© Libro N° 14042. Grand. Williams,
Tennessee. Emancipación. Julio 12
de 2025
Título Original: © Grand. Tennessee Williams
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Tennessee Williams
Grand
Tennessee Williams
Silenciosa y profundamente, mi abuela sabía formar vínculos emocionales
entre ella y los diversos lugares y gen¬tes. Podía ser feliz quedándose a vivir
para siempre jamás en cualquier rectoría, tan pronto hubiera empapelado con
papel color limón las paredes de su dormitorio, colgado unas cortinillas en las
ventanas, y conseguido unos cuantos alumnos de piano y violín. Pero mi abuelo
soñaba siempre en mudarse y moverse de un lado para otro, sueño que no había
abandonado aún al llegar a la nonagésima sexta pri¬mavera de su vivir.
Pese a estar casado con un auténtico poema viviente, y esto es algo que
forzosamente tuvo que saber, el único re¬proche que mi abuelo dirigía a mi
abuela consistía en decir que ésta no comprendía ni sabía apreciar la poesía, y
que no tenía demasiado sentido del humor.
Mi abuelo solía decir: «Cuando yo era todavía muy jo¬ven, solía pasar
algunas tardes dedicado a leer poesías a mi mujer, pero ella se ponía a dormir,
mientras yo leía.» Esto me ha inducido a preguntarme más de una vez, si la
ten¬dencia de mi abuela a arraigar en los lugares, y la tenden¬cia de mi abuelo
a irse a otros lugares constituía la única diferencia entre los dos que la
infinita comprensión de mi abuela no había eliminado. Mi abuelo todavía es, y
sin duda ha sido en el curso de toda su vida, un hombre inconsciente e
infantilmente egoísta. Es humilde y afectuoso, pero siem¬pre dispuesto a llevar
a cabo sus impulsos, sean los que sean, y hasta los dos o tres últimos años que
mi abuelo y mi abuela vivieron juntos, ésta no comenzó a rebelarse contra su marido,
y cuando lo hacía se debía a una razón que mi abuela no podía explicar a mi
abuelo, la razón de saber que la muerte había anidado en su cuerpo, y que ya no
podía volar de un lado para otro en compañía de su hombre, sino que, por fin,
no le quedaba más remedio que quedarse don¬de estuviera, cuando él quería ir a
otro sitio.
Cuando mi abuela se casó, no podía imaginar que su marido decidiría un
buen día ser ministro del Señor. A la sazón, mi abuelo era maestro de escuela,
y vivía cómoda¬mente merced a esta vocacional profesión. Era un maestro nato,
y, poco después de contraer matrimonio, fue nom¬brado director de una escuela
de chicas, de carácter particu¬lar, en la zona oriental de Tennessee, en la que
mi abuela pasó a ser profesora de música. Hubo tiempo en que mi abuela tuvo
cincuenta alumnos, entre las clases de piano y violín. En aquellos días, los
ingresos del matrimonio les permitían vivir bastante bien.
Pero, de repente, mi abuelo dijo a mi abuela que había decidido ser
ministro de la Iglesia, y, desde aquel día hasta el de su muerte, mi abuela no
volvió a saber lo que era vivir sin privaciones. Durante este segundo período
de la vida de mi abuela, mi abuelo, el reverendo y encantadora¬mente egoísta
caballero, encabezaba grupos de señoras fieles a la iglesia episcopaliana que
efectuaban giras por Europa, se vestía con las más elegantes ropas eclesiales
que se confeccionan en Nueva York y en Londres, pasaba los veranos en
Chautauqua, y seguía cursillos en Sewanee, mientras mi abuela perdía los
dientes debido a su empeño en no gastar en dentista, se compraba gafas baratas
en Woolworth, se ataviaba a la edad de sesenta años con vestidos confeccionados
con restos de su trousseau de novia, y ocul¬taba las enfermedades para no tener
que pagar al médico. La abuela hizo viajes de dieciocho horas en autobús,
siem¬pre que el verano, o cualquier otra crisis de este estilo, la obligaba a
acudir al hogar de su hija, en Saint Louis; se ocupó de los trabajos de la
casa; hacía la colada; a veces atendía a dos o tres huéspedes; dio clases de
violín y de piano; confeccionó vestidos para mi madre, cuando mi madre era
joven; confeccionó vestidos para mi hermana, cuando mi madre dejó de ser joven;
tomó parte activa en todas las reuniones de asociaciones femeninas y obras
be¬néficas ; escuchó con paciencia y silencio, durante cincuen¬ta años, los
chismorreos de las sureñas señoras episcopalianas; sonrió dulcemente, pero sin
entreabrir los labios, para que no se viera que le faltaban dientes; hablaba
siem¬pre con voz suave y amable; algunas veces sonreía como una tímida
muchachita, pese a que mi abuelo siempre decía que no sabía distinguir un
chiste de una frase grave; no pa¬raba en todo el año, y todo lo hacía sin la
ayuda de cria¬das, con la sola finalidad de subir al autobús y efectuar un
largo viaje, en verano, para acudir a Saint Louis y allí visi¬tar a su única
hija, mi madre, y a sus tres nietos, a saber, yo, mi hermana y nuestro hermano
menor. Cuando llegaba, traía siempre consigo bastante dinero, que llevaba
cosido al corsé. Ignoro a cuánto ascendía el dinero que mi abuela traía, pero
supongo que sería una suma de varios cientos de dólares, pese a que el sueldo
que mi abuelo percibía ja¬más superó los ciento cincuenta dolares mensuales.
A mi abuela la llamábamos «Grand». Su llegada signi¬ficaba monedas de
diez centavos para comprar helados, mo¬nedas de veinticinco centavos para ir al
cine, y meriendas en el Forest Park. Significaba también alegres y dulces
ri¬sas de mi madre y la madre de mi madre, voces que se elevaban y descendían
como escalas de piano. Significaba una resurrección de la gracia sudeña,
significaba el apaci¬guamiento de la ira de mi padre contra la vida y contra el
mundo, ira que —hombre desdichado— siempre descarga¬ba sobre sus hijos, salvo
cuando la presencia de mi abuela —como la de una música— en el furiosamente
cerrado y estrecho piso ciudadano infundía una curiosa paz extraterrena a todos
los allí confinados.
Y así ocurrió, sin apenas, variaciones, durante los años en que nos
fuimos haciendo mayores. ¡Grand
representaba cuanto de Dios llegamos a saber en aquellos años! ¡ Y la
Providencia era el dinero que Grand llevaba cosido al corsé!
Mi abuela nunca necesitó llevar corsé, y jamás he llegado a saber a
ciencia cierta por qué lo llevaba. Siempre anduvo erecta, y siempre fue
esbelta, y siempre tuvo en su porte aquella sencilla nobleza propia de las
reinas y campesinas. Era de origen alemán. De soltera se llamaba Rosina María
Francesca Otte. Sus antepasados habían emigrado a América, desde Hamburgo, y
creo que esto ocurrió a mediados del siglo pasado. Eran de religión luterana,
pero la abuela fue educada en un convento católico, y en el conservatorio de
música de Cincinnati. No conocí al padre de mi abuela, pero en las fotografías
que de él he visto se parece a Bismarck. Recuerdo muy someramente a la madre de
mi abuela, en realidad sólo guardo el recuerdo de su aspecto de una vivaz
viejecita que tenía la costumbre de denominar «shears» a las tijeras
—«scissors»—. De mi bisabuelo Otto recuerdo que de él se decía que se negó
siempre a comer ensalada porque aseguraba que las hier-bas se han hecho sólo
para alimento de las vacas, y que había emigrado a América a fin de no cumplir
el servicio militar. Se dedicó al comercio y ganó una gran fortuna, pero la
perdió después. Tras su ruina, con lo que le quedaba se compró una granja en la
zona oriental de Tennessee, y esta granja fue una realidad casi legendaria en
la vida de mi abuela.
Mi abuela Rose tenía tres hermanos —dos varones y, una hembra— que se
desperdigaron por el país, cuando la familia se arruinó. Uno de los dos
hermanos varones desapareció y jamás se volvió a saber de él. El otro,
Clemence, todavía vive, en Mobile, Alabama, y cuenta alrede¬dor de noventa
años. La hermana de mi abuela, Estelle, se casó dos veces, primero con un joven
de Tennessee, llamado Preston Faller, que murió joven, y, después, con un
hombre mayor, llamado Ralston, que era juez, y a quien cupo la dudosa distinción
de presidir el famoso juicio de Scopes en el Tennessee oriental, al que se
llegó a llamar el «juicio-comedia». Una o dos veces, en el curso del verano,
Grand nos llevaba a South Pittsburgh, Tennessee, a visitar a los Ralston, y de
estas visitas recuerdo un barril lleno de miel en el porche trasero, agujas de
pino iluminadas por cálida luz del sol, y las locuras y gallardía del so¬brino
de mi madre, el joven Preston Faller Jr., quien solía silbar alegremente
mientras se vestía para ir a bailar, en una estancia que, tal como la veo en el
recuerdo, sólo con¬tenía una cama de bronce, y cuyas paredes estaban cubiertas
con papel en el que resaltaban unas rosas; y también re¬cuerdo el ocaso,
contemplado a través de la ventana del dormitorio, en el momento en que la luz
se tornaba color de violeta. Pero, entonces, yo era un niño de siete años, y
mis recuerdos verdaderamente vividos se reducen al barril de miel en el porche
trasero, a los melones puestos a refres¬car en la fuente, al pozo cuya agua
sabía a hierro, y a aquellas mañanas esplendorosas. Recuerdo que Preston Faller
Jr. cogía, sin permiso, el automóvil de su padrastro, e iba a otras ciudades en
las que pasaba la noche, y recuer¬do que una vez me llevó a ver un espectáculo
teatral, con música, y que en este espectáculo alguien tocaba el acor¬deón, y
que las teclas y botones del acordeón me parecían diamantes, esmeraldas y
rubíes sobre un fondo de madre¬perla. Preston Faller Jr. vive actualmente en
Seattle, y las cosas le van muy bien. Nos ha mandado hace poco fotogra¬fías de
su casa y de su cadillac. ¡Y pensar que fue un ca¬lavera ! Pero, como era el
hijo de la hermana de mi abuela, ahora tendrá... más de cincuenta años... ¡Cómo
pasa el tiempo!
Me he referido ya a la granja que los padres de mi abue¬la compraron,
cuando se arruinaron, a fin de retirarse a Vivir en ella, allí, en el Tennessee
oriental, granja que mi abuela heredó. En realidad se trataba de un terreno
rocoso y ondulado —unos tres ó cuatro acres— que, en la trans¬misión
hereditaria, fue dividido entre mi abuela, Estelle y Clemence, el único hermano
varón de quien se tenía noti¬cia. Estelle murió de un ataque de asma, así como
de los efectos de una excesiva dosis de morfina que le suministró un
atolondrado médico rural, por lo que la legendaria gran¬ja pasó a ser propiedad
de mi abuela, su hermano y los hijos de su hermana. El juez Ralston, el viudo
de Estelle, se encargó de administrarla. De todo lo referente a la gran¬ja
recuerdo solamente dos o tres cosas. Una de ellas es que mi tía abuela Estelle
vivió en ella antes de su primer matrimonio, y que dijo a mi abuela que allí se
sentía tan sola que solía salir al porche y gritar «¡Hola!» para oír el eco que
de su propia voz le devolvía la montaña que se alzaba ante la casa. También
recuerdo que se efectuó una tala y que el producto de la venta, unos centenares
de dóla¬res, se repartió entre los herederos como si se tratara de algo sagrado
y extremadamente escaso. Y, por fin, también re¬cuerdo que, en cierta ocasión,
probablemente después de la muerte del juez Ralston, mi abuela hizo una rápida
visita a la granja que, según sus sueños, quizás algún día se des¬cubriera
contenía importantes depósitos minerales, petró¬leo o algo por el estilo, y vio
que la vieja mansión fami¬liar había quedado reducida a una sola estancia, en
la que vivía una pobre mujer de esas que llevan vida errante, de un lado a otro
del país. Esta mujer no supo explicar exacta¬mente por qué vivía allá, en la
propiedad de mi abuela. Sólo pudo decirle: «Llegamos y nos quedamos.» Mi abuela
le preguntó qué se había hecho del gran porche, de la chi¬menea de piedra y de
las restantes estancias de la casa, y la mujer le contestó que su marido y sus
hijos lo habían quemado todo para calentarse en invierno, y que éste había sido
el destino del porche y de las otras habitaciones, y que, en cuanto a las
piedras de la chimenea hacía referencia, no les quedó otro remedio que
vendérselas para subsistir. Entonces, mi abuela le preguntó dónde estaban los
varones miembros de la familia errante, y aquella mujer, flaca como un alambre,
le contestó que su marido había muerto y que los hijos habían ido a la ciudad,
con un gran cargamento de madera, para venderlo, hacía cosa de un año, y que no
habían regresado todavía, por lo que ella había decidido quedarse allí hasta
que volvieran o hasta que tuviera no¬ticias de ellos.
Y así terminó la historia de la legendaria granja, de aquella granja
que, para mi abuela, significaba como un seguro contra los azares del futuro, y
en la que pensaba que quizá, si llegaba el momento en que fuera necesario,
todos nosotros podríamos refugiarnos, con el consuelo de vivir en un pedazo de
tierra propia.
Lo que más asustaba a mi abuela era el espectro de esta tutela a la que
han de someterse tantos ancianos, al término de su vivir, esta sumisión aneja
al hecho de tener que vivir a expensas de sus familiares. En el caso de mi
abuela, de¬bemos decir que siempre tuvo familiares que estuvieron
constantemente ligados, por lo menos desde un punto de vista afectivo, a ella,
pero no por ello dejó de temer la po¬sibilidad de caer en aquella sumisión, por
lo que siguió manteniendo su casa de Memphis, incluso después de que hubiera
dejado de ser físicamente capaz de hacerlo, y sólo renunció a ello y vino a
Saint Louis cuando le quedaban ya muy pocos meses de vida.
Unos cuantos años antes, cuando mi abuela vivía en compañía del abuelo,
en Memphis, con la pensión de retiro de éste, que ascendía a ochenta y cinco
dólares mensua¬les, me refugié una vez más en su casa, después de sufrir un
colapso nervioso producido por mi trabajo en la em¬presa de zapatería al por
mayor, en Saint Louis. Tan pron¬to me encontré en condiciones de viajar, me fui
a la casita de mis abuelos en Memphis, donde dormí en un camastro puesto en la
sala de estar. Aquel verano estuve más cerca de la locura de lo que había
estado en el curso de aquellas
desgarradoras tormentas de mi primera adolescencia, pero una vez más,
poco a poco, tal como había ocurrido en mis anteriores crisis, la misteriosa
capacidad pacificadora de mi abuela me devolvió a una aceptable proximidad a la
cor¬dura. Al comenzar el otoño, emprendí la larga y empinada senda de la
profesión de escritor, emprendí aquella deses¬perada y áspera ascensión que, al
fin, me dejó, exhausto pero todavía vivo, en la, según se dice, soleada meseta
de «la fama y la fortuna». Todo tuvo su inicio en Memphis, aquel verano del año
1934. Dicho verano, tan importante en mi vida, también tuvo especial
significado, aunque en sentido contrario, para mi abuela. Tras muchos años,
gra¬cias a los milagros de su administración, a trabajar en la cocina, a sus
privaciones, a sus clases de música y a tantas otras cosas, había conseguido
ahorrar lo bastante para com¬prar valores del estado por valor de 7.500
dólares.
Una mañana de aquel memorable verano, un par de in¬dividuos desconocidos
visitaron a mi increíblemente soña¬dor abuelo. En tono excitado y a cuchicheos,
hablaron los tres un rato, en el porche. Mi abuelo estaba ya un poco sordo,
pese a que todavía era un relativamente vivaracho mozo de ochenta años, y le vi
inclinando la cabeza hacia los dos individuos, con la mano puesta en el oído,
forman¬do embudo, mientras hacía rápidos movimientos afirmati¬vos con la
cabeza, excitado por desconocidas y misteriosas razones. Poco después, los dos
individuos se iban del por¬che. Mi abuelo pasó casi todo aquel día de sol
ardiente y amarillento fuera de casa. Regresó al atardecer, pálido y
tembloroso, y dijo a mi abuela: «Rose, salgamos al porche. He de decirte algo.»
Lo que tenía que decirle era que, por razones total¬mente
incomprensibles, había vendido los valores del esta¬do, y había entregado chico
mil dólares en metálico a aquel par de pájaros de cuenta que le habían visitado
por la ma¬ñana, dirigiéndose a él con el tratamiento de «reverendo», en
siniestro tono de falso halago.
En este instante me parece ver a mi abuela, sentada en una silla de
mimbre, allí, en el porche de la casa de Mem¬phis, con la vista fija en el
horizonte al que el ocaso comen¬zaba a dar tonos oscuros, mientras decía: «¿Por
qué lo has hecho, Walter?»
La abuela dijo, «¿Por qué, Walter?», una y otra vez, hasta que mi abuelo
se levantó y dijo: «Rose, no me lo preguntes más, porque, si vuelves a
preguntármelo, me iré de esta casa, y jamás volverás a saber de mí.»
En este instante, mi abuela se levantó de la silla de mim¬bre y fue a
sentarse en el columpio. Y yo, desde mi dis¬creto puesto de escucha en la sala
de estar, sólo oí, durante bastante rato, la agria voz de las cadenas de metal
al ro¬zarse, mientras mi abuela se columpiaba suavemente, y la noche iba
envolviendo el silencio de la pareja, un silencio que me parecía, sin llegar a
comprender exactamente por qué, algo hacia lo que los abuelos habían avanzado
durante toda su vida, casi sabiéndolo, algo terrible y oscuro que me¬diaba
entre los dos. «¿Por qué, Walter?»
La mañana siguiente, mi abuelo estuvo muy ocupado, y mi abuela guardó
total silencio.
El abuelo fue a la buhardilla de la casa, y de un baúl metálico sacó un
enorme, enorme, enorme, montón de car¬petas de cartón que contenían todos sus
sermones. Con su carga, se fue al patio trasero, amontonó las carpetas en el
suelo, y prendió fuego a los sermones escritos a mano en el curso de cincuenta
y cinco años, y los sermones se convirtie¬ron en humo. La llamas se alzaron con
fuerza incontenible, llegaron a la altura de la cabeza de mi abuelo, pero lo
que yo recuerdo con más claridad, más que el resplandor de las llamas, es el
blanco y silencioso resplandor del rostro de mi abuela, mientras iba del
barreño de la colada a la co¬cina y de la cocina a la despensa, sin dirigir la
vista ni una sola vez a la ventana, tras la que el anciano caballero, de más de
ochenta años, llevaba a cabo aquel auto de fe, con el fin de purificarse.
«¿Por qué, Walter?»
¡Nadie lo sabía!
Nadie, salvo mi abuelo, quien ha conservado el secreto hasta su
nonagésima sexta primavera en la tierra, y aquel par de aves rapaces que han
vuelto al lugar del que salieron, el cual espero, y creo, que es el infierno.
Tengo la seguridad de que lo que más me ha dolido en la vida es algo que
no estuvo en mi mano impedir, algo que me ha dolido más que el fracaso de tal o
cual obra mía, más que esta pérdida de energía creadora que he advertido en los
últimos tiempos. Este algo estriba en el hecho de que mi abuela muriera tan
sólo un año antes de que yo pu¬diera darle algo en compensación de lo mucho que
ella me había dado a mí, algo material con que pagarle, en parte, los
inapreciables regalos espirituales que con tanta persistencia y generosidad
puso en mis manos cuando yo acudía necesitado a ella.
A mi abuelo le gusta recordar que mi abuela nació el día de Todos los
Santos y que murió en la festividad de la Epifanía, que se celebra el día seis
de enero.
Su muerte ocurrió en circunstancias dolorosísimas. Du¬rante los últimos
cinco años de su vida, la salud de mi abuela empeoró sin cesar, hasta que, al
fin, ocurrió aquello que ella había temido tanto, durante toda su vida. Tuvo
que abandonar y vender la casa de Memphis, y aceptar cobijo en casa de mi
padre, en Saint Louis, porque estaba literalmente muriéndose en pie. A pesar de
todo, mi abuela todavía pudo empacar cuantas pertenencias había acumu¬lado
durante sesenta años de regentar un hogar, cerrar la casa de Memphis, y
efectuar su último viaje de dieciocho horas a Saint Louis. Pero apenas llegó,
con alta temperatura, tuvo un desvanecimiento, y se vio obligada, por primera
vez en su vida, a entrar en un hospital. Cuando esto ocurrió, otoño de 1943, yo
me encontraba lejos de casa. Me hallaba en California, trabajando en un guión
cinematográfico. Re¬cibí una carta de mi madre en la que me explicaba que mi
abuela estaba mortalmente enferma, víctima de una antigua afección maligna que
ahora le había atacado el hígado y los pulmones, y que le quedaban pocos días
de vida.
Mi madre me decía en su carta: «Tu abuela ha perdi¬do peso, y ahora está
tan sólo en las ochenta libras, pero no se rinde. Es imposible conseguir que se
quede en cama. Se empeña en ayudarme en las faenas de casa, y esta ma¬ñana ha
hecho la colada de una semana.»
Fui a casa. Faltaba una semana para Navidades, en el momento en que,
cargado con mis dos maletas, enfilé el sendero. Vi que en la puerta había un
ramo de muérdago, y oí que una radio, en la casa contigua, difundía las notas
de Navidades blancas. Me detuve a mitad de camino. A tra¬vés de las vaporosas
cortinas que cubrían las ventanas de la sala, vi la silueta de mi abuela que,
sola, iba de un lado para otro, con caminar de grulla, con su aire de vieja
dama alta y erguida, y, ahora, increíblemente flaca.
Pasó bastante rato antes de que me sintiera capaz de le¬vantar el
picaporte de bronce del que colgaba el ramo de muérdago con que se anunciaban
las Navidades. Esperé, y recé pidiendo a Dios que, tras aquellas vaporosas
cortinas, apareciera cualquier otro miembro de la familia, incluso mi padre,
pero no la figura de mi abuela, aquella figura que caminaba lentamente, que
parecía avanzar sin propia vo¬luntad, acompañada por una inaudible y
terriblemente lenta marcha, por una marcha fúnebre interpretaba por una
fan¬tasmal banda de viento.
Después supe que la familia había salido para asistir a aquel banquete
mensual que celebraban las gentes del mun¬do de mi padre, en el Club del
Progreso.
El abuelo estaba en cama. Grand me esperaba. No se acostó, para poder
recibirme, fuera cual fuera la hora a que yo llegara—en el telegrama no la
había anunciado—, fuera cual fuera el instante en que llamara a la puerta del
hogar familiar, a fin de poder participar en aquel mi úl¬timo regreso.
Recuerdo que, cuando mi abuela abrió la puerta, tras mi llamada, se echó
a reír igual que una tímida muchachita, como una muchachita descubierta en el
momento de ponerse sentimental acerca de algo así como el retrato del novio, y
que, con su voz juvenil, gritó: «¡Tom, Tom...!» Cuando la abracé, me di cuenta
aterrorizado que, bajo la tela del vestido, casi nada quedaba, sólo sus brazos
ardien¬tes de fiebre, bajo las mangas.
Murió dos semanas después, tras un falso período de recuperación que su
fuerza de voluntad consiguió fingir.
Aquella noche, salí de casa inmediatamente después de cenar. La abuela
lavó los platos, negándose a que mi ma¬dre, mi abuelo o yo, la ayudásemos, y
cuando salí a la calle, estaba tocando algo de Chopin, al piano.
Cuando regresé, dos o tres horas después, el sonido de los estertores de
mi abuela estremecía la casa de dos pisos que a la sazón ocupábamos.
Al entrar, me encontré ante un desconocido que me había oído llamar a la
puerta, y la había abierto antes de que yo encontrara el llavín.
Con rostro inexpresivo, me dijo: «Su madre dice que suba.»
Subí al piso superior. En el último peldaño de las esca¬leras, que fue
el punto donde comenzó la hemorragia de mi abuela, había un charco de sangre
todavía fresca. Un re¬guero de oscura sangre húmeda iba hasta el cuarto de
baño, y en el sanitario, de cuya cadena nadie había tirado todavía, se veía
líquido de color carmesí oscuro, y en él había pe¬queñas porciones de tejido
pulmonar, que también salpi¬caba las baldosas. Según supe luego, esta
incontenible pér¬dida de sangre había comenzado casi inmediatamente des¬pués de
salir yo de casa, tres horas antes, y ahora, la abue¬la, en su dormitorio,
seguía librando heroica, inflexible, salvajemente, su batalla contra la muerte,
una batalla que la muerte había ganado ya cuando mi abuela se encontra¬ba a
mitad de las escaleras.
No me atreví a entrar en la habitación donde aquella terrible lucha
tenía lugar. Me quedé en la oscura estancia, al otro lado del pasillo, que
había sido el dormitorio de mi hermano, antes de que éste ingresara en el
ejército. Me quedé allí, en aquella oscura habitación, quizá rezando, quizá tan
sólo sollozando, quizá tan sólo con el oído agu¬zado para escuchar todos los
sonidos, no sé todavía cuál de estas tres cosas, y, en cierto instante, oí que
mi madre decía una y otra vez, fuera: «Mamá, di por favor, di... Mamá, ¿qué
quieres decirme?»
Solamente me atreví a mirar, desde fuera. Mi madre estaba inclinada
sobre el cuerpo de mi abuela en cama, por lo que se daba la piadosa
circunstancia de que mi vista no podía percibir el rostro de mi abuela. El
abuelo estaba arrodillado, rezando, junto a su sillón. El médico se encon¬traba
allí, con gesto de impotencia, entre los tres, con una aguja hipodérmica, una
palangana llena de agua humeante, y qué sé yo qué otras cosas propias de su
menester.
De repente, el terrible ruido cesó.
Entré.
Mi madre cerraba suavemente los ojos y la boca de la abuela.
Pocas horas después, comenzaron a llegar los vecinos. Mi abuelo bajó
para recibirles, y yo, desde lo alto de las escaleras, oí que les decía: «Mi
esposa está muy débil, sí, ahora está muy débil.»
Mi abuela solía decir de su marido: «Walter es un hom¬bre que nunca
sabrá enfrentarse con la realidad.»
Al cabo de un año, más o menos, mi madre me dijo que al fin había
descubierto qué era aquello que mi abuela, cuando agonizaba, intentó decirle
sin conseguirlo porque ni liquiera para esto le quedaban fuerzas. «Tu abuela no
ha¬cía más que indicar con la cabeza el bureau. Pues bien, al cabo de un tiempo
descubrí que había guardado el corsé allí, y que en el corsé llevaba cosidos
varios centenares de dólares.»

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