aminoró el ritmo y empezó a escuchar la
divagante con¬versación del hermano Cadrach.
El hernystiro era
un maravilloso narrador de cuentos, a pesar del acento que a veces dificultaba
su comprensión. Simón se divir¬tió mucho con la historia del arpista Ithineg y
su larga, larga noche, a pesar de haberse sorprendido, inicialmente, al escuchar
un relato así de los labios de un hombre que vestía hábitos. Rió con tanta
fuerza con las aventuras de Hathrayhinn el Rojo y de la mujer sitha llamada
Finaju, que derramó cerveza sobre su camisa.
Permanecieron allí
durante largo tiempo; la posada se encon¬traba medio vacía cuando el barbudo
tabernero acabó de llenar las jarras por cuarta vez. Cadrach, con muchas
gesticulaciones, le expli¬caba a Simón la historia de una pelea que había
presenciado en los muelles de Ansis Pelippe, en Perdruin. Dos monjes, explicó,
se ha-bían golpeado hasta quedar casi inconscientes a causa de una discu¬sión
sobre si nuestro Señor Jesuris había liberado, mediante magia o no, a un hombre
de un embrujo que lo había convertido en cerdo en la isla de Grenamman. En la
parte más interesante de la historia —el hermano Cadrach gesticulaba de forma
tan entusiasta durante la descripción que Simón temió que fuese a caer del
banco—, el meso¬nero depositó una jarra en medio de la mesa, con un fuerte
golpe. El monje, interrumpido en medio de la explicación, levantó la mirada.
—¿Sí, mi buen
señor? —preguntó, y se atusó una ceja—. ¿En qué podemos seros de ayuda?
El mesonero
permanecía con los brazos cruzados y con una mi¬rada de sospecha en el rostro.
—Os he dado crédito
porque sois un hombre de fe, padre —dijo—, pero voy a cerrar dentro de poco.
—¿Es eso lo que os
preocupa? —Una sonrisa cruzó la redonda cara de Cadrach—. Enseguida estaremos
con vos para hacer las cuentas, compañero. A propósito, ¿cómo os llamáis?
—Freawaru.
—Bien, entonces no
temáis, buen Freawaru. Dejad que el mu¬chacho y yo acabemos estos vasitos y os
dejaremos dormir.
El posadero
asintió, más o menos satisfecho con la respuesta, y se alejó para dirigirse
junto al muchacho del asador. Cadrach vació su jarra mediante un largo y
ruidoso trago; después se volvió son¬riente hacia Simón.
—Bebe, bebe,
muchacho. No debemos hacerlo esperar. Perte¬nezco a la orden Granisiana, y nos
dedicamos sobre todo a los po¬bres. ¡Entre otras cosas, el buen san Granis es
el patrón de los hostaleros y de los borrachos, una pareja bastante natural!
Simón sonrió y
vació la copa, pero cuando la ponía sobre la mesa se hizo la luz en su memoria.
¿No le había dicho Cadrach, la primera vez que se encontraron en Erchester, que
pertenecía a otra orden? ¿Algo con una «v»? ¿Vilderivana?
El monje rebuscaba
en los bolsillos de su hábito con una mirada de gran concentración en el
rostro, así que el muchacho no hizo ninguna pregunta. Al cabo de un momento,
Cadrach sacó una bolsa de piel y la dejó sobre la mesa; no hizo ningún sonido,
ni tinti¬neó ni produjo ningún ruido metálico. La brillante frente del fraile
aparecía arrugada con una mirada de preocupación, y levantó la bolsa hasta
acercársela al oído para agitarla. No se produjo ningún tipo de sonido. Simón
se quedó mirándolo.
—Ah, muchachito,
muchachito —dijo Cadrach, apesadum¬brado—. ¿Ves esto? Hoy me paré para ayudar a
un pobre mendigo, lo ayudé a llegar hasta el río y le lavé los pies, y mira,
mira de qué ma¬nera me ha pagado mis desvelos. —Le enseñó la bolsa para que
Si¬món pudiera ver el interior—. ¿Me podrías decir por qué a veces me preocupo
por un mundo tan inhóspito, joven Simón? Ayudé a ese hombre, y me ha robado
mientras lo llevaba en brazos. —El monje exhaló un profundo suspiro—. Bien,
muchacho, siento tener que de¬pender de tu amabilidad y de tu caridad aedonita
para dejarme el dinero que debemos aquí; no temas, pronto te lo devolveré. —El
monje cloqueó mientras le alargaba al chico la vacía bolsa para que viese el
contenido—. Oh, este mundo está lleno de pecado.
Simón sólo oyó las
palabras de Cadrach vagamente, como un par¬loteo confuso que se introducía en
su cabeza, abotargada por la cer¬veza. No miraba el agujero de la bolsa, sino
la gaviota que había gra¬bada sobre el cuero, con fuerte hilo azul. La placentera
borrachera que lo embargaba un minuto antes se había convertido en algo pesado
y amargo. Levantó la mirada hasta que sus ojos se encontraron con los del
hermano Cadrach. La cerveza y la calidez del albergue habían en¬rojecido las
mejillas y orejas de Simón, pero ahora sentía una oleada de sangre todavía más
caliente que ascendía desde su desbocado corazón.
—¡Esa es... mi...
bolsa! —dijo.
Cadrach bizqueó
como un tejón fuera de la madriguera.
—¿Qué dices,
muchacho? —preguntó, lleno de aprensión, mien¬tras se incorporaba poco a poco
desde la pared hasta la mitad del banco—. Me temo que no te he oído bien.
—Esa... bolsa... es
mía.
Simón sintió sobre
sí la herida y la frustración que le causó la pérdida —el rostro de desagrado
de Judit, la triste sorpresa del doctor Morgenes—, y la tristeza que
corresponde a toda confianza traicio¬nada. El vello rojizo de su nuca se erizó
como un cepillo de púas.
—¡Ladrón!— gritó,
de repente, y se echó hacia adelante; pero Ca¬drach, que le había adivinado las
intenciones, saltó del banco y re¬trocedió a lo largo del comedor del hostal
hasta llegar a la puerta.
—¡Espera, muchacho,
estás cometiendo un error! —gritó el fraile, pero aunque creyese lo que decía,
no parecía tener demasiada con¬fianza en su habilidad para convencer a Simón.
Sin darse un
respiro, el monje agarró la vara y salió disparado a través de la puerta. Simón
corrió tras él, pero apenas había llegado junto al dintel cuando se sintió
agarrado por la cintura por un par de fornidos brazos. Un momento después se
encontró elevado, sin que sus pies tocasen el suelo, sin poder respirar y con
las piernas col¬gando.
—¿Se puede saber
qué tratas de hacer? —le preguntó Freawaru al oído.
El hostelero cerró
la puerta y llevó en volandas a Simón hacia el interior de la habitación,
teñida con el color de las llamas de la chi¬menea. El muchacho tomó tierra
sobre el suelo mojado y trató de recuperar el aliento.
—¡El monje! —pudo
balbucear—. ¡Me ha robado la bolsa! ¡No lo dejéis escapar!
Freawaru asomó la
cabeza al otro lado de la puerta.
—Bueno, si eso es
cierto ya está lejos; pero ¿cómo puedo saber que eso no forma parte del plan,
eh? ¿Cómo puedo estar seguro de que no ponéis ese truco en práctica en todos
los albergues entre aquí y Utanyeat? —Un par de bebedores de última hora rieron
tras él—. Levántate, muchacho —dijo el mesonero, y cogió el brazo de Simón para
tirar de él y ponerlo en pie—. Voy a ver si Deorhelm o Godstan han oído hablar
de vosotros dos.
Freawaru arrastró
al chico fuera del albergue y lo llevó, cogido del brazo, alrededor del
edificio. La luz de la luna teñía la paja del tejado de! bosque, a un tiro de
piedra de distancia.
—No sé por qué no
pediste trabajo, tonto —gruñó el tabernero mientras empujaba ante sí al
tambaleante joven—. Mi Heanfax se acaba de marchar y yo podría haber sacado
algún provecho de un joven tan bien proporcionado como tú. Maldita tontería;
ahora mantén la boca cerrada.
Junto al establo se
encontraba una pequeña cabaña, aunque co¬nectada con el edificio principal del
albergue. Freawaru aporreó la puerta con el puño.
—¡Deorhelm!
—llamó—. ¿Estás levantado? Ven a echarle un vis¬tazo a este muchacho y dime si
lo has visto antes.
Podía oírse el
ruido de unos pasos que se acercaban a la puerta, desde el interior.
—Maldita sea, ¿eres
tú, Freawaru? —preguntó un voz, en tono de queja—. Tenemos que volver al camino
en cuanto cante el gallo.
La puerta se abrió
y dejó entrever la habitación que había en el interior, iluminada por algunas
velas.
—Tienes suerte de
que estuviéramos jugando a los dados y no acostados —dijo el hombre que abrió—.
¿Qué pasa?
A Simón casi se le
salen los ojos de las órbitas y le explota el co¬razón. ¡Aquel hombre y el que
limpiaba la espada sobre uno de los jergones vestían la librea verde de la
guardia erkyna de Elías!
—Este joven rufián
y ladrón de...
Eso fue todo lo que
Freawaru tuvo tiempo de decir antes de que Simón se diera la vuelta y hundiera
la cabeza en el estómago del me¬sonero. El hombre se dobló con un quejido de
dolor. Simón salió disparado en busca del refugio que le podía ofrecer el bosque,
y en unos cuantos pasos desapareció. Los soldados lo vieron huir con muda
sorpresa. En el suelo, frente a la puerta iluminada por una vela, Freawaru, el
mesonero, maldecía, pataleaba y volvía a maldecir.
16
La flecha blanca
¡No es justo!
—sollozó Simón por centésima vez, mientras golpeaba el suelo con los puños. Las
hojas se le pegaban en los nudillos enrojecidos, que ya parecía tener
insensibles—. ¡No es justo! —murmuró, mientras se arrebujaba como una pelota.
Y no era justo; no
lo había sido, en verdad. ¿Qué es lo que había hecho para estar allí tendido,
mojado, sintiéndose miserable y sin hogar en el bosque de Aldheorte, mientras
otros dormían en cálidos lechos o se levantaban para comer pan y leche, con ropas
secas? ¿Por qué tenía que ser perseguido como si fuese una alimaña? Había
tra-tado de hacer lo que era correcto, ayudar a su amigo y al príncipe, y eso
lo había convertido en un forajido hambriento.
«Pero a Morgenes le
había ido peor, ¿no? —apuntó una parte de él, con desdén—. Seguro que el pobre
doctor habría cambiado los papeles de buena gana.»
Pensó que aunque
hubiera sido así, aquélla no era la cuestión: al menos el doctor Morgenes tenía
alguna idea de lo que se jugaba o de lo que podría pasar. En cambio, él, pensó
con disgusto, había sido tan estúpido e inocente como un ratón que deja su refugio
para jugar con un gato.
«¿Por qué Dios me
odia tanto?», se preguntó Simón, entre sollo¬zos. ¿Cómo Jesuris Aedón, de quien
los sacerdotes decían que ob¬servaba a todo el mundo, le había dejado sufrir y
casi morir de esa manera? Simón volvió a caer presa del llanto.
Al cabo de un
tiempo se secó las lágrimas y se preguntó cuánto rato habría permanecido allí
tendido, con la mirada perdida. Simón se incorporó y se alejó del refugio del
árbol lo suficiente como para vaciar la vejiga; después se encaminó, de mala
gana, hacia un arroyo para beber. El dolor que sentían en las rodillas, la
espalda y el cuello lo torturaba a cada paso.
«Que se vayan todos
al infierno. Maldito sea este bosque, y Dios también, por todo lo que padezco.»
Levantó la mirada
de la mano llena de agua, temeroso, pero su silenciosa blasfemia no fue
castigada.
Cuando hubo acabado
de beber se dirigió corriente arriba hasta un lugar en el que el arroyo se
arremolinaba en un remanso y las turbulentas aguas aparecían más calmadas. Al
inclinarse y mirar su reflejo a través de las lágrimas, notó una resistencia en
la cintura que le impedía inclinarse sin apoyarse en las manos.
«¡El manuscrito del
doctor!», recordó.
Se incorporó a
medias y extrajo el cálido y flexible pergamino de entre los pantalones y los
faldones de la camisa. El cinturón había formado una arruga a lo largo de todo
el bulto. Simón lo había lle¬vado encima durante tanto tiempo que las páginas
estaban tan amoldadas a la curva de su barriga como lo estaría la pieza de una
armadura; en sus manos reposaron dobladas igual que una vela hin¬chada por el
viento. La página superior aparecía manchada, pero Si¬món reconoció la pequeña
e intrincada letra del doctor; había ves¬tido la vestido la delgada armadura de
las palabras de Morgenes. Sintió una repentina punzada como de hambre, y apartó
los papeles con delicadeza para volver a dirigir su mirada al remanso.
Le llevó unos
instantes poder separar su propio reflejo de las manchas y sombras que
aparecían en la superficie del agua. La luz se encontraba a su espalda, y la
mayor parte de su imagen era una si¬lueta, una oscura figura en la que
únicamente aparecían indicios de rasgos en la sien iluminada, así como en la
mejilla y la mandíbula. Giró la cabeza para atrapar el sol; miró por el rabillo
del ojo y vio una especie de animal atrapado, reflejado en el agua, con la
oreja er¬guida como para oír a los perseguidores, el pelo enredado y el cuello
torcido de una manera que no indicaba ningún tipo de civilización, sino
vigilancia y miedo. Cogió el manuscrito a toda prisa y remontó la orilla del
arroyo.
«Estoy
completamente solo. Nadie se preocupará por mí nunca más. Nadie lo ha hecho
jamás.» Simón imaginó que sentía su cora¬zón golpetear contra el interior del
pecho.
Tras unos minutos
de búsqueda encontró un trozo de tierra en el que daba el sol, y se sentó en él
para secarse las lágrimas y poder pensar. Le pareció obvio, mientras oía el eco
del canto de los pájaros y otros sonidos del bosque, que debería buscar ropas
que lo abriga¬sen más si iba a pasar las noches al raso, y eso tendría que
hacer hasta que se alejase lo suficiente de Hayholt. También tenía que de¬cidir
hacia dónde iría.
Empezó a hojear,
con aire ausente, los papeles de Morgenes, todos ellos llenos de palabras.
Palabras... ¿Cómo podía pensar alguien en tantas palabras a la vez, y no
digamos escribirlas? Le dolió la ca¬beza de sólo pensar en ello. ¿Y de qué
servían —reflexionó, con el la¬bio tembloroso a causa de la amargura—, cuando
tienes frío, y estás hambriento..., o cuando Pryrates está en tu puerta? Pasó
dos hojas. La última se rompió y Simón sintió como si hubiese insultado a un
amigo. Se quedó mirando el papel durante unos instantes, si¬guiendo de forma
solemne la familiar caligrafía con el dedo; a con¬tinuación, levantó la hoja
para poder ver qué ponía.
«... resulta
extraño, pues, pensar cómo esos que escribieron las canciones e historias que
entretenían a la resplandeciente corte de Juan hicieron de él, en un esfuerzo
por hacerlo más grande que la vida, un ser inferior al que en realidad era.»
Lo leyó una vez,
palabra por palabra y no pudo entender nada; pero al leerlo de nuevo le
vinieron a la imaginación las inflexiones del hablar de Morgenes. Casi sonrió,
olvidando durante un instante la horrible situación en que se hallaba. Todo
aquello que leía tenía poco sentido para él, pero reconocía en ello la voz de
su amigo.
«Por ejemplo,
consideremos —continuaba—, su llegada a Erkynlandia desde la isla de Warinsten.
Los cantores de bala¬das dicen que Dios lo convocó para que matase al dragón
Shurakai; que desembarcó en Grenefod con la espada Clavo Brillante en la mano y
con la sola idea de cumplir su gran misión.
Si bien es posible
que el benevolente Dios lo llamase para librar al mundo de tan temida bestia,
resta por explicar por qué Dios permitió que el dragón permaneciese arrasando
durante tanto tiempo el país, antes de que le llegase su némesis. Y, claro, los
que lo conocieron en aquellos días recuerdan que dejó Warinsten como un
desarmado hijo de granjero, y que llegó a nuestras costas en las mismas
condiciones; ni si¬quiera pensó en el Gusano de Fuego hasta que pasó la ma¬yor
parte del año en nuestra Erkynlandia...»
Resultaba muy
reconfortante volver a oír la voz de Morgenes, aunque fuese en el interior de
su propia cabeza, pero el pasaje le re¬sultaba incomprensible. ¿Trataba de
decir el doctor que el Preste Juan no había matado al Dragón Rojo, o sólo que
no había sido escogido por Dios para hacerlo? Si no había sido escogido por el
Se¬ñor Jesuris desde el cielo, ¿cómo había matado a la bestia? ¿Acaso la gente
de Erkynlandia no decía que era el rey ungido por Dios?
Simón se sentó a
pensar, y una racha de viento que penetró en¬tre los árboles le puso la carne
de gallina.
«Aedón lo maldiga;
tengo que encontrar una capa o algo que sea cálido —pensó—. Y debo decidir
adonde ir, en lugar de sentarme aquí sin hacer nada, como un bobo, con unos
viejos pergaminos.»
Parecía evidente
que su plan del día anterior —el de esconderse bajo una profunda capa de
anonimato, convirtiéndose en pinche de cocina o en criado de algún albergue
rural— ya no tenía sentido. No se trataba de si los dos guardias de los que
había escapado lo habían reconocido o no: alguien lo haría, tarde o temprano.
Estaba seguro de que los soldados de Elías batían los alrededores en su busca;
no se había convertido sólo en un sirviente huido, era un criminal, un
te¬rrible criminal. La fuga de Josua ya había sido pagada con algunas muertes;
no existiría piedad para Simón si caía en las manos de la guardia erkyna.
¿Cómo podría
escapar de todo ello? ¿Adonde podría ir? Sintió que el pánico volvía a
invadirlo y trató de suprimir aquella sensa¬ción. El último deseo de Morgenes
antes de morir había sido que si¬guiese a Josua hacia Naglimund, algo que a
aquellas alturas parecía ser lo único válido. Si el príncipe había tenido éxito
en su fuga, Si¬món, sin duda, sería bien recibido. Si, por el contrario, había
fraca¬sado, era casi seguro que los súbditos de Josua le ofrecerían refugio a
cambio de tener noticias sobre su señor. Se trataba de un muy largo viaje hasta
Naglimund; Simón conocía el camino y la distancia sólo de oídas, pero nadie
decía que fuese corto. Si continuaba por el Viejo Bosque hacia el oeste,
llegaría a cruzarse con la ruta de Wealdhelm, que corría hacia el norte a lo
largo de la falda de las colinas que le daban nombre. Si podía llegar a
encontrar aquella ruta, po¬dría encaminarse en la dirección correcta.
Con una tira de
tela arrancada del dobladillo de la camisa, Si¬món envolvió los papeles
enrollándolos en forma de cilindro; luego los cubrió con más tela, para acabar
rematando el paquete con un cuidadoso nudo a cada extremo. Se percató de que
había olvidado una hoja, que seguía caída a un lado; al recogerla se dio cuenta
de que era la que su propio sudor había manchado. Entre los borrones de las
letras medio desfiguradas, se podía leer una frase. Los ojos de Simón se vieron
atraídos por ella.
«Si fue dotado de
divinidad, se hacía más evidente en sus idas y venidas, en su querer estar en
el lugar adecuado en el momento propicio, y así aprovechar...»
No se trataba de
una predicción de futuro ni de una profecía, pero lo fortaleció un poco y dio
peso a la resolución que había adoptado. Iría hacia el norte, hacia Naglimund.
Un aburrido, penoso
y miserable viaje al abrigo del camino del Viejo Bosque fue, en parte, salvado
por un descubrimiento fortuito. Iba penetrando a través de los matojos,
rodeando las ocasionales cabañas que se agazapaban a poca distancia del
sendero, cuando a tra¬vés de la espesura del bosque descubrió un tesoro
inapreciable: la ropa extendida de alguien. Se acercó al árbol, cuyas ramas
aparecían adornadas con ropas mojadas y sábanas empapadas, y su mirada fue a
parar a la cabaña de techo de zarzas que estaba a unos cuantos me¬tros de
distancia. El corazón le latió aun más deprisa cuando encon¬tró un manto de
lana tan pesado a causa de la humedad que le hizo tambalearse al cogerlo en los
brazos. Ninguna señal de alarma pro¬vino de la cabaña; de hecho, no parecía
haber nadie allí. Por alguna razón se sintió peor al robar el manto. Volvió a
hurtadillas hacia los enmarañados árboles con su carga, cuando en su
imaginación apa¬reció una basta señal de madera que golpeaba contra su pecho
que ya no respiraba.
La verdad era que,
según Simón había captado enseguida, la vida de forajido no tenía nada que ver
con las historias de Jack Mundwode el Bandido, que Shem le había contado. En su
imagina¬ción, el bosque de Aldheorte había sido una especie de alta e inter¬minable
sala con un piso de suave césped y altos pilares de troncos apuntalando un
distante techo de hojas y cielo azul; un pabellón ventilado donde caballeros
como sir Tallistro de Perdruin o el gran Camaris hacían cabriolas sobre
corceles de guerra y salvaban de odiosos destinos a damas hechizadas.
Encallado en una
desagradable y casi malévola realidad, Simón se encontró con que los árboles de
la linde del bosque se amontona¬ban y las ramas se retorcían unas sobre otras,
como serpientes entre¬lazadas. Los mismos arbustos resultaban un obstáculo, un
intermi¬nable campo de zarzales y troncos caídos que permanecían, casi
invisibles, bajo el musgo y las hojas caídas.
En aquellos
primeros días, cuando de repente se encontraba en algún claro del bosque en el
que podía andar sin trabas durante un corto tiempo, el sonido de sus propios
pasos sobre el desnudo suelo lo hacía sentirse al descubierto. Se encontró
corriendo a toda prisa a través de los pequeños valles a la sesgada luz del
sol, rezando por volver a encontrar la seguridad que le brindaban los arbustos.
La falta de nervio lo ponía tan furioso que se obligó a cruzar a paso lento por
los claros. A veces incluso cantaba bravas canciones y es¬cuchaba el eco, como
si pensase que el sonido de su voz, temblorosa y agonizante, contra los árboles
fuera la cosa más natural del mundo; pero una vez que alcanzaba los arbustos
apenas podía acor¬darse de lo que había cantado.
Aunque su mente
todavía se veía asaltada por los recuerdos de su vida en Hayholt, éstos casi se
habían convertido en fragmentos de memorias que cada vez le parecían más
distantes e irreales, reem¬plazados por una creciente niebla, mezcla de
amargura y desespera¬ción. Le habían robado su hogar y su felicidad. La vida en
Hayholt había resultado muy fácil y cómoda: la gente era amable, y las
estan¬cias, maravillosamente cómodas. Ahora se arrastraba por un tor¬tuoso
bosque una hora tras otra, inundado de miseria y autocompasión. Sintió que la
percepción que tenía de sí mismo se desvanecía y que su pensamiento sólo estaba
puesto en dos cosas: marchar hacia adelante y comer.
Al principio había
pensado mucho en si debía seguir campo tra¬viesa, pues podría ir más rápido aun
a riesgo de ser descubierto, o tratar de hacerlo a través del resguardo que le
ofrecía el bosque. Lo último le había parecido lo más apropiado, pero pronto
descubrió que ambas opciones, tanto el camino como la linde del bosque,
di-vergían en ciertos puntos, y que entre la gruesa maraña de los árbo¬les, a
veces se le hacía muy difícil volver a encontrar el sendero.
También se dio
cuenta, con dolor, de que no tenía la menor idea de cómo encender fuego, algo
en lo que nunca había pensado cuando escuchaba cómo Shem describía al gracioso
Mundwode y a sus compañeros de fechorías festejando algo con un venado asado en
su mesa de madera. Sin antorcha con la que iluminar su camino, la única
solución posible parecía ser seguir su andadura de noche cuando la luz de la
luna se lo permitiese. Podría dormir durante el día y usar las restantes horas
de sol para seguir caminando a través del bosque.
El carecer de
antorcha significaba no tener fuego con el que co¬cinar, y eso, a veces, era lo
peor de todo. De vez en cuando encon¬traba nidos que contenían huevos moteados
depositados por la madre en algunos agujeros escondidos entre la hierba. Ello
lo proveía de algún alimento, pero le resultaba difícil succionar las viscosas
y frías yemas sin dejar de pensar en las calientes y aromáticas delicias de la
cocina de Judit, y verse reflejado con amargura en las mañanas en las que había
ido a toda prisa a ver a Morgenes o había salido al campo de torneos dejando
tras de sí grandes pedazos de pan con mantequilla y miel sin apenas tocar sobre
su plato. Ahora, el pensar en un cuscurro de pan con mantequilla le parecía un
sueño de prín¬cipes.
Incapaz de cazar, y
sabiendo poco o nada acerca de las plantas silvestres que podían comerse sin
peligro, Simón debía su supervi¬vencia al pillaje de los huertos de los
leñadores locales. Con un ate¬rrorizado ojo en busca de perros o de airados
campesinos, se desli¬zaba desde su escondite en el bosque para caer sobre los
huertos plantados de vegetales, arrancaba zanahorias y cebollas o tiraba de las
manzanas que colgaban en las ramas más bajas; pero incluso esos magros bienes
resultaban escasos y sólo los encontraba muy de vez en cuando. A menudo,
mientras andaba, los retortijones de hambre que sentía eran tan grandes que
habría gritado de dolor y dado pata¬das a diestro y siniestro sobre los
enmarañados arbustos. En una ocasión, pataleó tanto y gritó con tanta fuerza
que, cuando cayó so¬bre los hierbajos, no pudo incorporarse en mucho tiempo.
Perma¬neció en el suelo y escuchó cómo desaparecían los ecos de sus gritos, y
pensó que iba a morir.
No, la vida al aire
libre no era ni una décima parte de lo gloriosa que había imaginado durante los
atardeceres en Hayholt de todos esos lejanos años, cuando se arrebujaba en los
establos y olía el heno y el cuero tachonado, escuchando las historias de Shem.
El pode¬roso bosque era un oscuro y tacaño anfitrión, que se mostraba muy
reticente en cuanto a distribuir comodidades entre los extraños. Si¬món se
escondía entre los arbustos espinosos para dormir durante las horas de sol, y
seguía su vacilante camino a través de la oscuri¬dad, bajo la luna escondida
por los árboles, o se abalanzaba furtiva¬mente sobre los huertos con su
andrajosa capa, demasiado grande; y supo que era más un conejo que un pícaro.
Aunque llevaba
enrolladas allí donde fuese las páginas de Mor¬genes sobre la vida de Juan,
cogidas como si se tratasen de un bastón de mando o como un Árbol bendecido de
un sacerdote, según pasa¬ban los días sentía cada vez menos necesidad de
leerlas. Al final de la jornada, entre una patética comida —si es que tenía esa
suerte— y la atemorizante y cercana oscuridad del mundo, abría el paquete y
leía un fragmento de una página, pero a medida que transcurrían los días,
aquello le iba pareciendo algo sin sentido. Una página, en la que sobresalían
los nombres de Juan, de Eahlstan, el Rey Pescador y el dragón Shurakai, atrajo
su volátil atención, pero tras leerla cuatro veces, se dio cuenta de que lo que
allí ponía para él tenía menos sen¬tido que los círculos que en el interior de
los troncos indicaban la edad de los árboles. En el quinto atardecer que pasaba
en el bosque se sentó y lloró, con las hojas esparcidas en el regazo. Sin darse
cuenta estrujó los pergaminos, como una vez había hecho con el gato de la cocina,
hacía ya incontables años, en una cálida e ilumi¬nada habitación que olía a
cebollas y a canela...
Una semana y un día
después de dejar El Dragón y el Pescador, pasó cerca de un pueblo llamado
Sistan, un asentamiento poco más grande que Flett. Las chimeneas gemelas de
arcilla del hostal de Sis¬tan humeaban, pero el camino aparecía desierto, y el
sol brillaba. Si¬món se asomó tras una colina, desde detrás de un grupo de
platea¬dos abedules, y el recuerdo de su última comida caliente le dolió como
si se tratase de un golpe real y le debilitó las rodillas de tal forma que casi
se cayó. Aquella ya lejana y perdida noche le pareció como la descripción que
hiciera una vez el doctor Morgenes sobre el paraíso pagano de los antiguos
rimmerios: una eterna borrachera llena de relatos, una juerga sin fin.
Descendió colina
abajo hacia una casa que aparecía en plena calma, junto al camino; le temblaban
las manos, e imaginaba planes sobre cómo robar un pastel de carne de alguna
repisa de una ven¬tana o escabullirse por la puerta trasera y asaltar la
cocina. Ya había salido del abrigo de los árboles y había recorrido la mitad de
la la¬dera cuando de repente se dio cuenta de lo que hacía: merodeaba fuera de
los bosques al descubierto, sin la protección de la noche, como un animal
enfermo y enfebrecido que hubiese perdido los instintos de autoprotección. Se
sintió súbitamente desnudo y, a pe-sar del pesado manto de lana, ahora lleno de
hojas y ramas, se quedó helado. A continuación se dio la vuelta y salió
corriendo hacia los delgados abedules. Incluso los árboles le parecían ahora
demasiado expuestos; maldijo y sollozó, y se dirigió al interior de las
sombras, dejando que el viejo bosque lo rodease como un espeso manto.
Cinco días después,
al oeste de Sistan, el sucio y hambriento muchacho se encontró acurrucado en
otra pendiente, mirando hacia un gran claro donde había una choza. Estaba
seguro —tan seguro como podían estar con su mente tan fragmentada y dolida— de
que otro día sin probar una auténtica comida u otra noche solitaria al raso, en
medio del bosque, lo descompondría de una vez por todas; se convertiría en la
bestia que cada vez con mayor frecuencia pen¬saba que era. Sus pensamientos se
embrutecían y desvariaban. La comida, los sitios oscuros en los que esconderse
y las amenazas del bosque se habían convertido en sus principales
preocupaciones. Cada vez le resultaba más difícil recordar el castillo. ¿Se
había sen¬tido a gusto allí? ¿Hablaba con la gente? Cuando el día anterior una
rama había penetrado a través de la capa y se le había clavado en las
costillas, sólo había sido capaz de gruñir y quejarse como una bestia.
«Alguien...,
alguien vive aquí...»
De la cabaña de
leñador salía un camino alineado con ordena¬das piedras. Un montón de troncos
partidos descansaba bajo los aleros de una pared lateral. Lo más seguro,
razonó, es que alguien se apiadaría de él si llegaba hasta la puerta y con
calma pedía algo de comer.
«Tengo tanta
hambre... ¡No es justo, no es justo! Alguien debe alimentarme..., alguien...»
Descendió la colina
con las piernas rígidas y la boca medio abierta. Una somera rememoración de las
normas sociales le re¬cordó que no debía espantar a aquella gente rústica, a
aquellos asus¬tadizos habitantes del bosque que vivían en el claro. Mantuvo las
palmas de las manos hacia adelante mientras caminaba, con los pá¬lidos dedos
separados como para mostrar su falta de animosidad.
La cabaña se
encontraba vacía, o al menos sus habitantes no res¬pondían al golpeteo de los
nudillos de Simón sobre la puerta. El muchacho rodeó la choza, con los dedos
tocando la áspera madera. La única ventana que había aparecía cerrada con una
ancha tabla. Golpeó la madera con más fuerza de la que había empleado al
ha¬cerlo sobre la puerta, y sólo le respondieron los ecos del vacío.
Simón se dejó caer
hecho un ovillo bajo la ventana tapada mien¬tras se preguntaba, lleno de
desesperación, si podría abrirla con un trozo de leña. De repente, un susurro,
un chasquido que provenía de entre los árboles que tenía a su espalda, lo hizo
incorporarse tan deprisa que su visión se vio restringida a un punto de luz
rodeado de oscuridad; se tambaleó una vez en pie, sintiéndose enfermo. La
ba¬rrera de árboles pareció inclinarse hacia adelante, como sacudida por una
mano gigante, y volvió a su posición original con un estre¬mecimiento. Al cabo
de un instante el silencio cayó de nuevo sobre el lugar, esta vez acompañado
por un extraño y apagado siseo. El ru¬mor se convirtió en una rápida sucesión
de palabras, en una lengua incomprensible para Simón, pero que no por ello
dejaba de ser una lengua. Momentos después el claro volvía a estar en silencio.
El muchacho se
había quedado más tieso que una piedra; no podía moverse. ¿Qué es lo que
debería hacer? Tal vez el morador de la cabaña había sido atacado por un animal
en su camino de regreso a casa... Simón podría ayudarlo..., y así, después
tendría que darle algo de comida. Pero ¿de qué manera lo asistiría? Apenas
podía an-dar. ¿Y qué pasaría si sólo se trataba de un animal y en realidad no
hubiese más que imaginado las voces, entre toda aquella maraña de ruido?
¿Y si se trataba de
algo peor? ¿Y si eran los guardias del rey con afiladas espadas, o una delgada
bruja de cabello blanco? Tal vez fuese el mismo diablo, vestido con ropas de
fuego y ojos inundados de belladona.
De dónde había
sacado el valor, la fortaleza, para enderezar sus tambaleantes rodillas y
adentrarse entre los árboles era algo a lo que Simón no habría podido
contestar. Si no se hubiese sentido tan en¬fermo y desesperado, podría..., pero
estaba enfermo, hambriento y tan sucio y solo como un chacal de Nascadu. Se
apretó el manto contra el pecho, cogió los escritos de Morgenes, los mantuvo
contra el pecho y se dirigió hacia el bosquecillo.
El sol se filtraba
de forma desigual entre los árboles, se metía por los entresijos de un tamiz de
hojas primaverales y dotaba al suelo del brillo de las monedas nuevas. El aire
parecía tenso, como si el bos¬que contuviese el aliento. Simón no vio nada durante
unos instan¬tes más que las oscuras sombras de los árboles y los rayos del sol.
En un lugar, los dardos de luz parecían moverse con espasmos; un ins¬tante
después se dio cuenta de que brillaban sobre una figura que se debatía. Cuando
avanzó un paso, las hojas crujieron bajo sus pies y el sonido de la figura que
se retorcía cesó. La cosa que colgaba por encima de una yarda del suelo levantó
la cabeza y lo miró. Tenía rostro de hombre, pero en su cara aparecían los
inmisericordes ojos de topacio de un gato.
Simón dio un salto
hacia atrás y su corazón palpitó de forma espasmódica contra el pecho. Extendió
las manos, con los dedos esti¬rados como para tapar la visión del extraño
pájaro colgado. Fuera lo que fuese, no se parecía a ningún hombre que Simón
hubiera visto, aunque había algo que le resultaba familiar en aquel ser, algo
así como un recuerdo de un borroso sueño; pero la mayor parte de los sueños de
Simón habían resultado pesadillas. ¡Qué aparición tan extraña! Aunque atrapado
en una cruel trampa, cogido por la cin¬tura y los codos por una negra soga de
nudo corredizo y colgando de una rama, sin poder alcanzar a ponerse en tierra,
el prisionero aún tenía una fiera mirada, que en nada denotaba humillación:
como un zorro acorralado que moriría con los dientes clavados en el cuello de
algún mastín.
Si era un hombre,
parecía muy delgado. Sus altos pómulos y cara de finas facciones le recordaron
a Simón —durante un terrorí¬fico instante— las criaturas envueltas en negros
ropajes que vio en Thisterborg; pero así como aquéllos eran pálidos, de piel
tan blanca como la luna, este otro era de piel dorada como el roble pulido.
Trató de ver mejor
a través de la escasa luz y dio un paso hacia adelante; el prisionero cerró los
ojos y entreabrió los labios dejando al descubierto sus dientes, con una
especie de maullido felino. Hubo algo en la forma de hacerlo, algo inhumano en
aquel rostro casi animal, que hizo que Simón enseguida supiera que lo que
apa¬recía atrapado como una comadreja no era un hombre..., se trataba de algo
diferente.
El muchacho se
había acercado más de lo que aconsejaba la pru¬dencia y, cuando miraba los
ambarinos ojos del prisionero, éste le propinó una patada en las costillas.
Simón, aunque había observado el balanceo de la criatura y adivinado el ataque,
recibió un doloroso golpe en el costado, pues los movimientos del prisionero
eran muy rápidos. El muchacho trastabilló hacia atrás y observó ceñudo a su
atacante, que le dirigió una fiera mirada a cambio.
Miró al extraño
dejando entre ellos la distancia de lo que po¬día ser la altura de un hombre;
Simón advirtió cómo los extraños músculos de la boca de aquel ser se contraían
para formar una son¬risa llena de sarcasmo, y el sitha —pues el chico se
percató de ello de repente, como si alguien se lo hubiese dicho, ya que eso era
exacta-mente la criatura que pendía de la cuerda— le escupió una simple y
desagradable palabra dicha en idioma westerling, la lengua de Simón.
—¡Cobarde!
Al joven le sentó
tan mal que a punto estuvo de echarse hacia adelante y cargar contra el sitha,
a pesar del hambre, el miedo y los doloridos miembros..., hasta que se percató
de que eso era justa¬mente lo que la pulla lanzada por la criatura, con su extraño
acento, trataba de conseguir. Simón logró recuperarse del dolor que sentía en
sus mortificadas costillas y se cruzó de brazos para observar al sitha
atrapado, con una mueca de satisfacción al ver lo que le pare¬ció un gesto de
frustración en el otro.
El duende, como
Raquel supersticiosamente siempre se había referido a la raza, vestía una
extraña y suave ropa y pantalones de un resbaladizo tejido marrón, sólo un poco
más oscuro que su propia piel. El cinturón y los demás complementos de una
brillante piedra verde contrastaban de forma hermosa con el cabello, de un
color azul lavanda, como brezo de las montañas, estirado hacia atrás y su¬jeto
a la cabeza mediante un anillo de hueso, que colgaba en una cola de caballo
tras una oreja. Parecía un poco más bajo, aunque mucho más delgado que Simón, a
pesar de que el muchacho no se había visto en los últimos días en ningún espejo
más que en las tur¬bias pozas del bosque; tal vez ahora también tuviera aquel
aspecto escuálido y salvaje. Pero aunque así fuese, seguían existiendo algu¬nas
diferencias: algunos movimientos como de ave en la cabeza y el cuello, una
extraña elasticidad en las articulaciones, un halo de po¬der y control que
podía ser fácilmente discernible aunque su posee¬dor colgase como un animal en
la más cruel de las trampas. Aquel sitha, aquel personaje de fantasía, era
diferente de todo lo que Si¬món había conocido. Resultaba aterrorizador y
apasionante... Era extraño, ajeno.
—Yo no..., no
quiero hacerte daño —dijo Simón, y se dio cuenta de que hablaba como si se
dirigiese a un niño—. Yo no he puesto la trampa.
El sitha continuó
mirándolo con unos siniestros ojos encen¬didos.
«Qué terrible dolor
debe de esconder —se maravilló el mucha¬cho—. Tiene los brazos tan estirados
que..., que yo estaría aullando... si estuviese en su lugar.»
Por encima del
hombro izquierdo del prisionero sobresalía un carcaj con sólo dos flechas.
Algunas más y un arco de fina y oscura madera aparecían en el blando suelo,
bajo sus colgantes pies.
—¿Me prometes no
hacerme daño si te libero? —preguntó Simón, hablando despacio—. Yo también
tengo mucha hambre —añadió, in¬seguro.
El sitha no
respondió nada, pero cuando el chico dio otro paso encogió las piernas ante él
para volver a golpearlo; Simón retrocedió.
—¡Maldita sea!
—gritó—. ¡Sólo quiero ayudarte! —Pero ¿por qué tendría que hacerlo? ¿Por qué
debía sacar al lobo del pozo?—. Tie¬nes... —empezó a decir, pero el resto de
sus palabras se esfumaron cuando una forma oscura se acercó en dirección al
claro, por el bos¬que, a espaldas de Simón, produciendo crujidos de ramas
rotas.
—¡Ah! ¡Aquí lo
tenemos, aquí está...! —dijo una voz ronca.
Un hombre sucio y
barbudo se abrió camino por el claro. Lle¬vaba las ropas llenas de remiendos y
en la mano sostenía un hacha.
—Ahora verás... —El
hombre se detuvo cuando vio a Simón me¬dio escondido junto a un árbol—. Ven
aquí —gruñó—. ¿Quién eres? ¿Qué estás haciendo aquí?
El muchacho miró la
reluciente hoja del hacha.
—Soy..., sólo soy
un viajero... Oí un ruido aquí, entre los árboles —agitó la mano hacia el
extraño cuadro del sitha atrapado—. Lo en¬contré aquí, en..., en esa trampa.
—¡Mi trampa! —rugió
el leñador—. Mi maldita trampa, y ahí está. —El hombre le volvió la espalda y
miró con frialdad al sitha col¬gado—. Prometí que acabaría con sus vagabundeos
y su agriarme la leche, y lo he hecho.
El individuo elevó
una mano y empujó al prisionero en un hombro; éste se balanceó de una lado a
otro, formando un arco. El sitha siseó lleno de rabia, pero resultó un sonido
cargado de impo¬tencia. El leñador rió a carcajadas.
—Por el sagrado
Árbol, está dispuesto a luchar a pesar de la situa¬ción en la que se halla.
Quiere pelear.
—¿Qué..., qué vais
a hacer con él? —preguntó Simón
—¿Tú qué crees,
muchacho? ¿Qué crees que quiere Dios que ha¬gamos con los impuros y los
demonios cuando les ponemos las ma¬nos encima? Devolverlos al infierno con mi
querida hacha, eso es lo que quiere.
El prisionero dejó
de balancearse, poco a poco. Tenía la mirada puesta en el suelo y el cuerpo
fláccido.
—¿Matarlo?
—inquirió Simón. Se sentía enfermo débil, pero aun así le chocó oír hablar de
esa forma al leñador, y trató de contener sus desordenados pensamientos—. Vais
a... ¡Pero no podéis hacerlo! ¡No podéis! El es..., él es un...
—¡Lo que es cierto
es que no se trata de una criatura natural! Lár¬gate de aquí, extraño. Estás en
mi terreno, y nadie te ha llamado para que vengas. Yo ya sé cómo tratar con
estas criaturas.
El leñador volvió
desdeñosamente la espalda a Simón y se diri¬gió hacia el sitha, con el hacha
levantada como si fuese a partir ma¬dera. Sin embargo, aquella madera se
incorporó súbitamente y em¬pezó a debatirse, a dar patadas y a luchar
fieramente por su vida. El primer hachazo del hombre cayó de lado, rozó la
huesuda mejilla y produjo un corte a lo largo de la manga del extraño y
brillante ves¬tido. Un riachuelo de sangre manó de la delgada mandíbula y del
cuello. El leñador volvió a avanzar.
Simón se dejó caer
sobre sus doloridas rodillas y buscó algo con que detener aquella angustiosa
lucha, para que el individuo dejase de gruñir y maldecir, y para que el agudo
chillido del asediado pri¬sionero dejase de penetrarle por los oídos. Palpó a
tientas y encon¬tró el arco, que era mucho más liviano de lo que parecía, como
he¬cho de juncos de los pantanos. Un instante después halló una piedra medio
enterrada. Tiró hacia afuera y la piedra quedó libe¬rada del suelo. Simón la
levantó por encima de la cabeza.
—¡Alto! —gritó—.
¡Dejadlo tranquilo!
Ninguno de los dos
combatientes pareció enterarse de sus pala¬bras. El leñador se encontraba a
corta distancia, asestando golpes a su inmóvil diana, que continuaba
desviándolos aunque de sus heri¬das seguía manando sangre. El delgado pecho del
sitha subía y ba¬jaba como un fuelle; Simón se dio cuenta de que se debilitaba
rápi¬damente.
El muchacho no
podía permanecer impasible ante tan cruel es¬pectáculo por más tiempo. Liberó
el aullido que había ido tomando forma en su interior a lo largo de los
interminables y terroríficos días de su exilio, y se echó hacia adelante; cruzó
el pequeño claro para dejar caer la piedra en la parte de atrás de la cabeza
del leñador. Un apagado sonido de algo roto resonó entre los árboles; el hombre
pareció quedarse sin voluntad en un instante. Se dejó caer sobre las rodillas y
luego dio con el rostro en el suelo, mientras un surco rojo manaba a través del
enmarañado cabello.
Simón miró la
fractura de la que brotaba la sangre y sintió que se le revolvían las tripas;
se dejó caer de rodillas para vomitar, pero no pudo expulsar más que una saliva
amarga. Apoyó la aturdida ca¬beza sobre el húmedo suelo y sintió que el bosque
daba vueltas a su alrededor.
Cuando se sintió
mejor se levantó y se volvió hacia el sitha, que otra vez pendía de la cuerda
de nudo corredizo. La túnica que lle¬vaba aparecía lacerada y con riachuelos de
sangre y sus mágicos ojos estaban apagados, como si una cortina interior se hubiese
desple¬gado para ocultar el paso de la luz. Tan vacilante como un sonám¬bulo,
Simón recogió el hacha caída y cortó la tensa cuerda de la que colgaba el
prisionero y que pendía de una rama alta del árbol, una rama demasiado alta
como para trepar. Simón, demasiado aturdido como para sentir miedo, colocó la
afilada hoja del hacha contra el nudo que se encontraba en la espalda del
sitha. El duende hizo un gesto de dolor cuando la cuerda se tensó más, pero no
dijo nada.
Tras unos instantes
de trabajo, el resbaladizo nudo se partió. El sitha cayó al suelo, se le
doblaron las piernas y tropezó con el inmó¬vil leñador. Rápidamente se apartó
del mudo bulto, como si le que¬mase, y empezó a recoger las flechas diseminadas
por el suelo. Las tomó como si fueran un ramo cíe flores de largo tallo. Con la
otra mano sujetó el arco y se detuvo para mirar a Simón. Los fríos ojos de la
criatura brillaron e hicieron que las palabras del chico se detu¬viesen antes
de empezar a salir por la boca. Durante un instante, el sitha, olvidándose de
las heridas, permaneció en pie tan tenso como un ciervo asustado; después se
marchó, como un relámpago de co¬lor marrón y verde que desapareciera entre los
árboles, dejando a Si-món con la boca abierta y solo.
La luz del sol
todavía no había acabado de volver a posarse sobre las hojas por las que el
sitha había pasado cuando Simón oyó un zumbido, como de un insecto furioso, y
sintió pasar una sombra junto a su rostro. Una flecha apareció clavada en el
tronco de un ár¬bol que había junto a él, a menos de un brazo de distancia de
donde permanecía en pie. La miró con ojos entrecerrados y se preguntó cuándo lo
heriría la próxima. Se trataba de una flecha blanca, de dardo y plumas
brillantes como el ala de una gaviota. Simón esperó la inevitable sucesora,
pero no llegó. Los árboles permanecían silen¬ciosos y sin movimiento.
Después de los más
extraños y terribles quince minutos de su vida, y tras un particularmente
extraño día, al muchacho no le hu¬biera tenido que sorprender oír una nueva y
desconocida voz que le hablaba desde la oscuridad, más allá de los árboles: una
voz que no era la del sitha, y que, ciertamente, tampoco pertenecía al leñador,
que seguía tendido como un árbol caído.
—Cógela —dijo la
voz—. La flecha. Cógela. Es para ti.
Simón no tendría
que haberse sorprendido, pero lo hizo. Se dejó caer en el suelo y empezó a
llorar desconsoladamente, con grandes sollozos de cansancio, confusión y
completa desesperación.
—Oh, Hija de las
Montañas —añadió la extraña y nueva voz—. Esto no tiene buen aspecto.
17
Binabik
Cuando por fin
Simón miró en la dirección de la que prove¬nía la nueva voz, sus ojos inundados
en lágrimas se abrie¬ron como platos a causa de la sorpresa. Un niño se dirigía
hacia él.
No, no era un niño,
sino un hombre tan pequeño que la punta de la cabeza de negro cabello
probablemente no sobrepasaría el om¬bligo de Simón. Sin embargo, el rostro
tenía algo de aniñado; los ojos juntos y la amplia boca aparecían como
estirados hacia los pó¬mulos, en una expresión de simple buen humor.
—Éste no es un buen
lugar para llorar—dijo el extraño. Se apartó del chico para echarle un vistazo
al leñador tendido en el suelo—. También yo creo que no servirá de mucho, al
menos a este muerto.
Simón se secó la
nariz con la manga de su tosca camisa e hipó. El extraño se movió para
dirigirse a observar la pálida flecha, que se¬guía en el tronco del árbol,
cerca de la cabeza del muchacho, como una rígida y fantasmal rama.
—Debes cogerla
—apuntó el hombrecillo, y su boca volvió a en¬sancharse en una sonrisa que,
durante unos instantes, mostró una hilera de dientes amarillentos.
No era un enano,
como los saltimbanquis que Simón había visto en la corte y en la calle Mayor de
Erchester; aunque tenía un pecho muy desarrollado, por otra parte parecía bien
proporcio¬nado. Sus ropas se asemejaban a las de los rimmerios: chaqueta y pantalones
hechos con la piel de algún animal grueso y unidos con tendones, y un cuello de
piel girada por debajo de su redonda cara. Un gran bolso de cuero colgaba,
mediante una correa, del hombro, y llevaba un bastón para caminar que parecía
extraído y fabricado de algún hueso delgado y enorme.
—Por favor, perdona
que insista, pero debes coger esa flecha. Se trata de una Flecha Blanca sitha,
y tiene mucho valor. Significa una deuda, y los sitha son gente que hacen honor
a sus deudas.
—¿Quién... eres?
—preguntó Simón en medio de otra hipada.
Se sentía
acongojado y aplastado como una camisa mojada puesta a secar sobre una piedra.
Si el hombrecillo hubiera salido de entre los árboles rugiendo y con un
cuchillo, pensó que no habría reaccionado de manera muy diferente.
—¿Yo? —inquirió el
extraño, e hizo una pausa, como si la res¬puesta necesitase de mucho pensar—.
Un viajero, como tú. Estaré contento de explicarte más cosas más tarde, pero
ahora debemos ir¬nos. Ese hombre —e indicó al leñador con el bastón— seguro que
no vuelve a la vida, pero puede tener familia o amigos a los que no les gustará
encontrarlo tan extremadamente muerto. Por favor, coge la Flecha Blanca y
acompáñame.
Aunque lleno de
desconfianza y reticente, Simón se sorprendió poniéndose en pie. Representaba
mucho más trabajo no confiar, de momento; ya no podía seguir estando en
guardia. Una parte de él sólo deseaba tenderse y morir en paz. Arrancó la
flecha del árbol. El diminuto hombre ya se había puesto en marcha y subía por
la co¬lina que se erguía por encima de la cabaña. La casita seguía tan en calma
como si nada hubiese sucedido.
—Pero... —Simón
tomó una bocanada de aire mientras trotaba tras el extraño, que se movía con
sorprendente rapidez—, pero ¿qué hacemos con la cabaña? Tengo..., tengo tanta
hambre..., y ahí aden¬tro debe de haber comida...
El hombrecillo se
dio la vuelta desde lo alto de la cresta para mi¬rar al joven.
—¡Estoy muy
sorprendido! —dijo—. Primero lo matas y luego quieres robarle la despensa.
¡Temo haber encontrado a un desespe¬rado forajido! —añadió, y siguió
adentrándose en la espesura de los árboles.
El otro lado de la
cresta era una larga y gradual pendiente. Los tambaleantes pasos de Simón lo
acercaron hasta llegar a la altura del extraño; momentos después había
recuperado el aliento.
—¿Quién eres? ¿Y
adonde te diriges?
El extraño
hombrecillo no respondió, pero continuó con la mi¬rada puesta de árbol en
árbol, como si buscase una señal entre la monótona igualdad de los bosques.
Después de dar unos veinte pa¬sos, se volvió para mirar a Simón y mostró su
típica sonrisa.
—Me llamo
Binbiniqegabenik —dijo—, pero alrededor de un fuego me suelen llamar Binabik.
Espero que me honres y uses la versión más corta y amistosa.
—Lo..., lo haré.
¿De dónde eres? —volvió a hipar el muchacho.
—Pertenezco al
pueblo gnomo de Yiqanuc —replicó Binabik—. Yiqanuc Superior, en las nevadas y
ventosas montañas del norte... ¿Y tú eres...?
Simón miró lleno de
sospecha antes de responder.
—Simón. Simón
de..., de Erchester. —Todo había pasado tan de¬prisa, pensó..., como un
encuentro en la plaza del mercado, pero aquello había sucedido en medio de un
bosque, tras un extraño ase¬sinato. ¡Sagrado Jesuris, cómo le dolía la cabeza!
El estómago tam¬bién—. ¿Adonde..., adonde vamos?
—A mi campamento.
Pero primero debo encontrar mi mon¬tura..., o, mejor dicho, ella debe
encontrarme a mí. Por favor, no te asustes.
Y al acabar de
decir esto, Binabik se puso dos dedos en la boca y emitió una larga y vibrante
nota. Al cabo de un rato lo repitió.
—Recuérdalo, no te
muestres asustado o ansioso.
Antes de que Simón
pudiera sopesar las palabras del gnomo, oyó un crujido, como un fuego entre los
arbustos. Un momento después, un enorme lobo apareció en el claro, atravesó
frente al sor¬prendido joven y saltó como un rayo sobre el pequeño Binabik, que
cayó bajo el atacante.
—¡Qantaqa!
El grito del gnomo
se oyó apagado, pero en su voz había alegría. Amo y montura dieron vueltas por
el suelo del bosque. Simón se pre¬guntó si el mundo que se extendía fuera del
castillo era siempre así. ¿Era todo Osten Ard un territorio lleno de monstruos
y lunáticos?
Binabik pudo al fin
sentarse, con la enorme cabeza de Qantaqa en el regazo.
—La he dejado sola
durante todo el día —explicó—. Los lobos ne¬cesitan mucho afecto y pronto se
encuentran solos.
Qantaqa pareció
sonreír mostrando los dientes y respiró para recuperar el aliento. La mayor
parte de su envergadura correspondía a un espeso pelo gris, pero aun así era
inmensa.
—No te asustes —rió
Binabik—. Ráscala sobre la nariz.
A pesar de lo
irreal de la situación, Simón todavía no se hallaba preparado para eso, y, en
lugar de hacerlo, preguntó:
—Perdonad..., pero
¿dijisteis que teníais comida en vuestro cam¬pamento, señor?
El gnomo se puso en
pie, riendo, y alzó el bastón.
—¡No soy señor...,
soy Binabik! Y con respecto a la comida: sí. Comeremos juntos; tú, yo e incluso
Qantaqa. Vamos. Como defe¬rencia hacia tu debilidad y tu hambre, caminaré en
lugar de montar.
Simón y el gnomo
siguieron andando durante un rato. Qantaqa los acompañaba a ratos, pero la
mayor parte del tiempo corría por delante y desaparecía por entre los densos
matorrales. Una vez re¬gresó lamiéndose el morro con su larga y rosada lengua.
—Bueno —dijo
Binabik, con regocijo—, uno ya está alimentado.
Al final, cuando al
dolorido y cansado Simón le pareció que ya no podía seguir andando, cuando
perdió el hilo de la conversación de Binabik, llegaron a un pequeño claro del
bosque, vacío de árboles pero con un techo de ramas entrelazadas. Junto a un
tronco caído se encontraba un círculo de piedras ennegrecidas. Qantaqa, que
cami-naba junto a ellos, se adelantó para husmear alrededor del claro.
— «Bhojujik mo
qunquc», como dice mi gente. —Binabik hizo un gesto como para abarcar la
extensión del claro—, «Si los osos no te comen, es que estás en casa.»
El gnomo llevó a
Simón hasta el tronco; el joven se derrumbó, con un profundo suspiro. Binabik
lo miró lleno de preocupación.
—Oh —dijo—, no irás
a llorar otra vez, ¿verdad?
—No —sonrió
débilmente el muchacho. Sentía los huesos de su cuerpo como si fuesen de
piedra—. No... No lo creo. Es que estoy muy cansado y hambriento. Prometo no
llorar.
—Mira, encenderé un
fuego. Después, haré la cena.
Binabik empezó a
reunir un montón de ramas y palos, amonto¬nándolos en el centro del círculo de
piedras.
—Es madera de
primavera y está mojada —explicó—, pero por suerte eso tiene fácil solución.
Se quitó el bolso
del hombro y lo colocó en el suelo. A conti¬nuación empezó a hurgar en su
interior. A Simón, la pequeña figura le pareció un niño más que nunca. Binabik
miraba hacia el interior de la bolsa con los labios fruncidos y los ojos
entrecerrados, con un gesto de concentración, como un crío de seis años que
estudiase un escarabajo con todo seriedad.
—¡Ah! —acabó
diciendo el gnomo—, lo encontré.
De la bolsa sacó un
saquito más pequeño, del tamaño del pulgar de Simón. Cogió una pizca de una
especie de sustancia en polvo de su interior y la esparció por encima de la
madera verde; después agarró dos piedras de su cinturón y las golpeó entre sí.
La chispa que originó vaciló durante algunos instantes, pero poco después
apareció una espi¬ral de humo amarillento. Segundos más tarde la madera ardía y
al cabo de poco se había convertido en una hermosa y crepitante hoguera. El
calor que desprendía adormeció a Simón, a pesar de los retortijones que sufría
en su vacío estómago. La cabeza se le caía, caía... Pero, un momento —lo
invadió una oleada de temor—. ¿Cómo podía quedarse dormido en el campamento de
un extraño? Tenía que..., debería...
—Siéntate y
caliéntate, amigo Simón. —Binabik se quitó el polvo de las manos al
levantarse—. Volveré muy pronto.
Aunque una profunda
inquietud luchaba por hacerse oír desde el fondo de sus pensamientos —¿adonde
iba el gnomo?, ¿a buscar a sus amigos, a sus amigos bandidos?—, Simón no pudo
reunir la fuerza necesaria para observar la marcha de Binabik. Tenía los ojos fijamente
puestos sobre las agitadas lenguas de las llamas que pare¬cían pétalos de
alguna flor iridiscente..., una amapola encendida que se estremecía en el
cálido viento de verano...
Simón despertó de
un gran vacío nebuloso y encontró la cabeza del enorme lobo gris descansando
sobre sus propios muslos. Binabik estaba de cuclillas sobre el fuego,
preocupado con algún proyecto. El muchacho pensó que había algo que no le
encajaba en todo aquello; había un lobo que descansaba sobre su regazo, pero no
pudo encon-trar los resortes necesarios para poder hacer nada al respecto... La
verdad es que no parecía tener demasiada importancia.
La siguiente vez
que despertó, Binabik apartaba a Qantaqa de su regazo y le ofrecía una gran
taza de algo humeante.
—Está caliente pero
se puede beber —dijo el gnomo, y lo ayudó a llevarse la taza a los labios.
El caldo era
almizcleño y de gusto delicioso, y tenía un fuerte olor, como de hojas
otoñales. Se lo bebió todo, y tuvo la sensación de que le penetraba
directamente en las venas, como si se tratase de la sangre derretida del bosque
que lo calentaba y lo llenaba de la fortaleza se¬creta de los árboles. Binabik
le dio una segunda taza, que Simón tam¬bién bebió. Una densa y pesada sensación
de entumecimiento que sentía entre el cuello y los hombros acabó por
desaparecer, barrida por la oleada de buenos sentimientos que lo invadía. Se
sintió como si ventilasen su interior, lo que a su vez lo conducía a una
paradójica pe¬sadez, un cálido y difuso adormecimiento... Se abandonó a esa
sensa¬ción y oyó sus propios latidos, acunados y apagados como si reposa¬sen en
el abrigo del cansancio.
Simón estaba seguro
de que cuando llegó al campamento de Bi¬nabik faltaba por lo menos una hora
para la puesta de sol, pero, cuando abrió los ojos, vio que el bosque volvía a
refulgir con el bri¬llo de una nueva mañana. Bizqueó y sintió que lo abandonaban
los últimos retazos de sueño... ¿Un pájaro...?
«Un pájaro de ojos
brillantes en un círculo iluminado por la luz del sol... Un viejo y poderoso
pájaro cuyos ojos estaban llenos del conocimiento de lugares en las alturas y
de amplia visión... En su garra colgaba un hermoso pez del color del arco
iris...»
Simón se estremeció
y se arrebujó más en el manto. Miró los ár¬boles que se extendían hacia el
cielo por encima de su cabeza, con sus hojas nuevas en embrión iluminadas por
el sol con filigranas de color esmeralda; escuchó un gemido y se volvió de lado
para descu¬brir su procedencia.
Binabik estaba
sentado con las piernas cruzadas junto a la ho¬guera, oscilando de lado a lado.
Ante él había unas raras y pálidas formas que reposaban sobre una piedra plana
y que parecían hue¬sos. El gnomo emitía un ruido peculiar. ¿Estaría cantando?
Simón se quedó mirándolo durante un instante, pero no pudo adivinar lo que
hacía el hombrecillo. ¡Qué mundo tan extraño!
—¡Ah, mi amigo
Simón! —Binabik sonrió por encima del hom¬bro y recogió rápidamente los objetos
para meterlos en su bolsa de piel; después se incorporó y se dirigió junto al
chico—. ¿Cómo te sientes? —preguntó, y se inclinó para posar una áspera y
pequeña mano sobre su frente—. Parece que has dormido profundamente.
—Es cierto. —Simón
se acercó al fuego—. ¿Qué es... ese olor?
—Un par de palomas
torcaces que han hecho una parada para comer con nosotros esta mañana —sonrió
el gnomo, y señaló dos bultos envueltos en hojas que reposaban sobre carbones
al borde de la fogata—. Junto a ellas hay algunas moras y nueces recién cogidas.
Tendría que haberte despertado más temprano para que me ayuda¬ses a reunirías.
Creo que estarán muy buenas. Oh, un momento, por favor.
Binabik volvió a
dirigirse hacia su bolsa de piel, de la que extrajo dos pequeños bultos.
—Aquí —se los
alargó a Simón—. Tu flecha y algo más —eran los papeles de Morgenes—; los
tenías en el cinturón y temí que se rom¬piesen mientras dormías.
Una sombra de
sospecha cruzó por el rostro del muchacho. La idea de que alguien rebuscase
entre los papeles del doctor mientras él dormía lo hacía sentirse desconfiado.
Cogió los objetos que le ofrecía Binabik y volvió a colocar los pergaminos en
el cinturón. La alegre mirada del hombrecillo se convirtió en una llena de
conster-nación. Simón se sintió avergonzado —como si no pudiese ser tan
cuidadoso— y cogió la flecha, que había sido envuelta en una fina tela, con
menos brusquedad.
—Gracias —dijo con
algo de rigidez.
La expresión del
gnomo todavía seguía siendo la de alguien cuya amabilidad ha sido despreciada.
Sintiéndose culpable y confuso, Si¬món desenvolvió la flecha. Aunque todavía no
había tenido ocasión de estudiarla de cerca, en aquel momento lo hizo, respondiendo
a la necesidad de encontrar algo con que ocupar las manos y los ojos.
La flecha no estaba
pintada, como Simón había dado por sen¬tado; más bien procedía de algún tipo de
madera tan clara como la corteza de abedul, y parecía rematada con plumas
blancas como la nieve. Sólo la cabeza, tallada en piedra de un lechoso color
azulado, contenía algo de color. Simón la sopesó y encontró que poseía una
sorprendente ligereza para lo flexible y sólida que era, y se vio asal¬tado por
el recuerdo del día anterior. Supo que nunca olvidaría los ojos felinos y los
extraños y rápidos movimientos del sitha. Todas las historias que le había
explicado Morgenes eran ciertas.
A lo largo de toda
la varilla se extendían delgadas espirales, bu¬cles y puntos grabados con
infinito cuidado sobre la madera.
—Está grabada por
completo —musitó Simón, en voz alta.
—Son cosas muy
importantes —replicó el gnomo, y levantó la mano en un tímido ademán—. Por
favor, ¿puedo?
El muchacho sintió
otro ramalazo de culpabilidad y le alargó rá¬pidamente la flecha. Binabik la
observó por un lado y por otro, mientras aquélla brillaba al atrapar la luz del
sol y los reflejos de la hoguera.
—Es un objeto muy
antiguo —dijo el hombrecillo, entrecerrando los ojos hasta hacer desaparecer
las oscuras pupilas—. Ha estado por ahí durante bastante tiempo. Ahora tú eres
el poseedor de un objeto muy honorable, Simón. La Flecha Blanca no se da con
ligereza. Pa¬rece que ésta ha sido fabricada en Tumet'ai, un bastión sitha
desapa¬recido hace ya mucho tiempo bajo el hielo, al este de mi patria.
—¿Cómo sabes todo
eso? —preguntó el joven—. ¿Puedes leer esas letras?
—Algunas. Y también
existen cosas que un ojo entrenado puede llegar a descubrir.
Simón volvió a
coger la flecha y esta vez la manejó con mucho más cuidado que en la ocasión
anterior.
—Pero ¿qué debo
hacer con ella? ¿No dijiste que era el pago de una deuda?
—No, amigo. Es la
señal de que existe una deuda. Y lo que debes hacer con ella es mantenerla a
buen recaudo. Mientras no la utilices puede ser una cosa hermosa que admirar.
Una delgada neblina
penetró en el claro. Simón puso la punta de la flecha hacia el suelo, la apoyó
contra el tronco y se acercó a la hoguera. Binabik recogió las palomas de las
ascuas y las atravesó con un par de palos; colocó unos de los bultos junto a una
piedra ca¬liente que reposaba frente a las rodillas de Simón.
—Quita las hojas
que lo envuelven —le indicó—; luego deja pasar un poco de tiempo para que no
esté tan caliente.
A Simón le
resultaba muy difícil hacer caso de aquella última indicación, pero lo logró.
—¿Cómo las
conseguiste? —preguntó poco después, con la boca llena y los dedos resbaladizos
y llenos de grasa.
—Después te lo
mostraré—replicó el gnomo.
Binabik escarbaba
entre sus dientes con uno de los huesos de las costillas de las palomas. El
muchacho se apoyó contra el tronco y eructó satisfecho.
—¡Por Nuestra
Señora Elysia, ha sido estupendo! —suspiró, y por primera vez en mucho tiempo
sintió que el mundo no era un lugar del todo hostil—. Un poco de comida en el
estómago hace que las cosas cambien.
—Me alegro de que
tu recuperación haya resultado tan simple —sonrió el gnomo.
Simón se dio unas
palmadas sobre el vientre.
—En estos momentos
no hay nada que me preocupe.
Rozó la flecha con
el hombro y ésta empezó a caer. El chico la cogió y la enderezó, y en ese
instante volvió a recordar algo.
—Ni siquiera me
siento mal a causa..., del hombre de ayer.
Binabik dirigió sus
ojos marrones hacia Simón. Aunque conti¬nuaba hurgándose entre los dientes, la
frente se le arrugó por en¬cima de la nariz.
—¿No te sientes mal
porque esté muerto o por haberlo matado?
—No entiendo bien
—respondió—. ¿Qué quieres decir? ¿Cuál es la diferencia?
—Existe mucha
diferencia entre una gran roca y un pequeño, pe¬queñísimo insecto..., pero debo
dejar que seas tú quien lo considere.
—Pero... —Simón
volvía a estar confuso—. Bueno, pero... era un hombre malo.
—Hummmm... —Binabik
asintió con la cabeza, pero el gesto no llevaba consigo un acuerdo explícito—.
Ciertamente, este mundo está lleno de hombres malos, de eso no existe la menor
duda.
—¡Pero él habría
matado al sitha!
—Eso también es
cierto.
Simón miró
desconsolado el montón de huesos de pájaro que reposaban ante él en la piedra.
—No entiendo. ¿Qué
es lo que pretendes decirme?
—¿Adonde vas?
—preguntó el gnomo, y tiró el palillo hacia el fuego para después ponerse en
pie. ¡Era tan pequeño!
—¿Qué?
Simón lo miró lleno
de sospecha cuando comprendió la impor¬tancia de las palabras del hombrecillo.
—Desearía saber
hacia dónde te diriges, pues tal vez podamos viajar juntos durante un trecho.
—Binabik hablaba lentamente y con paciencia, como si se dirigiese a un ser
querido pero medio idiota—. Creo que el sol está muy alto en el cielo para que
nos preocupemos con otras cuestiones. Nosotros, los gnomos, decimos: «Haz de la
fi-losofía tu huésped durante la tarde, pero no dejes que se quede toda la
noche». Ahora, si mi pregunta no es de una naturaleza demasiado inquisitiva,
¿adonde te diriges?
Simón se incorporó,
con las rodillas tan tiesas como goznes sin lubricar. Otra vez se encontró
asaltado por las dudas. ¿Podía ser la curiosidad del hombrecillo tan inocente
como aparentaba? Ya había cometido una vez el error de confiar en alguien con
aquel maldito monje. Pero ¿qué salida le quedaba? No le había dicho casi nada
al gnomo, y la verdad es que no estaba mal tener un compañero ducho en las
artes del bosque. El hombrecillo parecía saber qué hacer, y Si¬món sentía una
súbita necesidad de tener alguien en quien confiar.
—Voy hacia el norte
—dijo, y se arriesgó a concretar—. A Naglimund. —Observó atentamente al gnomo—.
¿Y tú?
Binabik empaquetaba
sus utensilios en la bolsa que llevaba col¬gada al hombro.
—Espero viajar más
hacia el norte —replicó sin levantar la mi¬rada—; parece que nuestros caminos
coinciden. —Ahora levantó sus ojos oscuros—. Qué extraño que te dirijas hacia
Naglimund. En las últimas semanas he oído mucho el nombre de esa plaza fuerte.
—¿Sí? —Simón
recogió la Flecha Blanca y trató de parecer des¬preocupado mientras pensaba en
cómo llevarla consigo—. ¿Dónde?
—Tiempo habrá para
que hablemos mientras recorremos el ca¬mino. —El gnomo sonrió, con una amplia y
amistosa sonrisa amari¬llenta—. Tengo que llamar a Qantaqa, que sin duda está
sembrando horror y desesperación entre los ratones de los alrededores. No te importe
vaciar tu vejiga ahora, así caminaremos más rápidos.
Simón sostuvo la
Flecha Blanca entre los dientes mientras se¬guía aquel consejo.
18
Una red de
estrellas
Aunque lleno de
ampollas, descalzo y vestido con harapos, Si¬món consiguió, poco a poco, vencer
la sensación de deses¬peración que lo invadía. Tanto su mente como su cuerpo se
hallaban en mal estado a causa del infortunio, y había desarrollado una mirada
asustadiza y un estar acobardado —nada de lo cual le ha¬bía pasado inadvertido
a su nuevo compañero—, pero había conse¬guido apartar un poco el latente horror
que palpitaba en él; de mo¬mento se había convertido en otro amargo recuerdo.
La inesperada compañía lo ayudaba a soportar el dolor que sentía por sus amigos
desaparecidos y por su hogar perdido, al menos en la medida en que se lo
permitía. Una gran parte de sus pensamientos y sentimientos secretos continuaba
aferrada al pasado. Todavía tenía sospechas y no se atrevía a confiar de nuevo
para arriesgarse a perder más.
Caminaba a través
de los fríos senderos del bosque, llenos del trinar de los pájaros, y Binabik
le explicaba que había bajado desde su encumbrado hogar en Yiqanuc, como solía
hacer una vez al año, por «negocios»: una serie de mandados que lo llevaban hasta
el Hernystir oriental y a Erkynlandia. Simón dedujo que todo ello im-plicaba
algún tipo de comercio.
—Pero, ¡ah, mi
joven amigo, cuánta agitación he encontrado du¬rante esta primavera! ¡Vuestras
gentes están muy trastornadas, muy asustadas! —Binabik agitó las manos para
acompañar sus palabras—. En las provincias más remotas el rey no es muy
popular. Y en Hernystir le temen. Por todas partes se ve hambre e indignación.
La gente tiene miedo de viajar; los caminos ya no son seguros. Bueno —sonrió—,
si quieres que te diga la verdad, los caminos nunca fueron seguros, al menos en
las zonas más aisladas; pero es cierto que las co¬sas están empeorando en el
norte de Osten Ard.
Simón observaba
cómo el sol del mediodía enviaba columnas de luz a través de los troncos de los
árboles.
—¿Has viajado
alguna vez hacia el sur? —preguntó.
—Si te refieres al
sur de Erkynlandia, mi respuesta es sí, en una o dos ocasiones. Pero, por
favor, recuerda: en mi pueblo, casi todo lo que es dejar Yiqanuc significa
«viajar hacia el sur».
Simón no ponía
demasiada atención en las palabras de Binabik.
—¿Siempre viajas
solo? ¿Va..., va..., va Qantaqa contigo?
El gnomo volvió a
sonreír.
—No. Fue hace mucho
tiempo, antes de que mi amiga loba na¬ciera, cuando...
—¿Cómo
conseguiste... tener la loba? —interrumpió Simón.
Binabik respondió
con un siseo de desaprobación.
—¡Resulta muy
difícil contestar preguntas cuando se sufren con¬tinuas interrupciones a base
de más preguntas!
El muchacho trató
de parecer compungido, pero la verdad es que sentía la primavera como un pájaro
siente el viento en sus alas.
—Lo lamento —dijo—.
Ya me lo han dicho antes..., un amigo..., que hacía demasiadas preguntas.
—No es que sean
«demasiadas» —replicó el hombrecillo, y usó su bastón para apartar de su paso
una rama baja—, es que las haces unas sobre otras —y dejó escapar una
risotada—. Y ahora, ¿qué quieres que yo responda?
—Oh, lo que tú
prefieras. Decide —replicó Simón, sumiso, y pegó un salto cuando el gnomo lo
golpeó ligeramente en la muñeca con el bastón.
—Me gustaría que no
fueses tan obsequioso. Esto parece un trato de mercaderes que venden bienes de
mala calidad. Estoy seguro de preferir un sinfín de estúpidas preguntas antes
que eso.
—¿Ob... seq...?
—Obsequioso.
Adulador, engrasar con aceite. No es de mi agrado. En Yiqanuc decimos: «Manda
al hombre con lengua acei¬tosa que vaya y lama los zapatos de nieve».
—¿Qué significa?
—Quiere decir que
no nos gustan los aduladores. ¡No te preocu¬pes! —Binabik volvió la cabeza y
rió, con el negro cabello revuelto y los ojos casi ocultos sobre las mejillas—.
¡No te preocupes! Hemos vagado tanto como el perdido Piqipeg; vagado en nuestra
conversa¬ción, quiero decir. No, no preguntes nada. Nos detendremos aquí para
descansar y te explicaré cómo encontré a mi amiga Qantaqa.
Escogieron una gran
piedra, una de granito que parecía florecer del suelo del bosque como un puño
moteado, con la parte superior salpicada por la luz del sol.
El joven y el gnomo
se subieron a ella para tumbarse en lo alto. A su alrededor, el bosque
permanecía silencioso; el polvo levantado a su paso se iba posando poco a poco.
Binabik rebuscó en el bolso y extrajo una tira de carne seca y una bota de fino
y amargo vino. Si¬món mascaba y se quitó los zapatos para menear los dedos al
calor del sol. Binabik miró el calzado con ojos llenos de preocupación.
—Debemos encontrar
otra cosa. —Señaló el destrozado y enne¬grecido cuero—. El alma de un hombre
está en peligro cuando le duelen los pies.
Simón rió la frase
del gnomo.
Pasaron un rato en
silencio, contemplando el bosque que los ro¬deaba, el animado verdor de
Aldheorte.
—Bien —dijo el
hombrecillo, al cabo de unos momentos—, la pri¬mera cosa que hay que comprender
es que mi pueblo no sólo no re¬huye la compañía de los lobos, sino que no
resulta extraño tener amistad con ellos. Gnomos y lobos han vivido unos con
otros du¬rante miles de años, y nosotros mismos nos quedamos a solas con ellos
la mayor parte del tiempo.
«Nuestros vecinos,
si es que se puede utilizar un término tan educado, los peludos hombres de
Rimmersgardia, piensan que el lobo es un animal peligroso y que tiende a la
traición. ¿Estás fami¬liarizado con los hombres de Rimmersgardia?
—Oh, sí. —Simón
estuvo encantado de entrar en la conversa¬ción—. Están por todo Hay... —se
calló—, en Erchester. He hablado con muchos de ellos: llevan barbas muy largas
—añadió, para de¬mostrar su familiaridad.
—Humm. Bien, pues
como vivimos en las altas montañas, noso¬tros, los qanuc, nosotros , los
gnomos, y como no matamos a los lo¬bos, los rimmerios piensan que somos medio
demonios y medio ani¬males. En sus congelados y violentos cerebros —Binabik
compuso una mirada de cómico disgusto—, existe el pensamiento de que el pueblo
gnomo es mágico y malo. Ha habido sangrientas luchas, muchas, muchas, entre
rimmerios, los llamamos croohok, y mi pueblo qanuc.
—Lo lamento —dijo
Simón, que se sentía culpable de la admira¬ción que había sentido por el viejo
duque Isgrimnur, el cual, por el contrario, no parecía ser del tipo que masacra
inocentes gnomos, aunque tenía la reputación.
—¿Sentirlo? No
tienes por qué. Yo mismo soy de la opinión de que los hombres y las mujeres de
Rimmersgardia son torpes, estúpi¬dos y sufren de ser excesivamente altos, pero
no creo que encarnen el mal, ni deseo verlos muertos. Ahhh —suspiró el gnomo,
sacu¬diendo la cabeza como un sacerdote filósofo en una taberna a punto de
cerrar—, los rimmerios me resultan incomprensibles.
—¿Qué me explicabas
sobre los lobos? —preguntó Simón, y se maldijo de inmediato por haber
interrumpido a su compañero.
A Binabik no
pareció importarle en esta ocasión.
—Mi pueblo vive en
las escarpadas Mintahoq, llamadas por los rimmerios «Montañas de los Gnomos».
Montamos en los lanudos carneros de ágiles pezuñas; los criamos desde que
apenas son algo más que una piel hasta que son lo bastante grandes como para
lle¬varnos a través de los pasos de las montañas. Simón, no hay nada en este
mundo como ser un jinete de carneros de Yiqanuq. Sentarte en tu montura, cruzar
los desfiladeros del Techo del Mundo..., brincar por la inmensidad de los
profundos abismos de las monta–as, tan profundos que si tiras una piedra
tardará casi medio día en estrellarse contra el fondo...
Binabik sonrió y
compuso una mueca llena de feliz ensoñación. Simón trató de imaginarse tales
alturas y se sintió algo mareado, por lo que tuvo que posar las palmas de las
manos sobre la roca para sen¬tirse seguro. Miró abajo. La parte superior de la
piedra sólo estaba a una distancia comparable a la altura de un hombre.
—Qantaqa era un
cachorro cuando la encontré —continuó el hombrecillo—. Su madre había sido
asesinada, con toda probabilidad, o había perecido víctima del hambre. Me gruñó
cuando la descubrí; era como una bola de pelo blanco que sólo se diferenciaba
de la nieve por su negro morro. —Binabik sonrió—. Sí, ahora es gris. Los lobos,
al igual que la gente, cambian a menudo de color a medida que crecen. Yo me
encontré... enternecido por su esfuerzo al tratar de defenderse, y me la llevé
conmigo. Mi maestro... —Hizo una pausa. El agudo grito de un arrendajo llenó el
espacio vacío—. Mi maestro decía que si la había recogido de los brazos de
Qinkipa, La Diosa de la nieve, en¬tonces había asumido los deberes de un padre.
Mis amigos pensaron que yo no sería lo bastante sensible. ¡Ja!, les dije.
Enseñaría a la loba a llevarme como si fuese un carnero con cuernos. Nadie lo
creía, pues era algo que nunca antes había sucedido. Son muchas las cosas que
nunca habían sucedido con anterioridad...
—¿Quién es tu
maestro?
Bajo ellos,
Qantaqa, que había dormitado en una zona bañada por el sol, rodó sobre la
espalda y estiró las patas; el blanco pelo de la panza era grueso como una capa
real.
—Eso, Simón, es
otra historia que se puede contar, pero hoy no. A pesar de ello, y para acabar,
te diré que enseñé a Qantaqa a lle¬varme. El adiestramiento fue... —Binabik
frunció el labio superior—una experiencia muy divertida. No existe
arrepentimiento en mí a causa de ello. A menudo viajo más lejos que el resto de
mi tribu. Un carnero es un maravilloso animal saltarín, pero tiene muy poco
ce¬rebro. Un lobo es listo-listo-listo, y es fiel como una deuda impa¬gada.
¿Sabes que cuando escogen a un compañero lo hacen para el resto de sus vidas?
Qantaqa es mi amiga, y la prefiero a cualquier ca¬bra. ¿Sí, Qantaqa? ¿Sí?
La gran loba gris
se sentó, y sus grandes ojos miraron con fijeza a Binabik; levantó la cabeza y
emitió un corto aullido.
—¿Ves? —sonrió el
gnomo—. Ahora vamos, Simón. Creo que de¬beríamos continuar mientras el sol esté
alto.
El hombrecillo bajó
de la piedra y el muchacho lo siguió, brin¬cando, después de ponerse sus
arruinados zapatos.
El atardecer fue
transcurriendo y ellos seguían abriéndose paso a través de los árboles; Binabik
contestaba preguntas acerca de sus viajes, demostrando una envidiable
familiaridad con lugares con los que Simón sólo se había atrevido a soñar.
Habló de cómo el sol de verano mostraba las brillantes interioridades de las
heladas Mintahoq como un hábil martillo de joyero; de las regiones más norteñas
de aquel mismo bosque de Aldheorte, un mundo de blancos árbo¬les, silencio y
huellas de extraños animales; de los remotos y fríos poblados de Rimmersgardia,
en los que apenas habían oído hablar de la corte del Preste Juan, donde hombres
barbudos y de fiera mi¬rada se acurrucaban junto a los fuegos en las sombras de
las altas montañas, e incluso el más valiente de ellos temía las extrañas
for¬mas que caminaban por la ululante oscuridad superior. Explicó his¬torias de
las escondidas minas de Hernystir, secretos y serpenteantes túneles que
perforaban la negra tierra por entre los huesos de las montañas Grianspog; y habló
de los hernystiros, astutos y soñado¬res paganos cuyos dioses habitaban en las
verdes praderas, en el cielo y en las piedras... Los hernystiros eran, de todos
los hombres, los que mejor habían llegado a conocer a los sitha.
—Y los sitha son
reales... —dijo Simón en voz baja, con una mez¬cla de asombro y algo más que un
poco de miedo mientras recor¬daba—. El doctor tenía razón.
Binabik enarcó una
ceja.
—Claro que son
reales. ¿Supones que ellos se sientan aquí en el bosque preguntándose si los
hombres son reales? ¡Vaya una tontería! Los hombres son jóvenes comparados con
ellos, aunque ese pasado reciente los ha perjudicado de una forma terrible.
—¡Es que nunca
había visto uno antes!
—Tampoco me habías
visto a mí, o a alguien perteneciente a mi pueblo —replicó Binabik—. Nunca has
visto Perdruin, o Nabban, o la Pradera Thrithing... ¿Quiere eso decir,
entonces, que todo eso no existe? ¡Vaya un fondo de necedad que hay en
vosotros, erkynos! ¡Un hombre que posee sabiduría no se sienta a esperar que el
mundo aparezca ante él pedazo a pedazo para probar su existencia!
El gnomo miró hacia
otra parte, con las cejas juntas; Simón te¬mió haberlo ofendido.
—Bueno, entonces
¿qué debe hacer un hombre sabio? —pre¬guntó, un poco desafiante.
—El hombre sabio no
espera a que el mundo se le revele para co¬nocerlo. ¿Cómo puede alguien ser una
autoridad antes de haber ex¬perimentado su realidad? Mi maestro me inculcó, y a
mí me parece chash, que quiere decir correcto, que no debes defenderte contra
la llegada del conocimiento.
—Perdona, Binabik
—Simón dio una patada a un tallo de roble que salió dando tumbos—, pero sólo
soy un pinche de cocina. Esta clase de conversación no tiene sentido para mí.
—¡Aja! —Con la
rapidez de una serpiente, el hombrecillo se in¬clinó hacia adelante y golpeó a
Simón en el tobillo con su bastón—. ¡Esto es exactamente un ejemplo! ¡Aja!
El gnomo agitó su
puño en alto. Qantaqa, que pensó que la lla¬maba, volvió a galope tendido y al
llegar empezó a dar vueltas alre¬dedor de la pareja, hasta que ambos tuvieron
que detenerse para evitar tropezar con la juguetona loba.
—¡Hinik, Qantaqa!
—susurró Binabik.
Esta dejó de
moverse y se quedó quieta, meneando la cola como un mastín amaestrado del
castillo.
—Ahora, amigo Simón
—dijo el gnomo—, por favor, perdona mi enfado, pero es que me has sacado de
quicio. —Levantó la mano para detener cualquier pregunta por parte del chico.
Este sintió que una sonrisa se abría camino entre sus labios al ver a su
compañero tan ensimismado y serio—. Primero —prosiguió—, los chicos que
trabajan en las cocinas no han sido engendrados por un pescado o empolla¬dos
como huevos de gallina. Pueden pensar como los más sabios en¬tre la gente
sabia, sólo si no luchan contra la llegada del conocimiento: si no empiezan a
decir «no puedo» o «no quiero». Bueno, ahora es¬taba explicando lo que iba a
hacer al respecto, ¿te importa?
Simón se divertía.
Ni siquiera le importaba ser golpeado en el tobillo, tampoco le dolía.
—Por favor,
explícamelo.
—Entonces,
consideremos el conocimiento como un río. Si eres una pieza de ropa, ¿cómo
sabrás más acerca del agua: dejando que alguien te sumerja en tu rincón y te
vuelva a sacar de nuevo, o de¬jándote llevar por ella sin resistencia, para que
te empape del todo? Bien, ¿así pues?
El imaginar que era
sumergido en un frío río hizo que Simón se estremeciese un poco. La luz del sol
había empezado a seguir una trayectoria angulosa: la tarde estaba pereciendo.
—Supongo...,
supongo que si te empapas podrás adquirir más conocimientos sobre el agua.
—¡Con toda
exactitud! —Binabik parecía complacido—. ¡Con toda exactitud! Pues ya has
comprendido la lección —dijo el gnomo, y continuó caminando.
La verdad es que el
muchacho había olvidado la pregunta origi¬nal, pero le importaba poco. Existía
algo encantador en aquella personita, una seriedad que reposaba bajo el buen
humor. Simón se sintió en buenas, aunque pequeñas, manos.
Resultaba difícil
no darse cuenta de que ahora se dirigían hacia el oeste; al caminar seguían los
rayos del sol, y éste se encontraba casi frente a ellos. A veces, un
deslumbrante fulgor traspasaba la frondosi¬dad de los árboles y Simón daba un
traspié, deslumbrado; el aire del bosque aparecía súbitamente inundado de
brillantes punzadas de luz. Preguntó a Binabik acerca del giro que habían dado
hacia el oeste.
—Ah, sí —replicó
aquél—, nos dirigimos hacia el Knock. Creo que hoy no llegaremos allí. Pronto
tendremos que detenernos para acampar y comer.
Simón se alegró de
oírlo, pero no pudo olvidar el hacer otra pre¬gunta; después de todo, también
se trataba de su aventura.
—¿Qué es el Knock?
—Oh, no se trata de
nada peligroso, Simón. Es el lugar en el que las colinas sureñas de Wealdhelm
descienden, y uno puede dejar el espeso y no demasiado seguro bosque y cruzar
hacia la ruta de Wealdhelm. Como iba diciendo, creo que no llegaremos hoy. Va¬mos
a ver si encontramos algún lugar para acampar.
Unos cuantos
estadios más lejos encontraron un sitio que pare¬cía prometedor: se trataba de
un grupo de grandes rocas situadas en una suave vertiente, junto a un arroyo
del bosque. El agua salpicaba en medio de la corriente sobre un grupo de
piedras de color pa¬loma, arremolinándose alrededor de unas ramas torcidas que
ha¬bían caído al agua para desaparecer más adelante. Un grupo de álamos, de
brillantes hojas, se agitaron suavemente al dar comienzo la brisa del
anochecer.
La pareja construyó
rápidamente un círculo con piedras secas que encontraron cerca del arroyo para
encender una hoguera. Qantaqa parecía fascinada por el proyecto, y se acercaba
de vez en cuando para gruñir y golpear las piedras mientras ellos las coloca¬ban
laboriosamente en el lugar apropiado. Poco después el gnomo ya había encendido
un fuego, que parecía pálido y espectral a la luz de los últimos pero potentes
rayos de sol del marchito atardecer.
—Ahora, Simón —dijo
Binabik, dando con el codo a la intrusa Qantaqa—, dedicaremos un tiempo a
cazar. Vamos a ver si descubri¬mos algún pájaro apropiado para cenar y te
enseñaré algunos trucos inteligentes.
El hombrecillo se
frotó las manos.
—¿Cómo los
cogeremos? —Simón miró la Flecha Blanca que aga¬rraba en su sudorosa mano—.
¿Tendremos que dispararles la flecha?
Binabik rió
alegremente y se golpeó las rodillas con las palmas de las manos.
—¡Para ser sólo un
pinche de cocina, tienes mucha gracia, mu¬chacho! No, no, te dije que te
enseñaría trucos inteligentes. ¿Sabes?, donde vivo sólo existe una temporada de
caza de aves muy corta. En el frío invierno no hay ningún pájaro, excepto los
gansos de nieve, que vuelan a la altura de las nubes y atraviesan nuestras
montañas en su camino hacia las extensiones del nordeste. Pero en alguna de las
tierras del sur por las que he viajado, sólo cazan y comen pájaros. Allí he
aprendido algunas cosas inteligentes. ¡Te las enseñaré!
Binabik recogió su
bastón e hizo una seña a Simón para que lo siguiese. Qantaqa también se
adelantó, pero el gnomo la hizo volver atrás.
—Hinik aia, vieja
amiga —le dijo, con cariño.
Las orejas de la
loba se irguieron y sus grises cejas se enarcaron.
—Vamos en una
misión sigilosa y de carácter furtivo, y tus gran¬des patas no nos serán de
mucha ayuda.
El animal se dio la
vuelta y caminó cabizbajo hasta acercarse al fuego.
—No es que no pueda
ser silenciosa —le explicó el gnomo a Si¬món—, pero sólo ocurre cuando ella
quiere.
Cruzaron el arroyo
y se internaron en los matorrales de monte bajo. En poco tiempo volvieron a
estar rodeados por el frondoso bosque; el sonido del agua se había convertido
en apenas un mur¬mullo. Binabik se agachó, invitando a Simón a imitarlo.
—Ahora vamos a
trabajar —dijo.
Cogió el bastón y
le dio un rápido giro; para sorpresa de Simón, éste se separó en dos segmentos.
El más corto era el mango de un cuchillo cuya hoja había sido escondida en el
espacio hueco de la sección más larga. El gnomo levantó el segmento mayor y lo
agitó; del interior salió una bolsa de piel que cayó en el suelo. Después
re-movió una pequeña pieza del otro extremo; el segmento más largo era ahora un
tubo hueco. El muchacho se rió de puro contento.
—¡Qué maravilla!
—exclamó—. Es como una varita mágica.
Binabik asintió
sabiamente.
—Sorpresas en
pequeños paquetes. ¡Ese es el credo qanuc!
El gnomo cogió el
cuchillo por el mango cilíndrico de hueso y lo metió en el tubo hueco. Otro
tubo apareció parcialmente, y acabó de sacarlo con los dedos. Cuando lo levantó
para inspeccionarlo, Simón vio que tenía una hilera de agujeros a lo largo de
un extremo.
—¿Una... flauta?
—Una flauta, sí.
¿De qué sirve una cena si después no hay música?
El hombrecillo
apartó el instrumento musical y abrió la bolsa de cuero con la punta del
cuchillo. En su interior se veía un montoncito apretado de lana cardada y un
tubo aun más pequeño, que no era mayor que un dedo.
—Cada vez más
pequeño, ¿sí?
Binabik le dio unas
vueltas hasta abrirlo para mostrarle el conte¬nido a Simón: había diminutas
agujas de hueso o marfil, muy apreta¬das unas contra otras. El chico estiró el
brazo para tocar una de las de¬licadas astillas, pero su compañero apartó precipitadamente
el tubito.
—No, por
favor—dijo—. Observa.
Cogió una de las
agujas con el pulgar y el índice arqueados y la le¬vantó hasta atrapar un rayo
de la marchita luz del atardecer; la delgada punta de la aguja aparecía
manchada de una sustancia negra y viscosa.
—¿Veneno? —preguntó
Simón.
El otro asintió con
expresión seria, aunque sus ojos mostraron una cierta excitación.
—Claro —dijo—. No
todas tienen tanto veneno, pues no es nece¬sario para matar pajarillos y,
además, suele echar a perder la carne; pero uno no puede detener a un oso o a
algo más grande con sólo un dardo diminuto.
Binabik volvió a
depositar la aguja envenenada junto a las de¬más y escogió otra sin veneno.
—¿Has matado a
algún oso con las agujas? —preguntó Simón, muy impresionado.
—Sí, lo he hecho,
pero el gnomo que es sabio no debe quedarse en ese lugar para saber si el
animal está muerto o no. El veneno no realiza su trabajo inmediatamente. Muy
grandes son los osos.
Mientras hablaba,
había separado un trozo de la áspera lana y desenmarañaba las fibras con la
punta del cuchillo; sus dedos traba¬jaban con tanta rapidez y conocimiento como
Sara, la doncella del piso de arriba, remendaba. Antes de que los recuerdos de
su hogar le pudieran traer a la memoria a más compañeros, la atención de Si¬món
se vio de nuevo capturada cuando Binabik empezó a envolver la base del dardo
con los hilos de lana, enrollándolos unos sobre otros hasta que el extremo se
convirtió en un suave globo de lana. Cuando hubo acabado, apartó ambas cosas,
aguja y lana, y las intro¬dujo por uno de los extremos del bastón de caminar.
Metió las de¬más agujas en la bolsa, que ató a su cinturón, y alargó el resto
de los utensilios desmontados a Simón.
—Lleva todo eso,
por favor —indicó—. No veo muchos pájaros por aquí, aunque deberían salir a
estas horas para alimentarse de los in¬sectos. Tal vez tengamos que esperar a
ver aparecer una ardilla, aun¬que no tienen demasiado buen sabor —se dio prisa
en explicar, mien¬tras saltaban por encima de un árbol caído—; además, existe
algo más delicado y experimentado en la caza de pájaros. Cuando el dardo
al¬cance la presa, lo comprenderás. Creo que es su vuelo lo que tanto me
emociona, y la rapidez con la que laten sus corazoncitos.
Más tarde,
envueltos en el rumor de hojas de un anochecer de primavera, mientras Simón y
el gnomo holgazaneaban alrededor de la hoguera en plena digestión de la comida
—dos palomas y una ardilla—, el muchacho pensó en lo que Binabik le había
dicho. Re¬sultaba extraño darse cuenta de lo poco que podías llegar a
com¬prender a alguien a quien acompañas. ¿Cómo podía el gnomo sen¬tir cariño
por algo que iba a matar?
«Yo, desde luego,
no me sentía de esa manera con respecto al le¬ñador —pensó—. Probablemente me
hubiera matado a mí también en cuanto hubiese acabado con el sitha.»
¿Lo hubiera hecho?
¿Hubiera dirigido el hacha contra Simón? Tal vez no: el leñador creía que el
sitha era un demonio. Le había dado la espalda al muchacho, algo que no habría
hecho si le hubiese temido.
«Me pregunto si
tendría una esposa —pensó Simón, de pronto—. ¿Tendría hijos? Pero ¡era un
hombre malo! Aun así, los hombres ma¬los pueden tener hijos; el rey Elías tiene
una hija. ¿Se sentiría ella mal si su padre muriese? Yo, desde luego que no. Y
tampoco me siento mal porque el leñador haya muerto, pero me siento triste por
su familia, en caso de que lo encuentren muerto en el bosque, de esa forma.
Espero que no tuviese hijos, que estuviese solo, que viviese solo en el bosque,
dependiendo únicamente de él mismo..., solo en el bosque...»
Simón se levantó,
lleno de miedo. Casi había llegado a ir a la de¬riva, solo, por sí mismo, y sin
ningún tipo de ayuda... Pero no. Allí estaba Binabik, sentado contra una
piedra, rumiando sus propios pensamientos. Simón se sintió muy agradecido a
causa de la presen¬cia del gnomo.
—Gracias... por la
cena, Binabik.
Éste se dio la
vuelta para mirarlo, con una sonrisa indolente en las comisuras de los labios.
—He sido feliz al
hacerlo. Ahora ya has visto lo que los dardos del sur pueden hacer, ¿tal vez
quieras aprender a usarlos?
—¡Claro que sí!
—Muy bien. Entonces
te enseñaré mañana; quizá puedas cazar nuestra próxima cena, ¿eh?
—¿Durante
cuánto...? —Simón encontró una ramita y removió las brasas—. ¿Cuánto tiempo
viajaremos juntos?
El gnomo cerró los
ojos y se estiró hacia atrás, rascándose la ca¬beza a través del espeso cabello
negro.
—Oh, un poco
todavía, creo. Tú vas a Naglimund, ¿correcto? Bien, tengo la seguridad de que
al menos iremos juntos durante la mayor parte del camino hacia allí. ¿Es una
cosa buena?
—¡Sí!... Sí, ya lo
creo.
El muchacho se
sintió mucho mejor. El también se dejó caer ha¬cia atrás, y meneó sus desnudos
dedos de los pies ante las brasas.
—No obstante —dijo
Binabik, junto a él—, todavía no entiendo por qué deseas ir allí. He oído
comentarios de que la plaza fuerte de Naglimund se está preparando para la
guerra. Corren rumores de que Josua, el príncipe, cuya desaparición fue
conocida incluso en los re¬motos lugares a los que me llevó mi viaje, debe de
esconderse allí para preparar la guerra contra su hermano, el rey. ¿Has oído
algo de eso? ¿Por qué, si presumo que así es, te diriges hacia allí?
La sensación de
despreocupación que sentía Simón se evaporó de repente. «Sólo es pequeño —se
dijo—. ¡Pero no estúpido!»
El joven se obligó
a respirar profundamente antes de responder.
—No sé demasiado de
esas cosas, Binabik. Mis padres murieron y... tengo un amigo en Naglimund...,
un arpista.
«Todo eso es
cierto, más o menos... pero ¿lo convencerá?»
—Hummm —musitó el
hombrecillo, que no había abierto los ojos—. Tal vez existan mejores destinos a
los que dirigirse que una fortaleza que espera ser sitiada. Aun así, demuestras
mucha valentía al encaminarte hacia allí solo. «Los valientes y los locos a menudo
viven en la misma cueva», decimos nosotros. Tal vez, si tu destino no te acaba
de convencer, puedas venir a vivir con nosotros, los qanuc. ¡Serías un alto y
fuerte gnomo!
Binabik rió, con
una aguda y tonta risilla, como si fuese una ar¬dilla respondona. A pesar de
sentirse algo nervioso, Simón no pudo evitar unirse a él con una risa clara y
abierta.
El fuego había
decrecido hasta convertirse en un resplandor apagado, y el bosque que los
rodeaba se volvió una indeterminada e indistinguible masa de oscuridad. Simón
se arrebujó en el manto. Binabik permanecía ausente y pasaba los dedos por los
agujeros de la flauta mientras miraba hacia arriba, hacia el retazo
aterciopelado de cielo visible a través de un resquicio abierto entre los
árboles.
—¡Mira! —exclamó el
gnomo, y extendió el instrumento para se¬ñalar hacia la noche—. ¿Lo ves?
El chico movió la
cabeza para acercarse al hombrecillo. No veía más que una fina hilera de
estrellas.
—No veo nada.
—¿No ves la Red?
—¿Qué red?
Binabik lo miró
extrañado.
—¿Es que no te
enseñaron nada en ese castillo? La Red de Mezumiiru.
—¿Eso qué es?
—Aja —dijo Binabik,
y volvió a reposar la cabeza—. Esa mancha de estrellas que ves ahí arriba es la
Red de Mezumiiru. Dicen que ella la extendió para dar alcance a su esposo
Isiki, que la había dejado. Nosotros, los qanuc, la llamamos Sedda, la Madre
Negra.
Simón miró hacia
los diminutos puntos luminosos; daba la sen¬sación de que aquel entretejido de
estrellas separaba Osten Ard de algún otro mundo de luz. Si se miraba con
atención podía obser¬varse un cierto orden en la formación.
—No brillan mucho.
—El cielo no está
despejado, tienes razón —asintió Binabik—. Se dice que Mezumiiru lo prefiere
así, pues de otra manera la brillante luz de las joyas de la red harían que
Isiki escapase. Aun así, y a pesar de que hay muchas noches nubladas, tampoco
parece lograr co¬gerlo...
Simón bizqueó.
—Mezza... Mezo...
—Mezumiiru.
Mezumiiru, La Mujer Luna.
—Pero dijiste que
tu pueblo la llama... ¿Sedda?
—Así es. Es la
madre de todos nosotros, según creemos los qanuc.
El muchacho se
detuvo a pensar unos momentos.
—Entonces, ¿por qué
la llamas así? —preguntó, y señaló hacia arriba—. Red de Mezumiiru. ¿Por qué no
Red de Sedda?
Binabik sonrió y
enarcó las cejas.
—Una buena
pregunta. Mi pueblo la llama así o, en la actuali¬dad, le dicen La Manta de
Sedda. Como he viajado más conozco otros nombres, y parece que después de todo
fueron los sitha los que aquí estuvieron primero y los que hace ya mucho tiempo
die¬ron nombre a todas las estrellas.
El gnomo se sentó
durante un momento, y miró, junto a Si¬món, hacia el oscuro techo del mundo.
—Ya sé —dijo el
hombrecillo, de repente—. Voy a cantarte la can¬ción de Sedda, o al menos una
parte pequeña, pues es muy larga. ¿Puedo empezar?
—¡Sí! —Simón se
envolvió todavía más en el manto—. ¡Sí, por fa¬vor, canta!
Qantaqa, que
roncaba tranquilamente sobre las piernas del gnomo, se despertó, alzó la cabeza
para mirar hacia un lado y otro, y emitió un largo aullido. Binabik también
miró a su alrededor, y es¬trechó los ojos mientras trataba de penetrar en la
penumbra que se extendía más allá de la hoguera. Un momento después, Qantaqa,
aparentemente satisfecha y conforme con todo, volvió a arrebujarse en una
posición más cómoda para su gran cabezota, y cerró los ojos. El hombrecillo la
acarició, cogió la flauta y sopló algunas notas, a modo de preparación.
—Ha de entenderse
—dijo— que esto sólo es una pequeña parte de la canción completa. Explicaré
cosas. El esposo de Sedda, llamado Isiki por los Sitha, aunque nosotros lo
llamamos Kikkasut, es el Se¬ñor de todos los Pájaros...
El gnomo adoptó una
postura muy solemne y empezó a cantar con voz aguda, extrañamente musical, como
el viento en los lugares altos. Se detenía al final de cada frase para tocar
algunas notas con su flauta.
El agua corre
por la cueva de
Tohuq.
En la brillante
cavidad celeste,
Sedda está hilando.
La bija morena del
señor del cielo,
pálida, de cabello
oscuro, Sedda.
El rey de los
pájaros vuela
por el camino de
estrellas,
por el brillante
camino.
Ahora a Sedda ve,
Kikkasut la vio,
y juró hacerla
suya.
«Dadme a vuestra
hija,
a vuestra hija que
hila,
que hila delgados
hilos»,
Kikkasut la llamó.
«¡La vestiré con
ricos ropajes,
llenos de
brillantes plumas!»
Tohuq lo escuchó,
le oyó esas bellas
palabras,
ricas palabras del
rey de los pájaros.
Piensa en el
honor...
Sedda consentirá a
los deseos del viejo y codicioso Tohuq.
—Así que —explicó
Binabik, con voz normal—, el viejo Tohuq, el señor del cielo, vende a su hija a
Kikkasut por una hermosa capa de plumas, que más tarde usará para crear las
nubes. Sedda se marcha con su nuevo esposo al país de él, más allá de las
montañas, en donde se convierte en la Reina de los Pájaros. Pero la felicidad
del matrimonio no durará mucho. Pronto Kikkasut empezará a despre¬ciarla, y
sólo irá a casa para comer y maldecir a su esposa —el gnomo sonrió con calma,
luego limpió el extremo de la flauta con su cuello de pelo—. Ah, Simón, siempre
ha sido una historia tan larga... Bueno, pues Sedda va a una mujer sabia, que
le dice que para volver a ganar el volátil corazón de Kikkasut debe darle
hijos.
»Con una poción
mágica que la mujer le había dado, hecha de huesos, malvavisco y nieve negra,
Sedda fue capaz de concebir, y dio a luz a nueve hijos. Kikkasut lo oyó y mandó
un mensaje en el que decía que se los llevaría lejos de ella, para que fuesen
criados como los pájaros en que se convertirían, y no educados por Sedda, para
que se hiciesen inservibles niños luna.
«Cuando su esposa
oyó todo esto, cogió a los dos más pequeños y los escondió. Kikkasut vino para
llevarse a los demás y le preguntó por el paradero de los otros dos. Sedda le
dijo que habían enfer¬mado y muerto. Él se alejó y Sedda lo maldijo.
Binabik volvió a
cantar:
Kikkasut salió
volando
y Sedda lloró;
lloró por su
pérdida.
Se le habían
llevado a sus hijos,
excepto a los dos
escondidos:
Lingit y Yana.
Los nietos del
señor del cielo,
gemelos de la
mujer-luna.
Secretos y pálidos,
Yana y Lingit,
ocultados a su
padre.
Inmortales para
siempre ella los mantendrá...
—¿Ves? —se
interrumpió Binabik—. Sedda no quería que sus hijos se convirtiesen en mortales
y falleciesen, como los pájaros y las bes¬tias de los campos. Eran todo lo que
ella tenía...
Sedda se lamenta,
sola y traicionada
planea una
venganza.
Coge sus brillantes
joyas,
regalo de amor de
Kikkasut,
y las entrelaza.
A lo alto de una
elevada montaña,
la morena Sedda
sube,
con una manta
recién tejida,
que extiende en el
cielo de la noche.
Una trampa para su
esposo,
ladrón de sus
hijos...
Binabik trenzó una
melodía durante unos instantes, mientras movía la cabeza lentamente, de lado a
lado. Luego bajó la flauta.
—Es una canción de
extrema largura, Simón, pero habla de las cosas más importantes. Sigue hablando
de los hijos: Yana y Lingit, de su elección entre la muerte de la luna y la
muerte del pájaro; la luna muere, pero vuelve a resurgir con la misma forma. Los
pájaros mueren, pero dejan a sus polluelos para que los sobrevivan. Yana,
creemos nosotros, los gnomos, escogió la muerte de la luna, y fue la matriarca
—una palabra que significa abuela— de los sitha. Los mor¬tales, como tú y como
yo mismo, amigo Simón, somos descendien¬tes de Lingit. Pero es una larga, muy
larga canción... ¿Te gustaría se¬guir escuchándola un poco más?
Simón no contestó.
La canción de la luna y el suave roce del manto de plumas de la noche le habían
provocado un profundo sueño.
19
La sangre de San
Hoderund
Parecía que cada
vez que Simón abría la boca para decir algo o para respirar profundamente se le
llenaba de hojas. No im¬portaba que se moviese o se agachase, no podía evitar
las ra¬mas que parecían recorrerle el rostro como las ávidas manos de los niños.
—¡Binabik! —se
quejó—. ¿Por qué no podemos volver al camino? ¡Me estoy rompiendo en pedazos!
—No te quejes
tanto. Pronto nos dirigiremos de nuevo hacia el camino.
Resultaba
insoportable observar cómo el pequeño gnomo se abría paso a través de las
enredadas ramas y arbustos. Para él era fácil decir «¡no te quejes!». Cuando
más denso se hacía el bosque más ágil parecía ser Binabik, que se deslizaba
suavemente por entre la espe¬sura de los matorrales, mientras Simón iba
tropezando por detrás. Incluso Qantaqa se abría paso con facilidad, apenas
dejando mues¬tras de su paso tras ella. El muchacho se sintió como si la mitad
del bosque se le echase encima en forma de ramas rotas y espinas.
—Pero ¿por qué
hacemos esto? Seguro que no nos llevaría mucho más tiempo seguir la senda
alrededor del lindero del bosque de lo que me cuesta avanzar centímetro a
centímetro.
Binabik llamó con
un silbido a la loba, que había desaparecido de la vista. Pronto regresó, y
mientras el gnomo esperaba a Simón le acarició el peludo cuello.
—Tienes mucha
razón, Simón —dijo, a medida que se acercaba el joven—, nos tomaría más o menos
el mismo tiempo. Pero —Binabik levantó un huesudo dedo con el que trazó en el
aire un signo de ad¬monición— existen otras consideraciones.
El chico supo que
el otro esperaba una de sus preguntas. No la hizo, pero permaneció respirando
agitadamente junto al hombreci¬llo e inspeccionando sus arañazos más recientes.
Cuando el gnomo se dio cuenta de que Simón no picaba el cebo, sonrió.
—¿Por qué?, te
preguntarás con curiosidad. ¿Qué «consideraciones» son ésas? La respuesta la
tenemos a nuestro alrededor, en lo alto de cada árbol y debajo de todas las
piedras. ¡Siente! ¡Huele!
El muchacho miró
miserablemente a su alrededor. Todo lo que vio fueron árboles y zarzales, y más
árboles. Finalmente gruñó.
—No, no, ¿es que ya
no te quedan sentidos? —gritó Binabik—. ¿Qué clase de enseñanzas has recibido
en esa especie de hormiguero, en ese castillo?
Simón levantó la
mirada.
—Nunca dije que
viviese en el castillo.
El hombrecillo
volvió su rostro rápidamente para mirar el ape¬nas visible camino de ciervos
que habían seguido hasta el momento.
—Mira —dijo con voz
dramática—, la tierra es un libro que debes aprender a leer. Cada cosa, por
pequeña que sea —sonrió abierta¬mente—, tiene una historia que contar. Los
árboles, hojas, musgos y piedras, todos han escrito en el libro cosas de
maravilloso interés...
—Oh, no, por Elysia
—se quejó Simón, y se derrumbó en el suelo para, a continuación, dejar caer la
cabeza hacia adelante y descansar en sus rodillas—. Por favor, no me leas el
libro del bosque ahora mismo, Binabik. Me duelen los pies y me arde la cabeza.
El gnomo avanzó
hacia él hasta que su rostro estuvo a escasos centímetros del de Simón. Tras
observar el revuelto y enredado ca¬bello del joven, volvió a incorporarse.
—Creo que
deberíamos descansar —dijo, tratando de ocultar su malestar—. Te hablaré de
esas cosas en otro momento.
—Gracias —respondió
Simón, con la cabeza sobre las rodillas.
Simón evitó tener
que ir a cazar para conseguir algo que cenar con la excusa de quedarse dormido
en el instante en que prepararon el campamento. Binabik se encogió de hombros,
dio un largo trago de su bota de agua y otro similar de la de vino, e inició un
corto pa¬seo por el lugar. Qantaqa husmeaba vigilante a su lado.
Tras una no muy
exquisita pero alimenticia cena a base de carne seca, echó las tabas con el
acompañamiento de la profunda respira¬ción de Simón. En la primera tirada
consultó Pájaro sin Alas, Pez Es¬pada y El Camino de Sombras. Inquieto, cerró
los ojos y tarareó una tonada durante un rato mientras a su lado crecía el
ruido de los in¬sectos nocturnos. Cuando volvió a tirar las tabas, las dos
primeras cambiaron a Antorcha en la Entrada de la Cueva y a Carnero, pero El
Camino de Sombras volvió a aparecer, y los huesos estaban unos tan cerca de
otros como los restos de algún delicado carnívoro. No ha¬bía que seguir aquel
resultado para tomar apresuradas decisiones —su maestro se lo había enseñado
muy bien—, pero Binabik se dur¬mió, finalmente, con sus utensilios y el bolso
bien agarrados.
Cuando Simón se
despertó, el gnomo se presentó ante él con una estupenda comida a base de
huevos cocidos —de codorniz, dijo—, algunas bayas e incluso pálidos brotes de
un árbol florecido, que demostraron ser comestibles y más bien dulces. La
caminata de la mañana también pareció ser considerablemente más cómoda que la
del día anterior. El terreno se iba haciendo más abierto, y los ár¬boles
aparecían más espaciados entre sí.
El hombrecillo
había estado más bien callado durante toda la mañana. Simón estaba seguro de
que la razón era el desinterés que había demostrado por su sabiduría. Bajaron
por una larga y suave pendiente, con el sol de la mañana en su camino
ascendente, y el muchacho se sintió impelido a decir algo.
—Binabik, ¿me
explicarás hoy algo sobre el libro del bosque?
Su compañero
sonrió, pero se trataba de una sonrisa más rígida y pequeña de lo que el chico
estaba acostumbrado a ver en su rostro.
—Claro, amigo
Simón, pero temo haberte causado una mala im¬presión. Mira, cuando hablo de la
tierra como de un libro, no su¬giero que debas leerlo para aumentar tu
bienestar espiritual, como si de un tomo de religión se tratase, aunque poner
atención sobre lo que te rodea es posible, a través de esta razón. No, me
refiero más bien a un libro de física, algo que uno lee por el bien de su
salud.
«Es en verdad
sorprendente —pensó Simón— qué fácil le resulta confundirme a este amiguito, ¡y
sin ni siquiera intentarlo!»
El muchacho dijo,
en voz alta:
—¿Salud? ¿Libro de
física?
El rostro de
Binabik se puso repentinamente serio.
—Para tu vida o
muerte, Simón. Ahora no estás en tu hogar. Tam¬poco estás en el mío, aunque sin
duda yo resulto un huésped más preparado que tú. Ni siquiera los sitha, a pesar
de las eras durante las que han observado al sol errar a través de los cielos,
se atreven a recla¬mar a Aldheorte como suyo. —El gnomo se detuvo; depositó su
mano sobre la muñeca de Simón y la apretó ligeramente—. Este lugar en que nos
encontramos, este gran bosque, es el sitio más antiguo. Por ello tu gente lo
llama Aldheorte, que significa viejo corazón; siempre ha sido el corazón de
Osten Ard. Incluso esos árboles más jóvenes —y señaló a su alrededor con el
bastón— ya se erguían contra los diluvios, el viento y el fuego, antes de que
vuestro rey Juan fuese amamantado por primera vez en la isla Warinsten.
Simón miró a su
alrededor, bizqueando.
—Otros —continuó
Binabik—, hay otros, algunos de ellos los he visto, cuyas raíces se hunden en
las profundidades del tiempo; más viejos que cualesquiera de los reinos del
hombre o de los sitha, que llegaron a alcanzar la gloria para después hundirse
en la oscuridad.
El hombrecillo
volvió a apretar la muñeca de Simón, y éste miró hacia el fondo de la
pendiente, a la inmensidad de los árboles; se sintió pequeño, infinitesimal,
como un insecto trepando por la es¬carpada ladera de una montaña alta como las
nubes.
—¿Por qué..., por
qué me explicas todas esas cosas? —preguntó al fin, recobrando el aliento y
luchando por contener las lágrimas.
—Porque —dijo
Binabik, mientras le palmeaba el brazo— no de¬bes pensar que el bosque, que el
mundo entero, es algo parecido a las alamedas de Erchester. Debes observar, y
debes pensar y pensar.
Un momento después
el gnomo volvió a iniciar la marcha. Si¬món se tambaleó tras él. ¿Qué sería lo
que había puesto todo eso allí? Ahora, la gran masa de árboles le pareció una
muchedumbre hostil. Se sintió como si lo hubiesen abofeteado.
—¡Espera! —gritó—.
¿Pensar sobre qué?
Pero su compañero
no aminoró el paso ni se volvió para respon¬der a su pregunta.
—Vámonos —indicó
Binabik. Su voz sonó seca—. Debemos apre¬surarnos. Con suerte llegaremos al
Knock antes de que caiga la oscu¬ridad. —Silbó a Qantaqa—. Por favor, Simón
—añadió.
Y ésas fueron sus
últimas palabras durante el resto de la mañana.
—¡Allí! —dijo
Binabik, rompiendo por fin su silencio.
La pareja estaba en
lo alto de un risco, y las copas de los árboles daban la impresión de ser una
manta de color verde.
—El Knock.
Dos hileras de
árboles se extendían bajo ellos, y más allá un océano de hierba que cubría las
colinas, las cuales se veían perfiladas al sol del atardecer.
—Eso es Wealdhelm,
o al menos las faldas de sus montes.
El gnomo señaló a
la lejanía con el bastón. Los sombreados y destacados promontorios, redondeados
como lomos de animales dormidos, parecían sólo a un tiro de piedra de
distancia, a través de la verde extensión.
—¿A cuánta
distancia están... las colinas? —preguntó Simón—. ¿Y cómo llegaremos hasta
arriba? No me acuerdo de cómo se escala.
—No será necesario,
Simón. El Knock es un lugar profundo, hundido como si alguien lo hubiese tirado
ahí. Si puedes mirar ha¬cia atrás —movió la mano hacia el otro lado del risco—,
verás dónde nos encontramos ahora: estamos un poco más bajos que la llanura de
Erchester. Y para dar repuesta a tu segunda pregunta, las colinas están muy
lejos, pero la vista te hace creer que están más cercanas. La verdad es que
será mejor que nos pongamos a andar si queremos llegar a un sitio donde acampar
con algo de sol.
El gnomo trotó unos
cuantos pasos a lo largo del risco.
—Simón —dijo, y al
volverse el muchacho advirtió la tirantez que había en la mandíbula y la boca
del hombrecillo—. Debo decirte que aunque las colinas Wealdhelm son como bebés
comparadas con mis Mintahoq, para mí estar cerca de lugares altos es... como vino.
«De repente vuelve
a ser como un niño», pensó Simón, obser¬vando cómo las cortas piernas de
Binabik lo llevaban con rapidez pendiente abajo, entre los árboles... «No
—cambió de opinión des¬pués—, no como un niño, eso es sólo el tamaño; pero sí
como un jo¬ven, como alguien muy joven.»
«A propósito, ¿qué
edad tendrá?»
El gnomo, de hecho,
cada vez se hacía más y más pequeño mientras Simón lo observaba. Finalmente
maldijo en silencio y co¬rrió tras él.
Descendieron con
bastante rapidez a través de anchas y frondo¬sas crestas, aunque de vez en
cuando era necesario escalar un poco. A Simón no acabó de sorprenderlo la
destreza que desplegaba Binabik, el cual saltaba más ligero que una pluma,
levantaba menos polvo que una ardilla y mostraba una seguridad al poner los
pies que el muchacho estuvo convencido de que ni siquiera los carneros de los
qanuc eran capaces de demostrar. La agilidad de Binabik no lo sorprendió, pero
sí la suya propia.
Parecía que se
había recuperado un poco de sus anteriores priva¬ciones, y unas cuantas buenas
comidas habían conseguido recupe¬rar al Simón que una vez había sido conocido
en Hayholt como el «chico-fantasma», «el intrépido escalador de torres y
saltamuros». Aunque no igualaba a su compañero nacido en las montañas, tuvo una
buena impresión de su comportamiento. Qantaqa era la que padecía algunas
dificultades, no porque sus patas no fuesen seguras, sino porque las escasas
distancias que tenían que ser recorridas con cuidado —un juego de niños, si uno
se cogía con las manos— resulta¬ban demasiado altas para saltar. Enfrentada a
aquellas situaciones gruñía un poco, más molesta que enfadada, y se alejaba
para dar un rodeo y encontrar algún lugar por el que le resultase más fácil
des¬cender; después volvía a reunirse con ellos.
Cuando por fin
hallaron un serpenteante camino de ciervos para bajar el último morón, el sol
del atardecer se encontraba por debajo de la mitad del cielo, y calentaba sus
cuellos a la vez que bri¬llaba en sus rostros. Una tibia brisa agitaba las
hojas pero no llegaba a secar el sudor de sus frentes. La capa de Simón,
anudada alrededor de la cintura, le confería un aspecto tan ancho como si se
hubiese engullido una gran comida.
Para su sorpresa,
cuando alcanzaron las vertientes superiores de la pradera —el principio del
Knock—, Binabik decidió girar hacia el nordeste, junto a la linde del bosque,
en lugar de continuar recto, a través del susurrante y ondulante océano de
hierba.
—¡Pero la ruta de
Wealdhelm está al otro lado de las colinas! —dijo Simón—. Sería mucho más
rápido si...
El gnomo levantó
una mano y el chico se hundió en el silencio.
—Existe el más
deprisa, Simón amigo, y existe lo que se llama ser rápido —explicó, y la alegre
sensación de saber lo que decía, que des¬cansaba en su tono de voz, casi,
aunque no lo suficiente, incitó a Si¬món a añadir algo burlón e infantil, pero
que le satisficiera de momento. No obstante, cerró su boca abierta y Binabik
prosiguió—. ¿Ves?, creo que será estupendo..., ¿estupendez?..., ¿una
estupendería?..., darnos un respiro esta noche en un lugar en el que podamos
dormir en una cama y comer en una mesa. ¿Qué piensas de ello, eh?
Todo el
resentimiento de Simón desapareció, como el vapor de una cazuela acabada de
destapar.
—¿Una cama? ¿Vamos
a un albergue?
Recordó la historia
que le había contado Shem sobre el Pookah y Los Tres Deseos, y Simón supo cómo
se sentía una persona con su primer deseo colmado...; hasta que de pronto
recordó a la guardia erkyna y al ladrón colgado.
—A un albergue, no
—Binabik rió a causa de la ansiedad del mu¬chacho—, sino a un lugar tan bueno,
o aun mejor. Es un sitio en el que serás alimentado y podrás descansar sin que
nadie te pregunte quién eres o de dónde vienes.
El gnomo señaló más
allá del Knock, hacia el lado más alejado de la parte posterior del bosque, en
donde su perímetro parecía aca¬bar en la base de las colinas Wealdhelm.
—Está por allí,
aunque no se puede ver desde donde ahora esta¬mos. Vamos.
Pero ¿por qué no
podemos ir a través del Knock? —se preguntó Simón—. Es como si Binabik no
quisiera salir al descubierto, expo¬nerse...»
El hombrecillo
había vuelto a tomar el camino del nordeste, alejándose de la amplia llanura,
para viajar por la sombra de Aldheorte.
«¿Y qué ha querido
decir con que es un lugar en el que nadie pregunta..., todo eso...? ¿Acaso es
él también un fugitivo?»
—¡Ve despacio,
Binabik! —gritó.
De vez en cuando la
blanca grupa de Qantaqa sobresalía por en¬cima de la hierba, como si se tratase
de una gaviota flotando en el agitado Kynslagh.
—¡Despacio! —volvió
a gritar, ahora en voz más alta.
El viento recogió
sus palabras y se las llevó por encima de los ris¬cos erizados que había tras
él.
Cuando Simón volvió
a tenerlo frente a sí, con el sol a sus espal¬das, Binabik se acercó a él y le
palmeó el codo.
—Antes he estado un
poco brusco contigo. No era mi intención hablar así. Discúlpame.
El gnomo miró al
joven y luego dirigió sus ojos hacia donde se movía la cola de Qantaqa, por
encima de la hierba, ahora aquí, ahora allá, como el banderín de un diminuto
pero rápido ejército.
—No es nada...
—empezó a decir el otro, pero su compañero lo interrumpió.
—Por favor, por
favor, amigo Simón —replicó, con una nota de azoramiento en su voz—, no quería
expresarme así. No diré nada más. —Levantó ambas manos junto a las orejas y las
movió en un ex¬traño gesto—. Deja que te diga algo sobre el lugar adonde vamos:
San Hoderund de Knock.
—¿Eso qué es?
—Es un sitio en el
que estaremos. Yo he estado allí muchas veces. Es un lugar de retiro..., un
monasterio, como decís los aedonitas. Son amables con los viajeros.
Aquello era
suficiente para Simón. Inmediatas visiones de gran¬des y altas salas, carne
asada y limpios jergones se abrieron paso en su mente; un delirio de
comodidades. Empezó a andar más deprisa, hasta casi correr.
—No es necesario ir
tan rápido —le aconsejó Binabik—. Seguirán allí. —Echó una mirada al sol,
todavía a algunas horas por encima del horizonte—. ¿Quieres que te diga algo
del monasterio de San Hoderund? ¿O ya lo sabes?
—Explícame —replicó
Simón—. Sé algo de esos lugares. Alguien a quien conocí estuvo una vez en la
abadía de Stanshire.
—Bien, ésa es una
abadía muy especial. Hay una historia sobre ella.
El muchacho enarcó
las cejas, deseoso de escuchar.
—Hay una canción
—dijo Binabik—, la «Trova de San Hoderund». Es mucho más popular en el sur que
en el norte —por el norte me re¬fiero a Rimmersgardia, no a Yiqanuc, mi hogar—,
y el porqué resulta obvio. ¿Conoces algo sobre la batalla de Ach Samrath?
—Es donde los
norteños, los rimmerios, vencieron a los hernystiros y a los sitha.
—Vaya, veo que al
fin y al cabo algo de educación recibiste. Sí, Simón amigo, fue en Ach Sammrath
donde los ejércitos de los sitha y de los hernystiros fueron barridos por
Fingil Mano Roja. Pero hubo otras batallas anteriores, y una de ellas tuvo
lugar aquí. —Es¬tiró el brazo para abarcar la llanura que se extendía a su
lado—. Esta tierra se llamaba de otra manera, entonces. Los Sitha fueron,
su¬pongo, los que mejor la conocían, y la llamaron Ereb Irigú, que quiere decir
«Puerta Occidental».
—¿Quién la denominó
el Knock? Es un nombre muy extraño.
—No lo sé con
exactitud. Yo creo que el nombre rimmerio de la batalla es la raíz del actual.
A este lugar lo llamaron Du Knokkegard, que quiere decir «El Osario».
Simón miró hacia
atrás, a través de la hierba que se movía con suavidad, observando cómo hilera
tras hilera se inclinaban bajo los pasos del viento.
—¿Osario?
—preguntó, y un frío de premonición recorrió su ser.
«Siempre parece
haber viento en este lugar —pensó—. Nunca cesa..., como si buscase algo
perdido...»
—Osario, sí. Hubo
muchas bajas por ambas partes en esa batalla. Esa hierba crece por encima de
las tumbas de muchos miles de hombres.
«Miles, como un
cementerio. Otra ciudad de los muertos bajo los pies de los vivos. ¿Lo sabrán
ellos? —se preguntó de súbito—. ¿Nos oirán y nos odiarán por..., por estar al
sol? ¿O tal vez serán más feli¬ces por ello?»
«Recuerdo cuando
Shem y Rubén tuvieron que tumbar a Rim, el viejo caballo de labranza.» Antes de
que el mazo de Rubén el Oso cayese sobre él, Rim había levantado los ojos para
mirar a Simón; unos ojos dulces, pero que sabían, pensó Simón. Sabían y no por
ello parecían preocupados.
«¿Se sentiría así
el rey Juan, al final, anciano como era, prepa¬rado para dormir, como el viejo
Rim?»
—Hay una canción
que cualquier trovador al sur de la Marca Helada puede cantar—dijo Binabik.
Simón movió la
cabeza y trató de concentrarse, pero el susurro de la hierba y el silbido del
viento le penetraban por los oídos.
—Yo, y tú también
debes agradecérmelo, no cantaré ninguna canción —continuó el hombrecillo—, pero
sobre san Hoderund sí ex¬plicaré algo, ya que es su casa adonde vamos.
Muchacho, gnomo y
loba alcanzaron el punto más oriental del Knock y volvieron a torcer hacia la
izquierda del sol. Caminaron entre la alta hierba; Binabik se quitó la chaqueta
de piel y anudó las mangas en su cintura. La camisa que llevaba debajo era de blanca
lana, desabrochada y holgada.
—Hoderund —empezó a
decir— era un rimmerio de nacimiento que, tras muchas experiencias, se
convirtió a la religión aedonita. Después fue hecho sacerdote por la Iglesia.
»Como se suele
decir, ninguna puntada es importante hasta que la capa se deshace. No nos
habría importado lo que hacía Hode¬rund, estoy seguro, si el rey Fingil Mano
Roja y sus rimmerios no hubieran cruzado el río Vadoverde y por primera vez no
hubieran penetrado en las tierras de los sitha.
»Esta, al igual que
la mayoría de historias importantes, es dema¬siado larga para contarla en una
hora de caminata. Evitaré las expli¬caciones y te diré esto: los norteños
habían barrido a todos los que se pusieron en su camino, y habían ganado varias
batallas en su ruta hacia el sur. Los hernystiros, bajo el mando de su príncipe
Sinnach, decidieron salirles al paso aquí —Binabik volvió a abarcar con sus
manos la pradera bañada por el sol— y detenerlos en su violenta em¬bestida de
una vez por todas.
»Toda la gente y
los sitha huyeron del Knock, temiendo ser aplastados entre los dos ejércitos;
huyeron todos excepto Hode¬rund. La batalla, según parece, atrajo a los
sacerdotes como a mos¬cas, igual que a Hoderund. Fue a ver a Fingil Mano Roja
en su tienda y le suplicó que se retirase, para así poder ahorrar las miles de
vidas que iban a ser perdidas. Predicó, si puedo así decirlo, tonta y
bravamente a Fingil, hablándole de las palabras de Jesuris Aedón so¬bre abrazar
a tu enemigo y convertirlo en tu hermano.
«Fingil, y ello no
debe causar sorpresa, lo tomó por un loco y se disgustó mucho al oír aquellas
palabras en boca de otro rimmerio... Oh, ¿es eso humo?
El hombrecillo
cogió a Simón por sorpresa al cambiar de tema —la narración de Binabik se había
introducido en él y le había pro¬vocado una especie de insolación, de ensueño—
y señaló hacia el lado más lejano del Knock. Lo cierto es que detrás de una
serie de suaves colinas, la más alejada de las cuales parecía llevar la marca
de estar cultivada, se elevaba una débil columna de humo.
—La cena, pienso
—sonrió Binabik.
A Simón se le abrió
la boca sólo de pensarlo. En aquella ocasión el gnomo también aceleró su paso.
Volvieron a girar hacia el sol al curvarse en esa dirección el oscuro lindero
del bosque.
—Como decía
—resumió Binabik—, Fingil encontraba las nuevas ideas aedonitas de Hoderund de
lo más ofensivo. Ordenó ejecutar al sacerdote, pero un soldado misericordioso
lo dejó escapar.
«Pero lo que menos
hizo Hoderund fue irse lejos. Cuando al fin ambos ejércitos se enfrentaron,
corrió al campo de batalla y se puso entre rimmerios y hernystiros, blandiendo
el Árbol y haciendo un llamamiento para que viviesen todos en la paz de Jesuris
Dios. Atra¬pado entre dos furiosos ejércitos paganos, fue muerto con rapidez.
«Bueno —el gnomo
alzó el bastón y atusó un alto manojo de hierba—, una historia cuya filosofía
es difícil, ¿verdad? Al menos así nos resulta a nosotros, los qanuc, que
preferimos ser ambas cosas, lo que vosotros llamáis pagano, y lo que yo llamo
vivo. El lector de nabba, sin embargo, dijo que Hoderund era un mártir, y en
los tempranos días de Erkynlandia dio a este lugar una iglesia y una abadía
para la orden Hoderundiana.
—¿Fue una batalla
terrible? —preguntó Simón.
—Los rimmerios
llaman El Osario a este lugar. La última batalla que tuvo lugar en Ach Samrath
tal vez fuera más sangrienta, pero allí existió traición. Aquí, en el Knock,
fue cara a cara, espada con¬tra espada, y la sangre corrió como el agua en los
arroyos tras el pri¬mer deshielo.
El sol, que pendía
bajo en el cielo, les daba de lleno en el rostro. La brisa del atardecer, que
se había levantado un poco fuerte, com¬baba la larga hierba y hacía agitarse a
los insectos, de forma que pa¬recían bailar en el aire, como delgados puntos de
luz dorada.
Qantaqa volvió
hacia ellos a través del campo, y a su paso arra¬saba la suave y siseante
música que producían las briznas de hierba, unas contra otras, a causa de la
acción del viento. Cuando empezaron a subir por una larga pendiente, la loba
daba vueltas a su alrededor, levantaba la gran cabeza y lanzaba gruñidos
excitados. Simón se protegió los ojos con la mano, pero no vio nada al otro
lado de la subida, excepto las copas de los árboles del límite del bosque. Se
volvió para preguntar a Binabik si les faltaba mucho para llegar, pero el gnomo
llevaba la cabeza baja mientras an¬daban, con las cejas fruncidas en un gesto
de concentración y sin hacer caso a Simón ni a la juguetona loba.
Pasaron algún
tiempo en silencio, interrumpido únicamente por el roce que provocaba su paso a
través de la alta hierba y por los ocasionales aullidos de Qantaqa. El vacío
estómago de Simón lo obligó a volver a preguntar. No había empezado a abrir la
boca cuando Binabik lo sorprendió al romper el silencio con una canción de tono
fúnebre.
Ai-Ereb Irigú
Ka’ai shikisi
aruya’a
shishei, shishei
burusa’eya,
pikuuru n’dai-tu.
Mientras Simón
subía la encrespada montaña batida por el viento, las palabras y el extraño
tono en que fueron pronunciadas le parecieron un lamento de pájaros, una
desolada llamada desde los altos, solitarios e implacables espacios del aire.
—Una canción sitha.
—Binabik dirigió una extraña y tímida mi¬rada al muchacho—. Yo no la canto muy
bien. Trata de este lugar, en el que murieron los primeros sitha a manos del
hombre, donde la sangre fue vertida por primera vez en tierras de los sitha a causa
del afán guerrero del hombre.
Cuando hubo acabado
de hablar tocó a Qantaqa con la mano, pues la loba le golpeaba la pierna con su
gran hocico.
—¡Hinik aia! —le
dijo—. Huele a gente y a comida en el fuego —murmuró el gnomo.
—¿De qué habla la
canción? —preguntó Simón—. ¿Qué explica?
La extrañeza del
canto todavía lo hacía estremecer, pero tam¬bién le hacía advertir cuan grande
era el mundo, y cuan poco lle¬vaba visto, incluso en el atareado Hayholt. Se
sentía pequeño, pe¬queño, más pequeño que el gnomo que trepaba a su lado.
—Dudo, Simón, de
que las palabras sitha puedan ser verdadera¬mente cantadas en lenguas mortales,
si se puede captar realmente su significado, ¿entiendes? Y lo que es peor, no
es en la lengua de mi lu¬gar de nacimiento en la estamos hablando tú y yo..., pero
lo intentaré.
Continuaron andando
unos momentos más. Qantaqa parecía haber acabado por aburrirse, o había pensado
en algo mejor que compartir su entusiasmo lobuno con aquellos patanes humanos,
y había desaparecido por la cresta de la pendiente.
—Este, creo, es
cercano a su significado —dijo Binabik, y luego recitó, más que cantó:
En la Puerta del
Oeste,
entre el ojo del
sol y los corazones
de los antepasados,
cae una lágrima.
Una estela de luz,
una estela de luz
que cae hacia la tierra,
para, al tocar
hierro, convertirse en humo...
El hombrecillo rió.
—¿Ves?, en las
manos de un experto gnomo conocedor del bos¬que la canción se convierte en
palabras de pesada piedra.
—No —dijo Simón—.
No llego a entenderla del todo..., pero me hace... sentir algo...
—Entonces está bien
—sonrió Binabik—, pero no hay palabras en mí que puedan igualar las canciones
propias de los sitha, y ésta en especial. Es una de las más largas y de las más
tristes. También se dice que el rey-erl Iyu’unigato fue el que la compuso, horas
antes de ser asesinado por..., por... ¡Ah! ¡Mira, hemos llegado a la cima!
Simón levantó la
vista: la verdad es que casi habían llegado a la cima de la elevada pendiente,
y el mar sin fin de las apretadas copas de los árboles de Aldheorte se
extendían ante ellos.
«No creo que deje
de hablar por ello —pensó el muchacho—. Me parece que estaba a punto de decir
algo que no deseaba...»
—¿Cómo aprendiste a
cantar canciones sitha, Binabik? —pre¬guntó mientras ascendían los últimos
pasos hasta llegar a la ancha cima de la colina.
—Hablaremos de
ello, Simón —replicó el gnomo, mirando a la lejanía—, pero ahora, ¡mira! ¡Ahí
abajo está San Hoderund!
Empezaba a
escasamente un tiro de piedra por debajo de ellos y trepaba por la pendiente
del monte como musgo que creciese en un viejo árbol: hileras e hileras de
cuidadas y espaciadas viñas. Estaban separadas unas de otras por terrazas
horizontales excavadas en la falda de la colina, y los bordes aparecían
redondeados, como si hu¬bieran dado forma al suelo hacía ya mucho tiempo. Había
caminos que circulaban por entre las viñas y serpenteaban por la pendiente tan
sinuosamente como las mismas cepas. En el valle que se extendía abajo,
resguardado a un lado por esta primera y pequeña estribación de las colinas
Wealdhelm, y al otro por la oscura frontera del bosque, se veía una densa
formación de parcelas y terreno cultivable, con la meticulosa simetría de un manuscrito
iluminado. Algo más lejos, apenas visible al otro lado del monte, estaban
situadas las pequeñas dependencias de la abadía, una desigual pero bien cuidada
colección de cobertizos de madera y una extensión de campo vallado, ahora vacío
de vacas u ovejas. Una puerta, el único y pequeño objeto que se movía en el
impresionante panorama, oscilaba de lado a lado.
—Sigue los
caminitos, Simón, y pronto estaremos ante comida caliente, y tal vez también
probemos algo de la cosecha de vino del monasterio.
Binabik bajó con un
caminar rápido. En escasos momentos, ambos compañeros se abrieron paso entre
las cepas, mientras Qantaqa, molesta por la lenta travesía de sus compañeros,
corría colina abajo, saltando por encima de las retorcidas cepas sin tocar un sar¬miento
o aplastar una sola uva bajo sus grandes y fuertes patas.
Observando sus pies
mientras corría por el camino hacia abajo, y sintiendo cómo resbalaban a cada
gran zancada que daba, Simón advirtió, más que vio, una presencia ante él.
Pensó que el gnomo se había detenido a esperarlo y levantó la vista con amarga
expresión, dispuesto a decir algo sobre mostrar compasión por la gente que no
ha crecido en una montaña. En lugar de ello, cuando sus ojos se en¬contraron
frente a la forma de pesadilla que había ante él, no tuvo más remedio que
gritar y dar un traspié, lo que lo hizo caer sobre el trasero e ir a parar a
dos pasos camino abajo.
Binabik lo oyó
gritar y se volvió; echó a correr colina arriba para encontrar a Simón sentado
en el polvo bajo un enorme y hara¬piento espantapájaros, que colgaba de una
gran estaca, con su crudo y pintado rostro totalmente borrado por la acción del
viento y la lluvia. Después observó cómo Simón se miraba las doloridas ma¬nos,
en el camino. El gnomo no se rió hasta que hubo ayudado al muchacho a
incorporarse, cogiéndolo con sus pequeñas y fuertes manos del codo y
levantándolo; pero entonces ya no pudo aguan¬tarse más. Se dio la vuelta y
empezó a descender de nuevo, dejando a Simón temblando de rabia mientras los
apagados sonidos de la risa del hombrecillo flotaban hacia él.
El chico se sacudió
el polvo de los calzones y comprobó que los dos bultos, flecha y manuscrito,
continuaban en su cinturón sin ha¬ber sufrido ningún daño. Resultaba obvio que
Binabik no había visto al ladrón que colgaba en el cruce, pero él sí había estado
allí, donde el sitha colgaba en la trampa del leñador. ¿Por que, entonces,
tenía que reírse del susto que se había llevado Simón?
Se sintió muy
tonto, pero al mirar de nuevo al espantapájaros todavía tuvo un presagio que lo
estremeció. Se acercó a él, agarró el saco vacío de la cabeza —áspero y frío al
tacto— y lo dobló por en¬cima, hasta esconderlo bajo la harapienta capa que
pendía a la es¬palda del muñeco, para que los ojos vacíos se mantuviesen
ocultos. Y ya podía reírse el gnomo todo lo que quisiera.
Binabik, ya más
apaciguado, lo esperaba algo más abajo. No se disculpó, pero palmeó a Simón en
la muñeca y sonrió. Este le de¬volvió la sonrisa, aunque más pequeña que la del
hombrecillo.
—Cuando estuve aquí
hace tres meses —explicó Binabik—, en mi viaje hacia el sur, comí la mejor
carne de venado. A los hermanos les es permitido tomar algunos ciervos del
bosque del rey para ayudar a los viajeros, y a ellos mismos, no es necesario
decirlo. Ah, allí está..., ¡y hay humo!
Habían alcanzado la
última curva de la colina; el lastimero so¬nido de la puerta que se balanceaba
estaba justo debajo de ellos. En¬frente y bajo la pendiente se extendían los
apretados techos de paja de la abadía. El humo se elevaba, como un delgado penacho
flo¬tando en forma de remolino, y se disipaba en el viento por encima de la
colina. Pero no provenía de ninguna chimenea.
—Binabik... —dijo
Simón, lleno de sorpresa que se iba convir¬tiendo en alarma.
—Quemada —susurró
aquél—. O quemándose. ¡Hija de las Mon¬tañas...!
La puerta oscilaba
hasta cerrarse para, a continuación, volver a abrirse.
—Ha sido un
terrible huésped el que ha visitado la casa de San Hoderund.
Para Simón, que
nunca había visto la abadía, le pareció que los restos calcinados indicaban que
la historia del Osario explicada por Binabik había vuelto a resucitar. Como
durante las terribles horas que había pasado errando por los laberínticos
túneles del castillo, sintió las garras del pasado abrirse paso para enterrar
el presente en una oscuro lugar, inmerso en el pesar y el miedo.
La capilla, el
edificio principal de la abadía y la mayor parte de las construcciones habían
sido reducidos a humeantes piras. Las chamuscadas vigas de los techos, con su
carga de zarzas y paja que¬mada, permanecían expuestas ante el irónico cielo de
primavera como las ennegrecidas costillas de la víctima de un banquete de
al¬gún dios hambriento. Esparcidos por los alrededores, como dados lanzados por
el mismo dios, aparecían los cuerpos de al menos una veintena de hombres, con
los ropajes tan destrozados y tan vacíos de vida como el espantapájaros de la
cima de la colina.
—¡Por las Piedras
de Chukku...! —suspiró Binabik, que también lo observaba todo, y se dio unos
golpes en el pecho con la palma de la mano. El gnomo dio unos pasos, se quitó
el bolso del hombro y emprendió una carrera colina abajo. Qantaqa aulló y lo
siguió llena de excitación justificada.
—Espera—dijo Simón,
casi en un susurro—. ¡Espera! —llamó, y sa¬lió detrás de ellos—. ¡Regresa! ¿Qué
es lo que haces? ¡Te van a matar!
—¡Horas hace de
esto! —exclamó Binabik sin volverse.
Simón lo vio
inclinarse brevemente sobre el primer cuerpo que encontró. Un momento después
continuó hacia adelante.
Boqueando, con el
corazón lleno de miedo a pesar de la obvia verdad que había en las palabras del
hombrecillo, Simón miró el mismo cuerpo al pasar. Se trataba de un hombre con
un hábito ne¬gro, daba la impresión de ser un monje; el rostro permanecía oculto,
aplastado contra la hierba. La punta de una flecha aparecía por la parte
posterior del cuello. Las moscas revoloteaban y se pasea¬ban por la sangre
seca.
Unos cuantos pasos
después, el muchacho tropezó y cayó sobre una camino de grava, por lo que se
lastimó las palmas de las manos. Cuando vio en lo que había tropezado y
advirtió las moscas, que volvían a instalarse en los ojos vueltos hacia arriba,
se encontró vio¬lenta y atrozmente enfermo.
Cuando Binabik lo
encontró, Simón estaba arrebujado a la sombra de un castaño. La cabeza del
joven se movía sin orden ni concierto, y el gnomo, como una tierna y eficiente
madre, le secó con un puñado de hierba la bilis que colgaba de la barbilla. El
hedor a putrefacción estaba en todas partes.
—Malo es esto.
Malo. —Binabik tocó el hombro de Simón con suavidad, como para asegurarse de
que el joven era real; después se sentó en cuclillas y entrecerró los ojos para
resguardarse de los últi¬mos rayos rojos del sol—. No puedo encontrar a nadie
vivo aquí. Monjes en su mayor parte, todos vestidos con ropas de la abadía,
pero también hay otros.
—¿Otros...? —La voz
de Simón era un gorjeo.
—Hombres con ropas
de viaje... Hombres de la Marca Helada; tal vez se detuvieron aquí durante la
noche, aunque hay una buena cantidad de ellos. Algunos llevan barbas, y a mí me
parece que son rimmerios. Es muy extraño.
—¿Dónde está
Qantaqa? —preguntó el muchacho, débilmente.
Simón se sorprendió
al preocuparse por la loba, aunque, de to¬dos ellos, seguramente era la que
menos peligro corría.
—Anda por ahí
husmeándolo todo. Está muy excitada.
El chico se percató
de que Binabik había desmembrado el bas¬tón y de que en su cinturón aparecía la
sección del cuchillo.
—Me pregunto —dijo
el gnomo, mientras miraba elevarse el humo y Simón se incorporaba— qué es lo
que habrá provocado esto. ¿Bandidos? ¿Una especie de batalla por motivos
religiosos, pues he oído que es algo frecuente entre vosotros, los aedonitas, o
qué? Lo más curioso...
—Binabik... —Simón
carraspeó y escupió. Su boca le sabía como las botas de un porquerizo—. Estoy
asustado.
En algún lugar, a
lo lejos, se oyó el aullido de Qantaqa, un so¬nido sorprendentemente agudo.
—Asustado... —La
sonrisa del hombrecillo era tan delgada como un hilo de bramante—. Asustado es
como debes sentirte.
Aunque el rostro
del gnomo aparecía despejado y sin aparente preocupación, una especie de
sorprendente indefensión acechaba tras sus ojos. Aquello espantó a Simón más
que ninguna otra cosa. Había algo más: una ligera indicación de resignación,
como si todo aquel desagradable asunto no le hubiera resultado inespe¬rado.
—Pienso... —empezó
a decir Binabik, cuando de repente el aullido de Qantaqa se elevó en un agudo
crescendo. El hombrecillo se ende¬rezó—. Ella ha encontrado algo —dijo, y
levantó al asustado joven con un fuerte tirón de la muñeca—. O algo la ha
encontrado a ella...
Con Simón
tambaleándose tras él, Binabik se encaminó en di¬rección a los aullidos.
Mientras corría, movió los dedos hacia la cer¬batana para colocar algo en el
interior. El muchacho supuso que aquel dardo estaría impregnado de la sustancia
viscosa y oscura.
Corrieron y
atravesaron los terrenos de la abadía, alejándose del desastre, y se metieron
en el huerto, tras los angustiosos aullidos de Qantaqa. De los árboles cayó una
lluvia de flores de manzano; el viento las empujó a lo largo del borde del
bosque.
A menos de diez
pasos, en el interior del bosque, vieron a Qan¬taqa, con los pelos erizados y
aullando tan profundamente que Si¬món pudo sentirlo en el estómago. Había
cogido a un monje y lo mantenía arrinconado contra el tronco de un álamo. El
hombre blandía en alto el Árbol de su pecho, como si pidiese que un rayo
ful¬minara a la bestia que tenía frente a sí. A pesar de su heroica
resisten¬cia, la palidez extrema de su rostro y el temblor de sus brazos
indica¬ban que no esperaba que apareciese ningún rayo. Los ojos fuera de las
órbitas y exagerados por el miedo estaban fijos en Qantaqa, y to-davía no se
había apercibido de la presencia de los recién llegados.
—... Aedonis
Fiyellis extulanin mei...
Los anchos labios
se movían entre convulsiones; las sombras de las hojas moteaban su rosado
cráneo.
—¡Qantaqa! —gritó
Binabik—. ¡Sosa!
El gnomo golpeó el
bastón hueco contra el muslo. El golpe pro¬dujo un eco. Con el último gruñido,
Qantaqa bajó la cabeza y corrió hacia él. El monje miró a Simón y a Binabik
como si le causasen tanto terror como la loba, retrocedió y cayó de espaldas
sobre el suelo. Se sentó con la asombrada expresión de un niño que se ha hecho
daño, pero que todavía no se ha dado cuenta de que quiere llorar.
—Jesuris el
misericordioso —dijo de forma atropellada mientras la pareja se acercaba a él—.
Misericordioso Jesuris. —Una mirada sal¬vaje apareció en sus ojos saltones—.
¡Dejadme, monstruos paganos! —gritó y trató de ponerse en pie—. ¡Bastardos
asesinos, paganos bas¬tardos! —El pie le patinó y volvió a encontrarse sentado
en el suelo, mientras murmuraba—: Un gnomo, un gnomo asesino...
El rostro del monje
empezó a recuperar el color. Volvió a respi¬rar lleno de convulsiones, y
pareció como si quisiera llorar.
Binabik se detuvo.
Agarró a Qantaqa por el cuello y le hizo un gesto a Simón, indicándole que
siguiera avanzando.
—Ayúdalo.
El chico caminó
despacio, mientras trataba de componer en su rostro algo parecido a una mueca
amistosa, como la de un amigo que se acerca para ayudar; pero le resultaba
harto difícil, pues su propio corazón latía bajo las costillas como un pájaro
carpintero.
— Todo va bien
—dijo—, todo va bien.
El monje se había
cubierto el rostro con la manga del hábito.
—Ahora que los
habéis matado a todos, también queréis matar¬nos a nosotros —gritó, y su voz,
aunque apagada, tenía un acento más de autocompasión que de miedo.
—¡Es un rimmerio!
—exclamó Binabik—. Te lo digo por si no lo habías oído difamar a los qanuc
cuando hemos llegado. ¡Bah! —El gnomo emitió un sonido cíe disgusto—. Ayúdalo,
amigo Simón, y llevémoslo a la luz.
El muchacho agarró
al hombre por el huesudo codo y con gran trabajo consiguió ponerlo en pie; pero
cuando trató de guiarlo hacia el gnomo, el monje se deshizo de él.
—¿Qué es lo que
haces? — gritó, mientras se palpaba el pecho en busca del Árbol—. ¿Quieres que
abandone a los otros? ¡No, no lo haré, aléjate de mí!
—¿Otros?
Simón se volvió con
rostro inquisitivo hacia su compañero. Este se encogió de hombros y acarició
las orejas de la loba. Qantaqa pa¬reció sonreír, como si el espectáculo la
divirtiese.
—¿Hay alguien más
vivo? —preguntó amablemente el joven—. Os ayudaremos, y a los demás también, si
podemos. Yo me llamo Si¬món y éste es mi amigo Binabik.
El monje lo miró
con la sospecha reflejada en sus ojos.
—Creo que ya
conocéis a Qantaqa —añadió, y de inmediato se sintió arrepentido por el
chiste—. Venid, ¿quién sois? ¿Dónde están esos otros de quienes habláis?
El superviviente,
que empezaba a recuperar la compostura, lo observó con una larga y desconfiada
mirada; después se volvió para observar al gnomo y a la loba. Cuando se dirigió
de nuevo a Simón, una parte de la tensión había abandonado su rostro.
—Si en verdad
eres... un buen aedonita que actúa por caridad, os pido perdón. —El tono de su
voz era rígido, como si no estuviera acostumbrado a pedir excusas—. Soy el
hermano Hengfisk. ¿Ese lobo... —desvió la mirada hacia un lado— os acompaña?
—Sí, ella nos
acompaña —dijo Binabik con tono severo, antes de que Simón pudiese responder—.
Es malo que os haya asustado, rimmerio, pero debéis daros cuenta de que no os
ha hecho daño alguno.
Hengfisk no le
contestó.
—He abandonado mis
responsabilidades para con mis dos com¬pañeros durante demasiado tiempo
—explicó el monje a Simón—. Ahora debo ir junto a ellos.
—Iremos con vos
—replicó el joven—. Tal vez Binabik pueda ayu¬dar. Es muy hábil con hierbas y
esas cosas.
El rimmerio enarcó
un poco las cejas, lo que provocó que sus ojos pareciesen aun más saltones. En
sus labios apareció una amarga sonrisa.
—Es un amable
pensamiento, muchacho, pero temo que el her¬mano Langrian y el hermano Dochais
no van a poder ser ayudados por ninguna... cataplasma de los bosques.
El monje giró sobre
sus talones y se alejó, más bien inseguro, ha¬cia lo profundo del bosque.
—¡Esperad! —exclamó
Simón—. ¿Qué pasó en la abadía?
—No lo sé
—respondió Hengfisk sin volverse—. No me encon¬traba allí.
El muchacho miró a
Binabik en busca de ayuda, pero el gnomo no hizo nada. En lugar de seguirlo,
llamó al renqueante monje.
—¿Hermano
Hangfish?6
El monje se dio la
vuelta, furioso.
—¡Mi nombre es
Hengfisk, gnomo!
Simón se dio cuenta
de lo deprisa que el rostro del hermano re¬cuperaba el color.
—Sólo lo estaba
traduciendo para mi amigo —el hombrecillo sonrió, mostrando su dentadura
amarillenta—, que no habla la len¬gua de Rimmersgardia. Decís que no sabéis lo
que ha sucedido. ¿Dónde estabais mientras vuestros hermanos eran aniquilados?
El superviviente
pareció a punto de contestar algo, pero en lugar de ello levantó una mano y
cogió el Árbol. Un momento después, dijo con voz tranquila:
—Venid y veréis. No
tengo secretos para ti, gnomo, ni para mi Dios.
El monje emprendió
la marcha.
—¿Por qué lo haces
enfadar? —susurró Simón—. ¿Es que no han sucedido ya suficientes cosas por hoy?
Los ojos de Binabik
eran como rendijas, pero no por ello había borrado la sonrisa del rostro.
—Tal vez no haya
sido demasiado amable, Simón, pero ya has oído cómo hablaba. También has visto
sus ojos. No dejes que te en¬gañe sólo por vestir un hábito de religioso.
Nosotros, los qanuc, nos hemos despertado muchas veces en la noche y hemos
visto ojos como los de Hengfisk mirándonos, con antorchas y hachas. Tu Jesuris
Aedón no ha hecho desaparecer del todo ese odio que guarda su corazón norteño.
Binabik produjo un
chasquido con la lengua para que Qantaqa lo siguiese, y partió tras el monje.
—¡Pero escúchate tú
también! —dijo Simón, mirándolo a los ojos—. Tú también estás lleno de odio.
—Ah —el gnomo
levantó un dedo ante su rostro, que ahora pare¬cía vacío de toda expresión—,
pero es que yo no hago ostentación de creer en vuestro, y perdona la expresión,
confuso Dios de Miseri¬cordia.
El muchacho aspiró
como para decir algo, pero lo pensó mejor y mantuvo la boca cerrada.
El hermano Hengfisk
se giró en una ocasión y acusó su presen¬cia en silencio. No volvió a hablar
durante un rato. La luz que se fil¬traba a través de las hojas disminuía
rápidamente; en poco tiempo la forma angulosa y vestida de negro del monje fue
poco más que una sombra que se movía ante ellos.
—Aquí —dijo.
El rimmerio los
condujo alrededor de la base de una gran árbol caído, cuyas ramas expuestas a
la luz parecían una gran escoba más que otra cosa: una escoba que hubiera
encendido la imaginación de Raquel el Dragón sobre heroicos y legendarios
barridos.
El irónico
pensamiento de Simón sobre Raquel, unido a los eventos de aquel día, le produjo
una añoranza tan fuerte de su hogar que casi se cayó; tuvo que cogerse con la
mano a la rugosa corteza del árbol para evitar ir al suelo.
Hengfisk estaba
arrodillado y alimentaba con ramas una pe¬queña hoguera que brillaba en un
agujero poco profundo. Tendidos junto al fuego, uno a cada lado, al abrigo de
un tronco, había dos hombres.
—Este es Langrian
—dijo el monje, indicando al de la derecha, cuyo rostro aparecía oscurecido
casi por completo a causa de un vendaje lleno de sangre hecho de arpillera—. Yo
lo encontré; era el único que vivía cuando volví a la abadía. Creo que Aedón se
lo lle¬vará pronto.
Incluso en la tenue
luz Simón vio que la piel del hermano Lan¬grian era pálida, del color de la
cera. Hengfisk tiró otro palo a la ho¬guera, mientras Binabik, sin mirar al
rimmerio, se arrodillaba junto al herido y empezaba a examinarlo con cuidado.
—El otro es Dochais
—añadió Hengfisk, y señaló al otro hombre, que permanecía desmayado como el
primero, pero sin heridas visi¬bles—. Fue a él a quien fui a buscar cuando no
volvió esta tarde. Mientras regresaba con Dochais, cargando con él —había algo
de amargo orgullo en su tono de voz—, encontré..., encontré a todos los demás
muertos. —Hizo el signo del Árbol sobre su pecho—. A todos excepto a Langrian.
Simón se acercó más
al hermano Dochais, un joven delgado con la gran nariz y la azulada y poblada
barba de los hernystiros.
—¿Qué le ocurrió?
—preguntó.
—No lo sé, muchacho
—respondió el monje—. Está loco. Cogió unas fiebres del cerebro —acabó de
decir, y siguió buscando madera para la hoguera.
Simón observó a
Dochais durante un momento, percibiendo su dificultosa respiración y el ligero
temblor que se apreciaba en sus delgados párpados. Cuando se volvió para mirar
a Binabik, que qui¬taba delicadamente el vendaje a Langrian, una mano blanca
salió como una serpiente del negro manto que había junto a él y lo cogió de la
pechera con un poderoso zarpazo.
Dochais, con los
ojos todavía cerrados, se había puesto rígido, y tenía la espalda tan combada
que su cintura se levantaba del suelo. La cabeza estaba caída hacia atrás y
giraba de lado a lado.
—¡Binabik! —gritó
el muchacho, lleno de terror—. Él..., él...
—¡Aaaahhh!
La voz que surgió
de la rígida garganta de Dochais estaba llena de dolor.
—¡El carro negro!
¡Mira, viene a buscarme!
El monje volvió a
retorcerse violentamente, como un pez fuera del agua, y sus palabras provocaron
a Simón una sensación de horror.
«La cima de la
colina..., recuerdo algo..., y el crujir de las ruedas negras... Oh, Morgenes,
¡qué es lo que hago aquí?»
Instantes después,
mientras Binabik y Hengfisk miraban llenos de sorpresa desde el otro lado de la
hoguera, Dochais había tirado de Simón, hasta que el rostro del joven casi tocó
los rasgos llenos de pavor del hernystiro.
—¡Me llevan de
regreso! —siseó el hermano—, de regreso a..., de regreso a... ¡ese horrible
lugar!
De una forma
horrible, sus ojos se abrieron hasta casi salirse de las órbitas y miró sin ver
en los ojos de Simón, a apenas un palmo de distancia. El chico no podía escapar
de sus manos, aunque ahora estaba Binabik junto a él para tratar de liberarlo.
—¡ Tú lo sabes!
—gritó Ducháis—. ¡Tú sabes lo que es! ¡Estás mar¬cado como yo! ¡Las vi cuando
pasaron, vi a las Zorras Blancas! ¡Aparecieron en mi sueño! ¡Su amo las envió
para helar nuestros co¬razones y llevarse nuestras almas en su negro carro!
Y entonces el
muchacho se soltó, boqueando y sin dejar de so¬llozar. Binabik y Hengfisk
ayudaron al sobresaltado monje hasta que cesó en sus espasmos. El silencio
regresó al oscuro bosque y ro¬deó el pequeño fuego como las simas de la noche
abrazan a una es¬trella moribunda.
20
La sombra de la
rueda
Permanecía de pie
en la llanura, en el centro de la vasta y poco profunda cuenca de hierba, como
una mancha de pálida vida en el centro de un río verde. Simón nunca se había
sen¬tido tan expuesto, tan desnudo bajo el cielo. Los campos ascendían y
descendían desde donde él se encontraba; el horizonte era un apretado más de
hierba y cielo gris, que se extendía en todas direc¬ciones.
Tras un lapso que
podía haber sido de segundos o años en aque¬lla impersonal y fija
atemporalidad, el horizonte se rompió.
Con el pesado
crujido de un navío de guerra bajo un fuerte viento, un oscuro objeto apareció
por encima del borde de lo que era el límite más alejado de la visión de Simón.
Creció y creció, to¬mando enormes proporciones, hasta que su sombra cayó sobre
el muchacho a través de la profundidad del valle; el impacto fue tan repentino
que casi pareció retumbar con un hondo y repetido zum¬bido cuando cayó, el cual
removió todos los huesos de Simón.
La enorme
envergadura de la cosa se hizo más clara contra el cielo cuando se detuvo un
largo rato en el límite del valle. Se tra¬taba de una rueda, una grande y
negra, rueda tan alta como una torre. Hundido en la penumbra de la sombra,
Simón sólo vio cómo empezaba a girar con fatal intención: la vio rodar
lentamente por la larga vertiente verde, desprendiendo y arrancando trozos de
césped tras ella. El muchacho permaneció inmóvil en su camino mientras ésta se
acercaba, tan inexorable como las ruedas del in¬fierno.
Ahora casi estaba
sobre él; la parte frontal parecía un negro tronco que ascendiera hasta el
firmamento escupiendo hierba por detrás. El suelo bajo los pies de Simón se
hundió hacia adelante cuando el peso del disco aplastó el lecho de la tierra.
El chico dio un traspié, mudo y horrorizado; una sombra gris pasó ante sus
ojos, una sombra gris con un objeto reluciente..., un gorrión, que volaba sin
rumbo, con algo brillante en su garra curvada. Simón entrecerró los ojos para
seguirlo en su vuelo y, entonces, como si algo hubiese entrado en su corazón al
paso del pájaro, también voló tras el ave, fuera del alcance de la rueda que ya
se precipitaba sobre él...
Pero cuando se
zambulló en el aire, y el borde del disco, ancho como una pared, aplastaba el
lugar en el que había permanecido, el pantalón de Simón se enganchó en un clavo
ardiente que sobresalía de uno de los costados de la inmensa rueda. El gorrión,
a sólo unas cuantas pulgadas, revoloteaba en libertad, realizando espirales,
gris sobre gris de la pizarra del cielo, como una mariposa, hasta que
de¬sapareció en la penumbra del atardecer junto con su brillante carga. Una
fuerte voz habló.
«Has sido marcado.»
La rueda arrastró a
Simón y lo derribó, sacudiéndolo como un mastín rompe el cuello a una rata. El
disco siguió girando y tiró de él hacia arriba. Fue elevado hasta el cielo, con
los pies bailoteando en el aire y el suelo balanceándose e inclinándose bajo su
cabeza, como un océano verde que latiese. El viento que levantaba la rueda al
pasar lo alzaba hasta llegar casi a la cumbre; la sangre le bombeaba en los
oídos.
Se agarró con las
manos a la hierba y al barro que había cuajado en el ancho borde de la rueda.
Simón se incorporó dolorosamente y montó en el disco como si fuese el lomo de
alguna bestia alta como las nubes. Todavía se elevó más hacia el abovedado
cielo.
Llegó hasta el
tope, y durante unos instantes se sintió en la cima del mundo. Toda la
extensión de las tierras de Osten Ard era visible más allá del final del valle.
Los rayos del sol penetraban a través del cielo para tocar las almenas del
castillo y la hermosa y brillante aguja, la única cosa en el mundo que parecía
tan alta como la negra rueda.
Simón bizqueó al
ver algo que le resultaba familiar y, cuando empezaba a hacérsele claro, la
rueda giró y lo empujó de la cima, para hacerlo descender con rapidez hacia el
lejano suelo.
El muchacho
forcejeó para liberarse del clavo y rasgó los panta¬lones en su intento, pero
aquella punta de hierro y él se habían con¬vertido, por alguna razón, en uno;
no podía liberarse. El suelo se acercó. Ambos, Simón y la virginal tierra
verde, se lanzaron el uno contra el otro con un ruido parecido al de los
cuernos al anunciar el final del día a través de los valles. El chico se
estrelló, y el viento, la luz y la música se extinguieron como la llama de una
vela.
De repente:
Simón se encontraba
en la oscuridad, en el interior de la tierra que se apartaba ante él como agua.
Escuchó vo¬ces a su alrededor, lentas voces vacilantes que salían de bocas
llenas de asfixiante suciedad.
«Quién entra en
nuestra casa?
¿Quién viene a
perturbar nuestro sueño, nuestro largo sueño? ¡Nos robarán! Los ladrones se
llevarán nuestra tranquilidad y nuestros oscuros lechos. Volverán a sacar¬nos a
través de la Puerta Brillante...»
Mientras las
tristes voces gritaban, el muchacho sintió que lo agarraban unas manos, tan
frías y secas como huesos, o tan húme¬das y ligeras como insinuantes raíces;
unos dedos retorcidos salían de la oscuridad para llevarlo hacia senos
vacíos..., pero no podían detenerlo. La rueda giraba, giraba y giraba, haciendo
que descen¬diese aun más, hasta que las voces murieron tras él y fue corriendo
a través de la gélida y silenciosa oscuridad.
Oscuridad...
«¿Dónde estás
muchacho? ¿Estás soñando? Casi puedo to¬carte.» Era la voz de Pryrates la que
había aparecido de repente, y Simón sintió el malévolo peso de los pensamientos
del alquimista tras ella. «Sé dónde estás ahora, muchacho de Morgenes. Eres un
pinche de las cocinas, un entrometido. Has visto cosas que no de¬berías haber
visto, son cosas que te sobrepasan. Sabes demasiado. Voy a buscarte.
»¿Dónde estás?»
Luego se hizo una
oscuridad todavía mayor, una sombra bajo la sombra de la rueda, y en lo más
profundo de ella ardían dos fuegos rojos, unos ojos que lo habían visto desde
una calavera en llamas.
«No, mortal —dijo
una voz, y en su cabeza resonó el ruido de las cenizas, de la tierra y el mudo
fin de las cosas—. No, esto no es para ti. —Los ojos refulgieron llenos de
curiosidad y regocijo—. Nosotros lo cogeremos, sacerdote.»
Simón sintió que el
poder de Pryrates sobre él se esfumaba, arrollado por el poder de la cosa
oscura.
«Bienvenido —dijo
la cosa—. Esta es la casa del Rey de la Tor¬menta, más allá de la Puerta Más
Oscura...
»¿Cuál... es...
tu... nombre?»
Los ojos cayeron,
como brasas desmenuzadas, y la oscuridad que quedó tras ellos quemaba más que
el hielo, más que cualquier fuego..., y era más oscura que cualquier sombra...
«¡No! —creyó gritar
Simón, pero su boca también estaba llena de tierra—. ¡No te lo diré!»
«Tal vez te demos
un nombre..., debes tener un nombre, pe¬queña mosca, pequeña mota de polvo...,
así te conoceremos cuando te encontremos... Debes ser marcado...»
«¡No! —Simón trató
de liberarse, pero el peso de mil años de tie¬rra y piedra estaban sobre él—.
¡No quiero un nombre! ¡No quiero un nombre! ¡No...!»
«... ¡Quiero un
nombre de ti!»
Cuando su último
grito retumbó a través de los árboles, Binabik estaba inclinado sobre él, y una
mirada de gran preocupación le cruzaba el rostro. Los débiles rayos de sol
matinales, sin origen ni destino, llenaban el claro.
—Tengo que cuidar a
un loco y a uno que está cercano a la muerte —dijo cuando Simón se sentó—, ¿y
ahora tú también tienes que ponerte a gritar en sueños?
El gnomo pretendían
hacer una broma, pero la mañana era tan fría que no acompañó el empeño. El
muchacho se estremecía.
—Ay, Binabik, yo...
—Sintió que una temblorosa y enfermiza sonrisa acudía a su rostro, por el solo
hecho de encontrarse en la luz, de estar sobre el suelo—. He tenido un sueño
espantoso y terrible.
—No estoy muy
sorprendido —respondió el hombrecillo, y frotó la espalda de Simón—. Un
terrible día como el de ayer no resulta una buena ayuda para tener un sueño
descansado —y se puso en pie—. Si quieres, eres libre de encontrar algo que
comer en mi bolsa. Yo voy a atender a los dos monjes. —Señaló hacia las oscuras
formas al otro lado de la hoguera. La más cercana, que Simón creyó Langrian,
es¬taba envuelta en una oscura capa verde.
—¿Dónde está... —el
joven no pudo recordar el nombre hasta ins¬tantes después— Hengfisk? —Tenía la
cabeza espesa y la mandíbula le dolía como si hubiera estado cascando nueces
con los dientes.
—El desagradable
rimmerio, que, es necesario decirlo, cedió su manto para calentar a Langrian,
ha salido para buscar entre las rui¬nas de su casa algo de comida y otras
cosas. Si ya te sientes mejor volveré junto a los heridos.
—Ah, sí. ¿Cómo se
encuentran?
—Langrian, tengo la
satisfacción de decir, está mejorando —Bina¬bik asintió con satisfacción—. Ha
dormido tranquilo durante bastante tiempo; algo que tú no puedes decir de ti
mismo, ¿eh? —El gnomo son¬rió—. El hermano Dochais, tristemente, está más allá de
la ayuda que yo pueda prestarle; no está enfermo, excepto por sus pensamientos
llenos de pánico. Le di algo que lo ayudase a dormir. Ahora perdóname, por
favor. Voy a inspeccionar los vendajes del hermano Langrian.
El hombrecillo se
puso en pie y caminó alrededor de la hoguera para saltar por encima de Qantaqa,
que dormía cerca de las piedras que rodeaban el fuego, y a quien Simón había
tomado por otra gran roca.
El viento acarició
las hojas de los robles sobre la cabeza de Si¬món, que estaba apoyada sobre el
saco de Binabik. El muchacho sacó del bolso un saquito que parecía contener el
almuerzo, pero in¬cluso antes de abrirlo un tintineo proveniente del interior
le indicó que contenía los extraños huesos que había visto con anterioridad.
Tras una búsqueda más intensa encontró algo de carne seca en¬vuelta en una tela
áspera, pero tan pronto como abrió el envoltorio se dio cuenta de que la última
cosa que deseaba era introducir cual¬quier clase de alimento en su estómago
revuelto.
—¿Queda algo de
agua, Binabik? ¿Dónde está la bota?
—Hay algo mejor,
Simón —dijo el gnomo desde su posición, so¬bre Langrian— Hallarás un arroyo a
poca distancia, por ahí —señaló en la dirección adecuada, luego cogió la bota y
se la lanzó—. Me ha¬rás un favor si la llenas.
El joven recogió la
bota y vio que sus dos paquetes reposaban cerca de él. Sintió el impulso de
coger el manuscrito envuelto y lle¬várselo hasta el arroyo.
El riachuelo se
deslizaba lentamente y había remolinos en los que se atascaban ramas y hojas.
Simón tuvo que limpiar un espacio antes de poder agacharse y recoger algo de
agua entre sus manos para lavarse la cara. Se restregó con energía con los
dedos y sintió como si el humo y la sangre de la destruida abadía se hubiesen
in-troducido en él a través de cada poro y arruga. Después bebió a grandes
tragos y llenó la bota de Binabik.
Se sentó a la
orilla de la corriente, y su mente regresó al sueño que había cubierto sus
pensamientos como una densa niebla desde que despertara. Al igual que las
desquiciadas palabras del hermano Dochais la noche anterior, el sueño había
levantado horrorosas sombras en el corazón de Simón, pero la luz del día las
disipaba como si de inquietos fantasmas se tratase, dejando tras ellos un
ras¬tro de miedo. Todo lo que recordaba era la gran rueda negra acer¬cándose a
él. Lo demás había desaparecido, dejando negros y vacíos agujeros en su mente,
puertas llenas del olvido que no podía abrir.
Pero Simón sabía
que había caído en algo más inconmensurable que una lucha entre hermanos de
sangre real, incluso más grande que la muerte del doctor Morgenes, o que el
asesinato de una veintena de religiosos. Aquello no era sino remolinos de una
corriente más grande y profunda, o, mejor dicho, cositas aplastadas por el
descuidado girar de una poderosa rueda. Su mente no pudo discer¬nir de qué se
trataba, y cuanto más pensaba, más se llenaba de extra¬ñas ideas. Lo único que
entendía era que había caído bajo la ancha sombra de la rueda y, si quería
sobrevivir, tendría que endurecerse para que no lo aplastasen sus giros.
Estirado en la
orilla, con el zumbido de los insectos que volaban por encima de la corriente,
llenando el aire, Simón desenrolló las pági¬nas en las que Morgenes compiló la
vida del Preste Juan y empezó a ho¬jearlas. No las había mirado desde hacía ya
tiempo, debido a las largas marchas y a lo pronto que se acostaban. Apartó
algunas de ellas, y leyó una frase aquí, unas palabras allá, sin importarle
demasiado lo que de¬cían, ya que lo que quería era rememorar la reconfortante
presencia del amigo. Al mirar el manuscrito, recordó las delgadas manos del
anciano, llenas de azuladas venas, unas manos diestras y ágiles como pájaros.
Un pasaje le llamó
la atención. Era la página que contenía un mapa dibujado a mano y que el doctor
había titulado, en la parte in¬ferior: «El campo de batalla de Nearulagh». El
bosquejo era poco in¬teresante, pero por algún motivo el sabio no se había molestado
en señalar a ninguno de los ejércitos o accidentes del terreno, ni tam-poco
había incluido ninguna aclaración. El subsiguiente texto fue como una respuesta
a una serie de pensamientos que habían plagado su mente desde el desagradable
descubrimiento del día anterior.
«Ni Guerra ni
Muerte Violenta —había escrito Morge¬nes—, nada hay que se sustente en ello,
pero son la vela hacia la que la humanidad vuela una vez tras otra, con tanta
ce¬guera como la humilde polilla. El que ha estado en un campo de batalla, y
quien no ha sido cegado por las historias populares, confirmará que en él la
humanidad parece haber creado el infierno en la tierra, llena de impaciencia,
en lugar de esperar al original, que, si los sacerdotes están en lo cierto, la
mayoría de nosotros llegará a conocer.
»Aun así, es el
campo de la guerra el que determina cosas que Dios ha olvidado —accidentalmente
o no, ¿qué mortal puede asegurarlo?— ordenar y arreglar. A partir de ahí, se
convierte en el arbitro de la Voluntad Divina, y la Muerte Violenta es su
Escribiente.»
Simón sonrió y
bebió un poco de agua. Recordaba muy bien la costumbre que tenía Morgenes de
comparar unas cosas con otras, como a la gente con conejos y a la Muerte con un
arrugado sacer¬dote del archivo. Normalmente aquellas comparaciones iban más
allá de la comprensión del joven, pero a veces, mientras trataba de desentrañar
los giros y vueltas de los pensamientos del anciano, un significado cobraba
forma en su mente, como si de repente una cor¬tina hubiera sido descorrida
frente a una soleada ventana.
«Juan el Presbítero
—había escrito el doctor— fue sin duda uno de los grandes guerreros de la
época, y sin esa cua¬lidad nunca hubiera alcanzado su naturaleza real. Pero no
fue su habilidad en la batalla lo que lo convirtió en un gran rey: más bien fue
el uso de las herramientas de la realeza que le aportó el guerrear, su enorme
capacidad como estadista y el ejemplo que dio a la gente del pueblo.
»De hecho, sus
grandes habilidades en el campo de bata¬lla fueron sus grandes fracasos como
Supremo Rey. En lo peor de la batalla no sentía miedo, era una asesino que se
reía, un hombre que destruía las vidas de los que se le oponían con el alegre
regocijo con que un barón de Utanyeat arroja flechas contra un gamo.
»A veces el rey era
propenso a actuar con rapidez y sin mi¬ramientos, y ello casi le costó ser
derrotado en la batalla del valle Elvritshalla, aunque perdió la buena voluntad
de los conquistados rimmerios.»
Simón frunció el
entrecejo al recorrer el pasaje. Sentía la luz del sol que atravesaba las copas
de los árboles y le calentaba la nuca. Se dio cuenta de que debía llevar la
bota de agua a Binabik..., ¡pero ha¬bía pasado tanto tiempo desde que se había
sentado tranquilamente por última vez!, y la verdad es que sentía curiosidad y
sorpresa al leer los escritos de Morgenes, que en apariencia hablaban mal del
do¬rado e indomable Preste Juan, un hombre que figuraba en tantas canciones e
historias que sólo el nombre de Jesuris Aedón era mejor conocido en el mundo, y
no por mucha diferencia.
«Por el contrario
—continuaba el pasaje—, el único hom¬bre que fue un adversario para Juan en el
campo de batalla era su virtual oponente: Camaris-sá-Vinitta, el último
prín¬cipe de la casa real de Nabban y el hermano del actual duque, un hombre
para quien la guerra parecía ser sólo una sangrienta confusión. A lomos de su
caballo Atarin, y con su gran espada Espina en las manos, fue probablemente el
hombre más mortífero de nuestro tiempo, aunque no obte¬nía placer en las
batallas y su gran pericia sólo representaba una carga, pues su reputación
atraía a numerosos oponentes que de otra manera no habrían tenido motivos para
serlo, y lo forzaron a matar cuando no lo hubiera hecho.
«En el libro de
Aedón se dice que cuando los sacerdotes de Yuvenis llegaron para arrestar al
Sagrado Jesuris, los acom¬pañó sin resistirse, pero cuando intentaron llevarse
a sus dis¬cípulos Sutrin y Granis, Jesuris Aedón no lo aceptó y barrió a los
sacerdotes con su mano. Después lloró por los muertos y bendijo sus cuerpos.
»Así era con
Camaris, si es que puede realizarse una comparación tan sacrílega. Si alguien
se aproximaba al te¬rrible poder y al amor universal que la Madre Iglesia
im¬puta a Jesuris, ése era Camaris, un guerrero que mataba sin odiar a sus
enemigos, y era el más terrorífico guerrero de todos...»
—¡Simón! ¡Ven
deprisa, por favor! ¡Necesito agua y la necesito ahora!
El sonido de la voz
de Binabik, llena de urgencia, hizo que el chico se sintiera culpable y
saltara, para dirigirse rápidamente hacia el campamento.
¡Pero Camaris era
un gran guerrero! Todas las canciones lo mos¬traban riendo mientras cortaba las
cabezas de los hombres salvajes de las Thrithings.
«Shem acostumbraba
cantar una, ¡cómo hacía...?»
... Les dio el
costado izquierdo,
les dio el costado
derecho,
gritó y cantó,
mientras huían
dándole la espalda.
Camaris rió,
Camaris luchó,
Camaris cabalgó,
en la batalla de
las Thrithings...
Cuando emergió de
los matorrales, Simón vio, a la luz del bri¬llante sol —¿cómo era posible que
el astro rey estuviese tan alto?—, que Hengfisk había regresado y estaba
agachado junto a Binabik, al lado de la débil forma del hermano Langrian.
—¡Aquí, Binabik!
—El muchacho le alargó la bota.
—Ha pasado mucho
tiempo desde que fuiste... —empezó a decir el gnomo, para no terminar la frase,
al mover la bota de piel—. ¿Me¬dio llena? —preguntó, y la mirada que apareció
en su rostro hizo que Simón enrojeciese de vergüenza.
—Es que bebí un
poco cuando venía hacia aquí —se disculpó.
Hengfisk le dirigió
una mirada envenenada y frunció el entre¬cejo.
—Bueno —dijo
Binabik, volviendo a dirigir la atención a Lan¬grian, que tenía un aspecto
mucho más sonrosado de lo que Simón recordaba—. Subir es subir, caer es caer.
Creo que tu amigo está me¬jorando.
El hombrecillo
levantó la piel que contenía el agua y dejó caer algunas gotas en la boca del
inconsciente monje. Éste tosió y escu¬pió, después su garganta se movió
convulsivamente mientras empe¬zaba a tragar.
—¿Ves? —apuntó el
gnomo, con orgullo—, creo que es la herida de la cabeza la que...
Antes de que
pudiera acabar su explicación, los ojos de Langrian pestañearon y se abrieron.
Simón oyó que Hengfisk daba un res¬pingo. La mirada del monje se desplazó
semidormida por los ros¬tros que se cernían sobre él, y volvió a cerrar los
ojos.
—Más agua, gnomo
—siseó Hengfisk.
—Lo que hago es lo
que sé, rimmerio —replicó Binabik con he¬lada dignidad—Vos ya cumplisteis con
vuestro deber cuando lo sa¬casteis de las ruinas. Ahora me toca a mí, y no
necesito consejos.
Mientras así
hablaba el hombrecillo dejó caer algo de agua a tra¬vés de los agrietados
labios de Langrian. Momentos después, la re¬seca lengua del monje apareció
entre los labios como un oso que se despertase de un largo letargo invernal.
Binabik se la humedeció con la bota, después mojó un trozo de tela y se lo
colocó sobre la frente, que aparecía llena de cortes que empezaban a
cicatrizar.
Finalmente Langrian
abrió los ojos de nuevo y pareció recono¬cer a Hengfisk. El rimmerio le tomó
una mano entre las suyas.
—He... Hen...
—graznó el herido.
El monje apretó el
paño humedecido contra la frente.
—No hables.
Descansa.
Langrian desvió la
mirada de Hengfisk para posarla sobre Binabik y Simón; después volvió al
rimmerio.
—¿Los demás...?
—pudo decir.
—Descansa.
Necesitas descansar.
—Parece que este
hombre y yo coincidimos en algo. —Binabik sonrió a su paciente—. Necesitáis
dormir.
Langrian parecía
querer decir algo, pero antes de poder hacerlo se le cerraron los párpados,
como siguiendo el consejo, y se durmió.
Dos cosas
sucedieron aquella tarde. La primera ocurrió mien¬tras Simón, el monje y el
gnomo comían frugalmente. Como Bina¬bik no quería apartarse de Langrian, no
había caza; el trío pasó con la carne seca y los productos que Simón y Hengfisk
pudieron reco¬lectar: bayas y algunas nueces todavía verdes.
Mientras se
hallaban sentados, masticando en silencio, cada uno de ellos encerrado en sus
propios y diferentes pensamientos —el muchacho sentía una mezcla de la
horrorosa rueda del sueño y de las triunfantes figuras de los campos de
batalla, Juan y Camaris—, murió el hermano Dochais.
En un instante pasó
de estar sentado tranquilamente, despierto aunque sin querer comer —había
rechazado las bayas que le ofreció Simón, a quien miró como un animal
desconfiado hasta que el mu¬chacho se alejó—, a rodar sobre sí mismo,
poniéndose a temblar y luego a vomitar violentamente. Cuando los demás pudieron
incor¬porarlo, tenía los ojos en blanco, de un blanco fantasmal; un mo¬mento
después había dejado de respirar, aunque su cuerpo per¬manecía rígido como un
palo. Agitado como se encontraba, el muchacho estaba seguro de que antes del
momento final había oído que Dochais susurraba: «Rey de la Tormenta». Las
palabras quema¬ron en sus oídos e inquietaron su corazón, aunque no supo
explicar por qué, a menos que las hubiera oído en su sueño. Ni Binabik ni
Hengfisk dijeron nada, pero el chico estaba seguro de que también las habían
oído.
Para sorpresa de
Simón, el monje lloró amargamente sobre el cuerpo del hermano muerto. Él mismo
se sentía extrañamente libe¬rado, una rara sensación que no podía comprender ni
reprimir. Bi¬nabik permanecía tan impenetrable como una roca.
La segunda cosa
ocurrió mientras el gnomo y Hengfisk discu¬tían, más o menos una hora después.
—... Estoy de
acuerdo en que podemos ayudar, pero os equivocáis si pensáis que podéis darme
órdenes —dijo Binabik, que a duras penas refrenaba su genio, aunque sus ojos se
habían entrecerrado hasta convertirse en oscuras rendijas bajo las cejas.
—¡Pero sólo
ayudaréis a enterrar a Dochais! ¿Dejaréis que los de¬más sean devorados por los
lobos? —La ira de Hengfisk no se encon¬traba del todo bajo control, y sus ojos
estaban muy abiertos en su cara enrojecida.
—Traté de ayudar a
Dochais —replicó el gnomo—, y fracasé. Lo enterraremos, si es que lo deseáis.
Pero no entra en mis planes el desperdiciar tres días para enterrar a todos sus
hermanos muertos. Y existen cosas peores para las que pueden servir que para «ser
devora¬dos por los lobos», cosas que quizás hicieran mientras vivían, al me-nos
algunos de ellos.
Al monje le llevó
unos instantes comprender la enmarañada forma de hablar de Binabik, pero cuando
lo entendió todavía se puso más colorado, si ello era posible.
—¡Tú..., tú,
monstruo pagano! ¿Cómo puedes hablar así de muertos que todavía no están
enterrados, tú..., enano horrible?
El hombrecillo
sonrió, con una plana y mortal mueca.
—Si vuestro Dios
los ama tanto, entonces habrá tomado sus... al¬mas, ¿no?..., para llevárselas
al cielo; y permanecer tendidos en el suelo sólo podrá perjudicar a sus cuerpos
mortales...
Antes de que
pudiera añadir algo más, ambos contendientes de¬tuvieron su discusión a causa
de un profundo aullido que provenía de Qantaqa, la cual había estado durmiendo
junto a la hoguera, al lado de Langrian. Un momento después pudieron ver qué
era lo que había puesto a la loba en guardia.
Langrian hablaba.
—¡Alguien...,
alguien previno al... abad... traición!
La voz del monje
apenas era un susurro.
—¡Hermano! —gritó
Hengfisk, llegando a su lado con rapidez—. ¡Guarda tu fuerza!
—Dejadlo hablar
—replicó Binabik—. Puede que eso salve nues¬tras vidas, rimmerio.
Antes de que éste
pudiera responder, Langrian abrió los ojos. Primero miró a Hengfisk, y luego a
lo que lo rodeaba; el monje se estremeció como de frío, a pesar de estar
envuelto en un grueso manto.
—Hengfisk... —dijo
en un susurro—, ¿los otros... están...?
—Todos muertos
—respondió el gnomo, con franqueza.
El rimmerio le
dirigió una mirada de odio.
—Jesuris los ha
llamado a su lado, Langrian —explicó—. Sólo que¬das tú.
—Me... lo temía...
—¿Podéis decirnos
lo que ocurrió? —preguntó Binabik.
Luego se inclinó y
colocó otro trozo de tela humedecida sobre la frente del monje. Simón vio por
primera vez, bajo la sangre, las ci¬catrices y la enfermedad, que el hermano
Langrian era bastante jo¬ven, tal vez no llegase a los veinte años.
—No os canséis
—añadió el gnomo—, pero decidnos lo que sabéis.
El herido cerró los
ojos de nuevo, como para volver a dormirse, pero sólo trataba de reunir
fuerzas.
—Eran... más o
menos una docena de hombres los que llega¬ron..., llegaron, en busca de
refugio..., desde el camino. —Se pasó la lengua por los labios; Binabik trajo
la bota de agua—. Muchos gru¬pos... grandes viajan estos días. Les dimos de
comer, y el hermano Scenesefa... los acomodó en la Sala de los Viajeros.
Mientras bebía agua
y hablaba, el monje pareció ir recuperando fuerzas poco a poco.
—Formaban un
extraño grupo... Esa noche no se presentaron en la sala principal, excepto el
jefe: un hombre de ojos claros que ves¬tía... un yelmo de aspecto maligno... y
una armadura negra... Pre¬guntó..., preguntó si habíamos oído algo sobre un
grupo de rimmerios... que iban hacia el norte... desde Erchester...
—¿Rimmerios?
—repitió Hengfisk, con el entrecejo fruncido.
«¿Erchester? —pensó
Simón, atormentado—. ¿Quiénes podrán ser?»
—El abad Quincines
le contestó que no habíamos oído nada de tal grupo... y se mostró...
satisfecho. El abad pareció turbado, pero no compartió su preocupación con...,
con los hermanos más jóvenes...
»A la mañana
siguiente uno de los hermanos vino desde los campos de la colina para informar
de que un grupo de jinetes se aproximaba desde el sur... Los extraños
parecieron... muy interesa¬dos, y dijeron que era... el resto de su grupo que
llegaba para reu¬nirse con ellos. El jefe de ojos claros... cogió a sus hombres
y salió al patio para recibir a los recién llegados..., o al menos eso
creímos...
»En el momento en
que el grupo que se acercaba cruzó por la Colina de la Vid, se hicieron
visibles desde la abadía; parecían ser sólo... uno o dos menos que nuestros
huéspedes...
Langrian se detuvo
unos instantes para descansar, respirando débilmente. Binabik le hubiera dado
algo para dormir, pero el monje herido rechazó la oferta del gnomo.
—No hay... mucho
más que explicar. Uno de los otros herma¬nos... vio a uno de los huéspedes
salir corriendo, más tarde, de la Sala de los Viajeros. No había acabado de
abrocharse el manto..., todos llevaban capas, aunque la mañana era cálida..., y
por debajo pudo ver el brillo de la hoja de una espada. El hermano corrió a
explicár¬selo al abad, que se había temido algo por el estilo. Quincines fue a
hablar con el jefe. Mientras tanto, pudimos ver a los hombres que cabalgaban
colina abajo, eran rimmerios, barbudos y con trenzas. El abad le dijo al jefe
que él y sus hombres debían irse, que San Hoderund no iba a ser el escenario de
una especie de lucha entre bandi-dos. El líder sacó su espada y la colocó en el
cuello de Quincines.
—¡Misericordioso
Aedón! —susurró Hengfisk.
—Instantes después
oímos el ruido de cascos de caballos. El her¬mano Scenesefa echó a correr de
repente hacia la puerta del patio y gritó, para avisar a los extranjeros que se
aproximaban. Uno de los... «huéspedes»... lo atravesó con una flecha, y el jefe
degolló al abad.
Hengfisk ahogó un
sollozo e hizo el signo del Árbol sobre su co¬razón, pero el rostro de Langrian
continuaba impregnado de solem¬nidad, carente de toda emoción, y continuó su
narración sin inte¬rrumpirse.
—Entonces la
matanza se abatió sobre nosotros. Los extranjeros se echaron sobre los hermanos
empuñando cuchillos y espadas, o extrayendo arcos y flechas de lugares ocultos.
Cuando los recién lle¬gados atravesaron la puerta, lo hicieron con sus espadas
desenvaina¬das... Supongo que oyeron el aviso de Scenesefa y lo vieron caer
atravesado en el arco de la puerta.
»No sé lo que
sucedió a partir de entonces, pero fue una locura. Algunos lanzaron antorchas
sobre el techo de la capilla, que se in¬cendió. Yo corrí en busca de agua
mientras la gente chillaba, los ca¬ballos relinchaban y..., y algo me golpeó en
la cabeza. Eso es todo.
—¿Así que no sabéis
quiénes formaban los dos bandos de atacan¬tes? —preguntó Binabik—. ¿Pelearon
entre ellos o iban juntos?
Langrian asintió
con seriedad.
—Pelearon entre
ellos. Los que tendieron la emboscada lo tuvie¬ron más difícil que con los
desarmados monjes. Eso es todo lo que puedo decir..., todo lo que sé.
—¡Ojalá ardan en el
infierno! —siseó el hermano Hengfisk.
—Lo harán —suspiró
el monje herido—. Creo que debería volver a dormir.
Langrian cerró los
ojos, pero el ritmo de su respiración no varió.
Binabik se
incorporó.
—Creo que caminaré
un poco —dijo.
Simón asintió.
—Ninit, Qantaqa
—llamó el gnomo, y la loba se levantó para se¬guirlo.
El hombrecillo
desapareció en el bosque en escasos momentos, dejando a Simón y a los tres
monjes junto a la hoguera, dos vivos y uno muerto.
Los oficios por
Dochais fueron breves. Hengfisk encontró una sábana entre las ruinas de la
abadía. Envolvieron en ella el delgado cuerpo del hermano y lo metieron en una
fosa que los tres seres que estaban en condiciones de hacerlo habían excavado
en el cemente¬rio de la abadía, mientras Langrian dormía en el bosque con
Qan¬taqa como guardián. Cavar la fosa había representado un duro tra¬bajo —el
fuego que había arrasado el granero había quemado los mangos de madera de las
palas, y sólo había dejado intactas las ho¬jas, que tuvieron que ser utilizadas
con las manos—, sudoroso y ago¬tador. Cuando el hermano Hengfisk hubo terminado
sus apasio¬nadas plegarias, cargadas de promesas de justicia divina —parecía
olvidar en su fervor que Dochais estaba lejos de la abadía cuando los asesinos
habían hecho su trabajo—, ya se había hecho casi oscuro. El sol descendió hasta
hacerse invisible, a excepción de un brillante punto que se veía a lo largo de
la cresta de la Colina de la Vid; la hierba del patio de la iglesia ya estaba
oscura y fría. Binabik y Simón dejaron a Hengfisk arrodillado sobre la grava,
con los Ojos cerrados en actitud de plegaria, y se dirigieron a explorar los
alrededores de la abadía.
Aunque el gnomo
trató de evitar el escenario de la tragedia du¬rante todo el tiempo en que fue
posible, los resultados de ésta se ha¬llaban tan esparcidos que Simón pronto
empezó a desear regresar al campamento del bosque para esperarlo con Langrian y
Qantaqa.
Un segundo día de
calor hizo poco en favor del estado de los cuerpos; en la hinchazón y rosado
abultamiento que mostraban el muchacho advirtió una similitud con el cerdo
asado que coronaba la mesa el Día de la Señora en su hogar. Una parte de él se
encon¬traba a disgusto a causa de la debilidad que sentía —¿acaso no había
conocido ya la muerte violenta, un campo de batalla lleno en unas pocas
semanas?—, pero mientras caminaba se dio cuenta..., tratando de mantener los
ojos apartados de la visión de otros ojos, vacíos y agrietados por el sol...,
de que la muerte, al menos para él, nunca parecía igual, no importaba lo
veterano que fuese el observador. Cada uno de aquellos arruinados sacos de
huesos y mollejas habían tenido vida en una ocasión, un corazón que latía, una
voz que se quejaba, reía o cantaba.
«Algún día esto me
ocurrirá a mí —pensó mientras se abría ca¬mino junto a la capilla—, ¿y quién me
recordará?» No pudo encontrar ninguna respuesta, y la visión del terreno que se
hallaba lleno de tum¬bas, el orden que reinaba en él, cruelmente satirizado por
los esparci¬dos cuerpos de los monjes asesinados, le resultó de poco consuelo.
Binabik había
encontrado los chamuscados restos de la puerta lateral de la capilla; algunas
partes de madera indemne aparecían entre la superficie negra como el carbón,
como listas de metal recién abrillantadas. El gnomo se acercó a la puerta y
apartó algunos frag¬mentos quemados, pero ésta aguantó. Le dio un fuerte golpe
con el bastón y siguió cerrada, como un centinela que hubiera muerto en su
puesto.
—Bien —dijo—. Esto
me indica que podemos penetrar en el inte¬rior sin que toda la estructura se
nos caiga sobre la cabeza.
Tomó su bastón y lo
introdujo a través de una fisura entre la puerta y el marco; después lo utilizó
como una palanca, empujando y tirando, ayudado por Simón, y la puerta se abrió
rociándolos con una lluvia de negro polvo.
Después de lo que
les había costado abrir la puerta, resultó ex¬traño entrar y ver que el techo
había desaparecido: la capilla estaba tan descubierta como un ataúd sin tapa.
Simón miró hacia arriba y vio el cielo enmarcado por encima de su cabeza, de
color rojo en el fondo y gris arriba a causa de la llegada de la noche. Cerca
de la parte superior de las paredes las ventanas aparecían con los marcos
ennegrecidos y la parte delantera retorcida hacia afuera, con los cris¬tales
caídos, como si un gigante hubiera quitado el techo, se hubiese metido dentro a
través de las vigas y hubiera empujado las ventanas hacia afuera con un dedo
titánico.
Una rápida
inspección no los condujo a nada de utilidad. La ca¬pilla, tal vez a causa de
sus ricos tapices, había ardido por completo. Los bancos, las escaleras y el
altar se habían convertido en estatuas de ceniza amontonadas que permanecían en
el mismo lugar, y los escalones de piedra del altar aparecían cubiertos de una
fantasmal guirnalda floral, una perfecta y delicada corona del grueso de una
hoja de papel de diáfanas flores de ceniza.
A continuación,
Simón y Binabik subieron a través del patio para dirigirse a las residencias,
un largo pasillo lleno de pequeñas celdas. Aquí los estragos parecían ser más
moderados; en un extremo se había prendido fuego, pero por alguna causa se
había apa¬gado antes de que pudiera extenderse.
—Mirar
especialmente para botas —dijo el gnomo—. Son sanda¬lias lo que estos hombres
de abadía suelen llevar, pero alguno de ellos puede necesitar cabalgar o viajar
con tiempo frío en alguna ocasión. Algunas que te vayan bien será mejor, pero
en caso de ne¬cesidad, toma antes las grandes que las pequeñas.
Empezaron a buscar
por los extremos del largo pasillo, uno a cada lado. Ninguna de las puertas
estaba cerrada, pero todas eran habitaciones muy tristes, con un Árbol en la
pared como única de¬coración. Un monje había colgado una rama de serbal
florecido en¬cima de su duro jergón; su confianza en aquel tipo de amuletos
llenó a Simón de regocijo hasta que recordó el destino que había su¬frido el
ocupante de la habitación.
En la sexta o
séptima habitación, el muchacho se asustó cuando al empujar la puerta de la
celda se produjo un ligero ruido y vio una borrosa figura corriendo junto a su
tobillo. Al principio pensó que le habían disparado una flecha, pero una mirada
al interior de la di¬minuta y vacía celda lo convenció de la imposibilidad de
tal cosa. Un momento después se dio cuenta de lo que se trataba, y torció la
boca en una media sonrisa. Uno de los monjes, sin duda contravi¬niendo las
reglas de la abadía, tenía una mascota, un gato, como el gato con el que había
hecho amistad en Hayholt. Tras permanecer dos días encerrado en la habitación,
esperando al amo que ya no re-gresaría, estaba hambriento, furioso y asustado.
Simón regresó al pasillo en busca del animal, pero éste ya había desaparecido.
Binabik le oyó
rebuscar.
—¿Va todo bien,
Simón? —llamó, desde dentro de una de las celdas.
—Sí —gritó el joven
como respuesta.
La luz que se
filtraba a través de las diminutas ventanas que ha¬bía por encima de su cabeza
ya era gris. El chico se preguntó si debía volver a la puerta y encontrar a
Binabik, o seguir buscando un poco más. Pensó que al menos sería mejor acabar
de examinar la habita¬ción del monje que tenía el gato de contrabando.
Unos instantes
después Simón se acordó de los problemas que acarreaba mantener animales
encerrados durante demasiado tiempo. Se tapó la nariz y echó un rápido vistazo
alrededor del habi¬táculo. Encontró un libro, pequeño pero bellamente
encuadernado en piel. Anduvo de puntillas a través del sospechoso suelo,
recogió el libro de encima del bajo lecho y volvió a enderezarse.
Acababa de sentarse
en la siguiente celda para echarle un vistazo al libro cuando Binabik apareció
en el dintel de la puerta.
—He tenido poca
suerte aquí. ¿Y tú? —preguntó.
—No hay botas.
—Bueno, se está
pronto haciendo de noche. Creo que echaré un vistazo por la Sala de los
Viajeros, donde durmieron los asesinos, por si puedo encontrar algún objeto que
nos pueda decir algo. Es¬pérame aquí, ¿eh?
Simón asintió y el
gnomo se marchó.
El libro era, tal y
como el muchacho había esperado, un Libro de Aedón, aunque parecía demasiado
caro y ricamente encuader¬nado para que obrase en poder de un pobre monje.
Simón supuso que se trataba de un regalo de un pariente rico. El volumen en sí
no era extraordinario, aunque las ilustraciones eran muy bonitas —al menos por
lo que el chico veía a la débil luz—, pero hubo algo que le llamó la atención.
En la primera
página, donde a menudo la gente escribe su nom¬bre, o palabras de saludo si el
libro es un regalo, aparecía esta frase, escrita con cuidado pero con poca
firmeza:
« Una daga dorada
atraviesa mi corazón:
es Dios.
Una aguja dorada
atraviesa el corazón de Dios:
soy yo.»
Simón se sentó;
mirando las palabras se sintió inundado por una ola, por un inmenso océano de
remordimiento y miedo, y un sentido de las cosas que, aunque invisibles, lo
desgarraban.
En medio de su
ensoñación, Binabik asomó la cabeza por la puerta y tiró un par de botas sobre
el suelo, junto a él, que al caer produjeron un sonido apagado. El chico no
levantó la mirada.
—Muchas cosas
interesantes hay en la Sala de los Viajeros, no sólo tus nuevas botas. Pero se
hace oscuro, y sólo queda un poco de luz. Nos encontraremos ante la sala,
pronto —dijo, y volvió a desa¬parecer.
Después de largos
instantes de silencio tras la partida del gnomo, Simón cerró el libro —había
planeado llevárselo, pero cam¬bió de idea— y se probó las botas. En otras
circunstancias habría estado encantado al ver lo bien que le iban, pero ahora
se limitó a dejar sus destrozados zapatos en el suelo y a salir al pasillo para
diri¬girse hacia la entrada principal.
La débil luz del
atardecer menguaba. Al otro lado del patio de los comunes se levantaba la Sala
de los Viajeros, un edificio gemelo al que había abandonado. Por alguna razón,
el ver la puerta que se abría y cerraba sola lo llenó de un extraño temor. ¿Dónde
estaba el gnomo?
Entonces recordó la
puerta oscilante del patio que había sido la primera señal de que algo no
marchaba bien en la abadía, y Simón se asustó cuando unas ásperas manos lo
agarraron del hombro y ti¬raron de él hacia atrás.
—¡Binabik! —pudo
llegar a decir antes de que una gruesa palma se apretase contra su boca, y de
que chocase por detrás con un cuerpo duro como la roca.
—¿Vawer es do
kunde? —susurró en su oído una voz con acento rimmerio.
—¡Im
tosdten-grukker!—Gruñó otra voz.
Inundado por un
ciego terror, Simón abrió la boca tras la palma y mordió. Oyó un gruñido de
dolor, y durante unos instantes su boca quedó libre.
—¡Ayúdame, Binabik!
—chilló, y la mano volvió a posarse sobre sus labios y a apretarle hasta
causarle dolor. Un segundo después sintió un impacto tras la oreja.
Todavía pudo sentir
los ecos de su grito disipándose cuando el mundo se convirtió en agua ante sus
ojos. La puerta de la Sala de los Viajeros oscilaba, y Binabik no vino.
21
Fríos consuelos
El duque Isgrimnur
de Elvritshalla apretó demasiado contra la hoja. El cuchillo saltó de la madera
y le hirió el dedo, libe¬rando una fina línea de sangre justo bajo el nudillo.
Maldijo, dejó caer la pieza de madera y se llevó el pulgar a la boca.
«Frekke tiene razón
—pensó—, maldito sea. Nunca conseguiré ser mañoso con esto. Todavía no sé por
qué lo intento.»
Lo sabía; había
convencido al viejo Frekke para que le enseñase los rudimentos del grabado
durante su virtual encarcelamiento en Hayholt. Cualquier cosa, había razonado,
era preferible a pasear por las salas y almenas del castillo como un oso
encadenado. El viejo soldado, que también había servido bajo las órdenes del
padre del duque, Isbeorn, había enseñado pacientemente a Isgrimnur cómo escoger
la madera, cómo adivinar el espíritu natural que se ocultaba en el interior y
cómo liberarlo, trozo a trozo, de su pri¬sión. Observando a Frekke trabajar
—sus ojos casi cerrados, sus la¬bios cortados en los que descansaba una
inconsciente sonrisa—, los demonios, el pez y los animales que salían a la vida
de su cuchillo le habían parecido la inevitable solución a las preguntas que
ponía el mundo, cuestiones de aleatoriedad y confusión en la forma de una rama
de árbol, la posición de una roca, los caprichos de las nubes de lluvia.
Mientras se chupaba
el dedo herido, el duque jugueteó desorde¬nadamente con pensamientos como
aquéllos; a pesar de todo lo que dijese Frekke, a Isgrimnur se le hacía
terriblemente duro pensar en algo mientras tallaba madera; el cuchillo y la
madera estaban reñi¬dos entre sí, en una continua batalla que podía eludir su
vigilancia en cualquier momento y deslizarse hacia la tragedia.
«Como ahora»,
pensó, chupando y probando la sangre.
Isgrimnur envainó
el cuchillo y se puso en pie. A su alrededor sus hombres trabajaban duro,
limpiaban un par de conejos y prepa¬raban el campamento para pasar la noche. El
duque se dirigió hacia la hoguera, se dio la vuelta y permaneció allí, dando
sus anchas espaldas a las llamas. El anterior pensamiento sobre tormentas
vol¬vió a él cuando miró al cielo, que estaba adquiriendo con rapidez un tono
gris.
«Éste es el mes de
maya —meditó—. Y aquí estamos nosotros, a menos de veinte leguas al norte de
Erchester... ¿Y de dónde vendrá esta tormenta?»
Hacía ya unas tres
horas, él y sus hombres habían perseguido a los canallas que les salieron al
paso en la abadía. El duque todavía no se imaginaba de quiénes podría tratarse
—algunos de ellos eran de su propio país, pero ningún rostro le pareció familiar—
o el porqué de lo que habían hecho. Su líder llevaba un yelmo en forma de un
rostro de mastín ladrando, pero Isgrimnur nunca había oído nada sobre un
emblema como aquél. Podría no haber sobrevivido para preguntár¬selo, si no
hubiera sido por el monje de hábito negro que había gri¬tado para avisarle
desde la puerta de San Hoderund y que cayó atra¬vesado por una flecha entre los
omóplatos. La lucha había sido cruenta, pero la muerte del monje..., Dios se
apiade de él, quien¬quiera que fuese..., sirvió como aviso, y los hombres del
duque se prepararon para el ataque. Sólo perdieron al joven Hove en la carga
inicial; Einskaldir fue herido, pero mató a su oponente y a otro más. El
enemigo no esperaba una lucha cara a cara, pensó amargamente Isgrimnur. Frente
al duque y su guardia, hombres aguerridos y an¬siosos de acción tras meses en
el castillo, los autores de la emboscada habían huido a través del patio de la
abadía, donde aparentemente sus caballos esperaban ya ensillados.
El duque y sus
hombres, que tras una rápida inspección no ha¬bían encontrado a nadie con vida
para que les explicase lo ocurrido, volvieron a montar y emprendieron la
persecución. Hubiera resul¬tado un buen gesto quedarse y enterrar a Hove y a
los frailes, pero la sangre de Isgrimnur se habían encendido. Quería saber
quién había atacado y por qué.
Pero no fue así.
Los bandidos llevaban una ventaja de unos diez minutos sobre los rimmerios, y
sus caballos estaban frescos. Los hombres del duque los habían llegado a ver en
una ocasión, unas sombras móviles bajando por la Colina de la Vid, hacia la llanura,
dirigiéndose a través de los bajos promontorios hacia la ruta de Wealdhelm. La
visión del enemigo había insuflado nuevos ánimos en la guardia de Isgrimnur, y
espolearon sus caballos al descender por la vertiente hacia los valles, a los
pies de las colinas Wealdhelm. Sus monturas parecían haberse contagiado de la
excitación, y en¬contraron nuevas reservas; por un instante pareció que los
alcanzarían y caerían sobre ellos como una vengativa nube rodando a través de
la llanura.
En vez de eso,
ocurrió algo extraño. Cabalgaban a la luz del sol, y, de repente, el mundo se
hizo perceptiblemente más oscuro. Como la situación no cambió, y una milla
después las colinas que los rodeaban seguían sin vida y grises, Isgrimnur
levantó la vista para descubrir una concentración de nubes del color del acero
que se esparcían por el cielo, sobre sus cabezas, como un puño de sombra sobre
el sol. Un trueno retumbó casi de forma imperceptible, y de repente el cielo
empezó a enviar lluvia, apenas un chaparrón, al principio, pero luego se
convirtió en un torrente.
—¿De dónde ha
llegado? —le gritó Einskaldir, que se encontraba separado del duque por una
cortina de agua.
Isgrimnur no tenía
ni idea, pero lo turbó en gran manera; nunca había visto formarse una tormenta
tan rápidamente en un cielo re¬lativamente claro. Cuando poco después uno de
los caballos resbaló sobre la mojada y aplastada hierba y cayó, tirando a su jinete
—que, gracias a Aedón, salió indemne de la caída—, el duque alzó la voz y
ordenó detenerse a su tropa.
Así que decidieron
acampar allí, a tan sólo una milla de la ruta de Wealdhelm. Isgrimnur consideró
durante breves instantes regre¬sar a la abadía, pero tanto los hombres como los
caballos se encon¬traban cansados, y la llamarada que habían visto surgir de
los edifi¬cios principales sugería que bien poco debía de quedar de ellos. El
herido Einskaldir, sin embargo —quien, bien lo sabía Isgrimnur, a veces parecía
carecer de emociones, excepto una gran fiereza—, re¬gresó en busca del cuerpo
de Hove y para tratar de descubrir algo que les proporcionase alguna clave
sobre la identidad de los atacan¬tes o sus motivaciones. Conociendo como
conocía a Einskaldir y sus maneras, el duque cedió, aunque puso como única
condición que llevase a Sludig con él, pues era de espíritu algo menos
ardiente. Se trataba de un buen soldado, pero valoraba lo suficiente su propia
piel como para servir de contrapeso al ardiente Einskaldir.
«Aquí estoy —pensó
Isgrimnur con disgusto a causa de la fatiga—, calentándome el trasero frente a
la hoguera mientras los jóvenes ha¬cen el trabajo. ¡Maldita edad, maldita sea
mi espalda dolorida, mal¬dito Elías y malditos sean estos malditos tiempos en que
estamos!»
El duque miró al
suelo, después se inclinó y recogió el trozo de madera en el que esperaba dar
forma al Árbol, con la ayuda de algún milagro: un Árbol que descansaría sobre
el pecho de su esposa Gutrun cuando regresase junto a ella.
«¡Y maldita sea la
talla!» A continuación echó el trozo de madera a la hoguera.
Isgrimnur tiraba
los huesos de conejo al fuego, sintiéndose algo mejor después de comer, cuando
se oyó ruido de cascos de caballo que se acercaban. Se limpió la grasa de las
manos en la túnica y sus acólitos hicieron lo mismo; no estaba bien coger las
hachas y espa¬das con las manos resbaladizas. Daba la impresión de que lo que
se acercaba era un pequeño grupo de jinetes, dos o tres como mucho; pero aun
así nadie se relajó hasta que Einskaldir y su blanco corcel aparecieron en la
penumbra. Sludig cabalgaba detrás, tirando de una tercera montura sobre la que
aparecían... dos cuerpos.
Dos cuerpos, pero,
como explicó Einskaldir en su estilo lacónico, sólo uno era un cadáver.
—Un muchacho —gruñó
Einskaldir, con la larga barba aún bri¬llante a causa de la grasa del conejo—.
Lo encontramos husmeando por allí. Pensamos que debíamos traerlo.
—¿Por qué? —rugió
Isgrimnur—. No parece que sea más que una alimaña.
Einskaldir se
encogió de hombros. El rubio Sludig, su compa¬ñero, sonrió con afabilidad: no
había sido idea suya.
—No había casas
alrededor. No vimos ningún chico en la abadía. ¿De dónde habrá salido? —dijo,
cortando otro trozo de conejo con el cuchillo—. Cuando lo cogimos gritó
llamando a alguien. «Bennah» o «Binnock», no lo sé con seguridad.
El duque se volvió
para echar un vistazo al cuerpo de Hove, que ahora estaba tendido sobre una
capa. Era pariente suyo, primo de la mujer de su hijo Isorn; no era un familiar
cercano, pero sí lo sufi¬ciente, según las costumbres del frío norte, como para
que él sin¬tiese un pinchazo de remordimiento al mirar el pálido rostro del
jo¬ven, su rala barba rubia.
Desde allí se
dirigió hacia donde se encontraba el cautivo, toda¬vía con las muñecas atadas,
pero ya desmontado del caballo y apo¬yado en una roca. El muchacho era un año o
dos más joven que Hove, delgado pero fuerte, y al ver su rostro pecoso y la
mata de pelo rojizo la memoria de Isgrimnur pareció recordar algo, aunque no
pudo saber de qué se trataba. El joven todavía estaba incons¬ciente a causa del
golpe que le había propinado Einskaldir; tenía los ojos cerrados y la boca
colgando.
«Tiene el aspecto
de ser un pobre campesino —pensó el duque—, excepto por las botas, que
apostaría a que encontró en la abadía. ¿Por qué, en nombre de la Fuente de
Memur, lo habrá traído Einskaldir? ¿Qué se supone que tengo que hacer con él?
¿Matarlo? ¿Lle¬varlo conmigo? ¿Dejarlo aquí para que muera de hambre?»
—Vamos a buscar
algunas rocas —dijo Isgrimnur, al final—. Hove necesitará un túmulo; éste me
parece un país lleno de lobos.
Cayó la noche; los
grupos de rocas que salpicaban la desolada llanura bajo Wealdhelm sólo eran
profundas sombras. El fuego se había avivado y los hombres escuchaban cantar
una canción picante a Sludig. Isgrimnur sabía muy bien por qué los soldados que
han sufrido la pérdida de uno de los suyos —el indistinguible montón de piedras
de Hove era una de las profundas sombras que se extendían más allá del fuego
del campamento— sentían la urgente necesidad de satisfacción con aquel tipo de
cosas. Como él mismo había dicho meses atrás, de pie al otro lado de la mesa,
frente al rey Elías, en el viento había rumores de pánico. Allí donde estaban,
en llanura abierta, empequeñecidos pero no protegidos por las altivas colinas,
cosas que pertenecían a las historias de los viajeros de Hayholt o
Elvritshalla, fábulas de fantasmas que se narraban para animar las noches,
dejaban de ser fáciles de borrar del pensamiento mediante un comentario jocoso.
Así que los hombres cantaban, y sus voces producían un sonido fuera de lugar, pero
muy humano, en medio de la soledad de la noche.
«Historias de
fantasmas aparte —pensó Isgrimnur—, hoy hemos sido atacados, y sin que pueda
llegar a concebir una razón. Nos es¬peraban. ¡Nos esperaban! En nombre del
dulce Jesuris, ¿qué querrá decir todo ello?»
Podía ser que los
bandidos sólo esperasen al próximo grupo de viajeros que se detuviese en la
abadía, pero ¿por qué? Si sólo pre¬tendían robar, ¿por qué no se habían
limitado a hacerlo en la aba¬día, un lugar en el que seguro podrían encontrar
al menos un par de valiosos objetos y reliquias? ¿Y por qué esperar a los
viajeros allí, donde serían vistos al cometer cualquier acto de bandidaje?
«No es que hayan
quedado muchos testigos, malditos sean sus ojos. Uno, si es que ese chico ha
visto algo.»
El asunto no tenía
ningún sentido. No tenía sentido esperar para robar a un grupo de viajeros que,
aun en esos tiempos, podían ser guardias del rey, y que de hecho eran norteños
bruñidos en la ba¬talla y armados.
Así que la
posibilidad que restaba era que tanto él como sus hombres eran los objetivos.
¿Por qué? Y tan importante como aque¬lla pregunta resultaba el ¿quién? De los
enemigos de Isgrimnur, Skali de Kaldskyrke era el primer ejemplo, bien conocido
por él, pero ninguno de los bandidos había sido reconocido como miem¬bro del
clan de Skali. Además, aquél había regresado a Kaldskyrke hacía tiempo, y ¿cómo
podía saber que Isgrimnur, casi enfermo a causa de la inactividad y temiendo
por el estado de su ducado, se hubiese decidido, finalmente, a enfrentarse a
Elías, y tras la discu¬sión, recibir un reciente permiso real para volver con
sus hombres hacia el norte?
«"Te
necesitamos aquí, tío", me dijo; y eso que sabía que hace tiempo que dejé
de creerlo. Sólo pretendía tenerme bajo su control, eso es lo que creo.»
De todas maneras,
Elías no se negó con tanta rotundidad como había esperado Isgrimnur; el
pretexto le pareció al duque tan sólo una cuestión de formas, como si Elías
supiese que el enfrentamiento se acercaba y ya se hubiese decidido a acceder.
Frustrado por las
vueltas que daban su pensamientos, sin sacar nada en claro, el duque estaba a
punto de levantarse para irse a acos¬tar cuando se le acercó Frekke.
—Un momento,
señoría.
Isgrimnur reprimió
una sonrisa. El viejo bastardo debía de estar borracho. Sólo se volvía formal
cuando llevaba varias copas.
—¿Frekke?
—Se trata del
chico, sire, el que trajo Einskaldir. Se ha desper¬tado. Pensé que vuestra
señoría querría charlar con él. —El soldado se balanceó un poco, pero
rápidamente recuperó la compostura.
—Bueno, supongo que
sí.
Se había levantado
brisa. Isgrimnur se arropó más con la túnica y empezó a darse la vuelta, pero
se detuvo.
—Frekke...
—¿Señoría?
—He tirado otra
maldita talla al fuego.
—Así lo esperaba,
sire.
Mientras Frekke se
daba la vuelta y trotaba de regreso a la jarra de cerveza, el duque estuvo
seguro de ver una tenue sonrisa en el rostro del viejo.
Bueno, malditos
sean él y su madera.
El chico estaba
sentado y masticaba la carne de un hueso. Eins¬kaldir se hallaba apoyado en una
piedra, junto a él, con aspecto decepcionantemente relajado — Isgrimnur nunca
lo había visto des¬cansando—. La luz de la hoguera no alcanzaba a iluminar la
pro¬funda mirada del soldado, pero el muchacho, al levantar la vista, tenía los
ojos tan abiertos como un ciervo sorprendido en una poza del bosque.
Cuando el duque se
aproximó, el joven dejó de masticar y lo miró lleno de sospecha, con la boca
abierta. Pero después Isgrimnur vio, incluso a través del débil resplandor de
la hoguera, que algo cruzaba el rostro del muchacho... ¿Era alivio? El duque se
sentía tur¬bado. Había esperado, a pesar de las sospechas de Einskaldir —el
hombre, después de todo, era tan quisquilloso y desconfiado como un erizo—,
encontrar a un asustado campesino, aterrorizado o al me¬nos lleno de aprensión.
Aquél parecía, con sus ropas harapientas, un labrador, el ignorante hijo de un
patán. Estaba cubierto de sucie¬dad, pero había una especie de viveza, de
sagacidad, en su mirada que le hizo preguntarse si tal vez Einskaldir no
tendría razón.
—Y ahora, muchacho
—dijo bruscamente en lengua westerling—, dime: ¿qué hacías husmeando por la
abadía?
—Creo que voy a
cortarle el cuello ahora mismo — replicó Einskal¬dir en rimmerspakk, con un
amable tono que contrastaba con el horror de sus palabras.
Isgrimnur enarcó
las cejas, preguntándose si el hombre había perdido la cabeza, pero después se
dio cuenta de que el muchacho continuaba mirándolo plácidamente y de que el
soldado sólo estaba probando si el chico entendía su lengua.
«Bueno, si en
verdad la entiende, es uno de los tipos con la san¬gre más fría que he visto
nunca», pensó Isgrimnur.
No, no era posible
que un muchacho de esa edad y en el campa¬mento de unos extranjeros armados
hubiera comprendido las pala¬bras de Einskaldir y dejase de reaccionar.
—No entiende —dijo
el duque a su súbdito, en lengua rimmeria—, pero parece tranquilo, ¿verdad?
Einskaldir gruñó
para afirmar y se rascó la barbilla a través de su oscura barba.
—Vamos, muchacho
—prosiguió el noble, dirigiéndose a Si¬món—. Ya te lo he preguntado una vez.
¡Habla! ¿Qué hacías en la abadía de San Hoderund?
El joven bajó la
mirada y dejó en el suelo el hueso que había mordisqueado. Isgrimnur volvió a
sentir un tirón de la memoria, pero no pudo concretarlo en nada.
—Estaba..., estaba
buscando... unas botas nuevas —respondió.
Simón señaló sus
limpias y cuidadas botas. El duque lo identi¬ficó como erkyno, y había algo
más..., pero ¿qué?
—Y, por lo que veo,
encontraste unas. —Se agachó y su mirada quedó nivelada con la del muchacho—.
¿Sabes que puedes ser col¬gado por robar a los muertos que no están enterrados?
¡Por fin apareció
una reacción satisfactoria! El acobardamiento del joven ante la amenaza no
podía ser fingido. Isgrimnur estaba se¬guro. Bien.
—Lo siento...,
señor. No quería causar ningún daño. Estaba ham¬briento después de caminar, y
me dolían los pies...
—¿Caminas desde
dónde?
Ahora lo tenía. El
muchacho hablaba demasiado bien como para ser el hijo de un labrador. Se
trataba del ayudante de un sacer¬dote o del hijo de un tendero, o algo así. Sin
duda, perecía haber huido.
El joven mantuvo la
mirada de Isgrimnur durante unos instan¬tes; el duque volvió a sentir que el
muchacho calculaba. Un huido de algún seminario, tal vez, o de un monasterio.
¿Qué es lo que es¬condía?
El chico habló, por
fin.
—He dejado..., he
dejado a mi amo, señor. Mis padres..., mis pa¬dres me pusieron de aprendiz con
un candelero que me pegaba siempre que podía.
—¿Qué candelero?
¿Dónde? ¡Rápido!
—Mor... ¡Malaquías!
¡En Erchester!
«Parece tener
sentido —decidió el noble—. Excepto por dos de¬talles.»
—¿Qué haces aquí,
entonces? ¿Qué te llevó a San Hoderund? ¿Y quién —lanzó— es Bennah?
—¿Bennah?
Einskaldir, que
había permanecido escuchando con ojos entre¬cerrados, se echó hacia adelante.
—Lo sabe, duque —
dijo en rimmerspakk—, dijo «Bennah» o «Binnock», estoy seguro.
—¿Quién es Binnock?
—preguntó Isgrimnur, y dejó caer una gran mano sobre el hombro del cautivo,
sintiendo un ramalazo de arre¬pentimiento cuando el muchacho se estremeció.
—¿Binnock...? Ah,
Binnock..., es mi perro, señor. Bueno, el de mi amo. El también huyó.
El muchacho sonreía
con una mueca torcida que rápidamente suprimió. A pesar suyo el noble empezó a
sentir simpatía por él.
—Me dirijo a
Naglimund, señor —continuó el chico, rápida¬mente—. Oí que la abadía albergaba
a los viajeros como yo. Cuando vi los..., los cuerpos de los muertos, me
asusté... Pero necesitaba unas botas, señor, de verdad. Esos monjes eran buenos
aedonitas, señor, a ellos no les hubiera importado, ¿no creéis?
—¿A Naglimund?
Los ojos del duque
se entrecerraron, y sintió que Einskaldir se ponía aun más rígido, si es que
eso era posible, junto al muchacho.
—¿Por qué
Naglimund? ¿Por qué no a Stanshire o al valle Hasu?
—Tengo un amigo en
Naglimund.
Por detrás de
Isgrimnur se elevó la voz de Sludig, sobresaliendo de un coro de voces
borrachas. El muchacho hizo un gesto, indi¬cando el círculo de la hoguera.
—Es arpista, señor.
Me dijo que si me escapaba de Malaquías, podía dirigirme a él y me ayudaría.
—¿Un arpista? ¿En
Naglimund? —El duque lo observó con inten¬sidad, pero el rostro del muchacho,
aunque sombrío, permaneció con una mirada inocente en los ojos.
Isgrimnur se sintió
disgustado con todo aquel asunto. «¡Mírate! ¡Interrogando a un aprendiz de
candelero como si él hubiera dirigido el ataque de la abadía! ¡Qué día tan
desagradable ha sido el de hoy!»
Einskaldir no
estaba del todo satisfecho. Movió el rostro hasta acercarse a la oreja del
muchacho y le preguntó, con un fuerte acento:
—¿Cuál es el nombre
de ese arpista de Naglimund?
El joven se volvió,
alarmado, pero dio la impresión de que más a causa de la súbita proximidad del
soldado que por la pregunta en sí, que respondió alegremente al cabo de un
instante.
—Sanfugol.
—¡Frayja’s Paps! —
maldijo el noble, y se incorporó—. Lo conozco. Es suficiente. Te creo,
muchacho.
Einskaldir se había
dado la vuelta sobre su asiento de piedra y observaba cómo reían y hablaban los
hombres que había junto al fuego.
—Quédate con
nosotros, si quieres, muchacho —dijo el duque—. Nos detendremos en Naglimund, y
gracias a esos bastardos hijos de puta tenemos el caballo de Hove sin jinete.
Este es un territorio peli¬groso para cruzarlo en solitario, y en estos días te
pueden rajar el cue¬llo en cualquier momento. —Se dirigió hacia uno de los
caballos y le quitó una de las mantas de montar para echársela al joven—.
Acuéstate donde quieras, mientras sea cerca. Será más fácil para los hombres
que se queden de guardia si no nos desperdigamos como un rebaño de ovejas.
—Isgrimnur miró el cardado cabello del chico y sus brillan¬tes ojos—.
Einskaldir te dará de comer. ¿Necesitas alguna otra cosa?
El joven
parpadeó... ¿Dónde lo había visto? Seguramente en el pueblo.
—No —contestó—. Me
preguntaba si... Binnock se perderá sin mí.
—Créeme, muchacho.
Si él no te encuentra, encontrará a cual¬quier otro, y eso es un hecho.
Einskaldir ya se
había alejado e Isgrimnur empezó a dirigirse ha¬cia la hoguera. El muchacho se
arrebujó en la manta y se estiró en la base de la roca.
«La verdad es que
todavía no me había detenido a mirar las es¬trellas —pensó Simón mientras
miraba hacia arriba, apretado en la manta. Los brillantes puntos parecían
pender como libélulas hela¬das—. No es lo mismo mirar hacia arriba a través de
los árboles que aquí, en terreno abierto, como si estuviese encima de una
mesa.»
Pensó en la Manta
de Sedda, y al hacerlo recordó a Binabik.
«Espero que esté a
salvo, aunque fue él quien me dejó en manos de los rimmerios.»
Había sido un golpe
de suerte que su apresador resultase ser el du¬que Isgrimnur, pues había
sentido auténtico terror al despertarse en el campamento y verse rodeado de
hombres barbudos y de fiera mirada. Supuso que, conocida la enemistad entre el
pueblo de Binabik y los rimmerios, no tenía que reprocharle al gnomo el haber
desaparecido, si es que se había enterado de la captura de Simón. Pero le dolía
per¬der a un amigo de esa manera. Tendría que endurecerse: había empe¬zado a
depender del hombrecillo para saber lo que era correcto, lo que había que
hacer, como cuando escuchaba absorto al doctor Morgenes. Bien, la lección
estaba clara: debía formarse a sí mismo, seguir su propio criterio y hacer las
cosas a su manera.
En realidad, no
había querido decirle a Isgrimnur su verdadero destino, pero el duque era listo
y Simón había sentido en varias oca¬siones que el viejo soldado lo tenía en el
filo de un cuchillo; un paso en falso y le hubiese caído encima.
«Además, el de pelo
oscuro que se hallaba sentado junto a mí durante todo el rato me miraba como si
pudiera matarme como se ahoga a un gatito.»
Así que le había
dicho la verdad al duque, al menos toda la ver¬dad que podía explicarle, y
había funcionado.
La cuestión era qué
hacer ahora. ¿Debería quedarse con los rimmerios? Parecía una tontería no
hacerlo, pero... Simón no estaba del todo seguro sobre la posición del noble.
Isgrimnur se dirigía a Naglimund, pero ¿y si lo hacía para arrestar a Josua? En
el castillo todo el mundo hablaba de lo leal que había sido para con el rey
Juan, de cómo la tutela del Supremo Rey era para él más sagrada que su pro¬pia
vida. ¿En qué posición lo colocaba todo eso frente a Elías? Bajo ninguna
circunstancia hablaría con nadie sobre el papel que había desempeñado en la
fuga de Josua, pero existen ocasiones en que las cosas se precipitan por sí
solas. Simón se moría de ansiedad por te¬ner noticias del castillo, de lo que
había sucedido tras la última ju¬gada de Morgenes —¿vivía Pryrates?, ¿qué había
explicado Elías a la gente sobre todo aquello?—, pero era exactamente aquel
tipo de pre¬guntas, aunque las hiciese con habilidad, las que lo podían dejar
al descubierto.
Se sentía demasiado
agitado como para poder dormir. Se puso a mirar las parpadeantes estrellas y
pensó en las tabas que Binabik ha¬bía consultado aquella mañana. El viento le
acarició el rostro, y de repente las estrellas se convirtieron en huesos, esparcidas
desordena¬damente a través del oscuro campo celestial. Se encontraba muy solo
entre extraños y bajo la ilimitada noche. Sintió añoranza del lecho de su hogar
en las dependencias de los servidores, de los días en que no habían sucedido
todas aquellas cosas. Su nostalgia era como la pene¬trante música de la flauta
de Binabik: un frío dolor que, además, era la única cosa a la que podía
agarrarse en el vacío y salvaje mundo.
Dormitó un poco, y
entonces lo despertó un ruido; su corazón palpitaba y las estrellas todavía
ardían en la oscuridad. Un pánico momentáneo le constriñó la garganta cuando
una sombra se inclinó sobre él, una sombra increíblemente alta. ¿Dónde estaba
la luna?
Sólo se trataba del
hombre que hacía la guardia, como vio un instante después, que se había
detenido un momento dando la es¬palda a Simón. El centinela llevaba puesta su
propia manta, que se había envuelto sobre los hombros, y de la que únicamente
sobresa¬lía un poco su cabeza sin yelmo.
El vigilante pasó
junto a él sin mirarlo. Llevaba un hacha cogida en el ancho cinturón: un arma
afilada y pesada. También llevaba una lanza más alta que él, y mientras
caminaba hundía el extremo inferior en el suelo.
Simón se arropó más
en la manta, resguardándose del cortante viento que soplaba por la pradera. El
cielo había cambiado: donde antes había estado despejado, con las estrellas
brillando sobre una insondable oscuridad, ahora aparecían montones de nubes, que
se aproximaban como pálidos y lechosos dedos desde el norte. En el ex-tremo más
lejano del firmamento, las nubes habían cubierto a las es¬trellas como arena
que hubiese sido echada sobre carbones ardiendo. «Tal vez Sedda logre atrapar a
su marido esta noche», pensó Si¬món, medio dormido.
La segunda vez que
se despertó lo hizo a causa del agua que se le introducía en los ojos y la
nariz. Abrió los párpados, boqueando, y vio que las estrellas habían
desaparecido como si hubieran cerrado la tapa de un joyero. Caía agua de las
nubes que habían aparecido justo sobre ellos. Simón rezongó y se secó el
rostro; se volvió del otro lado y estiró la manta para meter la cabeza bajo
ella. Volvió a ver al centinela, ahora situado un poco más lejos que se cubría
el rostro y miraba a través de la lluvia.
El chico casi había
cerrado los ojos cuando el vigilante profirió un extraño grito y bajó la cabeza
para mirar al suelo. Algo en la pos¬tura del hombre, algo que sugería que
seguía estando derecho pero que a la vez luchaba, hizo que Simón acabase por
abrir del todo los ojos. La lluvia empezó a caer con más intensidad, y un
trueno rugió a lo lejos. El muchacho apenas podía ver al centinela a través de
la cortina de agua. El hombre seguía estando en el mismo lugar, pero había algo
que se movía entre sus pies, algo vivo que salía de la oscu¬ridad reinante.
Simón se sentó, mientras las gotas de lluvia caían so¬bre él y salpicaban todo
el suelo.
Súbitamente, un
relámpago iluminó la oscuridad de la noche e hizo que las rocas resplandeciesen
como los puntales de madera pintada en las representaciones de la «Vida de
Jesuris». Todo el campa¬mento se iluminó —los restos humeantes de la hoguera,
las apretadas y dormidas formas de los rimmerios—, pero lo que atrajo la mirada
de Simón en aquel instante fue la figura del centinela, cuyo rostro apare¬cía
contraído en una horrible y silenciosa máscara de terror absoluto.
Retumbó el trueno,
y el cielo volvió a ser atravesado por un relám¬pago. El suelo alrededor del
soldado se hizo visible, y Simón distin¬guió una especie de surtidores de
tierra que provenían de allí. El cora¬zón le dio un vuelco cuando vio caer de
rodillas al vigilante. El trueno volvió a estallar y aparecieron tres
relámpagos seguidos. La tierra con¬tinuaba manando, pero ahora se veían manos
por todas partes, y lar¬gos y delgados brazos que tiraban del centinela hacia
el suelo. El res¬plandor del cielo iluminó el campamento, que ahora parecía
invadido por una horda de oscuras cosas que salían de la tierra, delgadas y
harapientas; agitaban los brazos y miraban con blancos ojos, y —como fue
revelado de forma horrible cuando el relámpago volvió a cruzar la su¬perficie
del cielo— estaban llenas de pelos y ropas destrozadas. Al morir el trueno,
Simón gritó, se atragantó con el agua y volvió a gritar.
Aquello era peor
que cualquier visión del infierno. Los rimmerios, alertados por el terrorífico
grito de Simón, se hallaban rodea¬dos por todas partes por cuerpos que saltaban
y golpeaban. Aquellas cosas surgían de la tierra como verdaderas ratas, pues según
se des¬perdigaban por el campamento la noche se llenó de agudos chilli¬dos que
salían de túneles de ciega y cobarde malicia.
Uno de los norteños
se puso en pie, y las criaturas se abalanza¬ron sobre él. No había ninguna que
fuese más alta que Binabik, pero las había en cantidades asombrosas, y mientras
el norteño tra¬taba de desenvainar su espada, lo derribaron. El muchacho creyó
ver el brillo de objetos afilados en manos de las criaturas, que se al-zaban y
caían sobre el rimmerio.
—¡Vaer! ¡Vaer
Bukkan! —gritó uno de los hombres de Isgrimnur desde el otro lado del
campamento. Los soldados ya estaban en pie, y Simón fue viendo los pálidos
resplandores de espadas y hachas. Se deshizo de la manta, se puso en pie y
buscó un arma. Aquellas cosas estaban por todas partes y saltaban sobre las
piernas como si fuesen insectos, chillando y aullando cuando eran alcanzadas
por el hacha de un rimmerio. Sus gritos casi parecían un lenguaje, y eso, en
me¬dio de aquella pesadilla, era una de las peores cosas.
Simón se escondió
tras la roca que lo había protegido y la rodeó mientras trataba de encontrar
algo con que defenderse. Una figura se abalanzó sobre él, cayendo a un escaso
paso de distancia; se trataba de un rimmerio, con la mitad del rostro
destrozado. El chico se in¬clinó hacia él para coger el hacha que todavía
agarraba con sus ma¬nos; el hombre no estaba del todo muerto y murmuró algo
cuando Simón liberó el arma. Un momento después el muchacho sintió que una mano
huesuda lo cogía de la rodilla y se giró para encontrar frente a sí un
horroroso rostro, con algún rasgo humano, que perma¬necía tras la garra que lo
apretaba. El muchacho hundió el hacha en el rostro con tanta fuerza como pudo
reunir y sintió un crujido, como cuando se aplasta un escarabajo con el pie.
Los rígidos dedos se desprendieron y Simón quedó libre. Con la luz proveniente
de los alternativos relámpagos que cruzaban el cielo era casi imposible sa¬ber
lo que ocurría. Las borrosas figuras de los rimmerios se movían por el
campamento, pero todavía había una cantidad mayor de de¬monios saltarines. Daba
la impresión de que el mejor lugar para...
Simón fue empujado
al suelo sin que se diera cuenta y una garra lo cogió del cuello. Sintió que un
lado de su rostro se hundía en el barro y lo probaba; trató de sacudirse la
cosa de la espalda. Una hoja metálica brilló al pasar ante sus ojos y se hundió
en la tierra. El jo¬ven pudo ponerse de rodillas, pero otra mano llegó hasta su
rostro y le cubrió los ojos: una mano que hedía a barro y agua podrida. Los
dedos recorrieron su cara como gusanos.
«¿Dónde está el
hacha? ¡Se me ha caído!»
Con mucho esfuerzo
consiguió ponerse en pie, arqueando las piernas sobre el resbaladizo suelo. Se
tambaleó hacia adelante y casi volvió a caer, incapaz de deshacerse de la
horrible y extraña cosa que había a su espalda. La mano huesuda le impedía
respirar, pues los dedos se hundían en las costillas; creyó oír que la viscosa
cosa chi¬llaba triunfante. Pudo recorrer unos cuantos metros más antes de caer
de rodillas, con el ruido de la batalla haciéndose cada vez más débil a su
espalda. Los oídos le rugían y la fuerza escapaba de sus brazos y cuerpo como
harina de un saco agujereado.
«Me muero...», fue
todo lo que logró pensar. Ante sus ojos no había nada más que una sombría luz
roja.
Entonces
desapareció la dolorosa garra del cuello. Simón cayó como un fardo en el suelo,
boqueando.
Miró hacia arriba
con dificultad. Recortada contra el negro cielo por una cortina de luz que
chisporroteaba había una figura de locura..., un hombre montado sobre una loba.
«¡Binabik!»
Simón tomó aire a
través de su maltrecha garganta y trató de in¬corporarse, pero no pudo más que
hacer fuerza con los codos antes de que el hombrecillo estuviera junto a él. A
un paso de distancia re¬posaba retorcido, como una araña chamuscada, el cuerpo
de la cria¬tura que había salido de la tierra, de cara al cielo.
—¡No digas nada!
—susurró Binabik—. ¡Debemos irnos! ¡Deprisa!
El gnomo lo ayudó a
sentarse, pero el muchacho agitaba las ma¬nos para alejarlo, golpeándolo con
tanta fuerza como un bebé.
—Tengo que...,
tengo que... —Simón señaló con un tembloroso dedo hacia el caos que reinaba en
el campamento, a unos veinte pa¬sos de distancia.
—¡Ridículo! —cortó
Binabik—. Los rimmerios pueden pelear sus propias batallas. Mi deber es
salvarte. ¡Vámonos!
—No —dijo el joven,
testarudo. El hombrecillo cogió su bastón hueco con la mano y Simón supo lo que
había derribado a su ata¬cante—. Tene..., tenemos que ayu..., ayudarlos.
—Sobrevivirán. —El
otro se mostró inflexible. Qantaqa había se¬guido a su amo, y ahora husmeaba
solícita en las heridas del chico—. Tú eres mi deber.
—¿Qué quieres
de...? —empezó a decir Simón.
Qantaqa aulló, con
un profundo y amenazador tono de alarma; Binabik levantó los ojos.
—¡Por la Hija de
las Montañas! —exclamó.
Simón miró en la
misma dirección.
Una especie de
grumo mucho más oscuro aun surgía de la pelea y se dirigía hacia ellos. Era
difícil precisar cuántas criaturas integra¬ban aquel barullo de brazos y ojos,
pero seguro que había más de unas cuantas.
—¡Nihut, Qantaqa!
—gritó Binabik, y un instante después la loba se lanzó hacia ellos; las
criaturas retrocedieron llenas de terror ante el avance del animal—. No tenemos
tiempo que perder, Simón —agregó el gnomo.
Los truenos
retumbaban en la llanura cuando el hombrecillo extrajo el cuchillo de la
cintura y levantó al muchacho.
—Los hombres del
duque se las arreglaran, ahora; no quiero arriesgarme a que te maten en la
última parte de la pelea.
En medio de las
criaturas salidas de la tierra, Qantaqa era un in¬genio de muerte de pelo color
gris. Mordía con sus grandes mandí¬bulas, se sacudía y volvía a morder; a su
alrededor yacían delgados cuerpos negros en irregulares montones. Más seres de
aquéllos se di¬rigían hacia allí, y el aullido zumbón de la loba se elevó por
encima del rugido de la tormenta.
—Pero..., pero...
—Simón retrocedió mientras Binabik se dirigía hacia su montura.
—Fue mi promesa que
te protegería —explicó el gnomo, lleván¬dose a Simón—. Ese era el deseo del
doctor Morgenes.
—¡¿Doctor...?! ¡¿
Conoces al doctor Morgenes?!
El muchacho lo
miraba balbuceante. Binabik silbó un par de veces, y Qantaqa, con un último
estremecimiento, apartó a dos de las criaturas para dirigirse hacia ellos.
—¡Ahora corre,
necio muchacho! —gritó el hombrecillo.
Corrieron. En
primer lugar Qantaqa, saltando como un ciervo, con el morro lleno de sangre;
luego Binabik. Simón los siguió, entre tropezones, tambaleándose a través de la
llanura embarrada mien¬tras la tormenta le hacia preguntas para las que no
tenía respuesta.
22
Viento del norte
¡No, no quiero
nada! Guthwulf, conde de Utanyeat, escupió zumo de citril sobre las baldosas
del suelo, y el paje, con los ojos desenca¬jados, se escurrió hacia afuera. Al
verlo irse, Guthwulf sintió haber sido tan impetuoso, no porque experimentara simpatía por el
chico, sino porque no fue hasta aquel momento cuando al mucha¬cho se le ocurrió
que podía querer algo. Llevaba casi una hora espe¬rando fuera de la sala del
trono sin una gota de nada para beber, y sólo Aedón podía saber cuánto tiempo
tendría que seguir allí, pu¬driéndose.
Volvió a escupir.
El fuerte olor del citril le impregnaba la lengua y los labios, y maldijo
cuando la saliva cayó por su larga barbilla. Al contrario que muchos de los
hombres que tenía bajo su mando, Guthwulf no estaba acostumbrado a masticar
aquella amarga raíz sureña, pero durante aquella extraña primavera —en la que
se había encontrado confinado durante días en Hayholt, esperando las órde¬nes
del rey— había pensado que cualquier distracción, incluso la de quemarse el
propio paladar, sería bienvenida.
Además, y sin duda
a causa del tiempo tan húmedo, los pasillos de Hayholt parecían apestar a moho,
a moho y..., no, corrupción era una palabra demasiado melodramática. Por todo
ello, y a pesar del sabor, el aromático citril parecía ser una ayuda.
Justo cuando
Guthwulf se había puesto en pie y abandonaba el taburete para continuar con el
frustrante paseo que había ocupado la mayor parte de su tiempo de espera, la
puerta de la sala del trono crujió y se abrió hacia adentro. La rapada cabeza
de Pryrates apare¬ció en la entrada, con ojos planos y brillantes como los de
un la¬garto.
—¡Ah, buen
Utanyeat! —dijo, mostrando los dientes—. ¡Cuánto tiempo habéis esperado! El rey
está listo para veros. —El sacerdote abrió más la puerta, mostrando su ropa
escarlata y una ligera visión de la alta sala que se extendía tras él—. Por
favor —añadió.
Guthwulf tuvo que
pasar muy cerca de Pryrates al entrar, y es¬trechó el pecho para minimizar el
contacto. ¿Por qué se acercaba tanto el sacerdote? ¿Quería hacerlo sentir
incómodo —no existía ninguna simpatía entre el Heraldo del Rey y el consejero—,
o trataba de mantener la puerta tan cerrada como pudiese? El castillo estaba
frío aquella primavera, y si alguien gustaba de mantenerse caliente, ése era
Elías. Tal vez Pryrates sólo trataba de conservar el calor en la espaciosa sala
del trono.
Pues si eso era lo
que esperaba encontrar, se equivocó por com¬pleto. En el mismo instante en que
Guthwulf pasó el umbral de la puerta sintió descender el frío sobre él y se le
puso la carne de ga¬llina. Al mirar más allá del trono vio que varias de las ventanas
supe¬riores permanecían abiertas, sujetas con palos. El frío del norte se
colaba a través de ellas y hacía temblar las llamas de las antorchas.
—¡Utanyeat!
—exclamó Elías, medio levantándose del trono de hueso amarillento. El inmenso
cráneo del dragón sonreía malicioso por encima del hombro del rey—. Me
avergüenzo de haberte hecho esperar. ¡Acércate!
Guthwulf se adentró
por el suelo embaldosado, tratando de no temblar.
—Tenéis demasiadas
cosas que atender, majestad. No me im¬porta esperar unos minutos más.
Elías volvió a
sentarse en el trono, y el conde se arrodilló sobre una pierna ante él. El rey
vestía una camisa negra con encajes verdes y plateados; sus botas y pantalones
eran igualmente negros. La co¬rona de hierro de Fingil reposaba sobre su pálida
frente, y a su lado, enfundada, descansaba la espada con aquella extraña
empuñadura cruzada. Al monarca no se lo veía sin ella desde hacía semanas, pero
Guthwulf no tenía ni idea de su procedencia. Elías nunca la había mencionado, y
había algo demasiado misterioso e incómodo en la espada como para que Utanyeat
se permitiese preguntar sobre ella.
—No te importa
esperar —sonrió Elías—. Siéntate. —El rey le in¬dicó un banco a uno o dos pasos
de donde se arrodillaba el conde—. ¿Desde cuándo no te importa esperar, Wolf?
Sólo porque soy el rey no debes pensar que me he vuelto ciego y estúpido a la
vez.
—Estoy seguro de
que cuando tengáis algo para vuestro Heraldo del Rey, me informaréis.
Las cosas habían
cambiado entre él y su viejo amigo Elías, y al conde Utanyeat no le gustaba. El
monarca nunca se había mostrado reservado, pero Guthwulf sentía que ahora
vastas y ocultas corrien¬tes se movían bajo la superficie de los eventos
diarios, corrientes que el rey pretendía que ni siquiera existían. Las cosas
habían cambiado, y el conde estaba seguro de que era para peor. Miró a
Pryrates, que se mantenía a la espalda del soberano y lo observaba fijamente.
Cuando sus miradas se encontraron, el sacerdote de hábito rojo enarcó una
despoblada ceja, como con sorna.
Elías se acarició
las sienes durante unos instantes.
—Pronto tendrás
trabajo más que suficiente, te lo prometo. ¡Ah, mi cabeza! Una corona es en
verdad una cosa pesada, amigo. A veces desearía dejarla caer y marcharme a
alguna parte, como solíamos hacer antes. ¡Compañeros de los caminos! —El rey
apartó la vista de la sonrisa de Guthwulf para mirar a su consejero—.
Sacerdote, me vuelve a doler la cabeza. ¿Podéis traerme un poco de vino?
—Ahora mismo, mi
señor.
Pryrates fue hasta
la parte de atrás de la sala del trono.
—¿Dónde están
vuestros pajes, majestad? —preguntó Utanyeat.
El monarca tenía un
aspecto de horroroso cansancio, pensó. Los pelos de sus mejillas sin afeitar se
erguían negros contra su pá¬lida piel.
—¿Y por qué, con el
debido respeto, estáis encerrado en esta es¬pecie de cueva helada? Está más
fría que el negro culo del diablo, y además huele a moho. Dejadme encender un
fuego en el hogar.
—No. —Elías movió
la mano como si no considerase la posibili¬dad—. No quiero calentar nada. Ya
tengo suficiente calor. Pryrates dice que se trata de una fiebre intermitente.
Sea lo que sea, el aire frío me sienta bien, y corre lo suficiente como para
que no os preo¬cupéis por la mala ventilación o los malos humores.
El consejero
regresó con la copa del rey; Elías la vació de un trago y se secó los labios
con la manga.
—Mucha corriente,
en efecto, majestad —sonrió amargamente Guthwulf—Bien, mi rey, vos... y
Pryrates... sabréis lo que hacéis, y sin duda no tenéis nada que aprender de lo
que os diga un guerrero. ¿Puedo serviros de alguna otra forma?
—Creo que sí que
puedes, aunque el trabajo quizá no sea de tu agrado. Dime, primero, si ha
regresado el conde Fengbald.
El señor de
Utanyeat asintió.
—He hablado con él
esta mañana, sire.
—Lo he convocado
aquí. —El monarca mostró la copa vacía y Pryrates trajo una jarra y escanció
algo más—. Pero ya que lo has visto, dime si las noticias que trae son buenas.
—Me temo que no
sire. El espía que buscáis, el secuaz de Morgenes, sigue libre.
—¡Que Dios lo
maldiga! —Elías se rascó justo bajo la ceja—. ¿Es que no llevó los mastines que
le di y el rastreador?
—Sí, majestad, y
los ha dejado sobre la pista, pero en favor de Fengbald debo deciros que le
habéis encomendado una tarea casi imposible.
El rey entrecerró
los ojos y lo miró. Guthwulf sintió que se en¬contraba frente a un extraño. El
escanciar de la jarra sobre la copa del rey rompió la tensión, y Elías se
relajó.
—Bien —dijo—, debes
de estar en lo cierto. Debo tener cuidado en no descargar mi frustración sobre
Fengbald. Él y yo... compartimos una pena.
El conde asintió y
observó al rey.
—Sí, sire, me
preocupó oír que vuestra hija se encontraba en¬ferma. ¿Cómo está Miriamele?
El monarca miró
brevemente hacia el sacerdote, que acabó de escanciar y retrocedió.
—Es muy amable por
tu parte el preocuparte por ella, Wolf. No creemos que corra ningún peligro,
pero Pryrates opina que la brisa marina de Meremund podría ser el mejor remedio
para sus males. A pesar de que ello signifique aplazar el matrimonio.
El rey miró el
interior de la copa de vino como si fuese la boca de un pozo en el que hubiese
caído algo muy valioso. El viento silbó a través de las ventanas abiertas.
Tras unos instantes
de silencio, el conde de Utanyeat se sintió impelido de hablar.
—¿Dijisteis que
teníais una tarea que encomendarme, mi señor?
Elías lo miró.
—Ah, sí, claro.
Deseo que vayas a Hernysadharc. Desde que me vi obligado a aumentar los
impuestos para poder hacer frente a la maldita y miserable sequía, esa vieja
ardilla de Lluth me desafía. En¬vió al afectado Eolair para ablandarme con
dulces palabras, pero el tiempo de las palabras se ha terminado.
—¿Terminado, mi
señor? —Guthwulf enarcó una ceja.
—Terminado —gruñó
Elías—. Deseo que cojas a doce caballeros y que corras a Taig para desafiar al
viejo tacaño en su guarida. Dile que rechazarme en mi derecho es como
abofetearme..., como escu¬pir en el Trono del Dragón. Pero sé sutil, y no le
comentes nada en presencia de sus caballeros que le haga inclinarse hacia la
resistencia. No obstante, deja lo suficientemente claro que seguir negándome lo
que me pertenece puede acarrearle el riesgo de que sus muros cai¬gan sobre su
cabeza. Mételes el miedo en el cuerpo, Guthwulf.
—Lo haré, señor.
Elías sonrió
afectado.
—Bien. Mientras
estés allí, mantén los ojos bien abiertos para detectar cualquier signo que
pueda indicarnos el paradero de Josua. No hay noticias de Naglimund, aunque mis
espías la recorren de arriba abajo. Es posible que mi traicionero hermano haya
ido a ver a Lluth. ¡Puede que incluso sea él el que azuce la obstinación
hernystira!
—¿Puedo decir algo,
rey Elías? —Pryrates posó un dedo sobre el codo del monarca.
—Hablad, sacerdote.
—Me gustaría
sugerir a nuestro señor de Utanyeat que se man¬tenga alerta sobre el paradero
del chico, el espía de Morgenes. Sería una ayuda suplementaria a los esfuerzos
de Fengbald. Necesitamos a ese muchacho, majestad. ¿De qué sirve matar a la
serpiente si las crías quedan libres?
—Si encuentro a la
joven víbora —gruñó Guthwulf—, me compla¬cerá aplastarla bajo mi bota.
—¡No! —gritó el
soberano, asustando al conde con su vehemen¬cia—. ¡No! El espía debe vivir, al
igual que sus compañeros, hasta que los tengamos aquí en Hayholt, sanos y
salvos. Hay muchas pregun¬tas que queremos hacerles. —Elías, como si se
avergonzase por su sa¬lida de tono, dirigió una extraña mirada de súplica a su
viejo ami¬go—. ¿Estás seguro de haberlo entendido?
—Desde luego,
majestad —respondió rápidamente Guthwulf.
—Sólo necesitamos
que nos los traigan y que puedan respirar hasta llegar aquí —dijo Pryrates, tan
tranquilo como si fuese un pa¬nadero hablando de harina— Después nosotros
descubriremos todo lo que nos interesa saber.
—Es suficiente
—concluyó Elías, y se acomodó en su asiento de huesos.
El conde de
Utanyeat se sorprendió al observar gotas de sudor en la frente del rey, cuando
él temblaba de frío.
—Ahora, vete, viejo
amigo. Vuelve con el total sometimiento de Lluth; si no es así, te volveré a
enviar para que traigas su cabe¬za. Vete.
—Quédate con Dios,
majestad.
Guthwulf bajó del
banco y se arrodilló sobre una pierna, des¬pués se puso en pie y se retiró por
el pasillo. Los gallardetes que ha¬bía por encima de su cabeza oscilaban,
movidos por el viento; en las sombras producidas por la temblorosa luz de las
antorchas, los animales representativos de los clanes y las bestias heráldicas
parecían inmersos en una mágica y fantasmal danza.
Guthwulf se
encontró con Fengbald en la antecámara de la sala del trono. Desde su encuentro
por la mañana el conde de Falshire había lavado de su rostro y cabello el polvo
del camino, y vestía unos justillos de terciopelo rojo con el águila plateada
de su familia bordada sobre el pecho, cuyas alas se extendían de forma
capri¬chosa.
—Hola, Guthwulf,
¿lo habéis visto? —preguntó.
El conde de
Utanyeat asintió.
—Sí, y vos también
lo haréis. Maldita sea, él debería ser el que to¬mase la brisa marina de
Meremund en lugar de Miriamele. Tiene un aspecto..., no sé, da la impresión de
estar muy enfermo. Y la sala del trono está helada.
—¿Así que es
cierto? —preguntó hoscamente Fengbald—. Lo de la princesa. Esperaba que hubiese
cambiado de opinión.
—Se ha ido al
oeste, hacia la costa. Parece que vuestro gran día tendrá que esperar un poco
—sonrió afectadamente el conde—. Estoy seguro de que encontraréis algo con lo
que entreteneros hasta el re¬greso de la princesa.
—Ese no es el
problema. —Falshire torció los labios como si co¬miese algo amargo—. Temo que
esté tratando de echarse atrás en su promesa. He descubierto que nadie sabía
que estaba enferma hasta que se marchó.
—Os preocupáis
demasiado —dijo Guthwulf—. Son cosas de mu¬jeres. Elías necesita un heredero.
Debéis estar agradecido por satis¬facer sus expectativas como hijo político, no
como yo. —Mostró la dentadura al reírse burlonamente—. Yo iría a buscarla a
Meremund.
El señor de
Utanyeat se despidió en tono de burla y se marchó, dejando a Fengbald frente a
las altas puertas de roble de la sala del trono.
Desde el otro lado
del pasillo ella pudo adivinar que se trataba del conde Fengbald y que se
hallaba de mal humor. Su caminar, agi¬tando los brazos, como un joven al que
hubieran echado de la mesa, y el estrépito intencionado de sus pisadas sobre
las piedras del suelo anunciaban el humor en que se hallaba.
Se adelantó y cogió
a Jael por el codo. Cuando la chica de mi¬rada vacuna la vio, casi segura de
que había hecho algo mal, Raquel hizo un gesto hacia el cada vez más próximo
conde de Falshire.
—Será mejor que
apartes ese cubo de ahí, muchacha—dijo.
La mujer le quitó a
Jael la escoba de las manos. El balde de agua jabonosa estaba en medio del
pasillo, justo en el centro del camino que seguía el noble.
—¡Deprisa,
estúpida! —susurró Raquel, con un nervioso timbre de alarma en la voz.
En el momento en
que decía aquellas palabras supo que no de¬bería haberlas pronunciado. Fengbald
iba maldiciendo, con el ros¬tro cruzado por una mueca petulante. Jael, en un
frenesí de movi¬mientos mal coordinados, dejó resbalar el cubo de sus húmedos
dedos. El balde golpeó contra el suelo produciendo un sonido sordo, y unas
gotas de agua espumosa se asomaron por encima del borde para acabar salpicando
el pasillo. Fengbald, ya a la altura de las dos mujeres, apenas tuvo tiempo de
saltar para evitar el charco, y por un momento pareció perder el equilibrio;
agitó los brazos mientras resbalaba y se agarró a un tapiz de la pared para no
caer, mientras Raquel lo observaba sin poder hacer nada y con una sensa¬ción
desolada y de anticipado horror. Fue una suerte que el tapiz aguantase el peso
del conde hasta que éste recuperó el equilibrio; no obstante, un momento
después el tejido se soltó de una esquina y cayó suavemente por la pared para
acabar sobre el espumoso charco.
Raquel miró la
enrojecida cara del conde de Falshire durante un instante antes de dirigirse a
Jael.
—Desaparece, torpe
vaca. Vete de aquí. ¡Ahora mismo!
La muchacha dirigió
una mirada de desolación a Fengbald, se dio la vuelta y corrió, con su grueso
trasero balanceándose lastimo¬samente.
—¡Vuelve aquí,
guarra! —gritó el noble, con la mandíbula tem¬blando a causa de la rabia. Su
largo cabello negro, desordenado ahora a causa de todo el jaleo, le colgaba
frente al rostro—. ¡Te daré lo que mereces, lo que mereces por..., por este...,
por esto...!
Raquel, con un ojo
puesto sobre el conde, se agachó y levantó la empapada esquina del tapiz, para
apartarla del charco. No había manera de que pudiera colgarlo; así que continuó
sujetándolo, ob¬servando cómo goteaba mientras Fengbald dejaba escapar su rabia.
—¡Mira! ¡Mira mis
botas! ¡Le cortaré el cuello a esa sucia perra por esto! —El conde miró a
Raquel—. ¿Cómo te has atrevido a decirle que se fuera?
La mujer bajó los
ojos, lo que no le resultó demasiado difícil ya que el joven noble era al menos
un pie más alto que ella.
—Lo siento, señor
—dijo, y su miedo puso una nota de respeto en su voz—. Es una chica estúpida,
señor, y será castigada por ello; pero yo soy la responsable de las sirvientas
y por ello debo cargar con la culpa. Lo siento, lo siento mucho, señor.
Fengbald la miró
durante unos instantes, y sus ojos se entrece¬rraron. Después, tan rápido como
una flecha, se acercó y abofeteó a Raquel en el rostro. La mano de la mujer
tocó las marcas rojas que aparecieron sobre su mejilla, tan esparcidas como el
charco sobre las losas del suelo.
—Entonces dale esto
a esa vaca guarra —gruñó—, y dile que si me la vuelvo a encontrar le romperé la
cabeza.
El conde miró a la
encargada de las sirvientas durante unos ins¬tantes y después siguió andando
pasillo abajo, dejando una huella de botas a lo largo de las brillantes losas
recién fregadas.
«Seguro que lo
hará», pensó Raquel para sí, cuando más tarde se sentó en su lecho con un paño
de cocina mojado sobre la ardiente mejilla. En la sala del dormitorio de las
doncellas, Jael sollozaba. La encargada no había tenido ni siquiera ganas de
gritarle, pero el ver el hinchado rostro de la mujer había sido suficiente
castigo como para hacer que la gorda y sensible muchacha se abandonase a un
pa¬roxismo de lágrimas.
—¡Dulces Rhiap y
Pelippa! Preferiría ser abofeteada otra vez an¬tes que oírla lloriquear.
Raquel se dio la
vuelta en el duro jergón —bajo el que tenía una tabla de madera a causa de sus
dolores de espalda— y se puso la manta por encima de la cabeza para amortiguar
el sonido de los so¬llozos de Jael. Envuelta en la manta sintió su propia respiración
so¬bre el rostro.
«Así es como se
debe de estar en la cesta de la ropa sucia —pensó, y luego se recriminó por
tener una idea tan estúpida—. Te estás ha¬ciendo vieja..., vieja e inservible.»
De repente se encontró llorando, por primera vez desde que se enteró de lo de
Simón.
«Estoy muy cansada.
A veces pienso que me voy a caer de donde estoy, como una escoba vieja a los
pies de esos jóvenes monstruos, que no hacen más que pisotear mi castillo y
tratarnos como si fuéra¬mos basura, y que probablemente me apartarán y barrerán
junto con el polvo. Tan cansada... Si pudiera..., si...»
El aire bajo la
manta estaba caliente. Acabó de llorar —¿de qué servían las lágrimas?— y sintió
que le llegaba el sueño, que sucumbía a su fuerza como si se ahogase en agua
caliente y pegajosa.
En su sueño Simón
no estaba muerto, no había muerto en el te¬rrible incendio que se había cobrado
la vida de Morgenes y de algu¬nos de los guardias que habían corrido a
apagarlo. Decían que in¬cluso el conde Breyugar había perecido en la
catástrofe, aplastado por la caída del techo en llamas... No, Simón estaba
vivo, y gozaba de buena salud. Pero había en él algo que lo hacía diferente,
aunque Raquel no sabía decir qué —¿la mirada de sus ojos, la mandíbula más
firme?—, pero no importaba. Era Simón, y estaba vivo, y mientras soñaba su
corazón parecía volver a la vida. La mujer lo veía, veía al chico muerto —su
chico, en realidad. ¿Acaso no lo había criado como si fuese su madre hasta que
desapareció?—, y éste aparecía en un lugar de una inmaculada blancura, mirando
a un árbol blanco que se elevaba hacia el cielo como si fuese una escala que
condujese al trono de Dios. Y aunque lo veía de espaldas, pues sus ojos
mira¬ban hacia arriba, Raquel no sintió que su cabello, aquella espesa y rojiza
mata de cabello, necesitase un corte... Bueno, bueno, pronto vería si realmente
era así..., el muchacho necesitaba una mano fir¬me que...
Cuando se despertó,
apartó la sofocante manta a un lado, y tuvo miedo al encontrar más oscuridad a
su alrededor —en esta ocasión, la oscuridad de la noche—; el peso de la pérdida
y la pena volvieron a abrirse camino en ella y la cubrieron como un tapiz mojado.
Se in¬corporó y poco a poco se puso en pie; el paño de cocina cayó de su
rostro, seco como una hoja en otoño. No había ninguna razón para que siguiese
acostada, como una niña asustada. Había trabajo que hacer, se recordó Raquel, y
no existía el descanso en aquel lado del paraíso.
El tamboril repicó,
y el intérprete de laúd rasgueó un acorde an¬tes de empezar el último verso.
¿...y así llegáis,
mi bella dama,
con ropas y sedas
de Khandery?
¡Si queréis mandar
en mi corazón,
venid y seguidme a
la Sala de Emettin!
El músico terminó
con unas delicadas notas e hizo una reveren¬cia mientras el duque Leobardis
aplaudía.
—¡La Sala de
Emettin! —dijo el duque a Eolair, conde de Nad Mullach, quien seguía su ejemplo
a través de sus aplausos.
En secreto, el
hernystiro estaba seguro de que así se sentía mejor, pues no era muy aficionado
a las baladas de amor que tan populares eran allí, en la corte de Nabban.
—Me gusta mucho esa
canción —sonrió el duque.
El largo y blanco
cabello de Leobardis, junto con sus rosadas mejillas, le conferían el aspecto
de un viejo tío preferido, de la clase de los que beben demasiada cerveza
durante las celebraciones aedonitas y luego tratan de enseñar a silbar a los
niños. Sólo los ropajes blancos, con encajes azules y dorados, y el círculo
amarillo que cru¬zaba su frente con el martín pescador de nácar lo hacían
diferente de un hombre normal.
—Venid, conde
Eolair; creo que esta música es la savia de Taig. ¿No es Lluth el más grande
mecenas de los arpistas de Osten Ard, y vuestro Hernystir el hogar natural de
los músicos?
El duque se inclinó
por encima del brazo de su silla de color azul para palmear la mano de Eolair.
—Es cierto que el
rey Lluth siempre está rodeado de arpistas —asintió el conde—. Por favor,
duque, si os parezco preocupado, no es por vuestra causa. Vuestra amabilidad es
algo que siempre recor¬daré. No, debo admitir que estoy preocupado por las
cuestiones de que hablamos antes.
Una mirada de
desvelo, se posó en los azules ojos del duque.
—Ya os he dicho,
Eolair, que habrá tiempo para tratar esos asun¬tos. Resulta muy aburrido
esperar, pero aquí estáis.
Leobardis se acercó
al intérprete, que esperaba pacientemente con una rodilla en tierra. El músico
se levantó, hizo una reverencia y se marchó. Su fantásticamente guarnecido
ropaje se hizo patente cuando se reunió con un grupo de cortesanos de similar
vestimenta, con trajes suntuosamente bordados. Las damas complementaban sus
ropas con exóticos sombreros alados, o coronados como brillan¬tes aletas de
pescado. Los colores de la sala del trono, al igual que los vestidos de los
cortesanos, eran suaves: elegantes azules, beiges, ro¬sas, blancos y verdes de
tenues tonos. La impresión general era la de un palacio construido con
delicadas piedras de mar, todo uniforme y suavizado por el contacto del océano.
Más allá de los
caballeros y damas de la corte, ocupando toda la pared a la izquierda del trono
del duque, se extendían unas altas y arqueadas ventanas que daban sobre el
activo y verde océano, bri¬llante a causa de la luz del sol. El agua, que se
lanzaba sin violencia contra la base sobre la que reposaba el castillo ducal,
formaba un vi¬brante y vivo tapiz. Observando a lo largo del día cómo la luz
danzaba en la superficie, o viendo fragmentos de mar tan profundo y translúcido
como el jade, a menudo Eolair deseaba barrer a los cor¬tesanos de su paso y
enviarlos fuera de la habitación para que nadie pudiese turbar su visión.
—Tal vez tengáis
razón, duque Leobardis —dijo Eolair—. Uno debe dejar de hablar de vez en
cuando, aunque se trate de algo de vi¬tal importancia. Supongo, aquí sentado,
que debería aprender algo del mar. El no necesita esforzarse mucho para
conseguir lo que quiere; de vez en cuando se traga las piedras, las playas... e
incluso las montañas.
Leobardis gustaba
de aquel tipo de conversaciones.
—Ah, sí, el mar
nunca cambia, ¿verdad? Y, sin embargo, siempre es cambiante.
—Eso es cierto, mi
señor. Y no siempre se muestra en calma. En ocasiones hay tormentas.
Mientras el duque
acercaba la cabeza hacia el hernystiro, no muy seguro de si el comentario
quería decir algo más que lo obvio, su hijo Benigaris entró en la sala,
inclinando la cabeza brevemente para saludar a algunos de los cortesanos que
habían hecho lo propio cuando se dirigía hacia el trono del duque.
—Padre; conde
Eolair —dijo, haciendo una reverencia a cada uno de ellos.
Eolair sonrió, y
adelantó un brazo para estrechar a Benigaris.
—Me alegro de veros
—añadió el hernystiro.
Benigaris estaba
más alto desde la última vez que lo había visto, pero entonces el hijo del
duque sólo tenía diecisiete o dieciocho años. Casi habían transcurrido dos
décadas, y a Eolair no le dis¬gustó observar que a pesar de ser algo más de
ocho años mayor, era Benigaris el que se había ensanchado en la cintura, y no
él. No obs¬tante, el joven era alto y de anchas espaldas, y poseía unos ojos
oscu¬ros bajo pobladas y negras cejas. Tenía una impresionante figura enfundada
en su túnica y en el vestido acolchado: un enérgico contraste comparado con su
afable padre.
—Sí, ha pasado
mucho tiempo —asintió el muchacho—. Hablare¬mos durante la cena. —A Eolair le
pareció que Benigaris no se sentía demasiado entusiasta ante la idea. El hijo
del duque se dirigió a su padre—. Sir Fluiren ha venido para verte. En estos
momentos está con el chambelán.
—¡Ah, el bueno de
Fluiren! Es una ironía para vos, Eolair. Se trata de uno de los más grandes
caballeros salidos de Nabban.
—Sólo vuestro
hermano Camaris ha sido más grande —interrumpió el conde, contento de que
salieran a flote las memorias del más marcial Nabban.
—Sí, mi querido
hermano. —Leobardis sonrió con tristeza—. Bien, ¡y pensar que Fluiren debe de
haber venido a verme como emisario de Elías!
—Sí, hay una cierta
ironía en ello —dijo Eolair.
Benigaris se mordió
el labio inferior, lleno de impaciencia.
—Te espera. Creo
que deberías ir a su encuentro de inmediato, en un gesto de respeto hacia el
Supremo Rey.
—¡Vaya, vaya!
—Leobardis le dirigió una sonrisa divertida al conde—. ¿Habéis oído a mi hijo
dándome órdenes? —Cuando el du¬que se volvió a dirigir al muchacho, Eolair
pensó que en su mirada había algo más que divertimiento: ¿rabia?,
¿preocupación?—. Sí, de acuerdo. Dile a mi viejo amigo Fluiren que lo veré...
Déjame pen¬sar..., sí, en la sala del consejo. ¿Os uniréis a nosotros, Eolair?
Benigaris se
adelantó.
—¡Padre, no creo
que debas invitar ni siquiera a un amigo tan sincero como el conde a oír una
comunicación secreta del Supremo Rey!
—¿Puedo preguntar
qué clase de secretos hay que mantener ocultos a Hernystir? —preguntó el duque,
con la voz llena de rabia.
—Leobardis, por
favor. No os preocupéis; yo también tengo co¬sas que resolver. Me acercaré más
tarde a saludar a Fluiren —inter¬vino Eolair; luego se incorporó e hizo una
reverencia.
Cuando se detuvo a
la salida de la sala del trono para admirar una vez más la espléndida vista,
oyó elevarse tras él las voces de Leo¬bardis y de su hijo, en sorda discusión.
«Las olas producen
más olas, como dicen los nabbanos —pen¬só—. Tengo la impresión de que el
equilibrio en que se encuentra Leobardis es más delicado de lo que yo había
llegado a creer. Sin duda es por ello por lo que se niega a hablar conmigo con
más fran¬queza acerca de sus problemas con el rey. Es una buena cosa que sea
más duro de lo que aparenta.»
Oyó que los
cortesanos murmuraban tras él y se dio la vuelta para ver a varios de ellos que
miraban en su dirección. Sonrió y sa¬ludó con una ligera inclinación de la
cabeza. Las mujeres se ruboriza¬ron y cubrieron sus bocas con sus mangas; los
hombres también in¬clinaron la cabeza y desviaron la mirada. Sabía lo que
debían de estar pensando. El les resultaba una curiosidad, un rústico y salvaje
occi¬dental, aunque fuese amigo del viejo duque. No tenía importancia si vestía
y hablaba perfectamente, seguían pensando lo mismo. De repente, Eolair sintió
una profunda nostalgia de su hogar en Hernystir. Hacía mucho tiempo que viajaba
por cortes extranjeras.
Las olas se
precipitaron contra las rocas de abajo, como si el mar no estuviese satisfecho
hasta que con su monstruosa paciencia no hubiese derribado el castillo.
Eolair pasó el
resto de la tarde paseando por los ventilados pasi¬llos y por los cuidados
jardines de Sancellan Mahistrevis. Aunque ahora era el palacio del duque y el
capitolio de Nabban, una vez fue la sede de todo el imperio del hombre en Osten
Ard; y aunque su importancia había decrecido, sus glorias seguían siendo
muchas.
Asentado en una
protuberancia rocosa de la colina Sancelline, los muros occidentales del
palacio se encontraban orientados hacia el mar, que siempre había sido la savia
de Nabban. En todas las casas nobles de allí se usaban pájaros como símbolos de
poder; el martín pescador Benidrivine del linaje del actual duque, el águila
pescadora Prevan y el albatros Ingadarine, incluso la garza de Sulis, que una
vez, aunque por poco tiempo, ondeó sobre Hayholt, en Erkynlandia.
Al este del palacio
se extendía la misma ciudad de Nabban, a tra¬vés del cuello de la península;
una ciudad muy poblada, asentada so¬bre la colina y llena de atestados barrios,
que se estrechaban cuando la península se ensanchaba para dar paso a los campos
y granjas de las Tierras de los Lagos. Desde el mundo conocido hasta el ducado
peninsular y las posesiones insulares, las perspectivas de Nabban se habían ido
reduciendo y sus gobernantes se habían ido encerrando en su mundo. Pero una
vez, no hacía demasiado tiempo, el manto de los emperadores nabbanos había
cubierto el mundo, desde el nau¬seabundo Wran hasta las más lejanas extensiones
de la helada Rimmersgardia; en esos días, las luchas de las águilas pescadoras,
pelíca¬nos y los esfuerzos de garzas y gaviotas habían conseguido un poder por
el que valía la pena correr cualquier riesgo.
Eolair entró en la
Sala de las Fuentes, donde chorros de brillante agua pulverizada se elevaban
hacia el techo para después caer como una fina cortina en medio del suelo de
piedra; se preguntó si a los nabbanos los había abandonado ya la voluntad de
pelear o si sólo se trataba de que habían llegado a un acuerdo sobre su propia
y gra¬dual pérdida de importancia, y si las provocaciones de Elías sólo
ser¬virían para conducirlos a encerrarse todavía más en su delicada y hermosa
concha. ¿Dónde estaban aquellos hombres de inmensa grandeza, los que habían
levantado el imperio nabbano con las ás¬peras rocas de Osten Ard, hombres como
Tiyagaris o Anitulles...?
«Claro —pensó—,
estaba Camaris», un hombre que, aunque en su interior se sentía más llamado a
servir que a ser servido, podía ha¬ber tenido el mundo a su merced. Camaris
había sido un individuo muy poderoso.
«¿Y quiénes somos
nosotros, los hernystiros, para poder hablar? — se preguntó—. Desde la muerte
de Hern el Grande, ¿qué hombres poderosos han surgido en nuestras tierras
occidentales? ¿Tethtain, que conquistó Hayholt a Sulis? Tal vez, ¿pero quién
más? ¿Dónde está la Sala de las Fuentes hernystira? ¿Dónde están nuestros
grandes palacios e iglesias?
«Pero claro, en eso
estriba la diferencia. —Eolair miró más allá de las fuentes, a la aguja de la
catedral de Sancellan Aedonitis, el pala¬cio del lector de la Madre Iglesia—.
Nosotros, los hernystiros, no mi¬ramos a los torrentes de las montañas y decimos:
¿cómo puedo llevarme esto a mi casa? Nosotros construimos nuestros hogares
junto a los torrentes. No tenemos a un Dios sin rostro al que glorifi¬car con
torres más altas que los árboles de Circoille. Sabemos que los dioses viven en
los árboles y en las entrañas de la tierra, y en ríos que caen más altos que
cualquier fuente, por las laderas de las mon¬tañas Grianspog.
«Nunca hemos
querido dominar el mundo. —Se rió para sí, al recordar la Taig de Hernysadharc,
un castillo no de piedra, sino de madera: el corazón de roble, al igual que los
corazones de su pue¬blo—. La verdad es que todo lo que deseamos es que nos
dejen tran¬quilos. Aunque, tal vez, con todos esos años de conquistas, esta
gente nabbana haya olvidado que a veces también tienes que luchar por ello.»
Cuando dejó la Sala
de las Fuentes, Eolair de Nad Mullach se cruzó con dos guardias legionarios.
—Maldito montañés
—oyó que decía uno de ellos, al mirar su ca¬bello recogido en una trenza.
—Bueno, ya sabes
—replicó el otro—, de vez en cuando los pasto¬res necesitan bajar y ver lo que
es una ciudad.
—... ¿Y cómo está
mi sobrinita Miriamele, conde? —preguntó la duquesa Nessalanta.
Eolair estaba
sentado a su izquierda, cerca de la cabecera de la larga mesa. Fluiren, en su
condición de recién llegado y de hijo dis¬tinguido de Nabban, se sentaba en el
lugar de honor, a la derecha del duque Leobardis.
—Parece que se
encuentra muy bien, señora.
—¿La veíais a
menudo cuando estabais en la corte del Supremo Rey?
La duquesa
Nessalanta se acercó a él, alzando una ceja exquisita¬mente dibujada. A pesar
de su edad, todavía conservaba una gran hermosura, aunque qué parte de esa
belleza correspondía a las hábi¬les manipulaciones de su peluquero, sus
costureras o sus doncellas era algo que Eolair no podía adivinar. Nessalanta
era exactamente la clase de mujer que hacía que el conde —que no era reacio a
la com¬pañía del bello sexo— se sintiese completamente incómodo.
La duquesa era más
joven que su esposo el duque, pero era la madre de un hombre hecho y derecho.
¿Qué era lo que quedaba de su belleza real y qué parte de ella se debía a los
artificios? ¿Pero eso qué importancia tenía, al fin y al cabo? Nessalanta era una
poderosa mujer, y sólo el mismo Leobardis poseía más control que ella sobre los
asuntos de la nación.
—No tuve la ocasión
de estar mucho tiempo en compañía de la princesa, duquesa, aunque tuvimos
oportunidad de hablar durante las cenas. Estaba tan deliciosa como siempre,
pero creo que seguía sintiendo mucha añoranza de Meremund.
—Ya. —La dama se
introdujo un trozo de pan en la boca y luego se frotó los dedos delicadamente—.
Es muy interesante que mencio¬néis eso, conde Eolair. Acaban de llegar noticias
de Erkynlandia so¬bre su regreso al castillo de Meremund. —La duquesa elevó la
voz—. ¿Padre Dinivan?
Unos cuantos
asientos más allá un joven sacerdote levantó la mirada de su comida. Aunque la
cabeza aparecía afeitada a la ma¬nera de los monjes, su cabello continuaba
siendo tan rizado como largo.
—¿Sí, mi señora?
—preguntó.
—El padre Dinivan
es el secretario privado de Su Santidad el lec¬tor Ranessin —explicó
Nessalanta.
El hernystiro puso
cara de estar impresionado y Dinivan rió.
—No creo que se
deba a ningún mérito o talento por mi parte —dijo—. El lector también acoge a
perros extraviados. El escritor Velligis se enfadó mucho. «El Sancellan
Aedonitis no es una perrera», le dijo al lector, pero Su Santidad sonrió y le
respondió: «Tampoco Osten Ard es una guardería, pero el Señor Benevolente
permite que sus hijos sigan ahí, a pesar de sus equivocaciones». —Dinivan se
frotó las pobladas cejas—. Es duro discutir con el lector.
—¿No es cierto
—preguntó la duquesa mientras Eolair reía— que cuando visteis al rey os dijo
que su hija había marchado a Meremund?
—Sí, así es
—contestó Dinivan, ahora más serio—. Dijo que se ha¬bía puesto enferma, y que
los médicos de la corte le habían reco¬mendado el aire del mar.
—Siento oír eso.
Eolair miró al
duque y al viejo sir Fluiren, que conversaban en voz baja en medio del vocerío
de la cena. Para ser un pueblo refi¬nado, reflexionó, los nabbanos disfrutan
hablando en voz alta cuando están a la mesa.
—Bueno —añadió
Nessalanta, volviendo a sentarse en la silla des¬pués de que un paje pasase con
un aguamanil para lavarse los de¬dos—, eso prueba que no se puede forzar a las
personas a ser lo que no son. Miriamele lleva sangre nabbana y, claro, nuestra
sangre es salada como el mar. No se nos puede pedir que abandonemos la costa.
La gente debe permanecer en el lugar al que pertenece.
«¿Y qué —se
preguntó el conde— tratáis de decirme, graciosa dama? ¿Que me quede en
Hernystir y deje a vuestro esposo, y a vuestro ducado, en paz? ¿Que regrese con
los míos?»
Eolair observó con
tristeza la conversación entre Leobardis y Fluiren. Sabía que estaba allí
manipulado; no había forma de que pudiese olvidar a la duquesa y tratar de
introducirse en la conversa¬ción. Mientras tanto, el viejo Fluiren le
transmitía al duque las li¬sonjas de Elías. ¿Y las amenazas? No, probablemente,
no. Elías no hubiera enviado al digno Fluiren para eso. Disponía de Guthwulf,
el lord mayor, preparado para cualquier eventualidad de ese tipo.
Resignado,
reemprendió su superficial charla con la duquesa, pero su atención no estaba
allí. Estaba seguro de que ella conocía la verdadera naturaleza de su misión y
que no le parecía bien. Benigaris era la niña de sus ojos, y había evitado a
Eolair durante toda la noche. Nessalanta era una mujer ambiciosa, y sin duda
creía que la fortuna de Nabban permanecería más segura atada al poder de
Erkynlandia —aun de una dominante y tiránica Erkynlandia— que unida a los
paganos de Hernystir.
«Y —Eolair cayó en
la cuenta— también es cierto que ella tiene una hija en edad de ser casada,
lady Antippa. Tal vez su interés por la salud de Miriamele no sea de la clase
que debe sentir una tía por su sobrina.»
La hija del duque,
Antippa, ya había sido prometida al barón Devasalles, un joven noble currutaco
que en aquel preciso mo¬mento estaba disputando un pulso con Benigaris en medio
de un charco de vino, al otro extremo de la mesa. Pero tal vez Nessalanta hubiera
puesto su mirada sobre objetivos mayores.
«Si la princesa
Miriamele no quiere, o no puede, casarse... —pensó Eolair—, entonces, tal vez
la duquesa haya puesto sus ojos sobre Fengbald para casar a su hija. El conde
de Falshire sería una presa mucho más codiciada que un barón nabbano de segunda
fila. Y el duque Leobardis estaría ligado a Erkynlandia mediante víncu¬los de
acero.»
Así que ahora no
sólo había que preocuparse por el paradero de Josua, sino también por el de
Miriamele. ¡Vaya enredo!
«¡Habría que ver lo
que el viejo Isgrimnur diría sobre todo esto, después de quejarse de tantas
intrigas! ¡Seguro que se le incendiaría la barba!»
—Decidme, padre
Dinivan —dijo el conde, volviéndose hacia el sacerdote—, ¿qué es lo que dice
vuestro libro sagrado sobre el arte del politiqueo?
—Bueno —una mirada
de concentración nubló momentánea¬mente el apacible e inteligente rostro de
Dinivan—, el Libro de Aedón habla a menudo del juicio de las naciones. —Pensó
durante un instante más—. Uno de mis pasajes favoritos dice: «Si tu enemigo
viene a hablar con una espada en las manos, ábrele la puerta y habla con él,
pero mantén tu propia espada cerca. Si viene a ti con las ma¬nos vacías,
recíbelo de la misma forma. Pero si llega trayendo rega¬los, manténte tras los
muros y tírale piedras». —El sacerdote se lim¬pió los dedos en el hábito negro.
—Un libro muy
sabio, en verdad —asintió Eolair.
23
De vuelta al viejo
corazón
El viento llevó la
lluvia a sus rostros mientras corrían hacia el este a través de la oscuridad,
en dirección a las ocultas coli¬nas. El clamor del campamento de Isgrimnur fue
apagán¬dose, embozado en el manto de los truenos.
Mientras maldecía
al atravesar la mojada llanura, el miedo que Simón sentía iba disminuyendo; la
sensación de energía, el sentir que podía correr y correr a través de la noche
como un ciervo, se iba enfriando por la lluvia y por un caminar sin descanso. Al
cabo de media legua su carrera había dado lugar a un paso rápido, pero un poco
después se convirtió en algo cansino. La rodilla que le habían agarrado se le
iba poniendo rígida, como un gozne oxidado, y sentía oleadas de dolor en la
garganta cada vez que respiraba hondo o tra¬gaba saliva.
—¿Te envió...
Morgenes?—gritó.
—Después, Simón
—boqueó Binabik—. Todo dicho después.
Corrieron y
corrieron, tropezaron y se metieron en charcos que se habían formado en la
empapada hierba.
—Entonces...
—empezó el muchacho, respirando con dificul¬tad—, ¿qué... eran esas... cosas?
—¿Las... cosas que
atacaban? —Mientras corrían, el gnomo hizo un extraño gesto al llevarse la mano
a la boca—. Bukken, «cavadores» son... también llamados.
—¿Qué es lo que
son? —preguntó Simón, y casi resbaló sobre un montón de fango.
—Malos. —Binabik
hizo una mueca—. No hay necesidad de decir ahora.
Cuando ya no
pudieron correr más, se pusieron a andar, hasta que el sol surgió tras las
nubes, como una vela tras una sábana gris. Las Wealdhelm aparecieron ante
ellos, con sus contornos ilumina¬dos por el pálido amanecer, como las espaldas
encorvadas de los monjes al rezar.
En el escaso
refugio que ofrecían un grupo de piedras graníticas redondeadas, situadas en un
mar de hierba como una imitación de las colinas que se veían a lo lejos,
Binabik montó una especie de campamento. Después de caminar entre las rocas
para encontrar el lugar que estuviese más a cubierto de las lluvias, ayudó a
Simón a echarse en un pequeño espacio que había entre dos piedras inclina¬das
una contra otra, formando un ángulo en el que el muchacho pudo echarse con una
mínima comodidad. Simón cayó pronto en un profundo sueño causado por la
extenuación.
Algunas gotas de
agua procedentes de la lluvia caían por las aberturas de las piedras cuando
Binabik se echó sobre la capa del muchacho —que el gnomo había traído junto con
sus otras cosas todo el camino desde San Hoderund—; después rebuscó en su bolsa
algo de pescado seco para masticar y sus tabas. Qantaqa regresó de su
exploración de los alrededores para acurrucarse junto a las espini¬llas de
Simón. El gnomo cogió los huesos y los lanzó, usando su bolsa como mesa.
El Camino de las
Sombras. Binabik sonrió con amargura. Des¬pués, El Carnero y otra vez El Camino
de las Sombras. Maldijo; sólo un tonto desdeñaría un mensaje tan claro. El
hombrecillo sabía que él era muchas cosas, y a veces también tonto, pero aquí,
y ahora, no había lugar para ello.
Se puso la capucha
que reposaba sobre su espalda y se acurrucó junto a Qantaqa. Para cualquiera
que pasase por allí —si es que lle¬gaba a ver algo con aquella débil luz y con
la lluvia sobre el rostro— los tres compañeros no le hubieran parecido nada más
que un inu¬sual y apagado grupo de liquen al socaire de las rocas.
—¿A qué has estado
jugando conmigo, Binabik? —preguntó hos¬camente Simón—. ¿Cómo conociste al
doctor Morgenes?
Durante las horas
que había dormido, el pálido amanecer se ha¬bía convertido en una fría y
lóbrega mañana, no compensada ni por la hoguera ni por el desayuno. El cielo,
lleno de nubes, colgaba cer¬cano a sus cabezas, como un techo raso.
—No he jugado a
nada, Simón —replicó el gnomo.
Binabik había
limpiado y vendado las heridas del cuello y la pierna del muchacho, e
inspeccionaba pacientemente a Qantaqa. Sólo una de las heridas de la loba
parecía revestir alguna seriedad; se trataba de un profundo corte en una pata.
Cuando el hombrecillo limpió la herida de tierra, el animal le olisqueó los
dedos, confiado como un niño.
—No me arrepiento
de no habértelo dicho; si no me hubiera sen¬tido forzado a explicártelo,
continuarías ignorándolo. —El gnomo frotó un dedo lleno de ungüento contra el
corte y dejó libre a su montura, que pronto empezó a estirarse y a olisquearse
la pierna—. Sabía que haría eso —dijo en tono de reproche, para después sonreír
con cariño—. Al igual que tú, Qantaqa no creo que conozca mi oficio.
Simón, que se dio
cuenta de que había estado tocando incons¬cientemente sus vendajes, se aproximó
al gnomo.
—Venga, Binabik,
dímelo. ¿Cómo conociste a Morgenes? ¿De dónde eres realmente?
—Soy de donde te he
dicho —replicó indignado—. Soy un qanuc. Y no conozco a Morgenes, sólo nos
vimos una vez. Es un buen amigo de mi maestro. Son... colegas, como creo que
dicen los aprendices.
—¿Qué quieres
decir?
Binabik reclinó la
espalda contra la roca. Aunque en aquel mo¬mento no había lluvia de la que
resguardarse, el cortante viento que soplaba era suficiente razón como para
permanecer cerca de las pie¬dras. El hombrecillo consideró cuidadosamente sus
palabras. A Si¬món le pareció que estaba cansado y su piel aparecía algo más
floja y pálida de lo normal.
—En primer lugar
—dijo finalmente el gnomo—, debes saber algo acerca de mi maestro. Se llamaba
Ookequk. Era el... «cantor», lo lla¬maríais vosotros, de nuestra montaña.
Cuando nosotros decimos «cantor», nos referimos no a alguien que sólo canta,
sino a alguien que recuerda las viejas canciones y la vieja sabiduría. Como un
doc¬tor y un sacerdote a la vez, me parece.
«Ookequk fue mi
maestro a causa de algunos indicios que los más ancianos creyeron ver en mí.
Representaba un gran honor poder com¬partir su sabiduría. Cuando me lo dijeron
estuve tres días sin comer para presentarme con la pureza debida. —Binabik
sonrió—. Cuando le anuncié ese logro mi nuevo maestro me golpeó en la oreja.
"Eres de¬masiado joven y estúpido para privarte a ti mismo de comer",
me dijo. "Eso es una presunción. Sólo debes dejar de comer por
accidente."
La sonrisa del
gnomo se transformó en carcajada; cuando Si¬món pensó en ello unos momentos,
también sonrió un poco.
—Bueno —continuó el
hombrecillo—, algún día te explicaré mis años de aprendizaje con Ookequk: era
un gnomo grande y gordo, Simón; pesaba más que tú y sólo tenía mi estatura.
Pero ahora debe¬mos reanudar el hilo de nuestra conversación.
»No sé con
exactitud dónde se conocieron Morgenes y mi maes¬tro, pero fue mucho antes de
que yo fuese a su cueva. Eran amigos y mi maestro le enseñó el arte de hacer
que los pájaros transportasen mensajes. Intercambiaron mucha correspondencia,
mi maestro y tu doctor. Compartieron muchas... ideas acerca del mundo.
»Al cabo de dos
veranos fallecieron mis padres. Su muerte les llegó en la nieve de la montaña
que llamamos Nariz Pequeña, y, cuando ya no estuvieron, dirigí todos mis
pensamientos..., bueno, casi todos..., a aprender de mi maestro Ookequk. Cuando
en aquel deshielo me dijo que lo acompañaría en un largo viaje hacia el sur, me
llenó de emoción. Se me hacía evidente que aquélla iba a ser mi prueba de
méritos.
»Lo que ignoraba
—prosiguió el gnomo, revolviendo entre la hú¬meda hierba que había ante él con
su bastón, casi rabioso, pensó Si¬món, pero sin rencor en su voz cuando
continuó hablando—, lo que no se me dijo, era que Ookequk tenía razones más
importantes para viajar hacia el sur que finalizar mi aprendizaje. Había
recibido un mensaje del doctor Morgenes... y de algunos otros... sobre cosas
que lo intranquilizaron, y sintió que había llegado la hora de devolver la
visita que el anciano le había hecho hacía muchos años.
—¿Qué cosas?
—preguntó Simón—. ¿Qué le dijo Morgenes?
—Si todavía no lo
sabes —replicó Binabik con seriedad— es que tal vez puedes pasar sin esas
verdades. En ello debo pensar, pero por ahora déjame decir lo que puedo..., lo
que debo.
Simón asintió,
rígido y sintiéndose reprendido.
—No te cansaré
explicando todo el largo viaje hacia el sur. Yo me iba dando cuenta de que mi
maestro no me había explicado toda la verdad. Estaba preocupado, y cuando
consultaba los huesos o leía ciertos signos en el cielo y el viento todavía se
preocupaba más. Al¬gunas de nuestras experiencias fueron muy desagradables.
Como ya sabes, yo he viajado mucho, la mayor parte del tiempo como servi¬dor de
mi maestro Ookequk, pero nunca he visto épocas tan malas como ésta para los
viajeros. Una experiencia como la tuya durante la última noche la tuvimos cerca
del lago Drorshullvenn, en la Marca Helada.
—¿Te refieres a
esos... bukken? —preguntó Simón. Aunque la luz del día lo invadía todo a su
alrededor, el recordar las viscosas manos se le hacía terriblemente vivido.
—Eso es —asintió
Binabik—, y eso fue..., es..., un mal augurio, que ataquen así. Mi pueblo no
guarda ningún recuerdo de que los boghanik, ése es el nombre que nosotros les
damos, asaltasen a un grupo de hombres armados. Es preocupante. Su forma normal
de actuar es hacer presa en animales y viajeros solitarios.
—¿Qué es lo que
son?
—Después Simón, hay
muchas cosas que aprenderás si tienes pa¬ciencia conmigo. Mi maestro no me lo
dijo todo, lo que no quiere decir, por favor, date cuenta, que yo sea tu
maestro, pero estaba muy preocupado. Durante todo nuestro viaje a través de la
Marca He¬lada no lo vi dormir. Cuando yo me dormía él seguía despierto, y por
la mañana lo encontraba de pie ante mí. No era joven, ya era viejo la primera
vez que me presenté ante él, y con él estudiando es¬tuve varios años.
»Una noche, cuando
cruzábamos la zona norte de Erkynlandia, me indicó que permaneciese atento
porque iba a caminar por el Sendero de los Sueños. Nos encontrábamos en un
lugar parecido a éste. —Binabik señaló a la desolada llanura que se extendía
bajo las colinas—. La primavera había llegado, pero todavía no había
esta-llado. Eso sería, ah, tal vez alrededor de vuestro Día de Todos los Locos,
o el día antes.
«La víspera de
Todos los Locos... —Simón trató de retroceder, de recordar—. La noche en que
aquel terrible ruido despertó a todo el castillo. La noche anterior... a la
llegada de las lluvias...»
—Qantaqa había
salido a cazar, y el viejo carnero Un-Ojo, una gorda, grande y paciente cosa
que llevaba a Ookequk, dormía cerca del fuego. Estábamos solos, con la única
presencia del cielo. Mi maestro comió de la corteza de los sueños que le traían
del pantanoso Wran, en el sur, y cayó en una especie de letargo. No me explicó
por qué lo hacía, pero creo adivinar que buscaba respuestas que no po¬día
encontrar de otra forma. Los boghanik lo habían asustado, por¬que sus acciones
eran impropias.
»Pronto se puso a
hablar entre dientes, como hacía normal¬mente cuando su corazón caminaba por el
Sendero de los Sueños. La mayor parte de lo que decía no podía entenderse, pero
una o dos cosas dijo que también fueron luego dichas por el hermano Dochais;
por ello me viste mostrar sorpresa.
Simón tuvo que
reprimir una amarga sonrisa. ¡Y pensar que ha¬bía creído que era su propio
miedo el que se hizo obvio, azuzado por las delirantes palabras del hernystiro!
—De repente
—continuó el gnomo, que seguía moviendo la hierba húmeda con el bastón—, me
pareció que algo había atrapado a mi maestro, otra vez igual que al hermano
Dochais. Pero él era fuerte, más fuerte en su interior que nadie, hombre o
gnomo, y lu¬chó. Peleó y peleó durante toda la tarde y la noche, mientras yo
per-manecía junto a él sin poder serle de otra ayuda más que de humedecerle la
frente. —Binabik arrancó un puñado de hierba y lo arrojó al aire para tratar de
golpearlo con el bastón—. Luego, poco después de la medianoche, me dijo algunas
palabras con tranquilidad, como si estuviese bebiendo con los demás ancianos en
la cueva del clan, y murió.
»Creo que para mí
fue peor que la muerte de mis padres, porque ellos se perdieron, desaparecieron
en un alud, sin dejar ningún ras¬tro. Enterré a Ookequk en la falda de la
colina. Ninguno de los ri¬tuales adecuados fueron correctamente llevados a
cabo, y ello es una vergüenza para mí. Un-Ojo no quería marcharse sin su amo,
y, por lo que sé, tal vez todavía permanezca allí.
El gnomo se mantuvo
en silencio durante unos instantes, mi¬rando fijamente el bulto de sus rodillas
bajo las calzas. Su dolor era tan parecido a la pena del propio Simón que el
muchacho no pudo pensar en palabras que tuviesen un significado para alguien aparte
de él mismo.
Momentos después
Binabik abrió su saco en silencio y extrajo un puñado de nueces. El muchacho
las cogió, junto con la bota de piel llena de agua.
—Después —volvió a
empezar el hombrecillo, como si no hubiese hecho ninguna pausa—, sucedió algo
extraño.
Simón se arrebujó
en el manto y observó el rostro del gnomo mientras éste hablaba.
—Dos días permanecí
junto al lugar en que había enterrado a mi maestro. Era un bonito sitio, bajo
un cielo despejado, pero mi cora¬zón estaba triste porque sabía que hubiera
sido más feliz enterrado en las montañas. Pensé en lo que debía hacer, si
continuar para ver a Morgenes en Erchester o regresar junto a mi pueblo y
decirle que el cantor Ookequk había muerto.
»En la tarde del
segundo día decidí que debía regresar a Qanuc. No había comprendido la
importancia de las conversaciones de mi maestro con Morgenes, tristemente tengo
que reconocer que toda¬vía no la entiendo, y además tenía otras...
responsabilidades.
»Llamé a Qantaqa, y
acaricio por última vez a Un-Ojo entre los cuernos, cuando un pajarito de color
gris se posó sobre el túmulo de Ookequk. Lo reconocí como uno de los pájaros
mensajeros de mi maestro; parecía muy cansado, llevaba un mensaje y..., y otra
cosa. Cuando me acerqué para capturarlo, Qantaqa salió disparada de los
arbustos y el ave se asustó, lo cual no es sorprendente, y se elevó en el aire.
Apenas pude cogerlo. Por muy poco, Simón, pero lo cogí.
»Era un mensaje
escrito por Morgenes, y el objeto de la nota eras tú, amigo mío. Explicaba al
que lo leyera, que debería haber sido mi maestro, que podías estar en peligro,
y viajando solo desde Hayholt a Naglimund. Le pedía a Ookequk que te ayudase,
sin que tú lo supieses, si era posible. También decía algunas cosas más.
Simón estaba
fascinado: aquélla era una parte de su propia his¬toria que desconocía.
—¿Qué otras cosas?
—preguntó.
—Cosas que eran
sólo para los ojos de mi maestro. —El tono de Binabik era amable, pero firme—.
No hace falta decir que eso cam¬biaba las cosas. Mi maestro era requerido para
hacerle un favor a su viejo amigo..., pero sólo yo podía realizarlo. Eso
también era difícil; sin embargo, desde el momento en que leí la nota de
Morgenes, supe que debía acudir a su llamada. Antes del anochecer de ese mismo
día me encaminé hacia Erchester.
«La nota decía que
viajaría solo. Morgenes nunca creyó que po¬dría escapar.» Simón se sintió
invadido por las lágrimas, y trató de suprimirlas con una pregunta.
—¿Cómo se supone
que ibas a encontrarme?
Binabik sonrió.
—A través del duro
trabajo qanuc, amigo mío. Tuve que buscar tu rastro, los signos que indicasen
el paso de un hombre joven, sin destino aparente, cosas por el estilo. La
proverbial obstinación qa¬nuc y mucha suerte me llevaron hasta ti.
Un recuerdo se
abrió paso en el interior de Simón, gris y tene¬broso a pesar de la distancia
que lo separaba de ello.
—¿Me seguiste a
través del cementerio, el de las afueras de la ciu¬dad? —No todo había sido un
sueño, como bien sabía. Algo lo había llamado por su nombre.
El redondeado
rostro del gnomo aparecía totalmente plano.
—No, Simón
—respondió pensativo—. No descubrí tu rastro hasta, creo, el camino del Viejo
Bosque. ¿Por qué?
—No tiene
importancia. —El muchacho se levantó y miró la mo¬jada llanura. Volvió a
sentarse, y cogió la bota de agua—. Bueno, creo que entiendo, ahora..., pero
tengo mucho en que pensar. Parece que tendremos que continuar hacia Naglimund.
¿Tú qué crees?
Binabik pareció
turbado.
—No estoy seguro,
Simón. Si los bukken vuelven a estar activos en la Marca Helada, la ruta hacia
Naglimund será demasiado peli¬grosa para un par de viajeros solitarios. Debo
admitir que me preo¬cupa lo que tenemos que hacer ahora. Desearía tener aquí a
tu doc¬tor Morgenes para que nos aconsejase, ¿Tanto peligro corres que no
podemos arriesgarnos a enviarle un mensaje, Simón? No creo que quiera que de
lleve a través de todos esos terribles peligros
Al chico le llevó
unos instantes darse cuenta de que Binabik ha¬blaba como si Morgenes continuase
vivo. Un segundo después lo asaltó una asombrosa revelación: el gnomo no sabía
lo ocurrido.
—Binabik —empezó a
decir, y mientras hablaba tuvo la sensación de que estaba infligiendo una
especie de herida—, ha muerto. El doctor Morgenes ha muerto.
Los ojos del
hombrecillo parecieron vaciarse de vida durante un instante, y el blanco se
hizo visible alrededor del castaño por pri¬mera vez. Un segundo después la
expresión de Binabik pareció con¬gelarse en una desapasionada máscara.
—¿Muerto? —preguntó
al final, con la voz tan helada que Simón se sintió desnudo y sin defensa, como
si hubiera sido culpa suya, ¡él, que tantas lágrimas había derramado por el
doctor!
—Sí. —El chico
decidió proseguir y se arriesgó a asegurar—: Murió al sacarnos del castillo al
príncipe Josua y a mí. El rey Elías lo mató... Bueno, tuvo a Pryrates para
hacerlo.
Binabik lo miró a
los ojos, y después apartó la vista.
—Sabía lo de la
captura de Josua. Se mencionaba en la carta. El resto son... noticias muy
malas. —Se levantó y el viento jugueteó con su negro cabello—. Voy a caminar un
rato, Simón. Debo pensar en lo que significa todo esto..., tengo que pensar.
Su rostro no
denotaba ningún tipo de emoción. El hombrecillo se alejó del grupo de rocas y
Qantaqa se incorporó para seguirlo de inmediato, pero él empezó a decirle algo
para alejarla, aunque luego se encogió de hombros. La loba daba círculos
alrededor de su amo, que caminaba con la cabeza baja y las pequeñas manos
metidas en las mangas. Simón pensó que parecía demasiado pequeño para las
pesadas cargas que llevaba.
Simón abrigaba la
esperanza que cuando regresara el gnomo trajese una gorda paloma o algo
parecido, pero sus esperanzas se vie¬ron frustradas.
—Lo siento, Simón
—dijo el hombrecillo—, pero no hubiera ser¬vido de nada. No podemos hacer un
fuego sin humo con nada de por aquí: sólo hay arbustos mojados, y no creo que
hacer señales de humo sea una buena idea, de momento. Come algo de pescado
seco.
El pescado, del que
quedaba ya poco, ni lo llenó ni tenía sabor, pero Simón lo masticó con ganas;
¿quién sabía cuándo podrían vol¬ver a comer en aquella miserable aventura?
—He estado
pensando, Simón. Tus noticias, y tú no tienes la culpa, son dolorosas. Tan
pronto después de la muerte de mi maes¬tro, oír el fin del doctor, ese buen
anciano... —Binabik se detuvo, se agachó y empezó a meter las cosas en su
bolsa, después de haber se¬parado algunos objetos—. Éstas son tus cosas, mira.
Las traje para ti. —Le alargó dos familiares bultos cilíndricos.
—Éste... —dijo
Simón, al coger los paquetes—, no la flecha, el otro... —se lo volvió a ofrecer
a Binabik—, está escrito por el doctor Morgenes.
—¿De verdad? —El
gnomo desenvolvió una esquina de la tela que lo cubría— ¿Cosas que nos
ayudarán?
—No lo creo
—respondió el muchacho—. Se trata de la vida del Preste Juan. He leído algo...,
trata sobre todo de batallas y esas cosas.
—Ah, ya. —Binabik
se lo volvió a alargar a Simón, que lo metió en su cinturón—. Demasiado malo,
todo esto es. Si pudiéramos usar palabras más específicas en este momento...
—El hombrecillo siguió metiendo cosas en la bolsa—. Morgenes y Ookequk, m¡
maestro, pertenecían los dos a un grupo muy especial.
Rebuscó entre sus
pertenencias y le alargó algo a Simón para que lo viese. El objeto brillaba
débilmente a la luz encapotada del atardecer; se trataba de un medallón en el
que aparecía un rollo de pergamino y una pluma para escribir.
—¡Morgenes tenía
uno de éstos! —exclamó el joven, acercándose para verlo mejor.
—Así es —asintió
Binabik—. Este era de mi maestro. Es una espe¬cie de señal que pertenece a
todos los que se unen a la Liga del Per¬gamino. Hay, según me dijo, no más de
siete miembros. Tu maestro y el mío han muerto, y ahora no deben de ser más de
cinco. —Lim¬pió el medallón con su manita y lo volvió a meter en la bolsa.
—¿La Liga del
Pergamino? —preguntó Simón— ¿Qué es eso?
—Un grupo de gente
instruida que comparte conocimientos, le oí decir a mi maestro. Tal vez sea
algo más, pero nunca me lo ex¬plicó. —Acabó de empaquetar y se levantó—. Siento
tener que de¬cirlo, Simón, pero creo que tendremos que volver a caminar.
—¿Ahora?
Los dolores que
había olvidado volvieron de repente a hacerse presentes en sus músculos.
—Me temo que es
necesario... Como te he dicho, he pensado mucho; he pensado en esas cosas...
—Cogió el bastón y silbó a Qantaqa—. Primeramente, debo llevarte a Naglimund.
Eso no ha cambiado, pero mi determinación parecía haberse dormido. El pro¬blema
es el siguiente: no confío en la Marca Helada. Ya viste a los bukken, y me
parece que preferirás no volverlos a ver, pero tenemos que dirigirnos hacia el
norte. Pienso, entonces, que debernos volver a Aldheorte.
—Pero Binabik,
¿cómo estaremos seguros allí? ¿Qué hará que esas cosas no nos sigan por el
bosque, donde ni siquiera podemos correr?
—Una buena
pregunta. Una vez ya te hablé del Viejo Bosque, de su edad y..., y... No puedo
encontrar la palabra en tu lengua, Simón, pero «alma» y «espíritu» pueden darte
una idea.
»Los bukken pueden
pasar bajo el Viejo Bosque, pero no les re¬sulta fácil. Hay poder en las raíces
de Aldheorte, poder que esas criaturas no están dispuestas a desafiar. También
hay alguien allí a quien debemos ver, alguien que debe escuchar lo que les ha
ocu¬rrido a nuestros maestros.
Simón estaba
cansado de oírse hacer preguntas, pero a pesar de ello continuó haciéndolo.
—¿De quién se
trata?
—Su nombre es
Geloë. Es una mujer sabia, conocida como una valada, una palabra rimmeria,
ésta. También puede que nos ayude a llegar a Naglimund, ya que tenemos que
cruzar el bosque desde la parte oriental por encima de Wealdhelm, una ruta no
conocida para mí.
El muchacho se
colocó la capa y se abrochó el cierre bajo la barbilla.
—¿Debemos partir
ahora mismo? —preguntó—. Es ya muy tarde.
—Simón —dijo
Binabik a la vez que aparecía Qantaqa, con la len¬gua fuera—, por favor,
créeme. Aunque hay cosas que todavía no puedo decirte, debemos ser compañeros
que confíen uno en el otro. Necesito tu confianza. No sólo es el reinado de
Elías lo que está en juego. Hemos perdido, ambos, a gente a la que queríamos, a
un an¬ciano y a un viejo gnomo que sabían mucho más que nosotros. Am¬bos
estaban asustados. El hermano Dochais, creo, murió de miedo. Algún mal se ha
despertado, y seremos unos idiotas si seguimos al descubierto durante más
tiempo.
—¿Qué es lo que se
ha despertado, Binabik? ¿Qué maldad es ésa? Dochais pronunció un nombre, yo lo
oí. Antes de morir dijo...
—¡No necesitas
decir...! —Binabik trató de interrumpirlo, pero Simón no le prestó atención.
Estaba cansado de consejos y suge¬rencias.
—... Rey de la
Tormenta— añadió resueltamente.
El gnomo miró a su
alrededor con rapidez, como si esperase la aparición de algo terrible.
—Ya lo sé —siseó—.
Yo también lo oí, pero no sé mucho. —Un trueno retumbó más allá del distante
horizonte; el hombrecillo hizo una mueca—. El Rey de la Tormenta es un nombre
que causa es¬panto en el oscuro norte, Simón: un nombre para atemorizar, para
conjurar. Todo lo que poseo son pocas palabras que a veces me ense–aba mi
maestro, pero son suficientes como para preocuparme.
Binabik se colgó la
bolsa al hombro y empezó a caminar por la pradera llena de barro, hacia la
masiva y apretada línea de las colinas.
—Ese nombre —dijo,
con la voz extrañamente apagada en un lu¬gar tan vacío— es por sí mismo una
cosa que marchita las cosechas y atrae la fiebre y los malos sueños.
—¿Lluvia y mal
tiempo...? —preguntó Simón, alzando la vista ha¬cia el cielo, que ofrecía un
feo aspecto.
—Y otras cosas
—replicó su compañero, y con la palma de la mano se tocó la chaqueta, justo
encima del corazón.
24
Los mastines de
Erkynlandia
Simón soñaba que
paseaba por el Jardín de Pinos de Hayholt, situado justo a la salida del
refectorio. Por encima de los árbo¬les que se mecían por la brisa, colgaba el
puente de piedra que conectaba la sala y la capilla. Aunque no sentía frío —la
verdad es que no tenía conciencia de su cuerpo excepto para moverse de un lugar
a otro—, la nieve caía en suaves copos a su alrededor. Las finas agujas de las
ramas empezaron a combarse bajo los espesos mantos de nieve y todo aparecía en
calma: el viento, la nieve, el mismo Si¬món, todos se movían en un mundo sin
sonido y de lentos movi-mientos.
El viento sopló con
más fuerza, y los árboles del resguardado jar¬dín empezaron a inclinarse ante
el paso de Simón, apartándose como las olas de un océano alrededor de una roca
sumergida. La nieve caía ahora más densa, y el muchacho se adelantó por el pasillo
formado por troncos cubiertos de blanco. A medida que se aden¬traba por él, los
árboles se inclinaban hacia atrás ante el chico como soldados llenos de
respeto.
El jardín nunca
había sido tan grande, ¿no?
Simón sintió de
repente que sus ojos miraban hacia adelante. Al final del nevado camino había
un gran pilar blanco, que se elevaba muy por encima de su cabeza y penetraba en
el oscuro cielo.
«Claro —pensó para
sí en una semilógica de sueño—, es la Torre del Ángel Verde.» Nunca antes había
podido ir directamente desde el jardín hasta la base de la torre, pero las
cosas habían cambiado desde que se había ido... Las cosas habían cambiado.
«Pero, si es la
torre —pensó, mirando la inmensa forma—, ¿por qué tiene ramas? No es la
torre..., o al menos ya no lo es... Es un ár¬bol; un gran árbol blanco...»
Simón se sentó, con
los ojos abiertos.
—¿Qué es un árbol?
—preguntó Binabik, que se hallaba sentado cerca del muchacho, remendando la
camisa de Simón con una aguja hecha de un hueso de pájaro. Acabó un momento más
tarde y se la alargó al joven, que extendió un brazo lleno de pecas por de¬bajo
de la capa—. ¿Qué es un árbol? ¿Era un sueño bonito?
—Era sólo un sueño
—dijo Simón, y calló un instante mientras se ponía la camisa por encima de la
cabeza—. Soñé que la Torre del Ángel Verde se había convertido en un árbol.
—Miró a Binabik lleno de perplejidad, pero éste se encogió de hombros.
—Un sueño —concedió
el gnomo.
El chico bostezó y
se estiró. No es que hubiera estado dur¬miendo con demasiada comodidad al
amparo de la hendidura de aquel lado de la colina, pero era preferible a pasar
la noche en la pra¬dera, al descubierto. Pronto había captado aquella lógica,
una vez que se pusieron en marcha.
El amanecer llegó
mientras dormía, apenas visible tras la manta de nubes, como una mancha de luz
gris y rosada que cruzó el cielo. Al mirar atrás desde la falda de la colina se
hacía difícil decir dónde se separaba el cielo de la brumosa pradera. Aquella
mañana el mundo parecía un oscuro y lóbrego lugar.
—He visto fuegos en
la noche, mientras dormías —dijo el gnomo, interrumpiendo a Simón en sus
ensoñaciones.
—¿Fuegos? ¿Dónde?
Binabik señaló con
la mano izquierda al sur de la pradera.
—Por allí abajo. No
te preocupes, creo que están muy lejos. In¬cluso cabe la posibilidad de que no
tengan nada que ver con no¬sotros.
—Eso espero. —El
joven entrecerró los ojos al mirar a lo lejos—. ¿Crees que pueden ser Isgrimnur
y sus rimmerios?
—Lo dudo.
Simón se dio la
vuelta para mirar al hombrecillo.
—¡Pero dijiste que
lo conseguirías! Que sobrevivirían...
El gnomo le dirigió
una mirada llena de exasperación.
—Si hubieras
esperado lo habrías oído. Estoy seguro de que sobre¬vivieron, pero, ellos
viajaban hacia el norte, y dudo que hayan deci¬dido volver atrás. Esos fuegos
se veían al sur, como...
—... Como si se
acercasen desde Erkynlandia —acabó el chico.
—¡Sí! —exclamó
Binabik, un poco enojado—. Pero puede que se trate de comerciantes o de
peregrinos... —Miró a su alrededor—. ¿Adonde habrá ido Qantaqa ahora?
Simón hizo una
mueca. Reconocía una maniobra de evasión en cuanto la veía.
—Muy bien. Puede
tratarse de cualquier cosa..., pero tú fuiste el que ayer aconsejó que nos
diéramos prisa. ¿Vamos a esperar para ver con nuestros propios ojos si se trata
de comerciantes o... de «cava¬dores»? —La broma resultó macabra. La última
palabra le trajo un regusto amargo a la boca.
—No ser estúpido es
importante —gruñó Binabik, con disgusto—. Boghanik, los bukken, no hacen
hogueras. Odian todo lo que bri¬lla. Y no vamos a quedarnos a esperar a que los
que han encendido las fogatas lleguen hasta aquí. Regresaremos al bosque, como
ya te dije. —Hizo un gesto, señalando a su espalda—. Al otro lado de la co¬lina
lo podremos ver.
Los arbustos
crujieron tras ellos, y gnomo y muchacho se sobre¬saltaron. Sólo se trataba de
Qantaqa, que corría erráticamente la falda de la colina, husmeando el suelo.
Cuando la loba alcanzó el campamento, estuvo tocando el brazo de su amo con el
morro hasta que éste le acarició la cabeza.
—Qantaqa está de
buen humor. —El gnomo sonrió, mostrando sus amarillos dientes—. Ya que contamos
con la ventaja de un día nublado, que hará invisible el humo de cualquier
fogata, creo que podremos preparar una comida decente antes de volver a
ponernos en marcha. ¿Estás de acuerdo?
Simón trató de que
su expresión mostrase seriedad.
—Creo... que podré
comer algo... si es que debo hacerlo —dijo—. Si de verdad crees que es
importante...
Binabik lo miró,
tratando de decidir si Simón aprobaba o no el desayuno, y el muchacho sintió
unas inmensas ganas de reír.
«¿Por qué actúo
como un cabezahueca? —se preguntó—. Corre¬mos un terrible peligro y no parece
que las cosas vayan a mejorar de inmediato.»
La perpleja mirada
del hombrecillo resultó más de lo que podía aguantar, y la risa lo desbordó.
«Bueno —se dijo—,
una persona no puede estar preocupada du¬rante todo el tiempo.»
Simón suspiró
satisfecho, y permitió que Qantaqa se llevase los restos de carne de ardilla
que había en sus dedos. Se maravilló de la delicadeza de la que hacía gala la
loba con aquellas grandes mandí¬bulas y brillantes dientes.
La hoguera era
pequeña, ya que su compañero no quería correr riesgos innecesarios. Una delgada
columna de humo se elevaba sinuo¬samente y desaparecía en el viento que soplaba
por la falda de la colina.
Binabik leía el
manuscrito de Morgenes, que había desenvuelto con el permiso de Simón.
—Es mi esperanza
que entiendas —dijo el gnomo sin levantar la vista— que no debes hacer lo mismo
con ningún otro lobo que no sea mi amiga Qantaqa.
—Claro que no. Me
asombra lo bien amaestrada que está.
—No amaestrada
—dijo Binabik, con énfasis—. Tiene una deuda de honor conmigo, que incluye a
aquellos que son mis amigos.
—¿Honor? —preguntó
Simón, lentamente.
—Estoy seguro de
que conoces el término, aunque deje mucho que desear en las tierras del sur.
Honor. ¿No puedes imaginar que exista algo así entre un gnomo y una animal? —El
hombrecillo le¬vantó la vista y luego volvió a bajarla para seguir hojeando el
ma¬nuscrito.
—Oh, es que no
pienso en casi nada durante estos días —explicó el muchacho, sin darle
importancia a la cosa y acariciando la po¬blada barbilla de Qantaqa—. Sólo
trato de mantener la cabeza sobre los hombros y llegar a Naglimund.
—Eso sólo es una
evasiva —murmuró Binabik, pero no siguió con el tema.
Durante unos
instantes no se oyó ningún ruido en la colina, ex¬cepto el sonido de unas
páginas al ser hojeadas. El sol matinal se ele¬vaba en el cielo.
—Aquí —dijo el
gnomo, al cabo de unos instantes—, ahora escu¬cha. Ah, Hija de las Montañas, al
leer sus palabras todavía echo más de menos a Morgenes. ¿Sabes algo de
Nearulagh, Simón?
—Sí. Es donde el
rey Juan derrotó a los nabbanos. En el castillo hay toda una puerta con
grabados sobre eso.
—Estás en lo
cierto. Aquí Morgenes escribe sobre la batalla de Nearulagh, donde Juan se
encontró por primera vez con el famoso sir Camaris. ¿Puedo leértelo?
Simón eludió un
ramalazo de celos. El doctor no había dicho en ningún momento que el manuscrito
fuese sólo para él, recordó.
«... Después de que
la decisión de Ardrivis —valiente, di¬cen unos; arrogante, según otros— de
encontrarse con ese nor¬teño rey insolente en la planicie de la Pradera
Thrithing, ante el lago Myrme, fuese un desastre, Ardrivis condujo el grueso de
sus fuerzas de regreso por el paso Onestrine, un es¬trecho camino entre los
lagos de montaña Eadne y Clodu...»
—De lo que habla
Morgenes —explicó Binabik— es de Ardrivis, el emperador de Nabban; no creía que
el Preste Juan pudiese enfrentarse a él con fuerzas suficientes, tan lejos de
Erkynlandia. Pero los isleños perdruinos, que siempre habían permanecido bajo la
som¬bra de Nabban, llegaron a un acuerdo secreto con Juan y lo ayuda¬ron a
abastecer a sus tropas. El rey cortó las legiones de Ardrivis en pedazos cerca
de la Pradera Thrithing, algo del todo insospechado por el orgulloso nabbano.
¿Lo entiendes?
—Creo que sí.
—Simón no estaba del todo seguro, pero había oído tantas baladas sobre
Nearulagh que la mayoría de los nombres le resultaban familiares—. Lee un poco
más.
—Sí, lo haré. Deja
que encuentre la parte que quería leerte... —Repasó la página—. ¡Ah!
«... Y cuando por
fin el sol desapareció tras el monte Onestris, el último sol para ocho mil
muertos y agonizantes guerreros, el joven Camaris—cuyo padre,
Benidrivis-sá-Vinitta, había tomado el mando de las tropas del emperador a la
muerte, de su hermano Ardrivis, tan sólo una hora antes—condujo la carga de
cinco mil hombres de caballería, los restos de la Guardia Imperial, en busca de
la venganza...»
—¿Binabik?
—interrumpió Simón
—¿Sí?
—¿Quién tomó el qué
de quién?
El gnomo rió a
carcajadas.
—Perdona. Hay un
montón de nombres a los que atender, ¿ver¬dad? Ardrivis fue el último emperador
de Nabban, aunque su impe¬rio no era más grande de lo que hoy en día es el
ducado de Nabban. Ardrivis quiso pelear con el Preste Juan porque conocía sus
deseos de unir Osten Ard y sabía que estallaría un conflicto. Bueno, de to¬das
formas, no te aburriré con todo lo de esa pelea, pero ésta fue la última
batalla, como ya sabes. Ardrivis, el emperador, fue muerto por una flecha, y su
hermano, Benidrivis, se puso al mando del im¬perio... durante el resto del día,
que acabó con la rendición de Nab¬ban. Camaris era el hijo de Benidrivis, y era
muy joven, tal vez tu¬viese quince años, y durante aquella tarde fue el último
príncipe de Nabban, como a menudo se refieren a él las canciones... ¿Lo
entien¬des, ahora?
—Algo más. Es que
con tanto nombre me he perdido un mo¬mento.
Binabik volvió a
coger el pergamino y continuó leyendo:
«Con la llegada de
Camaris al campo de batalla, Los can¬sados ejércitos de Erkynlandia se
mostraron inquietos. Las tro¬pas del joven príncipe no eran frescas, pero
Camaris era un torbellino, una tormenta de muerte; y su espada Espina, que su
tío agonizante le diera., era como un oscuro relámpago. Incluso en ese último
instante, dicen los relatos, las fuerzas de Erkynlandia podían haber sido
derrotadas, pero el Preste Juan se personó en el campo de batalla, con Clavo
Brillante en el guantelete de su mano, y se abrió camino entre la guar¬dia
imperial nabbana hasta llegar frente al galante Camaris.»
—Esta es la parte
que quiero que escuches atentamente —dijo el hombrecillo mientras pasaba la
hoja para seguir leyendo en la si¬guiente.
—Eso está bien
—respondió Simón—. ¿Lo partirá el Preste Juan por la mitad?
—¡No seas ridículo!
—gruñó Binabik—. ¿Cómo se habrían conver¬tido entonces, en los más famosos de
los amigos? «¡Partirlo por la mitad!» —Binabik continuó.
«Las baladas dicen
que pelearon durante todo el día y la noche, pero dudo mucho que así fuese. Lo
cierto es que pelea¬ron durante bastante tiempo, pero sin duda la penumbra y la
oscuridad que había caído sobre el campamento hizo creer a algunos de los cansados
observadores que aquellos dos grandes hombres habían peleado a lo largo de todo
el día...»
—¡Qué gran
pensamiento el de tu Morgenes! —rió Binabik.
«Sea cual fuere la
verdad, estuvieron intercambiando mandobles y golpeando sus armaduras mientras
caía el sol y los cuervos se alimentaban. Ninguno de los dos pudo obtener
ventaja sobre el otro, aunque la guardia de Camaris ya ha¬bía sido derrotada
hacía rato por las tropas de Juan. Aun así, ningún erkyno se atrevió a
interferir.
Parece que
finalmente, y por casualidad, el caballo de Camaris metió el casco en un
agujero, se rompió la pata y cayó con un gran relincho. En su caída atrapó al
príncipe debajo. Juan podía haber acabado con todo allí mismo, y pocos le
habrían recriminado algo, pero en lugar de ello —según juran todos los
observadores— ayudó a incorporarse al caballero de Nabban, le volvió a entregar
la espada y, cuan¬do Camaris se recuperó, continuaron la lucha.»
—¡Aedón! —exclamó
Simón, impresionado.
Había escuchado la
historia, claro, pero era algo muy diferente hacerlo con las inteligentes y
claras palabras del doctor.
«La lucha continuó
hasta que el Preste Juan —que al fin y al cabo era veinte años mayor que
Camaris— empezó a can¬sarse, se tambaleó y cayó a los pies del príncipe de
Nabban.
Camaris, conmovido
por el poder y el honor de su opo¬nente, no lo mató; en lugar de ello le puso a
Espina en el cue¬llo y lo instó a prometer que dejaría Nabban en paz. Juan, que
no había esperado que le devolviesen el favor, miró a su alrededor, al campo de
Nearulagh, vacío excepto por sus pro¬pias tropas, pensó durante unos instantes
y a continuación dio una patada en la entrepierna a Camaris-sá-Vinitta.»
—¡No! —dijo el
joven, desconcertado.
Qantaqa levantó una
soñolienta cabeza al oír la exclamación. Binabik sólo sonrió y continuó la
lectura de los escritos de Morgenes.
«A continuación,
Juan se levantó sobre el amargamente herido Camaris, y le dijo: "Aunque
todavía os faltan por aprender varías lecciones, sois un valiente y noble
caballero. Cuidaré de vuestro padre y vuestra familia, y me ocuparé de vuestro
pueblo. Espero que a cambio de ello aprendáis la pri¬mera lección, la que os he
enseñado hoy, y que es la siguiente: el honor es una cosa maravillosa, pero es
un medio y no un fin. Un hombre que pasa hambre con honor no ayuda a su
familia, un rey que cae con honor no salva su reino ".
Cuando Camaris se
recuperó, sentía tanto respeto por su nuevo rey que fue el más fiel seguidor de
Juan a partir de ese día...»
—¿Por qué me lees
esto? —preguntó Simón.
El muchacho se
sentía insultado por el regocijo que Binabik ha¬bía mostrado mientras leía los
trucos sucios del más grande héroe de su país... Aunque eran las palabras de
Morgenes y, cuando pen¬saba en ellas, hacían que el rey Juan pareciese más una
persona real que una de esas estatuas de mármol, cubiertas de polvo, que
llena¬ban la catedral de San Sutrino,
—Me pareció
interesante —sonrió el gnomo, con aire travieso—. No, ésa no era la razón
—explicó con rapidez mientras Simón frun¬cía el entrecejo—. La verdad es que
quería que comprendieses una cosa y pensé que Morgenes podría hacer que lo
vieses mejor que yo. No querías abandonar a los rimmerios, y entiendo tus
senti¬mientos; tal vez no haya sido la forma más honorable de actuar. Sin
embargo, tampoco resultó muy honorable que yo dejase mis tareas incompletas en
Yiqanuc; pero a veces debemos actuar en contra del honor, o, como podría
decirse, en contra de lo obviamente honora¬ble..., ¿comprendes?
—No demasiado. —El
fruncimiento de Simón se convirtió en una afectada y burlona sonrisa.
—Ah. —El
hombrecillo se encogió de hombros—. Ko muhuhok na mik aqa nop, decimos en
Yiqanuc: «Cuando te cae en la cabeza, en¬tonces te das cuenta de que es una
piedra».
El muchacho pensó
en ello mientras su compañero volvía a in¬troducir en el saco sus útiles de
cocina.
Binabik tenía razón
en cuanto a una cosa. Cuando llegaron a la cresta de la colina, no vieron nada
a excepción de la gran masa os¬cura de Aldheorte, que se extendía sin límite
ante ellos, como un océano negro y verde, congelado un momento antes de que sus
olas se abatiesen contra la base de los montes. A pesar de ello, el Viejo
Bosque tenía el aspecto de un mar al que la propia tierra podría romper y
penetrar.
Simón se encontraba
maravillado y le resultaba difícil respirar. Los árboles se extendían a lo
lejos hasta que se los tragaba la niebla, como si el bosque pudiera atravesar
las fronteras de la tierra.
El gnomo, que lo
vio mirar, le dijo:
—De todas las
ocasiones en que es importante que me escuches, ésta es una de ellas. Si nos
perdemos el uno al otro ahí dentro, puede que no nos volvamos a encontrar.
—Ya estuve antes en
el bosque, Binabik.
—Estuviste en el
lindero, sólo en el lindero, amigo Simón. Ahora vamos a internarnos en él.
—¿A través del
bosque?
—¡Ja! No, eso nos
llevaría meses, tal vez un año, ¿quién sabe? Pero vamos a adentrarnos en él,
así que esperemos ser huéspedes bien acogidos.
Mientras miraba
hacia abajo, el muchacho sintió un hormigueo en la piel. Los oscuros y
silenciosos árboles, los sombreados caminos que nunca habían escuchado el
sonido de un paso: todas las historias de los habitantes de un pueblo y de un
castillo se encontraban a las puertas de su imaginación, y parecían demasiado
fáciles de recordar.
«Pero debo ir —se
dijo—. Y, de todas formas, no creo que el bos¬que sea malvado. Sólo es
viejo..., muy viejo; y no le gustan los extra–os, o al menos eso es lo que
creo, pero no es maligno.»
—Vámonos —dijo con
su voz más clara y fuerte, pero cuando Binabik empezó a caminar colina abajo
ante él, Simón hizo el signo del Árbol sobre su pecho, para estar en el lado
correcto de las cosas.
Descendieron por el
monte hasta llegar a la formación de coli¬nas de hierba que se extendían hasta
el límite de Aldheorte, cuando Qantaqa se detuvo repentinamente, con su velluda
cabeza ladeada. El sol estaba alto, el mediodía ya había pasado y la mayor parte
de las nieblas bajas habían desaparecido. Simón y el gnomo se dirigie¬ron hacia
donde estaba la loba, que se hallaba inmóvil como una es¬tatua gris, y miraron
alrededor. Ningún movimiento parecía per¬turbar la estática ondulación de la
tierra en ninguna parte.
Qantaqa se quejó
cuando la pareja se aproximaba y movió la ca¬beza hacia el otro lado, como
escuchando. Binabik dejó el saco so¬bre el suelo, haciendo que sonasen
débilmente los huesos y piedras del interior, y también ladeó la cabeza.
El hombrecillo
abrió la boca para decir algo, con el cabello caído sobre sus ojos, pero antes
de que dijese nada Simón también lo escu¬chó: un delgado y débil ruido, que
aumentaba y descendía en inten¬sidad como un vuelo de gansos que graznasen a
leguas de distancia sobre sus cabezas, muy por encima de las nubes. Pero el
sonido no parecía provenir del cielo; más bien daba la impresión de que llegaba
rodando a través del largo corredor que existía entre el bosque y las colinas;
si procedía del norte o del sur era algo que Simón no podía adivinar.
—¿Qué...? —empezó a
preguntar.
Qantaqa volvió a
emitir un sonido de queja y agitó la cabeza, como si no le gustase lo que oían
sus orejas. El gnomo levantó una pequeña y morena mano y escuchó durante unos
instantes más; después volvió a ponerse el bolso al hombro e hizo una seña con
la cabeza para que Simón lo siguiese hacia la oscura línea frontal del bosque.
—Mastines, creo
—dijo. La loba trotó a su alrededor en círculos, a veces acercándose a ellos y
otras alejándose—. Creo que están lejos, todavía, al sur de las colinas, sobre
la Marca Helada. Aunque cuanto antes entremos en el bosque, mejor...
—Tal vez —añadió
Simón, caminando a paso rápido junto al hombrecillo, que casi corría—, pero ese
ruido no se parece al de nin¬gún mastín de los que he oído...
—Eso —gruñó
Binabik— es mi pensamiento, también..., y es por ello por lo que debemos darnos
toda la prisa que podamos.
Mientras pensaba en
todo lo que había dicho Binabik, Simón sintió una fría mano que le agarraba las
entrañas.
—Alto —exclamó, y
se detuvo.
—¿Qué es lo que
haces? —siseó el gnomo—. Todavía están lejos, pero...
—Llama a Qantaqa
—dijo pacientemente Simón. Binabik lo miró durante un momento y luego llamó con
un sil¬bido al animal, que rápidamente trotó hacia ellos.
—Espero que me lo
expliques pronto... —empezó a decir el gnomo, pero el muchacho señaló a la
loba.
—Monta en ella.
Vamos, rápido. Si necesitamos darnos prisa, yo puedo correr..., pero tus
piernas son demasiado cortas.
—Simón —dijo
Binabik, estrechando los ojos—, corrí por los del¬gados riscos de Mintahoq
cuando sólo era un bebé...
—Pero estamos en
terreno llano, y cuesta abajo. ¡Por favor, Bina¬bik, dijiste que necesitábamos
darnos prisa!
El hombrecillo lo
miró, después se dio la vuelta y se dirigió ha¬cia Qantaqa, que hundió el
estómago en la espesa hierba. Binabik pasó la pierna por encima del amplio lomo
y se colocó encima de la loba, sujeto del grueso pelo del cuello. Volvió a
chasquear los labios y el animal se levantó, primero de las patas delanteras y
luego de las traseras, con el gnomo balanceándose en su lomo.
—Ummu, Qantaqa
—dijo aquél, y la loba avanzó.
Simón alargó su
paso para ir junto a ellos, Ahora no oían nin¬gún otro sonido que el que ellos
mismos ocasionaban a su paso, pero el recuerdo de los lejanos aullidos hizo que
al chico se le erizase el vello de la nuca, y el oscuro rostro de Aldheorte le pareció
cada vez más una sonrisa de bienvenida de un amigo. Binabik cabalgaba echado
hacia adelante, sobre el cuello de Qantaqa, y durante largo tiempo no volvió a
mirar a Simón.
Juntos descendieron
por la larga vertiente. Al final, cuando el gris sol tapizaba con su luz las
colinas que dejaban tras ellos, alcan¬zaron la primera hilera de árboles: un
grupo de delgados abedules que parecían pálidas doncellas de servicio
franqueando el paso a los visitantes hacia el interior de la casa de su viejo
amo.
Aunque las colinas
que dejaban atrás seguían iluminadas por la oblicua luz del sol, los compañeros
se encontraron, de un momento a otro, pasando a través de una espesa penumbra,
a medida que se adentraban en el bosque. El blando suelo amortiguaba sus pasos,
y corrieron tan silenciosos como fantasmas a través de la espesura. Columnas de
luz atravesaban el techo de ramas, y el polvo que le¬vantaban a su paso pendía
en el aire como brillantes chispas de luz entre las sombras.
Simón se cansó
rápidamente, y el sudor corría por su rostro y su cuello como riachuelos de
suciedad.
—Más lejos debemos
ir —le dijo Binabik desde lo alto de su mon¬tura—. Pronto el camino estará
demasiado enmarañado como para correr, y la luz será muy poca. Entonces
descansaremos.
El muchacho no dijo
nada, pero continuó hacia adelante, con la respiración ardiendo en el interior
de los pulmones.
Cuando el chico
bajó el ritmo y se limitó a medio correr, Bina¬bik descendió de la grupa de la
loba y fue a su lado. El sol se iba ocultando por encima de las copas de los
árboles y el suelo del bos¬que cada vez se iba oscureciendo más, mientras las
ramas superiores iban adquiriendo extrañas coloraciones, como las ventanas de
la ca¬pilla de Hayholt. Más tarde, cuando el suelo desapareció casi de su
vista, Simón tropezó en una piedra medio oculta; el gnomo lo su¬jetó del codo y
pudo incorporarse.
—Ahora siéntate —le
indicó.
Simón se dejó caer
sin decir una palabra y sintió el suelo move¬dizo bajo su cuerpo. Un poco más
tarde Qantaqa regresó. Después de husmear por toda la zona, se sentó y empezó a
lamer la transpira¬ción de la nuca del chico; a él le producía cosquillas, pero
estaba de¬masiado cansado como para preocuparse por ello.
Binabik se sentó en
cuclillas y examinó el lugar en que se habían detenido. Estaban a medio camino
de una ligera pendiente, al fondo de la cual se veía el lecho de un arroyo con
una oscura co¬rriente de agua en el centro.
—Cuando vuelvas a
recuperar el aliento —dijo—, creo que debe¬ríamos ir justo hacia allí. —Con el
dedo señaló un lugar un poco más arriba, donde se veía un gran roble que, con
sus retorcidas raíces, evitaba la invasión por parte de otros árboles y creaba una
especie de claro reducido a ambos lados de su inmenso y poderoso tronco.
Simón asintió,
todavía tratando de respirar con normalidad. Al cabo de un rato se incorporó y
se dirigió, junto con el hombrecillo, colina arriba, hacia el roble.
—¿Sabes dónde
estamos? —preguntó mientras se dejaba caer para colocar su espalda contra una
de las raíces medio enterradas.
—No —respondió
Binabik—, pero mañana cuando salga el sol tendré tiempo para hacer ciertas
cosas..., y entonces lo sabré. Ahora ayúdame a encontrar algunas piedras y
ramas con las que podamos hacer un poco de fuego. Y después —el gnomo se
incorporó y em¬pezó a buscar madera seca— habrá una sorpresa que te gustará.
Binabik había
construido una especie de caja de piedras de tres lados alrededor de la hoguera
para ocultar la luz, que todavía crepi¬taba con fuerza. El rojo resplandor
conformaba extrañas sombras. Rebuscó en su bolso mientras Simón observaba cómo
unas cuantas chispas ascendían en espiral.
Se prepararon una
magra cena a base de pescado seco, pastelillos duros y agua. El muchacho sentía
que su estómago no recibía lo que se merecía, pero era mejor estar allí
estirado, calentando sus dolori¬das piernas, que seguir corriendo. No podía
recordar cuándo había sido la última vez que había corrido tanto tiempo
seguido.
—¡Ja! —exclamó
Binabik, alegre, levantando de la bolsa su rostro teñido de rojo por la luz de
la hoguera, con una sonrisa de triunfo.
—Una agradable
sorpresa, dijiste. De las de la otra clase tengo más que suficiente para el
resto de mi vida.
El gnomo sonrió
mostrando los dientes, y su rostro redondeado pareció estirarse hacia las
orejas.
—Muy bien, el
decidirlo es asunto tuyo. Prueba esto —dijo, y le alargó una jarrita de
cerámica.
—¿Qué es? —Simón lo
puso cerca del fuego para observarlo. Pare¬cía sólido, pero la jarra no tenía
ningún tipo de marcas—. ¿Algún ob¬jeto de los gnomos?
—Ábrelo.
El joven pasó el
dedo por la parte superior y se dio cuenta de que la jarra se hallaba sellada
con algo parecido a la cera. Hizo un agujero a través de la tapa y luego se la
llevó a la nariz para tratar de identificar su contenido. Un instante después
metió los dedos, los sacó y se los llevó a la boca.
—¡Mermelada!
—exclamó, alegre.
—Hecha de uvas,
estoy seguro —dijo Binabik, contento de la res¬puesta de Simón—. Alguna
encontré en la abadía, pero los últimos acontecimientos la habían apartado de
mi mente.
Después de comer un
poco le pasó el recipiente al hombrecillo, que también la encontró deliciosa.
En poco tiempo acabaron con ella y dejaron la jarra para que la lamiese
Qantaqa.
Simón se arrellanó
en la capa junto a las cálidas piedras del fuego.
—¿Puedes cantar una
canción, Binabik —preguntó—, o expli¬carme una historia?
El gnomo levantó la
vista.
—No pienso en una
historia, Simón, pues necesitamos dormir para levantarnos temprano. Tal vez una
corta canción.
—Eso estará bien.
—Pero, después de
volver a pensar —continuó Binabik, apretán¬dose la capucha alrededor de las
orejas—, me gustaría oírte cantar una canción. Una canción tranquila, claro.
«¿Yo? ¿Una
canción?» pensó Simón. A través de una rendija abierta entre los árboles pudo
ver el débil brillo de una estrella. Una estrella...
—Bueno, entonces
—dijo—, ya que tú cantaste para mí sobre Sedda y la manta de estrellas...,
supongo que puedo cantar lo que las sirvientas me enseñaron cuando era un niño.
Espero acordarme de las palabras; es una canción muy graciosa.
En un profundo
claro de Aldheorte,
Jack Mundwode
convocó
a sus hombres de
los bosques,
ofreció una corona
y el reconocimiento del monte
al que pudiese
cogerle una estrella.
Beornoth se
presentó el primero, y gritó: «¡ Treparé
hasta la copa del
más alto de los árboles!,
y arrancaré esa
estrella para la hermosa corona dorada
que pronto sólo a
mí pertenecerá».
Así que se subió a
un abedul y a la rama más elevada,
después a un alto y
viejo tejo.
Pero por mucho que
saltase y trepase,
a coger la estrella
nunca llegó.
El próximo fue
Osgal, que prometió
lanzar una flecha
al cielo.
«Tocaré la estrella
para que caiga a mis pies,
y la corona será
mía para siempre...»
Veinte flechas
lanzó. Ni una sola
a la burlona
estrella alcanzó.
Cuando las flechas
volvieron a caer Osgal se
escondió tras Jack,
que río y le dio un empujón.
Ahora todos los
hombres lo pretendieron, y pelearon y
discutieron,
sin que ninguno de
ellos alcanzase el éxito,
hasta que apareció
la bella Hruse, que miró hacia
abajo, a los
hombres, mientras se alisaba la ropa.
«Pequeña es la
tarea que Jack Mundwode os pide
—dijo con brillo en
los ojos—.
Pero como ninguno
de vosotros tiene una corona dorada,
intentaré desatar
el nudo de Mundwode.»
Entonces cogió una
red que había ordenado a los hombres traer
y la echó al lago.
El agua se revolvió
y casi hizo desaparecer
el reflejo de la
brillante estrella.
Después de un rato
sonrió, y a Jack le dijo:
«¿Lo has visto?,
está allí, en mi
red, atrapada y mojada,
si la quieres,
recógela».
El viejo Jack rió y
gritó a todos los que lo rodeaban:
«Esta es la mujer
que por esposa debo tornar.
Así como ha tomado
mi corona y me ha traído una estrella,
así debo darle mi
vida».
Sí, ella tomó la
corona y le trajo una estrella,
así que Jack
Mundwode la tomó por esposa...
Podía oír cómo
Binabik se reía desde la oscuridad, tranquilo y alegre.
—Una canción para
divertirse, Simón, gracias.
Pronto se apagaron
las ascuas y el único sonido que quedó fue el andar del viento por entre los
innumerables árboles.
Antes de abrir los
ojos percibió un extraño y monótono ruido, que subía y bajaba de intensidad
cerca de donde él estaba estirado. Levantó la cabeza, torpe aún a causa del
sueño, y vio a Binabik sen¬tado con las piernas cruzadas ante el fuego. El sol
no estaba muy alto, y el bosque a su alrededor aparecía envuelto en pálida
niebla.
El gnomo había
preparado cuidadosamente un círculo de plu¬mas alrededor del fuego, plumas de
muchos y diferentes pájaros, como si las hubiera recogido de los árboles
cercanos. Se inclinaba hacia las llamas con los ojos cerrados y cantaba en su
lengua nativa, que era el sonido que había despertado a Simón.
—...
Tutusik-Ahyuq-Chuyuq-Qaqimak, Tutusik-Ahyuq-Chuyuq-Qaqimak— repetía
constantemente.
La delgada espiral
de humo de la hoguera empezó a agitarse como mecida por un fuerte viento,
aunque las plumas permanecie¬ron fijas en el suelo, inmóviles. Con los ojos
todavía cerrados, el gnomo empezó a mover la palma de su mano en círculo por
encima del fuego; la espiral se desplazó, como si hubiese sido empujada, y
empezó a elevarse desde una esquina de la hoguera. Binabik abrió los ojos y
durante un instante se quedó mirando el humo; después detuvo el movimiento
circular de la mano. Un poco después el humo reanudó su movimiento normal.
Simón, que lo había
observado todo con la respiración conte¬nida, se atrevió a decir:
—¿Ahora ya sabes
dónde estamos? —preguntó.
Binabik se dio la
vuelta y sonrió, complacido.
—Buenos días. Sí,
creo que puedo saberlo con cierta precisión. Tendremos pocos problemas, aunque
caminaremos mucho, hasta llegar a casa de Geloë...
—¿Casa? —preguntó
Simón—. ¿Una casa en Aldheorte? ¿Cómo es?
—Ay... —El gnomo
estiró las piernas y se frotó las pantorrillas—. No es como ninguna casa que
hayas... —Se detuvo y se quedó sen¬tado mirando por encima del hombro del
chico, como transfi¬gurado.
El joven se giró
alarmado, pero no vio nada.
—¿Qué ocurre?
—Calla... —Binabik
continuó mirando—. Allá. ¿Lo oyes?
Lo percibió al cabo
de nada: los distantes ladridos que habían escuchado en su viaje a través de
las colinas, en dirección al bosque. Simón sintió que se le erizaba el vello.
—¡Otra vez los
mastines...! —dijo—. Pero se oye como si todavía estuviesen lejos.
—Aún no lo
entiendes. —El hombrecillo miró a la hoguera, des¬pués al cielo matinal, a
través de las copas de los árboles—. Nos han sobrepasado. ¡Han corrido durante
toda la noche! Ahora, a menos que mis oídos me jueguen una mala pasada,
regresan y se dirigen hacia nosotros.
—¿De quién son los
perros? —Simón sintió las palmas de las ma¬nos humedecidas por el sudor y se
las frotó en el manto—. ¿Nos si¬guen a nosotros? No nos pueden cazar en el
bosque, ¿verdad?
Binabik dispersó
las plumas con una patada y empezó a empa¬quetar sus cosas en la bolsa.
—No lo sé
—contestó—. No conozco la respuesta a ninguna de esas preguntas. Hay un poder
en el bosque que puede despistar a los perros de caza..., a perros ordinarios.
Es dudoso que algún barón lo¬cal haya hecho correr a sus animales durante toda
la noche sólo por deporte, y tampoco he oído de ningún tipo de perros que
pudieran hacerlo.
El gnomo llamó a
Qantaqa. Simón se sentó y se puso las botas a toda prisa. Se sentía cansado, y
ahora supo que tendrían que volver a correr.
—Son de Elías,
¿verdad? —preguntó con una mueca, quejándose mientras metía el pie lleno de
ampollas en la bota.
—Tal vez.
La loba se acercó y
su amo le pasó la pierna por encima del lomo para subirse a ella.
—Pero ¿qué
importancia puede tener para él el ayudante de un doctor? ¿Y dónde habrá
encontrado el rey unos mastines que pue¬den correr desde la puesta del sol
hasta el amanecer sin detenerse? —Binabik puso el bolso sobre el lomo de
Qantaqa y alargó a Simón su bastón—. No lo pierdas, por favor. Desearía haber
encontrado un caballo para ti.
Los compañeros
empezaron a descender por la colina hacia el barranco y después torcieron para
dirigirse más allá.
—¿Están cerca?
—preguntó el muchacho—. ¿A qué distancia está... esa casa?
—Ni los mastines ni
la casa están cerca —dijo Binabik—. Bien, co¬rreré junto a ti tan pronto como
Qantaqa empiece a cansarse. ¡Kikkasut!—exclamó—. ¡Cómo desearía tener un
caballo!
—Yo también
—respondió Simón, respirando con dificultad.
Caminaron durante
toda la mañana a través del profundo bos¬que, en dirección este. Subían y
bajaban rocosos valles y los ladridos parecían desaparecer por unos minutos,
para volver a oírse con más intensidad que antes. Cumpliendo su palabra,
Binabik descabalgó de la loba en cuanto Qantaqa empezó a dar muestras de
cansancio y caminó junto a Simón; sus cortos pasos le hacían dar dos por cada
uno del chico, y sus dientes se hacían visibles al respirar con difi¬cultad.
Se detuvieron para
beber agua y descansar con el sol en lo alto de la mañana. Simón arrancó tiras
de ropa de sus dos paquetes para vendarse los talones llenos de ampollas, y
después le alargó los pa¬quetes a Binabik para que los metiera en la bolsa,
pues ya no podía soportar que continuaran rozándole sus muslos mientras andaba
o corría. Mientras apuraban las últimas gotas de la bolsa de agua y tra¬taban
de recuperar el aliento, se volvieron al hacerse audibles los rui¬dos de la
persecución. Esta vez, el inconfundible ladrido de los mas¬tines estaba mucho
más cercano, e inmediatamente se pusieron en movimiento.
Al cabo de poco
tiempo empezaron a subir por una larga pen¬diente. El terreno se hacía
progresivamente más rocoso a medida que iban ascendiendo, e incluso las
especies de árboles parecían cambiar. Al hacer eses remontando la colina, Simón
experimentó un enfermizo sentimiento de derrota que se esparcía por todo su
cuerpo como si se tratase de veneno. Binabik le había dicho que no llegarían a
casa de Geloë antes del anochecer, si es que no habían perdido la carrera. El
ruido de sus perseguidores se había hecho constante: unos excitados aullidos
tan cercanos que Simón no po¬día encontrar respuesta, mientras se tambaleaba al
subir la pen¬diente, a cómo conseguían respirar y ladrar al mismo tiempo
mien¬tras corrían tras ellos. ¿Qué clase de perros eran? El corazón del chico
latía como el ala de un pájaro. Tanto él como el gnomo se en¬frentarían sin
mucha tardanza a sus perseguidores. El pensar en ello lo ponía enfermo.
Al fin pudo verse
un delgado retazo de cielo a través de los tron¬cos que había en el horizonte,
en la cima de la pendiente. Atravesa¬ron la última línea de árboles y Qantaqa,
que corría por delante de ellos dos, se detuvo de forma precipitada y aulló, con
un agudo y penetrante sonido proveniente de lo más profundo de su garganta.
—¡Simón! —gritó
Binabik, y tirándose al suelo, atrapó las piernas del muchacho y lo hizo caer a
su vez. Cuando el negro túnel en que se había convertido la visión del muchacho
se volvió a ensanchar, advirtió que se encontraba estirado sobre los codos, en
una escar¬pada roca, mientras abajo se extendía un profundo cañón que lo
se¬paraba del otro lado. Se desprendieron unos fragmentos de la piedra que
había bajo su mano y cayeron por la pared cortada a pico, para desaparecer
entre las verdes copas de los árboles que se alzaban en el fondo del barranco.
Los ladridos eran
como el agudo toque de unas trompetas de guerra. Simón y el gnomo se alejaron
del borde del precipicio, a unos pies de distancia, colina abajo, y
permanecieron quietos.
—¡Mira! —siseó el
joven, sin dar importancia a sus manos y barbi¬lla ensangrentadas—. ¡Mira,
Binabik!
Señaló hacia el
fondo de la larga pendiente que acababan de su¬bir, a través del manto de los
árboles; atravesando los claros, a lo le¬jos, a una media legua de distancia,
se veía una agitación de peque¬ñas formas blancas: los mastines.
Binabik cogió el
bastón que le había dado a Simón y lo desen¬roscó hasta que quedó dividido en
dos mitades. Extrajo los dardos y alargó la parte del cuchillo al muchacho.
—Rápido —dijo—.
Corta la rama de un árbol. Venderemos caras nuestras vidas.
Las roncas voces de
los perros subían colina arriba, una canción de acoso y de muerte.
25
El lago secreto
Cortó y astilló
frenéticamente, dobló la rama hacia abajo con todo su peso, con el cuchillo en
sus temblorosas manos. A Simón le costó un tiempo arrancar la rama que podía
ser¬virle —¡qué patética defensa iba a resultar!—, y cada segundo que pa¬saba
acercaba más a los mastines. La parte que arrancó era casi tan larga como su
brazo, y estaba anudada en uno de los extremos con otra rama que había caído.
El gnomo revolvía
en el interior de su bolso y con una mano aguantaba a Qantaqa por el espeso
pelo del cuello.
—¡Sujétala! —le
dijo a Simón—. Si la dejamos ir ahora, atacará demasiado pronto. La echarían
hacia abajo y la matarían al ins¬tante.
El chico pasó un
brazo alrededor del ancho cuello de la loba y la encontró temblando, llena de
excitación, y con el corazón latiendo bajo su brazo. Simón sintió que su propio
corazón se aceleraba para ponerse al unísono con el del animal, ¡todo parecía tan
irreal! Justo aquella mañana Binabik y él se habían sentado tranquilamente
junto al fuego...
El grito de la
jauría se hizo más intenso; aparecieron subiendo por la colina como termitas
blancas saliendo de un nido. Qantaqa se echó hacia adelante e hizo caer al
joven de rodillas.
—¡Hinik Aia!—gritó
Binabik, y la golpeó en el morro con el tubo hueco.
Después cogió un
trozo de cuerda que encontró en el fondo del bolso e hizo un nudo. Simón pensó
que entendía cuál era la inten¬ción del gnomo, y miró por encima del borde del
precipicio. Había demasiada distancia hasta el fondo, más del doble de la longitud
de la cuerda. Entonces vio algo más, y sintió que la esperanza se volvía a
abrir paso en su interior.
—¡Mira, Binabik!
—señaló.
El hombrecillo, a
pesar de la imposibilidad de deslizarse hasta abajo mediante la cuerda, la
ataba alrededor de una roca a menos de una yarda del borde del cañón. Cuando
acabó levantó la vista para mirar en la dirección señalada por Simón.
A menos de cien
pasos de donde se encontraban, una gran en¬cina vieja inclinada hacia abajo,
con un extremo que se balanceaba sobre el cercano borde y una de sus ramas
cayendo por la pared del precipicio a no mucha altura, iba a parar a una
especie de repisa que sobresalía por encima de la pared del otro lado.
—¡Podemos cruzar
por ahí! —dijo el muchacho, pero el gnomo movió la cabeza.
—Si podemos bajar
por ahí con Qantaqa, ellos también podrán hacerlo, y eso no nos llevará a
ninguna parte. —La repisa sobre la que se apoyaba el árbol en la otra pared
apenas era más ancha de dos pal¬mos—. Pero tal vez nos sea de alguna ayuda.
—Binabik se puso en pie y tiró de la cuerda, comprobando que el nudo
aguantaba—. Coge a Qantaqa y llévala por ahí, si puedes. No demasiado lejos,
sólo unos diez codos o así. Mantenía sujeta hasta que yo os llame, ¿has
enten¬dido?
—Pero... —empezó a
decir Simón, y miró hacia la pendiente.
Las blancas formas,
tal vez una docena de ellas, casi habían lle¬gado hasta donde ellos se
encontraban. Cogió a Qantaqa, que no dejaba de ladrar, por el cuello y la llevó
hacia la caída encina.
En el borde del
cañón quedaba lo suficiente del árbol como para que hubiese espacio entre las
retorcidas raíces y el extremo de la roca. No era fácil mantener el equilibrio
allí colgado con la loba, que se estremecía y tiraba de Simón, gruñendo; el
ruido casi fue totalmente tragado por los aullidos de los mastines que se
aproximaban. El mu¬chacho no podía conseguir que el animal subiese al tronco, y
se dio la vuelta para mirar a Binabik, lleno de desesperación.
—¡Ummu!—dijo el
gnomo, con voz ronca.
Un instante después
Qantaqa saltaba sobre la encina, todavía gruñendo. Simón subió a horcajadas
sobre el tronco, aunque la rama que había cortado y que mantenía en su cinturón
represen¬taba una molestia. Avanzó sobre sus caderas, cogido a la loba, hasta que
se hubo alejado lo suficiente del borde del cañón. Justo enton¬ces percibió el
grito del gnomo, y Qantaqa se giró al oír la voz. Si¬món se agarró del cuello
del animal con ambas manos mientras sus rodillas se apretaban contra el tronco.
De repente sintió frío, mucho frío. Hundió el rostro en el peludo lomo de la
loba, aspiró su espeso y salvaje olor y murmuró una oración.
—Elysia, madre de
nuestro Redentor, ten misericordia y proté¬genos...
Binabik estaba a un
paso del borde del cañón con un rollo de cuerda en las manos.
—¡Hinik, Qantaqa!
—llamó, y entonces los mastines aparecieron ya fuera de los árboles, subiendo
el trozo final.
Simón no podía
verlos con claridad desde donde se hallaba sen¬tado agarrando a la loba, que no
dejaba de tirar para ir en busca del gnomo; sólo veía blancos lomos y orejas
tiesas. Las bestias se movie¬ron a toda prisa en dirección al hombrecillo, y en
su carrera produ¬cían un sonido de cadenas arrastradas por el suelo.
«¿Qué está haciendo
Binabik? —pensó Simón, a quien el miedo le hacía difícil seguir respirando—.
¿Por qué no corre, por qué no usa sus dardos o algo?»
Todo resultaba como
la repetición de sus peores pesadillas, como Morgenes en llamas situado en
medio de Simón y de la mor¬tífera mano de Pryrates. No podía quedarse allí
sentado observando cómo Binabik era asesinado. Cuando se levantó para ir hacia
él, los perros saltaron hacia el gnomo.
Simón sólo pudo ver
durante unos instantes los largos y pálidos hocicos, los ojos blancos, y apenas
unas retorcidas lenguas rojas y gargantas del mismo color... Después Binabik
saltó hacia atrás, ha¬cia el fondo del cañón.
«¡No!», gritó el
muchacho en silencio, horrorizado. Las cinco o seis criaturas más cercanas al
gnomo lo siguieron hacia el fondo del precipicio, incapaces de detenerse, y
cayeron por la grieta en un re¬voltijo de blancas piernas y colas. Desesperado,
el chico vio al mon¬tón de perros golpearse contra las paredes del cañón a
medida que caían y estrellarse contra los árboles del fondo, con una explosión
de ramas rotas. Sintió otro grito que le subía por el pecho...
—¡Ahora, Simón!
¡Suéltala!
Con la boca
abierta, miró hacia abajo y vio a Binabik apretado contra la pared de roca:
estaba suspendido de la cuerda que lo suje¬taba alrededor de la cintura a menos
de doce pies por debajo de donde había saltado.
—¡Suéltala! —volvió
a decir, y Simón dejó de sujetar el cuello de la loba con su brazo.
El resto de los
perros estaban en el borde del precipicio, arriba, y no dejaban de husmear el
terreno y mirar hacia abajo; ladraban de forma salvaje al hombrecillo que
colgaba tan frustrantemente cerca de ellos.
Mientras Qantaqa
regresaba por el ancho tronco de la encina, uno de los mastines blancos puso su
mirada de diminutos ojos como cristales empañados sobre el árbol y Simón, dejó
escapar un ronco gruñido y corrió en aquella dirección; los demás lo siguieron
rápidamente.
Antes de que el
aullante grupo llegase a la encina, la loba gris daba sus últimos pasos y
alcanzaba el borde con un magnífico salto. El primer mastín estuvo sobre ella
en un abrir y cerrar de ojos, y dos más lo hicieron inmediatamente. El aullido
de guerra de Qantaqa resonó sordamente por encima de los ladridos y aullidos de
los ani¬males.
Simón, que se había
quedado helado tras un momento de inde¬cisión, empezó a avanzar, poco a poco,
hacia el borde del precipicio. El tronco era lo suficientemente ancho como para
que las piernas extendidas le doliesen, y pensó en ponerse de rodillas para gatear
hacia adelante, sacrificando el estar bien sujeto a poder correr. Por primera
vez dirigió su mirada al fondo del abismo. Las copas de los árboles parecían
una abultada alfombra de color verde tendida muy a lo lejos, muy abajo. La
distancia le provocaba mareos, pues había más trozo para saltar que desde el
muro a la Torre del Ángel Verde. La cabeza le dio vueltas y apartó la mirada,
decidiendo mantener las rodillas allí donde estaban. Cuando volvió a levantar
la vista vio una forma blanca que pasaba del borde del cañón hasta el ancho
tronco de la encina.
El mastín gruñía y
se dirigía hacia él, con las patas sobre la cor¬teza. Simón sólo dispuso de un
instante para coger la rama que lle¬vaba a la cintura antes de que el animal
cruzase los doce pies que lo separaban de él y se lanzase hacia su cuello. Durante
un instante la rama se quedó enganchada en el cinturón, pero había puesto el
ex¬tremo más estrecho hacía abajo y ello le salvó la vida.
Cuando pudo liberar
la cachiporra, el perro ya estaba sobre él. Unos colmillos amarillos brillaron
cuando dirigió un mordisco a su rostro. El muchacho levantó la rama lo
suficiente como para asestar un buen golpe, evitando la acometida del perro,
cuyos dientes sólo mordieron el aire a una pulgada de su oreja izquierda y lo
llenaron de saliva. El mastín tenía las patas sobre el pecho de Simón y el
desagra¬dable aliento a carroña de la bestia le hacía casi imposible respirar;
el joven perdía el equilibrio y trató de levantar la cachiporra, pero ésta
quedó trabada por las patas delanteras extendidas del animal. El mu¬chacho se
echó hacia atrás cuando vio que el morro de la bestia vol¬vía a embestir hacia
su rostro y trató de liberar la rama. Hubo un momento de resistencia y,
entonces, una de las blancas patas del ani¬mal resbaló del hombro de Simón y el
perro perdió el equilibrio. Agitó las patas y trastabilló, tratando de
agarrarse a la corteza; des¬pués tropezó con la porra, que arrastró en su caída
hacia el fondo del cañón.
Simón se estiró
sobre el tronco, cabeza abajo, y se sujetó a él con las manos, tosiendo y
tratando de apartar de sí el fétido aliento de aquella bestia. Levantó
ligeramente la cabeza para ver que otro mas¬tín había aparecido en el árbol,
justo bajo sus raíces, con los lecho¬sos ojos brillando como los de un
pedigüeño ciego. La bestia le mostró los dientes, con una sonrisa de color
rojo. Simón levantó sus vacías manos cuando el animal se acercó lentamente por
el tronco, con unos fuertes músculos que se hacían visibles por debajo del
corto pelo.
El mastín se giró
para rascarse el flanco a causa de algo que le ha¬bía picado; después volvió su
fantasmal mirada otra vez sobre Simón. Dio otro paso, se tambaleó, volvió a dar
otro paso incierto y de re¬pente se dejó caer para resbalar por el tronco y perderse
en el abismo.
—El dardo negro
parece que es lo más rápido —dijo Binabik.
El hombrecillo
estaba a pocas yardas colina abajo de la masa de secas raíces de la encina. Un
instante después Qantaqa estaba a su lado, con el morro manchado de roja
sangre. Simón los miró y poco a poco se dio cuenta de que habían sobrevivido.
—Ve despacio —le
aconsejó el gnomo—. Te tiraré la cuerda. No tendría sentido perderte ahora,
después de todo lo que hemos pa¬sado...
La cuerda formó un
arco en su caída y llegó hasta la rama en la que estaba Simón. Éste la agarró
con manos temblorosas como si sufriera de parálisis.
Binabik dio la
vuelta con su pie a un mastín muerto. Era uno de los que había matado con sus
dardos. El algodón sobresalía de la re¬gular piel blanca del cuello de la
criatura como un diminuto cham¬piñón.
—Mira esto —dijo.
Simón se agachó un
poco más. No se parecía a ningún perro de caza de los que había visto. El
delgado hocico y la mandíbula col¬gante le recordaban más a uno de los
tiburones que los pescadores sacaban del Kynslagh que a ningún otro perro. Los
opalescentes ojos blancos, ahora sin vida, parecían ser ventanas que mostrasen
al¬guna enfermedad interior.
—Ahora mira allí
—señaló Binabik.
En el pecho del
animal, quemado y negro bajo los cortos pelos, se hallaba un fino triángulo de
estrecha base. Era una marca realizada con fuego, como las que hacían los
hombres de las Thrithings sobre los flancos de sus caballos mediante hierros
candentes.
—El signo del Pico
de las Tormentas —explicó el gnomo lenta¬mente—. Es la marca de las nornas.
—¿Quiénes son...?
—Un pueblo extraño.
Su país está más al norte todavía de Yiqanuc y de Rimmersgardia. Allí hay una
gran montaña, muy alta y con la cima siempre llena de nieve y hielo, llamada
Pico de las Tor¬mentas por los rimmerios. Las nornas no viajan por las tierras de
Osten Ard. Algunos dicen que son sitha, pero no sé si eso es cierto.
—¿Cómo puede ser?
—preguntó Simón—. Mira el collar. Se inclinó hacia el suelo y arrancó el aro
que rodeaba el rígido cuello del mastín muerto.
Binabik sonrió
tímidamente.
—¡Qué vergüenza!
¡He pasado por alto el collar, blanco sobre blanco como es, yo, que desde
pequeño me enseñaron a cazar en la nieve!
—Pero míralo —urgió
Simón—. ¿Has visto la hebilla? Aquella pieza era ciertamente interesante; se
trataba de una hebi¬lla de plata a la que habían dado la forma de un dragón
enroscado.
—Ese es el dragón
de las jaurías de Elías —dijo Simón, con seguri¬dad—. Lo sé porque a menudo he
visitado a Tobas, el que cuida de los perros.
Binabik se agachó y
miró el cuerpo del animal.
—le creo. Y en
cuanto a la marca del Pico de las Tormentas, sólo es necesario verla para darte
cuenta de que estos mastines no han sido criados en tu Hayholt.
El gnomo se irguió
y retrocedió un paso. Qantaqa se acercó para husmear el cuerpo y después se
apartó rápidamente con un gruñido.
—Un misterio cuya
solución deberá esperar —apuntó el gnomo—. Ahora hemos tenido suerte de poder
conservar nuestras vidas y ha¬ber salido enteros. Debemos ponernos en marcha.
No deseo encon¬trarme con el amo de estas bestias.
—¿Estamos cerca de
la casa de Geloë?
—Creo que nos hemos
desviado un poco de nuestro camino, pero podemos arreglarlo. Si nos marchamos
ahora podremos evitar la oscuridad.
Simón miró el
alargado morro y la mandíbula del perro, su cuerpo poderoso y su ojo velado.
—Eso espero —dijo.
No pudieron
encontrar forma alguna de cruzar el cañón; de mala gana decidieron retroceder y
descender la larga pendiente y buscar otra forma de descenso más fácil que
dejarse caer por la es¬carpada roca. Simón se encontraba feliz por no haber
tenido que bajar de allí; sentía las rodillas tan débiles como si tuviese
fiebre. No tenía ganas de volver a mirar por las fauces del cañón y no ver nada
ante él excepto la larga y profunda caída. Una cosa era escalar y tre¬par por
las paredes y torres de Hayholt, con sus esquinas y rendijas, y otra descender
por el tronco de un árbol suspendido como una frágil ramita sobre la nada.
En la base del
promontorio, a la que llegaron una hora más tarde, giraron a la derecha y
empezaron a dirigirse hacia el noroeste. No habían recorrido más de cinco
estadios cuando oyeron un agudo y quejumbroso alarido que cortó el aire del
atardecer. Ambos se detuvieron, y Qantaqa levantó las orejas y emitió un
gruñido. El ruido volvió a repetirse.
—Parece el grito de
un niño —dijo Simón, moviendo la cabeza para localizar la fuente del sonido.
—A veces los
bosques gastan esas jugarretas —empezó a decir Binabik.
El fúnebre lamento
se elevó otra vez. A continuación llegaron unos airados ladridos que conocían
bien.
—¡Por los ojos de
Qinkipa! —gritó el gnomo—. ¡¿Es que nos segui¬rán hasta Naglimund?! —Los
ladridos volvieron a oírse, y él escuchó atentamente—. Parecen provenir de un
solo perro. Tenemos un poco de suerte.
—Es como si
viniesen de allí abajo. —El muchacho señaló hacia donde los árboles se hacían
más densos, a cierta distancia—. Vamos a ver qué es.
—¡Simón! —La voz de
Binabik estaba llena de sorpresa—. ¿Qué has dicho? ¡Estamos huyendo para salvar
nuestras vidas!
—Dijiste que
parecía haber sólo uno de ellos. Tenemos a Qan¬taqa. Alguien está siendo
atacado. ¿Cómo podemos marcharnos sin hacer nada?
—Simón, no sabemos
si se trata de una trampa... o de un animal.
—¿Y si no lo es?
—preguntó el joven—. ¿Y si eso ha atrapado al hijo de algún leñador... o...
alguna otra cosa?
—¿Al hijo de un
leñador? ¿A esta distancia de la linde del bosque? —Binabik lo miró lleno de
frustración. Simón le devolvió una mi¬rada desafiante—. ¡Ja! —exclamó muy
serio—. Está bien, hagamos lo que deseas.
El muchacho se dio
la vuelta y empezó a correr hacia la espesura de los árboles.
—¡Mikmok hanno so
gijiq, decimos en Yiqanuc! —gritó el gnomo—. ¡Si quieres llevar una comadreja
hambrienta en el bolsillo, es asunto tuyo!
El chico no se
volvió a mirarlo. El hombrecillo golpeó el suelo con el bastón y corrió hacia
él.
Al cabo de cien
pasos había alcanzado a Simón, y en los veinte siguientes abrió el bastón para
buscar la bolsa de los dardos. Siseó una orden para hacer retroceder a Qantaqa
y diestramente hizo una bola de algodón que puso alrededor de uno de los
dardos, todo ello mientras corría.
—¿Puedes
envenenarte si tropiezas y caes sobre uno de ellos? —preguntó Simón.
Binabik le lanzó
una amarga y preocupada mirada mientras tra¬taba de mantenerse corriendo.
Cuando llegaron al
lugar del que provenían aquellos extraños sonidos, ante ellos apareció una
escena de decepcionante inocencia: un perro se agazapaba ante un castaño,
mirando hacia una oscura forma que había en una de las ramas superiores. Podía
haberse tra¬tado de uno de los mastines de Hayholt jugando con un gato
refu-giado en un árbol, pero tanto el perro como la presa eran bastante más
grandes.
Estaban a menos de
cien pasos cuando el animal se volvió hacia ellos; al verlos les mostró los
dientes y emitió un áspero y sonoro la¬drido. Volvió a mirar durante un momento
a lo alto del árbol, des¬pués estiró las largas piernas y se lanzó hacia ellos.
Binabik detuvo su paso y levantó el tubo hueco hasta sus labios. Qantaqa corrió
tras él. El perro acortaba la distancia y el gnomo hinchó las mejillas y
disparó. Si había acertado el dardo fue algo que la bestia no demos¬tró, pues
todavía corrió más deprisa, rugiendo; Qantaqa se abalanzó hacia adelante para
salirle al paso. El mastín era aun más grande que los otros, tan grande o
incluso un poco más que la loba.
Los dos animales no
se anduvieron por las ramas y se lanzaron uno contra otro, con las mandíbulas
preparadas para morder; un momento después caían revueltos al suelo entre
ladridos y gruñi¬dos, como una bola de pelo gris y blanco. Binabik maldecía
junto a Simón y se le cayó la bolsa de cuero en sus prisas por preparar otro
dardo. Las agujas de marfil se diseminaron por entre las hojas y el musgo, a
sus pies.
Los aullidos de los
combatientes elevaron su volumen. La gran cabeza blanca del mastín arremetió
una y otra vez, como una víbora. La última ocasión en que la vio llevaba sangre
sobre su pálido hocico. Simón y el gnomo corrían hacia ellos cuando éste lanzó
de pronto un grito ahogado.
—¡Qantaqa! —gritó,
y corrió hacia adelante.
El muchacho apenas
tuvo tiempo de ver el cuchillo con mango de hueso en manos de Binabik, y un
momento después, de forma increíble, el gnomo se abalanzó entre los animales y
hundió la afi¬lada hoja, la volvió a elevar y volvió a hundirla. Simón, que
temía por la vida de sus dos compañeros, recogió el tubo hueco de donde Binabik
lo había dejado caer y se acercó a la pelea. Llegó a tiempo para ver aparecer
al hombrecillo tirando de la gruesa masa gris de pelo perteneciente a Qantaqa.
Los dos animales quedaron separados y en ambos había sangre. La loba caminaba
con lentitud, cojeando de una pierna. El mastín blanco permaneció echado, en
silencio.
El gnomo se agachó
y, poniendo su brazo alrededor de! cuello de Qantaqa, apretó su frente contra
la del animal. Simón, emocio¬nado, se alejó de ellos para acercarse al árbol.
La primera sorpresa
que se llevó fue encontrar dos figuras sobre las ramas del castaño; un joven de
grandes ojos que tenía en su re¬gazo a un ser más pequeño y silencioso. La
segunda sorpresa consis¬tió en que Simón conocía a una de las figuras, concretamente
a la que más abultaba.
—¡Eres tú! —Miró
hacia arriba, asombrado, al rostro colorado y lleno de pavor—. ¡Tú! ¡Mal...,
Malaquías!
El muchacho no dijo
nada; siguió mirando hacia abajo con ojos asustados, balanceando al pequeño ser
que reposaba en su regazo. Durante unos momentos el bosque permaneció en
silencio e inmó¬vil, como si el sol del atardecer hubiera sido detenido en su
camino por encima de los árboles. Entonces el estrépito de un cuerno rom¬pió la
calma.
—¡Deprisa! —gritó
Simón a Malaquías—. ¡Baja! ¡Vamos, baja! Binabik y la renqueante Qantaqa se
aproximaron a ellos.
—Es el cuerno de un
cazador, estoy seguro —dijo Binabik.
Malaquías, como si
lo hubiese comprendido al fin, empezó a moverse por la larga rama con su
pequeño compañero en brazos. Cuando alcanzaron la parte superior del tronco
pareció dudar du¬rante un instante; después alargó el bulto a Simón. Se trataba
de una niña de cabello oscuro, de no más de diez años. La criatura permane¬cía
inmóvil, con los ojos cerrados sobre un rostro demasiado pálido; cuando la
cogió el muchacho, sintió un desagradable olor proveniente de la áspera ropa.
Un momento después bajó Malaquías de la rama, tropezó y cayó, aunque se
incorporó casi de inmediato.
—¿Y ahora, qué?
—preguntó Simón, tratando de acunar a la niña contra el pecho. El cuerno volvió
a hacerse audible en alguna parte del borde del cañón que habían dejado atrás,
y ahora también perci¬bieron el excitado aullar de más mastines.
—No podemos luchar
contra hombres y perros a la vez —dijo el gnomo, con el rostro cansado—. No
podemos correr más que los ca¬ballos. Debemos escondernos.
—¿Cómo? —inquirió
el chico—. Los perros nos olfatearán.
Binabik se inclinó
sobre la pata herida de Qantaqa, la tomó en su manita y la dobló hacia adelante
y hacia atrás. La loba se resistió un poco, pero después se sentó, respirando
con dificultad, mientras el hombrecillo acababa con sus manipulaciones.
—Es una lesión
dolorosa, pero no está rota —le explicó a Simón, y después se volvió para
hablar con el animal.
A Malaquías se le
hizo imposible mantener la mirada frente a Simón.
—Chok, Qantaqa, mi
valiente amiga —dijo el gnomo—, ¡ummu chok Geloë!
La loba respiró
profundamente, después se incorporó y se diri¬gió hacia el noroeste, alejándose
del clamor que se elevaba tras ellos. Desapareció de la vista, entre los
árboles, en cuestión de escasos mo¬mentos, arrastrando la ensangrentada pata
delantera.
—Espero —explicó
Binabik— que la confusión de olores que hay aquí —señaló el árbol, y luego al
gran perro tendido cerca de él— los despiste y sigan el rastro de Qantaqa. Creo
que no podrán atraparla, incluso coja. Es demasiado lista.
Simón miró a su
alrededor.
—¿Y si nos
escondemos allí? —preguntó, y señaló una hendidura que había en la falda de la
colina; estaba formada por un gran rec¬tángulo de piedra que se había
desprendido y caído hacía atrás y constituía una gran grieta.
—No sabemos la
dirección que tomarán —respondió Binabik—. Si llegan desde la colina será bueno
para nosotros. Si lo hacen desde más atrás, pasarían justo junto al agujero. Es
demasiado arriesgado.
A Simón le costaba
trabajo pensar. El estruendo de los mastines acercándose lo llenaba de pánico.
¿Tendría razón el gnomo? ¿Los perseguirían hasta llegar a Naglimund? Tampoco es
que pudieran seguir corriendo durante mucho más tiempo, cansados y maltre¬chos
como estaban.
—¡Allí! —exclamó de
repente.
Sobre el suelo del
bosque, a escasa distancia de donde se encon¬traban, reposaba una mole de
piedra tres veces más alta que un hombre. Los árboles crecían cerca de su base
y la rodeaban como ni¬ños pequeños ayudando al anciano abuelo a sentarse a la
mesa.
—¡Si podemos trepar
hasta allí arriba —dijo Simón—, estaremos por encima incluso de los que vayan a
caballo!
—Sí. —Binabik
asintió con la cabeza—. Eso es, eso es. Simón. Venga, vamos a subir.
El hombrecillo le
hizo una seña al silencioso Malaquías. El mu¬chacho se acomodó lo mejor que
pudo a la niña contra el cuerpo y corrió tras ellos.
El gnomo trepó un
tramo y se agarró a la rama de un árbol cer¬cano mientras se daba la vuelta.
—Dadme a la
pequeña.
Así lo hizo Simón;
extendió los brazos todo lo que pudo y des¬pués se volvió para ayudar a
Malaquías, que buscaba un lugar donde poner el primer pie, y lo empujó por el
codo hacia arriba. El joven rechazó aquel gesto de ayuda y trepó
cuidadosamente.
Simón fue el último
en hacerlo. Cuando llegó al primer reborde recogió la rígida figura de la niña
y la depositó sobre su hombro; después volvió a iniciar su ascenso hasta la
cima redondeada de la roca. Se estiró con los otros entre las ramas y hojas que
allí había, oculto tras una pantalla de árboles. El corazón le latía
apresurada¬mente de cansancio y miedo. Tenía la impresión de que había es¬tado
corriendo y ocultándose desde siempre.
Mientras trataban
de buscar una posición cómoda para los cua¬tro, se elevó el ladrido de los
perros hasta conformar un agudo au¬llido; un momento después el suelo se llenó
de agitadas formas blancas.
Simón dejó que
Malaquías cogiese a la niña y poco a poco se movió hasta unirse a Binabik,
junto al borde de la roca.
A través de una
rendija del follaje vieron lo que ocurría abajo.
Había canes por
todas partes, husmeando y ladrando; al menos una veintena de ellos corrían
excitados arriba y abajo, entre el cuerpo de su compañero, el árbol y la base
de la gran roca. Incluso pareció que uno miraba directamente a Simón y a
Binabik, con unos vacíos y brillantes ojos blancos y mostrando unas fieras
fauces rojas. Poco después se alejó y volvió con sus compañeros.
El sonido del
cuerno se hizo más cercano. Un minuto después apareció una hilera de caballos,
abriéndose paso entre la espesa vegetación de la falda de la colina. Ahora los
perros tenían una cuarta esquina que recorrer en su circuito, y lo hacían
ladrando entre las grises piernas del caballo que iba al frente; éste caminaba
con tanta tranquilidad como si las bestias fuesen mariposas. Las monturas que
iban tras el primero no se mostraron tan tranquilas y una de ellas dio un
respingo; su amo la sacó de la fila y la espoleó por la ver¬tiente hasta que se
detuvo cerca de la roca en la que permanecían es¬condidos los cuatro fugitivos.
El jinete era joven
y barbilampiño; poseía una mandíbula angu¬losa y pelo rizado de color castaño,
el mismo color de su montura. Vestía una capa azul y negra por encima de la
plateada armadura, con el emblema de tres flores amarillas en diagonal desde el
hombro a la cintura. Tenía una expresión amarga en el rostro.
—Otro que está
muerto —dijo—. ¿Qué tenéis que decir de esto, Jegger? —Su voz adoptó un tono de
sarcasmo—. Oh, perdonadme, maestro Ingen, quise decir.
Simón estaba
sorprendido de la claridad con la que oía las pala¬bras del hombre, como si
hablase con los fugitivos ocultos, y retuvo el aliento.
El individuo de la
armadura miraba a alguien que estaba fuera de su campo de visión, y su perfil
le resultó muy familiar. Simón estaba seguro de que lo había visto antes,
seguramente en Hayholt. Lo cierto era que por su acento tenía todo el aspecto
de ser un erkyno.
—No tiene
importancia la forma en que me llaméis —contestó otra voz, profunda, monótona y
fría—. Vos no hicisteis a Ingen Jeg¬ger maestro de esta cacería. Estáis aquí
por... mera cortesía, Heahferth, ya que éstas son vuestras tierras.
El muchacho supo
entonces que el primer hombre era el barón Heahferth, un sujeto habitual en la
corte de Elías y amigo del conde Fengbald. El que había hablado después hizo
que su gris montura apa¬reciese en la rendija a través de la que Simón y
Binabik miraban. Unos agitados perros blancos se movían por entre los cascos
del caballo.
El hombre llamado
Ingen iba vestido completamente de negro, y tanto su capa como las calzas y la
camisa eran del mismo tono triste y deslustrado. Al principio tuvieron la
impresión de que lle¬vaba una barba blanca, pero después se dieron cuanta de
que los pe¬los de su rostro eran de un amarillo tan pálido y descolorido como
sus ojos, que debían de haber sido azules.
Simón observó el
frío rostro enmarcado en la negra cofia, el fuerte y musculoso cuerpo, y sintió
un miedo diferente del que ha¬bía experimentado durante aquel peligroso día.
¿Quién era aquel hombre? Tenía el aspecto de ser rimmerio, su nombre también lo
era, pero hablaba de una forma extraña, con un ligero y extraño acento que el
chico nunca había oído con anterioridad.
—Mis tierras acaban
en el límite del bosque —dijo Heahferth, y volvió a su lugar con su montura.
Media docena de
hombres con armadura ligera aparecieron en el claro y detuvieron sus caballos,
a la espera.
—Y donde acaban mis
tierras —continuó— también lo hace mi paciencia. Esto es una farsa. Un montón
de perros muertos esparci¬dos como paja...
—... Y dos
prisioneros escapados —acabó de decir Ingen.
—¡Prisioneros! —se
mofó Heahferth—. ¡Un muchachito y una niña! ¿Es que creéis que ésos son los
traidores que Elías está tan an¬sioso por atrapar? ¿Creéis que ellos dos —movió
la cabeza para seña¬lar el cuerpo del gran mastín muerto— hicieron eso?
—Los perros han
estado siguiendo algo. —Ingen Jegger observó al animal muerto—. Mirad, mirad
las heridas. Ni un oso ni un lobo han podido hacerlo. Es nuestra presa, y
todavía sigue corriendo. Y ahora, gracias a vuestra estupidez, nuestros
prisioneros también continúan huyendo.
—¿Cómo os atrevéis?
—dijo el barón, alzando la voz—. ¿Cómo os atrevéis? Con sólo dar una orden
puedo hacer que os llenen de fle¬chas como un erizo.
Ingen levantó
lentamente la mirada del cuerpo del mastín.
—Pero no lo haréis
—respondió con calma.
El caballo de
Heahferth volvió a piafar y, cuando éste lo hubo dominado, los dos hombres se
miraron fijamente durante unos ins¬tantes.
—Oh..., entonces,
muy bien —concluyó el barón. Su voz adoptó un tono diferente mientras apartaba
la mirada del hombre vestido de negro y la dirigía hacia los árboles—. ¿Qué
hacemos ahora?
—Los perros han
descubierto un rastro —dijo Ingen—. Haremos lo que tenemos que hacer.
Continuar.
El hombre de negro
levantó el cuerno que colgaba en uno de sus costados y sopló una vez. Los
animales, que habían estado pulu¬lando por el borde del claro, levantaron la
cabeza y se dirigieron a toda prisa en la dirección en la que había
desaparecido Qantaqa; In¬gen Jegger lanzó a su alto caballo gris tras ellos sin
decir palabra.
El barón Heahferth,
maldiciendo, hizo una seña a sus hombres para que lo siguieran.
En cuestión de
segundos el bosque se vació y se llenó de silencio una vez más, pero Binabik
los mantuvo ocultos durante un tiempo adicional antes de dejar que sus
compañeros descendiesen de la peña. Una vez sobre el suelo, examinó rápidamente
a la niña: le abrió los ojos con un delicado y huesudo dedo y se acercó a ella
para com-probar la respiración.
—Muy mal ella está.
¿Cómo se llama, Malaquías?
—Leleth —respondió
el chico, mirando el pálido rostro—. Es mi hermana.
—Nuestra única
esperanza es llevarla rápidamente a casa de Geloë —dijo Binabik—. Y también
espero que Qantaqa extravíe a esos hombres para que podamos llegar sanos y
salvos.
—¡¿Qué haces aquí,
Malaquías?! —inquirió Simón—. ¿Cómo has huido de Heahferth?
El muchacho no
respondió, y cuando el otro volvió a repetir las preguntas torció la cabeza y
desvió la mirada.
—Las preguntas,
para después —intervino el gnomo—. Rapidez es lo que necesitamos ahora. ¿Puedes
cargar con la niña, Simón?
Emprendieron su
camino a través del denso bosque en dirección noroeste. El sol, que descendía,
parecía bailar a través de las ramas.
El chico le
preguntó a Binabik sobre el hombre llamado Ingen y su extraña manera de hablar.
—Es un rimmerio
negro, creo —respondió aquél—. Son una gente muy extraña, a los que rara vez se
ve fuera de los asentamientos más norteños, donde a veces van a comerciar. No
hablan la lengua de Rimmersgardia. Se dice que viven en los márgenes de las
tierras per¬tenecientes a las nornas.
—¡Otra vez
ellas...! —gruñó Simón, agachándose por debajo de una rama que llegó hasta él
con fuerza tras el paso descuidado de Mala¬quías. El muchacho se volvió para
mirar a Binabik—. ¡¿Qué es lo que ocurre?! ¿Por qué se preocupa esa gente por
nosotros?
—Son tiempos
peligrosos, amigo Simón —contestó el hombreci¬llo—. Atravesamos una época
peligrosa.
Pasaron algunas
horas, y las sombras del atardecer se alargaron. Los pedazos de cielo que se
veían brillar a través de las copas de los árboles se fueron tornando de color
rosado. Los tres fugitivos si¬guieron andando.
El terreno era
llano, aunque de vez en cuando encontraban al¬gún corto descenso. En las ramas
superiores las ardillas y los arren¬dajos seguían con sus interminables
conversaciones; los grillos emi¬tían su monótono canto desde abajo de las hojas
caídas.
En una ocasión
Simón vio un gran búho gris deslizándose rápi¬damente como un fantasma a través
de las retorcidas ramas superio¬res. Más tarde avistó otro, tan parecido al
primero que podían haber sido gemelos.
Binabik observaba
el cielo, cuando pasaban a través de claros, y rectificaba la dirección
desviándose un poco hacia el este; al cabo de poco tiempo llegaron a un pequeño
riachuelo que corría a través de miles de pequeños espigones de ramas caídas.
Durante un trecho caminaron siguiendo la corriente por la orilla llena de altas
y espesas hierbas; cuando un árbol les impedía el paso, lo rodeaban y
conti¬nuaban por la superficie de las piedras que salpicaban la corriente.
El cauce del
riachuelo se hizo más amplio cuando se unió a otro, y al poco tiempo Binabik
levantó la mano para señalar una parada. Acababan de rodear un recodo y allí el
río caía repentinamente, for¬mando una pequeña cascada sobre una serie de
bloques de piedra.
Permanecieron en el
borde de la gran cavidad que allí se for¬maba y que iba a dar a un montículo de
árboles, el cual conducía a un ancho y oscuro lago.
El sol se había
puesto; en la penumbra poblada de insectos el agua tenía un color púrpura y
daba la impresión de gran profundi¬dad. Había retorcidas ramas que se
introducían en el agua como serpientes. Cerca del lago existía una atmósfera de
quietud, de se¬cretos sólo susurrados a los incontables árboles.
En el lado más
alejado, oscura y difícil de ver en la negrura en¬volvente, se erguía sobre el
agua una alta cabaña de techo de paja, de tal manera que daba la impresión de
mantenerse flotando en el aire, aunque un momento después Simón vio que se
elevaba por encima de la superficie del lago sobre pilares. Una tenue luz
brillaba en las dos pequeñas ventanas.
—La casa de Geloë
—dijo Binabik, y empezaron a descender por la alameda.
Sin que su aleteo
produjera ningún tipo de ruido, una forma gris se abalanzó sobre ellos desde lo
alto de los árboles y describió dos círculos por encima del lago; después
desapareció en la oscuri¬dad que se extendía alrededor de la cabaña.
Durante un instante
Simón pensó que el búho había entrado en la casita, pero le pesaban los
párpados a causa del cansancio y ni pudo verlo con claridad. La canción de los
grillos se elevó a medida que los viajeros se adentraban en las sombras. Una
forma en movi¬miento se dirigía hacia ellos bordeando el lago.
—¡Qantaqa! —rió
Binabik, y corrió para encontrarse con ella.
26
En casa de Geloë
La figura que
permanecía enmarcada en la cálida luz del vano de la puerta no se movió ni dijo
nada al ver a los compañeros; éstos atravesaban el largo puente que llevaba
desde la orilla del lago a los escalones que había frente a la casa. Simón
siguió a Binabik, con la niña cuidadosamente sujeta, y no pudo acertar a
res¬ponder por qué aquella mujer, Geloë, no tenía una entrada de una naturaleza
más permanente, al menos algo que tuviese una barandi¬lla de cuerda. Sus
cansados pies encontraban dificultades para man¬tenerse en el estrecho puente.
«Supongo que no
debe de recibir muchas visitas», pensó, y miró hacia el bosque, que se había
oscurecido rápidamente.
El gnomo subió el
primer escalón e hizo una reverencia, por lo que casi echó a Simón fuera del
puente.
—Valada Geloë
—anunció—, Binbines Mintahoqis requiere vues¬tra ayuda. Traigo a unos viajeros.
La figura que se
encontraba en el umbral retrocedió unos pasos y dejó libre la entrada.
—Ahórrame los
modales nabbanos, Binabik—dijo con una ronca y musical voz, impregnada de un
acento extraño, pero de mujer, sin lugar a dudas—. Te conozco. Qantaqa ha
llegado hace una hora. —La loba, que permanecía al borde de la rampa, irguió
las orejas—. Claro que sois bienvenidos. ¿Piensas que iba a rechazarte?
El gnomo entró en
la casa. Simón, que estaba un escalón más abajo, habló:
—¿Dónde puedo dejar
a la niña?
A continuación se
introdujo en la habitación, que le dio la sen¬sación de ser grande y tener un
alto techo; estaba inundada de som¬bras danzantes provocadas por las llamas de
muchas velas. Tras él entró Geloë.
La mujer iba
vestida con una áspera ropa de color pardo, tosca¬mente sujeta mediante un
cinturón. Su altura estaba a medio ca¬mino entre la del gnomo y la de Simón; su
rostro era ancho y moreno a causa de los rayos del sol, con arrugas en las
esquinas de los ojos y en las comisuras de los labios. El oscuro cabello
aparecía mo-teado aquí y allá con manchas grises, y lo llevaba corto, por lo
que casi tenía el aspecto de un sacerdote. Pero fueron sus ojos los que
fas¬cinaron a Simón: redondos, con gruesas pestañas, y de un intenso color
negro azabache. Eran unos ojos viejos y llenos de conoci¬miento, como si
perteneciesen a algún antiguo pájaro, y en ellos residía un poder que lo dejó
clavado en el suelo. La mujer parecía estar tomándole las medidas, volviéndolo
del revés y agitándolo como si fuese un saco, y todo ello a la vez. Cuando al
fin su mirada descendió hacia la niña, el muchacho se sintió tan hueco como una
bota de vino vacía.
—La niña está
herida. —No era una pregunta. Simón dejó que la mujer la tomase de entre sus
brazos mientras Binabik se adelantaba.
—Ha sido atacada
por unos perros —dijo el gnomo—. Perros con la marca del Pico de las Tormentas.
Si el hombrecillo
había esperado ver en Geloë una mirada de sorpresa o de miedo, se llevó un
chasco. La mujer se dirigió hacia un jergón de paja, donde dejó a Leleth.
—Buscad algo de
comida si tenéis hambre —dijo la valada.—. Ahora debo atender a la niña. ¿De
dónde venís?
Binabik no esperó
ni un segundo más para empezar a explicarle los acontecimientos más recientes y
ella se puso a desnudar el in¬consciente cuerpo de la niña; entonces hizo su
aparición Malaquías, que se aproximó al jergón y observó cómo Geloë limpiaba las
heridas de Leleth. Cuando Malaquías estuvo demasiado cerca y la molestó en sus
movimientos, la valada tocó suavemente el hom¬bro del muchacho con una mano
morena por el sol. Mantuvo el contacto y lo miró con fijeza durante unos
instantes, hasta que él desvió la vista, acobardado. Tras una pausa volvió a
levantar los ojos y a mirar de nuevo a Geloë, y algo sucedió entre ellos antes
de que el chico se diese la vuelta y se sentase contra la pared.
Binabik encendió la
chimenea, ingeniosamente acondicionada en un profundo pozo excavado en el
suelo. El humo, sorprendente¬mente escaso, se elevaba hasta el techo; Simón
imaginó que debía de haber una chimenea escondida entre las sombras de arriba.
La cabaña en sí,
que en realidad constaba de una gran habita¬ción, le recordaba las estancias de
Morgenes en muchos aspectos. Una infinidad de extraños objetos colgaban de las
paredes revocadas con arcilla: ramas con hojas colocadas en cuidadosos haces, bolsas
de flores secas derramando sus pétalos, y cañas y juncos, al igual que lar¬gas
raíces que parecían provenir del lago. La luz procedente del fuego también
iluminaba una multitud de pequeños cráneos de animales, destacando sus
brillantes y pulidas superficies pero sin llegar a pene¬trar en la oscuridad de
las cuencas de los ojos.
Había toda una
pared que estaba dividida entre el techo y el suelo por una alta estantería de
madera, la cual también aparecía cu¬bierta de curiosos objetos como pellejos de
animales y pequeños montones de ramas y huesos, piedras de todas las formas y
colores hermosamente desgastadas por el agua, y una cuidadosamente dis-puesta
sucesión de rollos de pergaminos, con los mangos hacia el exterior, como si se
tratase de un montón de leña. Todo aparecía tan lleno de cosas que a Simón le
costó unos instantes darse cuenta de que no era una estantería sino una mesa;
junto a los pergaminos re¬posaba un montón de vitela, y una pluma en un tintero
hecho con el cráneo de un animal.
Qantaqa resoplaba
en calma con el morro contra uno de los muslos. El muchacho le acarició el
hocico. En su rostro y en sus ore¬jas podían verse una infinidad de cortes y
pequeñas heridas, pero su pelo había sido cuidadosamente limpiado de sangre
seca. Simón se alejó de la mesa y se dirigió hacia la gran pared que daba al
lago a través de las dos pequeñas ventanas. El sol había desaparecido y la luz
de las velas se reflejaba sobre el agua en forma de dos largos e irre¬gulares
rectángulos. El chico vio su propia silueta en uno de ellos, como la pupila de
un brillante ojo.
—He puesto a
calentar algo de sopa —dijo Binabik, tras él, y le ofreció un tazón—. Yo
también la necesitaba —sonrió—, al igual que tú y todos los demás. Espero no
tener nunca más un día como éste.
Simón sopló sobre
el líquido caliente y después sorbió un poco a través de los labios. Tenía un
fuerte olor y resultaba un poco amargo, como sidra caliente.
—Está buena —dijo,
y sorbió un poco más—. ¿De qué es?
—Tal vez sea mejor
que no lo preguntes —sonrió Binabik con malicia.
Geloë levantó la
mirada del jergón, ceñuda, y miró al hombreci¬llo con ojos penetrantes.
—Déjate de cuentos,
gnomo; vas a hacer que el chico tenga dolor de estómago —rugió irritada—.
Estragón, diente de león y musgo es lo que hay en la sopa.
Binabik pareció
escarmentado.
—Os pido disculpas,
valada.
—Está buena
—intercedió el joven, preocupado por si la había ofendido, aunque sólo fuese
como destinatario de la broma de Binabik—. Gracias por acogernos. Me llamo
Simón.
—Ah —rezongó Geloë,
y volvió a seguir con la limpieza de las he¬ridas de Leleth.
Sin decir nada más,
Simón acabó el caldo con tanta calma como pudo. El gnomo le cogió el tazón y lo
volvió a llenar, y el chico lo volvió a terminar con tanta rapidez como el
otro.
Binabik empezó a
peinar el espeso pelo de Qantaqa con sus huesudos dedos, quitando los restos de
hojas y ramas que encon¬traba y tirándolos al fuego. Geloë aplicaba un vendaje
a Leleth en silencio mientras Malaquías observaba todo, con el lacio cabello negro
colgando sobre el rostro. Simón encontró un lugar relativa¬mente adecuado para
estirarse apoyado contra la pared de la cabaña.
Una legión de
grillos y otros cantores nocturnos llenaban los es¬pacios vacíos de la noche
mientras el muchacho caía en un pro¬fundo sueño, con su corazón latiendo a
ritmo tranquilo.
Todavía era de
noche cuando se despertó. Agitó la cabeza algo estúpidamente, tratando de
deshacerse de los restos de un sueño de¬masiado corto; le llevó unos instantes
recordar dónde se encon¬traba.
Geloë y Binabik
hablaban tranquilamente; la mujer estaba sen¬tada sobre un alto taburete y el
gnomo, a su vez, aparecía sentado con las piernas cruzadas a los pies de ella,
como un estudiante. En el jergón que había tras ellos descansaba una oscura
forma que Simón reconoció como Malaquías y Leleth durmiendo juntos.
—No importa si has
sido o no inteligente, joven Binabik —decía la mujer—. Has tenido suerte, que
es todavía mejor.
Simón decidió
hacerles saber que se había despertado.
—¿Cómo está la
niña? —preguntó, mientras se estiraba. Geloë lo miró con ojos sombríos.
—Muy mal. Se
encuentra malherida y tiene fiebre. Los masti¬nes... Bueno es una desgracia ser
mordido por ellos. Comen carne podrida.
—La valada está
haciendo todo lo posible, Simón —intervino Bi¬nabik.
El gnomo tenía algo
en sus manos: una nueva bolsa que cosía mientras hablaba. El muchacho se
preguntó dónde podría encon¬trar dardos nuevos. Ah, y una espada..., o un
cuchillo, al menos. La gente que iba de aventuras siempre llevaba un cuchillo o
tenía gran ingenio. O magia.
—¿Le has dicho...?
—dudó Simón—. ¿Le has dicho lo del doctor Morgenes?
—Ya lo sabía —dijo
Geloë, con la mirada puesta sobre él. Cuando habló lo hizo con deliberada
fuerza—. Tú estabas con él, muchacho. Sé tu nombre, y sentí la marca de
Morgenes cuando te toqué para coger a la pequeña de tus brazos.
Como para
demostrarlo extendió una ancha mano, llena de durezas.
—¿Sabíais mi
nombre?
—En cuanto a lo
concerniente al doctor, sé muchas cosas. —Geloë se echó hacia adelante y
removió la chimenea con un largo y en¬negrecido atizador—. Hemos perdido a un
gran hombre, un hombre al que nosotros no podemos permitirnos el lujo de
perder.
Simón dudó, pero la
curiosidad pudo más que él.
—¿Qué queréis
decir? —El chico gateó por el suelo hasta sentarse cerca del gnomo—. ¿Qué
significa nosotros?
—Nosotros significa
todos nosotros —respondió—. Nosotros abarca a todos los que no damos la
bienvenida a la oscuridad.
—Le he relatado a
Geloë todo lo que nos ha ocurrido, amigo Si¬món —explicó Binabik, con calma—.
No es ningún secreto que tengo algunas explicaciones para ello.
La mujer torció el
gesto y se apretó la ropa contra el cuerpo.
—Y yo no tengo
ninguna más que añadir... todavía. De todas for¬mas, está claro que los signos
que he visto en el tiempo desde mi ais¬lado lago, los gansos que vuelan hacia
el norte y que deberían haber pasado hace un par de semanas y todas las cosas
ocurridas me han provocado una gran preocupación. —Juntó las palmas de las
manos, como en posición de rezo—. Todas esas cosas son reales y el cambio que
auguran, por cierto, también es real. Terriblemente real.
La mujer dejó caer
las manos sobre el regazo y los miró.
—Binabik está en lo
cierto —dijo al final.
El gnomo asintió
con gravedad, pero a Simón le pareció obser¬var un brillo de satisfacción en
sus ojos, como si le hubieran diri¬gido un gran cumplido.
—Esto es mucho más
que la pelea entre un rey y su hermano—continuó Geloë—. Las luchas intestinas
entre reyes pueden destro¬zar la tierra, arrancar árboles de cuajo y bañar los
campos de sangre. —Una rama cayó en el fuego y alzó una cortina de chispas que
sobre¬saltó a Simón—. Pero las guerras de los hombres no traen oscuras nubes
del norte o envían hambrientos osos de regreso a sus guaridas en el mes de
maya.
La valada se
incorporó y alargó los brazos, cuyas amplias man¬gas colgaron como las alas de
un pájaro.
—Mañana trataré de
encontrar algunas respuestas que ofreceros. Ahora debéis dormir mientras
podáis, pues me temo que la fiebre de la niña volverá a manifestarse con más
fuerza durante la noche.
La mujer se dirigió
hacia la pared del otro lado y empezó a bajar pequeñas jarras de un estante.
Simón extendió su manto sobre el suelo, cerca del pozo de la chimenea.
—Tal vez sea mejor
que no duermas tan cerca de las llamas —le advirtió Binabik—. Una chispa
proveniente de ahí abajo podría prenderte fuego.
El muchacho lo
miró, pero el gnomo no parecía bromear, así que recogió la capa y la colocó a
algunos pies de distancia más atrás; después se tendió sobre ella y enrolló la
capucha para utilizarla como almohada. A continuación dobló los extremos por
encima de él y quedó completamente tapado. El hombrecillo buscó un lugar en una
esquina y, después de unos momentos en los que trató de en¬contrar una buena
posición, se durmió.
La canción de los
grillos había tocado a su fin. Simón miró las sombras que parpadeaban en el
techo y oyó el tranquilizador siseo del viento al atravesar por las ramas de
los árboles del bosque y por encima de las aguas del lago.
No había ningún
candil encendido, y tampoco ningún fuego; sólo la pálida luz de la luna se
filtraba a través de las altas ventanas, iluminando la atestada habitación con
una especie de brillo helado. Simón miró a su alrededor las curiosas e
irreconocibles siluetas que se apreciaban sobre la mesa y las gruesas e inertes
masas de libros amontonados en pilas torcidas, que sobresalían del suelo como
las lápidas de un cementerio. Sus ojos se sintieron atraídos por un libro en
particular, que aparecía abierto y brillaba como la madera de un árbol recién
astillado. En el centro de la página por la que se hallaba abierto había un
rostro familiar: un hombre con ojos ardientes, cuya cabeza sostenía la
cornamenta de un ciervo.
Simón miró la
habitación y después volvió a dirigir su atención sobre el libro. Se encontraba
en las estancias de Morgenes, claro. ¡Claro! ¿Dónde había pensado que estaba,
si no?
Aun después de
darse cuenta de ello, de que las siluetas se con¬virtiesen en las familiares
formas de los frascos, botes y anaqueles del doctor, existía un sospechoso
ruido en la puerta, como si alguien estuviese rascando sobre la hoja. El
muchacho se asustó al oír el inesperado sonido. Franjas diagonales de luz
provenientes de la luna creaban la impresión de que la habitación estaba
inclinada. El ruido volvió a hacerse audible.
—¿... Simón...?
La voz sonaba en
tono muy bajo, como si el que hablaba no qui¬siera ser escuchado, pero el chico
la reconoció al instante.
—¡¿Doctor?!
Simón saltó y se
dirigió hacia la puerta. ¿Por qué el anciano no había llamado? ¿Y por qué
volvía tan tarde? Tal vez había realizado algún misterioso viaje y se había
quedado sin poder entrar. ¡Claro, era eso! Suerte que él estaba allí para
dejarlo entrar.
Simón trató de
encontrar el picaporte.
—¿Qué habéis estado
haciendo, doctor Morgenes? —susurró—. ¡Os he esperado durante tanto tiempo!
No hubo respuesta a
su pregunta.
Mientras descorría
el cerrojo de la ranura se vio inundado por una súbita sensación de
desasosiego. Se detuvo con la puerta medio cerrada y se puso de puntillas para
mirar a través de la rendija que había entre dos tablas.
—¿Doctor?
En el pasillo
interior, bañado en la luz azulada de las lámparas, el anciano aparecía ante la
puerta, encapuchado y cubierto por el manto. Su rostro estaba envuelto en
sombras, pero no había equivo¬cación posible en cuanto a su viejo manto, la
escasa corpulencia o las guedejas de blanco cabello que asomaban por la
capucha, teñidas de azul a causa de la luz. ¿Por qué no respondía? ¿Estaría
herido? Creyó haber oído que el doctor decía algo y se inclinó hacia adelante.
—¿Qué?
Las palabras que
llegaron hasta sus oídos estaban llenas de un doloroso acento.
—... Falso...
mensajero... —fue todo lo que entendió.
La ronca voz
parecía tener que esforzarse al hablar, y entonces la cara se irguió y cayó la
capucha.
La cabeza sobre la
que reposaba la fina mata de blanco cabello aparecía quemada y ennegrecida,
como un muñón con vacíos agu¬jeros como ojos; el delgado cuello sobre el que se
sostenía era un bamboleante y quemado palo. Simón retrocedió sin ni siquiera po¬der
liberar el grito que le subía por la garganta. Una fina línea roja se abría
camino a través de la frente de la negra y pellejuda bola que era la cabeza; un
momento después se abrió la boca, una raja de carne rosada.
—...El... falso...
mensajero... —dijo y cada palabra salió acompa¬ñada de una boqueada—. Ten...
cuidado...
En aquel momento
Simón gritó hasta que la sangre se arremo¬linó en sus oídos, porque la cosa
quemada hablaba, sin ninguna duda, con la voz del doctor Morgenes.
Su alocada cabeza
necesitó un tiempo para calmarse. Se sentó y respiró con dificultad, mientras
Binabik se situaba junto a él.
—No hay nada que
temer aquí —dijo el gnomo, y después colocó la palma de su mano sobre la frente
de Simón—. Estás helado.
Geloë se acercó
desde al camastro, donde había vuelto a cubrir a Malaquías con la manta que
éste había tirado al despertarse asus¬tado por el grito del chico.
—¿Tenías sueños
como éste cuando vivías en el castillo, mucha¬cho? —preguntó la mujer,
mirándolo severamente.
Simón se
estremeció. Enfrentado a aquella poderosa mirada no sintió necesidad de decir
nada excepto la verdad.
—No, hasta...,
hasta los últimos meses antes..., antes...
—Antes de la muerte
de Morgenes —dijo Geloë—. Binabik, a me¬nos que el conocimiento me haya
abandonado, no puedo creer que todo esto sea fruto de la casualidad, que pueda
soñar con Morgenes en mi casa. No un sueño como éste.
El gnomo se pasó
una mano por el revuelto cabello.
—Valada Geloë, si
vos no lo sabéis, ¿cómo puedo saberlo yo? ¡Hija de las Montañas! Siento que
oigo los ruidos de la oscuridad, pero no puedo descubrir los peligros que nos
rodean, aunque sé que existen. Los sueños de Simón que nos avisan sobre «falsos
mensaje¬ros»... son uno de los muchos misterios que nos inundan. ¿Por qué las
nornas? ¿Y el rimmerio negro? ¿Y los asquerosos bukken?
Geloë miró a Simón
y, suavemente aunque con vigor, lo arropó de nuevo en el manto.
—Intenta volver a
dormir —dijo—. Nada que pueda hacerte daño entrará en la casa de la hechicera.
—Se volvió a mirar a Binabik—. Creo, si el sueño que nos ha descrito es tan
coherente como parece, que el muchacho nos será de mucha utilidad en nuestra
búsqueda de respuestas.
Tendido sobre la
espalda, Simón vio a la valada y al gnomo como negras formas enmarcadas en el
brillante resplandor de las brasas de la hoguera. La figura más pequeña se
inclinó sobre él.
—Simón —susurró
Binabik—, ¿has tenido algún otro sueño que quieras explicar?
El joven movió la
cabeza lentamente de lado a lado. No había nada, nada excepto sombras, y se
sentía cansado de hablar. Todavía podía percibir el sabor del miedo que le
había provocado la cosa quemada que apareció en la puerta; sólo quería rendirse
en el pozo del olvido, dormir, dormir...
Pero no lo
consiguió con facilidad. Aunque mantuvo los párpa¬dos cerrados, las imágenes
del fuego y de la catástrofe se le hicieron visibles. Se movió y cambió de
posición, pero sin encontrar nin¬guna que le permitiese descansar los músculos.
Oyó hablar en voz baja al gnomo y a la hechicera en un tono que le recordó a
las ratas escarbando en las paredes.
Al cabo de un rato
incluso ese ruido cesó, y el ulular del viento volvió a hacerse audible;
entonces abrió los ojos. Vio que Geloë se hallaba sentada sola ante el fuego,
con los hombros encorvados, como un pájaro que se resguardase de la lluvia y
con los ojos medio abiertos. Simón no pudo asegurar si dormía u observaba el
lento ar¬der del fuego.
Su último
pensamiento, que se abrió paso lentamente desde lo más profundo de su ser,
temblando como si se tratase de llamas bajo el mar, fue el de una alta colina,
una colina coronada de piedras. Todo ello había ocurrido en un sueño, ¿no?
Debería haberse acor¬dado..., y se lo tendría que haber explicado a Binabik.
Un fuego ardió en
la oscuridad de la cima de la colina, y oyó el crujir de ruedas de madera, las
ruedas del sueño.
Cuando la mañana
llegó, el sol no vino con ella. Desde la ven¬tana de la cabaña Simón vio las
oscuras copas de los árboles en el ex¬tremo más alejado de la hondonada, pero
el lago estaba revestido de un espeso manto de niebla. Incluso era difícil
distinguir el agua que corría por debajo de la ventana. La niebla confería un
aspecto bo¬rroso e insustancial a todas las cosas. Por encima de la oscura
línea de árboles el cielo aparecía del todo gris.
Geloë se había
llevado a Malaquías para recoger una clase de li¬quen de propiedades curativas,
y había dejado a Binabik para aten¬der a Leleth. El gnomo parecía albergar
escasas esperanzas sobre el estado de la niña, pero cuando Simón miró el pálido
rostro y los dé¬biles movimientos del pequeño pecho, se preguntó qué diferencia
observaba el hombrecillo que él no podía apreciar.
El muchacho volvió
a encender el fuego con un montón de ramas secas que Geloë había amontonado
ordenadamente en un rin¬cón, y después ayudó a cambiar los vendajes de la niña.
Cuando Binabik
apartó la sábana del cuerpo de Leleth y quitó los vendajes, Simón se
estremeció, pero no por ello se apartó. Todo el torso de la pequeña aparecía
ennegrecido de magulladuras y mor¬deduras de feo aspecto. La piel le había sido
arrancada desde debajo del brazo izquierdo hasta la cadera, un desgarrón de
casi un pie de largo. Cuando el hombrecillo acabó de limpiar la herida y la
vendó de nuevo con anchas tiras de tejido, pequeñas manchas rosadas
flo¬recieron a través de las vendas.
—¿Tiene alguna
posibilidad de conservar la vida? —preguntó Simón.
Binabik se encogió
de hombros, con las manos ocupadas en los nudos.
—Geloë cree que sí
—respondió—. Es una mujer severa y de mente clara, que no tiene a los seres
humanos en más estima que a los ani¬males, pero que no por ello deja de
apreciarlos. Creo que no lucha¬ría contra lo imposible.
—¿Es realmente una
hechicera, como dijo?
El gnomo extendió
la sábana por encima del cuerpo de la niña, dejando sólo su rostro al
descubierto. La boca de Leleth estaba par¬cialmente abierta y Simón pudo
observar que había perdido los dos dientes frontales. Sintió un repentino y
amargo dolor por ella, per¬dida con su hermano en el salvaje bosque, capturada,
atormentada y asustada. ¿Cómo podía nuestro Señor Jesuris amar un mundo como
aquél?
—¿Una hechicera?
—preguntó Binabik, y se incorporó. Afuera, Qantaqa daba los primeros pasos
sobre el puente, así que Geloë y Malaquías no debían de andar muy lejos—. Una
mujer sabia sí que es, y un ser de extraña fuerza. En tu lengua yo entiendo
«hechicera» para designar a una persona mala, una que pertenece al diablo y que
causa el mal a sus vecinos. Eso no es la valada. Sus vecinos son los pájaros y
los habitantes del bosque, y ella los apacienta como a su grey. Hace muchos
años vivía en Rimmersgardia, hace muchísimos años, y luego vino aquí. Es
posible que la gente que antes vivía a su alrededor pensase alguna tontería de
ese tipo..., tal vez a causa de ello se trasladó a este lago.
El gnomo se giró
para dar la bienvenida a la impaciente Qan¬taqa y le acarició y rascó el largo
pelo del lomo mientras ésta se re¬torcía de placer; después cogió un cazo y lo
llenó de agua. Regresó y colgó el cazo en el gancho de una cadena, sobre el fuego.
—Dijiste que
conocías a Malaquías del castillo, ¿verdad?
Simón observaba a
Qantaqa. La loba había regresado junto al lago y permanecía metida en aguas
poco profundas, con el hocico casi pegado a la superficie.
—¿Crees que quiere
coger algún pez? —preguntó Simón, son¬riendo.
Binabik también
sonrió con paciencia y asintió.
—Puede hacerlo si
quiere. ¿Qué hay de Malaquías?
—Ah, sí, lo conocí
allí... un poco. Una vez lo cogí mientras me espiaba, aunque lo negó. ¿Te ha
dicho algo? ¿Te ha explicado qué es lo que él y su hermana hacen en Aldheorte y
dónde fueron captu¬rados?
Qantaqa había
atrapado un pez, una cosa brillante y de color plateado que se retorcía sin
esperanza cuando la loba trepó a la orilla del lago, empapada.
—Hubiera tenido más
suerte tratando de enseñar a cantar a una piedra. —Binabik encontró un tazón de
hojas secas en uno de los estantes de Geloë y echó unas cuantas en el cazo con
agua hir¬viendo. Al instante la habitación se llenó de cálidos y mentolados
olores—. Cinco o seis palabras he escuchado de su boca desde que lo encontramos
en lo alto de aquel árbol. Él te recuerda y algunas ve¬ces he observado que te
mira. Creo que no es peligroso; de hecho, tengo una total seguridad al
respecto, pero todavía es necesario que sea vigilado.
Antes de que
pudiese responder algo, el muchacho oyó el corto ladrido de Qantaqa. Miró por
la ventana a tiempo de ver al animal salir corriendo y desaparecer entre la
niebla, después de haber aban¬donado a la orilla del lago al casi totalmente
devorado pez. Pronto regresó, seguida por dos oscuras figuras que de forma
gradual se convirtieron en Geloë y en el extraño Malaquías. Ambos venían
charlando animadamente.
—¡Por Qinkipa!
—gritó Binabik mientras removía el cazo del agua—. ¡Mira cómo habla ahora!
Mientras se
restregaba los zapatos fuera, la mujer asomó la ca¬beza por la puerta.
—Hay niebla por
todas partes —dijo—. Hoy el bosque está dor¬mido.
Entró en la casa y
se desprendió del manto, seguida de Mala¬quías, que otra vez parecía lleno de
cautela, aunque sus mejillas es¬taban llenas de color.
Geloë se dirigió a
su mesa y empezó a vaciar el contenido de un par de sacos. Hoy vestía como un
hombre, con gruesos calzones de lana, un justillo y un par de usadas pero
fuertes botas. Transmitía una sensación de tranquilidad, como un capitán que ha
realizado todos los preparativos posibles y ahora sólo espera a que la batalla
dé comienzo.
—¿Está lista el
agua? —preguntó.
Binabik se inclinó
sobre el cazo y olió el vapor.
—Parece que sí
—contestó.
—Bien.
La mujer desató la
pequeña bolsa de tela que llevaba colgada del cinturón y sacó un puñado de
oscuro y verde musgo, todavía motea¬do con rastros de agua. Después de dejarlo
caer ceremoniosamente en el cazo, lo removió con la cuchara de madera que el
gnomo le tendió.
—Malaquías y yo
hemos hablado —dijo, mirando el líquido—. Hemos hablado de muchas cosas.
—Levantó la cabeza, pero el chico bajó la mirada y sus mejillas enrojecieron un
poco más; después fue a sentarse junto a Leleth, en el jergón, a quien cogió de
la mano y palpó la pálida y húmeda frente.
Geloë se encogió de
hombros.
—Bueno, hablaremos
cuando Malaquías esté preparado. Por el momento, tenemos trabajo que hacer.
Extrajo algo de
musgo del interior del cazo mediante la cuchara, lo palpó con el dedo y cogió
un tazón de una mesita de madera cer¬cana para depositar toda la masa viscosa
del cazo. Luego se llevó el humeante tazón junto al colchón.
Mientras Malaquías
y la hechicera hacían cataplasmas con el musgo, Simón salió de la casa y se
acercó al lago. El exterior de la cabaña de Geloë tenía un aspecto tan extraño
a la luz del día como de noche: el techo de paja se elevaba por encima de la
casa hasta con¬verger en un punto, como un extraño sombrero, y la oscura madera
de las paredes estaba cubierta de negros y azules grabados rúnicos. Caminó
alrededor de la cabaña y se acercó a la orilla, donde vio que las letras
desaparecían y volvían a aparecer según el ángulo de la luz que recibiesen.
Ocultos en la espesa sombra de debajo de la casita, los pilares en los que se
asentaba se hallaban cubiertos de una ex-traña especie de guijarros.
Qantaqa regresó a
los restos de su pescado y pareció disgustarle perder los últimos trozos de
carne que quedaban entre las espinas. Simón se sentó junto a ella, en una roca,
y después se alejó un poco más en respuesta al gruñido amenazador de la loba.
Arrojó piedras a la niebla y escuchó el chapoteo de éstas al entrar en contacto
con el agua, hasta que Binabik se reunió con él.
—¿Te interrumpo?
—le preguntó aquél.
El gnomo le alargó
un pedazo de crujiente pan negro sobre el que había esparcido un aromático
queso. Simón se lo comió con ansia, y después se sentaron y observaron unos
cuantos pájaros que picoteaban en la arena de la orilla del lago.
—Valada Geloë
quisiera que te unieses a nosotros, que formases parte de lo que haremos esta
tarde —dijo Binabik, rompiendo el si¬lencio.
—¿De qué se trata?
—De buscar. De
buscar respuesta.
—¿Buscar? ¿Cómo?
¿Es que vamos a ir a algún sitio?
El hombrecillo lo
miró con gravedad.
—De alguna manera
podría decirse que sí... No, bueno, no me mires así. Te lo explicaré —y arrojó
una piedra al lago—. Hay una cosa que se hace en algunas ocasiones, cuando los
caminos que lle¬van a los sitios se encuentran cerrados. Una cosa que pueden hacer
los sabios. Mi maestro lo llamaba «andar el Sendero de los Sueños».
—¡Pero eso lo mató!
—¡No! Eso es... —La
expresión del gnomo pareció preocupada mientras trataba de encontrar las
palabras adecuadas—. Es decir, sí, murió mientras estaba en el sendero. Pero un
hombre puede morir en cualquier camino. Eso no significa que todo el que camine
sobre él vaya a morir. La gente es aplastada por carros a diario en tu calle
Mayor, pero cientos de ellos caminan por ella sin que les ocurra nada.
—¿Qué es
exactamente el Sendero de los Sueños? —preguntó Simón.
—Primero debo
admitir —dijo Binabik con una triste sonrisa—que el camino de los sueños es más
peligroso que la calle Mayor. Mi maestro me enseñó que es como un sendero de
montaña más alto que cualquiera de los existentes. —El gnomo levantó la mano
por encima de su cabeza—. Desde ese camino, aunque la ascensión im¬plique una
gran dificultad, puedes ver cosas que de otra forma no verías, cosas que son
invisibles desde el sendero de lo cotidiano.
—¿Y la parte de los
sueños?
—Se me enseñó que
el sueño es un medio para subir a ese sen¬dero, un camino que cualquier persona
puede tomar. —El hombre¬cillo arrugó una ceja—. Pero cuando una persona alcanza
el sendero mediante el sueño ordinario de la noche, no puede andar a lo largo
de él: mira desde un único lugar, y luego debe regresar. Por ello, me explicó
Ookequk, estas personas no se dan cuenta de lo que ven. A veces —hizo un gesto
señalando hacia la niebla que colgaba entre los árboles y el lago— sólo ven
neblina. El sabio, sin embargo, puede an¬dar por el sendero, una vez que ha
llegado a dominar el arte de esca¬lar hasta él. Puede andar y puede mirar, ver
las cosas como son y cómo cambian. —El gnomo se encogió de hombros—. Explicarlo
no es fácil. El camino de los sueños es un lugar para ir y ver cosas que no se
pueden ver con claridad desde donde estamos, bajo el sol. Geloë es una veterana
en esa clase de viajes. Yo también tengo algo de experiencia, a pesar de no ser
un maestro.
Simón continuó
sentado mirando el agua durante un rato, mientras pensaba en las palabras de
Binabik. La otra orilla del lago parecía invisible; se preguntó a qué distancia
estaría de donde él se encontraba. Los recuerdos del día anterior estaban tan
llenos de ne¬blinas como el aire de la mañana.
«Ahora que pienso
en ello —cayó en la cuenta—, ¿qué distancia habré recorrido? Un largo camino,
más lejos de lo que nunca pensé que viajaría. Y todavía me quedan muchas leguas
por delante, estoy seguro. ¿Vale la pena correr el riesgo para mejorar nuestras
posibili¬dades de llegar vivos a Naglimund?»
¿Por qué le tenían
que tocar decisiones de este tipo? Resultaba muy desagradable. Se preguntó con
amargura por qué Dios lo había escogido para recibir tales tratos, si es que
era verdad, como acos¬tumbraba decir el padre Dreosan, que El tenía sus ojos puestos
sobre todos y cada uno de nosotros.
Pero tenía más
cosas en las que pensar aparte de su rabia. Bina¬bik y los otros parecían
contar con él, y eso era algo a lo que Simón no estaba acostumbrado. Ahora
esperaban cosas de él.
—Lo haré —dijo, al
fin—. Pero dime una cosa: ¿qué es lo que en verdad le ocurrió a tu maestro?
¿Por qué murió? El gnomo asintió lentamente con la cabeza.
—Se me dijo que
había dos maneras de que sucedieran las cosas en el sendero..., hay cosas que
son peligrosas. La primera, y eso es algo que les suele ocurrir a los que no
están preparados, es que si uno trata de caminar sin la visión apropiada, es
posible pasar de largo por los lugares en que el camino de los sueños y la
pista de la vida terres¬tre se separan. —El gnomo separó las palmas de sus
manos—. En ese caso, el caminante no puede encontrar el sendero de regreso.
Pero creo que Ookequk era demasiado sabio para caer en eso.
La posibilidad de
perderse en aquellos reinos imaginarios preo¬cupó al muchacho y aspiró una
bocanada de aire húmedo.
—Entonces, ¿qué le
ocurrió a Ook..., Ookequk?
—El otro peligro
que él me enseñó —explicó Binabik mientras se ponía en pie— es que hay otras
cosas, aparte de las de sesgo sabio y bueno, que vagan por el Sendero de los
Sueños, y otros soñadores de una especie más peligrosa. Creo que él se llego a
encontrar con uno de éstos.
El hombrecillo
condujo a Simón hacia la cabaña por la pequeña rampa.
Geloë destapó una
ancha cazuela y metió dos dedos en el inte¬rior, para sacarlos cubiertos de una pasta de color
verde oscuro toda¬vía más viscosa y de un olor más extraño que las cataplasmas
de musgo.
—Inclínate hacia
adelante —le dijo a Simón, y dejó caer unas go¬tas sobre su frente, por encima
de la nariz; luego hizo lo mismo con Binabik y finalmente con ella.
—¿Qué es? —preguntó
el chico.
El muchacho sentía
algo extraño en la piel, algo caliente y frío a la vez.
Geloë se sentó ante
la hoguera hundida en el suelo y les hizo un gesto para que se uniesen a ella.
—Belladona,
hierbamora y corteza de castaño para darle la con¬sistencia adecuada...
Alineó al muchacho,
al gnomo y a sí misma alrededor de la ho¬guera, en forma de triángulo, y puso
la cazuela en el suelo.
La sensación que
Simón percibía en la frente era de lo más cu¬rioso, pensó mientras observaba a
la valada que tiraba ramitas ver¬des en el ruego. Blancas volutas de humo
ascendieron hacia el techo e hicieron que el espacio que había entre ellos se
convirtiese en una columna de niebla, a través de la cual refulgían sus ojos al
reflejar el fuego.
—Ahora frotad esto
con ambas manos —dijo la mujer, a la vez que extraía de la cazuela un vasito
para cada uno de ellos—, y poneos una pequeña cantidad en los labios, pero no
en la boca. Sólo una pizca...
Cuando hubo acabado
todo, extendieron las manos y las unieron entre sí. Malaquías, que no había
hablado desde que Simón y el gno¬mo habían regresado, los observaba desde el
jergón, junto a la niña que yacía dormida. El extraño muchacho parecía tenso,
pero la boca se mantenía recta, como si desease guardar escondido su
nerviosismo. Simón extendió los brazos a ambos lados y agarró la pequeña y seca
mano de Binabik a su izquierda y la áspera de Geloë a su derecha.
—Cogeos fuerte
—dijo la hechicera—. No sucederá nada terrible si os soltáis, pero es mejor que
nos mantengamos unidos.
Bajó la mirada y
empezó a hablar en voz baja, con palabras inau¬dibles. Simón vio cómo se movían
los labios de la mujer y los caídos párpados de sus grandes ojos; de nuevo
pensó en cuánto se aseme¬jaba a un pájaro, a un orgulloso pájaro. Continuó
mirando a través de la columna de humo, y el hormigueo que sentía en las palmas
de las manos, en la frente y en los labios empezó a molestarle.
La oscuridad se
hizo repentinamente, como si una densa nube hubiera pasado ante el sol. Al
instante siguiente no pudo ver nada excepto el humo y el brillante resplandor
rojo del fuego que había bajo él; todo lo demás había desaparecido en los muros
de oscuri¬dad que surgieron a cada lado. Sentía pesadez en los ojos, y al mismo
tiempo sintió como si alguien le hubiese hundido el rostro en la nieve. Tenía
frío, mucho frío. Cayó de espaldas, quedó tum¬bado y la oscuridad se hizo a su
alrededor.
Después de un
tiempo, que Simón no podía imaginar cuan largo había sido, y durante el cual
sólo recordaba que había seguido sintiendo el débil contacto de dos manos en
las suyas —una sensa¬ción que proporcionaba gran seguridad—, la oscuridad
comenzó a desvanecerse y a dar paso a una luz que parecía no tener
proceden¬cia, una luz que se alimentaba de sí misma. La claridad era desigual:
algunas partes brillaban con la luminosidad solar reflejada sobre su¬perficies
pulidas; otros lugares se veían casi grises. Después, el campo luminoso se
convirtió en una gran y deslumbrante montaña de hielo, una montaña de tal
altura que la cima estaba oculta en las nubes que llenaban el oscuro cielo.
Columnas de humo aparecían por entre las hendiduras de sus helados costados y
emprendían el camino hacia el halo que envolvía las partes superiores.
Y entonces, de
alguna forma, Simón se dio cuenta de que se en¬contraba en el interior de la
gran montaña y volaba con tanta rapi¬dez como una chispa a través de los
túneles que conducían hacia el interior, oscuros túneles que, sin embargo,
estaban formados por hielo brillante y claro. Una cantidad infinita de sombras
recorría su camino a través de la niebla: sombras brillantes, de pálidos
rostros, formas angulosas que recorrían los corredores como haces de
bri¬llantes lanzas o que atendían a los extraños fuegos azules y amarillos cuyo
humo coronaba las alturas.
La chispa que era
Simón todavía sentía dos firmes manos que le agarraban las suyas, o que más
bien le decían que no estaba solo, ya que una chispa carece de manos de las que
pueda ser cogida. Se encontró en una gran habitación, un gran agujero en el
centro de la montaña. El techo estaba a tan gran altura del suelo de heladas
bal¬dosas que de él caía nieve en suaves copos, como ejércitos de dimi¬nutas
mariposas blancas. En el centro de la inmensa cámara se abría un monstruoso
pozo, cuya boca brillaba con una débil luz azul, y que parecía ser el lugar de
procedencia de un horroroso y angus¬tioso miedo. Algún tipo de calor emergía de
sus insondables pro-fundidades, pues en el aire, por encima de él, aparecía una
columna de neblinas, una columna que brillaba con difusos colores, como un
carámbano cuando atrapa la luz del sol.
Colgando en la
niebla, por encima del pozo, aunque su forma no era del todo clara ni sus
dimensiones podían ser del todo adivi¬nadas, había algo inexplicable; una cosa
compuesta por muchas otras cosas y formas, y todo tan translúcido como el
cristal. Daba la impresión de estar formado —según podía entrever Simón a
través de la niebla— por ángulos y confusas curvas, de sutil y pavorosa
complejidad. De una manera que no acertaba a definir, tenía la im¬presión de
que se trataba de un instrumento musical. Si era así, se trataba de un
instrumento tan inmenso, tan extraño y tan espan¬toso que la chispa en que se
había convertido el muchacho nunca podría escuchar su música y continuar vivo.
Frente al pozo, en
un asiento anguloso de escarchada piedra ne¬gra, se sentaba una figura. Simón
la veía con extrema claridad, como si repentinamente estuviese suspendido por
encima del terrible y azulado pozo. La figura vestía unos ropajes blancos y plateados
fantásticamente intrincados. Un pelo blanco caía por sus hombros para fundirse
de forma casi imperceptible con los vestidos inmacu¬ladamente blancos.
La pálida forma
levantó la cabeza y el chico vio que el rostro era una masa de brillante luz.
Algo después, cuando volvió a girarse, ad¬virtió que tan sólo se trataba de una
hermosa e inexpresiva escultura de un rostro de mujer..., de una máscara de
plata.
El deslumbrante y
exótico rostro se volvió hacia él, que se sintió empujado, alejado,
desconectado bruscamente de la escena como un gatito al ser levantado de los
dobleces del lecho.
Una visión cruzó
ante Simón, que de algún modo formaba parte de la espiral de nieblas y de la
severa figura blanca. Al princi¬pio sólo se trataba de otro pedazo de blanco
alabastro, pero de ma¬nera gradual se fue convirtiendo en una forma angulosa
entrecru¬zada por sombras negras; éstas se convertían en líneas, y las líneas,
a su vez, conformaron símbolos, para finalmente convertirse todo en un libro
que colgaba ante él. En la página por la que estaba abierto aparecían letras
que Simón no pudo leer, runas retorcidas que pri¬mero parecieron moverse,
aunque luego quedaron fijas y claras.
Transcurrió una
cantidad de tiempo inconmensurable y las ru¬nas volvieron a brillar otra vez.
Los caracteres se hicieron a un lado y se transformaron en negras siluetas, en
tres formas estilizadas..., en tres espadas. Una tenía la empuñadura en forma
de Árbol de Jesuris. La de otra parecía las vigas de un techo entrecruzadas en
ángulo recto. La tercera poseía una extraña guarnición doble, y las piezas
cruzadas conformaban, junto a la empuñadura, una especie de es¬trella de cinco
puntas. En algún lugar de su interior, Simón recono¬ció esta última espada. En
algún lugar de una memoria oscura como la noche, profunda como una cueva,
apareció el recuerdo de aquella hoja.
Las espadas
empezaron a desaparecer, una tras otra, y cuando lo hicieron por completo sólo
quedó tras ellas una nada gris y blan¬quecina.
Simón tuvo la
impresión de que caía hacia atrás, de que se ale¬jaba de la montaña, de la
cámara del pozo, del mismo sueño. Una parte de él agradeció la caída,
horrorizada por los terribles y prohi¬bidos lugares por los que había vagado su
espíritu, pero la otra parte no quería alejarse de allí.
¡¿Dónde estaban las
respuestas?! Toda su vida había sufrido una conmoción y había sido aplastada
por el paso de una maldita, im¬placable y despiadada rueda, y en lo más
profundo de su ser se en¬contraba desesperadamente airado. También asustado,
atrapado en una pesadilla que parecía no tener fin. Pero lo que sentía ahora
era cólera; en aquellos momentos era lo más fuerte dentro de sí.
Se resistió al
tirón; luchó para mantener el sueño con armas que no entendía, para desenterrar
el conocimiento que quería. Abarcó la claridad que disminuía a pasos
agigantados y trató de modelarla, de transformarla en algo que le explicase el
porqué de la muerte de Morgenes, por qué habían perecido Dochais y los monjes
de la aba¬día de San Hoderund, por qué la pequeña Leleth permanecía tan cercana
a la muerte en una cabaña en las profundidades del bosque. Luchó y odió. Y si
una chispa puede llorar, lloró.
Poco a poco y con
mucho dolor, la montaña de hielo volvió a re¬cobrar la forma ante él. ¿Dónde
estaba la verdad? ¡Quería respues¬tas! Mientras Simón luchaba, la montaña
crecía cada vez más y se hacía más esbelta; de ella empezaron a brotar ramas de
hielo que al¬canzaban el cielo. Después éstas cayeron, y sólo quedó una lisa
torre blanca, una torre que ya conocía. En la cima ardían fuegos. De re¬pente
oyó el sonido de una explosión, como el repicar de una mons¬truosa campana. La
torre se tambaleó. La campana volvió a repicar. Supo que todo ello tenía una
espantosa importancia, que guardaba algún fantasmal secreto. Podía casi sentir
la respuesta...
—¡Pequeña mosca! Tú
has venido a nosotros.
Una horrible e
inmensa oscuridad lo envolvió por completo, apartando de su vista la torre y
enmudeciendo la campana. Sintió que el hálito de la vida se escapaba del
interior de su sueño y que se veía cerrado por una extrema frialdad. Se vio
perdido en el va¬cío, como una diminuta manchita en el fondo de un mar de
in¬sondables profundidades, apartado de la vida. Todo había desapa¬recido...,
todo excepto el horrible y aplastante odio que se iba apoderando de él...,
ahogándolo.
Y entonces, cuando
había perdido toda esperanza, se vio libe¬rado.
Se vio encumbrado,
vertiginosamente alto por encima del mundo de Osten Ard, entre las garras de un
gran búho gris, vo¬lando como el hijo del viento. La montaña de hielo
desapareció de su visión, tragada en la inmensidad de la blanca llanura. Con
una rapidez más allá de lo imaginable, el búho lo llevó lejos de todo aquello:
sobrevolaron lagos, hielos y montañas, en dirección a la os¬cura línea del
horizonte. Cuando todo empezaba a cobrar forma de nuevo, cuando la línea se
convirtió en un bosque, sintió que empe¬zaba a resbalar de las garras del ave.
El pájaro lo cogió con más fuerza y viró hacia la tierra. El suelo pareció
elevarse hacia ellos, y el búho desplegó sus alas. Planearon y giraron
rápidamente a través de los campos nevados hacia la seguridad del bosque. Y
entonces se en¬contraron bajo la protección de los árboles y a salvo.
Simón gruñó y cayó
hacia un lado. En el interior de su cabeza sentía el ruido de un martillo que
golpeaba contra un yunque, como hacía Rubén el Oso durante los torneos. La
lengua parecía ha¬berle crecido hasta alcanzar el doble de su tamaño normal y
el aire que respiraba tenía gusto metálico. Trató de acurrucarse y movió su
pesada cabeza tan despacio como pudo.
Binabik estaba
estirado a escasa distancia, con el rostro pálido; Qantaqa husmeaba junto a él
y gemía. Al otro lado de la chimenea, el moreno Malaquías sacudía a Geloë, que
permanecía con la boca abierta y los labios brillantes de saliva. Simón volvió
a gruñir mien¬tras sentía que la cabeza le palpitaba, colgando entre los
hombros como un fruto demasiado maduro. Se arrastró hasta el gnomo. Este
respiraba; cuando el muchacho se inclinó sobre él, Binabik empezó a toser y a
boquear en busca de aire. Finalmente abrió los ojos.
—¿Estamos...
—carraspeó—, estamos... todos aquí?
Simón asintió y
miró hacia donde se encontraba Geloë, todavía inmóvil a pesar de las atenciones
de Malaquías.
—Un momento...
—dijo, y poco a poco se puso en pie.
Salió de la cabaña
tambaleándose y llevando en una mano una pequeña y vacía cazuela. Se sorprendió
ligeramente al ver que, a pe¬sar del manto de niebla, todavía estaban en plena
tarde: el tiempo que había durado su caminar por los sueños le había parecido
mu¬cho más largo de lo que en realidad había sido. También tuvo la ex¬traña
sensación de que algo había cambiado fuera de la cabaña, pero sin poder
asegurar en qué consistía la diferencia. El paisaje parecía más lejano. Decidió
que debía de tratarse de algún efecto fruto de su experiencia. Después de
llenar la cazuela con agua del lago y de qui¬tarse la viscosa pasta verde de
las manos regresó a la casa.
Binabik bebió
sediento y después le hizo un gesto a Simón para que le llevase el cazo a
Geloë. Malaquías observó, medio esperanzado y algo celoso, cómo el muchacho
tomaba cuidadosamente la mandí¬bula de la hechicera y vertía un poco de agua en
su boca abierta. La mujer tosió, después tragó, y Simón vertió un poco más de
líquido.
Mientras le
sostenía la cabeza, el joven fue consciente de que Geloë lo había salvado
mientras caminaba por el sueño, aunque no sabía cómo, pero albergaba aquella
sensación. Miraba a la mujer, que ahora respiraba de forma más regular, cuando
recordó el búho gris que lo había agarrado cuando su ser daba las últimas
boqueadas en el sueño y se lo había llevado lejos.
Simón supo que ni
la hechicera ni el gnomo habían esperado que se diese aquella circunstancia; de
hecho, era él el que los había puesto en peligro. Pero por una vez no se sintió
avergonzado de sus actos. Hizo lo que debía hacer. Había huido de la rueda durante
de¬masiado tiempo.
—¿Cómo está?
—preguntó Binabik.
—Creo que se pondrá
bien —replicó Simón, observando a la mu¬jer—. Ella me salvó, ¿verdad?
El hombrecillo lo
miró durante unos instantes; el cabello le caía en sudadas guedejas sobre su
morena frente.
—Geloë es un
poderoso aliado, pero incluso su fortaleza ha sido, en esta ocasión, llevada
hasta el límite.
—¿Qué quieres
decir? —inquirió el chico, dejando a Geloë en los brazos de Malaquías—. ¿Viste
lo mismo que yo? ¿La montaña, y... la dama con la máscara y el libro?
—Me pregunto si
todos nosotros vimos las mismas cosas de la misma manera, Simón —respondió
Binabik, lentamente—. Pero creo que es importante que esperemos hasta que Geloë
pueda compartir sus pensamientos con nosotros. Tal vez más tarde, cuando
hayamos comido. Tengo un hambre terrible.
El muchacho sonrió
tímidamente al gnomo y se volvió para en¬contrarse frente a los ojos de
Malaquías. Éste empezó a apartar la mirada, pero luego pareció hallar una
resolución interior y la man¬tuvo fija hasta que fue Simón el que empezó a
sentirse incómodo.
—Daba la impresión
de que toda la casa temblaba —dijo de pronto Malaquías, lo que sobresaltó a
Simón. La voz del muchacho era aguda y algo ronca a la vez.
—¿Qué quieres
decir? —preguntó el otro, fascinado tanto por el hecho de que el chico hablase
como por lo que había dicho.
—La cabaña.
Mientras los tres estuvisteis sentados ante el fuego, las paredes empezaron
a..., a temblar: como si alguien la hubiese le¬vantado desde fuera y luego la
hubiese vuelto a dejar.
—Parece que tan
sólo debía deberse a la forma en que nos movía¬mos mientras estábamos...,
quiero decir... Oh, vaya, no lo sé. —Si¬món lo dejó estar, disgustado.
La verdad era que
en aquellos instantes no tenía nada claro. Sen¬tía el cerebro como si se lo
hubiesen revuelto con un palo.
Malaquías apartó la
mirada para dar un poco más de agua a Geloë. De repente empezaron a caer gotas
de lluvia contra las venta¬nas; el cielo gris no podría contener durante mucho
más tiempo su carga de tormenta.
La hechicera tenía
un aspecto severo. Habían apartado los tazo¬nes de sopa y se sentaron en el
suelo, frente a frente: Simón, el gnomo y la señora de la casa. Malaquías,
aunque obviamente inte¬resado, permaneció junto a la cama, con la niña.
—He visto cosas
malignas moviéndose —dijo Geloë, y sus ojos brillaron—. Cosas malignas que
harán tambalear los cimientos del mundo que conocemos. —Había recobrado su
fortaleza y algo más: aparecía solemne y grave, como un rey en un juicio—. Casi
desearía que no hubiéramos recorrido el camino del sueño, pero es un deseo que
no tiene sentido y que proviene de la parte de mi ser que quiera permanecer
separada de todo. Veo acercarse días muy oscuros, y temo verme abocada a los
eventos de tan malos augurios.
—¿Qué queréis
decir? —preguntó Simón—. ¿Qué era todo aque¬llo? ¿También visteis la montaña?
—El Pico de las
Tormentas. —La voz de Binabik sonó con una ex¬traña entonación plana, sin
matices.
Geloë lo miró,
asintió y volvió a mirar a Simón.
—Es cierto. Lo que
vimos era Sturmrspeik, como lo llaman en Rimmersgardia, en donde es una
leyenda; al menos eso creen los rimmerios. El Pico de las Tormentas. La montaña
de las nornas.
—Nosotros, los
qanuc —dijo el gnomo—, sabemos que el Pico de las Tormentas es real. Pero las
nornas no habían interferido en los asuntos de Osten Ard desde hace muchísimo
tiempo. ¿Por qué lo hacen ahora? Me da la impresión de que..., de que...
—De que se preparan
para la guerra —acabó Geloë—. Estás en lo cierto, si podemos confiar en el
sueño. Si hemos visto la verdad es algo que podría asegurar un ojo más avezado
que el mío. Pero dijiste que los mastines que os habían perseguido llevaban la
marca del Pico de las Tormentas; ésa resulta una evidencia real en el mundo de
cada día. Me parece que podemos creer en esa parte del sueño, o al menos creo
que debemos hacerlo.
—¿Preparando la
guerra? —Simón ya se hallaba confuso—. ¿Con¬tra quién? ¿Y quién era la mujer de
la máscara plateada?
La hechicera lo
miró con aire de cansancio.
—¿La máscara? No
era una mujer. Se trata de una criatura de le¬yenda, o una criatura que está
más allá del tiempo, como dice Bina¬bik. Era Utuk'ku, la reina de las nornas.
El muchacho sintió
que lo invadía una oleada de frío. Afuera, el viento cantaba una canción fría y
solitaria.
—¿Pero quiénes son
las nornas? Binabik me dijo que fueron sitha.
—El viejo
conocimiento dice que una vez formaron parte de los sitha —respondió Geloë—,
pero ahora son una tribu perdida, o rene¬gada. Nunca fueron a Asu'a con el
resto de su pueblo, sino que desa¬parecieron en el desconocido norte, en las
tierras heladas más allá de Rimmersgardia y de sus montañas. Escogieron
apartarse de los acontecimientos que ocurrían en Osten Ard, aunque parece que
han cambiado de idea.
Simón vio que un
gesto de profundo desagrado cruzó por el amargo rostro de la hechicera.
«¿Y esas nornas
ayudan a Elías a atraparme? —se preguntó, sin¬tiendo otra vez el miedo en su
interior—. ¿Por qué estoy inmerso en esta pesadilla?»
Entonces, como si
el miedo hubiese abierto una puerta en su mente, recordó algo. Desagradables
formas acudían a la superficie desde lugares ocultos en su corazón, mientras el
chico luchaba para mantener el aliento.
—¡Esas..., esa
gente pálida, las nornas! ¡Yo ya las había visto antes!
—¡¿Qué?! —dijeron
Geloë y el gnomo, al mismo tiempo.
Simón, asustado por
la reacción de ambos, retrocedió.
—¿Cuándo? —preguntó
la mujer.
—Fue..., si es que
sucedió..., puede haberse tratado de un sueño..., la noche en que huí de
Hayholt. Estaba en el cementerio, y me pareció oír que alguien me llamaba, una
voz de mujer. Me asusté tanto que huí de allí y me dirigí a Thisterborg.
Hubo un movimiento
en el jergón; era Malaquías, que cam¬biaba de posición a causa del nerviosismo.
Simón no hizo caso y continuó.
—Había una hoguera
en la cima de Thisterborg, entre las Piedras de la Cólera. ¿Las conocéis?
—Sí.
La respuesta de
Geloë había sido seca, pero Simón apreció la existencia de algo más tras su
contestación, aunque no entendió de qué se trataba.
—Bueno, pues tenía
frío y estaba asustado, así que subí hasta arriba. Lo siento, pero estaba
seguro de que se había tratado de un sueño. Quizá lo sea.
—Tal vez. Continúa.
—En la cumbre había
unos hombres. Eran soldados, puedo ase¬gurarlo porque llevaban armadura. —El
chico sintió que le sudaban las palmas de las manos y se las frotó—. Uno de
ellos era el rey Elías. Me asusté más, así que me escondí. Entonces...,
entonces se oyó un terrible crujido, y una carreta negra apareció procedente
del otro lado de la colina. —Todo parecía regresar a la memoria de Simón, o al
menos parecía que todo..., pero todavía existían sombras vacías—. Esa gente de
piel pálida..., nornas, eso es lo que eran..., llegó con el carro, unos
cuantos, vestidos con ropajes negros.
Se hizo una larga
pausa mientras luchaba por recordar. La lluvia tamborileaba sobre el tejado y
era el único sonido que se oía.
—¿Y? —preguntó la
valada, con suavidad.
—¡Elysia, Madre de
Dios! —juró Simón, y empezó a llorar—. ¡No puedo acordarme! Le dieron algo que
había en el carro. También su¬cedieron otras cosas, pero da la impresión de que
todo está escondido en mi cabeza, bajo un manto. ¡Casi puedo tocarlo, pero no
puedo de¬cirlo con palabras! ¡Le dieron algo al rey! ¡Pensé que era un sueño!
Simón escondió el
rostro entre las manos, tratando de exprimir los dolorosos pensamientos de su
estremecida cabeza. Binabik le dio unas palmaditas en la rodilla.
—Tal vez eso pueda
responder a la otra cuestión. Yo también me pregunté por qué se prepararían las
nornas para pelear. Me cuestio¬naba si pelearían contra Elías, el Supremo Rey,
por alguna vieja ofensa pendiente con la humanidad. Han concertado alguna clase
de acuerdo. Tal vez fuera eso lo que vio Simón. ¿Pero cómo? ¿Cómo puede Elías
llegar a un acuerdo con las sigilosas y sectarias nornas?
—Pryrates —y tan
pronto como lo dijo, Simón sintió que era cierto—. Morgenes dijo que el
sacerdote abría puertas, y que por ellas entraban cosas terribles. Pryrates
también estaba en la colina.
La valada asintió
con la cabeza.
—Tiene sentido. Una
pregunta que debe ser respondida, pero que estoy segura de que va más allá de
nuestros poderes, es cuál es el acuerdo. ¿Qué pueden haber ofrecido esos dos,
Pryrates y el rey, a las nornas, a cambio de su ayuda?
Compartieron un
largo silencio.
—¿Qué decía el
libro? —preguntó Simón, de repente—. En el sueño. ¿Lo visteis, también?
Binabik se golpeó
el pecho con la palma de la mano.
—Allí estaba. Las
runas que vi eran de Rimmersgardia: «Du Svardenvyrd». En tu lengua significa:
«El Hechizo de las Espadas».
—O «el Enigma de
las Espadas» —añadió Geloë—. Es un libro fa¬moso en los círculos del
conocimiento, pero hace tiempo que se perdió. Yo nunca lo había visto. Se dice
que lo escribió Nisses, un sacerdote que fue consejero del rey Hjeldin el Loco.
—¿La Torre de
Hjeldin se llama así por él? —inquirió Simón.
—Sí. Es donde
murieron tanto Hjeldin como Nisses.
El muchacho pensó.
—También he visto
tres espadas.
El gnomo miró a
Geloë.
—Sólo sombras yo vi
—dijo—. Creí que tenían el aspecto de ser es¬padas.
La hechicera
tampoco estaba segura. Simón describió las silue¬tas, pero no significaron nada
para ella ni para Binabik.
—Así —intervino el
hombrecillo—, ¿qué es lo que hemos apren¬dido del Sendero de los Sueños? ¿Que
las nornas están ayudando a Elías? Eso ya lo imaginábamos. ¿Que ese extraño
libro tiene algo que ver con todo esto... tal vez? Eso es algo nuevo. Echamos
un vis¬tazo al Pico de las Tormentas y a las salas de la reina de la montaña.
Debemos de haber aprendido cosas que todavía no podemos enten¬der, aunque creo
que hay algo que no ha cambiado: tenemos que ir a Naglimund. Valada, vuestra
casa nos protegerá durante un tiempo, pero si Josua vive necesitará saber estas
cosas.
Binabik fue
interrumpido por un inesperado cuarto personaje.
—Simón —habló
Malaquías—, dijiste que alguien te llamó en el cementerio. Era mi voz la que
oíste. Yo era quien te llamaba.
El muchacho sólo
pudo parpadear.
Geloë sonrió.
—¡Al fin empieza a
hablar uno de nuestros misterios! Continúa. Diles lo que debes decirles.
Malaquías se
sonrojó.
—Yo..., mi nombre
no es Malaquías. Me llamo... Marya.
—Pero Marya es un
nombre de chica —empezó a decir Simón; después se interrumpió al ver la ancha
sonrisa de la hechicera—. ¿Una chica? —barboteó, sintiéndose estúpido.
La hechicera se rió
entre dientes.
—Resultaba obvio,
debo decir... o debería haberlo sido, Tenía la ventaja de viajar con un gnomo y
con un muchacho y bajo el manto de la confusión y de extraños acontecimientos,
pero le dije que la farsa no podría continuar durante mucho tiempo.
—Al menos no
durante todo el viaje a Naglimund, que es adonde debo ir. —Marya se frotó los
ojos, llenos de cansancio—. Tengo que en¬tregar un importante mensaje al
príncipe Josua de su sobrina Miriamele. Por favor, no me preguntéis de qué se
trata, porque no os lo diré.
—¿Y qué pasa con tu
hermana? —inquirió Binabik—. No está en condiciones de viajar.
El gnomo miró
atentamente a la joven, como tratando de des¬cubrir la forma en que había sido
engañado, pues ahora le parecía obvio que se trataba de una chica.
—No es mi hermana
—respondió, con tristeza—. Leleth es la don¬cella de la princesa. Estábamos muy
unidas y tuvo miedo de perma¬necer en el castillo sin mí; quería venir a toda
costa. —Marya miró a la niña, que dormía—. Nunca debí traerla. Traté de hacerla
subir a un árbol antes de que nos atacasen los perros. Si yo hubiera sido más
fuerte...
—No está claro
—interrumpió Geloë— que la pequeña pueda vol¬ver a viajar. No se ha alejado
demasiado del Río de la muerte. Siento decirlo, pero es la verdad. Debéis
dejarla conmigo.
Marya empezó a
protestar, pero la hechicera hizo caso omiso de sus palabras.
Simón se inquietó
al percibir un brillo de alivio en los ojos de la muchacha. Lo ponía furioso
pensar que iba a abandonar a la niña herida, a pesar de lo importante que podía
ser el mensaje.
—Bueno —dijo
Binabik—, hay que pensar en dónde nos encontra¬mos ahora. Todavía tenemos que
llegar a Naglimund, de la que nos separan leguas de bosque y las escarpadas
vertientes de Wealdhelm. Todo ello por no mencionar a nuestros perseguidores.
Geloë trató de
pensar con claridad.
—Me parece
—explicó— que debéis llegar a Da'ai Chikiza a través del bosque. Es un viejo
asentamiento sitha, deshabitado desde hace tiempo, desde luego. Allí podéis
encontrar la Escalera: es un viejo sendero que atraviesa las colinas y que data
de la época en que los sitha viajaban regularmente desde allí a Asu'a...,
bueno, Hayholt. Ahora no lo utiliza nadie, excepto los animales, pero será lo
más fá¬cil y más seguro que podáis hacer. Por la mañana os daré un mapa. Sí,
Da'ai Chikiza... —Un profundo brillo asomó en sus amarillentos ojos, y asintió
lentamente con la cabeza, como perdida en sus pen¬samientos. Poco después
volvió a ser la mujer enérgica que los otros conocían—. Ahora debéis dormir.
Todos debemos hacerlo. Los he¬chos ocurridos hoy me han dejado más floja que
una rama de sauce.
Simón no opinaba
así. Más bien creyó que la hechicera parecía tan fuerte como un roble, pero
supuso que hasta un roble podía lle¬gar a sufrir en una tormenta.
Más tarde, mientras
permanecía estirado y envuelto en su manto, con el cálido bulto de Qantaqa
haciéndose notar contra sus piernas, Simón trató de alejar de su pensamiento
las imágenes de la terrible montaña. Aquellas cosas eran demasiado vastas,
demasiado oscuras. En lugar de ello, se preguntó qué pensaría Marya acerca de
él. Geloë lo había llamado muchacho, un muchacho que no sabía reconocer a una
chica. Aquello no era justo, porque ¿cuándo había tenido tiempo para pensar en
ello?
¿Por qué lo había
espiado en Hayholt? ¿En nombre de la prin¬cesa? Y si había sido Marya la que lo
había llamado en el cemente¬rio, ¿por qué lo había hecho? ¿Cómo sabía su nombre
y por qué se había molestado en saberlo? No recordaba haberla visto nunca en el
castillo, al menos no como la chica que ahora parecía ser.
Cuando se entregó
en brazos del sueño, como un barquito abandonado en un negro océano, se sintió
como si persiguiese una luz, un pedazo de luminosidad que estaba fuera de su
alcance. En el exterior, la lluvia cubría el oscuro espejo del lago de Geloë.
27
Las torres de gasa
Trató de no hacer
caso de la mano que se apoyaba en su hom¬bro, pero no pudo. Abrió los ojos y
vio que la habitación to¬davía permanecía a oscuras; las ventanas eran visibles
única¬mente por la escasa luz de las estrellas que entraba a través de ellas.
—Déjame dormir—se
quejó—. ¡Es muy pronto!
—¡Levántate,
muchacho! —dijo una voz ronca.
Era Geloë, cuya
ropa aparecía desordenada sobre el cuerpo.
—No podemos perder
tiempo.
Simón bizqueó con
los ojos medio cerrados y miró más allá de la mujer arrodillada para ver a
Binabik empaquetando sus cosas.
—¿Qué sucede?
—preguntó, pero el gnomo parecía demasiado atareado como para responder.
—He salido ahí
fuera —explicó Geloë—. El lago ha sido descu¬bierto. Y me inclino a pensar que
se trata de los hombres que iban tras vosotros.
Simón se incorporó
rápidamente y buscó sus botas, todo pare¬cía irreal entre aquella oscuridad;
sin embargo, oía el acelerado la¬tido de su corazón.
—¡Jesuris!
—exclamó—. ¿Qué vamos a hacer? ¿Nos atacarán?
—No lo sé
—respondió la mujer, y se alejó para despertar a Malaquías... No, a Marya, se
corrigió Simón—. Hay dos campamen¬tos, uno en el extremo del lago, junto a la
ensenada, y el otro no muy lejos de aquí. Puede que sepan de quién es esta casa
y están decidiendo qué hacer o puede que la cabaña todavía no haya sido
descubierta. Deben de haber llegado después de que apagamos las velas.
Al muchacho se le
ocurrió una pregunta, que emergió repenti¬namente de su interior.
—¿Cómo sabéis que
están afuera, en el otro extremo del lago? —Miró por la ventana. El agua volvía
a estar cubierta de niebla, y no había señal alguna de hogueras—. Está muy
oscuro —acabó por decir, y se volvió hacia Geloë.
La verdad era que
no iba vestida como si hubiese estado de ex¬ploración por el bosque. ¡Iba
descalza!
Pero al mismo
tiempo que la miraba y observaba su manto desa¬rreglado y los restos de humedad
que se percibían tanto en su rostro como en el cabello, Simón recordó las
grandes alas del búho que voló ante ellos, cuando llegaron al lago. Todavía
sentía las fuertes garras que lo habían salvado cuando aquellas odiosas cosas
del Sen-dero de los Sueños empezaban a apoderarse de su vida.
—Supongo que eso no
tiene importancia —contestó él mismo—. Lo único que importa es que sabemos que
están ahí fuera.
A pesar de la
escasa luz de la luna que llegaba hasta el interior, el joven vio la sonrisa de
la hechicera.
—Estás en lo
cierto, Simón —murmuró en voz baja; después fue a ayudar a empaquetar a
Binabik, que llenaba dos bolsas más, una para cada chico.
—Escucha —dijo
Geloë cuando Simón, ya vestido, se acercó a ellos—. Está claro que debéis
partir ahora, antes del amanecer —miró las estrellas—, que no tardará en
llegar. La cuestión es cómo.
—Todo lo que
podemos esperar conseguir —murmuró Binabik—es deslizamos junto a ellos por el
bosque, moviéndonos con mucho sigilo, ya que, ciertamente, no podemos volar.
El gnomo sonrió,
con algo de amargura. Marya, envuelta en un manto que le había proporcionado la
valada, observó la sonrisa del hombrecillo con curiosidad.
—No —dijo Geloë,
con seriedad—, pero también dudo que podáis pasar entre ellos con esos
terribles mastines que poseen. Tal vez no podáis volar, pero podéis flotar.
Tengo un bote amarrado detrás de la casa. No es muy grande, pero sí lo
suficiente para vosotros, incluida Qantaqa, si no se mueve demasiado —añadió, y
acarició con cariño las orejas de la loba, que agachó la cabeza para recibir la
caricia.
—¿Y eso de qué
servirá? —preguntó Binabik—. ¿Debemos remar hasta el centro del lago para que
luego, a la luz del día, sólo tengan que nadar y cogernos? —dijo, mientras
acababa de empaquetar la úl¬tima bolsa. Alargó una a Simón y luego la otra a la
muchacha.
—Existe una
corriente interior —respondió Geloë—. Es muy pe¬queña y no demasiado rápida; ni
siquiera es como la que seguisteis para llegar hasta aquí. Con cuatro remos
podéis salir fácilmente del lago y seguirla. —Su apenas perceptible
fruncimiento del entrecejo se debía más a sus pensamientos que a la
preocupación—. Por des¬gracia, la corriente pasa junto a uno de los
campamentos. Bueno, eso no va a ser de mucha ayuda, pero debéis remar con mucho
sigilo. Tal vez incluso pueda seros de utilidad en vuestra huida. A un hombre
tan lerdo como vuestro barón Heahferth, y creedme, he te¬nido tratos con él y
con otros de su calaña, no se le ocurriría que sus víctimas puedan pasar tan
cerca de él.
—Heahferth no es
quien me preocupa —replicó Binabik— . El que realmente está al mando de la
partida es el rimmerio negro, Ingen Jegger.
—Puede que ni
siquiera necesite dormir —añadió Simón, a quien no le gustaba nada recordarlo.
Geloë torció el
gesto.
—No temáis. O al
menos no dejéis que el miedo se apodere de vosotros. Puede suceder que algo les
distraiga..., nunca se sabe. —La Valada se incorporó—. Ven, muchacho —le dijo a
Simón—, eres fuerte y me ayudarás a soltar el bote y traerlo en silencio hasta
el puente que hay frente a la casa.
—¿Lo ves? —siseó la
hechicera, señalando la oscura sombra que se balanceaba en el lago de marfil,
cerca de la esquina más alejada de la casa elevada.
Simón, con el agua
hasta las rodillas, asintió con la cabeza.
—Ve poco a poco
—dijo la mujer; algo innecesario, pensó Simón.
Mientras cruzaba
por el agua, con la cabeza a la altura de las ta¬blas de madera del suelo de la
cabaña, el muchacho decidió que no se había equivocado la última tarde, cuando
le dio la impresión de que las cosas parecían haber cambiado alrededor de la casita.
Por ejemplo, aquel árbol de allí, con la mitad de las raíces en el interior del
agua. Ya lo había visto el primer día de su llegada, pero entonces —¡estaba
seguro, por Jesuris!— se encontraba al otro lado de la cabaña, cerca de la
puerta. ¿Cómo podía moverse un árbol?
Encontró la amarra
del bote y la siguió, palpando, hasta llegar al lugar en que estaba anudada a
una especie de aro que colgaba del suelo de tablas. Se agachó en una posición
dolorosa para tratar de deshacer el nudo y arrugó la nariz al sentir un olor apestoso.
¿Se tra¬taba del lago o de la parte baja de la casa? Junto al olor de madera
mojada y humedad, existía uno de otro tipo, extraño y animal, cá¬lido y oscuro,
pero no desagradable. Mientras bizqueaba en la oscu¬ridad tratando de ver algo,
las sombras se iluminaron un poco y pudo encontrarlo. El placer que sintió ante
ello y la rapidez con que pudo desanudar el bote se vieron rápidamente
contrarrestados por la comprensión de que aquello significaba que pronto
amanecería y de que, en realidad, la oscuridad era una aliada. Después de
desatar el cabo, empezó a retroceder, arrastrando el bote. Apenas podía
dis¬tinguir la confusa forma de Geloë esperándolo junto a la gran tabla que
descendía desde la puerta de la choza; se dirigió hacia ella con tanta rapidez como
pudo..., hasta que tropezó.
Cayó sobre una
rodilla con un chapoteo y emitiendo un grito ahogado, aunque pudo incorporarse
casi de inmediato. ¿Con qué había tropezado? Tenía la sensación de que se
trataba de una rama. Trató de pasar por encima de ello, y tuvo que ahogar la
necesidad de gritar que volvió a sentir. Aunque la cosa permanecía inmóvil y
só¬lida, parecía tener la escamosa consistencia de uno de los lucios del foso
de Hayholt o de uno de los lagartos que Morgenes tenía diseca¬dos en sus
estantes. Cuando las ondas producidas en el agua se cal¬maron, y oyó la voz
susurrante pero firme de Geloë preguntándole si se había hecho daño, Simón miró
hacia abajo.
A pesar de que el
agua casi aparecía opaca y oscura, el muchacho estaba seguro de distinguir la
forma de una extraña rama, o más bien de una gran rama de algún tipo. Luego vio
que la cosa con la que había tropezado reposaba en el suelo, por debajo de la superfi¬cie
del agua, y se unía a otras dos ramas escamosas: todas ellas pare¬cían estar
conectadas con la base de uno de los dos pilares sobre los que la casa se
sostenía por encima del lago.
Simón pasó
cuidadosamente por encima de todo aquello cami¬nando con gran precaución a
través del agua y en dirección a la sombra de Geloë, cuando de repente se dio
cuenta de que las raíces de árbol —o ramas, o lo que fuese— en realidad
parecían... una espe¬cie de monstruoso pie. Una garra, la garra de un pájaro.
¡Qué idea más tonta! Una casa no tiene patas de pájaro, a menos que se levante
y... ande.
El joven permaneció
en silencio mientras la hechicera amarraba el bote a la base de la tabla.
Todo y todos
estaban listos en el interior del pequeño bote. Binabik estaba situado en la
proa, Marya en el medio y Simón en la popa, con una nerviosa Qantaqa entre las
rodillas. La loba se sentía muy incómoda; se había quejado y resistido cuando
el gnomo le or¬denó subir al esquife. El malestar que mostraba el rostro del
hom¬brecillo era incluso apreciable en la oscuridad que precedía al ama¬necer.
La luna ya estaba
sobre la bóveda de color azul oscuro que se abría por la parte occidental del
cielo. Geloë les alargó los remos y volvió sobre el pequeño atracadero.
—Una vez que hayáis
recorrido a salvo el lago y remontado un poco la corriente, creo que lo mejor
será que llevéis el bote con vo¬sotros, a través del bosque, hasta Aelfwent. No
es un esquife muy pe¬sado y tampoco necesitaréis cargar con él largo trecho. El
río fluye en la dirección adecuada, y tiene que llevaros hasta Da'ai Chikiza.
Binabik sacó su
remo y alejó el bote del embarcadero. La hechi¬cera permaneció con los pies
metidos en el agua hasta los tobillos mientras los empujaba desde la orilla.
—Recordad —siseó—,
que tenéis que introducir los remos de canto en el agua. Vuestra protección es
el silencio.
Simón alzó la mano.
—Adiós, valada
Geloë.
—Adiós, joven
peregrino. —La voz de la mujer se oía débilmente, a menos de tres codos de
distancia—. Que tengáis buena suerte. ¡No temáis! Cuidaré de la niña.
Los viajeros se
fueron alejando poco a poco, hasta que Geloë se convirtió en una sombra junto a
uno de los pilotes de la casa.
La proa del esquife
se abrió paso a través de la superficie del agua como la cuchilla de un barbero
en la seda. A un gesto de Bina¬bik agacharon las cabezas, y el gnomo guió
silenciosamente el es¬quife hacia el centro del nebuloso lago. Simón se
apretaba contra el grueso pelo del lomo de Qantaqa y sentía el pulso de su
nerviosa respiración. Observó los diminutos anillos de ondas que se forma¬ban
en la superficie del lago tras el paso del bote; al principio pensó que debían
de ser peces, que subían a la superficie en busca de mari¬posas y mosquitos.
Después notó una gota húmeda que lo salpicaba en la nuca. Volvía a llover.
Se aproximaron al
centro del lago, a través de grupos de jacintos que aparecían esparcidos sobre
el agua ante ellos, como si caminasen por el sendero de un héroe que regresara
al hogar. La atmósfera em¬pezó a clarear. Más bien daba la impresión de que una
capa de oscuri¬dad hubiera sido rasgada en el cielo, el primero de muchos
velos. La lí¬nea de los árboles que había permanecido oculta en el horizonte se
convirtió en una hilera de ya distinguibles copas que se perfilaban con¬tra el
firmamento, cada vez más claro. El agua parecía cristal negro a su alrededor,
pero ahora se podían apreciar algunos detalles de la orilla; por ejemplo, las
apenas perceptibles raíces de los árboles, que parecían retorcidas piernas de
mendigos; el débil brillo de los bloques de gra¬nito que se esparcían alrededor
del lago secreto como un teatro a la es¬pera de los actores; todo se iba
metamorfoseando lentamente de oscu¬ras y grises formas para convertirse en
nítidos objetos a la luz del día.
Qantaqa se agachó,
sorprendida, cuando Marya se echó hacia adelante para mirar por encima de la
regala del bote. La muchacha empezó a decir algo, pero lo pensó mejor y señaló
con el dedo hacia la derecha.
Simón miró en
aquella dirección y entonces lo vio; había una extraña forma en la desordenada
pero a la vez simétrica linde del bosque, una forma como cuadrada y abultada,
de un color diferente del de las oscuras ramas que la rodeaban. Se trataba de
una tienda azulada.
Después vieron
algunas más, un grupo de tres o cuatro que se alineaban tras la primera. Simón
frunció el entrecejo y luego sonrió desdeñoso. Qué típico era del barón
Heahferth —al menos por lo que había oído en el castillo— cargar con aquel tipo
de lujos para en¬trar en el salvaje bosque.
Justo un poco más
allá de las diseminadas tiendas, la orilla del lago parecía hacerse más
profunda a lo largo de unas cuantas anas7. Después volvía a aparecer, dejando
un espacio oscuro en el medio como si le hubieran dado un mordisco. Las ramas
de los árboles col¬gaban sobre el lago y resultaba imposible ver si se trataba
de la ense¬nada de la que les había hablado la hechicera, aunque Simón estaba
seguro de ello.
—«¡Justo donde dijo
Geloë! —pensó—. Posee una vista muy agu¬da, muy aguda, pero eso no resulta
sorprendente, ¿verdad?»
El muchacho señaló
hacia la abertura en el borde del lago y Binabik asintió; él también la había
visto.
Se acercaron al
silencioso campamento y el gnomo tuvo que re¬mar con más brío para mantenerlos
en el rumbo correcto; Simón comprendió que empezaban a sentir el tirón de la
corriente. Con mucho cuidado levantó su remo para introducirlo en el agua.
Binabik, que había observado el movimiento por el rabillo del ojo, se volvió y
movió la cabeza, como diciendo «todavía no»; el chico de¬tuvo el remo justo por
encima del agua llena de anillos provocados por la lluvia.
Entonces vio al
centinela y avisó con un gesto a los otros. El gnomo levantó cuidadosamente el
remo del agua y todos se echaron en el bote, con la esperanza de no ser vistos.
Aunque el soldado se le ocurriese mirar al lago, con un poco de suerte podrían pasar
inad¬vertidos, o al menos sólo vería un tronco flotando sobre el agua. Aunque
eso suponía esperar demasiado, Simón se sintió seguro. No podía imaginarse que
el hombre no los viese si se daba la vuelta, a tan poca distancia como se
encontraban.
La velocidad del
pequeño esquife iba reduciéndose y la oscura grieta en la línea de la orilla se
fue acercando a ellos. Se trataba de la corriente interior de la ensenada;
Simón vio el agua agitada que pa¬saba por encima de las redondeadas formas de
piedra a algunas yar¬das canal arriba. El bote casi se había detenido por
completo; de he¬cho, la proa empezaba a virar, rechazada por la corriente.
Tendrían que remar rápidamente o serían empujados hacia la orilla, justo al
lado de las tiendas.
Entonces, a causa
de algo que le había llamado la atención al otro lado del campamento, el
centinela se dio la vuelta y le dirigió una mirada al lago.
En un instante,
incluso antes de que pudieran sentirse invadi¬dos por el miedo, una oscura
sombra cayó de los árboles que había por encima del campamento y se abalanzó
sobre el guardia. Serpen¬teaba entre las ramas como una grande y abultada hoja
y se hundió en el cuello del hombre, pero esa hoja tenía garras; cuando las
sintió en el cuerpo, el vigilante de la armadura dio un grito de horror, dejó
caer la lanza y trató de librarse de lo que fuese que lo agarraba. La sombra
gris revoloteó, con las alas extendidas, y quedó suspendida justo encima de su
cabeza, más allá del alcance de sus manos. El hombre volvió a gritar,
agarrándose el cuello, y revolvió entre las hojas y el musgo del suelo en busca
de la lanza.
—¡Ahora! —siseó
Binabik—. ¡Remad!
Tanto él como Marya
y Simón hundieron las palas de madera en el agua y empujaron con desesperación.
Las primeras paladas parecieron quedarse enganchadas y el agua los salpicaba
mientras el bote era zarandeado. Después empezaron a avanzar con más fa¬cilidad,
y en pocos instantes remaban contra la fuerte corriente, deslizándose bajo las
protectoras ramas que pendían sobre la ense¬nada.
Simón miró hacia
atrás y vio al centinela, con la cabeza descu¬bierta, que manoteaba arriba y
abajo, tratando de terminar con la criatura que pendía sobre su cabeza. Unos
cuantos hombres apare¬cían sentados sobre sus camastros riendo mientras
observaban a su camarada, que había dejado caer la lanza y ahora tiraba piedras
al peligroso pájaro. El búho esquivó los proyectiles con facilidad; cuando el
muchado apartó la cortina de hojas para echar una mi¬rada, el bote viró y se
introdujo entre los sombreados árboles.
Remaban con fuerza
contra la potencia de la corriente —sor¬prendentemente potente, ya que en la
superficie no parecía mo¬verse— y Simón rió triunfante.
Avanzaron durante
largo tiempo contra corriente. Aunque hu¬bieran sentido la necesidad de hablar,
les habría resultado muy difí¬cil, ya que remar era un trabajo extenuante. Más
tarde, casi una hora después, encontraron un brazo de río oculto por una pantalla
de juncos, donde se detuvieron y descansaron.
El sol no había
acabado de hacer acto de presencia y tan sólo era una especie de neblina
brillante tras un dosel de nubes. Una pelí¬cula de niebla inundaba el bosque y
el río, y los alrededores parecían el paisaje de un sueño. En alguna parte,
corriente arriba, el río pa¬saba sobre algún obstáculo; el tranquilo susurro
del agua en movi¬miento parecía aumentar con tonos que indicaban que ésta
saltaba y volvía a caer sobre ella misma.
Simón, que
respiraba con dificultad, observó a la muchacha mientras ésta se hallaba
estirada sobre el borde del bote, con la meji¬lla descansando sobre el
antebrazo. Se le hacía difícil comprender cómo la había confundido con un
chico. Lo que le habían parecido rasgos como de zorro, de una finura inusual en
un muchacho, lo veía ahora como delicadeza. Marya aparecía ruborizada a causa
del esfuerzo. El joven miró la rubicunda mejilla de la muchacha, sobre la suave
pero bien definida protuberancia de su clavícula, donde aparecía abierta la
camisa de muchacho que vestía.
«No está muy
rellena..., no como Hepzibah —dijo en silencio—. ¡Ja! ¡Me gustaría ver a
Hepzibah hacerse pasar por un chico! Pero Marya es bonita aun siendo delgada, y
su cabello es tan negro...»
Los ojos de la
joven se agitaron en el sueño. Continuaba respi¬rando profundamente. Simón
palmeó la ancha cabeza de Qantaqa, con aire ausente.
—Está bien hecha,
¿verdad? —preguntó alegremente Binabik. El chico lo miró, sobresaltado.
—¿Qué?
El gnomo se encogió
de hombros.
—Perdona. ¿Tal vez
decías «él» en Erkynlandia, o «ello»? De todas formas estarás de acuerdo en que
Geloë ha hecho un buen trabajo.
—Binabik —dijo
Simón, mientras el rubor empezaba a desapare¬cer de su rostro—, no tengo ni
idea de lo que me estás diciendo.
El hombrecillo
golpeó el borde del bote suavemente con la palma de la mano.
—¡Del hermoso
trabajo que ha conseguido Geloë con sólo cor¬teza y madera, y tan ligero! Creo
que no tendremos demasiados problemas para cargarla por tierra hasta Aelfwent.
—El bote...
—murmuró el muchacho,
asintiendo como un tonto—. El barco. Sí, está bien hecho.
Marya se sentó.
—¿Vamos a tratar de
cruzar hasta el otro río ahora? —preguntó.
Cuando se volvió
para mirar la franja de bosque que se veía a través de los juncos, Simón
observó las ojeras que había bajo sus ojos, y su mirada de agotamiento. El
joven todavía se encontraba molesto con ella por haberla visto sentirse
aliviada cuando Geloë insistió en quedarse a la niña, pero también le agradó
ver que pare¬cía preocupada, que no era la clase de chica que ríe y bromea todo
el rato.
«Claro que no lo es
—pensó un momento después—. De hecho, no creo que la haya visto sonreír
todavía. Y no sólo porque lo que ha ocurrido da miedo, pues tampoco yo estoy
todo el tiempo con el entrecejo fruncido y preocupado.»
—Tal vez sea buena
idea —añadió Binabik, respondiendo a la pre¬gunta de Marya—. Creo que ese ruido
que se oye y que viene de más arriba es un grupo de rocas que hay en medio de
la corriente. Si ése es el caso, tendremos pocas oportunidades de vadearlo con
el bote. Tal vez Simón quiera ir a comprobarlo.
—¿Cuántos años
tienes? —preguntó éste a Marya.
Binabik,
sorprendido, se volvió y lo miró. Marya frunció los la¬bios y miró fijamente a
Simón.
—Tengo... —empezó a
decir y se detuvo—. Cumpliré dieciséis en octundre.
—Entonces, tienes
quince —dijo el chico, un poco pagado de sí mismo.
—¿Y tú? —lo retó
ella.
El muchacho se
sintió ofendido.
—¡Quince!
Binabik tosió.
—Estoy de acuerdo
en que los camaradas de a bordo deben cono¬cerse unos a otros, pero... tal vez
lo podáis dejar para más tarde. Si¬món, ¿quieres ir a ver si realmente hay esas
rocas corriente arriba?
Estaba a punto de
acceder cuando de repente no quiso. ¿Acaso él era el chico de los recados? ¿Era
un muchacho para ir a descubrir cosas para los adultos? ¿Quién había tomado la
decisión de ir y res¬catar a aquella estúpida chica del árbol?
—Ya que necesitamos
cruzar hasta no-se-dónde, ¿por qué preo¬cuparnos? —preguntó—. Hagámoslo y ya
está.
El gnomo lo miró y
asintió con la cabeza.
—Muy bien. Creo que
a mi amiga Qantaqa le hará bien estirar las piernas; además —se volvió a
Marya—, los lobos no son muy ma¬rineros.
Ahora fue la joven
la que miró fijamente a Binabik, como si fuese más extraño que Simón. Después
dejó escapar una carcajada.
—¡Eso es verdad!
—exclamó, y volvió a reír.
Resultó que el bote
era en verdad muy ligero, pero aun así en¬contraron algunas dificultades para
cargarlo a través de las ramas y enredaderas. Lo sostuvieron a una altura en la
que tanto Binabik como la muchacha pudieran llevarlo boca abajo, de manera que
el afilado ángulo de la popa se apoyase sobre el esternón de Simón. Éste no
podía verse los pies mientras andaba, con el resultado de que no hacía más que
tropezar con los matorrales. La lluvia los mo¬jaba a través de la red de ramas
y hojas; con las manos ocupadas, el chico ni siquiera podía apartarse las gotas
que le caían en los ojos. No podía decirse que estuviera de muy buen humor.
—¿A qué distancia
está, Binabik? —preguntó, sin poder conte¬nerse más—. Se me está partiendo el
pecho por culpa de este maldi¬to bote.
—No está muy lejos,
espero —gritó el gnomo, y su voz formó un extraño eco al contestar desde debajo
de la bóveda del barco—. Geloë dijo que esa corriente y el Aelfwent corrían
paralelos durante mucha distancia; sólo se separaban durante un cuarto de legua.
Pronto llegaremos.
—Será mejor que así
sea concluyó Simón, con un tinte de serie¬dad en la voz.
Delante de él iba
Marya; ésta hizo un ruido que Simón estaba seguro de que era de disgusto, de
enfado con él, probablemente. El chico frunció el entrecejo de forma horrible,
con el rojo cabello re¬vuelto y mojado cayéndole sobre la frente.
Finalmente oyeron
otro sonido por encima del suave tambori¬leo producido por las gotas de lluvia
al caer sobre las hojas, un so¬nido que a Simón le hizo pensar en una
habitación llena de gente murmurando. Qantaqa se adelantó y avanzó con
estrépito entre los matorrales.
—¡Ja! —gruñó
Binabik, dejando sobre el suelo la parte del bote que sostenía—. ¿Lo ves? ¡Lo
hemos encontrado! ¡T'si Suhyasei!
—Creía que se
llamaba Aelfwent. —Marya se frotó el hombro so¬bre el que había descansado el
bote—. ¿O es lo que siempre dicen los gnomos cuando encuentran un río?
Binabik sonrió.
—No. Se trata del
nombre sitha. Puede decirse que éste es un río sitha, ya que ellos lo
utilizaban para navegar hacia Da'ai Chikiza, cuando era su ciudad. Deberías
saberlo, pues Aelfwent significa «río sitha» en la antigua lengua de
Erkynlandia.
—Entonces..., ¿qué
es lo que has dicho? —preguntó de nuevo la joven.
—¿T'si Suhyasei?
—repitió el hombrecillo—. Es difícil explicarlo con exactitud. Quiere decir
algo como «la sangre de ella es fría».
—¿De «ella»?
—inquirió Simón, mientras se quitaba el barro de las botas con un palo—. ¿Qué
quiere decir «ella» esta vez?
—La selva, el
bosque —replicó Binabik—. Vamos, puedes lim¬piarte todo ese barro en el agua.
Cargaron con el
esquife por la orilla, a través de la espesura de arbustos que les golpeaban el
rostro y el cuerpo, hasta encontrar el río ante ellos. Era una amplia y extensa
corriente, mucho más grande que el riachuelo que acababan de dejar. Depositaron
el bote en la pendiente formada por el paso del agua; Simón, el más alto de
ellos, tuvo que arrodillarse en los bajíos del río para sostener el barco e
introducirlo en el agua, y sus botas quedaron en verdad lim¬pias de barro.
Sostuvo el bamboleante barquito mientras Marya y el gnomo subían a bordo en
primer lugar a la loba, que parecía dudar y no cooperó demasiado, para después
subir ellos. El muchacho se incorporó el último y ocupó su lugar en la popa.
—Tu posición, Simón
—dijo Binabik con gravedad—, requiere de una gran responsabilidad. No
necesitaremos remar demasiado en una corriente con tanta fuerza como ésta, pero
tú debes dirigir el bote y avisar cuando veas rocas por delante para que
podamos ayudarse a evitarlas.
—Puedo hacerlo
—respondió el chico con rapidez.
El gnomo asintió y
soltó la gran rama a la que se había cogido; se separaron de la orilla y fueron
arrastrados por el Aelfwent.
Al principio le
resultó un poco difícil, según vio Simón. Algu¬nas de las rocas que tenían que
evitar apenas eran visibles por encima de la cristalina superficie del agua;
más bien solían estar justo de¬bajo y sólo eran reconocibles por los saltos que
daba el agua por en¬cima de ellas. La primera que no vio hizo un ruido horrible
al rascar contra la quilla, y durante unos instantes temieron lo peor, pero el
barquito se apartó de la piedra sumergida como un cordero al ver unas tijeras
grandes. A Simón le fue resultando más fácil a medida que iban pasando los
minutos; en algunos lugares el esquife parecía casi rozar el borde del agua,
tan ligero como una pluma sobre el on-dulado lomo del río.
Cuando dejaron
atrás la parte más rocosa y llegaron a una zona de aguas más tranquilas, el
muchacho sintió que el corazón se le tranquilizaba. Las juguetonas manos del
río agarraban los remos. El recuerdo de sus escaladas por entre las almenas de
Hayholt acu¬dió a la memoria de Simón, adonde subía tan sólo con la ayuda de su
propia pericia y desde donde veía los ordenados campos que se extendían hasta
el horizonte. También recordó cuando se hacía un ovillo en la Torre del Ángel
Verde y miraba hacia los amontonados tejados de las casas de Erchester y al
ancho mundo, mientras el viento le acariciaba el rostro. Ahora, sobre la popa
del barquito, na¬vegaba como el viento de primavera soplaba por entre las copas
de los árboles. Levantó el remo en el aire..., ahora era una espada.
Jesuris era
marinero, se puso a cantar de repente; las palabras acudían a sus labios como
una imparable corriente de agua. Se tra¬taba de una tonada que alguien le había
cantado cuando era muy pequeño.
Jesuris era
marinero,
navegó por el
océano
y recibió la
Palabra de Dios,
para hasta Nabban
ir navegando.
Binabik y Marya se
volvieron para mirarlo; Simón sonrió.
Tiyagaris era
soldado,
navegó por el
océano
y recibió la
Palabra de la Justicia
para hasta Nabban
ir navegando
El rey Juan era
gobernante,
navegó por el
océano
y recibió la
palabra de Aedón
para hasta Nabban
ir navegando...
Simón detuvo su
canto.
—¿Por qué has
parado?—preguntó el gnomo.
Marya lo miraba con
ojos inquisidores.
—Es que es todo lo
que sé —respondió el chico, bajando el remo y dejándolo sobre la estela del
barquito—. No sé ni de dónde es. Creo que me la cantaba una de las doncellas
cuando era pequeño.
Binabik sonrió.
—Es una bonita
canción para navegar por el río, creo, aunque al¬gunos de los detalles no son
muy correctos, históricamente ha¬blando. ¿Estás seguro de que no te acuerdas de
nada más?
—Seguro.
Su falta de memoria
lo turbó un poco. Una hora escasa sobre el río había cambiado su humor por
completo. Se sentía en un barco de pescadores y había disfrutado con ello...,
pero ahora ya no había nada de eso, sólo el bosque que pasaba ante ellos, y el
notar el paso del delicado esquife a través de él, tan sensible y con las
mismas reacciones que un potro.
—No sé canciones
marineras —dijo el gnomo, contento por el cambio de humor de Simón—. En el alto
Qanuc los ríos son de hielo, y sólo los utilizan los niños para juegos de
deslizamiento. Tal vez pueda cantar algo acerca del poderoso Chukku y sus
aven¬turas...
—Yo sí sé una
canción de río —intervino Marya, mientras se me¬saba el cabello—. Las calles de
Meremund están llenas de canciones de marineros.
—¿Meremund?
—preguntó Simón—. ¿Cómo puede una mucha¬cha de castillo haber ¡do alguna vez a
Meremund?
—¿Y dónde crees tú
que la princesa y toda su corte vivían antes de venir a Hayholt? ¿En el salvaje
Nascadu? —rugió la joven—. En Meremund, claro. Es la más hermosa ciudad del
mundo, en donde se encuentran el océano y el gran río Gleniwent. Tú no la conoces,
no has estado allí. —Le dirigió una fea mueca—. Muchacho de cas¬tillo.
—Entonces,
¡cántala! —exclamó Binabik, moviendo las manos—, ¡El río quiere oírla y el
bosque también!
—Espero acordarme
—contestó Marya, dirigiendo una mirada de reojo a Simón, que se la devolvió con
arrogancia.
La actitud de la
muchacha le había alterado el humor.
—Se trata de una
canción de marineros de río —continuó ella.
Marya se aclaró la
garganta y empezó a cantar —al principio un poco insegura, aunque se le pasó
rápidamente —con una dulce y profunda voz.
... Los que navegan
por el Gran Lago
os hablarán de su
misterio,
se jactarán de
todas esas batallas
y de toda esa
sangrienta historia.
Pero hablad con
cualquier rata de río,
que navegue por el
Gleniwent,
y os dirá que Dios
hizo los océanos,
pero que el río es
lo único que cuenta.
Ah, el océano es
una pregunta,
pero el río es una
respuesta,
con su alegre y
divertido retozar,
tan sutil como
cualquier bailarín.
Dejad que el
Infierno se lleve a los gandules,
porque este viejo
barco no los llevará.
Y si perdemos a uno
o dos tripulantes,
por ellos beberemos
en Meremund...
Unos cuantos
hombres parten a navegar,
y nunca volverán a
ser vistos,
pero cada noche,
nosotros, ratas de río,
nos encontramos en
la taberna.
Muchos dicen que
bebemos un poco
y caemos rendidos
como niños,
pero si el río es
tu dama
así es como por las
noches duermes.
Ah, el océano es
una pregunta,
pero el río es una
respuesta,
con su alegre y
divertido retozar,
tan sutil como
cualquier bailarín.
Dejad que el
Infierno se lleve a los gandules,
porque este viejo
barco no los llevará.
Y si perdemos a uno
o dos tripulantes,
por ellos beberemos
en Meremund...
¡En Meremund! ¡En
Meremund!
¡Por ellos
beberemos en Meremund!
¡Y si no logramos
verlos flotar,
guardaré un penique
para enterrarlos...!
La segunda vez que
Marya llegó a la parte del estribillo, Si¬món y Binabik ya lo sabían como para
unirse a ella. Qantaqa mo¬vió las orejas cuando rieron y gritaron al descender
por el rápido Aelfwent.
Ah, el océano es
una pregunta, pero el río es una respuesta..., can¬taba Simón a pleno pulmón
cuando la proa del barco se hundió en una depresión de las aguas y cabeceó:
volvían a encontrarse sobre rocas. Cuando por fin lograron abrirse camino entre
las piedras y evitarlas hasta alcanzar un remanso, todos se encontraban
dema-siado cansados como para seguir cantando. Sin embargo, Simón to¬davía reía
y, cuando volvieron a abrirse las grises nubes por encima del arbolado techo
del bosque para dejar caer más agua, el mucha¬cho irguió el rostro y atrapó
gotas de lluvia con la lengua.
—Llueve —dijo
Binabik, con las cejas arqueadas bajo la mata de revuelto pelo que le cubría la
frente—. Creo que vamos a mojarnos. Un breve instante de silencio fue perforado
por la risa del gnomo.
Cuando la luz que
se filtraba a través del dosel de árboles em¬pezó a hacerse más débil,
dirigieron el bote hacia la orilla y acampa¬ron. Después de que Binabik
encendiese una hoguera con la ayuda de sus polvos amarillos, para contrarrestar
la acción de la lluvia so¬bre la madera, el gnomo sacó un paquete de verdura y
frutas de uno de los bolsos que le había proporcionado Geloë. Qantaqa, dedicada
a sus propios asuntos, husmeaba entre los matorrales y regresaba de vez en
cuando con el pelo mojado y con rastros de sangre en el ho¬cico. Simón miró a
Marya, que jugueteaba con un hueso de melo¬cotón en la boca, con aire
meditabundo, para observar su reacción ante la evidencia de la brutal
naturaleza de la loba; pero si la mucha¬cha lo vio no mostró signos de malestar.
«Debe de haber
trabajado en las cocinas de la princesa —se atre¬vió a adivinar—. Pero seguro
que si tuviera uno de los lagartos dise¬cados de Morgenes, saltaría, apuesto lo
que sea.»
El pensar en el
trabajo de la muchacha en las cocinas del castillo lo llevó a preguntarse qué
hacía al servicio de la princesa y, ya que pensaba en ello, ¿por qué había
estado espiándolo? Cuando trató de hacerle preguntas al respecto, la muchacha
sólo movió la cabeza, alegando que no podía decir nada acerca de su señora o de
los servi¬cios que ella prestaba hasta que el mensaje hubiera sido entregado en
Naglimund.
—Espero que me
perdones por preguntar —dijo Binabik mien¬tras separaba los cacharros de la
cena y cogía su bastón para convertirlo en una flauta—, pero ¿cuáles son tus
planes si Josua no está en Naglimund para recibir el mensaje?
La mirada de Marya
se llenó de preocupación, pero siguió sin querer decir nada más. Simón estuvo
tentado de preguntarle al hombrecillo sobre sus planes, sobre Da'ai Chikiza y
la Escalera, pero el gnomo estaba ya tocando la flauta con aire ausente. La no¬che
extendió un manto de oscuridad sobre el gran Aldheorte, ex¬cepto sobre su
pequeña hoguera. Los jóvenes escucharon la música del gnomo, que resbalaba y
producía hermosos ecos en las mojadas copas de los árboles.
Al día siguiente
volvieron al río poco después de la salida del sol. Los movimientos del agua
les resultaron ya familiares. Había ratos ociosos en los que tenían la
impresión de que el barco era una roca sobre la que estaban sentados mientras
un vasto mar de árboles cir¬culaba ante ellos; después volvían a los peligrosos
y excitantes rápi¬dos que agitaban la frágil embarcación como si se tratase de
un pez cogido en un anzuelo. La lluvia desapareció al mediodía y cedió el
puesto a un sol que brilló a través de las ramas, llenando el río y el suelo
del bosque de manchas de luz.
El buen tiempo que
hacía —inusualmente ventoso para estar a úl¬timos de maya aunque Simón seguía
recordando la montaña de hielo de su sueño compartido— los animó. Flotando a
través del túnel que formaban las abovedadas ramas de los árboles —roto aquí y
allá por majestuosas manchas de luz que atravesaban los espacios abiertos
en¬tre las retorcidas ramas, para convertir al río en un brillante espejo de
pulida y dorada agua—, volvieron a sentir ganas de conversar.
Simón, un poco
reticente al principio, habló de la gente que ha¬bía conocido en el castillo:
de Raquel; de Tobas, el encargado de los perros, que se embadurnaba la nariz
con grasa de antorcha para re¬sultar más familiar a los canes; de Peter
Tazón-Dorado; del gigan¬tesco Rubén, y del resto. Binabik habló sobre todo de
sus viajes, de sus viajes de juventud, del salobre país Wran y de las
extenuantes y exóticas extensiones al oeste de su hogar, Mintahoq. Incluso
Marya, a pesar de su inicial reticencia y de la larga lista de cosas sobre las
que se negaba a hablar, hizo sonreír a Simón y al gnomo con sus imitaciones de
discusiones entre marineros fluviales y marinos, y con sus observaciones acerca
de la dudosa nobleza que rodeaba a la princesa en Meremund y en Hayholt.
Sólo al segundo día
de navegación hablaron sobre cosas que preocupaban a los tres compañeros.
—Binabik —preguntó
Simón, cuando comían al mediodía en un trozo de bosque iluminado por la luz del
sol—, ¿crees que hemos de¬jado a esos hombres atrás? ¿Puede que haya otros que
también nos busquen?
El gnomo desprendió
una pepita de manzana de su barbilla.
—No sé nada con
seguridad, amigo Simón, como ya he dicho. Estoy seguro de que no nos vieron y
de que no habrá una persecu¬ción inmediata, pero como desconozco la razón por
la que nos per¬siguen, tampoco puedo saber si nos encontrarán. ¿Saben que nos
dirigimos a Naglimund? Eso no es demasiado difícil de suponer. Pero tres cosas
hay que nos favorecen.
—¿Qué cosas?
—preguntó Marya, con algo de preocupación refle¬jada en el rostro.
—Primero, en el
bosque es más fácil esconderse que buscar. —Le¬vantó un huesudo dedo—. Segundo,
hemos tomado un camino que no es el normal para ir a Naglimund, y que es
desconocido desde hace cientos de años. —Otro dedo—. Y por último, para
descubrir la dirección en que nos dirigimos, esos hombres tendrían que oírselo
decir a Geloë. —Su tercer dedo se hizo más firme—. Y eso, creo, es algo que no
ocurrirá.
Simón se sentía
preocupado secretamente sobre ese punto.
—¿No podrían
hacerle daño? Eran hombres que llevaban espa¬das y lanzas, Binabik. Los búhos
no los mantendrán alejados para siempre si lo que creen es que estamos con
ella.
El gnomo asintió
con gravedad y jugueteó con sus cortos deditos.
—No creas que no me
preocupa, Simón. ¡Hija de las Montañas, ya lo creo! Pero sabes poco acerca de
Geloë. Pensar en ella como en una mujer sabia pueblerina es cometer un error,
un error del que Heahferth y sus hombres se arrepentirán si no la tratan con respeto.
Durante mucho tiempo la valada Geloë caminó por Osten Ard: mucho tiempo ha
permanecido en el bosque, y muchos, muchísi¬mos años, entre los rimmerios.
Incluso antes de eso, vino desde el sur para llegar a Nabban, y de sus
anteriores viajes nadie sabe nada. Podemos confiar en que se cuidará mucho
mejor que yo o, como tristemente hemos podido comprobar, mejor que el doctor
Morgenes. —Binabik cogió otra manzana, la última que quedaba en la bolsa—. Pero
ya nos hemos preocupado demasiado. Nos espera el río y nuestros corazones deben
sentirse ligeros para poder viajar con más rapidez.
Al final de la
tarde, cuando las sombras de los árboles empeza¬ron a doblegarse y alcanzaron
una mayor extensión a través del río, Simón aprendió más sobre los misterios
del Aelfwent.
Estaba rebuscando
en su bolsa un poco de tela con la que envol¬ver sus manos para proteger las
ampollas que el duro remar le había ocasionado, cuando encontró algo que
parecía justo lo que buscaba y lo sacó. Era la Flecha Blanca, todavía envuelta
en el retal de su ca¬misa. Le resultó sorprendente encontrarla, así de repente,
en sus manos, como si fuese una pluma que pudiera echar a volar con un poco de
viento. Con mucho cuidado la desenvolvió.
—Mira —le dijo a
Marya, pasando junto a Qantaqa para mostrár¬sela en su envoltorio de blanco
tejido—. Es una Flecha Blanca sitha. Salvé la vida de un sitha y me la dio.
—Reconsideró un poco lo que acababa de decir—. Mejor dicho, me la disparó.
Era un hermoso
objeto que parecía brillar incluso a la escasa luz del atardecer, como si fuese
el luminoso cuello de un cisne. Marya la miró y levantó un dedo para tocarla.
—Es muy hermosa
—respondió la muchacha, pero en el tono de su voz no apareció ni pizca de la
admiración que Simón esperaba encontrar.
—¡Pues claro que es
hermosa! Es sagrada. Significa que hay una deuda pendiente. Pregúntale a
Binabik: él te lo dirá.
—Simón está en lo
cierto —explicó el gnomo desde la proa del bote—. Eso ocurrió justo antes de
conocernos.
Marya continuó
mirando la flecha con indiferencia, como si su mente estuviese en otra parte.
—Es un objeto muy
bonito —añadió, con un poco más de con¬vicción en la voz que antes—. Tienes
mucha suerte, Simón.
El chico no supo
por qué, pero aquello lo puso furioso. ¿Es que no se daba cuenta de lo que
había pasado? ¡Cementerios, sithas atra¬pados, mastines, la enemistad del
Supremo Rey! ¿Quién era ella para contestarle como lo hacían las sirvientas,
con ese aire ausente, cuando él se había lastimado en una rodilla?
—Claro —dijo, y
sujetó la flecha ante él de forma que ésta atrapó un rayo de sol—, claro. Para
toda la suerte que me ha reportado hasta ahora: he sido atacado, golpeado,
cazado y he pasado hambre; más valiera que nunca la hubiese tenido.
Simón observó el
arma, deslizando su mirada por los grabados que podían haber sido la historia
de su vida desde que había deja¬do Hayholt, de tan complicados y carentes de
sentido que le resul¬taban.
—Quizá sea mejor
que la tire —agregó. Nunca lo haría, desde luego, pero se sentía satisfecho al
fingir que podía hacerlo—. ¿Qué beneficio me ha reportado...?
El grito de aviso
de Binabik se oyó en medio de la frase, pero cuando Simón trató de reaccionar
ya era demasiado tarde. El es¬quife chocó contra una roca escondida casi con un
impacto directo; el barquito escoró y la popa golpeó en el agua con un chasquido
seco. La flecha voló de la mano del muchacho para cruzar el aire y caer al río,
entre un montón de piedras. Cuando la popa se apoyó de nuevo sobre la
superficie del agua, Simón se volvió para buscarla; poco después chocaban
contra otra roca sumergida y el chico cayó. El barquito escoró demasiado y
Simón resbaló...
El agua estaba muy
fría. Durante unos instantes el joven pensó que había caído en algún agujero
que lo había conducido a un mundo de absoluta oscuridad. Después boqueó, al
volver a la su¬perficie, sintiéndose arrastrado por la turbulenta corriente.
Chocó contra una roca, fue arrastrado de ella y volvió a sumergirse, con el
agua que se le introducía a través de la nariz y la boca. Luchó, vol¬vió a
sacar la cabeza y se tensó mientras la corriente lo zarandeaba y lo llevaba de
una roca a otra. Sintió viento en el rostro y respiró, y casi enseguida comenzó
a toser, aunque algo del maravilloso aire había encontrado el camino hacia sus
pulmones a punto de esta¬llar. Entonces, de repente, dejó de haber roca: y se
encontró flo¬tando tranquilamente, mientras pataleaba para mantenerse por
encima del nivel de las aguas. Para su sorpresa, el barco se hallaba detrás de
él, todavía tratando de evitar las últimas rocas. Binabik y Marya remaban con
energía, con los ojos muy abiertos a causa del miedo, pero Simón vio que la distancia
iba aumentando entre ellos. Se deslizaba corriente abajo, y cuando giró la
cabeza hacia ambas orillas vio que éstas se encontraban muy lejos de su
alcance. Volvió a boquear en busca de aire.
—¡Simón! —chilló
Binabik—. ¡Nada hacia nosotros! ¡No podemos remar más rápido!
El muchacho se
debatió en el agua y trató de regresar y nadar hacia ellos, pero el río tiraba
de él con miles de dedos invisibles. Chapoteó, tratando de dar a sus manos la
forma de los remos tal y como Raquel —¿o había sido Morgenes?— le había
enseñado mien¬tras lo sujetaba en los bajíos de Kynslagh, pero el esfuerzo le
pareció cómico en comparación con la todopoderosa fuerza de la corriente.
Pronto se cansó; ni siquiera podía sentirse las piernas. No sentía nada excepto
un frío vacío, cuando trataba de moverlas. El agua lo cubrió por encima de los
ojos y dio una extraña forma a las ramas de los árboles cuando Simón se hundió.
Algo se sumergió en
el agua, junto a su mano, y el chico volvió a hacer un esfuerzo para ganar la
superficie por última vez. Era el remo de Marya. Al tener más altura que
Binabik, había tomado el lugar de éste y extendido el remo en dirección al
lugar en que Si¬món había desaparecido bajo las aguas. Qantaqa estaba tras
ella, la-drando y estirada hacia adelante, casi en una réplica de la postura de
la muchacha; el bote se estaba ladeando peligrosamente a causa de todo el peso
que soportaba en la proa.
El joven envió una
orden a donde habían estado sus piernas, diciéndoles que diesen patadas si
podían oírlo, y sacó la mano. Apenas sintió el remo cuando dobló los torpes
dedos alrededor de la ma¬dera, pero estaba allí justo donde debía estar.
Después de que lo
alzasen por la borda —un trabajo casi imposi¬ble dado que pesaba más que
cualquiera de ellos, excepto la loba—, tosió y expulsó grandes cantidades de
agua de río; permaneció res¬pirando con dificultad y estremeciéndose, hecho un
ovillo en el fondo del bote, mientras la muchacha y el gnomo buscaban un lu-gar
donde desembarcar.
Simón recuperó
suficiente fuerza como para arrastrarse fuera de la barca sobre unas
temblorosas piernas. Una vez en tierra, cayó de rodillas y extendió unas
agradecidas manos sobre el blanco suelo del bosque. Binabik saltó del bote y
recogió algo que había entre el em¬papado y deshecho montón que había sido la
camisa de Simón.
—Mira lo que se
había enganchado en tus ropas —dijo, con una extraña mirada en el rostro. Se
trataba de la Flecha Blanca—. Vamos a hacer una fogata para ti, pobre Simón.
Tal vez hayas aprendido una lección, una cruel pero seria lección, sobre el
hablar mal de un regalo sitha mientras navegas por un río sitha.
Ni siquiera con la
fuerza suficiente como para sentirse avergon¬zado mientras Binabik lo ayudaba a
quitarse las ropas y envolverse en el manto, el muchacho se durmió frente al
fuego. Sus sueños fue¬ron extrañamente oscuros, llenos de cosas que lo cogían y
lo aho¬gaban.
A la mañana
siguiente el cielo amaneció nublado. Simón se sen¬tía enfermo. Después de
masticar y tragar un par de tiras de tasojo —haciendo caso omiso de las
protestas de su estómago revuelto— volvió a subir al bote, esta vez dejando que
Marya se colocase en la popa mientras él yacía acurrucado en el centro, con el
cálido contacto de Qantaqa contra el cuerpo. Dormitó durante todo aquel largo
día en el río. La masa borrosa y verde que era a sus ojos el bosque le
provocaba vértigo. Le pareció que tenía fiebre: se sentía como si fuese una
patata sobre brasas. Tanto Binabik como Marya com¬probaron solícitamente la
progresión de la temperatura de Simón. Cuando se despertó del soñoliento y
pesado estado en que había caído, sus compañeros almorzaban, y los encontró
inclinados sobre él, con la fría palma de Marya sobre su frente. Su pensamiento
fue: «¡Qué padres tan extraños tengo!».
Se detuvieron para
pasar la noche en cuanto el crepúsculo em¬pezó a hacerse patente entre los
árboles. Simón, envuelto en la capa como un niño pequeño, se sentó junto al
fuego, dejando sus brazos al descubierto lo suficiente como para beber la sopa
que había pre¬parado el gnomo, un caldo de carne de buey seca, nabos y
cebollas.
—Mañana debemos
levantarnos en cuanto salga el sol —dijo Bi¬nabik, lanzando el extremo de un
nabo a la loba, que lo olisqueó con indiferencia—. Estamos cerca de Da'ai
Chikiza, pero no tendría sentido llegar de noche, pues no podríamos ver nada.
Como ten¬dremos una larga ascensión desde allí hasta la Escalera será mejor que
la hagamos a pleno día.
Simón observó
semidormido al gnomo mientras este sacaba el manuscrito de Morgenes de uno de
los bolsos y lo desenrollaba; luego se acercó al débil fuego del campamento
para tratar de leerlo; daba la impresión de ser un monje pequeño que estuviese
recitando oraciones de su Libro de Aedón. El viento sopló y agitó las ramas por
encima de sus cabezas, haciendo caer algunas gotas de agua que permanecían en
las hojas, restos de la lluvia de la tarde. Mezclado con el apagado rumor del
río estaba el insistente croar de las peque¬ñas ranas.
A Simón le costó un
rato darse cuenta de que la suave presión que sentía sobre su hombro no era
sólo otro mensaje de su cuerpo maltratado. Con mucho esfuerzo sacó la barbilla
por encima del manto que lo envolvía, liberando una mano para ahuyentar a Qan¬taqa,
y vio que era la cabeza de Marya la que reposaba sobre su hombro, y no la de la
loba, con la boca ligeramente abierta y respi¬rando rítmicamente, dormida.
Binabik levantó la
mirada de los manuscritos.
—Hoy ha sido un día
de duro trabajo —sonrió—. Mucho remar. Si no te molesta, déjala descansar un
poco —añadió, y volvió a mirar los escritos.
Marya se acurrucó a
su lado y murmuró algo en sueños. El joven agarró la capa que Geloë le había
proporcionado a la muchacha y la arropó un poco más; al tocarle la mejilla la
chica dijo algo, le¬vantó una mano y dio unas palmaditas torpes sobre el pecho de
Si¬món; después se apretó un poco más contra él.
El sonido de la
respiración de la muchacha, tan cercano al oído de Simón, se abrió paso por
entre los ruidos provenientes del río y del bosque. El chico se estremeció, y
sintió que le pesaban los ojos, le pesaban tanto..., pero el corazón le latía
alocado; y era el sonido de su propia sangre alterada lo que lo condujo por un
camino hacia la oscuridad total.
Inmersos en la gris
y difusa luz de un amanecer lluvioso, con los ojos todavía legañosos y los
cuerpos aún no desentumecidos a causa de madrugar, vieron el primer puente.
Simón volvía a
estar en la popa. A pesar de la desorientación que sintió al embarcar y volver
al río en la semioscuridad, se sentía me¬jor que el día anterior; todavía
estaba un poco mareado, pero pare¬cía mejorar. Cuando llegaron a un recodo del
río, por el que discu¬rrían en calma y sin preocuparse, el muchacho vio ante él
una extraña forma arqueada que atravesaba la corriente. Se frotó los ojos para
liberarse de la modorra que lo embargaba y vio que la cosa más que caer parecía
colgar sobre el agua.
—Binabik— preguntó,
echándose hacia adelante—. ¿Es un...?
—Un puente, sí
—replicó alegremente el gnomo—. La Puerta de las Grullas, creo que debe de ser.
La corriente del
río se hizo más fuerte y tuvieron que remar para contrarrestar el tirón. El
puente se extendía desde los crecidos arbus¬tos de la orilla para conformar un
delgado y esbelto arco que iba a parar entre los árboles de la otra ribera.
Trabajado en pálida y translú¬cida piedra verde, parecía tan delicado como
espuma de mar conge¬lada. Aunque había estado completamente grabado con
intrincados trabajos, ahora la mayor parte de su superficie aparecía escondida
bajo una capa de musgo y de enredaderas. Los lugares que se mostra¬ban desnudos
se veían desgastados; los rizos, arabescos y ángulos es¬taban suavizados,
redondeados por la acción de la lluvia y el viento. Pendiendo del punto central
del arco, justo por encima de sus cabe¬zas cuando pasaron bajo la hermosa
forma, había un pájaro de verde y translúcida piedra, con las alas extendidas.
Pasaron bajo la
estructura en escasos momentos, y pronto estu¬vieron al otro lado. El bosque
parecía respirar allí antigüedad, como si a través de una puerta hubieran
viajado hacia el pasado.
—Hace mucho tiempo
que los caminos fluviales han sido traga¬dos por Aldheorte —dijo Binabik,
mientras se daban la vuelta para observar el puente, que cada vez se alejaba
más de ellos—, tal vez todas las demás obras de los sitha desaparezcan algún
día.
—¿Cómo podía la
gente atravesar el río sobre esa cosa? —pre¬guntó Marya—. Tiene un aspecto...
tan frágil.
—Más frágil de lo
que era, eso es cierto —respondió el gnomo di¬rigiendo una última mirada al
puente—. Pero los sitha nunca cons¬truyeron..., nunca construyeron para obtener
sólo belleza. Sus traba¬jos son resistentes. ¿No es verdad que la torre más
alta de Osten Ard, construida por ellos, todavía se yergue en Hayholt?
La joven asintió
con la cabeza, meditando sobre ello. Simón metió la mano en el agua.
Todavía atravesaron
once puentes más, o «puertas», como los llamaba Binabik, ya que durante mil
años o más habían señalado la entrada del río en Da'ai Chikiza. Cada puerta
llevaba el nombre de un animal, explicó el gnomo, y correspondía a una fase
lunar. Una tras otra, pasaron bajo zorros, gallos, liebres y palomas, cada una
de ellas de diferente forma, realizadas en piedra de luna o en brillante
lapislázuli, pero todas con la marca inconfundible de las mismas su¬blimes y
reverentes manos.
Para entonces el
sol ya había emprendido su camino por encima de las nubes hacia su posición de
mediodía, y ellos se deslizaban bajo la Puerta de los Ruiseñores. En el extremo
más alejado de la es¬tructura, en cuyos altivos grabados todavía brillaban restos
de oro, el río empezaba a virar en dirección oeste, hacia los invisibles
flan¬cos orientales de las colinas Wealdhelm. En aquella parte no había rocas
ni rápidos y la corriente se movía con velocidad, aunque de forma uniforme.
Simón estaba a punto de hacerle una pregunta a Marya cuando Binabik levantó una
mano.
Al doblar un recodo
del río apareció ante sus ojos un bosque de delicadas y hermosas torres,
situado como una pieza de rompecabe¬zas en el interior de otro bosque mayor. La
ciudad sitha, flanquean¬do el río en ambas orillas, parecía crecer del mismo
suelo. Daba la impresión de ser el propio sueño de los árboles hecho realidad
en piedra: cientos de formas verdes, blancas y de color azul cielo, una
inmensidad de piedras coronadas por agujas, de caminos de gasa como puentes de
telaraña, de agujas llenas de filigranas y minaretes que se entremezclaban con
las altas copas de los árboles para atrapar el sol en sus rostros como flores
de hielo. El pasado del mundo se extendía ante sus ojos, angustioso y
desgarrador, cortándoles la res¬piración. Era lo más hermoso que Simón había
visto en su vida.
A medida que se
adentraban en la ciudad, con el río abriéndose camino entre las estilizadas
columnas, se hizo patente que el bosque se había enseñoreado de Da'ai Chikiza.
Las torres de mosaico, lle¬nas de grietas, aparecían ocupadas por enredaderas y
retorcidas ra¬mas. En muchos sitios, donde una vez se habían erigido muros y
puertas de algún material perecedero, se veían los restos de piedra que se
mantenían en un precario equilibrio, sin sostén, como blan¬quecinos esqueletos
de increíbles criaturas marinas. La vegetación lo invadía todo, colgaba por las
delicadas paredes y cubría las torres de hojas enramadas.
Simón pensó que de
algún modo todo aquello le confería aun más belleza como si el bosque, sin
darse un respiro y sintiendo la ciudad inacabada, la hubiese terminado de
construir.
La tranquila voz de
Binabik rompió el silencio con un tono so¬lemne, como requería el momento; los
ecos pronto desaparecieron en el verdor que lo inundaba todo.
—Árbol del Viento
Cantor, la llamaron: Da'ai Chikiza. Podéis imaginar que hace mucho tiempo
estaba llena de música y de vida. Todas las ventanas aparecían iluminadas por
lámparas, y brillantes embarcaciones navegaban por el río. —El gnomo giró la
cabeza para mirarlos mientras pasaban bajo el último puente de piedra, estrecho
como el cañón de una pluma, y lleno de delicadas imágenes de cier¬vos
asustados—. Árbol del Viento Cantor —repitió, distante como un hombre perdido
en sus recuerdos.
Simón, sin decir
una palabra, dirigió el barquito hacia un lugar en el que se veían unas
escaleras de piedra que finalizaban en una plataforma, casi al nivel de la
superficie del ancho río. Cuando se detuvieron, se quedaron mirando en silencio
las paredes llenas de parras y los corredores inundados por los líquenes. La
atmósfera de la ciudad en ruinas estaba cargada de tranquila resonancia, como
una cuerda fuera del mástil del instrumento. Incluso Qantaqa pare¬cía confusa,
con la cola baja y husmeando el aire. Entonces sus ore¬jas se irguieron y
emitió un débil quejido.
El siseo era casi
imperceptible. La línea de una sombra cruzó ante el rostro de Simón y fue a
estrellarse contra una de las paredes, produciendo un sonido metálico. Un
montón de diminutas porcio¬nes de piedra verde saltaron en todas direcciones.
El muchacho se giró para mirar hacia atrás.
A menos de cien
anas de distancia, separada de los compañeros sólo por el río, había una figura
vestida de negro con un arco en las manos tan alto como ella misma. Una docena,
más o menos, de otras formas con capas azules y negras subía por el camino que
ha¬bía junto a la figura de negro. Una de estas últimas llevaba una an-torcha.
La primera se llevó una mano a la boca, mostrando durante un instante una
pálida barba.
—¡No tenéis adonde
escapar! —La voz de Ingen Jegger llegó lejana por encima de los sonidos del
río—. ¡Rendíos, en nombre del rey!
—¡El bote! —gritó
Binabik.
Cuando se dirigían
hacia las escaleras, el oscuro Ingen le alargó algo al portador de la antorcha:
encendió fuego en un extremo. Un momento más tarde colocó el objeto en el arco.
Cuando los compa¬ñeros alcanzaron el último escalón, un rayo llameante cruzó
por en¬cima del río y explotó en el interior del bote. La flecha incendió el
barquito casi de inmediato, y el gnomo apenas tuvo tiempo para sa¬car una de
las bolsas de la canoa antes de que las llamas lo obligasen a retirarse.
Momentáneamente protegidos tras el fuego, Simón y Marya pudieron volver a
ascender las escaleras, con Binabik a corta distancia de ellos. Arriba, Qantaqa
corría agitada de lado a lado au-llando.
—¡Corred! —exclamó
el hombrecillo.
Al otro lado del
río dos arqueros se unieron a Ingen. El mucha¬cho se dirigía hacia el refugio
de la torre más cercana, cuando oyó el desagradable silbar de otra flecha y vio
que se estrellaba junto a los mosaicos que había a unos treinta codos por delante
de él. Dos sae¬tas más alcanzaron las paredes de la torre que tan lejana le
parecía. Simón oyó un grito de dolor, y la aterrorizada llamada de Marya.
—¡Simón!
Se giró y vio a
Binabik tendido en el suelo, como un pequeño bulto, a los pies de la muchacha.
En alguna parte, una loba aullaba.
28
Tambores de hielo
La soleada mañana
del vigésimo cuarto día del mes de maya acariciaba todo Hernysadharc, haciendo
que el disco dorado que había en la torre más alta de Taig se convirtiese en un
círculo de brillantes llamas. El cielo era azul como un plato esmal¬tado, como
si Brynioch de los Cielos hubiera echado a las nubes con su fuerte bastón de
avellano, permitiéndoles permanecer única¬mente sobre las más elevadas cimas de
Grianspog.
El repentino
retorno de la primavera tenía que haber alegrado el corazón de Maegwin. Por
todo Hernystir las últimas lluvias y las crueles heladas habían extendido un
manto de pesar sobre la tierra y el pueblo de su padre, Lluth. Las flores se
habían helado en el suelo, antes de nacer. Las manzanas habían caído de los
árboles, pequeñas y ácidas. Las ovejas y vacas, que pastaban en empapados
prados, re-gresaron con ojos atemorizados, espantadas por el granizo y las
fuertes ráfagas de viento.
Un mirlo, esperando
con insolencia hasta el último momento, se apartó del camino de Maegwin para ir
a parar a una de las desnu¬das ramas de cerezo, en donde se puso a trinar
alborotado. Maegwin no le prestó ninguna atención, pero se recogió el largo
vestido y ca¬minó más deprisa hacia el salón de su padre.
La muchacha desoyó
la voz que la llamó por primera vez pues no tenia ganas de que nadie la
perturbase en su paseo. Finalmente y de mala gana, se volvió para ver a su
hermanastro Gwythinn, que corría hacia ella. Se detuvo y lo esperó, con los
brazos cruzados.
La blanca túnica de
Gwythinn aparecía desordenada y su collar dorado resbalaba por la espalda, como
si fuese un niño y no un hombre en edad de convertirse en guerrero. El muchacho
llegó a su lado y respiró pesadamente; ella emitió un sonido de desagrado y
empezó a ordenarle las ropas. El príncipe compuso una mueca, pero esperó
pacientemente mientras la joven volvía a colocar el co¬llar. Su larga molena
castaña se había deshecho de la cinta roja que la mantenía sujeta en una cola.
Cuando la muchacha lo rodeó para volverle a arreglar el cabello, sus miradas se
encontraron y sus ojos estuvieron a la misma altura, aunque Gwythinn no era un
hombre bajo. Maegwin frunció el entrecejo.
—¡Por la Grey de
Bagba, Gwythinn, mirare! Debes arreglarte mejor. ¡Algún día serás el rey!
—¿Y qué tiene que
ver eso con la forma en que llevo el cabello? Además, ya iba bien arreglado
cuando empecé a correr, pero tuve que hacerlo con rapidez para atraparte, con
esas piernas tan largas que tienes.
Maegwin enrojeció y
desvió la mirada. Su altura era un detalle que no pasaba inadvertido, a pesar
de que ella trataba de no darle importancia.
—Bueno, ahora ya me
has cogido. ¿Vas a la sala?
—Así es. —Una
severa expresión se apoderó del rostro del chico, y se acarició el largo
bigote—. Tengo que decirle algunas cosas a nues¬tro padre.
—Yo también
—asintió ella, volviendo a caminar.
Sus pasos y altura
eran parejos y el color de su cabello tan pare¬cido que cualquiera habría dicho
que eran gemelos, pero Maegwin era cinco años mayor e hija de diferente madre.
—Nuestra mejor
lechona, Aeghonwye, murió la pasada noche. ¡Una más, Gwythinn! ¿Qué es lo que
sucede? ¿Se trata de otra plaga, como en Abaingeat?
—Si se trata de una
plaga —dijo su hermano con severidad, y lle¬vando la mano a la empuñadura de su
espada —, ya sé quién la trajo. Ese hombre es una enfermedad con patas. —Golpeó
el pomo y escu¬pió—. ¡Sólo pido que diga algo inconveniente! ¡Por Brynioch!
¡Cómo me gustaría cruzar mi acero con él!
Maegwin entrecerró
los ojos.
—No seas loco
—murmuró de mal humor—. Guthwulf ha matado a cien hombres. Y, por extraño que
parezca, es un huésped en Taig.
—¡Un huésped que
insulta a mi padre! —rugió Gwythinn, desem¬barazándose de la mano de la joven
que lo cogía suavemente por el codo—. ¡Un huésped que nos trae las amenazas de
un Supremo Rey asfixiado en su propio pobre reinado; un rey que se pavonea,
hace tonterías y tira las monedas de oro como si fuesen piedras, y que luego se
vuelve hacia Hernystir y pide que lo ayudemos! —Su voz iba elevándose de tono,
y su hermana dirigió una mirada a su alrededor, preocupada de que alguien
pudiese escucharlo. No había nadie a la vista excepto las pálidas sombras de
los guardias de la puerta a unos cien pasos—. ¿Dónde estaba el rey Elías cuando
perdimos el control del camino hacia Naarved y Elvritshalla? ¿Y cuándo se
enterarán los dioses de las desgracias que han caído sobre la ruta de la Marca
He¬lada? —El rostro del príncipe volvió a enrojecer; miró a su lado, pero ya no
encontró a su hermana Maegwin.
Se dio la vuelta y
la vio, con los brazos cruzados, a diez pasos de distancia, a su espalda.
—¿Has acabado,
Gwythinn? —preguntó la muchacha.
El asintió, pero su
boca aparecía tensa.
—Bien. La
diferencia entre nuestro padre y tú, compañero, es mayor que los treinta y
tantos años que os separan. Durante todo ese tiempo ha aprendido a hablar y a
mantener sus pensamientos ocultos. Es por ello, gracias a él, por lo que algún
día serás el rey Gwythinn, y no sólo el duque de Hernystir.
El chico la miró
fijamente durante un momento.
—Ya sé —dijo— que
te gustaría que fuese como Eolair, que no hace más que reverencias y zalamerías
a los perros de Erkynlandia. Ya sé que para ti Eolair es el sol y la luna, sin
saber lo que él piensa de ti, como hija de rey que eres, pero yo no soy hombre
de esa clase. ¡So¬mos hernystiros y no nos arrastramos ante nadie!
Maegwin palideció,
herida por la referencia a sus sentimientos por el conde de Nad Mullach, acerca
de los cuales su hermano tenía toda la razón. La deferencia que él le mostraba
era tan sólo la debida a una soltera y desgarbada princesa. Pero las lágrimas
no llegaron a asomar en sus ojos; en lugar de ello miró a Gwythinn, cuyo
her-moso rostro reflejaba la frustración, el orgullo y, no en menor me¬dida, su
amor por su pueblo y su tierra, y volvió a ver en él al hermanito que había
llevado en hombros, y al que de vez en cuando había hecho llorar.
—¿Por qué nos
peleamos, Gwythinn? —preguntó en tono de queja—. ¿Qué es lo que ha hecho que
esa sombra se interponga entre nosotros?
El muchacho bajó la
mirada hasta posarla sobre la punta de sus botas, avergonzado, y extendió la
mano.
—Amigos y aliados
—dijo—. Vamos, entremos y veamos a nuestro padre antes de que el conde de
Utanyeat llegue para despedirse.
Las ventanas de la
gran sala de Taig estaban completamente abiertas, los rayos de sol que entraban
por ellas aparecían inundados de brillantes moras de polvo levantadas por los
apresurados pasos de los cortesanos. Las gruesas paredes de madera, cortadas de
robles de Circoille, encajaban de forma tan perfecta que ni un solo rayo
penetraba por ellas. Entre las vigas del techo colgaban mil grabados pintados
con los dioses de los hernystiros, héroes y monstruos, to¬dos esparcidos por el
techo mientras la luz reflejaba cálidamente sus rasgos de pulida madera.
En un extremo de la
sala, con la luz del sol inundando el lugar, el rey Lluth ubh-Llythinn se
hallaba sentado en su gran trono de madera de roble, bajo la cabeza de ciervo
grabada que pendía por encima del respaldo del asiento, con una cornamenta real
fijada a una cabeza grabada. El rey comía un tazón de gachas y miel con una
cuchara de madera, mientras Inahwen, su joven esposa, se hallaba sentada junto
a él, en una silla más baja, dando delicadas puntadas en el dobladillo de uno
de los mantos de Lluth.
Cuando los
centinelas golpearon por dos veces sus escudos con la punta de las lanzas para
señalar la llegada de Gwythinn —la no¬bleza de menor rango, como el conde
Eolair, sólo era merecedora de un golpe, mientras que el rey recibía tres y
Maegwin ninguno—, Lluth levantó la vista y sonrió, dejando el tazón en el brazo
del trono y pasando la manga por su gris bigote. Inahwen observó el gesto y
dirigió a Maegwin una desesperada mirada de complicidad femenina, que la
muchacha tomó un poco mal. Ella nunca se había acostumbrado a que la madre de
Gwythinn, Fiathna, tomase el puesto de la suya (su madre, Penemhwye, había
muerto cuando ella tenía cuatro años), pero al menos Fiathna era de la edad de
Lluth, ¡y no una chiquilla como Inahwen! No obstante, la joven y rubia mu¬jer
tenía buen corazón, aunque tal vez fuese un poco corta de enten¬dimiento.
Inahwen no tenía la culpa de ser una tercera mujer.
—¡Gwythinn! —dijo
Lluth, incorporándose y cepillándose los restos de la comida del regazo de su
túnica amarilla—. ¿No te parece que tenemos mucha suerte al ser visitados por
el sol? —El rey señaló hacia las ventanas con la mano, tan contento como un
niño con za¬patos nuevos—. Es algo que necesitábamos, ¿verdad? Tal vez nos
ayude a calmar a nuestros huéspedes de Erkynlandia. —Compuso una mueca de
preocupación, con sus inteligentes facciones contraí¬das y las cejas arqueadas
por encima de la gruesa y torcida nariz, rota en su juventud—. ¿No crees?
—No, no lo creo
así, padre —respondió el joven, acercándose mientras el rey volvía a tomar
asiento en el trono astado—. Y espero que la respuesta que les deis hoy los
haga volver de peor humor. —Gwythinn cogió un taburete y se sentó a los pies
del monarca, justo bajo la tarima—. Uno de los soldados de Guthwulf se enzarzó
en una pelea con el viejo Craobhan, ayer por la noche. Tuve que perder mucho
tiempo tratando de convencer a Craobhan para que no ensartase la espalda del
bastardo con una flecha.
En el rostro de
Lluth apareció una mirada de preocupación que luego se borró, escondida bajo la
sonriente máscara que tan bien co¬nocía Maegwin.
«Ay, padre —pensó—,
incluso tú encuentras difícil hacer que la música siga oyéndose mientras esas
criaturas aúllan alrededor de Taig.» La muchacha se adelantó y se sentó en la
tarima, junto al ta¬burete de Gwythinn.
—Es cierto —sonrió
el soberano, con tristeza— que el rey Elías po¬dría escoger con más cuidado a
sus diplomáticos. Pero dentro de una hora se habrán ido, y la paz volverá a
reinar en Hernysadharc.
Lluth chasqueó los
dedos, y un sirviente se acercó para llevarse el tazón de gachas. Inahwen
observó críticamente cómo se alejaba.
—Vaya —comentó en
tono de reproche—, no os lo habéis aca¬bado. ¿Qué voy a hacer con tu padre?
—añadió, dirigiéndose en aquella ocasión con la mirada a Maegwin, y sonriendo
como si tam¬bién la muchacha fuese un soldado en la constante batalla para
ha¬cer que Lluth acabase las comidas.
Maegwin, todavía un
poco confusa sobre la forma en que debía tratar a una madre que tenía un año
menos que ella misma, rompió el silencio con impaciencia.
—Aeghonwye murió,
padre. Era la mejor cerda que teníamos y con ella ya suman diez este mes.
Algunas de las restantes están adel¬gazando mucho.
El rey se encogió
de hombros.
—Este maldito
tiempo... Si Elías pudiera mantener este sol de primavera sobre nosotros, le
entregaría cualquier impuesto que pi¬diese. —Se agachó para acariciar el brazo
de su hija, pero no lo sufi¬ciente como para llegar a conseguirlo—. Todo lo que
podemos hacer es amontonar más esteras en el establo para mantener alejado el
frío. Aparte de eso, estamos en las piadosas manos de Brynioch y Mircha.
Sonó otro
entrechocar de lanza contra escudo, y apareció el chambelán, frotándose
nerviosamente las manos.
—Alteza —dijo—, el
conde de Utanyeat pide ser recibido por vos.
Lluth sonrió.
—Nuestros huéspedes
han decidido despedirse antes de subir a sus caballos. ¡Claro! Por favor, haced
pasa a Guthwulf de inmediato.
Pero el huésped,
seguido por algunos de los hombres de la guar¬dia, desarmados, ya había
sobrepasado al anciano sirviente.
El conde se dejó
caer sobre una rodilla a unos cinco pasos de distancia de la tarima.
—Majestad..., ah, y
también el príncipe. Soy afortunado. —No existía traza de burla en la voz, pero
sus ojos verdes parecían refulgir—. Y la princesa Maegwin —una sonrisa—, la
Rosa de Hernysadharc.
La joven hizo un
esfuerzo para mantener la compostura.
—Señor, sólo hay
una Rosa de Hernysadharc —replicó— y, ya que era la madre de vuestro rey Elías,
me sorprende que se haya borrado de vuestra mente.
Guthwulf asintió
con gravedad.
—Desde luego,
señora, sólo trataba de haceros un cumplido; pero he notado que llamáis a Elías
mi rey. ¿Acaso no es también ei vuestro bajo la Suprema Tutela?
Gwythinn se movió
en el taburete y se giró para ver la reacción de su padre; la funda de su
espada golpeó contra la tarima.
—Claro, claro.
—Lluth movió la mano con calma, como si la tu¬viese metida en agua—. Ya hemos
hablado de ello y no veo la necesi¬dad de volver sobre el tema. Reconozco la
deuda de mi casa para con el rey Juan. Siempre he hecho honor a ella, tanto en
tiempos de paz como durante la guerra.
—Si. —El conde de
Utanyeat se incorporó, con polvo en las rodi¬llas de sus calzas—. ¿Pero qué
ocurre con la deuda de vuestra casa ha¬cia el rey Elías? Ha mostrado una gran
tolerancia...
Inahwen se puso en
pie, y la ropa que cosía cayó al suelo.
—Debéis excusarme
—dijo jadeante, y recogió la prenda—, pero hay asuntos domésticos que debo
atender.
El monarca le
concedió su permiso y la mujer caminó con paso rápido pero lleno de cautela
entre los hombres de la guardia de Guthwulf y salió por la puerta entreabierta
tan ágil como un gamo.
Lluth exhaló un
suspiro; Maegwin lo miró, observando las siempre sorprendentes arrugas de la
edad que marcaban el rostro de su padre.
«Está cansado, y
ella, Inahwen, asustada —pensó—. Me pregunto cómo estoy yo. No lo sé con
seguridad..., pero lo cierto es que me encuentro exhausta.»
Mientras el rey
miraba al mensajero de Elías, la habitación pare¬ció oscurecer. Durante unos
instantes, Maegwin temió que las nu¬bes tapasen el sol y que el invierno
regresase; después se dio cuenta de que sólo se trataba de su propia aprensión,
de la extraña sensa¬ción de que allí había en tela de juicio algo más que la
tranquilidad de su padre.
—Guthwulf — empezó
a decir el monarca, y su voz sonó cansada, como si sostuviese un gran peso—, no
penséis en provocarme en el día de hoy..., pero tampoco penséis que podéis
intimidarme. El rey no ha mostrado ninguna tolerancia sobre los problemas por
los que atraviesa Hernystir. Hemos sufrido un largo período de sequía, y ahora
las lluvias, que tanto hemos agradecido a los dioses, se han convertido en una
maldición. ¿Con qué máximo castigo puede amenazarme Elías que exceda el que me
supone ver a mi pueblo asustado y a nuestro ganado morir de hambre? No creo que
se pueda pagar diezmo mayor.
El conde de
Utanyeat se mantuvo silencioso durante un mo¬mento, y su vacía expresión fue
endureciéndose de forma progresiva hasta convertirse en algo que a Maegwin le
pareció una sarcástica sonrisa.
—¿Que no hay
castigo más grande? —dijo el conde, saboreando cada palabra como si tuviera
buen gusto—. ¿El diezmo mayor?
Guthwulf lanzó un
escupitajo de zumo de citril sobre el suelo, ante el trono del rey. Algunos de
los súbditos de Lluth gritaron lle¬nos de horror; el arpista, que había estado
tocando tranquilamente en una esquina, dejó caer su instrumento, el cual produjo
un dis¬cordante sonido al chocar contra el suelo.
—¡Perro!— gritó
Gwythinn, y se enderezó, tirando el taburete so¬bre el que había estado
sentado.
Un momento después
su espada brilló al ser desenvainada y al¬canzó el cuello del conde. Éste tan
sólo lo miró, con la barbilla un poco echada hacia atrás.
—¡Gwythinn! —rugió
Lluth—. ¡Enváinala, maldito seas, enváinala!
Guthwulf frunció
los labios.
—Dejadlo. ¡Vamos,
adelante, cachorro, mata al Heraldo del Su¬premo Rey, que está desarmado!
Se produjo un
sonido de pasos junto a la puerta cuando algunos de los hombres del conde, una
vez recuperados de la sorpresa, se echaron hacia adelante. Este levantó la
mano.
—¡No! ¡Aunque este
cachorro me rebane el gaznate de oreja a oreja, ninguno de vosotros osará
devolver el golpe! Saldréis y mon¬taréis en vuestros caballos para regresar a
Erkynlandia. Al rey Elías todo esto le parecerá... muy interesante.
Sus hombres,
confundidos, permanecieron en el mismo lugar como espantapájaros con armadura.
—Déjalo ir,
Gwythinn —dijo Lluth, con fría cólera en la voz.
El príncipe, con la
cara arrebolada, miró al erkyno durante unos instantes y después bajó la
espada. Guthwulf se pasó un dedo por el diminuto corte que apareció en la
garganta y miró su propia sangre con frialdad. Maegwin se dio cuenta de que
había contenido la res¬piración; al ver la mancha escarlata en la punta de los
dedos del conde, volvió a liberarla.
—Viviréis para
decírselo vos mismo a Elías, Utanyeat. —Sólo un ligero temblor alteraba la
serena voz del rey—. Espero que también le informéis del mortal insulto que
habéis dirigido a la Casa de Hern, un insulto por el que seríais merecedor de
la muerte si no fuese por¬que sois el emisario de Elías y el Heraldo del Rey.
Marchaos.
El erkyno se dio la
vuelta y caminó hacia sus hombres, con una salvaje expresión en el rostro.
Cuando llegó hasta ellos se giró sobre los talones y miró a Lluth a través de
la gran sala.
—Recordad que no
podéis imaginar diezmo más grande que pa¬gar, si algún día oís arder las vigas
del Taig y llorar a vuestros hijos —acabó y salió a grandes zancadas por la
puerta.
Maegwin, con manos
temblorosas, se agachó y recogió un trozo de la destrozada arpa, con cuya
cuerda se envolvió la mano. Levantó la cabeza para mirar a su padre y a su
hermano; lo que vio la hizo volver a fijar la vista en el fragmento de madera
que tenía entre las manos, y apretó la cuerda con más fuerza hasta que se
hundió en su carne.
Dejando escapar una
imprecación wranana, Tiamak miró des¬consoladamente la jaula de cañas. Era su
tercera trampa, y todavía no había podido coger ni un cangrejo. La cabeza de
pescado que ha¬bía puesto como cebo había desaparecido, claro, sin dejar huella.
Echó una mirada a
la fangosa agua, y tuvo la sospecha de que los cangrejos siempre iban un paso
delante de él, eso si no esperaban que dejase caer otra jaula con una cabeza de
pescado más. Se imagi¬naba a toda una colonia de ellos mirando hacia arriba con
expresio¬nes de júbilo para luego empezar a sacar la cabeza a través de las
re¬jas con un palo o cualquier otro tipo de herramienta que les debía de
proporcionar alguna especie de deidad crustácea.
¿Podrían los
cangrejos adorarlo como una especie de ángel pro¬veedor, se preguntó, o lo
veían con la cínica indiferencia de una banda de saqueadores que le toma las
medidas a un borracho antes de aligerarle la bolsa?
Estaba seguro de
que se trataba de la segunda opción. Volvió a po¬ner cebo en la jaula
cuidadosamente trenzada y, con un suave suspiro, la dejó caer en el agua; luego
fue soltando cabo mientras se hundía.
El sol acababa de
ponerse por el horizonte y bañaba el cielo por encima de la ciénaga con sombras
anaranjadas y rojas. Tiamak diri¬gió su barcaza a través de los canales de Wran
—sólo distinguibles de la tierra por la falta de vegetación— y se le ocurrió
pensar que la mala suerte que había tenido aquel día sólo era el presagio de
cosas peo¬res. Aquella mañana ya había roto su tazón favorito, por el que
ha¬bía pasado dos días escribiendo el árbol genealógico de Roahog, el alfarero,
como pago; por la tarde había partido una plumilla y de¬rramado un gran vaso de
tinta de moras sobre el manuscrito, arrui¬nando casi por completo una página. Y
ahora, a menos que los can-grejos decidieran organizar una fiesta en los
entresijos de su última trampa, iba a tener bien poca cosa para comer esa
noche. Se estaba cansando de tanta sopa de raíces y galletas de arroz.
Se aproximó a la
última boya, una entrelazada pelota de juncos, y ofreció una silenciosa oración
a Él, Quien Siempre Pisa sobre Arena, para que los pequeños andarines iniciaran
su camino hacia la jaula de abajo. A causa de su extraña educación, que incluía
un año viviendo en Perdruin —algo que nunca se había oído de un hombre de
Wran—, Tiamak no creía realmente en Quien Siempre Pisa sobre Arena, aunque
todavía sentía algo de cariño por Él, como podría sentirlo por un senil abuelo
que se cayese a menudo por la casa, pero que tiempo atrás le hubiese traído
nueces y juguetes. Además, rezar nunca hacía daño, aunque no creyeses en el
destinatario de las oraciones. Rezar ayudaba casi siempre a recomponer la
mente, y, so¬bre todo, impresionaba a los demás.
La trampa fue
apareciendo lentamente y, por un instante, el cora¬zón de Tiamak se agitó en el
pecho, como si buscase amordazar los ex¬pectantes sonidos del estómago. Pero la
sensación de resistencia fue corta, probablemente alguna raíz que se hubiera
enganchado y luego soltado, y la jaula apareció bamboleante en la oscura
superficie del agua. Algo se movía en su interior; la subió, tratando de verlo
con la ayuda de la última claridad del día. Dos diminutos ojos lo miraban
de¬sorbitados, ojos que con toda posibilidad debían de pertenecer a can¬grejo
que desaparecería en la palma de su mano si cerraba los dedos.
Tiamak gruñó. Ya se
imaginaba lo ocurrido: el mayor de los quimeristas crustáceos había provocado
al más pequeño para que probase la trampa; el jovencito quedó atrapado en el
interior, llo¬rando, mientras sus hermanos reían y movían las pinzas. Entonces apareció
la enorme sombra de Tiamak e izó la jaula; los hermanos cangrejos se miraron
desolados los unos a los otros, preguntándose cómo iban a explicarle a mamá la
desaparición del pequeñín.
Aun así, pensó
Tiamak, considerando la sensación de vacío que sentía en el estómago, y aunque
aquello tan pequeño era todo lo que había conseguido por hoy..., quedaría muy
bien en la sopa.
Volvió a mirar la
jaula y la elevó, removiendo al prisionero y de¬jándolo sobre la palma de su
mano. ¿Para qué engañarse? Había re¬sultado un día desastroso, y eso era todo.
El pequeño cangrejo
cayó dejando oír un «paf» al volver a saltar al agua. Tiamak no se molestó ni
en volver a hundir la jaula.
Mientras subía por
la larga escala desde el bote amarrado hasta la casita sostenida por un
baniano, Tiamak prometió conformarse con la sopa y una galleta. la gula era un
obstáculo, se recordó, un impedimento entre el alma y los reinos de la verdad.
Dejó la esca¬lera cuando llegó al porche y pensó en Ella, Que Dio a Luz a la
Hu-manidad, quien ni siquiera tenía un bonito tazón de sopa de raíces, sino que
había subsistido con rocas, polvo y agua sucia hasta que se combinaron en su
estómago para parir una carnada de hombres de arcilla, los primeros humanos.
Aquello hacía que
la sopa resultara un auténtico banquete, ¿ver¬dad? Además, tenía mucho trabajo
pendiente; por ejemplo, arreglar o volver a escribir el manuscrito emborronado.
Entre los miembros de su tribu, Tiamak era considerado como un extraño, pero en
al¬guna parte del mundo habría alguien que leería su revisión de Remedios de
los sanadores Wrananos y se daría cuenta de que en las maris¬mas también había
mentes sabias. Pero, ay, un cangrejo le hubiera sabido mejor; eso y una jarra
de cerveza de helecho.
Mientras Tiamak se
lavaba las manos en el barreño de agua que había preparado fuera antes de
marcharse, agachado, pues no tenía sitio para sentarse entre su
obsesionantemente recortada y pulida mesa de trabajo y el jarro del agua, oyó
como si rascasen en el techo. Escuchó atentamente mientras se secaba las manos
con el cinturón de tela. Volvió a oírlo; un susurro seco, como si su estropeada
pluma estuviese escribiendo por el tejado.
Sólo le llevó un
momento salir por la ventana y trepar, una mano tras otra, hasta llegar al
tejado. Se agarró a una de las largas y retorcidas ramas del baniano y ascendió
hacia una pequeña caja de corteza de árbol, por encima del tejado en Forma de
pico, como una casa de muñecas cargada sobre la espalda de la madre. Introdujo
la cabeza por uno de los extremos de la caja abierta.
Allí estaba. Se
trataba de un gorrión gris, que picoteaba con energía las semillas que había
esparcidas por el suelo. Tiamak alargó una mano para cogerlo; después, con
tanto cuidado como pudo, descendió por el tejado y se introdujo en la casa por
la ven-tana.
Depositó al gorrión
en la jaula para cangrejos que mantenía col¬gando del techo para ocasiones como
aquélla, y encendió un fuego. Las llamas empezaron a aparecer en la chimenea de
piedra y, enton¬ces sacó al pájaro de la jaula. Tenía los ojos brillantes cuando
el humo de la chimenea empezó a ascender hacia el agujero que había practicado
en el techo.
El ave parecía
haber perdido una o dos plumas de la cola y pre¬sentaba un ala un poco dañada,
como si hubiera tenido alguna re¬friega en su vuelo desde Erkynlandia. Sabía
que provenía de allí porque era el único gorrión que había criado. Sus otros
pájaros eran palomas de las marismas, pero Morgenes insistió en los gorriones
por alguna razón; que hombre más raro era.
Después de colocar
un cazo con agua sobre el fuego de la chime¬nea, Tiamak hizo lo que pudo por
mejorar el mal aspecto del ala plateada; luego puso unas pocas semillas más y
un cuenco de cor¬teza con algo de agua. Estuvo tentado de esperar hasta después
de comer para leer el mensaje, de posponer el placer de lejanas noticias tanto
como le fuese posible, pero, tal y como le había resultado el resto del día,
tanta paciencia era mucho esperar de sí mismo. Metió algo de harina de arroz en
el mortero, añadió pimienta y agua, lo mezcló todo y con ello formó una pasta
que puso a dorar sobre una piedra caliente, cerca de la chimenea.
El pedazo de
pergamino que había sido doblado alrededor de la pata del gorrión estaba algo
roto en los bordes y los caracteres apare¬cían un poco borrosos, como si se
hubiesen mojado; pero estaba acostumbrado a aquel tipo de cosas y pronto pudo
entender el men¬saje. La anotación que revelaba la fecha en que había sido
escrito le sorprendió; la gris avecilla había necesitado casi un mes para
llegar a Wran. El mensaje aun le sorprendió más, pero no se trataba de la clase
de impresión que había esperado.
Fue con una
sensación de intenso frío en el estómago que sobre¬pasaba a cualesquiera de sus
otras sensaciones como se acercó a la ventana y miró a través de las retorcidas
ramas del baniano hacia las estrellas. Observó el cielo del norte, y durante
unos momentos casi creyó sentir que un frío y cortante viento soplaba a través
de la cá¬lida atmósfera de Wran. Estuvo largo tiempo ante la ventana antes de
darse cuenta, por el olor, de que su cena se quemaba.
El conde Eolair
volvió a sentarse en la acolchada silla y levantó la mirada hacia el techo que
aparecía recubierto con pinturas de motivos religiosos: curación de los dolores
de la lavandera por parte de Jesuris, martirio de Sutrino en el circo del emperador
Crexis y otras situaciones. Los colores parecían irse desvaneciendo, y mu-chas
de las pinturas estaban oscurecidas por el polvo, como si éste las envolviera
en un fino velo. Pero todavía formaban un conjunto impresionante, aunque se
tratase de una de las más pequeñas ante¬cámaras de Sancellan Aedonitis.
«Un millón de
toneladas de piedra arenisca, mármol y oro —pensó Eolair—, y todo para erigir
un monumento a alguien a quien nadie nunca ha visto.»
Súbitamente se vio
invadido por una oleada de nostalgia por su hogar, como le venía ocurriendo
durante la última semana. Qué no daría por regresar a su humilde morada en Nad
Mullach, rodeado de sus sobrinos y sobrinas, y de los pequeños monumentos de su
propio pueblo y de sus dioses; o a la Taig de Hernysadharc, donde permanecía un
poco de su secreto corazón, en lugar de estar allí ro¬deado por la piedra
devoradora de tierra, en Nabban. Pero el viento de la guerra flotaba en la
atmósfera y él no podía encerrarse en sí mismo cuando su rey le había pedido
ayuda. A pesar de todo, estaba cansado de viajar. ¡Qué maravilloso sería volver
a sentir la hierba de Hernystir bajo los cascos de su caballo!
—¡Conde Eolair!
Perdonadme, por favor, por haberos hecho es¬perar. —El padre Dinivan, el joven
secretario del lector, estaba en la puerta con las manos en el interior de las
mangas de su hábito—. Hoy hemos tenido un día muy atareado, y eso que todavía
no he¬mos acabado la mañana. Pero —rió—, ésa es una excusa muy pobre. ¡Por
favor, pasad a mis aposentos!
Eolair lo siguió
fuera de la antecámara, con pasos silenciosos so¬bre las antiguas y gruesas
alfombras.
—Bueno —dijo
Dinivan, sonriendo y calentando sus manos frente a la chimenea—. ¿Está mejor
así? Es una vergüenza, pero no podemos mantener caliente la más grande mansión
del Señor. Los techo: son demasiado altos y hemos tenido una primavera muy
fría.
El conde sonrió.
—Eso es cierto,
aunque nosotros no nos hemos dado demasiada cuenta. En Hernystir dormimos con
las ventanas abiertas, excepto en lo más crudo del invierno. Somos gente que
vive de puertas afuera.
Dinivan enarcó las
cejas.
—Y nosotros, los
nabbanos, somos blandengues sureños, ¿ver¬dad?
—¡No he dicho eso!
—rió Eolair—. Una cosa sois vosotros los sure¬ños: maestros en el arte del buen
hablar.
El secretario se
sentó en una silla de respaldo duro.
—Ah, pero Su
Santidad el lector, que es erkyno de origen, como bien sabéis, puede darnos mil
vueltas. Es un hombre sabio y sutil.
—Lo sé. Y es acerca
de él de quien quiero hablaros, padre.
—Llamadme Dinivan,
por favor. Ah, ése es siempre el destino del secretario de un gran hombre: ser
buscado por su proximidad al personaje más que por su propia personalidad.
—Compuso una mueca burlona.
Eolair volvió a
sentir aprecio por el sacerdote.
—Ese, sin duda, es
vuestro destino, Dinivan. Ahora, escuchad, por favor. Supongo que sabéis por
qué me ha enviado aquí mi señor...
—Tendría que ser un
auténtico tonto para ignorarlo. Éstos son tiempos que hacen que las lenguas se
agiten como las colas de los perros. Vuestro señor se dirige a Leobardis para
saber si pueden lle¬gar a un acuerdo y hacer causa común.
—Cierto.
El conde se alejó
unos pasos de la chimenea para colocar una si¬lla cerca de la de su
interlocutor.
—Mantenemos un
equilibrio muy delicado: mi señor Lluth, vuestro lector Ranessin, Elías, el
Supremo Rey, el duque Leobardis...
—Y el príncipe
Josua, si es que vive —añadió Dinivan, y su cara mostró un gesto de
preocupación—. Sí, un delicado equilibrio. Y vos sabéis que el lector no puede
hacer nada que lo rompa.
Eolair asintió
lentamente.
—Lo sé.
—En ese caso, ¿por
qué os habéis dirigido a mí? —preguntó el sa¬cerdote amablemente.
—No estoy del todo
seguro. Sólo esto puedo deciros: parece que se está preparando algún tipo de
lucha, como ocurre a menudo, pero yo temo que esta vez se trate de algo más
profundo. Debéis de creer que soy un loco, pero temo que está terminando una
era y tengo miedo de lo que traerá la que está por llegar.
El secretario del
lector se quedó mirándolo. Por unos momentos pareció que su rostro envejecía,
como si reflejase los pesares con los que cargaba.
—Sólo os diré que
comparto vuestros temores, conde Eolair —dijo, al final—. Pero no puedo hablar
en nombre del lector, excepto para decir lo que ya dije antes: es un hombre
sabio y sutil. —Hizo la señal del Árbol sobre su pecho—. Para vuestro consuelo
os puedo co¬municar lo siguiente: Leobardis todavía no ha decidido a quién dará
su apoyo. Aunque el Supremo Rey lo agasaja y amenaza, alter¬nativamente, el
duque todavía se resiste.
—Bien, ésas son
buenas noticias. —Eolair sonrió con cautela—. Esta mañana he visto al duque y
me ha parecido muy distante, como si temiese ser visto escuchándome con
demasiada atención.
—Tiene muchos
elementos que sopesar, al igual que mi señor—re¬plicó el sacerdote—. Pero sabed
lo siguiente, lo cual es un secreto: esta mañana llevé al barón Devasalles a
ver al lector Ranessin. El barón está a punto de llevar a cabo una embajada de
mucha importancia para Leobardis y mi señor, y que tiene mucho que ver con el
partido que tomará Nabban en caso de estallar un conflicto. No puedo deci¬ros
más, pero espero que al menos sea algo.
—Es más que nada
—respondió el conde—. Os agradezco vuestra confianza, Dinivan.
En algún lugar de
Sancellas Aedonitis repicó una campana, lenta y profunda.
—La Campana Partida
señala que hemos llegado al mediodía —dijo el padre Dinivan—. Vamos. Busquemos
algo para comer y una jarra de cerveza, y hablaremos de cosas más placenteras.
—Una son¬risa le cruzó el rostro, devolviéndole la juventud—. ¿Sabéis que una
vez viajé por Hernystir? Vuestro país es muy hermoso, Eolair.
—A pesar de no
tener edificios de piedra —añadió el conde, dando palmadas a las paredes de la
habitación del secretario.
—Y ése es uno de
sus encantos —sonrió el sacerdote, conduciendo a Eolair fuera de la estancia.
La barba del viejo
era blanca y lo suficientemente larga como para que pudiera sujetarla por el
interior del cinturón mientras an¬daba, lo que, hasta aquella mañana, había
hecho durante varios días. El cabello no era más oscuro que la barba. Incluso
su chaqueta provista de capucha y los pantalones estaban hechos de grueso
pe¬llejo de lobo blanco. La piel de la criatura había sido cuidadosa¬mente
desollada; con las patas delanteras cruzadas sobre el pecho y la cabeza sin
mandíbulas, clavada a un capelo de hierro que le lle¬gaba hasta las cejas. Si
no hubiera sido por los trocitos de cristal rojo que llenaban las vacías
cuencas de los ojos del lobo y por los fieros ojos del viejo que había bajo
aquéllas, podía haber pasado por otro pedazo de bosque cubierto de nieve entre
el lago Drorshull y las co¬linas.
El quejido del
viento sobre la copa de los árboles aumentó de volumen, y un montón de nieve
cayó desde las ramas de un alto pino sobre el hombre que se agazapaba debajo.
Se sacudió impa¬ciente, como un animal, y a su alrededor se formó una fina
niebla que acabó de momento con la débil luz del sol y la convirtió en una
cortina de diminutos arcos iris. El viento continuó su quejumbrosa canción, y
el anciano vestido de blanco se agarró a algo que había a su lado y que a
primera vista no parecía ser sino otro montón de blancura, una piedra o el
tronco de un árbol. Lo levantó, quitó la nieve de encima y apartó la tela que
lo cubría lo suficiente como para poder echar una ojeada al interior.
Silbó y esperó;
luego frunció el entrecejo como si algo le moles¬tase. Dejó caer el objeto, se
puso en pie y desabrochó el cinturón de blanca piel de reno que llevaba
escondido alrededor de su cintura. Después de retirar la capucha del magro y
curtido rostro, se deshizo del traje de piel de lobo. La camisa sin mangas que
llevaba debajo era del mismo color que la chaqueta, y la piel de sus nervudos
bra¬zos no era mucho más oscura. En la muñeca derecha, por encima del guante
que llevaba puesto, se veía dibujada con tintas brillantes la cabeza de una
serpiente, copiada en azul, negro y rojo directa¬mente sobre la piel. El cuerpo
de la culebra rodeaba el brazo del hombre, subiendo por él en espiral y
desapareciendo en el hombro, bajo la camisa, para reaparecer sinuosamente por
el brazo izquierdo y terminar en una retorcida cola en la muñeca. La vivacidad
de los colores contrastaba con el apagado bosque invernal, así como con los
ropajes blancos y la piel del hombre. A corta distancia parecía ser una especie
de serpiente voladora, partida en el aire y sufriendo su agonía a dos codos de
la helada tierra.
El anciano no
prestó ninguna atención a la carne de gallina de su brazo hasta que hubo
terminado de doblar la chaqueta. Después extrajo una bolsa de cuero de un
zurrón que llevaba debajo de la ca¬misa, sacó de ella una cierta cantidad de
grasa amarilla y la frotó con energía sobre su piel; así consiguió que la
serpiente brillara como si acabase de llegar de alguna húmeda selva sureña.
Cuando acabó, volvió a sentarse en cuclillas para esperar. Tenía hambre, pero
había terminado sus últimas raciones de viaje la noche pasada. Aquello no tenía
demasiada importancia, ya que pronto llegarían los que espe¬raba, y entonces se
acabaría su falta de alimentos.
Con la barbilla
caída, ojos de cobalto ardiendo bajo las heladas cejas, Jarnauga observó el
terreno que se extendía hacia el sur. Era un hombre muy viejo, y los rigores
del tiempo y de los elementos lo habían endurecido. Sólo miraba hacia adelante,
esperando la hora que se acercaba en que la Muerte lo llamaría para conducirlo
a su oscura y tranquila mansión. El silencio y la soledad no entrañaban terror;
habían sido la urdimbre y la trama de su larga vida. Sólo que¬ría acabar la
tarea que le había sido encomendada: llevar la antorcha para que otros pudieran
usarla en la oscuridad; después abandona¬ría la vida y el cuerpo tan fácilmente
como se desprendía de la nieve que se posaba sobre sus desnudos hombros.
Pensar en las
solemnes mansiones que lo esperaban al final de su camino le hizo recordar su
querido Tungoldyr, que había dejado hacía quince días. A punto de partir y
mientras lo contemplaba, el pequeño pueblo en el que había pasado la mayor
parte de sus no¬venta años aparecía extendido ante él, tan vacío como el
legendario Huelheim que lo aguardaba cuando su tarea fuese completada. To¬dos
los demás habitantes de Tungoldyr habían huido meses antes; sólo Jarnauga
permaneció en el poblado llamado Puerta de la Luna, situado sobre las altas
montañas Himilfell, pero a la sombra del distante Sturmrspeik, el Pico de las
Tormentas. El invierno se había hecho tan frío que ni siquiera los rimmerios de
Tungoldyr recordaban otro igual. La canción nocturna del viento había cam¬biado
para ceder su lugar a algo parecido a un aullido y llantos, hasta que los
hombres empezaron a volverse locos y fueron encon¬trados por las mañanas
riéndose sin sentido, con sus familias muer¬tas alrededor.
Sólo Jarnauga
permaneció en su casita mientras la niebla del hielo se hacía tan espesa como
la lana en los pasos de montaña y en las estrechas callejuelas del pueblo. Los
tejados de Tungoldyr pare¬cían flotar como los barcos en los que los espíritus
de los guerreros navegaban hacia las nubes. Nadie, excepto él, se había quedado
para ver los parpadeantes fuegos del Pico de las Tormentas, que cada vez se
iban haciendo más y más brillantes; para oír los sonidos de la vasta y ronca
música que penetraba a través del estruendo del trueno que se desencadenaba por
las montañas y valles de la provin-cia más norteña de Rimmersgardia.
Pero, ahora,
incluso él —su momento llegaba por fin, como vio a través de ciertos signos y
mensajes— había dejado Tungoldyr aban¬donado en la oscuridad y el frío.
Jarnauga, que a pesar de lo que ocurriera nunca volvería a ver el sol reflejado
en las casas de madera o a escuchar el canto de los riachuelos de montaña que—
pasaban junto a la puerta de su casa, descendió hacia el gran Gratuvask.
Tampoco volvería a
estar en el porche durante las despejadas y oscuras noches de primavera, ni
vería las luces del cielo, las brillan¬tes luces norteñas que había observado
desde su juventud, ni los en¬fermizos e insanos brillos que ahora se destacaban
en el oscuro ros¬tro del Pico de las Tormentas. Aquellas cosas habían
desaparecido para él. El camino que tenía por delante era liso, pero había poca
alegría en él.
Sin embargo, no
todo estaba claro, ni siquiera ahora. Existía el preocupante sueño, el sueño
del libro negro y de las tres espadas. Durante dos semanas, había estado
penetrando en él mientras dor¬mía, pero su significado continuaba ocultándose a
sus intentos por desentrañarlo.
Sus pensamientos se
vieron interrumpidos por un movimiento proveniente del sur, lejos, en la linde
de los árboles que salpicaban las estribaciones occidentales de las colinas
Wealdhelm. Dirigió una breve mirada hacia el lugar; luego asintió con lentos movimientos
de cabeza y se incorporó.
Mientras volvía a
colocarse el manto por encima de los hom¬bros, el viento cambió de dirección;
un instante después el apagado murmullo de un trueno descendió desde el norte.
Volvió a repe¬tirse, como si fuese el gruñido de un animal que se despierta de un
largo sueño. Como un pequeño eco, pero procedente de otra direc¬ción, el ruido
de cascos de caballo iba aumentando de un murmullo hasta convertirse en un
sonido que rivalizaba con el trueno.
Jarnauga recogió su
jaula de pájaros y empezó a andar para salir al paso de los jinetes. Los
sonidos fueron aumentando de intensidad a la par —el trueno que retumbaba desde
el norte y el apagado repi¬car de cascos que se aproximaba desde el sur—, hasta
que llenaron el blanco bosque con su frío retumbar, como música producida por
tambores de hielo.
29
Cazadores y cazados
El estruendo del
río llenaba, sus oídos. Durante una décima de segundo Simón tuvo la impresión
de que el agua era lo único que se movía, y de que los arqueros que había en la
otra ori¬lla, Marya y él mismo, todos habían quedado congelados en la in-movilidad
a causa del impacto de la flecha que se alojaba en la es¬palda de Binabik.
Hasta que otro dardo pasó ante el pálido rostro de la muchacha y fue a
estrellarse ruidosamente contra una rota cor¬nisa de brillante piedra, las
cosas no volvieron a adquirir un movi¬miento frenético.
Sólo medio
consciente de la carrera que habían emprendido los arqueros a través del río,
Simón cubrió la distancia que lo separaba de la joven y del gnomo con tres
pasos. Se agachó para mirar a Bina¬bik y una extraña y aislada parte de su
cerebro reparó en que los pan¬talones de muchacho que vestía Marya aparecían
desgarrados a la al¬tura de las rodillas. En ese momento sintió que una flecha
perforaba su camisa e iba a alojarse bajo su brazo. Al principio creyó que no
lo había alcanzado, pero luego sintió una oleada de dolor que le iba su¬biendo
por la caja torácica.
Más dardos volaban
a su alrededor, iban a parar contra las baldo¬sas del suelo y rebotaban sobre
ellas como piedras en el agua. Simón cogió al ahora silencioso gnomo en sus
brazos, sintiendo la horrible y rígida caña de la flecha entre los dedos. Se
dio la vuelta, interpo¬niendo su espada entre el hombrecillo y los arqueros
—¡Binabik es¬taba tan pálido...!, ¡debía de estar muerto!—, y entonces se
levantó. El dolor que sentía en las costillas lo volvía a quemar y se tambaleó,
in¬seguro. Marya lo agarró del codo.
—¡Por la Sangre de
Löken! —chilló Ingen; su lejana voz apenas era un murmullo en los oídos de
Simón—. ¡Los vais a matar, idiotas! ¡Os dije que los mantuvierais quietos allí!
¿Dónde está el barón Heahferth?
Qantaqa corrió para
unirse a ellos; la joven trató de alejar a la loba y tanto ella como Simón
subieron las escalera; que conducían a Da'ai Chikiza. Un último dardo emplumado
se estrelló contra el escalón que acababan de dejar, antes de que el aire volviera
a quedar vacío y en calma.
—¡Heahferth está
aquí, rimmerio! —gritó una voz en medio del clamor de los hombres armados.
Simón miró hacia
atrás desde el escalón superior y sintió que el corazón se le paraba.
Una docena de
hombres con uniforme de campaña llegaban co¬rriendo y sobrepasaban a Ingen y
sus arqueros para dirigirse hacia la Puerta de los Ciervos, el puente que él y
sus compañeros habían pa¬sado justo antes de desembarcar. El mismo barón
cabalgaba tras ellos sobre su rojo caballo, sosteniendo una larga lanza por
encima de la cabeza. No podían correr más que los soldados, pero, aunque así
fuese, el caballo del barón los alcanzaría en un abrir y cerrar de ojos.
—¡Corre, Simón!
—exclamó Marya, tirando del brazo del mucha¬cho—. Debemos escondernos en la
ciudad.
El chico sabía que
no había esperanza, pues antes de que pudie¬ran alcanzar el primer escondite
los soldados estarían sobre ellos.
—¡Heahferth! —se
oyó gritar a Ingen Jegger tras ellos, con una voz débil y monótona que se alzó
por encima del estruendo del río—. ¡No podéis! ¡No seáis loco, erkyno, vuestro
caballo...!
El resto de la
frase se perdió entre el murmullo del agua; si Heah¬ferth lo oyó, no pareció
hacerle mucho caso. Un instante después el ruido metálico de las armaduras de
los soldados que corrían por el puente fue enmudecido por el de los cascos del
caballo del barón.
El estrépito de la
persecución iba en aumento. Simón tropezó con una baldosa desenganchada del
suelo y dio un traspié.
«Una lanza en la
espalda... —pensó para sí, a media caída, y—: ¿Cómo ha podido suceder todo
esto?» Entonces cayó sobre un hombro y rodó para proteger el cuerpo del gnomo.
Permaneció estirado
sobre la espalda mirando los pedazos de cielo que se mostraban a través de las
oscuras copas de los árboles. El no tan insustancial peso de Binabik le
aprisionaba el pecho. Marya tiraba de la camisa del muchacho, tratando de
conseguir que éste se incorporase. Simón quería decirle que ahora ya no tenía
importan¬cia, que ya no valía la pena, pero mientras se incorporaba con la
ayuda del codo, levantando el cuerpo del gnomo con el otro brazo, vio las
extrañas cosas que sucedían abajo.
En medio del largo
y arqueado puente, Heahferth y sus hom¬bres se habían detenido —no, eso no
resultaba del todo correcto, se balanceaban—; los soldados se agarraban a los
bajos pasamanos y el barón se encaramaba sobre su caballo. Sus rasgos no
resultaban del todo nítidos a esa distancia, pero sus movimientos eran los de
un hombre que se despierta sobresaltado. Un instante después, por al¬guna razón
que Simón no llegó a descubrir, el caballo se encabritó y se lanzó hacia
adelante; los hombres lo siguieron, corriendo todavía más deprisa que antes. A
continuación —apenas un instante después del extraño movimiento—, el chico oyó
un gran crujido, como si un gigante hubiese arrancado un árbol de raíz para
utilizarlo como mondadientes. El puente pareció hundirse por la mitad.
Ante los
sorprendidos y fascinados ojos de Simón y de Marya, la estilizada Puerta de los
Ciervos se vino abajo, primero en su parte central; grandes piedras se
desprendieron para caer formando gran¬des remolinos en el agua. Durante unos
instantes dio la impresión de que Heahferth y sus soldados conseguirían
alcanzar la orilla; en¬tonces, como una sábana que se extendiera sobre la cama,
el arco de piedra se plegó sobre sí mismo y envió una retorcida masa de
bra¬zos, piernas, pálidos rostros y un animal debatiéndose por encima de los
destrozados bloques de cuarzo transparente a desaparecer en¬tre masas de agua
verde y blanca espuma. Instantes después la ca¬beza del caballo del barón
volvió a emerger algunas anas corriente abajo, con el cuello erguido sobre la
superficie; después volvió a ser tragada por la rápida corriente.
Simón dirigió la
mirada a la base del puente. Los dos arqueros aparecían arrodillados, mirando
el torrente; la negra figura de Ingen permanecía tras ellos, observando a los
muchachos. Daba la impre¬sión de que sus pálidos ojos apenas se encontraban a
escasas pul¬gadas...
—¡Levántate!—gritó
Marya, tirando del pelo a Simón.
El muchacho liberó
su mirada de la de Ingen Jegger con lo que le pareció casi un tirón palpable,
como una cuerda que se desten¬sase. Se incorporó, balanceando su pequeña carga,
y se volvieron para dirigirse hacia las altas sombras de Da'ai Chikiza.
A Simón le dolieron
los brazos al cabo de cien pasos, y sentía como si un cuchillo le fuese
penetrando por el costado; luchó para andar a la altura de la muchacha mientras
seguían a la loba a través de las ruinas de la ciudad sitha. Era como correr a
través de una gruta llena de árboles y carámbanos, un bosque de reflejos
verticales y de oscura y mohosa podredumbre. Por todas partes se veían
azule¬jos partidos, y rotas y grandes telarañas cruzaban a través de hermosas y
desmenuzadas arcadas. El chico se sintió como si hubiese sido tragado por algún
increíble ogro con las entrañas de cuarzo, jade y nácar. Los sonidos
provenientes del río les llegaban apagados; el de su propia y trabajosa
respiración competía con el arrastrar de sus pies.
Al cabo de un rato
pareció que alcanzaban las afueras de la ciu¬dad: los altos árboles, abetos,
cedros y pinos gigantescos, aparecían muy apretados, y los suelos de baldosas
que habían encontrado por todas partes se convertían ahora en caminitos que
serpenteaban a los pies de los gigantes del bosque. Simón dejó de correr. Su
visión estaba oscurecida en los bordes. Se quedó quieto y sintió que la tie¬rra
daba vueltas a su alrededor. Marya lo cogió de la mano y lo con¬dujo hasta una
piedra invadida por la hiedra que el muchacho, con la vista parcialmente
recuperada, reconoció como un pozo. Depo¬sitó suavemente a Binabik sobre el
paquete que había llevado Marya, acomodándolo en la áspera ropa, y después se
apoyó sobre el borde del pozo para tratar de recuperar el aliento. El costado
con¬tinuaba palpitándole.
La joven se agachó
junto al hombrecillo y apartó el hocico de la loba, que parecía llamar a su amo
mediante suaves golpes. Qantaqa reculó un paso, emitiendo una especie de gemido
de incomprensión; después se echó en el suelo con el hocico reclinado entre las
patas.
Simón notó que sus
ojos se llenaban de cálidas lágrimas.
—No está muerto.
El chico miró a
Marya y después al pálido rostro de Binabik.
—¿Qué? —preguntó—.
¿Qué quieres decir?
—Que no está muerto
—repitió la muchacha sin alzar la mirada.
Simón se arrodilló
junto a ella. Tenía razón. El pecho del gnomo se movía casi imperceptiblemente
y una especie de espuma sanguinolenta aparecía de forma intermitente, cayendo
por su labio inferior.
—¡Jesuris Aedón!
—Posó la mano sobre la frente del hombreci¬llo—. Tenemos que extraerle la
flecha.
Marya lo miró.
—¿Estás loco? ¡Si
lo hacemos, la vida se le escapará! ¡No tendrá ninguna oportunidad!
—No. —El joven
movió la cabeza—. El doctor me lo dijo. Estoy se¬guro de que lo hizo, pero, de
todas formas, no sé si podré conse¬guirlo. Ayúdame a quitarle la chaqueta.
Después de intentar
quitarle la ropa con infinito cuidado, llega¬ron a la conclusión de que era
imposible hacerlo sin antes extraerle la flecha. Simón maldijo. Necesitaba algo
con que cortar la cha¬queta, algo afilado. Cogió el bolso por una correa y empezó
a rebus¬car en el interior. Incluso en medio del dolor y el pesar que sentía se
consideró gratificado al descubrir la Flecha Blanca, todavía envuelta en la
tela. La extrajo y empezó a deshacer el nudo.
—¿Qué haces?
—preguntó Marya—. ¿Es que no hemos tenido su¬ficientes flechas?
—Necesito algo
afilado con que cortar —gruñó—. Es una lástima haber perdido parte de los
útiles de Binabik..., la parte en la que te¬nía un cuchillo.
—¿Es esto lo que
buscas?
La muchacha metió
la mano en la camisa y extrajo un pequeño cuchillo con una funda de piel, que
colgaba de un cordel alrededor de su cuello.
—Geloë me dijo que
debía llevarlo —explicó, quitándoselo y alar¬gando el objeto a Simón—. Pero no
es de mucha ayuda contra ar¬queros.
—Y los arqueros
tampoco son lo suficientemente hábiles como para mantener los puentes en pie,
gracias a Dios.
El chico empezó a
cortar la engrasada piel de la chaqueta.
—¿Crees que eso es
todo lo que ha ocurrido? —preguntó Marya al cabo de unos instantes.
—¿A qué te
refieres? —jadeó él.
Era un trabajo
difícil, pero había empezado a cortar la prenda desde abajo y la herida de la
flecha se mostró, revelando una fea masa de sangre coagulada. Simón siguió
empujando la hoja hacia el cuello de la chaqueta.
—Que el puente...
se cayó solo. —La joven miró hacia la luz que se filtraba a través del verdor
de los árboles—. Tal vez los sitha estu¬vieran enfadados por lo que estaba
ocurriendo en su ciudad.
Simón apretó los
dientes y cortó el último trozo de ropa.
—Los sitha que
están vivos ya no habitan aquí, y si es cierto que no mueren, tal y como me
explicó el doctor, quiere decir que no hay ningún tipo de espíritus que haga
que se caigan los puentes. —Remoció las partes cortadas de la chaqueta e hizo
un gesto de dolor. La espalda del gnomo estaba cubierta de sangre seca—. Ya
oíste cómo el rimmerio gritaba a Heahferth; no quería que pasase con el caballo
sobre el puente. ¡Y ahora déjame pensar, maldita sea!
Marya alzó la mano
como para golpearlo; el chico levantó la mi¬rada y sus ojos se encontraron. En
ese instante se dio cuenta de que la muchacha había llorado.
—¡Te he dado mi
cuchillo! —exclamó.
Simón agitó la
cabeza, confuso.
—Es que puede
que... ese demonio de Ingen haya encontrado otro lugar por donde cruzar.
Todavía le quedan dos arqueros, y quién sabe qué habrá sido de los mastines...,
y..., y este hombrecillo es mi amigo —dijo, y se volvió hacia el ensangrentado
gnomo.
Marya guardó
silencio durante algunos instantes.
—Lo sé —añadió
finalmente.
La flecha había
penetrado por un costado, a un palmo de dis¬tancia de la columna vertebral. El
muchacho ladeó cuidadosamente el cuerpo y pudo deslizar su mano por debajo. Sus
dedos encontra¬ron la afilada cabeza de la saeta sobresaliendo justo por debajo
del brazo de Binabik, cerca de las costillas.
—¡Demonios! ¡Lo ha
atravesado por completo! —Simón trató de pensar frenéticamente—. Un momento...,
un momento.
—Rompe la punta
—sugirió ella, ahora con la voz más tranquila—. Después podrás extraerla con
más facilidad, si es que estás seguro de que debes hacerlo.
—¡Pues claro que
sí! —El joven se sentía algo mareado—. Claro que sí.
Le costó un poco
cortar la flecha a la altura de la punta, pues el cuchillo no parecía estar muy
afilado. Cuando acabó, Marya lo ayudó a volver a colocar a Binabik en la
posición en que la saeta po¬día ser más fácilmente extraída. Después, tras
elevar una silenciosa plegaria a Aedón, la sacó a través de la herida producida
por su en¬trada. Un montón de sangre acompañó la extracción. Simón se quedó
mirando el odiado objeto durante unos instantes y después lo arrojó lejos.
Qantaqa levantó su cabezota para observar el vuelo de la flecha, emitió un
gruñido y volvió a dejarse caer.
Vendaron a Binabik
con la tela en la que había permanecido en¬vuelta la Flecha Blanca, junto con
unas cuantas tiras de su arruinada chaqueta. Después Simón cogió al gnomo, que
seguía respirando con dificultad, y lo apretó contra sí.
—Geloë dijo que
teníamos que remontar la Escalera. No sé dónde puede estar, pero será mejor
continuar hacia las colinas —dijo.
Marya asintió.
Los destellos del
sol que perforaban las altas copas de los árboles les anunciaron que casi era
mediodía al dejar el pozo. Caminaron con rapidez a través de las afueras de la
decadente ciudad, y una hora después el terreno empezaba a subir bajo sus cansados
pies. El gnomo volvió a convertirse en una pesada carga. Simón era dema-siado
orgulloso como para decir algo, pero sudaba profusamente y su espalda, así como
los brazos, empezaban a dolerle tanto como su herido costado. Marya sugirió que
hiciese unos agujeros en las bol¬sas para meter las piernas de Binabik y así
poder llevarlo más fácil¬mente. Después de pensarlo, el muchacho descartó la
idea. Pri¬mero, porque significaría demasiado movimiento para el herido e
inconsciente hombrecillo; y, segundo, porque tendrían que aban¬donar algo de
equipaje, y la mayor parte de el era comida.
Cuando la suave
pendiente empezó a cambiar para convertirse en duras vertientes llenas de
maleza y cardos, Simón hizo una seña a Marya para indicarle que se detuviesen a
descansar. El joven depo¬sitó al gnomo en el suelo y permaneció en pie, con las
manos en las caderas y jadeando mientras trataba de recuperar el aliento.
—Debemos...,
debemos... Yo..., yo tengo que... descansar—dijo entrecortadamente.
La muchacha miró su
enrojecido rostro con simpatía.
—No puedes cargar
con él hasta la cima de las colinas, Simón —dijo con amabilidad—. Parece que
más adelante el camino se vuelve todavía más escarpado. Necesitarás las manos
para trepar.
—Es... mi amigo
—respondió él con sequedad—. Puedo... hacerlo.
—No, no podrás.
—Marya movió la cabeza—. Si no utilizamos la bolsa para llevarlo, entonces...
—Hundió los hombros, y se sentó so¬bre una roca—. No sé lo que debemos hacer,
pero hay que hacer algo —acabó de decir.
Simón se sentó
junto a ella. Qantaqa había desaparecido colina arriba, saltando con agilidad
por donde a ellos les tomaría largos minutos continuar.
De repente, se le
ocurrió una idea.
—¡Qantaqa! —llamó,
incorporándose y dejando caer el bolso en el suelo—. ¡Qantaqa! ¡Ven aquí!
Trabajaron
enfebrecidos, con el mudo y compartido pensa¬miento de la figura de Ingen
Jegger pendiendo sobre ellos. Simón y Marya envolvieron de pies a cabeza a
Binabik en el manto de la mu¬chacha; después lo pusieron boca abajo sobre el
lomo de Qantaqa y lo sujetaron al saco con las últimas tiras de tela. El chico
recordó la posición de su involuntaria cabalgada hacia el campamento del du¬que
Isgrimnur, pero sabía que si el grueso manto estaba entre las costillas de
Binabik y el lomo de la loba, el hombrecillo podría res¬pirar. También sabía
que no era una posición correcta para un he¬rido y, probablemente, moribundo
gnomo, pero ¿qué más podía hacer? Marya tenía razón; necesitaría las manos para
subir la pen¬diente de la colina.
Una vez que Qantaqa
dejó de mostrarse nerviosa, permaneció quieta mientras los jóvenes empezaron a
trabajar sobre el arnés. De vez en cuando giraba la cabeza para olfatear el
rostro de Binabik, que pendía en uno de sus costados. Cuando los muchachos empe¬zaron
a ascender la pendiente, la loba dio sus primeros pasos con mucho cuidado, como
si fuese consciente de la importancia que te¬nía para su silenciosa carga que
ella mantuviese un paso uniforme.
Ahora iban más
rápidos; andaban sobre piedras y viejos troncos de los que saltaba parte de la
corteza bajo su peso. La brillante bola del sol, envuelta en nubes, que se
colaba a través de las ramas, ya se dirigía hacia su morada occidental. La cola
gris y blanca de la loba flotaba como si fuese una voluta de humo ante los ojos
de los chi¬cos, inundados por el sudor. Simón se preguntó dónde se hallarían
cuando oscureciera, y qué hallarían ellos en esa misma oscuridad.
El camino se había
hecho muy escarpado y ambos, Simón y Marya, se llenaron de arañazos producidos
por la densidad de la maleza. Al final llegaron tambaleantes a un claro, libre
de arbus¬tos, que había en la vertiente de la colina. Se sentaron agradecidos
en el polvoriento camino. Qantaqa los miró como si no le impor¬tase continuar
por la estrecha pista llena de hierbas, pero en vez de seguir se echó junto a
ellos, con la lengua colgando fuera de la boca. Simón desató al gnomo del
improvisado arnés. El estado del hombrecillo parecía no haber experimentado
ningún cambio y su respiración continuaba siendo muy débil. El muchacho
escanció un poco de agua de la bota en la boca de su amigo y luego se la pasó a
Marya. Cuando ella hubo acabado de beber, Simón formó un cuenco con sus manos,
que la joven llenó de agua, y se dirigió a Qantaqa. Después bebió él algunos
tragos directamente de la bota de piel.
—¿Crees que esto es
la Escalera? —preguntó Marya mientras pa¬saba una mano por su negro cabello
humedecido.
Simón sonrió
débilmente. ¡Qué muchacha, se arreglaba el cabe¬llo hasta en medio del bosque!
Marya tenía el rostro arrebolado, y el chico advirtió que aquello hacía
desaparecer las pecas del puente de su nariz.
—Más parece ser una
pista de ciervos o algo parecido —respon¬dió, desviando su atención hacia donde
continuaba el sendero por el flanco de la colina—. Creo que la Escalera es una
cosa sitha, según dijo Geloë, pero opino que deberíamos seguir por aquí, al
menos durante un tiempo.
«La verdad es que
no está muy delgada —pensó—. Más bien es lo que se llama delicada.» Simón
recordó cómo la muchacha se levan¬taba para apartar las ramas que molestaban su
paso por el río y sus rudas canciones fluviales. No, tal vez «delicada» tampoco
fuese la palabra.
—Prosigamos —dijo
ella, rompiendo los pensamientos del chico—. Tengo hambre, pero preferiría no
estar al descubierto cuando se ponga el sol.
La muchacha se puso
en pie y empezó a recoger las tiras de tela para volver a colocar a Binabik en
su montura; ésta aprovechaba sus últimos instantes de libertad para rascarse
detrás de la oreja.
—Me gustas, Marya
—se descolgó Simón, y luego quiso darse la vuelta y correr, hacer algo.
En lugar de eso se
quedó valientemente donde estaba, y un ins¬tante después la joven lo miró, con
una sonrisa en los labios, ¡y con el aspecto de ser ella la que se encontraba
turbada!
—Me alegro —fue
todo lo que respondió.
Luego empezó a
andar por la pista de ciervos para dejar que Si¬món, con manos torpes, colocase
a Binabik sobre Qantaqa. De re¬pente, mientras acababa de dar la última lazada
bajo el velludo vien¬tre de la paciente loba, el chico dirigió una mirada al
pálido rostro del gnomo, tan rígido como si estuviera muerto, y se sintió
enfa¬dado consigo mismo.
«¡Qué cabezahueca
que estás hecho! —pensó—. Uno de tus mejo¬res amigos se está muriendo, estás
perdido en medio de la nada, te persiguen hombres armados y tal vez cosas
peores, y aquí estás: ¡ton¬teando con una escuálida sirvienta! ¡Eres un
idiota!»
No dijo nada cuando
alcanzó a Marya, pero la expresión de su rostro debió indicarle algo, pues la
muchacha lo miró con ojos pen¬sativos y empezó a andar con grandes zancadas sin
decir ni una palabra.
El sol se había
hundido tras las cimas de las colinas cuando el ca¬mino de ciervos empezó a
ensancharse. Un cuarto de legua después se convirtió en una ancha y llana pista
que parecía haber sido utili¬zada en alguna ocasión como camino de carros,
aunque hacía ya mucho tiempo que debía de haber sido abandonada a la acción de
los arbustos. Otras pequeñas pistas se abrían a los lados, y más bien parecían
grietas abiertas en un terreno lleno de maleza y árboles. Llegaron a un lugar
donde aquellos caminitos se unían al suyo, y a unas cien anas se encontraron
andando de nuevo sobre viejas baldo¬sas. Poco después llegaron a la Escalera.
El ancho y
adoquinado camino cortaba en perpendicular el sen¬dero que ellos habían seguido
y subía serpenteando por la escarpada colina en lo que parecía una difícil
travesía. Altas hierbas se abrían paso entre las rotas baldosas grises y
blancas, y en algunos lugares habían crecido altos árboles justo en medio del
camino; éstos arran-caban las baldosas a medida que sus troncos iban aumentando
de dimensiones, así que cada uno de ellos aparecía rodeado por peque¬ños
montones de adoquines desenterrados.
—Y éste nos llevará
a Naglimund —dijo Simón, más para sí mismo que para la muchacha.
Eran las primeras
palabras que pronunciaba tras el largo perío¬do en que había permanecido en
silencio.
Marya estuvo a
punto de contestar algo cuando sus ojos se vie¬ron atraídos por algo que había
en la cima de la colina. Trató de vis¬lumbrar lo que era, pero el brillo había
desaparecido.
—Simón, creo que he
visto brillar algo allí arriba —señaló la cresta de la colina, a algo más de
una legua por encima de ellos.
—¿Qué era?
—preguntó él.
La joven se encogió
de hombros.
—Tal vez una
armadura, si es que el sol puede producir reflejos a estas alturas del día —se
respondió para sí Simón—, o tal vez las mu¬rallas de Naglimund, o..., o quién
sabe... —El muchacho volvió a mirar hacia arriba, entrecerrando los ojos—. No
podemos apartar¬nos del camino —añadió, al cabo de un instante—. No hasta haber
re-corrido un poco más de terreno y mientras haya luz. No me lo per¬donaré
nunca si no llevamos a Binabik a Naglimund, sobre todo si..., si...
—Ya lo sé, Simón,
pero no creo que podamos llegar hasta la cima antes de que anochezca. —Marya
dio una patada a una piedra, que rodó hasta quedar frenada por un matorral que
había junto a las baldosas. Hizo un gesto de amargura—. Tengo más ampollas en
un pie de las que he tenido en total durante toda mi vida. Y tampoco creo que a
Binabik le convenga ir sobre el lomo de la loba durante toda la noche —miró a
Simón a los ojos—, «es que para entonces to¬davía vive. Has hecho todo lo
humanamente posible, Simón. No es culpa tuya.
—¡Ya lo sé!
—replicó él con amargura—. Sigamos andando. Pode¬mos continuar hablando
mientras nos movemos.
Reemprendieron la
marcha y no pasó mucho tiempo antes de que las sabias palabras de Marya se
hicieran obvias. También Simón estaba tan maltrecho y lleno de ampollas que
deseaba tenderse en el suelo y llorar. Se trataba de un Simón diferente: el que
había vivido su vida de chico de castillo en el laberíntico Hayholt se habría
ten¬dido en una piedra y habría pedido comida y poder dormir. Ahora era alguien
diferente: estaba herido, pero había cosas que eran más importantes, aunque
tampoco podía ser beneficioso seguir tal y como se encontraban.
Incluso Qantaqa
empezó a sentir molestias en una de las patas. Simón estaba dispuesto a ceder
cuando Marya vislumbró otra luz en la colina. En aquella ocasión no se trataba
de un reflejo del sol, ya que la penumbra descendía sobre las pendientes.
—¡Antorchas! —rugió
Simón—. ¡Jesuris! ¡¿Por qué tiene que ocurrir ahora, justo ahora que estábamos
a punto de llegar?!
—Quizá precisamente
por eso. Ese monstruo de Ingen debe de haberse dirigido a lo alto de la
Escalera para esperarnos. ¡Tenemos que apartarnos del camino! —dijo Marya.
Con el corazón
destrozado los muchachos abandonaron la pavi¬mentada Escalera y se dirigieron a
un barranco que continuaba a lo ancho de la colina. Corrieron a toda prisa,
tropezando a causa de lo poco que podían ver con el sol ya al otro lado de los
montes, hasta que encontraron un pequeño claro, no más ancho que la altura de
Simón, protegido por un grupo de jóvenes abetos.
Cuando miró por
última vez antes de esconderse en el abrigo de la espesura. Simón vio el brillo
de algunas antorchas más en la cima de la colina.
—¡Ojalá ardan en el
Infierno esos bastardos! —rugió jadeante, y se agachó para desatar a Binabik
del lomo de Qantaqa—. ¡Aedón! ¡Jesu¬ris Aedón! ¡Cómo desearía tener una espada
o un arco!
—¿Vas a desmontar a
Binabik? —susurró Marya—. ¿Y si tenemos que volver a correr?
—Entonces cargaré
con él. Además, si debemos correr, más vale que nos entreguemos ahora. Yo creo
que no podría dar ni quince pasos más. ¿Y tú?
La muchacha movió
tristemente la cabeza de lado a lado.
Bebieron por turnos
de la bota de agua mientras Simón masa¬jeaba las muñecas y los tobillos del
gnomo, tratando de hacer que la sangre circulase por sus frías extremidades. El
hombrecillo parecía respirar mejor, pero el chico no tenía muchas esperanzas de
que eso durase. Una pequeña capa de saliva entremezclada con sangre aparecía y
desaparecía por entre los labios del gnomo cada vez que res¬piraba, y, cuando
Simón le levantó los párpados para mirarle los ojos, como había visto hacer al
doctor Morgenes con una pálida sir¬vienta, el blanco de los globos oculares
parecía más bien gris.
Mientras Marya
trataba de encontrar algo para comer en las bolsas, Simón intentó levantar una
de las patas de Qantaqa para ver por qué cojeaba. La loba dejó de jadear para
mostrarle los dientes y gruñir de manera harto convincente. Cuando trató de
seguir con su investigación, el animal le golpeó la mano y cerró sus mandíbulas
a apenas una pulgada de los dedos del joven. Este casi había olvidado que era
una loba, y se había acostumbrado a tratarla como si fuese uno de los perros de
Tobas. Simón le agradeció a Qantaqa que se lo recordase con tanta suavidad. La
dejó sola mientras se lamía las he¬ridas con la lengua.
La luz se iba
debilitando, y empezaron a aparecer las primeras estrellas en la espesa
oscuridad que se extendía sobre sus cabezas. El muchacho masticaba un trozo de
una dura galleta que Marya había encontrado para él, y deseó tener una manzana
o cualquier cosa que tuviese zumo, cuando un ruido lejano empezó a elevarse por
en-cima de la canción de los primeros grillos. Ambos se miraron, y des¬pués,
como una confirmación que realmente no necesitaban, diri¬gieron sus ojos a
Qantaqa. Las orejas de la loba se habían erguido y sus ojos estaban alerta.
No había necesidad
de nombrar a las criaturas que producían los lejanos aullidos. A ambos les
resultaba familiar el sonido de los mastines de caza ladrando a pleno pulmón.
—¿Qué vamos...?
—empezó a preguntar Marya, pero Simón mo¬vió la cabeza.
Golpeó el tronco de
un árbol con su puño, lleno de frustración, y con mirada ausente vio manar la
sangre de sus pálidos nudillos. En unos minutos estuvieron rodeados por una
completa oscuridad.
—No hay nada que
podamos hacer —siseó—. Si corremos, hare¬mos que tengan que seguir más de una
pista.
El muchacho deseaba
volver a golpear su puño contra algo, romper lo que fuera. Simón, estúpido,
estúpido, toda esta maldita aventura, ¿para acabar así?
Se sentó lleno de
rabia. Marya se acercó a él y le levantó el brazo para descansar su cabeza
sobre el hombro del chico.
—Tengo frío —fue
todo lo que dijo.
Simón apoyó la
cabeza sobre la de la joven, y lágrimas de miedo y frustración llenaron sus
ojos mientras escuchaba los ruidos provenientes de la cima de la colina. Ahora
creyó oír voces de hombres que grita¬ban entre el ruido de los aullidos. ¡Lo
que hubiera dado por una es¬pada! A pesar de que no estaba familiarizado en
absoluto con su uso, cuando menos les habría causado algún daño antes de ser
atrapado.
Con mucho cuidado
levantó la cabeza de Marya de su hombro y se inclinó hacia adelante. Como
recordaba, el bolso de piel de Bi¬nabik estaba en el fondo del fardo. Introdujo
la mano en él y em¬pezó a rebuscar con los dedos, a tientas, en la oscuridad
del pequeño claro.
—¿Qué es lo que
haces? —preguntó la muchacha.
Finalmente encontró
lo que buscaba y cerró la mano sobre ello. Algunos de los sonidos llegaban
ahora desde la parte norte de la co¬lina, casi al mismo nivel de la vertiente.
La trampa se iba cerrando.
—Sujeta a Qantaqa
—dijo Simón.
El muchacho se
incorporó y gateó una corta distancia, regis¬trando los arbustos hasta que
encontró una rama partida de buen tamaño, una rama gruesa, más gruesa que su
brazo. La trajo hasta el claro y sobre ella dejó caer la bolsa de polvo de
Binabik, como nieve sobre un tronco.
—Hago una antorcha
—respondió, y sacó los pedernales del gnomo.
—¿No los atraerá
justamente hasta nosotros? —preguntó la joven, con una nota de curiosidad en la
voz.
—No la voy a
encender hasta que sea necesario —replicó Simón—, pero al menos tendremos
algo..., algo con que luchar.
El rostro de Marya
estaba en las sombras, pero el chico sentía sus ojos sobre él. La muchacha
sabía exactamente el bien que les re¬portaría un gesto de aquel tipo. Simón
esperó —y la esperanza era muy fuerte— que ella pudiera entender por qué era
algo necesario.
El feroz aullido de
los perros se acercaba cada vez más. El joven oía el ruido que producían los
arbustos al ser abatidos y apartados, así como las voces de los cazadores. Los
crujidos de las ramas au¬mentaron de volumen y se acercaban a ellos con sorprendente
rapi¬dez; le pareció que no se debían a los perros. Simón golpeó piedra contra
piedra con el corazón en un hilo. Debía de tratarse de hom¬bres a caballo. El
polvo chispeó pero no llegó a prender. Los mato¬rrales crujían como si fuesen
aplastados por las ruedas de un carro.
«¡Prende, maldita
sea, prende!»
Algo resultó
aplastado en la espesura que había justo por encima del lugar en que se
escondían. La mano de Marya se agarró a su bra¬zo con tanta fuerza que le hizo
daño.
—¡Simón! —gritó la
muchacha.
En ese momento el
palo chisporroteó y se encendió; una flamí¬gera oleada de color anaranjado
apareció en el borde de la rama. Si¬món se levantó llevándola con el brazo
extendido y las llamas crepi¬tando. Algo se abrió camino por entre los árboles.
Qantaqa se liberó de Marya y aulló.
«¡Pesadilla!»
Eso fue todo lo que
Simón pensó cuando levantó la antorcha; las llamas iluminaron la cosa que
permanecía entre los árboles, que se asustó y retrocedió.
Se trataba de un
gigante.
En el horroroso y
paralizador instante que siguió, la mente del chico luchó para comprender lo
que veía, la cosa que se elevaba ante él que se movía a la luz de la antorcha.
Al principio pensó que se tra¬taba de alguna clase de oso, pues estaba cubierta
por un pálido y la¬nudo pelo. Pero no, las piernas eran demasiado largas, y los
brazos y negras manos resultaban demasiado humanas. La punta de la pe¬luda
cabeza se elevaba tres codos por encima de Simón cuando la cosa se inclinó,
doblando la cintura, para mirar con unos ojos in¬crustados en un rostro
pellejudo y de apariencia humana.
Los ladridos se
oían provenientes de todas partes, como si se tra¬tase de la fantasmal música
producida por un coro de demonios. La bestia extendió un largo brazo acabado en
una garra, sujetó a Simón por el hombro e hizo que se tambalease hasta casi
conseguir que la antorcha cayese de su mano. El resplandor iluminó brevemente a
Marya que, con los ojos desorbitados de terror, se agachaba sobre el cuerpo de
Binabik, tratando de apartarlo del paso.
El gigante abrió la
boca y tronó —pues ésa era la única palabra posible para describir el rugido
que emitió— para volver a abalan¬zarse sobre Simón. Éste saltó y tropezó con
algo, pero, antes de que la cosa pudiese avanzar hacia él, el rugido que salió
de su pecho se convirtió en un aullido de dolor. Tambaleante, se inclinó hacia
ade-lante.
Qantaqa lo había
mordido por detrás de una velluda rodilla, y era como una gris sombra tratando
de volver a saltar sobre las pier¬nas del gigante. La bestia rugió y trató de
desembarazarse de la loba. Al segundo intento la atrapó con su gran manaza;
Qantaqa dio va¬rios tumbos entre los arbustos.
El gigante volvió a
dirigir su atención sobre Simón, pero cuando éste levantaba desesperado la
antorcha ante él, viendo la parpa¬deante luz reflejada en aquellos brillantes
ojos negros, una masa de formas llego a través de los matorrales, aullando como
el viento al pasar entre mil altos torreones. Hervían alrededor del monstruo
como un océano de cólera. Eran perros, perros que aparecían por todas partes,
lanzándose y mordiendo a la criatura que rugía con su voz de trueno. Movió los
brazos como un molinete y cuerpos rotos cruzaron los aires; uno de ellos golpeó
a Simón, que cayó al suelo, y la antorcha escapó de sus manos. Por cada mastín
que el gigante ha¬cía caer, cinco más ocupaban su lugar.
El muchacho se
arrastró en busca de la antorcha, con la mente llena de insanas y enfebrecidas
imágenes, y de repente la luz se hizo en todo el lugar. La vasta forma de la
bestia reculó por el claro, ru¬giendo, y entonces aparecieron los hombres a
caballo y la gente que gritaba. Una oscura sombra cayó sobre Simón, apartando
la antor¬cha una vez más.
Un caballo se
detuvo a escasos centímetros y su jinete se man¬tuvo en la silla con una larga
lanza que brillaba aquí y allá a la luz de las llamas. Un momento después la
lanza se convirtió en un gran clavo negro que sobresalía del pecho del asediado
gigante, quien daba los últimos rugidos y se derrumbaba bajo un convulsionado
manto de mastines.
El jinete desmontó.
Hombres con antorchas corrieron junto a él para apartar a los perros; la luz
reveló las facciones del individuo y Simón se incorporó sobre una rodilla.
—¡Josua! —exclamó,
y cayó de bruces.
La última visión
que tuvo fue la del rostro del príncipe, ilumi¬nado por la luz amarillenta del
fuego, cuyos ojos aparecían muy abiertos y llenos de sorpresa.
El tiempo
transcurrió a través de instantes llenos de oscuridad y vigilia. Simón montaba
un caballo por delante de un silencioso hombre que olía a cuero y sudor. El
brazo del sujeto lo cogía con fuerza por la cintura mientras serpenteaban por
la Escalera.
Los cascos del
caballo repicaron sobre las piedras, y se encontró observando el vaivén de la
cola del animal, que se agitaba ante él. Había antorchas por todas partes.
Simón buscaba a
Marya y a Binabik, a todos los demás... ¿Dón¬de estaban?
Una especie de
túnel se había formado a su alrededor, y las pare¬des de piedra reproducían el
palpitar de su corazón. No, no eran la¬tidos: eran cascos de caballo. El paso
subterráneo parecía extenderse hacia el infinito.
Una gran puerta de
madera empotrada en la piedra se alzaba ante ellos. Se abrió lentamente, y la
iluminación proveniente de las antorchas se esparció hacia el exterior como el
agua al abrir las com¬puertas de una presa. Las formas de muchos hombres aparecieron
a la luz de la entrada.
Ahora descendían
por una larga pendiente, ya a cielo abierto, con los caballos en fila india,
como una brillante serpiente de fuego que se extendía por el camino tan lejos
como alcanzaba a ver. Todo lo que había a su alrededor era un campo de tierra
yerma, sólo inte¬rrumpido por desnudas barras de hierro.
Abajo se veían los
muros delimitados por la luz de más antor¬chas y los centinelas en sus puestos,
observando a la procesión que descendía de las colinas. Las paredes de piedra
se encontraban ante ellos, ahora al mismo nivel y luego ya por encima de sus cabezas,
como si siguieran un camino que condujera a las profundidades de la tierra. El
cielo nocturno estaba oscuro como el interior de un ba¬rril, pero moteado de
estrellas.
Con la cabeza
fluctuando de un lado a otro, Simón se encontró deslizándose de nuevo hacia el
sueño o hacia el interior del oscuro cielo: era difícil asegurar de cuál de las
dos cosas se trataba.
«Naglimund», pensó,
cuando la luz de las antorchas se reflejó en su rostro, y los hombres gritaron
y cantaron desde los muros. En¬tonces se apartó de la luz y la oscuridad lo
envolvió como un manto de polvo de ébano.
Apéndice
Personajes
Erkynos
Barnabás—.
Sacristán de la capilla de Hayholt.
Beornoth—. Uno de
los componentes de la mítica banda de Mundwode.
Breyugar—. Conde de
Westfold; ¡efe de la guarnición de Hayholt bajo el reinado de Elías.
Caleb—. Aprendiz de
Shem Horsegroom.
Colmund—. Escudero
de Camaris y último barón de Rodstanby.
Deorhelm—. Soldado
en la posada El Dragón y el Pescador.
Deornoth, sir—.
Caballero de Josua, a veces llamado «la mano dere¬cha del príncipe».
Dreosan, padre—.
Capellán de Hayholt.
Eadgram, sir—. Jefe
de la guarnición de Naglimund.
Eahlferend—.
Pescador, padre de Simón y esposo de Susana.
Eahlstan Fiskerne—.
Rey Pescador, primer erkyno dueño de Hayholt.
Eglaf, hermano—.
Monje de Naglimund, amigo de Strangyeard.
Elías—. Príncipe,
hijo mayor del Preste Juan, último Supremo Rey.
Elispeth—.
Comadrona de Hayholt.
Ethelbearn—.
Soldado, compañero de Simón en el viaje desde Na¬glimund.
Ethelferth—. Lord
de Tinsett.
Fengbald—. Conde de
Falshire.
Freawaru—.
Mesonero, dueño de El Dragón y el Pescador en Flett.
Godstan—. Soldado
de El Dragón y el Pescador.
Godwig—. Barón de
Cellodshire.
Grimmric—. Soldado,
compañero de Simón en el viaje desde Nagli¬mund.
Grimstede, sir—.
Noble erkyno, seguidor de Josua.
Guthwulf—. Conde de
Utanyeat, Heraldo del Supremo Rey.
Haestan—. Soldado
de Naglimund, compañero de Simón.
Heahferth—. Barón
de Woodsall.
Heanfax—. Ayudante
de mesonero.
Helfcene, padre—.
Canciller de Hayholt.
Hepzibah—.
Sirvienta del castillo.
Hruse—. La mujer de
Jack Mundwode en la canción.
Inch—. Ayudante del
doctor, último capataz de la fundición.
Isaak—. Paje.
Jack Mundwode—.
Mítico bandido del bosque.
Jael—. Doncella del
castillo.
Jakob—. Candelero
del castillo.
Jeremías—. Aprendiz
del candelero.
Josua—. Príncipe,
hijo menor de Juan, señor de Naglimund, lla¬mado el Manco.
Juan—. Rey Juan el
Presbítero, Supremo Rey.
Judit—. Cocinera y
encargada de las cocinas.
Langrian—. Monje de
la orden Hoderundiana.
Leleth—. Doncella
de Miriamele.
Lofsunu—. Soldado,
pretendiente de Hepzibah.
Lucuman—. Mozo de
cuadra en Naglimund.
Malaquías—. Chico
del castillo.
Marya—. Sirvienta
de Miriamele.
Miriamele—.
Princesa, única hija de Elías.
Morgenes, doctor—.
Portador del pergamino, doctor del castillo del rey Juan, amigo de Simón.
Noah—. Escudero del
rey Juan.
Ordmaer—. Barón de
Utersall.
Osgal—. Uno de los
componentes de la mítica banda de Mundwode.
Ostrael—. Lancero,
hijo de Firsfram de Runchester.
Peter
Tazón-Dorado—, Senescal de Hayholt.
Raquel—. Encargada
de las sirvientas.
Rebah—. Doncella de
la cocina del castillo.
Rubén el Oso—.
Herrero del castillo.
Sangfugol—. Arpista
de Josua.
Sara—. Doncella del
castillo.
Scenesefa—. Monje
de la orden Hoderundiana.
Shem Horsegroom—.
Mozo de la cuadra del castillo.
Simón (Seomán)—.
Pinche de las cocinas del castillo.
Sofrona—. Encargada
de la ropa.
Strangyeard,
padre—. Archivador de Naglimund.
Susana—. Doncella,
madre de Simón.
Tobas—. Encargado
de las perreras del castillo.
Towser—. Bufón
(nombre original: Cruinh).
Wuldorcene—. Barón
de Caldsae.
Hernystiros
Arthpreas—. Conde
de Cuimhne.
Bagba—. Dios del
ganado.
Brynioch de los
Cielos—. Dios del Cielo.
Cadrach-ec-Crannhyr—.
Monje de una orden indeterminada.
Cifgha—. Joven dama
de Taig.
Craobhan—. Anciano
caballero, consejero del rey Lluth.
Cryunnos—. Un dios.
Dochais—. Monje de
la orden Hoderundiana.
Efiathe—. Nombre
original de la reina Ebekah de Erkynlandia, lla¬mada Rosa de Hernysadharc.
Eoin-ec-Cluias—.
Poeta legendario.
Eolair—. Conde de
Nad Mullach, emisario del rey Lluth.
Fiathna—. Madre de
Gwythinn, segunda esposa de Lluth.
Gealsgiath—.
Capitán de barco, llamado el Viejo.
Gormhbata—.
Caudillo legendario.
Gwelan—. Joven dama
de Taig.
Gwythinn—.
Príncipe, hijo de Lluth, hermanastro de Maegwin.
Hathrayhinn el
Rojo—. Personaje en una historia de Cadrach.
Hern—. Fundador de
Hernystir.
Inahwen—. Tercera
esposa de Lluth.
Lluthubh-Llythinn—.
Rey de Hernystir.
Maegwin—. Princesa,
hija de Lluth, hermanastra de Gwythinn.
Mircha—. Diosa de
la lluvia, esposa de Brynioch.
Murhagh el Manco—.
Un dios.
Penemhwye— Madre de
Maegwin, primera esposa de Lluth.
Rhynn—. Un dios.
Sinnach—. Príncipe,
caudillo de guerra en la batalla del Knock.
Tethtain—. Rey,
único hernystiro que poseyó Hayholt, llamado Rey Santo.
Tuilleth—. Joven
caballero hernystiro.
Rimmerios
Bindesekk—. Espía
de Isgrimnur.
Dror—. Antiguo dios
de la guerra.
Einskaldir—.
Caudillo rimmerio.
Elvrit—. Primer rey
de los rimmerios en Osten Ard.
Fingil—. Rey,
antiguo señor de Hayholt, Rey Sanguinario.
Frayja—. Antigua
diosa de la cosecha.
Frekke—. Viejo
soldado.
Gutrun—. Duquesa de
Elvritshalla.
Hani—. Joven
soldado asesinado por los bukken.
Hengfisk—. Monje de
la orden Hoderundiana.
Hjeldin—. Rey, hijo
de Fingil, Rey Loco.
Hoderund, san—.
Sacerdote de la batalla del Knock.
Hove—. Joven
soldado, pariente de Isgrimnur.
Ikferdig—. Rey,
lugarteniente de Hjeldin, Rey Quemado.
Ingen Jegger—.
Rimmerio negro, amo de los mastines.
Isbeorn—. Padre de
Isgrimnur, primer rimmerio.
Isgrimnur—. Duque
de Elvritshalla.
Isorn—. Hijo de
Isgrimnur y Gutrun.
Ithineg el
Arpista—. Personaje de una historia de Cadrach.
Jarnauga—. Portador
del pergamino de Tungoldyr.
Jormgrun—. Rey de
Rimmersgardia, muerto por Juan en Naarved.
Löken—. Antiguo
dios del Fuego.
Memur—. Antiguo
dios del Conocimiento.
Nisse (Nisses)—.
Sacerdote ayudante de Hjeldin, escritor de Du
Svardenvyrd.
Sigmar—. Joven
mujer rimmeria cortejada por Towser.
Skali—. Jefe del
clan de Kaldskryke, llamado Nariz afilada.
Skendi—. Santo,
fundador de abadías.
Sludig—. Joven
soldado, compañero de Simón.
Storfort—. Señor
feudal de Vestvennby.
Thrinin—. Soldado
muerto por los bukken.
Tonnrud—. Señor
feudal de Skoggey, tío de la duquesa Gutrun.
Udún—. Antiguo dios
del Cielo.
Utë—. De Saegard,
muerto por los bukken.
Nabbanos
Aeswides (probable
nabbanización de un nombre erkyno)—. Pri¬mer señor de Naglimund.
Anitulles—. Antiguo
Emperador.
Antippa, lady—.
Hija de Leobardis y Nessalanta.
Ardrivis—. Ultimo
Emperador, tío de Camaris.
Aspitis Prevés—.
Conde de Eadne, señor de la Casa de Prevan, amigo de Benigaris.
Benidrivine—. Noble
linaje de Nabban, blasón del martín pescador.
Benidrivis—. Primer
duque bajo Juan, padre de Leobardis y de Camaris.
Benigaris—. Hijo
del duque Leobardis y Nessalanta.
Camaris-sá-Vinitta—.
Hermano de Leobardis, amigo del Preste Juan.
Clavean—. Noble
linaje de Nabban, blasón del pelícano.
Claves—. Antiguo
Emperador.
Crexis el Chivo—.
Antiguo Emperador.
Dendinis—.
Arquitecto de Naglimund.
Devasalles—. Barón,
pretendiente de lady Antippa.
Dinivan—.
Secretario del lector Ranessin.
Domitis—. Obispo de
la catedral de San Sutrino, en Erchester.
Elysia—. Madre de
Jesuris.
Emettin—. Caballero
legendario.
Enfortis—.
Emperador en los tiempos de la caída de Asu'a.
Fluiren, sir—.
Famoso caballero de Juan, perteneciente al desgra¬ciado linaje de Sulian.
Gelles—. Soldado en
el mercado.
Hylissa—. Madre de
Miriamele, esposa de Elías, hermana de Nessa¬lanta.
Ingadarine—. Noble
linaje de Nabban, blasón del albatros.
Jesuris Aedón—.
Hijo de Dios en la religión aedonita.
Leobardis—. Duque
de Nabban, padre de Benigaris, Varellán y An¬tippa.
Mylin-sá-Ingadaris—.
Conde, señor de la Casa de Ingadarine, her¬mano de Nessalanta.
Nessalanta—.
Duquesa de Nabban, madre de Benigaris, tía de Mi¬riamele.
Nin Reisu—. Nisky a
bordo del Joya de Emettin.
Nuanni (Nuannis)—.
Antiguo dios del mar de Nabban.
Pelippa—. Noble
dama del Libro de Aedón, santa, llamada de la Isla.
Plesinnen Myrmenis
(Plesinnen de Myrme)—. Filósofo.
Prevan—. Noble
linaje, blasón del águila pescadora.
Pryrates, padre—.
Sacerdote, alquimista, brujo, consejero de Elías.
Quincines—. Abad de
la abadía de San Hoderund.
Ranessin, lector—.
(Nacido Oswine de Stanshire, un erkyno) Ca¬beza de la Iglesia.
Rhiappa—. Santa,
llamada Rhiap en Erkynlandia.
Sulis—. Noble,
primer señor de Hayholt, Rey Garza.
Tiyagaris—. Primer
Emperador.
Turis—. Soldado en
el mercado.
Varellán—. Hijo
menor del duque Leobardis.
Velligis—.
Escritor.
Vilderivis—. Santo.
Yuvenis—. Antiguo
dios supremo de Nabban.
Sitha
Amerasu—. Reina,
madre de Ineluki y de Hakatri.
An'nai—.
Lugarteniente de Jiriki, compañero de caza.
Finaju—. Mujer
sitha en una historia de Cadrach.
Hakatri—. Hermano
mayor de Ineluki, gravemente herido por Hidohebhi.
Ineluki—. Príncipe,
ahora Rey de la Tormenta.
Isiki—. Kikkasut
sitha (Dios Pájaro).
Iyu'unigato—. Rey,
padre de Ineluki.
Jiriki,
(i-Sa'onserei)—. Príncipe, hijo de Shima’onari.
Kendraja'aro—. Tío
de Jiriki.
Ki'ushapo—.
Compañero de caza de Jiriki.
Mezumiiru—. Sedda
sitha (diosa de la Luna).
Nenais'u—. Mujer
sitha en una canción de An'nai; vivía en Enki-e-Sha'osaye.
Shima'onari—. Rey
de los sitha, padre de Jiriki, hijo de Hakatri.
Sijandi—. Compañero
de caza de Jiriki.
Utuk'ku—. Reina de
las nornas, señora de Nakkiga.
Vindaomeyo el
Flechero—. Antiguo constructor de flechas sitha de Tumet'ai
Otros
Binabik (QANUC)—.
(Binbiniqegabenik) Aprendiz de Ookequk. Amigo de Simón.
Chukku (QANUC)—.
Legendario héroe gnomo.
El Que Siempre
Camina sobre Arena (WRAN)—. Dios.
Ella Que dio a Luz
a la Humanidad (WRAN)—. Diosa.
Kikkasut (QANUC)—.
Rey de los pájaros.
Lingit (QANUC)—.
Legendario hijo de Sedda, padre del pueblo qanuc y de los hombres.
Middastri
(PERDRUIN)—. Mercader, amigo de Tiamak.
Ookequk (QANUC)—.
Hombre cantor de la tribu Mintahoq, maes¬tro de Binabik.
Perdido Piqipeg
(QANUC)—. Legendario héroe gnomo.
Qinkipa de las
Nieves (QANUC)—. Diosa de la nieve y el frío.
Roahog (WRAN)—.
Alfarero.
Sedda (QANUC)—.
Diosa de la Luna.
Stréawe
(PERDRUIN)—. Conde de Ansis Pelippe.
Tallistro, sir
(PERDRUIN)—. Famoso caballero de la Tabla de Juan.
Tiamak (WRAN)—.
Estudioso, corresponsal de Morgenes.
Tohuq (QANUC)—.
Dios del cielo.
Vbrzheva
(THRITHING)—. Compañera de Josua, hija de un jefe del clan de las Thrithings.
Yana (QANUC)—.
Legendaria hija de Sedda, madre de los sitha.
Lugares
Cellodshire—.
Baronía erkyna al oeste de Gleniwent.
Da'ai Chikiza
(Sitha: Árbol del Viento Cantor)—. Ciudad sitha aban¬donada al este de
Wealdhelm, en Aldheorte.
Eirgid Ramh
(Hernystira)—. Taberna de Abaingeat, guarida de Gealsgiath el Viejo.
Enki-e-Sha’osaye
(Sitha)—. «Ciudad de Verano» al este de Aldheorte, en ruinas desde mucho tiempo
atrás.
Ereb Irigú (Sitha:
Puerta Occidental)—. El Knock; en idioma rimmerspakk: Du Knokkegard.
Hewenshire—.
Población erkyna norteña al este de Naglimund.
Hullnir—. Población
rimmeria oriental en el extremo noreste de Drorshullven.
Jao é-Tinuka'i
(Sitha: Barco en [el] Océano [de] Arboles)—. Único asentamiento sitha que
permanece en Aldheorte.
Jhiná-T'seneí
(Sitha)—. Ciudad de la canción de An'nai, ahora bajo el mar.
Moir Brach
(Hernistira)—. Gran risco en forma de dedo en las mon¬tañas Grianspog.
Nakkiga (Sitha:
Máscara de Lágrimas)—. Pico de las Tormentas, Sturmrspeik (Rimmerspakk).
Nariz Pequeña—.
Montaña situada en Yiqanuc en donde murieron los padres de Binabik.
Qilakitsoq (Qanuc:
Bosque Sombrío)—. Nombre qanuc para Dimmerskog.
Runchester—.
Población norteña erkyna en la Marca Helada.
Sení Anzi'in
(Sitha: Torre del Amanecer Caminante)—. La Torre prin¬cipal de Tumet'ai.
Sení Ojhisá
(Sitha)—. Citada en la canción de An'nai.
Skoggey—. Feudo
rimmerio al este de Elvritshalla.
Tan’ja, Escaleras—.
Gran escalinata de Asu'a, antiguo centro neurál¬gico de Asu'a.
T'si Suhyasei
(Sitha: Su Sangre es Fría)—. Río que fluye a través de Da'ai Chikiza; en idioma
erkyno: Aelfwent.
Tumet'ai (Sitha)—.
Ciudad norteña enterrada bajo el hielo al este de Yiqanuc.
Ujin e-d'a Sikhunae
(Sitha: Trampa que caza al cazador)—. Nombre sitha de Naglimund.
Woodsall—. Baronía
situada entre Hayholt y el sudeste de Aldheorte.
Criaturas
Aeghonwye—. Lechona
de Maegwin.
Atarin—. Caballo de
Camaris.
Croich-ma-Feareg—.
Legendario gigante hernystiro.
Gran Gusano—. Mito
sitha, dragón primigenio del que descienden todos los demás.
Hidohebhi—. Dragón
negro, madre de
Shirakai y de Igjarjuk, muerto por Ineluki; en lengua
hernystira: Drochnathair.
Igjarjuk—. Dragón
de hielo de Urmsheim.
Khaerukama'o el
Dorado—. Dragón, padre de Hidohebhi.
Niku'a—. Mastín de
Ingen Jegger.
Qantaqa—. Loba
compañera de Binabik.
Rim—. Caballo de
tiro.
Shurakai—. Dragón
de fuego muerto bajo Hayholt, cuyos huesos conforman el Trono del Dragón.
Un-Ojo—. Carnero de
Ookequk.
Cosas
Árbol—. El Árbol de
la Ejecución en que Jesuris fue colgado cabeza abajo ante el templo de Yuvenis,
en Nabban. Ahora es el símbolo sagrado de la religión aedonita.
Calderón de Rhynn—.
Instrumento de percusión hernystiro para convocar a la batalla.
Citril—. Raíz
aromática de gusto amargo para mascar.
Ciyan—. Fruto de
arbusto nabbano.
Clavo Brillante—.
Espada del Preste Juan que contiene un clavo del Árbol y un hueso de un dedo de
san Eahlstan Fiskerne.
Columna y Árbol—.
Emblema de la Madre Iglesia.
Dolor—. Espada de
hierro y madera embrujada forjada por Ineluki y regalada a Elías. (En lengua
sitha: Jingizu)
Dragón de Fuego y
Árbol—. Emblema del rey Juan.
Espina—. Espada
hecha de piedra de estrella perteneciente a Camaris.
Hierbaya—. Una
especia.
Ilenita—. Un
brillante y costoso metal.
Indreju—. Espada de
Jiriki.
Jabalí sobre
Lanzas—. Emblema de Guthwulf de Utanyeat.
Kvalnir—. Espada de
Isgrimnur.
Lu’yasa—. Formación
en línea de tres estrellas en el cuadrante no¬reste del cielo a principios de
junen.
Mafoilas—. Hierba
que da flores.
Mantinga—. Una
especia.
Minneyar—. Espada
de hierro del rey Fingil, heredada a través de la dinastía de Elvrit.
Naidel—. Espada de
Josua.
Oinduth—. Lanza
negra de Hern.
Sotfengsel—. Navío
de Elvrit enterrado en Skipphavven.
Tabas—.
Herramientas de consulta de Binabik.
Pájaro sin Alas
Pez Espada
El Camino de las
Sombras
Antorcha a la
Entrada de la Cueva
Carnero
Nubes en el Paso
La Grieta Negra
Flecha Deshecha
Festividades—.
2 de ferruero—.
Candelmansa.
25 de marzis—.
Elysiamansa.
1 de avrel—. Todos
los Locos.
30 de avrel—. Noche
Empedrada.
1 de maya—.
Belthainn.
23 de junen—.
Solsticio de Verano.
15 de tiyagar—. San
Sutrino.
1 de anitul—.
Hlafmansa.
20 de setiendre—.
San Grenis.
30 de octundre—.
Todos los Santos.
1 de novendre—.
Festividad del Alma.
21 de decimbre—.
San Tunath.
24 de decimbre—.
Aedonmansa.
Meses
Eneror, ferruero,
marzis, avrel, maya, junen, tiyagar, anitul, setien¬dre, octundre, novendre,
decimbre.
Días de la semana
Lunen, mardis,
mistóles, jueses, veirnes, sátedo, domingo.
Guía para la
pronunciación
Erkynos
Los nombres erkynos
se dividen en dos clases: Erkyno Antiguo (E. A.) y Warinstenio. Los procedentes
de Warinsten, la isla nativa del Preste Juan (la mayor parte de los nombres de
los servidores del castillo o de la familia de Juan) han sido representados
como varian¬tes de nombres bíblicos, por ejemplo: Elías-Eliyah, Ebekah-Rebeca,
etc. Los nombres en erkyno antiguo deben pronunciarse como en castellano
moderno, con las siguientes excepciones:
ae—, ay, como
en«¡Ay!».
c—. k, como en
«casa».
e—, en los finales
de los nombres se pronunciará apagada.
ea—. sonará como a
en «marca», excepto al principio de palabra o
nombre, en donde
adquirirá la pronunciación de ae.
g—, siempre suave,
como en «gusano».
h—. siempre j.
i—, corta, apenas
audible.
j—. fuerte, como en
«jergón».
o—, larga pero
suave, como en «oolito».
Hernystiros
Los nombres
hernystiros, así como las palabras, pueden ser pronun¬ciados en la misma forma
que E. A., con algunas excepciones:
th—. siempre como d
en «odre».
ch—. siempre como
g.
y—, pronunciada ir,
como en «partir».
h—. muda, excepto a
principio de palabra o después de t o c.
e—, pronunciada ay
,como en «rayo».
U—. siempre como I
simple: Lluth-Luth.
Rimmerios
Los nombres y
palabras en rimmerspakk difieren de la pronuncia¬ción E. A. en lo siguiente:
j—. se pronuncia y.
Jarnauga—Yarnauga; Hjeldin—Hyeldin, aquí con la
h casi muda.
ei—. se pronuncia
ai, como en «maitines».
ë—, se pronuncia i,
como en «satinado».
ö—, se pronuncia u,
como en «pues».
au—. se pronuncia
ou, como en «COU».
Nabbaneo
El lenguaje
nabbaneo se rige básicamente por las reglas de una len¬gua romance; se
pronuncian todas las vocales y las consonantes. Hay, sin embargo, algunas
excepciones:
i—. la mayor parte
de los nombres llevan el acento en la penúl¬tima
sílaba:
Ben-i-GiAR-is.
e—. al final de un
nombre suena muy larga: Gelles-Gel-lees.
y—. se pronuncia
como una i larga.
Qanuc
El lenguaje de los
¡gnomos es muy diferente del resto de las lenguas humanas. Existen tres clases
de sonido k reflejados en las letras c, q, y k. La única diferencia inteligible
para la mayoría de los que no son qanuc es el ligero cloqueo que se infiere a
la q, aunque no se reco¬mienda su utilización a los principiantes. En nuestro
caso, los tres sonidos serán k, como en «kilo». Las demás interpretaciones se
de¬jan a elección del lector, pues no tendrá grandes dificultades para
pronunciar fonéticamente.
Sitha
El lenguaje de los
Zida’ya es incluso más difícil de pronunciar para lenguas no entrenadas que el
de Yiqanuc. La perspectiva de hacer un paralelismo fonético es casi nula, pues
tendríamos pocas o in¬cluso ninguna posibilidad ante un experto, como bien se
dio cuenta Binabik. Sin embargo existen algunas reglas que deben ser
apli¬cadas.
i—. cuando es la
primera vocal se pronuncia ih. Cuando se en¬cuentra
en cualquier otra
posición, especialmente al final, se pro¬nuncia ii,
por ejemplo:
Jiriki-Ji-RII-kii.
ai—, pronunciada
como una i, como en «tiempo».
‘(apóstrofo)—,
representa un chasquido, y no debe ser pronun¬ciado
por los lectores
mortales.
Nombres
excepcionales
Geloë—. Se
desconoce su procedencia, al igual que el origen de su
nombre. Se
pronuncia Ye-LO-ii o Ye-LOY. Ambas pronunciaciones
son correctas.
Ingen Jegger—. Es
un rimmerio negro, y la J de Jegger se pronuncia y,
como en «yegua».
Miriamele—. Aunque
nacida en la corte erkyna, el suyo es un nom¬bre
nabbano que ha
desarrollado una extraña pronunciación —tal vez
debido a la
influencia familiar o a la confusión de su doble ori¬gen—,
suena algo así como
Mirii-a-MEL.
Vorzheva—. Mujer
thrithinga, su nombre se pronuncia Vor-SHE-va, con
la zh parecida a la
zs húngara.
Palabras y frases
Nabbanos
Aedonis Fiyellis
extulanin mei—. Que Aedón me conceda la gracia.
Cansim Felis—.
Canción de Alegría.
Cenit—. Perro,
mastín.
Cuelos—. Muerte.
Duos wulstei—. La
Voluntad de Dios.
Escritor—.
«Escritor»: uno de los que forman parte del grupo de consejeros del lector.
Hué fauge?—. ¿Qué
pasa?
Lector—.
«Portavoz»: cabeza de la Iglesia.
Mansa-sea-Cuelossan—.
Misa de Difuntos.
Mulveiz-nei cenit
drenisend—. Deja que duerman los perros.
Oveiz mei—.
Escúchame.
Sa Asdridan
Condiquilles—. La Estrella del Conquistador.
Tambana Leobardis
eis—. Leobardis ha caído.
Timior cueles
exaltat mei—. Que me abandone el miedo a la muerte.
Vasir Sombris,
feata concordin—. Padre de las Sombras, acepta esta ofrenda.
Hernystiro
Brynioch na ferth
ub strocinh...—. Brynioch nos ha dado la es¬palda...
E gundhain sluith,
ma connalbehn...—. Luchamos bien, querido mío...
Feir—. Hermano o
camarada.
Goirach—. Loco o
salvaje.
Sitha—. Los
pacíficos.
Rimmerspakk
Im
todsten-grukker—. Ladrón de tumbas.
Vaer—. Cuidado.
¿Vawer es do
kunde?—. ¿Quién es ese chiquillo?
Qanuc
Aia—. Atrás (Hinik
Aia—. Regresar).
Bhojujik mo
qunquc—. (Expresión). Si los osos no te comen, es que estás en casa.
Binbiniqegabenik ea
sikka! Uc sikkan mo-hinaq da Yijarjuk!—. ¡Soy (Binabik)! ¡Vamos hacia Urmsheim!
Boghanik—. Bukken.
Chash—. Verdad,
correcto.
Chok—. Corre.
Croohok—. Rimmerio.
Hinik—. Vete,
márchate.
Ko muhuhok na mik
aqa nop—. Sabes que es una piedra cuando te ha caído en la cabeza.
Mikmok hanno so
gijiq—. (Expresión). Si quieres llevar una coma¬dreja hambrienta en el
bolsillo, es asunto tuyo.
Nihut—. Ataca.
Ninit—. Viene.
Sosa—. Ven.
Ummu—. Ahora.
Yah aqonik mij-ayah
nu tutusiq, henimaatuq!—. Eh, hermanos, deteneos y charlemos.
Sitha
Aí Samu'sithech'a—.
Hola, Samu'sithech'a.
Asu'a—. Mirando
hacia oriente.
Hei ma'akajao-zha—.
Echad abajo (el castillo).
Hikeda'ya—. Hijos
de la Nube: nornas.
Hikka—. Portador.
Im sheyis
t'si-keo’su d'a Yana o Lingit—. Por la sangre compartida por nuestros
antepasados (Yana y Lingit).
Ine—. Es.
Isi-isi'ye—. En
verdad así es.
Ras—. Término que
indica respeto, «señor», «noble señor».
Ruakha—. Moribundo.
S'hue—. Señor.
Ske'i—. Alto.
Staj'a Ame—. Flecha
Blanca.
Sudhoda'ya—. Hijos
del sol poniente: mortales.
T'si anh pra
Ineluki!—. ¡Por la sangre de Ineluki!
T'si e-isi'ha
as-irigú!—. ¡Hay sangre en la puerta oriental!
T'si im t'si—.
Sangre por sangre.
Ua'kiza Tumet'ai
nei-R'i'anis—. Canción de la caída de Tumet'ai.
Zida'ya—. Hijos del
Amanecer: sitha.

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