© Libro N° 14031. Hasta La Reina. Willis, Connie. Emancipación. Julio 12 de 2025
Título Original: © Hasta La Reina. Connie Willis
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Connie Willis
Hasta La
Reina
Connie Willis
Esta historia engloba, en medio de una acción
vertiginosa, una cantidad de temas que preocupan a los seres humanos (y no sólo
a la parte femenina de la humanidad): la libertad individual, los problemas de
comunicación entre generaciones, etc.
El teléfono sonó cuando estaba revisando la
moción de la defensa.
—Es un llamado
universal —dijo Bysshe, mi asistente legal, estirando la mano—. Probablemente
es el acusado. No se permite usar firmas desde la cárcel.
—No, no es —dije—.
Es mi madre.
—Oh. —Bysshe tomó
el receptor—. ¿Por qué no está usando su firma?
—Porque sabe que no
quiero hablar con ella. Debe haber averiguado lo que hizo Perdita.
—¿Su hija Perdita?
—preguntó, apretando el receptor contra su pecho—. ¿La que tiene una niña?
—No, esa es Viola.
Perdita es mi hija menor. La que no tiene criterio.
—¿Qué hizo?
—Se unió a las
Ciclistas.
Bysshe quedó
inquisidoramente en blanco, pero yo no estaba con ganas de aclarárselo. O con
ganas de hablar con mi madre. —Sé exactamente lo que mamá va a decir —dije—. Me
preguntará por qué no se lo conté, y luego exigirá saber qué voy a hacer al
respecto, y no hay nada que pueda hacer al respecto, de lo contrario,
obviamente, ya lo habría hecho.
Bysshe parecía
aturdido.
—¿Quiere que le
diga que usted está en la corte?
—No. —Estiré la
mano hacia el receptor—. Tendré que hablar con ella tarde o temprano. —Se lo
quité—. Hola, mamá —dije.
—Traci —dijo mamá
dramáticamente—, Perdita se ha convertido en Ciclista.
—Ya lo sé.
—¿Por qué no me lo contaste?
—Pensé que la
propia Perdita tenía que contártelo.
—¡Perdita! —bufó—.
Nunca me lo contaría. Sabe cuál sería mi opinión al respecto. Supongo que se lo
contaste a Karen.
—Karen no está.
Está en Irak. —Lo único bueno de toda esta debacle era que, gracias a
lo ansioso que
estaba Irak por demostrar que era un miembro responsable de la comunidad
mundial luego de su antigua propensión a la autodestrucción, mi suegra estaba
en el único lugar del planeta donde el servicio telefónico era lo bastante malo
como para que yo pudiera excusarme diciendo que había tratado de llamarla pero
no había podido comunicarme y ella tuviera que creerme.
La Liberación nos
ha liberado de toda clase de indignidades y flagelos, incluyendo a los Saddams
de Irak, pero no de las suegras, y yo estaba casi feliz por el excelente
sentido de la oportunidad de Perdita. Cuando no tenía ganas de matarla.
—¿Qué está haciendo
Karen en Irak? —preguntó mamá.
—Negociando una
patria para los palestinos.
—Y mientras tanto
su nieta se está arruinando la vida —dijo, aunque no tenía nada que
ver—. ¿Le contaste
a Viola?
—Ya te lo dije,
mamá. Pensé que la propia Perdita tenía que contárselo a todas ustedes.
—Bueno, no lo hizo.
Y esta mañana me llamó una de mis pacientes, Carol Chen, y me exigió que le
hiciera saber lo que le estaba ocultando. No tenía idea de qué me estaba
hablando.
—¿Cómo lo averiguó
Carol Chen?
—Por su hija, que
casi ingresa en las Ciclistas el año pasado. Su familia la convenció de que no
lo hiciera —dijo, acusadora—. Carol estaba segura de que la comunidad médica
había descubierto algún terrible efecto colateral del amenerol y que estábamos
ocultándolo. No puedo creer que no me lo hayas contado, Traci.
Y yo no puedo creer
no haber dejado que Bysshe te dijera que estaba en la corte, pensé. —Ya te lo
dije, mamá. Pensé que le correspondía a Perdita contártelo. Después de todo, es
su decisión.
—¡Oh, Traci! —dijo
mamá— ¡No puedes estar hablando en serio!
Durante el primer y
hermoso aluvión de libertad posterior a la Liberación, yo había tenido
esperanzas de que todo cambiaría, de que la Liberación, de algún modo, barrería
con la desigualdad, con el dominio matriarcal y con todas esas mujeres
amargadas decididas a eliminar del lenguaje la expresión “a paso de hombre” y
los pronombres de la tercera persona del singular.
Por supuesto que no
fue así. Los hombres todavía ganan más dinero que nosotras, “herstory”* todavía
es apenas un tizón en el paisaje semántico, y mi madre todavía puede decir “¡Oh,
Traci!” en un tono que me reduce a la preadolescencia.
* Esto resulta
intraducible. La palabra inglesa “history” puede separarse artificialmente en “his”
(su – de él) y “story” (historia, cuento). Las feministas, deseosas de borrar
del lenguaje los rastros del “patriarcado”, proponen convertir a “history” en “herstory”
(“her” = su – de ella), para que sea una “historia de ellas” y no “de ellos”.
(N. de la T.)
—¡Su decisión!
—dijo mamá—. ¿Estás diciéndome que planeas quedarte ociosamente a un costado y
permitir que tu hija cometa el error de su vida?
—¿Qué puedo hacer?
Tiene veintidós años y una mente lúcida.
—Si tuviera una
mente lúcida no estaría haciendo esto. ¿No trataste de disuadirla?
—Por supuesto que
sí, mamá.
—¿Y?
—Y no tuve éxito.
Está decidida a ser Ciclista.
—Bueno, debe haber
algo que podamos hacer. Conseguir una orden judicial o contratar a un
desprogramador o demandar a las Ciclistas por lavado de cerebro. Tú eres jueza,
debe haber alguna ley que puedas invocar…
—Esa ley se llama
soberanía personal, mamá, y dado que fue lo que hizo posible la Liberación
desde un principio, a duras penas puede emplearse contra Perdita. Su elección
coincide con todos los criterios de un caso de soberanía personal: es una
decisión personal, tomada por un adulto soberano, no afecta a nadie más…
—¿Y mi profesión?
Carol Chen está convencida de que los desviadores provocan cáncer.
—Cualquier efecto
que tenga en tu profesión se considera un efecto indirecto. Como el que sufre
el fumador pasivo. No es aplicable. Mamá, nos guste o no, Perdita está
perfectamente en su derecho de hacerlo, y nosotras no tenemos ningún derecho de
interferir. Una sociedad libre debe basarse en el respeto por las opiniones de
los demás y en el dejar tranquilo al otro. Debemos respetar el derecho que
Perdita tiene de tomar sus propias decisiones.
Todo lo cual era
cierto. Lástima que no se lo había dicho a Perdita cuando me llamó. Lo que le
dije, en un tono que sonaba exactamente igual al de mi madre, fue “¡Oh,
Perdita!”.
—Todo esto es por
tu culpa, ¿sabes? —dijo mamá—. Te dije que no debías haberle permitido que se
hiciera ese tatuaje sobre el desviador. Y no me vengas con que es una sociedad
libre. ¿De qué sirve una sociedad libre si permite que mi nieta se arruine la vida?
—Colgó.
Volví a entregarle
el receptor a Bysshe.
—Realmente me gustó
lo que dijo acerca del derecho de su hija a tomar sus propias decisiones —dijo
él. Sostenía mi toga—. Y lo de no interferir en su vida.
—Quiero que me
investigues los precedentes de la desprogramación —dije, metiendo los brazos en
las mangas—. Y averigua si las Ciclistas han sido denunciadas por cualquier
violación al libre albedrío: lavado de cerebro, intimidación, coerción.
Sonó el teléfono;
otro universal.
—Hola, ¿quién
habla? —dijo Bysshe con cautela. Su voz se volvió repentinamente amistosa—. Un
minuto. —Tapó el receptor con la mano—. Es su hija Viola.
Tomé el receptor.
—Hola, Viola.
—Acabo de hablar
con la abuela —dijo—. No creerás lo que Perdita ha hecho ahora. Se
unió a las
Ciclistas.
—Ya lo sé —dije.
—¿Lo sabes? ¿Y no
me lo contaste? No puedo creerlo. Nunca me cuentas nada.
—Pensé que la
propia Perdita debía contártelo —dije con cansancio.
—¿Estás bromeando?
Ella nunca me cuenta nada tampoco. Aquella vez que se hizo implantes en las
cejas no me lo dijo hasta pasadas tres semanas, y cuando se hizo el tatuaje
láser directamente no me lo contó. Twidge me lo contó. Tendrías que haberme
llamado. ¿Se lo contaste a la abuela Karen?
—Está en Bagdad
—dije.
—Ya lo sé —dijo
Viola—. La llamé.
—¡Oh, Viola, no!
—A diferencia de
ti, mami, considero necesario comunicar a los miembros de nuestra familia los
temas de su incumbencia.
—¿Qué dijo?
—pregunté, sintiendo una especie de aturdimiento, ahora que la impresión había
pasado.
—No pude
comunicarme. El servicio telefónico de allá es terrible. Hablé con alguien que
no sabía inglés, y después se me cortó, y cuando volví a intentarlo me dijeron
que toda la ciudad estaba incomunicada.
Gracias, suspiré en
silencio. Gracias, gracias, gracias.
—La abuela Karen
tiene derecho a saber, mamá. Piensa en las consecuencias que tendrá esto para
Twidge. Ella cree que Perdita es maravillosa. Cuando Perdita se hizo los
implantes en las cejas, Twidge se pegó lámparas LED en las suyas, y casi no
puedo sacárselas. ¿Y si Twidge también decide unirse a las Ciclistas?
—Twidge sólo tiene
nueve años. Cuando llegue el momento en que deba tener su desviador, Perdita
habrá desistido. —Espero, agregué en silencio. Ya hacía un año y medio que
Perdita llevaba el tatuaje y no mostraba señales de estar cansada de él—.
Además, Twidge es más sensata.
—Es cierto. Oh,
mamá, ¿cómo pudo Perdita hacer esto? ¿No le contaste lo horrible que era?
—Sí —dije—. Y lo
inconveniente. Y lo desagradable, desequilibrante y doloroso. Nada le hizo el
más ligero impacto. Me dijo que pensaba que sería divertido.
Bysshe estaba
señalando su reloj y moviendo la boca. —Es hora de ir a la corte.
—¡Divertido! —dijo
Viola—. ¿Después de haber visto lo que tuve que pasar aquella vez?
Honestamente, mamá, a veces pienso que Perdita sufre de muerte cerebral. ¿No
puedes hacer que la declaren incompetente y la encierren o algo así?
—No —dije, tratando
de subir la cremallera de la toga con una sola mano—. Viola, tengo que irme.
Llegaré tarde a la corte. Temo que no hay nada que podamos hacer para
detenerla. Es una adulta racional.
—¡Racional! —dijo
Viola—. Sus cejas tienen luz, mamá. En el brazo se hizo un tatuaje láser de la
última batalla de Custer.
Entregué el
teléfono a Bysshe. —Dile a Viola que la llamaré mañana. —Subí la cremallera de
la toga—. Y luego llama a Bagdad y pregunta por cuánto tiempo esperan tener los
teléfonos cortados. —Me encaminé hacia la sala del tribunal—. Y si hay más
llamados universales, asegúrate de que sean locales antes de contestar.
Bysshe no pudo
comunicarse con Bagdad, cosa que consideré una buena señal, y mi suegra no
llamó. Mamá sí, por la tarde, para preguntarme si las lobotomías eran legales.
Volvió a llamar al
día siguiente. Yo estaba en plena clase de Soberanía Personal, explicando que
todos los ciudadanos de una sociedad libre tenían el derecho de comportarse
como perfectos imbéciles. No estaban creyéndome.
—Creo que es su
madre —me susurró Bysshe al entregarme el teléfono—. Sigue usando el universal.
Pero es local. Lo verifiqué.
—Hola, mamá —dije.
—Está todo
arreglado —dijo mamá—. Vamos a almorzar con Perdita en McGregor’s. Está en la
esquina de la Calle Doce y Larimer.
—Estoy dando clase
—dije.
—Lo sé. No te
distraigo más. Sólo quería decirte que no te preocupes. Ya me encargué de todo.
No me gustaba eso.
—¿Qué hiciste?
—Invité a Perdita a
almorzar con nosotras. Ya te lo dije. En McGregor’s.
—¿Quiénes son “nosotras”,
mamá?
—Sólo la familia
—dijo, inocente—. Tú y Viola.
Bueno, al menos no
había invitado al desprogramador. Todavía.
—¿Qué te propones,
mamá?
—Perdita me
preguntó lo mismo. ¿Acaso una abuela no puede invitar a sus nietas a almorzar?
Debes estar allí a las doce y media.
—Bysshe y yo
tenemos una reunión sobre la agenda judicial a las tres.
—Oh, para entonces
habremos terminado. Y trae a Bysshe contigo. Puede proporcionarnos el punto de
vista masculino.
Colgó.
—Tendrás que venir
a almorzar conmigo, Bysshe —dije—. Lo siento.
—¿Por qué? ¿Qué va
a suceder en el almuerzo?
—No tengo idea.
Camino al McGregor’s,
Bysshe me dijo lo que había averiguado sobre las Ciclistas.
—No son un culto.
No hay conexiones religiosas. Parecen haber surgido de un grupo de mujeres
pre-Liberación —dijo, revisando sus notas—, aunque también tienen relación con
el movimiento pro-elección libre, con la Universidad de Wisconsin y con el
Museo de Arte Moderno.
—¿Qué?
—A las líderes del
grupo las llaman “docentes”. Su filosofía parece ser una mezcla de feminismo
radical pre-Liberación y primitivismo ambiental de los ochenta. Son
floratarianas y no usan zapatos.
—Ni desviadores
—dije. Estacionamos frente al McGregor’s y salimos del auto—. ¿Alguna condena
por control mental? —pregunté esperanzadamente.
—No. Un puñado de
juicios contra miembros individuales, que los ganaron todos.
—Sobre la base de
la soberanía personal.
—Sí. Y un juicio
criminal presentado por una de sus miembros, cuya familia trató de
desprogramarla. El desprogramador fue sentenciado a veinte años, y la familia a
doce.
—Asegúrate de
contarle eso a mi madre —dije, y abrí la puerta del McGregor’s.
Era uno de esos
restaurantes que tenían una enredadera abrazando el escritorio del maitre y
parcelas de jardín entre las mesas.
—Perdita sugirió
este lugar —dijo mamá, guiándonos a Bysshe y a mí hacia la mesa, mientras
pasábamos el sector de las cebollas—. Me dijo que muchas Ciclistas son
floratarianas.
—¿Ya llegó?
—pregunté, esquivando un almácigo de pepinos.
—Todavía no.
—Señaló un sitio detrás del rosal—. Ahí está nuestra mesa.
Nuestra mesa era
una cosa de mimbre ubicada debajo de una morera. Viola y Twidge estaban
sentadas en el extremo opuesto, junto a un enrejado con habichuelas trepadoras,
mirando los menúes.
—¿Qué estás
haciendo aquí, Twidge? —pregunté—. ¿Por qué no estás en la escuela?
—Lo estoy —dijo,
levantando su pizarra LCD—. Hoy estoy en remoto.
—Pensé que ella
tenía que tomar parte en la discusión —dijo Viola—. Después de todo,
pronto recibirá su
desviador.
—Mi amiga Kensy
dice que no va a quererlo, como Perdita —dijo Twidge.
—Estoy segura de
que Kensy cambiará de opinión cuando llegue el momento —dijo mamá—. Perdita
también cambiará de opinión. Bysshe, ¿por qué no te sientas junto a Viola?
Obedientemente,
Bysshe se deslizó junto al enrejado y se sentó en una silla de mimbre en el
extremo de la mesa. Twidge estiró el brazo por encima de Viola y le alcanzó un
menú.
—Este restaurante
es grandioso —dijo—. No hace falta usar zapatos. —Levantó un pie descalzo para
ilustrarlo—. Y si te viene hambre mientras esperas, tomas algo. —Se dio vuelta
en la silla, recogió dos habichuelas; le dio una a Bysshe, y mordió la otra—. Apuesto
a que no lo hará. Kensy dice que el desviador duele más que los aparatos de
ortodoncia.
—No duele tanto
como no tenerlo —dijo Viola, dedicándome una feroz mirada de
¿Ahora-Te-Das-Cuenta-De-Lo-Que-Mi-Hermana-Ha-Provocado?
—Traci, ¿por qué no
te sientas frente a Viola? —me dijo mamá—. Y cuando llegue Perdita la
ubicaremos a tu lado.
—Si es que viene
—dijo Viola.
—Le dije a la una
en punto —dijo mamá, sentándose en la cabecera—. Para poder tener tiempo de
planificar nuestra estrategia antes de que llegue. Hablé con Carol Chen…
—Su hija estuvo a
punto de unirse a las Ciclistas el año pasado —expliqué a Bysshe y
Viola.
—Dijo que hicieron
una reunión familiar, como esta, y que sencillamente hablaron con su hija, y
que su hija decidió que no quería ser Ciclista. —Nos miró—. Entonces pensé que
nosotras podríamos hacer lo mismo con Perdita. Creo que deberíamos empezar por explicarle
el significado de la Liberación y los días de oscura opresión que la
precedieron…
—Y yo creo
—interrumpió Viola— que tendríamos que tratar de convencerla de que sólo
suspenda el amenerol durante unos meses, en vez de hacerse sacar el desviador.
Si es que viene. Y no va a venir.
—¿Por qué no?
—¿Lo harías tú? O
sea, esto es como la Inquisición. Ella sentada allí mientras todas no-
sotras le “explicamos”.
Perdita puede estar loca, pero no es estúpida.
—Difícilmente sea
la Inquisición —dijo mamá. Miró ansiosamente detrás de mí, hacia la
puerta—. Seguro que
Perdita… —Calló, se puso de pie, y repentinamente se zambulló entre los
espárragos.
Me di vuelta,
esperando a medias que fuera Perdita con luces en los labios o un tatuaje de
cuerpo entero, pero no veía nada por las hojas. Aparté las ramas.
—¿Es Perdita? —dijo
Viola, inclinándose hacia adelante.
Espié entre el
follaje de la morera. —Oh, Dios mío —dije.
Era mi suegra,
vistiendo un abayah negro y un yarmulke de seda. Se abalanzó hacia nosotras a
través de una plantación de zapallo, con sus ropas al viento y los ojos echando
chispas. Mamá seguía su rastro de rábanos pisoteados, acuchillándome con la
mirada.
Miré a Viola. —Es
tu abuela Karen —dije, acusadora—. Me dijiste que no habías podido comunicarte
con ella.
—No pude —dijo—.
Twidge, siéntate derecha. Y baja esa pizarra.
El rosal emitió un
siniestro crujido, como si las hojas estuvieran encogiéndose de terror, y llegó
mi suegra.
—¡Karen! —dije,
tratando de parecer contenta—. ¿Qué es lo que haces aquí? Pensé que estabas en
Bagdad.
—Regresé apenas
recibí el mensaje de Viola —dijo, mirándonos a todos uno a uno—. ¿Quién es
este? —exigió, señalando a Bysshe—. ¿El nuevo compañero de Viola?
—¡No! —dijo Bysshe,
con expresión horrorizada.
—Es mi asistente
legal, mamá —dije—. Bysshe Adams-Hardy.
—Twidge, ¿por qué
no estás en la escuela?
—Lo estoy —dijo
Twidge—. En remoto. —Levantó la pizarra—. ¿Ves? Matemáticas.
—Sí, veo —dijo
ella, dándose vuelta para mirarme con furia—. Es un asunto lo bastante
grave como para
retirar a mi bisnieta de la escuela y contratar a un asistente legal, pero
tú no lo
consideraste lo suficientemente importante para notificarme. Por supuesto, tú
nunca me cuentas nada, Traci.
Se sentó como un
torbellino en la silla de la cabecera, haciendo volar hojas y capullos, y
decapitando el centro de mesa de broccoli.
—Recibí el llamado
de auxilio de Viola recién ayer. Viola, nunca debes dejarme mensajes con
Hassim. Su inglés es virtualmente inexistente. Tuve que pedirle que me
tarareara el llamado. Reconocí tu firma, pero los teléfonos no funcionaban, así
que vine volando. Estaba en medio de las negociaciones, podría agregar.
—¿Cómo van las
negociaciones, abuela Karen? —preguntó Viola.
—Iban
extremadamente bien. Los israelitas han entregado la mitad de Jerusalén a los
palestinos, y han acordado un régimen de tiempo compartido para las Alturas del
Golán. —Se dio vuelta para mirarme fijamente por un momento—. Ellos sí conocen
la importancia de la comunicación. —Volvió a mirar a Viola—. ¿Así que por qué
están fastidiándote, Viola? ¿No les gusta tu nuevo compañero?
—No soy su
compañero —protestó Bysshe.
A menudo me he
preguntado cómo diablos mi suegra llegó a ser mediadora y qué es lo que hace en
todas esas sesiones de negociación con los serbios y católicos, coreanos del
norte y del sur, protestantes y croatas. Porque ella toma partido, saca
conclusiones apresuradas, malinterpreta todo lo que se dice, se niega a
escuchar. Y a pesar de todo, convenció a Sudáfrica de aceptar un gobierno
pro-Mandela, y probablemente lograría que los palestinos observaran el Yom
Kippur. Tal vez los intimida con sus bravuconadas hasta que se someten. O tal
vez las partesterminan aliándose para defenderse de ella.
Bysshe seguía
protestando. —Ni siquiera había visto a Viola hasta hoy. Sólo hemos hablado por
teléfono, un par de veces.
—Debes haber hecho
algo —le dijo Karen a Viola—. Obviamente, quieren ver correr tu sangre.
—La mía no —dijo
Viola—. La de Perdita. Se unió a las Ciclistas.
—¿Las Ciclistas?
¿Abandoné las negociaciones de la Ribera Occidental porque ustedes no aprueban
que Perdita ingrese en un club de ciclismo? ¿Cómo suponen que voy a explicarle
eso a la presidenta de Irak? Ella no lo va a entender, y yo tampoco. ¡Un club de
ciclismo!
—Las Ciclistas no
andan en bicicleta —dijo mamá.
—Menstrúan —dijo
Twidge.
Hubo un silencio
mortal que duró al menos un minuto, y yo pensé “Por fin sucedió. Mi suegra y yo
vamos a estar por primera vez del mismo lado en una discusión familiar”.
—¿Todo este
escándalo porque Perdita se hará quitar el desviador? —dijo Karen finalmente—.
Es mayor de edad, ¿no? Y, evidentemente, en este caso se aplica la soberanía
personal. Tú deberías saberlo, Traci. Después de todo, eres jueza.
Tendría que haber
sabido que era demasiado bueno para ser verdad.
—¿Quieres decir que
apruebas que Perdita retroceda a veinte años antes de la Liberación? —dijo
mamá.
—No creo que sea
tan serio —dijo Karen—. En el Medio Oriente también hay grupos antidesviador,
¿sabes?, pero nadie los toma en serio. Ni siquiera las iraquíes, y eso que
siguen usando velo.
—Perdita sí lo está
tomando en serio.
Karen descartó el
comentario con un movimiento de su manga negra.
—Son una tendencia,
una moda pasajera. Como las microfaldas. O esas espantosas cejas electrónicas.
Un puñado de mujeres usa esas modas tontas durante un tiempo, pero las mujeres
en general no abandonan los pantalones ni vuelven a usar sombrero.
—Pero Perdita…
—dijo Viola.
—Si Perdita quiere
tener su menstruación, yo digo que la dejen. Las mujeres funcionaron
perfectamente bien sin desviadores durante miles de años.
Mamá dio un
puñetazo en la mesa. —Las mujeres también funcionaban perfectamente bien con el
concubinato, el cólera y los corsets —dijo, recalcando cada palabra con un
puñetazo—. Pero esa no es razón para aceptarlos voluntariamente, y no tengo
intenciones de permitir que Perdita…
—Hablando de
Perdita, ¿dónde está la pobre niña? —dijo Karen.
—Llegará en
cualquier momento —dijo mamá—. La invité a almorzar para poder discutir todo
esto con ella.
—¡Ja! —dijo Karen—.
Para poder amedrentarla hasta que cambie de opinión, querrás decir. Bueno, no
tengo intenciones de colaborar con ustedes. Sí tengo intenciones de escuchar el
punto de vista de la pobrecita con interés y apertura mental. Respeto. Esa es
la palabra clave, la que todas ustedes parecen haber olvidado. Respeto y
cortesía.
Una mujer descalza,
que lucía una túnica floreada y una chalina roja atada en el brazo izquierdo,
se acercó a la mesa con una pila de carpetas rosadas.
—Ya era hora —dijo
Karen, arráncandole una de las carpetas—. El servicio aquí es espantoso. Hace
diez minutos que estoy sentada esperando. —Abrió de un golpe la carpeta—.
Supongo que no tienen whisky.
—Me llamo
Evangeline —dijo la joven—. Soy la docente de Perdita. —Tomó la carpeta de
manos de Karen—. No pudo venir a almorzar con ustedes, pero me pidió que
acudiera en su lugar, para explicarles la filosofía de las Ciclistas.
Se sentó en la
silla de mimbre que estaba a mi lado.
—Las Ciclistas
estamos dedicadas a la libertad —dijo—. A ser libres de lo artificial, a ser
libres de drogas y hormonas que controlen el cuerpo, a ser libres del
patriarcado masculino que intenta imponérsenos. Como ustedes probablemente ya
saben, no usamos desviadores. —Señaló la chalina roja que tenía alrededor del
brazo—. En lugar de eso, usamos esto, como emblema de nuestra libertad y
femineidad. Hoy la tengo puesta para
anunciar que ha
llegado mi etapa de fertilidad.
—Nosotras también
las usábamos —dijo mamá—, pero en la parte trasera de nuestras faldas.
Me reí.
La docente me miró.
—La dominación de los cuerpos de las mujeres por parte de los hombres comenzó
mucho antes de la llamada “Liberación”, con las leyes gubernamentales para el
aborto y los derechos del feto, con el control científico de la fertilidad, y
finalmente con el desarrollo del amenerol, que eliminó por completo el ciclo
reproductivo. Todo esto formó parte de un cuidadoso plan del régimen patriarcal
masculino para controlar el cuerpo de la mujer y, por extensión, su identidad.
—¡Qué interesante
punto de vista! —dijo Karen con entusiasmo.
Y sí que lo era. A
decir verdad, el amenerol no se había inventado para eliminar la menstruación.
Se había desarrollado para lograr la remisión de tumores malignos. Sus
propiedades de absorción de la mucosa uterina se habían descubierto por
accidente.
—¡¿Está tratando de
decirnos —dijo mamá— que los hombres obligaron a las mujeres a usar
desviadores?! ¡Todas nosotras tuvimos que luchar para que la Administración
Federal de Medicamentos los aprobara.
Era cierto. Donde
las madres sustitutas, los grupos antiaborto y la ley de derechos del
feto habían
fracasado a la hora de unir a las mujeres, la pers-pectiva de no tener que
menstruar más había triunfado. Las mujeres habían organizado manifestaciones,
habían peticionado, habían elegido senadores, habían propuesto enmiendas
constitucionales, habían sido excomulgadas y habían ido a la cárcel, todo en
nombre de la Liberación.
—Los hombres no
estaban en contra de nosotras —dijo mamá, con la cara bastante roja—. Y el
derecho religioso, y los fabricantes de apósitos, y la Iglesia Católica…
—Sabían que iban a
tener que autorizar el sacerdocio de las mujeres —dijo Viola.
—Y lo hicieron
—dije.
—La Liberación no
las ha liberado —dijo la docente a viva voz—. Salvo de los ritmos naturales de
la vida, de la mismísima fuente de la femineidad. —Se agachó y recogió una
margarita que crecía debajo de la mesa—. Nosotras, las Ciclistas, celebramos el
inicio de nuestras menstruaciones y nos regocijamos en nuestros cuerpos —dijo,
levantando la margarita—. Cada vez que una Ciclista florece, como decimos
nosotras, la honramos con flores, poemas y canciones. Después nos tomamos de
las manos y decimos qué es lo que más nos gusta de nuestra menstruación.
—La retención de
líquido —dije.
—O estar tirada en
la cama tres días al mes, usando calurosos apósitos —dijo mamá.
—Creo que lo que
más me gusta son los ataques de ansiedad —dijo Viola—. Cuando suspendí el
amenerol para poder tener a Twidge, tenía esos días en que estaba convencida de
que la estación espacial iba a caérseme encima.
Una mujer madura
vestida con mameluco y sombrero de paja se había acercado mientras Viola
hablaba, y ahora estaba de pie junto a la silla de mamá. —Yo tenía esos cambios
de humor —dijo—. De repente estaba alegre y al minuto siguiente me sentía
Lizzie Borden.
—¿Quién es Lizzie
Borden? —preguntó Twidge.
—Asesinó a sus
padres —dijo Bysshe—. Con un hacha.
Karen y la docente
los miraron a ambos. —¿No se supone que tendrías que estar trabajando en
Matemáticas, Twidge? —dijo Karen.
—Siempre me he
preguntado si Lizzie Borden habrá tenido el SPM —dijo Viola— y si esa fue la
razón de…
—No —dijo mamá—. La
razón fue tener que vivir antes de los tampones. Un caso obvio de homicidio
justificable.
—Creo que esta
clase de ligereza no es muy útil —dijo Karen, clavándonos la mirada a todos.
—¿Eres la camarera?
—le pregunté precipitadamente a la mujer del sombrero de paja.
—Sí —dijo ella,
sacando una pizarra de un bolsillo del mameluco.
—¿Sirven vino aquí?
—pregunté.
—Sí. De diente de
león, prímula o vellorita.
—Tráiganos todos
—dije.
—¿Una botella de
cada uno?
—Por ahora. A menos
que los sirvan en barriles.
—Las especialidades
de hoy son ensalada de melón y choufleur gratinée —dijo, sonriéndonos. Karen y
la docente no le devolvieron la sonrisa—. Pueden elegir su propia coliflor de
la parcela que está adelante. La especialidad floratariana es capullos de lirio
salteados con manteca de caléndula.
Hubo una tregua
provisoria mientras todos pedían su comida. —Yo quiero guisantes dulces —dijo
la docente— y un vaso de agua de rosas.
Bysshe se inclinó
hacia Viola. —Lamento si parecí horrorizado cuando tu abuela me preguntó si era
tu compañero —dijo.
—Está bien —dijo
Viola—. La abuela Karen puede dar bastante miedo.
—Es que no quiero
que pienses que no me agradas. No es así. Me gustas, quiero decir.
—¿No tienen
hamburguesas de soja? —dijo Twidge.
Ni bien se alejó la
camarera, la docente comenzó a repartir las carpetas rosadas que había traído
consigo. —Esto explicará la filosofía de trabajo de las Ciclistas —dijo,
entregándome una—, además de proporcionar información práctica sobre el ciclo
menstrual. —Le dio otra a Twidge.
—Parece uno de esos
libros que nos daban en la secundaria —dijo mamá, mirando la suya—. Se llamaban
“Un don especial”, y tenían un montón de fotos de chicas con cintas rosadas en
el cabello, jugando al tenis y sonriendo. Escandalosa tergiversación.
Tenía razón. Hasta
estaba el mismo dibujo de las trompas de Falopio que yo recordaba de la
película que había visto en mi escuela, un dibujo que siempre me había
recordado a las primeras versiones de Alien.
—Oh, puaj —dijo
Twidge—. Esto es asqueroso.
—Dedícate a las
matemáticas —dijo Karen.
Bysshe parecía
descompuesto.
—¿Las mujeres
realmente tenían que hacer todo esto?
Llegó el vino y
serví un gran vaso a cada uno. La docente frunció los labios con desaprobación
y meneó la cabeza. —Las Ciclistas no usamos estimulantes ni hormonas
artificiales que el patriarcado masculino ha impuesto a las mujeres para
volverlas dóciles y subordinadas.
—¿Cuánto tiempo se
menstrúa? —preguntó Twidge.
—Por siempre —dijo
mamá.
—De cuatro a seis
días —dijo la docente—. Está aquí en el manual.
—No, quiero decir,
¿toda la vida o qué?
—El promedio de las
mujeres tienen su menarquia a los doce años de edad y cesan de menstruar a los
cincuenta y cinco.
—Yo tuve mi primer
período a los once —dijo la camarera, poniéndome un bouquet delante—. En la
escuela.
—Yo tuve el último
el día en que la Administración Federal de Medicamentos aprobó el amenerol
—dijo mamá.
—Trescientos
sesenta y cinco dividido veintiocho —dijo Twidge, escribiendo en su pizarra—.
Por cuarenta y tres años. —Levantó la vista—. Me da quinientas cincuenta y
nueve menstruaciones.
—Eso debe estar mal
—dijo mamá, quitándole la pizarra—. Son por lo menos cinco mil.
—Y siempre empiezan
el día en que te vas de viaje —dijo Viola.
—O que te casas
—dijo la camarera.
Mamá comenzó a
escribir en la pizarra.
Aproveché el cese
del fuego para volver a serviles vino de diente de león a todos.
Mamá alzó la
mirada. —¿Se dan cuenta de que si el período era de cinco días, una se pasaba
casi tres mil días menstruando? Son más de ocho años.
—Y entre medio
estaba el SPM —dijo la camarera, dejándonos flores.
—¿Qué es el SPM?
—preguntó Twidge.
—El síndrome
pre-menstrual, un nombre que el establishment médico fabricó para denominar la
variación natural de los niveles hormonales que indica la cercanía de la
menstruación —dijo la docente—. Esta leve fluctuación, enteramente normal, fue
exagerada por los hombres hasta convertirla en una debilidad. —Miró a Karen,
buscando confirmación.
—A mí se me daba
por cortarme el cabello —dijo Karen.
La docente parecía
incómoda.
—Una vez me rapé
todo un costado —prosiguió Karen—. Todos los meses, Bob tenía que esconder las
tijeras. Y las llaves del auto. Cada vez que debía detenerme por un semáforo
rojo me ponía a llorar.
—¿Te hinchabas?
—preguntó mamá, sirviéndole otro vaso de vino.
—Quedaba igual que
Orson Welles.
—¿Quién es Orson
Welles? —preguntó Twidge.
—Sus comentarios
reflejan la auto-repugnancia que les ha inculcado el patriarcado —dijo la
docente—. Los hombres les han lavado el cerebro a las mujeres hasta
convencerlas de que la menstruación es algo pérfido y sucio. Las mujeres
incluso solían llamarla “la maldición”, porque aceptaban el juicio de los
hombres.
—Yo la llamaba “la
maldición” porque pensaba que una bruja me había echado un maleficio —dijo
Viola—. Como en “La Bella Durmiente”.
Todos la miramos.
—Bueno, así era
—dijo—. Era lo único que se me ocurría para explicar que semejante cosa
horrible me sucediera. —Devolvió la carpeta a la docente—. Y sigue siendo lo
único que se me ocurre.
—Creo que fuiste
tremendamente valiente —Bysshe le dijo a Viola— al suspender el amenerol para
tener a Twidge.
—Fue horrible —dijo
Viola—. No puedes imaginártelo.
Mamá suspiró.
—Cuando tuve mi primera menstruación le pregunté a mi madre si Annette también
menstruaba.
—¿Quién es Annette?
—dijo Twidge.
—Una Mosquetera
—dijo mamá, y agregó, ante la mirada inquisidora de Twidge—. De la TV.
—Alta-res —dijo
Viola.
—El Club de Mickey
Mouse —dijo mamá.
—¿Había un programa
de alta-res que se llamaba El Club de Mickey Mouse? —dijo Twidge, incrédula.
—Eran días de
oscura opresión en muchos aspectos —dije.
Mamá me miró.
—Annette era el ideal de todas las niñas —le dijo a Twidge—. Tenía cabellos
ondulados, tenía verdaderos senos, su falda tableada siempre estaba bien
planchada, y yo no podía imaginar que sufriera de algo tan desprolijo e
indigno. El Sr. Disney nunca lo habría permitido. Y si Annette no la tenía, yo
tampoco iba a tenerla. Así que le pregunté a mi madre…
—¿Qué te dijo? —la
cortó Twidge.
—Que todas las
mujeres menstruaban —dijo mamá—. Entonces le pregunté “¿Hasta la Reina de
Inglaterra?” y ella contestó “Sí, hasta la Reina”.
—¿De veras? —dijo
Twidge—. ¡Pero ella es tan vieja…!
—Ya no menstrúa más
—dijo la docente, irritada—. Ya te dije que la menopausia tiene lugar a los
cincuenta y cinco años.
—Y entonces te
atacan los calores —dijo Karen—, y la osteoporosis, y te crece tanto vello
sobre el labio superior que pareces Mark Twain.
—¿Quién es…? —dijo
Twidge.
—No hace más que
repetir la propaganda negativa masculina —interrumpió la docente, con el rostro
muy colorado.
—¿Sabes qué es lo
que siempre me he preguntado? —dijo Karen, inclinándose, conspiradora, hacia
mamá—. Si la responsable de la Guerra de las Malvinas no habrá sido la
menopausia de Maggie Thatcher.
—¿Quién es Maggie
Thatcher? —dijo Twidge.
La docente, que ya
tenía la cara tan roja como su chalina, se puso de pie. —Está claro que no
tiene sentido tratar de hablar con ustedes. Sus cerebros han sido completamente
lavados por el patriarcado masculino. —Comenzó a quitarnos las carpetas—.
¡Están ciegas, todas ustedes! Ni siquiera se dan cuenta de que son víctimas de
una conspiración masculina que las privó de su identidad biológica, de su
mismísima condición de mujeres. La Liberación no fue una liberación en
absoluto. Sólo fue otra clase de esclavitud.
—Aunque eso fuera
cierto —dije—, aunque hubiera existido una conspiración para mantenernos bajo
el dominio masculino, igual valió la pena.
—Tiene razón,
¿sabes? —Karen le dijo a mamá—. Traci tiene toda la razón. Hay cosas por las
que vale la pena abandonarlo todo, incluso la libertad, y deshacerse de la
menstruación es definitivamente una de ellas.
—¡Víctimas! —gritó
la docente—. ¡Las han despojado de su femineidad y ni siquiera les
importa! —Salió
dando grandes trancos, destruyendo a su paso varias calabazas y una hilera de
gladiolos.
—¿Saben lo que más
odiaba yo, antes de la Liberación? —dijo Karen, sirviéndose lo que
quedaba de vino de
diente de león—. Los cinturones higiénicos.
—Y los aplicadores
de cartón de los tampones —dijo mamá.
—Nunca voy a
ingresar en las Ciclistas —dijo Twidge.
—Bien —dije.
—¿Puedo comer
postre?
Llamé a la camarera
y Twidge pidió violetas azucaradas.
—¿Alguien más
quiere postre? —pregunté— ¿O más vino de vellorita?
—Creo que es
maravillosa la forma en que tratas de ayudar a tu hermana —dijo Bysshe,
acercándose a Viola.
—Y esos avisos de
Modess —dijo mamá—. ¿Recuerdan a esas mujeres glamorosas, con vestidos de
fiesta de brocado de satén y largos guantes blancos, y que debajo de la foto
decía “Modess, porque…”? Yo creía que Modess era un perfume.
Karen rió. —Yo
creía que era una marca de champaña.
—Será mejor que no
tomemos más vino —dije.
A la mañana
siguiente, el teléfono comenzó a sonar apenas entré en mi oficina, el llamado
universal.
—Karen regresó a
Irak, ¿verdad? —le pregunté a Bysshe.
—Sí —dijo—. Viola
dijo que había algún debate sobre si poner una Disneylandia en la Ribera
Occidental o no.
—¿Cuándo llamó
Viola?
Bysshe parecía un
corderito. —Desayuné con ella y Twidge esta mañana.
—Ah —levanté el
teléfono—. Probablemente es mi madre, con un plan para secuestrar a Perdita.
¿Hola?
—Habla Evangeline,
la docente de Perdita —dijo la voz del teléfono—. Espero que esté contenta. Ha
forzado a Perdita a rendirse a la esclavitud del patriarcado masculino.
—¿En serio? —dije.
—Es obvio que ha
empleado control mental, y quiero que sepa que tenemos intención de presentar
la denuncia. —Colgó. Inmediatamente, el teléfono volvió a sonar, otro
universal.
—¿De qué sirven las
firmas si nadie las usa jamás? —dije, y levanté el teléfono.
—Hola, mami —dijo
Perdita—. Pensé que querrías saber que he cambiado de idea respecto a ingresar
en las Ciclistas.
—¿De veras? —dije,
tratando de no sonar demasiado alborozada.
—Descubrí que usan
una chalina roja alrededor del brazo. Me tapa la parte del tatuaje
donde está el
caballo de Toro Sentado.
—Sí, es un problema
—dije.
—Y eso no es todo.
Mi docente me contó del almuerzo. ¿Es cierto que la abuela Karen te dio la
razón?
—Sí.
—¡Vaya! Eso sí que
no lo creía. Bueno, como sea, la docente me dijo que ustedes no le
prestaron atención
sobre lo grandiosa que es la menstruación, que ustedes no dejaban de hablar
acerca de los aspectos negativos, como la hinchazón, los retortijones y el mal
humor, y yo le dije “¿Qué retortijones?”, y ella me dijo “El sangrado menstrual
con frecuencia ocasiona dolor de cabeza y otras molestias”, y yo le dije “¡¿Sangrado?!
¡Nadie me había dicho nada sobre el sangrado!” ¿Por qué no me contaste que todo
este asunto tenía que ver con la sangre, mamá?
Se lo había dicho,
pero sentí que era más apropiado no menc”onárselo.
—Y tampoco dijiste
una palabra sobre lo doloroso que era. ¡Y todas esas fluctuaciones hormonales!
Una tendría que estar loca para querer pasar por todo eso sin ninguna
necesidad. ¿Cómo lo aguantaban antes de la Liberación?
—Eran días de
oscura opresión —dije.
—¡Ya lo creo!
Bueno, como sea, renuncié y mi docente se puso realmente furiosa. Pero le dije
que es un caso de soberanía personal, y que ella debe respetar mi decisión. De
todos modos, sigo con intenciones de hacerme floratariana, y no quiero que
trates de convencerme de lo contrario.
—Ni soñando —dije.
—¿Sabes? ¡Todo esto
ha ocurrido por tu culpa, mami! Si me hubieses contado desde un principio todo
eso del dolor, nada de esto habría sucedido. ¡Viola tiene razón! ¡Nunca nos
cuentas nada!
FIN

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