© Libro N° 14046. El Limite
Infinito. Weinbaum,
Stanley G. Emancipación. Julio 12 de 2025
Título Original: © El Limite Infinito. Stanley G.
Weinbaum
Versión Original: © El Limite Infinito. Stanley G. Weinbaum
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Stanley G. Weinbaum
El Limite
Infinito
Stanley G. Weinbaum
Uno apenas elegiría la vida de profesor ayudante de matemáticas en una
Universidad Oriental, por insegura. En general, la gente piensa que los
profesores son personas que dormitan en una existencia de sabihondos sosegada,
y a un instructor de matemáticas se le considera como el más seco y menos
bullicioso de los hombres, puesto que su tema de enseñanza es sumamente
aburrido. No obstante, hasta la aburrida ciencia de las cifras tiene sus
soñadores: Clerk Maxwell, Lobachewski, Einstein y los demás. El último, el
genial Albert Einstein, que está forjando la única cadena que haya unido nunca
el sueño de un filósofo y la ciencia experimental, está remachando sus
eslabones de tenues símbolos matemáticos, oscuros de pensamiento, pero
inquebrantables.
No olvidemos que Alicia en el País de las Maravillas la escribió un
soñador que al mismo tiempo era matemático. Yo no me clasifico entre éstos,
pues soy demasiado práctico para albergar en mí cualquier fantasía. Mi
profesión es la enseñanza.
Al menos es mi profesión principal. También efectúo algún trabajo
estadístico para corporaciones industriales cuando se presenta la ocasión; en
efecto, mi nombre figura en la sección de clasificados: Abner Aarons, perito
en estadística y consultor de matemáticas. Así aumento mi salario profesional
y a veces tropiezo con algo interesante. Naturalmente, esta labor consiste
principalmente en tabular las tendencias de consumo para fabricantes, o el
incremento de población para las empresas de servicios públicos.
Ocasionalmente, una emprendedora agencia anunciante me consulta acerca de
cuántas latas de sardinas harían falta para llenar el Canal de Panamá o qué
material se necesita para conseguir anuncios con gancho. No es un trabajo
realmente excitante, pero ayuda financieramente.
Por eso no me sorprendió recibir una llamada aquella mañana de julio. La
universidad estaría cerrada unas semanas, y la temporada de verano estaba a
punto de empezar sin, no obstante, el beneficio de mi presencia. Pensaba, pues,
tomarme unas vacaciones de dos o tres días en un poblado de Vermonth, donde al
arroyo repleto de truchas no le importa que sea un boxeador, un presidente o un
profesor el que sostiene el sedal de pesca. Y estaría solo; tres cuartas
partes del año frente a un aula llena de unos sapos llamados estudiantes
universitarios me habían dejado sin el más mínimo deseo de una compañía
humana; mis instintos sociales se hallaban temporalmente ausentes de mí.
De todos modos, no estoy tan boyante corno para despreciar la
oportunidad de ganar unos honrados peniques, y aquella llamada fue, por tanto,
muy bien recibida. Hasta las modestas vacaciones que planeaba pueden morder
profundamente en el bolsillo de un profesor ayudante. Y el trabajo parecía ser
bastante lucrativo y sencillo.
—Aquí Court Strawn —anunció el teléfono—. Soy químico experimental y he
terminado una larga serie de experimentos. Quiero tabularlos y analizar los
resultados. ¿Se dedica usted a esta clase de trabajo?
Así era, con buenos conocimientos sobre el particular.
—Será necesario que venga a verme para los datos —continuó la voz,
extrañamente untuosa—.Yo no puedo moverme.
Siguió una dirección de la calle Setenta Oeste.
Bien, ya había ido otras veces en busca de datos. Generalmente, me los
enviaban por mensajero o correo, pero esta petición no era extraordinaria, por
lo que accedí a ella y añadí que no tardaría en llegar. Si podía impedirlo, no
retrasaría mis cortas vacaciones.
Tomé el metro. Los taxis son un lujo innecesario para un simple profesor
y un coche de propiedad era momentáneamente algo fuera de mis ambiciones. No
tardé en penetrar en uno de esos indescriptibles inmuebles amarronados que
todavía sobreviven al oeste de la Avenida. Strawn abrió la puerta y al momento
percibí la razón de su petición. Era un hombre horriblemente lisiado; todo el
costado izquierdo estaba encorvado como un roble torcido, y le resultaba
difícil andar renqueando por el piso. Por lo demás: cabello negro y ojillos muy
intensos.
Me recibió con agrado y entré en una pequeña biblioteca, mientras mi
anfitrión renqueaba hacia una mesa-escritorio atestada, sentándose frente a mí.
Los hundidos ojillos me estudiaron lentamente, y al final lanzó una risita.
—¿Es usted un buen matemático, doctor Aarons? —quiso saber. Había una
insinuación de burla en su voz.
—Mi trabajo siempre ha sido satisfactorio —respondí, un poco picado—.
Llevo varios años haciendo tareas estadísticas.
Agitó la tullida mano izquierda.
—Claro, claro... No pongo en duda su habilidad práctica. Sin embargo
¿está versado en las ramas más abstractas de las matemáticas, como la teoría de
los números, por ejemplo, o las matemáticas hiperespaciales?
Me sentí un poco irritado. Había algo en aquel hombre que...
—No creo que nada de esto sea necesario para el análisis estadístico de
unos resultados experimentales —repliqué—. Si me da los datos, empezaré al
momento...
Volvió a reírse entre dientes, muy divertido al parecer.
—En realidad, doctor Aarons —manifestó con sonrisa afectada—, el
experimento todavía no está completo. A decir verdad, ahora está empezando.
—¡Cómo! —ya estaba colérico—. Si esta es su idea de una broma...
Empecé a levantarme, con ánimo levantisco.
—Un momento —me detuvo Strawn fríamente. Me estaba apuntando con una
automática de cañón azulíneo. Volví a sentarme boquiabierto; confieso que
experimenté una horrible sensación de pánico a la vista de los intensos
ojillos de aquel tullido observándome a lo largo de la ominosa arma.
—La más mínima cortesía dicta que al menos me escuche, doctor Aarons
—no me gustó la untuosa suavidad de su voz, pero ¿qué podía hacer yo?—. Como
decía, el experimento está justo empezando. En realidad, usted es el
experimento.
— ¿Eh? —exclamé, volviendo a preguntarme si todo aquello no sería una
broma de mal gusto.
—Usted es un matemático ¿verdad? —Prosiguió Strawn—. Bien, eso significa
una caza limpia para mí. Un matemático, mi querido amigo, no es sino algo que
es preciso cazar. ¡Y eso estoy haciendo!
¡Aquel hombre estaba loco! Esta verdad se grabó en mi cerebro mientras
trataba de conservar la calma. Pensé que lo mejor sería razonar con él.
— ¿Pero por qué? —pregunté—. Los matemáticos somos gente inofensiva...
Sus ojos centellearon furiosamente
— ¡Inofensiva, hum... inofensiva! Bueno, fue uno de sus colegas el que
hizo esto —indicó su pierna tullida con su brazo mutilado—. ¡Hizo esto con sus
engañosos cálculos! —se inclinó hacia mí confidencialmente—. Escuche, doctor
Aarons. Yo soy químico, o lo fui. Solía trabajar con explosivos, y en esto era
muy bueno. Luego, uno de sus malditos calculistas ideó una fórmula para mí...
Un punto decimal mal colocado... ¡bah! ¡Sí, usted no es caza vedada para mí!
—hizo una pausa y la sonrisa burlona volvió a sus labios—. Simple justicia ¿no?
Cabe imaginar lo horrorizado que estaba, sentado frente a un maníaco
homicida con una pistola cargada en su mano. ¡Seguirle la corriente! Creí que
sería el mejor tratamiento. Usar la persuasión, la razón.
—Señor Strawn —empecé—, ciertamente tiene derecho a la justicia. ¡Sí,
ciertamente lo tiene! Pero, señor Strawn, en realidad no está sirviendo a los
fines de la justicia cargando sobre mí toda su cólera. No, esto no es justicia.
Se echó a reír y continuó:
—Un argumento muy engañoso, doctor Aarons. Sencillamente, usted tuvo la
mala suerte de que su nombre fuese el primero en la sección de clasificados de
la guía. De haberme dado su colega una oportunidad... una leve oportunidad de
salvar mi cuerpo de esto que ve, podría perdonar. ¡Pero confié en los cálculos
de un imbecil! —torció el gesto hasta convertirlo en una amarga mueca—. En
realidad, le concedo a usted una oportunidad que yo no tuve. Si es usted, como
afirma, tan buen matemático, tendrá una oportunidad de escapar. Yo no tengo
nada en contra de los auténticos estudiosos de los números, sino sólo —su mueca
burlona se transformó en un gesto siniestro—... sino contra los falsarios, los
ignorantes y los mentirosos. ¡Sí, usted tendrá su oportunidad!
La sonrisa volvió a sus labios pero sus ojillos detrás de la automática
azul no parpadearon.
No vi más alternativa que seguir la espantosa farsa. Ciertamente, la
oposición a cualquiera de sus sugerencias sólo hubiese servido para inducir al
maníaco a la violencia, por lo que me limité a preguntarle: — ¿Cuál es su
proposición, señor Strawn?
El gesto siniestro volvió a convertirse en una mueca burlona.
—Es muy justa. Sí señor, es una proposición muy justa.
Se rió entre dientes.
—Me gustaría escucharla —le pedí, esperando que se produjese alguna
clase de interrupción.
—La oirá ahora mismo. Se trata de lo siguiente: usted es matemático y,
según dice, muy bueno. Perfecto. Vamos a poner su afirmación a prueba. Estoy
pensando en una cantidad matemática, una expresión numérica, si lo prefiere.
Usted dispondrá de diez preguntas. Si lo consigue quedará libre en lo que a mí
concierne. Pero si fracasa...—reapareció el gesto siniestro—, bueno, si
fracasa pensaré que pertenece a la tribu de los mentirosos a lo que yo
combato... ¡y el resultado no será agradable para usted!
Tardé varios segundos en recobrar la voz, y luego empecé a balbucir una
serie de protestas.
— ¡Pero, señor Strawn! ¡Esto es totalmente imposible! La escala de
números es infinita y ¿cómo puede identificarse uno con diez preguntas? ¡La
prueba debe ser justa! ¡Esta no ofrece ni una posibilidad entre un millón!
¡Entre un billón!
Me hizo callar blandiendo el cañón de la pistola automática.
—Recuerde, doctor Aarons, que no dije que fuese un número, dije una
expresión numérica, lo cual abarca un campo mucho más amplio. Le doy esta pista
sin deducir una pregunta, lo cual habla muy alto en favor de mi magnanimidad
—rió de nuevo—. Las reglas de nuestro juego son como siguen: usted puede
formular preguntas excepto la directa: «¿Cuál es la expresión?».Yo responderé
con claridad, y según todos mis conocimientos, salvo a la pregunta directa.
Podrá formularme tantas preguntas como quiera, desde una hasta el límite de
diez. De todos modos, yo sólo contestaré a dos cada día. Esto le dará tiempo
suficiente para meditar —otra vez la horrible risa— y además, también mi
tiempo es limitado.
—Pero, señor Strawn —argüí—, esto podrá tenerme ocupado cinco días.
¿Ignora que mi esposa habrá llamado ya a la policía para que me busquen?
Una llamarada de cólera brilló en sus ojos demenciales.
— ¡No juega usted limpio, doctor Aarons! ¡Sé que no está casado! Hice
algunas averiguaciones sobre usted antes de que viniera. Sé que nadie le echará
en falta. No intente engañarme, y será mejor que sirva a los fines de la
justicia. Usted debe demostrar sus ansias de vivir como uno de los auténticos
matemáticos —se puso repentinamente en pie—.Y ahora, caballero, sígame
escaleras arriba.
¡No tenía más remedio que obedecer! La gruesa pistola que empuñaba era
un argumento muy convincente, al menos para un alma inofensiva como la mía. Me
levanté y salí de la habitación tras él, escaleras arriba, cruzando luego una
puerta que él me indicó, más allá de la cual vi una celda sin ventanas,
aireada por un tragaluz que a la primera ojeada reveló que estaba enrejado. Un
mueble de los llamados sofá cama, una silla de alto respaldo, un sillón
tapizado y una mesa-escritorio constituían todo el mobiliario.
—Esta —dijo mi anfitrión— es su celda de estudiante. Sobre la mesa hay
una garrafa con agua y, como ve, un diccionario integral. Ésta es la única
referencia permitida en nuestro juego —consultó su reloj—. Son las cuatro menos
diez. Mañana a las cuatro debe formularme dos preguntas, debidamente
meditadas. Los diez minutos sobrantes son un regalo de mi parte, para que usted
no dude de mi generosidad —se dirigió a la puerta—.Veré que sus comidas
lleguen a su hora —añadió—: Mis saludos, doctor Aarons. Se cerró la puerta y
al momento empecé a registrar la habitación. El tragaluz estaba fuera de toda
esperanza y la puerta todavía más; me hallaba desdichada y desvalidamente
prisionero en aquella celda. Invertí una media hora en esta inspección
minuciosa e infructuosa, pero la habitación había sido muy bien diseñada o
adaptada a su propósito; la maciza puerta estaba atrancada por fuera, el
tragaluz guardado por un enrejado de hierro y las paredes no ofrecían ni la
más ligera esperanza. ¡Abner Aarons estaba ciertamente preso en aquella celda!
Reflexioné sobre el demencial juego de Strawn. Tal vez lograría resolver
su maldito misterio; al menos, podría mantenerle lejos de toda violencia por
espacio de cinco días, y mientras tanto algo podía suceder. Hallé unos cigarros
en la mesa y, forzándome a conservar la calma, encendí uno y me senté a
meditar.
Ciertamente, de nada serviría estudiar su lunático concepto desde un
ángulo cuantitativo, pues de esta manera malgastaría muy pronto las diez
preguntas, preguntándole, por ejemplo: ¿Es mayor o menor de un millón? ¿Es
mayor o menor de un millar? ¿Es mayor o menor de un centenar? Imposible obtener
la solución por medio de esta clase de eliminación cuando podía tratarse de un
número negativo, de una fracción o de un decimal, incluso de un número
imaginario como la raíz cuadrada de menos uno... o, en realidad, de cualquier
posible combinación semejante. Y esta reflexión me impulsó a la primera
pregunta; cuando el cigarrillo era ya una arrugada colilla, yo ya había
formulado mi pregunta inicial. No tuve que esperar mucho tiempo, puesto que
pasadas las seis se abrió la puerta.
—Aléjese de la puerta, doctor Aarons —me ordenó la voz de mi anfitrión.
Obedecí a la fuerza; entró el loco, empujando ante sí una mesita rodante
que contenía una cena más que respetable, desde un consomé a una botella de
vino. Empujaba la mesita con su tullida mano izquierda, mientras con la derecha
blandía el engendro automático.
—Confío en que habrá aprovechado bien el tiempo —se mofó.
—Al menos ya tengo mi primera pregunta —repliqué.
— ¡Bravo, doctor Aarons! ¡Muy bien! Oigámosla...
—Bien —proseguí—, entre los números, expresiones de cantidades, los
matemáticos reconocen dos grandes diferencias, dos campos en los que pueden
clasificarse todas las posibles expresiones numéricas. Estas dos
clasificaciones se conocen como números reales por una parte, incluyendo los
números positivos y negativos, todas las fracciones, los decimales y los
múltiplos de tales números, y por la otra, la clase de números imaginarios que
incluyen todos los productos de las operaciones sobre la cantidad denominada
«e», expresada como la raíz cuadrada de menos uno.
—Naturalmente, doctor Aarons. ¡Esto es elemental!
—Pues bien ¿esa cantidad es real o imaginaria?
Sonrió con siniestra satisfacción.
—Una buena pregunta, doctor. ¡Muy buena! Y la respuesta, si esto le
ayuda... ¡es que es cualquiera de ambas cosas!
¡En mi cerebro pareció estallar un incendio! Todos los estudiosos de los
números sabemos que solamente una cifra es real e imaginaria a la vez, la que
indica el punto de intersección entre la numerografía real y la imaginaria. «
¡Lo he captado!», pensé. La frase fue rondando por mi cabeza como un incesante
tamborileo. Me esforcé por mantener mi expresión en calma.
—Señor Strawn, ¿acaso es cero la cantidad que tiene en la mente?
Se echó a reír con una risa desagradable y superior que irritó mis
oídos.
— ¡Oh, no, doctor Aarons! Sé igual que usted que el cero es un número
real e imaginario a la vez. Permita que llame su atención sobre mi respuesta:
yo no dije que mi concepto fuese a la vez real e imaginario; dije «cualquiera
de ambas cosas» —retrocedió hacia la puerta—. Le recordaré que le quedan ocho
preguntas, puesto que me veo obligado a considerar este prematuro tiro en la
oscuridad como una oportunidad. ¡Buenas noches!
Se había ido. Oí cómo corría el pestillo con un seco chasquido. Me
sentí al borde de la desesperación, por lo que apenas eché un vistazo a la
suntuosa cena que me había servido, sino que me dejé caer en el sillón.
Me pareció que pasaban varias horas antes de recobrar la coherencia de
mis ideas; en realidad, nunca supe cuál era el intervalo transcurrido, puesto
que no miré mi reloj. Sin embargo, antes o después me recuperé lo suficiente
como para tomar un poco de vino y comer un poco de cordero asado; el consomé
estaba ya completamente frío. Y entonces me dispuse a considerar mi tercera
pregunta.
Según las pistas dadas por Strawn en el enunciado de sus términos y por
las respuestas dadas a mi primera y mi segunda preguntas, tabulé la
información que pude reunir. El había designado específicamente una expresión
numérica, lo cual eliminaba el uso de las «x» y las «y» algebraicas. La
cantidad o era real o era imaginaria, y no era cero; bien, el cuadrado de
cualquier cantidad imaginaria es un número real. Si la cantidad contenía más
de una cifra, o si empleaba un exponente, estaba seguro de que la expresión
era meramente el cuadrado de una cantidad imaginaria; claro que se podía
considerar tal cantidad como real o como imaginaria. Se me ocurrió entonces un
medio para determinarlo por medio de una sola pregunta. Garabateé unos cuantos
símbolos en una cuartilla de papel y, después, experimentando un cansancio
súbito y total, me tumbé en el sofá cama y me dormí. Soñé que Strawn me estaba
empujando hacia un mar de pesadilla lleno de sonrientes monstruos matemáticos.
Me despertó el rechinamiento de la puerta. Los rayos del sol se
filtraban por el tragaluz; había dormido toda la noche. Apareció Strawn
llevando una bandeja que se balanceaba en su mano izquierda, empuñando la
omnipresente arma con su mano libre. Colocó media docena de platos tapados en
la mesita rodante, y quitó los restos de la cena de la noche anterior.
—Muy poco apetito, doctor Aarons —comentó—. No debe permitir que su
ansiedad por servir a los fines de la justicia le trastorne tanto —se rió de
su propio sarcasmo—. ¿No hay más preguntas todavía? No importa; para las dos
siguientes tiene tiempo hasta las cuatro de mañana.
—Tengo una pregunta —le interrumpí, totalmente despierto. Me levanté y
extendí la cuartilla de papel sobre el escritorio.
—Una cantidad numérica, señor Strawn, puede expresarse como una
operación de números. Así, en vez de escribir el número «4» puede preferirse
expresarlo como un producto de multiplicar «2 x 2», o como una suma de «3 +
1»; o como un cociente, como «8 ÷ 2 u 8/2», o como un resto, como «5 – 1». O de
otras maneras, como un cuadrado, 22, o como una raíz, por ejemplo √16 o 3√64.
Son estos los diferentes métodos para expresar la cantidad «4». Bien, aquí he
escrito varios símbolos matemáticos para operaciones; mi pregunta es: ¿cuál de
estos símbolos se usan en la expresión imaginada por usted?
—Muy bien expuesto, doctor Aarons. Usted ha conseguido combinar varias
preguntas en una sola —tomó la cuartilla de entre mis manos y volvió a
extenderla sobre la mesa—. Este es el símbolo usado. Indicó el primero de mi
lista: el signo de la sustracción, un simple guión.
Y mis esperanzas, al tener que usar la trivialidad de una broma, también
se fueron al garete. Porque aquel signo eliminaba mi tan bien planeada teoría
del producto o del cuadrado de números imaginarios para formar uno real. No es
posible cambiar lo imaginario a lo real sumando o restando; hace falta una
multiplicación, un exponente o una división para ejecutar esta magia
matemática. Una vez más me sentí ahogado en el mar de pesadilla, y durante
largo tiempo fui incapaz de coordinar nuevamente mis ideas.
Las horas se fueron convirtiendo en días con la desesperante y lenta
rapidez que atormenta al condenado en el corredor de la muerte. A cada nueva
idea quedaba en jaque mate; las preguntas más curiosamente paradójicas
derrotaban a todas mis preguntas.
Mi cuarta pregunta: « ¿Hay números imaginarios en su cantidad?» produjo
un frío y definitivo «No». Mi quinta pregunta: « ¿Cuántos dígitos usa en su
expresión?», también tuvo por respuesta un igualmente definitivo «Dos».
¡Al fin...! ¿Cuáles son los dos dígitos conectados por un signo menos
cuyo resto sea real o imaginario? «Una imposibilidad —me dije—. Este maníaco
me está' simplemente torturando.» Y no obstante, algo en la locura de Strawn
me parecía demasiado ingenioso, demasiado hábil, para que esta fuese la
respuesta. Era sincero en su pervertida búsqueda de la justicia. Lo habría
jurado.
¡En mi sexta pregunta tuve una inspiración! Según los términos de
nuestro juego, Strawn tenía que contestar a cualquier pregunta menos a la
directa « ¿Cuál es la expresión?». ¡Intuí una salida! Cuando volvió a
presentarse, le recibí con febril excitación, sin apenas aguardar a que entrara
para formularle mi pregunta. —Señor Strawn. Esta es una pregunta que, de
acuerdo con sus propias reglas, deberá contestar. Supongamos que coloco el
signo de igual detrás de su cantidad: ¿qué número o números completan la
ecuación: ¿Cuál es la cantidad igual a...?
¿Por qué se estaba riendo mi enemigo? ¿Acaso podría eludir la
respuesta?
—Muy hábil, doctor Aarons, una pregunta muy hábil. Y la respuesta es...
¡cualquiera!.
— ¡Cualquiera! ¡Cualquiera! —creo que grité—. Entonces, usted es un
fraude y su juego no es más que un condenado engaño. ¡No existe tal expresión!
—Pues sí existe, doctor. ¡Un buen matemático la descubriría!
Y se marchó, sin dejar de reír.
Pasé toda la noche sin dormir. Hora tras hora permanecí sentado a la
odiosa mesa, revisando mis restos de información, meditando, tratando de
recordar fragmentos de todas las teorías casi olvidadas. ¡Y encontré
soluciones! No una sino varias. ¡Dios, cómo me afané sobre ellas! Con cuatro
preguntas —dos días— que me quedaban, la solución del problema parecía estar ya
cerca. Las cosas se redujeron en mi cerebro; mi razón me aconsejó proceder
lentamente y comprobar mi progreso con otra pregunta, pero mi naturaleza se
revelaba contra el incesante estrés. «Lo has de apostar todo en estas cuatro
últimas preguntas. Formúlaselas todas de una vez, y pon fin a tu agonía de una
u otra manera.»
Creí percibir la respuesta. ¡Oh, la monstruosa y demencial habilidad de
aquel hombre! Había señalado el signo menos de mi lista, desorientándome
deliberadamente, pues constantemente el símbolo había significado la barra de
una fracción. ¿Lo ves? Los dos símbolos son idénticos, un simple guión, pero
uno utiliza la sustracción y el otro la división. «1-1» significa cero, pero
«1/1» significa uno. Y el problema podía solucionarse por división. Porque hay
una cantidad que literalmente significa algo, número real o imaginario, y esta
cantidad es «0/0». Sí, cero dividido por cero. Cabría pensar que la respuesta
es cero, o quizás uno, pero no lo es, no necesariamente. Considerémoslo de
esta forma: tomemos la ecuación «2 x 3 = 6». ¿Lo ves? Es otra manera de decir
que dos se repite tres veces para dar seis. Tomemos ahora «0 x 6 = 0».
Perfectamente correcto ¿verdad? Bien, en esta ecuación ¡cero se repite seis
veces para dar cero! O «0/0 = 6».Y así sucesivamente para cualquier número real
o imaginario: ¡cero dividido por cero es igual a nada!
Y esto era lo que yo imaginé que había hecho aquel monstruo. ¡Había
indicado el signo menos cuando en realidad se refería a la barra de una
fracción o división!
Al amanecer apareció sonriendo.
— ¿Están listas sus preguntas, doctor Aarons? Creo que aún le quedan
cuatro.
Le miré fijamente.
—Señor Strawn ¿su concepto es cero dividido por cero?
Sonrió más ampliamente.
— ¡No, señor, no lo es!
No me descorazoné. Quedaba sólo otro símbolo que contestaba
correctamente a la pregunta: una sola posibilidad. Formulé mi octava pregunta.
—Entonces, será el infinito dividido por infinito.
La sonrisa se ensanchó más.
—Oh, no, doctor Aarons.
¡Experimenté un verdadero pánico! ¡El final parecía ya muy próximo!
Claro que había un medio para descubrir si el juego era o no fraudulento.
Utilicé mi novena pregunta.
—Señor Strawn, cuando usted designó el guión como el símbolo matemático
usado en su expresión, ¿se refería a la barra de una fracción o al signo de la
sustracción? —Al signo de la sustracción, señor Aarons. Le queda una sola
pregunta. ¿Esperará a mañana para formularla?
El monstruo sonreía de puro gozo. Se hallaba totalmente confiado en las
complejidades de su juego demencial. Vacilé en una atormentadora y frenética
indecisión. La terrible perspectiva de otra noche apabullante llena de dudas me
decidió.
—La formularé ahora, señor Strawn.
¡Tenia que ser la correcta! No existía otra posibilidad. ¡Estaba
agotado por tantas horas de conjeturas desdichadas!
—Su expresión... la que tiene usted en su mente... ¿es infinito menos
infinito?
¡Lo era! Lo supe por la asombrada mirada de desencanto del loco
maníaco!
— ¡Debe de habérselo dicho el diablo! —chilló.
Había espuma en sus labios. Bajó la pistola al tiempo que yo me dirigía
a la puerta; no intentó detenerme, sino que se quedó inmóvil en medio de una
especie de desolado silencio, hasta que llegué a lo alto de la escalera.
Entonces...
— ¡Aguarde un momento! —gritó—. ¡Usted se lo contará a todos! ¡Aguarde
sólo un minuto, doctor Aarons!
Bajé la escalera en dos saltos, abriendo ya la puerta de la calle.
Strawn me siguió, apuntándome con la pistola. Oí el crujido al abrirse la
puerta y me escurrí a la estupenda luz del día.
Sí, le denuncié. La policía lo detuvo cuando trataba de huir, y lo
llevaron a un manicomio. Estaba loco, pero su historia era auténtica. Se había
quedado tullido por una explosión ocurrida en un laboratorio experimental.
¿Y el problema? ¿No lo ven? Infinito es la máxima expresión numérica
posible, un número mayor que cualquier cifra concebible. Imagínenselo así: El
símbolo matemático de infinito es un ocho horizontal: ∞.
Bien, tomemos la cuestión, ∞ + 6 = ∞. Esto es correcto porque no es
posible sumar nada a infinito que lo haga mayor de lo que es. ¿Lo entienden? Es
el mayor número posible. Entonces, por transposición, ∞ – ∞ = 6.Y así
sucesivamente; este mismo sistema se aplica a todo número concebible, real o
imaginario.
¡Y ya está! Infinito menos infinito puede ser igual a cualquier
cantidad, absolutamente a cualquier número real o imaginario, desde cero a
infinito. No, no existía ningún error en las matemáticas de Court Strawn.

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