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© Libro N° 14044. La Vieja Casa
Estucada De Mamá. Williams,
Tennessee. Emancipación. Julio 12
de 2025
Título Original: © La Vieja Casa Estucada De Mamá. Tennessee
Williams
Versión Original: © La Vieja Casa Estucada De Mamá. Tennessee Williams
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original de textos:
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA VIEJA CASA ESTUCADA DE
MAMÁ
Tennessee Williams
La Vieja Casa
Estucada De Mamá
Tennessee Williams
Cubierto tan sólo con los pantalones cortos en que ha¬bía dormido, Mr.
Jimmy Krenning entró con paso incierto en la cocina iluminada por la cegadora
luz del mediodía, a fin de tomarse el café con que solía desayunarse. En el
curso de aquel verano, Mr. Jimmy Cheng había perdido tanto peso que, ahora, los
pantalones cortos que llevaba se le escurrían por las estrechas caderas y el
hundido vien-tre. Al principio, la chica negra, Brinda, que últimamente
sustituía a su madre enferma en las faenas domésticas de la casa de los Cheng,
se sintió no sólo cohibida sino tam¬bién ofendida, por el modo en que iba Mr.
Jimmy Cheng, paseando de aquella forma ante ella, y yendo de un lado para otro,
como si ella no fuera una chica joven, como si ni tan siquiera fuese un ser
humano, igual que si fuera un perro. Brinda era una muchacha linda y tímida que
había sido educada con más esmero que muchas chicas blancas de Macón, Georgia.
Al principio, Brinda pensó que Mr. Jimmy Cheng se portaba con tan mala
educa¬ción debido a que ella era negra. Y por esto se sentía ofen¬dida. Pero
ahora había llegado a comprender que Mr. Jim¬my se hubiera portado exactamente
igual ante una chica blanca, ante cualquier persona de cualquier raza, edad o
educación. Mr. Jimmy ignoraba de un modo tan real y ver¬dadero la presencia de
los seres humanos, cuando penetraba en la cocina en busca del café, que parecía
imposible que pudiera esbozar una sonrisa o pronunciar una frase. La culpa de
esto la tenían las noches. La noche le dejaba tan atontado como si Mr. Jimmy
fuera el único superviviente de un accidente de aviación. Y, ahora que Brinda
comprendía lo anterior, ya no se sentía ofendida, pero seguía sintién¬dose
cohibida. Procuraba mantener la vista apartada de Mr. Jimmy, pero esto no
resultaba fácil, ya que Mr. Jimmy tenía la costumbre de sentarse en el borde de
la mesa de la cocina, exactamente en el lugar en que incidía la luz del
mediodía que penetraba por la puerta, dedicado a beber el café directamente de
la cafetera, en vez de beber el de la taza que Brinda había colocado sobre la
mesa.
Brinda preguntó a Mr. Jimmy si el café estaba caliente. Lo había sacado
del fuego media hora antes, cuando oyó que Mr. Jimmy saltaba de la cama. Pero
esta mañana, Mr. Jimmy estaba tan abstraído que creyó que Brinda le ha¬blaba
del tiempo, y repuso:
—Sí, este calor me está abrasando las pelotas.
Estas eran las palabras que la madre de Brinda había aconsejado a ésta
que no escuchara, o que fingiera no oír. Su madre le había dicho: «No creas que
quiera decir nada concreto al hablar así. A veces se debe a que quiere ser
simpático y gracioso, y otras a que ha bebido demasiado por la noche, y la
mejor manera para que deje de hablar así es fingir que no le oyes. Cuando yo
vuelva a hacer faenas a casa de los Cheng, ya me encargaré de darle una buena
lección al chico.»
La mamá de Brinda todavía esperaba, o fingía que es¬peraba, volver a
trabajar en casa de los Cheng, pero Brin¬da sabía muy bien que aquella
enfermedad la llevaría a la tumba. Por rara coincidencia, la mamá de Brinda y
la mamá de Mr. Jimmy habían caído mortalmente enfermas aquel mismo verano. La
de Mr. Jimmy, víctima de una apoplejía; y la de Brinda, de una crónica
enfermedad del hígado, que había llegado a un estado de gravedad tal que
probablemente no le permitiría volver a ponerse en pie. A pesar de ello, la
mamá de Brinda se hallaba en mejor estado que la de Mr. Jimmy, ya que esta
última yacía en aquel enorme y viejo lecho de bronce, con el habla total¬mente
perdida, y absolutamente inmóvil, de suerte que nadie sabía si gozaba de
conciencia o no, y había permanecido así desde la primera semana del mes de
junio, hacía ya tres meses. Pese a que la mamá de Brinda ignoraba que la
en¬fermedad que padecía la llevaría a la tumba, no ignoraba que la de la vieja
señora Cheng era fatal, lo que la en¬tristecía sobremanera, y todas las noches
preguntaba a Brinda si la señora Cheng había dado muestras de estar consciente,
durante el día. A veces, Brinda podía dar a su madre alguna novedad, porque
algunos días parecía que en los ojos de la señora Cheng hubiera un poco más de
vida que en los días anteriores, y algunas veces, muy pocas, la señora Cheng
dio k impresión de intentar decir algo. Brinda o la enfermera de día tenían que
alimentar a cucha¬radas a la señora Cheng, y, a veces, la señora Cheng
rechazaba la cuchara con los dientes, y, otras veces, acep¬taba la cuchara, y
tragaba la mitad de su contenido antes de dejar que el suave alimento pastoso
se le saliera de la boca y le resbalara por el grisáceo mentón.
Brinda también guisaba para Mr. Jimmy, preparándo¬le el almuerzo y la
cena, pero Mr. Jimmy casi nunca co¬mía. Brinda dijo a su mamá que era una
pérdida de tiem¬po y comida guisar para Mr. Jimmy, pero su mamá le con¬testó
que debía seguir preparando las cenas y almuerzos, y disponiendo la mesa, tanto
si Mr. Jimmy bajaba como si no bajaba al comedor, cuando Brinda tocaba la
cam¬pana. Ahora Brinda solamente preparaba comida fría, como delgados
bocadillos que envolvía en papel parafinado y de¬jaba en la nevera, a
disposición de Mr. Jimmy. Los no consumidos almuerzos de Mr. Jimmy atestaban la
nevera. Las bandejas y los cuencos se amontonaban allí. Y algunas mañanas
Brinda descubría que la gran cantidad de comida almacenada en la nevera había
casi desaparecido, como si se la hubiera tragado una horda de hambrientos
invitados, en tanto que sobre la mesa de la cocina quedaban los restos, en los
platos, y Brinda comprendía que había ocurrido exactamente lo que había
conjeturado, y que Mr. Jimmy había invitado a una multitud de amigos y
conocidos, quie-nes habían devorado la comida preparada para Mr. Jim¬my, y que
éste no había ni tan siquiera tocado. Pero Brin¬da había dejado de explicar a
su mamá lo que ocurría en casa de los Cheng, debido a que un día la mamá, al oír
la relación de Brinda, bajó penosamente de la cama y fue a casa de los Cheng,
con el fin de regañar a Mr. Jimmy. Pero, cuando llegó, se sintió tan débil y
tan sin aliento que no pudo siquiera hablar. Lo único que pudo hacer fue mirar
a Mr. Jimmy, sacudir la cabeza y derramar unas cuantas lágrimas. No pudo subir
las escaleras para ver a la señora Cheng, y Mr. Jimmy tuvo que cogerla del
bra¬zo para que pudiera llegar hasta su automóvil, y, luego, en éste, la
devolvió a casa. En el automóvil, la mamá de Brin¬da no dejó de jadear como un
perro viejo, y sólo pudo de¬cir : « ¿Mr. Jimmy, por qué se porta así? »
Por esto, aquella mañana, Brinda aguardó fuera de la cocina el tiempo
suficiente para que Mr. Jimmy terminara el café. A veces, después de tomar el
café, Mr. Jimmy, par¬padeando ante la luz del sol, salía de la puerta trasera
de la cocina y cruzaba el patio en dirección a su «taller», pe¬queño barracón
encalado, con una claraboya en el techo, en el que únicamente él entraba. En
las paredes de este barracón no había ventanas que permitieran ver su interior,
pero, un día en que Mr. Jimmy fue en su automóvil a la ciudad, dejó la puerta
del barracón abierta. Brinda se acer¬có, y vio una escena de tan terrible
desorden y violencia que parecía que por allí hubiera pasado un tornado, o que
alguien hubiera encerrado allí al mismísimo demonio, pese a que en el momento
en que Brinda miraba aquello había silencio y sólo se oía el zumbido de una
mosca, como si él tornado o el demonio que habían volcado y destrozado cuanto
había bajo el gran ojo azul de la claraboya hubieran quedado ya exhaustos o
hubieran muerto. Brinda pensó en entrar y poner un poco de orden, pero en
aquella confusión había algo, muy extraño, que causaba la impresión de que
entrar fuera peligroso, por lo que se limitó a cerrar, la puer¬ta, y reanudó la
confortante tarea de hacer las camas, en el interior de la casa. En la casa,
siempre había que hacer más de una cama, sin contar la de la señora Cheng. La
en¬fermera de noche se encargaba de hacer la cama de la se¬ñora Cheng, así como
de dejar las sábanas sucias en el pasillo, para que Brinda las lavara. Desde
que Brinda había sustituido a su mamá en las faenas de la casa, por ésta habían
pasado cinco enfermeras de noche, y cada una de ellas se había despedido
alegando la misma razón, a sa¬ber, que las noches en aquella casa eran un
escándalo into¬lerable. Ahora un hombre, un enfermero, atendía a la vie¬ja
señora por la noche. Era un hombre joven, repelentemente rudo, pelirrojo, con
brazos gruesos como un jamón, cubiertos de una pelambre blanquecina. A Brinda
este cam¬bio la escandalizó tanto que no tuvo valor para contárselo a su madre.
Tenía miedo de subir a las habitaciones del primer piso, hasta el momento en
que llegaba la enfermera de día, o sea a las once de la mañana. En cierta
ocasión, tuvo que subir para despertar a Mr. Jimmy, ya que alguien le llamó por
teléfono desde Nueva York. Y el enfermero le interceptó el paso, en la escalera
trasera, agazapándose ante ella, sonriéndole y sacándole la lengua en gesto de
bur¬la. Brinda le dijo: «Por favor...» E intentó seguir adelante, pero él la
siguió, la cogió por un brazo y tiró de ella hacia atrás, con aquel brazo que
parecía un jamón rojo que de repente hubiera cobrado vida, mientras con la otra
mano hacía torpes y aterradores movimientos, con la intención de tocar el
cuerpo de Brinda, quien se puso a gritar y a gritar, hasta que Mr. Jimmy y la
persona que había pasa-do la noche con él salieron desnudos del dormitorio, y
el enfermero tuvo que soltar a Brinda, y se excusó diciendo que sólo quería
bromear un poco. A Mr. Jimmy, el enfer¬mero le llamaba «el Pastel», y a la
señora Cheng «Doña Veneranda». Este enfermero dejaba en la habitación de la
enferma gran abundancia de envolturas de caramelos en barra, de botellas de
cerveza vacías y de folletines con his¬torietas ilustradas. Desde que el
enfermero comenzó a pres¬tar sus servicios, Brinda advirtió que en los ojos de
la paralítica había una mirada de horror, siempre que ella acudía al
dormitorio, por la mañana, con dos huevos pasa¬dos por agua.
Esta mañana fue el enfermero, y no Jimmy, quien, con paso incierto y
parpadeando, salió al patio que comunicaba con la cocina, y gritó:
—¡Blancanieves, ven acá! ¡El Pastel te necesita!
Brinda había sacado al patio unas sábanas recién la¬vadas,
pertenecientes a la cama de la señora Cheng, para tenderlas a secar, y se
dedicó a colgar muy calmosamente las húmedas y pesadas piezas de tela en el
alambre, a fin de dejar pasar el tiempo suficiente para que el enfermero se
fuera antes de regresar ella a la casa. Pero, en el mo¬mento en que el
enfermero la llamó, en nombre de Mr. Jim¬my, hacía ya una hora que hubiera
debido partir. Brinda regresó a la cocina, y encontró a Mr. Jimmy todavía allí,
sentado, aun cuando había dejado de beber café y bebía whisky, y, en vez de
estar sentado en el borde de la mesa, lo estaba en una silla. Mr. Jimmy, sin
dejar de parpadear, mientras miraba a Brinda, como si la luz del sol fuera la
causa de su parpadeo, dijo:
—Miss Brinda, el hijoputa del enfermero dice que mamá se ha ido al otro
barrio...
Brinda se echó a llorar, automática pero sinceramente, ante Mr. Jimmy.
Este le cogió cariñosamente la mano, y Brinda, con la consiguiente vergüenza y
pasmo ante lo que hacía, avanzó un paso, abrazó los blancos y desnudos hom¬bros
de Mr. Jimmy, y los oprimió con sus brazos de suave color tostado, casi del
color de la miel, como si Mr. Jim¬my fuese un niño extraviado. Mr. Jimmy apoyó
la cabeza en el hombro de Brinda, y, con todavía mayor pasmo que antes, ésta
advirtió que su mano cogía la cabeza de Mr. Jim¬my, por la parte de atrás,
cubierta de denso cabello, y la oprimía contra su hombro, firmemente. Mr. Jimmy
la dejó hacer, en silencio, durante unos breves instantes, y después la apartó
de sí suavemente, poniéndole las dos manos en la cintura, y dijo:
—Miss Brinda, más valdrá que suba al dormitorio de mamá, y lo arregle un
poco antes de que vengan a buscar el cadáver.
Brinda esperó al pie de la escalera de servicio hasta que tuvo la
seguridad de que el enfermero se había ido, y en¬tonces subió y entró en el
dormitorio de la señora Cheng. Una mirada le bastó para comprender que la
anciana había muerto. Contuvo el aliento, y rápidamente recorrió el dor¬mitorio
recogiendo pegajosas envolturas de caramelos, bo¬tellas de cerveza e
historietas ilustradas manchadas de cho¬colate, toda aquella suciedad entre la
que la señora Chengg había abandonado este mundo. Después, volvió co¬rriendo a
la cocina, y, allí, se dio cuenta de que de repente había comenzado a gritar
órdenes a Mr. Jimmy:
—¡Mr. Jimmy, vaya enseguida arriba! ¡Tómese una ducha fría! ¡Aféitese y
póngase ropa limpia, porque su mamá se ha muerto!
Mr. Jimmy emitió unos gruñidos con los que pareció acceder a lo que
Brinda le ordenaba, hizo una profunda inhalación, y subió al piso superior,
mientras Brinda lla¬maba por teléfono a la funeraria de los blancos, cuyo
nom¬bre y número de teléfono había anotado, a lápiz, siguiendo instrucciones de
su madre, en el pequeño directorio de te¬léfonos encuadernado en negro de Mr.
Jimmy. Después, desde arriba, Brinda oyó la voz de Mr. Jimmy que hablaba por el
teléfono del piso inferior, en voz muy baja y tran¬quila, a alguien, y le
contaba lo ocurrido, y poco después sonó el timbre de la puerta y comenzaron a
llegar amigos de Mr. Jimmy, todos serenos, al parecer, y hablando en voz
insólitamente baja. Brinda se puso su sencillo y limpio sombrerito blanco, y
corrió a casa de su mamá. Sabía que su mamá haría otro esfuerzo para bajar de
la cama y acudir a casa de los Cheng, pero, habida cuenta de lo ocurrido, |
esto le pareció a Brinda justificable. Sí, Brinda no se equivocó. Su mamá lloró
un poco y dijo:
—Ayúdame a levantarme, Brinda. Tengo que ir allá, para cuidarme de todo,
no sea que hagan disparates.
En esta ocasión, la mamá de Brinda pareció encontrar¬se más fuerte,
aunque para levantarse de la cama tuvo que
realizar un esfuerzo mayor que el hecho la primera vez. Brinda alquiló
un taxi. Al coger a su mamá por la cintura, >| pudo notar lo delgada que
estaba la moribunda. Era sólo piel y huesos, pero anduvo lenta y seguidamente
hasta el taxi, y, una vez en él, se sentó muy erguida. Llegaron a la i gran
casa de los Cheng, con la fachada de estuco estro¬peado por la intemperie, que
ahora estaba atestada ¡de amigos de Mr. Jimmy, y en la que sólo había dos o
tres personas mayores, amigas, o, mejor dicho, que en otros tiempos fueron
amigas del viejo señor Cheng. En la casa remaba un ambiente recatado, tal como
correspondía, con f las persianas bajas, y todos parecían educadamente
apena¬dos, sin hacer falsas exhibiciones de dolor, pero observando fielmente la
actitud que las convenciones prescriben ante la presencia de la muerte. Había
muchos militares jóvenes, procedentes de la cercana base aérea, pero también se
por¬taban muy correctamente, ya que hablaban en voz baja y adoptaban actitudes
muy decorosas. Todos sostenían vasos con bebidas en la mano, pero ninguno de
ellos estaba em¬briagado, y, cuando los empleados de la funeraria bajaron por
las escaleras el cuerpo de la anciana señora Cheng en una camilla, cubierto con
una sábana blanca, todos guar¬daron un perfecto silencio, salvo una muchacha
que comen¬zó a sollozar, se levantó bruscamente y se abrazó a Mr. Jimmy,
gozando intensamente de su estallido de emoción.
El aire de frialdad adoptado por Mr. Jimmy desapareció en el mismo
instante en que la puerta se cerró tras las espaldas de los hombres que se
llevaban el cadáver de su madre:
—¡Muy bien! ¡Ya se la han llevado! ¡Ahora os pue¬do contar cómo era mi
madre! ¡Era más dura que mi puño!
La muchacha que sollozaba, imploró:
—¡ Jimmy, por favor! ¡ Jimmy!
Mr. Jimmy la apartó de sí, mediante un empujón, y pro¬pinó un puñetazo
tan fuerte a la mesilla que estaba al lado del sillón, que el vaso que había
encima se cayó al suelo.
—¡Era más dura que mi puño! ¡Y jamás mientras vi¬vió me dio la menor
libertad para vivir a mi manera! ¡Era tan dura como mi puño, sí, como este puño
con el que aca¬bo de atizar un golpe en la mesa, más dura que mi mal¬dito puño!
¡Palabra! Pero ahora se ha ido de esta casa y nunca jamás volverá, y la casa es
mía. Sí, me trataba como si fuera un objeto de su propiedad, sí, yo era de su
pro¬piedad, de la misma manera que también lo era la casa, y era dura como mi
puño, y era tan agarrada como mi puño, y protegía su dinero igual que una
gallina vieja pro¬tege los huevos de vidrio que le dan a empollar, y era tan
agarrada y dura como mi puño. Sólo una vez escapé de casa, una sola vez en toda
mi vida pude escapar de la fé¬rula de mi madre. Fue cuando aquel viejo
asqueroso me llevó con él a Nueva York, y luego se cansó de mí, y me dijo que
me fuera a la puñetera calle, sí, sí, es verdad, y exactamente eso es lo que
hice. Hizo una breve pausa, y siguió:
—¿Y queréis saber una cosa graciosa? ¿Sí? ¡Pues in¬cluso después de
volver a esta casa no dispuse de llaves! ¡No señor! ¡Jamás tuve llave de la
casa! ¡Hasta el mo¬mento en que mi madre sufrió el ataque, no tuve la llave de
la puerta! Después de cenar, mi madre cerraba la puer¬ta, y si yo estaba fuera,
me esperaba aquí, sentada en esta silla. ¿Y sabéis , la causa del ataque de
apoplejía? Una no¬che llegué a casa, y, por la ventana, desde fuera, la vi
sentada aquí, esperando para abrirme la puerta cuando . llamara al maldito
timbre, pero yo no llamé, no golpeé la puerta, ni di una voz siquiera, sino que
abrí la maldita puerta de una patada. Di una patada a la puerta, entré, y mi
madre soltó un grito. Cuando entré, después de abrir la puerta de una patada,
tal como he dicho, la encontré en el suelo, paralizada, aquí, en el suelo de
esta habitación, y, a partir de entonces, no volvió a hablar ni a moverse, y
así es como a mi madre le dio la apoplejía. Y ahora, ¡ mi¬rad! Mirad lo que
tengo en el bolsillo. ¿Lo veis? ¡Todas! las llaves de la vieja casa estucada de
mamá! Del bolsillo del pantalón extrajo
un gran manojo de llaves, unidas a un aro de bronce, adornado con un par de:
dados rojos, y lo levantó en el aire.
En aquel momento, una voz suave y débil le llamó: —¡Mr. Jimmy...!
Era la mamá de Brinda que le hablaba desde las som¬bras de la estancia
contigua. Mr. Jimmy hizo un leve mo¬vimiento afirmativo con la cabeza, como si
de repente hu¬biera quedado calmado, tras quemar las energías de la ira. Arrojó
el manojo de llaves al aire, lo recogió al vuelo, se las guardó en el bolsillo
y se hundió en el sillón. Todo lo hizo casi en un solo impulso, y, en aquel
preciso instante —afortunadamente—, llegaron el pastor y su esposa, con lo que
en la estancia volvió a imperar aquel decoroso am¬biente anterior, de manera
que pareció que el velo del de¬coro hubiera sido levantado hasta la altura del
techo en el momento de producirse la temperamental explosión de Mr. Jimmy, y,
al terminar ésta, hubiera descendido intacto. Brinda quedó pasmada al comprobar
la fortaleza de su madre. Como por milagro, la vieja parecía haber recupe¬rado
sus fuerzas. Se puso a trabajar en la cocina, y preparó, grandes bandejas de
bocadillos, puso a hervir dos cafeteras, vació una en el colador de plata y
dispuso la mesa del comedor tan cuidadosa y alegremente cual si fuera a
cele-brarse una fiesta, ya que la mamá de Brinda sabía dónde estaban los
mejores manteles y el mejor servicio de plata y los candelabros de cinco
brazos, e incluso puso cuencos para que los invitados se limpiaran los dedos y
servilletas de encaje.
Mr. Jimmy se quedó en la sala de estar, tomando copas hasta última hora
de la tarde, haciendo caso omiso de la comida que la mamá de Brinda había
preparado en atención a los condolidos visitantes. Sin embargo, tan sólo la
esposa del pastor y unas cuantas señoras, también viejas, comieron un poco.
Llegó el ocaso, los visitantes se fueron, y Mr. Jimmy también. La mamá de
Brinda reposó en un camastro, en el sótano, con la mano en el costado que le
dolía, pero con el rostro, sólo un poco más oscuro que el de Brinda, compuesto
y solemne. Brinda estuvo sentada a su lado durante un rato, y las dos hablaron
serenamente de cosas indiferentes, mientras la luz se extinguía al otro lado de
las altos y pequeños ventanucos que se abrían en los muros del sótano.
La conversación entre las dos mujeres se había extin¬guido y muy poco
faltaba para que fuese noche cerrada, cuando se oyeron los pasos de Mr. Jimmy
entrando en la casa. En aquel momento, parecía que la mamá de Brinda estuviera
medio dormida, pero abrió sus ojos oscuros, se aclaró la garganta y,
volviéndose hacia su hija, todavía sentada a su lado, le dijo que pidiera a Mr.
Jimmy que ba¬jara al sótano un instante porque ella quería hablarle, antes de
regresar a casa.
Brinda, dio el recado a Mr. Jimmy, quien le contestó:
—Suba a su mamá, y yo la llevaré a casa en el auto¬móvil.
La mamá de Brinda se había vuelto a quedar sin fuer¬zas, y fue muy
difícil conseguir que subiera las escaleras desde el sótano a la planta baja.
Jadeante, descansó, sentada junto a la mesa de la cocina, mientras Mr. Jimmy se
du¬chaba en el piso superior. Varias veces, la cabeza de la mamá de Brinda se
venció hacia delante, y Brinda tuvo que coger a su madre, para que no se cayera
de la silla. | Pero, en el momento en que Mr. Jimmy bajó; la madre de í Brinda
hizo un esfuerzo y se levantó de la silla. A bordo del automóvil cruzaron en
silencio la ciudad, camino del barrio de los negros, y hasta el momento en que
ya no fal¬taba mucho para llegar ante la puerta de la casa de las dos mujeres,
la madre de Brinda no habló. Entonces, dijo:
—Mr. Jimmy. ¿Se puede saber qué le ha ocurrido a usted? ¿Se puede saber
qué clase de vida lleva? Le contestó con dulzura:
—Bueno, la verdad es que, mientras estaba en Nueva York, no llevé muy
buena vida.
Con triste convencimiento, la mamá de Brinda dijo:
—No lo dudo. Se mezcló usted con mala gente y cogió sus malas
costumbres. ¿Y por qué ha dejado de pintar?
Brinda se asustó cuando su mamá formuló esta pre¬gunta porque, poco
después de que Brinda sustituyera a su madre en casa de los Cheng, ella había
dicho a Mr. Jim¬my, mientras le servía el café: «Mr. Jimmy, mi mamá me pregunta
siempre si usted trabaja en el taller, después del desayuno, y, cuando yo le
digo que no, se queda tan preo¬cupada que ahora siempre le digo que sí, pero no
me gus¬ta decirle mentiras a mamá, porque me parece que se da cuenta de que le
miento...»
Aquella fue una de las ocasiones en que Mr. Jimmy no se portó
amablemente para con Brinda. En realidad, no sólo fue grosero, sino violento.
Cogió una cafetera y la arro¬jó contra la pared de la cocina, y en aquella
parte se veía incluso ahora la mancha del café, allí donde la cafetera había
ido a estrellarse. Después de hacer esto, Mr. Jimmy dijo una palabra muy
gruesa, y apoyó la cabeza en las pahuas de sus manos temblorosas.
Por esto, Brinda temía que en aquel instante ocurriera algo horrible,
provocado por la audaz pregunta de su mamá, pero lo único que Mr. Jimmy hizo
fue pasar un cruce con luz roja. La mamá de Brinda dijo :
—Acaba de pasar una luz roja.
—¿Sí? Bueno, igual da...
Entre la casa de los Cheng y aquella en que vivían Brinda y su mamá
mediaba bastante distancia. Pocas man¬zanas después de que Mr. Jimmy hubiera
pasado una luz roja, Mr. Jimmy aminoró la velocidad del automóvil y reanudó la
conversación, contestando a la pregunta de la mamá de Brinda:
—Ni siquiera yo lo sé. La mamá de Brinda dijo:
—Bueno, pero incluso en el caso de que haya abandona¬do su trabajo, algo
tendrá que hacer. No puede pasarse el día sin hacer nada, absolutamente nada,
¿verdad?
—Algo hago.
—¿Y qué hace?
—Bueno, pues a esta hora voy en automóvil hacia la base aérea, paso
junto a la base, sigo adelante, y luego doy media vuelta y regreso. Entonces,
aquí y allá, junto a la carretera que conduce a la ciudad, encuentro a
bastantes muchachos de la base, haciendo señas para que les lleve, y yo cojo a
algunos y me los llevo a casa y tomamos unas copas, y charlamos y bebemos, y al
cabo de un rato puede ser que nos hayamos hecho amigos, y puede que no,
¿com¬prende?
Redujo la velocidad del automóvil y se acercó a la casa. Lo detuvo
exactamente delante del sendero que conducía al porche. Lanzó un suspiro, soltó
bruscamente el volante y dejó caer la cabeza hacia delante, como si se le
hubiera roto el cuello.
La mamá de Brinda también suspiró, y su cabeza no sólo cayó hacia atrás,
quedando apoyada en el respaldo, sino que se inclinó un poco hacia un lado.
Parecía que a los dos se les hubiera roto el pescuezo. Con la paciencia del
perro que no comprende lo que pasa en su presencia, Brin¬da esperó a que los
dos se recobraran.
Por fin, Mr. Jimmy volvió a suspirar, salió del automóvil y se acercó a
la portezuela trasera, para abrirla, igual que si Brinda y su mamá fueran dos
señoras blancas.
Mr. Jimmy, no sólo ayudó a bajar del automóvil a la mamé de Brinda, sino
que la sostuvo durante el trayecto hasta el porche. Quizá si Mr. Jimmy no la
hubiera soste¬nido, la mamá de Brinda se hubiera caído, pero Brinda pudo darse
cuenta de que en el comportamiento de Mr. Jim¬my había algo más que la simple
voluntad de un ser fuerte de dar sostén a otro más débil durante un corto
recorrido. Y, una vez hubieron subido los peldaños que conducían al porche, Mr.
Jimmy se quedó allí, junto a ellas. Volvió a suspirar ruidosamente, de la misma
manera que había he¬cho dos veces, anteriormente, y dudó durante largos
ins¬tantes, lo que cohibió a Brinda, tensándole el ánimo, pese a que tanto su
madre como Mr. Jimmy no parecieron preo¬cuparse por aquellas dudas. Era como si
los dos estuvie¬ran acostumbrados a eso, o como si hubieran esperado que
ocurriera. Se quedaron allí, en lo alto de las escaleras, y no se sabía de
cierto si se disponían a despedirse o a perma¬necer juntos un rato más.
Parecían dos personas que se hubieran peleado y que hubieran llegado a
un entendimiento, no por haberse puesto de acuerdo, sino porque las dos
reconocían la existencia de una realidad triste e inevitable que los acercaba
el uno al otro, incluso al no poder llegar a un acuerdo en su dis¬puta.
La mamá de Brinda dijo:
—Siéntese, y quédese un momento con nosotras, Mr. Jimmy.
Mr. Jimmy se sentó. Los dos asientos que había en el porche eran
mecedoras. Brinda se sentó en el último pel¬daño. Mr. Jimmy comenzó a mover la
mecedora hacia de¬lante y hacia atrás, pero la mamá de Brinda se quedó quieta.
Al cabo de un rato, la mamá de Brinda dijo:
—Mr. Jimmy, ¿qué piensa hacer ahora?
—No tengo planes. Seguiré como antes. ¿Y cuánto tiempo piensa seguir
así?
—Todo el tiempo que pueda. Hasta que algo me lo impida, supongo.
La mamá de Brinda afirmó con un movimiento de la cabeza, y luego se
quedó callada, como si calculara men¬talmente cuánto tiempo podría Mr. Jimmy
seguir viviendo de aquella manera. El silencio se prolongó hasta el instante en
que pareció que la mamá de Brinda había hallado la solución del problema.
Entonces, la mamá de Brinda se puso en pie y dijo:
—Me estoy muriendo. Voy a morir, ahora.
Lo dijo serenamente, igual que si hubiera dicho que se disponía a entrar
en la casa, en aquellos instantes a os¬curas. Mr. Jimmy se puso en pie, como si
quien se hubie¬ra levantado hubiese sido una señora blanca, y sostuvo la
cortinilla de juncos ante la puerta de madera mientras la mamá de Brinda la
abría.
Brinda se dispuso a seguir a su madre al interior de la casa, pero ésta
se lo impidió, y le dijo:
—Quédate en casa de los Cheng. Vuelve allá esta noche, límpiala y ponía
en orden. Vivan ustedes dos juntos, y cuiden el uno del otro, y tú, Brinda, no
permitas que es¬tos muchachos blancos te molesten. Cuando les oigas lle¬gar,
baja al sótano, cierra la puerta con llave y no salgas hasta el alba, a no ser
que Mr. Jimmy te llame. Si te llama, ve y entérate de lo que quiere.
Se volvió hacia Mr. Jimmy y le dijo:
—¡Y yo que pensaba que los hombres blancos como usted siempre tenían
oportunidades para vivir felizmente!
Entró y cerró la puerta con llave. Brinda no podía con¬vencerse de que
su mamá la había dejado fuera de casa, pero, efectivamente, esto había hecho.
Brinda se hubiera quedado allí, esperando como una tonta ante la puerta, si Mr.
Jimmy no la hubiera cogido suavemente por el brazo y la hubiera llevado hasta
su automóvil. Mr. Jimmy abrió la portezuela de atrás, para que Brinda entrara,
como si fuese una señora blanca. Brinda entró y, mientras se diri¬gían hacia la
casa de los Cheng, Mr. Jimmy pasó varias luces rojas, serenamente, como si no
distinguiera los colo¬res. Condujo de prisa y seguro. Cuando llegaron ante la
casa de los Cheng, Brinda observó que la planta baja estaba iluminada por una
luz muy suave, una luz que se encontraba en el vestíbulo, y esta luz parecía
decir algo que nadie había dicho, en estas palabras, durante toda la tarde.
Decía que Dios, al igual que los seres humanos, tiene dos manos diferentes, una
mano para castigar, y otra mano para apaciguar y acariciar.
Fin

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