© Libro N° 14043. Hombre Traer Esto Carretera Arriba. Williams, Tennessee. Emancipación. Julio 12 de 2025
Título Original: © Hombre Traer Esto Carretera Arriba. Tennessee Williams
Versión Original: © Hombre Traer Esto Carretera Arriba. Tennessee Williams
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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HOMBRE TRAER ESTO CARRETERA ARRIBA
Tennessee Williams
Hombre Traer Esto Carretera Arriba
Tennessee Williams
Mistress Flora Goforth poseía tres villas de recreo, las tres de colores propios de huevo de Pascua, encaramadas en lo alto de un acantilado junto al mar, un poco al norte de Amalfi. Por ser una de estas viejas damas enormemente ricas a las que se considera mecenas de las artes, a menu¬do debido al solo hecho de patrocinar de vez en cuando uno que otro baile, banquete o función social que tienen lugar en la elegante zona periférica del mundo artístico, mistress Flora Goforth era muy solicitada por este rebaño de jóve¬nes que acuden a Europa los veranos, con una maleta gran¬de, otra pequeña, una máquina de escribir portátil o una caja de pinturas, y un talonario de «travelers», cuyo valor apenas llega a los cien dólares, tan pronto estos jóvenes han pasado una corta temporada en París. Por esta razón, es decir, porque mistress Flora Goforth era perseguida y asediada por este rebaño de jóvenes vagabundos imprevi¬sores y talentudos, la dama juzgó aconsejable no mejorar los caminos que conducían a su mansión de la Divina Costiera italiana, sino dejarlos tal como la mano del Señor los trazó, de manera que estos accesos conllevaban mortales pe¬ligros para todo ser que no tuviera la agilidad de que están dotadas las cabras monteses.
Sin embargo, en la actualidad mistress Goforth iba aden¬trándose temerosamente en los años setenta de su vida. Otras ricas señoras amigas y conocidas suyas iban palman¬do, aquí y allá, al alegre ritmo de los fuegos artificiales con que se celebra la fiesta nacional del cuatro de julio. A veces, mistress Goforth sentía la necesidad de tener a su lado gente joven y alegre, necesidad que sintió de modo especial durante aquel verano, a fin de olvidar aquellas noticias de muerte que leía en el Herald Tribune de París, o que le co¬municaban los cablegramas procedentes de los Estados Uni¬dos. Por lo que mistress Goforth enviaba de vez en cuando su lancha motora a recoger a un selecto grupo de jóvenes, a lugares cercanos, tales como Capri, Positano, e incluso Nápoles.
Pero Jimmy Dobyne no fue uno de los elegidos, ni tam¬poco había sido recientemente invitado por mistress Go¬forth. Aquel verano, Jimmy Dobyne llegó a los dominios de la dama, a lo largo del sendero de cabras, y fue el hijo del jardinero, Giulio, quien dio cuenta de su llegada, entre¬gando a la señora un delgado volumen en cuya cubierta constaba la vergonzosa palabra «Poemas», volumen que pasó por el estrecho hueco de la puerta, abierta tan sólo unos milímetros, del dormitorio de mistress Goforth, al tiempo que tartamudeaba en su inglés chapurreado:
—Hombre traer esto carretera arriba.
Hacía ya varios días que la vieja cabeza de girasol de mistress Goforth languidecía en su tallo, víctima de incipien¬te aburrimiento, por lo que la señora tuvo que pensar unos instantes antes de decidir qué hacer. Y al fin dijo, también en inglés chapurreado:
—Trae hombre a terraza, para que yo le vea.
Tan pronto Giulio se hubo esfumado, mistress Goforth cogió los prismáticos fabricados en Alemania, y se agazapó junto a la ventana de la blanca villa, para inspeccionar a aquel huésped, tan peligroso como un nuevo caballo de Troya. Por fin, apareció el huésped. Era un hombre joven, vestido únicamente con un par de pantalones cortos de cue¬ro, con un morral colgado al hombro, en el que llevaba todas sus pertenencias, entre las que se contaban cuatro ejemplares más de aquel volumen de poemas que había ofrecido como tarjeta de visita a la señora de quien esperaba ansiosamente abierta hospitalidad. Giulio acompañó al joven hasta la terraza, y acto seguido, se retiró. Jimmy Do¬byne se quedó allí, con las pupilas contraídas ante la ce¬gadora luz del sol de mediodía, buscando con la mirada a aquella tan deseada protectora, pero solamente vio una jaula atestada de pájaros de brillante plumaje, un surtidor po¬blado de peces de colores, un mono que parloteaba sin cesar, encadenado, y cascadas de buganvilias de violento color de púrpura, por todos lados.
—¿Mistress Goforth? —gritó Jimmy Dobyne.
Sólo el mono atado en un ángulo de la balaustrada que rodeaba la terraza contestó con su chillón parloteo la lla¬mada de Jimmy Dobyne. Como sea que no tenía muchas cosas que mirar ni que estudiar, Jimmy Dobyne observó al mono. Pensó que el hecho de que el mono estuviera en¬cadenado sólo podía significar que estaba sufriendo castigo por alguna fechoría. Cerca del mono había un cuenco con restos de fruta, pero el animal carecía de agua, y, por otra parte, la longitud de la cadena no permitía al bicho si¬tuarse a la sombra. No muy lejos del punto hasta el que la cadena permitía llegar al mono estaba el surtidor, y el prisionero había llegado hasta este punto, tirando de la cadena que le impedía el acceso al agua. Sin pensarlo, en reacción refleja, Jimmy llenó de agua el cuenco que conte¬nía restos de fruta, y lo puso al alcance del mono, que se abalanzó sobre el cuenco y bebió con tan incontenible an¬sia que Jimmy no pudo reprimir una carcajada.
—¡Signor!
El chico del jardinero había regresado a la terraza. Movió la cabeza en dirección a un extremo de la terraza, y añadió:
—¡Venir!
Y condujo a Jimmy a un dormitorio situado en la villa de color rosado.
Por lo menos temporalmente, Jimmy Dobyne había con¬seguido entrar, estaba «in». Tan pronto Giulio le dejó solo en el dormitorio de la villa de color de rosa, Jimmy, pese a estar sudoroso y polvoriento, se arrojó sobre la cama, boca arriba, y fijó la vista en-los cupidos pintados en el techo de color azul celeste.
Su fatiga era tan grande que superaba incluso su hambre, y, al cabo de uno o dos minutos, se sumía en un sueño que se prolongó todo el día, la noche y la mitad del día si¬guiente.
El día de la llegada de Jimmy, mistress Goforth, tras hacer la siesta, fue a la villa de color de rosa para echar una furtiva ojeada a aquel huésped al que no había invita¬do previamente. Le encontró con sus pantalones de cuero, tumbado en la cama, y con el morral junto a ésta, en el suelo.
La dama abrió el morral de lona y, como un experto ladrón, revolvió en silencio su contenido hasta encontrar lo que buscaba, es decir, el pasaporte de Jimmy, envuelto en varias camisas lavadas, pero sin planchar. Mistress Goforth miró el día del nacimiento de Jimmy. Había nacido en el mes de setiembre de 1922, lo cual confirmó aquella impre¬sión de mistress Goforth según la cual aquel hombre apa¬rentaba menos edad de la que en realidad tenía. Con voz tan átona como la de un loro, mistress Goforth dijo «Hola» varias veces, para averiguar hasta qué punto era profun¬do el sueño de Jimmy, y, como sea que éste siguió dormido como un tronco, mistress Goforth encendió la lámpara de la mesilla de noche para examinarle mejor. Se inclinó sobre Jimmy, y colocó la nariz a muy pocos centímetros de sus labios entreabiertos, para saber si olía a alcohol o a caries dentales, tal como suelen oler los jóvenes poetas cuando ya no son tan jóvenes como eso. El aliento de Jimmy carecía de olores, pero mistress Goforth pudo darse cuenta de que aquel color de los párpados inferiores de Jimmy, que pare-cían haber sido frotados con pétalos de buganvilia, no se debía tan sólo a la fatiga que produce el viajar a pie por te¬rrenos escabrosos.
En términos generales, el resultado de la detenida ins¬pección a que mistress Goforth había sometido a su huésped espontáneo no desagradó a ésta, sin embargo, la dama deci¬dió efectuar una llamada telefónica a fin de enterarse del pasado de aquel hombre, así como de su presente repu¬tación.
En Capri vivía una señora, de unos cuarenta y tantos años, que había conocido a Jimmy en la flor de su juventud, y esta señora dio algunos datos a mistress Goforth. Dijo que una de aquellas señoras de la generación y esfera so¬cial de mistress Goforth, que por cierto había palmado re¬cientemente, había descubierto a Jimmy en un refugio fre¬cuentado por esquiadores, en Nevada, el año 1940. Esta dama se llevó a Jimmy a Nueva York, convirtiéndole en una resplandeciente lumbrera del mundo de los fines de semana en Connecticut y Long Island, en bailes y celebraciones parecidas. Jimmy fue una especie de rara combina¬ción entre instructor de esquí y poeta, y la señora que lo lanzó publicó su libro de poemas en una de estas pequeñas editoriales que se dedican a editar libros pagados por los propios autores. Sin embargo, la obra causó cierta sensa¬ción. Sus poesías fueron tomadas totalmente en serio. Pero al cabo de un tiempo, sin que se sepa por qué, Jimmy dejó de escribir. Durante toda la década de los años cuarenta, vivió del prestigio que le había dado aquel libro primerizo, y después las cosas comenzaron a irle mal. Hacía ya un, par de veranos que utilizaba el «truco de dormirse». Como es natural, mistress Goforth no comprendió lo que significaba el «truco de dormirse», pero su amiga de Capri le dio una vivida explicación. Al parecer, Jimmy, después de haber consumido el tiempo prudencial por el que había sido invi¬tado por una rica señora avecindada en Capri, recibió la no¬tificación de que la dueña de la casa deseaba que cediera su dormitorio a otro invitado cuya llegada se esperaba de un momento a otro, y, entonces, Jimmy, con la finalidad de evitar que le echaran de la casa, puso en práctica el «truco
de dormirse». Se tomó una gran dosis de estupefacientes, no sin antes encargar que le llamarán por la mañana, de mane¬ra que se le pudiera «resucitar».
Tan pronto el estado de Jimmy le permitió salir de aque¬lla casa, Jimmy fue invitado a hacerlo. Tras esto, comenzó a «construir móviles».
—¿Ah, sí? ¿Construye móviles?
—A esto se ha dedicado desde el momento en que quedó estéril como poeta. ¿Sabes lo que son los móviles?
—¡Claro que sí!
—Pues bien, los móviles que Jimmy Dobyne construye no se mueven. No sabe construirlos. Los hace demasiado pesados, o les pasa algo raro, pero el caso es que no se mueven.
—¿Ha dejado de construirlos, quizá?
—Que yo sepa, no. Sigue haciéndolos, sí señora. ¿Sabéis si lleva alguno encima?
—¡Ah...!
Mistress Goforth acababa de recordar unos extraños ob¬jetos de metal, en el interior del morral.
—¿Qué dices?
—Sí, creo que sí. Me parece que he visto unos cuantos de estos trastos.
—¿Está todavía en tu casa?
—Sí. Lleva qué sé yo al tiempo durmiendo en la villa de color de rosa. Está como un tronco.
—Bueno, pues...
—¿Qué?
—Buena suerte, querida Flora. Y procura tener cuidado con lo del truco de dormirse ...
La mañana siguiente, cuando Jimmy Dobyne se dis¬ponía a sentarse a la mesa para desayunar, en la terraza de la villa blanca, dijo a mistress Goforth:
—Me parece que es usted la persona más amable que he conocido en toda mi vida.
La dueña de la casa le contestó:
—En este caso, mucho me temo que no haya conocido usted a muchas personas amables en su vida.
Mistress Goforth efectuó una leve inclinación de cabe¬za que podía interpretarse como una invitación a sentarse a la mesa, y Jimmy se sentó.
—¿Café?
—Sí, gracias.
Jimmy tenía un hambre feroz, el hambre más intensa que había padecido en su vida, vida en la que se había dado más de un prolongado ayuno por razones puramente pro¬fanas. Intentó buscar algo de comer con la mirada, sin que se notara que apartaba la vista de los ojos de la dueña de la casa, pero en la casta mesa blanca no había más que plata y porcelana, ni siquiera leche y azúcar.
Como si mistress Goforth hubiera leído los pensamien¬tos de su invitado, o hubiera percibido la aterrorizada con¬tracción de los músculos del estómago de éste, acentuó su sonrisa y dijo:
—Para desayunar tomo únicamente café solo. A esta hora, los alimentos sólidos me restan energías, y es precisa¬mente a esta hora cuando mejor trabajo.
Jimmy le devolvió la sonrisa, y pensó que la dama diría a continuación: «Pero, como es natural, usted coma lo que le apetezca. ¿Le gustarían unos huevos con jamón, o prefiere melón, para empezar? »
Pero aquel minuto de silencio se prolongó más y más, y las palabras que sucedieron a la meditativa mirada de mis¬tress Goforth carecieron de significado para Jimmy:
—Hombre traer esto carretera arriba... ¡ Vaya!
—Perdón, ¿mistress Goforth?
—Son las palabras que dijo el muchacho cuando me en¬tregó el libro. No lo he leído, pero oí hablar de él, cuando se publicó.
—El pasado verano me pidió que le diera un ejemplar, en el baile del ballet, pero siempre que la llamaba por te¬léfono, usted estaba fuera de casa.
—Bueno, así es la vida, ya se sabe. ¿Cuándo se publicó esta obra suya?
—En 1946.
—Hace bastante tiempo, ¿verdad? ¿Qué edad tiene usted?
Jimmy pensó durante unos instantes, y, después, en voz un tanto dubitativa, como si quisiera que sus propias pa¬labras fueran confirmadas por su interlocutora, dijo:
—Treinta años.
Rápidamente, mistress Goforth le rectificó:
—Treinta y cuatro.
—¿Cómo lo sabe?
—Eché una ojeada a su pasaporte mientras usted esta¬ba batiendo todos los récords de duración de siesta.
Jimmy efectuó un esfuerzo para adoptar expresión de cariñoso reproche:
—¿Y por qué ha hecho usted eso?
—Porque estoy harta de impostores. Quería tener la se¬guridad de que usted era el verdadero Jimmy Dobyne, ya que el verano pasado tuve aquí al falso Paul Bowles, y el año anterior al falso Truman Capote y a la falsa Aurora Welty, y en tanto en cuanto sé todavía están allá abajo, en aquel barracón junto a la playa, que es adonde traslado a los indeseables cuando mi casa está llena. Al barracón, le llamó la Oubliette. Ya sabe usted lo que es una oubliette, ¿verdad? ¿No? Pues se trata de una institución medieval que, a mi juicio, se abolió prematuramente. Era una cárcel a la que se mandaba a la gente de por vida, para olvidarse de ella. Por esto, a mi barracón junto a la playa le llamo la Oubliette. El nombre procede del verbo francés oublier, que significa olvidar. Verdaderamente, me olvido de ellos. Quizá piense usted que bromeo, que no es verdad lo que le digo. Pero la verdad es que he tenido muy desagradables exp.
ciencias con los gorrones, y ahora estoy un poco acomple¬jada. No quiero que me tomen más el pelo, no puedo tolerar que me gorreen. ¿Comprende lo que quiero decir? No, no es nada personal, no crea. Ha venido usted con un libro en el que hay una foto suya que todavía guarda cierto parecido con usted, bueno, digamos que se le parece, con diez años menos, pero que sin la menor duda demuestra que usted es usted. Usted no es un hombre que se haga pasar por Jimmy Dobyne, de esto tengo absoluta certeza.
—Muchas gracias —dijo Jimmy. Y no supo qué añadir a estas palabras. Mistress Goforth habló:
—Naturalmente, hay gente que tiene la oubliette en el cerebro. Sí, también es una excelente institución, la oubliet¬te mental, pero yo padezco de una memoria perfecta, tengo un recuerdo total, como dicen los psicólogos. Rostros, nom¬bres, todo, todo vuelve a mi recuerdo...
Mistress Goforth le sonrió tan cordialmente que Jimmy le devolvió la sonrisa, pese a que la rapidez con que la vieja hablaba le hacía temblar, igual que si un loco le apuntara con una pistola. La mujer prosiguió:
—Sin embargo, no estoy al tanto de cuáles son los nue¬vos nombres que suenan en el mundo de las artes. Natural¬mente, usted no es un nombre nuevo, en realidad bien se puede calificarle de veterano, y conste que no le he llama¬do «acabado». ¡Ja, ja, no le he llamado «acabado», sólo ve¬terano, muchacho! ¡Jo, jo, jo...!
Jimmy acentuó su sonrisa debido únicamente a que mis¬tress Goforth reía, pero sabía muy bien que aquel gesto de sus labios no era más que una torturada mueca.
Jimmy dejó involuntariamente de prestar atención a las palabras de la mujer, mientras se decía a sí mismo: «No cedas. Este es un buen punto de partida para seguir adelan¬te.» Sin embargo, Jimmy no estaba muy seguro de lo ante¬rior. Entre él y Io que el futuro pudiera ofrecerle mediaba Nápoles, e incluso ayer Nápoles estuvo presente...
Anduvo a lo largo de la interminable hilera de hoteles ante Santa Lucía, y enfrente de casi todos los hoteles había terrazas con mesas, en las que se sentaban personas a las que él había conocido bastante bien. Y pese a que fingían no reconocerle —de esta ficción estaba Jimmy muy seguro—, él se detuvo para hablar en tonos muy cordiales con todos ellos. Ni uno solo, ni tan siquiera uno, le invitó a sentarse a la mesa, allí, en la terraza. Terrible, ¿no? Sí, terrible. Seguramente llevaba en el rostro una marca reveladora de que había cruzado la frontera de...
No, no quería dar nombre a aquella frontera, no quería saber su naturaleza.
Ante su sorpresa, Jimmy descubrió que estaba en pie, con la mano formando visera ante sus ojos, y la vista fija en la playa, abajo.
—Sí, la veo.
—¿Qué ve?
—Su Oubliette. Me parece muy agradable, por su as¬pecto.
—Este verano no la uso.
—¿Por qué? Me parece una solución perfecta.
—Bueno, la Oubliette está en terrenos de mi propiedad, por lo que hay gente que me carga con la responsabilidad de mantener a los individuos que mando allí. Por esto no quiero saber, ni sé, lo que les haya podido ocurrir. En cuanto a mí concierne, es igual que si la marea se hubiera llevado a toda esta caterva de gorrones y crápulas que se¿ imaginan tengo el deber de mantener. ¿A qué se dedica! usted, ahora? Por lo que me han dicho, sé que ya no escribe poesía, ¿a qué se dedica pues?
—¿Ahora? Construyo móviles.
—¿Se refiere a estos objetos de metal que se cuelgan del techo, y que se mueven con el viento?
—Exactamente. Son poesía expresada en metal. He traí¬do uno para usted.
La amabilidad de mistress Goforth desapareció. La recta mirada de la mujer se apartó del rostro de Jimmy.
—No acepto regalos, salvo los que me hacen los viejos amigos por Navidad. Y en cuanto a móviles, no, muchacho, no... No sabría qué hacer con ellos. Creo que me excitaría los nervios el verlos moviéndose y moviéndose.
—Lo siento. Tenía la intención de regalarle uno. Con repentina brusquedad, mistress Goforth le preguntó:
—¿Se puede saber qué diablos le pasa?
—¿Qué me pasa? ¿A mí?
—Sí, sí, a usted. Está usted preocupado por algo. Algo malo le ocurre.
—Nada, que me ha disgustado que no acepte mi móvil.
—No quiero nada, ni necesito nada.
Hizo esta afirmación con tanta energía que Jimmy se sintió obligado a disfrazar su temor con una sonrisa que él sabía que se parecía tanto al gesto de sonreír como se le parece aquel movimiento que se hace con la boca, cuan¬do el dentista ordena: «Abra la boca, bien abierta.»
—Tiene buena dentadura, joven. La naturaleza le ha dotado a usted de unos dientes magníficos.
Mistress Goforth se inclinó un poco al frente, miró fija¬mente los dientes de Jimmy y le preguntó:
—¿Son auténticos?
- ¡ Sí, claro! Salvo una muela, ahí, en el fondo.
—Bien, también yo tengo buena dentadura. Tengo unos dientes tan espléndidos que mucha gente cree que son falsos. Pero, mire.
Apoyó el índice y el pulgar en sus grandes incisivos, para demostrar su firmeza, y dijo:
—Ni tan siquiera un puente, pese a que el próximo mes de octubre cumpliré los setenta y dos años. Tengo sólo tres empastes en toda la boca, y ni uno de ellos se me ha caído. ¿Los ve?
Abrió la boca, bajando la quijada hasta que el sol de la
-mañana iluminó tres porciones de oro que brillaban en la purpúrea caverna.
—Este diente quedó un poco desportillado cuando el tercer hijo de mi hija me golpeó la boca con la culata de un rifle para pesca submarina, en Murria Bay, Canadá. Le dije a mi hija que su chico acabaría siendo un monstruo, y así ha sido.
Muy amablemente, Jimmy la interrumpió:
—¿Hay un poco de azúcar, por aquí? Irritada, mistress Goforth repuso:
—No, ni hablar. Gracias. Jamás tomo azúcar, desde que los médicos descubrieron que tenía un poco de lo mismo en la orina.
Durante unos instantes, una leve sombra de miedo cruzó por su rostro. E inmediatamente estornudó. No fue un estornudo violento, pero le produjo un ataque de terror.
—¡ Angelina, Angelina! ¡Súbito, súbito, Kleenex! —gritó a grandes voces.
Se encorvó, en espera de otro estornudo, pero sólo dio un par de respingos. Lentamente se irguió, y de nuevo fijó su mirada irritada en el rostro de Jimmy.
—Soy alérgica a algo que hay por aquí. Todavía no he descubierto qué es, pero tan pronto lo sepa...
No por inacabada fue la frase menos amenazadora.
—Espero que no sean las buganvilias —dijo Jimmy—. En mi vida había visto buganvilias tan hermosas, y con. tanta profusión...
En amenazador murmullo, mistress Goforth afirmó:
—No, no son las buganvilias. He avisado a un especia¬lista de París, que llegará aquí en avión, y entre él y yo comprobaremos a qué se debe. Vamos a hacer experimentos con todas las plantas. ¡Y con todos los animales, también!
Quedó pensativa unos instantes, mientras su mirada pa¬saba revista lentamente a los dos cockers, a los pájaros, al mono encadenado, y a un gato que imitando a Narciso se contemplaba en el agua del surtidor.
—Sí, entre los dos comprobaremos los efectos que me hacen todas las plantas y todos los animales de la casa —gruñó mistress Goforth.
Entonces, tuvo otro leve estornudo que, al parecer, la obligó a ponerse en pie, mientras Jimmy se quedaba sen¬tado. Encorvada, recorrió la mitad de la terraza, a pasos me¬nudos y enérgicos. Se quedó perfectamente inmóvil, y tuvo otro estornudo.
—¡Cuánto lo siento! ¿Puedo ayudarla en algo? —dijo Jimmy.
La respuesta fue incoherente o apenas audible, o ambas cosas, y, al cabo de unos instantes, mistress Goforth se había ido de la terraza.
Angelina salió disparada de la villa blanca, con un pa¬quete de Kleenex en la mano, mientras el excitado mayor¬domo le decía a gritos:
—¡Giú, giü, giu!
Con acento mezcla de terror y de furia, la doncella dijo algo, y desorientada miró en varias direcciones, sin saber hacia dónde echar a correr, hasta que el mayordomo la agarró por uno de sus largos y esqueléticos antebrazos, y la proyectó con energía hacia el punto al que debía en realidad dirigirse.
El sol comenzaba a calentar la cabeza de Jimmy y a hacer borrosa su visión. Se puso en pie, y se acercó a la sombra.
De repente, advirtió que en la pequeña mesa había una servilleta blanca que cubría algo que formaba un pequeño promontorio sobre una bandeja. Con furtiva rapidez, levan¬tó la servilleta, y, al ver que debajo sólo había un montón de cucharillas de plata, con un anagrama grabado, sintió deseos de echarse a llorar.
Jimmy dio media vuelta y comenzó a apartarse de la mesa blanca, dolorosamente resplandeciente, en cuyo mo¬mento la voz de mistress Goforth, un poco apagada por los kleenex con que se tapaba boca y nariz, le llamó desde el pie de las escaleras que conducían a la terraza inferior de la villa blanca:
—Baje. Hablaremos en la biblioteca.
A Jimmy le faltó poco para vomitar la taza de café. Se esforzó en conservarla dentro, mientras bajaba las esca¬leras.
Mistress Goforth le esperaba en la terraza inferior. Y, entonces, por vez primera, Jimmy pudo observar el aspecto general de la dama, así como su atuendo, ya que las espe¬ranzas de desayunar habían dejado de impedírselo.
La parte superior de su atuendo, era una especie de su¬jetador que parecía haber sido hecho con una porción de red de pescador, teñida de color magenta, con orificios tan grandes que permitían ver los senos de color de terracota, tapados en mínima parte por una banda de satén. Esta prenda de red de pescador iba sujeta, en la espalda, median¬te un nudo de coquetona factura, terminado en dos largas puntas que colgaban hasta la cintura. La parte media del cuerpo de aquella mujer estaba desnuda, y a partir de la cin¬tura llevaba unos ceñidos pantalones cortos, pegados a las amazónicas caderas, que tenían exactamente el color de las flores de las buganvilias que colgaban de los muros de Tre Amanti.
Desde el extremo de la terraza inferior, mistress Goforth volvió a gritar:
—¡Vamos! ¡A la biblioteca! ¡Aprisa!
Jimmy se esforzó en caminar aprisa, pero advirtió que su avance era infinitamente lento. Tuvo la buena fortuna de que mistress Goforth le diera la espalda un segundo an¬tes de que Jimmy se sintiera vacilar, de un modo tan pró¬ximo al desvanecimiento, que tuvo que apoyar la palma de la mano en la blanca pared de estuco. Y al retirar la mano, vio que se le había manchado con la rosada secreción de aquellas omnipresentes buganvilias.
Cuando penetró en la biblioteca, tuvo la impresión de que estuviera a oscuras.
—Se está fresco, aquí, ¿verdad? —dijo mistress Go¬forth.
—Sí, sí, muy fresco.
—Me gusta pasar de un lugar ardiente a un lugar fres¬co. Este es el mejor placer que los veranos proporcionan.
Jimmy esperó a que sus ojos se acostumbrasen a la os¬curidad, aunque sólo fuera un poco. Y en aquel instante, la mujer volvió a llamarle. Avanzó un paso, y se dio cuenta de que comenzaba a recobrar la visión, y entonces...
Entonces, tuvo la impresión de tropezar con algo que se encontraba en mitad de la estancia, aunque luego llegó a dudar de si había verdaderamente tropezado con algo, o si fue el terror lo que le hizo tambalearse.
Mistress Goforth estaba allí, en pie, desnuda, toda ella de color de terracota, en la penumbra, inmóvil desde el ins¬tante en que Jimmy fijó la vista en ella, y parecía una de estas inmensas figuras humanas que adornan las fuentes en las plazas de lejanos países nórdicos. Pero aquella estatua, la de mistress Goforth, parecía haber sido deformada por la mano de un artista de lúgubre sentido del humor.
—Soy persona a quien no gusta andarse con cumplidos y formalismos, ¿y usted?
—Yo...
—¿Qué?
—Yo...
—¿Se puede saber qué le pasa?
—Yo...
Con brusquedad, mistress Goforth dijo:
—¡Por el amor de Dios! ¿Es que finge usted asombro o algo por el estilo?
—No, claro, claro que no, pero... Siguió un silencio, y el silencio se prolongó. De repente, mistress Goforth se inclinó y recogió una prenda que había en el suelo.
—El autobús para Nápoles pasa dentro de media hora —dijo secamente.
Y se retiró detrás de la gran mesa.
—¿Mistress Goforth?
—¿Sí? ¡Qué!
—No tengo ni un céntimo.
—¡Claro que no! ¡Ya lo sabía! Pero le pagaré el viaje hasta Nápoles, sólo hasta Nápoles. Y también quiero que sepa que...
—¡Mistress Goforth!
—¿Qué?
—Por favor, calle. No diga ni una palabra más.
Jimmy se cubrió el rostro con las manos.
Sí, aquel hombre lloraba, lloraba y sollozaba como un niño.
Rodeando la mesa, mistress Goforth se le acercó. Tenía la impresión de que en el interior de su cuerpo hubiera otra persona, y que esta persona la dominara. Mistress Goforth se acercó al hombre joven que sollozaba, le tomó con cierta delicadeza en sus brazos, y, con cuidado, oprimió la cabe¬za del hombre contra su pecho, como si temiera quebrarla, como si creyera que era un huevo de pájaro.
En un murmullo, mistress Goforth dijo:
—Me he irritado, cuando ha hecho usted aquella sarcástica observación, en la terraza, sobre mi amabilidad.
—¿Y por qué imagina usted que he hablado con sar¬casmo?
—Porque cuantos me conocen saben que tengo un co¬razón tan duro como el de los antiguos dioses egipcios.
—¿Por qué?
—No me queda más remedio.
—¿Por qué?
—Jamás he tenido ocasión de no ser así...
—Déme trabajo.
—¿En qué?
—El trabajo de demostrarle que su corazón no es tan duro como usted cree.
Mistress Goforth murmuró:
—Bien... Quizá si se quedara en esta casa unas horas más. y cenara conmigo...
Quizá demasiado aprisa y en voz excesivamente alta, Jimmy dijo:
—¡Encantado!
—O.K. —murmuró la mujer.
Se había puesto de nuevo sus someras prendas. La en¬trevista fue bruscamente interrumpida por la llegada, a todo correr, de la camarera, quien, incluso antes de entrar en la estancia, gritaba:
—¡ Teléfono! ¡ Conferencia!
La camarera abrió la puerta, y mistress Goforth avanzó hacia la puerta, pasó junto a la camarera y salió. Jimmy dijo a la muchacha:
—Por favor, traiga pan y queso a mi dormitorio. Vivo en la villa rosada.
En el rostro de la camarera no se dibujó gesto de com¬prensión alguno. Sin embargo, tuvo que pasar por lo me¬nos una hora para que Jimmy, en su dormitorio de la villa de color de rosa, perdiera todas las esperanzas de que su petición fuera atendida.
A las cinco de la tarde, el teléfono situado al lado de la cama sonó suavemente. Jimmy lo cogió y se lo llevó al oído. Oyó la voz de mistress Goforth que le decía aprisa, sin dete¬nerse para tomar aliento:
—Un amigo mío vuelve a esta casa, junto con gran número de invitados, y mucho me temo que todas las ca¬mas estarán ocupadas durante la próxima semana o quizá los próximos quince días. Es una verdadera lástima, porque nos hubiera gustado mucho tenerle a usted entre nosotros.
Mistress Goforth había hablado con voz propia de una muchacha, y el clic que produjo el teléfono al ser colgado sonó tan cerca de la última sílaba pronunciada por mistress Goforth, que Jimmy pensó si debía llamarla, o, por lo me¬nos, pensó durante un instante que podía llamarla. Con mano lacia sostuvo el aparato telefónico esmaltado en blanco, durante un minuto por lo menos, hasta que llegó a com-prender que no le quedaba más remedio que ponerse de nuevo en marcha, pese a que, en esta ocasión, ignoraba hacia dónde debía dirigirse, y no tenía a donde ir.
Oprimió el pequeño botón del timbre, junto a la cama, pero nadie acudió a la llamada. Por esto, al cabo de un rato, y después de apartar de su mente la idea de comer algo antes de partir, cogió del suelo el repleto morral de lona y salió de la villa color de rosa. Anduvo bajo el sol, bajo un sol tan ardiente y de luz tan intensamente amarilla como lo había sido a la hora del «desayuno», o quizá más ardiente y amarillo todavía. Emprendió el camino a lo largo de aquella misma senda casi intransitable por la que había llegado a la casa.
En la villa blanca, el hijo del jardinero comunicó un mensaje a la castellana de Tre Amanti.
—Hombre fuera carretera abajo.
—Menos mal, espero que sea verdad —murmuró mistress Goforth, ya que su costumbre, o sino, era no creer jamás del todo una buena noticia hasta que su personal ob¬servación la hubiera confirmado, y, en ocasiones, ni siquiera después de tal confirmación.
Fin

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