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Libro N° 14045. Hardwired. Williams, Walter Jon.

 


© Libro N° 14045. Hardwired. Williams, Walter Jon.  Emancipación. Julio 12 de 2025

  

Título Original: © Hardwired

 

Versión Original: © Hardwired. Walter Jon Williams

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

Libros Tauro

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Fondo:

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Portada E.O. de Imagen:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

HARDWIRED

Walter Jon Williams

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hardwired

Walter Jon Williams

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                                            

 

Contraportada

 

En el límite de la tecnología, cuando el hombre se convierte en máquina

La Tierra está dominada por compañías; su eco¬nomía y los mercados dependen de decisiones tomadas en asépticos despachos orbitales. Los antiguos gobiernos terrestres desaparecieron en medio de un conflicto bélico que desintegró por completo sus esferas de influencia. La po¬blación terrestre depende de la tecnología orbi¬tal en su lucha por la supervivencia, y en los núcleos urbanos impera la ley del más fuerte.

En medio de la anarquía reinante, dos persona¬jes singulares luchan día a día por mantener su independencia. El Cowboy, un tanquista que se gana la vida como contrabandista a los mandos de un vehículo cibernético blindado, y Sarah, una buscona que trabaja como guardaespaldas o prostituta y que sueña con poder abandonar el pozo gravitatorio.

Hardwired fue una de las novelas impulsoras del movimiento ciberpunk, cuyos temas explo¬ra desprovista de cualquier pretensión formal o estilística. Su popularidad ha sido siempre muy elevada, y el paso de los años ha terminado con¬sagrándola entre las más importantes y repre¬sentativas de esta innovadora corriente.

 

 

Las gracias y un sombrerazo de diez galones

a Terry Boren y Laura Mixon,

también llamados los barkonspiradores.

 

Y gracias especiales a Roger Zelazny,

que me dejó jugar en su Callejón.

 

1

 

Hacia medianoche ya le ha dado el palpito de que el cabreo no le dejará dormir. El tanquista ha salido de Santa Fe por la carretera del norte hacia Colorado, pasando por los Sangre de Cristo y Truchas, procurando pegarse todo lo posible al cielo nocturno; conduce sin usar las manos ni los pies, la mente asentada en el frío interfaz neural establecido en algún lugar entre las imágenes veloces que desfilan por delante de su parabrisas y la conciencia eléctrica que es el cuerpo de aleación y el corazón de cristal líquido del Maserati. Sus ojos artificiales, plástico y acero, miran sin pestañear la calzada, larga bufanda polvorienta desflecada por los vientos de primavera. Las alineaciones de talludos pinos y álamos, los pastos moteados de vacas inmóviles, manchas negras al resplandor fugaz, casi fluido, de las luces largas. Frente al haz de los faros todas las formas aparecen planas, recortadas sobre su propia sombra, y el Cowboy casi se ve a sí mismo en proyección aumentada delante del parabrisas, en un mundo monocromático de celuloide rancio, parpadeante sobre el fondo en veloz carrera. Es casi como volar.

Cuando se compró sus ojos Kikuyu nuevos pensó elegir la versión monocromática, divertido por la idea de accionar algún interruptor metálico de su cráneo y verse sumergido en la acción de una vieja fantasía en blanco y negro, un peliculón fantasmal con Gary Cooper y Duke Wayne, pero no tenían mucha demanda los monocromáticos y habían dejado de fabricarlos. También le habría gustado tener unos iris de acero al cromo, pero el Esquivo, su jefe, se lo había quitado de la cabeza argumentando que serían demasiado llamativos para alguien de sus prendas y oficio, cosa que el Cowboy admitió de mala gana, como hacía siempre que el Esquivo le salía con otra restricción contra sus fantasías. Por lo que se había conformado con unas pupilas color gris nube de tormenta.

Pero en aquellas montañas que llevan el nombre de Sangre de Cristo hay fantasías más antiguas que las de ningún celuloide, que pasan en plano-secuencia por delante de sus ojos de acero y de plástico: una antigua iglesia enjalbegada, las puertas enmarcadas de azul turquesa como el del cielo, en contraste con los rojos y amarillos que forman una pirámide con un ojo-que-todo-lo-ve en lo más alto de la cimera; un descomunal castillo blanco de estilo morisco, casa de recreo que fue de un árabe desaparecido tiempo ha, los muñones de sus minaretes arruinados rayados del mismo orín que carcome las historiadas rejas de hierro. De súbito, detrás de una curva dos fantasmas blancos, como enviados sobrenaturales que van a anunciar un mensaje, peregrinos indios vestidos de blanco, desde la cinta con que sujetan los largos cabellos hasta los mocasines blancos con botones de plata que relumbran en la oscuridad. Caminan con paciencia bajo la luz lunar; van al santuario de Chimayo estos penitentes, o quién sabe si en acción de gracias a los santos de madera, o para pedirle un favor a la Virgen. Visiones como piedras miliares de un tiempo fenecido, pero preservado en estos altos confines de la Tierra, titilando en el súbito brillo de los ojos del Cowboy.

El Cowboy fuerza la máquina al máximo, pasando al rojo todas las escalas del salpicadero. Volar de noche, es lo que mejor sabe hacer. El aullido del motor despierta los ecos de los árboles y de las lomas. Una turbonada de viento entra por las ventanillas abiertas y trae el olor punzante de los pinares. El Cowboy imagina el celuloide que se embala en el proyector, cada vez más rápido, hasta que se emborronan las imágenes. Las neuronas envían sus mensajes de impulsos al cristal de su cabeza y transmiten su voluntad al acelerador, a la transmisión, a las ruedas que saltan. Ahora el Maserati corre cuesta abajo, ganando velocidad conforme vuela sobre los baches, hasta ir a surcar la superficie del vado frente a Peñasco y levantar una pared de agua pulverulenta que por unos momentos descompone en arco iris la luz de los faros, un resplandor alucinante en la visión periférica, presentimiento del color en este mundo blanco y negro.

Amanece cuando el Maserati cruza la frontera de Colorado. Temprano en la mañana la máquina color bronce entra en el condado de Custer. Ahora las montañas son pardas y verdes, ilustradas de pinares y vientos, desaparecida la fantasmagoría monocromática. El Cowboy tiene amigos aquí. Enfila un camino de tierra que se adentra en una finca, consciente de que algunos aparatos electrónicos han empezado a fijarse en él.

La pista tuerce hacia arriba y termina en una explanada en medio de la montaña, a modo de prado, que disimula el polígono de un aeródromo privado. Donde antaño los ala delta negros despegaban y aterrizaban en misteriosas misiones nocturnas, ahora asoman hierbajos y florecillas por entre las grietas del pavimento. Todavía se divisa una mella en la alameda donde un piloto fue a estrellarse con su ala delta averiado y se espachurró junto con su carga a lo largo y lo ancho de doscientos metros de ladera, pero ya recubierta otra vez de verde con arbolitos renacidos. También esta pista parece algo fantasmagórica ahora, sus bordes desdibujados entre matorrales, pero el Cowboy no permitirá que el recuerdo muera. Tiene recuerdos para él más vivos que su realidad actual, y todos los días les saca brillo, como quien simoniza la carrocería de un coche nuevo.

Durante once generaciones los antepasados del Cowboy cultivaron un pedazo al sudoeste de Nuevo México y vivieron como motas sobre una llanura roja y monótona tan diferente del mundo de los Sangre de Cristo como Ucrania pueda serlo de Perú. De vez en cuando, uno de los parientes del Cowboy se echaba a la espalda el fusil y salía a pelear por los Estados Unidos, pero los más dedicaron sus energías a luchar contra el estado de Texas. Los téjanos, ávidos de agua, consumían más de la que nunca podrían reponer; hacia el final instalaron una serie de gigantescas bombas a dos dedos del lado lejano de la frontera y aspiraban las aguas alcalinas del otro lado, robando lo que otros habían conservado con tanta previsión. La familia del Cowboy peleó contra ellos hasta que la última bomba se detuvo, completamente seca, y el viento levantó la polvorienta tierra roja convirtiéndolo todo en un huracán sofocante.

Recuerda el Cowboy los años pasados en la cañada polvorienta, viviendo en el rancho de su tío cuando su padre se hubo deslomado por defender la propiedad. Era una cabaña gris hecha de tablas desvencijadas al borde del desierto hecho por los téjanos, un lugar donde el polvo rojo se amontonaba dos palmos delante de la puerta cada vez que soplaba el aire, y cuyos habitantes pasaban días enteros sin ver el sol, a no ser en forma de borroso disco rojizo detrás de la cortina de arena. Como no se podía cultivar nada, la familia se dedicaba a criar ganado, empresa poco menos que precaria también. La población más próxima no tenía otra cosa de que presumir sino sus muchas iglesias; en una de ellas se crió el Cowboy observando cómo los fieles cada vez menos numerosos tenían la tez cada vez más gris y los ojos cada vez más desesperados mientras imploraban al Señor les perdonase el pecado, cualquiera que fuese, por el cual había caído sobre ellos semejante purificación. Los téjanos, en otro tiempo enemigos, pasaban por allí camino a ninguna parte, y vivían en chabolas de cartones y en coches viejos puestos sobre calzos, la pintura cada vez más erosionada por la arena. La Guerra de las Rocas se eternizaba aquí y allá, y las cosas iban de peor en peor. Pero ellos seguían entonando himnos, prometiendo renunciar al aguardiente y a la baraja, y las subastas de fincas hipotecadas seguían anunciándose en las puertas del juzgado.

El Esquivo era un individuo de edad más que madura que se había establecido en Colorado. Cuando apareció conducía un automóvil reluciente, y no era de los que van a la iglesia. Mascaba tabaco porque el mascar no le impedía rascar la mandolina con la izquierda formando parte de una murga en sus ratos libres. Los marchitos parroquianos de la iglesia no solían comentar cómo había ganado el Esquivo su dinero. Hasta el día que vio al Cowboy mientras éste actuaba en un rodeo.

El Esquivo visitó el rancho del tío y consiguió que le prestasen al Cowboy de vez en cuando. Incluso le pagaba su tiempo. Hizo que practicara cierto número de horas con un simulador de vuelo y luego llamó a un intermediario conocido suyo. Lo demás, como diría el Esquivo, es otra historia.

El Cowboy tenía dieciséis años cuando empezó a volar y con las viejas botas de cuero agrietado puestas medía ya más de metro ochenta y cinco. Pero no tardó en verse mucho más alto como piloto atmosférico que tendía sus rutas de costa a costa para transportar el correo, siendo éste cualquier cosa que se le ofreciese cargar. Los Orbitales y la policía de aduanas del Medio Oeste venían a ser como otra especie de téjanos, gente dispuesta a quedarse con los medios de vida de uno a cambio de nada, dejando a sus espaldas otro desierto. Cuando la defensa antiaérea a lo largo de la Muga se hizo demasiado poderosa, los pilotos se convirtieron en tanquistas, conductores de blindados, y el correo siguió pasando. El nuevo sistema también tenía su aliciente, aunque el Cowboy habría preferido no dejar los cielos por nada del mundo.

Ahora el Cowboy tiene veinticinco años y está un poco mayor para su oficio, más cerca del límite a partir del cual incluso los reflejos neurales cableados directamente empiezan a resultar un poco demasiado lentos. Él desdeña los cascos; en su cráneo lleva cinco zócalos para conectar los periféricos en toma directa con el cerebro, lo cual ahorra milisegundos cuando hace falta. Muchos prefieren llevar el cabello largo para cubrir los zócalos porque les da apuro que los llamen cabezasbotón o algo peor, pero el Cowboy desdeña también esa práctica; él lleva el pelo casi al cero y los zócalos de aislante cerámico negro adornados con filigrana de plata y ristras de turquesas. Aquí en el Oeste, donde la gente tiene más idea de lo que significan estas cosas, eso le vale una especie de respeto.

Tiene los nervios ciberimplantados directamente hasta el máximo practicable, y sus ojos de Kikuyu Optics con todas las opciones del catálogo. Tiene además una casa en Santa Fe y un rancho en Montana, atendido por su tío, y es suya la finca de la familia en Nuevo México, y hasta paga sus impuestos como si valiese algo. Tiene el Maserati, un jet particular, unos paquetes de acciones y lingotes de oro escondidos en varios lugares.

Y también este lugar escondido, este vallecito en las montañas de Colorado. El escondrijo para esos recuerdos que no se desvanecen. Y tiene un cabreo, no formulado pero creciente, que es lo que le ha llevado hasta aquí.

Aparca junto al gran hangar camuflado de hormigón y se desconecta del Maserati aun antes de que el motor haya entregado el último rugido. En el silencio se escuchan ráfagas de guitarra vaquera procedentes del hangar, y un rumor en la hierba que es la primera agitación del cambio de brisa. Se acerca al hangar, saca un conector de la cerradura y se lo enchufa en la cabeza para darle el código.

Detrás del pesado portón metálico aparece una Wurlitzer, toda cromado brillante y plásticos fluorescentes, que lanza una vieja canción de Woodie Guthrie al espacio de la inmensa bóveda catedralicia. Destacan ahí tres sombras negras, altísimas, tres alas delta cuyo bulto, bajo la penumbra, causa una impresión de poderío inmenso y velocidad centelleante. Cuando cayeron en desuso el Cowboy las compró por poco más de lo que valían los motores.

Warren está junto a su banco de taller, metido en un óvalo de luz, tratando de arreglar una bomba de combustible. En su cara arrugada, los reflejos azulados de los vídeos que ha puesto en marcha la llegada del Cowboy; tiene cámaras de seguridad por todas partes y las atiende con la misma diligencia metódica que aplica al mantenimiento de las delta.

Era jefe de escuadrilla en Vandenberg el día que empezó la Guerra de las Rocas, y cumplió con su deber, consciente de que no debía esperar nada a cambio de su diligencia excepto sentir en la nuca, durante una fracción de segundo, la sobrepresión del misil de ferroniquel al cruzar la atmósfera en su caída, antes de que todo terminase... Pero él hizo lo que estaba entrenado para hacer y envió a sus pilotos de caza para que peleasen por la Tierra contra los Orbitales, deseando de corazón que hicieran buen papel y que alguno de ellos se acordase de decir «éste va por Warren» cuando abatiesen a un enemigo. Pero el escenario bélico no se desarrolló así y cuando él salió para contemplar el cielo nocturno en busca del meteorito que llevase su nombre, ciertamente vio muchos arcos de plata descendentes, pero no era la caída de las rocas lo que inflamaba la noche, sino que fueron sus muchachos y sus naves. Todos aquellos jóvenes brillantes con sus pañuelos azules al cuello, y sus relucientes agujas, cayeron destrozados, entre los últimos estertores electrónicos de los sistemas inutilizados, las mirillas rotas salpicadas de sangre, los depósitos quebrados de oxidante lanzando al semivacío largas estelas de cristales de hielo... La última esperanza de la Tierra aventada en la fase post-aceleración por los guerreros Orbitales.

Durante horas esperó en Vandenberg a que alguien trajese por lo menos los restos. Nada sucedió. Lo único que supo Warren luego fue que la Tierra se había rendido. Los Orbitales ocuparon Vandenberg y también Orlando, Houston y Cuba, y Warren sobrevivió sólo porque la base en donde se hallaba estacionado era demasiado valiosa para destruirla.

Después de esto se habló mucho de la Resistencia, y Warren fue de los que más hablaron... o probablemente hizo algo más que hablar, si era cierto aquel rumor de una lanzadera saboteada, a bordo de la cual cierto número de ejecutivos de la Tupolev I. G. se estrellaron en el desierto de Mojave. Después de esto la historia del propio Warren pasó a ser algo más oscura, hasta que volvió a aparecer trabajando por cuenta de los intermediarios en Colorado y conoció al Cowboy. Lo demás, como diría el Esquivo, es otra historia.

—Hola, C-boy —dice Warren sin apartar la atención de su trabajo.

—Hola.

El Cowboy abre el frontis de la Wurlitzer —hace decenios que la cerradura dejó de funcionar— para sacar unas cuantas monedas, y tras programar la máquina para que toque alguna vieja pieza de chirriante música vaquera se acerca cruzando el hangar sumido en la semioscuridad.

—La turbobomba de baja presión —explica Warren. Desmontada, la bomba parece un montaje para la maqueta de plástico de una tortuga gigante—. Ha disparado el avisador rojo en una de mis pruebas. Fíjate en esa parte brillante. Ahí es donde roza una de las palas. Me parece que voy a tener que fabricar una pieza nueva.

—¿Te echo una mano?

—No estaría de más.

La cara de Warren parece más arrugada que de costumbre bajo la luz del foco, los ojos y la frente sombreados por la visera de la gorrita de modo que su nariz aguileña parece todavía más grande de lo que es en realidad. Se mantiene erguido, lleno de tensión, y aunque tiene algunas flaccideces, se hallan en puntos donde la flaccidez no importa. A su espalda, los neones de suaves colores de la Wurlitzer se reflejan en el morro negro aterciopelado de un ala delta. Es el propietario del aeródromo y el Cowboy tiene una participación pero no figura. Al Cowboy no le gusta dejar trazas de datos que le apunten.

Warren manosea la pieza un rato, luego la mide, se acerca al torno y se pone las gafas protectoras. El Cowboy se dispone a pasarle las herramientas conforme vaya necesitándolas. Es difícil encontrar repuestos para reactores excedentes del ejército y aunque se encuentren, suelen traer demasiadas preguntas.

El torno rechina y las chispas caen sobre el suelo de cemento como una lluvia de meteoritos a escala reducida.

—Salgo otra vez el miércoles por la noche. De hoy en cinco días —anuncia el Cowboy.

—Puedo pasarme por allá el lunes para comenzar la revisión del panzer; ¿o será demasiado tarde?

—No para ir adonde voy —hay cierto resentimiento en la voz del Cowboy.

—¿Otra vez lowa?

—Sí, ¡maldita sea! —la rabia se encendió otra vez en el alma del Cowboy—. Arkady y los demás... sólo miran sus condenados análisis. Dicen que los concesionarios están descapitalizados, que no falta más que esperar e impedir que se lleven ningún transporte.

—¿Y qué?

—Pues que se equivocan. No se les puede vencer en su propio terreno. Deberíamos entrar en Missouri todas las noches. Que se traguen el combustible, la munición, lo que pidan —lanzó un bufido desdeñoso—. ¡Descapitalizados! ¡Cuidado que les importa perder una docena de naves, con los ingresos corrientes que tienen!

Warren alzó la mirada.

—¿Vas a salir por cuenta de Arkady el miércoles?

El Cowboy asiente.

—No me gusta ese hombre. No lo veo claro —dice Warren al tiempo que vuelve con afectación a su trabajo en el torno. Los mechones de su cabello que asoman por debajo de la gorra, ya completamente blancos, reflejan las chispas de la ferricha.

El Cowboy calla, sabiendo que Warren necesita su tiempo para subrayar un punto. Warren para el torno y se sube las gafas sobre la visera.

—Nadie sabe de dónde ha salido. Y ahora es el intermediario más fuerte de las Rocosas. Tiene fuentes de aprovisionamiento que nadie puede igualar. Y siempre viste esa moda cryomax de la Zona Libre de Florida.

—Y eso, ¿qué significa? Que tiene organización, nada más. A mí tampoco me gusta su ropa.

Warren contempla al trasluz la pieza brillante, recién hecha, entrecerrando los ojos.

—Dicen que lo consigue todo de estraperlo, que roba los transportes, que tiene comprados a muchos ejecutivos de los Orbitales. Cosas por el estilo, pero ¿en tanta cantidad? No se puede conseguir tanta mercancía sin que los Orbitales se enteren.

Un susurro rebelde cruza la mente del Cowboy. Lo hago por la aventura, no por la ganancia. ¡Tantas veces se lo ha dicho a sí mismo! Es como una ética eso, como una especie de pureza. La mitad de las veces ni siquiera ha sabido qué clase de mercancía transportaba.

—No sé si tengo ganas de escuchar esto —dice.

—Pues no lo escuches.

Warren se vuelve para dedicarse nuevamente a la bomba. Tras colocarse unos auriculares, emprende una serie de comprobaciones.

El Cowboy se entretiene unos momentos pensando en Arkady, ese sujeto corpulento que controla como la mitad del tráfico a través de la Muga en estos días, que vive en medio de un extraño remolino de ayudantes, guardaespaldas, secretarios, técnicos y parásitos sin función conocida que imitan sus ademanes y su llamativa manera de vestir. También se rodea de mujeres, aunque no permite que ellas se entrometan en los negocios. Es una existencia coherente con lo que el Cowboy cree conocer de la mentalidad de Arkady: retorcida, llena de violentos prejuicios y odios, furores inopinados que alternan con accesos no menos súbitos de sentimentalismo eslavo, desconfianza también, a la manera extravagante de los rusos, como si la paranoia fuese un modo de vida, no un simple conjunto de precauciones razonables sino una religión.

Al Cowboy no le agrada Arkady, pero de momento tampoco se ha preocupado tanto por él que pueda decirse que le desagrada. El propio Arkady se considera a sí mismo un iniciado, un manipulador, pero no está en la pomada para lo que cuenta de verdad, no está en la vida del tanquista, esa criatura mutante con turbinas como pulmones y con una turbobomba de alta presión como corazón, con un cristal implantado en el cráneo, ojos como láseres, dedos que apuntan misiles y venas por las que circula el alcohol... Arkady se cree el amo pero no es más que un instrumento, un pretexto para que los tanquistas se dediquen a saltar de un lado al otro de la Muga y entren en la leyenda. Y si Arkady no puede entender eso, lo que piense poco importa en el esquema general de las cosas.

Warren está ensamblando la bomba, luego se pondrá a probarla y eso le tendrá ocupado durante un rato. El Cowboy se sale del círculo de luz y regresa a la penumbra del hangar. Sobre él, titánicos los ala delta, inmóviles, dispuestos; sólo les falta un piloto para convertirse en seres vivientes. Alza la mano para rozar la suavidad del fuselaje, la curva de un timón de proa, el carenado de un radar de detección vertical. Como acariciando el pelo de un animal no del todo amigo, demasiado peligroso todavía para ser una mascota. Sólo le falta un piloto, y una misión.

Se hace con una escalerilla que está al lado de un registro de inspección del motor y la usa para trepar a la cabina y ocupar el asiento que hace años se moldeó sobre sus medidas. El conocido olor a metal y caucho le caldea el alma. Al cerrar los ojos se le aparece la noche rayada de trayectorias brillantes, la súbita llamarada del chorro de combustible, la vertiginosa persecución con la Ley siguiendo su estela a velocidad supersónica, efectuando acrobacias entre las cimas y los valles de los Ozark, impaciente por llegar a casa...

Su primer delta se llamaba Midnight Sun, pero él le cambió el nombre tan pronto como se dio cuenta de lo que estaba pasando. Él y los demás deltapilotos, lejos de representar la respuesta abstracta a determinadas condiciones del mercado, eran los continuadores de una especie de mitología. Cruzaban la bóveda altísima del cielo para repartir el correo pese a todas las prohibiciones de los opresores. Mantenían una lámpara encendida en medio de la oscuridad, una esperanza en forma de llama de un posquemador. Los últimos americanos libres en la última carretera...

Conque decidió vivir con arreglo a lo que había averiguado. Aceptó el sobrenombre medio despectivo, medio condescendiente que le habían puesto, lo vivió, pasó a convertirse en el Cowboy, el jinete del aire. Responsable ante nadie. Convertido en el mejor, puesto que habitaba dominios muy por encima de ninguna competición. A su segundo delta lo bautizó Pony Express, y con él siguió transportando el correo mientras le dejaron.

Hasta que cambiaron los tiempos, y cambiaron los sistemas de reparto. Hasta que se convirtió en tanquista en vez de piloto del aire. Los ojos capaces de mirar la negrura de la noche buscando la traza infrarroja de la Ley, preparados para el combate aéreo sobre los cielos de la pradera, quedaban prisioneros en una diminuta cabina blindada y recibían el vídeo por conducto remoto. Pero sigue siendo el mejor, y sigue transportando el correo.

Rebulle en el asiento. La música vaquera ha terminado y lo único que oye el Cowboy en medio del súbito silencio es el chirrido del torno de Warren. Y siente de nuevo la inquietud en su fuero interno, a la que sólo le falta el nombre...

 

2

 

TODAY/YES

 

Cuerpos y miembros de cuerpos se alumbran y se extinguen bajo la luz del láser, aquí el brillo traslúcido de unos ojos enmarcados en kohl o vueltos hacia un cielo oculto por el falso cielo que simula estrellas, allá una melena eléctrica chisporroteante de descargas estáticas, efecto muy a la última moda, y más allá el brillo blanco-azulado de unos dientes encuadrados en rojo mate y separados por lengua exhibida en silencio. Estamos en zona-danza. Aunque la banda toca fuerte y sabroso-caliente, muchos de los zónicos sintonizan su propia música mediante el cristal delicadamente conectado con los nervios auditivos, o bailan atentos a sus cascos por donde pueden captar cualquiera de los doce canales del bar. Así que se mueven siguiendo pautas arrítmicas; nadie hace caso de nadie. Se pretende un control perfecto, pero ocurren accidentes a veces. Algunos sopapos, un revuelo de puños y de codos, y alguno que se sale de la zona tapándose los lamentos con la mano manchada de sangre. El grupo continúa como si nada.

A Sarah los bailadores del Aujourd’Oui le parecen una masa de carne agitada por estertores de muerte, ensangrentados, insensatos, mortales. Tierra prisionera de la tierra. No son más que carne. Ha salido de caza y Comadreja es el nombre de su amiga.

 

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La diseñadora de cuerpos tiene ojos violeta que relucen sobre pómulos de marfil pulido. El cabello a mechas rubias cae hasta la nuca en forma de aleta dorsal arquitectónicamente perfecta. Tiene músculos de felino, y la boca es una flor cruel, —El cabello más corto, sí —está diciendo—. No se lleva largo bajo gravedad cero —alarga los dedos para tomar de la barbilla a Sarán, y la obliga a girar la cabeza hacia la fría luz boreal. Lleva las uñas de color violeta, a juego con los ojos, y afiladas. Sarah, malhumorada, le dirige una mirada hosca. La diseñadora sonríe—. Hay que almohadillar un poco la barbilla, sí. Necesitas una barbilla más fuerte. La punta de la nariz también podría cambiarse, es un poco demasiado retroussé. Y hay que rebajar la curva de los pómulos. Mañana traigo la espátula. Y por supuesto, vamos a eliminar esas cicatrices. No pueden quedar ahí esas cicatrices —los dedos de uñas color violeta sujetaban con fuerza la barbilla y deformaban e! labio inferior de Sarah.

En seguida la diseñadora se volvió en un torbellino desentendiéndose de la barbilla.

—¿Es necesario que usemos a esa chica. Cunningham? —inquirió—. No tiene estilo. No sabe andar con gracia. Es demasiado gigantona, demasiado torpe. No es nada. Es una buscona de lo más vulgar.

Cunningham guarda silencio, enfundado en su traje marrón, inexpresivo el rostro inmóvil de facciones banales. Cuando habló, lo hizo en un susurro, tranquilo, aunque no sin un deje autoritario. La voz sin matices le pareció a Sarah que podía ser la de una computadora.

—Nuestra Sarah tiene estilo, Firebud —dijo—. Estilo y disciplina. A ti te incumbe darle forma, pulirla. Su estilo debe ser como un arma, como una carga hueca. Tú le darás forma, yo la apuntaré. Y Sarah abrirá un agujero en el lugar exacto, donde nos proponemos que lo haga —miró a Sarah con sus ojos pardos muy fijos—. ¿Verdad que lo harás, Sarah?

Ésta no contestó a la pregunta. Miraba a la diseñadora, los labios fruncidos, enseñando los dientes.

—Búscame cualquier noche, Firebud. Yo te enseñaré estilo.

—Buscona de mierda —dijo la diseñadora con desdén. Sin embargo, retrocedió un paso y Sarah sonrió con rabia.

—Y otra cosa, Firebud —continuó Cunningham—. Deja esas cicatrices. Le hablarán a nuestra Princesa de esa cruel realidad terrestre que ella contribuyó a crear. La que ella domina. Aunque ande ya medio enamorada de ella.

Hizo una pausa y prosiguió:

—Sí, déjale las cicatrices —por primera vez sonrió, y fue una breve tensión de los músculos de la mejilla, tría como el nitrógeno líquido—. A nuestra Princesa le encantarán las cicatrices. Desde la primera hasta la última.

 

WINNERS/YES LOSERS/YES

 

El Aujourd’Oui es un bar para pilotos, y están todos ahí, los lunares y los de plataforma, los piratas y los legales, condescendiendo en compartir la pista con los chicos y chicas terrícolas, rastreros y busconas que se arraciman alrededor de ellos deseando ser como ellos o ser amados por ellos o sencillamente estar cerca de ellos, para tocarlos en zonadanza y que se les contagie un poco de su esplendor. Los jinetes del aire llevan sus emblemas, las cazadoras y las chaquetas con las insignias de sus combinados —TRW, Pfizer, Toshiba, Tupolev, ARAMCO—, los blasones de los vencedores en la Guerra de las Rocas exhibidos con despreocupado orgullo por los pilotos que conquistaron para aquéllos su lugar en el cielo. Con su metro ochenta y cinco de estatura Sarah pasea entre ellos llevando una cazadora negra de satén que tiene bordada en la espalda una grulla blanca en vuelo hacia un firmamento estrellado, entre una formación de caracteres chinos cromo brillante. Es la insignia de un pequeño combinado que realiza la mayor parte de sus operaciones desde Singapur y apenas ha sido vista nunca en la Zona Libre de Florida. Una cara nueva para los asiduos del lugar, aunque se confía en que no les extrañe demasiado, o no tanto como extrañaría si exhibiese el emblema de Tupolev o de Kikuyu Optics I. G.

Su cara esculpida está pálida, desaparecido ya el bronce de Florida, los ojos repintados de negro. Lleva el cabello casi ala de cuervo corto en las sienes y largo por arriba, colgando en dos trenzas hasta el cogote. En las orejas, aros de acero al cromo que casi le rozan los hombros. Firebud ha ensanchado todavía más sus hombros y ha rebajado la anchura de las caderas; las facciones son agudas y con el nacimiento del pelo enmarcando en pico la frente, simulan una sucesión de puntas de flecha, o la granada de carga hueca como quiere Cunningham. Lleva zapatos de baile negros con cintas hasta los tobillos y un overol púrpura oscuro cuyos tirantes enmarcan sus pechos, cuyos tiesos pezones (que Firebud ha hecho más prominentes) parecen querer perforar la tela. La blusa es de gasa entretejida con hilo de plata. Al cuello, un pañuelo negro de seda. Tiene una derivación soldada sobre el nervio auditivo y un receptor conectado con los centros ópticos del lóbulo frontal, con lo cual en estos momentos está monitorizando las emisiones de la policía. Como un cartel luminoso permanente de diodos fotoemisores color ámbar, superpuesto a voluntad en la franja superior de la visión expandida.

Obsequio de Cunningham. El cableado directo de los nervios es suyo, en cambio, y también su Comadreja.

 

ME ENCANTAN MIS OJOS KIKUYU, DICE EL GRAN ASTRO DEL PORNO

ROD MCLEISH. Y CON LA OPCIÓN DE INFRARROJOS

PUEDO VER SI MI COMPAÑERA ESTÁ VERDADERAMENTE EXCITADA

O SÓLO ES UN FLIPE DE SILICONA...

Kikuyu Optics I, G., división de Mikoyan-Gurevich

 

 Al Cunningham lo había conocido en otro bar, el Blue Silk. Aunque Sarah sólo utilizaba la Comadreja bajo contrato, el sicario, un navajero con más codicia que inteligencia, también estaba ciberimplantado. De ahí las cicatrices, pero al menos había logrado salvar la mercancía, por fortuna, y como el contrato era con los intermediarios recibió la paga en endorfinas. Oportuno, porque también a ella le hacían bastante falta.

Le ha quedado una lesión en la parte posterior del fémur y no puede sentarse, por lo que se apoya contra la barra mientras sopla su ron con lima. El sistema de audio del Blue Silk emite música isleña que calma un poco sus nerviosos demasiado tensos.

El patrón del Blue Silk es un ex piloto de cutter llamado Maurice, un oriundo de las Indias Occidentales con ojos modelo Zeiss que le señalan como uno de los perdedores en la Guerra de las Rocas. Lleva los zócalos para los chips en los tobillos y las muñecas, como acostumbraban los militares entonces. De las paredes cuelgan los retratos de sus amigos y héroes admirados, todos con el pañuelo de seda azul al cuello de reglamento en los cuerpos de élite de la defensa espacial. En casi todos los cuadros, el lazo negro con que se honra a los caídos, desteñido a púrpura por el tiempo transcurrido.

Sarah se pregunta qué habrán visto esos ojos. ¿Llegaron a ver la ráfaga de rayos X que precedió a las rocas de 10.000 toneladas lanzadas desde los proyectores másicos orbitales, que rasgaron la atmósfera para ir a aplastar las ciudades de la Tierra? Los meteoros artificiales, cada uno de ellos con tanta energía como una explosión nuclear, cayeron primero en el hemisferio oriental, sobre Mombasa y Calcuta; a las doce horas, cuando quedó a tiro el hemisferio occidental, la Tierra ya había capitulado pero los combinados orbitales consideraron que el Occidente aún no había asimilado la lección, así que las rocas cayeron de todos modos. Un fallo de comunicaciones, dijeron, aunque ninguno de los miles de millones de terrícolas lo creyó.

Sarah tenía entonces diez años y estaba en un campamento juvenil cerca de Stone Mountain cuando tres rocas borraron del mapa la ciudad de Atlanta y mataron a su madre. Daud, que tenía ocho, quedó atrapado entre los cascotes, pero los vecinos oyeron sus gritos y lo sacaron vivo. Después de eso Sarah y su hermano salieron rebotados de un servicio de asistencia a otro hasta que recalaron en Tampa con su padre, a quien no habían visto ni oído desde que ella tenía tres años. La asistente social la llevó de la mano hasta la ruinosa escalera del edificio de apartamentos, y Daud iba cogido de la mano de Sarah. Los descansillos apestaban a orines y en un rellano encontraron una muñeca rota, desmembrada como las naciones de la Tierra y como las vidas de las gentes que vegetaban allí. Cuando se abrió la puerta del apartamento vieron a un hombre en mangas de camisa hecha jirones, con manchas de sudor en los sobacos y ojos turbios de alcohólico. Ojos que miraban a Sarah, a Daud y a la asistente social sin entender nada mientras se formalizaban papeles y la asistenta decía, al tiempo que soltaba la mano de Sarah:

—Éste es vuestro padre. Él cuidará de vosotros.

Lo cual resultó ser verdad, o mentira a medias.

Sarah mira las borrosas fotografías en sus marcos polvorientos, retratos de muertos con ojos metálicos Zeiss. También Maurice los mira, sumido en sus recuerdos, y se diría que quiere llorar, pero sus ojos se lubrican con siliconas y por supuesto los lagrimales se han perdido lo mismo que sus sueños y los sueños de los cinco mil millones de humanos que creyeron mejorar de vida con los Orbitales. Ahora no hay otra esperanza sino salir de aquí como sea, hacia cualquier lugar situado en el cielo de perfecto color cobalto.

También Sarah desearía poder llorar: por las esperanzas muertas enmarcadas de luto en las paredes, por sí misma y por Daud, por los muñecos rotos que son todas las aspiraciones terrestres, e incluso por el sicario que había visto la oportunidad de escapar pero no tuvo astucia suficiente para salirse del juego al que le habían lanzado sus esperanzas. Pero ya no hay lágrimas y lo que ha quedado en su lugar es un deseo duro como el acero, el mismo que comparten todas las busconas y todos los rastreros. Para realizarlo hay que desearlo más que nadie, y estar dispuesta a hacer lo necesario... o que le hagan, si a eso viene. Involuntariamente se lleva la mano a la garganta mientras piensa en la Comadreja. No, los tiempos no son para lágrimas.

—¿Buscas faena, Sarah?

La voz proviene del hombre de raza blanca, hasta entonces silencioso al extremo de la barra. Que se acerca y apoya una mano sobre el taburete más cercano, y sonríe como si no tuviese mucha costumbre de hacerlo.

Ella le mira de reojo, frunciendo las cejas, y bebe con estudiada lentitud.

—No la clase de faena que tú estás pensando, oficinista —replica.

—Vienes recomendada —la voz es como papel de lija, de las que no se olvidan. Este hombre no ha tenido jamás necesidad de hablar fuerte. Ella toma otro sorbo y se vuelve a mirarle.

—¿Por quién? —pregunta.

La sonrisa desaparece y el rostro indescriptible la contempla con desconfianza.

—Por el Atamán —dice.

—¿Michael? —se extraña ella, a lo que él asiente diciendo:

—Mi nombre es Cunningham.

—¿Te importa si llamo a Michael para confirmarlo?

El Atamán controla a los intermediarios de la Bahía y en alguna ocasión ella ha sacado la Comadreja por cuenta de él, pero no le agrada la idea de que mencione su nombre a un extraño.

—Si quieres —replica Cunningham—. Pero antes me gustaría que habláramos de tu trabajo.

—Aquí no hablo de trabajo —le dice ella—. Búscame en el Plastic Girl a las diez.

—La oferta no puede esperar.

Sarah le da la espalda y se vuelve hacia los ojos metálicos de Maurice.

—Este hombre me está molestando —anuncia.

La expresión del rostro de Maurice no acusa ningún cambio.

—Hágame el favor de salir —le dice a Cunningham.

Incluso vuelta de espaldas y mirando de soslayo, Sarah recibe una sensación como de muelle comprimido que se dispara. Cunningham hasta parece un poco más alto que momentos antes.

—¿Permitirá que antes termine la copa? —pregunta.

Sin quitarle los ojos. Maurice mete la mano debajo del mostrador y arroja unos billetes sobre la superficie bruñida de la barra.

—La copa corre por cuenta de la casa. Váyase de mi establecimiento.

Sin decir nada, ni perder la calma. Cunningham se queda un momento mirando los ojos metálicos que no parpadean.

—Townsend —dice Maurice.

Es un código y el nombre del general a cuyas órdenes combatió contra los Orbitales y su destructora energía defensiva. El equipo de reconocimiento de voz identifica la consigna y los sistemas de defensa, hasta entonces ocultos sobre el espejo del bar, aparecen y se colocan en posición. Sarah levanta la mirada. Láseres militares, piensa, rapiñados en el mercado negro, o quizá desmontados del antiguo cutter de Maurice. A saber si el establecimiento dispone de potencia suficiente para que funcionen, o si se ha tirado un farol.

Cunningham apura la suerte medio segundo más y luego gira sobre sus talones y sale del Blue Silk. Sarah ni siquiera se vuelve a mirarle.

—Gracias, Maurice.

El dueño del bar corresponde con una sonrisa triste.

—De nada, chica. Al fin y al cabo tú eres cliente habitual. Y ese fulano ha estado con los Orbitales.

Sarah contempla e! reflejo de su propia sorpresa.

—¿Que es de los combinados, dices? ¿Estás seguro?

—Innes —pronuncia Maurice otro nombre del pasado, y los láseres quedan otra vez camuflados. Las manos del patrón recogen con hábil movimiento los billetes antes de proseguir—. Yo no he dicho que sea de los combinados, Sarah. sino que estuvo allí. Y no hace demasiado tiempo. Se nota en la manera de andar, si sabes reconocerla —se lleva a la cabeza un dedo nudoso—. El oído, ¿entiendes? La gravedad creada mediante la fuerza centrífuga es bastante distinta. Cuesta algún tiempo deshabituarse.

Sarah frunció el ceño. ¿Qué clase de trabajo tendría que ofrecer aquel individuo? ¿Tan importante como para tomarse la molestia de cruzar la atmósfera al objeto de contratar una buscona y su Comadreja? No parecía plausible.

Pero no importaba, ya se vería en Plastic Girl, o no se vería. No era cuestión de preocuparse por eso. Al cargar sobre la otra pierna, a Sarah le crujen todos los músculos y el dolor atraviesa incluso las nieblas de la endorfina, por lo que tiende el vaso.

—Otro trago, Maurice, por favor.

Con movimientos precisos, que buenos servicios debieron prestarle cuando navegaba en lo alto de la noche perpetua, Maurice se vuelve hacia el espejo en busca del ron. Incluso cuando realiza un ademán tan sencillo tiene aire dolido.

 

¿VIVE EN LA CIUDAD DE DOLOR? ¡DÉJENOS MANDARLE A HAPPYVILLE!

Pointsman Pharmaceuticals A. G.

 

A la salida del Blue Silk llama un taxi para regresar a casa, haciendo como que no ha notado la tranquila mirada de Cunningham fija en su nuca mientras ella da la dirección al taxista. Está en la acera opuesta, al amparo de una marquesina y fingiendo leer una revista. ¿Valdría poco o mucho ¡a oportunidad? Aunque no se vuelve para ver si su retirada ha causado decepción, le parece dudoso que la expresión del hombre haya cambiado.

Comparte con Daud un apartamento de dos habitaciones que zumba. Están los zumbidos de los frigoríficos y los equipos de reciclado, junto con los zumbidos de los pequeños robots relucientes que van de un lado a otro para quitar el polvo y fregar, devorar insectos y arácnidos, y quitar las telarañas de los rincones.

Cerca de la entrada tiene una modesta consola de ordenador, a la que Daud ha conectado un enorme sistema de audio con una pantalla de ciento ochenta centímetros para visionar los vídeos. Está en marcha, aunque en silencio; un generador aleatorio construye pautas de colores y la óptica láser las proyecta hacia el techo y las paredes. El ordenador presenta las modificaciones en rojo, y parece como si las paredes ardieran en un incendio frío y silencioso.

Sarah desconecta el vídeo y se queda mirando la consola que se enfría; las tonalidades rojizas palidecen poco a poco en sus retinas. Vacía los ceniceros que Daud ha dejado por todas partes y piensa en el hombre del traje marrón, Cunningham. Empieza a disiparse el efecto de las endorfinas y el hueso lesionado de la pierna le duele a cada paso. Va siendo hora de ponerse otra dosis.

Rebusca en su escondite de la estantería, que es un tarro de azúcar, y observa que han desaparecido dos de sus doce ampollas de endorfina. Ha sido Daud, evidentemente. En un apartamento tan pequeño apenas hay lugar en donde esconder ni siquiera una cantidad reducida. Con un suspiro, se pone el torniquete por encima del codo, carga una ampolla en el inyector automático, teclea la dosis elegida y se aplica el aparato al brazo. El inyector emite un zumbido y en la ampolla sube una burbuja de aire mientras se enciende un LED rojo y ella nota como un leve tirón en sus carnes cuando la aguja empieza a disparar en la vena el frío chorrillo de anestésico. Ella afloja el torniquete, y mientras cuenta diez parpadeos del diodo empieza a correrse el velo entre Sarah y su dolor. Respira hondo, estremecida, y se pone en pie, dejando el inyector sobre el sofá, para acercarse de nuevo al ordenador.

El Atamán Michael está en su despacho y recoge la llamada, riendo al escuchar que ella le habla en espanglis.

—Sabía que iba a tener noticias tuyas hoy, mi hermana —le dice.

—¿De veras? ¿Conoces a ese orbital Cunningham?

—Así, así. Hemos hecho algunos negocios juntos. Tiene las máximas recomendaciones.

—¿De quién?

—Las máximas, como te digo.

—Así, ¿me aconsejas que confíe en él?

La risa del otro le suena un poco artificial, y se pregunta si estará flipado.

—Eso no lo aconsejaría yo en ningún caso, mi hermana —contesta él.

—Sí lo harías, Atamán —replica ella—. Siempre y cuando te toque una parte de lo que haga Cunningham, sea lo que sea. En cualquier caso, acabas de hacerle el favor.

—Dasvidaniya, hermana —se despide Michael como aburrido de la discusión, y desconecta. Sarah, con el ceño fruncido, se queda mirando el auricular que zumba.

La puerta se abre a sus espaldas y ella se vuelve con rapidez, poniéndose en pie, dispuesta a saltar adelante o hacia atrás según haga falta. Es Daud, que entra con aire despreocupado. Detrás de él aparece con un paquete de seis cervezas su representante Jackstraw, un tipo joven, bajito, de mirada furtiva.

Daud la mira y habla sin quitarse el cigarrillo de los labios.

—¿Esperabas a otra persona? —pregunta.

—No —se relaja ella—. Son los nervios. Ha sido una jornada de muchos nervios.

Los ojos de Daud recorren con inquietud la minúscula habitación. Tiene los iris cambiados de pardo a azul pálido, lo mismo que ha cambiado el color de su cabello, sus cejas y sus pestañas a un rubio muy claro, en contraste con la piel bronceada. Lleva el cabello largo hasta los hombros, enmarañado, sandalias de cuero hechas a mano, y pantalón blanco muy ceñido bajo una camiseta negra de malla. Toma supresores hormonales y aparenta quince años, imberbe pese a su edad real de veinte.

Sarah se acerca para darle un beso.

—Salgo a trabajar esta noche —anuncia él—. Quiere cenar conmigo, no puedo quedarme mucho rato.

—¿Un conocido?

—Sí —replica él con una sonrisa incierta que quiere ser tranquilizadora, pero desviando los ojos azules—. He estado con él otras veces.

—¿No será un pirado?

Él deshace el abrazo y va a sentarse en el sofá.

—No —murmura—. Un tipo mayor. Un solitario, me parece. Es fácil complacerle, apenas quiere otra cosa sino un rato de charla.

Al ver el estuche de plástico que contiene las endorfinas, lo recoge y se pone a hurgar en él, y Sarah observa que esconde dos ampollas en la mano.

—Daud —le reconviene—. Esto es nuestra comida y nuestro alquiler. Me pateo la calle para conseguirlas.

—Sólo una —dice Daud, devolviendo una ampolla al estuche y levantando la otra para que ella la vea. La ceniza del cigarrillo cae al suelo.

—Ya te has tomado tu parte —dice Sarah.

Los ojos azules en el rostro moreno acusan la sorpresa.

—Sí —dice, pero no devuelve la ampolla.

La necesidad es demasiado intensa. Ella baja la mirada y menea la cabeza.

—De acuerdo, pero sólo una.

Él se la embolsa, luego recoge el inyector y programa una dosis. Muy alta, y ella no lo ignora, aunque lucha contra la tentación de ir a inspeccionar el inyector. Sabe que, si continúa por ese camino, acabará buscándose un coma, pero también sabe que le ofendería si ahora se entrometiese. Le observa mientras la endorfina alcanza el cerebro y él se tiende en el sofá con un suspiro, desaparecidos los tics nerviosos.

Apoderándose del inyector, saca la ampolla y la devuelve al estuche de plástico. Daud la mira con una media sonrisa.

—Gracias, Sarah —dice.

—Te quiero —contesta ella.

Él cierra los ojos y se frota la espalda en el asiento del sofá, como un gato. De su garganta brota un extraño gemido. Ella va con el estuche a la habitación y lo arroja sobre la cama. Una oleada de tristeza inunda sus venas, como si la melancolía fuese también una droga. Daud morirá pronto, sin que ella pueda evitarlo.

Antaño había sido la que se interponía entre Daud y la vida; ahora las endorfinas le sirven para aislarse de todo cuanto pueda rozarle. El padre de ambos era un loco violento y la mitad de las cicatrices que ella llevaba le correspondían a Daud en realidad, a quien solía escudar con su propio cuerpo. Las palizas del loco la habían enseñado a defenderse, a devolver los golpes con dureza y celeridad. Pero no podía estar allí siempre. El viejo cumplió catorce años huyó con el primero que le prometió un refugio sin dolor: dos años después había comprado su libertad y, rescindido el contrato, regresó a por su hermano. Pero Daud estaba ya destrozado sin remedio, y era un yonqui. Ella se lo llevó a su casa, el lugar donde trabaja, puesto que no tenía otro, y allí él aprendió a buscarse la vida, tal como ella lo había aprendido a su tiempo. Pero sigue roto y mientras vivan en las calles no habrá remedio para él.

Si ella no se hubiese rajado, si no lo hubiese abandonado, tal vez habría logrado protegerle. Pero no volvería a hacerlo.

Regresa a la otra habitación y ve a Daud tumbado en el sofá, una sandalia colgando de la punta del pie, dedicado a echar humo de tabaco por la nariz. A su lado, Jackstraw apura una de sus cervezas y la mira.

—Creo que cojeas, ¿quieres que te frote las piernas?

—No —se apresura a replicar ella y luego, figurándose que ha estado demasiado seca, repite con una sonrisa—: No, gracias. Es una lesión de hueso. Si me tocaras ahora me pondría a gritar.

 

ARTIFICIAL DREAMS

 

El Plastic Girl es el gran lujo, según la noción que podría tener de eso un buscavidas. Hay una sala de zonadanza, y cascos que te conectan con estados eufóricos, o pornografía, o cualquier cosa que necesites y no te atrevas a chutarte en vena. Las compañías farmacéuticas Orbitales dan los efectos gratis, para hacer publicidad de sus productos. Hay bailarinas en el bar con espejos del fondo, un bar equipado con juegos electrónicos de manera que, si ganas, se dispara un contacto en la prenda de una bailarina y se le cae. Y si aciertas con el premio gordo, todas las bailarinas se quedan en bolas al mismo tiempo.

Sarah está en el salón grande, junto a la entrada: música con mucha sección de viento, reservados de cuero rojo, adornos de latón. No está autorizada ni lo estará nunca, probablemente, a entrar en el salón privado, todo de aluminio pulido y madera negra en abundancia, como si hubieran derribado para decorarlo el último árbol de caoba del sudeste asiático. Ese local es para los peces gordos que mangonean este mundo veloz y peligroso, y aunque tiene un letrero que dice NO SE ADMITEN MUJERES, eso no significa que no entre ninguna. Sarah es ahora una contratista independiente y se ha ganado algún respeto pero, a fin de cuentas, no deja de ser carne de alquiler, aunque a un nivel algo más elevado que en otros tiempos.

Tampoco el salón rojo está mal, no obstante. Tiene hologramas en colores y hélices como simulaciones del ADN flotando un poco por encima de las cabezas, que arrancan reflejos a los envases y licores que manipulan los clientes. Y todas las mesas tienen zócalos para enchufar los ordenadores, carteras, y muchachas de tetas y caras reformadas que se acercan a las mesas en sus ceñidos corsés de plástico, te sirven la copa y esperan con idéntica y blanquísima sonrisa a que introduzcas la aguja del crédito en su tabulador, sin olvidar el golpecito con el dedo para dar una generosa propina.

Está preparada para el encuentro con Cunningham; lleva un chaleco azul marino garantizado contra impactos cinéticos de hasta 400 julios por centímetro cuadrado, y unos pantalones que resisten hasta 300. Ha invertido parte de sus endorfinas en alquilar el tiempo de un par de compañeras, que pasean por el bar vigilando por si hace falta librarse de Cunningham o de alguno de sus amigos. Sabe que necesita tener la cabeza clara y por eso ha bajado la dosis de endorfina, pero está irritable por el dolor y sigue sin poder sentarse. De pie junto a un velador, sorbe su ron con lima y espera.

Y de súbito aparece Cunningham. Rostro anodino, ojos castaños, pelo castaño, traje castaño. Voz susurrante que habla de lugares limpios donde ella nunca estuvo, lugares luminosos y agradables recortados sobre el diamante negro y puro.

—Bien, Cunningham —dice ella—. Al asunto.

Los ojos de Cunningham se vuelven un instante hacia el espejo, a espaldas de ella.

—¿Amigos? —pregunta.

—No te conozco de nada.

—¿No has llamado al Atamán?

Ella asiente.

—Estuvo atento, pero tú no trabajas para él. Quizá te devuelve un favor, y nada más. Por tanto, debo andar con cautela.

—Lo entiendo —se saca un teclado de un bolsillo interior y lo enchufa en la mesa; en el tablero de ésta se enciende una pantalla color ámbar pálido y aparece una cifra—. Esto es lo que te ofrecemos, en dólares —dice.

A Sarah le parece como si alguien hubiera tocado sus nervios y la lengua con un objeto metálico. El premio gordo, piensa, la solución.

—¿Dólares? —dice, sin embargo—. Hablemos en serio.

—¿Oro? —en la pantalla aparece otra cifra diferente. Ella toma otro sorbo de ron.

—Es demasiado peso.

—Acciones o droga. Tú eliges.

—¿Qué clase de acciones? ¿Qué clase de droga?

—Tú eliges.

—Polimixin-fenildorfina Nu. Ahora mismo escasea.

Cunningham frunce el ceño.

—Si quieres. Pero de hoy en tres semanas sale al mercado una partida importante.

Ella le desafía con la mirada.

—¿Te la has traído contigo de la órbita?

El rostro del hombre apenas acusa ninguna reacción.

—No —responde—. Pero yo que tú, lo intentaría con cloramfenildorfina. La Pfizer está preparando una carestía artificial y la prolongará varios meses. Aquí están las cifras. Calidad farmacológica, suministro directo desde la órbita.

Sarah contempla los números de color ámbar y asiente.

—Satisfactorio —comenta—. La mitad por adelantado.

—El diez por ciento ahora —replica Cunningham—. El treinta por ciento al final del entrenamiento. El resto al finalizar el contrato, no importa cómo resulte la operación.

Sarah levanta la mirada y se queda contemplando uno de los hologramas móviles del bar, con sus colores clarísimos y puros, tan puros como si se viesen a través del vacío. El vacío, piensa ella. Cobrar en acciones no estaría mal, pero se saca más con las drogas. Cunningham se las ha ofrecido al precio orbital, que es donde se fabrican, a coste prácticamente nulo. El valor en las calles va a ser muy superior y así se puede comprar una cantidad de acciones superior a la que ellos ofrecen. Y el diez por ciento de esa cifra es más de lo que ella ganó la noche pasada cuando se las tuvo con el sicario.

Para entrar en lo de los Orbitales es preciso tener alguna habilidad que ellos necesiten, pero eso no está al alcance de Sarah. Hay otro medio: no te pueden negar la admisión si tienes un número suficiente de acciones. Están chupando los restos de la riqueza que ha quedado en la Tierra, y si les ayudas comprando muchas acciones, puede que eso te rescate del fango para siempre. Ella calcula que casi va a tener bastante. Casi bastante para un par de billetes hacia la boca del pozo gravitatorio.

Llevándose el vaso a los labios, contesta:

—Que sea una cuarta parte ahora. Y luego permitiré que me invites a una copa y me digas lo que hay que hacer a cambio.

Cunningham se vuelve y hace una seña a una de las sonrientes muchachas del corsé.

—Es muy sencillo —dice mirándola con sus ojos fríos como el hielo—. Queremos que hagas que una persona se enamore de ti. Una noche nada más.

 

¿TU AMANTE BUSCA A ALGUIEN MÁS JOVEN? ¡TÚ PUEDES SER ESE ALGUIEN!

 

—La Princesa tendrá unos ochenta años de edad —sigue explicando Cunningham. Le pasa a Sarah una holografía en donde se ve a una rubia platino de unos veinte, que viste una especie de blusa plisada que deja al descubierto los redondeados hombros y los huecos de las clavículas. Tiene los ojos azul claro como Daud y pecas en el escote, y proyecta un aire de inocencia vulnerable—. Creemos que es oriundo de Rusia, pero el Bureau Korolev sabe guardar sus secretos y no tenemos la lista completa de sus directivos y diseñadores. Cuando calificó para el cambio de cuerpo solicitó ser mujer. Debe de ser alguien importante, porque se lo concedieron, aunque al mismo tiempo lo rebajaron de categoría. Hacen la rotación con todos los viejos para dar oportunidad a los recién ingresados. Ahora trabaja como correo.

Nada extraordinario, piensa Sarah. En estos tiempos uno puede proyectarse pornografía directamente en el cerebro, digamos, o vivir todos los placeres que se le antojen y luego, si tienes bastante dinero, te adjudicas un cuerpo nuevo conforme a tus preferencias. Pero la tecnología de la transferencia de personalidad aún no es del todo perfecta; suelen arrastrarse algunos detalles, recuerdos, conocimientos, rasgos a veces útiles. Una sucesión de cuerpos puede significar una serie de senilidades. Al que adquiere un cuerpo nuevo, si no tiene influencia suficiente para evitar la destitución, a veces lo rebajan hasta que demuestre otra vez lo que vale.

—¿Qué nombre usa ahora? —pregunta ella.

—Ella misma te lo dirá, estoy seguro. Llamémosla Princesa de momento.

Sarah se encoge de hombros. Por lo visto la operación implica media docena de estúpidas normas de seguridad, seguramente sin más objeto que poner a prueba su capacidad de obediencia.

—A lo que parece, el nuevo cuerpo no ha alterado sus inclinaciones sexuales, sólo la manera de expresarlas —continúa diciendo Cunningham—. Desde que empezó a trabajar en el nuevo empleo la Princesa ha revelado varios comportamientos característicos. Cuando está en tierra le gusta frecuentar los barrios bajos. Busca una chica trabajadora, a veces una buscona, pero más a menudo una aviadora, y se la lleva a su casa para una noche o dos. Quiere una mascota, pero que sea un poco peligrosa. No demasiado higiénica. Un poco ordinaria, no demasiado alejada del fango de las calles, pero lo bastante civilizada para saber cómo agradar. No una pirada.

—¿Yo soy ésa, la nueva mascota? —pregunta Sarah sin sorpresa alguna.

—Te hemos investigado. Has sido prostituta con licencia durante cinco años. Y muy bien considerada por tus patronos.

—Cinco años y medio —replica ella—. Y no iba con chicas.

—Es un hombre en realidad. Un viejo. No creo que te resulte tan difícil.

Sarah estudia la holografía de la rubia pecosa, buscando si ha quedado en la mirada algo del anciano ruso. Esa mirada que siempre es la misma, que quiere convertirla a ella en pieza de alguna fantasía privada, real pero no demasiado, orgasmos genuinos pero nunca pasión genuina. La chica de plástico, un objeto para eso que ellos crían en el secreto de sus mentes, engendros de los que quieren librarse en seguida para no llevarlos consigo a casa. Por alguna razón quedaban contrariados cuando una no asumía sus fantasías desde el primer momento. A ella le había costado algún tiempo, pero sabía hacerlo.

No tan diferente de cualquier otro viejo, en realidad, piensa mientras sigue contemplando la imagen. Lo que quieren es mandar, mandar sobre su propia carne y sobre la de otra persona. Pagan, no tanto por el sexo como por mandar sobre el sexo, sobre esa cosa que amenaza con dominarles a ellos. Y así se sirven de su pasión y la utilizan para controlar a otros. Ella ha aprendido a entender esos juegos del poder.

Volviéndose hacia Cunningham, le pregunta:

—¿A ti también te dieron otro cuerpo? ¿Garantizadamente anodino? ¿O te ha reformado Firebud para no tener ningún estilo?

Él la mira fijamente, impertérrita la fría mirada. Nada de lo que ella diga parece alterarle.

—Eso no puedo decirlo —replica.

—¿Cuánto tiempo hace que trabajas para ellos? —sigue preguntando ella—. Tú has sido un rastrero. No eres como ellos. Pero trabajas para ellos ahora. ¿Es eso lo que te han prometido, un cuerpo nuevo para cuando seas viejo? Y s¡ caes en una de esas misiones aquí abajo, ¿un bonito funeral y un coro que cante el himno de la compañía sobre tu cadáver?

—Algo así —admite él.

—Se han adueñado de tu corazón y de tu alma, ¿verdad?

—Así es como ellos lo quieren —tranquilamente, admitiéndolo, como quien sabe el precio de su billete.

—El control —prosigue ella—. Tú entiendes de eso. Tú eres propiedad de unas gentes que han idolatrado el control y por eso sabes controlarte bien. Pero eres una olla a presión, el vapor está debajo de las apariencias. ¿También te dedicas a correr los barrios bajos en tus ratos libres, como la Princesa? ¿Los clubes, las casas? Quién sabe si habrás sido cliente mío —mira fijamente sus ojos inexpresivos—. Es posible. Nunca he tenido buena memoria para las caras.

—Casualmente resulta que no —contesta él—. Nunca te había visto antes de que me asignaran esta misión.

Parece que empieza a impacientarse un poco. Sarah sonríe con malicia.

—No te preocupes —dice arrojando sobre la mesa la holografía de la Princesa—. Tus amos quedarán complacidos.

—De eso estoy seguro —dice él—. Ellos no se conforman con menos.

 

INTHEZONE/YES

 

Como un letrero de Times Square, los LED color ámbar proyectan un mensaje en la franja superior de la visión de Sarah. donde normalmente debería insinuarse la sombra de las cejas.

 

LA PRINCESA HA SALIDO REPITO LA PRINCESA HA SALIDO...

 

El Aujourd’Oui es el caladero favorito de la Princesa, pero hay otros. Sarah se dispone a moverse adonde haga falta.

El lavabo del Aujourd’Oui es un conglomerado de espejos y luces blancas suaves, paredes empapeladas en flocado rojo sobre oro, grifos de bronce y dosificadores cromados que expenden toallitas de papel para retocar el maquillaje. Sarah empuja la puerta con el hombro y dos busconas que estaban delante de los espejos se vuelven a mirarla. Hay envidia en esas ojeadas, y como un aire pesaroso, desesperado, mientras encaran otra vez los espejos. La cazadora de satén representa eso que ellas quieren y seguramente no alcanzarán nunca, la libertad de la grulla blanca que se remonta en el cielo y el brillo plateado de las estrellas. De súbito Sarah oye unos sollozos, amplificados por el techo bajo y las paredes desnudas del recinto. Las busconas no apartan los ojos de su propio reflejo mientras ella pasa de largo y entra en una de las cabinas.

En la contigua está la muchacha que emite un llanto entrecortado por grandes suspiros estremecidos. Sarah no ignora que duele llorar así, cuando el aire se niega a pasar por los músculos torturados de la garganta y las costillas parecen a punto de romperse. La pared de la cabina retiembla; la vecina está dándose de cabezazos y se nota que quiere hacerse daño deliberadamente, tal vez para olvidar otro dolor más insoportable.

Sarah tiene por norma no entrometerse en lo que la gente hace y necesita.

Acompañada por el ruido rítmico de los golpes, Sarah extrae del cinto su inhalador, se lo lleva a la nariz y lo acciona. Breve silbido de gas comprimido que escapa. Sarah echa la cabeza atrás, sintiendo la coz del fogonazo en sus vías nerviosas. La pared del lavabo parece a punto de derrumbarse. Sarah repite la operación inhalando por el otro agujero de la nariz, el cuerpo recorrido de escalofríos, erizado el vello de los antebrazos. Frunce los labios y se siente anormalmente sensible y anormalmente dura al mismo tiempo, como si tuviese la piel hecha de hojas de afeitar capaces de detectar hasta una mota de polvo. Necesita el mordisco de la droga, lo necesita para darse el empujón definitivo. Ha olvidado mencionárselo a Cunningham, pero ¡al diablo con él! Sarah jugará la partida a su manera...

 

LA PRINCESA HA SALIDO REPITO LA PRINCESA HA SALIDO...

 

Los sollozos de la vecina se han convertido en un quejido continuo, rechinante como un serrucho que corta en hueso y entrecortado por los cabezazos histéricos, una y otra vez, contra la mampara divisoria. El suelo de la otra cabina empieza a salpicarse de sangre. Ella abre la puerta y sale a grandes zancadas, sin hacer caso de las busconas que se miran el blanco del ojo y se miran mutuamente como no sabiendo qué hacer con la loca. PRINCESA EN AUJOURD'OUI REPITO AUJOURD'OUI DEVUELVO SEÑAL A TRANSMISIONES POLICÍA BUENA CAZA CUNNINGHAM.

Sarah sale a la penumbra de la sala, parpadeando, los miembros agitados por el fogonazo, cabalgando la droga como un piloto sobre la candela romana de un cohete, lanzada al cielo pero sin perder el control. Los rincones del local, las bailarinas, el mobiliario, todo reluce como un calidoscopio de cristal líquido.

Y entonces aparece la Princesa, y se interrumpe el movimiento de Sarah. La Princesa se presenta escoltada de músculo rastrero, pero ella destaca con claridad en medio de la penumbra: tiene como un aura que la rodea, un resplandor. Tiene la clase que les falta a todos los demás, una irradiación suave que habla de lujo, de placeres fáciles y despreocupados, de libertad incluso frente a la ley de la gravitación. De una vida que ni siquiera los aviadores comparten. Es como si se hubiese detenido la música y todo el local contuviese la respiración. Doscientos ojos contemplan ese brillo y cien bocas ansiosas segregan saliva. Sarah nota el cosquilleo en su cuerpo, las chispas de energía nerviosa en las puntas de los dedos. Está preparada.

Ríe para sus adentros, como dando por descontado el triunfo, y cruza la semioscuridad del bar a grandes zancadas de sus largas piernas, tal como le ha enseñado Firebud, balanceando los anchos hombros para contrapesar el movimiento de las caderas, insinuando agilidad felina. Dedica una sonrisa al músculos y presenta las palmas de las manos para mostrar que no lleva armas. Y de pronto la Princesa está delante de ella.

Le faltan sus buenos diez centímetros para igualar la estatura de Sarah y ésta baja la mirada para verla, puesta en jarras con desplante. La Princesa lleva largos los finos cabellos rubios, cuyos bucles juegan con sus mejillas y sus orejas. Lleva los ojos con grandes círculos de maquillaje púrpura y amarillo que simulan huellas de golpes, por donde proclama el deseo secreto de esa cara de marfil traslúcido que nunca supo lo que era el dolor. Su boca es de un violeta oscuro, otra laceración. Sarah echa la cabeza atrás y ríe con voz ronca, enseñando los dientes, evocando la risa de las hienas cuando salen de cacería.

—Baila conmigo, Princesa —se vuelve hacia los grandes ojos flor de maíz—. Yo soy tu sueño más desenfrenado.

 

DE LA PRÁCTICA A LA PERFECCIÓN

DE LA PERFECCIÓN AL PODER

POR EL PODER A LA LEY

DE LA LEY AL CIELO

Es un mensaje práctico de Toshiba

 

Nicole lleva un cigarrillo colgando de la comisura de la boca y una cazadora de cuero marrón agrietado. Su cabello castaño oscuro cuelga en descuidadas greñas y sus ojos grises, achinados, de enigmática mirada, contemplan a Sarah sin pestañear.

Detrás de ella, Cunningham con dos de sus secuaces. Uno de ellos, un músculos que parece no tener cuello. El otro, menudo, rubio y todavía más insignificante que el mismo Cunningham. Le parece a Sarah que éste, el bajito, es el más peligroso de los dos.

—No debes titubear ni un segundo, Sarah —dice Cunningham—. Ni una fracción de segundo. De lo contrario, la Princesa se dará cuenta y adivinará que pasa algo raro. Por eso hemos llamado a Nicole. Para que te entrenes con ella.

Sarah contempla a Nicole, sorprendida durante un momento, y luego ríe estruendosamente, mientras la rabia sube dentro de ella, fría, blanca, como un resplandor en el horizonte lejano.

—Y tú, Cunningham, ¿te quedarás a mirar, supongo?

—Sí —asiente él—. Yo y Firebud. Desde el primer momento nos pareció que no tenías muy claro esto de hacer el amor con otra mujer.

—¿Vais a grabar un vídeo, tal vez? ¿Para una revisión de la jugada? —distiende los labios en una mueca despectiva Sarah—. ¿Eso te gratifica? ¿Es así como espantas tus demonios, contemplando vídeos?

—Lo destruiremos en tu presencia, si quieres... pero luego —contesta Cunningham. El músculos sonríe. El otro la mira y luego mira, inexpresivo, a su jefe.

Sarah lleva dos meses de entrenamiento, ha consentido que modificasen y corrigiesen quirúrgicamente su cuerpo, ha sido la buscona obediente en todo momento. Pero, no importa cuántas candidatas guarde Cunningham en sus archivos, a estas alturas tiene la seguridad de que ella es la única esperanza, la sola carga en la recámara de Cunningham para cuando la Princesa baje de su órbita. Por tanto, la pelota está en el tejado de Sarah, o contemporizan con ella o de lo contrario el proyecto fracasará. Va siendo hora de que se enteren.

Menea la cabeza lentamente.

—Me parece que no, Cunningham —anuncia—. Estaré preparada esa noche, pero ahora no lo estoy, ni pienso estarlo. No para ti, ni para tus cámaras.

Cunningham no replica, únicamente frunce un poco el ceño, como si se hubiese intensificado la luz. Nicole contempla a Sarah con sus ojos color humo, luego agita los largos cabellos y dice:

—Pues entonces, baila conmigo nada más.

Sus palabras suenan un poco demasiado bruscas, como sugeridas por alguna especie de desesperación, y Sarah se pregunta qué le habrán prometido a ésa, o cómo la habrán hecho vulnerable para ellos. Su voz la traiciona; es mucho más joven de lo que aparenta.

—Bailemos un poco no más —dice—. Será suficiente.

Sarah mira alternativamente a Cunningham y Nicole, luego asiente.

—¿Te darás por satisfecho con un par de números, Cunningham, o terminamos el programa aquí mismo? —pregunta.

Las facciones de él se endurecen y por un instante Sarah piensa que todo acabó, que la operación ha fenecido ahí. Pero luego él asiente, sin dejar de mirarla de hito en hito.

—Si así lo quieres —dice.

—Así ha de ser —remacha ella.

Hay un instante de silencio y luego Cunningham asiente de nuevo, como en soliloquio, y se aleja. Nicole sonríe con nerviosismo, deseando complacer y sin saber en quién buscar su billete a dondequiera que vaya. Cunningham se ha acercado al equipo de sonido y pulsa una tecla. La música hace temblar las paredes mientras él se vuelve y se cruza de brazos, en actitud de espera.

Nicole cierra los ojos y encoge los hombros para dejar caer la chaquetilla. En verdad deben haber revuelto cielos y tierra para encontrar esa doble de la Princesa, o tuvieron mucha suerte. Sarah la contempla mientras ella menea el cuerpo al ritmo de la música, muñeca de plástico movida por la ciega esperanza de causar impresión.

Dando un paso adelante, toma las dos manos de la muchacha en una de las suyas.

 

DELTA TRES EMERGENCIA INTENTO DE SUICIDIO AUJOURD'OUI EMERGENCIA

 

Sumergida en su zona, Sarah sacude la cabeza para apartarse el sudor de los ojos, las venas abrasadas por el fogonazo. La Princesa ha sido su pareja durante toda la noche. Ella salta y gira, y la Princesa la contempla, admirativa, con los ojos brillantes. Sarah cambia de zona y la Princesa la sigue, dejando que sea aquélla quien dirija el movimiento, las pautas fluidas. Está acercándose cada vez más a la Princesa, hasta que, como una ola, pueda engolfarse sobre ella desde su cresta de espuma blanca.

Hay una intrusión en la zona, un intento de alterar la pauta. Sarah se vuelve y lanza el codo, que va a sepultarse en las costillas del bailón, doblándolo. Entonces ella le golpea la nuca con el canto de la mano como una espada y el boy huye de la zona entre quejidos. La Princesa lo observa todo, los ojos brillantes de admiración. Sarah se planta delante de ella y la atrapa por la cintura. Ambas giran como patinadoras de hielo sobre afiladas cuchillas.

—¿Soy yo el peligro que buscabas? —le pregunta, leyendo la respuesta en los ojos azules. Te conozco, viejo, se dice Sarah, triunfante, al tiempo que se inclina para devorar los labios color violeta, cebándose como una rapaz en su presa. Los ojos de la Princesa se dilatan, aprisionados por la mirada de Sarah. Los labios tienen sabor a sal y a sangre.

 

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El coche de Cunningham vuela con un zumbido a través de la noche sobre ruedas emborronadas por la velocidad. Los hologramas desfilan sobre las ventanillas en haces de neón. Sarah contempla el cogote del conductor, a punto de reventar el cuello de la camisa.

—Será mejor que entres sola en el club —dice Cunningham—. Es posible que la Princesa envíe a alguno de los suyos por delante, y no te conviene que te vean con nadie.

Sarah asiente; ha recibido otras veces las mismas instrucciones y podría recitarlas palabra por palabra, incluyendo una aceptable imitación del murmullo monótono de su interlocutor. Sólo asiente para que vean que está escuchando. A primera hora de la tarde ha cobrado el segundo pago en cloramfenildorfina y en estos momentos su mente está ocupada sobre todo pensando cómo ponerla en las calles.

—Sarah —dice él llevándose una mano al bolsillo—. Quiero que lleves esto, por si acaso.

La mano aparece de nuevo y exhibe un diminuto aerosol.

—¿Sí? ¿Qué es? —pulveriza ella un poco sobre el dorso de la mano, para olfatearlo.

—Lubricante de silicona —contesta él—. Tiene el olor exacto, y según me han asegurado dura varias horas. Úsalo en el lavabo si resulta que... no te sientes atraída por ella.

Sarah le coloca el tapón al aerosol y se lo devuelve.

—No pienso ir tan lejos —dice, pero él menea la cabeza.

—Sólo por si acaso —ruega—. Una vez entre cuatro paredes, nunca se sabe lo que puede ocurrir.

Ella espera, sin dejar de tenderle el aerosol, pero al ver que él no lo toma se encoge de hombros y se lo guarda en el cinto. Apoyando la mandíbula reformada en la palma de una mano, se dedica a mirar por la ventanilla mientras los hologramas publicitarios se reflejan en sus negras pupilas, hasta que el coche frena y se detiene delante de su apartamento.

Al apearse el calor del ambiente exterior cae sobre ella como una manta que la sofoca. En seguida se forman gotitas de transpiración sobre la frente. Cunningham está hundido en la banqueta trasera y hasta parece un poco más bajo que antes. Hasta ahora, hasta disparar su carga hueca, tenía la sartén por el mango, pero ahora que la acción ha pasado a manos de ella, no puede hacer otra cosa sino ver, y esperar que las ecuaciones balísticas hayan sido calculadas sin error. Tensa los músculos de la mandíbula en una prieta sonrisa y levanta una mano.

—Gracias —contesta ella, entendiendo que acaba de desearle buena suerte sin atreverse a decírselo. Luego echa a andar y respira hondo, sintiéndose ligera de cuerpo y corazón como si la gravedad hubiese disminuido de alguna manera. No más contemporizar con Cunningham, no más ejercicios de entrenamiento, no más aguantar que Firebud critique su manera de andar o la postura de su cabeza. Todo eso ha quedado atrás.

El apartamento está bañado en colores del vídeo y así conoce que Daud está en casa. Ha retirado la mesita de centro y está haciendo su gimnasia con pesas, los hologramas ardientes pintando su cuerpo desnudo, sus genitales lampiños. Ella le besa en la mejilla.

—¿Cenas? —le pregunta.

—Salgo con Jackstraw. Quiere presentarme a uno.

—¿Un cliente nuevo?

—Sí. Es mucho dinero —suelta las pesas y empieza a fijarse otras en los tobillos; ella, de pie junto a él, frunce el ceño.

—¿Como cuánto?

Él le asesta una rápida ojeada, un destello de láser verde por el rabillo del ojo, pero luego baja la mirada como si hablase con el suelo.

—Ocho mil —dice.

—Es mucho —se extraña ella.

Él asiente con la cabeza mientras se echa de espaldas en el suelo para levantar las piernas cargadas con las pesas, los pies juntos. Sarah contempla los músculos tensos de los muslos, se quita los zapatos y desentumece los dedos de los pies sobre la alfombra.

—¿Qué pide a cambio? —pregunta, a lo que Daud se encoge de hombros. Sarah se pone en cuclillas, mirándole fijamente, con la garganta atenazada de angustia, y repite la pregunta.

—Jackstraw se quedará en la otra habitación —contesta él—. Si algo sale mal, estará allí en seguida.

—Es un pirado, ¿verdad?

La nuez de Adán sube y baja mientras Daud traga saliva y asiente en silencio. Ella respira hondo y sigue mirándole mientras él continúa sus ejercicios. Luego Daud se sienta en el suelo, la mirada fría.

—No necesitas hacerlo —dice ella.

—Es mucho dinero —replica.

—Mañana habré terminado mi encargo y dará para vivir bastante tiempo, y casi para un par de billetes con que salir de aquí.

Él menea la cabeza, luego se pone en pie de un salto y le vuelve la espalda, encaminándose hacia la ducha.

—No quiero tu dinero —dice—. Ni tampoco tus billetes.

—Daud —insiste ella; él se vuelve, enfadado.

—¡Tu encargo! —escupe—. ¿Crees que no sé a qué te dedicas?

Ella se pone en pie también y por un instante ve el miedo en los ojos de su hermano. ¿Miedo de ella? La duda se abre paso en su mente como una cuña.

—Sabes a qué me dedico, sí —dice—. Y también sabes por qué.

—Porque alguno se volvió pirado una vez —replica él—. Y porque perdiste los estribos y lo mataste, y eso te gustó. Estoy al tanto de lo que se cuenta en las calles.

Ella nota una dolorosa opresión en el pecho y menea la cabeza despacio.

—No —dice—. Lo hago por nosotros, Daud. Para salir de aquí y vivir donde los Orbitales —hace intención de ir a tocarle, pero viendo que él retrocede, deja caer la mano—. Donde todo es limpio, Daud. Y no andaremos por las calles, porque allí no hay calles.

Daud suelta una carcajada desdeñosa.

—¿Que no hay calles? —dice—. Entonces, ¿qué haremos nosotros? ¿Teclear códigos en algún despacho? —menea la cabeza—. No, Sarah. Haríamos lo mismo que hemos hecho siempre, pero sería para ellos, y no para nosotros.

—No. Será diferente. Será algo que ahora no conocemos, algo más fino.

—Me gustaría que pudieras verte los ojos cuando dices eso —contesta Daud—. Como si acabaras de pincharte una vena, como si esa esperanza fuese tu droga, a la que estás enganchada —la mira con serenidad, desaparecido el enfado—. No, Sarah. Yo sé quién soy y lo que eres tú. No quiero tu esperanza, ni tus billetes. Especialmente cuando están manchados de sangre.

Le vuelve la espalda de nuevo, y ella habla con rapidez, furiosa, tratando de herirle en su punto débil. Como una comadreja.

—Pero no te importa robarme mis puñeteras endorfinas, a lo que veo —le dice, y él se pone rígido un momento, para seguir alejándose en seguida. A Sarah le escuecen los ojos, y parpadea para contener las lágrimas.

—No vayas con un pirado, Daud. Por favor.

Él se detiene en el umbral, la mano sobre el marco de la puerta.

—¿Dónde está la diferencia? ¿Ir con un pirado, o vivir contigo?

La puerta se cierra y Sarah se queda sola luchando con su desvalimiento, su furor y sus lágrimas. Gira sobre los talones y se mete en su habitación.

Las conexiones de sus nervios echan chispas, la adrenalina dispara sus reflejos y sólo un esfuerzo de la voluntad impide que atraviese el tabique de un puñetazo. En la lengua, un sabor a muerte, el deseo de sacar la Comadreja en la primera ocasión.

Sobre una cómoda, la holografía de la Princesa. La loma con rabia y se queda mirándola, observando los hombros aterciopelados, la inocencia de los ojos azules, una inocencia tan falsa como la de Daud.

 

TOMORROW/NO

 

Sarah y la Princesa abandonan el Aujourd'Oui con los de la ambulancia, que se llevan a la loca de los lavabos. Se ha desgarrado las mejillas y los pechos con las uñas y tiene la cara hecha unos zorros, la nariz aplastada, los labios partidos y ensangrentados. Todavía quiere sollozar, pero no le quedan fuerzas.

Sarah observa la excitación en ¡a mirada de la Princesa. El espectáculo es un pedazo del mundo que ella echa en falta, caliente, sudoroso, auténtico, con olor a fango de la vieja Tierra. La princesa está de pie en la acera, en medio de su círculo de rastreros, y pide los coches. Sarah le rodea los hombros con el brazo y le susurra a la oreja para decirle lo que sabe que ella desea oír:

—Yo soy tu sueño.

—Me llamo Dánica —dice la Princesa.

En la trasera del coche huele a sudor y a perfume caro. Sarah se pone a devorarla con los labios, la lengua y los dientes. Ha olvidado en casa el spray de siliconas pero no va a hacerle falta: Dánica tiene los ojos de Daud, su cabello y su carne suave, y de súbito Sarah se siente dispuesta a celebrar un festín con ella.

El silencioso coche cruza verjas de aleación templada, y de pronto se hallan en el nido. Nunca un agente de Cunningham llegó tan lejos. Dánica toma a Sarah de la mano y la introduce en el portal; un empleado de seguridad se empeña en realizar sus verificaciones. Sarah lo mira con burla desde su altura y se abre la cazadora para permitir que le registre el cuerpo con su maravilla electrónica. Sabe que la Comadreja es indetectable por esos medios. El boy le confisca el inhalador de fogonazo, pero no importa, en ese envase no quedan huellas dactilares.

—¿Qué es esto? —alzando los dados negros de cristal líquido, listos para insertarlos en una consola de ordenador.

—Música —explica ella, a lo que el conserje se encoge de hombros y se los devuelve. La Princesa la toma de nuevo de la mano y suben una larga escalera.

La habitación es toda de color azul celeste. Ella ríe y se tumba de espaldas sobre sábanas a juego con sus ojos, los brazos abiertos en cruz. Sarah se inclina sobre ella y sigue comiéndosela. Dánica suspira blandamente, entregada. Es un hombre viejo, y de los más poderosos, y Sarah domina ese juego. El oficio de él es violar la Tierra, ser tan fuerte como la aleación forjada en el espacio, y esta debilidad es su acto prohibido, su pornografía. Poner el cuerpo nuevo y lustroso en manos de una esclava es la debilidad que ahora ansia más que la vida misma.

—Mi sueño —susurra Dánica, recorriendo con el dedo las cicatrices de la mejilla de Sarah, su mentón.

Sarah respira hondo. La lengua se retrae hacia el implante plástico donde reside la Comadreja, y la cibersierpe se desliza sobre ella. Sarah sepulta a Dánica debajo de su propio cuerpo, que moldea sobre el cuerpo nuevo del hombre viejo, al tiempo que la sujeta por las muñecas. Aplasta con su boca la de Dánica, notando el cosquilleo de la lengua que le introduce la muchacha, y entonces la Comadreja se dispara telescópicamente desde su escondrijo en la garganta y el pecho de Sarah, quien contiene la respiración mientras se contrae su elástica tráquea artificial. Los ojos de Dánica se abren de par en par al sentir el contacto de la Comadreja en su propia boca; aunque tiene la temperatura del cuerpo de Sarah, de algún modo comunica la sensación de algo frío y quebradizo. Los dedos de Sarah se engarfian sobre las muñecas de ella y la Princesa emite un grito sofocado cuando la cabeza de la Comadreja penetra en su garganta. Su cuerpo se arquea y cae una sola vez, mientras exhala el aliento cálido al rostro de Sarah. La Comadreja se desenrosca todavía más, obedeciendo a su propio programa, se introduce hasta el estómago con los sensores en busca de vida. Los ojos de Daud expresan promesas desesperadas. La Princesa jadea con espanto, empleándose con todas sus fuerzas contra el peso de Sarah, intentando quitársela de encima. Pero Sarah le mantiene crucificado. La comadreja se vuelve sobre sí mismo en el estómago de Dánica, se abre paso en busca de la vena cava inferior y la destroza. De la boca de Dánica sale un gorgoteo y Sarah, aun sabiendo que es imposible porque su propia lengua todavía se halla profundamente retraída en la base de la Comadreja, cree notar un sabor a sangre. La Comadreja sigue el recorrido de la vena hasta el corazón de Dánica. Sarah no suelta la presa aunque tiene el pecho a punto de estallar por la falta de aire, hasta que la lucha termina y los ojos azules de Daud se nublan y quedan yertos.

Un velo púrpura y negro ciega a Sarah mientras se levanta de la cama y opera la retracción parcial de la Comadreja, al tiempo que jadea para forzar el paso del aire a través de su garganta estrangulada. Dando tumbos, se encamina al baño, tropieza y se golpea con la bañera. El golpe la deja otra vez sin aliento. Las manos abren los grifos, introducen la Comadreja en la bañera, notan el frío del agua. Respira con tremenda dificultad. La Comadreja se halla revestida de un gel que supuestamente sirve para evitar la adherencia de sangre u otras materias, pero ella por nada del mundo se arriesgaría a recibir en la boca ningún jirón de las carnes de Dánica. La cibersierpe le tira del pecho. Los chorros del agua la ensordecen y apenas se da cuenta de que está empezando a perder el sentido. Entonces cae de espaldas tragándose la Comadreja por completo, con lo que se despejan sus vías respiratorias e inhala de nuevo el aire frío y vivificante.

El pecho agitado, los ojos nublados todavía por un velo negro, Sarán piensa que Daud ha muerto y que ella todavía tiene una misión. Sacude la cabeza, intentando despejarla, pero la Comadreja está devorando el corazón robado y el dolor es tan intenso que apenas la deja pensar. Escucha el sonido de su propio jadeo. Nota el cosquilleo de la alfombrilla en la nuca al tiempo que levanta los brazos e intenta salir, aunque sea a rastras, mientras la Comadreja se agita en su pecho como una tormenta, a tal punto que Sarah teme que vaya a rompérsele el corazón.

Por fin se recupera poco a poco, y el círculo negro va desapareciendo de su vista. Echada de espaldas, escucha el rugido del líquido que se precipita en el desagüe. Se sienta en el suelo y se lleva las manos a la garganta. La Comadreja, satisfecha, ahora está tranquila. Con un esfuerzo Sarah se incorpora para cerrar los grifos y se pone en pie apoyándose en ellos. Aún tiene mucho que hacer.

En su habitación, la Princesa yace despatarrada sobre la cama. Ahora que está muerta se ve más fácilmente al hombre viejo en ella. Sarah se nota el estómago convulso por la náusea. Según el plan ahora tocaría meter a la Princesa en la cama y taparla con los cobertores a fin de retrasar al máximo el descubrimiento, pero ni haciéndose violencia consigue tocar aquel cuerpo que empieza a enfriarse, por lo que aparta la mirada y pasa a la habitación contigua.

Hace un alto mientras sus ojos se habitúan a la penumbra, y escucha los rumores de la casa. Lee el letrero ámbar que discurre por el margen superior de su visión, pero no descifra más que transmisiones rutinarias de la policía. Sacándose del cinto un par de guantes, se acerca a la consola de ordenador de la habitación. Lo pone en marcha, abre la boca de carga y se saca uno de los dados de cristal líquido que le ha dado Cunningham y que supuestamente contienen música. Lo introduce en la boca de carga y espera a que el ordenador dé la señal.

En realidad el dado habría ofrecido unas piezas de música a cualquier otro usuario, pero Sarah tiene el código para convertirlo en otra cosa. Aparece el mensaje READY.

En medio del silencio no se oye sino el tecleo de los códigos. El cursor centellea en el ángulo de la pantalla: RUNNING. Ella se arrellana en el asiento y suspira.

La Princesa era un correo que traía de la órbita un cubo de cristal líquido lleno de instrucciones complejas, instrucciones que su compañía ni siquiera se atrevió a enviar por radiotransmisión codificada. Seguramente la Princesa ni siquiera sabía lo que transportaba, aunque era de suponer que serían datos sobre existencias, estrategias para manipular los mercados, instrucciones para los subordinados, estrategias de compra y venta. Información que valdría millones para cualquier compañía competidora. El cubo de cristal sin duda se alteraría cambiando de configuración una vez almacenada la información en el ordenador terrestre, un ordenador inaccesible a toda intrusión ajena, pero que verosímilmente podría ser consultado desde los terminales emplazados en los despachos de los ejecutivos.

Tampoco Sarah tiene una idea muy clara de lo que contenía el cubo que ha traído ella. Algún tipo de programa espía, supone ella, capaz de anular las protecciones que tiene la información, de manera que ésta pueda ser copiada. Así pues, no sabe si este programa será más o menos bueno, si habrá disparado ya todas las alarmas de Florida o será capaz de realizar su misión sin ser detectado. Si es un programa realmente bueno, no sólo copiará la información sino que además corromperá las bases de datos del enemigo, tal vez alterando incluso las instrucciones a fin de sabotear los planes de mercado de aquél.

Mientras parpadea el mensaje RUNNING Sarah se pone en pie para recorrer todos los lugares de la suite que ella pueda haber tocado, frotando con las yemas de sus dedos enguantados todo objeto capaz de retener sus huellas. La casa y la Princesa están en silencio.

Transcurren once minutos antes de que el ordenador vuelva a dar READY. Sarah extrae el dado y lo guarda de nuevo en el cinto. Tiene órdenes de esperar unas horas, pero en la otra habitación hay un muerto y todos los nervios de Sarah le gritan que salga corriendo. Sentada delante del ordenador, se inclina y mete la cabeza entre las piernas procurando serenar la respiración. Por alguna razón se halla temblando de pies a cabeza, luchando contra la adrenalina y contra sus propios nervios, y piensa en los billetes, en el espacio negro y frío sobre la curva azul de la Tierra muy abajo, lejos de ella para siempre.

Transcurridas dos horas pide un taxi y enfila escaleras abajo, estremecida de frío, escuchando los ecos de sus propios pasos. El guarda de seguridad la saluda con una inclinación de cabeza: su trabajo es evitar que entren, y no se ocupa de los que salen. Incluso le devuelve el inhalador.

Toma una docena de taxis para dirigirse a una docena de lugares diferentes; en uno de ellos abandona la cazadora de satén, en otro se aprieta el cinto y se quita los tirantes, en el tercero vuelve del revés la camiseta y el bolso del cinto, dejándolos de un amarillo fluorescente como el de un semáforo. El disfraz de aviadora ha desaparecido y vuelve a ser la buscona de siempre. Y termina la jornada en el Plastic Girl, como siempre de bote en bote hasta las cuatro de la madrugada. Al entrar la ensordecen los ruidos del fango, de la vida terrícola, y se siente aliviada. Éste es su mundo y en él conoce todos los escondites acogedores donde una puede ocultarse.

Tras reservar una habitación de las del fondo, llama a Cunningham.

—Ven a por tu dado —y luego se pide un ron con lima.

Cuando él hace acto de presencia ella ha alquilado ya un analizador y un par de músculos. Cunningham se presenta solo, llevando en la mano un paquete, y cierra la puerta a sus espaldas.

—¿La princesa? —pregunta.

—Muerta.

Cunningham asiente. El cubo está sobre la mesa, delante de ella, que alarga la mano.

—Veamos lo que has traído —dice.

Elige tres ampollas al azar y el analizador le confirma que es cloramfenildorfina pura al noventa y ocho por ciento o mejor. Sarah sonríe.

—Ahí tienes tu dado —dice, pero lo primero que hace él es introducirlo en la consola de la habitación, para asegurarse de que sea lo que ha venido a buscar. Luego se lo guarda en el bolsillo y se encamina hacia la puerta.

—Si alguna vez necesitas encargar otro trabajo, ya sabes dónde quedo —dice ella.

Él se detiene con la mano sobre el pomo; parpadea. El hombre le comunica una sensación de tristeza, como si estuviese de luto por alguna muerte reciente.

Sarah ya sabe que no es más que la prolongación terrestre de algún combinado Orbital, aunque no se sepa siquiera cuál. Una herramienta, y de las más obedientes, ciertamente, como ella misma le ha recalcado con desprecio. Pero eso no quita lo que ella y él saben: Que Sarah daría todo el contenido del paquete, y todo lo demás, a cambio del billete que él tiene.

—Estaré en la rampa dentro de una hora —dice él—. Regreso a la órbita.

Ella contesta con una sonrisa forzada:

—A lo mejor nos vemos allí.

Él asiente con la cabeza, mirándola fijamente. Parece a punto de decir algo, pero luego se vuelve otra vez, como si hubiese decidido que no serviría para nada.

—Ten cuidado —se despide sin volverse. Uno de los músculos alquilados por Sarah mete la cabeza y la mira, interrogante.

—Todo en orden —anuncia ella, y el músculos asiente.

Contempla la fortuna que tiene en la mano y se siente súbitamente vacía. En su pecho, el vacío en vez del júbilo esperado. La copa que ha pedido le sabe tan insípida como si fuese agua de cebada, y nota el dolor intermitente de una jaqueca al compás de los LED que desfilan por delante de su frente. Paga y despide a los músculos alquilados, y luego se dirige en taxi a un banco automático para depositar la endorfina en una caja de seguridad. En el mismo taxi regresa a casa.

En el apartamento vacío, la acostumbrada mezcla de zumbidos. Busca el mando de sus LED y los desconecta, arroja la ropa al destructor de basuras. Entra desnuda en su habitación y ve la holografía de la Princesa sobre la mesita de noche. Alarga la mano, indecisa, y luego se limita a tumbarla del revés, segundos antes de abandonarse a la oscuridad reparadora.

 

LOVELY AND WAITOÍG FOR YOU

TERRY'S TOUGH'N'TENDER

NOW

 

Todavía es de noche cuando despierta al escuchar la puerta.

—¿Daud? —pregunta, para escuchar en respuesta un gemido.

Viene envuelto en una sábana y cubierto de sangre. Jackstraw, jadeando, fatigados los músculos del cuello, le ayuda a mantenerse en pie.

—Un bastardo —dice.

Ella recoge a Daud como a una criatura y lo lleva a su cama, manchándose los brazos y los pechos.

—El muy bastardo se volvió pirado —explica Jackstraw—. Estuve fuera sólo un minuto.

Sarah acomoda a Daud sobre su cama y levanta la sábana. Un gemido ahogado escapa de su garganta, y se lleva la mano a la boca. Daud está rayado de sangre; el pirado ha debido utilizar un látigo cargado con puntas de plomo. Débilmente, él intenta moverse, levanta una mano como para evitar un golpe.

—Tranquilo —dice Sarah—. Estás en casa.

Daud, las facciones deformadas por el dolor, dice:

—Sarah —y empieza a llorar.

Ella también se nota los ojos anegados en lágrimas, y parpadea al tiempo que aparta la mirada; luego se vuelve hacia Jackstraw.

—¿Le has dado algo? —pregunta.

—Sí, endorfina. Lo primero.

—¿Cuánta?

Él la mira con aire algo estúpido.

—No sé. Mucha.

—¿No habíamos quedado en que no te alejarías de la habitación de al lado?

Él aparta la mirada.

—Fue una noche muy agitada —dice—. Estuve fuera sólo un minuto.

Sarah se vuelve hacia Daud.

—Esto no se ha hecho en un minuto. Lárgate —dice.

—Es que...

Un resplandor fiero se enciende en la mirada de ella. Le gustaría descuartizarlo, pero tiene otras cosas que hacer.

—¡Largo de aquí, he dicho!

Él todavía titubea un instante y luego se va.

Sarah se dedica a limpiar y desinfectar las heridas. Daud llora en silencio, la garganta agitada por los sollozos. Sarah busca el inyector, saca la endorfina de su escondrijo y lo carga, para graduar una dosis más o menos al azar. Le pincha en el brazo, y él repite una última vez el nombre de ella y se queda dormido. Ella se queda un rato mirándolo, dudando si le habrá puesto demasiado, y luego lo tapa con el cobertor y atenúa la luz.

—Descansa. Tengo el precio de tu billete —dice, y luego va a echar la sábana ensangrentada en el incinerador.

Normalmente Daud duerme en el sofá convertible de la sala. Cuando le ve dormido, ella se dirige allá y, sin tomarse la molestia de desplegar el mueble, se tumba sobre el sofá. La habitación zumba y ella se queda escuchando largo rato.

 

CIFRAS DE LA PASADA NOCHE EN TAMPA, TOTAL CERRADO A LAS 8 DE LA MAÑANA: DOCE MUERTOS EN EL PERÍMETRO URBANO... LOS AFORTUNADOS GANADORES COBRAN 5 POR 3

 

La explosión es lo bastante intensa como para lanzar el sofá contra la pared de enfrente. Sarah recibe el huracán caliente que le corta el aire, el empuje como si el mundo estuviese haciéndose pedazos, hasta el golpe final contra la pared. Los gritos rebotan en todos los rincones, todos los gritos que la Princesa no llegó a proferir. Lenguas de fuego la rodean como láseres rojos.

Poniéndose en pie, corre a la otra habitación y la encuentra iluminada por la cama en ascuas. Daud está despatarrado en un rincón de la habitación, algunas partes de su cuerpo reventadas y otras esparcidas por las paredes. Ella grita pidiendo socorro pero al mismo tiempo se las arregla sola para arrojar por el agujero de la pared las sábanas que arden. Fuera, asoman por el este las lenguas calientes del amanecer. Sarah cree oír que Daud ha susurrado su nombre.

 

¿SU CUERPO NECESITA UN REMIENDO? NOSOTROS CUMPLIMOS

 

El conductor de la ambulancia exige el pago por adelantado. Sarah abre su cartera de inversiones por ordenador y realiza la transferencia sin regatear el precio. Daud muere tres veces antes de que los auxiliares consigan sacarle del edificio, y cada vez los precios aumentan.

—Mientras no falte el dinero, señora, tranquila que no le ocurre nada —va diciendo el conductor, y contemplando la desnudez de Sarah con aire de entendido, agrega—: Damos toda clase de facilidades.

Más tarde, en la habitación del hospital Sarán contempla el trabajo de los médicos y va escuchando los honorarios que piden. Será preciso trazar planes para convertir la endorfina pronto, en el plazo de escasos días. Las máquinas conectadas a Daud zumban y golpetean. Los policías la rodean y quieren saber qué motivos podría tener alguien para disparar una granada de carga hueca contra la pared de su apartamento desde el edificio de enfrente. Les dice que no tiene ni la menor idea. Tienen otras muchas preguntas, pero ésa parece ser la más repetida. Hasta que ella se tapa los oídos con ambas manos y sacude la cabeza; ellos todavía remolonean un rato y luego se van.

Echa en falta el inhalador; ahora vendría bien el mordisco de fogonazo para mantenerse despierta, para que el cerebro no deje de funcionar. Los pensamientos desfilan, martilleantes. Si los hombres de Cunningham estuvieron en su apartamento sabrían que ella dormía en la habitación del fondo y Daud en la salita. Seguramente esperaron a que se hiciese la oscuridad y mientras ella dormía, dispararon un proyectil que atravesara el muro sin estallar, para luego regar la habitación de metralla incandescente. Evidentemente, no estaban seguros del silencio de Sarah. o quisieron impedir que ella utilizase la poca o mucha información que hubiese juntado para organizar algún pequeño negocio por su cuenta.

¿A quién podía contarlo?, se pregunta.

Recuerda la despedida de Cunningham en el Plastic Girl y aquella misteriosa tristeza. Él lo sabía. A su manera, había intentado ponerla sobre aviso. Quizá la decisión no fue suya; quizá se decidió en contra de sus objeciones. ¡Qué les importaba a los Orbitales una buscona más o menos, cuando habían causado la muerte de tantos millones y sólo mantenían con vida a los demás para exprimirlos hasta los tuétanos!

El Atamán entra en la habitación con silencioso paso felino. Lleva un aro de oro en una oreja, y sus ojos sabios y expresivos están rodeados de una fina red de arrugas, testigos de la agitada vida terrícola del viejo traficante.

—Lo siento, mi hermana. Quiero que sepas que no tenía ni la menor idea de que fuese a terminar así.

—Te creo, Michael —murmura ella, aturdida.

—Tengo algunos amigos en la costa oeste —prosigue el Atamán—. Te darán trabajo allí hasta que Cunningham y su gente hayan olvidado que existes.

Sarah levanta la mirada un momento y luego se vuelve hacia la cama con sus máquinas rumorosas, meneando la cabeza.

—No puedo irme, Michael —dice.

—Sería un grave error, Sarah —insiste el otro con amabilidad—. Volverán a intentarlo.

Sarah no contesta; sólo siente el vacío en su interior y sabe que ese vacío no la dejará nunca si abandona otra vez a Daud. El Atamán, incómodo, se queda unos momentos y por fin sale.

—Tenía el billete —susurra Sarah.

Por la ventana se ve el fango hirviendo bajo un sol tísico. El barro de la tierra soñando con sus billetes, aviniéndose a cualquier cosa que les prometa un fragmento de sus sueños. Juegan bajo reglas dictadas por otros. Sarah tenía su billete, pero las reglas se volvieron en contra de ella como una comadreja, y así no tendrá otro remedio sino romper el billete y esparcir los pedazos por las calles, esparcirlos de manera que las máquinas sigan zumbando y continúe con vida el ser querido. Porque no hay otra oportunidad, y las chicas de la Tierra no tienen más opción que seguir las instrucciones y jugar lo mejor que sepan.

 

3

 

De pie bajo el verano ardiente del este de Colorado, el Cowboy oye al fondo de su mente, en algún lugar, la guitarra vaquera que toca una melodía solitaria.

—La ley me inspira cierto respeto, los mercenarios ninguno —dice.

Arkady Mikhailovich Dragunov se queda mirándole durante medio segundo, los ojos convertidos en rendijas frente al resplandor del sol. Le amarillea el blanco de los ojos como si los hubieran hecho de un marfil de Fabergé, y los iris son de acero ennegrecido como una espada vieja. Luego asiente. Era la respuesta que esperaba.

El cabreo sube en el ánimo del Cowboy como una duna de arena roja. No le gusta ese hombre, no quiere compartir sus odios retorcidos, extraños, suspicaces. La excitación le cosquillea los brazos, la mente, el cristal alojado en su cráneo. Missouri, por fin. Pero Arkady no piensa en la gloria de lo que se va a intentar, sólo quiere que el Cowboy se ajuste al esquema que aquél tiene de sí mismo. Recordarle que Arkady no es sólo el jefe, sino el gran jefe y que no le debe simplemente lealtad, sino servidumbre. A este juego el Cowboy no quiere jugar.

—Condenadamente cierto —dice Arkady—. Sabemos que han ofrecido sus servicios a lowa y Arkansas. Eso no nos conviene.

—Si me encuentran, haré lo que pueda —dice el Cowboy, consciente de que en esta clase de negocios hay que hablar en términos elípticos—. Pero antes tendrán que encontrarme, y mi plan de operaciones debe prever una buena oportunidad para escurrir el bulto.

Arkady ostenta una camisa de seda color violeta claro, escotada y de mangas ajamonadas tan anchas que casi las arrastra por el suelo, un fajín georgiano bordado que le rodea dos veces la cintura y los pantalones negros, ceñidos y con las costuras galoneadas, remetidos en sus brillantes botas de cosaco. Lleva el cabello a mechones de punta, exhibiendo descargas estáticas que van cambiando de color, a la última moda de las tiendas de La Habana o de la zona libre de Florida. Cryomax, explica él muy orgulloso, pero el Cowboy sabe que Arkady nunca será cryomax por más que se lo proponga. Es algo que no le va; su estilo es el de un seguidor, nunca el de un líder. Sólo le sirve para impresionar a las busconas y a los rastreros que le acompañan.

Arkady es un tipo corpulento, brusco, de los que no saben hablar sin manosear o abrazar al interlocutor; pero se ve en sus ojos que tiene el corazón como una calculadora de material superconductor. Mucho se equivocaría quien le considerase un amigo. No hay espacio para amistades en los compartimientos de carga de un intermediario.

Arkady chafa el tubo de cartón que emboquilla su cigarrillo ruso y enciende un fósforo. Los cabellos de punta relucen de súbito en anaranjado. Imitando la llama de la cerilla, piensa el Cowboy, la música de la guitarra vaquera siempre en el trasfondo de su mente...

El Esquivo, el jefe del Cowboy, está inspeccionando el cargamento del panzer. Luego se acerca a ellos.

—Será mejor que vayas a controlar si está todo en orden —le dice al Cowboy, y éste asiente.

—Nos vemos luego, Arkady —el pelo del aludido se enciende de resplandores verdes.

—He visto que empezaba a ponerte nervioso —comenta el Esquivo cuando se hallan lo bastante lejos como para no ser oídos—. Procura no ser tan altanero, ¿quieres?

—Es difícil dejar de ponerse nervioso en presencia de Arkady —dice el Cowboy, lo que le vale una mirada fulminante del Esquivo—. Apuesto a que se engrasa el culo para ponerse esos pantalones.

Las arrugas de la cara del Esquivo traicionan su esfuerzo por contener la risa.

El Esquivo es un tipo maduro, seco y duro como una viga de hierro, de frente ancha y cabello negro lacio que empieza a encanecer. Suele expresarse poéticamente cuando está de buen humor y el Cowboy le aprecia, e incluso confía en él hasta cierto punto, excepto en lo tocante a los códigos de su cartera de inversiones. Se puede ser ingenuo, pero no estúpido.

El Cowboy vigila la estiba del cargamento en interés de la estabilidad del panzer, hasta que lo juzga bien amarrado para cruzar la que el Esquivo, en su lenguaje florido, denomina algunas veces la Avenida de los Condenados.

—¿En qué consiste la carga? —pregunta el Cowboy con una sonrisa forzada, no muy seguro de si el Esquivo será capaz de leer los pensamientos que él esconde tras sus ojos artificiales. La desconfianza, el cabreo—. Por si acaso.

—Cloramfenildorfina —responde el Esquivo, muy atareado cortando una porción de tabaco de mascar—. Se anuncia una carestía en la costa este. Los hospitales pagarán lo que se les pida, o eso dicen los rumores —sonríe irónicamente—. Puedes estar contento, que gracias a ti van a salvar la vida muchos enfermos.

—Es bueno ir de legal, aunque sólo sea por una vez —replica el Cowboy.

Contempla el blindado, todo ángulos y toberas de aspiración, feo y pesado en comparación con un ala delta. El panzer es suyo pero no lo ha bautizado. No los mira de la misma manera; el blindado es sólo un vehículo, no un estilo de vida. No es como volar.

Ahora el Cowboy se llama Pony Express a sí mismo. Es su QRZ, su alias de radiofonista. Desea mantener viva la idea, aunque no pueda seguir volando.

El Cowboy trepa a la tórrela del panzer, introduce el cuerpo a través de la escotilla y se encuentra sentado en el compartimiento delantero. Enchufa un conector en su sien derecha y se pronto su visión se amplía como si sus dos ojos abarcasen un ángulo de 360 grados y tuviese un tercer ojo atento hacia arriba. Reclama los mapas que tiene almacenados en el ordenador y las imágenes empiezan a centellear dentro de su cráneo como impulsos de un estroboscopio. Su cabeza se ha convertido en un dado de ROM. En ella ve los camiones de combustible repartidos a lo largo de la Avenida, preparados para actuar cuando él necesite repostar; ahí está la ruta prevista, y también los atajos y las rutas de emergencia, todo ello marcado en franjas de diferentes colores; las granjas abandonadas, los cañones profundos y otros escondites idóneos parecen granos de acné que puntúan el mapa, todo ello cartografiado por los exploradores de Arkady.

El Cowboy se saca de un bolsillo de la cazadora un dado y lo introduce en la boca de carga. La pantalla virtual muestra otra distribución; son los escondrijos secretos que sólo el Cowboy conoce, producto de sus propias salidas de exploración. Le consta que Arkady desea el éxito de la misión, pero hay otros en la organización del intermediario, no todos conocidos, y alguno de éstos puede haber sido sobornado por los concesionarios. Mejor confiar en los lugares que él sabe seguros.

El panzer se balancea ligeramente y el Cowboy oye ruido de pisadas sobre el blindaje Chobham Seven. Mira hacia arriba y ve la silueta del Esquivo que se asoma por la escotilla.

—La hora, Cowboy —dice, y proyecta hacia un lado un salivazo de tabaco.

—En marcha —asiente el Cowboy.

Tras quitarse el conector, se pone en pie dentro del menguado comportamiento. Sus pupilas Kikuyu se contraen al tamaño de cabezas de alfiler cuando saca la cabeza por la escotilla y otea hacia el oeste, buscando en el horizonte la silueta color púrpura oscuro de las Rocosas. De nuevo cae sobre él esa extraña fatiga que oprime su corazón, el descontento con las cosas tal como son.

—¡Maldita sea! —exclama, aunque hay un acento de nostalgia en su voz.

—Sí —dice el Esquivo.

—Preferiría ir volando.

—Sí—corrobora el Esquivo, meditabundo—. Algún día se podrá. Cowboy. Sólo es cuestión de esperar a que la tecnología nos aventaje otra vez.

El Cowboy distingue a Arkady, de pie junto a su Packard blindado, sudando al amparo de un sombrajo, y de pronto su cabreo tiene un nombre.

—Cloramfenildortina —dice—. ¿En qué anda metido Arkady ahora?

—No nos pagan para saber esas cosas —replica el Esquivo.

—¿Y en semejante cantidad? —prosigue el Cowboy en tono pensativo, mientras contempla el trecho de cielo brillante que se abre entre él mismo y el intermediario—. ¿No será verdad que los Orbitales controlan a los intermediarios, lo mismo que controlan todo lo demás?

El Esquivo parpadea con nerviosismo sin dejar de mirar a Arkady, y se encoge de hombros.

—Yo no pago por manifestar especulaciones de ese género en voz alta.

—Es sólo que me gustaría saber para quién trabajo —dice el Cowboy—. Si los clandestinos de abajo están a las órdenes de los oficiales de arriba, entonces trabajamos para los mismos a quienes combatimos, ¿o qué?

El Esquivo le mira con expresión de malicia.

—Que yo sepa, no combatimos a nadie, Cowboy.

—Ya sabes lo que quiero decir.

Que si la actividad de los intermediarios y los tanquistas no significa otra cosa sino participar en una redistribución financiera por cuenta de los combinados Orbitales, entonces los que sueñan con ser los últimos americanos libres en la última carretera libre son víctimas de una ilusión necia y romántica. Y ¿qué sería el Cowboy en tal caso? Otro necio, otro payaso en hovercraft. O algo peor que eso: un instrumento en manos de otros.

El Esquivo sonríe con fatiga y dice:

—Concentra tu atención en los concesionarios, Cowboy. Te lo aconsejo. Eres el mejor tanquista del planeta. Dedícate a lo que sabes hacer.

El Cowboy corresponde con una sonrisa forzada y tras despedirse saludando con un dedo, cierra la compuerta. Para empezar se desnuda por completo y se pega varios electrodos sobre los brazos y las piernas; luego conecta los hilos de los electrodos a unos collarines que lleva en las muñecas y los tobillos. Tras introducirse un catéter, reviste el traje de piloto y las botas, se acomoda en el asiento de aceleración, enchufa los collarines y se inmoviliza con los cinturones de seguridad. En tanto su cuerpo permanece inmóvil, los electrodos irán ejercitando sus músculos para mantener la circulación. En los viejos tiempos, cuando aún no se había desarrollado esa técnica y los pilotos se calaban los cascos y despegaban del pozo gravitatorio para una larga estancia en el diamante nocturno del espacio, a veces se les gangrenaban los brazos y las piernas. Luego enchufa conectores en los zócalos de las sienes, en los zócalos miniados de plata sobre los occipitales y en el quinto zócalo, el de la base del cráneo. A continuación se pone el casco, con cuidado para no doblar los hilos de fibra óptica que sobresalen de su cabeza, y cierra la máscara sobre el rostro, notando el sabor a caucho y oyendo el silbido del anestésico, que ensordece en la concavidad cerrada del casco.

Su cuerpo dormirá mientras él cubre la distancia a través de la Avenida. Luego tendrá cosas más importantes en que ocuparse.

El Cowboy realiza todas las tareas con rapidez, automáticamente; en el fondo piensa: he hecho esto demasiadas veces como para no saber de qué va.

Los neurotransmisores ponen en marcha los cinco puntos de conexión de su cráneo y el Cowboy contempla cómo se alumbran dentro de su cráneo las matrices de datos de cristal líquido del panzer. al tiempo que se adaptan a la configuración de la mente del piloto. Su corazón late aceleradamente; de nuevo vive en el interfaz, en la interconexión, la mente expandida recorriendo a velocidad electrónica los circuitos, hasta llegar al corazón de metal y de cristal de la máquina. Puede ver todo lo que rodea el panzer y aún sobran planos en su extraño espacio mental para los cuadros de control de los motores y de los sistemas del blindado. Realiza entonces una verificación de sistemas, y otra del ordenador, y otra del armamento. Se encienden largas hileras de luces verdes. Sus percepciones físicas no se limitan a las tres dimensiones: los cuadros de instrumentos se superponen, se entrelazan, entran y salen del espacio de interfaz para reflejar la realidad subatómica de los electrones y de los datos que constituyen el día que allá fuera está feneciendo.

Las lenguas químicas de los neurotransmisores lamen el metal y el cristal de su cabeza, y los circuitos integrados emiten salvas de electrones que se lanzan velozmente a través de los cables hacia los motores de arranque. Mediante una docena de sensores el Cowboy nota cómo empiezan a girar de mala gana las paletas de las turbinas entre el quejido de los starters. y las llamas abrasan las paredes de las cámaras de combustión, y los motores empiezan a girar con un aullido estremecedor. El Cowboy vigila también las toberas de escape que vomitan fuego, y puede ver en sus pantallas al Esquivo que con Arkady y los mecánicos están contemplando el panzer a través de los chorros de gases calientes de escape. Y después de un control final a popa y a proa, los motores se ponen a régimen y un nuevo rosario de luces verdes le indica que todo está a punto para arrancar.

El aullido de los motores machaca sus sentidos. Warren ha dedicado toda la semana a ajustados, realizando verificación tras verificación, comprobando que van a rendir por encima de sus propias especificaciones. Son turborreactores militares del excedente, monstruos; no están hechos para funcionar tan cerca del suelo y si el Cowboy no fuese capaz de dominar esa criatura mutante en cada metro de la trayectoria, lo arrastrarían en su carrera desbocada.

Sus labios se distienden debajo de la máscara con relente a caucho, y descubre los dientes en una sonrisa sardónica: él conducirá esta bestia a lo largo de la Avenida y a través de la red de trampas establecida a este lado del Mississippi, y añadirá otra capa de cielo permeable a la distancia que le separa de los iconos menores de la gloria que son los demás tanquistas, más pruebas de que corre por su pecho alcohol incandescente en vez de sangre, de que sus pulmones exhalan fuego en vez de aire, sus ojos son haces de microondas radar y sus dedos proyectan misiles como otros arrojan piedrecillas. A través de sus sensores observa las toberas de escape y ve el cielo y la puesta del sol en la pradera, mientras una parte de su mente permanece atenta a las ráfagas de energía radioeléctrica que son los aviones exploradores del enemigo. Y le parece como si los vigías y los vehículos de escolta quedasen súbitamente empequeñecidos, como si se hubiesen alejado cien metros o más. Porque él pasará la Muga con su panzer, y ellos no, y está mirándolos a todos desde su interfaz, desde la inconmensurable altura de la gloria radiante, y les tiene lástima por lo que no saben.

En este momento los beneficiarios finales de su expedición —los hospitales de Nueva Inglaterra, los intermediarios, su propia cartera de valores, y tal vez también esos seres inconmensurablemente distantes, absurdamente codiciosos, que rigen sus factorías orbitales y consideran la Tierra de abajo como mera reserva que hay que saquear antes de que se agote del todo—, todos ésos se desvanecen a manera de líneas espectrales corridas hacia el rojo, o confundidos en la distancia y entre los humos de los turborreactores. La realidad está aquí, en el blindado. El cabreo queda al margen, la acción es lo único que importa.

En seguida desvía una parte del chorro de escape y pone en marcha otros grupos de turboventiladores cuyo efecto suelo levanta el panzer sobre el colchón inflable autosellante. El Pony Express entregará el correo sin excusa ni pretexto.

Aturde súbitamente sus oídos un mosconeo de microondas, y casi desearía poder espantárselo con un ademán.

—Es Arkady que quiere decirte unas palabras, Cowboy —anuncia la voz del Esquivo, y se nota que él mismo no cree que ésta haya sido buena idea.

—Estoy a punto de salir —replica el Cowboy.

—Ya lo sé —contesta el otro, entrecortado, como si tuviera la boca llena de tabaco—. Arkady dice que es importante.

El Cowboy transige mientras observa las luces verdes y estudia los mapas en la pantalla virtual de su mente.

—Cuando quiera Arkady —dice.

Arkady se acerca demasiado el micro a la boca, las pes y las tes explosionan como cañonazos. Por qué no se pondrá los cascos en la cabeza, piensa el Cowboy con irritación, que es para lo que están diseñados, y no para refregarse los morros con ellos.

—Arriesgo mucho en esto, Cowboy —está diciendo Arkady—. Estaré en el avión y te acompañaré todo el camino.

—No sabe usted cuánto me tranquiliza que diga eso, Arkady Mikhailovich.

El Cowboy sabe que Arkady habrá compartido buena parte de sus costes con los demás intermediarios, quienes desean tanto como él mismo la ruina de los concesionarios de Missouri. Hay una pausa al otro lado mientras Arkady asimila el sarcasmo.

—Quiero que regreses —continúa Arkady; en la voz se advierte el enfado como rumor de una tormenta lejana y el intermediario sigue reventando las consonantes—. Pero he fletado este vehículo por una razón y no quiero que regreses sin él, ni que regreses sin haberlo utilizado, ¿me entiendes? Vamos a darles su merecido a esos malditos concesionarios.

—Diez, cuatro —contesta el Cowboy, y antes de que Arkady pueda preguntar qué cono significa diez, cuatro, el Cowboy da pleno gas y el ruido de las turbinas, claramente audible a través del micro de Arkady, sepulta la voz de éste bajo el relincho de miles de caballos. Aunque ahora ya no se le entiende, el Cowboy está bastante seguro de que el gimoteo lejano que todavía captan sus zócalos contiene una buena proporción de palabrotas.

—Adiós, muchachitos —ríe el Cowboy mientras saca el panzer de la carretera. El granjero, partidario decidido de la libre empresa y amigo de la causa, cobra por permitir que maltraten sus sembrados de vez en cuando, y así el Cowboy enfila el rumbo más directo hacia la Muga. Los detectores radar no captan sino señales débiles, muy lejanas, y el Cowboy conoce que nadie lo busca.

La fiera ruge como el último dinosaurio y retiembla mientras va cobrando velocidad. Las columnas de los indicadores mentales pasan del azul al verde y al anaranjado. A popa va dejando una ancha estela de espigas trituradas. En el fondo de la mente del Cowboy la guitarra vaquera toca su cadencia solitaria. Las llamas de las toberas se alargan y el vehículo cruza a más de ciento ochenta la alambrada de algún pobre ciudadano, dejándola calcinada, derecho hacia la frontera.

El radar, dirigido a proa y estrictamente limitado, sólo para evitar los barrancos y las quebradas, o para advertir la presencia de algún caserío o un vehículo. De esta manera la señal emitida es tan débil que difícilmente podrá ser detectada, salvo si el detector estuviese muy cerca, en cuyo caso naturalmente sería visual el primer contacto. La mayor parte de las defensas de Kansas están en esta ruta; si se dispara alguna, tendrá que ser ahora.

Sobre el horizonte nocturno y vacío, una niebla puntuada por la ocasional aparición de algún silo. Todos los radares enemigos se hallan muy lejos. La luna sube, los motores aúllan y el Cowboy controla su velocidad para no levantar una estela de polvo tan alta que se refleje en la pantalla de algún radar. Además hay que reservar los sistemas para la hora de la verdad: Missouri. Donde los concesionarios acechan en el cielo, afilados los dientes y listos para saltar.

Una punta de ganado huye despavorida ante el aullido del panzer. Las cosechadoras robot surcan los campos, alzándose como majestuosos centinelas extraterrestres dentro de un círculo de luz brillante, pero incapaces de detectar el panzer que sobrevuela el terreno. El Cowboy capta una señal fuerte de radar hacia el norte, lo cual le indica la presencia de un avión vigía que se acerca. La pintura absorbente del panzer se traga las señales del radar como un elefante sediento; no obstante el Cowboy reduce la velocidad y modifica el rumbo con objeto de reducir al mínimo su rastro en el espectro infrarrojo y alejarse de un posible encuentro peligroso. El vigía continúa su ruta sin darse cuenta de nada.

Otras torres móviles surgen aquí y allá, semejantes a monumentos del neolítico. Son perforadoras muy costosas, que inyectan unas bacterias especiales en el subsuelo de las tierras erosionadas, bichos que fragmentarán el lecho de roca creando así nuevas tierras cultivables. Es otra finca arruinada por la erosión y embargada por un combinado Orbital, ya que ningún cultivador particular podría costearse un sistema de regeneración tan avanzado. El Cowboy reprime el deseo de embestir contra las torres móviles y se limita a dirigirles una mueca.

El blindado cruza el Little Arkansas al sur de McPherson, y el Cowboy ya sabe que la travesía de Kansas no augura ningún problema. Las defensas han quedado atrás. Sólo resta un peligro, y sería tropezarse con un transporte militar al paso por alguna carretera estatal, pero aun así las autoridades tendrían que enviar un helicóptero artillado con antelación suficiente. No parece probable.

Y no sucede. Cerca de Gridley el panzer surge repentinamente de la oscuridad para buscar el refugio de unos silos semiderruidos, envueltos en sombras color violeta oscuro, dándole un susto tremendo al muchacho que dormía en la cabina del camión nodriza. El Cowboy reduce al mínimo los motores mientras sus depósitos se llenan de rico alcohol fresco; al mismo tiempo va detectando los impulsos de los radares que exploran el territorio desde la frontera de Missouri. Son los más potentes que haya visto nunca. Está claro que los concesionarios no quieren dar facilidades.

—Están descapitalizados, Cowboy —le había dicho Arkady—. No pueden permitirse perder ni una sola pieza de su equipamiento. Sobre todo les urge apuntarse una serie de éxitos y hacerse con algún transporte, de lo contrario les aguardan dificultades.

Desde la Guerra de las Rocas los Estados Unidos se habían balcanizado más de lo que hubieran soñado nunca los secesionistas de antaño. La sedicente administración central había dejado de controlar el comercio interestatal, y el resultado fue una oleada de aranceles locales en todo el Medio Oeste. En la región occidental, más próxima a los espaciopuertos de California y Texas donde descargaban las remesas de las factorías orbitales, las fronteras eran libres, pero los del Medio Oeste no veían por qué motivo iban a dejar de sacar partido de cualquier tránsito de mercancías por sus territorios. De tal manera, los productos que pasaban por esos estados camino a otra parte pagaban unos derechos aduaneros exorbitantes.

Mala suerte para los del Nordeste, al menos en lo que afectaba a la distribución de las mercancías producidas por los Orbitales. Algo les llegaba de los espaciopuertos de la zona franca de Florida, pero ésta se hallaba controlada por los combinados, y los Orbitales siempre fueron partidarios de estimular la demanda del mercado limitando la oferta. Carestía artificial, ése era el juego, y el Nordeste pagaba con la sangría de su riqueza restante las cuatro migajas que le echaban los Orbitales. El Oeste podía ofrecer más cosas a éstos, por cuyo motivo los productos eran allí más abundantes y baratos..., lo bastante como para reexpedirlos a los mercados del Nordeste realizando un sustancioso beneficio, siempre y cuando no se pagasen muchos aranceles en el camino.

Por eso los primeros pilotos atmosféricos lanzaron sus alas delta supersónicos a lo largo de la Avenida, en vuelos nocturnos con carga de contrabando. Y el Medio Oeste reaccionó primero enviando aviones radar y cazas interceptores; luego, cuando la actividad pasó de las aeronaves a los blindados terrestres, reforzando sus defensas de tierra.

Fue en Missouri donde se les ocurrió por primera vez la idea de otorgar licencias a concesionarios. Las administraciones locales no podían adquirir los últimos adelantos técnicos para luchar contra los contrabandistas, así que autorizaron mediante concesión a una compañía privada, para que persiguiese a los contrabandistas por cuenta de aquéllas. Se pasó por alto el detalle de que la Constitución reservase a la autoridad federal la emisión de las órdenes de busca y captura; aunque de todos modos la Constitución era letra muerta, vista la superioridad de los Orbitales.

Los concesionarios tenían permiso para disparar a matar, y su beneficio consistía en la confiscación de los alijos, totalmente libre de impuestos y tasas. Las informaciones hablaban de impresionantes antenas de radar aerotransportadas, de sensores térmicos y complicadísimos detectores acústicos, de aviones atiborrados de misiles inteligentes y erizados de cañones.

Saliendo de Gridley el Cowboy continúa poco a poco hacia el nordeste, tomándose su tiempo para mapear las antenas volantes de radar. Son falsos aviones, ultraligeros bajo control robótico, alimentados por baterías solares para desempeñar una vigilancia permanente; cuando sale el sol ganan altura y de noche regresan planeando a tierra. Sólo retornan a la base para su revisión cada dos meses, poco más o menos; mientras tanto se hallan en constante enlace por microondas con los ordenadores de tierra, preparados para ordenar el despegue de aeronaves armadas a poco que aparezca algo raro.

Son tan sutiles que los misiles guiados por radar no los detectan y no pueden derribarlos; en cuanto a los sistemas buscadores de emisiones, serían descubiertos durante la trayectoria ascendente, lo cual aseguraba un margen de tiempo más que sobrado para desconectar las antenas de los ultraligeros antes de la llegada de los misiles.

El Cowboy busca la extensa región comprendida entre New Kansas City y los montes Ozark. Él sabe que los montañeses son amigos, dentro de su vieja tradición de resistencia contra todos los que según ellos representan «la ley», tan vieja que se remonta a Colé el Joven, por lo menos, pero el terreno es muy difícil. El Cowboy prefiere cruzar a máxima velocidad por lo llano. El hecho de que ésa sea además la parte del estado en donde los concesionarios han concentrado todas sus defensas, a su entender no es más que una feliz casualidad.

Los moscones detectores describen perezosos círculos en el cielo mientras van bajando propulsados por sus baterías, y el Cowboy cree descubrir una pauta que le permitirá colarse por un punto ciego, confiando en que éste se mantenga lo suficiente para adentrarse al menos cien kilómetros al otro lado de la frontera de Missouri. Mientras el panzer desciende hacia las desertizadas orillas del Marais des Cygnes y empieza a sobrevolar marismas de aguas estancadas, el Cowboy saca una antena direccional y emite un breve mensaje codificado hacia poniente, donde Arkady y el Esquivo le esperan a bordo del avión de Arkady, trazando también círculos sobre las llanuras del borde oriental de Colorado.

En seguida capta la contestación, una señal potente que va dirigida a los hombres de Arkady desplegados a lo largo de la frontera Kansas-Missouri. Son los demás tanquistas, preparados a bordo de sus vehículos, en espera de la orden... y cuando la reciban, estos blindados invadirán las llanuras, moviéndose y deteniéndose en rápida sucesión, cruzando los campos en zigzag, levantando estelas de polvo bien visibles para atraer sobre sí todos los detectores de radar y de infrarrojos conectados a las pantallas de los concesionarios. Y cuando sean localizados, esos falsos tanquistas se rendirán humildemente, puesto que no transportan contrabando y sólo se arriesgan a pagar una multa por las alambradas que hayan roto en sus locas carreras, o por conducción temeraria. Arkady pagará esas multas y el resto de las costas, lo mismo que paga los generosos salarios de los conductores. Y si ocurriese lo peor, las viudas y los huérfanos de éstos cobrarán el seguro. Es un trabajo bien remunerado y un buen entrenamiento para esos tanquistas ambiciosos que sueñan con cruzar algún día la Muga.

Pero después de las señales de los tanquistas se recibe la voz del Esquivo, más seca que la llanura de Portales.

—Oye, Cowboy, que Arkady Mikhailovich agradecería un poco más de información por aquí. Por qué no te has presentado antes, pregunta.

—Si uno envía mensajes le localizan, en los tiempos que corren, Esquivo.

El Esquivo guarda silencio largo rato, seguramente mientras escucha la bronca de Arkady, y cuando se oye de nuevo su voz el tono dista de ser cordial.

—Una transmisión por impulsos de microondas es prácticamente ilocalizable —dice—. Arkady te recuerda que debiste dar el parte después de pasar las defensas de Kansas.

—¡Caramba! Cuánto lo siento —replica alegremente el Cowboy—. Pero ahora estoy demasiado cerca de la frontera de Missouri y preferiría dejar esta conversación para dedicarme a mi trabajo.

Otra larga pausa.

—De parte de Arkady, que tiene mucho dinero invertido en tu panzer, y quiere que se le mantenga informado acerca de lo que sucede con su inversión.

—Dile que le garantizo un bonito beneficio sobre su inversión, para lo cual no debo perder más tiempo en charlas. Acabo de descubrir una ventana y voy a pasar por ella. Hasta la vista —y desconecta, prometiéndose que cuando vaya por el Este le traerá a Arkady una docena de pañuelos para lágrimas.

El panzer repta por la pendiente alejándose del Marais des Cygnes y su velocidad aumenta conforme reanuda la carrera hacia el este. El tamborileo del maíz en la proa se convierte en un ruido constante como de granalla. Los cuentavueltas de los motores pasan del anaranjado :ü rojo, todos los demás indicadores continúan en el verde. Las guitarras vaqueras cantan como ángeles en la mente y Missouri toca las sirenas para acompañar. Transportar el correo es magnífico.

Los tanquistas fingidos están causando no poca agitación, y cada vez son más las antenas de radar conectadas, incluyendo las que tenían como reserva en la creencia de que su aparición súbita pillaría desprevenidos a los contrabandistas. El punto ciego todavía está practicable para el Cowboy, quien decide echar al viento las precauciones y poner los motores al rojo. Desatiende el mensaje de su cuerpo, que le indica que está siendo aplastado contra el respaldo; tiene otras cosas de que preocuparse. El panzer vuela más que corre, abriendo un surco en las laderas y saliendo disparado sobre las cimas, incinera los maizales agostados, rompe alambradas y aúlla como una loca en camisa de fuerza. Las neuronas parpadean en la mente del Cowboy, envían sus mensajes al cristal para conservar la estabilidad del vehículo lanzado en su frenético tobogán. Sumergido en el interfaz, los planos de control invaden su mente y el Cowboy cabalga en el límite del vuelco, patina sobre el filo de la navaja. El Cowboy sabe de los profundos cardenales que van a dejar los cinturones de seguridad, pese al traje protector acolchado.

La frontera de Missouri queda atrás entre Louisburg y el herrumbroso monumento a los caídos en la Matanza de! Marais des Cygnes. Las resecas tierras del Missouri anhelan la lluvia, y la estela de polvo sobrepasa los cien metros de altura. Pero no vive allí nadie que pueda verla. Los planos de control han soportado bien el castigo, y ahora el desplazamiento se hace más suave.

De súbito los impulsos de radar empiezan a caer de arriba; han conectado al haz de antenas un nuevo moscardón sensor. Ahora el punto ciego se ha calentado más que el cañón de una pistola, y la estela de polvo debe parecer una flecha incendiaria lanzada en medio de la noche. El Cowboy reduce todos los sistemas del rojo al anaranjado, y de éste al ámbar, como queriendo hacerse más pequeño, pero el radar se ha situado exactamente sobre su vertical y así no hay manera de escapar. Reduce la velocidad del blindado, que se bambolea sobre las orillas del South Grand; en el agua la estela será mucho más baja. Y cuando cree que ha logrado escapar, entra en el radio de acción de otro radar aéreo, y en seguida sabe lo que va a ocurrir.

Su propio radar le muestra la presencia de la barca de remos de un pescador inmovilizada en un remanso. Desvía el panzer hacia los bancos de arena para esquivarlo, y decide reducir motores del ámbar al verde, con intención de ahorrar combustible para luego, al tiempo que conecta la antena de la banda policial para escuchar las comunicaciones de los guripas. Las transmisiones de los concesionarios están codificadas, pero las de la policía estatal no. Una parte de su mente expandida oye las exclamaciones de contrariedad mientras intentan perseguir con sus vehículos de cuatro ruedas a los tanquistas que corren de un lado a otro de la comarca. De vez en cuando, un inspector de los concesionarios se eleva en el aire para aconsejarlos. El Cowboy tiene la impresión de que la policía del estado no colabora de buena gana con los servicios de vigilancia mercenarios, como ya venía sospechando hace bastante tiempo.

Los círculos de los radares aéreos acusan ahora una cierta dispersión, como si le hubieran perdido durante un rato y estuvieran moviéndose al azar. El panzer entra en el condado de Johnson antes de que el Cowboy advierta otro radar que está marcando su posición desde el este; la señal, invariablemente fija en él, probablemente procede de un caza que vuela a baja altura. El Cowboy activa los pernos explosivos que abren las cubiertas de los receptáculos del armamento, pero ahora el panzer ha perdido penetración aerodinámica y la conducción se hace más difícil. Después de pasar los motores del verde al azul, inicia una maniobra hacia el sur tratando de despistar a su perseguidor. Por un momento cree haberlo conseguido, ya que el caza continúa derecho hacia el norte. Pero luego, súbitamente, da la vuelta y enfila directamente hacia el blindado.

Una oleada de alcohol inunda el corazón del Cowboy mientras pasa los motores al rojo y todo el panzer se estremece al tiempo que escupe una larga llamarada. Por un instante se encabrita como queriendo elevarse en el aire; el viento zumba en los tubos de los sistemas de armas como un ciclón tropical en las jarcias de un barco de vela, pero el vector de la gravedad es más fuerte y el blindado vuelve a caer sobre su colchón de aire. Con todos los indicadores al máximo, el Cowboy lanza un misil simulado para engañar al radar enemigo y emprende un vertiginoso giro a la izquierda, escorando el panzer sin compasión aunque el costado de estribor llegue a rascar el suelo. El misil prosigue su trayectoria hacia el frente, desplegando las anchas alas, muy pegado al suelo. Como no lleva pintura absorbente, la traza que deja en la pantalla del radar adversario debe ser más o menos del mismo tamaño que la del panzer, que sí va camuflado, y la llama del escape debería ser suficiente para desviar cualquier sistema guiado por infrarrojos.

Acelerando a fondo los posquemadores, el Cowboy enfila hacia el Padre de las Aguas. A sus espaldas ve refulgir las trayectorias en el cielo nocturno; el caza ha disparado con todas sus armas contra el falso misil. Es de esperar que no se halle debajo ningún lugar habitado; esos cohetes explosionan en haz y los efectos pueden llegar a ser realmente desagradables.

Pero no llega a distinguir ninguna explosión; el caza de los concesionarios continúa un rato en el mismo rumbo, reduciendo velocidad, y también el Cowboy reduce velocidad para ofrecer menos blanco a los detectores de infrarrojos. El radar situado sobre su vertical sigue activo, sin embargo. Por las conversaciones de la policía el Cowboy se entera de que han apresado a dos de los tanquistas simulados, lo que significa que aquélla dispondrá de más recursos para perseguirle. El caza de los concesionarios inicia otra vez la maniobra de aproximación, y el Cowboy divisa en el horizonte la extraña silueta de una especie de bosque metálico, por lo que cambia de rumbo dispuesto a adentrarse en él.

Es un haz de antenas direccionales instaladas en línea a lo largo de bastantes kilómetros, destinado a recibir la energía de un satélite de microondas dotado de paneles solares, a muchos kilómetros sobre la superficie terrestre: otra estrella fija encendida en los cielos que simboliza la supremacía de las potencias Orbitales y la servidumbre de la Tierra. Utilizando exclusivamente la visión nocturna, el Cowboy busca su camino entre la red de mástiles metálicos. Probablemente servirá para confundir cualquier señal que obtengan los radares enemigos, y sin embargo el caza de los concesionarios sigue acercándose. El panzer sale a un claro donde se alza sobre un pedestal de hormigón la caseta metálica del control, y aprovecha ese breve instante para lanzar verticalmente un cohete cargado de laminillas reflectoras, para sumergirse luego nuevamente en el bosque de antenas.

El cohete se eleva cinco kilómetros y hace explosión. Súbitamente los receptores del Cowboy se saturan de señales de radar y microondas de baja energía procedentes de todas partes al mismo tiempo. El dispositivo reflector está formado por miles de tiras de aluminio que flotan largo rato en la atmósfera. Una de cada diez láminas lleva un minichip y una pequeña fuente de alimentación, todo ello destinado a recoger y reemitir cualquier señal de radio que reciba. En las pantallas del radar parece como si un árbol de Navidad inmenso acabase de florecer sobre la pradera. Entre los técnicos que controlan el haz receptor debe haber cundido el pánico. Al salir del bosque de antenas el Cowboy fuerza otra vez al máximo los posquemadores. La señal enemiga se ha perdido entre la confusión; el momento parece oportuno para escapar a toda velocidad. El mapa computarizado refleja la proximidad de un lecho fluvial. Buen momento para ir de pesca, se dice el Cowboy.

Es un lecho seco, de complicado recorrido, pero el perseguidor está quedando cada vez más lejos. Se escucha gran número de transmisiones radiofónicas codificadas, repetidas hasta el infinito por los ecos de las laminillas metálicas que van cayendo poco a poco; pese a la confusión se advierte el tono cada vez más frenético, hasta que por fin los concesionarios emiten una petición de auxilio a la policía en fonía no codificada y reiterada hasta la saciedad por la lunática eficiencia de los reflejos. El Cowboy se sonríe con sorna y abandona el lecho del río para continuar hacia el nordeste.

A lo que parece, todos los aparatos perseguidores han aterrizado para repostar, pues se encuentra ya mucho más allá del Missouri, al norte de Columbia, cuando se reanuda la caza. Como él lo esperaba, ha reducido motores hasta el verde y se mueve por cañadas escondidas; además la radio de la policía dice que otros dos tanquistas ayudantes suyos han sido hechos prisioneros y los demás obligados a tomar tierra. De pronto empieza otra vez la emisión de radar sobre su cabeza y otra que triangula desde el horizonte noroccidental, como si el Cowboy se hubiese acercado inadvertidamente a algún aeropuerto. El panzer se detiene y deshace camino, pero no le sirve. Busca algún bosque suficientemente extenso y no lo encuentra. De improviso, un tercer radar cada vez más cerca por el sur. Lanza otra carga de reflectores y cambia nuevamente de rumbo. Dos de los radares parecen despistados durante unos momentos por las falsas señales, pero el del sur sigue sobre su pista. En seguida retorna la señal de la aeronave enemiga por el norte. Seguramente el otro le ha localizado por infrarrojos y ha corregido la orientación de su compañero.

Las pantallas de los sistemas de puntería se relevan como un delirio color magenta en la mente del Cowboy. Un rugido brota de su garganta, haciendo eco al bramido infinitamente más potente de las cámaras de combustión, y el panzer levanta un surtidor de tierra al maniobrar hacia la derecha, patinando, poniendo proa a la fuente de radar que se aproxima por el sur. El Cowboy desconecta su radar para no ofrecer blanco a los misiles radioguiados y continúa la huida fiándolo todo a los sensores visuales. Su mente toma decisiones a la velocidad de la luz, los neurotransmisores tocan una marcha infernal sobre los interruptores de su cráneo mientras el interfaz procura abarcar todo aquel universo de ráfagas, el blindado y sus sistemas, el chaparrón del sembrado debajo de los faldones blindados del colchón de aire, la lluvia de fragmentos de aluminio, las dos naves hostiles que se proyectan a través de la noche. Su vehículo amenaza con despegarse de la tierra, sus huesos atormentados protestan y los tubos lanzamisiles ululan al viento. El aire está lleno de maíz arremolinado, y tras derribar dos empalizadas aparece en medio de la oscuridad la voluminosa silueta de un silo, que en la óptica del panzer parece inclinarse amenazadoramente sobre el invasor. Ahora el Cowboy puede ver a su enemigo, un helicóptero convencional que se acerca volando raso, e incluso los fuegos del cañón miniatura. Entonces dispara un misil guiado por radar directamente entre los ojos del piloto, justo al tiempo que el blindaje Chobham sobre su cabeza retiembla bajo la rápida sucesión de impactos. Las chispas saturan sus pantallas exteriores y hace una mueca cuando queda destruido uno de sus visores, como si hubiera perdido un ojo.

Por fin ha conseguido pasar, y entre el retumbar del blindaje y las sacudidas del vehículo escucha de nuevo el rugido del helicóptero que bate la atmósfera con las palas de su rotor; el misil radioguiado falló debido a la gran cantidad de interferencias presentes, o tal vez el piloto desconectó sus radares a tiempo. Pero entonces se oye otro sonido, el pitido de un misil guiado por calor solicitando permiso para volar, y el Cowboy suelta el pájaro y desvía el panzer hacia la izquierda. Como si fuese un observador algo distante, nota cómo el vehículo salta sobre un cerro entre una niebla de maíz y patina de costado por la ladera opuesta.

El helicóptero fenece gloriosamente en una llamarada deslumbrante que inflama todo el maizal conforme estallan los depósitos de combustible y los pañoles. Detrás de la escena se alza el silo a manera de lápida, bañado en un resplandor rojizo. En la radio se alza un cacareo enloquecido de voces reconociblemente humanas pese a la distorsión del secráfono, un lamento en microondas amplificado y alucinantemente multiplicado por las láminas de aluminio que siguen lloviendo. El caza que viene del noroeste ha visto lo que le ocurrió a su compañero. El panzer describe un trompo a la inversa al tiempo que la fuerza gravitatoria y su propia velocidad intentan darle la vuelta de campana; el Cowboy nota en el interior de su cráneo los tumbos frenéticos de los giroscopios mientras intentan estabilizar el blindado.

El avión de los concesionarios le sobrevuela con un aullido fantasmagórico y el Cowboy ve la barriga de la nave, que refleja la pira en donde se consume su camarada. Es un coleóptero propulsado por turborreactores gemelos que giran sobre pivotes montados en sus muñones de alas; este caza ligero es capaz de despegar verticalmente y de mantenerse estacionario, combinando así las mejores cualidades de un avión subsónico de ataque y un helicóptero, a cambio de un notable consumo de combustible. El Cowboy confía en descubrir una ventana que le permita lanzar otro misil, pero el calor del helicóptero incendiado confunde sus sensores al tiempo que el coleóptero se inclina en súbito giro y arroja toda una constelación de termitas, a manera de soles en miniatura suspendidos de paracaídas. con lo que desaparece en cuestión de un segundo la posibilidad de dispararle. Con todos los motores aullando, el panzer remonta otra vez la ladera y patina al filo del resplandor rojo que despide el incendio, enfilando hacia otro silo que se alza a lo lejos como una torre de iglesia.

Los proyectores desfilan a través de los conmutadores de cristal líquido del Cowboy a velocidad de relámpago. Lo más inteligente que puede hacer el caza es no perder de vista el blindado y pedir refuerzos en vez de arriesgarse a combatir, en cuyo caso el Cowboy no tendrá otra solución sino detenerse e intentar derribarlo. Pero, por otra parte, los radares todavía están inutilizados por la lluvia de reflejos simulados y el coleóptero no puede distinguir entre los infrarrojos del panzer y los de la aeronave incendiada, lo que le ofrece al Cowboy una oportunidad para escapar. Por lo que decide poner los motores al rojo y buscar refugio en Egypt, en la otra orilla del Mississippi.

Sin embargo, el piloto de los concesionarios debe tener ojos como puntos singulares, capaces de tragar mundos enteros, o bien lleva a bordo algún equipo notablemente perfeccionado, ¿tal vez uno de esos detectores acústicos?, porque ha vuelto a aparecer por el otro lado de las lomas y enfila derecho, infalible, hacia las toberas de escape del blindado. No hay margen para el error. El Cowboy cierra los posquemadores y otea en busca de algún escondrijo más allá del horizonte. Sus misiles radioguiados han quedado momentáneamente inservibles, como también los que se fijan sobre la señal radar del enemigo, y los sistemas de infrarrojos no encuentran blanco suficiente porque ahora el coleóptero les presenta la proa.

El terreno, quebrado e irregular, no admite plantaciones de maíz; lo que hay aquí es cáñamo, talludo y saturado de resina, que ofrece un suelo menos resbaladizo y maniobras menos críticas. El piloto enemigo pica derecho hacia el blindado, enfurecido, a lo que parece, por la desgracia de su compañero. El Cowboy sabe que puede utilizar esa rabia como el maestro de aikido vuelve contra el oponente la misma energía cinética de éste, pero antes va a ser preciso pasar los motores al máximo, escupiendo largas llamaradas de alcohol por los posquemadores, y el panzer tendrá que sobrellevar algún castigo.

El Cowboy sobrevuela una cresta y un tirón sobre los mandos derrapa el panzer a estribor justo cuando el coleóptero ha activado uno de sus sistemas lanzadores; media docena de roquetas de carga hueca van a incendiar el cáñamo. El chaparrón hace retemblar el Chobham y una conflagración de luces rojas en las pantallas le dice al Cowboy que uno de sus propios compartimientos ha sido penetrado por el proyectil, no mucho más grande que una tacita de café, de un cañón miniatura, pero que acaba de hacer cisco varios cientos de K en avanzadas tarjetas electrónicas. Los sensores con que apunta su propio cañón miniatura han desaparecido justo cuando se proponía lanzar una salva. Los neurotransmisores que repiquetean sobre los chips mentales del Cowboy echan humo entre el agrio olor de la adrenalina, y el piloto del coleóptero parece haber atemperado la rabia con la prudencia, porque se ha limitado a igualar velocidades, absteniéndose de realizar ninguna pasada sobre el panzer. No queda más que continuar a toda máquina sobre la buena tierra de Missouri, controlar el vehículo, aprovechar la mayor adherencia de las plantaciones de cáñamo para efectuar movimientos de esquiva a derecha e izquierda y procurar que el enemigo se acerque al suelo. El cañón miniatura sigue martilleándole. Uno a uno los sensores del blindado estallan y se apagan.

Y entonces el Cowboy abre nuevas compuertas a la circulación del alcohol, y sus máquinas lloran atormentadas cuando él, en un delirio calculado, invierte motores. Incluso su cuerpo adormecido por el fármaco acusa el tirón de los cinturones de seguridad, y casi la mitad de las pantallas del ordenador quedan bloqueadas del susto. El coleóptero capota al tratar de continuar la persecución, y además está demasiado cerca del suelo como para intentar el vuelo estacionario; con los flaps totalmente desplegados, empieza a perder sustentación. El piloto, consciente de lo que va a ocurrir, suelta todas sus bengalas de termita incluso antes de que su aparato entre en barrena, absolutamente condenado, pasando por encima del panzer y saturando el cristal acústico del Cowboy, quien dispara los misiles de su último lanzador indemne. La turbina de popa arroja una bocanada de energía incandescente, y el coleóptero, con un alarido metálico final, se precipita en tirabuzón al suelo.

El panzer huye por la llanura en llamas. Egypt está cerca, pero también lo está el amanecer. Algunos sistemas recobran el funcionamiento; el Cowboy procura conservar los motores y se abstiene de forzarlos más. Es hora de buscar un buen escondite y dejar que transcurra el día.

El Cowboy recorre todavía otros ochenta kilómetros de pradera hasta que se ve obligado a detenerse por el amanecer y por la intuición de la proximidad de una nueva oleada enemiga. Hay en esta región miles de casas y corrales abandonados, restos de antiguas explotaciones privadas que no pudieron competir con los complejos agrícolas controlados por los Orbitales y sus cultivos robotizados. El Cowboy conoce bastantes de esos caseríos desiertos y próximos a los maizales atendidos por los robots.

Recibe un nuevo sabor a través de la máscara conforme va despertando su cuerpo. Sus sensores le revelan la cercanía de un barracón largo y estrecho, de sección rectangular, de los que servían para guardar el heno embalado antes de que los Orbitales construyeran sus inmensos almacenes reguladores, uno por cada cien granjas. Conduciendo con precaución, con tacto delicado, empuja las puertas dobles e introduce el panzer entre las paredes de hormigón. Y justo en el momento de cortar motores recuerda que ha olvidado transmitir el parte para Arkady.

Ya se enterará por el noticiario de la televisión, piensa. Le dirá que envió el mensaje pero que la señal no pudo atravesar la lluvia de tiras de aluminio.

Casi de mala gana, el Cowboy se desconecta del interfaz. Las oleadas de dolor hasta ese momento suprimido inundan su mente al tiempo que desaparecen las pantallas virtuales. Tiene el cuerpo amoratado, vapuleado y empapado de sudor. Desenfunda una carabina y abre la escotilla.

El barracón huele a cerrado y a hidrocarburos sin quemar. El Cowboy lo explora pasando los ojos Kikuyu al infrarrojo. Oye las carreras de las ratas. Con sus nervios directamente puestos en circuito puede disparar la carabina con precisión absoluta y acertar en cualquier cosa que los ojos hayan visto.

Y lo que ven los ojos son dos individuos ocultos en un rincón detrás de unas viejas balas de paja. El Cowboy se detiene un rato, a ver si se observa rastro de armas, y luego, sin soltar la carabina, baja la otra mano para sacar una ración de supervivencia.

Los motores se enfrían y despiden crujidos metálicos; a su espalda, el resplandor plateado de la mañana entra por los quicios de la puerta. El Cowboy sale de la escotilla izándose a fuerza de brazos y se deja caer por el plano inclinado del blindaje frontal, empapándose las botas de pegajosa resina de cáñamo.

—¿De dónde sois vosotros? —les pregunta.

—De Nueva York, de Buffalo —contesta una voz juvenil, muerta de miedo. El Cowboy se acerca y ve un chico y una chica en harapos, de unos dieciséis años o poco más, ambos metidos en el mismo saco de dormir sobre un montón de paja. Cerca de ellos, un montón formado por dos viejas mochilas.

—¿En camino hacia el Oeste? —dice el Cowboy.

—Sí, señor.

—Yo voy al Este. Pero vosotros dos estaréis hartos de comer mazorcas asadas —continúa el Cowboy, arrojando la ración al suelo de cemento con un golpe que provoca el estremecimiento de sus interlocutores—. Aquí hay un poco de comida de verdad, liofilizada o enlatada, algo de whiskey, unos paquetes de cigarrillos, y... un cheque por cinco mil dólares, posdatado al lunes que viene.

Hay un silencio, roto sólo por el ruido de las respiraciones y las carreras de las ratas.

—Por si no habéis captado el panorama, el cheque sólo será válido al término de mi viaje —aclara el Cowboy.

Ellos se miran mutuamente y luego se vuelven hacia él.

—No necesita pagarnos —dice el muchacho—. Nosotros no... Somos del Este, ¿sabe? Sabemos lo que está haciendo usted. Yo mismo estoy con vida gracias a unos antibióticos de contrabando.

—¿Ah, sí? Bien, pues considerad el dinero como un simple gesto de buena voluntad —replica el Cowboy al tiempo que sale para instalar varios sensores alrededor del almacén; luego regresa y cierra las puertas.

Hora de tomarse un descanso.

La cabina del panzer apesta a sudor y adrenalina. El Cowboy se quita el traje protector anti-g y desconecta los electrodos, para lavarse luego con una esponja y el agua de uno de sus bidones. Antes de tumbarse en la diminuta litera come una pasta preparada rica en proteínas, y bebe un líquido que sabe a naranja y sirve para reponer electrólitos.

La adrenalina todavía le tiene acelerado, sin embargo. Tras los párpados cerrados ve todavía las imágenes de los mapas, las pantallas, las hileras de indicadores que viran al anaranjado, las llamaradas de las toberas y de los cohetes que cruzan el cielo como castillos de fuegos artificiales. Y en alguna parte detrás de esas visiones como neones publicitarios, un sordo resentimiento le carcome.

Siempre había sido suficiente correr la Avenida, alegrarse el espíritu con la potencia de las turbobombas y el aullido de los posquemadores, repartir el correo de una zona franca a otra. En esto había una ética limpia y pura; era suficiente ser un piloto libre en la libertad de los caminos, enfrentado a todo el que pretendiera recortársela y tenerle atado a la Tierra como si no fuese más que un rastrero. Y no le importaba lo que transportase; le bastaba con saber que, estuviera el país como estuviera, tenía sobre su cabeza el aire puro y el cielo azul de la libertad.

Pero luego había empezado a germinar la sospecha de que quizás el atenerse a esa ética no fuese suficiente. Porque como él sabía, una cosa era ser un guerrero leal y valiente, y otra dejarse engañar a sabiendas.

Supongamos que eres un fabricante de los Orbitales, y que te interesa tener controlados tus mercados planetarios. Cuentas con toda la influencia política necesaria, y mantienes altos los precios limitando la oferta. Pero como eres un tipo listo, también sabes que allí donde hay escasez de aprovisionamiento florece el mercado negro. Muchas mercancías, las drogas y la mayor parte de las materias primas, excepto las aleaciones especiales, todavía pueden obtenerse en la Tierra, aunque a coste más alto.

Sabiendo que el mercado negro va a desarrollarse de todas maneras, ¿por qué no desarrollarlo tú mismo? Para ello, pondrás algo de mercancía a disposición de los intermediarios, con cuentagotas, desde luego, pero lo suficiente para que puedan hacerse ricos. Así cuentas con gente adicta que te ayuda a evitar la competencia y mientras tanto no sólo controlas el mercado legítimo, sino también el aprovisionamiento de los mercados clandestinos.

Eres dueño de la oferta y de la demanda en los dos mercados independientes, el legal y el ilegal.

¿De dónde saca Arkady el material para sus expediciones? Esta pregunta empieza a revestir para el Cowboy una importancia desacostumbrada.

Pero ahora su cuerpo ha consumido toda la adrenalina y empieza a sentir el efecto de sus cardenales. No será en este barracón abandonado de Missouri donde encuentre la solución, y además su mente empieza a acusar la fatiga. Es hora de acurrucarse debajo de la no muy cumplida manta de lana, cuyo orillo indica que en algún tiempo esa pieza llegó a valer tanto como una piel de castor. Hay que preparar el cuerpo y la mente para el último salto hacia el final de la Avenida.

Despierta a última hora de la tarde y descubre que los muchachos se han ido. El cheque posdatado ha quedado colgando de una de las bocas de ventilación del panzer. El Cowboy lo descuelga y se queda un rato mirándolo, mientras se interroga a sí mismo sobre la ética y el deber, los símbolos y los actos, y esa cosa que en otros tiempos se llamaba el honor. Acaba de saber que en algún lugar cerca de aquí queda otro pedazo de cielo limpio y libre.

Poniendo manos a la obra, reemplaza los sensores machacados por los ataques de los concesionarios, rasca la falda del blindado para quitarle la mayor parte de la resina de cáñamo, el maíz y el trigo que llevaba adheridos. y retoca con spray la pintura antirradiación del blindaje Chobham. Los cañonazos del enemigo le han dado una buena paliza al panzer, aunque por fortuna no han estropeado demasiados sistemas. Los pañoles de munición han quedado casi vacíos, pero falta poco para llegar al Gran Padre Río.

Sentado en el asiento del piloto, conecta el interfaz de rostro para escrutar durante algunos minutos lo que dicen los sensores. El tráfico radiofónico parece normal. Pero luego, según va anocheciendo, se intensifican los diálogos con lo que, según las apariencias, es la torre de control de un aeropuerto vecino. El lugar debe hallarse a poca distancia, porque se capta cada sílaba con claridad; las emisiones no van codificadas y parecen inocuas, aunque se repiten demasiado a menudo los mismos prefijos para diferentes aeronaves, lo cual despierta las sospechas del Cowboy.

Supongamos que uno fuese un comandante de los concesionarios, furioso por haber perdido un par de naves la noche pasada. Supongamos que ha deducido que el panzer perseguido ha debido quedar bastante maltrecho, o tal vez demasiado averiado para continuar, y que en cualquier caso no ha podido cruzar todavía el Mississippi. Y supongamos que uno desea vengarse de quien ha dejado tirados en un campo de maíz de Missouri a un par de los muchachos, tan calcinados que no hay manera de reconocerlos.

Lógicamente, uno concentraría sus fuerzas en el aeropuerto más cercano al lugar en donde se halle el panzer esperando a que se haga de noche, y enviaría un par de aviones de reconocimiento para que peinasen la zona con los mejores aparatos de detección disponibles. Los demás quedarían en la zona de estacionamiento, listos para entrar en pista cuando sea localizado el panzer, y dispuestos a no dejar de él más que un montoncito de chatarra en cualquier rincón de la pradera. Eso es lo que uno haría.

El Cowboy saca a pantalla un mapa, y localiza lo que llaman aeropuerto municipal de Filadelfia a sólo siete kilómetros de donde él está. Es, con mucho, demasiado pequeño para justificar una actividad radiofónica tan copiosa. Por medio quedan una quebrada y un par de manchas de bosque. El Cowboy empieza a sonreír.

El crepúsculo le encuentra ya atado en su asiento y calentando motores poco a poco. Luego da marcha atrás con cuidado y sale del barracón, para continuar a baja velocidad. Cruza una alambrada medio derruida y continúa al filo de la quebrada conduciendo a vista, para no conectar el radar. Hay allí una pista forestal y enfila por ella, metiéndose en un pinar que le recuerda el aroma a resina de las brisas y la suavidad de la tierra alfombrada de pinaza. Abandona el camino para internarse en una cañada húmeda, donde el ruido de los motores quedará ahogado por la hojarasca y el musgo. A continuación emprende un rodeo y escala una ladera masacrando una repoblación de pinos hasta que la visión expandida le muestra la silueta de una pequeña torre de radar recortada sobre el horizonte.

Ahí están todas, una docena de naves de ataque o más, agazapadas como otras tantas cigarras metálicas de maléfico aspecto, los últimos resplandores de la puesta de sol en los pulidos fuselajes, en los tubos de los cañones, en las ojivas de la cohetería. Tienen leyendas pintadas en los morros, y muñecos de los dibujos animados, con sugerencias de veloz violencia mecánica, del machismo de la soldadesca, o de la fe que el jugador deposita en el instrumento de su pasión: Muerte voladora, Tronchapánzeres, Judy Ojos de Serpiente, As de Espadas. Algunos mecánicos provistos de herramientas se mueven entre las máquinas. El Cowboy se permite un breve instante de borrachera triunfal de adrenalina antes de continuar.

Mientras el panzer aguarda retemblando en la linde del claro, pasa por la mente del Cowboy la fugaz imagen de un corredor a punto de tomar la salida, los dedos separados y apoyados en la pista, los pies sobre los tacos, los músculos tensos que almacenan la energía como resortes comprimidos, la perfección sin mácula, la inmovilidad expectante. Entonces libera toda la potencia y la proa del blindado se encabrita arrojando surtidores de fango y perdigonadas de piedras hacia ambos lados. Los motores pasan del murmullo al rugido atronador, y los mecánicos se quedan yertos de pánico mientras el panzer sale de su escondite y aplasta la verja como un ciclón de acero, un monstruo rugiente, un vengador mecánico salido directamente de los infiernos, y en seguida los hombres en overol corren buscando cobijo y profiriendo gritos de alarma.

Demasiado tarde. El blindado cruza la explanada a más de ciento sesenta y embiste contra el primer helicóptero. El panzer es con mucho el más pesado, y el As de Espadas queda aplastado como una polilla. El Cowboy iza la tórrela de su cañón miniatura y dispara hacia atrás, contra los restos de la nave, para incendiar los depósitos de combustible. Judy Ojos de Serpiente muere aplastada bajo la falda acorazada del hovercraft, y luego corren la misma suerte el coleóptero llamado Muerte voladora y otro que llevaba el nombre de Juez de la Horca. A través de uno de sus sensores distingue a los pilotos que salen corriendo de la cantina, algunos con las tazas de café todavía en la mano, las bocas y los ojos abiertos de par en par mientras miran la conflagración. En seguida el combustible inflamado hace volar los pañoles de municiones y los pilotos lo dejan caer todo y escampan a toda velocidad para cubrirse.

Sobre el blindaje Chobham llueve una tempestad de acero y aleación de aluminio en llamas. Al final el Cowboy cuenta catorce naves en ruinas sobre la pista de estacionamiento y tras romper la verja por el lado opuesto, sigue el curso del Salt River hasta el Padre de las Aguas, el cual cruza entre las presas 21 y 22 sin ser molestado por ningún objeto volante nocturno. Aunque el sol ha desaparecido hace rato, todavía en pleno Illinois puede distinguir hacia el oeste el rojo resplandor de la hoguera en el horizonte, y piensa que por ahora no habrá más novedades por parte de los concesionarios.

Las defensas de Illinois miran hacia el norte, contra una nueva generación de tanquistas rubios y de sonrosadas mejillas que cruzan la Muga para transportar la mantequilla y los quesos de Wisconsin, por cuyo motivo no son de temer dificultades de ese lado. Mientras encamina el blindado hacia una barcaza de combustible que le espera en el río Illinois, el Cowboy decide que va siendo hora de poner un poco de música, y saca una antena direccional de microondas hacia el horizonte de poniente.

—Aquí Pony Express —anuncia—. Siento haberme retrasado con el parte, pero es que me han tumbado una antena.

Una especie de gruñido le responde entre el crepitar de las señales parásitas, lleno de bes y pes explosivas como balas de cañón. El Cowboy se sonríe al tiempo que baja el volumen e interrumpe a su interlocutor.

—No le oigo bien, pero da lo mismo. Estoy en Illinois ahora y debo mencionar que acabo de salir de la Avenida y que en las últimas veinticuatro horas he destruido dieciséis naves de esos bastardos descapitalizados. Mañana podrán leerlo en los periódicos. Guárdenme algunos recortes para mi álbum, por favor.

En sus auriculares se ha hecho un milagroso silencio y el Cowboy se sonríe nuevamente con sorna.

—Adiós —dice y desconecta en seguida la radio mientras contempla cómo suben los indicadores de nivel del combustible y se siente flotar en el cielo, un punto distante en el cielo a ojos de los demás tanquistas, y tan alto en el puro azul acerado que será invisible para los rastreros y las busconas de la Tierra, a no ser como icono de liberación. No sólo ha cruzado la Avenida sino que la ha vencido, ha destrozado el nuevo instrumento de la opresión dejando a sus espaldas una masa de acero semifundido, de plexiglás ennegrecido en medio de un océano de propelente en llamas y de explosiones de munición.

En el estado de Kentucky han calculado que los intermediarios y los tanquistas gastan allí más dinero del que podrían recaudar con el arancel; la travesía sobre Egypt hacia el Ohio es fácil. Bordea el río, atento a las patrullas fluviales, sin tropezarse con ninguna. El Cowboy continúa luego siguiendo el curso de un arroyo sin nombre, siempre dentro del estado libre, hasta llegar a un camino rural desde donde efectúa una nueva llamada de radio para comunicar su situación.

Lo que está haciendo es legal en Kentucky pero el estado no gusta de posibles estallidos de violencia dentro de sus fronteras. Lo que lleva en los pañoles, por consiguiente, sí es ilegal y por eso prefiere esperar refugiado en una pequeña granja hasta que llegue la brigada de descargadores para vaciar su vehículo. Mientras tanto se saca el arrugado cheque posdatado de un bolsillo y se queda largo rato contemplándolo. Cuando se presenta el camión repleto de rastreros, ha tomado ya una decisión.

Ha decidido que sí importa. Importa saber de dónde ha salido la cloram-fenildorfina, y quién financia a Arkady. Lo que el Cowboy tiene en sus manos representa una deuda secreta, indefinible, para con un par de vagabundos anónimos de la Avenida. Pero es una deuda tan dura y cortante como el acero de Solingen, y la obligación que tal deuda implica es ésta: Hay que averiguarlo.

Ya no basta con ser el mejor. Por alguna razón, también importa ser el más enterado. Saber quién es el señor a cuyo servicio porta uno la espada.

Pero ¿y si descubriese lo peor? ¿Que los intermediarios no son más que títeres manejados por las potencias Orbitales?

En ese caso, habrá vencido otra deuda. Los intereses son tremendos y se tardará años en liquidarla. Pero si quiere seguir llamándose un ciudadano de los cielos libres e inmaculados, no podrá admitir la idea de que ese cielo tenga rejas.

Alguien llama a la puerta con educación, y se guarda otra vez el cheque en el bolsillo. Son los rastreros, que vienen a decirle que ya es hora de partir. En algún lugar, en el fondo de su mente, la guitarra vaquera sigue cantando...

 

4

 

La ciudad se funde, sus contornos se difuminan; bajo los ardores de agosto, un temblor parece recorrer los edificios. Con los ojos cerrados, Sarah apoya la sien contra el marco metálico de la ventana. Tras los párpados cerrados, llamaradas rojas y anaranjadas. Al pie de la ventana, la desembocadura del aire acondicionado despide cuchicheos como para incitarla, en un idioma enigmático y oscuro, a emprender alguna acción, pero ella no sabe cuál es. Menea la cabeza, aturdida por el cansancio.

—Los de Cunningham han puesto precio a tu cabeza, mi hermana —le dice el Atamán con voz suave—. He hecho saber que quienquiera que acepte esa oferta dejará de ser amigo mío, pero es de temer que eso no sea suficiente. Siempre hay gente dispuesta. Y les bastará con tener controlado a Daud.

Sarán abre los ojos. La ciudad arde.

—Lo sé —dice volviéndose hacia su interlocutor.

Están un poco apartados en la sala de espera del hospital, un recinto circular en voladizo sobre la torre del edificio, sus ventanas reflectantes mirando hacia una docena de direcciones diferentes como facetas de los ojos de un insecto. Al otro lado, miran sin demasiado interés un vídeo dos mujeres cubanas, hermanas, de grandes ojos negros muy pintados y cejas alargadas como alas; tienen a su padre en fase terminal de un Huntington vírico. En su delirio las confunde con un par de arpías que vienen a devorarle el hígado mientras él permanece encadenado a la roca de su enfermedad. Pasivas y distantes, ellas esperan el desenlace. A su lado, un joven llora en silencio y consume una infinidad de pañuelos de papel que, arrugados y arrojados al suelo, forman alrededor de sus pies como una corona de flores marchitas de color pastel.

Michael tiene los ojos llorosos, inyectados en sangre; sus gestos son espasmódicos y Sarah sospecha que está sufriendo algún tipo de mono.

—Tengo un trabajo para ti. No es ni siquiera ilegal, y lo pagan muy bien. En oro —explica.

Dicho lo cual anuncia una cifra, cuyo importe le basta a Sarah para comprender que hay un considerable factor de riesgo. Michael es un tipo honrado, en la medida que pueda serlo un intermediario, pero la caridad no figura entre sus cualidades.

Con la cabeza baja, Sarah se encamina a un sillón y se deja caer sobre el almohadón de plástico anaranjado que quiere ser alegre. En el aire flota el olor desagradable a colillas de cigarrillo.

—¿Por cuenta de quién? —pregunta sin esperar contestación en realidad.

Dos o tres puertas más allá Daud guarda cama entre el parpadeo de docenas de ojos, que son los LED de las máquinas que lo mantienen con vida. Está consciente ahora, aunque separado del dolor por dosis de endorfinas con mucho superiores a las que se inyectaba en las peores fases de su adicción. Tiene el cuerpo a tiras brillantes de tejido rosado, todo nuevo de fábrica, incluyendo un antebrazo completo. Las piernas todavía están envueltas en gel, esperando nuevos trasplantes de tejidos y de músculos. Y los trasplantes esperan nuevas provisiones de fondos.

A Sarah se le está acabando la cloramfenildorfina; según la previsión debía escasear e iba a tener mucha demanda, pero luego se ha destapado otra fuente de aprovisionamiento y los precios se han desplomado, precisamente cuando más dinero necesitaba ella para liquidar las facturas del hospital. Normalmente habría esperado hasta que los precios volvieran a subir, pero las máquinas de suave zumbido que mantienen a Daud con vida no atienden a coyunturas del mercado... Por eso se ha visto obligada a malvender la endorfina en las calles, al peor precio desde hace muchos meses; es para sospechar que aquella baja había sido tramada por el mismo Cunningham.

Está quemada ahora, y ella lo sabe. Sus fuentes habituales de ingresos se han secado. Solía trabajar como guardaespaldas, pero ¿quién va a querer un guardaespaldas que tiene la cabeza puesta a precio? En cuanto a los demás trabajos especiales... nadie le ha venido con ninguna oferta. Ha corrido el rumor de que anda metida en asuntos que nadie más quiere tocar, que su caché es demasiado alto. Aunque siempre sale una chapuza, o algún recado que llevar por cuenta de alguien que no quiera exponerse personalmente, eso no basta para pagar el hospital, y además supone un riesgo excesivo, porque nunca se sabría si alguno de los que la contrataban no se habría propuesto, en realidad, cobrar la recompensa ofrecida por Cunningham.

Por eso la pregunta «¿por cuenta de quién?». Como si verdaderamente tuviese importancia.

Michael el Atamán se queda mirando por la ventana, la cara bañada en el resplandor del sol.

—Mía —contesta—. Es un trabajo que... —hace una mueca y se encoge de hombros—. Es posible que conlleve alguna complicación, no sé. Todo parece en orden, pero me da mala espina. Por eso quiero que hagas algunas averiguaciones.

Sarah le mira fijamente, preguntándose si no será otra advertencia sutil, como la de Cunningham. A lo peor Michael la considera demasiado quemada como para seguir protegiéndola, o está sometido a presiones por parte de los que le suministran a él. Y quiere que salga adonde constituya un blanco fácil.

—¿Quién es el proveedor?

Como si eso importara. Tendría que aceptar el trabajo, por mucha mala espina que le diese.

—Acabo de recibir una nueva remesa —continúa Michael, con el ceño fruncido, al tiempo que se dirige hacia el sillón vecino y toma asiento, con un crujido de sus botas camperas de cuero—. Matrices de cristal para ordenadores —prosigue con aire pensativo—. Quince mil, de alta calidad, de una fuente que no las había servido tan buenas hasta ahora. A lo mejor se trata de penetrar en los grandes mercados, o quizás actúa por cuenta de un tercero. No lo sé.

—¿Quieres que me haga cargo?

—Sí. Entre otras cosas —el Atamán suspira y se masajea la barbilla—. Normalmente me llevaría algún tiempo el dar salida a una cantidad tan grande, meses quizá. Pero esta vez da la casualidad que uno del norte, de Pennsylvania, habló con Andrei y le pidió matrices al por mayor, comprometiéndose a pagarlas bien —sus ojos húmedos se vuelven hacia Sarah—. No veo ningún motivo para no vender, y Andrei está impaciente por cerrar el trato. Pero encuentro demasiadas coincidencias en esto, mi hermana.

Sarah no ignora que Andrei es uno de los lugartenientes del Atamán. Le observa mientras él rebusca en los bolsillos uno de sus cigarrillos rusos.

—Cabe que alguien quiera tenderme una trampa, pero no imagino quién pueda ser, ni por qué —aplasta la boquilla de cartón y acerca un fósforo con mano temblorosa. Tiene pecas en el dorso, es la mano de un viejo—. Estos clientes no tienen influencias y si robaran el cargamento no durarían mucho. Aunque quizá les haya salido un nuevo patrocinador. Pero no conozco a nadie que sea tan fuerte, y hoy por hoy todos los peces gordos de este lado del país son amigos míos. Conque es posible que te haya contratado para nada.

—Eso no lo dices en serio, Atamán —replica Sarah—, o no me lo habrías pedido. No a ese precio.

Él le dirige una larga mirada inexpresiva, los párpados estremecidos por un tic nervioso mientras considera las palabras de Sarah y el humo del cigarrillo flota hacia el techo. A sus espaldas el vídeo anuncia algún nuevo sucedáneo de cocaína, garantizadamente exento de efectos adictivos, y el audio exhala una sucesión de ruidos como de escape de gas, que quieren ser los suspiros placenteros de una pareja joven y obviamente enamorada. Michael habla con el cigarrillo colgando de la comisura de la boca.

—He contratado un tanquista. Si pretenden llevarse una camionada por medios violentos, les aguarda una bonita sorpresa. Andrei se ocupará de todos los detalles de la operación, y también del dinero. Tiene amigos que le protegen, pero yo quiero que vayas tú en el panzer. Vigila el cumplimiento y no pierdas de vista al conductor. ¿Estás implantada para usar armas?

Ella se encoge de hombros.

—Sólo pistolas y metralletas. Las armas de fuego no entran en mi estilo.

Él sonríe con cierto escepticismo, como si hubiese oído esa protesta muchas veces y supiera que las armas de fuego siempre son las que deciden, a fin de cuentas.

—Te conseguiré una Heckler Koch de siete milímetros. ¿Querrás practicar con ella?

—¿Cuándo salimos?

—El sábado.

—Practicaré mañana, si me consigues la pistola para entonces.

—¿Cuándo salimos?

—Te enviaré a un boy para que te acompañe a la galería, y recogerá la pistola cuando hayas terminado la misión. ¿Dónde estarás?

—Mañana, en el Plastic Girl, a mediodía.

El Atamán da una calada a su cigarrillo y asiente. Sarah ve en sus ojos el reflejo del vídeo y oye las réplicas de una comedia sudamericana, las risas enlatadas en respuesta a una sucesión de estridentes interjecciones en español.

—Ojalá me equivoque en esto, mi hermana —dice Michael con la voz llena de tristeza eslava, genuinamente sentida aunque algo teatral—. Lamentaría que empezase otra guerra ahora que la cosas se habían aquietado un poco.

Una guerra significaría mucho trabajo para Sarah, pero ella tampoco la desea. Sabe que la única guerra que importaba terminó ya y que ella y Michael son los perdedores. Aquí en las Concesiones Americanas ya no hay más guerras sino disputarse las migajas que les dejaron los Orbitales para ahorrarse la molestia de llevárselas.

Las manos agitadas todavía de temblores nerviosos, el Atamán se pone en pie, y Sarah le imita.

—Voy a ocuparme de la pistola —dice él.

La ceniza del cigarrillo, como un largo gusano, se le desprende y deja una mancha de polvillo gris en la pechera. Si ha cedido a la presión, reflexiona Sarah, y si ya está dispuesto a traicionarla, será mañana. Cuando se presente el mensajero con la pistola, querrá usarla. Pero Sarah tratará de estar preparada, lista para hacer su jugada si ha de ser así como caigan los naipes. Se lleva la mano a la garganta como una gitana tocando hierro.

Él tiene la mirada desenfocada; no contempla a Sarah, sino lo que está por venir, el futuro, que según apunta distraídamente con los ojos aparecerá sin duda detrás del hombro derecho de su interlocutora. A ésta le da la sensación de que, si se volviese ahora súbitamente, también podría verlo.

—Gracias, Michael —le dice.

Él la contempla con sus ojos sabios y cansados, sin responder, y ella reprime la tentación de echarle los brazos al cuello, de buscar un punto de consuelo en medio de aquel espacio claro y estéril, como tratando de olvidar que todo esto no es más que un negocio y que este hombre tal vez haya tomado ya sus disposiciones para acabar con ella... Pero si es la muerte, ella casi está preparada para darle la bienvenida, porque le parece que su alma se perdió cuando los ojos de Dánica se convirtieron en mármol inmóvil, y que vaga por alguna parte, junto con todo lo demás que pudiese dar algún sentido a la vida. ¿Adonde va una carga hueca cuando ha cumplido con su misión? Vuela por los aires y cada uno de los fragmentos de metralla va a lo suyo. Chatarra en busca del olvido.

En algún tiempo, sospecha vagamente, todo esto tuvo algún sentido. El sentido ascendente, huyendo del pozo gravitatorio, y dirigido a la pureza negra y envolvente del espacio vacío. Pero ahora las cosas son mucho más limitadas y sólo queda un propósito: Sobrevivir a Este Momento. El pasado apenas importa, del futuro ya nos ocuparemos cuando llegue, instante a instante. Cada latido del reloj es una nueva carga, una nueva aplicación del imperativo. El Atamán la ayudará a superar este momento, le suministrará otro breve imperativo. Sobrevivir hasta mañana, acudir al encuentro en el Plastic Girl y luego, sobrevivir al encuentro, si es posible.

Al otro lado de la habitación, el chico sigue llorando y gasta otro pañuelo de papel.

—Han sido muy astutos dirigiéndose a Andrei, en vez de hablar directamente conmigo —prosigue el Atamán—. De esta manera la insistencia de Andrei se añade a la de ellos —habla con voz reflexiva, como buscando en el éter la existencia de unos posibles enemigos, tratando de penetrar sus intenciones.

—Envíame a tu mensajero mañana —dice Sarah, y sale antes de que desborde el dolor que atenaza su garganta.

Daud está a sólo tres puertas más allá, compartiendo habitación con un anciano que está allí para una reconstrucción de cadera. Las flores que traen Sarah y los hijos del viejo no logran disimular del todo el hedor a desinfectante químico. En un rincón un vídeo reproduce la misma comedia estúpida que el de la sala de espera. El viejo la contempla con atención, sin hacer caso de la presencia de Sarah.

—Hola, Daud —dice ella.

En el rincón de Daud brilla una hilera de LED verdes, indicadores de las máquinas que emiten misteriosos murmullos mientras desarrollan sus abstrusas tareas. Una pantalla muestra toda una familia de curvas; ahora Daud ya respira por su cuenta y también el corazón funciona sin ayuda. Sobre su cabeza un armatoste de acero inoxidable: las barras y las pesas con que debería ejercitar su brazo nuevo. Le han quitado los fármacos que tomaba para cambiarse el color del cabello y con el tiempo que lleva aquí, ha vuelto a crecerle de color castaño; en un occipital tiene una calva por donde asoma en rosa un trozo de piel trasplantada. Una gasa le cubre la cuenca del ojo, donde pronto le colocarán un implante Kikuyu, y por debajo sale un hilo conectado al ordenador de la mesita para ir estimulando el nervio óptico y evitar que degenere. Sobre los muñones de las piernas, una especie de tienda de campaña de donde salen por abajo los tubos que conservan los huesos y los tejidos dentro de la envoltura de gel.

Sarah se inclina sobre la cama para darle un beso y sacándose del bolso que lleva al cinto un paquete de cigarrillos, enciende uno para él y se lo coloca entre los labios. El único ojo restante manifiesta una notable viveza mientras va siguiendo sus movimientos, y es evidente que Daud ha desarrollado bastante tolerancia a las elevadas dosis de endorfinas que le administran.

Daud traga saliva. Tiene un botón de plástico en la garganta, donde se le hizo la traqueotomía y la máquina le alimentó de aire durante semanas. De la tráquea atormentada le sale una voz ronca y ahora todavía más estropeada por el humo del cigarrillo.

—¿Dónde está Jackstraw? —pregunta—. Prometió venir.

—No lo he visto —no desea contarle a Daud que Jackstraw seguramente no volverá, que se habrá buscado a otro muchacho para ocupar el lugar de Daud. Incluso antes, Jackstraw no era durante muchas semanas otra cosa sino una voz al teléfono, que contestaba sin demasiado entusiasmo a las llamadas de Daud y le interrumpía para hablarle de negocios, de invitados inesperados, de exigencias de los clientes. Otro menos aislado que Daud, menos desesperado, habría captado la situación en seguida; cuando Jackstraw crea que Daud vuelve a estar en condiciones de ganar dinero para él, entonces le visitará, y no antes.

—Ahora podremos empezar a reconstruirte las piernas, dentro de pocos días —continúa Sarah—. Una después de la otra, tan pronto como hayas cobrado fuerzas. Me ha salido un trabajo —intenta sonreír—. ¿Quieres que te pongan primero la derecha, o la izquierda?

Él menea la cabeza.

—No tiene importancia.

—Salgo dentro de unos días. El sábado.

—Lo de costumbre —alarga él su nuevo y rosado brazo para echar al suelo la ceniza del cigarrillo.

—Sí—Sarah intuye una fiebre en la mirada de Daud, una desesperación acumulada y que crece. Levanta la mano buena para aferrar una de las asas del aparato de gimnasia, trata de izarse y luego se deja caer invadido por la frustración. Luego habla con el cigarrillo en la boca, mordiendo las palabras:

—Jackstraw prometió traer algunos supresores hormonales. ¿Podrías proporcionármelos tú? ¿Tal vez mañana, antes de irte?

Ella le mira sorprendida al comprobar su desesperación, su desconocimiento de la realidad. Hace intención de sentarse al borde de la cama, de tomarle de la mano, pero él la aparta con un gesto brusco.

—¿Podrías proporcionármelos tú? —solloza.

Angustiada, ella intenta responder en tono razonable:

—No puedes tomar supresores de hormonas ahora, Daud. Antes hay que regenerar el tejido muscular.

—¡No has entendido nada! —histérico ya, aporreando el colchón con ambos puños hasta que su cuerpo rebota y empieza a parpadear un LED rojo de una de las máquinas, en sincronismo con un leve pitido metálico. El viejo de la cama vecina se vuelve, contrariado por la interrupción—. ¡Me está saliendo la barba! ¡Las enfermeras me afeitan todas las mañanas! ¡Estoy haciéndome vieja! Vuelve la cabeza, sofocado, tosiendo para despejarse la garganta martirizada.

—Mi gente me quiere joven —dice—. Sólo así me querrá Jackstraw —y se interrumpe ahogado por otro golpe de tos.

—Mira, Daud —le quita el cigarrillo y lo apaga, luego le toma la mano entre las dos suyas, lo cual consiente él esta vez, la apoya en el pecho y la frota con los nudillos; el pitido de advertencia cesa y los indicadores quedan de nuevo en verde—. Te pondrás bueno. Volverás a ser joven. No tienes nada que temer.

Un conjuro esperanzado que hay que repetir todos los días. Confiando en que sea verdad, o que por lo menos Daud crea que va a ser verdad.

—Algunos prefieren a los mutilados, pero yo no quiero nada con ésos —un susurro jadeante, una última protesta de la garganta irritada. Sarah le besa la mano, le frota el brazo, sin contestar, prefiriendo el lenguaje de las caricias mudas, del contacto que consuela, hasta que termina la hora de visita.

Desde la sala de espera ella llama un taxi, le dice dónde quiere que la recojan y cruza la cafetería para salir por una puerta de atrás. Le cosquillean los nervios mientras camina hacia el muelle de los camiones que traen la comida, mirando a derecha e izquierda en busca de desconocidos sospechosos. Cierra el chaleco salvavidas y se sube el cuello. Y lo más extraño: los empleados de la cafetería han visto este comportamiento otras veces, pero siguen sin entenderlo. Ella ignora las miradas de curiosidad y, tras echar unas ojeadas a ambos lados, empuja la puerta metálica.

El aire caliente resulta casi irrespirable. En un momento queda el cuerpo empapado de sudor. Sarah rodea un coche aparcado en la entrada de un pasaje, no ve a nadie, y enfila con decisión flanqueando el muro de hormigón que arde. El hospital es grande y tiene muchas puertas; los agentes de Cunningham no podrán vigilarlas todas.

El callejón huele a basura, orines y jazmín de las Antillas. Se detiene un momento para escrutar las ventanas; todas vacías, sin signos de movimiento, ni escorzo de francotirador escondido... El taxi llega al cabo de un minuto y poco le falta para arrojarse en él de cabeza. Se siente más segura dentro del vehículo, aunque no ignora que es una ilusión. La última vez usaron un cohete, y no será la débil chapa de un coche lo que evite un atentado, si verdaderamente se lo proponen. Ni siquiera debería desabrocharse el chaleco protector, pero lo hace.

Mientras el taxi arranca Sarah mira atrás y observa, a través de las vaharadas de calor, unas carreras precipitadas y un viejo Mercury de varios colores, entre los que predomina el gris de imprimación para repintar, que se despega de la acera aun antes de que el acompañante haya cerrado la puerta...

Ahora ya lo sabe.

La están persiguiendo. No mañana, ni en ningún futuro indefinible, sino ahora mismo. Y cosa sorprendente, la primera sensación de Sarah es de alivio; la tensión que le agarrotaba la nuca desaparece, y le parece que sus músculos empiezan a moverse con más soltura. Ha terminado la espera, la situación es conocida y ella sabe cómo enfrentarla.

Pero quizá se ha precipitado. Mejor comprobar las cosas.

—Doble a la derecha. Aquí. Ahora a la izquierda.

El taxista, ceñudo, mira por el retrovisor, pero obedece. El Mercury no los pierde de vista, aunque ahora, como están seguros de tener a su víctima, prefieren mantener un poco de distancia. Sarah hurga en un bolsillo buscando el mando de su escáner, que sintoniza todas las bandas de la policía e inyecta la señal directamente en el nervio auditivo. No hace falta que nadie más se entere. Se oye mucho diálogo, pero ninguna de las voces parece provenir del Mercury. Rápidamente, explora varios canales sin resultado.

—De frente, por favor —está bastante segura de que el Mercury va solo y no participan más vehículos en la persecución, y se lleva la mano a la garganta, donde se esconde su amiga. Comadreja, voy a necesitarte pronto.

—A la izquierda —la orden le vale otra ojeada reprobatoria del conductor. Van derechos hacia el barrio de Venecia.

Ahora todas las ciudades costeras tienen un distrito de ese nombre, el correspondiente a los barrios bajos que quedaron inundados cuando empezó a subir el nivel de los océanos, demasiado extensos para defenderlos con diques. Sólo Nueva York intentó poner puertas al Atlántico y se rodeó de un inmenso muro protector, pero resultó destruido durante la Guerra de las Rocas y ahora Manhattan es la Venecia más grande de todas: cuando las mareas altas de primavera, la mitad de la isla queda sumergida por las aguas grises. Las coronas de blanca espuma invaden las calles vacías, inundan las ruinas de los edificios que no se reconstruyeron y bañan las pantorrillas de las gentes que todavía viven allí, testigos de la lenta erosión de la metrópoli legendaria, inexorablemente reclamada por el mar.

En Tampa Bay, por el contrario, las mareas no crecen mucho, apenas una pulgada o dos. Aquí la Venecia es mucho más estable y la tranquila bahía se conforma con ir devorando la ciudad gradualmente. Los mordiscos más fuertes corresponden a las tormentas de verano. Cuando subieron las aguas, las autoridades dragaron y mejoraron el puerto, pero dejaron que los barrios residenciales y de oficinas decayeran; en cuanto a las lujosas urbanizaciones playeras, iban mermando milímetro a milímetro con cada reflujo. Es como si avanzase desde el mar un frente de devastación; los edificios más próximos están en ruinas y apenas se mantienen en pie un par de chimeneas. Más allá comienzan a inclinarse, como presintiendo la inevitable caída, o descubren los interiores saqueados a causa del derrumbamiento de la pared que daba al océano. Algunos parecen casi intactos: muros de piedra de algún viejo mastodonte administrativo, manchados de humedad pero todavía desafiantes. Y más adentro, donde las aguas que inundaron los antiguos pavimentos apenas alcanzan un palmo o dos de profundidad, los edificios permanecen enteros, se diría que casi habitables.

También éstos han sido desvalijados, naturalmente, y están sin muebles, cañerías ni instalación eléctrica. Después de la guerra sirvieron de abrigo a miles de refugiados que acudían a la Florida ocupada huyendo de la devastada zona Norte. La presencia de estos desheredados de la fortuna no contribuyó a mejorar la situación precisamente, pero algo dejaron, aparte sus montones de desperdicios: muebles procedentes de los saqueos, o de fabricación propia, colchones, sábanas en jirones, montones enmohecidos de prendas viejas, cosas que podían ser de utilidad para una próxima generación de refugiados.

No quedan muchos habitantes en Venecia ahora, salvo algunos excéntricos incorregibles, o vagabundos de paso hacia otro lugar, o fugitivos que han agotado los últimos escondrijos, fugitivos como Sarah.

El taxi circula por una calle elevada sobre el nivel de las aguas, una suerte de malecón que se interna entre las ruinas, flanqueado de aguas turbias, y que muere al lado opuesto de la bahía en otra ciudad sumergida, St. Petersburg. Las ventanas sin cristales parecen cuencas vacías que contemplan el vehículo.

—Pare aquí —ordena ella, y apenas el taxista ha puesto el punto muerto Sarah introduce un fajo de billetes en el cajón de la mampara a prueba de balas. Si éste ha de ser el último viaje, piensa, al menos dejaremos una buena propina.

El taxista todavía está contando el dinero con aire sorprendido cuando ya Sarah patina cuneta abajo, los pies bañados en agua tibia mientras crepita y murmura en su cabeza un sinfín de comunicaciones de radio. Los lirios de agua le rozan los tobillos al vadear un extenso charco entre dos edificios de apartamentos. Aunque no se atreve a volverse, a su espalda oye rodar el Mercury sobre la calzada y se mete en un vestíbulo, cuyas paredes amortiguan el audio conectado en su cabeza.

El recinto en penumbra resuena con el chapoteo del agua, que lanza destellos al techo al tiempo que Sarah camina levantando sedimentos de barro alrededor de los pies. El moho trepa por los restos del empapelado y las algas devoran las obscenidades que pintaron los últimos habitantes. Un pez estúpido choca repetidamente con su espinilla, atraído por algún sabor que le agrada. Las puertas del ascensor están abiertas de par en par dejando ver espejos rotos y un cable que cuelga. Sarah avanza con cautela sobre la alfombrilla recubierta de incrustaciones y, tras detenerse dos segundos para contemplar su propia imagen en uno de los fragmentos de espejo, afilado como una daga, enfila la escalera.

El Mercury ha avanzado unos trescientos metros más a paso de hormiga antes de detenerse en la cuneta. Dos cabezas asoman por las ventanillas, esperando que escampe la circulación. Sarah echa mano al mando y desconecta las voces que resuenan en su cabeza. Los dos perseguidores se apean del coche y deshacen camino, y Sarah continúa escaleras arriba.

Los ecos de su niñez resuenan en los tabiques derrumbados, en los desperdicios que se amontonan en los rellanos. ¿Cuántos años habrá vivido en lugares como éstos, jugando al escondite en los rincones y por corredores cubiertos de cristales rotos? Ahora regresa, y una vez más sin otro lugar en donde esconderse. Sarah de vuelta en los corredores de sus memorias de infancia, a jugar otra vez al escondite.

Las ventanas sin cristales dan claridad al vano de la escalera con sus paredes chorreadas; en cada rellano, una delirante profusión de hongos. Debajo de la pringosa alfombra, los tablones fatigados ceden al paso, y Sarah observa que va dejando pisadas sobre el barrillo húmedo, una pista que los dos enemigos podrán seguir con facilidad.

Entonces recurre al viejo truco de deshacer camino ;obre las propias huellas, andando de espaldas, lo cual hace con la misma soltura que cuando niña, hasta meterse en uno de los apartamentos por medio de un salto de lado, para aguardar oculta en la oscuridad. Una esnifada de fogonazo en cada orificio de la nariz para poner en marcha sus nervios computarizados, para acelerar la carrera de los neurotransmisores a lo largo de la red neural de comunicaciones. El oído tenso, el sudor salobre en el labio superior, los pulsos y la respiración cobrando velocidad para suministrar sangre y oxígeno donde haga falta, en el instante de la verdad...

¡Cuántas veces, de niña, debió hacer lo mismo! Oculta en una habitación a oscuras mientras el ciclón borracho que era su padre montaba fuera el gran escándalo, vociferaba amenazas y aporreaba la puerta. Ella, con los brazos temblorosos de Daud al cuello, olfateaba el olor a miedo compartido. A estos recuerdos de la infancia se les superponen luego otros, imágenes de una violencia incluso más siniestra, de tironeros ensangrentados y arrojados a un callejón, el saco del botín al lado, o sorprendidos por el súbito resplandor amarillo sodio de los faros de la policía en el instante en que sus pies buscan apoyo sobre el piso mojado para correr mejor. O las de Comadreja en uno de sus purpúreos viajes cibernéticos hacia la negrura de algún corazón encogido de terror. Pero ninguno de aquellos terrores podía compararse con aquel otro más primitivo, el de las noches en blanco esperando a su padre, y el espanto del instante en que la puerta de la habitación cedía por fin, con las bisagras arrancadas colgando y el suelo regado de astillas, y se recortaba contra la media luz amarillenta la silueta de su padre, con la botella rota en la mano...

Ellos se acercan, Sarán oye el roce de pies sobre la alfombra húmeda. Parpadea para quitarse el sudor de los ojos y abre la boca procurando respirar hondo sin hacer ruido. La Comadreja se remueve en su garganta y traga su lengua. Es posible que esos dos lleven armas de fuego, y eso va a demandar una valoración muy rápida de sus recursos durante los breves segundos en que se dejen ver; incluso puede ser necesario un cambio de táctica. La droga tensa sus nervios, urge a la acción. En su visión periférica se agitan unos fantasmas borrosos. Mediante un esfuerzo de voluntad consigue permanecer inmóvil.

El primero que pasa, atento a las huellas de las pisadas —una silueta entrevista apenas un segundo— es un individuo joven, de ojos saltones y tupé rubio muy marcado, que lleva un chaleco de cuero, los nervudos brazos tatuados y un palo, no, un bate de béisbol en la mano izquierda. Y luego aparece el otro frente al marco de la puerta, y Sarah empieza a moverse.

Le lanza la Comadreja a los ojos, como un relámpago proyectado en línea recta, pero el fulano ha visto el movimiento de reojo y consigue volver la cabeza. La Comadreja le golpea en el pómulo y le deja un mordisco cárdeno... Pero el golpe le ha obligado a levantar los brazos para cubrirse, dejándole expuesto a la patada que ella le envía al centro del cuerpo con toda la fuerza de su cuerpo lanzado hacia delante. Cae hacia atrás, haciendo aspavientos con los brazos. El frío resplandor de la navaja dibuja un arco de luz y resbala sobre la alfombra hasta desaparecer en lo oscuro. Sarah retira la Comadreja para tomar una bocanada de aire, al tiempo que se vuelve hacia el portador del bate. Los dos tipos son más bajos que ella, observa entonces, ventaja que desde luego no piensa desaprovechar.

Una ojeada sobre el hombro para proyectar una patada hacia atrás que impacta de nuevo en el vientre del navajero, y que le sirve para tomar impulso hacia delante mientras el otro sale despedido hacia atrás, aterrizando de nalgas, con un jadeo, al tiempo que Sarán vuela como una jabalina hacia el blanco; pero el del tupé es demasiado rápido. El bate silba en el aire describiendo un arco incluso antes de que el muchacho haya podido ver lo que se le viene encima; ella no puede frenar y sabe que va a darle, levanta el brazo tratando de amortiguar el palo, pero lo recibe en el costado, algo atenuado por el chaleco protector pero no del todo. Cortada la respiración, se golpea contra la pared pero rebota intencionadamente metiéndose dentro del semicírculo que abarca el bate, hasta olfatear el aroma a lilas de la brillantina de su contrario al tiempo que intenta clavarle las uñas en los ojos.

Él deja caer el bate, que es lo que ella quería, y le atenaza las dos muñecas para separarle los brazos, crucificándola para que el otro la apuñale por la espalda. Le tiemblan los tatuajes mientras compite con la fuerza de la mujer. Ella intenta propinarle un rodillazo en la ingle pero él se vuelve de costado y lo para con el muslo. Hay una sonrisa en su cara ahora, que en parte es el rictus de la lucha, pero también se ve que disfruta teniéndola sometida, abierta delante de él.

Le mete la Comadreja por el ojo izquierdo y la sonrisa se convierte en un aullido ahogado. Cae hecho un amasijo de movimientos desordenados, sangrando por la órbita estropeada. Es posible que la Comadreja haya destrozado parte del lóbulo frontal del cerebro. Sarah retira la Comadreja para atacar otra vez y se vuelve a tiempo de parar una patada y un golpe del navajero, pero otro golpe la alcanza en el pecho y siente un dolor que agarrota sus nervios en exceso eficientes.

Se nota en seguida que está preprogramado, los reflejos de un segundo dan, o así, en el cristal implantado en su cerebro animal, los nervios ciberimplantados para mejorar su velocidad. Pero los reflejos de un coreano de metro cincuenta y cinco no se adaptan necesariamente a un occidental de metro ochenta sin una práctica asidua, y ese tipo de disciplina no se da entre los chicos de la calle que Sarah ha conocido... En cambio, ella tiene sus reflejos entretejidos con los de sus chips, los ha hecho propios y ha integrado sus pautas con las de la Comadreja.

La pelea es rápida y cuerpo a cuerpo; ambos están salpicados de la sangre que fluye de la herida sobre la mejilla mientras se revuelcan tratando de colocar un golpe definitivo. La Comadreja le llena los antebrazos de marcas sanguinolentas mientras él intenta cubrirse. Al final ella le acerca y le descarga un cabezazo en la cara, para incorporarse en seguida sobre el inconsciente, respirando con dificultad y escuchando el súbito y clamoroso silencio.

En la visión periférica revolotean puntos luminosos y el dolor, hasta este momento negado por el miedo, reclama sus derechos. Sarah se frota el pecho y las costillas, respira fuerte, se apoya unos momentos en la mohosa pared en busca de un muy necesario descanso. Busca la navaja y el bate de béisbol y se pregunta durante unos momentos qué mensaje le conviene dejar.

Ésos no son agentes de Cunningham, evidentemente, sólo un par de sicarios que iban a por la recompensa y no habían entendido del todo la clase de jaleo en que se metían. Aunque malvados y estúpidos, Sarah no se siente capaz de dejar dos cadáveres tirados en un pasillo ruinoso; por otra parte, podría ser buena política el dejar un ejemplo para otros chicos de la calle que tal vez estén considerando ideas parecidas. Un par de lecciones bien visibles en forma de miembros escayolados hará maravillas.

De todos modos el del tupé ha perdido parte de su cerebro, por lo que Sarah se conforma con romperle el brazo izquierdo con el bate. En cuanto al navajero, despertará con las clavículas rotas. Sarah arroja el bate en una habitación vacía, recupera su bolsa y se lleva las llaves del Mercury.

Cuando llega a la carretera las costillas le duelen a cada paso. El asiento del Mercury está remendado con cinta impermeable para tuberías, que le abrasa los muslos. Del retrovisor cuelga una medalla de la buena suerte. Sarah corre hacia atrás el asiento para acomodar sus largas piernas.

Arranca el motor y se dirige hacia St. Petersburg, dejando a sus espaldas los edificios abandonados de Venecia. El aire marino entra por la ventanilla y la refresca, mientras nota que empieza a disiparse el efecto del fogonazo y sus nervios se aflojan al mismo tiempo que la oleada de adrenalina, amenazando con dejarla totalmente hundida. Así que busca el inhalador y se administra otra esnifada que la ayuda a resistir la travesía.

Frente a ella, al otro lado de la había, una ciudad que se derrite bajo el calor de la tarde. Saborea el salitre del viento mientras sobrevuela las aguas a toda velocidad. Sarah no ignora que pronto rebasará el punto culminante e iniciará otra vez la caída. Que no sea en seguida, piensa. De momento sólo quiere seguir volando.

 

5

 

Arnold es una joven tanquista de brazos nervudos, musculosos, y cabello negro muy corto alrededor de sus zócalos. Tiene buena reputación y hace años que trabaja por cuenta propia. Hace dos días que forma parte de la pandilla del Cowboy.

Han sido diez días de celebración, una serie de juergas de punta a punta de las Rocosas, con incesantes entradas y salidas de tanquistas, mecánicos, intermediarios, pilotos de ala delta retirados que no se adaptaron a la nueva tecnología... la numerosa, extensa y trashumante nómina de los que gustan de considerarse a sí mismos como «la clandestinidad». Han bebido a la salud del nuevo mito, del hombre que abrió Missouri para el tráfico nocturno de todos ellos. Ahora el grupo ha sentado sus reales en el bar del Murray Hotel de Livingston, Montana, donde se quedarán probablemente dos o tres días más mientras nuevas gentes entran y salen para invitar al Cowboy y bañarse en la aureola de su leyenda.

El blindado del Cowboy está escondido en una alquería remota de Virginia occidental; el viaje de retorno sería demasiado peligroso, incluso sin carga y por las carreteras legales, por cuyo motivo el Cowboy ha preferido tomar el tren bala de Pittsburgh a Santa Fe. Y desde entonces anda de un lado para otro con el Maserati, recorriendo los estados de las montañas y recalando en todos los abrevaderos que frecuentan los tanquistas.

Para hablar con la gente, sobre todo. Tiene sus motivos.

—Tuviste problemas en tu última travesía, ¿eh?

Arnold responde con una mueca, la nariz sumergida en su bourbon con hielo. En la pista retumban los acordes de la música vaquera, aunque los tanquistas y los rancheros locales no ponen tanta energía en bailar como en desafiarse mutuamente. Hay una pequeña rubia que lleva pendientes con láseres que lanzan destellos de fuego rojo sobre las paredes, los demás bailadores y el rostro sorprendido del encargado de la barra. El Cowboy la observa por entre la muchedumbre de los que se contorsionan.

—En la penúltima —le corrige ella—. Uno de los camiones del Lija faltó a la cita en el punto convenido y tuve que esconder el panzer en un puñetero barranco durante un par de días, a dos pasos de una aldea, además. ¡Como para que me tornaran por una campesina a plena luz del día!

—El Lija debió pagarte una prima por eso.

—¿Ése? ¡Lo dirás en broma! —replica ella con un mohín desdeñoso.

—Alguien debería darle una lección —prosigue el Cowboy en voz baja.

El vaso de bourbon se detiene antes de llegar a los labios de Arnold. que lo descansa otra vez en la mesa, mirándole con aire interrogante.

—¿Estás maquinando algo, Cowboy?

El pendiente láser de la rubia arroja un destello púrpura que cruza la mejilla de Arnold. El Cowboy se hace el indiferente y pide otra ronda al encargado.

—Quizá deberíamos —contesta.

—¿Quiénes? ¿Nosotros dos? —afecta sorpresa ella.

—Nosotros dos. Y algunos más.

Arnold mira con disimulo alrededor y aunque no hay nadie cerca, baja la voz por si acaso.

—¿Adonde quieres ir a parar?

—Es que este negocio empieza a estar muy organizado. Los intermediarios han tendido sus redes en ambas costas. Tienen gente a sueldo, dirigen laboratorios, trabajan con sus propias delegaciones. Contratan gente para robar las materias primas, aunque ellos nunca salen a la carretera. Los distribuidores trabajan los unos para los otros. En cuanto a los Orbitales, tienen sobornada a la mitad de la policía. ¿Qué riesgos corre ninguno de esos individuos?

—Ninguno —dice Arnold. exactamente como el Cowboy esperaba oír.

—Somos nosotros los que nos echamos a la carretera —prosigue—. Nos alquilan por cuatro cuartos. Algunos tenemos agentes que trabajan para nosotros, como el Esquivo, pero si él cierra un trato y luego no lo cumplen, no puede hacer nada. Somos los más débiles entre toda esa gente, y muchas veces nos toca pagar el pato. Como tú, que pasaste dos días metida en un barranco, y ni siquiera fue culpa tuya.

El encargado sirve la nueva ronda y Arnold mira de nuevo por encima del hombro.

—Me parece que no quiero seguir escuchando el tema, colega —dice—. Yo estoy en esto por la aventura, no por la ganancia.

—Sólo estoy insinuando que los que corren el riesgo deberían tener algo que decir en el asunto.

—O sea, que formemos un sindicato.

—No, sólo una asociación de autónomos. Sólo para poner en su lugar a los intermediarios. Para recordarles que si no fuese por nosotros, ellos no podrían disfrutar sus limusinas, sus chalés de montaña, su cryomax —el Cowboy apunta con el dedo hacia la barra para conferir más énfasis a sus palabras—. Sólo digo que mientras nosotros andamos por ahí forjando leyendas, los intermediarios se dedican a soplar vodka perfumada al cinamomo sentados en taburetes de cuero.

Arnold sonríe irónicamente.

—¿Vodka al cinamomo? ¿Cryomax? ¿No estarás pensando en un intermediario muy concreto?

Pero el Cowboy sospecha que todavía no está preparada, no del todo dispuesta a escuchar lo que él tiene que decirle acerca de Arkady.

—¿Yo? No, que yo sepa.

Ella le acerca la cara, apoyando los codos sobre la mesa.

—Si esto me lo dijera otro, C-boy, le daría la espalda y me largaría de este bar.

—Menos mal que he sido yo, entonces —sonríe él.

Ella le contempla con sus ojos artificiales.

—¿A cuántos más has hablado de esto?

—A media docena, tal vez. No voy pregonándolo por la radio.

—Más te vale, ¡cono! —apura de un trago el resto del bourbon y echa mano al segundo—. A pesar de todo, creo que debería salir de aquí ahora mismo.

—Hazlo, si quieres.

Ella se queda mirándole de nuevo, mordiéndose el labio, mientras él le sostiene la mirada hasta que ella baja los ojos.

—Lo pensaré —dice—. No puedo prometer más.

—Piénsalo tanto tiempo como quieras. Piénsalo la próxima vez que te veas con el culo hundido en algún barranco.

Ella menea la cabeza, riendo.

—Si no fueras tú, Cowboy...

El aludido ríe también, bebe un sorbo.

—Soy yo. Es una feliz coincidencia que yo exista.

Arnold le dirige una repentina mirada de advertencia, tan repentina como la súbita emergencia de un cañón, al tiempo que apoya una mano en el antebrazo de él.

—No tan feliz para algunos, si te sales con la tuya.

—Lo sé.

—Si ellos llegan a saberlo, tienes las horas contadas.

—Como te decía, he tomado mis precauciones —toma otro sorbo de bourbon—. ¿Con quién más crees que podría hablar? ¿Conoces a alguno de confianza?

Ella mira a su alrededor, mordiéndose el labio, los reflejos rojos del láser en los ojos.

—Vlemk, tal vez, y Ella, y Soderman. No Penn, es demasiado amigo de Pancho.

—¿Y Jimi Gutiérrez?

Arnold deniega con la cabeza.

—Es difícil saber lo que piensa ese chico. Está demasiado loco para comprender lo que le conviene. Tiene buen fondo, pero me parece que habla demasiado.

Surgen algunos nombres más, a los que opone su veto el Cowboy, lo cual parece tranquilizar a Arnold viendo que no acepta todas las proposiciones, que verdaderamente se propone ser discreto.

La música termina con un calderón y los bailarines empiezan a dispersarse. El Cowboy apura el trago.

—Piénsalo. Hablaremos otro día —dice—. Me parece que ahora voy a bailar un rato.

—Sí, hablaremos otro día —replica ella, distraída, con las facciones tensas, como si ya se hubiese puesto a pensarlo.

Él se acerca a la rubia de los pendientes láser. Lleva echada sobre los hombros una extraña guerrera y no se parece a ninguna de las habituales, ni él la había visto antes entre la compañía de los tanquistas. El Cowboy se planta delante de ella y observa el cabello rizado, el inhalador que lleva en la mano. Ella se queda mirándole, se dispara dos veces en su naricilla respingona y luego le ofrece el aparato.

—Cocaloca —dice—. ¿Quieres un poco?

Él acepta el inhalador.

—¿Te llamas Cocaloca? —le pregunta él, a lo que ella responde con una risa breve, nerviosa:

—No estaría mal. Pero me llamo Cathy.

La cocaloca anestesia la nariz y pone fuego en los nervios. La música empieza a retumbar de las paredes. Cathy se revela como una bailarina de sorprendente vigor. Sus saltos y sus giros hacen volar los pendientes láser y dibujan figuras de color rojo en todo el local. Juntos bailan dos piezas seguidas y luego el Cowboy ofrece unos refrescos. Mientras se encaminan hacia el bar, él la interroga acerca de la chaqueta de uniforme.

—Soy teniente de la Guardia de Costas —dice ella, con gran sorpresa por parte del Cowboy, quien no sabía que existiese todavía la guardia costera.

—¡No me digas! Cuéntame más cosas.

Resulta que ella pilota una patrullera salvavidas frente a Norfolk, para rescatar a los infelices marinos perdidos en la mar gruesa del cabo Hatteras, con sus rompientes de doce metros de altura color gris acero. Tiene un permiso de tres semanas y lo ha dedicado a vagabundear por el Oeste, practicando la escalada libre de paredes rocosas como pasatiempo.

—Mañana voy a Yellowstone, a escalar la aguja del Medlicott —se vuelve hacia él deslumbrándole con los pendientes—. ¿Te gustaría verlo?

—No tengo otro plan, me parece.

Pero en ese mismo instante irrumpe en el bar otro grupo de tanquistas que acaban de regresar de una expedición a través de Dakota. Uno de ellos es Soderman y el Cowboy tiene mucho interés en hablar con él, por lo que paga un par de cocalocas más para Cathy y se excusa.

—Negocios, ya sabes.

Ella se encoge de hombros.

—Hasta luego, tal vez —y se dispara un par de torpedos para hacerse compañía.

Ante las proposiciones del Cowboy, Soderman reacciona de una manera bastante parecida a la de Arnold: deferencia acompañada de una incertidumbre que algunos llamarían miedo.

—Yo no sé de esas cosas —dice—. Si no fueras tú...

Es lo que le han dicho casi todos y el Cowboy se siente bastante halagado en su amor propio; calcula que disfruta de prestigio suficiente entre los tanquistas para armar su maquinaria y ponerla en marcha. Pero también sabe que los intermediarios no van a felicitarle cuando se enteren; quizá consideren necesario, aunque sintiéndolo mucho, que él no regrese vivo de su próxima misión. Por eso tiene tanta prisa en correr la voz, en que empiece a cobrar forma el proyecto antes de que ciertas personas averigüen lo que está pasando.

Cuando termina la conversación con Soderman busca a Cathy en la pista y no como la encuentra, cae en la cuenta de que los deportistas suelen acostarse temprano y se entretiene bailando con Arnold y un par de asiduas del local. Luego acepta un sombrero Stetson blanco que alguien se empeña en regalarle, se lo encasqueta y sale rumbo a su habitación de la tercera planta.

Pocos minutos después de encender la luz oye que alguien repica en la ventana. Con gran sorpresa por su parte ve a Cathy con la nariz respingona pegada al cristal. Ha escalado la pared exterior de ladrillo con los dedos y con los pies desnudos. Abre la ventana y ella salta adentro, diciendo:

—Me gusta el sombrero.

Lleva las zapatillas colgando del cuello por los cordones, y en una de ellas trae una petaca de bourbon. El Cowboy cierra la ventana y en menos de quince segundos están acostados.

Tiene el cuerpo fuerte, musculoso, y cuando lo comenta con asombro ella contesta:

—Paso mucho tiempo colgada de las uñas. Mañana lo verás, si quieres acompañarme.

Así que el día siguiente, el Cowboy se traslada con todo su séquito a Yellowstone, para contemplar aterrorizado cómo Cathy pasa la mayor parte de la jornada en escalada solitaria por la pared de granito del Medlicott, las botas colgando en el aire mientras ella trepa utilizando solamente los dedos, y desdeñando cordadas y demás dispositivos de seguridad. Cuando baja, el Cowboy corre a abrazarla y queda espantado al ver sus uñas rotas, y la sangre corriendo por las manos hasta las muñecas. Tan pronto como regresan al hotel la lleva al baño y le enjabona y lava las manos con agua caliente.

—¿Haces eso por diversión? —exclama.

Ella le mira sonriente.

—Cuando estoy en el barco lo hago todo a reglamento. Debo pensar en mi tripulación. Pero aquí prefiero escalar sin cuerda de seguridad —apoya ambas manos en los hombros de él. empapándole la camisa de agua jabonosa—. Siempre que puedo —añade al tiempo que se cuelga y trepa hasta alcanzar a besarle, cruzando las manos mojadas detrás de la nuca del hombre y dándole la lengua.

Es tan menuda que puede sostenerla a pulso sin esfuerzo, y así culminan el acto sexual de pie. tropezando de vez en cuando con los sanitarios. Durante la noche se le abren las heridas de las manos, y la mañana siguiente el Cowboy despierta con el pecho y la espalda manchados de sangre.

Pocos días después el Cowboy, incapaz de seguir mirando mientras ella escala el New Dimensions. prefiere pasar la jornada en el bar con sus amigos, corriendo la juerga. A última hora de la tarde se presenta ella con un bocadillo en una de sus manos estropeadas y el inhalador de cocaloca en la otra. Y pasan la noche en mutua escalada, explorando chimeneas, promontorios, grietas. El Cowboy opina que está perfectamente chiflada.

Pero no es mala compañía, sin embargo.

Una semana después, mediada la tarde, el Cowboy contempla un disco lunar enorme que inicia su lenta patrulla por el cielo azul, acompañada en ese momento de su travesía por dos puntos plateados que son dos satélites captadores de energía, la cual retransmiten desde sus órbitas geoestacionarias para inyectar vida en las agostadas venas de la Tierra. Luego vuelve la vista más abajo, hacia donde los álamos intentan escalar las laderas occidentales de la cordillera, acariciando la superficie gibosa pero condenados al fracaso por la fuerza de la gravedad. Si todo aquello que domina la Tierra desde una órbita debe suponerse hostil, entonces los álamos son unos colaboracionistas, conclusión ineluctable, triste pero cierta. El Cowboy agacha la cabeza, contrito, y toma otro sorbo de mezcal.

Todo cuando le rodea le recuerda la dependencia en que viven y eso le pone de mal humor. Está mezclando la cerveza con e! mezcal en la terraza de un bar de Colorado con un reducido número de incondicionales de su partida. Ayer llenaban el local, pero hoy sólo han quedado tres.

Cathy ha salido de excursión con Arnold, su nueva amiga, pero el Cowboy ha preferido quedarse en el bar, buscando las respuestas a ciertas preguntas que viene formulando durante las últimas semanas, discretamente, mientras vagabundeaba con su grupo de un lado a otro, y sin tomar en cuenta las objeciones.

Jimi Gutiérrez es un chico de dieciocho años, lleno de ambición, con su conjunto de zócalos recién implantado en el cráneo; hace tan poco que se sometió a la operación, que todavía no le ha crecido el cabello alrededor de los aislantes de porcelana. Sonríe con la boca llena de férulas y contempla el mundo a través de ojos enfebrecidos por la impaciencia. Dicen que es rápido pero quizá demasiado irresponsable todavía para confiarle misiones importantes.

El otro tanquista es Chapel, un tipo corpulento tirando a gordo, cercano a la treintena. Bebe despacio y habla poco. Lleva al cinto una caja negra de la que sale un cable conectado a su cráneo: un yonqui que no puede vivir sin el estímulo electrónico, cualquiera que sea.

Estos cabezabotón le ponen nervioso al Cowboy, quien desconfía de los yonquis en general y más especialmente de los de ese género. Esto de abusar así del interfaz le parece casi una profanación. Él opina que debe utilizarse para superar las propias limitaciones, para abarcar interiormente hasta lo más remoto, acceder al mundo de los electrones... ¡sentir que uno se mueve a la velocidad de la luz. Pasar la Muga, ésa es la única adicción que el Cowboy se consiente, y eso es auténtico y no una banal estimulación electrónica de los centros de placer del cerebro reptiliano.

Lo trata con indulgencia, sin embargo, porque Chapel trabaja casi exclusivamente para Arkady; sólo por cortesía se le admite en la compañía de los operadores libres, pero además es posible que tenga algunas de las respuestas que el Cowboy busca.

—Se prepara un convoy —anuncia—. El sábado, en Florida. No es gran cosa, pero el Esquivo dice que pagan bien.

—En mis comienzos conduje algún convoy por Utah —dice Jimi—. Camiones blindados, tipos macizos que llevaban escopetas cargadas de postas —menea la cabeza y vierte un chorro de mezcal en un vaso largo—. Hoy no lo haría. No lo necesito.

El Cowboy le pasa una lima.

—¿Por qué no? Tenemos el panzer en el Este, y no me gusta permanecer desocupado mucho tiempo. Será un día de diversión y juntaremos un poco más de oro.

—Sí, olvidar que estuviste en un panzer. No está mal —Jimi lame la pizca de sal, apura el mezcal, muerde la lima y su mirada se anima un poco.

—Yo empecé con los ala delta, por supuesto —cuenta el Cowboy—. Nunca he conducido un convoy. Pero me gustaría que hubierais visto lo que eran las redes de distribución entonces. Despegábamos de algún barranco de una reserva india. Y los convoyes circulaban con los faros apagados, buscando las carreteras comarcales más recónditas. En aquellos tiempos no te robaba la competencia, lo hacían los refugiados, y ¿quién podría recriminárselo? Cuántas noches habré perdido sentado al borde de la pista, esperando la entrega de la mercancía. Y si no se presentaban, era preciso dar por cancelada toda la misión.

—Sí—dice Jimi, y con palabras entrecortadas, atropelladamente, se lanza a un inacabable monólogo acerca de cómo se organiza la distribución hoy. El Cowboy sonríe y levanta un dedo para pedir otra ronda de cervezas, al que contesta con silencioso ademán el encargado, indio navajo y refugiado que conserva todavía un poco de asombro en el fondo de la mirada. Hombre sin centro, sin un hogar: por mucho que recen los Bardos de la tribu no van a arreglar las cosas. La mitad de su reserva ha quedado tan inhabitable como la Luna, plagada de minas desde la guerra contra los Orbitales, y el resto envenenado por los vertederos, asfaltado para convertirlo en plazas de aparcamiento o más reseco que el Sahara desde que las explotaciones mineras agotaron los acuíferos. Los téjanos, piensa el Cowboy, que no dejaron más que sus malditas polvaredas y las pisadas de sus botas de tacón alto desde aquí hasta donde Cristo dio las tres voces.

Se sirven las jarras y el Cowboy sorbe la suya mientras escucha las historias de Jimi. Alguna pregunta aquí y allá, pero sobre todo, dejando que el otro hable. Historias de viajes nocturnos hasta los muelles de desembarque de los Orbitales, guardias de seguridad sobornados para hacer la vista gorda, traiciones, horarios incumplidos, asaltos de la policía a los almacenes de los intermediarios, previo acuerdo con los intermediarios mismos para que los agentes de la ley pudieran colgarse una medalla volviendo a comprar luego la mercancía bajo mano. Engaños, citas a las que nadie se presentó, incautaciones auténticas, denuncias mutuas entre intermediarios. Dos intermediarios que enviaron sus tanquistas al mismo territorio la misma noche, cada grupo desconociendo la existencia del otro hasta que los radares los descubrieron a ambos.

—La red de Arkady funciona como la seda ahora, ¿verdad, Chapel? —interrumpe el flujo de palabras el Cowboy.

—Cierto —dice Chapel—. Jamás faltó a una conexión, que yo sepa —es mucho más reservado que Jimi, pero se nota que sabe muchas cosas. El Cowboy empieza a formarse una idea del panorama. Grandes cantidades de mercancías, todas de calidad orbital, que van desde California hacia el Este, pasando por almacenes repartidos en todo el Oeste. Una cohorte flotante de auxiliares y asistentes de Arkady que se releva para escoltar las expediciones, agilizar cumplimientos, vigilarlo todo con ojo atento.

Sabe el Cowboy que no es posible reunir semejantes partidas sin el conocimiento y la colaboración de los Orbitales, pero ¿quién utiliza a quién? ¿Tal vez Arkady tiene proveedores a quienes los demás no conocen, que compran lo que les sobra a los Orbitales y se encargan de distribuirlo, o son ellos mismos quienes lo suministran para tener dominados los mercados clandestinos, al controlar tanto la oferta como la demanda?

Se echa otro mezcal entre pecho y espalda y medita un rato, mirando el ojo que no parpadea de la luna. Los suministros de Arkady seguían fluyendo con independencia de los precios día a día, y eso demostraba que no podía tratarse de excedentes. Y significaba que tenía el corazón, las manos y los pies colgando de hilos y que esos hilos eran manejados por unos dedos fríos como el hielo situados más allá del pozo gravitatorio.

—Los negocios son los negocios —dice Chapel—. Arkady lo lleva como un negocio, eso es todo.

Jimi le da la espalda a Chapel, con una mueca de desprecio. El Cowboy se muestra impasible. Jimi y él saben que esto no empezó como un negocio, sino como una causa: localizar los eslabones débiles en el sistema de distribución de los Orbitales, identificar las gentes débiles o que se dejasen sobornar, o quién estuviese dispuesto a cambiar de bando. Aprovisionar de cosas necesarias al sistema y no sólo los inacabables placeres mecánicos que los Orbitales pretendían inculcar en las cabezas o introducir en las podridas venas. Estaban los problemas de todo mercado clandestino, la territorialidad, las traiciones, la competencia que se saltaba los límites de lo estrictamente amistoso. Estaba, por encima de todo, la sospecha de que algunas sabandijas humanas utilizarían la resistencia para lucrarse con el infortunio de todo un planeta. Pero, aunque no faltaron sabandijas, el correo seguía repartiéndose.

Y era un mecanismo humano, que no una máquina. Ni los Orbitales, ni Arkady. Tal vez una asociación de tanquistas serviría para mantenerse en el terreno de lo humano.

Cowboy no planea sondear a Chapel, que tiene cerebro reptiliano y está entregado a los intermediarios. Ni tampoco está seguro de Jimi todavía; le parece un muchacho demasiado irreflexivo para saber guardar un secreto. Así que se limita a escuchar y a servirse mezcal.

Desde la terraza distingue a Cathy y Arnold, que descienden por la ladera cubierta de hierba, a la sombra de los álamos. La fiesta de hoy comenzará en seguida.

De momento el Cowboy se sirve otro mezcal y sigue desafiando a la luna con la mirada.

 

6

 

—Magnífico —se dice Sarah. Un cabezabotón. Le consta que sólo las gentes que se toman en serio sus adicciones instalan zócalos en sus cabezas.

Amanece. El Cowboy está junto a su panzer con Warren mientras el mecánico le explica, dibujando con muchos ademanes en el aire, el compresor auxiliar que acaba de montar y que servirá para enviar puntas de potencia al sistema hidráulico de un posquemador, junto con las razones por las cuales el Cowboy debe abstenerse de utilizarlo si le es posible. El panzer espera sobre una calzada agrietada y rodeada de dunas; el asfalto empieza a fundirse ya bajo el calor aunque están a la orilla del mar, al norte de St. Petersburg, donde un antiguo barrio residencial ha sido convertido por el océano en un bajío. Las chimeneas que asoman sobre las verdosas aguas parecen marcar el camino a los peces que nadan entre los restos de las casas de ladrillo gris. Delante y detrás del blindado, sendas camionetas provistas de trapos rojos que lo acompañarán hasta la interestatal como marca la ley, ya que los vehículos de efecto suelo, si bien son capaces de alcanzar grandes velocidades, adolecen de cierta dificultad para frenar.

La brisa tironea del pelo a Sarah, quien asiste a la conversación desde lejos, de pie junto al Packard blindado del Atamán, con el desacostumbrado peso de la Heckler Koch colgando de la cadera.

Está familiarizada con ella, tras haber efectuado anteayer doscientos disparos. Ella tenía ya implantados los chips genéricos para este tipo de arma y ahora ha incorporado además a su ROM los datos concretos: cuando se dispara desde la cadera la ráfaga sube tal ángulo y tanto así a la derecha; cuando se dispara a la altura del hombro se comporta de tal y tal manera; si se monta el silenciador sucede tal y tal cosa. Todo ello conectado directamente a sus reflejos. Inmediatamente utilizable, si fuese necesario.

Y lo que es más importante, ha sobrevivido. Lleva las costillas amoratadas, pero casi ha valido la pena, vistas las muestras de respeto —ojeadas furtivas, murmullos y conciliábulos en los rincones— con que la han recibido muchos al entrar en el Plastic Girl para acudir a su cita, la primera vez que va allí después del último encuentro con Cunningham. Gentes que la conocían al menos de vista, que estaban enteradas de la oferta de Cunningham. Y tal vez conocían también a cierto par de sicarios que tuvieron un mal tropiezo, y cuyo Mercury de varios colores había sido hallado en el mar cerca de Tarpon Springs. La miran con disimulo a través del espejo del bar mientras ella apura su ron con lima de pie, la espalda contra la pared, como quien no descuida las precauciones más elementales, la cadera ladeada como si ya llevase la pistola colgando y dándoles a entender con una sonrisa que ella sabe algo que ellos ignoran.

El mensajero se presentó a la cita y ella salió con él, siempre sonriente, con aquella manera de andar elástica y segura que le había enseñado Firebud. Caminaba como si el miedo fuese algo desconocido para ella.

El muchacho se llamaba Lañe y traía la pistola en la guantera del coche; si hubiese entrado con ella en el bar se habrían disparado todas las alarmas del Plastic Girl y el portador se habría visto en el punto de mira de una docena de sistemas automáticos. Lañe le abrió la puerta de atrás y se mostró complacido cuando ella pidió sentarse a su lado.

No hubo ninguna intentona. Salieron hacia el sur, hasta hacer alto en un caserío abandonado junto al Little Manatee, y él sacó la pistola de la guantera, le enseñó cómo se montaba y cargaba, y luego se hizo a un lado mientras ella hacía sus prácticas y reprogramaba sus chips. Nunca supo que ella había adivinado que él también estaba preprogramado y seguramente dotado de armas invisibles por el estilo de la Comadreja. Tampoco llegaría a saber nunca que al menor gesto en falso por su parte la Comadreja se habría abalanzado hacia su cara, ya que ella estaba totalmente dispuesta a defender, justo en ese momento, su derecho a ocupar aquella parcela de barro terrícola.

En efecto, acababa de sobrevivir a otro segmento de tiempo, a otro Momento. Se regaló a sí misma una botella de ron para celebrarlo y se bebió la mitad en su escondite, no el de la Venecia de Tampa, sino en St. Petersburg, en lo más alto del que había sido un prestigioso edificio de oficinas, con rejas de bronce verde en las ventanas y un vestíbulo de mármol, donde una marca horizontal señalaba el nivel alcanzado por las mareas en primavera. Arriba, donde se veía salir el sol sobre Tampa y se divisaba la red de reflejos como hilos de oro sobre el puente.

Sarah tiene motivos para estar contenta. El anticipo del Atamán está ingresado en la cuenta del hospital, y mañana por la mañana Daud recibirá su pierna izquierda. Con el pago definitivo, al terminar la misión, tendrá la otra pierna.

La resaca hierve sobre la playa de cemento desmigajado, y entonces aparece otro coche blindado, el de Andrei. El Atamán abre la puerta del suyo y le espera.

Andrei, poco partidario de la moda cryomax, prefiere vestir formalmente: pantalón vaquero, botas, y camiseta bajo un chaleco azul de raso. Él y Michael se saludan, se abrazan y charlan un rato aparte, en ruso, Michael en tono de pedir explicaciones y Andrei en plan tranquilizador. Sarah atrapa alguna palabra de vez en cuando. Los conductores y los ayudantes, o guardaespaldas que es lo que son en realidad, los contemplan desde sus vehículos. Últimamente el Atamán se desplaza siempre en convoyes de tres unidades, y va con el cuello rígido a causa del chaleco antibalas que lleva debajo de la holgada blusa cosaca. Es evidente, hay que estar preparados para cualquier eventualidad.

Sale entonces a la playa un camión de cinco toneladas que había permanecido, con su propia escolta, al abrigo de unos árboles. El Atamán retorno al aire acondicionado de su Packard; la conversación entre el Cowboy y Warren termina y se estrechan la mano. Warren se encamina hacia su propio coche y arranca. Los del camión bajan la plataforma de carga y el Cowboy se pone a supervisar la estiba. El Atamán, apenas una sombra detrás del cristal antibala, saluda con la mano, o les da su bendición, y luego se larga en seguida con sus acompañantes. Sarah se queda sola, las botas empapadas de asfalto derretido.

Observa, procurando que no se le escape ningún detalle importante. Sabe que los poderosos tienen sus ritos, sus maneras propias de hacer las cosas. Una actitud diferente, o un estilo personal. Eso se lo enseñó Firebud al mostrarle la diferencia entre los meneos de una buscona y el fluido movimiento deslizante de una piloto.

A Sarah estas diferencias no dejan de sorprenderla. Sabe que están naciendo nuevas jerarquías en este podrido y bajo mundo, que los centros de poder cambian y se convalidan los unos a los otros, pero aún no ha aprendido a distinguir lo que es importante y lo que no. Warren y el cabezabotón se han estrechado la mano; en cambio Andrei y Michael se abrazan y se besan. ¿Es que el abrazo comunica más respeto, o se impone este otro ritual más complejo en el mundo equívoco de los intermediarios, donde las amistades se entablan según dicten las conveniencias, y las alianzas pueden derrumbarse en cualquier momento como Venecia ante la primera marea alta, siendo necesario un gesto más espectacular para persuadir en cuanto a la sinceridad de los propios sentimientos? O tal vez sea sólo una costumbre rusa. Pero ella no lo sabe.

Con un silbido, los circuitos hidráulicos del panzer cierran la compuerta de la bodega de carga del panzer. El cabezabotón está distraído mirando el mar, tal vez contemplando cómo América se hunde en el golfo. Sarah se adelanta.

—Me llamo Sarah —unas pupilas como cabezas de alfiler se vuelven hacia ella—. Éste es el erial más pelado que se haya visto nunca —la luz del sol arranca reflejos del damasquinado que adorna los zócalos craneales. Él frunce el ceño—. ¿Nos vamos?

—Supongo que va siendo hora. Me llaman Cowboy —dice él.

—Ya lo sé.

El Cowboy la contempla sin especial cordialidad. Esta buscona apenas mide dos centímetros menos que su propio metro noventa y camina a grandes zancadas, con una arrogancia especial que llama la atención más de lo necesario sobre la pistola que lleva. Pese a las gafas de cristales reflectantes, las facciones tienen una especie de claridad que le gusta, una decisión tajante, a manera de vieja navaja de afeitar muy gastada, pero todavía con filo suficiente para convertir en serpentinas un edelweiss. Esas cicatrices que lleva, sin duda las ganó en buena lid, aunque no le agrada la manera en que las exhibe como parte de una actitud, como si cada mirada fuese un reto y cada cicatriz un a ver si te atreves. Nada de esto constituye todavía motivo, sin embargo, para que le caiga mal. por lo que el Cowboy concluye que todo irá bien con tal de que ella no se empeñe en seguir demostrando no se sabe el qué durante todo el día.

—Por aquí —dice, y acto seguido empieza a trepar por el blindaje exterior del panzer.

Ella le imita, sin que él se incline a ofrecerle una mano para ayudarla a remontar la pendiente metálica recalentada por el sol; pero tratándose de Sarah, esa omisión es un punto a favor del Cowboy. Los dedos sedosos de la claustrofobia rozan los nervios de la muchacha cuando contempla el interior del vehículo, la cabina reducida al mínimo entre los dos motores, las gruesas planchas del blindaje Chobham Seven y los tubos de los circuitos hidráulicos y del combustible. Las hileras de luces rojas y verdes brillan como adornos de una improbable Navidad, pero el lugar apesta a cerrado, a líquido hidráulico, a humanidad masculina. Luego resulta que no hay asiento para un acompañante, sino sólo una estrecha litera con cinturones para que el pasajero se amarre y no salga disparado durante las curvas con muchos g de fuerza centrífuga.

Cerca de la tórrela hay una funda con una carabina de las de aleación ligera, todas de plástico y metal, que más parecen palos de golf que erraron su destino.

—Encontrarás ahí unos auriculares para ti —dice el Cowboy—. Para escuchar la radio, o lo que quieras —luego le muestra una portezuela—. Un aseo químico, pero no creo que estés acostumbrada.

—Gracias.

Ella está acostumbrada a un viejo cubo de basura en un palacio de mármol en ruinas de St. Petersburg, pero se abstiene de contarlo. Quitándose la pistola, se tumba en la litera, guarda la Heckler Koch en el rincón más alejado y levanta la red. Se pregunta qué planes tendrá el Cowboy para después de la entrega; quizá se le haya ocurrido compartir la litera con ella, pero si ésa fuese su intención, ¡menuda sorpresa le espera!

Desde luego hay que ser yonqui para que le guste a uno esto de andar dentro de un panzer, se dice, en esa especie de acogedor útero cibernético con olor a tigre, lucecitas que parpadean y conectores para chutarse en los nervios la adicción, bien se trate de porno inyectado en el lóbulo frontal, de un orgasmo eléctricamente inducido, o de un subidón sintético aplicado a los circuitos de la mente: fantasías de potencia en technicolor directamente conectadas con las necesidades primarias. Sarah contempla los auriculares con súbita desconfianza. Es posible que el casco esté sintonizado con el canal del Cowboy, y si es así, a ella no le interesa.

El Cowboy se desnuda con toda naturalidad para conectarse los electrodos y el tubo del evacuador de orina. Sarah se acuerda de Daud, su hermano insensato y martirizado, apenas más humano que un canal de cerdo en el matadero. Ganas le dan de aovillarse en lo más hondo de aquel simulacro de alcoba, y en ese preciso instante, al tiempo que ella cierra los ojos y apoya la cabeza en una almohada sin funda, despierta de nuevo el dolor de sus costillas.

Las bombas empiezan a girar y se oyen los soplidos de las válvulas hidráulicas. Un motor eléctrico de arranque llora y se eleva el aullido de la primera turbina. Una sacudida que le encoge el ombligo a Sarah, y el blindado se eleva sobre su colchón de aire y cobra velocidad en dirección a la carretera. Ella cambia de postura sobre el jergón y el dolor del costado parece remitir lentamente; la fatiga sube como una niebla y la tensión va abandonándola poco a poco. De momento se alberga en la fantasía acorazada de otro y va con él hacia un destino que ignora, que también es del otro. Puede prescindir de su propia armadura por ahora.

El ruido del motor se le antoja cada vez más lejano conforme el sueño va apoderándose de su mente. Una vez se ha hecho a la idea de que está en manos de otro, ahora, el hacer que pase este nuevo Momento, decide ponerse a dormir y dejar que el conductor haga su trabajo.

El Cowboy está sumergido en su interfaz, habiéndose desentendido por completo de Sarah una vez le ha mostrado cómo funcionan los cierres de los cinturones de seguridad, totalmente atento a las filas de indicadores verdes y a los vídeos que le tienen al tanto de lo que ocurre en el exterior. Anuncia a la escolta las maniobras que quiere emprender, escucha la charla de los acompañantes, y procura equilibrar el blindado, que marcha con un solo motor, a fin de economizar combustible mientras se somete a la velocidad común del convoy.

Una vez en la interestatal despide a la escolta y pone en marcha el segundo motor. La calzada está llena de grietas y socavones, y muchos de los viaductos se encuentran en mal estado. Es la enfermedad del hormigón, por la cual los vehículos de ruedas deben ceñirse a la derecha y circular despacio, evitando los agujeros, entre invectivas de los conductores; pero el panzer vuela con suavidad sobre su colchón de aire y tras cruzar los carriles lentos pasa a utilizar los dos carriles interiores reservados a los vehículos que corren a más de ciento sesenta por hora.

El Cowboy fuerza los motores al rojo, aunque por consideración hacia su pasajera ha acelerado poco a poco hasta que rebasó los trescientos. Su velocidad es muy superior a la de los hovercraft convencionales de mercancías, a los cuales adelanta con facilidad al tiempo que escucha a través del casco el sonido de las bocinas con que le saludan los transportistas, convertido en un aullido por el efecto doppler; en cuanto a los automóviles corrientes, parecen objetos estacionarios. Los árboles quedan convertidos en una borrosa niebla verde. La concentración del Cowboy queda limitada al túnel que viene por delante y al que ha dejado a sus espaldas, a la ruinosa calzada sobre la cual se desliza con su rugiente colchón de aire, a coordinar las imágenes del vídeo con los datos del radar frontal, radio-ecos instantáneos convertidos en imágenes abstractas sobre una pantalla fluorescente que podría representar cualquier cosa desde unas nubes, pasando por el contenido de un cajón, hasta el espectro de unas partículas subatómicas en el interior de la cámara de niebla, pero que el ojo experto combina con el vídeo apreciando en ellas la presencia de otros vehículos, el raíl protector, los bosquecillos que flanquean la autopista, y los extrarradios de las ciudades cercanas, más o menos devastados por la guerra.

Cruza la frontera sin hacer alto, ya que no hay aduanas para entrar en Georgia; al otro lado, en cambio, se observa una larga cola de vehículos que aguardan tumo para entrar en las Concesiones Americanas tras pasar uno a uno la inspección. Se detiene para repostar en Carolina del Sur, y luego otra vez en Virginia. Las bombas robot localizan automáticamente las bocas de los depósitos y los llenan sin necesidad de intervención humana, sin atraer siquiera una mirada del encargado de la estación que se aburre en su tórrela blindada. A primera hora de la tarde cruza la frontera de Maryland y abandona la interestatal buscando un llano en donde se detiene, desinfla el colchón de aire y descansa mientras espera a la escolta, tras quitarse el casco y los conectores.

Con cierta sorpresa contempla a Sarán, que parece dormir. Casi había olvidado su existencia. Desconecta el colector de orina, el cual no ha utilizado, y mea en el aseo químico. Luego trepa por una escala para abrir la escotilla dorsal y ventilar el habitáculo, mientras contempla el panorama circundante de onduladas y verdes colinas por entre las cuales serpentea la desvencijada interestatal, semejante a una arteria carcomida por la esclerosis.

Hace dos noches se despidió de Cathy, quien ha salido de su vida lo mismo que entró, descolgándose por la ventana de su habitación del octavo piso en un hotel de Norfolk, y sonriéndole bajo el ala del Stetson blanco que él le regaló antes de alejarse vadeando los diez centímetros de marisma que inundan la calle Mayor Este. Antes dijeron algo acerca de volverse a ver, pero él sabe que sería una gran casualidad que tal cosa sucediera, puesto que él no suele permanecer mucho tiempo en Virginia y ella no volverá a disfrutar sus quince días de vacaciones hasta el año próximo. No pueden hacerse proyectos a tan largo plazo; en el ínterin puede que al uno lo atrape alguna policía, o que a la otra se la lleve el mar. En los tiempos que corren las despedidas han de ser adioses, por si acaso.

Al volverse resulta que Sarah ha despertado y está levantando la red de la litera. Así, adormilada, parece bastante menos dura.

—¿Un poco de desayuno?

Ella asiente, pasándose los dedos por el cabello. Él acciona un tirador y saca unos cuantos bocadillos del frigorífico.

—¿Qué tomas para beber? ¿Café? ¿Zumo de naranja? ¿Té frío?

—Té frío, por favor —descolgando las piernas de la litera, acepta el vaso de plástico y le quita la tapadera—. Gracias.

El Cowboy se apoya en la escalerilla y abre el envoltorio de un bocadillo. A través de la compuerta abierta se oye el piar de los pájaros.

—¿Eres hispana de origen?

—Espanglis, en realidad. Mi padre era medio cubano, medio gitano, pero mi madre era anglo.

Ahora que ha despabilado, observa el Cowboy, el personaje frío recobra el control; la mirada es distraída, pero no la vuelve hacia ninguna ensoñación íntima, sino más bien como si estuviese ocupada en algún cálculo muy arduo. A lo que parece, las palabras «padre» y «madre» encierran alguna connotación negativa para ella; en todo caso las pronuncia sin denotar ninguna emoción.

—¿Los perdiste en la guerra? —aventura el Cowboy al azar, y ella le lanza una ojeada rápida, como para calibrar con quién está hablando.

—Sí.

Demasiado rápida se le antoja la respuesta al Cowboy, quien no acaba de creérsela, aunque por otra parte no entiende por qué no debería contestarle la verdad. Sarah muerde el bocadillo y le mira con sorpresa.

—¡Es de jamón auténtico! —exclama—. No sucedáneo de soja, ni nada por el estilo.

El Cowboy mastica su ensalada de pollo.

—Los repartidores del Pony Express saben cuidarse —dice, y procura disimular su regocijo al ver que Sarah devora otros dos bocadillos más. Por la autopista zumban los turbopropulsores y los convencionales de hélice. Quedan unos cuantos albaricoques para postre. El Cowboy consulta su reloj. La escolta lleva unos minutos de retraso.

—¿Te importa que mire por la escotilla? —pregunta Sarah—. Nunca había visto esta parte del mundo.

—Es bastante bonita. Estamos en región civilizada.

Al ver que ella se ciñe la automática, el Cowboy pregunta:

—¿Tienes las conexiones para esto?

—Tengo las conexiones y tengo el chip —otra vez con esa mirada desafiante, como si la pregunta hubiese cuestionado de algún modo su competencia.

—Muy práctico —responde él fingiendo que le alegra el saberse tan bien protegido—, ¿Llevas el Santistevan completo o el Owari?

Ella le dirige una ojeada y luego se coloca las gafas de cristales reflectantes. Otra armadura frente a las emociones, piensa él, como el chaleco, los andares y la actitud.

—Owari —contesta ella; lo cual significa que los circuitos se activan mediante una señal, generalmente una dosis de catalizador químico tomado por inhalación, de los que llaman fogonazo en las calles. De lo contrario no funcionarían eficazmente; él lleva un juego de accesorios más caro, que se activa por un impulso de su cristal.

Sarah pasa por delante de él procurando no rozarle, sube por la escala y apoya los brazos en el borde de la escotilla mientras asoma la cabeza para contemplar las verdes colinas a través de las vaharadas de aire caliente de los motores. El maizal con sus fardos preparados junto a la carretera y el cortijo de blancas paredes parecen salidos de una postal.

—Yo llevo el Santistevan —se oye la voz del Cowboy sofocada a través de la escotilla.

—¿Para qué lo necesitas? ¿No conduces a través del interfaz?

—En otros tiempos era piloto de ala delta y lo necesitábamos todo, las manos, los pies, el cristal, los ojos, ¡todo!

Sólo entonces Sarah comprende que el Cowboy es un veterano, y debe ser bueno en su oficio puesto que ha sobrevivido. Entonces se acuerda de Maurice, el aviador nativo de las Indias Occidentales con sus ojos metálicos anticuados, con los zócalos militares en las muñecas y los tobillos, con los retratos de sus camaradas muertos colgando de las paredes, presa de un pasado más brillante que cualquier posible promesa de futuro. Y se pregunta si ésa va a ser también la suerte del Cowboy, retirarse a una caverna remota de la memoria después de vender el blindado a cambio de una parcela de seguridad relativa, cuando haya desaparecido la última partícula de esperanza.

—Los ojos, sí, he visto que los llevabas —comenta—. Por eso puedes mirar el sol de frente sin pestañear.

Las sombras de las nubes cruzan el sereno paisaje y la brisa cuchichea en los sembrados. En este panorama idílico ella se siente extrañamente fuera de lugar, desorientada. Lo suyo es el cemento, el acero, las ruinas, las tierras anegadas, el mar... pero no este horizonte verde, interminable, con sus promesas de armonía, de serenidad, de vida fácil.

Al levantar los ojos Sarah ve las centrales orbitales en el cielo, inmóviles puntos de plata, vigías que controlan el planeta por cuenta de sus amos. Y luego desciende por una ladera la cosechadora robot, un inmenso armatoste de aleación con su corazón cibernético. Ningún humano labra estas tierras, ni tienen un propietario individual; el bonito cortijo blanco debe ser la vivienda de un vigilante que guarda las plantaciones de esta comarca de Pennsylvania, o tal vez la casa ya no tiene nada que ver con las explotaciones agrícolas que la rodean y pertenece a unos turistas sin relación con los campos que empiezan justo debajo de sus ventanas.

En el fondo, esto es lo mismo que la ciudad, se dice Sarah. La misma jerarquía del poder, que principia en los combinados orbitales y termina en unos terrícolas tan desprovistos de importancia como los ratones que ahora huyen de las cuchillas de la cosechadora, vidas inútiles e innumerables en el camino de una estructura que no puede detenerse. Y el furor se apodera de ella, la recubre como otra coraza. El rato de descanso estuvo bien mientras duró, pero ahora va siendo hora de sobrevivir a otro segmento de tiempo.

Una caravana de tres vehículos, dos de ellos enarbolando trapos rojos, se desvía de la interestatal. Hora de volver al trabajo.

—Nuestra escolta —anuncia, levantando una mano para saludar.

Andrei y sus guardaespaldas han venido en avión desde Florida, y han alquilado un coche, que es el que viene con la escolta del panzer. Cuando se ve cerca saca la cabeza por la ventanilla y Sarah le dice que todo está en orden. A espaldas de Andrei la máquina está segando el maíz con ciega eficiencia.

Ella cierra la escotilla y aprieta los tornillos al ver que el Cowboy está ya en su asiento y ha empezado a insertarse los conectores en sus zócalos. Las bombas se ponen a funcionar y Sarah se acurruca en la litera mientras empieza a gemir el motor de arranque. Titubea unos momentos mirando los auriculares y luego los toma en las manos y se los coloca. Con una mano guía el micro miniatura con su alambre, fino como un cabello, hasta situarlo en su lugar cerca de una comisura de la boca.

Una música distante retumba en su cabeza; es la emisión de una emisora comercial muy remota. Gira el selector localizado sobre la oreja y va cursando una sucesión de músicas, voces que dialogan en algún dialecto eslavo y luego, con claridad sorprendente, aparece el vídeo de un culebrón dramático ambientado, para colmo de originalidad, en un circo africano. Otro paso del selector y Sarah se halla sintonizada con el interfaz del Cowboy, respingando de sorpresa al verse súbitamente en medio del paisaje verde de Pennsylvania, y proyectadas por todas partes, columnas de números en colores brillantes como de neón, que son los monitores del panzer, todo ello como si lo hubieran pintado en el interior de su cráneo superponiéndose a los datos que le envían sus propios ojos y oídos. Está excluida de la mente del Cowboy, sin embargo; es sólo una observadora pasiva y desde luego no puede intervenir en ninguna decisión mientras el Cowboy conduce el blindado por la autopista. Las imágenes no son tan vividas como lo serían si recibiese las señales a través de los zócalos, como el Cowboy, directamente inyectadas en los centros ópticos del cerebro; y con todo, el input es abrumador, de una complejidad asombrosa que casi la obliga a arrancarse el casco de la cabeza, abrumada por tal exceso de sensaciones y tanta fluorescencia.

Sin embargo, Sarán es una mujer habituada a usar cascos multimedia y a sus numerosos efectos, así que al cabo de un momento vuelve a ponérselo. Ella ha visto simulaciones de procesos a veces más complicados: maniobras orbitales, carreras de automóviles, e incluso combates. Oye ecos de voces en su cabeza; es el Cowboy que charla con los de la escolta. En el trasfondo escucha las consecuencias de las decisiones que él toma: los cambios de orientación de los timones principales, el desplazamiento de las toberas, la sustitución de unas pantallas por otras. Al cabo de un rato Sarah decide que todo esto es muy interesante.

El panzer se interna en una arruinada carretera y recorre unos treinta kilómetros hasta que Sarah divisa enfrente, hacia el oeste, una cordillera gris de cumbres envueltas en una niebla espesa. A un lado de la carretera, sin embargo, alguien ha clavado un poste con dos balizas luminosas de color anaranjado, que indican el lugar donde hay que desviarse. Los camiones de la escolta suben un trecho de pendiente cubierta de hierba, entre llamadas de atención de los conductores. La limusina de Andrei patina en el prado y el panzer los sigue cruzando sobre una acequia.

El lugar de reunión resulta ser otra alquería pintoresca rodeada de árboles de sombra. Los de la parte contraria ya están allí esperándolos: un camión de efecto suelo, no blindado, propulsado por hélices de cuatro aspas, y un par de hombres apoyados en el costado de una limusina Subaru color azul oscuro. El Cowboy ha concentrado su atención en explorar los alrededores, a lo que parece; las pantallas presentan primeros planos de las ventanas de la casa, vistas amplificadas de los rincones de la arboleda y un recorrido del desmonte que se halla a la izquierda.

Con la mente aturdida por tantos colores, Sarah rebusca a ciegas en su cinto, extrae el inhalador y se administra una dosis en cada orificio nasal, iluminando sus nervios con resplandores eléctricos.

El panzer se acerca al camión y da la vuelta, procurando no dirigir el chorro de las toberas hacia los conductores y aproximando la rampa de carga; luego corta motores y se asienta sobre el colchón de aire, desinflándolo.

—No te quites el casco, Sarah —vibra la voz del Cowboy en los centros auditivos de ella—. Puedes hablarme.

—¿Querrías desconectar el vídeo? —solicita ella—. Me distrae demasiado.

Súbitamente las imágenes desaparecen y los colores brillantes se extinguen salvo una mínima persistencia. Sarah sacude la cabeza y se apea de la litera, al tiempo que cierra la cremallera del chaleco antibala hasta el cuello y se acomoda la pistola en la cadera. Luego se detiene junto a la escala, titubeando al ver que el Cowboy permanece inmóvil, con el casco puesto, entre sus hileras de luces rojas y verdes.

—Oye, Cowboy —le dice—. Creo que debes saber una cosa. El Atamán temía que esto fuese una encerrona.

Él se vuelve en su asiento dejando ver los oscuros ojos de plástico bajo el borde de la mirilla.

—Gracias, Sarah, pero ya me lo figuraba, o de lo contrario no tendría por qué estar yo aquí.

Sarah se queda mirándolo un momento, con la mente aturdida por la sorpresa, y luego asiente y tras la escotilla sube por la escala al tiempo que se coloca las gafas. Unos rostros ceñudos la contemplan desde las ventanillas del camión. Ella desenfunda la Heckler Koch y la dispone justo debajo del borde de la escotilla. De la granja viene un olor a combustible, grasa y metal caliente.

Sarah nota sus hombros tensos, como si temiera recibir un tiro en la espalda. Sus vías nerviosas están que arden. El Atamán intuyó algo falso ahí, y no solía equivocarse en sus presentimientos, tenía buenas antenas. Los paisajes interiores de ella son urbanos y no se orienta en este tipo de terreno, pero luego decide que el Cowboy ha demostrado tener buen ojo, por lo que fija la atención en las ventanas de la casa, los árboles, la desenfilada de la izquierda y el patio.

Los principales parecen ser Andrei y un negro delgado que viste traje de seda gris y un gorro de punto calado sobre las melenas. Usa un bigotillo a lo Cantinflas, apenas un hilillo de pelo a cada lado del labio superior. Se saludan sin darse el abrazo, sólo un apretón de manos y un breve comentario sobre la operación, dicho en voz baja. El negro se vuelve hacia su coche e imparte una orden, a lo que dos de sus acompañantes, el uno blanco, el otro negro, abren el portaequipajes y sacan un pesado baúl con herrajes. Sarah experimenta un sobresalto creyendo reconocer al hombre blanco, pero ambos llevan sombreros de paja y gafas de sol, y ella ha visto en su vida tantos tíos corpulentos y cuellicortos que no puede estar segura. Y aunque parezcan hombres acostumbrados a trastear pesos, cuando dejan el baúl en medio del patio ambos jadean extenuados por el esfuerzo.

El ayudante negro se inclina para abrir el baúl. Andrei se agacha e inspecciona el contenido mientras el otro negro se mantiene un paso atrás, con una sonrisa desdeñosa bajo el bigote a lo Cantinflas.

Sarah nota el cosquilleo del sudor a lo largo de la espalda. Su mirada va del patio a las caras de los ocupantes del camión, otra vez al patio, en seguida a la trinchera del fondo, luego a las ventanas de la casa. En éstas ondean unas cortinas de blonda y Sarah intenta recordar cuándo ha visto cortinas de blonda en una ventana, a no ser en las fotografías antiguas.

Andrei se incorpora y se vuelve para dar señal a uno de los ocupantes de su coche, quien se lleva a los labios un micro de mano. La voz del Cowboy resuena en la cabeza de Sarah acusando mensaje recibido, y los cilindros hidráulicos resoplan cuando se abate la compuerta de carga del panzer.

Sarah continúa vigilando las ventanas, el camión, a Andrei y al negro que se acercan. Cosas demasiado distantes las unas de las otras para poder mantener un buen control. Los nervios echan chispas como la mecha de un castillo de fuegos artificiales. Procura relajar los músculos de los brazos, notando que su propia transpiración empapa la culata de la Heckler Koch.

Andrei y el negro han entrado en el panzer. El negro estará comprobando los precintos, abriendo cajas al azar para asegurarse de que contengan las matrices de ordenador. Los ojos de Sarah van de un lado a otro con la celeridad del rayo, la trinchera, el camión, las ventanas. Se humedece los labios, notándolos salados.

Los dos hombres abandonan al blindado y se encaminan hacia el patio. Los dos acompañantes de Andrei se apean del coche para transferir el pago en oro al arcón. El negro se frota la manga de su traje de seda, haciendo ademán de quitarse una mancha de grasa mientras se dirige hacia el Subaru. Los dos ocupantes del camión salen por la puerta de) lado más alejado para ir a por la carga.

Malo, se le ocurre a Sarah. Al menos uno de ellos debería haberse apeado por su lado.

—¡Eh, Cowboy! —empieza, los ojos rodando con desvarío de un lado a otro, los neurotransmisores disparando impulsos a toda velocidad, la atención tratando de abarcar todo el patio mientras los lingotes van cayendo uno a uno en el baúl con un golpe sordo y el negro, con aire indiferente, va a colocarse detrás del Subaru y sus dos guardaespaldas se inclinan hacia el interior del portaequipajes.

Un silbido agudo hiere el aire en ese instante y Sarah ve una aguja plateada que emerge del piso superior de la alquería para volar derecha hacia el automóvil de Andrei. Para los sentidos electrónicos de Sarah la trayectoria resulta lenta, tanto así que el grito ha brotado ya de su mente cuando el cohete hunde el parabrisas de Andrei, penetra en el habitáculo y estalla en una bola de fuego cada vez más grande, una erupción de dentro afuera, mientras Sarah piensa Daud. La bola alcanza adonde están Andrei y sus hombres, y los tres salen despedidos como muñecos de trapo. Todavía se está formando el grito cuando ya Sarah ha entrado en acción.

La automática está ya en posición y va a apuntar al Subaru. Ella roza e! gatillo y empieza el tableteo que la sacude de pies a cabeza mientras se apoya de costado contra el blindaje del panzer. Las balas de la ráfaga repiquetean, spunk-spunk-spunk, sobre la chapa del Subaru, y los dos hombres agazapados detrás del portón trasero reciben los últimos disparos. El negro cae como un trapo y su compañero sale despedido hacia atrás, los brazos en alto y una de sus manazas sujetando todavía la culata de una escopeta de repetición. Los casquillos de los disparos de Sarah rebotan como granizo en el blindaje Chobham. Ella cambia de posición y vuelve a disparar, spunk-spunk, pero el tipo blanco se ha escudado detrás de una portezuela reforzada.

El grito de su mente se confunde con el de los motores de arranque y el de los enormes turborreactores que empiezan a girar. Sarah se sobresalta cuando a escasos centímetros de ella se abre de súbito un portillón del blindaje y asoma, rápida como un martillo pilón, la tórrela del cañón miniatura. Se oye un ulular insistente, una sirena de alarma, al tiempo que se cierra con un silbido la compuerta de carga del panzer y Sarah recibe a través de su casco la voz del Cowboy:

—¡A tu espalda, Sarah! —y ella se da la vuelta en su escotilla y ve que uno de los camioneros asoma por detrás de su hovercraft a hélice, listo para dispararle con una pistola. La Heckler Koch se encabrita entre sus manos y ella ve el pánico en los ojos del hombre que se agazapa otra vez mientras las balas van subiendo, spunk-spunk-spunk, hacia él.

¡Blam! ¡Blam! Los estampidos de una escopeta de repetición rompen el aire y Sarah se vuelve a tiempo de ver la polvareda suspendida en la atmósfera alrededor de Andrei conforme hacen blanco las postas. Su cuerpo ni siquiera se ha estremecido. Es el tipo de raza blanca que está disparando por encima de la capota del Subaru. Un rugido áspero hiere el tímpano de Sarah cuando abre fuego el cañón de la torreta, lanzando una lluvia de proyectiles de treinta milímetros, y todo el piso segundo de la granja salta por los aires entre un nubarrón de polvo, como si toda la pintura se hubiese desprendido de las maderas en el mismo instante. El cañón intenta corregir el alza hacia donde está el Subaru pero no lo consigue, y súbitamente cruza por la mente de Sarah la noción de que se trata de un cañón antiaéreo y por eso los blancos terrestres quedan fuera de su alcance. Ella dispara de nuevo contra el que se oculta detrás del Subaru, hasta agotar el cargador, y mete otro volviéndose al mismo tiempo para encarar al tirado escondido detrás del camión. Con un sobresalto, el panzer se eleva sobre su colchón de aire y los humos de las toberas atufan el aire.

El piso alto de la granja está hecho un colador; imposible que haya sobrevivido ninguno de los que dispararon el cohete. Sarah arma la pistola y se tambalea en su escotilla cuando el panzer arranca yendo a cruzar por medio del patio, la proa acorazada de frente hacia el Subaru. Sarah se agacha al tiempo que el de la escopeta vuelve a disparar, blam-blam. La granizada de postas impacta en el blindaje y el hombre echa a correr.

El panzer choca de lleno con la limusina y la empuja como si no pesara más que una bicicleta. El hombre se echa a un lado, con un último y desmañado intento de apuntar la escopeta. Ha perdido el sombrero y las gafas de sol. Los chips de Sarah la urgen a asomarse, a empuñar la automática con ambas manos y disparar...

El hombre cae con una voltereta y Sarah observa el destello agónico en sus ojos y en ese preciso instante le reconoce, con un sobresalto. A ese hombre lo ha visto antes; fueron esos ojos los que vio en el espejo del coche de Cunningham mientras se encaminaban hacia el apartamento de ella por las calles iluminadas de neones. Es el individuo corpulento que le servía de guardaespaldas y conductor.

Luego el panzer aplasta el Subaru contra la pared de la granja, dejándolo arrugado como una lata, e invierte en seguida la marcha para correr hacia la pendiente, ganando velocidad. La voz del Cowboy resuena en su mente.

—Baja, Sarah. Ya hiciste cuanto podías.

Sarah todavía permanece atónita, contemplando el desastroso panorama, en medio del cual yace el conductor de Cunningham como un saco de carne.

La tórrela empieza a ladrar de nuevo, porque al subir por el terraplén el cañón tiene enfilada. El camión de efecto suelo queda hecho trizas, entre un hongo de fuego de sus depósitos incendiados. Ni rastro de los dos hombres que lo conducían; probablemente habrán quedado calcinados detrás de su vehículo. El hombre de Cunningham, piensa ella. Y el cohete. Daud.

El cañón miniatura todavía está disparando cuando Sarah baja por la escalerilla como un autómata, sin reparar apenas en sujetarse para que no la derriben los tumbos del blindado. Por último cierra la escotilla y se dirige a la litera. En la cubierta metálica del vehículo se oye un tintineo: son los últimos cartuchos de siete milímetros que ruedan sobre la coraza de acero.

—Hora de buscar refugio, Sarah —escucha simultáneamente la voz del Cowboy en el interior del cráneo y a través de sus oídos—. Vamos a buscar un agujero bien profundo para escondernos.

No podrás, querría responderle ella. No hay refugio contra ellos.

Pero no dice nada, sino que se limita a quitarse el casco, cierra los ojos e intenta buscar el olvido del sueño.

 

7

 

CIFRAS DE LA PASADA NOCHE EN TAMPA, TOTAL CERRADO A LAS 8 DE LA

MAÑANA: 22 MUERTOS

EN EL PERÍMETRO URBANO... LOS AFORTUNADOS GANADORES COBRAN

18 POR 1

LA POLICÍA NIEGA ACUSACIONES DE FRAUDE (VÉASE CRÓNICA EN PÁGINA 3)

 

El panzer espera la caída de la noche oculto en un repliegue del terreno entre las Blue Mountains y los Tuscalrora, tras reseguir el lecho seco de un arroyo entre peñas cubiertas de verde, y recalando en la hondonada cubierta de pinares. El Cowboy sorbe uno de sus refrescos isotónicos con aroma a naranja, acuclillado sobre un fragante lecho de pinaza. Está claro y tranquilo de mente, aunque le tiemblan todos los miembros por efecto de la acumulación de adrenalina. Por entre las copas de los árboles divisa un halcón que vuela hacia el sol, con las alas extendidas aprovechando el empuje de las corrientes térmicas.

Afortunado él, piensa. Porque la primera roqueta fue para Andrei. Ellos creyeron que el panzer iba desarmado, excepto por la presencia de Sarah en la escotilla. De otro modo, el primer cohete quizás habría caído sobre su propio tarro. Si habría atravesado el blindaje o no, nunca llegaría a saberlo, pero con sólo pensarlo le temblaban todos los músculos.

—Esa gente ha intentado matarnos —dice—. Pensé que si debía quedar alguien para contarlo, mejor que fuésemos nosotros.

Sarah mira un prado salpicado de florecillas, con el ceño fruncido. Su mano nunca se aleja demasiado de la pistolera.

—No digo que no, aunque lo siento por los camioneros. Eran simples contratistas.

—Pues entonces no debieron meterse con gentes como nosotros —replica el Cowboy no sin un cierto cosquilleo de indignación en la nuca y los hombros, al recordar que han sido víctimas de una emboscada por parte de individuos de tan escasa categoría, y mira ceñudo hacia los montes Tuscarora—. Dentro de un par de horas esta comarca será un infierno. Esos escoltas que contrató Andrei tampoco eran de los suyos, ¿no? Sino de alguna empresa de seguridad local, siempre expuesta a ver revocada su licencia por la policía ante cualquier jaleo. Ellos han visto cómo el panzer tomaba aquel —Entonces, necesito hablar con el Atamán Michael —dice Sarah—. Ese golpe iba contra él, y lo ha montado uno de los Orbitales.

El Cowboy nota que se le ha erizado el vello de los brazos, y se queda mirándola con asombro.

—¿Cómo lo sabes?

—Ese individuo blanco que hemos tumbado —dice Sarah sin darse cuenta de que está rechinando los dientes con rabia—. Trabajaba por cuenta de los Orbitales, en uno de sus... grupos de seguridad. Para un hombre llamado Cunningham. Ha debido ser Cunningham quien lo planeó todo.

El Cowboy contempla su propia imagen repetida en los espejos de las gafas de ella mientras se pregunta en qué jaleo se habrá metido; a lo que parece, esa buscona está pringada hasta las cejas, y todavía falta ver hasta qué punto puede decirse lo mismo de él.

Sarah continúa en voz baja, como si fuese a decir algo muy íntimo:

—Usaron cohetes en otra ocasión. Contra mí.

Ahí tiene la respuesta que buscaba. También él está metido en el lío, y lo más inteligente que podría hacer ahora mismo sería decirle adiós, regresar a su blindado, enchufarse el interfaz y salir pisando a tope y sin volver la vista atrás. El que disparó esos cohetes, quienquiera que sea, va a por esa buscona marcada de cicatrices y no tendrá reparo en aplastar a quien se tropiece de paso. El Cowboy reprime el deseo de mirar furtivamente a su alrededor.

—¿A qué Orbitales pertenece? ¿Tienen mucha fuerza aquí abajo?

Ella menea la cabeza.

—No lo sé. A mí no me lo dijeron.

—¿Que no te lo dijeron? ¿Cuándo?

Ella suspira y de pronto él se da cuenta de la tristeza que habita en ella, de que a pesar del chaleco antibala, y la pistola, y las gafas opacas, y el contoneo, debe sentirse muy sola en este valle perdido de las Blue Mountains y sin saber qué hacer ahora. Una alimaña de las calles, ciega y perdida, guiada sólo por la adrenalina y el instinto, y oyendo los pasos que la siguen, que le dicen que el enemigo está cada vez más cerca.

—Cuando trabajé para ellos —y entonces le cuenta cómo la entrenaron para una misión, y cómo ella la ejecutó, y cómo luego decidieron que ella era demasiado riesgo y dispararon una roqueta contra su apartamento, que hirió a su hermano. El cual, según ella, no tenía nada que ver con toda esa historia. El Cowboy adivina que es más lo que ha callado que lo que ha dicho, pero no se decide a profundizar en el asunto. Aunque le parece que debería, pues cualquier detalle, incluso el más mínimo, podría significar la salvación de ambos. Pero también sabe que ella aún no confía en él, por lo que prefiere dar tiempo al tiempo. En cualquier caso, una vez consiga sacar el panzer de allí nada le impedirá poner tierra por medio.

observa cómo retorna la actitud distante al tiempo que ella se humedece los labios—. Lo malo será que la paz se firme a base de entregarme a mí como prenda, entre otras cosas.

El Cowboy menea la cabeza.

—No te precipites a sacar conclusiones. Puede que la paz no sea negociable a ningún precio, y entonces tú y Michael continuáis en la misma barca.

Lo piensa un rato, ya que no le gusta nada eso de verse envuelto en una guerra de la que ni siquiera se sabe quiénes son los contendientes. De pronto se ve más expuesto de lo que nunca creyó estarlo, y sin tener ni idea de dónde puede caer el próximo golpe. Apura la bebida y se pone en pie, arrugando el vaso de papel en la mano.

—No obstante —prosigue—, te aconsejo que no transmitas nuestra posición. Tenemos sus cerebritos de ordenador, y querrá recuperarlos. Deberá procurar que sigas con vida hasta que él haya localizado el cargamento, por lo menos —a su pesar, empieza a divertirle el asunto—. Mientras tanto llamaré al Esquivo... es un amigo mío... para que nos envíe un transporte y nos saque de aquí. O tal vez organizaremos la travesía cruzando líneas fronterizas hasta Colorado, contigo de pasajera —ríe—. Entonces el Atamán tendrá que pagarme para que pase otra vez sus cristales.

Sarah le contempla estupefacta.

—¿No creerás que puedes pasar esta noche?

El Cowboy menea la cabeza.

—Legalmente, no, porque la policía estará buscándonos. Ni tampoco de contrabando, porque no tengo combustible suficiente y además sólo me queda el cañón miniatura y he gastado casi todas las municiones. En consecuencia, necesitaré alguna colaboración y mientras tanto, seguramente lo mejor será esconder el panzer aquí y volver a por él más tarde, si se puede.

Interrumpiéndose, hace pantalla con la mano y contempla el sol.

—Todavía nos faltan otras tres horas para que sea noche cerrada —dice—. Más vale que las aprovechemos para descansar, porque esta noche no vamos a dormir mucho.

—No creo que pueda dormir, por mucho que me lo proponga —suspira Sarah, meneando la cabeza, mientras él se encamina hacia el blindado.

—Como quieras —replica al tiempo que empieza a escalar el fuselaje.

Arroja el vaso de papel arrugado al incinerador y se acomoda en el asiento hecho a su medida para enchufarse un conector en la frente y recorrer los canales en busca de noticias.

Cuando lo consigue, resulta que una televisión local está transmitiendo una busca y captura, y la cara que sale en la presentación holográfica es la suya. Una fotografía antigua, de la que ni siquiera recuerda cuándo se tomó, y mejorada a 3-D.

Buscado para interrogatorio, anuncia la locución. Alerta estatal, patrullas aéreas incluidas.

Es entonces cuando el Cowboy comprende que no es a Sarah a quien busca esa gente.

Van a por él.

 

DECLARADOS 100.000 NUEVOS CASOS DE HUNTINGTON VÍRICO EN USA. LA EPIDEMIA SIGUE GANANDO TERRENO

 

El panzer queda oculto en un barranco al este de la cumbre principal de los Allegheny. El Cowboy y Sarah, tras caminar dos kilómetros hasta la población más cercana, comprueban que el único teléfono público ha sido destripado, utilizando, a todas luces, una sierra mecánica. Ahora buscan una taberna y se preguntan si llamarán demasiado la atención en tanto que forasteros.

El Cowboy ha estado monitorizando los noticiarios y las transmisiones de la policía tan pronto como empezaron a resultar interesantes, y parece que él es el único a quien buscan. Nadie menciona a la otra persona que iba en el panzer, lo cual significan que, si bien los que buscan a Sarah pueden ser los mismos, no tenían previsto que ella le acompañase. La descripción del Cowboy y la de su panzer están circulando por todas las comisarías del país. Se siente tan quemado que pese a la peluca de melenas negras que el Esquivo le obligó a comprar para el equipaje de emergencia, y pese a la gorra con visera calada hasta los ojos, le parece hallarse en el punto de mira de todo el mundo. Sarah le ha quitado la cabeza el empeño de llevar al cinto un arma de plástico, garantizadamente indetectable para el sesenta por ciento de los arcos de seguridad, haciéndole ver que eso implicaría un cuarenta por ciento de posibilidades de hacerse matar; pero él preferiría sentir ese peso reconfortante contra su estómago.

Con todo y eso, las posibilidades no son demasiado favorables. El Esquivo tendrá que arreglárselas para sacarle de esa guerra en el Este antes de que salga metido en un saco de plástico.

La taberna se llama Oliver's y se halla atiborrada de noctámbulos del sabadete, que entran y salen al compás de siete por dieciséis de la música urbana que están tocando dentro. El Cowboy y Sarah observan un rato el local, contemplando los reflejos de los hologramas en las ventanas, a manera de neones de colores. La música cambia al once por cuatro y una patrulla de la policía pasa de largo sin prestar la menor atención a la clientela.

—Entremos antes de que pasen otra vez por aquí —dice Sarah, a lo que el Cowboy asiente, pero no se le notan muchas ganas de echar a andar. Sarah le echa una mirada más dura que el titanio—. Recuerda que soy tu guardaespaldas. Sé hacerlo.

Entran confundiéndose con el público, como si la puerta los hubiese aspirado. Los hologramas fluorescentes bañan el techo y las paredes del Oliver's con un fuego frío y persistente, sin otra iluminación excepto un foco blanco fijo sobre el escenario, donde un individuo de facciones inexpresivas tiene cinco instrumentos enchufados en el cráneo. Su sombra monocromática le vigila a su espalda como una Medusa masculina. Toca todos los instrumentos a la vez, en compás de cinco por siete ahora. Los bailarines siguen todos los cambios, incluso los zónicos acompañan los complejos y obsesionantes ritmos.

—Mi corazón es de aleación —recita—, y vivo en un cajón.

La voz es un susurro incesante que destaca sobre el fondo musical y expresa distancia irónica, soledad.

Al Cowboy le gusta escuchar los viejos clásicos, pero agradece sobre todo la oscuridad del establecimiento. Sarah se encoge dentro de su cazadora procurando parecer menos alta, y ha prescindido del contoneo, lo cual también es de agradecer. Cruzan la taberna sin que nadie se fije en ellos, a lo que parece. En el pasillo que conduce a los servicios hay un teléfono de pago. En la barra el Cowboy cambia unos cuantos billetes por dinero electrónico grabado en una aguja de crédito, y luego se enchufa en la cabeza el conector opcional de audio. Va provisto de un micro miniatura que se sitúa hacia la comisura de la boca.

Es la mujer del Esquivo quien le contesta. El Cowboy conoce a Jutz, una rubia con músculos como cables que regenta el rancho del Esquivo cuando él no está, y por cierto que domina a fondo ese aspecto del negocio. El tono de voz suena como si el Cowboy acabase de sacarla de la cama.

—Dime, Jutz, ¿anda por ahí el Esquivo?

—No me digas dónde estás, Cowboy. La línea seguramente está intervenida —dicho con un timbre que hiela los nervios del hombre como el helio líquido. Además hay un temblor de miedo, aunque suficientemente controlado, y de súbito le parece al Cowboy como si el pasillo se hubiese encogido a su alrededor.

—¿Qué ha pasado?

—Escúchame con atención —silabea con mucho énfasis, indicando que no desea repetir ni una sola palabra. El temblor vibra en las explosiones de las consonantes y el Cowboy cierra los ojos y apoya la frente en la realidad fría, sólida y reconfortante del aparato.

—Al Esquivo han intentado matarlo. Fue tiroteado en su coche y está en el hospital. Le he puesto una escolta para su protección. No intentes ir a verle, y no vuelvas a llamarme. Limítate a buscar un escondite seguro y quédate en él hasta que se despeje la situación.

Se abre una puerta de los lavabos y el Cowboy se vuelve con sobresalto, sintiéndose vulnerable. Pasa un hombre con los ojos muy brillantes, la mirada algo vidriosa, y le dedica una cordial sonrisa. El Cowboy se vuelve de nuevo hacia el teléfono, casi replegado sobre sí mismo.

—¿Quién lo hizo?

—Dicen que ha sido Arkady. Que ahora quiere ir contra los demás intermediarios y los tanquistas. A ti te la tiene jurada.

El Cowboy ve en el pulido chasis metálico del aparato el reflejo distorsionado de un individuo moreno que le contempla con indignación.

—Ha faltado poco para que se saliera con la suya esta tarde —prosigue—. Ha llevado la guerra hasta aquí, y además ha dado mi foto y mi descripción a los legales —el Cowboy se siente en gravedad suspendida, como si hubiese salido con el panzer a un reborde rocoso y éste hubiese resultado ser la boca de un abismo negro y sin fondo.

Se oye un tono en el cristal aural del Cowboy y éste introduce la aguja con los créditos, dejando que el aparato se coma su dinero.

—Escóndete, Cowboy —está diciendo Jutz—. No tenemos a nadie en quien confiar, y no podemos organizar la travesía de retorno al Oeste para ti. Arkady ha hecho negocios con todo el mundo en un momento u otro, de manera que no sabemos quién está de su parte y quién a nuestro favor. Todos andan escondiéndose para esperar a que escampe.

—Arkady actúa con el respaldo de un combinado —prosigue el Cowboy mirando con pánico a todos lados y temiendo que por hablar tan bajo no se le entienda—. Pásalo.

—¿De cuál? —pero entonces se escucha un clic y la voz de Sarah desaparece. El Cowboy no ignora quién está escuchándole ahora, y distiende los labios en una sonrisa feroz.

—Demasiado tarde. Me voy —dice.

Desconectándose, abandona el pasillo. Sarah está contemplando la pista de baile y él le pasa los créditos.

—Llama al Atamán, pero date prisa —dice—. No podremos quedarnos aquí mucho rato. Tu combinado tiene intervenidas las comunicaciones.

La espera a la salida del corredor, calculando que tienen tiempo de sobra. Es probable que hayan localizado la llamada, pero la posibilidad de que tengan agentes a pocos minutos de tan remoto establecimiento será prácticamente nula, ni tienen tampoco enlace con la policía local. Les llevará bastante rato el ponerse en contacto con la autoridad que tenga jurisdicción sobre esta aldea. Pese a todo ello los escalofríos de miedo siguen estremeciendo su columna vertebral, y con la vista empieza a hacer inventario de las salidas. Hay que planear vías de escape, por si irrumpiera la policía.

—Tengo lo que tú necesitas —se insinúa la voz del cantante—. Yo alejaré de ti las llamas.

Sarah regresa cuando aún no han transcurrido dos minutos.

—No he localizado al Atamán —el Cowboy ha echado a andar ya hacia la salida—. Está escondido, pero he podido hablar con uno de los suyos —menea la cabeza ella—. Es el caos. Se ha declarado la guerra pero los bandos no quedan claros. Michael y la mayoría de los suyos se hallan en seguridad por ahora, a lo que parece, pues hizo correr la voz. Andrei ha sido el único... la única baja, aparte de algunos sicarios y otros por el estilo.

El Cowboy abre una salida de incendios y se encuentra en un callejón. Sus ojos se adaptan inmediatamente a las condiciones de luz. Hay cubos de basura oxidados con sus gatos y todo, y varios durmientes tumbados en el puro suelo de cemento, que irradia todavía el calor de la canícula. El Cowboy lo ve como un resplandor difuso en la gama del infrarrojo. Un par de borrachos, uno que rebusca entre los desperdicios, otro que no sabe adonde va. Como en cualquier callejón de pueblo.

—Dicen que nos escondamos, que vendrán a por los microprocesadores cuando se haya enfriado esta parte del planeta.

—¿No hay manera de regresar?

—Ninguna. Nos arriesgaríamos a ser asesinados tan pronto como apareciéramos en la Zona Franca. Nadie se fía de ninguno.

—De nadie —corrige el Cowboy.

Camina con rapidez hacia el final del callejón, con las manos hundidas en los bolsillos, procurando no hacer demasiado ruido con sus botas. Uno de los durmientes, tumbado sobre una manta, rebulle y dice un nombre en voz alta. Descamisado, muestra la barriga pálida a la escasa claridad del pasadizo.

—Estamos abandonados a nuestros propios recursos, entonces —dice el Cowboy, saliendo a la calle y mirando a derecha e izquierda. A lo lejos se oye una risa de mujer y él cruza a toda prisa para meterse en otro callejón.

La voz de Sarah a sus espaldas le obliga a detenerse.

—He averiguado para quién trabaja Cunningham.

El Cowboy se vuelve, sorprendido.

—¿Te lo dijo el chico que se ha puesto al teléfono?

—Le dije que los Orbitales andaban en esto, y por qué. Él conocía a Cunningham, ha tenido tratos con él por algún asunto de seguridad.

Se nota el acento de desprecio en su voz, y pese a la oscuridad distingue un brillo de odio en sus ojos.

—Es la Tempel. La Tempel Pharmaceuticals I. G.

El Cowboy escucha el nombre con un sobresalto y su corazón late con más celeridad. En su fuero interno está naciendo un aullido de triunfo, como el de las toberas de su panzer cuando abre a fondo las válvulas del alcohol presurizado. Porque al fin conoce el nombre de su enemigo, aunque por ahora no le sirva de gran cosa el saberlo.

 

WOHNEN SIEIN LEEDSTADT? ERLAUBEN SIE UNS IHNEN NACH

HAPPYVILLE SCHICKEN! Poiritsman Pharmaceuticals A. G.

 

La Tempel lateressengemeinschaft, reflexiona el Cowboy. La Sociedad de Intereses El Templo. Muchos de los combinados Orbitales han elegido las siglas I. G. para su razón social, y no es de extrañar, porque describen su mentalidad a la perfección.

Él y Sarah regresan al panzer y se sientan sobre el blindaje escuchando las aguas del arroyo que chapotean alrededor del espolón de proa. Sarah acuna entre los brazos la automática, criatura fría y letal. Una carrera de nubes cubre las estrellas, y se sienten solos en medio de la oscuridad.

—Me queda apenas un poco de calderilla —explica el Cowboy—. Normalmente llevo algo de oro en el blindado, por si hay que sobornar a algún guripa —menea la cabeza y ríe sin ganas—. Pero éste era un viaje supuestamente legal; no tenía ningún motivo para suponer que fuese a merecer el interés de la policía. Esta noche debía hallarme de vuelta en Florida.

Sarah no dice nada, sino que se limita a cargar el peso de la pistola en el otro brazo. Ha atornillado sobre el cañón del arma el largo silenciador; si se ve obligada a disparar, apenas se oirá más que un leve susurro. Él ya sabe que ella no lleva ni un centavo.

—Imposible acceder a mis activos —sigue pensando él en voz alta—. Si colaboran todas las policías, Arkady y los suyos detectarán cualquier transacción e incluso es posible que me hayan congelado las cuentas. Tengo oro escondido en Wyoming y Nuevo México, pero eso queda muy lejos de aquí.

—Tenemos las matrices —sugiere Sarah con voz que parece atronadora después de tan largo silencio—. Valen una fortuna, si logramos sacarlas de aquí.

El Cowboy la mira fijamente.

—¿Conoces a alguno que compre semejante volumen de mercancía? Yo no.

—No necesitamos vender toda la partida. Solamente lo justo para andar por ahí.

El Cowboy escucha la trompetilla de un mosquito cerca de su oreja. Sus nervios le urgen a sacar al panzer de esa vaguada cuanto antes, recordándole que todavía están demasiado cerca del teléfono que han empleado para comunicar con dos líneas intervenidas. Pero no tendría sentido ponerse en marcha sin saber adonde van, y no lleva combustible suficiente para ponerse a dar vueltas.

Espera, piensa al tiempo que levanta la vista al cielo. Espera a que cierren las nubes.

Recuerda las noches que el Pony Express voló entre nubes de tormenta, el cristal sintonizado con el observatorio meteorológico a fin de tener un conocimiento exacto de la borrasca y ocultarse en ella, el ala delta volando por entre la lluvia que tamborileaba sobre la cabina, por entre una oscuridad aterciopelada tan completa que parecía tangible y el mundo cerrado del habitáculo, con las suaves luces de los instrumentos, la única realidad existente, como si los límites del universo pudiesen abarcarse con el brazo y todos los recuerdos de una existencia terrenal anterior fuesen una alucinación cordial, distante, irrelevante por completo. Pero eran también la única otra cosa existente en ese mundo, aparte el Cowboy y el avión unidos a través del interfaz, el eco de la propia respiración en el espacio confinado del casco. Y recuerda la súbita erupción de un relámpago que convertía el terciopelo celeste en una sábana de luz más brillante que la del día y el ala delta en una aguja negro mate que destacaba del esplendor eléctrico tembloroso, interminable, opalescente... Visiones que no se podían compartir, ni recuperar en otro lugar alguno. Una sensación de estar en su lugar, una plenitud que no podían explicarse, ni siquiera comentarse con quienes hubiesen volado como él. Era nada más un resplandor en los ojos. Un brillo en la mente. A veces se adivinaba en la mente de otros una experiencia parecida.

—Puede que conozca a alguien —dice—. Puede que conozca a uno que lleva tanto tiempo fuera de este juego, que no le buscarán a él.

 

CORAZONES Y MENTES

 

Cae la tarde, el mundo se ha detenido a tomar aliento y las calles se licuan lentamente como helados al sol. Los habitantes de Pennsylvania, refugiados a la sombra, aguardan al crepúsculo que atempere los ardores de su mundo.

El panzer está oculto en una cantera medio inundada: la vieja pista por donde se entraba se halla ahora recubierta de un matorral tan espeso que sólo los tejones sabrán dónde se encuentran los carcomidos arcenes. El Cowboy y Sarah caminan por una calle semirrural llamada del Monte ni-se-sabe, el primero llevando al hombro una caja de cartón con que se oculta de los automovilistas que circulan por la calzada, ella trotando tranquilamente detrás, los pasos amortiguados por la hierba que crece junto al bordillo. Otra pareja de mochileros a quienes apenas se dedica una mirada, puesto que ni siquiera se molestan en sacar el pulgar.

La medianoche pasada se han puesto en marcha hacia el oeste, bordeando los Alleghenies y siguiendo el curso del río Youghiogheny hasta los pasos de los Apalaches occidentales para continuar luego por la vía abandonada del viejo Penn Central, que entraba en la ciudad por el noroeste. Ahora Pittsburgh es una ciudad en alza; tras varios decenios de decadencia ha resucitado como centro de transportes y nueva capital de Pennsylvania, entre otras cosas porque fue una de las que no se molestaron en destruir los Orbitales. El Cowboy ha visto algunas fotografías de esa nueva capital, una fortaleza de granito no muy segura de su reciente buena suerte, poseedora de una imagen en holocromía de la Campana de la Libertad, puesto que el original desapareció con el Monumento de la Independencia y fue arrastrado a la bahía Delaware cuando crecieron las aguas, donde giraron un rato como escorias grisáceas junto con las toneladas de piedras, ceniza y huesos ennegrecidos que habían sido la Ciudad del Amor Fraterno.

Al anochecer sólo quedaba propelente en los depósitos para unos cientos de kilómetros y el panorama empezaba a resultar demasiado urbano como para sentirse tranquilos. Cuando el Cowboy hubo localizado la antigua cantera, él y Sarah se echaron a dormir la mayor parte de la mañana y luego emprendieron la excursión, dos caminantes entre tantos otros que acudían atraídos por la prosperidad, a buscar trabajo, evidentemente destinados a los barrios de chabolas y barracas que forman los extrarradios de la ciudad, afeando las verdes laderas del valle Monongahela con el humo de sus cocinas, como tantos otros que vagabundean por las calles buscando trabajos y evitan los callejones oscuros donde pueden degollarle a uno por las cuatro monedas que lleve en los bolsillos.

En uno de los barrios residenciales vivía uno de los antiguos colegas del Cowboy, quien localiza la dirección en su agenda electrónica mientras se pregunta si Reno todavía estará en contacto con el negocio. Le consta que ganó mucho dinero en sus tiempos de deltapiloto, y no era de los propensos a dilapidarlo. Además ahora es legal al cien por cien, lo que tal vez facilite las cosas.

La casa de Reno estaba rodeada de una valla. Recostado contra ella, un viejo con barba de tres días bajo el apolillado sombrero de paja fuma un cigarrillo en espera de que el crepúsculo, al refrescar el ambiente, le permita tomar el hatillo y continuar su viaje. Los nervios del Cowboy disparan una señal de alarma que él procura silenciar; la presencia de individuos así es habitual en esta y otras partes del mundo.

La verja de Reno es de una aleación de cromo y tan pulida que refleja la imagen del Cowboy, flaco y cubierto de polvo, junto con la de la buscona alta con gafas que reflejan a su vez el asfalto. En respuesta a las preguntas de la verja, se quita la gorra y la peluca. La voz de la verja murmura con protocolaria cordialidad y como medio sofocada:

—Creo recordar que le he visto en el vídeo. Pase, por favor —y luego la verja guarda silencio mientras se abre.

La casa en sí es un himno al interfaz, una singularidad geométrica hecha de cristales y de costosas aleaciones extraplanetarias, que quiere sugerir la vinculación de la mente humana con la realidad digital. Complicadas antenas que apuntan al cielo, tubos de plástico que forman parte de algún sistema de climatización, recubren la parte externa de la casa simulando un complejo árbol arterial, transportando líquidos de colores brillantes y de propiedades exóticas, caudales que burbujean y que sugieren el veloz movimiento de los electrones en el interior de las matrices. El sendero por donde se accede a la casa está pavimentado con viruta de meteoritos recubierta de plástico transparente y templado en atmósfera de gas; las vetas brillantes de níquel y magnesio en contraste con el aspecto mate del hierro no oxidado y las trazas de cromo y silicio. Otros meteoritos engastados en vidrio se exhiben sobre columnas de aleación en el porche. La puerta tiene también incrustaciones de aleación pulida; como la otra, se abre sin hacer el más mínimo ruido.

—Parece una ilustración de Cyborg Life —comenta Sarah. El basalto negro de las paredes, cortado al láser, combina con pilares de aleación brillante imitando las antiguas casas de mampostería con armazón de madera. Cuadros de cristal líquido que cambian constantemente, en uno de cuyos patrones el Cowboy reconoce el esquema a gran aumento de uno de sus propios circuitos de reflejos motores.

—Ruego dejen las armas en el recibidor. Serán debidamente custodiadas —dentro de la casa, la voz tiene un timbre más agradable.

Sarah se había empeñado en llevar la Heckler Koch dentro de la mochila. Con una sonrisa de despecho, la abandona sobre una mesa, y el Cowboy coloca al lado la que llevaba al cinto antes de pasar a la habitación siguiente.

Muebles blandos con relleno de gelatina brillan en un suave azul Cerenkov procedente de la iluminación interior. Los acuarios con peces genéticamente modificados proyectan la misma luz verde espectral que la pantalla de un ordenador. Un generador de azar filtra una música de estilo minimalista a través de altavoces ocultos, y entonces hace su aparición Reno bajo una puerta con marco de aleación.

—Hola, Cowboy. Ha pasado mucho tiempo.

—Hola, Reno —el Cowboy mira a su alrededor con afectada expresión de asombro—. Parece que no te van del todo mal las cosas.

Cinco años antes, el ala delta de Reno había tragado un misil por la toma de aire de un motor mientras sobrevolaba Indiana y luego había ido a enterrarse en algún agujero de Virginia Occidental, no sin dilapidar por los aires, en forma de intensísima llama de alcohol, unos 200 millones de dólares de beneficio esperado en productos farmacéuticos. Fue una de las últimas grandes travesías en ala delta y de las que impusieron el cambio de táctica, con la utilización de los panzer. Reno consiguió saltar de su aparato antes de enviarlo a horadar la Cheat Mountain, pero antes se había chamuscado bastante mientras trataba de salvarlo planeando sobre las crestas boscosas para conducirlo a su pista de aterrizaje en Maryland, y además el paracaídas no se abrió del todo. Tuvieron que recoger algunas partes de su persona con una pala, rascando las ramas de los árboles. En los ambientes que frecuentaba el Cowboy todavía se comentaba con mucho sentimiento la mala suerte de Reno.

El Cowboy le visitó un par de veces en el hospital, y desde entonces charlaban por teléfono una o dos veces al año. Según le dijeron a Cowboy, le recompusieron el cuerpo a Reno pero el cerebro también había sufrido bastantes estragos, de manera que no funcionaba del todo bien, con lo cual tuvo que renunciar a seguir repartiendo.

Evidentemente, habían hecho un buen trabajo. Los brazos y las piernas parecían hallarse en buen orden de funcionamiento, enfundados en unos elegantes pantalones de franela y una camisa hawaiana. Reno tiene cara de joven, salvo la fina red de arrugas alrededor de los ojos, y sus dientes uniformes brillan blanquísimo en la media luz de la habitación. Lleva el cabello castaño largo hasta los hombros, cubriendo los negros zócalos de su cráneo.

—Procuro vivir según mis recursos —contesta. Hay un extraño vacío detrás de sus ojos.

—Reno, te presento a Sarah. Sarah, éste es Reno —ambos se saludan con una inclinación de cabeza mientras el Cowboy se descarga de su caja de matrices, tras lo cual alarga la mano para estrechar la de Reno.

En seguida nota que el tacto es falso; un poco demasiado caliente, quizás, o tal vez demasiado seco... La palma de una mano siempre está algo húmeda, por poco que sea.

El Cowboy contempla el brazo extendido pasando los ojos al infrarrojo y observa que la distribución térmica es uniforme, lo cual no sucede con ningún brazo que el Cowboy haya visto antes.

—Una prótesis —explica Reno al ver la expresión del Cowboy—. Este brazo y las dos piernas y algunas piezas más.

—Podían ponerte unas piernas de verdad —dice el Cowboy, y Reno se golpea el cráneo con los nudillos.

—Sí me las pusieron, pero también tenía el cerebro demasiado estropeado, perdida la coordinación motriz y buena parte del tacto. Perdí demasiada piel, demasiadas neuronas, y además la Modernbody necesitaba a alguien para probar lo último en materia de prótesis —se encoge de hombros y el Cowboy registra el ademán con extrañeza, como si el encogimiento de hombros no hubiese sido espontáneo, sino ensayado. A lo mejor es que Reno ha tenido que dar demasiadas veces la misma explicación—. El brazo y las piernas están ciberimplantados, y llevo una computadora de cristal líquido que reemplaza a la parte del cerebro estropeada. La sensación de tacto artificial no es muy buena, pero tampoco lo era después del accidente. Son aparatos muy avanzados, experimentales. De aleación ligera, más ligera que los huesos y los músculos naturales, de manera que estoy más ágil que antes. Y si llegan a fabricarse en serie estas prótesis experimentales, resultarán más baratas que clonar miembros nuevos y trasplantarlos.

—No lo sabía —comenta el Cowboy.

—La Modernbody me paga una bonita pensión —prosigue Reno—. Gracias a ella pago esta casa, con la única condición de someterme a una revisión cada dos o tres meses para que me reimplanten alguna versión mejorada. Y las piezas nuevas son más duraderas que las originales.

Esto es el futuro, piensa el Cowboy. Vivir eternamente en una encarnación corpórea del interfaz, sin la limitación de los neurotransmisores artificialmente mejorados, sino lo más cerca posible de la velocidad de la luz, llevando los límites al confín del universo. El cerebro contenido en la analogía perfecta de un cristal líquido. Nervios como cuerdas de guitarra vaquera. El corazón una turbobomba que nunca dejará de girar. El Cowboy de Acero y su cuerpo como el centelleo de un relámpago monocromático que va por todas partes repartiendo justicia y deshaciendo entuertos. ¿Quién era esa Inteligencia Artificial enmascarada? No lo sé, colega, pero ha dejado este circuito de cristal moldeado en plata: su marca.

Al Cowboy le parece una solución bastante buena, si consiguen solventar ese problema de la falta de tacto.

Reno le contempla con sus ojos jóvenes-viejos. Ojos que eran bastante más jóvenes cuando ese motor escupió sus tripas fundidas al aire tenue de Indiana y el horizonte se puso a dar vueltas.

—¿Así que estáis atrapados en un fuego cruzado? —les pregunta Reno.

—Supongo que así podría describirse.

Los ojos se estrechan.

—Tengo entendido que ese fuego cruzado barrió todo el camino desde aquí hasta California.

—Pensaré en eso cuando haya conseguido regresar al Oeste. Y cuando eso suceda, si tienes en cartera algunas acciones de la Tempel Pharmaceutical, yo que tú las vendería.

Reno se queda contemplando una de sus esculturas de cristal.

—Sentaos y contadme todos los detalles.

Los dos colegas se sientan en sendos sillones próximos y el Cowboy relata en breves palabras lo que sabe; en cuanto a Sarán, adopta la postura del loto, versión fácil, sobre un sofá que reluce en azul nuclear, sin decir nada, procurando pasar desapercibida, como debe hacer todo buen guardaespaldas.

Reno se frota la mandíbula.

—Así pues, ¿qué necesitáis? ¿Transporte hacia el oeste, o un lugar en donde ocultaros?

De nuevo el Cowboy tiene una impresión de extrañeza. Reno habla como si navegase con piloto automático. Pese a su evidente disposición para ayudar, no se le nota realmente interesado.

—Tenemos algo que vender —echa mano el Cowboy a la caja de matrices de ordenador y rompe el precinto para levantar la tapa, a lo que Reno se inclina y mira el contenido—. Queremos colocar unas mil, todas en perfecto estado, de calidad Orbital, fabricadas por Yoyodyne para su filial Olivetti. Son OCM veintidós ochenta y uno, para ser exactos.

En el blindado tiene todavía 15 K de matrices pero prefiere no desposeer al Atamán más de lo estrictamente imprescindible, ya que no olvida para quién trabaja Sarah en realidad.

—Corazones de cristal —murmura Reno, acompañando las palabras con un expresivo resoplido—. Así que éste era el motivo de la batalla.

Por fin ha conseguido merecer el interés de Reno, piensa el Cowboy.

El mundo gira alrededor de ellos, así que el apelativo popular de «corazones» apenas resulta exagerado, porque el cuerpo muere cuando el corazón se detiene. Núcleos de ordenador capaces de reconfigurarse a sí mismos según convenga, para obtener la eficiencia óptima según la tarea cibernética que vayan a realizar, desde almacenar datos hasta analizarlos y tomar las decisiones que resulten del análisis. Corazones que pueden funcionar como mentes, desde los pequeños rasgos de brillantez implantados en el cráneo del Cowboy para permitirle conducir su panzer, hasta modelos más amplios que originan una analogía completa del cerebro humano y las inmensas inteligencias artificiales que facilitan las cosas a los Orbitales y los gobiernos del planeta, y les permiten dominar el mundo.

Todo ello en forma de potencial miniaturizado, en una caja de cartón.

—Cuarenta corazones por caja —dice el Cowboy—. Los demás se encuentran en lugar seguro. Te doy el treinta por ciento para que seas nuestro intermediario.

Los reflejos de los cristales brillan como rubíes en los ojos de Reno.

—Deja que vea cómo está el mercado —dice.

Pulsa en dos lugares de la mesita negra que tiene delante y dentro de ésta se ilumina una pantalla informática cuyos colores se proyectan en el rostro de Reno. Saca por debajo una pequeña caja negra conectada con el ordenar y una de memorias de cristal; introduce uno de los dados en aquélla y luego descuelga un conector de la caja y se lo enchufa en la sien. Tras pulsar algunas teclas, se arrellana en su sillón.

Silencio, excepto el leve zumbido y burbujeo de las peceras al otro lado de la habitación. Las facciones de Reno se relajan, luego se endurecen súbitamente. La consulta en el interfaz se prolonga, y por último mira al Cowboy con expresión de sorpresa.

—Las acciones de la Tempel han subido doce puntos esta tarde —dice en tono pensativo, con pocas ganas de desconectarse del interfaz—. La jugada va contra la Korolev, intentan absorberla. La Korolev está en posición vulnerable porque han realizado varios negocios fallidos últimamente.

El Cowboy observa de reojo la mirada de sobresalto de Sarah y se da cuenta de que sabe de esas cosas más de lo que quiere dar a entender. Va a ser preciso que aclaren ese punto entre los dos, pero no en presencia de Reno, quien continúa su monólogo:

—La Tempel es fuerte en laboratorios farmacéuticos y minería, pero la división aeroespacial no es gran cosa. Con la adquisición de la Korolev quedaría reforzada en ese aspecto. Por lo que apuntan los mercados, parece que Tempel ganará, pero a mí se me antoja que no va a ser tan fácil. La Korolev tienes grandes recursos de los que puede echar mano... y además lo llevan todo con tanto secreto, que es posible que haya detalles que la Tempel no conozca.

El Cowboy imagina a las dos gigantes Orbitales enzarzadas en su conflicto electrónico, jugando con las cotizaciones de sus acciones para descolocar a la contraria, buscando datos más preciosos que el oro, mientras las inteligencias artificiales y los cerebros administrativos funcionan al máximo tramando intrigas para manipular los flujos de números. Compran valores y futuros a través de hombres de paja con la esperanza de que no se sepa quiénes los controlan. Los dos bandos disponen de recursos casi ilimitados, y la victoria sonreirá al que sepa ser más sutil, al que haya logrado llevar al otro hacia mayor número de celadas, al que mejor haya comprendido los puntos débiles del otro. Reno parece dormido, su mente ha vuelto a sumergirse en el interfaz y absorbe datos a través del bloque de memoria en función de filtro. El Cowboy aprovecha para mirar con disimulo a Sarah y la ve también abstraída en su propio paisaje interior; sin duda está contemplando un cuadro más completo que el del Cowboy. Éste piensa que le gustaría saber algunas de las cosas que ella sabe.

Reno se desconecta; los colores brillantes desaparecen de la mesa color ébano, él guarda su memoria de cristal y respira hondo, diciendo luego:

—Las fronteras se desdibujan —la voz soñolienta todavía, los ojos como en trance, vueltos muchos kilómetros paisaje interior adentro—. Después de la guerra las delimitaciones quedaron claras: los vencedores, los vencidos, las víctimas. Los combinados acordaron no rivalizar en determinados sectores y formaron cárteles para dominar los demás mercados. Se pactaron zonas de explotación, intercambios de datos. Se redujo la competencia a los sectores no vitales.

»Pero la guerra había creado muchos vacíos. Vacíos de poder, de distribución, de los flujos de la información. Los Orbitales se dejaron absorber y las cosas dejaron de estar tan claras. Las fronteras eran... discutibles, y ya no era fácil ver quiénes serían los ganadores y quiénes los perdedores. Ahora los combinados se enfrentan en esas zonas y el resultado es que las demarcaciones van a sufrir un reajuste. El sistema queda sometido a tensiones, aparecen las primeras líneas radiales de fractura. Lo que acontece en las áreas mal definidas va teniendo consecuencias en el resto del sistema. Un poco de presión aplicada aquí y allá, en un punto crítico... podría marcar una diferencia importante —alza de súbito los ojos para mirar de hito en hito al Cowboy—. Por supuesto, nada de eso me concierne. Yo planeo mantenerme en el centro, en el nodo de las ondas estacionarias. Poseo algunas informaciones, y tengo buen olfato para adivinar hacia dónde se mueven las cosas. Podré capear el temporal.

—Mantenerse en el centro es quedar bajo fuego cruzado, Reno —replica el Cowboy—. Como nos ha ocurrido a Sarah y a mí.

—Tú nunca estuviste en el centro, Cowboy. Los deltapilotos no lo estuvimos jamás. Los intermediarios lo procuran, pero rara vez lo consiguen. Yo sí estoy en el centro ahora —los ojos de Reno siguen fríos, aunque gesticula con su brazo protésico—. Estoy en el centro por mi propia naturaleza, mitad una cosa, mitad otra. Puedo mantenerme en el nodo contemplando como suben y bajan las ondas en ambos lados. Los deltapilotos cayeron, Cowboy. Tú te has montado a tiempo en otra onda, pero también ésta caerá.

¿Quién me habla?, se pregunta el Cowboy. ¿Es Reno, o es el bloque de cristal alojado en su cráneo? Porque ahora Reno vive constantemente en el interfaz y sería cuestión de saber si no se ha perdido ahí, o hasta qué punto su personalidad habrá quedado absorbida por esa parte de máquina que hay en él. ¿Quién tiene el control, el cerebro o el cristal?

Quedarse en blanco, lo llaman. El éxtasis del ordenador. No debería sucederles a gentes como el Cowboy y Reno, usuarios habituales que conocen la mecánica del asunto, que vuelan en el interfaz sobre el terreno del mundo real; en cambio es un verdadero peligro para las mentalidades teóricas, los expertos en inteligencia artificial y los físicos, los que dedican mucho tiempo a las reflexiones abstractas. Son propensos a confundir la imagen electrónica con la realidad que ella representa, y se difunden a sí mismos por la red informática, recorriendo sus pautas a la velocidad de la luz hasta que el ego palidece y se hace tan tenue que acaba por resultar intangible.

El Cowboy se estremece al comprender de pronto que Reno es un fantasma; detrás de sus ojos ausentes no hay más que un conjunto de hábitos ya vacíos de sentido, y que sólo sirven para seguir alimentado de datos el cristal que contiene su cabeza. De quien fue antaño un deltapiloto sólo quedan los puros reflejos.

—Estos corazones de computadora están que queman —advierte el Cowboy—. Te verías obligado a inmovilizarlos durante algún tiempo.

Reno menea la cabeza.

—Es que no se me ocurriría venderlos, al menos durante mucho tiempo. Los guardaré en la caja de seguridad de un banco y me servirán como garantía para solicitar un crédito en una oficina terrestre. Usaré el dinero para mejorar mi cartera de inversiones y cuando lo haya movido durante una temporada, amortizaré el crédito, y sólo entonces sacaré los corazones de computadora al mercado. Para entonces, la batalla de ahora mismo habrá pasado a la historia.

El Cowboy se relaja en su sofá. Su colega Reno parece haber salido del trance ahora, o por lo menos sus planes sobre cómo explotar los cristales suenan tan razonables como cualesquiera otros.

—Puedes traer los corazones aquí mientras yo alquilo una caja —prosigue Reno—. En la casa dispongo de un doble sistema de seguridad. El primero puede anularlo uno que entienda de esas cosas, pero el segundo... aunque se les ocurriese, ni siquiera sabrían dónde empezar a buscarlo. Cualquiera que pretenda entrar sin permiso se llevaría un buen correctivo.

—¡Cowboy! —interviene Sarah, y él se sobresalta después de tanto rato de tenerla como un loto silencioso en la periferia de su visión—. Vamos a necesitar un camión para traer los corazones.

—Usad mi camioneta, está en la cochera —rebusca Reno en sus bolsillos hasta que encuentra la llave, un cristal diminuto al extremo de una aguja de acero inoxidable—. Aquí tenéis los códigos. Desde aquí yo abriré la puerta de la cochera y la verja —se queda mirando a Sarah y al Cowboy—. ¿No vais a comer nada?

—No —es Sarah la que contesta, y de nuevo el Cowboy se sorprende al escuchar el tono acerado de su voz—. Regresemos cuanto antes al panzer. No me gusta dejar abandonada la carga del Atamán.

Reno les señala el camino con la izquierda. Le tiemblan las puntas de los dedos.

—Al fondo de este pasillo, a la derecha. La puerta de la izquierda es la de la cocina, por si cambiáis de opinión —alarga la mano debajo de la mesa para sacar otro conector y enchufárselo en la sien; con la otra mano busca en el cajón de las memorias—. Voy a hablar con algunas personas. Necesito saber cuánto van a prestarme a cuenta de esta operación.

—Ten cuidado —advierte Sarah, pero Reno apenas la escucha, su mirada está otra vez ausente. El Cowboy hace ademán de incorporarse.

Sarah se pone en pie como una gata furiosa, sus oscuras pupilas muy fijas en Reno; mientras echa a andar, el Cowboy observa los músculos tensos de sus brazos. En seguida regresa con su mochila y la pistola del Cowboy, sin que Reno acuse ninguna reacción.

—Tu amigo está loco perdido, Cowboy —prosigue ella tan pronto como el vehículo enfila hacia el sur, entre el resplandor de la tarde—. Tiene el cerebro tan en blanco que casi iba a ponerme las gafas oscuras para poder resistirlo.

El Cowboy conduce con el interfaz, notando cómo hierve el hidrógeno en la turbina y los neumáticos ruedan sobre el asfalto reblandecido. —Lo sé —replica—. Tuvo un accidente muy grave. —Ahora cree estar sentado en un nodo del centro del flujo de datos cósmico —insiste ella—. ¿Qué pasa si la matriz celestial le ordena denunciarnos?

—Es un amigo de toda la vida —contesta el Cowboy, algo inquieto—. Entre nosotros no se hacen esa cosas.

—Pero, ¿y si lo hace? —continúa Sarah—. La Tempel no tendría inconveniente en premiárselo con dos mil cristales en vez del millar que le damos nosotros, y además no tendría que repartir al setenta-treinta. El Cowboy empieza a perder la paciencia.

—¿Y qué, si es un traidor? No estaríamos peor que ahora, ¿verdad? ¿Acaso alguno de tus amigos se ha ofrecido a ayudarnos?

Sarah no contesta, pero su rabieta pesa durante el resto del viaje como una irradiación casi tangible.

 

SUBLEVACIÓN DE INTELIGENCIAS ARTIFICIALES EN LENINGRADO.

LA DATANET KOROLEV I. G. SE NIEGA A COMENTAR

OFICIALMENTE EL TEMA DE LA SEGURIDAD

 

A las cuatro de la madrugada, todavía en plena oscuridad, el Cowboy saca el panzer de la cantera y con ayuda de Sarah transfieren mil cristales a la camioneta de Reno. Los mosquitos cantan mientras se precipitan en su vuelo espiral buscando las muñecas, los cogotes, el hueco detrás de la oreja. Sarah ha dejado bien especificado que antes de entrar otra vez en casa de Reno quiere proceder a una detenida inspección de los alrededores.

Pero esa exploración se evidencia innecesaria.

El miedo hiela la sangre del Cowboy como sublimado de amoníaco cuando ve desde un kilómetro de distancia la columna de humo que flota como un lento espectro gris sobre la casa de Reno, iluminada en su base por un resplandor rojo sanguíneo. Hay carreras frenéticas de coches celulares, las sirenas a todo volumen. Sarah baja el cristal de la ventanilla y entonces se oye el tableteo lejano de los tiros y sus ecos entre los desfiladeros urbanos.

—El segundo sistema de defensa —dice el Cowboy.

En la base de la nube de humo se produce de súbito un estallido anaranjado y al cabo de unos segundos oyen la detonación sorda. El Cowboy rechina los dientes con rabia, encendida la sangre por fuegos más ardientes que los del alcohol. El camión gira ciento ochenta grados y el Cowboy pisa a fondo, enviando un chorro de hidrógeno a la turbina, tomando las curvas a tumba abierta mientras la carga rebota de un lado a otro en la plataforma. Si consigue llegar a tiempo con el panzer quizá pueda sacar a Reno, el Pony Express acudiendo una vez más a la salvación...

—Más despacio, Cowboy —le advierte Sarah—, ¿o quieres que te pidan la documentación?

—Voy a sacar a Reno con el panzer.

Sarah le habla cara a cara, con ojos que relucen como diamantes.

—Reno ya está perdido, Cowboy. Sólo conseguiremos que nos maten. Estarán esperando ese panzer. Ahora ya saben a qué te dedicas con el tuyo. No creas que vas a sorprenderlos con ese cañón de la tórrela.

—Es una oportunidad.

Ella le aferra el brazo, enviando una punzada de dolor a través de sus vías nerviosas.

—Reno está solo, Cowboy. Lo mismo que nosotros.

El aludido se sorprende al escuchar la nota de pena en la voz de Sarah.

—Estamos solos —repite—. Como lo estuvimos siempre desde que salimos de la Zona Franca. La única diferencia está en que ahora lo sabemos de cierto.

A sus espaldas estalla una conflagración blanca y el humo cobra un tono opalescente. El calor que desarrolla es tan grande que el Cowboy lo nota en la nuca. No puede haber quedado nada después de esto. La turbina, como dotada de voluntad propia, modera su queja descendiendo a un aullido contenido.

Amanece sobre los Apalaches. El asfalto empieza ya a ponerse pastoso.

 

8

 

CIFRAS DE LA PASADA NOCHE EN TAMPA: 28 MUERTOS

EN EL PERÍMETRO URBANO... LOS AFORTUNADOS GANADORES COBRAN

15 POR 1

LA POLICÍA LO ATRIBUYE A LA OLA DE CALOR SIN PRECEDENTES

 

Los motores del panzer lanzan crujidos al enfriarse, que suenan como si alguien estuviese llamando con los nudillos sobre la plancha del blindaje. En las retinas de Sarah, imágenes de fuego.

—Habíame de la Korolev —empieza el Cowboy, y Sarah le mira con sorpresa—. Tú sabes algo de la Korolev que Reno no sabía —insiste el Cowboy, ceñudo, rabioso—. Necesito enterarme, puede suponer la oportunidad para continuar con vida. Tengo derecho a saberlo.

Han logrado recorrer otros ciento cincuenta kilómetros hacia el oeste y han localizado otro desfiladero recubierto de maleza para esconderse, éste al otro lado de la línea en Ohio, en medio del antiguo parque nacional, entre montones de madera tan vieja y podrida que nadie se molesta en ir a recogerla. Para el panzer es el fin de la carrera; en sus depósitos apenas queda más que una cortina de alcohol.

Sentada en la litera, Sarah estira las piernas al tiempo que observa la vaina de un cartucho de siete milímetros que rueda todavía sobre el piso metálico. Luego recuerda los ecos de las explosiones que atronaron las laderas de Pennsylvania y aquel último resplandor blanco que puso fin a todo. Los noticiarios dicen que una partida armada de elementos no identificados intentó asaltar la casa de Reno y quedó atrapada por sus sistemas de defensa. Que entonces se presentó la policía, siendo recibida a tiros por los intrusos y por los sistemas automáticos, con lo cual se vio obligada a contestar al fuego, y así quedó la cosa. No hubo sobrevivientes.

—La Sociedad de Intereses Korolev —le recuerda el Cowboy, y Sarah siente que las palabras caen sobre sus hombros como eslabones de acero.

—De acuerdo —dice ella, y deja que acudan las imágenes a su mente, los ojos altaneros de Firebud con sus pupilas color violeta, los remiendos de la compañía que exhibían las animadoras del Aujourd'Oui, la última sentencia RUNNING remanente para siempre en una esquina de la pantalla de Dánica mientras Sarah permanecía atenta a la lenta extinción—. De acuerdo —repite, rindiéndose al imperio de la mirada del Cowboy; al fin y al cabo, nada importa ya, no es más que historia—. Fue un operativo de penetración dirigido contra el ordenador principal de la Korolev en Tampa. La seguridad externa de la computadora era demasiado fuerte y no pudieron con ella, así que se me indicó que utilizara a un correo de la compañía para entrar en su edificio y desde allí introdujera un programa en el sistema, una vez pasados los controles. Creí que se trataba de espionaje de datos, pero luego resultó una especie de sabotaje. El programa iba dirigido a destruir las estrategias de la Korolev, a fin de debilitarla con vistas a una OPA hostil.

—¿Qué cebo le pusieron al correo?

Sarah nota la pulsación de la Comadreja como un peso en la garganta y se queda mirando al Cowboy con incertidumbre, temiendo su reacción.

—Creyó que había encontrado un ligue, y lo que encontró fue la muerte.

El Cowboy le sostiene la mirada.

—Claro —se limita a decir.

—Lo tenía merecido.

—No he dicho lo contrario.

Finalmente Sarah claudica y baja los ojos mientras tironea inconscientemente la vieja manta de lana y olfatea el aire estancado, espeso de olor a transpiración, a los relentes del aseo químico y de los metales calientes. Aunque han abierto la escotilla dorsal, no corre ni el más leve soplo.

—¿Cómo conociste al tal Cunningham? —sigue inquiriendo el Cowboy.

—Fue el Atamán quien les dio mis señas. Creo que estaban en negocios por aquel entonces.

—Y ahora intentan matarse mutuamente.

Ella se encoge de hombros.

—Son los negocios. No es nada personal. Cunningham no es de los que confunden lo uno con lo otro, y aunque así fuese su empresa no se lo permitiría.

El Cowboy descuelga su casco del respaldo y se queda con él entre las manos.

—Todo está relacionado, ¿no te parece? La Tempel actúa contra los intermediarios y contra la Korolev al mismo tiempo.

—No lo sé. ¿En qué medida debilitan a la Korolev atacándote a ti?

—No se me ocurre. En este país nadie utiliza motores ni piezas de repuesto de la Korolev. Yo llevo turbinas Rolls-Royce fabricadas bajo licencia de Pratt and Whitney.

Sarah apoya la espalda en el mamparo y cierra los ojos, creyendo escuchar todavía el rugido de las turbinas, la vibración del metal. Tras sus párpados cerrados todavía contempla el mensaje RUNNING. Menea la cabeza como queriendo sacudirse tales recuerdos.

—No veo qué relación puede existir.

—Debo continuar hacia el Oeste, Sarah. Tengo recursos allí.

—¿Tesoros enterrados? —alza una ceja ella.

—Algo por el estilo. Y amigos.

Sarah cierra de nuevo los ojos, sin contestar.

—¿Te vienes conmigo? —pregunta el Cowboy en tono de impaciencia—. ¿O intentarás regresar a la Zona Ocupada?

—Tengo a mi hermano en Florida y se supone que debo ocuparme de él.

El Cowboy se estira sobre la espuma del respaldo.

—¿Qué edad has dicho que tiene?

—No lo he dicho, pero tiene veinte años.

—Es edad suficiente para que se ocupe de sí mismo.

Ella abre los ojos y resopla con desdén.

—Me parece que lo que tú quieres es que me ocupe de ti, Cowboy.

En un ademán tan súbito que apenas puede seguirse con la mirada, el Cowboy, malhumorado, cuelga el casco en el brazo del asiento.

—¡Ahora soy yo el objetivo, maldita sea! ¡Es a mí a quien buscan! Contigo a mi lado, me hallo menos expuesto.

Sarah menea la cabeza y ríe.

—Lo cual significa que quieres que me quede al lado de un objetivo militar. Olvídalo, Cowboy. No necesito más armas apuntándome.

Él masculla algo ininteligible y Sarah ve con sorpresa su mirada de desesperación, su mueca de desvalimiento.

—Te pagaré —prosigue el Cowboy—. Tu tarifa normal para una misión de guardaespaldas, pagadera cuando lleguemos a Montana.

—La tarifa normal y un billete para continuar hasta Florida —replica ella automáticamente mientras los engranajes de su mente se ponen a funcionar, preguntándose si realmente le apetece este trabajo. Recuerda a Daud tumbado bajo el árbol navideño de LED verdes de su cama automática, la mirada embotada por las endorfinas, esperando a un Jackstraw que no viene a visitarle y sin poder recurrir a nadie, excepto la hermana a quien teme. Deseando recobrar la vieja magia que le asegure su lugar en la calle pero sabiendo que nunca más va a ser así, porque las reglas han cambiado para él tanto como para Sarah y tendrá que buscar otra rutina, otra manera de conseguir lo que necesita... Ella no quiere dejarlo solo, sin nada que mirar sino la vacuidad de las nieblas de la endorfina.

En este punto, sin embargo, un trabajo significa dinero, tal vez lo suficiente para el primer plazo del ojo de repuesto que Daud necesita. La travesía hasta Montana probablemente no llevará mucho más tiempo que pasar a Florida, y una vez haya cobrado tendrá menos problemas para superar los controles fronterizos de acceso a los Estados Unidos Ocupados; es bien sabido que los policías de la Zona Libre no son partidarios de dejar pasar pobretones.

En Florida la guerra local implica trabajo en abundancia, pero podría resultar demasiado peligrosa para ella. Por ejemplo, el Atamán podría negociar con Cunningham la entrega de Sarah como parte de un acuerdo de paz. Cuestión de negocios, por supuesto, sin animadversión personal. Casi es mejor aceptar la oferta del Cowboy.

Algo tiene que ver con esa decisión la mirada del Cowboy, que conmueve algo en ella, una parte de la que ella no quiere acordarse. Esa parte que no desea emprender a solas lo que resta del viaje.

Sarah todavía discute un rato lo que debe entenderse por su «tarifa normal», para que el otro no crea que está demasiado impaciente por aceptar. Por último el Cowboy se aviene a pagar algo más de lo habitual, aunque bastante menos de lo que ella sospecha que podría haberle sacado. Ella se pone en pie y se encoge de hombros.

—Okay, pues ya tienes guardaespaldas. ¿Queda algo que comer?

—Raciones de emergencia, eso es todo lo que queda, liofilizadas. Para tres o cuatro días.

—Soja liofilizada, ¡caramba! Es mi plato favorito —responde Sarah con una mueca.

—Como no atraquemos un banco para comprar comida auténtica...

—Pues es una posibilidad —sonríe ella, apoyando las manos en el techo de metal para ejercitar los músculos, súbitamente impaciente por ponerse en marcha, deseosa de abandonar por fin el encierro entre planchas blindadas y respirar un poco de aire. De tener una meta adonde dirigirse, aunque sea la meta de otro.

—El banco lo mató a Reno —observa el Cowboy—. Cuando llamó para solicitar el préstamo ellos, quienquiera que fuesen, sin duda dieron el soplo a la Tempel.

Si uno sabía cómo mirar el interfaz fácilmente distinguiría a los bancos, disfrazados de otra cosa, como compañías comerciales o financieras, por ejemplo, para ofrecer intereses por encima de lo normal sin demasiadas averiguaciones en cuanto al origen del efectivo, sin comunicar oficialmente la transacción pese a lo exigido por las leyes, o admitiendo tranquilamente los nombres ficticios que sus clientes quisieran dar. Éstas eran operaciones no aseguradles, naturalmente, y ocurría en ocasiones que los bancos desaparecieran de la noche a mañana con los fondos de sus depositarios. Todo lo cual se aceptaba con la misma naturalidad como parte de los riesgos de tal género de especulaciones y además, no sucedía con demasiada frecuencia. Otras veces el banco se reconstituía poco después bajo otro nombre, y reanudaba los negocios con sus depositarios.

—Si los Orbitales han penetrado la red de los intermediarios, podrían estar dirigiendo una docena de bancos del interfaz sin que nadie se enterase —dice el Cowboy—. A lo mejor consiste en eso la relación. A lo mejor los intermediarios trabajan con los bancos de la Korolev y la Tempel quiere quedarse con todo.

Las especulaciones del Cowboy parecen del todo inoperantes en estos momentos. Sarah empieza a desmontar la Heckler Koch. Piensa llevarla en la mochila. Si se tropiezan en Montana con algún ejército, o con el ejército de alguno, más les valdrá que todas las piezas se hallen en perfecto orden de funcionamiento.

 

ASALTO NOCTURNO A UN ZULO EN LA FRONTERA DE ARKANSAS

 

Mujer tanguista muere tras resistirse a la autoridad

 

Confiscado un gran alijo de componentes electrónicos

 

El MBI desmiente el uso de napalm

 

Reluciendo sobre el fondo de un cielo color pizarra húmeda, las constelaciones del control, las factorías de los Orbitales, sus satélites, sus estaciones generadoras. Algunas estrellas madrugadoras presentan una débil competencia. Sarah está profundamente sumergida en su propio interfaz, el cuerpo empapado de sudor. Lanza patadas, utiliza las manos como espadas y los puños salen disparados como relámpagos en el ambiente húmedo de una tormenta de verano. Conjura rostros frente a ella, ayudas para la concentración conforme asesta golpes al imaginario corazón de esos fantasmas. Gira, encoge una pierna, mira por encima del hombro, golpea por derecho a un enemigo. Un fulano caído proporciona tracción segura a sus pies desnudos. De momento la Comadreja permanece escondida, cuestión de mantener la ventaja de la sorpresa. El Cowboy mira resguardado a la sombra de un olmo de hojas pardas, agostadas por el calor. Está cansado porque han caminado la mayor parte del día, salvo una o dos veces que han aceptado la invitación de algún conductor, para romper la monotonía. Todavía están en Ohio, siempre siguiendo caminos recónditos y no demasiado frecuentados. Buscan alguna casa de campo abandonada donde poder descansar, aunque por lo visto en Ohio se dedican a derribarlas para evitar el vagabundeo.

—Estás en tu elemento, ¿no? —ofrece conversación el Cowboy, pero Sarah no hace caso sino que prosigue con sus codazos y golpes del canto de la mano contra los enemigos que acuden de todos los lados. Lucha contra todo un ejército de espectros que se alzan ante ella, rostros sin nombre, tan exentos de identidad como aquel Cunningham, sus voces un rumor de ventolera entre ramajes secos de árboles muertos. La fuerza circula por sus músculos como mercurio y la misma Sarah se convierte en un remolino de movimientos, giros, patadas, saltos y aspavientos con los brazos.

Y luego la inmovilidad, la postura estática en equilibrio, como un holograma que congela un instante del movimiento. El ejército fantasmal se bate en retirada. Los arcos superciliares perlados de sudor, el aire caliente espeso como miel en la garganta. Sobre la calzada pedregosa, cincuenta metros más allá y al otro lado de los matorrales, un camión rebota en los baches y Sarah espera a que se aleje el estrépito y se pierda por completo en la noche cada vez más cerrada.

Volviéndose de cara al Cowboy, le dedica una sonrisa.

—Ahora sí comeré —anuncia.

—¿No deberías hacer una reverencia, o algo por el estilo? —extrae de la mochila un envoltorio de papel metalizado y se lo arroja; ella todavía tiene los nervios acelerados y atrapa el paquete en el aire con tanta facilidad como si se lo hubiese lanzado a cámara lenta. Sentándose delante del Cowboy en la postura del medio loto, rasga el papel para abrir la ración.

El Cowboy la contempla con sus oscuros ojos artificiales. Se ha quitado la gorra y la peluca, que yacen a su lado sobre la hierba.

—¿Tienes un cristal para eso? ¿O lo aprendiste por la vía difícil?

Ella sonríe como una loba y también lo parece cuando se pone a desgarrar con los dientes la carne sintética.

—Un poco de todo —dice.

—No me sorprende —parecen dilatarse un poco sus pupilas—. Con esa cicatriz sobre la ceja izquierda. Eso no se hizo con navaja.

Sarah traga las resecas fibras de soja y menea la cabeza. Historias, piensa.

—Una botella —explica—. Mi padre se emborrachaba y me pegaba cuando yo era niña.

—¿Y esa otra de la mejilla?

—Un navajero, en la calle, de eso hace muchos años.

—¿La de debajo del labio?

Por un instante ella vuelve a ver los ojos del pirado que reflejan la media luz rojiza del amanecer, la boca babeante que repite una y otra vez, como un conjuro, «¡perra! ¡perra!», la navaja de afeitar en el puño de blancos nudillos. La propia convicción, sentida en forma de escalofrío que recorre la columna vertebral, de haber perdido el control de la situación, de haberse tropezado al fin con uno de aquellos clientes a quienes se designaba por un nombre especial, nombre que incluso las más empedernidas de entre sus compañeras de profesión apenas se atrevían a mencionar en un susurro temeroso: «Un pirado». Y luego su propia reacción, sus reflejos catalizados que envían el taburete volando por el aire y lanzan con el mismo movimiento una cortina de su propia sangre, una media luna de rubíes que dibuja un arco escarlata de salpicaduras en la camisa azul pálido del pervertido, antes de que caiga fulminado al pie de su cama con la cabeza rota, muerto. Y ella de pie contemplando el cadáver y el taburete hecho astillas, sangrando por el cuello, los pechos, los brazos, invadida por la revelación súbita, todavía más profunda e inquietante que el primer sobresalto, de haber averiguado al fin quién es ella misma.

Levanta la mirada y ruge furiosa:

—¿A qué nos dedicamos ahora, Cowboy? ¿Quieres que te cuente mi vida? ¿Vas a establecer el catálogo de mis fallos? —resopla con desprecio mientras se hace con la cantimplora y desenrosca el tapón—. Sí, cada una de estas cicatrices es un fallo, ¿okay?. un pequeño error de juicio, de los que se me escapaban alguna que otra vez. Pero ahora ya no, ¿sabes? Es demasiado lo que está en juego.

Sarah echa la cabeza atrás y bebe. El agua está caliente y tiene sabor a plástico.

—Me preguntaba por qué no te las habías operado —responde el Cowboy, manteniendo la calma, evitando el dejarse arrastrar a una discusión—. Eso es todo.

Sarah se limpia los labios con la manga del jersey.

—Porque son buenas para mi trabajo, ¡por eso! —replica—. Algunos creen que una buscona a lo mejor teme quedar desfigurada, o que aguanta menos el dolor que un muchacho. Así que prefiero dejar claro ese punto, y dejarlo claro desde el primer momento. ¿Satisfecho?

El Cowboy sonríe y Sarah se acuerda de Cunningham, de su mueca de labios apretados, de fría y racional superioridad.

—Satisfecho —contesta él—. No te importa que la gente sepa quién eres. A mí tampoco me importa.

Ella contempla los zócalos implantados en su cráneo, apenas visibles ahora debido a la falta de luz.

—Cuando te conocí pensaba que eras un cabezabotón, que me enviaban a hacer de niñera para un lagarto.

—En el Oeste los zócalos del interfaz tienen otro significado diferente. Pero si los de aquí prefieren cometer ese error, a mí me da igual. No veo por qué deberían importarme sus opiniones.

Sarah acaba el paquete de sucedáneo de soja y lo arruga. De algún lugar, hacia el sur, les llega el lamento ululante del tren y notan a través del suelo la vibración profunda de su paso. El Cowboy vuelve la cabeza en esa dirección.

—En los viejos tiempos habríamos subido al tren sin pagar billete —comenta—. Y nos plantábamos en el Oeste en un par de días.

—¿Eh? Eso debió ser mucho antes de que instalaran las ballestas automáticas con dardos neurotóxicos y los detectores láser.

—No hace tanto. En aquellos tiempos bastaba con precaverse de unos guardas jurados del ferrocarril, que los llamaban toros. Un amigo mío tiene algunas baladas acerca de eso en su jukebox.

—¿Su qué? ¿Es otra de esas costumbres extrañas que tenéis los del Oeste?

—Algo así —replica él mirándola con aire pensativo.

La transpiración refresca la piel de Sarah, quien bebe otro sorbo de agua y lamenta que no haya quedado nada del líquido isotónico del Cowboy para reponer electrólitos. Píldoras de vitaminas son las únicas que les restan, junto con las aspirinas del botiquín de primeros auxilios. Sarah se inclina y estira los brazos para disfrutar la flexibilidad de sus músculos. Esta noche dormirá bien sobre su almohada de hierba.

Casi como si estuvieran de vacaciones, piensa. Si no fuese por lo que les aguarda al final del viaje.

 

EL ESTÍO MÁS SOFOCANTE DE LA HISTORIA SEXTA MÁXIMA RÉCORD EN NUEVE AÑOS

Olas de calor récord de costa a costa (Explicación de los climatólogos en pág. 16)

 

El motorista aparenta unos diecisiete años. Flaco, desnudo el esmirriado tórax, la piel bronceada choca tanto en ese cuerpo enfermizo que parece pintada. Sus brazos delgados como palillos están recubiertos de tatuajes hasta los hombros; a primera vista son esquemas electrónicos, pero mirados más detenidamente revelan rostros, demonios, iconos, mujeres de rostros achinados y lenguas de cristal líquido. Tiene los ojos hundidos y con expresión de estar bastante loco. Viste únicamente unos vaqueros cortados a jirones sobre las rodillas y unas pesadas botas con punteras de bronce.

—Os llevaremos —dice, la voz casi inaudible entre el estrépito de la turbina que está cabalgando—. Os llevaremos hasta la orilla del gran río.

Se llaman a sí mismos Silver Apaches y el jefe de la banda se hace llamar Ivan. Monta un triciclo propulsado a turbina, en cuyo tren delantero ha instalado una cizalla para cortar alambradas. Las hojas del armatoste describen un arco plateado. Los demás, ellos con el mismo tipo de tatuaje minucioso a lo Escher, ellas con dibujos parecidos estampados en los pañuelos con que se ciñen la cabeza y los pechos, montan triciclos o motos de montaña llenas de cromados, con gruesos neumáticos de tacos. Muchos pilotan con el interfaz, aunque algunos prefieren conducir las máquinas a mano. Sarah intuye que no suelen circular mucho por las carreteras normales.

—Vamos allá, peatones. Podéis llamarnos los Silver, para abreviar —dice Ivan, y contemplando a Sarah con admiración—. Bonito chaleco llevas ahí. ¿Te busca alguien?

—No, porque ya me encontró —replica Sarah, a lo que Ivan sonríe mostrando sus hileras de dientes pardoamarillentos ceñidos por cadenetas metálicas.

El Cowboy habla con un Silver negro cuyos rizos no disimulan por entero las dos hileras de zócalos que lleva en su cráneo, a fines decorativos mayormente, porque con cinco de ellos, como los lleva del Cowboy, es más que suficiente para cualquier operación a través del interfaz. Sarah mira al Cowboy, observa el encogimiento de hombros con que suele expresar su asentimiento, y trepa al sillín detrás de Ivan. Los músculos del hombro de éste se contraen mientras él rebusca en un bolsillo de sus vaqueros.

—¿Un poco de látigo para los nervios, peatona? —ofrece un inhalador metalizado.

Sarah menea la cabeza; la combinación del látigo neural con sus nervios ciberimplantados suele ser demasiado impredecible. Ivan se encoge de hombros.

—Es la mejor manera de vivir el viaje. Como tú quieras, peatona —se dispara una dosis en cada agujero de la nariz, echa la cabeza atrás, ríe. Y las turbinas empiezan a subir de revoluciones.

Los Silver Apaches se mueven a toda velocidad y más o menos en línea recta, saltando sobre la acequias y cruzando a través de los sembrados de maíz o de soja. Sólo cambian de dirección para evitar las poblaciones o los caseríos habitados. Cuando se tropiezan con una alambrada, pasan a la vanguardia los triciclos cromados con sus cizallas.

—Intentamos restablecer la libertad de la pradera, ¿lo veis? —Ivan ríe mientras su triciclo atraviesa una alambrada de dos metros y medio de altura, cuyos alambres cortados rebotan y le arañan los brazos haciendo brotar la sangre, mientras las vacas echan a correr en todas direcciones, presas de pánico.

Sarah echa en falta algún manillar donde sujetarse mientras el triciclo salta acequias y lechos de arroyos, a veces haciendo el caballito sobre las dos ruedas traseras. Los Silver afectan un estilo lánguido, reclinados hacia atrás en los sillines y conduciendo a través del interfaz con la misma indiferencia que si estuvieran contemplando la televisión; incluso los Silver que conducen manualmente procuran moverse con soltura, sin esfuerzo aparente..., pero las dosis que ha esnifado Ivan perjudican a su actuación, mientras él tamborilea ritmos sobre sus propias rodillas desnudas o sobre las teclas cromadas del ordenador atornillado sobre el manillar, éste perfectamente inútil por otra parte.

A última hora de la tarde, Ivan agujerea una cerca de alambre pero en vez de entrar, los Silver aparcan sus motos y miran mientras el negro se apea de la suya portando una maza. De un solo golpe, abate un ternero.

—¡Eh! ¡Carne fresca! —ríe Ivan con deleite. Los Silver desenfundan sus cuchillos de monte y hacen corro alrededor de la pieza.

 

Después de atar sobre sus máquinas las sanguinolentas raciones de carne los Silver continúan hasta llegar a una pendiente recubierta de matorral sobre la orilla oriental del Wabash, poniendo en fuga a dos familias de emigrantes, que corren a esconderse entre un coro de burlas. Las blancas piernas de los niños bajo la luz del sol se asemejan a colas de venados espantados.

—[Nuestro río! ¡Nuestra playa! —aúlla Ivan más fuerte que la turbina de su vehículo, al tiempo que sus cizallas destrozan una chabola hecha de cañas y tablones; luego salta de la moto para apoderarse de las mantas que los emigrantes han abandonado.

—¡Malditos perdedores! —su voz suena siempre como un aullido mecánico—. ¿Creéis que voy a acostarme sobre vuestras piojosas mantas? —rasga una de ellas por la mitad con su cuchillo de monte y aplasta con el tacón una mazorca—. ¡Fuera de mi vista!

Los demás ríen o imitan sus acciones. Por último los Silver Apaches hacen una hoguera de ramas y queman todas las pertenencias de los huidos antes de iniciar su barbacoa. Algunos Silver se han metido en las turbias aguas para quitarse el polvo del viaje. Sarah contempla la plateada superficie, notando el peso de la Heckler Koch en la mochila, y decide abstenerse.

—Báñate —la invita el Cowboy, sobresaltándola, porque se ha colocado a sus espaldas sin que ella se diese cuenta—. Yo te guardo la pistola mientras tanto.

Encogiendo los hombros Sarah se desprende de la mochila, luego se quita el chaleco antibala y los zapatos, y se sumerge en las calientes aguas. Los Silver alborotan y chapotean no lejos de allí, pero tan pronto como ella se sumerge los ruidos se atenúan y se tiene la sensación de poder escuchar dentro del agua hasta muchos kilómetros de distancia. El río ayuda a flotar y ella se tiende de espaldas haciendo el muerto, dejando que el Wabash se encargue de soportar el peso del mundo.

Más tarde Sarah se sienta en la orilla, con la mochila como respaldo, mientras el Cowboy se baña a su vez. El sol poniente convierte el río en un lecho de mercurio. En el aire, el aroma a asado. Contempla a Ivan, quien camina de arriba abajo por la orilla, lanzando rápidas ojeadas a un lado y a otro como un general que pasa revista a sus tropas. De vez en cuando ríe sin motivo aparente. Luego la ve a ella tomando la fresca y se acerca muy sonriente.

—¿Llevas alguna cosa buena en esa mochila, peatona? —pregunta—. ¿Pasáis droga al otro lado de la Muga?

—Si lo hiciera, viajaría en panzer y de oeste a este —replica Sarah—. No haciendo auto stop y en la dirección equivocada.

Ivan se encoge de hombros —No siempre es así, caminante. Nosotros también cruzamos la Muga a veces. Las cantidades son pequeñas pero nos bastan para tener las motos en condiciones. En este negocio hay muchos aficionados y algunos incluso trabajan a pie. No deja de ser extraño que lleves un chaleco antibala.

—El que me vendió ese chaleco me aseguró que no se distinguía de una prenda normal. Y no transporto drogas.

Ivan ríe burlonamente.

—Como tú digas. Todos tenemos nuestros secretos.

Ella le mira con curiosidad.

—¿Puedo preguntarte por qué odias a los emigrantes, o es otro secreto?

Él resopla con desdén, se encoge de hombros.

—¡Ah, eso! Son unos perdedores, ¿no? Perdieron sus empleos, sus casas, sus coches, todo —se acerca obsequiándola con la sonrisa de sus dientes marrones y metalizados—. ¡Pero los muy idiotas sólo piensan en recuperarlo] Cuando acaba de regalárseles la libertad, ¡y ellos no la quieren! Ellos lo que quieren es tener una casa y un empleo en la compañía y un poco de césped para que jueguen los niños —ríe y hace aspavientos con los brazos—. ¡Cuando podrían tener todo esto! ¿La libertad!

Rebusca en el bolsillo, saca el inhalador y se dispara un par de torpedos.

—La semana pasada por poco estornudo la mitad del cerebro —prosigue—. Uno de estos días me pasaré a las pastillas.

Dicho lo cual se aleja tecleando con los dedos en el aire como si estuviera delante de una consola de ordenador. Sarah hurga en la mochila buscando la botella de agua. De nuevo se oyen pasos que se acercan y aparece una de las chicas Silver con dos botellas de cerveza desparejas.

Por su aspecto se diría que sus genes son una afortunada combinación de lo afro con lo oriental, los rizos del cabello muy cortos para facilitar el acceso a los zócalos. Es algo mayor que las demás y sus pezones se adivinan con claridad bajo el pañuelo mojado con que ciñe sus menudos pechos. Ofrece una de las cervezas.

—Me llamo Sloe. Como la ginebra.

—Gracias —acepta Sarah la botella, y se queda mirándola—. ¿Cómo conseguís cerveza embotellada en plástico de petróleo?

—La destiló uno que estuvo aquí una temporada. En cuanto a las botellas, deben de tener más de ochenta años.

—Valen una fortuna.

—Lo sabemos, pero no nos importa.

Sarah echa la cabeza atrás y bebe a gollete. La cerveza es negra y un punto dulce. Sarah asiente para mostrar su aprobación y se seca los labios. Un poco más allá se oyen las carcajadas de Ivan, que está junto a la barbacoa, y Sloe vuelve sus ojos achinados en esa dirección.

—Ivan va a morir —explica—. Por eso le seguirnos —se vuelve hacia Sarah sonriendo a lo Mona Lisa—. Siempre seguimos a los que están condenados. Ellos nos marcan el camino.

—¿Nihilistas Éticos?

—Bien. Veo que nos conoces —asiente Sloe.

—A veces aparecen por Florida, donde yo vivo, y se autoinmolan quemándose vivos, o algo semejante. Estropean los totales de la noche. Muere con estilo y confía en que el resto del mundo te siga, eso es lo que yo opino.

Sloe habla con suavidad, con la serenidad de la convicción total.

—Todo el mundo muere tarde o temprano, eso por supuesto. Nosotros queremos que lo acepten. Que se vayan con un poco de dignidad, conscientemente.

—Estás un poco mayor para creer en eso, ¿no te parece? —otra vez con el filo cortante en la voz.

Sloe menea la cabeza. A su espalda, el sol asoma por entre las hojas de los árboles y traza sobre su piel una procesión de dibujos que recuerdan las memorias pintadas en los tatuajes de Ivan.

—No, sólo que no estoy tan segura de cómo quiero irme. Sólo puedo hacerlo una vez, y me falta la intuición de Ivan.

—Caer luchando, diría yo.

Sloe la mira fijamente, sin perder su sonrisa amable.

—Ése no es mi estilo —dice, y alarga la mano para tomar la de Sarah—. Tal vez preferiría irme en brazos de una extraña. Una desconocida con cicatrices y chaleco antibala, y con mi pañuelo anudado en sus manos.

Toma la mano de Sarah y la lleva a su propia yugular. Sarah percibe las pulsaciones en el cuello de Sloe y retira la mano en seguida.

—No —dice.

—De acuerdo, si tú no quieres —contesta Sloe, y ríe con repentina ferocidad; las luces del crepúsculo bailan en sus pupilas—. No creas que se lo pido a cualquier extraña.

—Entiendo —ríe Sarah con desdén—. Es amor a primera vista.

De nuevo Sloe responde con mansedumbre, con súbito titubeo en la mirada.

—Quizá lo sea.

Se pone en pie, recorriendo con la mirada el campamento. Ivan está bebiendo cerveza a chorro, y el sobrante corre sobre su pecho formando arroyuelos de color pardo.

—Sus padres eran emigrantes —explica ella—. Entre la erosión y los combinados, se quedaron sin la granja y cruzaron todo el país, ida y vuelta, buscando trabajo en vano. Hasta que murieron. Mala suerte, supongo.

Sarah no contesta, sino que mira hacia el río con expresión pétrea. En este momento el Cowboy, sin camisa, sale del agua con los pantalones mojados moldeando sus largas piernas. Tiene la piel de un moreno uniforme en todas las partes del cuerpo que están a la vista, lo que la obliga a pensar en lámparas de ultravioleta. Tal vez el Cowboy tiene una, enterrada en su cueva del tesoro, allá en Montana.

Toma otro sorbo de cerveza y se aleja en la actitud de quien ha recordado de súbito que tenía algo muy importante que hacer. El Cowboy recoge su camisa de la rama donde la tenía colgada, y se acerca a ella.

—Estoy hasta el gorro de esta gentuza —que dice Sarah al tiempo que le ofrece la cerveza. El Cowboy no le pregunta el porqué.

—He intentado hablarles de la guerra —dice—. Lo de la Tempel, Arkady, y lo demás. Pensé que tal vez colaborarían con nosotros —suspira y se sacude las gotas de agua de los brazos.

—No lo harán —contesta Sarah—. Son del Culto al Águila ratonera, ¿sabes?

—Nihilistas Éticos, o eso es lo que ellos han dicho, al menos.

—¿Se te ha ofrecido alguna de las chicas para que la mates?

Sorprendido, el Cowboy se queda mirándola y luego menea la cabeza.

—Espera y verás —le asegura Sarah, quitándole la cerveza de las manos para empinar a su vez el codo.

Por la parte del río se oye un súbito rugido y cuando el Cowboy y Sarah se vuelven ven una pareja de hovercraft de la patrulla que se dirigen hacia el sur atronando el aire, buscando el Ohio y el panzer de esta noche. Los últimos rayos del sol arrancan reflejos púrpura de las torretas de perspex. El Cowboy los sigue con la mirada, el ceño ligeramente fruncido, pero sin perder la frialdad profesional de sus ojos tranquilos.

—Cañones de impulsos, bastante anticuados —diagnostica—. No van controlados por cristal, pero solían causar bastantes destrozos en nuestros motores, hasta que aprendimos a apantanarlos. En cambio esos misiles de ojivas múltiples son condenadamente peligrosos, cuando aciertan.

Sarah siente un súbito movimiento de gratitud por su presencia; le confiere la seguridad de no estar sola sino en compañía de alguien capaz de conservar la calma y una razonable medida de sentido común incluso en presencia de monstruos como esos vehículos atronadores que se han acercado al río. Alguien que sabrá calibrar los riesgos y aprovechar sus oportunidades según caigan los dados.

Eso significa que ella podrá relajarse alguna que otra vez, dejando que él asuma la vigilancia. Apura la cerveza y deja en el suelo la botella antigua. Los gruñidos de su estómago la urgen a buscar la cena.

Poniéndose en pie, se acerca a la barbacoa, notando mientras camina cómo se relajan los músculos de sus hombros, consciente de la mirada que la está siguiendo.

 

INTELIGENCIA ARTIFICIAL DEMANDADA POR PATERNIDAD

PIERDE EL PLEITO.

«MI PEQUEÑO ANDROIDE TENDRÁ UN APELLIDO», DECLARA ENTRE LÁGRIMAS LA

MADRE AGRADECIDA SIN COMENTARIOS POR PARTE DE LA KOROLEV I. G.

 

Al día siguiente los Silver Apaches los acompañan a la otra orilla del Wabash para cruzar por lo derecho Illinois hasta el Mississippi. Ivan se despide regalándoles unas barbacoas pequeñas para que las lleven en las mochilas. En cuanto a Sloe, lánguidamente reclinada en el asiento de su máquina, contempla a Sarah con ojos fríos.

Llegados a la orilla Sarah observa que el Cowboy mira hacia Missouri como el que contempla a un enemigo a quien respeta. Cruzan el puente para entrar en Hannibal y los funcionarios de aduanas, acostumbrados al desfile de inmigrantes, ni siquiera les dedican una mirada.

Al poco son recogidos por dos hombres que viajan en camión descubierto, con la plataforma atiborrada de muebles viejos y cojitrancos. El Cowboy se sienta al lado del conductor y Sarah se apretuja en el escaso espacio libre restante en la banqueta trasera. Son unos tipos corpulentos, atezados, de manos callosas. En seguida ponen de manifiesto que les gusta hablar de Jesús, y aunque Sarah los fulmina con una mirada hostil, el Cowboy, que por lo visto conoce la jerga, prefiere seguirles la corriente mientras dure el viaje.

El conductor les ofrece comida y una habitación donde podrán quedarse algunos días, al tiempo que dobla en dirección a su comunidad, sin hacer caso del Cowboy, que insiste en que ellos van al oeste, y no al norte. Sarah mira a los dos desconocidos, preguntándose hasta dónde serán capaces de llevar su empeño. Los músculos le cosquillean mientras acaricia la idea de viajar solos hasta Montana en un camión robado. Le parece que no debería ser difícil.

—Para —insiste el Cowboy—. Continuamos hacia el oeste a partir de aquí.

—Permitid al menos que os invitemos a comer.

Sarah contempla la gruesa nuca del conductor mientras sus manos empiezan a engarfiarse. Al mío le doy en la espalda, piensa. Al conductor lo atacamos entre los dos. Luego vuelve la mirada hacia el Cowboy. A ver lo que hace, piensa. Que tome la iniciativa.

—No —dice el Cowboy—. Llevamos toda la comida que podemos acarrear.

El conductor se humedece los labios y mira de reojo al Cowboy, nervioso.

—Os gustará —dice—. Y conoceréis al Señor.

En el asiento delantero se produce un movimiento, una reacción fulgurante de los nervios ciberimplantados, tan rápida que los ojos de Sarah apenas logran seguirla. El Cowboy aplica el corto cañón de su arma sobre el oído del conductor.

—Verás a Jesús luego, o puedes ir a reunirte con Él ahora mismo —dice sin molestarse siquiera en levantar la voz o echar una ojeada al individuo del asiento posterior—. Tú eliges.

Un minuto más tarde, de pie entre la estela de polvo que levanta el camión mientras se convierte en un punto cada vez más lejano, el Cowboy sonríe y se guarda de nuevo la pistola en el cinto.

—Los conozco —explica—. Barracones y alambradas, con una tórrela de vigía en cada esquina y guardianes a los que llaman los Perros de Cristo. A mí me habría tocado trabajar todo el día en los campos, y tú te dedicarías a restaurar muebles viejos desde hoy hasta el día en que el Señor decidiese llamarte.

—Pues siento habérmelo perdido. Creo que podría darle una sorpresa o dos al Señor de esa gente.

Él suelta una carcajada.

—Una noche, un amigo mío llamado Jimi se metió con su panzer en uno de esos campamentos, derribó un par de torres y les rompió las cercas de alambre. Muchos de aquellos catecúmenos aprovecharon la oportunidad para largarse corriendo —menea la cabeza—. Jimi es un loco. No era su guerra, lo hizo únicamente por pasatiempo.

El Cowboy se echa la mochila a la espalda y la mira con burla.

—¡Oye!, pero ¿no eres tú mi guardaespaldas? Se supone que tú debes sacarme de este género de situaciones.

—He visto que sabes defenderte solo. Sin embargo, yo habría preferido quedarme con el camión —replica ella al tiempo que echan a andar por la polvorienta carretera.

El Cowboy menea la cabeza con una mueca de desaprobación.

—No. En este, estado no me conviene llamar la atención. Si me pescan, me fusilan acto seguido.

—¿Por qué, si puede saberse?

—Porqué hace algunas semanas me cargué a dieciséis guardas privados y creo que eso ha molestado un poco.

—¡Ah! ¿Conque tú fuiste ese tanquista?

El Cowboy no contesta, limitándose a otear el horizonte por debajo de la visera de su gorra, mientras Sarah duda sobre si creerle o no. Por último concluye que es la única explicación posible.

—No me extraña que anden buscándote.

—Tengo amigos —replica él.

—¿Amigos como Reno? En tu situación no hay amigos. Cowboy. Si acaso, aliados.

El Cowboy no responde. Mientras se aleja con el cuello empapado de sudor debajo de la polvorienta peluca, Sarah le sigue con la mirada, aturdida todavía por la revelación, sintiendo cómo encajan las piezas del rompecabezas. Había llegado a ser demasiado poderoso, incluso para aquellos que hasta entonces se habían servido de él. Y disimuladamente tomaron sus disposiciones para aplastarlo, antes de que él mismo se diese cuenta del poder que esgrimía en realidad. Incluso en aquellos momentos le restaba lo suficiente para resistir, y quizás hasta negociar un acuerdo que le permitiese retirarse vivo.

Pero no lo bastante para ganar. Sarah sabe que está siguiendo a un hombre que se halla a punto de perder su primera guerra, la más importante. Nota el tacto frío y seco de los dedos de la tristeza. No se puede ganar sin convertirse en uno de ellos.

Sarah se pregunta si él lo sabrá, si continúa la partida porque no sabe hacer otra cosa, o si realmente cree tener una oportunidad. En cierto modo preferiría que no lo supiera, que siguiera teniendo fe en su propia estrella al menos durante algún tiempo, para que no lo pierda todo de golpe, todo aquello por lo que alguna vez trabajó o soñó... Ella sabe demasiado bien lo que es eso.

Pero entonces recuerda aquella mirada con que se descubrió sólo una vez, el último día que pasaron en el panzer, consciente de su propia situación desesperada, y entonces comprende que él sabe perfectamente lo que va a ocurrirle cuando llegue adonde quiere llegar. Está jugando al escondite consigo mismo cuando asegura que al final de la travesía le esperan sus amigos y su dinero, y no otra cosa, y una oportunidad para combatir... que va hacia el oeste porque es su único camino.

Por unos momentos desea que la travesía no termine nunca, como si esa meta final, la desesperación, la guerra perdida tanto en el Oeste como en Florida, fuese alejándose conforme ellos avanzan. Le contempla otra vez, contempla sus largas piernas que caminan con decisión hacia el destino que ambos ven con demasiada claridad, y le da un vuelco el corazón.

El Cowboy levanta la cabeza, mira el cielo por debajo de la visera de su gorra, y dice como si hubiese olfateado el aire:

—Parece que va a llover.

Y sigue andando.

 

SI ES HOB, ES REAL... SI ES REAL, ES MARC MAHOMED

 

Ese día nadie más se ofrece a llevarlos, y caminan toda la tarde contemplando cómo se arremolinan inmensas nubes de tormentas enroscándose sobre la pradera como cobras que se yerguen. La oscuridad cunde rápidamente y los relámpagos empiezan a saltar de una nube a otra como los balones que se pasan los futbolistas antes del partido para entrar en calor.

—Creo que hay un establo por aquí cerca —dice el Cowboy, pero se ha equivocado ligeramente en sus cálculos, y la lluvia empieza a caer como una cortina caliente tratando de aplastarlos y de sepultarlos en el barro. Llueve tan intensamente que casi corta la respiración. Caminan a ciegas por entre la oscuridad informe, y sólo gracias al resplandor de un relámpago consiguen divisar la nave en ruinas que andaban buscando. Otros relámpagos les revelan las vigas llenas de nidos de golondrinas y los montones de excremento de ratas en los rincones. La granja de la que formaba parte se ha hundido como un castillo de naipes; apenas quedan de ella los fundamentos. Por fin encuentran cerca de la puerta un rincón seco para desenrollar los sacos de dormir. La oscuridad cierra alrededor de ellos como fieltro húmedo. Empiezan a formarse goteras, oro fundido que corre en lo oscuro.

—Caramba, lo siento. Creí que estaba más cerca —la voz del Cowboy despierta ecos fantasmagóricos de las paredes de cemento.

—No es culpa tuya. ¿Te conoces todos los corrales abandonados de Missouri?

—Es indispensable para la supervivencia —y tras una breve pausa en la oscuridad—. En otros tiempos pasaba por aquí a más velocidad, sin embargo.

El trueno retumba sobre sus cabezas y Sarah ve la cortina plateada de agua que cae al otro lado de la puerta, el Cowboy con la espalda apoyada contra la pared y su sonrisa dolida, los zócalos de su cráneo que despiden a la luz de los relámpagos reflejos blanco-azulados, plata y turquesa. Parecen ojos que miran hacia dentro, hacia el interior del cráneo. Sarah siente una oleada de compasión hacia el Cowboy, el tanquista desposeído que va hollando con sus botas el polvo que antes sobrevolaba con la mente disparada a la velocidad de la luz, y alarga la mano para tomar una de las suyas. En lo oscuro ve el color azul de los ojos de Daud, el azul de las sábanas suaves de Dánica, el color traslúcido e inexorable de las olas del Golfo cuando avanzan en interminable sucesión hacia las tierras oscuras que lentamente van inundando.

—Volverás a viajar en tu panzer —le promete, aunque le duele la garganta al decirlo.

Intuye que él se ha acercado y alarga la otra mano a ciegas para tocarle el cuello, notando la piel caliente y el agua fría.

—No es justo —ríe—. Tú puedes ver a oscuras, y yo no.

—Habíame —suplica el Cowboy—. Dime por qué haces esto.

Su voz está muy próxima, la roza con el aliento.

—Significa que vamos hacia el oeste —responde Sarah—. Y que al término de la travesía tenemos cosas que hacer. Cada uno por su lado.

—Sí —titubea él un momento, y se adivina que la garganta lucha con palabras que no quieren salir—. ¿Somos amigos, Sarah? ¿O sólo aliados?

A Sarah le nace una risa profunda, —Un poco de todo. Cowboy.

—Me alegro.

Inclinándose todavía más, hasta que ella nota la mejilla de él apoyada en su cuello. Sus brazos la rodean y permanece inmóvil, abrazándola. Sarah le pasa los dedos por los cortos cabellos y ve de nuevo el azul del Golfo, y siente el deseo de tocar esa pureza inmensa.

Las manos del Cowboy empiezan a actuar y Sarah acepta ese contacto consolador, salino y azul.

 

9

 

Las Rocosas agobiadas bajo el calor de la tarde parecen abrirse en sombras profundas; en el aire flotan nubes de mosquitos y el aroma de los matorrales de salvia. El Cowboy estudia el viejo refugio y nota la presencia del arma remetida en el cinto.

A cincuenta metros de distancia. Sarah le cubre, acuclillada, el cañón de la automática apuntando invariablemente a la desconchada pintura de la pared del barracón. A sus espaldas se oyen los mugidos de las reses en el abrevadero. El Cowboy sabe que le toca mover ficha.

Encogiendo los hombros, respira una bocanada de aire plúmbeo y luego se incorpora para empezar a descender por la ladera hacia el refugio. Es un barracón de entramado de madera, pintado en rojo, de perfil bajo como defensa frente a los vientos invernales. Junto a la pared oeste, una pila de leña pulcramente amontonada. Al lado, un establo de cuatro casillas, vacío. El Cowboy saca del marco de la puerta un conector, se lo enchufa en la cabeza y comunica el código para la cerradura.

En el interior hay un armario metálico para herramientas, sillas y una mesa, y un par de catres reclinados contra la pared. Una antigua estufa de hierro con una cafetera, enseres de cocina colgando en un rincón y estanterías con botes de azúcar, harina, manteca de cerdo, café, habichuelas. El Cowboy sale otra vez al sol y hace un gesto con la mano para indicarle a Sarah que puede acercarse.

—Según la cerradura no ha aparecido nadie por aquí desde la primavera —anuncia—. No creo que la hayan trucado. Es un lugar bastante recóndito y además no veo por qué habrían de molestarse en falsearla.

Sarah mira a su alrededor con incertidumbre. sudando dentro de su chaleco antibala cerrado hasta e! cuello.

—Como tú digas. Estamos en tu terreno, no en el mío.

Él se hace a un lado para que entre Sarah, quien deja la Heckler Koch sobre la mesa y se quita el chaleco para darse aire.

—Este refugio sólo se usa en invierno —explica el Cowboy—. Vienen para vigilar los rebaños que usan el abrevadero.

Ella contempla el reducido recinto.

—Vamos a limpiar esto, perorantes quitemos las contraventanas. No me gusta permanecer a oscuras aquí.

—Lo primero es lo primero —se acerca al cajón de herramientas y saca una palanca, clavos y un martillo. Luego aparta los catres y levanta un par de tablas del piso, extrae una caja metálica y la abre.

Cheques de viaje, documentos que le identifican como un sujeto llamado Gary Cooper nacido hace veinticinco años en Bozeman, y una aguja brillante que cuelga de una cadena de plata. Levanta la llave y sonríe contemplando el cristal brillante de su extremo.

—De una caja de seguridad, aquí en Butte —explica—. Es donde guarda el señor Gary Cooper sus ahorros.

Sarah rebusca entre los víveres de las estanterías y encuentra una botella de whisky medio llena. Tras soplarla para quitarle el polvo, se vuelve hacia el Cowboy con una sonrisa.

—Hemos tenido aquí una fiesta, a lo que parece.

El Cowboy se cuelga la cadena del cuello y saca de un escondite cerca de la estufa un cuchillo de monte. Luego regresa al armario metálico. En un rincón, un rifle en su funda. Lo saca, oliendo a aceite y a lanolina del forro de lana de la funda. En un estante superior, los cartuchos. A su espalda oye que Sarah desenrosca el tapón de la botella.

—Voy a por un poco de carne —anuncia, mientras introduce un cartucho. Las reses son medio suyas, de todas formas.

 

Las mariposas nocturnas describen sus espirales de kamikazes alrededor de la llama crepuscular de una lámpara de queroseno y van a chocar con el cristal azulado del tubo. El Cowboy y Sarah están acostados debajo de una manta de viaje roja, contemplando las rústicas vigas de cedro del techo y algo sorprendidos al echar en falta la presencia del cielo nocturno con sus estrellas.

De súbito nota el sobresalto del cuerpo de Sarah, a su lado. Ella se incorpora dejando que la manta resbale de sus pechos y alcanza la pistola automática.

—¿Qué ha sido eso? —susurra.

—Nada.

—Me pareció oír algo —escucha atentamente y pasea la mirada por todos los rincones de la habitación.

—No es nada —repite el Cowboy—. Estaba despierto.

Sarah sigue escuchando, hasta que por fin el Cowboy ve que sus hombros se relajan. Cuando se reclina sobre la almohada siente la tentación de rodearla con un brazo, pero decide no hacerlo. Hay momentos en que no quiere que la toquen, y éste es uno de ellos, a juzgar por la dureza de su perfil. Se diría que aún escucha, que una parte de ella sigue en guardia.

—¡Jodido...! —exclama ella, levantándose otra vez en busca del arma. Él la observa mientras ella saca su inhalador de la bolsa, se administra una dosis en cada agujero de la nariz y se dirige andando descalza hacia la puerta, donde se detiene un instante a escuchar, convertida en una figura de contornos inciertos frente a la luz titilante del quinqué, hasta que por último abre la puerta y desaparece en la oscuridad.

El Cowboy cruza los dedos detrás de la nuca y se dispone a esperar. Al cabo de pocos minutos entra otra vez Sarah, caminando de espaldas, el culatín del arma apoyado en la cadera. Luego se vuelve y se limpia la tierra de la planta de un pie sobre el empeine del otro. Tiene la mirada distante, nada cordial. El Cowboy admira el juego de sus músculos bajo la piel morena. Sin una palabra, se limpia el otro pie y se mete debajo de la manta.

—No podrás dormir después de haberte administrado esos torpedos —dice el Cowboy.

—Ya lo sé —mirando el techo—. Prefiero pensar.

El Cowboy alarga la mano sobre su cabeza para alcanzar la botella y toma un sorbo: luego se la ofrece a Sarah, pero ésta deniega con la cabeza.

—¿Haciendo planes?

—Lo intento —cambia de opinión ella y alargando la mano hacia la botella, se incorpora sobre un codo para tomar un trago, luego la deja sobre la manta, entre los dos—. Supongo que podría entrar en la Zona Franca por La Habana y pasar la aduana para tomar un vuelo local hacia Tampa. Una vez allí me ocultaría hasta que pudiese intentar algunos contactos para saber si puedo salir sin peligro. Creo que no habría inconveniente..., el Atamán está demasiado comprometido para echarse atrás ahora, y si hay guerra va a necesitar soldados. Por otra parte, sabemos ahora que el objetivo de la guerra no soy yo.

—Sí. y también sabemos que el objetivo soy yo.

Ella le dirige una rápida ojeada.

—Sí. En cierto sentido.

El Cowboy descansa la nuca sobre las manos y sonríe, mientras desfilan por su mente recuerdos del interfaz del blindado, escalas luminosas, monitores en busca de enemigos rasantes... Es bueno poder desentenderse de todo ese jaleo, pero resulta una contrariedad sentirse objeto de un conflicto y no poder dar la cara. Recuerda a Elfego Baca, el que calentaba tranquilamente las tortillas para su desayuno mientras una partida de téjanos cosía a balazos la pared de adobe de su barraca. A los cazadores de bisontes de Adobe Walls cargando sus Sharp mientras la coalición india de Quanah Parker se lanzaban al asalto en plena noche profiriendo alaridos de guerra. Al teniente Christopher Carson buscando la espalda de los lanceros de Pico para ir en busca de los marines del comodoro Stockton y acudir al rescate de la columna de Kearny... Cualquiera que sea el desenlace, el Cowboy sabe que se le recordará en esta región durante mucho tiempo.

—Por mi parte, continuaré actuando como un apache durante algún tiempo. Perfil bajo, movimiento rápido. Y que los míos hagan lo mismo. Arkady no dispone de ningún sicario o agente que pueda moverse sin escolta.

—¿Tan a fondo conoces la organización de Arkady?

—Ya lo averiguaremos. Sabemos dónde buscar —ríe—. Creo que hubo un antepasado apache en mi familia. Sólo que, como eso no se consideraba respetable en mi pueblo por aquel entonces, nadie lo sabe con seguridad. Supongo que ahora se verá.

Sarah se queda mirándole largamente, como si fuese a decirle algo pero luego se hubiese arrepentido. Por último decide hablar.

—Oye, Cowboy. Concédete siempre un margen para salir corriendo. No se puede ganar siempre.

—Me he pasado toda la vida corriendo. Y ganando también.

Ella replica con dureza:

—Hay que saber sentarse a parlamentar. Cowboy, y también saber cuándo es mejor desaparecer.

El Cowboy la mira con tristeza.

—Tú opinas que no puedo ganar, ¿verdad?

Sarah se da la vuelta y con eso le ha dado la respuesta. El Cowboy se humedece la lengua con otro sorbo de whisky para combatir el escalofrío que empieza a invadir su médula.

—¿Crees que Michael tendría más posibilidades?

Ella se encoge de hombros.

—Cuenta con más recursos, mejores contactos. Está en mejor posición para negociar.

—Y tú te reunirás con tu hermano en Florida.

—Sí.

Él se sienta en la cama, cruza las piernas y toma otro sorbo. Contempla a Sarah, sus hombros anchos, los músculos felinos de su torso, los pechos que parecerían demasiado grandes y desproporcionados en una mujer menos alta que ella. Pasa la visión al infrarrojo y observa el calor de sus músculos y la pulsación térmica que recorre su garganta.

Ella le mira con impaciencia.

—Míralo de esta manera, Cowboy. Cuando termine esta travesía volveremos a ser sólo aliados, y quizá no por mucho tiempo. Quiero cobrar y volver a casa, y después de eso cada uno atenderá a sus propios problemas.

—Ya lo sé. Pero deja que lo lamente un ratito, si no te importa.

—No te pongas sentimental.

El Cowboy retorna a la visión normal y observa las duras líneas de sus facciones, pero en seguida ella se vuelve boca abajo y apoya la barbilla sobre los antebrazos, hurtándole la cara.

—A mí me parece que si me quedo aquí voy a seguir necesitando guardaespaldas más que si intentase atravesar la Avenida. Una persona que no pueda venderme a la oposición porque la buscan tanto como a mí mismo.

—No. Debo ocuparme de Daud.

—Podrías traerle aquí.

Ella le mira por encima del hombro y cuando habla hay cuchillas de afeitar en su voz.

—Mira, Cowboy. De hoy en adelante quedémonos estrictamente en el terreno de los negocios. Las relaciones sexuales dejan de constituir parte del servicio, y mi tarifa aumenta a partir de mañana mismo.

—No sabía que el sexo fuese parte del servicio; de haberlo sabido me parece que lo habría aprovechado antes.

Las facciones de ella parecen de piedra durante un momento, pero luego se dulcifican un poco.

—Lo siento, Cowboy —le mira—. No estuvo mal, pero no quiero ataduras con los socios comerciales, y tú sabes muy bien por qué.

—Lo supongo, al menos —el Cowboy toma otro trago; el brillo de la lámpara se refleja en el corazón de la botella como un amanecer diminuto en un cielo nublado. Por un instante le recuerda el cielo negro punteado de estrellas fijas que él cruzaba con su ala delta cuando saltaba la Muga, hasta que asomaba la aurora...

Sarah se ha dejado caer de nuevo sobre la almohada, los ojos tan negros como la cabina de un delta y con el mismo punto de luz sutil. Está endureciéndose otra vez, piensa el Cowboy, pero tiene motivos para ello. Puesto que regresa a un lugar en donde no va a encontrar amigos, ni nadie que la proteja sino ella misma. Donde no puede permitirse confiar en nadie, excepto tal vez en ese Daud que yace en una cama de hospital...

No tan diferente de él mismo. Cree que puede confiar en más gente que Sarah, pero el único incondicional también está en alguna cama, curándose las heridas de bala.

A lo lejos, los coyotes alzan su fúnebre aullido y Sarah se pone otra vez rígida. Al cabo de un momento se relaja de nuevo y el Coyote, como si le hubiese adormecido aquel sonido familiar, enrosca el tapón de la botella y se tumba mientras su mente considera los muchos planes que ha trazado mientras andaban por los caminos.

Lo primero, procurarse un vehículo, cualquiera que sea.

El Cowboy cabalga otra vez el interfaz y las notas de la guitarra vaquera suben y bajan por su espina dorsal como una tempestad en invierno. No es más que un Packard de tipo medio con tracción opcional a las cuatro ruedas, pero no deja de tener su interfaz y avanza con rapidez sobre la cinta desvencijada de asfalto bajo el cielo azul y libre, y el Cowboy disfruta manejándolo, atento al régimen de la turbina, a la bomba de combustible, a la temperatura del propulsor, lo mismo que si llevase su blindado a turborreactores Rolls-Royce.

Sarah ocupa el asiento envolvente del acompañante. Van hacia la estación del ferrocarril y el tren bala de Butte que debe llevarla hasta Kansas City a más de trescientos kilómetros por hora. Desde allí tomará el avión a La Habana, entrando en Zona Ocupada.

Está revestida otra vez con su armadura, la cazadora azul recién lavada y con el cuello vuelto hacia arriba, las gafas que ocultan los ojos. Marcada de cicatrices, cáustica, dura, de vez en cuando flexiona los dedos en un movimiento inconsciente, como disponiéndose a aferrar la garganta de alguien. Casi se adivina cómo vuelven poco a poco los recuerdos de la luchadora callejera, los antiguos reflejos algo olvidados durante las últimas semanas.

Tiempo de supervivencia, piensa el Cowboy. Es extraño que una marcha a pie cruzando el país pueda recordarse como una temporada de vacaciones, y sin embargo lo ha sido, pero ahora hay que retornar a las cosas serias.

La estación del tren bala es subterránea y las vías corren bajo las calles de la ciudad. El Cowboy lleva el Packard hacia una cochera también subterránea; el eco de los neumáticos al rodar acaricia sus nervios mientras su mente circula a la velocidad de la luz. Es un interfaz, después de tanto tiempo.

De mala gana desconecta la turbina. El zumbido del volante de inercia en las tripas del vehículo va decayendo hacia la gama de los graves al tiempo que él se desconecta del interfaz y se vuelve hacia Sarah, que tiene la puerta abierta y empieza ya a apearse. El Cowboy sigue su ejemplo.

Ella aguarda a que él abra el portaequipaje. El petate, recién comprado en Butte, pesa debido al oro que contiene, aunque no tanto como solía, porque la Heckler Koch no pasaría los detectores. Escrito en un pedazo de papel, el código que abrirá la bodega de carga del panzer cuando el Atamán quiera recuperar sus componentes electrónicos.

El Cowboy le tiende el petate y nota los dedos fríos de ella al tomarlo. Su pensamiento vuelve a las montañas perfumadas de aroma a sauce, al roce cortante de los vientos invernales en el desierto, al contacto cálido y resbaladizo del cuerpo de ella cuando cabalgaban el interfaz sexual y la piel de ella resplandecía en blanco para la visión infrarroja de él y brotaba de su boca una larga vaharada de color rojo-anaranjado como los cirros del crepúsculo.

—No voy a ponerme sentimental —anuncia ella.

—Si me necesitas para algo —replica el Cowboy—, puedes dejar un mensaje bajo el número de Randolph Scott, de Santa Fe. Lo abriré dentro de un par de días.

—Randolph Scott. Lo recordaré —los ojos ocultos detrás de los cristales parecen contemplar el cielo unos momentos—. Puedes dejar un mensaje para mí en el bar llamado Blue Silk —se sonríe, enigmática—. El propietario es un amigo.

—De acuerdo.

Ella le tiende la mano.

—Ha sido un placer hacer negocios contigo, Cowboy.

—Quizá volvamos a ser aliados.

El Cowboy se considera tan capaz de jugar a este juego como cualquier otro. En el momento de estrecharle la mano, ella da un paso adelante y le rodea el cuello con los brazos. Nota el chaleco antibala que se aplasta sobre su pecho. Ella le roza el cuello con los labios y luego se echa atrás, bruscamente. A pesar de los cristales reflectantes él adivina que sus ojos parpadean. Luego ella se sonríe con fiereza, se ajusta el chaleco y le da la espalda.

El Cowboy nota un tirón en la nuca como si alguien estuviera mirándole, pero cuando se vuelve no hay nadie. Tras cerrar el portón trasero del Packard, sube al vehículo y toma el volante.

En marcha hacia el sur, piensa. Montana va a resultar un lugar muy solitario.

 

10

 

CIFRAS DE LA PASADA NOCHE EN TAMPA, TOTAL CERRADO

A LAS 8 DE LA MAÑANA: 22 MUERTOS EN EL PERÍMETRO URBANO

LOS AFORTUNADOS GANADORES COBRAN 3 POR 1

 

El Pony Express agazapado en el vasto hangar parece la estatua de ébano de una pantera en el instante del salto. Las luces multicolores de la Wurlitzer proyectan sus haces rojos, amarillos y azules hacia la estructura del techo y la música de los Texas Playboys retumba en el cavernoso espacio, los metales rebotando en las paredes de chapa mientras los bajos retiemblan en los fundamentos de hormigón. El Cowboy aspira de nuevo el viejo y familiar olor de la cabina mientras se acomoda en el asiento y corrige la colocación de la Heckler Koch en su regazo. Enchufa los conectores en su cráneo y pone en marcha los sensores del ala delta dejando que la visión expandida proyecte en su cerebro las imágenes transparentes, pero no se ve nada más que el interior del hangar desierto y la formación de los aparatos inmovilizados ala con ala.

Enciende las pantallas de los sistemas de armamento. Las hileras de luces rojas corroboran que los depósitos portamisiles se hallan almacenados en otro lugar y que no queda munición para los cañones ventral y dorsal. Pero no le sorprende; sabe que debe conformarse con la Heckler Koch.

Fuera del hangar se oye el sollozo de una turbina, que anuncia la llegada de alguien. Cierra la cremallera del chaleco antibala gris comprado en Boulder y levanta las solapas para protegerse el cuello, al tiempo que se cala el casco sobre los zócalos. La puerta se abre y las pantallas le muestran una figura solitaria que entra, los pasos resonando sobre el suelo de cemento por entre la música vaquera.

El Pony Express capta simultáneamente la presencia del intruso por la cámara de infrarrojos y la de visión nocturna, rojo y blanco cromo, en forma de silueta que se recorta sobre la media luz que proyecta la máquina de discos. El Cowboy reconoce a Warren, quien avanza con cautela y llevando una carabina en las manos, y deduce que al entrar él en el hangar se habrán activado los avisadores electrónicos. De ahí que Warren se haya acercado a inspeccionar.

Luego vive todavía, piensa el Cowboy. A lo mejor las cosas no están tan mal como parecen.

El Cowboy enciende una luz de posición en la base del fuselaje y el destello de color rojo empieza a describir su traza circular a lo largo de las paredes, como si marcase el ritmo a la batería de Smokey Dacus. Al verlo Warren se detiene, registrando con la mirada la formación de alas delta. En seguida echa a andar hacia el Pony Express, aunque manteniéndose siempre a la sombra de las alas. El Cowboy pone en marcha sus intensificadores de percepción Santistevan y asoma la cabeza por la carlinga.

—He supuesto que tu casa estaría vigilada.

Warren le contempla por debajo de la visera de su gorra.

—Hola, C-boy —saluda bajando la carabina y mostrando sus mellados dientes en una sonrisa—. Han pasado por aquí algunos que preguntaban por ti.

—¿Qué querían?

—No lo dijeron. Mi opinión personal es que casi todos traían intención de matarte —abandona la carabina en el suelo y acerca una escalerilla con ruedas hacia el fuselaje—. Estuvo aquí Arkady en persona, ofreciendo veintidós acciones ordinarias de la Tempel a cambio de tu cadáver.

La hilaridad cosquillea los nervios del Cowboy.

—Me pregunto cómo habrá calculado la cifra.

—Uno de sus hombres estuvo huroneando por aquí la semana pasada, sin ir más lejos. Era Chapel, ya lo conoces, el cerebro de lagarto. Para repetir las amenazas y reiterar la oferta, como puedes figurarte. Le dije que prefería no meterme en ningún jaleo. Quizá se lo creyó.

El Cowboy desconecta los sensores y la luz de posición.

—Chapel, sí. ¿Quién más trabaja para Arkady?

—Por ahora es sólo una guerra entre intermediarios. Los tanquistas independientes procuran mantenerse al margen. Hoy por hoy, y por lo que se refiere a los intermediarios, Pancho y el Lija se han pasado al bando de Arkady, Georgi y Saavedra murieron asesinados casi el primer día. El Cara, el Pajero y Dmitri el Flecha pelean contra Arkady pero no están teniendo mucha suerte por ahora. La mayoría de sus tanquistas se mantienen leales, al menos por ahora. Y los del Esquivo van como locos.

El Cowboy nota un ramalazo de tensión en los brazos al escuchar el nombre del Esquivo, y respira hondo antes de preguntar:

—¿Cómo está?

—Se repondrá —responde Warren mirándole fijamente—. En su escondite de las montañas, con una escolta de especialistas en intervención rápida y dispositivos electrónicos. Arkady no se acercará por allí hasta que él decida salir.

—Necesito verle —dice el Cowboy con alivio.

—Puede arreglarse.

El Cowboy se quita el casco y, de mala gana, se desconecta del interfaz. Las hileras de luces rojas se desvanecen de su panorama mental. Warren le contempla con el ceño fruncido.

—No todos los visitantes han sido enviados de Arkady —dice—. También Jimi Gutiérrez se ha dejado caer por aquí un par de veces. Parecía convencido de que yo estaba al corriente de tu paradero y no quiso creerme cuando le dije que no lo sabía. Dijo que deseaba combatir a tu lado y me pidió que te pasara el mensaje.

—Bien, pues ya está hecho.

Warren prosigue en tono de burla:

—Buen muchacho Jimi, aunque bastante loco, me parece.

El Cowboy escruta las facciones de Warren, angustiado por un presentimiento.

—Oye, Warren —empieza—. Necesito saber si estás dispuesto a ayudarme en esto.

El otro baja la mirada.

—Tengo una familia —contesta, y el Cowboy nota el peso de la tristeza que se abate sobre sus hombros; frunce el ceño sin atreverse a apartar la mirada de sus instrumentos.

—Lo comprendo.

Warren le mira con los ojos muy abiertos a uno y otro lado de su ganchudo apéndice nasal.

—No he dicho que no quiera hacerlo. Sólo digo que es un punto a considerar —aprieta los labios con rabia—. Jutz dijo que había recibido una llamada tuya y que dijiste que los Orbitales andaban metidos en el jaleo.

—La Tempel, al menos, eso es seguro, Arkady es su hombre de paja.

Warren resopla con desprecio.

—De ahí el ofrecimiento de las acciones. ¡El muy cochino!

El júbilo inunda el corazón del Cowboy, que sonríe y aporrea el salpicadero en un gesto de triunfo.

—Esto no querrás perdértelo, Warren. Nos haremos cargo de tu familia. Que se escondan hasta que haya terminado todo.

Los labios de Warren se distienden en una mueca de burla.

—¿Y cuántos años crees que tardará, C-boy?

—No muchos, puesto que intervienen los Orbitales. Con los recursos que tienen, si se prolonga demasiado la guerra la ganarán ellos.

—Exacto. Eso es lo que yo pensaba. ¿Se te ocurre alguna manera de conseguir que sea corta?

El Cowboy le mira con franqueza.

—Necesito un par de cosas con urgencia. Un buen experto en cristales que me ayude a desbloquear al menos una parte de mis fondos. Una entrevista con el Esquivo. Y en cuanto a ti, Warren —prosigue mientras el viejo se frota la barba de dos días—, necesito que te mantengas al margen por ahora. Que Chapel y Arkady sigan creyendo que no quieres tener nada que ver. Y quédate aquí para revisar los delta, y que me pongas el Pony Express en condiciones para volar.

La sorpresa se pinta en las facciones de Warren.

—¿Los delta? —pregunta—. ¿Quieres volar otra vez sobre la Muga?

—Quizás —el Cowboy se arrellana en el asiento, sintiendo el delta como una prolongación negro mate de su propio cuerpo, listo para elevarse—. Sobre Colorado y Wyoming.

Poco a poco la comprensión va naciendo en los ojos de Warren, lenta pero bella como la amanecida del sol.

 

ALMACÉN INCENDIADO EN ORLANDO SE TEMEN PÉRDIDAS

HUMANAS

La policía desmiente que hubiese tiroteo

 

Marc Mahomed susurra desde los altavoces ocultos; su voz anuncia un mensaje subaudible entre las exclamaciones y los ritmos sutiles del hob. Maurice contempla con rostro desprovisto de expresión las fotografías de las paredes, tan absorto como si fuesen pantallas de vídeo. Sus ojos metálicos se vuelven hacia Sarah cuando ella entra, y cruza por sus facciones una tenue sonrisa.

—¿Ron y lima? —pregunta.

Sarah asiente, notando cómo el aire acondicionado del bar refresca el sudor que le baña la frente. Sonríe con gratitud contemplando el Blue Silk. aliviada al verse en un ambiente conocido.

Pasa revista a la parroquia del bar, en este momento reducida a dos mujeres rusas de ojos melancólicos, a las que ya ha visto otras veces. A juzgar por los nombres que van puntuando la conversación —Lenin, Stukalin, Bunin, Trotski— deben hallarse enfrascadas en la habitual discusión acerca de qué fue lo que salió mal e hizo que la Unión Soviética fracasara en su misión de civilizar el resto del mundo. La vieja polémica, como no ignora Sarah, que distrae a los exiliados rusos en todos los rincones del mundo. Sin hacer más caso de ellas, acepta el vaso helado que le ofrece Maurice.

—Otro. Éste para ti, yo invito —dice ella.

Maurice asiente y alcanza el vaso de White Horse sin mirar, con la gracia exacta del mimo que define un objeto no visible.

—Se deja usted ver poco por aquí últimamente, señorita —dice.

—Estuve fuera, en viaje de negocios. Además procuro evitar a ciertas personas.

—¿Como aquel caballero de los Orbitales?

Ella se encoge de hombros significando que sí.

—Me cae mal esa gente. No saben cuándo hay que dejarla a una en paz.

—Preguntaban mucho por ti hace algún tiempo. El tal Cunningham. Le mandé que se largara con viento fresco.

—Gracias, Maurice —contesta ella con sentido agradecimiento.

—Otras veces son sujetos que a lo mejor trabajan para él, pero no estoy seguro —menea la cabeza—. Hace semanas que no veo a ningún tipo raro, Sarah. Es posible que ese Cunningham se haya vuelto a su casa.

—Ojalá, pero no lo creo.

Una de las rusas levanta una mano para pedir un vodka azul. Maurice la sirve en vasos que extrae del congelador y los lleva a la mesa. El calorcillo del ron acaricia la garganta de Sarah. La puerta se abre a sus espaldas dejando entrar una bocanada de aire caliente de septiembre j unto con una silla de ruedas en la que viene un hombre de mediana edad, con ojos de metal, con un par de muñones en vez de piernas. Es uno de los ex compañeros de servicio de Maurice y también le ha visto otras veces. Sarah cree recordar que le llaman James y dirige de nuevo la atención a su vaso, mientras los dos hombres intercambian saludos en voz baja.

Maurice le prepara a James un combinado y se lo sirve en la mesa, negándose a cobrárselo por mucho que el otro protesta. Sarah tiene la impresión de que este rito se ha repetido muchas veces antes. Marc Mahomed entona una elegía que habla de ocasiones perdidas, de amores perdidos, de la pérdida del sentido de la vida. James maniobra su silla de ruedas hacia uno de los reservados del fondo. Maurice retorna a la barra, a la eterna contemplación de las fotografías, en la mano el vaso que ni siquiera ha empezado. Ella pide otro.

—Oye, Maurice. Tú vives aquí, en el piso de arriba, ¿verdad?

—Exacto, señorita.

—¿Te sobra una habitación?

Los enigmáticos ojos Zeiss se alzan para fijarse en los de ella.

—¿Por qué lo preguntas?

—Necesito un escondite en Tampa —explica—. Donde no puedan encontrarme Cunningham y sus amigos. Te pagaré un alquiler, Maurice. Por adelantado.

Maurice la contempla tranquilamente con sus ojos inexpresivos y ella se pregunta si habrá sabido tocar bien las teclas, con la mención acerca de los Orbitales y todo eso.

—No quiero tráficos en mi casa —dice—. Nada ilegal, nada de visitas de desconocidos. No me interesan los líos.

—No habrá problemas, Maurice. Sólo quiero un lugar para dormir.

Él deposita el vaso sobre la barra.

—De acuerdo, entonces. Una semana, luego ya veremos.

Sarah nota un alivio inmenso, brinda con el vaso y le dedica una débil sonrisa.

—Gracias, Maurice. Eres un amigo.

Se abre la puerta del fondo y asoma otra vez James, conduciendo su silla de ruedas hacia la mesa. Maurice le sigue con la mirada, pensativo.

—Ha sido un gran hombre el capitán. Estuvo loco muchos años porque no podía seguir volando.

Sarah mira a James por encima del hombro, consciente de la tristeza que habita en los recuerdos.

—Sí —dice—. Yo he sentido algo parecido.

 

ASESINATO FRUSTRADO EN CASPER EL COMANDANTE ANDREIEVICH SALVA LA VIDA

El herido declara:

«No tengo enemigos en el estado de Wyoming» La policía no tiene ninguna pista

 

La casa del Esquivo se alza sobre una de las cimas menores de los Sangre de Cristo, desde donde se domina una extensión de muchos kilómetros de llanura hacia el este; no por casualidad la excelente posición militar permite ver todo lo que ocurre abajo, con un farallón prácticamente inexpugnable a las espaldas. En esta parte del mundo los forasteros nunca fueron bien recibidos, y los curiosos no pasan desapercibidos para las gentes del lugar.

El Cowboy cabalga el interfaz hacia el sur, la Heckler Koch echada en el regazo mientras conduce llevando el Packard al límite sobre aquella carretera donde el cielo queda tan cerca que se tiene la sensación de poder tocarlo. El amanecer va despertando las grandes llanuras orientales. A su alrededor todo está lleno de pinos jóvenes, repoblados hace pocos años después de una gran tala, y de crecimiento acelerado por cortesía de los combinados químicos Orbitales.

El Packard se desliza con soltura a lo largo del interfaz entre la mente y el ojo, el cielo y la tierra, el amanecer y el último dedo frío de oscuridad. El Cowboy dirige rápidas ojeadas a los escasos coches y camiones que pasan, en busca de caras conocidas, gestos de sorpresa, miradas maliciosas, pero no ve sino las caras de las familias que se encaminan al pueblo para asistir a la primera misa de la mañana.

La verja del Esquivo está flanqueada de guardianes en uniforme de camuflaje y antibala; calados sobre los ojos los escáneres de infrarrojos y de visión nocturna, les proporcionan las mismas ventajas que tiene el Cowboy con sus implantes. Con su visión infrarroja el Cowboy cree divisar a dos sujetos escondidos en una trinchera camuflada próxima y provistos de lo que, según la silueta, debe ser un cohete de los que se disparan desde un tubo al hombro. El Cowboy toma de su regazo la pistola automática y la coloca sobre el asiento del acompañante.

Estaciona delante de la verja y desconecta la turbina. En el silencio de la mañana el sollozo eléctrico del alzacristales parece ensordecedor. El Cowboy contempla el abultado escáner del individuo que se acerca.

—Deseo hablar con el Esquivo. Díganle que soy su viejo amigo Tom Mix, el del rodeo de Portales.

—Antes debe dejarme el arma.

—Guárdenla bien. Me agrada el tacto de ese armatoste —entrega la Heckler Koch y el hombre se la coloca debajo del codo. El Cowboy considera la insignia de los Flash Forcé en el bolsillo de la guerrera del hombre, que lo identifica como uno de los mejores y más incorruptibles mercenarios en su especialidad. El vigilante transmite el mensaje del Cowboy a través de su micro de laringe y con una mano se aprieta el casco sobre la oreja izquierda para escuchar la contestación; luego mira al Cowboy y menea la cabeza.

—¡Hombre!, debe ser usted un ángel del Señor, por lo menos. Incluso me han ordenado que le devuelva la pistola.

—Se lo agradezco.

El aullido de la turbina sube de gama mientras el guarda hace seña de que abran la verja. El Packard proyecta gravilla hacia atrás mientras sube la rampa de aproximación. A través del infrarrojo se ven más guardas de seguridad que patrullan el jardín, pero como no se supone que deba hacer caso de ellos, continúa sin hacer caso. Al llegar delante de la larga fachada de rollizos deja el arma en el asiento del vehículo y para disimular echa sobre ella la peluca.

Por la puerta asoma Jutz con una sonrisa que la luz de la aurora tiñe de rojo; luego, profiriendo un alarido, echa a correr y se abalanza sobre el Cowboy de un salto, sujetándole con los brazos y las piernas mientras él permanece de pie en medio del camino, con una tenue sonrisa.

—¡Bastardo! —le reprende, enmarañándole los cortos cabellos—. ¡Cuánto te hemos echado en falta! —le contempla con sus ojos azules—. ¿Has procurado comer bien? Tienes buen aspecto.

—Estoy muy bien. He cruzado más de medio país a pie, pero me acompañaba una guardaespaldas.

Ella se deja caer hasta tocar de nuevo con los pies en el suelo y mete un pulgar en su cinturón ranchero; el Cowboy le rodea los hombros con un brazo y ambos se encaminan hacia la puerta.

—¿Cómo está el Esquivo? —pregunta el Cowboy.

—Mejora. Ahora está durmiendo, conque vas a tomarte un caldo y me darás un poco de conversación hasta que él se levante.

Pasan por debajo del marco detector sin que se encienda ninguna luz roja ni ninguna áspera voz sintética del láser explorador los intime a detenerse. Es la casa de vacaciones del Esquivo y no el rancho en donde trabaja, pero presenta el aspecto de un castillo sitiado.

Sobre un fuego de la cocina, un caldero de cincuenta litros siempre disponible para los hombres del Dodger que entran y salen con arreglo a diferentes turnos; en el horno, un montón de tortillas envueltas en hoja de aluminio para mantenerlas templadas. El Cowboy se sirve sendas raciones y echa unas monedas en la jukebox, regalo suyo de dos o tres Navidades atrás para Jutz y el Esquivo. Los neones de la máquina empiezan a girar al ritmo de la música vaquera mientras Jutz le pone en antecedentes.

El Cowboy rebaña el caldo con los restos de la tortilla. A lo que parece, las tropas acusan el cansancio de la guerra. Los intermediarios, ante la necesidad de financiar la contienda, han puesto en circulación más mercancía, y los del Nordeste se dedican a acaparar. Los precios caen en el Nordeste y suben en el Oeste debido al aumento de la demanda. En consecuencia, los blindados han multiplicado tanto sus viajes que algunos empiezan a presentar síntomas de desgaste y averías. Se dispone de menos panzeres simulados a medida que van cayendo en manos de la policía. Uno de los hombres del Esquivo ha permanecido seis días escondido en un barracón de Missouri con su panzer destrozado a tiros, hasta que fue posible repararlo y organizar una ruta de escapatoria.

—Han intentado raids de datos, tantos que hasta se oyen por teléfono e incluso por el microondas, desde un planeador lanzado sobre Wagon Mound —cuenta Jutz—. Pero nosotros guardamos nuestros datos en las cabezas, naturalmente. Por eso intentaron matar al Esquivo.

El Cowboy experimenta un remordimiento, algo inusual en él.

—Creo que en parte ha sido culpa mía —apunta, pero Jutz le responde con tranquila sonrisa:

—Sí, eso ya nos lo habíamos figurado.

Pero él no deja de sentirse incómodo.

—Lamento haber sido el causante.

Jutz ríe y cubre su mano con una de las suyas.

—Habría ocurrido de todas maneras. Y además, si tú no los hubieras puesto nerviosos tal vez habrían apuntado mejor.

El Cowboy oye un rumor de pasos y al volverse ve al Esquivo que entra. Lleva un chaleco de piel de cordero por encima del pijama de seda azul y parece pálido, debilitado y más delgado que nunca, el cabello revuelto, mientras camina con precaución sobre las alfombras de artesanía india. Al verle, el Cowboy ha tenido una alegría tan grande que se echa a reír involuntariamente, a lo que el Esquivo frunce el ceño.

—Sé que estoy ridículo —dice—, pero no creo que sea cosa de burla.

El Cowboy se ha incorporado de un salto para ir a estrecharle la mano. Habría preferido abrazarlo pero teme que se le abra algún punto de sutura.

—¡Caramba! —exclama el Esquivo con los ojos muy abiertos de júbilo—. Celebro que hayas regresado.

—Traigo algunas ideas y algunas novedades.

—Ya me contarás, pero antes deja que tome un poco de café.

—De acuerdo —el Cowboy se atrapa a sí mismo sonriendo como un cabezabotón después de la primera electrodosis del día. Acompaña al Esquivo hasta la cocina y mientras el otro sorbe su café, el Cowboy mete más monedas en la jukebox, como si tuviese ganas de bailar.

Luego regresan al salón y el Cowboy se pone a explicar sus proposiciones mientras el Esquivo, arrellanado en un cómodo sillón, abrigado en su chaleco de cordero y los ojos convertidos en dos rendijas, sujeta el tazón con ambas manos mientras asiente de vez en cuando, o formula una pregunta en demanda de más detalladas aclaraciones. Por último y tras llenar por segunda vez, se echa hacia atrás con los ojos cerrados.

—Sí —dice por fin—. La pondremos a prueba.

—Primero lo del informático —replica el Cowboy.

—Correcto.

Se oye simultáneamente el zumbido de dos radios, la una en el cinto de Jutz, la otra en el bolsillo del Esquivo, que extrae el aparato para contestar. La voz del interlocutor se oye con claridad.

—Aquí Lockyer desde la verja. Un tal Jimi Gutiérrez quiere verle, dice que trae noticias.

Una mueca de desagrado cruza por las facciones del Esquivo.

—Okay. Regístrenlo y que pase.

—A la orden.

El Esquivo devuelve la radio al bolsillo.

—¡Caray! Soy demasiado viejo para tratar con esos chiflados.

—Es de los nuestros. Esquivo —comenta el Cowboy.

—Eso dice él sin parar, pero como lo dice con esa risa de loco, me figuro que tenerle entre los nuestros es como tener un cachorro de jaguar. Hasta el día que confunde tu mano con su desayuno.

Aparece bajo el dintel otro guarda de seguridad que intercepta a Jimi, y una vez pasado el control le acompaña al tanquista hasta la sala. Viene con la cara deformada por una sonrisa nerviosa y los ojos tan dilatados como los cañones de una ametralladora gemela. Viste chaleco antibala, vaqueros recortados y zapatillas de tenis azules, sin calcetines. Cuando advierte la presencia del Cowboy en un rincón suelta una carcajada triunfal, mostrando las cadenetas metálicas que ciñen sus dientes.

—Por fin te he atrapado, Cowboy —dispara la incontenible verborrea—. Quiero acompañarte. ¿Recuerdas que un día estuvimos junto en las montañas?

—Sí. Anda, siéntate y danos la novedad.

Pero Jimi está demasiado excitado para sentarse y sigue hablando en pie, agitado como un títere. Jutz contempla su actuación con indulgencia.

—Tengo diez mil K en antibióticos de Arkady. En la bodega de carga de un panzer, a unos ciento cincuenta kilómetros al norte de aquí. ¿Crees que podrían servirte para algo, Esquivo? —gira sobre sí mismo haciendo aspavientos con los brazos, los pies agitados por la frenética danza victoriosa de sus nervios ciberimplantados—. Y además me he cargado a ese bastardo de Chapel mientras ponía pies en polvorosa hacia México.

El Cowboy, sonriente, se vuelve hacia el Esquivo, pero éste ha cerrado los ojos para no tener que mirar a Jimi.

—Siéntate de una vez, Jimi, antes de que me dé un infarto —ordena por último el Esquivo—. Y cuéntame cómo sucedió.

Sin que el ultimátum haya mermado su entusiasmo, Jimi se sienta en el brazo de un sillón, las suelas de goma punteando todavía ritmos sobre la alfombra. El Lija, uno de los aliados de Arkady, le había encargado pasar la Muga por la parte oriental de Colorado. Mientras estaban cargando se presentó Chapel, y así Jimi supo que Arkady tenía por lo menos una participación en ese viaje. Entonces Jimi puso en marcha el panzer, apuntó las roquetas y los cañones hacia el personal de tierra y borró del mapa al Lija y a Chapel junto con el camión de combustible, antes de salir disparado hacia las Rocosas en busca de un escondite.

—Con lo que me queda la carga por valor de diez millones de pavos, y un panzer completamente nuevo, y de paso he librado al planeta de dos sabandijas —concluye Jimi, exultante, al tiempo que se pone en pie de un salto y se aplaude a sí mismo—. ¿Os parece que eso me califica como miembro de vuestro equipo?

—Yo creo que sí, Jimi —contesta el Cowboy, con lo que no le queda al Esquivo otro remedio sino plegarse a lo inevitable.

—Sí, Jimi —dice—. Creo que estuviste bien.

Jutz se pone en pie y rodea con un brazo los hombros de Jimi.

—Gracias —dice—. Siempre es bueno poder contar con algunos amigos.

Jimi la abraza y la voltea en el aire, entre risas de Jutz, mientras el Esquivo los contempla con el ceño fruncido.

—Voy a echar unas monedas en la Wurlitzer —dice Cowboy, y luego, echando la mirada atrás por encima del hombro—: ¡Eh, Jimi! ¿Quieres un poco de caldo?

Jimi deja a Jutz en el suelo y se saca del bolsillo una petaca de mezcal.

—Cómo no —dice—. Me alegro de hallarme a bordo.

—Lo sabemos —dice el Cowboy al tiempo que se acerca a los neones multicolores de la máquina y hurga en sus bolsillos.

 

NUEVO PRESIDENTE ELECTO DE UCRANIA

PROMETE NEUTRALIDAD ANTE EL CONFLICTO ESTONIA-MOSCOVIA

 

Sarah entra en la habitación de Daud y ve a un sacerdote ruso de pie junto a la cama de un nuevo compañero de habitación, atado de pies y manos con correas al bastidor. Un Huntington vírico, piensa. Erosión simultánea de la mente y del cuerpo una vez pasada la fase contagiosa. El religioso no se vuelve para ver quién ha entrado, sino que mantiene el barbudo rostro mirando al moribundo.

Daud tiene dos ojos ahora, uno de ellos rodeado por la cicatriz de la reciente operación de implante, pagada mediante un giro de Sarah desde la estación del tren bala en New Kansas City. La sigue con la mirada mientras ella pasa detrás del sacerdote y sus facciones se alteran.

—Sarah —dice.

—Aquí estoy.

Él alarga una mano que ella se apresura a tomar entre las suyas.

—¿Dónde estuviste?

Ella contempla el rostro agitado por una lucha interior en donde la gratitud combate con el resentimiento.

—Me he visto obligada a ocultarme, Daud.

Ella acaricia su mano suavemente, la carne nueva y rosada.

—Me abandonaste, ¡maldita sea! Dijiste que serían sólo un par de días. ¿Dónde te has metido?

—Las cosas se complicaron.

Intenta darle un beso en la mejilla, pero él aparta la cara.

—Están reduciéndome la dosis —continúa él—. Tengo dolores. En las piernas, en todas partes. Ni siquiera puedo realizar los ejercicios que me asignan.

Sarah recorre el cuerpo con la mirada, observando la delgadez de las piernas nuevas debajo de la sábana.

—No te darán de alta hasta que hayas aprendido a andar.

—No puedo hacerlo si no me dan la dosis.

—Oye, Daud —replica ella, procurando hablar con amabilidad—. No he traído nada, ni inhibidores de hormonas, ni endorfinas.

Daud retira la mano y ella insiste, intenta persuadirle, pero Daud no quiere escuchar. Ella observa las convulsiones angustiadas de su garganta y mejillas, mientras procura reprimir su propia y creciente frustración y rabia. Intenta no olvidar que esos mohines son lo único que le ha quedado a Daud, su manera de comprobar que ella sigue a su lado y que seguirá consintiéndole. Pero el furor se hace demasiado intenso y para evitar la explosión, Sarah se incorpora y sale afuera.

El frío pasillo murmura un mensaje y ahora ella ya sabe cuál es.

La ciudad la rodea y ahora no tiene a nadie que le guarde las espaldas.

 

TEMPEL PHARMACEUTICALS ANUNCIA

LA CURACIÓN DEL HUNTINGTON

ALZA INCONTENIBLE DE LAS ACCIONES TEMPEL

EN TODOS LOS MERCADOS

El tratamiento consiste en un virus sintético de «búsqueda y destrucción»

 

Thibodaux, el experto en cristales, es un hombre delgado, nervioso; agazapado en el coche del Cowboy, parece sumergido en algún tipo de trance interior mientras frunce el ceño y teclea con celeridad en su ordenador portátil. Años atrás el Cowboy trató un poco a Thibodaux, cuando éste era amante de un tanquista que acabó estrellándose en un trigal de Dakota del Sur.

—¡Por fin, hombre! —anuncia Thibodaux—. Tenemos comunicación con esa sociedad de cartera de Montevideo. Podemos proceder.

—Vamos —dice el Cowboy, tomando un conector del equipo de su acompañante cajún y enchufándoselo.

El Cowboy sabe que la dificultad no está en transferir los fondos; para eso bastará con facilitarle a Thibodaux los códigos. El truco estriba en despistar a los trazadores que la ley habrá puesto sobre sus cuentas de manera que sigan todas las transacciones para comunicar a la policía su localización.

Se opera desde el coche del Cowboy. El equipo de Thibodaux está conectado a un teléfono público instalado sobre su poste de aluminio en la West Alameda de Santa Fe. Quizá la ley cuente con personal lo bastante hábil como para trazar las series de comandos, y por eso el Cowboy no ha querido utilizar ninguna de las líneas a las que accede habitualmente.

Huele a cerrado en el habitáculo y los nervios empiezan a crujir por la acumulación de adrenalina. Thibodaux entra en el interfaz y se pone en comunicación con el robobroker del Cowboy. Éste libra el primer código de su cristal, y en el espacio de dos segundos todas sus acciones emprenden un camino complicado, aparentemente aleatorio, pasando por los mercados de Singapur, Londres y Mombasa Nova.

Aproximadamente tres segundos más tarde, todas ellas han sido permutadas por otras acciones. Mientras se confirman las ventas, Thibodaux le hace una seña al Cowboy y éste libra el segundo código de sus circuitos integrados. Los títulos del Cowboy sobre varios depósitos de metal precioso, custodiados en las arcas de varios bancos del Oeste norteamericano, se encaminan hacia los mercados de materias primas de Tobago.

Las cadenas de datos que representan la nueva cartera de valores del Cowboy, adquirida en tres lugares diferentes, se codifican y se envían a los satélites geoestacionarios propiedad de la Mikoyan-Gurevich, la Toshiba y la Gold Coast Máximum Law Corporation I. G. Luego se venden en tres plazas diferentes realizando los precios en pesos mexicanos, francos CFA de Bangui y kronur islandesas.

Mientras tanto el oro y la plata del Cowboy se han convertido en shillings ugandeses, los cuales se transfieren a Manila, donde quedan depositados en un banco electrónico disfrazado bajo la razón social Greater Asian Trade Company. Estos shillings sirven como garantía de un crédito por un importe del orden del 99,999 por ciento del valor en shillings y vigente por un tiempo de diez segundos.

Cowboy facilita a Thibodaux un tercer código, y sus títulos como copropietario de unos apartamentos de lujo en la urbanización Lightside, sita en el Mitsubishi Permanent Orbital Environment del Punto de Lagrange Número Cuatro, quedan vendidos realizando un módico beneficio. El comprador es un inversionista de Zurich y el pago en francos suizos se transfiere a un banco electrónico de Melbourne, donde nuevamente se aplican en garantía de un préstamo de diez segundos de duración.

Mientras se reciben en Melbourne los códigos que representan los francos suizos, las tres cadenas de información diferentes que representan las ventas de acciones realizadas por el Cowboy rebotan a la velocidad de la luz entre una serie de satélites y estaciones terrestres. El programa que ha creado Thibodaux es autocontenido, viaja con los datos y no necesita instrucciones en este punto, lo cual no sucederá necesariamente con los programas trazadores que hayan introducido las autoridades: con cada rebote entre la Tierra y el satélite, ida y vuelta, se añade otra fracción de segundo al retardo entre el instante en que el programa ve la transferencia y el momento en que el programa trazador principal, alojado en el frío corazón de cristal de un gran computador terrestre, se entera de la transacción y puede actuar en consecuencia.

En el decurso de sus saltos entra la Tierra y el espacio, y viceversa, cada cadena de datos pasa por una estación receptora instalada en una antigua plataforma petrolífera del Gran Sur. Thibodaux tiene una línea directa e independiente con la torre de perforación, y cada vez que pasa por allí una cadena de datos Thibodaux le añade otro programa nuevo, una cadena de nuevos datos que se añade al primer mensaje simulando su configuración y contenido... Este nuevo programa es lo que se llama, en la jerga del oficio, un furgón de cola.

Los dineros prestados son enviados en transferencias diferentes a las bolsas de Singapur y Mombasa, donde se utilizan para comprar acciones de la Greater Asian Trade Company. Estas acciones se trasladan a Manila y allí son revendidas a la Trade Company por su valor nominal a cambio de konings ucranianos que se transfieren a la Patagonia para comprar futuros sobre títulos de explotaciones ganaderas.

Los pesos, los francos africanos y los kronur viajan a la velocidad de la luz hacia una estación receptora en la isla de Ascensión, donde aguarda otro mensaje de Thibodaux. Cada cadena de datos se divide en dos y el furgón de cola que simula el programa original emprende su trayectoria hacia el cielo del crepúsculo vespertino; si hay suerte, arrastrará consigo los trazadores. Mientras tanto, los datos que representan el dinero saltan a un satélite propiedad de la Korolev y de ahí a un apartado de correo electrónico en Montevideo, el cual está a nombre de una tal Holding Company No. 384673. El ordenador de esta sociedad de cartera cuenta el dinero, deduce la comisión de Thibodaux y la suya propia, y da una señal de alerta a una operadora humana, una señora de mediana edad que se aburre al lado de un ordenador viejo de sobremesa en una desvencijada oficina con vistas al dique construido como defensa contra las aguas del Atlántico y el Río de la Plata. Esta operadora humana abre otra línea telefónica y se pone a teclear códigos.

Mientras la mujer se inclina sobre su teclado y escribe, el ordenador principal de la Greater Asian Trade Company observa que no se ha reembolsado el préstamo de diez segundos y procede a ejecutar la garantía. Se supone que junto con los shillings ugandeses que va a cobrarse el banco viajará el trazador de la policía, incapaz de seguir las vicisitudes del préstamo.

Los futuros sobre valores ganaderos de Patagonia se venden en Namibia a cambio de rublos sudafricanos. Éstos empiezan a rebotar entre la tierra y el satélite por el mismo sistema que las demás cadenas de datos y pasando también por la plataforma del Gran Sur para colgarles un furgón de cola similar.

El banco de Melbourne procede al embargo por el impago del segundo préstamo y se cobra los francos suizos del Cowboy. La mujer en Montevideo concluye su laboriosa tarea de ingresar manualmente los fondos en el Sony Bank de Uruguay, de donde son transferidos inmediatamente por Thibodaux a la bolsa de valores de Chicago para una complicada y aparentemente aleatoria serie de compras de acciones.

El furgón de cola añadido a los rublos sudafricanos se envía a sí mismo al Punto de Lagrange Número Cinco, mientras los rublos propiamente dichos se desprenden y van a Montevideo. Aparece otra cadena de datos en el ordenador de la Holding Company No. 384673. La mujer se inclina de nuevo sobre su teclado y empieza a escribir saboreando anticipadamente su próximo cigarrillo.

Los furgones de cola hacen su aparición en las oficinas de prensa News-Data de varios combinados Orbitales y se presentan bajo el epígrafe de PARA DISTRIBUCIÓN INMEDIATA como otras tantas copias de un despacho de Reuter sobre la triunfal gira de Marc Mahomed por Malasia.

Thibodaux retira los rublos del Sony Bank of Uruguay para otra serie de compras de acciones en Chicago. Tiene el labio superior perlado de transpiración al tiempo que se desconecta de su equipo y se vuelve hacia el Cowboy.

—Ya está —anuncia—. Pon tus contraseñas a las acciones.

El Cowboy emite una serie de códigos y luego Thibodaux extrae de la boca de carga un dado de cristal y se lo entrega. El Cowboy se desconecta a su vez y se guarda el dado.

—No creo que ninguna autoridad haya sido capaz de seguirlo. Creo que habrán quedado colgados cuando el dinero se inmovilizó en los bancos para servir de garantía... No creo que se les haya ocurrido abandonar el seguimiento del dinero para controlar el destino de los préstamos. Y el retardo que hemos introducido después de eso les impediría distinguir los furgones de cola y los datos verdaderos. Luego no veo cómo habrían superado el obstáculo de la sociedad de cartera uruguaya, con la intervención de una operadora humana para transferir datos entre dos ordenadores diferentes y no conectados entre sí —Thibodaux busca un paquete de tabaco en sus bolsillos y sonríe—. Me parece que incluso habrás realizado un beneficio con todas esas operaciones, aunque pequeño, unos miles de dólares diría yo.

—No me preocupan las autoridades de aquí —replica el Cowboy—. Intento quitarme del pellejo los trazadores de los Orbitales.

—Ni siquiera ellos pueden viajar a más velocidad que la luz —dice Thibodaux—. Y en cualquier caso, de la conexión uruguaya no habrán podido pasar. El programa tendría que ser tan listo que en ese punto cayera en la cuenta de comprobar todas las comunicaciones telefónicas activas de la ciudad, para averiguar cuáles de ellas correspondían a movimientos de dinero tuyos —menea la cabeza—. No, lo más seguro para ellos habría sido interrumpir la transferencia y robar el dinero. Tienen gente capaz de conseguirlo, si se aplican a ello —le dirige una sonrisa irónica al Cowboy—. Lo sabrás con seguridad cuando intentes mover alguna de esas acciones.

—Sí. Gracias.

De todas maneras, el Cowboy planea permutar todas sus acciones tan pronto como haya perdido de vista a Thibodaux, y luego asignarles nuevos códigos. Cierto que Thibodaux tiene reputación de operador honrado, pero nunca se sabe y para qué correr riesgos.

Thibodaux baja la ventanilla del Packard y alargando la mano, desconecta del teléfono su equipo. El Cowboy se conecta a los mandos del coche y la turbina se pone en marcha, casi silenciosa, apenas una vibración perceptible a través del bastidor.

Pero Thibodaux sigue con la mirada fija en su equipo, el ceño fruncido.

—¿Sabes una cosa? Sí es posible que los Orbitales hayan intentado seguirte la pista. Estoy seguro de que había más de un trazador. He controlado los primeros pasos del programa y pude notar cómo intentaban colgarse.

—¿De veras?

—Uno de ellos, sin embargo, era una cosa extraña, más bien como la etiqueta de un mensaje —sus ojos se velan un instante y luego continúa—. ¿Conoces a alguno que se llame Reno?

El Cowboy siente como si le hubiesen tocado la nuca con un hierro frío, y se queda mirando a Thibodaux mientras el miedo se propaga por todos sus miembros como la onda de un impulso hidráulico. Luego menea la cabeza.

—Reno está muerto.

—Pues es raro. La única parte del mensaje que he podido leer decía COWBOY LLAMA A RENO, repetido una y otra vez.

—¿Nada más?

—Nada que yo me haya entretenido en leer —sonríe Thibodaux—. Tú me pagas para que mueva tus fondos, no para saber qué programas les siguen la pista.

—Cierto —se humedece los labios el Cowboy, mientras intenta distraer la atención con el tráfico que abarrota la West Alameda; a la primera oportunidad desaparezca y se pone en fila entre otros dos coches—. Supongo que habrá sido alguna especie de truco, a ver si yo contestaba y lograban localizarme.

—Probablemente. Es una extraña manera de hacerlo, no obstante.

—Extraña, sí. También Reno era un hombre extraño.

Las pupilas del Cowboy se convierten en puntas de alfiler cuando enfila su vehículo de cara al sol de la mañana que se eleva sobre el verdor lejano de los Sangre de Cristo. Todavía nota la estremecedora presencia cristalina del fantasma de Reno, perdido en algún punto del interfaz pero alargando sus largos dedos metálicos como patas de insecto que trazan largos jeroglíficos de datos... No, piensa. Ha debido ser un truco.

No cabe otra explicación.

 

RÉPLICA DE LA KOROLEV ANUNCIANDO NUEVO MODELO DE DRONOSCOPIO JOVIANO

SE PREVÉ MODERACIÓN DE PRECIOS PARA LOS PLÁSTICOS PRODUCIDOS EN

ATMÓSFERA DE GAS

 

Sarah se detiene y contempla el panzer abandonado en la vaguada. Las ramas desprendidas lo han cubierto y las hojas muertas se han amontonado a sotavento. Una oleada de tristeza la invade como una turbonada de viento de Montana. Algo comenzó ahí, una travesía durante la cual la ciudad, las calles, se desvanecieron al calor del sol estival y ella disfrutó la libertad de ser otra cosa que una buscona acorazada en lucha por su billete.

Amparada tras sus gafas reflectantes, contempla a los cuatro hombres del Atamán que la han acompañado desde Florida.

—Ahí está —anuncia—. Vamos a por los cristales.

Una vez en el fondo, teclea el código en la compuerta de carga del blindado, y ésta se levanta con un silbido neumático.

Ahí están esperando los corazones, bajo la coraza levantada.

 

DEMEUREZ-VOUS AU PAYS DE DOULEUR?

LAISSEZ-NOUS VOUS ENVOYER Á HAPPYVILLE!

Pointsman Pharmaceuticals A, G.

 

La atención del Cowboy se aparta del interfaz en el momento en que entra Jimi, recién regresado después de transportar sus antibióticos robados a Kentucky y de haber alucinado durante los últimos tres días. Trae el cuello y los brazos amoratados por los cinturones de seguridad, resultado de sus maniobras de muchos g durante los trescientos kilómetros de persecución a través de Nebraska que terminaron con un helicóptero derribado en un maizal, y un coleóptero que se tragó toda una carga de láminas de aluminio por la tobera de aspiración de uno de sus motores, viéndose obligado a regresar cojitranco a la base con el motor restante.

—Espero que lo haya conseguido, el pobre bastardo —comenta Jimi—. No era mal piloto.

Pero ahora la fatiga le puede y se nota en su postura alicaída, sus párpados soñolientos. Tras aceptar un whisky con agua del Esquivo, se derrumba en un sofá.

—Recuerda que te has cobrado muy bien tus cardenales —dice el Esquivo—. Entre tu porcentaje como socio y tu participación sobre la venta habrás ganado más de cinco millones.

De tan cansado, Jimi ni siquiera contesta. El Cowboy sabe muy bien cómo se siente, pues él mismo acaba de regresar tras cuatro días de expedición por el Norte y el Oeste, acompañado por una pareja de mercenarios de Flash Forcé en el asiento de atrás, para guardarle las espaldas mientras él se entrevistaba, de uno en uno o de dos en dos. con todos los tanquistas, explicándoles lo que hay que hacer para frenar la guerra de Arkady. Algunos parecen dispuestos a dar el salto, pero nadie quiere ser el primero. Sin embargo, el Cowboy no ignora que es necesario crear algún tipo de organización, concebir algún programa. De momento ha realizado algunos progresos, o por lo menos eso cree, pero cualquier noticia adversa podría dar al traste con todo.

—Al próximo que me diga «estoy en esto por la aventura y no por la ganancia» le aplasto las narices —observa.

—Tú mismo solías decirlo antes —replica el Esquivo mirándole con curiosidad.

El Cowboy toma otro sorbo de café antes de que se le enfríe del todo, confiando en que la cafeína le mantenga despierto un par de horas más.

—Eso fue antes de que viese la luz —replica.

Jimi se masajea los músculos de la nuca, mientras el Cowboy se pregunta si será buen momento para contarle lo de la conversación del Esquivo con esa ejecutiva de Korolev Bureau que ha venido, a invitación del amo de la casa, para discutir una posible alianza contra Arkady y la Tempel. Pero no quiso ni siquiera entrar a negociar y sus condiciones previas equivalían a una rendición incondicional por parte del Esquivo: convertirse en una subdivisión de la Korolev, no de la Tempel, y todo eso sin luchar.

Como señaló la mujer, los intereses terrestres de la Korolev no estaban amenazados; por consiguiente, si decidían intervenir era preciso que el asunto valiese la pena. El Esquivo rompió las conversaciones y dedujo que la Korolev no tenía ningún inconveniente en dejar que la Tempel malgastase recursos en una guerra ajena a sus propios intentos de absorber a aquélla, pero que en ningún caso financiaría una insurrección popular contra ningún otro combinado, aunque éste fuese enemigo.

Los tanquistas tendrían que luchar sin la ayuda de ningún combinado, lo cual no le parecía tan mal al Cowboy. A su modo de ver, si hubiesen aceptado una coalición con la Korolev se habrían puesto al mismo nivel que Arkady.

El Cowboy apura el café consciente de que no servirá de nada aunque tome otra taza; se le están enmarañando las ideas y si recurre a sus nervios ciberimplantados no tardará más de una hora en agotar las reservas y quemarse por completo. Así que decide intentarlo por última vez y retorna al interfaz, a la contemplación de los recuadros de colores, las flechas, las encrucijadas, que representan el organigrama de la Tempel Pharmaceuticals I. G.

Ha sido Thibodaux el que ha dibujado esa estructura, una representación en cuatro dimensiones del combinado Tempel con todas sus filiales. La mayor parte de esta información podría consultarse en cualquier registro público, pero algunos detalles, y en particular la conexión con Arkady, son fruto de deducciones. El conjunto es enorme; los fríos dedos del esqueleto de la Tempel rebañan varios millares de platos diferentes, siempre en busca del máximo beneficio. La Tempel está sumamente diversificada y resulta muy difícil seguir la pista de ninguna de sus operaciones; todas ellas se entretejen con otras cien, hasta que se pierde el rastro. Cantidades astronómicas de dinero de sus propias emisiones desaparecen a través de anónimos dispositivos de blanqueo y vuelven a aparecer en otros lugares sin dejar ninguna constancia de su origen. Las sociedades instrumentales aparecen durante breves períodos y luego desaparecen en la cuarta dimensión, moviéndose cronológicamente a través de la red y sin seguir ninguna de las rutas de la jerarquía organizativa que el Cowboy haya logrado distinguir. Entonces intenta fijarse en los nombres de las personas, para ver cómo circulan a través de esa red. Por ejemplo un tal Marcus Thorn, por poner un nombre elegido al azar, estuvo en la división de fármacos experimentales de la vieja Nueva York terrestre, fue transferido al Grupo Orbital de Investigación cuando lo más fuerte del negocio farmacéutico se trasladó del pozo gravitatorio a la órbita, pasó luego con el título de vicepresidente de personal a una entidad llamada Acceleration Group Máximum, dirigida por un trepa llamado Henri Couceiro. Y después de seis años en la Máximum, reaparece Thorn en la división lunar del Departamento de Patología. Allí el Cowboy ha identificado otro nombre, el de Liu McEldowny, que también estuvo en la Acceleration pero un año después recaló asimismo en la Luna División. Justo antes de la Guerra de las Rocas, según indica la relación de movimientos de personal de la división lunar, McEldwony regresó a la Acceleration, donde estuvo hasta un mes después de la capitulación, para ser luego destinado a la tierra, en la comisión de control del Puerto Franco Orbital, que como le consta al Cowboy fue la organización instrumental montada por el combinado para establecer las Zonas Francas de Florida, Texas y California.

Thorn permanece otros dos años en la Luna y luego le nombran presidente de la comisión encargada de la construcción del satélite colector de energía solar, la cual pese a su nombre parece ocuparse casi exclusivamente de asuntos de personal. Es donde reporta ante Couceiro, quien emerge de nuevo revestido del cargo de director general de toda la división farmacéutica. Luego Thorn efectúa un salto lateral pasando de la comisión del satélite a una vicepresidencia en la División de Seguridad. Dos meses más tarde entra en el Consejo de Administración, coincidiendo con la elección de Couceiro para la presidencia de toda la organización. Desde el C. de A., el llamado Thorn controla una serie de actividades, entre las cuales Desarrollos y, una vez más, la comisión del Puerto Franco. Y uno de sus ayudantes, ¡oh, sorpresa!, no es otro sino Liu McEldowny.

El Cowboy sigue la traza de McEldowny retrotrayéndose en el tiempo hasta que localiza otra conexión con Couceiro cuando eran el número uno y el número cinco, respectivamente, de la Erosión Control Subsidiary, una compañía que se ocupaba de hipotecar y acto seguido embargar miles de hectáreas de explotaciones agrícolas afectadas por la erosión en Ucrania. Con lo que el Cowboy vuelve a subir por la rejilla temporal contemplando cómo se baraja la composición del C. de A. Coincidiendo con la asunción de Couceiro a la presidencia se observa todo un remolino de actividad; el consejo se reduce de veinticuatro miembros a quince y se produce un corrimiento de poltronas entre los sobrevivientes. Cuando intenta averiguar lo que sucedió con los que salieron, el Cowboy descubre que tres de ellos fallecieron y otros varios fueron transferidos a cargos importantes dentro de la compañía..., pero en lugares tales como la Antártida y Ceres. Otros altos funcionarios desaparecen cuando se someten a la transferencia de su cerebro y cristales a otro organismo nuevo, tras lo cual bajan de categoría mientras el C. de A. determina si sus calificaciones han resultado afectadas por la operación. De todo esto, el Cowboy deduce que Couceiro se ha dedicado a consolidar su dominio sobre el C. de A., así como a sembrar la división entre sus oponentes enviándolos al ostracismo de destinos brillantes pero bien alejados de la central.

Hubo otro revuelo en el seno del C. de A. justamente dos años después; los consejeros vendieron y revendieron mutuamente diversos paquetes de títulos y uno de ellos quedó definitivamente excluido de las siguientes combinaciones. En este punto de la rejilla el Cowboy advierte la presencia de un puntero que remite a un comunicado de prensa extraído de los boletines MediaNet. Tras seguir el puntero lee el informe y así descubre que aquel movimiento corresponde al fracaso de un último intento por parte del antiguo presidente, Albrecht Roon, por recuperar la poltrona, lo cual no consiguió por una diferencia de solo un voto. Antes de que Couceiro asumiera el poder, Roon había sido presidente durante dieciocho años hasta que, a la edad de setenta y nueve, hizo trasladar su cerebro a un cuerpo nuevo sufriendo la democión correspondiente en forma de traslado a la Asteroid Resource Comission. Cargo importante en un combinado cuyo punto fuerte son los transportes espaciales, pero que en la Tempel supone el equivalente de un destierro a Siberia. Desde allí intentó Roon su recuperación, y fracasó porque uno de sus partidarios fue eliminado mediante jubilación forzosa y sustituido por un hombre de Couceiro. En cuanto a Roon, continuó su carrera descendente al nombrársele para presidir la South American Marketing.

Lo cual sugiere una caída en desgracia importante: de presidente exaltado por encima del pozo gravitatorio al exilio sudamericano. El Cowboy explora toda la carrera de Roon a través de la compleja estructura de la Tempel, y luego la de Couceiro, lo mismo que ha hecho otras veces. No parece que se pueda adelantar más con la información disponible. Va a tener que realizar algunas investigaciones.

El Cowboy se desconecta del interfaz y conforme las imágenes desaparecen de su mente observa que el Esquivo ha desaparecido, probablemente para dormir la siesta, y que Jimi se ha quedado roque en su sofá, el vaso entre las rodillas hace tanto rato que ha quedado recubierto de rocío. Procurando no hacer ruido, el Cowboy sale de la casa y se monta en su Packard. Lo pone en marcha y se encamina por la carretera vieja hacia Cimarrón, la histórica ciudad que construyó hace tanto tiempo aquel viejo pirata jovial que se llamó Lucien Bonaparte Maxwell, el amigo de Christopher Carson y de William Boney que se consideró obligado a fundarla porque era dueño titular del latifundio más grande del mundo y !e pareció a Maxwell que era preciso tener además una capital. El Cowboy conecta el ordenador del Packard a un teléfono público y empieza a consultar bibliotecas.

Los datos se localizan con facilidad cuando uno sabe lo que busca en el cristal de la biblioteca. Roon nació en Bonn y estudió en Leipzig, donde se licenció en química antes de ingresar en la Tempel Pharmaceuticals I. G. el mismo año que ésta empezó a construir su primer laboratorio farmacéutico en órbita. Poco después le destinaron por primera vez al espacio, y durante los diez años siguientes la compañía le tuvo viajando entre el planeta y la órbita, hasta que fueron trasladadas a ésta las oficinas centrales y Roon subió con ellas.

Tan pronto como accedió a la presidencia de la Tempel impulsó por todos los medios la independencia de los Orbitales. En una ocasión envió a sus pilotos al cinturón de asteroides desafiando la autoridad de la Comisión de Control Espacial, en una demostración de no pequeña audacia teniendo en cuenta que la Tempel no figuraba entre las principales compañías mineras y disponía de una flota relativamente pequeña. También estuvo entre los promotores del Congreso de los Combinados Orbitales como segundo de Grechko. Todo indica que la mayoría de los programas del Congreso fueron iniciados por Roon, aunque éste procuró mantenerse en un segundo plano dejando que Grechko diese la cara y asumiese todas las críticas. Después de la Guerra de las Rocas, el mismo Roon inspiró la política de balcanización de las principales potencias terrestres, así como el establecimiento de las Zonas Francas bajo la supervisión de los Orbitales.

En cuanto a Henri Couceiro, era hijo de brasileños pero nacido en la órbita, en una fecha en que Roon todavía estaba en la Tierra preparando su licenciatura. Se enorgullecía de no haber puesto jamás los pies en la Tierra y había manifestado en una de sus declaraciones públicas más controvertidas, publicada poco después de acceder a la presidencia, que el planeta para él no era más que «un asteroide entre otros, sólo que más grande».

A lo que parece, esa declaración fue uno de los escasos errores de la carrera política de Couceiro. La trayectoria de ésta pasa por algunos eclipses; en sus comienzos lo movían de un lugar a otro de la gran organización Tempel, a manera de apagafuegos ejecutivo especializado en reorganizar programas y estructuras, conseguir que los jefes se patearan los talleres y despedir a los incompetentes. La gran ocasión se le presentó cuando lo nombraron director de Acceleration Group Máximum, y ahora el Cowboy ya no se sorprende al descubrir que ésta era de hecho una oficina de enlace con los demás combinados, dedicada a reducir mediante la distribución de recursos y la creación de nuevas tecnologías la dependencia de los Orbitales con respecto a la Tierra. Fue también la Acceleration quien trazó los planes militares que condujeron a la victoria de los combinados en la Guerra de las Rocas, y dirigió el reparto del botín después de ésta.

Acceleration Group Máximum hizo la fortuna de Couceiro, según todas las apariencias. Una vez implantadas las políticas de la Máximum él se abstuvo de más posicionamientos públicos para dedicarse por completo a profundizar en el estudio de la burocracia, lo que le valió la dirección de la División Farmacológica y una poltrona en el C. de A. Desde allí maniobró para conseguir que la junta se negase a renovarle el cargo a Roon después de la operación de transferencia —obviamente la votación se celebró mientras la mente de Roon se hallaba en su matriz de cristal—, lo que aseguraba la primera democión de éste.

El Cowboy se desentiende por un momento del modelo de Thibodaux para reflexionar sobre Couceiro y Roon, sobre esta fractura entre el arquitecto de la independencia de los Orbitales y el hombre que ayudó a poner en marcha los proyectos de Roon. Será necesario volver a correr el modelo para identificar a todos los aliados de cada uno en el C. de A. y en el resto de la burocracia, por si ello permite deducir alguna conclusión.

Pero cuando se pone a ello, con gran sorpresa del Cowboy parece operarse algún movimiento en la complicada arquitectura del modelo; en la rejilla del interfaz aparecen caracteres de color rojo que se desplazan rítmicamente y por último se resuelven en un mensaje que va cruzando las bóvedas y los arbotantes del «Templo»:

 

COWBOYSOSRENOCOWBOYSOSRENOCOWBOYSOSRENO

 

La súbita proyección de adrenalina envara el cuello del Cowboy. Con un grito, se arranca los conectores de la cabeza apagándose súbitamente el interfaz en su mente. Con la mirada fija en la pantalla de cristal que tiene delante, se queda sentado en su Packard intentando serenar los latidos desbocados de su corazón, y alarga una mano temblorosa fuera de la ventanilla para desconectar del teléfono el cable de su ordenador.

Piensa que ha sido localizado, que han enviado agentes para matarle y él ni siquiera trae guardaespaldas. Mira a uno y otro lado con desconfianza, intentando decidir si irá derecho al refugio del Esquivo o ensayará una ruta recóndita pasando por las montañas.

Reposa la nuca en el apoyacabezas y las manos sobre el salpicadero que tiene delante, los brazos tensos, procurando contener el temblor. Tendrá que conectarse de nuevo al interfaz para conducir el coche, pero no tiene ningún deseo de tocar los conectores para ver otra vez esas letras brillantes proclamando su mensaje sobre el cristal.

El Cowboy se adelanta y borra toda la RAM del coche, confiando en que eso baste para excluir más comunicaciones fantasmagóricas de Reno; acto seguido toma los conectores en las manos, cuyo temblor casi ha desaparecido ya por completo.

Una vez enchufados en su cabeza, enfila derecho hacia la casa del Esquivo por la vía más corta y a la máxima velocidad posible. Está bastante seguro de que podría sacar de la carretera a cualquier perseguidor.

Es hora de realizar algunas averiguaciones.

 

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El Atamán Michael enciende un cigarrillo con mano temblorosa. Tiene los ojos hundidos e inyectados en sangre.

—Mal asunto —dice—. Confiaba en que se hubiese equivocado mi informante, pero sintiéndolo mucho veo que tenía razón.

—Esos individuos eran buenos en lo suyo —replica Sarah, los nervios agitados todavía por el miedo a manera de diminutos paquetes de impulsos que le cosquillean incluso en los antebrazos. Guarda las manos en los bolsillos para que no se vea cómo tiembla. Tiene la boca pastosa, anhelando el alivio de un zumo frío, pero lo único que saborea es la sequedad del aire acondicionado en el estudio del Atamán.

—Creímos que valdría la pena intentarlo —dice Michael al tiempo que alcanza una botella flexible y escancia dos chorritos de vodka en sendos vasos.

Sarah se ha pasado toda la noche acurrucada en un portal sin más compañía que su propio pulso y el sabor de su propia transpiración. Horas antes ella y otros cinco esperaban al sicario de Lafitte que debía presentarse con un maletín lleno de fármacos y acompañado de un solo guardaespaldas, no profesional. Pero, o bien la información había sido parte de la propia emboscada, o el sicario intuyó algo, porque los que se presentaron fueron dos enormes coches blindados que enfilaron rugiendo por la calle, con las metralletas apuntando por las ventanillas. Los ecos del tableteo restallaban entre las paredes lisas de los edificios y las balas revestidas de teflón agujerearon muros de hormigón y redujeron ladrillos a polvo. Los que iban en los coches eran neuroimplantados, y muy rápidos, y aunque Sarah había tenido buen cuidado de apostarse donde tuviese ruta de escape, sólo su buena suerte le permitió conseguirlo mientras los blindados perseguían a otros y ella corría a través de una noche convertida en un monstruo oscuro de fétido aliento a desperdicios, escáneres de infrarrojos en lugar de ojos, y risa que era el ladrido de las armas automáticas. La batalla duró apenas unos segundos y el resto de la noche hubo de pasarla pegada a la pared del portal, notando en la cara la arenilla rasposa que desprenden las paredes húmedas en las ciudades, mientras los coches enemigos patrullaban las estropeadas calles en busca de sobrevivientes.

Habría valido la pena arriesgar algún dinero al total de bajas de esta noche. Las apuestas se pagarían más altas que de costumbre.

Sarah acepta el vaso que le tiende Michael y deja que el vodka pase despacio por su garganta, fuego frío de alcohol.

—Habríamos ganado otra semana —prosigue en tono tranquilo Michael, hundido en su sillón de cromo y cuero negro, y contemplándola con sus expresivos ojos rodeados de una fina red de arrugas—. Lo tengo calculado. Dispongo de ocho meses de margen, luego será la ruina. Todo un mes más que antes, al haber recuperado los cristales gracias a ti —se arrellana en el sillón contemplando el cielo raso insonorizado; incluso con los brazos apoyados en los del sillón se nota que le tiemblan las manos—. La Tempel me ha cortado las fuentes de aprovisionamiento, pero podré sostenerme durante algún tiempo con el contrabando, los sobornos y las fabricaciones de mis propios laboratorios, además de las reservas. Tan pronto como empezó la guerra pedí prestado, tanto como pude, sabiendo que nunca volvería a tener tanto crédito. Prefiero deber mucho a muchos, para que algunos de éstos consideren que vale la pena que yo continúe con vida.

Sarán cierra los ojos y ve noche, movimiento súbito, haces de los faros, resplandores de hologramas láser reflejados en la capota brillante de un vehículo que cobra velocidad.

—Puedo mantener la guerra durante seis meses al ritmo actual —la voz serena de Michael es el único sonido que se oye en su fortaleza anecoica—. Pero luego no podré continuar sobornando a la policía, así que empezarán a perseguirme. Los ingresos disminuirán. A los siete meses dejaré de pagar la escolta de Máximum Law y tendré que buscarme guardaespaldas no profesionales. Tarde o temprano, alguno de mis amigos decidirá que mi existencia le perjudica demasiado a él.

Sarah abre los ojos y ve que Michael la observa fijamente, con expresión divertida.

—Tú eres la única con quien puedo comentar esto —dice él—. La única que no me traicionará. A ti también te buscan.

—Pero no puedo ayudarte. Atamán —contesta ella—. No está en mis manos cambiar la realidad.

—Eso ya lo sé —replica el Atamán. Su mirada se aleja de ella, se convierte en la del jugador pendiente de la bola plateada y de ver en cuál de las casillas irá a descansar—. No queda otro remedio sino seguir moviéndonos, seguir manteniendo las cosas en el aire. Y cuando caigan... —se encoge de hombros—, entonces echaremos a correr y nos limitaremos a confiar en que no seamos lo bastante importantes para ellos como para que vengan a perseguirnos.

Sarah contempla su vaso de vodka, en cuyo interior ve la imagen reducida del estudio de Michael. Confiar en que no seamos demasiado importantes, piensa, para que no se fijen en nosotros y nos dejen vivir. Pero si te haces importante en la manera en que lo son Michael y el Cowboy, entonces van a por ti. Sólo las ratas sobreviven, nunca los leones.

Y las ratas no se guardan las espaldas las unas a las otras.

 

ASALTO DE LA POLICÍA ORBITAL A UN ALMACÉN DE TEXAS

DESCUBRE FÁBRICA DE ARMAS CLANDESTINA SE CREE ABASTECÍA DE ROQUETAS A

LOS CONTRABANDISTAS

 

El Pony Express, un pedazo de noche en movimiento, traza su parábola como el arco de violín que suscita una música delicada. El Cowboy vuela de nuevo en el interfaz, percibe el silbido del aire frío sobre el fuselaje negro mate del ala delta, el viento que excita sus nervios y murmura libertad mientras él planea a gran altura sobre las Montañas Rocosas. Sus ojos de metal exploran la oscuridad en busca de trazas de infrarrojos.

Esto no es un vuelo de reparto. El Cowboy ha salido de caza.

Regresó a casa conduciendo como un loco después de esa jornada en Cimarrón, mientras notaba cómo Reno, o lo que hubiese detrás de Reno, trepaba por su columna vertebral como una inyección de adrenalina. Y sin embargo, ese día no vio a nadie, ni tampoco el siguiente. Ni una mirada sospechosa, ni el menor rastro de un enemigo durante las dos semanas siguientes, durante las cuales no se atrevió a conectarse con ningún teléfono. No importa lo que haya detrás de ese mensaje, es más de lo que el Cowboy está dispuesto a aguantar.

Un punto ámbar se enciende en la pantalla del radar y el Cowboy lo estudia con atención. Es uno de los infrecuentes vuelos comerciales, concluye juzgando por la gran altitud a que viaja que no puede ser el avión de Arkady.

El alta delta corta limpiamente el aire, reducida al mínimo su inmensa potencia, controlándolo con precaución. El avión de Arkady es pequeño y los radares del Pony Express son poco eficientes y tienen escaso alcance; hasta ahora, al Cowboy le ha interesado mucho más conocer la posición de los radares enemigos que utilizar el suyo propio. Pero él sabe que Arkady está ahí arriba, en alguna parte. El recepcionista del aeropuerto, que está en la nómina del Esquivo, les ha comunicado que su avión despegó justo antes de anochecer y que el propietario iba a bordo, siempre con los cabellos erizados y cambiando de color a cada momento.

Los neurotransmisores cosquillean el cristal del Cowboy y el Pony Express inicia una amplia curva hacia el este sobre Medicine Bow. Los oídos electrónicos abarcan las bandas de microondas en busca de transmisiones. Sobre el revestimiento absorbente del ala delta inciden débiles impulsos de radares lejanos. En la negrura perfecta de su casco el Cowboy escucha únicamente el eco de su propio aliento y percibe el sabor a goma y a gas anestésico.

La mente del Cowboy se regocija al sentir bajo su control la potencia vibrante del ala delta, y sus nervios se estremecen de placer. Demasiado tiempo había pasado desde la última vez que se sintió el amo del cielo.

La atención del Cowboy se fija en un punto plateado que se mueve sobre el fondo negro con la rueda eterna de las estrellas. En efecto, es una traza de infrarrojos y el Cowboy levanta el morro de su aparato para dar mejor ángulo a sus radares de proa. La aceleración tira de la piel que rodea sus párpados. En las pantallas aparece un punto ámbar de contornos indefinidos y el Cowboy se imagina a sí mismo bajo la figura de un halcón que estrecha las alas para ganar velocidad en la persecución de una presa lejana.

La guitarra vaquera toca en la mente del Cowboy cuando éste da pleno caudal de combustible a los motores y el gran avión se eleva hacia los minúsculos diamantes que tachonan el cielo. El suspiro del aire se convierte en un aullido y el Cowboy nota en la columna vertebral las leves vibraciones que sacuden desde la popa hasta la proa la estructura del aparato conforme ésta absorbe tensiones añadidas. Piensa que Arkady es ciego para estas cosas, de las que nada sabe, ni puede imaginar lo que le espera. Cree acercarse a la cumbre pensando en términos de dinero y modas, persuadido de que sus prendas de cryomax van a valerle el billete hacia el mundo en donde se hacen realmente las cosas. Mientras los tanquistas crean leyenda con sus propias vidas, Arkady está inmóvil en un espacio congelado creyéndose importante.

La traza de infrarrojos se halla ahora más cerca; en la visión del Cowboy es un resplandor blanco. Se halla por encima y por detrás de su blanco ahora, coronando la cima de un largo arco de parábola, por lo que pica el morro del ala delta y reduce motores hasta acallarlos casi por completo.

El blanco está muy cerca ahora. El Cowboy baja los flaps del Pony Express, sintiendo cómo la máquina lucha tascando el freno. La fuente de infrarrojos cada vez más cercana simula unos ojos de gato en la noche. El Cowboy desconecta su visión infrarroja para ver mejor la silueta negra a la que se aproxima, para asegurarse de que es el que busca.

Los neurotranmisores accionan un conmutador y los electrones viajan por el cable para encender el resplandor yoduro de cuarzo de las luces de posición. De súbito la noche se ilumina con el perfil de un fuselaje blanco rayado de azul. Es el avión de Arkady y la configuración es la correcta. El Cowboy incluso puede distinguir caras que miran detrás de las ventanillas. El avión tumba un ala intentando perder altura con rapidez.

Demasiado tarde. Expira ya, perdiendo aire a través de los agujeros que ha abierto en el fuselaje el minicañón rugiente de la tórrela dorsal del Cowboy. Se desprende un ala, estalla uno de los motores haciéndose pedazos y escupiendo fuego y aleación fundida. El Pony Express describe un arco sobre la máquina que cae en vuelo invertido; el Cowboy quiere ver la caída directamente desde su carlinga. Sabe que todavía tardará por lo menos media hora en llegar a tierra junto con la granizada de vainas de treinta milímetros expulsada por el cañón, hasta estrellarse en algún lugar cerca de la frontera de Nebraska, Arkady siempre con su pelo erizado, perfectamente inútil ya la caprichosa secuencia de sus cambios de color anaranjado, verde, azul...

El Cowboy observa la caída y un lento remordimiento embarga su mente poco a poco. Arkady ha muerto, pero ha sido demasiado fácil. El intermediario iba en un reactor civil desarmado, totalmente desvalido frente al monstruo blindado. Los nervios del Cowboy arden todavía preparados para un combate y todavía no acusan el hecho de que todo ha terminado.

Los enfurecidos radares de la Avenida de los Condenados intentan rozarle con sus garras de microondas mientras él siente el hondo afán de volver a correr el paso de la Muga, sentir de nuevo cómo vibra la máquina bajo el esfuerzo de los giros supersónicos, bailar entre las lanzas de los misiles enemigos, ver los fuegos azules de alcohol que le empujan y le libran de todo daño... Una intercepción/destrucción tan fácil como la que acaba de realizar no es operación digna del Pony Express ni culmina triunfalmente ninguna batalla.

El Cowboy pica el morro del delta y pone rumbo a Colorado. Ha cumplido con su trabajo; desaparecido Arkady del panorama, mejora un poco el margen del Esquivo y de sus aliados.

Se consuela pensando que éste no ha sido el último encuentro. La Tempel respaldaba a Arkady y no tardará en hallar un sustituto.

Un respiro, eso es lo que se ha conseguido con la operación, y él confía en que sea suficiente para organizar su embajada ante Albrecht Roon.

 

MARC MAHOMED TE DICE QUIÉN ERES

 

Sarah entra en el Blue Silk por la puerta trasera, por entre cajas de bebidas y de drogas, cierra la puerta silenciosamente y se embolsa la llave.

Su habitación sobre el bar contiene sólo una mesa con una consola de ordenador conectada por vía telefónica, un sillón, una nevera portátil de plástico y un colchón puesto directamente en el suelo. Desde el bar se filtra la música en forma de retumbar inconexo de las secciones rítmicas. Imitando a la rata, Sarah se esconde mientras el perro ratonero olfatea por los alrededores.

Arrancándose el chaleco y la camiseta, busca una toalla para secarse la transpiración. Acaba de visitar a Daud y ha escuchado durante una hora sus quejas sobre el hospital y el tratamiento, sobre cómo los terapeutas le maltratan y le han quitado su dosis, y Jackstraw no quiere ponerse al teléfono y hace que conteste un desconocido, un chico nuevo cuya voz no le gusta nada a Daud... Ha sido un largo monólogo, como siempre que se le visita, como una cinta magnetofónica en bucle cerrado que se repite una y otra vez. Sarah está agotada.

Arroja la toalla al suelo y abre la nevera para sacar una cerveza. Sólo entonces observa en la pantalla de la computadora el indicador que avisa la presencia de un mensaje. Sarah abre la botella flexible con los dientes al tiempo que alarga la mano para tocar la tecla que sacará a pantalla el mensaje retransmitido por Maurice. Al verlo en el monitor, una oleada de calor invade sus nervios, tan sutil y tan real como un polvillo de droga proyectado por el inhalador:

 

MAÑANA A LAS TRES EN BLUE SILK. SI NO PUEDES ACUDIR DEJA MENSAJE. RANDOLPH SCOTT.

 

11

 

El Cowboy, intranquilo, aguarda en el asiento trasero del coche mientras mira las hojas agostadas de las palmeras que el viento agita a las puertas del Blue Silk, y escucha el soplido del receptor de radio que uno de los escoltas de Flash Forcé dejó en su asiento al lado del conductor. Los espejos de cristal oscuro reflectante del bar reflejan la calle, que hierve de calor, y el fantasma luminoso tridimensional del holograma láser destinado a llamar la atención de los transeúntes.

El otro guardaespaldas ha entrado en el establecimiento en previsión de una posible emboscada. El Cowboy rebulle con nerviosismo en su asiento confiando en que la presencia de los escoltas no espante a Sarah, a la que imagina saliendo furtivamente por la puerta trasera, con la cabeza llena de imágenes de asesinato.

En el receptor suenan dos tonos breves en coincidencia con las dos ráfagas de portadora emitidas por el emisor alojado en el cráneo del mercenario que ha entrado en el bar. Es la señal convenida para indicar que no se ha detectado nada sospechoso. El conductor adelanta el coche subiéndose a la estrecha acera y lo estaciona delante de la puerta del bar; tras una última ojeada a la gente que pasa por la calle, hace una seña con la cabeza y el Cowboy se apea del coche con celeridad para sumergirse al instante en las frescas y acogedoras interioridades del Blue Silk.

En el bar no está Sarah, sino únicamente un grupo de hombres de negocios apurando los restos de una cena tardía, un individuo en silla de ruedas abstraído en la contemplación del lugar donde en otro tiempo tenía sus piernas, y en un rincón, el guardaespaldas del Cowboy sentado tranquilamente, el vaso de whisky canadiense con agua en la mano y la espalda apoyada contra la pared, a salvo de sorpresas desagradables. El Cowboy se acerca a la barra y pide una cerveza al negro silencioso de los ojos metálicos.

Mientras le sirven la cerveza contempla los cuadros de las paredes creyendo adivinar a qué responde el nombre del establecimiento.

—¿Conoce usted por casualidad a un tal Warren, uno que fue jefe de operaciones en Vandenberg durante la guerra?

—No, señor —contesta Maurice—. Yo estuve en Panamá pilotando un cutter.

—¿Con la escuadrilla de Townsend? ¡Buen trabajo hicieron allá!

—Pero no lo suficiente —interviene en la conversación el de la silla de ruedas, que ha sacado la mandíbula con instintivo orgullo al escuchar el nombre de Townsend.

El Cowboy contempla con sorpresa un par de ojos Zeiss en los que reluce una furia contenida y, a lo que se le antoja, una obstinación no del todo racional.

—A mí me derribaron en seguida, ni siquiera logré salir del pozo gravitatorio —cuenta el hombre—. Caí aquí, en Florida. En cambio Maurice fue uno de los que lucharon contra la SPS china, pero le acertaron durante el retorno y realizó un aterrizaje forzoso en Orlando.

El Cowboy se vuelve hacia Maurice, sabedor de que apenas una docena de hombres lograron regresar después de la batalla contra la SPS.

—Ésos sí eran grandes pilotos —comenta.

—Sí, pero la guerra estaba terminada desde antes de que despegáramos. Sólo que nosotros no lo sabíamos —dice Maurice no sin fatigada amargura, pese a su tono tranquilo; el Cowboy recuerda la voz que salía por los altavoces de la sala de control en Orlando, lanzando serenamente su mensaje MAYDAY de emergencia mientras la nave en llamas trazaba una línea que cruzó de parte a parte el ardiente cielo de Florida.

—Yo también soy un piloto, un jockey del aire —sorbe el Cowboy su cerveza.

—Me lo figuraba —se señala Maurice sus propios ojos metálicos—. He visto que lleva el equipo completo.

Y siguen hablando de aviones hasta que el Cowboy ha vaciado la mitad de su cerveza, después de lo cual mira fijamente a Maurice y baja la voz para preguntarle, con un cosquilleo de emoción en los nervios:

—¿Está aquí Sarán? ¿Querría decirle que Randolph Scott desea hablar con ella?

Maurice apunta con un ademán de la cabeza hacia el mercenario de la Flash Forcé que bebe en su rincón.

—¿Es de los suyos ése?

—Sí.

—Bien. Temí que fuese..., ¡ejem!..., uno de los que merodean por aquí. Un momento, por favor.

Volviéndose hacia la registradora, teclea unos códigos con la uña, y sus ojos reflejan el mensaje color ámbar de la pantalla vuelta hacia él.

—Todo en orden, señor Scott. Vaya al final del pasillo, donde están los servicios, abra la puerta que dice PRIVADO y encontrará la escalera.

El Cowboy apura su cerveza.

—Gracias. Seguiremos hablando luego.

Se encamina hacia la puerta sin volverse a mirar a su guardaespaldas, y empuja la puerta que le han indicado; tan pronto ha pasado por ella, oye cómo se cierra el pestillo eléctrico. Flota en el aire un débil aroma a hachís. A su alrededor ve cajas de diversos destilados y otras drogas legales. Sube por la estrecha escalera y ve a Sarah en el rellano, recortada en silueta contra la luz de una bombilla desnuda.

Lleva una camiseta roja con las mangas arrancadas y unos vaqueros .blancos de algodón, y va con los pies descalzos. Le ha crecido un poco el pelo, cuyas puntas llegan ahora hasta la unión del cuello con los hombros. Cuando él llega al rellano le recibe con una sonrisa burlona, tocando la hombrera del chaleco antibala.

—Veo que ahora te viste mi sastre.

—Sí, para una americana y dos pantalones.

Sarah se vuelve y echa a andar por un pasillo, entre más cajas de bebidas.

—Vamos a mi habitación.

Él la sigue, observando sus andares de pantera desconfiada, y se sorprende al observar la mezquindad de la habitación, con sus paredes blancas y la ventana tapiada con ladrillos. Después de quitarse el pesado chaleco, se sienta en la única silla. Sarah le ofrece una cerveza de la nevera, se sienta en su colchón adoptado la postura del loto y tras abrir su propia cerveza rompiendo el precinto con los dientes le pregunta:

—Así pues, ¿qué haces en Florida, Cowboy?

—Necesito hablar con el Atamán Michael.

—¿Sobre qué?

—Sobre una manera de ganar la guerra.

Ella suelta la carcajada.

—¡Bien! Temía que te hubieras vuelto sentimental.

El viejo juego, piensa el Cowboy. No será él quien lo rehúse.

—Sí, he echado mucho en falta la cerveza de los Silver Apaches —mirándola como si pudiera adivinar sus pensamientos—. Todavía trabajas con el Atamán, ¿no? ¿O has cambiado de bando?

Una seca negativa con la cabeza.

—Seguimos formando equipo. Además, los del otro bando no me quieren.

—Así pues, todavía somos aliados.

Sarah disimula una sonrisa.

—Supongo que sí.

Un punto a mi favor, piensa el Cowboy, mientras toma un sorbo de cerveza.

—¿Cuándo podrías ponerme en contacto con Michael?

—Casualmente me consta que no está. No podré hablar con él hasta la noche.

El Cowboy bebe largo rato y mientras baja la botella conmuta sus ojos al infrarrojo. En las mejillas de Sarah se ven sendas manchas plateadas.

—Arkady ha muerto —anuncia él—. Yo derribé su avión.

Sarah considera la novedad mientras él observa el juego de las manchas de calor en el rostro de ella.

—Bien, pero no termina ahí la cosa para ti, ¿verdad?

—No creo, si tenemos en cuenta quién le respaldaba. Pero ganamos un poco de tiempo —al retornar a la visión normal se encuentra con los ojos de Sarah que le miran fijamente.

—¿Tiempo? ¿Para qué?

Entonces él le cuenta lo de la Tempel, lo de Couceiro acomodado en su hábitat del punto de Langrange contemplando la Tierra con sus ojos fríos de hijo del espacio. Lo de Albrecht Roon, el que transfirió su mente a una matriz de cristal y de ésta a un cuerpo nuevo y joven. Y le habla de carteras de inversiones, de sociedades y organigramas, de cómo él intuye que los votos del Consejo de Administración podrían cambiar de signo si ocurrieran determinadas cosas, de cómo las prerrogativas políticas de los accionistas son la clave del equilibrio de poderes. Es todo pura intuición, o la idea que se ha formado el Cowboy acerca de las personas a quienes ha estudiado, pero él cree que va por buen camino.

Las cadencias de la música hob se filtran a través del suelo mientras Sarah escucha las explicaciones, siempre con las piernas cruzadas y sin acordarse casi de su cerveza. Cuando el Cowboy termina, ella permanece largo rato con los ojos fijos en el suelo.

—¿Y si no sale bien?

—Entonces estaremos más cerca de la derrota que ahora, y no quedará más remedio que dejarlo todo y correr.

Sarah le mira fijamente.

—Siempre y cuando sepas cuándo es el momento de dejarlo, Cowboy. Ni Daud ni yo tenemos intención de hacernos el seppuku contigo, y tampoco creo que el Atamán sea partidario de ello.

—Puedes dejarlo cuando quieras. Yo no podría impedírtelo, ni lo intentaré siquiera.

Ella sigue mirándole, escrutando su rostro con mucha concentración, y por último asiente con la cabeza.

—Sólo he querido que lo tuvieras claro.

Sarah estira sus largas piernas y se pone en pie para acercarse a la ventana tapiada, en cuyo marco apoya un hombro al tiempo que se vuelve hacia los ladrillos con la mirada distante, como si la ventana todavía tuviese cristal.

—¿De veras crees que podemos ganar esa guerra, Cowboy? —pregunta en voz baja, como hablando consigo misma.

—Desde luego, si Roon nos concede lo que necesitamos.

—Yo no esperaba una victoria, sólo que nos mantuviéramos el tiempo necesario, a fin de conseguirle a Daud un billete para la órbita. Luego... —menea la cabeza—. No creo que me importase lo que pudiera ocurrir luego. Supongo que habría intentado escapar cuando empezase a descomponerse nuestro bando.

—Un lugar en el cielo, ¿es eso lo que quieres?

Sarah se vuelve hacia él, el cuerpo desmayado contra la pared.

—¡Qué mierda! Yo vendí mi alma a cambio de un billete. Pero resultó que los compradores no la querían para nada. Supongo que les parecería demasiado sucia —una amarga mueca de calavera pasa fugazmente por sus facciones—. Pero admitirán a Daud, supongo, si viene con dinero suficiente. Aunque quizás arruguen la nariz, le aceptarán.

—¿Es eso lo que él quiere?

Las facciones se tensan repentinamente.

—Es lo mejor. Si se queda conmigo, morirá.

El Cowboy nota de pronto el frío de la botella entre sus dedos, la humedad condensada que le empapa un pulgar.

—Es posible que no le hagas ningún favor a Daud enviándole fuera del pozo, Sarah —aventura—. Esa gente no son como nosotros.

Ella suelta la carcajada.

—Nosotros somos los perdedores, Cowboy. Perdimos hace doce años y no hemos dejado de seguir perdiendo desde entonces.

El Cowboy endurece los músculos de la mandíbula y aprieta los puños, mirando a Sarah.

—Podemos ganar esta vez —afirma.

Sarah le mira de hito en hito como para calibrar la convicción que pone en sus palabras. En medio del silencio resuena en la habitación un solo de bajo eléctrico procedente del bar.

—Sí, es posible —dice—. Por una vez, podría ocurrir que saliéramos adelante.

 

El Cowboy ve que los pelos casi se le ponen de punta a Sarah cuando, al salir del bar, repara en los dos escoltas de Flash Forcé, pero en seguida ella se domina y los saluda con una seca inclinación de cabeza antes de meterse en el coche de alquiler del Cowboy. Aunque no sin echar una ojeada en todas direcciones y fijarse quién anda por la calle. Los transeúntes agobiados por el calor parecen caminar a cámara lenta. El Cowboy la sigue montándose en el coche y el conductor despega suavemente de la acera.

—Un teléfono seguro —dice, aunque preferiría ir conectado al interfaz y conducir él mismo.

Pero el conductor circula con gran seguridad, vigilando en todas direcciones la posible presencia de perseguidores, mientras se dirige hacia un teléfono público emplazado junto a un antiguo banco de caja abierta las 24 horas, donde podrán contar con la protección del propio sistema de seguridad del banco además de la suministrada por Flash Forcé. Sarah se apea del coche rebuscando monedas en sus bolsillos, se agacha bajo la marquesina del teléfono, teclea números, habla con voz contenida.

En seguida regresa al coche con una sonrisa tipo ya te lo decía yo.

—Estaba flipándose con un grupo de sus amigos rusos, pero dijo que podría recibirte mañana por la mañana. Supongo que por la mañana estará con resaca, o todavía volando, así que he convenido la cita para la tarde. Imagino que estará más receptivo entonces. ¿Te conviene?

—Al cien por cien —responde el Cowboy.

Sarah cierra la puerta trasera y el pestillo automático de seguridad, o la jaula llamada Seguridad, se cierra sobre ellos con un frío chunk de aleación indestructible.

—¿Te llevo de regreso al Blue Silk, o permites que te invite a cenar? —pregunta el Cowboy.

Los ojos de Sarah se vuelven hacia los mercenarios de Flash Forcé que ocupan los asientos delanteros, como formulando una pregunta muda.

—En mi habitación del Ritz Flop —explica él—. De todas maneras ésos no me permiten frecuentar locales públicos.

Ella se reclina en el asiento, pasando los dedos por la textura del cuero de imitación.

—De acuerdo —dice.

El embrague agarra con suavidad y el coche se aleja de la desvencijada acera.

 

En el Ritz Flop las superficies pulidas de aleación alternan con el cristal de obsidiana en una procesión de parábolas enlazadas, algunas semienterradas, de perfil bajo, pegadas al suelo, sin una sola línea recta en parte alguna; es un mundo langrangiano adaptado a las condiciones de la gravedad. Tampoco en la habitación del Cowboy, como en ninguna de las demás, hay ningún ángulo recto, sino sólo curvas suaves que enlazan unas con otras como nubes en un sueño de vuelos nocturnos. Los muebles simulan ser de ébano pero al tocarlos se revelan de fría aleación que vibra imperceptiblemente bajo las yemas de los dedos del Cowboy como una colonia de pájaros que se moviese en la escala de los ultrasonidos, al borde de la gama de audición humana.

Poniendo en marcha el ordenador del cabezal de la cama, pide solomillos del Oeste exigiendo que no sean de cultivo artificial en frasco, y una botella de Cryo White. El que se presenta con el servicio es uno de los esbirros de la Flash Forcé y Sarán frunce el ceño mientras los platos son sometidos al obligado examen electrónico; pero cuando el guardaespaldas se eclipsa parece relajarse, se quita el chaleco y sacude la cabeza para ahuecarse el cabello. Luego contempla el gris oscuro mate del abovedado techo.

—Yo fui una guardaespaldas mucho más disimulada —observa con una mueca.

Alarga una mano hacia la botella de White, que desprende gruesas costras de hielo mientras la vuelca hacia el vaso y acciona la válvula de nitrógeno. La espuma blanca salpica sobre el borde del vaso y moja el nudillo de un dedo del Cowboy; éste se lleva el dedo a los labios y nota la dentera del estímulo helado que circula en seguida por sus nervios.

Después de cenar el Cowboy rebusca entre su equipaje un inhalador de subesuave, la droga blanda que no interfiere con sus nervios ciberimplantados. Sarah apura su Cryo White y luego inhala un par de torpedos, echando la cabeza atrás. En seguida se sacude el pelo y sonríe, mientras el Cowboy se dispara el inhalador dos veces para notar en seguida el fuego que invade sus dos hemisferios cerebrales con la celeridad de un incendio en la pradera.

—¿Recuerdas...? —empieza Sarah.

—Es agradable volver a ser aliados.

En seguida se entrelazan en la cama. El Cowboy contempla el cuerpo de ella a través de los infrarrojos. La sangre acude a los vasos periféricos vista por él como arroyuelos serpenteantes de plata que se acumulan formando pequeños lagos en los pechos, entre los muslos, siguiendo los dibujos que él traza con las yemas de los dedos. Hasta que alarga la mano hacia uno de los compartimientos de la cabecera para sacar un casco y varios conectores. Tras entrar él mismo en el interfaz coloca el casco sobre las sienes de ella, que abre de súbito los ojos entornados y se arranca el aparato con un súbito ademán.

—No, Cowboy.

Hay miedo en su voz, y él se queda helado de sorpresa al tiempo que retorna su visión al modo normal. Ella oculta la cara en la penumbra.

—Pensé que podíamos compartir cerebros —se justifica el Cowboy.

Ella menea la cabeza con agitación.

—No —respira hondo, le roza la mejilla con la mano—. No estoy... —respira hondo otra vez—. Hay cosas en mi cabeza que no te gustaría ver.

Acerca su frente a la de él para mirarle a los ojos, muy cerca, rozándole los labios con el aliento, y prosigue con tristeza:

—Son cosas del pasado, que no tienen nada que ver contigo. Es sólo que... a veces emergen, aunque yo no quiera. No son agradables.

—He visto muchas cosas en la vida —replica él.

—Como ésas no, de otro modo no se te habría ocurrido que compartiéramos el interfaz.

El Cowboy se lleva la mano a la cabeza y se desconecta a sí mismo, mientras Sarah le rodea con los brazos. Nota la seda cálida del muslo de ella sobre su cadera y conmuta a la visión infrarroja para seguir observando los dibujos color plata y púrpura en medio de la oscuridad. Piensa en el camaranchón de Sarah sobre el bar, la única silla, el colchón en el suelo. Sabe que nunca será recibido en esa cama, que la intimidad entre ambos ha de quedar siempre confinada a terreno neutral. Porque ella necesitará siempre esa pequeña habitación, ese reducto en donde se esconde para que nada pueda alcanzarla.

Colocándose en postura sobre Sarah, la penetra mientras contempla el resplandor sobre las sábanas, la piel inflamada de ardor. Pero las cuencas de sus ojos son de un frío violeta azulado, las contraventanas de la mente firmemente cerradas.

Pocas horas después el Cowboy despierta y ve a Sarah enfrascada en su propio ritmo, los nervios activados, el cuerpo hecho un remolino de patadas y golpes, practicando su sesión de violencia ficticia en medio de la habitación como si luchase contra la noche y contra los fantasmas que la acosan.

Y nota en su espina dorsal la vibración del Ritz Flop, y mientras ella se mueve en la penumbra sigue observándola y se pregunta qué enemigos verá delante de ella mientras lanza sus ataques, qué caras conjura entre la legión de adversarios invisibles. Y si su propio rostro estará en el número de los que hay que tener a raya.

Entonces ve la oscuridad que se proyecta de entre los labios de la mujer y siente el escalofrío que le toca con sus patas de araña. Al pasar la visión al infrarrojo ve con toda precisión el látigo cibernético que es la Comadreja, la cibersierpe que dibuja sus mortíferas figuras en combinación con los golpes que ella asesta con las manos, siempre en lucha contra los fantasmas que abarrotan la habitación.

El miedo le tiene yerto hasta las puntas de los dedos; inmóvil y callado, observa desde su almohada y comprende que ese huésped nunca se aparta demasiado de la mente de ella, ese trozo de alucinación de metal y de plástico materializada en su garganta, oculta detrás de su lengua caliente y húmeda... El corazón le late con violencia al Cowboy, le urge a salir corriendo. Piensa en lo que ocurriría si alguna vez se enfrentarse a la cibersierpe por accidente, si captase a través de sus propios zócalos esa fría mente de cristal... «Hay cosas en mi cabeza que no te gustaría ver.» Sí, en la cabeza y en la garganta, en el corazón, ocultas detrás de sus ojos color azul cianuro.

Terminados los ejercicios, ella aspira la Comadreja y vuelve a tragársela. El Cowboy cierra los ojos esperando que ella le crea dormido. Los pies descalzos de Sarah se encaminan tranquilamente a la ducha, concediéndole al Cowboy el tiempo necesario para serenar su respiración.

Cuando ella retorna a la cama, él se aparta para hacerle sitio, mucho sitio.

 

12

 

La transpiración empapa el labio superior de Daud y su frente. El dolor empaña sus ojos azules y los músculos de sus brazos se tensan mientras él trata de sostener su propio peso entre los brillantes pasamanos de metal y sus piernas nuevas, de rosadas carnes, avanzan un par de titubeantes pasos.

—¡Eso es, Daud! Lo has conseguido —le anima el fisioterapeuta rubio que se ha mantenido cerca por si le (laqueaban a Daud los brazos.

Sarah le hace coro mientras Daud recorre el trecho restante y luego se vuelve con dificultad para dejarse caer de nuevo en su silla de ruedas.

—Eso estuvo bien, Daud —le alaba luego Sarah, mientras empuja la silla de ruedas hacia el ascensor—. La mejor sesión que te he visto.

Daud apoya la nuca en el respaldo.

—¿Podemos parar a sacar unos cigarrillos?

—Tengo un par de paquetes.

Una vez en la habitación, le ayuda a acostarse y luego abre uno de los dos paquetes de cigarrillos que trae para él, dejando el otro en el cajón de la mesita, donde él pueda alcanzarlo. La cama vecina está desocupada y Sarah se sienta en ella.

Aparece un enfermero con una palangana para lavar a Daud.

—No deberías fumar en la cama —dice sin demasiada severidad mientras amontona las toallas sobre la mesita.

—Yo lo lavaré —dice Sarah, poniéndose en pie para tomar la palangana de manos del enfermero, que la mira con sorpresa.

—Tenemos que hablar Daud y yo —explica Sarah—. En privado.

La mirada del enfermero se vuelve hacia Daud, quien asiente.

—Por mi parte no hay inconveniente —se encoge de hombros el enfermero, y mirando a Sarah—: No está permitido que las visitas se sienten en las camas.

—No volverá a ocurrir.

El enfermero sale y Sarah baja las sábanas que cubren a Daud para desabrocharle el pijama, descubriendo el pecho enclenque moteado de cicatrices rosadas de la metralla. Mientras le lava, Daud se queda mirando el techo, con el cigarrillo en la comisura de la boca.

—Deberías hacer más ejercicio, Daud —le reconviene—. En casa siempre practicabas tus ejercicios. Te serviría para empezar a caminar mucho más pronto.

—Duele mucho —sopla una bocanada de humo hacia el cielo raso—. Y siguen bajándome las dosis.

Sarah lava las largas y flacas piernas, que apenas pesan al levantarlas por los tobillos.

—Debo irme otra vez. Daud, y no sé cuándo podré volver —anuncia.

Daud parpadea, siempre mirando hacia arriba.

—Ya lo sabía —dice—. Todas las tardes acudías a tus citas y no nos veíamos para nada.

Ella le toma el cigarrillo para depositar el largo canuto de ceniza en el cenicero.

—He de pagar tus facturas, Daud.

Él traga saliva. Sarah observa los escuálidos músculos de su nuca y le devuelve el cigarrillo.

—No te vayas —ruega él—. No me dejes otra vez aquí solo.

—Échate de costado —se pone a lavarle la espalda, el profundo hueco blanquecino entre los omóplatos.

—Voy a darte un número donde puedas dejarme un mensaje —dice Sarah—. Es de Nuevo México; tal vez conseguirán pasarme directamente la comunicación, o tal vez no, pero tan pronto como reciba el mensaje te llamaré, esté donde esté, ¿de acuerdo?

—Como tú digas —replica él en tono apagado, fingiendo que no le importa.

—Ahora te digo el número, pero debes aprendértelo de memoria. No puedo ni siquiera anotarlo, y tú no debes llamarme desde esta habitación. Es posible que el teléfono todavía esté intervenido. Tendrás que salir en tu silla de ruedas y bajar a la sala de espera para llamar desde allí. Te doy una aguja de crédito para que puedas hacerlo, ¿entiendes?

—Sí, lo entiendo —la voz convertida en un susurro.

Alarga la mano para alcanzar una toalla y la atrapa, pero como lo hace con el brazo izquierdo nuevo le falta precisión al movimiento, la toalla se desdobla y Sarah ve el destello de un objeto de vidrio y metal que cae al suelo y rueda debajo de la mesita. El frío ruido que produce al rodar el vidrio sobre la baldosa parece eternizarse y Sarah cree notar el helado contacto del metal en sus propios nervios.

—No —dice Daud—. Es mío. No mires.

El inválido exhala un leve quejido mientras ella se inclina a recoger la ampolla y la levanta hacia la luz. Es polimixinfenildorfina Nu en solución al doce por ciento. Al ritmo de otros tiempos, le habría servido para un día entero por lo menos. No tanto ahora.

Daud sigue gimoteando mientras ella registra todas las toallas y la cama, hasta descubrir otra ampolla nueva y una semivacía debajo de la almohada.

—No —repite él—. Es que Joseph me hace el favor —pero se interrumpe al observar la frialdad de la expresión de ella.

—Tú no tienes dinero, Daud —dice ella—. ¿Con qué pagas esto?

Él aprieta los labios y menea la cabeza. Sarah se da cuenta de que todavía lleva la toalla en las manos, y se la arroja a la cara, con gran susto por parte de Daud, quien se echa a temblar.

—¡Habla!

Él traga saliva e intenta volver la cara. Sarah le azota de nuevo con la toalla, que cruza el aire con un silbido.

—Ellos añaden el coste a la..., a la factura del hospital. Figura como gastos varios. Joseph tiene un amigo en Contabilidad. No quería que tú lo supieras —empieza a hablar cada vez más deprisa—. He mejorado mucho últimamente, Sarah. De veras.

—Voy a sacarte de aquí. Te llevaré a una clínica de rehabilitación. En cualquier parte. Ya no necesitas los cuidados intensivos.

—Sarah.

—¡Calla!

Levanta de nuevo la toalla en el puño que tiembla de rabia, pero finalmente hace una pelota con ella y la arroja en un rincón. Luego se vuelve y sale de la habitación al pasillo.

A Joseph lo encuentra en otra habitación lavando los músculos anquilosados de un accidentado que tiene las dos piernas levantadas de la cama mediante contrapesos.

—¡Eh, Joseph! —le llama, arrojándole una de las ampollas a la cabeza.

El otro la esquiva, los ojos abiertos de par en par, y la ampolla se hace añicos contra la pared. La habitación se llena de olor a glicerina, a producto farmacéutico.

Pero el movimiento siguiente de Sarah es demasiado rápido y no consigue esquivarlo. La primera patada le acierta en el vientre y la segunda en la cara. Cae al suelo y ella se coloca de horcajadas sobre él, agarrándole por el cuello de la ropa y practicándole una estrangulación.

—Debería meterte todo el sobrante en las venas, a ver cómo te sienta una sobredosis de endorfina, ¿qué te parece, Joseph?

El accidentado alarga a tientas la única mano buena buscando la perilla del timbre. Sarah suelta al enfermero y tranquilamente le aparta el cable al accidentado para que no pueda alcanzarlo. Joseph, con una mano en la garganta, lucha por recobrar el aliento.

Sarah se vuelve otra vez hacia él.

—Que no te acerques más a mi hermano, Joseph. No le haces ninguna falta, ni necesita lo que tú escondes en las toallas.

—Sólo estaba...

Sarah le abofetea con fuerza y por el rabillo del ojo ve cómo se sobresalta el accidentado al escuchar el sonido del bofetón.

—Limítate a seguir mis instrucciones, Joseph. Mi hermano va a dejar de ser cliente tuyo, y tú vas a descontar de mi factura el precio de las drogas que le has vendido. No digas nada, sólo contesta sí o no con la cabeza.

Joseph mira y asiente despacio.

Sarah se pone en pie, requiere el pulsador del timbre y lo pone en la mano del accidentado, quien la mira con asombro.

—Lo siento, amigo. Estaba negociando un acuerdo con el traficante de endorfinas. Le aconsejo que repase la factura del hospital antes de pagar, no sea que Joseph le cuele alguno de sus gastos varios.

Mientras abandona la habitación su furia ardiente se convierte en tristeza. Sabe que no puede impedir que Daud siga tomando endorfinas, ni aunque permaneciese a su lado todo el día. Son parte de lo que ahora le mantiene vivo, puesto que no tiene nada que esperar, excepto la próxima inyección, o tal vez una visita de su hermana... y sin embargo Sarah no desea otra cosa sino resucitar su sensibilidad, devolverle al mundo del dolor, sin que nada vuelva a interponerse entre él mismo y la ciudad. No es de extrañar que haya sobornado a Joseph, piensa. Ella es parte de esa ciudad que le reclama, y Joseph era el único camino para huir de ella.

 

13

 

—¿Esquivo? —se queda mirando el auricular con sorpresa el Cowboy.

—¿Quién si no? —replica el Esquivo.

El Cowboy sonríe al escuchar su voz.

—Celebro enterarme de que has salido. Y quiero esperar que tus escoltas de la Flash Forcé te guarden tan bien como han hecho conmigo.

—Ningún motivo de preocupación por aquí —se oye el sonido del tabaco de mascar pasando de un lado a otro de las mandíbulas—. Algunos mercenarios contratados por ellos intentaron montar una emboscada en el camino de Mora, en lo del viejo Bob Aguilar. Recibimos al menos una docena de avisos, entre ellos los del mismo Bob, así que alquilamos un pelotón de refuerzo para una tarde y fuimos a sacarlos de allí. La batalla ha sido enconada y habrá durado unos diez minutos en total. Tuve que encerrar a Jimi en un cuarto de baño para evitar que se metiera en su panzer y tomase parte en la guerra. Me parece que nuestros amigos tardarán en volver a presentarse por estas montañas. Aquí los forasteros no pasan desapercibidos.

El Cowboy ríe y felicita a su interlocutor. Habla desde un teléfono público conmutado a través de Orlando, que es una de las puertas de acceso al enlace Randolph Scott de Santa Fe. La comunicación ha sido programada de antemano, y así los hombres del Esquivo han tenido tiempo para cursar instrucciones al número de Randolph Scott al objeto de pasar la llamada a Mora, al Nido de Águila o a cualquier teléfono público que el Esquivo tenga previsto reservar.

—La entrevista con Roon sigue prevista para mañana —dice el Cowboy—. Tengo un dado con las instrucciones sobre la negociación del tratado. ¿Estás listo para recibir?

—Cuando quieras, Cowboy.

El Cowboy introduce el dado, cierra la unidad lectora y transmite los datos a Nuevo México. Al poco el Esquivo le informa que tiene el tratado en su cristal.

—Michael tuvo mala suerte anoche —prosigue el Cowboy—. Uno de los suyos se pasó al otro bando con su equipo y el contenido de todo un almacén de componentes y antibióticos.

—Por aquí nos hemos desempeñado un poco mejor —pese a la novedad el Esquivo sigue de buen humor, a juzgar por el tono de su voz. Probablemente, piensa el Cowboy, porque es el primer día que sale de casa desde hace meses—. Los..., ¡ejem!..., conductores del expreso se disponen a abandonar el grupo de Arkady.

Un destello de satisfacción se enciende en la mente del Cowboy. Son los tanquistas que le han escuchado a él. Se ofrece la posibilidad de paralizar totalmente la organización de Arkady.

—Cuando Jimi hizo... lo que hizo —continúa su interlocutor—, Arkady se empeñó en colocar a uno de los suyos en cada expedición, dentro de la cabina y con el dedo en el gatillo de la escopeta. Eso molestó a los conductores. Y cuando fue derribado con su avión se pusieron todavía más nerviosos. Por lo visto el sustituto de Arkady se ha dado mucha prisa en presentarse.

El Cowboy escucha con una mueca. La Tempel empieza a mostrar sus cartas.

—¿Es alguien conocido? —pregunta.

—Uno de la órbita, dicen. Se hace llamar Calvert. Se le había visto en compañía de Arkady alguna que otra vez, aunque nadie sabía quién era. No es ruso y los amigos rusos de Arkady no le tienen aprecio.

—¿Te parece posible que cambien de opinión acerca de quiénes son los malos?

Por el tono de voz del Esquivo se adivina que se ha encogido de hombros.

—Los rusos son tan paranoicos y traicioneros, que cualquier cosa parece posible. Pero Calvert conoce demasiado bien a los hombres de Arkady, y sabe dónde vive cada uno de ellos y con qué socios trabajan. Están en posición vulnerable y además no saben nada de él, ni cómo atacarle. Es un mal hombre ese Calvert. Nadie que le conozca se atreve a enfrentársele. Además trae un equipo nuevo, compuesto exclusivamente de Orbitales. Dice que se dedicará a pasar la Muga con los suyos si le fallan los conductores habituales.

—Entonces perderá muchas expediciones.

—Es calderilla para ellos, Cowboy. Si calculan que pueden sacar un beneficio a largo plazo, pueden permitirse perder durante años y años, no como nosotros.

El Cowboy se rasca la mandíbula, al tiempo que nota un cosquilleo premonitorio en la nuca.

—¿Qué aspecto tiene el tal Calvert?

—Estatura mediana. Aspecto de duro. Susurra en vez de hablar, como si dijéramos. Yo diría que fue rastrero en sus comienzos, antes de elevarse por encima del pozo.

Los ojos del Cowboy se vuelven hacia Sarah, que se mantiene unos cinco metros aparte, andando a paso corto acera arriba y acera abajo mientras aguarda a que termine el Cowboy.

—Creo que ese tipo es el mismo que se hizo llamar Cunningham por aquí, Esquivo —dice el Cowboy—. También participa en este lado de la guerra.

—Ya se me había ocurrido esa posibilidad, Cowboy. Si estamos en lo cierto, debe de ser un hombre muy ocupado.

—Pues procuraremos darle todavía más trabajo.

—Desde luego que lo haremos —carraspea el Esquivo y luego prosigue—: De parte de Warren, que tiene el sexto ala delta a punto para volar. Por aquí se rumorea que los de Arkady han tratado de montar alas delta aprovechando todas las piezas de repuesto disponibles. Tuviste una buena idea al acaparar todo el mercado antes de ponerte en campaña contra Arkady.

—La nostalgia tiene sus ventajas —replica el Cowboy.

En el display sobre su cabeza ha aparecido el intermitente que le indica que su transbordador acaba de ponerse en cabecera de pista.

Tras decir adiós al Esquivo despide a los escoltas de la Flash Forcé en la puerta de embarque.

Roon les ha garantizado su protección, pero le consta al Cowboy que no se puede confiar mucho en eso. Si Roon les traiciona, él y Sarah morirán. La presencia de los guardaespaldas, por consiguiente, no marcaría ninguna diferencia en ese caso, excepto por lo tocante al número de cadáveres.

 

14

 

La casa de Roon, piensa el Cowboy, es un teseracto que se repliega sobre sí mismo con la lógica de una pesadilla interminable. Un sueño negro y plata que invade la mente del Cowboy y le chamusca el cristal queriendo imponerle su propia arquitectura, su propia lógica, sus pautas. En ella se pierde, desvalido en el remolino del tiempo.

—La Tierra —dice Roon; sus ojos repintados de kohl se han humedecido—. Yo nací en el pozo. Me hice hombre en la órbita. Y renací en el cristal. Hasta entonces no había comprendido nada.

El Cowboy nota desde el otro extremo de la mesa el hedor de su aliento. Roon alarga una mano temblorosa para acariciar el corto cabello rubio de la niña que le escancia el vino. El Cowboy observa el sobresalto de la criatura, sus ojos abiertos como platos, los labios separados por una súbita inhalación de aire que es el preludio de un grito que no se va a escuchar. Roon continúa:

—Vosotros y la Tierra sois el pasado. Yo y el cielo somos el presente. Vosotros sois el barro, yo soy la visión. Y por eso quiero moldear la Tierra para darle forma con arreglo a la imagen idónea. Construir una arquitectura para el futuro.

El Cowboy se nota el cuello empapado de sudor, y es por el miedo. Mira el vaso de cristal que tiene en la mano, imagina lo fácil que sería bajarla para estrellar el vaso contra el canto de la mesa y cómo cantaría el cristal hecho añicos al resbalar sobre el brillante entarimado y entre los costosísimos platos de plástico derivado del petróleo, fragmentos afilados como cuchillas de afeitar en los que se reflejaría un mundo invertido, el cielo raso en penumbra, la mirada espantada de los ojos muy abiertos de la niña, los pulsos en el cuello de Roon mientras el Cowboy se lanza al otro lado de la mesa empuñando uno de esos cristales afilados, y por último el charco de sangre arterial formándose sobre el tablero de la mesa, inundando esa constelación de mundos invertidos de cristal y extinguiendo cada una de las luces miniatura en una creciente marea escarlata.

La visión del movimiento imprime un temblor en la mano del Cowboy, que aferra con más fuerza el vaso para dominar esa fiebre. El agua del vaso tiembla, refleja las luces en medias lunas que son como el orto de un planeta lejano.

Mira a Sarah, su rostro impasible, sus ojos estudiadamente inexpresivos. Recuerda el objeto letal que lleva en la garganta, y lo que implica. ¿Locura del mundo, o de Sarah? ¿O las dos cosas a la vez? Se pregunta lo que haría ella si él iniciase su movimiento, y si la cibersierpe saltaría contra Roon o en defensa de Roon.

Descansa el vaso de cristal sobre la mesa, lleva la mano al regazo y entrelaza los dedos con la otra para dominar el temblor. ¿Qué diferencia supondría?, piensa, consciente de que ha entrado en su primer compromiso con esta locura, con ese horror.

—Yo lo hago todo con amor —dice Roon acariciando el cabello de la niña, y sobre sus mejillas imberbes corren lágrimas que trazan churretes de kohl—. Os amo a todos vosotros como un padre a sus hijos. Os amo muchísimo.

 

La lanzadera suborbital de la Zona Franca de Florida a Venezuela transporta en su largo tubo toda una fauna de ejecutivos de los Orbitales que viajan gratis total, pilotos con sus ostentosas cazadoras que se mueven de un puerto franco a otro, y una mezcla variopinta de profesionales de la América Ocupada lo bastante prósperos como para permitirse el viaje aéreo, traficantes y tahúres ataviados en cryomax, sicarios fingidamente impasibles con sus bolsos de mano esposados a las muñecas, funcionarios de los gobiernos colaboracionistas sentados en sudoroso aislamiento entre los indiferentes ejecutivos de los combinados y los buscavidas con sus sonrisas de carnívoros.

El Cowboy contempla el arco del horizonte perfilado sobre el cielo negro, el borde azul cerámico de la tierra difuminado por la envoltura traslúcida de la atmósfera. Por debajo están las nubes, en formación inverosímilmente bien ordenada que corresponde a un frente cálido que avanza sobre las Pequeñas Antillas, y la isla parda y verde colgada al borde de la extensión turquesa brillante del océano. Cuando el transbordador inicia la lenta caída hacia la Tierra nota los cinturones de seguridad que se clavan en sus músculos como queriendo continuar la ascensión, pero ya el pozo gravitatorio se ha apoderado de la nave, y su cuerpo también empieza a caer. Se vuelve hacia Sarah y ve en sus ojos oscurecidos por el mismo anhelo mientras ella mira por la ventanilla, el mismo deseo de retornar a la pureza del espacio negro sin atmósfera...

—¡Malditos...! —susurra ella, y no hacen falta más explicaciones para saber a quiénes se refiere.

El transbordador escora ligeramente al tiempo que cae como una flecha hacia su punto de aterrizaje en La Gran Sabana, la meseta venezolana próxima al ecuador, donde los Orbitales tienen la más importante de sus puertos espaciales. La verde región parece arrugada como la piel de un bebé y cruzada por ríos que son como collares de gotas de mercurio. Y luego el Cowboy ve las estribaciones de la meseta de Roraima elevándose a babor mientras la lanzadera inicia la maniobra, hasta que empieza a rodar suavemente sobre el piso de hormigón y aleación de la pista.

 

—La arquitectura terrestre siempre tendió hacia los cielos; pensemos en los zigurat de Babilonia, las pirámides de Egipto, las catedrales de la Edad Media, las pagodas chinas. Dedos que apuntan hacia la salida del pozo, hacia la liberación —Roon menea la cabeza—. Ya no es necesario. La humanidad se propuso alcanzar el cielo y lo ha conseguido. Pero se ha creado un divorcio entre los que viven en el cielo y los que aún habitan en el suelo. Hace falta una nueva visión, y con ella, una nueva arquitectura. Como la de este lugar, que es una metáfora de la fusión entre la tierra y el cielo, que domina incluso la montaña sobre la cual descansa. La arquitectura se ha convertido en mi pasión.

Roon conduce al Cowboy y a Sarán por las interioridades de su casa, recorriendo pasillos de aleación que zumban, bajo las miradas holográficas de las criaturas de la Tierra. Roon alza un dedo y sigue sermoneándolos:

—Todas las formas tienen una arquitectura, incluso la del cristal perfecto, la de los datos en el corazón de la máquina. Ése es el medio idóneo. En el pasado la humanidad vivió inhibida por la simpatía de la carne hacia la carne, por la comprensión instintiva de cada uno hacia las debilidades orgánicas del otro. Ahora tenemos la posibilidad de integrar nuestra conciencia con la perfección inmaculada de los datos. Las barreras terrestres quedan disueltas. La carne no prevalecerá frente a la supremacía de los números. La acción por simpatía ha dejado de ser una posibilidad. El cristal sólo admite la lógica de la necesidad.

»La necesidad —repite Roon, mirándolos con sus ojos pintados—. En el mundo del cristal, necesidad es sinónimo de inevitabilidad. Todo aquello que es necesario, se realizará con independencia de vuestros sentimientos y de vuestros actos —sonríe—. Por eso es inevitable mi retorno al poder, tal como vuestros propios corazones de cristal han tenido la sabiduría de anunciaros.

Roon vive al oeste y muy lejos del puerto de La Gran Sabana, en la comarca de la Cordillera Oriental. Ha enviado su reactor privado para recoger al Cowboy y a Sarah, totalmente pintado de negro para recordar el cielo orbital, excepto los emblemas azules de la Tempel sobre cada escotilla. Una buscona de uniforme corre con los petates de los viajeros hacia el aparato. El piloto tiene el andar deslizante de los nacidos en el espacio, un individuo menudo y frío que ostenta en la pechera el logotipo de la compañía y los mira con rasgados ojos de japonés; trata al Cowboy con marcado desdén y se expresa en monosílabos. La cólera del Cowboy está rozando el punto de ebullición; nota que el cristal le quema en el cerebro y le duelen los hombros como si estuviese maniobrando su ala delta, mientras piensa lo mucho que le gustaría tropezarse con ese tipo en el cielo y enfrentar su Pony Express con el cutter orbital del otro. Al volverse hacia Sarah ve que ella también tiene el rostro rígido y las manos a punto de convertirse en garfios; sin duda estará recordando las calles ardientes de su ciudad y tiene al jinete del espacio situado entre los monstruos húmedos que pueblan sus noches.

El vuelo dura sólo veinte minutos, mientras el aparato vuela como una flecha, lanzado en línea recta sobre un paisaje tan absolutamente inmóvil que hasta se diría que el aire mismo no toca el espejo de obsidiana del fuselaje. El Cowboy envidia esa nave y piensa que le gustaría sentir sus conectores enchufados en el propio cráneo. Sarah abandona su asiento para ir a explorar el bar de a bordo. Como el Cowboy ha denegado con la cabeza el ofrecimiento, ella regresa con un solo ron lima y bebe en silencio; el tintineo de los cubitos de hielo es lo único que se oye en el interior de la nave. El Cowboy mira hacia abajo, contemplando el paisaje verde oscuro moteado de calveros pardos por la erosión y rayado por los meandros, plata manchada por el limo que arrastran. En las alturas de Sierra Nevada descuella el palacio de Roon, plata sobre las verdes laderas, una gema de aleación orbital y cristal clavada en la tierra.

Se interpone una cima y el brillo desaparece. El aparato serpentea entre montañas, silencioso. Los cubitos de hielo resuenan en el vaso de Sarah cuando la máquina entra en contacto con la pista, pero el Cowboy apenas se da cuenta del impacto. Está buscando con la mirada el brillo de la plata entre las montañas que les rodean y distingue el resplandor de los focos de Roon por entre los árboles.

 

Cruzando una puerta holográfica que se eclipsa al detectar su presencia, Roon los conduce al interior de una habitación animada por holografías de cristales que cambian, crecen, se confunden las unas con las otras. Su brillo se refleja en los ojos de Roon y en los de los dos niños que permanecen de pie, inmóviles, frente a una terminal de ordenador. La niña, de piel aceitunada, aparenta unos diez años y viste una túnica blanca. El muchacho lleva camisa blanca y pantalón oscuro. Ambos van descalzos, el cabello negro muy corto sobre los zócalos de sus cabezas. Por las pantallas desfilan las imágenes de unos programas de enseñanza.

—Ésta es Lupe —dice Roon—. La llamo así por sus ojos de loba. Y éste es su hermano Raúl —sonríe, condescendiente—. Son los de más edad de entre mis acólitos, en este mi templo. Los encontré en las calles, donde vivían una existencia más propia de ratas que de seres humanos. Los padres habían fallecido y las familias se habían desentendido de ellos. Sin duda habrían muerto de inanición o de enfermedad antes de alcanzar la edad adulta, o bien se habrían visto condenados a una existencia marginal como delincuentes, drogadictos o prostituidos. En cuanto a ella, sin duda habría echado media docena de criaturas al mundo antes de cumplir los veinte.

Menea la cabeza y prosigue:

—Ahora sus posibilidades son... ilimitadas. Yo los alimento y los educo. Les inculco las pautas que ellos y toda la Tierra deberán seguir —de nuevo los mira con complacencia—. Raúl nació poco después de la guerra, así que ha vivido siempre bajo el nuevo orden. Arcilla nueva, para ser amasada por manos de Orbitales —vuelve la mirada hacia Sarah y el Cowboy—. Los de más edad... están maleados por la mentalidad obsoleta de sus padres; sus mentes se resisten a las nuevas enseñanzas, a la voluntad del maestro. En cambio, éstos...

Sonríe con orgullo, con benevolencia, alzando las manos en un gesto como de bendición, de posesión. Los programas didácticos siguen desfilando por las pantallas.

—Éstos gobernarán la Tierra durante el tiempo del cambio. Inaugurarán su nueva relación con los cielos —se vuelve hacia el Cowboy—. ¿Has visto cómo se mantienen firmes, conforme yo les he enseñado? Firmes como soldados. Disciplinados. Obedientes, pero orgullosos de servir —sus ojos irradian júbilo mientras su aliento pestilente satura el aire—. ¡La nueva relación! ¡Las pautas que conformarán el porvenir!

 

El piloto ni siquiera se digna mirarlos mientras sale de su cabina para accionar el pulsador que abre la escotilla y despliega la escalera de aleación. Con los puños metidos en los bolsillos de su cazadora, baja por la escalera y se dirige a los vestuarios. Sarah le mira y exclama con voz cortante:

—¡Eh!

El piloto se vuelve poco antes de llegar a la puerta.

—Has olvidado nuestros petates —dice Sarah.

—No es mi trabajo.

—Tu trabajo consiste en tener contentos a los invitados del señor Roon —continúa Sarah—. Y los invitados del señor Roon... ¡no cargan con los puñeteros petates!

La mirada de Sarah es más fría que el vaso que tiene en la mano, y su sonrisa es la de una tigresa.

La cara del piloto está congestionada; encogiéndose dentro de su cazadora, mete la cabeza en el compartimiento de los equipajes. Sarah espera junto a él y sonríe con frígida amabilidad.

—Muchas gracias.

El Cowboy echa a andar detrás de ellos.

Justo al lado les aguarda un helicóptero con el aspecto de una cigüeña negra y plateada que se hubiese posado en la pista. Cerca de él, fumándose un tubo de cafeína y recostado contra la puerta de un automóvil, el Cowboy reconoce a un rastrero mercenario en funciones de guardaespaldas, un individuo de anchas espaldas pulcramente uniformado, con pañuelo y correajes a juego. Éste abre el compartimiento de carga de su propio aparato y contempla cómo el piloto introduce los petates.

Sarah deja caer una moneda de plata en las manos del piloto, quien aprieta las mandíbulas. El Cowboy no puede evitar una sonrisa. Mientras el jockey del espacio se aleja se escucha el sonido de las punteras metálicas sobre el piso. También al mercenario parece divertirle el furor del piloto.

—Me llamo Gorman —dice al tiempo que abre la portezuela del helicóptero.

 

—Infiltración —sigue hablando Roon—. Interpenetración entre el atacante y el objetivo. Lo sutil enroscándose en lo sutil, ésa ha llegado a ser la metáfora de nuestros tiempos. Toda acción es grosera, temeraria. Un despilfarro de energía —suspira, alzando en el aire el vaso de cristal en cuyos bordes biselados brilla el reflejo de las estrellas holográficas—. Couceiro y sus secuaces del Acceleration Group no entienden eso. No son sutiles. Se plantean todos los asuntos como si fuesen otras tantas guerras. La guerra es lo único que entienden. Sus ataques son directos, violentos, enfocados siempre a lo obvio. Nunca comprenderán que si se prepara bien el terreno, el golpe directo deja de ser necesario. Sólo a los del Acceleration Group se les ocurriría combatir en dos frentes, contra la Korolev y los intermediarios simultáneamente. La guerra contra los intermediarios estaba preparándose hace ya algún tiempo; un pequeño aplazamiento no habría perjudicado los planes para nada.

»Como el Huntington vírico —prosigue, alzando una ceja con pedantería—. Las enfermedades que proceden mediante un ataque brutal contra el organismo se combaten fácilmente... Para sobrevivir en estos tiempos, una enfermedad tiene que ser sutil. Infiltrar a la víctima años antes del asalto, permanecer latente en su cerebro y su tejido nervioso. Luego, hacerse contagiosa, para asegurar su propagación entre las desprevenidas gentes, y pasar por último a la fase manifiesta, convertida en un nido de virus saboteadores que acaban con el enfermo. La enfermedad se propagó entre la población durante años, mucho antes de que nadie supiera que existía, como una de tantas secuelas de la guerra. Muchos millones más han sido infiltrados y no lo saben todavía —ríe con deleite—. Y para crear el tratamiento que la curase, debíamos ser más sutiles que la enfermedad. Era preciso inventar un virus hecho a medida, un infiltrador diminuto capaz de simular el comportamiento del virus de Huntington. De esta manera utilizamos el código del virus contra él mismo. Aproximarse al objetivo e inyectarle un fragmento de ADN creado en el laboratorio, que se combinará con el código propio del virus y provocará su mutación. Si antes era negro, ahora será blanco. El virus de Huntington se convierte en uno de los nuestros y de esta manera la célula infectada deviene una nueva invasora, sólo que ahora ha cambiado de bando y combate a favor de la vida.

Sonríe, satisfecho, mientras mira al Cowboy y concluye: —Me gusta tu plan porque es sutil, Cowboy. Me agrada la idea de utilizar ese tratamiento vírico para derribar a Couceiro. Así volvemos contra él mismo su mayor triunfo —acaricia la espalda de su copera distraídamente, sin siquiera mirarla, mientras sigue mostrando sus dientes podridos—. Voy a introducir tu plan en mi cristal. Para cotejar tu lógica con la lógica de los datos. Entonces sabremos si tu arquitectura es digna de entrar en los cielos.

 

Gorman pilota manualmente, sin interfaz, ni aun el de unos simples auriculares. Pelea con el helicóptero como si estuviera luchando con un cocodrilo. El Cowboy hace una mueca mientras observa su torpe estilo.

Desde el aire puede verse que la casa de Roon es una escultura además de una vivienda, un hiperboloide retorcido clavado en el suelo, cuyas superficies, armazón plateada que sustenta paneles de cristal negro, describen una singularidad imposible. La obra es de una aleación orbital pretensada en audaces curvas gaussianas que se diría concebibles sólo donde no exista la gravedad, ya que ningún material terrestre soportaría estos esfuerzos, seguramente. La rodea una superficie estéril de metal oscuro entreverado de plata, como si el edificio se desparramase alrededor. Le recuerda al Cowboy el modelo tetradimensional de la Tempel que dibujó Thibodaux, por la complejidad de su geometría y sus interrelaciones. Han trasladado a la Tierra una analogía del poder de los Orbitales.

Gorman está maniobrando laboriosamente para posar el helicóptero, en lucha con un viento radicado. Cuando por fin el silbido de la máquina se apaga y el rotor queda inmóvil, se vuelve mirando por encima del hombro mientras rebusca en sus bolsillos otro tubo de cafeína y anuncia:

—El señor Roon les dirá que esta casa es una metáfora. Les aconsejo que le sigan la corriente.

El Cowboy se encoge de hombros.

—De acuerdo, si es tan importante.

Los indiferentes ojos artificiales de Gorman miran con fijeza los del Cowboy.

—Aquí, si uno es terrícola, más le vale andar con pies de plomo. Ha tenido su gracia esa broma que le hicieron ustedes a Hideo, pero no se les ocurra nada parecido en presencia de Roon —se desabrocha el cinturón de seguridad al tiempo que exhala una bocanada de humo con aroma a menta—. Si no le caen bien, seguramente me ordenará que los mate, y como no se me paga ningún plus por eso, pues preferiría no tener que hacerlo.

El Cowboy le contempla con curiosidad.

—¿Lo harías a escondidas en el sótano, o Roon prefiere mirar?

Gorman considera la cuestión.

—Eso depende de la enseñanza que se proponga transmitir. Roon es muy aficionado a impartir lecciones.

El Cowboy y Sarán se apean del helicóptero. El piso metálico le da frío debajo de las suelas, pese al sol vespertino. El firme debe de ser de algún absorbente térmico. En seguida se sorprende al ver que aparecen un par de niños, como de nueve o diez años de edad, que cruzan la pista con rapidez dirigiéndose hacia el helicóptero. Visten ropas idénticas, pantalón oscuro y camisa blanca, y llevan el cabello corto; hasta que se hallan muy cerca no distingue el Cowboy que son niño y niña, y se sorprende de nuevo al ver que tienen zócalos implantados en sus cráneos.

—Estáis a las órdenes de Roon, ¿verdad? —pregunta Sarán a Roon—. ¿No hay compañía de seguridad?

—La compañía de seguridad depende de Couceiro. Ustedes ya saben quién es, ¿verdad? Roon prefiere no verlos por aquí.

—No sabes cuánto me alegro —replica el Cowboy.

El niño y la niña se acercan al helicóptero, abren la compuerta de carga y, siempre en silencio, se llevan los petates hacia la casa.

—Sigan a los niños —dice Gorman mientras cierra la compuerta—. Y den gracias a Dios por haber nacido antes de la guerra.

—Nunca se me ocurrió que debía estar agradecido por eso —dice el Cowboy, contemplando las espaldas blancas de los niños mientras éstos caminan sobre el sendero de metal brillante, y luego se le ocurre otra idea—. ¿Tú rezas mucho, Gorman?

El mercenario replica con una carcajada seca, desprovista de amenidad.

—Desde que estoy en este maldito lugar, todos los días.

 

La ventana del Cowboy mira al este, y él contempla cómo se va llenando de luz tenue el cielo matutino. Por encima de la sombría ladera se ve un diamante que está rayando el cristal de la esfera celeste. Es un cohete que ha despegado de La Gran Sabana y cuyos gases de escape, convertidos por el frío en una estela de minúsculos cristales, reflejan la luz del sol a medida que suben hacia las cada vez más pálidas estrellas y la constelación suspendida de los mundos Orbitales, mientras el Cowboy, al notar el suelo bajo los pies, se siente cada vez más fuera de su lugar.

—No sé —menea la cabeza—. No entiendo lo que está pasando aquí. Esos niños, esa manera de hablar. Y esta casa.

Han eliminado de la habitación todos los micrófonos instalados por Roon y han puesto en marcha los dispositivos electrónicos suministrados por la Flash Forcé, los cuales silenciarán cualquier otro sistema de escucha que les haya pasado desapercibido. Pueden hablar con tranquilidad, aunque ésta nunca dejará de ser relativa mientras se hallen en terreno de Roon.

—¿De veras no sabes lo que está pasando? —despega de las sábanas sus largos miembros Sarah—. ¿No entiendes lo que hace? —se acerca al Cowboy por detrás para rodearle los hombros con ambos brazos y apoyar la mejilla en su espalda, mientras él piensa en esa cosa que ella lleva en la garganta y sigue contemplando la traza en forma de arco iris, sintiendo la nostalgia que atenaza su corazón...

—Los está jodiendo, Cowboy —prosigue Sarah, llenando de hielo la mente del Cowboy pese a su voz suave, en la que no queda ni rastro de su dureza de chica de la calle—. Se está tirando a todos esos niños y niñas, y además les llena las mentes de basura para que no le abandonen, para que ni siquiera puedan pensar en traicionarle. Ésa es su religión, ésa es la nueva relación que pretende inculcar en todos los hijos de la Tierra.

La estomagante revelación de lo ya sabido le amarga al Cowboy como un vómito de bilis. Respira hondo. Le duelen hasta los zócalos cuando piensa en la posibilidad de que una mente extraña se apodere de la suya. Menea la cabeza y dice con voz temblorosa:

—No haré ningún trato con él.

—Nada puedes hacer por ayudarles.

—Pero eso no significa que quiera ayudarle a él.

Ella retrocede un paso y el Cowboy se prepara a soportar el latigazo acerado habitual, pero ella sigue hablando con naturalidad.

—Él y Couceiro y los demás... asesinaron a millones de personas. Mataron a casi toda mi familia y nos llenaron de cicatrices a mi hermano y a mí. De tal modo que si yo pudiera, les llenaría la barriga de balas dum-dum a Roon, a Couceiro, a Grechko y a todos ésos, y dejaría que agonizaran sobre un hormiguero. Pero no puedo.

—Es que yo... —menea de nuevo la cabeza, faltándole las palabras.

—Sólo hay una diferencia entre Couceiro y Roon, que yo sepa. Couceiro quiere acabar con nosotros. Roon permitirá que sobrevivamos.

El Cowboy nota de nuevo las manos de Sarah sobre sus hombros, pesadas como el hierro, pesadas como la misma Tierra.

—No es eso —dice—. Es que yo quiero seguir... limpio.

—¡Feliz Cowboy! —ahora sí se nota el tono de sarcasmo en su voz, que prosigue con sorna—: Feliz chico sano, que has tenido la suerte de poseer una habilidad que otros necesitaban, y ahora puedes permitirte el lujo de tener unos principios. Tanto mejor para ti.

El peso se aleja de los hombros del Cowboy y éste, sin volverse, oye que ella ha empezado a pasear por la habitación. Sigue hablando a ráfagas, como una ametralladora, como obedeciendo a algún ritmo interno.

—Hay maneras de vivir mejores que andar jodiendo con viejos, pero también las hay mucho peores. Deja que te cuente...

Se acerca tanto a su espalda que puede notar el aliento en la nuca, mientras intenta dominar su propio temblor.

—Mi hermano es un puto y un yonqui. Está operado y ha tomado muchos supresores hormonales para parecer eternamente joven, porque así es como lo quieren sus clientes. Debido a los supresores no tiene mucha capacidad para sentir, pero eso también agrada a determinados gustos. En las calles hay gustos de todas clases... y digamos que uno de ellos es un cierto gusto por la realidad.

Las palabras se suceden implacablemente, imparables, y cada una de ellas da en el blanco, haciendo que el Cowboy se estremezca de pies a cabeza.

—Los putos y las putas venden fantasía. Saben adivinar lo que quiere el cliente y de su capacidad para satisfacer esas fantasías depende lo poco o lo mucho que cobren. Todo es fingido, pero el cliente no se da cuenta de ello, o no le importa. En cambio esos otros, los que quieren la realidad... a ellos sí les importa. Quieren que todo sea real, sexo de verdad, orgasmos auténticos. Amor auténtico, incluso. Y cuando no lo consiguen, se vuelven locos. Quieren que todo cuanto ocurra entre ellos y su chico sea real, aunque para ello necesiten torturarlo hasta la muerte, con tal de obtener una reacción auténtica. Eso es lo que se llama volverse un pirado.

—He oído a veces esa palabra.

—Sí, sólo que no sabías lo que significaba —se aleja ella de nuevo—. Algunos, pues, son pirados, y eso es malo. Otros mueren a manos de un pirado, o quedan malheridos, y también eso es malo pero, ¿sabes?, hay algo todavía peor —se interrumpe esperando respuesta; el silencio hiere los oídos del Cowboy, que no responde—. Lo peor es que a un pirado nunca le faltan víctimas. Porque hay algunos que están desesperados, o tan cansados de vivir que ya no les importa. No toman ninguna clase de precauciones porque no tienen ningún apego a esa vida tan inútil, tan miserable. Y algunos van con el pirado casi con la esperanza de morir, porque no quieren tomarse la molestia de hacer lo necesario para seguir vivos, porque la vida para ellos no es más que un dolor inacabable.

Se produce un nuevo compás de silencio.

—Así es mi hermano —concluye Sarah—. Así es Daud.

El Cowboy sigue mirando por la ventana, contemplando el largo arco iris filiforme del cohete cada vez más lejano, que empieza a desgarrarse por la acción de los vientos.

—Así pues, Lupe y el otro, ¿cómo se llama?, su hermano Raúl, están en buenas manos, ¿no? —inquiere.

—No. Son víctimas. Roon es un mal hombre. Sólo digo que mi hermano se cambiaría por cualquiera de ellos en cualquier momento. Y yo, en otros tiempos, también lo habría hecho.

La estela se ha desvanecido por completo; el Cowboy se vuelve con un suspiro y mira a Sarah, que está cerca de él, puesta en jarras, contemplándole fríamente.

—Quiero matarle —dice—. Deseo matar a Roon más que ninguna otra cosa en el mundo.

Él mismo se sorprende de lo que ha dicho. Ni siquiera Arkady le había importado tanto como para odiarlo; era sólo un intermediario ruso que cometió la imprudencia de interponerse entre el Cowboy y su leyenda. Pero Roon es otra cosa, un sombrío monstruo de aliento hediondo emboscado en su pesadilla gaussiana entreverada de plata... y bien digno de ser eliminado.

Sarah se ahueca el cabello.

—Pues mátalo. No seré yo quien te lo impida. Dentro de dos meses.

—Habrá salido del pozo y estará donde yo no podré alcanzarlos.

—Antes hay que matar a Couceiro. Ése es el que intenta eliminarte a ti.

El Cowboy pasa por la puerta de comunicación a la habitación de Sarah, encaminándose al bar de plástico blanco decorado con hologramas de refrescantes imágenes tropicales antiguas, palmeras verdes, aguas azules, muchachas que se contonean con sus faldas de hierba. Alcanza una botella y toca el frío del vidrio con los dedos, mira las imágenes holográficas a través del líquido, distorsionadas como visiones de una pesadilla. Suelta la botella, se humedece los labios notando el sabor a transpiración, dándose cuenta de que alucina, de que sus nervios ciberimplantados envían impulsos como llamadas de socorro mientras el suelo de la habitación parece levantarse por efecto del caudal de adrenalina que deforma sus sensaciones.

Entonces cierra los párpados y vuelve los ojos hacia arriba siguiendo las curvas y los ángulos de ese mundo de alambre y cristal en donde los vencedores se han sustraído al pozo gravitatorio y construyen sus arquitecturas de poder mientras contemplan la tierra con sus ojos artificiales de predadores. En la Tierra, mientras tanto, sus miles de millones de habitantes se apretujan en sus ratoneras, se disputan espacios cada vez más pequeños. Y el aire cada vez más ardiente, la presión de los combinados más agobiante, la ley del número más ineluctable. En los lóbregos callejones nocturnos de esa guerra de todos contra todos, la cibersierpe de Sarah no puede ser más lógica: una muestra de astucia cyborg que sólo mata a los que no saben cuidar de sí mismos y se acercan demasiado. A los demás no puede alcanzarlos, vuelan demasiado altos, fuera de su campo. El grado de desesperación que expresa un implante de ese género la define, mejor que otra cosa, como una más entre las víctimas.

¿Una alianza con Roon? Nada más fácil. Algunos niños perderán su niñez, ¿y quién dirá si no la habrían perdido de todas maneras, aquí o en las calles? Al menos comen bien. Para lo que sirven.

Al abrir los ojos ve el holograma frío y brillante del cielo nocturno que aquí lo abarca todo, los astros ardientes y los faros de platino inmóvil de las factorías robot geoestacionarias.

«Perdiste tu oportunidad hace mucho —le susurran las constelaciones—. Ahora harás sólo lo que nosotras te consintamos. Y oye bien esto, Cowboy: La inocencia no se tolera. Es lo primero que vas a entregarnos.”

El Cowboy se da cuenta de que Sarah le mira desde el umbral, el cuerpo envuelto en la pregunta, los ojos preocupados pero exigiéndole todavía una elección. Si alguna vez ella poseyó la inocencia, hace mucho que la ha perdido, amputada por las navajas de las calles. Ahora la cibersierpe ya no le inspira tanto horror, le parece más un recurso patético, un intento por defender su lugar en ese lóbrego orden nuevo.

Intenta computar a cuánto ascienden sus deudas: para con Sarah, el Esquivo, Warren y una pareja de jóvenes vagabundos escondidos en algún corral abandonado de Missouri. Para con los niños que habitan esta casa de Roon. Para con sus propios sueños ardientes.

—De acuerdo —susurra con un parpadeo, antiguo reflejo ahora inútil para sus ojos de plástico y sus conductos lagrimales extirpados—. De acuerdo, lo haremos a tu manera.

Ella se acerca poco a poco, le rodea el cuello con los brazos, apoya la mejilla en la suya.

—Lo siento, Cowboy —dice—. Lo siento de veras.

Él la abraza unos momentos permitiendo que ella le arrastre hacia la oscuridad de su propia mente deformada, su vida deshecha, sus opciones siniestras.

Él ha vivido en el aire, en la última senda libre, pero ahora ésta se ha convertido en un túnel cada vez más estrecho y más negro. Nunca se había fijado en los muros, hasta que se ha visto encerrado entre ellos, avanzando a la velocidad de la luz por ese reducto menguante, lleno de ecos, tenebroso.

Y se propone observar a Sarah con más atención. Ella sabe cómo sobrevivir en espacios semejantes.

 

Hace ocho años que Roon lleva su cuerpo nuevo y no debería aparentar más de treinta, pero tiene arrugas alrededor de los ojos que no pueden ocultar el kohl, y proclaman en qué medida abusa Roon de ese cuerpo. Lleva la cabeza casi totalmente afeitada, excepto un bucle engominado y enroscado sobre el ojo derecho. Y diamantes incrustados en los zócalos de su cráneo.

Pero por otra parte, parece que no se haya lavado los dientes en toda su vida. Ríe, tiende la mano hacia el vaso, mientras el Cowboy nota el temblor de sus propios párpados y el frío que le recorre la espalda.

—El pozo gravitatorio ha sido como una barrera entre los dos pueblos —está perorando Roon.

Alcanza un inhalador, echa la cabeza atrás y se dispara sendos cohetes en la nariz. Su voz sigue, monótona, mientras él dirige la mirada a los hologramas estrellados del techo.

—La conciencia evoluciona de manera diferente en los que están a salvo de la gravedad. Pero el cristal puede salvar esas diferencias, ardiendo en nuestras cabezas, quemando nuestras imperfecciones. Nada podemos hacer nosotros frente a la inevitabilidad de su lógica.

Alarga una mano para tocar uno de los zócalos de la sien del Cowboy, quien reprime a duras penas un mohín de repugnancia. El olor a cadáver del aliento de Roon envenena el aire a su alrededor. Al otro lado de la mesa, el rostro de Sarah es una máscara inexpresiva.

—Es la arquitectura perfecta del cristal la que tiende puentes entre nosotros, Cowboy —continúa—. Las barreras de la Tierra y su pozo gravitatorio pueden disolverse, y se creará una nueva relación. La unión del explotador con el explotado, de lo cósmico y de lo telúrico, del predador con la presa.

La mano se aparta y Roon se vuelve hacia Sarah, mirándola de reojo mientras se inclina y toma el rostro de ella entre las manos. Los nervios del Cowboy son un alarido.

Roon sigue hablando con voz estropajosa, cada vez más ebrio.

—Al principio fue forzada nuestra nueva relación. La guerra... fue inevitable por la estupidez de los líderes terrestres. Incluso ahora, todavía tratáis de resistir. Pero eso cambiará pronto. Acudiréis a nosotros voluntariamente. Seréis presa de nuestra visión, de nuestros éxtasis. El cristal os llamará.

Sonríe, tiende una vez más la mano hacia la bebida, se reclina en su sofá y cierra los ojos. El Cowboy le contempla mientras la respiración va haciéndose más profunda y el vaso se le escapa de los dedos yendo a rebotar sin ruido sobre la gruesa alfombra. Lupe y Raúl, inmóviles a los lados del sofá, cambian miradas con disimulo.

El Cowboy se pone en pie; el odio es tan intenso que le causa vértigo. Sarah le mira, interrogante, mira a Roon y luego se vuelve otra vez hacia él como si hubiese tomado una decisión, tras lo cual le sigue mientras él echa a andar hacia sus habitaciones.

A medio camino oyen una exclamación y un golpe. Los nervios del Cowboy se disparan, gira sobre sus talones y echa a correr por los pasillos de la pesadilla metálica de Roon.

Raúl yace inconsciente sobre la espesa alfombra, con una marca rojiza en un lado de la cara. Cerca de su mano, un cuchillo de mesa con un rubí tembloroso en la punta. Y de pie junto a él, Roon con e! brazo envuelto en una servilleta. Su mano ensangrentada gotea sobre la superficie blanca y lisa de un plato de plástico.

—Un estúpido acto de rebeldía —explica Roon, con la respiración entrecortada—. Ha intentado herirme mientras dormía.

La pareja de guardaespaldas irrumpe por la puerta de la cocina, armas en mano y con las chaquetas antibala caladas hasta los ojos, y Gorman detrás de ellos. Roon se vuelve hacia ellos.

—El muchacho —dice—. Ya lo he reducido.

El Cowboy se arrodilla al lado de Raúl. Los párpados baten, la cabeza oscila de izquierda a derecha; está volviendo en sí. Lupe mira con expresión aterrorizada, llorando en silencio, temblorosa, sin atreverse a abandonar su lado del sofá. Gorman habla por radio pidiendo un médico. El Cowboy se pone en pie y pone una mano sobre el hombro de la niña, que no se mueve porque teme a Roon por encima de todas las cosas.

Raúl está abriendo los ojos. El corazón del Cowboy late con fuerza mientras él se vuelve hacia Roon diciendo:

—¿Qué van a hacer con él?

Roon contempla al muchacho con indulgencia.

—Nada. Le pondremos en la puerta. Quedará excluido de la comunión con el cielo —mira al Cowboy con expresión de dulzura y de sincera tristeza en el rostro—. En realidad es lo peor que podría ocurrirle. Ha perdido para siempre el porvenir que tenía reservado.

Uno de los mercenarios se inclina sobre Raúl y le obliga a incorporarse tirándole del cuello de la camisa.

—¡Pobre loco! —se compadece Roon—. Todavía le quiero —contempla a Lupe y apoya la mano sobre la frente de la temblorosa niña, manchando de sangre el primoroso vestido blanco—. Su hermana se quedará, naturalmente. No voy a repudiarla por el pecado de su hermano.

Entonces parece darse cuenta del arroyo escarlata que resbala por su antebrazo.

—¿Viene ese médico? —exclama con el ceño fruncido, y se encamina hacia su habitación a paso vivo, dejando un rastro de gotas cuyo color se oscurece en seguida.

El Cowboy le sigue con la mirada. Raúl, sostenido del cuello por el puño del esbirro, permanece en actitud pasiva, dispuesto a aceptar las consecuencias de su rebelión. La mejilla donde recibió el golpe de Roon empieza a amoratarse. Gorman mira al guardaespaldas y se encoge de hombros.

—Ya habéis oído al jefe. Sacad al chico fuera.

Los dos escoltas salen. El Cowboy le acaricia la cabeza a Lupe confiando en que no confunda ese gesto con un acoso furtivo. Gorman, puesto en jarras, contempla al Cowboy... y por un segundo aparece en su mirada un reflejo del odio que siente el mismo Cowboy, antes de que el mercenario consiga dominarse.

El Cowboy hurga en sus bolsillos y sacan una aguja de crédito.

—¿Querrías encargarte de darle esto?

—¿A Raúl?

El Cowboy asiente.

—Que sepa quién se lo da.

Gorman acepta la aguja con el diminuto cristal en la punta, que parece una gema, y se la guarda en el bolsillo. Por un instante ha mirado al Cowboy cara a cara, pero éste no logra descifrar su expresión. Luego ha asentido lentamente con la cabeza.

—Sí, de acuerdo —tras lo cual ordena por radio a los otros dos guardas que le esperen y sale a paso rápido.

El Cowboy nota que Sarah está mirándole.

—¿Cuánto quedaba ahí?

—No sé. Como un par de miles.

—¿De dólares?

El Cowboy no responde. Una sonrisa burlona juguetea en los labios de Sarah, quien se vuelve para seguir con la mirada a Gorman.

—Allá entre nosotros los dólares no sirven para mucho, pero aquí tienen más valor. Ese pequeño bastardo será rico..., si no se le figura a alguien que los ha robado.

Se inclina para tomar una servilleta de la mesa, se acuclilla delante de Lupe y le limpia los ojos. En ausencia de Roon y de los guardas, Lupe no puede contenerse más y rodea con los brazos el cuello de Sarah, sollozando.

El Cowboy sigue acariciándole el cabello sin saber qué hacer. Las ráfagas de adrenalina queman sus nervios atormentados, y cuando mira hacia la puerta por donde ha salido Raúl siente envidia. Debió haber sido él quien lo hiciera; debió romper la copa y cortarle el cuello a Roon con el filo de un pedazo del cristal. Ese acto sí habría sido una de esas metáforas que tanto le complacían a Roon.

Pero no lo haría jamás. Está demasiado atrapado por la matriz de lo oscuro; las componendas que ha admitido se han adueñado de él a tal punto que difícilmente volverá a ver claro.

 

Mientras se acercan Sarah y el Cowboy, algunas partes de la casa de Roon se hurtan a la perspectiva como si desaparecieran en la cuarta dimensión, por el estilo del modelo de Thibodaux. Una ráfaga acanalada de viento caliente levanta el polvo trazando elegantes y fugaces dibujos sobre la epidermis negra del edificio. No hay puerta, no hay interfaz entre la fantasía geométrica del Orbital y el patio de acceso; simplemente se cruza bajo unos tirantes metálicos en forma de doble rosquilla y se entra en un área de aire fresco e inmóvil, silenciosa como si todo el edificio contuviese el aliento, en donde la luz del sol entra en refracción por un cristal cenital que actúa como lente y la descompone en franjas color verde, violeta, azul que iluminan los delicados tonos pastel del mobiliario metálico más semejante a esculturas abstractas...

—Eso debe ser una metáfora, ¿no? —pregunta el Cowboy, y las carcajadas de Sarán resuenan ásperamente sobre el metal silencioso.

Siguen a los dos niños por un pasillo metálico que desemboca en un recibidor de líneas curvas. Los tacones de las botas del Cowboy quedan hundidos en una mullida alfombra. De ahí los conducen a un par de habitaciones comunicadas, llenas de sombras y de curvas como las del Ritz Flop, pero éstas con un holograma de no se sabe qué hábitat espacial dando vueltas en un rincón, suspendidas cerca del techo. El Cowboy siente deseos de usar el inhalador de subesuave que lleva en el bolsillo, pareciéndole que una ligera sensación de irrealidad podría ser útil para ayudarse a soportar este sitio. En este momento entra Sarán por la irisada puerta de comunicación.

—Estamos en Fantasyland aquí —dice—. ¿Te acuerdas de Fantasyland. Cowboy? ¿En Orlando, al lado del espaciopuerto?

—Primera noticia para mí.

—Es un parque para niños. Para que aprendieran lo bonito que iba a resultar el futuro —suelta una carcajada—. Esa parte les salió bastante mal, ¿verdad?

 

En el rincón del salón tiene una holografía de un niño refugiado, todo huesos y grandes ojos famélicos. El Cowboy no puede ni mirarlo.

Roon entra silenciosamente a espaldas de ellos y el Cowboy nota que se le eriza el vello al captar el hedor de ese hombre, su aliento que huele a cadáver mientras él se coloca detrás del sillón del Cowboy y descansa las pálidas manos sobre los férreos músculos de los hombros de éste, quien mira con asombro la expresión inescrutable de Sarah, acurrucada en la postura del loto sobre un diván.

—He considerado vuestro plan —dice—. Mi cristal me ha dicho que es coherente, así que lo acepto —hace una pausa—. En seguida tomaré las disposiciones para establecer líneas de comunicación seguras.

La tensión no abandona la nuca del Cowboy.

—Gracias, señor Roon —dice.

Los pulgares de Roon aprietan con bastante fuerza sobre la nuca del Cowboy, como tratando de relajar los músculos agarrotados, mientras éste permanece tan quieto como los niños de Roon que montan guardia junto a la mesa.

—Estáis bendecidos —prosigue Roon llenando la habitación de aire corrompido—. Vosotros me ayudaréis a regresar al cielo. Y desde allí inculcaré en la Tierra mis sueños de cristal.

—No somos más que unos mensajeros —aventura el Cowboy, notando un cosquilleo de sudor en su cuero cabelludo.

Pero Roon no le escucha.

—En cuanto a Couceiro, lo enviaré a la Tierra —sigue salmodiando, siguiendo los ritmos de su propia locura—. A la superficie del planeta que odia. Que eso sirva para redimirle, o quizá los terrícolas le enseñarán a amar, ¡quién sabe!

Dicho lo cual aparta las manos y los músculos del Cowboy se inundan de alivio. Roon se acerca a Sarah y el Cowboy observa su brazo vendado mientras el otro toma la cabeza de ella con ambas manos y se inclina para besarla ceremoniosamente en los labios.

—Te doy gracias. Os doy gracias a ambos —se vuelve hacia el Cowboy con sonrisa seráfica, llenando de nitrógeno líquido el corazón de éste—. Vosotros habéis hecho posibles todos mis sueños.

 

Después de esperar una hora el Cowboy y Sarah deciden salir a explorar. Buscan más o menos al azar, pero en todas partes encuentran el mismo tipo de habitaciones iluminadas por una luz solar matizada, camas, mesas, sillas, terminales de ordenador esparcidos caprichosamente; casi ninguna de esas estancias responde a una finalidad concreta. Flotando cerca de los techos y las paredes, imágenes holográficas de campos de estrellas, naves y colonias industriales del espacio; y también hay imágenes de niños refugiados, descalzos, los ojos muy abiertos, como otros tantos recordatorios destinados a suscitar la caridad, en medio de esas habitaciones tan fastuosas como desiertas.

Al final se tropiezan con Roon por casualidad cuando entran en la habitación donde él está sentado en un gran sillón blanco, cara a un ordenador portátil que lleva en sus manos una mujer niña absolutamente inmóvil, de pie delante de él, vestida también de blanco. A estas alturas, sin embargo, el Cowboy desconfía de todo cuanto ve, por lo que tarda un momento en darse cuenta de que esta imagen no es otra holografía. porque el hombre que tiene el largo cable de fibra óptica conectado en un zócalo de su sien se agita levemente al compás de su respiración, y los párpados cerrados vibran debido a los movimientos reflejos de sus globos oculares conforme el ordenador envía datos a los centros ópticos de su cerebro.

Los ojos repintados de negro se abren, se pasean lentamente por la habitación. Detectan al Cowboy y a Sarah, se fijan en ellos, y de pronto la mirada cobra agudeza.

—Os quiero —dice—, como si fuerais mis propios hijos.

La singularidad negra y plateada se retuerce sobre sí misma en el espacio de n dimensiones, y la pesadilla colectiva, la de Roon y del Cowboy, vuelve a empezar.

 

15

 

La costa verde y llana de la península de Florida, festoneada por la invasión del mar, aparece de perfil ante ellos, coronada de nubes como un paisaje recortable de papel. El retorno a la gravedad oprime el pecho de Sarah, que traga con dificultad, sintiendo el peso de la Comadreja como una piedra en la garganta.

En casa de Roon no se ha atrevido a relajarse ni por un momento: o bien vigilaba al mismo Roon, o bien estaba pendiente de evitar un patinazo del Cowboy. La estancia allí le pareció un siglo y se habría sorprendido si alguien le hubiese recordado que sólo habían sido cinco días. Antes de abordar el transbordador mezcló droga y alcohol en el bar del aeropuerto, el primer alivio que se ha consentido, y subió a la nave sumergida en un halo interior de cálida luz blanca. Ahora los fármacos se propagan poco a poco a través de sus venas, para suavizar los filos de la realidad.

Mira al Cowboy frunciendo el ceño. Ha pasado casi todo el viaje en el interfaz con su ordenador, y las pocas veces que ha desconectado del cristal su cabeza, la mirada seguía con esa expresión distante, como si todavía estuviera cavilando sobre el sentido de alguna cosa..., tal vez el laberinto de su maqueta holográfica tridimensional del combinado Tempel, la localización exacta de Roon en esas redes, las mallas y las estructuras de esa arquitectura conectadas en sus zócalos, y cómo el Cowboy y Sarah son ahora prolongaciones de esas redes, o como un túnel mediante el cual Roon comunica con las redes y los poderes exteriores a la organización Tempel. Sarah cree que el Cowboy intenta descubrir el sentido de su relación con Roon, y lo que ésta puede implicar para el mundo en donde ha vivido el Cowboy tantos años, para esa visión implausible de sí mismo que Sarah ha logrado entrever alguna que otra vez, rodeado de máquinas, de turborreactores poderosos, de cristales incandescentes que huyen por corredores oscuros como la noche, de sensores llenos de cohetes que escupen llamas de alcohol, motobombas que aúllan, y toda esa violencia mecánica puesta al servicio de no se sabe qué sentido personal y trascendente de la justicia, toda una vida regida por códigos tácitos del honor y el comportamiento... Sarah se figura que el Cowboy se habrá tropezado con muchos malvados en su vida, pero hasta ahora no había permitido que ninguno de ellos le contaminase.

Suerte que ha tenido, piensa mientras bebe su ron con lima. La gravedad le oprime el pecho y ve cómo las burbujas del vaso suben cada vez más despacio, hasta que quedan suspendidas en la fría solución, en espera de que el pozo acabe por librarlas. La nuca presiona sobre el apoyacabezas acolchado.

—¿Crees que estará bien? —murmura el Cowboy, sin que se sepa exactamente si es un monólogo o una pregunta dirigida a Sarah.

—¿Quién?

—Raúl.

Sarah cierra los ojos, contemplando las figuras que dibuja la circulación de la sangre sobre la cortina de los párpados abatidos.

—Sí, estará bien —contesta.

Incluso es posible que resulte ser verdad, aunque Sarah sospecha que más probablemente Raúl conseguirá que le rebanen el pescuezo la primera vez que exhiba esos dólares norteamericanos que le ha dado el Cowboy. Y piensa que más habría valido que se los hubiese dado a ella, que los habría destinado a mejores usos que repartirlos entre los navajeros de cualquier barrio de chabolas de la Cordillera.

—Tal vez consiga localizarlo algún día. Si lo llevara a ¡os Estados Unidos, podría dejarlo en casa de mi tío, para que le echara una mano.

Sarah escucha el susurro de la atmósfera sobre el revestimiento exterior de la lanzadera, y abre los ojos. Las nubes sobre Florida se han apelotonado en formación oblicua con respecto al terreno, como una transparencia colocada en diagonal sobre un mapa, moteando de sombras el paisaje. La opresión abandona poco a poco su garganta.

—Si quieres dedicarte a eso, no hace falta viajar a Venezuela para encontrar niños abandonados —comenta Sarah.

A lo cual él no responde, sino que se limita a sumergirse de nuevo en la matriz de datos, con la mirada perdida. Sarah apura el vaso y cierra los ojos, mientras el transbordador empieza a atravesar las turbulencias térmicas y el horizonte de la Zona Franca se eleva para apoderarse de ellos.

 

—Michael le recibirá a usted esta noche —anuncia el escolta de Flash Forcé que les aguarda junto a la puerta de seguridad—. Mientras tanto, puedo conducirles adonde quieran.

El sol cae sobre ellos como un mazazo cuando salen a la superficie de cemento de la acera.

—Al Ritz Flop —dice Sarah, pero luego ve por el rabillo del ojo que el Cowboy menea la cabeza.

—No, prefiero cualquier otro lugar —dice él, la frente perlada de gotas de sudor que parecen toda una constelación de zócalos añadidos.

—¿Cuál? —procura disimular ella su sorpresa.

El Cowboy se encoge de hombros, contemplando la limusina de cristales oscuros, y luego se vuelve hacia Sarah.

—A tu habitación, quizás. En el altillo del bar.

Sarah está a punto de rehusar la propuesta pero algo indefinible la retiene. Como una noción de que la negativa sería un error. No una imprudencia, sino una demostración de crueldad innecesaria.

—De acuerdo —titubea—. Pero vas a quedarte solo. Si no hablamos con el Atamán hasta la noche, pasaré la tarde visitando a Daud.

Nuevamente el Cowboy se encoge de hombros y Sarah se vuelve hacia el conductor antes de montar en el asiento posterior del coche.

—Al Blue Silk, pues.

El Cowboy guarda silencio, ensimismado, durante todo el recorrido hasta llegar a Tampa. Sarah sólo se detiene en el Blue Silk el rato indispensable para preguntarle a Maurice si le importa que el Cowboy se quede en la habitación durante la tarde, y luego le da al hombre de la Flash Forcé la dirección de Daud.

Lo ha sacado del hospital y lo tiene en una clínica de rehabilitación en el extrarradio de Tampa, más allá de la ruidosa autopista que une a Tampa con Orlando. La habitación se asemeja más a la de una residencia que a la de una casa de salud, y Sarah cree que ninguno de los enfermeros parece un Joseph dispuesto a pasar inyectables ocultos entre las toallas.

Al entrar encuentra a Daud sentado en una silla. Su aspecto ha mejorado por el simple hecho de haber prescindido del pijama hospitalario, y está levantando una pesa con su brazo débil. Es la primera vez que le ve realizar voluntariamente sus ejercicios, y se acerca sonriente.

—Hola, Sarah.

Ella se inclina para darle un beso. Sus ojos azules sonríen bajo una frente limpia de cicatrices y Sarah se yergue súbitamente, sorprendida.

—¡Daud!

Parpadea. Una aguja fría empieza a hurgar en sus nervios. Él sonríe cordialmente al tiempo que sigue ejercitando sus músculos.

—La diseñadora de psicoestética me operó las cicatrices de la cara. Hace dos días, con el láser —el esfuerzo empieza a hacer mella en la respiración, cada vez más agitada, y en el tono de su voz.

Ella apoya la espalda en la pared, se cruza de brazos.

—¿Quién lo ha pagado? —pregunta.

—Un... amigo. Tiene aquí a su hermana, enferma terminal de Huntington. Es muy rico.

La sonrisa palidece poco a poco. La fatiga agarrota los músculos de su cuello. Realiza un par de flexiones más y luego descansa la pesa en el suelo, al tiempo que echa la cabeza atrás y respira hondo.

—¿A qué se dedica?

—Es un armador, o algo por el estilo, oriundo de no sé qué país del África meridional. Sólo viene aquí porque tiene a su hermana enferma —levanta la mirada para contemplar a Sarah, con sonrisa algo titubeante—. Creo que va a pedirme que vaya a vivir con él.

—Está bien —se le escapa el tono áspero a Sarah, sin querer, y luego, procurando hablar más dulcemente—: Eso sí es darse prisa. Una aventura romántica con un africano del otro lado del océano. Y sólo en cinco días.

Daud se pone a la defensiva.

—Espera a conocerle. Te caerá bien.

—¿Está aquí?

Daud menea la cabeza.

—Salió hace una hora, poco más o menos.

Sarah está deseando apoderarse de él, arremangarle el brazo para ver si tiene marcas de inyecciones. Sacudirlo hasta que le castañeteen los dientes. Pero se obliga a sonreír. Le consta cuánto necesita él ese nuevo jirón de esperanza, y no se atreve a destruirlo sin antes asegurarse de si es una ficción.

—¿Puedo ver a su hermana?

—¡Claro! Pero está paralizada por el Huntington vírico. No puede hablar.

Cada una de las palabras de Daud desencadena una nueva oleada de aprensión en el sistema nervioso de Sarah. Sin embargo, se acerca haciendo intención de sentarse al borde de la cama y sonríe.

—Confío en que no hayas olvidado tus precauciones, Daud. Porque ese hombre podría ir contra mí.

Los músculos de la mandíbula se tensan y una llamarada de ira reluce en el fondo de los ojos fríos de Daud cuando se vuelve hacia ella.

—Crees que el mundo entero gira a tu alrededor, ¿verdad? Todo lo tienes que relacionar con tu persona, incluso a mí y a mis amigos, ¿no es cierto? —exclama entre aspavientos—. ¿Por qué no te alejarás de mi vida de una vez por todas?

—Sólo intento evitar que sufras algún daño, Daud. Como sería el caso si ese hombre fuese uno de los que andan buscándome.

—No lo es. Me quiere. Me quiere de veras...

—Me alegro, siempre y cuando... —no se atreve a terminar la frase.

—Siempre y cuando sea quien dice —replica Daud con desafío—. Eso es lo que ibas a decir, ¿no es cierto? —menea la cabeza—. Ni siquiera me has preguntado cómo se llama, ¿verdad? Es Nick Mslope.

—No quiero discutir, Daud.

—Nick Mslope. Repítelo.

—Está bien, como tú quieras. Nick Mslope, que quizá sea su nombre auténtico, o quizá no lo sea —le mira fijamente—. ¿Puedes asegurármelo tú?

Él aparta los ojos, se tienta la ropa rebuscando maquinalmente un cigarrillo.

—¿Puedes, Daud? —insiste ella procurando dulcificar la voz.

—No tengo por qué aguantar esto —murmura Daud—. No tengo por qué contestar si no quiero —da lumbre al tabaco—. Ya no necesitaré más tu dinero. Nick va a encargarse de mí.

—Mejor, si lo hace —replica Sarah—. Pero antes pregúntale una cosa. Dile que hemos hablado, que nos hemos peleado y que te has negado a verme nunca más. Y si después de eso todavía sigue deseando encargarse de ti, por mi parte no hay inconveniente —Sarah se pone en pie y se inclina hacia Daud, quien le vuelve la espalda—. ¿Se lo dirás, Daud? ¿Querrás correr ese riesgo?

Daud está temblando, la mandíbula fláccida.

—No tengo por qué hacerlo —dice.

—Pues no lo hagas. Sólo he querido dejar las cosas bien claras. Si Nick desea ayudarte hasta que te hayas recuperado, por mí no hay problema. Al contrario, celebro no tener que seguir pagando. Pero no le aprietes demasiado hasta que no hayas recuperado todas las piezas de tu persona.

Él la mira de reojo.

—¡Maldita...! ¿Piensas dejarme en la estacada?

—No lo hago por gusto.

—Eso es lo que tú dices —intenta hablar con voz cortante, pero apenas le sale más que un resoplido ahogado.

Ella alarga la mano para acariciarle y él inicia un mohín de repulsa, pero luego deja hacer.

Restregarles la realidad a las personas que la rodean, eso es lo que viene haciendo últimamente Sarah. Resulta amargo y revuelve el estómago como la bilis.

Acercándose a Daud, le abraza y se despide con un beso en su mejilla fría y pasiva.

—Ten cuidado, Daud —susurra—. Ten cuidado.

Sabiendo que no lo hará, que nada le importa y que es incapaz de hacer nada excepto aceptar las cosas como vengan. Y ahora tiene una esperanza a que aferrarse, sin importarle si es real o no.

 

16

 

El culo de la botella marca un círculo frío sobre el pecho del Cowboy. Tiene calor y no puede dormir. Algo le carcome.

La diminuta habitación de Sarah es como una jaula y repentinamente no puede soportarla más.

Poniéndose en pie, apura la cerveza y se endosa una camisa. Baja por la escalera y sale por detrás para no tener que cargar otra vez con los de la Flash Forcé. Ha caído un breve chaparrón y el pavimento del callejón echa vapor; a la salida recibe en plena cara el fragor de la ciudad y el aroma a jazmín.

Piensa en recursos para volar, pero las drogas no le sirven para eso... Lo que él necesita es volar de verdad, en su alta delta, flotar entre los susurros de la noche. Eso es lo único que le remediaría; incluso el esperar sentado en su panzer abandonado supondría un alivio para él, y se pregunta si habrá sido localizado ya en su barranco de Ohio.

Los transeúntes miran con curiosidad los zócalos de su cráneo, y entonces se da cuenta de que ha olvidado ponerse la peluca. Los mira con severidad para que ellos aparten la vista, disimulando. Yo no soy un yanqui, soy un piloto, les grita mentalmente. Pero las miradas furtivas continúan. El Cowboy se rinde, disgustado, y se mete en el primer bar que encuentra, lleno de palmeras de maceta y de bonitos hologramas que flotan sobre las cabezas de agentes comerciales que beben a expensas de las dietas. Pero tampoco soporta el ambiente del local, por cuyo motivo, y sin buscar otra cosa sino un refugio en donde tranquilizarse, se encierra en la cabina del teléfono público.

Un diminuto ventilador de techo se pone en marcha con un ruido como de turbina anémica, y un hilo de aire le refresca la cara al Cowboy. Se enchufa la línea en el zócalo occipital derecho y decide llamar a Norfolk para hablar con Cathy, la teniente del guardacostas, a ver cuándo podrán pasar un fin de semana juntos, por ejemplo en algún lugar de la Cordillera Occidental, donde las tierras bajas quedan muy lejos y el aire limpio se mueve entre los álamos como un cutter en la estratosfera, pero entonces le informan que está embarcada y que no se le puede pasar la comunicación. Él se queda mirando el teléfono con los puños apretados, y entonces decide que ya está harto de andarse con tantos miramientos y de que le digan que no puede ayudar a una persona cuando él desea hacerlo.

Por lo que llama al número de Reno en Pittsburgh.

—¡El Cowboy! ¡El Cowboy! ¡Dios mío!

La voz sigue siendo como la de un niño extraviado, pero es la de Reno, un poco apagada sin duda, pero lo bastante genuina todavía como para enviar un chorro de oxígeno líquido bajo la piel del Cowboy, un trémolo de miedo, frío pero, en cierto modo, estimulante.

—¿Qué ocurrió. Cowboy? No me acuerdo de nada.

—Nos asaltaron, Reno —contesta el Cowboy.

Reno, el que tenía el cerebro en blanco, recuerda. El que se pasaba todo el rato en el interfaz, y cuya personalidad estaba disolviéndose casi a ojos vistas. Excepto si es un truco de la Tempel. Excepto si tienen un programa que esté conmutando entre líneas para localizar esta cabina, y que haya dado ya la alarma a sus tipos duros, los de ojos de robot y quincalla mortífera guiada por cristales.

—Hablábamos de unos corazones que tú tenías para vender —dice Reno—. Eso lo recuerdo. Y también esa muchacha tan alta que iba contigo, la pistolera. Y luego no recuerdo nada más..., excepto que había fuego por todas partes, y las alarmas estaban sonando. Nunca llegué a saber quiénes eran. Yo estaba conectado al interfaz, tratando de pedir socorro.

Se interrumpe y queda un instante en silencio.

—Creo que estoy muerto, Cowboy —continúa la voz en tono de incertidumbre—. Eso dijeron los noticiarios, que yo había muerto. De ti no dijeron nada.

El Cowboy se nota el sudor helado y hasta los dientes le duelen de miedo. Alarga una mano a ciegas, tocando el trío frontis de aluminio del aparato telefónico.

—Oye, Reno —le interrumpe—. ¿Dónde estás?

—En un cristal público, Cowboy. En Pittsburgh, en Maryland..., repartido un poco por todas partes. Bibliotecas, ficheros de datos miniaturizados y protegidos, líneas telefónicas en desuso. En los bancos donde tenía cuentas y pude recordar las contraseñas —la voz se hace temblorosa y el Cowboy se nota el vello erizado—. Estaba conectado con el cristal de mi casa, con los bancos de memoria. Todos esos datos, los tengo. Pero estoy tan repartido que apenas puedo utilizarlos eficazmente. Y otras muchas cosas se han perdido —la voz de Reno se convierte casi en un lloriqueo infantil y el Cowboy se acuerda de Lupe, del grito retenido en su garganta cuando sintió que la tocaba la mano de Roon.

—Oye, Cowboy —prosigue Reno—. He olvidado muchas cosas. He olvidado cómo ser una persona. Recuerdo que eso lo quemaron. Mi cerebro quemándose en el incendio. Ayúdame, Cowboy.

El Cowboy siente que es Reno el que está ahí, al otro lado del zócalo, tratando de salir del cristal, de volver a ser persona. Cierra el puño con rabia y golpea el cristal de la cabina. Los clientes del bar le miran con extrañeza y luego apartan los ojos.

—Conseguiremos sacarte —dice—. Te implantaremos en un cuerpo. Es una operación banal en estos tiempos.

—Es que no creo que haya quedado lo bastante de mí. Estoy perdiendo cada vez más trozos de mí conforme pasa el tiempo. Se pierde algún que otro bit de datos en las transferencias, o estoy en el cristal de alguno y me borra sin que yo me dé cuenta y sin darme tiempo a salir —la voz de Reno, esté donde esté, suena como si se hallase a punto de echarse a llorar—. ¿Por qué no me has llamado antes? Eres una de las pocas personas a quienes todavía recuerdo. Lo intenté todo para localizarte. Lo intenté a través de tus números de cuenta. Una vez me pareció que lo conseguía en la matriz de una biblioteca de Nuevo México, pero te desconectaste en seguida. Todo el mundo anda desconectado.

—Es que estamos en guerra, Reno. A ti te mataron, y los demás procuran esconderse.

—¿Una guerra? ¿Contra quién, Cowboy? ¿Quién me mató?

Llaman a la puerta de la cabina y el Cowboy se vuelve, malhumorado. Es uno de los camareros, un sudamericano corpulento de mirada fría y labio bigotudo.

—Me interrumpen aquí. Perdona —abre la puerta el Cowboy.

—¿Quién me mató, Cowboy? —repite la voz quejumbrosa en el cristal acústico del Cowboy, cada vez más distorsionada, como si Reno estuviera perdiendo el control de los impulsos que reconstruyen su voz en el cráneo de aquél.

—Este aparato está reservado para comodidad de nuestros clientes, señor —anuncia el camarero.

—¿Sí? Pues tráigame algo para beber. Una cerveza, cualquier marca —cierra el Cowboy de un portazo.

—¿Cowboy? —la voz de Reno apenas se oye entre las fluctuaciones aleatorias del ruido de fondo; el Cowboy aumenta el volumen haciendo una mueca—. ¿Cómo morí?

—La Tempel lo hizo. Los de la Tempel Pharmaceuticals Interessengemeinschaft y sus amigos te mataron.

—La Tempel... la Tempel... —la voz de Reno vuelve a escucharse con claridad, como si la información recibida le hubiese ayudado a despejar el interfaz—. Sí, todavía tengo muchos detalles acerca de la Tempel... Estaba conectada en mi banco de memoria cuando morí. Y me puse en comunicación contigo a través de esa maqueta de la Tempel que tú tenías, y ahora también la tengo yo en mi memoria. Cuando estuviste en mi casa, ¿hablamos tú y yo de la Tempel, Cowboy? Creo recordar que hablamos de algo por el estilo.

—Sí, hablamos de la Tempel. Y de la guerra.

—Hace tantísimo tiempo de eso. Ahora mido el tiempo en picosegundos, ¿sabes?

El Cowboy recuerda aquellos hombres duros en sus coches blindados, las caras frías como ladrillos, los ojos como el hielo, las herramientas de matar entre las manos.

—Oye, Reno —dice—. Necesito saber si eres real. Podrías ser una trampa.

—Soy real, Cowboy. Ayúdame.

—Dime algo que sólo nosotros dos podamos saber. Habíame de eso, Reno.

—Cowboy —la queja de Reno casi inaudible entre el ruido blanco—. No sé qué decir. Se me han perdido muchas cosas.

El camarero se acerca con la cerveza que ha pedido el Cowboy. Éste tiene los nudillos blancos cuando se agarra del marco de la puerta, al tiempo que aspira con ansiedad el aire fresco que envía desde arriba el ventilador.

—Escucha, Cowboy —el ruido aleatorio suena como la rompiente sobre la playa de Oahu—. Recuerdo que una vez estábamos jugando al póquer en aquel barracón camuflado que Saavedra construyó cerca de la Muga de Dakota. Tú acababas de regresar con el Express de una travesía y decidiste quedarte con nosotros aquella noche. Tú, yo y Saavedra jugamos unas manos, y luego entró otro piloto, Begay el indio navajo. El que luego fue muerto por su hermano en aquel accidente. Y éste nos ganó el dinero a todos y luego nos regaló unos puros, ¿te acuerdas?

El camarero aguarda a la puerta de la cabina, con la cerveza en la mano. Al Cowboy ya no le quedan fuerzas. Se ha desmadejado contra el plástico transparente, con la garganta agarrotada por los sollozos que pugnan por salir.

—¡Jesús Dios mío! Eres tú, Reno, eres tú.

Si pudiera, lloraría. Saavedra y Begay están muertos, y no queda nadie que pueda haber contado en la Tempel lo de aquella partida de póquer. Reno atrapado en algún lugar del cristal, o lo que queda de él, convertido en un fantasma electrónico prisionero de un bucle interminable entre dos mundos, viajando hacia ninguna parte a la velocidad de la luz. El Cowboy se golpea la cabeza contra la pared de la cabina buscando la lucidez del dolor, y el camarero le contempla con aire de desaprobación, previendo que va a tener que echar de su pulcro bar con palmeras a este yonqui cabezabotón que se ha enrollado mal.

—Escucha, Reno. Te sacaremos de ahí —el Cowboy nota el sabor a sangre en su boca, y se enjuga el sudor de la frente con el antebrazo—. El Esquivo y yo te conseguiremos un cuerpo.

—No tengo dinero. Cowboy. Recuerdo casi todas mis cuentas, pero el dinero mismo queda demasiado lejos para mí.

El Cowboy ríe, y suena a hueco en la pequeña cabina y en las respuestas de los ecos se percibe un ligero matiz histérico. Él querría seguir riendo eternamente pero por fin logra dominarse.

—¡Eh, hermano! ¡Pero si ya está medio hecho! —baja la voz al darse cuenta de que está hablando a gritos—. Estás ya fuera de tu cuerpo y en el medio cristalino. Sólo tendremos que pagar la segunda parte. Apuesto a que te conseguiremos un buen descuento.

Abre la puerta de par en par y le quita la cerveza de la mano al sorprendido camarero.

—Trae algo para picar, unos nachos, si tienes, o unos cacahuetes.

—Cowboy... Cowboy —clama la voz de Reno cada vez más ahogada entre el ruido de la línea.

—Sí, Reno. Estoy aquí.

—Gracias, Cowboy. No sabes cuánto te lo agradezco. Los demás están todos muertos o escondidos. Casi como si hubiera sido yo el que los ha matado o espantado.

—Estoy aquí, Reno —el olor a cerveza inunda la diminuta cabina—. Estoy aquí.

El Cowboy intenta hablar en tono reconfortante, pero está pensando en su interior: ¿Y dónde estarás tul Un programa perdido que vive del tiempo de ordenador que consigue hurtar de aquí y de allá, ocultándose del sistema que le eliminaría sin llegar a enterarse siquiera de lo que es. Condenado a correr para siempre, perdiendo bits en transferencias ineficientes hasta que no quede casi nada de él, salvo un viento fantasmagórico que roza el interfaz con su soplo electrónico.

—Yo me ocuparé de ti —dice el Cowboy, al tiempo que recuerda a la niña que temblaba bajo la mano de Roon, a los dos muchachos escondidos en el almacén de Missouri, todos esos compromisos que él no ha sabido cumplir, lo bueno que pudo hacer y no hizo—. Encontraremos la manera de sacarte de ahí —promete.

Y en algún rincón de su mente se ve él mismo en imagen monocromática junto con Reno, Raúl y Lupe, Sarah como si la hubiese retratado el mismísimo Von Sternberg y muy parecida a Louise Brooks, todos ellos a bordo de la cabina improbablemente amplia de un ala delta que flota sobre un fondo de nubes grises de acuarela atravesadas por gloriosos rayos de sol. Final feliz de nitrato de plata sobre celuloide viejo que se proyecta en la pantalla de los párpados cerrados del Cowboy. Pero él tiene la sensación de que podría funcionar de alguna manera, de que todo terminará así con sólo apretar un botón; sólo es cuestión de acertar con el botón oportuno en el instante oportuno.

Llaman a la puerta de la cabina. Es el camarero que trae los cacahuetes. El Cowboy contempla sus rasgos flacos que expresan desaprobación, las finas venillas tiñendo de rosa los pómulos, el cuidado bigote canoso, el desprecio prudentemente contenido pero que un tic incontenible del párpado inferior subraya. La pantalla mental se disuelve en gris pero sin un THE END alzándose triunfal sobre las nubes entre himnos triunfales de Alfred Newman. El Cowboy ya no tiene el dedo sobre el botón, sino que está enchiquerado entre las paredes de plástico de una pequeña cabina en un pequeño bar de Florida, atrapado ahí con todos los niños extraviados de la Tierra, y no ve la manera de salirse...

 

17

 

¿VIVE USTED EN LA ZONA MUERTA? ¡LE GARANTIZAMOS UNA LIQUIDACIÓN!

 

Cuando Sarah regresa, el Cowboy está sentado sobre el colchón con las piernas cruzadas, sin camisa, llevando sólo unos vaqueros recortados. Esparcidas a su alrededor, media docena de botellas de cerveza vacías. Está lubricándose los ojos; volviéndolos hacia arriba, aplica el pico de un frasco dosificador al diminuto depósito de la base de cada implante para llenarlo de gel de silicona.

Al terminar y volverse hacia ella, Sarah ve que tiene profundas ojeras moradas, y también en el cuello hay arrugas que no estaban ahí antes.

—Pareces un difunto, Cowboy —dice Sarah.

Él baja la mirada, traga saliva.

—Sí.

Ella se acerca, acuclillándose a su lado y apoyando ambas manos en sus hombros. Tiene la piel húmeda. Al menos es de agradecer que no rehúse el contacto como Daud, se dice Sarah mientras le mira de hito en hito.

—¿Ha ocurrido algo mientras estuve fuera?

—Sólo... —empieza él, pero en seguida se corrige—. No, nada.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Le besa en las mejillas, pinchándose los labios con la barba crecida. Luego se pone en pie y se despoja de la cazadora con un simple encogimiento de hombros.

—Voy a ducharme —anuncia—. ¿Me acompañas?

La ducha está instalada en una vieja bañera de acero inoxidable, en un cuarto al fondo del pasillo que Sarah comparte con Maurice. Las puertas de cristal traslúcido encierran la humedad y llenan la bañera de una luminiscencia suave, ambigua, que proyecta sobre la piel una luz difusa, nebulosa. El Cowboy permanece largo rato de pie bajo el chorro de agua caliente mientras el agua jabonosa dibuja largas ondas opalescentes sobre su pecho y Sarah, con ambas manos sobre sus hombros, intenta relajarle los músculos hallándolos duros como cables de acero y llenos todavía de todo el clamor reprimido de sus cinco días en casa de Roon; es como si los gritos contenidos se hubiesen grabado en las fibras musculares como datos en un cristal. Sarah los masajea detenidamente, uno a uno, notando cómo resucitan bajo sus dedos. En seguida abre el grifo del agua fría y contempla el estremecimiento que recorre la espalda del hombre, cuyos ojos se animan por primera vez en los últimos días.

Sarah cierra los grifos y el Cowboy la rodea con los brazos, rozándola con su piel fría. Con la mejilla ella le seca las gotas del hombro. De pie en la bañera, contemplando los reflejos de ambos en la superficie metálica, aunque bastante rayada, van el uno hacia el otro sin que ninguno de los dos se haya dado cuenta todavía.

Mientras el Cowboy la toma en brazos y la lleva hacia la habitación, ella se siente presa de incertidumbre. Es difícil decir si la presencia de él encaja realmente, si hay un lugar para él en todo esto... Una cosa es dejar que uno entre en tu cuerpo, se dice Sarah, y otra cosa muy distinta permitir que entre en el lugar donde tú vives. Pero entonces se da cuenta de que sí desea tenerle allí, de que él no desentona en ese altillo donde ella tiene su escondrijo. Le rodea el cuello con los brazos, sorprendiéndose al sentirse excitada por el hecho de ser transportada en vilo por alguien lo bastante fuerte y alto como para hacerlo sin dificultad, liberándola de la atracción gravitatoria en la cuna de sus antebrazos. Y observa las gotitas que se forman en los pelos de la nuca para juntarse en arroyos que corren por el musculoso cuello del piloto. Nota sus pectorales duros que rozan su hombro. Echa la cabeza atrás, dejándola que cuelgue y sacudiéndola para proyectar miles de parábolas irisadas alrededor. Ríe. Decide dejar que las cosas sucedan por sí solas.

Ambos tienen tendencia a salirse de los confines del estrecho colchón; los largos miembros entrelazados se desparraman por el suelo, negro y pulido. Las cabezas colgando dejan un rosario húmedo de gotas de transpiración sobre el polímero, pero no importa. Finalmente quedan sentados cara a cara, Sarah en el regazo de él. Su movimiento es lento, un reconocerse mutuamente de membranas que apenas se rozan, resbalando más despacio que los ritmos acelerados de las respiraciones y de los pulsos. La luz de la ventana dibuja en el pecho de él una cuadrícula deformada; ella alarga las manos para tocarla, para rellenar los recuadros con un alfabeto de su propia invención, con toques, arañazos, roces con los nudillos o con las yemas de los dedos. El Cowboy la mira con silenciosa intensidad que al principio la enerva un poco, hasta que se da cuenta de que por primera vez lo tiene ahí entero, no yendo y viniendo distraídamente de algún espacio extraño oculto detrás de sus ojos artificiales, sino mirándola como si acabase de ver en ella algo nunca visto antes. Ella le devuelve la mirada, contemplando fijamente las pupilas duras y dilatadas que parecen querer absorberla, absorber la radiación en que ella se ha convertido, singularidad sin fondo plantada en el cráneo del Cowboy... Ella se agarra con fuerza y orgasma, mientras el rostro del Cowboy se difumina como si cayese delante de los ojos desenfocados de Sarah una cortina de lluvia, el aliento embotellado en la garganta quemándole los pulmones.

Sarah deja escapar el aire a pequeños borbotones, notando los ojos del Cowboy todavía fijos en ella, pasándole los dedos por el breve cabello rubio. Ahora que ya han trabado conocimiento se agitan un poco más deprisa; ella le empuja con ambas manos y le obliga a echarse de espaldas, para colocarse a horcajadas sobre él. La luz del sol le calienta un lado de la cara. Sus músculos tensos duros como cables forman un arco que ciñe las caderas de él, quien levanta las manos para tocar sus pechos, haciendo copa, levanta la cabeza para cosquillear los pezones con la lengua. Sarah echa la cabeza atrás, notando las puntas de los cabellos entre los omóplatos. Por las autopistas de su sistema nervioso corren los trenes de impulsos de energía, sirenas que aúllan arriba y abajo, las agujas de los velocímetros cada vez más próximas al máximo, acelerándose hasta la velocidad de la luz. El Cowboy se arquea, los hombros clavados en el suelo, y ella nota que la toca de nuevo con los ojos y se corre otra vez, superliminalmente.

Impacto, inmersión en el corazón de una estrella. Sarah es un pulsar que arroja fotones incandescentes a su alrededor, en círculos cada vez más amplios... Se sorprende al comprobar que la superficie de su binaria todavía está fría, que no le ha comunicado su ardor. Él está sobre ella ahora, habiendo completado la media vuelta de sus respectivas órbitas. Hay una toalla mojada arrugada debajo del hombro izquierdo de ella. Abajo se oye la música que brota del bar. La habitación vira de nuevo hacia el azul. Sarah levanta las manos, las cruza detrás de la nuca del Cowboy, que orgasma medio segundo antes que ella, colapso gravitatorio mutuo. Ella le rodea con los brazos atrayéndole hacia sí, notando con agrado en su cuello la respiración agitada de él.

La música hormiguea lentamente en la columna vertebral de Sarah. El Cowboy se incorpora sobre las manos, los brazos de ella todavía enlazados alrededor de su cuello. Ella se pregunta si será éste un caso que justifique el ponerse sentimental.

En los ojos de él un nublado sigue lloviendo sobre Sarah, que retorna parcialmente a la vida mientras él habla despacio, como un disco reproducido a media velocidad:

—Reno está vivo. Acabo de hablar con él.

 

TEMPEL PROMETE DISTRIBUIR LA CURA DEL HUNTINGTON

DENTRO DE 6 A 10 SEMANAS

CRECE LA EXPECTACIÓN

 

Dos grupos se mueven con decisión a través del caos de la estación del tren bala. Las mandíbulas cuadradas caucasianas de los guardaespaldas Flash Forcé que acompañan al Cowboy se abren paso enfrentándose a la corriente de caras negras y suspicaces del personal de la Gold Coast Máximum Law que ha enviado el Atamán Michael a Nuevo México para contribuir al establecimiento de enlaces seguros de comunicaciones. Y por más que los mercenarios no puedan permitirse el lujo de guardar larga memoria, esos dos grupos han chocado en el pasado y aunque ahora no sean hostiles, evidentemente no van a hacerse amigos de la noche a la mañana.

Sarán nota la tensión, ve al Cowboy preocupado ante la perspectiva de tener que viajar hasta Santa Fe en compañía de esas muchedumbres. Se ha levantado el cuello de la cazadora y lanza ojeadas desconfiadas a su alrededor.

Pasa un vendedor ambulante con el carrito cargado de fármacos. Una voz femenina desgrana monótonamente salidas, destinos, números de vía en tres idiomas.

—Hasta dentro de un par de semanas —dice Sarán.

—Hasta la vista.

Los remolinos de caras blancas y negras trazan invisibles círculos de poder, se mueven ajenos a la voluntad de Sarah como constelaciones orbitales empleándose en algún juego inmenso e inmensamente sutil de estrategia posicional... La presencia de esos extraños la inhibe; se encoge de hombros intentando desentenderse de su influencia pero no lo consigue.

—Te gustarán las montañas —promete el Cowboy.

—Así lo espero.

Cifras emitidas en español se aglomeran en el aire y revolotean como pájaros alrededor de estas banales palabras de despedida. Hasta que Sarah decide enviarlo todo al diablo y agarrando al Cowboy por las mangas de la cazadora, lo interpela:

—¡Eh, Cowboy! —y mirando sus rasgos flacos, su semblante impasible—. ¿Somos amigos, o aliados?

Una pálida sonrisa cruza por las facciones del Cowboy.

—Amigos, supongo. Mientras podamos permitírnoslo.

El regocijo vibra dentro de ella como un diapasón de acero.

—Sí, así es como lo veo yo también —asiente lentamente con la cabeza.

—Llama a Reno, cuando puedas —dice el Cowboy—. Se siente muy solo.

Ella recuerda a aquel zombie cyborg de cerebro en blanco, agazapado en su tenebrosa cueva llena de lamparillas de colores, y luego imagina la voz espectral, desencarnada, hiriendo el oído desde algún remoto cristal... Aquel hombre era ya un espectro cuando vivía dentro de su cuerpo, ¡se necesitaba estar de humor para buscar la frecuentación de semejantes fantasmas! No obstante, se encoge de hombros.

—Lo intentaré, aunque incluso cuando estaba vivo me ponía la carne de gallina.

El Cowboy frunce ligeramente el sueño.

—Puede ayudarnos. Tiene mucho dinero guardado por ahí.

—De acuerdo, le llamaré. Te lo prometo.

Con lo cual se despiden. Sarah le sigue con la mirada mientras él, dominando con su estatura los satélites blancos y negros que le rodean, abandona la plataforma iluminada por fluorescentes y se aleja por el túnel hasta desaparecer. Se pregunta si será buena idea volver a encontrarle. Ella podría solventarlo con bastante facilidad, simplemente pidiéndole al Atamán que envíe a otro cuando toque reunirse con el Esquivo... Ella tiene sus obligaciones para consigo misma, para con su hermano, y no es cuestión de abandonarse a los sentimientos. Dejar entrar a otro en el lugar donde vivimos es darle permiso para hacernos daño, y Sarah piensa que ya ha soportado más de lo necesario.

El escolta de la Máximum Law se impacienta. Ahora ella tiene derecho a guardaespaldas porque conoce el plan del Atamán y este individuo seguramente tiene orden de ultimarla si se ve en la imposibilidad de impedir que sea capturada. Ahora seguramente la llevará a un hotel, donde es más fácil la vigilancia, y pasará bastante tiempo antes de que pueda regresar a su madriguera del Blue Silk. Sarah se vuelve hacia el vendedor ambulante, dándole la espalda al escolta, para comprar una esnifada de cocaloca; las espiras de placer se desenroscan en sus venas. También compra unos cigarrillos para Daud antes de encaminarse a la salida.

Cuando visite a Daud se sentirá magníficamente, al menos mientras dure el efecto.

 

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Daud tiene visita. Está la estilista, con sus grandes ojos de lechuza que no parpadean y sus pómulos afilados como trozos de vidrio, quitándole a Daud las últimas cicatrices con el láser, que zumba suavemente, todo ello contemplado por un negro de mediana edad en actitud benevolente.

—¿El señor Nick Mslope? Soy Sarah.

Él levanta la mirada, complacido. Es un tipo bajito y fofo, que viste vaqueros blancos de algodón, con la raya planchada, y una camisa tropical. Del bolsillo de la pechera le asoma una barra de caramelo empezada, aunque pulcramente envuelta en su celofán.

—Mucho gusto —dice con un acento que Sarah no consigue ubicar.

El tejido cicatricial desintegrado se acumula sobre el escuálido pecho de Daud como un hilo de polvillo gris. Daud abre los ojos para mirar a Sarah.

—Hola. Fíjate en esto, ¿quieres? La doctora Deboyce dice que ni con un microscopio se distinguirá el menor rastro de ninguna cicatriz.

—No hables —ordena la estilista, aventando la ceniza con un dedo enguantado—. No respires mientras puedas evitarlo.

Ajustándose la lente de aumento sobre la nariz, se inclina de nuevo sobre su trabajo mientras frunce el ceño con aplicación.

Mslope enciende un cigarrillo y lo coloca entre los labios de Daud. La mente de Sarah se inflama de rabia, atenuada por los efectos de la cocaloca. Mslope le dirige una ojeada furtiva y luego pasa por delante de Daud para acercarse a ella, que le contempla con desconfianza.

—Gracias por todo esto. Daud y yo le quedamos muy agradecidos —dice ella.

—Soy yo quien debe darles las gracias a ustedes por permitirme ayudar —observa cómo el rayo color rubí alancea una cicatriz y la convierte en vapor—. Daud me parece un muchacho excelente y..., en fin, que me alegro de poder hacer algo, ¿sabe?, puesto que ya no tiene remedio lo de mi pobre hermana —menea la cabeza.

—¿Y el nuevo tratamiento? —dice Sarah con un vago malestar, en la encrucijada entre lo que ella sabe y Mslope no puede saber todavía.

—Demasiado tarde. Se detendría el progreso de la enfermedad, pero la mente de mi hermana está afectada irreversiblemente. La muerte, cuando sobrevenga, será una liberación para ella.

El láser lame el pecho de Daud con su lengua escarlata. Sarah mira alternativamente a Daud y al señor Mslope, y por último le pregunta a éste:

—¿A qué negocios se dedica usted, señor Mslope?

—Por favor, llámame Nick.

—Nick.

—Soy armador. Transportamos mercancías desde el espaciopuerto de El Cabo.

Una sonrisa criogénica distiende los labios de Sarah.

—Tengo algunos conocidos en ese sector.

—Creo... —empieza Mslope mirando a Daud—. Creo que podré darle un empleo a Daud, si decide venirse conmigo.

Sarah nota en los nervios el roce de un filo cortante.

—¿Cuál? Daud no tiene estudios de ninguna clase.

—Como secretario mío. Estoy seguro de que no tardará en ponerse al corriente.

Ella le replica con una sonrisa, mientras se pregunta si será cinismo lo que expresa la de Mslope. o un simple reflejo de la de ella. Intuye que los turbios ojos azules de Daud están fijos en ellos, contemplándoles con desvalimiento mientras ellos se disputan su corazón y su porvenir.

—No me hace gracia que se vaya tan lejos —dice Sarah—. Si las cosas no salen bien...

Mslope le quita de la boca el cigarrillo a Daud, echa la ceniza en el cenicero y vuelve a ponérselo.

—Yo siempre me tomo muy en serio mis responsabilidades, Sarah. Nunca me llevaría tan lejos a un joven, sin facilitarle los medios para regresar a su casa si él decidiese que no está a gusto —se vuelve hacia Sarah—. Quizá pueda ayudarte también. Tengo conocidos aquí en el puerto. Si te vienes a África con nosotros, te aseguro que no va a faltarte trabajo.

—¿En qué?

—Estoy convencido de que sabrás desempeñarte en cualquiera de ellos —replica el otro, imperturbable.

Sarah suelta la carcajada, la hilaridad y la cocaloca hirviendo simultáneamente en sus venas. El láser vuelve a zumbar y el humo grisáceo, dolor transformado en vapor, se eleva de nuevo.

 

SECUESTRO DE UN PANZER

TRAS DURA REFRIEGA EN NEBRASKA

LA POLICÍA NO PRACTICÓ DETENCIONES

 

—Soy Sarah, ¿me recuerda usted?

—Sarah. Sí —la voz que llega al oído parece haber burbujeado a través de muchos kilómetros bajo el agua y el sonido cosquillea la piel de Sarah. Una formación de palmeras moribundas desfila al otro lado de la ventanilla del coche, pardas sobre un celaje color acero. Está llamando desde el teléfono móvil del coche de la Máximum Law, no muy segura de que esto no sea una especie de complicada trampa. Aunque el mantenerse en continuo movimiento sea, desde luego, la mejor manera de evitar una emboscada—. Tú estabas con el Cowboy y vinisteis a verme poco antes de que me mataran.

Sarah se estremece al escuchar estas palabras, o más bien la conformidad con que, por lo visto, ha aceptado su destino.

—Cierto —los ruinosos edificios del barrio de Venecia giran lentamente conforme la limusina enfila el acceso a la autopista de St. Petersburg—. Yo le ayudé a regresar al Oeste con los suyos.

—Celebro que consiguierais escapar. ¿Tú trabajas para el Atamán Michael?

—A veces.

—Creo que he hablado con él una vez. Se me olvidan las cosas, ¿sabes? —la voz de Reno titubea, luego continúa en tono muy sentido—: Gracias por llamar, Sarah. Es muy solitario esto.

—Sí —Sarah baja la mirada contemplando las aguas negras, viscosas, manchadas de aceite, mientras piensa en los ojos fríos y desconfiados de Daud, en la explosión de agua y viento contra una larga pared de cemento en Missouri, en el Cowboy cada vez más lejos sobre la plataforma del tren bala, moviéndose hacia el horizonte supersónico—. Solitario, sí. Ya sé lo que es eso.

 

ESTAMOS REHABILITANDO TODOS LOS AÑOS VEINTE MIL KILÓMETROS CUADRADOS DE TIERRAS CULTIVABLES

Mikoyan-Gurevitch: Alimentos para el Mundo

 

Sarah ve a Mslope todos los días. A solas, se sorprende a menudo pensando en él, en su voz amable, en la manera en que sus blandas manos parecen querer tocarla pero se detienen siempre antes de hacerlo, en las pequeñas demostraciones de amabilidad, como encenderle los cigarrillos a Daud, acercarle una silla a ella, ofrecerle de los caramelos que siempre lleva en el bolsillo de la inevitable guayabera... Es como si hubiese entre ambos algún extraño ritual de cortejo, una danza de seducción, mediante lo cual se disputan a Daud mientras van acercándose poco a poco hacia la inevitable proposición, aunque Sarah cree saber ya cuál va a ser.

—Comprendo tu preocupación, créeme —protesta Mslope y en seguida abre un maletín para enseñarle el contrato, que sólo espera a la firma de Daud. Billete de ida y vuelta para El Cabo en el transbordador suborbital de La Habana, un año de salario pagado de antemano, sin ninguna condición, gastos de estancia a cargo de Mslope...—. Y, naturalmente, los cuidados médicos que todavía precise —añade Mslope, sonriente.

Por un instante la desconfianza de Sarah flaquea, mientras se pregunta si será posible que este hombre esté diciendo la verdad, pero en seguida decide que tanto desprendimiento no es de este mundo. ¿De dónde habrán sacado ellos a este tipo? ¿De qué presiones se habrán servido? ¿O tal vez él mismo es uno de ellos, al fin y al cabo? Indudablemente debe existir un auténtico Mslope, calcula. Ellos no descuidan ningún detalle. Y seguramente el verdadero Mslope tiene una hermana enferma de muerte, cuya agonía será aliviada por la Tempel Pharmaceuticals I. G. a cambio de que el señor Mslope consienta que su identidad sea utilizada durante una breve temporada.

No deja de ser halagador, sigue pensando Sarah, que ellos se hayan tomado la molestia de crear un plan tan complicado.

—El contrato está en regla —dice volviéndose hacia Daud—. Puedes firmarlo, si quieres.

Pero ella y Mslope siguen observándose con velada hostilidad, cruzando miradas por encima de la cabeza del convaleciente. Al fin y al cabo, ellos no quieren para nada a Daud; éste se ha convertido ya en un sujeto casi irrelevante.

—Permitirás que te presente a un conocido —dice Mslope con su voz amable, al tiempo que se saca un caramelo del bolsillo y empieza a desenvolverlo—. Tengo muy buenas relaciones en el puerto. Podrías conseguir un buen empleo.

—No tengo inconveniente en conocerlo —replica ella—, pero preferiría que fuese aquí mismo.

¿Hasta qué punto mantendrá Mslope su ficción? Ningún jefe verdadero del puerto entrevistaría a una candidata en el lugar escogido por ella.

—Ignoro si eso será posible —replica Mslope mientras Sarah se encoge de hombros y Daud garabatea su firma en el contrato. Mslope mordisquea el caramelo y prosigue—: Mañana tengo una reunión aquí en Tampa. Cuando haya terminado quizá pueda acercarme por aquí con uno de mis conocidos de negocios...

—Sería muy amable por tu parte, te lo aseguro —contesta Sarah en tono zalamero, a lo que Daud alza la mirada con sorpresa; no debe entender nada de lo que está sucediendo aquí.

Para tranquilizarlo, Sarah le apoya una mano en el hombro y dice:

—La doctora Deboyce viene mañana, ¿no?

Mslope contesta con su sonrisa más obsequiosa:

—Naturalmente. Mi compañía cuida a sus empleados. Mejor que ninguna otra de esta comarca, diría yo.

A música de violines le suenan estas palabras a Sarah. Violines de aleación que tocan la vieja canción de la amistad. Significa que vuelve a ser útil para ellos y que están dispuestos a pagarle sus servicios. Siempre y cuando ella acierte a evitar lo que la espera tan pronto como haya dejado de ser útil —el cohetazo, la bala, o la aguja de frío acero cargada con una sobredosis letal—, tal vez pueda conseguir lo que quiere.

Un par de billetes. Quizás ellos lo sepan ya.

Mira por la ventana y ve abajo el largo coche negro de la Máximum Law. Va a ser preciso desarrollar la negociación bajo las miradas vigilantes de ellos.

—¿Qué hora te parecería bien?

—A las dos —responde Mslope sin dejar de mirarla fijamente.

Tan pronto como le echa la primera ojeada al amigo de Mslope comprende que el juego no va a ser fácil. Steve Andre es robusto, hecho de planos rígidos apenas disimulados por la camisa holgada y los pantalones bombachos de paracaidista..., atuendo ideal para el combate callejero, por otra parte, tal como no ignora Sarah. Por un instante se pregunta si realmente habrán tramado llevársela a la fuerza. Cunningham era un hombre incoloro, un paisano, un agente que pasaba desapercibido en el interfaz sombrío entre el cielo y la Tierra. Pero Andre es distinto; no hay nada ambiguo en él. Un soldado: todos los detalles de su persona lo proclaman. Es de suponer que estará ciberimplantado, y sólo Dios sabe con cuántos chips.

También los iris de acero inoxidable pregonan su percepción intensificada. Sarah piensa que es de agradecer que la clínica haya instalado detectores avanzados en todas sus puertas. Andre no habrá podido introducir una pistola dentro de su portafolios, así que la Comadreja puede suponerle una ventaja a ella, si a eso llegan.

—Voy a visitar a Daud, y así vosotros podréis hablar a solas —se despide Mslope con una sonrisa al tiempo que echa a andar hacia la habitación de Daud sacándose un caramelo del bolsillo de la camisa.

Sarah se sienta en uno de los fastuosos sillones de la sala de visitas y le dedica una sonrisa a Andre. A espaldas de ella, una pareja de pacientes de edad avanzada critican en espanglis a los médicos y su falta de trato.

—¿Cómo está Cunningham? —pregunta ella—. O Calvert, o como quiera que se llame ahora.

Un golpe directo, piensa. Quizá sirva para desequilibrar un poco al muchacho.

Pero éste apenas acusa un leve parpadeo.

—Está perfectamente, Sarah. No tiene ninguna preocupación, puesto que está en el bando de los que vamos a ganar.

—No deje de transmitirle mis saludos. No he vuelto a verle desde que empezaron a tirar con cohetes contra mí.

Él la mira fijamente un momento. Es el estilo de Cunningham, piensa ella, reconociendo esa actitud arrogante de tácita superioridad. Pero Andre no es Cunningham y no comunica aquella sensación de navaja de afeitar oculta en guante de cabritilla.

—Usted era peligrosa entonces —replica—. Pero los datos que tuviese acerca de la operación, cualesquiera que fuesen, hoy día ya han quedado obsoletos. Hemos cambiado de política.

—¿Quién me asegura que no volverán a cambiar?

—Estoy autorizado a ofrecer garantías.

Sarah ríe, abofeteándole con su desprecio. Se nota que está irritado, que no está acostumbrado a que una buscona se ría de él.

—¿Garantías? ¿Qué clase de garantías? ¿La palabra de honor de usted, como sicario a sueldo de una banda de genocidas?

Andre aprieta los labios como si acabase de morder un limón.

—No hemos venido a charlar de política.

—Hemos venido a discutir la costumbre que tiene su compañía de liquidar a quienes dejan de parecerle útiles.

Los dedos de Andre juguetean con la cerradura de su portafolios.

—¿Qué tipo de seguridades exigiría usted?

—Un billete para mi hermano y otro para mí, que nos saquen del pozo. Con destino a un combinado de mi elección, el cual por supuesto no será el de ustedes.

—Eso resultaría muy caro.

—No para los suyos. Páguenme en acciones, y yo las canjearé por lo que necesito.

Andre se inclina hacia ella, mostrándole sus frías pupilas cromadas dilatadas como las de un francotirador mientras apunta a través de la mira telescópica.

—Queremos al Atamán —anuncia.

—Lo tendrán, si yo recibo mis seguridades.

—Entiéndalo bien —prosigue Andre—. Usted no es interesante para nosotros. En cuanto al Atamán, va a perder de todas maneras; apenas le quedan recursos para un par de meses. Lo que pasa es que deseamos acabar pronto, sólo eso. Mera comodidad.

—Si no soy interesante para vosotros, ¿por qué pierdes el tiempo hablando conmigo? —se inclina ella también, subrayando la falsa intimidad de su tono—. ¿O es que tus amos no te han dado autorización para cerrar el acuerdo?

Andre hurga en sus bolsillos en busca de tabaco; mientras lo enciende pasa un hovercraft a más de trescientos por la autovía de utilización limitada que discurre detrás de la clínica.

—No estoy seguro de que el Atamán Michael valga lo que usted pide.

—Te aconsejo que hables con tus amos antes de aventurar esa conclusión en particular —se arrellana ella en el asiento con una sonrisa impertinente—. Entiéndelo bien, yo os entregaré al Atamán, pero no voy a daros facilidades para que me atrapéis bajo el fuego cruzado. Cuando empiece, quiero estar muy lejos y acompañada de mi propia escolta. Os daré a conocer el paradero del Atamán, o la hora del desplazamiento si va de un lugar a otro. Después de eso, todo dependerá de vosotros y de vuestros cohetes.

Andre la contempla algo atónito.

—No estoy en condiciones de discutir nada de eso ahora —dice.

—Pues cuando lo estés, házmelo saber. Ya sabéis dónde localizarme.

Sarah se pone en pie y enfila hacia el pasillo que conduce a la habitación de Daud, procurando andar despacio, de manera que la salida sea lo más larga posible, consciente de que Andre la está mirando todo el rato, como tirador emboscado a su espalda.

 

«¡CON MI CRISTAL IMPLANTADO PUEDO ROMPER UN LADRILLO!»,

DICE EL GUARDA JURADO DE LA TELE KNUT CAELSON

SATISFECHO CON SUS NUEVOS REFLEJOS

DE KARATEKA CIBERIMPLANTADOS

 

Por si acaso, utiliza su inhalador en el coche antes de apearse para visitar a Daud. Con los nervios chisporroteando del fogonazo, Sarah entra y ve a Andre sentado en la sala de visitas. Sabe que lo tiene agarrado y descubre los dientes en feroz sonrisa de carnívora.

—¿Es lo del transbordador, Andre, lo que te pone tan nervioso?

Esa misma mañana un panzer irrumpió en el perímetro de Vandenberg y destruyó una lanzadera de la Tempel a cañonazos de treinta milímetros; sin que se sepan más detalles, parece que el blindado logró escapar.

—No tengo nada que ver con las operaciones en la costa Oeste —replica Andre.

—Mejor para ti —se sienta colgando una pierna sobre el brazo del sillón—. ¿Todavía crees que aquí lo tendréis más fácil?

Andre la contempla atónito. A lo lejos, en la autovía que pasa detrás de la clínica, se oye el arranque sollozante de una turbina.

—Estoy autorizado a ofrecerte seguridades.

El fogonazo circula por sus venas como una caricia de seda en llamas. Salir del pozo, piensa. Ella y Daud sin nada alrededor excepto la pura negrura aterciopelada.

—Dale gracias a Cunningham de mi parte.

Los iris cromados de Andre se dilatan.

—Queremos otra cosa, además de a Michael.

Ella se encoge de hombros.

—Dime lo que es, y yo te diré si va a costaras un suplemento.

—No. Acuerdo cerrado, Sarah, dos cosas a cambio de una. Para ti será fácil.

—Dímelo pues.

—Michael está moviendo su dinero. No se puede seguir por completo pero detectamos algunas pautas muy raras. Y han traído especialistas en comunicaciones de Costa del Oro. Queremos que nos digas qué se está tramando.

Sensación de hielo en el paladar, pero se fuerza a exhibir una lenta sonrisa de superioridad.

—Eso sí va a costaras más.

—¿Tú estás al corriente? —la respuesta surge instantánea, y Sarah comprende que la Tempel necesita mucho, muchísimo, esa información.

—Tal vez consiga enterarme —replica meneando la cabeza.

—¿No lo sabes, Sarah? Tienes categoría suficiente en la organización de Michael como para que se te asigne una escolta, ¿y dices que no conoces sus planes?

—Llevo escolta porque soy la enlace con el Esquivo en el Oeste, pero el Atamán no me cuenta sus planes. Como digo, tal vez podría enterarme.

—No estoy seguro de que un «podría» sea admisible.

—Pues yo no estoy segura de haber entendido lo que buscáis —replica Sarah golpeándose la rodilla con las puntas de los dedos—. ¿El Atamán, sus planes, o ambas cosas a la vez? ¿Y si puedo entregaros lo uno sin lo otro?

—Da igual, la recompensa es la misma en ambos casos.

Ella se encoge de hombros.

—Está bien. Entonces, no veo por qué voy a tomarme más molestias que las imprescindibles, ¿no te parece?

Sarah decide dejar que Andre rumie esta conclusión durante otras veinticuatro horas, y se aleja. Al día siguiente, cuando entra con la nariz anestesiada por el fogonazo, él le presenta los documentos listos para la firma sobre el portafolios.

—Acciones a nombre de Daud —explica—, las suficientes para que pueda ir adonde quiera.

Acuclillada, Sarah contempla los certificados con sus anticuadas orlas. Los cuenta mentalmente y sonríe con frialdad. Así los ha querido siempre, fríos y limpios en la mano esos papeles cubiertos de filigranas, que valen más que el dinero.

—Bien, ¿cuándo veré las que me corresponden a mí? —pregunta.

—Recibirás una cantidad igual de acciones por el Atamán, tan pronto como nos hayas llamado para decirnos dónde podemos sacarlo de su ratonera. Y la mitad de esa cantidad en adición, si nos cuentas sus planes operativos.

—No me has oído bien, Andre. No he preguntado cuánto sino cuándo.

—Transferiremos las acciones a tu cartera tan pronto como recibamos tu llamada.

—Las acciones primero, para que pueda confirmarlas por teléfono, luego la información.

Un breve titubeo por parte de Andre, apenas un abrir y cerrar de ojos.

—De acuerdo —dice.

Ella dobla los certificados, los guarda en su bolso y sonríe.

—Gracias. Es agradable hacer negocios con vosotros, siempre y cuando recordéis que si queréis que yo confíe en vosotros, hay que darme libertad y hay que pagarme por adelantado todo lo que se me quiera encargar.

Él, taciturno, da la callada por respuesta y la sonrisa de ella se vuelve fría como el hielo.

—En el cielo nos veremos —se despide al tiempo que se encamina a la habitación de Daud.

Le encuentra fumando un cigarrillo y mirando un vídeo. Al verla, alarga la mano hacia el mando y desconecta.

—¿Qué pasa aquí? —pregunta—. ¿Dónde está Nick?

—¿Nick? ¡Yo qué sé! —se saca de la cazadora varios paquetes de tabaco y los deja caer sobre la mesita de Daud—. ¿Te ha visitado hoy la doctora Deboyce?

Él menea la cabeza.

—No, será esta tarde.

Sarah se apoya en la mesita y dice con intención:

—Si algún día te falla, quiero saberlo en seguida.

Daud la mira con sorpresa.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué iba a fallar?

—Ese amigo de Nick. Estuvimos hablando. Quiere una cosa de mí, y yo quiero estar segura de que cumple con su parte del trato.

—¿Sí? ¿Y qué es lo que quiere?

—Que averigüe una cosa que él necesita saber.

Los pálidos ojos de Daud se pasean por la habitación sin fijarse en ninguna parte, mientras se frota la barbilla con una mano, perplejo.

—¿Que el amigo de Nick me paga la esteticista? Pero entonces... —apaga la colilla del cigarrillo—. Yo creía que Nick..., que él pagaba... —las palabras mueren a medida que se va haciendo la luz en su mente.

—Ni el uno ni el otro tienen dinero, Daud —explica Sarah—. Son los amos de ambos quienes pagan a la doctora Deboyce, entre otras cosas.

Daud se queda mirándola, los párpados estremecidos de tics nerviosos. Ella se saca los certificados del bolso.

—Tengo tu billete, Daud —dice—. El pasaporte para dejar esta vida.

Díselo en seguida, piensa, ahora que de tan desesperado a lo mejor acepta. Pero el resentimiento de Daud puede más.

—¿Cómo lo has ganado, Sarah? —la interroga—. ¿Te has vendido a ti misma? ¿O a quién has vendido?

—Es asunto mío, que no tuyo —replica ella.

—¡Tus cochinos asuntos me arruinan la vida! —habla ya a gritos Daud, ahogándose de rabia por momentos y echando lágrimas por el único ojo orgánico—. ¡Ni siquiera puedo tener un amigo sin que resulte que viene a por ti en realidad!

—Te lo advertí. Te previne que el tal Nick podía ser falso.

—No me importa si es falso o auténtico, ¡lo quiero aquí conmigo!

Sarah se adelanta y, sin que él se resista, le rodea con los brazos, dejando caer sobre sus rodillas los certificados y apretándole la cabeza contra el vientre de ella mientras él llora, y ella procura concentrarse en sus billetes, en la visión de esos lugares puros, colonias de aleación flotantes en el espacio, ilimitadas en cuanto a capacidad y recursos. En la vida que puede vivirse allí, libres de la contaminación terrestre, del agobio de la gravedad, tan lejos que sólo son visibles como islas más brillantes entre las constelaciones del cielo.

Pero entonces se insinúa en sus pensamientos otra estrella, un fuego azul brillante que destaca en el cielo y propulsa la aguja oscura que desafía el poder de los Orbitales. El Cowboy, con sus ojos de plástico que reflejan el mismo campo de estrellas de la visión de Sarah, conduciendo muy alto su ala delta en el aire tenue y sin nubes, extiende su conciencia desde el cristal de su cabeza hasta los huesos largos de polímero que forman la estructura de la gran aeronave, los músculos hidráulicos, los nervios de fibra óptica...

Sarah contempla los papeles de valor que yacen en el regazo de Daud y se interroga acerca de sus deudas.

Michael sí lo comprendería, piensa. Él sabe cómo ha vivido ella, lo que ha deseado durante todos estos largos años, y sabe que lo que ella necesita él no puede dárselo. Y comprendería que ella no le debe nada, puesto que todos los servicios que le ha prestado han sido pagados. Y que no puede renunciar al deseo más hondo de su corazón.

Con el Cowboy todo es muy diferente. Está atrapado por lealtades de su propia invención, ideales que ella no puede permitirse. Su plan para derribar a Couceiro, al entender de Sarah, es demasiado frágil. Todo depende de la inestable voluntad de Roon, y éste es tan poco de fiar como todos los demás. Más vale negociar con quien habla de pagar al contado. Y si el Cowboy no tiene mejor solución que salir corriendo cuando todo se derrumbe, será su problema.

Nada de sentimientos, piensa. El mismo Cowboy lo dijo. Amigos mientras podamos permitirnos el serlo.

Baja los ojos mirando a Daud, mientras acaricia sus cortos rizos oscuros. El lamento de un hovercraft que pasa por la autovía detrás de la clínica.

—Tengo nuestros billetes —dice—. Los había perdido, pero ahora los he recuperado.

 

Tenemos la cosa que la gente busca...

Tenemos aquello de que la gente habla...

Tenemos el look que gusta a la gente...

Lo llamamos

COOL STONE

 

—Sarah —es la voz sofocada de Reno—. Quiero ayudaros..., quiero participar en la guerra.

Está otra vez en el coche, recorriendo las calles de una Florida muy venida a menos. Mirando a través del mamparo de cristal insonorizado al conductor, cuyos ojos vistos por el retrovisor vigilan sin cesar en todas direcciones, avizorando posibles atentados.

—¿Cómo podrías hacerlo? —pregunta ella—. ¿Qué puedes hacer? ¡Eres tan vulnerable!

—He aprendido muchas cosas aquí donde vivo. De cómo invadir los sistemas de los ordenadores. Puedo interferir sus comunicaciones, o corromper sus ficheros. O averiguar lo que están planeando.

—Los ordenadores de ellos están demasiado bien defendidos, Reno. Son diferentes de los ordenadores del gobierno donde tú vives. Los Orbitales pueden permitirse los mejores sistemas de protección disponibles. Si tú fueses un programador no tendría reparos en decirte ¡adelante! Lo peor que te podría pasar sería que te localizasen y entonces ¡adiós! Pero tú vives ahí dentro. Podrían desgraciarte por completo.

—Estoy aprendiendo cosas, Sarah. Cualquier dato que afecte a la Tempel aunque sea remotamente, yo lo tengo en mi memoria. Empiezo a captar el sentido de sus pautas. Sé cuáles son sus puntos débiles. No me falta más que un lugar de acceso.

—¡Un acceso! —ríe Sarah—. Pero si ése ha sido siempre el problema, Reno. Cómo acceder.

—Podría quedar atrapado aquí para siempre. Si perdéis vosotros, no veo cómo podría salir.

La desesperación de la voz de Reno conmueve algo dentro de Sarah y silencia sus risas. El soplo frío del aire acondicionado le pone la carne de gallina.

—¿Qué necesitas, Reno? —le pregunta.

—Que me ayudéis a penetrar el sistema de ellos. Si pudiéramos entrar, digamos, por mediación de algún terrestre de los que trabajan en Orlando... alguno de ellos debe de tener acceso.

—Hace años que se intenta, Reno. Pero sí, de acuerdo, podemos conseguirte acceso a uno de sus cristales externos. Pero los que tienen acceso al ordenador central de la Tempel son apenas dos docenas, y cada uno guardado por diez escoltas ciberimplantados, y además apenas salen nunca del complejo.

—No me hace falta. Una vez hayáis sobornado a uno, no necesito que sepa lo que debe buscar. Además son demasiados datos para que los correlacione una sola persona.

La voz de Reno brota del auricular fría como burbujas en oxígeno líquido mientras prosigue:

—Escúchame, Sarah. Florida es uno de los lugares en donde funciona peor la organización de los Orbitales, y no se respetan sus líneas de demarcación. La Tempel tiene mucha actividad aquí, y no toda pública. Ocultan algunas operaciones, no tanto por nosotros sino para que no se enteren los de la competencia. Si puedo entrar en su sistema, empezaré a atar cabos. Un pago por alquiler de camiones aquí, el aterrizaje de una lanzadera por allá, el registro de una llamada telefónica a Pittsburgh, pasajes para un grupo de altos funcionarios de seguridad que bajan a la tierra por acá..., todo eso se suma, Sarah, y nos indica un cargamento que se encamina hacia el Norte. Una persona no podría verlo, no tendría tiempo para seleccionar los datos. Pero yo puedo. Yo puedo averiguar por cuenta del Atamán dónde esconden lo que desembarcan, cómo distribuyen la mercancía a sus intermediarios y quizás incluso las rutas que usan.

Sarah recuerda al ex piloto descerebrado mientras entra y sale del interfaz hablando con voz letárgica de nudos, de sistemas, de cómo encaja la maquinaria de los Orbitales. Si no resulta bien, piensa, Reno no puede quedar peor de lo que está. Si funciona, pondrá en apuros a la Tempel.

Sarah decide que le gusta esa idea de poner en apuros a los de la Tempel. Así ella misma será más valiosa para ellos.

—De acuerdo, Reno —dice—. Hablaré de esto con el Atamán.

 

NUESTRO NEGOCIO ES LA ESPERANZA

 

Sarah se sorprende viendo a Mslope tranquilamente sentado al lado de Daud, con quien comparte un cigarrillo mientras el láser zumba y convierte en cenizas y humo las cicatrices de aquél.

—No podía irme —dice Mslope al tiempo que acaricia con una mano la nuca de Daud—.Ellos dijeron que seguramente debía, pero yo hice que cambiaran de opinión.

En la miraba de Daud hay algo que impone silencio a la réplica de Sarah. Ellos saben que es útil mantener encendida la esperanza de Daud, piensa. Pero ahora que la tiene, no será ella quien se atreva a quitársela.

—Bien —dice, y alarga asimismo la mano para tocar la mejilla de Daud—. Sé que te ha echado en falta.

 

DESDE NUESTRA PLATAFORMA INGRÁVIDA

ABARCAMOS LA TIERRA CON AMBAS MANOS.

NUESTRAS MENTES SE VUELVEN HACIA LA ESPERANZA Y EL DOLOR

Mitsubishi I. G.

 

Los hombres de la Máximum Law olfatean el aire salobre como perros de presa, atentos al olor de la violencia. Sarah no olfatea nada más que los macizos de flores que ocultan el bungalow del Atamán cara al océano. Eso, y la tensión que flota en el ambiente. Esta noche uno de los rastreros, que trabaja en la Tempel, facilitará a Reno una ventana de acceso al cristal de los Orbitales.

Como no se fía de nadie, Michael 'ha alejado a todos, excepto Sarah. Inclinado sobre su computadora doméstica, fuma en cadena cigarrillos rusos y se echa al cerebro un torpedo tras otro de cocaloca. A sus espaldas, Sarah puesta en pie mira por las puertaventanas de cristal tratando de atisbar una mancha de azul por entre el seto vivo de poncianas.

—Hay mucho tráfico de entrada y salida —explica Reno; su voz hueca, a intervalos confundida con un silbido continuo de fondo, sale del ordenador de Michael—. Incluso en sus cristales de más bajo nivel la protección es buena; he intentado colarme en algún tren de datos de entrada pero siempre me rechazan.

—Son las seis —dice Michael, con los ojos brillantes como si fuesen de cristal antiguo—. Debería haber llamado ya.

Echa una bocanada de humo de su cigarrillo mientras Sarah contempla las sombras barrocas que el sol dibuja en el suelo del patio al pasar por los muebles de jardín de hierro forjado.

—Dale tiempo —interviene—. Necesita estar a solas cuando llame.

Sarah se vuelve y contempla al Atamán de perfil, vuelto hacia su cenicero.

Ojos rodeados de arrugas, manos que tiemblan. Es hombre muerto, piensa ella fríamente, aunque no sin algo de pena, al tiempo que se vuelve de nuevo hacia las bocanadas de calor que suben del patio.

No tengo más remedio, piensa. Michael lo comprendería.

—Ya está aquí la llamada —anuncia Reno—. Allá voy.

 

LO QUE HACEMOS TIENE UN NOMBRE. LO LLAMAMOS ORGULLO DE CYBORG

 

—Mi gente está empezando a impacientarse —dice Andre y su voz penetra en el cerebro de Sarah por entre nieblas de fogonazo rabioso.

Sarah ha empezado a observar detalles en él: una pequeña cicatriz detrás de una oreja, cubierta en parte por el cabello; huellas de fractura en un nudillo, probablemente de una pelea. Que lleva en todas sus camisas unos protectores de plástico para los bolsillos. Que siempre lleva tres bolígrafos, exactamente.

—Hago lo que puedo. Michael no es hombre que se deje sorprender fácilmente.

Andre, las facciones pétreas, no cede.

—Nuestra oferta tiene un límite de tiempo, y el vencimiento está próximo.

—Si sospechabais que hay un traidor, estabais en lo cierto —anuncia Sarah observando el rostro de Andre para ver si acusa la sorpresa.

Ella sabe el porqué de tanta impaciencia. En sus primeras horas en el interior del ordenador de la Tempel, Reno ha detectado dos embarques y ha deducido el emplazamiento de un importante almacén de fármacos. Éste y aquéllos han sido capturados por los hombres de Michael sin sufrir ni una sola baja.

Los ojos de Andre, dos anillos de acero inoxidable, la miran fijamente.

—He de saber quién es.

—Es alguien que está muy introducido, que tiene mucho acceso. Michael logró, no sé cómo, que él o ella se pusiera de su parte.

—Eso los tendrá cazando fantasmas durante un par de semanas.

—¿Cómo lo sabes?

—Estuve con Michael anoche. Estaba ñipado y muy satisfecho de sí mismo. Se le escapó.

Andre sigue clavándole los ojos largo rato.

—¿Cuáles fueron exactamente sus palabras?

Sarah menea la cabeza.

—Yo también estaba flipada, Andre. No recuerdo las palabras exactas.

—Cuéntamelo. Cuéntame todo lo que recuerdes.

Sarah baja los ojos fingiendo concentrarse. Sus nervios vibran fustigados por el fogonazo.

—Sí, eso es —dice—. Lo que dijo fue: «He enviado a por nuestros amigos. Tres plenos. Uno de sus ejecutivos es mío y conocemos al detalle todos sus movimientos».

—¿Eso fue todo? ¿Estás segura?

Ella mira fríamente los iris de acero inoxidable.

—Eso fue todo. En seguida se dio cuenta de que había dicho algo que no debía, y cambió de conversación.

—¿Ningún nombre?

—Ningún nombre.

Ella da la posición de la casa junto a la playa. Él aprieta los labios.

—Me da la impresión de que estás tratando de ganar tiempo. ¿Por qué no nos dijiste que Michael estaría allí?

—No lo supe entonces. Envió al conductor a recogerme en el hotel.

—Si no nos dices la verdad... —Andre deja la frase en el aire sin completarla, luego introduce la mano en un bolsillo y exhibe una grabadora—. Si has pensado echarte atrás debo comunicarte que ya no puedes. Todas nuestras conversaciones están grabadas. Podríamos enviar una copia a Michael.

Los nervios ciberimplantados de Sarah se inflaman de rabia ante su propia imprudencia, mientras mira furiosa a Andre.

Estos sujetos quieren que confiemos en ellos aunque ellos nos traicionen, aunque sepamos que la traición ya está en marcha. Porque no tenemos otra opción sino confiar. Porque ellos son nuestra única esperanza.

—No me vuelvo atrás —asegura ella—. Pero necesito que me deis un margen.

Andre se guarda la grabadora y dice en tono un poco más conciliador, ahora que ya ha marcado su punto:

—Te daremos tu margen. Pero no olvides que ya ha empezado a estrecharse. Sólo es una advertencia.

—Ya te oigo —replica Sarah, angustiada.

Hasta este momento quizá no había creído del todo en la realidad del acuerdo, en lo que éste significaba. Piensa en el Cowboy describiendo tirabuzones en el cielo nocturno, en el Atamán rodeado de macizos de poncianas, en Reno reducido a un patrón de electrones y debatiéndose desesperadamente en su mundo de cables y de cristales. El coste de su billete.

Lo siento. Pero no me dejaron otra salida.

Y se odia a sí misma, porque sabe que no es verdad.

 

EN TODAS PARTES, EN TODO MOMENTO SABES QUE ESTAMOS CONTIGO

 

La voz le trae recuerdos de aroma a salvia, de praderas inmensas y de laderas orientadas a levante que miran al cielo, teñidas de púrpura.

—Empieza a hacer frío aquí, Sarah. Se está acabando el verano.

Ella intenta pensar en Daud, en el zumbido del láser, en quienes lo pagan, en el billete de Daud y el suyo propio. Esta misma tarde la diseñadora concluyó su tarea. Su cuerpo está curado y es bello, aunque todavía está un poco débil.

—Los álamos mudarán pronto. Espero que puedas estar aquí para verlo.

—Suena bien —dice Sarah, al tiempo que rebusca en los bolsillos el inhalador, desesperadamente necesitada de una dosis de fogonazo.

—He tenido noticias de Reno. Ya os dije que podía seros útil.

Sarah esnifa los torpedos, echa la cabeza atrás. El griterío de los nervios ciberimplantados se intensifica con la multiplicación de los neurotransmisores. Reno había logrado romper toda la red de distribución de la Tempel en la costa Este, desde La Habana hasta Halifax. En dos días la mitad de sus agentes cayeron asesinados; los demás aún estaban corriendo y no regresarían tan pronto a los negocios. Los hombres de Michael habían asaltado tantos almacenes que ya no sabían dónde guardar la mercancía capturada. Los noticiarios electrónicos divulgaban las estadísticas por todas las esquinas, mientras los funcionarios buscaban la manera de cubrirse y se negaban a efectuar declaraciones.

—Están desesperados —comenta Sarah, aferrando el borde de la mesa para dominar el temblor de las manos.

Amigos, piensa. Cuando podemos permitirnos el tenerlos. Pronto va a tener que entregar al Atamán. Y con él va a tener que revelar también el alcance de la participación de Roon en los planes del Atamán, lo cual será el único aspecto gustoso de todo este lamentable asunto.

—Michael dice que Reno ha ganado para él otros cuatro meses de margen —prosigue ella—. Reno está en el depósito ahora. El Atamán lo paga, ¿te habías enterado?

—Sí, me llamó desde allí.

El depósito de Reno es una matriz de cristal en La Habana, lista para ser trasladada a un cuerpo clónico tan pronto como se localice un ADN aproximado a su aspecto original y se haya cultivado a partir de éste el cuerpo nuevo. De tanto vivir en los ordenadores de la Tempel empezaba a sentirse paranoico, sabiendo que tarde o temprano ellos emprenderían la detección del programa intruso.

Al menos el cuerpo de Reno y la intervención están pagados por adelantado; aunque Michael caiga, Reno queda fuera de peligro.

—Nuestro amigo de Sudamérica está casi a punto —dice el Cowboy—. Ya tenemos la fecha.

La sangre se vuelve hielo en las venas de Sarah. Se acerca el plazo.

—¿Cuándo va a ser?

—Dentro de cinco días. Saldrás en el tren bala de hoy en tres.

—Debo preparar a Daud, entonces, y tratar de entrevistarme con el Atamán —dice ella.

Será entonces. Entregando a Roon al mismo tiempo. Y luego, piensa una parte recóndita de ella, una llamada al Cowboy utilizando una línea segura para hacerle saber que se ha estrellado, que sus planes y sus esperanzas han ardido en la ladera de una montaña llamada Realidad, y que es hora de decirse adiós.

—Salúdale de mi parte —dice el Cowboy.

Sarah recuerda su aspecto, hace unos meses, sentado en la cabina blindada de su panzer a las afueras de Pittsburgh, viéndose obligado a abandonarlo: aquel miedo, aquel desvalimiento en sus ojos... ¿Será esa misma su expresión cuando reciba la noticia?, se pregunta Sarah.

Mientras podamos permitírnoslo. Ésa es la frase operativa.

Después de la conversación decide que se impone una visita al bar del hotel, lo cual no hace gracia al guardaespaldas, pero acaba por consentirlo. De manera que se embarca en el ascensor y baja a sumergirse en el cubileteo de dados, las conversaciones sostenidas a gritos, el ron negro a palo seco, la dosis de subesuave del inhalador de la barra que contrarrestará el temblor nervioso del fogonazo. Pasa revista a los hombres solos presentes en el local, mientras se interroga acerca de la posibilidad de llevarse a uno de ellos a su habitación y dejar que la excitación culmine en un orgasmo que aporte el olvido imprescindible. Pero cuando alguno de ellos inicia el abordaje, ella lo rechaza. Tiempo habrá para todo.

Una muchedumbre se agolpa alrededor de los juegos, al otro extremo del bar. Ella toma el vaso y va hacia allá, mientras se oyen los zumbidos de los disparos de láser y el silbido de los misiles. Delta es el nombre de este juego electrónico. Un negro ocupa el asiento, retenido por los cinturones de seguridad y con el casco sensorial puesto que impide ver sus facciones, al tiempo que le comunica la información, le hace sentir el retroceso de los disparos de misiles, los tirones de la aceleración al maniobrar. Sobre la máquina, un proyector de vídeo permite que los clientes del bar sigan las incidencias de la partida.

Los cazas del gobierno brotan de todas partes, el sol arranca reflejos a las aletas giratorias de los misiles. Las pantallas de los múltiples radares reclaman la atención del jugador. Los cazas realizan maniobras de esquiva, pican, estallan hechos añicos y desaparecen tras dejar una estela de humo en el cielo, como un largo dedo negro.

Sarah se desentiende de la partida y decide administrarse otra dosis de subesuave. Al girar sobre sus talones se tropieza con los ojos metálicos de un individuo en silla de ruedas, y súbitamente recuerda.

—¿Es Maurice el que está jugando? —pregunta ella.

El hombre asiente con la cabeza, la mirada fija en la pantalla.

—Sí. Es lo más real que tenemos.

—Saluda a Maurice de mi parte.

La cabina de la máquina se abrasa de resplandores cuando un misil enemigo acierta en el blanco. En las venas de Sarah la tristeza le disputa la primacía al subesuave. Y se pregunta si el Cowboy también acabará de esta manera, reviviendo incesantemente la guerra en que combatió y perdió.

Maurice intenta saltar, fracasa, cae a tierra como una libélula herida. Antes de que se haya quitado el casco sensorial, Sarah se aleja para confundirse entre la multitud de admiradores.

 

LIVINGINPAINCITY? LET US SEND YOU TO HAPPYVILLE!

Pointsman Pharmaceuticals A. G.

 

Andre viste uniforme de camuflaje para la selva, sin olvidar la gorrita, bajo cuya visera brillan sus iris de acero inoxidable, los inevitables bolígrafos asegurados en el bolsillo de la pechera con tiras de velero.

—Creemos que no has sido del todo sincera —dice.

Sarah se pone en jarras.

—¿Qué? —pregunta en voz baja.

—Estamos convencidos de que sabes mucho más de lo que nos has dicho —habla con voz suave, sin precipitarse. Como si acabase de tomar una decisión, adelanta un paso hacia ella.

Sarah se nota la boca súbitamente seca, la lengua de hormigón al contacto con el paladar, o como lija sobre piedra. Mira a todos lados y no ve más que pacientes en bata y en pijama.

—¿Qué es lo que yo sé, según vosotros?

—No lo sabemos, pero más de lo que nos has contado —los ojos, muy abiertos, no parpadean; parecen un par de miras de fusil. La voz monótona continúa—: Vamos a hacer que desaparezcas durante un par de horas. Te administraremos unas drogas para que hables. No se te hará ningún daño.

Sarah intenta calmar el fogonazo que envía mensajes de adrenalina a todos los miembros de su cuerpo. Una fría voz interior, una inflexión maquinal como la de Reno, le dice que su interlocutor tiene más circuitos integrados, más habilidad. Que no intente luchar, porque perdería.

—Llevo escolta, Andre. El Atamán se enteraría.

—Tenemos preparada una historia para Michael. Parecerá un intento de secuestro, y luego conseguirás escapar.

Ella menea la cabeza lentamente.

—No tragará.

Andre se acerca un paso más, hasta colocarse a escasos centímetros de distancia, tanto que las carnes le cosquillean a Sarah y le da el aliento del otro en la cara, con olor a menta.

—Vuélvete —ordena—. Mira por la ventana. No tendrá más remedio que creer en lo evidente.

Ella obedece y mira, notando cómo se le erizan los cabellos de la nuca. Desde donde está él puede asestarle un golpe y sólo cuenta con el instinto para adivinar cuándo y cómo.

Junto a la acera, el coche de la Máximum Law aguarda, larga carrocería color acero pavonado. Los cristales, aunque reflectantes, permiten adivinar la silueta del conductor detrás del parabrisas.

Una muchacha en motocicleta ha enfilado la calle. Morena, joven, el cabello recogido en cola de caballo sujeta por una cinta amarilla. Va repantigada en el sillín, los pies por delante, muy cerca del suelo, recogidos dentro del carenado aerodinámico. En el regazo trae una cesta con margaritas artificiales. Lleva una blusa blanca con dibujos estampados en rojo brillante y sonríe mientras conduce, los dientes blancos en contraste con su cara bronceada.

Va a pasar junto al coche por la calzada, ocultándose a la visión de Sarah; aun así se intuye un movimiento y en seguida la moto pasa de largo y se produce una detonación apagada, apenas perceptible para Sarah a través del cristal doble de la ventana y los muros de la clínica. La ventanilla del conductor de Sarah salta hecha añicos hacia fuera, proyectando fragmentos de espejo en un chorro al que arranca miles de reflejos el sol...

—Una carga explosiva con envoltura adhesiva y detonador retardado medio segundo —explica Andre en tono de conversación banal—. Ha atravesado limpiamente la ventanilla. No creo que tu conductor haya tenido tiempo de apartarse.

Dándose cuenta de que ha contenido demasiado rato la respiración, Sarah exhala el aire de sus pulmones, inhala, todos los neurotranmisores precipitándose hacia su cristal, las venas cargadas a reventar de adrenalina. La cibersierpe aguarda en su garganta, fría, inútil.

Van a por todo, piensa. Sabe ya que no va a cobrar, pero tal vez permitirán que continúe con vida. Al menos Daud tiene ya su billete, algo es algo.

El último fragmento de espejo cae sobre la acera. Otro coche se detiene detrás de la limusina de Máximum Law, dos hombres en traje de verano se apean, se acercan a la ventanilla rota. Colocados de cara al coche, visibles sólo del pecho arriba mientras se sacan las pistolas del cinto. La escena es extraña; parece como si se dispusieran a orinar contra la portezuela azul metalizado del coche.

—Pistolas con silenciador —dice Andre—. Si tu conductor salvó la cabeza antes, ahora la perderá.

Vaharadas de menta en la pituitaria de Sarah; a sus espaldas, en la habitación, los pacientes prosiguen con sus conversaciones en voz baja. Los asesinos se abrochan y regresan por la acera hacia su coche, el cual maniobra en seguida alejándose de la acera.

Sarah ve los cazas del gobierno irrumpiendo en la pantalla, la cabeza del Cowboy debajo del casco sensorial; la mirada de sus ojos es la de uno que acaba de ver rotos sus sueños y busca desesperadamente otro sueño nuevo.

En la voz de Andre se adivina una sonrisa de satisfacción.

—Te vamos a exprimir hasta la última gota, Sarah —anuncia—. No tienes opción. Te hemos comprado y eres totalmente nuestra.

Sarah deja caer la cabeza, boquea para inhalar más aire. Siempre lo supo; desde que vio por primera vez a Andre supo que todo esto iba a ocurrir, y que ella iba a permitirlo. Y también que Andre disfrutaría con ello, que sus iris de acero inoxidable se dilatarían de satisfacción viéndola rendida, mientras las drogas se apoderaban de la mente de ella obligándola a balbucir todos y cada uno de sus pensamientos, que irían a llenar los fríos cristales de sus impacientes adversarios.

—Ven conmigo, Sarah —dice Andre—. Va a comenzar tu viaje.

Es el tono con que lo ha dicho. Sarah se ha vendido y eso ella puede aceptarlo, admitir las consecuencias. Pero la idea de que el hombre que la ha comprado va a disfrutar con eso... Algo dentro de ella se llama a ofensa. Acuden a su memoria recuerdos de una voz tonante, una navaja, un movimiento borrosamente entrevisto, pautas abstractas en rojo como las de una pintura. La Comadreja se remueve en su madriguera. Los chips vomitan instrucciones y los neurotransmisores se multiplican en sus canales químicos antes de que ella se haya dado cuenta de que ha tomado una decisión consciente.

Da un paso atrás con el pie derecho, acercándose a Andre, los puños levantados sobre el pecho sabiendo que ahí él no puede verlos. Entonces echa el peso del cuerpo atrás y gira, sacando el brazo derecho como un látigo dirigido a golpear con los nudillos la sien de Andre y cargando todo el giro de la parte superior del cuerpo.

Andre para el golpe, por supuesto. Habría sido absurdo esperar lo contrario; él también está ciberimplantado. Pero cuando las manos de él se levantan ella convierte el golpe en un barrido circular, pasando las manos y el antebrazo por encima de las suyas y obligándole a bajar la guardia. A lo que sigue un ataque de la Comadreja dirigido a la garganta de Andre...

En algún lugar se oye un seco clic acerado, como cuando se amartilla un revólver...

Y ahora ella ha cargado ya el peso en el pie derecho, la pierna izquierda levantada iniciando una patada alta que él no podrá ver porque se lo estorban el puño de Sarah y sus propias manos. En el instante en que Andre advierte el movimiento a su derecha lo único que podría intentar sería encoger la cabeza entre los hombros y tratar de amortiguar el golpe esquivando en la misma dirección.

Demasiado tarde. La patada lleva todo el peso de Sarah, acompañado por la torsión de la cadera y del hombro, y concentrado en escasos centímetros cuadrados del cráneo de Andre. La espinilla de Sarah le golpea en la sien con tanta fuerza, que ella misma siente una lanzada de dolor a lo largo de toda la pierna. Andre cae como un saco, fallando todos los impulsos de sus nervios, al tiempo que asoma entre sus labios un objeto alargado.

Sarah recupera el equilibrio, avanza un paso con el pie izquierdo, y le asesta un puntapié a Andre entre los ojos con la puntera de la bota derecha. La cabeza de Andre sale despedida hacia atrás, choca contra el suelo, rebota. La cibersierpe cuelga de su boca, inútil y reluciente látigo de metal en busca de algo que matar. Tal vez Andre haya muerto. A Sarah le trae sin cuidado.

Tiene un ojo abierto y el otro cerrado. Sarah se inclina para escrutar el ojo abierto, sin hacer caso de la cibersierpe que se agita de un lado a otro, intuyendo algo raro. El iris de acero inoxidable está dilatado y la pupila se ha convertido en un agujero. Entonces Sarah recuerda el ruido de aquel clic y al mirarse el cuerpo ve la aguja de acero clavada en el chaleco antibala, y siente el terror que la invade como una oleada de náuseas.

Los ojos de Andre parecían miras porque eran miras. Una ballesta miniatura, puesta en posición por acción de un estímulo nervioso, ha disparado a través de la pupila escamoteable. Sarah lleva la mano al dardo, se lo arranca y nota un tirón en sus carnes. El dardo está empapado de algo viscoso y se le escapa de entre los dedos, dejándolos mojados de un líquido de consistencia aceitosa. La aguja ha penetrado el chaleco antibala que habría detenido infaliblemente cualquier proyectil de punta roma. Sarah calcula que habrá penetrado menos de un milímetro, pero tal vez sea suficiente.

Sarah se lleva los dedos a la nariz y olfatea un débil olor a fármaco. Drogada, pues, aunque si la aguja no ha penetrado mucho tal vez no habrá inoculado la dosis completa.

—¿Qué es eso? —exclama tartamudeando de indignación un paciente, un tipo avejentado con gruesas gafas de miope. La cibersierpe de Andre agoniza golpeándose contra el suelo enmoquetado.

Pero Sarah ya ha echado a correr, enfilando un pasillo color pastel hacia la habitación de Daud.

Éste se halla practicando sus ejercicios, tumbado de espaldas en la cama mientras mueve los brazos para que Mslope vea el trabajo de los músculos bajo la piel pálida.

—Daud —jadea Sarah al tiempo que entra precipitadamente.

Mslope se pone en pie con alarma, los ojos muy abiertos.

—¡Fuera! —exclama Sarah, viendo al mismo tiempo cómo nace en los ojos del hombre una expresión dolorida, consciente de haber perdido su oportunidad.

Sin hacer caso de él, Sarah corre hacia Daud, que pone cara de susto y deja caer las pesas.

—Las cosas han salido mal. Han intentado secuestrarme —junta su mejilla con la de Daud para hablarle al oído—. Si consigo escapar, llámame al mismo número que la otra vez. Randolph Scott, Santa Fe. Pero no lo hagas desde aquí, estos teléfonos no son seguros.

—¡Sarah! —exclama él con los ojos dilatados de terror—. Pero ¿no estaba todo arreglado? Yo creía que...

Ella le toma la cabeza entre las dos manos y le besa con fuerza, para que lo recuerde en adelante pase lo que pase.

—Te quiero —dice, al tiempo que echa a correr de nuevo. Abandonándole mientras él clama otra vez pronunciando su nombre, mientras alarga una mano intentando retenerla.

Sarah prefiere olvidar esa voz, mientras empieza a sentir el primer efecto sutil de la droga que impregnaba la aguja, cualquiera que sea, una sensación de algo extraño que se apodera de los nervios, el roce sedoso de la pata de un gatito que todavía no ha sacado las uñas.

Ella ha memorizado la distribución de la clínica y sabe adonde dirigirse. Por el pasillo color verde hasta el rellano pintado de rosa pastel. La última exclamación de Daud resuena todavía en sus oídos. Le duele la espinilla a cada paso. Alcanza una puerta de hierro, toma una última bocanada de aire fresco y, agachándose, sale al calor sofocante de mediodía.

La turbina de un camión aúlla en la autovía. El cerebro le da vueltas a Sarah mientras se incorpora y corre torpemente hacia el estacionamiento situado detrás de la clínica. Si logra cruzar la autovía podrá internarse en el laberinto de calles que se encuentra al otro lado. La droga acaba de clavarle sus garras y tiene la sensación de estar vadeando una masa de gelatina.

SARAH AQUÍ CUNNINGHAM... SARAH NO TIENES ESCAPATORIA Las luces de color ámbar se encienden súbitamente por encima de su visión. Alguien está emitiendo por la radio de conversión óptica. El cristal transforma las palabras habladas en letras que desfilan por la parte superior de su campo visual, y ella no tiene el mando y no puede desconectarlas.

—Vete al infierno —murmura.

 

SÓLO QUEREMOS TU COLABORACIÓN SARAH

 

—¡Lárgate! Apostaría a que ni siquiera eres Cunningham —resopla ella con desdén.

Junto al surtidor automático de combustible se eleva el sollozo de una turbina. Sarah se enjuga el sudor de la frente y salta sobre un muro bajo de hormigón, casi tropezando con un pie. En este momento nota un golpe entre los omóplatos y cae de bruces.

El cemento le araña los pechos, la mejilla. Está sin aliento y no consigue recobrarlo. Las manos buscan apoyo en el suelo, se despellejan. Comprende que le ha disparado por detrás, desde la clínica, alguien que lleva pistola y cristal implantado de tirador de élite.

 

SARAH DÓNDE ESTÁS TE ENCONTRAREMOS SARAH SÓLO DESEAMOS AYUDARTE

 

—Tonterías —exclama ella con fatiga, hallando que no puede incorporarse, que sólo puede arrastrarse. El suelo áspero contra las palmas de las manos, repta, se arrastra, rueda, los hombros tensos temiendo el próximo disparo.

Sólo entonces se da cuenta de la suerte que ha tenido al no poder incorporarse. El muro de cemento la oculta. Pero no ignora que están acercándose a la carrera, que los dos sicarios en traje de verano asomarán pronto por encima de la pared.

Una turbina aúlla a cinco centímetros de su cráneo. Unos neumáticos aplastan la gravilla y algo se interpone entre ella y el sol. Es un tren robot cabeza tractora-remolque, en lenta marcha atrás después de haber repostado en los surtidores automáticos. Los asesinos están al otro lado. Ella rueda sobre sí misma para ponerse en pie, flaquea, dobla una rodilla, se incorpora de nuevo. Al tiempo que pasa el remolque, siempre en marcha atrás, ella aferra el pasamanos de seguridad y se sube a la escalerilla por donde se accede a la cabina de vigía.

La turbina solloza, se oye el crujido de los engranajes y el camión emprende la marcha en primera, con súbita sacudida que casi derriba a Sarah. Ella se agarra al pasamanos, sube un peldaño. Sube otro, empuña el cierre de la puerta de emergencia, lo acciona. Se dispara un zumbador que ensordece a Sarah.

«Irrupción no autorizada —empieza a recitar una voz—. Queda usted advertido de que incurre en responsabilidad penal.»

 

ENTRÉGATE SARAH NO QUEREMOS HACERTE DAÑO

 

«Es peligroso entrar estando la cabeza tractora en marcha. Irrupción no autorizada. Queda usted advertido de que incurre en responsabilidad penal.»

 

QUÉDATE DONDE ESTÁS NOSOTROS IREMOS A BUSCARTE

 

—Cállate ya.

El camión automático introduce una marcha más larga y la calzada empieza a desfilar con mayor velocidad. El ángulo de visión de Sarah se contrae, la cabeza embotada por la droga. Sus brazos se tensan sobre el pasamanos, se iza a pulso, el dolor atenaza sus brazos y su columna vertebral. Tomando impulso con el pie, se abalanza a ciegas hacia el interior de la cabina, toma aliento, echa una mano atrás, a tientas, para cerrar la portezuela. Al instante se oye el golpe macizo de los electroimanes que acaban de correr dos sólidos pestillos metálicos. El aullido de la turbina llega amortiguado a los oídos de Sarah.

«Irrupción no autorizada. Quedará usted confinado en la cabina hasta llegada a destino de este vehículo, en cuyo momento pasará a disposición de las autoridades. En caso de auténtica emergencia, sírvase contactar con la policía mediante el teléfono rojo del salpicadero.”

El mensaje se repite mientras Sarah se abandona a la sensación de dolor. Nota el calor de la sangre que le corre por el cuello, tose la flema de su garganta y siente el dolor lancinante del golpe recibido en la espalda, donde se aplastó la bala contra el chaleco protector.

 

HEMOS VISTO QUE ENTRABAS EN EL CAMIÓN ESTÁS LOCALIZADA

 

Sarah busca a tientas el inhalador y se dispara sendas dosis de fogonazo. El corazón le late alocadamente, como si quisiera salírsele del pecho, pero el dolor y las dosis de estimulante han contrarrestado el embotamiento causado por la aguja envenenada de Andre y se le está despejando la cabeza.

 

ESTE CAMIÓN VA DESTINADO A ORLANDO... Y ORLANDO ES UNA DE NUESTRAS CIUDADES SARAH

 

Poco a poco se le aclara la visión, y se encuentra tumbada transversalmente sobre dos asientos vacíos, frente a un tablero de instrumentos lleno de luces verdes. La cabina de vigía está reservada a los inspectores del servicio de seguridad y también sirve para conducir en caso de emergencia, si el cristal del tractorremolque no funciona bien. En la cabina no hay mandos convencionales, ya que se conduce a través del interfaz. Sarah hurga debajo del salpicadero en busca del casco, pero no lo encuentra. A lo que parece, los propietarios del camión prefieren no exponerse a que algún empleado infiel secuestre el vehículo. Además, aunque lo hubiese hallado Sarah no sabría conducir un camión a turbina.

Acomodándose en uno de los asientos, mira a través de las ventanillas del camión contemplando el veloz desfile de los postes y las relucientes y achatadas radiobalizas que controlan el tráfico automatizado. Los neumáticos retumban sobre el piso de cemento. Un hovercraft, con las hélices girando a toda velocidad, pasa a más de trescientos por el carril rápido. Ella se seca la sangre del cuello. Acciona un pulsador y recibe un chorro de aire caliente, pero que refresca en seguida. Se nota la cabeza casi totalmente despejada. A ver cómo se las arregla para escapar de ésta. Quitándose el sudor de los ojos, contempla el tablero de instrumentos.

Frío brillo verde de los indicadores. El teléfono rojo del salpicadero es toda una tentación. Lo descuelga y escucha, oyendo el tono habitual que indica que hay línea. Entonces se arrellana en el asiento, con el auricular pegado al oído, mientras se pregunta con quién le interesa hablar.

Con el Atamán, decide. Tal vez pueda enviar alguno de sus agentes para que intercepte el camión y la saque de aquí. Es posible que aún no haya recibido las grabaciones, y en todo caso ya se le ocurrirá a Sarah alguna manera de explicarlas luego.

Cuando marca el único número que tiene resulta que lleva ya veinticuatro horas desconectado, dentro de la rutina habitual de rotación del interfaz para evitar el ser localizados. Entonces llama al número de la Gold Coast Máximum Law, sobresaltándose cuando el aparato protesta ruidosamente. Quienquiera que sea el propietario del teléfono, desde luego no está dispuesto a pagar una conferencia transatlántica.

 

SARAH ESTAMOS DETRÁS DE TI VAMOS A SACARTE AHORA

 

Cuelga el teléfono con espanto y mira por el retrovisor. Sólo se divisa un hovercraft que se dispone a adelantar por la izquierda.

—¡Al diablo Cunningham! —murmura, disponiéndose a utilizar de nuevo el teléfono.

 

VAMOS A TENER QUE VOLAR LA PUERTA CÚBRETE SARAH

 

Teclea el número de Reno y vuelve a mirar por el retrovisor. La sangre se le inunda de adrenalina y ella se yergue súbitamente, reprimiendo el impulso de arrojar el teléfono contra el parabrisas. Un largo coche negro se aproxima por la derecha, utilizando el arcén de la autovía. En seguida lo reconoce.

Una voz apagada suena en el auricular:

—Soy Reno.

La voz de Sarah suena como el chillido de una alimaña acorralada, a tal punto que ella misma apenas la reconoce como suya.

—¡Reno! ¡Soy Sarah! ¡Estoy atrapada! Asesinaron a mi escolta y ahora vienen a por mí.

El coche se acerca con rapidez por el arcén de la autovía, limitada al tráfico robotizado y cerrada para los turismos, ya que los camiones y los aerodeslizadores apenas pueden verlos, pero los perseguidores corren poco riesgo al emplear el arcén. Sarah divisa una mancha de color junto al coche.

La voz de Reno prosigue, siempre en el mismo tono:

—¿Dónde estás ahora, Sarah?

Ella intenta calmar su corazón desbocado y respira hondo para serenarse.

—En un camión robot, sobre la autovía limitada de Tampa a Orlando. Me persigue un coche —por el retrovisor Sarah entrevé vagamente una cara morena, una cola de caballo con lazo amarillo—. ¡Vienen detrás de mí, Reno! —su voz se quiebra al pronunciar el nombre del muerto, al tiempo que ella salta en su asiento y descarga puñetazos sobre el salpicadero—. ¡Estoy encerrada dentro del camión y no puedo salir! Llama al Atamán, que envíe a los suyos.

 

SARAH VAMOS A VOLAR LA PUERTA DEL LADO DERECHO... PÁSATE AL ASIENTO IZQUIERDO Y CÚBRETE... NO DESEAMOS HACERTE DAÑO

 

—¿Qué matrícula tiene el camión? Debe figurar en algún lugar de la cabina.

La rítmica voz de Reno se superpone a las letras del mensaje de Cunningham que van desfilando al margen superior de la visión expandida de Sarah. Una de las puertas del coche negro se abre y la chica de la blusa estampada se asoma desafiando el rebufo, con un objeto en la mano. Sarah siente deseos de gritar histéricamente.

—Pero ¡qué importa ahora la matrícula! Los tengo encima. ¡Llama a Michael!

—La matrícula. La necesito para localizarte. Léemela.

 

SÓLO QUEREMOS HABLAR CONTIGO... PÁSATE AL ASIENTO IZQUIERDO Y CÚBRETE

 

—¡Condenado Reno! La matrícula. Está bien.

Un rosario de gotas de sudor y de sangre cae sobre los instrumentos mientras Sarah busca un número con desesperación. Por último localiza una placa de metal y lee los guarismos en voz alta. El coche negro ya llena toda la mitad inferior del retrovisor. Sarah distingue incluso el blanco de los ojos de la morena, y la misma sonrisa de ingenua satisfacción que cuando disparó la carga hueca contra la ventanilla del coche de la escolta. Y también la robusta muñeca de un individuo que la sujeta por el cinto mientras ella saca medio cuerpo fuera, la bomba en una mano, la otra mano hecha una garra dispuesta a aferrar el pasamanos.

—¿Dónde están ellos ahora, Sarah? —dice Reno con su voz invariablemente tranquila que pone frenética a Sarah.

—¡Están a mi lado! ¡Socorro, Reno! —la última frase es un grito.

En el espejo todo es confusión ahora, sonrisa blanca, metal negro, ventanillas que reflejan el azul desleído de los ojos de Daud... En ese instante estalla un alando electrónico horrible, que brota de los altavoces del camión, y ella grita con espanto y deja caer el teléfono, acurrucándose en el asiento izquierdo y tratando de protegerse la cabeza, mientras se pregunta si el camión habrá detectado de alguna manera la violación de que va a ser objeto.

El alarido se atenúa. Las luces del tablero de instrumentos pasan del verde al rojo y el camión da un coletazo que arroja a Sarah contra la puerta izquierda, al tiempo que las letras ámbar al margen de su visión proclaman un pánico silencioso: SANTO DIOS CUIDADO CON ÉL... Y entonces Sarah nota un roce metálico, leve como un beso, y al mirar por el retrovisor ve una figura que patalea en el aire, blusa estampada brillante y cinta amarilla del pelo, como un espantapájaros arrancado por la ventolera, y un coche descontrolado que arranca un poste repetidor del radioteléfono como si fuese un palillo, y sale disparado por el talud abajo. Una llamarada que se levanta a lo lejos, cada vez más atrás. Una detonación. Las letras de color ámbar, versión escrita del último pensamiento de un asesino, se extinguen de la visión de Sarah.

Los pestillos magnéticos libran las puertas del camión con resonante golpe metálico.

—He asumido el control de tu camión, Sarah —se oye desde el teléfono caído en el suelo la voz de Reno, débil pero clara—. Voy a llamar a los de la Gold Coast para que te recojan en algún viaducto y dejaremos el camión por ahí, hasta que lo descubra la policía.

El corazón de Sarah todavía late desenfrenado, efecto del pánico atorado en su garganta aunque ya sin razón de ser. Ella busca a tientas el teléfono.

—¡Reno! —exclama—. Gracias. Reno.

—Celebro haber podido hacer algo. Sarah.

Las manos le tiemblan todavía del exceso de adrenalina, y empieza a sentir un dolor tremendo detrás de los ojos.

—Tendrás que limpiar la cabina, Sarah, para borrar tus huellas dactilares —prosigue Reno, la voz cada vez más lejana en medio del creciente ruido de parásitos—. Hazlo ahora, y luego quédate quieta y no toques nada.

—Deja que recupere el aliento —se echa hacia atrás para tomar unas bocanadas de aire refrigerado, los nervios azotados por los escalofríos—. Oye, Reno, Necesito hablar con el Atamán. La Tempel va a enviarle unas cintas. El caso es que grabaron mi voz cuando trabajaba para ellos y... bueno, han elaborado un montaje. Me amenazaron con enviárselo a Michael si no colaboraba.

—Ahora te paso —responde Reno.

A lo lejos, muy tenues, se oyen los tonos de selección del nuevo número de teléfono.

 

18

 

El Pony Express aguarda bajo las redes de camuflaje cuatrocientos metros detrás de la casa del Esquivo, rodeado de un sinfín de dispositivos de seguridad y de contramedidas electrónicas pasivas. Con los auriculares puestos y la gorra guardada en el bolsillo posterior del overol, Warren introduce un programa en el cristal de un misil guiado por radar, para que el misil sepa cómo hacer su faena. El Cowboy está a la sombra de un pino próximo y escucha el rumor de la brisa en las copas de los árboles; en cambio, a ras de tierra el aire permanece inmóvil y una tensión innominada invade su cuerpo, roza sus músculos y su mente, a manera de recordatorio.

Ladera abajo, Jimi Gutiérrez pasea con Thibodaux. El tanquista y el informático son novios ahora, unidos por la común devoción al interfaz. Thibodaux ha prolongado su estancia para acompañar a Jimi, aunque apenas le queda ya nada que hacer. Pero nadie ha planteado ninguna objeción. Así se evita que Jimi ande metiéndose con la gente.

Un nuevo personaje aparece en el campo de visión del Cowboy cuando empieza a subir por la pendiente Sarah, la automática Heckler Koch colgando de la cadera. Ostenta sus nuevas cicatrices con el viejo desplante, pero ahora el Cowboy intuye que hay algo más ahí, una especie de fiebre en el fondo de los ojos. Como un miedo que no ha logrado superar. El Cowboy baja a su encuentro, los tacones de sus botas dejando huellas en media luna sobre el suelo recubierto de pinaza.

—Disculpa por no reunirme contigo, pero Warren me necesitaba para una cosa —dice.

—Sí. Está bien. De todos modos llevaba escolta más que suficiente. El Atamán no quiere volver a correr ningún riesgo.

Mientras habla le rodea con ambos brazos, y las últimas palabras casi las exhala sobre el cuello de él. El Cowboy suspira y con el aire que expulsa se va buena parte de la tensión que le agobiaba, sabiéndola a su lado, lejos de aquello que dejó sus marcas en ella, allá en Florida. Dando un paso atrás, la toma del mentón y contempla los verdugones de la mejilla. La hinchazón ha bajado pero las heridas todavía presentan un feo aspecto.

—Otro puñetero error —dice ella con una mueca de disgusto—. Otro puñetero error.

—Siempre hay errores.

Ella aprieta los dientes.

—Yo no puedo permitírmelos. Si Reno no llega a sacarme del apuro... —menea la cabeza.

—Está permitido ser humana, Sarah —objeta él.

—Lo que no está permitido es ser estúpida —echa a andar cuesta arriba ella, con las manos en los bolsillos, obviamente descontenta de sí misma—. Voy a quedarme con estas cicatrices, Cowboy. Así, todas las mañanas cuando me contemple en el espejo, ellas me recordarán que no debo cometer ninguna estupidez en todo el día.

—Caíste en una emboscada. A cualquiera puede sucederle. ¿Por qué te convierte eso en una estúpida?

Ella le mira de reojo, largo rato.

—Algún día te lo contaré, tal vez. Pero no ahora, Cowboy.

—¿Cómo está tu hermano?

Ella se queda rígida un instante y luego sigue andando más despacio.

—Muy bien. Buscando apartamento. Ellos le han dejado en paz..., puesto que ya no les sirve para nada.

El Cowboy alza los ojos para contemplar el morro negro mate del Pony Express debajo de las redes, y se le alegra el corazón.

—Reno dice que a lo mejor Cunningham iba en ese coche.

—No. Iban una mujer y tres hombres, pero ninguno de éstos era Cunningham, aunque uno de ellos intentó hacerse pasar por él.

—Lástima.

Ella corresponde con una sonrisa espectral.

—Sí, lástima.

La red de camuflaje proyecta dibujos caprichosos sobre la mejilla de Sarah, que se confunden con las heridas. Warren alza la mirada de su banco de trabajo, frunciendo las cejas.

—Éste es mi amigo Warren, Sarah. Gracias a él vuelan nuestros ala delta.

—Hola, Warren.

—Cómo estás —y volviéndose hacia el negro bulto de la máquina—: No está mal para ser un montaje casero, ¿verdad?

Sarah sonríe.

—No está mal —y alarga la mano para tocar un timón de proa, rozándolo con las yemas de los dedos—. ¿Cómo construyes estas cosas en el patio de tu casa?

—¡ Ah!, recogiendo piezas de aquí y de allá —contesta Warren, entrecerrando los ojos para contemplar las formas de pantera agazapada—. Los motores son de antiguos aparatos militares y ésa es la parte más costosa, porque están construidos con aleaciones de los Orbitales y hay que desmontarlos para revisión cada tres mil horas, o así. Todo lo demás lo fabricamos nosotros mismos. Hemos renunciado a las aleaciones para construir la estructura, y utilizamos otros materiales más baratos y casi igual de buenos, plásticos reforzados a base de resinas epoxídicas y algún otro aditivo. El tren de aterrizaje y algunos elementos hidráulicos son las únicas piezas de metal.

El Cowboy señala la junta casi invisible de las compuertas de carga en la estilizada barriga del aparato.

—Los delta se fabrican para transportar carga, y llevan mucho combustible a bordo para conseguir la necesaria autonomía —explica—. Por eso nunca pueden ser tan rápidos ni maniobrables como los cazas del gobierno. Intentamos compensarlo llevando más instrumental electrónico, más armamento y más blindaje, e introduciendo mucha redundancia en los sistemas de vuelo.

Sarah observa un compartimiento portamisiles abierto para la inspección de su contenido por Warren.

—¿Esto también se fabrica en casa?

—Es lo más fácil —responde Warren—. Todo lo necesario puede comprarse en cualquier tienda de componentes electrónicos, excepto el propelente y los explosivos, que los fabricamos en un laboratorio secreto.

—Hemos pasado toda la tarde montando los misiles —explica el Cowboy—. Por eso no he podido recogerte en Santa Fe.

Sarah se agacha para cruzar por debajo de un ala, recorre toda la longitud del fuselaje admirando la superficie lisa y negra, pasando los dedos sobre el revestimiento exento de remaches. El Cowboy la sigue.

—Mañana por la mañana despego rumbo a Nevada, justo antes del amanecer. Espero aterrizar en la base con la salida del sol.

Ella sale por detrás de la cola del avión, se yergue y contempla el paisaje desde el arroyuelo de montaña hasta las verdes cumbres. El Cowboy contempla las manchas de sol y sombra que la red de camuflaje dibuja en el rostro de Sarah.

—El Esquivo me ha cedido la habitación de atrás —dice—. ¿Querrás venir esta noche? Si no te importa que te desvele al levantarme temprano.

Ella sonríe con malicia.

—Celebro que lo hayas mencionado, Cowboy, porque hice que llevaran mi petate a esa habitación.

—Eso está bien —la tensión que le ha tenido en vilo todo el día desaparece por completo—. ¿Habrás visto la jukebox?

—¿La qué? No, no he visto nada.

—Deja que siga ayudando a Warren. Luego te la enseñaré.

Ella asiente, cambia de postura para aliviar el peso de la pistola en la cadera.

—Estoy encargada de tu seguridad ahora —dice—. No vayan a derribarte por ahí.

—No lo permitiré.

El Cowboy contempla el perfil de Sarah mientras ella sigue mirando el arroyo y los bosques, y observa con asombro la súbita expresión de alivio en su rostro, o de gratitud, como si hubiese depuesto la inevitable armadura. Y se pregunta por un instante a qué será debida esa transformación.

Pero el Pony Express le está esperando. El Cowboy se vuelve y se mete bajo el ala de su obsesión de polímero negro.

 

19

 

La limusina blindada de Sarah se desliza con un susurro por las llanuras del noroeste de Arizona. Ella comparte el asiento de atrás con dos especialistas en comunicaciones de la Máximum Law, quienes le han garantizado la seguridad del enlace telefónico. El momento parece oportuno para una llamada.

—¿Diga? —los nervios de Sarah empiezan a echar chispas cuando oye la voz, pero procura controlarse.

—¿Está Daud ahí?

—Sí. Un momento, por favor.

Durante el instante de silencio Sarah lucha contra su sorpresa y su rabia, pero es pelea perdida.

—Hola, Sarah.

—¿Era Nick el de antes? —pregunta ella.

—Sí —como si lo tuviese delante, imagina el titubeo en los ojos de Daud, su manera de apartar la mirada—. Está atrapado aquí. No le han reclamado. Dicen que ha vulnerado su contrato por no haberte detenido, ¡como si eso le hubiera sido posible! A mí también me han obligado a rescindir mi contrato después de tu huida. Así que estamos los dos sin dinero.

—Cuidado. Es muy posible que siga trabajando para ellos.

—Tal vez, pero no me importa. Está atrapado aquí y nos vamos a vivir juntos —Daud se interrumpe y Sarah adivina que ha tomado una bocanada de humo de su cigarrillo—. Su verdadero nombre es Sandor Nxumalo. Me está costando mucho dejar de llamarle Nick.

Sarah se da cuenta de que Daud se le escapa. Intenta retenerle, recordando las formas blandas de ese hombre, su mirada cínica por encima de la cabeza de Daud. que no se da cuenta de nada.

—Te suplico que tengas cuidado. Daud. Es posible que traten de intervenir nuestras comunicaciones. Si tienes necesidad de hablar conmigo, llama desde...

—Eso ya lo sé. De acuerdo. ¿Algo más? Nos vamos a buscar un apartamento.

Por un instante Sarah piensa: una sola palabra al Atamán y el fulano es hombre muerto. Pero Daud se enteraría y no dejaría de reprochárselo. Con el corazón angustiado, Sarah insiste:

—Ten cuidado, Daud.

La línea queda en silencio. Y Sarah se dice que ellos saben muy bien cómo infundir la esperanza en su hermano, tal como hicieron con ella, conocedores de que basta prometer ciertas cosas para obtener la sumisión. Incluso cuando el someterse implica dejarles todo el margen del mundo para la posterior e inevitable traición de todas las promesas.

—Cuidado, Daud —repite hablando al aparato inanimado, que le envía un eco eléctrico en un lenguaje desconocido. Es una advertencia, pero no se sabe lo que presagia.

 

20

 

Una canción lanza sus notas aceradas a través de la mente del Cowboy. Él la llama «Jinetes en el Cielo». El Pony Express está remontando por encima del ojo blanco y giratorio de un frente de bajas presiones que está a punto de alcanzar la costa del Pacífico, y el sol brilla sobre los tirantes negros de la carlinga. Por encima, un cielo azul brillante empieza a oscurecerse con una promesa de negrura espacial. El Cowboy ordena a su casco que baje la visera conforme ascienden hacia el sol, y nota el sabor del gas anestésico mientras silba entre dientes.

—Reno —el Cowboy ni siquiera se molesta en verbalizar su mensaje, sino que se limita a enviarlo por medio de sus circuitos integrados y sigue silbando—. Diles que estoy en posición.

—Roger.

A través de los enlaces de microondas, los dedos electrónicos de Reno abarcan de costa a costa y controlan la red de comunicaciones con más eficacia que los mercenarios del Esquivo.

El Cowboy pasa revista automáticamente a las pantallas; los motores en azul, funcionando al ralentí, y todos los demás sistemas en verde. De muy abajo vienen las señales de los radares de California rozando la piel del Pony Express con sus débiles tentáculos que no llegarán a rebotar con fuerza suficiente de las superficies redondeadas del ala delta y su pintura absorbente antirradiación. Éstos no son tan potentes como los radares del Medio Oeste, ni falta que les hace, puesto que no se construyeron para detectar alas delta en misión ilegal a gran altitud sobre el Pacífico.

—¿Estás ocupado, Cowboy? —prosigue la voz distante de Reno, como burbujas que suben lentamente en el seno del cristal.

—Volando en círculo. Espero a nuestros amigos.

—He descubierto algo. He chafardeado un poco el cristal, aquí en los laboratorios.

—¿No podría ser eso motivo de..., digamos, rescisión de tu contrato?

—Me aburro, Cowboy. No hay nada que hacer aquí.

—Es peligroso. Reno.

—No. Las protecciones externas son bastante fuertes, pero una vez has entrado en el sistema la seguridad no es tan buena. Sería adecuada hace diez años cuando la establecieron, pero ahora se desprotege con bastante facilidad. Aprovechando un momento de distracción he copiado un programa de intrusión de nuestros amigos de la Máximum Law.

El Cowboy piensa en lo que podría suceder si el personal del laboratorio descubre las manipulaciones y desconecta el cristal de Reno. Dirían que había sido un accidente fortuito.

—Estás corriendo muchos riesgos, amigo —dice.

—Tenía una idea bastante aproximada de lo que andaba buscando, una vez hube visto cómo está organizado este lugar. No es exactamente un laboratorio clandestino pero trabajan en un montón de áreas grises. Por eso Michael los conocía y sabía que aceptarían a un tipo como yo. una mente sin cuerpo que habla a través del teléfono. Están acostumbrados a tratar con clientes que tienen mucho dinero y que por una razón u otra desean asumir un nuevo rostro y una nueva identidad.

—Razón de más para no entrometerse con su ordenador, diría yo.

—¿Has oído hablar alguna vez del Proyecto Mente Negra?

El Cowboy lo piensa un rato mientras pasa revista al estado del motor y de los sistemas de armamento.

—No —dice por último—. No puedo decir que lo haya oído.

—No me sorprende. Yo tampoco, antes de llegar aquí. Es un programa invasor de la peor especie. Desarrollado por los de la Seguridad Nacional justo antes de que estallase la guerra. Son los mismos que crearon este laboratorio años después, y todavía lo dirigen.

Normal, piensa el Cowboy. Los de los servicios de información siempre han sido aficionados a jugar en muchos tableros. Utilizaban muchos bancos electrónicos a fin de blanquear el dinero para sus operaciones. Y cuando esos bancos realizaban beneficios, buscaban otras oportunidades de inversión. Así que cuando su gobierno fue aplastado por los combinados, ellos se limitaron a seguir haciendo lo que mejor conocían.

—¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que hace el programa?

—Establece una mente en el cristal. Y luego va a otra mente, la de una persona viva, y la sobregraba con la suya. Impone la primera personalidad sobre la segunda, que queda machacada.

Al Cowboy se le hiela el cristal de su propio cráneo y, olvidando que no necesita vocalizar sus pensamientos, habla al micro de su casco:

—¡Cómo! ¡Por Dios! ¿De qué serviría, si no puede disponer de las memorias del objetivo ni nada?

—Tal vez no y tal vez sí. La transferencia mental no es una ciencia exacta.

—Hay salvaguardias. Ningún programa puede saltar del cristal al cerebro de una persona.

—Los de Mente Negra dicen que hay medios.

El Cowboy imagina lo que sería que alguien invadiese su mente a través de sus zócalos destruyendo sus recuerdos y su voluntad. Su cuerpo, su personalidad remanente, convertidos en títere de otra persona. Es peor que lo que Roon les estaba haciendo a aquellos niños, piensa el Cowboy.

—¡Mierda! —exclama el Cowboy con el corazón atenazado de horror—. Procura mantenerte lejos de ese cristal, Reno. No queremos tener nada que ver con eso.

—Los espías planeaban utilizar la Mente Negra contra los Orbitales. El plan consistía en invadir las mentes de varios altos funcionarios con personalidades de asesinos fanáticos. Si todo salía bien, tomarían disposiciones que habrían hecho posible un ataque preventivo desde la Tierra contra los Orbitales. Y debían suicidarse si eran descubiertos... No olvides que los asesinos originarios seguirían vivos y coleando en la Tierra. Y aunque el plan no funcionase a la perfección, al menos los principales jefes de los Orbitales quedarían psicóticos, o algo parecido, lo cual daría lugar a mucha confusión en la cumbre. Y nadie se atrevería a utilizar el interfaz para las comunicaciones. Era un buen plan.

—Pues entonces, ¿qué fue lo que salió mal?

—Los Orbitales se anticiparon al plan y atacaron antes de que Mente Negra hubiese entrado en fase operativa. Pero oye, Cowboy, la cuestión es que Mente Negra sigue ahí. Está instalado en los ordenadores de este laboratorio, y tal vez en otros más clandestinos. Podrían apoderarse de él los Orbitales, o cualquiera, si a eso viene. Sería necesario borrarlo.

—¡Caray! Así es.

—Después de esta operación me pondré a buscar. Hay que averiguar si alguien más lo tiene escondido en alguna parte —se produce una pausa y la voz cambia de tono—. El transbordador llega a su hora, Cowboy. La estela debe ser visible ahora mismo en dos siete cero.

El Cowboy vuelve la cabeza a babor y en efecto, ahí se divisa una traza brillante sobre el cielo oscuro.

—Confirmado, Reno. Alto y a babor, alrededor de las ocho.

El Pony Express inicia un lento giro a la izquierda; los indicadores de los motores pasan del azul al verde. El Cowboy nota que se abren sus propias venas al flujo del propelente de alcohol; la Mente Negra queda olvidada en un instante mientras los nervios electrónicos del Cowboy se prolongan hacia el ala delta, hacia los alerones y los motores, hacia el liso revestimiento de plástico reforzado y sembrado de sensores y hacia los fríos corazones cibernéticos de los misiles que esperan, protegidos bajo el alabe de las negras alas.

—¡Eh, Cowboy! —es la voz de Sarah que habla, un poco nerviosa, desde la emisora base en Nevada—. Suerte. Buena caza. No sé cómo se dice entre vosotros en estas ocasiones.

—Lo has dicho muy bien, gracias.

—Me salgo de la red por ahora, pero estaré pensando cosas sentimentales acerca de ti.

Estas palabras calientan el corazón del Cowboy, pero las olvida en seguida ante la urgencia de los datos que inundan su cristal y todas sus extensiones. Las turbobombas lloran mientras inyectan combustible en la cámara de combustión de su corazón rugiente. Las ráfagas de neurotransmisores puntean un ritmo férreo como la batería de Smokey Dacus.

—Gracias —se despide, los ojos entrando y saliendo del infrarrojo, controlando la trayectoria de la lanzadera.

Los bordes de ataque del alta delta se calientan al rozamiento con el aire. El Pony Express efectúa un tirabuzón, escora, entra en un nuevo rumbo. Los motores pasan al anaranjado. Hay que picar hacia el transbordador, de espaldas al sol.

—Cowboy —habla una voz sin inflexiones, de cristal puro, exenta de personalidad.

Es alguien que se ha conectado al interfaz de un superordenador, formando parte de una gigantesca mente cibernética.

—Aquí Roon —prosigue la voz—. Estoy conectado a la red. Voy a volar contigo. Quiero que seas mis ojos y mis oídos. Tal vez tenga algunas sugerencias que hacerte.

La furia del Cowboy se expande como una lluvia de papelinas de aluminio sobre la Avenida de los Condenados. Él no es como esos niños y niñas que no tienen otra opción sino permitir que Roon se apodere de sus mentes y de sus cuerpos, chupando sensaciones como el vampiro que chupa una vena.

—Y un cuerno —dice al tiempo que se desconecta él mismo de la red. Por un momento se le ocurre pensar en lo que Roon sería capaz de hacer si se apoderase del programa Mente Negra, y un estremecimiento de terror invade su cerebro expandido.

De las Sierras se reciben todavía los impulsos de microondas tratando frenéticamente de restablecer el contacto. Él los esquiva. El transbordador de carga empieza a bajar lentamente ahora, largo cigarro plateado de aleación cruzando el cielo. El Cowboy queda aplastado contra el asiento por el empuje de los posquemadores. Los indicadores pasan al rojo, motores al máximo. El traje de vuelo se pega sobre las venas procurando evitar la acumulación de la sangre. Se oye al piloto de la lanzadera que charla con los del control de tierra en Vandenberg. El Cowboy revisa de nuevo los sistemas de armamento y piensa en la carga que transporta la lanzadera, en los bocales criogénicos que contienen billones de esos virus mutantes criados en el espacio con la finalidad específica de acabar con la epidemia llamada Huntington vírico: el tratamiento en que ha invertido la Tempel la mayor parte de su inmenso presupuesto de investigación durante ocho años.

El Pony Express vibra al entrar en la estela del transbordador. Es una nave inmensa, de 200 metros de largo, que ocupa casi la mitad del ángulo de visión de la carlinga del Cowboy, y cruza la atmósfera a dos veces la velocidad del sonido.

Él ha estudiado las especificaciones del transbordador y sabe que es tremendamente fuerte, que incorpora redundancia múltiple y por tanto puede absorber un increíble porcentaje de daño. El Cowboy calcula que debe efectuar por lo menos ocho blancos letales, y apenas dispone de dos minutos hasta el aterrizaje en Vandenberg.

Los trenes de microondas procedentes de Nevada se escuchan en forma de graznidos a través de los sensores. Él los ignora y piensa que debe destruir primero los motores principales de aceleración; caso contrario la lanzadera se le escaparía por velocidad. Pica pasando por debajo del objetivo, decelera, dispara un misil guiado por radar, se eleva de nuevo hacia el sol.

—¿Qué ha sido esa señal? —pregunta uno de los pilotos del transbordador cuando sus sensores pasivos detectan el impulso de radar del misil.

No tarda en recibir respuesta. Una llamarada estalla en la base de la lanzadera, en medio del grupo propulsor.

—¡Himmel! —exclama la misma voz. El Cowboy saca del compartimiento otro misil guiado por radar.

—Torre de control, aquí Tempel uno ocho tres. Estamos siendo atacados...

El muchacho piensa rápido, se dice el Cowboy. El segundo misil se sumerge en la popa del transbordador e inunda de metal fundido todo el compartimiento de los motores principales. El Cowboy está inyectando ya el alcohol en los posquemadores, nuevamente aplastado contra su asiento mientras pica por debajo del objetivo. El transbordador intenta volar en zigzag para eludir nuevos ataques, pero es demasiado grande para fallarle.

—Tempel uno ocho tres, repitan.

Al parecer los del control de tierra aún no han captado la situación. El Cowboy suelta otro misil en dirección a una compuerta de carga y saca la tórrela del cañón miniatura dorsal. Los proyectiles de treinta milímetros van cosiendo a impactos la barriga del transbordador. Si quedan suficientemente estropeados los servos hidráulicos, la nave no podrá sacar el tren de aterrizaje y aunque ahora consiguiese escapar, posiblemente se estrellaría al tomar tierra. Las chispas forman un rosario continuo sobre el vientre de la inmensa nave, destrozando planchas de blindaje protector de aleación; una niebla de freón escapa de tuberías de refrigeración rotas. El piloto no se ha quedado esperando a que los del control de tierra entiendan lo que ocurre; aprovechando al máximo las posibilidades de sus motores de maniobra y alerones, se deja caer como un ascensor averiado, intentando aplastar con su masa el ala delta. El Cowboy lo esquiva con facilidad y dispara un misil hacia el fuselaje principal de la nave, confiando en infligirle algún daño estructural. Ha agotado la munición del cañón dorsal, por lo que retira la tórrela.

Sigue en paralelo la trayectoria de la enorme nave, realiza un tonel para ponerse en vuelo invertido y sacar la tórrela del cañón ventral. Esta vez apunta a la sección de navegación, para tratar de destruir el cristal controlador y la cabina de los pilotos. Un tanque de oxígeno estalla con un resoplido de gas congelado. Los arcos eléctricos saltan entre los cables rotos. Dispara otro misil hacia la parte más estropeada y de pronto la estructura del transbordador lanza un tremendo quejido metálico que el Cowboy no puede escuchar, pero lo percibe a través de la sacudida que se propaga hasta su Express. De la base de un alerón de quince metros empiezan a desprenderse fragmentos metálicos bajo el azote atronador del rebufo.

—Se nos está haciendo pedazos —observa el piloto, y es verdad.

El Pony Express maniobra para alejarse del peligro al tiempo que se desprende todo el alerón y el fluido hidráulico, sangre de las arterias de la nave, se derrama en el aire. A la velocidad de dos Mach nada puede permanecer entero una vez se ha perdido el perfil aerodinámico. El transbordador, azotado por la presión, entra en barrena, empieza a deformarse...

—Tempel uno ocho tres —quiere lanzar otro mensaje el piloto, pero luego se oye un clic resonante, definitivo, cuando la emisora se aplasta contra el muro de aire, y no queda en las ondas más que el débil monólogo de la estación de tierra tratando de restablecer el contacto. El transbordador se ha convertido en un amasijo de aleación, vigas retorcidas, alas dobladas, alerones, contenedores, todo ello dando vueltas hasta el encuentro final con el océano Pacífico, todavía oculto bajo el blanco vellón de las nubes. El Pony Express sobrevuela el ciclón metálico al tiempo que reduce motores hacia el verde e inicia su largo descenso rumbo a Nevada.

El Cowboy nota cómo empieza a relajarse la excitación de sus neuro-transmisores; accionando un conmutador mental, envía una breve ráfaga de transmisión hacia Nevada.

—Aquí el Cowboy. Misión cumplida, pueden aplaudir.

—No es momento para bromas, Cowboy —se oye la voz de náufrago de Reno—. Todo el mundo anda muy ocupado, ¿quieres oírlo?

—Siempre y cuando me deje en paz ese pederasta del cerebro en blanco —replica el Cowboy.

—No creo que quiera hablar contigo ahora. Parecía un poco enfadado.

El Pony Express planea sobre el desierto de Mojave como un halcón, reduciendo velocidad para perder altitud. Reno le conecta la red de comunicaciones y de pronto la mente del Cowboy se convierte en una babel de voces: los del Esquivo desde el Oeste, los del Atamán por el Este, y los secuaces de Roon por todas partes, todos introduciendo boletines en los noticiarios electrónicos. «La cura de Tempel destruida por incendio», «Sin esperanza para los afectados por el Huntington vírico», son las primeras noticias que se propagan.

Poco a poco los noticiarios van dando prioridad a boletines cada vez más concretos. NewsFax recibe la noticia de que el vuelo de la Tempel fue derribado. Seconds da más crédito a la versión de que el transbordador de la Tempel ha sido víctima de un sabotaje. Según informaciones de MedNews, se habrían revelado efectos secundarios imprevistos del tratamiento, de manera que la Tempel habría gastado su dinero para nada. MarkReps cita un informe confidencial según el cual la Tempel no tiene recursos para cubrir su oferta hostil, corroborado por un montón de estadísticas que han confeccionado los agentes de Roon. MedNews dice haber sabido por «un alto funcionario de la Tempel» que efectivamente el tratamiento era inservible para curar el Huntington. NewsFax se hace eco de un «informe no confirmado» según el cual la misma Tempel habría saboteado su transbordador para evitar que se filtrasen las noticias desfavorables acerca de su tratamiento.

Mientras los partes bloquean las centralitas de comunicaciones de los noticiarios, Roon, el Esquivo y Michael empiezan a lanzar acciones de la Tempel al parqué de la bolsa de Chicago. Estas órdenes de venta se blanquean a través de varios centenares de robobrokers para ocultar el hecho de que proceden de un número reducido de vendedores. Los robobrokers están atentos a los boletines confidenciales, en los que el nombre de «Tempel» se repite una y otra vez. Las luces rojas empiezan a parpadear en las computadoras de los supervisores humanos de estos robobrokers, y conforme las noticias de nuevas órdenes de venta van llegando a los boletines electrónicos empieza a rodar la bola del pánico.

Las acciones de la Tempel caen, suscitando las órdenes de venta de miles de operadores automáticos. Los accionistas histéricos están pendientes de sus monitores. Las acciones que oscilaban alrededor de la cotización 4.500 cuando el Cowboy empezó a martillear el transbordador con sus cañones, casi han caído ya a 800. Los boletines se hacen eco de la falta de reservas de capital de la Tempel, del presupuesto para investigación malgastado en un tratamiento inútil, de los rumores de autosabotaje, de la posibilidad de que no se distribuya dividendo este año, ni el próximo. Michael y el Esquivo alimentan el pánico mediante un goteo continuo de pequeñas órdenes de venta. El mercado delira.

El Pony Express cruza en silencio la frontera de Nevada como un cursor negro descendente, como una gráfica de las cotizaciones de la Tempel. Más luces de emergencia se encienden en Chicago. Los ejecutivos de la Tempel niegan las informaciones de los boletines, pero de todas maneras nadie cree lo que dicen los Orbitales y las declaraciones sólo sirven para dar pábulo al rumor. Las acciones de la Tempel han perdido el cincuenta y seis por ciento de su valor en unos doce minutos. Los funcionarios de la bolsa de Chicago empiezan a notar las presiones que provienen de arriba y las acciones de la Tempel quedan suspendidas de cotización «en espera de la confirmación de inminentes informaciones».

La medida sirve para que se multiplique la agitación febril en otras plazas. Roon lanza grandes paquetes de acciones en las bolsas de Osaka y Singapur. En Mombasa los valores Tempel caen con tanta rapidez que resulta innecesaria la intervención de Roon allí. En Osaka la Tempel ha caído por debajo del 900 cuando el Programa Maestro de la bolsa suspende todas las operaciones del día. Pero Singapur no se atiene a los reglamentos y la caída libre de Tempel prosigue.

Se inicia entonces la reacción de los Orbitales, que declaran un dividendo del cinco por ciento, a distribuir inmediatamente. La baja empieza a perder fuerza mientras el Pony Express traza los primeros círculos sobre su base. La gente empieza a considerar los rumores con más precaución. Roon intenta contrarrestar la tendencia distribuyendo a los boletines un suelto según el cual la Tempel no podrá satisfacer el dividendo anunciado, por tener todo su capital comprometido en la OPA contra la Korolev. El Soviet Orbital Unificado anuncia que el grupo de combinados farmacéuticos financia el dividendo de la Tempel, lo cual se publica al mismo tiempo que el anuncio, realizado por Couceiro en persona, de que Tempel va a desprenderse de todas sus acciones de la Korolev, dando por fracasado el intento de absorción, a fin de aplicar los beneficios a la garantía del dividendo. Al divulgarse por dos fuentes distintas que el dividendo está asegurado, las acciones Tempel empiezan a subir. Michael intenta lanzar más rumores, pero ahora los agentes lo piensan dos veces antes de dar por buena ninguna noticia no confirmada acerca de la compañía.

Un impulso frío se propaga por la red a la velocidad de la luz, procedente de la poderosa inteligencia artificial del cristal de Roon. Cowboy se estremece al escucharlo e incluso cree percibir dentro de su máscara el olor apestoso de aquel aliento.

—Hemos tocado fondo. Ahora hay que comprar y cuando hayan subido a mil quinientas, venderemos y si coincidimos con una oleada de realización de beneficios, volveremos a hundirla.

El Cowboy orienta las toberas de escape del ala delta para mantenerse estacionario sobre el desierto de Nevada. Las órdenes de compra fluyen a través de los robobrokers. La recuperación de la Tempel es más rápida que su colapso. Cuando la cotización alcanza el 1.500 vuelven a salir las órdenes de venta, pero ahora hay más agentes ansiosos por comprar que vendedores. Las cotizaciones oscilan en la incertidumbre durante algunos segundos mientras se producen las realizaciones de beneficios, pero entonces Couceiro anuncia otra declaración pública.

Las reservas del virus anti-Huntington serán enviadas desde la órbita en fecha próxima, pero acompañadas de cutters orbitales para impedir un nuevo ataque. Los noticiarios empiezan a difundir informaciones sobre la inocuidad y la eficacia probada del tratamiento. Las cotizaciones suben otra vez.

La Tempel cotiza a 2.000 cuando la bolsa de Chicago reanuda la actividad. El Esquivo y Michael han agotado todos los fondos disponibles. Inmediatamente transmiten a Venezuela los derechos de voto de todas las acciones que han adquirido, para ponerlos a disposición de Roon. El Pony Express flota sobre su pista y cuando saca el tren disponiéndose a tomar tierra, la cotización de la Tempel se ha estabilizado alrededor del 3.000.

El personal de tierra corre al encuentro del aparato, arrastrando la red de camuflaje. Una desesperación fría le carcome el corazón al Cowboy. El mensaje que Roon ha enviado a través de la red de comunicaciones ha confirmado sus presentimientos.

—No tenemos derechos políticos suficientes para deponer a Couceiro. Si ahora yo reclamase una junta de accionistas sólo serviría para llamar la atención sobre mi papel en este episodio.

—¡Maldito cobarde! —aúlla el Cowboy, al tiempo que nota cómo retorna el dolor a sus extremidades entumecidas.

—Puedo intentar que muden de opinión algunos consejeros, pero sospecho que Couceiro habrá ganado más admiradores que adversarios con su victoria de hoy. Propongo que nos embolsemos los beneficios y tomemos nota de la lección.

—¿Temes convertirte en un objetivo tú mismo, Roon? —exclama el Cowboy—. ¿Te da miedo el meterte en juegos de adultos?

—No te oye, Cowboy —interviene Reno—. Se ha desconectado de la red.

—Debí acabar con él cuando tuve la oportunidad —dice el Cowboy mientras se quita los cinturones de seguridad y el casco. En seguida se le inunda la frente de sudor. La carlinga se abre con un lamento electrónico. El calor del desierto corta la respiración incluso debajo de la red de camuflaje. El Cowboy está furioso, quemado el corazón y el cristal de su cráneo.

—No desmontéis la red todavía —anuncia el Cowboy—. Es posible que volvamos a necesitarla. Luego os lo explicaré.

Dicho lo cual se desconecta del interfaz y se pone en pie dentro de su cabina. En seguida empieza a bajar torpemente por la escalerilla, mientras las manos de los mecánicos se alzan para ayudarle.

El cuartel general está instalado bajo una tienda en forma de burbuja climatizada, recubierta por una red de camuflaje. Al lado de ella, camiones de combustible y dos blindados, friéndose bajo el calor. El Cowboy entra en la tienda con el casco en la mano.

Sarah sale a su encuentro. Parece acobardada, con ojeras de desesperación. En la frente se ve la marca roja del casco que ha llevado mientras estuvo conectada. Le recibe en sus brazos y el Cowboy se detiene maquinalmente al tiempo que ella apoya la mejilla en su cuello.

—Casi lo conseguimos —se lamenta ella—. ¡Estuvimos tan cerca!

—Todavía no hemos terminado —dice el Cowboy—. ¿Dónde está el Esquivo? Quiero que se mantenga la red de comunicaciones.

Ella se hace atrás, se queda mirándole.

—Pero ¿qué dices?

—Digo que ahora tenemos más acciones. Hemos realizado un sustancioso beneficio. Por tanto, estamos en posición más fuerte, ¿no?

Sarah menea la cabeza.

—¿De qué serviría? No podemos...

Una bocanada de aire frío refresca la frente del Cowboy y le pega el traje de vuelo al cuerpo, como si lo aspirase la fuerza de la gravitación.

—Los he derribado una vez —explica él—. Puedo volver a hacerlo.

Sarah se queda un instante como colgada en el tiempo, el rostro convertido en una máscara de sorpresa.

—¿Y la escolta? Llevarán escolta esta vez.

—¡Al diablo la escolta!

La toma de la mano y la lleva al interior de la tienda, hacia la sección de comunicaciones instalada al fondo. El Esquivo está allí sentado entre las ruinas de su plan, mientras a su alrededor empiezan a desmontar el sistema de comunicaciones y los especialistas de la Flash Forcé contemplan la operación con frío interés profesional. Al Cowboy se le antoja que el Esquivo nunca ha tenido tanta cara de viejo como ahora.

—Oye, Esquivo —le dice—. Esto no ha terminado —y cuando todas las cabezas se han vuelto hacia él, agrega—: Quiero hacer otra salida.

Las lánguidas notas de la guitarra vaquera resuenan de nuevo en su mente.

 

21

 

Desnuda, Sarah yace sin poder conciliar el sueño sobre un jergón instalado bajo la tienda de campaña y rodeado de una cortina de plástico joviano opaco. Sus brazos y su nuca están quemados por el sol, de las horas pasadas al aire libre ayudando a montar misiles de fabricación casera, sin tener en cuenta que el filtro solar adquirido en Florida resultaría bastante menos efectivo en el desierto de Nevada. El aire refrigerado susurra en los conductos de ventilación pero no alivia su malestar. Alarga la mano hacia la cerveza y apoya la frente contra la fría botella buscando el contraste benefactor del frío sobre su piel ardiente.

—¿De dónde vas a sacar los pilotos, C-boy? —la pregunta la planteó Warren—. Tenemos cinco alas delta, o seis si no conservamos una para piezas de repuesto, pero sólo contamos con tres pilotos —Warren ha meneado lentamente la cabeza—. Casi todos han muerto en los pasos de la Muga, y la mayoría de los supervivientes se han ocultado y no quieren saber nada de ninguno de los dos bandos de esta guerra.

Entonces Sarah recordó los retratos de las paredes, allá en el Blue Silk, y que algunos de ellos no llevaban lazo de luto. Así que manifestó lo que sabía y se efectuó una llamada a Tampa. En seguida Maurice se puso en marcha hacia el Oeste, aportando además 30.000 en oro. Se intentó contactar con dos veteranos pilotos de cutter recomendados por Maurice y uno de ellos aceptó. Trajeron en helicóptero los materiales para montar misiles y los laboratorios trabajaron día y noche bajo las redes de camuflaje para destilar combustible y explosivos.

—Soy yo —anuncia la voz del Cowboy, al tiempo que abre de arriba abajo la tira de velero, con un ruido como de prenda de lino que se desgarra.

Entra y cierra de nuevo el velero a su espalda, la cara bañada en sudor, vistiendo un viejo overol y con la frente y las manos llenas de quemaduras.

—Hola —se arrodilla junto a ella y se inclina para besarle un pezón.

Sarah le ofrece la cerveza y él se sienta con las piernas cruzadas, bebe y anuncia:

—Esta noche traigo un delta de Colorado. Salgo para allá en helicóptero.

—¿Cuándo piensas dormir?

El Cowboy se enjuga la frente con la palma de la mano y luego se frota la mano en la pernera del overol.

—Durante el vuelo en el helicóptero —explica—. Llevo otro piloto.

—No digas tonterías. Cowboy —se incorpora sobre los codos ella, con el ceño fruncido—. Necesitas descanso. Quítate la ropa y ven a acostarte.

El sonríe y replica:

—¿Tú crees que eso va a ser reparador?

Ella se hace a un lado y da una palmada sobre la yacija, diciendo con intención:

—Muy... reparador.

El Cowboy deja la cerveza en el suelo y se lleva la mano a la cremallera del overol, pero se inmoviliza al instante, en actitud de escuchar. Sarah se vuelve a su vez y aplica el oído captando a lo lejos la vibración de las palas del helicóptero que viene del norte.

—¡Condenado...! —murmura Sarah al ver la fiebre que sube otra vez en los ojos del Cowboy, el mismo brillo que tenía dos días antes cuando se apeó de su alta delta... el amor a la velocidad y al metal, la obsesión por el interfaz cristalino y las extensiones electrónicas de su mente lanzada a la velocidad de la luz... Cuando se halla en ese estado, el Cowboy parece un núcleo atómico rodeado de su nube de electrones, impenetrable, libre de toda atadura terrenal, inmune... Como ahora, mientras estira sus largas piernas y se incorpora.

—Lo siento —dice, pero en realidad ya no está allí, la mente absorta en no se sabe qué espacio interior, aislado detrás de sus ojos de plástico.

Le lanza un beso con la mano y desaparece. Sarah alarga la mano hacia la cerveza, vuelve a dejarla. Ya no tiene sed. Volviéndose boca abajo, deja que el débil soplo del aire acondicionado le refresque la espalda sudorosa.

Horas después inicia su turno en la sala de comunicaciones. Hay poca actividad, ya que se han reducido los mensajes al mínimo con objeto de evitar la detección de la red por parte de la Tempel. Sentada en el gran recinto silencioso, las almohadillas de espuma del casco le rozan la piel de la frente quemada por el sol. Sarah aborrece la atmósfera militar que impera en este campamento, las guardias, los turnos asignados por orden superior, toda esa importancia que atribuyen a la seguridad y a la disciplina, tan contraria a su espontaneidad de buscona. La pantalla que tiene ante sí está en blanco, excepto el cursor que parpadea. Al otro lado un técnico en comunicaciones está trasteando cables, cinta aislante, conectores. El aire acondicionado no funciona aquí más eficazmente que en su propia habitación. Contrariada, teclea una línea sin sentido, luego la borra.

Si hubiese actuado con más acierto, se dice Sarán, ahora no se hallaría ahí sentada, en lo que viene a ser el blanco de un antiguo polígono de ensayos nucleares, ayudando a un grupo de ratas del desierto que se ha empeñado en atacar la inconmensurable potencia de los Orbitales con un puñado de aviones de fabricación casera. Podría estar en la órbita, lejos del pozo gravitatorio, contemplando Nevada desde la ejemplar inmunidad de una casa de aleación junto a Daud, ambos bien limpios del barro terrestre en el que han pataleado toda su vida. Si hubiera sabido manipular mejor a Andre, si no hubiese consentido que los sentimientos contaminasen sus acciones..., si hubiese conservado su voluntad pura y dura como el titanio, ahora estaría a salvo, envuelta en el aislamiento perfecto del vacío.

El equipo de aire acondicionado sigue susurrando futuros que no pudieron ser. Sarah no ignora cuál de los futuros posibles es el más probable para ella: unos cuerpos calcinados envueltos en metal fundido, una muerte personal, una figura de rasgos inciertos pero equipada con los iris metálicos de Andre y la voz sorda de Cunningham, cayendo sobre ellos a la velocidad supersónica de un proyectil. Y toda esta chapuza ridícula explotará en un surtidor de metralla mientras los supervivientes corren a buscar cobijo o se vuelven el uno contra el otro en busca de salvación.

El técnico está golpeando uno de sus instrumentos con el mango de un destornillador. Sarah sonríe con fiereza y se arrellana en su asiento, se echa el casco hacia atrás para enjugarse la frente. Cierra los ojos y efectúa varias rotaciones de cabeza, escuchando los crujidos de sus vértebras cervicales.

Por absurdo que parezca, en realidad no desea hallarse en ningún otro lugar del mundo, sino aquí.

En ese instante la señal de una llamada cosquillea su cerebro y al mismo tiempo aparece un blip en la pantalla. Ajustándose el casco sobre las sienes, Sarah envía una señal mental en respuesta y sus nervios se estremecen al recibir el frío contacto de la locura distante que late en un cristal.

—Aquí Roon. Mi gente acaba de averiguar los datos del embarque.

Sarah pone en marcha la grabadora y habla al micro, desdeñando el uso del casco:

—Preparada para recibir.

—¿Eres tú, Sarah? —la intimidad forzada de las palabras le parece tanto más odiosa, o mejor dicho casi insoportable, al captar el tono monocorde de la voz e imaginar a su interlocutor sentado en su castillo de aleación, sobando el cabello brillante de alguna de sus víctimas mientras susurra a través de sus chips—. Me parece estar viéndote. Tu piel suave y aceitunada, y esas cicatrices que exhibes con tanto orgullo. Me gustaría enseñarte la inutilidad de ese orgullo, Sarah, iniciarte en los placeres de la sumisión.

La voz fría y remota hiela a Sarah hasta los huesos. Va a tener que editar esta grabación. No desea que nadie más escuche semejantes palabras.

—No soy Sarah —dice—. Si no tiene un mensaje que transmitir haga el favor de dejar libre este canal.

—¡Ah! —pese a la falta de entonación de la voz se adivina que la contrariedad de Sarah complace a su interlocutor—. Como quieras. La nueva expedición viene mañana en el transbordador Argosy, de la clase Venture, hora prevista de aterrizaje alrededor de las dieciocho treinta y dos. Será en a base de Edwards, no en Vandenberg. Viene escoltada por seis fragatas de a clase Hyperion.

El corazón de Sarah está a punto de salírsele del pecho. Mañana es demasiado pronto. Los pilotos del Cowboy ni siquiera han tenido oportunidad le entrenarse juntos. Y Edwards es una base militar y de pruebas de los orbitales, no un espaciopuerto comercial como Vandenberg. Sin duda éste carece de instalaciones que permitan el aterrizaje de seis fragatas. Son naves de gran porte, capaces de maniobrar tanto en el espacio como en la atmósfera. Aunque, por otra parte, el cambio podría resultar favorable; Edwards queda más cerca del campamento base de ellos en Nevada y el transbordador se hallará más tiempo dentro del radio de acción del Cowboy.

—Mensaje recibido —anuncia Sarah, repitiéndolo dos veces para mayor seguridad.

—Lo siento, Sarah —la voz criogénica sigue hablando con su indignante tonillo de superioridad—. Lo siento de veras. Sé que es demasiado pronto y 10 podréis prepararos adecuadamente. Pero vuestro fracaso apenas significará sino un pequeño retraso en el establecimiento de la relación histórica exigida por la pura inevitabilidad de los datos.

Sarah desconecta la grabadora y anuncia, procurando que la rabia no se trasluzca en su voz:

—Procederemos con arreglo a lo previsto. El transbordador será derribado.

El titubeo de Roon dura una fracción de segundo antes de contestar:

—Entendido.

Con lo que desaparece de la red, nuevamente reemplazado por la pantalla vacía con el cursor parpadeante.

Sarah localiza al Esquivo con el buscapersonas y mientras él acude, utiliza el casco para editar la cinta suprimiendo los comentarios de Roon. Cuando entra el Esquivo le pasa la nueva versión, observando la preocupación reciente que empaña la mirada del viejo.

El Esquivo se entretiene largo rato cortando un trozo de tabaco de mascar.

—Quizá podríamos conseguirlo —dice finalmente—. Pero todavía nos alta un piloto.

Sarah se inclina sobre la pantalla.

—Yo te buscaré uno —dice, recordando que Maurice le habló de un tipo que según las últimas noticias vivía en Catalina, pero se ha mudado y nadie sabe su paradero.

Rebusca en los registros, encuentra la antigua dirección, llama a los vecinos. Uno de éstos menciona Santa Barbara y se evidencia la necesidad de repetir el procedimiento. Esta vez un vecino remite a Carson City. Premio. El hombre vive casi al lado.

Resulta que andaba muy necesitado de ganarse 30 K en oro. Los de la Flash Forcé enviarán a por él esta misma noche, en helicóptero.

El Esquivo, radiante, le propina a Sarah una palmada en la espalda.

—Magnífico, Sarah. Ya tenemos equipo —se pasa el bocado de tabaco al otro lado mientras busca con la mirada una de las escupideras que le han traído sus hombres—. Tu amigo Maurice llega esta noche. He dispuesto que todos los pilotos se reúnan con él para escuchar su conferencia sobre las tácticas de combate de los Orbitales.

Más temas militares. Sarah se alegra de no tener que asistir. Le queda todavía una hora delante de los monitores antes de salir a almorzar, y aún éste será un almuerzo colectivo servido bajo una carpa-cantina, lo cual le recuerda demasiado los comedores de beneficencia que frecuentaba de niña y no le despierta el apetito precisamente.

El Esquivo sale y Sarah se sumerge otra vez en la contemplación de la pantalla y del cursor que parpadea, echando en falta algo fresco que beber. De pronto el cursor echa a correr por la pantalla, empujado por una hilera de datos, y una voz diferente cosquillea las sienes de Sarah.

—Necesito hablar con Sarah. Díganle que soy su hermano.

Ella siente un calorcillo fugaz.

—Aquí estoy, Daud.

—Oye, Sarah, ¿quién era ese fulano que hablaba conmigo?

Sarah lanza una ojeada al técnico que todavía está hurgando entre sus cables y piensa que sería mejor poder hablar en privado.

—No lo sé. Habrá sido un cruce, supongo.

—¿Randolph Scott? ¿Es ése su verdadero nombre? —hay una nota falsa en la voz de Daud, como si estuviera fatigado. O ñipado, más probablemente. Un escalofrío de alarma se insinúa en las venas de Sarah.

—Lo dudo —baja la voz y silabea despacio para hacerse entender a través del micro—. ¿Cómo estás? ¿Desde dónde me hablas?

—Estoy bien. Nick y yo encontramos una vivienda, y él ha conseguido un poco de dinero.

¿De dónde lo ha sacado? ¿Es él quien paga las endorfinas que te has metido en la vena? Es lo que ella querría preguntar, pero no lo hace porque ya sabe cuáles serían las respuestas, y que nunca averiguará la verdad mientras permanezca oculta en Nevada.

—¿Os han molestado? ¿Os vigilan?

—Creo que no —se oye un ruido de fondo, un rumor doméstico, la puerta de un frigorífico al cerrarse o algo por el estilo. Al momento se le enciende la sangre a Sarah.

—¿Desde dónde me llamas? ¿Estás hablando desde vuestro apartamento?

—No —la respuesta de Daud viene precedida de una breve vacilación, lo cual le basta a Sarah para saber que es mentira. Casi le parece estar viéndolo de pie al lado del teléfono, el cigarrillo en la mano, los ojos mirando nerviosamente de un lado a otro.

Inclinándose sobre el monitor, empieza a suplicarle con tal angustia que al otro lado de la estancia el técnico se vuelve a mirarla, sorprendido.

—Por favor, Daud, dímelo. No me enfadaré si me dices la verdad.

—No —insiste Daud, obviamente irritado—. ¿Por qué no quieres creerme nunca? Ya te he dicho que no.

Ella le conoce demasiado bien, y sabe que también esto es mentira.

—Oye, Daud. Empiezan a moverse las cosas aquí, no podemos continuar —habla deprisa—. Te llamaré en otro momento.

Daud escupe su decepción.

—¡Maldita zorra! Te he dicho que...

—Te quiero —se despide ella con voz apagada, casi al mismo tiempo que pulsa la tecla que pone fin a la comunicación.

Mira el cuadro de instrumentos, sin ver nada fuera de lo corriente, y luego se vuelve hacia el técnico.

—Alarma de seguridad. Hagan lo necesario. Estoy segura de que esta llamada estaba intervenida.

 

22

 

Sarah y Maurice, de pie en medio del desierto, el aliento cortado por el corazón titánico y pulsátil que se levanta del suelo. El delta del Cowboy flota estacionario en la oscuridad, mancha de negrura más densa recortada contra el firmamento, la tobera orientada al suelo levantando una nube opaca de polvo que se levanta poco a poco hacia el cielo estrellado. Sarah entrecierra los ojos para defenderse contra la polvareda y nota la tensión de sus músculos en la nuca y la espalda, como esperando algo que va a caer del cielo...

El plazo es demasiado breve, le han dicho. Como el objetivo a interceptar tiene prevista su llegada la tarde del día siguiente, no hay tiempo para trasladar la base y seguir preparando la misión al mismo tiempo. Ellos no creen, según le han dicho, que ningún programa haya logrado localizar la comunicación a través de los múltiples relevos de que consta la red. Será cuestión de reforzar las medidas de seguridad, traer más personal y armas defensivas, y confiar en que los expertos de la Flash Forcé no se hayan equivocado.

El delta aterriza y el aullido de los motores se extingue poco a poco, mientras que la tormenta de polvo continúa. Están a más de un kilómetro del campamento, dispersando los ala delta para que resulte más difícil su localización. Sarah se sorprende a sí misma mirando hacia el cielo constelado de diamantes, todavía tensos los músculos de la nuca y de los hombros, hasta darse cuenta de que es la caída de una roca lo que teme. Si los de la Tempel han logrado determinar su emplazamiento, no hay medio más fácil para librarse de ellos.

El personal de tierra acude corriendo con las redes de camuflaje. Se alza la cubierta transparente de la cabina y el Cowboy se pone en pie, su casco negro reflejando las estrellas. Sarah se acerca mientras el Cowboy se deja caer escalerilla abajo hasta la arena crujiente. A su espalda, Maurice la sigue en silencio.

—Oye, Cowboy. Llamó por teléfono Daud y...

—Lo sé todo. Me lo contaron mientras volaba hacia aquí. He realizado algunas maniobras de diversión por si acaso andaban buscándonos.

Está cansado, eso se nota incluso bajo la tenue claridad que dan las estrellas. Tiene una marca roja alrededor de la nariz y la barbilla, por el roce de la máscara inhaladora de anestésico. Tras quitarse el casco, se limpia el sudor de la cara.

—Habrá que hacer algo con ese hermano tuyo, Sarah.

El orgullo de ella se rebela.

—Es mi problema.

Tal vez sí que estaban ellos allí, piensa. Tal vez sí que estaba Nick sentado a su lado, apuntándole lo que debía decir. O tal vez fue sólo su desidia habitual lo que le impidió tomarse la molestia de usar sus piernas nuevas para salir a buscar otro teléfono.

—Tu problema puede ser la causa de que descubran esta base. Tu problema puede hacer que nos maten a todos —levanta la mano enguantada y roza las cicatrices, apenas perceptibles ya, de la mejilla de Sarah, pero ésta le hurta el rostro—. Y también fue el culpable de esto.

—¡No! —deniega ella con énfasis—. Fue un error mío.

—Él permitió que tendieran la emboscada, ¿no fue culpa suya eso?

Sarah se limita a menear la cabeza sin contestar. Nota un picor detrás de los ojos y en los lagrimales. Ella no necesita que nadie le diga que Daud es un desleal, pero eso no cambia nada. No quita la parte de culpa que ella tiene de que él sea un desleal, ni tampoco borra el recuerdo de su propia deslealtad, del intento de traición que ha dejado tantas cicatrices en su corazón como en su cara. En esa ocasión ella fue desleal a sus propios objetivos, a su única oportunidad de salir de esto... y desde entonces siente ese vacío en el pecho, el vacío que han dejado ahí las intenciones que le fueron arrancadas.

El Cowboy se vuelve apartándose de ella y le tiende la derecha a Maurice.

—Te agradezco que estés aquí —dice.

La sonrisa tranquila y melancólica de Maurice parece otro rostro de la noche. Sus ojos brillan como un par de lunas artificiales muy lejanas.

—Y yo os agradezco que me hayáis dado la oportunidad —lleva al cuello, debajo de la camisa, su pañuelo azul, blasón de sus viejas fidelidades—. Los demás ya están aquí. He preparado un resumen sobre las fragatas tipo Hyperion y las tácticas de combate que probablemente utilizarán.

—¿Ahora mismo? Vamos allá, entonces.

Sarah emprende tras ellos el largo paseo hasta la tienda burbuja. Hablan en su jerga de aviadores, cargada de palabras técnicas de aeronáutica, y que a ella le parece innecesariamente críptica. Es el lenguaje de su club secreto, piensa, de la sociedad cerrada de los que adoran la velocidad y la violencia mecánica.

Por lo que elude la reunión, que de todas maneras no habría significado nada para ella, prefiriendo agenciarse un bocadillo y una limonada fresca. Luego se encamina al diminuto recinto que le sirve de habitación, se desnuda y se tiende sobre el catre, escuchando el murmullo monótono de las tuberías de la ventilación. Le quedan sólo seis horas antes de regresar al turno de trabajo, a la línea de montaje de misiles instalada en una trinchera.

La cabeza sobre la almohada, mirando el ángulo gris de su propio codo, pasa revista a las semanas transcurridas y trata de discernir en qué punto mudó de lealtades, en qué momento prescindió de sus sueños... Fue entonces cuando cambiaron las cosas para ella, dejando de pensar en sí misma y en Daud para abrazar algo más complejo. La supervivencia era un objetivo bien simple. Supervivencia para ella y su hermano, y otra cosa: huir del barro. En cambio las nuevas lealtades son bastante más complicadas que la mera supervivencia. El Cowboy y sus compañeros, los tanquistas y los pilotos no son supervivientes según lo entiende Sarah. No persiguen la autoextinción de una manera tan espectacular como aquellos Silver Apaches, pero hay algo en su búsqueda de lo absoluto que da grima... Van a la caza del olvido en cada expedición, y se consideran a sí mismos con arreglo a lo cerca del ojo de la calavera pintada en el cielo que sean capaces de volar, y tiene más mérito el que la haya rozado y pese a ello haya conseguido regresar... Hablan del Cowboy como si fuese un inmortal, como si su vida fuese algo mágico, pero ella sabe que si él sigue tensando la tenue cuerda que le retiene impidiendo que caiga en la tiniebla, algún día se romperá y el Cowboy será tragado por la oscuridad, como una partícula volando solitaria en el espacio nocturno.

Dentro de pocas horas es posible que los seis ala delta hayan quedado reducidos a montones calcinados de resina epoxídica en medio del desierto de California, y aunque con eso quede satisfecho el anhelo último de esos pilotos, ¿qué será entonces de las nuevas lealtades de Sarah? El pequeño campamento habrá perdido su finalidad y su centro; con un poco de suerte, quizá los hombres de Flash Forcé la ayudarán a ocultarse en la población más cercana. Daud podrá ser un débil y un desleal, pero al menos ella sabe que puede obligarle a aceptar la vida. Y no está segura de que eso sea posible con el Cowboy.

Esta noche él no vendrá. La reunión se prolonga hasta muy tarde, y de madrugada se presenta un problema con uno de los reactores y se necesita que echen una mano todos los que entienden algo de eso. Sarah, tumbada de espaldas, mira el techo y se pregunta si caerá la roca, si verá el resplandor a través del plástico traslúcido de la carpa un instante antes de recibir la onda de choque.

La roca cae a media tarde. Sarah está trabajando en la trinchera con los dos últimos misiles aire-aire que es preciso colocar en los soportes para ser transportados hasta el ala delta de Maurice, estacionado bajo redes de camuflaje a unos dos kilómetros de allí. Sarah viste sólo un bañador de una pieza y zapatillas, pues ha dejado sus prendas antibala y su pistola colgando de un armón. Al Cowboy lo ha visto únicamente a la hora del desayuno, y en compañía de otros. Desde entonces sólo ha visto a los tres hombres que ayudan a montar misiles y a Maurice, que espera pacientemente sentado en su delta a que vayan llenándose los compartimientos portamisiles instalados debajo de las alas.

Y de súbito se disparan todas las alarmas. Sarah se incorpora de un salto, mira las caras atónitas de los mecánicos y de un salto, se apodera de la metralleta, el chaleco antibala y los pantalones, para echar a correr hacia otra zanja distante una docena de metros. Si va a haber combate, a ella no la pillarán cerca de semejante acumulación de explosivos.

Tras arrojarse de cabeza a la trinchera, jadeando ya a causa del insoportable calor, rebusca entre sus ropas el inhalador de fogonazo, mientras oye las sirenas de alarma, los pasos de los que corren, el aullido cada vez más intenso de los blindados al ponerse en marcha los motores... La droga azota sus nervios, comunica vitalidad a sus músculos y hace que la sangre circule más deprisa. Mete los pies en las perneras de los pantalones, y mientras está peleando con la cremallera se inmoviliza un segundo al notar el paso de algo que corta el aire sobre su cabeza. Y cuando mira al azar, casi esperando ver, de acuerdo con el sonido escuchado, la repulsiva aguja negra de una fragata de los Orbitales apuntándole directamente entre los ojos..., pero no ve absolutamente nada. La detonación la arroja contra la pared de arena de su zanja. El aire se llena de una lluvia de cascotes. Y luego se oyen más zumbidos que desgarran el aire, y más explosiones. Entonces comprende que es artillería, morteros o algo parecido, y de gran calibre por cierto, que han empezado a barrer la base.

Sarah se incorpora, tosiendo el polvo que ha llenado sus bronquios, al tiempo que se endosa el chaleco antibala sin hacer caso de la arena que le recubre la piel. Las explosiones se han alejado un poco y ella se aventura a echar una ojeada sobre el borde de la trinchera, parpadeando para quitarse el sudor y el polvo. Justo a tiempo de ver las formas angulosas de cuatro blindados que acaban de coronar una loma distante menos de un kilómetro. Las estelas de arena que levantan se diría que han vuelto del revés medio desierto. Una serie aullante de destellos puntea la cima conforme los sistemas automáticos de defensa instalados por la Flash Forcé disparan sus roquetas de fragmentación. A su espalda oye una especie de grito. Uno de los blindados del Esquivo se ha puesto en marcha y está cobrando velocidad en el terreno llano; conforme el vehículo se sitúa detrás de ella con ensordecedor alarido de sus motores, Sarah comprende que va a verse atrapada entre dos fuegos y se arroja de bruces al fondo de la zanja.

Silbidos en el aire, estampidos, quejidos de metales y motores torturados. Las granadas de mortero llueven aquí y allá, martillean la tierra. Sarah aprovecha otro respiro para asomarse de nuevo.

Delante de ella y un poco a la derecha, uno de los blindados invasores ha recibido y despide por la popa un humo negro cuyas volutas se elevan en el aire. Pero el cañón miniatura de la tórrela dorsal sigue con su ladrido ronco. La compuerta de carga del panzer se abate y sale un pelotón que se despliega sobre el terreno, soldados en uniforme de camuflaje y cascos negros. Se mueven como sincronizados, moviendo las cabezas de un lado a otro para explorar el terreno y de tal manera que cubren todas las direcciones 360 grados a la redonda; los brazos y las piernas se mueven con alarmante velocidad y eficacia. Ciberimplantados con cristal para el combate en escaramuza, muy superior a cualquier cosa que Sarah haya visto hasta ahora. Menos mal que están fuera del alcance de su automática; así no ha sentido la tentación de dispararles y atraer sobre sí el fuego de todo el pelotón.

Otro blindado invasor pasa a toda velocidad por la izquierda levantando una cortina de polvo. Cuando ella se vuelve a mirar, el panzer ha embestido de frente contra uno de los ala delta estacionados, el cual sale proyectado lateralmente como si un automóvil hubiese chocado con un triciclo. Con un lamento mecánico, el avión da varias vueltas de campana y queda hecho trizas en tierra, mientras el panzer continúa su carrera rugiente, la red de camuflaje colgando del morro. Entonces la polvareda alcanza la posición de Sarah dejándola completamente a ciegas.

El pánico la ahoga mientras piensa mi cristal no vale para esto. Dejándose caer al fondo de la trinchera, aferra la pistola ametralladora. Si alguien irrumpiese en esa zanja, ella lucharía y acabaría con él, pero de no suceder así, prefiere mantenerse al margen y aguardar a que las circunstancias declaren quién sale vencedor. Una chica de las calles apenas vale un balazo en situaciones así, y Sarah no lo ignora. Es preferible dejar la defensa a los de la Flash Forcé, que para eso se les paga. El fogonazo hirviendo en sus venas, se apoya de espaldas contra la pared de la trinchera y apunta el arma sobre la pared opuesta, confiando en que sabrá reaccionar con rapidez suficiente si se presenta el caso.

Bajo sus pies el suelo retiembla de explosiones. El tableteo de las armas ligeras se suma al rugido de los misiles y a los alaridos de los motores a turbopropulsión. La polvareda sigue cayendo sobre sus brazos, sobre su vientre, sobre sus cejas y pestañas, y ella se dedica a limpiar una y otra vez el cañón de la Heckler Koch, con rápidos movimientos. En un momento en que se aclara el polvo alrededor de ella ve un ala delta que vuela en barrena y cayendo hacia la zanja; es Maurice, reconocible por la configuración diferente del aparato. Luego ve un hilo de plata que pasa por encima del ala izquierda y se desvía seguidamente hacia el cielo; es un misil que ha fallado el blanco. Sarah se queda esperando el golpe, desvalida, convencida de que la masa de resina epoxídica del fuselaje va a aplastarla, pero luego resulta que el avión aún tiene sustentación suficiente porque se recupera y desaparece de la visión de ella. El temido impacto no se produce; evidentemente Maurice ha esquivado el misil y al mismo tiempo ha logrado eludir el abrazo fatal de la gravedad.

Las granadas vuelven a llover alrededor de la zanja y Sarah encoge la cabeza. Al poco cesa el fuego de mortero y también el fragor de la lucha se va haciendo menos intenso. Ahora hablan tan sólo las armas ligeras, con el ocasional rugido de algún cañón miniatura o el tableteo de una ametralladora. Se abren manchas azules en el firmamento gris polvo. Sarah cambia de postura, acuclillada, y aventura otra ojeada.

Columnas de humo se alzan por todas partes, el suelo del desierto lleno de cráteres. En su ángulo de visión hay cuatro blindados destruidos, el ala delta aplastada, un automóvil de la Flash Forcé destripado y un camión de combustible bombardeado que arde vivamente. La tierra está sembrada de cadáveres, la mayoría de los cuales visten el overol de colores brillantes que lucían los hombres del Esquivo. No se distingue ningún movimiento, aunque todavía se oye el fuego de armas ligeras en alguna parte. Una golondrina negra cae del cielo y Sarah reconoce el ala delta de Maurice que vomita fuego. Ve los cohetes y oye las explosiones pero no puede ver hacia dónde dispara; a continuación el ala delta vira y vuelve a ganar altura.

Sarah se deja caer de nuevo en el fondo de la trinchera e intenta limpiarse el sudor y el polvo de la cara, notándola embadurnada. La fatiga empieza a vencer los efectos del fogonazo; está agotada sin haber participado en la batalla, simplemente por haber vivido sus sensaciones. Todo esto lo hizo Daud con una simple llamada telefónica, piensa entre las nieblas de su fatigado cerebro, mientras cierra los dedos sobre la culata de su arma y aprieta los dientes. Imagina a la Comadreja destrozando las carnes nuevas y tiernas de Daud, lanzándose contra sus azules ojos embusteros, y la reacción de pánico de Daud mientras ella le lanza sus golpes calculados...

El avión efectúa una pasada sobre el campo de batalla. El fuego ha cesado y se oye movimiento de coches y camiones. Sacudiéndose para ahuyentar la morbosa visión, Sarah se asoma otra vez de su zanja. De otras trincheras van saliendo hombres en uniformes de camuflaje y con cascos negros, las manos en alto, rodeados de soldados de la Flash Forcé que los obligan a subir en camiones. ¡Mercenarios!, piensa ella con rabia. Tienen convenios mutuos de trato humanitario y repatriación cuando caen prisioneros; no es como en el mundo de ella, donde los errores no se perdonan.

Un altavoz empieza a ladrar desde la tienda de campaña donde se ha establecido el mando:

—Personal técnico, preséntense a sus jefes de equipo. Vamos a pasar lista.

Sarah sale de su zanja y la próxima media hora transcurre en una actividad agotadora, confusa y sudorosa, entre escenas de horror y continuo temor a que se repita la alarma y caiga sobre ellos un nuevo ataque.

Maurice acerca su ala delta y Sarah empieza a tirar de los dos misiles que habían quedado en la trinchera para llevarlos hasta el aparato. Otros armeros corren a recargar los cañones, y así ella se entera de que ha sido Maurice el que salvó la batalla, el único que se hallaba en su avión cuando comenzó el ataque. Sobrevolando las cotas altas destruyó los morteros que iban rectificando el tiro hacia los ala delta y luego ayudó a inmovilizar los blindados atacantes. Dos de los aviones han quedado destruidos en tierra y los demás, dispersos entre quebradas o detrás de las colinas y cubiertos por las redes de camuflaje, se han salvado, en parte porque los dos blindados defensores se interpusieron y recibieron la mayoría de las roquetas enemigas.

Maurice está de pie en su carlinga cuando ella se acerca.

—¡Maurice! —exclama, latiéndole el corazón con fuerza—. ¿Dónde está el Cowboy? ¿Sabes algo?

—Están bien él y el Express. Han pasado la pelea escondidos en un barranco.

Sarah respira con alivio, intenta sonreír.

—Todo va bien, Sarah —prosigue Maurice—. Derribaremos el transbordador.

Su optimismo se atenúa un poco cuando ve que los dos misiles que trae Sarah son los últimos que le quedan, tras haber gastado los demás contra los blindados.

—Estoy bien —asegura Jimi Gutiérrez al pasar cerca de ellos, transportado en unas parihuelas improvisadas con una manta.

Tiene la piel chamuscada y le faltan las dos piernas, pero milagrosamente no ha perdido el conocimiento. Sonríe mostrando la férula metálica de la dentadura, que brilla en medio de su cara quemada y despellejada.

—Estoy bien —repite—. Todavía me quedan mis zócalos.

Sarah se despide de Maurice con un ademán y corre hacia la tienda del mando, que ha sido alcanzada, pero la han apuntalado y están vaciando a toda prisa su contenido. El campamento va a ser evacuado y los heridos enviados a un hospital de Las Vegas. Mientras corre sobre el suelo pedregoso Sarah pasa cerca de un grupo de técnicos del Esquivo que están ultimando a dos tanquistas prisioneros. Las ráfagas de metralleta despiertan los ecos de las lomas. Como la misma Sarah, los tanquistas no están protegidos por los convenios profesionales que rigen entre las compañías de mercenarios. Los demás sobrevivientes del grupo atacante, mercenarios japoneses desembarcados la noche anterior mediante el transbordador suborbital, permanecen en sudorosa e impasible formación mientras se les despoja de sus armas ofensivas y defensivas. Con un sobresalto de sorpresa, Sarah observa que hay entre ellos un individuo rubio y menudo.

Es uno de los acompañantes de Cunningham, el pequeño. Tiene quemaduras en la mitad de la cara, manchas de sangre en la camiseta blanca, y lleva un brazo en cabestrillo con un vendaje improvisado que también se ha manchado de rojo.

—Sarah —exclama al verla.

Ella nota como una explosión detrás de los ojos. Los circuitos integrados hacen que el movimiento sea fácil, económico. Le dispara una ráfaga en el pecho y se queda mirando cómo cae y los japoneses de la fila retroceden atemorizados, apartándose de la línea de fuego.

—¡Eh! —grita uno de los hombres de la Flash Forcé, apuntando el arma.

—Ése no era un mercenario. Es del personal de los Orbitales —pese al fuego que arde en sus venas, habla con voz fría—. A ésos no los cubre ningún convenio.

El mercenario la mira, indeciso. Lleva el bigotillo sucio de polvo y tiene los ojos hundidos, inyectados en sangre. Ella enfunda la pistola y le sonríe con fiereza.

—Si veis más individuos de ojos redondos por aquí, son Orbitales. ¿Dónde atrapasteis a ése? Seguramente estaba también Cunningham... o Calvert.

Los músculos del cuello del soldado están tensos como cordeles cuando habla, dominándose para no gritar:

—Pero ¿usted quién es? No tengo instrucciones...

A espaldas de Sarah se eleva el aullido de unos motores. Ella se vuelve, sin hacer caso de los balbuceos del mercenario, y ve los cuatro alas delta que despegan de sus escondrijos en el desierto, alzándose como insectos negros entre vaharadas de calor. El ruido pasa a la gama de los agudos cuando los aviones empiezan a cobrar velocidad y se elevan como dedos negros hacia el cielo.

—¡Eh! ¿Quién es usted?

El mercenario hace un ademán con su arma. Ella contempla su cara sudorosa, su mirada de alucinado, las manos que tiemblan mientras sujetan el arma; todo el miedo controlado durante horas estalla en la violencia de la pregunta.

—¡Eh! Necesito saber... —el hombre llora mientras Sarah sigue con la mirada, conteniendo el aliento, los aviones que cobran altitud—. ¡Maldita sea! —jadea el mercenario—. Usted no puede..., no se puede fusilar así a la gente... Hay que... tener autoridad.

Las lágrimas del mercenario gotean sobre su uniforme y dibujan sendas nuevas en el polvo que lo recubre. Sarah corre a la tienda del mando, busca a un oficial, se explica. Resulta que el prisionero estaba con los sirvientes de un mortero y cayó derribado por los cohetes de Maurice antes de que consiguiera escapar.

—Calvert seguramente estaba con él —dice Sarah—. Es el que dirige las operaciones de Tempel aquí. Les aconsejo que lo busquen.

Los delta se han desvanecido en dirección al sol hace largo rato cuando dos vehículos todoterreno de la Flash Forcé, cargados de mercenarios, salen levantando una larga estela de polvo hacia el emplazamiento. En uno de ellos va Sarah con el oficial.

Encuentran en el desierto el mortero, tubo negro reventado y arrojado a doscientos metros del lugar donde estalló su munición alcanzada por una roqueta de Maurice. Se hallan también los restos de un equipo de comunicaciones que utilizaban los atacantes para mantenerse en contacto con su base. El oficial explora las colinas con sus ojos de visión mejorada, y apunta con el dedo.

—El punto de concentración de esa gente seguramente se establecería ahí detrás.

A sus órdenes, la mayoría de los mercenarios de la Flash Forcé se apean de los vehículos e inician un despliegue a pie, mientras los dos todoterreno se adelantan por los flancos con intención de empujar a Cunningham hacia aquéllos.

Sarah, cubierta de sudor y de polvo, se aferra al costado del vehículo que salta sobre los baches del terreno y mira con intensa atención el desierto, la mano sobre la culata de su arma.

Pero el desenlace se le escapa. Se oye una ráfaga a la izquierda y la radio del oficial emite unos crujidos para ella incomprensibles. El oficial toca el hombro del conductor y señala con el dedo la dirección; el vehículo gira y acelera en medio de una nube de polvo.

El tiro que lo mató le ha entrado por el ojo y le ha volado la parte posterior del cráneo, pero todavía se reconocen perfectamente las facciones de Cunningham. Desde lo alto del vehículo Sarah contempla el cadáver polvoriento, el resorte de acero ahora roto que fue Cunningham. El oficial se queda mirándola, en espera de la identificación.

—No quiso que lo cogieran vivo —dice ella, y el oficial asiente y considera el cadáver con cierto respeto.

—Cargadlo atrás —ordena, a lo que sus soldados echan el cuerpo en la trasera del vehículo antes de subir a su vez.

Sarah lo contempla mientras rebota, inerte, siguiendo el bamboleo del todoterreno.

Mientras tanto recuerda la última vez que se vieron en el reservado del Plastic Girl, el breve diálogo de despedida, y su propio e intenso deseo de tener el billete de Cunningham a cualquier precio. Aquí está el precio, piensa ahora. Cuatro paladas de tierra en medio de un desierto. El rastrero que regresó a la Tierra para morir.

Mira hacia el oeste, hacia el cielo. Allí estará el Cowboy, enzarzado ya, probablemente, con los pilotos de la Tempel. Sarah se lleva la mano a la garganta. Toca hierro, como una gitana.

Más allá de su radio de visión ella sabe que el cielo está manchado de rojo.

 

23

 

El alcohol grita en el corazón del Cowboy. Su piel de resina epoxídica arde al contacto con el aire. El Pony Express sobrevuela California y entra a tres Mach en la región del cielo oscuro.

El Cowboy llega con retraso a la intercepción prevista y lo sabe, por eso cruza a toda velocidad el techo del mundo. El transbordador tiene sólo siete minutos de vuelo atmosférico entre la incomunicación ionosférica y el aterrizaje en Edwards, y ése es el margen de que disponen los ala delta para intentar destruirlo. Después de la persecución y de un combate sobre el desierto de Mojave, el Cowboy calcula que no va a tener combustible suficiente para regresar a la base; sólo cabe confiar en un aterrizaje forzoso sobre alguna parte llana del desierto o el lecho seco de un lago, desde donde pedirá un camión de combustible para repostar lo suficiente que le permita llegar a Colorado.

Hay arenilla entre su piel y la máscara, y ese picor de las partículas de polvo le recuerda una larga tarde calurosa agazapado en un barranco junto con el Esquivo, mientras los morteros de los Orbitales batían el terreno y los ala delta morían aplastados por los blindajes Chobham, empujados por los turborreactores. Esa batalla no era para él, ni el Cowboy tiene los chips idóneos para tal género de lucha.

Ésta es la hora de la venganza. En seguida capta los primeros impulsos de energía radar dirigidos hacia abajo desde la cúpula del firmamento. Siete impulsos diferentes. Dos fragatas van delante, horadando la atmósfera con las alas replegadas, los revestimientos refractarios con una cola de fuego. Son la vanguardia, destinada a despejar el camino por si alguien hubiese sobrevivido al golpe de los Orbitales en Nevada. Luego el transbordador, reconocible por sus radares más potentes, a treinta kilómetros de distancia, seguido por cuatro fragatas que vuelan de dos en dos a intervalos de treinta kilómetros.

—Aquí el Cowboy. Objetivo localizado.

Mientras el equipo de tierra acusa mensaje recibido, el Cowboy resopla con desdén al observar la escasa profesionalidad de la disposición de los Orbitales. Estos legales no aprenderán nunca que un avión de combate que utiliza el radar delata su posición a los sistemas de detección pasivos mucho antes de que el propio radar haya visto nada. Los Orbitales probablemente verán a Cowboy en el infrarrojo antes de que aparezca su traza en los radares.

Los delta que se abalanzan hacia los Orbitales también vuelan por parejas, el Cowboy en punta de formación y su compañero Andy, un veterano deltapiloto, tres kilómetros más arriba y más atrás por el lado de babor. Diego y Maurice, otros dos veteranos de la Space Forcé, forman la segunda pareja a treinta y cinco kilómetros.

El cristal del Cowboy recibe una lluvia de transmisiones codificadas de los Orbitales. La parda línea costera de California cae hacia el océano. Arriba las fragatas se presentan al infrarrojo como balas brillantes que enfilan derechas hacia el cerebro del Cowboy. Envía un impulso a Andy y el Pony Express empieza a bailar en el aire, entre crujidos de toda su estructura, procurando esquivar los láseres de las fragatas. Pica, sube, derrapa, corrige, derrapa, corrige. El Cowboy atento a los controles para asegurarse de que los sistemas sobrellevan la paliza atmosférica. A través de su epidermis externa percibe un breve impulso de microondas, luego otro. Son cohetes de los Orbitales, guiados por radar, están volando ya. El Cowboy suelta un misil simulado que debe emitir una intensa imagen radar.

Acto seguido dispara un cohete detector de radiación, sólo para disuadir a las fragatas y que no sigan utilizando sus equipos de radar; en seguida recibe de Andy la confirmación de que su compañero ha hecho lo mismo. Sus sensores enloquecen durante un segundo, confirmándole que acaba de cruzar un haz láser, y dedica una sonrisa de calavera al cielo y a los intrusos en sus cacharros de aleación. Algunos no van a salir bien librados de esto y él confía en que van a ser los hombres de la Tempel. Ya es hora de que alguien les imparta una lección.

Un destello plateado pasa sobre la carlinga cuando el cohete guiado por radar continúa su trayectoria a la resultante de ocho veces la velocidad del sonido, y el Cowboy ladra invectivas desafiantes a través de su máscara. A babor estalla una explosión de infrarrojos y Andy comunica:

—¡Va uno, C-boy!

Y de pronto el Pony Express empieza a retemblar dentro del rebufo de la fragata, al tiempo que proyecta una lluvia de láminas reflectantes para despistar las cabezas buscadoras de calor. Entre él y la lanzadera no queda nadie.

Sus nervios vibran en un alarido triunfal, tensos como las cuerdas de la guitarra vaquera. El cañón miniatura dorsal se coloca en posición y empieza a rugir al tiempo que escupe una lluvia de acero al encuentro del objetivo. El Argosy es un tipo de transbordador más pequeño y maniobrero que la anterior víctima del Pony Express, pero todavía ése es capaz de hacer encaje de bolillos a su alrededor.

Más misiles se acercan a popa, proyectiles guiados por radar cuyas trayectorias convergentes se curvan desde las fragatas como látigos. El Cowboy sigue disparando su cañón mientras lanza misiles simulados para engañar el radar y realiza maniobras de esquiva. Al final de una de éstas cae en barrena con el ala de babor por delante hacia la gran extensión azul del Pacífico, geometría superficial de cristal teñido de infinita profundidad... y de nuevo tiene delante el transbordador, sombra gigante de morro negro acompañada de su onda sónica de choque a manera de telaraña gigantesca colgada de sus alas, todo lo cual desaparece en un instante pero deja su imagen incandescente en las miras del Cowboy. Ha intentado coserlo a cañonazos pero no parece que lleve mucho daño. El Pony Express entra y sale del extenso rebufo del Argosy, recibiendo el impacto de la onda sónica que lo sacude como un terremoto californiano, con una vibración demasiado grave como para ser captada por el oído pero que se percibe en las tripas y en los huesos... El Cowboy nota el cristal recalentado de su cráneo mientras controla su nave, levanta el morro, echa los frenos aerodinámicos y reduce motores al mínimo. El Pony Express reduce velocidad como si hubiese caído en un lago de miel espesa en medio del cielo, y el Cowboy tensa los músculos del cuello resistiendo a la deceleración que amenaza con retirarle toda la sangre del cerebro. Acto seguido pica de morro y da pleno gas a los motores, lanzando al mismo tiempo un par de misiles que efectuarán un tonel y seguirán la estela de la lanzadera.

Acaba de efectuar la maniobra llamada yo-yo por los profesionales, destinada a situarse detrás del Argosy en la clásica posición de ataque, listo para matar. Pero la maniobra le ha mermado velocidad y va a tardar un rato en atraparlo; al mismo tiempo nota que los Orbitales van pisándole los talones. La pareja de fragatas cae sobre él como un par de halcones y sus poderosos cohetes les proporcionan más aceleración de la que nunca pueda aspirar a conseguir un ala delta. El Cowboy rehuye el encuentro sin abandonar la persecución del Argosy, cuando un haz láser abrasa varios de sus sensores de cola; aun sin ellos percibe la presencia de los buscadores térmicos, vistos como agujas brillantes que giran sobre sí mismas en el firmamento.

Él y Andy habían previsto esta eventualidad. Después de rebasar la posición del transbordador, el Cowboy efectúa un yo-yo a la derecha y al mismo tiempo, Andy maniobra en yo-yo a la izquierda, presentando a las fragatas dos blancos distintos y cada vez más separados. Pero los pilotos de las fragatas optan por seguir volando juntos y perseguir al líder. Lo cual deja en libertad a Andy, quien sale de su yo-yo orientado de frente hacia las fraga- tas y con el cristal de su cráneo zumbando, pidiéndole un blanco para los buscadores térmicos. Y él suelta un par de misiles que convierten una de las fragatas en una bola de propelente y oxidante en erupción flamígera, pedazos de aleación que vuelan en todas direcciones y tirabuzones de plástico ardiendo. La otra fragata escapa soltando una lluvia de termitas encendidas, pero se ve forzada a abandonar la persecución del Cowboy.

A éste todavía le persiguen los misiles, lo cual distrae su atención apartándola del enorme objetivo que tiene enfrente. Al tiempo que suelta termitas a su vez oye un tableteo sobre su propio blindaje y advierte que se ha volatilizado una parte del Chobham. Alguien le ha acertado desde arriba con una ráfaga de cañón miniatura.

De súbito desaparece Andy; su ala delta cae y se desintegra envuelta en llamas, al tiempo que hiere el oído del Cowboy un extraño chillido distante que se prolonga durante varios segundos, último lamento de la radio que retransmite la fusión de sus propios componentes... El Cowboy piensa que quizás Andy haya aspirado un proyectil de cañón a través de uno de sus motores, pero nunca se sabrá. Otros asuntos reclaman con urgencia su atención.

Todavía se captan impulsos de radar procedentes de seis naves distintas, lo cual significa que la fragata herida por el misil seguidor de radiaciones aún está en juego. En efecto las naves de la clase Hyperion son duras, como no ignora el Cowboy; incluso es posible que el misil haya rebotado sobre el escudo refractario. Lo cual significa que son cinco fragatas contra tres deltas, y uno de éstos sólo lleva dos misiles.

Una sombra negra nubla su visión mientras el Cowboy se aproxima al transbordador y su corazón trabaja al máximo para aprovisionar de oxígeno el cerebro en lucha con las fuerzas de aceleración. El transbordador frente a él ofrece un blanco de tamaño descomunal, pero por arriba se acercan otras dos fragatas —su capacidad de aceleración es terrible— y de pronto caen sobre él más misiles de los que puede evitar. Los sistemas lanzan chillidos de protesta mientras él derrapa sobre un ala, dispara cohetes guiados por emisiones y saca de nuevo la tórrela del cañón miniatura intentando establecer una cortina de proyectiles de treinta milímetros por delante de las fragatas... Está lo bastante cerca como para ver el resplandor de los impactos, pero de pronto se encienden en su cerebro los intermitentes rojos; es el cañón dorsal indicándole que se han agotado las municiones. Más luces rojas superpuestas en su percepción indican que un láser ha volatilizado varios circuitos hidráulicos y el Pony Express empieza a perder el fluido que sale proyectado hacia la atmósfera. Y luego se divisa otro resplandor rojo más grande, sólo que esta vez fuera de la carlinga, cuando uno de los misiles guiados por emisiones encuentra su camino. La fragata alcanzada pierde varias partes de un plano de navegación y con ella toda su aerodinámica, de manera que choca con una pared implacable de aire y se desintegra en cuestión de una décima de segundo... La otra fragata efectúa una maniobra de esquiva, cosida a cañonazos, mientras intenta poner en línea los sistemas redundantes. El Cowboy fuerza motores al rojo y su nuca se aplasta contra el apoyacabezas. Ha perdido algún timón pero por lo visto el ordenador consigue compensarlo. Faltan sólo unos tres minutos para que el transbordador aterrice en el desierto.

Las fragatas de la vanguardia han volado en semicírculo y vuelven a por él; los otros dos ala delta, Maurice y Diego, efectúan la maniobra yo-yo y las dos fragatas perseguidoras intentan darles caza... Estos pilotos son más listos que sus compañeros y prefieren separarse, persiguiendo cada uno de ellos su objetivo. El Cowboy dispara varios cohetes guiados por radar contra la lanzadera, blanco enorme y lento en línea con el horizonte. Luego saca la tórrela ventral y cañonea las dos fragatas que tiene delante; de súbito una de ellas, tal vez debilitada por el anterior encuentro con un misil guiado por radioondas, se deshace en humo. El Cowboy ve las llamas de los cohetes que lanzan la cabina con el piloto, pero al mismo tiempo el lanzazo de un láser perfora sus propias carnes de polímero y el Pony Express empieza a morir.

Bajo el calor del haz coherente los sistemas computarizados hierven y explotan y el ala delta entra en régimen inestable consecuente al fallo del ordenador principal de vuelo y de su repuesto, simultáneamente destruidos. La aerodinámica del ala delta es soberbia pero a este velocidad todo intento de maniobrar resulta inherentemente desestabilizador, y la ausencia de tal intento le convierte en un blanco fácil. El Cowboy pelea con su nave, efectúa reajustes graduales, y aunque va solucionando las dificultades una a una sobrevienen al mismo tiempo más oscilaciones de las que puede atender. El aire se espesa y el aparato empieza a retemblar, con lo que pierde todavía más sistemas y empieza a caer en barrena hacia tierra. El dolor intenta insinuarse en el organismo anestesiado del Cowboy. Está ciego para todo lo que no sean las informaciones que le comunican sus pantallas, los indicadores hidráulicos y los manómetros exteriores, los sistemas agujereados y los planos de navegación que no obedecen. Ha perdido de vista el blanco y mientras grita su protesta, tiene como un atisbo de la tierra cada vez más cercana...

Y entonces levanta el morro sobre la Sierra; los dedos verdes de la cordillera quieren agarrarle pero no le alcanzan y el Cowboy consigue enderezar la nave y enviar de nuevo el alcohol a los quemadores. Su cristal ha establecido las rutinas necesarias para el control de vuelo del Pony Express; cierto que ello no deja mucho espacio en su cabeza para pensar en nada más, por lo que mira hacia arriba para contemplar el cielo azul con su visión recuperada. Y lo que ve es la sombra gigante del transbordador asediado por las siluetas negras que vuelan a su alrededor como golondrinas. La velocidad de vuelo ha disminuido y con ella su factor volumétrico; al volar a baja altitud, además, el Cowboy puede ver perfectamente todo lo que ocurre. Sólo restan tres fragatas ahora, y además una de ellas parece averiada y mantiene cierta distancia. Uno de los delta se aleja con dificultad dejando una estela de llamas, mientras el otro sigue combatiendo con obstinación, eludiendo los misiles de los Orbitales. Faltan sólo segundos para que el transbordador pase al otro lado de las montañas y se disponga a tomar tierra en Edwards.

El Pony Express remonta el vuelo. En el cristal del Cowboy suena un tono de aviso y dispara automáticamente un cohete guiado por infrarrojos, pero sus ojos artificiales miran fijamente el Argosy. Más tonos, y el ala delta se estremece con los repetidos lanzamientos de misiles. Una fragata se inflama y va a estrellarse contra una ladera, pero la mente del Cowboy está llena de planos de control, el cristal que vibra, temperaturas de los motores y del revestimiento externo, disponibilidad de los armamentos, todo el flujo obsesionante del mundo electrónico vertido en su mente a la velocidad de la luz... Ahora es una criatura del interfaz y su cerebro, un procesador. Las alas negras vibran atormentadas. Le duelen las costillas, que son los largueros de la nave. El calor abrasa su piel de plástico epoxídico negro. Su corazón amenaza con estallar al tiempo que inyecta alcohol en los motores. El objetivo ocupa el limitado ángulo de visión. El Pony Express gira sobre su eje longitudinal y cañonea la barriga del transbordador pero la munición se agota en cuestión de segundos y además ha gastado todos sus misiles. La lanzadera ha recibido una buena paliza, pero es un aparato sólido y sigue en el rumbo para la maniobra de aterrizaje. Las montañas se alejan y el Cowboy no ve nada más que la planicie parda del desierto hasta donde alcanza el horizonte.

Neurotransmisores sobre cristal, electrones irradiados por los zócalos del Cowboy a la velocidad de la luz. Los planos de sustentación muerden el aire, aúllan con furia. El interfaz reclama una solución determinada y la decisión se toma sin la intervención consciente de la voluntad. Pero en algún lugar de la mente del Cowboy actúa la convicción de que ésa es la conclusión correcta y necesaria para su leyenda: utilizarse a sí mismo y utilizar su propio cuerpo negro mate como último misil dirigido contra la lanzadera de los Orbitales. Con eso ganará para sí una porción de inmortalidad, un lugar en la mente de todo tanquista y de todo jinete del cielo...

El Cowboy acepta la decisión de su cristal. Una carcajada triunfal brota de sus labios como un ladrido a medida que el transbordador crece y crece en su ángulo de visión.

Una silueta negra interviene. El Cowboy reconoce la característica nave de Maurice que describiendo un arco de espiral viene a interponerse entre él y su blanco. Ve los daños en las alas y el fuselaje, el casco azul cielo de Maurice dentro de su cabina, la máscara facial opaca fijamente vuelta hacia la intersección teórica de su propia trayectoria con la del transbordador...

El Argosy estalla cuando Maurice embiste con su ala delta en el punto de unión entre el ala y el fuselaje. El cristal del Cowboy asimila los impactos de las partículas de aleación que se evaporan sobre la epidermis de su propio aparato antes de darse cuenta de que su muerte no va a tener lugar, que ha sido usurpada por Maurice, y mientras tarda en comprenderlo, el transbordador y Maurice han quedado atrás, en su estela, amasijo de escorias que va a estrellarse en el Mojave hendiendo el aire en su caída pero ya carente de trascendencia para el destino del Cowboy, cuya mente se inflama de rabia a) darse cuenta de que se lo han robado.

—Objetivo destruido. Aquí el Cowboy. Misión cumplida.

Kilómetros de desierto quedan atrás en lo que dura esta breve transmisión. El Cowboy no espera a la confirmación de su mensaje; todavía le siguen dos fragatas sedientas de venganza. Nada le resta de su armamento, excepto algunas cargas defensivas de termita. Vuela en curva cerrada hacia el sur, esquivando a sus adversarios por encima del desierto mientras el ala delta se apodera otra vez de su mente, inestable su vuelo en la medida en que las correcciones de los planos de navegación van retrasadas con respecto a la maniobra de alto esfuerzo que se quiere emprender. Pero la fragata enemiga sigue detrás, sus láseres destruyendo más sensores, calentando la piel de polímero, buscando un punto débil en el blindaje... El Cowboy esquiva un misil, luego otro, intenta burlar a la fragata al tiempo que lanza un misil simulado de termita. La vibración de su cristal le transmite la advertencia de que le resta apenas combustible para un par de minutos más.

La fragata intenta seguir la trayectoria del ala delta, que es un aparato más ligero, conque no puede y sale desviada por arriba, pero el misil soporta más g y el Cowboy no lo ha visto porque tiene los sensores de cola quemados. La deflagración le funde uno de los motores Rolls-Royce de su par gemelo y de pronto el Pony Express entra nuevamente en régimen inestable mientras riega el aire con una lluvia de aleación fundida. La mente del Cowboy reajusta timones, flujos de combustible, equilibrios. Furioso, busca a su objetivo en el cielo y lo encuentra, inicia un tirabuzón apretado para ponerse de proa hacia la fragata con intención de borrarla físicamente del mapa mediante un choque directo... Pero faltándole un motor el ala delta no tiene aceleración suficiente y no consigue alcanzar la fragata de los Orbitales. Otro haz láser barre la popa; la nave adversaria, aunque herida, se dispone a asestar el golpe letal.

El Cowboy intenta mirar a su espalda, grita de rabia cuando la visión infrarroja le muestra la aproximación de varios misiles más. Suelta termita y ejecuta una finta lateral, aunque al mismo tiempo nota que su dominio de la nave empieza a fallarle. Las maniobras dificultan el control del ala delta y las aceleraciones bruscas estropean los sistemas restantes; en lo que le queda de sus pantallas aparecen cada vez más luces anaranjadas y rojas. El láser de los Orbitales arranca un panel, funde un larguero. El Pony Express pica, se recupera. Más misiles en camino. El Cowboy intenta levantar el morro para ensayar de nuevo la maniobra de embestida, pero los controles ya no responden a un cambio radical de rumbo.

El Pony Express solloza bajo el esfuerzo, y él lo oye, pero sabe que el delta es lo bastante sólido y quizá sobreviva cuando el misil le arranque el otro motor, lo cual aún le permitiría tomar tierra en el desierto si no pierde más superficie de sustentación. Los datos inundan su cerebro; el aparato le está diciendo que es capaz de sobrevivir. El misil está cada vez más cercano y no hay más contramedidas que lanzar. La guitarra vaquera suena tristemente. El Cowboy alza la mirada al cielo y no ve más que el vacío.

Los cohetes escupen llamas y le proyectan hacia arriba y fuera del ala delta. Un muro de aire le aplasta la máscara facial. El cielo y la tierra dando vueltas. Grita, el cuerpo traspasado de dolor al faltarle el anestésico y el flujo de datos que tenía ocupados sus zócalos. Colgado en el aire, con la mente en tinieblas, no llega a ver el impacto definitivo con que el Pony Express se estrella en el desierto.

Su cuerpo no ha despertado aún en el momento de tomar tierra. Afortunadamente cae solo, lejos en medio del desierto; la cabina queda enredada en una yuca. El aire del desierto le abrasa la garganta y el dolor sigue gritando con insistencia dentro de su organismo. El Cowboy piensa que se ha roto varias costillas, probablemente cuando maniobraba con el Pony Express después de que el láser le hubiese fundido todos los ordenadores de vuelo. El antebrazo izquierdo seguramente ha chocado con la cúpula de la carlinga y cuelga inerte y ensangrentado.

El regocijo crece entonces, y ríe, y luego la risa se convierte en una tos y nota como si se rompiese algo dentro de él. Sabor a sangre en la boca, vuelve la cabeza para escupirla y nota que algo le corre por la cara.

El Cowboy acciona la hebilla de apertura rápida y se libra de su paracaídas, luego se quita el casco y se saca del cráneo los conectores ya inútiles. Rodando con precaución sobre el costado bueno, intenta ponerse en pie, no lo consigue, escupe sangre, lo intenta de nuevo, se incorpora. La pierna izquierda también ha rozado la carlinga y parece bastante despellejada, pero los huesos no se han roto. Adelanta un par de pasos y ríe de nuevo, doblándose en seguida sobre sí mismo, sacudido por la tos, la boca llena de sangre. Escupe de nuevo y cuadra los hombros con desafío.

Ha caído cerca de un reborde rocoso desde donde se domina una pista del desierto. A más de un kilómetro de distancia se alza la columna de humo donde el Pony Express se desintegró en el aire antes de que sus pedazos cayeran a tierra. Mucho más al norte se divisa otra columna de humo más gruesa, marcando la situación de los restos del Argosy confundidos con los de otro ala delta.

El aire se rompe al paso de dos ondas de choque y el Cowboy distingue con su visión infrarroja las dos fragatas que emprenden la maniobra de re- torno rumbo a Edwards. El Cowboy sonríe al tiempo que se despide de ellas haciéndoles la seña con el puño en el aire y el dedo medio levantado.

—Habéis perdido, bastardos —se carcajea de nuevo y, a la pata coja, inicia el descenso por la pendiente.

Por la senda del desierto se acerca un ruido, una especie de alarido ronco, y el Cowboy se esconde a esperar detrás de una roca abrasada por el calor. Un triciclo a turbina, brillante de adornos cromados, se acerca a investigar los restos. El Cowboy desenfunda la pistola y dispara dos veces al aire. El motociclista vuelve la cabeza y asiente respondiendo a las señas del Cowboy, que ha asomado agitando el brazo; luego se desvía de la pista y el conductor se apea y empieza a subir por la rampa.

Cuando se acerca resulta ser una mujer de piel oscura y de cabeza afeitada, una especie de culturista de musculatura abultada y moldeada por las hormonas, los pezones destacando apenas como un par de guisantes sobre los voluminosos pectorales. Viste un sujetador reflectante de malla de aleación y unos pantalones bombachos de lo mismo, y calza mocasines con lazo alrededor del tobillo. El Cowboy observa las pecas casi negras sobre la piel oscura de los hombros y el collar de calaveras de serpiente de cascabel blanqueadas por el sol, mientras ella le contempla con sus ojos verde mar.

—Mal aspecto traes, caminante.

El Cowboy se lleva la mano al bolsillo y extrae una pepita de media onza.

—Otra más para ti si me llevas a Boulder City —explica—. No me interesa pasar por las aduanas de la Zona Franca.

Ella asiente.

—Me parece justo. Pero no creo que llegues vivo, si vamos a circular sobre pistas del desierto.

—Eso corre de mi cuenta.

—¿Tienes por ahí algo con que remendarte?

El Cowboy hace una seña con la cabeza.

—Sí, junto a mi paracaídas.

Sin responder, ella trepa cuesta arriba, se acerca al paracaídas, lo descuelga de la yuca y lo asegura con varias piedras. Luego recoge el botiquín de primeros auxilios y vuelve a bajar.

El Cowboy la espera sentado en el suelo, la pistola colgando inerte de su mano. Ella se la quita y la guarda en su funda. Él casi se desmaya de dolor cuando ella le quita la parte superior del traje de vuelo, le limpia un poco la sangre, le desinfecta las heridas, le venda las costillas, le pone el brazo roto en cabestrillo. Luego le inyecta una dosis de endorfinas en el bíceps derecho, para que la droga interponga su velo piadoso entre los centros receptores y la eficiencia excesiva de sus nervios ciberimplantados. Está perdiendo fuerzas con tanta rapidez que para llevarlo hasta el triciclo casi tiene que cargar con él a cuestas. Mientras le iza sobre el sillín el Cowboy observa que lleva colgando del manillar tres serpientes de cascabel recién muertas.

Hacia el norte se oyen sirenas, y siguiendo la dirección de la pista hasta el horizonte se divisa una polvareda cada vez más próxima. Ella decide abandonar la pista y conduce despacio para no levantar una estela excesivamente visible. Con lo que las costillas de él sobrellevan menos castigo del que temía.

La California ocupada se extiende hasta Beacon Station por el este. El triciclo orilla las pistas del desierto, cruza pasos de montaña, corta por el lecho seco de un antiguo lago. El Cowboy dormita, apoyado en el respaldo. La endorfina murmura en su mente. El triciclo sale a la autopista al este de Silver Lake y la travesía se acelera, subiendo de tono el aullido de la turbina. El Cowboy contempla los poderosos hombros de la conductora, cuyos músculos trabajan esquivando los baches de la calzada. Las serpientes muertas ondean al viento y el Cowboy recupera un poco de su buen humor.

—Oye, chica, ¿sabes que estás a punto de entrar en la leyenda?

Ella le lanza una ojeada indiferente por encima del hombro.

—Si hay alguna leyenda, me figuro que será asunto tuyo.

—Cuánto me gustaría ver los telediarios.

—A mí me gustaría ver la otra mitad de ese oro, aunque supongo que no podrá ser ahora mismo, ¿verdad?

Él ríe, tose, vuelve a reír.

—Me recuerdas a una persona.

—¿Debo entenderlo como un cumplido?

Él vuelve a reír, se humedece los labios resecos.

—¿Tienes un poco de agua?

Ella le pasa una botella flexible de plástico. El Cowboy bebe un sorbo, escupe hacia un lado, bebe de nuevo y traga; luego le devuelve la botella, que ella fija en una pinza del cuadro. El Cowboy se echa hacia atrás y cierra de nuevo los ojos, notando a través del sillín las maniobras del triciclo en zigzag, como si estuvieran montados en un tiovivo de feria. El sol poniente le acaricia la nuca.

Con los ojos cerrados cree estar sintiendo todavía el empuje de los posquemadores, la canción de los misiles en su cristal, la vida del Pony Express percibida a través de sus propios nervios y sus venas. Perdido ahora, reducido a una ruina en medio del desierto. El último de los ala delta en servicio, el último de los que no sirvieron para suministrar piezas a la construcción de esos blindados terrestres que el Cowboy nunca ha dejado de aborrecer y sigue aborreciendo tanto más, por cuanto ahora ha vuelto a ser aviador, aunque efímero.

La endorfina dibuja imágenes brillantes sobre la pantalla de sus párpados cerrados, imágenes de indicadores verdes que penetran en su mente, misiles plateados cuyas aletas giran en el aire, el Argosy cada vez más grande y más cercano mientras él sube a su encuentro, intentando la colisión.... los signos de la extinción que saturan la carlinga, la proximidad del final definitivo exigido por el cristal y por el interfaz..., la cuña oscura que oculta el cielo acerado, la intercepción que va a demostrar su afán de vivir a la velocidad de la luz..., el impacto final que le asegura su lugar en el cielo, la última mueca triunfal, tensa como la sonrisa de una calavera...

El Cowboy abre los ojos y traga aire, reteniendo el grito en la garganta. El miedo se propaga por sus nervios excitados. La motorista corre sobre asfalto nocturno, esquivando los socavones de la calzada que detecta a la luz de su faro.

—¡Cono! —se le escapa antes de que haya logrado imponer silencio a sus nervios.

—¿Decías algo, caminante?

Él mira el collar de calaveras, las cuencas vacías de las sierpes que le devuelven la mirada. Son los ojos de Nuestra Señora la Muerte, cuyos labios fríos y tenebrosos rozaron los suyos en el cielo. El Cowboy se estremece.

—No, nada —contesta.

—Eso me figuraba yo, —¿Queda un poco de agua?

Esta vez se bebe la mitad de la cantimplora de plástico antes de devolverla, aunque su única mano buena le tiembla tanto que está a punto de escapársele el recipiente. El dolor anida de nuevo en su pecho a medida que se agota el efecto de la endorfina.

—¿No te echarán en falta los tuyos? —pregunta.

—Mis hermanas me echarán en falta si es que lo hacen —encoge los poderosos hombros.

—¿Son todas unas músculos como tú?

—Por eso vivimos juntas, hombre.

Ella se vuelve a mirarle, las estrellas brillando en sus pupilas.

—¿Dónde quieres que te deje en Boulder City?

—Necesito un teléfono público. Luego me dejas en un hotel, si quieres.

—Como tú digas, caminante.

Las luces de Boulder City los rodean en medio de la noche y el triciclo espera al ralentí mientras el Cowboy lucha contra el dolor y el agarrotamiento de sus miembros. Apenas logra mantenerse en pie.

—En el bolsillo de la pernera derecha —pide ayuda ante la dificultad—. Una aguja de crédito.

—Okay.

En vista de que él no puede, abre la cremallera e introduce ella misma la aguja en el teléfono, mientras él se enchufa el conector en la frente y dicta mentalmente el número de Reno.

—Aquí el Cowboy. Estoy en Boulder City.

—Y también el Esquivo y su gente. ¿Dónde te habías metido?

—Estoy herido. Diles que llamen a un médico.

—En seguida. Estoy localizando tu llamada para que sepan adonde deben ir a buscarte.

El Cowboy se apoya contra el teléfono, el pecho atenazado de dolor.

—Oye, Reno —prosigue—. ¿Ha regresado alguno?

—Diego hizo un aterrizaje de emergencia. Él y su delta cayeron en manos de los Orbitales.

La pena traspasa el corazón del Cowboy.

—¡Maldita sea! No ha quedado nada. Yo perdí el Pony Express.

—Construiremos otro. Hemos vencido.

La noticia apenas le merece interés.

—¿De veras?

—La Tempel quebró. No hizo falta la red. Esperamos hasta que bajó a menos de quinientas y luego empezamos a comprar. Roon convocó una rueda de prensa y anunció que iba a exigir una junta general. Al cabo de cinco minutos recibió tantos poderes que Couceiro dimitió sin esperar a que se reuniesen los consejeros. Roon subirá en el primer transbordador, tan pronto como haya atado algunos cabos sueltos. Ha anunciado una política de reducción de gastos.

—Mejor para él —cada vez le duele más hablar—. ¿Tenéis ya mi localización?

—Los de la Flash Forcé van de camino. Puedes colgar cuando quieras.

El Cowboy extrae la aguja de crédito y se la enhebra en el bolsillo de la pechera, luego extrae un par de pepitas de media onza.

—Te has ganado la propina, por simpatía.

La motociclista acepta el oro con una sonrisa y, tras guardárselo en el cinto, se coloca de horcajadas sobre su sillín.

—¿Quieres que me quede por aquí?

—No hace falta —algo embotado, agrega—: Oye, cuando necesites algún ingreso extra, a mí me vendrá bien poder contar con una mensajera.

Ella asiente.

—Me encontrarás en la estación biológica de Blackwater Well. Soy ecologista del desierto.

—¡No me digas!

La turbina sube de revoluciones y, con una última sonrisa de despedida, ella arranca. El Cowboy sigue con la mirada las luces de posición hasta que desaparecen. Fatigado, cierra los ojos, por lo que apenas repara en la limusina que se detiene a su lado.

—Échame el brazo al cuello, Cowboy.

Es la voz de Sarah. Al abrir los ojos ve su estatura dominante, luego nota las manos que le palpan, y le dedica una mueca triste.

—Ha sido una larga jornada, ¿eh?

—Calla ahora. Sube al coche.

—Maurice se ha suicidado. Quería hacerlo yo, pero él se me adelantó. Derecho a los brazos de Nuestra Señora la Muerte. —Tranquilo ahora. Mete el otro pie. —Siempre la he buscado, pero no lo supe hasta ahora. —Apoya la cabeza en mi hombro. Él nota calor en la mejilla y murmura: —Mal asunto eso de ser una leyenda viviente. El coche se pone en marcha, silencioso.

 

24

 

—¿Estás seguro de conseguirlo?

—Tengo casi todos los datos que hemos recogido acerca de la Tempel. Y las memorias. La mía y la de él. Creo que haré un buen trabajo.

—Sí —replica el Cowboy—. Siempre he sabido que es útil tener amigos entre la gente importante.

 

Es una casa vieja, una cabaña de una sola habitación con suelo de terrazo barato, muebles viejos remendados con alambres y una desvencijada cama de matrimonio con cubrecama de borlas.

Acostado en ella, el Cowboy tararea Jinetes en el Cielo, mientras la televisión emite un informe sobre la crisis de la Tempel. La situación está llegando a un punto terminal, dice el presentador. La cotización de las acciones sube poco a poco, pero de manera continua, y el Soviet Orbital ha declarado que confía en la administración de Roon. En cuanto a Couceiro, ha sido destinado a África por el nuevo consejo de administración, para que ponga por fin los pies en el planeta que hasta entonces sólo conocía bajo la forma de una esfera azul y blanca que contaminaba su visión del universo vacío y monocromático. Que se divierta embargando tierras en Ghana, piensa el Cowboy, al tiempo que alarga la mano hacia su whisky y toma un sorbo. Luego descansa el vaso en la escayola del otro brazo.

Al abrirse la puerta el Cowboy vuelve la cabeza y ve a Sarah. Con ella ha entrado una oleada de calor del desierto que le abofetea las mejillas. Pero él mira más allá, por la puerta abierta, hacia la parda extensión pedregosa que prosigue sin solución de continuidad hasta California, bajo un cielo azul sin mácula.

Sarah cierra a su espalda. Lleva una gorra de visera ancha, vaqueros y una blusa de manga larga, de tela reflectante.

—Estás despierto —constata ella.

—Sí —echa mano a la botella de whisky—. ¿Me acompañas?

—Es muy temprano para mí —se quita ella la gorra y la arroja sobre la mesa de la cocina, pintada en gris máquina, mientras sacude la cabeza para ahuecarse el cabello—. El Esquivo quiere hablar contigo. Asunto de negocios. Su mujer viene esta tarde, en avión.

Ella se sienta en el colchón, a su lado. Él desconecta el televisor y le hace sitio en la cama, con una mueca de dolor al mover su pierna herida. Sarah le rodea los hombro con el brazo y él reclina la cabeza sobre la piel cálida.

—Crían caballos aquí —dice ella—. Nunca he aprendido a montar.

—Yo te enseñaré —contempla el perfil, la nariz respingona, la parábola perfecta de los labios, la piel oscura suavemente iluminada por una ventana situada a espaldas de ambos. Sarah se vuelve hacia él.

—¿El brazo roto no...?

—No mucho. Creo que no.

Están en lo que fue un antiguo rancho para turistas de Nevada, elegido por los de la Flash Forcé como nueva base para reagrupar fuerzas. La semana próxima este lugar estará abarrotado de intermediarios y tanquistas del Oeste deseosos de negociar la paz. Con la muerte de Cunningham y la retirada de la Tempel, los intermediarios de ésta se han visto súbitamente privados de apoyos, lo que viene a significar solos en la oscuridad y entre enemigos con los cuchillos afilados.

Los intermediarios quieren hablar con el Esquivo. Los tanquistas quieren hablar con el Cowboy. La proyectada asociación, a lo que parece, empieza a cobrar forma. Quizá sirva para consolidar la paz, si los intermediarios que quieran aprovechar la ocasión para perjudicar a sus colegas se encuentran en la imposibilidad de conseguir transporte hacia el Este.

 

La voz suena a falso, hay en ella como un trémolo, o un eco tal vez. Como si hablaran dos voces al mismo tiempo, no del todo sincronizadas.

—¿Reno? —dice el Cowboy—. ¿Cómo estás?

—Estoy en el cristal principal de aquí, Cowboy. ¡Dios mío! ¡Cuántos proyectos tiene esa gente! Se han metido en el bolsillo los próximos mil años..., pero sucede algo raro con todo esto. Saben cómo quieren que sea el futuro, pero no saben cómo quieren ser ellos mismos. Están en lo de arriba, pero están perdidos. En otros tiempos la dependencia con respecto a la Tierra les daba un sentido, y luego lo buscaron en la lucha contra ella, pero ahora no saben qué hacer. Están demasiado enfrascados en sus estructuras. Tienen su independencia pero no saben lo que significa, y por eso buscan la manera de darle un sentido. Algunos buscan la dominación... sobre el planeta, por supuesto, pero también los unos contra los otros... ¿Sabías que han almacenado gas de nervios aquí arriba? ¿Para defenderse en caso de que se viesen atacados por los demás combinados? ¡Se necesita estar loco! Algunos sueñan con máquinas más grandes y mejores, como si los aparatos pudieran crear la definición que les falta. Otros se conforman con ser parte de la estructura, con asumir la forma que les asigne su nicho ecológico dentro de la organización. Son los que consienten ser programados por otros.

»Son vampiros. Cowboy. Chupan la sangre de la Tierra porque eso los mantiene vivos, pero no saben para qué les sirve la vida.

—Mi capacidad para compadecerme de esas personas es bastante limitada —replica el Cowboy.

—No es compasión lo que necesitan —contesta la voz.

 

Sarah mira detenidamente al Cowboy. Está quemado por el sol y machacado, pero después de una noche de sueño se ha atenuado la tensión, la atención febril que ha formado parte de él durante los últimos días. Él se vuelve hacia ella con una mueca.

—¿Quieres un analgésico? —pregunta ella.

El Cowboy brinda con su vaso de whisky.

—Éste es el único analgésico que necesito por ahora.

—Me parece que ahora sí voy a acompañarte —alcanza Sarah la botella para beber a gollete—. Acabo de hablar con Michael. Me ha ofrecido una especie de empleo.

—¿Qué clase de empleo?

—De consejera, podríamos decir, o de asesoría, como los llamaban antes. Dice que confía en mis relaciones... y en mi olfato.

—Celebro que lo haya observado —se frota una de sus cicatrices el Cowboy—. ¿Piensas aceptar?

—Probablemente —replica ella no sin malicia—. Así no tendré que patearme más las calles.

Lo primero que hará, piensa ella, será ingresarse a sí misma en una clínica para que le pongan más cristales. El implante Santistevan completo, a ser posible, para no seguir dependiendo de las dosis de fogonazo. Uso de armas de fuego. Tácticas de infantería. Y también circuitos integrados de contabilidad, logística, operación bursátil, todo cuanto va a necesitar en su nueva posición de asesora del Atamán.

—Viajarás mucho —dice él con ironía.

Ella le dirige una mirada de reojo.

—Sí. Y tú también. Puede que nos veamos de vez en cuando.

Porque lo que hay entre ellos, sigue pensando ella, es una aventura de guerra, una fusión producida por la extrema presión de las circunstancias... Una vez desaparecida ésta, es posible que todo se disuelva. Porque hay cosas que ella sabe y no puede contarle, porque tiene un pasado y, cualesquiera que sean sus opiniones, él no desea conocerlo en realidad. Además él tiene sus ideas acerca del mundo y del lugar que le corresponde, y ella no puede compartirlas. Es preciso que ambos vayan acostumbrándose a la paz poco a poco, y el uno al otro, conscientes de que quizá no funcione en ausencia de las circunstancias que los unieron. Hay que reservar un margen para eso, para una posible separación. Y también para lo otro. Sobre todo, para lo otro.

Toma otro trago de whisky.

—Prometiste enseñarme el paisaje de los álamos en otoño. Y no he visto más que este condenado desierto. Estás en deuda conmigo.

—Daud —replica él.

Al escuchar ese nombre, y sobre todo la entonación con que lo ha pronunciado él, Sarah nota un escalofrío. Los dos saben que Daud es el responsable del desastre, que las pedregosas llanuras de Nevada están sembradas de restos ruinosos, y que muchos hombres descansan bajo las olas protectoras del Pacífico, o envueltos en lonas bajo una delgada capa de tierra del desierto, todo ello firmado con una voluta de humo del cigarrillo de Daud. El Cowboy no lo olvidará, y los códigos por los que se rige no tienen indulgencia para la traición.

—Le compraré un billete —contesta ella con fingida frivolidad, para disimular su miedo—. Que se vaya bien lejos.

—¿Y qué pasará si no quiere irse?

La esperanza queda estrangulada en la garganta de Sarah. Porque la traición forma parte del carácter de Daud, y ella ha sentido durante toda su vida el aguijón de esa traición, se ha endurecido frente a ella, diciéndose siempre que lo hacía sólo porque era un débil, que necesitaba traicionar para tener seguridad, para hacerse perdonar por ella... Pero esa deslealtad se ha contagiado a ella en cierta manera, como si perdonando a Daud facilitase el perdón de sus propias traiciones. Por eso quiere enviar a Daud muy lejos, para no tenerle al lado como perpetuo recordatorio de su propia capacidad para traicionar las causas que más le importaban.

No puede dejar de amarlo, y eso lo sabe. Pero sí puede dejar de intentar ser él.

'—Se irá —dice—. No le concederé otra opción.

Hay una expresión dura como el pedernal en los ojos del Cowboy.

—Ni yo tampoco.

Solicitémosle a Daud una última traición, entonces. Contra Nick. Si es que Nick existe, si no ha traicionado también a Daud utilizándole para los fines de la Tempel. Una traición definitiva, para salvar su propia vida.

Se oye el zumbido atenuado del teléfono, y Sarah lo descuelga.

—Soy Reno, Sarah.

Está actuando todavía como coordinador de la red de comunicaciones, o por lo menos de las partes de ella que todavía funcionan, haciendo de en- lace entre los distintos tanquistas y los intermediarios que visitarán el rancho en las fechas próximas, —Tengo una llamada de Roon —dice Reno—. Quiere hablar con vosotros dos.

—Que se vaya al infierno.

—Dice que es asunto de negocios.

Ella se vuelve hacia el Cowboy.

—Es Reno. Dice que Roon quiere hablar con nosotros.

Con no poca sorpresa por parte de Sarah, en los ojos del Cowboy se enciende una luz maliciosa, como si estuviera esperándolo.

 

La voz suena más tranquila ahora, más controlada, y el efecto de eco ha desaparecido.

—Los del Soviet Orbital están descontentos, Cowboy. Ellos apreciaban a Couceiro porque le entendían. No les gusta que haya sido rebajado de categoría por una pandilla de rastreros.

El Cowboy se sonríe con fiereza y alcanza la botella de whisky.

—¿Sí? ¿Y qué piensan hacer? No pueden cambiar las reglas del mercado de valores. El sistema es demasiado grande y tal como está la situación ellos ganan mucho dinero por medio de sus propias manipulaciones. Si intentaran restringirlo no conseguirían otra cosa sino crear un mercado negro... No es posible controlar las comunicaciones; cualquier bolsa puede dirigirse por teléfono a través de un simple banco electrónico.

—No, Cowboy —replica la voz con calma—. Lo que van a hacer es quitarte a ti del negocio.

El Cowboy se queda helado.

—¡Ah! ¿Cómo piensan hacerlo?

—Han decidido que la existencia de mercados negros y el sistema de competencia entre Orbitales para aprovisionarlos son un peligro... Aparecen demasiados elementos incontrolables. Así que se han propuesto legalizar los mercados. En este mismo ejercicio uno de los legisladores que tienen a sueldo presentará un proyecto de ley para que el parlamento de Missouri suprima los aranceles. De esta manera se crearía un corredor Missouri-Kentucky cubriendo la mayor parte del Oeste Medio. Y una vez haya cedido Missouri los demás estados caerán como fichas de dominó. En una palabra, los tanquistas dejan de ser necesarios.

—¿Qué va a hacer usted para impedirlo?

—Nada. Es una decisión del Soviet Orbital.

La desesperación se infiltra en las venas del Cowboy. Es el final de todo aquello por lo que han luchado él y el Esquivo. Suprimido de un plumazo por los Orbitales.

—Quedas advertido —dice la voz—. Te aconsejo que tomes tus disposiciones.

—No me veo haciendo de camionero. He sido un proscrito durante demasiado tiempo.

—Eres rico. Ya se te ocurrirá algo. Mira, los Estados Unidos dejarán de ser un país balcanizado. A ti te corresponde parte del mérito. La vida en el Nordeste será mucho más fácil.

No pasábamos la Muga para favorecer al Nordeste, piensa el Cowboy. Ni por dinero. Eso fue lo que nunca entendieron Arkady ni los demás intermediarios, creyendo que podían comprarnos, que obedeceríamos a las presiones económicas. Y tampoco lo entendieron los Orbitales, porque era algo que los modelos del mundo calculados en sus cristales no podían imaginar. Que corríamos la Avenida por nada, porque era una manera de ser libres.

—¿Cowboy? —la voz se desvanece un momento—. Hiciste un buen trabajo, ¿sabes? Todos lo hicimos.

—Lo sé.

¿Cuánto creyó que iba a resistir?, se pregunta el Cowboy. Ni siquiera pensó llegar a tanto, quizás. Siempre creyó que acabaría en algún maizal del Medio Oeste, bajo las oleadas de helicópteros del gobierno que harían llover roquetas sobre él hasta romper el blindaje Chobham y despedazar al blindado. O en algún cielo supersónico sin luna, entre legales dispuestos a golpear y enviando sus radares a tocarle con sus dedos de radioondas... Pero nunca había previsto que sucediese así, que se le comunicase su propia obsolescencia hallándose en un lecho de convaleciente o en algún viejo rancho de mentirijillas en Nevada. Que todo cuanto había hecho, la leyenda que se había forjado, sirviese sólo para retirarle del negocio.

Ríe mientras piensa: Un tanquista jubilado. Qué absurdo.

La hilaridad va penetrándole. Sus extremidades flotan como si se hubiera aliviado el tirón de la gravedad. Imagina la curvatura del mundo por debajo de él, la oscuridad a sus espaldas constelada de estrellas, la franja crepuscular debajo, las tierras por delante de la carlinga encendidas de verde y pardo bajo la luz del sol..., desaparecidas las fronteras que rodeaban la Avenida junto con las fronteras acorazadas en que se encerraba su vida, las zonas con sus aduanas y sus inspectores, sus fuerzas armadas y sus áreas restringidas, todo ese túnel a través del cual él volaba lanzado a la velocidad de la luz hacia cualquier culminación violenta que le aguardase al final. La leyenda que había abrazado porque nunca pudo abrazar la vida.

Entonces comprende que es libre. Y que tiene amigos entre la gente importante.

Calcula que en seguida va a añadir otro capítulo a la leyenda.

El Cowboy nota un calor nervioso en los miembros, una señal de alarma. Cree saber lo que va a ocurrir. Alarga la mano por delante de Sarah, saca un conector del teléfono, se lo enchufa en la sien.

—Reno —habla al micrófono, delgado como un hilo, de la extensión telefónica—. Sigue en línea. Quiero que oigas a este bastardo.

—Como tú digas, Cowboy.

—Voy a encargarte un par de cosillas más —dice, y Reno escucha en silencio mientras el Cowboy se las explica; junto a él, Sarah salta Q0n un respingo de sorpresa.

—Sí, Cowboy —dice Reno—. Entiendo.

—¿Qué pasa, Cowboy? —interviene Sarah—. ¿De qué fichero estéis hablando?

—Luego te lo contaré —replica el Cowboy.

Cuando sale la voz de Roon se le eriza el vello y Sarah se pone tensa a su lado. Trae recuerdos de fríos pasillos de aleación, de imágenes de niños flotando entre la oscuridad, de hologramas de falsos cielos llenos de colonias Orbitales que reflejan la luz estelar. Y de una sonrisa fría que hiede a muerto.

—¡Cowboy! ¡Sarah! Debo felicitaros. El plan ha sido un gran triunfo. Estaba bendecido, y también vosotros.

—Gracias —dice el Cowboy, tomando en seguida un gran trago de whisky y haciendo una mueca cuando el fuego baja por su garganta.

El corazón le late con fuerza y la frente se le inunda de sudor frío. En las tripas, una náusea profunda previendo lo que va a ocurrir...

—Quiero que subas al cielo conmigo, Sarah —prosigue Roon; la voz es como la caricia sedosa de un carámbano—. Necesito que dirijas mi equipo de seguridad; no me fío del personal de Couceiro.

El Cowboy ve cómo palidecen las cicatrices de Sarah, las mejillas tensas por una sonrisa cínica.

—¿Quiere que sea su Cunningham? —pregunta.

—Cunningham no era su verdadero nombre. Pero sí, quiero que hagas para mí el mismo trabajo que Cunningham hizo para mi predecesor. Tu fichero dice que tienes lo que hace falta. Ven al cielo, Sarah. Contemplaremos desde aquí arriba el planeta en donde nacimos. Y luego me ayudarás a dar forma a su futuro —las palabras líricas resultan más terroríficas dichas con la aséptica voz del cristal, delirio frío de una locura cada vez más honda y triunfante—. Tú serás el vehículo de mi comunión con el planeta, Sarah —prosigue—. El instrumento mediante el cual lo poseeré. La prolongación humana de mi cristal.

El Cowboy observa la mueca que distiende los labios de Sarah.

—No. señor Roon. Ésa no es mi línea de acción.

Sin embargo, hay como un atisbo de titubeo en su voz, como si se despidiera de un sueño muy querido habiendo averiguado su precio.

—Te condenarías a ti misma —responde Roon—. La Historia sólo concede la libertad a los predadores, no a las criaturas de que éstos se alimentan. Despliega tus alas, Sarah. Yo pondré a tu disposición la sangre para que se alimente tu Comadreja.

—No —dice Sarah, los ojos duros como la piedra—. No me interesa.

—Lamento tu decisión, Sarah. Espero que tú seas más sensato, Cowboy.

El Cowboy se humedece los labios para aliviar la sequedad de su boca.

—¿Qué se ofrece? —pregunta.

—Una posición. Tú tienes capacidades que exceden con mucho a las de un simple piloto. Tienes el instinto del predador. Sabes descubrir los puntos débiles y actuar conforme a lo observado. Hallaste la debilidad de Couceiro y supiste cómo derribarlo. Quiero tener ese talento tuyo, Cowboy.

—No. No es mi oficio.

—Eres peligroso —el frío juicio le hiela las venas al Cowboy—. Has derribado a un hombre poderoso. Ni él ni sus amigos lo olvidarán. Te ofrezco mi protección.

—No —replica el Cowboy—. Lo que hice no es ningún secreto. Otros podrían hacerlo también. Las cosas van a cambiar.

—Es la decisión de un débil. Eres un loco —se produce un segundo de silencio helado, durante el cual le parece casi al Cowboy que se oye cómo Roon toma una decisión en algún rincón de su cristal—. Pero no dejas de ser peligroso, quizá demasiado peligroso para permitir que te muevas a voluntad.

El cristal del Cowboy le arde en su cráneo. Siempre supo que llegaría este momento. Porque los Orbitales no podían tolerar la existencia de un hombre libre, una vez hubiesen tomado nota de ello.

—¿Estás ahí, Reno? —dice el Cowboy.

—Sí. Cowboy.

—Pues dale ya su merecido.

En el zócalo del Cowboy resuena un alarido, emitido en parte por la Mente Negra mientras se precipita por la línea a la velocidad de la luz, y en parte por la garganta de Roon cuando Reno rompe las salvaguardias de su cristal y empieza a sobreescribirse en la mente de Roon. El Cowboy ve el asombro en los ojos de Sarah al escuchar ese sonido a través del teléfono que tiene en la mano. Entonces se quita el conector de la sien y el ruido se atenúa.

Sarah está mirándole. El Cowboy alarga la mano y le quita el teléfono. Aún resuena el distante chirrido de las ráfagas de datos entremezclado con sollozos, gritos y lamentos.

El Cowboy ríe, deja el teléfono sobre la cama entre ambos, y empieza a explicarse. Hay una sonrisa en los ojos de Sarah, un acorde resonante en las tensas cuerdas de acero.

Siente como si acabase de culminar un largo vuelo nocturno y ahora, a través de los sensores epidérmicos, susurrando a través de su cristal y acariciando sus nervios, empezase a notar el primer calor del sol.

 

FIN

 

 

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