© Libro N° 14045. Hardwired. Williams,
Walter Jon. Emancipación. Julio 12
de 2025
Versión Original: © Hardwired. Walter Jon Williams
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
Libros Tauro
http://www.LibrosTauro.com.ar
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un
medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los
contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la
circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría
corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son
estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los
autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
https://i.pinimg.com/736x/6e/11/5b/6e115b0fe426a8d2c9b08a4e80156b54.jpg
Portada E.O. de Imagen:
https://upload.wikimedia.org/wikipedia/en/3/3b/Hardwire_book_cover_optimized_X1.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Walter Jon Williams
Hardwired
Walter Jon Williams
Contraportada
En el límite de la
tecnología, cuando el hombre se convierte en máquina
La Tierra está
dominada por compañías; su eco¬nomía y los mercados dependen de decisiones
tomadas en asépticos despachos orbitales. Los antiguos gobiernos terrestres
desaparecieron en medio de un conflicto bélico que desintegró por completo sus
esferas de influencia. La po¬blación terrestre depende de la tecnología
orbi¬tal en su lucha por la supervivencia, y en los núcleos urbanos impera la
ley del más fuerte.
En medio de la
anarquía reinante, dos persona¬jes singulares luchan día a día por mantener su
independencia. El Cowboy, un tanquista que se gana la vida como contrabandista
a los mandos de un vehículo cibernético blindado, y Sarah, una buscona que
trabaja como guardaespaldas o prostituta y que sueña con poder abandonar el
pozo gravitatorio.
Hardwired fue una
de las novelas impulsoras del movimiento ciberpunk, cuyos temas explo¬ra
desprovista de cualquier pretensión formal o estilística. Su popularidad ha
sido siempre muy elevada, y el paso de los años ha terminado con¬sagrándola
entre las más importantes y repre¬sentativas de esta innovadora corriente.
Las gracias y un
sombrerazo de diez galones
a Terry Boren y
Laura Mixon,
también llamados
los barkonspiradores.
Y gracias
especiales a Roger Zelazny,
que me dejó jugar
en su Callejón.
1
Hacia medianoche ya
le ha dado el palpito de que el cabreo no le dejará dormir. El tanquista ha
salido de Santa Fe por la carretera del norte hacia Colorado, pasando por los
Sangre de Cristo y Truchas, procurando pegarse todo lo posible al cielo
nocturno; conduce sin usar las manos ni los pies, la mente asentada en el frío
interfaz neural establecido en algún lugar entre las imágenes veloces que
desfilan por delante de su parabrisas y la conciencia eléctrica que es el
cuerpo de aleación y el corazón de cristal líquido del Maserati. Sus ojos
artificiales, plástico y acero, miran sin pestañear la calzada, larga bufanda
polvorienta desflecada por los vientos de primavera. Las alineaciones de
talludos pinos y álamos, los pastos moteados de vacas inmóviles, manchas negras
al resplandor fugaz, casi fluido, de las luces largas. Frente al haz de los
faros todas las formas aparecen planas, recortadas sobre su propia sombra, y el
Cowboy casi se ve a sí mismo en proyección aumentada delante del parabrisas, en
un mundo monocromático de celuloide rancio, parpadeante sobre el fondo en veloz
carrera. Es casi como volar.
Cuando se compró
sus ojos Kikuyu nuevos pensó elegir la versión monocromática, divertido por la
idea de accionar algún interruptor metálico de su cráneo y verse sumergido en
la acción de una vieja fantasía en blanco y negro, un peliculón fantasmal con
Gary Cooper y Duke Wayne, pero no tenían mucha demanda los monocromáticos y
habían dejado de fabricarlos. También le habría gustado tener unos iris de
acero al cromo, pero el Esquivo, su jefe, se lo había quitado de la cabeza
argumentando que serían demasiado llamativos para alguien de sus prendas y
oficio, cosa que el Cowboy admitió de mala gana, como hacía siempre que el
Esquivo le salía con otra restricción contra sus fantasías. Por lo que se había
conformado con unas pupilas color gris nube de tormenta.
Pero en aquellas
montañas que llevan el nombre de Sangre de Cristo hay fantasías más antiguas
que las de ningún celuloide, que pasan en plano-secuencia por delante de sus
ojos de acero y de plástico: una antigua iglesia enjalbegada, las puertas
enmarcadas de azul turquesa como el del cielo, en contraste con los rojos y
amarillos que forman una pirámide con un ojo-que-todo-lo-ve en lo más alto de
la cimera; un descomunal castillo blanco de estilo morisco, casa de recreo que
fue de un árabe desaparecido tiempo ha, los muñones de sus minaretes arruinados
rayados del mismo orín que carcome las historiadas rejas de hierro. De súbito,
detrás de una curva dos fantasmas blancos, como enviados sobrenaturales que van
a anunciar un mensaje, peregrinos indios vestidos de blanco, desde la cinta con
que sujetan los largos cabellos hasta los mocasines blancos con botones de
plata que relumbran en la oscuridad. Caminan con paciencia bajo la luz lunar;
van al santuario de Chimayo estos penitentes, o quién sabe si en acción de
gracias a los santos de madera, o para pedirle un favor a la Virgen. Visiones
como piedras miliares de un tiempo fenecido, pero preservado en estos altos
confines de la Tierra, titilando en el súbito brillo de los ojos del Cowboy.
El Cowboy fuerza la
máquina al máximo, pasando al rojo todas las escalas del salpicadero. Volar de
noche, es lo que mejor sabe hacer. El aullido del motor despierta los ecos de
los árboles y de las lomas. Una turbonada de viento entra por las ventanillas
abiertas y trae el olor punzante de los pinares. El Cowboy imagina el celuloide
que se embala en el proyector, cada vez más rápido, hasta que se emborronan las
imágenes. Las neuronas envían sus mensajes de impulsos al cristal de su cabeza
y transmiten su voluntad al acelerador, a la transmisión, a las ruedas que
saltan. Ahora el Maserati corre cuesta abajo, ganando velocidad conforme vuela
sobre los baches, hasta ir a surcar la superficie del vado frente a Peñasco y
levantar una pared de agua pulverulenta que por unos momentos descompone en
arco iris la luz de los faros, un resplandor alucinante en la visión
periférica, presentimiento del color en este mundo blanco y negro.
Amanece cuando el
Maserati cruza la frontera de Colorado. Temprano en la mañana la máquina color
bronce entra en el condado de Custer. Ahora las montañas son pardas y verdes,
ilustradas de pinares y vientos, desaparecida la fantasmagoría monocromática. El
Cowboy tiene amigos aquí. Enfila un camino de tierra que se adentra en una
finca, consciente de que algunos aparatos electrónicos han empezado a fijarse
en él.
La pista tuerce
hacia arriba y termina en una explanada en medio de la montaña, a modo de
prado, que disimula el polígono de un aeródromo privado. Donde antaño los ala
delta negros despegaban y aterrizaban en misteriosas misiones nocturnas, ahora
asoman hierbajos y florecillas por entre las grietas del pavimento. Todavía se
divisa una mella en la alameda donde un piloto fue a estrellarse con su ala
delta averiado y se espachurró junto con su carga a lo largo y lo ancho de
doscientos metros de ladera, pero ya recubierta otra vez de verde con arbolitos
renacidos. También esta pista parece algo fantasmagórica ahora, sus bordes
desdibujados entre matorrales, pero el Cowboy no permitirá que el recuerdo
muera. Tiene recuerdos para él más vivos que su realidad actual, y todos los
días les saca brillo, como quien simoniza la carrocería de un coche nuevo.
Durante once
generaciones los antepasados del Cowboy cultivaron un pedazo al sudoeste de
Nuevo México y vivieron como motas sobre una llanura roja y monótona tan
diferente del mundo de los Sangre de Cristo como Ucrania pueda serlo de Perú.
De vez en cuando, uno de los parientes del Cowboy se echaba a la espalda el
fusil y salía a pelear por los Estados Unidos, pero los más dedicaron sus
energías a luchar contra el estado de Texas. Los téjanos, ávidos de agua,
consumían más de la que nunca podrían reponer; hacia el final instalaron una
serie de gigantescas bombas a dos dedos del lado lejano de la frontera y
aspiraban las aguas alcalinas del otro lado, robando lo que otros habían
conservado con tanta previsión. La familia del Cowboy peleó contra ellos hasta que
la última bomba se detuvo, completamente seca, y el viento levantó la
polvorienta tierra roja convirtiéndolo todo en un huracán sofocante.
Recuerda el Cowboy
los años pasados en la cañada polvorienta, viviendo en el rancho de su tío
cuando su padre se hubo deslomado por defender la propiedad. Era una cabaña
gris hecha de tablas desvencijadas al borde del desierto hecho por los téjanos,
un lugar donde el polvo rojo se amontonaba dos palmos delante de la puerta cada
vez que soplaba el aire, y cuyos habitantes pasaban días enteros sin ver el
sol, a no ser en forma de borroso disco rojizo detrás de la cortina de arena.
Como no se podía cultivar nada, la familia se dedicaba a criar ganado, empresa
poco menos que precaria también. La población más próxima no tenía otra cosa de
que presumir sino sus muchas iglesias; en una de ellas se crió el Cowboy
observando cómo los fieles cada vez menos numerosos tenían la tez cada vez más
gris y los ojos cada vez más desesperados mientras imploraban al Señor les
perdonase el pecado, cualquiera que fuese, por el cual había caído sobre ellos
semejante purificación. Los téjanos, en otro tiempo enemigos, pasaban por allí
camino a ninguna parte, y vivían en chabolas de cartones y en coches viejos
puestos sobre calzos, la pintura cada vez más erosionada por la arena. La
Guerra de las Rocas se eternizaba aquí y allá, y las cosas iban de peor en
peor. Pero ellos seguían entonando himnos, prometiendo renunciar al aguardiente
y a la baraja, y las subastas de fincas hipotecadas seguían anunciándose en las
puertas del juzgado.
El Esquivo era un
individuo de edad más que madura que se había establecido en Colorado. Cuando
apareció conducía un automóvil reluciente, y no era de los que van a la
iglesia. Mascaba tabaco porque el mascar no le impedía rascar la mandolina con
la izquierda formando parte de una murga en sus ratos libres. Los marchitos
parroquianos de la iglesia no solían comentar cómo había ganado el Esquivo su
dinero. Hasta el día que vio al Cowboy mientras éste actuaba en un rodeo.
El Esquivo visitó
el rancho del tío y consiguió que le prestasen al Cowboy de vez en cuando.
Incluso le pagaba su tiempo. Hizo que practicara cierto número de horas con un
simulador de vuelo y luego llamó a un intermediario conocido suyo. Lo demás,
como diría el Esquivo, es otra historia.
El Cowboy tenía
dieciséis años cuando empezó a volar y con las viejas botas de cuero agrietado
puestas medía ya más de metro ochenta y cinco. Pero no tardó en verse mucho más
alto como piloto atmosférico que tendía sus rutas de costa a costa para transportar
el correo, siendo éste cualquier cosa que se le ofreciese cargar. Los Orbitales
y la policía de aduanas del Medio Oeste venían a ser como otra especie de
téjanos, gente dispuesta a quedarse con los medios de vida de uno a cambio de
nada, dejando a sus espaldas otro desierto. Cuando la defensa antiaérea a lo
largo de la Muga se hizo demasiado poderosa, los pilotos se convirtieron en
tanquistas, conductores de blindados, y el correo siguió pasando. El nuevo
sistema también tenía su aliciente, aunque el Cowboy habría preferido no dejar
los cielos por nada del mundo.
Ahora el Cowboy
tiene veinticinco años y está un poco mayor para su oficio, más cerca del
límite a partir del cual incluso los reflejos neurales cableados directamente
empiezan a resultar un poco demasiado lentos. Él desdeña los cascos; en su
cráneo lleva cinco zócalos para conectar los periféricos en toma directa con el
cerebro, lo cual ahorra milisegundos cuando hace falta. Muchos prefieren llevar
el cabello largo para cubrir los zócalos porque les da apuro que los llamen
cabezasbotón o algo peor, pero el Cowboy desdeña también esa práctica; él lleva
el pelo casi al cero y los zócalos de aislante cerámico negro adornados con
filigrana de plata y ristras de turquesas. Aquí en el Oeste, donde la gente
tiene más idea de lo que significan estas cosas, eso le vale una especie de
respeto.
Tiene los nervios
ciberimplantados directamente hasta el máximo practicable, y sus ojos de Kikuyu
Optics con todas las opciones del catálogo. Tiene además una casa en Santa Fe y
un rancho en Montana, atendido por su tío, y es suya la finca de la familia en
Nuevo México, y hasta paga sus impuestos como si valiese algo. Tiene el
Maserati, un jet particular, unos paquetes de acciones y lingotes de oro
escondidos en varios lugares.
Y también este
lugar escondido, este vallecito en las montañas de Colorado. El escondrijo para
esos recuerdos que no se desvanecen. Y tiene un cabreo, no formulado pero
creciente, que es lo que le ha llevado hasta aquí.
Aparca junto al
gran hangar camuflado de hormigón y se desconecta del Maserati aun antes de que
el motor haya entregado el último rugido. En el silencio se escuchan ráfagas de
guitarra vaquera procedentes del hangar, y un rumor en la hierba que es la primera
agitación del cambio de brisa. Se acerca al hangar, saca un conector de la
cerradura y se lo enchufa en la cabeza para darle el código.
Detrás del pesado
portón metálico aparece una Wurlitzer, toda cromado brillante y plásticos
fluorescentes, que lanza una vieja canción de Woodie Guthrie al espacio de la
inmensa bóveda catedralicia. Destacan ahí tres sombras negras, altísimas, tres
alas delta cuyo bulto, bajo la penumbra, causa una impresión de poderío inmenso
y velocidad centelleante. Cuando cayeron en desuso el Cowboy las compró por
poco más de lo que valían los motores.
Warren está junto a
su banco de taller, metido en un óvalo de luz, tratando de arreglar una bomba
de combustible. En su cara arrugada, los reflejos azulados de los vídeos que ha
puesto en marcha la llegada del Cowboy; tiene cámaras de seguridad por todas
partes y las atiende con la misma diligencia metódica que aplica al
mantenimiento de las delta.
Era jefe de
escuadrilla en Vandenberg el día que empezó la Guerra de las Rocas, y cumplió
con su deber, consciente de que no debía esperar nada a cambio de su diligencia
excepto sentir en la nuca, durante una fracción de segundo, la sobrepresión del
misil de ferroniquel al cruzar la atmósfera en su caída, antes de que todo
terminase... Pero él hizo lo que estaba entrenado para hacer y envió a sus
pilotos de caza para que peleasen por la Tierra contra los Orbitales, deseando
de corazón que hicieran buen papel y que alguno de ellos se acordase de decir
«éste va por Warren» cuando abatiesen a un enemigo. Pero el escenario bélico no
se desarrolló así y cuando él salió para contemplar el cielo nocturno en busca
del meteorito que llevase su nombre, ciertamente vio muchos arcos de plata
descendentes, pero no era la caída de las rocas lo que inflamaba la noche, sino
que fueron sus muchachos y sus naves. Todos aquellos jóvenes brillantes con sus
pañuelos azules al cuello, y sus relucientes agujas, cayeron destrozados, entre
los últimos estertores electrónicos de los sistemas inutilizados, las mirillas
rotas salpicadas de sangre, los depósitos quebrados de oxidante lanzando al
semivacío largas estelas de cristales de hielo... La última esperanza de la
Tierra aventada en la fase post-aceleración por los guerreros Orbitales.
Durante horas
esperó en Vandenberg a que alguien trajese por lo menos los restos. Nada
sucedió. Lo único que supo Warren luego fue que la Tierra se había rendido. Los
Orbitales ocuparon Vandenberg y también Orlando, Houston y Cuba, y Warren
sobrevivió sólo porque la base en donde se hallaba estacionado era demasiado
valiosa para destruirla.
Después de esto se
habló mucho de la Resistencia, y Warren fue de los que más hablaron... o
probablemente hizo algo más que hablar, si era cierto aquel rumor de una
lanzadera saboteada, a bordo de la cual cierto número de ejecutivos de la
Tupolev I. G. se estrellaron en el desierto de Mojave. Después de esto la
historia del propio Warren pasó a ser algo más oscura, hasta que volvió a
aparecer trabajando por cuenta de los intermediarios en Colorado y conoció al
Cowboy. Lo demás, como diría el Esquivo, es otra historia.
—Hola, C-boy —dice
Warren sin apartar la atención de su trabajo.
—Hola.
El Cowboy abre el
frontis de la Wurlitzer —hace decenios que la cerradura dejó de funcionar— para
sacar unas cuantas monedas, y tras programar la máquina para que toque alguna
vieja pieza de chirriante música vaquera se acerca cruzando el hangar sumido en
la semioscuridad.
—La turbobomba de
baja presión —explica Warren. Desmontada, la bomba parece un montaje para la
maqueta de plástico de una tortuga gigante—. Ha disparado el avisador rojo en
una de mis pruebas. Fíjate en esa parte brillante. Ahí es donde roza una de las
palas. Me parece que voy a tener que fabricar una pieza nueva.
—¿Te echo una mano?
—No estaría de más.
La cara de Warren
parece más arrugada que de costumbre bajo la luz del foco, los ojos y la frente
sombreados por la visera de la gorrita de modo que su nariz aguileña parece
todavía más grande de lo que es en realidad. Se mantiene erguido, lleno de
tensión, y aunque tiene algunas flaccideces, se hallan en puntos donde la
flaccidez no importa. A su espalda, los neones de suaves colores de la
Wurlitzer se reflejan en el morro negro aterciopelado de un ala delta. Es el
propietario del aeródromo y el Cowboy tiene una participación pero no figura.
Al Cowboy no le gusta dejar trazas de datos que le apunten.
Warren manosea la
pieza un rato, luego la mide, se acerca al torno y se pone las gafas
protectoras. El Cowboy se dispone a pasarle las herramientas conforme vaya
necesitándolas. Es difícil encontrar repuestos para reactores excedentes del
ejército y aunque se encuentren, suelen traer demasiadas preguntas.
El torno rechina y
las chispas caen sobre el suelo de cemento como una lluvia de meteoritos a
escala reducida.
—Salgo otra vez el
miércoles por la noche. De hoy en cinco días —anuncia el Cowboy.
—Puedo pasarme por
allá el lunes para comenzar la revisión del panzer; ¿o será demasiado tarde?
—No para ir adonde
voy —hay cierto resentimiento en la voz del Cowboy.
—¿Otra vez lowa?
—Sí, ¡maldita sea!
—la rabia se encendió otra vez en el alma del Cowboy—. Arkady y los demás...
sólo miran sus condenados análisis. Dicen que los concesionarios están
descapitalizados, que no falta más que esperar e impedir que se lleven ningún
transporte.
—¿Y qué?
—Pues que se
equivocan. No se les puede vencer en su propio terreno. Deberíamos entrar en
Missouri todas las noches. Que se traguen el combustible, la munición, lo que
pidan —lanzó un bufido desdeñoso—. ¡Descapitalizados! ¡Cuidado que les importa
perder una docena de naves, con los ingresos corrientes que tienen!
Warren alzó la
mirada.
—¿Vas a salir por
cuenta de Arkady el miércoles?
El Cowboy asiente.
—No me gusta ese
hombre. No lo veo claro —dice Warren al tiempo que vuelve con afectación a su
trabajo en el torno. Los mechones de su cabello que asoman por debajo de la
gorra, ya completamente blancos, reflejan las chispas de la ferricha.
El Cowboy calla,
sabiendo que Warren necesita su tiempo para subrayar un punto. Warren para el
torno y se sube las gafas sobre la visera.
—Nadie sabe de
dónde ha salido. Y ahora es el intermediario más fuerte de las Rocosas. Tiene
fuentes de aprovisionamiento que nadie puede igualar. Y siempre viste esa moda
cryomax de la Zona Libre de Florida.
—Y eso, ¿qué
significa? Que tiene organización, nada más. A mí tampoco me gusta su ropa.
Warren contempla al
trasluz la pieza brillante, recién hecha, entrecerrando los ojos.
—Dicen que lo
consigue todo de estraperlo, que roba los transportes, que tiene comprados a
muchos ejecutivos de los Orbitales. Cosas por el estilo, pero ¿en tanta
cantidad? No se puede conseguir tanta mercancía sin que los Orbitales se
enteren.
Un susurro rebelde
cruza la mente del Cowboy. Lo hago por la aventura, no por la ganancia. ¡Tantas
veces se lo ha dicho a sí mismo! Es como una ética eso, como una especie de
pureza. La mitad de las veces ni siquiera ha sabido qué clase de mercancía transportaba.
—No sé si tengo
ganas de escuchar esto —dice.
—Pues no lo
escuches.
Warren se vuelve
para dedicarse nuevamente a la bomba. Tras colocarse unos auriculares, emprende
una serie de comprobaciones.
El Cowboy se
entretiene unos momentos pensando en Arkady, ese sujeto corpulento que controla
como la mitad del tráfico a través de la Muga en estos días, que vive en medio
de un extraño remolino de ayudantes, guardaespaldas, secretarios, técnicos y
parásitos sin función conocida que imitan sus ademanes y su llamativa manera de
vestir. También se rodea de mujeres, aunque no permite que ellas se entrometan
en los negocios. Es una existencia coherente con lo que el Cowboy cree conocer
de la mentalidad de Arkady: retorcida, llena de violentos prejuicios y odios,
furores inopinados que alternan con accesos no menos súbitos de sentimentalismo
eslavo, desconfianza también, a la manera extravagante de los rusos, como si la
paranoia fuese un modo de vida, no un simple conjunto de precauciones
razonables sino una religión.
Al Cowboy no le
agrada Arkady, pero de momento tampoco se ha preocupado tanto por él que pueda
decirse que le desagrada. El propio Arkady se considera a sí mismo un iniciado,
un manipulador, pero no está en la pomada para lo que cuenta de verdad, no está
en la vida del tanquista, esa criatura mutante con turbinas como pulmones y con
una turbobomba de alta presión como corazón, con un cristal implantado en el
cráneo, ojos como láseres, dedos que apuntan misiles y venas por las que
circula el alcohol... Arkady se cree el amo pero no es más que un instrumento,
un pretexto para que los tanquistas se dediquen a saltar de un lado al otro de
la Muga y entren en la leyenda. Y si Arkady no puede entender eso, lo que
piense poco importa en el esquema general de las cosas.
Warren está
ensamblando la bomba, luego se pondrá a probarla y eso le tendrá ocupado
durante un rato. El Cowboy se sale del círculo de luz y regresa a la penumbra
del hangar. Sobre él, titánicos los ala delta, inmóviles, dispuestos; sólo les
falta un piloto para convertirse en seres vivientes. Alza la mano para rozar la
suavidad del fuselaje, la curva de un timón de proa, el carenado de un radar de
detección vertical. Como acariciando el pelo de un animal no del todo amigo,
demasiado peligroso todavía para ser una mascota. Sólo le falta un piloto, y
una misión.
Se hace con una
escalerilla que está al lado de un registro de inspección del motor y la usa
para trepar a la cabina y ocupar el asiento que hace años se moldeó sobre sus
medidas. El conocido olor a metal y caucho le caldea el alma. Al cerrar los
ojos se le aparece la noche rayada de trayectorias brillantes, la súbita
llamarada del chorro de combustible, la vertiginosa persecución con la Ley
siguiendo su estela a velocidad supersónica, efectuando acrobacias entre las
cimas y los valles de los Ozark, impaciente por llegar a casa...
Su primer delta se
llamaba Midnight Sun, pero él le cambió el nombre tan pronto como se dio cuenta
de lo que estaba pasando. Él y los demás deltapilotos, lejos de representar la
respuesta abstracta a determinadas condiciones del mercado, eran los continuadores
de una especie de mitología. Cruzaban la bóveda altísima del cielo para
repartir el correo pese a todas las prohibiciones de los opresores. Mantenían
una lámpara encendida en medio de la oscuridad, una esperanza en forma de llama
de un posquemador. Los últimos americanos libres en la última carretera...
Conque decidió
vivir con arreglo a lo que había averiguado. Aceptó el sobrenombre medio
despectivo, medio condescendiente que le habían puesto, lo vivió, pasó a
convertirse en el Cowboy, el jinete del aire. Responsable ante nadie.
Convertido en el mejor, puesto que habitaba dominios muy por encima de ninguna
competición. A su segundo delta lo bautizó Pony Express, y con él siguió
transportando el correo mientras le dejaron.
Hasta que cambiaron
los tiempos, y cambiaron los sistemas de reparto. Hasta que se convirtió en
tanquista en vez de piloto del aire. Los ojos capaces de mirar la negrura de la
noche buscando la traza infrarroja de la Ley, preparados para el combate aéreo
sobre los cielos de la pradera, quedaban prisioneros en una diminuta cabina
blindada y recibían el vídeo por conducto remoto. Pero sigue siendo el mejor, y
sigue transportando el correo.
Rebulle en el
asiento. La música vaquera ha terminado y lo único que oye el Cowboy en medio
del súbito silencio es el chirrido del torno de Warren. Y siente de nuevo la
inquietud en su fuero interno, a la que sólo le falta el nombre...
2
TODAY/YES
Cuerpos y miembros
de cuerpos se alumbran y se extinguen bajo la luz del láser, aquí el brillo
traslúcido de unos ojos enmarcados en kohl o vueltos hacia un cielo oculto por
el falso cielo que simula estrellas, allá una melena eléctrica chisporroteante
de descargas estáticas, efecto muy a la última moda, y más allá el brillo
blanco-azulado de unos dientes encuadrados en rojo mate y separados por lengua
exhibida en silencio. Estamos en zona-danza. Aunque la banda toca fuerte y
sabroso-caliente, muchos de los zónicos sintonizan su propia música mediante el
cristal delicadamente conectado con los nervios auditivos, o bailan atentos a
sus cascos por donde pueden captar cualquiera de los doce canales del bar. Así
que se mueven siguiendo pautas arrítmicas; nadie hace caso de nadie. Se
pretende un control perfecto, pero ocurren accidentes a veces. Algunos sopapos,
un revuelo de puños y de codos, y alguno que se sale de la zona tapándose los
lamentos con la mano manchada de sangre. El grupo continúa como si nada.
A Sarah los
bailadores del Aujourd’Oui le parecen una masa de carne agitada por estertores
de muerte, ensangrentados, insensatos, mortales. Tierra prisionera de la
tierra. No son más que carne. Ha salido de caza y Comadreja es el nombre de su
amiga.
MODERNBODYMODERNBODYMODERNBODYMODERNBODYMODERN
¿Quieres un
Modernbody?
Todo eléctrico —
Recambiable — A la última
¡Encárgalo ya!
ERNBODYMODERNBODYMODERNBODYMODERNBODYMODERNBOD
La diseñadora de
cuerpos tiene ojos violeta que relucen sobre pómulos de marfil pulido. El
cabello a mechas rubias cae hasta la nuca en forma de aleta dorsal
arquitectónicamente perfecta. Tiene músculos de felino, y la boca es una flor
cruel, —El cabello más corto, sí —está diciendo—. No se lleva largo bajo
gravedad cero —alarga los dedos para tomar de la barbilla a Sarán, y la obliga
a girar la cabeza hacia la fría luz boreal. Lleva las uñas de color violeta, a
juego con los ojos, y afiladas. Sarah, malhumorada, le dirige una mirada hosca.
La diseñadora sonríe—. Hay que almohadillar un poco la barbilla, sí. Necesitas
una barbilla más fuerte. La punta de la nariz también podría cambiarse, es un
poco demasiado retroussé. Y hay que rebajar la curva de los pómulos. Mañana
traigo la espátula. Y por supuesto, vamos a eliminar esas cicatrices. No pueden
quedar ahí esas cicatrices —los dedos de uñas color violeta sujetaban con
fuerza la barbilla y deformaban e! labio inferior de Sarah.
En seguida la
diseñadora se volvió en un torbellino desentendiéndose de la barbilla.
—¿Es necesario que
usemos a esa chica. Cunningham? —inquirió—. No tiene estilo. No sabe andar con
gracia. Es demasiado gigantona, demasiado torpe. No es nada. Es una buscona de
lo más vulgar.
Cunningham guarda
silencio, enfundado en su traje marrón, inexpresivo el rostro inmóvil de
facciones banales. Cuando habló, lo hizo en un susurro, tranquilo, aunque no
sin un deje autoritario. La voz sin matices le pareció a Sarah que podía ser la
de una computadora.
—Nuestra Sarah
tiene estilo, Firebud —dijo—. Estilo y disciplina. A ti te incumbe darle forma,
pulirla. Su estilo debe ser como un arma, como una carga hueca. Tú le darás
forma, yo la apuntaré. Y Sarah abrirá un agujero en el lugar exacto, donde nos
proponemos que lo haga —miró a Sarah con sus ojos pardos muy fijos—. ¿Verdad
que lo harás, Sarah?
Ésta no contestó a
la pregunta. Miraba a la diseñadora, los labios fruncidos, enseñando los
dientes.
—Búscame cualquier
noche, Firebud. Yo te enseñaré estilo.
—Buscona de mierda
—dijo la diseñadora con desdén. Sin embargo, retrocedió un paso y Sarah sonrió
con rabia.
—Y otra cosa,
Firebud —continuó Cunningham—. Deja esas cicatrices. Le hablarán a nuestra
Princesa de esa cruel realidad terrestre que ella contribuyó a crear. La que
ella domina. Aunque ande ya medio enamorada de ella.
Hizo una pausa y
prosiguió:
—Sí, déjale las
cicatrices —por primera vez sonrió, y fue una breve tensión de los músculos de
la mejilla, tría como el nitrógeno líquido—. A nuestra Princesa le encantarán
las cicatrices. Desde la primera hasta la última.
WINNERS/YES
LOSERS/YES
El Aujourd’Oui es
un bar para pilotos, y están todos ahí, los lunares y los de plataforma, los
piratas y los legales, condescendiendo en compartir la pista con los chicos y
chicas terrícolas, rastreros y busconas que se arraciman alrededor de ellos
deseando ser como ellos o ser amados por ellos o sencillamente estar cerca de
ellos, para tocarlos en zonadanza y que se les contagie un poco de su
esplendor. Los jinetes del aire llevan sus emblemas, las cazadoras y las
chaquetas con las insignias de sus combinados —TRW, Pfizer, Toshiba, Tupolev,
ARAMCO—, los blasones de los vencedores en la Guerra de las Rocas exhibidos con
despreocupado orgullo por los pilotos que conquistaron para aquéllos su lugar
en el cielo. Con su metro ochenta y cinco de estatura Sarah pasea entre ellos
llevando una cazadora negra de satén que tiene bordada en la espalda una grulla
blanca en vuelo hacia un firmamento estrellado, entre una formación de
caracteres chinos cromo brillante. Es la insignia de un pequeño combinado que
realiza la mayor parte de sus operaciones desde Singapur y apenas ha sido vista
nunca en la Zona Libre de Florida. Una cara nueva para los asiduos del lugar,
aunque se confía en que no les extrañe demasiado, o no tanto como extrañaría si
exhibiese el emblema de Tupolev o de Kikuyu Optics I. G.
Su cara esculpida
está pálida, desaparecido ya el bronce de Florida, los ojos repintados de
negro. Lleva el cabello casi ala de cuervo corto en las sienes y largo por
arriba, colgando en dos trenzas hasta el cogote. En las orejas, aros de acero
al cromo que casi le rozan los hombros. Firebud ha ensanchado todavía más sus
hombros y ha rebajado la anchura de las caderas; las facciones son agudas y con
el nacimiento del pelo enmarcando en pico la frente, simulan una sucesión de
puntas de flecha, o la granada de carga hueca como quiere Cunningham. Lleva
zapatos de baile negros con cintas hasta los tobillos y un overol púrpura
oscuro cuyos tirantes enmarcan sus pechos, cuyos tiesos pezones (que Firebud ha
hecho más prominentes) parecen querer perforar la tela. La blusa es de gasa
entretejida con hilo de plata. Al cuello, un pañuelo negro de seda. Tiene una
derivación soldada sobre el nervio auditivo y un receptor conectado con los
centros ópticos del lóbulo frontal, con lo cual en estos momentos está
monitorizando las emisiones de la policía. Como un cartel luminoso permanente
de diodos fotoemisores color ámbar, superpuesto a voluntad en la franja
superior de la visión expandida.
Obsequio de
Cunningham. El cableado directo de los nervios es suyo, en cambio, y también su
Comadreja.
ME ENCANTAN MIS
OJOS KIKUYU, DICE EL GRAN ASTRO DEL PORNO
ROD MCLEISH. Y CON
LA OPCIÓN DE INFRARROJOS
PUEDO VER SI MI
COMPAÑERA ESTÁ VERDADERAMENTE EXCITADA
O SÓLO ES UN FLIPE
DE SILICONA...
Kikuyu Optics I,
G., división de Mikoyan-Gurevich
Al Cunningham lo había conocido en otro bar,
el Blue Silk. Aunque Sarah sólo utilizaba la Comadreja bajo contrato, el
sicario, un navajero con más codicia que inteligencia, también estaba
ciberimplantado. De ahí las cicatrices, pero al menos había logrado salvar la
mercancía, por fortuna, y como el contrato era con los intermediarios recibió
la paga en endorfinas. Oportuno, porque también a ella le hacían bastante
falta.
Le ha quedado una
lesión en la parte posterior del fémur y no puede sentarse, por lo que se apoya
contra la barra mientras sopla su ron con lima. El sistema de audio del Blue
Silk emite música isleña que calma un poco sus nerviosos demasiado tensos.
El patrón del Blue
Silk es un ex piloto de cutter llamado Maurice, un oriundo de las Indias
Occidentales con ojos modelo Zeiss que le señalan como uno de los perdedores en
la Guerra de las Rocas. Lleva los zócalos para los chips en los tobillos y las
muñecas, como acostumbraban los militares entonces. De las paredes cuelgan los
retratos de sus amigos y héroes admirados, todos con el pañuelo de seda azul al
cuello de reglamento en los cuerpos de élite de la defensa espacial. En casi
todos los cuadros, el lazo negro con que se honra a los caídos, desteñido a
púrpura por el tiempo transcurrido.
Sarah se pregunta
qué habrán visto esos ojos. ¿Llegaron a ver la ráfaga de rayos X que precedió a
las rocas de 10.000 toneladas lanzadas desde los proyectores másicos orbitales,
que rasgaron la atmósfera para ir a aplastar las ciudades de la Tierra? Los meteoros
artificiales, cada uno de ellos con tanta energía como una explosión nuclear,
cayeron primero en el hemisferio oriental, sobre Mombasa y Calcuta; a las doce
horas, cuando quedó a tiro el hemisferio occidental, la Tierra ya había
capitulado pero los combinados orbitales consideraron que el Occidente aún no
había asimilado la lección, así que las rocas cayeron de todos modos. Un fallo
de comunicaciones, dijeron, aunque ninguno de los miles de millones de
terrícolas lo creyó.
Sarah tenía
entonces diez años y estaba en un campamento juvenil cerca de Stone Mountain
cuando tres rocas borraron del mapa la ciudad de Atlanta y mataron a su madre.
Daud, que tenía ocho, quedó atrapado entre los cascotes, pero los vecinos
oyeron sus gritos y lo sacaron vivo. Después de eso Sarah y su hermano salieron
rebotados de un servicio de asistencia a otro hasta que recalaron en Tampa con
su padre, a quien no habían visto ni oído desde que ella tenía tres años. La
asistente social la llevó de la mano hasta la ruinosa escalera del edificio de
apartamentos, y Daud iba cogido de la mano de Sarah. Los descansillos apestaban
a orines y en un rellano encontraron una muñeca rota, desmembrada como las
naciones de la Tierra y como las vidas de las gentes que vegetaban allí. Cuando
se abrió la puerta del apartamento vieron a un hombre en mangas de camisa hecha
jirones, con manchas de sudor en los sobacos y ojos turbios de alcohólico. Ojos
que miraban a Sarah, a Daud y a la asistente social sin entender nada mientras
se formalizaban papeles y la asistenta decía, al tiempo que soltaba la mano de
Sarah:
—Éste es vuestro
padre. Él cuidará de vosotros.
Lo cual resultó ser
verdad, o mentira a medias.
Sarah mira las
borrosas fotografías en sus marcos polvorientos, retratos de muertos con ojos
metálicos Zeiss. También Maurice los mira, sumido en sus recuerdos, y se diría
que quiere llorar, pero sus ojos se lubrican con siliconas y por supuesto los
lagrimales se han perdido lo mismo que sus sueños y los sueños de los cinco mil
millones de humanos que creyeron mejorar de vida con los Orbitales. Ahora no
hay otra esperanza sino salir de aquí como sea, hacia cualquier lugar situado
en el cielo de perfecto color cobalto.
También Sarah
desearía poder llorar: por las esperanzas muertas enmarcadas de luto en las
paredes, por sí misma y por Daud, por los muñecos rotos que son todas las
aspiraciones terrestres, e incluso por el sicario que había visto la
oportunidad de escapar pero no tuvo astucia suficiente para salirse del juego
al que le habían lanzado sus esperanzas. Pero ya no hay lágrimas y lo que ha
quedado en su lugar es un deseo duro como el acero, el mismo que comparten
todas las busconas y todos los rastreros. Para realizarlo hay que desearlo más
que nadie, y estar dispuesta a hacer lo necesario... o que le hagan, si a eso
viene. Involuntariamente se lleva la mano a la garganta mientras piensa en la
Comadreja. No, los tiempos no son para lágrimas.
—¿Buscas faena,
Sarah?
La voz proviene del
hombre de raza blanca, hasta entonces silencioso al extremo de la barra. Que se
acerca y apoya una mano sobre el taburete más cercano, y sonríe como si no
tuviese mucha costumbre de hacerlo.
Ella le mira de
reojo, frunciendo las cejas, y bebe con estudiada lentitud.
—No la clase de
faena que tú estás pensando, oficinista —replica.
—Vienes recomendada
—la voz es como papel de lija, de las que no se olvidan. Este hombre no ha
tenido jamás necesidad de hablar fuerte. Ella toma otro sorbo y se vuelve a
mirarle.
—¿Por quién?
—pregunta.
La sonrisa
desaparece y el rostro indescriptible la contempla con desconfianza.
—Por el Atamán
—dice.
—¿Michael? —se
extraña ella, a lo que él asiente diciendo:
—Mi nombre es
Cunningham.
—¿Te importa si
llamo a Michael para confirmarlo?
El Atamán controla
a los intermediarios de la Bahía y en alguna ocasión ella ha sacado la
Comadreja por cuenta de él, pero no le agrada la idea de que mencione su nombre
a un extraño.
—Si quieres
—replica Cunningham—. Pero antes me gustaría que habláramos de tu trabajo.
—Aquí no hablo de
trabajo —le dice ella—. Búscame en el Plastic Girl a las diez.
—La oferta no puede
esperar.
Sarah le da la
espalda y se vuelve hacia los ojos metálicos de Maurice.
—Este hombre me
está molestando —anuncia.
La expresión del
rostro de Maurice no acusa ningún cambio.
—Hágame el favor de
salir —le dice a Cunningham.
Incluso vuelta de
espaldas y mirando de soslayo, Sarah recibe una sensación como de muelle
comprimido que se dispara. Cunningham hasta parece un poco más alto que
momentos antes.
—¿Permitirá que
antes termine la copa? —pregunta.
Sin quitarle los
ojos. Maurice mete la mano debajo del mostrador y arroja unos billetes sobre la
superficie bruñida de la barra.
—La copa corre por
cuenta de la casa. Váyase de mi establecimiento.
Sin decir nada, ni
perder la calma. Cunningham se queda un momento mirando los ojos metálicos que
no parpadean.
—Townsend —dice
Maurice.
Es un código y el
nombre del general a cuyas órdenes combatió contra los Orbitales y su
destructora energía defensiva. El equipo de reconocimiento de voz identifica la
consigna y los sistemas de defensa, hasta entonces ocultos sobre el espejo del
bar, aparecen y se colocan en posición. Sarah levanta la mirada. Láseres
militares, piensa, rapiñados en el mercado negro, o quizá desmontados del
antiguo cutter de Maurice. A saber si el establecimiento dispone de potencia
suficiente para que funcionen, o si se ha tirado un farol.
Cunningham apura la
suerte medio segundo más y luego gira sobre sus talones y sale del Blue Silk.
Sarah ni siquiera se vuelve a mirarle.
—Gracias, Maurice.
El dueño del bar
corresponde con una sonrisa triste.
—De nada, chica. Al
fin y al cabo tú eres cliente habitual. Y ese fulano ha estado con los
Orbitales.
Sarah contempla e!
reflejo de su propia sorpresa.
—¿Que es de los
combinados, dices? ¿Estás seguro?
—Innes —pronuncia
Maurice otro nombre del pasado, y los láseres quedan otra vez camuflados. Las
manos del patrón recogen con hábil movimiento los billetes antes de proseguir—.
Yo no he dicho que sea de los combinados, Sarah. sino que estuvo allí. Y no hace
demasiado tiempo. Se nota en la manera de andar, si sabes reconocerla —se lleva
a la cabeza un dedo nudoso—. El oído, ¿entiendes? La gravedad creada mediante
la fuerza centrífuga es bastante distinta. Cuesta algún tiempo deshabituarse.
Sarah frunció el
ceño. ¿Qué clase de trabajo tendría que ofrecer aquel individuo? ¿Tan
importante como para tomarse la molestia de cruzar la atmósfera al objeto de
contratar una buscona y su Comadreja? No parecía plausible.
Pero no importaba,
ya se vería en Plastic Girl, o no se vería. No era cuestión de preocuparse por
eso. Al cargar sobre la otra pierna, a Sarah le crujen todos los músculos y el
dolor atraviesa incluso las nieblas de la endorfina, por lo que tiende el vaso.
—Otro trago,
Maurice, por favor.
Con movimientos
precisos, que buenos servicios debieron prestarle cuando navegaba en lo alto de
la noche perpetua, Maurice se vuelve hacia el espejo en busca del ron. Incluso
cuando realiza un ademán tan sencillo tiene aire dolido.
¿VIVE EN LA CIUDAD
DE DOLOR? ¡DÉJENOS MANDARLE A HAPPYVILLE!
Pointsman
Pharmaceuticals A. G.
A la salida del
Blue Silk llama un taxi para regresar a casa, haciendo como que no ha notado la
tranquila mirada de Cunningham fija en su nuca mientras ella da la dirección al
taxista. Está en la acera opuesta, al amparo de una marquesina y fingiendo leer
una revista. ¿Valdría poco o mucho ¡a oportunidad? Aunque no se vuelve para ver
si su retirada ha causado decepción, le parece dudoso que la expresión del
hombre haya cambiado.
Comparte con Daud
un apartamento de dos habitaciones que zumba. Están los zumbidos de los
frigoríficos y los equipos de reciclado, junto con los zumbidos de los pequeños
robots relucientes que van de un lado a otro para quitar el polvo y fregar,
devorar insectos y arácnidos, y quitar las telarañas de los rincones.
Cerca de la entrada
tiene una modesta consola de ordenador, a la que Daud ha conectado un enorme
sistema de audio con una pantalla de ciento ochenta centímetros para visionar
los vídeos. Está en marcha, aunque en silencio; un generador aleatorio construye
pautas de colores y la óptica láser las proyecta hacia el techo y las paredes.
El ordenador presenta las modificaciones en rojo, y parece como si las paredes
ardieran en un incendio frío y silencioso.
Sarah desconecta el
vídeo y se queda mirando la consola que se enfría; las tonalidades rojizas
palidecen poco a poco en sus retinas. Vacía los ceniceros que Daud ha dejado
por todas partes y piensa en el hombre del traje marrón, Cunningham. Empieza a
disiparse el efecto de las endorfinas y el hueso lesionado de la pierna le
duele a cada paso. Va siendo hora de ponerse otra dosis.
Rebusca en su
escondite de la estantería, que es un tarro de azúcar, y observa que han
desaparecido dos de sus doce ampollas de endorfina. Ha sido Daud,
evidentemente. En un apartamento tan pequeño apenas hay lugar en donde esconder
ni siquiera una cantidad reducida. Con un suspiro, se pone el torniquete por
encima del codo, carga una ampolla en el inyector automático, teclea la dosis
elegida y se aplica el aparato al brazo. El inyector emite un zumbido y en la
ampolla sube una burbuja de aire mientras se enciende un LED rojo y ella nota
como un leve tirón en sus carnes cuando la aguja empieza a disparar en la vena
el frío chorrillo de anestésico. Ella afloja el torniquete, y mientras cuenta
diez parpadeos del diodo empieza a correrse el velo entre Sarah y su dolor.
Respira hondo, estremecida, y se pone en pie, dejando el inyector sobre el
sofá, para acercarse de nuevo al ordenador.
El Atamán Michael
está en su despacho y recoge la llamada, riendo al escuchar que ella le habla
en espanglis.
—Sabía que iba a
tener noticias tuyas hoy, mi hermana —le dice.
—¿De veras?
¿Conoces a ese orbital Cunningham?
—Así, así. Hemos
hecho algunos negocios juntos. Tiene las máximas recomendaciones.
—¿De quién?
—Las máximas, como
te digo.
—Así, ¿me aconsejas
que confíe en él?
La risa del otro le
suena un poco artificial, y se pregunta si estará flipado.
—Eso no lo
aconsejaría yo en ningún caso, mi hermana —contesta él.
—Sí lo harías,
Atamán —replica ella—. Siempre y cuando te toque una parte de lo que haga
Cunningham, sea lo que sea. En cualquier caso, acabas de hacerle el favor.
—Dasvidaniya,
hermana —se despide Michael como aburrido de la discusión, y desconecta. Sarah,
con el ceño fruncido, se queda mirando el auricular que zumba.
La puerta se abre a
sus espaldas y ella se vuelve con rapidez, poniéndose en pie, dispuesta a
saltar adelante o hacia atrás según haga falta. Es Daud, que entra con aire
despreocupado. Detrás de él aparece con un paquete de seis cervezas su
representante Jackstraw, un tipo joven, bajito, de mirada furtiva.
Daud la mira y
habla sin quitarse el cigarrillo de los labios.
—¿Esperabas a otra
persona? —pregunta.
—No —se relaja
ella—. Son los nervios. Ha sido una jornada de muchos nervios.
Los ojos de Daud
recorren con inquietud la minúscula habitación. Tiene los iris cambiados de
pardo a azul pálido, lo mismo que ha cambiado el color de su cabello, sus cejas
y sus pestañas a un rubio muy claro, en contraste con la piel bronceada. Lleva
el cabello largo hasta los hombros, enmarañado, sandalias de cuero hechas a
mano, y pantalón blanco muy ceñido bajo una camiseta negra de malla. Toma
supresores hormonales y aparenta quince años, imberbe pese a su edad real de
veinte.
Sarah se acerca
para darle un beso.
—Salgo a trabajar
esta noche —anuncia él—. Quiere cenar conmigo, no puedo quedarme mucho rato.
—¿Un conocido?
—Sí —replica él con
una sonrisa incierta que quiere ser tranquilizadora, pero desviando los ojos
azules—. He estado con él otras veces.
—¿No será un
pirado?
Él deshace el
abrazo y va a sentarse en el sofá.
—No —murmura—. Un
tipo mayor. Un solitario, me parece. Es fácil complacerle, apenas quiere otra
cosa sino un rato de charla.
Al ver el estuche
de plástico que contiene las endorfinas, lo recoge y se pone a hurgar en él, y
Sarah observa que esconde dos ampollas en la mano.
—Daud —le
reconviene—. Esto es nuestra comida y nuestro alquiler. Me pateo la calle para
conseguirlas.
—Sólo una —dice
Daud, devolviendo una ampolla al estuche y levantando la otra para que ella la
vea. La ceniza del cigarrillo cae al suelo.
—Ya te has tomado
tu parte —dice Sarah.
Los ojos azules en
el rostro moreno acusan la sorpresa.
—Sí —dice, pero no
devuelve la ampolla.
La necesidad es
demasiado intensa. Ella baja la mirada y menea la cabeza.
—De acuerdo, pero
sólo una.
Él se la embolsa,
luego recoge el inyector y programa una dosis. Muy alta, y ella no lo ignora,
aunque lucha contra la tentación de ir a inspeccionar el inyector. Sabe que, si
continúa por ese camino, acabará buscándose un coma, pero también sabe que le ofendería
si ahora se entrometiese. Le observa mientras la endorfina alcanza el cerebro y
él se tiende en el sofá con un suspiro, desaparecidos los tics nerviosos.
Apoderándose del
inyector, saca la ampolla y la devuelve al estuche de plástico. Daud la mira
con una media sonrisa.
—Gracias, Sarah
—dice.
—Te quiero
—contesta ella.
Él cierra los ojos
y se frota la espalda en el asiento del sofá, como un gato. De su garganta
brota un extraño gemido. Ella va con el estuche a la habitación y lo arroja
sobre la cama. Una oleada de tristeza inunda sus venas, como si la melancolía
fuese también una droga. Daud morirá pronto, sin que ella pueda evitarlo.
Antaño había sido
la que se interponía entre Daud y la vida; ahora las endorfinas le sirven para
aislarse de todo cuanto pueda rozarle. El padre de ambos era un loco violento y
la mitad de las cicatrices que ella llevaba le correspondían a Daud en realidad,
a quien solía escudar con su propio cuerpo. Las palizas del loco la habían
enseñado a defenderse, a devolver los golpes con dureza y celeridad. Pero no
podía estar allí siempre. El viejo cumplió catorce años huyó con el primero que
le prometió un refugio sin dolor: dos años después había comprado su libertad
y, rescindido el contrato, regresó a por su hermano. Pero Daud estaba ya
destrozado sin remedio, y era un yonqui. Ella se lo llevó a su casa, el lugar
donde trabaja, puesto que no tenía otro, y allí él aprendió a buscarse la vida,
tal como ella lo había aprendido a su tiempo. Pero sigue roto y mientras vivan
en las calles no habrá remedio para él.
Si ella no se
hubiese rajado, si no lo hubiese abandonado, tal vez habría logrado protegerle.
Pero no volvería a hacerlo.
Regresa a la otra
habitación y ve a Daud tumbado en el sofá, una sandalia colgando de la punta
del pie, dedicado a echar humo de tabaco por la nariz. A su lado, Jackstraw
apura una de sus cervezas y la mira.
—Creo que cojeas,
¿quieres que te frote las piernas?
—No —se apresura a
replicar ella y luego, figurándose que ha estado demasiado seca, repite con una
sonrisa—: No, gracias. Es una lesión de hueso. Si me tocaras ahora me pondría a
gritar.
ARTIFICIAL DREAMS
El Plastic Girl es
el gran lujo, según la noción que podría tener de eso un buscavidas. Hay una
sala de zonadanza, y cascos que te conectan con estados eufóricos, o
pornografía, o cualquier cosa que necesites y no te atrevas a chutarte en vena.
Las compañías farmacéuticas Orbitales dan los efectos gratis, para hacer
publicidad de sus productos. Hay bailarinas en el bar con espejos del fondo, un
bar equipado con juegos electrónicos de manera que, si ganas, se dispara un
contacto en la prenda de una bailarina y se le cae. Y si aciertas con el premio
gordo, todas las bailarinas se quedan en bolas al mismo tiempo.
Sarah está en el
salón grande, junto a la entrada: música con mucha sección de viento,
reservados de cuero rojo, adornos de latón. No está autorizada ni lo estará
nunca, probablemente, a entrar en el salón privado, todo de aluminio pulido y
madera negra en abundancia, como si hubieran derribado para decorarlo el último
árbol de caoba del sudeste asiático. Ese local es para los peces gordos que
mangonean este mundo veloz y peligroso, y aunque tiene un letrero que dice NO
SE ADMITEN MUJERES, eso no significa que no entre ninguna. Sarah es ahora una
contratista independiente y se ha ganado algún respeto pero, a fin de cuentas,
no deja de ser carne de alquiler, aunque a un nivel algo más elevado que en
otros tiempos.
Tampoco el salón
rojo está mal, no obstante. Tiene hologramas en colores y hélices como
simulaciones del ADN flotando un poco por encima de las cabezas, que arrancan
reflejos a los envases y licores que manipulan los clientes. Y todas las mesas
tienen zócalos para enchufar los ordenadores, carteras, y muchachas de tetas y
caras reformadas que se acercan a las mesas en sus ceñidos corsés de plástico,
te sirven la copa y esperan con idéntica y blanquísima sonrisa a que
introduzcas la aguja del crédito en su tabulador, sin olvidar el golpecito con
el dedo para dar una generosa propina.
Está preparada para
el encuentro con Cunningham; lleva un chaleco azul marino garantizado contra
impactos cinéticos de hasta 400 julios por centímetro cuadrado, y unos
pantalones que resisten hasta 300. Ha invertido parte de sus endorfinas en
alquilar el tiempo de un par de compañeras, que pasean por el bar vigilando por
si hace falta librarse de Cunningham o de alguno de sus amigos. Sabe que
necesita tener la cabeza clara y por eso ha bajado la dosis de endorfina, pero
está irritable por el dolor y sigue sin poder sentarse. De pie junto a un
velador, sorbe su ron con lima y espera.
Y de súbito aparece
Cunningham. Rostro anodino, ojos castaños, pelo castaño, traje castaño. Voz
susurrante que habla de lugares limpios donde ella nunca estuvo, lugares
luminosos y agradables recortados sobre el diamante negro y puro.
—Bien, Cunningham
—dice ella—. Al asunto.
Los ojos de
Cunningham se vuelven un instante hacia el espejo, a espaldas de ella.
—¿Amigos?
—pregunta.
—No te conozco de
nada.
—¿No has llamado al
Atamán?
Ella asiente.
—Estuvo atento,
pero tú no trabajas para él. Quizá te devuelve un favor, y nada más. Por tanto,
debo andar con cautela.
—Lo entiendo —se
saca un teclado de un bolsillo interior y lo enchufa en la mesa; en el tablero
de ésta se enciende una pantalla color ámbar pálido y aparece una cifra—. Esto
es lo que te ofrecemos, en dólares —dice.
A Sarah le parece
como si alguien hubiera tocado sus nervios y la lengua con un objeto metálico.
El premio gordo, piensa, la solución.
—¿Dólares? —dice,
sin embargo—. Hablemos en serio.
—¿Oro? —en la
pantalla aparece otra cifra diferente. Ella toma otro sorbo de ron.
—Es demasiado peso.
—Acciones o droga.
Tú eliges.
—¿Qué clase de
acciones? ¿Qué clase de droga?
—Tú eliges.
—Polimixin-fenildorfina
Nu. Ahora mismo escasea.
Cunningham frunce
el ceño.
—Si quieres. Pero
de hoy en tres semanas sale al mercado una partida importante.
Ella le desafía con
la mirada.
—¿Te la has traído
contigo de la órbita?
El rostro del
hombre apenas acusa ninguna reacción.
—No —responde—.
Pero yo que tú, lo intentaría con cloramfenildorfina. La Pfizer está preparando
una carestía artificial y la prolongará varios meses. Aquí están las cifras.
Calidad farmacológica, suministro directo desde la órbita.
Sarah contempla los
números de color ámbar y asiente.
—Satisfactorio
—comenta—. La mitad por adelantado.
—El diez por ciento
ahora —replica Cunningham—. El treinta por ciento al final del entrenamiento.
El resto al finalizar el contrato, no importa cómo resulte la operación.
Sarah levanta la
mirada y se queda contemplando uno de los hologramas móviles del bar, con sus
colores clarísimos y puros, tan puros como si se viesen a través del vacío. El
vacío, piensa ella. Cobrar en acciones no estaría mal, pero se saca más con las
drogas. Cunningham se las ha ofrecido al precio orbital, que es donde se
fabrican, a coste prácticamente nulo. El valor en las calles va a ser muy
superior y así se puede comprar una cantidad de acciones superior a la que
ellos ofrecen. Y el diez por ciento de esa cifra es más de lo que ella ganó la
noche pasada cuando se las tuvo con el sicario.
Para entrar en lo
de los Orbitales es preciso tener alguna habilidad que ellos necesiten, pero
eso no está al alcance de Sarah. Hay otro medio: no te pueden negar la admisión
si tienes un número suficiente de acciones. Están chupando los restos de la riqueza
que ha quedado en la Tierra, y si les ayudas comprando muchas acciones, puede
que eso te rescate del fango para siempre. Ella calcula que casi va a tener
bastante. Casi bastante para un par de billetes hacia la boca del pozo
gravitatorio.
Llevándose el vaso
a los labios, contesta:
—Que sea una cuarta
parte ahora. Y luego permitiré que me invites a una copa y me digas lo que hay
que hacer a cambio.
Cunningham se
vuelve y hace una seña a una de las sonrientes muchachas del corsé.
—Es muy sencillo
—dice mirándola con sus ojos fríos como el hielo—. Queremos que hagas que una
persona se enamore de ti. Una noche nada más.
¿TU AMANTE BUSCA A
ALGUIEN MÁS JOVEN? ¡TÚ PUEDES SER ESE ALGUIEN!
—La Princesa tendrá
unos ochenta años de edad —sigue explicando Cunningham. Le pasa a Sarah una
holografía en donde se ve a una rubia platino de unos veinte, que viste una
especie de blusa plisada que deja al descubierto los redondeados hombros y los
huecos de las clavículas. Tiene los ojos azul claro como Daud y pecas en el
escote, y proyecta un aire de inocencia vulnerable—. Creemos que es oriundo de
Rusia, pero el Bureau Korolev sabe guardar sus secretos y no tenemos la lista
completa de sus directivos y diseñadores. Cuando calificó para el cambio de
cuerpo solicitó ser mujer. Debe de ser alguien importante, porque se lo
concedieron, aunque al mismo tiempo lo rebajaron de categoría. Hacen la
rotación con todos los viejos para dar oportunidad a los recién ingresados.
Ahora trabaja como correo.
Nada
extraordinario, piensa Sarah. En estos tiempos uno puede proyectarse
pornografía directamente en el cerebro, digamos, o vivir todos los placeres que
se le antojen y luego, si tienes bastante dinero, te adjudicas un cuerpo nuevo
conforme a tus preferencias. Pero la tecnología de la transferencia de
personalidad aún no es del todo perfecta; suelen arrastrarse algunos detalles,
recuerdos, conocimientos, rasgos a veces útiles. Una sucesión de cuerpos puede
significar una serie de senilidades. Al que adquiere un cuerpo nuevo, si no
tiene influencia suficiente para evitar la destitución, a veces lo rebajan
hasta que demuestre otra vez lo que vale.
—¿Qué nombre usa
ahora? —pregunta ella.
—Ella misma te lo
dirá, estoy seguro. Llamémosla Princesa de momento.
Sarah se encoge de
hombros. Por lo visto la operación implica media docena de estúpidas normas de
seguridad, seguramente sin más objeto que poner a prueba su capacidad de
obediencia.
—A lo que parece,
el nuevo cuerpo no ha alterado sus inclinaciones sexuales, sólo la manera de
expresarlas —continúa diciendo Cunningham—. Desde que empezó a trabajar en el
nuevo empleo la Princesa ha revelado varios comportamientos característicos.
Cuando está en tierra le gusta frecuentar los barrios bajos. Busca una chica
trabajadora, a veces una buscona, pero más a menudo una aviadora, y se la lleva
a su casa para una noche o dos. Quiere una mascota, pero que sea un poco
peligrosa. No demasiado higiénica. Un poco ordinaria, no demasiado alejada del
fango de las calles, pero lo bastante civilizada para saber cómo agradar. No
una pirada.
—¿Yo soy ésa, la
nueva mascota? —pregunta Sarah sin sorpresa alguna.
—Te hemos
investigado. Has sido prostituta con licencia durante cinco años. Y muy bien
considerada por tus patronos.
—Cinco años y medio
—replica ella—. Y no iba con chicas.
—Es un hombre en
realidad. Un viejo. No creo que te resulte tan difícil.
Sarah estudia la
holografía de la rubia pecosa, buscando si ha quedado en la mirada algo del
anciano ruso. Esa mirada que siempre es la misma, que quiere convertirla a ella
en pieza de alguna fantasía privada, real pero no demasiado, orgasmos genuinos
pero nunca pasión genuina. La chica de plástico, un objeto para eso que ellos
crían en el secreto de sus mentes, engendros de los que quieren librarse en
seguida para no llevarlos consigo a casa. Por alguna razón quedaban
contrariados cuando una no asumía sus fantasías desde el primer momento. A ella
le había costado algún tiempo, pero sabía hacerlo.
No tan diferente de
cualquier otro viejo, en realidad, piensa mientras sigue contemplando la
imagen. Lo que quieren es mandar, mandar sobre su propia carne y sobre la de
otra persona. Pagan, no tanto por el sexo como por mandar sobre el sexo, sobre
esa cosa que amenaza con dominarles a ellos. Y así se sirven de su pasión y la
utilizan para controlar a otros. Ella ha aprendido a entender esos juegos del
poder.
Volviéndose hacia
Cunningham, le pregunta:
—¿A ti también te
dieron otro cuerpo? ¿Garantizadamente anodino? ¿O te ha reformado Firebud para
no tener ningún estilo?
Él la mira
fijamente, impertérrita la fría mirada. Nada de lo que ella diga parece
alterarle.
—Eso no puedo
decirlo —replica.
—¿Cuánto tiempo
hace que trabajas para ellos? —sigue preguntando ella—. Tú has sido un
rastrero. No eres como ellos. Pero trabajas para ellos ahora. ¿Es eso lo que te
han prometido, un cuerpo nuevo para cuando seas viejo? Y s¡ caes en una de esas
misiones aquí abajo, ¿un bonito funeral y un coro que cante el himno de la
compañía sobre tu cadáver?
—Algo así —admite
él.
—Se han adueñado de
tu corazón y de tu alma, ¿verdad?
—Así es como ellos
lo quieren —tranquilamente, admitiéndolo, como quien sabe el precio de su
billete.
—El control
—prosigue ella—. Tú entiendes de eso. Tú eres propiedad de unas gentes que han
idolatrado el control y por eso sabes controlarte bien. Pero eres una olla a
presión, el vapor está debajo de las apariencias. ¿También te dedicas a correr
los barrios bajos en tus ratos libres, como la Princesa? ¿Los clubes, las
casas? Quién sabe si habrás sido cliente mío —mira fijamente sus ojos
inexpresivos—. Es posible. Nunca he tenido buena memoria para las caras.
—Casualmente
resulta que no —contesta él—. Nunca te había visto antes de que me asignaran
esta misión.
Parece que empieza
a impacientarse un poco. Sarah sonríe con malicia.
—No te preocupes
—dice arrojando sobre la mesa la holografía de la Princesa—. Tus amos quedarán
complacidos.
—De eso estoy
seguro —dice él—. Ellos no se conforman con menos.
INTHEZONE/YES
Como un letrero de
Times Square, los LED color ámbar proyectan un mensaje en la franja superior de
la visión de Sarah. donde normalmente debería insinuarse la sombra de las
cejas.
LA PRINCESA HA
SALIDO REPITO LA PRINCESA HA SALIDO...
El Aujourd’Oui es
el caladero favorito de la Princesa, pero hay otros. Sarah se dispone a moverse
adonde haga falta.
El lavabo del
Aujourd’Oui es un conglomerado de espejos y luces blancas suaves, paredes
empapeladas en flocado rojo sobre oro, grifos de bronce y dosificadores
cromados que expenden toallitas de papel para retocar el maquillaje. Sarah
empuja la puerta con el hombro y dos busconas que estaban delante de los
espejos se vuelven a mirarla. Hay envidia en esas ojeadas, y como un aire
pesaroso, desesperado, mientras encaran otra vez los espejos. La cazadora de
satén representa eso que ellas quieren y seguramente no alcanzarán nunca, la
libertad de la grulla blanca que se remonta en el cielo y el brillo plateado de
las estrellas. De súbito Sarah oye unos sollozos, amplificados por el techo
bajo y las paredes desnudas del recinto. Las busconas no apartan los ojos de su
propio reflejo mientras ella pasa de largo y entra en una de las cabinas.
En la contigua está
la muchacha que emite un llanto entrecortado por grandes suspiros estremecidos.
Sarah no ignora que duele llorar así, cuando el aire se niega a pasar por los
músculos torturados de la garganta y las costillas parecen a punto de romperse.
La pared de la cabina retiembla; la vecina está dándose de cabezazos y se nota
que quiere hacerse daño deliberadamente, tal vez para olvidar otro dolor más
insoportable.
Sarah tiene por
norma no entrometerse en lo que la gente hace y necesita.
Acompañada por el
ruido rítmico de los golpes, Sarah extrae del cinto su inhalador, se lo lleva a
la nariz y lo acciona. Breve silbido de gas comprimido que escapa. Sarah echa
la cabeza atrás, sintiendo la coz del fogonazo en sus vías nerviosas. La pared
del lavabo parece a punto de derrumbarse. Sarah repite la operación inhalando
por el otro agujero de la nariz, el cuerpo recorrido de escalofríos, erizado el
vello de los antebrazos. Frunce los labios y se siente anormalmente sensible y
anormalmente dura al mismo tiempo, como si tuviese la piel hecha de hojas de
afeitar capaces de detectar hasta una mota de polvo. Necesita el mordisco de la
droga, lo necesita para darse el empujón definitivo. Ha olvidado mencionárselo
a Cunningham, pero ¡al diablo con él! Sarah jugará la partida a su manera...
LA PRINCESA HA
SALIDO REPITO LA PRINCESA HA SALIDO...
Los sollozos de la
vecina se han convertido en un quejido continuo, rechinante como un serrucho
que corta en hueso y entrecortado por los cabezazos histéricos, una y otra vez,
contra la mampara divisoria. El suelo de la otra cabina empieza a salpicarse de
sangre. Ella abre la puerta y sale a grandes zancadas, sin hacer caso de las
busconas que se miran el blanco del ojo y se miran mutuamente como no sabiendo
qué hacer con la loca. PRINCESA EN AUJOURD'OUI REPITO AUJOURD'OUI DEVUELVO
SEÑAL A TRANSMISIONES POLICÍA BUENA CAZA CUNNINGHAM.
Sarah sale a la
penumbra de la sala, parpadeando, los miembros agitados por el fogonazo,
cabalgando la droga como un piloto sobre la candela romana de un cohete,
lanzada al cielo pero sin perder el control. Los rincones del local, las
bailarinas, el mobiliario, todo reluce como un calidoscopio de cristal líquido.
Y entonces aparece
la Princesa, y se interrumpe el movimiento de Sarah. La Princesa se presenta
escoltada de músculo rastrero, pero ella destaca con claridad en medio de la
penumbra: tiene como un aura que la rodea, un resplandor. Tiene la clase que
les falta a todos los demás, una irradiación suave que habla de lujo, de
placeres fáciles y despreocupados, de libertad incluso frente a la ley de la
gravitación. De una vida que ni siquiera los aviadores comparten. Es como si se
hubiese detenido la música y todo el local contuviese la respiración.
Doscientos ojos contemplan ese brillo y cien bocas ansiosas segregan saliva.
Sarah nota el cosquilleo en su cuerpo, las chispas de energía nerviosa en las
puntas de los dedos. Está preparada.
Ríe para sus
adentros, como dando por descontado el triunfo, y cruza la semioscuridad del
bar a grandes zancadas de sus largas piernas, tal como le ha enseñado Firebud,
balanceando los anchos hombros para contrapesar el movimiento de las caderas,
insinuando agilidad felina. Dedica una sonrisa al músculos y presenta las
palmas de las manos para mostrar que no lleva armas. Y de pronto la Princesa
está delante de ella.
Le faltan sus
buenos diez centímetros para igualar la estatura de Sarah y ésta baja la mirada
para verla, puesta en jarras con desplante. La Princesa lleva largos los finos
cabellos rubios, cuyos bucles juegan con sus mejillas y sus orejas. Lleva los
ojos con grandes círculos de maquillaje púrpura y amarillo que simulan huellas
de golpes, por donde proclama el deseo secreto de esa cara de marfil traslúcido
que nunca supo lo que era el dolor. Su boca es de un violeta oscuro, otra
laceración. Sarah echa la cabeza atrás y ríe con voz ronca, enseñando los
dientes, evocando la risa de las hienas cuando salen de cacería.
—Baila conmigo,
Princesa —se vuelve hacia los grandes ojos flor de maíz—. Yo soy tu sueño más
desenfrenado.
DE LA PRÁCTICA A LA
PERFECCIÓN
DE LA PERFECCIÓN AL
PODER
POR EL PODER A LA
LEY
DE LA LEY AL CIELO
Es un mensaje
práctico de Toshiba
Nicole lleva un
cigarrillo colgando de la comisura de la boca y una cazadora de cuero marrón
agrietado. Su cabello castaño oscuro cuelga en descuidadas greñas y sus ojos
grises, achinados, de enigmática mirada, contemplan a Sarah sin pestañear.
Detrás de ella,
Cunningham con dos de sus secuaces. Uno de ellos, un músculos que parece no
tener cuello. El otro, menudo, rubio y todavía más insignificante que el mismo
Cunningham. Le parece a Sarah que éste, el bajito, es el más peligroso de los
dos.
—No debes titubear
ni un segundo, Sarah —dice Cunningham—. Ni una fracción de segundo. De lo
contrario, la Princesa se dará cuenta y adivinará que pasa algo raro. Por eso
hemos llamado a Nicole. Para que te entrenes con ella.
Sarah contempla a
Nicole, sorprendida durante un momento, y luego ríe estruendosamente, mientras
la rabia sube dentro de ella, fría, blanca, como un resplandor en el horizonte
lejano.
—Y tú, Cunningham,
¿te quedarás a mirar, supongo?
—Sí —asiente él—.
Yo y Firebud. Desde el primer momento nos pareció que no tenías muy claro esto
de hacer el amor con otra mujer.
—¿Vais a grabar un
vídeo, tal vez? ¿Para una revisión de la jugada? —distiende los labios en una
mueca despectiva Sarah—. ¿Eso te gratifica? ¿Es así como espantas tus demonios,
contemplando vídeos?
—Lo destruiremos en
tu presencia, si quieres... pero luego —contesta Cunningham. El músculos
sonríe. El otro la mira y luego mira, inexpresivo, a su jefe.
Sarah lleva dos
meses de entrenamiento, ha consentido que modificasen y corrigiesen
quirúrgicamente su cuerpo, ha sido la buscona obediente en todo momento. Pero,
no importa cuántas candidatas guarde Cunningham en sus archivos, a estas
alturas tiene la seguridad de que ella es la única esperanza, la sola carga en
la recámara de Cunningham para cuando la Princesa baje de su órbita. Por tanto,
la pelota está en el tejado de Sarah, o contemporizan con ella o de lo
contrario el proyecto fracasará. Va siendo hora de que se enteren.
Menea la cabeza
lentamente.
—Me parece que no,
Cunningham —anuncia—. Estaré preparada esa noche, pero ahora no lo estoy, ni
pienso estarlo. No para ti, ni para tus cámaras.
Cunningham no
replica, únicamente frunce un poco el ceño, como si se hubiese intensificado la
luz. Nicole contempla a Sarah con sus ojos color humo, luego agita los largos
cabellos y dice:
—Pues entonces,
baila conmigo nada más.
Sus palabras suenan
un poco demasiado bruscas, como sugeridas por alguna especie de desesperación,
y Sarah se pregunta qué le habrán prometido a ésa, o cómo la habrán hecho
vulnerable para ellos. Su voz la traiciona; es mucho más joven de lo que
aparenta.
—Bailemos un poco
no más —dice—. Será suficiente.
Sarah mira
alternativamente a Cunningham y Nicole, luego asiente.
—¿Te darás por
satisfecho con un par de números, Cunningham, o terminamos el programa aquí
mismo? —pregunta.
Las facciones de él
se endurecen y por un instante Sarah piensa que todo acabó, que la operación ha
fenecido ahí. Pero luego él asiente, sin dejar de mirarla de hito en hito.
—Si así lo quieres
—dice.
—Así ha de ser
—remacha ella.
Hay un instante de
silencio y luego Cunningham asiente de nuevo, como en soliloquio, y se aleja.
Nicole sonríe con nerviosismo, deseando complacer y sin saber en quién buscar
su billete a dondequiera que vaya. Cunningham se ha acercado al equipo de sonido
y pulsa una tecla. La música hace temblar las paredes mientras él se vuelve y
se cruza de brazos, en actitud de espera.
Nicole cierra los
ojos y encoge los hombros para dejar caer la chaquetilla. En verdad deben haber
revuelto cielos y tierra para encontrar esa doble de la Princesa, o tuvieron
mucha suerte. Sarah la contempla mientras ella menea el cuerpo al ritmo de la música,
muñeca de plástico movida por la ciega esperanza de causar impresión.
Dando un paso
adelante, toma las dos manos de la muchacha en una de las suyas.
DELTA TRES
EMERGENCIA INTENTO DE SUICIDIO AUJOURD'OUI EMERGENCIA
Sumergida en su
zona, Sarah sacude la cabeza para apartarse el sudor de los ojos, las venas
abrasadas por el fogonazo. La Princesa ha sido su pareja durante toda la noche.
Ella salta y gira, y la Princesa la contempla, admirativa, con los ojos
brillantes. Sarah cambia de zona y la Princesa la sigue, dejando que sea
aquélla quien dirija el movimiento, las pautas fluidas. Está acercándose cada
vez más a la Princesa, hasta que, como una ola, pueda engolfarse sobre ella
desde su cresta de espuma blanca.
Hay una intrusión
en la zona, un intento de alterar la pauta. Sarah se vuelve y lanza el codo,
que va a sepultarse en las costillas del bailón, doblándolo. Entonces ella le
golpea la nuca con el canto de la mano como una espada y el boy huye de la zona
entre quejidos. La Princesa lo observa todo, los ojos brillantes de admiración.
Sarah se planta delante de ella y la atrapa por la cintura. Ambas giran como
patinadoras de hielo sobre afiladas cuchillas.
—¿Soy yo el peligro
que buscabas? —le pregunta, leyendo la respuesta en los ojos azules. Te
conozco, viejo, se dice Sarah, triunfante, al tiempo que se inclina para
devorar los labios color violeta, cebándose como una rapaz en su presa. Los
ojos de la Princesa se dilatan, aprisionados por la mirada de Sarah. Los labios
tienen sabor a sal y a sangre.
No presumas de ser
un CYBORG mientras no tengas el IMPLANTE SEXUAL MODERNBODY
Indetectable...
Para aguantar toda
la noche... Chips de orgasmo, en opción...
¡Tu pareja te lo
agradecerá!
RNBODYMODERNBODYMODERNBODYMMODERNBODYMODERNBOD
El coche de
Cunningham vuela con un zumbido a través de la noche sobre ruedas emborronadas
por la velocidad. Los hologramas desfilan sobre las ventanillas en haces de
neón. Sarah contempla el cogote del conductor, a punto de reventar el cuello de
la camisa.
—Será mejor que
entres sola en el club —dice Cunningham—. Es posible que la Princesa envíe a
alguno de los suyos por delante, y no te conviene que te vean con nadie.
Sarah asiente; ha
recibido otras veces las mismas instrucciones y podría recitarlas palabra por
palabra, incluyendo una aceptable imitación del murmullo monótono de su
interlocutor. Sólo asiente para que vean que está escuchando. A primera hora de
la tarde ha cobrado el segundo pago en cloramfenildorfina y en estos momentos
su mente está ocupada sobre todo pensando cómo ponerla en las calles.
—Sarah —dice él
llevándose una mano al bolsillo—. Quiero que lleves esto, por si acaso.
La mano aparece de
nuevo y exhibe un diminuto aerosol.
—¿Sí? ¿Qué es?
—pulveriza ella un poco sobre el dorso de la mano, para olfatearlo.
—Lubricante de
silicona —contesta él—. Tiene el olor exacto, y según me han asegurado dura
varias horas. Úsalo en el lavabo si resulta que... no te sientes atraída por
ella.
Sarah le coloca el
tapón al aerosol y se lo devuelve.
—No pienso ir tan
lejos —dice, pero él menea la cabeza.
—Sólo por si acaso
—ruega—. Una vez entre cuatro paredes, nunca se sabe lo que puede ocurrir.
Ella espera, sin
dejar de tenderle el aerosol, pero al ver que él no lo toma se encoge de
hombros y se lo guarda en el cinto. Apoyando la mandíbula reformada en la palma
de una mano, se dedica a mirar por la ventanilla mientras los hologramas
publicitarios se reflejan en sus negras pupilas, hasta que el coche frena y se
detiene delante de su apartamento.
Al apearse el calor
del ambiente exterior cae sobre ella como una manta que la sofoca. En seguida
se forman gotitas de transpiración sobre la frente. Cunningham está hundido en
la banqueta trasera y hasta parece un poco más bajo que antes. Hasta ahora, hasta
disparar su carga hueca, tenía la sartén por el mango, pero ahora que la acción
ha pasado a manos de ella, no puede hacer otra cosa sino ver, y esperar que las
ecuaciones balísticas hayan sido calculadas sin error. Tensa los músculos de la
mandíbula en una prieta sonrisa y levanta una mano.
—Gracias —contesta
ella, entendiendo que acaba de desearle buena suerte sin atreverse a decírselo.
Luego echa a andar y respira hondo, sintiéndose ligera de cuerpo y corazón como
si la gravedad hubiese disminuido de alguna manera. No más contemporizar con
Cunningham, no más ejercicios de entrenamiento, no más aguantar que Firebud
critique su manera de andar o la postura de su cabeza. Todo eso ha quedado
atrás.
El apartamento está
bañado en colores del vídeo y así conoce que Daud está en casa. Ha retirado la
mesita de centro y está haciendo su gimnasia con pesas, los hologramas
ardientes pintando su cuerpo desnudo, sus genitales lampiños. Ella le besa en
la mejilla.
—¿Cenas? —le
pregunta.
—Salgo con
Jackstraw. Quiere presentarme a uno.
—¿Un cliente nuevo?
—Sí. Es mucho
dinero —suelta las pesas y empieza a fijarse otras en los tobillos; ella, de
pie junto a él, frunce el ceño.
—¿Como cuánto?
Él le asesta una
rápida ojeada, un destello de láser verde por el rabillo del ojo, pero luego
baja la mirada como si hablase con el suelo.
—Ocho mil —dice.
—Es mucho —se
extraña ella.
Él asiente con la
cabeza mientras se echa de espaldas en el suelo para levantar las piernas
cargadas con las pesas, los pies juntos. Sarah contempla los músculos tensos de
los muslos, se quita los zapatos y desentumece los dedos de los pies sobre la
alfombra.
—¿Qué pide a
cambio? —pregunta, a lo que Daud se encoge de hombros. Sarah se pone en
cuclillas, mirándole fijamente, con la garganta atenazada de angustia, y repite
la pregunta.
—Jackstraw se
quedará en la otra habitación —contesta él—. Si algo sale mal, estará allí en
seguida.
—Es un pirado,
¿verdad?
La nuez de Adán
sube y baja mientras Daud traga saliva y asiente en silencio. Ella respira
hondo y sigue mirándole mientras él continúa sus ejercicios. Luego Daud se
sienta en el suelo, la mirada fría.
—No necesitas
hacerlo —dice ella.
—Es mucho dinero
—replica.
—Mañana habré
terminado mi encargo y dará para vivir bastante tiempo, y casi para un par de
billetes con que salir de aquí.
Él menea la cabeza,
luego se pone en pie de un salto y le vuelve la espalda, encaminándose hacia la
ducha.
—No quiero tu
dinero —dice—. Ni tampoco tus billetes.
—Daud —insiste
ella; él se vuelve, enfadado.
—¡Tu encargo!
—escupe—. ¿Crees que no sé a qué te dedicas?
Ella se pone en pie
también y por un instante ve el miedo en los ojos de su hermano. ¿Miedo de
ella? La duda se abre paso en su mente como una cuña.
—Sabes a qué me
dedico, sí —dice—. Y también sabes por qué.
—Porque alguno se
volvió pirado una vez —replica él—. Y porque perdiste los estribos y lo
mataste, y eso te gustó. Estoy al tanto de lo que se cuenta en las calles.
Ella nota una
dolorosa opresión en el pecho y menea la cabeza despacio.
—No —dice—. Lo hago
por nosotros, Daud. Para salir de aquí y vivir donde los Orbitales —hace
intención de ir a tocarle, pero viendo que él retrocede, deja caer la mano—.
Donde todo es limpio, Daud. Y no andaremos por las calles, porque allí no hay
calles.
Daud suelta una
carcajada desdeñosa.
—¿Que no hay
calles? —dice—. Entonces, ¿qué haremos nosotros? ¿Teclear códigos en algún
despacho? —menea la cabeza—. No, Sarah. Haríamos lo mismo que hemos hecho
siempre, pero sería para ellos, y no para nosotros.
—No. Será
diferente. Será algo que ahora no conocemos, algo más fino.
—Me gustaría que
pudieras verte los ojos cuando dices eso —contesta Daud—. Como si acabaras de
pincharte una vena, como si esa esperanza fuese tu droga, a la que estás
enganchada —la mira con serenidad, desaparecido el enfado—. No, Sarah. Yo sé
quién soy y lo que eres tú. No quiero tu esperanza, ni tus billetes.
Especialmente cuando están manchados de sangre.
Le vuelve la
espalda de nuevo, y ella habla con rapidez, furiosa, tratando de herirle en su
punto débil. Como una comadreja.
—Pero no te importa
robarme mis puñeteras endorfinas, a lo que veo —le dice, y él se pone rígido un
momento, para seguir alejándose en seguida. A Sarah le escuecen los ojos, y
parpadea para contener las lágrimas.
—No vayas con un
pirado, Daud. Por favor.
Él se detiene en el
umbral, la mano sobre el marco de la puerta.
—¿Dónde está la
diferencia? ¿Ir con un pirado, o vivir contigo?
La puerta se cierra
y Sarah se queda sola luchando con su desvalimiento, su furor y sus lágrimas.
Gira sobre los talones y se mete en su habitación.
Las conexiones de
sus nervios echan chispas, la adrenalina dispara sus reflejos y sólo un
esfuerzo de la voluntad impide que atraviese el tabique de un puñetazo. En la
lengua, un sabor a muerte, el deseo de sacar la Comadreja en la primera
ocasión.
Sobre una cómoda,
la holografía de la Princesa. La loma con rabia y se queda mirándola,
observando los hombros aterciopelados, la inocencia de los ojos azules, una
inocencia tan falsa como la de Daud.
TOMORROW/NO
Sarah y la Princesa
abandonan el Aujourd'Oui con los de la ambulancia, que se llevan a la loca de
los lavabos. Se ha desgarrado las mejillas y los pechos con las uñas y tiene la
cara hecha unos zorros, la nariz aplastada, los labios partidos y ensangrentados.
Todavía quiere sollozar, pero no le quedan fuerzas.
Sarah observa la
excitación en ¡a mirada de la Princesa. El espectáculo es un pedazo del mundo
que ella echa en falta, caliente, sudoroso, auténtico, con olor a fango de la
vieja Tierra. La princesa está de pie en la acera, en medio de su círculo de
rastreros, y pide los coches. Sarah le rodea los hombros con el brazo y le
susurra a la oreja para decirle lo que sabe que ella desea oír:
—Yo soy tu sueño.
—Me llamo Dánica
—dice la Princesa.
En la trasera del
coche huele a sudor y a perfume caro. Sarah se pone a devorarla con los labios,
la lengua y los dientes. Ha olvidado en casa el spray de siliconas pero no va a
hacerle falta: Dánica tiene los ojos de Daud, su cabello y su carne suave, y de
súbito Sarah se siente dispuesta a celebrar un festín con ella.
El silencioso coche
cruza verjas de aleación templada, y de pronto se hallan en el nido. Nunca un
agente de Cunningham llegó tan lejos. Dánica toma a Sarah de la mano y la
introduce en el portal; un empleado de seguridad se empeña en realizar sus
verificaciones. Sarah lo mira con burla desde su altura y se abre la cazadora
para permitir que le registre el cuerpo con su maravilla electrónica. Sabe que
la Comadreja es indetectable por esos medios. El boy le confisca el inhalador
de fogonazo, pero no importa, en ese envase no quedan huellas dactilares.
—¿Qué es esto?
—alzando los dados negros de cristal líquido, listos para insertarlos en una
consola de ordenador.
—Música —explica
ella, a lo que el conserje se encoge de hombros y se los devuelve. La Princesa
la toma de nuevo de la mano y suben una larga escalera.
La habitación es
toda de color azul celeste. Ella ríe y se tumba de espaldas sobre sábanas a
juego con sus ojos, los brazos abiertos en cruz. Sarah se inclina sobre ella y
sigue comiéndosela. Dánica suspira blandamente, entregada. Es un hombre viejo,
y de los más poderosos, y Sarah domina ese juego. El oficio de él es violar la
Tierra, ser tan fuerte como la aleación forjada en el espacio, y esta debilidad
es su acto prohibido, su pornografía. Poner el cuerpo nuevo y lustroso en manos
de una esclava es la debilidad que ahora ansia más que la vida misma.
—Mi sueño —susurra
Dánica, recorriendo con el dedo las cicatrices de la mejilla de Sarah, su
mentón.
Sarah respira
hondo. La lengua se retrae hacia el implante plástico donde reside la
Comadreja, y la cibersierpe se desliza sobre ella. Sarah sepulta a Dánica
debajo de su propio cuerpo, que moldea sobre el cuerpo nuevo del hombre viejo,
al tiempo que la sujeta por las muñecas. Aplasta con su boca la de Dánica,
notando el cosquilleo de la lengua que le introduce la muchacha, y entonces la
Comadreja se dispara telescópicamente desde su escondrijo en la garganta y el
pecho de Sarah, quien contiene la respiración mientras se contrae su elástica
tráquea artificial. Los ojos de Dánica se abren de par en par al sentir el
contacto de la Comadreja en su propia boca; aunque tiene la temperatura del
cuerpo de Sarah, de algún modo comunica la sensación de algo frío y quebradizo.
Los dedos de Sarah se engarfian sobre las muñecas de ella y la Princesa emite
un grito sofocado cuando la cabeza de la Comadreja penetra en su garganta. Su
cuerpo se arquea y cae una sola vez, mientras exhala el aliento cálido al
rostro de Sarah. La Comadreja se desenrosca todavía más, obedeciendo a su
propio programa, se introduce hasta el estómago con los sensores en busca de
vida. Los ojos de Daud expresan promesas desesperadas. La Princesa jadea con
espanto, empleándose con todas sus fuerzas contra el peso de Sarah, intentando
quitársela de encima. Pero Sarah le mantiene crucificado. La comadreja se
vuelve sobre sí mismo en el estómago de Dánica, se abre paso en busca de la
vena cava inferior y la destroza. De la boca de Dánica sale un gorgoteo y
Sarah, aun sabiendo que es imposible porque su propia lengua todavía se halla
profundamente retraída en la base de la Comadreja, cree notar un sabor a
sangre. La Comadreja sigue el recorrido de la vena hasta el corazón de Dánica.
Sarah no suelta la presa aunque tiene el pecho a punto de estallar por la falta
de aire, hasta que la lucha termina y los ojos azules de Daud se nublan y
quedan yertos.
Un velo púrpura y
negro ciega a Sarah mientras se levanta de la cama y opera la retracción
parcial de la Comadreja, al tiempo que jadea para forzar el paso del aire a
través de su garganta estrangulada. Dando tumbos, se encamina al baño, tropieza
y se golpea con la bañera. El golpe la deja otra vez sin aliento. Las manos
abren los grifos, introducen la Comadreja en la bañera, notan el frío del agua.
Respira con tremenda dificultad. La Comadreja se halla revestida de un gel que
supuestamente sirve para evitar la adherencia de sangre u otras materias, pero
ella por nada del mundo se arriesgaría a recibir en la boca ningún jirón de las
carnes de Dánica. La cibersierpe le tira del pecho. Los chorros del agua la
ensordecen y apenas se da cuenta de que está empezando a perder el sentido.
Entonces cae de espaldas tragándose la Comadreja por completo, con lo que se
despejan sus vías respiratorias e inhala de nuevo el aire frío y vivificante.
El pecho agitado,
los ojos nublados todavía por un velo negro, Sarán piensa que Daud ha muerto y
que ella todavía tiene una misión. Sacude la cabeza, intentando despejarla,
pero la Comadreja está devorando el corazón robado y el dolor es tan intenso
que apenas la deja pensar. Escucha el sonido de su propio jadeo. Nota el
cosquilleo de la alfombrilla en la nuca al tiempo que levanta los brazos e
intenta salir, aunque sea a rastras, mientras la Comadreja se agita en su pecho
como una tormenta, a tal punto que Sarah teme que vaya a rompérsele el corazón.
Por fin se recupera
poco a poco, y el círculo negro va desapareciendo de su vista. Echada de
espaldas, escucha el rugido del líquido que se precipita en el desagüe. Se
sienta en el suelo y se lleva las manos a la garganta. La Comadreja,
satisfecha, ahora está tranquila. Con un esfuerzo Sarah se incorpora para
cerrar los grifos y se pone en pie apoyándose en ellos. Aún tiene mucho que
hacer.
En su habitación,
la Princesa yace despatarrada sobre la cama. Ahora que está muerta se ve más
fácilmente al hombre viejo en ella. Sarah se nota el estómago convulso por la
náusea. Según el plan ahora tocaría meter a la Princesa en la cama y taparla
con los cobertores a fin de retrasar al máximo el descubrimiento, pero ni
haciéndose violencia consigue tocar aquel cuerpo que empieza a enfriarse, por
lo que aparta la mirada y pasa a la habitación contigua.
Hace un alto
mientras sus ojos se habitúan a la penumbra, y escucha los rumores de la casa.
Lee el letrero ámbar que discurre por el margen superior de su visión, pero no
descifra más que transmisiones rutinarias de la policía. Sacándose del cinto un
par de guantes, se acerca a la consola de ordenador de la habitación. Lo pone
en marcha, abre la boca de carga y se saca uno de los dados de cristal líquido
que le ha dado Cunningham y que supuestamente contienen música. Lo introduce en
la boca de carga y espera a que el ordenador dé la señal.
En realidad el dado
habría ofrecido unas piezas de música a cualquier otro usuario, pero Sarah
tiene el código para convertirlo en otra cosa. Aparece el mensaje READY.
En medio del
silencio no se oye sino el tecleo de los códigos. El cursor centellea en el
ángulo de la pantalla: RUNNING. Ella se arrellana en el asiento y suspira.
La Princesa era un
correo que traía de la órbita un cubo de cristal líquido lleno de instrucciones
complejas, instrucciones que su compañía ni siquiera se atrevió a enviar por
radiotransmisión codificada. Seguramente la Princesa ni siquiera sabía lo que transportaba,
aunque era de suponer que serían datos sobre existencias, estrategias para
manipular los mercados, instrucciones para los subordinados, estrategias de
compra y venta. Información que valdría millones para cualquier compañía
competidora. El cubo de cristal sin duda se alteraría cambiando de
configuración una vez almacenada la información en el ordenador terrestre, un
ordenador inaccesible a toda intrusión ajena, pero que verosímilmente podría
ser consultado desde los terminales emplazados en los despachos de los
ejecutivos.
Tampoco Sarah tiene
una idea muy clara de lo que contenía el cubo que ha traído ella. Algún tipo de
programa espía, supone ella, capaz de anular las protecciones que tiene la
información, de manera que ésta pueda ser copiada. Así pues, no sabe si este programa
será más o menos bueno, si habrá disparado ya todas las alarmas de Florida o
será capaz de realizar su misión sin ser detectado. Si es un programa realmente
bueno, no sólo copiará la información sino que además corromperá las bases de
datos del enemigo, tal vez alterando incluso las instrucciones a fin de
sabotear los planes de mercado de aquél.
Mientras parpadea
el mensaje RUNNING Sarah se pone en pie para recorrer todos los lugares de la
suite que ella pueda haber tocado, frotando con las yemas de sus dedos
enguantados todo objeto capaz de retener sus huellas. La casa y la Princesa
están en silencio.
Transcurren once
minutos antes de que el ordenador vuelva a dar READY. Sarah extrae el dado y lo
guarda de nuevo en el cinto. Tiene órdenes de esperar unas horas, pero en la
otra habitación hay un muerto y todos los nervios de Sarah le gritan que salga
corriendo. Sentada delante del ordenador, se inclina y mete la cabeza entre las
piernas procurando serenar la respiración. Por alguna razón se halla temblando
de pies a cabeza, luchando contra la adrenalina y contra sus propios nervios, y
piensa en los billetes, en el espacio negro y frío sobre la curva azul de la
Tierra muy abajo, lejos de ella para siempre.
Transcurridas dos
horas pide un taxi y enfila escaleras abajo, estremecida de frío, escuchando
los ecos de sus propios pasos. El guarda de seguridad la saluda con una
inclinación de cabeza: su trabajo es evitar que entren, y no se ocupa de los
que salen. Incluso le devuelve el inhalador.
Toma una docena de
taxis para dirigirse a una docena de lugares diferentes; en uno de ellos
abandona la cazadora de satén, en otro se aprieta el cinto y se quita los
tirantes, en el tercero vuelve del revés la camiseta y el bolso del cinto,
dejándolos de un amarillo fluorescente como el de un semáforo. El disfraz de
aviadora ha desaparecido y vuelve a ser la buscona de siempre. Y termina la
jornada en el Plastic Girl, como siempre de bote en bote hasta las cuatro de la
madrugada. Al entrar la ensordecen los ruidos del fango, de la vida terrícola,
y se siente aliviada. Éste es su mundo y en él conoce todos los escondites
acogedores donde una puede ocultarse.
Tras reservar una
habitación de las del fondo, llama a Cunningham.
—Ven a por tu dado
—y luego se pide un ron con lima.
Cuando él hace acto
de presencia ella ha alquilado ya un analizador y un par de músculos.
Cunningham se presenta solo, llevando en la mano un paquete, y cierra la puerta
a sus espaldas.
—¿La princesa?
—pregunta.
—Muerta.
Cunningham asiente.
El cubo está sobre la mesa, delante de ella, que alarga la mano.
—Veamos lo que has
traído —dice.
Elige tres ampollas
al azar y el analizador le confirma que es cloramfenildorfina pura al noventa y
ocho por ciento o mejor. Sarah sonríe.
—Ahí tienes tu dado
—dice, pero lo primero que hace él es introducirlo en la consola de la
habitación, para asegurarse de que sea lo que ha venido a buscar. Luego se lo
guarda en el bolsillo y se encamina hacia la puerta.
—Si alguna vez
necesitas encargar otro trabajo, ya sabes dónde quedo —dice ella.
Él se detiene con
la mano sobre el pomo; parpadea. El hombre le comunica una sensación de
tristeza, como si estuviese de luto por alguna muerte reciente.
Sarah ya sabe que
no es más que la prolongación terrestre de algún combinado Orbital, aunque no
se sepa siquiera cuál. Una herramienta, y de las más obedientes, ciertamente,
como ella misma le ha recalcado con desprecio. Pero eso no quita lo que ella y
él saben: Que Sarah daría todo el contenido del paquete, y todo lo demás, a
cambio del billete que él tiene.
—Estaré en la rampa
dentro de una hora —dice él—. Regreso a la órbita.
Ella contesta con
una sonrisa forzada:
—A lo mejor nos
vemos allí.
Él asiente con la
cabeza, mirándola fijamente. Parece a punto de decir algo, pero luego se vuelve
otra vez, como si hubiese decidido que no serviría para nada.
—Ten cuidado —se
despide sin volverse. Uno de los músculos alquilados por Sarah mete la cabeza y
la mira, interrogante.
—Todo en orden
—anuncia ella, y el músculos asiente.
Contempla la
fortuna que tiene en la mano y se siente súbitamente vacía. En su pecho, el
vacío en vez del júbilo esperado. La copa que ha pedido le sabe tan insípida
como si fuese agua de cebada, y nota el dolor intermitente de una jaqueca al
compás de los LED que desfilan por delante de su frente. Paga y despide a los
músculos alquilados, y luego se dirige en taxi a un banco automático para
depositar la endorfina en una caja de seguridad. En el mismo taxi regresa a
casa.
En el apartamento
vacío, la acostumbrada mezcla de zumbidos. Busca el mando de sus LED y los
desconecta, arroja la ropa al destructor de basuras. Entra desnuda en su
habitación y ve la holografía de la Princesa sobre la mesita de noche. Alarga
la mano, indecisa, y luego se limita a tumbarla del revés, segundos antes de
abandonarse a la oscuridad reparadora.
LOVELY AND WAITOÍG
FOR YOU
TERRY'S
TOUGH'N'TENDER
NOW
Todavía es de noche
cuando despierta al escuchar la puerta.
—¿Daud? —pregunta,
para escuchar en respuesta un gemido.
Viene envuelto en
una sábana y cubierto de sangre. Jackstraw, jadeando, fatigados los músculos
del cuello, le ayuda a mantenerse en pie.
—Un bastardo —dice.
Ella recoge a Daud
como a una criatura y lo lleva a su cama, manchándose los brazos y los pechos.
—El muy bastardo se
volvió pirado —explica Jackstraw—. Estuve fuera sólo un minuto.
Sarah acomoda a
Daud sobre su cama y levanta la sábana. Un gemido ahogado escapa de su
garganta, y se lleva la mano a la boca. Daud está rayado de sangre; el pirado
ha debido utilizar un látigo cargado con puntas de plomo. Débilmente, él
intenta moverse, levanta una mano como para evitar un golpe.
—Tranquilo —dice
Sarah—. Estás en casa.
Daud, las facciones
deformadas por el dolor, dice:
—Sarah —y empieza a
llorar.
Ella también se
nota los ojos anegados en lágrimas, y parpadea al tiempo que aparta la mirada;
luego se vuelve hacia Jackstraw.
—¿Le has dado algo?
—pregunta.
—Sí, endorfina. Lo
primero.
—¿Cuánta?
Él la mira con aire
algo estúpido.
—No sé. Mucha.
—¿No habíamos
quedado en que no te alejarías de la habitación de al lado?
Él aparta la
mirada.
—Fue una noche muy
agitada —dice—. Estuve fuera sólo un minuto.
Sarah se vuelve
hacia Daud.
—Esto no se ha
hecho en un minuto. Lárgate —dice.
—Es que...
Un resplandor fiero
se enciende en la mirada de ella. Le gustaría descuartizarlo, pero tiene otras
cosas que hacer.
—¡Largo de aquí, he
dicho!
Él todavía titubea
un instante y luego se va.
Sarah se dedica a
limpiar y desinfectar las heridas. Daud llora en silencio, la garganta agitada
por los sollozos. Sarah busca el inyector, saca la endorfina de su escondrijo y
lo carga, para graduar una dosis más o menos al azar. Le pincha en el brazo, y
él repite una última vez el nombre de ella y se queda dormido. Ella se queda un
rato mirándolo, dudando si le habrá puesto demasiado, y luego lo tapa con el
cobertor y atenúa la luz.
—Descansa. Tengo el
precio de tu billete —dice, y luego va a echar la sábana ensangrentada en el
incinerador.
Normalmente Daud
duerme en el sofá convertible de la sala. Cuando le ve dormido, ella se dirige
allá y, sin tomarse la molestia de desplegar el mueble, se tumba sobre el sofá.
La habitación zumba y ella se queda escuchando largo rato.
CIFRAS DE LA PASADA
NOCHE EN TAMPA, TOTAL CERRADO A LAS 8 DE LA MAÑANA: DOCE MUERTOS EN EL
PERÍMETRO URBANO... LOS AFORTUNADOS GANADORES COBRAN 5 POR 3
La explosión es lo
bastante intensa como para lanzar el sofá contra la pared de enfrente. Sarah
recibe el huracán caliente que le corta el aire, el empuje como si el mundo
estuviese haciéndose pedazos, hasta el golpe final contra la pared. Los gritos
rebotan en todos los rincones, todos los gritos que la Princesa no llegó a
proferir. Lenguas de fuego la rodean como láseres rojos.
Poniéndose en pie,
corre a la otra habitación y la encuentra iluminada por la cama en ascuas. Daud
está despatarrado en un rincón de la habitación, algunas partes de su cuerpo
reventadas y otras esparcidas por las paredes. Ella grita pidiendo socorro pero
al mismo tiempo se las arregla sola para arrojar por el agujero de la pared las
sábanas que arden. Fuera, asoman por el este las lenguas calientes del
amanecer. Sarah cree oír que Daud ha susurrado su nombre.
¿SU CUERPO NECESITA
UN REMIENDO? NOSOTROS CUMPLIMOS
El conductor de la
ambulancia exige el pago por adelantado. Sarah abre su cartera de inversiones
por ordenador y realiza la transferencia sin regatear el precio. Daud muere
tres veces antes de que los auxiliares consigan sacarle del edificio, y cada
vez los precios aumentan.
—Mientras no falte
el dinero, señora, tranquila que no le ocurre nada —va diciendo el conductor, y
contemplando la desnudez de Sarah con aire de entendido, agrega—: Damos toda
clase de facilidades.
Más tarde, en la
habitación del hospital Sarán contempla el trabajo de los médicos y va
escuchando los honorarios que piden. Será preciso trazar planes para convertir
la endorfina pronto, en el plazo de escasos días. Las máquinas conectadas a
Daud zumban y golpetean. Los policías la rodean y quieren saber qué motivos
podría tener alguien para disparar una granada de carga hueca contra la pared
de su apartamento desde el edificio de enfrente. Les dice que no tiene ni la
menor idea. Tienen otras muchas preguntas, pero ésa parece ser la más repetida.
Hasta que ella se tapa los oídos con ambas manos y sacude la cabeza; ellos
todavía remolonean un rato y luego se van.
Echa en falta el
inhalador; ahora vendría bien el mordisco de fogonazo para mantenerse
despierta, para que el cerebro no deje de funcionar. Los pensamientos desfilan,
martilleantes. Si los hombres de Cunningham estuvieron en su apartamento
sabrían que ella dormía en la habitación del fondo y Daud en la salita.
Seguramente esperaron a que se hiciese la oscuridad y mientras ella dormía,
dispararon un proyectil que atravesara el muro sin estallar, para luego regar
la habitación de metralla incandescente. Evidentemente, no estaban seguros del
silencio de Sarah. o quisieron impedir que ella utilizase la poca o mucha
información que hubiese juntado para organizar algún pequeño negocio por su
cuenta.
¿A quién podía
contarlo?, se pregunta.
Recuerda la
despedida de Cunningham en el Plastic Girl y aquella misteriosa tristeza. Él lo
sabía. A su manera, había intentado ponerla sobre aviso. Quizá la decisión no
fue suya; quizá se decidió en contra de sus objeciones. ¡Qué les importaba a
los Orbitales una buscona más o menos, cuando habían causado la muerte de
tantos millones y sólo mantenían con vida a los demás para exprimirlos hasta
los tuétanos!
El Atamán entra en
la habitación con silencioso paso felino. Lleva un aro de oro en una oreja, y
sus ojos sabios y expresivos están rodeados de una fina red de arrugas,
testigos de la agitada vida terrícola del viejo traficante.
—Lo siento, mi
hermana. Quiero que sepas que no tenía ni la menor idea de que fuese a terminar
así.
—Te creo, Michael
—murmura ella, aturdida.
—Tengo algunos
amigos en la costa oeste —prosigue el Atamán—. Te darán trabajo allí hasta que
Cunningham y su gente hayan olvidado que existes.
Sarah levanta la
mirada un momento y luego se vuelve hacia la cama con sus máquinas rumorosas,
meneando la cabeza.
—No puedo irme,
Michael —dice.
—Sería un grave
error, Sarah —insiste el otro con amabilidad—. Volverán a intentarlo.
Sarah no contesta;
sólo siente el vacío en su interior y sabe que ese vacío no la dejará nunca si
abandona otra vez a Daud. El Atamán, incómodo, se queda unos momentos y por fin
sale.
—Tenía el billete
—susurra Sarah.
Por la ventana se
ve el fango hirviendo bajo un sol tísico. El barro de la tierra soñando con sus
billetes, aviniéndose a cualquier cosa que les prometa un fragmento de sus
sueños. Juegan bajo reglas dictadas por otros. Sarah tenía su billete, pero las
reglas se volvieron en contra de ella como una comadreja, y así no tendrá otro
remedio sino romper el billete y esparcir los pedazos por las calles,
esparcirlos de manera que las máquinas sigan zumbando y continúe con vida el
ser querido. Porque no hay otra oportunidad, y las chicas de la Tierra no
tienen más opción que seguir las instrucciones y jugar lo mejor que sepan.
3
De pie bajo el
verano ardiente del este de Colorado, el Cowboy oye al fondo de su mente, en
algún lugar, la guitarra vaquera que toca una melodía solitaria.
—La ley me inspira
cierto respeto, los mercenarios ninguno —dice.
Arkady Mikhailovich
Dragunov se queda mirándole durante medio segundo, los ojos convertidos en
rendijas frente al resplandor del sol. Le amarillea el blanco de los ojos como
si los hubieran hecho de un marfil de Fabergé, y los iris son de acero
ennegrecido como una espada vieja. Luego asiente. Era la respuesta que
esperaba.
El cabreo sube en
el ánimo del Cowboy como una duna de arena roja. No le gusta ese hombre, no
quiere compartir sus odios retorcidos, extraños, suspicaces. La excitación le
cosquillea los brazos, la mente, el cristal alojado en su cráneo. Missouri, por
fin. Pero Arkady no piensa en la gloria de lo que se va a intentar, sólo quiere
que el Cowboy se ajuste al esquema que aquél tiene de sí mismo. Recordarle que
Arkady no es sólo el jefe, sino el gran jefe y que no le debe simplemente
lealtad, sino servidumbre. A este juego el Cowboy no quiere jugar.
—Condenadamente
cierto —dice Arkady—. Sabemos que han ofrecido sus servicios a lowa y Arkansas.
Eso no nos conviene.
—Si me encuentran,
haré lo que pueda —dice el Cowboy, consciente de que en esta clase de negocios
hay que hablar en términos elípticos—. Pero antes tendrán que encontrarme, y mi
plan de operaciones debe prever una buena oportunidad para escurrir el bulto.
Arkady ostenta una
camisa de seda color violeta claro, escotada y de mangas ajamonadas tan anchas
que casi las arrastra por el suelo, un fajín georgiano bordado que le rodea dos
veces la cintura y los pantalones negros, ceñidos y con las costuras galoneadas,
remetidos en sus brillantes botas de cosaco. Lleva el cabello a mechones de
punta, exhibiendo descargas estáticas que van cambiando de color, a la última
moda de las tiendas de La Habana o de la zona libre de Florida. Cryomax,
explica él muy orgulloso, pero el Cowboy sabe que Arkady nunca será cryomax por
más que se lo proponga. Es algo que no le va; su estilo es el de un seguidor,
nunca el de un líder. Sólo le sirve para impresionar a las busconas y a los
rastreros que le acompañan.
Arkady es un tipo
corpulento, brusco, de los que no saben hablar sin manosear o abrazar al
interlocutor; pero se ve en sus ojos que tiene el corazón como una calculadora
de material superconductor. Mucho se equivocaría quien le considerase un amigo.
No hay espacio para amistades en los compartimientos de carga de un
intermediario.
Arkady chafa el
tubo de cartón que emboquilla su cigarrillo ruso y enciende un fósforo. Los
cabellos de punta relucen de súbito en anaranjado. Imitando la llama de la
cerilla, piensa el Cowboy, la música de la guitarra vaquera siempre en el
trasfondo de su mente...
El Esquivo, el jefe
del Cowboy, está inspeccionando el cargamento del panzer. Luego se acerca a
ellos.
—Será mejor que
vayas a controlar si está todo en orden —le dice al Cowboy, y éste asiente.
—Nos vemos luego,
Arkady —el pelo del aludido se enciende de resplandores verdes.
—He visto que
empezaba a ponerte nervioso —comenta el Esquivo cuando se hallan lo bastante
lejos como para no ser oídos—. Procura no ser tan altanero, ¿quieres?
—Es difícil dejar
de ponerse nervioso en presencia de Arkady —dice el Cowboy, lo que le vale una
mirada fulminante del Esquivo—. Apuesto a que se engrasa el culo para ponerse
esos pantalones.
Las arrugas de la
cara del Esquivo traicionan su esfuerzo por contener la risa.
El Esquivo es un
tipo maduro, seco y duro como una viga de hierro, de frente ancha y cabello
negro lacio que empieza a encanecer. Suele expresarse poéticamente cuando está
de buen humor y el Cowboy le aprecia, e incluso confía en él hasta cierto
punto, excepto en lo tocante a los códigos de su cartera de inversiones. Se
puede ser ingenuo, pero no estúpido.
El Cowboy vigila la
estiba del cargamento en interés de la estabilidad del panzer, hasta que lo
juzga bien amarrado para cruzar la que el Esquivo, en su lenguaje florido,
denomina algunas veces la Avenida de los Condenados.
—¿En qué consiste
la carga? —pregunta el Cowboy con una sonrisa forzada, no muy seguro de si el
Esquivo será capaz de leer los pensamientos que él esconde tras sus ojos
artificiales. La desconfianza, el cabreo—. Por si acaso.
—Cloramfenildorfina
—responde el Esquivo, muy atareado cortando una porción de tabaco de mascar—.
Se anuncia una carestía en la costa este. Los hospitales pagarán lo que se les
pida, o eso dicen los rumores —sonríe irónicamente—. Puedes estar contento, que
gracias a ti van a salvar la vida muchos enfermos.
—Es bueno ir de
legal, aunque sólo sea por una vez —replica el Cowboy.
Contempla el
blindado, todo ángulos y toberas de aspiración, feo y pesado en comparación con
un ala delta. El panzer es suyo pero no lo ha bautizado. No los mira de la
misma manera; el blindado es sólo un vehículo, no un estilo de vida. No es como
volar.
Ahora el Cowboy se
llama Pony Express a sí mismo. Es su QRZ, su alias de radiofonista. Desea
mantener viva la idea, aunque no pueda seguir volando.
El Cowboy trepa a
la tórrela del panzer, introduce el cuerpo a través de la escotilla y se
encuentra sentado en el compartimiento delantero. Enchufa un conector en su
sien derecha y se pronto su visión se amplía como si sus dos ojos abarcasen un
ángulo de 360 grados y tuviese un tercer ojo atento hacia arriba. Reclama los
mapas que tiene almacenados en el ordenador y las imágenes empiezan a
centellear dentro de su cráneo como impulsos de un estroboscopio. Su cabeza se
ha convertido en un dado de ROM. En ella ve los camiones de combustible
repartidos a lo largo de la Avenida, preparados para actuar cuando él necesite
repostar; ahí está la ruta prevista, y también los atajos y las rutas de
emergencia, todo ello marcado en franjas de diferentes colores; las granjas
abandonadas, los cañones profundos y otros escondites idóneos parecen granos de
acné que puntúan el mapa, todo ello cartografiado por los exploradores de
Arkady.
El Cowboy se saca
de un bolsillo de la cazadora un dado y lo introduce en la boca de carga. La
pantalla virtual muestra otra distribución; son los escondrijos secretos que
sólo el Cowboy conoce, producto de sus propias salidas de exploración. Le
consta que Arkady desea el éxito de la misión, pero hay otros en la
organización del intermediario, no todos conocidos, y alguno de éstos puede
haber sido sobornado por los concesionarios. Mejor confiar en los lugares que
él sabe seguros.
El panzer se
balancea ligeramente y el Cowboy oye ruido de pisadas sobre el blindaje Chobham
Seven. Mira hacia arriba y ve la silueta del Esquivo que se asoma por la
escotilla.
—La hora, Cowboy
—dice, y proyecta hacia un lado un salivazo de tabaco.
—En marcha —asiente
el Cowboy.
Tras quitarse el
conector, se pone en pie dentro del menguado comportamiento. Sus pupilas Kikuyu
se contraen al tamaño de cabezas de alfiler cuando saca la cabeza por la
escotilla y otea hacia el oeste, buscando en el horizonte la silueta color
púrpura oscuro de las Rocosas. De nuevo cae sobre él esa extraña fatiga que
oprime su corazón, el descontento con las cosas tal como son.
—¡Maldita sea!
—exclama, aunque hay un acento de nostalgia en su voz.
—Sí —dice el
Esquivo.
—Preferiría ir
volando.
—Sí—corrobora el
Esquivo, meditabundo—. Algún día se podrá. Cowboy. Sólo es cuestión de esperar
a que la tecnología nos aventaje otra vez.
El Cowboy distingue
a Arkady, de pie junto a su Packard blindado, sudando al amparo de un sombrajo,
y de pronto su cabreo tiene un nombre.
—Cloramfenildortina
—dice—. ¿En qué anda metido Arkady ahora?
—No nos pagan para
saber esas cosas —replica el Esquivo.
—¿Y en semejante
cantidad? —prosigue el Cowboy en tono pensativo, mientras contempla el trecho
de cielo brillante que se abre entre él mismo y el intermediario—. ¿No será
verdad que los Orbitales controlan a los intermediarios, lo mismo que controlan
todo lo demás?
El Esquivo parpadea
con nerviosismo sin dejar de mirar a Arkady, y se encoge de hombros.
—Yo no pago por
manifestar especulaciones de ese género en voz alta.
—Es sólo que me
gustaría saber para quién trabajo —dice el Cowboy—. Si los clandestinos de
abajo están a las órdenes de los oficiales de arriba, entonces trabajamos para
los mismos a quienes combatimos, ¿o qué?
El Esquivo le mira
con expresión de malicia.
—Que yo sepa, no
combatimos a nadie, Cowboy.
—Ya sabes lo que
quiero decir.
Que si la actividad
de los intermediarios y los tanquistas no significa otra cosa sino participar
en una redistribución financiera por cuenta de los combinados Orbitales,
entonces los que sueñan con ser los últimos americanos libres en la última
carretera libre son víctimas de una ilusión necia y romántica. Y ¿qué sería el
Cowboy en tal caso? Otro necio, otro payaso en hovercraft. O algo peor que eso:
un instrumento en manos de otros.
El Esquivo sonríe
con fatiga y dice:
—Concentra tu
atención en los concesionarios, Cowboy. Te lo aconsejo. Eres el mejor tanquista
del planeta. Dedícate a lo que sabes hacer.
El Cowboy
corresponde con una sonrisa forzada y tras despedirse saludando con un dedo,
cierra la compuerta. Para empezar se desnuda por completo y se pega varios
electrodos sobre los brazos y las piernas; luego conecta los hilos de los
electrodos a unos collarines que lleva en las muñecas y los tobillos. Tras
introducirse un catéter, reviste el traje de piloto y las botas, se acomoda en
el asiento de aceleración, enchufa los collarines y se inmoviliza con los
cinturones de seguridad. En tanto su cuerpo permanece inmóvil, los electrodos
irán ejercitando sus músculos para mantener la circulación. En los viejos
tiempos, cuando aún no se había desarrollado esa técnica y los pilotos se
calaban los cascos y despegaban del pozo gravitatorio para una larga estancia
en el diamante nocturno del espacio, a veces se les gangrenaban los brazos y
las piernas. Luego enchufa conectores en los zócalos de las sienes, en los
zócalos miniados de plata sobre los occipitales y en el quinto zócalo, el de la
base del cráneo. A continuación se pone el casco, con cuidado para no doblar
los hilos de fibra óptica que sobresalen de su cabeza, y cierra la máscara
sobre el rostro, notando el sabor a caucho y oyendo el silbido del anestésico,
que ensordece en la concavidad cerrada del casco.
Su cuerpo dormirá
mientras él cubre la distancia a través de la Avenida. Luego tendrá cosas más
importantes en que ocuparse.
El Cowboy realiza
todas las tareas con rapidez, automáticamente; en el fondo piensa: he hecho
esto demasiadas veces como para no saber de qué va.
Los
neurotransmisores ponen en marcha los cinco puntos de conexión de su cráneo y
el Cowboy contempla cómo se alumbran dentro de su cráneo las matrices de datos
de cristal líquido del panzer. al tiempo que se adaptan a la configuración de
la mente del piloto. Su corazón late aceleradamente; de nuevo vive en el
interfaz, en la interconexión, la mente expandida recorriendo a velocidad
electrónica los circuitos, hasta llegar al corazón de metal y de cristal de la
máquina. Puede ver todo lo que rodea el panzer y aún sobran planos en su
extraño espacio mental para los cuadros de control de los motores y de los
sistemas del blindado. Realiza entonces una verificación de sistemas, y otra
del ordenador, y otra del armamento. Se encienden largas hileras de luces verdes.
Sus percepciones físicas no se limitan a las tres dimensiones: los cuadros de
instrumentos se superponen, se entrelazan, entran y salen del espacio de
interfaz para reflejar la realidad subatómica de los electrones y de los datos
que constituyen el día que allá fuera está feneciendo.
Las lenguas
químicas de los neurotransmisores lamen el metal y el cristal de su cabeza, y
los circuitos integrados emiten salvas de electrones que se lanzan velozmente a
través de los cables hacia los motores de arranque. Mediante una docena de
sensores el Cowboy nota cómo empiezan a girar de mala gana las paletas de las
turbinas entre el quejido de los starters. y las llamas abrasan las paredes de
las cámaras de combustión, y los motores empiezan a girar con un aullido
estremecedor. El Cowboy vigila también las toberas de escape que vomitan fuego,
y puede ver en sus pantallas al Esquivo que con Arkady y los mecánicos están
contemplando el panzer a través de los chorros de gases calientes de escape. Y
después de un control final a popa y a proa, los motores se ponen a régimen y
un nuevo rosario de luces verdes le indica que todo está a punto para arrancar.
El aullido de los
motores machaca sus sentidos. Warren ha dedicado toda la semana a ajustados,
realizando verificación tras verificación, comprobando que van a rendir por
encima de sus propias especificaciones. Son turborreactores militares del
excedente, monstruos; no están hechos para funcionar tan cerca del suelo y si
el Cowboy no fuese capaz de dominar esa criatura mutante en cada metro de la
trayectoria, lo arrastrarían en su carrera desbocada.
Sus labios se
distienden debajo de la máscara con relente a caucho, y descubre los dientes en
una sonrisa sardónica: él conducirá esta bestia a lo largo de la Avenida y a
través de la red de trampas establecida a este lado del Mississippi, y añadirá
otra capa de cielo permeable a la distancia que le separa de los iconos menores
de la gloria que son los demás tanquistas, más pruebas de que corre por su
pecho alcohol incandescente en vez de sangre, de que sus pulmones exhalan fuego
en vez de aire, sus ojos son haces de microondas radar y sus dedos proyectan
misiles como otros arrojan piedrecillas. A través de sus sensores observa las
toberas de escape y ve el cielo y la puesta del sol en la pradera, mientras una
parte de su mente permanece atenta a las ráfagas de energía radioeléctrica que
son los aviones exploradores del enemigo. Y le parece como si los vigías y los
vehículos de escolta quedasen súbitamente empequeñecidos, como si se hubiesen
alejado cien metros o más. Porque él pasará la Muga con su panzer, y ellos no,
y está mirándolos a todos desde su interfaz, desde la inconmensurable altura de
la gloria radiante, y les tiene lástima por lo que no saben.
En este momento los
beneficiarios finales de su expedición —los hospitales de Nueva Inglaterra, los
intermediarios, su propia cartera de valores, y tal vez también esos seres
inconmensurablemente distantes, absurdamente codiciosos, que rigen sus factorías
orbitales y consideran la Tierra de abajo como mera reserva que hay que saquear
antes de que se agote del todo—, todos ésos se desvanecen a manera de líneas
espectrales corridas hacia el rojo, o confundidos en la distancia y entre los
humos de los turborreactores. La realidad está aquí, en el blindado. El cabreo
queda al margen, la acción es lo único que importa.
En seguida desvía
una parte del chorro de escape y pone en marcha otros grupos de
turboventiladores cuyo efecto suelo levanta el panzer sobre el colchón inflable
autosellante. El Pony Express entregará el correo sin excusa ni pretexto.
Aturde súbitamente
sus oídos un mosconeo de microondas, y casi desearía poder espantárselo con un
ademán.
—Es Arkady que
quiere decirte unas palabras, Cowboy —anuncia la voz del Esquivo, y se nota que
él mismo no cree que ésta haya sido buena idea.
—Estoy a punto de
salir —replica el Cowboy.
—Ya lo sé —contesta
el otro, entrecortado, como si tuviera la boca llena de tabaco—. Arkady dice
que es importante.
El Cowboy transige
mientras observa las luces verdes y estudia los mapas en la pantalla virtual de
su mente.
—Cuando quiera
Arkady —dice.
Arkady se acerca
demasiado el micro a la boca, las pes y las tes explosionan como cañonazos. Por
qué no se pondrá los cascos en la cabeza, piensa el Cowboy con irritación, que
es para lo que están diseñados, y no para refregarse los morros con ellos.
—Arriesgo mucho en
esto, Cowboy —está diciendo Arkady—. Estaré en el avión y te acompañaré todo el
camino.
—No sabe usted
cuánto me tranquiliza que diga eso, Arkady Mikhailovich.
El Cowboy sabe que
Arkady habrá compartido buena parte de sus costes con los demás intermediarios,
quienes desean tanto como él mismo la ruina de los concesionarios de Missouri.
Hay una pausa al otro lado mientras Arkady asimila el sarcasmo.
—Quiero que
regreses —continúa Arkady; en la voz se advierte el enfado como rumor de una
tormenta lejana y el intermediario sigue reventando las consonantes—. Pero he
fletado este vehículo por una razón y no quiero que regreses sin él, ni que
regreses sin haberlo utilizado, ¿me entiendes? Vamos a darles su merecido a
esos malditos concesionarios.
—Diez, cuatro
—contesta el Cowboy, y antes de que Arkady pueda preguntar qué cono significa
diez, cuatro, el Cowboy da pleno gas y el ruido de las turbinas, claramente
audible a través del micro de Arkady, sepulta la voz de éste bajo el relincho
de miles de caballos. Aunque ahora ya no se le entiende, el Cowboy está
bastante seguro de que el gimoteo lejano que todavía captan sus zócalos
contiene una buena proporción de palabrotas.
—Adiós, muchachitos
—ríe el Cowboy mientras saca el panzer de la carretera. El granjero, partidario
decidido de la libre empresa y amigo de la causa, cobra por permitir que
maltraten sus sembrados de vez en cuando, y así el Cowboy enfila el rumbo más
directo hacia la Muga. Los detectores radar no captan sino señales débiles, muy
lejanas, y el Cowboy conoce que nadie lo busca.
La fiera ruge como
el último dinosaurio y retiembla mientras va cobrando velocidad. Las columnas
de los indicadores mentales pasan del azul al verde y al anaranjado. A popa va
dejando una ancha estela de espigas trituradas. En el fondo de la mente del Cowboy
la guitarra vaquera toca su cadencia solitaria. Las llamas de las toberas se
alargan y el vehículo cruza a más de ciento ochenta la alambrada de algún pobre
ciudadano, dejándola calcinada, derecho hacia la frontera.
El radar, dirigido
a proa y estrictamente limitado, sólo para evitar los barrancos y las
quebradas, o para advertir la presencia de algún caserío o un vehículo. De esta
manera la señal emitida es tan débil que difícilmente podrá ser detectada,
salvo si el detector estuviese muy cerca, en cuyo caso naturalmente sería
visual el primer contacto. La mayor parte de las defensas de Kansas están en
esta ruta; si se dispara alguna, tendrá que ser ahora.
Sobre el horizonte
nocturno y vacío, una niebla puntuada por la ocasional aparición de algún silo.
Todos los radares enemigos se hallan muy lejos. La luna sube, los motores
aúllan y el Cowboy controla su velocidad para no levantar una estela de polvo
tan alta que se refleje en la pantalla de algún radar. Además hay que reservar
los sistemas para la hora de la verdad: Missouri. Donde los concesionarios
acechan en el cielo, afilados los dientes y listos para saltar.
Una punta de ganado
huye despavorida ante el aullido del panzer. Las cosechadoras robot surcan los
campos, alzándose como majestuosos centinelas extraterrestres dentro de un
círculo de luz brillante, pero incapaces de detectar el panzer que sobrevuela
el terreno. El Cowboy capta una señal fuerte de radar hacia el norte, lo cual
le indica la presencia de un avión vigía que se acerca. La pintura absorbente
del panzer se traga las señales del radar como un elefante sediento; no
obstante el Cowboy reduce la velocidad y modifica el rumbo con objeto de
reducir al mínimo su rastro en el espectro infrarrojo y alejarse de un posible
encuentro peligroso. El vigía continúa su ruta sin darse cuenta de nada.
Otras torres
móviles surgen aquí y allá, semejantes a monumentos del neolítico. Son
perforadoras muy costosas, que inyectan unas bacterias especiales en el
subsuelo de las tierras erosionadas, bichos que fragmentarán el lecho de roca
creando así nuevas tierras cultivables. Es otra finca arruinada por la erosión
y embargada por un combinado Orbital, ya que ningún cultivador particular
podría costearse un sistema de regeneración tan avanzado. El Cowboy reprime el
deseo de embestir contra las torres móviles y se limita a dirigirles una mueca.
El blindado cruza
el Little Arkansas al sur de McPherson, y el Cowboy ya sabe que la travesía de
Kansas no augura ningún problema. Las defensas han quedado atrás. Sólo resta un
peligro, y sería tropezarse con un transporte militar al paso por alguna carretera
estatal, pero aun así las autoridades tendrían que enviar un helicóptero
artillado con antelación suficiente. No parece probable.
Y no sucede. Cerca
de Gridley el panzer surge repentinamente de la oscuridad para buscar el
refugio de unos silos semiderruidos, envueltos en sombras color violeta oscuro,
dándole un susto tremendo al muchacho que dormía en la cabina del camión
nodriza. El Cowboy reduce al mínimo los motores mientras sus depósitos se
llenan de rico alcohol fresco; al mismo tiempo va detectando los impulsos de
los radares que exploran el territorio desde la frontera de Missouri. Son los
más potentes que haya visto nunca. Está claro que los concesionarios no quieren
dar facilidades.
—Están
descapitalizados, Cowboy —le había dicho Arkady—. No pueden permitirse perder
ni una sola pieza de su equipamiento. Sobre todo les urge apuntarse una serie
de éxitos y hacerse con algún transporte, de lo contrario les aguardan
dificultades.
Desde la Guerra de
las Rocas los Estados Unidos se habían balcanizado más de lo que hubieran
soñado nunca los secesionistas de antaño. La sedicente administración central
había dejado de controlar el comercio interestatal, y el resultado fue una
oleada de aranceles locales en todo el Medio Oeste. En la región occidental,
más próxima a los espaciopuertos de California y Texas donde descargaban las
remesas de las factorías orbitales, las fronteras eran libres, pero los del
Medio Oeste no veían por qué motivo iban a dejar de sacar partido de cualquier
tránsito de mercancías por sus territorios. De tal manera, los productos que
pasaban por esos estados camino a otra parte pagaban unos derechos aduaneros
exorbitantes.
Mala suerte para
los del Nordeste, al menos en lo que afectaba a la distribución de las
mercancías producidas por los Orbitales. Algo les llegaba de los espaciopuertos
de la zona franca de Florida, pero ésta se hallaba controlada por los
combinados, y los Orbitales siempre fueron partidarios de estimular la demanda
del mercado limitando la oferta. Carestía artificial, ése era el juego, y el
Nordeste pagaba con la sangría de su riqueza restante las cuatro migajas que le
echaban los Orbitales. El Oeste podía ofrecer más cosas a éstos, por cuyo
motivo los productos eran allí más abundantes y baratos..., lo bastante como
para reexpedirlos a los mercados del Nordeste realizando un sustancioso
beneficio, siempre y cuando no se pagasen muchos aranceles en el camino.
Por eso los
primeros pilotos atmosféricos lanzaron sus alas delta supersónicos a lo largo
de la Avenida, en vuelos nocturnos con carga de contrabando. Y el Medio Oeste
reaccionó primero enviando aviones radar y cazas interceptores; luego, cuando
la actividad pasó de las aeronaves a los blindados terrestres, reforzando sus
defensas de tierra.
Fue en Missouri
donde se les ocurrió por primera vez la idea de otorgar licencias a
concesionarios. Las administraciones locales no podían adquirir los últimos
adelantos técnicos para luchar contra los contrabandistas, así que autorizaron
mediante concesión a una compañía privada, para que persiguiese a los
contrabandistas por cuenta de aquéllas. Se pasó por alto el detalle de que la
Constitución reservase a la autoridad federal la emisión de las órdenes de
busca y captura; aunque de todos modos la Constitución era letra muerta, vista
la superioridad de los Orbitales.
Los concesionarios
tenían permiso para disparar a matar, y su beneficio consistía en la
confiscación de los alijos, totalmente libre de impuestos y tasas. Las
informaciones hablaban de impresionantes antenas de radar aerotransportadas, de
sensores térmicos y complicadísimos detectores acústicos, de aviones
atiborrados de misiles inteligentes y erizados de cañones.
Saliendo de Gridley
el Cowboy continúa poco a poco hacia el nordeste, tomándose su tiempo para
mapear las antenas volantes de radar. Son falsos aviones, ultraligeros bajo
control robótico, alimentados por baterías solares para desempeñar una
vigilancia permanente; cuando sale el sol ganan altura y de noche regresan
planeando a tierra. Sólo retornan a la base para su revisión cada dos meses,
poco más o menos; mientras tanto se hallan en constante enlace por microondas
con los ordenadores de tierra, preparados para ordenar el despegue de aeronaves
armadas a poco que aparezca algo raro.
Son tan sutiles que
los misiles guiados por radar no los detectan y no pueden derribarlos; en
cuanto a los sistemas buscadores de emisiones, serían descubiertos durante la
trayectoria ascendente, lo cual aseguraba un margen de tiempo más que sobrado
para desconectar las antenas de los ultraligeros antes de la llegada de los
misiles.
El Cowboy busca la
extensa región comprendida entre New Kansas City y los montes Ozark. Él sabe
que los montañeses son amigos, dentro de su vieja tradición de resistencia
contra todos los que según ellos representan «la ley», tan vieja que se remonta
a Colé el Joven, por lo menos, pero el terreno es muy difícil. El Cowboy
prefiere cruzar a máxima velocidad por lo llano. El hecho de que ésa sea además
la parte del estado en donde los concesionarios han concentrado todas sus
defensas, a su entender no es más que una feliz casualidad.
Los moscones
detectores describen perezosos círculos en el cielo mientras van bajando
propulsados por sus baterías, y el Cowboy cree descubrir una pauta que le
permitirá colarse por un punto ciego, confiando en que éste se mantenga lo
suficiente para adentrarse al menos cien kilómetros al otro lado de la frontera
de Missouri. Mientras el panzer desciende hacia las desertizadas orillas del
Marais des Cygnes y empieza a sobrevolar marismas de aguas estancadas, el
Cowboy saca una antena direccional y emite un breve mensaje codificado hacia
poniente, donde Arkady y el Esquivo le esperan a bordo del avión de Arkady,
trazando también círculos sobre las llanuras del borde oriental de Colorado.
En seguida capta la
contestación, una señal potente que va dirigida a los hombres de Arkady
desplegados a lo largo de la frontera Kansas-Missouri. Son los demás
tanquistas, preparados a bordo de sus vehículos, en espera de la orden... y
cuando la reciban, estos blindados invadirán las llanuras, moviéndose y
deteniéndose en rápida sucesión, cruzando los campos en zigzag, levantando
estelas de polvo bien visibles para atraer sobre sí todos los detectores de
radar y de infrarrojos conectados a las pantallas de los concesionarios. Y
cuando sean localizados, esos falsos tanquistas se rendirán humildemente,
puesto que no transportan contrabando y sólo se arriesgan a pagar una multa por
las alambradas que hayan roto en sus locas carreras, o por conducción temeraria.
Arkady pagará esas multas y el resto de las costas, lo mismo que paga los
generosos salarios de los conductores. Y si ocurriese lo peor, las viudas y los
huérfanos de éstos cobrarán el seguro. Es un trabajo bien remunerado y un buen
entrenamiento para esos tanquistas ambiciosos que sueñan con cruzar algún día
la Muga.
Pero después de las
señales de los tanquistas se recibe la voz del Esquivo, más seca que la llanura
de Portales.
—Oye, Cowboy, que
Arkady Mikhailovich agradecería un poco más de información por aquí. Por qué no
te has presentado antes, pregunta.
—Si uno envía
mensajes le localizan, en los tiempos que corren, Esquivo.
El Esquivo guarda
silencio largo rato, seguramente mientras escucha la bronca de Arkady, y cuando
se oye de nuevo su voz el tono dista de ser cordial.
—Una transmisión
por impulsos de microondas es prácticamente ilocalizable —dice—. Arkady te
recuerda que debiste dar el parte después de pasar las defensas de Kansas.
—¡Caramba! Cuánto
lo siento —replica alegremente el Cowboy—. Pero ahora estoy demasiado cerca de
la frontera de Missouri y preferiría dejar esta conversación para dedicarme a
mi trabajo.
Otra larga pausa.
—De parte de
Arkady, que tiene mucho dinero invertido en tu panzer, y quiere que se le
mantenga informado acerca de lo que sucede con su inversión.
—Dile que le
garantizo un bonito beneficio sobre su inversión, para lo cual no debo perder
más tiempo en charlas. Acabo de descubrir una ventana y voy a pasar por ella.
Hasta la vista —y desconecta, prometiéndose que cuando vaya por el Este le
traerá a Arkady una docena de pañuelos para lágrimas.
El panzer repta por
la pendiente alejándose del Marais des Cygnes y su velocidad aumenta conforme
reanuda la carrera hacia el este. El tamborileo del maíz en la proa se
convierte en un ruido constante como de granalla. Los cuentavueltas de los
motores pasan del anaranjado :ü rojo, todos los demás indicadores continúan en
el verde. Las guitarras vaqueras cantan como ángeles en la mente y Missouri
toca las sirenas para acompañar. Transportar el correo es magnífico.
Los tanquistas
fingidos están causando no poca agitación, y cada vez son más las antenas de
radar conectadas, incluyendo las que tenían como reserva en la creencia de que
su aparición súbita pillaría desprevenidos a los contrabandistas. El punto
ciego todavía está practicable para el Cowboy, quien decide echar al viento las
precauciones y poner los motores al rojo. Desatiende el mensaje de su cuerpo,
que le indica que está siendo aplastado contra el respaldo; tiene otras cosas
de que preocuparse. El panzer vuela más que corre, abriendo un surco en las
laderas y saliendo disparado sobre las cimas, incinera los maizales agostados,
rompe alambradas y aúlla como una loca en camisa de fuerza. Las neuronas
parpadean en la mente del Cowboy, envían sus mensajes al cristal para conservar
la estabilidad del vehículo lanzado en su frenético tobogán. Sumergido en el
interfaz, los planos de control invaden su mente y el Cowboy cabalga en el
límite del vuelco, patina sobre el filo de la navaja. El Cowboy sabe de los profundos
cardenales que van a dejar los cinturones de seguridad, pese al traje protector
acolchado.
La frontera de
Missouri queda atrás entre Louisburg y el herrumbroso monumento a los caídos en
la Matanza de! Marais des Cygnes. Las resecas tierras del Missouri anhelan la
lluvia, y la estela de polvo sobrepasa los cien metros de altura. Pero no vive
allí nadie que pueda verla. Los planos de control han soportado bien el
castigo, y ahora el desplazamiento se hace más suave.
De súbito los
impulsos de radar empiezan a caer de arriba; han conectado al haz de antenas un
nuevo moscardón sensor. Ahora el punto ciego se ha calentado más que el cañón
de una pistola, y la estela de polvo debe parecer una flecha incendiaria
lanzada en medio de la noche. El Cowboy reduce todos los sistemas del rojo al
anaranjado, y de éste al ámbar, como queriendo hacerse más pequeño, pero el
radar se ha situado exactamente sobre su vertical y así no hay manera de
escapar. Reduce la velocidad del blindado, que se bambolea sobre las orillas
del South Grand; en el agua la estela será mucho más baja. Y cuando cree que ha
logrado escapar, entra en el radio de acción de otro radar aéreo, y en seguida
sabe lo que va a ocurrir.
Su propio radar le
muestra la presencia de la barca de remos de un pescador inmovilizada en un
remanso. Desvía el panzer hacia los bancos de arena para esquivarlo, y decide
reducir motores del ámbar al verde, con intención de ahorrar combustible para
luego, al tiempo que conecta la antena de la banda policial para escuchar las
comunicaciones de los guripas. Las transmisiones de los concesionarios están
codificadas, pero las de la policía estatal no. Una parte de su mente expandida
oye las exclamaciones de contrariedad mientras intentan perseguir con sus
vehículos de cuatro ruedas a los tanquistas que corren de un lado a otro de la
comarca. De vez en cuando, un inspector de los concesionarios se eleva en el
aire para aconsejarlos. El Cowboy tiene la impresión de que la policía del
estado no colabora de buena gana con los servicios de vigilancia mercenarios,
como ya venía sospechando hace bastante tiempo.
Los círculos de los
radares aéreos acusan ahora una cierta dispersión, como si le hubieran perdido
durante un rato y estuvieran moviéndose al azar. El panzer entra en el condado
de Johnson antes de que el Cowboy advierta otro radar que está marcando su posición
desde el este; la señal, invariablemente fija en él, probablemente procede de
un caza que vuela a baja altura. El Cowboy activa los pernos explosivos que
abren las cubiertas de los receptáculos del armamento, pero ahora el panzer ha
perdido penetración aerodinámica y la conducción se hace más difícil. Después
de pasar los motores del verde al azul, inicia una maniobra hacia el sur
tratando de despistar a su perseguidor. Por un momento cree haberlo conseguido,
ya que el caza continúa derecho hacia el norte. Pero luego, súbitamente, da la
vuelta y enfila directamente hacia el blindado.
Una oleada de
alcohol inunda el corazón del Cowboy mientras pasa los motores al rojo y todo
el panzer se estremece al tiempo que escupe una larga llamarada. Por un
instante se encabrita como queriendo elevarse en el aire; el viento zumba en
los tubos de los sistemas de armas como un ciclón tropical en las jarcias de un
barco de vela, pero el vector de la gravedad es más fuerte y el blindado vuelve
a caer sobre su colchón de aire. Con todos los indicadores al máximo, el Cowboy
lanza un misil simulado para engañar al radar enemigo y emprende un vertiginoso
giro a la izquierda, escorando el panzer sin compasión aunque el costado de
estribor llegue a rascar el suelo. El misil prosigue su trayectoria hacia el
frente, desplegando las anchas alas, muy pegado al suelo. Como no lleva pintura
absorbente, la traza que deja en la pantalla del radar adversario debe ser más
o menos del mismo tamaño que la del panzer, que sí va camuflado, y la llama del
escape debería ser suficiente para desviar cualquier sistema guiado por
infrarrojos.
Acelerando a fondo
los posquemadores, el Cowboy enfila hacia el Padre de las Aguas. A sus espaldas
ve refulgir las trayectorias en el cielo nocturno; el caza ha disparado con
todas sus armas contra el falso misil. Es de esperar que no se halle debajo ningún
lugar habitado; esos cohetes explosionan en haz y los efectos pueden llegar a
ser realmente desagradables.
Pero no llega a
distinguir ninguna explosión; el caza de los concesionarios continúa un rato en
el mismo rumbo, reduciendo velocidad, y también el Cowboy reduce velocidad para
ofrecer menos blanco a los detectores de infrarrojos. El radar situado sobre su
vertical sigue activo, sin embargo. Por las conversaciones de la policía el
Cowboy se entera de que han apresado a dos de los tanquistas simulados, lo que
significa que aquélla dispondrá de más recursos para perseguirle. El caza de
los concesionarios inicia otra vez la maniobra de aproximación, y el Cowboy
divisa en el horizonte la extraña silueta de una especie de bosque metálico,
por lo que cambia de rumbo dispuesto a adentrarse en él.
Es un haz de
antenas direccionales instaladas en línea a lo largo de bastantes kilómetros,
destinado a recibir la energía de un satélite de microondas dotado de paneles
solares, a muchos kilómetros sobre la superficie terrestre: otra estrella fija
encendida en los cielos que simboliza la supremacía de las potencias Orbitales
y la servidumbre de la Tierra. Utilizando exclusivamente la visión nocturna, el
Cowboy busca su camino entre la red de mástiles metálicos. Probablemente
servirá para confundir cualquier señal que obtengan los radares enemigos, y sin
embargo el caza de los concesionarios sigue acercándose. El panzer sale a un
claro donde se alza sobre un pedestal de hormigón la caseta metálica del
control, y aprovecha ese breve instante para lanzar verticalmente un cohete
cargado de laminillas reflectoras, para sumergirse luego nuevamente en el
bosque de antenas.
El cohete se eleva
cinco kilómetros y hace explosión. Súbitamente los receptores del Cowboy se
saturan de señales de radar y microondas de baja energía procedentes de todas
partes al mismo tiempo. El dispositivo reflector está formado por miles de
tiras de aluminio que flotan largo rato en la atmósfera. Una de cada diez
láminas lleva un minichip y una pequeña fuente de alimentación, todo ello
destinado a recoger y reemitir cualquier señal de radio que reciba. En las
pantallas del radar parece como si un árbol de Navidad inmenso acabase de
florecer sobre la pradera. Entre los técnicos que controlan el haz receptor
debe haber cundido el pánico. Al salir del bosque de antenas el Cowboy fuerza
otra vez al máximo los posquemadores. La señal enemiga se ha perdido entre la
confusión; el momento parece oportuno para escapar a toda velocidad. El mapa
computarizado refleja la proximidad de un lecho fluvial. Buen momento para ir
de pesca, se dice el Cowboy.
Es un lecho seco,
de complicado recorrido, pero el perseguidor está quedando cada vez más lejos.
Se escucha gran número de transmisiones radiofónicas codificadas, repetidas
hasta el infinito por los ecos de las laminillas metálicas que van cayendo poco
a poco; pese a la confusión se advierte el tono cada vez más frenético, hasta
que por fin los concesionarios emiten una petición de auxilio a la policía en
fonía no codificada y reiterada hasta la saciedad por la lunática eficiencia de
los reflejos. El Cowboy se sonríe con sorna y abandona el lecho del río para
continuar hacia el nordeste.
A lo que parece,
todos los aparatos perseguidores han aterrizado para repostar, pues se
encuentra ya mucho más allá del Missouri, al norte de Columbia, cuando se
reanuda la caza. Como él lo esperaba, ha reducido motores hasta el verde y se
mueve por cañadas escondidas; además la radio de la policía dice que otros dos
tanquistas ayudantes suyos han sido hechos prisioneros y los demás obligados a
tomar tierra. De pronto empieza otra vez la emisión de radar sobre su cabeza y
otra que triangula desde el horizonte noroccidental, como si el Cowboy se
hubiese acercado inadvertidamente a algún aeropuerto. El panzer se detiene y
deshace camino, pero no le sirve. Busca algún bosque suficientemente extenso y
no lo encuentra. De improviso, un tercer radar cada vez más cerca por el sur.
Lanza otra carga de reflectores y cambia nuevamente de rumbo. Dos de los
radares parecen despistados durante unos momentos por las falsas señales, pero
el del sur sigue sobre su pista. En seguida retorna la señal de la aeronave
enemiga por el norte. Seguramente el otro le ha localizado por infrarrojos y ha
corregido la orientación de su compañero.
Las pantallas de
los sistemas de puntería se relevan como un delirio color magenta en la mente
del Cowboy. Un rugido brota de su garganta, haciendo eco al bramido
infinitamente más potente de las cámaras de combustión, y el panzer levanta un
surtidor de tierra al maniobrar hacia la derecha, patinando, poniendo proa a la
fuente de radar que se aproxima por el sur. El Cowboy desconecta su radar para
no ofrecer blanco a los misiles radioguiados y continúa la huida fiándolo todo
a los sensores visuales. Su mente toma decisiones a la velocidad de la luz, los
neurotransmisores tocan una marcha infernal sobre los interruptores de su
cráneo mientras el interfaz procura abarcar todo aquel universo de ráfagas, el
blindado y sus sistemas, el chaparrón del sembrado debajo de los faldones
blindados del colchón de aire, la lluvia de fragmentos de aluminio, las dos
naves hostiles que se proyectan a través de la noche. Su vehículo amenaza con
despegarse de la tierra, sus huesos atormentados protestan y los tubos lanzamisiles
ululan al viento. El aire está lleno de maíz arremolinado, y tras derribar dos
empalizadas aparece en medio de la oscuridad la voluminosa silueta de un silo,
que en la óptica del panzer parece inclinarse amenazadoramente sobre el
invasor. Ahora el Cowboy puede ver a su enemigo, un helicóptero convencional
que se acerca volando raso, e incluso los fuegos del cañón miniatura. Entonces
dispara un misil guiado por radar directamente entre los ojos del piloto, justo
al tiempo que el blindaje Chobham sobre su cabeza retiembla bajo la rápida
sucesión de impactos. Las chispas saturan sus pantallas exteriores y hace una
mueca cuando queda destruido uno de sus visores, como si hubiera perdido un
ojo.
Por fin ha
conseguido pasar, y entre el retumbar del blindaje y las sacudidas del vehículo
escucha de nuevo el rugido del helicóptero que bate la atmósfera con las palas
de su rotor; el misil radioguiado falló debido a la gran cantidad de
interferencias presentes, o tal vez el piloto desconectó sus radares a tiempo.
Pero entonces se oye otro sonido, el pitido de un misil guiado por calor
solicitando permiso para volar, y el Cowboy suelta el pájaro y desvía el panzer
hacia la izquierda. Como si fuese un observador algo distante, nota cómo el
vehículo salta sobre un cerro entre una niebla de maíz y patina de costado por
la ladera opuesta.
El helicóptero
fenece gloriosamente en una llamarada deslumbrante que inflama todo el maizal
conforme estallan los depósitos de combustible y los pañoles. Detrás de la
escena se alza el silo a manera de lápida, bañado en un resplandor rojizo. En
la radio se alza un cacareo enloquecido de voces reconociblemente humanas pese
a la distorsión del secráfono, un lamento en microondas amplificado y
alucinantemente multiplicado por las láminas de aluminio que siguen lloviendo.
El caza que viene del noroeste ha visto lo que le ocurrió a su compañero. El
panzer describe un trompo a la inversa al tiempo que la fuerza gravitatoria y
su propia velocidad intentan darle la vuelta de campana; el Cowboy nota en el
interior de su cráneo los tumbos frenéticos de los giroscopios mientras
intentan estabilizar el blindado.
El avión de los
concesionarios le sobrevuela con un aullido fantasmagórico y el Cowboy ve la
barriga de la nave, que refleja la pira en donde se consume su camarada. Es un
coleóptero propulsado por turborreactores gemelos que giran sobre pivotes
montados en sus muñones de alas; este caza ligero es capaz de despegar
verticalmente y de mantenerse estacionario, combinando así las mejores
cualidades de un avión subsónico de ataque y un helicóptero, a cambio de un
notable consumo de combustible. El Cowboy confía en descubrir una ventana que
le permita lanzar otro misil, pero el calor del helicóptero incendiado confunde
sus sensores al tiempo que el coleóptero se inclina en súbito giro y arroja
toda una constelación de termitas, a manera de soles en miniatura suspendidos
de paracaídas. con lo que desaparece en cuestión de un segundo la posibilidad
de dispararle. Con todos los motores aullando, el panzer remonta otra vez la
ladera y patina al filo del resplandor rojo que despide el incendio, enfilando
hacia otro silo que se alza a lo lejos como una torre de iglesia.
Los proyectores
desfilan a través de los conmutadores de cristal líquido del Cowboy a velocidad
de relámpago. Lo más inteligente que puede hacer el caza es no perder de vista
el blindado y pedir refuerzos en vez de arriesgarse a combatir, en cuyo caso el
Cowboy no tendrá otra solución sino detenerse e intentar derribarlo. Pero, por
otra parte, los radares todavía están inutilizados por la lluvia de reflejos
simulados y el coleóptero no puede distinguir entre los infrarrojos del panzer
y los de la aeronave incendiada, lo que le ofrece al Cowboy una oportunidad
para escapar. Por lo que decide poner los motores al rojo y buscar refugio en
Egypt, en la otra orilla del Mississippi.
Sin embargo, el
piloto de los concesionarios debe tener ojos como puntos singulares, capaces de
tragar mundos enteros, o bien lleva a bordo algún equipo notablemente
perfeccionado, ¿tal vez uno de esos detectores acústicos?, porque ha vuelto a
aparecer por el otro lado de las lomas y enfila derecho, infalible, hacia las
toberas de escape del blindado. No hay margen para el error. El Cowboy cierra
los posquemadores y otea en busca de algún escondrijo más allá del horizonte.
Sus misiles radioguiados han quedado momentáneamente inservibles, como también
los que se fijan sobre la señal radar del enemigo, y los sistemas de
infrarrojos no encuentran blanco suficiente porque ahora el coleóptero les
presenta la proa.
El terreno,
quebrado e irregular, no admite plantaciones de maíz; lo que hay aquí es
cáñamo, talludo y saturado de resina, que ofrece un suelo menos resbaladizo y
maniobras menos críticas. El piloto enemigo pica derecho hacia el blindado,
enfurecido, a lo que parece, por la desgracia de su compañero. El Cowboy sabe
que puede utilizar esa rabia como el maestro de aikido vuelve contra el
oponente la misma energía cinética de éste, pero antes va a ser preciso pasar
los motores al máximo, escupiendo largas llamaradas de alcohol por los
posquemadores, y el panzer tendrá que sobrellevar algún castigo.
El Cowboy
sobrevuela una cresta y un tirón sobre los mandos derrapa el panzer a estribor
justo cuando el coleóptero ha activado uno de sus sistemas lanzadores; media
docena de roquetas de carga hueca van a incendiar el cáñamo. El chaparrón hace
retemblar el Chobham y una conflagración de luces rojas en las pantallas le
dice al Cowboy que uno de sus propios compartimientos ha sido penetrado por el
proyectil, no mucho más grande que una tacita de café, de un cañón miniatura,
pero que acaba de hacer cisco varios cientos de K en avanzadas tarjetas
electrónicas. Los sensores con que apunta su propio cañón miniatura han
desaparecido justo cuando se proponía lanzar una salva. Los neurotransmisores
que repiquetean sobre los chips mentales del Cowboy echan humo entre el agrio
olor de la adrenalina, y el piloto del coleóptero parece haber atemperado la
rabia con la prudencia, porque se ha limitado a igualar velocidades,
absteniéndose de realizar ninguna pasada sobre el panzer. No queda más que
continuar a toda máquina sobre la buena tierra de Missouri, controlar el
vehículo, aprovechar la mayor adherencia de las plantaciones de cáñamo para
efectuar movimientos de esquiva a derecha e izquierda y procurar que el enemigo
se acerque al suelo. El cañón miniatura sigue martilleándole. Uno a uno los
sensores del blindado estallan y se apagan.
Y entonces el
Cowboy abre nuevas compuertas a la circulación del alcohol, y sus máquinas
lloran atormentadas cuando él, en un delirio calculado, invierte motores.
Incluso su cuerpo adormecido por el fármaco acusa el tirón de los cinturones de
seguridad, y casi la mitad de las pantallas del ordenador quedan bloqueadas del
susto. El coleóptero capota al tratar de continuar la persecución, y además
está demasiado cerca del suelo como para intentar el vuelo estacionario; con
los flaps totalmente desplegados, empieza a perder sustentación. El piloto,
consciente de lo que va a ocurrir, suelta todas sus bengalas de termita incluso
antes de que su aparato entre en barrena, absolutamente condenado, pasando por
encima del panzer y saturando el cristal acústico del Cowboy, quien dispara los
misiles de su último lanzador indemne. La turbina de popa arroja una bocanada
de energía incandescente, y el coleóptero, con un alarido metálico final, se
precipita en tirabuzón al suelo.
El panzer huye por
la llanura en llamas. Egypt está cerca, pero también lo está el amanecer.
Algunos sistemas recobran el funcionamiento; el Cowboy procura conservar los
motores y se abstiene de forzarlos más. Es hora de buscar un buen escondite y
dejar que transcurra el día.
El Cowboy recorre
todavía otros ochenta kilómetros de pradera hasta que se ve obligado a
detenerse por el amanecer y por la intuición de la proximidad de una nueva
oleada enemiga. Hay en esta región miles de casas y corrales abandonados,
restos de antiguas explotaciones privadas que no pudieron competir con los
complejos agrícolas controlados por los Orbitales y sus cultivos robotizados.
El Cowboy conoce bastantes de esos caseríos desiertos y próximos a los maizales
atendidos por los robots.
Recibe un nuevo
sabor a través de la máscara conforme va despertando su cuerpo. Sus sensores le
revelan la cercanía de un barracón largo y estrecho, de sección rectangular, de
los que servían para guardar el heno embalado antes de que los Orbitales construyeran
sus inmensos almacenes reguladores, uno por cada cien granjas. Conduciendo con
precaución, con tacto delicado, empuja las puertas dobles e introduce el panzer
entre las paredes de hormigón. Y justo en el momento de cortar motores recuerda
que ha olvidado transmitir el parte para Arkady.
Ya se enterará por
el noticiario de la televisión, piensa. Le dirá que envió el mensaje pero que
la señal no pudo atravesar la lluvia de tiras de aluminio.
Casi de mala gana,
el Cowboy se desconecta del interfaz. Las oleadas de dolor hasta ese momento
suprimido inundan su mente al tiempo que desaparecen las pantallas virtuales.
Tiene el cuerpo amoratado, vapuleado y empapado de sudor. Desenfunda una
carabina y abre la escotilla.
El barracón huele a
cerrado y a hidrocarburos sin quemar. El Cowboy lo explora pasando los ojos
Kikuyu al infrarrojo. Oye las carreras de las ratas. Con sus nervios
directamente puestos en circuito puede disparar la carabina con precisión
absoluta y acertar en cualquier cosa que los ojos hayan visto.
Y lo que ven los
ojos son dos individuos ocultos en un rincón detrás de unas viejas balas de
paja. El Cowboy se detiene un rato, a ver si se observa rastro de armas, y
luego, sin soltar la carabina, baja la otra mano para sacar una ración de
supervivencia.
Los motores se
enfrían y despiden crujidos metálicos; a su espalda, el resplandor plateado de
la mañana entra por los quicios de la puerta. El Cowboy sale de la escotilla
izándose a fuerza de brazos y se deja caer por el plano inclinado del blindaje
frontal, empapándose las botas de pegajosa resina de cáñamo.
—¿De dónde sois
vosotros? —les pregunta.
—De Nueva York, de
Buffalo —contesta una voz juvenil, muerta de miedo. El Cowboy se acerca y ve un
chico y una chica en harapos, de unos dieciséis años o poco más, ambos metidos
en el mismo saco de dormir sobre un montón de paja. Cerca de ellos, un montón
formado por dos viejas mochilas.
—¿En camino hacia
el Oeste? —dice el Cowboy.
—Sí, señor.
—Yo voy al Este.
Pero vosotros dos estaréis hartos de comer mazorcas asadas —continúa el Cowboy,
arrojando la ración al suelo de cemento con un golpe que provoca el
estremecimiento de sus interlocutores—. Aquí hay un poco de comida de verdad,
liofilizada o enlatada, algo de whiskey, unos paquetes de cigarrillos, y... un
cheque por cinco mil dólares, posdatado al lunes que viene.
Hay un silencio,
roto sólo por el ruido de las respiraciones y las carreras de las ratas.
—Por si no habéis
captado el panorama, el cheque sólo será válido al término de mi viaje —aclara
el Cowboy.
Ellos se miran
mutuamente y luego se vuelven hacia él.
—No necesita
pagarnos —dice el muchacho—. Nosotros no... Somos del Este, ¿sabe? Sabemos lo
que está haciendo usted. Yo mismo estoy con vida gracias a unos antibióticos de
contrabando.
—¿Ah, sí? Bien,
pues considerad el dinero como un simple gesto de buena voluntad —replica el
Cowboy al tiempo que sale para instalar varios sensores alrededor del almacén;
luego regresa y cierra las puertas.
Hora de tomarse un
descanso.
La cabina del
panzer apesta a sudor y adrenalina. El Cowboy se quita el traje protector
anti-g y desconecta los electrodos, para lavarse luego con una esponja y el
agua de uno de sus bidones. Antes de tumbarse en la diminuta litera come una
pasta preparada rica en proteínas, y bebe un líquido que sabe a naranja y sirve
para reponer electrólitos.
La adrenalina
todavía le tiene acelerado, sin embargo. Tras los párpados cerrados ve todavía
las imágenes de los mapas, las pantallas, las hileras de indicadores que viran
al anaranjado, las llamaradas de las toberas y de los cohetes que cruzan el
cielo como castillos de fuegos artificiales. Y en alguna parte detrás de esas
visiones como neones publicitarios, un sordo resentimiento le carcome.
Siempre había sido
suficiente correr la Avenida, alegrarse el espíritu con la potencia de las
turbobombas y el aullido de los posquemadores, repartir el correo de una zona
franca a otra. En esto había una ética limpia y pura; era suficiente ser un
piloto libre en la libertad de los caminos, enfrentado a todo el que
pretendiera recortársela y tenerle atado a la Tierra como si no fuese más que
un rastrero. Y no le importaba lo que transportase; le bastaba con saber que,
estuviera el país como estuviera, tenía sobre su cabeza el aire puro y el cielo
azul de la libertad.
Pero luego había
empezado a germinar la sospecha de que quizás el atenerse a esa ética no fuese
suficiente. Porque como él sabía, una cosa era ser un guerrero leal y valiente,
y otra dejarse engañar a sabiendas.
Supongamos que eres
un fabricante de los Orbitales, y que te interesa tener controlados tus
mercados planetarios. Cuentas con toda la influencia política necesaria, y
mantienes altos los precios limitando la oferta. Pero como eres un tipo listo,
también sabes que allí donde hay escasez de aprovisionamiento florece el
mercado negro. Muchas mercancías, las drogas y la mayor parte de las materias
primas, excepto las aleaciones especiales, todavía pueden obtenerse en la
Tierra, aunque a coste más alto.
Sabiendo que el
mercado negro va a desarrollarse de todas maneras, ¿por qué no desarrollarlo tú
mismo? Para ello, pondrás algo de mercancía a disposición de los
intermediarios, con cuentagotas, desde luego, pero lo suficiente para que
puedan hacerse ricos. Así cuentas con gente adicta que te ayuda a evitar la
competencia y mientras tanto no sólo controlas el mercado legítimo, sino
también el aprovisionamiento de los mercados clandestinos.
Eres dueño de la
oferta y de la demanda en los dos mercados independientes, el legal y el
ilegal.
¿De dónde saca
Arkady el material para sus expediciones? Esta pregunta empieza a revestir para
el Cowboy una importancia desacostumbrada.
Pero ahora su
cuerpo ha consumido toda la adrenalina y empieza a sentir el efecto de sus
cardenales. No será en este barracón abandonado de Missouri donde encuentre la
solución, y además su mente empieza a acusar la fatiga. Es hora de acurrucarse
debajo de la no muy cumplida manta de lana, cuyo orillo indica que en algún
tiempo esa pieza llegó a valer tanto como una piel de castor. Hay que preparar
el cuerpo y la mente para el último salto hacia el final de la Avenida.
Despierta a última
hora de la tarde y descubre que los muchachos se han ido. El cheque posdatado
ha quedado colgando de una de las bocas de ventilación del panzer. El Cowboy lo
descuelga y se queda un rato mirándolo, mientras se interroga a sí mismo sobre
la ética y el deber, los símbolos y los actos, y esa cosa que en otros tiempos
se llamaba el honor. Acaba de saber que en algún lugar cerca de aquí queda otro
pedazo de cielo limpio y libre.
Poniendo manos a la
obra, reemplaza los sensores machacados por los ataques de los concesionarios,
rasca la falda del blindado para quitarle la mayor parte de la resina de
cáñamo, el maíz y el trigo que llevaba adheridos. y retoca con spray la pintura
antirradiación del blindaje Chobham. Los cañonazos del enemigo le han dado una
buena paliza al panzer, aunque por fortuna no han estropeado demasiados
sistemas. Los pañoles de munición han quedado casi vacíos, pero falta poco para
llegar al Gran Padre Río.
Sentado en el
asiento del piloto, conecta el interfaz de rostro para escrutar durante algunos
minutos lo que dicen los sensores. El tráfico radiofónico parece normal. Pero
luego, según va anocheciendo, se intensifican los diálogos con lo que, según
las apariencias, es la torre de control de un aeropuerto vecino. El lugar debe
hallarse a poca distancia, porque se capta cada sílaba con claridad; las
emisiones no van codificadas y parecen inocuas, aunque se repiten demasiado a
menudo los mismos prefijos para diferentes aeronaves, lo cual despierta las
sospechas del Cowboy.
Supongamos que uno
fuese un comandante de los concesionarios, furioso por haber perdido un par de
naves la noche pasada. Supongamos que ha deducido que el panzer perseguido ha
debido quedar bastante maltrecho, o tal vez demasiado averiado para continuar,
y que en cualquier caso no ha podido cruzar todavía el Mississippi. Y
supongamos que uno desea vengarse de quien ha dejado tirados en un campo de
maíz de Missouri a un par de los muchachos, tan calcinados que no hay manera de
reconocerlos.
Lógicamente, uno
concentraría sus fuerzas en el aeropuerto más cercano al lugar en donde se
halle el panzer esperando a que se haga de noche, y enviaría un par de aviones
de reconocimiento para que peinasen la zona con los mejores aparatos de
detección disponibles. Los demás quedarían en la zona de estacionamiento,
listos para entrar en pista cuando sea localizado el panzer, y dispuestos a no
dejar de él más que un montoncito de chatarra en cualquier rincón de la
pradera. Eso es lo que uno haría.
El Cowboy saca a
pantalla un mapa, y localiza lo que llaman aeropuerto municipal de Filadelfia a
sólo siete kilómetros de donde él está. Es, con mucho, demasiado pequeño para
justificar una actividad radiofónica tan copiosa. Por medio quedan una quebrada
y un par de manchas de bosque. El Cowboy empieza a sonreír.
El crepúsculo le
encuentra ya atado en su asiento y calentando motores poco a poco. Luego da
marcha atrás con cuidado y sale del barracón, para continuar a baja velocidad.
Cruza una alambrada medio derruida y continúa al filo de la quebrada
conduciendo a vista, para no conectar el radar. Hay allí una pista forestal y
enfila por ella, metiéndose en un pinar que le recuerda el aroma a resina de
las brisas y la suavidad de la tierra alfombrada de pinaza. Abandona el camino
para internarse en una cañada húmeda, donde el ruido de los motores quedará
ahogado por la hojarasca y el musgo. A continuación emprende un rodeo y escala
una ladera masacrando una repoblación de pinos hasta que la visión expandida le
muestra la silueta de una pequeña torre de radar recortada sobre el horizonte.
Ahí están todas,
una docena de naves de ataque o más, agazapadas como otras tantas cigarras
metálicas de maléfico aspecto, los últimos resplandores de la puesta de sol en
los pulidos fuselajes, en los tubos de los cañones, en las ojivas de la
cohetería. Tienen leyendas pintadas en los morros, y muñecos de los dibujos
animados, con sugerencias de veloz violencia mecánica, del machismo de la
soldadesca, o de la fe que el jugador deposita en el instrumento de su pasión:
Muerte voladora, Tronchapánzeres, Judy Ojos de Serpiente, As de Espadas.
Algunos mecánicos provistos de herramientas se mueven entre las máquinas. El
Cowboy se permite un breve instante de borrachera triunfal de adrenalina antes
de continuar.
Mientras el panzer
aguarda retemblando en la linde del claro, pasa por la mente del Cowboy la
fugaz imagen de un corredor a punto de tomar la salida, los dedos separados y
apoyados en la pista, los pies sobre los tacos, los músculos tensos que
almacenan la energía como resortes comprimidos, la perfección sin mácula, la
inmovilidad expectante. Entonces libera toda la potencia y la proa del blindado
se encabrita arrojando surtidores de fango y perdigonadas de piedras hacia
ambos lados. Los motores pasan del murmullo al rugido atronador, y los
mecánicos se quedan yertos de pánico mientras el panzer sale de su escondite y
aplasta la verja como un ciclón de acero, un monstruo rugiente, un vengador
mecánico salido directamente de los infiernos, y en seguida los hombres en
overol corren buscando cobijo y profiriendo gritos de alarma.
Demasiado tarde. El
blindado cruza la explanada a más de ciento sesenta y embiste contra el primer
helicóptero. El panzer es con mucho el más pesado, y el As de Espadas queda
aplastado como una polilla. El Cowboy iza la tórrela de su cañón miniatura y dispara
hacia atrás, contra los restos de la nave, para incendiar los depósitos de
combustible. Judy Ojos de Serpiente muere aplastada bajo la falda acorazada del
hovercraft, y luego corren la misma suerte el coleóptero llamado Muerte
voladora y otro que llevaba el nombre de Juez de la Horca. A través de uno de
sus sensores distingue a los pilotos que salen corriendo de la cantina, algunos
con las tazas de café todavía en la mano, las bocas y los ojos abiertos de par
en par mientras miran la conflagración. En seguida el combustible inflamado
hace volar los pañoles de municiones y los pilotos lo dejan caer todo y
escampan a toda velocidad para cubrirse.
Sobre el blindaje
Chobham llueve una tempestad de acero y aleación de aluminio en llamas. Al
final el Cowboy cuenta catorce naves en ruinas sobre la pista de
estacionamiento y tras romper la verja por el lado opuesto, sigue el curso del
Salt River hasta el Padre de las Aguas, el cual cruza entre las presas 21 y 22
sin ser molestado por ningún objeto volante nocturno. Aunque el sol ha
desaparecido hace rato, todavía en pleno Illinois puede distinguir hacia el
oeste el rojo resplandor de la hoguera en el horizonte, y piensa que por ahora
no habrá más novedades por parte de los concesionarios.
Las defensas de
Illinois miran hacia el norte, contra una nueva generación de tanquistas rubios
y de sonrosadas mejillas que cruzan la Muga para transportar la mantequilla y
los quesos de Wisconsin, por cuyo motivo no son de temer dificultades de ese
lado. Mientras encamina el blindado hacia una barcaza de combustible que le
espera en el río Illinois, el Cowboy decide que va siendo hora de poner un poco
de música, y saca una antena direccional de microondas hacia el horizonte de
poniente.
—Aquí Pony Express
—anuncia—. Siento haberme retrasado con el parte, pero es que me han tumbado
una antena.
Una especie de
gruñido le responde entre el crepitar de las señales parásitas, lleno de bes y
pes explosivas como balas de cañón. El Cowboy se sonríe al tiempo que baja el
volumen e interrumpe a su interlocutor.
—No le oigo bien,
pero da lo mismo. Estoy en Illinois ahora y debo mencionar que acabo de salir
de la Avenida y que en las últimas veinticuatro horas he destruido dieciséis
naves de esos bastardos descapitalizados. Mañana podrán leerlo en los
periódicos. Guárdenme algunos recortes para mi álbum, por favor.
En sus auriculares
se ha hecho un milagroso silencio y el Cowboy se sonríe nuevamente con sorna.
—Adiós —dice y
desconecta en seguida la radio mientras contempla cómo suben los indicadores de
nivel del combustible y se siente flotar en el cielo, un punto distante en el
cielo a ojos de los demás tanquistas, y tan alto en el puro azul acerado que
será invisible para los rastreros y las busconas de la Tierra, a no ser como
icono de liberación. No sólo ha cruzado la Avenida sino que la ha vencido, ha
destrozado el nuevo instrumento de la opresión dejando a sus espaldas una masa
de acero semifundido, de plexiglás ennegrecido en medio de un océano de
propelente en llamas y de explosiones de munición.
En el estado de
Kentucky han calculado que los intermediarios y los tanquistas gastan allí más
dinero del que podrían recaudar con el arancel; la travesía sobre Egypt hacia
el Ohio es fácil. Bordea el río, atento a las patrullas fluviales, sin
tropezarse con ninguna. El Cowboy continúa luego siguiendo el curso de un
arroyo sin nombre, siempre dentro del estado libre, hasta llegar a un camino
rural desde donde efectúa una nueva llamada de radio para comunicar su
situación.
Lo que está
haciendo es legal en Kentucky pero el estado no gusta de posibles estallidos de
violencia dentro de sus fronteras. Lo que lleva en los pañoles, por
consiguiente, sí es ilegal y por eso prefiere esperar refugiado en una pequeña
granja hasta que llegue la brigada de descargadores para vaciar su vehículo.
Mientras tanto se saca el arrugado cheque posdatado de un bolsillo y se queda
largo rato contemplándolo. Cuando se presenta el camión repleto de rastreros,
ha tomado ya una decisión.
Ha decidido que sí
importa. Importa saber de dónde ha salido la cloram-fenildorfina, y quién
financia a Arkady. Lo que el Cowboy tiene en sus manos representa una deuda
secreta, indefinible, para con un par de vagabundos anónimos de la Avenida.
Pero es una deuda tan dura y cortante como el acero de Solingen, y la
obligación que tal deuda implica es ésta: Hay que averiguarlo.
Ya no basta con ser
el mejor. Por alguna razón, también importa ser el más enterado. Saber quién es
el señor a cuyo servicio porta uno la espada.
Pero ¿y si
descubriese lo peor? ¿Que los intermediarios no son más que títeres manejados
por las potencias Orbitales?
En ese caso, habrá
vencido otra deuda. Los intereses son tremendos y se tardará años en
liquidarla. Pero si quiere seguir llamándose un ciudadano de los cielos libres
e inmaculados, no podrá admitir la idea de que ese cielo tenga rejas.
Alguien llama a la
puerta con educación, y se guarda otra vez el cheque en el bolsillo. Son los
rastreros, que vienen a decirle que ya es hora de partir. En algún lugar, en el
fondo de su mente, la guitarra vaquera sigue cantando...
4
La ciudad se funde,
sus contornos se difuminan; bajo los ardores de agosto, un temblor parece
recorrer los edificios. Con los ojos cerrados, Sarah apoya la sien contra el
marco metálico de la ventana. Tras los párpados cerrados, llamaradas rojas y
anaranjadas. Al pie de la ventana, la desembocadura del aire acondicionado
despide cuchicheos como para incitarla, en un idioma enigmático y oscuro, a
emprender alguna acción, pero ella no sabe cuál es. Menea la cabeza, aturdida
por el cansancio.
—Los de Cunningham
han puesto precio a tu cabeza, mi hermana —le dice el Atamán con voz suave—. He
hecho saber que quienquiera que acepte esa oferta dejará de ser amigo mío, pero
es de temer que eso no sea suficiente. Siempre hay gente dispuesta. Y les bastará
con tener controlado a Daud.
Sarán abre los
ojos. La ciudad arde.
—Lo sé —dice
volviéndose hacia su interlocutor.
Están un poco
apartados en la sala de espera del hospital, un recinto circular en voladizo
sobre la torre del edificio, sus ventanas reflectantes mirando hacia una docena
de direcciones diferentes como facetas de los ojos de un insecto. Al otro lado,
miran sin demasiado interés un vídeo dos mujeres cubanas, hermanas, de grandes
ojos negros muy pintados y cejas alargadas como alas; tienen a su padre en fase
terminal de un Huntington vírico. En su delirio las confunde con un par de
arpías que vienen a devorarle el hígado mientras él permanece encadenado a la
roca de su enfermedad. Pasivas y distantes, ellas esperan el desenlace. A su
lado, un joven llora en silencio y consume una infinidad de pañuelos de papel
que, arrugados y arrojados al suelo, forman alrededor de sus pies como una
corona de flores marchitas de color pastel.
Michael tiene los
ojos llorosos, inyectados en sangre; sus gestos son espasmódicos y Sarah
sospecha que está sufriendo algún tipo de mono.
—Tengo un trabajo
para ti. No es ni siquiera ilegal, y lo pagan muy bien. En oro —explica.
Dicho lo cual
anuncia una cifra, cuyo importe le basta a Sarah para comprender que hay un
considerable factor de riesgo. Michael es un tipo honrado, en la medida que
pueda serlo un intermediario, pero la caridad no figura entre sus cualidades.
Con la cabeza baja,
Sarah se encamina a un sillón y se deja caer sobre el almohadón de plástico
anaranjado que quiere ser alegre. En el aire flota el olor desagradable a
colillas de cigarrillo.
—¿Por cuenta de
quién? —pregunta sin esperar contestación en realidad.
Dos o tres puertas
más allá Daud guarda cama entre el parpadeo de docenas de ojos, que son los LED
de las máquinas que lo mantienen con vida. Está consciente ahora, aunque
separado del dolor por dosis de endorfinas con mucho superiores a las que se
inyectaba en las peores fases de su adicción. Tiene el cuerpo a tiras
brillantes de tejido rosado, todo nuevo de fábrica, incluyendo un antebrazo
completo. Las piernas todavía están envueltas en gel, esperando nuevos
trasplantes de tejidos y de músculos. Y los trasplantes esperan nuevas
provisiones de fondos.
A Sarah se le está
acabando la cloramfenildorfina; según la previsión debía escasear e iba a tener
mucha demanda, pero luego se ha destapado otra fuente de aprovisionamiento y
los precios se han desplomado, precisamente cuando más dinero necesitaba ella para
liquidar las facturas del hospital. Normalmente habría esperado hasta que los
precios volvieran a subir, pero las máquinas de suave zumbido que mantienen a
Daud con vida no atienden a coyunturas del mercado... Por eso se ha visto
obligada a malvender la endorfina en las calles, al peor precio desde hace
muchos meses; es para sospechar que aquella baja había sido tramada por el
mismo Cunningham.
Está quemada ahora,
y ella lo sabe. Sus fuentes habituales de ingresos se han secado. Solía
trabajar como guardaespaldas, pero ¿quién va a querer un guardaespaldas que
tiene la cabeza puesta a precio? En cuanto a los demás trabajos especiales...
nadie le ha venido con ninguna oferta. Ha corrido el rumor de que anda metida
en asuntos que nadie más quiere tocar, que su caché es demasiado alto. Aunque
siempre sale una chapuza, o algún recado que llevar por cuenta de alguien que
no quiera exponerse personalmente, eso no basta para pagar el hospital, y
además supone un riesgo excesivo, porque nunca se sabría si alguno de los que
la contrataban no se habría propuesto, en realidad, cobrar la recompensa
ofrecida por Cunningham.
Por eso la pregunta
«¿por cuenta de quién?». Como si verdaderamente tuviese importancia.
Michael el Atamán
se queda mirando por la ventana, la cara bañada en el resplandor del sol.
—Mía —contesta—. Es
un trabajo que... —hace una mueca y se encoge de hombros—. Es posible que
conlleve alguna complicación, no sé. Todo parece en orden, pero me da mala
espina. Por eso quiero que hagas algunas averiguaciones.
Sarah le mira
fijamente, preguntándose si no será otra advertencia sutil, como la de
Cunningham. A lo peor Michael la considera demasiado quemada como para seguir
protegiéndola, o está sometido a presiones por parte de los que le suministran
a él. Y quiere que salga adonde constituya un blanco fácil.
—¿Quién es el
proveedor?
Como si eso
importara. Tendría que aceptar el trabajo, por mucha mala espina que le diese.
—Acabo de recibir
una nueva remesa —continúa Michael, con el ceño fruncido, al tiempo que se
dirige hacia el sillón vecino y toma asiento, con un crujido de sus botas
camperas de cuero—. Matrices de cristal para ordenadores —prosigue con aire
pensativo—. Quince mil, de alta calidad, de una fuente que no las había servido
tan buenas hasta ahora. A lo mejor se trata de penetrar en los grandes
mercados, o quizás actúa por cuenta de un tercero. No lo sé.
—¿Quieres que me
haga cargo?
—Sí. Entre otras
cosas —el Atamán suspira y se masajea la barbilla—. Normalmente me llevaría
algún tiempo el dar salida a una cantidad tan grande, meses quizá. Pero esta
vez da la casualidad que uno del norte, de Pennsylvania, habló con Andrei y le
pidió matrices al por mayor, comprometiéndose a pagarlas bien —sus ojos húmedos
se vuelven hacia Sarah—. No veo ningún motivo para no vender, y Andrei está
impaciente por cerrar el trato. Pero encuentro demasiadas coincidencias en
esto, mi hermana.
Sarah no ignora que
Andrei es uno de los lugartenientes del Atamán. Le observa mientras él rebusca
en los bolsillos uno de sus cigarrillos rusos.
—Cabe que alguien
quiera tenderme una trampa, pero no imagino quién pueda ser, ni por qué
—aplasta la boquilla de cartón y acerca un fósforo con mano temblorosa. Tiene
pecas en el dorso, es la mano de un viejo—. Estos clientes no tienen
influencias y si robaran el cargamento no durarían mucho. Aunque quizá les haya
salido un nuevo patrocinador. Pero no conozco a nadie que sea tan fuerte, y hoy
por hoy todos los peces gordos de este lado del país son amigos míos. Conque es
posible que te haya contratado para nada.
—Eso no lo dices en
serio, Atamán —replica Sarah—, o no me lo habrías pedido. No a ese precio.
Él le dirige una
larga mirada inexpresiva, los párpados estremecidos por un tic nervioso
mientras considera las palabras de Sarah y el humo del cigarrillo flota hacia
el techo. A sus espaldas el vídeo anuncia algún nuevo sucedáneo de cocaína,
garantizadamente exento de efectos adictivos, y el audio exhala una sucesión de
ruidos como de escape de gas, que quieren ser los suspiros placenteros de una
pareja joven y obviamente enamorada. Michael habla con el cigarrillo colgando
de la comisura de la boca.
—He contratado un
tanquista. Si pretenden llevarse una camionada por medios violentos, les
aguarda una bonita sorpresa. Andrei se ocupará de todos los detalles de la
operación, y también del dinero. Tiene amigos que le protegen, pero yo quiero
que vayas tú en el panzer. Vigila el cumplimiento y no pierdas de vista al
conductor. ¿Estás implantada para usar armas?
Ella se encoge de
hombros.
—Sólo pistolas y
metralletas. Las armas de fuego no entran en mi estilo.
Él sonríe con
cierto escepticismo, como si hubiese oído esa protesta muchas veces y supiera
que las armas de fuego siempre son las que deciden, a fin de cuentas.
—Te conseguiré una
Heckler Koch de siete milímetros. ¿Querrás practicar con ella?
—¿Cuándo salimos?
—El sábado.
—Practicaré mañana,
si me consigues la pistola para entonces.
—¿Cuándo salimos?
—Te enviaré a un
boy para que te acompañe a la galería, y recogerá la pistola cuando hayas
terminado la misión. ¿Dónde estarás?
—Mañana, en el
Plastic Girl, a mediodía.
El Atamán da una
calada a su cigarrillo y asiente. Sarah ve en sus ojos el reflejo del vídeo y
oye las réplicas de una comedia sudamericana, las risas enlatadas en respuesta
a una sucesión de estridentes interjecciones en español.
—Ojalá me equivoque
en esto, mi hermana —dice Michael con la voz llena de tristeza eslava,
genuinamente sentida aunque algo teatral—. Lamentaría que empezase otra guerra
ahora que la cosas se habían aquietado un poco.
Una guerra
significaría mucho trabajo para Sarah, pero ella tampoco la desea. Sabe que la
única guerra que importaba terminó ya y que ella y Michael son los perdedores.
Aquí en las Concesiones Americanas ya no hay más guerras sino disputarse las
migajas que les dejaron los Orbitales para ahorrarse la molestia de
llevárselas.
Las manos agitadas
todavía de temblores nerviosos, el Atamán se pone en pie, y Sarah le imita.
—Voy a ocuparme de
la pistola —dice él.
La ceniza del
cigarrillo, como un largo gusano, se le desprende y deja una mancha de polvillo
gris en la pechera. Si ha cedido a la presión, reflexiona Sarah, y si ya está
dispuesto a traicionarla, será mañana. Cuando se presente el mensajero con la
pistola, querrá usarla. Pero Sarah tratará de estar preparada, lista para hacer
su jugada si ha de ser así como caigan los naipes. Se lleva la mano a la
garganta como una gitana tocando hierro.
Él tiene la mirada
desenfocada; no contempla a Sarah, sino lo que está por venir, el futuro, que
según apunta distraídamente con los ojos aparecerá sin duda detrás del hombro
derecho de su interlocutora. A ésta le da la sensación de que, si se volviese ahora
súbitamente, también podría verlo.
—Gracias, Michael
—le dice.
Él la contempla con
sus ojos sabios y cansados, sin responder, y ella reprime la tentación de
echarle los brazos al cuello, de buscar un punto de consuelo en medio de aquel
espacio claro y estéril, como tratando de olvidar que todo esto no es más que
un negocio y que este hombre tal vez haya tomado ya sus disposiciones para
acabar con ella... Pero si es la muerte, ella casi está preparada para darle la
bienvenida, porque le parece que su alma se perdió cuando los ojos de Dánica se
convirtieron en mármol inmóvil, y que vaga por alguna parte, junto con todo lo
demás que pudiese dar algún sentido a la vida. ¿Adonde va una carga hueca
cuando ha cumplido con su misión? Vuela por los aires y cada uno de los
fragmentos de metralla va a lo suyo. Chatarra en busca del olvido.
En algún tiempo,
sospecha vagamente, todo esto tuvo algún sentido. El sentido ascendente,
huyendo del pozo gravitatorio, y dirigido a la pureza negra y envolvente del
espacio vacío. Pero ahora las cosas son mucho más limitadas y sólo queda un
propósito: Sobrevivir a Este Momento. El pasado apenas importa, del futuro ya
nos ocuparemos cuando llegue, instante a instante. Cada latido del reloj es una
nueva carga, una nueva aplicación del imperativo. El Atamán la ayudará a
superar este momento, le suministrará otro breve imperativo. Sobrevivir hasta
mañana, acudir al encuentro en el Plastic Girl y luego, sobrevivir al
encuentro, si es posible.
Al otro lado de la
habitación, el chico sigue llorando y gasta otro pañuelo de papel.
—Han sido muy
astutos dirigiéndose a Andrei, en vez de hablar directamente conmigo —prosigue
el Atamán—. De esta manera la insistencia de Andrei se añade a la de ellos
—habla con voz reflexiva, como buscando en el éter la existencia de unos
posibles enemigos, tratando de penetrar sus intenciones.
—Envíame a tu
mensajero mañana —dice Sarah, y sale antes de que desborde el dolor que atenaza
su garganta.
Daud está a sólo
tres puertas más allá, compartiendo habitación con un anciano que está allí
para una reconstrucción de cadera. Las flores que traen Sarah y los hijos del
viejo no logran disimular del todo el hedor a desinfectante químico. En un
rincón un vídeo reproduce la misma comedia estúpida que el de la sala de
espera. El viejo la contempla con atención, sin hacer caso de la presencia de
Sarah.
—Hola, Daud —dice
ella.
En el rincón de
Daud brilla una hilera de LED verdes, indicadores de las máquinas que emiten
misteriosos murmullos mientras desarrollan sus abstrusas tareas. Una pantalla
muestra toda una familia de curvas; ahora Daud ya respira por su cuenta y
también el corazón funciona sin ayuda. Sobre su cabeza un armatoste de acero
inoxidable: las barras y las pesas con que debería ejercitar su brazo nuevo. Le
han quitado los fármacos que tomaba para cambiarse el color del cabello y con
el tiempo que lleva aquí, ha vuelto a crecerle de color castaño; en un
occipital tiene una calva por donde asoma en rosa un trozo de piel
trasplantada. Una gasa le cubre la cuenca del ojo, donde pronto le colocarán un
implante Kikuyu, y por debajo sale un hilo conectado al ordenador de la mesita
para ir estimulando el nervio óptico y evitar que degenere. Sobre los muñones
de las piernas, una especie de tienda de campaña de donde salen por abajo los
tubos que conservan los huesos y los tejidos dentro de la envoltura de gel.
Sarah se inclina
sobre la cama para darle un beso y sacándose del bolso que lleva al cinto un
paquete de cigarrillos, enciende uno para él y se lo coloca entre los labios.
El único ojo restante manifiesta una notable viveza mientras va siguiendo sus
movimientos, y es evidente que Daud ha desarrollado bastante tolerancia a las
elevadas dosis de endorfinas que le administran.
Daud traga saliva.
Tiene un botón de plástico en la garganta, donde se le hizo la traqueotomía y
la máquina le alimentó de aire durante semanas. De la tráquea atormentada le
sale una voz ronca y ahora todavía más estropeada por el humo del cigarrillo.
—¿Dónde está
Jackstraw? —pregunta—. Prometió venir.
—No lo he visto —no
desea contarle a Daud que Jackstraw seguramente no volverá, que se habrá
buscado a otro muchacho para ocupar el lugar de Daud. Incluso antes, Jackstraw
no era durante muchas semanas otra cosa sino una voz al teléfono, que
contestaba sin demasiado entusiasmo a las llamadas de Daud y le interrumpía
para hablarle de negocios, de invitados inesperados, de exigencias de los
clientes. Otro menos aislado que Daud, menos desesperado, habría captado la
situación en seguida; cuando Jackstraw crea que Daud vuelve a estar en
condiciones de ganar dinero para él, entonces le visitará, y no antes.
—Ahora podremos
empezar a reconstruirte las piernas, dentro de pocos días —continúa Sarah—. Una
después de la otra, tan pronto como hayas cobrado fuerzas. Me ha salido un
trabajo —intenta sonreír—. ¿Quieres que te pongan primero la derecha, o la
izquierda?
Él menea la cabeza.
—No tiene
importancia.
—Salgo dentro de
unos días. El sábado.
—Lo de costumbre
—alarga él su nuevo y rosado brazo para echar al suelo la ceniza del
cigarrillo.
—Sí—Sarah intuye
una fiebre en la mirada de Daud, una desesperación acumulada y que crece.
Levanta la mano buena para aferrar una de las asas del aparato de gimnasia,
trata de izarse y luego se deja caer invadido por la frustración. Luego habla
con el cigarrillo en la boca, mordiendo las palabras:
—Jackstraw prometió
traer algunos supresores hormonales. ¿Podrías proporcionármelos tú? ¿Tal vez
mañana, antes de irte?
Ella le mira
sorprendida al comprobar su desesperación, su desconocimiento de la realidad.
Hace intención de sentarse al borde de la cama, de tomarle de la mano, pero él
la aparta con un gesto brusco.
—¿Podrías
proporcionármelos tú? —solloza.
Angustiada, ella
intenta responder en tono razonable:
—No puedes tomar
supresores de hormonas ahora, Daud. Antes hay que regenerar el tejido muscular.
—¡No has entendido
nada! —histérico ya, aporreando el colchón con ambos puños hasta que su cuerpo
rebota y empieza a parpadear un LED rojo de una de las máquinas, en sincronismo
con un leve pitido metálico. El viejo de la cama vecina se vuelve, contrariado
por la interrupción—. ¡Me está saliendo la barba! ¡Las enfermeras me afeitan
todas las mañanas! ¡Estoy haciéndome vieja! Vuelve la cabeza, sofocado,
tosiendo para despejarse la garganta martirizada.
—Mi gente me quiere
joven —dice—. Sólo así me querrá Jackstraw —y se interrumpe ahogado por otro
golpe de tos.
—Mira, Daud —le
quita el cigarrillo y lo apaga, luego le toma la mano entre las dos suyas, lo
cual consiente él esta vez, la apoya en el pecho y la frota con los nudillos;
el pitido de advertencia cesa y los indicadores quedan de nuevo en verde—. Te
pondrás bueno. Volverás a ser joven. No tienes nada que temer.
Un conjuro
esperanzado que hay que repetir todos los días. Confiando en que sea verdad, o
que por lo menos Daud crea que va a ser verdad.
—Algunos prefieren
a los mutilados, pero yo no quiero nada con ésos —un susurro jadeante, una
última protesta de la garganta irritada. Sarah le besa la mano, le frota el
brazo, sin contestar, prefiriendo el lenguaje de las caricias mudas, del
contacto que consuela, hasta que termina la hora de visita.
Desde la sala de
espera ella llama un taxi, le dice dónde quiere que la recojan y cruza la
cafetería para salir por una puerta de atrás. Le cosquillean los nervios
mientras camina hacia el muelle de los camiones que traen la comida, mirando a
derecha e izquierda en busca de desconocidos sospechosos. Cierra el chaleco
salvavidas y se sube el cuello. Y lo más extraño: los empleados de la cafetería
han visto este comportamiento otras veces, pero siguen sin entenderlo. Ella
ignora las miradas de curiosidad y, tras echar unas ojeadas a ambos lados,
empuja la puerta metálica.
El aire caliente
resulta casi irrespirable. En un momento queda el cuerpo empapado de sudor.
Sarah rodea un coche aparcado en la entrada de un pasaje, no ve a nadie, y
enfila con decisión flanqueando el muro de hormigón que arde. El hospital es
grande y tiene muchas puertas; los agentes de Cunningham no podrán vigilarlas
todas.
El callejón huele a
basura, orines y jazmín de las Antillas. Se detiene un momento para escrutar
las ventanas; todas vacías, sin signos de movimiento, ni escorzo de
francotirador escondido... El taxi llega al cabo de un minuto y poco le falta
para arrojarse en él de cabeza. Se siente más segura dentro del vehículo,
aunque no ignora que es una ilusión. La última vez usaron un cohete, y no será
la débil chapa de un coche lo que evite un atentado, si verdaderamente se lo
proponen. Ni siquiera debería desabrocharse el chaleco protector, pero lo hace.
Mientras el taxi
arranca Sarah mira atrás y observa, a través de las vaharadas de calor, unas
carreras precipitadas y un viejo Mercury de varios colores, entre los que
predomina el gris de imprimación para repintar, que se despega de la acera aun
antes de que el acompañante haya cerrado la puerta...
Ahora ya lo sabe.
La están
persiguiendo. No mañana, ni en ningún futuro indefinible, sino ahora mismo. Y
cosa sorprendente, la primera sensación de Sarah es de alivio; la tensión que
le agarrotaba la nuca desaparece, y le parece que sus músculos empiezan a
moverse con más soltura. Ha terminado la espera, la situación es conocida y
ella sabe cómo enfrentarla.
Pero quizá se ha
precipitado. Mejor comprobar las cosas.
—Doble a la
derecha. Aquí. Ahora a la izquierda.
El taxista, ceñudo,
mira por el retrovisor, pero obedece. El Mercury no los pierde de vista, aunque
ahora, como están seguros de tener a su víctima, prefieren mantener un poco de
distancia. Sarah hurga en un bolsillo buscando el mando de su escáner, que sintoniza
todas las bandas de la policía e inyecta la señal directamente en el nervio
auditivo. No hace falta que nadie más se entere. Se oye mucho diálogo, pero
ninguna de las voces parece provenir del Mercury. Rápidamente, explora varios
canales sin resultado.
—De frente, por
favor —está bastante segura de que el Mercury va solo y no participan más
vehículos en la persecución, y se lleva la mano a la garganta, donde se esconde
su amiga. Comadreja, voy a necesitarte pronto.
—A la izquierda —la
orden le vale otra ojeada reprobatoria del conductor. Van derechos hacia el
barrio de Venecia.
Ahora todas las
ciudades costeras tienen un distrito de ese nombre, el correspondiente a los
barrios bajos que quedaron inundados cuando empezó a subir el nivel de los
océanos, demasiado extensos para defenderlos con diques. Sólo Nueva York
intentó poner puertas al Atlántico y se rodeó de un inmenso muro protector,
pero resultó destruido durante la Guerra de las Rocas y ahora Manhattan es la
Venecia más grande de todas: cuando las mareas altas de primavera, la mitad de
la isla queda sumergida por las aguas grises. Las coronas de blanca espuma
invaden las calles vacías, inundan las ruinas de los edificios que no se
reconstruyeron y bañan las pantorrillas de las gentes que todavía viven allí,
testigos de la lenta erosión de la metrópoli legendaria, inexorablemente
reclamada por el mar.
En Tampa Bay, por
el contrario, las mareas no crecen mucho, apenas una pulgada o dos. Aquí la
Venecia es mucho más estable y la tranquila bahía se conforma con ir devorando
la ciudad gradualmente. Los mordiscos más fuertes corresponden a las tormentas
de verano. Cuando subieron las aguas, las autoridades dragaron y mejoraron el
puerto, pero dejaron que los barrios residenciales y de oficinas decayeran; en
cuanto a las lujosas urbanizaciones playeras, iban mermando milímetro a
milímetro con cada reflujo. Es como si avanzase desde el mar un frente de
devastación; los edificios más próximos están en ruinas y apenas se mantienen
en pie un par de chimeneas. Más allá comienzan a inclinarse, como presintiendo
la inevitable caída, o descubren los interiores saqueados a causa del
derrumbamiento de la pared que daba al océano. Algunos parecen casi intactos:
muros de piedra de algún viejo mastodonte administrativo, manchados de humedad
pero todavía desafiantes. Y más adentro, donde las aguas que inundaron los
antiguos pavimentos apenas alcanzan un palmo o dos de profundidad, los
edificios permanecen enteros, se diría que casi habitables.
También éstos han
sido desvalijados, naturalmente, y están sin muebles, cañerías ni instalación
eléctrica. Después de la guerra sirvieron de abrigo a miles de refugiados que
acudían a la Florida ocupada huyendo de la devastada zona Norte. La presencia
de estos desheredados de la fortuna no contribuyó a mejorar la situación
precisamente, pero algo dejaron, aparte sus montones de desperdicios: muebles
procedentes de los saqueos, o de fabricación propia, colchones, sábanas en
jirones, montones enmohecidos de prendas viejas, cosas que podían ser de
utilidad para una próxima generación de refugiados.
No quedan muchos
habitantes en Venecia ahora, salvo algunos excéntricos incorregibles, o
vagabundos de paso hacia otro lugar, o fugitivos que han agotado los últimos
escondrijos, fugitivos como Sarah.
El taxi circula por
una calle elevada sobre el nivel de las aguas, una suerte de malecón que se
interna entre las ruinas, flanqueado de aguas turbias, y que muere al lado
opuesto de la bahía en otra ciudad sumergida, St. Petersburg. Las ventanas sin
cristales parecen cuencas vacías que contemplan el vehículo.
—Pare aquí —ordena
ella, y apenas el taxista ha puesto el punto muerto Sarah introduce un fajo de
billetes en el cajón de la mampara a prueba de balas. Si éste ha de ser el
último viaje, piensa, al menos dejaremos una buena propina.
El taxista todavía
está contando el dinero con aire sorprendido cuando ya Sarah patina cuneta
abajo, los pies bañados en agua tibia mientras crepita y murmura en su cabeza
un sinfín de comunicaciones de radio. Los lirios de agua le rozan los tobillos
al vadear un extenso charco entre dos edificios de apartamentos. Aunque no se
atreve a volverse, a su espalda oye rodar el Mercury sobre la calzada y se mete
en un vestíbulo, cuyas paredes amortiguan el audio conectado en su cabeza.
El recinto en
penumbra resuena con el chapoteo del agua, que lanza destellos al techo al
tiempo que Sarah camina levantando sedimentos de barro alrededor de los pies.
El moho trepa por los restos del empapelado y las algas devoran las
obscenidades que pintaron los últimos habitantes. Un pez estúpido choca
repetidamente con su espinilla, atraído por algún sabor que le agrada. Las
puertas del ascensor están abiertas de par en par dejando ver espejos rotos y
un cable que cuelga. Sarah avanza con cautela sobre la alfombrilla recubierta
de incrustaciones y, tras detenerse dos segundos para contemplar su propia
imagen en uno de los fragmentos de espejo, afilado como una daga, enfila la
escalera.
El Mercury ha
avanzado unos trescientos metros más a paso de hormiga antes de detenerse en la
cuneta. Dos cabezas asoman por las ventanillas, esperando que escampe la
circulación. Sarah echa mano al mando y desconecta las voces que resuenan en su
cabeza. Los dos perseguidores se apean del coche y deshacen camino, y Sarah
continúa escaleras arriba.
Los ecos de su
niñez resuenan en los tabiques derrumbados, en los desperdicios que se
amontonan en los rellanos. ¿Cuántos años habrá vivido en lugares como éstos,
jugando al escondite en los rincones y por corredores cubiertos de cristales
rotos? Ahora regresa, y una vez más sin otro lugar en donde esconderse. Sarah
de vuelta en los corredores de sus memorias de infancia, a jugar otra vez al
escondite.
Las ventanas sin
cristales dan claridad al vano de la escalera con sus paredes chorreadas; en
cada rellano, una delirante profusión de hongos. Debajo de la pringosa
alfombra, los tablones fatigados ceden al paso, y Sarah observa que va dejando
pisadas sobre el barrillo húmedo, una pista que los dos enemigos podrán seguir
con facilidad.
Entonces recurre al
viejo truco de deshacer camino ;obre las propias huellas, andando de espaldas,
lo cual hace con la misma soltura que cuando niña, hasta meterse en uno de los
apartamentos por medio de un salto de lado, para aguardar oculta en la oscuridad.
Una esnifada de fogonazo en cada orificio de la nariz para poner en marcha sus
nervios computarizados, para acelerar la carrera de los neurotransmisores a lo
largo de la red neural de comunicaciones. El oído tenso, el sudor salobre en el
labio superior, los pulsos y la respiración cobrando velocidad para suministrar
sangre y oxígeno donde haga falta, en el instante de la verdad...
¡Cuántas veces, de
niña, debió hacer lo mismo! Oculta en una habitación a oscuras mientras el
ciclón borracho que era su padre montaba fuera el gran escándalo, vociferaba
amenazas y aporreaba la puerta. Ella, con los brazos temblorosos de Daud al
cuello, olfateaba el olor a miedo compartido. A estos recuerdos de la infancia
se les superponen luego otros, imágenes de una violencia incluso más siniestra,
de tironeros ensangrentados y arrojados a un callejón, el saco del botín al
lado, o sorprendidos por el súbito resplandor amarillo sodio de los faros de la
policía en el instante en que sus pies buscan apoyo sobre el piso mojado para
correr mejor. O las de Comadreja en uno de sus purpúreos viajes cibernéticos
hacia la negrura de algún corazón encogido de terror. Pero ninguno de aquellos
terrores podía compararse con aquel otro más primitivo, el de las noches en
blanco esperando a su padre, y el espanto del instante en que la puerta de la
habitación cedía por fin, con las bisagras arrancadas colgando y el suelo regado
de astillas, y se recortaba contra la media luz amarillenta la silueta de su
padre, con la botella rota en la mano...
Ellos se acercan,
Sarán oye el roce de pies sobre la alfombra húmeda. Parpadea para quitarse el
sudor de los ojos y abre la boca procurando respirar hondo sin hacer ruido. La
Comadreja se remueve en su garganta y traga su lengua. Es posible que esos dos lleven
armas de fuego, y eso va a demandar una valoración muy rápida de sus recursos
durante los breves segundos en que se dejen ver; incluso puede ser necesario un
cambio de táctica. La droga tensa sus nervios, urge a la acción. En su visión
periférica se agitan unos fantasmas borrosos. Mediante un esfuerzo de voluntad
consigue permanecer inmóvil.
El primero que
pasa, atento a las huellas de las pisadas —una silueta entrevista apenas un
segundo— es un individuo joven, de ojos saltones y tupé rubio muy marcado, que
lleva un chaleco de cuero, los nervudos brazos tatuados y un palo, no, un bate
de béisbol en la mano izquierda. Y luego aparece el otro frente al marco de la
puerta, y Sarah empieza a moverse.
Le lanza la
Comadreja a los ojos, como un relámpago proyectado en línea recta, pero el
fulano ha visto el movimiento de reojo y consigue volver la cabeza. La
Comadreja le golpea en el pómulo y le deja un mordisco cárdeno... Pero el golpe
le ha obligado a levantar los brazos para cubrirse, dejándole expuesto a la
patada que ella le envía al centro del cuerpo con toda la fuerza de su cuerpo
lanzado hacia delante. Cae hacia atrás, haciendo aspavientos con los brazos. El
frío resplandor de la navaja dibuja un arco de luz y resbala sobre la alfombra
hasta desaparecer en lo oscuro. Sarah retira la Comadreja para tomar una
bocanada de aire, al tiempo que se vuelve hacia el portador del bate. Los dos
tipos son más bajos que ella, observa entonces, ventaja que desde luego no
piensa desaprovechar.
Una ojeada sobre el
hombro para proyectar una patada hacia atrás que impacta de nuevo en el vientre
del navajero, y que le sirve para tomar impulso hacia delante mientras el otro
sale despedido hacia atrás, aterrizando de nalgas, con un jadeo, al tiempo que
Sarán vuela como una jabalina hacia el blanco; pero el del tupé es demasiado
rápido. El bate silba en el aire describiendo un arco incluso antes de que el
muchacho haya podido ver lo que se le viene encima; ella no puede frenar y sabe
que va a darle, levanta el brazo tratando de amortiguar el palo, pero lo recibe
en el costado, algo atenuado por el chaleco protector pero no del todo. Cortada
la respiración, se golpea contra la pared pero rebota intencionadamente
metiéndose dentro del semicírculo que abarca el bate, hasta olfatear el aroma a
lilas de la brillantina de su contrario al tiempo que intenta clavarle las uñas
en los ojos.
Él deja caer el
bate, que es lo que ella quería, y le atenaza las dos muñecas para separarle
los brazos, crucificándola para que el otro la apuñale por la espalda. Le
tiemblan los tatuajes mientras compite con la fuerza de la mujer. Ella intenta
propinarle un rodillazo en la ingle pero él se vuelve de costado y lo para con
el muslo. Hay una sonrisa en su cara ahora, que en parte es el rictus de la
lucha, pero también se ve que disfruta teniéndola sometida, abierta delante de
él.
Le mete la
Comadreja por el ojo izquierdo y la sonrisa se convierte en un aullido ahogado.
Cae hecho un amasijo de movimientos desordenados, sangrando por la órbita
estropeada. Es posible que la Comadreja haya destrozado parte del lóbulo
frontal del cerebro. Sarah retira la Comadreja para atacar otra vez y se vuelve
a tiempo de parar una patada y un golpe del navajero, pero otro golpe la
alcanza en el pecho y siente un dolor que agarrota sus nervios en exceso
eficientes.
Se nota en seguida
que está preprogramado, los reflejos de un segundo dan, o así, en el cristal
implantado en su cerebro animal, los nervios ciberimplantados para mejorar su
velocidad. Pero los reflejos de un coreano de metro cincuenta y cinco no se
adaptan necesariamente a un occidental de metro ochenta sin una práctica
asidua, y ese tipo de disciplina no se da entre los chicos de la calle que
Sarah ha conocido... En cambio, ella tiene sus reflejos entretejidos con los de
sus chips, los ha hecho propios y ha integrado sus pautas con las de la
Comadreja.
La pelea es rápida
y cuerpo a cuerpo; ambos están salpicados de la sangre que fluye de la herida
sobre la mejilla mientras se revuelcan tratando de colocar un golpe definitivo.
La Comadreja le llena los antebrazos de marcas sanguinolentas mientras él intenta
cubrirse. Al final ella le acerca y le descarga un cabezazo en la cara, para
incorporarse en seguida sobre el inconsciente, respirando con dificultad y
escuchando el súbito y clamoroso silencio.
En la visión
periférica revolotean puntos luminosos y el dolor, hasta este momento negado
por el miedo, reclama sus derechos. Sarah se frota el pecho y las costillas,
respira fuerte, se apoya unos momentos en la mohosa pared en busca de un muy
necesario descanso. Busca la navaja y el bate de béisbol y se pregunta durante
unos momentos qué mensaje le conviene dejar.
Ésos no son agentes
de Cunningham, evidentemente, sólo un par de sicarios que iban a por la
recompensa y no habían entendido del todo la clase de jaleo en que se metían.
Aunque malvados y estúpidos, Sarah no se siente capaz de dejar dos cadáveres
tirados en un pasillo ruinoso; por otra parte, podría ser buena política el
dejar un ejemplo para otros chicos de la calle que tal vez estén considerando
ideas parecidas. Un par de lecciones bien visibles en forma de miembros
escayolados hará maravillas.
De todos modos el
del tupé ha perdido parte de su cerebro, por lo que Sarah se conforma con
romperle el brazo izquierdo con el bate. En cuanto al navajero, despertará con
las clavículas rotas. Sarah arroja el bate en una habitación vacía, recupera su
bolsa y se lleva las llaves del Mercury.
Cuando llega a la
carretera las costillas le duelen a cada paso. El asiento del Mercury está
remendado con cinta impermeable para tuberías, que le abrasa los muslos. Del
retrovisor cuelga una medalla de la buena suerte. Sarah corre hacia atrás el
asiento para acomodar sus largas piernas.
Arranca el motor y
se dirige hacia St. Petersburg, dejando a sus espaldas los edificios
abandonados de Venecia. El aire marino entra por la ventanilla y la refresca,
mientras nota que empieza a disiparse el efecto del fogonazo y sus nervios se
aflojan al mismo tiempo que la oleada de adrenalina, amenazando con dejarla
totalmente hundida. Así que busca el inhalador y se administra otra esnifada
que la ayuda a resistir la travesía.
Frente a ella, al
otro lado de la había, una ciudad que se derrite bajo el calor de la tarde.
Saborea el salitre del viento mientras sobrevuela las aguas a toda velocidad.
Sarah no ignora que pronto rebasará el punto culminante e iniciará otra vez la
caída. Que no sea en seguida, piensa. De momento sólo quiere seguir volando.
5
Arnold es una joven
tanquista de brazos nervudos, musculosos, y cabello negro muy corto alrededor
de sus zócalos. Tiene buena reputación y hace años que trabaja por cuenta
propia. Hace dos días que forma parte de la pandilla del Cowboy.
Han sido diez días
de celebración, una serie de juergas de punta a punta de las Rocosas, con
incesantes entradas y salidas de tanquistas, mecánicos, intermediarios, pilotos
de ala delta retirados que no se adaptaron a la nueva tecnología... la
numerosa, extensa y trashumante nómina de los que gustan de considerarse a sí
mismos como «la clandestinidad». Han bebido a la salud del nuevo mito, del
hombre que abrió Missouri para el tráfico nocturno de todos ellos. Ahora el
grupo ha sentado sus reales en el bar del Murray Hotel de Livingston, Montana,
donde se quedarán probablemente dos o tres días más mientras nuevas gentes
entran y salen para invitar al Cowboy y bañarse en la aureola de su leyenda.
El blindado del
Cowboy está escondido en una alquería remota de Virginia occidental; el viaje
de retorno sería demasiado peligroso, incluso sin carga y por las carreteras
legales, por cuyo motivo el Cowboy ha preferido tomar el tren bala de
Pittsburgh a Santa Fe. Y desde entonces anda de un lado para otro con el
Maserati, recorriendo los estados de las montañas y recalando en todos los
abrevaderos que frecuentan los tanquistas.
Para hablar con la
gente, sobre todo. Tiene sus motivos.
—Tuviste problemas
en tu última travesía, ¿eh?
Arnold responde con
una mueca, la nariz sumergida en su bourbon con hielo. En la pista retumban los
acordes de la música vaquera, aunque los tanquistas y los rancheros locales no
ponen tanta energía en bailar como en desafiarse mutuamente. Hay una pequeña
rubia que lleva pendientes con láseres que lanzan destellos de fuego rojo sobre
las paredes, los demás bailadores y el rostro sorprendido del encargado de la
barra. El Cowboy la observa por entre la muchedumbre de los que se
contorsionan.
—En la penúltima
—le corrige ella—. Uno de los camiones del Lija faltó a la cita en el punto
convenido y tuve que esconder el panzer en un puñetero barranco durante un par
de días, a dos pasos de una aldea, además. ¡Como para que me tornaran por una
campesina a plena luz del día!
—El Lija debió
pagarte una prima por eso.
—¿Ése? ¡Lo dirás en
broma! —replica ella con un mohín desdeñoso.
—Alguien debería
darle una lección —prosigue el Cowboy en voz baja.
El vaso de bourbon
se detiene antes de llegar a los labios de Arnold. que lo descansa otra vez en
la mesa, mirándole con aire interrogante.
—¿Estás maquinando
algo, Cowboy?
El pendiente láser
de la rubia arroja un destello púrpura que cruza la mejilla de Arnold. El
Cowboy se hace el indiferente y pide otra ronda al encargado.
—Quizá deberíamos
—contesta.
—¿Quiénes?
¿Nosotros dos? —afecta sorpresa ella.
—Nosotros dos. Y
algunos más.
Arnold mira con
disimulo alrededor y aunque no hay nadie cerca, baja la voz por si acaso.
—¿Adonde quieres ir
a parar?
—Es que este
negocio empieza a estar muy organizado. Los intermediarios han tendido sus
redes en ambas costas. Tienen gente a sueldo, dirigen laboratorios, trabajan
con sus propias delegaciones. Contratan gente para robar las materias primas,
aunque ellos nunca salen a la carretera. Los distribuidores trabajan los unos
para los otros. En cuanto a los Orbitales, tienen sobornada a la mitad de la
policía. ¿Qué riesgos corre ninguno de esos individuos?
—Ninguno —dice
Arnold. exactamente como el Cowboy esperaba oír.
—Somos nosotros los
que nos echamos a la carretera —prosigue—. Nos alquilan por cuatro cuartos.
Algunos tenemos agentes que trabajan para nosotros, como el Esquivo, pero si él
cierra un trato y luego no lo cumplen, no puede hacer nada. Somos los más débiles
entre toda esa gente, y muchas veces nos toca pagar el pato. Como tú, que
pasaste dos días metida en un barranco, y ni siquiera fue culpa tuya.
El encargado sirve
la nueva ronda y Arnold mira de nuevo por encima del hombro.
—Me parece que no
quiero seguir escuchando el tema, colega —dice—. Yo estoy en esto por la
aventura, no por la ganancia.
—Sólo estoy
insinuando que los que corren el riesgo deberían tener algo que decir en el
asunto.
—O sea, que
formemos un sindicato.
—No, sólo una
asociación de autónomos. Sólo para poner en su lugar a los intermediarios. Para
recordarles que si no fuese por nosotros, ellos no podrían disfrutar sus
limusinas, sus chalés de montaña, su cryomax —el Cowboy apunta con el dedo
hacia la barra para conferir más énfasis a sus palabras—. Sólo digo que
mientras nosotros andamos por ahí forjando leyendas, los intermediarios se
dedican a soplar vodka perfumada al cinamomo sentados en taburetes de cuero.
Arnold sonríe
irónicamente.
—¿Vodka al
cinamomo? ¿Cryomax? ¿No estarás pensando en un intermediario muy concreto?
Pero el Cowboy
sospecha que todavía no está preparada, no del todo dispuesta a escuchar lo que
él tiene que decirle acerca de Arkady.
—¿Yo? No, que yo
sepa.
Ella le acerca la
cara, apoyando los codos sobre la mesa.
—Si esto me lo
dijera otro, C-boy, le daría la espalda y me largaría de este bar.
—Menos mal que he
sido yo, entonces —sonríe él.
Ella le contempla
con sus ojos artificiales.
—¿A cuántos más has
hablado de esto?
—A media docena,
tal vez. No voy pregonándolo por la radio.
—Más te vale,
¡cono! —apura de un trago el resto del bourbon y echa mano al segundo—. A pesar
de todo, creo que debería salir de aquí ahora mismo.
—Hazlo, si quieres.
Ella se queda
mirándole de nuevo, mordiéndose el labio, mientras él le sostiene la mirada
hasta que ella baja los ojos.
—Lo pensaré —dice—.
No puedo prometer más.
—Piénsalo tanto
tiempo como quieras. Piénsalo la próxima vez que te veas con el culo hundido en
algún barranco.
Ella menea la
cabeza, riendo.
—Si no fueras tú,
Cowboy...
El aludido ríe
también, bebe un sorbo.
—Soy yo. Es una
feliz coincidencia que yo exista.
Arnold le dirige
una repentina mirada de advertencia, tan repentina como la súbita emergencia de
un cañón, al tiempo que apoya una mano en el antebrazo de él.
—No tan feliz para
algunos, si te sales con la tuya.
—Lo sé.
—Si ellos llegan a
saberlo, tienes las horas contadas.
—Como te decía, he
tomado mis precauciones —toma otro sorbo de bourbon—. ¿Con quién más crees que
podría hablar? ¿Conoces a alguno de confianza?
Ella mira a su
alrededor, mordiéndose el labio, los reflejos rojos del láser en los ojos.
—Vlemk, tal vez, y
Ella, y Soderman. No Penn, es demasiado amigo de Pancho.
—¿Y Jimi Gutiérrez?
Arnold deniega con
la cabeza.
—Es difícil saber
lo que piensa ese chico. Está demasiado loco para comprender lo que le
conviene. Tiene buen fondo, pero me parece que habla demasiado.
Surgen algunos
nombres más, a los que opone su veto el Cowboy, lo cual parece tranquilizar a
Arnold viendo que no acepta todas las proposiciones, que verdaderamente se
propone ser discreto.
La música termina
con un calderón y los bailarines empiezan a dispersarse. El Cowboy apura el
trago.
—Piénsalo.
Hablaremos otro día —dice—. Me parece que ahora voy a bailar un rato.
—Sí, hablaremos
otro día —replica ella, distraída, con las facciones tensas, como si ya se
hubiese puesto a pensarlo.
Él se acerca a la
rubia de los pendientes láser. Lleva echada sobre los hombros una extraña
guerrera y no se parece a ninguna de las habituales, ni él la había visto antes
entre la compañía de los tanquistas. El Cowboy se planta delante de ella y
observa el cabello rizado, el inhalador que lleva en la mano. Ella se queda
mirándole, se dispara dos veces en su naricilla respingona y luego le ofrece el
aparato.
—Cocaloca —dice—.
¿Quieres un poco?
Él acepta el
inhalador.
—¿Te llamas
Cocaloca? —le pregunta él, a lo que ella responde con una risa breve, nerviosa:
—No estaría mal.
Pero me llamo Cathy.
La cocaloca
anestesia la nariz y pone fuego en los nervios. La música empieza a retumbar de
las paredes. Cathy se revela como una bailarina de sorprendente vigor. Sus
saltos y sus giros hacen volar los pendientes láser y dibujan figuras de color
rojo en todo el local. Juntos bailan dos piezas seguidas y luego el Cowboy
ofrece unos refrescos. Mientras se encaminan hacia el bar, él la interroga
acerca de la chaqueta de uniforme.
—Soy teniente de la
Guardia de Costas —dice ella, con gran sorpresa por parte del Cowboy, quien no
sabía que existiese todavía la guardia costera.
—¡No me digas!
Cuéntame más cosas.
Resulta que ella
pilota una patrullera salvavidas frente a Norfolk, para rescatar a los
infelices marinos perdidos en la mar gruesa del cabo Hatteras, con sus
rompientes de doce metros de altura color gris acero. Tiene un permiso de tres
semanas y lo ha dedicado a vagabundear por el Oeste, practicando la escalada
libre de paredes rocosas como pasatiempo.
—Mañana voy a
Yellowstone, a escalar la aguja del Medlicott —se vuelve hacia él
deslumbrándole con los pendientes—. ¿Te gustaría verlo?
—No tengo otro
plan, me parece.
Pero en ese mismo
instante irrumpe en el bar otro grupo de tanquistas que acaban de regresar de
una expedición a través de Dakota. Uno de ellos es Soderman y el Cowboy tiene
mucho interés en hablar con él, por lo que paga un par de cocalocas más para
Cathy y se excusa.
—Negocios, ya
sabes.
Ella se encoge de
hombros.
—Hasta luego, tal
vez —y se dispara un par de torpedos para hacerse compañía.
Ante las
proposiciones del Cowboy, Soderman reacciona de una manera bastante parecida a
la de Arnold: deferencia acompañada de una incertidumbre que algunos llamarían
miedo.
—Yo no sé de esas
cosas —dice—. Si no fueras tú...
Es lo que le han
dicho casi todos y el Cowboy se siente bastante halagado en su amor propio;
calcula que disfruta de prestigio suficiente entre los tanquistas para armar su
maquinaria y ponerla en marcha. Pero también sabe que los intermediarios no van
a felicitarle cuando se enteren; quizá consideren necesario, aunque sintiéndolo
mucho, que él no regrese vivo de su próxima misión. Por eso tiene tanta prisa
en correr la voz, en que empiece a cobrar forma el proyecto antes de que
ciertas personas averigüen lo que está pasando.
Cuando termina la
conversación con Soderman busca a Cathy en la pista y no como la encuentra, cae
en la cuenta de que los deportistas suelen acostarse temprano y se entretiene
bailando con Arnold y un par de asiduas del local. Luego acepta un sombrero Stetson
blanco que alguien se empeña en regalarle, se lo encasqueta y sale rumbo a su
habitación de la tercera planta.
Pocos minutos
después de encender la luz oye que alguien repica en la ventana. Con gran
sorpresa por su parte ve a Cathy con la nariz respingona pegada al cristal. Ha
escalado la pared exterior de ladrillo con los dedos y con los pies desnudos.
Abre la ventana y ella salta adentro, diciendo:
—Me gusta el
sombrero.
Lleva las
zapatillas colgando del cuello por los cordones, y en una de ellas trae una
petaca de bourbon. El Cowboy cierra la ventana y en menos de quince segundos
están acostados.
Tiene el cuerpo
fuerte, musculoso, y cuando lo comenta con asombro ella contesta:
—Paso mucho tiempo
colgada de las uñas. Mañana lo verás, si quieres acompañarme.
Así que el día
siguiente, el Cowboy se traslada con todo su séquito a Yellowstone, para
contemplar aterrorizado cómo Cathy pasa la mayor parte de la jornada en
escalada solitaria por la pared de granito del Medlicott, las botas colgando en
el aire mientras ella trepa utilizando solamente los dedos, y desdeñando
cordadas y demás dispositivos de seguridad. Cuando baja, el Cowboy corre a
abrazarla y queda espantado al ver sus uñas rotas, y la sangre corriendo por
las manos hasta las muñecas. Tan pronto como regresan al hotel la lleva al baño
y le enjabona y lava las manos con agua caliente.
—¿Haces eso por
diversión? —exclama.
Ella le mira
sonriente.
—Cuando estoy en el
barco lo hago todo a reglamento. Debo pensar en mi tripulación. Pero aquí
prefiero escalar sin cuerda de seguridad —apoya ambas manos en los hombros de
él. empapándole la camisa de agua jabonosa—. Siempre que puedo —añade al tiempo
que se cuelga y trepa hasta alcanzar a besarle, cruzando las manos mojadas
detrás de la nuca del hombre y dándole la lengua.
Es tan menuda que
puede sostenerla a pulso sin esfuerzo, y así culminan el acto sexual de pie.
tropezando de vez en cuando con los sanitarios. Durante la noche se le abren
las heridas de las manos, y la mañana siguiente el Cowboy despierta con el
pecho y la espalda manchados de sangre.
Pocos días después
el Cowboy, incapaz de seguir mirando mientras ella escala el New Dimensions.
prefiere pasar la jornada en el bar con sus amigos, corriendo la juerga. A
última hora de la tarde se presenta ella con un bocadillo en una de sus manos
estropeadas y el inhalador de cocaloca en la otra. Y pasan la noche en mutua
escalada, explorando chimeneas, promontorios, grietas. El Cowboy opina que está
perfectamente chiflada.
Pero no es mala
compañía, sin embargo.
Una semana después,
mediada la tarde, el Cowboy contempla un disco lunar enorme que inicia su lenta
patrulla por el cielo azul, acompañada en ese momento de su travesía por dos
puntos plateados que son dos satélites captadores de energía, la cual retransmiten
desde sus órbitas geoestacionarias para inyectar vida en las agostadas venas de
la Tierra. Luego vuelve la vista más abajo, hacia donde los álamos intentan
escalar las laderas occidentales de la cordillera, acariciando la superficie
gibosa pero condenados al fracaso por la fuerza de la gravedad. Si todo aquello
que domina la Tierra desde una órbita debe suponerse hostil, entonces los
álamos son unos colaboracionistas, conclusión ineluctable, triste pero cierta.
El Cowboy agacha la cabeza, contrito, y toma otro sorbo de mezcal.
Todo cuando le
rodea le recuerda la dependencia en que viven y eso le pone de mal humor. Está
mezclando la cerveza con e! mezcal en la terraza de un bar de Colorado con un
reducido número de incondicionales de su partida. Ayer llenaban el local, pero
hoy sólo han quedado tres.
Cathy ha salido de
excursión con Arnold, su nueva amiga, pero el Cowboy ha preferido quedarse en
el bar, buscando las respuestas a ciertas preguntas que viene formulando
durante las últimas semanas, discretamente, mientras vagabundeaba con su grupo
de un lado a otro, y sin tomar en cuenta las objeciones.
Jimi Gutiérrez es
un chico de dieciocho años, lleno de ambición, con su conjunto de zócalos
recién implantado en el cráneo; hace tan poco que se sometió a la operación,
que todavía no le ha crecido el cabello alrededor de los aislantes de
porcelana. Sonríe con la boca llena de férulas y contempla el mundo a través de
ojos enfebrecidos por la impaciencia. Dicen que es rápido pero quizá demasiado
irresponsable todavía para confiarle misiones importantes.
El otro tanquista
es Chapel, un tipo corpulento tirando a gordo, cercano a la treintena. Bebe
despacio y habla poco. Lleva al cinto una caja negra de la que sale un cable
conectado a su cráneo: un yonqui que no puede vivir sin el estímulo
electrónico, cualquiera que sea.
Estos cabezabotón
le ponen nervioso al Cowboy, quien desconfía de los yonquis en general y más
especialmente de los de ese género. Esto de abusar así del interfaz le parece
casi una profanación. Él opina que debe utilizarse para superar las propias
limitaciones, para abarcar interiormente hasta lo más remoto, acceder al mundo
de los electrones... ¡sentir que uno se mueve a la velocidad de la luz. Pasar
la Muga, ésa es la única adicción que el Cowboy se consiente, y eso es
auténtico y no una banal estimulación electrónica de los centros de placer del
cerebro reptiliano.
Lo trata con
indulgencia, sin embargo, porque Chapel trabaja casi exclusivamente para
Arkady; sólo por cortesía se le admite en la compañía de los operadores libres,
pero además es posible que tenga algunas de las respuestas que el Cowboy busca.
—Se prepara un
convoy —anuncia—. El sábado, en Florida. No es gran cosa, pero el Esquivo dice
que pagan bien.
—En mis comienzos
conduje algún convoy por Utah —dice Jimi—. Camiones blindados, tipos macizos
que llevaban escopetas cargadas de postas —menea la cabeza y vierte un chorro
de mezcal en un vaso largo—. Hoy no lo haría. No lo necesito.
El Cowboy le pasa
una lima.
—¿Por qué no?
Tenemos el panzer en el Este, y no me gusta permanecer desocupado mucho tiempo.
Será un día de diversión y juntaremos un poco más de oro.
—Sí, olvidar que
estuviste en un panzer. No está mal —Jimi lame la pizca de sal, apura el
mezcal, muerde la lima y su mirada se anima un poco.
—Yo empecé con los
ala delta, por supuesto —cuenta el Cowboy—. Nunca he conducido un convoy. Pero
me gustaría que hubierais visto lo que eran las redes de distribución entonces.
Despegábamos de algún barranco de una reserva india. Y los convoyes circulaban
con los faros apagados, buscando las carreteras comarcales más recónditas. En
aquellos tiempos no te robaba la competencia, lo hacían los refugiados, y
¿quién podría recriminárselo? Cuántas noches habré perdido sentado al borde de
la pista, esperando la entrega de la mercancía. Y si no se presentaban, era
preciso dar por cancelada toda la misión.
—Sí—dice Jimi, y
con palabras entrecortadas, atropelladamente, se lanza a un inacabable monólogo
acerca de cómo se organiza la distribución hoy. El Cowboy sonríe y levanta un
dedo para pedir otra ronda de cervezas, al que contesta con silencioso ademán el
encargado, indio navajo y refugiado que conserva todavía un poco de asombro en
el fondo de la mirada. Hombre sin centro, sin un hogar: por mucho que recen los
Bardos de la tribu no van a arreglar las cosas. La mitad de su reserva ha
quedado tan inhabitable como la Luna, plagada de minas desde la guerra contra
los Orbitales, y el resto envenenado por los vertederos, asfaltado para
convertirlo en plazas de aparcamiento o más reseco que el Sahara desde que las
explotaciones mineras agotaron los acuíferos. Los téjanos, piensa el Cowboy,
que no dejaron más que sus malditas polvaredas y las pisadas de sus botas de
tacón alto desde aquí hasta donde Cristo dio las tres voces.
Se sirven las
jarras y el Cowboy sorbe la suya mientras escucha las historias de Jimi. Alguna
pregunta aquí y allá, pero sobre todo, dejando que el otro hable. Historias de
viajes nocturnos hasta los muelles de desembarque de los Orbitales, guardias de
seguridad sobornados para hacer la vista gorda, traiciones, horarios
incumplidos, asaltos de la policía a los almacenes de los intermediarios,
previo acuerdo con los intermediarios mismos para que los agentes de la ley
pudieran colgarse una medalla volviendo a comprar luego la mercancía bajo mano.
Engaños, citas a las que nadie se presentó, incautaciones auténticas, denuncias
mutuas entre intermediarios. Dos intermediarios que enviaron sus tanquistas al
mismo territorio la misma noche, cada grupo desconociendo la existencia del
otro hasta que los radares los descubrieron a ambos.
—La red de Arkady
funciona como la seda ahora, ¿verdad, Chapel? —interrumpe el flujo de palabras
el Cowboy.
—Cierto —dice
Chapel—. Jamás faltó a una conexión, que yo sepa —es mucho más reservado que
Jimi, pero se nota que sabe muchas cosas. El Cowboy empieza a formarse una idea
del panorama. Grandes cantidades de mercancías, todas de calidad orbital, que
van desde California hacia el Este, pasando por almacenes repartidos en todo el
Oeste. Una cohorte flotante de auxiliares y asistentes de Arkady que se releva
para escoltar las expediciones, agilizar cumplimientos, vigilarlo todo con ojo
atento.
Sabe el Cowboy que
no es posible reunir semejantes partidas sin el conocimiento y la colaboración
de los Orbitales, pero ¿quién utiliza a quién? ¿Tal vez Arkady tiene
proveedores a quienes los demás no conocen, que compran lo que les sobra a los
Orbitales y se encargan de distribuirlo, o son ellos mismos quienes lo
suministran para tener dominados los mercados clandestinos, al controlar tanto
la oferta como la demanda?
Se echa otro mezcal
entre pecho y espalda y medita un rato, mirando el ojo que no parpadea de la
luna. Los suministros de Arkady seguían fluyendo con independencia de los
precios día a día, y eso demostraba que no podía tratarse de excedentes. Y
significaba que tenía el corazón, las manos y los pies colgando de hilos y que
esos hilos eran manejados por unos dedos fríos como el hielo situados más allá
del pozo gravitatorio.
—Los negocios son
los negocios —dice Chapel—. Arkady lo lleva como un negocio, eso es todo.
Jimi le da la
espalda a Chapel, con una mueca de desprecio. El Cowboy se muestra impasible.
Jimi y él saben que esto no empezó como un negocio, sino como una causa:
localizar los eslabones débiles en el sistema de distribución de los Orbitales,
identificar las gentes débiles o que se dejasen sobornar, o quién estuviese
dispuesto a cambiar de bando. Aprovisionar de cosas necesarias al sistema y no
sólo los inacabables placeres mecánicos que los Orbitales pretendían inculcar
en las cabezas o introducir en las podridas venas. Estaban los problemas de
todo mercado clandestino, la territorialidad, las traiciones, la competencia
que se saltaba los límites de lo estrictamente amistoso. Estaba, por encima de
todo, la sospecha de que algunas sabandijas humanas utilizarían la resistencia
para lucrarse con el infortunio de todo un planeta. Pero, aunque no faltaron
sabandijas, el correo seguía repartiéndose.
Y era un mecanismo
humano, que no una máquina. Ni los Orbitales, ni Arkady. Tal vez una asociación
de tanquistas serviría para mantenerse en el terreno de lo humano.
Cowboy no planea
sondear a Chapel, que tiene cerebro reptiliano y está entregado a los
intermediarios. Ni tampoco está seguro de Jimi todavía; le parece un muchacho
demasiado irreflexivo para saber guardar un secreto. Así que se limita a
escuchar y a servirse mezcal.
Desde la terraza
distingue a Cathy y Arnold, que descienden por la ladera cubierta de hierba, a
la sombra de los álamos. La fiesta de hoy comenzará en seguida.
De momento el
Cowboy se sirve otro mezcal y sigue desafiando a la luna con la mirada.
6
—Magnífico —se dice
Sarah. Un cabezabotón. Le consta que sólo las gentes que se toman en serio sus
adicciones instalan zócalos en sus cabezas.
Amanece. El Cowboy
está junto a su panzer con Warren mientras el mecánico le explica, dibujando
con muchos ademanes en el aire, el compresor auxiliar que acaba de montar y que
servirá para enviar puntas de potencia al sistema hidráulico de un posquemador,
junto con las razones por las cuales el Cowboy debe abstenerse de utilizarlo si
le es posible. El panzer espera sobre una calzada agrietada y rodeada de dunas;
el asfalto empieza a fundirse ya bajo el calor aunque están a la orilla del
mar, al norte de St. Petersburg, donde un antiguo barrio residencial ha sido
convertido por el océano en un bajío. Las chimeneas que asoman sobre las
verdosas aguas parecen marcar el camino a los peces que nadan entre los restos
de las casas de ladrillo gris. Delante y detrás del blindado, sendas camionetas
provistas de trapos rojos que lo acompañarán hasta la interestatal como marca
la ley, ya que los vehículos de efecto suelo, si bien son capaces de alcanzar
grandes velocidades, adolecen de cierta dificultad para frenar.
La brisa tironea
del pelo a Sarah, quien asiste a la conversación desde lejos, de pie junto al
Packard blindado del Atamán, con el desacostumbrado peso de la Heckler Koch
colgando de la cadera.
Está familiarizada
con ella, tras haber efectuado anteayer doscientos disparos. Ella tenía ya
implantados los chips genéricos para este tipo de arma y ahora ha incorporado
además a su ROM los datos concretos: cuando se dispara desde la cadera la
ráfaga sube tal ángulo y tanto así a la derecha; cuando se dispara a la altura
del hombro se comporta de tal y tal manera; si se monta el silenciador sucede
tal y tal cosa. Todo ello conectado directamente a sus reflejos. Inmediatamente
utilizable, si fuese necesario.
Y lo que es más
importante, ha sobrevivido. Lleva las costillas amoratadas, pero casi ha valido
la pena, vistas las muestras de respeto —ojeadas furtivas, murmullos y
conciliábulos en los rincones— con que la han recibido muchos al entrar en el
Plastic Girl para acudir a su cita, la primera vez que va allí después del
último encuentro con Cunningham. Gentes que la conocían al menos de vista, que
estaban enteradas de la oferta de Cunningham. Y tal vez conocían también a
cierto par de sicarios que tuvieron un mal tropiezo, y cuyo Mercury de varios
colores había sido hallado en el mar cerca de Tarpon Springs. La miran con
disimulo a través del espejo del bar mientras ella apura su ron con lima de
pie, la espalda contra la pared, como quien no descuida las precauciones más
elementales, la cadera ladeada como si ya llevase la pistola colgando y
dándoles a entender con una sonrisa que ella sabe algo que ellos ignoran.
El mensajero se
presentó a la cita y ella salió con él, siempre sonriente, con aquella manera
de andar elástica y segura que le había enseñado Firebud. Caminaba como si el
miedo fuese algo desconocido para ella.
El muchacho se
llamaba Lañe y traía la pistola en la guantera del coche; si hubiese entrado
con ella en el bar se habrían disparado todas las alarmas del Plastic Girl y el
portador se habría visto en el punto de mira de una docena de sistemas
automáticos. Lañe le abrió la puerta de atrás y se mostró complacido cuando
ella pidió sentarse a su lado.
No hubo ninguna
intentona. Salieron hacia el sur, hasta hacer alto en un caserío abandonado
junto al Little Manatee, y él sacó la pistola de la guantera, le enseñó cómo se
montaba y cargaba, y luego se hizo a un lado mientras ella hacía sus prácticas
y reprogramaba sus chips. Nunca supo que ella había adivinado que él también
estaba preprogramado y seguramente dotado de armas invisibles por el estilo de
la Comadreja. Tampoco llegaría a saber nunca que al menor gesto en falso por su
parte la Comadreja se habría abalanzado hacia su cara, ya que ella estaba
totalmente dispuesta a defender, justo en ese momento, su derecho a ocupar
aquella parcela de barro terrícola.
En efecto, acababa
de sobrevivir a otro segmento de tiempo, a otro Momento. Se regaló a sí misma
una botella de ron para celebrarlo y se bebió la mitad en su escondite, no el
de la Venecia de Tampa, sino en St. Petersburg, en lo más alto del que había sido
un prestigioso edificio de oficinas, con rejas de bronce verde en las ventanas
y un vestíbulo de mármol, donde una marca horizontal señalaba el nivel
alcanzado por las mareas en primavera. Arriba, donde se veía salir el sol sobre
Tampa y se divisaba la red de reflejos como hilos de oro sobre el puente.
Sarah tiene motivos
para estar contenta. El anticipo del Atamán está ingresado en la cuenta del
hospital, y mañana por la mañana Daud recibirá su pierna izquierda. Con el pago
definitivo, al terminar la misión, tendrá la otra pierna.
La resaca hierve
sobre la playa de cemento desmigajado, y entonces aparece otro coche blindado,
el de Andrei. El Atamán abre la puerta del suyo y le espera.
Andrei, poco
partidario de la moda cryomax, prefiere vestir formalmente: pantalón vaquero,
botas, y camiseta bajo un chaleco azul de raso. Él y Michael se saludan, se
abrazan y charlan un rato aparte, en ruso, Michael en tono de pedir
explicaciones y Andrei en plan tranquilizador. Sarah atrapa alguna palabra de
vez en cuando. Los conductores y los ayudantes, o guardaespaldas que es lo que
son en realidad, los contemplan desde sus vehículos. Últimamente el Atamán se
desplaza siempre en convoyes de tres unidades, y va con el cuello rígido a
causa del chaleco antibalas que lleva debajo de la holgada blusa cosaca. Es
evidente, hay que estar preparados para cualquier eventualidad.
Sale entonces a la
playa un camión de cinco toneladas que había permanecido, con su propia
escolta, al abrigo de unos árboles. El Atamán retorno al aire acondicionado de
su Packard; la conversación entre el Cowboy y Warren termina y se estrechan la
mano. Warren se encamina hacia su propio coche y arranca. Los del camión bajan
la plataforma de carga y el Cowboy se pone a supervisar la estiba. El Atamán,
apenas una sombra detrás del cristal antibala, saluda con la mano, o les da su
bendición, y luego se larga en seguida con sus acompañantes. Sarah se queda
sola, las botas empapadas de asfalto derretido.
Observa, procurando
que no se le escape ningún detalle importante. Sabe que los poderosos tienen
sus ritos, sus maneras propias de hacer las cosas. Una actitud diferente, o un
estilo personal. Eso se lo enseñó Firebud al mostrarle la diferencia entre los
meneos de una buscona y el fluido movimiento deslizante de una piloto.
A Sarah estas
diferencias no dejan de sorprenderla. Sabe que están naciendo nuevas jerarquías
en este podrido y bajo mundo, que los centros de poder cambian y se convalidan
los unos a los otros, pero aún no ha aprendido a distinguir lo que es
importante y lo que no. Warren y el cabezabotón se han estrechado la mano; en
cambio Andrei y Michael se abrazan y se besan. ¿Es que el abrazo comunica más
respeto, o se impone este otro ritual más complejo en el mundo equívoco de los
intermediarios, donde las amistades se entablan según dicten las conveniencias,
y las alianzas pueden derrumbarse en cualquier momento como Venecia ante la
primera marea alta, siendo necesario un gesto más espectacular para persuadir
en cuanto a la sinceridad de los propios sentimientos? O tal vez sea sólo una
costumbre rusa. Pero ella no lo sabe.
Con un silbido, los
circuitos hidráulicos del panzer cierran la compuerta de la bodega de carga del
panzer. El cabezabotón está distraído mirando el mar, tal vez contemplando cómo
América se hunde en el golfo. Sarah se adelanta.
—Me llamo Sarah
—unas pupilas como cabezas de alfiler se vuelven hacia ella—. Éste es el erial
más pelado que se haya visto nunca —la luz del sol arranca reflejos del
damasquinado que adorna los zócalos craneales. Él frunce el ceño—. ¿Nos vamos?
—Supongo que va
siendo hora. Me llaman Cowboy —dice él.
—Ya lo sé.
El Cowboy la
contempla sin especial cordialidad. Esta buscona apenas mide dos centímetros
menos que su propio metro noventa y camina a grandes zancadas, con una
arrogancia especial que llama la atención más de lo necesario sobre la pistola
que lleva. Pese a las gafas de cristales reflectantes, las facciones tienen una
especie de claridad que le gusta, una decisión tajante, a manera de vieja
navaja de afeitar muy gastada, pero todavía con filo suficiente para convertir
en serpentinas un edelweiss. Esas cicatrices que lleva, sin duda las ganó en
buena lid, aunque no le agrada la manera en que las exhibe como parte de una
actitud, como si cada mirada fuese un reto y cada cicatriz un a ver si te
atreves. Nada de esto constituye todavía motivo, sin embargo, para que le caiga
mal. por lo que el Cowboy concluye que todo irá bien con tal de que ella no se
empeñe en seguir demostrando no se sabe el qué durante todo el día.
—Por aquí —dice, y
acto seguido empieza a trepar por el blindaje exterior del panzer.
Ella le imita, sin
que él se incline a ofrecerle una mano para ayudarla a remontar la pendiente
metálica recalentada por el sol; pero tratándose de Sarah, esa omisión es un
punto a favor del Cowboy. Los dedos sedosos de la claustrofobia rozan los
nervios de la muchacha cuando contempla el interior del vehículo, la cabina
reducida al mínimo entre los dos motores, las gruesas planchas del blindaje
Chobham Seven y los tubos de los circuitos hidráulicos y del combustible. Las
hileras de luces rojas y verdes brillan como adornos de una improbable Navidad,
pero el lugar apesta a cerrado, a líquido hidráulico, a humanidad masculina.
Luego resulta que no hay asiento para un acompañante, sino sólo una estrecha
litera con cinturones para que el pasajero se amarre y no salga disparado
durante las curvas con muchos g de fuerza centrífuga.
Cerca de la tórrela
hay una funda con una carabina de las de aleación ligera, todas de plástico y
metal, que más parecen palos de golf que erraron su destino.
—Encontrarás ahí
unos auriculares para ti —dice el Cowboy—. Para escuchar la radio, o lo que
quieras —luego le muestra una portezuela—. Un aseo químico, pero no creo que
estés acostumbrada.
—Gracias.
Ella está
acostumbrada a un viejo cubo de basura en un palacio de mármol en ruinas de St.
Petersburg, pero se abstiene de contarlo. Quitándose la pistola, se tumba en la
litera, guarda la Heckler Koch en el rincón más alejado y levanta la red. Se
pregunta qué planes tendrá el Cowboy para después de la entrega; quizá se le
haya ocurrido compartir la litera con ella, pero si ésa fuese su intención,
¡menuda sorpresa le espera!
Desde luego hay que
ser yonqui para que le guste a uno esto de andar dentro de un panzer, se dice,
en esa especie de acogedor útero cibernético con olor a tigre, lucecitas que
parpadean y conectores para chutarse en los nervios la adicción, bien se trate
de porno inyectado en el lóbulo frontal, de un orgasmo eléctricamente inducido,
o de un subidón sintético aplicado a los circuitos de la mente: fantasías de
potencia en technicolor directamente conectadas con las necesidades primarias.
Sarah contempla los auriculares con súbita desconfianza. Es posible que el
casco esté sintonizado con el canal del Cowboy, y si es así, a ella no le
interesa.
El Cowboy se
desnuda con toda naturalidad para conectarse los electrodos y el tubo del
evacuador de orina. Sarah se acuerda de Daud, su hermano insensato y
martirizado, apenas más humano que un canal de cerdo en el matadero. Ganas le
dan de aovillarse en lo más hondo de aquel simulacro de alcoba, y en ese
preciso instante, al tiempo que ella cierra los ojos y apoya la cabeza en una
almohada sin funda, despierta de nuevo el dolor de sus costillas.
Las bombas empiezan
a girar y se oyen los soplidos de las válvulas hidráulicas. Un motor eléctrico
de arranque llora y se eleva el aullido de la primera turbina. Una sacudida que
le encoge el ombligo a Sarah, y el blindado se eleva sobre su colchón de aire y
cobra velocidad en dirección a la carretera. Ella cambia de postura sobre el
jergón y el dolor del costado parece remitir lentamente; la fatiga sube como
una niebla y la tensión va abandonándola poco a poco. De momento se alberga en
la fantasía acorazada de otro y va con él hacia un destino que ignora, que
también es del otro. Puede prescindir de su propia armadura por ahora.
El ruido del motor
se le antoja cada vez más lejano conforme el sueño va apoderándose de su mente.
Una vez se ha hecho a la idea de que está en manos de otro, ahora, el hacer que
pase este nuevo Momento, decide ponerse a dormir y dejar que el conductor haga
su trabajo.
El Cowboy está
sumergido en su interfaz, habiéndose desentendido por completo de Sarah una vez
le ha mostrado cómo funcionan los cierres de los cinturones de seguridad,
totalmente atento a las filas de indicadores verdes y a los vídeos que le
tienen al tanto de lo que ocurre en el exterior. Anuncia a la escolta las
maniobras que quiere emprender, escucha la charla de los acompañantes, y
procura equilibrar el blindado, que marcha con un solo motor, a fin de
economizar combustible mientras se somete a la velocidad común del convoy.
Una vez en la
interestatal despide a la escolta y pone en marcha el segundo motor. La calzada
está llena de grietas y socavones, y muchos de los viaductos se encuentran en
mal estado. Es la enfermedad del hormigón, por la cual los vehículos de ruedas
deben ceñirse a la derecha y circular despacio, evitando los agujeros, entre
invectivas de los conductores; pero el panzer vuela con suavidad sobre su
colchón de aire y tras cruzar los carriles lentos pasa a utilizar los dos
carriles interiores reservados a los vehículos que corren a más de ciento
sesenta por hora.
El Cowboy fuerza
los motores al rojo, aunque por consideración hacia su pasajera ha acelerado
poco a poco hasta que rebasó los trescientos. Su velocidad es muy superior a la
de los hovercraft convencionales de mercancías, a los cuales adelanta con
facilidad al tiempo que escucha a través del casco el sonido de las bocinas con
que le saludan los transportistas, convertido en un aullido por el efecto
doppler; en cuanto a los automóviles corrientes, parecen objetos estacionarios.
Los árboles quedan convertidos en una borrosa niebla verde. La concentración
del Cowboy queda limitada al túnel que viene por delante y al que ha dejado a
sus espaldas, a la ruinosa calzada sobre la cual se desliza con su rugiente
colchón de aire, a coordinar las imágenes del vídeo con los datos del radar
frontal, radio-ecos instantáneos convertidos en imágenes abstractas sobre una
pantalla fluorescente que podría representar cualquier cosa desde unas nubes,
pasando por el contenido de un cajón, hasta el espectro de unas partículas subatómicas
en el interior de la cámara de niebla, pero que el ojo experto combina con el
vídeo apreciando en ellas la presencia de otros vehículos, el raíl protector,
los bosquecillos que flanquean la autopista, y los extrarradios de las ciudades
cercanas, más o menos devastados por la guerra.
Cruza la frontera
sin hacer alto, ya que no hay aduanas para entrar en Georgia; al otro lado, en
cambio, se observa una larga cola de vehículos que aguardan tumo para entrar en
las Concesiones Americanas tras pasar uno a uno la inspección. Se detiene para
repostar en Carolina del Sur, y luego otra vez en Virginia. Las bombas robot
localizan automáticamente las bocas de los depósitos y los llenan sin necesidad
de intervención humana, sin atraer siquiera una mirada del encargado de la
estación que se aburre en su tórrela blindada. A primera hora de la tarde cruza
la frontera de Maryland y abandona la interestatal buscando un llano en donde
se detiene, desinfla el colchón de aire y descansa mientras espera a la
escolta, tras quitarse el casco y los conectores.
Con cierta sorpresa
contempla a Sarán, que parece dormir. Casi había olvidado su existencia.
Desconecta el colector de orina, el cual no ha utilizado, y mea en el aseo
químico. Luego trepa por una escala para abrir la escotilla dorsal y ventilar
el habitáculo, mientras contempla el panorama circundante de onduladas y verdes
colinas por entre las cuales serpentea la desvencijada interestatal, semejante
a una arteria carcomida por la esclerosis.
Hace dos noches se
despidió de Cathy, quien ha salido de su vida lo mismo que entró, descolgándose
por la ventana de su habitación del octavo piso en un hotel de Norfolk, y
sonriéndole bajo el ala del Stetson blanco que él le regaló antes de alejarse
vadeando los diez centímetros de marisma que inundan la calle Mayor Este. Antes
dijeron algo acerca de volverse a ver, pero él sabe que sería una gran
casualidad que tal cosa sucediera, puesto que él no suele permanecer mucho
tiempo en Virginia y ella no volverá a disfrutar sus quince días de vacaciones
hasta el año próximo. No pueden hacerse proyectos a tan largo plazo; en el
ínterin puede que al uno lo atrape alguna policía, o que a la otra se la lleve
el mar. En los tiempos que corren las despedidas han de ser adioses, por si
acaso.
Al volverse resulta
que Sarah ha despertado y está levantando la red de la litera. Así, adormilada,
parece bastante menos dura.
—¿Un poco de
desayuno?
Ella asiente,
pasándose los dedos por el cabello. Él acciona un tirador y saca unos cuantos
bocadillos del frigorífico.
—¿Qué tomas para
beber? ¿Café? ¿Zumo de naranja? ¿Té frío?
—Té frío, por favor
—descolgando las piernas de la litera, acepta el vaso de plástico y le quita la
tapadera—. Gracias.
El Cowboy se apoya
en la escalerilla y abre el envoltorio de un bocadillo. A través de la
compuerta abierta se oye el piar de los pájaros.
—¿Eres hispana de
origen?
—Espanglis, en
realidad. Mi padre era medio cubano, medio gitano, pero mi madre era anglo.
Ahora que ha
despabilado, observa el Cowboy, el personaje frío recobra el control; la mirada
es distraída, pero no la vuelve hacia ninguna ensoñación íntima, sino más bien
como si estuviese ocupada en algún cálculo muy arduo. A lo que parece, las
palabras «padre» y «madre» encierran alguna connotación negativa para ella; en
todo caso las pronuncia sin denotar ninguna emoción.
—¿Los perdiste en
la guerra? —aventura el Cowboy al azar, y ella le lanza una ojeada rápida, como
para calibrar con quién está hablando.
—Sí.
Demasiado rápida se
le antoja la respuesta al Cowboy, quien no acaba de creérsela, aunque por otra
parte no entiende por qué no debería contestarle la verdad. Sarah muerde el
bocadillo y le mira con sorpresa.
—¡Es de jamón
auténtico! —exclama—. No sucedáneo de soja, ni nada por el estilo.
El Cowboy mastica
su ensalada de pollo.
—Los repartidores
del Pony Express saben cuidarse —dice, y procura disimular su regocijo al ver
que Sarah devora otros dos bocadillos más. Por la autopista zumban los
turbopropulsores y los convencionales de hélice. Quedan unos cuantos
albaricoques para postre. El Cowboy consulta su reloj. La escolta lleva unos
minutos de retraso.
—¿Te importa que
mire por la escotilla? —pregunta Sarah—. Nunca había visto esta parte del
mundo.
—Es bastante
bonita. Estamos en región civilizada.
Al ver que ella se
ciñe la automática, el Cowboy pregunta:
—¿Tienes las
conexiones para esto?
—Tengo las
conexiones y tengo el chip —otra vez con esa mirada desafiante, como si la
pregunta hubiese cuestionado de algún modo su competencia.
—Muy práctico
—responde él fingiendo que le alegra el saberse tan bien protegido—, ¿Llevas el
Santistevan completo o el Owari?
Ella le dirige una
ojeada y luego se coloca las gafas de cristales reflectantes. Otra armadura
frente a las emociones, piensa él, como el chaleco, los andares y la actitud.
—Owari —contesta
ella; lo cual significa que los circuitos se activan mediante una señal,
generalmente una dosis de catalizador químico tomado por inhalación, de los que
llaman fogonazo en las calles. De lo contrario no funcionarían eficazmente; él
lleva un juego de accesorios más caro, que se activa por un impulso de su
cristal.
Sarah pasa por
delante de él procurando no rozarle, sube por la escala y apoya los brazos en
el borde de la escotilla mientras asoma la cabeza para contemplar las verdes
colinas a través de las vaharadas de aire caliente de los motores. El maizal
con sus fardos preparados junto a la carretera y el cortijo de blancas paredes
parecen salidos de una postal.
—Yo llevo el
Santistevan —se oye la voz del Cowboy sofocada a través de la escotilla.
—¿Para qué lo
necesitas? ¿No conduces a través del interfaz?
—En otros tiempos
era piloto de ala delta y lo necesitábamos todo, las manos, los pies, el
cristal, los ojos, ¡todo!
Sólo entonces Sarah
comprende que el Cowboy es un veterano, y debe ser bueno en su oficio puesto
que ha sobrevivido. Entonces se acuerda de Maurice, el aviador nativo de las
Indias Occidentales con sus ojos metálicos anticuados, con los zócalos
militares en las muñecas y los tobillos, con los retratos de sus camaradas
muertos colgando de las paredes, presa de un pasado más brillante que cualquier
posible promesa de futuro. Y se pregunta si ésa va a ser también la suerte del
Cowboy, retirarse a una caverna remota de la memoria después de vender el
blindado a cambio de una parcela de seguridad relativa, cuando haya
desaparecido la última partícula de esperanza.
—Los ojos, sí, he
visto que los llevabas —comenta—. Por eso puedes mirar el sol de frente sin
pestañear.
Las sombras de las
nubes cruzan el sereno paisaje y la brisa cuchichea en los sembrados. En este
panorama idílico ella se siente extrañamente fuera de lugar, desorientada. Lo
suyo es el cemento, el acero, las ruinas, las tierras anegadas, el mar... pero no
este horizonte verde, interminable, con sus promesas de armonía, de serenidad,
de vida fácil.
Al levantar los
ojos Sarah ve las centrales orbitales en el cielo, inmóviles puntos de plata,
vigías que controlan el planeta por cuenta de sus amos. Y luego desciende por
una ladera la cosechadora robot, un inmenso armatoste de aleación con su
corazón cibernético. Ningún humano labra estas tierras, ni tienen un
propietario individual; el bonito cortijo blanco debe ser la vivienda de un
vigilante que guarda las plantaciones de esta comarca de Pennsylvania, o tal
vez la casa ya no tiene nada que ver con las explotaciones agrícolas que la
rodean y pertenece a unos turistas sin relación con los campos que empiezan
justo debajo de sus ventanas.
En el fondo, esto
es lo mismo que la ciudad, se dice Sarah. La misma jerarquía del poder, que
principia en los combinados orbitales y termina en unos terrícolas tan
desprovistos de importancia como los ratones que ahora huyen de las cuchillas
de la cosechadora, vidas inútiles e innumerables en el camino de una estructura
que no puede detenerse. Y el furor se apodera de ella, la recubre como otra
coraza. El rato de descanso estuvo bien mientras duró, pero ahora va siendo
hora de sobrevivir a otro segmento de tiempo.
Una caravana de
tres vehículos, dos de ellos enarbolando trapos rojos, se desvía de la
interestatal. Hora de volver al trabajo.
—Nuestra escolta
—anuncia, levantando una mano para saludar.
Andrei y sus
guardaespaldas han venido en avión desde Florida, y han alquilado un coche, que
es el que viene con la escolta del panzer. Cuando se ve cerca saca la cabeza
por la ventanilla y Sarah le dice que todo está en orden. A espaldas de Andrei
la máquina está segando el maíz con ciega eficiencia.
Ella cierra la
escotilla y aprieta los tornillos al ver que el Cowboy está ya en su asiento y
ha empezado a insertarse los conectores en sus zócalos. Las bombas se ponen a
funcionar y Sarah se acurruca en la litera mientras empieza a gemir el motor de
arranque. Titubea unos momentos mirando los auriculares y luego los toma en las
manos y se los coloca. Con una mano guía el micro miniatura con su alambre,
fino como un cabello, hasta situarlo en su lugar cerca de una comisura de la
boca.
Una música distante
retumba en su cabeza; es la emisión de una emisora comercial muy remota. Gira
el selector localizado sobre la oreja y va cursando una sucesión de músicas,
voces que dialogan en algún dialecto eslavo y luego, con claridad sorprendente,
aparece el vídeo de un culebrón dramático ambientado, para colmo de
originalidad, en un circo africano. Otro paso del selector y Sarah se halla
sintonizada con el interfaz del Cowboy, respingando de sorpresa al verse
súbitamente en medio del paisaje verde de Pennsylvania, y proyectadas por todas
partes, columnas de números en colores brillantes como de neón, que son los
monitores del panzer, todo ello como si lo hubieran pintado en el interior de
su cráneo superponiéndose a los datos que le envían sus propios ojos y oídos.
Está excluida de la mente del Cowboy, sin embargo; es sólo una observadora
pasiva y desde luego no puede intervenir en ninguna decisión mientras el Cowboy
conduce el blindado por la autopista. Las imágenes no son tan vividas como lo
serían si recibiese las señales a través de los zócalos, como el Cowboy,
directamente inyectadas en los centros ópticos del cerebro; y con todo, el
input es abrumador, de una complejidad asombrosa que casi la obliga a
arrancarse el casco de la cabeza, abrumada por tal exceso de sensaciones y
tanta fluorescencia.
Sin embargo, Sarán
es una mujer habituada a usar cascos multimedia y a sus numerosos efectos, así
que al cabo de un momento vuelve a ponérselo. Ella ha visto simulaciones de
procesos a veces más complicados: maniobras orbitales, carreras de automóviles,
e incluso combates. Oye ecos de voces en su cabeza; es el Cowboy que charla con
los de la escolta. En el trasfondo escucha las consecuencias de las decisiones
que él toma: los cambios de orientación de los timones principales, el
desplazamiento de las toberas, la sustitución de unas pantallas por otras. Al
cabo de un rato Sarah decide que todo esto es muy interesante.
El panzer se
interna en una arruinada carretera y recorre unos treinta kilómetros hasta que
Sarah divisa enfrente, hacia el oeste, una cordillera gris de cumbres envueltas
en una niebla espesa. A un lado de la carretera, sin embargo, alguien ha
clavado un poste con dos balizas luminosas de color anaranjado, que indican el
lugar donde hay que desviarse. Los camiones de la escolta suben un trecho de
pendiente cubierta de hierba, entre llamadas de atención de los conductores. La
limusina de Andrei patina en el prado y el panzer los sigue cruzando sobre una
acequia.
El lugar de reunión
resulta ser otra alquería pintoresca rodeada de árboles de sombra. Los de la
parte contraria ya están allí esperándolos: un camión de efecto suelo, no
blindado, propulsado por hélices de cuatro aspas, y un par de hombres apoyados
en el costado de una limusina Subaru color azul oscuro. El Cowboy ha
concentrado su atención en explorar los alrededores, a lo que parece; las
pantallas presentan primeros planos de las ventanas de la casa, vistas
amplificadas de los rincones de la arboleda y un recorrido del desmonte que se
halla a la izquierda.
Con la mente
aturdida por tantos colores, Sarah rebusca a ciegas en su cinto, extrae el
inhalador y se administra una dosis en cada orificio nasal, iluminando sus
nervios con resplandores eléctricos.
El panzer se acerca
al camión y da la vuelta, procurando no dirigir el chorro de las toberas hacia
los conductores y aproximando la rampa de carga; luego corta motores y se
asienta sobre el colchón de aire, desinflándolo.
—No te quites el
casco, Sarah —vibra la voz del Cowboy en los centros auditivos de ella—. Puedes
hablarme.
—¿Querrías
desconectar el vídeo? —solicita ella—. Me distrae demasiado.
Súbitamente las
imágenes desaparecen y los colores brillantes se extinguen salvo una mínima
persistencia. Sarah sacude la cabeza y se apea de la litera, al tiempo que
cierra la cremallera del chaleco antibala hasta el cuello y se acomoda la
pistola en la cadera. Luego se detiene junto a la escala, titubeando al ver que
el Cowboy permanece inmóvil, con el casco puesto, entre sus hileras de luces
rojas y verdes.
—Oye, Cowboy —le
dice—. Creo que debes saber una cosa. El Atamán temía que esto fuese una
encerrona.
Él se vuelve en su
asiento dejando ver los oscuros ojos de plástico bajo el borde de la mirilla.
—Gracias, Sarah,
pero ya me lo figuraba, o de lo contrario no tendría por qué estar yo aquí.
Sarah se queda
mirándolo un momento, con la mente aturdida por la sorpresa, y luego asiente y
tras la escotilla sube por la escala al tiempo que se coloca las gafas. Unos
rostros ceñudos la contemplan desde las ventanillas del camión. Ella desenfunda
la Heckler Koch y la dispone justo debajo del borde de la escotilla. De la
granja viene un olor a combustible, grasa y metal caliente.
Sarah nota sus
hombros tensos, como si temiera recibir un tiro en la espalda. Sus vías
nerviosas están que arden. El Atamán intuyó algo falso ahí, y no solía
equivocarse en sus presentimientos, tenía buenas antenas. Los paisajes
interiores de ella son urbanos y no se orienta en este tipo de terreno, pero
luego decide que el Cowboy ha demostrado tener buen ojo, por lo que fija la
atención en las ventanas de la casa, los árboles, la desenfilada de la
izquierda y el patio.
Los principales
parecen ser Andrei y un negro delgado que viste traje de seda gris y un gorro
de punto calado sobre las melenas. Usa un bigotillo a lo Cantinflas, apenas un
hilillo de pelo a cada lado del labio superior. Se saludan sin darse el abrazo,
sólo un apretón de manos y un breve comentario sobre la operación, dicho en voz
baja. El negro se vuelve hacia su coche e imparte una orden, a lo que dos de
sus acompañantes, el uno blanco, el otro negro, abren el portaequipajes y sacan
un pesado baúl con herrajes. Sarah experimenta un sobresalto creyendo reconocer
al hombre blanco, pero ambos llevan sombreros de paja y gafas de sol, y ella ha
visto en su vida tantos tíos corpulentos y cuellicortos que no puede estar
segura. Y aunque parezcan hombres acostumbrados a trastear pesos, cuando dejan
el baúl en medio del patio ambos jadean extenuados por el esfuerzo.
El ayudante negro
se inclina para abrir el baúl. Andrei se agacha e inspecciona el contenido
mientras el otro negro se mantiene un paso atrás, con una sonrisa desdeñosa
bajo el bigote a lo Cantinflas.
Sarah nota el
cosquilleo del sudor a lo largo de la espalda. Su mirada va del patio a las
caras de los ocupantes del camión, otra vez al patio, en seguida a la trinchera
del fondo, luego a las ventanas de la casa. En éstas ondean unas cortinas de
blonda y Sarah intenta recordar cuándo ha visto cortinas de blonda en una
ventana, a no ser en las fotografías antiguas.
Andrei se incorpora
y se vuelve para dar señal a uno de los ocupantes de su coche, quien se lleva a
los labios un micro de mano. La voz del Cowboy resuena en la cabeza de Sarah
acusando mensaje recibido, y los cilindros hidráulicos resoplan cuando se abate
la compuerta de carga del panzer.
Sarah continúa
vigilando las ventanas, el camión, a Andrei y al negro que se acercan. Cosas
demasiado distantes las unas de las otras para poder mantener un buen control.
Los nervios echan chispas como la mecha de un castillo de fuegos artificiales.
Procura relajar los músculos de los brazos, notando que su propia transpiración
empapa la culata de la Heckler Koch.
Andrei y el negro
han entrado en el panzer. El negro estará comprobando los precintos, abriendo
cajas al azar para asegurarse de que contengan las matrices de ordenador. Los
ojos de Sarah van de un lado a otro con la celeridad del rayo, la trinchera, el
camión, las ventanas. Se humedece los labios, notándolos salados.
Los dos hombres
abandonan al blindado y se encaminan hacia el patio. Los dos acompañantes de
Andrei se apean del coche para transferir el pago en oro al arcón. El negro se
frota la manga de su traje de seda, haciendo ademán de quitarse una mancha de
grasa mientras se dirige hacia el Subaru. Los dos ocupantes del camión salen
por la puerta de) lado más alejado para ir a por la carga.
Malo, se le ocurre
a Sarah. Al menos uno de ellos debería haberse apeado por su lado.
—¡Eh, Cowboy!
—empieza, los ojos rodando con desvarío de un lado a otro, los
neurotransmisores disparando impulsos a toda velocidad, la atención tratando de
abarcar todo el patio mientras los lingotes van cayendo uno a uno en el baúl
con un golpe sordo y el negro, con aire indiferente, va a colocarse detrás del
Subaru y sus dos guardaespaldas se inclinan hacia el interior del
portaequipajes.
Un silbido agudo
hiere el aire en ese instante y Sarah ve una aguja plateada que emerge del piso
superior de la alquería para volar derecha hacia el automóvil de Andrei. Para
los sentidos electrónicos de Sarah la trayectoria resulta lenta, tanto así que el
grito ha brotado ya de su mente cuando el cohete hunde el parabrisas de Andrei,
penetra en el habitáculo y estalla en una bola de fuego cada vez más grande,
una erupción de dentro afuera, mientras Sarah piensa Daud. La bola alcanza
adonde están Andrei y sus hombres, y los tres salen despedidos como muñecos de
trapo. Todavía se está formando el grito cuando ya Sarah ha entrado en acción.
La automática está
ya en posición y va a apuntar al Subaru. Ella roza e! gatillo y empieza el
tableteo que la sacude de pies a cabeza mientras se apoya de costado contra el
blindaje del panzer. Las balas de la ráfaga repiquetean, spunk-spunk-spunk,
sobre la chapa del Subaru, y los dos hombres agazapados detrás del portón
trasero reciben los últimos disparos. El negro cae como un trapo y su compañero
sale despedido hacia atrás, los brazos en alto y una de sus manazas sujetando
todavía la culata de una escopeta de repetición. Los casquillos de los disparos
de Sarah rebotan como granizo en el blindaje Chobham. Ella cambia de posición y
vuelve a disparar, spunk-spunk, pero el tipo blanco se ha escudado detrás de
una portezuela reforzada.
El grito de su
mente se confunde con el de los motores de arranque y el de los enormes
turborreactores que empiezan a girar. Sarah se sobresalta cuando a escasos
centímetros de ella se abre de súbito un portillón del blindaje y asoma, rápida
como un martillo pilón, la tórrela del cañón miniatura. Se oye un ulular
insistente, una sirena de alarma, al tiempo que se cierra con un silbido la
compuerta de carga del panzer y Sarah recibe a través de su casco la voz del
Cowboy:
—¡A tu espalda,
Sarah! —y ella se da la vuelta en su escotilla y ve que uno de los camioneros
asoma por detrás de su hovercraft a hélice, listo para dispararle con una
pistola. La Heckler Koch se encabrita entre sus manos y ella ve el pánico en
los ojos del hombre que se agazapa otra vez mientras las balas van subiendo,
spunk-spunk-spunk, hacia él.
¡Blam! ¡Blam! Los
estampidos de una escopeta de repetición rompen el aire y Sarah se vuelve a
tiempo de ver la polvareda suspendida en la atmósfera alrededor de Andrei
conforme hacen blanco las postas. Su cuerpo ni siquiera se ha estremecido. Es
el tipo de raza blanca que está disparando por encima de la capota del Subaru.
Un rugido áspero hiere el tímpano de Sarah cuando abre fuego el cañón de la
torreta, lanzando una lluvia de proyectiles de treinta milímetros, y todo el
piso segundo de la granja salta por los aires entre un nubarrón de polvo, como
si toda la pintura se hubiese desprendido de las maderas en el mismo instante.
El cañón intenta corregir el alza hacia donde está el Subaru pero no lo
consigue, y súbitamente cruza por la mente de Sarah la noción de que se trata
de un cañón antiaéreo y por eso los blancos terrestres quedan fuera de su
alcance. Ella dispara de nuevo contra el que se oculta detrás del Subaru, hasta
agotar el cargador, y mete otro volviéndose al mismo tiempo para encarar al
tirado escondido detrás del camión. Con un sobresalto, el panzer se eleva sobre
su colchón de aire y los humos de las toberas atufan el aire.
El piso alto de la
granja está hecho un colador; imposible que haya sobrevivido ninguno de los que
dispararon el cohete. Sarah arma la pistola y se tambalea en su escotilla
cuando el panzer arranca yendo a cruzar por medio del patio, la proa acorazada
de frente hacia el Subaru. Sarah se agacha al tiempo que el de la escopeta
vuelve a disparar, blam-blam. La granizada de postas impacta en el blindaje y
el hombre echa a correr.
El panzer choca de
lleno con la limusina y la empuja como si no pesara más que una bicicleta. El
hombre se echa a un lado, con un último y desmañado intento de apuntar la
escopeta. Ha perdido el sombrero y las gafas de sol. Los chips de Sarah la
urgen a asomarse, a empuñar la automática con ambas manos y disparar...
El hombre cae con
una voltereta y Sarah observa el destello agónico en sus ojos y en ese preciso
instante le reconoce, con un sobresalto. A ese hombre lo ha visto antes; fueron
esos ojos los que vio en el espejo del coche de Cunningham mientras se encaminaban
hacia el apartamento de ella por las calles iluminadas de neones. Es el
individuo corpulento que le servía de guardaespaldas y conductor.
Luego el panzer
aplasta el Subaru contra la pared de la granja, dejándolo arrugado como una
lata, e invierte en seguida la marcha para correr hacia la pendiente, ganando
velocidad. La voz del Cowboy resuena en su mente.
—Baja, Sarah. Ya
hiciste cuanto podías.
Sarah todavía
permanece atónita, contemplando el desastroso panorama, en medio del cual yace
el conductor de Cunningham como un saco de carne.
La tórrela empieza
a ladrar de nuevo, porque al subir por el terraplén el cañón tiene enfilada. El
camión de efecto suelo queda hecho trizas, entre un hongo de fuego de sus
depósitos incendiados. Ni rastro de los dos hombres que lo conducían;
probablemente habrán quedado calcinados detrás de su vehículo. El hombre de
Cunningham, piensa ella. Y el cohete. Daud.
El cañón miniatura
todavía está disparando cuando Sarah baja por la escalerilla como un autómata,
sin reparar apenas en sujetarse para que no la derriben los tumbos del
blindado. Por último cierra la escotilla y se dirige a la litera. En la
cubierta metálica del vehículo se oye un tintineo: son los últimos cartuchos de
siete milímetros que ruedan sobre la coraza de acero.
—Hora de buscar
refugio, Sarah —escucha simultáneamente la voz del Cowboy en el interior del
cráneo y a través de sus oídos—. Vamos a buscar un agujero bien profundo para
escondernos.
No podrás, querría
responderle ella. No hay refugio contra ellos.
Pero no dice nada,
sino que se limita a quitarse el casco, cierra los ojos e intenta buscar el
olvido del sueño.
7
CIFRAS DE LA PASADA
NOCHE EN TAMPA, TOTAL CERRADO A LAS 8 DE LA
MAÑANA: 22 MUERTOS
EN EL PERÍMETRO
URBANO... LOS AFORTUNADOS GANADORES COBRAN
18 POR 1
LA POLICÍA NIEGA
ACUSACIONES DE FRAUDE (VÉASE CRÓNICA EN PÁGINA 3)
El panzer espera la
caída de la noche oculto en un repliegue del terreno entre las Blue Mountains y
los Tuscalrora, tras reseguir el lecho seco de un arroyo entre peñas cubiertas
de verde, y recalando en la hondonada cubierta de pinares. El Cowboy sorbe uno
de sus refrescos isotónicos con aroma a naranja, acuclillado sobre un fragante
lecho de pinaza. Está claro y tranquilo de mente, aunque le tiemblan todos los
miembros por efecto de la acumulación de adrenalina. Por entre las copas de los
árboles divisa un halcón que vuela hacia el sol, con las alas extendidas
aprovechando el empuje de las corrientes térmicas.
Afortunado él,
piensa. Porque la primera roqueta fue para Andrei. Ellos creyeron que el panzer
iba desarmado, excepto por la presencia de Sarah en la escotilla. De otro modo,
el primer cohete quizás habría caído sobre su propio tarro. Si habría atravesado
el blindaje o no, nunca llegaría a saberlo, pero con sólo pensarlo le temblaban
todos los músculos.
—Esa gente ha
intentado matarnos —dice—. Pensé que si debía quedar alguien para contarlo,
mejor que fuésemos nosotros.
Sarah mira un prado
salpicado de florecillas, con el ceño fruncido. Su mano nunca se aleja
demasiado de la pistolera.
—No digo que no,
aunque lo siento por los camioneros. Eran simples contratistas.
—Pues entonces no
debieron meterse con gentes como nosotros —replica el Cowboy no sin un cierto
cosquilleo de indignación en la nuca y los hombros, al recordar que han sido
víctimas de una emboscada por parte de individuos de tan escasa categoría, y
mira ceñudo hacia los montes Tuscarora—. Dentro de un par de horas esta comarca
será un infierno. Esos escoltas que contrató Andrei tampoco eran de los suyos,
¿no? Sino de alguna empresa de seguridad local, siempre expuesta a ver revocada
su licencia por la policía ante cualquier jaleo. Ellos han visto cómo el panzer
tomaba aquel —Entonces, necesito hablar con el Atamán Michael —dice Sarah—. Ese
golpe iba contra él, y lo ha montado uno de los Orbitales.
El Cowboy nota que
se le ha erizado el vello de los brazos, y se queda mirándola con asombro.
—¿Cómo lo sabes?
—Ese individuo
blanco que hemos tumbado —dice Sarah sin darse cuenta de que está rechinando
los dientes con rabia—. Trabajaba por cuenta de los Orbitales, en uno de sus...
grupos de seguridad. Para un hombre llamado Cunningham. Ha debido ser
Cunningham quien lo planeó todo.
El Cowboy contempla
su propia imagen repetida en los espejos de las gafas de ella mientras se
pregunta en qué jaleo se habrá metido; a lo que parece, esa buscona está
pringada hasta las cejas, y todavía falta ver hasta qué punto puede decirse lo
mismo de él.
Sarah continúa en
voz baja, como si fuese a decir algo muy íntimo:
—Usaron cohetes en
otra ocasión. Contra mí.
Ahí tiene la
respuesta que buscaba. También él está metido en el lío, y lo más inteligente
que podría hacer ahora mismo sería decirle adiós, regresar a su blindado,
enchufarse el interfaz y salir pisando a tope y sin volver la vista atrás. El
que disparó esos cohetes, quienquiera que sea, va a por esa buscona marcada de
cicatrices y no tendrá reparo en aplastar a quien se tropiece de paso. El
Cowboy reprime el deseo de mirar furtivamente a su alrededor.
—¿A qué Orbitales
pertenece? ¿Tienen mucha fuerza aquí abajo?
Ella menea la
cabeza.
—No lo sé. A mí no
me lo dijeron.
—¿Que no te lo
dijeron? ¿Cuándo?
Ella suspira y de
pronto él se da cuenta de la tristeza que habita en ella, de que a pesar del
chaleco antibala, y la pistola, y las gafas opacas, y el contoneo, debe
sentirse muy sola en este valle perdido de las Blue Mountains y sin saber qué
hacer ahora. Una alimaña de las calles, ciega y perdida, guiada sólo por la
adrenalina y el instinto, y oyendo los pasos que la siguen, que le dicen que el
enemigo está cada vez más cerca.
—Cuando trabajé
para ellos —y entonces le cuenta cómo la entrenaron para una misión, y cómo
ella la ejecutó, y cómo luego decidieron que ella era demasiado riesgo y
dispararon una roqueta contra su apartamento, que hirió a su hermano. El cual,
según ella, no tenía nada que ver con toda esa historia. El Cowboy adivina que
es más lo que ha callado que lo que ha dicho, pero no se decide a profundizar
en el asunto. Aunque le parece que debería, pues cualquier detalle, incluso el
más mínimo, podría significar la salvación de ambos. Pero también sabe que ella
aún no confía en él, por lo que prefiere dar tiempo al tiempo. En cualquier
caso, una vez consiga sacar el panzer de allí nada le impedirá poner tierra por
medio.
observa cómo
retorna la actitud distante al tiempo que ella se humedece los labios—. Lo malo
será que la paz se firme a base de entregarme a mí como prenda, entre otras
cosas.
El Cowboy menea la
cabeza.
—No te precipites a
sacar conclusiones. Puede que la paz no sea negociable a ningún precio, y
entonces tú y Michael continuáis en la misma barca.
Lo piensa un rato,
ya que no le gusta nada eso de verse envuelto en una guerra de la que ni
siquiera se sabe quiénes son los contendientes. De pronto se ve más expuesto de
lo que nunca creyó estarlo, y sin tener ni idea de dónde puede caer el próximo
golpe. Apura la bebida y se pone en pie, arrugando el vaso de papel en la mano.
—No obstante
—prosigue—, te aconsejo que no transmitas nuestra posición. Tenemos sus
cerebritos de ordenador, y querrá recuperarlos. Deberá procurar que sigas con
vida hasta que él haya localizado el cargamento, por lo menos —a su pesar,
empieza a divertirle el asunto—. Mientras tanto llamaré al Esquivo... es un
amigo mío... para que nos envíe un transporte y nos saque de aquí. O tal vez
organizaremos la travesía cruzando líneas fronterizas hasta Colorado, contigo
de pasajera —ríe—. Entonces el Atamán tendrá que pagarme para que pase otra vez
sus cristales.
Sarah le contempla
estupefacta.
—¿No creerás que
puedes pasar esta noche?
El Cowboy menea la
cabeza.
—Legalmente, no,
porque la policía estará buscándonos. Ni tampoco de contrabando, porque no
tengo combustible suficiente y además sólo me queda el cañón miniatura y he
gastado casi todas las municiones. En consecuencia, necesitaré alguna
colaboración y mientras tanto, seguramente lo mejor será esconder el panzer
aquí y volver a por él más tarde, si se puede.
Interrumpiéndose,
hace pantalla con la mano y contempla el sol.
—Todavía nos faltan
otras tres horas para que sea noche cerrada —dice—. Más vale que las
aprovechemos para descansar, porque esta noche no vamos a dormir mucho.
—No creo que pueda
dormir, por mucho que me lo proponga —suspira Sarah, meneando la cabeza,
mientras él se encamina hacia el blindado.
—Como quieras
—replica al tiempo que empieza a escalar el fuselaje.
Arroja el vaso de
papel arrugado al incinerador y se acomoda en el asiento hecho a su medida para
enchufarse un conector en la frente y recorrer los canales en busca de
noticias.
Cuando lo consigue,
resulta que una televisión local está transmitiendo una busca y captura, y la
cara que sale en la presentación holográfica es la suya. Una fotografía
antigua, de la que ni siquiera recuerda cuándo se tomó, y mejorada a 3-D.
Buscado para
interrogatorio, anuncia la locución. Alerta estatal, patrullas aéreas
incluidas.
Es entonces cuando
el Cowboy comprende que no es a Sarah a quien busca esa gente.
Van a por él.
DECLARADOS 100.000
NUEVOS CASOS DE HUNTINGTON VÍRICO EN USA. LA EPIDEMIA SIGUE GANANDO TERRENO
El panzer queda
oculto en un barranco al este de la cumbre principal de los Allegheny. El
Cowboy y Sarah, tras caminar dos kilómetros hasta la población más cercana,
comprueban que el único teléfono público ha sido destripado, utilizando, a
todas luces, una sierra mecánica. Ahora buscan una taberna y se preguntan si
llamarán demasiado la atención en tanto que forasteros.
El Cowboy ha estado
monitorizando los noticiarios y las transmisiones de la policía tan pronto como
empezaron a resultar interesantes, y parece que él es el único a quien buscan.
Nadie menciona a la otra persona que iba en el panzer, lo cual significan que,
si bien los que buscan a Sarah pueden ser los mismos, no tenían previsto que
ella le acompañase. La descripción del Cowboy y la de su panzer están
circulando por todas las comisarías del país. Se siente tan quemado que pese a
la peluca de melenas negras que el Esquivo le obligó a comprar para el equipaje
de emergencia, y pese a la gorra con visera calada hasta los ojos, le parece
hallarse en el punto de mira de todo el mundo. Sarah le ha quitado la cabeza el
empeño de llevar al cinto un arma de plástico, garantizadamente indetectable
para el sesenta por ciento de los arcos de seguridad, haciéndole ver que eso
implicaría un cuarenta por ciento de posibilidades de hacerse matar; pero él
preferiría sentir ese peso reconfortante contra su estómago.
Con todo y eso, las
posibilidades no son demasiado favorables. El Esquivo tendrá que arreglárselas
para sacarle de esa guerra en el Este antes de que salga metido en un saco de
plástico.
La taberna se llama
Oliver's y se halla atiborrada de noctámbulos del sabadete, que entran y salen
al compás de siete por dieciséis de la música urbana que están tocando dentro.
El Cowboy y Sarah observan un rato el local, contemplando los reflejos de los
hologramas en las ventanas, a manera de neones de colores. La música cambia al
once por cuatro y una patrulla de la policía pasa de largo sin prestar la menor
atención a la clientela.
—Entremos antes de
que pasen otra vez por aquí —dice Sarah, a lo que el Cowboy asiente, pero no se
le notan muchas ganas de echar a andar. Sarah le echa una mirada más dura que
el titanio—. Recuerda que soy tu guardaespaldas. Sé hacerlo.
Entran
confundiéndose con el público, como si la puerta los hubiese aspirado. Los
hologramas fluorescentes bañan el techo y las paredes del Oliver's con un fuego
frío y persistente, sin otra iluminación excepto un foco blanco fijo sobre el
escenario, donde un individuo de facciones inexpresivas tiene cinco
instrumentos enchufados en el cráneo. Su sombra monocromática le vigila a su
espalda como una Medusa masculina. Toca todos los instrumentos a la vez, en
compás de cinco por siete ahora. Los bailarines siguen todos los cambios,
incluso los zónicos acompañan los complejos y obsesionantes ritmos.
—Mi corazón es de
aleación —recita—, y vivo en un cajón.
La voz es un
susurro incesante que destaca sobre el fondo musical y expresa distancia
irónica, soledad.
Al Cowboy le gusta
escuchar los viejos clásicos, pero agradece sobre todo la oscuridad del
establecimiento. Sarah se encoge dentro de su cazadora procurando parecer menos
alta, y ha prescindido del contoneo, lo cual también es de agradecer. Cruzan la
taberna sin que nadie se fije en ellos, a lo que parece. En el pasillo que
conduce a los servicios hay un teléfono de pago. En la barra el Cowboy cambia
unos cuantos billetes por dinero electrónico grabado en una aguja de crédito, y
luego se enchufa en la cabeza el conector opcional de audio. Va provisto de un
micro miniatura que se sitúa hacia la comisura de la boca.
Es la mujer del
Esquivo quien le contesta. El Cowboy conoce a Jutz, una rubia con músculos como
cables que regenta el rancho del Esquivo cuando él no está, y por cierto que
domina a fondo ese aspecto del negocio. El tono de voz suena como si el Cowboy
acabase de sacarla de la cama.
—Dime, Jutz, ¿anda
por ahí el Esquivo?
—No me digas dónde
estás, Cowboy. La línea seguramente está intervenida —dicho con un timbre que
hiela los nervios del hombre como el helio líquido. Además hay un temblor de
miedo, aunque suficientemente controlado, y de súbito le parece al Cowboy como
si el pasillo se hubiese encogido a su alrededor.
—¿Qué ha pasado?
—Escúchame con
atención —silabea con mucho énfasis, indicando que no desea repetir ni una sola
palabra. El temblor vibra en las explosiones de las consonantes y el Cowboy
cierra los ojos y apoya la frente en la realidad fría, sólida y reconfortante
del aparato.
—Al Esquivo han
intentado matarlo. Fue tiroteado en su coche y está en el hospital. Le he
puesto una escolta para su protección. No intentes ir a verle, y no vuelvas a
llamarme. Limítate a buscar un escondite seguro y quédate en él hasta que se
despeje la situación.
Se abre una puerta
de los lavabos y el Cowboy se vuelve con sobresalto, sintiéndose vulnerable.
Pasa un hombre con los ojos muy brillantes, la mirada algo vidriosa, y le
dedica una cordial sonrisa. El Cowboy se vuelve de nuevo hacia el teléfono,
casi replegado sobre sí mismo.
—¿Quién lo hizo?
—Dicen que ha sido
Arkady. Que ahora quiere ir contra los demás intermediarios y los tanquistas. A
ti te la tiene jurada.
El Cowboy ve en el
pulido chasis metálico del aparato el reflejo distorsionado de un individuo
moreno que le contempla con indignación.
—Ha faltado poco
para que se saliera con la suya esta tarde —prosigue—. Ha llevado la guerra
hasta aquí, y además ha dado mi foto y mi descripción a los legales —el Cowboy
se siente en gravedad suspendida, como si hubiese salido con el panzer a un
reborde rocoso y éste hubiese resultado ser la boca de un abismo negro y sin
fondo.
Se oye un tono en
el cristal aural del Cowboy y éste introduce la aguja con los créditos, dejando
que el aparato se coma su dinero.
—Escóndete, Cowboy
—está diciendo Jutz—. No tenemos a nadie en quien confiar, y no podemos
organizar la travesía de retorno al Oeste para ti. Arkady ha hecho negocios con
todo el mundo en un momento u otro, de manera que no sabemos quién está de su
parte y quién a nuestro favor. Todos andan escondiéndose para esperar a que
escampe.
—Arkady actúa con
el respaldo de un combinado —prosigue el Cowboy mirando con pánico a todos
lados y temiendo que por hablar tan bajo no se le entienda—. Pásalo.
—¿De cuál? —pero
entonces se escucha un clic y la voz de Sarah desaparece. El Cowboy no ignora
quién está escuchándole ahora, y distiende los labios en una sonrisa feroz.
—Demasiado tarde.
Me voy —dice.
Desconectándose,
abandona el pasillo. Sarah está contemplando la pista de baile y él le pasa los
créditos.
—Llama al Atamán,
pero date prisa —dice—. No podremos quedarnos aquí mucho rato. Tu combinado
tiene intervenidas las comunicaciones.
La espera a la
salida del corredor, calculando que tienen tiempo de sobra. Es probable que
hayan localizado la llamada, pero la posibilidad de que tengan agentes a pocos
minutos de tan remoto establecimiento será prácticamente nula, ni tienen
tampoco enlace con la policía local. Les llevará bastante rato el ponerse en
contacto con la autoridad que tenga jurisdicción sobre esta aldea. Pese a todo
ello los escalofríos de miedo siguen estremeciendo su columna vertebral, y con
la vista empieza a hacer inventario de las salidas. Hay que planear vías de
escape, por si irrumpiera la policía.
—Tengo lo que tú
necesitas —se insinúa la voz del cantante—. Yo alejaré de ti las llamas.
Sarah regresa
cuando aún no han transcurrido dos minutos.
—No he localizado
al Atamán —el Cowboy ha echado a andar ya hacia la salida—. Está escondido,
pero he podido hablar con uno de los suyos —menea la cabeza ella—. Es el caos.
Se ha declarado la guerra pero los bandos no quedan claros. Michael y la
mayoría de los suyos se hallan en seguridad por ahora, a lo que parece, pues
hizo correr la voz. Andrei ha sido el único... la única baja, aparte de algunos
sicarios y otros por el estilo.
El Cowboy abre una
salida de incendios y se encuentra en un callejón. Sus ojos se adaptan
inmediatamente a las condiciones de luz. Hay cubos de basura oxidados con sus
gatos y todo, y varios durmientes tumbados en el puro suelo de cemento, que
irradia todavía el calor de la canícula. El Cowboy lo ve como un resplandor
difuso en la gama del infrarrojo. Un par de borrachos, uno que rebusca entre
los desperdicios, otro que no sabe adonde va. Como en cualquier callejón de
pueblo.
—Dicen que nos
escondamos, que vendrán a por los microprocesadores cuando se haya enfriado
esta parte del planeta.
—¿No hay manera de
regresar?
—Ninguna. Nos
arriesgaríamos a ser asesinados tan pronto como apareciéramos en la Zona
Franca. Nadie se fía de ninguno.
—De nadie —corrige
el Cowboy.
Camina con rapidez
hacia el final del callejón, con las manos hundidas en los bolsillos,
procurando no hacer demasiado ruido con sus botas. Uno de los durmientes,
tumbado sobre una manta, rebulle y dice un nombre en voz alta. Descamisado,
muestra la barriga pálida a la escasa claridad del pasadizo.
—Estamos
abandonados a nuestros propios recursos, entonces —dice el Cowboy, saliendo a
la calle y mirando a derecha e izquierda. A lo lejos se oye una risa de mujer y
él cruza a toda prisa para meterse en otro callejón.
La voz de Sarah a
sus espaldas le obliga a detenerse.
—He averiguado para
quién trabaja Cunningham.
El Cowboy se
vuelve, sorprendido.
—¿Te lo dijo el
chico que se ha puesto al teléfono?
—Le dije que los
Orbitales andaban en esto, y por qué. Él conocía a Cunningham, ha tenido tratos
con él por algún asunto de seguridad.
Se nota el acento
de desprecio en su voz, y pese a la oscuridad distingue un brillo de odio en
sus ojos.
—Es la Tempel. La
Tempel Pharmaceuticals I. G.
El Cowboy escucha
el nombre con un sobresalto y su corazón late con más celeridad. En su fuero
interno está naciendo un aullido de triunfo, como el de las toberas de su
panzer cuando abre a fondo las válvulas del alcohol presurizado. Porque al fin
conoce el nombre de su enemigo, aunque por ahora no le sirva de gran cosa el
saberlo.
WOHNEN SIEIN
LEEDSTADT? ERLAUBEN SIE UNS IHNEN NACH
HAPPYVILLE
SCHICKEN! Poiritsman Pharmaceuticals A. G.
La Tempel
lateressengemeinschaft, reflexiona el Cowboy. La Sociedad de Intereses El
Templo. Muchos de los combinados Orbitales han elegido las siglas I. G. para su
razón social, y no es de extrañar, porque describen su mentalidad a la
perfección.
Él y Sarah regresan
al panzer y se sientan sobre el blindaje escuchando las aguas del arroyo que
chapotean alrededor del espolón de proa. Sarah acuna entre los brazos la
automática, criatura fría y letal. Una carrera de nubes cubre las estrellas, y
se sienten solos en medio de la oscuridad.
—Me queda apenas un
poco de calderilla —explica el Cowboy—. Normalmente llevo algo de oro en el
blindado, por si hay que sobornar a algún guripa —menea la cabeza y ríe sin
ganas—. Pero éste era un viaje supuestamente legal; no tenía ningún motivo para
suponer que fuese a merecer el interés de la policía. Esta noche debía hallarme
de vuelta en Florida.
Sarah no dice nada,
sino que se limita a cargar el peso de la pistola en el otro brazo. Ha
atornillado sobre el cañón del arma el largo silenciador; si se ve obligada a
disparar, apenas se oirá más que un leve susurro. Él ya sabe que ella no lleva
ni un centavo.
—Imposible acceder
a mis activos —sigue pensando él en voz alta—. Si colaboran todas las policías,
Arkady y los suyos detectarán cualquier transacción e incluso es posible que me
hayan congelado las cuentas. Tengo oro escondido en Wyoming y Nuevo México,
pero eso queda muy lejos de aquí.
—Tenemos las
matrices —sugiere Sarah con voz que parece atronadora después de tan largo
silencio—. Valen una fortuna, si logramos sacarlas de aquí.
El Cowboy la mira
fijamente.
—¿Conoces a alguno
que compre semejante volumen de mercancía? Yo no.
—No necesitamos
vender toda la partida. Solamente lo justo para andar por ahí.
El Cowboy escucha
la trompetilla de un mosquito cerca de su oreja. Sus nervios le urgen a sacar
al panzer de esa vaguada cuanto antes, recordándole que todavía están demasiado
cerca del teléfono que han empleado para comunicar con dos líneas intervenidas.
Pero no tendría sentido ponerse en marcha sin saber adonde van, y no lleva
combustible suficiente para ponerse a dar vueltas.
Espera, piensa al
tiempo que levanta la vista al cielo. Espera a que cierren las nubes.
Recuerda las noches
que el Pony Express voló entre nubes de tormenta, el cristal sintonizado con el
observatorio meteorológico a fin de tener un conocimiento exacto de la borrasca
y ocultarse en ella, el ala delta volando por entre la lluvia que tamborileaba
sobre la cabina, por entre una oscuridad aterciopelada tan completa que parecía
tangible y el mundo cerrado del habitáculo, con las suaves luces de los
instrumentos, la única realidad existente, como si los límites del universo
pudiesen abarcarse con el brazo y todos los recuerdos de una existencia
terrenal anterior fuesen una alucinación cordial, distante, irrelevante por
completo. Pero eran también la única otra cosa existente en ese mundo, aparte
el Cowboy y el avión unidos a través del interfaz, el eco de la propia
respiración en el espacio confinado del casco. Y recuerda la súbita erupción de
un relámpago que convertía el terciopelo celeste en una sábana de luz más
brillante que la del día y el ala delta en una aguja negro mate que destacaba
del esplendor eléctrico tembloroso, interminable, opalescente... Visiones que
no se podían compartir, ni recuperar en otro lugar alguno. Una sensación de
estar en su lugar, una plenitud que no podían explicarse, ni siquiera
comentarse con quienes hubiesen volado como él. Era nada más un resplandor en
los ojos. Un brillo en la mente. A veces se adivinaba en la mente de otros una
experiencia parecida.
—Puede que conozca
a alguien —dice—. Puede que conozca a uno que lleva tanto tiempo fuera de este
juego, que no le buscarán a él.
CORAZONES Y MENTES
Cae la tarde, el
mundo se ha detenido a tomar aliento y las calles se licuan lentamente como
helados al sol. Los habitantes de Pennsylvania, refugiados a la sombra,
aguardan al crepúsculo que atempere los ardores de su mundo.
El panzer está
oculto en una cantera medio inundada: la vieja pista por donde se entraba se
halla ahora recubierta de un matorral tan espeso que sólo los tejones sabrán
dónde se encuentran los carcomidos arcenes. El Cowboy y Sarah caminan por una
calle semirrural llamada del Monte ni-se-sabe, el primero llevando al hombro
una caja de cartón con que se oculta de los automovilistas que circulan por la
calzada, ella trotando tranquilamente detrás, los pasos amortiguados por la
hierba que crece junto al bordillo. Otra pareja de mochileros a quienes apenas
se dedica una mirada, puesto que ni siquiera se molestan en sacar el pulgar.
La medianoche
pasada se han puesto en marcha hacia el oeste, bordeando los Alleghenies y
siguiendo el curso del río Youghiogheny hasta los pasos de los Apalaches
occidentales para continuar luego por la vía abandonada del viejo Penn Central,
que entraba en la ciudad por el noroeste. Ahora Pittsburgh es una ciudad en
alza; tras varios decenios de decadencia ha resucitado como centro de
transportes y nueva capital de Pennsylvania, entre otras cosas porque fue una
de las que no se molestaron en destruir los Orbitales. El Cowboy ha visto
algunas fotografías de esa nueva capital, una fortaleza de granito no muy
segura de su reciente buena suerte, poseedora de una imagen en holocromía de la
Campana de la Libertad, puesto que el original desapareció con el Monumento de
la Independencia y fue arrastrado a la bahía Delaware cuando crecieron las
aguas, donde giraron un rato como escorias grisáceas junto con las toneladas de
piedras, ceniza y huesos ennegrecidos que habían sido la Ciudad del Amor
Fraterno.
Al anochecer sólo
quedaba propelente en los depósitos para unos cientos de kilómetros y el
panorama empezaba a resultar demasiado urbano como para sentirse tranquilos.
Cuando el Cowboy hubo localizado la antigua cantera, él y Sarah se echaron a
dormir la mayor parte de la mañana y luego emprendieron la excursión, dos
caminantes entre tantos otros que acudían atraídos por la prosperidad, a buscar
trabajo, evidentemente destinados a los barrios de chabolas y barracas que
forman los extrarradios de la ciudad, afeando las verdes laderas del valle
Monongahela con el humo de sus cocinas, como tantos otros que vagabundean por
las calles buscando trabajos y evitan los callejones oscuros donde pueden
degollarle a uno por las cuatro monedas que lleve en los bolsillos.
En uno de los
barrios residenciales vivía uno de los antiguos colegas del Cowboy, quien
localiza la dirección en su agenda electrónica mientras se pregunta si Reno
todavía estará en contacto con el negocio. Le consta que ganó mucho dinero en
sus tiempos de deltapiloto, y no era de los propensos a dilapidarlo. Además
ahora es legal al cien por cien, lo que tal vez facilite las cosas.
La casa de Reno
estaba rodeada de una valla. Recostado contra ella, un viejo con barba de tres
días bajo el apolillado sombrero de paja fuma un cigarrillo en espera de que el
crepúsculo, al refrescar el ambiente, le permita tomar el hatillo y continuar su
viaje. Los nervios del Cowboy disparan una señal de alarma que él procura
silenciar; la presencia de individuos así es habitual en esta y otras partes
del mundo.
La verja de Reno es
de una aleación de cromo y tan pulida que refleja la imagen del Cowboy, flaco y
cubierto de polvo, junto con la de la buscona alta con gafas que reflejan a su
vez el asfalto. En respuesta a las preguntas de la verja, se quita la gorra y
la peluca. La voz de la verja murmura con protocolaria cordialidad y como medio
sofocada:
—Creo recordar que
le he visto en el vídeo. Pase, por favor —y luego la verja guarda silencio
mientras se abre.
La casa en sí es un
himno al interfaz, una singularidad geométrica hecha de cristales y de costosas
aleaciones extraplanetarias, que quiere sugerir la vinculación de la mente
humana con la realidad digital. Complicadas antenas que apuntan al cielo, tubos
de plástico que forman parte de algún sistema de climatización, recubren la
parte externa de la casa simulando un complejo árbol arterial, transportando
líquidos de colores brillantes y de propiedades exóticas, caudales que
burbujean y que sugieren el veloz movimiento de los electrones en el interior
de las matrices. El sendero por donde se accede a la casa está pavimentado con
viruta de meteoritos recubierta de plástico transparente y templado en
atmósfera de gas; las vetas brillantes de níquel y magnesio en contraste con el
aspecto mate del hierro no oxidado y las trazas de cromo y silicio. Otros
meteoritos engastados en vidrio se exhiben sobre columnas de aleación en el
porche. La puerta tiene también incrustaciones de aleación pulida; como la
otra, se abre sin hacer el más mínimo ruido.
—Parece una
ilustración de Cyborg Life —comenta Sarah. El basalto negro de las paredes,
cortado al láser, combina con pilares de aleación brillante imitando las
antiguas casas de mampostería con armazón de madera. Cuadros de cristal líquido
que cambian constantemente, en uno de cuyos patrones el Cowboy reconoce el
esquema a gran aumento de uno de sus propios circuitos de reflejos motores.
—Ruego dejen las
armas en el recibidor. Serán debidamente custodiadas —dentro de la casa, la voz
tiene un timbre más agradable.
Sarah se había
empeñado en llevar la Heckler Koch dentro de la mochila. Con una sonrisa de
despecho, la abandona sobre una mesa, y el Cowboy coloca al lado la que llevaba
al cinto antes de pasar a la habitación siguiente.
Muebles blandos con
relleno de gelatina brillan en un suave azul Cerenkov procedente de la
iluminación interior. Los acuarios con peces genéticamente modificados
proyectan la misma luz verde espectral que la pantalla de un ordenador. Un
generador de azar filtra una música de estilo minimalista a través de altavoces
ocultos, y entonces hace su aparición Reno bajo una puerta con marco de
aleación.
—Hola, Cowboy. Ha
pasado mucho tiempo.
—Hola, Reno —el
Cowboy mira a su alrededor con afectada expresión de asombro—. Parece que no te
van del todo mal las cosas.
Cinco años antes,
el ala delta de Reno había tragado un misil por la toma de aire de un motor
mientras sobrevolaba Indiana y luego había ido a enterrarse en algún agujero de
Virginia Occidental, no sin dilapidar por los aires, en forma de intensísima
llama de alcohol, unos 200 millones de dólares de beneficio esperado en
productos farmacéuticos. Fue una de las últimas grandes travesías en ala delta
y de las que impusieron el cambio de táctica, con la utilización de los panzer.
Reno consiguió saltar de su aparato antes de enviarlo a horadar la Cheat
Mountain, pero antes se había chamuscado bastante mientras trataba de salvarlo
planeando sobre las crestas boscosas para conducirlo a su pista de aterrizaje
en Maryland, y además el paracaídas no se abrió del todo. Tuvieron que recoger
algunas partes de su persona con una pala, rascando las ramas de los árboles.
En los ambientes que frecuentaba el Cowboy todavía se comentaba con mucho
sentimiento la mala suerte de Reno.
El Cowboy le visitó
un par de veces en el hospital, y desde entonces charlaban por teléfono una o
dos veces al año. Según le dijeron a Cowboy, le recompusieron el cuerpo a Reno
pero el cerebro también había sufrido bastantes estragos, de manera que no funcionaba
del todo bien, con lo cual tuvo que renunciar a seguir repartiendo.
Evidentemente,
habían hecho un buen trabajo. Los brazos y las piernas parecían hallarse en
buen orden de funcionamiento, enfundados en unos elegantes pantalones de
franela y una camisa hawaiana. Reno tiene cara de joven, salvo la fina red de
arrugas alrededor de los ojos, y sus dientes uniformes brillan blanquísimo en
la media luz de la habitación. Lleva el cabello castaño largo hasta los
hombros, cubriendo los negros zócalos de su cráneo.
—Procuro vivir
según mis recursos —contesta. Hay un extraño vacío detrás de sus ojos.
—Reno, te presento
a Sarah. Sarah, éste es Reno —ambos se saludan con una inclinación de cabeza
mientras el Cowboy se descarga de su caja de matrices, tras lo cual alarga la
mano para estrechar la de Reno.
En seguida nota que
el tacto es falso; un poco demasiado caliente, quizás, o tal vez demasiado
seco... La palma de una mano siempre está algo húmeda, por poco que sea.
El Cowboy contempla
el brazo extendido pasando los ojos al infrarrojo y observa que la distribución
térmica es uniforme, lo cual no sucede con ningún brazo que el Cowboy haya
visto antes.
—Una prótesis
—explica Reno al ver la expresión del Cowboy—. Este brazo y las dos piernas y
algunas piezas más.
—Podían ponerte
unas piernas de verdad —dice el Cowboy, y Reno se golpea el cráneo con los
nudillos.
—Sí me las
pusieron, pero también tenía el cerebro demasiado estropeado, perdida la
coordinación motriz y buena parte del tacto. Perdí demasiada piel, demasiadas
neuronas, y además la Modernbody necesitaba a alguien para probar lo último en
materia de prótesis —se encoge de hombros y el Cowboy registra el ademán con
extrañeza, como si el encogimiento de hombros no hubiese sido espontáneo, sino
ensayado. A lo mejor es que Reno ha tenido que dar demasiadas veces la misma
explicación—. El brazo y las piernas están ciberimplantados, y llevo una
computadora de cristal líquido que reemplaza a la parte del cerebro estropeada.
La sensación de tacto artificial no es muy buena, pero tampoco lo era después
del accidente. Son aparatos muy avanzados, experimentales. De aleación ligera,
más ligera que los huesos y los músculos naturales, de manera que estoy más
ágil que antes. Y si llegan a fabricarse en serie estas prótesis
experimentales, resultarán más baratas que clonar miembros nuevos y
trasplantarlos.
—No lo sabía
—comenta el Cowboy.
—La Modernbody me
paga una bonita pensión —prosigue Reno—. Gracias a ella pago esta casa, con la
única condición de someterme a una revisión cada dos o tres meses para que me
reimplanten alguna versión mejorada. Y las piezas nuevas son más duraderas que las
originales.
Esto es el futuro,
piensa el Cowboy. Vivir eternamente en una encarnación corpórea del interfaz,
sin la limitación de los neurotransmisores artificialmente mejorados, sino lo
más cerca posible de la velocidad de la luz, llevando los límites al confín del
universo. El cerebro contenido en la analogía perfecta de un cristal líquido.
Nervios como cuerdas de guitarra vaquera. El corazón una turbobomba que nunca
dejará de girar. El Cowboy de Acero y su cuerpo como el centelleo de un
relámpago monocromático que va por todas partes repartiendo justicia y
deshaciendo entuertos. ¿Quién era esa Inteligencia Artificial enmascarada? No
lo sé, colega, pero ha dejado este circuito de cristal moldeado en plata: su
marca.
Al Cowboy le parece
una solución bastante buena, si consiguen solventar ese problema de la falta de
tacto.
Reno le contempla
con sus ojos jóvenes-viejos. Ojos que eran bastante más jóvenes cuando ese
motor escupió sus tripas fundidas al aire tenue de Indiana y el horizonte se
puso a dar vueltas.
—¿Así que estáis
atrapados en un fuego cruzado? —les pregunta Reno.
—Supongo que así
podría describirse.
Los ojos se
estrechan.
—Tengo entendido
que ese fuego cruzado barrió todo el camino desde aquí hasta California.
—Pensaré en eso
cuando haya conseguido regresar al Oeste. Y cuando eso suceda, si tienes en
cartera algunas acciones de la Tempel Pharmaceutical, yo que tú las vendería.
Reno se queda
contemplando una de sus esculturas de cristal.
—Sentaos y contadme
todos los detalles.
Los dos colegas se
sientan en sendos sillones próximos y el Cowboy relata en breves palabras lo
que sabe; en cuanto a Sarán, adopta la postura del loto, versión fácil, sobre
un sofá que reluce en azul nuclear, sin decir nada, procurando pasar
desapercibida, como debe hacer todo buen guardaespaldas.
Reno se frota la
mandíbula.
—Así pues, ¿qué
necesitáis? ¿Transporte hacia el oeste, o un lugar en donde ocultaros?
De nuevo el Cowboy
tiene una impresión de extrañeza. Reno habla como si navegase con piloto
automático. Pese a su evidente disposición para ayudar, no se le nota realmente
interesado.
—Tenemos algo que
vender —echa mano el Cowboy a la caja de matrices de ordenador y rompe el
precinto para levantar la tapa, a lo que Reno se inclina y mira el contenido—.
Queremos colocar unas mil, todas en perfecto estado, de calidad Orbital,
fabricadas por Yoyodyne para su filial Olivetti. Son OCM veintidós ochenta y
uno, para ser exactos.
En el blindado
tiene todavía 15 K de matrices pero prefiere no desposeer al Atamán más de lo
estrictamente imprescindible, ya que no olvida para quién trabaja Sarah en
realidad.
—Corazones de
cristal —murmura Reno, acompañando las palabras con un expresivo resoplido—.
Así que éste era el motivo de la batalla.
Por fin ha
conseguido merecer el interés de Reno, piensa el Cowboy.
El mundo gira
alrededor de ellos, así que el apelativo popular de «corazones» apenas resulta
exagerado, porque el cuerpo muere cuando el corazón se detiene. Núcleos de
ordenador capaces de reconfigurarse a sí mismos según convenga, para obtener la
eficiencia óptima según la tarea cibernética que vayan a realizar, desde
almacenar datos hasta analizarlos y tomar las decisiones que resulten del
análisis. Corazones que pueden funcionar como mentes, desde los pequeños rasgos
de brillantez implantados en el cráneo del Cowboy para permitirle conducir su
panzer, hasta modelos más amplios que originan una analogía completa del
cerebro humano y las inmensas inteligencias artificiales que facilitan las
cosas a los Orbitales y los gobiernos del planeta, y les permiten dominar el
mundo.
Todo ello en forma
de potencial miniaturizado, en una caja de cartón.
—Cuarenta corazones
por caja —dice el Cowboy—. Los demás se encuentran en lugar seguro. Te doy el
treinta por ciento para que seas nuestro intermediario.
Los reflejos de los
cristales brillan como rubíes en los ojos de Reno.
—Deja que vea cómo
está el mercado —dice.
Pulsa en dos
lugares de la mesita negra que tiene delante y dentro de ésta se ilumina una
pantalla informática cuyos colores se proyectan en el rostro de Reno. Saca por
debajo una pequeña caja negra conectada con el ordenar y una de memorias de
cristal; introduce uno de los dados en aquélla y luego descuelga un conector de
la caja y se lo enchufa en la sien. Tras pulsar algunas teclas, se arrellana en
su sillón.
Silencio, excepto
el leve zumbido y burbujeo de las peceras al otro lado de la habitación. Las
facciones de Reno se relajan, luego se endurecen súbitamente. La consulta en el
interfaz se prolonga, y por último mira al Cowboy con expresión de sorpresa.
—Las acciones de la
Tempel han subido doce puntos esta tarde —dice en tono pensativo, con pocas
ganas de desconectarse del interfaz—. La jugada va contra la Korolev, intentan
absorberla. La Korolev está en posición vulnerable porque han realizado varios negocios
fallidos últimamente.
El Cowboy observa
de reojo la mirada de sobresalto de Sarah y se da cuenta de que sabe de esas
cosas más de lo que quiere dar a entender. Va a ser preciso que aclaren ese
punto entre los dos, pero no en presencia de Reno, quien continúa su monólogo:
—La Tempel es
fuerte en laboratorios farmacéuticos y minería, pero la división aeroespacial
no es gran cosa. Con la adquisición de la Korolev quedaría reforzada en ese
aspecto. Por lo que apuntan los mercados, parece que Tempel ganará, pero a mí
se me antoja que no va a ser tan fácil. La Korolev tienes grandes recursos de
los que puede echar mano... y además lo llevan todo con tanto secreto, que es
posible que haya detalles que la Tempel no conozca.
El Cowboy imagina a
las dos gigantes Orbitales enzarzadas en su conflicto electrónico, jugando con
las cotizaciones de sus acciones para descolocar a la contraria, buscando datos
más preciosos que el oro, mientras las inteligencias artificiales y los cerebros
administrativos funcionan al máximo tramando intrigas para manipular los flujos
de números. Compran valores y futuros a través de hombres de paja con la
esperanza de que no se sepa quiénes los controlan. Los dos bandos disponen de
recursos casi ilimitados, y la victoria sonreirá al que sepa ser más sutil, al
que haya logrado llevar al otro hacia mayor número de celadas, al que mejor
haya comprendido los puntos débiles del otro. Reno parece dormido, su mente ha
vuelto a sumergirse en el interfaz y absorbe datos a través del bloque de
memoria en función de filtro. El Cowboy aprovecha para mirar con disimulo a
Sarah y la ve también abstraída en su propio paisaje interior; sin duda está
contemplando un cuadro más completo que el del Cowboy. Éste piensa que le
gustaría saber algunas de las cosas que ella sabe.
Reno se desconecta;
los colores brillantes desaparecen de la mesa color ébano, él guarda su memoria
de cristal y respira hondo, diciendo luego:
—Las fronteras se
desdibujan —la voz soñolienta todavía, los ojos como en trance, vueltos muchos
kilómetros paisaje interior adentro—. Después de la guerra las delimitaciones
quedaron claras: los vencedores, los vencidos, las víctimas. Los combinados acordaron
no rivalizar en determinados sectores y formaron cárteles para dominar los
demás mercados. Se pactaron zonas de explotación, intercambios de datos. Se
redujo la competencia a los sectores no vitales.
»Pero la guerra
había creado muchos vacíos. Vacíos de poder, de distribución, de los flujos de
la información. Los Orbitales se dejaron absorber y las cosas dejaron de estar
tan claras. Las fronteras eran... discutibles, y ya no era fácil ver quiénes
serían los ganadores y quiénes los perdedores. Ahora los combinados se
enfrentan en esas zonas y el resultado es que las demarcaciones van a sufrir un
reajuste. El sistema queda sometido a tensiones, aparecen las primeras líneas
radiales de fractura. Lo que acontece en las áreas mal definidas va teniendo
consecuencias en el resto del sistema. Un poco de presión aplicada aquí y allá,
en un punto crítico... podría marcar una diferencia importante —alza de súbito
los ojos para mirar de hito en hito al Cowboy—. Por supuesto, nada de eso me
concierne. Yo planeo mantenerme en el centro, en el nodo de las ondas
estacionarias. Poseo algunas informaciones, y tengo buen olfato para adivinar
hacia dónde se mueven las cosas. Podré capear el temporal.
—Mantenerse en el
centro es quedar bajo fuego cruzado, Reno —replica el Cowboy—. Como nos ha
ocurrido a Sarah y a mí.
—Tú nunca estuviste
en el centro, Cowboy. Los deltapilotos no lo estuvimos jamás. Los
intermediarios lo procuran, pero rara vez lo consiguen. Yo sí estoy en el
centro ahora —los ojos de Reno siguen fríos, aunque gesticula con su brazo
protésico—. Estoy en el centro por mi propia naturaleza, mitad una cosa, mitad
otra. Puedo mantenerme en el nodo contemplando como suben y bajan las ondas en
ambos lados. Los deltapilotos cayeron, Cowboy. Tú te has montado a tiempo en
otra onda, pero también ésta caerá.
¿Quién me habla?,
se pregunta el Cowboy. ¿Es Reno, o es el bloque de cristal alojado en su
cráneo? Porque ahora Reno vive constantemente en el interfaz y sería cuestión
de saber si no se ha perdido ahí, o hasta qué punto su personalidad habrá
quedado absorbida por esa parte de máquina que hay en él. ¿Quién tiene el
control, el cerebro o el cristal?
Quedarse en blanco,
lo llaman. El éxtasis del ordenador. No debería sucederles a gentes como el
Cowboy y Reno, usuarios habituales que conocen la mecánica del asunto, que
vuelan en el interfaz sobre el terreno del mundo real; en cambio es un
verdadero peligro para las mentalidades teóricas, los expertos en inteligencia
artificial y los físicos, los que dedican mucho tiempo a las reflexiones
abstractas. Son propensos a confundir la imagen electrónica con la realidad que
ella representa, y se difunden a sí mismos por la red informática, recorriendo
sus pautas a la velocidad de la luz hasta que el ego palidece y se hace tan
tenue que acaba por resultar intangible.
El Cowboy se
estremece al comprender de pronto que Reno es un fantasma; detrás de sus ojos
ausentes no hay más que un conjunto de hábitos ya vacíos de sentido, y que sólo
sirven para seguir alimentado de datos el cristal que contiene su cabeza. De
quien fue antaño un deltapiloto sólo quedan los puros reflejos.
—Estos corazones de
computadora están que queman —advierte el Cowboy—. Te verías obligado a
inmovilizarlos durante algún tiempo.
Reno menea la
cabeza.
—Es que no se me
ocurriría venderlos, al menos durante mucho tiempo. Los guardaré en la caja de
seguridad de un banco y me servirán como garantía para solicitar un crédito en
una oficina terrestre. Usaré el dinero para mejorar mi cartera de inversiones y
cuando lo haya movido durante una temporada, amortizaré el crédito, y sólo
entonces sacaré los corazones de computadora al mercado. Para entonces, la
batalla de ahora mismo habrá pasado a la historia.
El Cowboy se relaja
en su sofá. Su colega Reno parece haber salido del trance ahora, o por lo menos
sus planes sobre cómo explotar los cristales suenan tan razonables como
cualesquiera otros.
—Puedes traer los
corazones aquí mientras yo alquilo una caja —prosigue Reno—. En la casa
dispongo de un doble sistema de seguridad. El primero puede anularlo uno que
entienda de esas cosas, pero el segundo... aunque se les ocurriese, ni siquiera
sabrían dónde empezar a buscarlo. Cualquiera que pretenda entrar sin permiso se
llevaría un buen correctivo.
—¡Cowboy!
—interviene Sarah, y él se sobresalta después de tanto rato de tenerla como un
loto silencioso en la periferia de su visión—. Vamos a necesitar un camión para
traer los corazones.
—Usad mi camioneta,
está en la cochera —rebusca Reno en sus bolsillos hasta que encuentra la llave,
un cristal diminuto al extremo de una aguja de acero inoxidable—. Aquí tenéis
los códigos. Desde aquí yo abriré la puerta de la cochera y la verja —se queda
mirando a Sarah y al Cowboy—. ¿No vais a comer nada?
—No —es Sarah la
que contesta, y de nuevo el Cowboy se sorprende al escuchar el tono acerado de
su voz—. Regresemos cuanto antes al panzer. No me gusta dejar abandonada la
carga del Atamán.
Reno les señala el
camino con la izquierda. Le tiemblan las puntas de los dedos.
—Al fondo de este
pasillo, a la derecha. La puerta de la izquierda es la de la cocina, por si
cambiáis de opinión —alarga la mano debajo de la mesa para sacar otro conector
y enchufárselo en la sien; con la otra mano busca en el cajón de las memorias—.
Voy a hablar con algunas personas. Necesito saber cuánto van a prestarme a
cuenta de esta operación.
—Ten cuidado
—advierte Sarah, pero Reno apenas la escucha, su mirada está otra vez ausente.
El Cowboy hace ademán de incorporarse.
Sarah se pone en
pie como una gata furiosa, sus oscuras pupilas muy fijas en Reno; mientras echa
a andar, el Cowboy observa los músculos tensos de sus brazos. En seguida
regresa con su mochila y la pistola del Cowboy, sin que Reno acuse ninguna
reacción.
—Tu amigo está loco
perdido, Cowboy —prosigue ella tan pronto como el vehículo enfila hacia el sur,
entre el resplandor de la tarde—. Tiene el cerebro tan en blanco que casi iba a
ponerme las gafas oscuras para poder resistirlo.
El Cowboy conduce
con el interfaz, notando cómo hierve el hidrógeno en la turbina y los
neumáticos ruedan sobre el asfalto reblandecido. —Lo sé —replica—. Tuvo un
accidente muy grave. —Ahora cree estar sentado en un nodo del centro del flujo
de datos cósmico —insiste ella—. ¿Qué pasa si la matriz celestial le ordena
denunciarnos?
—Es un amigo de
toda la vida —contesta el Cowboy, algo inquieto—. Entre nosotros no se hacen
esa cosas.
—Pero, ¿y si lo
hace? —continúa Sarah—. La Tempel no tendría inconveniente en premiárselo con
dos mil cristales en vez del millar que le damos nosotros, y además no tendría
que repartir al setenta-treinta. El Cowboy empieza a perder la paciencia.
—¿Y qué, si es un
traidor? No estaríamos peor que ahora, ¿verdad? ¿Acaso alguno de tus amigos se
ha ofrecido a ayudarnos?
Sarah no contesta,
pero su rabieta pesa durante el resto del viaje como una irradiación casi
tangible.
SUBLEVACIÓN DE
INTELIGENCIAS ARTIFICIALES EN LENINGRADO.
LA DATANET KOROLEV
I. G. SE NIEGA A COMENTAR
OFICIALMENTE EL
TEMA DE LA SEGURIDAD
A las cuatro de la
madrugada, todavía en plena oscuridad, el Cowboy saca el panzer de la cantera y
con ayuda de Sarah transfieren mil cristales a la camioneta de Reno. Los
mosquitos cantan mientras se precipitan en su vuelo espiral buscando las
muñecas, los cogotes, el hueco detrás de la oreja. Sarah ha dejado bien
especificado que antes de entrar otra vez en casa de Reno quiere proceder a una
detenida inspección de los alrededores.
Pero esa
exploración se evidencia innecesaria.
El miedo hiela la
sangre del Cowboy como sublimado de amoníaco cuando ve desde un kilómetro de
distancia la columna de humo que flota como un lento espectro gris sobre la
casa de Reno, iluminada en su base por un resplandor rojo sanguíneo. Hay
carreras frenéticas de coches celulares, las sirenas a todo volumen. Sarah baja
el cristal de la ventanilla y entonces se oye el tableteo lejano de los tiros y
sus ecos entre los desfiladeros urbanos.
—El segundo sistema
de defensa —dice el Cowboy.
En la base de la
nube de humo se produce de súbito un estallido anaranjado y al cabo de unos
segundos oyen la detonación sorda. El Cowboy rechina los dientes con rabia,
encendida la sangre por fuegos más ardientes que los del alcohol. El camión
gira ciento ochenta grados y el Cowboy pisa a fondo, enviando un chorro de
hidrógeno a la turbina, tomando las curvas a tumba abierta mientras la carga
rebota de un lado a otro en la plataforma. Si consigue llegar a tiempo con el
panzer quizá pueda sacar a Reno, el Pony Express acudiendo una vez más a la
salvación...
—Más despacio,
Cowboy —le advierte Sarah—, ¿o quieres que te pidan la documentación?
—Voy a sacar a Reno
con el panzer.
Sarah le habla cara
a cara, con ojos que relucen como diamantes.
—Reno ya está
perdido, Cowboy. Sólo conseguiremos que nos maten. Estarán esperando ese
panzer. Ahora ya saben a qué te dedicas con el tuyo. No creas que vas a
sorprenderlos con ese cañón de la tórrela.
—Es una
oportunidad.
Ella le aferra el
brazo, enviando una punzada de dolor a través de sus vías nerviosas.
—Reno está solo,
Cowboy. Lo mismo que nosotros.
El aludido se
sorprende al escuchar la nota de pena en la voz de Sarah.
—Estamos solos
—repite—. Como lo estuvimos siempre desde que salimos de la Zona Franca. La
única diferencia está en que ahora lo sabemos de cierto.
A sus espaldas
estalla una conflagración blanca y el humo cobra un tono opalescente. El calor
que desarrolla es tan grande que el Cowboy lo nota en la nuca. No puede haber
quedado nada después de esto. La turbina, como dotada de voluntad propia,
modera su queja descendiendo a un aullido contenido.
Amanece sobre los
Apalaches. El asfalto empieza ya a ponerse pastoso.
8
CIFRAS DE LA PASADA
NOCHE EN TAMPA: 28 MUERTOS
EN EL PERÍMETRO
URBANO... LOS AFORTUNADOS GANADORES COBRAN
15 POR 1
LA POLICÍA LO
ATRIBUYE A LA OLA DE CALOR SIN PRECEDENTES
Los motores del
panzer lanzan crujidos al enfriarse, que suenan como si alguien estuviese
llamando con los nudillos sobre la plancha del blindaje. En las retinas de
Sarah, imágenes de fuego.
—Habíame de la
Korolev —empieza el Cowboy, y Sarah le mira con sorpresa—. Tú sabes algo de la
Korolev que Reno no sabía —insiste el Cowboy, ceñudo, rabioso—. Necesito
enterarme, puede suponer la oportunidad para continuar con vida. Tengo derecho
a saberlo.
Han logrado
recorrer otros ciento cincuenta kilómetros hacia el oeste y han localizado otro
desfiladero recubierto de maleza para esconderse, éste al otro lado de la línea
en Ohio, en medio del antiguo parque nacional, entre montones de madera tan
vieja y podrida que nadie se molesta en ir a recogerla. Para el panzer es el
fin de la carrera; en sus depósitos apenas queda más que una cortina de
alcohol.
Sentada en la
litera, Sarah estira las piernas al tiempo que observa la vaina de un cartucho
de siete milímetros que rueda todavía sobre el piso metálico. Luego recuerda
los ecos de las explosiones que atronaron las laderas de Pennsylvania y aquel
último resplandor blanco que puso fin a todo. Los noticiarios dicen que una
partida armada de elementos no identificados intentó asaltar la casa de Reno y
quedó atrapada por sus sistemas de defensa. Que entonces se presentó la
policía, siendo recibida a tiros por los intrusos y por los sistemas
automáticos, con lo cual se vio obligada a contestar al fuego, y así quedó la
cosa. No hubo sobrevivientes.
—La Sociedad de
Intereses Korolev —le recuerda el Cowboy, y Sarah siente que las palabras caen
sobre sus hombros como eslabones de acero.
—De acuerdo —dice
ella, y deja que acudan las imágenes a su mente, los ojos altaneros de Firebud
con sus pupilas color violeta, los remiendos de la compañía que exhibían las
animadoras del Aujourd'Oui, la última sentencia RUNNING remanente para siempre
en una esquina de la pantalla de Dánica mientras Sarah permanecía atenta a la
lenta extinción—. De acuerdo —repite, rindiéndose al imperio de la mirada del
Cowboy; al fin y al cabo, nada importa ya, no es más que historia—. Fue un
operativo de penetración dirigido contra el ordenador principal de la Korolev
en Tampa. La seguridad externa de la computadora era demasiado fuerte y no
pudieron con ella, así que se me indicó que utilizara a un correo de la
compañía para entrar en su edificio y desde allí introdujera un programa en el
sistema, una vez pasados los controles. Creí que se trataba de espionaje de
datos, pero luego resultó una especie de sabotaje. El programa iba dirigido a
destruir las estrategias de la Korolev, a fin de debilitarla con vistas a una OPA
hostil.
—¿Qué cebo le
pusieron al correo?
Sarah nota la
pulsación de la Comadreja como un peso en la garganta y se queda mirando al
Cowboy con incertidumbre, temiendo su reacción.
—Creyó que había
encontrado un ligue, y lo que encontró fue la muerte.
El Cowboy le
sostiene la mirada.
—Claro —se limita a
decir.
—Lo tenía merecido.
—No he dicho lo
contrario.
Finalmente Sarah
claudica y baja los ojos mientras tironea inconscientemente la vieja manta de
lana y olfatea el aire estancado, espeso de olor a transpiración, a los
relentes del aseo químico y de los metales calientes. Aunque han abierto la
escotilla dorsal, no corre ni el más leve soplo.
—¿Cómo conociste al
tal Cunningham? —sigue inquiriendo el Cowboy.
—Fue el Atamán
quien les dio mis señas. Creo que estaban en negocios por aquel entonces.
—Y ahora intentan
matarse mutuamente.
Ella se encoge de
hombros.
—Son los negocios.
No es nada personal. Cunningham no es de los que confunden lo uno con lo otro,
y aunque así fuese su empresa no se lo permitiría.
El Cowboy descuelga
su casco del respaldo y se queda con él entre las manos.
—Todo está
relacionado, ¿no te parece? La Tempel actúa contra los intermediarios y contra
la Korolev al mismo tiempo.
—No lo sé. ¿En qué
medida debilitan a la Korolev atacándote a ti?
—No se me ocurre.
En este país nadie utiliza motores ni piezas de repuesto de la Korolev. Yo
llevo turbinas Rolls-Royce fabricadas bajo licencia de Pratt and Whitney.
Sarah apoya la
espalda en el mamparo y cierra los ojos, creyendo escuchar todavía el rugido de
las turbinas, la vibración del metal. Tras sus párpados cerrados todavía
contempla el mensaje RUNNING. Menea la cabeza como queriendo sacudirse tales
recuerdos.
—No veo qué
relación puede existir.
—Debo continuar
hacia el Oeste, Sarah. Tengo recursos allí.
—¿Tesoros
enterrados? —alza una ceja ella.
—Algo por el
estilo. Y amigos.
Sarah cierra de
nuevo los ojos, sin contestar.
—¿Te vienes
conmigo? —pregunta el Cowboy en tono de impaciencia—. ¿O intentarás regresar a
la Zona Ocupada?
—Tengo a mi hermano
en Florida y se supone que debo ocuparme de él.
El Cowboy se estira
sobre la espuma del respaldo.
—¿Qué edad has
dicho que tiene?
—No lo he dicho,
pero tiene veinte años.
—Es edad suficiente
para que se ocupe de sí mismo.
Ella abre los ojos
y resopla con desdén.
—Me parece que lo
que tú quieres es que me ocupe de ti, Cowboy.
En un ademán tan
súbito que apenas puede seguirse con la mirada, el Cowboy, malhumorado, cuelga
el casco en el brazo del asiento.
—¡Ahora soy yo el
objetivo, maldita sea! ¡Es a mí a quien buscan! Contigo a mi lado, me hallo
menos expuesto.
Sarah menea la
cabeza y ríe.
—Lo cual significa
que quieres que me quede al lado de un objetivo militar. Olvídalo, Cowboy. No
necesito más armas apuntándome.
Él masculla algo
ininteligible y Sarah ve con sorpresa su mirada de desesperación, su mueca de
desvalimiento.
—Te pagaré
—prosigue el Cowboy—. Tu tarifa normal para una misión de guardaespaldas,
pagadera cuando lleguemos a Montana.
—La tarifa normal y
un billete para continuar hasta Florida —replica ella automáticamente mientras
los engranajes de su mente se ponen a funcionar, preguntándose si realmente le
apetece este trabajo. Recuerda a Daud tumbado bajo el árbol navideño de LED verdes
de su cama automática, la mirada embotada por las endorfinas, esperando a un
Jackstraw que no viene a visitarle y sin poder recurrir a nadie, excepto la
hermana a quien teme. Deseando recobrar la vieja magia que le asegure su lugar
en la calle pero sabiendo que nunca más va a ser así, porque las reglas han
cambiado para él tanto como para Sarah y tendrá que buscar otra rutina, otra
manera de conseguir lo que necesita... Ella no quiere dejarlo solo, sin nada
que mirar sino la vacuidad de las nieblas de la endorfina.
En este punto, sin
embargo, un trabajo significa dinero, tal vez lo suficiente para el primer
plazo del ojo de repuesto que Daud necesita. La travesía hasta Montana
probablemente no llevará mucho más tiempo que pasar a Florida, y una vez haya
cobrado tendrá menos problemas para superar los controles fronterizos de acceso
a los Estados Unidos Ocupados; es bien sabido que los policías de la Zona Libre
no son partidarios de dejar pasar pobretones.
En Florida la
guerra local implica trabajo en abundancia, pero podría resultar demasiado
peligrosa para ella. Por ejemplo, el Atamán podría negociar con Cunningham la
entrega de Sarah como parte de un acuerdo de paz. Cuestión de negocios, por
supuesto, sin animadversión personal. Casi es mejor aceptar la oferta del
Cowboy.
Algo tiene que ver
con esa decisión la mirada del Cowboy, que conmueve algo en ella, una parte de
la que ella no quiere acordarse. Esa parte que no desea emprender a solas lo
que resta del viaje.
Sarah todavía
discute un rato lo que debe entenderse por su «tarifa normal», para que el otro
no crea que está demasiado impaciente por aceptar. Por último el Cowboy se
aviene a pagar algo más de lo habitual, aunque bastante menos de lo que ella
sospecha que podría haberle sacado. Ella se pone en pie y se encoge de hombros.
—Okay, pues ya
tienes guardaespaldas. ¿Queda algo que comer?
—Raciones de
emergencia, eso es todo lo que queda, liofilizadas. Para tres o cuatro días.
—Soja liofilizada,
¡caramba! Es mi plato favorito —responde Sarah con una mueca.
—Como no atraquemos
un banco para comprar comida auténtica...
—Pues es una
posibilidad —sonríe ella, apoyando las manos en el techo de metal para
ejercitar los músculos, súbitamente impaciente por ponerse en marcha, deseosa
de abandonar por fin el encierro entre planchas blindadas y respirar un poco de
aire. De tener una meta adonde dirigirse, aunque sea la meta de otro.
—El banco lo mató a
Reno —observa el Cowboy—. Cuando llamó para solicitar el préstamo ellos,
quienquiera que fuesen, sin duda dieron el soplo a la Tempel.
Si uno sabía cómo
mirar el interfaz fácilmente distinguiría a los bancos, disfrazados de otra
cosa, como compañías comerciales o financieras, por ejemplo, para ofrecer
intereses por encima de lo normal sin demasiadas averiguaciones en cuanto al
origen del efectivo, sin comunicar oficialmente la transacción pese a lo
exigido por las leyes, o admitiendo tranquilamente los nombres ficticios que
sus clientes quisieran dar. Éstas eran operaciones no aseguradles,
naturalmente, y ocurría en ocasiones que los bancos desaparecieran de la noche
a mañana con los fondos de sus depositarios. Todo lo cual se aceptaba con la
misma naturalidad como parte de los riesgos de tal género de especulaciones y
además, no sucedía con demasiada frecuencia. Otras veces el banco se reconstituía
poco después bajo otro nombre, y reanudaba los negocios con sus depositarios.
—Si los Orbitales
han penetrado la red de los intermediarios, podrían estar dirigiendo una docena
de bancos del interfaz sin que nadie se enterase —dice el Cowboy—. A lo mejor
consiste en eso la relación. A lo mejor los intermediarios trabajan con los bancos
de la Korolev y la Tempel quiere quedarse con todo.
Las especulaciones
del Cowboy parecen del todo inoperantes en estos momentos. Sarah empieza a
desmontar la Heckler Koch. Piensa llevarla en la mochila. Si se tropiezan en
Montana con algún ejército, o con el ejército de alguno, más les valdrá que
todas las piezas se hallen en perfecto orden de funcionamiento.
ASALTO NOCTURNO A
UN ZULO EN LA FRONTERA DE ARKANSAS
Mujer tanguista
muere tras resistirse a la autoridad
Confiscado un gran
alijo de componentes electrónicos
El MBI desmiente el
uso de napalm
Reluciendo sobre el
fondo de un cielo color pizarra húmeda, las constelaciones del control, las
factorías de los Orbitales, sus satélites, sus estaciones generadoras. Algunas
estrellas madrugadoras presentan una débil competencia. Sarah está profundamente
sumergida en su propio interfaz, el cuerpo empapado de sudor. Lanza patadas,
utiliza las manos como espadas y los puños salen disparados como relámpagos en
el ambiente húmedo de una tormenta de verano. Conjura rostros frente a ella,
ayudas para la concentración conforme asesta golpes al imaginario corazón de
esos fantasmas. Gira, encoge una pierna, mira por encima del hombro, golpea por
derecho a un enemigo. Un fulano caído proporciona tracción segura a sus pies
desnudos. De momento la Comadreja permanece escondida, cuestión de mantener la
ventaja de la sorpresa. El Cowboy mira resguardado a la sombra de un olmo de
hojas pardas, agostadas por el calor. Está cansado porque han caminado la mayor
parte del día, salvo una o dos veces que han aceptado la invitación de algún
conductor, para romper la monotonía. Todavía están en Ohio, siempre siguiendo
caminos recónditos y no demasiado frecuentados. Buscan alguna casa de campo
abandonada donde poder descansar, aunque por lo visto en Ohio se dedican a
derribarlas para evitar el vagabundeo.
—Estás en tu
elemento, ¿no? —ofrece conversación el Cowboy, pero Sarah no hace caso sino que
prosigue con sus codazos y golpes del canto de la mano contra los enemigos que
acuden de todos los lados. Lucha contra todo un ejército de espectros que se
alzan ante ella, rostros sin nombre, tan exentos de identidad como aquel
Cunningham, sus voces un rumor de ventolera entre ramajes secos de árboles
muertos. La fuerza circula por sus músculos como mercurio y la misma Sarah se
convierte en un remolino de movimientos, giros, patadas, saltos y aspavientos
con los brazos.
Y luego la
inmovilidad, la postura estática en equilibrio, como un holograma que congela
un instante del movimiento. El ejército fantasmal se bate en retirada. Los
arcos superciliares perlados de sudor, el aire caliente espeso como miel en la
garganta. Sobre la calzada pedregosa, cincuenta metros más allá y al otro lado
de los matorrales, un camión rebota en los baches y Sarah espera a que se aleje
el estrépito y se pierda por completo en la noche cada vez más cerrada.
Volviéndose de cara
al Cowboy, le dedica una sonrisa.
—Ahora sí comeré
—anuncia.
—¿No deberías hacer
una reverencia, o algo por el estilo? —extrae de la mochila un envoltorio de
papel metalizado y se lo arroja; ella todavía tiene los nervios acelerados y
atrapa el paquete en el aire con tanta facilidad como si se lo hubiese lanzado
a cámara lenta. Sentándose delante del Cowboy en la postura del medio loto,
rasga el papel para abrir la ración.
El Cowboy la
contempla con sus oscuros ojos artificiales. Se ha quitado la gorra y la
peluca, que yacen a su lado sobre la hierba.
—¿Tienes un cristal
para eso? ¿O lo aprendiste por la vía difícil?
Ella sonríe como
una loba y también lo parece cuando se pone a desgarrar con los dientes la
carne sintética.
—Un poco de todo
—dice.
—No me sorprende
—parecen dilatarse un poco sus pupilas—. Con esa cicatriz sobre la ceja
izquierda. Eso no se hizo con navaja.
Sarah traga las
resecas fibras de soja y menea la cabeza. Historias, piensa.
—Una botella
—explica—. Mi padre se emborrachaba y me pegaba cuando yo era niña.
—¿Y esa otra de la
mejilla?
—Un navajero, en la
calle, de eso hace muchos años.
—¿La de debajo del
labio?
Por un instante
ella vuelve a ver los ojos del pirado que reflejan la media luz rojiza del
amanecer, la boca babeante que repite una y otra vez, como un conjuro, «¡perra!
¡perra!», la navaja de afeitar en el puño de blancos nudillos. La propia
convicción, sentida en forma de escalofrío que recorre la columna vertebral, de
haber perdido el control de la situación, de haberse tropezado al fin con uno
de aquellos clientes a quienes se designaba por un nombre especial, nombre que
incluso las más empedernidas de entre sus compañeras de profesión apenas se
atrevían a mencionar en un susurro temeroso: «Un pirado». Y luego su propia
reacción, sus reflejos catalizados que envían el taburete volando por el aire y
lanzan con el mismo movimiento una cortina de su propia sangre, una media luna
de rubíes que dibuja un arco escarlata de salpicaduras en la camisa azul pálido
del pervertido, antes de que caiga fulminado al pie de su cama con la cabeza
rota, muerto. Y ella de pie contemplando el cadáver y el taburete hecho astillas,
sangrando por el cuello, los pechos, los brazos, invadida por la revelación
súbita, todavía más profunda e inquietante que el primer sobresalto, de haber
averiguado al fin quién es ella misma.
Levanta la mirada y
ruge furiosa:
—¿A qué nos
dedicamos ahora, Cowboy? ¿Quieres que te cuente mi vida? ¿Vas a establecer el
catálogo de mis fallos? —resopla con desprecio mientras se hace con la
cantimplora y desenrosca el tapón—. Sí, cada una de estas cicatrices es un
fallo, ¿okay?. un pequeño error de juicio, de los que se me escapaban alguna
que otra vez. Pero ahora ya no, ¿sabes? Es demasiado lo que está en juego.
Sarah echa la
cabeza atrás y bebe. El agua está caliente y tiene sabor a plástico.
—Me preguntaba por
qué no te las habías operado —responde el Cowboy, manteniendo la calma,
evitando el dejarse arrastrar a una discusión—. Eso es todo.
Sarah se limpia los
labios con la manga del jersey.
—Porque son buenas
para mi trabajo, ¡por eso! —replica—. Algunos creen que una buscona a lo mejor
teme quedar desfigurada, o que aguanta menos el dolor que un muchacho. Así que
prefiero dejar claro ese punto, y dejarlo claro desde el primer momento. ¿Satisfecho?
El Cowboy sonríe y
Sarah se acuerda de Cunningham, de su mueca de labios apretados, de fría y
racional superioridad.
—Satisfecho
—contesta él—. No te importa que la gente sepa quién eres. A mí tampoco me
importa.
Ella contempla los
zócalos implantados en su cráneo, apenas visibles ahora debido a la falta de
luz.
—Cuando te conocí
pensaba que eras un cabezabotón, que me enviaban a hacer de niñera para un
lagarto.
—En el Oeste los
zócalos del interfaz tienen otro significado diferente. Pero si los de aquí
prefieren cometer ese error, a mí me da igual. No veo por qué deberían
importarme sus opiniones.
Sarah acaba el
paquete de sucedáneo de soja y lo arruga. De algún lugar, hacia el sur, les
llega el lamento ululante del tren y notan a través del suelo la vibración
profunda de su paso. El Cowboy vuelve la cabeza en esa dirección.
—En los viejos
tiempos habríamos subido al tren sin pagar billete —comenta—. Y nos plantábamos
en el Oeste en un par de días.
—¿Eh? Eso debió ser
mucho antes de que instalaran las ballestas automáticas con dardos neurotóxicos
y los detectores láser.
—No hace tanto. En
aquellos tiempos bastaba con precaverse de unos guardas jurados del
ferrocarril, que los llamaban toros. Un amigo mío tiene algunas baladas acerca
de eso en su jukebox.
—¿Su qué? ¿Es otra
de esas costumbres extrañas que tenéis los del Oeste?
—Algo así —replica
él mirándola con aire pensativo.
La transpiración
refresca la piel de Sarah, quien bebe otro sorbo de agua y lamenta que no haya
quedado nada del líquido isotónico del Cowboy para reponer electrólitos.
Píldoras de vitaminas son las únicas que les restan, junto con las aspirinas
del botiquín de primeros auxilios. Sarah se inclina y estira los brazos para
disfrutar la flexibilidad de sus músculos. Esta noche dormirá bien sobre su
almohada de hierba.
Casi como si
estuvieran de vacaciones, piensa. Si no fuese por lo que les aguarda al final
del viaje.
EL ESTÍO MÁS
SOFOCANTE DE LA HISTORIA SEXTA MÁXIMA RÉCORD EN NUEVE AÑOS
Olas de calor
récord de costa a costa (Explicación de los climatólogos en pág. 16)
El motorista
aparenta unos diecisiete años. Flaco, desnudo el esmirriado tórax, la piel
bronceada choca tanto en ese cuerpo enfermizo que parece pintada. Sus brazos
delgados como palillos están recubiertos de tatuajes hasta los hombros; a
primera vista son esquemas electrónicos, pero mirados más detenidamente revelan
rostros, demonios, iconos, mujeres de rostros achinados y lenguas de cristal
líquido. Tiene los ojos hundidos y con expresión de estar bastante loco. Viste
únicamente unos vaqueros cortados a jirones sobre las rodillas y unas pesadas
botas con punteras de bronce.
—Os llevaremos
—dice, la voz casi inaudible entre el estrépito de la turbina que está
cabalgando—. Os llevaremos hasta la orilla del gran río.
Se llaman a sí
mismos Silver Apaches y el jefe de la banda se hace llamar Ivan. Monta un
triciclo propulsado a turbina, en cuyo tren delantero ha instalado una cizalla
para cortar alambradas. Las hojas del armatoste describen un arco plateado. Los
demás, ellos con el mismo tipo de tatuaje minucioso a lo Escher, ellas con
dibujos parecidos estampados en los pañuelos con que se ciñen la cabeza y los
pechos, montan triciclos o motos de montaña llenas de cromados, con gruesos
neumáticos de tacos. Muchos pilotan con el interfaz, aunque algunos prefieren
conducir las máquinas a mano. Sarah intuye que no suelen circular mucho por las
carreteras normales.
—Vamos allá,
peatones. Podéis llamarnos los Silver, para abreviar —dice Ivan, y contemplando
a Sarah con admiración—. Bonito chaleco llevas ahí. ¿Te busca alguien?
—No, porque ya me
encontró —replica Sarah, a lo que Ivan sonríe mostrando sus hileras de dientes
pardoamarillentos ceñidos por cadenetas metálicas.
El Cowboy habla con
un Silver negro cuyos rizos no disimulan por entero las dos hileras de zócalos
que lleva en su cráneo, a fines decorativos mayormente, porque con cinco de
ellos, como los lleva del Cowboy, es más que suficiente para cualquier operación
a través del interfaz. Sarah mira al Cowboy, observa el encogimiento de hombros
con que suele expresar su asentimiento, y trepa al sillín detrás de Ivan. Los
músculos del hombro de éste se contraen mientras él rebusca en un bolsillo de
sus vaqueros.
—¿Un poco de látigo
para los nervios, peatona? —ofrece un inhalador metalizado.
Sarah menea la
cabeza; la combinación del látigo neural con sus nervios ciberimplantados suele
ser demasiado impredecible. Ivan se encoge de hombros.
—Es la mejor manera
de vivir el viaje. Como tú quieras, peatona —se dispara una dosis en cada
agujero de la nariz, echa la cabeza atrás, ríe. Y las turbinas empiezan a subir
de revoluciones.
Los Silver Apaches
se mueven a toda velocidad y más o menos en línea recta, saltando sobre la
acequias y cruzando a través de los sembrados de maíz o de soja. Sólo cambian
de dirección para evitar las poblaciones o los caseríos habitados. Cuando se
tropiezan con una alambrada, pasan a la vanguardia los triciclos cromados con
sus cizallas.
—Intentamos
restablecer la libertad de la pradera, ¿lo veis? —Ivan ríe mientras su triciclo
atraviesa una alambrada de dos metros y medio de altura, cuyos alambres
cortados rebotan y le arañan los brazos haciendo brotar la sangre, mientras las
vacas echan a correr en todas direcciones, presas de pánico.
Sarah echa en falta
algún manillar donde sujetarse mientras el triciclo salta acequias y lechos de
arroyos, a veces haciendo el caballito sobre las dos ruedas traseras. Los
Silver afectan un estilo lánguido, reclinados hacia atrás en los sillines y
conduciendo a través del interfaz con la misma indiferencia que si estuvieran
contemplando la televisión; incluso los Silver que conducen manualmente
procuran moverse con soltura, sin esfuerzo aparente..., pero las dosis que ha
esnifado Ivan perjudican a su actuación, mientras él tamborilea ritmos sobre
sus propias rodillas desnudas o sobre las teclas cromadas del ordenador
atornillado sobre el manillar, éste perfectamente inútil por otra parte.
A última hora de la
tarde, Ivan agujerea una cerca de alambre pero en vez de entrar, los Silver
aparcan sus motos y miran mientras el negro se apea de la suya portando una
maza. De un solo golpe, abate un ternero.
—¡Eh! ¡Carne
fresca! —ríe Ivan con deleite. Los Silver desenfundan sus cuchillos de monte y
hacen corro alrededor de la pieza.
Después de atar
sobre sus máquinas las sanguinolentas raciones de carne los Silver continúan
hasta llegar a una pendiente recubierta de matorral sobre la orilla oriental
del Wabash, poniendo en fuga a dos familias de emigrantes, que corren a
esconderse entre un coro de burlas. Las blancas piernas de los niños bajo la
luz del sol se asemejan a colas de venados espantados.
—[Nuestro río!
¡Nuestra playa! —aúlla Ivan más fuerte que la turbina de su vehículo, al tiempo
que sus cizallas destrozan una chabola hecha de cañas y tablones; luego salta
de la moto para apoderarse de las mantas que los emigrantes han abandonado.
—¡Malditos
perdedores! —su voz suena siempre como un aullido mecánico—. ¿Creéis que voy a
acostarme sobre vuestras piojosas mantas? —rasga una de ellas por la mitad con
su cuchillo de monte y aplasta con el tacón una mazorca—. ¡Fuera de mi vista!
Los demás ríen o
imitan sus acciones. Por último los Silver Apaches hacen una hoguera de ramas y
queman todas las pertenencias de los huidos antes de iniciar su barbacoa.
Algunos Silver se han metido en las turbias aguas para quitarse el polvo del
viaje. Sarah contempla la plateada superficie, notando el peso de la Heckler
Koch en la mochila, y decide abstenerse.
—Báñate —la invita
el Cowboy, sobresaltándola, porque se ha colocado a sus espaldas sin que ella
se diese cuenta—. Yo te guardo la pistola mientras tanto.
Encogiendo los
hombros Sarah se desprende de la mochila, luego se quita el chaleco antibala y
los zapatos, y se sumerge en las calientes aguas. Los Silver alborotan y
chapotean no lejos de allí, pero tan pronto como ella se sumerge los ruidos se
atenúan y se tiene la sensación de poder escuchar dentro del agua hasta muchos
kilómetros de distancia. El río ayuda a flotar y ella se tiende de espaldas
haciendo el muerto, dejando que el Wabash se encargue de soportar el peso del
mundo.
Más tarde Sarah se
sienta en la orilla, con la mochila como respaldo, mientras el Cowboy se baña a
su vez. El sol poniente convierte el río en un lecho de mercurio. En el aire,
el aroma a asado. Contempla a Ivan, quien camina de arriba abajo por la orilla,
lanzando rápidas ojeadas a un lado y a otro como un general que pasa revista a
sus tropas. De vez en cuando ríe sin motivo aparente. Luego la ve a ella
tomando la fresca y se acerca muy sonriente.
—¿Llevas alguna
cosa buena en esa mochila, peatona? —pregunta—. ¿Pasáis droga al otro lado de
la Muga?
—Si lo hiciera,
viajaría en panzer y de oeste a este —replica Sarah—. No haciendo auto stop y
en la dirección equivocada.
Ivan se encoge de
hombros —No siempre es así, caminante. Nosotros también cruzamos la Muga a
veces. Las cantidades son pequeñas pero nos bastan para tener las motos en
condiciones. En este negocio hay muchos aficionados y algunos incluso trabajan
a pie. No deja de ser extraño que lleves un chaleco antibala.
—El que me vendió
ese chaleco me aseguró que no se distinguía de una prenda normal. Y no
transporto drogas.
Ivan ríe
burlonamente.
—Como tú digas.
Todos tenemos nuestros secretos.
Ella le mira con
curiosidad.
—¿Puedo preguntarte
por qué odias a los emigrantes, o es otro secreto?
Él resopla con
desdén, se encoge de hombros.
—¡Ah, eso! Son unos
perdedores, ¿no? Perdieron sus empleos, sus casas, sus coches, todo —se acerca
obsequiándola con la sonrisa de sus dientes marrones y metalizados—. ¡Pero los
muy idiotas sólo piensan en recuperarlo] Cuando acaba de regalárseles la libertad,
¡y ellos no la quieren! Ellos lo que quieren es tener una casa y un empleo en
la compañía y un poco de césped para que jueguen los niños —ríe y hace
aspavientos con los brazos—. ¡Cuando podrían tener todo esto! ¿La libertad!
Rebusca en el
bolsillo, saca el inhalador y se dispara un par de torpedos.
—La semana pasada
por poco estornudo la mitad del cerebro —prosigue—. Uno de estos días me pasaré
a las pastillas.
Dicho lo cual se
aleja tecleando con los dedos en el aire como si estuviera delante de una
consola de ordenador. Sarah hurga en la mochila buscando la botella de agua. De
nuevo se oyen pasos que se acercan y aparece una de las chicas Silver con dos
botellas de cerveza desparejas.
Por su aspecto se
diría que sus genes son una afortunada combinación de lo afro con lo oriental,
los rizos del cabello muy cortos para facilitar el acceso a los zócalos. Es
algo mayor que las demás y sus pezones se adivinan con claridad bajo el pañuelo
mojado con que ciñe sus menudos pechos. Ofrece una de las cervezas.
—Me llamo Sloe.
Como la ginebra.
—Gracias —acepta
Sarah la botella, y se queda mirándola—. ¿Cómo conseguís cerveza embotellada en
plástico de petróleo?
—La destiló uno que
estuvo aquí una temporada. En cuanto a las botellas, deben de tener más de
ochenta años.
—Valen una fortuna.
—Lo sabemos, pero
no nos importa.
Sarah echa la
cabeza atrás y bebe a gollete. La cerveza es negra y un punto dulce. Sarah
asiente para mostrar su aprobación y se seca los labios. Un poco más allá se
oyen las carcajadas de Ivan, que está junto a la barbacoa, y Sloe vuelve sus
ojos achinados en esa dirección.
—Ivan va a morir
—explica—. Por eso le seguirnos —se vuelve hacia Sarah sonriendo a lo Mona
Lisa—. Siempre seguimos a los que están condenados. Ellos nos marcan el camino.
—¿Nihilistas
Éticos?
—Bien. Veo que nos
conoces —asiente Sloe.
—A veces aparecen
por Florida, donde yo vivo, y se autoinmolan quemándose vivos, o algo
semejante. Estropean los totales de la noche. Muere con estilo y confía en que
el resto del mundo te siga, eso es lo que yo opino.
Sloe habla con
suavidad, con la serenidad de la convicción total.
—Todo el mundo
muere tarde o temprano, eso por supuesto. Nosotros queremos que lo acepten. Que
se vayan con un poco de dignidad, conscientemente.
—Estás un poco
mayor para creer en eso, ¿no te parece? —otra vez con el filo cortante en la
voz.
Sloe menea la
cabeza. A su espalda, el sol asoma por entre las hojas de los árboles y traza
sobre su piel una procesión de dibujos que recuerdan las memorias pintadas en
los tatuajes de Ivan.
—No, sólo que no
estoy tan segura de cómo quiero irme. Sólo puedo hacerlo una vez, y me falta la
intuición de Ivan.
—Caer luchando,
diría yo.
Sloe la mira
fijamente, sin perder su sonrisa amable.
—Ése no es mi
estilo —dice, y alarga la mano para tomar la de Sarah—. Tal vez preferiría irme
en brazos de una extraña. Una desconocida con cicatrices y chaleco antibala, y
con mi pañuelo anudado en sus manos.
Toma la mano de
Sarah y la lleva a su propia yugular. Sarah percibe las pulsaciones en el
cuello de Sloe y retira la mano en seguida.
—No —dice.
—De acuerdo, si tú
no quieres —contesta Sloe, y ríe con repentina ferocidad; las luces del
crepúsculo bailan en sus pupilas—. No creas que se lo pido a cualquier extraña.
—Entiendo —ríe
Sarah con desdén—. Es amor a primera vista.
De nuevo Sloe
responde con mansedumbre, con súbito titubeo en la mirada.
—Quizá lo sea.
Se pone en pie,
recorriendo con la mirada el campamento. Ivan está bebiendo cerveza a chorro, y
el sobrante corre sobre su pecho formando arroyuelos de color pardo.
—Sus padres eran
emigrantes —explica ella—. Entre la erosión y los combinados, se quedaron sin
la granja y cruzaron todo el país, ida y vuelta, buscando trabajo en vano.
Hasta que murieron. Mala suerte, supongo.
Sarah no contesta,
sino que mira hacia el río con expresión pétrea. En este momento el Cowboy, sin
camisa, sale del agua con los pantalones mojados moldeando sus largas piernas.
Tiene la piel de un moreno uniforme en todas las partes del cuerpo que están a
la vista, lo que la obliga a pensar en lámparas de ultravioleta. Tal vez el
Cowboy tiene una, enterrada en su cueva del tesoro, allá en Montana.
Toma otro sorbo de
cerveza y se aleja en la actitud de quien ha recordado de súbito que tenía algo
muy importante que hacer. El Cowboy recoge su camisa de la rama donde la tenía
colgada, y se acerca a ella.
—Estoy hasta el
gorro de esta gentuza —que dice Sarah al tiempo que le ofrece la cerveza. El
Cowboy no le pregunta el porqué.
—He intentado
hablarles de la guerra —dice—. Lo de la Tempel, Arkady, y lo demás. Pensé que
tal vez colaborarían con nosotros —suspira y se sacude las gotas de agua de los
brazos.
—No lo harán
—contesta Sarah—. Son del Culto al Águila ratonera, ¿sabes?
—Nihilistas Éticos,
o eso es lo que ellos han dicho, al menos.
—¿Se te ha ofrecido
alguna de las chicas para que la mates?
Sorprendido, el
Cowboy se queda mirándola y luego menea la cabeza.
—Espera y verás —le
asegura Sarah, quitándole la cerveza de las manos para empinar a su vez el
codo.
Por la parte del
río se oye un súbito rugido y cuando el Cowboy y Sarah se vuelven ven una
pareja de hovercraft de la patrulla que se dirigen hacia el sur atronando el
aire, buscando el Ohio y el panzer de esta noche. Los últimos rayos del sol
arrancan reflejos púrpura de las torretas de perspex. El Cowboy los sigue con
la mirada, el ceño ligeramente fruncido, pero sin perder la frialdad
profesional de sus ojos tranquilos.
—Cañones de
impulsos, bastante anticuados —diagnostica—. No van controlados por cristal,
pero solían causar bastantes destrozos en nuestros motores, hasta que
aprendimos a apantanarlos. En cambio esos misiles de ojivas múltiples son
condenadamente peligrosos, cuando aciertan.
Sarah siente un
súbito movimiento de gratitud por su presencia; le confiere la seguridad de no
estar sola sino en compañía de alguien capaz de conservar la calma y una
razonable medida de sentido común incluso en presencia de monstruos como esos
vehículos atronadores que se han acercado al río. Alguien que sabrá calibrar
los riesgos y aprovechar sus oportunidades según caigan los dados.
Eso significa que
ella podrá relajarse alguna que otra vez, dejando que él asuma la vigilancia.
Apura la cerveza y deja en el suelo la botella antigua. Los gruñidos de su
estómago la urgen a buscar la cena.
Poniéndose en pie,
se acerca a la barbacoa, notando mientras camina cómo se relajan los músculos
de sus hombros, consciente de la mirada que la está siguiendo.
INTELIGENCIA
ARTIFICIAL DEMANDADA POR PATERNIDAD
PIERDE EL PLEITO.
«MI PEQUEÑO
ANDROIDE TENDRÁ UN APELLIDO», DECLARA ENTRE LÁGRIMAS LA
MADRE AGRADECIDA
SIN COMENTARIOS POR PARTE DE LA KOROLEV I. G.
Al día siguiente
los Silver Apaches los acompañan a la otra orilla del Wabash para cruzar por lo
derecho Illinois hasta el Mississippi. Ivan se despide regalándoles unas
barbacoas pequeñas para que las lleven en las mochilas. En cuanto a Sloe,
lánguidamente reclinada en el asiento de su máquina, contempla a Sarah con ojos
fríos.
Llegados a la
orilla Sarah observa que el Cowboy mira hacia Missouri como el que contempla a
un enemigo a quien respeta. Cruzan el puente para entrar en Hannibal y los
funcionarios de aduanas, acostumbrados al desfile de inmigrantes, ni siquiera
les dedican una mirada.
Al poco son
recogidos por dos hombres que viajan en camión descubierto, con la plataforma
atiborrada de muebles viejos y cojitrancos. El Cowboy se sienta al lado del
conductor y Sarah se apretuja en el escaso espacio libre restante en la
banqueta trasera. Son unos tipos corpulentos, atezados, de manos callosas. En
seguida ponen de manifiesto que les gusta hablar de Jesús, y aunque Sarah los
fulmina con una mirada hostil, el Cowboy, que por lo visto conoce la jerga,
prefiere seguirles la corriente mientras dure el viaje.
El conductor les
ofrece comida y una habitación donde podrán quedarse algunos días, al tiempo
que dobla en dirección a su comunidad, sin hacer caso del Cowboy, que insiste
en que ellos van al oeste, y no al norte. Sarah mira a los dos desconocidos,
preguntándose hasta dónde serán capaces de llevar su empeño. Los músculos le
cosquillean mientras acaricia la idea de viajar solos hasta Montana en un
camión robado. Le parece que no debería ser difícil.
—Para —insiste el
Cowboy—. Continuamos hacia el oeste a partir de aquí.
—Permitid al menos
que os invitemos a comer.
Sarah contempla la
gruesa nuca del conductor mientras sus manos empiezan a engarfiarse. Al mío le
doy en la espalda, piensa. Al conductor lo atacamos entre los dos. Luego vuelve
la mirada hacia el Cowboy. A ver lo que hace, piensa. Que tome la iniciativa.
—No —dice el
Cowboy—. Llevamos toda la comida que podemos acarrear.
El conductor se
humedece los labios y mira de reojo al Cowboy, nervioso.
—Os gustará —dice—.
Y conoceréis al Señor.
En el asiento
delantero se produce un movimiento, una reacción fulgurante de los nervios
ciberimplantados, tan rápida que los ojos de Sarah apenas logran seguirla. El
Cowboy aplica el corto cañón de su arma sobre el oído del conductor.
—Verás a Jesús
luego, o puedes ir a reunirte con Él ahora mismo —dice sin molestarse siquiera
en levantar la voz o echar una ojeada al individuo del asiento posterior—. Tú
eliges.
Un minuto más
tarde, de pie entre la estela de polvo que levanta el camión mientras se
convierte en un punto cada vez más lejano, el Cowboy sonríe y se guarda de
nuevo la pistola en el cinto.
—Los conozco
—explica—. Barracones y alambradas, con una tórrela de vigía en cada esquina y
guardianes a los que llaman los Perros de Cristo. A mí me habría tocado
trabajar todo el día en los campos, y tú te dedicarías a restaurar muebles
viejos desde hoy hasta el día en que el Señor decidiese llamarte.
—Pues siento
habérmelo perdido. Creo que podría darle una sorpresa o dos al Señor de esa
gente.
Él suelta una
carcajada.
—Una noche, un
amigo mío llamado Jimi se metió con su panzer en uno de esos campamentos,
derribó un par de torres y les rompió las cercas de alambre. Muchos de aquellos
catecúmenos aprovecharon la oportunidad para largarse corriendo —menea la
cabeza—. Jimi es un loco. No era su guerra, lo hizo únicamente por pasatiempo.
El Cowboy se echa
la mochila a la espalda y la mira con burla.
—¡Oye!, pero ¿no
eres tú mi guardaespaldas? Se supone que tú debes sacarme de este género de
situaciones.
—He visto que sabes
defenderte solo. Sin embargo, yo habría preferido quedarme con el camión
—replica ella al tiempo que echan a andar por la polvorienta carretera.
El Cowboy menea la
cabeza con una mueca de desaprobación.
—No. En este,
estado no me conviene llamar la atención. Si me pescan, me fusilan acto
seguido.
—¿Por qué, si puede
saberse?
—Porqué hace
algunas semanas me cargué a dieciséis guardas privados y creo que eso ha
molestado un poco.
—¡Ah! ¿Conque tú
fuiste ese tanquista?
El Cowboy no
contesta, limitándose a otear el horizonte por debajo de la visera de su gorra,
mientras Sarah duda sobre si creerle o no. Por último concluye que es la única
explicación posible.
—No me extraña que
anden buscándote.
—Tengo amigos
—replica él.
—¿Amigos como Reno?
En tu situación no hay amigos. Cowboy. Si acaso, aliados.
El Cowboy no
responde. Mientras se aleja con el cuello empapado de sudor debajo de la
polvorienta peluca, Sarah le sigue con la mirada, aturdida todavía por la
revelación, sintiendo cómo encajan las piezas del rompecabezas. Había llegado a
ser demasiado poderoso, incluso para aquellos que hasta entonces se habían
servido de él. Y disimuladamente tomaron sus disposiciones para aplastarlo,
antes de que él mismo se diese cuenta del poder que esgrimía en realidad.
Incluso en aquellos momentos le restaba lo suficiente para resistir, y quizás
hasta negociar un acuerdo que le permitiese retirarse vivo.
Pero no lo bastante
para ganar. Sarah sabe que está siguiendo a un hombre que se halla a punto de
perder su primera guerra, la más importante. Nota el tacto frío y seco de los
dedos de la tristeza. No se puede ganar sin convertirse en uno de ellos.
Sarah se pregunta
si él lo sabrá, si continúa la partida porque no sabe hacer otra cosa, o si
realmente cree tener una oportunidad. En cierto modo preferiría que no lo
supiera, que siguiera teniendo fe en su propia estrella al menos durante algún
tiempo, para que no lo pierda todo de golpe, todo aquello por lo que alguna vez
trabajó o soñó... Ella sabe demasiado bien lo que es eso.
Pero entonces
recuerda aquella mirada con que se descubrió sólo una vez, el último día que
pasaron en el panzer, consciente de su propia situación desesperada, y entonces
comprende que él sabe perfectamente lo que va a ocurrirle cuando llegue adonde
quiere llegar. Está jugando al escondite consigo mismo cuando asegura que al
final de la travesía le esperan sus amigos y su dinero, y no otra cosa, y una
oportunidad para combatir... que va hacia el oeste porque es su único camino.
Por unos momentos
desea que la travesía no termine nunca, como si esa meta final, la
desesperación, la guerra perdida tanto en el Oeste como en Florida, fuese
alejándose conforme ellos avanzan. Le contempla otra vez, contempla sus largas
piernas que caminan con decisión hacia el destino que ambos ven con demasiada
claridad, y le da un vuelco el corazón.
El Cowboy levanta
la cabeza, mira el cielo por debajo de la visera de su gorra, y dice como si
hubiese olfateado el aire:
—Parece que va a
llover.
Y sigue andando.
SI ES HOB, ES
REAL... SI ES REAL, ES MARC MAHOMED
Ese día nadie más
se ofrece a llevarlos, y caminan toda la tarde contemplando cómo se arremolinan
inmensas nubes de tormentas enroscándose sobre la pradera como cobras que se
yerguen. La oscuridad cunde rápidamente y los relámpagos empiezan a saltar de una
nube a otra como los balones que se pasan los futbolistas antes del partido
para entrar en calor.
—Creo que hay un
establo por aquí cerca —dice el Cowboy, pero se ha equivocado ligeramente en
sus cálculos, y la lluvia empieza a caer como una cortina caliente tratando de
aplastarlos y de sepultarlos en el barro. Llueve tan intensamente que casi
corta la respiración. Caminan a ciegas por entre la oscuridad informe, y sólo
gracias al resplandor de un relámpago consiguen divisar la nave en ruinas que
andaban buscando. Otros relámpagos les revelan las vigas llenas de nidos de
golondrinas y los montones de excremento de ratas en los rincones. La granja de
la que formaba parte se ha hundido como un castillo de naipes; apenas quedan de
ella los fundamentos. Por fin encuentran cerca de la puerta un rincón seco para
desenrollar los sacos de dormir. La oscuridad cierra alrededor de ellos como
fieltro húmedo. Empiezan a formarse goteras, oro fundido que corre en lo
oscuro.
—Caramba, lo
siento. Creí que estaba más cerca —la voz del Cowboy despierta ecos
fantasmagóricos de las paredes de cemento.
—No es culpa tuya.
¿Te conoces todos los corrales abandonados de Missouri?
—Es indispensable
para la supervivencia —y tras una breve pausa en la oscuridad—. En otros
tiempos pasaba por aquí a más velocidad, sin embargo.
El trueno retumba
sobre sus cabezas y Sarah ve la cortina plateada de agua que cae al otro lado
de la puerta, el Cowboy con la espalda apoyada contra la pared y su sonrisa
dolida, los zócalos de su cráneo que despiden a la luz de los relámpagos
reflejos blanco-azulados, plata y turquesa. Parecen ojos que miran hacia
dentro, hacia el interior del cráneo. Sarah siente una oleada de compasión
hacia el Cowboy, el tanquista desposeído que va hollando con sus botas el polvo
que antes sobrevolaba con la mente disparada a la velocidad de la luz, y alarga
la mano para tomar una de las suyas. En lo oscuro ve el color azul de los ojos
de Daud, el azul de las sábanas suaves de Dánica, el color traslúcido e
inexorable de las olas del Golfo cuando avanzan en interminable sucesión hacia
las tierras oscuras que lentamente van inundando.
—Volverás a viajar
en tu panzer —le promete, aunque le duele la garganta al decirlo.
Intuye que él se ha
acercado y alarga la otra mano a ciegas para tocarle el cuello, notando la piel
caliente y el agua fría.
—No es justo —ríe—.
Tú puedes ver a oscuras, y yo no.
—Habíame —suplica
el Cowboy—. Dime por qué haces esto.
Su voz está muy
próxima, la roza con el aliento.
—Significa que
vamos hacia el oeste —responde Sarah—. Y que al término de la travesía tenemos
cosas que hacer. Cada uno por su lado.
—Sí —titubea él un
momento, y se adivina que la garganta lucha con palabras que no quieren salir—.
¿Somos amigos, Sarah? ¿O sólo aliados?
A Sarah le nace una
risa profunda, —Un poco de todo. Cowboy.
—Me alegro.
Inclinándose
todavía más, hasta que ella nota la mejilla de él apoyada en su cuello. Sus
brazos la rodean y permanece inmóvil, abrazándola. Sarah le pasa los dedos por
los cortos cabellos y ve de nuevo el azul del Golfo, y siente el deseo de tocar
esa pureza inmensa.
Las manos del
Cowboy empiezan a actuar y Sarah acepta ese contacto consolador, salino y azul.
9
Las Rocosas
agobiadas bajo el calor de la tarde parecen abrirse en sombras profundas; en el
aire flotan nubes de mosquitos y el aroma de los matorrales de salvia. El
Cowboy estudia el viejo refugio y nota la presencia del arma remetida en el
cinto.
A cincuenta metros
de distancia. Sarah le cubre, acuclillada, el cañón de la automática apuntando
invariablemente a la desconchada pintura de la pared del barracón. A sus
espaldas se oyen los mugidos de las reses en el abrevadero. El Cowboy sabe que
le toca mover ficha.
Encogiendo los
hombros, respira una bocanada de aire plúmbeo y luego se incorpora para empezar
a descender por la ladera hacia el refugio. Es un barracón de entramado de
madera, pintado en rojo, de perfil bajo como defensa frente a los vientos
invernales. Junto a la pared oeste, una pila de leña pulcramente amontonada. Al
lado, un establo de cuatro casillas, vacío. El Cowboy saca del marco de la
puerta un conector, se lo enchufa en la cabeza y comunica el código para la
cerradura.
En el interior hay
un armario metálico para herramientas, sillas y una mesa, y un par de catres
reclinados contra la pared. Una antigua estufa de hierro con una cafetera,
enseres de cocina colgando en un rincón y estanterías con botes de azúcar,
harina, manteca de cerdo, café, habichuelas. El Cowboy sale otra vez al sol y
hace un gesto con la mano para indicarle a Sarah que puede acercarse.
—Según la cerradura
no ha aparecido nadie por aquí desde la primavera —anuncia—. No creo que la
hayan trucado. Es un lugar bastante recóndito y además no veo por qué habrían
de molestarse en falsearla.
Sarah mira a su
alrededor con incertidumbre. sudando dentro de su chaleco antibala cerrado
hasta e! cuello.
—Como tú digas.
Estamos en tu terreno, no en el mío.
Él se hace a un
lado para que entre Sarah, quien deja la Heckler Koch sobre la mesa y se quita
el chaleco para darse aire.
—Este refugio sólo
se usa en invierno —explica el Cowboy—. Vienen para vigilar los rebaños que
usan el abrevadero.
Ella contempla el
reducido recinto.
—Vamos a limpiar
esto, perorantes quitemos las contraventanas. No me gusta permanecer a oscuras
aquí.
—Lo primero es lo
primero —se acerca al cajón de herramientas y saca una palanca, clavos y un
martillo. Luego aparta los catres y levanta un par de tablas del piso, extrae
una caja metálica y la abre.
Cheques de viaje,
documentos que le identifican como un sujeto llamado Gary Cooper nacido hace
veinticinco años en Bozeman, y una aguja brillante que cuelga de una cadena de
plata. Levanta la llave y sonríe contemplando el cristal brillante de su
extremo.
—De una caja de
seguridad, aquí en Butte —explica—. Es donde guarda el señor Gary Cooper sus
ahorros.
Sarah rebusca entre
los víveres de las estanterías y encuentra una botella de whisky medio llena.
Tras soplarla para quitarle el polvo, se vuelve hacia el Cowboy con una
sonrisa.
—Hemos tenido aquí
una fiesta, a lo que parece.
El Cowboy se cuelga
la cadena del cuello y saca de un escondite cerca de la estufa un cuchillo de
monte. Luego regresa al armario metálico. En un rincón, un rifle en su funda.
Lo saca, oliendo a aceite y a lanolina del forro de lana de la funda. En un estante
superior, los cartuchos. A su espalda oye que Sarah desenrosca el tapón de la
botella.
—Voy a por un poco
de carne —anuncia, mientras introduce un cartucho. Las reses son medio suyas,
de todas formas.
Las mariposas
nocturnas describen sus espirales de kamikazes alrededor de la llama
crepuscular de una lámpara de queroseno y van a chocar con el cristal azulado
del tubo. El Cowboy y Sarah están acostados debajo de una manta de viaje roja,
contemplando las rústicas vigas de cedro del techo y algo sorprendidos al echar
en falta la presencia del cielo nocturno con sus estrellas.
De súbito nota el
sobresalto del cuerpo de Sarah, a su lado. Ella se incorpora dejando que la
manta resbale de sus pechos y alcanza la pistola automática.
—¿Qué ha sido eso?
—susurra.
—Nada.
—Me pareció oír
algo —escucha atentamente y pasea la mirada por todos los rincones de la
habitación.
—No es nada —repite
el Cowboy—. Estaba despierto.
Sarah sigue
escuchando, hasta que por fin el Cowboy ve que sus hombros se relajan. Cuando
se reclina sobre la almohada siente la tentación de rodearla con un brazo, pero
decide no hacerlo. Hay momentos en que no quiere que la toquen, y éste es uno
de ellos, a juzgar por la dureza de su perfil. Se diría que aún escucha, que
una parte de ella sigue en guardia.
—¡Jodido...!
—exclama ella, levantándose otra vez en busca del arma. Él la observa mientras
ella saca su inhalador de la bolsa, se administra una dosis en cada agujero de
la nariz y se dirige andando descalza hacia la puerta, donde se detiene un
instante a escuchar, convertida en una figura de contornos inciertos frente a
la luz titilante del quinqué, hasta que por último abre la puerta y desaparece
en la oscuridad.
El Cowboy cruza los
dedos detrás de la nuca y se dispone a esperar. Al cabo de pocos minutos entra
otra vez Sarah, caminando de espaldas, el culatín del arma apoyado en la
cadera. Luego se vuelve y se limpia la tierra de la planta de un pie sobre el
empeine del otro. Tiene la mirada distante, nada cordial. El Cowboy admira el
juego de sus músculos bajo la piel morena. Sin una palabra, se limpia el otro
pie y se mete debajo de la manta.
—No podrás dormir
después de haberte administrado esos torpedos —dice el Cowboy.
—Ya lo sé —mirando
el techo—. Prefiero pensar.
El Cowboy alarga la
mano sobre su cabeza para alcanzar la botella y toma un sorbo: luego se la
ofrece a Sarah, pero ésta deniega con la cabeza.
—¿Haciendo planes?
—Lo intento —cambia
de opinión ella y alargando la mano hacia la botella, se incorpora sobre un
codo para tomar un trago, luego la deja sobre la manta, entre los dos—. Supongo
que podría entrar en la Zona Franca por La Habana y pasar la aduana para tomar
un vuelo local hacia Tampa. Una vez allí me ocultaría hasta que pudiese
intentar algunos contactos para saber si puedo salir sin peligro. Creo que no
habría inconveniente..., el Atamán está demasiado comprometido para echarse
atrás ahora, y si hay guerra va a necesitar soldados. Por otra parte, sabemos
ahora que el objetivo de la guerra no soy yo.
—Sí. y también
sabemos que el objetivo soy yo.
Ella le dirige una
rápida ojeada.
—Sí. En cierto
sentido.
El Cowboy descansa
la nuca sobre las manos y sonríe, mientras desfilan por su mente recuerdos del
interfaz del blindado, escalas luminosas, monitores en busca de enemigos
rasantes... Es bueno poder desentenderse de todo ese jaleo, pero resulta una
contrariedad sentirse objeto de un conflicto y no poder dar la cara. Recuerda a
Elfego Baca, el que calentaba tranquilamente las tortillas para su desayuno
mientras una partida de téjanos cosía a balazos la pared de adobe de su
barraca. A los cazadores de bisontes de Adobe Walls cargando sus Sharp mientras
la coalición india de Quanah Parker se lanzaban al asalto en plena noche
profiriendo alaridos de guerra. Al teniente Christopher Carson buscando la
espalda de los lanceros de Pico para ir en busca de los marines del comodoro
Stockton y acudir al rescate de la columna de Kearny... Cualquiera que sea el
desenlace, el Cowboy sabe que se le recordará en esta región durante mucho
tiempo.
—Por mi parte,
continuaré actuando como un apache durante algún tiempo. Perfil bajo,
movimiento rápido. Y que los míos hagan lo mismo. Arkady no dispone de ningún
sicario o agente que pueda moverse sin escolta.
—¿Tan a fondo
conoces la organización de Arkady?
—Ya lo
averiguaremos. Sabemos dónde buscar —ríe—. Creo que hubo un antepasado apache
en mi familia. Sólo que, como eso no se consideraba respetable en mi pueblo por
aquel entonces, nadie lo sabe con seguridad. Supongo que ahora se verá.
Sarah se queda
mirándole largamente, como si fuese a decirle algo pero luego se hubiese
arrepentido. Por último decide hablar.
—Oye, Cowboy.
Concédete siempre un margen para salir corriendo. No se puede ganar siempre.
—Me he pasado toda
la vida corriendo. Y ganando también.
Ella replica con
dureza:
—Hay que saber
sentarse a parlamentar. Cowboy, y también saber cuándo es mejor desaparecer.
El Cowboy la mira
con tristeza.
—Tú opinas que no
puedo ganar, ¿verdad?
Sarah se da la
vuelta y con eso le ha dado la respuesta. El Cowboy se humedece la lengua con
otro sorbo de whisky para combatir el escalofrío que empieza a invadir su
médula.
—¿Crees que Michael
tendría más posibilidades?
Ella se encoge de
hombros.
—Cuenta con más
recursos, mejores contactos. Está en mejor posición para negociar.
—Y tú te reunirás
con tu hermano en Florida.
—Sí.
Él se sienta en la
cama, cruza las piernas y toma otro sorbo. Contempla a Sarah, sus hombros
anchos, los músculos felinos de su torso, los pechos que parecerían demasiado
grandes y desproporcionados en una mujer menos alta que ella. Pasa la visión al
infrarrojo y observa el calor de sus músculos y la pulsación térmica que
recorre su garganta.
Ella le mira con
impaciencia.
—Míralo de esta
manera, Cowboy. Cuando termine esta travesía volveremos a ser sólo aliados, y
quizá no por mucho tiempo. Quiero cobrar y volver a casa, y después de eso cada
uno atenderá a sus propios problemas.
—Ya lo sé. Pero
deja que lo lamente un ratito, si no te importa.
—No te pongas
sentimental.
El Cowboy retorna a
la visión normal y observa las duras líneas de sus facciones, pero en seguida
ella se vuelve boca abajo y apoya la barbilla sobre los antebrazos, hurtándole
la cara.
—A mí me parece que
si me quedo aquí voy a seguir necesitando guardaespaldas más que si intentase
atravesar la Avenida. Una persona que no pueda venderme a la oposición porque
la buscan tanto como a mí mismo.
—No. Debo ocuparme
de Daud.
—Podrías traerle
aquí.
Ella le mira por
encima del hombro y cuando habla hay cuchillas de afeitar en su voz.
—Mira, Cowboy. De
hoy en adelante quedémonos estrictamente en el terreno de los negocios. Las
relaciones sexuales dejan de constituir parte del servicio, y mi tarifa aumenta
a partir de mañana mismo.
—No sabía que el
sexo fuese parte del servicio; de haberlo sabido me parece que lo habría
aprovechado antes.
Las facciones de
ella parecen de piedra durante un momento, pero luego se dulcifican un poco.
—Lo siento, Cowboy
—le mira—. No estuvo mal, pero no quiero ataduras con los socios comerciales, y
tú sabes muy bien por qué.
—Lo supongo, al
menos —el Cowboy toma otro trago; el brillo de la lámpara se refleja en el
corazón de la botella como un amanecer diminuto en un cielo nublado. Por un
instante le recuerda el cielo negro punteado de estrellas fijas que él cruzaba
con su ala delta cuando saltaba la Muga, hasta que asomaba la aurora...
Sarah se ha dejado
caer de nuevo sobre la almohada, los ojos tan negros como la cabina de un delta
y con el mismo punto de luz sutil. Está endureciéndose otra vez, piensa el
Cowboy, pero tiene motivos para ello. Puesto que regresa a un lugar en donde no
va a encontrar amigos, ni nadie que la proteja sino ella misma. Donde no puede
permitirse confiar en nadie, excepto tal vez en ese Daud que yace en una cama
de hospital...
No tan diferente de
él mismo. Cree que puede confiar en más gente que Sarah, pero el único
incondicional también está en alguna cama, curándose las heridas de bala.
A lo lejos, los
coyotes alzan su fúnebre aullido y Sarah se pone otra vez rígida. Al cabo de un
momento se relaja de nuevo y el Coyote, como si le hubiese adormecido aquel
sonido familiar, enrosca el tapón de la botella y se tumba mientras su mente
considera los muchos planes que ha trazado mientras andaban por los caminos.
Lo primero,
procurarse un vehículo, cualquiera que sea.
El Cowboy cabalga
otra vez el interfaz y las notas de la guitarra vaquera suben y bajan por su
espina dorsal como una tempestad en invierno. No es más que un Packard de tipo
medio con tracción opcional a las cuatro ruedas, pero no deja de tener su
interfaz y avanza con rapidez sobre la cinta desvencijada de asfalto bajo el
cielo azul y libre, y el Cowboy disfruta manejándolo, atento al régimen de la
turbina, a la bomba de combustible, a la temperatura del propulsor, lo mismo
que si llevase su blindado a turborreactores Rolls-Royce.
Sarah ocupa el
asiento envolvente del acompañante. Van hacia la estación del ferrocarril y el
tren bala de Butte que debe llevarla hasta Kansas City a más de trescientos
kilómetros por hora. Desde allí tomará el avión a La Habana, entrando en Zona
Ocupada.
Está revestida otra
vez con su armadura, la cazadora azul recién lavada y con el cuello vuelto
hacia arriba, las gafas que ocultan los ojos. Marcada de cicatrices, cáustica,
dura, de vez en cuando flexiona los dedos en un movimiento inconsciente, como
disponiéndose a aferrar la garganta de alguien. Casi se adivina cómo vuelven
poco a poco los recuerdos de la luchadora callejera, los antiguos reflejos algo
olvidados durante las últimas semanas.
Tiempo de
supervivencia, piensa el Cowboy. Es extraño que una marcha a pie cruzando el
país pueda recordarse como una temporada de vacaciones, y sin embargo lo ha
sido, pero ahora hay que retornar a las cosas serias.
La estación del
tren bala es subterránea y las vías corren bajo las calles de la ciudad. El
Cowboy lleva el Packard hacia una cochera también subterránea; el eco de los
neumáticos al rodar acaricia sus nervios mientras su mente circula a la
velocidad de la luz. Es un interfaz, después de tanto tiempo.
De mala gana
desconecta la turbina. El zumbido del volante de inercia en las tripas del
vehículo va decayendo hacia la gama de los graves al tiempo que él se
desconecta del interfaz y se vuelve hacia Sarah, que tiene la puerta abierta y
empieza ya a apearse. El Cowboy sigue su ejemplo.
Ella aguarda a que
él abra el portaequipaje. El petate, recién comprado en Butte, pesa debido al
oro que contiene, aunque no tanto como solía, porque la Heckler Koch no pasaría
los detectores. Escrito en un pedazo de papel, el código que abrirá la bodega
de carga del panzer cuando el Atamán quiera recuperar sus componentes
electrónicos.
El Cowboy le tiende
el petate y nota los dedos fríos de ella al tomarlo. Su pensamiento vuelve a
las montañas perfumadas de aroma a sauce, al roce cortante de los vientos
invernales en el desierto, al contacto cálido y resbaladizo del cuerpo de ella
cuando cabalgaban el interfaz sexual y la piel de ella resplandecía en blanco
para la visión infrarroja de él y brotaba de su boca una larga vaharada de
color rojo-anaranjado como los cirros del crepúsculo.
—No voy a ponerme
sentimental —anuncia ella.
—Si me necesitas
para algo —replica el Cowboy—, puedes dejar un mensaje bajo el número de
Randolph Scott, de Santa Fe. Lo abriré dentro de un par de días.
—Randolph Scott. Lo
recordaré —los ojos ocultos detrás de los cristales parecen contemplar el cielo
unos momentos—. Puedes dejar un mensaje para mí en el bar llamado Blue Silk —se
sonríe, enigmática—. El propietario es un amigo.
—De acuerdo.
Ella le tiende la
mano.
—Ha sido un placer
hacer negocios contigo, Cowboy.
—Quizá volvamos a
ser aliados.
El Cowboy se
considera tan capaz de jugar a este juego como cualquier otro. En el momento de
estrecharle la mano, ella da un paso adelante y le rodea el cuello con los
brazos. Nota el chaleco antibala que se aplasta sobre su pecho. Ella le roza el
cuello con los labios y luego se echa atrás, bruscamente. A pesar de los
cristales reflectantes él adivina que sus ojos parpadean. Luego ella se sonríe
con fiereza, se ajusta el chaleco y le da la espalda.
El Cowboy nota un
tirón en la nuca como si alguien estuviera mirándole, pero cuando se vuelve no
hay nadie. Tras cerrar el portón trasero del Packard, sube al vehículo y toma
el volante.
En marcha hacia el
sur, piensa. Montana va a resultar un lugar muy solitario.
10
CIFRAS DE LA PASADA
NOCHE EN TAMPA, TOTAL CERRADO
A LAS 8 DE LA
MAÑANA: 22 MUERTOS EN EL PERÍMETRO URBANO
LOS AFORTUNADOS
GANADORES COBRAN 3 POR 1
El Pony Express
agazapado en el vasto hangar parece la estatua de ébano de una pantera en el
instante del salto. Las luces multicolores de la Wurlitzer proyectan sus haces
rojos, amarillos y azules hacia la estructura del techo y la música de los
Texas Playboys retumba en el cavernoso espacio, los metales rebotando en las
paredes de chapa mientras los bajos retiemblan en los fundamentos de hormigón.
El Cowboy aspira de nuevo el viejo y familiar olor de la cabina mientras se
acomoda en el asiento y corrige la colocación de la Heckler Koch en su regazo.
Enchufa los conectores en su cráneo y pone en marcha los sensores del ala delta
dejando que la visión expandida proyecte en su cerebro las imágenes
transparentes, pero no se ve nada más que el interior del hangar desierto y la
formación de los aparatos inmovilizados ala con ala.
Enciende las
pantallas de los sistemas de armamento. Las hileras de luces rojas corroboran
que los depósitos portamisiles se hallan almacenados en otro lugar y que no
queda munición para los cañones ventral y dorsal. Pero no le sorprende; sabe
que debe conformarse con la Heckler Koch.
Fuera del hangar se
oye el sollozo de una turbina, que anuncia la llegada de alguien. Cierra la
cremallera del chaleco antibala gris comprado en Boulder y levanta las solapas
para protegerse el cuello, al tiempo que se cala el casco sobre los zócalos. La
puerta se abre y las pantallas le muestran una figura solitaria que entra, los
pasos resonando sobre el suelo de cemento por entre la música vaquera.
El Pony Express
capta simultáneamente la presencia del intruso por la cámara de infrarrojos y
la de visión nocturna, rojo y blanco cromo, en forma de silueta que se recorta
sobre la media luz que proyecta la máquina de discos. El Cowboy reconoce a
Warren, quien avanza con cautela y llevando una carabina en las manos, y deduce
que al entrar él en el hangar se habrán activado los avisadores electrónicos.
De ahí que Warren se haya acercado a inspeccionar.
Luego vive todavía,
piensa el Cowboy. A lo mejor las cosas no están tan mal como parecen.
El Cowboy enciende
una luz de posición en la base del fuselaje y el destello de color rojo empieza
a describir su traza circular a lo largo de las paredes, como si marcase el
ritmo a la batería de Smokey Dacus. Al verlo Warren se detiene, registrando con
la mirada la formación de alas delta. En seguida echa a andar hacia el Pony
Express, aunque manteniéndose siempre a la sombra de las alas. El Cowboy pone
en marcha sus intensificadores de percepción Santistevan y asoma la cabeza por
la carlinga.
—He supuesto que tu
casa estaría vigilada.
Warren le contempla
por debajo de la visera de su gorra.
—Hola, C-boy
—saluda bajando la carabina y mostrando sus mellados dientes en una sonrisa—.
Han pasado por aquí algunos que preguntaban por ti.
—¿Qué querían?
—No lo dijeron. Mi
opinión personal es que casi todos traían intención de matarte —abandona la
carabina en el suelo y acerca una escalerilla con ruedas hacia el fuselaje—.
Estuvo aquí Arkady en persona, ofreciendo veintidós acciones ordinarias de la
Tempel a cambio de tu cadáver.
La hilaridad
cosquillea los nervios del Cowboy.
—Me pregunto cómo
habrá calculado la cifra.
—Uno de sus hombres
estuvo huroneando por aquí la semana pasada, sin ir más lejos. Era Chapel, ya
lo conoces, el cerebro de lagarto. Para repetir las amenazas y reiterar la
oferta, como puedes figurarte. Le dije que prefería no meterme en ningún jaleo.
Quizá se lo creyó.
El Cowboy
desconecta los sensores y la luz de posición.
—Chapel, sí. ¿Quién
más trabaja para Arkady?
—Por ahora es sólo
una guerra entre intermediarios. Los tanquistas independientes procuran
mantenerse al margen. Hoy por hoy, y por lo que se refiere a los
intermediarios, Pancho y el Lija se han pasado al bando de Arkady, Georgi y
Saavedra murieron asesinados casi el primer día. El Cara, el Pajero y Dmitri el
Flecha pelean contra Arkady pero no están teniendo mucha suerte por ahora. La
mayoría de sus tanquistas se mantienen leales, al menos por ahora. Y los del
Esquivo van como locos.
El Cowboy nota un
ramalazo de tensión en los brazos al escuchar el nombre del Esquivo, y respira
hondo antes de preguntar:
—¿Cómo está?
—Se repondrá
—responde Warren mirándole fijamente—. En su escondite de las montañas, con una
escolta de especialistas en intervención rápida y dispositivos electrónicos.
Arkady no se acercará por allí hasta que él decida salir.
—Necesito verle
—dice el Cowboy con alivio.
—Puede arreglarse.
El Cowboy se quita
el casco y, de mala gana, se desconecta del interfaz. Las hileras de luces
rojas se desvanecen de su panorama mental. Warren le contempla con el ceño
fruncido.
—No todos los
visitantes han sido enviados de Arkady —dice—. También Jimi Gutiérrez se ha
dejado caer por aquí un par de veces. Parecía convencido de que yo estaba al
corriente de tu paradero y no quiso creerme cuando le dije que no lo sabía.
Dijo que deseaba combatir a tu lado y me pidió que te pasara el mensaje.
—Bien, pues ya está
hecho.
Warren prosigue en
tono de burla:
—Buen muchacho
Jimi, aunque bastante loco, me parece.
El Cowboy escruta
las facciones de Warren, angustiado por un presentimiento.
—Oye, Warren
—empieza—. Necesito saber si estás dispuesto a ayudarme en esto.
El otro baja la
mirada.
—Tengo una familia
—contesta, y el Cowboy nota el peso de la tristeza que se abate sobre sus
hombros; frunce el ceño sin atreverse a apartar la mirada de sus instrumentos.
—Lo comprendo.
Warren le mira con
los ojos muy abiertos a uno y otro lado de su ganchudo apéndice nasal.
—No he dicho que no
quiera hacerlo. Sólo digo que es un punto a considerar —aprieta los labios con
rabia—. Jutz dijo que había recibido una llamada tuya y que dijiste que los
Orbitales andaban metidos en el jaleo.
—La Tempel, al
menos, eso es seguro, Arkady es su hombre de paja.
Warren resopla con
desprecio.
—De ahí el
ofrecimiento de las acciones. ¡El muy cochino!
El júbilo inunda el
corazón del Cowboy, que sonríe y aporrea el salpicadero en un gesto de triunfo.
—Esto no querrás
perdértelo, Warren. Nos haremos cargo de tu familia. Que se escondan hasta que
haya terminado todo.
Los labios de
Warren se distienden en una mueca de burla.
—¿Y cuántos años
crees que tardará, C-boy?
—No muchos, puesto
que intervienen los Orbitales. Con los recursos que tienen, si se prolonga
demasiado la guerra la ganarán ellos.
—Exacto. Eso es lo
que yo pensaba. ¿Se te ocurre alguna manera de conseguir que sea corta?
El Cowboy le mira
con franqueza.
—Necesito un par de
cosas con urgencia. Un buen experto en cristales que me ayude a desbloquear al
menos una parte de mis fondos. Una entrevista con el Esquivo. Y en cuanto a ti,
Warren —prosigue mientras el viejo se frota la barba de dos días—, necesito que
te mantengas al margen por ahora. Que Chapel y Arkady sigan creyendo que no
quieres tener nada que ver. Y quédate aquí para revisar los delta, y que me
pongas el Pony Express en condiciones para volar.
La sorpresa se
pinta en las facciones de Warren.
—¿Los delta?
—pregunta—. ¿Quieres volar otra vez sobre la Muga?
—Quizás —el Cowboy
se arrellana en el asiento, sintiendo el delta como una prolongación negro mate
de su propio cuerpo, listo para elevarse—. Sobre Colorado y Wyoming.
Poco a poco la
comprensión va naciendo en los ojos de Warren, lenta pero bella como la
amanecida del sol.
ALMACÉN INCENDIADO
EN ORLANDO SE TEMEN PÉRDIDAS
HUMANAS
La policía
desmiente que hubiese tiroteo
Marc Mahomed
susurra desde los altavoces ocultos; su voz anuncia un mensaje subaudible entre
las exclamaciones y los ritmos sutiles del hob. Maurice contempla con rostro
desprovisto de expresión las fotografías de las paredes, tan absorto como si
fuesen pantallas de vídeo. Sus ojos metálicos se vuelven hacia Sarah cuando
ella entra, y cruza por sus facciones una tenue sonrisa.
—¿Ron y lima?
—pregunta.
Sarah asiente,
notando cómo el aire acondicionado del bar refresca el sudor que le baña la
frente. Sonríe con gratitud contemplando el Blue Silk. aliviada al verse en un
ambiente conocido.
Pasa revista a la
parroquia del bar, en este momento reducida a dos mujeres rusas de ojos
melancólicos, a las que ya ha visto otras veces. A juzgar por los nombres que
van puntuando la conversación —Lenin, Stukalin, Bunin, Trotski— deben hallarse
enfrascadas en la habitual discusión acerca de qué fue lo que salió mal e hizo
que la Unión Soviética fracasara en su misión de civilizar el resto del mundo.
La vieja polémica, como no ignora Sarah, que distrae a los exiliados rusos en
todos los rincones del mundo. Sin hacer más caso de ellas, acepta el vaso
helado que le ofrece Maurice.
—Otro. Éste para
ti, yo invito —dice ella.
Maurice asiente y
alcanza el vaso de White Horse sin mirar, con la gracia exacta del mimo que
define un objeto no visible.
—Se deja usted ver
poco por aquí últimamente, señorita —dice.
—Estuve fuera, en
viaje de negocios. Además procuro evitar a ciertas personas.
—¿Como aquel
caballero de los Orbitales?
Ella se encoge de
hombros significando que sí.
—Me cae mal esa
gente. No saben cuándo hay que dejarla a una en paz.
—Preguntaban mucho
por ti hace algún tiempo. El tal Cunningham. Le mandé que se largara con viento
fresco.
—Gracias, Maurice
—contesta ella con sentido agradecimiento.
—Otras veces son
sujetos que a lo mejor trabajan para él, pero no estoy seguro —menea la
cabeza—. Hace semanas que no veo a ningún tipo raro, Sarah. Es posible que ese
Cunningham se haya vuelto a su casa.
—Ojalá, pero no lo
creo.
Una de las rusas
levanta una mano para pedir un vodka azul. Maurice la sirve en vasos que extrae
del congelador y los lleva a la mesa. El calorcillo del ron acaricia la
garganta de Sarah. La puerta se abre a sus espaldas dejando entrar una bocanada
de aire caliente de septiembre j unto con una silla de ruedas en la que viene
un hombre de mediana edad, con ojos de metal, con un par de muñones en vez de
piernas. Es uno de los ex compañeros de servicio de Maurice y también le ha
visto otras veces. Sarah cree recordar que le llaman James y dirige de nuevo la
atención a su vaso, mientras los dos hombres intercambian saludos en voz baja.
Maurice le prepara
a James un combinado y se lo sirve en la mesa, negándose a cobrárselo por mucho
que el otro protesta. Sarah tiene la impresión de que este rito se ha repetido
muchas veces antes. Marc Mahomed entona una elegía que habla de ocasiones perdidas,
de amores perdidos, de la pérdida del sentido de la vida. James maniobra su
silla de ruedas hacia uno de los reservados del fondo. Maurice retorna a la
barra, a la eterna contemplación de las fotografías, en la mano el vaso que ni
siquiera ha empezado. Ella pide otro.
—Oye, Maurice. Tú
vives aquí, en el piso de arriba, ¿verdad?
—Exacto, señorita.
—¿Te sobra una
habitación?
Los enigmáticos
ojos Zeiss se alzan para fijarse en los de ella.
—¿Por qué lo
preguntas?
—Necesito un
escondite en Tampa —explica—. Donde no puedan encontrarme Cunningham y sus
amigos. Te pagaré un alquiler, Maurice. Por adelantado.
Maurice la
contempla tranquilamente con sus ojos inexpresivos y ella se pregunta si habrá
sabido tocar bien las teclas, con la mención acerca de los Orbitales y todo
eso.
—No quiero tráficos
en mi casa —dice—. Nada ilegal, nada de visitas de desconocidos. No me
interesan los líos.
—No habrá
problemas, Maurice. Sólo quiero un lugar para dormir.
Él deposita el vaso
sobre la barra.
—De acuerdo,
entonces. Una semana, luego ya veremos.
Sarah nota un
alivio inmenso, brinda con el vaso y le dedica una débil sonrisa.
—Gracias, Maurice.
Eres un amigo.
Se abre la puerta
del fondo y asoma otra vez James, conduciendo su silla de ruedas hacia la mesa.
Maurice le sigue con la mirada, pensativo.
—Ha sido un gran
hombre el capitán. Estuvo loco muchos años porque no podía seguir volando.
Sarah mira a James
por encima del hombro, consciente de la tristeza que habita en los recuerdos.
—Sí —dice—. Yo he
sentido algo parecido.
ASESINATO FRUSTRADO
EN CASPER EL COMANDANTE ANDREIEVICH SALVA LA VIDA
El herido declara:
«No tengo enemigos
en el estado de Wyoming» La policía no tiene ninguna pista
La casa del Esquivo
se alza sobre una de las cimas menores de los Sangre de Cristo, desde donde se
domina una extensión de muchos kilómetros de llanura hacia el este; no por
casualidad la excelente posición militar permite ver todo lo que ocurre abajo,
con un farallón prácticamente inexpugnable a las espaldas. En esta parte del
mundo los forasteros nunca fueron bien recibidos, y los curiosos no pasan
desapercibidos para las gentes del lugar.
El Cowboy cabalga
el interfaz hacia el sur, la Heckler Koch echada en el regazo mientras conduce
llevando el Packard al límite sobre aquella carretera donde el cielo queda tan
cerca que se tiene la sensación de poder tocarlo. El amanecer va despertando las
grandes llanuras orientales. A su alrededor todo está lleno de pinos jóvenes,
repoblados hace pocos años después de una gran tala, y de crecimiento acelerado
por cortesía de los combinados químicos Orbitales.
El Packard se
desliza con soltura a lo largo del interfaz entre la mente y el ojo, el cielo y
la tierra, el amanecer y el último dedo frío de oscuridad. El Cowboy dirige
rápidas ojeadas a los escasos coches y camiones que pasan, en busca de caras
conocidas, gestos de sorpresa, miradas maliciosas, pero no ve sino las caras de
las familias que se encaminan al pueblo para asistir a la primera misa de la
mañana.
La verja del
Esquivo está flanqueada de guardianes en uniforme de camuflaje y antibala;
calados sobre los ojos los escáneres de infrarrojos y de visión nocturna, les
proporcionan las mismas ventajas que tiene el Cowboy con sus implantes. Con su
visión infrarroja el Cowboy cree divisar a dos sujetos escondidos en una
trinchera camuflada próxima y provistos de lo que, según la silueta, debe ser
un cohete de los que se disparan desde un tubo al hombro. El Cowboy toma de su
regazo la pistola automática y la coloca sobre el asiento del acompañante.
Estaciona delante
de la verja y desconecta la turbina. En el silencio de la mañana el sollozo
eléctrico del alzacristales parece ensordecedor. El Cowboy contempla el
abultado escáner del individuo que se acerca.
—Deseo hablar con
el Esquivo. Díganle que soy su viejo amigo Tom Mix, el del rodeo de Portales.
—Antes debe dejarme
el arma.
—Guárdenla bien. Me
agrada el tacto de ese armatoste —entrega la Heckler Koch y el hombre se la
coloca debajo del codo. El Cowboy considera la insignia de los Flash Forcé en
el bolsillo de la guerrera del hombre, que lo identifica como uno de los
mejores y más incorruptibles mercenarios en su especialidad. El vigilante
transmite el mensaje del Cowboy a través de su micro de laringe y con una mano
se aprieta el casco sobre la oreja izquierda para escuchar la contestación;
luego mira al Cowboy y menea la cabeza.
—¡Hombre!, debe ser
usted un ángel del Señor, por lo menos. Incluso me han ordenado que le devuelva
la pistola.
—Se lo agradezco.
El aullido de la
turbina sube de gama mientras el guarda hace seña de que abran la verja. El
Packard proyecta gravilla hacia atrás mientras sube la rampa de aproximación. A
través del infrarrojo se ven más guardas de seguridad que patrullan el jardín,
pero como no se supone que deba hacer caso de ellos, continúa sin hacer caso.
Al llegar delante de la larga fachada de rollizos deja el arma en el asiento
del vehículo y para disimular echa sobre ella la peluca.
Por la puerta asoma
Jutz con una sonrisa que la luz de la aurora tiñe de rojo; luego, profiriendo
un alarido, echa a correr y se abalanza sobre el Cowboy de un salto,
sujetándole con los brazos y las piernas mientras él permanece de pie en medio
del camino, con una tenue sonrisa.
—¡Bastardo! —le
reprende, enmarañándole los cortos cabellos—. ¡Cuánto te hemos echado en falta!
—le contempla con sus ojos azules—. ¿Has procurado comer bien? Tienes buen
aspecto.
—Estoy muy bien. He
cruzado más de medio país a pie, pero me acompañaba una guardaespaldas.
Ella se deja caer
hasta tocar de nuevo con los pies en el suelo y mete un pulgar en su cinturón
ranchero; el Cowboy le rodea los hombros con un brazo y ambos se encaminan
hacia la puerta.
—¿Cómo está el
Esquivo? —pregunta el Cowboy.
—Mejora. Ahora está
durmiendo, conque vas a tomarte un caldo y me darás un poco de conversación
hasta que él se levante.
Pasan por debajo
del marco detector sin que se encienda ninguna luz roja ni ninguna áspera voz
sintética del láser explorador los intime a detenerse. Es la casa de vacaciones
del Esquivo y no el rancho en donde trabaja, pero presenta el aspecto de un castillo
sitiado.
Sobre un fuego de
la cocina, un caldero de cincuenta litros siempre disponible para los hombres
del Dodger que entran y salen con arreglo a diferentes turnos; en el horno, un
montón de tortillas envueltas en hoja de aluminio para mantenerlas templadas. El
Cowboy se sirve sendas raciones y echa unas monedas en la jukebox, regalo suyo
de dos o tres Navidades atrás para Jutz y el Esquivo. Los neones de la máquina
empiezan a girar al ritmo de la música vaquera mientras Jutz le pone en
antecedentes.
El Cowboy rebaña el
caldo con los restos de la tortilla. A lo que parece, las tropas acusan el
cansancio de la guerra. Los intermediarios, ante la necesidad de financiar la
contienda, han puesto en circulación más mercancía, y los del Nordeste se
dedican a acaparar. Los precios caen en el Nordeste y suben en el Oeste debido
al aumento de la demanda. En consecuencia, los blindados han multiplicado tanto
sus viajes que algunos empiezan a presentar síntomas de desgaste y averías. Se
dispone de menos panzeres simulados a medida que van cayendo en manos de la
policía. Uno de los hombres del Esquivo ha permanecido seis días escondido en
un barracón de Missouri con su panzer destrozado a tiros, hasta que fue posible
repararlo y organizar una ruta de escapatoria.
—Han intentado
raids de datos, tantos que hasta se oyen por teléfono e incluso por el
microondas, desde un planeador lanzado sobre Wagon Mound —cuenta Jutz—. Pero
nosotros guardamos nuestros datos en las cabezas, naturalmente. Por eso
intentaron matar al Esquivo.
El Cowboy
experimenta un remordimiento, algo inusual en él.
—Creo que en parte
ha sido culpa mía —apunta, pero Jutz le responde con tranquila sonrisa:
—Sí, eso ya nos lo
habíamos figurado.
Pero él no deja de
sentirse incómodo.
—Lamento haber sido
el causante.
Jutz ríe y cubre su
mano con una de las suyas.
—Habría ocurrido de
todas maneras. Y además, si tú no los hubieras puesto nerviosos tal vez habrían
apuntado mejor.
El Cowboy oye un
rumor de pasos y al volverse ve al Esquivo que entra. Lleva un chaleco de piel
de cordero por encima del pijama de seda azul y parece pálido, debilitado y más
delgado que nunca, el cabello revuelto, mientras camina con precaución sobre las
alfombras de artesanía india. Al verle, el Cowboy ha tenido una alegría tan
grande que se echa a reír involuntariamente, a lo que el Esquivo frunce el
ceño.
—Sé que estoy
ridículo —dice—, pero no creo que sea cosa de burla.
El Cowboy se ha
incorporado de un salto para ir a estrecharle la mano. Habría preferido
abrazarlo pero teme que se le abra algún punto de sutura.
—¡Caramba! —exclama
el Esquivo con los ojos muy abiertos de júbilo—. Celebro que hayas regresado.
—Traigo algunas
ideas y algunas novedades.
—Ya me contarás,
pero antes deja que tome un poco de café.
—De acuerdo —el
Cowboy se atrapa a sí mismo sonriendo como un cabezabotón después de la primera
electrodosis del día. Acompaña al Esquivo hasta la cocina y mientras el otro
sorbe su café, el Cowboy mete más monedas en la jukebox, como si tuviese ganas
de bailar.
Luego regresan al
salón y el Cowboy se pone a explicar sus proposiciones mientras el Esquivo,
arrellanado en un cómodo sillón, abrigado en su chaleco de cordero y los ojos
convertidos en dos rendijas, sujeta el tazón con ambas manos mientras asiente
de vez en cuando, o formula una pregunta en demanda de más detalladas
aclaraciones. Por último y tras llenar por segunda vez, se echa hacia atrás con
los ojos cerrados.
—Sí —dice por fin—.
La pondremos a prueba.
—Primero lo del
informático —replica el Cowboy.
—Correcto.
Se oye
simultáneamente el zumbido de dos radios, la una en el cinto de Jutz, la otra
en el bolsillo del Esquivo, que extrae el aparato para contestar. La voz del
interlocutor se oye con claridad.
—Aquí Lockyer desde
la verja. Un tal Jimi Gutiérrez quiere verle, dice que trae noticias.
Una mueca de
desagrado cruza por las facciones del Esquivo.
—Okay. Regístrenlo
y que pase.
—A la orden.
El Esquivo devuelve
la radio al bolsillo.
—¡Caray! Soy
demasiado viejo para tratar con esos chiflados.
—Es de los
nuestros. Esquivo —comenta el Cowboy.
—Eso dice él sin
parar, pero como lo dice con esa risa de loco, me figuro que tenerle entre los
nuestros es como tener un cachorro de jaguar. Hasta el día que confunde tu mano
con su desayuno.
Aparece bajo el
dintel otro guarda de seguridad que intercepta a Jimi, y una vez pasado el
control le acompaña al tanquista hasta la sala. Viene con la cara deformada por
una sonrisa nerviosa y los ojos tan dilatados como los cañones de una
ametralladora gemela. Viste chaleco antibala, vaqueros recortados y zapatillas
de tenis azules, sin calcetines. Cuando advierte la presencia del Cowboy en un
rincón suelta una carcajada triunfal, mostrando las cadenetas metálicas que
ciñen sus dientes.
—Por fin te he
atrapado, Cowboy —dispara la incontenible verborrea—. Quiero acompañarte.
¿Recuerdas que un día estuvimos junto en las montañas?
—Sí. Anda, siéntate
y danos la novedad.
Pero Jimi está
demasiado excitado para sentarse y sigue hablando en pie, agitado como un
títere. Jutz contempla su actuación con indulgencia.
—Tengo diez mil K
en antibióticos de Arkady. En la bodega de carga de un panzer, a unos ciento
cincuenta kilómetros al norte de aquí. ¿Crees que podrían servirte para algo,
Esquivo? —gira sobre sí mismo haciendo aspavientos con los brazos, los pies
agitados por la frenética danza victoriosa de sus nervios ciberimplantados—. Y
además me he cargado a ese bastardo de Chapel mientras ponía pies en polvorosa
hacia México.
El Cowboy,
sonriente, se vuelve hacia el Esquivo, pero éste ha cerrado los ojos para no
tener que mirar a Jimi.
—Siéntate de una
vez, Jimi, antes de que me dé un infarto —ordena por último el Esquivo—. Y
cuéntame cómo sucedió.
Sin que el
ultimátum haya mermado su entusiasmo, Jimi se sienta en el brazo de un sillón,
las suelas de goma punteando todavía ritmos sobre la alfombra. El Lija, uno de
los aliados de Arkady, le había encargado pasar la Muga por la parte oriental
de Colorado. Mientras estaban cargando se presentó Chapel, y así Jimi supo que
Arkady tenía por lo menos una participación en ese viaje. Entonces Jimi puso en
marcha el panzer, apuntó las roquetas y los cañones hacia el personal de tierra
y borró del mapa al Lija y a Chapel junto con el camión de combustible, antes
de salir disparado hacia las Rocosas en busca de un escondite.
—Con lo que me
queda la carga por valor de diez millones de pavos, y un panzer completamente
nuevo, y de paso he librado al planeta de dos sabandijas —concluye Jimi,
exultante, al tiempo que se pone en pie de un salto y se aplaude a sí mismo—.
¿Os parece que eso me califica como miembro de vuestro equipo?
—Yo creo que sí,
Jimi —contesta el Cowboy, con lo que no le queda al Esquivo otro remedio sino
plegarse a lo inevitable.
—Sí, Jimi —dice—.
Creo que estuviste bien.
Jutz se pone en pie
y rodea con un brazo los hombros de Jimi.
—Gracias —dice—.
Siempre es bueno poder contar con algunos amigos.
Jimi la abraza y la
voltea en el aire, entre risas de Jutz, mientras el Esquivo los contempla con
el ceño fruncido.
—Voy a echar unas
monedas en la Wurlitzer —dice Cowboy, y luego, echando la mirada atrás por
encima del hombro—: ¡Eh, Jimi! ¿Quieres un poco de caldo?
Jimi deja a Jutz en
el suelo y se saca del bolsillo una petaca de mezcal.
—Cómo no —dice—. Me
alegro de hallarme a bordo.
—Lo sabemos —dice
el Cowboy al tiempo que se acerca a los neones multicolores de la máquina y
hurga en sus bolsillos.
NUEVO PRESIDENTE
ELECTO DE UCRANIA
PROMETE NEUTRALIDAD
ANTE EL CONFLICTO ESTONIA-MOSCOVIA
Sarah entra en la
habitación de Daud y ve a un sacerdote ruso de pie junto a la cama de un nuevo
compañero de habitación, atado de pies y manos con correas al bastidor. Un
Huntington vírico, piensa. Erosión simultánea de la mente y del cuerpo una vez
pasada la fase contagiosa. El religioso no se vuelve para ver quién ha entrado,
sino que mantiene el barbudo rostro mirando al moribundo.
Daud tiene dos ojos
ahora, uno de ellos rodeado por la cicatriz de la reciente operación de
implante, pagada mediante un giro de Sarah desde la estación del tren bala en
New Kansas City. La sigue con la mirada mientras ella pasa detrás del sacerdote
y sus facciones se alteran.
—Sarah —dice.
—Aquí estoy.
Él alarga una mano
que ella se apresura a tomar entre las suyas.
—¿Dónde estuviste?
Ella contempla el
rostro agitado por una lucha interior en donde la gratitud combate con el
resentimiento.
—Me he visto
obligada a ocultarme, Daud.
Ella acaricia su
mano suavemente, la carne nueva y rosada.
—Me abandonaste,
¡maldita sea! Dijiste que serían sólo un par de días. ¿Dónde te has metido?
—Las cosas se
complicaron.
Intenta darle un
beso en la mejilla, pero él aparta la cara.
—Están reduciéndome
la dosis —continúa él—. Tengo dolores. En las piernas, en todas partes. Ni
siquiera puedo realizar los ejercicios que me asignan.
Sarah recorre el
cuerpo con la mirada, observando la delgadez de las piernas nuevas debajo de la
sábana.
—No te darán de
alta hasta que hayas aprendido a andar.
—No puedo hacerlo
si no me dan la dosis.
—Oye, Daud —replica
ella, procurando hablar con amabilidad—. No he traído nada, ni inhibidores de
hormonas, ni endorfinas.
Daud retira la mano
y ella insiste, intenta persuadirle, pero Daud no quiere escuchar. Ella observa
las convulsiones angustiadas de su garganta y mejillas, mientras procura
reprimir su propia y creciente frustración y rabia. Intenta no olvidar que esos
mohines son lo único que le ha quedado a Daud, su manera de comprobar que ella
sigue a su lado y que seguirá consintiéndole. Pero el furor se hace demasiado
intenso y para evitar la explosión, Sarah se incorpora y sale afuera.
El frío pasillo
murmura un mensaje y ahora ella ya sabe cuál es.
La ciudad la rodea
y ahora no tiene a nadie que le guarde las espaldas.
TEMPEL
PHARMACEUTICALS ANUNCIA
LA CURACIÓN DEL
HUNTINGTON
ALZA INCONTENIBLE
DE LAS ACCIONES TEMPEL
EN TODOS LOS
MERCADOS
El tratamiento
consiste en un virus sintético de «búsqueda y destrucción»
Thibodaux, el
experto en cristales, es un hombre delgado, nervioso; agazapado en el coche del
Cowboy, parece sumergido en algún tipo de trance interior mientras frunce el
ceño y teclea con celeridad en su ordenador portátil. Años atrás el Cowboy
trató un poco a Thibodaux, cuando éste era amante de un tanquista que acabó
estrellándose en un trigal de Dakota del Sur.
—¡Por fin, hombre!
—anuncia Thibodaux—. Tenemos comunicación con esa sociedad de cartera de
Montevideo. Podemos proceder.
—Vamos —dice el
Cowboy, tomando un conector del equipo de su acompañante cajún y
enchufándoselo.
El Cowboy sabe que
la dificultad no está en transferir los fondos; para eso bastará con
facilitarle a Thibodaux los códigos. El truco estriba en despistar a los
trazadores que la ley habrá puesto sobre sus cuentas de manera que sigan todas
las transacciones para comunicar a la policía su localización.
Se opera desde el
coche del Cowboy. El equipo de Thibodaux está conectado a un teléfono público
instalado sobre su poste de aluminio en la West Alameda de Santa Fe. Quizá la
ley cuente con personal lo bastante hábil como para trazar las series de
comandos, y por eso el Cowboy no ha querido utilizar ninguna de las líneas a
las que accede habitualmente.
Huele a cerrado en
el habitáculo y los nervios empiezan a crujir por la acumulación de adrenalina.
Thibodaux entra en el interfaz y se pone en comunicación con el robobroker del
Cowboy. Éste libra el primer código de su cristal, y en el espacio de dos segundos
todas sus acciones emprenden un camino complicado, aparentemente aleatorio,
pasando por los mercados de Singapur, Londres y Mombasa Nova.
Aproximadamente
tres segundos más tarde, todas ellas han sido permutadas por otras acciones.
Mientras se confirman las ventas, Thibodaux le hace una seña al Cowboy y éste
libra el segundo código de sus circuitos integrados. Los títulos del Cowboy
sobre varios depósitos de metal precioso, custodiados en las arcas de varios
bancos del Oeste norteamericano, se encaminan hacia los mercados de materias
primas de Tobago.
Las cadenas de
datos que representan la nueva cartera de valores del Cowboy, adquirida en tres
lugares diferentes, se codifican y se envían a los satélites geoestacionarios
propiedad de la Mikoyan-Gurevich, la Toshiba y la Gold Coast Máximum Law
Corporation I. G. Luego se venden en tres plazas diferentes realizando los
precios en pesos mexicanos, francos CFA de Bangui y kronur islandesas.
Mientras tanto el
oro y la plata del Cowboy se han convertido en shillings ugandeses, los cuales
se transfieren a Manila, donde quedan depositados en un banco electrónico
disfrazado bajo la razón social Greater Asian Trade Company. Estos shillings
sirven como garantía de un crédito por un importe del orden del 99,999 por
ciento del valor en shillings y vigente por un tiempo de diez segundos.
Cowboy facilita a
Thibodaux un tercer código, y sus títulos como copropietario de unos
apartamentos de lujo en la urbanización Lightside, sita en el Mitsubishi
Permanent Orbital Environment del Punto de Lagrange Número Cuatro, quedan
vendidos realizando un módico beneficio. El comprador es un inversionista de
Zurich y el pago en francos suizos se transfiere a un banco electrónico de
Melbourne, donde nuevamente se aplican en garantía de un préstamo de diez
segundos de duración.
Mientras se reciben
en Melbourne los códigos que representan los francos suizos, las tres cadenas
de información diferentes que representan las ventas de acciones realizadas por
el Cowboy rebotan a la velocidad de la luz entre una serie de satélites y estaciones
terrestres. El programa que ha creado Thibodaux es autocontenido, viaja con los
datos y no necesita instrucciones en este punto, lo cual no sucederá
necesariamente con los programas trazadores que hayan introducido las
autoridades: con cada rebote entre la Tierra y el satélite, ida y vuelta, se
añade otra fracción de segundo al retardo entre el instante en que el programa
ve la transferencia y el momento en que el programa trazador principal, alojado
en el frío corazón de cristal de un gran computador terrestre, se entera de la
transacción y puede actuar en consecuencia.
En el decurso de
sus saltos entra la Tierra y el espacio, y viceversa, cada cadena de datos pasa
por una estación receptora instalada en una antigua plataforma petrolífera del
Gran Sur. Thibodaux tiene una línea directa e independiente con la torre de perforación,
y cada vez que pasa por allí una cadena de datos Thibodaux le añade otro
programa nuevo, una cadena de nuevos datos que se añade al primer mensaje
simulando su configuración y contenido... Este nuevo programa es lo que se
llama, en la jerga del oficio, un furgón de cola.
Los dineros
prestados son enviados en transferencias diferentes a las bolsas de Singapur y
Mombasa, donde se utilizan para comprar acciones de la Greater Asian Trade
Company. Estas acciones se trasladan a Manila y allí son revendidas a la Trade
Company por su valor nominal a cambio de konings ucranianos que se transfieren
a la Patagonia para comprar futuros sobre títulos de explotaciones ganaderas.
Los pesos, los
francos africanos y los kronur viajan a la velocidad de la luz hacia una
estación receptora en la isla de Ascensión, donde aguarda otro mensaje de
Thibodaux. Cada cadena de datos se divide en dos y el furgón de cola que simula
el programa original emprende su trayectoria hacia el cielo del crepúsculo
vespertino; si hay suerte, arrastrará consigo los trazadores. Mientras tanto,
los datos que representan el dinero saltan a un satélite propiedad de la
Korolev y de ahí a un apartado de correo electrónico en Montevideo, el cual
está a nombre de una tal Holding Company No. 384673. El ordenador de esta
sociedad de cartera cuenta el dinero, deduce la comisión de Thibodaux y la suya
propia, y da una señal de alerta a una operadora humana, una señora de mediana
edad que se aburre al lado de un ordenador viejo de sobremesa en una
desvencijada oficina con vistas al dique construido como defensa contra las
aguas del Atlántico y el Río de la Plata. Esta operadora humana abre otra línea
telefónica y se pone a teclear códigos.
Mientras la mujer
se inclina sobre su teclado y escribe, el ordenador principal de la Greater
Asian Trade Company observa que no se ha reembolsado el préstamo de diez
segundos y procede a ejecutar la garantía. Se supone que junto con los
shillings ugandeses que va a cobrarse el banco viajará el trazador de la
policía, incapaz de seguir las vicisitudes del préstamo.
Los futuros sobre
valores ganaderos de Patagonia se venden en Namibia a cambio de rublos
sudafricanos. Éstos empiezan a rebotar entre la tierra y el satélite por el
mismo sistema que las demás cadenas de datos y pasando también por la
plataforma del Gran Sur para colgarles un furgón de cola similar.
El banco de
Melbourne procede al embargo por el impago del segundo préstamo y se cobra los
francos suizos del Cowboy. La mujer en Montevideo concluye su laboriosa tarea
de ingresar manualmente los fondos en el Sony Bank de Uruguay, de donde son
transferidos inmediatamente por Thibodaux a la bolsa de valores de Chicago para
una complicada y aparentemente aleatoria serie de compras de acciones.
El furgón de cola
añadido a los rublos sudafricanos se envía a sí mismo al Punto de Lagrange
Número Cinco, mientras los rublos propiamente dichos se desprenden y van a
Montevideo. Aparece otra cadena de datos en el ordenador de la Holding Company
No. 384673. La mujer se inclina de nuevo sobre su teclado y empieza a escribir
saboreando anticipadamente su próximo cigarrillo.
Los furgones de
cola hacen su aparición en las oficinas de prensa News-Data de varios
combinados Orbitales y se presentan bajo el epígrafe de PARA DISTRIBUCIÓN
INMEDIATA como otras tantas copias de un despacho de Reuter sobre la triunfal
gira de Marc Mahomed por Malasia.
Thibodaux retira
los rublos del Sony Bank of Uruguay para otra serie de compras de acciones en
Chicago. Tiene el labio superior perlado de transpiración al tiempo que se
desconecta de su equipo y se vuelve hacia el Cowboy.
—Ya está —anuncia—.
Pon tus contraseñas a las acciones.
El Cowboy emite una
serie de códigos y luego Thibodaux extrae de la boca de carga un dado de
cristal y se lo entrega. El Cowboy se desconecta a su vez y se guarda el dado.
—No creo que
ninguna autoridad haya sido capaz de seguirlo. Creo que habrán quedado colgados
cuando el dinero se inmovilizó en los bancos para servir de garantía... No creo
que se les haya ocurrido abandonar el seguimiento del dinero para controlar el
destino de los préstamos. Y el retardo que hemos introducido después de eso les
impediría distinguir los furgones de cola y los datos verdaderos. Luego no veo
cómo habrían superado el obstáculo de la sociedad de cartera uruguaya, con la
intervención de una operadora humana para transferir datos entre dos
ordenadores diferentes y no conectados entre sí —Thibodaux busca un paquete de
tabaco en sus bolsillos y sonríe—. Me parece que incluso habrás realizado un
beneficio con todas esas operaciones, aunque pequeño, unos miles de dólares
diría yo.
—No me preocupan
las autoridades de aquí —replica el Cowboy—. Intento quitarme del pellejo los
trazadores de los Orbitales.
—Ni siquiera ellos
pueden viajar a más velocidad que la luz —dice Thibodaux—. Y en cualquier caso,
de la conexión uruguaya no habrán podido pasar. El programa tendría que ser tan
listo que en ese punto cayera en la cuenta de comprobar todas las comunicaciones
telefónicas activas de la ciudad, para averiguar cuáles de ellas correspondían
a movimientos de dinero tuyos —menea la cabeza—. No, lo más seguro para ellos
habría sido interrumpir la transferencia y robar el dinero. Tienen gente capaz
de conseguirlo, si se aplican a ello —le dirige una sonrisa irónica al Cowboy—.
Lo sabrás con seguridad cuando intentes mover alguna de esas acciones.
—Sí. Gracias.
De todas maneras,
el Cowboy planea permutar todas sus acciones tan pronto como haya perdido de
vista a Thibodaux, y luego asignarles nuevos códigos. Cierto que Thibodaux
tiene reputación de operador honrado, pero nunca se sabe y para qué correr
riesgos.
Thibodaux baja la
ventanilla del Packard y alargando la mano, desconecta del teléfono su equipo.
El Cowboy se conecta a los mandos del coche y la turbina se pone en marcha,
casi silenciosa, apenas una vibración perceptible a través del bastidor.
Pero Thibodaux
sigue con la mirada fija en su equipo, el ceño fruncido.
—¿Sabes una cosa?
Sí es posible que los Orbitales hayan intentado seguirte la pista. Estoy seguro
de que había más de un trazador. He controlado los primeros pasos del programa
y pude notar cómo intentaban colgarse.
—¿De veras?
—Uno de ellos, sin
embargo, era una cosa extraña, más bien como la etiqueta de un mensaje —sus
ojos se velan un instante y luego continúa—. ¿Conoces a alguno que se llame
Reno?
El Cowboy siente
como si le hubiesen tocado la nuca con un hierro frío, y se queda mirando a
Thibodaux mientras el miedo se propaga por todos sus miembros como la onda de
un impulso hidráulico. Luego menea la cabeza.
—Reno está muerto.
—Pues es raro. La
única parte del mensaje que he podido leer decía COWBOY LLAMA A RENO, repetido
una y otra vez.
—¿Nada más?
—Nada que yo me
haya entretenido en leer —sonríe Thibodaux—. Tú me pagas para que mueva tus
fondos, no para saber qué programas les siguen la pista.
—Cierto —se
humedece los labios el Cowboy, mientras intenta distraer la atención con el
tráfico que abarrota la West Alameda; a la primera oportunidad desaparezca y se
pone en fila entre otros dos coches—. Supongo que habrá sido alguna especie de
truco, a ver si yo contestaba y lograban localizarme.
—Probablemente. Es
una extraña manera de hacerlo, no obstante.
—Extraña, sí.
También Reno era un hombre extraño.
Las pupilas del
Cowboy se convierten en puntas de alfiler cuando enfila su vehículo de cara al
sol de la mañana que se eleva sobre el verdor lejano de los Sangre de Cristo.
Todavía nota la estremecedora presencia cristalina del fantasma de Reno,
perdido en algún punto del interfaz pero alargando sus largos dedos metálicos
como patas de insecto que trazan largos jeroglíficos de datos... No, piensa. Ha
debido ser un truco.
No cabe otra
explicación.
RÉPLICA DE LA
KOROLEV ANUNCIANDO NUEVO MODELO DE DRONOSCOPIO JOVIANO
SE PREVÉ MODERACIÓN
DE PRECIOS PARA LOS PLÁSTICOS PRODUCIDOS EN
ATMÓSFERA DE GAS
Sarah se detiene y
contempla el panzer abandonado en la vaguada. Las ramas desprendidas lo han
cubierto y las hojas muertas se han amontonado a sotavento. Una oleada de
tristeza la invade como una turbonada de viento de Montana. Algo comenzó ahí,
una travesía durante la cual la ciudad, las calles, se desvanecieron al calor
del sol estival y ella disfrutó la libertad de ser otra cosa que una buscona
acorazada en lucha por su billete.
Amparada tras sus
gafas reflectantes, contempla a los cuatro hombres del Atamán que la han
acompañado desde Florida.
—Ahí está
—anuncia—. Vamos a por los cristales.
Una vez en el
fondo, teclea el código en la compuerta de carga del blindado, y ésta se
levanta con un silbido neumático.
Ahí están esperando
los corazones, bajo la coraza levantada.
DEMEUREZ-VOUS AU
PAYS DE DOULEUR?
LAISSEZ-NOUS VOUS
ENVOYER Á HAPPYVILLE!
Pointsman
Pharmaceuticals A, G.
La atención del
Cowboy se aparta del interfaz en el momento en que entra Jimi, recién regresado
después de transportar sus antibióticos robados a Kentucky y de haber alucinado
durante los últimos tres días. Trae el cuello y los brazos amoratados por los cinturones
de seguridad, resultado de sus maniobras de muchos g durante los trescientos
kilómetros de persecución a través de Nebraska que terminaron con un
helicóptero derribado en un maizal, y un coleóptero que se tragó toda una carga
de láminas de aluminio por la tobera de aspiración de uno de sus motores,
viéndose obligado a regresar cojitranco a la base con el motor restante.
—Espero que lo haya
conseguido, el pobre bastardo —comenta Jimi—. No era mal piloto.
Pero ahora la
fatiga le puede y se nota en su postura alicaída, sus párpados soñolientos.
Tras aceptar un whisky con agua del Esquivo, se derrumba en un sofá.
—Recuerda que te
has cobrado muy bien tus cardenales —dice el Esquivo—. Entre tu porcentaje como
socio y tu participación sobre la venta habrás ganado más de cinco millones.
De tan cansado,
Jimi ni siquiera contesta. El Cowboy sabe muy bien cómo se siente, pues él
mismo acaba de regresar tras cuatro días de expedición por el Norte y el Oeste,
acompañado por una pareja de mercenarios de Flash Forcé en el asiento de atrás,
para guardarle las espaldas mientras él se entrevistaba, de uno en uno o de dos
en dos. con todos los tanquistas, explicándoles lo que hay que hacer para
frenar la guerra de Arkady. Algunos parecen dispuestos a dar el salto, pero
nadie quiere ser el primero. Sin embargo, el Cowboy no ignora que es necesario
crear algún tipo de organización, concebir algún programa. De momento ha
realizado algunos progresos, o por lo menos eso cree, pero cualquier noticia
adversa podría dar al traste con todo.
—Al próximo que me
diga «estoy en esto por la aventura y no por la ganancia» le aplasto las
narices —observa.
—Tú mismo solías
decirlo antes —replica el Esquivo mirándole con curiosidad.
El Cowboy toma otro
sorbo de café antes de que se le enfríe del todo, confiando en que la cafeína
le mantenga despierto un par de horas más.
—Eso fue antes de
que viese la luz —replica.
Jimi se masajea los
músculos de la nuca, mientras el Cowboy se pregunta si será buen momento para
contarle lo de la conversación del Esquivo con esa ejecutiva de Korolev Bureau
que ha venido, a invitación del amo de la casa, para discutir una posible alianza
contra Arkady y la Tempel. Pero no quiso ni siquiera entrar a negociar y sus
condiciones previas equivalían a una rendición incondicional por parte del
Esquivo: convertirse en una subdivisión de la Korolev, no de la Tempel, y todo
eso sin luchar.
Como señaló la
mujer, los intereses terrestres de la Korolev no estaban amenazados; por
consiguiente, si decidían intervenir era preciso que el asunto valiese la pena.
El Esquivo rompió las conversaciones y dedujo que la Korolev no tenía ningún
inconveniente en dejar que la Tempel malgastase recursos en una guerra ajena a
sus propios intentos de absorber a aquélla, pero que en ningún caso financiaría
una insurrección popular contra ningún otro combinado, aunque éste fuese
enemigo.
Los tanquistas
tendrían que luchar sin la ayuda de ningún combinado, lo cual no le parecía tan
mal al Cowboy. A su modo de ver, si hubiesen aceptado una coalición con la
Korolev se habrían puesto al mismo nivel que Arkady.
El Cowboy apura el
café consciente de que no servirá de nada aunque tome otra taza; se le están
enmarañando las ideas y si recurre a sus nervios ciberimplantados no tardará
más de una hora en agotar las reservas y quemarse por completo. Así que decide
intentarlo por última vez y retorna al interfaz, a la contemplación de los
recuadros de colores, las flechas, las encrucijadas, que representan el
organigrama de la Tempel Pharmaceuticals I. G.
Ha sido Thibodaux
el que ha dibujado esa estructura, una representación en cuatro dimensiones del
combinado Tempel con todas sus filiales. La mayor parte de esta información
podría consultarse en cualquier registro público, pero algunos detalles, y en
particular la conexión con Arkady, son fruto de deducciones. El conjunto es
enorme; los fríos dedos del esqueleto de la Tempel rebañan varios millares de
platos diferentes, siempre en busca del máximo beneficio. La Tempel está
sumamente diversificada y resulta muy difícil seguir la pista de ninguna de sus
operaciones; todas ellas se entretejen con otras cien, hasta que se pierde el
rastro. Cantidades astronómicas de dinero de sus propias emisiones desaparecen
a través de anónimos dispositivos de blanqueo y vuelven a aparecer en otros
lugares sin dejar ninguna constancia de su origen. Las sociedades
instrumentales aparecen durante breves períodos y luego desaparecen en la
cuarta dimensión, moviéndose cronológicamente a través de la red y sin seguir
ninguna de las rutas de la jerarquía organizativa que el Cowboy haya logrado
distinguir. Entonces intenta fijarse en los nombres de las personas, para ver
cómo circulan a través de esa red. Por ejemplo un tal Marcus Thorn, por poner
un nombre elegido al azar, estuvo en la división de fármacos experimentales de
la vieja Nueva York terrestre, fue transferido al Grupo Orbital de
Investigación cuando lo más fuerte del negocio farmacéutico se trasladó del
pozo gravitatorio a la órbita, pasó luego con el título de vicepresidente de
personal a una entidad llamada Acceleration Group Máximum, dirigida por un
trepa llamado Henri Couceiro. Y después de seis años en la Máximum, reaparece
Thorn en la división lunar del Departamento de Patología. Allí el Cowboy ha
identificado otro nombre, el de Liu McEldowny, que también estuvo en la
Acceleration pero un año después recaló asimismo en la Luna División. Justo
antes de la Guerra de las Rocas, según indica la relación de movimientos de
personal de la división lunar, McEldwony regresó a la Acceleration, donde
estuvo hasta un mes después de la capitulación, para ser luego destinado a la
tierra, en la comisión de control del Puerto Franco Orbital, que como le consta
al Cowboy fue la organización instrumental montada por el combinado para establecer
las Zonas Francas de Florida, Texas y California.
Thorn permanece
otros dos años en la Luna y luego le nombran presidente de la comisión
encargada de la construcción del satélite colector de energía solar, la cual
pese a su nombre parece ocuparse casi exclusivamente de asuntos de personal. Es
donde reporta ante Couceiro, quien emerge de nuevo revestido del cargo de
director general de toda la división farmacéutica. Luego Thorn efectúa un salto
lateral pasando de la comisión del satélite a una vicepresidencia en la
División de Seguridad. Dos meses más tarde entra en el Consejo de
Administración, coincidiendo con la elección de Couceiro para la presidencia de
toda la organización. Desde el C. de A., el llamado Thorn controla una serie de
actividades, entre las cuales Desarrollos y, una vez más, la comisión del
Puerto Franco. Y uno de sus ayudantes, ¡oh, sorpresa!, no es otro sino Liu
McEldowny.
El Cowboy sigue la
traza de McEldowny retrotrayéndose en el tiempo hasta que localiza otra
conexión con Couceiro cuando eran el número uno y el número cinco,
respectivamente, de la Erosión Control Subsidiary, una compañía que se ocupaba
de hipotecar y acto seguido embargar miles de hectáreas de explotaciones
agrícolas afectadas por la erosión en Ucrania. Con lo que el Cowboy vuelve a
subir por la rejilla temporal contemplando cómo se baraja la composición del C.
de A. Coincidiendo con la asunción de Couceiro a la presidencia se observa todo
un remolino de actividad; el consejo se reduce de veinticuatro miembros a
quince y se produce un corrimiento de poltronas entre los sobrevivientes.
Cuando intenta averiguar lo que sucedió con los que salieron, el Cowboy
descubre que tres de ellos fallecieron y otros varios fueron transferidos a
cargos importantes dentro de la compañía..., pero en lugares tales como la
Antártida y Ceres. Otros altos funcionarios desaparecen cuando se someten a la
transferencia de su cerebro y cristales a otro organismo nuevo, tras lo cual
bajan de categoría mientras el C. de A. determina si sus calificaciones han
resultado afectadas por la operación. De todo esto, el Cowboy deduce que
Couceiro se ha dedicado a consolidar su dominio sobre el C. de A., así como a
sembrar la división entre sus oponentes enviándolos al ostracismo de destinos
brillantes pero bien alejados de la central.
Hubo otro revuelo
en el seno del C. de A. justamente dos años después; los consejeros vendieron y
revendieron mutuamente diversos paquetes de títulos y uno de ellos quedó
definitivamente excluido de las siguientes combinaciones. En este punto de la
rejilla el Cowboy advierte la presencia de un puntero que remite a un
comunicado de prensa extraído de los boletines MediaNet. Tras seguir el puntero
lee el informe y así descubre que aquel movimiento corresponde al fracaso de un
último intento por parte del antiguo presidente, Albrecht Roon, por recuperar
la poltrona, lo cual no consiguió por una diferencia de solo un voto. Antes de
que Couceiro asumiera el poder, Roon había sido presidente durante dieciocho
años hasta que, a la edad de setenta y nueve, hizo trasladar su cerebro a un
cuerpo nuevo sufriendo la democión correspondiente en forma de traslado a la
Asteroid Resource Comission. Cargo importante en un combinado cuyo punto fuerte
son los transportes espaciales, pero que en la Tempel supone el equivalente de
un destierro a Siberia. Desde allí intentó Roon su recuperación, y fracasó
porque uno de sus partidarios fue eliminado mediante jubilación forzosa y
sustituido por un hombre de Couceiro. En cuanto a Roon, continuó su carrera
descendente al nombrársele para presidir la South American Marketing.
Lo cual sugiere una
caída en desgracia importante: de presidente exaltado por encima del pozo
gravitatorio al exilio sudamericano. El Cowboy explora toda la carrera de Roon
a través de la compleja estructura de la Tempel, y luego la de Couceiro, lo
mismo que ha hecho otras veces. No parece que se pueda adelantar más con la
información disponible. Va a tener que realizar algunas investigaciones.
El Cowboy se
desconecta del interfaz y conforme las imágenes desaparecen de su mente observa
que el Esquivo ha desaparecido, probablemente para dormir la siesta, y que Jimi
se ha quedado roque en su sofá, el vaso entre las rodillas hace tanto rato que
ha quedado recubierto de rocío. Procurando no hacer ruido, el Cowboy sale de la
casa y se monta en su Packard. Lo pone en marcha y se encamina por la carretera
vieja hacia Cimarrón, la histórica ciudad que construyó hace tanto tiempo aquel
viejo pirata jovial que se llamó Lucien Bonaparte Maxwell, el amigo de
Christopher Carson y de William Boney que se consideró obligado a fundarla
porque era dueño titular del latifundio más grande del mundo y !e pareció a
Maxwell que era preciso tener además una capital. El Cowboy conecta el
ordenador del Packard a un teléfono público y empieza a consultar bibliotecas.
Los datos se
localizan con facilidad cuando uno sabe lo que busca en el cristal de la
biblioteca. Roon nació en Bonn y estudió en Leipzig, donde se licenció en
química antes de ingresar en la Tempel Pharmaceuticals I. G. el mismo año que
ésta empezó a construir su primer laboratorio farmacéutico en órbita. Poco
después le destinaron por primera vez al espacio, y durante los diez años
siguientes la compañía le tuvo viajando entre el planeta y la órbita, hasta que
fueron trasladadas a ésta las oficinas centrales y Roon subió con ellas.
Tan pronto como
accedió a la presidencia de la Tempel impulsó por todos los medios la
independencia de los Orbitales. En una ocasión envió a sus pilotos al cinturón
de asteroides desafiando la autoridad de la Comisión de Control Espacial, en
una demostración de no pequeña audacia teniendo en cuenta que la Tempel no
figuraba entre las principales compañías mineras y disponía de una flota
relativamente pequeña. También estuvo entre los promotores del Congreso de los
Combinados Orbitales como segundo de Grechko. Todo indica que la mayoría de los
programas del Congreso fueron iniciados por Roon, aunque éste procuró
mantenerse en un segundo plano dejando que Grechko diese la cara y asumiese
todas las críticas. Después de la Guerra de las Rocas, el mismo Roon inspiró la
política de balcanización de las principales potencias terrestres, así como el
establecimiento de las Zonas Francas bajo la supervisión de los Orbitales.
En cuanto a Henri
Couceiro, era hijo de brasileños pero nacido en la órbita, en una fecha en que
Roon todavía estaba en la Tierra preparando su licenciatura. Se enorgullecía de
no haber puesto jamás los pies en la Tierra y había manifestado en una de sus
declaraciones públicas más controvertidas, publicada poco después de acceder a
la presidencia, que el planeta para él no era más que «un asteroide entre
otros, sólo que más grande».
A lo que parece,
esa declaración fue uno de los escasos errores de la carrera política de
Couceiro. La trayectoria de ésta pasa por algunos eclipses; en sus comienzos lo
movían de un lugar a otro de la gran organización Tempel, a manera de
apagafuegos ejecutivo especializado en reorganizar programas y estructuras,
conseguir que los jefes se patearan los talleres y despedir a los
incompetentes. La gran ocasión se le presentó cuando lo nombraron director de
Acceleration Group Máximum, y ahora el Cowboy ya no se sorprende al descubrir
que ésta era de hecho una oficina de enlace con los demás combinados, dedicada
a reducir mediante la distribución de recursos y la creación de nuevas
tecnologías la dependencia de los Orbitales con respecto a la Tierra. Fue también
la Acceleration quien trazó los planes militares que condujeron a la victoria
de los combinados en la Guerra de las Rocas, y dirigió el reparto del botín
después de ésta.
Acceleration Group
Máximum hizo la fortuna de Couceiro, según todas las apariencias. Una vez
implantadas las políticas de la Máximum él se abstuvo de más posicionamientos
públicos para dedicarse por completo a profundizar en el estudio de la
burocracia, lo que le valió la dirección de la División Farmacológica y una
poltrona en el C. de A. Desde allí maniobró para conseguir que la junta se
negase a renovarle el cargo a Roon después de la operación de transferencia
—obviamente la votación se celebró mientras la mente de Roon se hallaba en su
matriz de cristal—, lo que aseguraba la primera democión de éste.
El Cowboy se
desentiende por un momento del modelo de Thibodaux para reflexionar sobre
Couceiro y Roon, sobre esta fractura entre el arquitecto de la independencia de
los Orbitales y el hombre que ayudó a poner en marcha los proyectos de Roon.
Será necesario volver a correr el modelo para identificar a todos los aliados
de cada uno en el C. de A. y en el resto de la burocracia, por si ello permite
deducir alguna conclusión.
Pero cuando se pone
a ello, con gran sorpresa del Cowboy parece operarse algún movimiento en la
complicada arquitectura del modelo; en la rejilla del interfaz aparecen
caracteres de color rojo que se desplazan rítmicamente y por último se
resuelven en un mensaje que va cruzando las bóvedas y los arbotantes del
«Templo»:
COWBOYSOSRENOCOWBOYSOSRENOCOWBOYSOSRENO
La súbita
proyección de adrenalina envara el cuello del Cowboy. Con un grito, se arranca
los conectores de la cabeza apagándose súbitamente el interfaz en su mente. Con
la mirada fija en la pantalla de cristal que tiene delante, se queda sentado en
su Packard intentando serenar los latidos desbocados de su corazón, y alarga
una mano temblorosa fuera de la ventanilla para desconectar del teléfono el
cable de su ordenador.
Piensa que ha sido
localizado, que han enviado agentes para matarle y él ni siquiera trae
guardaespaldas. Mira a uno y otro lado con desconfianza, intentando decidir si
irá derecho al refugio del Esquivo o ensayará una ruta recóndita pasando por
las montañas.
Reposa la nuca en
el apoyacabezas y las manos sobre el salpicadero que tiene delante, los brazos
tensos, procurando contener el temblor. Tendrá que conectarse de nuevo al
interfaz para conducir el coche, pero no tiene ningún deseo de tocar los
conectores para ver otra vez esas letras brillantes proclamando su mensaje
sobre el cristal.
El Cowboy se
adelanta y borra toda la RAM del coche, confiando en que eso baste para excluir
más comunicaciones fantasmagóricas de Reno; acto seguido toma los conectores en
las manos, cuyo temblor casi ha desaparecido ya por completo.
Una vez enchufados
en su cabeza, enfila derecho hacia la casa del Esquivo por la vía más corta y a
la máxima velocidad posible. Está bastante seguro de que podría sacar de la
carretera a cualquier perseguidor.
Es hora de realizar
algunas averiguaciones.
MODERNBODYMODERNBODYMODERNBODYMODERNBODYMODER
Manténgase en
contacto con su cartera de inversiones
No importa dónde
esté o lo que haga
Nuestros
neuroimplantes bidireccionales de platino
en audio y vídeo le
mantendrán en comunicación con su robobroker
las 24 horas del
día
Miembros del Club
CYBORG descuento del 20 % en todas las intervenciones
NBODYMODERNBODYMODERNBODYMODERNBODYMODERNBODYM
El Atamán Michael
enciende un cigarrillo con mano temblorosa. Tiene los ojos hundidos e
inyectados en sangre.
—Mal asunto —dice—.
Confiaba en que se hubiese equivocado mi informante, pero sintiéndolo mucho veo
que tenía razón.
—Esos individuos
eran buenos en lo suyo —replica Sarah, los nervios agitados todavía por el
miedo a manera de diminutos paquetes de impulsos que le cosquillean incluso en
los antebrazos. Guarda las manos en los bolsillos para que no se vea cómo
tiembla. Tiene la boca pastosa, anhelando el alivio de un zumo frío, pero lo
único que saborea es la sequedad del aire acondicionado en el estudio del
Atamán.
—Creímos que
valdría la pena intentarlo —dice Michael al tiempo que alcanza una botella
flexible y escancia dos chorritos de vodka en sendos vasos.
Sarah se ha pasado
toda la noche acurrucada en un portal sin más compañía que su propio pulso y el
sabor de su propia transpiración. Horas antes ella y otros cinco esperaban al
sicario de Lafitte que debía presentarse con un maletín lleno de fármacos y acompañado
de un solo guardaespaldas, no profesional. Pero, o bien la información había
sido parte de la propia emboscada, o el sicario intuyó algo, porque los que se
presentaron fueron dos enormes coches blindados que enfilaron rugiendo por la
calle, con las metralletas apuntando por las ventanillas. Los ecos del tableteo
restallaban entre las paredes lisas de los edificios y las balas revestidas de
teflón agujerearon muros de hormigón y redujeron ladrillos a polvo. Los que
iban en los coches eran neuroimplantados, y muy rápidos, y aunque Sarah había
tenido buen cuidado de apostarse donde tuviese ruta de escape, sólo su buena
suerte le permitió conseguirlo mientras los blindados perseguían a otros y ella
corría a través de una noche convertida en un monstruo oscuro de fétido aliento
a desperdicios, escáneres de infrarrojos en lugar de ojos, y risa que era el
ladrido de las armas automáticas. La batalla duró apenas unos segundos y el
resto de la noche hubo de pasarla pegada a la pared del portal, notando en la
cara la arenilla rasposa que desprenden las paredes húmedas en las ciudades,
mientras los coches enemigos patrullaban las estropeadas calles en busca de
sobrevivientes.
Habría valido la
pena arriesgar algún dinero al total de bajas de esta noche. Las apuestas se
pagarían más altas que de costumbre.
Sarah acepta el
vaso que le tiende Michael y deja que el vodka pase despacio por su garganta,
fuego frío de alcohol.
—Habríamos ganado
otra semana —prosigue en tono tranquilo Michael, hundido en su sillón de cromo
y cuero negro, y contemplándola con sus expresivos ojos rodeados de una fina
red de arrugas—. Lo tengo calculado. Dispongo de ocho meses de margen, luego
será la ruina. Todo un mes más que antes, al haber recuperado los cristales
gracias a ti —se arrellana en el sillón contemplando el cielo raso
insonorizado; incluso con los brazos apoyados en los del sillón se nota que le
tiemblan las manos—. La Tempel me ha cortado las fuentes de aprovisionamiento,
pero podré sostenerme durante algún tiempo con el contrabando, los sobornos y
las fabricaciones de mis propios laboratorios, además de las reservas. Tan
pronto como empezó la guerra pedí prestado, tanto como pude, sabiendo que nunca
volvería a tener tanto crédito. Prefiero deber mucho a muchos, para que algunos
de éstos consideren que vale la pena que yo continúe con vida.
Sarán cierra los
ojos y ve noche, movimiento súbito, haces de los faros, resplandores de
hologramas láser reflejados en la capota brillante de un vehículo que cobra
velocidad.
—Puedo mantener la
guerra durante seis meses al ritmo actual —la voz serena de Michael es el único
sonido que se oye en su fortaleza anecoica—. Pero luego no podré continuar
sobornando a la policía, así que empezarán a perseguirme. Los ingresos
disminuirán. A los siete meses dejaré de pagar la escolta de Máximum Law y
tendré que buscarme guardaespaldas no profesionales. Tarde o temprano, alguno
de mis amigos decidirá que mi existencia le perjudica demasiado a él.
Sarah abre los ojos
y ve que Michael la observa fijamente, con expresión divertida.
—Tú eres la única
con quien puedo comentar esto —dice él—. La única que no me traicionará. A ti
también te buscan.
—Pero no puedo
ayudarte. Atamán —contesta ella—. No está en mis manos cambiar la realidad.
—Eso ya lo sé
—replica el Atamán. Su mirada se aleja de ella, se convierte en la del jugador
pendiente de la bola plateada y de ver en cuál de las casillas irá a
descansar—. No queda otro remedio sino seguir moviéndonos, seguir manteniendo
las cosas en el aire. Y cuando caigan... —se encoge de hombros—, entonces
echaremos a correr y nos limitaremos a confiar en que no seamos lo bastante
importantes para ellos como para que vengan a perseguirnos.
Sarah contempla su
vaso de vodka, en cuyo interior ve la imagen reducida del estudio de Michael.
Confiar en que no seamos demasiado importantes, piensa, para que no se fijen en
nosotros y nos dejen vivir. Pero si te haces importante en la manera en que lo
son Michael y el Cowboy, entonces van a por ti. Sólo las ratas sobreviven,
nunca los leones.
Y las ratas no se
guardan las espaldas las unas a las otras.
ASALTO DE LA
POLICÍA ORBITAL A UN ALMACÉN DE TEXAS
DESCUBRE FÁBRICA DE
ARMAS CLANDESTINA SE CREE ABASTECÍA DE ROQUETAS A
LOS CONTRABANDISTAS
El Pony Express, un
pedazo de noche en movimiento, traza su parábola como el arco de violín que
suscita una música delicada. El Cowboy vuela de nuevo en el interfaz, percibe
el silbido del aire frío sobre el fuselaje negro mate del ala delta, el viento
que excita sus nervios y murmura libertad mientras él planea a gran altura
sobre las Montañas Rocosas. Sus ojos de metal exploran la oscuridad en busca de
trazas de infrarrojos.
Esto no es un vuelo
de reparto. El Cowboy ha salido de caza.
Regresó a casa
conduciendo como un loco después de esa jornada en Cimarrón, mientras notaba
cómo Reno, o lo que hubiese detrás de Reno, trepaba por su columna vertebral
como una inyección de adrenalina. Y sin embargo, ese día no vio a nadie, ni
tampoco el siguiente. Ni una mirada sospechosa, ni el menor rastro de un
enemigo durante las dos semanas siguientes, durante las cuales no se atrevió a
conectarse con ningún teléfono. No importa lo que haya detrás de ese mensaje,
es más de lo que el Cowboy está dispuesto a aguantar.
Un punto ámbar se
enciende en la pantalla del radar y el Cowboy lo estudia con atención. Es uno
de los infrecuentes vuelos comerciales, concluye juzgando por la gran altitud a
que viaja que no puede ser el avión de Arkady.
El alta delta corta
limpiamente el aire, reducida al mínimo su inmensa potencia, controlándolo con
precaución. El avión de Arkady es pequeño y los radares del Pony Express son
poco eficientes y tienen escaso alcance; hasta ahora, al Cowboy le ha interesado
mucho más conocer la posición de los radares enemigos que utilizar el suyo
propio. Pero él sabe que Arkady está ahí arriba, en alguna parte. El
recepcionista del aeropuerto, que está en la nómina del Esquivo, les ha
comunicado que su avión despegó justo antes de anochecer y que el propietario
iba a bordo, siempre con los cabellos erizados y cambiando de color a cada
momento.
Los
neurotransmisores cosquillean el cristal del Cowboy y el Pony Express inicia
una amplia curva hacia el este sobre Medicine Bow. Los oídos electrónicos
abarcan las bandas de microondas en busca de transmisiones. Sobre el
revestimiento absorbente del ala delta inciden débiles impulsos de radares
lejanos. En la negrura perfecta de su casco el Cowboy escucha únicamente el eco
de su propio aliento y percibe el sabor a goma y a gas anestésico.
La mente del Cowboy
se regocija al sentir bajo su control la potencia vibrante del ala delta, y sus
nervios se estremecen de placer. Demasiado tiempo había pasado desde la última
vez que se sintió el amo del cielo.
La atención del
Cowboy se fija en un punto plateado que se mueve sobre el fondo negro con la
rueda eterna de las estrellas. En efecto, es una traza de infrarrojos y el
Cowboy levanta el morro de su aparato para dar mejor ángulo a sus radares de
proa. La aceleración tira de la piel que rodea sus párpados. En las pantallas
aparece un punto ámbar de contornos indefinidos y el Cowboy se imagina a sí
mismo bajo la figura de un halcón que estrecha las alas para ganar velocidad en
la persecución de una presa lejana.
La guitarra vaquera
toca en la mente del Cowboy cuando éste da pleno caudal de combustible a los
motores y el gran avión se eleva hacia los minúsculos diamantes que tachonan el
cielo. El suspiro del aire se convierte en un aullido y el Cowboy nota en la columna
vertebral las leves vibraciones que sacuden desde la popa hasta la proa la
estructura del aparato conforme ésta absorbe tensiones añadidas. Piensa que
Arkady es ciego para estas cosas, de las que nada sabe, ni puede imaginar lo
que le espera. Cree acercarse a la cumbre pensando en términos de dinero y
modas, persuadido de que sus prendas de cryomax van a valerle el billete hacia
el mundo en donde se hacen realmente las cosas. Mientras los tanquistas crean
leyenda con sus propias vidas, Arkady está inmóvil en un espacio congelado
creyéndose importante.
La traza de
infrarrojos se halla ahora más cerca; en la visión del Cowboy es un resplandor
blanco. Se halla por encima y por detrás de su blanco ahora, coronando la cima
de un largo arco de parábola, por lo que pica el morro del ala delta y reduce
motores hasta acallarlos casi por completo.
El blanco está muy
cerca ahora. El Cowboy baja los flaps del Pony Express, sintiendo cómo la
máquina lucha tascando el freno. La fuente de infrarrojos cada vez más cercana
simula unos ojos de gato en la noche. El Cowboy desconecta su visión infrarroja
para ver mejor la silueta negra a la que se aproxima, para asegurarse de que es
el que busca.
Los
neurotranmisores accionan un conmutador y los electrones viajan por el cable
para encender el resplandor yoduro de cuarzo de las luces de posición. De
súbito la noche se ilumina con el perfil de un fuselaje blanco rayado de azul.
Es el avión de Arkady y la configuración es la correcta. El Cowboy incluso
puede distinguir caras que miran detrás de las ventanillas. El avión tumba un
ala intentando perder altura con rapidez.
Demasiado tarde.
Expira ya, perdiendo aire a través de los agujeros que ha abierto en el
fuselaje el minicañón rugiente de la tórrela dorsal del Cowboy. Se desprende un
ala, estalla uno de los motores haciéndose pedazos y escupiendo fuego y
aleación fundida. El Pony Express describe un arco sobre la máquina que cae en
vuelo invertido; el Cowboy quiere ver la caída directamente desde su carlinga.
Sabe que todavía tardará por lo menos media hora en llegar a tierra junto con
la granizada de vainas de treinta milímetros expulsada por el cañón, hasta
estrellarse en algún lugar cerca de la frontera de Nebraska, Arkady siempre con
su pelo erizado, perfectamente inútil ya la caprichosa secuencia de sus cambios
de color anaranjado, verde, azul...
El Cowboy observa
la caída y un lento remordimiento embarga su mente poco a poco. Arkady ha
muerto, pero ha sido demasiado fácil. El intermediario iba en un reactor civil
desarmado, totalmente desvalido frente al monstruo blindado. Los nervios del
Cowboy arden todavía preparados para un combate y todavía no acusan el hecho de
que todo ha terminado.
Los enfurecidos
radares de la Avenida de los Condenados intentan rozarle con sus garras de
microondas mientras él siente el hondo afán de volver a correr el paso de la
Muga, sentir de nuevo cómo vibra la máquina bajo el esfuerzo de los giros
supersónicos, bailar entre las lanzas de los misiles enemigos, ver los fuegos
azules de alcohol que le empujan y le libran de todo daño... Una
intercepción/destrucción tan fácil como la que acaba de realizar no es
operación digna del Pony Express ni culmina triunfalmente ninguna batalla.
El Cowboy pica el
morro del delta y pone rumbo a Colorado. Ha cumplido con su trabajo;
desaparecido Arkady del panorama, mejora un poco el margen del Esquivo y de sus
aliados.
Se consuela
pensando que éste no ha sido el último encuentro. La Tempel respaldaba a Arkady
y no tardará en hallar un sustituto.
Un respiro, eso es
lo que se ha conseguido con la operación, y él confía en que sea suficiente
para organizar su embajada ante Albrecht Roon.
MARC MAHOMED TE
DICE QUIÉN ERES
Sarah entra en el
Blue Silk por la puerta trasera, por entre cajas de bebidas y de drogas, cierra
la puerta silenciosamente y se embolsa la llave.
Su habitación sobre
el bar contiene sólo una mesa con una consola de ordenador conectada por vía
telefónica, un sillón, una nevera portátil de plástico y un colchón puesto
directamente en el suelo. Desde el bar se filtra la música en forma de retumbar
inconexo de las secciones rítmicas. Imitando a la rata, Sarah se esconde
mientras el perro ratonero olfatea por los alrededores.
Arrancándose el
chaleco y la camiseta, busca una toalla para secarse la transpiración. Acaba de
visitar a Daud y ha escuchado durante una hora sus quejas sobre el hospital y
el tratamiento, sobre cómo los terapeutas le maltratan y le han quitado su
dosis, y Jackstraw no quiere ponerse al teléfono y hace que conteste un
desconocido, un chico nuevo cuya voz no le gusta nada a Daud... Ha sido un
largo monólogo, como siempre que se le visita, como una cinta magnetofónica en
bucle cerrado que se repite una y otra vez. Sarah está agotada.
Arroja la toalla al
suelo y abre la nevera para sacar una cerveza. Sólo entonces observa en la
pantalla de la computadora el indicador que avisa la presencia de un mensaje.
Sarah abre la botella flexible con los dientes al tiempo que alarga la mano
para tocar la tecla que sacará a pantalla el mensaje retransmitido por Maurice.
Al verlo en el monitor, una oleada de calor invade sus nervios, tan sutil y tan
real como un polvillo de droga proyectado por el inhalador:
MAÑANA A LAS TRES
EN BLUE SILK. SI NO PUEDES ACUDIR DEJA MENSAJE. RANDOLPH SCOTT.
11
El Cowboy,
intranquilo, aguarda en el asiento trasero del coche mientras mira las hojas
agostadas de las palmeras que el viento agita a las puertas del Blue Silk, y
escucha el soplido del receptor de radio que uno de los escoltas de Flash Forcé
dejó en su asiento al lado del conductor. Los espejos de cristal oscuro
reflectante del bar reflejan la calle, que hierve de calor, y el fantasma
luminoso tridimensional del holograma láser destinado a llamar la atención de
los transeúntes.
El otro
guardaespaldas ha entrado en el establecimiento en previsión de una posible
emboscada. El Cowboy rebulle con nerviosismo en su asiento confiando en que la
presencia de los escoltas no espante a Sarah, a la que imagina saliendo
furtivamente por la puerta trasera, con la cabeza llena de imágenes de
asesinato.
En el receptor
suenan dos tonos breves en coincidencia con las dos ráfagas de portadora
emitidas por el emisor alojado en el cráneo del mercenario que ha entrado en el
bar. Es la señal convenida para indicar que no se ha detectado nada sospechoso.
El conductor adelanta el coche subiéndose a la estrecha acera y lo estaciona
delante de la puerta del bar; tras una última ojeada a la gente que pasa por la
calle, hace una seña con la cabeza y el Cowboy se apea del coche con celeridad
para sumergirse al instante en las frescas y acogedoras interioridades del Blue
Silk.
En el bar no está
Sarah, sino únicamente un grupo de hombres de negocios apurando los restos de
una cena tardía, un individuo en silla de ruedas abstraído en la contemplación
del lugar donde en otro tiempo tenía sus piernas, y en un rincón, el guardaespaldas
del Cowboy sentado tranquilamente, el vaso de whisky canadiense con agua en la
mano y la espalda apoyada contra la pared, a salvo de sorpresas desagradables.
El Cowboy se acerca a la barra y pide una cerveza al negro silencioso de los
ojos metálicos.
Mientras le sirven
la cerveza contempla los cuadros de las paredes creyendo adivinar a qué
responde el nombre del establecimiento.
—¿Conoce usted por
casualidad a un tal Warren, uno que fue jefe de operaciones en Vandenberg
durante la guerra?
—No, señor
—contesta Maurice—. Yo estuve en Panamá pilotando un cutter.
—¿Con la
escuadrilla de Townsend? ¡Buen trabajo hicieron allá!
—Pero no lo
suficiente —interviene en la conversación el de la silla de ruedas, que ha
sacado la mandíbula con instintivo orgullo al escuchar el nombre de Townsend.
El Cowboy contempla
con sorpresa un par de ojos Zeiss en los que reluce una furia contenida y, a lo
que se le antoja, una obstinación no del todo racional.
—A mí me derribaron
en seguida, ni siquiera logré salir del pozo gravitatorio —cuenta el hombre—.
Caí aquí, en Florida. En cambio Maurice fue uno de los que lucharon contra la
SPS china, pero le acertaron durante el retorno y realizó un aterrizaje forzoso
en Orlando.
El Cowboy se vuelve
hacia Maurice, sabedor de que apenas una docena de hombres lograron regresar
después de la batalla contra la SPS.
—Ésos sí eran
grandes pilotos —comenta.
—Sí, pero la guerra
estaba terminada desde antes de que despegáramos. Sólo que nosotros no lo
sabíamos —dice Maurice no sin fatigada amargura, pese a su tono tranquilo; el
Cowboy recuerda la voz que salía por los altavoces de la sala de control en
Orlando, lanzando serenamente su mensaje MAYDAY de emergencia mientras la nave
en llamas trazaba una línea que cruzó de parte a parte el ardiente cielo de
Florida.
—Yo también soy un
piloto, un jockey del aire —sorbe el Cowboy su cerveza.
—Me lo figuraba —se
señala Maurice sus propios ojos metálicos—. He visto que lleva el equipo
completo.
Y siguen hablando
de aviones hasta que el Cowboy ha vaciado la mitad de su cerveza, después de lo
cual mira fijamente a Maurice y baja la voz para preguntarle, con un cosquilleo
de emoción en los nervios:
—¿Está aquí Sarán?
¿Querría decirle que Randolph Scott desea hablar con ella?
Maurice apunta con
un ademán de la cabeza hacia el mercenario de la Flash Forcé que bebe en su
rincón.
—¿Es de los suyos
ése?
—Sí.
—Bien. Temí que
fuese..., ¡ejem!..., uno de los que merodean por aquí. Un momento, por favor.
Volviéndose hacia
la registradora, teclea unos códigos con la uña, y sus ojos reflejan el mensaje
color ámbar de la pantalla vuelta hacia él.
—Todo en orden,
señor Scott. Vaya al final del pasillo, donde están los servicios, abra la
puerta que dice PRIVADO y encontrará la escalera.
El Cowboy apura su
cerveza.
—Gracias.
Seguiremos hablando luego.
Se encamina hacia
la puerta sin volverse a mirar a su guardaespaldas, y empuja la puerta que le
han indicado; tan pronto ha pasado por ella, oye cómo se cierra el pestillo
eléctrico. Flota en el aire un débil aroma a hachís. A su alrededor ve cajas de
diversos destilados y otras drogas legales. Sube por la estrecha escalera y ve
a Sarah en el rellano, recortada en silueta contra la luz de una bombilla
desnuda.
Lleva una camiseta
roja con las mangas arrancadas y unos vaqueros .blancos de algodón, y va con
los pies descalzos. Le ha crecido un poco el pelo, cuyas puntas llegan ahora
hasta la unión del cuello con los hombros. Cuando él llega al rellano le recibe
con una sonrisa burlona, tocando la hombrera del chaleco antibala.
—Veo que ahora te
viste mi sastre.
—Sí, para una
americana y dos pantalones.
Sarah se vuelve y
echa a andar por un pasillo, entre más cajas de bebidas.
—Vamos a mi
habitación.
Él la sigue,
observando sus andares de pantera desconfiada, y se sorprende al observar la
mezquindad de la habitación, con sus paredes blancas y la ventana tapiada con
ladrillos. Después de quitarse el pesado chaleco, se sienta en la única silla.
Sarah le ofrece una cerveza de la nevera, se sienta en su colchón adoptado la
postura del loto y tras abrir su propia cerveza rompiendo el precinto con los
dientes le pregunta:
—Así pues, ¿qué
haces en Florida, Cowboy?
—Necesito hablar
con el Atamán Michael.
—¿Sobre qué?
—Sobre una manera
de ganar la guerra.
Ella suelta la
carcajada.
—¡Bien! Temía que
te hubieras vuelto sentimental.
El viejo juego,
piensa el Cowboy. No será él quien lo rehúse.
—Sí, he echado
mucho en falta la cerveza de los Silver Apaches —mirándola como si pudiera
adivinar sus pensamientos—. Todavía trabajas con el Atamán, ¿no? ¿O has
cambiado de bando?
Una seca negativa
con la cabeza.
—Seguimos formando
equipo. Además, los del otro bando no me quieren.
—Así pues, todavía
somos aliados.
Sarah disimula una
sonrisa.
—Supongo que sí.
Un punto a mi
favor, piensa el Cowboy, mientras toma un sorbo de cerveza.
—¿Cuándo podrías
ponerme en contacto con Michael?
—Casualmente me
consta que no está. No podré hablar con él hasta la noche.
El Cowboy bebe
largo rato y mientras baja la botella conmuta sus ojos al infrarrojo. En las
mejillas de Sarah se ven sendas manchas plateadas.
—Arkady ha muerto
—anuncia él—. Yo derribé su avión.
Sarah considera la
novedad mientras él observa el juego de las manchas de calor en el rostro de
ella.
—Bien, pero no
termina ahí la cosa para ti, ¿verdad?
—No creo, si
tenemos en cuenta quién le respaldaba. Pero ganamos un poco de tiempo —al
retornar a la visión normal se encuentra con los ojos de Sarah que le miran
fijamente.
—¿Tiempo? ¿Para
qué?
Entonces él le
cuenta lo de la Tempel, lo de Couceiro acomodado en su hábitat del punto de
Langrange contemplando la Tierra con sus ojos fríos de hijo del espacio. Lo de
Albrecht Roon, el que transfirió su mente a una matriz de cristal y de ésta a
un cuerpo nuevo y joven. Y le habla de carteras de inversiones, de sociedades y
organigramas, de cómo él intuye que los votos del Consejo de Administración
podrían cambiar de signo si ocurrieran determinadas cosas, de cómo las
prerrogativas políticas de los accionistas son la clave del equilibrio de
poderes. Es todo pura intuición, o la idea que se ha formado el Cowboy acerca
de las personas a quienes ha estudiado, pero él cree que va por buen camino.
Las cadencias de la
música hob se filtran a través del suelo mientras Sarah escucha las
explicaciones, siempre con las piernas cruzadas y sin acordarse casi de su
cerveza. Cuando el Cowboy termina, ella permanece largo rato con los ojos fijos
en el suelo.
—¿Y si no sale
bien?
—Entonces estaremos
más cerca de la derrota que ahora, y no quedará más remedio que dejarlo todo y
correr.
Sarah le mira
fijamente.
—Siempre y cuando
sepas cuándo es el momento de dejarlo, Cowboy. Ni Daud ni yo tenemos intención
de hacernos el seppuku contigo, y tampoco creo que el Atamán sea partidario de
ello.
—Puedes dejarlo
cuando quieras. Yo no podría impedírtelo, ni lo intentaré siquiera.
Ella sigue
mirándole, escrutando su rostro con mucha concentración, y por último asiente
con la cabeza.
—Sólo he querido
que lo tuvieras claro.
Sarah estira sus
largas piernas y se pone en pie para acercarse a la ventana tapiada, en cuyo
marco apoya un hombro al tiempo que se vuelve hacia los ladrillos con la mirada
distante, como si la ventana todavía tuviese cristal.
—¿De veras crees
que podemos ganar esa guerra, Cowboy? —pregunta en voz baja, como hablando
consigo misma.
—Desde luego, si
Roon nos concede lo que necesitamos.
—Yo no esperaba una
victoria, sólo que nos mantuviéramos el tiempo necesario, a fin de conseguirle
a Daud un billete para la órbita. Luego... —menea la cabeza—. No creo que me
importase lo que pudiera ocurrir luego. Supongo que habría intentado escapar cuando
empezase a descomponerse nuestro bando.
—Un lugar en el
cielo, ¿es eso lo que quieres?
Sarah se vuelve
hacia él, el cuerpo desmayado contra la pared.
—¡Qué mierda! Yo
vendí mi alma a cambio de un billete. Pero resultó que los compradores no la
querían para nada. Supongo que les parecería demasiado sucia —una amarga mueca
de calavera pasa fugazmente por sus facciones—. Pero admitirán a Daud, supongo,
si viene con dinero suficiente. Aunque quizás arruguen la nariz, le aceptarán.
—¿Es eso lo que él
quiere?
Las facciones se
tensan repentinamente.
—Es lo mejor. Si se
queda conmigo, morirá.
El Cowboy nota de
pronto el frío de la botella entre sus dedos, la humedad condensada que le
empapa un pulgar.
—Es posible que no
le hagas ningún favor a Daud enviándole fuera del pozo, Sarah —aventura—. Esa
gente no son como nosotros.
Ella suelta la
carcajada.
—Nosotros somos los
perdedores, Cowboy. Perdimos hace doce años y no hemos dejado de seguir
perdiendo desde entonces.
El Cowboy endurece
los músculos de la mandíbula y aprieta los puños, mirando a Sarah.
—Podemos ganar esta
vez —afirma.
Sarah le mira de
hito en hito como para calibrar la convicción que pone en sus palabras. En
medio del silencio resuena en la habitación un solo de bajo eléctrico
procedente del bar.
—Sí, es posible
—dice—. Por una vez, podría ocurrir que saliéramos adelante.
El Cowboy ve que
los pelos casi se le ponen de punta a Sarah cuando, al salir del bar, repara en
los dos escoltas de Flash Forcé, pero en seguida ella se domina y los saluda
con una seca inclinación de cabeza antes de meterse en el coche de alquiler del
Cowboy. Aunque no sin echar una ojeada en todas direcciones y fijarse quién
anda por la calle. Los transeúntes agobiados por el calor parecen caminar a
cámara lenta. El Cowboy la sigue montándose en el coche y el conductor despega
suavemente de la acera.
—Un teléfono seguro
—dice, aunque preferiría ir conectado al interfaz y conducir él mismo.
Pero el conductor
circula con gran seguridad, vigilando en todas direcciones la posible presencia
de perseguidores, mientras se dirige hacia un teléfono público emplazado junto
a un antiguo banco de caja abierta las 24 horas, donde podrán contar con la protección
del propio sistema de seguridad del banco además de la suministrada por Flash
Forcé. Sarah se apea del coche rebuscando monedas en sus bolsillos, se agacha
bajo la marquesina del teléfono, teclea números, habla con voz contenida.
En seguida regresa
al coche con una sonrisa tipo ya te lo decía yo.
—Estaba flipándose
con un grupo de sus amigos rusos, pero dijo que podría recibirte mañana por la
mañana. Supongo que por la mañana estará con resaca, o todavía volando, así que
he convenido la cita para la tarde. Imagino que estará más receptivo entonces.
¿Te conviene?
—Al cien por cien
—responde el Cowboy.
Sarah cierra la
puerta trasera y el pestillo automático de seguridad, o la jaula llamada
Seguridad, se cierra sobre ellos con un frío chunk de aleación indestructible.
—¿Te llevo de
regreso al Blue Silk, o permites que te invite a cenar? —pregunta el Cowboy.
Los ojos de Sarah
se vuelven hacia los mercenarios de Flash Forcé que ocupan los asientos
delanteros, como formulando una pregunta muda.
—En mi habitación
del Ritz Flop —explica él—. De todas maneras ésos no me permiten frecuentar
locales públicos.
Ella se reclina en
el asiento, pasando los dedos por la textura del cuero de imitación.
—De acuerdo —dice.
El embrague agarra
con suavidad y el coche se aleja de la desvencijada acera.
En el Ritz Flop las
superficies pulidas de aleación alternan con el cristal de obsidiana en una
procesión de parábolas enlazadas, algunas semienterradas, de perfil bajo,
pegadas al suelo, sin una sola línea recta en parte alguna; es un mundo
langrangiano adaptado a las condiciones de la gravedad. Tampoco en la
habitación del Cowboy, como en ninguna de las demás, hay ningún ángulo recto,
sino sólo curvas suaves que enlazan unas con otras como nubes en un sueño de
vuelos nocturnos. Los muebles simulan ser de ébano pero al tocarlos se revelan
de fría aleación que vibra imperceptiblemente bajo las yemas de los dedos del
Cowboy como una colonia de pájaros que se moviese en la escala de los
ultrasonidos, al borde de la gama de audición humana.
Poniendo en marcha
el ordenador del cabezal de la cama, pide solomillos del Oeste exigiendo que no
sean de cultivo artificial en frasco, y una botella de Cryo White. El que se
presenta con el servicio es uno de los esbirros de la Flash Forcé y Sarán frunce
el ceño mientras los platos son sometidos al obligado examen electrónico; pero
cuando el guardaespaldas se eclipsa parece relajarse, se quita el chaleco y
sacude la cabeza para ahuecarse el cabello. Luego contempla el gris oscuro mate
del abovedado techo.
—Yo fui una
guardaespaldas mucho más disimulada —observa con una mueca.
Alarga una mano
hacia la botella de White, que desprende gruesas costras de hielo mientras la
vuelca hacia el vaso y acciona la válvula de nitrógeno. La espuma blanca
salpica sobre el borde del vaso y moja el nudillo de un dedo del Cowboy; éste
se lleva el dedo a los labios y nota la dentera del estímulo helado que circula
en seguida por sus nervios.
Después de cenar el
Cowboy rebusca entre su equipaje un inhalador de subesuave, la droga blanda que
no interfiere con sus nervios ciberimplantados. Sarah apura su Cryo White y
luego inhala un par de torpedos, echando la cabeza atrás. En seguida se sacude
el pelo y sonríe, mientras el Cowboy se dispara el inhalador dos veces para
notar en seguida el fuego que invade sus dos hemisferios cerebrales con la
celeridad de un incendio en la pradera.
—¿Recuerdas...?
—empieza Sarah.
—Es agradable
volver a ser aliados.
En seguida se
entrelazan en la cama. El Cowboy contempla el cuerpo de ella a través de los
infrarrojos. La sangre acude a los vasos periféricos vista por él como
arroyuelos serpenteantes de plata que se acumulan formando pequeños lagos en
los pechos, entre los muslos, siguiendo los dibujos que él traza con las yemas
de los dedos. Hasta que alarga la mano hacia uno de los compartimientos de la
cabecera para sacar un casco y varios conectores. Tras entrar él mismo en el
interfaz coloca el casco sobre las sienes de ella, que abre de súbito los ojos
entornados y se arranca el aparato con un súbito ademán.
—No, Cowboy.
Hay miedo en su
voz, y él se queda helado de sorpresa al tiempo que retorna su visión al modo
normal. Ella oculta la cara en la penumbra.
—Pensé que podíamos
compartir cerebros —se justifica el Cowboy.
Ella menea la
cabeza con agitación.
—No —respira hondo,
le roza la mejilla con la mano—. No estoy... —respira hondo otra vez—. Hay
cosas en mi cabeza que no te gustaría ver.
Acerca su frente a
la de él para mirarle a los ojos, muy cerca, rozándole los labios con el
aliento, y prosigue con tristeza:
—Son cosas del
pasado, que no tienen nada que ver contigo. Es sólo que... a veces emergen,
aunque yo no quiera. No son agradables.
—He visto muchas
cosas en la vida —replica él.
—Como ésas no, de
otro modo no se te habría ocurrido que compartiéramos el interfaz.
El Cowboy se lleva
la mano a la cabeza y se desconecta a sí mismo, mientras Sarah le rodea con los
brazos. Nota la seda cálida del muslo de ella sobre su cadera y conmuta a la
visión infrarroja para seguir observando los dibujos color plata y púrpura en medio
de la oscuridad. Piensa en el camaranchón de Sarah sobre el bar, la única
silla, el colchón en el suelo. Sabe que nunca será recibido en esa cama, que la
intimidad entre ambos ha de quedar siempre confinada a terreno neutral. Porque
ella necesitará siempre esa pequeña habitación, ese reducto en donde se esconde
para que nada pueda alcanzarla.
Colocándose en
postura sobre Sarah, la penetra mientras contempla el resplandor sobre las
sábanas, la piel inflamada de ardor. Pero las cuencas de sus ojos son de un
frío violeta azulado, las contraventanas de la mente firmemente cerradas.
Pocas horas después
el Cowboy despierta y ve a Sarah enfrascada en su propio ritmo, los nervios
activados, el cuerpo hecho un remolino de patadas y golpes, practicando su
sesión de violencia ficticia en medio de la habitación como si luchase contra
la noche y contra los fantasmas que la acosan.
Y nota en su espina
dorsal la vibración del Ritz Flop, y mientras ella se mueve en la penumbra
sigue observándola y se pregunta qué enemigos verá delante de ella mientras
lanza sus ataques, qué caras conjura entre la legión de adversarios invisibles.
Y si su propio rostro estará en el número de los que hay que tener a raya.
Entonces ve la
oscuridad que se proyecta de entre los labios de la mujer y siente el
escalofrío que le toca con sus patas de araña. Al pasar la visión al infrarrojo
ve con toda precisión el látigo cibernético que es la Comadreja, la cibersierpe
que dibuja sus mortíferas figuras en combinación con los golpes que ella asesta
con las manos, siempre en lucha contra los fantasmas que abarrotan la
habitación.
El miedo le tiene
yerto hasta las puntas de los dedos; inmóvil y callado, observa desde su
almohada y comprende que ese huésped nunca se aparta demasiado de la mente de
ella, ese trozo de alucinación de metal y de plástico materializada en su
garganta, oculta detrás de su lengua caliente y húmeda... El corazón le late
con violencia al Cowboy, le urge a salir corriendo. Piensa en lo que ocurriría
si alguna vez se enfrentarse a la cibersierpe por accidente, si captase a
través de sus propios zócalos esa fría mente de cristal... «Hay cosas en mi
cabeza que no te gustaría ver.» Sí, en la cabeza y en la garganta, en el
corazón, ocultas detrás de sus ojos color azul cianuro.
Terminados los
ejercicios, ella aspira la Comadreja y vuelve a tragársela. El Cowboy cierra
los ojos esperando que ella le crea dormido. Los pies descalzos de Sarah se
encaminan tranquilamente a la ducha, concediéndole al Cowboy el tiempo
necesario para serenar su respiración.
Cuando ella retorna
a la cama, él se aparta para hacerle sitio, mucho sitio.
12
La transpiración
empapa el labio superior de Daud y su frente. El dolor empaña sus ojos azules y
los músculos de sus brazos se tensan mientras él trata de sostener su propio
peso entre los brillantes pasamanos de metal y sus piernas nuevas, de rosadas
carnes, avanzan un par de titubeantes pasos.
—¡Eso es, Daud! Lo
has conseguido —le anima el fisioterapeuta rubio que se ha mantenido cerca por
si le (laqueaban a Daud los brazos.
Sarah le hace coro
mientras Daud recorre el trecho restante y luego se vuelve con dificultad para
dejarse caer de nuevo en su silla de ruedas.
—Eso estuvo bien,
Daud —le alaba luego Sarah, mientras empuja la silla de ruedas hacia el
ascensor—. La mejor sesión que te he visto.
Daud apoya la nuca
en el respaldo.
—¿Podemos parar a
sacar unos cigarrillos?
—Tengo un par de
paquetes.
Una vez en la
habitación, le ayuda a acostarse y luego abre uno de los dos paquetes de
cigarrillos que trae para él, dejando el otro en el cajón de la mesita, donde
él pueda alcanzarlo. La cama vecina está desocupada y Sarah se sienta en ella.
Aparece un
enfermero con una palangana para lavar a Daud.
—No deberías fumar
en la cama —dice sin demasiada severidad mientras amontona las toallas sobre la
mesita.
—Yo lo lavaré —dice
Sarah, poniéndose en pie para tomar la palangana de manos del enfermero, que la
mira con sorpresa.
—Tenemos que hablar
Daud y yo —explica Sarah—. En privado.
La mirada del
enfermero se vuelve hacia Daud, quien asiente.
—Por mi parte no
hay inconveniente —se encoge de hombros el enfermero, y mirando a Sarah—: No
está permitido que las visitas se sienten en las camas.
—No volverá a
ocurrir.
El enfermero sale y
Sarah baja las sábanas que cubren a Daud para desabrocharle el pijama,
descubriendo el pecho enclenque moteado de cicatrices rosadas de la metralla.
Mientras le lava, Daud se queda mirando el techo, con el cigarrillo en la
comisura de la boca.
—Deberías hacer más
ejercicio, Daud —le reconviene—. En casa siempre practicabas tus ejercicios. Te
serviría para empezar a caminar mucho más pronto.
—Duele mucho —sopla
una bocanada de humo hacia el cielo raso—. Y siguen bajándome las dosis.
Sarah lava las
largas y flacas piernas, que apenas pesan al levantarlas por los tobillos.
—Debo irme otra
vez. Daud, y no sé cuándo podré volver —anuncia.
Daud parpadea,
siempre mirando hacia arriba.
—Ya lo sabía
—dice—. Todas las tardes acudías a tus citas y no nos veíamos para nada.
Ella le toma el
cigarrillo para depositar el largo canuto de ceniza en el cenicero.
—He de pagar tus
facturas, Daud.
Él traga saliva.
Sarah observa los escuálidos músculos de su nuca y le devuelve el cigarrillo.
—No te vayas —ruega
él—. No me dejes otra vez aquí solo.
—Échate de costado
—se pone a lavarle la espalda, el profundo hueco blanquecino entre los
omóplatos.
—Voy a darte un
número donde puedas dejarme un mensaje —dice Sarah—. Es de Nuevo México; tal
vez conseguirán pasarme directamente la comunicación, o tal vez no, pero tan
pronto como reciba el mensaje te llamaré, esté donde esté, ¿de acuerdo?
—Como tú digas
—replica él en tono apagado, fingiendo que no le importa.
—Ahora te digo el
número, pero debes aprendértelo de memoria. No puedo ni siquiera anotarlo, y tú
no debes llamarme desde esta habitación. Es posible que el teléfono todavía
esté intervenido. Tendrás que salir en tu silla de ruedas y bajar a la sala de
espera para llamar desde allí. Te doy una aguja de crédito para que puedas
hacerlo, ¿entiendes?
—Sí, lo entiendo
—la voz convertida en un susurro.
Alarga la mano para
alcanzar una toalla y la atrapa, pero como lo hace con el brazo izquierdo nuevo
le falta precisión al movimiento, la toalla se desdobla y Sarah ve el destello
de un objeto de vidrio y metal que cae al suelo y rueda debajo de la mesita. El
frío ruido que produce al rodar el vidrio sobre la baldosa parece eternizarse y
Sarah cree notar el helado contacto del metal en sus propios nervios.
—No —dice Daud—. Es
mío. No mires.
El inválido exhala
un leve quejido mientras ella se inclina a recoger la ampolla y la levanta
hacia la luz. Es polimixinfenildorfina Nu en solución al doce por ciento. Al
ritmo de otros tiempos, le habría servido para un día entero por lo menos. No
tanto ahora.
Daud sigue
gimoteando mientras ella registra todas las toallas y la cama, hasta descubrir
otra ampolla nueva y una semivacía debajo de la almohada.
—No —repite él—. Es
que Joseph me hace el favor —pero se interrumpe al observar la frialdad de la
expresión de ella.
—Tú no tienes
dinero, Daud —dice ella—. ¿Con qué pagas esto?
Él aprieta los
labios y menea la cabeza. Sarah se da cuenta de que todavía lleva la toalla en
las manos, y se la arroja a la cara, con gran susto por parte de Daud, quien se
echa a temblar.
—¡Habla!
Él traga saliva e
intenta volver la cara. Sarah le azota de nuevo con la toalla, que cruza el
aire con un silbido.
—Ellos añaden el
coste a la..., a la factura del hospital. Figura como gastos varios. Joseph
tiene un amigo en Contabilidad. No quería que tú lo supieras —empieza a hablar
cada vez más deprisa—. He mejorado mucho últimamente, Sarah. De veras.
—Voy a sacarte de
aquí. Te llevaré a una clínica de rehabilitación. En cualquier parte. Ya no
necesitas los cuidados intensivos.
—Sarah.
—¡Calla!
Levanta de nuevo la
toalla en el puño que tiembla de rabia, pero finalmente hace una pelota con
ella y la arroja en un rincón. Luego se vuelve y sale de la habitación al
pasillo.
A Joseph lo
encuentra en otra habitación lavando los músculos anquilosados de un
accidentado que tiene las dos piernas levantadas de la cama mediante
contrapesos.
—¡Eh, Joseph! —le
llama, arrojándole una de las ampollas a la cabeza.
El otro la esquiva,
los ojos abiertos de par en par, y la ampolla se hace añicos contra la pared.
La habitación se llena de olor a glicerina, a producto farmacéutico.
Pero el movimiento
siguiente de Sarah es demasiado rápido y no consigue esquivarlo. La primera
patada le acierta en el vientre y la segunda en la cara. Cae al suelo y ella se
coloca de horcajadas sobre él, agarrándole por el cuello de la ropa y practicándole
una estrangulación.
—Debería meterte
todo el sobrante en las venas, a ver cómo te sienta una sobredosis de
endorfina, ¿qué te parece, Joseph?
El accidentado
alarga a tientas la única mano buena buscando la perilla del timbre. Sarah
suelta al enfermero y tranquilamente le aparta el cable al accidentado para que
no pueda alcanzarlo. Joseph, con una mano en la garganta, lucha por recobrar el
aliento.
Sarah se vuelve
otra vez hacia él.
—Que no te acerques
más a mi hermano, Joseph. No le haces ninguna falta, ni necesita lo que tú
escondes en las toallas.
—Sólo estaba...
Sarah le abofetea
con fuerza y por el rabillo del ojo ve cómo se sobresalta el accidentado al
escuchar el sonido del bofetón.
—Limítate a seguir
mis instrucciones, Joseph. Mi hermano va a dejar de ser cliente tuyo, y tú vas
a descontar de mi factura el precio de las drogas que le has vendido. No digas
nada, sólo contesta sí o no con la cabeza.
Joseph mira y
asiente despacio.
Sarah se pone en
pie, requiere el pulsador del timbre y lo pone en la mano del accidentado,
quien la mira con asombro.
—Lo siento, amigo.
Estaba negociando un acuerdo con el traficante de endorfinas. Le aconsejo que
repase la factura del hospital antes de pagar, no sea que Joseph le cuele
alguno de sus gastos varios.
Mientras abandona
la habitación su furia ardiente se convierte en tristeza. Sabe que no puede
impedir que Daud siga tomando endorfinas, ni aunque permaneciese a su lado todo
el día. Son parte de lo que ahora le mantiene vivo, puesto que no tiene nada
que esperar, excepto la próxima inyección, o tal vez una visita de su
hermana... y sin embargo Sarah no desea otra cosa sino resucitar su
sensibilidad, devolverle al mundo del dolor, sin que nada vuelva a interponerse
entre él mismo y la ciudad. No es de extrañar que haya sobornado a Joseph,
piensa. Ella es parte de esa ciudad que le reclama, y Joseph era el único
camino para huir de ella.
13
—¿Esquivo? —se
queda mirando el auricular con sorpresa el Cowboy.
—¿Quién si no?
—replica el Esquivo.
El Cowboy sonríe al
escuchar su voz.
—Celebro enterarme
de que has salido. Y quiero esperar que tus escoltas de la Flash Forcé te
guarden tan bien como han hecho conmigo.
—Ningún motivo de
preocupación por aquí —se oye el sonido del tabaco de mascar pasando de un lado
a otro de las mandíbulas—. Algunos mercenarios contratados por ellos intentaron
montar una emboscada en el camino de Mora, en lo del viejo Bob Aguilar. Recibimos
al menos una docena de avisos, entre ellos los del mismo Bob, así que
alquilamos un pelotón de refuerzo para una tarde y fuimos a sacarlos de allí.
La batalla ha sido enconada y habrá durado unos diez minutos en total. Tuve que
encerrar a Jimi en un cuarto de baño para evitar que se metiera en su panzer y
tomase parte en la guerra. Me parece que nuestros amigos tardarán en volver a
presentarse por estas montañas. Aquí los forasteros no pasan desapercibidos.
El Cowboy ríe y
felicita a su interlocutor. Habla desde un teléfono público conmutado a través
de Orlando, que es una de las puertas de acceso al enlace Randolph Scott de
Santa Fe. La comunicación ha sido programada de antemano, y así los hombres del
Esquivo han tenido tiempo para cursar instrucciones al número de Randolph Scott
al objeto de pasar la llamada a Mora, al Nido de Águila o a cualquier teléfono
público que el Esquivo tenga previsto reservar.
—La entrevista con
Roon sigue prevista para mañana —dice el Cowboy—. Tengo un dado con las
instrucciones sobre la negociación del tratado. ¿Estás listo para recibir?
—Cuando quieras,
Cowboy.
El Cowboy introduce
el dado, cierra la unidad lectora y transmite los datos a Nuevo México. Al poco
el Esquivo le informa que tiene el tratado en su cristal.
—Michael tuvo mala
suerte anoche —prosigue el Cowboy—. Uno de los suyos se pasó al otro bando con
su equipo y el contenido de todo un almacén de componentes y antibióticos.
—Por aquí nos hemos
desempeñado un poco mejor —pese a la novedad el Esquivo sigue de buen humor, a
juzgar por el tono de su voz. Probablemente, piensa el Cowboy, porque es el
primer día que sale de casa desde hace meses—. Los..., ¡ejem!..., conductores del
expreso se disponen a abandonar el grupo de Arkady.
Un destello de
satisfacción se enciende en la mente del Cowboy. Son los tanquistas que le han
escuchado a él. Se ofrece la posibilidad de paralizar totalmente la
organización de Arkady.
—Cuando Jimi
hizo... lo que hizo —continúa su interlocutor—, Arkady se empeñó en colocar a
uno de los suyos en cada expedición, dentro de la cabina y con el dedo en el
gatillo de la escopeta. Eso molestó a los conductores. Y cuando fue derribado
con su avión se pusieron todavía más nerviosos. Por lo visto el sustituto de
Arkady se ha dado mucha prisa en presentarse.
El Cowboy escucha
con una mueca. La Tempel empieza a mostrar sus cartas.
—¿Es alguien
conocido? —pregunta.
—Uno de la órbita,
dicen. Se hace llamar Calvert. Se le había visto en compañía de Arkady alguna
que otra vez, aunque nadie sabía quién era. No es ruso y los amigos rusos de
Arkady no le tienen aprecio.
—¿Te parece posible
que cambien de opinión acerca de quiénes son los malos?
Por el tono de voz
del Esquivo se adivina que se ha encogido de hombros.
—Los rusos son tan
paranoicos y traicioneros, que cualquier cosa parece posible. Pero Calvert
conoce demasiado bien a los hombres de Arkady, y sabe dónde vive cada uno de
ellos y con qué socios trabajan. Están en posición vulnerable y además no saben
nada de él, ni cómo atacarle. Es un mal hombre ese Calvert. Nadie que le
conozca se atreve a enfrentársele. Además trae un equipo nuevo, compuesto
exclusivamente de Orbitales. Dice que se dedicará a pasar la Muga con los suyos
si le fallan los conductores habituales.
—Entonces perderá
muchas expediciones.
—Es calderilla para
ellos, Cowboy. Si calculan que pueden sacar un beneficio a largo plazo, pueden
permitirse perder durante años y años, no como nosotros.
El Cowboy se rasca
la mandíbula, al tiempo que nota un cosquilleo premonitorio en la nuca.
—¿Qué aspecto tiene
el tal Calvert?
—Estatura mediana.
Aspecto de duro. Susurra en vez de hablar, como si dijéramos. Yo diría que fue
rastrero en sus comienzos, antes de elevarse por encima del pozo.
Los ojos del Cowboy
se vuelven hacia Sarah, que se mantiene unos cinco metros aparte, andando a
paso corto acera arriba y acera abajo mientras aguarda a que termine el Cowboy.
—Creo que ese tipo
es el mismo que se hizo llamar Cunningham por aquí, Esquivo —dice el Cowboy—.
También participa en este lado de la guerra.
—Ya se me había
ocurrido esa posibilidad, Cowboy. Si estamos en lo cierto, debe de ser un
hombre muy ocupado.
—Pues procuraremos
darle todavía más trabajo.
—Desde luego que lo
haremos —carraspea el Esquivo y luego prosigue—: De parte de Warren, que tiene
el sexto ala delta a punto para volar. Por aquí se rumorea que los de Arkady
han tratado de montar alas delta aprovechando todas las piezas de repuesto disponibles.
Tuviste una buena idea al acaparar todo el mercado antes de ponerte en campaña
contra Arkady.
—La nostalgia tiene
sus ventajas —replica el Cowboy.
En el display sobre
su cabeza ha aparecido el intermitente que le indica que su transbordador acaba
de ponerse en cabecera de pista.
Tras decir adiós al
Esquivo despide a los escoltas de la Flash Forcé en la puerta de embarque.
Roon les ha
garantizado su protección, pero le consta al Cowboy que no se puede confiar
mucho en eso. Si Roon les traiciona, él y Sarah morirán. La presencia de los
guardaespaldas, por consiguiente, no marcaría ninguna diferencia en ese caso,
excepto por lo tocante al número de cadáveres.
14
La casa de Roon,
piensa el Cowboy, es un teseracto que se repliega sobre sí mismo con la lógica
de una pesadilla interminable. Un sueño negro y plata que invade la mente del
Cowboy y le chamusca el cristal queriendo imponerle su propia arquitectura, su
propia lógica, sus pautas. En ella se pierde, desvalido en el remolino del
tiempo.
—La Tierra —dice
Roon; sus ojos repintados de kohl se han humedecido—. Yo nací en el pozo. Me
hice hombre en la órbita. Y renací en el cristal. Hasta entonces no había
comprendido nada.
El Cowboy nota
desde el otro extremo de la mesa el hedor de su aliento. Roon alarga una mano
temblorosa para acariciar el corto cabello rubio de la niña que le escancia el
vino. El Cowboy observa el sobresalto de la criatura, sus ojos abiertos como
platos, los labios separados por una súbita inhalación de aire que es el
preludio de un grito que no se va a escuchar. Roon continúa:
—Vosotros y la
Tierra sois el pasado. Yo y el cielo somos el presente. Vosotros sois el barro,
yo soy la visión. Y por eso quiero moldear la Tierra para darle forma con
arreglo a la imagen idónea. Construir una arquitectura para el futuro.
El Cowboy se nota
el cuello empapado de sudor, y es por el miedo. Mira el vaso de cristal que
tiene en la mano, imagina lo fácil que sería bajarla para estrellar el vaso
contra el canto de la mesa y cómo cantaría el cristal hecho añicos al resbalar
sobre el brillante entarimado y entre los costosísimos platos de plástico
derivado del petróleo, fragmentos afilados como cuchillas de afeitar en los que
se reflejaría un mundo invertido, el cielo raso en penumbra, la mirada
espantada de los ojos muy abiertos de la niña, los pulsos en el cuello de Roon
mientras el Cowboy se lanza al otro lado de la mesa empuñando uno de esos
cristales afilados, y por último el charco de sangre arterial formándose sobre
el tablero de la mesa, inundando esa constelación de mundos invertidos de
cristal y extinguiendo cada una de las luces miniatura en una creciente marea
escarlata.
La visión del
movimiento imprime un temblor en la mano del Cowboy, que aferra con más fuerza
el vaso para dominar esa fiebre. El agua del vaso tiembla, refleja las luces en
medias lunas que son como el orto de un planeta lejano.
Mira a Sarah, su
rostro impasible, sus ojos estudiadamente inexpresivos. Recuerda el objeto
letal que lleva en la garganta, y lo que implica. ¿Locura del mundo, o de
Sarah? ¿O las dos cosas a la vez? Se pregunta lo que haría ella si él iniciase
su movimiento, y si la cibersierpe saltaría contra Roon o en defensa de Roon.
Descansa el vaso de
cristal sobre la mesa, lleva la mano al regazo y entrelaza los dedos con la
otra para dominar el temblor. ¿Qué diferencia supondría?, piensa, consciente de
que ha entrado en su primer compromiso con esta locura, con ese horror.
—Yo lo hago todo
con amor —dice Roon acariciando el cabello de la niña, y sobre sus mejillas
imberbes corren lágrimas que trazan churretes de kohl—. Os amo a todos vosotros
como un padre a sus hijos. Os amo muchísimo.
La lanzadera
suborbital de la Zona Franca de Florida a Venezuela transporta en su largo tubo
toda una fauna de ejecutivos de los Orbitales que viajan gratis total, pilotos
con sus ostentosas cazadoras que se mueven de un puerto franco a otro, y una
mezcla variopinta de profesionales de la América Ocupada lo bastante prósperos
como para permitirse el viaje aéreo, traficantes y tahúres ataviados en
cryomax, sicarios fingidamente impasibles con sus bolsos de mano esposados a
las muñecas, funcionarios de los gobiernos colaboracionistas sentados en
sudoroso aislamiento entre los indiferentes ejecutivos de los combinados y los
buscavidas con sus sonrisas de carnívoros.
El Cowboy contempla
el arco del horizonte perfilado sobre el cielo negro, el borde azul cerámico de
la tierra difuminado por la envoltura traslúcida de la atmósfera. Por debajo
están las nubes, en formación inverosímilmente bien ordenada que corresponde a
un frente cálido que avanza sobre las Pequeñas Antillas, y la isla parda y
verde colgada al borde de la extensión turquesa brillante del océano. Cuando el
transbordador inicia la lenta caída hacia la Tierra nota los cinturones de
seguridad que se clavan en sus músculos como queriendo continuar la ascensión,
pero ya el pozo gravitatorio se ha apoderado de la nave, y su cuerpo también
empieza a caer. Se vuelve hacia Sarah y ve en sus ojos oscurecidos por el mismo
anhelo mientras ella mira por la ventanilla, el mismo deseo de retornar a la
pureza del espacio negro sin atmósfera...
—¡Malditos...!
—susurra ella, y no hacen falta más explicaciones para saber a quiénes se
refiere.
El transbordador
escora ligeramente al tiempo que cae como una flecha hacia su punto de
aterrizaje en La Gran Sabana, la meseta venezolana próxima al ecuador, donde
los Orbitales tienen la más importante de sus puertos espaciales. La verde
región parece arrugada como la piel de un bebé y cruzada por ríos que son como
collares de gotas de mercurio. Y luego el Cowboy ve las estribaciones de la
meseta de Roraima elevándose a babor mientras la lanzadera inicia la maniobra,
hasta que empieza a rodar suavemente sobre el piso de hormigón y aleación de la
pista.
—La arquitectura
terrestre siempre tendió hacia los cielos; pensemos en los zigurat de
Babilonia, las pirámides de Egipto, las catedrales de la Edad Media, las
pagodas chinas. Dedos que apuntan hacia la salida del pozo, hacia la liberación
—Roon menea la cabeza—. Ya no es necesario. La humanidad se propuso alcanzar el
cielo y lo ha conseguido. Pero se ha creado un divorcio entre los que viven en
el cielo y los que aún habitan en el suelo. Hace falta una nueva visión, y con
ella, una nueva arquitectura. Como la de este lugar, que es una metáfora de la
fusión entre la tierra y el cielo, que domina incluso la montaña sobre la cual
descansa. La arquitectura se ha convertido en mi pasión.
Roon conduce al
Cowboy y a Sarán por las interioridades de su casa, recorriendo pasillos de
aleación que zumban, bajo las miradas holográficas de las criaturas de la
Tierra. Roon alza un dedo y sigue sermoneándolos:
—Todas las formas
tienen una arquitectura, incluso la del cristal perfecto, la de los datos en el
corazón de la máquina. Ése es el medio idóneo. En el pasado la humanidad vivió
inhibida por la simpatía de la carne hacia la carne, por la comprensión instintiva
de cada uno hacia las debilidades orgánicas del otro. Ahora tenemos la
posibilidad de integrar nuestra conciencia con la perfección inmaculada de los
datos. Las barreras terrestres quedan disueltas. La carne no prevalecerá frente
a la supremacía de los números. La acción por simpatía ha dejado de ser una
posibilidad. El cristal sólo admite la lógica de la necesidad.
»La necesidad
—repite Roon, mirándolos con sus ojos pintados—. En el mundo del cristal,
necesidad es sinónimo de inevitabilidad. Todo aquello que es necesario, se
realizará con independencia de vuestros sentimientos y de vuestros actos
—sonríe—. Por eso es inevitable mi retorno al poder, tal como vuestros propios
corazones de cristal han tenido la sabiduría de anunciaros.
Roon vive al oeste
y muy lejos del puerto de La Gran Sabana, en la comarca de la Cordillera
Oriental. Ha enviado su reactor privado para recoger al Cowboy y a Sarah,
totalmente pintado de negro para recordar el cielo orbital, excepto los
emblemas azules de la Tempel sobre cada escotilla. Una buscona de uniforme
corre con los petates de los viajeros hacia el aparato. El piloto tiene el
andar deslizante de los nacidos en el espacio, un individuo menudo y frío que
ostenta en la pechera el logotipo de la compañía y los mira con rasgados ojos
de japonés; trata al Cowboy con marcado desdén y se expresa en monosílabos. La
cólera del Cowboy está rozando el punto de ebullición; nota que el cristal le
quema en el cerebro y le duelen los hombros como si estuviese maniobrando su
ala delta, mientras piensa lo mucho que le gustaría tropezarse con ese tipo en
el cielo y enfrentar su Pony Express con el cutter orbital del otro. Al
volverse hacia Sarah ve que ella también tiene el rostro rígido y las manos a
punto de convertirse en garfios; sin duda estará recordando las calles
ardientes de su ciudad y tiene al jinete del espacio situado entre los
monstruos húmedos que pueblan sus noches.
El vuelo dura sólo
veinte minutos, mientras el aparato vuela como una flecha, lanzado en línea
recta sobre un paisaje tan absolutamente inmóvil que hasta se diría que el aire
mismo no toca el espejo de obsidiana del fuselaje. El Cowboy envidia esa nave y
piensa que le gustaría sentir sus conectores enchufados en el propio cráneo.
Sarah abandona su asiento para ir a explorar el bar de a bordo. Como el Cowboy
ha denegado con la cabeza el ofrecimiento, ella regresa con un solo ron lima y
bebe en silencio; el tintineo de los cubitos de hielo es lo único que se oye en
el interior de la nave. El Cowboy mira hacia abajo, contemplando el paisaje
verde oscuro moteado de calveros pardos por la erosión y rayado por los
meandros, plata manchada por el limo que arrastran. En las alturas de Sierra
Nevada descuella el palacio de Roon, plata sobre las verdes laderas, una gema
de aleación orbital y cristal clavada en la tierra.
Se interpone una
cima y el brillo desaparece. El aparato serpentea entre montañas, silencioso.
Los cubitos de hielo resuenan en el vaso de Sarah cuando la máquina entra en
contacto con la pista, pero el Cowboy apenas se da cuenta del impacto. Está
buscando con la mirada el brillo de la plata entre las montañas que les rodean
y distingue el resplandor de los focos de Roon por entre los árboles.
Cruzando una puerta
holográfica que se eclipsa al detectar su presencia, Roon los conduce al
interior de una habitación animada por holografías de cristales que cambian,
crecen, se confunden las unas con las otras. Su brillo se refleja en los ojos
de Roon y en los de los dos niños que permanecen de pie, inmóviles, frente a
una terminal de ordenador. La niña, de piel aceitunada, aparenta unos diez años
y viste una túnica blanca. El muchacho lleva camisa blanca y pantalón oscuro.
Ambos van descalzos, el cabello negro muy corto sobre los zócalos de sus
cabezas. Por las pantallas desfilan las imágenes de unos programas de
enseñanza.
—Ésta es Lupe —dice
Roon—. La llamo así por sus ojos de loba. Y éste es su hermano Raúl —sonríe,
condescendiente—. Son los de más edad de entre mis acólitos, en este mi templo.
Los encontré en las calles, donde vivían una existencia más propia de ratas que
de seres humanos. Los padres habían fallecido y las familias se habían
desentendido de ellos. Sin duda habrían muerto de inanición o de enfermedad
antes de alcanzar la edad adulta, o bien se habrían visto condenados a una
existencia marginal como delincuentes, drogadictos o prostituidos. En cuanto a
ella, sin duda habría echado media docena de criaturas al mundo antes de
cumplir los veinte.
Menea la cabeza y
prosigue:
—Ahora sus
posibilidades son... ilimitadas. Yo los alimento y los educo. Les inculco las
pautas que ellos y toda la Tierra deberán seguir —de nuevo los mira con
complacencia—. Raúl nació poco después de la guerra, así que ha vivido siempre
bajo el nuevo orden. Arcilla nueva, para ser amasada por manos de Orbitales
—vuelve la mirada hacia Sarah y el Cowboy—. Los de más edad... están maleados
por la mentalidad obsoleta de sus padres; sus mentes se resisten a las nuevas
enseñanzas, a la voluntad del maestro. En cambio, éstos...
Sonríe con orgullo,
con benevolencia, alzando las manos en un gesto como de bendición, de posesión.
Los programas didácticos siguen desfilando por las pantallas.
—Éstos gobernarán
la Tierra durante el tiempo del cambio. Inaugurarán su nueva relación con los
cielos —se vuelve hacia el Cowboy—. ¿Has visto cómo se mantienen firmes,
conforme yo les he enseñado? Firmes como soldados. Disciplinados. Obedientes,
pero orgullosos de servir —sus ojos irradian júbilo mientras su aliento
pestilente satura el aire—. ¡La nueva relación! ¡Las pautas que conformarán el
porvenir!
El piloto ni
siquiera se digna mirarlos mientras sale de su cabina para accionar el pulsador
que abre la escotilla y despliega la escalera de aleación. Con los puños
metidos en los bolsillos de su cazadora, baja por la escalera y se dirige a los
vestuarios. Sarah le mira y exclama con voz cortante:
—¡Eh!
El piloto se vuelve
poco antes de llegar a la puerta.
—Has olvidado
nuestros petates —dice Sarah.
—No es mi trabajo.
—Tu trabajo
consiste en tener contentos a los invitados del señor Roon —continúa Sarah—. Y
los invitados del señor Roon... ¡no cargan con los puñeteros petates!
La mirada de Sarah
es más fría que el vaso que tiene en la mano, y su sonrisa es la de una
tigresa.
La cara del piloto
está congestionada; encogiéndose dentro de su cazadora, mete la cabeza en el
compartimiento de los equipajes. Sarah espera junto a él y sonríe con frígida
amabilidad.
—Muchas gracias.
El Cowboy echa a
andar detrás de ellos.
Justo al lado les
aguarda un helicóptero con el aspecto de una cigüeña negra y plateada que se
hubiese posado en la pista. Cerca de él, fumándose un tubo de cafeína y
recostado contra la puerta de un automóvil, el Cowboy reconoce a un rastrero
mercenario en funciones de guardaespaldas, un individuo de anchas espaldas
pulcramente uniformado, con pañuelo y correajes a juego. Éste abre el
compartimiento de carga de su propio aparato y contempla cómo el piloto
introduce los petates.
Sarah deja caer una
moneda de plata en las manos del piloto, quien aprieta las mandíbulas. El
Cowboy no puede evitar una sonrisa. Mientras el jockey del espacio se aleja se
escucha el sonido de las punteras metálicas sobre el piso. También al
mercenario parece divertirle el furor del piloto.
—Me llamo Gorman
—dice al tiempo que abre la portezuela del helicóptero.
—Infiltración
—sigue hablando Roon—. Interpenetración entre el atacante y el objetivo. Lo
sutil enroscándose en lo sutil, ésa ha llegado a ser la metáfora de nuestros
tiempos. Toda acción es grosera, temeraria. Un despilfarro de energía —suspira,
alzando en el aire el vaso de cristal en cuyos bordes biselados brilla el
reflejo de las estrellas holográficas—. Couceiro y sus secuaces del
Acceleration Group no entienden eso. No son sutiles. Se plantean todos los
asuntos como si fuesen otras tantas guerras. La guerra es lo único que
entienden. Sus ataques son directos, violentos, enfocados siempre a lo obvio.
Nunca comprenderán que si se prepara bien el terreno, el golpe directo deja de
ser necesario. Sólo a los del Acceleration Group se les ocurriría combatir en
dos frentes, contra la Korolev y los intermediarios simultáneamente. La guerra
contra los intermediarios estaba preparándose hace ya algún tiempo; un pequeño
aplazamiento no habría perjudicado los planes para nada.
»Como el Huntington
vírico —prosigue, alzando una ceja con pedantería—. Las enfermedades que
proceden mediante un ataque brutal contra el organismo se combaten
fácilmente... Para sobrevivir en estos tiempos, una enfermedad tiene que ser
sutil. Infiltrar a la víctima años antes del asalto, permanecer latente en su
cerebro y su tejido nervioso. Luego, hacerse contagiosa, para asegurar su
propagación entre las desprevenidas gentes, y pasar por último a la fase
manifiesta, convertida en un nido de virus saboteadores que acaban con el
enfermo. La enfermedad se propagó entre la población durante años, mucho antes
de que nadie supiera que existía, como una de tantas secuelas de la guerra.
Muchos millones más han sido infiltrados y no lo saben todavía —ríe con deleite—.
Y para crear el tratamiento que la curase, debíamos ser más sutiles que la
enfermedad. Era preciso inventar un virus hecho a medida, un infiltrador
diminuto capaz de simular el comportamiento del virus de Huntington. De esta
manera utilizamos el código del virus contra él mismo. Aproximarse al objetivo
e inyectarle un fragmento de ADN creado en el laboratorio, que se combinará con
el código propio del virus y provocará su mutación. Si antes era negro, ahora
será blanco. El virus de Huntington se convierte en uno de los nuestros y de
esta manera la célula infectada deviene una nueva invasora, sólo que ahora ha
cambiado de bando y combate a favor de la vida.
Sonríe, satisfecho,
mientras mira al Cowboy y concluye: —Me gusta tu plan porque es sutil, Cowboy.
Me agrada la idea de utilizar ese tratamiento vírico para derribar a Couceiro.
Así volvemos contra él mismo su mayor triunfo —acaricia la espalda de su copera
distraídamente, sin siquiera mirarla, mientras sigue mostrando sus dientes
podridos—. Voy a introducir tu plan en mi cristal. Para cotejar tu lógica con
la lógica de los datos. Entonces sabremos si tu arquitectura es digna de entrar
en los cielos.
Gorman pilota
manualmente, sin interfaz, ni aun el de unos simples auriculares. Pelea con el
helicóptero como si estuviera luchando con un cocodrilo. El Cowboy hace una
mueca mientras observa su torpe estilo.
Desde el aire puede
verse que la casa de Roon es una escultura además de una vivienda, un
hiperboloide retorcido clavado en el suelo, cuyas superficies, armazón plateada
que sustenta paneles de cristal negro, describen una singularidad imposible. La
obra es de una aleación orbital pretensada en audaces curvas gaussianas que se
diría concebibles sólo donde no exista la gravedad, ya que ningún material
terrestre soportaría estos esfuerzos, seguramente. La rodea una superficie
estéril de metal oscuro entreverado de plata, como si el edificio se
desparramase alrededor. Le recuerda al Cowboy el modelo tetradimensional de la
Tempel que dibujó Thibodaux, por la complejidad de su geometría y sus
interrelaciones. Han trasladado a la Tierra una analogía del poder de los
Orbitales.
Gorman está
maniobrando laboriosamente para posar el helicóptero, en lucha con un viento
radicado. Cuando por fin el silbido de la máquina se apaga y el rotor queda
inmóvil, se vuelve mirando por encima del hombro mientras rebusca en sus
bolsillos otro tubo de cafeína y anuncia:
—El señor Roon les
dirá que esta casa es una metáfora. Les aconsejo que le sigan la corriente.
El Cowboy se encoge
de hombros.
—De acuerdo, si es
tan importante.
Los indiferentes
ojos artificiales de Gorman miran con fijeza los del Cowboy.
—Aquí, si uno es
terrícola, más le vale andar con pies de plomo. Ha tenido su gracia esa broma
que le hicieron ustedes a Hideo, pero no se les ocurra nada parecido en
presencia de Roon —se desabrocha el cinturón de seguridad al tiempo que exhala
una bocanada de humo con aroma a menta—. Si no le caen bien, seguramente me
ordenará que los mate, y como no se me paga ningún plus por eso, pues
preferiría no tener que hacerlo.
El Cowboy le
contempla con curiosidad.
—¿Lo harías a
escondidas en el sótano, o Roon prefiere mirar?
Gorman considera la
cuestión.
—Eso depende de la
enseñanza que se proponga transmitir. Roon es muy aficionado a impartir
lecciones.
El Cowboy y Sarán
se apean del helicóptero. El piso metálico le da frío debajo de las suelas,
pese al sol vespertino. El firme debe de ser de algún absorbente térmico. En
seguida se sorprende al ver que aparecen un par de niños, como de nueve o diez
años de edad, que cruzan la pista con rapidez dirigiéndose hacia el
helicóptero. Visten ropas idénticas, pantalón oscuro y camisa blanca, y llevan
el cabello corto; hasta que se hallan muy cerca no distingue el Cowboy que son
niño y niña, y se sorprende de nuevo al ver que tienen zócalos implantados en
sus cráneos.
—Estáis a las
órdenes de Roon, ¿verdad? —pregunta Sarán a Roon—. ¿No hay compañía de
seguridad?
—La compañía de
seguridad depende de Couceiro. Ustedes ya saben quién es, ¿verdad? Roon
prefiere no verlos por aquí.
—No sabes cuánto me
alegro —replica el Cowboy.
El niño y la niña
se acercan al helicóptero, abren la compuerta de carga y, siempre en silencio,
se llevan los petates hacia la casa.
—Sigan a los niños
—dice Gorman mientras cierra la compuerta—. Y den gracias a Dios por haber
nacido antes de la guerra.
—Nunca se me
ocurrió que debía estar agradecido por eso —dice el Cowboy, contemplando las
espaldas blancas de los niños mientras éstos caminan sobre el sendero de metal
brillante, y luego se le ocurre otra idea—. ¿Tú rezas mucho, Gorman?
El mercenario
replica con una carcajada seca, desprovista de amenidad.
—Desde que estoy en
este maldito lugar, todos los días.
La ventana del
Cowboy mira al este, y él contempla cómo se va llenando de luz tenue el cielo
matutino. Por encima de la sombría ladera se ve un diamante que está rayando el
cristal de la esfera celeste. Es un cohete que ha despegado de La Gran Sabana y
cuyos gases de escape, convertidos por el frío en una estela de minúsculos
cristales, reflejan la luz del sol a medida que suben hacia las cada vez más
pálidas estrellas y la constelación suspendida de los mundos Orbitales,
mientras el Cowboy, al notar el suelo bajo los pies, se siente cada vez más
fuera de su lugar.
—No sé —menea la
cabeza—. No entiendo lo que está pasando aquí. Esos niños, esa manera de
hablar. Y esta casa.
Han eliminado de la
habitación todos los micrófonos instalados por Roon y han puesto en marcha los
dispositivos electrónicos suministrados por la Flash Forcé, los cuales
silenciarán cualquier otro sistema de escucha que les haya pasado
desapercibido. Pueden hablar con tranquilidad, aunque ésta nunca dejará de ser
relativa mientras se hallen en terreno de Roon.
—¿De veras no sabes
lo que está pasando? —despega de las sábanas sus largos miembros Sarah—. ¿No
entiendes lo que hace? —se acerca al Cowboy por detrás para rodearle los
hombros con ambos brazos y apoyar la mejilla en su espalda, mientras él piensa
en esa cosa que ella lleva en la garganta y sigue contemplando la traza en
forma de arco iris, sintiendo la nostalgia que atenaza su corazón...
—Los está jodiendo,
Cowboy —prosigue Sarah, llenando de hielo la mente del Cowboy pese a su voz
suave, en la que no queda ni rastro de su dureza de chica de la calle—. Se está
tirando a todos esos niños y niñas, y además les llena las mentes de basura para
que no le abandonen, para que ni siquiera puedan pensar en traicionarle. Ésa es
su religión, ésa es la nueva relación que pretende inculcar en todos los hijos
de la Tierra.
La estomagante
revelación de lo ya sabido le amarga al Cowboy como un vómito de bilis. Respira
hondo. Le duelen hasta los zócalos cuando piensa en la posibilidad de que una
mente extraña se apodere de la suya. Menea la cabeza y dice con voz temblorosa:
—No haré ningún
trato con él.
—Nada puedes hacer
por ayudarles.
—Pero eso no
significa que quiera ayudarle a él.
Ella retrocede un
paso y el Cowboy se prepara a soportar el latigazo acerado habitual, pero ella
sigue hablando con naturalidad.
—Él y Couceiro y
los demás... asesinaron a millones de personas. Mataron a casi toda mi familia
y nos llenaron de cicatrices a mi hermano y a mí. De tal modo que si yo
pudiera, les llenaría la barriga de balas dum-dum a Roon, a Couceiro, a Grechko
y a todos ésos, y dejaría que agonizaran sobre un hormiguero. Pero no puedo.
—Es que yo...
—menea de nuevo la cabeza, faltándole las palabras.
—Sólo hay una
diferencia entre Couceiro y Roon, que yo sepa. Couceiro quiere acabar con
nosotros. Roon permitirá que sobrevivamos.
El Cowboy nota de
nuevo las manos de Sarah sobre sus hombros, pesadas como el hierro, pesadas
como la misma Tierra.
—No es eso —dice—.
Es que yo quiero seguir... limpio.
—¡Feliz Cowboy!
—ahora sí se nota el tono de sarcasmo en su voz, que prosigue con sorna—: Feliz
chico sano, que has tenido la suerte de poseer una habilidad que otros
necesitaban, y ahora puedes permitirte el lujo de tener unos principios. Tanto
mejor para ti.
El peso se aleja de
los hombros del Cowboy y éste, sin volverse, oye que ella ha empezado a pasear
por la habitación. Sigue hablando a ráfagas, como una ametralladora, como
obedeciendo a algún ritmo interno.
—Hay maneras de
vivir mejores que andar jodiendo con viejos, pero también las hay mucho peores.
Deja que te cuente...
Se acerca tanto a
su espalda que puede notar el aliento en la nuca, mientras intenta dominar su
propio temblor.
—Mi hermano es un
puto y un yonqui. Está operado y ha tomado muchos supresores hormonales para
parecer eternamente joven, porque así es como lo quieren sus clientes. Debido a
los supresores no tiene mucha capacidad para sentir, pero eso también agrada a determinados
gustos. En las calles hay gustos de todas clases... y digamos que uno de ellos
es un cierto gusto por la realidad.
Las palabras se
suceden implacablemente, imparables, y cada una de ellas da en el blanco,
haciendo que el Cowboy se estremezca de pies a cabeza.
—Los putos y las
putas venden fantasía. Saben adivinar lo que quiere el cliente y de su
capacidad para satisfacer esas fantasías depende lo poco o lo mucho que cobren.
Todo es fingido, pero el cliente no se da cuenta de ello, o no le importa. En
cambio esos otros, los que quieren la realidad... a ellos sí les importa.
Quieren que todo sea real, sexo de verdad, orgasmos auténticos. Amor auténtico,
incluso. Y cuando no lo consiguen, se vuelven locos. Quieren que todo cuanto
ocurra entre ellos y su chico sea real, aunque para ello necesiten torturarlo
hasta la muerte, con tal de obtener una reacción auténtica. Eso es lo que se
llama volverse un pirado.
—He oído a veces
esa palabra.
—Sí, sólo que no
sabías lo que significaba —se aleja ella de nuevo—. Algunos, pues, son pirados,
y eso es malo. Otros mueren a manos de un pirado, o quedan malheridos, y
también eso es malo pero, ¿sabes?, hay algo todavía peor —se interrumpe
esperando respuesta; el silencio hiere los oídos del Cowboy, que no responde—.
Lo peor es que a un pirado nunca le faltan víctimas. Porque hay algunos que
están desesperados, o tan cansados de vivir que ya no les importa. No toman
ninguna clase de precauciones porque no tienen ningún apego a esa vida tan
inútil, tan miserable. Y algunos van con el pirado casi con la esperanza de
morir, porque no quieren tomarse la molestia de hacer lo necesario para seguir
vivos, porque la vida para ellos no es más que un dolor inacabable.
Se produce un nuevo
compás de silencio.
—Así es mi hermano
—concluye Sarah—. Así es Daud.
El Cowboy sigue
mirando por la ventana, contemplando el largo arco iris filiforme del cohete
cada vez más lejano, que empieza a desgarrarse por la acción de los vientos.
—Así pues, Lupe y
el otro, ¿cómo se llama?, su hermano Raúl, están en buenas manos, ¿no?
—inquiere.
—No. Son víctimas.
Roon es un mal hombre. Sólo digo que mi hermano se cambiaría por cualquiera de
ellos en cualquier momento. Y yo, en otros tiempos, también lo habría hecho.
La estela se ha
desvanecido por completo; el Cowboy se vuelve con un suspiro y mira a Sarah,
que está cerca de él, puesta en jarras, contemplándole fríamente.
—Quiero matarle
—dice—. Deseo matar a Roon más que ninguna otra cosa en el mundo.
Él mismo se
sorprende de lo que ha dicho. Ni siquiera Arkady le había importado tanto como
para odiarlo; era sólo un intermediario ruso que cometió la imprudencia de
interponerse entre el Cowboy y su leyenda. Pero Roon es otra cosa, un sombrío
monstruo de aliento hediondo emboscado en su pesadilla gaussiana entreverada de
plata... y bien digno de ser eliminado.
Sarah se ahueca el
cabello.
—Pues mátalo. No
seré yo quien te lo impida. Dentro de dos meses.
—Habrá salido del
pozo y estará donde yo no podré alcanzarlos.
—Antes hay que
matar a Couceiro. Ése es el que intenta eliminarte a ti.
El Cowboy pasa por
la puerta de comunicación a la habitación de Sarah, encaminándose al bar de
plástico blanco decorado con hologramas de refrescantes imágenes tropicales
antiguas, palmeras verdes, aguas azules, muchachas que se contonean con sus
faldas de hierba. Alcanza una botella y toca el frío del vidrio con los dedos,
mira las imágenes holográficas a través del líquido, distorsionadas como
visiones de una pesadilla. Suelta la botella, se humedece los labios notando el
sabor a transpiración, dándose cuenta de que alucina, de que sus nervios
ciberimplantados envían impulsos como llamadas de socorro mientras el suelo de
la habitación parece levantarse por efecto del caudal de adrenalina que deforma
sus sensaciones.
Entonces cierra los
párpados y vuelve los ojos hacia arriba siguiendo las curvas y los ángulos de
ese mundo de alambre y cristal en donde los vencedores se han sustraído al pozo
gravitatorio y construyen sus arquitecturas de poder mientras contemplan la tierra
con sus ojos artificiales de predadores. En la Tierra, mientras tanto, sus
miles de millones de habitantes se apretujan en sus ratoneras, se disputan
espacios cada vez más pequeños. Y el aire cada vez más ardiente, la presión de
los combinados más agobiante, la ley del número más ineluctable. En los
lóbregos callejones nocturnos de esa guerra de todos contra todos, la
cibersierpe de Sarah no puede ser más lógica: una muestra de astucia cyborg que
sólo mata a los que no saben cuidar de sí mismos y se acercan demasiado. A los
demás no puede alcanzarlos, vuelan demasiado altos, fuera de su campo. El grado
de desesperación que expresa un implante de ese género la define, mejor que
otra cosa, como una más entre las víctimas.
¿Una alianza con
Roon? Nada más fácil. Algunos niños perderán su niñez, ¿y quién dirá si no la
habrían perdido de todas maneras, aquí o en las calles? Al menos comen bien.
Para lo que sirven.
Al abrir los ojos
ve el holograma frío y brillante del cielo nocturno que aquí lo abarca todo,
los astros ardientes y los faros de platino inmóvil de las factorías robot
geoestacionarias.
«Perdiste tu
oportunidad hace mucho —le susurran las constelaciones—. Ahora harás sólo lo
que nosotras te consintamos. Y oye bien esto, Cowboy: La inocencia no se
tolera. Es lo primero que vas a entregarnos.”
El Cowboy se da
cuenta de que Sarah le mira desde el umbral, el cuerpo envuelto en la pregunta,
los ojos preocupados pero exigiéndole todavía una elección. Si alguna vez ella
poseyó la inocencia, hace mucho que la ha perdido, amputada por las navajas de las
calles. Ahora la cibersierpe ya no le inspira tanto horror, le parece más un
recurso patético, un intento por defender su lugar en ese lóbrego orden nuevo.
Intenta computar a
cuánto ascienden sus deudas: para con Sarah, el Esquivo, Warren y una pareja de
jóvenes vagabundos escondidos en algún corral abandonado de Missouri. Para con
los niños que habitan esta casa de Roon. Para con sus propios sueños ardientes.
—De acuerdo
—susurra con un parpadeo, antiguo reflejo ahora inútil para sus ojos de
plástico y sus conductos lagrimales extirpados—. De acuerdo, lo haremos a tu
manera.
Ella se acerca poco
a poco, le rodea el cuello con los brazos, apoya la mejilla en la suya.
—Lo siento, Cowboy
—dice—. Lo siento de veras.
Él la abraza unos
momentos permitiendo que ella le arrastre hacia la oscuridad de su propia mente
deformada, su vida deshecha, sus opciones siniestras.
Él ha vivido en el
aire, en la última senda libre, pero ahora ésta se ha convertido en un túnel
cada vez más estrecho y más negro. Nunca se había fijado en los muros, hasta
que se ha visto encerrado entre ellos, avanzando a la velocidad de la luz por
ese reducto menguante, lleno de ecos, tenebroso.
Y se propone
observar a Sarah con más atención. Ella sabe cómo sobrevivir en espacios
semejantes.
Hace ocho años que
Roon lleva su cuerpo nuevo y no debería aparentar más de treinta, pero tiene
arrugas alrededor de los ojos que no pueden ocultar el kohl, y proclaman en qué
medida abusa Roon de ese cuerpo. Lleva la cabeza casi totalmente afeitada, excepto
un bucle engominado y enroscado sobre el ojo derecho. Y diamantes incrustados
en los zócalos de su cráneo.
Pero por otra
parte, parece que no se haya lavado los dientes en toda su vida. Ríe, tiende la
mano hacia el vaso, mientras el Cowboy nota el temblor de sus propios párpados
y el frío que le recorre la espalda.
—El pozo
gravitatorio ha sido como una barrera entre los dos pueblos —está perorando
Roon.
Alcanza un
inhalador, echa la cabeza atrás y se dispara sendos cohetes en la nariz. Su voz
sigue, monótona, mientras él dirige la mirada a los hologramas estrellados del
techo.
—La conciencia
evoluciona de manera diferente en los que están a salvo de la gravedad. Pero el
cristal puede salvar esas diferencias, ardiendo en nuestras cabezas, quemando
nuestras imperfecciones. Nada podemos hacer nosotros frente a la inevitabilidad
de su lógica.
Alarga una mano
para tocar uno de los zócalos de la sien del Cowboy, quien reprime a duras
penas un mohín de repugnancia. El olor a cadáver del aliento de Roon envenena
el aire a su alrededor. Al otro lado de la mesa, el rostro de Sarah es una
máscara inexpresiva.
—Es la arquitectura
perfecta del cristal la que tiende puentes entre nosotros, Cowboy —continúa—.
Las barreras de la Tierra y su pozo gravitatorio pueden disolverse, y se creará
una nueva relación. La unión del explotador con el explotado, de lo cósmico y
de lo telúrico, del predador con la presa.
La mano se aparta y
Roon se vuelve hacia Sarah, mirándola de reojo mientras se inclina y toma el
rostro de ella entre las manos. Los nervios del Cowboy son un alarido.
Roon sigue hablando
con voz estropajosa, cada vez más ebrio.
—Al principio fue
forzada nuestra nueva relación. La guerra... fue inevitable por la estupidez de
los líderes terrestres. Incluso ahora, todavía tratáis de resistir. Pero eso
cambiará pronto. Acudiréis a nosotros voluntariamente. Seréis presa de nuestra visión,
de nuestros éxtasis. El cristal os llamará.
Sonríe, tiende una
vez más la mano hacia la bebida, se reclina en su sofá y cierra los ojos. El
Cowboy le contempla mientras la respiración va haciéndose más profunda y el
vaso se le escapa de los dedos yendo a rebotar sin ruido sobre la gruesa
alfombra. Lupe y Raúl, inmóviles a los lados del sofá, cambian miradas con
disimulo.
El Cowboy se pone
en pie; el odio es tan intenso que le causa vértigo. Sarah le mira,
interrogante, mira a Roon y luego se vuelve otra vez hacia él como si hubiese
tomado una decisión, tras lo cual le sigue mientras él echa a andar hacia sus
habitaciones.
A medio camino oyen
una exclamación y un golpe. Los nervios del Cowboy se disparan, gira sobre sus
talones y echa a correr por los pasillos de la pesadilla metálica de Roon.
Raúl yace
inconsciente sobre la espesa alfombra, con una marca rojiza en un lado de la
cara. Cerca de su mano, un cuchillo de mesa con un rubí tembloroso en la punta.
Y de pie junto a él, Roon con e! brazo envuelto en una servilleta. Su mano
ensangrentada gotea sobre la superficie blanca y lisa de un plato de plástico.
—Un estúpido acto
de rebeldía —explica Roon, con la respiración entrecortada—. Ha intentado
herirme mientras dormía.
La pareja de
guardaespaldas irrumpe por la puerta de la cocina, armas en mano y con las
chaquetas antibala caladas hasta los ojos, y Gorman detrás de ellos. Roon se
vuelve hacia ellos.
—El muchacho
—dice—. Ya lo he reducido.
El Cowboy se
arrodilla al lado de Raúl. Los párpados baten, la cabeza oscila de izquierda a
derecha; está volviendo en sí. Lupe mira con expresión aterrorizada, llorando
en silencio, temblorosa, sin atreverse a abandonar su lado del sofá. Gorman
habla por radio pidiendo un médico. El Cowboy se pone en pie y pone una mano
sobre el hombro de la niña, que no se mueve porque teme a Roon por encima de
todas las cosas.
Raúl está abriendo
los ojos. El corazón del Cowboy late con fuerza mientras él se vuelve hacia
Roon diciendo:
—¿Qué van a hacer
con él?
Roon contempla al
muchacho con indulgencia.
—Nada. Le pondremos
en la puerta. Quedará excluido de la comunión con el cielo —mira al Cowboy con
expresión de dulzura y de sincera tristeza en el rostro—. En realidad es lo
peor que podría ocurrirle. Ha perdido para siempre el porvenir que tenía reservado.
Uno de los
mercenarios se inclina sobre Raúl y le obliga a incorporarse tirándole del
cuello de la camisa.
—¡Pobre loco! —se
compadece Roon—. Todavía le quiero —contempla a Lupe y apoya la mano sobre la
frente de la temblorosa niña, manchando de sangre el primoroso vestido blanco—.
Su hermana se quedará, naturalmente. No voy a repudiarla por el pecado de su hermano.
Entonces parece
darse cuenta del arroyo escarlata que resbala por su antebrazo.
—¿Viene ese médico?
—exclama con el ceño fruncido, y se encamina hacia su habitación a paso vivo,
dejando un rastro de gotas cuyo color se oscurece en seguida.
El Cowboy le sigue
con la mirada. Raúl, sostenido del cuello por el puño del esbirro, permanece en
actitud pasiva, dispuesto a aceptar las consecuencias de su rebelión. La
mejilla donde recibió el golpe de Roon empieza a amoratarse. Gorman mira al
guardaespaldas y se encoge de hombros.
—Ya habéis oído al
jefe. Sacad al chico fuera.
Los dos escoltas
salen. El Cowboy le acaricia la cabeza a Lupe confiando en que no confunda ese
gesto con un acoso furtivo. Gorman, puesto en jarras, contempla al Cowboy... y
por un segundo aparece en su mirada un reflejo del odio que siente el mismo Cowboy,
antes de que el mercenario consiga dominarse.
El Cowboy hurga en
sus bolsillos y sacan una aguja de crédito.
—¿Querrías
encargarte de darle esto?
—¿A Raúl?
El Cowboy asiente.
—Que sepa quién se
lo da.
Gorman acepta la
aguja con el diminuto cristal en la punta, que parece una gema, y se la guarda
en el bolsillo. Por un instante ha mirado al Cowboy cara a cara, pero éste no
logra descifrar su expresión. Luego ha asentido lentamente con la cabeza.
—Sí, de acuerdo
—tras lo cual ordena por radio a los otros dos guardas que le esperen y sale a
paso rápido.
El Cowboy nota que
Sarah está mirándole.
—¿Cuánto quedaba
ahí?
—No sé. Como un par
de miles.
—¿De dólares?
El Cowboy no
responde. Una sonrisa burlona juguetea en los labios de Sarah, quien se vuelve
para seguir con la mirada a Gorman.
—Allá entre
nosotros los dólares no sirven para mucho, pero aquí tienen más valor. Ese
pequeño bastardo será rico..., si no se le figura a alguien que los ha robado.
Se inclina para
tomar una servilleta de la mesa, se acuclilla delante de Lupe y le limpia los
ojos. En ausencia de Roon y de los guardas, Lupe no puede contenerse más y
rodea con los brazos el cuello de Sarah, sollozando.
El Cowboy sigue
acariciándole el cabello sin saber qué hacer. Las ráfagas de adrenalina queman
sus nervios atormentados, y cuando mira hacia la puerta por donde ha salido
Raúl siente envidia. Debió haber sido él quien lo hiciera; debió romper la copa
y cortarle el cuello a Roon con el filo de un pedazo del cristal. Ese acto sí
habría sido una de esas metáforas que tanto le complacían a Roon.
Pero no lo haría
jamás. Está demasiado atrapado por la matriz de lo oscuro; las componendas que
ha admitido se han adueñado de él a tal punto que difícilmente volverá a ver
claro.
Mientras se acercan
Sarah y el Cowboy, algunas partes de la casa de Roon se hurtan a la perspectiva
como si desaparecieran en la cuarta dimensión, por el estilo del modelo de
Thibodaux. Una ráfaga acanalada de viento caliente levanta el polvo trazando elegantes
y fugaces dibujos sobre la epidermis negra del edificio. No hay puerta, no hay
interfaz entre la fantasía geométrica del Orbital y el patio de acceso;
simplemente se cruza bajo unos tirantes metálicos en forma de doble rosquilla y
se entra en un área de aire fresco e inmóvil, silenciosa como si todo el
edificio contuviese el aliento, en donde la luz del sol entra en refracción por
un cristal cenital que actúa como lente y la descompone en franjas color verde,
violeta, azul que iluminan los delicados tonos pastel del mobiliario metálico
más semejante a esculturas abstractas...
—Eso debe ser una
metáfora, ¿no? —pregunta el Cowboy, y las carcajadas de Sarán resuenan
ásperamente sobre el metal silencioso.
Siguen a los dos
niños por un pasillo metálico que desemboca en un recibidor de líneas curvas.
Los tacones de las botas del Cowboy quedan hundidos en una mullida alfombra. De
ahí los conducen a un par de habitaciones comunicadas, llenas de sombras y de curvas
como las del Ritz Flop, pero éstas con un holograma de no se sabe qué hábitat
espacial dando vueltas en un rincón, suspendidas cerca del techo. El Cowboy
siente deseos de usar el inhalador de subesuave que lleva en el bolsillo,
pareciéndole que una ligera sensación de irrealidad podría ser útil para
ayudarse a soportar este sitio. En este momento entra Sarán por la irisada
puerta de comunicación.
—Estamos en
Fantasyland aquí —dice—. ¿Te acuerdas de Fantasyland. Cowboy? ¿En Orlando, al
lado del espaciopuerto?
—Primera noticia
para mí.
—Es un parque para
niños. Para que aprendieran lo bonito que iba a resultar el futuro —suelta una
carcajada—. Esa parte les salió bastante mal, ¿verdad?
En el rincón del
salón tiene una holografía de un niño refugiado, todo huesos y grandes ojos
famélicos. El Cowboy no puede ni mirarlo.
Roon entra
silenciosamente a espaldas de ellos y el Cowboy nota que se le eriza el vello
al captar el hedor de ese hombre, su aliento que huele a cadáver mientras él se
coloca detrás del sillón del Cowboy y descansa las pálidas manos sobre los
férreos músculos de los hombros de éste, quien mira con asombro la expresión
inescrutable de Sarah, acurrucada en la postura del loto sobre un diván.
—He considerado
vuestro plan —dice—. Mi cristal me ha dicho que es coherente, así que lo acepto
—hace una pausa—. En seguida tomaré las disposiciones para establecer líneas de
comunicación seguras.
La tensión no
abandona la nuca del Cowboy.
—Gracias, señor
Roon —dice.
Los pulgares de
Roon aprietan con bastante fuerza sobre la nuca del Cowboy, como tratando de
relajar los músculos agarrotados, mientras éste permanece tan quieto como los
niños de Roon que montan guardia junto a la mesa.
—Estáis bendecidos
—prosigue Roon llenando la habitación de aire corrompido—. Vosotros me
ayudaréis a regresar al cielo. Y desde allí inculcaré en la Tierra mis sueños
de cristal.
—No somos más que
unos mensajeros —aventura el Cowboy, notando un cosquilleo de sudor en su cuero
cabelludo.
Pero Roon no le
escucha.
—En cuanto a
Couceiro, lo enviaré a la Tierra —sigue salmodiando, siguiendo los ritmos de su
propia locura—. A la superficie del planeta que odia. Que eso sirva para
redimirle, o quizá los terrícolas le enseñarán a amar, ¡quién sabe!
Dicho lo cual
aparta las manos y los músculos del Cowboy se inundan de alivio. Roon se acerca
a Sarah y el Cowboy observa su brazo vendado mientras el otro toma la cabeza de
ella con ambas manos y se inclina para besarla ceremoniosamente en los labios.
—Te doy gracias. Os
doy gracias a ambos —se vuelve hacia el Cowboy con sonrisa seráfica, llenando
de nitrógeno líquido el corazón de éste—. Vosotros habéis hecho posibles todos
mis sueños.
Después de esperar
una hora el Cowboy y Sarah deciden salir a explorar. Buscan más o menos al
azar, pero en todas partes encuentran el mismo tipo de habitaciones iluminadas
por una luz solar matizada, camas, mesas, sillas, terminales de ordenador
esparcidos caprichosamente; casi ninguna de esas estancias responde a una
finalidad concreta. Flotando cerca de los techos y las paredes, imágenes
holográficas de campos de estrellas, naves y colonias industriales del espacio;
y también hay imágenes de niños refugiados, descalzos, los ojos muy abiertos,
como otros tantos recordatorios destinados a suscitar la caridad, en medio de
esas habitaciones tan fastuosas como desiertas.
Al final se
tropiezan con Roon por casualidad cuando entran en la habitación donde él está
sentado en un gran sillón blanco, cara a un ordenador portátil que lleva en sus
manos una mujer niña absolutamente inmóvil, de pie delante de él, vestida
también de blanco. A estas alturas, sin embargo, el Cowboy desconfía de todo
cuanto ve, por lo que tarda un momento en darse cuenta de que esta imagen no es
otra holografía. porque el hombre que tiene el largo cable de fibra óptica
conectado en un zócalo de su sien se agita levemente al compás de su
respiración, y los párpados cerrados vibran debido a los movimientos reflejos
de sus globos oculares conforme el ordenador envía datos a los centros ópticos
de su cerebro.
Los ojos repintados
de negro se abren, se pasean lentamente por la habitación. Detectan al Cowboy y
a Sarah, se fijan en ellos, y de pronto la mirada cobra agudeza.
—Os quiero —dice—,
como si fuerais mis propios hijos.
La singularidad
negra y plateada se retuerce sobre sí misma en el espacio de n dimensiones, y
la pesadilla colectiva, la de Roon y del Cowboy, vuelve a empezar.
15
La costa verde y
llana de la península de Florida, festoneada por la invasión del mar, aparece
de perfil ante ellos, coronada de nubes como un paisaje recortable de papel. El
retorno a la gravedad oprime el pecho de Sarah, que traga con dificultad, sintiendo
el peso de la Comadreja como una piedra en la garganta.
En casa de Roon no
se ha atrevido a relajarse ni por un momento: o bien vigilaba al mismo Roon, o
bien estaba pendiente de evitar un patinazo del Cowboy. La estancia allí le
pareció un siglo y se habría sorprendido si alguien le hubiese recordado que
sólo habían sido cinco días. Antes de abordar el transbordador mezcló droga y
alcohol en el bar del aeropuerto, el primer alivio que se ha consentido, y
subió a la nave sumergida en un halo interior de cálida luz blanca. Ahora los
fármacos se propagan poco a poco a través de sus venas, para suavizar los filos
de la realidad.
Mira al Cowboy
frunciendo el ceño. Ha pasado casi todo el viaje en el interfaz con su
ordenador, y las pocas veces que ha desconectado del cristal su cabeza, la
mirada seguía con esa expresión distante, como si todavía estuviera cavilando
sobre el sentido de alguna cosa..., tal vez el laberinto de su maqueta
holográfica tridimensional del combinado Tempel, la localización exacta de Roon
en esas redes, las mallas y las estructuras de esa arquitectura conectadas en
sus zócalos, y cómo el Cowboy y Sarah son ahora prolongaciones de esas redes, o
como un túnel mediante el cual Roon comunica con las redes y los poderes
exteriores a la organización Tempel. Sarah cree que el Cowboy intenta descubrir
el sentido de su relación con Roon, y lo que ésta puede implicar para el mundo
en donde ha vivido el Cowboy tantos años, para esa visión implausible de sí
mismo que Sarah ha logrado entrever alguna que otra vez, rodeado de máquinas,
de turborreactores poderosos, de cristales incandescentes que huyen por
corredores oscuros como la noche, de sensores llenos de cohetes que escupen
llamas de alcohol, motobombas que aúllan, y toda esa violencia mecánica puesta
al servicio de no se sabe qué sentido personal y trascendente de la justicia,
toda una vida regida por códigos tácitos del honor y el comportamiento... Sarah
se figura que el Cowboy se habrá tropezado con muchos malvados en su vida, pero
hasta ahora no había permitido que ninguno de ellos le contaminase.
Suerte que ha
tenido, piensa mientras bebe su ron con lima. La gravedad le oprime el pecho y
ve cómo las burbujas del vaso suben cada vez más despacio, hasta que quedan
suspendidas en la fría solución, en espera de que el pozo acabe por librarlas.
La nuca presiona sobre el apoyacabezas acolchado.
—¿Crees que estará
bien? —murmura el Cowboy, sin que se sepa exactamente si es un monólogo o una
pregunta dirigida a Sarah.
—¿Quién?
—Raúl.
Sarah cierra los
ojos, contemplando las figuras que dibuja la circulación de la sangre sobre la
cortina de los párpados abatidos.
—Sí, estará bien
—contesta.
Incluso es posible
que resulte ser verdad, aunque Sarah sospecha que más probablemente Raúl
conseguirá que le rebanen el pescuezo la primera vez que exhiba esos dólares
norteamericanos que le ha dado el Cowboy. Y piensa que más habría valido que se
los hubiese dado a ella, que los habría destinado a mejores usos que
repartirlos entre los navajeros de cualquier barrio de chabolas de la
Cordillera.
—Tal vez consiga
localizarlo algún día. Si lo llevara a ¡os Estados Unidos, podría dejarlo en
casa de mi tío, para que le echara una mano.
Sarah escucha el
susurro de la atmósfera sobre el revestimiento exterior de la lanzadera, y abre
los ojos. Las nubes sobre Florida se han apelotonado en formación oblicua con
respecto al terreno, como una transparencia colocada en diagonal sobre un mapa,
moteando de sombras el paisaje. La opresión abandona poco a poco su garganta.
—Si quieres
dedicarte a eso, no hace falta viajar a Venezuela para encontrar niños
abandonados —comenta Sarah.
A lo cual él no
responde, sino que se limita a sumergirse de nuevo en la matriz de datos, con
la mirada perdida. Sarah apura el vaso y cierra los ojos, mientras el
transbordador empieza a atravesar las turbulencias térmicas y el horizonte de
la Zona Franca se eleva para apoderarse de ellos.
—Michael le
recibirá a usted esta noche —anuncia el escolta de Flash Forcé que les aguarda
junto a la puerta de seguridad—. Mientras tanto, puedo conducirles adonde
quieran.
El sol cae sobre
ellos como un mazazo cuando salen a la superficie de cemento de la acera.
—Al Ritz Flop —dice
Sarah, pero luego ve por el rabillo del ojo que el Cowboy menea la cabeza.
—No, prefiero
cualquier otro lugar —dice él, la frente perlada de gotas de sudor que parecen
toda una constelación de zócalos añadidos.
—¿Cuál? —procura
disimular ella su sorpresa.
El Cowboy se encoge
de hombros, contemplando la limusina de cristales oscuros, y luego se vuelve
hacia Sarah.
—A tu habitación,
quizás. En el altillo del bar.
Sarah está a punto
de rehusar la propuesta pero algo indefinible la retiene. Como una noción de
que la negativa sería un error. No una imprudencia, sino una demostración de
crueldad innecesaria.
—De acuerdo
—titubea—. Pero vas a quedarte solo. Si no hablamos con el Atamán hasta la
noche, pasaré la tarde visitando a Daud.
Nuevamente el
Cowboy se encoge de hombros y Sarah se vuelve hacia el conductor antes de
montar en el asiento posterior del coche.
—Al Blue Silk,
pues.
El Cowboy guarda
silencio, ensimismado, durante todo el recorrido hasta llegar a Tampa. Sarah
sólo se detiene en el Blue Silk el rato indispensable para preguntarle a
Maurice si le importa que el Cowboy se quede en la habitación durante la tarde,
y luego le da al hombre de la Flash Forcé la dirección de Daud.
Lo ha sacado del
hospital y lo tiene en una clínica de rehabilitación en el extrarradio de
Tampa, más allá de la ruidosa autopista que une a Tampa con Orlando. La
habitación se asemeja más a la de una residencia que a la de una casa de salud,
y Sarah cree que ninguno de los enfermeros parece un Joseph dispuesto a pasar
inyectables ocultos entre las toallas.
Al entrar encuentra
a Daud sentado en una silla. Su aspecto ha mejorado por el simple hecho de
haber prescindido del pijama hospitalario, y está levantando una pesa con su
brazo débil. Es la primera vez que le ve realizar voluntariamente sus
ejercicios, y se acerca sonriente.
—Hola, Sarah.
Ella se inclina
para darle un beso. Sus ojos azules sonríen bajo una frente limpia de
cicatrices y Sarah se yergue súbitamente, sorprendida.
—¡Daud!
Parpadea. Una aguja
fría empieza a hurgar en sus nervios. Él sonríe cordialmente al tiempo que
sigue ejercitando sus músculos.
—La diseñadora de
psicoestética me operó las cicatrices de la cara. Hace dos días, con el láser
—el esfuerzo empieza a hacer mella en la respiración, cada vez más agitada, y
en el tono de su voz.
Ella apoya la
espalda en la pared, se cruza de brazos.
—¿Quién lo ha
pagado? —pregunta.
—Un... amigo. Tiene
aquí a su hermana, enferma terminal de Huntington. Es muy rico.
La sonrisa palidece
poco a poco. La fatiga agarrota los músculos de su cuello. Realiza un par de
flexiones más y luego descansa la pesa en el suelo, al tiempo que echa la
cabeza atrás y respira hondo.
—¿A qué se dedica?
—Es un armador, o
algo por el estilo, oriundo de no sé qué país del África meridional. Sólo viene
aquí porque tiene a su hermana enferma —levanta la mirada para contemplar a
Sarah, con sonrisa algo titubeante—. Creo que va a pedirme que vaya a vivir con
él.
—Está bien —se le
escapa el tono áspero a Sarah, sin querer, y luego, procurando hablar más
dulcemente—: Eso sí es darse prisa. Una aventura romántica con un africano del
otro lado del océano. Y sólo en cinco días.
Daud se pone a la
defensiva.
—Espera a
conocerle. Te caerá bien.
—¿Está aquí?
Daud menea la
cabeza.
—Salió hace una
hora, poco más o menos.
Sarah está deseando
apoderarse de él, arremangarle el brazo para ver si tiene marcas de
inyecciones. Sacudirlo hasta que le castañeteen los dientes. Pero se obliga a
sonreír. Le consta cuánto necesita él ese nuevo jirón de esperanza, y no se
atreve a destruirlo sin antes asegurarse de si es una ficción.
—¿Puedo ver a su
hermana?
—¡Claro! Pero está
paralizada por el Huntington vírico. No puede hablar.
Cada una de las
palabras de Daud desencadena una nueva oleada de aprensión en el sistema
nervioso de Sarah. Sin embargo, se acerca haciendo intención de sentarse al
borde de la cama y sonríe.
—Confío en que no
hayas olvidado tus precauciones, Daud. Porque ese hombre podría ir contra mí.
Los músculos de la
mandíbula se tensan y una llamarada de ira reluce en el fondo de los ojos fríos
de Daud cuando se vuelve hacia ella.
—Crees que el mundo
entero gira a tu alrededor, ¿verdad? Todo lo tienes que relacionar con tu
persona, incluso a mí y a mis amigos, ¿no es cierto? —exclama entre
aspavientos—. ¿Por qué no te alejarás de mi vida de una vez por todas?
—Sólo intento
evitar que sufras algún daño, Daud. Como sería el caso si ese hombre fuese uno
de los que andan buscándome.
—No lo es. Me
quiere. Me quiere de veras...
—Me alegro, siempre
y cuando... —no se atreve a terminar la frase.
—Siempre y cuando
sea quien dice —replica Daud con desafío—. Eso es lo que ibas a decir, ¿no es
cierto? —menea la cabeza—. Ni siquiera me has preguntado cómo se llama,
¿verdad? Es Nick Mslope.
—No quiero
discutir, Daud.
—Nick Mslope.
Repítelo.
—Está bien, como tú
quieras. Nick Mslope, que quizá sea su nombre auténtico, o quizá no lo sea —le
mira fijamente—. ¿Puedes asegurármelo tú?
Él aparta los ojos,
se tienta la ropa rebuscando maquinalmente un cigarrillo.
—¿Puedes, Daud?
—insiste ella procurando dulcificar la voz.
—No tengo por qué
aguantar esto —murmura Daud—. No tengo por qué contestar si no quiero —da
lumbre al tabaco—. Ya no necesitaré más tu dinero. Nick va a encargarse de mí.
—Mejor, si lo hace
—replica Sarah—. Pero antes pregúntale una cosa. Dile que hemos hablado, que
nos hemos peleado y que te has negado a verme nunca más. Y si después de eso
todavía sigue deseando encargarse de ti, por mi parte no hay inconveniente
—Sarah se pone en pie y se inclina hacia Daud, quien le vuelve la espalda—. ¿Se
lo dirás, Daud? ¿Querrás correr ese riesgo?
Daud está
temblando, la mandíbula fláccida.
—No tengo por qué
hacerlo —dice.
—Pues no lo hagas.
Sólo he querido dejar las cosas bien claras. Si Nick desea ayudarte hasta que
te hayas recuperado, por mí no hay problema. Al contrario, celebro no tener que
seguir pagando. Pero no le aprietes demasiado hasta que no hayas recuperado todas
las piezas de tu persona.
Él la mira de
reojo.
—¡Maldita...!
¿Piensas dejarme en la estacada?
—No lo hago por
gusto.
—Eso es lo que tú
dices —intenta hablar con voz cortante, pero apenas le sale más que un
resoplido ahogado.
Ella alarga la mano
para acariciarle y él inicia un mohín de repulsa, pero luego deja hacer.
Restregarles la
realidad a las personas que la rodean, eso es lo que viene haciendo últimamente
Sarah. Resulta amargo y revuelve el estómago como la bilis.
Acercándose a Daud,
le abraza y se despide con un beso en su mejilla fría y pasiva.
—Ten cuidado, Daud
—susurra—. Ten cuidado.
Sabiendo que no lo
hará, que nada le importa y que es incapaz de hacer nada excepto aceptar las
cosas como vengan. Y ahora tiene una esperanza a que aferrarse, sin importarle
si es real o no.
16
El culo de la
botella marca un círculo frío sobre el pecho del Cowboy. Tiene calor y no puede
dormir. Algo le carcome.
La diminuta
habitación de Sarah es como una jaula y repentinamente no puede soportarla más.
Poniéndose en pie,
apura la cerveza y se endosa una camisa. Baja por la escalera y sale por detrás
para no tener que cargar otra vez con los de la Flash Forcé. Ha caído un breve
chaparrón y el pavimento del callejón echa vapor; a la salida recibe en plena
cara el fragor de la ciudad y el aroma a jazmín.
Piensa en recursos
para volar, pero las drogas no le sirven para eso... Lo que él necesita es
volar de verdad, en su alta delta, flotar entre los susurros de la noche. Eso
es lo único que le remediaría; incluso el esperar sentado en su panzer
abandonado supondría un alivio para él, y se pregunta si habrá sido localizado
ya en su barranco de Ohio.
Los transeúntes
miran con curiosidad los zócalos de su cráneo, y entonces se da cuenta de que
ha olvidado ponerse la peluca. Los mira con severidad para que ellos aparten la
vista, disimulando. Yo no soy un yanqui, soy un piloto, les grita mentalmente.
Pero las miradas furtivas continúan. El Cowboy se rinde, disgustado, y se mete
en el primer bar que encuentra, lleno de palmeras de maceta y de bonitos
hologramas que flotan sobre las cabezas de agentes comerciales que beben a
expensas de las dietas. Pero tampoco soporta el ambiente del local, por cuyo
motivo, y sin buscar otra cosa sino un refugio en donde tranquilizarse, se
encierra en la cabina del teléfono público.
Un diminuto
ventilador de techo se pone en marcha con un ruido como de turbina anémica, y
un hilo de aire le refresca la cara al Cowboy. Se enchufa la línea en el zócalo
occipital derecho y decide llamar a Norfolk para hablar con Cathy, la teniente
del guardacostas, a ver cuándo podrán pasar un fin de semana juntos, por
ejemplo en algún lugar de la Cordillera Occidental, donde las tierras bajas
quedan muy lejos y el aire limpio se mueve entre los álamos como un cutter en
la estratosfera, pero entonces le informan que está embarcada y que no se le
puede pasar la comunicación. Él se queda mirando el teléfono con los puños
apretados, y entonces decide que ya está harto de andarse con tantos
miramientos y de que le digan que no puede ayudar a una persona cuando él desea
hacerlo.
Por lo que llama al
número de Reno en Pittsburgh.
—¡El Cowboy! ¡El
Cowboy! ¡Dios mío!
La voz sigue siendo
como la de un niño extraviado, pero es la de Reno, un poco apagada sin duda,
pero lo bastante genuina todavía como para enviar un chorro de oxígeno líquido
bajo la piel del Cowboy, un trémolo de miedo, frío pero, en cierto modo, estimulante.
—¿Qué ocurrió.
Cowboy? No me acuerdo de nada.
—Nos asaltaron,
Reno —contesta el Cowboy.
Reno, el que tenía
el cerebro en blanco, recuerda. El que se pasaba todo el rato en el interfaz, y
cuya personalidad estaba disolviéndose casi a ojos vistas. Excepto si es un
truco de la Tempel. Excepto si tienen un programa que esté conmutando entre líneas
para localizar esta cabina, y que haya dado ya la alarma a sus tipos duros, los
de ojos de robot y quincalla mortífera guiada por cristales.
—Hablábamos de unos
corazones que tú tenías para vender —dice Reno—. Eso lo recuerdo. Y también esa
muchacha tan alta que iba contigo, la pistolera. Y luego no recuerdo nada
más..., excepto que había fuego por todas partes, y las alarmas estaban
sonando. Nunca llegué a saber quiénes eran. Yo estaba conectado al interfaz,
tratando de pedir socorro.
Se interrumpe y
queda un instante en silencio.
—Creo que estoy
muerto, Cowboy —continúa la voz en tono de incertidumbre—. Eso dijeron los
noticiarios, que yo había muerto. De ti no dijeron nada.
El Cowboy se nota
el sudor helado y hasta los dientes le duelen de miedo. Alarga una mano a
ciegas, tocando el trío frontis de aluminio del aparato telefónico.
—Oye, Reno —le
interrumpe—. ¿Dónde estás?
—En un cristal
público, Cowboy. En Pittsburgh, en Maryland..., repartido un poco por todas
partes. Bibliotecas, ficheros de datos miniaturizados y protegidos, líneas
telefónicas en desuso. En los bancos donde tenía cuentas y pude recordar las
contraseñas —la voz se hace temblorosa y el Cowboy se nota el vello erizado—.
Estaba conectado con el cristal de mi casa, con los bancos de memoria. Todos
esos datos, los tengo. Pero estoy tan repartido que apenas puedo utilizarlos
eficazmente. Y otras muchas cosas se han perdido —la voz de Reno se convierte
casi en un lloriqueo infantil y el Cowboy se acuerda de Lupe, del grito
retenido en su garganta cuando sintió que la tocaba la mano de Roon.
—Oye, Cowboy
—prosigue Reno—. He olvidado muchas cosas. He olvidado cómo ser una persona.
Recuerdo que eso lo quemaron. Mi cerebro quemándose en el incendio. Ayúdame,
Cowboy.
El Cowboy siente
que es Reno el que está ahí, al otro lado del zócalo, tratando de salir del
cristal, de volver a ser persona. Cierra el puño con rabia y golpea el cristal
de la cabina. Los clientes del bar le miran con extrañeza y luego apartan los
ojos.
—Conseguiremos
sacarte —dice—. Te implantaremos en un cuerpo. Es una operación banal en estos
tiempos.
—Es que no creo que
haya quedado lo bastante de mí. Estoy perdiendo cada vez más trozos de mí
conforme pasa el tiempo. Se pierde algún que otro bit de datos en las
transferencias, o estoy en el cristal de alguno y me borra sin que yo me dé
cuenta y sin darme tiempo a salir —la voz de Reno, esté donde esté, suena como
si se hallase a punto de echarse a llorar—. ¿Por qué no me has llamado antes?
Eres una de las pocas personas a quienes todavía recuerdo. Lo intenté todo para
localizarte. Lo intenté a través de tus números de cuenta. Una vez me pareció
que lo conseguía en la matriz de una biblioteca de Nuevo México, pero te
desconectaste en seguida. Todo el mundo anda desconectado.
—Es que estamos en
guerra, Reno. A ti te mataron, y los demás procuran esconderse.
—¿Una guerra?
¿Contra quién, Cowboy? ¿Quién me mató?
Llaman a la puerta
de la cabina y el Cowboy se vuelve, malhumorado. Es uno de los camareros, un
sudamericano corpulento de mirada fría y labio bigotudo.
—Me interrumpen
aquí. Perdona —abre la puerta el Cowboy.
—¿Quién me mató,
Cowboy? —repite la voz quejumbrosa en el cristal acústico del Cowboy, cada vez
más distorsionada, como si Reno estuviera perdiendo el control de los impulsos
que reconstruyen su voz en el cráneo de aquél.
—Este aparato está
reservado para comodidad de nuestros clientes, señor —anuncia el camarero.
—¿Sí? Pues tráigame
algo para beber. Una cerveza, cualquier marca —cierra el Cowboy de un portazo.
—¿Cowboy? —la voz
de Reno apenas se oye entre las fluctuaciones aleatorias del ruido de fondo; el
Cowboy aumenta el volumen haciendo una mueca—. ¿Cómo morí?
—La Tempel lo hizo.
Los de la Tempel Pharmaceuticals Interessengemeinschaft y sus amigos te
mataron.
—La Tempel... la
Tempel... —la voz de Reno vuelve a escucharse con claridad, como si la
información recibida le hubiese ayudado a despejar el interfaz—. Sí, todavía
tengo muchos detalles acerca de la Tempel... Estaba conectada en mi banco de
memoria cuando morí. Y me puse en comunicación contigo a través de esa maqueta
de la Tempel que tú tenías, y ahora también la tengo yo en mi memoria. Cuando
estuviste en mi casa, ¿hablamos tú y yo de la Tempel, Cowboy? Creo recordar que
hablamos de algo por el estilo.
—Sí, hablamos de la
Tempel. Y de la guerra.
—Hace tantísimo
tiempo de eso. Ahora mido el tiempo en picosegundos, ¿sabes?
El Cowboy recuerda
aquellos hombres duros en sus coches blindados, las caras frías como ladrillos,
los ojos como el hielo, las herramientas de matar entre las manos.
—Oye, Reno —dice—.
Necesito saber si eres real. Podrías ser una trampa.
—Soy real, Cowboy.
Ayúdame.
—Dime algo que sólo
nosotros dos podamos saber. Habíame de eso, Reno.
—Cowboy —la queja
de Reno casi inaudible entre el ruido blanco—. No sé qué decir. Se me han
perdido muchas cosas.
El camarero se
acerca con la cerveza que ha pedido el Cowboy. Éste tiene los nudillos blancos
cuando se agarra del marco de la puerta, al tiempo que aspira con ansiedad el
aire fresco que envía desde arriba el ventilador.
—Escucha, Cowboy
—el ruido aleatorio suena como la rompiente sobre la playa de Oahu—. Recuerdo
que una vez estábamos jugando al póquer en aquel barracón camuflado que
Saavedra construyó cerca de la Muga de Dakota. Tú acababas de regresar con el
Express de una travesía y decidiste quedarte con nosotros aquella noche. Tú, yo
y Saavedra jugamos unas manos, y luego entró otro piloto, Begay el indio
navajo. El que luego fue muerto por su hermano en aquel accidente. Y éste nos
ganó el dinero a todos y luego nos regaló unos puros, ¿te acuerdas?
El camarero aguarda
a la puerta de la cabina, con la cerveza en la mano. Al Cowboy ya no le quedan
fuerzas. Se ha desmadejado contra el plástico transparente, con la garganta
agarrotada por los sollozos que pugnan por salir.
—¡Jesús Dios mío!
Eres tú, Reno, eres tú.
Si pudiera,
lloraría. Saavedra y Begay están muertos, y no queda nadie que pueda haber
contado en la Tempel lo de aquella partida de póquer. Reno atrapado en algún
lugar del cristal, o lo que queda de él, convertido en un fantasma electrónico
prisionero de un bucle interminable entre dos mundos, viajando hacia ninguna
parte a la velocidad de la luz. El Cowboy se golpea la cabeza contra la pared
de la cabina buscando la lucidez del dolor, y el camarero le contempla con aire
de desaprobación, previendo que va a tener que echar de su pulcro bar con
palmeras a este yonqui cabezabotón que se ha enrollado mal.
—Escucha, Reno. Te
sacaremos de ahí —el Cowboy nota el sabor a sangre en su boca, y se enjuga el
sudor de la frente con el antebrazo—. El Esquivo y yo te conseguiremos un
cuerpo.
—No tengo dinero.
Cowboy. Recuerdo casi todas mis cuentas, pero el dinero mismo queda demasiado
lejos para mí.
El Cowboy ríe, y
suena a hueco en la pequeña cabina y en las respuestas de los ecos se percibe
un ligero matiz histérico. Él querría seguir riendo eternamente pero por fin
logra dominarse.
—¡Eh, hermano!
¡Pero si ya está medio hecho! —baja la voz al darse cuenta de que está hablando
a gritos—. Estás ya fuera de tu cuerpo y en el medio cristalino. Sólo tendremos
que pagar la segunda parte. Apuesto a que te conseguiremos un buen descuento.
Abre la puerta de
par en par y le quita la cerveza de la mano al sorprendido camarero.
—Trae algo para
picar, unos nachos, si tienes, o unos cacahuetes.
—Cowboy... Cowboy
—clama la voz de Reno cada vez más ahogada entre el ruido de la línea.
—Sí, Reno. Estoy
aquí.
—Gracias, Cowboy.
No sabes cuánto te lo agradezco. Los demás están todos muertos o escondidos.
Casi como si hubiera sido yo el que los ha matado o espantado.
—Estoy aquí, Reno
—el olor a cerveza inunda la diminuta cabina—. Estoy aquí.
El Cowboy intenta
hablar en tono reconfortante, pero está pensando en su interior: ¿Y dónde
estarás tul Un programa perdido que vive del tiempo de ordenador que consigue
hurtar de aquí y de allá, ocultándose del sistema que le eliminaría sin llegar
a enterarse siquiera de lo que es. Condenado a correr para siempre, perdiendo
bits en transferencias ineficientes hasta que no quede casi nada de él, salvo
un viento fantasmagórico que roza el interfaz con su soplo electrónico.
—Yo me ocuparé de
ti —dice el Cowboy, al tiempo que recuerda a la niña que temblaba bajo la mano
de Roon, a los dos muchachos escondidos en el almacén de Missouri, todos esos
compromisos que él no ha sabido cumplir, lo bueno que pudo hacer y no hizo—. Encontraremos
la manera de sacarte de ahí —promete.
Y en algún rincón
de su mente se ve él mismo en imagen monocromática junto con Reno, Raúl y Lupe,
Sarah como si la hubiese retratado el mismísimo Von Sternberg y muy parecida a
Louise Brooks, todos ellos a bordo de la cabina improbablemente amplia de un ala
delta que flota sobre un fondo de nubes grises de acuarela atravesadas por
gloriosos rayos de sol. Final feliz de nitrato de plata sobre celuloide viejo
que se proyecta en la pantalla de los párpados cerrados del Cowboy. Pero él
tiene la sensación de que podría funcionar de alguna manera, de que todo
terminará así con sólo apretar un botón; sólo es cuestión de acertar con el
botón oportuno en el instante oportuno.
Llaman a la puerta
de la cabina. Es el camarero que trae los cacahuetes. El Cowboy contempla sus
rasgos flacos que expresan desaprobación, las finas venillas tiñendo de rosa
los pómulos, el cuidado bigote canoso, el desprecio prudentemente contenido
pero que un tic incontenible del párpado inferior subraya. La pantalla mental
se disuelve en gris pero sin un THE END alzándose triunfal sobre las nubes
entre himnos triunfales de Alfred Newman. El Cowboy ya no tiene el dedo sobre
el botón, sino que está enchiquerado entre las paredes de plástico de una
pequeña cabina en un pequeño bar de Florida, atrapado ahí con todos los niños
extraviados de la Tierra, y no ve la manera de salirse...
17
¿VIVE USTED EN LA
ZONA MUERTA? ¡LE GARANTIZAMOS UNA LIQUIDACIÓN!
Cuando Sarah
regresa, el Cowboy está sentado sobre el colchón con las piernas cruzadas, sin
camisa, llevando sólo unos vaqueros recortados. Esparcidas a su alrededor,
media docena de botellas de cerveza vacías. Está lubricándose los ojos;
volviéndolos hacia arriba, aplica el pico de un frasco dosificador al diminuto
depósito de la base de cada implante para llenarlo de gel de silicona.
Al terminar y
volverse hacia ella, Sarah ve que tiene profundas ojeras moradas, y también en
el cuello hay arrugas que no estaban ahí antes.
—Pareces un
difunto, Cowboy —dice Sarah.
Él baja la mirada,
traga saliva.
—Sí.
Ella se acerca,
acuclillándose a su lado y apoyando ambas manos en sus hombros. Tiene la piel
húmeda. Al menos es de agradecer que no rehúse el contacto como Daud, se dice
Sarah mientras le mira de hito en hito.
—¿Ha ocurrido algo
mientras estuve fuera?
—Sólo... —empieza
él, pero en seguida se corrige—. No, nada.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Le besa en las
mejillas, pinchándose los labios con la barba crecida. Luego se pone en pie y
se despoja de la cazadora con un simple encogimiento de hombros.
—Voy a ducharme
—anuncia—. ¿Me acompañas?
La ducha está
instalada en una vieja bañera de acero inoxidable, en un cuarto al fondo del
pasillo que Sarah comparte con Maurice. Las puertas de cristal traslúcido
encierran la humedad y llenan la bañera de una luminiscencia suave, ambigua,
que proyecta sobre la piel una luz difusa, nebulosa. El Cowboy permanece largo
rato de pie bajo el chorro de agua caliente mientras el agua jabonosa dibuja
largas ondas opalescentes sobre su pecho y Sarah, con ambas manos sobre sus
hombros, intenta relajarle los músculos hallándolos duros como cables de acero
y llenos todavía de todo el clamor reprimido de sus cinco días en casa de Roon;
es como si los gritos contenidos se hubiesen grabado en las fibras musculares
como datos en un cristal. Sarah los masajea detenidamente, uno a uno, notando
cómo resucitan bajo sus dedos. En seguida abre el grifo del agua fría y
contempla el estremecimiento que recorre la espalda del hombre, cuyos ojos se
animan por primera vez en los últimos días.
Sarah cierra los
grifos y el Cowboy la rodea con los brazos, rozándola con su piel fría. Con la
mejilla ella le seca las gotas del hombro. De pie en la bañera, contemplando
los reflejos de ambos en la superficie metálica, aunque bastante rayada, van el
uno hacia el otro sin que ninguno de los dos se haya dado cuenta todavía.
Mientras el Cowboy
la toma en brazos y la lleva hacia la habitación, ella se siente presa de
incertidumbre. Es difícil decir si la presencia de él encaja realmente, si hay
un lugar para él en todo esto... Una cosa es dejar que uno entre en tu cuerpo,
se dice Sarah, y otra cosa muy distinta permitir que entre en el lugar donde tú
vives. Pero entonces se da cuenta de que sí desea tenerle allí, de que él no
desentona en ese altillo donde ella tiene su escondrijo. Le rodea el cuello con
los brazos, sorprendiéndose al sentirse excitada por el hecho de ser
transportada en vilo por alguien lo bastante fuerte y alto como para hacerlo
sin dificultad, liberándola de la atracción gravitatoria en la cuna de sus
antebrazos. Y observa las gotitas que se forman en los pelos de la nuca para
juntarse en arroyos que corren por el musculoso cuello del piloto. Nota sus
pectorales duros que rozan su hombro. Echa la cabeza atrás, dejándola que
cuelgue y sacudiéndola para proyectar miles de parábolas irisadas alrededor.
Ríe. Decide dejar que las cosas sucedan por sí solas.
Ambos tienen
tendencia a salirse de los confines del estrecho colchón; los largos miembros
entrelazados se desparraman por el suelo, negro y pulido. Las cabezas colgando
dejan un rosario húmedo de gotas de transpiración sobre el polímero, pero no
importa. Finalmente quedan sentados cara a cara, Sarah en el regazo de él. Su
movimiento es lento, un reconocerse mutuamente de membranas que apenas se
rozan, resbalando más despacio que los ritmos acelerados de las respiraciones y
de los pulsos. La luz de la ventana dibuja en el pecho de él una cuadrícula
deformada; ella alarga las manos para tocarla, para rellenar los recuadros con
un alfabeto de su propia invención, con toques, arañazos, roces con los
nudillos o con las yemas de los dedos. El Cowboy la mira con silenciosa
intensidad que al principio la enerva un poco, hasta que se da cuenta de que
por primera vez lo tiene ahí entero, no yendo y viniendo distraídamente de
algún espacio extraño oculto detrás de sus ojos artificiales, sino mirándola
como si acabase de ver en ella algo nunca visto antes. Ella le devuelve la
mirada, contemplando fijamente las pupilas duras y dilatadas que parecen querer
absorberla, absorber la radiación en que ella se ha convertido, singularidad
sin fondo plantada en el cráneo del Cowboy... Ella se agarra con fuerza y
orgasma, mientras el rostro del Cowboy se difumina como si cayese delante de
los ojos desenfocados de Sarah una cortina de lluvia, el aliento embotellado en
la garganta quemándole los pulmones.
Sarah deja escapar
el aire a pequeños borbotones, notando los ojos del Cowboy todavía fijos en
ella, pasándole los dedos por el breve cabello rubio. Ahora que ya han trabado
conocimiento se agitan un poco más deprisa; ella le empuja con ambas manos y le
obliga a echarse de espaldas, para colocarse a horcajadas sobre él. La luz del
sol le calienta un lado de la cara. Sus músculos tensos duros como cables
forman un arco que ciñe las caderas de él, quien levanta las manos para tocar
sus pechos, haciendo copa, levanta la cabeza para cosquillear los pezones con
la lengua. Sarah echa la cabeza atrás, notando las puntas de los cabellos entre
los omóplatos. Por las autopistas de su sistema nervioso corren los trenes de
impulsos de energía, sirenas que aúllan arriba y abajo, las agujas de los
velocímetros cada vez más próximas al máximo, acelerándose hasta la velocidad
de la luz. El Cowboy se arquea, los hombros clavados en el suelo, y ella nota
que la toca de nuevo con los ojos y se corre otra vez, superliminalmente.
Impacto, inmersión
en el corazón de una estrella. Sarah es un pulsar que arroja fotones
incandescentes a su alrededor, en círculos cada vez más amplios... Se sorprende
al comprobar que la superficie de su binaria todavía está fría, que no le ha
comunicado su ardor. Él está sobre ella ahora, habiendo completado la media
vuelta de sus respectivas órbitas. Hay una toalla mojada arrugada debajo del
hombro izquierdo de ella. Abajo se oye la música que brota del bar. La
habitación vira de nuevo hacia el azul. Sarah levanta las manos, las cruza
detrás de la nuca del Cowboy, que orgasma medio segundo antes que ella, colapso
gravitatorio mutuo. Ella le rodea con los brazos atrayéndole hacia sí, notando
con agrado en su cuello la respiración agitada de él.
La música hormiguea
lentamente en la columna vertebral de Sarah. El Cowboy se incorpora sobre las
manos, los brazos de ella todavía enlazados alrededor de su cuello. Ella se
pregunta si será éste un caso que justifique el ponerse sentimental.
En los ojos de él
un nublado sigue lloviendo sobre Sarah, que retorna parcialmente a la vida
mientras él habla despacio, como un disco reproducido a media velocidad:
—Reno está vivo.
Acabo de hablar con él.
TEMPEL PROMETE
DISTRIBUIR LA CURA DEL HUNTINGTON
DENTRO DE 6 A 10
SEMANAS
CRECE LA
EXPECTACIÓN
Dos grupos se
mueven con decisión a través del caos de la estación del tren bala. Las
mandíbulas cuadradas caucasianas de los guardaespaldas Flash Forcé que
acompañan al Cowboy se abren paso enfrentándose a la corriente de caras negras
y suspicaces del personal de la Gold Coast Máximum Law que ha enviado el Atamán
Michael a Nuevo México para contribuir al establecimiento de enlaces seguros de
comunicaciones. Y por más que los mercenarios no puedan permitirse el lujo de
guardar larga memoria, esos dos grupos han chocado en el pasado y aunque ahora
no sean hostiles, evidentemente no van a hacerse amigos de la noche a la
mañana.
Sarán nota la
tensión, ve al Cowboy preocupado ante la perspectiva de tener que viajar hasta
Santa Fe en compañía de esas muchedumbres. Se ha levantado el cuello de la
cazadora y lanza ojeadas desconfiadas a su alrededor.
Pasa un vendedor
ambulante con el carrito cargado de fármacos. Una voz femenina desgrana
monótonamente salidas, destinos, números de vía en tres idiomas.
—Hasta dentro de un
par de semanas —dice Sarán.
—Hasta la vista.
Los remolinos de
caras blancas y negras trazan invisibles círculos de poder, se mueven ajenos a
la voluntad de Sarah como constelaciones orbitales empleándose en algún juego
inmenso e inmensamente sutil de estrategia posicional... La presencia de esos
extraños la inhibe; se encoge de hombros intentando desentenderse de su
influencia pero no lo consigue.
—Te gustarán las
montañas —promete el Cowboy.
—Así lo espero.
Cifras emitidas en
español se aglomeran en el aire y revolotean como pájaros alrededor de estas
banales palabras de despedida. Hasta que Sarah decide enviarlo todo al diablo y
agarrando al Cowboy por las mangas de la cazadora, lo interpela:
—¡Eh, Cowboy! —y
mirando sus rasgos flacos, su semblante impasible—. ¿Somos amigos, o aliados?
Una pálida sonrisa
cruza por las facciones del Cowboy.
—Amigos, supongo.
Mientras podamos permitírnoslo.
El regocijo vibra
dentro de ella como un diapasón de acero.
—Sí, así es como lo
veo yo también —asiente lentamente con la cabeza.
—Llama a Reno,
cuando puedas —dice el Cowboy—. Se siente muy solo.
Ella recuerda a
aquel zombie cyborg de cerebro en blanco, agazapado en su tenebrosa cueva llena
de lamparillas de colores, y luego imagina la voz espectral, desencarnada,
hiriendo el oído desde algún remoto cristal... Aquel hombre era ya un espectro
cuando vivía dentro de su cuerpo, ¡se necesitaba estar de humor para buscar la
frecuentación de semejantes fantasmas! No obstante, se encoge de hombros.
—Lo intentaré,
aunque incluso cuando estaba vivo me ponía la carne de gallina.
El Cowboy frunce
ligeramente el sueño.
—Puede ayudarnos.
Tiene mucho dinero guardado por ahí.
—De acuerdo, le
llamaré. Te lo prometo.
Con lo cual se
despiden. Sarah le sigue con la mirada mientras él, dominando con su estatura
los satélites blancos y negros que le rodean, abandona la plataforma iluminada
por fluorescentes y se aleja por el túnel hasta desaparecer. Se pregunta si
será buena idea volver a encontrarle. Ella podría solventarlo con bastante
facilidad, simplemente pidiéndole al Atamán que envíe a otro cuando toque
reunirse con el Esquivo... Ella tiene sus obligaciones para consigo misma, para
con su hermano, y no es cuestión de abandonarse a los sentimientos. Dejar
entrar a otro en el lugar donde vivimos es darle permiso para hacernos daño, y
Sarah piensa que ya ha soportado más de lo necesario.
El escolta de la
Máximum Law se impacienta. Ahora ella tiene derecho a guardaespaldas porque
conoce el plan del Atamán y este individuo seguramente tiene orden de ultimarla
si se ve en la imposibilidad de impedir que sea capturada. Ahora seguramente la
llevará a un hotel, donde es más fácil la vigilancia, y pasará bastante tiempo
antes de que pueda regresar a su madriguera del Blue Silk. Sarah se vuelve
hacia el vendedor ambulante, dándole la espalda al escolta, para comprar una
esnifada de cocaloca; las espiras de placer se desenroscan en sus venas.
También compra unos cigarrillos para Daud antes de encaminarse a la salida.
Cuando visite a
Daud se sentirá magníficamente, al menos mientras dure el efecto.
MODERNBODYMODERNBODYMODERNBODYMODERNBODYMODERNB
¿Cansado de verse
en el espejo? En MODERNBODY tenemos una cara nueva PARA USTED ¡Oferta del mes
con la fisonomía de un personaje célebre!
MODERNBODYMODERNBODYMODERNBODYMODERNBODYMODERNB
Daud tiene visita.
Está la estilista, con sus grandes ojos de lechuza que no parpadean y sus
pómulos afilados como trozos de vidrio, quitándole a Daud las últimas
cicatrices con el láser, que zumba suavemente, todo ello contemplado por un
negro de mediana edad en actitud benevolente.
—¿El señor Nick
Mslope? Soy Sarah.
Él levanta la
mirada, complacido. Es un tipo bajito y fofo, que viste vaqueros blancos de
algodón, con la raya planchada, y una camisa tropical. Del bolsillo de la
pechera le asoma una barra de caramelo empezada, aunque pulcramente envuelta en
su celofán.
—Mucho gusto —dice
con un acento que Sarah no consigue ubicar.
El tejido
cicatricial desintegrado se acumula sobre el escuálido pecho de Daud como un
hilo de polvillo gris. Daud abre los ojos para mirar a Sarah.
—Hola. Fíjate en
esto, ¿quieres? La doctora Deboyce dice que ni con un microscopio se
distinguirá el menor rastro de ninguna cicatriz.
—No hables —ordena
la estilista, aventando la ceniza con un dedo enguantado—. No respires mientras
puedas evitarlo.
Ajustándose la
lente de aumento sobre la nariz, se inclina de nuevo sobre su trabajo mientras
frunce el ceño con aplicación.
Mslope enciende un
cigarrillo y lo coloca entre los labios de Daud. La mente de Sarah se inflama
de rabia, atenuada por los efectos de la cocaloca. Mslope le dirige una ojeada
furtiva y luego pasa por delante de Daud para acercarse a ella, que le contempla
con desconfianza.
—Gracias por todo
esto. Daud y yo le quedamos muy agradecidos —dice ella.
—Soy yo quien debe
darles las gracias a ustedes por permitirme ayudar —observa cómo el rayo color
rubí alancea una cicatriz y la convierte en vapor—. Daud me parece un muchacho
excelente y..., en fin, que me alegro de poder hacer algo, ¿sabe?, puesto que
ya no tiene remedio lo de mi pobre hermana —menea la cabeza.
—¿Y el nuevo
tratamiento? —dice Sarah con un vago malestar, en la encrucijada entre lo que
ella sabe y Mslope no puede saber todavía.
—Demasiado tarde.
Se detendría el progreso de la enfermedad, pero la mente de mi hermana está
afectada irreversiblemente. La muerte, cuando sobrevenga, será una liberación
para ella.
El láser lame el
pecho de Daud con su lengua escarlata. Sarah mira alternativamente a Daud y al
señor Mslope, y por último le pregunta a éste:
—¿A qué negocios se
dedica usted, señor Mslope?
—Por favor, llámame
Nick.
—Nick.
—Soy armador.
Transportamos mercancías desde el espaciopuerto de El Cabo.
Una sonrisa
criogénica distiende los labios de Sarah.
—Tengo algunos
conocidos en ese sector.
—Creo... —empieza
Mslope mirando a Daud—. Creo que podré darle un empleo a Daud, si decide
venirse conmigo.
Sarah nota en los
nervios el roce de un filo cortante.
—¿Cuál? Daud no
tiene estudios de ninguna clase.
—Como secretario
mío. Estoy seguro de que no tardará en ponerse al corriente.
Ella le replica con
una sonrisa, mientras se pregunta si será cinismo lo que expresa la de Mslope.
o un simple reflejo de la de ella. Intuye que los turbios ojos azules de Daud
están fijos en ellos, contemplándoles con desvalimiento mientras ellos se disputan
su corazón y su porvenir.
—No me hace gracia
que se vaya tan lejos —dice Sarah—. Si las cosas no salen bien...
Mslope le quita de
la boca el cigarrillo a Daud, echa la ceniza en el cenicero y vuelve a
ponérselo.
—Yo siempre me tomo
muy en serio mis responsabilidades, Sarah. Nunca me llevaría tan lejos a un
joven, sin facilitarle los medios para regresar a su casa si él decidiese que
no está a gusto —se vuelve hacia Sarah—. Quizá pueda ayudarte también. Tengo
conocidos aquí en el puerto. Si te vienes a África con nosotros, te aseguro que
no va a faltarte trabajo.
—¿En qué?
—Estoy convencido
de que sabrás desempeñarte en cualquiera de ellos —replica el otro,
imperturbable.
Sarah suelta la
carcajada, la hilaridad y la cocaloca hirviendo simultáneamente en sus venas.
El láser vuelve a zumbar y el humo grisáceo, dolor transformado en vapor, se
eleva de nuevo.
SECUESTRO DE UN
PANZER
TRAS DURA REFRIEGA
EN NEBRASKA
LA POLICÍA NO
PRACTICÓ DETENCIONES
—Soy Sarah, ¿me
recuerda usted?
—Sarah. Sí —la voz
que llega al oído parece haber burbujeado a través de muchos kilómetros bajo el
agua y el sonido cosquillea la piel de Sarah. Una formación de palmeras
moribundas desfila al otro lado de la ventanilla del coche, pardas sobre un
celaje color acero. Está llamando desde el teléfono móvil del coche de la
Máximum Law, no muy segura de que esto no sea una especie de complicada trampa.
Aunque el mantenerse en continuo movimiento sea, desde luego, la mejor manera
de evitar una emboscada—. Tú estabas con el Cowboy y vinisteis a verme poco
antes de que me mataran.
Sarah se estremece
al escuchar estas palabras, o más bien la conformidad con que, por lo visto, ha
aceptado su destino.
—Cierto —los
ruinosos edificios del barrio de Venecia giran lentamente conforme la limusina
enfila el acceso a la autopista de St. Petersburg—. Yo le ayudé a regresar al
Oeste con los suyos.
—Celebro que
consiguierais escapar. ¿Tú trabajas para el Atamán Michael?
—A veces.
—Creo que he
hablado con él una vez. Se me olvidan las cosas, ¿sabes? —la voz de Reno
titubea, luego continúa en tono muy sentido—: Gracias por llamar, Sarah. Es muy
solitario esto.
—Sí —Sarah baja la
mirada contemplando las aguas negras, viscosas, manchadas de aceite, mientras
piensa en los ojos fríos y desconfiados de Daud, en la explosión de agua y
viento contra una larga pared de cemento en Missouri, en el Cowboy cada vez más
lejos sobre la plataforma del tren bala, moviéndose hacia el horizonte
supersónico—. Solitario, sí. Ya sé lo que es eso.
ESTAMOS
REHABILITANDO TODOS LOS AÑOS VEINTE MIL KILÓMETROS CUADRADOS DE TIERRAS
CULTIVABLES
Mikoyan-Gurevitch:
Alimentos para el Mundo
Sarah ve a Mslope
todos los días. A solas, se sorprende a menudo pensando en él, en su voz
amable, en la manera en que sus blandas manos parecen querer tocarla pero se
detienen siempre antes de hacerlo, en las pequeñas demostraciones de
amabilidad, como encenderle los cigarrillos a Daud, acercarle una silla a ella,
ofrecerle de los caramelos que siempre lleva en el bolsillo de la inevitable
guayabera... Es como si hubiese entre ambos algún extraño ritual de cortejo,
una danza de seducción, mediante lo cual se disputan a Daud mientras van
acercándose poco a poco hacia la inevitable proposición, aunque Sarah cree
saber ya cuál va a ser.
—Comprendo tu
preocupación, créeme —protesta Mslope y en seguida abre un maletín para
enseñarle el contrato, que sólo espera a la firma de Daud. Billete de ida y
vuelta para El Cabo en el transbordador suborbital de La Habana, un año de
salario pagado de antemano, sin ninguna condición, gastos de estancia a cargo
de Mslope...—. Y, naturalmente, los cuidados médicos que todavía precise —añade
Mslope, sonriente.
Por un instante la
desconfianza de Sarah flaquea, mientras se pregunta si será posible que este
hombre esté diciendo la verdad, pero en seguida decide que tanto
desprendimiento no es de este mundo. ¿De dónde habrán sacado ellos a este tipo?
¿De qué presiones se habrán servido? ¿O tal vez él mismo es uno de ellos, al
fin y al cabo? Indudablemente debe existir un auténtico Mslope, calcula. Ellos
no descuidan ningún detalle. Y seguramente el verdadero Mslope tiene una
hermana enferma de muerte, cuya agonía será aliviada por la Tempel
Pharmaceuticals I. G. a cambio de que el señor Mslope consienta que su
identidad sea utilizada durante una breve temporada.
No deja de ser
halagador, sigue pensando Sarah, que ellos se hayan tomado la molestia de crear
un plan tan complicado.
—El contrato está
en regla —dice volviéndose hacia Daud—. Puedes firmarlo, si quieres.
Pero ella y Mslope
siguen observándose con velada hostilidad, cruzando miradas por encima de la
cabeza del convaleciente. Al fin y al cabo, ellos no quieren para nada a Daud;
éste se ha convertido ya en un sujeto casi irrelevante.
—Permitirás que te
presente a un conocido —dice Mslope con su voz amable, al tiempo que se saca un
caramelo del bolsillo y empieza a desenvolverlo—. Tengo muy buenas relaciones
en el puerto. Podrías conseguir un buen empleo.
—No tengo
inconveniente en conocerlo —replica ella—, pero preferiría que fuese aquí
mismo.
¿Hasta qué punto
mantendrá Mslope su ficción? Ningún jefe verdadero del puerto entrevistaría a
una candidata en el lugar escogido por ella.
—Ignoro si eso será
posible —replica Mslope mientras Sarah se encoge de hombros y Daud garabatea su
firma en el contrato. Mslope mordisquea el caramelo y prosigue—: Mañana tengo
una reunión aquí en Tampa. Cuando haya terminado quizá pueda acercarme por aquí
con uno de mis conocidos de negocios...
—Sería muy amable
por tu parte, te lo aseguro —contesta Sarah en tono zalamero, a lo que Daud
alza la mirada con sorpresa; no debe entender nada de lo que está sucediendo
aquí.
Para
tranquilizarlo, Sarah le apoya una mano en el hombro y dice:
—La doctora Deboyce
viene mañana, ¿no?
Mslope contesta con
su sonrisa más obsequiosa:
—Naturalmente. Mi
compañía cuida a sus empleados. Mejor que ninguna otra de esta comarca, diría
yo.
A música de
violines le suenan estas palabras a Sarah. Violines de aleación que tocan la
vieja canción de la amistad. Significa que vuelve a ser útil para ellos y que
están dispuestos a pagarle sus servicios. Siempre y cuando ella acierte a
evitar lo que la espera tan pronto como haya dejado de ser útil —el cohetazo,
la bala, o la aguja de frío acero cargada con una sobredosis letal—, tal vez
pueda conseguir lo que quiere.
Un par de billetes.
Quizás ellos lo sepan ya.
Mira por la ventana
y ve abajo el largo coche negro de la Máximum Law. Va a ser preciso desarrollar
la negociación bajo las miradas vigilantes de ellos.
—¿Qué hora te
parecería bien?
—A las dos
—responde Mslope sin dejar de mirarla fijamente.
Tan pronto como le
echa la primera ojeada al amigo de Mslope comprende que el juego no va a ser
fácil. Steve Andre es robusto, hecho de planos rígidos apenas disimulados por
la camisa holgada y los pantalones bombachos de paracaidista..., atuendo ideal
para el combate callejero, por otra parte, tal como no ignora Sarah. Por un
instante se pregunta si realmente habrán tramado llevársela a la fuerza.
Cunningham era un hombre incoloro, un paisano, un agente que pasaba
desapercibido en el interfaz sombrío entre el cielo y la Tierra. Pero Andre es
distinto; no hay nada ambiguo en él. Un soldado: todos los detalles de su
persona lo proclaman. Es de suponer que estará ciberimplantado, y sólo Dios
sabe con cuántos chips.
También los iris de
acero inoxidable pregonan su percepción intensificada. Sarah piensa que es de
agradecer que la clínica haya instalado detectores avanzados en todas sus
puertas. Andre no habrá podido introducir una pistola dentro de su portafolios,
así que la Comadreja puede suponerle una ventaja a ella, si a eso llegan.
—Voy a visitar a
Daud, y así vosotros podréis hablar a solas —se despide Mslope con una sonrisa
al tiempo que echa a andar hacia la habitación de Daud sacándose un caramelo
del bolsillo de la camisa.
Sarah se sienta en
uno de los fastuosos sillones de la sala de visitas y le dedica una sonrisa a
Andre. A espaldas de ella, una pareja de pacientes de edad avanzada critican en
espanglis a los médicos y su falta de trato.
—¿Cómo está
Cunningham? —pregunta ella—. O Calvert, o como quiera que se llame ahora.
Un golpe directo,
piensa. Quizá sirva para desequilibrar un poco al muchacho.
Pero éste apenas
acusa un leve parpadeo.
—Está
perfectamente, Sarah. No tiene ninguna preocupación, puesto que está en el
bando de los que vamos a ganar.
—No deje de
transmitirle mis saludos. No he vuelto a verle desde que empezaron a tirar con
cohetes contra mí.
Él la mira
fijamente un momento. Es el estilo de Cunningham, piensa ella, reconociendo esa
actitud arrogante de tácita superioridad. Pero Andre no es Cunningham y no
comunica aquella sensación de navaja de afeitar oculta en guante de cabritilla.
—Usted era
peligrosa entonces —replica—. Pero los datos que tuviese acerca de la
operación, cualesquiera que fuesen, hoy día ya han quedado obsoletos. Hemos
cambiado de política.
—¿Quién me asegura
que no volverán a cambiar?
—Estoy autorizado a
ofrecer garantías.
Sarah ríe,
abofeteándole con su desprecio. Se nota que está irritado, que no está
acostumbrado a que una buscona se ría de él.
—¿Garantías? ¿Qué
clase de garantías? ¿La palabra de honor de usted, como sicario a sueldo de una
banda de genocidas?
Andre aprieta los
labios como si acabase de morder un limón.
—No hemos venido a
charlar de política.
—Hemos venido a
discutir la costumbre que tiene su compañía de liquidar a quienes dejan de
parecerle útiles.
Los dedos de Andre
juguetean con la cerradura de su portafolios.
—¿Qué tipo de
seguridades exigiría usted?
—Un billete para mi
hermano y otro para mí, que nos saquen del pozo. Con destino a un combinado de
mi elección, el cual por supuesto no será el de ustedes.
—Eso resultaría muy
caro.
—No para los suyos.
Páguenme en acciones, y yo las canjearé por lo que necesito.
Andre se inclina
hacia ella, mostrándole sus frías pupilas cromadas dilatadas como las de un
francotirador mientras apunta a través de la mira telescópica.
—Queremos al Atamán
—anuncia.
—Lo tendrán, si yo
recibo mis seguridades.
—Entiéndalo bien
—prosigue Andre—. Usted no es interesante para nosotros. En cuanto al Atamán,
va a perder de todas maneras; apenas le quedan recursos para un par de meses.
Lo que pasa es que deseamos acabar pronto, sólo eso. Mera comodidad.
—Si no soy
interesante para vosotros, ¿por qué pierdes el tiempo hablando conmigo? —se
inclina ella también, subrayando la falsa intimidad de su tono—. ¿O es que tus
amos no te han dado autorización para cerrar el acuerdo?
Andre hurga en sus
bolsillos en busca de tabaco; mientras lo enciende pasa un hovercraft a más de
trescientos por la autovía de utilización limitada que discurre detrás de la
clínica.
—No estoy seguro de
que el Atamán Michael valga lo que usted pide.
—Te aconsejo que
hables con tus amos antes de aventurar esa conclusión en particular —se
arrellana ella en el asiento con una sonrisa impertinente—. Entiéndelo bien, yo
os entregaré al Atamán, pero no voy a daros facilidades para que me atrapéis
bajo el fuego cruzado. Cuando empiece, quiero estar muy lejos y acompañada de
mi propia escolta. Os daré a conocer el paradero del Atamán, o la hora del
desplazamiento si va de un lugar a otro. Después de eso, todo dependerá de
vosotros y de vuestros cohetes.
Andre la contempla
algo atónito.
—No estoy en
condiciones de discutir nada de eso ahora —dice.
—Pues cuando lo
estés, házmelo saber. Ya sabéis dónde localizarme.
Sarah se pone en
pie y enfila hacia el pasillo que conduce a la habitación de Daud, procurando
andar despacio, de manera que la salida sea lo más larga posible, consciente de
que Andre la está mirando todo el rato, como tirador emboscado a su espalda.
«¡CON MI CRISTAL
IMPLANTADO PUEDO ROMPER UN LADRILLO!»,
DICE EL GUARDA
JURADO DE LA TELE KNUT CAELSON
SATISFECHO CON SUS
NUEVOS REFLEJOS
DE KARATEKA
CIBERIMPLANTADOS
Por si acaso,
utiliza su inhalador en el coche antes de apearse para visitar a Daud. Con los
nervios chisporroteando del fogonazo, Sarah entra y ve a Andre sentado en la
sala de visitas. Sabe que lo tiene agarrado y descubre los dientes en feroz
sonrisa de carnívora.
—¿Es lo del
transbordador, Andre, lo que te pone tan nervioso?
Esa misma mañana un
panzer irrumpió en el perímetro de Vandenberg y destruyó una lanzadera de la
Tempel a cañonazos de treinta milímetros; sin que se sepan más detalles, parece
que el blindado logró escapar.
—No tengo nada que
ver con las operaciones en la costa Oeste —replica Andre.
—Mejor para ti —se
sienta colgando una pierna sobre el brazo del sillón—. ¿Todavía crees que aquí
lo tendréis más fácil?
Andre la contempla
atónito. A lo lejos, en la autovía que pasa detrás de la clínica, se oye el
arranque sollozante de una turbina.
—Estoy autorizado a
ofrecerte seguridades.
El fogonazo circula
por sus venas como una caricia de seda en llamas. Salir del pozo, piensa. Ella
y Daud sin nada alrededor excepto la pura negrura aterciopelada.
—Dale gracias a
Cunningham de mi parte.
Los iris cromados
de Andre se dilatan.
—Queremos otra
cosa, además de a Michael.
Ella se encoge de
hombros.
—Dime lo que es, y
yo te diré si va a costaras un suplemento.
—No. Acuerdo
cerrado, Sarah, dos cosas a cambio de una. Para ti será fácil.
—Dímelo pues.
—Michael está
moviendo su dinero. No se puede seguir por completo pero detectamos algunas
pautas muy raras. Y han traído especialistas en comunicaciones de Costa del
Oro. Queremos que nos digas qué se está tramando.
Sensación de hielo
en el paladar, pero se fuerza a exhibir una lenta sonrisa de superioridad.
—Eso sí va a
costaras más.
—¿Tú estás al
corriente? —la respuesta surge instantánea, y Sarah comprende que la Tempel
necesita mucho, muchísimo, esa información.
—Tal vez consiga
enterarme —replica meneando la cabeza.
—¿No lo sabes,
Sarah? Tienes categoría suficiente en la organización de Michael como para que
se te asigne una escolta, ¿y dices que no conoces sus planes?
—Llevo escolta
porque soy la enlace con el Esquivo en el Oeste, pero el Atamán no me cuenta
sus planes. Como digo, tal vez podría enterarme.
—No estoy seguro de
que un «podría» sea admisible.
—Pues yo no estoy
segura de haber entendido lo que buscáis —replica Sarah golpeándose la rodilla
con las puntas de los dedos—. ¿El Atamán, sus planes, o ambas cosas a la vez?
¿Y si puedo entregaros lo uno sin lo otro?
—Da igual, la
recompensa es la misma en ambos casos.
Ella se encoge de
hombros.
—Está bien.
Entonces, no veo por qué voy a tomarme más molestias que las imprescindibles,
¿no te parece?
Sarah decide dejar
que Andre rumie esta conclusión durante otras veinticuatro horas, y se aleja.
Al día siguiente, cuando entra con la nariz anestesiada por el fogonazo, él le
presenta los documentos listos para la firma sobre el portafolios.
—Acciones a nombre
de Daud —explica—, las suficientes para que pueda ir adonde quiera.
Acuclillada, Sarah
contempla los certificados con sus anticuadas orlas. Los cuenta mentalmente y
sonríe con frialdad. Así los ha querido siempre, fríos y limpios en la mano
esos papeles cubiertos de filigranas, que valen más que el dinero.
—Bien, ¿cuándo veré
las que me corresponden a mí? —pregunta.
—Recibirás una
cantidad igual de acciones por el Atamán, tan pronto como nos hayas llamado
para decirnos dónde podemos sacarlo de su ratonera. Y la mitad de esa cantidad
en adición, si nos cuentas sus planes operativos.
—No me has oído
bien, Andre. No he preguntado cuánto sino cuándo.
—Transferiremos las
acciones a tu cartera tan pronto como recibamos tu llamada.
—Las acciones
primero, para que pueda confirmarlas por teléfono, luego la información.
Un breve titubeo
por parte de Andre, apenas un abrir y cerrar de ojos.
—De acuerdo —dice.
Ella dobla los
certificados, los guarda en su bolso y sonríe.
—Gracias. Es
agradable hacer negocios con vosotros, siempre y cuando recordéis que si
queréis que yo confíe en vosotros, hay que darme libertad y hay que pagarme por
adelantado todo lo que se me quiera encargar.
Él, taciturno, da
la callada por respuesta y la sonrisa de ella se vuelve fría como el hielo.
—En el cielo nos
veremos —se despide al tiempo que se encamina a la habitación de Daud.
Le encuentra
fumando un cigarrillo y mirando un vídeo. Al verla, alarga la mano hacia el
mando y desconecta.
—¿Qué pasa aquí?
—pregunta—. ¿Dónde está Nick?
—¿Nick? ¡Yo qué sé!
—se saca de la cazadora varios paquetes de tabaco y los deja caer sobre la
mesita de Daud—. ¿Te ha visitado hoy la doctora Deboyce?
Él menea la cabeza.
—No, será esta
tarde.
Sarah se apoya en
la mesita y dice con intención:
—Si algún día te
falla, quiero saberlo en seguida.
Daud la mira con
sorpresa.
—¿Qué ocurre? ¿Por
qué iba a fallar?
—Ese amigo de Nick.
Estuvimos hablando. Quiere una cosa de mí, y yo quiero estar segura de que
cumple con su parte del trato.
—¿Sí? ¿Y qué es lo
que quiere?
—Que averigüe una
cosa que él necesita saber.
Los pálidos ojos de
Daud se pasean por la habitación sin fijarse en ninguna parte, mientras se
frota la barbilla con una mano, perplejo.
—¿Que el amigo de
Nick me paga la esteticista? Pero entonces... —apaga la colilla del
cigarrillo—. Yo creía que Nick..., que él pagaba... —las palabras mueren a
medida que se va haciendo la luz en su mente.
—Ni el uno ni el
otro tienen dinero, Daud —explica Sarah—. Son los amos de ambos quienes pagan a
la doctora Deboyce, entre otras cosas.
Daud se queda
mirándola, los párpados estremecidos de tics nerviosos. Ella se saca los
certificados del bolso.
—Tengo tu billete,
Daud —dice—. El pasaporte para dejar esta vida.
Díselo en seguida,
piensa, ahora que de tan desesperado a lo mejor acepta. Pero el resentimiento
de Daud puede más.
—¿Cómo lo has
ganado, Sarah? —la interroga—. ¿Te has vendido a ti misma? ¿O a quién has
vendido?
—Es asunto mío, que
no tuyo —replica ella.
—¡Tus cochinos
asuntos me arruinan la vida! —habla ya a gritos Daud, ahogándose de rabia por
momentos y echando lágrimas por el único ojo orgánico—. ¡Ni siquiera puedo
tener un amigo sin que resulte que viene a por ti en realidad!
—Te lo advertí. Te
previne que el tal Nick podía ser falso.
—No me importa si
es falso o auténtico, ¡lo quiero aquí conmigo!
Sarah se adelanta
y, sin que él se resista, le rodea con los brazos, dejando caer sobre sus
rodillas los certificados y apretándole la cabeza contra el vientre de ella
mientras él llora, y ella procura concentrarse en sus billetes, en la visión de
esos lugares puros, colonias de aleación flotantes en el espacio, ilimitadas en
cuanto a capacidad y recursos. En la vida que puede vivirse allí, libres de la
contaminación terrestre, del agobio de la gravedad, tan lejos que sólo son
visibles como islas más brillantes entre las constelaciones del cielo.
Pero entonces se
insinúa en sus pensamientos otra estrella, un fuego azul brillante que destaca
en el cielo y propulsa la aguja oscura que desafía el poder de los Orbitales.
El Cowboy, con sus ojos de plástico que reflejan el mismo campo de estrellas de
la visión de Sarah, conduciendo muy alto su ala delta en el aire tenue y sin
nubes, extiende su conciencia desde el cristal de su cabeza hasta los huesos
largos de polímero que forman la estructura de la gran aeronave, los músculos
hidráulicos, los nervios de fibra óptica...
Sarah contempla los
papeles de valor que yacen en el regazo de Daud y se interroga acerca de sus
deudas.
Michael sí lo
comprendería, piensa. Él sabe cómo ha vivido ella, lo que ha deseado durante
todos estos largos años, y sabe que lo que ella necesita él no puede dárselo. Y
comprendería que ella no le debe nada, puesto que todos los servicios que le ha
prestado han sido pagados. Y que no puede renunciar al deseo más hondo de su
corazón.
Con el Cowboy todo
es muy diferente. Está atrapado por lealtades de su propia invención, ideales
que ella no puede permitirse. Su plan para derribar a Couceiro, al entender de
Sarah, es demasiado frágil. Todo depende de la inestable voluntad de Roon, y éste
es tan poco de fiar como todos los demás. Más vale negociar con quien habla de
pagar al contado. Y si el Cowboy no tiene mejor solución que salir corriendo
cuando todo se derrumbe, será su problema.
Nada de
sentimientos, piensa. El mismo Cowboy lo dijo. Amigos mientras podamos
permitirnos el serlo.
Baja los ojos
mirando a Daud, mientras acaricia sus cortos rizos oscuros. El lamento de un
hovercraft que pasa por la autovía detrás de la clínica.
—Tengo nuestros
billetes —dice—. Los había perdido, pero ahora los he recuperado.
Tenemos la cosa que
la gente busca...
Tenemos aquello de
que la gente habla...
Tenemos el look que
gusta a la gente...
Lo llamamos
COOL STONE
—Sarah —es la voz
sofocada de Reno—. Quiero ayudaros..., quiero participar en la guerra.
Está otra vez en el
coche, recorriendo las calles de una Florida muy venida a menos. Mirando a
través del mamparo de cristal insonorizado al conductor, cuyos ojos vistos por
el retrovisor vigilan sin cesar en todas direcciones, avizorando posibles
atentados.
—¿Cómo podrías
hacerlo? —pregunta ella—. ¿Qué puedes hacer? ¡Eres tan vulnerable!
—He aprendido
muchas cosas aquí donde vivo. De cómo invadir los sistemas de los ordenadores.
Puedo interferir sus comunicaciones, o corromper sus ficheros. O averiguar lo
que están planeando.
—Los ordenadores de
ellos están demasiado bien defendidos, Reno. Son diferentes de los ordenadores
del gobierno donde tú vives. Los Orbitales pueden permitirse los mejores
sistemas de protección disponibles. Si tú fueses un programador no tendría
reparos en decirte ¡adelante! Lo peor que te podría pasar sería que te
localizasen y entonces ¡adiós! Pero tú vives ahí dentro. Podrían desgraciarte
por completo.
—Estoy aprendiendo
cosas, Sarah. Cualquier dato que afecte a la Tempel aunque sea remotamente, yo
lo tengo en mi memoria. Empiezo a captar el sentido de sus pautas. Sé cuáles
son sus puntos débiles. No me falta más que un lugar de acceso.
—¡Un acceso! —ríe
Sarah—. Pero si ése ha sido siempre el problema, Reno. Cómo acceder.
—Podría quedar
atrapado aquí para siempre. Si perdéis vosotros, no veo cómo podría salir.
La desesperación de
la voz de Reno conmueve algo dentro de Sarah y silencia sus risas. El soplo
frío del aire acondicionado le pone la carne de gallina.
—¿Qué necesitas,
Reno? —le pregunta.
—Que me ayudéis a
penetrar el sistema de ellos. Si pudiéramos entrar, digamos, por mediación de
algún terrestre de los que trabajan en Orlando... alguno de ellos debe de tener
acceso.
—Hace años que se
intenta, Reno. Pero sí, de acuerdo, podemos conseguirte acceso a uno de sus
cristales externos. Pero los que tienen acceso al ordenador central de la
Tempel son apenas dos docenas, y cada uno guardado por diez escoltas
ciberimplantados, y además apenas salen nunca del complejo.
—No me hace falta.
Una vez hayáis sobornado a uno, no necesito que sepa lo que debe buscar. Además
son demasiados datos para que los correlacione una sola persona.
La voz de Reno
brota del auricular fría como burbujas en oxígeno líquido mientras prosigue:
—Escúchame, Sarah.
Florida es uno de los lugares en donde funciona peor la organización de los
Orbitales, y no se respetan sus líneas de demarcación. La Tempel tiene mucha
actividad aquí, y no toda pública. Ocultan algunas operaciones, no tanto por
nosotros sino para que no se enteren los de la competencia. Si puedo entrar en
su sistema, empezaré a atar cabos. Un pago por alquiler de camiones aquí, el
aterrizaje de una lanzadera por allá, el registro de una llamada telefónica a
Pittsburgh, pasajes para un grupo de altos funcionarios de seguridad que bajan
a la tierra por acá..., todo eso se suma, Sarah, y nos indica un cargamento que
se encamina hacia el Norte. Una persona no podría verlo, no tendría tiempo para
seleccionar los datos. Pero yo puedo. Yo puedo averiguar por cuenta del Atamán
dónde esconden lo que desembarcan, cómo distribuyen la mercancía a sus
intermediarios y quizás incluso las rutas que usan.
Sarah recuerda al
ex piloto descerebrado mientras entra y sale del interfaz hablando con voz
letárgica de nudos, de sistemas, de cómo encaja la maquinaria de los Orbitales.
Si no resulta bien, piensa, Reno no puede quedar peor de lo que está. Si
funciona, pondrá en apuros a la Tempel.
Sarah decide que le
gusta esa idea de poner en apuros a los de la Tempel. Así ella misma será más
valiosa para ellos.
—De acuerdo, Reno
—dice—. Hablaré de esto con el Atamán.
NUESTRO NEGOCIO ES
LA ESPERANZA
Sarah se sorprende
viendo a Mslope tranquilamente sentado al lado de Daud, con quien comparte un
cigarrillo mientras el láser zumba y convierte en cenizas y humo las cicatrices
de aquél.
—No podía irme
—dice Mslope al tiempo que acaricia con una mano la nuca de Daud—.Ellos dijeron
que seguramente debía, pero yo hice que cambiaran de opinión.
En la miraba de
Daud hay algo que impone silencio a la réplica de Sarah. Ellos saben que es
útil mantener encendida la esperanza de Daud, piensa. Pero ahora que la tiene,
no será ella quien se atreva a quitársela.
—Bien —dice, y
alarga asimismo la mano para tocar la mejilla de Daud—. Sé que te ha echado en
falta.
DESDE NUESTRA
PLATAFORMA INGRÁVIDA
ABARCAMOS LA TIERRA
CON AMBAS MANOS.
NUESTRAS MENTES SE
VUELVEN HACIA LA ESPERANZA Y EL DOLOR
Mitsubishi I. G.
Los hombres de la
Máximum Law olfatean el aire salobre como perros de presa, atentos al olor de
la violencia. Sarah no olfatea nada más que los macizos de flores que ocultan
el bungalow del Atamán cara al océano. Eso, y la tensión que flota en el
ambiente. Esta noche uno de los rastreros, que trabaja en la Tempel, facilitará
a Reno una ventana de acceso al cristal de los Orbitales.
Como no se fía de
nadie, Michael 'ha alejado a todos, excepto Sarah. Inclinado sobre su
computadora doméstica, fuma en cadena cigarrillos rusos y se echa al cerebro un
torpedo tras otro de cocaloca. A sus espaldas, Sarah puesta en pie mira por las
puertaventanas de cristal tratando de atisbar una mancha de azul por entre el
seto vivo de poncianas.
—Hay mucho tráfico
de entrada y salida —explica Reno; su voz hueca, a intervalos confundida con un
silbido continuo de fondo, sale del ordenador de Michael—. Incluso en sus
cristales de más bajo nivel la protección es buena; he intentado colarme en
algún tren de datos de entrada pero siempre me rechazan.
—Son las seis —dice
Michael, con los ojos brillantes como si fuesen de cristal antiguo—. Debería
haber llamado ya.
Echa una bocanada
de humo de su cigarrillo mientras Sarah contempla las sombras barrocas que el
sol dibuja en el suelo del patio al pasar por los muebles de jardín de hierro
forjado.
—Dale tiempo
—interviene—. Necesita estar a solas cuando llame.
Sarah se vuelve y
contempla al Atamán de perfil, vuelto hacia su cenicero.
Ojos rodeados de
arrugas, manos que tiemblan. Es hombre muerto, piensa ella fríamente, aunque no
sin algo de pena, al tiempo que se vuelve de nuevo hacia las bocanadas de calor
que suben del patio.
No tengo más
remedio, piensa. Michael lo comprendería.
—Ya está aquí la
llamada —anuncia Reno—. Allá voy.
LO QUE HACEMOS
TIENE UN NOMBRE. LO LLAMAMOS ORGULLO DE CYBORG
—Mi gente está
empezando a impacientarse —dice Andre y su voz penetra en el cerebro de Sarah
por entre nieblas de fogonazo rabioso.
Sarah ha empezado a
observar detalles en él: una pequeña cicatriz detrás de una oreja, cubierta en
parte por el cabello; huellas de fractura en un nudillo, probablemente de una
pelea. Que lleva en todas sus camisas unos protectores de plástico para los bolsillos.
Que siempre lleva tres bolígrafos, exactamente.
—Hago lo que puedo.
Michael no es hombre que se deje sorprender fácilmente.
Andre, las
facciones pétreas, no cede.
—Nuestra oferta
tiene un límite de tiempo, y el vencimiento está próximo.
—Si sospechabais
que hay un traidor, estabais en lo cierto —anuncia Sarah observando el rostro
de Andre para ver si acusa la sorpresa.
Ella sabe el porqué
de tanta impaciencia. En sus primeras horas en el interior del ordenador de la
Tempel, Reno ha detectado dos embarques y ha deducido el emplazamiento de un
importante almacén de fármacos. Éste y aquéllos han sido capturados por los hombres
de Michael sin sufrir ni una sola baja.
Los ojos de Andre,
dos anillos de acero inoxidable, la miran fijamente.
—He de saber quién
es.
—Es alguien que
está muy introducido, que tiene mucho acceso. Michael logró, no sé cómo, que él
o ella se pusiera de su parte.
—Eso los tendrá
cazando fantasmas durante un par de semanas.
—¿Cómo lo sabes?
—Estuve con Michael
anoche. Estaba ñipado y muy satisfecho de sí mismo. Se le escapó.
Andre sigue
clavándole los ojos largo rato.
—¿Cuáles fueron
exactamente sus palabras?
Sarah menea la
cabeza.
—Yo también estaba
flipada, Andre. No recuerdo las palabras exactas.
—Cuéntamelo.
Cuéntame todo lo que recuerdes.
Sarah baja los ojos
fingiendo concentrarse. Sus nervios vibran fustigados por el fogonazo.
—Sí, eso es —dice—.
Lo que dijo fue: «He enviado a por nuestros amigos. Tres plenos. Uno de sus
ejecutivos es mío y conocemos al detalle todos sus movimientos».
—¿Eso fue todo?
¿Estás segura?
Ella mira fríamente
los iris de acero inoxidable.
—Eso fue todo. En
seguida se dio cuenta de que había dicho algo que no debía, y cambió de
conversación.
—¿Ningún nombre?
—Ningún nombre.
Ella da la posición
de la casa junto a la playa. Él aprieta los labios.
—Me da la impresión
de que estás tratando de ganar tiempo. ¿Por qué no nos dijiste que Michael
estaría allí?
—No lo supe
entonces. Envió al conductor a recogerme en el hotel.
—Si no nos dices la
verdad... —Andre deja la frase en el aire sin completarla, luego introduce la
mano en un bolsillo y exhibe una grabadora—. Si has pensado echarte atrás debo
comunicarte que ya no puedes. Todas nuestras conversaciones están grabadas. Podríamos
enviar una copia a Michael.
Los nervios
ciberimplantados de Sarah se inflaman de rabia ante su propia imprudencia,
mientras mira furiosa a Andre.
Estos sujetos
quieren que confiemos en ellos aunque ellos nos traicionen, aunque sepamos que
la traición ya está en marcha. Porque no tenemos otra opción sino confiar.
Porque ellos son nuestra única esperanza.
—No me vuelvo atrás
—asegura ella—. Pero necesito que me deis un margen.
Andre se guarda la
grabadora y dice en tono un poco más conciliador, ahora que ya ha marcado su
punto:
—Te daremos tu
margen. Pero no olvides que ya ha empezado a estrecharse. Sólo es una
advertencia.
—Ya te oigo
—replica Sarah, angustiada.
Hasta este momento
quizá no había creído del todo en la realidad del acuerdo, en lo que éste
significaba. Piensa en el Cowboy describiendo tirabuzones en el cielo nocturno,
en el Atamán rodeado de macizos de poncianas, en Reno reducido a un patrón de
electrones y debatiéndose desesperadamente en su mundo de cables y de
cristales. El coste de su billete.
Lo siento. Pero no
me dejaron otra salida.
Y se odia a sí
misma, porque sabe que no es verdad.
EN TODAS PARTES, EN
TODO MOMENTO SABES QUE ESTAMOS CONTIGO
La voz le trae
recuerdos de aroma a salvia, de praderas inmensas y de laderas orientadas a
levante que miran al cielo, teñidas de púrpura.
—Empieza a hacer
frío aquí, Sarah. Se está acabando el verano.
Ella intenta pensar
en Daud, en el zumbido del láser, en quienes lo pagan, en el billete de Daud y
el suyo propio. Esta misma tarde la diseñadora concluyó su tarea. Su cuerpo
está curado y es bello, aunque todavía está un poco débil.
—Los álamos mudarán
pronto. Espero que puedas estar aquí para verlo.
—Suena bien —dice
Sarah, al tiempo que rebusca en los bolsillos el inhalador, desesperadamente
necesitada de una dosis de fogonazo.
—He tenido noticias
de Reno. Ya os dije que podía seros útil.
Sarah esnifa los
torpedos, echa la cabeza atrás. El griterío de los nervios ciberimplantados se
intensifica con la multiplicación de los neurotransmisores. Reno había logrado
romper toda la red de distribución de la Tempel en la costa Este, desde La Habana
hasta Halifax. En dos días la mitad de sus agentes cayeron asesinados; los
demás aún estaban corriendo y no regresarían tan pronto a los negocios. Los
hombres de Michael habían asaltado tantos almacenes que ya no sabían dónde
guardar la mercancía capturada. Los noticiarios electrónicos divulgaban las
estadísticas por todas las esquinas, mientras los funcionarios buscaban la
manera de cubrirse y se negaban a efectuar declaraciones.
—Están desesperados
—comenta Sarah, aferrando el borde de la mesa para dominar el temblor de las
manos.
Amigos, piensa.
Cuando podemos permitirnos el tenerlos. Pronto va a tener que entregar al
Atamán. Y con él va a tener que revelar también el alcance de la participación
de Roon en los planes del Atamán, lo cual será el único aspecto gustoso de todo
este lamentable asunto.
—Michael dice que
Reno ha ganado para él otros cuatro meses de margen —prosigue ella—. Reno está
en el depósito ahora. El Atamán lo paga, ¿te habías enterado?
—Sí, me llamó desde
allí.
El depósito de Reno
es una matriz de cristal en La Habana, lista para ser trasladada a un cuerpo
clónico tan pronto como se localice un ADN aproximado a su aspecto original y
se haya cultivado a partir de éste el cuerpo nuevo. De tanto vivir en los ordenadores
de la Tempel empezaba a sentirse paranoico, sabiendo que tarde o temprano ellos
emprenderían la detección del programa intruso.
Al menos el cuerpo
de Reno y la intervención están pagados por adelantado; aunque Michael caiga,
Reno queda fuera de peligro.
—Nuestro amigo de
Sudamérica está casi a punto —dice el Cowboy—. Ya tenemos la fecha.
La sangre se vuelve
hielo en las venas de Sarah. Se acerca el plazo.
—¿Cuándo va a ser?
—Dentro de cinco
días. Saldrás en el tren bala de hoy en tres.
—Debo preparar a
Daud, entonces, y tratar de entrevistarme con el Atamán —dice ella.
Será entonces.
Entregando a Roon al mismo tiempo. Y luego, piensa una parte recóndita de ella,
una llamada al Cowboy utilizando una línea segura para hacerle saber que se ha
estrellado, que sus planes y sus esperanzas han ardido en la ladera de una
montaña llamada Realidad, y que es hora de decirse adiós.
—Salúdale de mi
parte —dice el Cowboy.
Sarah recuerda su
aspecto, hace unos meses, sentado en la cabina blindada de su panzer a las
afueras de Pittsburgh, viéndose obligado a abandonarlo: aquel miedo, aquel
desvalimiento en sus ojos... ¿Será esa misma su expresión cuando reciba la
noticia?, se pregunta Sarah.
Mientras podamos
permitírnoslo. Ésa es la frase operativa.
Después de la
conversación decide que se impone una visita al bar del hotel, lo cual no hace
gracia al guardaespaldas, pero acaba por consentirlo. De manera que se embarca
en el ascensor y baja a sumergirse en el cubileteo de dados, las conversaciones
sostenidas a gritos, el ron negro a palo seco, la dosis de subesuave del
inhalador de la barra que contrarrestará el temblor nervioso del fogonazo. Pasa
revista a los hombres solos presentes en el local, mientras se interroga acerca
de la posibilidad de llevarse a uno de ellos a su habitación y dejar que la
excitación culmine en un orgasmo que aporte el olvido imprescindible. Pero
cuando alguno de ellos inicia el abordaje, ella lo rechaza. Tiempo habrá para
todo.
Una muchedumbre se
agolpa alrededor de los juegos, al otro extremo del bar. Ella toma el vaso y va
hacia allá, mientras se oyen los zumbidos de los disparos de láser y el silbido
de los misiles. Delta es el nombre de este juego electrónico. Un negro ocupa el
asiento, retenido por los cinturones de seguridad y con el casco sensorial
puesto que impide ver sus facciones, al tiempo que le comunica la información,
le hace sentir el retroceso de los disparos de misiles, los tirones de la
aceleración al maniobrar. Sobre la máquina, un proyector de vídeo permite que
los clientes del bar sigan las incidencias de la partida.
Los cazas del
gobierno brotan de todas partes, el sol arranca reflejos a las aletas
giratorias de los misiles. Las pantallas de los múltiples radares reclaman la
atención del jugador. Los cazas realizan maniobras de esquiva, pican, estallan
hechos añicos y desaparecen tras dejar una estela de humo en el cielo, como un
largo dedo negro.
Sarah se
desentiende de la partida y decide administrarse otra dosis de subesuave. Al
girar sobre sus talones se tropieza con los ojos metálicos de un individuo en
silla de ruedas, y súbitamente recuerda.
—¿Es Maurice el que
está jugando? —pregunta ella.
El hombre asiente
con la cabeza, la mirada fija en la pantalla.
—Sí. Es lo más real
que tenemos.
—Saluda a Maurice
de mi parte.
La cabina de la
máquina se abrasa de resplandores cuando un misil enemigo acierta en el blanco.
En las venas de Sarah la tristeza le disputa la primacía al subesuave. Y se
pregunta si el Cowboy también acabará de esta manera, reviviendo incesantemente
la guerra en que combatió y perdió.
Maurice intenta
saltar, fracasa, cae a tierra como una libélula herida. Antes de que se haya
quitado el casco sensorial, Sarah se aleja para confundirse entre la multitud
de admiradores.
LIVINGINPAINCITY?
LET US SEND YOU TO HAPPYVILLE!
Pointsman
Pharmaceuticals A. G.
Andre viste
uniforme de camuflaje para la selva, sin olvidar la gorrita, bajo cuya visera
brillan sus iris de acero inoxidable, los inevitables bolígrafos asegurados en
el bolsillo de la pechera con tiras de velero.
—Creemos que no has
sido del todo sincera —dice.
Sarah se pone en
jarras.
—¿Qué? —pregunta en
voz baja.
—Estamos
convencidos de que sabes mucho más de lo que nos has dicho —habla con voz
suave, sin precipitarse. Como si acabase de tomar una decisión, adelanta un
paso hacia ella.
Sarah se nota la
boca súbitamente seca, la lengua de hormigón al contacto con el paladar, o como
lija sobre piedra. Mira a todos lados y no ve más que pacientes en bata y en
pijama.
—¿Qué es lo que yo
sé, según vosotros?
—No lo sabemos,
pero más de lo que nos has contado —los ojos, muy abiertos, no parpadean;
parecen un par de miras de fusil. La voz monótona continúa—: Vamos a hacer que
desaparezcas durante un par de horas. Te administraremos unas drogas para que
hables. No se te hará ningún daño.
Sarah intenta
calmar el fogonazo que envía mensajes de adrenalina a todos los miembros de su
cuerpo. Una fría voz interior, una inflexión maquinal como la de Reno, le dice
que su interlocutor tiene más circuitos integrados, más habilidad. Que no
intente luchar, porque perdería.
—Llevo escolta,
Andre. El Atamán se enteraría.
—Tenemos preparada
una historia para Michael. Parecerá un intento de secuestro, y luego
conseguirás escapar.
Ella menea la
cabeza lentamente.
—No tragará.
Andre se acerca un
paso más, hasta colocarse a escasos centímetros de distancia, tanto que las
carnes le cosquillean a Sarah y le da el aliento del otro en la cara, con olor
a menta.
—Vuélvete —ordena—.
Mira por la ventana. No tendrá más remedio que creer en lo evidente.
Ella obedece y
mira, notando cómo se le erizan los cabellos de la nuca. Desde donde está él
puede asestarle un golpe y sólo cuenta con el instinto para adivinar cuándo y
cómo.
Junto a la acera,
el coche de la Máximum Law aguarda, larga carrocería color acero pavonado. Los
cristales, aunque reflectantes, permiten adivinar la silueta del conductor
detrás del parabrisas.
Una muchacha en
motocicleta ha enfilado la calle. Morena, joven, el cabello recogido en cola de
caballo sujeta por una cinta amarilla. Va repantigada en el sillín, los pies
por delante, muy cerca del suelo, recogidos dentro del carenado aerodinámico.
En el regazo trae una cesta con margaritas artificiales. Lleva una blusa blanca
con dibujos estampados en rojo brillante y sonríe mientras conduce, los dientes
blancos en contraste con su cara bronceada.
Va a pasar junto al
coche por la calzada, ocultándose a la visión de Sarah; aun así se intuye un
movimiento y en seguida la moto pasa de largo y se produce una detonación
apagada, apenas perceptible para Sarah a través del cristal doble de la ventana
y los muros de la clínica. La ventanilla del conductor de Sarah salta hecha
añicos hacia fuera, proyectando fragmentos de espejo en un chorro al que
arranca miles de reflejos el sol...
—Una carga
explosiva con envoltura adhesiva y detonador retardado medio segundo —explica
Andre en tono de conversación banal—. Ha atravesado limpiamente la ventanilla.
No creo que tu conductor haya tenido tiempo de apartarse.
Dándose cuenta de
que ha contenido demasiado rato la respiración, Sarah exhala el aire de sus
pulmones, inhala, todos los neurotranmisores precipitándose hacia su cristal,
las venas cargadas a reventar de adrenalina. La cibersierpe aguarda en su
garganta, fría, inútil.
Van a por todo,
piensa. Sabe ya que no va a cobrar, pero tal vez permitirán que continúe con
vida. Al menos Daud tiene ya su billete, algo es algo.
El último fragmento
de espejo cae sobre la acera. Otro coche se detiene detrás de la limusina de
Máximum Law, dos hombres en traje de verano se apean, se acercan a la
ventanilla rota. Colocados de cara al coche, visibles sólo del pecho arriba
mientras se sacan las pistolas del cinto. La escena es extraña; parece como si
se dispusieran a orinar contra la portezuela azul metalizado del coche.
—Pistolas con
silenciador —dice Andre—. Si tu conductor salvó la cabeza antes, ahora la
perderá.
Vaharadas de menta
en la pituitaria de Sarah; a sus espaldas, en la habitación, los pacientes
prosiguen con sus conversaciones en voz baja. Los asesinos se abrochan y
regresan por la acera hacia su coche, el cual maniobra en seguida alejándose de
la acera.
Sarah ve los cazas
del gobierno irrumpiendo en la pantalla, la cabeza del Cowboy debajo del casco
sensorial; la mirada de sus ojos es la de uno que acaba de ver rotos sus sueños
y busca desesperadamente otro sueño nuevo.
En la voz de Andre
se adivina una sonrisa de satisfacción.
—Te vamos a
exprimir hasta la última gota, Sarah —anuncia—. No tienes opción. Te hemos
comprado y eres totalmente nuestra.
Sarah deja caer la
cabeza, boquea para inhalar más aire. Siempre lo supo; desde que vio por
primera vez a Andre supo que todo esto iba a ocurrir, y que ella iba a
permitirlo. Y también que Andre disfrutaría con ello, que sus iris de acero
inoxidable se dilatarían de satisfacción viéndola rendida, mientras las drogas
se apoderaban de la mente de ella obligándola a balbucir todos y cada uno de
sus pensamientos, que irían a llenar los fríos cristales de sus impacientes
adversarios.
—Ven conmigo, Sarah
—dice Andre—. Va a comenzar tu viaje.
Es el tono con que
lo ha dicho. Sarah se ha vendido y eso ella puede aceptarlo, admitir las
consecuencias. Pero la idea de que el hombre que la ha comprado va a disfrutar
con eso... Algo dentro de ella se llama a ofensa. Acuden a su memoria recuerdos
de una voz tonante, una navaja, un movimiento borrosamente entrevisto, pautas
abstractas en rojo como las de una pintura. La Comadreja se remueve en su
madriguera. Los chips vomitan instrucciones y los neurotransmisores se
multiplican en sus canales químicos antes de que ella se haya dado cuenta de
que ha tomado una decisión consciente.
Da un paso atrás
con el pie derecho, acercándose a Andre, los puños levantados sobre el pecho
sabiendo que ahí él no puede verlos. Entonces echa el peso del cuerpo atrás y
gira, sacando el brazo derecho como un látigo dirigido a golpear con los
nudillos la sien de Andre y cargando todo el giro de la parte superior del
cuerpo.
Andre para el
golpe, por supuesto. Habría sido absurdo esperar lo contrario; él también está
ciberimplantado. Pero cuando las manos de él se levantan ella convierte el
golpe en un barrido circular, pasando las manos y el antebrazo por encima de
las suyas y obligándole a bajar la guardia. A lo que sigue un ataque de la
Comadreja dirigido a la garganta de Andre...
En algún lugar se
oye un seco clic acerado, como cuando se amartilla un revólver...
Y ahora ella ha
cargado ya el peso en el pie derecho, la pierna izquierda levantada iniciando
una patada alta que él no podrá ver porque se lo estorban el puño de Sarah y
sus propias manos. En el instante en que Andre advierte el movimiento a su
derecha lo único que podría intentar sería encoger la cabeza entre los hombros
y tratar de amortiguar el golpe esquivando en la misma dirección.
Demasiado tarde. La
patada lleva todo el peso de Sarah, acompañado por la torsión de la cadera y
del hombro, y concentrado en escasos centímetros cuadrados del cráneo de Andre.
La espinilla de Sarah le golpea en la sien con tanta fuerza, que ella misma siente
una lanzada de dolor a lo largo de toda la pierna. Andre cae como un saco,
fallando todos los impulsos de sus nervios, al tiempo que asoma entre sus
labios un objeto alargado.
Sarah recupera el
equilibrio, avanza un paso con el pie izquierdo, y le asesta un puntapié a
Andre entre los ojos con la puntera de la bota derecha. La cabeza de Andre sale
despedida hacia atrás, choca contra el suelo, rebota. La cibersierpe cuelga de
su boca, inútil y reluciente látigo de metal en busca de algo que matar. Tal
vez Andre haya muerto. A Sarah le trae sin cuidado.
Tiene un ojo
abierto y el otro cerrado. Sarah se inclina para escrutar el ojo abierto, sin
hacer caso de la cibersierpe que se agita de un lado a otro, intuyendo algo
raro. El iris de acero inoxidable está dilatado y la pupila se ha convertido en
un agujero. Entonces Sarah recuerda el ruido de aquel clic y al mirarse el
cuerpo ve la aguja de acero clavada en el chaleco antibala, y siente el terror
que la invade como una oleada de náuseas.
Los ojos de Andre
parecían miras porque eran miras. Una ballesta miniatura, puesta en posición
por acción de un estímulo nervioso, ha disparado a través de la pupila
escamoteable. Sarah lleva la mano al dardo, se lo arranca y nota un tirón en
sus carnes. El dardo está empapado de algo viscoso y se le escapa de entre los
dedos, dejándolos mojados de un líquido de consistencia aceitosa. La aguja ha
penetrado el chaleco antibala que habría detenido infaliblemente cualquier
proyectil de punta roma. Sarah calcula que habrá penetrado menos de un
milímetro, pero tal vez sea suficiente.
Sarah se lleva los
dedos a la nariz y olfatea un débil olor a fármaco. Drogada, pues, aunque si la
aguja no ha penetrado mucho tal vez no habrá inoculado la dosis completa.
—¿Qué es eso?
—exclama tartamudeando de indignación un paciente, un tipo avejentado con
gruesas gafas de miope. La cibersierpe de Andre agoniza golpeándose contra el
suelo enmoquetado.
Pero Sarah ya ha
echado a correr, enfilando un pasillo color pastel hacia la habitación de Daud.
Éste se halla
practicando sus ejercicios, tumbado de espaldas en la cama mientras mueve los
brazos para que Mslope vea el trabajo de los músculos bajo la piel pálida.
—Daud —jadea Sarah
al tiempo que entra precipitadamente.
Mslope se pone en
pie con alarma, los ojos muy abiertos.
—¡Fuera! —exclama
Sarah, viendo al mismo tiempo cómo nace en los ojos del hombre una expresión
dolorida, consciente de haber perdido su oportunidad.
Sin hacer caso de
él, Sarah corre hacia Daud, que pone cara de susto y deja caer las pesas.
—Las cosas han
salido mal. Han intentado secuestrarme —junta su mejilla con la de Daud para
hablarle al oído—. Si consigo escapar, llámame al mismo número que la otra vez.
Randolph Scott, Santa Fe. Pero no lo hagas desde aquí, estos teléfonos no son
seguros.
—¡Sarah! —exclama
él con los ojos dilatados de terror—. Pero ¿no estaba todo arreglado? Yo creía
que...
Ella le toma la
cabeza entre las dos manos y le besa con fuerza, para que lo recuerde en
adelante pase lo que pase.
—Te quiero —dice,
al tiempo que echa a correr de nuevo. Abandonándole mientras él clama otra vez
pronunciando su nombre, mientras alarga una mano intentando retenerla.
Sarah prefiere
olvidar esa voz, mientras empieza a sentir el primer efecto sutil de la droga
que impregnaba la aguja, cualquiera que sea, una sensación de algo extraño que
se apodera de los nervios, el roce sedoso de la pata de un gatito que todavía
no ha sacado las uñas.
Ella ha memorizado
la distribución de la clínica y sabe adonde dirigirse. Por el pasillo color
verde hasta el rellano pintado de rosa pastel. La última exclamación de Daud
resuena todavía en sus oídos. Le duele la espinilla a cada paso. Alcanza una
puerta de hierro, toma una última bocanada de aire fresco y, agachándose, sale
al calor sofocante de mediodía.
La turbina de un
camión aúlla en la autovía. El cerebro le da vueltas a Sarah mientras se
incorpora y corre torpemente hacia el estacionamiento situado detrás de la
clínica. Si logra cruzar la autovía podrá internarse en el laberinto de calles
que se encuentra al otro lado. La droga acaba de clavarle sus garras y tiene la
sensación de estar vadeando una masa de gelatina.
SARAH AQUÍ
CUNNINGHAM... SARAH NO TIENES ESCAPATORIA Las luces de color ámbar se encienden
súbitamente por encima de su visión. Alguien está emitiendo por la radio de
conversión óptica. El cristal transforma las palabras habladas en letras que
desfilan por la parte superior de su campo visual, y ella no tiene el mando y
no puede desconectarlas.
—Vete al infierno
—murmura.
SÓLO QUEREMOS TU
COLABORACIÓN SARAH
—¡Lárgate!
Apostaría a que ni siquiera eres Cunningham —resopla ella con desdén.
Junto al surtidor
automático de combustible se eleva el sollozo de una turbina. Sarah se enjuga
el sudor de la frente y salta sobre un muro bajo de hormigón, casi tropezando
con un pie. En este momento nota un golpe entre los omóplatos y cae de bruces.
El cemento le araña
los pechos, la mejilla. Está sin aliento y no consigue recobrarlo. Las manos
buscan apoyo en el suelo, se despellejan. Comprende que le ha disparado por
detrás, desde la clínica, alguien que lleva pistola y cristal implantado de
tirador de élite.
SARAH DÓNDE ESTÁS
TE ENCONTRAREMOS SARAH SÓLO DESEAMOS AYUDARTE
—Tonterías —exclama
ella con fatiga, hallando que no puede incorporarse, que sólo puede
arrastrarse. El suelo áspero contra las palmas de las manos, repta, se
arrastra, rueda, los hombros tensos temiendo el próximo disparo.
Sólo entonces se da
cuenta de la suerte que ha tenido al no poder incorporarse. El muro de cemento
la oculta. Pero no ignora que están acercándose a la carrera, que los dos
sicarios en traje de verano asomarán pronto por encima de la pared.
Una turbina aúlla a
cinco centímetros de su cráneo. Unos neumáticos aplastan la gravilla y algo se
interpone entre ella y el sol. Es un tren robot cabeza tractora-remolque, en
lenta marcha atrás después de haber repostado en los surtidores automáticos. Los
asesinos están al otro lado. Ella rueda sobre sí misma para ponerse en pie,
flaquea, dobla una rodilla, se incorpora de nuevo. Al tiempo que pasa el
remolque, siempre en marcha atrás, ella aferra el pasamanos de seguridad y se
sube a la escalerilla por donde se accede a la cabina de vigía.
La turbina solloza,
se oye el crujido de los engranajes y el camión emprende la marcha en primera,
con súbita sacudida que casi derriba a Sarah. Ella se agarra al pasamanos, sube
un peldaño. Sube otro, empuña el cierre de la puerta de emergencia, lo acciona.
Se dispara un zumbador que ensordece a Sarah.
«Irrupción no
autorizada —empieza a recitar una voz—. Queda usted advertido de que incurre en
responsabilidad penal.»
ENTRÉGATE SARAH NO
QUEREMOS HACERTE DAÑO
«Es peligroso
entrar estando la cabeza tractora en marcha. Irrupción no autorizada. Queda
usted advertido de que incurre en responsabilidad penal.»
QUÉDATE DONDE ESTÁS
NOSOTROS IREMOS A BUSCARTE
—Cállate ya.
El camión
automático introduce una marcha más larga y la calzada empieza a desfilar con
mayor velocidad. El ángulo de visión de Sarah se contrae, la cabeza embotada
por la droga. Sus brazos se tensan sobre el pasamanos, se iza a pulso, el dolor
atenaza sus brazos y su columna vertebral. Tomando impulso con el pie, se
abalanza a ciegas hacia el interior de la cabina, toma aliento, echa una mano
atrás, a tientas, para cerrar la portezuela. Al instante se oye el golpe macizo
de los electroimanes que acaban de correr dos sólidos pestillos metálicos. El
aullido de la turbina llega amortiguado a los oídos de Sarah.
«Irrupción no
autorizada. Quedará usted confinado en la cabina hasta llegada a destino de
este vehículo, en cuyo momento pasará a disposición de las autoridades. En caso
de auténtica emergencia, sírvase contactar con la policía mediante el teléfono
rojo del salpicadero.”
El mensaje se
repite mientras Sarah se abandona a la sensación de dolor. Nota el calor de la
sangre que le corre por el cuello, tose la flema de su garganta y siente el
dolor lancinante del golpe recibido en la espalda, donde se aplastó la bala
contra el chaleco protector.
HEMOS VISTO QUE
ENTRABAS EN EL CAMIÓN ESTÁS LOCALIZADA
Sarah busca a
tientas el inhalador y se dispara sendas dosis de fogonazo. El corazón le late
alocadamente, como si quisiera salírsele del pecho, pero el dolor y las dosis
de estimulante han contrarrestado el embotamiento causado por la aguja
envenenada de Andre y se le está despejando la cabeza.
ESTE CAMIÓN VA
DESTINADO A ORLANDO... Y ORLANDO ES UNA DE NUESTRAS CIUDADES SARAH
Poco a poco se le
aclara la visión, y se encuentra tumbada transversalmente sobre dos asientos
vacíos, frente a un tablero de instrumentos lleno de luces verdes. La cabina de
vigía está reservada a los inspectores del servicio de seguridad y también sirve
para conducir en caso de emergencia, si el cristal del tractorremolque no
funciona bien. En la cabina no hay mandos convencionales, ya que se conduce a
través del interfaz. Sarah hurga debajo del salpicadero en busca del casco,
pero no lo encuentra. A lo que parece, los propietarios del camión prefieren no
exponerse a que algún empleado infiel secuestre el vehículo. Además, aunque lo
hubiese hallado Sarah no sabría conducir un camión a turbina.
Acomodándose en uno
de los asientos, mira a través de las ventanillas del camión contemplando el
veloz desfile de los postes y las relucientes y achatadas radiobalizas que
controlan el tráfico automatizado. Los neumáticos retumban sobre el piso de
cemento. Un hovercraft, con las hélices girando a toda velocidad, pasa a más de
trescientos por el carril rápido. Ella se seca la sangre del cuello. Acciona un
pulsador y recibe un chorro de aire caliente, pero que refresca en seguida. Se
nota la cabeza casi totalmente despejada. A ver cómo se las arregla para
escapar de ésta. Quitándose el sudor de los ojos, contempla el tablero de
instrumentos.
Frío brillo verde
de los indicadores. El teléfono rojo del salpicadero es toda una tentación. Lo
descuelga y escucha, oyendo el tono habitual que indica que hay línea. Entonces
se arrellana en el asiento, con el auricular pegado al oído, mientras se pregunta
con quién le interesa hablar.
Con el Atamán,
decide. Tal vez pueda enviar alguno de sus agentes para que intercepte el
camión y la saque de aquí. Es posible que aún no haya recibido las grabaciones,
y en todo caso ya se le ocurrirá a Sarah alguna manera de explicarlas luego.
Cuando marca el
único número que tiene resulta que lleva ya veinticuatro horas desconectado,
dentro de la rutina habitual de rotación del interfaz para evitar el ser
localizados. Entonces llama al número de la Gold Coast Máximum Law,
sobresaltándose cuando el aparato protesta ruidosamente. Quienquiera que sea el
propietario del teléfono, desde luego no está dispuesto a pagar una conferencia
transatlántica.
SARAH ESTAMOS
DETRÁS DE TI VAMOS A SACARTE AHORA
Cuelga el teléfono
con espanto y mira por el retrovisor. Sólo se divisa un hovercraft que se
dispone a adelantar por la izquierda.
—¡Al diablo
Cunningham! —murmura, disponiéndose a utilizar de nuevo el teléfono.
VAMOS A TENER QUE
VOLAR LA PUERTA CÚBRETE SARAH
Teclea el número de
Reno y vuelve a mirar por el retrovisor. La sangre se le inunda de adrenalina y
ella se yergue súbitamente, reprimiendo el impulso de arrojar el teléfono
contra el parabrisas. Un largo coche negro se aproxima por la derecha,
utilizando el arcén de la autovía. En seguida lo reconoce.
Una voz apagada
suena en el auricular:
—Soy Reno.
La voz de Sarah
suena como el chillido de una alimaña acorralada, a tal punto que ella misma
apenas la reconoce como suya.
—¡Reno! ¡Soy Sarah!
¡Estoy atrapada! Asesinaron a mi escolta y ahora vienen a por mí.
El coche se acerca
con rapidez por el arcén de la autovía, limitada al tráfico robotizado y
cerrada para los turismos, ya que los camiones y los aerodeslizadores apenas
pueden verlos, pero los perseguidores corren poco riesgo al emplear el arcén.
Sarah divisa una mancha de color junto al coche.
La voz de Reno
prosigue, siempre en el mismo tono:
—¿Dónde estás
ahora, Sarah?
Ella intenta calmar
su corazón desbocado y respira hondo para serenarse.
—En un camión
robot, sobre la autovía limitada de Tampa a Orlando. Me persigue un coche —por
el retrovisor Sarah entrevé vagamente una cara morena, una cola de caballo con
lazo amarillo—. ¡Vienen detrás de mí, Reno! —su voz se quiebra al pronunciar el
nombre del muerto, al tiempo que ella salta en su asiento y descarga puñetazos
sobre el salpicadero—. ¡Estoy encerrada dentro del camión y no puedo salir!
Llama al Atamán, que envíe a los suyos.
SARAH VAMOS A VOLAR
LA PUERTA DEL LADO DERECHO... PÁSATE AL ASIENTO IZQUIERDO Y CÚBRETE... NO
DESEAMOS HACERTE DAÑO
—¿Qué matrícula
tiene el camión? Debe figurar en algún lugar de la cabina.
La rítmica voz de
Reno se superpone a las letras del mensaje de Cunningham que van desfilando al
margen superior de la visión expandida de Sarah. Una de las puertas del coche
negro se abre y la chica de la blusa estampada se asoma desafiando el rebufo, con
un objeto en la mano. Sarah siente deseos de gritar histéricamente.
—Pero ¡qué importa
ahora la matrícula! Los tengo encima. ¡Llama a Michael!
—La matrícula. La
necesito para localizarte. Léemela.
SÓLO QUEREMOS
HABLAR CONTIGO... PÁSATE AL ASIENTO IZQUIERDO Y CÚBRETE
—¡Condenado Reno!
La matrícula. Está bien.
Un rosario de gotas
de sudor y de sangre cae sobre los instrumentos mientras Sarah busca un número
con desesperación. Por último localiza una placa de metal y lee los guarismos
en voz alta. El coche negro ya llena toda la mitad inferior del retrovisor. Sarah
distingue incluso el blanco de los ojos de la morena, y la misma sonrisa de
ingenua satisfacción que cuando disparó la carga hueca contra la ventanilla del
coche de la escolta. Y también la robusta muñeca de un individuo que la sujeta
por el cinto mientras ella saca medio cuerpo fuera, la bomba en una mano, la
otra mano hecha una garra dispuesta a aferrar el pasamanos.
—¿Dónde están ellos
ahora, Sarah? —dice Reno con su voz invariablemente tranquila que pone
frenética a Sarah.
—¡Están a mi lado!
¡Socorro, Reno! —la última frase es un grito.
En el espejo todo
es confusión ahora, sonrisa blanca, metal negro, ventanillas que reflejan el
azul desleído de los ojos de Daud... En ese instante estalla un alando
electrónico horrible, que brota de los altavoces del camión, y ella grita con
espanto y deja caer el teléfono, acurrucándose en el asiento izquierdo y
tratando de protegerse la cabeza, mientras se pregunta si el camión habrá
detectado de alguna manera la violación de que va a ser objeto.
El alarido se
atenúa. Las luces del tablero de instrumentos pasan del verde al rojo y el
camión da un coletazo que arroja a Sarah contra la puerta izquierda, al tiempo
que las letras ámbar al margen de su visión proclaman un pánico silencioso:
SANTO DIOS CUIDADO CON ÉL... Y entonces Sarah nota un roce metálico, leve como
un beso, y al mirar por el retrovisor ve una figura que patalea en el aire,
blusa estampada brillante y cinta amarilla del pelo, como un espantapájaros
arrancado por la ventolera, y un coche descontrolado que arranca un poste
repetidor del radioteléfono como si fuese un palillo, y sale disparado por el
talud abajo. Una llamarada que se levanta a lo lejos, cada vez más atrás. Una
detonación. Las letras de color ámbar, versión escrita del último pensamiento
de un asesino, se extinguen de la visión de Sarah.
Los pestillos
magnéticos libran las puertas del camión con resonante golpe metálico.
—He asumido el
control de tu camión, Sarah —se oye desde el teléfono caído en el suelo la voz
de Reno, débil pero clara—. Voy a llamar a los de la Gold Coast para que te
recojan en algún viaducto y dejaremos el camión por ahí, hasta que lo descubra
la policía.
El corazón de Sarah
todavía late desenfrenado, efecto del pánico atorado en su garganta aunque ya
sin razón de ser. Ella busca a tientas el teléfono.
—¡Reno! —exclama—.
Gracias. Reno.
—Celebro haber
podido hacer algo. Sarah.
Las manos le
tiemblan todavía del exceso de adrenalina, y empieza a sentir un dolor tremendo
detrás de los ojos.
—Tendrás que
limpiar la cabina, Sarah, para borrar tus huellas dactilares —prosigue Reno, la
voz cada vez más lejana en medio del creciente ruido de parásitos—. Hazlo
ahora, y luego quédate quieta y no toques nada.
—Deja que recupere
el aliento —se echa hacia atrás para tomar unas bocanadas de aire refrigerado,
los nervios azotados por los escalofríos—. Oye, Reno, Necesito hablar con el
Atamán. La Tempel va a enviarle unas cintas. El caso es que grabaron mi voz cuando
trabajaba para ellos y... bueno, han elaborado un montaje. Me amenazaron con
enviárselo a Michael si no colaboraba.
—Ahora te paso
—responde Reno.
A lo lejos, muy
tenues, se oyen los tonos de selección del nuevo número de teléfono.
18
El Pony Express
aguarda bajo las redes de camuflaje cuatrocientos metros detrás de la casa del
Esquivo, rodeado de un sinfín de dispositivos de seguridad y de contramedidas
electrónicas pasivas. Con los auriculares puestos y la gorra guardada en el
bolsillo posterior del overol, Warren introduce un programa en el cristal de un
misil guiado por radar, para que el misil sepa cómo hacer su faena. El Cowboy
está a la sombra de un pino próximo y escucha el rumor de la brisa en las copas
de los árboles; en cambio, a ras de tierra el aire permanece inmóvil y una
tensión innominada invade su cuerpo, roza sus músculos y su mente, a manera de
recordatorio.
Ladera abajo, Jimi
Gutiérrez pasea con Thibodaux. El tanquista y el informático son novios ahora,
unidos por la común devoción al interfaz. Thibodaux ha prolongado su estancia
para acompañar a Jimi, aunque apenas le queda ya nada que hacer. Pero nadie ha
planteado ninguna objeción. Así se evita que Jimi ande metiéndose con la gente.
Un nuevo personaje
aparece en el campo de visión del Cowboy cuando empieza a subir por la
pendiente Sarah, la automática Heckler Koch colgando de la cadera. Ostenta sus
nuevas cicatrices con el viejo desplante, pero ahora el Cowboy intuye que hay
algo más ahí, una especie de fiebre en el fondo de los ojos. Como un miedo que
no ha logrado superar. El Cowboy baja a su encuentro, los tacones de sus botas
dejando huellas en media luna sobre el suelo recubierto de pinaza.
—Disculpa por no
reunirme contigo, pero Warren me necesitaba para una cosa —dice.
—Sí. Está bien. De
todos modos llevaba escolta más que suficiente. El Atamán no quiere volver a
correr ningún riesgo.
Mientras habla le
rodea con ambos brazos, y las últimas palabras casi las exhala sobre el cuello
de él. El Cowboy suspira y con el aire que expulsa se va buena parte de la
tensión que le agobiaba, sabiéndola a su lado, lejos de aquello que dejó sus
marcas en ella, allá en Florida. Dando un paso atrás, la toma del mentón y
contempla los verdugones de la mejilla. La hinchazón ha bajado pero las heridas
todavía presentan un feo aspecto.
—Otro puñetero
error —dice ella con una mueca de disgusto—. Otro puñetero error.
—Siempre hay
errores.
Ella aprieta los
dientes.
—Yo no puedo
permitírmelos. Si Reno no llega a sacarme del apuro... —menea la cabeza.
—Está permitido ser
humana, Sarah —objeta él.
—Lo que no está
permitido es ser estúpida —echa a andar cuesta arriba ella, con las manos en
los bolsillos, obviamente descontenta de sí misma—. Voy a quedarme con estas
cicatrices, Cowboy. Así, todas las mañanas cuando me contemple en el espejo,
ellas me recordarán que no debo cometer ninguna estupidez en todo el día.
—Caíste en una
emboscada. A cualquiera puede sucederle. ¿Por qué te convierte eso en una
estúpida?
Ella le mira de
reojo, largo rato.
—Algún día te lo
contaré, tal vez. Pero no ahora, Cowboy.
—¿Cómo está tu
hermano?
Ella se queda
rígida un instante y luego sigue andando más despacio.
—Muy bien. Buscando
apartamento. Ellos le han dejado en paz..., puesto que ya no les sirve para
nada.
El Cowboy alza los
ojos para contemplar el morro negro mate del Pony Express debajo de las redes,
y se le alegra el corazón.
—Reno dice que a lo
mejor Cunningham iba en ese coche.
—No. Iban una mujer
y tres hombres, pero ninguno de éstos era Cunningham, aunque uno de ellos
intentó hacerse pasar por él.
—Lástima.
Ella corresponde
con una sonrisa espectral.
—Sí, lástima.
La red de camuflaje
proyecta dibujos caprichosos sobre la mejilla de Sarah, que se confunden con
las heridas. Warren alza la mirada de su banco de trabajo, frunciendo las
cejas.
—Éste es mi amigo
Warren, Sarah. Gracias a él vuelan nuestros ala delta.
—Hola, Warren.
—Cómo estás —y
volviéndose hacia el negro bulto de la máquina—: No está mal para ser un
montaje casero, ¿verdad?
Sarah sonríe.
—No está mal —y
alarga la mano para tocar un timón de proa, rozándolo con las yemas de los
dedos—. ¿Cómo construyes estas cosas en el patio de tu casa?
—¡ Ah!, recogiendo
piezas de aquí y de allá —contesta Warren, entrecerrando los ojos para
contemplar las formas de pantera agazapada—. Los motores son de antiguos
aparatos militares y ésa es la parte más costosa, porque están construidos con
aleaciones de los Orbitales y hay que desmontarlos para revisión cada tres mil
horas, o así. Todo lo demás lo fabricamos nosotros mismos. Hemos renunciado a
las aleaciones para construir la estructura, y utilizamos otros materiales más
baratos y casi igual de buenos, plásticos reforzados a base de resinas
epoxídicas y algún otro aditivo. El tren de aterrizaje y algunos elementos
hidráulicos son las únicas piezas de metal.
El Cowboy señala la
junta casi invisible de las compuertas de carga en la estilizada barriga del
aparato.
—Los delta se
fabrican para transportar carga, y llevan mucho combustible a bordo para
conseguir la necesaria autonomía —explica—. Por eso nunca pueden ser tan
rápidos ni maniobrables como los cazas del gobierno. Intentamos compensarlo
llevando más instrumental electrónico, más armamento y más blindaje, e
introduciendo mucha redundancia en los sistemas de vuelo.
Sarah observa un
compartimiento portamisiles abierto para la inspección de su contenido por
Warren.
—¿Esto también se
fabrica en casa?
—Es lo más fácil
—responde Warren—. Todo lo necesario puede comprarse en cualquier tienda de
componentes electrónicos, excepto el propelente y los explosivos, que los
fabricamos en un laboratorio secreto.
—Hemos pasado toda
la tarde montando los misiles —explica el Cowboy—. Por eso no he podido
recogerte en Santa Fe.
Sarah se agacha
para cruzar por debajo de un ala, recorre toda la longitud del fuselaje
admirando la superficie lisa y negra, pasando los dedos sobre el revestimiento
exento de remaches. El Cowboy la sigue.
—Mañana por la
mañana despego rumbo a Nevada, justo antes del amanecer. Espero aterrizar en la
base con la salida del sol.
Ella sale por
detrás de la cola del avión, se yergue y contempla el paisaje desde el
arroyuelo de montaña hasta las verdes cumbres. El Cowboy contempla las manchas
de sol y sombra que la red de camuflaje dibuja en el rostro de Sarah.
—El Esquivo me ha
cedido la habitación de atrás —dice—. ¿Querrás venir esta noche? Si no te
importa que te desvele al levantarme temprano.
Ella sonríe con
malicia.
—Celebro que lo
hayas mencionado, Cowboy, porque hice que llevaran mi petate a esa habitación.
—Eso está bien —la
tensión que le ha tenido en vilo todo el día desaparece por completo—. ¿Habrás
visto la jukebox?
—¿La qué? No, no he
visto nada.
—Deja que siga
ayudando a Warren. Luego te la enseñaré.
Ella asiente,
cambia de postura para aliviar el peso de la pistola en la cadera.
—Estoy encargada de
tu seguridad ahora —dice—. No vayan a derribarte por ahí.
—No lo permitiré.
El Cowboy contempla
el perfil de Sarah mientras ella sigue mirando el arroyo y los bosques, y
observa con asombro la súbita expresión de alivio en su rostro, o de gratitud,
como si hubiese depuesto la inevitable armadura. Y se pregunta por un instante
a qué será debida esa transformación.
Pero el Pony
Express le está esperando. El Cowboy se vuelve y se mete bajo el ala de su
obsesión de polímero negro.
19
La limusina
blindada de Sarah se desliza con un susurro por las llanuras del noroeste de
Arizona. Ella comparte el asiento de atrás con dos especialistas en
comunicaciones de la Máximum Law, quienes le han garantizado la seguridad del
enlace telefónico. El momento parece oportuno para una llamada.
—¿Diga? —los
nervios de Sarah empiezan a echar chispas cuando oye la voz, pero procura
controlarse.
—¿Está Daud ahí?
—Sí. Un momento,
por favor.
Durante el instante
de silencio Sarah lucha contra su sorpresa y su rabia, pero es pelea perdida.
—Hola, Sarah.
—¿Era Nick el de
antes? —pregunta ella.
—Sí —como si lo
tuviese delante, imagina el titubeo en los ojos de Daud, su manera de apartar
la mirada—. Está atrapado aquí. No le han reclamado. Dicen que ha vulnerado su
contrato por no haberte detenido, ¡como si eso le hubiera sido posible! A mí
también me han obligado a rescindir mi contrato después de tu huida. Así que
estamos los dos sin dinero.
—Cuidado. Es muy
posible que siga trabajando para ellos.
—Tal vez, pero no
me importa. Está atrapado aquí y nos vamos a vivir juntos —Daud se interrumpe y
Sarah adivina que ha tomado una bocanada de humo de su cigarrillo—. Su
verdadero nombre es Sandor Nxumalo. Me está costando mucho dejar de llamarle
Nick.
Sarah se da cuenta
de que Daud se le escapa. Intenta retenerle, recordando las formas blandas de
ese hombre, su mirada cínica por encima de la cabeza de Daud. que no se da
cuenta de nada.
—Te suplico que
tengas cuidado. Daud. Es posible que traten de intervenir nuestras
comunicaciones. Si tienes necesidad de hablar conmigo, llama desde...
—Eso ya lo sé. De
acuerdo. ¿Algo más? Nos vamos a buscar un apartamento.
Por un instante
Sarah piensa: una sola palabra al Atamán y el fulano es hombre muerto. Pero
Daud se enteraría y no dejaría de reprochárselo. Con el corazón angustiado,
Sarah insiste:
—Ten cuidado, Daud.
La línea queda en
silencio. Y Sarah se dice que ellos saben muy bien cómo infundir la esperanza
en su hermano, tal como hicieron con ella, conocedores de que basta prometer
ciertas cosas para obtener la sumisión. Incluso cuando el someterse implica
dejarles todo el margen del mundo para la posterior e inevitable traición de
todas las promesas.
—Cuidado, Daud
—repite hablando al aparato inanimado, que le envía un eco eléctrico en un
lenguaje desconocido. Es una advertencia, pero no se sabe lo que presagia.
20
Una canción lanza
sus notas aceradas a través de la mente del Cowboy. Él la llama «Jinetes en el
Cielo». El Pony Express está remontando por encima del ojo blanco y giratorio
de un frente de bajas presiones que está a punto de alcanzar la costa del Pacífico,
y el sol brilla sobre los tirantes negros de la carlinga. Por encima, un cielo
azul brillante empieza a oscurecerse con una promesa de negrura espacial. El
Cowboy ordena a su casco que baje la visera conforme ascienden hacia el sol, y
nota el sabor del gas anestésico mientras silba entre dientes.
—Reno —el Cowboy ni
siquiera se molesta en verbalizar su mensaje, sino que se limita a enviarlo por
medio de sus circuitos integrados y sigue silbando—. Diles que estoy en
posición.
—Roger.
A través de los
enlaces de microondas, los dedos electrónicos de Reno abarcan de costa a costa
y controlan la red de comunicaciones con más eficacia que los mercenarios del
Esquivo.
El Cowboy pasa
revista automáticamente a las pantallas; los motores en azul, funcionando al
ralentí, y todos los demás sistemas en verde. De muy abajo vienen las señales
de los radares de California rozando la piel del Pony Express con sus débiles
tentáculos que no llegarán a rebotar con fuerza suficiente de las superficies
redondeadas del ala delta y su pintura absorbente antirradiación. Éstos no son
tan potentes como los radares del Medio Oeste, ni falta que les hace, puesto
que no se construyeron para detectar alas delta en misión ilegal a gran altitud
sobre el Pacífico.
—¿Estás ocupado,
Cowboy? —prosigue la voz distante de Reno, como burbujas que suben lentamente
en el seno del cristal.
—Volando en
círculo. Espero a nuestros amigos.
—He descubierto
algo. He chafardeado un poco el cristal, aquí en los laboratorios.
—¿No podría ser eso
motivo de..., digamos, rescisión de tu contrato?
—Me aburro, Cowboy.
No hay nada que hacer aquí.
—Es peligroso.
Reno.
—No. Las
protecciones externas son bastante fuertes, pero una vez has entrado en el
sistema la seguridad no es tan buena. Sería adecuada hace diez años cuando la
establecieron, pero ahora se desprotege con bastante facilidad. Aprovechando un
momento de distracción he copiado un programa de intrusión de nuestros amigos
de la Máximum Law.
El Cowboy piensa en
lo que podría suceder si el personal del laboratorio descubre las
manipulaciones y desconecta el cristal de Reno. Dirían que había sido un
accidente fortuito.
—Estás corriendo
muchos riesgos, amigo —dice.
—Tenía una idea
bastante aproximada de lo que andaba buscando, una vez hube visto cómo está
organizado este lugar. No es exactamente un laboratorio clandestino pero
trabajan en un montón de áreas grises. Por eso Michael los conocía y sabía que
aceptarían a un tipo como yo. una mente sin cuerpo que habla a través del
teléfono. Están acostumbrados a tratar con clientes que tienen mucho dinero y
que por una razón u otra desean asumir un nuevo rostro y una nueva identidad.
—Razón de más para
no entrometerse con su ordenador, diría yo.
—¿Has oído hablar
alguna vez del Proyecto Mente Negra?
El Cowboy lo piensa
un rato mientras pasa revista al estado del motor y de los sistemas de
armamento.
—No —dice por
último—. No puedo decir que lo haya oído.
—No me sorprende.
Yo tampoco, antes de llegar aquí. Es un programa invasor de la peor especie.
Desarrollado por los de la Seguridad Nacional justo antes de que estallase la
guerra. Son los mismos que crearon este laboratorio años después, y todavía lo
dirigen.
Normal, piensa el
Cowboy. Los de los servicios de información siempre han sido aficionados a
jugar en muchos tableros. Utilizaban muchos bancos electrónicos a fin de
blanquear el dinero para sus operaciones. Y cuando esos bancos realizaban
beneficios, buscaban otras oportunidades de inversión. Así que cuando su
gobierno fue aplastado por los combinados, ellos se limitaron a seguir haciendo
lo que mejor conocían.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es
lo que hace el programa?
—Establece una
mente en el cristal. Y luego va a otra mente, la de una persona viva, y la
sobregraba con la suya. Impone la primera personalidad sobre la segunda, que
queda machacada.
Al Cowboy se le
hiela el cristal de su propio cráneo y, olvidando que no necesita vocalizar sus
pensamientos, habla al micro de su casco:
—¡Cómo! ¡Por Dios!
¿De qué serviría, si no puede disponer de las memorias del objetivo ni nada?
—Tal vez no y tal
vez sí. La transferencia mental no es una ciencia exacta.
—Hay salvaguardias.
Ningún programa puede saltar del cristal al cerebro de una persona.
—Los de Mente Negra
dicen que hay medios.
El Cowboy imagina
lo que sería que alguien invadiese su mente a través de sus zócalos destruyendo
sus recuerdos y su voluntad. Su cuerpo, su personalidad remanente, convertidos
en títere de otra persona. Es peor que lo que Roon les estaba haciendo a aquellos
niños, piensa el Cowboy.
—¡Mierda! —exclama
el Cowboy con el corazón atenazado de horror—. Procura mantenerte lejos de ese
cristal, Reno. No queremos tener nada que ver con eso.
—Los espías
planeaban utilizar la Mente Negra contra los Orbitales. El plan consistía en
invadir las mentes de varios altos funcionarios con personalidades de asesinos
fanáticos. Si todo salía bien, tomarían disposiciones que habrían hecho posible
un ataque preventivo desde la Tierra contra los Orbitales. Y debían suicidarse
si eran descubiertos... No olvides que los asesinos originarios seguirían vivos
y coleando en la Tierra. Y aunque el plan no funcionase a la perfección, al
menos los principales jefes de los Orbitales quedarían psicóticos, o algo
parecido, lo cual daría lugar a mucha confusión en la cumbre. Y nadie se
atrevería a utilizar el interfaz para las comunicaciones. Era un buen plan.
—Pues entonces,
¿qué fue lo que salió mal?
—Los Orbitales se
anticiparon al plan y atacaron antes de que Mente Negra hubiese entrado en fase
operativa. Pero oye, Cowboy, la cuestión es que Mente Negra sigue ahí. Está
instalado en los ordenadores de este laboratorio, y tal vez en otros más
clandestinos. Podrían apoderarse de él los Orbitales, o cualquiera, si a eso
viene. Sería necesario borrarlo.
—¡Caray! Así es.
—Después de esta
operación me pondré a buscar. Hay que averiguar si alguien más lo tiene
escondido en alguna parte —se produce una pausa y la voz cambia de tono—. El
transbordador llega a su hora, Cowboy. La estela debe ser visible ahora mismo
en dos siete cero.
El Cowboy vuelve la
cabeza a babor y en efecto, ahí se divisa una traza brillante sobre el cielo
oscuro.
—Confirmado, Reno.
Alto y a babor, alrededor de las ocho.
El Pony Express
inicia un lento giro a la izquierda; los indicadores de los motores pasan del
azul al verde. El Cowboy nota que se abren sus propias venas al flujo del
propelente de alcohol; la Mente Negra queda olvidada en un instante mientras
los nervios electrónicos del Cowboy se prolongan hacia el ala delta, hacia los
alerones y los motores, hacia el liso revestimiento de plástico reforzado y
sembrado de sensores y hacia los fríos corazones cibernéticos de los misiles
que esperan, protegidos bajo el alabe de las negras alas.
—¡Eh, Cowboy! —es
la voz de Sarah que habla, un poco nerviosa, desde la emisora base en Nevada—.
Suerte. Buena caza. No sé cómo se dice entre vosotros en estas ocasiones.
—Lo has dicho muy
bien, gracias.
—Me salgo de la red
por ahora, pero estaré pensando cosas sentimentales acerca de ti.
Estas palabras
calientan el corazón del Cowboy, pero las olvida en seguida ante la urgencia de
los datos que inundan su cristal y todas sus extensiones. Las turbobombas
lloran mientras inyectan combustible en la cámara de combustión de su corazón
rugiente. Las ráfagas de neurotransmisores puntean un ritmo férreo como la
batería de Smokey Dacus.
—Gracias —se
despide, los ojos entrando y saliendo del infrarrojo, controlando la
trayectoria de la lanzadera.
Los bordes de
ataque del alta delta se calientan al rozamiento con el aire. El Pony Express
efectúa un tirabuzón, escora, entra en un nuevo rumbo. Los motores pasan al
anaranjado. Hay que picar hacia el transbordador, de espaldas al sol.
—Cowboy —habla una
voz sin inflexiones, de cristal puro, exenta de personalidad.
Es alguien que se
ha conectado al interfaz de un superordenador, formando parte de una gigantesca
mente cibernética.
—Aquí Roon
—prosigue la voz—. Estoy conectado a la red. Voy a volar contigo. Quiero que
seas mis ojos y mis oídos. Tal vez tenga algunas sugerencias que hacerte.
La furia del Cowboy
se expande como una lluvia de papelinas de aluminio sobre la Avenida de los
Condenados. Él no es como esos niños y niñas que no tienen otra opción sino
permitir que Roon se apodere de sus mentes y de sus cuerpos, chupando
sensaciones como el vampiro que chupa una vena.
—Y un cuerno —dice
al tiempo que se desconecta él mismo de la red. Por un momento se le ocurre
pensar en lo que Roon sería capaz de hacer si se apoderase del programa Mente
Negra, y un estremecimiento de terror invade su cerebro expandido.
De las Sierras se
reciben todavía los impulsos de microondas tratando frenéticamente de
restablecer el contacto. Él los esquiva. El transbordador de carga empieza a
bajar lentamente ahora, largo cigarro plateado de aleación cruzando el cielo.
El Cowboy queda aplastado contra el asiento por el empuje de los posquemadores.
Los indicadores pasan al rojo, motores al máximo. El traje de vuelo se pega
sobre las venas procurando evitar la acumulación de la sangre. Se oye al piloto
de la lanzadera que charla con los del control de tierra en Vandenberg. El
Cowboy revisa de nuevo los sistemas de armamento y piensa en la carga que
transporta la lanzadera, en los bocales criogénicos que contienen billones de
esos virus mutantes criados en el espacio con la finalidad específica de acabar
con la epidemia llamada Huntington vírico: el tratamiento en que ha invertido
la Tempel la mayor parte de su inmenso presupuesto de investigación durante
ocho años.
El Pony Express
vibra al entrar en la estela del transbordador. Es una nave inmensa, de 200
metros de largo, que ocupa casi la mitad del ángulo de visión de la carlinga
del Cowboy, y cruza la atmósfera a dos veces la velocidad del sonido.
Él ha estudiado las
especificaciones del transbordador y sabe que es tremendamente fuerte, que
incorpora redundancia múltiple y por tanto puede absorber un increíble
porcentaje de daño. El Cowboy calcula que debe efectuar por lo menos ocho
blancos letales, y apenas dispone de dos minutos hasta el aterrizaje en
Vandenberg.
Los trenes de
microondas procedentes de Nevada se escuchan en forma de graznidos a través de
los sensores. Él los ignora y piensa que debe destruir primero los motores
principales de aceleración; caso contrario la lanzadera se le escaparía por
velocidad. Pica pasando por debajo del objetivo, decelera, dispara un misil
guiado por radar, se eleva de nuevo hacia el sol.
—¿Qué ha sido esa
señal? —pregunta uno de los pilotos del transbordador cuando sus sensores
pasivos detectan el impulso de radar del misil.
No tarda en recibir
respuesta. Una llamarada estalla en la base de la lanzadera, en medio del grupo
propulsor.
—¡Himmel! —exclama
la misma voz. El Cowboy saca del compartimiento otro misil guiado por radar.
—Torre de control,
aquí Tempel uno ocho tres. Estamos siendo atacados...
El muchacho piensa
rápido, se dice el Cowboy. El segundo misil se sumerge en la popa del
transbordador e inunda de metal fundido todo el compartimiento de los motores
principales. El Cowboy está inyectando ya el alcohol en los posquemadores,
nuevamente aplastado contra su asiento mientras pica por debajo del objetivo.
El transbordador intenta volar en zigzag para eludir nuevos ataques, pero es
demasiado grande para fallarle.
—Tempel uno ocho
tres, repitan.
Al parecer los del
control de tierra aún no han captado la situación. El Cowboy suelta otro misil
en dirección a una compuerta de carga y saca la tórrela del cañón miniatura
dorsal. Los proyectiles de treinta milímetros van cosiendo a impactos la
barriga del transbordador. Si quedan suficientemente estropeados los servos
hidráulicos, la nave no podrá sacar el tren de aterrizaje y aunque ahora
consiguiese escapar, posiblemente se estrellaría al tomar tierra. Las chispas
forman un rosario continuo sobre el vientre de la inmensa nave, destrozando
planchas de blindaje protector de aleación; una niebla de freón escapa de
tuberías de refrigeración rotas. El piloto no se ha quedado esperando a que los
del control de tierra entiendan lo que ocurre; aprovechando al máximo las
posibilidades de sus motores de maniobra y alerones, se deja caer como un
ascensor averiado, intentando aplastar con su masa el ala delta. El Cowboy lo
esquiva con facilidad y dispara un misil hacia el fuselaje principal de la
nave, confiando en infligirle algún daño estructural. Ha agotado la munición
del cañón dorsal, por lo que retira la tórrela.
Sigue en paralelo
la trayectoria de la enorme nave, realiza un tonel para ponerse en vuelo
invertido y sacar la tórrela del cañón ventral. Esta vez apunta a la sección de
navegación, para tratar de destruir el cristal controlador y la cabina de los
pilotos. Un tanque de oxígeno estalla con un resoplido de gas congelado. Los
arcos eléctricos saltan entre los cables rotos. Dispara otro misil hacia la
parte más estropeada y de pronto la estructura del transbordador lanza un
tremendo quejido metálico que el Cowboy no puede escuchar, pero lo percibe a
través de la sacudida que se propaga hasta su Express. De la base de un alerón
de quince metros empiezan a desprenderse fragmentos metálicos bajo el azote
atronador del rebufo.
—Se nos está
haciendo pedazos —observa el piloto, y es verdad.
El Pony Express
maniobra para alejarse del peligro al tiempo que se desprende todo el alerón y
el fluido hidráulico, sangre de las arterias de la nave, se derrama en el aire.
A la velocidad de dos Mach nada puede permanecer entero una vez se ha perdido el
perfil aerodinámico. El transbordador, azotado por la presión, entra en
barrena, empieza a deformarse...
—Tempel uno ocho
tres —quiere lanzar otro mensaje el piloto, pero luego se oye un clic
resonante, definitivo, cuando la emisora se aplasta contra el muro de aire, y
no queda en las ondas más que el débil monólogo de la estación de tierra
tratando de restablecer el contacto. El transbordador se ha convertido en un
amasijo de aleación, vigas retorcidas, alas dobladas, alerones, contenedores,
todo ello dando vueltas hasta el encuentro final con el océano Pacífico,
todavía oculto bajo el blanco vellón de las nubes. El Pony Express sobrevuela
el ciclón metálico al tiempo que reduce motores hacia el verde e inicia su
largo descenso rumbo a Nevada.
El Cowboy nota cómo
empieza a relajarse la excitación de sus neuro-transmisores; accionando un
conmutador mental, envía una breve ráfaga de transmisión hacia Nevada.
—Aquí el Cowboy.
Misión cumplida, pueden aplaudir.
—No es momento para
bromas, Cowboy —se oye la voz de náufrago de Reno—. Todo el mundo anda muy
ocupado, ¿quieres oírlo?
—Siempre y cuando
me deje en paz ese pederasta del cerebro en blanco —replica el Cowboy.
—No creo que quiera
hablar contigo ahora. Parecía un poco enfadado.
El Pony Express
planea sobre el desierto de Mojave como un halcón, reduciendo velocidad para
perder altitud. Reno le conecta la red de comunicaciones y de pronto la mente
del Cowboy se convierte en una babel de voces: los del Esquivo desde el Oeste,
los del Atamán por el Este, y los secuaces de Roon por todas partes, todos
introduciendo boletines en los noticiarios electrónicos. «La cura de Tempel
destruida por incendio», «Sin esperanza para los afectados por el Huntington
vírico», son las primeras noticias que se propagan.
Poco a poco los
noticiarios van dando prioridad a boletines cada vez más concretos. NewsFax
recibe la noticia de que el vuelo de la Tempel fue derribado. Seconds da más
crédito a la versión de que el transbordador de la Tempel ha sido víctima de un
sabotaje. Según informaciones de MedNews, se habrían revelado efectos
secundarios imprevistos del tratamiento, de manera que la Tempel habría gastado
su dinero para nada. MarkReps cita un informe confidencial según el cual la
Tempel no tiene recursos para cubrir su oferta hostil, corroborado por un
montón de estadísticas que han confeccionado los agentes de Roon. MedNews dice
haber sabido por «un alto funcionario de la Tempel» que efectivamente el
tratamiento era inservible para curar el Huntington. NewsFax se hace eco de un
«informe no confirmado» según el cual la misma Tempel habría saboteado su
transbordador para evitar que se filtrasen las noticias desfavorables acerca de
su tratamiento.
Mientras los partes
bloquean las centralitas de comunicaciones de los noticiarios, Roon, el Esquivo
y Michael empiezan a lanzar acciones de la Tempel al parqué de la bolsa de
Chicago. Estas órdenes de venta se blanquean a través de varios centenares de robobrokers
para ocultar el hecho de que proceden de un número reducido de vendedores. Los
robobrokers están atentos a los boletines confidenciales, en los que el nombre
de «Tempel» se repite una y otra vez. Las luces rojas empiezan a parpadear en
las computadoras de los supervisores humanos de estos robobrokers, y conforme
las noticias de nuevas órdenes de venta van llegando a los boletines
electrónicos empieza a rodar la bola del pánico.
Las acciones de la
Tempel caen, suscitando las órdenes de venta de miles de operadores
automáticos. Los accionistas histéricos están pendientes de sus monitores. Las
acciones que oscilaban alrededor de la cotización 4.500 cuando el Cowboy empezó
a martillear el transbordador con sus cañones, casi han caído ya a 800. Los
boletines se hacen eco de la falta de reservas de capital de la Tempel, del
presupuesto para investigación malgastado en un tratamiento inútil, de los
rumores de autosabotaje, de la posibilidad de que no se distribuya dividendo
este año, ni el próximo. Michael y el Esquivo alimentan el pánico mediante un
goteo continuo de pequeñas órdenes de venta. El mercado delira.
El Pony Express
cruza en silencio la frontera de Nevada como un cursor negro descendente, como
una gráfica de las cotizaciones de la Tempel. Más luces de emergencia se
encienden en Chicago. Los ejecutivos de la Tempel niegan las informaciones de
los boletines, pero de todas maneras nadie cree lo que dicen los Orbitales y
las declaraciones sólo sirven para dar pábulo al rumor. Las acciones de la
Tempel han perdido el cincuenta y seis por ciento de su valor en unos doce
minutos. Los funcionarios de la bolsa de Chicago empiezan a notar las presiones
que provienen de arriba y las acciones de la Tempel quedan suspendidas de
cotización «en espera de la confirmación de inminentes informaciones».
La medida sirve
para que se multiplique la agitación febril en otras plazas. Roon lanza grandes
paquetes de acciones en las bolsas de Osaka y Singapur. En Mombasa los valores
Tempel caen con tanta rapidez que resulta innecesaria la intervención de Roon allí.
En Osaka la Tempel ha caído por debajo del 900 cuando el Programa Maestro de la
bolsa suspende todas las operaciones del día. Pero Singapur no se atiene a los
reglamentos y la caída libre de Tempel prosigue.
Se inicia entonces
la reacción de los Orbitales, que declaran un dividendo del cinco por ciento, a
distribuir inmediatamente. La baja empieza a perder fuerza mientras el Pony
Express traza los primeros círculos sobre su base. La gente empieza a considerar
los rumores con más precaución. Roon intenta contrarrestar la tendencia
distribuyendo a los boletines un suelto según el cual la Tempel no podrá
satisfacer el dividendo anunciado, por tener todo su capital comprometido en la
OPA contra la Korolev. El Soviet Orbital Unificado anuncia que el grupo de
combinados farmacéuticos financia el dividendo de la Tempel, lo cual se publica
al mismo tiempo que el anuncio, realizado por Couceiro en persona, de que
Tempel va a desprenderse de todas sus acciones de la Korolev, dando por
fracasado el intento de absorción, a fin de aplicar los beneficios a la
garantía del dividendo. Al divulgarse por dos fuentes distintas que el
dividendo está asegurado, las acciones Tempel empiezan a subir. Michael intenta
lanzar más rumores, pero ahora los agentes lo piensan dos veces antes de dar
por buena ninguna noticia no confirmada acerca de la compañía.
Un impulso frío se
propaga por la red a la velocidad de la luz, procedente de la poderosa
inteligencia artificial del cristal de Roon. Cowboy se estremece al escucharlo
e incluso cree percibir dentro de su máscara el olor apestoso de aquel aliento.
—Hemos tocado
fondo. Ahora hay que comprar y cuando hayan subido a mil quinientas, venderemos
y si coincidimos con una oleada de realización de beneficios, volveremos a
hundirla.
El Cowboy orienta
las toberas de escape del ala delta para mantenerse estacionario sobre el
desierto de Nevada. Las órdenes de compra fluyen a través de los robobrokers.
La recuperación de la Tempel es más rápida que su colapso. Cuando la cotización
alcanza el 1.500 vuelven a salir las órdenes de venta, pero ahora hay más
agentes ansiosos por comprar que vendedores. Las cotizaciones oscilan en la
incertidumbre durante algunos segundos mientras se producen las realizaciones
de beneficios, pero entonces Couceiro anuncia otra declaración pública.
Las reservas del
virus anti-Huntington serán enviadas desde la órbita en fecha próxima, pero
acompañadas de cutters orbitales para impedir un nuevo ataque. Los noticiarios
empiezan a difundir informaciones sobre la inocuidad y la eficacia probada del
tratamiento. Las cotizaciones suben otra vez.
La Tempel cotiza a
2.000 cuando la bolsa de Chicago reanuda la actividad. El Esquivo y Michael han
agotado todos los fondos disponibles. Inmediatamente transmiten a Venezuela los
derechos de voto de todas las acciones que han adquirido, para ponerlos a disposición
de Roon. El Pony Express flota sobre su pista y cuando saca el tren
disponiéndose a tomar tierra, la cotización de la Tempel se ha estabilizado
alrededor del 3.000.
El personal de
tierra corre al encuentro del aparato, arrastrando la red de camuflaje. Una
desesperación fría le carcome el corazón al Cowboy. El mensaje que Roon ha
enviado a través de la red de comunicaciones ha confirmado sus presentimientos.
—No tenemos
derechos políticos suficientes para deponer a Couceiro. Si ahora yo reclamase
una junta de accionistas sólo serviría para llamar la atención sobre mi papel
en este episodio.
—¡Maldito cobarde!
—aúlla el Cowboy, al tiempo que nota cómo retorna el dolor a sus extremidades
entumecidas.
—Puedo intentar que
muden de opinión algunos consejeros, pero sospecho que Couceiro habrá ganado
más admiradores que adversarios con su victoria de hoy. Propongo que nos
embolsemos los beneficios y tomemos nota de la lección.
—¿Temes convertirte
en un objetivo tú mismo, Roon? —exclama el Cowboy—. ¿Te da miedo el meterte en
juegos de adultos?
—No te oye, Cowboy
—interviene Reno—. Se ha desconectado de la red.
—Debí acabar con él
cuando tuve la oportunidad —dice el Cowboy mientras se quita los cinturones de
seguridad y el casco. En seguida se le inunda la frente de sudor. La carlinga
se abre con un lamento electrónico. El calor del desierto corta la respiración
incluso debajo de la red de camuflaje. El Cowboy está furioso, quemado el
corazón y el cristal de su cráneo.
—No desmontéis la
red todavía —anuncia el Cowboy—. Es posible que volvamos a necesitarla. Luego
os lo explicaré.
Dicho lo cual se
desconecta del interfaz y se pone en pie dentro de su cabina. En seguida
empieza a bajar torpemente por la escalerilla, mientras las manos de los
mecánicos se alzan para ayudarle.
El cuartel general
está instalado bajo una tienda en forma de burbuja climatizada, recubierta por
una red de camuflaje. Al lado de ella, camiones de combustible y dos blindados,
friéndose bajo el calor. El Cowboy entra en la tienda con el casco en la mano.
Sarah sale a su
encuentro. Parece acobardada, con ojeras de desesperación. En la frente se ve
la marca roja del casco que ha llevado mientras estuvo conectada. Le recibe en
sus brazos y el Cowboy se detiene maquinalmente al tiempo que ella apoya la
mejilla en su cuello.
—Casi lo
conseguimos —se lamenta ella—. ¡Estuvimos tan cerca!
—Todavía no hemos
terminado —dice el Cowboy—. ¿Dónde está el Esquivo? Quiero que se mantenga la
red de comunicaciones.
Ella se hace atrás,
se queda mirándole.
—Pero ¿qué dices?
—Digo que ahora
tenemos más acciones. Hemos realizado un sustancioso beneficio. Por tanto,
estamos en posición más fuerte, ¿no?
Sarah menea la
cabeza.
—¿De qué serviría?
No podemos...
Una bocanada de
aire frío refresca la frente del Cowboy y le pega el traje de vuelo al cuerpo,
como si lo aspirase la fuerza de la gravitación.
—Los he derribado
una vez —explica él—. Puedo volver a hacerlo.
Sarah se queda un
instante como colgada en el tiempo, el rostro convertido en una máscara de
sorpresa.
—¿Y la escolta?
Llevarán escolta esta vez.
—¡Al diablo la
escolta!
La toma de la mano
y la lleva al interior de la tienda, hacia la sección de comunicaciones
instalada al fondo. El Esquivo está allí sentado entre las ruinas de su plan,
mientras a su alrededor empiezan a desmontar el sistema de comunicaciones y los
especialistas de la Flash Forcé contemplan la operación con frío interés
profesional. Al Cowboy se le antoja que el Esquivo nunca ha tenido tanta cara
de viejo como ahora.
—Oye, Esquivo —le
dice—. Esto no ha terminado —y cuando todas las cabezas se han vuelto hacia él,
agrega—: Quiero hacer otra salida.
Las lánguidas notas
de la guitarra vaquera resuenan de nuevo en su mente.
21
Desnuda, Sarah yace
sin poder conciliar el sueño sobre un jergón instalado bajo la tienda de
campaña y rodeado de una cortina de plástico joviano opaco. Sus brazos y su
nuca están quemados por el sol, de las horas pasadas al aire libre ayudando a
montar misiles de fabricación casera, sin tener en cuenta que el filtro solar
adquirido en Florida resultaría bastante menos efectivo en el desierto de
Nevada. El aire refrigerado susurra en los conductos de ventilación pero no
alivia su malestar. Alarga la mano hacia la cerveza y apoya la frente contra la
fría botella buscando el contraste benefactor del frío sobre su piel ardiente.
—¿De dónde vas a
sacar los pilotos, C-boy? —la pregunta la planteó Warren—. Tenemos cinco alas
delta, o seis si no conservamos una para piezas de repuesto, pero sólo contamos
con tres pilotos —Warren ha meneado lentamente la cabeza—. Casi todos han muerto
en los pasos de la Muga, y la mayoría de los supervivientes se han ocultado y
no quieren saber nada de ninguno de los dos bandos de esta guerra.
Entonces Sarah
recordó los retratos de las paredes, allá en el Blue Silk, y que algunos de
ellos no llevaban lazo de luto. Así que manifestó lo que sabía y se efectuó una
llamada a Tampa. En seguida Maurice se puso en marcha hacia el Oeste, aportando
además 30.000 en oro. Se intentó contactar con dos veteranos pilotos de cutter
recomendados por Maurice y uno de ellos aceptó. Trajeron en helicóptero los
materiales para montar misiles y los laboratorios trabajaron día y noche bajo
las redes de camuflaje para destilar combustible y explosivos.
—Soy yo —anuncia la
voz del Cowboy, al tiempo que abre de arriba abajo la tira de velero, con un
ruido como de prenda de lino que se desgarra.
Entra y cierra de
nuevo el velero a su espalda, la cara bañada en sudor, vistiendo un viejo
overol y con la frente y las manos llenas de quemaduras.
—Hola —se arrodilla
junto a ella y se inclina para besarle un pezón.
Sarah le ofrece la
cerveza y él se sienta con las piernas cruzadas, bebe y anuncia:
—Esta noche traigo
un delta de Colorado. Salgo para allá en helicóptero.
—¿Cuándo piensas
dormir?
El Cowboy se enjuga
la frente con la palma de la mano y luego se frota la mano en la pernera del
overol.
—Durante el vuelo
en el helicóptero —explica—. Llevo otro piloto.
—No digas
tonterías. Cowboy —se incorpora sobre los codos ella, con el ceño fruncido—.
Necesitas descanso. Quítate la ropa y ven a acostarte.
El sonríe y
replica:
—¿Tú crees que eso
va a ser reparador?
Ella se hace a un
lado y da una palmada sobre la yacija, diciendo con intención:
—Muy... reparador.
El Cowboy deja la
cerveza en el suelo y se lleva la mano a la cremallera del overol, pero se
inmoviliza al instante, en actitud de escuchar. Sarah se vuelve a su vez y
aplica el oído captando a lo lejos la vibración de las palas del helicóptero
que viene del norte.
—¡Condenado...!
—murmura Sarah al ver la fiebre que sube otra vez en los ojos del Cowboy, el
mismo brillo que tenía dos días antes cuando se apeó de su alta delta... el
amor a la velocidad y al metal, la obsesión por el interfaz cristalino y las
extensiones electrónicas de su mente lanzada a la velocidad de la luz... Cuando
se halla en ese estado, el Cowboy parece un núcleo atómico rodeado de su nube
de electrones, impenetrable, libre de toda atadura terrenal, inmune... Como
ahora, mientras estira sus largas piernas y se incorpora.
—Lo siento —dice,
pero en realidad ya no está allí, la mente absorta en no se sabe qué espacio
interior, aislado detrás de sus ojos de plástico.
Le lanza un beso
con la mano y desaparece. Sarah alarga la mano hacia la cerveza, vuelve a
dejarla. Ya no tiene sed. Volviéndose boca abajo, deja que el débil soplo del
aire acondicionado le refresque la espalda sudorosa.
Horas después
inicia su turno en la sala de comunicaciones. Hay poca actividad, ya que se han
reducido los mensajes al mínimo con objeto de evitar la detección de la red por
parte de la Tempel. Sentada en el gran recinto silencioso, las almohadillas de
espuma del casco le rozan la piel de la frente quemada por el sol. Sarah
aborrece la atmósfera militar que impera en este campamento, las guardias, los
turnos asignados por orden superior, toda esa importancia que atribuyen a la
seguridad y a la disciplina, tan contraria a su espontaneidad de buscona. La
pantalla que tiene ante sí está en blanco, excepto el cursor que parpadea. Al
otro lado un técnico en comunicaciones está trasteando cables, cinta aislante,
conectores. El aire acondicionado no funciona aquí más eficazmente que en su
propia habitación. Contrariada, teclea una línea sin sentido, luego la borra.
Si hubiese actuado
con más acierto, se dice Sarán, ahora no se hallaría ahí sentada, en lo que
viene a ser el blanco de un antiguo polígono de ensayos nucleares, ayudando a
un grupo de ratas del desierto que se ha empeñado en atacar la inconmensurable
potencia de los Orbitales con un puñado de aviones de fabricación casera.
Podría estar en la órbita, lejos del pozo gravitatorio, contemplando Nevada
desde la ejemplar inmunidad de una casa de aleación junto a Daud, ambos bien
limpios del barro terrestre en el que han pataleado toda su vida. Si hubiera
sabido manipular mejor a Andre, si no hubiese consentido que los sentimientos
contaminasen sus acciones..., si hubiese conservado su voluntad pura y dura
como el titanio, ahora estaría a salvo, envuelta en el aislamiento perfecto del
vacío.
El equipo de aire
acondicionado sigue susurrando futuros que no pudieron ser. Sarah no ignora
cuál de los futuros posibles es el más probable para ella: unos cuerpos
calcinados envueltos en metal fundido, una muerte personal, una figura de
rasgos inciertos pero equipada con los iris metálicos de Andre y la voz sorda
de Cunningham, cayendo sobre ellos a la velocidad supersónica de un proyectil.
Y toda esta chapuza ridícula explotará en un surtidor de metralla mientras los
supervivientes corren a buscar cobijo o se vuelven el uno contra el otro en
busca de salvación.
El técnico está
golpeando uno de sus instrumentos con el mango de un destornillador. Sarah
sonríe con fiereza y se arrellana en su asiento, se echa el casco hacia atrás
para enjugarse la frente. Cierra los ojos y efectúa varias rotaciones de
cabeza, escuchando los crujidos de sus vértebras cervicales.
Por absurdo que
parezca, en realidad no desea hallarse en ningún otro lugar del mundo, sino
aquí.
En ese instante la
señal de una llamada cosquillea su cerebro y al mismo tiempo aparece un blip en
la pantalla. Ajustándose el casco sobre las sienes, Sarah envía una señal
mental en respuesta y sus nervios se estremecen al recibir el frío contacto de
la locura distante que late en un cristal.
—Aquí Roon. Mi
gente acaba de averiguar los datos del embarque.
Sarah pone en
marcha la grabadora y habla al micro, desdeñando el uso del casco:
—Preparada para
recibir.
—¿Eres tú, Sarah?
—la intimidad forzada de las palabras le parece tanto más odiosa, o mejor dicho
casi insoportable, al captar el tono monocorde de la voz e imaginar a su
interlocutor sentado en su castillo de aleación, sobando el cabello brillante
de alguna de sus víctimas mientras susurra a través de sus chips—. Me parece
estar viéndote. Tu piel suave y aceitunada, y esas cicatrices que exhibes con
tanto orgullo. Me gustaría enseñarte la inutilidad de ese orgullo, Sarah,
iniciarte en los placeres de la sumisión.
La voz fría y
remota hiela a Sarah hasta los huesos. Va a tener que editar esta grabación. No
desea que nadie más escuche semejantes palabras.
—No soy Sarah
—dice—. Si no tiene un mensaje que transmitir haga el favor de dejar libre este
canal.
—¡Ah! —pese a la
falta de entonación de la voz se adivina que la contrariedad de Sarah complace
a su interlocutor—. Como quieras. La nueva expedición viene mañana en el
transbordador Argosy, de la clase Venture, hora prevista de aterrizaje
alrededor de las dieciocho treinta y dos. Será en a base de Edwards, no en
Vandenberg. Viene escoltada por seis fragatas de a clase Hyperion.
El corazón de Sarah
está a punto de salírsele del pecho. Mañana es demasiado pronto. Los pilotos
del Cowboy ni siquiera han tenido oportunidad le entrenarse juntos. Y Edwards
es una base militar y de pruebas de los orbitales, no un espaciopuerto comercial
como Vandenberg. Sin duda éste carece de instalaciones que permitan el
aterrizaje de seis fragatas. Son naves de gran porte, capaces de maniobrar
tanto en el espacio como en la atmósfera. Aunque, por otra parte, el cambio
podría resultar favorable; Edwards queda más cerca del campamento base de ellos
en Nevada y el transbordador se hallará más tiempo dentro del radio de acción
del Cowboy.
—Mensaje recibido
—anuncia Sarah, repitiéndolo dos veces para mayor seguridad.
—Lo siento, Sarah
—la voz criogénica sigue hablando con su indignante tonillo de superioridad—.
Lo siento de veras. Sé que es demasiado pronto y 10 podréis prepararos
adecuadamente. Pero vuestro fracaso apenas significará sino un pequeño retraso
en el establecimiento de la relación histórica exigida por la pura
inevitabilidad de los datos.
Sarah desconecta la
grabadora y anuncia, procurando que la rabia no se trasluzca en su voz:
—Procederemos con
arreglo a lo previsto. El transbordador será derribado.
El titubeo de Roon
dura una fracción de segundo antes de contestar:
—Entendido.
Con lo que
desaparece de la red, nuevamente reemplazado por la pantalla vacía con el
cursor parpadeante.
Sarah localiza al
Esquivo con el buscapersonas y mientras él acude, utiliza el casco para editar
la cinta suprimiendo los comentarios de Roon. Cuando entra el Esquivo le pasa
la nueva versión, observando la preocupación reciente que empaña la mirada del viejo.
El Esquivo se
entretiene largo rato cortando un trozo de tabaco de mascar.
—Quizá podríamos
conseguirlo —dice finalmente—. Pero todavía nos alta un piloto.
Sarah se inclina
sobre la pantalla.
—Yo te buscaré uno
—dice, recordando que Maurice le habló de un tipo que según las últimas
noticias vivía en Catalina, pero se ha mudado y nadie sabe su paradero.
Rebusca en los
registros, encuentra la antigua dirección, llama a los vecinos. Uno de éstos
menciona Santa Barbara y se evidencia la necesidad de repetir el procedimiento.
Esta vez un vecino remite a Carson City. Premio. El hombre vive casi al lado.
Resulta que andaba
muy necesitado de ganarse 30 K en oro. Los de la Flash Forcé enviarán a por él
esta misma noche, en helicóptero.
El Esquivo,
radiante, le propina a Sarah una palmada en la espalda.
—Magnífico, Sarah.
Ya tenemos equipo —se pasa el bocado de tabaco al otro lado mientras busca con
la mirada una de las escupideras que le han traído sus hombres—. Tu amigo
Maurice llega esta noche. He dispuesto que todos los pilotos se reúnan con él
para escuchar su conferencia sobre las tácticas de combate de los Orbitales.
Más temas
militares. Sarah se alegra de no tener que asistir. Le queda todavía una hora
delante de los monitores antes de salir a almorzar, y aún éste será un almuerzo
colectivo servido bajo una carpa-cantina, lo cual le recuerda demasiado los
comedores de beneficencia que frecuentaba de niña y no le despierta el apetito
precisamente.
El Esquivo sale y
Sarah se sumerge otra vez en la contemplación de la pantalla y del cursor que
parpadea, echando en falta algo fresco que beber. De pronto el cursor echa a
correr por la pantalla, empujado por una hilera de datos, y una voz diferente
cosquillea las sienes de Sarah.
—Necesito hablar
con Sarah. Díganle que soy su hermano.
Ella siente un
calorcillo fugaz.
—Aquí estoy, Daud.
—Oye, Sarah, ¿quién
era ese fulano que hablaba conmigo?
Sarah lanza una
ojeada al técnico que todavía está hurgando entre sus cables y piensa que sería
mejor poder hablar en privado.
—No lo sé. Habrá
sido un cruce, supongo.
—¿Randolph Scott?
¿Es ése su verdadero nombre? —hay una nota falsa en la voz de Daud, como si
estuviera fatigado. O ñipado, más probablemente. Un escalofrío de alarma se
insinúa en las venas de Sarah.
—Lo dudo —baja la
voz y silabea despacio para hacerse entender a través del micro—. ¿Cómo estás?
¿Desde dónde me hablas?
—Estoy bien. Nick y
yo encontramos una vivienda, y él ha conseguido un poco de dinero.
¿De dónde lo ha
sacado? ¿Es él quien paga las endorfinas que te has metido en la vena? Es lo
que ella querría preguntar, pero no lo hace porque ya sabe cuáles serían las
respuestas, y que nunca averiguará la verdad mientras permanezca oculta en
Nevada.
—¿Os han molestado?
¿Os vigilan?
—Creo que no —se
oye un ruido de fondo, un rumor doméstico, la puerta de un frigorífico al
cerrarse o algo por el estilo. Al momento se le enciende la sangre a Sarah.
—¿Desde dónde me
llamas? ¿Estás hablando desde vuestro apartamento?
—No —la respuesta
de Daud viene precedida de una breve vacilación, lo cual le basta a Sarah para
saber que es mentira. Casi le parece estar viéndolo de pie al lado del
teléfono, el cigarrillo en la mano, los ojos mirando nerviosamente de un lado a
otro.
Inclinándose sobre
el monitor, empieza a suplicarle con tal angustia que al otro lado de la
estancia el técnico se vuelve a mirarla, sorprendido.
—Por favor, Daud,
dímelo. No me enfadaré si me dices la verdad.
—No —insiste Daud,
obviamente irritado—. ¿Por qué no quieres creerme nunca? Ya te he dicho que no.
Ella le conoce
demasiado bien, y sabe que también esto es mentira.
—Oye, Daud.
Empiezan a moverse las cosas aquí, no podemos continuar —habla deprisa—. Te
llamaré en otro momento.
Daud escupe su
decepción.
—¡Maldita zorra! Te
he dicho que...
—Te quiero —se
despide ella con voz apagada, casi al mismo tiempo que pulsa la tecla que pone
fin a la comunicación.
Mira el cuadro de
instrumentos, sin ver nada fuera de lo corriente, y luego se vuelve hacia el
técnico.
—Alarma de
seguridad. Hagan lo necesario. Estoy segura de que esta llamada estaba
intervenida.
22
Sarah y Maurice, de
pie en medio del desierto, el aliento cortado por el corazón titánico y
pulsátil que se levanta del suelo. El delta del Cowboy flota estacionario en la
oscuridad, mancha de negrura más densa recortada contra el firmamento, la
tobera orientada al suelo levantando una nube opaca de polvo que se levanta
poco a poco hacia el cielo estrellado. Sarah entrecierra los ojos para
defenderse contra la polvareda y nota la tensión de sus músculos en la nuca y
la espalda, como esperando algo que va a caer del cielo...
El plazo es
demasiado breve, le han dicho. Como el objetivo a interceptar tiene prevista su
llegada la tarde del día siguiente, no hay tiempo para trasladar la base y
seguir preparando la misión al mismo tiempo. Ellos no creen, según le han
dicho, que ningún programa haya logrado localizar la comunicación a través de
los múltiples relevos de que consta la red. Será cuestión de reforzar las
medidas de seguridad, traer más personal y armas defensivas, y confiar en que
los expertos de la Flash Forcé no se hayan equivocado.
El delta aterriza y
el aullido de los motores se extingue poco a poco, mientras que la tormenta de
polvo continúa. Están a más de un kilómetro del campamento, dispersando los ala
delta para que resulte más difícil su localización. Sarah se sorprende a sí
misma mirando hacia el cielo constelado de diamantes, todavía tensos los
músculos de la nuca y de los hombros, hasta darse cuenta de que es la caída de
una roca lo que teme. Si los de la Tempel han logrado determinar su
emplazamiento, no hay medio más fácil para librarse de ellos.
El personal de
tierra acude corriendo con las redes de camuflaje. Se alza la cubierta
transparente de la cabina y el Cowboy se pone en pie, su casco negro reflejando
las estrellas. Sarah se acerca mientras el Cowboy se deja caer escalerilla
abajo hasta la arena crujiente. A su espalda, Maurice la sigue en silencio.
—Oye, Cowboy. Llamó
por teléfono Daud y...
—Lo sé todo. Me lo
contaron mientras volaba hacia aquí. He realizado algunas maniobras de
diversión por si acaso andaban buscándonos.
Está cansado, eso
se nota incluso bajo la tenue claridad que dan las estrellas. Tiene una marca
roja alrededor de la nariz y la barbilla, por el roce de la máscara inhaladora
de anestésico. Tras quitarse el casco, se limpia el sudor de la cara.
—Habrá que hacer
algo con ese hermano tuyo, Sarah.
El orgullo de ella
se rebela.
—Es mi problema.
Tal vez sí que
estaban ellos allí, piensa. Tal vez sí que estaba Nick sentado a su lado,
apuntándole lo que debía decir. O tal vez fue sólo su desidia habitual lo que
le impidió tomarse la molestia de usar sus piernas nuevas para salir a buscar
otro teléfono.
—Tu problema puede
ser la causa de que descubran esta base. Tu problema puede hacer que nos maten
a todos —levanta la mano enguantada y roza las cicatrices, apenas perceptibles
ya, de la mejilla de Sarah, pero ésta le hurta el rostro—. Y también fue el culpable
de esto.
—¡No! —deniega ella
con énfasis—. Fue un error mío.
—Él permitió que
tendieran la emboscada, ¿no fue culpa suya eso?
Sarah se limita a
menear la cabeza sin contestar. Nota un picor detrás de los ojos y en los
lagrimales. Ella no necesita que nadie le diga que Daud es un desleal, pero eso
no cambia nada. No quita la parte de culpa que ella tiene de que él sea un
desleal, ni tampoco borra el recuerdo de su propia deslealtad, del intento de
traición que ha dejado tantas cicatrices en su corazón como en su cara. En esa
ocasión ella fue desleal a sus propios objetivos, a su única oportunidad de
salir de esto... y desde entonces siente ese vacío en el pecho, el vacío que
han dejado ahí las intenciones que le fueron arrancadas.
El Cowboy se vuelve
apartándose de ella y le tiende la derecha a Maurice.
—Te agradezco que
estés aquí —dice.
La sonrisa
tranquila y melancólica de Maurice parece otro rostro de la noche. Sus ojos
brillan como un par de lunas artificiales muy lejanas.
—Y yo os agradezco
que me hayáis dado la oportunidad —lleva al cuello, debajo de la camisa, su
pañuelo azul, blasón de sus viejas fidelidades—. Los demás ya están aquí. He
preparado un resumen sobre las fragatas tipo Hyperion y las tácticas de combate
que probablemente utilizarán.
—¿Ahora mismo?
Vamos allá, entonces.
Sarah emprende tras
ellos el largo paseo hasta la tienda burbuja. Hablan en su jerga de aviadores,
cargada de palabras técnicas de aeronáutica, y que a ella le parece
innecesariamente críptica. Es el lenguaje de su club secreto, piensa, de la
sociedad cerrada de los que adoran la velocidad y la violencia mecánica.
Por lo que elude la
reunión, que de todas maneras no habría significado nada para ella, prefiriendo
agenciarse un bocadillo y una limonada fresca. Luego se encamina al diminuto
recinto que le sirve de habitación, se desnuda y se tiende sobre el catre, escuchando
el murmullo monótono de las tuberías de la ventilación. Le quedan sólo seis
horas antes de regresar al turno de trabajo, a la línea de montaje de misiles
instalada en una trinchera.
La cabeza sobre la
almohada, mirando el ángulo gris de su propio codo, pasa revista a las semanas
transcurridas y trata de discernir en qué punto mudó de lealtades, en qué
momento prescindió de sus sueños... Fue entonces cuando cambiaron las cosas
para ella, dejando de pensar en sí misma y en Daud para abrazar algo más
complejo. La supervivencia era un objetivo bien simple. Supervivencia para ella
y su hermano, y otra cosa: huir del barro. En cambio las nuevas lealtades son
bastante más complicadas que la mera supervivencia. El Cowboy y sus compañeros,
los tanquistas y los pilotos no son supervivientes según lo entiende Sarah. No
persiguen la autoextinción de una manera tan espectacular como aquellos Silver
Apaches, pero hay algo en su búsqueda de lo absoluto que da grima... Van a la
caza del olvido en cada expedición, y se consideran a sí mismos con arreglo a
lo cerca del ojo de la calavera pintada en el cielo que sean capaces de volar,
y tiene más mérito el que la haya rozado y pese a ello haya conseguido regresar...
Hablan del Cowboy como si fuese un inmortal, como si su vida fuese algo mágico,
pero ella sabe que si él sigue tensando la tenue cuerda que le retiene
impidiendo que caiga en la tiniebla, algún día se romperá y el Cowboy será
tragado por la oscuridad, como una partícula volando solitaria en el espacio
nocturno.
Dentro de pocas
horas es posible que los seis ala delta hayan quedado reducidos a montones
calcinados de resina epoxídica en medio del desierto de California, y aunque
con eso quede satisfecho el anhelo último de esos pilotos, ¿qué será entonces
de las nuevas lealtades de Sarah? El pequeño campamento habrá perdido su
finalidad y su centro; con un poco de suerte, quizá los hombres de Flash Forcé
la ayudarán a ocultarse en la población más cercana. Daud podrá ser un débil y
un desleal, pero al menos ella sabe que puede obligarle a aceptar la vida. Y no
está segura de que eso sea posible con el Cowboy.
Esta noche él no
vendrá. La reunión se prolonga hasta muy tarde, y de madrugada se presenta un
problema con uno de los reactores y se necesita que echen una mano todos los
que entienden algo de eso. Sarah, tumbada de espaldas, mira el techo y se
pregunta si caerá la roca, si verá el resplandor a través del plástico
traslúcido de la carpa un instante antes de recibir la onda de choque.
La roca cae a media
tarde. Sarah está trabajando en la trinchera con los dos últimos misiles
aire-aire que es preciso colocar en los soportes para ser transportados hasta
el ala delta de Maurice, estacionado bajo redes de camuflaje a unos dos
kilómetros de allí. Sarah viste sólo un bañador de una pieza y zapatillas, pues
ha dejado sus prendas antibala y su pistola colgando de un armón. Al Cowboy lo
ha visto únicamente a la hora del desayuno, y en compañía de otros. Desde
entonces sólo ha visto a los tres hombres que ayudan a montar misiles y a
Maurice, que espera pacientemente sentado en su delta a que vayan llenándose
los compartimientos portamisiles instalados debajo de las alas.
Y de súbito se
disparan todas las alarmas. Sarah se incorpora de un salto, mira las caras
atónitas de los mecánicos y de un salto, se apodera de la metralleta, el
chaleco antibala y los pantalones, para echar a correr hacia otra zanja
distante una docena de metros. Si va a haber combate, a ella no la pillarán
cerca de semejante acumulación de explosivos.
Tras arrojarse de
cabeza a la trinchera, jadeando ya a causa del insoportable calor, rebusca
entre sus ropas el inhalador de fogonazo, mientras oye las sirenas de alarma,
los pasos de los que corren, el aullido cada vez más intenso de los blindados
al ponerse en marcha los motores... La droga azota sus nervios, comunica
vitalidad a sus músculos y hace que la sangre circule más deprisa. Mete los
pies en las perneras de los pantalones, y mientras está peleando con la
cremallera se inmoviliza un segundo al notar el paso de algo que corta el aire
sobre su cabeza. Y cuando mira al azar, casi esperando ver, de acuerdo con el
sonido escuchado, la repulsiva aguja negra de una fragata de los Orbitales
apuntándole directamente entre los ojos..., pero no ve absolutamente nada. La
detonación la arroja contra la pared de arena de su zanja. El aire se llena de
una lluvia de cascotes. Y luego se oyen más zumbidos que desgarran el aire, y
más explosiones. Entonces comprende que es artillería, morteros o algo
parecido, y de gran calibre por cierto, que han empezado a barrer la base.
Sarah se incorpora,
tosiendo el polvo que ha llenado sus bronquios, al tiempo que se endosa el
chaleco antibala sin hacer caso de la arena que le recubre la piel. Las
explosiones se han alejado un poco y ella se aventura a echar una ojeada sobre
el borde de la trinchera, parpadeando para quitarse el sudor y el polvo. Justo
a tiempo de ver las formas angulosas de cuatro blindados que acaban de coronar
una loma distante menos de un kilómetro. Las estelas de arena que levantan se
diría que han vuelto del revés medio desierto. Una serie aullante de destellos
puntea la cima conforme los sistemas automáticos de defensa instalados por la
Flash Forcé disparan sus roquetas de fragmentación. A su espalda oye una
especie de grito. Uno de los blindados del Esquivo se ha puesto en marcha y
está cobrando velocidad en el terreno llano; conforme el vehículo se sitúa
detrás de ella con ensordecedor alarido de sus motores, Sarah comprende que va
a verse atrapada entre dos fuegos y se arroja de bruces al fondo de la zanja.
Silbidos en el
aire, estampidos, quejidos de metales y motores torturados. Las granadas de
mortero llueven aquí y allá, martillean la tierra. Sarah aprovecha otro respiro
para asomarse de nuevo.
Delante de ella y
un poco a la derecha, uno de los blindados invasores ha recibido y despide por
la popa un humo negro cuyas volutas se elevan en el aire. Pero el cañón
miniatura de la tórrela dorsal sigue con su ladrido ronco. La compuerta de
carga del panzer se abate y sale un pelotón que se despliega sobre el terreno,
soldados en uniforme de camuflaje y cascos negros. Se mueven como
sincronizados, moviendo las cabezas de un lado a otro para explorar el terreno
y de tal manera que cubren todas las direcciones 360 grados a la redonda; los
brazos y las piernas se mueven con alarmante velocidad y eficacia.
Ciberimplantados con cristal para el combate en escaramuza, muy superior a
cualquier cosa que Sarah haya visto hasta ahora. Menos mal que están fuera del
alcance de su automática; así no ha sentido la tentación de dispararles y
atraer sobre sí el fuego de todo el pelotón.
Otro blindado
invasor pasa a toda velocidad por la izquierda levantando una cortina de polvo.
Cuando ella se vuelve a mirar, el panzer ha embestido de frente contra uno de
los ala delta estacionados, el cual sale proyectado lateralmente como si un
automóvil hubiese chocado con un triciclo. Con un lamento mecánico, el avión da
varias vueltas de campana y queda hecho trizas en tierra, mientras el panzer
continúa su carrera rugiente, la red de camuflaje colgando del morro. Entonces
la polvareda alcanza la posición de Sarah dejándola completamente a ciegas.
El pánico la ahoga
mientras piensa mi cristal no vale para esto. Dejándose caer al fondo de la
trinchera, aferra la pistola ametralladora. Si alguien irrumpiese en esa zanja,
ella lucharía y acabaría con él, pero de no suceder así, prefiere mantenerse al
margen y aguardar a que las circunstancias declaren quién sale vencedor. Una
chica de las calles apenas vale un balazo en situaciones así, y Sarah no lo
ignora. Es preferible dejar la defensa a los de la Flash Forcé, que para eso se
les paga. El fogonazo hirviendo en sus venas, se apoya de espaldas contra la
pared de la trinchera y apunta el arma sobre la pared opuesta, confiando en que
sabrá reaccionar con rapidez suficiente si se presenta el caso.
Bajo sus pies el
suelo retiembla de explosiones. El tableteo de las armas ligeras se suma al
rugido de los misiles y a los alaridos de los motores a turbopropulsión. La
polvareda sigue cayendo sobre sus brazos, sobre su vientre, sobre sus cejas y
pestañas, y ella se dedica a limpiar una y otra vez el cañón de la Heckler
Koch, con rápidos movimientos. En un momento en que se aclara el polvo
alrededor de ella ve un ala delta que vuela en barrena y cayendo hacia la
zanja; es Maurice, reconocible por la configuración diferente del aparato.
Luego ve un hilo de plata que pasa por encima del ala izquierda y se desvía
seguidamente hacia el cielo; es un misil que ha fallado el blanco. Sarah se
queda esperando el golpe, desvalida, convencida de que la masa de resina
epoxídica del fuselaje va a aplastarla, pero luego resulta que el avión aún
tiene sustentación suficiente porque se recupera y desaparece de la visión de
ella. El temido impacto no se produce; evidentemente Maurice ha esquivado el
misil y al mismo tiempo ha logrado eludir el abrazo fatal de la gravedad.
Las granadas
vuelven a llover alrededor de la zanja y Sarah encoge la cabeza. Al poco cesa
el fuego de mortero y también el fragor de la lucha se va haciendo menos
intenso. Ahora hablan tan sólo las armas ligeras, con el ocasional rugido de
algún cañón miniatura o el tableteo de una ametralladora. Se abren manchas
azules en el firmamento gris polvo. Sarah cambia de postura, acuclillada, y
aventura otra ojeada.
Columnas de humo se
alzan por todas partes, el suelo del desierto lleno de cráteres. En su ángulo
de visión hay cuatro blindados destruidos, el ala delta aplastada, un automóvil
de la Flash Forcé destripado y un camión de combustible bombardeado que arde
vivamente. La tierra está sembrada de cadáveres, la mayoría de los cuales
visten el overol de colores brillantes que lucían los hombres del Esquivo. No
se distingue ningún movimiento, aunque todavía se oye el fuego de armas ligeras
en alguna parte. Una golondrina negra cae del cielo y Sarah reconoce el ala
delta de Maurice que vomita fuego. Ve los cohetes y oye las explosiones pero no
puede ver hacia dónde dispara; a continuación el ala delta vira y vuelve a
ganar altura.
Sarah se deja caer
de nuevo en el fondo de la trinchera e intenta limpiarse el sudor y el polvo de
la cara, notándola embadurnada. La fatiga empieza a vencer los efectos del
fogonazo; está agotada sin haber participado en la batalla, simplemente por
haber vivido sus sensaciones. Todo esto lo hizo Daud con una simple llamada
telefónica, piensa entre las nieblas de su fatigado cerebro, mientras cierra
los dedos sobre la culata de su arma y aprieta los dientes. Imagina a la
Comadreja destrozando las carnes nuevas y tiernas de Daud, lanzándose contra
sus azules ojos embusteros, y la reacción de pánico de Daud mientras ella le
lanza sus golpes calculados...
El avión efectúa
una pasada sobre el campo de batalla. El fuego ha cesado y se oye movimiento de
coches y camiones. Sacudiéndose para ahuyentar la morbosa visión, Sarah se
asoma otra vez de su zanja. De otras trincheras van saliendo hombres en
uniformes de camuflaje y con cascos negros, las manos en alto, rodeados de
soldados de la Flash Forcé que los obligan a subir en camiones. ¡Mercenarios!,
piensa ella con rabia. Tienen convenios mutuos de trato humanitario y
repatriación cuando caen prisioneros; no es como en el mundo de ella, donde los
errores no se perdonan.
Un altavoz empieza
a ladrar desde la tienda de campaña donde se ha establecido el mando:
—Personal técnico,
preséntense a sus jefes de equipo. Vamos a pasar lista.
Sarah sale de su
zanja y la próxima media hora transcurre en una actividad agotadora, confusa y
sudorosa, entre escenas de horror y continuo temor a que se repita la alarma y
caiga sobre ellos un nuevo ataque.
Maurice acerca su
ala delta y Sarah empieza a tirar de los dos misiles que habían quedado en la
trinchera para llevarlos hasta el aparato. Otros armeros corren a recargar los
cañones, y así ella se entera de que ha sido Maurice el que salvó la batalla, el
único que se hallaba en su avión cuando comenzó el ataque. Sobrevolando las
cotas altas destruyó los morteros que iban rectificando el tiro hacia los ala
delta y luego ayudó a inmovilizar los blindados atacantes. Dos de los aviones
han quedado destruidos en tierra y los demás, dispersos entre quebradas o
detrás de las colinas y cubiertos por las redes de camuflaje, se han salvado,
en parte porque los dos blindados defensores se interpusieron y recibieron la
mayoría de las roquetas enemigas.
Maurice está de pie
en su carlinga cuando ella se acerca.
—¡Maurice!
—exclama, latiéndole el corazón con fuerza—. ¿Dónde está el Cowboy? ¿Sabes
algo?
—Están bien él y el
Express. Han pasado la pelea escondidos en un barranco.
Sarah respira con
alivio, intenta sonreír.
—Todo va bien,
Sarah —prosigue Maurice—. Derribaremos el transbordador.
Su optimismo se
atenúa un poco cuando ve que los dos misiles que trae Sarah son los últimos que
le quedan, tras haber gastado los demás contra los blindados.
—Estoy bien
—asegura Jimi Gutiérrez al pasar cerca de ellos, transportado en unas
parihuelas improvisadas con una manta.
Tiene la piel
chamuscada y le faltan las dos piernas, pero milagrosamente no ha perdido el
conocimiento. Sonríe mostrando la férula metálica de la dentadura, que brilla
en medio de su cara quemada y despellejada.
—Estoy bien
—repite—. Todavía me quedan mis zócalos.
Sarah se despide de
Maurice con un ademán y corre hacia la tienda del mando, que ha sido alcanzada,
pero la han apuntalado y están vaciando a toda prisa su contenido. El
campamento va a ser evacuado y los heridos enviados a un hospital de Las Vegas.
Mientras corre sobre el suelo pedregoso Sarah pasa cerca de un grupo de
técnicos del Esquivo que están ultimando a dos tanquistas prisioneros. Las
ráfagas de metralleta despiertan los ecos de las lomas. Como la misma Sarah,
los tanquistas no están protegidos por los convenios profesionales que rigen
entre las compañías de mercenarios. Los demás sobrevivientes del grupo
atacante, mercenarios japoneses desembarcados la noche anterior mediante el
transbordador suborbital, permanecen en sudorosa e impasible formación mientras
se les despoja de sus armas ofensivas y defensivas. Con un sobresalto de
sorpresa, Sarah observa que hay entre ellos un individuo rubio y menudo.
Es uno de los
acompañantes de Cunningham, el pequeño. Tiene quemaduras en la mitad de la
cara, manchas de sangre en la camiseta blanca, y lleva un brazo en cabestrillo
con un vendaje improvisado que también se ha manchado de rojo.
—Sarah —exclama al
verla.
Ella nota como una
explosión detrás de los ojos. Los circuitos integrados hacen que el movimiento
sea fácil, económico. Le dispara una ráfaga en el pecho y se queda mirando cómo
cae y los japoneses de la fila retroceden atemorizados, apartándose de la línea
de fuego.
—¡Eh! —grita uno de
los hombres de la Flash Forcé, apuntando el arma.
—Ése no era un
mercenario. Es del personal de los Orbitales —pese al fuego que arde en sus
venas, habla con voz fría—. A ésos no los cubre ningún convenio.
El mercenario la
mira, indeciso. Lleva el bigotillo sucio de polvo y tiene los ojos hundidos,
inyectados en sangre. Ella enfunda la pistola y le sonríe con fiereza.
—Si veis más
individuos de ojos redondos por aquí, son Orbitales. ¿Dónde atrapasteis a ése?
Seguramente estaba también Cunningham... o Calvert.
Los músculos del
cuello del soldado están tensos como cordeles cuando habla, dominándose para no
gritar:
—Pero ¿usted quién
es? No tengo instrucciones...
A espaldas de Sarah
se eleva el aullido de unos motores. Ella se vuelve, sin hacer caso de los
balbuceos del mercenario, y ve los cuatro alas delta que despegan de sus
escondrijos en el desierto, alzándose como insectos negros entre vaharadas de
calor. El ruido pasa a la gama de los agudos cuando los aviones empiezan a
cobrar velocidad y se elevan como dedos negros hacia el cielo.
—¡Eh! ¿Quién es
usted?
El mercenario hace
un ademán con su arma. Ella contempla su cara sudorosa, su mirada de alucinado,
las manos que tiemblan mientras sujetan el arma; todo el miedo controlado
durante horas estalla en la violencia de la pregunta.
—¡Eh! Necesito
saber... —el hombre llora mientras Sarah sigue con la mirada, conteniendo el
aliento, los aviones que cobran altitud—. ¡Maldita sea! —jadea el mercenario—.
Usted no puede..., no se puede fusilar así a la gente... Hay que... tener
autoridad.
Las lágrimas del
mercenario gotean sobre su uniforme y dibujan sendas nuevas en el polvo que lo
recubre. Sarah corre a la tienda del mando, busca a un oficial, se explica.
Resulta que el prisionero estaba con los sirvientes de un mortero y cayó
derribado por los cohetes de Maurice antes de que consiguiera escapar.
—Calvert
seguramente estaba con él —dice Sarah—. Es el que dirige las operaciones de
Tempel aquí. Les aconsejo que lo busquen.
Los delta se han
desvanecido en dirección al sol hace largo rato cuando dos vehículos
todoterreno de la Flash Forcé, cargados de mercenarios, salen levantando una
larga estela de polvo hacia el emplazamiento. En uno de ellos va Sarah con el
oficial.
Encuentran en el
desierto el mortero, tubo negro reventado y arrojado a doscientos metros del
lugar donde estalló su munición alcanzada por una roqueta de Maurice. Se hallan
también los restos de un equipo de comunicaciones que utilizaban los atacantes
para mantenerse en contacto con su base. El oficial explora las colinas con sus
ojos de visión mejorada, y apunta con el dedo.
—El punto de
concentración de esa gente seguramente se establecería ahí detrás.
A sus órdenes, la
mayoría de los mercenarios de la Flash Forcé se apean de los vehículos e
inician un despliegue a pie, mientras los dos todoterreno se adelantan por los
flancos con intención de empujar a Cunningham hacia aquéllos.
Sarah, cubierta de
sudor y de polvo, se aferra al costado del vehículo que salta sobre los baches
del terreno y mira con intensa atención el desierto, la mano sobre la culata de
su arma.
Pero el desenlace
se le escapa. Se oye una ráfaga a la izquierda y la radio del oficial emite
unos crujidos para ella incomprensibles. El oficial toca el hombro del
conductor y señala con el dedo la dirección; el vehículo gira y acelera en
medio de una nube de polvo.
El tiro que lo mató
le ha entrado por el ojo y le ha volado la parte posterior del cráneo, pero
todavía se reconocen perfectamente las facciones de Cunningham. Desde lo alto
del vehículo Sarah contempla el cadáver polvoriento, el resorte de acero ahora
roto que fue Cunningham. El oficial se queda mirándola, en espera de la
identificación.
—No quiso que lo
cogieran vivo —dice ella, y el oficial asiente y considera el cadáver con
cierto respeto.
—Cargadlo atrás
—ordena, a lo que sus soldados echan el cuerpo en la trasera del vehículo antes
de subir a su vez.
Sarah lo contempla
mientras rebota, inerte, siguiendo el bamboleo del todoterreno.
Mientras tanto
recuerda la última vez que se vieron en el reservado del Plastic Girl, el breve
diálogo de despedida, y su propio e intenso deseo de tener el billete de
Cunningham a cualquier precio. Aquí está el precio, piensa ahora. Cuatro
paladas de tierra en medio de un desierto. El rastrero que regresó a la Tierra
para morir.
Mira hacia el
oeste, hacia el cielo. Allí estará el Cowboy, enzarzado ya, probablemente, con
los pilotos de la Tempel. Sarah se lleva la mano a la garganta. Toca hierro,
como una gitana.
Más allá de su
radio de visión ella sabe que el cielo está manchado de rojo.
23
El alcohol grita en
el corazón del Cowboy. Su piel de resina epoxídica arde al contacto con el
aire. El Pony Express sobrevuela California y entra a tres Mach en la región
del cielo oscuro.
El Cowboy llega con
retraso a la intercepción prevista y lo sabe, por eso cruza a toda velocidad el
techo del mundo. El transbordador tiene sólo siete minutos de vuelo atmosférico
entre la incomunicación ionosférica y el aterrizaje en Edwards, y ése es el
margen de que disponen los ala delta para intentar destruirlo. Después de la
persecución y de un combate sobre el desierto de Mojave, el Cowboy calcula que
no va a tener combustible suficiente para regresar a la base; sólo cabe confiar
en un aterrizaje forzoso sobre alguna parte llana del desierto o el lecho seco
de un lago, desde donde pedirá un camión de combustible para repostar lo
suficiente que le permita llegar a Colorado.
Hay arenilla entre
su piel y la máscara, y ese picor de las partículas de polvo le recuerda una
larga tarde calurosa agazapado en un barranco junto con el Esquivo, mientras
los morteros de los Orbitales batían el terreno y los ala delta morían
aplastados por los blindajes Chobham, empujados por los turborreactores. Esa
batalla no era para él, ni el Cowboy tiene los chips idóneos para tal género de
lucha.
Ésta es la hora de
la venganza. En seguida capta los primeros impulsos de energía radar dirigidos
hacia abajo desde la cúpula del firmamento. Siete impulsos diferentes. Dos
fragatas van delante, horadando la atmósfera con las alas replegadas, los
revestimientos refractarios con una cola de fuego. Son la vanguardia, destinada
a despejar el camino por si alguien hubiese sobrevivido al golpe de los
Orbitales en Nevada. Luego el transbordador, reconocible por sus radares más
potentes, a treinta kilómetros de distancia, seguido por cuatro fragatas que
vuelan de dos en dos a intervalos de treinta kilómetros.
—Aquí el Cowboy.
Objetivo localizado.
Mientras el equipo
de tierra acusa mensaje recibido, el Cowboy resopla con desdén al observar la
escasa profesionalidad de la disposición de los Orbitales. Estos legales no
aprenderán nunca que un avión de combate que utiliza el radar delata su
posición a los sistemas de detección pasivos mucho antes de que el propio radar
haya visto nada. Los Orbitales probablemente verán a Cowboy en el infrarrojo
antes de que aparezca su traza en los radares.
Los delta que se
abalanzan hacia los Orbitales también vuelan por parejas, el Cowboy en punta de
formación y su compañero Andy, un veterano deltapiloto, tres kilómetros más
arriba y más atrás por el lado de babor. Diego y Maurice, otros dos veteranos
de la Space Forcé, forman la segunda pareja a treinta y cinco kilómetros.
El cristal del
Cowboy recibe una lluvia de transmisiones codificadas de los Orbitales. La
parda línea costera de California cae hacia el océano. Arriba las fragatas se
presentan al infrarrojo como balas brillantes que enfilan derechas hacia el
cerebro del Cowboy. Envía un impulso a Andy y el Pony Express empieza a bailar
en el aire, entre crujidos de toda su estructura, procurando esquivar los
láseres de las fragatas. Pica, sube, derrapa, corrige, derrapa, corrige. El
Cowboy atento a los controles para asegurarse de que los sistemas sobrellevan
la paliza atmosférica. A través de su epidermis externa percibe un breve
impulso de microondas, luego otro. Son cohetes de los Orbitales, guiados por
radar, están volando ya. El Cowboy suelta un misil simulado que debe emitir una
intensa imagen radar.
Acto seguido
dispara un cohete detector de radiación, sólo para disuadir a las fragatas y
que no sigan utilizando sus equipos de radar; en seguida recibe de Andy la
confirmación de que su compañero ha hecho lo mismo. Sus sensores enloquecen
durante un segundo, confirmándole que acaba de cruzar un haz láser, y dedica
una sonrisa de calavera al cielo y a los intrusos en sus cacharros de aleación.
Algunos no van a salir bien librados de esto y él confía en que van a ser los
hombres de la Tempel. Ya es hora de que alguien les imparta una lección.
Un destello
plateado pasa sobre la carlinga cuando el cohete guiado por radar continúa su
trayectoria a la resultante de ocho veces la velocidad del sonido, y el Cowboy
ladra invectivas desafiantes a través de su máscara. A babor estalla una
explosión de infrarrojos y Andy comunica:
—¡Va uno, C-boy!
Y de pronto el Pony
Express empieza a retemblar dentro del rebufo de la fragata, al tiempo que
proyecta una lluvia de láminas reflectantes para despistar las cabezas
buscadoras de calor. Entre él y la lanzadera no queda nadie.
Sus nervios vibran
en un alarido triunfal, tensos como las cuerdas de la guitarra vaquera. El
cañón miniatura dorsal se coloca en posición y empieza a rugir al tiempo que
escupe una lluvia de acero al encuentro del objetivo. El Argosy es un tipo de
transbordador más pequeño y maniobrero que la anterior víctima del Pony
Express, pero todavía ése es capaz de hacer encaje de bolillos a su alrededor.
Más misiles se
acercan a popa, proyectiles guiados por radar cuyas trayectorias convergentes
se curvan desde las fragatas como látigos. El Cowboy sigue disparando su cañón
mientras lanza misiles simulados para engañar el radar y realiza maniobras de
esquiva. Al final de una de éstas cae en barrena con el ala de babor por
delante hacia la gran extensión azul del Pacífico, geometría superficial de
cristal teñido de infinita profundidad... y de nuevo tiene delante el
transbordador, sombra gigante de morro negro acompañada de su onda sónica de
choque a manera de telaraña gigantesca colgada de sus alas, todo lo cual
desaparece en un instante pero deja su imagen incandescente en las miras del
Cowboy. Ha intentado coserlo a cañonazos pero no parece que lleve mucho daño.
El Pony Express entra y sale del extenso rebufo del Argosy, recibiendo el
impacto de la onda sónica que lo sacude como un terremoto californiano, con una
vibración demasiado grave como para ser captada por el oído pero que se percibe
en las tripas y en los huesos... El Cowboy nota el cristal recalentado de su
cráneo mientras controla su nave, levanta el morro, echa los frenos
aerodinámicos y reduce motores al mínimo. El Pony Express reduce velocidad como
si hubiese caído en un lago de miel espesa en medio del cielo, y el Cowboy
tensa los músculos del cuello resistiendo a la deceleración que amenaza con
retirarle toda la sangre del cerebro. Acto seguido pica de morro y da pleno gas
a los motores, lanzando al mismo tiempo un par de misiles que efectuarán un
tonel y seguirán la estela de la lanzadera.
Acaba de efectuar
la maniobra llamada yo-yo por los profesionales, destinada a situarse detrás
del Argosy en la clásica posición de ataque, listo para matar. Pero la maniobra
le ha mermado velocidad y va a tardar un rato en atraparlo; al mismo tiempo nota
que los Orbitales van pisándole los talones. La pareja de fragatas cae sobre él
como un par de halcones y sus poderosos cohetes les proporcionan más
aceleración de la que nunca pueda aspirar a conseguir un ala delta. El Cowboy
rehuye el encuentro sin abandonar la persecución del Argosy, cuando un haz
láser abrasa varios de sus sensores de cola; aun sin ellos percibe la presencia
de los buscadores térmicos, vistos como agujas brillantes que giran sobre sí
mismas en el firmamento.
Él y Andy habían
previsto esta eventualidad. Después de rebasar la posición del transbordador,
el Cowboy efectúa un yo-yo a la derecha y al mismo tiempo, Andy maniobra en
yo-yo a la izquierda, presentando a las fragatas dos blancos distintos y cada
vez más separados. Pero los pilotos de las fragatas optan por seguir volando
juntos y perseguir al líder. Lo cual deja en libertad a Andy, quien sale de su
yo-yo orientado de frente hacia las fraga- tas y con el cristal de su cráneo
zumbando, pidiéndole un blanco para los buscadores térmicos. Y él suelta un par
de misiles que convierten una de las fragatas en una bola de propelente y
oxidante en erupción flamígera, pedazos de aleación que vuelan en todas
direcciones y tirabuzones de plástico ardiendo. La otra fragata escapa soltando
una lluvia de termitas encendidas, pero se ve forzada a abandonar la
persecución del Cowboy.
A éste todavía le
persiguen los misiles, lo cual distrae su atención apartándola del enorme
objetivo que tiene enfrente. Al tiempo que suelta termitas a su vez oye un
tableteo sobre su propio blindaje y advierte que se ha volatilizado una parte
del Chobham. Alguien le ha acertado desde arriba con una ráfaga de cañón
miniatura.
De súbito
desaparece Andy; su ala delta cae y se desintegra envuelta en llamas, al tiempo
que hiere el oído del Cowboy un extraño chillido distante que se prolonga
durante varios segundos, último lamento de la radio que retransmite la fusión
de sus propios componentes... El Cowboy piensa que quizás Andy haya aspirado un
proyectil de cañón a través de uno de sus motores, pero nunca se sabrá. Otros
asuntos reclaman con urgencia su atención.
Todavía se captan
impulsos de radar procedentes de seis naves distintas, lo cual significa que la
fragata herida por el misil seguidor de radiaciones aún está en juego. En
efecto las naves de la clase Hyperion son duras, como no ignora el Cowboy;
incluso es posible que el misil haya rebotado sobre el escudo refractario. Lo
cual significa que son cinco fragatas contra tres deltas, y uno de éstos sólo
lleva dos misiles.
Una sombra negra
nubla su visión mientras el Cowboy se aproxima al transbordador y su corazón
trabaja al máximo para aprovisionar de oxígeno el cerebro en lucha con las
fuerzas de aceleración. El transbordador frente a él ofrece un blanco de tamaño
descomunal, pero por arriba se acercan otras dos fragatas —su capacidad de
aceleración es terrible— y de pronto caen sobre él más misiles de los que puede
evitar. Los sistemas lanzan chillidos de protesta mientras él derrapa sobre un
ala, dispara cohetes guiados por emisiones y saca de nuevo la tórrela del cañón
miniatura intentando establecer una cortina de proyectiles de treinta
milímetros por delante de las fragatas... Está lo bastante cerca como para ver
el resplandor de los impactos, pero de pronto se encienden en su cerebro los
intermitentes rojos; es el cañón dorsal indicándole que se han agotado las
municiones. Más luces rojas superpuestas en su percepción indican que un láser
ha volatilizado varios circuitos hidráulicos y el Pony Express empieza a perder
el fluido que sale proyectado hacia la atmósfera. Y luego se divisa otro
resplandor rojo más grande, sólo que esta vez fuera de la carlinga, cuando uno
de los misiles guiados por emisiones encuentra su camino. La fragata alcanzada
pierde varias partes de un plano de navegación y con ella toda su aerodinámica,
de manera que choca con una pared implacable de aire y se desintegra en
cuestión de una décima de segundo... La otra fragata efectúa una maniobra de
esquiva, cosida a cañonazos, mientras intenta poner en línea los sistemas
redundantes. El Cowboy fuerza motores al rojo y su nuca se aplasta contra el
apoyacabezas. Ha perdido algún timón pero por lo visto el ordenador consigue
compensarlo. Faltan sólo unos tres minutos para que el transbordador aterrice en
el desierto.
Las fragatas de la
vanguardia han volado en semicírculo y vuelven a por él; los otros dos ala
delta, Maurice y Diego, efectúan la maniobra yo-yo y las dos fragatas
perseguidoras intentan darles caza... Estos pilotos son más listos que sus
compañeros y prefieren separarse, persiguiendo cada uno de ellos su objetivo.
El Cowboy dispara varios cohetes guiados por radar contra la lanzadera, blanco
enorme y lento en línea con el horizonte. Luego saca la tórrela ventral y
cañonea las dos fragatas que tiene delante; de súbito una de ellas, tal vez
debilitada por el anterior encuentro con un misil guiado por radioondas, se
deshace en humo. El Cowboy ve las llamas de los cohetes que lanzan la cabina
con el piloto, pero al mismo tiempo el lanzazo de un láser perfora sus propias
carnes de polímero y el Pony Express empieza a morir.
Bajo el calor del
haz coherente los sistemas computarizados hierven y explotan y el ala delta
entra en régimen inestable consecuente al fallo del ordenador principal de
vuelo y de su repuesto, simultáneamente destruidos. La aerodinámica del ala
delta es soberbia pero a este velocidad todo intento de maniobrar resulta
inherentemente desestabilizador, y la ausencia de tal intento le convierte en
un blanco fácil. El Cowboy pelea con su nave, efectúa reajustes graduales, y
aunque va solucionando las dificultades una a una sobrevienen al mismo tiempo
más oscilaciones de las que puede atender. El aire se espesa y el aparato
empieza a retemblar, con lo que pierde todavía más sistemas y empieza a caer en
barrena hacia tierra. El dolor intenta insinuarse en el organismo anestesiado
del Cowboy. Está ciego para todo lo que no sean las informaciones que le
comunican sus pantallas, los indicadores hidráulicos y los manómetros
exteriores, los sistemas agujereados y los planos de navegación que no
obedecen. Ha perdido de vista el blanco y mientras grita su protesta, tiene
como un atisbo de la tierra cada vez más cercana...
Y entonces levanta
el morro sobre la Sierra; los dedos verdes de la cordillera quieren agarrarle
pero no le alcanzan y el Cowboy consigue enderezar la nave y enviar de nuevo el
alcohol a los quemadores. Su cristal ha establecido las rutinas necesarias para
el control de vuelo del Pony Express; cierto que ello no deja mucho espacio en
su cabeza para pensar en nada más, por lo que mira hacia arriba para contemplar
el cielo azul con su visión recuperada. Y lo que ve es la sombra gigante del
transbordador asediado por las siluetas negras que vuelan a su alrededor como
golondrinas. La velocidad de vuelo ha disminuido y con ella su factor
volumétrico; al volar a baja altitud, además, el Cowboy puede ver perfectamente
todo lo que ocurre. Sólo restan tres fragatas ahora, y además una de ellas
parece averiada y mantiene cierta distancia. Uno de los delta se aleja con
dificultad dejando una estela de llamas, mientras el otro sigue combatiendo con
obstinación, eludiendo los misiles de los Orbitales. Faltan sólo segundos para
que el transbordador pase al otro lado de las montañas y se disponga a tomar
tierra en Edwards.
El Pony Express
remonta el vuelo. En el cristal del Cowboy suena un tono de aviso y dispara
automáticamente un cohete guiado por infrarrojos, pero sus ojos artificiales
miran fijamente el Argosy. Más tonos, y el ala delta se estremece con los
repetidos lanzamientos de misiles. Una fragata se inflama y va a estrellarse
contra una ladera, pero la mente del Cowboy está llena de planos de control, el
cristal que vibra, temperaturas de los motores y del revestimiento externo,
disponibilidad de los armamentos, todo el flujo obsesionante del mundo
electrónico vertido en su mente a la velocidad de la luz... Ahora es una
criatura del interfaz y su cerebro, un procesador. Las alas negras vibran
atormentadas. Le duelen las costillas, que son los largueros de la nave. El
calor abrasa su piel de plástico epoxídico negro. Su corazón amenaza con
estallar al tiempo que inyecta alcohol en los motores. El objetivo ocupa el
limitado ángulo de visión. El Pony Express gira sobre su eje longitudinal y
cañonea la barriga del transbordador pero la munición se agota en cuestión de
segundos y además ha gastado todos sus misiles. La lanzadera ha recibido una
buena paliza, pero es un aparato sólido y sigue en el rumbo para la maniobra de
aterrizaje. Las montañas se alejan y el Cowboy no ve nada más que la planicie
parda del desierto hasta donde alcanza el horizonte.
Neurotransmisores
sobre cristal, electrones irradiados por los zócalos del Cowboy a la velocidad
de la luz. Los planos de sustentación muerden el aire, aúllan con furia. El
interfaz reclama una solución determinada y la decisión se toma sin la
intervención consciente de la voluntad. Pero en algún lugar de la mente del
Cowboy actúa la convicción de que ésa es la conclusión correcta y necesaria
para su leyenda: utilizarse a sí mismo y utilizar su propio cuerpo negro mate
como último misil dirigido contra la lanzadera de los Orbitales. Con eso ganará
para sí una porción de inmortalidad, un lugar en la mente de todo tanquista y
de todo jinete del cielo...
El Cowboy acepta la
decisión de su cristal. Una carcajada triunfal brota de sus labios como un
ladrido a medida que el transbordador crece y crece en su ángulo de visión.
Una silueta negra
interviene. El Cowboy reconoce la característica nave de Maurice que
describiendo un arco de espiral viene a interponerse entre él y su blanco. Ve
los daños en las alas y el fuselaje, el casco azul cielo de Maurice dentro de
su cabina, la máscara facial opaca fijamente vuelta hacia la intersección
teórica de su propia trayectoria con la del transbordador...
El Argosy estalla
cuando Maurice embiste con su ala delta en el punto de unión entre el ala y el
fuselaje. El cristal del Cowboy asimila los impactos de las partículas de
aleación que se evaporan sobre la epidermis de su propio aparato antes de darse
cuenta de que su muerte no va a tener lugar, que ha sido usurpada por Maurice,
y mientras tarda en comprenderlo, el transbordador y Maurice han quedado atrás,
en su estela, amasijo de escorias que va a estrellarse en el Mojave hendiendo
el aire en su caída pero ya carente de trascendencia para el destino del
Cowboy, cuya mente se inflama de rabia a) darse cuenta de que se lo han robado.
—Objetivo
destruido. Aquí el Cowboy. Misión cumplida.
Kilómetros de
desierto quedan atrás en lo que dura esta breve transmisión. El Cowboy no
espera a la confirmación de su mensaje; todavía le siguen dos fragatas
sedientas de venganza. Nada le resta de su armamento, excepto algunas cargas
defensivas de termita. Vuela en curva cerrada hacia el sur, esquivando a sus
adversarios por encima del desierto mientras el ala delta se apodera otra vez
de su mente, inestable su vuelo en la medida en que las correcciones de los
planos de navegación van retrasadas con respecto a la maniobra de alto esfuerzo
que se quiere emprender. Pero la fragata enemiga sigue detrás, sus láseres
destruyendo más sensores, calentando la piel de polímero, buscando un punto
débil en el blindaje... El Cowboy esquiva un misil, luego otro, intenta burlar
a la fragata al tiempo que lanza un misil simulado de termita. La vibración de
su cristal le transmite la advertencia de que le resta apenas combustible para
un par de minutos más.
La fragata intenta
seguir la trayectoria del ala delta, que es un aparato más ligero, conque no
puede y sale desviada por arriba, pero el misil soporta más g y el Cowboy no lo
ha visto porque tiene los sensores de cola quemados. La deflagración le funde uno
de los motores Rolls-Royce de su par gemelo y de pronto el Pony Express entra
nuevamente en régimen inestable mientras riega el aire con una lluvia de
aleación fundida. La mente del Cowboy reajusta timones, flujos de combustible,
equilibrios. Furioso, busca a su objetivo en el cielo y lo encuentra, inicia un
tirabuzón apretado para ponerse de proa hacia la fragata con intención de
borrarla físicamente del mapa mediante un choque directo... Pero faltándole un
motor el ala delta no tiene aceleración suficiente y no consigue alcanzar la
fragata de los Orbitales. Otro haz láser barre la popa; la nave adversaria,
aunque herida, se dispone a asestar el golpe letal.
El Cowboy intenta
mirar a su espalda, grita de rabia cuando la visión infrarroja le muestra la
aproximación de varios misiles más. Suelta termita y ejecuta una finta lateral,
aunque al mismo tiempo nota que su dominio de la nave empieza a fallarle. Las maniobras
dificultan el control del ala delta y las aceleraciones bruscas estropean los
sistemas restantes; en lo que le queda de sus pantallas aparecen cada vez más
luces anaranjadas y rojas. El láser de los Orbitales arranca un panel, funde un
larguero. El Pony Express pica, se recupera. Más misiles en camino. El Cowboy
intenta levantar el morro para ensayar de nuevo la maniobra de embestida, pero
los controles ya no responden a un cambio radical de rumbo.
El Pony Express
solloza bajo el esfuerzo, y él lo oye, pero sabe que el delta es lo bastante
sólido y quizá sobreviva cuando el misil le arranque el otro motor, lo cual aún
le permitiría tomar tierra en el desierto si no pierde más superficie de
sustentación. Los datos inundan su cerebro; el aparato le está diciendo que es
capaz de sobrevivir. El misil está cada vez más cercano y no hay más
contramedidas que lanzar. La guitarra vaquera suena tristemente. El Cowboy alza
la mirada al cielo y no ve más que el vacío.
Los cohetes escupen
llamas y le proyectan hacia arriba y fuera del ala delta. Un muro de aire le
aplasta la máscara facial. El cielo y la tierra dando vueltas. Grita, el cuerpo
traspasado de dolor al faltarle el anestésico y el flujo de datos que tenía ocupados
sus zócalos. Colgado en el aire, con la mente en tinieblas, no llega a ver el
impacto definitivo con que el Pony Express se estrella en el desierto.
Su cuerpo no ha
despertado aún en el momento de tomar tierra. Afortunadamente cae solo, lejos
en medio del desierto; la cabina queda enredada en una yuca. El aire del
desierto le abrasa la garganta y el dolor sigue gritando con insistencia dentro
de su organismo. El Cowboy piensa que se ha roto varias costillas,
probablemente cuando maniobraba con el Pony Express después de que el láser le
hubiese fundido todos los ordenadores de vuelo. El antebrazo izquierdo
seguramente ha chocado con la cúpula de la carlinga y cuelga inerte y
ensangrentado.
El regocijo crece
entonces, y ríe, y luego la risa se convierte en una tos y nota como si se
rompiese algo dentro de él. Sabor a sangre en la boca, vuelve la cabeza para
escupirla y nota que algo le corre por la cara.
El Cowboy acciona
la hebilla de apertura rápida y se libra de su paracaídas, luego se quita el
casco y se saca del cráneo los conectores ya inútiles. Rodando con precaución
sobre el costado bueno, intenta ponerse en pie, no lo consigue, escupe sangre,
lo intenta de nuevo, se incorpora. La pierna izquierda también ha rozado la
carlinga y parece bastante despellejada, pero los huesos no se han roto.
Adelanta un par de pasos y ríe de nuevo, doblándose en seguida sobre sí mismo,
sacudido por la tos, la boca llena de sangre. Escupe de nuevo y cuadra los
hombros con desafío.
Ha caído cerca de
un reborde rocoso desde donde se domina una pista del desierto. A más de un
kilómetro de distancia se alza la columna de humo donde el Pony Express se
desintegró en el aire antes de que sus pedazos cayeran a tierra. Mucho más al
norte se divisa otra columna de humo más gruesa, marcando la situación de los
restos del Argosy confundidos con los de otro ala delta.
El aire se rompe al
paso de dos ondas de choque y el Cowboy distingue con su visión infrarroja las
dos fragatas que emprenden la maniobra de re- torno rumbo a Edwards. El Cowboy
sonríe al tiempo que se despide de ellas haciéndoles la seña con el puño en el
aire y el dedo medio levantado.
—Habéis perdido,
bastardos —se carcajea de nuevo y, a la pata coja, inicia el descenso por la
pendiente.
Por la senda del
desierto se acerca un ruido, una especie de alarido ronco, y el Cowboy se
esconde a esperar detrás de una roca abrasada por el calor. Un triciclo a
turbina, brillante de adornos cromados, se acerca a investigar los restos. El
Cowboy desenfunda la pistola y dispara dos veces al aire. El motociclista
vuelve la cabeza y asiente respondiendo a las señas del Cowboy, que ha asomado
agitando el brazo; luego se desvía de la pista y el conductor se apea y empieza
a subir por la rampa.
Cuando se acerca
resulta ser una mujer de piel oscura y de cabeza afeitada, una especie de
culturista de musculatura abultada y moldeada por las hormonas, los pezones
destacando apenas como un par de guisantes sobre los voluminosos pectorales.
Viste un sujetador reflectante de malla de aleación y unos pantalones bombachos
de lo mismo, y calza mocasines con lazo alrededor del tobillo. El Cowboy
observa las pecas casi negras sobre la piel oscura de los hombros y el collar
de calaveras de serpiente de cascabel blanqueadas por el sol, mientras ella le
contempla con sus ojos verde mar.
—Mal aspecto traes,
caminante.
El Cowboy se lleva
la mano al bolsillo y extrae una pepita de media onza.
—Otra más para ti
si me llevas a Boulder City —explica—. No me interesa pasar por las aduanas de
la Zona Franca.
Ella asiente.
—Me parece justo.
Pero no creo que llegues vivo, si vamos a circular sobre pistas del desierto.
—Eso corre de mi
cuenta.
—¿Tienes por ahí
algo con que remendarte?
El Cowboy hace una
seña con la cabeza.
—Sí, junto a mi
paracaídas.
Sin responder, ella
trepa cuesta arriba, se acerca al paracaídas, lo descuelga de la yuca y lo
asegura con varias piedras. Luego recoge el botiquín de primeros auxilios y
vuelve a bajar.
El Cowboy la espera
sentado en el suelo, la pistola colgando inerte de su mano. Ella se la quita y
la guarda en su funda. Él casi se desmaya de dolor cuando ella le quita la
parte superior del traje de vuelo, le limpia un poco la sangre, le desinfecta
las heridas, le venda las costillas, le pone el brazo roto en cabestrillo.
Luego le inyecta una dosis de endorfinas en el bíceps derecho, para que la
droga interponga su velo piadoso entre los centros receptores y la eficiencia
excesiva de sus nervios ciberimplantados. Está perdiendo fuerzas con tanta
rapidez que para llevarlo hasta el triciclo casi tiene que cargar con él a
cuestas. Mientras le iza sobre el sillín el Cowboy observa que lleva colgando
del manillar tres serpientes de cascabel recién muertas.
Hacia el norte se
oyen sirenas, y siguiendo la dirección de la pista hasta el horizonte se divisa
una polvareda cada vez más próxima. Ella decide abandonar la pista y conduce
despacio para no levantar una estela excesivamente visible. Con lo que las costillas
de él sobrellevan menos castigo del que temía.
La California
ocupada se extiende hasta Beacon Station por el este. El triciclo orilla las
pistas del desierto, cruza pasos de montaña, corta por el lecho seco de un
antiguo lago. El Cowboy dormita, apoyado en el respaldo. La endorfina murmura
en su mente. El triciclo sale a la autopista al este de Silver Lake y la
travesía se acelera, subiendo de tono el aullido de la turbina. El Cowboy
contempla los poderosos hombros de la conductora, cuyos músculos trabajan
esquivando los baches de la calzada. Las serpientes muertas ondean al viento y
el Cowboy recupera un poco de su buen humor.
—Oye, chica, ¿sabes
que estás a punto de entrar en la leyenda?
Ella le lanza una
ojeada indiferente por encima del hombro.
—Si hay alguna
leyenda, me figuro que será asunto tuyo.
—Cuánto me gustaría
ver los telediarios.
—A mí me gustaría
ver la otra mitad de ese oro, aunque supongo que no podrá ser ahora mismo,
¿verdad?
Él ríe, tose,
vuelve a reír.
—Me recuerdas a una
persona.
—¿Debo entenderlo
como un cumplido?
Él vuelve a reír,
se humedece los labios resecos.
—¿Tienes un poco de
agua?
Ella le pasa una
botella flexible de plástico. El Cowboy bebe un sorbo, escupe hacia un lado,
bebe de nuevo y traga; luego le devuelve la botella, que ella fija en una pinza
del cuadro. El Cowboy se echa hacia atrás y cierra de nuevo los ojos, notando a
través del sillín las maniobras del triciclo en zigzag, como si estuvieran
montados en un tiovivo de feria. El sol poniente le acaricia la nuca.
Con los ojos
cerrados cree estar sintiendo todavía el empuje de los posquemadores, la
canción de los misiles en su cristal, la vida del Pony Express percibida a
través de sus propios nervios y sus venas. Perdido ahora, reducido a una ruina
en medio del desierto. El último de los ala delta en servicio, el último de los
que no sirvieron para suministrar piezas a la construcción de esos blindados
terrestres que el Cowboy nunca ha dejado de aborrecer y sigue aborreciendo
tanto más, por cuanto ahora ha vuelto a ser aviador, aunque efímero.
La endorfina dibuja
imágenes brillantes sobre la pantalla de sus párpados cerrados, imágenes de
indicadores verdes que penetran en su mente, misiles plateados cuyas aletas
giran en el aire, el Argosy cada vez más grande y más cercano mientras él sube
a su encuentro, intentando la colisión.... los signos de la extinción que
saturan la carlinga, la proximidad del final definitivo exigido por el cristal
y por el interfaz..., la cuña oscura que oculta el cielo acerado, la
intercepción que va a demostrar su afán de vivir a la velocidad de la luz...,
el impacto final que le asegura su lugar en el cielo, la última mueca triunfal,
tensa como la sonrisa de una calavera...
El Cowboy abre los
ojos y traga aire, reteniendo el grito en la garganta. El miedo se propaga por
sus nervios excitados. La motorista corre sobre asfalto nocturno, esquivando
los socavones de la calzada que detecta a la luz de su faro.
—¡Cono! —se le
escapa antes de que haya logrado imponer silencio a sus nervios.
—¿Decías algo,
caminante?
Él mira el collar
de calaveras, las cuencas vacías de las sierpes que le devuelven la mirada. Son
los ojos de Nuestra Señora la Muerte, cuyos labios fríos y tenebrosos rozaron
los suyos en el cielo. El Cowboy se estremece.
—No, nada
—contesta.
—Eso me figuraba
yo, —¿Queda un poco de agua?
Esta vez se bebe la
mitad de la cantimplora de plástico antes de devolverla, aunque su única mano
buena le tiembla tanto que está a punto de escapársele el recipiente. El dolor
anida de nuevo en su pecho a medida que se agota el efecto de la endorfina.
—¿No te echarán en
falta los tuyos? —pregunta.
—Mis hermanas me
echarán en falta si es que lo hacen —encoge los poderosos hombros.
—¿Son todas unas
músculos como tú?
—Por eso vivimos
juntas, hombre.
Ella se vuelve a
mirarle, las estrellas brillando en sus pupilas.
—¿Dónde quieres que
te deje en Boulder City?
—Necesito un
teléfono público. Luego me dejas en un hotel, si quieres.
—Como tú digas,
caminante.
Las luces de
Boulder City los rodean en medio de la noche y el triciclo espera al ralentí
mientras el Cowboy lucha contra el dolor y el agarrotamiento de sus miembros.
Apenas logra mantenerse en pie.
—En el bolsillo de
la pernera derecha —pide ayuda ante la dificultad—. Una aguja de crédito.
—Okay.
En vista de que él
no puede, abre la cremallera e introduce ella misma la aguja en el teléfono,
mientras él se enchufa el conector en la frente y dicta mentalmente el número
de Reno.
—Aquí el Cowboy.
Estoy en Boulder City.
—Y también el
Esquivo y su gente. ¿Dónde te habías metido?
—Estoy herido.
Diles que llamen a un médico.
—En seguida. Estoy
localizando tu llamada para que sepan adonde deben ir a buscarte.
El Cowboy se apoya
contra el teléfono, el pecho atenazado de dolor.
—Oye, Reno
—prosigue—. ¿Ha regresado alguno?
—Diego hizo un
aterrizaje de emergencia. Él y su delta cayeron en manos de los Orbitales.
La pena traspasa el
corazón del Cowboy.
—¡Maldita sea! No
ha quedado nada. Yo perdí el Pony Express.
—Construiremos
otro. Hemos vencido.
La noticia apenas
le merece interés.
—¿De veras?
—La Tempel quebró.
No hizo falta la red. Esperamos hasta que bajó a menos de quinientas y luego
empezamos a comprar. Roon convocó una rueda de prensa y anunció que iba a
exigir una junta general. Al cabo de cinco minutos recibió tantos poderes que
Couceiro dimitió sin esperar a que se reuniesen los consejeros. Roon subirá en
el primer transbordador, tan pronto como haya atado algunos cabos sueltos. Ha
anunciado una política de reducción de gastos.
—Mejor para él
—cada vez le duele más hablar—. ¿Tenéis ya mi localización?
—Los de la Flash
Forcé van de camino. Puedes colgar cuando quieras.
El Cowboy extrae la
aguja de crédito y se la enhebra en el bolsillo de la pechera, luego extrae un
par de pepitas de media onza.
—Te has ganado la
propina, por simpatía.
La motociclista
acepta el oro con una sonrisa y, tras guardárselo en el cinto, se coloca de
horcajadas sobre su sillín.
—¿Quieres que me
quede por aquí?
—No hace falta
—algo embotado, agrega—: Oye, cuando necesites algún ingreso extra, a mí me
vendrá bien poder contar con una mensajera.
Ella asiente.
—Me encontrarás en
la estación biológica de Blackwater Well. Soy ecologista del desierto.
—¡No me digas!
La turbina sube de
revoluciones y, con una última sonrisa de despedida, ella arranca. El Cowboy
sigue con la mirada las luces de posición hasta que desaparecen. Fatigado,
cierra los ojos, por lo que apenas repara en la limusina que se detiene a su
lado.
—Échame el brazo al
cuello, Cowboy.
Es la voz de Sarah.
Al abrir los ojos ve su estatura dominante, luego nota las manos que le palpan,
y le dedica una mueca triste.
—Ha sido una larga
jornada, ¿eh?
—Calla ahora. Sube
al coche.
—Maurice se ha
suicidado. Quería hacerlo yo, pero él se me adelantó. Derecho a los brazos de
Nuestra Señora la Muerte. —Tranquilo ahora. Mete el otro pie. —Siempre la he
buscado, pero no lo supe hasta ahora. —Apoya la cabeza en mi hombro. Él nota
calor en la mejilla y murmura: —Mal asunto eso de ser una leyenda viviente. El
coche se pone en marcha, silencioso.
24
—¿Estás seguro de
conseguirlo?
—Tengo casi todos
los datos que hemos recogido acerca de la Tempel. Y las memorias. La mía y la
de él. Creo que haré un buen trabajo.
—Sí —replica el
Cowboy—. Siempre he sabido que es útil tener amigos entre la gente importante.
Es una casa vieja,
una cabaña de una sola habitación con suelo de terrazo barato, muebles viejos
remendados con alambres y una desvencijada cama de matrimonio con cubrecama de
borlas.
Acostado en ella,
el Cowboy tararea Jinetes en el Cielo, mientras la televisión emite un informe
sobre la crisis de la Tempel. La situación está llegando a un punto terminal,
dice el presentador. La cotización de las acciones sube poco a poco, pero de manera
continua, y el Soviet Orbital ha declarado que confía en la administración de
Roon. En cuanto a Couceiro, ha sido destinado a África por el nuevo consejo de
administración, para que ponga por fin los pies en el planeta que hasta
entonces sólo conocía bajo la forma de una esfera azul y blanca que contaminaba
su visión del universo vacío y monocromático. Que se divierta embargando
tierras en Ghana, piensa el Cowboy, al tiempo que alarga la mano hacia su
whisky y toma un sorbo. Luego descansa el vaso en la escayola del otro brazo.
Al abrirse la
puerta el Cowboy vuelve la cabeza y ve a Sarah. Con ella ha entrado una oleada
de calor del desierto que le abofetea las mejillas. Pero él mira más allá, por
la puerta abierta, hacia la parda extensión pedregosa que prosigue sin solución
de continuidad hasta California, bajo un cielo azul sin mácula.
Sarah cierra a su
espalda. Lleva una gorra de visera ancha, vaqueros y una blusa de manga larga,
de tela reflectante.
—Estás despierto
—constata ella.
—Sí —echa mano a la
botella de whisky—. ¿Me acompañas?
—Es muy temprano
para mí —se quita ella la gorra y la arroja sobre la mesa de la cocina, pintada
en gris máquina, mientras sacude la cabeza para ahuecarse el cabello—. El
Esquivo quiere hablar contigo. Asunto de negocios. Su mujer viene esta tarde,
en avión.
Ella se sienta en
el colchón, a su lado. Él desconecta el televisor y le hace sitio en la cama,
con una mueca de dolor al mover su pierna herida. Sarah le rodea los hombro con
el brazo y él reclina la cabeza sobre la piel cálida.
—Crían caballos
aquí —dice ella—. Nunca he aprendido a montar.
—Yo te enseñaré
—contempla el perfil, la nariz respingona, la parábola perfecta de los labios,
la piel oscura suavemente iluminada por una ventana situada a espaldas de
ambos. Sarah se vuelve hacia él.
—¿El brazo roto
no...?
—No mucho. Creo que
no.
Están en lo que fue
un antiguo rancho para turistas de Nevada, elegido por los de la Flash Forcé
como nueva base para reagrupar fuerzas. La semana próxima este lugar estará
abarrotado de intermediarios y tanquistas del Oeste deseosos de negociar la
paz. Con la muerte de Cunningham y la retirada de la Tempel, los intermediarios
de ésta se han visto súbitamente privados de apoyos, lo que viene a significar
solos en la oscuridad y entre enemigos con los cuchillos afilados.
Los intermediarios
quieren hablar con el Esquivo. Los tanquistas quieren hablar con el Cowboy. La
proyectada asociación, a lo que parece, empieza a cobrar forma. Quizá sirva
para consolidar la paz, si los intermediarios que quieran aprovechar la ocasión
para perjudicar a sus colegas se encuentran en la imposibilidad de conseguir
transporte hacia el Este.
La voz suena a
falso, hay en ella como un trémolo, o un eco tal vez. Como si hablaran dos
voces al mismo tiempo, no del todo sincronizadas.
—¿Reno? —dice el
Cowboy—. ¿Cómo estás?
—Estoy en el
cristal principal de aquí, Cowboy. ¡Dios mío! ¡Cuántos proyectos tiene esa
gente! Se han metido en el bolsillo los próximos mil años..., pero sucede algo
raro con todo esto. Saben cómo quieren que sea el futuro, pero no saben cómo
quieren ser ellos mismos. Están en lo de arriba, pero están perdidos. En otros
tiempos la dependencia con respecto a la Tierra les daba un sentido, y luego lo
buscaron en la lucha contra ella, pero ahora no saben qué hacer. Están
demasiado enfrascados en sus estructuras. Tienen su independencia pero no saben
lo que significa, y por eso buscan la manera de darle un sentido. Algunos
buscan la dominación... sobre el planeta, por supuesto, pero también los unos
contra los otros... ¿Sabías que han almacenado gas de nervios aquí arriba?
¿Para defenderse en caso de que se viesen atacados por los demás combinados?
¡Se necesita estar loco! Algunos sueñan con máquinas más grandes y mejores,
como si los aparatos pudieran crear la definición que les falta. Otros se
conforman con ser parte de la estructura, con asumir la forma que les asigne su
nicho ecológico dentro de la organización. Son los que consienten ser
programados por otros.
»Son vampiros.
Cowboy. Chupan la sangre de la Tierra porque eso los mantiene vivos, pero no
saben para qué les sirve la vida.
—Mi capacidad para
compadecerme de esas personas es bastante limitada —replica el Cowboy.
—No es compasión lo
que necesitan —contesta la voz.
Sarah mira
detenidamente al Cowboy. Está quemado por el sol y machacado, pero después de
una noche de sueño se ha atenuado la tensión, la atención febril que ha formado
parte de él durante los últimos días. Él se vuelve hacia ella con una mueca.
—¿Quieres un
analgésico? —pregunta ella.
El Cowboy brinda
con su vaso de whisky.
—Éste es el único
analgésico que necesito por ahora.
—Me parece que
ahora sí voy a acompañarte —alcanza Sarah la botella para beber a gollete—.
Acabo de hablar con Michael. Me ha ofrecido una especie de empleo.
—¿Qué clase de
empleo?
—De consejera,
podríamos decir, o de asesoría, como los llamaban antes. Dice que confía en mis
relaciones... y en mi olfato.
—Celebro que lo
haya observado —se frota una de sus cicatrices el Cowboy—. ¿Piensas aceptar?
—Probablemente
—replica ella no sin malicia—. Así no tendré que patearme más las calles.
Lo primero que
hará, piensa ella, será ingresarse a sí misma en una clínica para que le pongan
más cristales. El implante Santistevan completo, a ser posible, para no seguir
dependiendo de las dosis de fogonazo. Uso de armas de fuego. Tácticas de
infantería. Y también circuitos integrados de contabilidad, logística,
operación bursátil, todo cuanto va a necesitar en su nueva posición de asesora
del Atamán.
—Viajarás mucho
—dice él con ironía.
Ella le dirige una
mirada de reojo.
—Sí. Y tú también.
Puede que nos veamos de vez en cuando.
Porque lo que hay
entre ellos, sigue pensando ella, es una aventura de guerra, una fusión
producida por la extrema presión de las circunstancias... Una vez desaparecida
ésta, es posible que todo se disuelva. Porque hay cosas que ella sabe y no
puede contarle, porque tiene un pasado y, cualesquiera que sean sus opiniones,
él no desea conocerlo en realidad. Además él tiene sus ideas acerca del mundo y
del lugar que le corresponde, y ella no puede compartirlas. Es preciso que
ambos vayan acostumbrándose a la paz poco a poco, y el uno al otro, conscientes
de que quizá no funcione en ausencia de las circunstancias que los unieron. Hay
que reservar un margen para eso, para una posible separación. Y también para lo
otro. Sobre todo, para lo otro.
Toma otro trago de
whisky.
—Prometiste
enseñarme el paisaje de los álamos en otoño. Y no he visto más que este
condenado desierto. Estás en deuda conmigo.
—Daud —replica él.
Al escuchar ese
nombre, y sobre todo la entonación con que lo ha pronunciado él, Sarah nota un
escalofrío. Los dos saben que Daud es el responsable del desastre, que las
pedregosas llanuras de Nevada están sembradas de restos ruinosos, y que muchos
hombres descansan bajo las olas protectoras del Pacífico, o envueltos en lonas
bajo una delgada capa de tierra del desierto, todo ello firmado con una voluta
de humo del cigarrillo de Daud. El Cowboy no lo olvidará, y los códigos por los
que se rige no tienen indulgencia para la traición.
—Le compraré un
billete —contesta ella con fingida frivolidad, para disimular su miedo—. Que se
vaya bien lejos.
—¿Y qué pasará si
no quiere irse?
La esperanza queda
estrangulada en la garganta de Sarah. Porque la traición forma parte del
carácter de Daud, y ella ha sentido durante toda su vida el aguijón de esa
traición, se ha endurecido frente a ella, diciéndose siempre que lo hacía sólo
porque era un débil, que necesitaba traicionar para tener seguridad, para
hacerse perdonar por ella... Pero esa deslealtad se ha contagiado a ella en
cierta manera, como si perdonando a Daud facilitase el perdón de sus propias
traiciones. Por eso quiere enviar a Daud muy lejos, para no tenerle al lado
como perpetuo recordatorio de su propia capacidad para traicionar las causas
que más le importaban.
No puede dejar de
amarlo, y eso lo sabe. Pero sí puede dejar de intentar ser él.
'—Se irá —dice—. No
le concederé otra opción.
Hay una expresión
dura como el pedernal en los ojos del Cowboy.
—Ni yo tampoco.
Solicitémosle a
Daud una última traición, entonces. Contra Nick. Si es que Nick existe, si no
ha traicionado también a Daud utilizándole para los fines de la Tempel. Una
traición definitiva, para salvar su propia vida.
Se oye el zumbido
atenuado del teléfono, y Sarah lo descuelga.
—Soy Reno, Sarah.
Está actuando
todavía como coordinador de la red de comunicaciones, o por lo menos de las
partes de ella que todavía funcionan, haciendo de en- lace entre los distintos
tanquistas y los intermediarios que visitarán el rancho en las fechas próximas,
—Tengo una llamada de Roon —dice Reno—. Quiere hablar con vosotros dos.
—Que se vaya al
infierno.
—Dice que es asunto
de negocios.
Ella se vuelve
hacia el Cowboy.
—Es Reno. Dice que
Roon quiere hablar con nosotros.
Con no poca
sorpresa por parte de Sarah, en los ojos del Cowboy se enciende una luz
maliciosa, como si estuviera esperándolo.
La voz suena más
tranquila ahora, más controlada, y el efecto de eco ha desaparecido.
—Los del Soviet
Orbital están descontentos, Cowboy. Ellos apreciaban a Couceiro porque le
entendían. No les gusta que haya sido rebajado de categoría por una pandilla de
rastreros.
El Cowboy se sonríe
con fiereza y alcanza la botella de whisky.
—¿Sí? ¿Y qué
piensan hacer? No pueden cambiar las reglas del mercado de valores. El sistema
es demasiado grande y tal como está la situación ellos ganan mucho dinero por
medio de sus propias manipulaciones. Si intentaran restringirlo no conseguirían
otra cosa sino crear un mercado negro... No es posible controlar las
comunicaciones; cualquier bolsa puede dirigirse por teléfono a través de un
simple banco electrónico.
—No, Cowboy
—replica la voz con calma—. Lo que van a hacer es quitarte a ti del negocio.
El Cowboy se queda
helado.
—¡Ah! ¿Cómo piensan
hacerlo?
—Han decidido que
la existencia de mercados negros y el sistema de competencia entre Orbitales
para aprovisionarlos son un peligro... Aparecen demasiados elementos
incontrolables. Así que se han propuesto legalizar los mercados. En este mismo
ejercicio uno de los legisladores que tienen a sueldo presentará un proyecto de
ley para que el parlamento de Missouri suprima los aranceles. De esta manera se
crearía un corredor Missouri-Kentucky cubriendo la mayor parte del Oeste Medio.
Y una vez haya cedido Missouri los demás estados caerán como fichas de dominó.
En una palabra, los tanquistas dejan de ser necesarios.
—¿Qué va a hacer
usted para impedirlo?
—Nada. Es una
decisión del Soviet Orbital.
La desesperación se
infiltra en las venas del Cowboy. Es el final de todo aquello por lo que han
luchado él y el Esquivo. Suprimido de un plumazo por los Orbitales.
—Quedas advertido
—dice la voz—. Te aconsejo que tomes tus disposiciones.
—No me veo haciendo
de camionero. He sido un proscrito durante demasiado tiempo.
—Eres rico. Ya se
te ocurrirá algo. Mira, los Estados Unidos dejarán de ser un país balcanizado.
A ti te corresponde parte del mérito. La vida en el Nordeste será mucho más
fácil.
No pasábamos la
Muga para favorecer al Nordeste, piensa el Cowboy. Ni por dinero. Eso fue lo
que nunca entendieron Arkady ni los demás intermediarios, creyendo que podían
comprarnos, que obedeceríamos a las presiones económicas. Y tampoco lo
entendieron los Orbitales, porque era algo que los modelos del mundo calculados
en sus cristales no podían imaginar. Que corríamos la Avenida por nada, porque
era una manera de ser libres.
—¿Cowboy? —la voz
se desvanece un momento—. Hiciste un buen trabajo, ¿sabes? Todos lo hicimos.
—Lo sé.
¿Cuánto creyó que
iba a resistir?, se pregunta el Cowboy. Ni siquiera pensó llegar a tanto,
quizás. Siempre creyó que acabaría en algún maizal del Medio Oeste, bajo las
oleadas de helicópteros del gobierno que harían llover roquetas sobre él hasta
romper el blindaje Chobham y despedazar al blindado. O en algún cielo
supersónico sin luna, entre legales dispuestos a golpear y enviando sus radares
a tocarle con sus dedos de radioondas... Pero nunca había previsto que
sucediese así, que se le comunicase su propia obsolescencia hallándose en un
lecho de convaleciente o en algún viejo rancho de mentirijillas en Nevada. Que
todo cuanto había hecho, la leyenda que se había forjado, sirviese sólo para
retirarle del negocio.
Ríe mientras
piensa: Un tanquista jubilado. Qué absurdo.
La hilaridad va
penetrándole. Sus extremidades flotan como si se hubiera aliviado el tirón de
la gravedad. Imagina la curvatura del mundo por debajo de él, la oscuridad a
sus espaldas constelada de estrellas, la franja crepuscular debajo, las tierras
por delante de la carlinga encendidas de verde y pardo bajo la luz del sol...,
desaparecidas las fronteras que rodeaban la Avenida junto con las fronteras
acorazadas en que se encerraba su vida, las zonas con sus aduanas y sus
inspectores, sus fuerzas armadas y sus áreas restringidas, todo ese túnel a
través del cual él volaba lanzado a la velocidad de la luz hacia cualquier
culminación violenta que le aguardase al final. La leyenda que había abrazado
porque nunca pudo abrazar la vida.
Entonces comprende
que es libre. Y que tiene amigos entre la gente importante.
Calcula que en
seguida va a añadir otro capítulo a la leyenda.
El Cowboy nota un
calor nervioso en los miembros, una señal de alarma. Cree saber lo que va a
ocurrir. Alarga la mano por delante de Sarah, saca un conector del teléfono, se
lo enchufa en la sien.
—Reno —habla al
micrófono, delgado como un hilo, de la extensión telefónica—. Sigue en línea.
Quiero que oigas a este bastardo.
—Como tú digas,
Cowboy.
—Voy a encargarte
un par de cosillas más —dice, y Reno escucha en silencio mientras el Cowboy se
las explica; junto a él, Sarah salta Q0n un respingo de sorpresa.
—Sí, Cowboy —dice
Reno—. Entiendo.
—¿Qué pasa, Cowboy?
—interviene Sarah—. ¿De qué fichero estéis hablando?
—Luego te lo
contaré —replica el Cowboy.
Cuando sale la voz
de Roon se le eriza el vello y Sarah se pone tensa a su lado. Trae recuerdos de
fríos pasillos de aleación, de imágenes de niños flotando entre la oscuridad,
de hologramas de falsos cielos llenos de colonias Orbitales que reflejan la luz
estelar. Y de una sonrisa fría que hiede a muerto.
—¡Cowboy! ¡Sarah!
Debo felicitaros. El plan ha sido un gran triunfo. Estaba bendecido, y también
vosotros.
—Gracias —dice el
Cowboy, tomando en seguida un gran trago de whisky y haciendo una mueca cuando
el fuego baja por su garganta.
El corazón le late
con fuerza y la frente se le inunda de sudor frío. En las tripas, una náusea
profunda previendo lo que va a ocurrir...
—Quiero que subas
al cielo conmigo, Sarah —prosigue Roon; la voz es como la caricia sedosa de un
carámbano—. Necesito que dirijas mi equipo de seguridad; no me fío del personal
de Couceiro.
El Cowboy ve cómo
palidecen las cicatrices de Sarah, las mejillas tensas por una sonrisa cínica.
—¿Quiere que sea su
Cunningham? —pregunta.
—Cunningham no era
su verdadero nombre. Pero sí, quiero que hagas para mí el mismo trabajo que
Cunningham hizo para mi predecesor. Tu fichero dice que tienes lo que hace
falta. Ven al cielo, Sarah. Contemplaremos desde aquí arriba el planeta en
donde nacimos. Y luego me ayudarás a dar forma a su futuro —las palabras
líricas resultan más terroríficas dichas con la aséptica voz del cristal,
delirio frío de una locura cada vez más honda y triunfante—. Tú serás el
vehículo de mi comunión con el planeta, Sarah —prosigue—. El instrumento
mediante el cual lo poseeré. La prolongación humana de mi cristal.
El Cowboy observa
la mueca que distiende los labios de Sarah.
—No. señor Roon.
Ésa no es mi línea de acción.
Sin embargo, hay
como un atisbo de titubeo en su voz, como si se despidiera de un sueño muy
querido habiendo averiguado su precio.
—Te condenarías a
ti misma —responde Roon—. La Historia sólo concede la libertad a los
predadores, no a las criaturas de que éstos se alimentan. Despliega tus alas,
Sarah. Yo pondré a tu disposición la sangre para que se alimente tu Comadreja.
—No —dice Sarah,
los ojos duros como la piedra—. No me interesa.
—Lamento tu
decisión, Sarah. Espero que tú seas más sensato, Cowboy.
El Cowboy se
humedece los labios para aliviar la sequedad de su boca.
—¿Qué se ofrece?
—pregunta.
—Una posición. Tú
tienes capacidades que exceden con mucho a las de un simple piloto. Tienes el
instinto del predador. Sabes descubrir los puntos débiles y actuar conforme a
lo observado. Hallaste la debilidad de Couceiro y supiste cómo derribarlo.
Quiero tener ese talento tuyo, Cowboy.
—No. No es mi
oficio.
—Eres peligroso —el
frío juicio le hiela las venas al Cowboy—. Has derribado a un hombre poderoso.
Ni él ni sus amigos lo olvidarán. Te ofrezco mi protección.
—No —replica el
Cowboy—. Lo que hice no es ningún secreto. Otros podrían hacerlo también. Las
cosas van a cambiar.
—Es la decisión de
un débil. Eres un loco —se produce un segundo de silencio helado, durante el
cual le parece casi al Cowboy que se oye cómo Roon toma una decisión en algún
rincón de su cristal—. Pero no dejas de ser peligroso, quizá demasiado
peligroso para permitir que te muevas a voluntad.
El cristal del
Cowboy le arde en su cráneo. Siempre supo que llegaría este momento. Porque los
Orbitales no podían tolerar la existencia de un hombre libre, una vez hubiesen
tomado nota de ello.
—¿Estás ahí, Reno?
—dice el Cowboy.
—Sí. Cowboy.
—Pues dale ya su
merecido.
En el zócalo del
Cowboy resuena un alarido, emitido en parte por la Mente Negra mientras se
precipita por la línea a la velocidad de la luz, y en parte por la garganta de
Roon cuando Reno rompe las salvaguardias de su cristal y empieza a
sobreescribirse en la mente de Roon. El Cowboy ve el asombro en los ojos de
Sarah al escuchar ese sonido a través del teléfono que tiene en la mano.
Entonces se quita el conector de la sien y el ruido se atenúa.
Sarah está
mirándole. El Cowboy alarga la mano y le quita el teléfono. Aún resuena el
distante chirrido de las ráfagas de datos entremezclado con sollozos, gritos y
lamentos.
El Cowboy ríe, deja
el teléfono sobre la cama entre ambos, y empieza a explicarse. Hay una sonrisa
en los ojos de Sarah, un acorde resonante en las tensas cuerdas de acero.
Siente como si
acabase de culminar un largo vuelo nocturno y ahora, a través de los sensores
epidérmicos, susurrando a través de su cristal y acariciando sus nervios,
empezase a notar el primer calor del sol.
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario