© Libro N° 14041. La Canción De
Cazarrabo. Williams, Tad.
Emancipación. Julio 12 de 2025
Título Original: © La Canción De Cazarrabo. Tad
Williams
Versión Original: © La Canción De Cazarrabo. Tad Williams
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
Libros Tauro
http://www.LibrosTauro.com.ar
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un
medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los
contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la
circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría
corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son
estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los
autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
https://i.pinimg.com/736x/6e/11/5b/6e115b0fe426a8d2c9b08a4e80156b54.jpg
Portada E.O. de Imagen:
https://scontent.fibe1-1.fna.fbcdn.net/v/t39.30808-6/468571501_10162594892856639_3328577404320255642_n.jpg?_nc_cat=105&ccb=1-7&_nc_sid=0b6b33&_nc_eui2=AeEVxptSDkuIe7n6f9dA-xSQxmQerboj2CbGZB6tuiPYJjqrf8mvi7N3rQ75NZUnUZ0&_nc_ohc=8bL3UI9Y9WsQ7kNvwEQjWSP&_nc_oc=AdnYPrP1oqxCrTQEaw6ixa8ypv4YRLK4nhJYRearzdy6a0h9GVd6XEa4ml8cDTyMENw&_nc_zt=23&_nc_ht=scontent.fibe1-1.fna&_nc_gid=G7U0EsoaykMzjZSlNu2W0A&oh=00_AfS8MOd8I16nu7uma9eOwTfGAGeX7_w1vYplKZMwZcON0Q&oe=6874CE02
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Tad Williams
La Canción De
Cazarrabo
Tad Williams
AGRADECIMIENTOS
Quiero dar las
gracias especialmente a John Carswell, Nancy Deming-Williams y Arthur Ross
Evans por su ayuda en la preparación de este libro. Les deseo una buena danza a
todos ellos.
Dedicado a mis
abuelas, Elizabeth D. Anderson y Elizabeth Williams Evans, cuyo apoyo ha
significado tanto para mí, y a la memoria de Fever, que era un buen amigo, pero
mejor gato.
Indice
Amaré a mi gato... 4
Introducción 5
PRIMERA PARTE 7
1 7
2 13
3 20
4 26
5 32
6 38
7 43
8 49
9 57
10 64
SEGUNDA PARTE 71
11 71
12 75
13 80
14 85
15 90
16 92
17 99
18 106
19 109
20 112
21 121
22 124
23 129
TERCERA PARTE 138
24 138
25 143
26 148
27 152
28 157
29 162
30 170
31 178
32 184
33 189
NOTA DEL AUTOR 193
PERSONAJES 194
GLOSARIO 197
Amaré a mi gato...
Amaré a mi gato...
Porque en cuanto ve
asomarse la gloria de Dios por el este, la reverencia.
Porque lo hace
contorsionando su cuerpo siete veces con rapidez y elegancia...
Porque después de
cumplir con su deber y recibir la bendición comienza a ocuparse de sí mismo.
Porque lo hace en
diez etapas.
Porque en primer
lugar examina sus patas delanteras para ver si están limpias.
Porque en segundo
lugar patea hacia atrás para despejar el lugar.
Porque en tercer
lugar se estira con las cuatro patas extendidas.
Porque en cuarto
lugar se afila las uñas en un trozo de madera.
Porque en quinto
lugar se lava.
Porque en sexto
lugar rueda después de lavarse.
Porque en séptimo
lugar se quita las pulgas sin permitir que nadie lo interrumpa.
Porque en octavo
lugar se frota contra un poste.
Porque en noveno
lugar mira hacia arriba esperando instrucciones.
Porque en décimo
lugar marcha en busca de comida.
Porque cuando el
trabajo del día ha acabado, comienza su verdadera misión.
Porque durante la
noche hace guardia para proteger al señor del enemigo.
Porque neutraliza
el poder de la oscuridad con su piel eléctrica y sus ojos refulgentes.
Porque neutraliza
al demonio, que es la muerte, animando la vida.
Porque en sus
plegarias matutinas adora al sol y el sol lo adora a él.
Porque pertenece a
la estirpe del tigre.
Porque gato
querubín es otra forma de decir tigre-ángel...
Porque no hay nada
más dulce que su paz cuando está sereno.
Porque no hay nada
más activo que su vida cuando se mueve.
Porque Dios lo ha
bendecido con la variedad de sus movimientos...
Porque es capaz de
andar al ritmo de todas las cadencias musicales...
Christopher Smart
Introducción
Un instante antes
de que comenzara el tiempo, Meerclar, la Madre Universal, surgió de la
oscuridad y vino a habitar la tierra fría. Era negra y tan peluda como si el
mundo entero se hubiera convertido en piel. Meerclar desterró la noche eterna y
creó a los Dos.
Harar Ojos Dorados
tenía ojos tan calientes y brillantes como el sol a la Hora de las Sombras
Pequeñas; tenía el color del día, era valiente y sabía bailar.
Fela Danzacielos,
su compañera, era hermosa como la libertad, las nubes y la canción del retorno
de los viajeros.
Ojos Dorados y
Danzacielos tuvieron muchos hijos y los criaron en el bosque que cubría la
tierra al comienzo de los Días Ancestrales. Treparraudo, Amigo de lobos,
Cantamatas y Uñas Brillantes, sus cachorros, tenían dientes fuertes, vista
aguzada y pies ligeros. Eran buenos y valientes desde la cabeza a la punta de
sus rabos. Pero los más extraños y hermosos de todos los hijos de Harar y Fela
fueron los tres Primogénitos.
El mayor de los
Primogénitos era Viror Viento Blanco, que era muy rápido y tenía el color de la
luz del sol sobre la nieve.El mediano era Grizraz Comecorazones, extraño y gris
como las sombras.
El tercero era
Tangaloor Pies de Fuego, que era negro como Meerclar, pero tenía las patas
rojas como las llamas. Paseaba solitario y cantaba para sí.
Pronto los
Primogénitos comenzaron a competir. Viento Blanco era más fuerte y veloz de lo
que cualquier gato pudiera soñar, nadie podía ganarle a saltar o correr. Pies
de Fuego era listo como el tiempo, capaz de resolver todos los misterios y
acertijos, e inventaba canciones que la Comunidad cantaría luego durante
generaciones.
Sin embargo, puesto
que Comecorazones no podía igualar las virtudes de sus hermanos, se puso celoso
y comenzó a conspirar para derrocar a viento Blanco y humillar a la Comunidad.
Así fue como
convocó a una gran bestia para que se enfrentara a la Comunidad. Se llamaba
Ptomalkum y era el último descendiente de Venris, el demonio de los perros, a
quien Meerclar había aniquilado en los Días de Fuego. Ptomalkum creció y se
nutrió del odio de Comecorazones, y alcanzó a matar a muchos miembros de la
Comunidad antes de que el intrépido viento Blanco acabara con él. Pero Viror
Viento Blanco se consumió y murió a causa de las heridas recibidas. Al ver que
sus planes habían fracasado, Comecorazones se asustó y desapareció en un hueco
de la sigilosa tierra.
Mientras tanto, en
la corte de Harar todo el mundo se lamentaba de la muerte de Viento Blanco, el
más querido de sus miembros. Su hermano, Pies de Fuego, renunció a la Capa
Monárquica y huyó de la corte, desolado, para dedicarse a vagar por el mundo.
Fela Danzacielos,
la madre de Viento Blanco, permaneció en silencio durante el resto de su vida.
Pero Harar Ojos
Dorados estaba tan indignado que sollozó y blasfemó lleno de furia. Se internó
en la espesura en busca del traidor Comecorazones, destrozando todo lo que
encontraba a su paso. Por fin, incapaz de soportar aquel terrible dolor, huyó
al cielo, a acogerse en el regazo de la madre Universal. Allí vive todavía,
persiguiendo al brillante ratón del sol a través del cielo. A menudo mira hacia
la tierra, con la esperanza de ver a Viror corriendo otra vez entre los árboles
del Bosque del Mundo.
Transcurrieron
innumerables estaciones y el mundo envejeció antes de que Pies de Fuego
volviera a encontrar a Comecorazones, su pérfido hermano.
En la época del
príncipe Bigotes Pulcros, en los dominios de la reina Raya del Alba, el señor
Tangaloor acudió en ayuda de un ruhu, un miembro de la comunidad de búhos. Una
misteriosa criatura había estado saqueando sus nidos y había matado a todos los
cazadores ruhué que habían osado enfrentarse a ella.
Pies de Fuego le
tendió una trampa: arañó un enorme árbol hasta que el tronco estuvo a punto de
derribarse y se escondió allí a esperar al depredador.
Aquella noche,
cuando apareció la criatura, Pies de Fuego arrojó el árbol sobre él y se
sorprendió al descubrir que había atrapado a Grizraz Comecorazones.
Comecorazones rogó
a Pies de Fuego que lo soltara, prometiéndole a cambio que compartiría con él
la ancestral sabiduría que había hallado bajo tierra. El señor Tangaloor se
limitó a reír.
Al amanecer,
Comecorazones comenzó a gritar. Se retorcía y gemía de tal modo que Pies de
Fuego, pese a temer que se tratara de un truco, liberó a su dolorido hermano
del peso del árbol.
Comecorazones había
vivido tanto tiempo bajo tierra que la luz del sol lo cegaba. Clavaba las uñas
en el suelo y se restregaba los ojos llorosos, sollozando con tal desesperación
que Pies de Fuego buscó un lugar donde protegerlo de la ardiente estrella diurna.
Pero, cuando se volvió, el enceguecido Comecorazones se escondió en un túnel
subterráneo con más rapidez que un tejón o una comadreja. Cuando el sorprendido
Pies de Fuego se giró, Comecorazones había vuelto a desaparecer en las entrañas
de la tierra.
Se dice que aún
vive allí, ocultándose de la Comunidad, mientras trama horribles hazañas y
sueña con volver al mundo de la superficie...
PRIMERA PARTE
1
... no os
equivoquéis,
no tenemos miedo,
¡la luna y yo
estamos muy
despiertos!
W. S. Gilbert
La Hora del
Despliegue de la Oscuridad había comenzado y el tejado donde descansaba
Cazarrabo se había sumido en las sombras.
Un extraño
cosquilleo en los bigotes interrumpió sus sueños de saltos y vuelos. Fritti
Cazarrabo, cazador novato de la Comunidad, se despertó sobresaltado y olfateó
el aire. Con las orejas de punta y los bigotes rígidos, olisqueó la brisa del
atardecer. No parecía haber nada fuera de lo normal. ¿Entonces por qué se había
despertado? Meditativo, inició un elástico estiramiento de espalda que concluyó
en la punta de su cola rojiza.
Cuando terminó de
lavarse, la sensación de peligro había desaparecido. Podría haber sido un
pájaro que volaba sobre su cabeza... o quizás un perro en el campo de abajo...
Tal vez...
«Quizás esté
actuando otra vez como un cachorro -pensó Fritti-, que se asusta con la caída
de una hoja.»
El viento agitó su
pelaje recién lavado. Molesto, saltó desde el tejado al campo de altas hierbas.
En primer lugar debía satisfacer su apetito, luego se dirigiría hacia el muro
de la Asamblea.
La Hora del
Despliegue de la Oscuridad llegaba a su fin y Cazarrabo seguía con el estómago
vacío. Aquel día la suerte no había danzado para él.
Había esperado
pacientemente junto a la madriguera de una ardilla, pero, después de contener
la respiración durante casi una eternidad sin que la ardilla se dignara
aparecer, Cazarrabo, frustrado, se dio por vencido. Tras remover con furia la
tierra de la entrada de la madriguera, se había marchado en busca de otra
presa.
La suerte no estaba
de su parte. Hasta una polilla había eludido sus manoteos, para perderse
volando en círculos en la oscuridad. «Si no puedo cazar algo pronto -se
preocupó-, tendré que volver y comer del cuenco que me dejan los Grandullones.
¡Por Harar! ¿Qué clase de cazador soy?»
Un vago olor hizo
que Cazarrabo se detuviera en seco. Absolutamente inmóvil, con todos los
sentidos alerta, se encogió y olfateó. Era un Chillón y estaba muy cerca, en
dirección al viento.
Se movió con la
misma delicadeza que una sombra, abriéndose paso con cuidado entre las malezas,
y enseguida se detuvo otra vez. ¡Allí estaba!
A apenas un salto y
medio de distancia avistó al mre'az que
había olfateado. Estaba sentado en cuclillas, ajeno a la presencia de
Cazarrabo, y se llenaba los carrillos de semillas mientras fruncía
nerviosamente el hocico y parpadeaba con rapidez. Fritti se agachó y agitó su
rígida cola hacia un lado y otro. Luego se arrastró al ras del suelo sobre las
patas traseras y adoptó la posición de ataque: inmóvil, con todos los músculos
en tensión. Por fin saltó, pero calculó tan mal la distancia que, cuando aterrizó
agitando las patas, el Chillón tuvo el tiempo justo para emitir un gritito de
terror y arrojarse -¡flop!- en su madriguera. Fritti permaneció junto a la
entrada del escondite, mordisqueándose las patas, avergonzado.
Mientras Cazarrabo
lamía los últimos restos de comida del bol, Canijo apareció en el portal.
Canijo era un gato salvaje atigrado, de pelaje gris y amarillo, que vivía en
una alcantarilla, al otro lado del campo. Era un poco mayor que Fritti y
presumía de ello.
-Nre’fa-o,
Cazarrabo. -Canijo se echó en el suelo y se afiló las uñas sobre un trozo de
madera con actitud perezosa-. Por lo visto, esta noche estarás bien alimentado.
Dime, ¿acaso los Grandullones te obligan a hacer trucos para ganarte la comida?
A menudo me he preguntado cómo lo hacen, ¿sabes? -Fritti fingió hacer caso
omiso de él y comenzó a lamerse los bigotes-. He notado -continuó Canijo-que
los Gruñones parecen haber llegado a algún tipo de acuerdo; les llevan cosas a
los Grandullones, saltan mucho y ladran toda la noche para obtener su comida.
¿Tú tienes que hacer lo mismo? -Canijo se estiró con indiferencia-. Sólo es
curiosidad, ¿sabes? Aunque no lo creo posible, es probable que alguna noche no
logre cazar mi cena, y me vendría bien contar con algún otro recurso. ¿Es
difícil ladrar?
-Cállate, Canijo
-gruñó Fritti, pero enseguida resopló de risa y saltó sobre su amigo.
Jugaron a luchar
durante un rato y al cabo se separaron y se dedicaron a lanzarse manotazos. Por
fin se cansaron y se sentaron un momento a acomodarse el pelo.
Después de
descansar unos instantes, Canijo se alejó brincando hasta perderse en la
oscuridad. Fritti alisó un último mechón de pelo y lo siguió.
Comenzaba la Hora
del Silencio y el ojo de Meerclar se alzaba en lo más alto del cielo, lejano e
inmóvil. El viento hacía temblar las hojas de los árboles mientras Cazarrabo y
Canijo recorrían campos y cruzaban vallas, se detenían un instante para oír los
sonidos de la noche y luego continuaban corriendo sobre la hierba húmeda y
brillante. Al llegar al amparo del viejo Bosque que lindaba con las cuevas de
los Grandullones, percibieron el olor de sus congéneres.
En lo alto de la
pendiente, más allá de los enormes robles, estaba la entrada al cañón.
Cazarrabo imaginó con alegría las canciones e historias que compartirían junto
al desmoronado Muro de la Asamblea. También pensó en Pata Suave, cuyo
estilizado cuerpo gris y su delgada y curvada cola no podía apartar de su mente
en los últimos tiempos. En la Noche de la Asamblea era maravilloso estar vivo y
pertenecer a la Comunidad. El ojo de Meerclar irradiaba una luz nacarada sobre
el claro. Junto a la base del muro se habían reunido unos veinte o treinta
gatos que se saludaban restregando sus cuerpos y olfateando los hocicos de los
nuevos.
Cazarrabo y Canijo
fueron recibidos por una pandilla de jóvenes cazadores que esperaban con aire
despreocupado, algo apartados de la multitud.
-¡Qué suerte que
hayáis venido! -exclamó Pies Ligeros-. Estábamos a punto de empezar un juego de
saltos en el aire... hasta que llegaran los mayores, por supuesto.
Canijo corrió a
unirse a ellos, pero Fritti inclinó la cabeza con cortesía y se acercó a los
demás, en busca de Pata Suave. Se abrió paso entre los otros gatos, pero no
logró identificar su olor.
Un par de hembras
jóvenes, apenas unas crías, intentaron coquetear con él arrugando los hocicos y
enseguida se alejaron, resoplando con alegría. Fritti no les hizo el menor caso
e inclinó la cabeza respetuosamente al pasar junto a Bostezos. El macho adulto,
que estaba echado con aire majestuoso junto a la base del Muro, se dignó
responderle con un perezoso guiño de sus enormes ojos verdes y un vago
movimiento de orejas.
«Ni rastro de Pata
Suave -pensó Fritti-. ¿Dónde estará?» Nadie se perdía una Noche de Asamblea a
no ser que no tuviera otro remedio. Las Asambleas se celebraban sólo en las
noches en que el ojo estaba completamente abierto y en su máximo esplendor.
«Tal vez venga
luego», pensó. Aunque tal vez en aquel mismo momento estuviera caminando con
Trancos o Susurros, permitiéndoles admirar su cola extendida...
Aquella idea lo
enfureció. Se giró y asestó un golpe a un joven Tom que lo seguía saltando y
haciendo cabriolas. Saltarín lo miró con tal expresión de desconsuelo que
Fritti se arrepintió de inmediato de lo que había hecho. El inquieto gatito
solía resultar pesado, pero no tenía malas intenciones.
-Lo siento,
Saltarín -dijo-, no sabía que eras tú. Creí que era el viejo Bostezos, y quería
darle una lección.
-¿De verdad?
-preguntó el joven gatito, atónito-. ¿Serías capaz de hacer algo así?
Fritti se
arrepintió también de aquella broma. Bostezos no la encontraría graciosa.
-Bueno -respondió-,
ha sido un error y te pido perdón.
Saltarín estaba
encantado de que alguien lo tratara como adulto.
-Acepto tus
disculpas, Cazarrabo -repuso con seriedad-. Ha sido un error comprensible.
Fritti gruñó,
saludó al gatito con un juguetón mordisco en un costado y siguió su camino.
Estaban a mediados
de la Hora del Silencio y la Asamblea había comenzado hacía un buen rato, pero
Pata Suave seguía sin aparecer.
Mientras uno de los
jerarcas entretenía a los más de sesenta gatos reunidos, Cazarrabo se acercó a
Canijo, que estaba sentado junto a Pies Ligeros y los demás. El jerarca
describía a un Gruñón enorme y potencialmente peligroso mientras Canijo y los
demás cazadores escuchaban con atención.
-Canijo -murmuró
Fritti-, ¿podemos hablar un momento?
Canijo bostezó y se
estiró antes de acercarse a la raíz de árbol donde esperaba su amigo.
-¿Qué
ocurre?-preguntó con cordialidad-. ¿Es hora de mi lección de ladridos?
-Por favor, Canijo,
déjate de bromas. No puedo encontrar a Pata Suave por ninguna parte. ¿Sabes
dónde está?
Canijo contempló a
Cazarrabo con aire pensativo, mientras el jerarca continuaba su relato.
-Ya me parecía que
te preocupaba algo. Así que se trataba de una hembra, ¿eh?
-¡Anoche estábamos
bailando la Danza de la Aceptación, pero no nos dio tiempo a terminar antes de
que saliera el sol! Pensábamos acabar esta noche. ¡Estoy seguro de que pensaba
aceptarme! ¿Por qué iba a perderse la Asamblea?
-¡Una Danza de la
Aceptación interrumpida! -exclamó Canijo con una burlona expresión de horror-.
¡Por los bigotes de Danzacielos! Ya noto que se te cae el pelo. ¡Y ya comienzas
a arrastrar la cola!
-A ti te parecerá
muy gracioso -dijo Fritti con impaciencia-. Con todas las hembras que te
esperan meneando sus rabos, no te interesa una verdadera Unión. Pero a mí sí, y
estoy preocupado por Pata Suave. Por favor, ayúdame.
Canijo lo observó
un instante mientras parpadeaba y se rascaba detrás de la oreja derecha.
-De acuerdo,
Cazarrabo -dijo por fin-. ¿Qué puedo hacer?
-Bueno, esta noche
ya no podemos hacer nada, pero, si mañana no la encuentro, ¿podrías acompañarme
a buscarla?
-Supongo que sí
-respondió Canijo-, aunque creo que tal vez con un poco de paciencia... ¡Ay!
Pies ligeros había
saltado desde abajo y su cabeza había golpeado contra las grupas de Canijo.
-¡Vamos! -exclamó
Pies Ligeros-. ¿En qué profunda discusión os habéis enfrascado? Barba Cerdosa
va a contar un cuento y vosotros estáis aquí sentados, como dos gordos capones.
Cazarrabo y Canijo
corrieron detrás de su amigo. Una hembra era una hembra, pero no por eso iban a
despreciar una buena historia. La Comunidad se apiñaba en torno al Muro de la
Asamblea, formando un océano de rabos inquietos. Barba Cerdosa se encaramó despacio
y con gran dignidad a una sección desmoronada del Muro. Al llegar arriba se
detuvo y esperó.
Después de once o
doce veranos, era evidente que Barba Cerdosa ya no era un gato joven, pero
mantenía un férreo control sobre todos sus movimientos. Su pelaje, similar al
caparazón de una tortuga, antaño de brillantes manchas rojizas y negras, con el
tiempo se había vuelto más opaco y los pelos cerdosos de su hocico habían
encanecido. Sus ojos claros y luminosos, sin embargo, podían hacer parar en
seco a un gatito desde más de tres saltos de distancia.
Barba Cerdosa era
un Oel-cir'va: o sea un Maestro Cantor y uno de los custodios de la ciencia de
la comunidad. Toda la historia de la Comunidad se resumía en sus canciones,
transmitidas de generación en generación como un sagrado tesoro, desde el
tiempo del Canto Supremo de los Días Ancestrales. Barba Cerdosa era el único
Maestro Cantor en las cercanías del muro de la Asamblea y sus historias eran
tan importantes para su Comunidad como el agua o la libertad de correr y saltar
a su antojo.
Barba Cerdosa
contempló a los gatos desde lo alto del Muro durante largo rato. Los murmullos
de expectación se apagaron hasta convertirse en un suave ronroneo. Algunos de
los gatos jóvenes estaban tan emocionados que eran incapaces de quedarse
quietos y comenzaron a lavarse con frenesí. Barba Cerdosa agitó el rabo tres
veces y se hizo un silencio absoluto.
-Damos las gracias
a los Jerarcas que velan por nosotros -comenzó-. Alabamos a Meerclar, cuyo ojo
ilumina nuestra caza, y saludamos a nuestras presas que endulzan la
persecución.
-Gracias,
alabanzas, saludos.
-Somos la Comunidad
y esta noche hablaremos de las hazañas de todos con una sola voz. Somos la
Comunidad.
Concentrados en el
antiguo ritual, los gatos se balancearon con suavidad de un lado a otro. Luego
Barba Cerdosa inició su relato:
-En la época en que
la Tierra era joven, cuando aún podía verse a alguno de los Primogénitos por
estos campos, la reina oreja de Raso, nieta de Fela Danzacielos, gobernaba en
la corte de Harar.
»Era una buena
reina. Sus patas estaban siempre dispuestas a ayudar a la comunidad y sus uñas
prontas para atacar al enemigo.
»El príncipe Nueve
Pájaros era su hijo y corregente. Desde cachorro había sido un gato grande,
fuerte en la batalla, belicoso y arrogante. En su Nombramiento, se contó que
cuando era un gatito, había matado de un solo zarpazo a todo un grupo de
estorninos posados en una rama. Por eso lo llamaron Nueve Pájaros, y la fama de
su fuerza y de sus hazañas se extendió hasta tierras lejanas.
»Habían pasado
muchos, muchísimos veranos desde la muerte de Viento Blanco, y nadie de la
corte en aquella época había llegado a conocer a los Primogénitos. Pies de
Fuego había estado vagando por los montes durante generaciones y muchos lo
creían muerto o pensaban que se habría reunido con su padre y su abuela en el
cielo.
»Mientras las
historias sobre el gran valor del príncipe pasaban de boca en oreja entre la
Comunidad, Nueve Pájaros se dejó guiar por los consejos de esas criaturas
arteras que siempre rondan a los poderosos y creyó reconocer en sí mismo la
grandeza de los Primogénitos.
»Un día, se corrió
el rumor por el bosque de que Nueve Pájaros ya no estaba satisfecho con ser
príncipe regente y colaborar con su madre. Se convocó una Asamblea con
festejos, caza y juegos, a la que acudiría toda la Comunidad, incluso aquellos
que habitaban en las regiones más remotas. Durante aquella reunión, Nueve
Pájaros recibiría la Capa de Harar -que Tangaloor Pies de Fuego había declarado
sacrosanta y digna sólo de los Primogénitos- y se proclamaría a sí mismo Rey de
los Gatos.
»Por fin llegó el
día señalado y toda la Comunidad se reunió en la corte. Mientras los asistentes
hacían cabriolas, bailaban y cantaban, Nueve Pájaros tendió su enorme cuerpo al
sol y observó la escena. Luego se puso de pie y habló:
»-Yo, Nueve
Pájaros, por derecho de sangre y garra, me presento hoy ante vosotros para
recibir la Capa Monárquica, que no ha tenido dueño desde hace mucho tiempo. Si
ningún gato tiene inconveniente para que asuma esta responsabilidad
ancestral...
»Entonces se oyó un
ruido entre la multitud y un gato muy viejo se incorporó. Su pelaje estaba
matizado con mechones grises, sobre todo en las patas y los pies, y su hocico
era blanco como la nieve.
»-¿Recibes la Capa
por derecho de sangre y garra, príncipe Nueve Pájaros?-preguntó el anciano
gato.
»-Así es -respondió
el gran príncipe.
»-¿Por qué derecho
de sangre reclamas la Monarquía? -preguntó el viejo de bigotes blancos.
»-¡Por la sangre de
Fela Danzacielos que corre por mis venas, viejo desdentado y amigo de los
Chillones! -exclamó Nueve Pájaros, furioso, poniéndose de pie.
»Mientras la
multitud murmuraba con nerviosismo, el príncipe se dirigió al Vaká az'me, el
asiento de raíz de árbol consagrado a los Primogénitos. Ante la Comunidad
reunida, Nueve Pájaros irguió su larga cola y roció el Vaká az'me con su señal
de caza. Se oyeron nuevos murmullos de tensión y el viejo gato se adelantó.
»-Oh, príncipe, que
serás Rey de los Gatos -dijo el anciano-, tal vez tengas algún derecho por
sangre. ¿Pero qué me dices de las garras? ¿Serías capaz de luchar por la Capa?
»-Por supuesto
-contestó Nueve Pájaros con una carcajada-, ¿y quién se atreverá a pelear
contra mí?
»Todos miraron
alrededor con curiosidad, buscando un contendiente poderoso, capaz de
enfrentarse al corpulento príncipe.
»-Yo -se limitó a
responder el anciano.
»Los gatos
silbaron, sorprendidos, y arquearon los lomos, pero Nueve Pájaros volvió a
reír.
»-Vuelve a tu casa,
viejo -dijo-, y lucha contra los escarabajos. Yo no pelearé contigo.
»-El Rey de los
Gatos no puede ser un cobarde -replicó el anciano.
»Al oír esas
palabras, Nueve Pájaros rugió de furia y saltó hacia delante, agitando su
enorme pata para dar un zarpazo al viejo. Sin embargo, el anciano gato esquivó
con sorprendente agilidad y asestó tal golpe a la cabeza del príncipe que lo
atontó por un momento. Luego comenzaron a luchar con furia, y, al ver la
rapidez y el coraje con que el viejo gato se enfrentaba a un luchador tan
grande y feroz, la multitud no daba crédito a sus ojos.
»Después de un
largo rato, se abalanzaron uno sobre otro; el príncipe logró morderle el cuello
al viejo, pero este último sacó sus uñas traseras y arañó a Nueve Pájaros,
cuyos pelos se esparcieron por el aire. Cuando se separaron, el príncipe aún no
podía creer que aquel viejo y delgado anciano pudiera haberle hecho tanto daño.
»-Has perdido gran
parte de tu pellejo, oh príncipe -dijo el viejo-, ¿renuncias a la Capa?
»Enfurecido, el
príncipe volvió a atacar y reiniciaron la encarnizada lucha. El viejo atrapó la
cola del príncipe entre sus dientes y, cuando éste intentó girarse y arañarle
la cara, se la arrancó del cuerpo. La multitud dejó escapar un silbido de
asombro y terror, en tanto Nueve Pájaros se volvía, bañado en sangre, para
enfrentarse una vez más al viejo gato, que también estaba herido y jadeante.
»-Has perdido tu
piel y tu cola, oh príncipe. ¿No quieres renunciar también a tu exigencia?
»Enceguecido por el
dolor, Nueve Pájaros se arrojó sobre el anciano y siguieron luchando. La sangre
y las lágrimas brillaban bajo la luz del sol mientras los contrincantes
escupían y manoteaban. Por fin el anciano aprisionó las patas traseras del
príncipe Nueve Pájaros bajo la raíz del Vaká az'me.
»En los últimos
embates de la pelea, la piel del gato viejo había exudado grandes cantidades de
polvo blanco, y, cuando éste se asentó, los espectadores se quedaron atónitos.
Su hocico ya no era gris y sus pies y patas relucían con el color del fuego.
»-Contempla mi
transformación, Nueve Pájaros. Soy el señor Tangaloor, Pies de Fuego, hijo de
Harar, y ordeno que no haya ningún Rey de los Gatos. Eres un gato valiente, oh
príncipe -continuó-, pero tu insolencia debe ser castigada.
»Con esas palabras,
Pies de Fuego cogió el cuello del príncipe y tiró de él, estirando su cuerpo y
sus patas hasta que quedaron tres veces más largas que las de un gato normal.
Luego liberó al príncipe de la raíz del árbol y dijo:
»-Te he convertido
en un ser sin cola y sin pelo, largo y desgarbado. Ahora vete y no vuelvas
nunca más a la corte de Harar, en castigo por pretender usurpar su poder.
Además, esta maldición caerá sobre ti: tú y tus descendientes serviréis a todos
los miembros de la Comunidad, hasta que yo decida absolver a tus herederos de
esta condena.
»Y entonces el
señor Tangaloor se marchó de allí. La Comunidad expulsó a Nueve Pájaros y lo
llamó Maní -que significa fuera del sol- y a partir de ese momento, él y todos
sus descendientes caminaron con las patas traseras. Aún hoy lo hacen, porque
las patas delanteras de M'an ya no alcanzan a tocar el suelo.
»Nueve Pájaros, el
usurpador, fue el primero de la estirpe de los Grandullones que desde hace
mucho tiempo sirven a la Comunidad, protegiéndonos de la lluvia y
alimentándonos cuando la caza es mala. Si alguno de nosotros sirve ahora al
desgraciado M'an , ésa es una historia para otra Asamblea.
»Somos la Comunidad
y esta noche hablamos de las hazañas de todos con una sola voz. Somos la
Comunidad.
Cuando acabó su
canción, Barba Cerdosa saltó del muro con una agilidad sorprendente para sus
numerosos veranos. Mientras se retiraba, todos los miembros de la Comunidad
inclinaron sus cabezas entre las patas delanteras en señal de respeto.
Se acercaba la Hora
de la Última Danza y la multitud se separó en pequeños grupos para despedirse,
discutir la Canción y cotillear. Cazarrabo y Canijo se quedaron a hacer planes
para la tarde siguiente con los demás cazadores jóvenes y luego se marcharon.
En el camino de
regreso, mientras retozaban por el campo, se encontraron con un topo extraviado
que se había alejado demasiado de su madriguera. Después de perseguirlo un
rato, Canijo le partió el cuello y comieron. Con los estómagos llenos, se
separaron frente al portal de la casa de Fritti.
-Mri’fa-o,
Cazarrabo -dijo Canijo-. Si mañana necesitas ayuda, estaré en la orilla del
Bosque a la Hora del Despliegue de la oscuridad.
-Que tengas buenos
sueños tú también, Canijo. Eres un buen amigo.
Canijo respondió
con un breve movimiento del rabo y desapareció. Fritti saltó a la caja que le
habían dejado los Grandullones y se adentró en el mundo de los sueños.
2
Es Vago y Esquivo.
Si lo encuentras,
no verás su cabeza.
Si lo sigues, no
verás su espalda.
Lao-Tse
Fritti Cazarrabo
era el segundo gatito de una camada de cinco.
Cuando su madre,
Indez Ovillo de Brizna, lo olfateó por primera vez y lamió su húmeda piel de
recién nacido, supo que era distinto, aunque ella hubiera sido incapaz de
definir aquella sutil peculiaridad que lo diferenciaba de los demás. Sus ciegos
ojitos infantiles y su boca ávida eran más insistentes que los de sus hermanos
y hermanas. Al lavarlo, sintió un cosquilleo en los bigotes, un presagio de
algo desconocido.
«Tal vez llegue a
ser un gran cazador», pensó.
Su padre, Flancos
Moteados, era sin duda un gato elegante, saludable, y había habido algo en él
que recordaba los Días Ancestrales, sobre todo la noche de invierno en que
había cantado el Ritual con ella.
Pero Flancos
Moteados se había ido persiguiendo con el olfato algún oscuro deseo, y ella,
como era natural, debía criar sola a su prole.
A medida que Fritti
se hacía mayor, su madre iba olvidando sus premoniciones. La familiaridad y el
duro trabajo cotidiano de criar a una camada acabaron por adormecer sus
sentidos.
Aunque Fritti era
un gatito alegre, amistoso e inteligente y aprendía con rapidez todo lo que se
le enseñaba, nunca llegó a igualar el tamaño de su padre cazador. El Ojo ya se
había abierto sobre él tres veces y sin embargo aún no era más grande que su hermana
mayor, Tirya, y sí bastante más pequeño que sus dos hermanos. El color crema de
su corto pelaje se había oscurecido hasta adquirir un tono anaranjado, como el
de un albaricoque, excepto en las rayas blancas de las patas y la cola y en la
pequeña estrellita blanca que tenía en la frente.
Pequeño, aunque
rápido y ágil -pese a su natural torpeza de cachorro-, Fritti danzó la primera
temporada de su vida retozando con sus hermanos, persiguiendo bichos, hojas y
otros pequeños objetos movedizos y haciendo uso de su escasa paciencia para
aprender el difícil arte de la caza que Indez Ovillo de Brizna intentaba
transmitir a sus hijos.
Aunque la
madriguera de la familia estaba situada sobre una montaña de madera y
escombros, detrás de una de las enormes cuevas de los Grandullones, muchas
veces la madre de Fritti llevaba a sus gatitos más allá de las madrigueras de
Man, a pleno campo, pues para las crías de la Comunidad la ciencia del bosque
era casi tan importante como la ciencia urbana. Su supervivencia dependía de
que aprendieran a ser más listos, rápidos y silenciosos allí donde se
encontraran.
Ovillo de Brizna se
alejaba de la madriguera mientras el pequeño grupo de exploradores se
dispersaba y hacía cabriolas a su espalda. Con la ancestral paciencia de los
gatos, instruía a su desastrosa tropa en los fundamentos de la supervivencia:
la paralización súbita, el salto sorprendente, el verdadero arte de olfatear,
la forma de ver con claridad y matar con rapidez; en resumen, la ciencia de la
caza que ella dominaba. Enseñaba, demostraba y examinaba; luego volvía a
repetir la lección una y otra vez hasta que sus alumnos la aprendían de verdad.
Por supuesto, en
muchas ocasiones perdía los estribos y de vez en cuando castigaba los errores
con un manotazo en el hocico del culpable. Incluso la paciencia de una madre de
la Comunidad tiene sus límites.
De todos los
gatitos de ovillo de Brizna, Fritti era el que más disfrutaba de las lecciones.
Sin embargo, a veces sus distracciones le hacían ganar un merecido dolor de
hocico, sobre todo cuando la familia salía a pasear por el campo o el bosque.
Los tentadores silbidos y gorjeos de los fla-fa'az y los numerosos y evocadores aromas de la
naturaleza lo sumían de inmediato en un mundo de fantasías, induciéndolo a
inventar canciones sobre los árboles y la caricia del viento en su pelaje. A
menudo, estos sueños eran interrumpidos por un rápido zarpazo de su madre, que
había aprendido a reconocer aquella mirada lejana.
Entre los miembros
de la Comunidad, la línea que dividía la vigilia de los sueños era muy fina.
Aunque sabían que los Chillones soñados no satisfacían el hambre de la vigilia
y que las luchas soñadas no dejaban cicatrices, reconocían que los sueños ofrecían
una forma de sustento y desahogo inexistentes en el mundo real. La Comunidad
dependía tanto de factores intangibles -los sentidos, presentimientos,
sentimientos e impulsos-, y éstos contrastaban hasta tal punto con los férreos
principios de la supervivencia, que unos sostenían a los otros formando un todo
inseparable.
Todos los miembros
de la Comunidad tenían los sentidos muy aguzados, pues su vida y su muerte
dependían de ellos. No obstante, sólo unos pocos se convertirían en Oel-var'iz
o Visionarios, gatos que obtenían un desarrollo de la sagacidad y la
sensitividad muy superior a la media.
Fritti era un gran
soñador, y durante un tiempo su madre acarició la esperanza de que fuera un
Visionario. Tenía momentos de sorprendente sagacidad: en una ocasión avisó con
un siseo a su hermano mayor que se bajara de un árbol, y poco después la rama
donde estaba posado se rompió y cayó al suelo. Había otras señales de su
profunda var, pero, a medida que pasaba el tiempo, y se iba alejando de la
infancia, estos episodios se hicieron cada vez menos frecuentes. Se volvió más
propenso a las distracciones, y en lugar de leer los sueños comenzó a soñar
despierto. Su madre decidió que estaba equivocada y, cuando llegó la hora del
Nombramiento, ya se había olvidado por completo de aquella idea. La vida de una
madre cazadora no deja tiempo para rumiar abstracciones.
El Nombramiento de
los gatos jóvenes se llevaba a cabo en la primera Asamblea, después del tercer
Ojo. Era una ceremonia muy importante.
En la Comunidad,
todo el mundo sabía que los gatos tenían tres nombres: el nombre de corazón, el
nombre de cara y el nombre de rabo.
El nombre de
corazón era otorgado por la madre el día del nacimiento. Pertenecía al idioma
ancestral de los gatos, el Canto Supremo, y sólo podía compartirse con los
hermanos, amigos del corazón y aquellos que participaban en el Ritual. Fritti
era uno de esos nombres. El nombre de cara lo decidían los Jerarcas durante la
primera Asamblea del jovenzuelo y pertenecía al lenguaje compartido por todas
las especies de sangre caliente, el Canto Común. Podía usarse siempre que fuera
necesario.
En cuanto al nombre
de cola, la mayoría de los miembros de la Comunidad afirmaban que todos los
gatos nacían con él; sólo era cuestión de descubrirlo. Sin embargo, este
descubrimiento era algo muy personal, que nunca se revelaba o se discutía con
nadie.
La mayoría de los
gatos jamás llegaban a hallar su nombre de rabo, y, cuando les llegaba la hora
de la muerte, conocían sólo los otros dos. Algunos decían que los gatos que
vivían con los Grandullones -con M'an- perdían el deseo de encontrarlo y se
regodeaban en su ignorancia. Los nombres de rabo eran tan importantes, secretos
y raros, y se hablaba tan poco sobre ellos, que no había un acuerdo general
sobre el tema. Los Jerarcas decían que era inútil intentar forzar las cosas,
que uno simplemente descubría su nombre de rabo o no lo hacía nunca.
La noche del
Nombramiento, la madre de Fritti lo llevó a él y a sus compañeros de camada a
la Reunión de Hocicos especial que precedía a la Asamblea. Allí Fritti vio por
primera vez a Barba Cerdosa, el Oel-cir'va, al viejo Catador y a los demás
sabios de la comunidad que protegían la ley y las tradiciones.
Fritti y sus
hermanos, así como la camada de otra hembra, fueron dispuestos en círculo. Se
tendieron, recostados unos sobre otros, mientras los Jerarcas caminaban
despacio a su alrededor, olfateando el aire y emitiendo un profundo ronroneo
que tenía la cadencia de un idioma desconocido. Catador se inclinó y tocó con
su pata a Tirya, la hermana de Fritti, y la obligó a ponerse de pie. Después la
miró fijamente un momento y dijo:
-Yo te nombro
Canción Clara. Ya puedes unirte a la Asamblea.
Ella corrió a
compartir su nombre con los demás, y los Jerarcas continuaron con su tarea.
Nombraron uno a uno a los gatitos apiñados, cuya respiración agitada revelaba
una gran expectación. Por fin sólo quedó Fritti. Los Jerarcas dejaron de andar
en círculos y lo olfatearon con cuidado. Luego Barba Cerdosa se volvió hacia
los demás.
-¿Vosotros también
lo oléis?
-Sí -asintió
Catador-. Las grandes aguas, los lugares subterráneos. Una extraña señal.
Otro de los
mayores, un híbrido azul llamado Orejas Puntiagudas, removió la tierra con
impaciencia.
-Eso no tiene
importancia. Estamos aquí para un Nombramiento.
-Es verdad
-reconoció Barba Cerdosa-. ¿Y bien? Yo huelo búsqueda.
-Yo huelo una lucha
con los sueños -dijo Catador.
-¡Creo que desea su
nombre de rabo antes incluso de haber recibido el de cara! -observó otro.
-Muy bien -decidió
Catador, y todos los ojos se fijaron en Fritti-. Yo te nombro... Cazarrabo. Ya
puedes unirte a la Asamblea.
Asombrado, Fritti
se incorporó de un salto y se alejó velozmente de la Reunión de Hocicos, donde
los risueños Jerarcas parecían divertirse a sus expensas.
-¡Fritti Cazarrabo!
-gritó Barba Cerdosa a sus espaldas. Fritti se volvió y se encontró con la
mirada del Maestro Cantor. Pese al hocico arrugado por la risa, sus ojos tenían
un brillo cálido y amable-. Cazarrabo, la tierra da sus frutos en la estación adecuada;
sólo en el momento oportuno. ¿Lo recordarás?
Fritti agachó las
orejas, se giró y corrió hacia la Asamblea.
Los últimos días de
primavera trajeron consigo el calor, largas excursiones al campo y el primer
encuentro de Cazarrabo con Pata Suave.
A medida que se
acercaba a la madurez, Fritti comenzaba a desdeñar la compañía diaria de sus
hermanos y hermanas. Cada día el sol se demoraba más en el cielo, y las
fragancias que traía el amodorrado viento se volvían más dulces y penetrantes.
Así que, poco a poco, comenzó a dar paseos solitarios más allá de las
madrigueras donde vivía y dormía su familia. Durante la parte más calurosa de
la Hora de las Sombras Pequeñas, con el estómago satisfecho por la comida de la
mañana y desatada su curiosidad natural, correteaba a través de los prados como
sus hermanos de las sabanas, se subía a la cima de una colina y, mientras la
hierba le hacía cosquillas en la barriga, soñaba que dominaba todo el
territorio que se extendía ante su vista.
Las profundidades
del bosque también lo tentaban. Cavaba en la base de los árboles buscando los
secretos de los esquivos escarabajos y ponía a prueba la fortaleza de las ramas
exteriores, sintiendo cómo las fascinantes corrientes de aire se arremolinaban
alrededor de los sensibles pelos de su cara y sus orejas.
Un día, después de
una tarde de exploraciones y embriagadora libertad, Cazarrabo salió de detrás
de uno de los arbustos bajos que rodeaban el bosque y se detuvo a quitarse una
ramita de la cola. Cuando se sentó con las patas extendidas y cogió el trozo de
rama con los dientes, oyó una voz.
-Nre’fa-o, extraño.
¿Por casualidad eres Cazarrabo?
Alarmado, Fritti se
incorporó de un salto y se volvió. Una fela gris con rayas negras lo
contemplaba desde el tronco de un roble marchito. Había estado tan abstraído en
sus pensamientos que no la había visto pasar, pese a que se encontraba a apenas
unos cuatro o cinco saltos de distancia.
-Buena danza,
señora. ¿Cómo sabes mi nombre? Me temo que yo no sé el tuyo.
Fritti olvidó la
ramita de su cola y contempló a la extraña con atención. Era joven, poco más o
menos de su edad. Tenía patas diminutas y delgadas, y un cuerpo suavemente
torneado.
-Nuestros nombres
no encierran grandes misterios -respondió la fela con expresión divertida-. El
mío es Pata Suave, lo ha sido desde el día de mi Nombramiento. En cuanto al
tuyo, bueno, te vi desde lejos en la Asamblea y eres conocido por tu afición a
los paseos y a las excursiones... ¡y por lo visto te he pillado en una!
-añadió, y estornudó con delicadeza.
Sus atractivos ojos
verdes miraron hacia otro sitio y Cazar-rabo reparó en su cola, que la fela
había enroscado a su alrededor mientras hablaba. Ahora se levantaba, como
movida por su propia voluntad, y se agitaba lánguidamente en el aire. Era larga
y delgada, acababa en una punta suave, y estaba rodeada de un extremo al otro
con anillos de color oscuro similares a los que había en sus flancos y sus
ancas.
Aquella cola, cuyos
perezosos movimientos despertaron de inmediato la admiración de Fritti, lo
metería en más problemas de los que su limitada imaginación podía llegar a
concebir.
Los dos gatos
retozaron y hablaron durante toda la Hora del Despliegue de la oscuridad.
Cazarrabo se encontró a sí mismo abriendo su corazón a esta nueva amiga y él
mismo se sorprendió de sus revelaciones: sueños, esperanzas, ambiciones, todos
mezclados y difíciles de distinguir unos de otros. Mientras tanto, Pata Suave
escuchaba y asentía, como si estuviera proclamando la más preciada verdad.
Cuando se separó de
ella, en la última Danza, le hizo prometer que se encontrarían allí nuevamente
al día siguiente. Ella aceptó y él corrió todo el camino a casa, rebosante de
alegría, y llegó a su madriguera tan entusiasmado que despertó a sus hermanos y
asustó a su madre. Sin embargo, cuando ella se enteró de la causa de aquel
cosquilleo que lo hacía moverse sin parar, sonrió y lo atrajo hacia sí con un
manotazo tierno. Luego lo lamió detrás de la oreja y ronroneó:
-Por supuesto, por
supuesto...
Una y otra vez,
hasta que él se perdió en el reino de los sueños. Pese a los temores de la
tarde siguiente, que pareció demorarse tanto en llegar como la nieve en
derretirse, Pata Suave apareció en el lugar de la cita en cuanto el ojo se alzó
sobre el horizonte. También regresó al día siguiente... y al otro. Durante todo
el verano corretearon, bailaron y jugaron juntos. Los amigos los miraban y
decían que no se trataba de una simple atracción, de aquellas que se consumaban
y terminaban en la temporada de la joven fela. Fritti y Pata Suave parecían
haber encontrado una afinidad más profunda, que con el tiempo podría prosperar
hasta convertirse en una Unión, algo muy poco habitual entre los miembros más
jóvenes de la Comunidad.
Cazarrabo avanzaba
entre las cuevas de los Grandullones, en la moteada oscuridad de la última
Danza. Se había pasado la noche vagando por el bosque con Pata Suave y, como de
costumbre, sus pensamientos permanecían con la joven fela.
Le sucedía algo,
aunque no sabía muy bien qué. Pata Suave le gustaba mucho más que cualquiera de
sus amigos o incluso sus hermanos, pero su compañía era distinta de la de los
demás: la visión de su cola agitándose con delicadeza tras ella mientras se sentaba,
o la forma en que la sostenía tiesa cuando andaba, lo afectaban de una forma
que no alcanzaba a comprender.
Abstraído en estos
pensamientos, pasó mucho rato antes de que oyera el mensaje que llevaba el
viento. Cuando su mente desconcertada y meditabunda tomó conciencia por fin del
olor a miedo, se detuvo alarmado y giró la cabeza de un lado a otro. Le
hormigueaban los bigotes.
Dio un salto al
frente y corrió hacia su hogar, hacia su madriguera. Creyó oír los gritos de
terror de algún miembro de la Comunidad, pero el aire estaba quieto y
silencioso.
Trepó al último
tejado, descendió por una valla con un rasguño y un porrazo, y se detuvo presa
del pánico y el asombro.
La montaña de
escombros donde estaba la madriguera de su familia... había desaparecido. El
lugar estaba tan limpio como la superficie de una roca barrida por el viento.
Aquella mañana había visto a su madre de pie sobre la montaña de escombros,
lavando a su hermana menor, Bigotes Suaves. Ahora no había nadie.
Fritti se acercó y
comenzó a rasguñar el mudo suelo, como para desenterrar el secreto de lo
ocurrido, pero aquel terreno pertenecía a M'an, y no podía rasgarse ni con las
garras ni con los dientes. Fritti sollozó y olfateó el aire.
La atmósfera estaba
llena de fríos vestigios de miedo. Aún podía percibir los olores de su familia
y de su madriguera, pero sofocados por los horribles aromas del terror y la
furia. Aunque las impresiones se habían vuelto confusas con la acción del viento
y el tiempo, podía adivinar quién era el culpable de aquella acción.
M'an había estado
allí. Los Grandullones habían permanecido largo tiempo en aquel lugar, aunque
no había rastros de su propio miedo o enfado. Su olor, como siempre, era casi
indescifrable, desprovisto de cualquier significado; más similar al de las
hacendosas hormigas o los escarabajos excavadores que al de los miembros de la
comunidad. Su madre había luchado hasta el fin para proteger a sus crías, pero
los Grandullones no habían sentido temor ni enojo. Y ahora su familia había
desaparecido.
Tal como temía,
durante los días siguientes Fritti no encontró ningún rastro de ellos. Huyó al
Viejo Bosque y vivió allí solo, alimentándose de lo que podía cazar con sus
torpes patas inexpertas. Comenzó a adelgazar y a debilitarse, pero se negó a ir
a las madrigueras de otros miembros de la Comunidad. De vez en cuando, Canijo y
otros amigos le llevaban comida, pero no pudieron convencerlo de que regresara.
Los mayores se limitaron a suspirar con expresión sabia y no interfirieron.
Sabían que este tipo de heridas cicatrizan mejor en soledad, donde la decisión
de vivir o morir se toma en libertad y no deja lugar a futuros
arrepentimientos.
Fritti dejó de ver
a Pata Suave, pues ella no fue a visitarlo a su morada salvaje; quizá por la
pena que le causaba su situación o tal vez por simple indiferencia. Cazarrabo
no lo sabía y, cuando no podía dormir, se torturaba a sí mismo imaginando
razones.
Un día, después de
casi una abertura y cierre completo del ojo desde la desaparición de su
familia, Cazarrabo descubrió de pronto que se hallaba en las afueras de las
cuevas de M'an. Débil y enfermo, había salido de la protección del bosque
sumido en una especie de sopor.
Cuando por fin se
tendió, agitado, sobre un acogedor trozo de tierra bañado por el sol, oyó el
sonido de fuertes pisadas. Sus sentidos aletargados le anunciaban la presencia
de M'an.
Los Grandullones se
acercaban. Los oyó gritarse unos a otros con sus voces graves y atronadoras.
Cerró los ojos. Si era su destino acompañar a su familia en la muerte, parecía
lógico que fueran aquellas criaturas quienes completaran la tarea que habían comenzado.
Unas enormes manos lo aprisionaron y, sofocado por el persistente olor a M'an,
sintió que se desvanecía, aunque no supo si para perderse en el reino de los
sueños o en otro más lejano. No se enteró de nada más.
Despacio, con
cautela, el espíritu de Cazarrabo volvió a los campos familiares. A medida que
recuperaba la conciencia, comenzó a sentir una superficie suave bajo las patas,
pero el olor de M'an seguía allí. Asustado, abrió los ojos y miró con
desesperación en todas las direcciones.
Estaba apoyado
sobre un trozo de tela suave, en el fondo de una caja. Experimentó una horrible
sensación de encierro. Se levantó sobre sus débiles patas e intentó trepar para
salir de la caja. Estaba demasiado débil para saltar, pero, después de varios intentos,
logró asomar las patas delanteras por el borde de la caja y se arrastró fuera.
Ya en el exterior,
miró a su alrededor y advirtió que se hallaba en un sitio abierto, aunque
techado, adosado a una de las cuevas de los Grandullones. Aunque podía oler a
M'an por todas partes, no había ningún Grandullón cerca.
Estaba a punto de
escapar a la libertad, cuando sintió una poderosa urgencia: el hambre. olía a
comida. Paseó la vista por el portal y vio un pequeño recipiente. El olor a
comida le hacía la boca agua, pero se aproximó con cuidado. olfateó el
contenido del recipiente con desconfianza, tomó un mordisco de prueba y lo
encontró muy bueno.
Al principio
mantuvo una oreja levantada por si regresaba M'an, pero después de un rato se
abandonó por completo al placer de la comida. Apuró todo el alimento, limpiando
el recipiente hasta el fondo; luego encontró otro lleno de agua y bebió. En su
estado, este festín no le sentó nada bien, pero los Grandullones que le habían
dejado la comida, tal vez previendo esto, le habían servido cantidades
moderadas.
Después de beber se
arrastró tambaleante hasta el sol y, tras descansar un momento, se incorporó
para volver al bosque. De repente, uno de sus aprehensores apareció por una
esquina de la enorme cueva de M'an. Fritti quiso huir, pero su cuerpo débil no
se lo permitió. Sin embargo, ante su asombro, el Grandullón no intentó cogerlo
ni matarlo allí mismo. M'an pasó a su lado, se agachó para acariciarle la
cabeza y se marchó.
Así comenzó la
difícil tregua entre Fritti Cazarrabo y los Grandullones. Aquellos M'an en cuyo
portal se encontraba, nunca le impidieron que fuera y viniera a su gusto. Le
dejaban comida para que comiera cuando le apeteciera y la caja para que
durmiera cuando lo deseara.
Después de largas
meditaciones, Fritti decidió que tal vez los Grandullones fueran como los
miembros de la Comunidad: algunos buenos, sin oscuras intenciones, y otros
malos, como aquellos que habían conducido a la ruina a su familia y al hogar
donde había nacido. Encontró cierta paz en aquel equilibrio y los pensamientos
tristes comenzaron a desaparecer de sus horas de vigilia, aunque todavía no de
sus sueños.
A medida que
recuperaba la salud, Fritti volvió a encontrar placer en el seno de la
Comunidad. Pata Suave seguía igual: ni su bigote ni su cola habían cambiado. Le
pidió que la perdonara por no visitarlo durante los difíciles días del bosque,
pero dijo que no habría soportado ver a su compañero de juegos en aquel estado
de desconsuelo.
Él la perdonó
dichoso. Con las fuerzas recuperadas, volvieron a corretear juntos por el
campo. Todo era como antes, excepto que Cazarrabo se mostraba más propenso a
los silencios y un poco menos a las charlas jocosas.
No obstante, los
momentos que pasaba con Pata Suave eran para él aún más preciosos que antes.
Ahora hablaban de vez en cuando del Ritual que celebrarían cuando Pata Suave
llegara a su temporada y Cazarrabo se convirtiera en cazador.
Así pasó el verano
y el viento comenzó a cantar música otoñal entre las copas de los árboles.
La víspera de la
Noche de la Asamblea, Fritti y Pata Suave treparon a la cima de la colina que
se alzaba sobre las cuevas de M'an. Permanecieron allí sentados durante toda la
Hora del Silencio, hasta que las luces de abajo se consumieron una a una. Por fin,
Cazarrabo elevó su joven voz en una canción:
Muy alto
sobre las inquietas
copas de los árboles,
sobre el cielo
fecundo
pronunciamos una
Palabra.
Uno junto a otro,
sobre el escarpado
lomo del mundo,
más allá del sol y
la marea,
se oye esta voz...
Viajamos juntos
con nuestras colas
al viento
deambulamos juntos
abrigados y
redimidos por el sol.
Durante mucho
tiempo
hemos danzado en el
bosque,
mirando al frente,
y sólo nos faltaba
la Palabra.
Sin embargo, pronto
sentiremos su
significado
en nuestros deseos
y en nuestros huesos,
ahora que la hemos
escuchado...
Cuando Cazarrabo
concluyó su canción, permanecieron sentados en silencio durante las restantes
horas de la noche. El sol de la mañana se asomó, desterró las sombras y los
interrumpió. Fritti se volvió para restregar su nariz contra la de Pata Suave,
a modo de despedida, y una promesa tácita pendió sobre sus compenetrados
bigotes.
3
Aquellos que sueñan
durante el día
conocen muchas
cosas que los que
sueñan sólo por la
noche ignoran.
EdgarAllan Poe
La mañana después
de la Asamblea, Fritti despertó de un extraño sueño en que el príncipe Nueve
Pájaros de la canción de Barba Cerdosa había raptado a Pata Suave y escapaba
con ella en sus enormes fauces. Cuando la personalidad onírica de Fritti había
intentado liberarla, Nueve Pájaros lo había cogido y había tirado salvajemente
de él. Frito había sentido cómo su cuerpo onírico se estiraba y se estiraba
hasta volverse tan fino y tenue como
el humo...
Después de
sacudirse para ahuyentar la desoladora fantasía, Cazarrabo se incorporó y se
entregó a la tarea del lavado matutino: alisó su pelaje enmarañado, acomodó en
su sitio los desordenados pelos del bigote y acabó con un capirotazo que dejó
en perfecto estado la punta de su rabo.
Se internó entre la
alta hierba que crecía detrás del portal donde dormía, sin poder dejar atrás la
sombra de temor que aquel sueño había proyectado sobre el nuevo día. Por alguna
razón parecía importante. No debía ni podía olvidar el sueño. ¿Por qué?
Mientras practicaba
zarpazos sobre un diente de león que rebotaba convenientemente, lo recordó.
¡Pata Suave no había asistido a la Asamblea! Debía ir a buscarla y enterarse de
lo que había sucedido.
Se sentía un poco
menos preocupado que la noche anterior. Después de todo, había muchas razones
lógicas para su ausencia. Ella vivía en una cueva de M'an, y era probable que
la hubieran dejado encerrada. Los Grandullones pueden llegar a ser muy
caprichosos. Cazarrabo atravesó el campo de hierba y un bosquecillo de árboles
bajos, dando un rodeo al Viejo Bosque. La casa de Pata Suave estaba bastante
lejos y tardó casi toda la mañana en llegar allí. Por fin, reconoció la
madriguera de M'an, aislada en medio del campo. Parecía extrañamente vacía, y
mientras se acercaba no pudo percibir ningún olor familiar.
-¡Pata Suave! ¡Soy
Cazarrabo! ¡Nrefa-o, amiga de corazón! -dijo mientras se aproximaba corriendo,
pero sólo le respondió el silencio. Notó que la puerta de entrada estaba
abierta, cosa nada común en las cuevas de M'an. Al llegar a la vivienda, espió
con cautela en el interior y entró.
La cueva de M'an no
estaba sólo vacía de vida: para Cazarrabo parecía vacía de todo. Las paredes y
suelos estaban desnudos e incluso sus mullidas patas retumbaban al caminar de
habitación en habitación. Por un doloroso instante, aquella soledad le recordó
la desaparición de su familia... Sin embargo, había una diferencia: aquí no
había olor a terror o nerviosismo; ninguna señal de que hubiera sucedido algo
malo. Cualquiera que fuese la razón de M'an para marcharse, parecía natural.
Pero ¿dónde estaba Pata Suave?
Después de una
búsqueda exhaustiva, sólo encontró habitaciones vacías. Por fin, Fritti
abandonó la vivienda, lleno de asombro y desconcierto. Llegó a la conclusión de
que Pata Suave debía de haber huido tras la partida de M'an. ¡Tal vez estuviera
escondida en el bosque y necesitara amistad y compañía!
Estuvo toda la
tarde recorriendo los bosques, llamando y aullando, pero no pudo encontrar
ningún rastro de su amiga. Al caer la noche, fue a buscar a Canijo para que lo
ayudara, pero juntos no tuvieron mejor suerte de la que había tenido él solo.
Exploraron el lugar
de un extremo al otro y consultaron a todos los miembros de la Comunidad que
encontraron en su camino, pero ninguno pudo ayudarlos. Así acabó el primer día
de la búsqueda de Pata Suave.
Pasaron tres
amaneceres más sin rastros de la joven fela. Fritti no podía creer que se
hubiera marchado de la zona sin avisar, pero no habían encontrado señales de
violencia y los demás miembros de la Comunidad no habían observado nada fuera
de lo normal. Fritti siguió buscándola día tras día, cansado, pero presa de una
terrible e inexorable necesidad. Primero su familia y su hogar, y ahora esto.
Canijo abandonó la
búsqueda después del tercer día.
-Cazarrabo, sé que
es horrible -dijo-, pero a veces Meerclar nos llama y tenemos que irnos. Ya
sabes. -Miró al suelo, buscando las palabras adecuadas-. Pata Suave se ha
marchado. Me temo que no hay nada que hacer.
Fritti asintió con
la cabeza y Canijo se alejó para unirse a los demás. Sin embargo, Cazarrabo no
pensaba abandonar la búsqueda. Sabía que era probable que Canijo estuviera en
lo cierto, pero, aunque no podía explicarse cómo, en el fondo de su corazón sentía
que Pata Suave no había ido a unirse a Meerclar, sino que vivía en algún lugar
de los campos de la tierra y necesitaba su ayuda.
Pocos días después,
Fritti olfateaba un seto de ligustros donde él y Pata Suave solían jugar a
Rodar y Saltar, cuando se encontró con Bostezos.
El viejo cazador
hacía menos ruido que las hojas de otoño arrastradas por el viento y caminaba
con pasos seguros y economía de movimientos. Fritti se sentía intimidado por la
presencia de un macho maduro. Al llegar junto a él, Bostezos se detuvo, se sentó
sobre sus ancas y contempló al gato joven con una mirada de aprobación. Fritti
intentó inclinar la cabeza en señal de respeto, pero al hacerlo se pilló la
nariz con una rama de ligustro y dejó escapar un vergonzoso maullido de dolor.
La fría mirada de Bostezos se suavizó hasta convertirse en una expresión
divertida.
-Nre’fa-o, Bostezos
-dijo Fritti-. ¿Estás... mmm..., estás disfrutando del sol? -Concluyó con un
gesto ridículo y, puesto que el día estaba gris y nublado, de repente deseó no
haber dicho nada en absoluto... o que se lo hubiese tragado el seto de ligustro.
Al ver al gato
joven tan desconcertado, Bostezos rió y se tendió en el suelo. Allí se recostó
con languidez, con la cabeza alta y el cuerpo aparentemente relajado.
-Buena danza,
jovencito -respondió, e hizo una pausa para bostezar ostentosamente-. Por lo
que veo sigues buscando a... ¿cómo se llama?... Pies Aplastados, ¿verdad?
-Pata Suave. Sí,
todavía la estoy buscando.
-Bien... -El macho
adulto miró a su alrededor, como si buscara algo pequeño e insignificante y por
fin dijo-. Ah... sí, ya recuerdo. Esta noche debes venir a la Reunión de
Hocicos.
-¿Qué? -Fritti
estaba estupefacto. Las Reuniones de Hocicos estaban reservadas a los Jerarcas
y a los cazadores y se celebraban sólo por motivos importantes-. ¿Por qué iba a
ir yo a la Reunión de Hocicos? -preguntó asombrado.
-Bien... -Bostezos
volvió a bostezar de nuevo-. Aunque Harar sabe que tengo mejores cosas que
hacer que estar pendiente de las idas y venidas de los jóvenes como tú, parece
ser que ha habido muchas desapariciones desde la última Asamblea. Seis o siete,
incluyendo tu pequeña amiga, Pelo de melocotón.
-Pata Suave -lo
corrigió Fritti en voz baja, pero Bostezos ya se había ido.
El Ojo de Meerclar
brillaba suspendido sobre el muro, haciendo majestuosos guiños en la oscuridad
de la noche.
-Nosotros también
hemos tenido este problema y algunas madres están muy preocupadas. En los
últimos tiempos, su compañía no resulta muy agradable. Ya sabéis a qué me
refiero: sospechan de todos.
El que hablaba era
Rastreador, que vivía en otra colonia de la Comunidad, al otro lado de la
orilla del Bosque. Ellos tenían sus propias asambleas y mantenían escaso
contacto con el clan de Fritti.
-Lo que quiero
decir -continuó Rastreador- es que esto no es normal. Todas las temporadas
perdemos un par de gatitos, por supuesto, y de vez en cuando hay un macho que
decide mudarse sin decírselo a nadie. Por lo general son problemas de felas, ya
oléis lo que quiero decir, pero esta vez han desaparecido tres en un pequeño
zarpazo de días. No es natural.
El gato se sentó y
se oyó un murmullo de siseos entre los distintos jefes de los clanes.
El entusiasmo de
Fritti por participar en una Reunión de Hocicos comenzaba a desvanecerse.
Mientras escuchaba las historias de los demás sobre las misteriosas
desapariciones y veía cómo los gatos sabios e inteligentes que lo rodeaban
sacudían las cabezas y se rascaban las caras con desconcierto, comenzó a
preguntarse si podrían ayudarlo a encontrar a Pata Suave. Hasta un rato antes
había creído que en cuanto los mayores conocieran su problema lo resolverían,
pero ¿qué veía?: las frentes y narices de los protectores de la tradición
estaban arrugadas en gestos de preocupación. Cazarrabo sintió que lo embargaba
una desoladora sensación de vacío.
Trancos, uno de los
asistentes más jóvenes -aunque varias temporadas mayor que Fritti-, se puso de
pie para hablar:
-A mi hermana...,
mi hermana de madriguera, Brisa Veloz, pese a ser una madre muy cuidadosa, le
desaparecieron dos gatitos el último Ojo. Estaban jugando debajo del viejo
árbol, en la orilla del Bosque, y ella se volvió un momento para ayudar al más
pequeño, que se había hecho una bola y tenía problemas para incorporarse.
Cuando se giró otra vez, habían desaparecido. No olió ni a búho ni a zorro.
Como podréis imaginaros, está muy preocupada y ha buscado por todas partes.
Trancos se
interrumpió torpemente y se sentó.
Orejas Puntiagudas
se incorporó y miró a su alrededor.
-Bueno... si nadie
tiene que contarnos ninguna historia más...
-Perdón, Orejas
Puntiagudas -dijo Bostezos alzando una pata de mala gana-, pero creo que...
dónde está?, ah, sí, allí. El joven Mascarrabos tiene algo que decir, si no es
molestia, por supuesto -añadió Bostezos descubriendo sus filosos caninos con un
gran bostezo.
-¿Mascarrabos?
-preguntó Orejas Puntiagudas, enfadado-. ¿Qué clase de nombre es ése?
Barba Cerdosa
sonrió a Fritti.
-Es Cazarrabo,
¿verdad? Habla, jovencito, te escuchamos.
Fritti se incorporó
y todos los ojos se volvieron hacia él.
-Mmm... bueno...
mmm... -Sus bigotes se cayeron con una expresión desconsolada-. Bueno,
veréis... Pata Suave, mi amiga, ha... bueno..., ha desaparecido.
El viejo Catador se
inclinó y lo miró con interés.
-¿Sabes qué le
ocurrió?
-No..., no, señor,
pero creo...
-¡De acuerdo!
-Orejas Puntiagudas interrumpió a Fritti con un brusco manotazo en la cabeza
que molestó bastante al joven-. De acuerdo -repitió-, muy bien, gracias,
Rabo... Rabo..., bueno, ha sido un informe muy útil, jovencito. ¿Ahora podemos
continuar?
Fritti se apresuró
a sentarse y fingió buscar una pulga en su pelaje. Tenía el hocico ardiente.
Rabo inquieto, otro
de los Jerarcas, rompió el incómodo silencio con un carraspeo y por fin
preguntó:
-¿Qué vamos a
hacer?
Hubo otra pequeña
pausa y luego todos los asistentes comenzaron a gritar al unísono:
-¡Alertar a los
demás clanes!
-¡Apostar
guardianes!
-¡Mudarnos!
-¡No tener más
gatitos!
Esta última
sugerencia procedió de Trancos, que, al notar todos los ojos fijos en él, imitó
a Fritti en la búsqueda de pulgas.
El viejo Catador se
incorporó pesadamente en sus cuatro patas. Miró con severidad a Trancos y luego
echó un rápido vistazo a los demás miembros de la Comunidad.
-Antes que nada
-gruñó-, será mejor que acordemos no gritar ni saltar de este modo. Una ardilla
con una avispa en la cola haría menos ruido... y con muchos más motivos. Ahora,
analicemos la situación. -Fijó la vista en el suelo, abstraído en sus profundas
reflexiones-. Primero: ha desaparecido un número importante e inusual de
miembros de la Comunidad. Segundo: no tenemos idea de qué o quién puede ser el
responsable de esto. Tercero: los mejores y más sabios gatos de los alrededores
están presentes en esta Reunión de Hocicos y ninguno de ellos ha podido
resolver el misterio. Por lo tanto... -Catador hizo una pausa y saboreó su
efecto-, por lo tanto, aunque admito que deberíamos discutir la posibilidad de
una defensa, creo que es importante informar de esta situación a seres más
sabios que nosotros; sí, más sabios aún que nosotros. Por desconcertante y
extraño que parezca, no tenemos otra opción que informar a otros de estos
hechos. Sugiero que enviemos una delegación a la corte de Harar. ¡Es nuestro
deber informar a la reina de los gatos!
Muy satisfecho de
sí mismo, Catador se sentó mientras el asombro y la consternación crecían a su
alrededor.
-¿A la corte de
Harar? -dijo Rastreador con un hilo de voz-. ¡Ninguno de los miembros de la
Comunidad del otro lado de la orilla del Bosque ha estado ante el trono de un
Primogénito desde hace veinte generaciones! -Se oyeron nuevos ronroneos
agitados.
-Tampoco los
miembros de la Comunidad de este lado del bosque -replicó Barba Cerdosa-, pero
creo que Catador tiene razón. Hemos oído relatar desgracias durante toda la
noche y nadie tiene la menor idea de lo que debemos hacer. Es probable que la
solución a estos problemas no esté en nuestras manos. Estoy de acuerdo con la
idea de enviar una delegación.
La multitud
permaneció en silencio durante un momento; y de repente dos asistentes gritaron
al unísono:
-¿Quién irá?
Esta pregunta
inició otra disputa y Orejas Puntiagudas tuvo que sacar las garras y mostrarlas
con un gesto amenazador para que las cosas volvieran a su cauce.
-Bien -dijo
entonces Catador-, será un viaje largo y peligroso. Supongo que necesitarán mis
conocimientos y sabiduría de jerarca Superior, de modo que iré con el grupo.
Antes de que nadie
pudiera reaccionar, se oyó un súbito gruñido en el fondo de la Asamblea, y
Nariz Torcida dio un paso al frente. Era la compañera de Catador, habían criado
innumerables camadas juntos y no se andaba con tonterías. Se dirigió
directamente hacia Catador y lo miró fijamente a los ojos.
-¡Tú no vas a
ninguna parte, viejo cazador desdentado! ¿Crees que vas a internarte en la
selva y cantar tus horribles canciones de caza mientras yo me quedo sentada
aquí como un puerco espín? -siseó-. ¿Piensas que vas a encontrar una fela joven
y delgada en la corte, verdad? Cuando hayas acabado de montarla, viejo saco de
huesos, ella será tan anciana como yo, así que, ¿dónde está la diferencia?
¡Viejo villano!
Barba Cerdosa se
apresuró a intervenir, con la sana intención de salvar a Catador.
-Es verdad,
Catador... Quiero decir... es cierto que no debes ir. La Comunidad necesita tu
sabiduría. No; para un viaje como éste se precisan gatos jóvenes, gatos que
puedan viajar durante el invierno.
Miró a su alrededor
y, cuando sus ojos se encontraron con los de Fritti, éste sintió una increíble
emoción. Pero la mirada de Barba Cerdosa pasó de largo hasta posarse en Orejas
Puntiagudas. El viejo Tom se incorporó bajo los ojos del maestro Cantor y se
quedó allí, esperando.
-Orejas
Puntiagudas, tú has visto muchos veranos -dijo Barba Cerdosa-, pero todavía
eres fuerte y sabio en las artes del Bosque Exterior. ¿Aceptas dirigir la
delegación?
Orejas Puntiagudas
inclinó la cabeza en señal de asentimiento. Entonces Barba Cerdosa se volvió
hacia Trancos, que se incorporó de un salto y contuvo la respiración.
-Tú también irás,
joven cazador -declaró el cantor de la ciencia popular-. Debes ser consciente
del honor que significa esta elección y comportarte en consecuencia.
Trancos asintió con
un gesto débil y se sentó.
Barba Cerdosa se
giró hacia Catador, que seguía enfrascado en una silenciosa disputa de
manotazos con Nariz Torcida.
-Viejo amigo -le
dijo-, ¿quieres elegir un tercer emisario? -preguntó.
Catador volvió
nuevamente su atención a la Reunión de Hocicos y miró alrededor del círculo con
expresión astuta. Los miembros de la Comunidad contuvieron la respiración
mientras deliberaba. Por fin, le hizo una señal a Saltarríos, un joven cazador
de tres veranos. Cazarrabo sintió una punzada de desencanto, aunque sabía que
era demasiado joven para una misión así. Mientras Catador y Barba Cerdosa
explicaban a Saltarríos su enorme responsabilidad, Fritti experimentó una
extraña sensación de impotencia.
Una vez elegidos
los tres delegados, orejas Puntiagudas dio un paso al frente para recibir el
mensaje que debía llevar a la antigua corte de Harar. Catador se incorporó otra
vez.
-Ninguno de los
presentes ha viajado al sitio donde vais -comenzó-, de modo que no tenemos
datos certeros para guiaros, pero todos conocemos las canciones que hablan de
la corte.
»Si lográis cumplir
vuestra misión y llegáis ante la reina de la Comunidad, decidle que los
Jerarcas del muro de la Asamblea, a este lado de la orilla del Bosque, en los
confines de sus dominios, le prometen fidelidad y le suplican que nos guíe y
ayude en este asunto. Decidle que esta plaga de desapariciones no se reduce a
las crías y a los machos rastreadores, sino, ¡Harar los maldiga!, al clan
entero. Explicadle que estamos perplejos y que nuestra sabiduría no basta para
resolver este caso. Si desea enviarnos un mensaje, vosotros tendréis la
obligación de traerlo de vuelta. -Hizo una pausa-. Ah, sí. También estáis
obligados a ayudar a vuestros compañeros, aunque sin arriesgar el éxito de la
misión... -Aquí Catador hizo otra pausa y volvió a ser el gato más viejo de la
Comunidad del Muro de la Asamblea. Miró al suelo un momento y arañó la tierra-.
Todos esperamos que Meerclar os guíe y os proteja -añadió sin alzar la vista-.
Podéis avisar a vuestras familias, pero queremos que os marchéis lo antes
posible.
-Que vuestra danza
sea afortunada -dijo Barba Cerdosa un instante después-. Ahora doy por
concluida esta Reunión de Hocicos.
Casi todos los
presentes se levantaron y se adelantaron, algunos para hablar agitadamente
entre ellos, otros para olfatear por última vez o decir una última palabra a
los tres delegados.
Fritti Cazarrabo
fue el único gato que no se quedó con la valiente delegación. Bajó del Muro,
asaltado por un montón de sensaciones inusuales, y se dirigió al borde de la
hondonada; allí se detuvo para afilarse las uñas en la corteza áspera de un
olmo mientras escuchaba el murmullo de los gatos reunidos abajo.
Estaba convencido
de que en la Reunión de Hocicos a nadie le importaba Pata Suave. Cuando los
delegados llegaran a la corte, ninguno de ellos recordaría su nombre. ¡Bostezos
era incapaz de recordarlo ahora! Pata Suave significaba tanto para ellos como
el más zarrapastroso Tom. Sin embargo, se suponía que debía esperar allí
mientras Trancos y los demás iban en procesión a la corte de la reina, con la
esperanza de que ella resolviera el problema. ¡Santo Viror, qué tontería!
Fritti dejó escapar
un gruñido desconocido para él hasta entonces y arrancó otro trozo de corteza.
Luego se volvió y alzó la vista hacia el cielo. Estaba seguro de que, en algún
lugar, Pata Suave contemplaba ese mismo Ojo, pero a nadie, excepto a él, le preocupaba
que estuviera en peligro.
De pie sobre la
colina, con la cabeza y la cola arqueadas, Cazarrabo tomó una resolución. El
orbe de Meerclar lo miraba como un padre desolado mientras el gatito
pronunciaba su apasionada promesa:
-¡Juro por los
rabos de los Primogénitos que encontraré a Pata Suave o si no mi espíritu huirá
de mi cuerpo moribundo! ¡Lo uno o lo otro!
Un instante
después, cuando se dio cuenta de lo que había prometido, Fritti comenzó a
temblar.
4
Y canta una canción
solitaria
que silba en el
viento.
William Wordsworth
Dejar la caja del
portal y el plato de comida fue más difícil de lo que pensaba. La furia y la
impotencia de la noche anterior parecían menos acuciantes bajo el tenue
resplandor de la Hora del Despliegue de la Luz. Después de todo, aún era un
gato muy joven y no un cazador hecho y derecho. Y no sabía dónde comenzar la
búsqueda de su amiga.
Mientras restregaba
la nariz contra la tela deshilachada de la caja donde dormía, llena de olores
familiares, se preguntó si no sería conveniente aguardar un día más. Sin duda
unas horas de caza y un rato de juegos con los demás jóvenes lo ayudarían a aclarar
las ideas. Por supuesto. Parecía lo más razonable...
-¡Cazarrabo! ¡Me he
enterado de que te marchas! ¡Qué sorpresa! ¡Estoy asombrado! -Canijo saltó,
resbaló y cayó sin aliento sobre el portal. Luego miró a Fritti con una
expresión entre divertida y perpleja-. ¿Realmente quieres ir?
Y entonces, aunque
todo le decía que no lo hiciera, se oyó decir:
-Por supuesto,
Canijo. Es mi deber.
Después de
pronunciar aquellas extrañas palabras, Fritti sintió como si se estuviera
deslizando colina abajo. ¿Ahora cómo podría detenerse? ¿Cómo podría negarse a
ir? ¿Qué pensarían los demás? El poderoso Cazarrabo, que se había pavoneado
frente al muro y había contado a todo el mundo lo que pretendía hacer. «¡Oh,
quién fuera mayor -pensó- y no tan estúpido!»
Se sorprendió a sí
mismo inclinándose hacia delante y lamiéndose una pata con una estudiada
serenidad destinada a impresionar a su amigo. En el fondo, deseaba que Canijo
le aconsejara que no se marchase, que le ofreciera una buena razón para no
hacerlo; pero su amigo se limitó a sonreír y dijo:
-¡Harar! Pies
Ligeros y yo te envidiamos. Te echaremos mucho de menos.
-Yo también os
echaré mucho de menos -respondió Fritti, y luego giró la cabeza, como para
espantarse las pulgas.
Después de un
momento de silencio, volvió a mirar a su amigo, que lo observaba con una
expresión extraña en la cara.
Tras otro instante
de silencio, Canijo continuó:
-Bueno, supongo que
ésta es la despedida. Pies Ligeros y Chafabichos me encargaron que te deseara
buena suerte. Habrían venido, pero han organizado una partida de la Peste de
las Sacudidas y tienen que cazar a otros gatos.
-¿Ah, sí? -dijo
Fritti con desconsuelo-. ¿La Peste de las Sacudidas? Bueno, supongo que en el
futuro no tendré mucho tiempo para ese tipo de juegos... Aunque tampoco me
gustan mucho, ya sabes.
-Seguro que no
tendrás tiempo -repuso Canijo con otra sonrisa-. ¡Con tantas aventuras! -Canijo
miró a su alrededor y olfateó el aire-. ¿Ha venido el pequeño Saltarín?
-No -dijo
Cazarrabo-, ¿por qué?
-Me preguntó adónde
ibas y de dónde salías. Parecía bastante preocupado, así que supuse que querría
venir a despedirte y a desearte buen viaje. Te admira mucho. Bueno, supongo que
no te pillará.
-¿Que no me
pillará?
-Así es. El
Despliegue de la Luz está acabando y me imagino que querrás marcharte antes de
la Hora de las Sombras Pequeñas. ¿Verdad?
-Oh, sí, por
supuesto. -Cazarrabo sintió como si sus patas fueran de piedra. Lo que más
deseaba era acurrucarse en su caja-. Supongo que es hora de que me vaya
-declaró con fingida alegría.
-Te acompañaré
hasta el otro extremo del campo -dijo su amigo.
Canijo brincaba y
parloteaba, pero Fritti arrastraba los pies y refunfuñaba. Mientras caminaban,
Cazarrabo intentó fijar en su memoria cada uno de los olores de aquel terreno
familiar. Dedicó un mudo y pomposo saludo al brillante campo de hierba, al minúsculo
y casi seco arroyuelo y a su seto favorito de ligustros.
«Tal vez no vuelva
a ver estos campos -pensó-. Quizá todo el mundo me olvide antes de que acabe la
temporada.» Por un instante, se sintió muy orgulloso de su valor y su
sacrificio... pero cuando llegaron al final del océano de hierbas ondulantes y
se volvió a mirar la borrosa silueta del portal de M'an, donde aún lo
aguardaban la caja y el plato de comida, sintió tal ardor en el hocico y en los
ojos que tuvo que sentarse un momento y restregarse la cara.
-Bien... -De
repente, Canijo se sentía incómodo-. Buena caza y buena danza, amigo Cazarrabo.
Pensaré en ti hasta que vuelvas.
-Eres un buen
amigo, Canijo. Mre’fa-o.
-Mre’fa-o-contestó
Canijo mientras se alejaba a toda prisa.
Cuando apenas había
caminado unos cincuenta pasos en el interior del Viejo Bosque, todavía dentro
de una zona soleada y aireada, Cazarrabo se sintió el gato más solitario del
mundo.
No imaginaba que lo
seguían.
Mientras el sol se
elevaba y se acercaba el mediodía, Fritti continuaba internándose en las
profundidades del bosque. Nunca había estado en el otro lado, pero parecía
lógico que Pata Suave hubiera huido hacia allí y no hacia las cuevas de M'an.
Aunque el sol
estaba alto, tuvo que recurrir a su aguzada visión de noche, pues en aquella
zona la vegetación era muy tupida. Mientras atravesaba el bosque, miraba
maravillado los árboles de troncos inclinados y retorcidos, cuyas formas
contorsionadas le recordaban el cuerpo de la hlizza, que se agitaba incluso
después de muerta. De vez en cuando se detenía a afilarse las uñas en un árbol
desconocido para él: algunos tenían la corteza más dura que el suelo de M'an,
otros eran húmedos y esponjosos. Roció su señal de caza sobre los más grandes,
más para reafirmar su propia existencia entre las ramas enmarañadas y las
densas sombras que por fanfarronear.
Podía oír las
canciones de los distintos fla-fa’az que vivían en lo más alto del Viejo
Bosque. No había otra señal de vida aparte del sonido de sus propias y casi
imperceptibles pisadas.
De repente, hasta
los pájaros guardaron silencio.
Se oyó un ruido
agudo y seco, y Cazarrabo se quedó paralizado. El sonido produjo un breve eco y
luego se desvaneció, absorbido rápidamente por la montaña de hojas que
alfombraba el suelo del bosque. Entonces, sorprendentemente, el ruido se
repitió en un rápido repiqueteo -¡toc!, ¡toc-toc!, itoc-toc! ¡toc-t-t-toc!- que
creció y se extendió de árbol en árbol, desde un punto encima de su cabeza
hasta un sitio cada vez más lejano del interior del bosque. Después volvió a
reinar el silencio.
Con los bigotes
rígidos, Fritti olfateó el aire, temeroso, y comenzó a avanzar muy despacio
mientras echaba rápidas miradas a los escasos sitios iluminados entre el tupido
follaje.
De repente, cuando
subía con cuidado a un tronco podrido, oyó otro ¡toc! estridente y un instante
después sintió un golpe punzante en la nuca. Se giró, con las uñas prontas,
pero no encontró a nadie a su espalda. otro golpe súbito en la pata delantera
derecha lo hizo volverse una vez más y, cuando regresó a su posición original,
sintió un dolor en un costado. Mientras se giraba hacia un lado y otro, incapaz
de descubrir la fuente de aquellos dolorosos golpes, recibió el impacto de un
montón de objetos duros que caían de arriba. Retrocedió gimiendo de miedo y de
dolor, pero sufrió un nuevo ataque desde atrás.
Presa del pánico,
Fritti comenzó a correr y de inmediato volvió a sentir el estridente
repiqueteo, que ahora parecía proceder de todas partes a la vez. La lluvia de
objetos se volvió más rápida e intensa. Se arrastró, intentando esconder la
cabeza y protegerse los ojos, y luego corrió directamente hacia la raíz
retorcida de un roble y cayó sobre la tierra, donde el bombardeo se volvió aún
más feroz. Mientras retrocedía, veía rebotar los proyectiles: piedras y frutos
secos de duras cáscaras. Una vez más, aquella lluvia se volvió insoportable
para él, y se escondió entre los matorrales como si lo persiguiera una nube de
mosquitos. Cada vez que intentaba girar hacia un lado, un diluvio de castañas y
pequeñas piedras lo hacía desistir y volver siempre en la misma dirección.
Buscó refugio
detrás de un arbusto espinoso, pero de repente sus patas pisaron el aire,
perdió el equilibrio y cayó hacia delante. Mientras se deslizaba por el
precipicio, vislumbró el lecho de un arroyo seco a una distancia fatal.
Entonces dobló el cuerpo con
fuerza y logró
aferrarse a un arbusto, evitando caer de cabeza. Cogido a las espinosas ramas
con las cuatro patas, los dientes y la cola, se encontró balanceándose
peligrosamente sobre el abismo. Sólo las zarzas podían salvarlo de un largo,
largo viaje de descenso.
Se quedó allí
suspendido, trastornado por la sorpresa y el terror. Entonces, con un nuevo
¡toc!... ¡toc-toc-a-toc!, cayó sobre él otra lluvia de frutos secos y piedras.
Fritti dejó escapar un aullido lastimero.
-¿Por qué...
¡ay!... me hacéis ¡ay!... daño? -gritó, y fue premiado con una avellana en su
sensible nariz rosada-. ¡Yo no le he hecho daño a nadie! ¿Por qué queréis...
ay... lastimarme?
Oyó otra rápida
serie de golpes, seguidos de un instante de silencio. Luego, desde las copas de
los árboles, llegó una voz estridente:
-¡Dice-dice que no
quiere hacer daño! -chilló la voz aguda y furiosa-.
¡Mentiroso-mentiroso-mentiroso! ¡Tú-tú! ¡Asesino! ¡Vienes a cazar y matar!
¡Mentiroso-gato-mentiroso!
Aunque hablaba muy
rápido y con gran excitación, Fritti logró entender el Canto Común. Intentó
aferrarse mejor a las raíces.
-¡Decidme qué he
hecho! -rogó con la intención de ganar tiempo para llegar al borde del abismo,
a apenas una pisada de distancia. Un parloteo furioso que no alcanzaba a
comprender surgió de todos los árboles a la vez; enseguida el ruido de los
golpes volvió a apagar las voces.
-¡No somos
estúpidos lanzadores de frutos secos, no-no! Malo, gato malo, no podrás engañar
al pueblo de rikchikchik. ¡Oh, no, no!
¡Los rikchikchik!
¡La comunidad de ardillas! Pese a estar colgado de las zarzas, Fritti se quedó
maravillado un instante. Todo el mundo sabía que silbaban y reñían a los
intrusos e incluso que luchaban ferozmente con ellos si se los atacaba, pues
eran los más fuertes y valientes de la comunidad de Chillones; pero agruparse
para atacar a uno de la Comunidad, a alguien que ni siquiera estaba de caza,
¡era inconcebible!
-¡Escuchadme, oh
rikchikchik! -gritó Fritti, notando que sus garras comenzaban a resentirse por
el esfuerzo-. ¡Escuchadme! Sé que mi raza y la vuestra son enemigas, pero eso
es honorable. Somos así porque así nos han creado. Sin embargo, os prometo que
no intento molestaros ni destruir vuestras madrigueras. ¡Estoy buscando a una
amiga y no cazaré ni comeré aquí! ¡Lo juro por los Primogénitos! -Aguardó con
nerviosismo una reacción, pero los roedores permanecieron en silencio.
Entonces una gran
ardilla marrón descendió por el tronco de un álamo, despacio y de cabeza, y se
detuvo a apenas dos saltos del precario escondite de Cazarrabo. Con los labios
entreabiertos y los largos dientes superiores al descubierto, el rikchikchik parecía
furioso. Era cuatro veces más pequeño que Fritti, pero demostraba un valor
admirable.
-¡Rabo, dientes,
mentiras! ¡Eso es un gato! -La ardilla seguía hablando con furia, aunque más
despacio, y resultaba más fácil comprenderla-. ¿Podemos confiar? ¡No! Los gatos
tienen-tienen a Señora zumbidos. ¡Gatos malos!
-Yo no he hecho
daño a nadie. ¡Lo juro! -gritó Fritti con voz plañidera.
-¡Muchos
dientes-y-garras atacan nidos! Incluso ahora, ahora, gato asesino cogió mi
Chiknek, mi... compañera. ¡Atrapada! ¡Semillas arruinadas, frutos
desenterrados! ¡Terror, terror!
A Cazarrabo le
dolían las patas y le resultaba difícil pensar. Extendió una extremidad con
cuidado hacia el borde del precipicio, para aliviar la presión de las patas
traseras, pero una piedra al canzó la pata vacilante y, al retirarla, estuvo a
punto de perder el equilibrio. Entre el follaje, un estridente coro de ardillas
pedía su cabeza.
Fritti intentó
concentrarse en lo que decía la ardilla marrón.
-¿Quieres decir que
un gato ha atrapado a tu compañera? ¿Aquí cerca?
-¡Huesos de
pájaros! ¡Horrorosa calamidad! ¡Pobre señora Zumbidos! ¡Atrapada, está
atrapada!
Fritti aprovechó la
oportunidad.
-Escuchadme. Por
favor, no tiréis más piedras. Estoy a vuestra merced. Si me dejáis salir de
este sitio, intentaré salvar a vuestra compañera. No tenéis por qué confiar en
mí. Volved al bosque y, si intento escapar o haceros daño, arrojadme rocas,
calabazas, ¡lo que queráis! Es vuestra oportunidad para salvarla.
La gran ardilla
marrón lo miró fijamente con los ojos brillantes y la cola erecta y temblorosa.
Por un momento, la escena quedó suspendida: la ardilla petrificada y el pequeño
gato anaranjado, con las facciones desfiguradas por el dolor, colgado de un arbusto
sobre un profundo abismo. Entonces habló el rikchikchik.
-Ve tú. Salva a
Chiknek y libre-libre. Palabra del maestro Chisporroteos. Promesa sagrada de
Roble. Sígueme, te guiaremos-guiaremos.
El maestro
Chisporroteos desapareció con un salto entre las tupidas ramas. Cazarrabo se
irguió para agarrarse mejor, apoyó las patas traseras en las raíces de las
zarzas para tomar impulso, y saltó a un sitio seguro. Estaba más débil de lo
que pensaba. Cuando tocó tierra firme, le temblaban los músculos y tuvo que
tenderse un momento en el suelo. La ardilla emitía ruiditos nerviosos entre las
hojas. Fritti se levantó, dolorido, y se dejó guiar por las voces chirriantes.
Los rikchikchik se
detuvieron en el borde de un bosquecillo de oscuros robles. Entonces Fritti
comprendió lo que había sucedido. Uno de los viejos árboles se había caído
tiempo atrás formando un enorme arco. Podía oír los asustados sollozos de una
ardilla desde abajo y oler el aroma de un miembro de la Comunidad. El roble
ocultaba al gato y le permitía terminar su juego en paz, sin que lo molestaran
las piedras y los frutos de los vengativos rikchikchik.
Fritti trepó
despacio y con cuidado sobre la maraña de raíces muertas que se extendía a un
extremo del árbol caído. Si quería persuadir al otro gato de que abandonara su
legítima presa, debería actuar con cautela y respeto.
-Buena danza,
hermano de caza -dijo, para no sobresaltar a su compañero, pero se interrumpió
azorado.
Con los ojos
desorbitados de pánico, la señora Zumbidos estaba atrapada bajo las patas de un
gato grande, de color arena. Cuando Fritti se acercó, el cazador alzó la vista
con expresión inquisitiva. Era Bostezos.
-¡Si es el joven
Cazarrabo! -exclamó Bostezos sin soltar a la aterrorizada ardilla, pero con una
inclinación de cabeza que no demostraba hostilidad-. ¡Vaya sorpresa! Sabía que
vendrías por aquí tarde o temprano, ¡pero esperar resulta tan aburrido! -Estaba
a punto de bostezar, pero se contuvo-. Bueno, ahora que has llegado, ¿te
gustaría compartir esta presa conmigo? Como verás, es una ardilla gorda. Tuve
que pelear bastante con ella y eso estimula el apetito.
Las cosas sucedían
demasiado rápido para Fritti.
-¿Me estabas...
esperando? -preguntó-. No entiendo.
Bostezos estornudó
y rió divertido por el asombro de Fritti.
-Me lo imagino.
Bueno, ya habrá tiempo para explicártelo después de saborear esta rikchikchik.
¿Estás seguro de que no tienes hambre?
Bostezos levantó
una pata, dispuesto a asestar un golpe mortal a su presa.
-¡Alto! -gritó
Fritti.
Esta vez el
sorprendido fue Bostezos. Miró a Cazarrabo con interés, como si le hubiera
crecido una segunda cola.
-¿Qué ocurre,
jovencito? -preguntó el macho adulto-. ¿Acaso he cogido una ardilla envenenada?
-Sí... no... eh,
Bostezos, ¿te importaría dejarla libre?
-¿Dejarla libre?
-El cazador estaba verdaderamente atónito-. ¡Santo Viror! ¿Por qué?
-Les prometí a las
demás ardillas que la rescataría.
Fritti sintió como
si se estuviera convirtiendo en polvo bajo la asombrada mirada del gato adulto,
un polvo que se esparciría por el aire con la próxima brisa fuerte. Después de
un momento de cuidadoso escrutinio, Bostezos dejó escapar un enorme resoplido
de risa, rodó sobre sí mismo y agitó las patas en el aire. La ardilla hembra
permaneció inmóvil, con la respiración agitada y los ojos brillantes.
Bostezos se tendió
sobre el estómago y le dio un manotazo afectuoso a Fritti con una de sus
grandes patas delanteras.
-¡oh, Cazarrabo!
¡Sabía que tenía razón! jadeó-. ¡Expediciones! ¡Salvar ardillas hembras! ¡Uf!
¡Qué canción la tuya! -Bostezos sacudió la cabeza con alegría y luego volvió a
dedicar su atención a la acurrucada rikchikchik. A Fritti le ardía la nariz. No
sabía si lo alababa o se burlaba de él... ¡o tal vez ambas cosas!-. Muy bien
-le dijo por fin Bostezos a la señora Zumbidos-. Ya has visto que el maestro
Cazarrabo ha intercedido por tu vida. Vete antes de que cambie de idea.
Al ver que la
ardilla permanecía inmóvil, Fritti dio un paso al frente, temiendo que Bostezos
le hubiera roto el espinazo sin darse cuenta; pero entonces la ardilla se
escabulló de repente entre los dos, haciendo volar trozos de corteza, y
desapareció del arco formado por el tronco de roble.
-Ojalá tuviera
tiempo para enterarme de cómo llegaste a hacer promesas a las ardillas, pero
todavía debo hacer varias cosas antes de que aparezca el ojo. -Caminaban uno
junto al otro, debajo de los gigantescos árboles. Fritti se movía con rapidez
para no quedarse atrás-. Sin embargo, necesito tener una charla importante
contigo. Estaba seguro de que decidirías salir a buscar a tu amiga solo, pero
no calculé bien el tiempo que tardarías, de modo que te he estado buscando
desde la Hora de las Sombras Pequeñas.
-Bostezos, me temo
que no entiendo nada. Te pido perdón, pero no sé de qué hablas. ¿Qué podrías
querer decirle a un pobre cachorrillo como yo? ¿Cómo supiste que intentaría
buscar a Pata Suave solo? ¿Y cómo adivinaste qué dirección tomaría?
Fritti estaba
agitado por el esfuerzo que hacía por mantener el paso del gato adulto.
-Demasiadas
preguntas, pequeño cazador, y no podré responderlas todas ahora. Sólo te diré
que no he aprendido todo lo que sé en el muro de la Asamblea. En mis días,
anduve mucho y olfateé muchas, muchas cosas. Admito que ahora me encantan los
baños de sol y que no me alejo tanto en el campo para cazar, aun así, todavía
tengo mis recursos.
»Con respecto a las
demás preguntas -continuó-, bien, incluso un eunuco alimentado por Man podría
haber olfateado tus intenciones, pequeño expedicionario. Antes de la Reunión de
Hocicos, incluso antes que tú, sabía que saldrías en busca de la pequeña Pelo
de Ave.
-Pata Suave jadeó
Fritti-. Se llama Pata Suave.
-Por supuesto, Pata
Suave, ya lo sé -replicó Bostezos con impaciencia y quizás un atisbo de
ternura-. Yo soy así -añadió con sencillez. Bostezos se detuvo de repente, y
Cazarrabo lo imitó con torpeza. El cazador fijó sus grandes ojos verdes en él y
dijo-. Nos esperan cosas extrañas y no sólo en el Viejo Bosque. Un acuerdo
entre los rikchikchik y un miembro de la Comunidad no será la más extraña. No
entiendo bien qué está sucediendo, pero mis bigotes presagian sucesos
asombrosos. Tú desempeñas un papel en todo esto, Cazarrabo.
-¿Cómo es posible
que yo ...? -comenzó a protestar Fritti, pero Bostezos lo detuvo con un gesto
de la pata.
-Me temo que ya no
queda tiempo. Olfatea el viento. -Fritti inhaló. En efecto, la brisa llevaba
consigo un extraño olor a frío y tierra mojada, pero sus sentidos no podían
deducir nada de aquel olor-. Debes aprender a confiar en tus sensaciones,
Cazarrabo -dijo Bostezos-. Tienes un talento natural que te servirá de ayuda
cuando tu falta de experiencia te traiga problemas. Recuerda, usa los sentidos
que te dio Meerclar y ten paciencia. -Bostezos volvió a olfatear el aire, pero
Fritti ya no olía nada fuera de lo normal. El gato mayor se restregó la nariz
en el flanco de Cazarrabo-. Cuando salgas del bosque, mantén el hombro
izquierdo hacia el sol poniente -indicó-. Si lo haces, no errarás el camino.
Durante el viaje, no dudes en mencionar mi nombre como recomendación. En
algunas regiones, aún me recuerdan con cariño. Ahora debo irme.
Bostezos se alejó
varios pasos y Fritti, abrumado por los acontecimientos, se sentó a mirarlo
marchar.
Entonces el gato
más grande se volvió.
-¿Ya has celebrado
tu iniciación a la Caza, Cazarrabo?
-Ummm...
-Desconcertado, Fritti necesitaba un momento para poner sus ideas en orden-.
Ummm, no. La ceremonia debía realizarse en la Asamblea posterior al próximo
Ojo.
Bostezos sacudió la
cabeza y corrió de nuevo hacia él.
-No hay tiempo ni
estamos en el sitio adecuado para la Canción de Caza -dijo-, pero haré lo que
pueda.
Fritti contempló
atontado cómo Bostezos se sentaba sobre sus corpulentas ancas y cerraba los
ojos. Luego, en una voz mucho más suave de lo que esperaba, cantó:
Madre Universal,
los dones de la caza
suplicamos ahora,
suplicamos ahora.
Tú que has
concebido
nuestros verdaderos
rabos,
mantennos al
alcance de tu Ojo.
El sol es fugaz,
el ojo es eterno...
Escúchanos, Madre
Universal,
te lo rogamos,
te lo rogamos.
Uñas, dientes y
huesos
te entregamos en
prenda a cambio de tu luz.
Bostezos mantuvo
los ojos cerrados por un momento; luego los abrió y se incorporó. El único
vestigio que quedaba de aquel gato pausado para hablar y para moverse era un
brillo frío en los ojos. Parecía lleno de resolución y energía, y, cuando se
aproximó a Cazarrabo, éste retrocedió involuntariamente.
Bostezos, sin
embargo, se limitó a extender una pata para tocar la frente de Fritti.
-Bienvenido,
cazador-dijo; entonces se giró y se alejó de allí a toda prisa. Cuando llegó a
un matorral, hizo una breve pausa para añadir-. ¡Que tengas una danza
venturosa, joven Cazarrabo!
Y con esas palabras
desapareció en la espesura.
Fritti Cazarrabo se
tendió en el suelo, azorado. ¿Todo aquello había sucedido de verdad? Hacía
menos de un día que se había marchado de casa y ya parecía una eternidad. ¡Era
tan extraño!
Alzó una pata
trasera y comenzó a rascarse detrás de la oreja, como para librarse de la
confusión de emociones que bullía en su interior. Mientras se rascaba con
fuerza, con los ojos entrecerrados, percibió un movimiento cerca de allí. Se
incorporó de un salto, alarmado. Los árboles que lo rodeaban estaban atestados
de ardillas de inquietas colas.
Una de las más
grandes -no la que había hablado con él antes- descendió hasta su nivel por el
tronco de un olmo y lo miró con atención.
-Tú-tú,
criatura-gato -dijo-. Ahora ven con nosotros-ven. Ahora hablarás-hablarás. Es
hora de que hables con el señor Dentelladas.
5
La dificultad de
pensar al final del día,
cuando una sombra
sin forma cubre el sol
y no queda nada más
que la luz de tu piel...
Wallace Stevens
Fritti trepó hacia
la copa del árbol. Los rikchikchik que lo habían llamado lo guiaban desde
varias ramas más arriba. Abajo, el resto de las ardillas saltaban y parloteaban
en su propia lengua. Se sentía como si llevara días escalando.
La procesión se
detuvo un instante en las vertiginosas alturas del enorme roble. Fritti se
sentó en una rama no demasiado ancha y aguardó allí hasta recuperar el aliento.
Era un buen alpinista, como todos los gatos, pero pesaba varias veces más que
sus colegas ardillas y tenía que aferrarse con fuerza para mantener el
equilibrio, sobre todo arriba, donde las ramas eran más finas y de vez en
cuando se balanceaban peligrosamente bajo su peso, forzándolo a saltar a otra
más fuerte.
Se habían detenido
en una de las últimas bifurcaciones del tronco, desde donde brotaban varias
ramas. Estaban tan alto que Fritti ya no alcanzaba a divisar el suelo entre el
tupido follaje. Poco a poco, el grupo aumentaba con nuevos rikchikchik que lo
miraban desde una distancia prudente y parloteaban entre ellos, azorados por la
presencia de un gato en el árbol de su señor.
Con las patas
doloridas, Cazarrabo se vio obligado a levantarse nuevamente y seguir a sus
anfitriones. Después de ascender unos cuantos centímetros más sobre el tronco
central, saltando en espiral de vástago en vástago, se dirigieron hacia el
extremo de una ancha rama. A medida que se alejaban del tronco, la
circunferencia de la rama se volvía cada vez más pequeña, y Fritti llegó a
temer que no pudiera sostener su peso. Sin embargo, los rikchikchik lo
alentaron para que siguiera y Cazarrabo se arrastró hasta que se vio obligado a
tenderse boca abajo y colgarse de la rama. No podía seguir adelante.
Mientras estaba
allí tendido, balanceándose suavemente en la brisa, la ardilla que dirigía el
grupo le hizo una señal con un chirrido. Entonces volvió a escuchar el toc-toc
que había oído antes. Si estiraba el cuello, Fritti podía ver varios
rikchikchik con cáscaras de frutos secos en sus patas delanteras, arrojándolas
con fuerza sobre el tronco y las ramas del árbol en una cadencia estudiada y
rítmica.
Desde el otro lado
de los árboles, se oyó otra serie de golpes a modo de respuesta.
Por una rama
perpendicular a la de Cazarrabo, separada de ella por varios saltos de aire,
avanzaba una procesión lenta y digna... Bueno, digna para los criterios de las
ardillas, aunque tal vez un tanto brusca y torpe en comparación con la sinuosa
elegancia de los miembros de la Comunidad. Fritti creyó reconocer al maestro
Chisporroteos y a la señora Zumbidos entre los que encabezaban la procesión,
que agrupaba a varios rikchikchik.
A la cabeza del
desfile marchaba una ardilla grande con hebras grises en el pelo y cola tupida.
Los ojos de la vieja ardilla eran negros como el carbón y estudiaron a
Cazarrabo con interés mientras los demás habitantes de los árboles se detenían
y se acurrucaban.
Después de observar
al gato un momento con arrogancia, la vieja ardilla se volvió hacia la señora
Zumbidos.
-¿Este
gato-gato-comunidad es quien te ha salvado?
La señora miró con
expresión recatada hacia Fritti, que estaba colgado valerosamente de la rama.
-Es el gato, sí,
señor Dentelladas -afirmó ella con timidez. Cazarrabo notó que los rikchikchik
habían tomado precauciones para proteger a su jefe de él, un gato indigno de
confianza. Situado como estaba en el delgado extremo de una rama, no podía
tomar impulso para
saltar e, incluso si lo hubiera conseguido, la distancia que separaba su rama
de la del señor Dentelladas era demasiado grande. Aunque en aquel momento no
tenía la más remota intención de saltar sobre nadie, admiró la inteligencia de
los rikchikchik.
-Tú, gato -dijo el
señor Dentelladas con brusquedad.
-¿Sí, señor?
-respondió Fritti.
¿Qué querría de él
aquel viejo?
-Comunidad -gatos y
rikchikchik no amigos. Tú ayudar señora Zumbidos. ¿Por qué tan extraño gato?
El propio Fritti no
alcanzaba a comprenderlo.
-No estoy seguro,
señor Dentelladas -contestó.
-Podría haberse
escondido con el ladrón de Chiknek bajo el tronco -apuntó el maestro
Chisporroteos de repente-. No lo hizo -añadió con tono significativo.
El señor
Dentelladas agachó la cabeza y mordisqueó una ramita con expresión reflexiva;
luego volvió a mirar a Fritti.
-Siempre
lucha-lucha con comunidad-gato. La última luna cuatro gatos trepar gran árbol.
Robar Chiknek... robar crías. Robar muchos. ¿Quién gatos?
-No lo sé, señor
Dentelladas. Yo he entrado en el bosque hoy mismo. ¿Has dicho cuatro gatos?
¿Todos juntos?
-Cuatro gatos muy
malos -afirmó Dentelladas-. Uno por cada pata de rikchikchik. Cuatro.
-No lo sé, señor,
pero es extraño que los miembros de la Comunidad cacen en grupos tan grandes
-repuso Cazarrabo con aire pensativo.
Dentelladas
reflexionó un momento.
-Tú buen-gato,
guardar-guardar promesa. Sagrado Roble une. Primera vez rikchikchik deber favor
comunidad-gato desde la Raíz-en-Suelo. Enseñar-te-te una cosa.
Necesitas-necesitas ayuda, rikchikchik dártela. ¿Sí? -Fritti asintió
sorprendido-. Si buen gato tener problemas, cantar «Mrikkarrikarek-Dentelladas»
y obtener ayuda. ¡Cantar!
Fritti lo intentó:
-Mreowarrikdentelladas.
El señor
Dentelladas volvió a repetir la frase y Fritti lo intentó otra vez, preocupado
por los difíciles sonidos de las ardillas. Lo repitió y lo repitió, ensayando
la extraña cadencia de aquella lengua.
Todos los
rikchikchik se inclinaron hacia delante para alentarlo y enseñarle a pronunciar
los sonidos.
«Si Bostezos me
viera, se reiría con ganas», pensó Fritti.
Por fin lo dijo lo
bastante bien para complacer al jefe de las ardillas.
-En mi-muy-muy
bonito bosque, usarlo como ayuda. También cantar seguro en los árboles del
amigo, señor Crujidos. Lo demás... Dentelladas-no-saber. -La vieja ardilla se
inclinó hacia delante y fijó sus ojos brillantes en Cazarrabo-. Otra cosa. Si
tú cazar rikchikchik, no ayuda. Promesa fuera-fuera. Regla de Rama y Vástago.
¿De acuerdo, buen-gato?-preguntó Dentelladas con expresión astuta.
Fritti se
sorprendió.
-Supongo... que sí.
Sí, lo prometo.
Las ardillas
dejaron escapar un suspiro de placer y el señor Dentelladas resplandeció de
alegría, dejando al descubierto sus desgastados incisivos.
-Bien, mucho-bien
-rió-. Es un trato-trato. -El jefe de los rikchikchik hizo un gesto con la cola
a la ardilla que había guiado a Cazarrabo-. Maestro Chirridos llevar gato
debajo árbol.
Las ardillas
hablaban animadamente a sus espaldas y le pareció oír a Chisporroteos y
Zumbidos desearle buen viaje.
Mientras descendía
detrás del rápido y eficiente Chirridos, Cazarrabo recordó con disgusto el
trato que acababa de hacer con los rikchikchik.
«Ahora sólo me
falta encontrar al rey de los pájaros y al rey del campo y moriré de hambre»,
pensó con amargura.
Al llegar la Hora
de la Retirada del Sol, el cielo del vasto bosque pareció encenderse en llamas.
El resplandor del ocaso se colaba a través de las ramas enmarañadas y salpicaba
con gotas de luz el suelo cubierto de hojas a los pies de Cazarrabo. En su primer
atardecer en el bosque, Fritti se internó cada vez más en la quietud ancestral
del Viejo Bosque.
Tenía hambre. No
había comido nada desde la última Danza del día anterior.
De repente, la luz
desapareció como si se la hubiera tragado un enorme galgo. En el instante que
tardaron sus ojos en adaptarse, Fritti se quedó ciego.
Se detuvo un
momento, pero pronto su visión de noche compensó la súbita oscuridad. Cazarrabo
sacudió la cabeza y comenzó a temblar. ¡Qué espantoso sería vivir siempre en la
oscuridad! ¡Por Harar! ¿Cómo hacían los moradores de madrigueras subterráneas?
Dio gracias a la madre Universal por haberlo dejado en los campos, junto a los
miembros de la Comunidad, que disfrutaban de todos sus sentidos.
Mientras continuaba
avanzando con la agilidad característica de su raza, Cazarrabo reparó en los
primeros signos de vida nocturna en el bosque. Sus bigotes percibieron las
leves oleadas de calor de las pequeñas criaturas que salían con cautela a
explorar la noche. Todos sus movimientos eran vacilantes, cuidadosos e
inciertos. La mayoría era consciente de la presencia de Fritti. El animal
pequeño que se apresuraba a salir de su escondite con las primeras sombras no
solía vivir lo suficiente para transmitir su estupidez a sus crías.
Ahora Fritti
pensaba en la comida y controlaba cada uno de sus pasos sobre la tierra
compacta para no hacer ningún ruido. Buscaba un sitio donde el aire se moviera
en corrientes más favorables o no se moviera en absoluto. Iba a preparar una
trampa. Hacía demasiado tiempo que tenía hambre y no quería esperar a que la
oportunidad de matar se presentara sola.
Después de todo, su
madre le había enseñado la ciencia de la caza, y, en su primera noche en el
bosque, no pensaba resignarse a escarbar en los nidos de Chillones para
alimentarse de recién nacidos.
Tendría una buena
caza.
Los pájaros
nocturnos revoloteaban en círculos sobre su cabeza. Podía percibir la presencia
de los ruhué que sobrevolaban en silencio. Supuso que no estarían cazando; los
ruhué preferían explorar y atacar en terrenos llanos. Lo más probable era que
estuvieran abandonando sus nidos del bosque.
«Tanto mejor»,
pensó. .
La proximidad de un
búho inmovilizaría a las criaturas del bosque y por consiguiente le resultaría
mucho más fácil procurarse la cena. Otro fla-fa'az nocturno silbó y cantó en lo
alto de los árboles, allí donde los miembros de la Comunidad no podían llegar a
causa del peso de sus cuerpos. Fritti desechó la idea de cazarlo sin pen-
sarlo dos veces.
Mientras descendía
hacia un barranco seco, lleno de rocas, Cazarrabo captó un sorprendente aroma a
gato. Se giró, con los músculos en tensión, pero el olor se desvaneció. Un
instante después volvió a olerlo y pudo aspirarlo durante el tiempo suficiente
como para notar algo familiar en él. Entonces, por extraño que pareciera,
volvió a desaparecer.
Fritti se detuvo,
perplejo por aquel curioso fenómeno, con los pelos de punta y la nariz
fruncida. El aroma no había cambiado de intensidad por el movimiento ni por la
falta de viento: simplemente había desaparecido.
Cuando el olor
regresó, lo reconoció. No era extraño que le hubiera parecido familiar: era su
propio olor.
Su nariz se crispó
suavemente mientras olfateaba el aire y confirmaba sus sospechas. Se había
metido dentro de un remolino nocturno. Las rocas de aquel lecho seco del río
habían concentrado el calor del sol durante el día y ahora calentaban el aire.
En contacto con el aire fresco de la noche, atrapado y desviado por las paredes
del barranco, el remolino resultante se movía en lánguidos círculos... que le
devolvían su propio aroma. ¡Si no se hubiera detenido, no habría estado en el
mismo sitio el tiempo suficiente para que el remolino lo envolviera!
Satisfecho con la
solución del misterio, Fritti saltó hacia el otro extremo del lecho. Cuando
comenzaba a alejarse de allí, lo asaltó una idea. Se volvió e inspeccionó el
barranco varios saltos arriba y abajo en ambas direcciones. Entonces encontró
lo que buscaba: la entrada semioculta de una madriguera de Chillones.
Sabía que el calor
del sol acabaría por disiparse y también era consciente de que el truco sólo
funcionaría una vez. Se subió con cautela a lo alto de una pared del barranco,
a tres o cuatro saltos de distancia de la entrada de la madriguera. Comprobó la
firmeza del borde del muro donde estaba tendido y encontró un sitio que no se
desmoronaría con el movimiento, pues una lluvia de polvo haría fracasar su
plan. Luego, siguiendo las instrucciones de su madre, aguardó en la más
absoluta inmovilidad.
Sin girar la
cabeza, adivinó que el ojo de Meerclar había recorrido apenas una corta
distancia. Cuando por fin se vio recompensado con un ligero movimiento en la
boca del túnel, tuvo la impresión de haber esperado durante varias vidas.
Una naricilla
apareció en el agujero y olfateó el aire. La siguió el resto del Chillón, que
se sentó un momento en la boca del túnel con los ojos muy abiertos por el
susto, preparado para correr ante la primera señal de peligro. Acurrucado, con
la nariz arrugada, el Chillón volvió a olfatear el aire. Era un escurridizo
ratón de campo de color pardo. Sin darse cuenta, Fritti comenzó a agitar la
cola de adelante atrás.
El Chillón no olió
ningún peligro inminente y se alejó a una distancia prudencial del agujero en
busca de comida. Su nariz, orejas y ojos estaban entrenados para detectar
animales rapaces. Sin alejarse más que unos pocos saltos de su cueva, el
Chillón inspeccionó con minuciosidad el lecho seco del arroyo.
Fritti tuvo que
hacer uso de todo su autocontrol para no saltar sobre el ratón que estaba tan
cerca. Tenía silenciosos espasmos de hambre y sus patas traseras temblaban de
impaciencia; pero recordó el consejo de Barba Cerdosa. Sabía que el pequeño
Chillón volvería a su escondite en cuanto percibiera el menor movimiento. «No
actuaré como un cachorrillo -se dijo Fritti-. Este es un buen plan de caza.
Esperaré el momento apropiado.»
Por fin, calculó
que el mre’az se había apartado lo suficiente de su madriguera. Cuando el ratón
se giró un momento, Cazarrabo extendió una pata delantera y la hundió despacio
en la pared del barranco, dispuesto a paralizar a su presa si volvía a girarse
en su dirección. Poco a poco y con mucho cuidado estiró la pata hasta sentir
que la leve brisa del remolino nocturno despeinaba su pelaje.
El remolino llevó
su aroma en círculos por las paredes del barranco y llegó hasta el ratón desde
un punto aparentemente cercano a su propia madriguera.
En cuanto olfateó
al gato, el roedor se quedó inmóvil y ensanchó las ventanas de la nariz.
Cazarrabo notó la tensión controlada y estremecida del ratón al oler a su
mortal enemigo, a quien suponía situado entre él y su escondite. El Chillón
permaneció inmóvil
durante el tiempo
de varios latidos, mientras el remolino se llevaba el olor de Fritti. Luego,
confundido y angustiado, hizo un amago de fuga alejándose de su madriguera,
hacia donde estaba Cazarrabo. El gato descargó toda su energía de una vez. Sus
músculos contraídos lo llevaron al borde del barranco en un solo movimiento. En
cuanto sus patas
traseras tocaron el suelo, saltó en el aire otra vez. El ratón no tuvo siquiera
la oportunidad de emitir un chillido de sorpresa antes de morir.
Siguiendo su hombro
izquierdo tal como Bostezos le había indicado, Fritti pensó en el extraño
encuentro con el jerarca cazador. Siempre había visto a Bostezos en sus ratos
de ocio -una figura reservada, inalcanzable-, pero aquel día no había actuado
así
con Cazarrabo. Era
un gato diferente, animoso y enérgico. A Cazarrabo le extrañaba aún más que lo
hubiera tratado con amabilidad y respeto. Aunque Fritti había tenido mucho
cuidado de no ofender a Bostezos en el pasado, nunca había hecho nada para
merecer su respeto. Era un misterio más complicado que el del remolino. ¡Vaya
día! ¡Cómo se habrían reído en el Muro al enterarse de que uno de los miembros
de la Comunidad había aprendido el lenguaje de los rikchikchik en el árbol del
señor de las ardillas!
Pero quizá nunca
pudiera regresar al Muro de la Asamblea a cantar su canción. Era un miembro de
la Comunidad y el juramento lo comprometía. Y ahora era todo un cazador, por
canto y por sangre.
Sin embargo, el
cazador se sentía muy triste y pequeño.
Después de
medianoche, comenzó a sentir una persistente debilidad en sus cansados
músculos. Según los criterios de la Comunidad, había caminado mucho, sobre todo
para alguien de su edad. Ahora debía dormir.
Husmeó en busca de
un sitio donde descansar y se decidió por una depresión cubierta de hierba en
la base de un árbol grande. Olfateó la hierba con cuidado y no encontró ningún
impedimento para acostarse allí. Después de dar tres vueltas alrededor de la depresión
en honor a aquellos que le habían obsequiado la vida -Madre universal, Ojos
Dorados y Danzacielos-, se acurrucó y se cubrió la nariz con la punta de la
cola para abrigarse mejor. Se durmió de inmediato.
En sueños, estaba
debajo del suelo, en la oscuridad. Fritti escarbaba afanosamente la tierra bajo
sus pies, pero siempre había más. Sabía que alguien lo perseguía e intentaba
cazarlo, como él cazaba a los Chillones. Su corazón estaba desbocado.
Por fin sus patas
cedían y caía al vacío desde un muro de tierra. Allí, en un claro del bosque,
estaban su madre, sus hermanos y Pata Suave, Bostezos y Canijo. Intentaba
advertirles sobre la criatura que lo perseguía, pero tenía la boca llena de
tierra y cuando intentaba hablar el polvo caía al suelo.
Sus amigos y
familiares lo miraban y se echaban a reír, y cuanto más se esforzaba por
advertirles del peligro que los acechaba, de la criatura que los perseguía, más
se reían, hasta que los sonidos agudos y guturales retumbaron en sus oídos...
De repente se
despertó. Las risas se habían convertido en un ladrido agudo. Permaneció
inmóvil y lo oyó con claridad. Estaba bastante cerca y lo identificó enseguida:
era un zorro aullando al otro lado de los árboles.
Los zorros no
constituían un peligro para un gato adulto. Fritti se relajó, dispuesto a
dormirse otra vez, cuando oyó el desdichado maullido de un gatito.
Se incorporó de un
salto para investigar, salió del bosquecillo y trepó a una colina llena de
árboles. Los aullidos y gruñidos parecían más cercanos. Fritti saltó sobre una
roca que se alzaba por encima de las malezas.
Varios saltos
colina abajo, un zorro rojo adulto había arrinconado a un gatito contra un
montecillo. El gatito tenía la espalda arqueada y todos los pelos de punta.
Sin embargo, pese a
sus esfuerzos, no ofrecía un aspecto nada aterrador, ni siquiera para uno de
los visl.
Mientras saltaba
desde la roca, Fritti notó algo extraño en la postura del gatito: estaba herido
y, a pesar de sus siseos y escupitajos, era evidente que no estaba en
condiciones de pelear. Fritti estaba seguro de que el visl también lo sabía.
Entonces Cazarrabo
descubrió con horror que el gatito arrinconado por el zorro era Saltarín.
6
... los gatos
acurrucados en sueños
(dos ovillos de
piel hechos uno solo)
crispan sus orejas
y gimotean.
¿Acaso sueñan el
mismo sueño?
Eric Barker
¡Saltarín! ¡Pequeño
Saltarín! -Fritti saltó por la cuesta jalonada de arbustos-. ¡Soy yo!
¡Cazarrabo!
Desde su precaria
postura defensiva, el gatito desvió un ojo en dirección a Fritti, pero no dio
señales de reconocerlo. El zorro se giró con brusquedad para mirar al recién
llegado, pero se mantuvo firme. Cuando Fritti se detuvo a uno o dos saltos de
distancia, el visl aulló una advertencia:
-¡No te acerques,
escarba-cortezas! ¡Cuando acabe iré por ti!
Cazarrabo descubrió
que el visl era una hembra y que, a pesar del pelo erizado de sus ancas, no era
mucho más grande que él. Además, era delgada y le temblaban las patas, aunque
Fritti no podía asegurar si a causa del miedo o de la furia.
-¿Por qué amenazas
a este gato, hermana de caza? -cantó Fritti despacio y con serenidad-. ¿Te ha
hecho algún daño? Es el hijo de mi prima y debo defenderlo.
La pregunta ritual
pareció calmar un poco a la zorra, pero no retrocedió.
-Amenazó a mis
cachorros -repuso ella, jadeante-. Pelearé con los dos, si es necesario.
¡Sus cachorros!
Cazarrabo comprendió mejor la situación. Las zorras, al igual que las madres de
la Comunidad, son capaces de hacer cualquier cosa para proteger a sus retoños.
Fritti miró sus costillas protuberantes. Por lo visto, había sido un otoño difícil
para la madre y sus crías.
-¿Cómo amenazó a tu
familia? -preguntó Cazarrabo.
Saltarín, a un
salto de distancia, miraba fijamente al visl, como si no se hubiera percatado
de la presencia de Fritti.
-En las horas
oscuras de la mañana llevé a los cachorros de caza -relató la zorra después de
mirar a Fritti con expresión crítica-, y de repente olfateé animales rapaces,
de los grandes. Era un aroma extraño, mezcla de tejón y felino. Me apresuré a
volver con los cachorros a la madriguera y me tendí sobre ellos para
mantenerlos callados. Sin embargo, el olor a peligro no desapareció y decidí
salir fuera y ahuyentar de allí a la criatura que acechaba mi cueva. Les dije a
los cachorros que se quedaran donde estaban y me marché por otra salida.
»El olor era muy
fuerte, así que los animales rapaces estaban cerca. Me mostré brevemente y
corrí. Un momento después, noté que alguien me seguía. Lo conduje al interior
de un barranco y luego al borde de una hondonada. Incluso me exhibí en un
prado, con la esperanza de echar un vistazo a mi perseguidor a la luz de la
luna.
-¿Quién era?
-interrumpió Cazarrabo.
El visl lo miró
fijamente y el pelo de sus ancas volvió a erizarse.
«¡Paciencia!», se
riñó Cazarrabo a sí mismo.
-No lo sé, gato
-dijo ella con brusquedad-. Eran demasiado listos para seguirme hasta un prado.
Como no aparecieron, volví, temiendo que aprovecharan mi ausencia para atacar
la madriguera. Pero, como ya he dicho, eran muy listos y crueles... Cuando
entré en el bosque, me estaban esperando y tuve que correr como Renred para
escapar. Se mantuvieron ocultos entre las sombras y la vegetación. Ni siquiera
sé con seguridad cuántos eran, aunque creo que más de tres.
Fritti admiró el
valor de la madre zorra y se preguntó si él podría llegar a ser tan abnegado en
una situación similar. Entonces el visl volvió a hablar:
-Bueno, yo corrí y
corrí lo bastante lejos para que mis cachorros quedaran a salvo y los conduje a
un matorral de tojo, donde les dejé varios olores falsos... Espero que estés
escuchando con atención. Rara vez hablo con gatos y nunca repito las cosas.
-Te escucho con
gran interés, hermana de caza.
-Muy bien. -La
zorra parecía apaciguada. Fritti tenía la esperanza de que pudieran solucionar
la travesura infantil de Saltarín sin recurrir a las uñas y a los dientes-.
Después tomé un camino de regreso que los confundiría, llegué a mi madriguera y
me encontré con un gran alboroto: mis crías bramaban y aullaban llamándome.
¡Era evidente que los demás se habían propuesto alejarme de allí mientras éste
se quedaba a atacar a mis cachorros!
El pelo de la zorra
volvió a erizarse. Cazarrabo iba a decir algo para tranquilizarla, cuando
Saltarín dejó escapar un chillido agudo. Fritti y la zorra se giraron y vieron
al gatito asustado y jadeante.
-¡No, no! ¡Yo
estaba escondido! ¡Escondido! -gritó Saltarín con tono suplicante-. ¡Me
escondía de ellos!
El gatito comenzó a
temblar de forma incontrolable. Fritti se preocupó por su pequeño amigo y
comenzó a acercarse despacio hacia él.
-Hermana de caza,
creo que en tu comprensible preocupación por tus crías has confundido a otra de
las víctimas con uno de los malhechores. -Ya estaba junto a Saltarín.
Desconsolado, el gatito escondió el hocico en uno de los flancos de Cazarrabo y
sollozó. La zorra fijó sus ojos sagaces en Fritti.
-¿Cuál es tu
nombre, gato?
-Cazarrabo, del
clan del Muro de la Asamblea -respondió con respeto.
Su canción serena
parecía haber servido para evitar un enfrentamiento.
-Yo me llamo
Karthwine -dijo sencillamente la zorra-. Dejaré que te lleves al hijo de tu
prima sin hacerle daño, pero tú debes hacerte responsable de que se mantenga
lejos de las madrigueras de mi Comunidad. Si vuelvo a encontrarlo cerca de mis
cachorros, no tendré compasión de él.
-Eso me parece
justo, Karthwine -repuso Cazarrabo con una pequeña inclinación de cabeza.
El visl lo miró de
arriba abajo y echó un último vistazo a Saltarín, que había ocultado la cara en
el vientre de Cazarrabo.
-Cantas bien,
Cazarrabo -dijo la zorra despacio, pronunciando con cuidado cada palabra-, pero
en este mundo uno no puede fiarse sólo de eso. Nosotros, los zorros, cantamos y
sabemos muchas cosas, pero también enseñamos a nuestros cachorros a morder.
Tras esas palabras
se giró y se alejó de allí con una gran solemnidad.
Amanecía. Cazarrabo
estaba tendido junto al tembloroso Saltarín, cantándole canciones
tranquilizadoras. Un rato después, cuando el terror del pequeño se hubo
disipado, Fritti lo condujo al árbol que había elegido para dormir y se
acurrucó sobre él. Mientras el sol de la mañana se alzaba en el cielo,
cubriendo el suelo del bosque de sombras entrecruzadas, los dos gatos se
durmieron.
El calor de la Hora
de las Sombras Pequeñas despertó a Cazarrabo, y entonces descubrió que Saltarín
ya no estaba a su lado. Fritti alzó la vista y vio al joven gatito retozando,
con su suave pelaje lleno de púas de pino y hojas secas. Al levantarse y estirarse,
Fritti notó que le dolían todos los músculos. Mientras contemplaba con envidia
las cabriolas de su pequeño amigo, decidió que tendría que aflojar la marcha
hasta acostumbrarse al ritmo de vida de un viajero.
Saltarín seguía
retozando con alegría mientras Fritti tomaba baños de sol en sus doloridas
patas, al parecer ya recobrado por completo del terror de la noche anterior.
Sin embargo, cuando Fritti le preguntó qué había ocurrido, una sombra de
inquietud oscureció los ojos del gatito.
-¿No podemos hablar
de ello después de comer, Cazarrabo? -preguntó-. Tengo mucha hambre.
Fritti asintió y el
resto de la tarde la dedicaron a una caza no demasiado fructífera, arruinada
sobre todo por Saltarín, que tenía la costumbre de gritar cuando se ponía
nervioso. Aun así, lograron capturar un par de escarabajos, que, aunque les
produjeron un extraño cosquilleo al bajar por la garganta, les calmaron el
hambre. Después de beber de un charco de agua estancada, se sentaron a la
sombra a hacer la digestión.
Sólo el zumbido de
invisibles insectos rompía el largo y soporífero silencio de la tarde. Luego,
cuando Fritti estaba por dormirse otra vez, Saltarín comenzó a hablar:
-Sé que no debería
haberte seguido, Cazarrabo. Soy consciente de que seré una carga para ti, pero
¡deseaba tanto ayudarte! Tú has sido amable conmigo muchas veces, cuando Pies
Ligeros y los de más me molestaban o se burlaban de mí, pero, como sabía que no
me permitirías acompañarte, me escondí hasta que te fuiste y luego seguí tu
rastro. ¡Yo solo! -añadió con orgullo.
-¡Ah! Por eso
hacías tantas preguntas sobre mi partida.
-Exactamente.
Quería saber de dónde saldrías. Aún no soy un rastreador tan bueno -añadió con
cierta tristeza, pero enseguida se animó-. De todos modos, mantuve la nariz
cerca del suelo y te seguí. Todo fue muy bien hasta el mediodía, entonces me
confundí.
»Daba la impresión
de que tu rastro se había convertido en el de alguien más; se volvió doble y
bajaba y subía de los árboles, al menos olía así. Me confundí mucho y deambulé
sin rumbo durante un rato; cuando volví a encontrar tu rastro, las huellas estaban
muy frías. Te seguí como pude, pero estaba oscureciendo y tenía hambre. La
verdad es que continúo hambriento. ¿Podríamos ir a buscar más escarabajos o
algo así?
-Más tarde,
Saltarín -gruñó Fritti-. Más tarde. Primero quiero oír el resto de tu canción,
pequeño cu’nre.
-Oh, sí. Bien, yo
intentaba ganar terreno, pues tenía la esperanza de que te detuvieras a dormir,
cuando de repente oí un ruido espantoso. Era un enorme grupo de pájaros y todos
cantaban y gritaban al mismo tiempo. Alcé la vista y me encontré con cientos de
ellos, una verdadera nube de fla-fá az volando como locos alrededor de un árbol
y haciendo un horrible alboroto.
»Por supuesto, me
acerqué a la base del árbol para ver lo que ocurría.
»Allí arriba debía
de haber ocurrido algo horrible. Había muchos fla-fa az muertos, desgarrados y
mordidos, y un montón de plumas caídas de las ramas superiores flotaban en el
aire. Entonces miré hacia arriba y ¡vi ojos!
-¿Ojos? ¿Qué
quieres decir? -preguntó Fritti.
-Ojos, grandes ojos
de color amarillo claro. Nunca había visto otros iguales. Había demasiadas
ramas para que pudiera distinguir algo más, pero sé que no me equivoco.
Entonces, quienquiera que estuviera allí arriba lanzó un bufido y yo huí. Creo
que bajó del árbol y comenzó a perseguirme, Cazarrabo, porque los pájaros
dejaron de hacer aquel terrible alboroto; pero yo no miré atrás para
comprobarlo. -Saltarín hizo una pequeña pausa, con los ojos cerrados, y luego
continuó-. Por el ruido, me pareció que había más de uno. Eran rápidos y, si yo
no hubiera sido lo bastante pequeño para escabullirme entre los arbustos, me
habrían cogido. Nunca había estado tan asustado... ni siquiera el día en que me
persiguió un Gruñón.
»Al final, apenas
si podía seguir corriendo. Iba cada vez más despacio. No oía nada a mi espalda,
así que me detuve a escuchar con atención.
»Me quedé allí con
las orejas de punta, ¡hasta que salió alguien de debajo de una roca y me cogió!
-¿De debajo de una
roca? -dijo Cazarrabo, incrédulo.
-¡Lo juro por los
Primogénitos! ¡Me cogió una pata! Mira, ¿ves esos rasguños? -Saltarín mostró
sus heridas-. No vas a creer esto, Cazarrabo, pero ¡quienquiera que fuese la
criatura que me agarró... tenía uñas rojas!
-Bien, dijiste que
alguien había matado a los pájaros. Tal vez fuera sangre.
-¿Después de
perseguirme durante media hora entre la tierra y las zarzas? Se habría
limpiado. Además, no era sangre seca. Era un rojo brillante. -Intrigado, Fritti
le hizo un gesto para que continuara-. Chillé como un grajo, por supuesto, y de
alguna manera logré zafarme. Me interné todo lo que pude en un arbusto
enmarañado, con la esperanza de que ellos fueran demasiado grandes para
perseguirme. Ya no me quedaban fuerzas para correr, y, aunque aquellas
criaturas no volvieron a hacer ruido, yo intuía que seguían allí.
»Entonces olí a
zorro y mis perseguidores se marcharon. Después de esperar un rato, salí del
arbusto y encontré la entrada de la madriguera. Me metí dentro suponiendo que
si volvían podría protegerme allí, pero entonces regresó el visl. Ya conoces el
resto.
Fritti se inclinó
hacia delante y restregó la nariz contra la frente del jovencito.
-Fuiste muy
valiente, Saltarín. Muy valiente. ¿Dices que no pudiste ver a tus
perseguidores?
-No muy bien, pero
nunca olvidaré esos ojos. ¡Ni esas garras rojas! ¡Puf! -Saltarín se sacudió
desde la cabeza al rabo, y luego se volvió hacia Fritti. Todo el nerviosismo se
había desvanecido-. Tanta charla sobre los fla-fa'az me ha abierto el apetito. ¿Te
he dicho que tengo hambre?
-Creo que sí -rió
Cazarrabo.
Descansaron durante
el resto de la tarde y partieron otra vez a la hora del crepúsculo.
Cazarrabo dudaba de
la conveniencia de llevar a Saltarín con él, pero llegó a la conclusión de que
no tenía otra opción: no podía enviar al gatito de vuelta a casa, a través del
peligroso bosque, y tampoco quería abandonar la búsqueda de Pata Suave.
Avanzaban con
bastante rapidez. Saltarín trotaba delante de Fritti o se demoraba fascinado
por una mariposa o una piedra brillante. Una cosa compensaba la otra y la
marcha era más o menos constante. Con el tiempo, Saltarín logró controlar un
poco sus chillidos, y la caza mejoró.
Pasaron varios
días. Establecieron una rutina, alternando caminatas y períodos de descanso,
una larga siesta al mediodía, cuando el sol estaba alto, y otra después de la
última Danza, que duraba hasta el amanecer. Mientras viajaban, cazaban algún
escarabajo o un pájaro pequeño escondido entre la vegetación y sólo intentaban
capturar presas más grandes antes de la siesta de la Hora de las Sombras
Pequeñas.
Una tarde, Saltarín
logró atrapar a un Chillón. Era un ratón joven y muy estúpido, pero el gatito
lo capturó sin ayuda y se sintió lleno de justificado orgullo. De todos modos,
Fritti llegó a la conclusión de que tenía el mismo sabor que sus compañeros más
inteligentes.
La compañía
aliviaba el aburrimiento del viaje y los días volaban. Aunque había ocasiones
en que los incesantes saltos y cabriolas de Saltarín le provocaban deseos de
gruñir o golpearlo, Fritti es taba contento de que el gatito estuviera a su
lado. Saltarín, por otra parte, estaba encantado de vivir una aventura con un
gato mayor y admirable. El temor de su primera noche en la selva parecía
haberse desvanecido sin dejar rastros.
A medida que
avanzaban, el follaje parecía cambiar a su alrededor; tan pronto era espeso y
enmarañado como despejado y aireado como la orilla del Bosque. Entonces, al
final del quinto día, notaron que los árboles eran cada vez más pequeños y
estaban más separados entre sí.
Tras subir a una
roca que sobresalía entre las copas de los árboles como una fela sobre sus
gatitos, Cazarrabo y Saltarín contemplaron el amanecer del sexto día de viaje.
Debajo, el bosque se extendía otros cinco o diez kilómetros, se volvía cada vez
más despoblado y por fin desaparecía. Más allá, había verdes prados ondulados,
jalonados por grupos de árboles en las hondonadas.
Los prados se
perdían en la distancia hasta desvanecerse en la niebla de la mañana. Al otro
lado habría otras colinas, otros bosques, o quién sabe qué... Cazarrabo no
conocía a nadie que supiera lo que había más allá del viejo Bosque.
Los dos compañeros
olfatearon la brisa, aspirando los olores que despedía el aire cálido. Saltarín
miró hacia abajo y dio un súbito empujón a Fritti.
Debajo, sobre una
de las rocas inferiores del afloramiento de tierra, había otro gato. Era una
curiosa visión: el animal estaba cubierto de barro, tenía el pelo enmarañado y
los ojos desorbitados. Cuando Cazarrabo y Saltarín lo miraron, el gato
desconocido alzó la vista y les dedicó una mirada extraña y desenfocada. Apenas
tuvieron un momento para reparar en su pelaje despeinado y en su cola torcida;
enseguida el desconocido saltó de la roca, aterrizó sobre una rama ancha y
tambaleante y desapareció entre el follaje. Las hojas temblaron un instante a
su paso y luego recuperaron la quietud.
7
-Oh, no puedes
evitar eso -dijo el gato-. Aquí estamos todos locos.
Yo estoy loco y tú
estás loca.
-¿Cómo sabes que
estoy loca?-preguntó Alicia.
-Debes de estarlo
-respondió el gato-, de lo contrario no habrías
venido aquí.
Lewis Carroll
Cazarrabo pensaba
mucho. Los largos días de caminatas le ofrecían la oportunidad de hacerlo, de
modo que se dedicó a evaluar los hechos con gran minuciosidad. La historia de
la persecución de Saltarín encajaba con las demás cosas que había oído: la
desaparición de algunos miembros de la Comunidad, los relatos sobre los ataques
de los gatos que contaban los rikchikchik.
El señor
Dentelladas había mencionado a cuatro gatos y aquel número había bastado para
que Fritti pensara que la Comunidad no era responsable de los asaltos a las
madrigueras de las ardillas. Karthwine, la zorra, había dicho que las bestias
olían a una mezcla de gato y tejón. Tal vez aquellas criaturas tuvieran un
aspecto similar al de los gatos, lo cual inducía a animales pequeños como los
rikchikchik a conclusiones equivocadas.
Incluso Bostezos
había dicho que se respiraba algo extraño en el aire. ¿Un nuevo tipo de bestia
merodeadora? Fritti recordó la descripción de Saltarín y se estremeció.
De repente pensó en
Pata Suave con súbito terror. ¿La habrían atrapado esas criaturas? No; él no
había olido a miedo en su madriguera vacía. ¡Sin embargo, podrían haberla
capturado en el bosque! ¡Pobre Pata Suave! Un mundo tan grande y tan lleno de
peligros...
De pronto, Saltarín
comenzó a molestar a un tejón, lo que atrajo su atención. Llegado el caso,
aquellos grandes excavadores podían comportarse de una forma salvaje. Cazarrabo
olvidó sus reflexiones y se apresuró a salvar al pequeño de la inminente catástrofe.
Mientras cogía a Saltarín por la nuca y lo arrastraba lejos de allí, Fritti
balbució una disculpa al furioso tejón. La bestia los miró retroceder con un
gruñido de desprecio, y se alejó andando como un pato, con el pelo de sus
flancos encrespado.
La experiencia no
desanimó demasiado a Saltarín. Pronto partieron otra vez hacia los confines del
Viejo Bosque.
Al despertar de su
siesta matinal, Cazarrabo sintió unos ojos clavados en él. Al otro lado del
claro estaba el extraño gato que habían visto en la roca. Antes de que Fritti
pudiera desembarazarse del soñoliento Saltarín que dormía sobre él, el gato se
fue sin dejar rastro. Habría jurado que aquella criatura quería hablarles, pues
tenía una extraña expresión de añoranza en los ojos.
Aquella tarde,
mientras cruzaban un bosquecillo de álamos, el gato volvió a aparecer ante
ellos. Esta vez no huyó, sino que se quedó mordisqueándose el labio inferior
con nerviosismo mientras ellos se aproximaban.
Visto desde cerca,
el gato tenía un aspecto extraordinario. Su color original estaba oculto bajo
el polvo y el barro que le ensuciaban la piel y habían convertido su pelo en
una maraña de remolinos. Desde la cabeza a la punta del rabo, su cuerpo estaba
cubierto de ramitas y hojas, trozos de líquenes, agujas de pinos y todo tipo de
extraña basura. Tenía los bigotes doblados y una mirada triste y perpleja.
-¿Quién eres,
hermano de caza? -preguntó Fritti con cautela-. ¿Nos buscas?
Saltarín no se
despegaba de su lado.
-Quién...,
quién..., quién..., los ruhué... -entonó el extraño con solemnidad en una grave
voz masculina, y luego volvió a mordisquearse el labio.
-¿Cómo te llamas?
-insistió Fritti. .
-Ixum squixum...
falso y diabólico... ¿qué tal? -El extraño gato miró a Fritti a los ojos con
expresión ausente-. Comebichos es yo, soy yo... Corro, por tanto soy... ya
ves...
-¡Está loco,
Cazarrabo! -gimió Saltarín con nerviosismo-. Tiene la enfermedad de las babas.
¡Estoy seguro!
Fritti lo mandó
callar con un gesto.
-¿Te llamas
Comebichos? ¿Es ése tu nombre?
-El mismo, el
mismo. Devorador de hierba, masticador de piedras... isky pisky squiddlum
squee... ¡Oh! ¡No! -Comebichos se giró como si hubiera aparecido alguien a su
espalda-. ¡Detente! -le gritó al aire-. ¡Ya basta de bailar y mecerte cuando no
te oigo, intrigante y sibilante ratón! -Se volvió otra vez hacia los gatos con
una expresión salvaje en los ojos, pero, después de mirarlos, pareció
experimentar un cambio. La mirada se trucó de demencial en avergonzada-. Ah, el
viejo Comebichos a veces se confunde, sí -dijo mientras removía la tierra con
su sucia pata-. Pero no quiere hacer daño, nunca lo haría, como veis...
-¡Está loco! -bufó
Saltarín, alarmado-. ¿No lo has visto? ¡vámonos de aquí!
Cazarrabo también
estaba un poco nervioso, pero por alguna razón aquel viejo gato lo conmovía.
-¿Qué podemos hacer
por ti, Comebichos? -preguntó mientras Saltarín lo miraba como si él también se
hubiera vuelto loco.
-Aquí estamos
-contestó el desconocido-. Aquí estáis. El viejo Comebichos estaba solo y
deseaba hablar. Es un mundo muy grande, pero hay muy pocos con quien hablar.
-El viejo gato se rascó detrás de la oreja con aire distraído y una pequeña
vaina de semillas cayó al suelo. Comebichos se inclinó y, tras olfatearla con
interés, la arrojó de allí con un manotazo furioso-. Ése es vuestro mundo,
¿verdad? Ése es vuestro mundo -balbució y entonces pareció recordar a los
demás-. Os pido perdón, jóvenes señores -dijo-. A veces divago un poco. ¿Puedo
caminar con vosotros un tiempo? Conozco varios cuentos y uno o dos juegos.
Cuando el mundo aún era un cachorrillo, yo ya era cazador, ¡y todavía soy muy
capaz de capturar buenas presas! -añadió mirando a Fritú con esperanza.
En realidad,
Cazarrabo no quería otro compañero, pero aquel gato viejo y miserable le daba
pena, de modo que hizo caso omiso de las frenéticas señales de Saltarín y dijo:
-Desde luego.
Estaremos honrados de contar con tu compañía durante un tiempo, Comebichos.
El viejo gato
cubierto de barro saltó e hizo una cabriola tan ridícula en el aire que ni
siquiera Saltarín pudo evitar reír.
-¡Cochinillos y
huellas de patas! -exclamó Comebichos mientras se detenía y miraba a su
alrededor. Luego se inclinó hacia sus compañeros-. ¡Larguémonos de aquí!
-murmuró con voz de conspirador.
Comebichos no era
un mal compañero de viaje. Los ataques que le sobrevenían de vez en cuando no
entrañaban ningún peligro, e incluso Saltarín acabó por aceptarlo sin recelo.
Por la noche, interpretó una inacabable serie de canciones y extraños poemas.
Cuando Fritti le rogó que se callara, ansioso por disfrutar de un rato de paz,
se volvió tan silencioso como el barro.
A la hora de la
última Danza se detuvieron a descansar, y Comebichos seguía callado.
Fritti no pudo
evitar sentirse culpable por la seriedad con que el viejo gato había tomado su
regañina, pues no había sido su intención silenciarlo porcompleto, de modo que
se aproximó al viejo gato, que estaba tendido en el suelo con los ojos fijos en
el vacío.
-Dijiste que
conocías muchos cuentos, Comebichos. ¿Por qué no nos cuentas uno? Nos
encantaría oírlo.
Comebichos no
respondió enseguida y, cuando por fin alzó la vista para mirar a Cazarrabo, sus
ojos reflejaban una pena enorme y conmovedora. Por un momento Fritti temió
haber sido el culpable de esa pena, pero después de un momento se percató de
que el gato ni siquiera lo veía.
Cuando aquella
expresión se esfumó de su rostro, los ojos de Comebichos enfocaron la cara de
Cazarrabo y una sonrisa tenue se dibujó en sus labios.
-¡Ah! ¿Qué, chico,
qué?
-Un cuento. Dijiste
que nos contarías un cuento.
-Así es, lo dije, y
conozco muchos... ¡delirantes, asombrosos y espeluznantes! ¿Sobre qué tema lo
quieres?
-¡Sobre las
aventuras de Pies de Fuego! -exclamó Saltarín con entusiasmo.
-¡Oh! -exclamó
Comebichos, sacudiendo su cabeza cubierta de barro-. Me temo que no sé ninguno
bueno sobre Pies de Fuego. ¿Alguna otra idea?
-Biennnnnnn...
-Saltarín reflexionó, desilusionado-. ¿Qué tal uno de Gruñones? ¡De enormes y
despreciables Gruñones y gatos valientes! ¿Puede ser?
-¡Por el caracol
carcamal! ¡Vaya si sé uno bueno de Gruñones! ¿Os lo canto?
-¡Sí, por favor!
-respondió Saltarín temblando de placer. Echaba de menos los cuentos.
-De acuerdo
-asintió Comebichos, y comenzó su relato-. Hace muchísimo tiempo, cuando los
gatos eran gatos y por las noches las ratas y ratones cantaban
«pito-pito-colorito» en los matorrales, los Gruñones y la Comunidad vivían en
paz. El último perro-demonio había muerto y sus pacíficos descendientes cazaban
junto a nuestros ancestrales antepasados.
»Había un príncipe,
¡y qué príncipe!, llamado Patas Rojas, que era muy desgraciado en la corte de
su madre, la reina Saltanubes. Así que se marchó a la selva a cantar y bailar,
a confabularse con las rocas y los árboles y buscar aventuras...
-¡Igual que Pies de
Fuego! -maulló Saltarín.
-¡Shhh! -lo
reprendió Fritti.
-Bien -continuó
Comebichos-, un día, cuando el sol estaba alto en el cielo y le lastimaba los
ojos, Patas Rojas encontró dos enormes montañas de huesos a cada lado del
camino, a la entrada de un valle. Sabía que eran las puertas de Barbarbar, la
ciudad de los perros. Patas Rojas no temió entrar en el valle, pues en aquel
entonces los Gruñones y la Comunidad no eran enemigos y además él era el
príncipe de su pueblo.
»Allí había todo
tipo de Gruñones, altos y bajos, gordinflones y esmirriados, que saltaban,
corrían, ladraban, cavaban pozos y llevaban huesos de aquí para allá. Sin
embargo, casi todos los huesos acababan en los pilares de la entrada, donde los
depositaban los refunfuñones obreros. A medida que avanzaba el día, los ágiles
Gruñones tenían cada vez más dificultades para trepar a lo alto de las montañas
de huesos, donde intentaban, jadeantes y con los hocicos secos, unir los
pilares para formar un arco.
»Por fin apareció
un enorme y majestuoso mastín que comenzó a ladrar órdenes. Aunque los Gruñones
saltaban y corrían de aquí para allí para complacerlo, todos sus esfuerzos eran
inútiles y no conseguían unir los pilares. Todos los cachorros con patas ágiles
de la ciudad fueron enviados a llenar el último hueco, que ya no era más que
del tamaño de un hueso, pero ninguno logró trepar hasta lo alto de los pilares
curvos...
Cazarrabo tuvo una
sensación extraña. Mientras escuchaba la canción de Comebichos, tendido en el
suelo con los ojos cerrados, notó que podía verlos sucesos del relato, cosa que
nunca había logrado en el muro de la Asamblea. En su imaginación, contempló las
inclinadas torres de huesos, los esfuerzos de la comunidad de Gruñones y de su
jefe, tan claramente como si hubiera estado presente. ¿Por qué le ocurriría
aquello? Concentrado en las palabras del viejo gato, se lamió una pata
delantera y se lavó la cara.
-En aquel tiempo
-continuaba Comebichos-, los perros aún no se habían convertido en los actuales
sinvergüenzas, que lamen a los hombres y babean al beber. Como ya sabéis, los
miembros de la Comunidad siempre los han encontrado divertidos... salvo en medio
de una lucha abierta, por supuesto. Bien, mientras Patas Rojas observaba el
desfile de cachorrillos que trepaban al arco y retrocedían, derrotados, un
momento después, no pudo evitar reír.
»Al oírlo, el
enorme mastín se volvió enfurecido y gruñó con voz gutural: "¿Quién eres
tú para reírte, gato?". Patas Rojas disimuló su regocijo y respondió:
"Soy Patas Rojas, del linaje de Harar".
»El mastín fijó sus
ojos en él.
»-Yo soy Rauro
Muerde-luego-Ladra, rey de estos perros, ¡y no es conveniente ni apropiado
reírse de mí!
»Con estas palabras
el rey perro hinchó el pecho y desorbitó los ojos en un gesto tan arrogante que
Patas Rojas estuvo tentado de reírse otra vez.
»-¿Cuánto tiempo
hace que estáis construyendo esta puerta, oh rey? -preguntó.
»-Ya han pasado
tres temporadas enteras -respondió Muerde-luego-Ladra- y sólo nos falta un
hueso para terminarla.
»-Ya lo veo -repuso
Patas Rojas, y de repente sintió deseos de burlarse de aquel pomposo y
presuntuoso rey de los perros-. Majestad, si yo terminara de construir la
puerta, ¿me concederías un deseo? -dijo.
»-¿De qué se trata?
-preguntó el rey con desconfianza.
»-Si logro acabar
la tarea, me gustaría quedarme con un hueso.
»El rey pensó en
todos los huesos que tenía en su poder, ladró complacido por la modestia del
pedido y contestó: "Si haces esto por mí, tendrás cualquier hueso que
desees de mi reinó".
»Patas Rojas aceptó
y trepó con cautela y agilidad sobre el inclinado arco, llevando el último
hueso en la boca. Al llegar a lo alto, colocó con cuidado la última pieza entre
los extremos de las curvadas torres, donde encajó como la última escama que concedía
Meerclar a los lagartos. Luego bajó mientras todos los perros ladraban y
aullaban de placer al ver el imponente arco concluido y en pie.
»Mientras todos
miraban hacia arriba fascinados, agitando las orejas con la lengua afuera,
Patas Rojas se dirigió a la base de una de las columnas del arco y, tras buscar
con atención durante un instante, se inclinó hacia delante y tiró de uno de los
huesos allí apilados.
»Durante unos
inquietantes segundos no ocurrió nada, pero luego, entre estremecimientos y
gemidos, la arcada se inclinó un poco hacia un lado, otro poco hacia el otro...
y por fin se desplomó con un ruido capaz de despertar a los muertos.
»Cuando el rey
Rauro muerde-luego-Ladra se volvió hacia Patas Rojas, babeando de furia, el
príncipe se limitó a decir:
»-He elegido mi
hueso, tal como habíamos acordado -y se echó a reír.
»Los ojos del rey,
ardientes de furia, iban de Patas Rojas al arco desmoronado.
»-¡Co-co-coged a
es-es-es-te mal-mal-mal-dito ga-ga-ga-to y ma-ma-ma-tadlo! ¡ma-ma-ma-tadlo!
»Todos los Gruñones
de Barbarbar saltaron a la vez y corrieron tras Patas Rojas, pero éste logró
escapar pues era más rápido que cualquiera de ellos.
»Mientras corría,
el gato giró la cabeza y gritó:
»-Acuérdate de mí,
oh rey, cuando lleno de arrogancia mordisquees un hueso de cadera en tu
insepulto trono de estiércol.
»Y, desde entonces,
nosotros los gatos y ellos, los perros, nos comportamos como enemigos
dondequiera que nos encontremos. Nunca nos han perdonado la humillación sufrida
por su rey y nunca lo harán, aunque el sol se caiga del cielo y las serpientes
aprendan a volar en la brisa de la mañana.
Cuando Comebichos
concluyó su canción, Saltarín ya dormía entre suaves ronroneos. Fritti sintió
que aquella extraña sensación de clarividencia lo abandonaba. Intentó
interrogar a aquel curioso gato cubierto de barro, pero Comebichos estaba
semidormido, sumido en una especie de trance, y no le respondió. Por fin,
Cazarrabo también sucumbió al cansancio y se adentró en el campo de los sueños.
Cuando una suave
presión en el pecho y en el vientre arrancó a Cazarrabo de su sopor, el sol de
la mañana brillaba en lo más alto del cielo.Saltarín aún dormitaba, con las
patas extendidas sobre Fritti. El gatito había dejado de mamar poco tiempo
antes y debía de estar soñando con su madre y su madriguera. Una vez más, lo
asaltó el temor de exponer a su joven compañero a los peligros de aquella
misión. Una vez que alcanzaban la madurez, los miembros de la Comunidad solían
ser cazadores o aventureros solitarios, y aquel sentido de la responsabilidad
no parecía del todo natural.
«Por supuesto
-pensó-, en los últimos tiempos han estado ocurriendo muchas cosas poco
naturales.»
Mientras Saltarín
continuaba su infructuosa búsqueda de leche, Fritti recordó a su propia
madre... y se sintió súbitamente feliz por tener otro cuerpo cálido y peludo al
que abrazar en aquellos extraños parajes. Lamió la piel suave de la oreja de
Saltarín, y el gatito ronroneó complacido en sueños. Cuando comenzaba a
dormirse otra vez, Cazarrabo oyó una voz.
Comebichos caminaba
en círculos y hablaba solo. Sus ojos tenían la extraña mirada ausente que
Fritti ya conocía y su cuerpo raído y cubierto de barro estaba erguido y tenso.
-... Yendo y
viniendo atrapados... Aquí estamos... ¡atrapados! Clavados contra el muro,
contra este inestable y frágil muro... -refunfuñaba Comebichos con vehemencia
mientras caminaba de un sitio a otro ante la mirada perpleja de Fritti-. ...
Los pájaros y esos seres rojos bramantes, bramantes, con ojos gelatinosos...
que ríen y danzan... ¡No se puede salir!... Arañar la puerta... ¿dónde está?
Debo encontrarla...
De repente todos
los pelos del viejo gato se erizaron, como si lo hubiera sorprendido un sonido
o un olor. Fritti no percibió nada extraño, pero Comebichos bufó con las garras
prontas y los dientes apretados.
-¡Están aquí!
¡Puedo sentir su presencia! ¿Para qué me quieren? ¿Para qué? -Aulló y miró de
un lado a otro con ojos desorbitados, como si estuviera rodeado de enemigos-.
Me necesitan y hace daño... ¡Aaaay!... el Vaka'az'me... perdón... ¡Ah! ¡Allí
hay una grieta! ¡Una grieta en el cielo!
Tras estas
palabras, Comebichos se retorció, tembló de pies a cabeza y huyó hacia la
espesura. La conmoción de su huida pronto se desvaneció en la distancia.
En aquel momento se
despertó el joven acompañante de Cazarrabo.
-¿Qué ha sido eso?
-preguntó soñoliento mientras se estiraba y bostezaba-. Me ha parecido oír un
gran alboroto.
-Era Comebichos
-respondió Cazarrabo-. Creo que se ha escapado. Le ha dado uno de sus ataques y
parecía convencido de que lo seguían.
Fritti sacudió la
cabeza, intentando borrar de su mente la extraña imagen de Comebichos.
-Bueno, supongo que
tenía que suceder -dijo Saltarín con tono de resignación.
-Es probable que
vuelva -señaló Fritti.
-Oh, no es mal
gato, aunque esté más loco que un sinsonte. Sin embargo, cuenta historias
divertidas. La de Patas Rojas me gustó mucho. ¿Quién fue Patas Rojas en
realidad, Cazarrabo? Nunca oí a Barba Cerdosa cantar sobre él ni tampoco sobre
la reina Saltanubes.
-La verdad es que
no lo sé, Saltarín -repuso Fritti, y, cuando iba a sugerir que salieran a cazar
algo para el desayuno, notó que los pájaros habían parado de cantar.
El bosque se sumió
en una profunda quietud y varios gatos surgieron de entre la espesura tan
silenciosamente como la hierba al crecer. Eran gatos extraños, mudos como
sombras. Antes de que el perplejo Fritti o el pequeño Saltarín pudieran decir o
hacer nada, los extraños gatos formaron un círculo a su alrededor.
Saltarín comenzó a
sollozar asustado y los desconocidos los miraron con frialdad.
8
Mi cuerpo traduce
misterios con facilidad.
Mi cuerpo es un
manual que enseña cómo andar.
Juro que mi rastro
es tan profundo como el del agua.
Transmito un
mensaje con mi lomo flexible,
aunque me reservo
más mensajes de los que muestro.
Levanto la pata y
dejo una señal secreta.
PhilipDacey
Fritti y su
compañero estaban rodeados por un inquieto corro. Los extraños habían formado
un círculo a su alrededor y pasaban junto a ellos con movimientos sinuosos,
olfateándolos una y otra vez sin hacer el menor ruido. El círculo se estrechó
hasta que los extraños rozaron con sus narices a Cazarrabo y Saltarín.
Fritti observó que
su pequeño amigo estaba cada vez más asustado y aquellos extraños gatos también
lo notaron. La tensión aumentó en el círculo exterior y también en el interior.
Por fin, Cazarrabo
no pudo soportarlo más. Cuando uno de los desconocidos se acercó a husmear a
Saltarín, Fritti le asestó un manotazo. En lugar de sorprenderse o atacarlo, el
extraño gato se limitó a retroceder un paso y asentir con la cabeza.
Era totalmente
negro y sus músculos se ondulaban bajo el pelaje corto y brillante. Los ojos
eran finas hendiduras, grietas de un color ceniciento, pero no parecía
enfadado. Aquel gato no estaba furioso; por el contrario, demostraba una
alarmante serenidad.
-Bueno -dijo el
gato negro, y su voz sonó como un alud de guijarros-. Ya conocemos la
situación. Muy bien. -Se agachó ante Cazarrabo con las orejas hacia atrás y los
ojos brillantes como brasas encendidas. Cazarrabo se sorprendió a sí mismo
imitando su movimiento en un involuntario gesto reflexivo. Entonces el gato
negro volvió a hablar-. Me preguntaba cuánto tiempo tardaría en dar una
respuesta honorable un mela-mre’az como tú.
Tras esa
observación, el gato se detuvo y miró a Fritti con actitud expectante, como si
aguardara una contestación, pero Cazarrabo, horrorizado, no tenía idea de lo
que debía hacer.
-¿Esperas...,
esperas que me rinda? -preguntó dubitativo.
El gato negro le
dirigió una mirada crítica.
-¿Y bien? -dijo
después de un momento-. ¡Adelante!
-Pues..., pues...
¡no pienso rendirme! -balbució Cazarrabo, lleno de angustia y confusión.
-¡Excelente!
-respondió el gato negro con voz retumbante-. Ya empezamos a entendernos.
Los otros cuatro
gatos negros se apartaron, dejando a su compañero y a Fritti agazapados frente
a frente.
-Yo soy Tembleque,
barón de los Caminantes Primigenios -proclamó el gato negro, mientras sacudía
la cola tras de sí en un movimiento hipnótico-. ¡Dame tu nombre de cara,
intruso!
-Soy Cazarrabo, del
clan del Muro de la Asamblea... ¡y no soy ningún intruso! -concluyó Fritti,
furioso.
Tembleque pareció
complacido, pues asintió con la cabeza, pero su rostro permaneció inexpresivo.
Acercándose más aún al suelo, el gato negro comenzó a hacer un lento movimiento
ondulante con las patas traseras mientras agitaba furiosamente la cola. Sin darse
cuenta, Cazarrabo comenzó a imitarlo. Sus ojos se encontraron y ambos
sostuvieron la mirada.
De repente, Fritti
advirtió que Tembleque era casi dos veces más grande que él, pero en aquel
momento eso no parecía tener importancia. Lo único importante era aquella
escurridiza cola negra que se sacudía hacia un lado y otro...
-Muy bien,
Cazarrabo -siseó Tembleque-. Encomendaré tu ka al regazo de la madre Universal.
-¡Cazarrabo! -gimió
Saltarín con la voz llena de pánico.
Fritti se volvió y
empujó al gatito lejos de él y del peligro.
-Calla, Saltarín.
-Se giró hacia el gato negro y volvió a fijar la vista en aquellos ojos
almendrados-. No deberías descuidar tu propio ka, barón de los fanfarrones.
Para aumentar el
terror de Saltarín, los demás gatos abuchearon a Fritti. Sólo un instante
después, Cazarrabo sintió el primer manotazo de Tembleque y pronto se encontró
en el suelo, revolviéndose para escapar de las garras del enorme gato. Rodó
sobre el lomo y alzó las patas delanteras para golpear el vientre de su
oponente.
Tembleque
retrocedió un poco y Cazarrabo aprovechó la oportunidad para escabullirse y
erguirse en cuatro patas. Sin embargo, sólo fue una pequeña tregua, pues el
gato negro volvió al ataque.
Rodaron por el
suelo una y otra vez mientras se arañaban y aullaban en un atropellado y reñido
combate. Al principio Cazarrabo dio tanto como recibió, pateando el estómago de
Tembleque, mordiéndole y arañándole las patas. Pero él era joven e inexperto, mientras
que el gato negro era grande y, por lo visto, un veterano guerrero.
Los dos
contrincantes se separaron por un momento y comenzaron a andar en círculos sin
dejar de bufar. Ambos sentían la imperiosa necesidad de resolver la situación,
de modo que, después de una pausa de apenas un latido, se arrojaron otra vez el
uno sobre el otro.
Acorralado, Fritti
hizo un último esfuerzo: se giró y se revolvió entre las garras del enorme gato
hasta obtener la libertad de movimientos suficiente para morderle una oreja y
hacerla sangrar. Luego perdió las fuerzas y cayó aplastado bajo el peso de Tembleque.
Sintió cómo las mandíbulas de su enemigo se cerraban sobre su nuca.
-¿Admitirás que ya
es suficiente? -gruñó el barón en el peludo cuello de Fritti, pero, cuando el
joven gato intentaba recuperar el aliento para rendirse, un aullido
ensordecedor retumbó en el claro del bosque y el gato negro se apartó.
Cazarrabo rodó
débilmente sobre su lomo justo a tiempo para ver que Tembleque saltaba y giraba
como un gato endemoniado mientras lanzaba manotazos a Saltarín. El gatito se
resistía impasible, con los pequeños dientes hundidos hasta las encías en la
brillante cola de Tembleque.
Cuando por fin
logró desasirse del joven gato, el barón, agotado y dolorido, se tendió en el
suelo a menos de un salto de distancia de Fritti y lamió su cola herida;
dirigió una mirada llena de reproche a Saltarín, que se la devolvió con aire
desdeñoso.
Los demás gatos
rodearon a Saltarín entre gruñidos de furia, pero Tembleque recuperó el aliento
a tiempo para ahuyentarlos.
-No, no, dejadlo en
paz. Su protector peleó con valentía y él también ha demostrado un gran coraje
para su edad. Tal vez su elección del enemigo no baya sido demasiado
inteligente..., pero eso no tiene importancia. Dejadlo en paz.
Tras asegurarse de
que Saltarín estaba a salvo, Cazarrabo rodó sobre su lomo y quedó con las patas
en el aire. Vio una multitud de puntitos flotando ante sus ojos y luego, por un
buen rato, no volvió a ver nada más...
Al despertar,
Fritti descubrió que Saltarín se había convertido en el centro de atención.
Los extraños gatos
estaban apiñados a su alrededor y lo miraban entre perplejos y divertidos. Por
lo visto, Saltarín les estaba hablando de Comebichos, y Cazarrabo vio cómo
Tembleque reía mientras Saltarín intentaba imitar una de las cabriolas del gato
loco.
Fritti se incorporó
en silencio y estudió al curioso grupo de gatos. Ahora parecían amistosos y era
evidente que se habían ganado la confianza de Saltarín. Sin embargo, Cazarrabo
no era tan fácil de convencer. ¿Quiénes eran esos desconocidos?
Parecía obvio que
Tembleque era el jefe. Incluso mientras reía tendido en el suelo tenía un
aspecto dominante y autoritario. junto a él había un macho gordo y entrecano,
cuyas rayas anaranjadas y negras recordaban los relámpagos de las tormentas de
verano. Estaba sentado con el vientre aplastado contra el suelo entre sus patas
rechonchas.
Al otro lado del
barón había dos gatos más: uno gris y otro con manchas negras y blancas.
Ninguno de los dos alcanzaba el tamaño de Tembleque ni el del viejo con rayas
de tigre, pero eran fuertes y musculosos, y tenían el aire sereno de los buenos
cazadores.
El quinto gato
estaba acurrucado fuera del círculo que rodeaba a Saltarín y era muy diferente.
Al verlo, Fritti sintió un escalofrío. Era blanco como el hielo, delgado y tan
esbelto como una rama de abedul. No obstante, no era su aspecto lo que
preocupaba a Cazarrabo, sino sus ojos extraños y turbadores, de un turbio color
azul. Fritti nunca había visto unos ojos tan grandes. Cazarrabo recordó la
historia de Saltarín y por un instante se preguntó si habrían caído en una
trampa lenta y cruel.
Pero no... Saltarín
había hablado de ojos aterradores, pero ya debía de haber visto a aquel gato
blanco.
«Míralo -pensó-. Si
ésos fueran los ojos que lo asustaron, ¿acaso estaría haciendo cabriolas ante
ellos? Y ninguno tiene garras rojas...»
Mientras Fritti
estudiaba las uñas de los gatos, Saltarín reparó en él y lo llamó con alegría:
-¡Cazarrabo! ¿Te
encuentras bien? Barrigota dijo que te repondrías. Estaba contándoles nuestras
aventuras a los Caminantes Primigenios.
-Ya veo -respondió
Fritti mientras se aproximaba al grupo.
Nadie, excepto
Saltarín, se movió para hacerle sitio, de modo que se acurrucó junto a su
pequeño amigo. Tembleque lo miró con un brillo de desconfianza en sus ojos
rasgados, pero movió la cabeza en un saludo afable.
-¿Has tenido buenos
sueños, Cazarrabo? -preguntó.
-No he soñado nada
-respondió Fritti mientras daba un manotazo afectuoso a Saltarín.
-Bueno, bueno -dijo
el corpulento Barrigota acomodando su enorme vientre para ver mejor a Fritti-.
Aquí está el valiente guerrero. Has peleado muy bien, jovencito. ¿Qué edad
tienes? ¿Has visto unos seis Ojos, quizá?
-Veré mi noveno ojo
dentro de unos pocos cambios de sol. -Clavó la vista en el suelo, avergonzado-.
Soy pequeño para mi edad.
Hubo un momento de
incómodo silencio, roto por la voz suave y ronca de Tembleque.
-Eso no tiene
importancia. El valor no se mide por los Ojos. Ya escasea bastante como para
que no sepamos reconocerlo cuando lo encontramos. Tú has respondido a nuestro
desafío y has luchado tal como mandan las Leyes Ancestrales.
Cazarrabo no
acababa de comprenderlo.
-No me pareció que
tuviera otra opción.
Barrigota rió, y
los labios de Tembleque se curvaron en una sonrisa divertida.
-Siempre hay otra
opción, jovencito -replicó Barrigota, y los demás asintieron con la cabeza-.
Todos los días tienes que tomar decisiones. Incluso, si te apetece, puedes
dormirte en tu pelaje y dejarte morir. Pero un Caminante Primigenio nunca lo
hace, ¿comprendes?
-Yo protegía a mi
amigo.
-Muy justo, muy
justo... -aprobó Tembleque-. A propósito, sería un maleducado si no ofreciera
los nombres de cara. Tú y yo nos hemos conocido gracias a un desafío, pero mis
hermanos de caza aún son extraños para ti. Acabas de hablar con Barrigota. -El
susodicho mostró los dientes en una sonrisa burlona-. Este otro es Tejemeneos.
-El gato gris saludó con un gesto, y él y Fritti se olfatearon mutuamente-.
Aquel elegante gato de gracioso pelaje manchado, a quien los Chillones no
encuentran en absoluto divertido -el macho negro y blanco inclinó su moteada
cabeza-, es Escarbón, y el orgulloso ejemplar que se ha sentado a un lado es
Ojos Brillantes. -El gato blanco se giró y dedicó un movimiento casi
imperceptible de orejas a Fritti, quien tomó el gesto como un saludo y
respondió con una inclinación de cabeza.
-Cuando no está en
un trance místico es capaz de cazar un ratón o dos -observó Escarbón.
-Es nuestro
Oel-var'iz. Ojos Brillantes es el Visionario de los Caminantes Primigenios
-explicó Tembleque con la voz llena de orgullo y respeto.
Fritti estaba
impresionado. Ojos Brillantes debía de ser un gato muy especial para haber
ganado semejante prestigio ante un líder natural como Tembleque.
-Me temo que yo
sólo soy Cazarrabo -replicó en voz baja-. No soy nada especial y, como ya te he
dicho antes, soy más bien pequeño.
Barrigota se
inclinó y lo tocó con su grandiosa cabeza.
-Ser pequeño no
tiene nada de malo. Nuestro señor Pies de Fuego era el más pequeño de los
Primogénitos.
-A propósito de los
Primogénitos, y con todo respeto -dijo Cazarrabo-, ¿puedo preguntaros por qué
os llaman los Caminantes Primigenios?
-Ah, sí. Los gatos
jóvenes aún tenéis muchas cosas que aprender -repuso Tembleque.
-¿Siempre cazáis
en... manada, como ahora? -preguntó Fritti.
-Bueno... -comenzó
el gato negro.
Pero Saltarín lo
interrumpió con ansiedad:
-¿Y qué puede hacer
Ojos Brillantes?
Tejemeneos bostezó
con ampulosidad y luego respondió disgustado:
-No hay duda de que
son afectos a las preguntas. Voy a matar algo para el desayuno -añadió mientras
se alejaba corriendo con agilidad.
Tembleque lo miró
partir y se volvió hacia Cazarrabo.
-Tejemeneos no es
muy paciente, pero tiene otras virtudes. Intentaré responder a algunas de
vuestras preguntas. -Barrigota refunfuñó a su espalda-. Los Caminantes
Primigenios -comenzó Tembleque después de dirigir una mirada fugaz al
malhumorado macho- son los últimos miembros del linaje de la Comunidad que
convivía con el señor Pies de Fuego en la época de los Primogénitos. Uno de mis
antepasados, Garras Prontas, le sirvió durante el reinado del príncipe Lomo
Azul.
»Nos hemos
comprometido de pata y corazón a proteger nuestro patrimonio. Los días de
valerosos combates, juramentos de lealtad y defensa de la verdad no concluirán
mientras sobrevivan los Caminantes Primigenios. -Tembleque miró con solemnidad
a Cazarrabo y a Saltarín-. Si no se obedecen las Reglas y Preceptos, la vida se
convierte en un rasca y araña sin dignidad. Nosotros, los Caminantes
Primigenios, defendemos las leyes de los Primogénitos y las mantenemos vivas.
No siempre es fácil... Muchos hermanos de sangre no pueden resistir nuestra
disciplina. -Giró su negra cabeza de uno a otro de los reunidos y luego su
vista se perdió en el bosque-. Nuestras filas se han reducido.
-Y en el futuro
seremos aún menos -acotó una voz delicada y aguda.
Todos se volvieron
a mirar a Ojos Brillantes, que seguía sentado a una distancia considerable de
los demás.
-Tú lo has dicho,
tú lo has dicho -asintió el barón con voz ronca y cansina.
-Tal vez eso no sea
tan malo-gruñó Barrigota con un deje de disgusto-. ¡A mí no me importaría
prescindir de algunos Caminantes!
-¿Siempre viajáis
en grupos tan grandes? -preguntó Fritti, cuya curiosidad seguía insatisfecha-.
¡Eso es muy extraño!
Escarbón y
Barrigota dejaron escapar una carcajada, y Tembleque se apresuró a explicar:
-No, por supuesto
que no. Sería curioso que los descendientes de Tangaloor Pies de Fuego, un
caminante solitario, deambularan en grupos como una panda de Gruñones. Somos
muy pocos para caminar todos juntos. Además, hay otros barones como yo. Cada
uno tiene su territorio y, aunque la noche del ojo nos reunimos con nuestros
vecinos más cercanos, por lo general andamos solos.
-¡Pero aquí sois
cinco! -observó Saltarín.
-Ah, pero ésta es
una ocasión excepcional. Nos han convocado al territorio de mi hermano, el
barón Cizaña. Todos los Caminantes Primigenios que hayan oído la invitación se
congregarán aquí. No nos reuníamos tantos desde la época de mi padre.
-Bailaremos,
cantaremos y contaremos mentiras -dijo Escarbón con un chasquido-. Tembleque se
enfrentará con Cizaña y Barrigota olfateará demasiada nébeda y nos avergonzará
a todos -añadió mientras esquivaba un manotazo del viejo macho.
-Sí -asintió
Tembleque con suavidad-, pero la causa de esta reunión es un asunto desdichado
y no podremos pensar sólo en divertirnos.
-¡Ay, es verdad!
-gruñó Barrigota-. Debemos hablar de cosas como lo que le hizo ese repugnante
perro al pobre Parlamatas.
-Eres un cazador
temible, viejo amigo -dijo Tembleque con un empujoncito afectuoso-, pero a
veces tu lengua es más rápida que tu vista. El destino de Parlamatas no es la
canción más apropiada para los oídos de estos jóvenes inocentes -agregó
señalando a Fritti y a Saltarín-. Dejemos este tema.
Era obvio que el
temor a herir sus sentimientos no era la única razón para que Tembleque
interrumpiera aquella conversación. El astuto barón negro tenía tanto interés
como Cazarrabo en mantener la discreción en aquel primer encuentro. Una vez
más, Fritti admiró la prudencia de Tembleque.
-Bueno, creo que es
hora de que sigamos el ejemplo de Tejemeneos y capturemos algo para desayunar
-declaró el barón, incorporándose.
-¿Luego nos
contarás más cosas? -preguntó el gatito imitandolo-. ¿Cosas sobre vuestra
reunión y sobre Ojos Brillantes?
-La tierra da sus
frutos en la estación adecuada, Saltarín -respondió Tembleque con voz
afectuosa.
Fritti recordó
haber oído aquella expresión de boca de Barba Cerdosa y reflexionó sobre ella
mientras los demás gatos se separaban para cazar.
Cuando acabaron de
desayunar, el grupo se dispersó en los alrededores del claro para asearse o
dormitar un rato. Había empezado a caer una fina llovizna, y Cazarrabo veía
cómo las gotas levantaban pequeñas motas de tierra del suelo polvoriento. El
sonido acompasado de las grandes hojas sobre su cabeza lo acunaban y sintió que
los párpados comenzaban a pesarle.
Algo le rozó la
punta de los bigotes y Fritti alzó la vista. Ojos Brillantes estaba sentado
junto a él con las gotas de lluvia destellando en su pelaje nevado.
-Las primeras
lluvias del año traen consigo muchas impresiones fuertes, ¿verdad?
La voz aguda de
Ojos Brillantes era engañosamente despreocupada.
-Lo siento, pero no
te entiendo. ¿A qué impresiones te refieres?
-Impresiones.
Sueños, reconocimientos y rabo-guías. Yo encuentro que las lluvias tempranas...
bueno, ya lo he dicho.
Cazarrabo no pudo
evitar que la presencia de Ojos Brillantes y esa extraña conversación lo
pusieran nervioso.
-Me temo que no sé
mucho sobre esas cosas, Ojos Brillantes.
El Oel-var'iz miró
a Fritti con expresión divertida.
-Como quieras
-dijo-, como quieras.
Luego se alejó como
si llevara una broma secreta balanceándose en el extremo de su larga cola.
Tembleque observó
al visionario desde el otro extremo. Se incorporó, se estiró y dio una vuelta
alrededor del perímetro del claro, pasando por encima del soñoliento Barrigota.
Al verlo andar, Cazarrabo se sorprendió otra vez de la implacable autoridad del
gato negro.
-Pareces
desconcertado, pequeño Cazarrabo. ¿Acaso Ojos Brillantes te ha predicho un
destino desafortunado? -preguntó mientras se tendía en el suelo frente a
Fritti.
-No, no. Creo que
sólo intentaba mostrarse amistoso, pero no he entendido bien lo que quería
decirme. Espero no haberlo ofendido.
-Yo no me
preocuparía mucho. Los Visionarios son una raza extraña. Ojos Brillantes es
rápido como un estinco húmedo, pero también es un poco raro y malhumorado. Es
por la forma en que se crían, ¿sabes? Mientras los demás intentamos cazar
Chillones, los Oel-var'izé aprenden a leer el tiempo en los rastros de los
caracoles, convencen con sus cantos a las salamandras de que salgan del barro y
cosas por el estilo. O al menos eso dicen. Bueno, son todos un poco tontos,
pero Ojos Brillantes no es el peor. -Fritti se dio cuenta de que el barón no
hablaba en serio, pero no pudo evitar disfrutar de su tono burlón-. A propósito
-continuó Tembleque-, me gustaría saber exactamente adónde os dirigís tú y tu
pequeño amigo. Si nos queda de paso, nos sentiríamos muy honrados de
escoltaron.
-Justamente estaba
pensando en eso hace un momento -repuso Fritti mientras se estiraba con pereza,
pero de repente se detuvo, temeroso de haberse mostrado demasiado irrespetuoso
en presencia del barón-. Supongo que tendré que decidirlo pronto -añadió en voz
baja.
Tembleque no mostró
señales de haber advertido la vergüenza de Fritti.
-Por desgracia, no
podemos llevaros con nosotros a la reunión de barones. Como comprenderás, hay
muchas suspicacias con los intrusos...
Cazarrabo calló.
Una vez más sintió que la obligación de encontrar a Pata Suave lo agobiaba.
¡Qué difícil era ser responsable! No había podido disfrutar de los simples
placeres de la vida de cachorro. ¿Cómo la encontraría? Después de analizar cada
una de las ideas que se le ocurrían, llegaba a la conclusión de que todo era
inútil.
-Supongo que
Saltarín os habrá contado lo que hacemos en el bosque... -se animó por fin a
decirle al barón.
-Así es, joven
cazador. Y es una hazaña muy valerosa y digna. Ojalá pudiera daros algunos
consejos para encontrar a tu fela, pero el mundo es muy grande. Ella no es la
primera víctima de estos misteriosos sucesos, aunque no puedo deciros nada más.
Estoy obligado a guardar silencio hasta la asamblea de barones -explicó, al
tiempo que levantaba una pata y se rascaba detrás de una oreja con aire
pensativo.
-Yo también he oído
muchas historias -asintió Cazarrabo-. De hecho, mi clan envió una delegación a
la corte de Harar para buscar ayuda. Supongo que debería ir a encontrarme con
ellos para ver lo que han descubierto. Me temo que decidí marcharme sin olfatear
y relamer suficientemente el asunto. Sí, supongo que debería intentar llegar a
la corte.
En los ojos
rasgados de Tembleque se reflejó una extraña expresión.
-¿Conque la corte,
eh? -gruñó-. Bien, cada cazador debe dirigir sus patas al camino que le
corresponda. Por desgracia, cuando lleguemos al final del bosque, en un par de
días, deberemos separarnos. El territorio de Cizaña está hacia Vez'an, o sea
hacia el este, y vosotros debéis ir hacia Va’an. Sin embargo, os daremos
instrucciones para el viaje... y los mejores deseos. -Tembleque se incorporó-.
Ahora duerme. Quiero salir después de la Hora de las Sombras Pequeñas -añadió
el cazador negro mientras se alejaba con paso sinuoso.
La lluvia se había
convertido en una fina llovizna que apagaba el brillo de las pieles de los
viajeros y les embarraba las patas. Durante la tarde gris y las primeras horas
del crepúsculo anduvieron a través de la periferia del Viejo Bosque. Saltarín,
que era el más pequeño y el menos quisquilloso, se cayó en varios charcos, no
siempre por accidente.
Cuando el sol
comenzaba a desaparecer tras el horizonte, llegaron a la última hilera de
árboles, donde comenzaban los ondulantes prados. Tembleque decidió que debían
detenerse y pasar otra noche al abrigo de los árboles.
Tejemeneos y
Escarbón encontraron un sitio relativamente seco en un cerro, debajo de un
bosquecillo de pinos, y después de una decepcionante caza el grupo se retiró a
dormir.
Durante un largo
rato permanecieron en silencio, observando los crecientes riachuelos que se
formaban y serpenteaban junto a ellos, donde cada hilo de agua buscaba su
propio cauce en la tierra. Saltarín y Escarbón jugaron un rato al escondite y
repartieron manotazos detrás del lomo de Tembleque, hasta que una pata errante
golpeó al barón en la cabeza. Con las orejas hacia atrás, gruñó a los
bulliciosos gatos, lo que los sumió en una incómoda quietud. Luego, consciente
de que aquélla era una batalla perdida, el jefe de los Caminantes Primigenios
se volvió hacia Barrigota.
-Viejo amigo
-dijo-, parece que ésta va a ser una noche muy larga. ¿Qué tal si nos
entretenemos un poco, aunque no sea más que para salvar mi cabeza de otro
manotazo?
-¡Espléndida idea!
-exclamó Escarbón-. ¡Cuenta la historia de Tejemeneos y el erizo!
Tejemeneos miró a
Escarbón con una mueca de disgusto.
-Por supuesto
-replicó con amargura-. Y luego continúa con la historia de la primera taltuza
que cazó Escarbón.
Éste alzó la vista
alarmado.
-Bueno, tal vez
deberíamos dejar la historia del erizo para otra vez -admitió.
-¿Qué tal una
canción o un poema? -preguntó Tembleque con una sonrisa-. Creo que será lo más
apropiado para nuestros jóvenes amigos.
Barrigota soltó una
carcajada y rodó sobre su descomunal estómago, que se extendió debajo de él.
-¡Ya lo tengo!
-rió-. Siempre que algunos recuerden sus modales y presten atención.
Saltarín, que se
había aproximado a Escarbón a hurtadillas, volvió obedientemente junto a
Fritti. Barrigota se incorporó y, aunque estuvo a punto de golpear su cabeza
listada contra una rama baja, inspiró con aire de importancia.
-Éste es un pequeño
poema llamado «Cazarratas y el espíritu del ratón» -dijo. Tarareó un momento y
luego cantó:
Cazarratas era un
gato que amaba las ratas.
Le gustaban dulces,
le gustaban flacas.
Cantad: Patapum,
patapam, amaba las ratas.
Cazarratas solía
salina cazar
en verano o
invierno sin descansar.
Cantad: Patapum,
patapam, sin descansar.
Un día junto al río
avistó un gordo Chillón,
motivo de orgullo
de su papá ratón.
Cantad: Patapum,
patapam, avistó un Chillón.
Se arrojó sobre él
con un salto mortal
dispuesto a
llevárselo a su matorral.
Cantad: Patapum,
patapam, con un salto mortal.
Pero bajo sus
garras no encontró ningún ratón
y se quedó
boquiabierto con cara de simplón.
Cantad: Patapum,
patapam, no encontró ningún ratón.
Luego oyó un
chillido y una rata le habló
pero no pudo
hallarla por más que buscó.
Cantad: Patapum,
patapam, una rata le habló.
Soy una rata
fantasma, dijo la voz,
y te perseguiré
para cortarte en dos.
Cantad: Patapum,
patapam, eso dijo la voz.
Ante tal osadía
Cazarratas giró la cabeza
y huyó despavorido
entre las malezas.
Cantad: Patapum,
patapam, entre las malezas.
Cazar-ratas ha
perdido el gusto por la buena cocina,
come escarabajos,
cortezas, sardinas,
y, aunque de vez en
cuando un murciélago mata,
ya no come ratas.
Cantad: Patapum,
patapam,
maúlla y come
matas,
patapum, patapam,
pero ya no come ratas.
El fin de la
canción de Barrigota fue recibido con un coro de risas y aplausos. Cazarrabo
advirtió que hasta el propio Ojos Brillantes tenía una mirada de franca
diversión en su austero rostro.
9
Venid. El viento
está en el cañaveral.
Las hojas de las
cañas se agitan, herrumbrosas de tanto hablar.
Sus coros
estridentes se elevan por encima de los graznidos
de las gallinas de
Guinea.
Venid. El viento
está en el cañaveral.
Jean Toomer
El amanecer
interrumpió temporalmente las lluvias. Después del desayuno, el grupo se
dirigió hacia el borde del bosque, donde se detuvieron un momento a olfatear la
brisa. Los ondulados prados se perdían a lo lejos, envueltos en la bruma, y
Cazarrabo se preguntó a qué distancia estaría de casa. Mientras Tembleque y
Barrigota discutían sobre el camino a seguir, Saltarín retozaba y danzaba entre
la hierba cubierta de rocío. La felicidad del gatito al salir del ambiente
abrumador del bosque era comprensible y Fritti envidió su despreocupación.
«Si este bosque es
lo peor del camino, habremos tenido muchísima suerte -pensó-. Es agradable
hallarse otra vez en campo abierto, pero en los prados no parece haber muchos
sitios donde esconderse. Ésa es una de las ventajas de los bosques tupidos.»
El barón de los
Caminantes Primigenios se acercó a él mientras el resto del grupo se reunía en
un semicírculo a su alrededor.
-Supongo que sigues
con la idea de dirigirte a la corte -dijo Tembleque con voz áspera.
Fritti creyó volver
a oír un deje de desdén en sus palabras, pero su mente estaba demasiado llena
de preocupaciones para darle importancia.
-Sí, barón, creo
que es lo mejor.
-Bien -repuso
Tembleque-, nosotros debemos girar aquí hacia el este, por el margen del Viejo
Bosque. Os vendría bien que os orientáramos un poco, ¿verdad?
-Desde luego
-respondió Fritti-. Hemos llegado hasta aquí gracias a las vagas instrucciones
de Bostezos, pero él mismo nos advirtió que una vez fuera del bosque
necesitaríamos ayuda.
-¿Has dicho
Bostezos? -preguntó el gato negro, inclinándose hacia delante con expresión
inquisitiva.
-Sí, es un amigo
del muro de la Asamblea. ¡Él me inició en la canción de caza! -exclamó Fritti,
orgulloso.
El barón frunció la
nariz y sonrió.
-¿Es un gato grande
y leonado? -inquirió Tembleque-. ¿Que siempre se comporta como si acabara de
despertarse?
Fritti asintió con
un gesto.
-¡Bostezos!
-exclamó Barrigota con un rugido estentóreo, sacudiendo la cabeza en un gesto
complacido-. ¡El viejo Bostezos! ¿Por qué no lo has dicho antes, pequeña
lagartija traviesa?
-No sabía que lo
conocierais -replicó Fritti con voz divertida.
-¿Conocerlo?
-graznó Barrigota-. Conocemos todos y cada uno de sus aromas. Cazamos juntos en
el Bosque de las Raíces del sur durante temporadas y temporadas. Un gato
excelente. ¡Ja! ¡Vaya retuerce-bigotes!
Tembleque miró con
afecto a su viejo amigo que se movía como un polluelo.
-Barrigota tiene
razón -dijo el barón-. Si Bostezos ha sido tu iniciador en la caza, no podemos
trataros con hostilidad. Bien, me alegro mucho de que contéis con el padrinazgo
de un gato así. Bostezos no elegiría un hermano de caza sin alguna razón importante.
Fritti estaba
perplejo. Todo el mundo parecía considerarlo más importante de lo que él se
veía a sí mismo.
-Bien, como ya he
dicho, la canción de Bostezos no aclaró qué debíamos hacer después de atravesar
el bosque -insinuó.
-¡Oh! -gimió
Tembleque con fingida tristeza-. ¡Que un simple gatito tenga que recordarme mi
obligación! Creo que nuestro antiguo camarada te ha enviado desde tan lejos
para disciplinarme. Te prometí que te orientaría, ¿verdad? Muy bien. Escucha
con atención, pues os indicaré algo más que el camino a la corte de la reina.
-El barón se volvió a mirar los prados ondulantes-. Bien, tenéis ante vosotros
los Prados de la Carrerilla. Seguid la dirección que señala ahora vuestra
nariz. Si mantenéis el flanco izquierdo hacia la puesta del sol, no podréis
equivocaros. Cuando crucéis el río Curso de Rabo llegaréis a las llanuras y
estaréis a mitad de camino.
»Apuntad siempre el
hocico hacia Ue’a y por fin veréis que las llanuras se elevan un poco. Al
llegar al Ronroneo, cruzad hacia la otra orilla y seguid río arriba hacia las
afueras del Bosque de las Raíces. Cuando hayáis llegado os daréis cuenta.
¿Podrás recordarlo todo, Cazarrabo?
Fritti asintió.
-Yo lo ayudaré,
señor-afirmó Saltarín.
Todos estaban
convencidos de que lo haría.
Los Caminantes
Primigenios se acercaron para despedirlos. incluso Tejemeneos restregó su nariz
contra la de Saltarín y la de Fritti.
Mientras su
compañero se enfrascaba en una última pelea de despedida con Escarbón, Ojos
Brillantes se acercó a Cazarrabo.
-Me gustaría
ofrecerte una visión-dijo el gato blanco-. Percibo un montón de señales. No
tengas miedo.
Fritti no estaba
seguro de querer aceptar lo que Ojos Brillantes le ofrecía, pero era demasiado
tarde para objeciones. El Visionario ya le había olfateado la nariz y ahora
descendía por su lomo hacia la punta de su rabo. Por fin el gato blanco se
sentó sobre las patas traseras y cerró los ojos.
Cuando volvió a
abrirlos, Cazarrabo se sorprendió al ver que el turbio color azul se había
oscurecido hasta tornarse casi negro. Ojos Brillantes entreabrió la boca y
susurró en voz jadeante:
-... Los grandes
claman en la noche... La tierra se mueve... Se encuentra el deseo del
corazón... en un sitio inesperado. -El Visionario sacudió la cabeza, como si lo
molestara un ruido intenso, y continuó con voz susurrante- Todo el mundo huye
del oso, pero... a veces el propio oso... tiene pesadillas... -Hizo una breve
pausa y después añadió-. ...cuando estéis en sitios oscuros, elegid bien a
vuestros amigos o elegid a vuestros enemigos...
Después de un
momento de silencio, Ojos Brillantes volvió a cerrar los ojos y, cuando los
abrió, habían recobrado el color del cielo estival. Luego inclinó la cabeza
hacia el sorprendido Cazarrabo.
-Que tengáis buena
danza, joven cazador -les deseó antes de marcharse.
Mientras Fritti
cavilaba sobre la canción de Ojos Brillantes, se acercaron Tembleque y
Barrigota.
-Antes de desearte
buen viaje, amigo Cazarrabo, te daré un consejo -dijo el barón-. Es probable
que la corte no sea lo que tú esperas. Confío en que lo comprendas.
»Los Caminantes
Primigenios creemos que vivir en semejante proximidad no es natural para los
miembros de la Comunidad, que es contrario a las leyes de nuestro señor
Tangaloor Pies de Fuego. Además, en los últimos tiempos, ese lugar despide un
horrible hedor a M'an.
-¿Quieres decir que
hay Grandullones cerca? -preguntó Fritti, sorprendido.
-No, por supuesto
que no, pero la corrupción de los que una vez fueron nuestros servidores se ha
extendido incluso a la morada de Harar. Supongo que no debería predisponerte
contra ellos. Después de todo, los Caminantes Primigenios somos muy solitarios
y muchos de los miembros de la corte nos consideran extremistas. Tendrás que
comportarte como un cazador y seguir tus instintos -concluyó el negro líder con
la vista fija en el suelo.
-El joven príncipe
Saltavallas no es mal gato -acotó Barrigota-. Si necesitas un amigo, podrás
contar con él. Es algo alborotador, pero bastante digno de confianza.
-Bueno -dijo
Tembleque con una sonrisa que dejó al descubierto sus filosos dientes-, ya te
hemos dado suficiente información para que un montón de hocicos grises rumien
una temporada entera. Debemos acabar de una vez con la despedida.
Los tres gatos se
acercaron a los demás. Saltarín salió serpenteando de entre las patas de
Escarbón y corrió junto a Fritti. Tembleque agitó una pata a modo de bendición.
-Cazarrabo y
Saltarín, valientes cazadores y amigos de nuestro viejo camarada Bostezos, os
deseamos buen viaje. Sabed que sois de los pocos intrusos a los que se les ha
permitido andar junto a los Caminantes Primigenios. -Fritti y Saltarín
agacharon las cabezas-. Os enseñaré una de nuestras plegarias. Si os encontráis
en un apuro, recitadla y cualquier Caminante Primigenio que os escuche acudirá
en vuestra ayuda. Si no encontráis a ninguno, podéis llamar a nuestro señor el
Aventurero... cualquiera que sea la situación. Esta es la plegaria:
Tangaloor, pies
brillantes,
Pies de Fuego,
lejano caminante.
Tu cazador te llama
porque te necesita.
Aunque nada teme,
te necesita.
»¿Podréis
recordarlo? ¡Bien! -Hubo una pausa incómoda-. Os deseo una buena danza a los
dos -añadió Tembleque.
-Adiós, barón,
adiós, Caminantes Primigenios -saludó Fritti con una inclinación de cabeza-.
vuestra generosidad es tanto más valiosa porque no fue solicitada. Que también
vosotros tengáis buen viaje y buena danza.
Cazarrabo se giró y
comenzó a andar hacia los prados sin mirar atrás, seguido por Saltarín.
Mucho después de
haber dejado a los Caminantes Primigenios,
continuaban
caminando en silencio.
Los primeros días
en los prados transcurrieron tranquilos. Aproximadamente cada hora llegaban a
la cresta de una nueva colina, desde donde alcanzaban a ver hacia todas las
direcciones. Guiados por el sol, no tuvieron inconveniente en seguir su camino.
La hierba mullida
amortiguaba los cansados pasos de los dos gatitos, y en las suaves lomas verdes
de los Prados de la Carrerilla abundaban las criaturas y objetos comestibles.
El paisaje creaba una atmósfera más serena y reflexiva que el bosque, e incluso
sus presas parecían aceptar su condición de víctimas con muda resignación. Era
agradable pasear por las suaves elevaciones de los campos.
Sin embargo, los
días se estaban volviendo más fríos. El otoño estaba a la vuelta del camino y
el invierno aguardaba pacientemente más adelante. Para Fritti y Saltarín, el
cambio de temperatura constituía una llamada silenciosa pero apremiante. Cada
vez que se rezagaban o los tentaba un nuevo olor o espectáculo, el frío les
calaba los huesos y los instaba a seguir con su gélido abrazo.
Fritti odiaba ver
que el ánimo de Saltarín decaía con las inclemencias del viaje. Él mismo se
sentía triste, pero su responsabilidad hacia el pequeño y valiente gatito
llenaba de sentido las horas más sombrías del viaje.
Una tarde gris, los
gatos intentaban cazar su comida en la ladera verde de una colina. El cerro
estaba coronado por un pequeño bosquecillo, que desde abajo parecía el lugar
más indicado para cazar.
Después de husmear
un rato alrededor del bosquecillo, los dos gatos avistaron un conejo entre los
matorrales. El praere huyó, protegido por la hierba cimbreante, pero Fritti y
Saltarín se separaron para cerrarle el paso.
De pronto, el
conejo se detuvo de forma tan súbita que sus cazadores también se quedaron
paralizados mientras una sombra pasaba por encima de sus cabezas. Entonces el
praere, totalmente inmóvil a excepción de su crispada nariz y con los ojos
llenos de pánico, desapareció bajo una lluvia de plumas marrones.
El halcón apenas
rozó el suelo. Cogió al conejo con sus garras callosas y le rompió el espinazo.
Luego, con un pesado aleteo, el mekra levantó el cuerpo inerte de su presa y
alzó el vuelo dejando tras de sí a los dos gatitos boquiabiertos. Ni el pájaro
ni su presa habían hecho el menor ruido. De repente, la colina parecía desnuda
y vacía bajo la débil luz del sol.
Después de un
instante, Saltarín se volvió hacia Fritti, mostrando los dientes en una mueca
de horror.
-¡Oh, Cazarrabo!
-gimió-. ¡Quiero volver a casa!
Aquella tarde,
cuando Saltarín por fin se durmió, Fritti se sentó a contemplar las nubes que
se deslizaban lentamente sobre el cielo azul.
Habían pasado ocho
días desde que los dos amigos habían abandonado el Viejo Bosque. El ojo de
Meerclar ya se había abierto del todo y ahora comenzaba a cerrarse. Desde las
cimas de las colinas más altas alcanzaban a divisar un suave resplandor que se
perdía a lo lejos en un curso sinuoso y descolorido.
Fritti se alegró de
verlo. Estaba seguro de que se trataba del río Curso de Rabo, y Tembleque había
dicho que al llegar allí ya habrían hecho la mitad del viaje hacia la corte.
Continuaron
avanzando con un poco más de entusiasmo, aunque al principio la distancia que
los separaba del río parecía interminable y el Curso de Rabo seguía siendo un
vago resplandor en el horizonte.
Pero pronto los
ondulados prados comenzaron a descender hacia la cuenca del río y los grupos de
árboles que jalonaban el campo circundante se fueron espaciando cada vez más.
Por fin, trece
noches después de dejar el bosque, alcanzaron a oír el sonido apagado del río
que corría sobre los prados. Era un sonido tranquilizador y desde la distancia
se parecía al del arroyo que pasaba junto al Muro de la Asamblea después de los
deshielos de la primavera. Aquella noche, antes de irse a dormir, jugaron a
Acecha y Salta, y Fritti rió por primera vez desde el encuentro con los
Caminantes Primigenios.
Al decimoquinto
día, descendieron por una suave cuesta de los Prados de la Carrerilla, en
dirección a la orilla del río. La bruma envolvía la hierba y el cielo olía a
lluvia. Aproximarse al Curso de Rabo, con sus altas riberas, era como bajar
desde un altiplano hacia un mundo de agua y aire fresco.
El río burbujeante
y turbulento era mucho más enérgico y vital que los tímidos arroyuelos del
bosque donde vivían. El Curso de Rabo salpicaba y reía, llevando consigo matas
y ramas de sauce sólo para arrojarlas hacia la orilla, donde flotaban
perezosamente en serenos remolinos. Luego volvería a arrastrarlas a la
corriente y jugaría con ellas al gato y al ratón hasta hacerlas desaparecer de
la vista.
Fritti y Saltarín
retozaron en la orilla hasta que el sol se alzó encima de sus cabezas y brilló
a través de la bruma, cincelando destellos en el agua presurosa. Se turnaron
para manotear las ramitas que flotaban junto a la orilla, desafiándose
mutuamente a extender las patas y arrojar las ramas lo más lejos posible. Sólo
cuando Saltarín estuvo a punto de caer al agua en un momento de alborotado
desenfreno y Fritti tuvo que cogerlo por el pescuezo, Cazarrabo comenzó a
considerar el problema de cruzar al ancho y turbulento Curso de Rabo.
Se dirigieron río
arriba y exploraron cada cala o ensenada mientras los sonidos del agua se
volvían más estridentes y martilleantes. En una curva del río descubrieron la
razón. Allí el curso de Rabo se estrechaba de forma casi imperceptible y caía
sobre un grupo de rocas que se alzaban sobre el agua espumosa como una hilera
de dientes rotos. Cuando se acercaron, una de aquellas rocas se movió despacio
y luego se giró a mirarlos con los ojos muy abiertos.
Era Comebichos,
posado en medio de la corriente como si fuera un búho. El Curso de Rabo se
deslizaba susurrante junto al gato loco, que, tras dirigir una mirada fugaz a
sus dos acompañantes, se incorporó con los pelos de punta, tiesos como púas.
Sin pronunciar una sola palabra, castañeteó los dientes un momento, y saltó
hacia otra roca más lejana. Estaba buscando otro sitio seguro donde saltar
cuando Fritti le habló por encima del rugido de los rápidos.
-¡Comebichos! ¿Eres
tú? Somos Cazarrabo y Saltarín, ¿no nos recuerdas? -Comebichos se volvió y los
miró impertérrito-. ¡Por favor, vuelve, Comebichos! -insistió Fritti levantando
la voz-. ¡Vuelve aquí, por favor!
Comebichos vaciló
un momento y luego volvió a saltar a la piedra donde estaba antes. Ante la
atenta mirada de sus dos amigos, cruzó el río con dificultad hasta posarse
sobre una piedra de la orilla cubierta de hierba. Allí se acurrucó y miró a
Fritti y Saltarín con expresión cautelosa.
Por fin pareció
reconocerlos y habló, pero el ruido del Curso de Rabo no les permitió oírlo y
Fritti le hizo señas para que los siguiera.
Se detuvieron a una
distancia considerable de la orilla.
-¡Me alegro de
volver a verte, Comebichos! -exclamó con alegría Saltarín, que parecía haber
olvidado el miedo que solía inspirarle aquel gato extraño y cubierto de barro.
Comebichos caminó
en círculos alrededor de los gatitos y los olfateó con una expresión entre
complacida y preocupada.
-¡Hurra, hurra,
hurra! -dijo por fin-. ¡Son los agitacolas, los mismísimos zanqui-zancudos!
-Inclinó la cabeza con expresión inquisitiva-. ¿Qué os trae rueda que te rueda
a la orilla del río, pequeños patanes? ¿Habéis venido a mojaros las naricillas?
Ah... pero
lo milagroso es que
hayáis escapado a las ardientes preguntas de los gatos-demonios. ¿Os han
crecido alas para escapar? No sería la primera vez -añadió con tono misterioso.
-¿A qué
gatos-demonios te refieres? -preguntó Saltarín-. Sólo nos hemos encontrado con
los Caminantes Primigenios y fueron muy amables con nosotros.
-¡Puaj!
¡Azota-ratas! -gruñó Comebichos y escupió-. Al principio son buenos, es cierto,
pero luego quieren cosas, quieren cosas, siempre apremiando.
Fritti no tomó las
divagaciones de Comebichos demasiado en serio.
-Bueno -dijo-,
ahora que estamos aquí, ¿por qué no caminamos juntos? Una vez que crucemos el
río iremos hacia la llanura Nido de Sol. Nos encantaría contar con tu compañía.
Comebichos sonrió y
asintió con un gesto.
-Está en mi camino
-respondió-. Estoy siguiendo a una estrella particularmente ruidosa y
estridente. -Agachó las orejas y bajó la voz-. ¡Aunque ya sé dónde se esconde
para pasar el invierno!
Complacido de haber
compartido su secreto, Comebichos hizo un pequeño paso de danza y le mordió la
oreja a Saltarín, que aceptó la broma con alegría.
-¿Podrías guiarnos
para cruzar el río?-preguntó Fritti-. Es evidente que conoces las mejores
rocas.
-¿Las ardillas
tienen pelos en sus colas rayadas? ¡Claro que puedo! -respondió Comebichos.
A partir de la otra
orilla del Curso de Rabo, el terreno cambiaba. Las verdes colinas de los Prados
de la Carrerilla se espaciaron hasta desaparecer por completo, reemplazadas a
veces por montes cachorros que se alzaban con cautela por encima de la ondulante
hierba.
Saltarín y
Cazarrabo nunca habían visto nada semejante a la llanura Nido de Sol. Se
extendía en la distancia y parecía infinita: un ancho y plano océano de hierba
y plantas pequeñas. Era el paisaje más plano imaginable y, aunque las colinas
se alzaban por encima de la llanura, uno tenía la impresión de andar sobre un
sitio alto. El cielo, ya cargado de vientos y aguas de una estación más fría,
estaba suspendido muy cerca de sus cabezas y acentuaba aquella sensación.
Parecía que alguna fuerza impersonal los hubiera encaramado sobre una enorme
superficie elevada para examinarlos.
Fritti y el gatito
se alegraban de contar con la compañía de Comebichos. Después de tres o cuatro
amaneceres, la monótona majestuosidad de la llanura los hacía sentir pequeños e
inútiles. Comebichos, sin embargo, era una verdadera fuente de distracción, y
cuando no recitaba fragmentos de extraños poemas pronunciaba bellos refranes
inútiles.
Una tarde, cuando
estaban descansando acurrucados sobre la hierba ondulante, Saltarín comenzó a
recitar con timidez un fragmento de un poema que estaba creando sobre el viaje
a la corte de Harar. Era extraño y aún se hallaba inconcluso, pero Fritti lo encontró
agradable. Sin embargo, se sorprendió al comprobar que Comebichos parecía
incómodo al escucharlo.
Cazarrabo elogió el
poema para no avergonzar al gatito, pero enseguida se volvió hacia Comebichos e
intentó cambiar de tema.
-Me pregunto por
qué esta llanura se llama Nido de Sol -dijo-, pues no se parece en nada a un
nido. ¿Tú lo sabes, Comebichos?
El gato loco giró
sus ojos tristes hacia Cazarrabo y se quitó de la cara un mechón de pelo
embarrado con aire pensativo.
-Da la casualidad
de que lo sé, pequeño lame-dedos de Chillones.
-¡Por favor,
cuéntanoslo! ¿Es una canción?
-No, no es una
canción, aunque supongo que podría serlo. -Comebichos sacudió la cabeza con
tristeza-. Es algo que recuerdo haber oído de pequeño, cuando tenía menos ojos
a mis espaldas que ese chiqui-chiquitín.
Fritti se dio
cuenta de que no sabía nada del pasado de Comebichos y se prometió que más
tarde intentaría interrogar al loco y melancólico vagabundo.
-Dicen, dicen,
aquellos que saben -entonó Comebichos-, que cuando Meerclar, la madre
Universal, abrió por primera vez sus brillantes ojos, todo estaba oscuro. Como
es natural, Meerclar tenía unos ojos aguzadísimos, pero vivía rechinando y
temblando de frío. De modo que pensó y pensó, pues a ningún gato, ni siquiera
al más grande, le gusta pasar frío.
»Después de un
tiempo, se le ocurrió una idea. Se restregó las patas, sus enormes y negras
patas, y lo hizo tan rápido que produjo una chispa de fuego celestial. Luego
cogió esa chispa y se tendió en el suelo.
»Allí se quedó,
nutriéndola y protegiéndola con su cuerpo hasta que creció. Cuando se hizo
mayor, la chispa intentó escaparse varias veces, pero la madre Universal
siempre la atrapaba y la devolvía rueda que te rueda al sitio donde había
nacido.
»La chispa creció
muchísimo, tanto que cuando Meerclar la capturaba y la traía rodando a casa, la
tierra se aplanaba con su peso. Se hizo tan grande, redonda y brillante que
comenzó a calentar a los primeros animales del mundo sólo con su presencia.
»Todas las
criaturas se reunían alrededor del joven sol, se apiñaban y se empujaban para
acercarse a él... ninguna bestia hacía otra cosa que holgazanear disfrutando de
su calor, hasta que en el mundo no hubo más vida que la que habitaba en esta
enorme llanura, aplanada por el peso del sol.
»Entonces Meerclar,
la Madre Universal, se enfureció como un temporal y arrojó el sol hacia el
cielo, donde de todos modos seguíría brillando sobre la tierra. Los animales se
dispersaron y, desde entonces, el sol vive en el cielo.
»Sin embargo,
cuando ha brillado y ardido tanto tiempo que comienza a cansarse, Meerclar lo
esconde en su peludo regazo hasta que recupera las fuerzas. Durante la
temporada en que ella lo tiene consigo, el mundo permanece frío.
»Y ahora -concluyó
Comebichos- estamos pasando por el sitío exacto donde la madre Universal lo
guareció mientras era cachorro. De ahí viene su nombre. Tan simple como una
cena de ratones, ¿verdad?
Fritti y Saltarín
asintieron.
Al día siguiente,
cerca de la Hora del Despliegue de la oscuridad cuando el sol del que había
hablado el gato loco se retiraba hacia el nuboso oeste, Comebichos sufrió otro
de sus ataques.
La pandilla estaba
sumergida hasta el cuello en un ondulante mar de hierba cuando Comebichos se
sentó de repente, con los bigotes erizados, y comenzó a murmurar.
Esta vez no parecía
preocupado ni asustado, sino lleno de entusiasmo.
-¡Aquí estás!
-dijo-. ¡ja! Recostada sobre el centeno, ¿verdad? Goteando y hormigueando ante
mis propias narices, ¿no es cierto, señora? ¡Ja! -Cazarrabo y Saltarín se
sentaron a esperar, convencidos de que el hechizo duraría poco y podrían
reanudar su viaje-. ¡Espera! ¡Espera! -gritó Comebichos mientras se
incorporaba-. ¿No la oís titilar? Debemos atraparla antes de que olfatee
nuestros verdaderos colores. ¡Oh, no quiero llegar tarde otra vez! ¡Saltaré el
muro!
De repente, sin
previo aviso, Comebichos se marchó hablándole a la estrella como si ésta
corriera delante de él. Desapareció entre las altas malezas, seguido por sus
desolados compañeros. Pero Comebichos era demasiado rápido y muy pronto su voz
se volvió inaudible.
Esperaron en aquel
sitio toda la tarde, con los estómagos impacientes de hambre, pero Comebichos
no regresó. Por fin se dieron por vencidos y salieron a cazar.
Por la mañana, el
grupo volvió a tener dos integrantes y continuaron el viaje solos.
10
¿Qué cazan junto a
los brillantes pozos de agua,
junto a la luna
redonda y plateada, el Pozo del Cielo,
en la hierba
listada, entre árboles sin corteza?
¡Las estrellas
desperdigadas sobre sus cabezas
como los ojos de
las bestias!
W. J. Turner
Comenzaron las
lluvias. Los gatos, que ahora atravesaban el ancho lomo del Nido de Sol,
corrían en un principio en busca de refugio, pero los sitios donde protegerse
se fueron volviendo más escasos y las lluvias más frecuentes, de modo que
tuvieron que resignarse a su pelaje mojado.
Saltarín pilló un
resfriado y sus estornudos pasaron a ser una intrusión en las aflicciones
privadas del propio Cazarrabo. En ocasiones, las interrupciones del gatito
despertaban la compasión de Fritti, que se esforzaba por pronunciar una palabra
de consuelo, pero otras veces no podía evitar responder a las muestras de
enfermedad e indefensión de Saltarín con breves y fugaces arranques de furia.
Una noche, después
de una violenta tormenta eléctrica, Saltarín trepó sobre él, muerto de frío y
de miedo. Entonces toda la frustración que Cazarrabo había estado acumulando
estalló, y empujó al gatito de un manotazo. Mientras Saltarín se acurrucaba
bajo una mata, con su pequeño cuerpo convulsionado por el llanto, Fritti sintió
que lo embargaba una súbita sensación de pánico. ¡Saltarín moriría y él se
quedaría solo en aquella tierra vasta e inhóspita!
Luego, consciente
de lo que acababa de hacer, cogió al gatito por el cuello y lo acercó a él. Le
lamió la piel húmeda de todo el cuerpo y lo abrazó para mantenerlo caliente
hasta que dejara de llover.
Varios días más
tarde, cuando su entusiasmo empezaba a decaer, Fritti tuvo la impresión de que
alguien los seguía. A medida que pasaba el día, aquella sensación se acentuaba.
Cazarrabo se confió en su joven amigo con fingida despreocupación.
-Cazarrabo -objetó
Saltarín-, en los últimos tiempos la caza ha sido escasa y no hemos comido
mucho. Tal vez tus sentidos te estén traicionando. Sólo un par de gatos locos
como nosotros podría andar por aquí con este tiempo.
El pequeño tenía
razón, pero Fritti estaba convencido de que no era la escasez de ratones lo que
le había afectado los sentidos. Aquella noche, durante la etapa más secreta de
la última Danza, Fritti saltó sobresaltado de su lecho.
-¡Saltarín!
-exclamó en un murmullo-. ¡Allí hay algo! ¡Estoy seguro! ¿No lo sientes?
Era evidente que
sí, pues Saltarín estaba completamente despierto y temblaba de miedo. Ambos
aguzaron las miradas para escudriñar la oscuridad, pero no hallaron nada más
que el vacío de la noche. Sin embargo, percibían un frío cosquilleo en los
bigotes, y el aire húmedo delataba un cercano olor a sangre y huesos viejos.
Pasaron el resto de la noche como los chillones, sobresaltándose con cada
ruido, aunque por fin aquella sensación se debilitó hasta desaparecer
totalmente. No consiguieron dormirse bajo la tenue luz de la mañana y se
marcharon sin detenerse a cazar el desayuno.
Aquel día las
lluvias se hicieron más frecuentes. Mientras los dos gatos avanzaban con
esfuerzo, las nubes se volvieron oscuras y abultadas y el viento del norte les
arrojó una cortina de agua sobre la cara. La sensación de que alguien los
perseguía no sólo no había desaparecido, sino que también se había apoderado de
Saltarín, de modo que al atardecer, tras cazar un pequeño y sucio Chillón,
comieron presurosos y de pie, a pesar del hambre y del cansancio.
Cuando masticaban
los últimos bocados de carne fibrosa, un horrible gemido surgió de la
tormentosa y envolvente oscuridad. El corazón se les detuvo en medio de un
latido y los gatos se quedaron paralizados en su sitio. Entonces se oyó otro
grito más lejano, aunque no menos terrorífico, que hizo atragantar a los dos
amigos.
¡Estaban atrapados!
La horripilante idea los asaltó de forma simultánea. Desde el sitio donde
habían oído el primer aullido llegó un sonido extraño y algo comenzó a avanzar
hacia ellos entre las altas matas.
Fritti despertó de
repente de su estupor, se giró y empujó a Saltarín con tanta fuerza que el
gatito estuvo a punto de caerse.
-¡Corre tan rápido
como puedas, Saltarín! -chilló intentando mantener la voz baja.
Saltarín recuperó
el equilibrio, y huyeron como las serpientes cuando alguien levanta una roca.
Desde el otro lado oían el rumor de los arbustos. Corrieron tan rápido como
pudieron, con las orejas pegadas a la cara y las colas erectas, pendientes de
los ruidos de sus perseguidores.
-¡Oh! ¡Son los
mismos! -gimió Saltarín-. ¡Los de las garras rojas!
-¡Por el amor de
Viento Blanco, ahorra el aliento y corre! -jadeó Cazarrabo.
Detrás de ellos el
viento de la tormenta arrastró un aullido entrecortado y retumbante.
Corrieron y
corrieron con el viento en contra, envueltos en la oscuridad y la lluvia. Por
fortuna el suelo era llano, sin árboles o rocas, pues no habrían sido capaces
de encontrar el camino aunque hubieran tenido la entereza suficiente para mirar
por dónde iban. Las fuerzas comenzaban a fallarles.
Por fin, cuando
parecía que no podrían detenerse nunca, los ruidos de sus perseguidores
comenzaron a apagarse hasta desaparecer. Aun así, continuaron corriendo hasta
que sus patas no pudieron llevarlos un salto más allá. Redujeron la marcha,
aguzaron el oído e intentaron distinguir alguna señal de sus perseguidores por
encima de los furiosos latidos de sus corazones y de su agitada respiración. En
ese momento, una figura enorme surgió de entre las malezas, delante de ellos.
-Ya os tenemos
-dijo.
Con un chillido de
desesperación, los dos gatos se tambalearon y cayeron a los pies de la enorme y
oscura bestia.
El espíritu de
Fritti luchó por recuperar la conciencia. Estaba cansado, sentía náuseas y
tenía la impresión de que el mundo saltaba de arriba abajo a su alrededor.
Confundido, se preguntó dónde estaba y qué habría ocurrido.
Entonces recordó la
persecución y la gigantesca y amenazadora figura que habían visto.
Fritti intentó
incorporarse, pero no pudo hacerlo. Algo lo sujetaba con fuerza por el cuello y
sus pies no tocaban el suelo. Mareado, abrió los ojos y espió a su alrededor.
A su lado, el
cuerpo de Saltarín colgaba inconsciente de las mandíbulas del gato más grande
que jamás hubiera visto. El monstruoso Tom, con rayas grises, verdes y negras,
dirigió una mirada impersonal a Fritti. Caminaba junto a él, pero las patas de
Fritti flotaban en el aire...
Cazarrabo giró la
cabeza despacio. No alcanzaba a ver la cara de su guardián, pero sí las patas
gruesas como troncos que se apoyaban rítmicamente en el suelo. Indefenso como
un gatito de tres días, Fritti se balanceaba entre las fauces de su captor.
Presa del pánico,
se retorció y echó la cabeza hacia atrás, pero entonces la luz volvió a
desvanecerse.
Más tarde,
Cazarrabo volvió a recuperar la conciencia, aunque esta vez no intentó
liberarse.
Por fin, las
incansables bestias se detuvieron y Fritti fue arrojado al suelo sin
miramientos, mientras Saltarín caía a su lado como un Chillón muerto. Cazarrabo
oyó que una voz le hablaba en el Canto Común, pero mantuvo los ojos firmemente
cerrados.
-Esto no puede ser
lo que buscamos -dijo la voz con evidente disgusto.
El miedo de Fritti
superaba su curiosidad, así que no abrió los ojos y permaneció boca abajo en el
suelo, recostado sobre la hierba. Y entonces le llegó el turno de hablar al
gato que lo había traído.
-Fue como si
desaparecieran, señor -contestó despacio y con voz grave-. Estaban allí y un
instante después se habían ido. Es muy extraño.
-No sólo es
extraño, sino también bastante preocupante -replicó la primera voz con un deje
reflexivo-. ¿De dónde han salido estos dos cachorros?
-Chocaron con
nosotros, señor. Chillaron como ardillas y cayeron a nuestros pies. Creímos que
debíamos traerlos. Han corrido mucho.
Hubo una pausa.
Cazarrabo se sintió con fuerzas para entreabrir un párpado. Junto a las enormes
criaturas peludas que los rodeaban había un ser más pequeño, aunque bastante
más grande que él. Fritti sintió un escalofrío.
-¿Viste algo
interesante antes de que desaparecieran, Cazador Nocturno? -preguntó el ser más
pequeño al guardián de Saltarín. Fritti no oyó la respuesta, pero era evidente
que había habido una porque aquella criatura volvió a hablar-. Lo sé, aunque
tenía la esperanza de que lo hubieras hecho. ¡Rabos y uñas! Demasiadas
preguntas para tan pocas respuestas.
El hablante
permaneció inmóvil mientras los dos gatos esperaban pacientemente; por fin se
incorporó, se acercó a Saltarín y comenzó a olfatearlo.
-¡Es sólo una cría!
-dijo-. Extraño sitio para un novato. -Luego se giró hacia Fritti, que de
inmediato cerró los ojos y relajó hasta el último hueso del rabo. La voz resonó
junto a su cara, y Cazarrabo necesitó hacer uso de todo su autocontrol para no
huir despavorido-. Y éste ni siquiera parece un cazador. ¿Habrán perdido a su
madre? -El hablante se acercó a olerle la oreja y de repente rugió tan alto y
de forma tan repentina que Cazarrabo dio una voltereta del susto- ¡Soy el
príncipe Saltavallas y te ordeno que te despiertes para ser interrogado!
Cazarrabo hundió
las mandíbulas en el suelo, como para aferrarse a algo. Entonces, jadeante y
aturdido, se volvió de lado y sacudió la cabeza.
«¿Saltavallas?
-pensó-. ¿Dónde he oído ese nombre?»
Abrió los ojos y
vio que un gato grande y desaliñado lo miraba con curiosidad. Su pelaje tenía
el tono entre dorado y rojizo de las hojas de otoño. El príncipe lo miraba con
una expresión de placer en la cara y la lengua asomándole entre los dientes.
Parecía encantado con la reacción de Cazarrabo.
Saltavallas se
volvió con una sonrisa maligna hacia el gran gato leonado que había llevado a
Fritti.
-¡Nada como la
autoridad! ¿Verdad, Cazador Diurno?
-Verdad, señor.
Cazarrabo recordó
de pronto que Barrigota había hablado de la conveniencia de tener un amigo como
Saltavallas en la corte y comenzó a tranquilizarse.
Sin embargo, al
mirar al risueño príncipe y a sus descomunales acompañantes, Fritti se preguntó
si podría sobrevivir a aquella amistad.
Saltarín recuperó
la conciencia cuando el sol comenzaba a calentar los prados que los rodeaban.
El gatito, todavía enfermo, cansado y asustado, se limitó a escuchar inmóvil y
silencioso cómo Fritti relataba al príncipe la historia de su viaje. Saltavallas
hizo muchas preguntas, se mostró muy interesado en la persecución de la noche
anterior y aún más en la criatura de garras rojas que había asustado a Saltarín
en el Viejo Bosque. Hubiera querido interrogar al gatito, pero Fritti,
preocupado por la debilidad de su amigo, lo convenció de que dejara las
preguntas para más tarde.
Luego el príncipe
Saltavallas les explicó que había habido otros incidentes similares en los
alrededores de la corte de Harar. Él y sus enormes compañeros, Cazador Diurno y
Cazador Nocturno, mellizos de una antigua casta de la corte, se habían impuesto
la tarea de capturar a los malhechores. Pero aún no habían tenido suerte.
-Estas cosas hacen
reflexionar a un gato -dijo Saltavallas de malhumor-. De repente aparecen en un
sitio y un instante después han desaparecido. Nosotros tres no podemos con
ellos. Me alegro de que los Caminantes Primigenios hayan decidido interesarse
en el asunto... Necesitamos todas las patas que podamos conseguir.
-¡Pero tú eres el
príncipe! -exclamó Fritti, sorprendido-. ¿No puedes obtener toda la ayuda que
necesitas en la corte?
-No es tan fácil
-repuso Saltavallas, ceñudo, sacudiendo su melena rojiza-. Nadie se toma estas
cosas muy en serio. Todo el mundo tiene algo más importante que hacer. Mientras
no les muerdan su propia cola, a nadie le importa nada. Incluso mi madre y el príncipe
consorte me dijeron: «¡Echa un vistazo a tu alrededor, si eso te divierte!».
¡Ja! ¡Se merecerían que estos gatos-tejones, o lo que sean, saltaran de los
árboles y les arrancaran las orejas a mordiscos!
Estas palabras
sumieron a Cazarrabo en una profunda desolación. ¿Qué ocurriría si no
encontraba ayuda en la corte? ¿Cómo haría para encontrar a Pata Suave? El
recuerdo de su inquieta cola y de su naricilla negra lo asaltó con toda su
fuerza. «Si nadie más se preocupa por lo que le ha ocurrido, con más razón debo
preocuparme yo -pensó-. Debo continuar con la búsqueda.»
Sus fantasías
fueron interrumpidas por las arcadas de Saltarín. la salud de su pequeño amigo
constituía otro grave problema. Las lluvias continuarían y, si no conseguían
comida y un sitio donde refugiarse, el estado de Saltarín se agravaría.
-Príncipe
Saltavallas, ¿piensas regresar a la corte pronto?-preguntó.
-Aún no lo he
decidido -murmuró el príncipe-. Tal vez deberíamos quedarnos a asustar a un par
de gatos más. ¿Por qué lo preguntas?
-Como puedes
apreciar, mi compañero no se encuentra bien. Te estaríamos muy agradecidos si
pudieras acompañarnos a la morada de la reina.
Saltavallas
reflexionó un momento.
-El pequeñuelo no
tiene buen aspecto, señor -intercedió Cazador Diurno-. Tal vez necesite un
sitio abrigado.
Saltavallas se
acercó a Saltarín, que temblaba afligido sobre la hierba húmeda.
-Te llevaremos a un
lugar que te gustará, jovencito -declaró el príncipe con su característico tono
arrogante y amistoso-, aunque tengamos que cargarte todo el camino como a un
cachorrillo. Te llevaremos a la corte.
Cazador Diurno y
Cazador Nocturno se turnaron para llevar a Saltarín a través del último trecho
del Nido de Sol. Fritti tenía fuerzas para andar por sí solo, pero se alegraba
de la compañía de Saltavallas y los dos cazadores.
El príncipe era muy
locuaz y relató con lujo de detalles historias de caza, interrumpiéndose a
menudo para discutir algunos pormenores con Cazador Diurno. Era bastante
difícil avanzar, sobre todo cuando al enorme acompañante del príncipe le
llegaba el turno de llevar a Saltarín.
-Yo creo -decía el
príncipe-, creo y debería ser capaz de recordar, que aquello sucedió al día
siguiente de cazar a un magnífico urogallo. ¿O era un faisán? ¿Lo recuerdas,
Cazador Diurno? ¿Era un faisán?
-Mmmff -respondió
Cazador Diurno con Saltarín en la boca.
-¿Cómo? ¿Has dicho
urogallo?
-Mmmff, mmmff.
-¡Ah, un faisán!
¿Estás seguro?
Y así todo el
tiempo. El príncipe era un individuo divertido, lleno de sentido del humor y
afición por los súbitos y sorprendentes empujones que hacían tambalear a sus
compañeros. Sin embargo, él mismo ayudaba a levantarse a su víctima, con
expresión culpable y solícita, y prometía no volver a hacerlo sin avisar.
Los mellizos se
parecían tanto que era imposible distinguirlos por su aspecto, aunque se
diferenciaban claramente por su olor. Cazador Diurno no era listo, pero sí
comunicativo y bondadoso. En cambio su hermano, Cazador Nocturno, era muy
reservado.
Después de un día
de viaje, Fritti descubrió que la reserva de Cazador Nocturno no era
voluntaria. El corpulento gato era mudo y sólo podía comunicarse a través de
los signos silenciosos del Canto Común. Saltavallas le contó que había sufrido
una herida en la garganta por proteger al príncipe de un zorro loco y que desde
entonces no había podido emitir ningún sonido.
-Que Harar lo
bendiga -dijo Saltavallas-. Lo hizo por mí. Éstos son mis verdaderos hermanos
de caza, ¿sabes?
Cazador Nocturno
resplandeció con silencioso orgullo.
La llanura se
convirtió en una cuesta. Fritti recordó las instrucciones de Tembleque y supo
que estaban llegando al límite del Nido de Sol. La subida era suave pero
constante, y al final del día a Cazarrabo le dolían las patas.
Por fin llegaron a
la orilla del Ronroneo. Era un arroyo mucho más tranquilo que el Curso de Rabo,
sereno y burbujeante. Su lecho estaba cubierto de guijarros de colores y encima
de ellos se vislumbraban las vertiginosas siluetas de los peces.
Se detuvieron a
beber, e incluso el pequeño Saltarín se acercó a tomar un trago de agua clara y
fresca. Cuando acabaron, Cazarrabo y Saltarín se tendieron en la orilla y, por
primera vez en mucho tiempo, acariciaron una muda y compartida esperanza.
«Saltarín aún está
muy enfermo», pensó Fritti.
Cuando se acercaba
para darle calor, Saltavallas se unió a ellos.
-Bien, ya estamos
en el Ronroneo. ¡Sólo nos queda un salto y un paso para llegar, jovencito! -le
dijo a Saltarín-. ¿Ves aquella sombra? -añadió señalando con la barbilla una
línea oscura que se dibujaba en el horizonte, apenas visible sobre el cielo
gris-. Son las afueras del Bosque de las Raíces, el bosque más grande y
magnífico del mundo. ¿Sabes adónde llegaremos si seguimos el curso del Ronroneo
por un trecho no demasiado largo? -Saltavallas miró a Sus dos acompañantes-.
¡Al Primer Hogar! Allí estarás seco, abrigado y tendrás oportunidad de
engordar. -Sonrió-. No me gusta pasarme todo el día acariciando pieles en la
corte, pero debo reconocer que es agradable volver a casa. -El príncipe dio un
empujoncito afectuoso a Fritti-. Apuesto a que una pareja de extranjeros como
vosotros quedarán fascinados. ¡Fascinados!
Durante los días
siguientes, Cazarrabo tuvo la impresión de estar soñando despierto. Saltarín
tenía fiebre y colgaba silencioso de las mansas mandíbulas de los mellizos. El
propio Fritti estaba más cansado que en toda la historia de su corta vida, pero
Saltavallas y sus compañeros apuraban el paso a medida que se aproximaban a su
casa. Fritti hacía todo lo posible por seguirles el ritmo.
Cazarrabo decidió
que algún día -cuando no estuviera agotado ni le dolieran las patas- volvería a
explorar el campo que estaban atravesando, junto a la orilla norte del
Ronroneo. En las orillas del río tranquilo y burbujeante crecía todo tipo de
vegetación. Los numerosos sitios y grutas donde refugiarse, resguardados de las
constantes lluvias, tentaban al exhausto Cazarrabo, y los gritos de los
animales y los pájaros lo invitaban a investigar. Necesitó hacer uso de hasta
el último ápice de su voluntad para seguir andando detrás de sus corpulentos
amigos y hacer caso omiso de las tentaciones del mundo del río.
Por fin, el pequeño
grupo de gatos llegó a las cuevas del Bosque de las Raíces. Pese al calamitoso
estado en que se encontraba, Fritti advirtió las diferencias entre este bosque
y el que se alzaba cerca de su casa. Este lugar tenía un aire a añejo que hacía
que el Viejo Bosque, a pesar de su nombre, pareciera nuevo y cachorro. El
aspecto, el olor, el sonido y las sensaciones que despertaba el Bosque de las
Raíces eran tan antiguos que parecía imposible que cualquiera de aquellos
enormes árboles que los rodeaban hubieran crecido allí. Más bien, era como si
el mundo entero se hubiera creado alrededor de sus troncos y raíces.
Cuando Fritti
confió sus impresiones a Saltavallas, el príncipe asintió, pero, en lugar de
responder con su característica irreverencia, se limitó a decir:
-Así es. Este es el
primer bosque. -Fritti le pidió una explicación, pero Saltavallas sugirió que
dejara esa pregunta para cuando llegaran a la corte-. Hay muchos que pueden
hablar del bosque mejor que yo, y no quisiera cometer un agravio por accidente.
Cazarrabo tuvo que
contentarse con aquella respuesta. Aun así, cuando más tarde preguntó por el
juego del Bosque de las Raíces, el príncipe se comportó con su habitual
entusiasmo y le ofreció una detallada descripción de cada criatura que corría,
se arrastraba, nadaba o volaba debajo de los antiguos árboles.
Empezaron a
encontrar abundantes huellas y señales de caza de otros miembros de la
Comunidad. Ahora el único interés de Cazarrabo era terminar el viaje, por lo
que no prestó ninguna atención a las entusiastas discusiones de Saltavallas y
sus compañeros acerca del significado de los distintos rastros: quién había
hecho qué, cuándo y con quién. Saltarín dormía constantemente, indiferente a lo
que ocurría a su alrededor.
Después de un día
cojeando y tambaleándose, el propio Cazarrabo fue incapaz de seguir en pie. Una
vez más, tuvo que dejarse transportar por uno de los leonados mellizos, al
igual que su amigo Saltarín.
Fritti se
despertaba y volvía a sumirse en un inquieto sueño, apenas consciente del
sonido de voces. El príncipe daba órdenes a diestro y siniestro, y cuando el
atontado Fritti abrió los ojos vio siluetas de gatos por todas partes, un
verdadero océano de miembros de la Comunidad. Era demasiado para él, de modo
que volvió a cerrar los ojos.
Sintió que lo
colocaban sobre algo blando y, mientras las voces se desvanecían, saltó al
campo de los sueños.
SEGUNDA PARTE
11
... La multitud, el
zumbido, los murmullos
de la ciudad, esta
enorme colmena.
Abraham Cowley
El tejado sobre el
que se hallaba estaba tan caliente que no podía dejar las patas apoyadas más de
un instante sin quemarse. Caminó con cuidado de un extremo al otro y espió más
allá del borde, desde donde ascendía un remolino de humo. Sabía que debía saltar
y salvarse. Debajo había FUEGO. El humo le producía escozor en las delicadas
membranas de la nariz y podía oír el rugido de las llamas que se alzaban desde
abajo. ¿Por qué no podía saltar? ¡Su familia! En algún sitio detrás de él se
encontraban su madre y sus hermanos, amenazados por el FUEGO. ¡Estaban en
peligro! Ahora lo recordaba.
Una voz le hablaba
desde el humo. Fritti escudriñaba las nubes grises, pero no podía ver nada.
Desde el interior de la cueva de Man llegaban las voces aterrorizadas de su
familia.
La voz procedente
del humo lo llamaba por su nombre y le decía que debía saltar para salvarse.
Parecía Comebichos, o tal vez Barba Cerdosa. Intentó explicarle que su familia
estaba en peligro, atrapada por el FUEGO, pero la voz siguió llamándolo:
«¡Salta, olvida a tu familia, sálvate, corre!».
¡Estaba atrapado!
Sentado junto al borde del tejado, debía responder a los aullidos de pánico de
sus hermanos y hermanas o a la voz de Comebichos -¿o era Barba Cerdosa?- que lo
animaba a saltar, a escapar, a correr. Era incapaz de decidir. ¡Debía correr!
¡Oh, Harar! ¡Correr, correr, correr!
Fritti cayó en el
mundo de la vigilia con las patas temblando de forma convulsiva. La luz era muy
brillante y le dolían los ojos. Estaba rodeado por un enorme cerco de troncos
gigantescos, que se elevaba más allá del alcance de su vista. Saltos y saltos más
arriba, las ramas se entrelazaban como hilos de una descomunal telaraña. Sin
embargo, Cazarrabo sentía calor en la cara. Un poderoso rayo de sol se colaba a
través de alguna lejana ventana de cielo, entre las ramas más altas,
convirtiendo la hierba corta y hormigueante donde yacía Fritti en una isla
estival en medio del ancestral frío del bosque.
Fritti se incorporó
despacio y descubrió que le dolían los pies. Entonces volvió a echarse y los
examinó, comprobando los puntos doloridos con su sensitiva lengua.
La piel estaba
agrietada y era evidente que había sangrado, pero alguien la había limpiado con
cuidado y no pudo encontrar cardenchas ni espinas. En el último tramo del viaje
hacia el Primer Hogar, se había descubierto muchas, pero no había tenido la fuerza
ni la capacidad de concentración necesarias para quitárselas. Alguien lo había
lavado.
Saltavallas.
Saltavallas lo había dejado allí y sin duda se había ocupado de sus patas. Pero
¿dónde estaba ahora?
Fritti miró a su
alrededor. Todavía estaba atontado, tenía el pelo encrespado y su corazón
luchaba por recuperar el ritmo normal después del inquietante sueño. No había
otros miembros de la comunidad a la vista. El claro rodeado de gigantescos
árboles estaba vacío... pero Fritti oía voces. La brisa traía consigo voces de
gatos, lo suficientemente lejanas para que parecieran irreales.
Cazarrabo se alejó
del luminoso claro con paso lento y cauteloso para no herir sus doloridas
patas.
Mientras caminaba
bajo los venerables árboles del Bosque de las Raíces, reparó en los gruesos y
fibrosos líquenes que se extendían de rama en rama y que en algunos sitios eran
tan densos que formaban un techo natural. Los senderos que circundaban las raíces
de los árboles parecían pasadizos abovedados, cubiertos de filigranas, y el sol
se filtraba a través de aquella cúpula de follaje, salpicando el suelo con
puntos luminosos y convirtiendo la luz del día en un suave resplandor difuso.
Ahora alcanzaba a vislumbrar a los gatos cuyas voces retumbaban contra las
cortezas de los viejos árboles y contra la tierra compacta del suelo.
El bosque estaba
atestado de gatos..., más gatos de los que habla visto en toda su vida reunidos
en un mismo lugar. Gatos de todos los tamaños y aspectos que caminaban,
cantaban, dormían, discutían. Un mundo de gatos a los pies de aquellos
poderosos y eternos árboles.
Fritti los observó con atención, pero
ninguno de ellos lo miró a él. Nadie parecía notar su presencia. ¡Y había
tantos! Un gordo gato leonado perseguía a una fela con la cola torcida mientras
una multitud rodeaba a dos machos que peleaban. Algunos simplemente dormían
echados en el suelo.
De repente, Fritti
se encontró en un ancho sendero: un camino marcado por incontables pisadas en
el mullido suelo cubierto de hojas. Los gatos iban y venían. Cuando sus miradas
se cruzaban, giraban la cabeza y la inclinaban de forma extraña. Parecía un gesto
bastante indiferente, pero Fritti supuso que se trataba de una peculiar forma
de saludo, característica del Primer Hogar. Algunos gatos tenían prisa y lo
empujaban a un lado con impaciencia al pasar. Puesto que nadie parecía
ofenderse por estos incidentes y Fritti aún se sentía débil e inseguro, acabó
por no darles importancia.
¡Pero vaya cantidad
y diversidad de gatos!
«¿Cómo pueden
convivir todos juntos?», se preguntó.
No era natural. Aquello parecía un
hormiguero o incluso una cueva de Man.
-¡Cazarrabo! ¡Espera! ¡Cazarrabo!
Fritti se volvió y
vio a Canijo corriendo tras él. Al menos parecía Canijo... Pero, cuando se
acercó, notó que aquel gato era más grande y tenía el pelaje más brillante que
su amigo del Muro de la Asamblea, aunque el color era idéntico. Fritti
advirtió, divertido, que por un momento le había parecido natural hallar a su
amigo en el Primer Hogar, a muchos más kilómetros de la orilla del Bosque de
los que podía contar.
«Este viaje me ha
acostumbrado a extrañas sorpresas», pensó.
El gato gris y
amarillo lo alcanzó y se detuvo un momento para recuperar el aliento.
-Nre'fá-o-dijo
Fritti-. ¿Nos hemos olido antes?
-... Es-es-espera
un momento -jadeó el recién llegado mientras intentaba recuperar el aliento con
un gesto cómico-. Perdóname -agregó después de un instante-, pero estaba
arriba, arriba, arriba de un árbol tremendamente alto cuando te marchaste del
paraje de convalecencia y tuve que correr como nuestro difunto tío Viento
Blanco para alcanzarte. ¡Oh! -exclamó-. Espero que ni el príncipe Pisarrocío ni
sus amigos me hayan oído decir eso. He sido muy irrespetuoso. -Miró a Cazarrabo
y le sonrió con un gesto tan gracioso y pícaro que Fritti, pese a no entender
nada en absoluto, se sorprendió a sí mismo devolviéndole la sonrisa.
-Mmm... ¿Cómo has
dicho que te llamabas? -preguntó Fritti después de un momento. El extraño
estornudó de forma convulsiva y luego se restregó la nariz delicadamente con el
dorso de la pata.
-Perdóname
-repuso-. A veces olvido mis modales. Soy Aullidos. El príncipe Saltavallas me
pidió que fuera tu guardián... Bueno, no exactamente, más bien...
Aullidos reflexionó
con la nariz arrugada.
-¿Guía? -sugirió
Fritti.
-¡Guía! ¡Excelente!
Ésa es la idea. Bueno, así que... aquí estoy.
-El príncipe
Saltavallas ha sido muy amable.
-Es un buen gato,
no hay duda. Su afición por empujar a los demás es algo desmedida, pero a pesar
de todo es un gato de confianza. Con las garras firmes en la corteza, como
solemos decir aquí. Ahora bien, el príncipe consorte...-Aullidos se interrumpió
con un gesto significativo. Fritti, que no sabía qué decir, le respondió con
una cortés inclinación de cabeza-. Bien -dijo Aullidos de repente mientras se
estiraba con fluidez de movimientos-. Bien -repitió-, te llevaré a conocer el
Primer Hogar. Bueno, lo que aún no hayas visto de él. Tengo entendido que es tu
primera visita, ¿verdad? Es tremendamente grande e impresionante, sobre todo la
corte. Pero tendrás que esperar que Saltavallas te consiga una audiencia para
verla. ¿De verdad habéis cruzado el Nido de Sol?
-Venimos desde
mucho más lejos -respondió Cazarrabo-. Desde el otro lado del viejo Bosque.
-¡Increíble!
¡Asombroso! ¿Hay árboles donde tú vives? Supongo que sí, ¿verdad?
Cuando llevaban un
rato andando, Fritti recordó a Saltarín, e interrogó a Aullidos, preocupado por
su pequeño acompañante.
-Oh, lo llevaron al
paraje de convalecencia más cálido, porque estaba más enfermo que tú. Le han
dado hierbas dulces y un poco de ratón. Ya está mucho mejor -le aseguró
Aullidos-. Más tarde te acompañaré a verlo.
Continuaron su
camino. Aullidos no dejaba de contar anécdotas e historias. Le comentó a
Cazarrabo que estudiaba para convertirse en Maestro Cantor, pero que su
instructor estaba muy ocupado porque aquella noche habría una especie de
Asamblea. Gracias a eso tenía tiempo libre para acompañar a Fritti. Luego dijo
que su «pandilla» -Cazarrabo supuso que se trataría de un grupo de jóvenes
gatos- consideraba a Saltavallas como un «tipo aceptable» aunque «demasiado
enérgico». Aullidos también le contó que el príncipe consorte, Pisarrocío, era
considerado un gato «terriblemente serio» y «bastante aburrido». La soberana
Lomo de Sol era «adorable, por supuesto». Cazarrabo estaba asombrado de la
familiaridad con que Aullidos discutía y criticaba a los jefes hereditarios de
la Comunidad, ¡como si fueran un simple grupo de cazadores que vagabundeaban
entre las cuevas de M'an!
Por lo visto, las
costumbres en el Primer Hogar eran diferentes y le llevaría un tiempo
acostumbrarse a ellas. Mientras tanto, muchas cosas le parecerían
incomprensibles.
-¿Siempre hay
tantos gatos viviendo aquí? -preguntó.
-¡Por los bigotes
de Lomo Azul! ¡No! -rió Aullidos-. Calculo que sólo la mitad de esta multitud
vive aquí. Han venido por la Ceremonia de la que te he hablado.
-Pero, aunque sólo
sean la mitad, siguen siendo demasiados. ¿Cómo hacéis para encontrar comida? No
debe de quedar un solo Chillón en todo el bosque.
-Oh, a veces
tenemos que alejarnos un poco -admitió el aprendiz de Maestro Cantor-. Pero el
Bosque de las Raíces es el más grande del mundo, y cuando la caza escasea
enviamos a una cuadrilla a asustar a las presas y conducirlas de nuevo a la
corte. A veces tanto trabajo extra resulta agotador, no hay duda, pero vale la
pena vivir aquí. Yo nunca he vivido en otro sitio ni querría hacerlo. Jamás.
Mientras
conversaban, seguían paseando y de vez en cuando Aullidos interrumpía su
discurso para señalar algo importante: un terreno con hierba especialmente fina
para los ratones, un árbol maravilloso para afilarse las uñas u otro gato que
el guía encontraba digno de comentario. Muchos de aquellos gatos conocían a
Aullidos y lo saludaban, y él siempre respondía con buen humor. Fritti llegó a
la conclusión de que el Primer Hogar se parecía más a un árbol lleno de pájaros
que al hormiguero que le había recordado al principio.
Después de
contemplar unas cuantas atracciones y escuchar cantar una canción triste y
dulce a un par de jóvenes felas -«estupendas amigas íntimas» de Aullidos- por
fin llegaron al claro donde estaba Saltarín. Lo encontraron tendido sobre una
senda de varios saltos de ancho bañada por la oblicua luz del sol. El gatito
estaba despierto y hablaba con una delgada fela gris con ojos de color verde
oscuro y pelaje corto.
-¡Cazarrabo! -gritó
Saltarín cuando los vio-. ¡Me alegro tanto de verte! Creí que dormirías todo el
día y te perderías la diversión. ¿Has visto cuántos gatos hay aquí?
Fritti se acercó a
él y olfateó su suave pelaje de cachorro. El olor de la enfermedad había
desaparecido.
-Yo también me
alegro de verte, Saltarín. Estaba preocupado por ti.
-¡Me encuentro muy
bien! -rió el pequeño-. Todo el mundo ha sido muy amable conmigo. ¡Ya he hecho
amigos! ¡Oh! Eso me recuerda que aún no habéis intercambiado vuestros nombres
de cara. Cazarrabo, ésta es Sombra -señaló a la gata gris, que respondió con una
tímida inclinación de cabeza-. Está de visita, igual que nosotros.
-Nrefa-o-saludó
Cazarrabo-. Buena danza.
-Igualmente
-respondió ella.
Fritti saludó con
un gesto cortés y luego se volvió hacia su pequeño amigo. El aspecto de
Saltarín había mejorado considerablemente, aunque seguía estando muy delgado,
pues durante su enfermedad había comido muy poco.
Al recordar la
comida, se le hizo agua la boca. De pronto se dio cuenta de que no comía desde
el día anterior. ¡Estaba hambriento! ¡Y había pasado una tarde entera sin
pensar en comer! Era evidente que el viaje lo había cambiado mucho.
-Saltarín, me dijo
Aullidos que te había traído muchos ratones... -comenzó.
-Oh, sí, hay un
montón. Están allí. Los mataron esta mañana. Sírvete.
Cazarrabo se
dirigió hacia la pila de Chillones, pero de repente vaciló y se volvió hacia
Aullidos y Sombra.
-Come, cu’nre -rió
Aullidos-. Hazte cuenta que no estoy aquí.
-Creo que debo irme
-señaló Sombra-. ¿Crees que podrías acompañarme, Aullidos? Aún no conozco bien
el camino.
-Será un gran
honor. Os veré pronto -le dijo a Fritti y a Saltarín-. Volveré para llevaros a
la Ceremonia al final del Despliegue de la oscuridad.
-Y yo vendré a
visitarte más tarde, Saltarín -añadió Sombra.
Los dos gatos se
alejaron con las colas curvadas en el aire mientras Aullidos comentaba con
entusiasmo las intrigas de la corte. Cazarrabo ni siquiera esperó a que se
marcharan para atiborrarse de ratón. Saltarín lo contemplaba y chillaba
divertido ante la suciedad que dejaba su amigo al comer.
Cuando la tarde
llegaba a su fin, los dos amigos continuaban hablando. Saltarín aún no había
tenido oportunidad de recorrer el Primer Hogar y estaba ansioso por conocer
detalles. Mientras Cazatrabo describía todo lo que Aullidos le había mostrado,
comenzó a llover otra vez. Podían oír un suave golpeteo sobre las hojas y de
vez en cuando una gota se colaba a través de la bóveda de follaje para caer
sobre la hierba o sobre sus pelajes. Sin embargo, los líquenes y el ramaje los
guarecían de la lluvia y permanecieron allí sentados con comodidad. Por fin se
acostaron uno junto al otro y durmieron un rato, con el sonido rítmico de la
lluvia como fondo musical.
12
Los buenos mueren
primero
y aquellos cuyos
corazones están tan secos como el polvo del verano
se queman basta el
tuétano.
William Wordsworth
Al final del
Despliegue de la Oscuridad, Aullidos regresó al claro, tal como había
prometido.
-¡Arriba! ¡Arriba,
tontuelos dormilones! -exclamó-. ¡Hay demasiadas cosas que hacer y ver! Debemos
asistir a la Ceremonia.
Fritti, atontado y
con el estómago lleno de carne de ratón, se estiró despacio.
-¿Saltarín ya está
bien como para acompañarnos? -le preguntó al aprendiz de Oel-cir'va.
-¡Por supuesto! ¿No
quieres venir a ver cosas muy emocionantes, Saltarín?-inquirió Aullidos
dirigiéndose al adormilado gatito.
-Sí, creo que sí.
Bueno, estoy seguro -afirmó Saltarín estirando su diminuto cuerpecito-. Me
encuentro bien, Cazarrabo.
-¡Espléndido! -rió
Aullidos-. Todo arreglado. Vámonos. Si llegamos tarde, recibiré un brutal tirón
de cola.
Cuando atravesaban
las glorietas de árboles del Primer Hogar, se encontraron con una multitud de
miembros de la Comunidad que caminaban en la misma dirección.
-¿Vamos a la corte,
Aullidos? -preguntó Saltarín sin aliento.
El gato gris y
amarillo lo miró por encima del hombro.
-No, en realidad la
Ceremonia se lleva a cabo en el Claro de la Asamblea. Es el único sitio donde
cabremos todos. Vienen gatos desde todos los rincones del Bosque de las Raíces,
e incluso desde más lejos, como vosotros dos. ¡Imaginaos! ¡Estaréis aquí para
la Ceremonia! Hola, Azotamatas. Tu pelaje está muy brillante -le dijo a un
conocido.
-¿En qué consiste
exactamente la Ceremonia? -preguntó Cazarrabo-. ¿Es como la Noche de la
Asamblea?
-No, no, es
completamente diferente, más bien... ¡Eh, Planeador! -le gritó a otro gato-.
¿Cómo está Pata Sutil? ¿Bien? ¡Espléndido! -dijo con alegría, y luego se volvió
a sus dos acompañantes-. Planeador está bailando la Danza de la Aceptación con
la más desdichada fela blanca y negra que... ¿De qué estaba hablando? Ah, sí,
por supuesto, de la Ceremonia. Supongo que no habrá nada igual donde vivís. El
nombre completo es «Ceremonia de la Canción de Viento Blanco». Siempre la
celebramos al llegar el invierno, con la primera abertura del ojo de Meerclar.
-¿Y en qué
consiste? -insistió Fritti-. No quiero ser irrespetuoso, pero nunca he oído
hablar de ella.
-Bueno, al menos
sabrás quién es Viento Blanco, ¿verdad? -Fritti asintió y Aullidos continuó-.
Yo mismo no estoy seguro de comprender las partes más significativas, pero el
príncipe Pisarrocío, el padre de Saltavallas, se toma el asunto muy en serio.
Él cuenta una especie de historia y nosotros cantamos canciones. Tiene algo que
ver con la Muerte y los Campos del Más Allá, pero yo nunca presto demasiada
atención. Es un poco aburrido. La mayoría asistimos para aprovechar la
oportunidad de ver a los miembros de la corte, sobre todo a la familia de la
reina. Y también está la nébeda, por supuesto. A todo el mundo le gusta la
nébeda.
-¿Estará allí la
reina? -jadeó Saltarín, que se esforzaba por mantener el ritmo de los otros dos
gatos.
-No, ella nunca
asiste. Por alguna razón lo había olvidado. ¡Pobre de mí! ¡Tengo tantas cosas
en que pensar! Ser un Maestro Cantor no es tan simple como caer en la
madriguera de una taltuza, ¿sabéis? Hay que trabajar duro. ¡Eh, Caricias! ¡Soy
yo, Aullidos!
El enorme Claro de
la Asamblea estaba situado en el centro del bosque. Arriba, más allá del
alcance de la vista, las descomunales ramas de los viejos árboles se
entrelazaban y se enredaban formando un techo abovedado.
El Claro era una
pequeña depresión de terreno cubierta de hierba corta y hojas de árboles. En el
extremo más alejado de Fritti y sus amigos, había una pequeña cuesta que
acababa en una especie de promontorio, coronado por una amplia planicie.
Cazarrabo vio que ya había dos o tres gatos acurrucados sobre aquella colina.
Debajo, el claro estaba atestado de gatos procedentes de todos los rincones del
bosque que maullaban, ronroneaban o se restregaban las narices. Se apiñaban en
pequeños grupos que rompían poco después para saludar a amigos y conocidos en
todos los puntos del Claro.
Saltarín, azorado
por la profusión de gatos, se sentó a contemplar el espectáculo con los ojos
brillantes de admiración. Fritti, sin embargo, se sentía un poco incómodo. Su
piel hormigueaba como si quisiera separarse del cuerpo, para dejarle más sitio.
Por alguna inexplicable razón, no le parecía natural ni apropiado que los
miembros de la Comunidad se congregaran en grupos tan grandes. Reunirse de vez
en cuando para una Asamblea era una cosa: todo el mundo disfrutaba de un poco
de compañía de vez en cuando; pero vivir juntos de ese modo, día tras día,
apoyar la pata y pisarle la cola a alguien... Bueno, pese a la amabilidad de
los gatos del Primer Hogar, no se quedaría más de lo imprescindible.
Justo cuando los
tres amigos encontraron un hueco en medio de la multitud, un gato gordo de
cabeza redonda se dirigió al promontorio que se alzaba encima del Claro. Era
blanco y negro y el aspecto descuidado de su pelaje lo hacía parecer aún más
corpulento... y ya lo era mucho. El gato miró a la multitud y los murmullos se
acallaron.
-Es Ronroneo Feroz,
el chambelán de la corte -dijo Aullidos, emocionado, en un susurro-. Es muy,
muy importante. Le gustan demasiado los chillones y las siestas, pero no os
dejéis engañar por las apariencias. Es viejo, pero rápido como un escarabajo
pelotero.
Ronroneo Feroz
carraspeó y luego habló con una voz tan sonora que retumbó como el viento al
pasar entre las montañas.
-Buena danza,
amigos de la Comunidad. En representación de su honorable majestad, la reina
Mirmirsor Lomo de sol, descendiente directa de Fela Danzacielos y verdadera
monarca de la Comunidad, y en nombre del príncipe consorte, Sresla Pisarrocío,
os doy la bienvenida a la Ceremonia de la Canción de Viento Blanco. El príncipe
consorte y Saltavallas estarán con nosotros dentro de un momento.
Ronroneo Feroz
saludó con una reverencia que lo hizo parecer aún más gordo, si es que eso era
posible, y se retiró al fondo del promontorio. Los murmullos de los gatos
reunidos se alzaron otra vez. Aullidos vio que Saltarín miraba fascinado de un
lado a otro. El aprendiz de cantor sonrió y dio un pequeño empujoncito a
Fritti.
-No hay nada como
esto en vuestra madriguera, ¿verdad? -comentó.
Mientras hablaba,
se acercó otro gato y lo llamó por su nombre, pero Aullidos se dio la vuelta,
como si algo llamara su atención detrás de él, y agitó la cola en el más
grosero gesto. El recién llegado se detuvo un momento, dubitativo, y luego se
alejó de allí.
-Odio a Patizambo
-le confió Aullidos a Cazarrabo-. Hay algo en él que no me gusta. ¡Hmmmm!
-continuó mientras echaba un vistazo alrededor del Claro-. Supongo que no
aparecerá nadie interesante hasta después de comenzada la Ceremonia. Al menos
no hemos tenido que escuchar uno de los largos y delirantes cuentos de Ronroneo
Feroz. Es un viejo amigo, y como ya he dicho bastante inteligente, pero cuenta
las historias más horribles que he oído.
Alguien hizo callar
a la multitud con un grito y todos los ojos se volvieron hacia el promontorio.
Saltavallas ascendía por la cuesta de la colina con los infaltables mellizos a
su lado. Un grupo de jóvenes y bulliciosos cazadores de la primera fila comenzaron
a gritar.
-¡Allí está
Saltavallas! ¡Quién tuviera la dicha de lavarte, viejo amigo! ¡Ja! ¡El bueno de
Saltavallas!
Al principio, el
príncipe fingió no oírlos, pero no pudo evitar que una tímida expresión de
satisfacción se reflejara en su cara al llegar a lo alto del promontorio. Buscó
un sitio adecuado y se sentó sobre las patas traseras, flanqueado por sus
enormes acompañantes. Otros gatos, que Aullidos identificó como funcionarios de
la corte, estaban subiendo al promontorio, y por fin apareció el príncipe
Pisarrocío, seguido por Ronroneo Feroz.
Pisarrocío se
acomodó al frente del promontorio. Los jóvenes cazadores de las primeras filas
dedicaron las últimas lisonjas al risueño Saltavallas. Luego el silencio
descendió sobre la Comunidad. Aquellos que buscaban un sitio donde sentarse se
detuvieron al oír al príncipe consorte.
El pelaje de
Pisarrocío era de un tono crema, pero se oscurecía hasta convertirse en un
intenso marrón en las patas, orejas y cola. Una especie de máscara marrón le
cubría la nariz y se extendía hasta el borde exterior de sus rasgados ojos
azules. Tenía el aspecto de alguien que ha visto muchos sitios y sucesos
extraños, y observaba a los demás gatos con la misma expresión con que miraría
al sol o a las hojas de los árboles. Su cabeza estrecha se movía de un lado a
otro mientras estudiaba a la Comunidad con sus ojos almendrados.
«Tiene un aire muy
extraño -pensó Fritti-. Parece que hubiera visto tantas cosas que ya no le
interesara mirar nada más.»
-Saludos de la
antigua corte de Harar -dijo Pisarrocío con una voz suave y musical que sin
embargo tenía un vago deje de frialdad-. Tengo algo qué compartir con vosotros
antes de que comience la danza. Sé que preferiríais danzar antes que
escucharme, de modo que seré breve. -Se oyó un murmullo divertido entre la
multitud-. Me gustaría contaros algo que he estado pensando y que tiene que ver
con la Canción de Viento Blanco. Pero antes de comenzar, ¿podríamos cantar la
Canción de Gracias? Me complacería mucho que lo hicierais. Adelante, cantad
conmigo.
Pisarrocío comenzó
a cantar con su voz suave y melodiosa. Un instante después, otros se unieron a
él hasta que un verdadero coro de voces se elevó hacia la cúpula de árboles y
hacia el cielo estrellado que la cubría.
¿Qué es ese suave
resplandor
que pasa por aquí?
¿Acaso es la nieve
que cae?
¿Quién vela
nuestros tranquilos
sueños
silencioso como el
invierno y dulcemente sereno?
Es Viento Blanco
con su
pelaje
resplandeciente.
Allí donde
danzan y relucen
las estrellas,
donde soplan las
brisas invernales,
allí irá
el gentil Viento
Blanco...
Cazarrabo no
conocía la letra de la canción, de modo que se limitó a mirar a la multitud.
Incluso Aullidos se había sumido en una especie de trance, con la cabeza gacha
y los ojos cerrados. Saltarín, que estaba sentado a su lado, escuchaba la
canción en silencio con expresión de respeto y admiración. Las melodías
sibilantes del Canto Supremo se elevaban y flotaban en el aire de la noche.
Si la oscuridad
nos convoca con
dulzura,
si el día se marcha
para siempre,
lo dejaremos todo
sin protestar.
Sólo tienes que
avisarnos, Viento Blanco...
Había algo en
aquella canción que preocupaba a Fritti. Viento Blanco había sido un gato muy
hermoso y valiente, pero había desaparecido hacía muchísimo tiempo. La canción
que cantaban hablaba de los Primogénitos como si ellos aún pudieran olerlo o
verlo. Fritti miró las caras solemnes de los demás gatos y tembló. Por fin la
canción terminó y Pisarrocío comenzó a hablar con la vista fija en el océano de
orejas, bigotes y ojos brillantes.
-En esta noche
misteriosa en que recordamos el sacrificio de Viror Viento Blanco, me gustaría
hablar de los sufrimientos de otro gato que vivió en un pasado muy, muy lejano.
-La voz del príncipe consorte era pausada y rítmica e incluso los patanes de la
primera fila lo escuchaban con atención-. Hace muchos años, el príncipe Nueve
Pájaros fue castigado por el hermano de Viento Blanco, el señor Tangaloor Pies
de Fuego. Transformado en la deforme criatura que llamamos M'an, fue condenado
a servir a la Comunidad como represalia por su orgullo. Nueve Pájaros sufrió
mucho. ¿Pero fue por una buena causa? Quizá.
»Durante
generaciones y generaciones, sus descendientes sirvieron a nuestros
antepasados, venerándolos y cuidándolos. A lo largo de los siglos, la Comunidad
y M'an trabaron amistad. Muchos miembros de la Comunidad comenzaron a depender
de M'an para conseguir las cosas que siempre nos habíamos provisto por nosotros
mismos.
Esta charla
interesaba a Fritti. Tembleque había dicho que M'an estaba ejerciendo su
influencia en el trono de Harar y era evidente que Pisarrocío había discutido
el tema antes de que la multitud se reuniera para la Ceremonia.
-Muchos dicen que
la Comunidad se ha vuelto débil -continuó Pisarrocío-, que muchos de nosotros
hemos pasado a depender de esos extraños gatos erguidos y sin pelos como si
fueran nuestros padres. Algunos afirman que esto es una muestra de decadencia y
debilidad, pero yo no estoy seguro. -Pisarrocío fijó su mirada inescrutable en
los miembros de la Comunidad-. ¿Cuál fue el pecado de Nueve Pájaros? Orgullo.
Ahora bien, todos los miembros de la Comunidad son orgullosos, por supuesto.
¿Acaso no somos la raza más perfecta, la suprema creación de la naturaleza?
»¿Acaso no fue el
orgullo de Comecorazones, su ambición por convertirse en Señor Supremo, lo que
condujo a la muerte de Viror Viento Blanco? ¿Acaso la música del mundo no ha
carecido desde entonces de ese tono puro e inmaculado?
»Quizás ese M'an,
esa patética y gigantesca bestia que se apiña con sus congéneres en frágiles
avisperos y vaga por el mundo sin garras ni pelos, tal vez ese ser despreciable
puede enseñarnos algo.
El público comenzó
a inquietarse. Aunque nadie dijo nada por respeto a la autoridad de Pisarrocío,
los gatos de la multitud se movían y murmuraban entre sí.
Cazarrabo
reflexionó acerca de las palabras de Pisarrocío, que habían despertado en él
una ligera sensación de amargura, como si hubiera olfateado un vago olor a
podrido. Saltarín, en cambio, parecía extasiado. Aullidos movía la cabeza de un
lado a otro en busca de amigos y no escuchaba al príncipe.
-... Porque si
nosotros, pese a nuestro orgullo -continuó Pisarrocío con los ojos rasgados
encendidos-, nos dejamos atender y alimentar por estas débiles criaturas,
¿quién puede afirmar que no es para bien? Tal vez la madre Universal pretenda
que nosotros, arrogantes cazadores, aprendamos el significado de la palabra
humildad...
De repente,
Aullidos se levantó de un salto.
-¡Harar! -exclamó
en un nervioso murmullo-. ¡Lo había olvidado! Mi maestro, Tarascón, debe cantar
una de sus viejas historias esta noche, y yo debo ayudarlo a prepararse. ¡Ay!
Perdonadme, pero debo marcharme corriendo. ¡Oh, Danzacielos! ¡Me arrancará la nariz
de un mordisco!
Aullidos se alejó a
toda prisa sin esperar respuesta, saltando por encima de los demás gatos.
Cuando Fritti
volvió su atención hacia el promontorio, vio que Pisarrocío había dejado de
hablar. De inmediato, los gatos del público comenzaron a hablar entre ellos, y
Fritti se volvió hacia su acompañante.
-¿Qué piensas de
todo esto, Saltarín?
Saltarín despertó
de su estado de arrobamiento y miró a Fritti con aire ausente.
-¡Oh! -dijo por
fin-. En realidad no lo sé. ¡Es todo tan maravilloso! Mientras reflexionaba
sobre el discurso de Pisarrocío, sentí que delante de mí había una especie de
luz que debía alcanzar. Sus palabras despertaron una sensación extraña en mí...
Fue algo extraordinario y no puedo explicarlo bien.
-A mí me ha
turbado, pero no alcanzo a arañar la razón... Bueno, supongo que será algo
incomprensible para unos extranjeros como nosotros. La Comunidad de Pisarrocío
no pareció tomarlo con tanta seriedad...
Los diversos grupos
de gatos charlaron animadamente mientras duró la pausa en la Ceremonia.
Saltavallas se había acercado al borde del promontorio y conversaba con sus
amigos de la primera fila.
-Parece que no va a
suceder nada por un rato. Voy a hacer me’mre. ¿Quieres esperarme aquí?
-Sí, prefiero
quedarme aquí a mirar, Cazarrabo.
Fritti se abrió
paso entre la multitud y se alejó del Claro. Cuando acabó de cubrir el hoyo,
dio un paseo por los alrededores, disfrutando del olor al aire de lluvia.
Mientras caminaba
con la cabeza erguida, percibió un olor exótico, y se detuvo un momento a
olfatear. Era un aroma excitante y embriagador.
Detrás del
promontorio donde se congregaba la familia real, encontró la fuente de aquel
aroma tentador, una pequeña mata llena de diminutas flores blancas. Durante un
instante, Cazarrabo se limitó a aspirar el olor.
Pronto experimentó
una sensación de calor en todo el cuerpo y sintió que se le aflojaban las
rodillas. El olor primero lo estimuló y luego lo calmó. Entonces dio un paso al
frente y arrancó un hoja con los dientes, la masticó un rato y al fin la tragó.
Tenía un sabor amargo, pero por alguna razón sintió deseos de comer más. Como
si estuviera soñando, arrancó otra hoja verde y la devoró..., luego otra y
otra...
-¡Eh! ¡Tú! ¿Qué
haces ahí? -lo sobresaltó una voz estridente. Fritti se alejó de las plantas en
flor y un gato enorme apareció detrás de él-. Todavía no deberías estar aquí
-dijo el extraño con tono de reprobación-. ¿Y por qué has comido tanto?
Fritti se sentía
mareado y estúpido y no podía evitar balancearse de un lado a otro.
-Lo siento... no lo
sabía. ¿Qué es esto?
-¿Intentas hacerme
creer que nunca habías probado la nébeda? -replicó el extraño con
desconfianza-. Venga, gatito, no me han parido con el último sol, ¿sabes? Y
ahora fuera de aquí. ¡Saca tus sucias pezuñas de este lugar! -ordenó el gato
con un gesto amenazador.
Fritti huyó de
allí. Se sentía muy confundido.
«Nébeda -pensó-.
Conque era nébeda.»
Los árboles se
curvaban sobre su cabeza y el suelo parecía irregular bajo sus patas, aunque su
aspecto no había cambiado.
«¿Es posible que
mis patas hayan sufrido una transformación y ahora tengan tamaños diferentes?»,
se preguntó.
Mientras se abría
paso entre la multitud congregada en el Claro, tuvo la impresión de que las
caras bigotudas de los extraños se alzaban amenazadoras hacia él y enseguida se
desvanecían. Entonces lo invadió el pánico. ¿Dónde estaba Saltarín? ¡Debía
encontrarlo!
Por fin avistó al
gatito. Aunque la distancia que los separaba le pareció interminable,
finalmente llegó a su lado. Intentó hablar, pero se lo impidió una sensación de
náuseas. Apenas pudo vislumbrar la expresión de alarma en la cara del gatito,
cuya voz sonaba muy distante.
-¡Cazarrabo! ¿Qué
te ocurre? ¿Estás enfermo?
Fritti intentó
hacer un gesto de asentimiento, pero su cara estaba tan caliente y su cabeza
tan abotagada que se desplomó en el suelo. Tendido sobre la espalda, oyó voces
lejanas de gatos elevándose en un cántico.
Saltarín estaba de
pie junto a él, frotando la naricilla contra su hocico... pero de repente la
cara del gatito pareció caer dentro de un hoyo, un negro túnel donde la vista
de Fritti se perdía.
Saltarín permaneció
junto a su amigo, pero por más que restregaba la nariz contra el cuerpo de
Fritti y gritaba intentando ahogar los cantos de la multitud, Cazarrabo seguía
allí tendido, como si estuviera muerto. Saltarín se sintió desamparado. Su
compañero estaba enfermo -tal vez moribundo- y él se encontraba solo en un
vasto mar de extraños.
13
¡Oh! No susurréis
su nombre.
Dejadlo dormir a la
sombra,
donde yacen sus
restos fríos y sin honores.
Thomas Moore
Presa del pánico,
Saltarín corría entre las desiertas grutas y sendas del Primer Hogar,
tropezando con las raíces y esquivando las amenazadoras formas de los árboles.
El resplandor del ojo de Meerclar, frío como un pez, se colaba a través de las
grietas del techo de hojas y ramas.
En el Claro de la
Asamblea, donde Cazarrabo permanecía inconsciente, había pedido ayuda
infructuosamente. Los gatos cantaban, danzaban o se marchaban a comer nébeda en
bulliciosos grupos. Saltavallas ya no estaba en el promontorio, Aullidos había
desaparecido de la vista y nadie había reparado en el asustado gatito que
maullaba junto a su amigo. Temiendo por la vida de su compañero, había huido
del alboroto del Claro en busca de alguien que lo ayudara o lo aconsejara.
Pero los senderos
del Bosque de las Raíces estaban desiertos y a medida que se alejaba de la
Ceremonia -del ruido y de la luz- el antiquísimo bosque comenzaba a cobrar un
aspecto cada vez más sombrío. Por fin se detuvo jadeante, pues comprendió que
si se perdía en el bosque no podría ayudar a su amigo. Se riñó a sí mismo: era
un gatito tonto y despreciable. Debía volver y buscar ayuda para Cazarrabo. ¡Si
los gatos que estaban en la Ceremonia se negaban a ayudarlo, arrastraría por el
rabo a la mismísima reina! Dio media vuelta y se dirigió hacia los vagos
sonidos del Claro.
Al llegar junto a
la hilera de árboles que rodeaban el Claro de la Ceremonia, se topó con Sombra,
la fela gris que lo había atendido aquella mañana. Aunque era evidente que
intentaba alejarse de la fiesta, lo saludó con un gesto amistoso.
-¡Oh, Sombra!
-gimoteó Saltarín-. ¡Me alegro tanto de ...! ¡Ven conmigo! ¡Deprisa! ¡Ayúdame!
--exclamó con nerviosismo-. ¡Cazarrabo está...! ¡Oh!
Sombra aguardó
pacientemente a que Saltarín se calmara y describiera la misteriosa enfermedad
de Cazarrabo. Luego asintió con un gesto de preocupación y lo siguió hacia el
interior del Claro de la Asamblea.
La Ceremonia estaba
en su punto culminante; los gatos cantaban y danzaban debajo de la alta cúpula
de árboles. Los arrobados bailarines giraban en círculos, sacudiendo las patas
y los rabos bajo la luz difusa del ojo. Muchos de ellos habían consumido aquella
hierba y la atmósfera estaba cargada de extraños cánticos y buen humor.
Fritti estaba en el
mismo sitio donde Saltarín lo había dejado. Su respiración era agitada y no
respondía a los gritos de Saltarín. Sombra le echó un vistazo y luego rozó el
pecho y la cara del gato inconsciente con sus delicados bigotes. Acurrucada
junto a él, aspiró su aliento. Por fin se puso de pie y sacudió la cabeza con
expresión sombría.
-Tu amigo es un
tonto o un glotón... o ambas cosas. Apesta a nébeda. Sólo un loco comería tanto
como para oler de ese modo -le explicó a Saltarín.
-¿Qué le sucederá?
-gimió el pequeñín.
Sombra bajó la
vista para mirarlo y su expresión se suavizó.
-No estoy segura,
joven cazador -dijo-. Todo el mundo sabe que comer demasiada nébeda asusta al
corazón y lo hace latir más deprisa, pero él es joven y fuerte. Sin embargo, es
difícil predecir el efecto de esta hierba sobre el espíritu. Un poco de nébeda
aligera el ka, hace brotar canciones y felicidad. Si se toma un poco más, uno
se vuelve violento y luego cae en un mundo de extraños sueños; pero si se come
tanto como ha comido tu amigo... ¡Por Harar! No lo sé. Debemos tener paciencia
y esperar.
-¡Oh! ¡Pobre
Cazarrabo! -sollozó Saltarín-. ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer?
-Yo me quedaré
esperando contigo -repuso Sombra con serenidad-. Es lo único que podemos hacer.
Fritti Cazarrabo
flotaba, caía hacia el interior de un túnel negro e infinito. El bosque que se
cernía sobre él, que palpitaba y rugía a su alrededor, ahora había
desaparecido... Todo había desaparecido... y él caía en el vacío.
El tiempo había
perdido todo sentido. No podía sentir ni el viento ni el aire, de modo que no
era consciente de la rapidez con que caía. Aun así, pese a la vertiginosa
sensación de movimiento que lo embargaba, sabía que permanecía inmóvil.
Después de un
tiempo indeterminado, cuando el terror comenzaba a desvanecerse de sus
atribulados pensamientos, vislumbró -o al principio sólo adivinó- un ligero
resplandor. El resplandor se convirtió en un destello y por fin en una fría y
potente luz blanca. Atónito, reconoció una figura en medio de aquella luz, y al
acercarse distinguió la silueta de un enorme gato blanco..., un gato sin cola
que giraba despacio en una enorme esfera negra.
Se aproximó aún más
y el brillo del resplandor creció. Los ojos del gato fantasma miraron en su
dirección, pero eran ojos desenfocados, ciegos.
Luego el gato
blanco le habló con una voz fría y susurrante que parecía surgir de una enorme
distancia.
-¿Quién está ahí?
-gritó-. ¿Quién intenta pasar?
Su tono gélido
reflejaba un enorme dolor, incomprensible para Fritti. Cazarrabo intentó hablar
pero, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió. Entonces sintió un súbito
ardor en la frente, como si la mancha con forma de estrella se hubiera
convertido en una estrella real..., como si se hubiera incendiado.
El espectro blanco
giró en silencio un instante y enseguida volvió a hablar:
-Espera, ya puedo
verte. Ah, pequeño espíritu, estás muy lejos de tu madriguera. Deberías estar
mamando en el regazo de la Madre Universal, danzando en los cielos sobre los
Campos de la Dicha. Lamentarás con amargura haberte perdido entre las frías
sombras. -Cazarrabo se sentía solo y asustado. No podía moverse ni hablar, sólo
escuchar-. He deambulado durante mucho tiempo en este negro vacío y nunca he
hallado el modo de escapar al otro lado -sentenció el extraño con voz apática e
indiferente-. Durante largo tiempo he buscado la senda de regreso a la luz. A
veces oigo
cantar... -añadió
con fría añoranza-, pero la puerta está siempre más allá de mi alcance, al otro
lado del camino, y algo me impide volver. ¿Por qué no puedo hallar ese reposo,
ese tranquilo reposo que me había prometido? -A pesar de su miedo, Cazarrabo sintió
una enorme compasión por el desolado gato blanco-. Pequeña estrella, noto algo
extraño en ti. ¿Qué es? -preguntó la voz triste y distante-. ¿Me traes un
mensaje o sólo te has perdido... como yo? ¿Traes noticias de mi hermano...? No,
eso sería cruel. El frío es demasiado intenso, la noche demasiado vacía...
Déjame, déjame solo. El recuerdo de los vivos me consume... ¡Me consume! ¡Ah,
qué dolor!
Se oyó el eco
apagado de un gemido y la aparición comenzó a girar cada vez más rápido, hasta
desaparecer de la vista de Fritti. Una vez más, Cazarrabo quedó envuelto en la
oscuridad.
De repente, aunque
seguía atrapado en la insondable oscuridad, sintió algo sólido bajo los pies e
intentó aferrarse, hundirse en aquel objeto. Era algo firme como la tierra, el
único elemento palpable en la gigantesca y negra quietud... al menos por el momento.
Pero pronto percibió otra presencia.
En algún lugar de
las tinieblas, alguien lo buscaba. No sabía cómo lo había advertido; era
incapaz de explicar aquella sensación, pero estaba seguro de ello. Algo enorme,
lento e implacable lo acechaba en aquel desolado desierto... en medio de un
silencio mucho más cruel que cualquier sonido imaginable.
Su frente volvía a
quemar. ¿Brillaría otra vez? Se sentía desnudo, al descubierto. Tenía la
impresión de que su frente ardiente delataba su presencia al ser que lo
perseguía, así como la luz atrae a todos los ojos del bosque. Cazarrabo intentó
cubrirse la cara con las manos, para esconder la señal luminosa, pero no lo
consiguió... Su cabeza se había alejado... ¡o quizá las patas se le estaban
encogiendo! Podía sentir cómo se agitaban y cómo, después de un fugaz
hormigueo, desaparecían... Ahora yacía sobre el estómago, incapaz de correr,
pese a que cada fibra de su cuerpo lo inducía a huir de allí. Aquella extraña
presencia se aproximaba a tientas... Estaba cada vez más cerca. La sensación de
irrealidad dio paso a otra de horror. Alguien lo perseguía... y estaba
dispuesto a cogerlo.
Cerró los ojos con
fuerza, como un cachorrillo que cree que si él no ve los demás tampoco pueden
verlo; pero en aquel vacío infinito cambiar una oscuridad por otra no era más
que una cruel ironía. El misterioso ser ya estaba muy cerca de él, expectante...
Ahora podía oler su aroma fétido, desagradable y más antiguo que las piedras.
La frente le latía como un corazón de fuego.
Entonces alguien lo
atrapó y comenzó a sacudirlo.
Por un instante
creyó percibir una terrible oleada de decepción en la oscuridad y enseguida
sintió que su cuerpo comenzaba a elevarse. Vislumbró un punto de luz sobre su
cabeza, brillante como el sol. En medio de aquel hueco en la oscuridad,
distinguió una extraña figura alta, similar a un árbol sin ramas, rodeada de
agua por todas partes.
Cazarrabo volvió a
sumirse en un sueño normal, y más tarde, cuando despertó, se encontró tendido
en el claro de Saltarín. Aullidos, Sombra y su pequeño amigo cuidaban de él.
-¡Bueno, ya vuelve
en sí! -exclamó Aullidos-. Estábamos muy preocupados por ti. Supongo que en el
sitio de donde vienes no habrá nébeda... Me refiero a la verdadera. Nos
alegramos mucho de que te encuentres mejor.
Saltarín se acercó
a lamer la cara de su amigo, mientras la gata gris estudiaba a Cazarrabo desde
una distancia prudente. Tembloroso, Fritti les agradeció sus atenciones.
Todavía no se sentía totalmente recuperado. La luz que se colaba entre los
árboles titilaba de forma extraña y todos los sonidos resonaban en sus oídos
con un débil eco. Se sentía ligero e insustancial.
-Ya sé que te
encuentras mal -dijo Aullidos mientras se incorporaba-, pero nosotros hemos
estado tendidos junto a ti toda la mañana, ¡y tengo tantas cosas que hacer!
Espero que me disculpes si me marcho a atender mis asuntos. -Cuando se alejaba,
se volvió para añadir-. ¡oh! ¡Lo olvidaba! El príncipe te ha conseguido una
audiencia en la corte para esta noche, al comienzo de la Hora del Silencio. Si
no te encuentras bien, podríamos cambiar la cita, pero como suelen tomarse el
protocolo muy en serio... No es que quiera obligarte a asistir, pero...
-Creo que estaré en
condiciones de aceptar ese honor -repuso Fritti después de un instante-. Vengo
desde muy lejos para ver a la ,reina y... -Hizo una pausa-. Sí, allí estaré.
-Bien. Vendré a
recogerte con tiempo -prometió Aullidos antes de alejarse brincando.
Fritti permaneció
echado un momento, reflexionando sobre las extrañas y persistentes sensaciones
producidas por la nébeda, mientras Saltarín lo lavaba con alegría.
-¿Estás seguro de
que te encuentras con fuerzas para ver a la reina? -preguntó Sombra por fin.
La delgada gata
gris esperó una respuesta con los ojos fijos en él.
-Creo que debo
acabar con esto cuanto antes. -Le resultaba difícil expresar sus sentimientos-.
Como le he dicho antes a Aullidos, vengo desde muy lejos. He hecho una promesa
y debo cumplirla. Sin embargo, aquí en el Primer Hogar nada parece importante.
Podría quedarme tendido durante días y días sin pensar en otra cosa más que en
las chinches de agua. No persiguiendo chinches de agua -precisó-, sólo pensando
en ellas. Uno podría pasarse todo el tiempo reflexionando sobre ellas y
charlando al respecto con los demás... y, antes de darse cuenta, se habría
vuelto viejo. Entonces, algún día, uno se percataría de que nunca ha visto una
chinche de agua... aunque tampoco tendría interés en verla, porque hacerlo
arruinaría todas las magníficas fantasías que ha creado en torno a ella.
»Lamento no poder
explicarme mejor -continuó-, pero siento que, si quiero encontrar a mi amiga
Pata Suave, debo darme prisa porque de lo contrario... Lo siento, no encuentro
el modo de expresarme con claridad...
Sombra se acercó a
Fritti y lo miró con atención.
-Creo que adivino
lo que quieres decir, Cazarrabo, pero yo también soy una extraña aquí. Dudo que
Aullidos y los demás puedan comprenderte.
-Es cierto -admitió
Fritti, y miró a Saltarín, que había acabado de lavarlo y escuchaba la charla
acurrucado junto a él-. ¿Tú qué opinas, Saltarín?
Saltarín alzó la
vista y lo miró con expresión solemne.
-Bueno, no sé si
entiendo bien lo que acabas de decir, pero algunas de las ideas de esta
Comunidad me parecen interesantes. Al menos, me hacen pensar en cuestiones
importantes... aunque no sepa por qué son importantes. ¿Lo veis? -rió el
gatito-. Me expreso aún peor que mi viejo amigo Cazarrabo. Creo que deberíamos
dejarnos de aburridos problemas y procurar buscar comida. ¡Ya ha pasado la hora
del desayuno!
-Estoy de acuerdo,
cu'nre -sonrió Fritti, aunque él aún no sentía apetito-. ¿Te gustaría cazar con
nosotros, Sombra? -le preguntó a la silenciosa fela.
-Será un honor.
Dedicaron el día
entero a explorar el boscoso laberinto del Primer Hogar, donde descubrieron
pasajes secretos, ocultos tras los matorrales, y viejos caminos olvidados.
Durante todo el día
que siguió a la Ceremonia, reinó el silencio entre la Comunidad del Primer
Hogar y el Bosque de las Raíces. Casi todos dormían o charlaban lánguidamente
con sus amigos, tendidos sobre la hierba. Muchos se habían marchado después de
la celebración y las callejuelas del Bosque de las Raíces estaban desiertas.
Sombra estaba
pendiente de Saltarín; lo animaba a jugar o se acercaba a mirar cada vez que él
señalaba algo que le llamaba la atención.
Con Cazarrabo se
mostraba amistosa, aunque algo reservada, pero esto no preocupaba a Fritti, que
aún se sentía turbado por la experiencia de la noche anterior. Casi todos los
síntomas habían desaparecido, pero no conseguía librarse de una extraña sensación
de languidez. La conversación de sus amigos parecía muy lejana y caminaba entre
los árboles como un espíritu, presa de una profunda indiferencia.
Al caer la tarde,
Sombra se marchó sin promesas de volver. Saltarín, que se había pasado la tarde
yendo de un sitio a otro como un abejorro, y Fritti, que aún se encontraba algo
alterado por su experiencia, regresaron al paraje destinado a los convalecientes
para descansar antes de la cita en la corte.
Cuando Aullidos
acudió a buscarlos, lleno de emoción contenida por la solemnidad e importancia
de su función de acompañante, los dos gatos lo siguieron como sonámbulos a
través de los sinuosos senderos del Primer Hogar.
Por fin cruzaron
una apretada valla de plateadas ramas de abedul y penetraron en un pequeño
cañón. Allí, bajo el único rayo del ojo que se colaba entre la enmarañada
cúpula del bosque, vislumbraron a varios gatos acurrucados al fondo del cañón.
Sus ojos redondos y brillantes reflejaban la luz de la luna. Entonces una
silueta grande surgió de entre las sombras y se aproximó a ellos, presurosa.
-Conque se trata de
esta pareja, ¿verdad? Pronto les tocará el turno. -Era Ronroneo Feroz, el
corpulento chambelán. Mientras hablaba, su cabeza se sacudía como un sauce en
la brisa-. No puedo presentaron directamente. Primero hay que cumplir ciertas
formalidades, ¿sabéis? Ahora déjamelos a mí, Aullidos. Eso es, buen chico.
Puedes esperarlos allí atrás.
Aullidos parecía
algo decepcionado, pero se encogió de hombros y les deseó buena suerte.
Saltarín y Cazarrabo siguieron al atropellado y mascullante chambelán de la
corte, que los condujo hasta la base de unos de los muros del cañón, cerca de
la luz.
-Esperad aquí hasta
que os llame sin articular el menor maullido. Hay otros antes que vosotros y el
tiempo de su Suavidad es precioso. Quedaos quietecitos, pequeños.
Tras estas
palabras, Ronroneo Feroz se marchó a toda prisa, balanceando su ancho cuerpo de
un lado a otro.
Fritti lo siguió
con la vista a lo largo del pequeño y encajonado cañón. El chambelán se dirigió
al centro de un grupo de gatos lustrosos y exquisitamente pulcros, que Fritti
supuso serían los miembros distinguidos de la corte. Uno de ellos, un individuo
grande y a todas luces orgulloso de su pelaje, rayado, tenía un aire confiado y
elegante que le recordaba a Tembleque.
Al otro lado del
cañón, sobre un pequeño promontorio cubierto de hierba y techado por las ramas
y hojas de un enorme roble, estaban sentados Saltavallas y Pisarrocío. El
primero tenía tal expresión de aburrimiento en la cara, que Fritú no pudo
evitar sonreír en la oscuridad. Era evidente que ese tipo de formalidades
irritaba al impaciente príncipe.
El semblante del
príncipe consorte, por el contrario, reflejaba serenidad y quietud, aunque sus
ojos inquietantes y ausentes parecían anunciar una tormenta inminente.
En el centro de la
planicie, iluminada por el único rayo de luz, se hallaba la reina Mirmirsor
Lomo de Sol, una criatura que parecía escapada del mundo de los sueños.
La reina evocaba en
Fritti el recuerdo de una fuente, un manantial del bosque. Era clara, lustrosa,
blanca y su pelaje suave y largo se erizaba en todas las direcciones como el
penacho plumoso del diente de león. Junto a ella había un pequeño cuenco de arcilla,
traído de algún modo desde una cueva de M'an. Allí, ante la mirada de
Cazarrabo, se encontraba la heredera del linaje de Harar.
Con una pata
extendida hacia fuera y el pie alzado en el aire como las elegantes ramas de
los abedules que rodeaban la corte, la reina se lamía el trasero con infinita
delicadeza.
14
Ante aquel alto
capitolio...
su pálida corte
rodeada de belleza y destrucción...
P. B. Shelley
Las audiencias se
llevaron a cabo durante la larga Hora del Silencio. La reina Lomo de Sol,
acurrucada en el hueco que había a los pies del enorme roble -el Vaka'az' me-,
escuchaba con serenidad a todo el que se presentaba ante ella. Cazarrabo
observaba con desfalleciente interés la procesión de demandantes. La mayor
parte de las entrevistas se debían a disputas territoriales, pero también hubo
tiempo para confirmar Nombramientos u ofrecer bendiciones a felas preñadas. La
reina presidió la ceremonia tan distante e impasiblemente refulgente como una
estrella.
Al final, los
complacidos o desilusionados demandantes se perdieron en la noche. La reina se
estiró con un largo y elegante bostezo e hizo una señal con la cola. Ronroneo
Feroz se acercó presuroso y se inclinó junto a ella. La reina susurró con
languidez en su oreja moteada y él asintió con repetidas inclinaciones de
cabeza.
-Sí, mi señora, de
acuerdo, por supuesto -resolló el viejo chambelán.
-Bien. ¿No crees
que debemos escucharlo? -preguntó la reina en una voz que sonó como el agua
fría y clara de un arroyuelo.
-Por supuesto, su
Hirsutez -gruñó Ronroneo Feroz mientras corría hacia el frente de la planicie.
Una vez allí, escudriñó la oscuridad del cañón con sus viejos ojos y exclamó
con voz sonora-. ¡Barón Ponzoña de los Caminantes Primigenios, ya puedes
aproximarte al Vaka'az'me!
El arrogante
cazador a rayas en que Fritti había reparado antes se incorporó, se estiró y se
aproximó despacio al montecillo.
Al llegar a la
cuesta, hizo una pequeña pausa y luego saltó sin esfuerzo al círculo de luz.
-¡Un Caminante
Primigenio, como Tembleque y Escarbón! -susurró Saltarín, emocionado.
Fritti asintió con
aire ausente mientras examinaba a Ponzoña. El rayo del ojo que iluminaba el
roble permitía distinguir las numerosas cicatrices que surcaban el cuerpo
fuerte y delgado del barón, bajo su corto pelaje. Con tantas rayas y
cicatrices, Ponzoña tenía el aspecto de la madera envejecida a la intemperie.
-Estoy a vuestro
servicio, como siempre, oh reina -dijo el Caminante Primigenio, apoyando la
barbilla sobre el suelo en señal de respeto.
Lomo de Sol lo miró
divertida.
-No tenemos muchas
oportunidades de ver a los Caminantes Primigenios en la corte -repuso-. Ni
siquiera a aquellos de vosotros que cazáis en el Bosque de las Raíces, cerca
del Primer Hogar. Por lo tanto, éste es un placer inesperado.
-Con el debido
respeto, su eminencia, los Caminantes Primigenios no «cazamos» en el Bosque de
las Raíces -replicó Ponzoña con ruda aunque serena arrogancia-. Como sabes,
nosotros preferimos la soledad de la selva. La corte está demasiado... atestada
para nuestro gusto -añadió con un deje desdeñoso que produjo una fría mueca de
humor en el rostro de Pisarrocío.
-Eso dicen, barón
-respondió el príncipe consorte con voz aflautada-, pero también he oído
rumores de que se está organizando una gigantesca asamblea de Caminantes
Primigenios al este de los Prados de la Carrerilla. ¿Acaso tus camaradas no
encontrarán esa multitud tan deprimente como la de la corte?
Ponzoña frunció el
entrecejo, mientras Lomo de Sol estornudaba con delicadeza y se lavaba la cola.
Por fin el barón habló con forzada moderación.
-El motivo de la
asamblea de barones es el mismo que me trae hoy aquí. El príncipe consorte, sin
duda movido por buenas razones que solo él conoce, desea abrir viejas heridas,
pero yo no me dejaré pellizcar el rabo. Debemos tratar asuntos mucho más graves.
Ronroneo Feroz, que
hasta entonces había permanecido de pie, resolló incómodo y fue a sentarse
junto a Saltavallas, que por primera vez en toda la noche demostraba interés en
la conversación.
-¿Por qué no os
dejáis de disputas? -gruñó el príncipe-. Me gustaría escuchar algo interesante,
para variar.
Lomo de Sol miró un
instante a su hijo; luego sacudió las orejas un par de veces y se volvió hacia
Ponzoña.
-Saltavallas es
algo grosero y pomposo, pero tiene razón. Debes perdonar nuestra descortesía,
barón. Comprendo que tus problemas te agobien y no encuentres graciosas
nuestras burlas. -Dirigió una fría mirada al príncipe consorte, que éste
devolvió con arrogancia-. Habla, Ponzoña, por favor -añadió la reina.
El Caminante
Primigenio la miró un momento; luego inclinó la cabeza y la mantuvo gacha por
espacio de varios latidos. Por fin, alzó la vista y habló:
-Como sabes,
eminente Suavidad -comenzó-, nosotros, los Caminantes Primigenios, somos pocos
y nuestros territorios son muy extensos. Yo mismo tengo jurisdicción sobre la
mayor parte de la llanura Nido de Sol y de esta parte del Bosque de las Raíces,
excluyendo el Primer Hogar, por supuesto -añadió con una sonrisa burlona
dedicada a Pisarrocío-. Los territorios del Ue'a, al norte del Maullido,
pertenecían a mi primo, el fallecido barón Parlamatas.
Ponzoña hizo una
pausa significativa y la reina se inclinó hacia delante, con los ojos llenos de
curiosidad.
-Lamentamos que
Parlamatas dejara estos campos, barón -dijo la reina con consideración-. Era un
cazador valiente y astuto. Sin embargo, aún no comprendemos el motivo de
vuestra visita. Los Caminantes Primigenios siempre han resuelto sus problemas
sucesorios sin ayuda de la corte.
Ponzoña se sentó
sobre las patas traseras y se rascó con impaciencia.
-Y seguiremos
haciéndolo, oh reina. No es el legado de Parlamatas lo que me trae aquí, sino
las circunstancias de su muerte. Parlamatas fue atacado por un enemigo
desconocido y desgarrado en trozos. Los demás Caminantes de su condado han
desaparecido.
La reina Lomo de
Sol estaba acurrucada en el hueco del Vaká az'me, y se estremeció de horror. La
nacarada madera interior del tronco enmarcaba su blanca figura.
-¡Qué horrible!
-exclamó con la vista fija en el barón.
Pisarrocío se
acercó al barón sobre sus silenciosas patas.
-¿Qué clase de
bestia pudo cometer semejante acto? -preguntó-. ¿Y qué podemos hacer nosotros
al respecto? ¿Por qué has venido a contarnos esta historia?
Fritti, sentado
entre los pocos espectadores restantes, notó que Saltarín se ponía tenso como
la rama doblada de un árbol joven. «¡Conque esto fue lo que trajo desde el sur
a Tembleque y a los demás!», pensó.
-Ningún miembro de
la Comunidad lo sabe, majestades -respondió Ponzoña con expresión sombría-. Si
fue una sola criatura, no hay duda de que tiene mucha fuerza, pero incluso si
se trata de una manada sigue siendo muy preocupante. Parlamatas fue destrozado.
Lomo de Sol había
recuperado su aplomo.
-¿Para qué vienes a
vernos? ¿Para asustarnos? -inquirió-. Lo que le ha sucedido a Parlamatas es
terrible, pero la Selva de las Ratas siempre ha sido un sitio peligroso. ¿Por
qué vienes a contarnos esta escalofriante historia?
-No es mi intención
alterar la tranquilidad del Primer Hogar -respondió Ponzoña con la cabeza alta
en un gesto de arrogancia-. Vengo a alertaros de la amenaza porque creo que la
corte se encuentra en un peligroso estado de engreimiento. Éste no es un incidente
aislado; todos lo sabemos. Vuestro hijo ha estado patrullando los alrededores
del Primer Hogar porque ha habido problemas cerca de vuestras madrigueras.
-¡Ahora empiezas a
hablar con sensatez! -comenzó Saltavallas complacido, pero Pisarrocío levantó
su delgada pata y lo interrumpió.
-Ha habido
merodeadores en nuestras fronteras, pero eso no es suficiente para ponerse en
estado de guerra -dijo el príncipe consorte con su voz musical-. Tal vez se
trate de Gruñones salvajes o de un garrin enfermo... Hay muchas explicaciones
posibles. Y también para la lamentable muerte del barón Parlamatas.
El viejo barón miró
a Pisarrocío con mudo disgusto.
-Los enormes garrin
pueden ser peligrosos, por supuesto -replicó-, pero ellos duermen durante el
invierno y estos incidentes comenzaron con las últimas nieves. Estoy seguro de
que continuarán durante las nieves de este año, cuando los garrin se hayan escondido
en sus cuevas. -Pisarrocío lo miró a los ojos, pero no dijo nada-. Muchos gatos
han jurado que los seres que acechan en los territorios del norte, y empiezan a
extenderse hacia otros lugares, no son criaturas de este mundo. La naturaleza
trata a sus criaturas con enorme clemencia. Yo he vivido en las alturas y en
las profundidades, pero nunca he visto nada igual.
-¿Qué quieres
decir, barón? -preguntó la reina Lomo de Sol-. Me temo que no te entendemos.
-Algo extraño está
ocurriendo en la zona del cañón del Rasguño de Harar. Las criaturas de la Selva
de las Ratas están emigrando, escapando en masa. Los pájaros que suelen anidar
allí han huido al otro lado de Agua Grande. Vosotros, más que nadie, deberíais
saber qué peligros nos acechan.
-Ve al grano,
Caminante -lo instó Pisarrocío con frialdad.
-Debería ser obvio.
En los alrededores del Primer Hogar se encuentra la mayor concentración de
miembros de la Comunidad del mundo: una multitud hambrienta y cazadora, que
acude permanentemente al bosque en busca de fla-fa’az y Chillones. Sin embargo,
estas criaturas siguen viviendo aquí. Tienen mayores nidadas o camadas que en
otros sitios, pero permanecen aquí. El Bosque de las Raíces es su morada
ancestral, tanto como la nuestra. Nosotros, los miembros de la Comunidad,
danzamos junto a nuestras presas y así es como debería ser.
»No obstante, unos
extraños seres se han mudado a las planicies del norte y han reunido un
montículo de rabos más grande que el Primer Hogar, y por alguna razón los
habitantes de la Selva de las Ratas se niegan a convivir con ellos. Es
necesario que comprendamos el peligro que esto entraña.
-¡Bravo! -exclamó
Saltavallas-. ¡Es agradable descubrir que aún queda alguien con sentido común!
Al ver que la reina
Lomo de Sol parecía dispuesta a hablar, Fritti, Saltarín y todos los presentes
se inclinaron de forma casi imperceptible hacia delante para oír su respuesta.
Pisarrocío, en cambio, se incorporó y bostezó.
-Bien -dijo con
calma-, has dicho muchas cosas, barón, y algunas de ellas desconocidas para
nosotros. Lo de ese montículo, en particular, parece muy extraño; pero ya
hablaremos de eso luego. Por el momento, no nos parece apropiado asustarnos
como cachorrillos por simples rumores ni organizar expediciones por territorios
que, como tú mismo has dicho, son muy peligrosos.
Ponzoña iba a
protestar, pero Pisarrocío agitó de un lado a otro su cola ribeteada en marrón
y el Caminante guardó silencio.
-Sin embargo
-continuó Pisarrocío con tono significativo-, no somos insensibles al peligro.
El hijo de la reina, el valiente príncipe Saltavallas, tiene nuestro permiso
para reclutar a todos los gatos que necesite para vigilar las fronteras de
nuestro territorio. Puede comenzar de inmediato.
-¡Maravilloso!
-exclamó el príncipe, emocionado, mientras se incorporaba de un salto-. ¡Estoy
tan contento!
Con una alegría que
Fritti consideró algo inadecuada, el príncipe se perdió en la oscuridad.
-Ahora bien
-prosiguió el príncipe consorte con una mirada fría-, te rogamos que después de
la reunión con tus compañeros, regreses a la corte de Harar y nos informes de
vuestras conclusiones. ¿Es posible?
-Por supuesto,
alteza -repuso Ponzoña algo sorprendido-. Espero que podamos seguir cooperando
en este...
-Claro, claro -lo
cortó Pisarrocío-, ése es el deseo de la reina. ¿Me equivoco, bigotuda mía?
-preguntó volviéndose hacia Lomo de Sol. La reina, aburrida de las formalidades
de la corte, agitó la cola con un gesto distraído.
»Muy bien,
entonces. Supongo que con esto finalizamos las audiencias de esta noche. Te
damos las gracias otra vez por haber traído estos asuntos ante nosotros, barón
Ponzoña. Por favor, transmite nuestras condolencias a los amigos y parientes de
Parlamatas.
Pisarrocío ya se
alejaba cuando Ronroneo Feroz habló con tono ausente.
-Ehh... Hmmmm...
con perdón, señor, creo que hay alguien más esperando su turno...
Pisarrocío volvió
al montecillo con una expresión de disgusto que pronto se trucó en lánguida
indiferencia. La reina, reclinada entre las raíces del Vaka'az'me, lavaba uno
de sus flancos sin prestar la menor atención a lo que sucedía a su alrededor.
-Muy bien -contestó
el príncipe consorte-, tráelos ante mí.
La convocatoria de
Ronroneo Feroz tomó por sorpresa a Fritti y a Saltarín. El robusto Tom se
inclinó hacia delante y susurró en la oreja de Cazarrabo:
-Intenta ser breve,
jovencito. Sus eminencias no están del mejor humor.
Fritti era
consciente de ello. Saltarín, por su parte, estaba tan nervioso que se acercó
al enorme roble temblando de forma notable.
-¿Cómo os llamáis y
qué queréis de nosotros? -preguntó Pisarrocío con impaciencia.
-Yo soy Cazarrabo y
éste es mi compañero Saltarín. Venimos del clan del Muro de la Asamblea, al
otro lado del viejo Bosque. Buscamos a una amiga nuestra llamada Pata Suave
-repuso Fritti con voz casi inaudible.
Por fin, la reina
pareció percatarse de la presencia de los dos jóvenes gatos.
-¿Creéis que está
en el Primer Hogar?-inquirió fijando sus brillantes ojos en ellos.
Saltarín se
estremeció, dejó escapar un gemido emocionado y escondió la cabeza en la cadera
de Fritti.
-No, honorable
reina, no lo creemos. Pensamos que se la ha llevado la criatura... o criaturas
de las que hablaba el barón Ponzoña. Muchos miembros de nuestro clan han
desaparecido en misteriosas circunstancias. Los Jerarcas enviaron una
delegación a la corte por esa misma razón -se apresuró a terminar.
Lomo de Sol bostezó
de forma ostentosa, mostrando sus dientes filosos y blancos como su pelaje y
una increíble lengua rosada.
-¿Hemos recibido a
esa delegación? -le preguntó a Ronroneo Feroz.
El viejo chambelán
reflexionó un momento.
-No creo, su
Suavidad -respondió al cabo-. Nunca había oído hablar del clan del muro de la
Asamblea hasta este momento y estoy seguro de que no ha venido ninguna
delegación desde allí.
-Ya veis -dijo
Pisarrocío-. No siempre podemos estar al tanto de los sucesos de este mundo
largo y ancho. Lamento mucho no poder ayudaros, pero tenéis nuestro permiso
para quedaros en el Primer Hogar todo el tiempo que queráis. Si os interesan
estos asuntos, tal vez podáis ayudar a Saltavallas en su tarea. Ya habéis
celebrado vuestra iniciación a la caza, ¿verdad? Bueno, no tiene importancia.
Mri’fa-o. Las audiencias de la reina han finalizado.
Aullidos, que se
había quedado dormido mientras esperaba en el otro extremo del cañón, los guió
en silencio a través del bosque oscuro. Fritti, lleno de resentimiento y
malhumor, tampoco sentía deseos de conversar. Después de un rato de muda
caminata, Saltarín rompió la quietud:
-¿Te das cuenta,
Fritti? -exclamó-. ¡Hemos estado con la mismísima reina de los gatos!
15
No sé qué prefiero,
si la belleza de
las inflexiones
o la belleza de las
insinuaciones,
el silbido del
mirlo
o el instante
posterior a él.
Wallace Stevens
Los días volaban en
el Primer Hogar. El invierno ya había hecho su aparición al otro lado del vasto
Bosque de las Raíces.
Fritti y Saltarín
no dejaban de explorar y cazar debajo de los enormes árboles. Habían engordado
y sus pelajes habían ganado brillo. Sombra, siempre amable y reservada, pasaba
mucho tiempo con ellos. Parecía disfrutar acompañando a Saltarín en sus frecuentes
excursiones.
Una tarde oscura,
cuando el gatito y la fela gris recorrían los laberintos del Primer Hogar,
Cazarrabo se quedó solo. Aullidos participaba en una cacería al acecho, previa
a la ceremonia de Oel-cir'va, y no volvería hasta dos días después. Mientras
los demás habitantes del Primer Hogar, a los que Fritti casi no conocía,
caminaban de un sitio a otro cumpliendo con secretas tareas, Cazarrabo dio un
paseo bajo los árboles. Hacía mucho tiempo que no salía a ningún lado sin la
compañía de una voz parlanchina.
Se dirigió a la
frontera sur del Primer Hogar, donde los árboles dejaban paso a la llanura Nido
de Sol, caminando a su propio paso y escuchando sus propias canciones
interiores. Se alejó de la cúpula del bosque y descendió por una cuesta
cubierta de hierba y salpicada con las primeras nieves. Estaba tan absorto en
sus pensamientos que no oyó los burbujeos del Ronroneo hasta que se encontró
junto a su orilla.
Acurrucado sobre
sus patas traseras, con la piel despeinada por el viento fresco y la traviesa
nevisca, contempló pasar las aguas turbulentas hacia el este, vez an, donde se
unirían a las del Maullido. Mucho más allá estaba la madriguera donde había
nacido y los bosques y campos que había recorrido con Pata Suave bajo el
luminoso cielo estival. Entrecerró los ojos para protegerlos de la fría brisa y
miró hacia la llanura. Pensó en volver a casa, pues el Bosque de las Raíces
nunca sería un hogar para él. En algún lugar, más allá de aquellas tierras
frías, estaba el muro de la Asamblea y también sus amigos...
Pero no su familia.
Ni Pata Suave.
Estuvo allí sentado
largo rato, con la cola enroscada entre las patas; al fin se incorporó y
ascendió la empinada cuesta del prado, mientras la risa del Ronroneo se
desvanecía a su espalda.
-¡Cazarrabo!
-chilló Saltarín-. Te hemos estado buscando. ¿Has salido a explorar? Sombra y
yo tenemos que decirte algo muy importante.
Fritti se detuvo a
esperar al cachorro, que subía retozando por el sendero.
-Buena danza,
Saltarín -dijo-, y también a ti, Sombra. -La fela parecía pensativa y
preocupada-. Yo también tengo novedades. Pero volvamos al árbol, lejos del
viento.
En el claro,
mientras el viento agitaba las altas copas de los árboles, Fritti se dirigió a
sus amigos con seriedad:
-Espero que
comprendáis lo que voy a deciros y os ruego que no os enfadéis conmigo. Hoy he
pensado mucho en ello y tomar una decisión no ha sido tan difícil como la idea
de tener que comunicárosla. Tengo que marcharme del Primer Hogar. Ya he pasado
demasiado tiempo aquí y casi he olvidado mi objetivo, pero mi promesa sigue
siendo tan importante ahora como en el momento en que la hice. No puedo pasar
el invierno aquí tranquilamente mientras Pata Suave sigue perdida.
»Después de lo que
oí en nuestra visita a la corte, he llegado a la conclusión de que nadie va a
ofrecerme ayuda. Por lo visto, está ocurriendo algo extraño en el norte, y creo
que debo continuar mi búsqueda allí. La verdad es que estoy muy asustado; todos
y cada uno de los pelos de mi bigote se crispan ante esa perspectiva, pero debo
ir. Harar sabe que a veces quisiera... ¿De qué te ríes, Saltarín?
Saltarín, en
efecto, se reía con una risilla nerviosa mientras daba afectuosos manotazos a
Sombra.
-¡Oh..., oh..., oh,
Cazarrabo! -dijo entre estornudos-. ¡Claro que debemos ir! Sombra y yo lo hemos
discutido en varias ocasiones, pero Sombra decía que tú tenías que decidir el
momento adecuado para partir.
-¿Has dicho
debemos? -preguntó Fritti, sorprendido-. Pero, Saltarín, estamos en la estación
del frío y no puedo llevarte conmigo otra vez. Tú no has prometido ni jurado
nada. Perdóname pero, a pesar de tu valor, aún eres un cachorrillo y esto puede
ser muy peligroso. ¿No lo ves?
-Lo sé -aseguró
Saltarín. Aunque tenía una expresión más seria que antes, era evidente que
disfrutaba del desconcierto de Fritti-. Sin embargo, creo que entre tú y Sombra
evitaréis que me meta en líos. Y tal vez nosotros podamos hacer lo mismo por
ti.
-¿Sombra?-Ahora
Fritti estaba atónito-. Creo que tú no alcanzas a comprender el peligro que
entraña esta misión, Sombra. Te ruego que te quedes aquí con Saltarín y cuides
de él. ¡Por Harar! ¿Os habéis vuelto más locos que Comebichos?
-Yo también
preferiría que este jovencito no fuera, pero él insiste en hacerlo -respondió
Sombra con una mirada fría e intensa-. ¿Quién soy yo para desafiar los
designios de Meerclar? Ella asigna tareas muy extrañas a los miembros de la
Comunidad. Con respecto a mí... Bueno, no puedo culparte por desconocer mis
motivos, pero otros, además de ti, tienen tareas que realizar y promesas que
cumplir.
-Pero... -comenzó
Fritti.
-Cazarrabo -lo
interrumpió la gata gris, decidida-, antes de que tú vinieras al Primer Hogar,
yo me presenté ante el Vaká az'me a pedir ayuda. No tuve más suerte que tú. Yo
también había pensado en ir a buscar respuestas al norte y estaba a punto de
marcharme cuando llegasteis vosotros y me hicisteis cambiar de idea. Ahora
estoy preparada otra vez. -Fritti la miró perplejo-. Vengo del otro lado del
Bosque de las Raíces -explicó Sombra-. Mi lugar de nacimiento está a varios
kilómetros e innumerables árboles del trono de tomo de Sol. Soy hija de Bigotes
Tristes, uno de los Jerarcas del clan de la Luz del Bosque. Era un cazador muy
respetado y tenía muchos hermanos y hermanas.
»Cuando era una
joven fela, despreciaba a los jóvenes de nuestro clan, que eran temerarios y
presumidos. Tuve la precaución de alejarme de la tribu antes de que llegara mi
temporada, pues temía dejarme llevar por mis instintos y acabar con una camada
de gatitos que no deseaba. Entonces descubrí que me gustaba estar sola, que
disfrutaba con la vida solitaria de una cazadora.
»Me adentraba en
los campos, casi siempre sola. A veces llevaba conmigo a mi pequeño hermano de
madriguera, el pequeño Nariz Curiosa. Era uno de los pocos miembros del clan de
la Luz del Bosque con quien me apetecía estar. -Aquí Sombra fijó la vista en las
altas copas de los árboles por un instante. Cuando volvió a mirar a Fritti, su
expresión era tan serena como antes-. Bigotes Tristes, mi progenitor, a veces
bromeaba diciendo que no sabía si yo era una fela o un macho pequeño y delgado.
Sin embargo, esas burlas me enorgullecían. Sabía cazar tan bien como los
jóvenes machos y fanfarroneaba mucho menos que ellos.
»Una mañana,
resolví ir a explorar la zona E'a del Bosque de las Raíces. Le pregunté a Nariz
Curiosa si quería venir conmigo, pero él no se sentía bien. Me pidió que me
quedara a hacerle compañía, pero el olor de la mañana era demasiado fuerte y
nuevas corrientes de aire hacían hormiguear mis bigotes, así que lo dejé y me
marché sola.
»No te aburriré con
detalles. Lo cierto es que regresé pasada la Hora del Silencio y me encontré
con una espantosa e inimaginable escena. Casi todos los miembros del clan
habían sido asesinados, desgarrados como si los hubiera atacado una jauría de
fik'az. Nariz Curiosa estaba entre los muertos. Ninguna jauría dé perros podía
haber sorprendido a todo el clan de la Luz del Bosque. Aquellos cuyos cuerpos
no yacían en el suelo del bosque, habían desaparecido sin dejar rastro. Bigotes
Tristes era uno de los desaparecidos.
»Durante muchos
días estuve tan loca como un fla-fa’az que ha comido bayas envenenadas. Cuando
volvió a aparecer la luz del sol en mis sueños, crucé el bosque en dirección al
Primer Hogar. Esperé una audiencia durante mucho tiempo, y, cuando por fin me la
concedieron, me dijeron que los responsables de la masacre eran los feroces
garrin, los amantes de la miel. Pero yo sé que no es así.
»Cuando os vi a ti
y a Saltarín, supe que nuestros caminos se habían cruzado por alguna razón.
Saltarín se parece mucho a mi hermano Nariz Curiosa y ahora es mi amigo. Y con
respecto a ti, Cazarrabo, me gustas, aunque no sé por qué. -Sombra desvió la
vista-. Bueno, ya te he contado mis penas. Creo que ahora comprenderás mis
deseos. Debemos partir juntos.
Después de un largo
silencio, Fritti se volvió hacia Saltarín.
-¿Tú sabías todo
esto? -preguntó con un hilo de voz.
-Parte -respondió
el gatito-, aunque no todo. ¿Por qué están ocurriendo estas cosas tan
horribles, Cazarrabo?
-No lo sé,
Saltarín.
Sombra alzó la
vista. Las llamas que se reflejaban en sus ojos mientras contaba su historia se
habían apagado. Parecía serena y abatida.
-Será mejor que nos
marchemos pronto, o no lo haremos nunca -declaró con voz contundente-. El
invierno suele ser feroz en esta zona.
A modo de
respuesta, el viento rugió entre las ramas de los árboles.
16
La luz larga
tiembla sobre los lagos
y la salvaje
catarata salta en la gloria.
Sopla, silba,
sopla, hace volar los salvajes ecos.
Sopla, silba;
responde a los ecos, muriendo, muriendo, muriendo.
Lord Alfred
Tennyson
La nieve se
arremolinaba en los estrechos senderos del Bosque de las Raíces. Un silencioso
grupo de gatos, entre los cuales estaban Fritti y sus compañeros, caminaban
desordenadamente entre los árboles. A sus espaldas, las huellas dispersas se
llenaban lentamente de polvo de nieve.
Saltavallas y su
grupo de reclutas se dirigían a la frontera norte del Primer Hogar. Ponzoña los
acompañaba hasta el borde del bosque, donde giraría hacia Vez'an, rumbo al
condado de Cizaña.
Cuando Cazarrabo y
sus compañeros pidieron permiso para acompañarlos, Saltavallas demostró
sorpresa y Ponzoña recelo, pero ninguno de los dos puso objeciones.
-¿Por qué, en
nombre de los pelos de las ancas de lomo Azul, quieres internarte en los
territorios de Ue’a en esta época? ¡Y encima con una fela y un cachorro! -había
gruñido Saltavallas-. Bueno, después de todo se trata de tu pelaje, jovencito.
Los reclutas de
Saltavallas formaban un grupo heterogéneo de jóvenes cazadores y viejos machos
extenuados que ya no atraían a las felas. Algunos, como el joven Acecharratas
y, por supuesto, Cazador Diurno y Cazador Nocturno, podrían ser útiles en
situaciones difíciles, pero Cazarrabo dudaba que los demás sirvieran de algo
frente a los «monstruos de garras rojas» que había mencionado Saltarín. Era
evidente que aquel desordenado ejército no tenía la disciplina de los
Caminantes Primigenios. Se internaban por su cuenta en el bosque, reacios a
permanecer unidos por considerarlo algo impropio de gatos. Por ello, cuando el
grupo se detenía a dormir o a discutir el camino a seguir, tenían que esperar
largo rato a los rezagados y con frecuencia salían a buscar a algún extraviado.
En la parte lnás
fría de la Última Danza, el grupo se apiñaba en busca de calor, y dormían con
los cuerpos apretados y los miembros extendidos como hojas caídas. Un
movimiento súbito solía acabar en un manotazo en el ojo o la nariz de alguien y
motivar interminables disputas.
Saltarín era el
único que parecía disfrutar con el viaje. Cazarrabo y Sombra casi siempre
estaban callados, abstraídos en sus pensamientos. La fela permanecía alejada
del indisciplinado ejército de Saltavallas.
Así viajaba el
extraño grupo a través de los senderos rodeados de árboles de las afueras del
Bosque de las Raíces... sobre un delgado manto de nieves nuevas...
Cuando el Ojo se
abrió por quinta vez desde la partida de la corte de Harar, los viajeros
notaron que la vegetación comenzaba a ralear. Pronto Ponzoña se separaría de la
caravana de Saltavallas para seguir su propio camino.
Para celebrar la
última noche juntos, los gatos se detuvieron temprano en un matorral
resguardado del viento, apenas salpicado por la nieve. Se dividieron para cazar
y regresaron uno a uno, después de hazañas más o menos fructíferas.
Sombra y Cazarrabo
no cazaron, pero dieron un silencioso paseo por el bosque. Caminaron uno junto
al otro, sin hablar, aspirando el penetrante frío del invierno y acompañados
por el único sonido de sus pisadas sobre el suelo nevado. Al contemplar los elegantes
movimientos de la fela gris, más de una vez Fritti se sintió tentado de hablar,
de despertar alguna reacción en la calma y reservada Sombra... pero no se
atrevió a romper el silencio.
Tras detenerse a
mirarlos luminosos puntos que moteaban el cielo nocturno, volvieron al matorral
tan callados como habían salido.
Saltarín también
acababa de regresar, y tenía el pelo erizado de frío y orgullo. Había salido a
cazar con el príncipe y por lo visto había reducido sus chillidos al mínimo,
pues la caza había sido buena.
-¡Qué frío hace!,
¿verdad?-comentó con voz aflautada-. Saltavallas es un cazador magnífico.
¡Deberíais habernos visto! Aquí viene.
El príncipe se
abrió paso entre la procesión de gatos que volvían, algunos relamiéndose los
hocicos. Se acercó a los tres amigos y depositó un gordo rikchikchik a sus
pies.
-Espero que me
hagáis el honor de compartir mi presa -dijo con orgullo.
El estómago de
Fritti rugió, como el de sus compañeros, pero el gato recordó su promesa al
señor Dentelladas. «Algunas promesas son un verdadero me'mre», pensó.
Saltavallas alzó la
vista con la boca llena de sangre de ardilla.
-¿Qué esperas,
amigo? -preguntó a Cazarrabo.
-Es muy difícil de
explicar, oh príncipe. Me siento honrado por tu amable invitación, pero no
puedo comer.
La resolución de
Fritti parecía más fuerte que su hambre, pero no estaba seguro de mantenerla,
así que se alejó de sus compañeros.
-Bueno, como digo
siempre, que cada uno se lama el pelo a su gusto -sentenció Saltavallas, y se
volvió hacia el rikchikchik, cuyo cuerpo se reducía rápidamente.
Más tarde, una vez
que regresaron todos los cazadores, el grupo se reunió en un apretado círculo,
con las espaldas contra la brisa que arreciaba incluso en aquel resguardado
rincón del bosque. Se turnaron para fanfarronear y contar historias. Varios
acompañantes de Saltavallas demostraron un gran talento para los cuentos y las
canciones cómicas.
-Creo que son
mejores narradores que guerreros -le dijo el barón Ponzoña a Rasguños, el único
Caminante Primigenio que lo había acompañado a la corte.
Después de un rato,
el joven Acecharratas se incorporó, alentado por sus compañeros, e interpretó
una danza. Se balanceaba y se acurrucaba, deslizándose sobre el estómago o
saltando en el aire como si alguien jalara de su naricilla negra desde el
cielo. De vez en cuando, permanecía paralizado en el suelo con cara de
concentración y sólo movía la cola en extrañas y divertidas curvas.
El grupo se
desternillaba de risa ante semejante espectáculo. Por fin, acalorado,
Acecharratas se tendió sobre un lecho de nieve.
Ponzoña, que a
pesar de sí mismo había disfrutado de la danza de Acecharratas, se incorporó y
se estiró. Entonces, uno de los gatos del Primer Hogar le pidió que contara un
cuento. El grupo asintió y lo alentaron a coro.
-Muy bien -asintió
el barón y cerró los ojos en un gesto de concentración-, os contaré un cuento.
Espero que no os ofendáis si os digo que nosotros, los Caminantes Primigenios,
preferimos historias con menos pelo y más hueso -añadió mientras abría los ojos
y sacudía su cuerpo lleno de cicatrices. Se sentó sobre sus patas traseras y
comenzó a hablar-. Lo que vuestro estimado príncipe consorte, Pisarrocío, dijo
de Nueve Pájaros y su deforme prole, me ha recordado algo. ¿Sabéis cuál fue el
primer enfrentamiento entre M'an, nuestros siervos, y Aziri'le, la Comunidad?
Es una vieja historia, pero podría jurar que en la corte no la conoce casi
nadie.
Sólo Saltavallas y
uno o dos de los gatos más viejos habían oído algo al respecto, pero ni
siquiera el príncipe recordaba bien la historia.
-¡Oh! Nosotros, los
Caminantes Primigenios, nunca olvidamos este tipo de cosas -observó Ponzoña con
una pequeña sonrisa, y comenzó a cantar con voz melodiosa:
El señor Pies de
Fuego,
solitario y sin
hogar,
vagaba por la selva
sin parar a
descansar.
Hacía incontables
estaciones
que había partido
del Primer Hogar
y aún viajaba a
trompicones
buscando y
explorando sin cesar.
vagaba en la
inmensa soledad,
bajo cielos lejanos
y extraños,
allí donde la
comunidad
no se había
aventurado en años.
Después de una
pequeña pausa, el barón comenzó la narración.
-En la época del
príncipe Garras Feroces, durante el largo y venturoso reinado de la reina
Maraña, nuestro señor Pies de Fuego solía cazar al sur del Bosque de las
Raíces. Había pasado muchos inviernos en la selva y no había visto a ningún
miembro de la Comunidad en varias temporadas. Había corrido con el visl,
luchado con el corpulento garrin y competido con el veloz praere. Sin embargo,
aunque echaba mucho de menos la compañía de su propia raza, había jurado no
regresar a la corte de su padre hasta haber vengado a Viento Blanco.
»Una tarde, se
cruzó con una gata en las afueras del Bosque de las Raíces. Era la gata más
hermosa que había visto en su vida.
El dulce movimiento
de su rabo
daba tanto calor
como el verano,
y el viento
despeinaba, irreverente,
su pelaje suave y
refulgente.
Tenía ojos claros y
cristalinos,
y el paso ágil y
ligero,
tanto que el señor
de los felinos
creyó ver un
fantasma verdadero.
»Aquella hermosa
gata tenía el color de las espigas que se mecen al viento en los vastos campos,
al otro lado de Oú cef, y su pelaje era tan suave y espeso como el de las
nubegatos que reposan sobre el Nido de Sol.
»-¿Cómo te llamas?
-preguntó arrobado el señor Pies de Fuego.
»-Me llamo Flor de
Viento-respondió la recién llegada con una voz tan dulce como el susurro de un
arroyuelo-. ¿Y tú quién eres?
»-¿No me conoces?
-inquirió él-. Soy Tangaloor Pies de Fuego, hijo de Ojos Dorados y Danzacielos,
cazador y peregrino del Primer Linaje.
»-¡Suena bien!
-comentó Flor de Viento, levantando una pata maravillosamente ahusada-. ¿Te
gustaría caminar un rato conmigo?
»El señor Pies de
Fuego estaba fascinado por la hermosura de Flor de Viento, y caminaron juntos.
Largo tiempo
anduvieron,
saltando y riendo,
el señor Pies de
Fuego
y la dulce Flor de
viento.
El poderoso
Primogénito
quedó prendado de
su beldad,
aunque pronto
conoció
la terrible verdad.
»-Flor de Viento,
¿tienes muchos hermanos? -inquirió Pies de Fuego después de un rato.
»-No, vivo en una
de las cuevas de Man. Ningún otro miembro de la Comunidad comparte mi
madriguera.
»-Es extraño,
porque huelo a un macho... aunque muy vagamente. ¿Es posible que nos sigan?
»Pies de Fuego miró
a su alrededor mientras caminaba sobre sus ardientes patas rojas.
»-No lo creo
-repuso Flor de Viento con dulzura-. Creo que eres el único macho por aquí...
aparte de mí, claro.
»Pies de Fuego se
giró atónito.
»-¿No eres una
fela? -preguntó-. ¿Cómo es posible? ¡No te pareces en nada a un macho! -añadió
el Primogénito, horrorizado.
»-¡Oh! -exclamó
Flor de Viento, avergonzado-. Supongo que será por lo que me ha hecho Man.
El asombrado felino
lo miró
atentamente,
y el horror de su
destino
comprendió
rápidamente.
Los atributos
masculinos
le habían quitado.
Transformado en
medio-fela
había quedado.
»-¡Maldito M'an!
-gruñó enfurecido el señor Pies de Fuego-. ¡Malditos descendientes de Nueve
Pájaros! ¡Han deshonrado a la Comunidad! ¡Algún día me vengaré de ellos!
»Tras estas
palabras se perdió en el bosque, alejándose para siempre del mutilado Flor de
viento.
Así maldijo a los
Grandullones
el valiente señor
de los felinos.
Los condenó a vivir
sin ilusiones,
sin un sol que
alumbre sus destinos.
Y, aunque ahora los
esclavos
se hayan convertido
en amos,
la verdadera
Comunidad
jamás sucumbirá a
la iniquidad.
»Y así es como los
Caminantes Primigenios, tal como prometió nuestro señor Pies de Fuego, nunca
caminaremos a la sombra de M'an.
Concluido el
relato, Ponzoña se tendió otra vez junto a Rasguños y Saltavallas. Hubo un
momento de tenso silencio, que al cabo interrumpió el príncipe.
-Bien, a mí nunca
me gustó mucho esa raza de criaturas desgarbadas y sin pelo. ¡Vaya cuento!
Todo el mundo se
relajó y muchos gatos felicitaron a Ponzoña por su relato. Siguieron más
acertijos y canciones hasta que incluso el incansable Saltarín se sintió lo
bastante agotado para intentar dormir.
Fritti, con la
cabeza llena de imágenes de Pata Suave y garras rojas, por fin cruzó la
frontera del campo de los sueños. La peluda maraña de gatos durmió y roncó
durante las silenciosas horas de la Última Danza.
La Hora de las
Sombras Pequeñas encontró a los viajeros descendiendo hacia el cerco del Bosque
de las Raíces, por el último paraje de coníferas y álamos que separaban el
viejo bosque de los riscos del cañón del Rasguño de Harar. Allí el ejército del
príncipe montaría la guardia fronteriza y los demás seguirían su camino. Aunque
todavía hacía frío, el sol estaba radiante.
Al detenerse junto
al cerco, contemplaron las áridas llanuras coronadas por una finísima capa de
nieve, que se extendían hacia el borde del enorme cañón.
El príncipe
Saltavallas se volvió hacia los Caminantes Primigenios, Ponzoña y Rasguños, y
los saludó con una inclinación de cabeza.
-Me alegro de
haberte recibido, barón. Que tengáis buena danza -dijo-. Cuando acabe la
asamblea de barones, recordad que debéis verme a mí antes y no malgastar la
información con los viejos de la corte, que no hacen más que sentarse sobre sus
rabos todo el día. Puedo aseguraron que yo sabré apreciar vuestras palabras.
-Muchas gracias, oh
príncipe -repuso Ponzoña con gravedad-. Es bueno saber que aún laten corazones
leales en la morada ancestral de nuestra Comunidad. -El Caminante Primigenio
miró a Cazarrabo y a sus dos acompañantes-. Rasguños y yo acompañaremos a estos
tres hasta que nuestros caminos se separen. Que nuestro señor Pies de Fuego
vele por ti, Saltavallas.
Tras decir esto, él
y Rasguños se retiraron a una respetuosa distancia, mientras Fritti, Saltarín y
Sombra se acercaban a despedirse. Cazarrabo lamentó tener que dejar a
Saltavallas para adentrarse en tierras desconocidas y aparentemente peligrosas.
Sabía que echaría de menos al fanfarrón y bondadoso príncipe. Cuando quiso
hablar, las palabras se negaron a salir de su boca y tuvo que fingir que se
quitaba una ramita de la cola mientras Sombra se adelantaba a agradecer la
ayuda recibida.
-Buena danza,
príncipe -añadió Saltarín-. Siempre recordaré las cosas maravillosas que vi en
el Primer Hogar. Has sido muy amable con nosotros.
-Saltarín habla
también por mí -dijo Fritti en voz baja-. Estamos en deuda contigo.
-¡Barro del
cenagal! Yo también estoy en deuda por vuestra información sobre los
territorios de E'a. No os metáis en líos. Ésa será la mejor recompensa para mí.
Los demás miembros
de la tropa se acercaron y se despidieron de forma efusiva. Mientras se
alejaban, Fritti encontró las palabras adecuadas y llamó al príncipe.
-¡Príncipe
Saltavallas! -exclamó-. ¡Cuídate y sé feliz!
-No te preocupes
por mí, joven amigo -respondió el príncipe con su voz resonante-. Ya caminaba
por estas tierras antes de tener edad suficiente para mi Nombramiento. ¡No
debes temer por nosotros!
Luego el príncipe y
su ejército desaparecieron en las afueras del bosque.
Los cinco gatos
descendían por la cuesta del prado bajo el cielo opresivo de la tarde.
Con ayuda de
Rasguños, Ponzoña describía las características del terreno con el que se
encontrarían.
-En realidad
-decía-, si queréis cruzar el Rasguño de Harar deberéis seguir hacia el norte y
no en la dirección en que vamos ahora. Por allí está el vado. Sin embargo, creo
que debéis acompañarnos un poco más, sólo hasta las Cataratas del Rugido. vale
la pena perder medio día para verlas y no están tan lejos de vuestro camino.
Mientras caminaban,
el incansable y curioso Saltarín interrogó al barón sobre la historia que había
contado la noche anterior y sobre la actitud de los Caminantes Primigenios
hacia la corte de Harar.
-Después de todo
-dijo-, ¿no hay muchos miembros de la Comunidad viviendo en las cuevas de M’an?
¿Qué tiene eso de malo?
El rudo y viejo
barón tomó la pregunta con buen humor. Fritti pensó con una sonrisa irónica que
Saltarín era incapaz de ofender a nadie, excepto a los tejones y a los visl.
-Está mal, joven
cazador -explicó Ponzoña-, porque nosotros somos miembros de la Comunidad, no
unos simples Gruñones que necesitan que alguien los guíe en la vida, que cazan
en jaurías y adulan a cualquiera que les dé de comer. La Comunidad ha
sobrevivido siempre gracias a su astucia y su habilidad, interpretando la danza
de la tierra sin ayuda de nadie. Pero, desde hace un tiempo, muchos de nosotros
viven orgullosos en la indolencia, castrados y encarcelados sin que ello les
importe. Sólo se levantan para comer el alimento que les ofrecen los
descendientes de Nueve Pájaros. -Aunque era evidente que el barón se esforzaba
por mantener la calma, su cara llena de cicatrices reflejaba la intensidad de
sus sentimientos-. Y ahora -continuó- la corrupción de M'an ha llegado incluso
a la corte donde antaño vivió nuestro señor Pies de Fuego. ¡Pisarrocío y su
fastidioso misticismo y fatalismo! Es un error. Todo el mundo sabe que un gato
debe correr, debe cazar. ¡Y la reina!
»Que Tangaloor me
perdone por criticarla, ¡pero come de un cuenco, como si perteneciera a esa
raza de desgarbados e incomprensibles brutos que condenamos al destierro hace
incontables generaciones! ¡Y la reina de la Comunidad ni siquiera sabe cazar!
-Ponzoña temblaba de rabia contenida y después de un momento sacudió la
cabeza-. No debería dejarme llevar por la ira -dijo avergonzado-, pero ver a
esos lisonjeros maullantes holgazanear todo el día en estos tiempos de grandes
peligros, mientras nuestra raza está desapareciendo... Perdonadme.
El barón calló y
durante un buen rato nadie se atrevió a romper el silencio.
Los viajeros
llegaron a las Cataratas del Rugido con la Retirada del Sol. Allí, junto al
borde del Rasguño de Harar, el aire fresco estaba cargado de remolinos de vapor
y un rugido sordo resonaba en todas las direcciones.
Ponzoña, que había
permanecido callado mucho tiempo, mostró un súbito cambio de humor.
-Esto es algo digno
de contar a tu futura prole -le comentó a Sombra.
Junto al borde del
cañón el ruido se hizo más fuerte hasta convertirse en un fragor ensordecedor.
Fritti se sobresaltó. Era obvio que las cataratas merecían su nombre.
La bruma era tan
densa que Ponzoña decidió guiarlos al otro lado del Ronroneo, río abajo hacia
el borde del Rasguño de Harar. Mientras saltaban sobre las piedras mohosas y
resbaladizas, rodeados de espuma, intentando cruzar el Ronroneo -que ya no era
el tranquilo arroyuelo que pasaba junto al Primer Hogar-, Fritti se arrepintió
de todas las veces que había permitido que lo guiaran desde que había salido de
casa.
«Un final adecuado
a este ridículo viaje -pensó-. Morir ahogado en el río más seguro de los campos
de Meerclar.»
Por fortuna, pronto
consiguieron llegar al otro lado, e incluso Saltarín se libró de la catástrofe.
Desde el borde del risco podían ver el Ronroneo cayendo verticalmente en una
espumosa oleada blanca sobre el precipicio, por encima del borde del cañón, para
precipitarse, mucho más abajo, sobre las rocas del portentoso Maullido. En el
fondo del Rasguño de Harar, el agua se alzaba por encima del turbulento río, y,
desde donde estaban sentados, el sol brillaba a través de una cortina de bruma,
desgarrando el cielo en brillantes fragmentos dorados, rojos y púrpura. Las
Cataratas del Rugido aullaban como una bestia furiosa, y los gatos las
contemplaban con reverente temor.
Cuando la Hora del
Despliegue de la oscuridad envolvió al sol en su manto, Ponzoña los condujo
otra vez hacia la orilla del Ronroneo, lejos del risco. Por fin el sonido de
las cataratas se desvaneció hasta convertirse en un suave murmullo, y entonces
se detuvieron. Asombrados como estaban por la majestuosidad del Rugido,
Cazarrabo y sus amigos no se dieron cuenta de que Rasguños y el barón se
preparaban para dejarlos.
-Lamento que no
podamos guiaros más allá -dijo Ponzoña-, pero ya llevamos varios soles de
retraso para la asamblea de barones. Os aconsejo que sigáis por el muro del
cañón, como ya os dije antes, y que luego crucéis en el Salto Estrecho. Aunque
lleguéis allí esta noche, debéis esperar a que el sol esté alto para cruzar, ya
que es un paso muy traicionero.
Se despidieron
entonces, pues los Caminantes Primigenios tenían prisa por continuar su camino.
-Recordad -les
aconsejó Ponzoña cuando se separaban-. estas tierras tienen muy mala fama, así
que id con cuidado. Me gustaría poder hacer algo más por vosotros, pero habéis
encaminado vuestras patas hacia extraños senderos... ¿y quién puede predecir lo
que sucederá?
Tras pronunciar
estas palabras, el barón se alejó con su acompañante.
Los tres amigos
caminaron hacia el este durante casi dos horas, siguiendo el borde del Rasguño
de Harar, abstraídos en sus pensamientos. Cuando llegaron al enorme árbol
solitario que marcaba el vado de Salto Estrecho, se acurrucaron en silencio
para dormir. Sin embargo, Fritti no tuvo ningún sueño.
17
El que se despierta
entrada la noche,
creyéndose rey de
la tierra,
verá algo que no
estaba allí al ocaso,
y temblando llegará
a comprender
el peligro que lo
acechó en la oscuridad:
huellas... en la
arena.
Archibald Rutledge
La luz del día les
permitió ver el vado de Salto Estrecho, un angosto puente natural en forma de
arco que se alzaba sobre el Rasguño de Harar. El otro muro del cañón estaba tan
lejos que el Salto Estrecho parecía desaparecer en la mitad del trayecto.
Saltarín lo
contempló con aprensión.
-Bueno, supongo que
tendremos que cruzarlo, ¿verdad, Cazarrabo?
Fritti asintió.
-De lo contrario
tendríamos que bajar al Rasguño de Harar y cruzar el maullido -respondió-, pero
no creo que sea muy buena idea.
-No tenemos otra
opción -dijo Sombra en voz baja-. Ponzoña ha dicho que faltan kilómetros y
kilómetros para el final del cañón. De todos modos, dudo que esto sea lo más
difícil del viaje. ¿Nos vamos?
Cazarrabo miró a la
joven con atención.
«No creo que sea
tan tranquila como pretende aparentar -pensó-. Mis bigotes me dicen que ella
también está asustada, quizá más que nosotros. Supongo que existen distintas
formas de valor.»
-Sombra tiene
razón, Saltarín -manifestó en voz alta-. Adelante.
Se alejaron del
gigantesco roble, cuyos grupos de raíces parecían sostener un extremo del curvo
puente, y Fritti tomó la delantera. Saltarín lo siguió y Sombra quedó última,
vigilándolos con atención.
El Salto Estrecho
era más ancho de lo que parecía desde la distancia, lo bastante para que tres
gatos caminaran uno al lado del otro, y al principio la travesía fue bastante
sencilla. Sin embargo, como resultado del tiempo húmedo y las bajas
temperaturas, algunas piedras estaban cubiertas con una película de hielo, por
lo que Cazarrabo y sus amigos avanzaban despacio y con extremo cuidado.
Cuando llevaban un
rato andando, los muros del cañón se perdieron en el fondo y el bullicio del
Maullido se elevó hasta llenar el aire. El suelo se volvió traicionero y el
ruido del río ahogaba todos los sonidos. Cruzaban el cañón en fila y sin
hablar, como orugas que caminan sobre una rama delgada.
Cerca de la mitad
del vado de piedra, Fritti sintió que el viento que soplaba debajo del cañón se
arremolinaba con brusquedad a su alrededor, tirando de su pelaje. Las súbitas
corrientes de aire lo obligaban a dar pasos lentos y vacilantes.
Entonces se detuvo
y se volvió a mirar a sus compañeros. Saltarín estaba a un par de saltos de
distancia y Sombra lo seguía de cerca con una sombría expresión de
concentración en la solemne cara gris. Mientras Cazarrabo aguardaba, Saltarín
también se detuvo a mirar el Rasguño de Harar, debajo del vado.
-¡Cazarrabo!
¡Sombra! -gritó por encima del rugido del viento-. ¡veo una bandada de pájaros
debajo! ¡Estamos más alto que los propios fla-fa'az! -En su entusiasmo,
Saltarín se inclinó aún más para saborear la sensación. El corazón del
horrorizado Fritti comenzó a latir muy rápido y el gato tuvo la sensación de
que había crecido tanto que le obstruía el paso del aire.
-¡Saltarín!
¡Aléjate de allí! -gritó.
El gatito,
sobresaltado, saltó hacia atrás y resbaló sobre la húmeda roca. Sombra, que
ahora estaba detrás de él, lo cogió con rapidez del cuello. Sus mandíbulas,
fuertes y seguras, hicieron brotar un chillido de dolor de los labios de
Saltarín, pero consiguieron sostenerlo hasta que las patas del gatito volvieron
a encontrar una superficie firme donde sostenerse. Luego, Sombra miró a
Cazarrabo con una expresión que lo hizo girarse sin decir palabra y continuar
la marcha.
En el último trecho
descendente, la propia Sombra perdió pie por un momento, empujada por una
fuerte ventolera, pero logró acurrucarse y mantenerse firme hasta que hubo
pasado el peligro.
Daba la impresión
de que los rugidos y gritos del Maullido estaban dedicados a ellos: tres
minúsculas criaturas suspendidas sobre un fino hilo sobre las poderosas aguas.
Cuando por fin llegaron al otro lado, los tres se arrojaron al suelo con las
patas temblorosas y se quedaron allí tendidos un rato antes de continuar.
Del otro lado del
Salto Estrecho el paisaje era monótono y solitario. Desde el borde del cañón se
veía una confusión de rocas y montecillos de tierra, salpicados de maleza y
arbustos enmarañados. A medida que se alejaban del delgado vado y el susurro
del Maullido se apagaba a sus espaldas, el frío silencio de aquel territorio
los envolvió como un manto de niebla.
No había indicios
de vida animal, a excepción de los pájaros que de vez en cuando revoloteaban
sobre sus cabezas. La brisa que acariciaba la cara y los bigotes de Cazarrabo
no transportaba nada más que aire fresco y pequeñas partículas de vapor del
río.
Saltarín también
olfateó el aire con curiosidad y luego se volvió hacia Fritti para confirmar
sus sentidos.
-No huelo a ningún
otro miembro de la Comunidad, Cazarrabo. La verdad es que no huelo nada de
nada.
-Lo sé, Saltarín
-repuso Cazarrabo, echando un vistazo alrededor-. No es el sitio más acogedor
que he visto en mi vida.
-Estoy segura de
que encontraremos vida en la Selva de las Ratas -afirmó Sombra, y dirigió una
mirada significativa a Cazarrabo-, al menos en los sitios más profundos.
Fritti reflexionó
sobre aquella mirada.
«Supongo que quiere
evitar que Saltarín se asuste», adivinó. Mientras caminaban, Fritti sintió que
lo embargaba una ligera sensación de nerviosismo. Algo le molestaba, pero no
podía determinar con seguridad de qué se trataba. oía un suave silbido o tarareo,
aunque era tan ligero y suave como el sonido de un panal lejano. Sin embargo,
el zumbido era real y se volvía cada vez más fuerte. Cuando se detuvieron a
descansar al resguardo de una roca, preguntó a sus compañeros si también
notaban un ruido extraño.
-Todavía no
-respondió Sombra-, pero supongo que es lógico que tú lo percibas primero. Es
una suerte.
-¿Qué quieres
decir?-preguntó Fritti, atónito.
-Ya has oído a
Ponzoña y a Saltavallas. Algo extraño ocurre en estos páramos y por eso estamos
aquí. Es mejor que nosotros lo notemos antes de que ellos nos noten a nosotros.
-¿A quiénes te
refieres? -inquirió Saltarín con ojos brillantes de curiosidad.
-No lo sé -contestó
Sombra-, pero se trata de algo malo, una clase de os que nunca había percibido
antes. Lo supe desde que volví al hogar de mi Comunidad. Si vamos a adentrarnos
en este territorio, al menos no deberíamos engañarnos al respecto.
Mientras Sombra
hablaba con los ojos claros y el lomo recto, Fritti no pudo evitar preguntarse
cómo habría reaccionado ante la muerte de los miembros de su tribu. No había
duda de que era una verdadera cazadora, pero su mirada fija parecía deberse
exclusivamente a la pena. ¿Alguna vez danzaría o reiría? No la creía capaz de
hacerlo. No obstante, él la había visto jugar con el pequeño Saltarín. Quizás
algún día llegara a ser feliz. Fritti lo deseaba de corazón.
Siguieron andando
mientras caía la noche y, cuando el ojo de Meerclar estuvo alto sobre sus
cabezas, se detuvieron a descansar. Aquel zumbido, distinto de cualquier otro
sonido, parecía más cercano y penetrante. Ahora incluso Saltarín y Sombra
creían percibir algo, una especie de corriente subterránea. Después de un
fracasado intento de caza, los gatos concedieron la victoria a la naturaleza y
se acurrucaron para dormir, formando una peluda montaña de cuerpos.
Cazarrabo sacudió
la nariz para liberarla de una de las patas traseras de Saltarín y olfateó el
aire, atontado. El Ojo se había escondido detrás del horizonte y el rocío de la
hora de la última Danza le había humedecido el hocico. Algo lo había despertado,
pero ¿qué?
Con cuidado de no
molestar a sus compañeros, levantó la cabeza del ovillo de cuerpos cálidos como
una hlizza que se eleva en espiral. El zumbido, aquel extraño sonido que sentía
en su interior, había cambiado de timbre. Ahora era más vibrante, más claro,
aunque no más cercano.
Lo asaltó la
intensa sensación de que alguien lo observaba desde la oscuridad, más allá del
círculo de calor. Cazarrabo se paralizó con la cabeza alta, consciente -a pesar
del terror- de que se encontraba en una situación comprometida.
De repente, como si
hubiera caído en un pozo de agua fría, lo inundó una enorme oleada de soledad,
que no era la suya. Alguien muy grande llevaba consigo esa espantosa soledad
como si se tratara de una segunda piel, y él podía percibirla con la misma claridad
con que hubiera podido oler a una criatura agonizante. Recordó al gato de su
sueño, que giraba sin cesar en la oscuridad, hundido en una tremenda
desolación. ¿Era la misma sensación?
Pero, mientras
pensaba en la pesadilla provocada por la nébeda, la sensación de inquietud
desapareció. Una vez más, el zumbido se convirtió en un suave palpitar y los
páramos que lo rodeaban volvieron a parecerle desiertos. Por alguna razón
Fritti estaba seguro de que el ser que lo observaba se había marchado. Despertó
a los demás, que escucharon su emocionante historia con expresión soñolienta.
Sin embargo, después de un rato se convencieron de que quienquiera que fuese el
que los había estado observando no volvería aquella noche, y reanudaron su
intranquilo sueño.
A la mañana
siguiente, después de caminar durante un rato bajo la luz del sol, divisaron el
montículo.
Bajaban por una
cuesta llena de rocas en dirección a un ancho y poco profundo valle que se
extendía hasta unas colinas, tras las cuales se alzaba una gran cordillera, tan
lejana que apenas podían vislumbrar las siluetas brumosas de sus picos
recortadas sobre el cielo. Había comenzado a nevar otra vez, y, mientras los
copos caían al suelo y se adherían a sus pelajes, se detuvieron a contemplar el
montículo con forma de hongo situado en el centro del agrietado suelo del valle
gris. El montículo, bajo y ancho, se alzaba sobre el frío suelo como el
caparazón de un enorme escarabajo pardo.
Cuando se acercaron
al borde del valle, los viajeros sintieron que la sensación de inquietud
crecía. Fritti retrocedió, con los pelos erizados, y Saltarín y Sombra
sacudieron las cabezas como si los molestara un ruido desagradable.
-¡Es eso! -exclamó
Cazarrabo, agitado y presa del pánico.
-Así es -asintió
Sombra-. Hemos encontrado la causa de muchos problemas.
Saltarín había
retrocedido varios pasos. Estaba acurrucado, con los ojos desorbitados, y su
pequeño cuerpo temblaba de miedo.
-Es un nido -dijo
en voz baja-, ¡y las criaturas que viven dentro nos picarán una y otra vez!
-añadió entre sollozos.
Sombra se acercó a
su lado con paso vacilante y le restregó la nariz detrás de la oreja, en un
gesto tranquilizador. Luego alzó la vista con expresión inquisitiva.
-¿Qué hacemos,
Cazarrabo?-preguntó.
-No tengo la menor
idea -contestó Fritti mientras sacudía la cabeza perplejo-. No esperaba una
cosa así... Estoy... asustado.
Miró la enorme y
silenciosa mole, y sintió un escalofrío.
-Yo también,
Cazarrabo -confesó Sombra con un tono de voz que atrajo su mirada.
Cuando sus ojos se
encontraron, una sonrisa casi imperceptible se dibujó en la cara de la fela,
apenas un leve movimiento de bigotes. Aun así, aquella mirada entrañaba algo
más. Incómodo, Fritti se acercó a Saltarín.
-Está bien,
amiguito -le dijo mientras restregaba su nariz contra la del gatito. El
tembloroso cuerpo de Saltarín olía a terror y su peluda cola estaba enroscada
entre sus patas-. No permitiremos que te ocurra nada.
Pero Fritti, con la
vista fija al otro lado del valle, ni siquiera oía sus propias palabras.
-Bueno, debemos
hacer algo ya -señaló Sombra-. El viento comienza a soplar otra vez y estamos
al descubierto. Nos exponemos a algo más que a las inclemencias del tiempo.
Fritti sabía que
era cierto. Estaban tan indefensos y desprotegidos como un bicho sobre una roca
plana. Hizo un gesto de asentimiento y entre los dos animaron a Saltarín a
continuar.
-Vamos, Saltarín,
busquemos un sitio mejor donde echarnos y luego pensaremos un rato.
Sombra también
intentó tranquilizar al gatito.
-No nos acercaremos
más, Saltarín... al menos por ahora. No quiero pasar las Horas de la oscuridad
cerca de ese montículo os.
Cuando el pequeño
Saltarín aceptó por fin caminar en medio de sus dos amigos, comenzaron la larga
marcha alrededor del perímetro del valle.
Los tres amigos
caminaban en torno al montículo, a lo largo del borde del valle, como si fueran
pequeños planetas en órbita alrededor de un sol gris y muerto. Avanzaban
despacio y muy juntos. Cuando el sol se elevó en el cielo, proyectando una luz
mortecina sobre el valle, distinguieron grupos de árboles del otro lado de la
gran hondonada. Más allá, un vasto océano boscoso se perdía en la distancia.
-Ésa debe de ser la
Selva de las Ratas -dijo Sombra. Cazarrabo se sorprendió de lo estridente que
parecía su voz después del largo silencio-. Tenemos una larga caminata por
delante -continuó-, pero allí encontraremos un sitio donde refugiarnos.
-Sin duda -asintió
Fritti-. ¿Lo ves, Saltarín? ¡Imagínalo! Habrá árboles donde afilarse las uñas,
Chillones para cazar..., de todo.
-Gracias, Cazarrabo
-respondió el gatito con una débil sonrisa-, estaré bien.
Continuaron la
marcha y, al final de la Hora de las Sombras Pequeñas, una bandada de pájaros
grandes y oscuros voló sobre sus cabezas. Uno de ellos se separó del resto y
planeó en círculos encima de los gatos. Tenía los ojos brillantes y lustrosas
plumas negras. Revoloteó con languidez durante unos instantes muy cerca de sus
cabezas y luego, con un agudo grito de desprecio, regresó con sus compañeros.
Poco después, toda la bandada desapareció de la vista.
A la Hora de la
Retirada del Sol habían llegado lo bastante cerca de la Selva de las Ratas para
distinguir cada uno de los árboles que se alzaban al borde del valle. Con la
inminente llegada de la noche, el aspecto del sombrío montículo del valle se
volvió aún más maléfico.
Cazarrabo sintió
aquel latido en su interior y sólo después de repetir una y otra vez la oración
de los Caminantes Primigenios pudo controlar sus deseos de correr hasta que no
le quedaran más fuerzas.
-Tangaloor, pies
brillantes -murmuró para sí-. Pies de Fuego, lejano caminante...
Sombra y Saltarín
no parecían percibir el sonido con la misma intensidad, pero era evidente que
estaban agotados y desolados. El bosque, que se extendía kilómetros y
kilómetros más allá del valle, ya resultaba completamente visible. Tenía un
aspecto cálido y acogedor. Cuando por fin el sol comenzó a ponerse, delineando
las copas de los árboles con su luz dorada, los viajeros apuraron el paso y
exigieron a sus cuerpos un último esfuerzo. El sol se escondió detrás del
horizonte del bosque, aunque olvidó en el cielo su corona roja. Entonces se
desató un viento frío y penetrante que les lastimó las narices y les despeinó
los pelajes.
Cazarrabo, seguido
con esfuerzo por los resignados Sombra y Saltarín, se apresuró todavía más. El
zumbido aumentaba en intensidad y se sentía enfermo. Tenía la sensación de que
una criatura terrible, gigantesca y amorfa les seguía los pasos.
Corrieron cuesta
arriba para alejarse del valle y por fin llegaron a la cima de la pequeña
colina que se alzaba sobre la Selva de las Ratas. Sin otro pensamiento que el
de huir de la fuerza amenazadora que parecía seguirlos, trotaron cuesta abajo,
atravesaron el estrecho terreno rocoso que los separaba del bosque y se
perdieron entre el follaje.
La Selva de las
Ratas dormitaba... o al menos eso parecía. Una calma lánguida y lóbrega flotaba
en el aire. Mientras Cazarrabo y sus compañeros se abrían paso entre los
árboles, el silencio del bosque les pesaba más que su propia fatiga.
Fritti y Saltarín
habían pretendido echarse a descansar poco después de entrar al bosque, pero
Sombra señaló que antes debían encontrar un sitio protegido del frío y los
extraños. Aunque el montículo ya estaba fuera de la vista, no lo habían
olvidado, de modo que, sobreponiéndose al cansancio, aceptaron la sugerencia de
la fela y continuaron internándose en el bosque.
Tras abrirse paso
entre los húmedos senderos de greda, cubiertos de musgo y setas, los gatos se
contagiaron del silencio circundante. Avanzaban despacio, con las cabezas
gachas, y se detenían a menudo para arrugar los hocicos ante los extraños
olores de la Selva de las Ratas. La humedad lo saturaba todo: tanto la tierra
como las cortezas de los árboles estaban empapadas. El bosque entero olía a
raíces sumergidas en agua estancada, y hacía tanto frío que sus alientos se
convertían en vapor al primer contacto con el aire.
A la Hora del
Despliegue de la oscuridad, lograron encontrar refugio entre una roca de
granito y las raíces de un árbol caído. Se durmieron enseguida y, aunque nada
interrumpió sus sueños, cuando se despertaron en medio de la Hora del Silencio
-hambrientos y doloridos- no se sintieron descansados.
Allí no parecía
haber ninguna criatura más grande que un insecto, y, después de un largo rato
de infructuosa búsqueda, los gatos tuvieron que contentarse con una cena de
gusanos y escarabajos.
Aunque los tres
estaban agotados, Cazarrabo se sentía especialmente nervioso y molesto. El
sonido palpitante del montículo, pese a haber disminuido de forma notable desde
su llegada a la Selva de las Ratas, seguía perturbándolo. Además, a diferencia
de sus dos amigos, Cazarrabo no había compartido la ardilla de Saltavallas y
llevaba dos días sin tomar una comida nutritiva.
-Bueno, aquí
estamos -dijo después de tragar el último gusano-, ya tenemos lo que
buscábamos. No hay duda de que os he traído al borde del abismo. Espero que os
alegréis de haberme seguido. ¡Me he comportado como un verdadero M’an! Tal vez
ahora queráis acompañarme al montículo, para que todos seamos horriblemente
asesinados -añadió mientras manoteaba una vaina de roble y la contemplaba rodar
lejos de allí.
-No digas esas
cosas, Cazarrabo -objetó Saltarín-. Nada de eso es cierto.
-Sí que es cierto,
Saltarín -respondió con amargura-. El gran cazador Cazarrabo ha llegado al
final de su búsqueda.
-Lo único cierto
que has dicho, Cazarrabo -dijo Sombra con sorprendente vehemencia-, es que
nuestra búsqueda ha terminado. Eso es algo que no pueden decir ni Saltavallas
ni Ponzoña. Hemos encontrado la fuente de tanto horror.
-Por lo visto, el
barón Parlamata también la encontró -replicó Fritti-, ¡y ya sabes lo que le
ocurrió! ¡Que Meerclar nos proteja! -Pese a todo, Cazarrabo parecía apaciguado
y alzó la vista para mirar a sus compañeros-. Bien, la pregunta sigue en pie:
¿qué hacemos?
Saltarín miró a los
dos gatos mayores y luego respondió en voz baja, como si se avergonzara de sus
palabras:
-Creo que
deberíamos volver y contarle al príncipe lo que hemos visto. Él sabrá lo que
debe hacer.
Fritti iba a hacer
una objeción, cuando Sombra lo interrumpió:
-Saltarín tiene
razón. Hemos percibido el os de ese lugar. Nosotros tres somos pocos y
pequeños. Creernos en la obligación de resolver solos este asunto es una
arrogancia superior a la de Nueve Pájaros. -La fela sacudió la cabeza con una
expresión pensativa en sus ojos verdes-. Si enviamos a otros, encontrarán con
facilidad lo que hemos visto. Quizá por una vez la autoridad de la corte de
Harar sirva de algo. -Se puso de pie, como una sombra más en el bosque
tenebroso-. Vamos. Regresemos a las raíces del árbol hasta que salga el sol.
Esta noche no iremos a ningún sitio.
Cazarrabo miró a la
fela gris con admiración.
-Como siempre,
hablas con mucho más sentido común del que yo tengo. Y tú también, Saltarín.
-Le sonrió a su pequeño amigo-. ¡Por Harari ¡Cuánto me alegro de que no me
hayáis permitido guiarme por mi estúpido instinto!
Fritti no pudo
conciliar el sueño durante todas las horas que precedieron al amanecer. Sombra
y Saltarín se agitaban y murmuraban dormidos, pero Cazarrabo estaba tendido
junto a ellos con la vista fija en las oscuras copas de los árboles, con los
nervios tan tensos como una rama doblada. Devez en cuando se sumía en un breve
y ligero sopor, sólo para despertarse bruscamente poco después, con el corazón
desbocado y embargado por la sensación de estar atrapado.
La noche llegaba a
su fin y el bosque seguía tan silencioso como una piedra.
Cazarrabo se
paseaba junto al umbral de los sueños, cuando oyó un ruido. Escuchó con aire
distraído mientras el sonido se volvía más fuerte, hasta que advirtió que
alguien corría hacia ellos entre la maleza. Saltó en sus cuatro patas y
despertó a sus amigos.
-¡Viene alguien!
-les dijo a los soñolientos gatos en un murmullo apremiante, con todos los
pelos erizados.
El ruido aumentó.
El tiempo pasaba con lentitud y cada instante se dilataba hasta convertirse en
una sofocante eternidad. Por fin, una figura surgió de entre la maleza, a unos
pocos saltos de distancia de ellos.
El aparecido
irrumpió en el claro con el raído pelaje erizado y los ojos desorbitados.
Iluminado apenas por los rayos del ojo que se colaban entre los árboles,
pareció tardar siglos en llegar junto a los gatos. Cazarrabo, paralizado de
terror, se sentía como si estuviera sumergido en aguas profundas.
La extraña figura
se detuvo y la luz del ojo cayó sobre su cara: la cara de Comebichos.
Antes de que el
atónito y asustado Fritti pudiera moverse o decir una palabra, Comebichos echó
la cabeza hacia atrás y rugió como la más severa tormenta de invierno:
-¡Corred! ¡Corred!
-exclamó el gato loco-. ¡Vienen hacia aquí! ¡CORRED!
Sombra y Saltarín
ya estaban de pie. Como para enfatizar los gritos de Comebichos, se oyó un
terrible aullido estrangulado en la oscuridad del bosque. Comebichos pasó
corriendo junto a Cazarrabo y sus compañeros, y desapareció de su vista. Otro
horrible gemido desgarró el aire. Con inconscientes maullidos de terror, los
tres amigos se internaron en la espesura detrás de Comebichos, huyendo de aquel
espantoso sonido.
Cazarrabo se sentía
como si estuviera viviendo una horrible pesadilla: el parpadeo del ojo y la
oscuridad que lo cegaba, la casi invisible figura de Comebichos, las piedras y
raíces que los rodeaban... El bosque parecía correr a su lado. Oía a Saltarín y
a la fela que avanzaban con esfuerzo a su lado. Corrían y corrían, pero no en
busca de un escondite: ¡simplemente para escapar de allí!
De repente sólo vio
a Saltarín, agitado, presa del pánico, forzando al máximo sus cortas patas de
cachorro. La distancia entre él y Fritti crecía cada vez más. Sin detenerse a
pensarlo, Cazarrabo disminuyó la marcha y se giró a animarlo. Entonces se oyó un
ruido crepitante sobre sus cabezas, y alguien saltó desde la copa de un árbol.
Cazarrabo sintió que unas garras afiladas le arañaban la espalda; luego lo
arrojaron al suelo y su ka se perdió en la más absoluta oscuridad.
18
Supe que el día
fatal estaba muy cerca. Por la
mañana, el sol
brilló sin fuerzas sobre nuestras
cabezas y por la
noche se hundió en una nube
oscura, como si
fuera una bola de fuego.
Black Hawk
Otro impacto
estremecedor devolvió a Fritti al mundo real. Magullado y exhausto, permaneció
acostado con los ojos cerrados. Podía sentir la lluvia fría que caía sobre él,
deslustrándole el pelaje. El súbito empujón -¿lo habían empujado o dejado
caer?- le había vaciado todo el aire del pecho. Mientras llenaba los pulmones
otra vez, percibió un aroma que lo estremeció: a tierra fría y sangre salada,
además de un penetrante olor animal. Sus músculos se tensaron de forma
involuntaria, y sintió un dolor tan fulminante en la espalda y los hombros que
tuvo que contenerse para no gritar.
Por fin abrió un
ojo, muy despacio y con cautela, pero lo cerró de inmediato cuando la fría agua
de lluvia lo inundó. Después de un instante, lo intentó una vez más. Más allá
de su propio hocico brumoso reconoció la cara triste y manchada de Comebichos, que
estaba postrado en el suelo cerca de él. Por encima del lomo arqueado de
Comebichos, también alcanzó a distinguir la cola peluda de Saltarín.
-Bueno, te dije que
el pequeño gusano se despertaría. Ahora podrá cargar con su propio peso.
Cazarrabo no pudo
evitar mirar hacia el sitio de donde venía aquella voz, muy cerca de su cabeza.
Había hablado en el Canto Supremo con un estilo extraño y entrecortado, lleno
de notas disonantes y barboteos. Los sonidos guturales resonaban con violencia.
Con las orejas pegadas contra la cabeza, Cazarrabo se volvió muy despacio para
mirar por encima de su hombro. Unos seres enormes y terribles se cernían
amenazantes sobre él.
Los tres gatos
miraron a Fritti y sus compañeros que yacían sobre la tierra húmeda. Eran tan
grandes como Cazador Diurno y Cazador Nocturno, los camaradas de Saltavallas,
pero tenían un aspecto muy distinto. Había algo antinatural en ellos; no eran
como debían ser los miembros de la Comunidad. Tenían rostros similares a los de
las serpientes, con frentes planas y anchas mejillas, y sus orejas estaban más
atrás de lo normal. Tres pares de ojos, grandes y hundidos, lo contemplaban
desde estas caras, llenos de un inquietante fuego. Los musculosos cuerpos eran
nudosos, con extremidades largas y fuertes que acababan en patas espatuladas
con... garras rojas, ganchudas uñas del color de la sangre.
Cazarrabo sintió
que el corazón se le desbocaba de terror. Una de las bestias se le acercó, con
un destello en sus extraños ojos. Al igual que los otros dos, su pelaje era de
color negro tizne, con algunas manchas más claras en la barriga.
-Levántate, me'mre
-gruñó-. Ya te hemos arrastrado bastante. De ahora en adelante andarás como es
debido, o tendrás oportunidad de comprobar el filo de mis dientes. -Dejó al
descubierto unos colmillos como púas-. ¿Lo comprendes?
Con estas palabras,
la criatura se inclinó junto a Cazarrabo. Su aliento olía a carroña. Fritti
sintió un nudo de terror desde la garganta al estómago y apenas pudo mover la
cabeza con debilidad.
-Bien. Entonces tú
y tus miserables amigos podéis levantaros.
Cazarrabo, incapaz
de sostener esa mirada un minuto más, echó un vistazo a sus compañeros. El
gatito estaba despierto, pero tenía la expresión ausente de alguien que acaba
de sufrir una fuerte impresión y no devolvió la mirada de Fritti.
-¡Eh, tú!
-Cazarrabo se giró-. Si yo digo que te levantes, te levantas. Te habla
Desgarros, el jefe de la Guardia de Garras. Si aún conservas tus asquerosas
entrañas es porque me gustas, pequeña sabandija. ¡Ahora arriba!
Fritti se incorporó
con esfuerzo. Notó que por su espalda corría un líquido más espeso y cálido que
el agua de lluvia. Deseaba desesperadamente lavarse, limpiar la herida, pero
estaba muy asustado.
-¡Colmillos!
¡Mordiscos! -gritó Desgarros a las otras dos bestias-. ¡No os quedéis ahí
parados! ¡Que el sol os chamusque! Obligad a estas babosas a ponerse en pie. Si
para ello tenéis que arrancarles las orejas a dentelladas, ¡adelante! Al
Gordinflón no le importará que no sean guapos.
Desgarros soltó una
carcajada ronca y estridente que lastimó los oídos de Fritti. Los demás
Guardias de Garras se adelantaron y obligaron al silencioso Saltarín y a
Comebichos a ponerse de pie.
Por primera vez
desde que había recobrado la conciencia, Fritti miró con atención a su
alrededor. Por lo visto, aún estaban en la Selva de las Ratas, y las hileras de
árboles se perdían en la noche hacia todas las direcciones. Una llovizna fina
caía a través de las ramas, y el suelo estaba esponjoso y empapado.
Mientras los tres
amigos caminaban vigilados por los Guardias de Garras, Fritti sólo podía pensar
en una cosa: «Voy a morir. No he encontrado a Pata Suave y moriré en el
intento. Voy a morir. A morir».
Los Guardias de
Garras los empujaban con salvajes manotazos en los flancos y la cabeza. De
repente, Fritti se preguntó: «¿Dónde está Sombra?».
Aunque Fritti tenía
la sensación de que había estado caminando toda una vida, el olor del aire le
decía que se hallaban en la mitad de la Última Danza. ¿Era posible que hiciera
tan poco tiempo desde que él, Sombra y Saltarín dormían acurrucados y calientes?
Miró a su joven
amigo, que cojeaba delante de él. ¡Pobre Saltarín! No debería haberle
acompañado. Mientras contemplaba aquel cuerpo pequeño y sucio, lo embargó un
sentimiento desconocido para él: odio. Las gigantescas y deformes bestias que
los obligaban a seguir con gruñidos y empellones eran demasiado tangibles, y,
puesto que eran reales, podían ser odiadas. ¿Adónde se dirigían? ¿Adónde los
llevaban aquellas criaturas? Fritti lo sabía: al montículo.
De modo que había
algo concreto: al menos el mal tenía un rostro. Esta idea lo tranquilizó un
poco, aunque Fritti no sabía por qué. Sin embargo, era inútil hacerse
demasiadas preguntas, puesto que -pensó una vez más- sabía que iba a morir.
Comebichos, que iba
al frente de la procesión, había comenzado a farfullar para sí. Cazarrabo no
logró descifrar ni una palabra del irritado murmullo y, por lo visto, los
Guardias de Garras tampoco. Después de un momento dejaron de prestarle
atención, pero Fritti sentía que al gato loco lo invadía un creciente
nerviosismo, y eso lo asustaba.
Por fin, Comebichos
se giró hacia el Guardia más cercano, Colmillos.
-¡Oruga! -exclamó
el viejo y desaliñado gato con un aullido de furia-. ¡Tu canción es irritante!
¡Sé que sois sucios y tenebrosos!
Colmillos, con una
mueca de sorpresa en los labios, retrocedió de forma casi imperceptible, y
Comebichos aprovechó la ocasión para saltar hacia los árboles. El corazón de
Cazarrabo latía desbocado.
La bestia de los
Guardias de Garras perdió la compostura sólo por un instante, pero luego gruñó
y corrió tras él. Lo cogió enseguida, lo arrojó sobre el resbaladizo barro y
saltó sobre su lomo. Se oyó un aullido frenético, aunque Fritti no supo de cuál
de los dos procedía. Entonces Comebichos se levantó como por milagro y arañó él
hocico de Colmillos. El pelaje cubierto de barro de Comebichos se erizó y por
un momento pareció más grande y fuerte. Luego, cuando Colmillos recobró la
compostura y se dispuso a atacar otra vez, Cazarrabo vio que Comebichos volvía
a ser el mismo: un viejo gato loco enfrentado a una bestia dos veces más grande
que él. Colmillos le asestó un feroz zarpazo en la cara y el viejo se desplomó
sobre el barro. Se quedó allí tendido en silencio, mientras la sangre le manaba
a borbotones de la nariz. El Guardia de Garras, siseando como una hlizza, se
arrojó sobre él para abrirle la garganta, pero la voz ronca de Desgarros lo
detuvo:
-¡Detente o te haré
arrancar los ojos!
Colmillos, con sus
destellantes ojos ahora opacos por la sed de sangre, vaciló un momento. Mostró
los dientes y se volvió a mirar a su jefe. Desgarros dejó escapar una risa seca
y áspera.
-Bien -dijo-, el
viejo loco te ha hecho quedar como un estúpido, verdad? -Colmillos miró a su
jefe con manifiesto odio, pero no siguió acercándose a Comebichos-. Y ha estado
a punto de escapar, ¿no es cierto?-se mofó Desgarros-. Ha sido culpa tuya, así
que ahora tendrás que cargar con él. Reza para que este viejo y patético pelo
de rata siga respirando, porque el Gordinflón los quiere vivos... al menos
hasta que él los vea. ¿Qué crees que te haría si interfirieras, amigo?
-Desgarros sonrió, pero Colmillos, sobresaltado, se alejó del cuerpo encogido
de Comebichos-. Es probable que te entregara a la Guardia de Dientes, ¿eh?
Sería muy desagradable, ¿verdad? -Colmillos se estremeció y desvió la mirada.
Se aproximó al viejo gato, lo olfateó con ansiedad y luego lo levantó con la
boca-. Muy bien -aprobó Desgarros, e hizo una señal a mordiscos, que había
presenciado la escena sin moverse-. Ahora vámonos. El ojo de Fuego se abrirá
pronto. Tendremos que ir el doble de rápido para llegar a la Boca occidental.
Las bestias
obligaron a Fritti y a su joven amigo a avanzar en fila y sin descanso. La
llovizna se había convertido en una lluvia persistente que les empapaba el
pelaje y transformaba los senderos del bosque en un resbaladizo lodazal.
Cuando parecía que
las cosas no podían ir peor para los prisioneros, comenzó a granizar.
Cazarrabo, con la piel dolorida por los trozos de hielo, recordó a los
rikchikchik y su agresión desde los árboles. Pero este ataque era incesante, y
su cuerpo ya estaba frío y magullado antes de que empezara. Cuando Saltarín y
él intentaban desviarse un poco para buscar la protección de los árboles,
Desgarros y sus matones los empujaban de nuevo hacia el sendero. Aquellos
monstruosos gatos no parecían preocupados por el granizo y daba la impresión de
que se apresuraban sólo para llegar a tiempo a una cita importante. Fritti y
Saltarín, silenciosos y resignados, siguieron caminando con las cabezas gachas.
Las primeras señales del alba comenzaban a teñir de azul el Vez'an del cielo, y
los Guardias de Garras empezaban a agitarse.
De repente, después
de una orden ininteligible de Desgarros, Mordiscos saltó hacia delante y
desapareció detrás de una mata de helechos. Los demás aguardaron en medio del
silencio espectral de la Selva de las Ratas. Entonces la cabeza con forma de
reptil de Mordiscos reapareció y se inclinó una vez. Desgarros respondió con un
gruñido de aprobación.
-¡Ahora entrad en
los matorrales, miserables Chillones!
Colmillos, que aún
arrastraba el cuerpo inconsciente de Comebichos, siguió a Mordiscos entre la
maleza. Después de un instante de duda -en que estudió las posibilidades de un
intento de fuga y comprendió que nunca lograría vencer a Desgarros-, Cazarrabo imitó
a los Guardias de Garras. Saltarín lo siguió con la mirada ausente.
«Supongo que ahora
nos matarán», pensó Cazarrabo.
De pronto se
resignó a morir y se sintió casi agradecido de que la lucha terminara.
Se abrieron paso
entre las ramas de los árboles, seguidos por el jefe de la Guardia de Garras.
Cazarrabo, que caminaba con los ojos entrecerrados para protegerse de las
espinas, estuvo a punto de caer de cabeza en la cueva que apareció a sus pies.
Era un agujero
ancho y oscuro, un túnel que se perdía en las profundidades de la tierra.
Saltarín miró la boca del túnel con los ojos llenos de mudo terror. Abrió la
boca un instante, pero sólo atinó a emitir un débil maullido.
Desgarros se abrió
paso entre las últimas ramas.
-Bien -dijo-,
entrad, pequeñas orugas, ¿o necesitáis que os ayude?
Acercó su cuerpo
deforme y corpulento a los gatitos, con los ojos ardientes. Fritti sintió
pánico. Tal vez fuera mejor morir allí en la superficie que hacerlo en un
agujero, como una taltuza. Sin embargo, al mirar a Desgarros volvió a sentir
odio y deseó vivir un poco más. ¿Por qué decidirían arrojarlos en un túnel para
matarlos? Quizá lo que el jefe le había dicho a Colmillos fuera cierto. Además,
mientras siguieran con vida, siempre tendrían una posibilidad de escapar.
«Bien -pensó-,
supongo que no tengo elección.»
Avanzó un par de
pasos en el oscuro agujero y se volvió a mirar a Saltarín. El gatito estaba tan
asustado que se alejaba de la entrada del túnel, listo para huir. Cazarrabo se
alarmó. Desgarros tenía una expresión de impaciencia en su monstruosa cara y parecía
estar a punto de hacer algo. Cuando Fritti vaciló, el jefe sacó las uñas rojas
como la sangre. Forzado a actuar, Fritti esquivó las garras de su enemigo y
empujó al indeciso Saltarín hacia la entrada del túnel. El aterrorizado gatito
comenzó a sollozar y abrió las patas para resistirse, hundiendo las uñas en la
tierra húmeda.
-Tranquilo,
Saltarín, todo irá bien -se oyó decir a sí mismo Cazarrabo-. Confía en mí... No
permitiré que te hagan daño. Vamos, tenemos que hacerlo.
19
Mientras tanto,
como un río horriblemente veloz,
una deleznable
multitud salió para siempre a través de la pálida puerta,
y sonrió... aunque
nunca volvió a sonreír.
EdgarAllan Poe
Los muros y el
suelo del túnel estaban húmedos. Tétricas raíces blancas -y otras cosas cuya
identidad Fritti prefería no adivinar- colgaban del techo de tierra. A medida
que se alejaban de la entrada, la luz se desvanecía de forma gradual, y habría
desaparecido por completo si no hubiera sido por la suave fosforescencia del
polvo que cubría las paredes del túnel. Continuaron el descenso bajo aquella
luz tenue y espectral, como si fueran espíritus de gatos viajando en el vacío
entre las estrellas. El silencio era absoluto.
Una vez debajo de
la tierra, Saltarín recuperó su aire ausente y apático. El suelo de arcilla se
rompía bajo sus patas y se les adhería a los pies.
Después de un breve
trayecto, alcanzaron a los dos Guardias de Garras. Colmillo seguía cargado con
el sucio cuerpo de Comebichos. Fritti y Saltarín estaban atrapados: garras
rojas por delante y por detrás, y la tierra sólida y húmeda por arriba y por
abajo.
Cazarrabo no podía
calcular el paso del tiempo. Captores y cautivos caminaban y caminaban sin
cesar, pero el suelo uniforme no cambiaba nunca y el suave resplandor
nauseabundo de la tierra del túnel ni crecía ni disminuía. Continuaron
adentrándose en las profundidades de la tierra, sin oír otra cosa que el latido
de su propio corazón y, de vez en cuando, un incomprensible diálogo entre los
Guardias de Garras. Cazarrabo se sentía como si siempre hubiera vivido en ese
agujero oscuro, y advirtió que una especie de sopor se apoderaba de él. Pensó
en el Viejo Bosque, en los oblicuos rayos del sol que iluminaban el suelo, en
las carreras con Pata Suave a través de la hierba fragante y cosquilleante,
cazando y dejándose cazar para por fin echarse a dormir una siesta en el calor
del verano...
El contacto frío y
hormigueante de un gusano que intentaba escapar de sus patas lo devolvió a la
oscuridad del túnel. Podía oír el ronco sonido de la respiración de Desgarros.
Entonces se preguntó si volvería a ver la luz del sol.
Al final, el hambre
de Fritti venció a su fantasía y comenzó a prestar más atención a los gusanos
que serpenteaban sobre la tierra húmeda del túnel. Después de varios ensayos,
cogió uno y lo tragó con dificultad mientras andaba. odiaba no poder detenerse
a comer, pero temía las consecuencias que tendría que afrontar si disminuía la
marcha. Aunque no era tarea fácil, se sintió un poco mejor después de comer el
gusano y volvió a cazar otro en cuanto pudo. Intentó pasarle el siguiente a
Saltarín, pero el gatito no le prestaba atención. Tras varios intentos fallidos
por pasarle aquel inquieto bocado, Fritti se dio por vencido y lo comió él.
El túnel comenzó a
inclinarse hacia arriba. Después de un breve trecho, se abrió en una pequeña
caverna subterránea de apenas un par de saltos de ancho, aunque con techo alto.
En el interior de la caverna, el aire era un poco más puro y, cuando Desgarros
les ordenó parar, Fritti se alegró de poder sentarse, respirar un instante y
descansar sus fatigadas patas. Comenzó a lavarse con languidez lo más grueso
del barro y las piedras adheridos a su pelaje. Luego llevó la lengua hacia la
herida del hombro. Hacía daño; aunque la sangre se había secado, el pelo estaba
duro y opaco. Mientras tanto, Saltarín permanecía inmóvil, como si estuviera
paralizado, y, cuando Fritti se volvió para lavarlo, se sometió sin el menor
quejido.
Desgarros y los
Guardias conversaban en voz baja al fondo de la caverna. Colmillos se acercó a
los dos amigos y dejó a Comebichos a su lado. Luego, tras una señal de
Desgarros, se giró hacia la salida del túnel. Mordiscos y el jefe estiraron sus
cuerpos largos y nervudos con la vista fija en sus prisioneros. Fritti,
convencido de que era mejor no hacer caso de ellos, continuó lamiendo el barro
de la piel de su amigo y atendiendo sus numerosas heridas y rasguños.
Comebichos gimió y se movió, pero no recuperó la conciencia.
Por fin, un aullido
estrangulado llegó desde el sitio donde había desaparecido Colmillos. A una
señal de Desgarros -un gruñido y un gesto con la cabeza-, Mordiscos subió hacia
la salida del túnel, antes de que el eco del aullido alcanzara a apagarse entre
las paredes de piedra caliza. Fritti oyó discutir a Colmillos y Mordiscos, y un
momento después las dos bestias regresaron arrastrando un bulto grande e
inerte. Desgarros se incorporó y se acercó a examinar la presa.
-Lo encontramos a
la entrada del túnel, junto al muro donde acaba el valle -explicó Colmillos con
una sonrisa y la lengua fuera-. Tal como tú habías olido. Lo cogí cuando miraba
hacia otro lado y luego lo tuve que arrastrar deprisa, antes de que el ojo de
Fuego me quemara. Es un ejemplar muy grande, ¿verdad?
Después del largo
discurso, Colmillos se volvió con timidez y comenzó a lavarse una herida en uno
de sus flancos.
Cazarrabo no pudo
evitar sentir curiosidad por lo que habían traído y se giró a mirarlo bajo la
tenue luz de la caverna. Se trataba de un animal con el cuerpo encogido, que
articulaba suaves quejidos de dolor.
-Ven a echar un
vistazo, pequeño Chillón de los lodazales -le dijo Desgarros a Fritti-. No
temas. Éste ya no podrá hacerte daño.
La risa del jefe
retumbó en la cámara de piedra. Cazarrabo se acercó con pasos vacilantes.
Sobre el húmedo
suelo de piedra había un enorme Gruñón con varias heridas en el vientre y en la
cara. Mientras Cazarrabo espiaba a Desgarros, el perro abrió los ojos y miró a
su alrededor con ojos vidriosos. Era tan grande como los propios Guardias de Garras.
Fritti se impresionó y se asustó al comprobar que uno solo de aquellos
monstruosos gatos era capaz de cazar a un fik'az tan grande como él. El Gruñón
parpadeó, intentando en vano sacarse la sangre de los ojos, y gimió de dolor.
En su interior se había roto algo y el animal se moría. Fritti regresó a su
rincón, perturbado y triste.
Entonces Colmillos
levantó la vista de su herida y se dirigió a Desgarros:
-No tenemos por qué
darles nada a ésos, ¿verdad?
Desgarros miró a
los dos amigos: Fritti, cansado y nervioso, y Saltarín, inmóvil y silencioso.
-Sólo debemos
llevarlos a Vastnir con vida. No tenemos que compartir nuestros pequeños
banquetes con ellos.
Con estas palabras,
Desganos sacó sus uñas escarlata y abrió el vientre del fik'az con un rápido
zarpazo. Entonces los Guardias de Garras empezaron a comer sin esperar a que se
apagaran los agónicos gritos de dolor. Fritti se acurrucó junto a Saltarín e intentó
no prestar atención a los ruidos.
Cuando acabaron de
comer, rodeados de una alfombra de espeluznantes restos a sus pies, se
dispusieron a dormir. A una sutil señal de Desgarros, Mordiscos y Colmillos
arrastraron sus abultados cuerpos hasta la entrada del túnel. Allí se
acomodaron para dormir, apoyados sobre los lomos y con las patas en el aire,
obstruyendo con eficacia la salida. Cazarrabo no tenía más remedio que
permanecer impotente junto a Comebichos y Saltarín mientras las bestias
digerían su presa.
Fritti no supo
cuánto tiempo había estado tendido junto a sus silenciosos compañeros,
escuchando los gorgoteos de los estómagos de sus raptores, pues se sumió en un
intranquilo sueño. De repente, lo despertó un ruido extraño. En su estado de
turbación, primero pensó que se moría y que los pájaros carroñeros bajaban
desde el cielo a desgarrar sus miembros. Creyó oírlos disputarse con solemnidad
los trozos más preciados. Sus voces eran bruscas, graves y frías...
Cuando se despertó
por completo, escuchó con atención los espectrales sonidos de la caverna. No se
trataba de grandes pájaros Carroñeros.
Todavía tendidos
sobre sus espaldas, arrellanados contra los muros de piedra húmeda, los
Guardias de Garras cantaban una canción:
Llegará un día
feliz
en que ninguna luz
brille sobre el
montículo
ni sobre el suelo.
Entonces, desde las
profundidades
donde viven los
Antepasados,
nuestra Comunidad
trepará en
silencio...
Ya no habrá que
esconderse
para aguardar la
noche;
no habrá que huir
de la cálida luz
del día.
El Sol morirá
Y tú y yo
volaremos hacia
arriba
a cazar y a
morder...
El Sol, el Sol,
el Sol morirá
y al hacerlo
caerá del cielo.
Entonces en las
sombras
recuperaremos
todo lo que nos
falta.
El Sol morirá.
Las horribles voces
entonaron una y otra vez aquella tenebrosa canción de odio y venganza, según la
cual la noche descendería sobre el mundo, la sangre cubriría las piedras y la
tierra, y la Comunidad del montículo regiría los destinos de todos.
De pronto
Comebichos abrió los ojos. Hizo un amago de incorporarse, pero optó por
permanecer tendido escuchando la canción. Cazarrabo lo vio sacudir su sucia
cabeza con tristeza y cansancio. Luego cerró los ojos otra vez. El cántico de
los Guardias de Garras no parecía tener fin. Después de un tiempo, Cazarrabo se
sumió en un sueño pesado y sofocante.
20
¡Mirad! La muerte
se ha erigido un trono a sí misma
en una ciudad
extraña, solitaria y lejana,
situada en el
brumoso oeste...
EdgarAllan Poe
Al otro lado de la
caverna el túnel pareció volverse más cálido. Fritti sabía que arriba era
invierno, que llovía y nevaba. Sin embargo allí, en las entrañas de la tierra,
a una distancia de la superficie que Cazarrabo era incapaz de calcular, el aire
estaba cargado de calor y humedad.
Comebichos había
comenzado a moverse. Al despertar, articuló débiles protestas, pero, aparte de
eso, no había vuelto a intentar enfrentarse a sus captores. Colmillos, cuyo
hocico seguía dolorido por el zarpazo de Comebichos, disfrutaba atormentando al
viejo gato, que resistía todos sus intentos por enfurecerlo.
Cazarrabo, que
avanzaba con mucho esfuerzo, volvió a oír el latido del montículo. Allí, debajo
de la tierra, la sensación era diferente y las vibraciones le penetraban en los
huesos y los nervios. El pulso del montículo se había vuelto grave, pausado, y,
pese a su persistencia, parecía más natural. Cazarrabo sabía que se aproximaban
a su destino.
-Lo oyes, ¿verdad?
-El brusco graznido sobresaltó a Fritti. Desgarros lo seguía de cerca y lo
contemplaba con sus horribles ojos amarillos, atento a todos y a cada uno de
sus movimientos-. Veo que comienzas a oír la canción de Vastnir. Eres un bicho
con los sentidos aguzados, ¿verdad, cara de estrella?
El jefe se colocó
junto a Cazarrabo, quien se sintió intimidado por su cuerpo grande y
amenazante. Tuvo que hacer un esfuerzo para contestar:
-Yo..., yo...
siento algo -balbució-. Lo sentí antes, sobre la tierra.
-¡Vaya! -se burló
Desgarros-. ¡Qué listo eres, pequeño! No te preocupes. En el sitio donde vamos,
mucha gente prestará atención a un joven como tú... tal vez más atención de la
que deseas.
Con una sonrisa
fría y fugaz, que dejó al descubierto sus escasos dientes, el jefe de los
Guardias de Garras volvió a situarse detrás de Cazarrabo. A Fritti le escocía y
le hormigueaba la piel que rodeaba sus bigotes. Ya había suscitado suficiente
interés, y no quería que nadie más se ocupara de él. Apresuró el paso para
alcanzar a Saltarín y a Comebichos, mientras la tierra seguía palpitando.
Pronto el túnel comenzó a ensancharse. A intervalos de unos cien saltos, el
grupo pasaba junto a otros túneles o cavernas, aunque resultaba imposible
diferenciarlos pues eran simples agujeros en la roca del pozo principal. El
aire se volvía cada vez más sofocante y el calor húmedo hacía que Fritti y sus
compañeros se sintieran aún más débiles. Comebichos sacudió la cabeza de un
lado a otro, como si quisiera librarse de una atadura.
-Aquí, ahora, de
vuelta en los agujeros, nunca, nunca... -El viejo y loco macho miró con
expresión suplicante primero al indiferente Saltarín y luego a Fritti, que sólo
atinó a asentir con la cabeza-. Todo este pim, pam, golpeteos y crujidos...,
¿no pueden...?, ¿no pueden...?
Comebichos puso los
ojos en blanco, bajó la voz y siguió hablando en murmullos. Entonces Cazarrabo
empujó suavemente a Saltarín con la cabeza.
-¿Lo has oído,
Saltarín? ¿Qué opinas de todo esto? Te pone los bigotes de punta, ¿verdad?
-Fritti aguardó en vano una respuesta y luego lo intentó otra vez-. ¡Vaya
historia que contaremos cuando volvamos al muro de la Asamblea!, ¿no te parece?
¿Piensas que la Comunidad nos creerá?
Después de un
momento, Saltarín levantó la cabeza y miró a Fritti con expresión lastimera.
-¿Dónde está mi
amiga Sombra? -preguntó con una vocecita tan débil que Cazarrabo tuvo que
inclinar las orejas hacia delante para comprenderle.
-La encontraremos,
Saltarín, te lo prometo. Lo juro por mi nombre de rabo: ¡saldremos de aquí y la
encontraremos!
El gatito lo miró
un instante con perplejidad, pero enseguida volvió a bajar la vista hacia el
suelo.
«¡Por las lágrimas
y orejas de Danzacielos! -se maldijo Fritti-. ¿cuándo voy a aprender que no
debo hacer promesas que soy incapaz de cumplir? Sin embargo, tenía que hablar
con Saltarín. Tiene el aspecto de alguien dispuesto a echarse y dejarse llevar
hacia los campos del Más Allá en cualquier momento. Al menos he conseguido
sacarle un par de palabras.»
En ese momento,
Cazar-rabo notó que el sonido del túnel había cambiado. Debajo de sus casi
inaudibles pisadas, creyó distinguir un suave susurro de voces: lejanas voces
de gatos.
Mordiscos, el Guardia más próximo a él,
se volvió y le dijo con voz siseante:
-Pronto estaremos
en casa. También será tu casa... aunque por poco tiempo.
Por fin el sendero
subterráneo se ensanchó otra vez y se inclinó hacia abajo. El sonido pulsante
se había vuelto constante y casi familiar, mientras se elevaba el volumen de
las voces que habían oído antes. Entonces, cuando esperaban encontrar de un
momento a otro la fuente de esos ruidos, Desgarros dio la voz de alto.
-Ahora -dijo
mientras miraba a Fritti y a sus camaradas con expresión severa-, vamos a
entrar a Vastnir por una de las Entradas Inferiores. Si hacéis algún movimiento
para escapar, disfrutaré cortando vuestros cuerpos en trozos. En caso de que
decidáis intentarlo de todos modos -con estas palabras se volvió a mirar a
Comebichos que desvió la vista, incómodo-, os advierto que si escapáis de mí,
cosa que dudo mucho, desearéis haber muerto entre mis garras, os lo prometo.
Los Guardias de Garras no somos las peores criaturas del montículo de Vastnir.
-Desgarros se volvió hacia sus compañeros-. Y vosotros dos recordad que nadie
debe interferir. Los prisioneros se quedarán con nosotros hasta que yo diga lo
contrario, ¿de acuerdo?
Tras esto, todos
siguieron a Desgarros hacia abajo. Pronto giraron en una curva del túnel y se
encontraron ante una ancha entrada Al fondo, iluminados por una caprichosa luz
verde azulada, vieron a dos corpulentos Guardias de Garras, silenciosos y
temibles, más grandes incluso que los captores de Fritti. A ambos lados de la
puerta que custodiaban, sobre pequeños montículos de tierra, había dos cráneos.
Uno había pertenecido a un enorme Gruñón, y las cuencas de sus ojos eran tan
oscuras como la propia pena. El otro había sido la cabeza de una bestia con
grandes cuernos. Mientras atravesaban las puertas, estos cuatro centinelas
miraron sin compasión a Cazarrabo y a sus compañeros.
Cuando penetraba en
las profundidades de Vastnir, a través de la boca arqueada del túnel, Fritti
experimentó una extraña sensación. Tal como había ocurrido en la pesadilla
provocada por la nébeda, comenzó a sentir calor en la frente. Fuera lo que
fuese, ni sus amigos ni los Guardias de Garras se habían percatado de nada. Más
allá del umbral, los aguardaba una visión que Cazarrabo no olvidaría mientras
viviera.
Ante ellos se
extendía una enorme caverna, con el techo tan alto como las copas de los
árboles del Bosque de las Raíces. Estaba iluminada por la tierra fosforescente
que habían visto en el túnel y también por el suave resplandor de unas piedras
que sobresalían del techo de roca. Bajo aquella luz fantasmagórica, la caverna
parecía llena de espíritus y sombras tornadizas.
Debajo, en el suelo
de la caverna, innumerables gatos se movían de un sitio a otro como termitas en
un tronco podrido. Casi todos eran normales, aunque la desesperación y el dolor
que reflejaban sus rostros los hacía parecer miembros de otra raza. Los enormes
y desmañados Guardias de Garras dirigían a aquel atareado enjambre de gatos.
«Es una espantosa
versión del Primer Hogar. Parece una pesadilla», pensó Fritti.
El hedor a miedo,
sangre e insepultos me'mre se elevaba en oleadas de aire caliente y lo
sofocaba. Con un grito, Desgarros los obligó a bajar hacia la caverna, con sus
rocas y su húmedo suelo caliente. Se abrieron paso entre las filas de gatos que
ni siquiera alzaban las cabezas para mirarlos y seguían caminando hacia los
oscuros destinos impuestos por los omnipresentes Guardias de Garras.
Fritti reparó en un
pequeño gato con ojos desorbitados y protuberantes costillas que parecía
enfermo. El gatito tosió, se tambaleó y por fin cayó sobre las piedras. Antes
de que Fritti pudiera ayudarlo, un Guardia de Garras se acercó a él. El muy
bruto lo cogió por el cuello y lo sacudió con violencia. Cazarrabo oyó con
claridad el sonido de huesos al romperse; luego el Guardia arrojó el cuerpo a
un lado con un gesto de impaciencia y el grupo de gatos siguió avanzando.
Fritti observó al gatito derrumbado en el suelo, en medio de la suciedad, sin
que nadie le prestara atención ni llorara su muerte, y sintió que su odio
crecía, para luego aplacarse como una llama en lo más profundo de su alma. Él
también siguió su camino.
Cuando la procesión
precedida por Desgarros se encontraba ya al otro lado de la caverna, cerca de
la boca de otro túnel, oyeron una voz débil y aguda:
-¡Desssgarrosss!
El sonido parecía
proceder de una de las múltiples cuevas que se abrían en el muro de piedra. El
jefe dio la voz de alto y una silueta brumosa apareció en la entrada de una
cueva.
-¿Qué quieres de
mí? -preguntó Desgarros, disgustado, y con un extraño deje en la voz.
-Iracundo quiere
verte, Desssgarrosss -repuso la voz sibilante con tono burlón.
Fritti podía ver el
brillo de sus dientes, pero no el de sus ojos.
-¡Vaya gracia! -se
mofó el jefe-. ¿Y a mí qué me importa?
Los dientes
relucieron otra vez en la gruta oscura.
-Iracundo quiere
sssaber quiénesss ssson tusss prisssionerosss. No debe haber másss cautivosss.
En essso habíamosss quedado, ¿verdad?
-Yo trato mis
asuntos directamente con el Gordinflón, y las orugas como vosotros no deberíais
meter vuestras narices lampiñas en esto. Si Iracundo quiere discutir algo
conmigo, me encontrará en las Catacumbas inferiores más tarde -dijo Desgarros,
y se giró para marcharse.
-Allí estará
-aseguró la voz débil, y una risa tétrica resonó en la cueva sombría.
-¿Qué pretenden los
Guardias de Dientes? -preguntó Colmillos cuando penetraban en el enorme túnel.
-¡Tú mantén tu
bocaza cerrada!
Colmillos no hizo
más preguntas y se internaron en el túnel en silencio. Por fin Desgarros les
ordenó detenerse en un ensanchamiento del camino. El jefe apartó con brusquedad
a Saltarín y a Comebichos y se dirigió a Mordiscos:
-Tú y este baboso
me’mre -gruñó señalando a Colmillos-, llevad a estos dos a las Catacumbas
Intermedias. No deben ir a ningún otro sitio hasta que yo lo diga. ¡Sólo yo,
ningún otro! -Mordiscos asintió con un gesto-. Bien, me llevaré al listo a una
audiencia especial. Creo que «ya sabéis quién» se interesará por él. ¡Ahora
moveos!
Con estas palabras
empujó a Cazarrabo hacia delante mientras los otros Guardias de Garras
conducían a Saltarín y a Comebichos a un pasadizo lateral.
Cazarrabo se giró y
gritó por encima de su hombro:
-¡Volveré a
buscarte, Saltarín! ¡No te preocupes! ¡Cuídalo, Comebichos!
Desgarros le asestó
un manotazo en la cabeza que le hizo brotar lágrimas de los ojos.
-¡Idiota! -gruñó la
bestia.
El sinuoso camino
se internaba aún más en las profundidades de la tierra. El suelo del túnel
estaba salpicado de rocas, trozos de huesos y objetos viscosos que hacían
estremecer a Fritti cada vez que los pisaba. Tenía que apretarse contra los
sucios muros para evitar el contacto con el temible jefe de la Guardia de
Garras.
De repente el túnel
descendió en una pendiente abrupta. El suave resplandor de los muros se
mezclaba con luces púrpuras y azules que parecían brotar de las profundidades
de la tierra. Mientras bajaba por la pendiente, Cazarrabo notó también un
cambio en el aire: se estaba enfriando. Veinte pasos más allá, la sensación de
frío se agudizó y el suelo bajo sus patas se endureció, como si estuviera
congelado. Se agachó para pasar bajo un techo de escasa altura, con Desgarros a
su lado, y, cuando volvió a alzar la cabeza, descubrió que habían penetrado en
una gigantesca sala: el trono de Vastnir. Habían llegado a la Caverna del Foso:
el corazón del montículo.
La caverna tenía un
techo alto y abovedado, oscuro y distante. En torno al foso central se abrían
una serie de grietas, de donde partían unos rayos de luz azul que resplandecían
sobre el brumoso suelo. Más arriba, los muros estaban perforados con túneles y
grutas, donde oscuras criaturas iban y venían atareadas. Se detenían junto al
ancho margen del foso o trepaban por las escarpadas piedras de las paredes
hasta perderse en las aberturas superiores.
Fritti reparó en la
nube de vapor que dejaba su aliento en el aire helado. No era natural que
hiciera un frío semejante a esa profundidad, pero en aquel sitio espeluznante
nada era normal.
Siguió adelante,
apremiado por la brusca insistencia de Desgarros, con los ojos clavados en la
enorme figura que se alzaba del foso, cuya presencia dominaba la estancia
subterránea. A medida que se acercaba, el asombro se convertía en horror.
En el centro del
foso, envuelta en vapor, había una masa amorfa, una palpitante montaña de
pequeños cuerpos que se alzaba por encima de los márgenes del gigantesco pozo
como un volcán en medio de un cañón. La sinuosa montaña estaba formada por
animales heridos y agonizantes, y algunos incluso muertos: gatos y fla-fa'az,
chillones, praere, Gruñones y rikchikchik. La masa de cuerpos contorsionados
emitía un millón de gemidos fantasmagóricos. Muchas de aquellas criaturas
estaban mutiladas o desmembradas, y las más cercanas al fondo ni siquiera se
movían. Despedían un hedor tan horrible que Fritti sintió náuseas. Se tendió
sobre el frío suelo, en medio de una nube de niebla, para huir un instante de
aquella terrible visión, pero Desgarros se inclinó hacia delante y lo golpeó
con su cabeza ancha y plana.
-Levántate, pequeño
escarabajo estúpido. Estás a punto de conocer a su excelencia.
Con el estómago
revuelto y las patas flojas, Fritti se dejó arrastrar hasta el borde del foso.
Quería cerrar los ojos, pero pese a su repulsión no pudo evitar mirar fascinado
la serpenteante montaña, los millares de ojos en blanco y las bocas estúpidamente
abiertas que despedían pequeñas nubes de vapor.
El Guardia de
Garras dio un paso al frente.
-Excelencia, tu
humilde servidor te ha traído algo -dijo la áspera voz de Desgarros, y sus
palabras retumbaron contra los enormes muros.
-¡Oh! Lo has hecho,
¿eh? -balbució una voz grotesca y oleosa-. Arrójalo con los demás... Me lo
comeré más tarde.
La gigantesca
figura sombría, hasta entonces invisible sobre la montaña de cuerpos, giró la
cabeza y abrió sus enormes ojos blancos y ciegos.
Cazarrabo dejó
escapar un gemido de terror y saltó hacia atrás, donde chocó con el cuerpo
pétreo de su custodio. Agazapado entre las patas de Desgarros, Fritti olvidó
por un instante el odio y el temor que sentía hacia el jefe de la Guardia de
Garras. La criatura del foso extinguió los pensamientos de su mente del mismo
modo que un viento furioso apaga un fuego.
Era un gato veinte,
cincuenta, cien veces más grande que él. Su cuerpo abultado era tan enorme que
sus minúsculas patas parecían incapaces de moverlo, de modo que estaba tendido,
hinchado y poderoso, en la cima de la palpitante montaña de cuerpos.
-No, eminencia, no
es para comer... al menos, todavía. -Fritti oyó la voz de Desgarros como si le
llegara desde muy lejos-. Éste es uno de los que percibiste, eminencia. ¿Lo
recuerdas?
La horrible
criatura torció su cabeza sin cuello hasta que los ojos blancos y muertos
enfocaron al tembloroso Cazarrabo.
-¡Oh, sí! -dijo la
voz despacio, y resonó como el barro que salpica sobre una piedra-. Ya lo
recordamos. ¿Iba acompañado? ¿Dónde están los demás? -preguntó con un deje de
reproche.
-Tenia dos
acompañantes, oh señor -respondió Desgarros con nerviosismo-. Un gatito, señor,
un simple cachorrillo, y un macho viejo y loco. Pero éste es el que te
interesa, pues tiene algo especial. Estoy seguro.
-Alilih -gorjeó el
gigante y se giró levemente hacia un costado, como para pensar.
Luego intentó
inclinar la cabeza hacia la montaña que lo sostenía, pero no pudo soportar su
peso. Una expresión de disgusto arrugó su enorme frente, y tres Guardias de
Garras que lo observaban con consternación desde el extremo opuesto del foso
saltaron al interior. Cogieron un gato de la montaña de cuerpos, forcejearon
con él hasta vencer su resistencia y se dirigieron hacia el monstruo. Mientras
trepaban por su enorme barriga, la bestia abrió la boca con aspecto complacido
y la víctima fue arrojada dentro entre forcejeos y maullidos. El enorme gato
comenzó a masticar con estremecedores crujidos y una expresión de satisfacción
se reflejó en su cara ciega.
Mientras Cazarrabo
contemplaba la escena con impotencia, la bestia tragó su presa y volvió a
dirigir su atención a él.
-Ahora -dijo con
voz melosa- veamos qué clase de gato amenaza nuestro destino.
De repente,
Cazarrabo sintió un terrible impacto, como si una enorme boca lo hubiera cogido
por el pescuezo y lo sacudiera. Luego experimentó un espeluznante dolor, y algo
hurgó en su mente. Una extraña fuerza invisible buceó entre sus pensamientos,
excavó, buscó y desgarró. Cruzó entre esperanzas, sueños e ideas y destruyó
creencias a su paso. Cazarrabo no podía escapar. Se retorció y aulló mientras
la mente de la bestia lo invadía.
Cuando todo acabó,
Fritti permaneció echado junto al foso, atónito y tembloroso. Sentía un
tremendo dolor en la frente. Por fin Desgarros habló con voz sumisa.
-¿Y bien, Señor
Supremo?
La criatura del
foso bostezó, dejando al descubierto sus dientes ennegrecidos, y un fugaz
resplandor tiñó de color púrpura su escamosa piel gris.
-Este pequeñuelo no
es especial. Hay algún vestigio... apenas un indicio..., pero no un verdadero
poder. No puede hacernos nada. ¿Has dicho que sus compañeros son inofensivos?
-Éste es el único
que tiene algo diferente, señor. Lo juro.
-Bien... -contestó
la criatura con voz cansina y resuelta-, llévatelo. Mátalo o ponlo a trabajar
cavando túneles. Nos da igual.
El jefe de la
Guardia de Garras obligó a Fritti a incorporarse y luego lo arrastró hacia la
salida de la caverna.
-¡Guardia! -gritó
la descomunal bestia.
Desgarros se giró y
se inclinó con actitud servil.
-¿Sí, gran maestro?
-No vuelvas a
interferir en las meditaciones del señor Comecorazones por semejante nimiedad
-ordenó con un destello en sus ojos turbios.
Desgarros asintió
con un gemido estrangulado y se apresuró a sacar a Cazarrabo fuera de la
Caverna del Foso.
Atontado y
tambaleante, Fritti se dejó conducir por los pasillos de Vastnir. Su captor
apuró la marcha y no habló. Pese a su agotamiento, Fritti seguía perturbado por
la escena que acababa de presenciar.
¡Comecorazones! ¡El
señor Comecorazones de los Primogénitos! Fritti acababa de ver al mismísimo
Grizraz Comecorazones, el ancestral enemigo de la Comunidad. ¡Lo había oído
hablar! Un escalofrío recorrió su extenuado cuerpo al pensar en la enorme mole
ciega reclinada sobre la montaña de cuerpos en el interior de la caverna. Tenía
que comunicarse de algún modo con Saltavallas y los demás. Los habitantes de la
corte de Harar debían enterarse del peligro que los acechaba... aunque saberlo
no sirviera de nada. ¿Cómo podrían defenderse de semejante poder, de semejantes
esbirros? Sólo en las cavernas principales había centenares de feroces Guardias
de Garras... y era imposible calcular cuántos más se ocultaban en aquel
gigantesco nido de túneles y cuevas.
«¿Qué podría hacer
yo, de todos modos? -pensó Fritti con amargura-. Estoy sentenciado a muerte.»
Entonces sus
pensamientos se concentraron en Desgarros, cuyo aliento feroz le erizaba el
rabo. Fritti recordó que Desgarros se había sentido humillado ante el temible
Comecorazones. Era evidente que después de aquella escena no le perdonaría la
vida.
Mientras caminaba,
pensativo y tambaleante, Cazarrabo notó que una oleada de aire seco le
despeinaba el pelaje de la cara. Miró hacia arriba. El túnel estaba oscuro,
pero Fritti distinguió algunas siluetas que se dirigían hacia ellos desde otro
túnel.
Con sorprendente
rapidez, Desgarros extendió su pata ganchuda y empujó a Cazarrabo contra el
muro del pasadizo. Por un instante tuvo que esforzarse para respirar, jadeando
con impotencia, escuchó un extraño susurro, un crujido similar al de las ramas
de los árboles viejos. De repente el túnel se llenó de sombras y murmullos.
Varias figuras
oscuras pasaron junto a ellos. Cazarrabo vislumbró algunas colas y orejas, pero
todo parecía brumoso e impreciso. El aire estaba cargado de un polvo sofocante
y rezumaba un aroma dulce y empalagoso. Junto a él, Desgarros agachó la cabeza
con aire respetuoso y desvió la vista. Fritti oyó un sonido sibilante, como de
voces ásperas y entrecortadas, pero enseguida las extrañas figuras se perdieron
en el pasillo.
Mientras Cazarrabo
recuperaba el aliento, Desgarros miró hacia el pasadizo con ojos ardientes.
-Los Guardias de
Huesos -murmuró la sombría bestia-. Los sirvientes preferidos del maestro.
Desgarros se detuvo
ante un cruce de túneles que Fritti no hubiera podido diferenciar de los
centenares que había visto.
-No sé cuál es tu
secreto -gruñó, y sus grandes cejas le ensombrecieron los ojos-, pero estoy
seguro de que eres especial. No volveré a cometer el error de llevarte ante el
Gordinflón sin saber por qué, pero te aseguro que lo descubriré. El amo también
puede equivocarse y creo que contigo ha cometido un error -refunfuñó el jefe de
la Guardia de Garras con furia-. Sea cual fuere tu pequeño secreto, yo te lo
arrancaré. Mientras tanto, te mantendré ocupado. ¡Entra ahí, miserable!
Desgarros extendió
su pata deforme para señalar la entrada de una cueva.
Animado por la
perspectiva de vivir un poco más, Fritti se atrevió a preguntar.
-¿Dónde están mis
amigos?
-Si no me doy
prisa, pronto estarán en las barrigas de los Guardias de Dientes. Tú no metas
el hocico en esto. Ya tienes bastante con intentar salvar tu propio y miserable
pellejo.
El jefe empujó a
Fritti con brutalidad y lo hizo caer en el agujero que se abría detrás de él.
El gatito perdió el equilibrio y se deslizó a los tumbos dentro de la
oscuridad. Mientras intentaba detenerse, oyó la voz de Desgarros que hablaba
desde arriba:
-No temas. Volveré
a buscarte pronto -prometió, y una risita tonta resonó en el túnel.
Fritti tardó unos
minutos en acostumbrarse a la ausencia total de luz. Se encontraba en una cueva
de piedra y apenas alcanzaba a vislumbrar las siluetas oscuras de otros gatos,
acurrucados en los extremos de la cámara. Las paredes de piedra estaban empapadas
y el aire era caliente y húmedo.
Estaba rodeado por
una multitud de delgadísimos gatos, con las miradas ausentes. La mayoría,
abstraídos en su tristeza, ni siquiera alzaron la vista para mirar al recién
llegado. Cuando Cazarrabo examinó las paredes en busca de otra salida o de un
sitio donde acostarse, algunos gatos le dirigieron débiles gruñidos, como si
estuviera violando sus territorios. Sin embargo, se trataba de una resistencia
mecánica. La sola idea de que los miembros de la Comunidad se vieran obligados
a convivir en ese minúsculo espacio, unos sobre otros en medio de aquel
sofocante calor, volvió a llenar de odio el alma de Cazarrabo.
Al esquivar los
cuerpos tendidos en el suelo, Fritti creyó oír una voz familiar. Se detuvo a
estudiar las caras y cuerpos de los gatos que lo rodeaban, pero no reconoció a
nadie. Tampoco era capaz de asociar la voz que había oído con un nombre.
Entonces, cuando estaba a punto de continuar su camino, su vista se posó en un
gato echado a sus pies.
Estaba consumido,
delgado como un hurón, y sus ojos hundidos y vidriosos miraron a Fritti con
expresión abatida. Era la voz de aquel espectro que murmuraba entre dientes la
que lo había hecho detenerse, pero Cazarrabo se quedó boquiabierto al
reconocerlo: se trataba nada menos que de Trancos, uno de los delegados que el
clan del muro de la Asamblea había enviado a la corte. ¡Y parecía al borde de
la muerte!
-¡Trancos! -exclamó
Fritti-. Soy yo, Cazarrabo, ¿no me recuerdas?
Trancos lo miró un
instante con expresión ausente, pero luego sus ojos lo enfocaron mejor.
-¿Cazarrabo?
-balbució-. ¿Cazarrabo es de... mi madriguera? -Fritti asintió con un gesto
alentador-. ¡Oh! -Trancos cerró los ojos, exhausto, y permaneció callado
durante un momento. Cuando los abrió, reflejaban un destello de comprensión-.
No lo entiendo -dijo-. Pero... habría sido mejor que murieras.
Volvió a cerrar los
ojos y se negó a decir nada más.
Sombra se acurrucó
al amparo de una roca y contempló la nevisca. El aire frío la mareaba. Deseaba
con toda su alma incorporarse, correr y correr hasta escapar de aquel horrible
bosque, lejos del temible montículo palpitante que era la fuente de todos sus
infortunios.
Durante el ataque,
tras la inútil advertencia del gato loco y peludo, había huido despavorida con
sus amigos. Por primera vez en toda su vida de cazadora, se había sentido fuera
de sí, presa del pánico. En su desesperado intento de escapar, había estado a
punto de hacer caer al pequeño Saltarín. La vergüenza de aquel incidente le
dolía aún más que sus heridas.
Mientras corrían,
alguien la había atrapado. Había luchado con un ser enorme, pero tras varios
rasguños y contorsiones había logrado soltarse. Escondida entre el espeso
follaje, había oído ruidos de lucha y persecuciones en la oscuridad de la
noche, pero hasta los primeros rayos de la Hora del Despliegue de la Luz no se
había atrevido a salir y buscar un sitio donde protegerse del frío.
La bestia que la
había cogido le había hecho mucho daño. Le dolía una de las patas traseras y,
como no podía apoyar el peso de su cuerpo sobre ella, había tenido que cojear
sobre el hielo hasta encontrar un lugar resguardado del viento. Durante dos
días enteros había estado enferma, con fiebre y demasiado débil para cazar.
No sabía si sus
compañeros habían sido capturados o asesinados. En aquel momento, todo lo que
quería era huir de allí, desaparecer en los bosques del sur y no volver a
pensar en aquel horrible lugar. Sin embargo, todavía no podía ir a ningún
sitio. Su instinto le decía que debía esperar a curarse.
El recuerdo de
Cazarrabo y Saltarín la conmovió y levantó la cabeza para olfatear el aire.
Entonces un dolor agudo le desfiguró el rostro; apoyó la barbilla sobre la
tierra fría y se cubrió la nariz y los ojos con el rabo.
Mientras tanto, en
el reino de Vastnir, en las profundidades de la tierra, Cazarrabo aprendía los
secretos del montículo. Trancos, su amigo de los días de cachorro, estaba
demasiado débil para hablar, pero con la ayuda de un joven gato llamado
Zarpazos había logrado explicar a Fritti algunos detalles asombrosos:
-... Como verás,
los Guardias de Garras son simples matones. Harar sabe que son muy feroces
-dijo Zarpazos con una mueca desdichada-, pero no toman ninguna decisión. Creo
que ni siquiera los jefes pueden hacerlo.
-¿Qué quieres
decir? -preguntó Cazarrabo.
-No pueden cazar a
no ser que alguien les diga que lo hagan. ¡Bigotes! Nadie hace me'mre en este
espeluznante hormiguero sin permiso previo de un superior.
-¿Y dices que hay
otras criaturas?
Fritti recordó la
figura sombría del Guardia de Huesos y se estremeció.
-Iracundo y sus
Guardias de Dientes -balbució Trancos, y tosió.
-Son muy malos
-agregó Zarpazos-, más feos y más perversos que los Guardias de Garras. Van de
aquí para allí, vigilando que todos se, comporten como es debido. La mayoría de
los Guardias de Garras les tienen miedo.
-Pero ¿de dónde han
salido todos estos seres? -inquirió Fritti, perplejo-. Nunca los había visto ni
había oído hablar de su existencia.
Trancos sacudió la
cabeza y Zarpazos respondió:
-Nadie sabía nada
de ellos. Sin embargo, «ya sabes quién»... -El gatito bajó la voz y miró a su
alrededor-. «Ya sabes quién» puede hacer milagros, como aparear a Gruñones con
miembros de la Comunidad. Aquí abajo han sucedido cosas aún peores...
Zarpazos se
interrumpió con un gesto significativo. Perturbado por aquella referencia a
Comecorazones, cuya presencia todavía se cernía gigantesca y amenazadora en su
memoria, Fritti se levantó y se estiró. Caminó hasta la entrada de la celda y
observó el túnel que se extendía al otro lado.
-Pero ¿por qué han
excavado tanto? -se preguntó en voz alta.
A su espalda,
Trancos se incorporó sobre las patas delanteras y se acercó a él tambaleante.
-Cavar no es propio
de gatos -dijo con sorprendente energía-. Mataron a Orejas Puntiagudas y a
Saltarríos -añadió Trancos mientras sacudía la cabeza con tristeza.
«Parece más viejo
que Catador -pensó Fritti-. ¿Cómo es posible? Apenas es un poco mayor que yo.»
-Siempre están
cavando -observó Zarpazos-, mejor dicho, siempre estamos cavando. iY eso que ya
hay demasiados de esos horribles túneles!
-Entonces ¿por qué
lo hacen? -insistió Cazarrabo.
-No lo sé -admitió
Zarpazos-, pero si siguen cavando como hasta ahora, todos los túneles se
convertirán en uno solo y el mundo se derrumbará en sus agujeros.
-Mataron a
Saltarríos... -repitió Trancos con un murmullo lastimero-, y me están matando a
mí...
21
Aquí los suspiros,
gritos y gemidos se elevaban serpenteantes en el aire
sin estrellas,
inundando mi alma de lágrimas. Una confusión de lenguas
y monstruosos
acentos se afanaban con dolor e ira... en un tumulto y
desenfreno que aún
ahora flota en el aire...
DanteAlighieri
Fritti permaneció
despierto un largo período de tiempo, hasta que varios Guardias de Garras se
acercaron a la entrada de la mazmorra y llamaron a los cautivos a
trabajar. Entre
gemidos y resoplidos, los gatos subieron la empinada- pendiente uno tras otro.
Fritti se sorprendió de que algunos aún tuvieran fuerzas para andar y, más aún,
para ascender la fatigosa Cuesta, pero Zarpazos le explicó que el que no salía no
comía. Aquellos que eran incapaces de subir, se quedaban en la cueva hasta que
morían. Trancos logró ascender hasta la entrada con la ayuda de Zarpazos y
Cazarrabo. Ya en lo alto, todos tomaron una rápida comida de insectos y
gusanos, tras lo cual los Guardias los obligaron a formar una desordenada fila
y los condujeron a través de una interminable sucesión de túneles.
Los dejaron al
mando de Morros, un musculoso Guardia de pelaje ralo. Morros envió a los
prisioneros, en grupos de tres o cuatro, hacia un laberinto de pequeños túneles
que se alejaban de la sala subterránea central. A Cazarrabo le tocaron en
suerte dos compañeros viejos y sucios, ambos tan exhaustos que eran incapaces
de mantener una conversación.
Al llegar a la
entrada del túnel asignado, Fritti se volvió y, sin dirigirse a nadie en
particular, preguntó:
-Pero ¿qué hacemos?
Entonces Morros se
volvió y le asestó un violento manotazo. Fritti cayó al suelo y la cara llena
de bultos de Morros, cruzada por las cicatrices de muchas batallas, se cernió
amenazante sobre él.
-¡No permitiré que
un simple gusano me interrogue! ¿Está claro? -exclamó con furia.
El Guardia
apestaba.
-Sí -gimió
Cazarrabo-. Es que no había entendido.
-Cavarás, eso es lo
que harás. ¡Que el sol te consuma! Cavarás con todas tus fuerzas y pararás sólo
cuando yo te lo diga. ¿Lo has entendido? -Fritti asintió con un gesto
aprensivo-. Bien -continuó Morros-, porque no te quitaré los ojos de encima y
si te pillo descansando te haré cortar la lengua. ¡Ahora cava!
Fritti corrió a
unirse con sus compañeros, que se habían encogido de susto por la atención que
había despertado su grupo. Mientras descendían en el túnel, los dos gatos
viejos miraron a Cazarrabo con ojos llenos de reproche.
Pasaron el resto de
aquel miserable día en el túnel húmedo y brumoso. Cazarrabo y sus dos
compañeros cavaron sin descanso en el fondo de la pequeña cueva. Meerclar no
había creado sus uñas y sus patas para horadar el duro suelo de arcilla, un
trabajo monótono y agotador. En un sitio tan reducido, era imposible encontrar
una posición cómoda, y, mucho antes de que acabara el día, a Fritti le dolía
todo el cuerpo.
A mediodía hicieron
una pequeña pausa. Fritti intentó sin éxito limpiar la tierra compacta de sus
patas doloridas y lavar la sangre de sus pies lacerados, pero, después de un
descanso que les pareció brevísimo, fueron obligados a regresar al túnel.
A medida que pasaba
el tiempo, Fritti sólo podía pensar en echarse y dormir. Al fin y al cabo, ¿qué
más daba si lo mataban? De todos modos tendría que ocurrir tarde o temprano.
Pero cada vez que lograba convencerse a sí mismo de que no valía la pena continuar,
aparecía la cabeza furiosa de Morros en el hueco de la entrada, con los ojos
brillantes y la boca torcida. Entonces Cazarrabo doblaba sus esfuerzos, cavando
con rapidez y esmero hasta mucho después de que el Guardia desaparecía.
Los dos gatos más
viejos mantenían un ritmo de trabajo lento pero constante, y hacia el final del
día Fritti comenzó a imitarlos. Por fin Morros les ordenó regresar a los
túneles superiores. Custodiados por el presuroso Guardia de Garras, todos los
gatos regresaron a su celda absolutamente extenuados.
Cazarrabo se
deslizó tambaleante por la pendiente y pronto se sumió en un sueño profundo e
irresistible.
En lo más profundo
de las catacumbas, a centenares de saltos de tierra y roca de la luz del sol,
Saltarín y Comebichos no habían corrido mejor suerte que Fritti.
Tras separarlos a
la fuerza de Cazarrabo, Colmillos y Mordiscos habían conducido a los dos
compañeros, con empujones y amenazas, a una cueva varios niveles más abajo. Les
habían ordenado que aguardaran allí hasta que Desgarros regresara y decidiera
qué hacer con ellos. En este caso, sin embargo, Saltarín y Comebichos eran los
únicos habitantes de su celda, aunque los huesos rotos y agrietados que
alfombraban el suelo sugerían que no eran los primeros.
Cuando creían que
habían pasado horas enteras de soledad, un suave jadeo rompió el silencio de la
caverna. Convencido de que los Guardias de Garras venían a matarlos, Saltarín
se aferró contra la pared, dispuesto a resistirse al último viaje.
Entonces una figura
pálida apareció en la entrada de la cueva. La súbita sensación de alivio de
Saltarín al ver que no se trataba de los Guardias de Garras pronto dio paso a
un sentimiento extraño: como si hubiera metido el hocico dentro de un
hormiguero de termitas blancas. Comebichos, sumido en un sueño intranquilo en
el fondo de la cueva, refunfuñaba y temblaba mientras la criatura entraba en la
cámara subterránea. Saltarín aguzó la vista para mirar al intruso.
¿Qué había sucedido
con su pelaje? Aquella criatura no tenía pelos. Pese a su cuerpo de gato
maduro, estaba tan desnudo como un cachorrillo recién nacido. Al principio,
Saltarín pensó que se trataba de un cachorro monstruoso, pues sus ojos estaban
cerrados como los de un gato que acabara de salir de las entrañas de su madre.
La criatura se giró hacia Saltarín con las enormes ventanas de la nariz
dilatadas, y habló en una voz aguda y susurrante:
-¡Ahhhh! El pequeño
recién llegado... ¡Qué amable eresss al venir a visssitarnosss! -dijo con voz
sibilante, como si fuera una hlizza.
Cuando la extraña
criatura se aproximó más a Saltarín, éste notó que no tenía ojos, sino unos
pliegues de piel debajo de la frente. El gatito retrocedió y arqueó el lomo.
-¿Qué..., qué
pretendes de..., de nosotros? -tartamudeó.
-¡Ohhhh! ¿Conocesss
el Canto Sssupremo? -repuso aquel ser con una risa siniestra que dejó al
descubierto sus dientes largos y afilados, como púas de pino nacaradas-. Bien,
pequeño Chillón de la sssuperficie -sonrió-, ya que quieresss sssaberlo, he
venido a llevarte junto al amo Iracundo, que arde en dessseosss de conocer
a un jovencito como
tú.
-¿I... I...
Iracundo? -repitió el pequeño Saltarín, hipando del susto.
-Sssí, uno de losss
grandesss ssseñoresss de la Guardia de losss Dientesss. Tiene un gran poder en
el montículo. Iracundo quiere sssaber por qué el jefe Desssgarrosss tiene tanto
interésss en ti y en tusss compañerosss. Como verásss, pequeño, el amo iracundo
y tu Guardia de Garrasss ssson amissstosssosss rivalesss.
Otra vez el Guardia
de Dientes dejó al descubierto la hilera de dientes brillantes y se dirigió
hacia el aterrorizado gatito. Su piel desnuda se abultaba y se arrugaba al
caminar.
-¡Escurridizo!
-llamó una voz de repente-. ¡Sabía que tu amo te enviaría!
El Guardia de
Dientes retrocedió sobresaltado, con las ventanas de la nariz temblorosas.
-¡Desssgarrosss!
-siseó.
El Guardia de
Garras se había aproximado en silencio y obstruía la única salida de la pequeña
cueva.
-¿Acaso tu amo cree
que me fío de mis estúpidos siervos? ¡ja! -exclamó con una ronca carcajada.
-¡No intentesss
interferir, essstúpido! -murmuró Escurridizo-. Sssi lo hacesss, tendrásss que
pagar por ello.
Su tono hizo erizar
los pelos de Saltarín, pero Desgarros se limitó a emitir un gruñido de disgusto
e inclinar la cabeza mientras el Guardia de Dientes comenzaba a avanzar
despacio en una línea curva. De repente, Escurridizo saltó hacia delante, con
los colmillos al descubierto, para enfrentarse al Guardia de Garras. Por fin se
arrojaron el uno sobre el otro con estrépito.
Acurrucado contra
la fría piedra del muro, Saltarín contempló con los ojos desorbitados cómo los
dos Guardias resollaban y se retorcían en el suelo de la diminuta caverna. La
oscuridad no le permitía seguir el combate que se desarrollaba entre aquellos muros,
y apenas lograba captar una visión fugaz de los crueles dientes de Escurridizo
o del vientre moteado de Desgarros. Los rabos de las dos criaturas, uno blanco
y el otro pelado y retorcido, se anudaban entre sí como furiosas serpientes.
Tras una ligera
confusión de ruidos de golpes y un gemido de dolor, Saltarín vislumbró a
Desgarros dispuesto a saltar y apretar entre sus fauces la garganta de la
bestia sin pelo. El grueso cuello del jefe de la Guardia de Garras se elevó
palpitante y se oyó un breve crujido. La enorme bestia negra dejó caer el
cuerpo inerte del Guardia de Dientes, que, tras sacudir un momento las patas
débilmente, permaneció inmóvil.
Desgarros se volvió
hacia el aterrorizado Saltarín. El Guardia de Garras estaba empapado de sangre,
pero se mostraba tan indiferente como si se hubiera mojado con la lluvia.
-¡No puedes
imaginar la suerte que has tenido, pequeña rata de sol! -graznó-. Iracundo te
hubiera ofrecido una vida llena de tristeza. Ahora, tú y ese viejo sucio
-señaló a Comebichos, que ha bía dormido durante todo el transcurso de la
pelea- haréis lo que os ordenen. Volveré a vigilaros.
Desgarros
desapareció por la salida de la caverna sin volverse a mirar a Comebichos, a
Saltarín o al ciego ser que yacía en el fondo de la cueva, con el cuello roto.
Muchas horas
después, Mordiscos fue a buscar a Saltarín para llevarlo al sitio de las
excavaciones. La cara hinchada del Guardia era un claro testimonio de que
Desgarros había castigado su descuido.
Pese a sus
esfuerzos, Mordiscos no logró despertar a Comebichos. Enfurecido, mordió la
oreja moteada del viejo con tanta fuerza que hizo brotar sangre de la herida.
Sin embargo, aunque el movimiento acompasado de su pecho demostraba que seguía
vivo, Comebichos no se despertó. Irritado por su fracaso, y tal vez temeroso de
un nuevo castigo, Mordiscos empujó con brutalidad a Saltarín y lo obligó a
trabajar.
Saltarín fue
llevado junto a un grupo de gatos esclavos y pasó largos períodos de tiempo
cavando con sus pequeñas patas en el caluroso y sofocante túnel.
Pasaron varios
días. La vida de Saltarín se convirtió en una repetitiva pesadilla donde cavaba
y cavaba, sólo para volver a la soledad de la pequeña cueva al final de las
horas de trabajo. Comebichos seguía sumido en su extraño sopor. No se levantaba
para comer ni para hacer me'mre y rara vez se movía. Los Guardias de Garras
llegaron a la conclusión de que había renunciado a la vida, y, cuando llevaban
a Saltarín a excavar, dejaban al viejo gato tranquilo y solo en la celda.
Un día, cuando
Colmillos lo conducía hacia la enorme caverna situada detrás de las puertas de
Vastnir, Saltarín creyó ver a Cazarrabo. El gato que se asemejaba a su amigo
estaba en un gran grupo de esclavos y parecía dirigirse a uno de los túneles
exteriores. Saltarín le gritó con entusiasmo, pero, incluso si se trataba de
Cazarrabo, la distancia que los separaba era demasiado grande y el gato con la
estrella en la frente no se volvió. Colmillos castigó al gatito con un doloroso
manotazo en el hocico y lo obligó a excavar más tiempo del habitual.
Aquella noche, en
su celda, Saltarín pensó en la posibilidad de no volver a ver a Fritti jamás.
Ya había perdido a Sombra y no imaginaba una forma de escapar del montículo.
Hasta entonces,
había deseado con toda su alma que aquella experiencia no fuera más que un
sueño, una tenebrosa pesadilla. Pero por fin tuvo que admitir que tenía los
ojos bien abiertos: sabía dónde estaba y era consciente de que permanecería
allí el resto de su vida.
En cierto modo,
aquel pensamiento lo tranquilizó. Era como si una parte de su ser, oculta en el
fondo de su corazón, tuviera la libertad de correr bajo el cielo, dejando sólo
su cuerpo detrás.
Por primera vez
desde su encuentro con los Guardias de Garras, pudo descansar en paz.
A la sombra de los
árboles, en el límite de la Selva de las Ratas, bajo el sol débil y remoto de
la Hora de las Sombras Pequeñas en el cielo invernal, Sombra contempló el ancho
montículo situado en el valle sombrío.
Aunque ya estaba en
condiciones de viajar y la pata trasera casi no le dolía, había sentido la
necesidad de echar un último vistazo al origen de todas sus penas.
Vastnir parecía un
enorme ser vivo que esperaba, agazapado, el momento indicado para incorporarse
y atacar. Sombra sintió su latido en la boca del estómago y tuvo que contener
la sensación de náuseas. Lo único que deseaba era girarse y huir de allí. Sabía
que en algún lugar había bosques ajenos a aquel horror, bosques tupidos y
limpios. Por más que aquella plaga se extendiera, no podría llegar a todos los
sitios en el transcurso de su vida.
Sombra contempló el
odioso montículo durante toda la tarde y, cuando por fin llegó la oscuridad,
encontró un sitio donde descansar.
El amanecer la
sorprendió mirando pensativa hacia Vastnir una vez más.
22
Siento
que la naturaleza
me atrae: eres carne de mi carne,
hueso de mi hueso,
y nunca nos separaremos,
ni en la dicha, ni
en el dolor.
John Miltorn
En sus sueños,
Cazarrabo estaba en la cima de un alto pico de piedra, centenares de saltos por
encima del bosque brumoso. Oía los gritos de las criaturas que lo buscaban en
la neblina, vagos ecos de voces que la brisa transportaba hasta sus oídos.
Hacía frío y tenía la impresión de que había estado sobre aquella roca desde
siempre. Debajo, el helado mar verde del bosque se perdía en el infinito.
Aunque sabía que
estaba en peligro, Fritti no tenía miedo. Lo embargaba una sensación de
desolada resignación: sus perseguidores pronto registrarían todos los
escondites posibles en el bosque e inevitablemente volverían su atención al
pico de piedra. Los ojos ardientes revisarían la base y luego ascenderían hacia
la cima... Mientras contemplaba el remolino de niebla que confundía los límites
entre el cielo y la tierra, Fritti notó que había un extraño dibujo en la nube
de vapor; era un lazo extraño en forma de espiral. Con la rapidez y la
naturalidad características de los sueños, la nube se transformó en un gato
blanco que giraba y giraba en dirección a su refugio aéreo. Pero éste no era el
mismo gato que había visto en su alucinación. Cuando estuvo un poco más cerca,
Cazarrabo vio que se trataba de Ojos Brillantes, el Oel-var'iz de los
Caminantes Primigenios.
Suspendido en el
aire ante los ojos de Fritti, Ojos Brillantes cantó con voz aguda y vehemente:
«Hasta el garrin teme a algo..., hasta el garrin teme a algo...».
De repente, se
desató un viento furioso que disipó la bruma y ojos Brillantes se perdió en la
oscuridad. La brisa sopló entre los árboles y alrededor de la roca de
Cazarrabo. Fritti oyó los gritos de temor y desesperación de sus perseguidores,
que pronto dieron paso a la niebla envolvente, el rugido del viento y el sonido
de voces lejanas...
Cazarrabo despertó
sobre el suelo húmedo y caliente, rodeado de los adormecidos cautivos que
compartían su celda. Intentó aferrarse a los últimos vestigios de su sueño, que
se desvanecía como la escarcha bajo la luz del sol.
Pensó en Ojos
Brillantes. ¿Qué le había dicho el Oel-var'iz aquel día, tanto tiempo atrás,
cuando se despedían de Tembleque y los demás Caminantes?
«... Todos huyen
del oso... pero a veces el propio oso tiene pesadillas...» En su sueño, Ojos
Brillantes también había mencionado al garrin, el oso, pero ¿qué había querido
decir? Sin duda, no se refería a un verdadero garrin. «Todo el mundo huye del
oso...» ¿Se referiría a Comecorazones? Pesadillas... ¿Era posible que incluso
Comecorazones temiera a algo? Pero a qué?
La llegada de los
Guardias de Garras interrumpió sus reflexiones. Durante la confusión
subsiguiente -el reacio despertar de los gatos y el esforzado ascenso hacia la
salida para tomar un magro de sayuno-, Cazarrabo sucumbió a la dura realidad y
olvidó su sueño. Desde la llegada de Fritti al montículo de Vastnir, el ojo de
Meerclar se había abierto, cerrado y vuelto a abrir muchas veces en la
superficie. La brutal rutina, los duros castigos y el espeluznante ambiente
habían consumido casi toda su resistencia, y rara vez pensaba en sus amigos. Su
incapacidad para ayudarlos, e incluso para ayudarse a sí mismo, era tan
desoladora como la falta de libertad; esa impotencia era peor que hundirse en
el barro con sus compañeros de celda, disputarse gusanos o un sitio donde comer
y mantenerse alerta a la llegada de los Guardias de Garras o los de Dientes.
Era mejor no pensar, vivir el momento.
En una ocasión, un
rumor se extendió entre las filas de esclavos:
-¡Se acercan los
Guardias de Huesos!
Cuando las sombras
susurrantes surgieron de un túnel abandonado, la intensidad de la luz pareció
decrecer. Todos los cautivos se arrojaron al suelo, con los ojos cerrados, e
incluso los Guardias de Garras, con los pelos erizados, acusaron cierto
nerviosismo. Fritti se había propuesto permanecer de pie para enfrentarse a
aquel horror capaz de asustar a sus corpulentos captores, pero, cuando las
extrañas voces y el empalagoso y penetrante olor se acercaron a él, las patas
se le aflojaron y se vio forzado a inclinarse. No se atrevió a alzar la vista
hasta que los favoritos de Comecorazones se marcharon. Así, en las grandes y
las pequeñas cosas, el espíritu de Cazarrabo sucumbió al del montículo.
La gravedad de la
situación había vencido el natural ostracismo de los gatos, induciéndolos a
realizar pequeñas alianzas; pero las amistades eran sólo transitorias y
acababan con la primera disputa por comida o por un sitio donde echarse un
momento. Había pocas distracciones y ningún motivo de alegría.
Sin embargo,
durante una noche interminable, cuando los cautivos descansaban en su cueva
subterránea, alguien propuso que se contara un cuento. La audacia de esta
sugerencia hizo que varios prisioneros miraran con recelo a su alrededor,
convencidos de que los Guardias de Garras vendrían a privarlos de semejante
placer. Pero los Guardias no aparecieron, y la petición se repitió.
Entonces Oreja
Cortada, un viejo gato atigrado del Bosque de las Raíces, aceptó el reto.
Durante un largo instante se miró fijamente las patas y luego, tras un breve
vistazo a la entrada, comenzó a hablar:
-Hace mucho, mucho
tiempo, el señor Pies de Fuego se encontraba en la costa de Qu'cef, Agua
Grande. Había oído rumores de que los miembros de la Comunidad que vivían al
otro lado, descendientes lejanos de su primo, el príncipe Piedra Celeste,
disfrutaban de una tierra de gran belleza y abundante caza. Así, sentado en la
orilla de Agua Grande, Pies de Fuego se preguntaba cómo cruzar.
»Después de un
tiempo, llamó a Pfefirrit, un príncipe de los fla-fa’az que le debía un favor.
Pfefirrit, una garza de gran tamaño, descendió y planeó sobre su cabeza, aunque
no demasiado cerca del gran cazador.
»-¿Qué puedo hacer
por ti, oh sabio gato? -le preguntó. Pies de Fuego se lo dijo y el príncipe se
marchó.
»Cuando regresó, el
cielo se ocultó tras una inmensa nube de fla-fa’az de todos los tamaños y
colores. Bajo las órdenes de su príncipe, los pájaros se acercaron a Agua
Grande y batieron las alas, desatando un viento intenso y tan frío que el agua
se congeló.
»Así fue como
Tangaloor Pies de Fuego pudo cruzar andando al otro lado, precedido por los
pájaros que convertían el agua en hielo. Cuando por fin llegaron a la orilla,
Pfefirrit descendió y dijo: "Con esto pago mi deuda, señor de los
gatos", y se marchó de allí.
»Bueno, cu'nre-le,
varios días más tarde, el señor Pies de Fuego ya había explorado el campo y
había descubierto que, aunque el paisaje era hermoso, sus habitantes eran
extraños y algo tontos, muy aficionados a la charla, pero poco amigos de la
acción. De modo que resolvió volver a su tierra.
»Al llegar a
orillas de Agua Grande, vio que su superficie seguía dura y congelada y comenzó
a andar en dirección a casa. Pero Agua Grande no se llama así por un simple
capricho de cachorrillos y el trayecto era muy largo. Cuando estaba a mitad de
camino, el hielo comenzó a derretirse. Pies de Fuego corrió, pero el Qu’cef se
derritió bajo sus pies y nuestro señor se hundió en el agua helada.
»Nadó durante largo
tiempo en el agua terriblemente fría, pero su gran corazón nunca se daba por
vencido y siguió esforzándose para llegar a la orilla. De repente descubrió que
un enorme pez, con una aleta en la espalda y más colmillos que los Guardias de
Dientes, nadaba en círculos a su alrededor.
»-Bueno, bueno
-dijo el pez-. ¿Quién es esta presa tierna que he encontrado nadando en mi
territorio? Me pregunto si su sabor será tan apetitoso como su aspecto.
»Pies de Fuego se
había asustado mucho al ver el tamaño del pez, pero al oírlo hablar se llenó de
alegría, pues intuyó una forma de acabar con su problema.
»-¡Tengo muy buen
sabor! -afirmó el señor Tangalom-. Todos los gatos nadadores somos muy tiernos.
Pero sería una pena que me comieras.
»-¿Por qué?
-preguntó el inmenso pez.
»-Porque si me
devoras, nadie podrá enseñarte la luminosa cueva donde vive mi pueblo,
retozando en el agua todo el tiempo, y donde un pez grande como tú podría comer
y comer sin saciarse nunca.
»-Mmmm -repuso el
pez-. ¿Y si te perdono la vida me enseñarás dónde viven los gatos nadadores?
»-Por supuesto
-aseguró Pies de Fuego-, pero déjame subirme a tu lomo para ver mejor el
camino.
»Con esas palabras,
trepó a la espalda de aquel enorme pez y se dejó llevar. Cuando se acercaban a
la otra orilla, el pez quiso saber dónde estaba la cueva de los gatos
nadadores.
»-Un poco más
adelante, estoy seguro -respondió Pies de Fuego, y siguieron avanzando hasta
llegar muy cerca de la orilla-. Sólo un poco más cerca -insistió el señor
Tangaloor.
»Se aproximaron aún
más, hasta que hubo tan poca agua que el gigantesco pez no pudo seguir
adelante. Entonces el pez descubrió que estaba encallado en la arena y que
tampoco podía girar hacia atrás. Sólo atinó a rugir con furia mientras Pies de
Fuego saltaba y vadeaba el trecho que lo separaba de la orilla.
»-Gracias por el
viaje, señor pez -dijo-. La verdad es que nosotros, los gatos, solemos nadar
poco, pero nos gusta mucho comer. Ahora iré a buscar a algunos de mis
compañeros y cuando regresemos te comeremos a ti, como tú pensabas hacer con
nosotros.
»Y así lo hicieron.
Esa es la razón por la cual, desde entonces, ningún gato ha querido sumergirse
en el agua... y nos contentamos con comer los peces que podemos cazar sin
mojarnos.
Cuando Oreja
Cortada terminó su canción, todos los prisioneros rieron. Por un instante fue
como si las rocas y la tierra que los separaban del cielo se hubieran esfumado
y estuvieran cantando juntos bajo el ojo de Meerclar.
El montículo no
dormía nunca. El laberinto de túneles y cuevas estaba atestado de extrañas
criaturas y gritos silenciosos, como un enjambre de enloquecidos insectos. La
pálida luz de la tierra convertía los corredores principales y las cavernas en
un teatro de sombras chinescas, lleno de inquietos fantasmas. Fuera de allí,
los caminos eran tan oscuros como los espacios que separan los mundos; pero,
incluso en aquellos sitios tenebrosos y desolados, se movían sombras invisibles
y soplaban inexplicables vientos.
El montículo no
llevaba mucho tiempo bajo el ojo del sol. Apenas habían pasado media docena de
estaciones desde que el suelo agrietado del valle comenzó a elevarse, hinchado
como una rama de árbol germinada con huevos de avispas. A semejanza de una
herida, el montículo cubría en la superficie una conmoción más profunda:
kilómetros y kilómetros de túneles que atravesaban el suelo en todas las
direcciones, debajo de bosques, colinas y ríos, como una colosal telaraña
hueca.
En el centro de la
telaraña, debajo de la cúpula roma de Vastnir, la cruel y despiadada araña
examinaba los hilos. Pese a su cuerpo enorme, incapaz de cualquier movimiento,
registraba sus vastos dominios con la fuerza de su mente. El corrupto Grizraz
Comecorazones -hijo de Ojos Dorados y Danzacielos, confinado bajo tierra desde
que el mundo era cachorro- creía que se acercaba su hora de triunfo. Él era una
fuerza y, dada la decadencia en que se había sumido el mundo tras la
desaparición de los Primogénitos, era una fuerza con la que nadie podía
compararse. Aguardaba en el corazón de aquel montículo, mientras sus criaturas
se multiplicaban a su alrededor, extendiendo sus dominios. Los túneles también
se multiplicaban, horadando desde abajo la superficie del mundo. Pronto no
habría ningún sitio fuera de su alcance. La noche era suya: sus criaturas,
concebidas en las tinieblas de la tierra, gobernaban también la oscuridad del
exterior. Cuando hubiera acabado con los últimos hilos de su red, regiría
también las horas de luz. Sólo necesitaba tiempo, apenas un pequeño instante en
comparación con los siglos que había aguardado mientras urdía sus planes... y
se consumía interiormente. ¿Quién podría detenerlo ahora, tan cerca del último
ocaso?
Su familia y sus
semejantes habían desaparecido de la tierra sin dejar más rastro que los mitos
y las ceremonias de veneración. Él era el poder. ¿Quién podría oponérsele?
Su fría e
inexorable inteligencia sopesaba estos argumentos y los encontraba coherentes.
Aun así, no podía liberarse de una pequeñísima, casi insignificante dosis de
inquietud. Comecorazones volvió a proyectar su mente hacia el exterior,
buscando, bus-
cando...
Desde el amanecer,
Sombra caminaba de un extremo al otro de la rala hilera de árboles que se
alzaba en el límite de la Selva de las Ratas. Al oeste, sobre el vasto
territorio del valle, se erguía la ominosa silueta del montículo.
Las suaves patas
grises iban y volvían con pasos delicados. Sombra caminaba con cautela.
Mantenía la cabeza gacha, como si estuviera abstraída en profundas reflexiones
o tuviera que tomar una decisión importante, pero en realidad ya sabía lo que
iba a hacer. Cuando el sol, que incendiaba el aire frío y hacía brotar
resplandores diamantinos del suelo nevado, hubo pasado el meridiano y comenzó
el rápido descenso invernal, la fela gris detuvo sus pasos cautelosos y acercó
una oreja a la tierra. Permaneció inmóvil durante largos segundos, como si el
viento de las montañas la hubiera congelado desde los huesos al pelaje. Luego
sacudió la cabeza con suavidad, agachó el hocico, olfateó un instante y volvió
a apoyar la oreja en el suelo. Satisfecha, extendió una pata, golpeteó con
cuidado la superficie nevada y comenzó a cavar en el frío caparazón blanco de
la tierra dormida.
Una vez arrancada
la blanca corteza polvorienta, apoyó su peso sobre las patas traseras y comenzó
a excavar con frenesí. El suelo estaba casi congelado y le dolían las patas,
pero continuó sus rápidos movimientos, arrojando nubes de barro y guijarros detrás
de su cola.
Pasaban las horas y
Sombra temía haberse equivocado. La tierra era compacta y firme, pero, cuando
la mayor parte de su pequeño cuerpo estuvo enterrado, una de sus afanosas patas
se hundió en el vacío.
Una brisa fétida y
caliente brotó de la abertura y Sombra retrocedió sorprendida. Pero era lo que
buscaba, así que continuó excavando con expresión sombría. Poco después era
capaz de pasar la cabeza y los bigotes a través del hueco. Cuando logró meter
las patas delanteras, la asaltó una súbita sensación de pánico, pues se
encontró suspendida sobre la nada, balanceándose indefensa en el aire. Para
ella, el interior oscuro y desconocido del pozo era un abismo sin fondo. El
peso de su cuerpo hizo pasar las patas traseras a través del precario borde del
hoyo. Fue una caída breve, pues pronto se apoyó sobre el suelo de greda de un
túnel.
Echó un rápido
vistazo al hueco que se abría sobre su cabeza, que resplandecía con la luz del
sol poniente. Aunque no estaba lejos, parecía un agujero muy pequeño. No estaba
lejos, pero ya estaba detrás de ella.
Con la cabeza gacha
y los ojos verdes muy abiertos para aprovechar la más mínima luz de aquel mundo
oscuro e inhóspito, Sombra descendió despacio hacia las profundidades de la
tierra.
23
¿Temor a la muerte?
Sentir la niebla en
la garganta,
la bruma en la
cara.
Robert Browning
El desordenado
grupo de gatos avanzaba despacio hacia los túneles, cojeando a través de las
inmensas cámaras abovedadas de piedra. Cazarrabo buscó a Zarpazos entre el
turbulento océano de gatos desesperados. Por fin localizó al pequeño y delgado
gato al fondo de la procesión y disminuyó su ya lerdo paso hasta que Zarpazos
llegó junto a él.
-Hola, Cazarrabo
-saludó Zarpazos con una voz que era apenas un eco de su antigua alegría-.
Tienes mejor aspecto. ¿Cómo va ese hombro?
-Supongo que mejor
-repuso Fritti-, aunque creo que nunca llegará a sanar del todo -añadió
mientras hacía la prueba de levantar y sacudir la pata delantera.
-Bien -dijo
Zarpazos con voz cómplice-, tengo un mensaje del gato de las Catacumbas
Superiores. Dice que no ha visto a tus amigos, pero que mantendrá los ojos
abiertos.
Zarpazos le ofreció
una pequeña sonrisa que pretendía ser alentadora. En aquel momento atravesaban
una de las grandes puertas y tuvieron que bajar la voz hasta convertirla en un
murmullo. Se acercaban a los túneles, donde las palabras retumbaban y atraían
una atención que ninguno de los dos deseaba.
-Gracias por
intentarlo, Zarpazos -agradeció Fritti-. ¿Cómo se encontraba Trancos esta
mañana?
El delegado del
Muro de la Asamblea se había negado a levantarse los dos últimos días y, como
consecuencia, no había comido.
-Me temo que mal.
Está todo el día tendido en el mismo sitio y dice que si se levanta perderá su
nombre de rabo.
Caminaron en
silencio en medio de los extenuados gatos de ojos ausentes. Los corpulentos
Guardias de Garras caminaban a los costados de la descorazonada procesión, y
sólo de vez en cuando se ponían al frente para apresurar o amenazar a los
gatos.
-Trancos morirá
pronto -dijo Cazarrabo.
En el mundo
exterior, se habría sorprendido de oír decir eso a alguien con semejante calma
en la voz.
-Ya no tiene
fuerzas para vivir -asintió Zarpazos-. Sólo le queda su nombre de rabo...
Desde una cueva
horadada en el muro de piedra, encima de la Puerta Principal, Sombra
contemplaba la vida sepulcral del montículo. Atontada por el esfuerzo de luchar
contra sus propios instintos, cansada y asustada, había descendido hacia el
palpitante centro del montículo.
Al llegar al
abrupto final del túnel, en un muro de la cámara de la Puerta Principal, había
tenido una súbita visión del mal, del os. Mientras caminaba con paso vacilante
encima de la caverna, aquella visión la había conmovido como un golpe físico:
los guardias deformes, los prisioneros enfermos y moribundos, las extrañas
luces y el sofocante calor del aire.
Incapaz de respirar
por un instante, se tambaleó sobre el borde de la cueva y su cuerpo tembloroso
se desplomó en el suelo sombrío.
Mucho más atrás,
cerca de la superficie, la pálida y arrugada nariz de un ciego Guardia de
Dientes había detectado algo extraño: un túnel no autorizado hacia el mundo
exterior. La excavación era reciente.
Como es natural,
los intentos de fuga eran frecuentes, aunque invariablemente fallidos. Sin
embargo, aquello parecía diferente. Los aguzados orificios nasales de la
lampiña criatura que había descubierto el agujero percibieron un hecho curioso:
alguien había intentado entrar, no salir...
Más tarde, en algún
lugar de las profundidades de Vastnir, una figura surgió de un oscuro hueco y
penetró en otro aún más oscuro. El calor y las corrientes de aire guiaban a la
criatura hacia su destino.
-¡Ssseñor Iracundo!
-llamó.
-Pellejosss
-respondió otra voz después de una pausa-, odio entretenerme con tu molesssta
presssencia. Creo que acabaré matándote.
Pese a la
oscuridad, la inquietud de la otra criatura pareció palpable.
-Por favor,
ssseñor. No cometasss una locura. ¡Te traigo noticiasss importantesss!
Se hizo otro largo
silencio, y Pellejos pudo oler a Iracundo acercándose, con la misma claridad
que un miembro de la Comunidad veía algo a plena luz del día. Tuvo que reprimir
sus deseos de huir.
-¿Qué puede decirme
de interesssante un babossso como tú?
El tono de Iracundo
amenazaba a su interlocutor con una muerte dolorosa e inminente, pero Pellejos
reconoció su oportunidad de intervenir:
-Sssólo esssto,
magnífico ssseñor, sssólo esssto: ¡alguien ha penetrado en Vassstnir! ¡Alguien
procedente del mundo del sssol! ¡He encontrado el sssitio por donde ha entrado,
encima de la Puerta Principal!
Iracundo se acercó
hasta que el calor de su aliento envolvió a su temeroso subordinado.
-¿Y por qué creesss
que essso debería importarme? -exclamó con disgusto el jefe de la Guardia de
Dientes. Sin embargo, en su voz había un leve deje dubitativo-. Sssupongo que
ssse lo habrásss contado a toda criatura que camina, ssse arrassstra o excava en
las Catacumbasss Inferioresss, ¿verdad?
-No, gran
ssseñor-gimió Pellejos. Estaba convencido de haber acertado al acudir a su amo
y eso lo llenaba de satisfacción-. He venido directamente a decírtelo a ti.
-Ve a bussscar a
Hocico Ossscuro. ¿Estásss ssseguro de que ssse trata de un túnel de entrada?
Sssi pretendesss engañarme...
-¡Oh, no! -se
apresuró a responder Pellejos, con la voz estrangulada de terror-. Essstoy
ssseguro, mi ssseñor, absssolutamente ssseguro.
-Entoncesss iré a
ver a Bassst-Imret -declaró Iracundo con voz fría y satisfecha.
-¿Vasss a llamar a
la Guardia de Huesssosss? -se amedrentó Pellejos.
Iracundo hizo
rechinar los dientes y la sangre manó de su piel lampiña.
-¡Imbécil! No
deberíasss atreverte a ressspirar en mi presssencia. Aléjate de mi olfato,
asssquerossso babossso. ¡Trae a Hocico Ossscuro y luego essscóndete debajo de
una piedra, hasssta que yo me olvide de que exissstesss!
Pellejos se perdió
presuroso en la oscuridad mientras Iracundo se lamía las desnudas patas.
Cuando regresaba de
las excavaciones con los demás esclavos, el exhausto Cazarrabo alzó la vista y
se encontró con la tenebrosa silueta de Desgarros, que caminaba junto a él con
una sonrisa cruel en sus delgados labios negros.
-Nre-fa'o, cara de
estrella -saludó el Guardia de Garras con tono burlón-. ¿Cómo te va en tu nuevo
hogar?
Cazarrabo continuó
su camino sin responder, pero Desgarros no pareció ofendido.
-Todavía te queda
el orgullo, ¿eh? Bueno, ya nos ocuparemos de eso. No te he olvidado, te lo
aseguro.
Desgarros se detuvo
un momento a estirarse y su vientre moteado rozó el suelo de la caverna. Cuando
terminó, volvió a aproximarse a Fritti con paso tranquilo.
-Ya tendremos
tiempo de charlar más tarde -dijo con voz ronca-. Sólo pasaba para asegurarme
de que sigues haciendo tus ejercicios diarios. No querrás convertirte en un
gordo perezoso, ¿verdad, pequeña babosa? -Desgarros observó con atención la
postura impasible de Cazarrabo y continuó en voz más baja-. Algo está
ocurriendo. Las pequeñas salamandras ciegas de Iracundo corren de un sitio a
otro como si alguien hubiera prendido fuego a sus horribles rabos. Sólo quería
que supieras que seguiré vigilándote, ocurra lo que ocurra. No sé por qué, pero
sospecho que tú estás envuelto en este asunto. No finjas que eres inocente y
recuerda esto: voy a averiguarlo todo sobre ti. Voy a descubrir tu secreto.
-Desgarros se volvió-. Buena danza, pequeño gusano de sol -añadió mientras se
alejaba.
Fritti oyó el eco
decreciente de sus ruidosas pisadas con la vista fija en el suelo. Se
preguntaba de qué lo acusarían la próxima vez.
Saltarín soñaba
despierto en el interior de su cueva, con la sola compañía del inconsciente
Comebichos. Aunque tenía los ojos cerrados, veía las cosas con la misma
claridad que en el mundo exterior.
Se veía a sí mismo
cruzando el vado de Salto Estrecho, con el susurrante y turbulento Maullido
bajo sus pies. Desde su ventajosa posición en lo alto de una roca, podía
contemplar la silueta ancha y tétrica del montículo. De repente aparecía un
orificio en un costado y una hilera de figuras salía del interior. Se movían en
una extraña danza, rebosantes de malicia y perversas intenciones.
Saltarín oyó un
penetrante sonido de trompetas, como si el sol hubiera hallado su voz. Entonces
las oscuras figuras se separaron, huyeron desordenadamente, se desplomaron
sobre el suelo y se hundieron en el interior de la tierra. El susurro del
Maullido se volvió más fuerte y una gran criatura blanca de contornos brumosos
e imprecisos surgió de entre las aguas y caminó sobre el valle. Allí donde
habían caído y desaparecido las figuras oscuras, brotaron árboles y flores en
toda su plenitud. Luego la figura blanca se dirigió hacia el montículo, lo tocó
y la enorme montaña de piedras se abrió como una gran rosa negra con los
pétalos teñidos con los colores del crepúsculo. En medio de aquel brillante
resplandor, la figura blanca comenzó a desvanecerse... No, no se desvaneció; se
transformó en bruma y se elevó en el aire.
Inundado por una
sensación de paz, como si él también se hubiera elevado con la bruma del sueño,
Saltarín tardó en darse cuenta de que alguien lo sacudía. Por fin abrió los
ojos de mala gana y vio la cara huesuda y hosca de Colmillos, con una mueca de
dis-
gusto en la boca.
-¡Oh, tú también
no! Ya teníamos bastante con el otro -dijo el Guardia señalando a Comebichos-.
Despierta. Deja que te eche un vistazo.
Colmillos sometió a
Saltarín a una rápida inspección desde la cabeza hasta la punta del rabo. Luego
miró por encima de su hombro y se volvió hacia el jovencito con expresión de
amargura.
-Desgarros quiere
que te vigile. El montículo está alborotado porque ha entrado alguien que no
debería estar aquí. Compadezco a ese estúpido me mre. ¡Ya verá cuando le ponga
las garras encima!
Colmillos se
acomodó en el suelo de la cueva con una expresión de primitivo placer por el
probable destino del intruso. Saltarín cerró otra vez los ojos, pero no logró
volver a su inspirado sueño. Entonces oyó las pisadas de numerosas criaturas en
los túneles próximos a su celda.
Cazarrabo miró a
Zarpazos con perplejidad.
-¿Qué? -preguntó,
atontado.
-Uno de los gatos
nuevos quiere hablar contigo. No me preguntes por qué -dijo Zarpazos mientras
sacudía la cabeza-. Allí, junto a la entrada del túnel.
Zarpazos volvió a
su lecho. Al estirarse, Fritti sintió un dolor en el hombro y una ligera
molestia de hambre en el estómago. Con todo el cuidado que le permitían sus
cansadas patas, se abrió paso entre los gatos soñolientos y quejumbrosos. En el
otro extremo de la celda, acurrucado junto a la entrada del túnel, había un
pequeño gato gris. Mientras Fritti se aproximaba, creyó oír una conmoción en
las plantas superiores. El gatito parecía estar temblando.
-NreFa-o-le dijo al
recién llegado con voz débil y cortés-. Soy Cazarrabo y me han dicho que...
El joven cazador se
interrumpió en mitad de la frase, con los bigotes crispados. Pese a la casi
total oscuridad, aquel gato le parecía muy familiar.
-¡Sombra! -exclamó
confundido.
¿Habría estado allí
todo el tiempo, trabajando en el montículo? ¿Era realmente ella?
-¡Calla! -chistó la
fela.
Todavía incrédulo,
Cazarrabo se inclinó hacia delante para olfatearle el hocico y los flancos.
¡Sombra! Mientras la olía con expresión ausente, ella le asestó un manotazo en
la nariz. Fritti se incorporó como un gatito avergonzado y miró preocupado de
un lado a otro. Ninguno de los demás prisioneros les prestaba la menor
atención. Aun así, Cazarrabo se aproximó tanto que sus bigotes rozaron los de
Sombra y comenzó a lamerla con frenesí.
-¿Cómo has llegado
aquí? -preguntó en un susurro, con la lengua llena de pelos.
-Excavé un hoyo en
uno de los túneles.
Aunque Sombra no
había perdido su habitual compostura, le temblaban los flancos.
«Debe de haber sido
terrible para ella -pensó Fritti-, perdida en este lugar, buscando a un gato
entre semejante multitud.»
-¡Por Meerclar!
¿Cómo me has encontrado? -preguntó él sin dejar de lavarla.
-¿Qué dices? ¿Que
cómo te he encontrado? No lo sé, Cazarrabo. Sólo sabía que debía hacerlo. No
puedo explicártelo..., ni siquiera puedo pensar... ¿Quieres parar de una vez?
-se enfadó ella, y él dejó de lamerle el pelaje de inmediato-. ¡No tenemos
tiempo para estas cosas! ¡Tenemos que salir de aquí! Creo que me buscan.
Sombra se incorporó
y sus piernas temblaron un poco. Cazarrabo no dijo nada, pero también se puso
de pie.
-No podemos irnos
sin Saltarín -señaló.
Entonces, de forma
súbita e inesperada, recordó a Pata Suave, el motivo de su búsqueda, la razón
por la que había abandonado el muro de la Asamblea tanto tiempo antes. ¿Era
posible que ella también se encontrara allí? ¿Seguiría viva? Pensó en el
espeluznante trono de Comecorazones y no pudo evitar sentirse pequeño e
indefenso.
-¿Sabes dónde lo
tienen? -preguntó Sombra.
Cazarrabo se volvió
a mirarla. Era evidente que estaba extenuada y él no se encontraba mucho mejor.
-¿Saltarín? -dijo-.
No. No lo he visto desde que nos separaron -añadió mientras miraba con
aprensión hacia la entrada del túnel.
-Me temo que no
tenemos tiempo para buscarlo -declaró la fela gris con calma-. Tendremos suerte
si podemos salir solos -observó dirigiéndose hacia la abertura.
-¡No podemos
abandonarlo! -exclamó Cazarrabo, horrorizado-. Yo lo traje aquí y es sólo un
cachorrillo.
Sombra miró hacia
atrás por encima de su hombro y gruñó:
-¡Cazarrabo! ¡No
seas estúpido! Podríamos tardar días en encontrarlo. Tenemos que salir y avisar
a la Comunidad del Primer Hogar, de lo contrario será demasiado tarde para
todos. Lo beneficiaremos más si traemos ayuda que si nos pillan buscándolo y
nos matan. Tenemos que avisar a Saltavallas y los demás. ¡Vamos!
Fritti intentó
hacer una objeción, pero sabía que sería incapaz de explicar la verdad sobre
Comecorazones, los Guardias de Dientes o los kilómetros y kilómetros de túneles
atestados de miserables esclavos.
De todos modos,
Sombra se negaría a escucharlo. La fela ya se escabullía por el túnel inclinado
hacia la tenue luz parpadeante y el sonido de voces furiosas. Fritti la siguió.
El montículo bullía
de actividad. Los Guardias de Garras se reunían en grupos, conferenciaban con
roncos gruñidos, y luego se separaban para dirigirse hacia los túneles o
precipitarse en las celdas. Cuando Cazarrabo y Sombra llegaron al pasillo
principal, los Guardias de Garras se habían congregado en la caverna contigua a
la que acababan de abandonar. En el túnel donde se encontraban retumbaban
gruñidos de furia y débiles gemidos de dolor. Los dos gatos comenzaron a correr
muy cerca de los muros, amparándose en las sombras.
Después de pasar
junto a varias celdas, encontraron un túnel oscuro y mohoso que parecía
abandonado y corrieron hacia el interior. El bullicio se apagó un poco y los
gatos se detuvieron para que Sombra pudiera orientarse. Con los ojos cerrados,
la gata se dejó guiar por su instinto, y rastreó en su memoria el hoyo por
donde había entrado. Después de un momento de deliberación, condujo a su amigo
hacia el interior del túnel.
Manteniéndose
apartados de los pasajes transitados, y aprovechando túneles y cuevas
inacabados o en desuso, ascendieron en círculos hacia la superficie, en busca
de la salida.
En varias ocasiones
estuvieron a punto de pillarlos. Una vez, al oír ruidos de pisadas, se vieron
obligados a meterse dentro de un túnel muy bajo e inconcluso, donde
permanecieron paralizados por el terror, conteniendo el aliento, mientras los
Guardias discutían si valía la pena revisar aquel túnel. Cuando las bestias
decidieron seguir su camino, Fritti tuvo dificultades para volver a respirar
con normalidad.
Por fin comenzaron
el último y abrupto ascenso hacia el hueco de Sombra, aunque, al girar en una
esquina, descubrieron que el último túnel estaba completamente oscuro. Mientras
avanzaban despacio, vislumbraron el suave resplandor de las estrellas: ¡la salida
estaba en el otro extremo del pasadizo! Hacía tanto tiempo que Fritti no veía
el cielo, que sintió una enorme emoción. Pese al calor opresivo y húmedo del
montículo, una brisa fría le hizo arquear la espalda y curvar la cola.
Cazarrabo saltó hacia delante rebosante de alegría. Por un instante creyó
sentir la hierba bajo sus pies y el viento fresco en su pelaje. Entonces oyó
que Sombra lo llamaba con voz suave y apremiante, pero no le prestó atención.
De repente, la luz
de las estrellas desapareció y en ese mismo momento alguien lo cogió,
pillándolo por sorpresa. El susurro de advertencia de Sombra se convirtió en un
aullido de terror. Alguien estaba encima de él, alguien capaz de morder con
ferocidad.
-¡Hocico Ossscuro!
¡No permitasss que essscape el otro! -exclamó una voz en la oscuridad, y Fritti
volvió a oír los gritos de Sombra.
La bestia que
estaba encima de él buscaba su garganta con los dientes afilados. Se debatió
con frenesí, intentando escapar, y sintió una piel sin pelos escurrirse entre
sus garras. ¡Los Guardias de Dientes! Luchó por desasirse de las garras
enemigas y por el tiempo de un latido logró hincar los dientes en la carne del
agresor. Su acción fue premiada con un sibilante aullido de dolor. Fritti alzó
las patas traseras y asestó un golpe en el estómago de su enemigo que lo dejó
sin aire. Aprovechó ese instante de sorpresa para liberarse y corrió hacia el
sitio donde había oído gritar a Sombra. Sus ojos comenzaban a adaptarse a la
profunda oscuridad, y vio otra figura detrás de él justo a tiempo para evitar
lo peor de un golpe, que pese a todo lo hizo girar en el aire. Fritti cayó
sobre el cuerpo acurrucado de Sombra.
-¡Panza Rajada,
ayuda a Hocico Ossscuro con losss prisssionerosss!
Fritti no pudo
identificar al dueño de aquella voz, cuyo cuerpo largo y lampiño estaba
acurrucado debajo del hoyo por el que debían haberse fugado. La bestia inclinó
su cabeza sin ojos en un gesto de aprobacion.
-Asssí esss -dijo-.
Tal como esssperábamosss, habéisss regresssado a la entrada. Muy bien. Ya que
essstáisss tan interesssadosss en viajar, osss llevaremosss a recorrer
nuessstrosss dominiosss. ¿Osss parece bien?
Las otras dos
figuras oscuras flanquearon a Sombra y a Cazarrabo, y una de ellas dijo:
-¿Por qué no losss
matamosss aquí, ssseñor Iracundo?
El jefe de la
Guardia de Dientes dejó la respuesta suspendida un momento en el aire oscuro y
húmedo.
-Ya deberíasss
sssaber que no eresss quién para interrogarme, Panza Rajada, sssobre todo
dessspuésss de haberte mossstrado tan ineficaz. Essstasss criaturasss nosss han
causssado muchosss problemasss y tendremosss que trabajar duro con ellasss para
obtener una recompensssa. Vivirán un poco másss porque quiero averiguar
ciertasss cosssasss. Sssin embargo, tú ya no me sssirvesss de nada.
¿Entiendesss lo que quiero decir?
Cuando Panza Rajada
intentaba superar su pánico para articular una respuesta, una figura oscura
salió del túnel detrás de Sombra y Cazarrabo, y arrojó a los dos Guardias de
Dientes al suelo como si fueran simples ramitas. Sin esperar a descubrir la
identidad de su misterioso benefactor, Fritti y la fela se incorporaron de un
salto y corrieron túnel arriba. A sus espaldas, se oían gritos y gruñidos de
una feroz batalla, pero la voz enloquecida de Iracundo se elevaba por encima
del bullicio:
-¡Detenedlosss!
¡Detenedlosss!
Mientras Fritú y
Sombra huían entre los oscuros pasadizos exteriores, el tiempo se dilató hasta
convertirse en un momento único y eterno. Debían alejarse de los Guardias de
Dientes, del hueco por donde había entrado Sombra, de todo... No podían pensar
en otra cosa. Cazarrabo sangraba por nuevas heridas y el hombro le latía y
ardía a cada paso.
Se internaron en la
más absoluta oscuridad, dejándose guiar por sus bigotes y su aguzado oído.
Aquellos túneles carecían de la tierra luminosa que alumbraba al resto de
Vastnir. Tropezaron varías veces con piedras y raíces y en más de una ocasión
chocaron contra muros de tierra, pero de inmediato se levantaban y volvían a
correr.
Con el tiempo
tuvieron que aflojar la marcha. Habían pasado junto a innumerables túneles
laterales y estaban completamente perdidos.
-¡Nos quedaremos
atrapados aquí para siempre! -jadeó Sombra, caminando con largos pasos.
-Si mantenemos el
hombro izquierdo hacia el muro y continuamos girando hacia el exterior,
acabaremos por encontrar una de las salidas... Al menos, eso espero -susurró
Cazarrabo-. Además, no se me ocurre otra idea.
Desde los agujeros
y túneles laterales, llegaban suaves ecos distantes. Algunos eran los ruidos
lejanos de Vastnir, procedentes de las cámaras principales, pero otros eran más
difíciles de identificar: gemidos, murmullos o incluso, en una ocasión, el sonido
de algo grande y pesado cayendo en un profundo pozo. Sombra y Cazarrabo
caminaron con cuidado alrededor del pozo, pero no hablaron del ruido procedente
de sus entrañas, como si hubieran llegado a un mudo acuerdo. Siguieron girando
hacia el exterior, mientras los ruidos del montículo se volvían más lejanos a
cada paso.
El aire estaba
refrescando y, cuando Fritti hizo un comentario al respecto, Sombra respondió
que se acercaban a la superficie, dejando atrás el calor antinatural de
Vastnir. Sin embargo, aquél no parecía el frío del invierno. Era penetrante,
pero también húmedo y pegajoso, como si estuvieran entrando en una nube de
niebla. En el hueco por donde había entrado Sombra, el aire no era igual. Aun
así, Fritti no quería discutir y se guardó sus objeciones.
Mientras descendían
por el camino que sus orejas y bigotes identificaban como un pasadizo ancho, de
techo alto, Cazarrabo oyó un ruido diferente. Era un ruido muy lejano, como de
suaves pisadas. Fritti advirtió a Sombra con un murmullo y ambos aflojaron la
marcha y aguzaron los oídos. Si se trataba de pisadas, debían de estar muy
lejos, pues eran casi inaudibles. Los dos gatos apresuraron un poco el paso.
De repente, el
pasadizo se estrechó de forma inesperada y se encontraron en un túnel tan bajo
que Fritti se golpeó la frente con el techo. El túnel giraba, descendía y
volvía a subir, como si hubiera sido construido alrededor de enormes rocas u
otro tipo de obstáculos gigantescos. Fritti y Sombra se acurrucaron contra el
suelo y comenzaron a arrastrarse muy despacio. Por fin, el túnel se abrió en
otra amplia caverna de esmerado diseño.
Habían avanzado
varios pasos cuando Cazarrabo reparó en la diferencia.
-¡Sombra! -dijo-.
¡Hay luz!
Era verdad, aunque
sólo era posible percibirla en contraste con la profunda oscuridad que acababan
de dejar a sus espaldas. El suave e indirecto resplandor procedía del otro lado
de una esquina, al final del enorme pasillo, y era distinto del que irradiaba
la tierra.
-¡Creo que estamos
cerca de la salida! -exclamó Sombra, y por un instante Fritti creyó ver un
destello de esperanza en sus ojos. Aceleraron un poco el paso y luego echaron a
correr. Por fin podían distinguir obstáculos como rocas o enormes raíces de
árboles, que se alzaban amenazantes como sombras oscuras bajo el suave rayo de
luz que alumbraba su camino desde el fondo del amplio pasillo. El aire seguía
fresco, aunque más seco, y había polvo por todas partes.
Fritti se había
adelantado a Sombra, que de repente retrocedió, gritando:
-¡Cazarrabo! ¡Huele
a podrido!
De improviso, una
de las figuras negras que los rodeaban se levantó, y ese simple movimiento
llenó el aire de un olor penetrante y nauseabundo. Sombra articuló un grito
extraño y estrangulado, y Fritti se detuvo.
Los dos gatos
permanecieron inmóviles, paralizados. Entonces la figura sombría habló con una
voz seca, similar al sonido que producen dos ramas secas al rozarse.
-No pasaréis -dijo
de forma casi inaudible, como si hablara desde muy lejos-. Ahora pertenecéis a
la Guardia de Huesos.
-¡No! -gritó otra
voz.
Incrédulo,
paralizado por un extraño y profundo horror, Cazarrabo vio los ojos hundidos y
la cara deforme de Desgarros detrás de Sombra. La fela gris, abrumada, se dejó
caer en su sitio y agachó la cabeza.
-Yo los libré de
Iracundo y sus Guardias de Dientes. ¡Estos dos son míos! -gruñó Desgarros,
aunque sin acercarse demasiado.
-Tú no tienes
ningún derecho -susurró la extraña voz jadeante-. Nadie puede interferir con
Bast-Imret. Yo elijo las presas del Señor Supremo.
El Guardia de
Huesos se movió, balanceándose un poco con un ruido correoso y envolvente. El
jefe de la Guardia de Garras se acobardó y retrocedió como si lo hubieran
herido.
-Llévate a la fela,
si quieres -continuó Bast-Imret-. A nosotros sólo nos interesa el otro. Ahora
vete. Estás pisando un terreno peligroso.
Desgarros,
sollozando a causa de un daño invisible, saltó hacia delante y cogió a la
resignada Sombra del pescuezo. Luego se giró y desapareció en el oscuro y
engañoso túnel. Fritti quiso llamar a Sombra, pero fue incapaz de hablar. Sus
músculos hormigueaban con el infructuoso esfuerzo que hacía para correr.
Bast-Imret se
volvió. Tenía forma de gato pero su cuerpo estaba sumido en una persistente
oscuridad, incluso cuando se enfrentaba al resplandor que Cazarrabo tenía a su
espalda. Fritti era incapaz de mirarlo a la cara, de contemplar los puntos
oscuros que debían de ser sus ojos. Con la cabeza girada hacia un lado, luchaba
por andar, y por un momento estuvo a punto de conseguirlo. Sus piernas parecían
de agua, pero logró darse la vuelta y arrastrarse con agónico esfuerzo en
dirección opuesta al Guardia de Huesos.
-Es imposible
escapar -susurró el viento.
«No -pensó Fritti-.
No es el viento. ¡Corre, tonto!»
-Es imposible
escapar -repitió el viento, y Fritti sintió que lo abandonaban las fuerzas.
«No es el viento.
Debo huir, huir, huir...»
-Ahora ven conmigo.
-No era el viento; él lo sabía y continuó arrastrándose-. Te llevaré a la casa
de la Guardia de Huesos -dijo la voz monótona de Bast-Imret en la oscuridad-.
Allí las gaitas suenan siempre en la penumbra y los seres sin cara y sin nombre
cantan en los rincones más profundos. No hay posibilidad de escapar. Mis
hermanos nos esperan. Vamos.
Fritti apenas podía
respirar. El olor a polvo, especias y tierra lo mareaba..., lo inundaba...
-Danzamos en la
oscuridad -recitó Bast-Imret, y Fritti sintió que sus músculos se paralizaban-.
Danzamos en la oscuridad y escuchamos la música del silencio. Nuestra casa es
profunda y silenciosa. La tierra es nuestro lecho...
La luz parecía más
potente. Al advertir que casi había logrado llegar a la curva del túnel,
Cazarrabo parpadeó atontado. De repente, la figura oscura de Bast-Imret estaba
ante él, cerrándole el paso. El Guardia de Huesos parecía despedir un aire
seco, venenoso, sofocante. Cazarrabo se dejó caer al suelo, incapaz incluso de
arrastrarse. Aquella criatura se alzaba sobre él y su voz distante canturreaba
palabras en un lenguaje desconocido.
El terror se
apoderó de Fritti y de algún modo le dio las fuerzas necesarias para saltar
hacia delante. Al atacar, sintió la textura arenosa de la piel de su enemigo
cediendo a su zarpazo. Bast-Imret se contrajo con un gemido similar al crujido
de una rama y quiso atrapar a Fritti, pero el joven gato, al límite de sus
fuerzas, intentó abrirse paso hacia la luz del final del pasillo. Luchaba por
llegar allí y acceder a la libertad que ese resplandor representaba.
Pero el Guardia de
Huesos estaba sobre él otra vez. El polvo sofocante y el empalagoso olor los
envolvían como una sombra en la oscuridad. Fritti sintió que las patas del
Guardia de Huesos -delgadas pero fuertes, como esas raíces de árboles capaces
de horadar la roca- se cerraban alrededor de su cuello. Con un último grito de
repulsión, Cazarrabo se debatió para escapar.
Mientras intentaba
librarse de las garras de aquella criatura, oyó un gemido horrible y
desgarrador, y advirtió que tenía grandes mechones de pelo y trozos de piel
adheridos a los dientes y las uñas. Se tambaleó hacia la luz y por un instante
vislumbró unos huesos viejos y marrones y el sonriente cráneo de Bast-Imret.
Al ascender por la
pequeña cuesta sintió un dolor ardiente y pulsátil en la frente, entre los
ojos. Cuando llegó debajo del círculo azul acerado del cielo, se volvió a
contemplar a la horrible bestia.
Estaba entre las
sombras, en la base del túnel, y abría y cerraba muy despacio su boca
esquelética:
-Te recordaré hasta
que mueran las estrellas... -maldijo la voz distante e inexpresiva.
La frente de Fritti
volvió a arder, pero pronto se enfrió.
Cazarrabo hizo un
último esfuerzo para salir del agujero. Fuera, la luz era tan brillante que una
serie de puntitos luminosos danzaban ante sus ojos. Tambaleante, casi incapaz
de andar, comenzó a alejarse del agujero... y de Vastnir.
El mundo era
blanco, totalmente blanco; pero de repente todo se volvió negro.
TERCERA PARTE
24
¡Oh, sueño mágico!
¡Oh, pájaro sereno
que te ciernes
sobre el turbulento mar de la mente
hasta que enmudece
y se calma!
John Keats
El dolor y el
cansancio batallaban bajo la piel de Cazarrabo. En lo alto del cielo, se alzaba
la impasible y ardiente piedra del sol. El mundo estaba cubierto de nieve; los
árboles, las rocas y la tierra permanecían ocultos bajo un manto blanco y
uniforme. Pequeñas punzadas de frío dolor se hundían en los pies de Fritti
mientras avanzaba tambaleante hacia la Selva de las Ratas.
Tras recobrar el
conocimiento, había caminado a ciegas, con la única intención de alejarse del
montículo. Sabía que debía encontrar un sitio donde refugiarse antes del
Despliegue de la oscuridad, cuando aquellas espeluznantes criaturas saldrían de
sus túneles a buscarlo... A sus espaldas, la nieve estaba salpicada de
manchitas rojas.
A última hora de la
tarde, Fritti seguía huyendo desesperado y sin rumbo. Sus fuerzas lo
abandonaban con rapidez. No había comido nada desde la mañana del día anterior
y aquella ración, como todas las que recibían en el túnel de esclavos, era
apenas suficiente para sobrevivir.
Cazarrabo había
logrado internarse en la espesura del bosque. Columnas de árboles sostenían el
techo del bosque y el suelo estaba cubierto de hielo. La fatiga y el resplandor
le hacían escocer los ojos, llenándolos de lágrimas, y de vez en cuando creía ver
movimientos. Entonces se detenía, se acurrucaba contra la fría nieve con el
corazón desbocado... pero nunca aparecía nadie. El mundo estaba desierto.
Por lo visto,
aquellas horrorosas criaturas habían desterrado la vida del viejo bosque, y la
Selva de las Ratas no emitía ningún sonido; parecía limitarse a escuchar en
silencio el crujido de sus pasos y observar inmóvil sus esfuerzos, sin hacer el
menor movimiento.
Aunque a medida que
pasaba el día el dolor en su hocico, orejas y patas desaparecía para dejar paso
a una sorprendente sensación de entumecimiento, en ningún momento logró
liberarse de la ilusión que le hacía ver movimientos en la quietud. Fritti
creía distinguir figuras furtivas y sombrías, pero, cada vez que giraba la
cabeza, sólo se encontraba con árboles cubiertos de nieve.
Comenzaba a
preguntarse si se estaría volviendo loco como el viejo Comebichos, cuando en
una de sus súbitas miradas captó el resplandor de un ojo. El brillo desapareció
de inmediato detrás de las ramas de un árbol, pero esta vez no le cabía la
menor duda de que se trataba de un ojo.
Cuando un minuto
después un fugaz movimiento periférico captó su atención, no se giró, sino que
lo observó por el rabillo del ojo con disimulo. Su cansancio era tal, que ni
siquiera consideró la posibilidad de que se tratara de un enemigo al acecho.
Como un cachorrillo que ante una rama colgante primero se muestra tímido e
indiferente y luego salta a matar, sólo podía pensar en el objeto que se movía:
en cazarlo y acabar con el juego.
Las manchas de
color carmesí que salpicaban el suelo nevado comenzaban a espaciarse cada vez
más. Con la cabeza gacha, Fritti vislumbró algo rápido y oscuro que se movía
entre los árboles a su derecha. Fingiendo desinterés, desvió sus pasos hacia
esa dirección de forma casi imperceptible, hasta que estuvo a apenas un salto
del borde de los árboles.
Entonces percibió
otro movimiento un poco más adelante, y tuvo que contenerse para no saltar
hacia allí.
«¡Con cuidado! ¡Con
cuidado!», se dijo.
Se detuvo un
momento, se acurrucó y comenzó a lamerse las heridas de una pata, con los
músculos tensos, haciendo caso omiso de las punzadas de dolor, esperando otro
movimiento... ¡Allí! Fritti saltó tambaleante; se estrelló contra un arbusto y
agitó las patas en el aire. Alguien había caído de las ramas inferiores y ahora
corría delante de él. Hizo otro esfuerzo y volvió a saltar.
En cuanto sus patas
tocaron algo sólido, chocó de cabeza contra el tronco de un árbol y rodó
atontado hacia un costado. Un ser pequeño y caliente luchaba por liberarse de
sus garras. Fritti lo sujetó con una pata, se levantó y sacudió la cabeza. No
estaba herido, sino cansado, muy cansado...
Por primera vez
miró a su presa con ojos vidriosos. Era una ardilla con los ojos desorbitados
de terror y una mueca que dejaba al descubierto sus largos y afilados dientes.
«Rikchikchik
-pensó-. ocurre algo con los rikchikchik. ¿Acaso tienen mal sabor? ¿Son
venenosos? -Sentía como si su cabeza estuviera enterrada en la nieve-. ¿Por qué
hace tanto frío? ¿Por qué no puedo pensar? Ardillas... ¿Debería decirle algo a
ésta?»
Intentó
concentrarse. Cada idea parecía un paso difícil que estaba obligado a dar. Al
mirar a la pequeña criatura temblorosa con la cola peluda, creyó recordar algo.
Levantó la pata que sujetaba al rikchikchik, pero la ardilla permaneció
inmóvil, con los ojos brillantes de pánico.
-Mrrik...
Mrikkarik._ -Fritti intentó recordar los sonidos. Sabía que debía decirlo-.
Mar... Murrik... -Era inútil. Sintió como si un enorme y suave peso cayera
sobre su lomo y lo obligara a flexionar las patas-. Ayúdame -balbució entonces
en el Canto Común-. Ayúdame. El señor Dentelladas dijo que te dijera...
Mrirrik.
Cazarrabo se
desplomó sobre la nieve, junto a la azorada ardilla.
-Ahora tú-tú gato,
hablar rápido. ¿Por qué decir nombre hermano señor Dentelladas?
Sobre la cabeza de
Cazarrabo, suspendida boca abajo del tronco de un árbol, había una vieja
ardilla regordeta con la cola curvada y los ojos brillantes. Detrás,
demostrando menos valor, un grupo de rikchikchik espiaba a Fritti entre las
hojas.
-Hablar ahora
hablar-chilló el jefe de las ardillas-. ¿Cómo conocer al señor Dentelladas?
¡Decir-decir!
-¿Has dicho que el
señor Dentelladas es tu hermano? -preguntó Cazarrabo intentando limpiar las
telarañas de su mente.
-¡Desde luego, sí!
-gruñó la ardilla, disgustada-. ¡Dentelladas hermano de Chasquidos! ¡Chasquidos
es... mí! ¿Entender, gato tonto-tonto?
Confundido, Fritti
reflexionó un momento.
-Se suponía que
debía decirte algo, señor Chasquidos. Es decir... tu hermano me dijo que te
dijera..., ¿Cómo era? -El señor Chasquidos hizo un gruñido de impaciencia-.
Intentaré repetirlo -murmuró Fritti-. Mrrarreowrr. No, no era así. Mrririk.
Meowrrk. ¡Por Harar! ¡No puedo recordarlo!
Cazarrabo notó que
las ardillas de la comitiva del señor Chasquidos le habían perdido el miedo y
reían divertidas. Fritti se sentía dolorido, confuso y cansado, y por un
momento cejó en su empeño por concentrarse. Entonces, de repente...
-¡Santas garras!
¡Lo tengo! -exclamó Fritti con una risa dolorosa-. ¡Mrikkarrikarek-Dentelladas!
Es correcto, ¿verdad? -En aquel momento de exultación, se sintió mareado y se
dejó caer donde estaba. El señor Chasquidos se acercó un poco más y lo contempló
con sus ojos de ágata.
-Correcto. Sagrada
plegaria de Dentelladas. Nosotros dar honor raras-raras veces. ¿Poder andar,
tan-extraño gato?
Tambaleante,
Cazarrabo siguió al grupo de rikchikchik hacia las profundas grutas de la Selva
de las Ratas. Cojeando detrás de las presurosas y parlanchinas ardillas, Fritti
reparó con indiferencia en el resplandor rojizo del sol poniente. En el fondo
de su mente, algo lo inquietaba y le decía que debía estar alerta a la llegada
de la oscuridad... pero le dolía la cabeza y pensar entrañaba un esfuerzo
demasiado grande. El
vapor que producía
su aliento le llamó la atención, pero continuó avanzando con esfuerzo detrás de
los bulliciosos rikchikchik.
De improviso el
grupo se detuvo. Cazarrabo permaneció inmóvil, atontado, hasta que el señor
Chasquidos y los demás rikchikchik descendieron de los árboles y se sentaron a
su lado. Fritti miró sus colas arqueadas y sus lomos redondeados, y dijo:
-He estado en el
montículo, ¿sabéis?
El séquito de
ardillas retrocedió al oír estas palabras, pero su jefe permaneció en su sitio,
con una expresión pensativa en los ojos brillantes. Indicó a los demás que
volvieran con un gesto silencioso y entre todos metieron a Cazarrabo en un
tronco hueco, derribado por un rayo. El interior del tronco era acogedor y lo
protegería de la nieve. Después de dar tres vueltas tambaleantes en honor a los
Primogénitos, Fritti cayó al suelo. Los rikchikchik lo cubrieron con cortezas y
agujas de pino de la cabeza a la punta del rabo.
-Nosotros
hablar-hablar próximo sol, tan-extraño gato -dijo Chasquidos-. Ahora tú dormir,
¿sí?
Pero Fritti ya
correteaba por los campos de los sueños.
Aquella noche, las
tinieblas se llenaron de sombras que buscaban su rastro, pero Fritti durmió en
su escondite tranquilo y seguro, sin que nadie advirtiera su presencia.
En el insondable
mundo de los sueños, Cazarrabo estaba junto a una enorme extensión de agua
turbulenta pero silenciosa. La amplia y brillante superficie se extendía más
allá del alcance de su vista y los fla-fa'az revoloteaban o planeaban en el
cielo gris.
Cuando por fin se
despertó, ya había pasado la mitad del corto día de invierno. Al final de la
Hora de las Sombras Pequeñas, se encontró una vez más ante el señor Chasquidos,
que había regresado con su séquito al tronco hueco de Fritti. En su entrecortada
y autoritaria jerga, el señor de las ardillas le explicó que habían esperado
mucho tiempo a que despertara, pero que por fin se habían cansado y habían
salido a buscar forraje.
Pese a que después
del largo descanso se sentía muchísimo mejor, Fritti comenzaba a descubrir
cuántas partes del cuerpo le dolían y latían. También estaba hambriento. Era
evidente que los rikchikchik lo habían intuido, pues incluso el señor
Chasquidos se mantenía más apartado que el día anterior. Por su parte, Fritti
deseaba con toda su alma salir a cazar, pero en consideración a su precaria
alianza con los rikchikchik, sus presas naturales, decidió aguardar una
oportunidad para escabullirse de allí. Así, con el estómago rugiendo de hambre,
se sentó a escuchar el largo informe del señor Chasquidos sobre las actividades
de la mañana.
-Así que
ahora-ahora es momento para verdadera-charla, ¿sí? -gorjeó el rollizo señor de
las ardillas-. ¿Por qué aquí tan de repente, gato? ¿Por qué hablar de sitio
malo?
Fritti explicó lo
mejor que pudo los acontecimientos que lo habían conducido a la Selva de las
Ratas. Era una historia larga y ocupó la mayor parte de la tarde. Los oyentes
respondieron con agudos chillidos de aprobación al relato sobre el rescate de
la señora Zumbidos y la posterior audiencia con el señor Dentelladas. Luego,
los rikchikchik se mostraron fascinados y emocionados con la descripción de la
multitudinaria metrópoli del Primer Hogar. Cuando por fin Fritti describió
Vastnir y sus horrorosos campos de concentración, varias jóvenes se desmayaron
y sus compañeros se vieron obligados a abanicarlas con sus peludas colas.
El señor Chasquidos
escuchó el relato serio y silencioso, sin interrumpir más que para pedir alguna
aclaración sobre el montículo o sus habitantes.
-... Y entonces os
encontré a vosotros... o vosotros me encontrasteis a mí -concluyó Cazarrabo. El
señor Chasquidos asintió con un gesto-. Lo que no entiendo -añadió Fritti
mirando al señor de las ardillas con expresión inquisitiva- es por qué seguís
aquí. Creí que todo el mundo había abandonado la Selva de las Ratas.
-Muchos rikchikchik
irse. Muchos huir-huir -respondió el señor-, pero Chasquidos no marchar. No
poder-poder. Nido de tribu cerca de raíz de árbol. También pocos pequeños.
Vivir o morir.
Fritti asintió con
un gesto comprensivo y el extraño grupo guardó silencio durante un instante. La
brisa fresca rozó a Fritti con un fugaz y sorprendente resabio a muerte.
Entonces recordó sus necesidades.
-Tengo que pedirte
un favor, señor Chasquidos -dijo.
-Pedir.
-Debo enviar un
mensaje al Primer Hogar, a los señores de mi Comunidad. Debe llegar allí
pronto. Yo no puedo viajar muy deprisa porque estoy demasiado débil.
-Rikchikchik llevar
mensaje -contestó el señor Chasquidos sin vacilar-. Enviar maestro Retintín.
Retintín tan rápido como nuez al caer.
Un joven
rikchikchik se incorporó sobre sus ancas, visiblemente hinchado de orgullo.
-Parece muy
eficiente -declaró Cazarrabo con tono de aprobación-. Pero no debería ir solo.
El mensaje es muy importante y el viaje hasta el Bosque de las Raíces es largo
y peligroso. Además... -Cazarrabo intentó ser lo más delicado posible-. Además,
los gatos del Primer Hogar no conocen, como yo, el valor y la bondad de los
rikchikchik. Podría haber un... malentendido. Sería preferible enviar una
comitiva numerosa.
El señor Retintín
pareció desinflarse poco a poco, a medida que asimilaba las palabras de Fritti,
y varias ardillas jóvenes estuvieron a punto de desmayarse otra vez. El señor
Chasquidos, sin embargo, no perdió la compostura.
-¡Santa bellota! No
preocupar, gato-amigo. Muchos rikchikchik ir pronto. ¡Retintín será pequeño
señor! -Y, volviéndose al joven macho, le dijo unas breves palabras que
parecieron animarlo un poco.
Fritti repitió
varias veces el mensaje que debían llevar, hasta que Retintín y las demás
ardillas lo aprendieron de memoria.
-... Recordad que,
si no encontráis al príncipe Saltavallas -dijo con seriedad-, deberéis acudir a
la mismísima reina Lomo de Sol.
Mientras el público
dejaba escapar pequeñas exclamaciones de asombro y temor reverente, el señor
Chasquidos dio por concluida la reunión.
La caza no fue
demasiado fructífera. Fritti sólo logró atrapar los bichos y gusanos necesarios
para apaciguar un poco su hambre, pero, antes de retirarse a dormir, su nuevo
amigo, el maestro Retintín, lo convenció de que probara una avellana. Pese a
contar con la ayuda del rikchikchik para quitar la engorrosa cáscara, la
experiencia no resultó demasiado satisfactoria y, aunque agradeció efusivamente
el obsequio, llegó a la secreta conclusión de que no serviría para ardilla.
El invierno se
ensañó con la Selva de las Ratas. Las furiosas tormentas de nieve y los grandes
ventarrones confinaron a Chasquidos y a su séquito en sus madrigueras. Los
mensajeros se habían marchado con gran ceremonia y tras su partida Cazarrabo se
sumió en un estado de apatía. Con su necesidad más urgente satisfecha -en el
Primer Hogar pronto serían advertidos del peligro-, sucumbió al fin a los
efectos de su tremenda experiencia bajo tierra.
El contacto con los
rikchikchik se hizo menos frecuente, y Fritti pasó cada vez más tiempo
refugiado en su tronco, recuperándose de sus heridas. Conservaba todas sus
energías, pues la caza era escasa, y las horas de vigilia apenas se
diferenciaban de las de sueño. Acurrucado en su árbol derribado por un rayo,
con el hocico escondido debajo de la cola, dejaba vagar su mente hacia las
cosas que había hecho o visto. Recordaba a sus amigos del muro de la Asamblea
como si pudiera verlos: Canijo, Pies Ligeros, el reservado Bostezos y el
bondadoso Barba Cerdosa. ¡Cómo se sorprenderían de verlo allí!
A veces pensaba en
Pata Suave, en la elegancia de su marcha o en los delicados contornos de su
cuello y su cabeza. Soñaba que la encontraba y la llevaba de vuelta a casa,
donde ella escuchaba maravillada el relato de sus aventuras.
«¿Lo has hecho por
mí? -diría-. ¿Has hecho todo eso sólo para encontrarme?»
Entonces el viento
soplaba a través del tronco y le despeinaba el pelaje, trayéndolo una vez más a
la Selva de las Ratas. También pensaba en aquellos que había dejado en el
montículo, condenados a sus horribles destinos.
«Supongo que por
eso me nombraron Cazarrabo -pensó con amargura-. Lo único que he hecho es
seguir la pista más fácil, como un gatito que persigue su propio rabo,
moviéndose en círculo hasta que cae extenuado.»
Un día, cuando casi
había pasado medio ojo desde su encuentro con los rikchikchik, Fritti se
dirigía hacia su madriguera después de una infructuosa sesión de caza. Las
pocas criaturas que aún permanecían en la selva de las Ratas se habían
escondido para pasar el largo y frío invierno. Cazarrabo se sentía vacío y
desanimado. De repente se detuvo a afilarse las uñas en la corteza de un pino y
mitigó su sensación de frustración arrojando una lluvia de nieve arenosa desde
las ramas inferiores del árbol. Entonces tuvo una súbita revelación.
Su estancia en la
Selva de las Ratas había concluido. El vasto y desierto bosque, envuelto en
nieve y silencio, era sólo un sitio de paso, un área neutral. Al igual que el
sopor que se experimenta entre el sueño y la vigilia, no era definitivo, sino
un lugar donde recuperar fuerzas para moverse en una u otra dirección.
En ese momento,
mientras reflexionaba con la espalda arqueada y los bigotes purificados por el
aire frío, recordó las palabras de uno de los Jerarcas durante su Nombramiento:
«Quiere su nombre de rabo antes de tener el de cara». Entonces todos habían reído,
pero ahora él mismo era consciente del significado de aquellas palabras. No se
había marchado sólo para encontrar a Pata Suave, sino para ganar algo. Alguien
le había marcado el camino, sin duda, pero él había elegido seguirlo. Ahora
debía continuar hacia un sitio u otro. Podía regresar por donde había venido,
dejando el éxito o el fracaso a Saltavallas y los demás... o podía completar su
viaje. Era consciente de que él, con sus pequeñas patas, no podría cambiar el
curso de los acontecimientos, pero debía concluir su viaje. Sus amigos estaban
atrapados, indefensos, y, aunque tal vez no pudiera salvarlos, sabía que debían
permanecer unidos.
Por un breve
instante, creyó comprender lo que significaba oír la voz interior, encontrar el
nombre de rabo. El pelo de su lomo se erizó y sintió un incontrolable
escalofrío. Entonces saltó al suelo y se dirigió hacia su madriguera.
Sólo cuando estuvo
acurrucado en su tronco, preparado para dormir, supo que volvería al montículo.
25
Los leones pasan
junto a un arbusto espinoso y se esfuman.
Aunque el día
entero permanezca intacto,
el paso del sol
representará el paraíso
y los huesos
representarán el tiempo.
Josephine Jacobsen
La madrugada
sorprendió a Cazarrabo dirigiéndose hacia el límite Vá an de la selva de las
Ratas. No se había despedido de los rikchikchik. Pese a la honorable respuesta
del señor Chasquidos a la deuda de Dentelladas, Fritti sintió que no debía
comprometer más a las ardillas, que ya tenían bastante con su propia lucha por
la supervivencia. La casualidad y los extraños acontecimientos los habían
convertido en aliados, pero Fritti era consciente de que los rikchikchik y la
Comunidad siempre mantendrían su relación de presas y cazadores. Sólo esperaba
que aquella inusual alianza perdurara hasta que su mensaje llegara al trono de
la reina.
Mientras caminaba
en silencio por el tupido bosque nevado, en un vano intento por mantener su
mente ocupada, pensó en el Primer Hogar y en su estancia allí. Pronto vería el
montículo y no había necesidad de anticipar sus pensamientos.
Entre las hileras
cada vez más despobladas de árboles y helechos,junto al límite del enorme
bosque, Fritti oyó un ruido de alas sobre su cabeza. Por un instante consideró
la posibilidad de buscar refugio, pero, antes de que pudiera escapar del claro
donde se encontraba, dos figuras oscuras descendieron de las alturas. Fritti se
acurrucó y alzó las garras, listo para enfrentarse a cualquier infortunio que
le deparara el destino.
Las dos criaturas
oscuras se posaron sobre una rama, agitando sus alas azabaches. Al verlas de
cerca, Fritti se relajó... al menos un poco. Sólo se trataba de una pareja de
cuervos -krauka-, uno gran de y otro pequeño. Los cuervos no son los fla-fa’az
más inofensivos, pero tampoco tienen la fuerza suficiente para enfrentarse a
las garras de un miembro de la Comunidad. Sin embargo, Fritti les devolvió su
brillante mirada con desconfianza.
-¿Acaso sois
Cazarrabo? -preguntó el pájaro más viejo con voz discordante.
-Por supuesto,
padre, ¿no ves la estrella en su cabeza? -graznó el más pequeño.
Cazarrabo dio un
paso atrás, sorprendido.
-¡Podéis hablar!
-exclamó atónito-. ¿Conocéis el Canto Común?
El krauka más
grande agitó las alas con un brusco graznido divertido y se elevó un poco por
encima de la rama. Cuando volvió a posarse, comenzó a limpiarse las plumas del
pecho con expresión complacida, sin apartar los ojos de Fritti.
-Existen
incontables seres que, sin llevar piel, hablan con mayor propiedad que los
gatos-rió el pájaro-. Aquellos cuyas vidas son tan largas como las nuestras, no
pueden dejar de aprender. Si hasta es capaz de hacerlo mi hijo mayor, a quien
aquí veis -indicó al pequeño cuervo-, pese a tener menos sensatez que un
escarabajo pelotero.
-Bien -dijo Fritti
tras un instante de reflexión-, supongo que ya no debería sorprenderme de nada.
Pero ¿cómo sabéis mi nombre?
-Aquellos que
hablan con las ardillas no deberían sorprenderse de que los árboles conozcan
sus secretos. Hay pocas cosas en este bosque que no lleguen a oídos del viejo
Skoggi, aquí presente.
-¡Mi anciano padre
es el mejor jefe krauka de esta selva!
-... Y mi joven
Krelli tiene menos cerebro que el que el Gran Pájaro Negro le ha concedido a
una seta. -Skoggi se inclinó hacia delante y picoteó la cabeza de su hijo.
Krelli graznó de dolor y ascendió por la rama, lejos del pico paterno-. La
próxima vez, antes de abrir el orificio que te han dado para comer, piénsalo. Y
no comentes nuestros asuntos con cada marmota que se cruce en tu camino.
A pesar de sí
mismo, Fritti no pudo evitar encontrarlos divertidos.
-Sin embargo, tú
pareces conocer mis asuntos.
-Como ya he dicho
antes -rió el cuervo-, los rikchikchik son muy parlanchines. Esconden sus
bellotas, pero no sus secretos. Todo el mundo lo sabe, como todo el mundo sabe
que venís de allí. -Señaló el montículo con su lustrosa cabeza negra-. Sois
famoso entre los que aún no han huido de la Selva de las Ratas... que son
apenas unos pocos. ¿Dónde iréis ahora, señor Cazarrabo?
Aunque los krauka
parecían inofensivos, Fritti decidió actuar con cautela.
-Oh, en realidad
sólo estoy explorando el bosque. A propósito, tendría que seguir mi camino.
-Ah, quizá,
quizá... -murmuró Skoggi con voz ronca, y descendió un poco por la rama,
erizando sus oscuras plumas. Luego se detuvo y miró a Fritti con una expresión
astuta en sus ojos brillantes-. Es evidente que sois un gato muy sabio y que
sabéis cuidar bien vuestro suave pelaje... Si no fuera por eso, hubiera creído
que os dirigíais al montículo.
«¡Por los bigotes
de Fela Danzacielos! -maldijo Fritti para sí-. Este krauka es muy listo.»
-Sin embargo, tal
como has señalado, ¿para qué iba a querer volver a un sitio tan terrible?
-Habéis dicho una
gran verdad. Es un sitio terrible. De allí salen criaturas diabólicas, que
atacan sin miramientos a cualquiera. Parece un lugar oscuro y terrible. Los
seres que alberga son tan perversos que el bosque se ha quedado casi desierto.
Huir es lo único que una pobre alma puede hacer para proteger a su familia y
poner un bocado o dos en los picos de sus dulces pequeñines -añadió mirando a
Krelli con mal fingida ternura.
-Entonces ¿por qué
te has quedado?
-Ah, pues
bien-graznó Skoggi con un suspiro de tristeza-, éste es el único hogar que he
conocido. Sería muy doloroso dejar atrás los nidos de miles de generaciones.
Por supuesto -agregó con una risita-, en los últimos tiempos ha sido bastante
más fácil encontrar comida para nuestros queridos hijitos. Esas criaturas que
viven bajo tierra serán muy perversas, pero al menos dejan tras de sí lo que no
comen. -El cuervo se desternilló de risa, tanto que estuvo a punto de caerse de
la rama. Cazarrabo respondió con una sonrisa falsa-. Bueno -continuó Skoggi sin
dejar de reír-, en realidad no importa quién come a quién, pues siempre
quedarán atrás los restos de uno u otro. Es la gran ventaja de nacer entre los
krauka.
-¿Vamos a comernos
al señor Cazarrabo, papi? -preguntó Krelli con inocente curiosidad.
Skoggi ascendió por
la rama con increíble agilidad y administró una rápida y dolorosa serie de
picotazos en la cabeza de su hijo.
-Si vuelves a
interrumpir, cabeza de piedra, te arrancaré todas las plumas y te arrojaré al
suelo para que te devore el gato aquí presente. ¡No puedes ir por ahí
comiéndote a cada criatura que ves! -Se volvió hacia Cazarrabo-. Ahora, mi
estimado gato, todos sabemos que no sois tan rematadamente tonto como para
volver a ese temible montículo. No obstante, si por casualidad os dirigierais
hacia allí, yo podría ofreceros algunos consejos.
Fritti reflexionó
un momento y miró al cuervo con una pequeña sonrisa.
-Bien, ya que
hablamos de esa insensatez, y suponiendo que yo necesitara consejos, ¿qué
querrías tú a cambio?
Esta vez fue Skoggi
quien mostró una expresión divertida.
-Por lo visto, los
gatos no sois tan estúpidos como se canta por ahí. De todas maneras, esta vez
la hi-po-té-ti-ca ayuda que yo os prestaría se recompensaría a sí misma, aunque
el Gran Pájaro Negro sabe que es difícil que tengáis éxito. ¿Estáis interesado?
-Fritti asintió con un gesto-. Bien, entonces, permitidme que os lo diga.
»En días no muy
lejanos, cuando por primera vez vimos alzarse junto a nuestro bosque esa
montaña de excrementos, no había túneles que salieran de allí. El primero que
hicieron fue muy pequeño y dejaron de usarlo cuando cavaron otros más grandes.
Creo que nadie lo vigila, pues está muy escondido ya que en aquel entonces los
gatos del montículo no tenían el poder que tienen ahora. Os diré cómo podéis
encontrarlo...
Cuando Skoggi hubo
terminado, se volvió hacia su hijo.
-Y tú, cabeza
hueca, recuerda bien este momento, por si un día debes relatar que fuiste el
último en ver con vida al señor Cazarrabo.
Con otra carcajada
de graznidos, el cuervo se elevó en el aire, y Krelli lo siguió asustado.
-¡Esperad! -gritó
Fritti. Los dos fla-fa’az negros se detuvieron y revolotearon sobre su cabeza-.
Si a vosotros no os importa quién come a quién, ¿por qué me ayudáis?
-Buena pregunta,
señor gato -contestó Skoggi con voz áspera-. Pues bien, tal como van las cosas,
estos gatos del montículo limpiarán la Selva de las Ratas antes de que llegue
el otoño. Por su puesto, vayamos donde vayamos siempre habrá comida para un krauka,
pero me estoy volviendo viejo y me gusta encontrar el desayuno preparado cuando
salto del nido por las mañanas. Así que, si tenéis suerte, me haréis un favor
al traer a vuestra Comunidad de nuevo al bosque.
Tras estas
palabras, los cuervos se alejaron con un estridente graznido de alegría.
-¡Saltarín, por
favor, escúchame!
Sombra cruzó la
celda con cautela e intentó despertar al gatito con un manotazo algo brusco.
Saltarín dejó escapar un gemido de disgusto, pero mantuvo los ojos cerrados y
no se movió.
Sombra estaba
preocupada. Saltarín había dormido casi todo el tiempo desde que Desgarros la
había traído a la cueva. El gatito apenas había reparado en su presencia.
-Oh, buena danza,
Sombra -había dicho poco después de su llegada, y de inmediato había vuelto a
sumirse en un extraño sopor. Desde entonces, había respondido algunas veces a
sus insistentes preguntas, aunque con escaso interés. Mientras tanto,
Comebichos seguía tendido en un rincón de la caverna como si estuviera muerto.
-Saltarín, por
favor, háblame. No sé cuánto tiempo me permitirán quedarme aquí. Vendrán a
buscarme en cualquier momento.
Sombra pensó en
Desgarros, y el pelo se le erizó de terror. El jefe de la Guardia de Garras la
había arrojado a la celda con brusquedad, no sin antes prometer que volvería a
«ocuparse de ella» después de presentar su informe al señor de Vastnir. Ya
habían pasado varios días, aunque las lentas horas de oscuridad hacían que el
tiempo pareciera más largo. Desgarros podía regresar en cualquier momento.
-¡Saltarín! -dijo
otra vez-. ¿Es que no lo entiendes? ¡Corremos un terrible peligro! -Volvió a
golpearlo-. ¡Despierta!
Saltarín gimió y se
giró hacia un lado alejándose de la insistente pata de Sombra.
-¡Oh, Sombra! ¿Por
qué no me dejas en paz? Aquí es todo muy hermoso y no quiero... -Hizo una pausa
y su expresión serena se trocó en una mueca de dolor-. Y no... quiero volver
donde estaba -concluyó con voz lastimosa.
-¿Qué quieres
decir? ¿Estás soñando, Saltarín?
-No, Sombra. -El
jovencito sacudió la cabeza y la expresión de placidez volvió a dibujarse en su
rostro-. No lo entiendes. Estoy con el gato blanco. Aquí todo es muy tranquilo
y estoy aprendiendo cosas. Por favor, no te enfades conmigo. ¡Me gustaría que pudieras
verlo, Sombra! -dijo con vehemencia, pero sin abrir los ojos-. Que pudieras ver
la luz y escuchar la música...
Saltarín volvió a
callarse y, a pesar de todos sus esfuerzos, Sombra no pudo hacerlo hablar otra
vez.
La boca del túnel
abandonado estaba exactamente donde le había indicado el cuervo, oculta debajo
de un tojo nevado, en las afueras del bosque. Cazarrabo examinó con
desconfianza los viejos residuos que rodeaban la entrada, pero no detectó
ninguna huella reciente. Escondido debajo del tupido arbusto, excavó la tierra
y los desechos que obstruían el hoyo. Cuando hubo abierto un hueco del ancho de
sus bigotes, metió la cabeza dentro y volvió a olfatear. El túnel interior olía
sólo a tierra vieja y a algún animal pequeño que había buscado un refugio fugaz
en su interior.
Fritti descendió al
interior del túnel, sin permitir que su flamante resolución vacilara un
instante. En la superficie, el sol brillaba sobre el bosque nevado. Era la Hora
de las Sombras Pequeñas.
Aquel túnel era
bastante más seco que cualquiera de los que había visitado en el montículo.
Fritti descendió con rapidez hacia las profundidades de la tierra, alentado por
el aspecto de abandono del túnel. La tierra irradiaba un resplandor muy tenue y
parpadeante, pero era suficiente para ver el camino.
Pronto comenzó a
pasar junto a túneles laterales, algunos de los cuales despedían un aire húmedo
y caliente. Era evidente que se acercaba a los pasadizos más concurridos de
Vastnir y sabía que a partir de entonces debería ser más cuidadoso.
Tardó un rato en
advertir que un sonido grave y suave había roto el silencio del túnel. Después
de su larga estancia en las celdas subterráneas, el latido del montículo le
resultaba tan familiar que no había notado su reanudación. Cuando por fin fue
consciente de él, advirtió que esta vez el sonido parecía diferente. Eso le
preocupaba, aunque no sabía bien por qué. De repente comprendió.
El ruido crecía de
forma gradual, como si se aproximara a su origen. Cada paso parecía acercarlo a
la fuente de aquel latido sordo, casi inaudible. Cuando estaba cautivo en el
montículo, siempre había sonado igual: omnipresente, pero remoto, como si Vastnir
entero fuera el responsable de aquel zumbido grave y retumbante. Sin embargo,
era obvio que el sonido se volvía más potente y sibilante; su intensidad crecía
con cada paso de Fritti. De repente, cuando giró en una curva, el camino
descendió de forma abrupta y una oleada de aire caliente y húmedo surgió de la
oscuridad, al fondo del túnel. Cazarrabo retrocedió y comenzó a limpiarse la
cara con desesperación, para aclararse la vista.
No permitió que el
sentimiento de desconsuelo que se agolpaba en su corazón hiciera tambalear su
resolución; entrecerró los ojos para ver a través de los vapores que lo
envolvían y siguió adelante. Mientras descendía con cautela la cuesta del
túnel, pasó junto a una puerta o abertura y de improviso el latido se convirtió
en un estruendoso rugido, que resonaba y retumbaba en los muros de una enorme
caverna que las nubes de niebla no le permitían ver.
«Parecen las
Cataratas del Rugido», pensó.
Su pelaje se
humedecía con rapidez y comprendió que había topado con una enorme catarata
subterránea.
De pronto, las
extrañas brisas de las catacumbas cambiaron de dirección y la niebla se
desvaneció. En la tenue luz que irradiaba el suelo, Fritti, acurrucado como un
insecto sobre uno de los pequeños resaltos que sobresalían de los muros,
vislumbró la gigantesca caverna donde se encontraba. Debajo corría un inmenso
torrente de agua roja y espumosa. La caverna no tenía suelo; sólo el gigantesco
río vaporoso que se movía sin cesar de un extremo al otro, llenando la gran
caverna abovedada de bruma y ruidos ensordecedores.
Cazarrabo se
inclinó un poco hacia el borde del resalto y sintió el calor del río ardiente
en la cara. La violenta fuerza del agua, que golpeaba los muros de la caverna y
desaparecía entre las rocas, hizo que Fritti se sintiera mareado, abrumado por
la magnitud del espectáculo. Mientras el río retumbaba bajo sus pies en la
oscuridad, ardientes chorros de agua se elevaban en el aire, se detenían un
instante sobre su cabeza y luego caían verticalmente a su fuente. Fritti
retrocedió unos pasos y se acurrucó cerca de la boca del túnel.
Por fin comenzó a
hartarse del tumulto y siguió adelante. Notó que al otro lado de la caverna se
abrían varios túneles, cuyas aberturas negras como el carbón se destacaban
sobre la roca sombría y teñida de rojo. Fritti se dirigió hacia allí, pegado a
la pared, caminando con cuidado sobre el elevado resalto.
Avanzaba despacio.
De vez en cuando, por alguna misteriosa razón, el viento cambiaba de dirección
y los remolinos de niebla lo envolvían, forzándolo a detenerse hasta que
recuperaba la visión. Caminaba lentamente alrededor del perímetro de la
monstruosa cámara, sin desviar los ojos del camino. Con frecuencia detectaba un
movimiento con el rabillo del ojo, pero, cuando alzaba la vista, descubría que
se trataba sólo de un alto chorro de agua. En una ocasión creyó ver dos
pequeñas figuras en uno de los caminos que surcaban la pared opuesta, pero, al
escudriñar la penumbra, la niebla volvió a envolverlo en su manto y, cuando al
cabo se disipó, todo estaba como antes.
Después de una
eternidad de tortuosa caminata, llegó a la pared opuesta. Ascendió con cautela
por un empinado camino y llegó junto a las bocas de los túneles; se hallaba
ahora a mayor altura que antes del agua bulliciosa y turbulenta. Del primer
túnel salía humo y vapor, de modo que siguió de largo hasta el segundo, que
despedía una agradable brisa fresca. Una vez en el interior, la temperatura
descendió con brusquedad y Fritti, complacido, se alejó de la enorme caverna.
El túnel giró en
numerosas curvas y el rumor del río comenzó a apagarse hasta volver a
convertirse en un suave sonido pulsátil. Fritti se echó al suelo y se regodeó
un instante en el silencio y el frío. Al recuperar el aliento, empezó a lamer
su pelaje mate y mojado.
-¡Eh, tú! -grito
una voz entre las sombras del túnel.
Fritti se incorporó
de un salto.
Los latidos de su
corazón ahogaron el rugido del agua.
-¡Deténte! -dijo la
voz-. Deténte y ven a intercambiar unasss palabrasss con Pellejosss, de la
Guardia de Dientesss.
26
¡Ah! Si Dios
permitiera que mi cuerpo reposara
donde el aire lo
lavara y las hojas lo cubrieran;
allí donde las olas
de hierba se rompen en espuma de flores,
o donde los pies
del viento brillan sobre el mar.
Algernon Swinburne
Fritti aguardó,
paralizado, mientras unos pasos lentos descendían por el túnel, en dirección a
él. Podía oír la respiración sibilante de la criatura que se acercaba. El deseo
casi irresistible de escapar luchaba con una resignación indiferente y antinatural,
y Fritti se balanceó suavemente en su sitio.
-Mi compañero y yo
queremosss hablar contigo, extraño -dijo la voz siseante, esta vez desde más
cerca.
«Su compañero
-pensó Fritti-. Quiere decir que son dos.»
Le temblaron las
patas, pero aguardó inmóvil, con la cola metida entre el par trasero. Por fin
distinguió en la penumbra la cabeza calva del Guardia de Dientes, cuyo cuerpo
cubierto de piel fláccida se bamboleaba al caminar. Fritti lo miró fijamente.
En medio de la cara
sin ojos del Guardia, allí donde alguna vez habían estado las ventanas de la
nariz, había sólo una cicatriz sobre un guiñapo de piel.
Pellejos se detuvo
a un salto de distancia de Cazarrabo y tanteó el terreno con su hocico
mutilado.
-¿Essstásss ahí?
-preguntó.
A Cazarrabo le dio
un vuelco el corazón y dejó escapar una involuntaria exclamación de alivio.
¡Aquella criatura estaba herida y no podía olerlo! O, al menos, no muy bien...
-Ahhh -suspiró
Pellejos-, ahí essstásss. Ya puedo oírte. Ven, no nosss dejesss ahora. Mi
compañero y yo nosss hemosss perdido. -La criatura ciega se acercó e inclinó
una oreja en dirección a Fritti-. ¿Cómo te llamasss?
Cazarrabo volvió a
pensar en la posibilidad de escapar, pero decidió no hacerlo. Tal vez pudiera
sacar ventaja de aquella situación. Sería peligroso, por supuesto, pero nada
era fácil en aquellas cuevas subterráneas.
-Eh... Eh... Me
llamo Trotacuevas -respondió después de un momento de vacilación.
-Essspléndido. Tu
nombre parece indicar que eresss jusssto lo que necesssitamosss. ¿Eresss uno de
los Guardiasss de Garrasss? Tu voz esss muy aguda.
-Sólo soy un
cachorro -se apresuró a contestar Cazarrabo.
-Ahhh -respondió
Pellejos, complacido-. Por sssupuesssto. Con losss preparativosss finalesss,
hasssta losss másss jóvenesss deben entrar en ssservicio. Ahora ven, debesss
guiarnosss. Como puedesss apreciar, sssufro una invalidez temporal.
El mutilado Guardia
de Dientes se giró y ascendió tambaleante por el túnel. Fritti lo siguió a una
distancia prudencial. «¿Preparativos finales? -se preguntó-. ¿Qué está
sucediendo?»
-Debesss de haber
venido por la Cañada Ardiente -comentó Pellejos por encima del hombro-. Yo no
debería haberme acercado tanto, puesss el rugido del agua me desssorienta. Esss
increíble, ¿no creesss?
-Sí, sí, lo es
-asintió Cazarrabo-. ¿Y qué te trae por esta zona solitaria del montículo?
-añadió mientras se apresuraba para escuchar mejor la respuesta de la bestia
sin pelo.
-He sssufrido una
pequeña derrota, ¿sssabesss? -confesó Pellejos después de un largo silencio-.
Tú aún eresss muy joven y tal vez no lo comprendasss, pero en essste mundo ssse
cometen muchasss injusssticiasss, como la que han cometido conmigo, por ejemplo.
No pretendo criticar a nadie, por sssupuesssto, pero lo cierto esss que recibí
un cassstigo inmerecido porque un prisssionero essscapó. Yo ni sssiquiera
essstaba allí; lo único que hice fue passsar cierta información a mi maessstro,
el ssseñor Iracundo. Sssin embargo, cuando ssse produjo la fuga, el Ssseñor
Supremo lo cassstigó y él, a sssu vez, me cassstigó a mí. Esss injusssto, muy
injusssto...
El Guardia de
Dientes se interrumpió con un pequeño gemido. Entonces Fritti comprendió con
horror -y cierta dosis de orgulloque el motivo del castigo era su propia fuga.
Después de un
instante, el Guardia de Dientes olvidó sus lamentos y comentó:
-Mi compañero nosss
aguarda másss adelante. Essspero que no ssse haya ido. Él también ha sssido
víctima de una injusssticia. ¡Ah, creo que puedo oírlo!
Cazarrabo había
olvidado al compañero de Pellejos, pero ahora él también oía una respiración
sonora y agitada. Al girar por una curva, vislumbró una figura grande y oscura
tendida sobre el suelo. Pellejos avanzaba lentamente, tanteando el terreno con
una pata rugosa. Por fin tocó el cuerpo grande y oscuro.
-¡Levántate,
levántate! -gritó-. He encontrado al joven Trotacuevasss, que nosss ayudará a
encontrar el camino de regressso. ¡Levántate! -Mientras la figura comenzaba a
girarse de mala gana, Pellejos dijo-. Esss probable que osss conozcáisss. Mi
amigo tenía un cargo importante en...
Una cara familiar,
gruesa y deforme, se volvió a mirar a Fritti con ojos fulminantes.
-¡Cazarrabo!
-exclamó Desgarros, levantándose sobre las patas delanteras.
Antes de que Fritti
alcanzara a mover su rígido cuerpo, Pellejos se había inclinado para asestar un
terrible golpe en la cara de Desgarros. El impacto hizo perder el equilibrio al
Guardia de Garras, que gimió y rodó sobre el suelo.
-¡Cállate,
essstúpido! -gruñó el Guardia de Dientes, e inclinó su cara ciega hacia
Cazarrabo, que seguía paralizado por el pánico-. No te preocupesss por éssste
-le dijo a Fritti con tono tranquilizador-. Me temo que no essstá bien de la
cabeza. El Ssseñor Sssupremo lo cassstigó con ssseveridad por la fuga de essse
misssmo prisssionero y ahora lo confunde con cada sssombra que ve. Esss muy
trissste, ¿no creesss?
En efecto,
Desgarros ya no prestaba atención al verdadero Fritti, sino que restregaba la
cara contra el barro mientras repetía su nombre una y otra vez. Por fin se
detuvo y miró al Guardia de Dientes.
-¿Por qué has
tardado tanto? -le preguntó a Pellejos con una voz lastimera, indigna de su
corpulento cuerpo.
El mundo
subterráneo, que por un momento parecía haberse contraído a su alrededor, hasta
convertirse en una corteza pesada y fría como la piedra, se expandió una vez
más. ¡Era increíble! La suerte volvía a acompañarlo. ¡Estaba a un paso de
Desgarros, pero éste era incapaz de reconocerlo!
-¡Levántate,
essstúpido! -gritó Pellejos, y el maullido asustado de Desgarros sonó casi
cómico a los oídos del perplejo Cazarrabo-. He encontrado a alguien que nosss
ayudará a volver a losss túnelesss principalesss. Allí podremosss encontrar
comida. ¡Levántate! -Desgarros incorporó con esfuerzo su enorme cuerpo-. Como
ya te he dicho, no essstá bien de la cabeza -se disculpó Pellejos mientras los
tres avanzaban por el pasadizo-. A pesssar de toda sssu fuerza, habría muerto
sssi no hubiera sssido por mí -añadió con un extraño deje de orgullo en la voz.
Cazarrabo se
encontró en la poco envidiable situación de ser guía y compañero de dos
criaturas que deseaban su muerte y la de sus semejantes. Debía conducirlos a
través de túneles desconocidos para él hacia el centro de aquel laberinto de
cuevas.
A pesar de que ya
se movía y caminaba con normalidad, Desgarros no parecía reconocer a Fritti. Su
conducta oscilaba entre la más absoluta estupidez e inesperados arranques de
perversa locura. En una ocasión, se giró hacia Cazarrabo y aulló:
-¡Vientos negros,
vientos negros! -E intentó arañarlo con sus poderosas garras.
Sin embargo,
después de una palabra estridente de Pellejos, volvió a retorcerse y llorar.
-No essstá bien, no
essstá bien -siseó Pellejos sacudiendo su mutilada cabeza-. En el passsado fue
un jefe muy importante, ¿sssabesss?
Cazarrabo se guiaba
por los casi imperceptibles cambios de presión y temperatura del aire para
conducir a sus enemigos en la dirección correcta. Después de un rato de
caminata, reunió el valor necesario para interrogar al hasta entonces amistoso
Pellejos.
-¿Cómo van los
preparativos finales? -preguntó-. Me temo que he estado ocupado en algunos...
eh... asuntos importantes arriba... en el exterior.
-Nadie le dice gran
cosssa al pobre Pellejosss -protestó el Guardia de Dientes-, aunque he oído
muchosss comentariosss... Hay grandesss movilizacionesss y mucha inquietud...
Hace poco oí decir a dosss compañerosss que pronto ssse abrirá una brecha en la
sssuperficie.
¿Una brecha en la
superficie? Eso no sonaba nada bien. Algo terrible e incomprensible estaba a
punto de suceder y por lo visto sólo él y un grupo de tartamudos rikchikchik
podían hacer algo al respecto.
«No -se corrigió
Fritti a sí mismo-, yo no puedo hacer otra cosa que encontrar a mis amigos y
morir con ellos.»
Si con la
movilización de Vastnir ya era difícil que escapara un solo gato, tres o cuatro
tendrían muchas menos posibilidades. No; la única esperanza -una esperanza muy
débil, por cierto- dependía de los inquietos lomos de las ardillas y de una
corte hastiada e indiferente.
-¡Cara de estrella!
¡Rastrero, taimado cara de estrella! ¡Le haré arrancar el corazón! -Desgarros
se había detenido y aullaba mientras sacudía su negro hocico hacia un lado y
otro.
Entonces Fritti
advirtió con inquietud que, aunque Desgarros estaba loco y Pellejos ciego, la
estrella de su frente era muy notable y que cualquier habitante un poco más
lúcido del montículo podría reconocerlo por ella. Mientras Pellejos
tranquilizaba al furioso Guardia de Garras, Fritti agachó la cabeza y se
ensució la frente con tierra. Luego se incorporó y parpadeó para quitarse la
tierra de los ojos.
«Espero que esto
baste para esconder la estrella -pensó-, o al menos para oscurecerla lo
suficiente para que pase inadvertida. Nunca conseguiré hacerme pasar por un
Guardia de Garras, pero al menos puedo intentar parecerme a un esclavo
cualquiera.»
La criatura sin
pelo había obligado a Desgarros a levantarse, y aunque el Guardia de Garras
emitía ruidos y gemidos extraños no volvió a interrumpir la marcha por un buen
rato.
El sentido de
orientación de Cazarrabo parecía bastante acertado, pues comenzaba a ver más
señales de vida en los túneles, y los pasadizos laterales despedían olores más
fuertes y recientes. Sin embargo, sabía que sólo podría viajar con rapidez y
sin riesgos por aquellos túneles abandonados y que, una vez en el centro del
montículo, su ardid no serviría de nada.
De repente oyeron
voces estridentes al otro lado de una curva. Desgarros, como si quisiera
anticiparse al posible peligro, eligió ese momento para tenderse en el suelo,
extendiendo su largo cuerpo sobre su barriga moteada en el suelo del túnel.
Cazarrabo miró con nerviosismo a su alrededor y, tras un momento que le pareció
eterno, descubrió un pequeño hoyo en un muro que acababan de dejar atrás. Justo
cuando una risa ronca y entrecortada resonaba en el camino, saltó hacia atrás y
se acurrucó en el hoyo, que resultó ser sólo una estrecha grieta. Las risas se
apagaron y oyó el ruido de pasos pesados al acercarse. Entonces, alguien habló
con el inconfundible acento hosco de los Guardias de Garras.
-¿Qué es esto? ¿Qué
hace esta montaña de me’mre en el camino?
Se oyó un
estridente graznido burlón y otra voz respondió:
-Es evidente que
alguien pretende que lo despellejen. ¡Por el Señor Supremo! ¿Quién será el
responsable?
-Por favor,
ssseñoresss -dijo Pellejos con voz lastimera-. No nosss hagáisss daño. Como
veisss, essstoy acompañado por dos importantesss miembrosss de vuessstra
hermandad. ¡Explícalesss, Trotacuevasss!
-¿Dos? -rió el
primer Guardia-. Yo sólo veo uno, ¡y más bien parece una montaña de huesos!
¿Qué ves tú, Garras Filosas?
-Exactamente lo
mismo. Un gigante inútil y un pequeño topo rastrero y ciego. Si no me equivoco,
eso suma dos, Dientes Rotos. ¡El pequeño Chillón nos está mintiendo!
Pellejos dejó
escapar un gemido de terror y Fritti oyó los pasos de los dos Guardias al
acercarse.
-¿Conque mintiendo
a los Guardias que sirven al Señor? Creo que merece que lo hagamos saltar, ¿qué
te parece?
-¡Trotacuevasss!
¡Sssálvame! ¡Sssálvanosss! -gritó el Guardia de Dientes con histerismo,
mientras Fritti contenía el aliento, acurrucado en su escondite.
Se oyó un gruñido
sordo, seguido de la voz monótona de Des-garros:
-¡Cazarrabo! ¡Lo
hizo el cara de estrella! No, señor... Ay... El señor Come... Comecorazones...
¡El fuego no! ¡Mi ka no! ¡Ayyyyy! -su voz se elevó hasta convertirse en un
gemido agudo.
Los dos Guardias de
Garras soltaron exclamaciones de sorpresa.
-¡Por la sangre de
la Cañada! -gruñó Dientes Rotos-. ¡Si es un Guardia de Garras!
-¡Es Desgarros!
-exclamó Garras Filosas con nerviosismo-. ¡Está proscripto! El Señor Supremo lo
ha castigado. ¡No debemos tocarlo!
-¡Puaj! Tienes
razón. Este sitio apesta a sucio. ¡Qué vergüenza! ¡Y mira a ese gusano llorón!
Venga, vámonos de aquí.
El disgusto en la
voz de Dientes Rotos no lograba disimular su miedo. Cazarrabo oyó unas pisadas
rápidas y sordas que por fin se apagaron al fondo del túnel.
Tras aguardar un
rato, Fritti se acercó con cautela a Pellejos, que estaba inclinado junto al
cuerpo tendido de Desgarros. Por un instante, las dos bestias despertaron en
Fritti una extraña compasión. Entonces el Guardia de Dientes giró su mutilado
hocico y la compasión se esfumó para dar paso a un sentimiento de repulsión.
-¿Quién essstá ahí?
-preguntó Pellejos.
-Soy yo,
Trotacuevas, por supuesto -contestó Cazarrabo después de un vacilante
carraspeo-. Acabo de explorar un túnel lateral y he visto a dos de mis
compañeros. ¿Los habéis encontrado?
-¡Nosss amenazaron!
jadeó Pellejos-. ¡Iban a matarnosss! ¿Por qué nosss dejassste sssolosss?
-Te avisé -replicó
Fritti con fingido disgusto-. Ahora levántate y haz que se levante él también.
Tengo muchas cosas que hacer y os estoy ayudando sólo por vuestro patético
aspecto de inútiles. ¿Vais a seguir adelante o no?
-¡Oh, sssí,
Trotacuevasss! ¡Vamosss, Desssgarrosss, levántate!
Con Cazarrabo al
frente y el reticente Desgarros al final, el heterogéneo trío siguió viaje
hacia el corazón del conglomerado de fuerzas.
27
Alguien ha roto el
Corazón, aunque no con un Basto
ni con una Piedra.
Sé que un Látigo
tan pequeño que no puede verse
ha azotado a la
Criatura Mágica
hasta derribarla.
EmilyDickinson
Mientras tanto, en
el mundo exterior, encima del laberinto, sucedían cosas muy extrañas. Gritos y
luces distantes volvían misteriosas e inquietantes las horas de la noche. Las
felas daban a luz gatos anormales, incapaces de sobrevivir, y el príncipe Pisarrocío
pronunciaba terribles proclamas en el Primer Hogar. Muchos miembros de la
Comunidad estaban asustados. El suelo ya no parecía firme, sino irregular y
traicionero.
El Ojo se abrió por
completo, un sol antes de lo esperado y permaneció suspendido en el cielo, rojo
y abultado. Las asambleas estaban llenas de preguntas sin respuestas y temores
impronunciables. Se acercaba la noche oscura, la Noche Ciega, y algunos rumoreaban
que en aquella ocasión las tinieblas traerían consigo el os.
El os iba de boca
en boca entre numerosos gatos y rondaba las mentes de muchísimos más...
Debajo de la
tierra, el Señor Supremo entretejía una red de curiosas fuerzas sentado sobre
su inmundo trono de muertos y moribundos. Las energías golpeaban y latían en su
poderoso cetro con tanta intensidad que a veces el propio aire de la Caverna
del Foso se volvía tan palpable y resistente como el agua. Extrañas imágenes
aparecían y desaparecían, titilando en el límite de la percepción, como los
rayos sobre los párpados de los durmientes. Con frecuencia, el Señor Supremo
sólo aceptaba la asistencia de los Guardias de Huesos, mientras los de Garras
refunfuñaban en los túneles contiguos a la caverna del amo.
Incluso Cazarrabo,
que se hallaba en la periferia de Vastnir, podía percibir la inminencia de...
algo. Desgarros ya no hablaba ni aullaba; se limitaba a caminar en silencio,
con una expresión apática e indiferente en sus hundidos ojos. Se detenía a
menudo a rascarse y clavaba las uñas rojas en el pelaje oscuro hasta que
parecía que iba a hacerlo sangrar. Fritti lo comprendía, pues él también sentía
un incesante hormigueo en la piel.
Los tres gatos se
pararon junto a uno de los pasadizos principales, frente a la pendiente de un
oscuro túnel que comunicaba con una ancha calzada. Debajo, varios grupos de
Guardias de Garras marchaban con resolución o atormentaban a sus
desfallecientes y tambaleantes prisioneros. Pellejos inclinó una oreja hacia el
ruido incesante de pisadas.
-Ahhh -dijo
radiante el Guardia de Dientes, crispando su cara llena de cicatrices en una
compleja red de arrugas-. ¿Lo oísss? Pronto sssucederán grandesss
acontecimientos ss.... grandesss acontecimientosss. -De repente, su hocico
lampiño cobró cierta expresión de congoja-. ¡Qué injusssticia! Pensssar que un
sssiervo fiel como yo... -Se interrumpió con un sollozo.
Fritti, preocupado
por las legiones de la Guardia de Garras, olvidó por un instante que su
interlocutor no podía verlo y asintió con un gesto distraído.
-Yo nací para
ssservir al Ssseñor Sssupremo -se lamentó Pellejos-. ¿Cómo esss posssible que
haya dessscendido a essste essstado?
Por fin, Cazarrabo
asimiló las rencorosas palabras del Guardia, y una idea comenzó a cobrar forma
en su mente.
-Pellejos, tengo
que decirte algo muy importante -dijo Fritti en voz baja-. Retrocedamos un poco
hacia ese pasillo. -Cuando volvieron junto al aturdido Desgarros, Cazarrabo
añadió-. Has dicho que eres leal al... Señor Supremo, ¿verdad?
-Oh, sssí -afirmó
Pellejos con vehemencia-, esss mi único propósssito en la vida.
-Entonces te
contaré mi secreto. ¿Prometes guardarlo?
-Oh, por
sssupuesssto, Trotacuevasss, no lo dudesss. -Desgarros sacudió la cabeza hacia
arriba y hacia abajo en una horrible parodia de lealtad-. ¡Lo juro por la
essspumosssa lápida de la Guardia de Dientesss!
-Bien. -Cazarrabo
reflexionó un instante-. Nuestro gran señor, el amo, necesita importante
información sobre un prisionero. Sin embargo, no confía en los jefes de los
Guardias, pues algunos de ellos, como... bueno, si me permites decirlo, como
Iracundo, han defraudado su confianza. ¿Me entiendes?
-¡Por sssupuesssto!
-exclamó Pellejos con una risita nerviosa-. ¡Como Iracundo! ¡Essstá muy claro!
-Bien -continuó
Fritti con aire solemne, alentado por la respuesta del Guardia de Dientes-, él
me ha encomendado encontrar y vigilar a ese prisionero. ¡Pero nadie debe
saberlo! Como comprenderás, eso no sería prudente... sobre todo en las actuales
circunstancias. -El propio Fritti dudaba de la lógica de sus palabras, pero
Pellejos parecía encantado con la idea-. Bueno -añadió-, lo cierto es que el
Señor Supremo me ha elegido a mí y yo te elijo a ti. Debes encontrar al
prisionero sin que nadie sepa o sospeche para qué lo quieres. ¿Podrás hacerlo?
-¡Eresss muy
lisssto, Trotacuevasss! ¿Quién sssossspecharía del viejo y mutilado Pellejosss?
Sssí, lo haré.
-Bien. El
prisionero que debes encontrar es la fela que acompañaba a Caza..., Caza...
-Carraspeó y vaciló de forma convincente-. Cazarrabo. Ese con quien sueña
Desgarros. La joven que estaba con él sobrevivió, ¿verdad?
-No lo sssé,
Trotacuevasss, pero lo averiguaré -respondió la criatura ciega con arrogancia.
-Muy bien -dijo
Fritti-. Te encontraré en este mismo sitio dentro de tres turnos de trabajo.
¿Serás capaz de encontrar el lugar?
-Oh, sssí. Ahora
que la Cañada Ardiente no ruge en misss oídosss, puedo ir a cualquier sssitio.
-Entonces muévete y
lleva a Desgarros contigo, pero asegúrate de que no se mete en líos y de que no
llame la atención. -Fritti quería evitar quedarse con aquella bestia fuerte y
demente, que podría llegar a ser muy peligrosa si recobraba la memoria-. Y recuerda
-añadió-, si me traicionas a mí, traicionarás también al amo. ¡Ahora vete!
Lleno de entusiasmo
por su nuevo propósito, Pellejos se apresuró a levantar a Desgarros y los dos
se marcharon con pasos pesados. Mientras los miraba alejarse, Cazarrabo tuvo
que contener la risa. Aún faltaba lo peor.
Una vez resuelto
aquel asunto, Fritti sintió que su mente febril comenzaba a desfallecer. Tenía
un gran problema: estaba hambriento. Mientras contemplaba a otro grupo de
prisioneros que se dirigían a las excavaciones, pegado a la pared del túnel,
reflexionó sobre sus posibilidades futuras. Supuso que podría intentar pasar
inadvertido, robar comida de vez en cuando y valerse de su rapidez y agilidad
para rehuir a los Guardias. Sin embargo, tarde o temprano lo cogerían. No había
gatos libres circulando por el interior del montículo, o al menos él no los
había visto. Hacerlo sería como invitar a una catástrofe, y él ya tenía
suficientes problemas entre sus patas.
Otro grupo de
prisioneros, vigilado por un par de corpulentos Guardias de Garras, avanzaba
por el pasadizo que se extendía a sus pies. Al pasar junto a su escondite, uno
de los esclavos de las primeras filas cayó al suelo. Se oyeron numerosos
maullidos y gruñidos, pues varios gatos chocaron entre sí al intentar saltar
por encima del caído. Los dos Guardias, con las garras rojas afuera,
desaparecieron en medio de la conmoción.
Fritti aprovechó la
oportunidad: saltó desde el túnel y se colocó con rapidez al final de la fila.
«Será más fácil
escapar de uno de estos grupos que vivir como un fantasma durante mucho tiempo
-decidió-. Además, ¿quién va a buscar a un prisionero prófugo dentro de la
misma prisión?»
-¡Eh, tú, pequeña
rata de sol! -rugió la voz. Cazarrabo alzó la vista y se encontró con el enorme
mentón de un Guardia de Garras-. ¡Te he visto! -gruñó-. ¡Intenta escapar otra
vez y te rajaré desde el pescuezo hasta tus atributos de macho!
La procesión de
esclavos reanudó la marcha, llevando a Fritti entre sus filas.
La vida con los
prisioneros no era tan difícil como antes. Después de su estancia en la Selva
de las Ratas se sentía más fuerte. Aunque la caza había sido escasa, había
comido mejor que sus pobres compañeros de celda. Por supuesto, lo entristecía
ver tanta miseria y sufrimiento a su alrededor, pero esta vez las cosas eran
diferentes: se había unido a aquellos esclavos por voluntad propia y tenía una
misión secreta. Aunque en el fondo sabía que era una estupidez, no podía evitar
sentirse orgulloso. Tenía un objetivo y hasta el momento todo iba bien. La
suerte danzaba para él.
Los prisioneros
también se habían percatado del cambio de ambiente en el montículo. La
sensación de que estaba a punto de suceder algo inquietante los había
desmoralizado aún más. Nadie cantaba o narraba cuentos, e incluso las peleas
eran apáticas e indiferentes. El ánimo colectivo había decaído, como si sólo
esperaran el derrumbe final.
Uno de los cautivos
comentó con languidez los rumores que corrían entre los centinelas: rumores
sobre las luces y ruidos de la Caverna del Foso y sobre las legiones conjuntas
de Guardias de Garras y de Dientes que eran enviadas a túneles lejanos. Con aparente
despreocupación, Cazarrabo intentó extraer más información del prisionero -un
macho atigrado con un solo ojo, llamado Zopenco-, pero el pobre gato cansado ya
no tenía nada más que ofrecer.
Fritti llevaba dos
turnos de trabajo con los esclavos y su impaciencia aumentaba: sabía que
quedaba poco tiempo. Sólo podía pensar en el peligro que corrían sus amigos. El
Primer Hogar y el destino de la Comunidad eran una vana abstracción perdida en
lo más profundo de su memoria. Después de dejar a Zopenco, Cazarrabo se sentó
encorvado en un rincón de la cueva, hasta que los Guardias volvieron a
buscarlos.
El tiempo dedicado
al sucio y penoso trabajo de excavar corría más despacio que la savia de las
plantas. Aunque sus patas llenas de arañazos sangraban, Fritti cavaba como un
poseso, ansioso por olvidar el lerdo paso de las horas.
Cuando el arrogante
Guardia de Garras rugió la orden de dejar de cavar desde la boca del túnel,
Cazarrabo y los demás prisioneros comenzaron a ascender hacia donde aguardaban
los centinelas. Fritti se quedó atrás y, cuando el último gato salió del túnel,
retrocedió con rapidez y se arrojó al fondo del pozo que habían estado cavando.
Una vez allí, se arrastró debajo de la tierra suelta y permaneció inmóvil.
Desde arriba
llegaba el bullicio de los prisioneros que formaban filas. Entonces, unos
brillantes ojos dorados inspeccionaron el túnel durante un breve instante, pero
el polvo y la oscuridad ocultaban a Cazarrabo, que pronto oyó los pasos de los
esclavos que se alejaban. Permaneció en silencio en el fondo del hoyo durante
el tiempo de varios latidos, y por fin se asomó con cautela a la superficie.
La pequeña caverna
a la que conducía el túnel estaba vacía y la tenue luz del suelo no revelaba
más movimientos que los suyos. Fritti se sacudió la tierra de la cara, las
patas y el rabo con aplomo y rapidez, y luego se dirigió en silencio hacia el
túnel donde habían desaparecido sus compañeros.
En la cueva donde
Saltarín soñaba con el gato blanco, Sombra también se había quedado dormida. La
ansiedad por el posible regreso del vengativo Guardia de Garras y la terrible
sensación de impotencia por su situación habían acabado por desalentarla, hasta
hacerle perder las fuerzas y el deseo de resistir. Con la barbilla apoyada
sobre las patas, había contemplado un largo rato las figuras pacíficas e
indefensas de Saltarín y Comebichos hasta que la desesperanza la había envuelto
en su manto como una cálida bruma. Cuando el Guardia asomó su maléfica cabeza
por la entrada de la celda, vio a los tres gatos dormidos, tan quietos como si
estuvieran muertos. Luego se retiró con una sonrisa de aprobación que dejó al
descubierto sus colmillos amarillos.
De repente
Comebichos parpadeó y por un instante, aunque su cuerpo permaneció laxo e
inmóvil, sus ojos se llenaron de un intenso destello. Después aquella luz
titiló y se esfumó. Los párpados retornaron a su sitio y el gato yació inmóvil
y silencioso como una piedra.
Cuando Fritti llegó
al túnel abandonado, Pellejos lo estaba esperando. El Guardia de Dientes
interpretaba una pequeña danza de expectación, agitando la cola lampiña y
retorciendo el cuerpo como una lombriz nocturna que se ahoga en una charca.
Cazarrabo había llegado a aquel punto del montículo después de una cautelosa
marcha que parecía haberle llevado innumerables ojos. Por fin se acercó a
Pellejos tan silenciosamente como pudo, pero fue recibido con una estridente
exclamación de entusiasmo:
-¡Trotacuevasss!
¿Eresss tú? ¡Tengo noticiasss para ti!
-¡Sssilencio!
-siseó el propio Fritti-. ¿Qué noticias son ésas?
-He encontrado a tu
prisssionera -repuso el Guardia de Dientes con alegría-. ¡Pellejosss lo ha
hecho!
-¿Dónde? -apremió
Cazarrabo-. ¿Dónde está?
Debajo del mutilado
hocico de Pellejos, la boca llena de brillantes dientes dibujó una sonrisa
demencial.
-No muy lejosss de
aquí, oh, sssí, bassstante cerca. ¡Oh, el sssabio Pellejosss ha ssservido al
Ssseñor Sssupremo!
Fritti hizo acopio
de toda su paciencia y aguardó, con la boca seca, que Pellejos describiera el
lugar donde estaba Sombra. Cuando el Guardia sin ojos terminó, Cazarrabo
comenzó a retroceder, mientras urdía planes con desesperación. Pero de repente
se detuvo.
«Será mejor que
guarde las apariencias -pensó-. Esta criatura es un terrible enemigo, pero
también puede llegar a ser un buen aliado.»
-Lo has hecho muy
bien -le dijo al Guardia de Dientes-. El amo se alegrará, pero recuerda, ¡ni
una palabra a nadie!
-Por sssupuesssto
que no. De la boca del lisssto Pellejosss no sssaldrá una sssola palabra.
Contemplando las
frenéticas cabriolas de la criatura, Fritti advirtió que con el entusiasmo
había olvidado algo.
-¿Dónde está
Desgarros? -inquirió-. Tenías que llevarlo contigo.
-¡Oh,
Trotacuevasss! -gimió Pellejos, y sus patéticos rasgos dibujaron una súbita
expresión de temor-. Essstá lleno de osss. No quería quedarssse conmigo, y yo
no pude obligarlo. Esss muy fuerte, ¿sssabesss? Ssse internó en los túnelesss,
llorando y gritando
cosssasss
extrañasss. Fue cassstigado por la fuga del prisssionero y essstá enfermo de
osss.
«Ya no podemos
hacer nada», pensó Fritti.
-No importa -le
dijo a Pellejos, cuya expresión se animó de inmediato-. Ahora, vete. Si te
necesito, te encontraré.
Cazarrabo salió del
túnel abandonado, cruzó el foso principal y se detuvo en una pequeña cueva, que
las sombras ocultaban de ojos curiosos. Cuando se volvió a mirar atrás, vio a
Pellejos saltando y bailando entre las sombras con una sonrisa patética en su
cara mutilada.
Mientras el mundo
subterráneo despertaba, Fritti avanzaba como un gato fantasma, ocultándose en
los rincones más sombríos y esquivando con astucia a los escuadrones de
coléricos habitantes del montículo. Las bestias estaban por todas partes:
caminando, susurrando y flexionando sus filosas garras rojas.
Fritti llegó al
cruce de tres túneles que le había descrito Pellejos. Miró con cuidado a su
alrededor y, cuando vio que nadie le prestaba atención, se internó en el pasaje
que le había indicado el Guardia de Dientes. Con el rabo erecto, los bigotes
cosquilleantes y hasta el último pelo de punta, descendió hacia el interior del
pozo. Al fondo había una entrada: ¡era allí! Fritti sintió deseos de saltar,
pero se contuvo. Con cautela, con cautela...
Llegó al hoyo y
espió con cuidado hacia el interior. Bajo el tenue resplandor, al fondo del
pozo pudo ver a... ¡Saltarín! El corazón le dio un brinco. Por lo visto el
pequeño y Sombra estaban en la misma celda. La suerte no lo había abandonado.
Se inclinó un poco
más y distinguió otras dos siluetas. ¡Sombra! ¿Y el otro no era el viejo
Comebichos? Pero ¿por qué no se movían? ¿Era posible que estuvieran...? No,
veía con claridad que los flancos de Saltarín subían y bajaban rítmicamente.
Entonces, algo se
desplomó sobre él como un árbol que se derrumba. Con un gemido de dolor, cayó
hacia un costado de la entrada. De pie ante él había una bestia negra y grande,
con su enorme pata preparada para otro golpe. La cara famillar del Guardia de Garras
sonrió con expresión burlona:
-¿Qué te propones?
-gruñó.
-Na... nada -gimió
Fritti-. Mi... mi nombre es Trotacuevas y me he perdido.
Intentó acurrucarse
contra el suelo, pero el Guardia de Garras se acercó aún más.
-¿Es eso cierto?
-bufó, y su aliento caliente hizo parpadear a Cazarrabo. De pronto la bestia
arrugó el entrecejo-. Espera un mornento. Tu aspecto me resulta familiar. ¿Qué
es esa marca que tienes en la cabeza?
«¿En la cabeza? ¡Mi
frente! ¡Por las lágrimas de Danzacielos!», se maldijo Fritti.
Sin duda se había
limpiado el polvo de la cara al salir del túnel de los esclavos. Fritti intentó
escapar, pero la pesada pata descendió sobre su cuello y las uñas escarlata le
pincharon suavemente la garganta.
-¡Por el Señor
Supremo! -exclamó el Guardia de Garras-. ¡Si es la pequeña rata de sol que
había escapado! ¡Qué agradable sorpresa!
Fritti,
desesperado, reconoció a su aprehensor. Era Mordiscos, el antiguo compañero de
Desgarros, y ahora mostraba sus dientes a cazarrabo en una espeluznante
sonrisa.
-Bueno -rió el
centinela-, es una suerte que te haya encontrado yo. El jefe se ha arruinado
por culpa tuya. ¡Todo por culpa tuya! -añadió mientras apretaba la pata sin
piedad contra el cuello de Fritti. El joven cazador tosió indefenso-. Ahora yo
soy el jefe -añadió Mordiscos con una sonrisa burlona- y voy a asegurarme de
que recibas tu merecido.
La bestia negra se
agachó y acercó los hundidos ojos a la cara del jadeante cautivo. La voz del
Guardia de Garras se convirtió en un murmullo vengativo:
-¡Voy a llevarte
directamente ante el Gordinflón!
28
Dondequiera que
estéis nuestra agonía os encontrará
entronado en el más
oscuro altar de nuestra angustia.
Bestia perfecta,
bruto, bastardo.
¡0h, perro, mi
Dios!
GeorgeBarker
Mordiscos empujaba,
apremiaba, mordía y atormentaba a Cazarrabo para obligarlo a avanzar por los
pasillos ahora abarrotados. Muchos se volvían a mirar a la curiosa pareja
formada por el oscuro y musculoso Guardia de Garras y el pequeño gato
anaranjado. La escena de un centinela conduciendo a su víctima al sitio de
castigo o ejecución era habitual, pero, en este caso, el pequeño gato gruñía y
forcejeaba: ¡se resistía! Hacía mucho tiempo que nadie veía luchar a un
habitante de la superficie.
Pese a su estado de
dolor, frustración e ira, Fritti observó un hecho inusual: no había esclavos
por ninguna parte, los grupos de trabajo que caminaban pesadamente por las
calles de Vastnir habían desaparecido. Por lo visto, ya habían concluido su
trabajo. No era extraño que lo hubieran descubierto.
Mordiscos se abría
paso entre una multitud de indiferentes Guardias de Garras y susurrantes
Guardias de Dientes con las pieles arrugadas. Descendieron varios niveles,
atravesaron la Puerta Principal y por fin llegaron a la abovedada antecámara de
la Caverna del Foso.
Un grupo de
Guardias de Garras discutía a la entrada de la sala del trono. El
supuesto.jefe, una bestia rechoncha y baja con el rabo cortado, intentaba poner
orden. De repente abofeteó a uno de sus subordinados, que gimió y retrocedió,
para regresar un instante después con la cabeza gacha.
-¡Eh! ¡Chafahierba!
-le dijo Mordiscos a la criatura sin cola-. ¿Qué haces aquí con tu jauría de
amigos de los ratones?
Chafahierba se
volvió a mirar a los recién llegados.
-¡Ah, eres tú,
Mordiscos! La situación está muy mal, muy mal.
-¿Por qué
lloriqueas? -preguntó Mordiscos y sonrió con la lengua fuera.
-Es por lo que ha
dicho Quijadas -respondió Chafahierba, preocupado-. Él y algunos otros han oído
cosas extrañas en las Catacumbas Superiores.
-Algo parecido a
arañazos -agregó Quijadas, ceñudo y sombrío-. Algo no va bien.
-Lo que estas
bestias necesitan son unos dientes filosos -rió Mordiscos con brusquedad-.
Tienes que tratarlos con pata dura, Chafahierba. -Volvió a reír y se oyó un
murmullo de disgusto entre los Guardias-. ¿Y qué hacéis todos aquí? El amo os
arrancará los ojos.
Chafahierba se
sobresaltó.
-Si yo no venía con
ellos, pensaban hacerlo solos. ¿Qué crees que hubiera pensado el amo de eso?
-Que era un motín.
Ahora sigue siendo un motín, pero lo diriges tú, mi estúpido amigo. ¡Arañazos!
¡Ja! ¡Pronto descubriréis que el amo es peor que cualquier arañazo!
-¿Y qué haces tú
aquí?-murmuró Quijadas con tono maligno.
Mordiscos se arrojó
sobre él y comenzó a morderle una oreja.
-¡Puedes hablarle a
tu jefe como si fuera un cachorrillo, pero a mí no! -gruñó Mordiscos en la
oreja sangrante de Quijadas con voz grave y amenazadora. Luego se dirigió a los
demás, que los miraban con nerviosismo-. Da la casualidad de que he traído un prisionero
importante ante el Señor Supremo. Si tenéis suerte, estará tan encantado
conmigo que olvidará arrancaros las entrañas.
-¿Un prisionero
importante? ¿Este pequeñín? -preguntó Chafahierba.
-Es el único gato
que ha logrado escapar -replicó Mordiscos-. Alguien debe de haberlo ayudado,
¿verdad? Parece lógico, ¿no es cierto? Y todos sabéis lo que eso significa,
¿no? -El Guardia de Garras se inclinó hacia delante para dar más énfasis a sus
palabras-. ¡Una conspiración! ¡Imaginaos! -exclamó mordiscos, encantado, con
todos los dientes al descubierto.
-Pero si ha logrado
escapar, ¿qué hace aquí? -se extrañó uno de los súbditos de Chafahierba.
-Ya he oído
demasiadas preguntas -contestó Mordiscos con voz amenazadora y una mirada
fulminante-. Tengo cosas más importantes que hacer que discutir con un grupo de
despreciables cobardes como vosotros. Voy a ver al amo. Vamos, Chafahierba,
coge a tus quejicas con sus «arañazos» y vuelve a tu túnel. No tienes nada que
hacer aquí.
-Tú no eres quién
para darme órdenes, mordiscos -objetó el otro jefe con voz desafiante, aunque
empezó a retroceder, seguido por sus vacilantes esbirros.
Quijadas miró a
Mordiscos con expresión de odio, pero siguió a su jefe con pasos indecisos.
-Le falta firmeza
-declaró Mordiscos con satisfacción.
Fritti había
observado la discusión sin moverse, pendiente de las emanaciones que salían de
la cámara inferior, del enorme y arrasador poder de Comecorazones. Apenas
sintió a Mordiscos empujándolo hacia la entrada. Una bruma flotaba ante sus
ojos y comenzaba a sentir un dolor agudo y pulsátil en la frente.
Los dos Guardias de
la puerta, uno de Garras y otro de Dientes, inclinaron la cabeza al reconocer a
Mordiscos, pero no se volvieron a mirar a Fritti. Cuando éste y su centinela
atravesaron la entrada arqueada, los envolvió una niebla fría. Cazarrabo comenzó
a temblar.
En el centro de la
caverna, en medio del foso, se alzaba el increíble trono. La montaña de cuerpos
retorcidos y moribundos dibujaba sinuosas ondas bajo la luz azul violácea.
Sobre la cima de aquel monolito de dolor, se balanceaba el señor Comecorazones,
ciego e inmóvil como una inmensa larva recién nacida. Debajo, docenas de
febriles servidores se movían en torno al foso.
Mordiscos, cuyo
valor parecía haber menguado, condujo a Fritti despacio hacia la enorme bestia.
Mientras el Guardia de Garras reunía valor para hablar ante el enorme
precipicio circular, se oyó una conmoción al fondo de la caverna, junto a la
entrada principal. Fritti observó que varios Guardias de Garras atravesaban la
puerta corriendo, pero la bruma que brotaba del suelo no le permitía ver lo que
ocurría.
La criatura sentada
sobre el foso giró la cabeza despacio hacia el sitio de los disturbios.
Mordiscos carraspeó, pero el amo miraba más allá, al fondo de la caverna de
piedra.
-Gr... gran
señor... Todopoderoso. ¡Escucha a tu esclavo! -gritó Mordiscos al otro lado del
foso. La enorme cabeza se volvió despacio y por fin posó sus turbios ojos
blancos en su dirección. Tanto el Guardia de Garras como su cautivo dieron un
involuntario paso atrás. El Primogénito los miraba impasible-. Señor Supremo,
tu sirviente Mordiscos te ha traído al prisionero prófugo.
Con esas palabras,
mordiscos retrocedió, dejando a Cazarrabo junto al borde del enorme foso,
sujeto al profundo escrutinio de Comecorazones.
Mientras aguardaba,
Mordiscos sacaba y entraba las uñas en un gesto involuntario.
-¿He hecho bien,
Señor Supremo? -preguntó al cabo, incapaz de soportar el silencio un minuto
más-. ¿Estás contento con tu siervo?
-Vivirás -respondió
Comecorazones tras girar de forma casi imperceptible la cabeza hacia el Guardia
de Garras. Su voz sonó débil, como si hablara por primera vez después de largos
siglos. Mordiscos comenzó a balbucir algo, pero, antes de que pudiera hablar,
la voz pastosa e inexpresiva añadió-. Has hecho bien. Puedes retirarte.
Mordiscos
retrocedió hacia la entrada con la mirada ausente; luego se giró y desapareció.
Cazarrabo se dejó
caer sobre el suelo frío, mientras los vapores se arremolinaban entre él y el
foso. Cuando la niebla se disipó, vio que los viejos ojos del Gordinflón
estaban dirigidos hacia arriba, mirando al vacío. La agónica montaña que le
servía de asiento se elevó y descendió ligeramente, como en un extraño
encogimiento de hombros colectivo. El señor de Vastnir no pareció percatarse
del movimiento.
De repente, la voz
de Comecorazones penetró en la mente de Cazarrabo como un intruso frío y
viscoso.
Te conozco. La
poderosa presencia se abrió paso sin esfuerzo entre sus pensamientos.
Cazarrabo, presa de una febril inquietud, restregó la cabeza contra el suelo
helado de la caverna, pero la voz no se marchó.
No representas
ninguna amenaza. Libre o prisionero, vivo o muerto, eres sólo un guijarro en mi
camino. La criatura eterna sofocaba los asustados pensamientos de Fritti y los
convertía en resignada desesperanza. Pero todavía necesito a mis esbirros. por
un tiempo. Todos deben saber que resistirse es inútil. Debería deshacerte en
fragmentos y arrojarte al espacio para que flotaras entre las estrellas...
Un tremendo vacío
se apoderó de la mente de Fritti, como si de repente la hubieran arrojado a un
insondable abismo. Podía oír los gritos de terror que surgían de su cuerpo
desde algún lugar... un lugar remoto e inalcanzable.
Sin embargo
-continuó el horrible y martilleante zumbido-, ya estás comprometido.
Bast-Imret, Knet-Mukri y todos los Guardias de Huesos te reclaman. Serás
conducido a la Casa de la Desesperación, donde te hospedarás hasta que tu ka
luche por volar hacia elgran vacío...
Como si alguien las
hubiera llamado en silencio, varias figuras grises, envueltas en niebla,
surgieron de las altas cuevas que se abrían sobre el muro, al otro lado del
foso. Una solemne y espeluznante procesión comenzó a descender por el muro
lleno de agujeros de la caverna con la misma lentitud e inexorabilidad del
hielo al cubrir los estanques en invierno. En la brumosa luz azul que titilaba
entre las grietas, las siluetas parecían imprecisas..., amorfas. Fritti reparó
en unos destellos parpadeantes que parecían ojos.
Entonces una brisa
suave descendió de las alturas de la cámara y las tinieblas se volvieron más
opresivas. Las demás criaturas se apartaron para dejar paso a los Guardias de
Huesos. Cazarrabo sentía que una fuerza poderosa lo mantenía clavado al suelo,
desde donde debía limitarse a contemplar la procesión que se acercaba.
De pronto, todos -a
excepción de la bestia ciega del pozo- miraron hacia la puerta, donde se oyó
una súbita conmoción, seguida de gritos de alarma de los Guardias de Garras. La
procesión de Guardias de Huesos se detuvo con sus formas imprecisas y bamboleantes.
Debajo de Comecorazones, la montaña de cuerpos moribundos volvió a elevarse y
luego permaneció inmóvil.
Una figura
solitaria entró corriendo en la Caverna del Foso. Era un Guardia de Dientes,
con su piel correosa flagelada y sangrante.
-¡Nosss atacan!
-gritó la criatura-. ¡Essstán luchando en la Puerta Vez'an! ¡Y también en
otrosss sssitiosss!
Las bestias
congregadas en la sala articularon un grito de horror y se oyeron ruidos
procedentes de los túneles.
-¿Qué ocurre? ¿Qué
ocurre? -gritó uno de los Guardias de Garras, enloquecido.
-¡Losss malditosss
Caminantesss Primigeniosss! ¡Han venido con lasss orugasss del Primer Hogar!
¡Traidoresss! ¡Nosss atacan!
El Guardia de
Dientes se desplomó gritando y gimiendo. La caverna se convirtió en un
infierno: de los túneles salían Guardias de Garras y de Dientes que saltaban,
gruñían y aullaban por igual. Fuera de la caverna, los ruidos de lucha se
volvían cada más fuertes y cercanos. En medio del caos, Comecorazones
permanecía impasible, inmóvil como un glaciar.
Cazarrabo, tendido
en el suelo al borde del pozo, contemplaba la escena como si fuera un sueño.
Los gritos y el bullicio no lo afectaban, no podían penetrar la paralizante
escarcha con que Comecorazones había cubierto su corazón y su ka. De repente,
una multitud de bestias penetraron en la caverna, enzarzadas con dientes y uñas
en un mortal combate, pero Cazarrabo observó la pelea con la misma indiferencia
con que hubiera mirado las ondulaciones que se forman en el agua de un
estanque. Sólo experimentó un leve interés cuando creyó ver un aire familiar en
algunas figuras de las primeras filas.
Un enorme y furioso
gato negro -similar a un Guardia de Garras, pero más ágil y delgado- asestaba
golpes a diestro y siniestro mientras esquivaba las dentelladas de los Guardias
de Dientes. ¿Quién era? ¿A él qué más le daba? Por alguna razón, parecía importante
recordarlo. Cerca de allí, un segundo Tom con el cuerpo cubierto de cicatrices
luchaba con un Guardia de Garras mucho más grande que él. ¿Debería reconocer a
éste también?
Un corpulento gato
rayado se abrió paso entre los centinelas de la puerta y se precipitó en la
caverna. Fritti, que observaba el curso de los acontecimientos con total
indiferencia, sintió un irresistible deseo de sonreír, pese a que el gato de
barriga bamboleante luchaba por su vida.
«¿Por qué? -se
preguntó-. ¿Por qué sonrío?»
«Porque es
Barrigota y Barrigota es gracioso.»
Barrigota,
Barrigota y Ponzoña y... ¡Tembleque! ¡Sus amigos! ¡Habían venido sus amigos!
La escarcha que
cubría su alma se derritió. La Comunidad estaba allí. ¡Por fin habían venido!
Fritti se incorporó
con una débil exclamación de alegría. La batalla se extendía y se aproximaba
adonde estaba él, rodeando poco a poco el foso donde se sentaba el poderosísimo
amo. Cazarrabo retrocedió tambaleante hacia el muro de la caverna y se refugió
en un pequeño hueco. Los centinelas hicieron caso omiso de él y se dirigieron
hacia la refriega.
Despacio, como
inducidas por una orden muda, las criaturas del montículo retrocedieron hasta
formar un círculo alrededor del foso brumoso, iluminado por una luz violácea.
Los asaltantes se unieron para atacar, pero chocaron contra la hilera de
guardianes que rodeaba el foso. Algunas figuras forcejearon con ellos, pero
cayeron gritando al foso y desaparecieron en la niebla que envolvía el trono.
Los gatos retrocedieron y se prepararon para atacar otra vez. Hubo un instante
de absoluta quietud, en que casi podía oírse el ruido de los pelos al erizarse.
Entonces la voz pastosa y atronadora de Comecorazones retumbó en la caverna:
-¡BASTA!
En el temeroso
silencio que siguió, sólo se oyó el eco de aquel terrible grito. Tembleque, que
había trepado hasta la mitad del muro de la caverna, escudriñó la oscuridad que
rodeaba al foso. Su ronco susurro, lleno de temor supersticioso, rompió la quietud:
-¡Por las tetillas
de la madre universal!
Entre los demás
miembros de la Comunidad se oyeron silbidos aterrorizados y cientos de lomos y
rabos se arquearon al mismo tiempo.
La voz de
Comecorazones resonó una vez más:
-Me preguntaba si
los aduladores gatos que adoran la memoria de mis hermanos muertos reunirían el
valor suficiente para atacar mi guarida. Oídme, seguidores de Pies de Fuego y
Viento Blanco: el ,último de los Primogénitos no se dejará avasallar por una horda
de simples maulladores como vosotros. ¡Os habéis metido en un buen lío,
rastreros de la superficie!
El peso de sus
palabras cayó sobre los atacantes como algo tangible. Tal era la fuerza de
Comecorazones que ni siquiera las criaturas del montículo se atrevían a
moverse.
Por fin Ponzoña se
puso de pie, con una expresión de firmeza en su apergaminada cara y los bigotes
rectos y orgullosos.
-¡Palabras!
-exclamó el barón de los Caminantes Primigenios del Bosque de las Raíces-.
Hemos traído con nosotros a más miembros de la comunidad que estrellas hay en
el cielo, Señor del Hormiguero, y en estos momentos pululan por tu madriguera
de praere. ¡Tus días están contados! -Los atacantes asintieron mientras
ronroneaban con asombro y orgullo, de modo que las cuevas de piedra se llenaron
de un inmenso zumbido-. ¡Aunque te quedes sentado como un sapo sobre tu falso
Vaka’az'me hasta el final de .los tiempos -gritó Ponzoña-, nunca restregaremos
nuestras barbillas contra el suelo en tu honor! ¡Has perdido tu poder!
La risa de Grizraz
Comecorazones descendió sobre la multitud con el estrépito de una avalancha.
-¡IDIOTAS! -bramó-.
¡Cómo os atrevéis a hablarme de poder cuando vuestras pequeñas vidas duran
tanto como las hojas en los árboles! ¡Qué ironía! -Se oyó otra carcajada,
seguida de un rugido, y la montaña de cuerpos que formaba el trono de
Comecorazones se inclinó de forma brusca-. Habláis del Vaka'az'me -rugió, cada
vez con mayor fuerza-. ¡Creéis haber visto el trono de Comecorazones, pero aún
no habéis visto nada! -gritó el amo del montículo lleno de júbilo con una voz
tan escalofriante como una lluvia helada.
Los miembros de la
Comunidad retrocedieron y habrían huido de allí si Ponzoña no hubiera dado un
paso al frente.
Sin embargo, antes
de que el barón pudiera articular una palabra, el cuerpo oscuro y abultado de
Comecorazones comenzó a balancearse sobre la montaña de carroña.
-¿Acaso pensáis que
estoy aquí sentado para asustar a esos seres patéticos y escurridizos que me
sirven? -preguntó el Gordinflón-. ¿Para instilar temores sobrenaturales en las
mentes de criaturas como vosotros? iJA, JA, JA! -La voz de Comecorazones se elevó
hasta convertirse en un bramido ensordecedor-. Así como Fela Danzacielos me
engendró a mí, yo daré vida a esta montaña de carne retorcida. ¡Le otorgaré
PODER!
El rugido del foso
se transformó en un violento ruido de succión, y las luces que irradiaba la
tierra comenzaron a parpadear de forma frenética. Las criaturas congregadas en
la caverna -gatos libres y Guardias por igual- se apartaron del foso entre
gritos de terror.
Entonces una enorme
figura emergió del fondo del pozo, como si hubiera sido incubada por
Comecorazones o se hubiera formado con los vapores del foso. El sonido que
emitió parecía el llanto de innumerables moribundos, millares de voces unidas
en un aullido cruel. Mientras la monstruosa montaña avanzaba pesadamente, todos
los que rodeaban el foso gritaron y huyeron a refugiarse junto a los muros de
la caverna.
La nauseabunda luz
púrpura alumbró un ser monstruoso y deforme, oscuro e indefinible. Con su
hocico baboso y sus ojos rojos, tenía una ligera semejanza con un perro
demoníaco. Estaba formado por los cuerpos derretidos y retorcidos del foso, un
montón de bestias moribundas y sufrientes transformadas en otra enorme
criatura.
Algunos miembros de
la Comunidad, cuyo valor rayaba en la locura, intentaron interceptarla y
luchar, pero la lerda y despiadada bestia los aplastó en un instante.
-¡Yo lo he creado!
¡El Fikos! ¡Lo he creado yo! -La caverna retumbó con los innumerables gritos de
muertos y moribundos.
Mientras el
monstruoso perro atacaba y mataba todo lo que encontraba a su paso,
Comecorazones se elevó por encima del caos-. ¡Fikos! ¡Vuestra ruina! ¡La ruina
de todos los que habitan en la superficie!
Cazarrabo se giró y
huyó de la Caverna del Foso, dejando atrás aquel espeluznante espectáculo.
29
El zorro tiene un
montón de trucos;
el puerco espín uno
solo, pero muy bueno.
Archilochos
Vastnir era un
infierno. Mientras Fritti corría en la semipenumbra, pasó junto a gatos
tambaleantes que gritaban y corrían como murciélagos enloquecidos.
Cazarrabo sólo
podía pensar en sus amigos. La masacre que sucedía a su espalda era demasiado
grande y parecía el fin de todas las cosas: de la vida, de la razón, de la
esperanza. No quería enfrentarse a ella sin sus compañeros.
Nadie intentó
detenerlo. Los Guardias de Garras y de Dientes peleaban con los gatos libres y
entre sí. Los prisioneros habían salido de sus cuevas, atraídos por el ruido, y
lloraban o gritaban mientras buscaban una salida. La voz atronadora e
inexpresiva del Fikos descendía sobre el montículo, con su estruendo de locura
y destrucción.
Fritti intentó
recordar las confusas instrucciones de Pellejos. En el caos de cuerpos y
bullicio, varias veces temió haberse perdido. Por fin reconoció el túnel en
pendiente y se arrojó a él con las orejas pegadas a la cabeza.
Sombra y Saltarín
estaban acurrucados en el fondo de la cueva, con los pelos erizados. Comebichos
seguía tendido a sus pies, aunque tenía los ojos abiertos y miró a Cazarrabo
con extraña curiosidad. Al principio Sombra no lo reconoció, pero enseguida sacudió
la cabeza y se inclinó hacia delante llamándolo por su nombre:
-¡Cazarrabo! ¡Estás
aquí! ¿Qué sucede? -dijo mientras se acercaba a olfatearlo, pero él se dirigió
directamente hacia Saltarín.
-¡Saltarín!
-exclamó-. ¡Soy yo! ¿Te encuentras bien? ¿Puedes andar?
Saltarín lo miró
fijamente un momento, como si no comprendiera, pero luego esbozó una sonrisa.
-Nre’fa-o,
Cazarrabo -repuso-. Sabía que volverías.
Fritti se volvió y
vio que Sombra miraba con aprensión hacia la entrada del túnel.
-Están sucediendo
cosas terribles, Sombra -explicó-. La comunidad ha venido, pero se han
encontrado con un terrible peligro. No podemos hacer nada aquí. Debemos
aprovechar la confusión para escapar; es nuestra única posibilidad de
salvarnos. Ayuda a Saltarín, yo cogeré a Comebichos.
La fela gris saltó
hacia donde estaba el cachorrillo sin protestar, pero Saltarín se incorporó
sobre sus patas temblorosas.
-Puedo
arreglármelas solo -aseguró-. Sólo estaba esperando a Cazarrabo -añadió con voz
misteriosa, arqueando su pequeño cuerpo.
Comebichos causó
más dificultades. Aunque ya estaba despierto y no se resistía activamente,
estaba atontado y no parecía ver la necesidad de apresurarse. Se paseaba por la
caverna, olfateando los rincones como si acabara de llegar.
-Ha estado en los
campos de los sueños desde que nos capturaron -explicó Saltarín-. Es la primera
vez en mucho tiempo que lo veo de pie.
-Espero que
recuerde cómo usar sus patas -gruñó Cazarrabo-, porque nos queda poco tiempo...
si ya no es demasiado tarde. Yo iré al frente. Sombra, tú ve atrás y ayuda a
Comebichos.
-Pero ¿adónde
vamos? -preguntó la fela-. Si la Comunidad ha venido al montículo, ¿no habrá
Guardias en las entradas y salidas?
-Creo que conozco
un camino que no estará vigilado -respondió Fritti-, aunque es algo arriesgado.
¡Debemos huir ya! Os diré lo que sé mientras corremos.
La procesión se
encaminó a la salida y Cazarrabo asomó el hocico para asegurarse de que el
camino estaba libre. El túnel exterior estaba vacío, pero desde las cuevas
superiores llegaban ruidos del tumulto.
Al llegar a la
salida de la cueva, Comebichos se detuvo un instante a contemplar la caverna
donde había estado prisionero tanto tiempo. Entonces habló por primera vez
desde su llegada a Vastnir:
-Un sitio
pequeñísimo... -dijo con voz débil antes de ceder a los empujones de Sombra.
Mientras los cuatro
gatos recorrían los inquietantes pasillos, entre un caos de muertos, moribundos
y vivos, Fritti intentó describir la escena que había presenciado. El suelo
luminoso que cubría las cámaras y túneles ahora irradiaba apenas un resplandor
intermitente y el tenebroso montículo parecía albergar todo tipo de peligros.
En varias
ocasiones, las criaturas del montículo intentaron cerrarles el camino y se
vieron obligados a luchar para abrirse paso. Fritti y Sombra peleaban como
posesos, lo que llenaba de confusión a los Guardias de Garras y de Dientes.
¿Cómo era posible que aquellos pequeños seres no se rindieran sin ofrecer
resistencia? El mundo del montículo se desmoronaba y, para sus asustados
habitantes, aquellos esclavos ingobernables eran una prueba aterradora del
final. Los asombrados Guardias huían una y otra vez en busca de víctimas más
fáciles de sojuzgar.
En lugar de
combatir con los atacantes, Comebichos se acurrucaba y farfullaba con voz
lastimera. Saltarín, por su parte, se mantenía extrañamente calmo y no
levantaba su pequeña pata para de fenderse ni siquiera cuando era amenazado
directamente. Por el contrario, miraba a sus enemigos con aire ausente hasta
que éstos se acobardaban, temerosos por una actitud que no podían comprender.
Cazarrabo y Sombra recibieron múltiples heridas en su lucha para defender a su
pequeño ejército. Saltarín en cambio, sano y salvo, los seguía como un
cachorrillo en su paseo diario.
-No sé si podremos
seguir así -resolló Sombra tras huir de otra escaramuza-. Alguien tomará el
mando de estas criaturas pronto y entonces tendremos que encomendar nuestro ka
a Meerclar.
-Lo sé -jadeó
Fritti.
El joven gato no
quería entretenerse en discusiones. En efecto, los caminos por donde viajaban
se volvían cada vez más peligrosos, de modo que decidió ahorrar el aliento y
aprovecharlo para huir.
Al cabo penetraron
en la zona menos transitada de los túneles. El ataque de la Comunidad del
Primer Hogar había atraído a la mayoría de los centinelas al interior del
montículo y, mientras los cuatro amigos rastreaban el camino de regreso, el
estrépito de la batalla comenzó a apagarse a sus espaldas. El resplandor de la
tierra también se desvanecía, pero Fritti ya conocía aquellos senderos y, lo
que era más importante, se dejaba guiar por el murmullo creciente de la Cañada
Ardiente.
A medida que
avanzaban por una sucesión de estrechos túneles con techos bajos, el rugido del
río subterráneo se volvía más potente y el aire se llenaba de humedad. Por fin
salieron de un estrecho pasadizo a una caverna de techo alto que Fritti
recordaba como la última cámara antes de las cataratas. Por primera vez la fuga
parecía posible, aunque Cazarrabo sabía que a sus espaldas la Comunidad libraba
-y perdía-una importante batalla. Detuvo al grupo para explicarles los peligros
del camino, pero no llegó a pronunciar sus advertencias. Cuando se volvió,
Comebichos había desaparecido.
-¡Sombra!
-exclamó-. ¿Dónde está Comebichos? ¡Pensé que lo seguías!
La fela gris, que
estaba lamiéndose las heridas, miró hacia atrás y no vio a nadie en la
oscuridad. Sus ojos verdes reflejaron vergüenza.
-Lo siento,
Cazarrabo -repuso con suavidad-. Saltarín se hizo daño en una pata y cojeaba,
así que me acerqué a ayudarlo. Comebichos estaba detrás de nosotros...
-No es culpa tuya,
Sombra -dijo Fritti, sacudiendo la cabeza lleno de frustración y tristeza-. No
podías preverlo. Ahora dejadme describir la caverna que encontraremos y la
forma de cruzar el río.
Sombra escuchó las
instrucciones con atención e hizo un gesto de asentimiento. Saltarín, por el
contrario, miró a Cazarrabo en silencio en la creciente oscuridad.
-Espero alcanzaros
antes de que salgáis de la cañada -declaró Fritti-, pero, si no es así, seguid
siempre a la derecha y avanzad hacia la superficie.
-¿Qué quieres decir
con que esperas alcanzarnos? -preguntó Sombra, confundida.
Al ver la tristeza
reflejada en su rostro, Fritti fue incapaz de hablar, pero Saltarín habló por
él:
-Vuelve a buscar a
Comebichos -explicó el cachorrillo.
-¿Que vuelves?
-repitió Sombra, atónita-. No puedes hacer eso, Cazarrabo. Queda poco tiempo.
¡Será un sacrificio inútil!
-No será inútil
-replicó Fritti-. Debo hacerlo. Si tú y Saltarín os salváis, me sentiré mucho
mejor. Ahora marchaos, por favor.
Cazarrabo se giró,
pero Sombra corrió a interponerse entre él y el túnel. En su dolor, parecía más
salvaje que nunca, más salvaje aún que cuando había peleado por su propia vida.
Era como si hubiera tenido un traspié en la danza de la tierra y no supiera
cómo continuar.
-¡Saltarín!
-exclamó-. Dile que no vaya. ¡No permitas que persiga el rabo de la muerte de
ese modo!
Pero Saltarín se
limitó a mirarla con el afecto de siempre y dijo:
-Tiene que hacerlo.
No lo hagas más difícil para todos nosotros, por favor, Sombra. -Y, girándose
hacia Fritti, agregó-. Que la suerte acompañe tu danza, Cazarrabo. Si puedes,
vuelve con nosotros.
Fritti sólo tuvo un
instante para maravillarse del cambio que se había operado en su joven amigo.
Los ruidos de las batallas que se libraban en los túneles volvieron a
recordarle su obligación.
-Nre’fa-o,
queridos, queridos amigos -se despidió y se habría detenido a olfatearlos a
ambos, si hubiera sido capaz de mirar a Sombra a los ojos.
Pasó junto a ella y
corrió hacia el túnel por donde había venido.
Los pasadizos que
acababan de cruzar con relativa tranquilidad comenzaban a llenarse de las
oscuras siluetas de los Guardias de Garras y de Dientes. Las bestias estaban
recuperando la cohesión, y Fritti sabía que esto era malo para Tembleque,
Saltavallas y el resto de sus amigos. Desde arriba, aunque era imposible saber
a qué altura, se oían las pisadas lerdas y firmes de la enorme criatura que
recorría las Catacumbas Superiores. Era obvio que aquel ser maligno se había
escapado de la Caverna del Foso y ahora avanzaba por los túneles superiores.
Cazarrabo suponía que Comebichos no debía de haber llegado muy lejos, pero si
lo había hecho... Ni siquiera la
flamante
determinación de Fritti bastaría para apartarlo del alcance o de la vista de
aquel ser.
Cuando se
arrastraba con cuidado por un estrecho pasadizo, pendiente de un grupo de
Guardias de Garras que había visto en un cruce de túneles, a unos veinte saltos
de distancia, un ruido inesperado lo detuvo: una risa suave y cercana. Al mirar
hacia abajo, descubrió una grieta entre el suelo de piedra y la pared. El ruido
procedía de allí.
Se agachó, sin
dejar de mirar a los Guardias de Garras, que, por lo que podía vislumbrar en la
distancia y bajo la tenue luz del túnel, estaban enzarzados en una discusión.
Fritti apoyó la oreja sobre la grieta y escuchó con atención.
Lo que había oído
no era una risa, sino un extraño gemido. Metió la cabeza en la grieta, del
ancho justo de sus bigotes, y miró en todas las direcciones. En la pequeña
cueva que se abría sobre el muro del túnel se acurrucaba una figura oscura.
-¿Comebichos?
-susurró Fritti.
La criatura no dio
señales de haberlo oído, por lo que Cazarrabo penetró con cuidado en la
minúscula cueva. En el interior, la oscuridad era casi total y la gruta era tan
pequeña que Fritti no pudo seguir de pie y se vio obligado a apretarse contra
la extraña criatura de pelo deslustrado y erizado.
«Tiene que ser
Comebichos -pensó Fritti-. Nadie más tiene el pelaje tan sucio.»
-Soy yo, Comebichos
-dijo con un brusco manotazo-. vamos, te sacaré de aquí.
Fritti volvió a
golpear al gato loco y los gemidos se convirtieron en un caótico torrente de
palabras:
-Atrapado, atrapado
y burlado... Burlado como destellos... Destellos y... oh, hay maldad, os y más
allá...
Fritti estaba
enfadado consigo mismo. Debería haber contado con los ataques de locura de
Comebichos.
-Ahora vámonos
-ordenó-. No hay tiempo para estas cosas.
Los ojos de
Cazarrabo se habían adaptado a la absoluta oscuridad y comenzaba a vislumbrar
al gato desaliñado y despeinado que tenía a su lado.
-¿No lo ves?, ¿no
lo ves? -gimió la voz-. Nos han dotado de una piel de piedra... Han cogido las
calaveras de las piedras y nos han hecho una jaula con ellas... demasiado
estrecha. ¡Cómo quema en las profundidades!
Con aquella
exclamación la voz se elevó hasta convertirse en un aullido. Si esto continuaba
así, acabarían por descubrirlos. Cuando por fin su paciencia dejó paso al
miedo, Cazarrabo cogió un trozo del sucio pelaje entre los dientes y tiró con
fuerza, pero una pata tan fuerte como una roca lo empujó y lo apretó contra el
suelo. El corazón de Fritti dio un vuelco. ¿Se habría equivocado?
¿Era posible que
éste no fuera Comebichos?
«Sería la última
ironía -pensó-. Partir tras mi nombre de rabo en una misión desprovista de todo
egoísmo y luego perderme estúpidamente en una cueva con una bestia delirante.»
Cazarrabo intentó
desasirse de aquella pata, pero descubrió que estaba cogido con tanta seguridad
como un recién nacido en la boca de su madre. Sus esfuerzos por liberarse
hicieron que la bestia se girara, y la luz que penetraba por la grieta le
permitió distinguirle la cara.
Era Comebichos,
pero sus ojos irracionales parecían de hielo agrietado.
-¡Mi sangre ha
invocado el torbellino! -gritó Comebichos-. Esa cosa que gira y succiona...
¡Oh, pobre de mí! Yo soy su centro, nunca me dejará... ¡Oh, incluso el vacío
podría ser dulce...!
Mientras los
últimos ecos de aquel grito se apagaban en el pasillo, Fritti oyó pisadas y
voces estridentes. Era obvio que los habían descubierto. Hizo un último
esfuerzo por levantarse, pero Comebichos lo detuvo con salvaje energía. Era
como si se hubiera quedado atrapado debajo de un roble caído. Cerró los ojos y
aguardó la muerte.
El tiempo pareció
detenerse, como en aquella ocasión en que los Guardias de Garras habían surgido
de la noche... tanto tiempo atrás. Entonces, de forma casi inconsciente,
recordó la plegaria que Tembleque le había enseñado. Mientras su mente
analizaba con languidez los fragmentos de la canción, una parte de él seguía
pendiente de las pisadas al otro lado de la grieta y de las suaves
lamentaciones de Comebichos.
La plegaria cobraba
forma en su mente: «Tangaloor, pies brillantes...». Sí, así comenzaba. Era
extraño que la recordara justo en aquel momento.
-«Tangaloor, pies
brillantes» -recitó en voz alta y observó el dulce contraste que producían esas
palabras con la respiración agitada del gato loco y los gritos estridentes de
las bestias del exterior. El resto de la plegaria brotó espontáneamente de su boca-.
«pies de Fuego, lejano caminante... tu cazador te llama...». ¿Cómo acababa?
¡Ah, sí! «porque te necesita. Aunque nada teme, te necesita.»
La recitó entera,
de cabo a rabo, sin preocuparse del jadeo de Comebichos. En el túnel superior,
el Guardia de Garras permaneció extrañamente inmóvil.
Tangaloor, pies
brillantes,
Pies de Fuego,
lejano caminante.
Tu cazador te
llama,
porque te necesita.
Aunque nada teme,
te necesita.
Incluso con los
ojos cerrados, Fritti era consciente del cambio. La luz penetraba a raudales y
brillaba en el interior de sus párpados con un resplandor carmesí. Era evidente
que la tierra luminosa se había encendido otra vez. Abrió los ojos..., pero la luz
procedente de la grieta era tan tenue como antes. Aun así, la pequeña cueva se
había inundado de un resplandor rojizo.
Las piernas y las
patas de Comebichos brillaban en la oscuridad como si estuvieran en llamas.
Comebichos comenzó
a rodar y a revolverse de forma extraña. La luz se extendió y el propio aire
comenzó a brillar, como si una enorme fuente de calor lo hubiera encendido,
pero la temperatura no varió.
De repente hubo un
tremendo relámpago y una voz que parecía reunir en sí misma todas las canciones
de la Comunidad que habitaba bajo el ojo de Meerclar, exclamó con tono
triunfal:
-¡Soy Yo!
La tremenda fuerza
de la voz empujó a Fritti, que se golpeó la cabeza contra el muro. Entonces,
cuando retrocedía atontado, vio que la poderosa luz se desvanecía. Comebichos
estaba acurrucado ante él, con su cuerpo negro casi invisible en la oscuridad y
las patas rojas como el fuego; rojas como el ocaso. Las señales de locura y
desaliño habían desaparecido y su pelaje se veía espeso y hermoso. Comebichos
miró a Cazarrabo con una expresión de sabiduría, amor y orgullo que el pequeño
gato no había visto nunca antes. Al mismo tiempo, un aire de tristeza se cernía
sobre él como una segunda piel. Fritti supo que estaba ante el ser más grande
de su raza.
-Nre’fa-o, pequeño
hermano -dijo Comebichos, aunque Fritti sabía que ya no era Comebichos, pues
había recuperado su verdadero ka. Aquella voz tenía el tono melodioso de la
noche, la ancestral y delicada naturaleza que sólo conocen la tierra y sus
criaturas. Fritti se dejó caer sobre su vientre y, tapándose los ojos con las
patas, se acurrucó hasta formar un ovillo.
-No, pequeño
hermano -lo disuadió la hermosa voz-, no debes hacer eso. No debes avergonzarte
ante mí, sino todo lo contrario. Me has ayudado a encontrar mi camino en
tiempos de gran necesidad, después de un largo viaje en la oscuridad. Soy yo
quien debería honrarte por tus esfuerzos.
Con estas palabras,
el señor Pies de Fuego -pues de verdad era él- cogió la pata de Fritti y la
guió hacia la frente de éste. La estrella blanca de la frente de Fritú
resplandeció en la penumbra de la pequeña caverna.
-Ah, pequeño. He
seguido tu luz como Irao Piedra Celeste siguió la estrella del alba en los
territorios vírgenes del este -cantó el señor Tangaloor-. Sólo espero haber
llegado a tiempo. -El aire de la pequeña cueva resplandeció otra vez y el señor
Pies de Fuego pareció crecer hasta llenar toda la estancia-. Necesito saldar
viejas deudas -declaró-. He vagado muchos años, atrapado en la prisión de mi
propia locura, mientras mi hermano alimentaba su corrupción. Como yo mismo hice
en el pasado, él ha invocado fuerzas que la tierra no debería albergar. Aunque
mis razones para hacerlo eran más nobles, me quedé con un cuerpo en ruinas y mi
ka voló lejos de mí. Mi hermano Comecorazones ha liberado grandes fuerzas
malignas y yo debo intentar poner fin a este horror. -Su figura pareció
encogerse un poco-. ¡Ahh! Además debo vengar a mi hermano Viento Blanco, o su
ka no descansará jamás. ¡Ah, que inocentes como tú tengan que verse complicados
en los planes de los Primogénitos! Ahora dime, joven Cazarrabo, aunque sé que nunca
podré pagarte mi deuda, ¿qué puedo hacer por ti? Habla, porque debo irme
pronto.
Atónito, Fritti
permaneció callado un momento. Cuando por fin habló, se sintió incapaz de mirar
al ser que tenía delante.
-Quiero que mis
amigos, todos los valientes de la comunidad que han venido aquí, escapen sanos
y salvos.
La mirada del
silencioso Primogénito pareció perderse a una enorme distancia de allí.
-Pequeño hermano
-repuso al fin con delicadeza-, muchos de esos valientes se han ido, sus ka han
volado al regazo de la Madre Universal. Ni siquiera yo puedo devolverles la
vida, de lo contrario habría salvado a mi propio hermano, a quien amaba.
Intentaré ayudar a la fela y al cachorrillo, pero en este momento necesitan tu
presencia más que la mía. No puedo explicártelo, pero es así.
Fritti se incorporó
de un salto y corrió hacia la salida, pero Pies de Fuego lo detuvo con una
carcajada.
-Te prometo que
podrán esperar un momento. He visto algo más, otro deseo que te atormenta.
Estás buscando a alguien, aunque le has perdido el rastro. Esta búsqueda te ha
conducido hasta mí, de modo que es justo que yo te ayude en ella.
Fritti sintió como
si se hundiera en aquellos ojos insondables como el cielo... y un momento
después estaba mirando con desesperación de un muro a otro: la pequeña cámara
subterránea estaba vacía. Entonces una voz habitó su mente con la misma
facilidad que Comecorazones, pero con dulzura y respeto:
«Te he dotado de la
sabiduría necesaria para acabar con tu búsqueda. Hubiera querido darte más,
pero muy pronto necesitaré todas mis reservas. Siempre estarás en nuestros
pensamientos, pequeño hermano»
El Primogénito se
había marchado y Fritti estaba completamente solo.
Entonces recordó al
Guardia de Garras que esperaba fuera. Cuando asomó la cabeza con cuidado a
través de la grieta, descubrió que el túnel vacío tenía aspecto de estar
abandonado desde los tiempos de Harar. Sólo el polvo, que flotaba en una
inesperada brisa fresca, rompió la absoluta quietud.
Aunque no era capaz
de recordar el viaje ni los caminos que había seguido, Cazarrabo advirtió de
pronto que se hallaba en el sendero circular que rodeaba la Cañada Ardiente. El
caudaloso y bullicioso río rugía con el estrépito habitual y parecía alcanzar
mayor altura que antes entre los muros de piedra circundantes. El camino estaba
envuelto en niebla, pero Fritti inició el ascenso.
Las olas parecían
saltar más alto, y los chorros de agua salpicaban el enorme techo, para volver
a caer en forma de susurrante llovizna. A pesar de la escasa visibilidad,
Cazarrabo avanzaba con seguridad y rapidez por el sendero escarpado y
erosionado por el agua. Un ser superior lo había tocado, y aún sentía el efecto
benéfico de aquel contacto.
De repente, la
brisa cambió de dirección, despeinando sus bigotes, y trajo consigo la aguda
voz asustada y lastimera de Saltarín.
-¡Saltarín!
¡Sombra! ¡Ya estoy aquí! -gritó Fritti.
Cazarrabo corría y
saltaba por el estrecho sendero. En su desesperado esfuerzo por alcanzar a sus
amigos, se dejaba guiar por instintos que ni siquiera creía poseer. Por fin, al
girar en una curva, arrastrándose para mantener el equilibrio sobre las aguas
turbulentas y vaporosas, vio a sus dos compañeros. Saltarín sangraba mientras
Sombra intentaba desasirlo de las garras de una enorme criatura, dos veces más
grande que ella.
La bestia negra,
cubierta de sangre, giró sus ojos demenciales hacia Cazarrabo y una sonrisa se
dibujó sobre su gruesa cara.
-¡Cara de estrella,
cara de estrella, Cazarrabo! Algún día lo mataré. ¡Lo haré!
Desgarros soltó una
estridente carcajada, y Sombra cayó hacia atrás, herida y jadeante. Cazarrabo
avanzó hacia ellos con expresión sombría mientras Desgarros se acurrucaba y su
cola azotaba el aire con ferocidad. Un rugido retumbó en el techo de piedra de
la caverna. Fritti corrió por la parte más ancha del sendero y, cuando estaba a
unos pocos saltos del Guardia de Garras, se inclinó con la espalda arqueada. El
tétrico rugido superó una vez más el estrépito de la Cañada Ardiente.
-Si me quieres, ven
a buscarme, Desgarros -dijo Cazarrabo con la voz llena de desprecio. El Guardia
de Garras volvió a sonreír y agitó el rabo-. Si ya has acabado de pelear con
cachorrillos, ven a buscarme, garrin con cabeza de piedra.
Desgarros se
incorporó con un gruñido. El corto pelaje de su lomo estaba erizado como si
fuera un campo de hierba negra.
-¡Sombra! -gritó
Cazarrabo por encima del creciente tumulto procedente de arriba y de abajo-.
Coge a Saltarín y huye.
-Está malherido,
Cazarrabo -respondió la fela mientras el Guardia de Garras avanzaba
sinuosamente por el sendero, con la muerte en cada una de sus uñas escarlatas.
-Con más razón
deberías llevarlo a la superficie -replicó Cazarrabo-. fsta es mi batalla. Tú
ya has hecho todo lo que podías. ¡Ahora vete!
Fritti vio que
Sombra y el tambaleante Saltarín se giraban y continuaban su camino. Luego
volvió su atención a la criatura que tenía delante.
El pequeño gato
anaranjado con la estrella blanca en la frente y la oscura bestia de las
profundidades de la tierra con garras del color de la sangre se enfrentaron y
se miraron largamente mientras sus rabos azotaban el aire. El Guardia de Garras
saltó al tiempo que se oía otro enorme rugido desde arriba. Un instante antes
de enzarzarse en la lucha, Fritti vio caer una lluvia de guijarros... Después
Desganos se arrojó sobre él.
Rodaron por la
estrecha calzada, asestándose manotazos y dentelladas. Los gruñidos graves de
la oscura bestia competían con los frenéticos aullidos del propio Fritti. Se
arañaron y se mordieron; luego se separaron y comenzaron a andar en círculos
sobre el pequeño resalto. Se acercaron despacio, guiados por su sed de sangre,
hasta que saltaron y volvieron a arrojarse uno sobre el otro.
El ritual se
repitió una y otra vez. La superioridad física de Desgarros hacía flaquear las
fuerzas de Fritti, pero el pequeño gato no se daba por vencido. Luchaban, se
separaban y volvían a enzarzarse en la pelea. Ambos gatos se movían con una
lentitud angustiosa, similar a la de las lóbregas criaturas ciegas que se
arrastraban en el barro en las profundidades de Agua Grande.
Por fin, el Guardia
de Garras empujó a Fritti al borde del resalto. Su cabeza quedó suspendida en
el aire, igual que una gota a punto de caer sobre las turbulentas aguas. Un
incesante golpeteo hacía vibrar las piedras del techo de la caverna, como si
unas criaturas gigantescas estuvieran danzando encima de sus cabezas. Fritti
permaneció inmóvil. Un chorro de líquido hirviente pasó junto a su cara
mientras Desgarros le clavaba los dientes en la nuca, sujetándolo con fuerza
del espinazo. Fritti sintió que las poderosas mandíbulas se cerraban... se
cerraban... hasta que la presión se alivió.
El Guardia de
Garras lo había soltado y, aunque mantenía las patas firmes sobre el pecho de
Fritti, su vista iba más allá. De repente, sus ojos se nublaron.
-¿Cara de estrella?
-preguntó, y su irracional expresión de odio pareció trocarse en otra de
miedo-. ¿Eres realmente tú, Cara de estrella? -Parecía reconocer a Fritti por
primera vez, como si hasta ese momento hubiera estado luchando contra
espíritus, sombras que de pronto se habían convertido en algo real. Entonces
recuperó su antigua expresión de odio-. Me has arruinado, pequeña oruga de
superficie. -Confundido, el Guardia de Garras sacudió la cabeza de un lado a
otro, con la vista fija en el otro lado de la caverna-. ¿Qué ha ocurrido?
-gritó-. ¿Qué le ha ocurrido a mi...?
De improviso cayó
una lluvia de rocas grises con un rugido ensordecedor, y Desgarros desapareció
de la vista de Fritti. Súbitamente, Cazarrabo se encontró solo en el resalto.
El gato giró su dolorida cabeza justo a tiempo para ver las últimas piedras que
caían sobre el inclinado muro para desaparecer poco después, con un terrible
estrépito, en el caudaloso río. Sin embargo, no había ni rastros de Desgarros.
Fritti se
incorporó, trepó con esfuerzo sobre los restos de la avalancha y retomó,
cojeando, el sinuoso camino. La caverna temblaba con violencia, mientras el
agua saltaba y danzaba en poderosos chorros que se elevaban hasta el techo.
Hacía un calor sofocante, y Cazarrabo tuvo que hacer acopio de todas sus
fuerzas para no quedarse allí tendido para siempre.
Por fin llegó al
túnel que ascendía hacia la superficie. Tras él, la caverna de la Cañada
Ardiente amenazaba con derrumbarse. Atontado, avanzó muy despacio, forzándose a
poner un pie delante del otro, hasta que llegó al límite de sus fuerzas y se
desplomó en el suelo. Desde allí alcanzaba a vislumbrar algo que parecía un
trozo de cielo. Mientras tanto, las paredes del túnel también habían comenzado
a temblar.
«Qué extraño -pensó
confundido-, ¡todo el mundo sabe que debajo de la tierra no hay cielo...!»
Lo último que oyó
fue un estrépito procedente de la caverna inferior, que sonó como si todos los
árboles de la Selva de las Ratas se hubieran caído al mismo tiempo. Luego el
túnel se desmoronó detrás de él.
30
¡Pobre alma
confusa!
¡Alma enigmática,
perpleja y laberíntica!
John Donne
La primavera había
estallado, lo inundaba todo y rezumaba olores y fragancia irreverentes. La
propia tierra bajo el lomo de Cazarrabo estaba cálida, llena de actividad y
renovada vida. Pronto se levantaría y volvería a su madriguera, a su caja en el
portal de la cueva de Nran... pero por el momento se contentaba con estar
recostado sobre la hierba. Una brisa suave le despeinó el pelaje y Fritti
sacudió las patas en el aire, disfrutando de su efecto refrescante. Con los
ojos cerrados, después de un largo día de perseguir Chillones y arañar árboles,
pensó que no le importaría quedarse allí tendido para siempre.
La brisa fluctuante
trajo consigo un suave chillido, tan tenue como el jubiloso grito de un ratón
que encuentra un tesoro bajo tierra, en lo más profundo de la tierra. El grito
se repitió, esta vez más fuerte, y Fritti creyó oír su nombre. ¿Por qué querrían
molestarlo? Intentó volver a su agradable sueño, pero la voz suplicante se
volvió más insistente. La intensidad de la brisa creció, haciendo vibrar sus
bigotes y sus oídos. ¿Quién querría arruinar un día perfecto? Parecía la voz de
Pata Suave o de Sombra. Las felas eran todas iguales: o lo trataban como a un
armiño viejo o lo seguían gimoteando como si se hubieran hecho daño. Desde que
había traído a Pata Suave de vuelta de..., de... ¿Dónde la había encontrado? No
hacía más de un ojo que...
-¡Cazarrabo!
Otra vez aquel
grito. Fritti arrugó la frente pero se resistió a abrir los ojos. Bueno, tal
vez un pequeño vistazo...
¿Por qué no veía
nada? ¿Por qué estaba todo negro?
La voz gritó otra
vez y sonó como si desapareciera en un largo y oscuro túnel... o como si él
mismo cayera... en la oscuridad...
¡La luz! ¿Dónde
estaba la luz?
Alguien le lamía la
cara. Una lengua áspera e insistente restregaba las zonas más doloridas de su
rostro, pero, cuando intentó apartar la cabeza, el sufrimiento fue mucho peor.
Se echó hacia atrás, resignado, y poco después comenzó a ver puntitos luminosos
ante los ojos. No entendía qué significaba aquel inquieto remolino de puntos,
pero por fin su nariz reconoció un olor familiar. Los destellos flotantes se
desvanecieron y la oscuridad se abrió, como si alguien hubiera apartado con su
pata un manojo de hierba alta.
Sombra tenía una
expresión de intensa concentración y le lamía el hocico con su áspera lengua
rosada. Fritti no podía verla bien -la gata estaba muy cerca y el esfuerzo
resultaba doloroso-, pero el olor de la fela confirmaba su presencia. Cazarrabo
la llamó y se asombró de que no respondiera. Cuando volvió a intentarlo, ella
se apartó y habló con alguien que Fritti no podía ver.
-¡Está despierto!
Fritti intentó
saludarla, decirle que se sentía dichoso de verla en los campos de los vivos
-si es que se encontraban allí-, pero, antes de que pudiera articular un
sonido, se perdió otra vez en la oscuridad.
Más tarde, cuando
volvió a despertar, Fritti vio que un desaliñado y corpulento gato rojizo se
había unido a Sombra. Le llevó un tiempo reconocer al príncipe Saltavallas.
-¿Qué..., qué...?
-Su voz era apenas audible. Tragó saliva-. ¿Qué ha ocurrido? ¿Estamos... en la
superficie?
Sombra se inclinó
hacia delante, con un brillo cálido en los ojos verdes.
-No intentes hablar
-dijo ella con tono tranquilizador-. Estás a salvo. Saltavallas te ha sacado.
Fritti sintió una
débil e irracional punzada de celos.
-¿Dónde está
Saltarín? -preguntó.
-Lo verás pronto
-respondió ella, y alzó la vista hacia el príncipe Saltavallas, rebosante de
alegría.
-Estábamos
preocupados por ti. No pensamos..., bueno, estábamos preocupados. ¡Vaya lucha!
¡Una espléndida batalla!
El príncipe parecía
dispuesto a dar a Fritti uno de sus habituales empujones, pero Sombra se
interpuso entre él y su potencial víctima, que estaba muy cansada.
-Tú limítate a
dormir y deja que Meerclar te cure -ordenó.
Cazarrabo abandonó
el mundo de la vigilia de mala gana. ¡Tenía tantas preguntas que hacer!
Fritti encontró
alivio en el campo de los sueños. Pronto descubrió que podía sentarse, aunque
al hacerlo se mareara. Después de un concienzudo autoexamen descubrió que no
tenía heridas de consideración. Los numerosos cortes habían dejado de sangrar y
Sombra, con sus pacientes cuidados, había limpiado casi toda la sangre seca de
su corto pelaje. Tenía los ojos hinchados y no podía abrirlos del todo, pero su
estado general era bastante bueno.
Sombra se negaba a
responder sus preguntas y se encerraba en un porfiado silencio cada vez que la
interrogaba. Saltavallas venía a verlo a menudo, aunque su temperamento
inquieto no le permitía sentarse a hablar por mucho tiempo. Sus visitas eran
afectuosas pero breves.
Los sueños de
Fritti no habían sido enteramente infundados. El suelo estaba caliente. Las
zonas más lejanas de la Selva de las Ratas estaban cubiertas de nieve -un manto
blanco que se extendía hacia el brumoso horizonte-, pero Fritti había
despertado sobre un claro verde y húmedo; la fina alfombra de hierba donde
reposaba estaba mojada, como si un sol ardiente hubiera derretido la nieve de
forma súbita. Sombra dijo que toda la zona que rodeaba el montículo estaba
igual, pero que creía que tarde o temprano volvería a caer la nieve. Al fin y
al cabo, todavía estaban en pleno invierno.
Pasaron los días y
Fritti pronto se recuperó lo suficiente para levantarse. Sombra y él
disfrutaron del inesperado ambiente primaveral, explorando el bosque
prematuramente verde. De vez en cuando, un fla-fa'az solitario e intrépido
cantaba sobre las copas de los árboles.
Fritti aún no había
visto a Saltarín, pero Sombra prometió llevarlo pronto junto a él. Según dijo,
el pequeño también convalecía y las emociones fuertes podrían afectarlo.
A menudo, otros
demacrados miembros de la Comunidad se asomaban a espiarlo con mirada ausente
entre el follaje inapropiadamente verde. Casi todos los que habían recuperado
la libertad tras la destrucción del montículo, habían regresado a sus hogares o
partido en busca de sitios con más caza tras una breve estancia en aquellos
parajes. Los supervivientes no parecían unidos por un sentimiento de
fraternidad. En cuanto recuperaban las fuerzas, cada uno seguía su camino a
solas. Sólo los enfermos y los moribundos permanecieron con Saltavallas y su
grupo de cazadores. Pronto incluso el príncipe se retiraría a su arbolada
madriguera en el Primer Hogar, aunque dejaría una pequeña guardia para vigilar
el lugar.
Al ver a aquellos
supervivientes, Fritti se preguntó en voz alta por el destino de las
innumerables criaturas, amos o esclavos, que no habían logrado escapar. Al
oírlo, Sombra le relató lo mejor que pudo los últimos momentos de Vastnir.
-Cuando te dejamos
con esa... bestia -dijo-, no esperaba volver a verte nunca. Parecía que el
mundo se desmoronaba. -Caminó en silencio durante un momento, pero, cuando
Fritti intentó decirle algo reconfortante, lo detuvo con una mirada
extrañamente severa-. Saltarín estaba moribundo y no paraba de sangrar. Para
subir por el último túnel, tuve que cogerlo del cuello y arrastrarlo. Las cosas
se caían, se rompían... y por el estrépito daba la impresión de que enormes
criaturas se enfrentaban entre sí. Por fin pudimos escapar y salir al valle,
que estaba cubierto de nieve. Allí se había congregado una multitud de gatos
llorosos, y todos nos tambaleábamos y caíamos en la nieve como un ka perdido
mientras el suelo temblaba.
Sombra explicó que
habían caminado hasta el borde de la Selva de las Ratas, donde se extendía la
resbaladiza planicie, cubierta de nieve derretida y rodeada de plantas
atrofiadas con perlas de rocío en las hojas.
-De repente
-continuó la fela-vi a alguien que iba y venía, dando estridentes órdenes a
diestro y siniestro... Era Saltavallas. Lo alcancé y le conté lo que había
ocurrido. Me temo que en aquel momento yo estaba muy nerviosa, pero el príncipe
me comprendió y dijo: «¿Cazarrabo? ¿El joven Cazarrabo?». Saltavallas no es tan
viejo, pero le gusta aparentarlo. Luego añadió: «¡No podemos permitirlo!
¡Debemos hacer algo por el joven Cazarrabo! ¡Faltaría más!». Ya sabes cómo es
él. Bueno, entonces reunió a los gatos más fuertes y los condujo hacia el
túnel. Yo regresé con Saltarín, cuyo... que estaba muy débil y enfermo.
»Te encontraron
semienterrado debajo de una montaña de tierras y rocas, y te sacaron fuera
justo antes de que todo se desmoronara. Durante mucho tiempo no supe si estabas
vivo o muerto. Era incapaz de soportar la espera.
Fritti caminaba
sobre una raíz torcida y no pudo ver la expresión de la cara de la fela.
-¿Qué has querido
decir con que el sitio se desmoronaba? -preguntó, deteniéndose a sacudir una
pata empapada-. No recuerdo muy bien el final.
-Te lo enseñaré.
Caminaron sobre la
cuesta de la pradera, ensimismados en sus pensamientos. Por fin llegaron al
valle del montículo.
En el suelo del
valle, allí donde Vastnir había asomado su tétrica cabeza, había un hoyo grande
y bajo, como si la tierra se hubiera hundido bajo el peso de una pata
gigantesca. El polvo era tan negro como el ala de un krauka.
En el camino de
regreso a la Selva de las Ratas, Fritti insistió en ver a Saltarín.
-Ha estado conmigo
más tiempo que nadie, Sombra -explicó.
Ella parecía
perturbada.
-Nunca pretendí
evitar que lo vieras -repuso ella con tristeza-. Sólo sugerí lo que me pareció
mejor... Está muy cambiado -añadió después de un momento.
-¿Quién puede
culparlo, después de todo lo que ha pasado? -respondió Fritti-. ¿Quién podría
juzgar a cualquiera de nosotros?
-Lo sé, Cazarrabo.
Pobre Saltarín. Y también Comebichos. -Cazarrabo la miró, asombrado, y vio que
ella sacudía la cabeza con tristeza-. No te lo he preguntado, pero lo imagino
-dijo-. Estaba... Bueno, no llegaste a tiempo de ayudarlo, ¿verdad?
Fritti reflexionó
sobre su secreto y decidió guardarlo.
-Cuando lo
encontré... ya nos había dejado.
«Básicamente es
verdad», pensó.
-¡Qué tiempos tan
tristes! -exclamó Sombra-. Supongo que tendré que llevarte a ver a Saltarín.
¿Te parece bien mañana? -Fritti asintió con un gesto-. Yo no conocía a
Comebichos -continuó-. Entiéndelo, Cazarrabo, no quiero ofenderte, pero tienes
los amigos más extraños que jamás he visto.
Fritti soltó una
carcajada.
-Te desafío a una
carrera -dijo, y ambos corrieron como el fuego incontrolado.
La silenciosa
llegada del Despliegue de la Luz trajo de regreso a Saltavallas y sus amigos.
Fritti, que estaba
en medio de uno de sus ejercicios de estiramiento, avistó al príncipe entre los
arbustos, con su desgreñado pelaje brillante de rocío. A su lado venía el
elegante y oscuro Tembleque, caminando con aire majestuoso. A la jubilosa
exclamación de Cazarrabo siguieron los afectuosos saludos, y luego los dos
gatos grandes y el pequeño se tendieron contentos a conversar.
-Según he oído, la
confianza que Bostezos depositó en ti estaba más que justificada, Cazarrabo.
Las solemnes
palabras de Tembleque llenaron de alegría a Fritti, pero las exigencias del
mundo de los adultos le impedían regodearse en su orgullo.
-Me siento honrado
de que grandes cazadores como tú y el príncipe penséis eso de mí, barón, aunque
debo confesar que cuando estaba en aquel sitio muchas veces deseé una muerte
rápida e indolora. De veras.
-Ah, pero no la
buscaste, ¿verdad? -bramó Saltavallas-. ¡Eso es lo que importa!
-Y, según tengo
entendido, enviaste a las ardillas a buscar ayuda -sonrió Tembleque-. Un método
inusual, aunque efectivo.
Esta vez, Cazarrabo
no pudo disimular su orgullo.
-Estoy en deuda con
ambos -dijo-. Lo único importante es que hayáis venido. os vi entrar, ¡y fue
maravilloso! -Fritti se puso serio-. También vi a... ese horrible ser que
invocó Comecorazones. Fue horrible.... ¡horrible!
-Seres como ésos no
deberían existir-asintió Tembleque-. Su aspecto era tan espeluznante, que ya no
puedo recordarlo. Era la encarnación del os, así que pronto agradeceré no poder
evocar su imagen. Nos ha causado grandes pérdidas. Ponzoña, que Harar lo acoja
en su maravilloso corazón, cayó aplastado por él... además de muchos otros que
yo no conocía.
-¿Barrigota ha...
muerto? -preguntó Fritti en voz baja.
Tembleque
reflexionó en silencio un momento y luego alzó la cabeza con una sonrisa.
-¿Barrigota? Sufrió
heridas de gravedad, pero vivirá -rió el barón-. Se necesita algo más grande
que ese horror para matar al viejo tripudo.
Fritti se alegró de
saber que el gordo Caminante Primigenio había sobrevivido. Saltavallas sonrió,
aunque parecía inusualmente adusto.
-Han caído muchos,
muchísimos gatos valientes -dijo el príncipe-. Pasarán innumerables estaciones
antes de que el mundo vuelva a ver tantos miembros de la Comunidad en un mismo
sitio, más estaciones que árboles tiene un bosque. Muchos buenos amigos no lograron
salir a la superficie... ¡Ay! -exclamó Saltavallas con la nariz rosada arrugada
en un gesto de pena y disgusto-. Acecharratas, el joven Rasguños....
Morrudo..., los barones, el viejo y huesudo Cizaña y Ponzoña... Mis queridos
amigos, Cazador Diurno y Cazador Nocturno, murieron por protegerme, ¿sabes?
Ahora están todos bajo la tierra fría, mientras nosotros nos sentamos al sol.
Visiblemente
emocionado, el príncipe giró la cabeza y comenzó a lavarse la cola. Fritti y
Tembleque dejaron la vista fija en el suelo, entre sus patas. Cazarrabo sentía
la nariz caliente y hormigueante.
-Pero... ¿qué
pretendía Comecorazones? -dijo por fin Fritti-. ¿Por qué ocurrió todo? ¡Por
Meerclar! -exclamó al acordarse del Primogénito-. El señor Comecorazones se
ha... ido, ¿verdad? ¿Ha muerto? -preguntó con una mirada expectante.
-Eso creemos
-respondió Tembleque con seriedad-. El príncipe y yo hemos tenido una discusión
al respecto, pues debemos informar a la reina de lo sucedido. Sí, creemos que
Comecorazones ha desaparecido. Nadie pudo haber sobrevivido al desastre final.
-¡Oh! -exclamó
Saltavallas, que ya había recuperado la compostura-. ¡Una cosa así te pone los
bigotes de punta!
-¿Qué ocurrió?
-inquirió Fritti.
-Bien -repuso
Tembleque-, cuando ese tal Fikos salió del foso, intentamos pelear. Pero sus
golpes eran feroces y nos vimos forzados a retirarnos hacia la caverna.
-¿Retirarnos?-gritó
Saltavallas-. ¡Dirás correr! Con el rabo sobre los bigotes, como Chillones
asustados. ¿Y quién puede culparos por ello?
-Algunos se
quedaron a pelear, mi querido príncipe..., como Ponzoña. -Saltavallas,
escarmentado, le hizo señales con una pata para que continuara-. Bueno, lo
cierto es que retrocedimos hasta la cámara exterior. Allí nos encontramos al
príncipe y a sus gatos, que habían penetrado por la entrada secundaria. El
Fikos se abrió paso con ferocidad y salió de la caverna. Sin embargo, no
parecía tener un propósito claro; se limitaba a destruir todo lo que encontraba
en su camino, como una criatura irracional. Movido por una misteriosa
necesidad, se dirigió hacia los pasillos principales, y eso, según creo, fue lo
que nos salvó de la ruina. Era un caos absoluto. Los gatos peleaban o morían a
nuestro alrededor...
-Comenzó a
oscurecer, no lo olvides -interrumpió Saltavallas.
-Así es -asintió
Tembleque con gravedad-. Fue como si aquel ser monstruoso, o tal vez el propio
Comecorazones, absorbiera toda la luz..., se apropiara de la luz en una
profunda inspiración... No puedo explicarlo. Luchábamos en la más profunda
oscuridad,
cuando algo...,
algo como un fuego celestial, pero procedente de las entrañas de la tierra, se
precipitó sobre la cámara, abrasando y destruyendo todo a su paso. El fuego se
dirigió directamente a la caverna de Comecorazones, como si tuviera vida
propia. Nunca vi nada igual.
-¡Ojalá hubiera
podido verlo! -exclamó Fritti, rebosante de alegría.
-Desde donde
estábamos, pudimos ver estallar la luz en la cámara de Comecorazones, como si
de repente el sol se hubiera hundido en el suelo. La tierra comenzó a temblar.
Se oían grandes zumbidos y estallidos, como..., como si el cielo se desplomara
o el bosque danzara sobre nuestras cabezas. Saltavallas ordenó salir a los
miembros de la Comunidad...
-Es verdad -terció
el príncipe.
-... y todos
corrieron hacia los túneles que conducían al exterior. Los esbirros de
Comecorazones corrían en círculos como fla-fa'az borrachos de bayas, aullando y
atacándose entre sí... Es una visión que perdurará para siempre en mi memoria.
-Todo se
desmoronaba -añadió Saltavallas-, mientras el agua y la bruma se elevaban desde
el interior de la tierra... ¡vaya golpe para el Primogénito! ¿Quién hubiera
imaginado algo así?
Cazarrabo
reflexionó sobre todo lo que había oído. Tenía demasiadas cosas en que pensar.
¿Acaso debería contar lo que le había sucedido? ¿Estaba seguro de que había
sucedido en realidad?
-¿Por qué ocurrió
todo esto? -inquirió por fin-. ¿Qué pretendía Comecorazones?
-Quizá nunca lo sepamos -respondió el
barón arrugando su oscura frente-. Supongo que Comecorazones quería vengarse de
los descendientes de Harar. Había pasado mucho tiempo bajo tierra, y deseaba
dominar a la Comunidad desde antes de que los rabos tuvieran punta. Tal vez
comenzaba a cansarse de sus aduladoras y escurridizas criaturas, pobres
imitaciones de los hijos de Meerclar. A pesar de todo, era uno de los
Primogénitos y creo que nunca podremos llegar a comprender sus propósitos... o
su locura. Invocó cosas que estaban más allá de la danza de la tierra y por lo
visto rompió el equilibrio. La danza es compleja y una alteración conduce a
otra. -El barón rió-. Aún me parece ver a Saltavallas mirándome como si echara
espuma por la boca. Él tiene razón, Cazarrabo. No es lógico cantar una canción,
cuando uno tiene que adivinar la letra.
Tembleque fue
interrumpido otra vez, aunque en esta ocasión por un agudo parloteo procedente
de las copas de los árboles. Saltavallas y el barón intercambiaron una mirada.
-¡Tetillas en un
Tom! -gruñó Saltavallas con tristeza-. Lo había olvidado.
-Por lo visto, se
han dado cuenta -comentó Tembleque cuando los sonidos de furia se reanudaron-.
¡Por favor, señor Chasquidos -gritó-, perdona nuestra descortesía y baja! No
nos hemos percatado del paso del tiempo.
Una procesión de
rikchikchik descendió en fila de uno por el tronco de un álamo, encabezada por
el señor Chasquidos, que tenía una expresión desdeñosa en su cara redonda y
dentuda. Aunque era evidente que Chasquidos se sentía agraviado, las ardillas
con ojos desorbitados que formaban su séquito parecían más bien nerviosas por
la presencia de los tres gatos.
El señor Chasquidos
dio la voz de alto y permaneció con el hocico manifiestamente alzado hacia el
cielo hasta que el príncipe Saltavallas carraspeó, avergonzado.
-Lo siento mucho,
Chasquidos, de verdad. No fue mi intención ofender a los rikchikchik. Sólo ha
sido un olvido, ¿lo comprendes?
Fritti se preguntó
si la incomodidad del príncipe se debía a su error o a tener que disculparse
ante las ardillas.
El jefe de los
rikchikchik miró un instante al avergonzado príncipe.
-Sólo venir a decir
tan-valiente gato Cazarrabo -dijo con cierto malhumor. Luego se volvió hacia
Fritti-. Promesa-cumplida, ya ves-ves rikchikchik hacer lo debido. Ahora traer
más rikchikchík de vuelta. El mal irse casi todo.
Chasquidos saludó
con una breve inclinación de cabeza y Cazarrabo lo imitó.
-Tus súbditos son
muy valientes, señor Chasquidos -declaró-. ¿No es ése el maestro Retintín? Has
hecho un buen trabajo, intrépido amigo.
El joven
rikchikchik agitó la peluda cola y las demás ardillas intercambiaron murmullos
de admiración. El señor Chasquidos chasqueó la lengua en un gesto de
aprobación.
-Ardillas...
-farfulló el príncipe Saltavallas, y Chasquidos le dirigió una mirada
fulminante.
-Cuéntale a
Cazarrabo lo que hemos resuelto -intercedió Tembleque.
-Bien... -repuso el
príncipe, nuevamente avergonzado-. ¡Espolones! Díselo tú, Tembleque. Al fin y
al cabo fue idea tuya -añadió con un gruñido.
-Bueno -asintió el
barón-. El príncipe Saltavallas, hijo de su peludísima Majestad, la reina
Mirmirsor Lomo de Sol, ha ordenado que, en reconocimiento por los servicios
prestados por las ardillas, los gatos de la comunidad no podrán cazar
rikchikchik dentro de los límites de la Selva de las Ratas. Los Caminantes
Primigenios no escatimarán esfuerzos para hacer cumplir esta orden. -En el
séquito del señor Chasquidos se oyeron suaves exclamaciones de aprobación-. Por
supuesto, más allá de los límites de la Selva de las Ratas, deberíais cuidar
solos de vuestras peludas colas -concluyó Tembleque con tono amistoso.
El señor de las
ardillas le dirigió una mirada crítica y dejó escapar un chasquido de
satisfacción.
-Bueno -dijo
Chasquidos-, ahora misión cumplida-cumplida. -Se giró otra vez hacia Fritti-.
Suerte en recolección de bellotas, tan extraño gato.
El señor Chasquidos
se dio la vuelta y condujo a la comitiva de inquietos rabos hacia las ramas. Un
instante después, habían desaparecido.
-Lo siento, pero no
me parece natural -masculló Saltavallas-. ¡Ardillas...!
A la hora de las
Sombras Pequeñas, Sombra fue a buscar a Fritti para llevarlo ante Saltarín. Se
alejaron del campamento de Saltavallas y se internaron en un bosquecillo de
árboles como las nubes. Cuando distinguió el pelaje pálido y enmarañado del
gatito bajo un rayo de luz, Cazarrabo corrió a su encuentro.
-¡Saltarín!
-gritó-. ¡Pequeño cu’nre!
Al oírlo, Saltarín
alzó la vista y se levantó con una gracia que se contradecía con su corta edad.
Cazarrabo llegó junto a él en un momento, para olfatearlo y restregar la cabeza
contra la suya. Saltarín abandonó por un instante su reserva y rodó en el suelo,
complacido.
-¡Estoy tan
contento de verte por fin! -declaró Cazarrabo mientras caminaba en círculos
alrededor de su amigo y aspiraba su aroma familiar-. Creí que no volveríamos a
vernos nunca... -De repente, Fritti se interrumpió y miró boquiabierto a su
amigo. ¡Saltarín no tenía cola! ¡Por Harar!
-Lamento no
habértelo dicho antes, Cazarrabo -dijo Sombra dando un paso al frente-. Quería
que vieras que estaba sano y salvo, porque supuse que de lo contrario te
preocuparías, y necesitabas tranquilidad para sanar de tus propias heridas.
-Por favor, no te
preocupes, Cazarrabo -lo tranquilizó Saltarín con una serena sonrisa-. Todos
hemos perdido y ganado cosas en aquel lugar. Cuando atacaste a Desgarros en la
caverna de la Cañada Ardiente, me salvaste de algo mucho peor.
Aquél no era
suficiente consuelo para Fritti.
-Si hubiera llegado
antes... -gimió, y Saltarín lo miró con expresión comprensiva.
-Era imposible
-afirmó el gatito sin rabo-, lo sabes muy bien. Todos desempeñamos nuestro
papel. Perder la cola es un precio bajo para quien gana un nombre de rabo
-añadió con expresión ausente, y Sombra miró a Fritti con preocupación.
-¿Qué quieres
decir? -preguntó Cazarrabo.
-Liberamos al gato
blanco -respondió Saltarín en un estado de ensueño-. Yo lo vi. Fui testigo de
su pena y, cuando cayó el montículo, de su alegría. Por fin ha regresado al
oscuro regazo de la Madre Universal. -El gatito sacudió la cabeza, como para
aclararse las ideas-. Todos hemos perdido alguna cosa, pero hemos ganado algo
mucho más importante -dirigió una mirada significativa a Sombra-, aunque
todavía no lo sepamos.
Fritti miró al
pequeño Tom, que de repente hablaba como un Visionario. Saltarín captó la
mirada de su amigo y enroscó su pequeño cuerpo en una muestra de cariño y
ternura.
-¡Oh, Cazarrabo!
-rió-. ¡Tienes un aspecto tan cómico! Ven, vamos a buscar algo para comer.
Mientras los dos
gatos paseaban, Saltarín le habló de Viento Blanco con aprobación.
-En algo tenía
razón el príncipe consorte. Tú estabas dispuesto a sacrificarte por nosotros,
igual que una fela se sacrifica por sus gatitos.
-No es tan
sencillo, Saltarín -repuso Cazarrabo con modestia.
-Viror quiere que
tengamos entereza -continuó el gatito-, pero Pisarrocío... Bien, el príncipe es
capaz de comprender muchas cosas, pero creo que es demasiado apático. A Viento
Blanco le gustaba correr, sentir el viento en su pelaje y no quiere que sus criaturas
se sienten a rumiar misticismos, sólo para recordar que, si no están dispuestos
a devolver en cualquier momento el don que él les concedió, ese don no les
servirá de nada.
-Temo ser incapaz
de comprender todos tus sueños y reflexiones -dijo Cazarrabo mientras Sombra
los observaba con una sonrisa triste.
-¡Pero si has sido
tú quien me ha enseñado casi todo lo que sé! -exclamó Saltarín, divertido.
El gatito se detuvo
a levantar una rama caída, obligando a huir a un asustado bichito. Saltarín
saltó para atrapar al escurridizo insecto y un instante después se lo comía.
-Bueno...
-prosiguió Saltarín con la boca llena-, he decidido volver al Primer Hogar.
Allí hay muchos gatos sabios, incluido el príncipe consorte, y yo tengo mucho
que aprender.
Sombra y Cazarrabo
caminaron en silencio junto al juguetón gatito, como una pareja de padres
prudentes.
31
El agua es lo
mejor.
El agua es buena;
beneficia a todas las cosas sin competir con ellas.
Habita en sitios
que todos desprecian. Por eso está tan cerca del Tao.
Lao-Tse
Mientras su cuerpo
dormía, acurrucado cómodamente junto a Sombra y Saltarín, Cazarrabo se encontró
con Tangaloor en los oscuros campos de los sueños. Las patas del Primogénito
irradiaban una luz rojiza y su voz sonaba tan melodiosa como la música.
-Salud, pequeño
hermano -dijo Pies de Fuego-. Te veo más animado que la última vez que
hablamos.
-Así es, mi señor.
-¿Por qué no has
intentado concluir tu misión? Ya te he dicho dónde encontrar lo que buscas. Tu
confuso ka me dice que necesitas resolver este problema.
En las sombras del
mundo de los sueños, Fritti reconoció la verdad en las palabras de Pies de
Fuego.
-Supongo que se
debe a mis amigos -respondió-. Temo que me necesiten.
El Primogénito dejó
escapar una carcajada grave y agradable.
-Mis pequeños
hermanos y hermanas son fuertes, Cazarrabo. Los miembros de nuestra Comunidad
no permiten que el amor los comprometa de ese modo. Los fuertes se reconocen
por su fuerza.
La figura brumosa
de Tangaloor comenzó a desvanecerse, y Fritti gritó:
-¡Espera!
Perdóname, señor, pero me gustaría preguntarte algo.
-¡Por mi madre!
-rió el Primogénito-. Te has vuelto muy audaz, joven Cazarrabo. ¿Qué quieres
saber?
-¿Qué ocurrió en
Vastnir? ¿Se ha ido Comecorazones?
De repente, sintió
que la presencia tangible y tranquilizadora de Pies de Fuego lo envolvía en su
seno.
-Su poder se ha
roto, pequeño hermano. De todos modos, no le quedaba nada más que odio. Había
rumiado su rencor en la oscuridad durante demasiado tiempo y lo único que
pretendía era vengarse. Su ceguera y su invalidez jamás le habrían permitido
subir a la superficie... El sol lo habría abrasado.
-¿Quieres decir que
nuestros campos nunca estuvieron en peligro?
-No, no quiero
decir eso, pequeño gato. Corrían un gran peligro. Sus creaciones eran muy
reales. El propio Fikos fue un engendro del odio, destinado a ir donde él no
podía llegar, a la superficie. Allí acecharía pérfidamente a sus víctimas bajo
el sol... ¡Oh, sí! Era un ser siniestro y habría convertido los campos de la
superficie en un infierno que sólo podrían habitar sin peligro las criaturas de
Comecorazones. Aunque ellos tampoco podían hacerlo, pero ¿qué le importaba eso
a mi hermano? Él se contentaba con saber que ninguna otra criatura de Meerclar
podría volver a interpretar los delicados pasos de la danza de la tierra. -La
voz de Pies de Fuego se apagaba y Fritti tuvo que inclinar hacia delante las
orejas para comprender sus palabras-. Como todos los odios ancestrales e
irracionales, el Fikos era estúpido y pretendía destruirlo todo... Si yo no
hubiera regresado de los confines exteriores, ni los más valientes gatos de la
Comunidad habrían conseguido detenerlo.
-¡Señor Pies de
Fuego! -llamó Fritti al sueño que se desvanecía-. Saltarín dijo que tu hermano
ha sido liberado.
-... El señorViror
sufrió durante una eternidad. -murmuró la voz en el brumoso resplandor rojizo-.
Ahora se ha recuperado el equilibrio. Mira hacia el cielo, pequeño hermano.
¡Buen viaje!
Fritti se incorporó
bruscamente y sus compañeros protestaron con voces soñolientas. Al alzar el
cuello, contempló el cielo oscuro de la Última Danza. Pies de Fuego le había
dicho que mirara hacia el cielo y su espíritu cantó ante semejante milagro.
Sobre el horizonte
de Ue’a, acurrucado como una gota de rocío en una rosa negra, resplandecía una
estrella que Cazarrabo no había visto nunca. Ardía y destellaba como un fuego
blanco en el regazo de Meerclar.
Sombra volvía al
Primer Hogar con Saltarín.
-Quiero dejarlo
allí sano y salvo -le explicó a Fritti, mientras daban el último paseo juntos-.
Además, si algún miembro de mi clan escapó de Vastnir, regresará a nuestras
tierras al norte del Bosque de las Raíces. Me gustaría averiguar si hay algún
superviviente.
El grupo de
Saltavallas se preparaba para partir hacia el reino de Lomo de Sol el próximo
amanecer. Los fríos vientos del invierno habían vuelto a soplar y la nieve
comenzaba a cubrir los alrededores del desmoronado montículo.
-Si no fuera porque
quieres terminar tu búsqueda -agregó Sombra-, te habría pedido que vinieras
conmigo, pero sé que eso es imposible.
Mientras hablaba,
Cazarrabo estudió su cara bella y orgullosa. Sus bigotes parecían acaparar la
luminosidad de la mañana.
-Creo que Saltarín
necesita menos atención de la que suponemos -repuso Fritti con delicadeza-.
Ojalá pudiera ir contigo. Parece increíble que nuestras aventuras deban
terminar así.
Sombra lo miró
largamente a los ojos, y Fritú sintió un profundo amor por aquella cazadora que
no disimulaba sus propios sentimientos.
-Mi nombre es Firsa
Sombra -dijo en voz baja.
Sorprendido, Fritti
sintió los latidos de su corazón en el silencio. ¡Le había dicho su nombre de
corazón!
-El mío..., el mío
es Fritti Cazarrabo -contestó él por fin.
-Que la Madre
Universal te proteja, Fritti. Pensaré en ti a menudo.
-Espero volver a
verte algún día..., Firsa.
¡Su nombre de
corazón! iÉl ni siquiera sabía el de Pata Suave!
Durante el camino
de regreso, Cazarrabo meditó sobre el confuso torbellino de sus sentimientos.
El impaciente
príncipe Saltavallas caminaba de un sitio a otro administrando órdenes y
sugerencias.
-¡Adelante! ¡Ya
habéis perdido bastante tiempo lavándoos, compañeros! Acaba con eso y ponte en
marcha, Pata Sutil. ¡Es hora de prepararse para el viaje!
Muchos miembros de
la comunidad se habían congregado en torno al príncipe. La larga marcha hacia
el Bosque de las Raíces estaba a punto de comenzar.
Cazarrabo ya se
había despedido de Saltavallas y los demás. El príncipe consorte lo había
saludado con un afectuoso cabezazo.
-Conque a vagar y a
cantar otra vez, ¿eh? ¡Eres el lamebigotes más aficionado a vagar y cantar de
todos los que he conocido! Bueno, no olvides venir a visitarme a la corte.
¡Allí abrumaremos con nuestros relatos a todos esos gandules calientarrabos!
Tembleque, que se
dirigía a una asamblea de barones donde nombrarían sucesores de los caídos en
el montículo, también había acudido a despedirlo.
Sentado junto a sus
dos amigos más íntimos, Fritti se sintió súbitamente cansado de despedidas.
Mientras olfateaba la mejilla de Sombra, restregó su cara contra el pelaje
suave y cálido de ella, pero no dijo nada.
-No diré que espero
verte otra vez porque sé que lo haré -dijo Saltarín.
Pese a su nueva
clarividencia, Saltarín aún tenía aspecto de desamparo. Fritti se enterneció y
frotó la nariz contra su cuerpo un momento.
-Estoy seguro de
que volveré a veros a ambos -afirmó con serenidad-. Nre’fa-o, amigos míos.
Saltavallas daba
las últimas órdenes con voz atronadora y se oía un incesante rumor de voces.
Cazarrabo se giró y regresó hacia la Selva de las Ratas, dispuesto a reanudar
su propio viaje.
El viento frío
hacía temblar las ramas.
Al otro lado del
ahora menguante deshielo, la Selva de las Ratas seguía sumida en el frío
invernal. Cazarrabo, una figura solitaria en la infinita blancura del bosque,
meditaba sobre la transformación de su pequeño amigo Saltarín. El suave
chasquido de sus patas al hundirse en el manto de nieve acompañaba sus
pensamientos.
Era evidente que
Saltarín había cambiado. Aunque aún jugaba y brincaba como un cachorrillo y no
había perdido el descomunal apetito propio de su edad, ya no tenía el mismo
aire de inocencia. A menudo, al oír al pequeño Saltarín hablar como un anciano
de pelaje entrecano, con la longitud de su pequeño cuerpo reducida por la
desaparición del rabo, Fritti experimentaba una profunda e inexplicable
tristeza.
Saltarín parecía
menos preocupado que Fritti por la pérdida de su cola. El hecho de que
Desgarros hubiera maltratado y lastimado a su pequeño amigo atormentaba a
Fritti, y el recuerdo le dolía como una herida que cicatriza lentamente.
-Es extraño,
Cazarrabo -le había comentado Saltarín-, pero parece que aún estuviera allí. Yo
no la echo de menos. Todavía la siento curvada a mí espalda... ¡e incluso creo
percibir el viento que la despeina! -Cazarrabo no había sabido qué responder y
el jovencito había continuado-. En cierto modo, es mejor así. Me refiero a que,
ahora que no puedo verla y ya no puede ocurrirle nada..., es perfecta, pura, y
siempre lo será. ¿Entiendes lo que quiero decirte?
Entonces no fue
capaz de comprenderlo, pero ahora, mientras caminaba a través del bosque,
comenzó a hacerlo.
Pasaban las
jornadas y Fritti continuaba avanzando hacia Vez'an entre los árboles idénticos
de la Selva de las Ratas, guiado por las palabras del Primogénito:
«Dirige tu hocico
hacia el deseo de tu corazón -le había dicho Pies de Fuego en sus últimos
momentos juntos en el montículo-. A través del enorme bosque, con el nacimiento
del sol en tus ojos. Tu camino te llevará fuera del bosque, cruzarás los
Pantanos del Zarpazo y llegarás a la orilla de Qu’cef, Agua Grande. Seguirás
por la orilla hasta encontrar una extraña colina que brilla por las noches... y
se alza sobre las mismas aguas. Es el sitio que Man llama Villa del Mar, y allí
encontrarás lo que buscas.»
Cazarrabo volvía a
recordar los ciclos del día y la noche, con sus horas de viaje y de reposo,
junto a todas las señales de caza del mundo de la superficie. Sólo tenía que
buscar su propio sustento y responsabilizarse de su propio destino. Como el
plateado pril que saltaba y salpicaba río arriba en el Maullido, los soles del
viaje de Fritti brincaban en el cielo, uno muy cerca del otro. Así atravesó la
selva de las Ratas.
Poco a poco, el
viejo bosque volvía a llenarse de vida. Los garrin abandonaban las grutas donde
habían dormido y se desperezaban con enormes gruñidos. Los elegantes tesri
-machos, hembras y algunas crías zancudas- corrían delicadamente sobre la
madera y la arena que la corriente había arrastrado hasta la orilla. Cazarrabo
comenzó a olvidar los horrores del montículo y a disfrutar otra vez de los
placeres del mundo. Era una criatura de la naturaleza y, pese a la larga
temporada que había vivido bajo el suelo, no había olvidado la danza de la
tierra. Se deleitó con cada presagio del final del invierno y con el regreso de
la vida a la otrora maldita Selva de las Ratas.
Veinte soles
después de separarse de sus amigos, Cazarrabo supo que se acercaba al límite
del bosque. Durante los últimos dos días, él terreno había comenzado a
descender de forma gradual y Cazarrabo había notado un extraño cambio en la
atmósfera. El aire era húmedo, aunque frío como una piedra y salado como la
sangre. Nunca había experimentado una
sensación igual y su corazón se desbocaba con cada inspiración.
Una mañana, cuando
descendía la última cuesta de la Selva de las Ratas, Fritti oyó un sonido
monótono y potente. El ruido se elevaba entre la vegetación como si fuera un
ronroneo de satisfacción de la Madre Universal, majestuoso y digno. Cuando se
detuvo un momento junto a los árboles del límite de la Selva de las Ratas,
reparó en algo que brillaba ante sus ojos. Un segundo sol, idéntico al heraldo
de las Sombras Pequeñas, estaba suspendido en lo más bajo del cielo y parecía
brillar para él desde una brecha en el escarpado terreno que rodeaba el bosque.
Fritti dejó de
lavarse, se incorporó y caminó hacia delante, agitando el rabo al viento como
una rama de sauce. Al acercarse a la brecha, supo que no se trataba de otro
sol, sino de un reflejo increíblemente grande. Se detuvo junto a dos secoyas y
miró al otro lado de la abrupta cuesta y de los pantanos.
Contuvo el aliento.
Agua Grande, bruñida como una roca pulida por el viento, se extendía hasta el
horizonte. El poderoso Qu'cef, rojizo como Saltavallas, devolvía el reflejo del
sol como una mota brillante en el ojo de Harar. El sonoro llamado de Agua Grande
-potente pero enormemente sereno- se elevó hasta el montecillo desde donde él
observaba la escena con aprobación.
Dedicó toda la
mañana a contemplar los reflejos de Qu'cef, que se transformaron de dorados en
verde a medida que el sol se elevaba en el cielo. Por fin, a la Hora de las
Sombras Pequeñas, el agua cobró el intenso color azul del cielo de la noche.
Entonces, con la voz incontestable de Qu'cef resonando en sus oídos y sus
pensamientos, reanudó el descenso hacia los pantanos.
Los Pantanos del
Zarpazo se extendían al sur de las orillas de Qú cef, limitaban con la frontera
Vez'an de la Selva de las Ratas y acababan en las riberas del Maullido. Los
pantanos eran llanos y fríos, y el suelo húmedo y esponjoso se hundía bajo las
patas de Cazarrabo. Desde que entró en los pantanos hasta que salió, Fritti no
consiguió tener las patas secas ni un solo instante.
Durante días y días
el aroma a sal de Agua Grande permaneció en su nariz y su voz en sus orejas. La
llamada de Qu'cef era lo primero que oía por las mañanas, al igual que el
ronroneo de su madre cuando aún era un gatito de teta, y el susurro de las olas
llegaba desde el otro lado de los pantanos para acunarlo por las noches en su
lecho de cañas.
También era
evidente que los pantanos comenzaban a liberarse de las garras del invierno.
Cazarrabo logró cazar varios ratones de los pantanos, ratas de los cenagales y
otras extrañas criaturas de excelente sabor. A menudo varios pájaros
desconocidos salían de sus nidos escondidos entre las cañas, pero Fritti, con
el estómago satisfecho, se contentaba contemplándolos volar, maravillándose de
sus brillantes colores.
Al final de una
tarde, tras una caza exitosa, Fritti caminaba junto a un gran estanque
tranquilo en medio de las tierras pantanosas, rodeado de altas hierbas y cañas.
El sol menguante había llenado Agua Grande de reflejos dorados y el propio
estanque parecía un pozo de fuego sereno.
Fritti se agachó a
olfatear el agua. No la bebió porque olía a sal. El agua fresca era escasa en
los Pantanos del Zarpazo y, aunque estaba bien alimentado, a menudo tenía sed.
Al inclinarse sobre
el estanque, vio algo extraño: un gato de pelaje oscuro, pero con una estrella
en la frente como la de él, lo miró desde el agua. Sorprendido, saltó hacia
atrás y, al hacerlo, también el gato se asustó y desapareció de allí. Cuando se
acercó despacio, el otro lo espió con cautela desde las aguas tranquilas. Con
los pelos del cuello erizados, Cazarrabo bufó al extraño -que lo imitó-, pero,
mientras se agachaba, empujó involuntariamente con la pata una piedra hacia el
estanque. Allí donde cayó, la piedra emborronó la superficie del agua formando
círculos cada vez más grandes. El gato del agua se rompió en pequeños
fragmentos flotantes ante sus propios ojos y luego desapareció. Sólo cuando la
cara del extraño volvió a cobrar forma, con una expresión de asombro que
igualaba la suya, Fritú comprendió que no era una bestia real, sino el espíritu
de una sombra de agua que copiaba todos sus movimientos.
«¿Tendré ese
aspecto, entonces? -se preguntó-. ¿Este joven delgado seré yo?»
Se sentó durante un
largo rato a contemplar el estanque en silencio, hasta que el sol desapareció y
la superficie del agua se ennegreció. El Ojo de Meerclar apareció en el cielo,
y el aire se llenó de una afanosa y caótica multitud de insectos voladores.
De repente, oyó
como en sueños un sonido grave, encima del murmullo distante de Agua Grande.
Una voz grave, pero suave, interpretaba una canción monótona, llena de extrañas
disonancias:
... Gira que te
gira arriba, abajo y alrededor,
mientras verdes
bichos beben con susurrante son.
Espera esperanzado
que se cumpla el deseo del corazón.
Gira que te gira,
arriba, abajo y alrededor...
Fritti se detuvo,
pensativo. ¿Quién podría cantar una canción así en los Pantanos del Zarpazo?
Caminó en silencio entre las cañas,junto al borde del estanque, buscando el
origen de aquella voz.
Mientras avanzaba
con cautela entre los inquietos tallos, volvió a oír la canción:
... con ojos de
ojeriza ojean el brillante aguijón
maravillados se
maravillan del camino sin dirección...
Ahora el
innombrable nombra sin ninguna noción
a aquel que gira
que te gira, arriba, abajo y alrededor...
Cuando la voz
entrecortada se calló otra vez, Cazarrabo llegó junto al que parecía ser su
origen. No percibía ningún olor inusual, aparte de las sales del pantano y el
hedor del barro. Espantó una multitud de moscas de agua con el rabo y siguió
avanzando entre las cañas.
Agachada en el
borde del estanque, con el vientre enterrado en el barro, había una gran rana
verde, cuyo cuello se hinchaba y se volvía a encoger. Cazarrabo se acercó
despacio por detrás.
-Bienvenido,
Cazarrabo -saludó la rana sin girarse-. Ven y siéntate a charlar.
Atónito, Fritti dio
la vuelta y se sentó sobre una alfombra de tallos rotos en un bajío cubierto de
barro.
Todo el mundo
parecía estar enterado de su nombre y de su misión.
-He oído tu canción
-dijo-. ¿Cómo sabes mi nombre? ¿Quién eres tú?
-Soy madre Rebum.
Mi raza es muy antigua y yo soy la más vieja. -Mientras hablaba guiñaba sus
grandes ojos-. Aquí, en el pantano, los jugurum lo sabemos todo sobre la
sangre, el agua, la piedra y el hueso. Mi abuela ya se sentaba a comer moscas
en este estanque cuando los perros volaban y los gatos nadaban.
Sin moverse o
cambiar de expresión, la madre Rebum, como en una imitación de sus antepasados,
sacó una lengua larga y gris y... ¡zas!, se tragó un mosquito. Luego continuó:
-¡Patas patosas! Te
he oído en mi pantano durante cinco soles. Las estúpidas gaviotas trajeron el
mensaje mientras tú te paseabas por los campos de barro. Cuando ya te hayas
ido, las moscas y las pulgas aún hablarán de ti. Nadie pasa por el Burumgurgun
sin atraer la atención de la vieja madre Rebum.
Fritti miró
fijamente a la enorme rana. La luz plateada del ojo moteaba su rugosa espalda.
-¿Qué canción
cantabas? -preguntó.
La madre Rebum dejó
escapar una carcajada y se incorporó con esfuerzo. Después de girarse de lado
para ver a Fritti, se volvió a sentar con dificultad.
-Ah -contestó-, era
una canción con poderes. Tras los Días de Fuego, los jugurum usaban esas
poderosas melodías para que el océano no creciera y el sol se sostuviera sin
riesgos en el cielo. Sin embargo, yo no soy ambiciosa y mi canción era
insignificante. Sólo pretendía traer suerte a un viajero como tú.
-¿A mí? -preguntó
Fritti-. ¿Por qué a mí? ¿Qué he hecho yo por ti?
-¡Oh, nada, menos
que nada, mi peludo renacuajo! -rió la rana, divertida-. Lo hago como un
servicio a alguien a quien debía un favor..., alguien todavía más viejo que
madre Rebum. El que me pidió que te ayudara ya caminaba por la tierra cuando
Jargum el Grande, padre de mi raza, andaba por los pantanos del antiguo
mundo... Al menos, eso me han dicho. Tienes un guardián muy poderoso, pequeño
gato.
Cazarrabo
comprendió el sentido de sus palabras y supo que seguía bajo la protección de
la sombra benefactora. Aquel pensamiento llegó hasta él con el frío de la
salada brisa marina.
-Aun así, no
pienses que te librarás por completo de recompensarme -continuó la madre
Rebum-. Tu amigo me ha dicho que has participado en las grandes hazañas del
noroeste, ¿es eso cierto? -Fritti asintió con un gesto-. Bien, entonces debes
contarme tu historia, pues las inútiles gaviotas me han narrado sólo fragmentos
inconexos. Es imposible gobernar bien Burumgurgun, el centro del mundo, si no
me mantengo informada de los hechos que suceden en los confines de la tierra.
¡Conque el pantano
era el centro del mundo! Fritti sonrió y comenzó su largo relato.
Cuando acabó, era
casi la Hora del silencio. La madre Rebum había escuchado toda la historia con
una expresión atenta en sus ojos saltones.
Al final, parpadeó
varias veces y permaneció callada un momento, hinchando y deshinchando el
cuello.
-Bien -dijo por
fin-, parece que ha habido mucho chapoteo en los estanques de los gatos. -Hizo
una pausa para atrapar a un insecto que volaba bajo en la brisa de la noche-.
Comecorazones era poderoso, muy poderoso, y su caída producirá mucha
turbulencia. Ya veo por qué tu espíritu está confuso, pequeño lomo peludo.
-¿Confuso? ¿Por qué
dices eso?
-¿Por qué? -rió la
madre Rebum-, porque lo sé. Te vi mirar la sombra del agua y te oí cantar
durante la mitad de la noche. Tu corazón está confuso.
-¿Sí?
Fritti no estaba
muy contento con el giro que tomaba la conversación.
-Oh, sí, mi
valiente renacuajo explorador..., pero no temas. Si sigues mis instrucciones,
encontrarás el camino con facilidad. Recuerda una cosa, Cazarrabo: todos tus
problemas..., tu búsqueda, tus expediciones y tus luchas, son como una pequeña
burbuja en el estanque del mundo.
Fritti interpretó
sus palabras como una regañina y se sintió algo disgustado.
-¿Qué quieres
decir? -inquirió-. Desde que abandoné mi hogar, han pasado muchas cosas
importantes. Yo no fui responsable de ellas, pero desempeñé un papel
significativo. Incluso es posible que las cosas no hubieran acabado tan bien de
no haber sido por mí -concluyó con cierto orgullo.
-De eso estoy
segura. ¡Por favor, no te encrespes así! -dijo la vieja rana con una risita-.
Ahora contéstame a una pregunta: ¿acaso la nieve no ha vuelto a cubrir Vastnir?
-Supongo que sí,
¿pero eso qué tiene que ver? Pronto será primavera.
-Exactamente, mi
pececillo. Y dime: ¿los pájaros han regresado a la Selva de las Ratas?
Cazarrabo no estaba
seguro de comprenderla.
-Muchos fla-fa’az
han regresado..., es verdad.
-Muy bien -asintió
la madre Rebum con una gran sonrisa verde y desdentada-, ya no te liaré más
preguntas. Yo sola puedo ver, desde mi estanque rodeado de lirios, que el sol
todavía cruza el cielo cada día. ¿Me comprendes ahora?
-No -respondió
Fritti con obcecación.
-Es así: cuando
llegue el próximo invierno, que luego se convertirá en otra primavera, el
montículo de Vastnir y todas las hazañas de Comecorazones vivirán sólo en
nuestra memoria. Antes de que lleguen y pasen muchos otros inviernos, tú y yo
también habremos desaparecido, dejando atrás nuestros huesos para albergar a
minúsculas criaturas. ¿Y sabes una cosa, valiente Cazarrabo? La danza del mundo
no errará un solo paso por ninguna de estas pérdidas. -Se incorporó con
esfuerzo sobre sus patas delanteras-. Ahora, querido amigo, debo retirarme y
sumergir mis viejos huesos en un baño de barro. Te agradezco el placer de tu
compañía.
Con estas palabras,
la rana saltó a la orilla del estanque, se sumergió a medias en el agua
estancada y luego se volvió a mirar atrás. Sus ojos redondos parpadeaban con
expresión soñolienta.
-¡No temas! -dijo-.
He creado una buena canción. Si necesitas ayuda, la encontrarás... al menos una
vez. Presta especial atención a las cosas que se mueven en el agua, porque allí
residen la mayoría de mis poderes. ¡Suerte, Cazarrabo!
Entonces, con un
salto y un chapoteo, la madre Rebum desapareció en el agua.
32
El viento sobre el
lago: imagen de la verdad interior.
I Ching (El libro
de las mutaciones)
Durante su última
noche en los Pantanos del Zarpazo, Fritti tuvo un viaje largo y extraño en los
campos de los sueños.
Su espíritu
revoloteaba como un fla-fa’az sobre las colinas, los árboles y las aguas,
mientras el viento de la noche le acariciaba la cara. Al igual que el gran
akor, que anida en la montaña, se elevaba más, más y más. El regazo nocturno de
Meerclar era su campo y allí podía viajar hacia donde quería.
Mientras volaba, el
viento le hablaba al oído con las voces de una multitud: Ovillo de Brizna, su
madre; Barba Cerdosa y Bostezos. Todos pronunciaban su nombre con el feroz
aullido de la brisa..., pero él se dirigía hacia donde lo guiaba la voz de
Saltarín, una voz que no expresaba temor sino asombro. Al oírla descendió en
picado, precipitándose hacia la oscuridad. Los vientos se convirtieron en los
aullidos irracionales de Comebichos y Desgarros, mientras la voz suave de
Sombra repetía su nombre de corazón una y otra vez:
-Fritti
Cazarrabo... Fritti... Fritti... Fritti Cazarrabo...
Entonces el sonido
de la brisa cambió y se transformó en un enorme e incesante rugido. Planeaba
encima de Agua Grande, tan cerca que tenía la impresión de que, si quería,
podía tocar las olas con una pata. El viento salado le aplastaba los bigotes, y
en el cielo de la noche sólo resonaba el murmullo de Qu’cef.
Un brillante
resplandor, como la estrella de Viento Blanco, apareció sobre el horizonte.
Montado sobre el ancho lomo del viento veloz, vio que el resplandor crecía, se
desvanecía y volvía a crecer.
Entonces un enorme
rabo gris se elevó sobre las aguas de Qu’cef, y en su punta ardía una luz como
un fuego celestial.
Se dirigía a toda
velocidad hacia ella, sin poder evitarlo, cuando el viento le trajo el eco de
la voz de Ojos Brillantes, el Visionario: «...El deseo del corazón se
encuentra... en un sitio inesperado... inesperado.»
Y de repente las
corrientes de aire lo llevaron otra vez hacia arriba, más allá de la brillante
luz..., y el enorme e inquieto rabo se hundió en el agua, extinguiendo el
resplandor... Entonces comenzó a brillar una luz más suave, que se extendía
sobre el horizonte del cielo de la noche...
Era el amanecer.
Fritti se sentó en su madriguera de gruesa hierba, y la brisa de la mañana
entre las cañas y los tallos de las plantas. Se incorporó, se estiró y escuchó
el último coro de los insectos nocturnos.
Así fue como Fritti
salió de los pantanos, tras cruzar el pequeño arroyo -un pariente lejano del
poderoso Maullido- que corría al sur de Agua Grande y marcaba el límite de los
Pantanos del Zarpazo.
A su derecha, sobre
la orilla de Qu’cef, se extendían unos ondulados prados cubiertos de verde
césped. Al otro lado de los prados, alcanzaba a ver las pequeñas y aisladas
cuevas de M'an. Ahora viajaba en dirección Ue’a, con los verdes campos a la
derecha y la costa de grava a la izquierda.
Lanudas erunor
pastaban alrededor de los ondulados prados. Sus cuerpos algodonosos salpicaban
las praderas como gordas nubes sucias que se hubieran posado en el suelo,
demasiado pesadas para mantenerse suspendidas en el cielo. Las ovejas miraron
pasar el pequeño gato anaranjado sin curiosidad y, cuando él les habló, le
sonrieron con sus dientes amarillos, pero no le contestaron.
Cuando Cazarrabo
vio la luz por primera vez, creyó que era una estrella.
Había bajado por el
sendero del monte para caminar por la orilla, y el ojo de Meerclar, que pronto
brillaría en toda su plenitud, teñía la arena de azul y las olas de plata. Bajo
su luz espectral, Fritti había logrado atrapar un cangrejo, aunque luego había
sido incapaz de abrir su caparazón húmedo y resbaladizo y lo había visto
alejarse cojeando de costado, como si temiera darle la espalda. Después se
había paseado de un extremo a otro de la costa, con la esperanza de encontrar
una presa menos protegida.
Resignado a su mala
suerte, había alzado los ojos y había visto el incipiente resplandor al norte
del horizonte. Un momento después, el destello había desaparecido, pero Fritti
se quedó mirando en la oscuridad y aquél volvió a aparecer. Por un instante había
iluminado el cielo de la noche, pero, después de un latido, se esfumó otra vez.
Fritti caminó por
la playa, sin dejar de mirar aquel punto con arrobo. La extraña estrella
repitió su ciclo de resplandor y oscuridad y Cazarrabo recordó las palabras del
Primogénito: «...una extraña colina que brilla en la noche...».
El punto en el
horizonte destelló otra vez, y Fritti evocó su sueño: el rabo en el mar, un
rabo que se agitaba con una luz en la punta. ¿Qué era aquello que se alzaba
ante él?
Cazarrabo olvidó su
cena y saltó hacia una cuesta rocosa. Aquella noche le apetecía caminar.
Durante esa noche y
la siguiente, siguió la señal luminosa, hasta que, a la mañana siguiente,
divisó por primera vez la extraña colina. Como había dicho Pies de Fuego, se
alzaba en medio de Agua Grande, lejos de la costa cubierta de grava. Fritti
supo enseguida que se trataba de una colina de M'an, pues era alta,
inusualmente recta y blanca como la nieve.
Se dirigió hacia
una península de madera que se proyectaba sobre el mar como una pata extendida.
Desde su extremo pudo observar la isla donde crecía la montaña de M'an.
La isla estaba
sentada sobre el regazo de Qu’cef y se alzaba sobre las olas turbulentas. Tenía
el lomo verde de hierba y Fritti podía ver diminutas erunor caminando despacio
sobre el césped. Al pie de la extraña colina, que más bien parecía un tronco
enorme y sin ramas, había una cueva de M'an similar a las que tiempo atrás
habían rodeado su madriguera del muro de la Asamblea. Su destino estaba tan
cerca que el aroma de las erunor, arrastrado por el viento, hizo hormiguear sus
bigotes. Sin embargo, entre Fritti y el deseo de su corazón había al menos mil
saltos del ondulado azul de Qu'cef.
Llegó la Hora del
Despliegue de la oscuridad, y la luz deslumbrante cayó una vez más desde la
cima de la colina de M'an. Cazarrabo sintió que aquel resplandor le quemaba el
corazón.
Pasaron dos días.
Cazarrabo seguía en la península, malhumorado y frustrado, cazando las escasas
presas que podía encontrar entre los líquenes y los arbustos. Mientras
patrullaba la costa, abstraído en sus pensamientos, las gaviotas revoloteaban o
planeaban sobre su cabeza y Cazarrabo creyó oír sus voces burlonas: «Fritti...,
Fritti..., Fritti...».
«Tienes el cerebro
de un mosquito -pensó-. ¿Por qué no puedes solucionar este asunto?»
Recordó la historia
que les había contado Oreja Cortada sobre el señor Pies de Fuego.
«Bueno, por la
brillante cola de Harar -se dijo-, ¿de qué me sirve eso a mí? Los fla-fa'az no
me deben ningún favor. Revolotean sobre mi cabeza y se ríen de mí.»
Miró al otro lado
de las profundas aguas.
«No estoy seguro de
poder convencer a un pez grande de que no me coma -pensó-. Además, a esta
altura todos deben de conocer el famoso truco de Pies de Fuego.»
Deprimido,
Cazarrabo continuó con su vigilia.
Al cuarto día de su
llegada a la pequeña lengua de tierra, vio acercarse algo entre las olas.
Se escondió entre
los arbustos y contempló cómo el misterioso objeto atravesaba, tambaleante, las
aguas de Qu'cef. Parecía media cáscara de nuez arrojada después de una comida
de los rikchikchik, pero era mucho, mucho más grande y algo se movía en su interior.
Cuando la cáscara
se acercó a la península, descubrió que lo que se movía era uno de los
Grandullones, un M'an. El Grandullón hundía y levantaba dos grandes ramas
dentro del agua.
La cáscara de nuez,
gris como una vieja corteza de árbol, pasó junto al escondite de Fritti y se
detuvo a la orilla de una pequeña cala, a los pies de la península. El M'an
salió y, después de juguetear un rato con algo similar a un largo tallo de
enredadera, cruzó las praderas, hacia las cuevas de M'an.
Fritti descendió de
la península, lleno de emoción, y se abrió paso entre piedras y raíces. Cuando
llegó a la cala, miró con curiosidad a su alrededor y, tras comprobar que el
Grandullón había desaparecido, se dedicó a examinar el extraño caparazón.
Lo olfateó. No se
trataba de una cáscara de nuez, sino de un objeto construido por M'an. Era dos
veces más grande que un Grandullón y el desconchado color gris permitía ver la
madera que había debajo.
Olía a Qu’cef, a
M’an, a pez y a otras cosas que Fritti no pudo identificar. Durante un largo
rato Cazarrabo caminó a su alrededor, olfateando sus extraños aromas, y luego
saltó al interior. Husmeó y escudriñó aquel objeto con la intención de
descubrir cómo lograba nadar igual que un enorme pril gris.
«Tal vez nade para
mí -pensó- y me lleve al otro lado del agua.»
Pero la enorme
cáscara de nuez permaneció sobre la costa rocosa, sin importarle dónde se
situaba Fritti o con cuánta fuerza deseaba que se moviera. Cazarrabo se
acurrucó en el fondo y se concentró, con la esperanza de encontrar una forma de
hacerla llegar a la colina que brillaba. Pensó y pensó... y el esfuerzo de la
reflexión unido al sol de la tarde lo sumió en una especie de sopor...
Se despertó
sobresaltado. Desorientado, miró a su alrededor, pero sólo vio los costados de
la cáscara nadadora. Unas pisadas hacían crujir los guijarros y se aproximaban
a él. Soñoliento y confuso, temeroso de saltar y revelar su presencia al
Grandullón, se escondió bajo una áspera montaña de tela, que le raspó el lomo
al escurrirse bajo su peso protector.
Los pasos de M'an
se detuvieron y enseguida la cáscara entera comenzó a arrastrarse contra la
grava de la playa. Sorprendido, Fritti clavó las uñas en la madera, pero de
repente la cáscara dejó de arrastrarse para tambalearse con suavidad. Fritti
oyó al Grandullón subir pesadamente por encima del borde, y luego siguió una
secuencia de crujidos y chapoteos.
Después de un rato,
Fritti reunió el valor necesario para asomar su rosado hocico debajo de los
pliegues de tela. El enorme lomo de M’an estaba vuelto hacia él y el Grandullón
empujaba las ramas del árbol hacia delante y hacia atrás. La cáscara estaba rodeada
de agua.
«Madre Rebum
mencionó "las cosas que se mueven en el agua' -pensó Cazarrabo-, de modo
que si tengo suerte, y no me ahogo en esta extraña cáscara de nuez, supongo que
tendré que agradecérselo a ella.»
Fritti se acurrucó
en su escondite con la cola sobre el hocico y reanudó su siesta.
Había pasado un
tiempo, aunque Fritti era incapaz de calcular cuánto. La cáscara se detuvo y
Fritti oyó al M'an pasearse de un extremo al otro, aunque sin descubrir su
escondite. Por fin el Grandullón se alejó con pasos ruidosos. Cazarrabo aguardó
un momento en silencio y luego decidió salir a estirarse y a echar un vistazo.
La isla se alzaba
ante sus ojos. La cáscara reposaba junto a una calzada de madera que se
extendía sobre el agua y acababa en un camino de tierrra que ascendía,
serpenteante, hacia una cuesta cubierta de hierba. En lo alto del camino,
Fritti pudo ver la cueva de los Grandullones y, cerniéndose sobre ella como un
vaka’az'me blanco y sin ramas, la enorme colina de Man. El sol seguía en el
cielo y la colina blanca estaba oscura.
Fritti ascendió por
el escarpado sendero. La hierba era mullida y sus pies apenas parecían rozarla.
El viento de Agua Grande le acariciaba el hocico y los bigotes, haciéndole
sentir que había alcanzado la cima del mundo.
Una figura oscura
se separó de la cueva de M'an y descendió la colina con pasos pesados y lerdos.
Era un enorme perro, con pecho corpulento y gruesas patas.
Cazarrabo, que se
sentía curiosamente confiado y mareado, continuó su ascenso por la cuesta
cubierta de hierba. El fik'az inclinó la cabeza hacia un lado y lo miró con
expresión de perplejidad. Por fin, después de un momento de atento escrutinio,
se decidió a hablar
-¡Eh, tú! -ladró el
mastín con voz grave y lerda como un trueno distante-. ¿Quién eres? ¿Qué haces
aquí?
-Soy Cazarrabo,
señor fik'az, buena danza. ¿Y a quién tengo el placer de dirigirme?
-Soy
Bufa-Muy-Ronco, pero no has respondido a mi pregunta. ¿Qué haces aquí?
-Oh, sólo estoy
mirando -repuso Fritti, agitando la cola de forma cautivadora-. Acabo de llegar
volando desde el otro lado del agua y pensé que sería agradable echar un
vistazo. Bonito lugar, ¿verdad?
-Psí -gruñó
Bufa-Muy-Ronco-, pero tú no deberías estar aquí. ¡Fuera! -El perro le dirigió
una mirada fulminante, con el hocico bajo, y luego volvió a girar la cabeza
hacia un lado-. ¿Has dicho... que has venido volando? -preguntó despacio-. Los
gatos no
vuelan.
Mientras hablaban,
Cazarrabo se había ido aproximando. Ahora, a apenas cinco saltos de distancia
del fik'az, Fritti se sentó y comenzó a lavarse con indiferencia.
-¡Ob, sí, algunos
sí! -contestó-. De hecho, mi tribu de gatos voladores está pensando en instalar
sus nidos aquí. Necesitamos un sitio donde poner nuestros huevos, ¿sabes?
-Cazarrabo se incorporó y comenzó a caminar en un amplio círculo alrededor del
perro-. Imagínatelo -añadió, paseando la vista de un extremo al otro de la
isla-. Centenares de gatos voladores... grandes, pequeños... Sería maravilloso,
¿no crees?
Casi había
conseguido pasar al otro lado, cuando el Bufa-Muy-Ronco bufó:
-¡Los gatos no
vuelan! ¡No te creo!
El mastín saltó
hacia delante, gruñendo, y Fritti corrió colina arriba. Después de unos cuantos
saltos, descubrió que allí no había árboles donde trepar ni vallas que le
permitieran escabullirse: sólo césped y más césped hasta la cima de la colina.
«Bueno -pensó-,
¿por qué correr? Me he enfrentado a peligros peores y he sobrevivido.»
Se giró para
enfrentarse al enorme mastín.
-¡Ven aquí,
huelecacas! -gruñó Cazarrabo-. ¡Ven a enfrentarte a un hijo de Pies de Fuego!
Bufa-Muy-Ronco
atacó, convencido de que se enfrentaba a un joven gato indefenso, pero, cuando
unas uñas afiladas le arañaron los carrillos, sus feroces ladridos se
convirtieron en un aullido de sorpresa.
Fritti se lanzó
sobre el Gruñón como un pequeño torbellino anaranjado, con los dientes y las
garras prontas y un maullido agudo y feroz. Bufa-Muy-Ronco retrocedió
horrorizado, sacudiendo su enorme cabeza. Cazarrabo aprovechó ese instante para
escapar agitando el rabo y con las orejas echadas hacia atrás.
Mientras el
desolado Gruñón se lamía con cuidado el hocico herido, Fritti llegó a la cueva
de M'an. Saltó el pequeño muro de piedra y trepó hacia el techo inclinado.
Desde allí dejó escapar una exclamación de triunfo:
-¡No vuelvas a
tomar a la ligera a un miembro de la Comunidad, bestia torpe!
-¡Ven aquí, que te
comeré, gato! -replicó con furia Bufa-Muy-Ronco desde el suelo.
-¡Ja! -rió
Cazarrabo-. ¡Traeré a un ejército entero a instalarse aquí y te retorceremos el
rabo y te golpearemos los gordos carrillos hasta que mueras de vergüenza! ¡Ja!
Bufa-Muy-Ronco dio
media vuelta y se alejó de allí con apesadumbrada dignidad.
Fritti caminó de un
extremo al otro del tejado, mientras los latidos de su corazón recuperaban su
ritmo normal. Se sentía maravillosamente bien.
Después de realizar
un atento examen, inclinado sobre el borde del tejado con la nariz arrugada,
descubrió una ventana abierta debajo de los canalones del techo. Buscó al perro
con la vista, pero Bufa-Muy-Ronco estaba a muchos saltos de distancia, limpiando
sus heridas. Fritti saltó al muro de piedra y luego al alféizar de la ventana.
Se detuvo un momento para calcular la distancia que había hasta el suelo, tomó
impulso y saltó al interior.
En medio de la
habitación, acurrucada en un peludo ovillo, estaba Pata Suave.
33
Cierto ermitaño,
cuyo nombre no recuerdo,
dijo una vez que
ningún lazo lo unía a la tierra y
que lo único que
odiaría abandonar era el cielo.
Yoshida Kenko
Pata Suave no
pareció reconocerlo. Frente a ella, con el lomo arqueado y las patas
temblorosas, Cazarrabo era incapaz de articular una sola palabra.
Pata Suave alzó la
cabeza con languidez y lo miró.
-¿Sí? ¿Qué quieres?
-¡Pata Suave!
-exclamó él con voz ahogada-. i Soy yo, Cazarrabo!
La fela abrió los
ojos, sorprendida. Durante un momento los dos gatos permanecieron inmóviles.
Luego Pata Suave sacudió la cabeza con expresión atónita.
-¿Cazarrabo? ¿Mi
pequeño amigo Cazar-rabo? ¿De verdad eres tú?
Un instante después
estaba de pie y ambos se olfatearon, se restregaron los hocicos y las
naricillas. Fritti sentía un gran calor en el pecho y pronto la habitación se
llenó del dulce sonido de un ronroneo.
Más tarde se
tendieron con las narices juntas y Cazarrabo le contó a su amiga sus viajes y
aventuras. Al principio ella parecía encantada y orgullosa, pero, a medida que
la historia avanzaba, hacía cada vez menos preguntas. Por fin se quedó
completamente callada y se contentó con lavar a Fritti mientras él hablaba.
Cuando Cazarrabo terminó su relato, se giró para mirar a Pata Suave.
-¡Debes contarme
cómo has llegado aquí! -exclamó-. Me interné en las profundidades de la tierra
para encontrarte, pero pareces estar bien. ¿Qué ocurrió?
-Has sido muy
valiente siguiéndome de ese modo, Cazarrabo -dijo Pata Suave con la cabeza
alta-. ¡Pensar que tuviste que enfrentarte con todas esas terribles criaturas!
Estoy muy impresionada, pero temo que mi historia no sea tan emocionante.
-¡Por favor,
cuéntamela!
-Bien, es muy
simple. Un día, parece que hiciera una eternidad, el M'an me puso en una caja.
Era como una caja para dormir, pero cubierta por arriba. Bueno, en realidad no
me puso en la caja, sino que había un poco de pril en ella, y yo me metí
dentro. Por supuesto, me encanta el pril, de lo contrario no habría entrado.
Estuve mucho tiempo en la caja, pero podía ver a través de unos agujeros.
Viajamos y viajamos hasta llegar a Agua Grande. Luego entramos en algo parecido
a una cáscara de nuez y nadamos por encima del agua.
-Yo también he
subido en esa cáscara -comentó Fritti, emocionado-. Así es como llegué aquí.
-Por supuesto
-respondió Pata Suave con indiferencia-. Bien, así es como vine a este sitio. A
mí me parece muy bonito, ¿y a ti?
-Pero ¿qué hay del
Gruñón? -pregunto Cazarrabo-. ¿No tienes problemas con él? Debe de hacerte la
vida imposible.
-¿Bufa-Muy-Ronco?
-rió ella-. ¡Oh, es como un cachorrillo grande! Además, yo no salgo mucho. Aquí
dentro se está tan bien... ¡y el M'an me da una comida tan apetitosa!
Fritti estaba
desconcertado. Por lo visto Pata Suave no había corrido peligro en ningún
momento.
-¿Has pensado en mí
con frecuencia? -quiso saber, pero no recibió respuesta. Pata Suave ya dormía.
Cuando el
Grandullón entró en la habitación y los encontró acostados juntos, Cazarrabo se
incorporó con el pelo erizado. El M'an se acercó despacio, haciendo suaves
ruidos, y, al ver que Fritti no huía, se agachó y lo acarició con ternura.
Cazarrabo se apartó, pero el M'an se limitó a acurrucarse en el suelo con la
pata extendida.
El M'an puso algo
en el suelo, junto a él. Fritti lo reconoció de inmediato: era un cuenco de
comida. Tras olfatear el contenido, todos sus recelos se desvanecieron en el
acto.
El Grandullón le
rascaba detrás de la oreja mientras comía, pero a Fritti no le importaba.
Pata Suave había
cambiado. La delgadez y elegancia de sus patas y rabo no había variado, pero su
cuerpo se veía más rollizo, redondeado y blanco debajo del lustroso pelaje. No
parecía tan vital como antes y prefería dormir al sol que correr o saltar. Fritti
no lograba entusiasmarla con sus juegos.
-Siempre has sido
muy inquieto -le dijo ella un día, y Fritti no pudo evitar sentirse herido.
Por supuesto,
estaba contenta de verlo, y se alegraba de tener un compañero con quien hablar,
pero a Fritti no le bastaba con eso. Pata Suave no parecía comprender todo lo
que él había hecho para encontrarla. Jamás prestaba atención cuando él le
hablaba de las maravillas del Primer Hogar o de la majestuosidad de los
Caminantes Primigenios.
Sin embargo, la
comida era muy buena. Los Grandullones les ofrecían deliciosos alimentos y
siempre se mostraban cariñosos con él. Lo acariciaban, lo rascaban y le
permitían pasear por su cueva a voluntad. Fritti no se llevaba muy bien con
Bufa-Muy-Ronco, el perro, pero habían llegado a un difícil acuerdo y Fritti
tenía cuidado de no alejarse demasiado de su madriguera.
Así pasaban los
días en el lugar que Pies de Fuego llamaba villa del mar, donde cada sol era un
poco más cálido que el anterior. Bandadas migratorias de fla-fa'az se detenían
en la isla al pasar para el norte y Fritti se divertía mucho con ellos, aunque rara
vez tenía suficiente hambre para cazar en serio. El tiempo corría con la misma
calma que un arroyuelo sereno, y, aunque el propio Cazarrabo había engordado,
comenzaba a inquietarse.
Una noche de
primavera, cuando el ojo de Meerclar se acercaba a su esplendor, varios
Grandullones vinieron a visitar a M’an en una enorme cáscara de nuez. La cueva
se llenó de Grandullones de voces ensordecedoras y varios de ellos intentaron
jugar con Fritti.
Grandes y poderosas
patas lo alzaron en el aire y lo apretujaron. Cuando los Grandullones lo
acercaban a sus caras, el desagradable aliento que despedían sus bocas lo hacía
retorcerse de asco. Cuando intentaba soltarse, las retumbantes voces rugían.
Por fin Fritti
saltó a la ventana, pero Bufa-Muy-Ronco estaba custodiando la casa de muy mal
humor. Cazarrabo corrió entre las piernas de los gritones y fastidiosos
Grandullones y se dirigió hacia la habitación donde estaba Pata Suave, que
dormía en un rincón.
-¡Pata Suave!
-gritó mientras la sacudía-. ¡Despierta! ¡Debemos marcharnos!
La fela lo miró con
curiosidad mientras bostezaba y se estiraba.
-¿De qué diablos
hablas, Cazarrabo? ¿Marcharnos? ¿Por qué?
-Este sitio no es
apropiado para nosotros -explicó con nerviosismo-. Los Grandullones nos cogen,
nos pasean, nos alimentan y nos acarician... ¡Además, no hay sitio para correr!
-Tonterías -replicó
ella con frialdad-. Nos tratan muy bien.
-Nos tratan como
cachorrillos. Ésta no es vida para un cazador. Si lo hubiese sabido, no me
habría separado del lado de mi madre.
-Tienes razón
-repuso Pata Suave-, tienes razón, porque actúas como un cachorrillo. ¿Qué
quieres decir con que nos marchemos? ¿Por qué crees que debería irme de aquí?
-Podemos
escondernos en la cáscara de nuez, como hice yo antes. Desde allí escaparemos
al bosque, a los pantanos, a cualquier sitio -dijo Fritti con desesperación-.
Luego iremos donde queramos. Podemos formar una familia.
-¿Conque una
familia, eh? -exclamó ella-. Bien, pues ya puedes olvidarte de eso.
¡Danzacielos sabe que ya he tenido bastante con tus olfateos! Ya te he dicho
que no estoy interesada en eso y que me horroriza verte actuar de una forma tan
ridícula. El bosque... ¡nada menos! ¡Hojas y espinas en mi pelaje y nada de
comida por días y días! ¡Visl, garrin y... sólo Harar sabe qué más! No,
gracias. -Cuando vio la expresión de asombro y dolor en la cara de Fritti, su
tono se suavizó-. Escucha, querido Cazarrabo -añadió-. Tú eres mi amigo y eres
muy importante para mí. Creo que estás asustado. Los Grandullones pueden llegar
a ser aterradores. No te acerques a ellos y mañana todo volverá a ser tan
tranquilo como antes. -Restregó su hocico contra la nariz de él-. Ahora vete a
dormir. Más tarde comprenderás que te has comportado como un tonto.
Con estas palabras,
Pata Suave apoyó la cabeza y cerró los ojos.
Fritti se sentó y
la miró fijamente.
«¿Por qué no lo
entiende? -se preguntó-. Aquí ocurre algo malo y yo puedo percibirlo.»
Pero ¿de qué se
trataba? ¿Por qué se sentía tan atrapado como cuando estaba bajo tierra?
Pata Suave maulló
en sueños y estiró las patas.
«Debería ser feliz
-pensó Fritti-. El deseo de mi corazón era encontrar a Pata Suave... ¿verdad?
El señor Pies de Fuego dijo que encontraría el deseo de mi corazón en Villa del
Mar...»
Cazarrabo caminó
despacio hacia la ventana abierta y trepó al alféizar. La enorme colina de la
isla arrojaba su brillante luz sobre las aguas oscuras de Qu'cef. El aire era
cálido y estaba lleno de fragancias de plantas en flor.
Cuando la cáscara
tocó la costa, Fritti salió de su escondite. Pasó junto a los asombrados
Grandullones y saltó a la playa cubierta de grava. Las crías de M'an hicieron
ruidos de sorpresa, pero Cazarrabo, agitando el rabo anaranjado, comenzó a
subir la cuesta en dirección a los prados iluminados por el ojo.
Se detuvo en la
cima de una colina cubierta de hierba y pensó en todas las cosas que iba a
hacer. Saltarín lo esperaba en el Primer Hogar. Debía volver a verlo, y también
a sus amigos del muro de la Asamblea, por supuesto. ¡Cuántas historias podría
relatar! ¡Cuántos sitios le quedaban aún por ver!
Y también estaba
Firsa, por supuesto, tan oscura y delgada como su nombre: Sombra.
Oyó el canto de un
pájaro nocturno. ¡El mundo era tan grande y el cielo de la noche estaba tan
lleno de destellos!
Entonces
comprendió. La conciencia llegó a él como un fuego, una estrella que ardió en
su corazón y en su cabeza. Comenzó a reír, a saltar y a reír otra vez. Brincó y
rodó por la cuesta de la colina mientras su voz se elevaba en una exclamación
de júbilo.
Cuando por fin
concluyó la danza, saltó cuesta abajo y corrió hacia los campos, cantando y
agitando el rabo. El sereno ojo de Meerclar contempló la brillante silueta
anaranjada desaparecer entre la alta hierba.
NOTA DEL AUTOR
Con escasas
excepciones, todas las palabras inusuales de este relato pertenecen al Canto
Supremo de la Comunidad.
Los miembros de la
Comunidad, como todos sus hermanos de sangre caliente y algunos otros, poseen
dos lenguajes. El lenguaje cotidiano, aquel que comparten la mayoría de los
mamíferos, es el Canto Común, formado en su mayor parte por gestos, aromas y
posturas, a los que se suman muy pocos sonidos y gritos, fácilmente
descifrables, que sirven para enriquecer la expresión. En este libro, el Canto
Común ha sido toscamente traducido al español.
Sin embargo, cuando
el Canto Común no basta para describir hechos o situaciones especiales, se
emplea el Canto Supremo. La mayoría de los rituales y, por supuesto, todos los
relatos entran en esta categoría.
El Canto Supremo es
preferentemente un lenguaje verbal, aunque su sentido puede variar según la
postura o el énfasis. Para que el lector no tuviera que consultar
permanentemente las palabras del Canto Supremo, éste también ha sido traducido
casi en su totalidad dentro del texto. No obstante, también ofrecemos un
glosario para los olvidadizos.
Con respecto a la
pronunciación, digamos que la «c» se pronuncia siempre «s», de modo que
Meerclar, debe pronunciarse Meer-slar.
En los casos en que
se emplea la «s», es sólo para clarificar la pronunciación. Por ejemplo, pensé
que «Vicl» podría resultar engorroso para el lector, de modo que deseché la
ortografía correcta y empleé «Visl».
La «f» tiene un
sonido suave y debería pronunciarse «fz». En cuanto a las vocales, todas ellas
conservan la pronunciación latina: «a-e-i-o-u».
PERSONAJES
Acecharratas: gato
del Primer Hogar, bailarín.
Amigo de Lobos:
príncipe de la Comunidad.
Aullidos: aprendiz
de maestro Cantor.
Azotamatas: gato
del Primer Hogar.
Barba Cerdosa:
Maestro Cantor del Muro de la Asamblea.
Barrigota:
Caminante Primigenio.
Bast-Imret: Guardia
de Huesos.
Bigotes Pulcros:
príncipe de la Comunidad.
Bigotes Suaves:
hermana menor de Cazarrabo.
Bigotes Tristes:
padre de Sombra.
Bostezos: Jerarca
del Muro de la Asamblea, protector de Cazarrabo.
Brisa Veloz:
hermana de Trancos.
Bufa-Muy-Ronco:
perro de villa del mar.
Canción Clara,
Tirya: hermana mayor de Cazarrabo.
Canijo: amigo de
Cazarrabo en el muro de la Asamblea.
Cantamatas:
príncipe de la Comunidad.
Caricias: gato del
Primer Hogar.
Catador: Jerarca
del Muro de la Asamblea.
Cazador Diurno:
compañero de Saltavallas.
Cazador Nocturno:
compañero de Saltavallas.
Cazarrabo, Fritti:
nuestro héroe.
Cazarratas: gato en
la canción de Barrigota.
Cizaña, barón:
Caminante Primigenio.
Colmillos: Guardia
de Garras.
Comebichos: gato
loco, compañero de Cazarrabo.
Comecorazones,
Grizraz: uno de los Primogénitos, señor de Vastnir.
Corazón Blando:
príncipe de la Comunidad.
Chafabichos: joven
Tom del muro de la Asamblea.
Chafahierba: jefe
de los Guardias de Garras.
Chasquidos, señor:
gobernante de las ardillas.
Chirridos, maestro:
una ardilla.
Chisporroteos,
maestro: una ardilla.
Danzacielos, Fela:
madre de la Comunidad.
Dentelladas, señor:
señor de las ardillas, hermano de Chasquidos.
Desgarros: jefe de
los Guardias de Garras.
Dientes Rotos:
Guardia de Garras.
Escarbón: Caminante
Primigenio.
Escurridizo:
Guardia de Dientes.
Flancos Moteados:
padre de Cazarrabo.
Flor de Viento:
extraño gato en la historia del barón Ponzoña.
Garras Feroces:
príncipe de la Comunidad.
Garras filosas:
Guardia de Garras.
Garras Prontas:
antepasado de Tembleque.
Hocico Oscuro:
Guardia de Dientes.
Iracundo: jefe de
los Guardias de Dientes.
Jargum: rana
mitológica.
Karthwine: una
zorra.
Knet-Mukri: Guardia
de Huesos.
Krelli: joven
cuervo.
Lomo Azul: príncipe
de la Comunidad.
Lomo de Sol,
Mirmirsor: reina de la Comunidad.
Madre Universal:
creadora de la Comunidad.
Maraña: reina de la
Comunidad.
Mordiscos: Guardia
de Garras.
Morros: supervisor
de los Guardias de Garras.
Morrudo: gato del
Primer Hogar.
Muerde-luego-Ladra,
Rauro: rey de los perros en la historia de Comebichos.
Nariz Curiosa:
hermano de Sombra.
Nariz Torcida:
amigo de Catador.
Nueve Pájaros:
príncipe mitológico, progenitor de los Grandullones.
Ojos Brillantes:
Visionario de los Caminantes Primigenios.
Ojos Dorados,
Harar: padre de la Comunidad.
Oreja Cortada:
prisionero de Vastnir, narrador de cuentos.
Oreja de Raso:
reina de la Comunidad.
Orejas Puntiagudas:
Jerarca del Muro de la Asamblea, delegado.
Ovillo de Brizna,
Indez: madre de Cazarrabo.
Panza Rajada:
Guardia de Dientes.
Parlamatas, barón:
Caminante Primigenio.
Pata Suave: amiga
de Cazarrabo.
Pata Sutil: gata
del Primer Hogar.
Patas Rojas:
príncipe en la historia de Comebichos.
Patizambo: gato del
Primer Hogar.
Pellejos: Guardia
de Dientes.
Pfefirrit: príncipe
de los pájaros.
Piedra Celeste,
Irao: príncipe de la Comunidad.
Piel Brillante:
reina de la Comunidad.
Pies de Fuego,
Tangaloor: uno de los Primogénitos.
Pies Ligeros: joven
Tom del muro de la Asamblea.
Pisarrocío, Sresla:
príncipe consorte de la reina Lomo de Sol.
Planeador: gato del
Primer Hogar.
Ponzoña, barón:
Caminante Primigenio de alto rango.
Quijadas: Guardia
de Garras.
Rabo Inquieto:
Jerarca del Muro de la Asamblea.
Rasguños: Caminante
Primigenio, compañero de Ponzoña.
Rastreador: gato
del otro lado de la orilla del Bosque.
Raya del Alba:
reina de la Comunidad.
Rebum, madre: una
rana.
Renred: zorro
mitológico.
Retintín, maestro:
mensajero de las ardillas.
Ronroneo Feroz:
chambelán de la corte de Harar.
Saltanubes: reina
de la historia de Comebichos.
Saltarín: compañero
de Cazarrabo.
Saltarríos:
delegado del Muro de la Asamblea.
Saltavallas:
príncipe, hijo de la reina Lomo de Sol.
Skoggi: cuervo
padre.
Sombra, Firsa:
compañera de Cazarrabo.
Susurros: joven Tom
del muro de la Asamblea.
Tarascón: Maestro
Cantor del Primer Hogar.
Tejemeneos:
Caminante Primigenio.
Tembleque, barón:
Caminante Primigenio.
Trancos: joven Tom
del muro de la Asamblea, delegado.
Treparraudo:
príncipe de la Comunidad.
Uñas Brillantes:
príncipe de la Comunidad.
Viento Blanco,
Viror: uno de los Primogénitos.
Zarpazos:
prisionero de Vastnir.
Zopenco: prisionero
de Vastnir.
Zumbidos: señora:
esposa del maestro Chisporroteos.
GLOSARIO
a: hacia, en
akon águila
an: sol
ar: sí
az: gato, persona
az-iri'le:
«nosotros-gatos», la Comunidad
az'me: «gato de
tierra», árbol
cef agua
cefaz: «gato de
agua», pez
cir. cantar, hablar
cu: hermano
cu'nre: «hermano de
corazón», amigo
e: caliente
E'a: «hacia el
calor», sur
erunor: oveja
fa: salto
fe: madre
fela: hembra
fik ruidoso,
aterrador
fik'az: «gato
ruidoso», perro
Fikos: maldad
aterradora
fla: correr
fla-fa’az: «gato
que salta y corre», pájaro
fri: pequeño
garrin: oso
har: padre
hlizza: serpiente
iri: yo, mí
iri'le: «muchos
yo», nosotros
lea: espíritu, alma
krauka: cuervos
la: nacimiento
le: muchos
ma: lejos de, fuera
de
me: tierra
mela: «tierra de
nacimiento», madriguera
mela'an: «nido del
sol», cielo
me'mre: «comida al
suelo», excrementos
melera: halcón
mre: comer, comida
mre'az: comida de
gato, ratón
nuñ: dormir
mri'fa: «saltar
dormido», sueño
mri'fa-o: «buen
sueño», buenas noches
nre: corazón
nre'fa: «salto del
corazón», danza
nre'fa-o: «buena
danza», hola, adiós
o: bueno
Oel: maestro
Oel-cir'va: Maestro
Cantor
Oel-var'iz:
«maestro en ver», Visionario
os: malo,
incorrecto, equivocado
praere: conejo
pril: salmón
qu: grande
ri: cabeza
rikchikchik:
ardilla
ruhu:búho
tesri: ciervo
Tom: macho
ue: frío
Ue'a: «hacia el
frío», norte
va: viejo
Va'an: «viejo sol»,
oeste
Vaka'az me: «árbol
de viejo espíritu»
var: vista, sentido
vez: joven
Vez'an: «joven
sol», este

No hay comentarios:
Publicar un comentario