© Libro N° 14029. Puente Entre
Estrellas. Williamson,
Jack Y Gunn, James. Emancipación.
Julio 12 de 2025
Título Original: © Star Bridge
Versión Original: © Puente Entre Estrellas. Jack Williamson Y James Gunn
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
Libros Tauro
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Jack Williamson Y James Gunn
Puente Entre
Estrellas
Jack Williamson Y James
Gunn
PREFACIO
por Miguel Masriera
En este volumen,
Colección Nebulae presenta a dos autores norteamericanos, Jack Williamson y
James E. Gunn, que han escrito en colaboración una de las mejores obras de la
moderna literatura de fantasía científica: Puente entre estrellas.
No se crea que
escribo lo que antecede en un afán de presentación propagandística. Con toda
sinceridad puedo decirle, amigo lector, que la obra que se dispone usted a leer
es la novela más grande que yo conozco. Claro está que hay que aclarar el
sentido de tan rotunda afirmación. No querría que nadie la tomase como si
creyese esta obra mejor que las de un Balzac, un Dostoievski o un Stendhal,
pues no creo haber perdido todavía la ecuanimidad: cuando digo que ésta es la
novela más grande que conozco —y ¡Dios sabe cuántas han pasado por mis manos
pecadoras!—, empleo la palabra “grande” en el sentido de anchura, de extensión;
quiero decir simplemente la novela que abarca más.
“Quien mucho abarca
poco aprieta”, dice el sobado refrán, pero no es éste el caso aquí, porque lo
que da calidad a este libro es el que, a pesar de abarcar tanto, se profundiza
en todo. Se empieza por abarcar en el espacio: esta novela futurista es de las
que hemos llamado intergalácticas, esto es, todavía más amplia que las
interestelares. Con esto está dicho ya que es una novela de pretensiones
cósmicas, que se desarrolla, por tanto, en todo el universo, en todo el espacio
y, como verá el lector, incluso en espacios desconocidos e inimaginables hoy.
Ya hemos publicado
en Colección Nebulae novelas con análogas pretensiones: Los monstruos del
espacio (N° 2), Cita en la eternidad (Nº 12), Amo del espacio (N° 21), El fin
de la eternidad (Nº 50), etc. Pero, a decir verdad y apurando la crítica, a
algunas de ellas se les puede achacar el que, al querer abarcar tan amplios
horizontes, queda relegado a segundo término el aspecto humano y, por tanto, la
calidad novelística; es evidente que se corre el riesgo de escribir una especie
de novela del Oeste futurista donde los ranchos son estrellas y los briosos
corceles aeronaves de retropropulsión. Otras, en cambio, conscientes de que al
ampliar la acción en una escala tan enorme, todos los problemas ―los
históricos, los psicológicos, los sociológicos, los antropológicos, etc.―
sufren el mismo aumento, se contentan con enfocar tan sólo uno de estos
problemas.
El mérito de esta
novela es precisamente el no desconocer la magnitud de los problemas que
plantea, el rehuir las soluciones elementales y, por tanto, banales en la mayor
parte de los casos. Por el contrario, diríase que se recrea en la dificultad de
los temas que aborda, a los que sabe no puede dar una solución clara, al estilo
tradicional, como en las novelas de aventuras corrientes, que suelen
transcurrir entre los tópicos consagrados tanto en la forma como en el fondo.
Quizás es por esto
que esta novela, que no está escrita para lectores ingenuos sino para espíritus
exigentes a los que no arredran las lecturas difíciles, es, incluso en la
forma, en el estilo, revolucionaria. Las frases, como los problemas, que no se
resuelven pero se plantean netamente, se dejan a veces sin terminar. Parece
incluso que se roza la incoherencia y, sin embargo, se dice muchas veces más
así que con elocuentes y floreados párrafos.
Sí, es ésta una
obra muy moderna, muy correspondiente al pensar y al sentir de nuestros días.
Por esto en ella la forma de expresión se sale de los estereotipados moldes,
como se alejan de las normas clásicas los libros de Miller, los cuadros de
Picasso o las sinfonías de Honeger.
Espero que el
lector comprenderá que no hay en ello extravagancia, sino mucha profundidad
expresada en el lenguaje del hombre de la era atómica.
PROLOGO
―El Historiador no
es sólo el cronista de lo que ha sido —dijo el Historiador—. El fruto de su
trabajo es una serie de términos de los cuales puede extrapolarse el futuro. Su
verdadera función no es registrar los hechos, sino predecirlos.
Luego, en rápidos y
fluentes ideogramas, empezó a escribir:
LA HISTORIA
Imperio…
El más grande
Imperio conocido, midiendo sus distancias en años luz, atrayendo a su seno a
las estrellas como un paciente pescador de dorada red.
Eron. Un planeta
estéril y duro que dio vida a la Grandeza. Nombre de Imperio.
Mundo tras mundo.
Estrella tras estrella. Construyamos un modelo: la escala será un millón de
kilómetros por cada centímetro. Un planeta del tamaño de la Tierra no podría
contener las dimensiones de nuestro modelo.
Pero si tuviéramos
el modelo y miramos de cerca… más cerca, más… veremos que las estrellas están
unidas por unos hilos dorados que vibran, delicados como una iridiscente
telaraña en el aire.
Porque un Imperio
se basa en sus comunicaciones, y las comunicaciones forman el Imperio. La razón
del Imperio de Eron eran los Tubos. Cada brillante hilo de la vasta telaraña
era un Tubo, un puente entre las estrellas, tendido sobre el ancho y negro río del
espacio.
Puente entre
estrellas…
Capítulo Primero
TERRENO PROHIBIDO
El llameante carro
del sol había ya pasado el apogeo de su viaje diario por el cielo. Descendía
ahora hacia su lugar de descanso detrás de la imponente meseta, y el jinete se
detuvo para dejar que su caballo castaño pudiera beber en aquel manantial alcalino.
Antes era de color castaño, pero ahora ya no; el sudor y el polvo rojo del
desierto se mezclaron secándose en espesa capa sobre la piel del animal.
El morro del
caballo, lleno de barro seco, se hundió en el agua para levantarse de nuevo,
sorprendido. La sed obligó de nuevo a inclinarse aquella cabeza. El caballo
bebió a grandes y ruidosos sorbos.
El jinete seguia
inmóvil, pero sus duros y grises ojos se movían sin cesar. Barrieron el
ardiente cielo azul, sin una nube. No se veía ningún destello que delatase la
presencia de un crucero de Eron. En todo el desierto no había otro movimiento
que los lentos círculos de un negro buharro.
Los ojos del jinete
descendieron hasta el horizonte, estudiaron la altísima meseta por un momento y
lentamente regresaron por el desierto, en el que se veían temblar las ondas de
calor. Se volvió en la silla y miró a sus espaldas, hacia el camino por el que
vino. El caballo levantó la cabeza nervioso; sus patas temblaron.
El jinete palmoteó
el hombro sudoroso del caballo.
—Nos han perdido el
rastro, muchacho —susurró entre labios agrietados por el calor y el polvo—.
Creo que hemos escapado.
Forzó al remiso
animal a apartarse del manantial y le obligó a marchar a través del rojo y
polvoriento desierto hacia la desnuda y muerta meseta, donde antaño la gran
ciudad de Suriport se habia erguido con orgullo hacia las estrellas.
El jinete era alto
y parecía flaco, pero cuando era necesario podía moverse con rapidez y energía
y sus anchos y cuadrados hombros estaban llenos de fuerza. Cubría sus espaldas
con lo que quedaba de un destrozado uniforme gris ceniza. El polvo y el sudor
llenaban de manchas rojas las perneras del roto pantalón de montar, pero las
negras botas de cuero aún podían utilizarse.
Una cantimplora
colgaba de la silla, despidiendo un sonido musical de agua mientras el caballo
caminaba lentamente hacia la mesa, con la cabeza inclinada hacia el suelo.
Alrededor del hombro izquierdo del jinete pasaba un cordón elástico, que
retenía una pesada pistola unitrónica cerca del sobaco. Su cañón de acero azul
llevaba grabadas unas palabras: Made in Eron.
Nadie se atrevería
a decir que las facciones del jinete eran hermosas o atrayentes. Su rostro era
seco, parco e inmóvil; donde una dura y azulada barba de un mes no había
protegido sus mejillas, su piel estaba tostada hasta parecer casi negra.
Se llamaba Alan
Horn. Era un soldado de fortuna.
En toda la Galaxia
habitada no habría más que un centenar de hombres que siguieran la profesión de
Alan. Se dedicaban a la guerra, y su negocio consistía en sacar provecho de
ella y sobrevivir. Eran soldados mercenarios. Todos eran fuertes, inteligentes y
astutos; hombres muy hábiles. Tenían que serlo. Los otros morían pronto.
El polvo rojo se
levantó debajo de Horn y flotó detrás en el camino, mientras sus apretados ojos
buscaban, buscaban sin cesar. Registraban el cielo y el desierto en largo e
inquieto arco, que siempre terminaba detrás de él.
Una hora antes del
anochecer llegó ante el aviso.
Las lluvias, que
habían arrastrado las tierras fértiles, habían respetado aquel peñasco de
granito. En su centro habían clavado un poste metálico, y de su extremo colgaba
torcido un oblongo de durex. Los siglos lo habían agrietado y descolorido, pero
aún se podían leer las palabras en el bastardo eroniano que servía de lengua
franca en el espacio.
¡AVISO! TERRENO
PROHIBIDO
Esta área ha sido
declarada abandonada y queda prohibida para la ocupación humana. Todas las
personas que lleguen a este lugar deben entregarse inmediatamente al Residente
de la Compañía en la puerta más cercana. El negarse a obedecer en el acto,
implica la pérdida de todos los derechos sobre sus bienes y persona. Se
notifica que esta área quedará abierta para cazadores autorizados.
Colocado en el año
1046 de la Compañía de Eron por orden del Director.
Horn escupió entre
los labios abrasados por el sol. Durante más de doscientos años los nómadas de
este desierto fueron perseguidos como animales salvajes por los cazadores de
Eron. El desierto era enorme; los alambres de espino de la zona ocupada más cercana
estaban a mil kilómetros hacia el Este, en dirección al Valle del Mississipí…
pero Eron era eficiente.
Horn había visto a
un salvaje en el desierto; le había comprado el caballo. ¿Comprado? Bien, por
lo menos le había pagado su precio, aunque la pistola fue más persuasiva que el
dinero.
El caballo levantó
la cabeza y empezó a temblar. Horn se levantó sobre los estribos y miró a sus
espaldas. Se quedó en aquella postura por unos instantes, silencioso e inmóvil.
Luego él también lo oyó. Su espalda se irguió y aspiró el aire fuerte y violentamente.
El gutural aullido
de los perros, distante y terrible. Los cazadores corrían acompañados por la
música de la muerte.
Horn se dejó caer
en la silla de nuevo.
—Han hallado el
rastro, muchacho —murmuró—, pero ya los hemos tenido antes sobre nuestras
huellas. Nos escapamos entonces. Volveremos a hacerlo de nuevo.
Pero antes el
caballo corría fresco. Sus músculos, criados en el desierto y espoleados por el
terror, les habían apartado de la muerte. Ahora, aquellas semanas de caminar
sin descanso dejaban sentir su efecto. El noble animal estaba enflaquecido, sin
ánimo. El distante clamor sólo le hacía temblar. Y detrás de él sus
perseguidores contaban con monturas descansadas, obedientes y adictas que
aullaban detrás de la presa.
Un pensamiento hizo
brillar los ojos de Horn. ¿Por qué le perseguían? ¿Por desertor? ¿Como a una
presa casual? ¿O como a un hombre con una misión vital para su Imperio, que
había sido alquilado a 300 años luz de distancia? Horn habría dado cualquier
cosa por saberlo; ese conocimiento podía salvarle. Lanzó una mirada a la
pistola. Aquello sería una sorpresa para sus enemigos.
Su mano se dirigió
a su cintura, al grueso cinto de lona lleno de bolsillos que llevaba debajo de
la camisa. Dinero bueno en cualquier parte; nada de vales de la Compañía.
Monedas tan sólidas como Eron.
¿Qué es lo que
impulsa a un hombre a través de trescientos años luz por la Galaxia? ¿El
dinero? Horn se encogió de hombros. Para él el dinero no era más que un medio
de dominar a aquellos que lo apreciaban. No todo el mundo lo hacía. El nómada
del desierto habría preferido conservar su caballo. Hay cosas que no se pueden
comprar, y esas son las más importantes.
Horn le había dicho
eso al hombre que le habló en susurros en aquella habitación completamente a
oscuras de Quarnon IV.
El único acto
altruista de la vida de Horn había terminado en un fracaso. Era su destino. La
Constelación comprendió su derrota desde el principio. Pero había guerreado, y
como un demente, Horn se ofreció voluntario para luchar contra el poderío de
Eron del lado de la Constelación. Había compartido la lucha y la inevitable
derrota. Luego, sin armas, sin dinero, se dirigió al encuentro del hombre cuyo
mensaje le prometía la riqueza.
La habitación sin
luz le pareció una sorpresa. Trató de penetrar la negrura con los ojos y de
repente decidió no aceptar aquel trabajo.
—No se puede
comprar a un hombre con dinero.
—Eso es cierto…
para unos pocos. Y los otros no cumplirán su promesa. Pero lo que yo quiero
comprar es la muerte de un hombre.
—¿A una distancia
de trescientos años luz?
—La víctima estará
allí para la inauguración del Monumento a la Victoria. Todo lo que el asesino
tiene que hacer es encontrarse allí.
—Sus palabras
suenan sencillas. ¿Cómo conseguirá su propósito el asesino?
—Eso es cuestión
suya.
—Es posible
hacerlo. Eron nos tendrá que ayudar…
Mientras su mente
examinaba y descartaba los planes posibles uno tras otro, Horn cambió su
anterior decisión. ¿Por qué? ¿Por el desafío?
Era algo imposible,
pero lo imposible depende de su aceptación. Ya no es absoluto cuando un hombre
rehusa aceptarlo como tal. Las dificultades eran grandes, las probabilidades de
fracaso aún mayores, pero las conquistaría. Y una vez conquistadas, seguiría
insatisfecho.
La vida no tiene
nada de amable para un hombre semejante. Cualquier fracaso del que sobreviva,
no es más que un estímulo; el éxito está vacío. Con un frío análisis, Horn
comprendió esa realidad; aceptó sus consecuencias y continuó adelante sin
modificar su carácter.
Horn volvió a mirar
a sus espaldas. Sus perseguidores estaban mucho más cerca. Los ladridos se oían
más claros. Los oblicuos rayos del sol enrojecían una nube de polvo. Era una
carrera con la muerte, en la que participaban perseguidores y víctima. Horn clavó
los tacones en los flancos del animal, a quien el dolor hizo dar un salto hacia
delante y proseguir con un cansado galope.
La única
oportunidad de Horn consistía en alcanzar la meseta antes que sus
perseguidores. Quince minutos más tarde se dio cuenta de que nunca lo
conseguiría.
Luego descubrió las
huellas. Se mostraban recientes en el polvo rojo, cercanas, desiguales. La
persona que las dejó se tambaleaba. Con rápida decisión, Horn hizo que su
caballo siguiera las huellas.
Unos cientos de
metros más adelante, el polvo mostraba los contornos del cuerpo de un hombre.
Horn hizo seguir al caballo adelante. Los ladridos detrás suyo eran más claros,
pero Horn los ignoró. El tiempo corría a toda velocidad. El sol no era más que
medio disco sobre el borde de la meseta. La oscuridad no tardaría en ocultar su
rastro, pero no engañaría el olfato de los perros.
Los cascos desnudos
del caballo golpearon de repente un espacio rocoso. El terreno empezaba a
elevarse. Cuando volvió a encontrarse sobre terreno blando, el caballo tropezó.
Horn tiró de las riendas y el animal se enderezó gracias a la férrea voluntad
de su jinete. Este trató de penetrar con la mirada en la creciente oscuridad.
Allí.
Horn volvió a
espolear al noble bruto; una vez más el animal respondió a sus deseos. La
sombra delante de ellos se hizo más cercana y se definió en algo bifurcado que
andaba dando traspiés. Se volvió para mirar hacia atrás, abrió una boca roja de
la que no salió sonido alguno y echó a correr, tropezando. Cerca de otra
extensión rocosa, volvió a caer y quedó inmóvil.
Horn subió a lo
alto de las rocas antes de dejar que su caballo se detuviese. Se quedó inmóvil
en la silla por unos momentos, mientras estudiaba la lisa superficie superior
de aquella formación rocosa. Tendría unos cien metros de ancho. Por el lado de
la meseta, las rocas descendían gradualmente hasta mezclarse de nuevo con el
polvo. Por la izquierda, caía bruscamente hasta el camino.
Sólo entonces Horn
se permitió mirar al hombre caído en el polvo. Aquel hombre fue grande, fuerte
y orgulloso, pero ahora no era más que un esqueleto, de piel ennegrecida y
tirante sobre los huesos que se notaban claramente. Sucios harapos colgaban de
su cintura.
Horn esperó
pacientemente. El hombre se apoyó en un brazo y levantó la cabeza. Unos ojos
enrojecidos, con los párpados hinchados hasta casi cerrarlos, miraron sin
esperanza a Horn, parpadearon y luego parecieron agrandarse por la sorpresa.
Ahora estaban llenos de asombro y esperanza.
A-roo…
Los perros estaban
muy cerca de ellos.
La boca del hombre
se abrió y volvió a cerrarse en silencio. Tenía la lengua negra e hinchada. Su
garganta se agarrotó, aflojó y volvió a agarrotarse mientras se esforzaba en
hablar. Por fin consiguió emitir unos débiles sonidos.
—Agua… Por favor,
agua…
Horn bajó del
caballo y descolgó la cantimplora que llevaba en la silla. Se acercó hasta el
borde de la roca y se la enseñó al hombre caído en el polvo, agitándola. El
agua tintineó musicalmente.
El hombre gimió. Se
arrastró hacia delante sobre sus codos. Horn volvió a agitar la cantimplora. El
hombre se movió más aprisa, pero los pocos metros que le faltaban hasta la roca
disminuían con dolorosa lentitud…
A-roo…
—¡Vamos! —dijo Horn
con impaciencia. Miró por encima de la cabeza del hombre, hacia el desierto. La
nube de polvo se elevaba ahora mucho más alta—. Aquí hay agua. ¡De prisa!
El hombre se
apresuró más. Gruñendo y sollozando, se arrastró hacia la cantimplora, sus ojos
medio ciegos con la mirada fija en el recipiente. Se alzó por el costado de la
roca, tendiendo una mano.
Horn se inclinó, lo
levantó y llevó la cantimplora a sus labios. La garganta del hombre se agitó
con movimientos convulsivos. El agua le corrió por la barbilla y el pecho.
—Ya es suficiente
—dijo Horn, apartando la cantimplora—. No debe beber demasiado de una vez. ¿Se
siente mejor?
El hombre movió la
cabeza con confusa gratitud. Horn levantó los ojos.
—Ya están cerca
—dijo—. Usted no puede caminar, y no puedo dejarle aquí abandonado a los
perros. Tendremos que ir los dos en el caballo. ¿Cree que podrá sostenerse?
El hombre asintió
con ansiedad.
—No debería…
permitirlo —jadeó—. Siga solo. Déjeme. Gracias… por el agua.
—¡Olvídelo!
—restalló Horn. Ayudó al hombre aponerse en pie, llevándolo hasta el caballo y
metió el pie izquierdo del hombre en el estribo. Empujó. Aunque el cuerpo
estaba demacrado, todo era peso muerto. El conseguir que se mantuviera en la
silla requirió toda su habilidad.
A-roo…
Horn pudo
distinguir las distintas voces que se mezclaban en el grito. Llevó las manos
del hombre hasta la empuñadura de la silla.
—¡Agárrese fuerte!
—exclamó.
Las manos se
apretaron y los nudillos se pusieron blancos por el esfuerzo. El hombre volvió
sus ojos aterrorizados hacia Horn.
—No deje… que me…
cojan —rogó, con un murmullo casi inaudible.
—¡YI-I-I-I! —gritó
Horn con fuerza.
Su mano restalló en
la grupa del caballo. El animal saltó hacia delante. El hombre se tambaleó
locamente en la silla. Volvió la cabeza y miró detrás suyo con ojos que de
repente, con amargura, comprendieron la verdad. Horn contempló al vacilante
jinete. Su mandíbula se endureció.
El caballo corrió
por la pendiente rocosa hasta el polvo; el hombre se agarraba a la silla con
desesperación. Horn dio media vuelta y se acercó al extremo de la roca con
saltos de gigante. Dio un brinco, aterrizó doblado sobre sí mismo, se retorció
hasta el lado de la roca y se quedó inmóvil.
—A-ROO —una vez
más, y luego silencio. Ya estaban demasiado cerca, su atención demasiado fija
en la presa para romper el silencio en la captura.
Horn sintió el
rápido y blando golpear de las patas llenas de barro. Se apretó más contra la
roca, contemplando cómo el polvo rojo se levantaba por encima del borde rocoso,
más alto, más denso, más cercano. Cuando los perros llegaron a la roca el
sonido se hizo más claro. Las garras arañaron la piedra. Horn cerró los ojos y
escuchó.
El ritmo de la
persecución se interrumpió. Uno de los perros detenía su carrera. La mano de
Horn se cerró sobre la culata de la pistola.
Luego, una breve
voz de mando. Las garras que se habían retrasado volvieron a adquirir
velocidad. El polvo y la distancia amortiguaron el sonido. Horn se arriesgó a
lanzar una rápida mirada sobre el borde de la roca, situado a cosa de un metro
del suelo. Se habían ido, su atención fija en el jinete que huía delante de
ellos.
Se estremeció. Allí
estaban los terribles perros de caza de Eron. Mutados hasta adquirir el tamaño
de caballos, podían llevar a un hombre en sus espaldas durante muchas horas;
sus gigantescas mandíbulas podían arrastrar cualquier cosa que se moviera. Eran
el símbolo de las mitológicas Furias.
Y en su grupas,
animándolas con sus gritos, los príncipes mercaderes de Eron, con su piel
dorada y su cabello rubio brillando con los últimos rayos del sol. Se decía de
ellos que también eran mutantes. Mucho más peligrosos que sus monturas.
Se acercaban
rápidamente a su presa. El hombre que huía se volvió en la silla y llevó su
mano a la cintura. La jauría estaba sólo a unos cien metros de distancia cuando
Horn vio algo que brillaba en la mano del hombre. El instinto le hizo agachar
la cabeza. El ahogado sonido del impacto fue seguido por el agudo chillido del
metal sobre la piedra. La bala aulló lejos hacia el desierto, impulsada por el
diminuto campo unitrónico de la pistola.
Una pistola, pensó
Horn. ¿Dónde habría conseguido ese hombre una pistola?
Volvió a mirar por
encima de la roca. Uno de los perros estaba tendido en el suelo, con una pierna
doblada debajo de su cuerpo, pero su boca seguía gruñendo de ansia
insatisfecha. Su jinete yacía desmayado en el polvo. El resto del grupo se
acercó aún más, sin detenerse. La presa, consumida su última energía en aquel
esfuerzo desesperado, se sujetaba a la silla con ambas manos, con el rostro
vuelto para contemplar a la muerte que le seguía.
No se escuchaba
ahora ningún sonido. Sólo la silenciosa pantomima de la muerte se desarrollaba
delante de los ojos de Horn. El perro más cercano estiró la cabeza, con las
mandíbulas abiertas. La boca se cerró con fuerza. Entre sus dientes estaba la
grupa del caballo.
El caballo se
encabritó, las patas manoteando el cielo con loco terror, sintiéndose herido, y
el jinete salió despedido de la silla. Al encabritarse, otro de los perros le
quebró las patas delanteras de un solo mordisco. Cuando el caballo cayó al
suelo, fue rápidamente descuartizado.
El hombre nunca
llegó a tocar el suelo. Salvajes colmillos le esperaban mientras descendía
azotando el aire con los brazos que el miedo no pudo trocar en alas.
Pobre caballito,
pensó Horn, y se enterró aún más en el polvo rojo.
LA HISTORIA
Peaje…
Pensemos en el
hombre que inventó un nuevo sistema de transporte, por el cual se acorta el
camino. No hay duda que merece la recompensa y la gratitud de los demás.
Durante muchos
siglos la velocidad de la luz fue el límite absoluto para los viajes
espaciales, y aún a esa velocidad las estrellas estaban separadas por muchos
años de camino. Entonces la Compañía de Energía, Transporte y Comunicaciones de
Eron ofreció el Tubo a todos los mundos. Tan pronto como una nave normal podía
llevar el equipo terminal a cualquier estrella, era posible unirla a Eron. Las
estrellas se hicieron más cercanas.
Tres horas hasta
Eron.
Dentro de los
misteriosos y dorados tubos de energía, el espacio se acortaba de una manera
extraña. Se trataba de una clase distinta de energía y creaba un espacio
distinto. Al mismo tiempo, los Tubos transmitían energía y mensajes con la
misma velocidad. Por primera vez fue posible una civilización interestelar.
No había duda sobre
ello: la Compañía merecía una buena recompensa.
Pero todos los
puentes llevan a Eron, y el peaje era muy alto.
Capítulo II
EL PRECIO DEL
CRIMEN
La noche era muy
oscura; densas nubes ocultaban las estrellas. Aunque existiera un paso por la
áspera pared de la mesa rocosa, era dificil que Horn lo encontrase. Por eso,
cuando vio el leve reflejo de la hoguera contra la pared de roca, creyó que se
trataba de una ilusión de sus ojos cansados de intentar penetrar las tinieblas.
La oscuridad le
había protegido mientras se arrastraba desde la roca hacia la meseta que se
erguía en la distancia. Pero después fue una cortina impenetrable a través de
la cual no le era posible encontrar su camino, una barrera que no podía
escalar, un enemigo al que no podía vencer. Era otro enemigo más, como los
trescientos años luz de distancia, como el árido desierto, como los cazadores y
sus perros… como la pared de roca de la meseta. La oscuridad pasaría, como sus
otros enemigos lo hicieron en el pasado; pero la lisa pared seguiría allí,
alta, recta, sin una grieta: infranqueable.
Ahora el tiempo
también era su enemigo, esta vez un enemigo que huía, escapando hora a hora,
minuto a minuto. La Tierra seguía su eterno giro, la noche susurraba a su oído
y pronto el sol le encontraría… ¿dónde? ¿Aún buscando un lugar por donde
escalar lo imposible? ¿O bien en acecho de su víctima, en la escena del mayor
momento de gloria de Eron? La bala de su pistola ya estaba pagada; el dinero le
pesaba en la cintura.
Las mandíbulas de
Horn se apretaron por un momento y luego volvieron a aflojarse; también
vencería esas dificultades. El Destino le había seguido desde el principio de
su aventura, pisándole los talones. Dentro de unas horas llegaría el momento,
fijo en un inmóvil punto del tiempo, como una mariposa agitándose bajo la
aguja… igual que él fijaría a su víctima bajo su mira telescópica, un actor
solitario en una escena mortal, mientras su índice apretaría lenta, muy
lentamente…
El reflejo de la
hoguera se hizo más fuerte, luego vaciló, y Horn comprendió que era verdadero.
El fuego estaba en una depresión del terreno situada delante de la lisa pared.
Las llamas pintaban rojas figuras y temblorosas sombras sobre el granito gris.
Horn se arrastró
alrededor de la depresión, en silencio, siempre fuera del anillo de luz rojiza
que lanzaba el pequeño fuego. Las voces le hicieron detenerse. Una era la voz
de un hombre, confusa, indistinta. La otra aguda, vagamente femenina.
¿Una mujer? ¿Aquí?
Horn sacudió la cabeza y escuchó.
—Vamos, vamos
—decía la voz femenina—. Un poco de comida. ¿No tendrás un pequeño bocadito?
¿Algún grano olvidado? Sacude bien esa vieja caja de lata. ¿Será posible que no
puedas encontrar un mendrugo para la hambrienta Lil?
El hombre murmuró
algo.
—Busca bien,
anciano. ¡Mira con atención! Ya sabes que no te pido diamantes, ni siquiera uno
como una semilla. ¿Por favor? ¿Por la pobre Lil? ¿Un poco de carbón? ¿Una mota
de polvo? No eres más que un viejo ingrato. Día y noche, sin dormir, trabajo
para alimentarte, para mantenerte vivo cuando tendrías que estar muerto, hace
mucho, mucho tiempo, ¿y no quieres dar a la pobre Lil ni una migaja para evitar
que muera de hambre? —las palabras quedaron ahogadas por unos suaves sollozos.
Horn miró a las
sombras que se reflejaban en la pared de la roca. Una de ellas, más negra y
definida que las demás, lentamente se hizo sólida y real, una proyección de la
fantasía contra la gris solidez de los hechos. Parecía un pequeño y negro
demonio con dos cabezas, una redonda y negra, y la otra con una nariz ganchuda
y aspecto fiero y dominante.
Horn miró a su
alrededor y siguió arrastrándose. Cada pocos metros se detuvo para escuchar. El
desierto no le envió ningún aviso. Cuando Horn completó el semicirculo y de
nuevo se encontró contra la pared de roca al otro lado de la hoguera, sabía que
no había nadie cerca, excepto un viejo y una mujer que lloraba.
Los sollozos se
convirtieron en un grito de rabia.
—¡Ah, viejo
borrachín! Si no quieres darme de comer, por lo menos no te quedes toda la
bebida para ti. Dame un trago, viejo depravado, envenenada botella de ron… ―la
descripción que siguió era insultante y fantásticamente llena de inventiva.
Horn levantó la
cabeza con precaución por encima del borde de la depresión. Se quedó inmóvil,
asombrado.
Allí abajo, entre
la hoguera y la pared de la mesa, un hombre viejo estaba sentado en el suelo
con la espalda apoyada contra una roca. Debajo de un apretado y rojo gorro se
veía su rostro amarillo y lleno de arrugas. Sus ojos inclinados estaban medio
cerrados. Un sucio pañuelo amarillo anudado en el cuello corto, era del mismo
color que la piel que asomaba a través de una rota camisa de verde y brillante
plastiseda. Un solo tirante sostenía un par de arrugados pantalones.
Detrás de él, sobre
la roca, estaba un vistoso pájaro verde y rojo; mantenía el equilibrio con
dificultad sobre una pata mientras la otra sujetaba una botella de medio litro
contra un pico enorme y ridículo. El loro estaba sucio y desarreglado. Una de
las plumas de la cola estaba partida y otras varias faltaban de su plumaje.
Sólo tenía un ojo que parpadeaba a la luz de la hoguera.
Una pequeña marmita
estaba colocada sobre el fuego y despedía un agradable olor que hizo acudir la
saliva a la seca boca de Horn. No se veía nada más excepto una abollada maleta
metálica cerca del viejo.
Horn respiró con
fuerza y se lanzó hacia el campamento con la pistola en la mano. Con un pie
lanzó tierra sobre el fuego al pasar y la hoguera se apagó, humeante. Horn se
detuvo de espaldas a la pared rocosa.
El pájaro casi se
ahogó con la bebida. Dejó caer la botella y emprendió el vuelo con sus
maltrechas alas. El viejo se puso en pie de un salto, los negros ojos alocados,
mientras le temblaba la grasa de su rostro redondo y de su grueso y bajo
cuerpo.
—¡Piratas! —lanzó
el pájaro—. ¡Atentos a rechazar el abordaje!
El color del
arrugado e indefinible rostro del hombre se había convertido en un amarillo
pálido.
—¡No matal! —dijo
en un dialecto arcaico. Su voz tenía un tono nasal—. Favor no matal poble
chino… —hipó asustado, y Horn percibió un leve olor de alcohol sintético―.
¡Poble chino lavandelo no molesta a nadie!
Todo aquello le
pareció falso a Horn. Quizá aun más improbable que aquella ridicula pareja
debajo de las ruinas de la antigua Sunport.
Horn miró a la
maleta de metal del viejo. Había algo escrito en un costado; las letras estaban
arañadas, descoloridas, y eran tan arcaicas como el lenguaje del hombre. Decía:
Mr. Oliver Wu, Propietario, Lavandería de Nuevo Cantón. Horn dio cuatro rápidos
pasos a la derecha. En el otro lado pudo leer: Lily, el loro matemático. Puede
sumar.
—Pobre chino,
morirá con rapidez gracias a su hoguera en el area prohibida —dijo Horn
lentamente—. Una partida de caza del Pueblo Dorado me ha seguido hasta medio
kilómetro de este lugar.
El rostro de Wu se
hizo aún más pálido. Las piernas le flaquearon. Se dejó caer al suelo delante
de la roca. El loro se posó en su hombro, mirando fijamente a Horn con su único
ojo.
—Soy chino poble
—dijo Wu tembloroso—. No tengo nada. Sólo pájalo estúpido —se encogió de
repente al morderle el loro en la oreja—. Aquí tengo lopa sucia —su remendada
bota golpeó la abollada maleta—. No molestal a nadie…
—Los cazadores te
matarán igualmente —dijo Horn en tono tranquilo—. Ahora se han marchado, pero
volverán. Si seguimos aquí…
Dejó que sus
palabras flotaran en el aire, amenazadoras.
—Nadie puede hablar
tranquilo con una pistola delante —dijo el loro.
Horn rió sin
alegria, y bajó la pistola. El cordón elástico la apretó fuertemente contra su
pecho, dispuesta para el rápido movimiento de su mano.
—Un pájaro listo
—dijo Horn—. Muy listo. Lo bastante inteligente para hablar mejor que su amo.
El color volvió
lentamente al rostro de Wu.
—Entonces… ¿no
están cerca? —jadeó—. ¿Los cazadores?
—¿Conque puedes
hablar la lengua franca? Quizás sabrás lo bastante para explicarme que hacéis
aquí.
Wu suspiró y
respiró con mayor facilidad.
—Hasta las
miserables criaturas como nosotros debemos seguir viviendo… o creernos que
vivimos —dijo amargamente—. Cuando los ricos celebran sus festines, las migajas
siempre caen debajo de la mesa. El hambre es un poderoso acicate. Nos ha
conducido una larga distancia a través de ese terrible desierto para llegar
hasta la Celebración de la Victoria. Atormentados por la sed, perseguidos por
los cazadores… —Wu se estremeció—. Hemos visto cómo tres hombres morian para
divertirlos.
Lil movió la
cabeza, su ojo brillante en la oscuridad.
—Esos sangrientos y
malvados cazadores. Y esos hombres que murieron tenían pistolas como la tuya,
forastero.
—Es extraño
—murmuró Wu— que pudierais conseguir pistolas unitrónicas. Eron las guarda con
el mayor cuidado. ―Lanzó una rápida mirada hacia él. Horn le devolvió la
mirada, los brazos cruzados sobre el pecho, los labios apretados en una inmóvil
y estrecha linea—. Muchos han muerto —continuó—, pero nosotros conseguimos
atravesar el desierto y burlar a los cazadores, y mañana estaremos en las
ruinas. Y allí veremos el modo de continuar nuestra vida un poco más, ¿eh, Lil?
Los párpados de
Horn se movieron.
—Los débiles mueren
—dijo Lil tranquilamente—. Sólo los más más aptos sobreviven. ―Inclinó la
cabeza y miró al suelo. La botella se había vaciado completamente en el polvo―.
¡Oh, ese agradable y hermoso licor! Todo perdido, todo perdido.
Una gruesa lágrima
se asomó a su ojo y cayó en la camisa verde de Wu.
De repente Wu se
puso de rodillas. Lil levantó el vuelo, en medio de grandes protestas. Wu se
arrodilló al lado de las cenizas y examinó la marmita.
—El guisado está
lleno de tierra. ¡Pobre de mí! Pero quizás podamos arreglarlo.
Recogió una
abollada cuchara y con gran cuidado espumó la capa superficial del líquido y la
tiró al suelo. La segunda vez levantó la cuchara hasta sus labios. La probó con
aire crítico.
—Estropeado, pero
aún se puede comer. Nuestras vidas son insignificantes, forastero, pero tú las
has agitado en extremo.
—Me llamo Horn. —Un
gesto de su mano lanzó un brillante disco de cristal girando en el aire; Wu lo
cogió con destreza—. No quiero deberle nada a nadie.
—Una moneda de
cinco kellons —dijo Wu, levantando hasta sus ojos el disco, que presentaba un
anillo de oro. Las nubes se habían dispersado; unas cuantas estrellas lucían en
el cielo—. Además, legítima. La hermosa regente. Belleza y valor unidos. Una
rara combinación. Nos consideramos más que pagados por la molestia, ¿eh, Lil?
La moneda
desapareció entre las ropas de Wu.
—¿De qué sirve la
belleza a un estómago vacío? —gruñó el loro.
—La pobre Lil tiene
el alma de un gusano.
Wu empezó a servir
el guisado en dos resquebrajados platos de plástico. Tendió uno hacia Horn.
—Tenga. Ya que ha
pagado por ella, puede comer con nosotros.
Horn vaciló un
momento y luego se adelantó para aceptar la comida. Se retiró después de nuevo
a la pared y se sentó sobre sus talones, esperando. Sin fijarse en las
precauciones de Horn, Wu empezó a comer con los dedos, llenos de grasa. Después
de un instante, Horn le imitó. A pesar de algún ocasional bocado que chirriaba
entre los dientes, debido al polvo, el guisado era bastante bueno. Los pequeños
trozos de carne eran de conejo, sin duda; no pudo reconocer los otros
ingredientes.
La cena terminó
rápidamente. Horn llevó el plato a los labios y dejó que los restos del caldo
cayeran en su boca. Por primera vez en muchos días, su estómago se sintió
confortado y lleno. Sentía sueño y estaba cansado; los duros músculos y los
tirantes nervios se aflojaron. El calor de su estómago se extendió hacia el
gordo hombrecillo y su pájaro como una onda de gratitud…
Horn se puso en
pie, limpió el plato en la arena al pie de la roca y lo dejó caer a los pies de
Wu.
—Gracias —dijo
secamente.
Regresó a la pared
rocosa, limpiando los dedos grasientos en sus pantalones destrozados. Volvió a
sentarse sobre sus talones y forzó sus sentidos a su habitual e inquieta
vigilancia.
Wu había dejado su
plato a un lado con un suspiro de satisfacción. Se volvió hacia la maleta que
estaba a su lado, con su cuerpo obstruyendo la visión de Horn. Cuando se volvió
de nuevo, la maleta estaba cerrada y tenía en la mano otra botella de medio litro
llena de alcohol. Bebió un largo trago y la tendió, dudando, hacia Horn, quien
denegó con la cabeza. Lil, que no había comido nada, agarró el cuello de la
botella con ansiosas garras. La levantó con una pata; el límpido líquido cayó
largamente en su garganta.
Wu rebuscó entre
sus bolsillos y por fin sacó un trozo de hoja de lethe comprimida, parecida a
una pastilla de tabaco de mascar. Con gran cuidado y paciencia limpió una de
sus esquinas del polvo recogido en su bolsillo, mordió un pedazo y empezó a
mascar, los ojos medio cerrados.
Horn le observó con
atención. El último hombre a quien vio mezclar las hojas de lethe con alcohol,
murió a las pocas horas. En cierta ocasión el mismo Horn llevó un cargamento de
contrabando en su nave, pero las emanaciones de la planta llenaron los fardos
almacenados en las bodegas, dejando a toda la tripulación inconsciente por
muchos días y la nave casi se salió de la órbita dispuesta y sólo pudo llegar a
su planeta de destino con muchas dificultades.
Wu parecía no
sufrir ningún efecto, empero. El viejo escupió en el suelo y el polvo adquirió
un color castaño rojizo.
―Bien, aquí estamos
—musitó—; tres desterrados reunidos en el área prohibida. ¿Sabía que esto fue
antaño una de las tierras agrícolas más fértiles del Continente?
—No lo creo —dijo
Horn.
Wu se encogió de
hombros.
—No importa. Sólo
lo menciono para ilustrar la locura de los hombres que creen forjar su propio
destino. ¿Qué extraño remanso del Río de la Historia nos ha barrido hasta este
rincón? ¿Adonde nos llevará ahora?
—A mí no me llevará
a ninguna parte —dijo Horn—. Yo voy adonde quiere mi voluntad.
—Oh, eso creemos,
eso creemos todos. En medio de los acontecimientos, no podemos ver su forma.
Pero cuando miramos desde la distancia a nuestras espaldas, nos damos cuenta
que los hombres somos manejados por fuerzas cuya misma existencia desconocemos.
Las piezas se colocan cada una en su lugar, y el designio global resulta
evidente.
Horn no contestó.
—Lil y yo pensamos
que vamos a las ruinas de Sunport porque así lo deseamos, pero es nuestro
hambre lo que nos empuja. Y el hambre es una fuerza sin rival. ¿Para qué se
dirige usted allí?
La pregunta era
casual e inesperada; cogió a Horn por sorpresa. Parpadeó una vez antes de que
sus ojos se endurecieran.
—¿Quién ha dicho
que yo voy a Sunport?
—¿Para qué otra
cosa se encontraría en el desierto? ¿Va a robar, como Lil y yo, o va a matar?
—¿No cabe otro
camino?
—¿Para un desertor
con una pistola unitrónica? ¿Qué otra cosa puede hacer en la Celebración? Robar
o matar, no hay mucha diferencia. Esas ruinas estarán más protegidas mañana que
ningún otro lugar del Imperio, y la fuerza bruta debe siempre inclinarse ante
una fuerza mayor. Es lástima que un hombre tenga que morir tan joven.
Horn esperó.
Conocía el valor de la espera hasta que los otros han dado a conocer quiénes
son, y sus propósitos.
—Somos de la misma
clase —dijo Wu—. No tenemos por qué guardar secretos entre nosotros. Lil y yo
hemos vivido demasiado tiempo para ser moralistas. Los hombres tienen que
vivir, y para ello hacen lo que deben hacer.
—Yo no moriré.
—Oh, eso pensamos,
eso pensamos todos. Y sin embargo, todos morimos. Pero es posible que esta vez
tenga razón. No morirá, porque no podrá llegar a tiempo a las ruinas.
—Estás equivocado
—dijo Horn tranquilamente—. Como has dicho antes, somos de la misma clase,
nosotros tres. No tenemos por qué guardar secretos. Tú vas también a la
Celebración; me enseñarás el camino.
La fría certeza de
que el viejo sería su guía había llegado hacía mucho rato a la mente de Horn.
Quizás ya lo sabía cuando le observaba desde las sombras del desierto.
—No, no —tartamudeó
Wu—. No puedo hacerlo. Quiero decir que… eso sería…
Los ojos de Horn
eran helados al clavarse en los de Wu. El viejo se retorció intranquilo; luego
se encogió de hombros y volvió a sentarse.
—Como quiera. Los
desterrados debemos ayudarnos. Pero no comprendo la cadena de causalidad que se
inicia con este simple hecho.
—Los hombres —dijo
Lil sombríamente— construyen la cuerda que servirá para ahorcarles.
Horn los miró en
silencio, una arruga profunda formándose lentamente entre sus cejas. Wu
bostezó, se estremeció y se tendió en el suelo, cerca de las frías cenizas del
fuego, encogiéndose en una postura fetal.
—¿Nadie hace la
guardia? — preguntó Horn con ironía.
—¿Para qué? —la voz
de Wu llegaba confusa hasta él entre las sombras—. La muerte llegará con tanta
seguridad como el amanecer. Si llegan juntos, no podemos hacer nada por
evitarlo. No voy a estar despierto para esperar su llegada.
—¿Cómo es posible
que haya vivido tanto tiempo?
El sonido de un
bostezo llegó a los oídos de Horn.
—Comiendo a horas
regulares, durmiendo siempre que me ha sido posible y no preocupándome por el
mañana. Tenemos este muro a nuestras espaldas. ¿Adonde podemos huir? Además,
Lil no duerme y vigilará.
Horn se encogió de
hombros y con precaución hija de su larga experiencia se encaramó al borde de
la depresión para tenderse fuera de aquel agujero. Después que sus sentidos se
ajustaron al silencio y a la noche, dejó que se extendieran lejos hacia el desierto,
pero no le trajeron ningún aviso de peligro. Apoyó la espalda contra la pared
rocosa para esperar que pasase la noche.
Las nubes se habían
disipado. Las estrellas lucían incontables y el cielo estaba brillante. Podía
ver a gran distancia en el desierto; nada se movía. Apretó el grueso cinturón
de lona que llevaba debajo de la camisa y una moneda saltó a su mano. El disco
de cristal tenía un anillo de plata; Horn lo levantó hasta la altura de sus
ojos, mirando a las estrellas.
Su mano tembló un
poco. Se contuvo rápidamente y sujetó la moneda con firmeza. Había llevado una
pesada carga durante mucho tiempo, pero sería fatal perder la confianza en su
fuerza en estos momentos.
Garth Kohlnar le
miraba desde el interior de la moneda. Su masivo y bronceado rostro, su duro y
rojizo cabello, sus grises ojos, con un toque amarillento, tenían toda la
apariencia de la vida en el interior de aquel disco de cristal. Poderoso y
dominante, el Director de la Compañía de Eron contemplaba al poseedor de la
moneda con mirada fija, como si quisiera decirle:
«Esto es dinero.
Esto es la sangre del comercio, el símbolo del Imperio. Es una divisa dura,
fabricada. Un dinero hecho con tanto cuidado, que su falsificación resulta
imposible. Es una divisa dura, respaldada por el poder y la riqueza de Eron.
Has tenido que trabajar duro para conseguir esta moneda, pero tu sudor no fue
en balde. Tienes la recompensa en tus manos, una obra de arte, una prenda de
poder. Lo que hayas hecho para conseguir este dinero valía la pena. Ahora
posees una parte de Eron que tiene un gran valor. Reclámala cuando quieras. Te
la entregaremos sin hacer preguntas».
El viento de la
noche era frío sobre el cuerpo semidesnudo de Horn. Resistió el impulso que
sentía de estremecerse. Colocó la moneda a su lado sobre el polvo y sacó otra y
otra más, hasta que cinco de los discos de cristal estuvieron en hilera delante
de él, con sus anillos de plata, anaranjado, verde, azul y negro. El Director y
cuatro de sus cinco Consejeros: Matal, de Energía; Fenelon, de Transporte;
Ronholm, de Comercio, y Duchane, de Seguridad.
Cinco rostros:
delgados y gruesos, largos y cortos, atrevidos y astutos. Las diferencias entre
ellos no tenían importancia. Todos tenían la piel dorada de los pura sangre y
una más profunda relación se asomaba a sus ojos. Era el vínculo del poder, el
hambre del imperio sólo a medias satisfecha e infinita.
La sexta moneda
tenía un anillo de oro como la que Horn le tiró a Wu, y el símbolo del
Consejero de Comunicaciones. Horn levantó la moneda hasta las estrellas.
El disco contenía
el rostro de una mujer igual que una flor matinal contiene una gota de rocío,
reflejando en ella las inmensas posibilidades de un mundo que nace al nuevo
día. La tez de la muchacha era de un dorado suave contra el rubio cabello, que
tenía leves destellos de bronce y estaba sujeto por una diadema de inmensos
diamantes blancos. Sus labios rojos se curvaban suaves en el principio de una
sonrisa: prometían un imperio para el hombre que pudiera conquistarlo. Y su
cabeza, erguida con orgullo, le decía también que un Imperio no era bastante
para ofrendarlo a sus pies. Sus oscuros ojos miraban a Horn, penetrando
profundos en los de él, pensando, juzgando… «¿Será éste el hombre?».
―La hermosa Wendre
—suspiró una voz a su lado—. Wendre Kohlnar, nuevo Consejero e hija del
Director.
Sorprendido, Horn
se volvió ante las primeras palabras. Su mano se lanzó como una serpiente hacia
la pistola, dejando caer la moneda al suelo. Wu se arrodilló a su lado; estaba
desarmado. La mano de Horn volvió a caer a su costado.
—Muy hermosa
—continuó Wu tranquilamente—, y heredera de todo esto —hizo un gesto con la
mano hacia el firmamento lleno de estrellas—. Eso, si puede encontrar un hombre
lo bastante fuerte para conservarlo para ella.
—Todo es suyo,
excepto aquello —replicó Horn. Señaló hacia las siete hermanas de la
constelación de las Pléyades, que en aquel momento se alzaba en el horizonte—.
Eron ha conquistado a los Aliados, pero conservar su dominio es asunto muy
distinto.
—La marea del
Imperio asciende —dijo Wu en voz baja—. Unos cuantos siempre huyen delante de
ella, pero las olas se estrellan a sus espaldas. Esta vez han sumergido a la
Constelación. La han arrasado. Nunca volverá a levantarse. Cuando la marea se
retire, sólo dejará arenas llenas de ruinas.
—La derrota no es
definitiva. No lo será mientras viva el Liberador.
—¿Cree que Eron no
lo sabe? —preguntó Wu—. Peler Sair fue enviado al Presidio Terminal, en Vantee.
Sair ha muerto allí hace unos meses… o por lo menos, ése es el rumor.
—¿Muerto? —dijo
Horn.
Miró hacia el
horizonte, hacia las Pléyades, el grupo de estrellas que fueron civilizadas sin
la ayuda del Tubo y donde ahora había muerto la Libertad. Miró con angustia su
hogar y comprendió por primera vez que nunca podría regresar a la patria.
Trescientos años
luz le separaban de la Constelación. Seis horas por el Tubo; media docena de
existencias por el otro medio más rápido conocido. Pero los Tubos llevaban a
Eron; nunca podría ir allí gracias a lo que había hecho y a lo que iba a hacer.
¿Por qué estoy
aquí?, se preguntó Horn… y luego enterró la pregunta en las profundidades de su
mente.
—Que tengas buenas
noches, idealista —murmuró Wu, y desapareció entre las sombras.
Horn se encogió de
hombros y recogió las monedas que estaban delante de él. «Lo que hayas hecho
para conseguir este dinero valió la pena».
Cogió la pistola
que llevaba cerca del sobaco izquierdo y tironeó del cordón elástico con
facilidad. Mantuvo la pistola entre sus rodillas apuntando hacia el desierto.
Todavía no se ganó
la recompensa. La ganaría mañana.
LA HISTORIA
Civilización…
Como cualquier otra
cosa, la civilización tiene su precio. El primer pago es la Libertad. Por el
privilegio de poder vivir juntos, los hombres renuncian a su derecho a hacer lo
que quieren: se formulan leyes que limitan todos sus movimientos.
Cuando la
civilización llega del exterior, el precio es aún mayor; las leyes las formulan
los extranjeros.
Sólo los Tubos
hicieron posible una civilización interestelar. Y sólo Eron conocía el secreto
del Tubo.
Algunos pueblos no
quisieron pagar el precio. En vez de ello compraron su libertad, y pagaron por
ella con su sudor y sus privaciones.
Muchos hombres
huyeron ante la llegada de Eron. Marcharon a las estrellas más lejanas en naves
antiguas antes de que llegase la siempre creciente esfera de la civilización y
el Imperio.
En la constelación
de las estrellas que una vez fueron llamadas las Pléyades, la Libertad dejó de
huir. Las estrellas estaban lo bastante cerca para formar una Alianza y para el
comercio mutuo, y demasiado lejos para ser conquistadas. Las lentas naves espaciales
pudieron unirlas en la Alianza de Quaron. En lugar de una nave, su símbolo fue
un hombre.
Y por fin allí en
la Constelación de las Pléyades, la libertad murió, aplastada por Eron en el
curso de dos grandes guerras. Porque el deseo de libertad es contagioso, y los
puentes entre las estrellas son muy provechosos.
La noticia se
esparció con rapidez: Peter Sair había muerto.
Pero Sair era un
símbolo. Y los símbolos, como la Libertad, no pueden morir mientras haya un
solo hombre que crea en ellos.
Capítulo III
UN PUENTE ESTRECHO
Horn se despertó al
instante, sus nervios tensos ante la sensación de peligro.
La pistola estaba
en su mano mientras miraba a su alrededor en el desierto. El horizonte por el
este empezaba a adquirir un color grisáceo. Por aquel lado las estrellas se
desvanecían ya. Pero el peligro no podía venir del desierto. Nada se movía.
Miró a su
izquierda, pero la depresión del terreno aún estaba envuelta en sombras. Negra
e inmóvil. Sin embargo, algo había cambiado en su aspecto. Un hombre en
constante peligro aprende a confiar en su intuición, ese sutil analizador de
las percepciones inconscientes. Era necesario que lo hiciese: el peligro no
espera al raciocinio y a la lógica. Con los envarados músculos protestando ante
el ejercicio, Horn se arrastró en silencio por la pendiente.
El agujero estaba
vacío. Sólo las negras cenizas de la hoguera probaban que alguien había pasado
por allí. Wu y el loro habían desaparecido. Recogieron sus pobres posesiones y
marcharon en silencio durante la noche, mientras Horn dormía.
Eso era lo que
inquietaba a Horn. Durante mucho más tiempo del que podía recordar, no se había
permitido el lujo de un sueño tranquilo y profundo. Su sueño sólo estaba a un
paso por debajo de la atención consciente, una somnolencia disipada por el
menor cambio en el ambiente que le rodeaba.
¿Cómo era posible
que hubiesen marchado sin que Horn se diese cuenta? Había decidido pasar la
noche en vela. Cuando más cerca se está del objetivo, mayor es el peligro. ¿Fue
la rebelión de su cuerpo, agotado más allá de su resistencia? Eso era algo
ridículo. Sin embargo, se había quedado dormido. Se sentía ahora más alerta,
más descansado que nunca desde que desertó del crucero.
Si lo drogaron a
pesar de su vigilancia, Wu fue más listo que él. Eso añadía otro aspecto a lo
ilógico de su presencia aquí y a lo extraño de su aparición.
Horn terminó la
tarea automática de ocultar los restos de cenizas y se encogió de hombros. No
sentía ningún efecto como consecuencia de la droga. Sin embargo, el asunto le
resultaba algo desagradable. El viejo le habría sido útil; Horn estaba
convencido de que conocía un camino hasta la parte superior de la meseta. Pero
la cólera no le servía de nada ahora. Para Horn, el viejo era una cosa que
podía utilizar. Wu tenía derecho a evitar que le utilizasen, si podía.
Estudió ahora el
problema de atravesar la pared de la meseta. A la naciente luz del día no pudo
distinguir ninguna grieta. Era posible que la búsqueda le llevase todo el día.
Sería demasiado tarde cuando llegase a su destino.
Horn corrió por la
pendiente siguiendo las huellas de las botas de Wu y estudió el rastro.
Marchaba recto a lo largo de la roca hasta perderse en la distancia. Marchó
detrás de ellos con paso rápido. Las huellas no eran muy viejas, quizás una o
dos horas, todo lo más, y los remiendos de las botas eran muy visibles. Horn
leyó el rastro hábilmente. Aquí Wu cambió la maleta a su mano derecha; aquí se
detuvo para recobrar el aliento o para beber un trago. Las ondulaciones de una
serpiente empezaron y terminaron abruptamente; más adelante, los pasos de un
conejo marchaban al lado de las huellas del hombre.
Horn pasó al lado
de una botella tirada en el camino. La etiqueta decía: «Alcohol etílico,
sintético, 180 grados. Embotellado por la Oficina de Exportación de Eron».
La sed empezó a
molestar a Horn. Bebió el agua que quedaba en su cantimplora, un sorbo tibio
que era poco mejor que nada. Volvió a tapar la cantimplora y se pasó la lengua
por los labios.
Casi
imperceptiblemente, el rastro se hizo más reciente. Wu estaba sólo a unos
minutos de distancia. Horn miró hacia arriba, como lo había hecho antes, pero
sólo tenía la lisa pared de roca a su izquierda y el polvo rojo del desierto
delante de él.
Entonces perdió el
rastro. Terminaba en un saliente de roca barrido por el viento, y no volvía a
aparecer en el polvo en ningún lugar de su perímetro.
Horn volvió a mirar
a la roca lisa. El pájaro pudo haber volado por encima, pero aquello no sería
posible para Wu. Horn contempló la maleza que crecía al pie de la pared: era de
un verde brillante que parecía extraño en medio de aquel desierto. Algunas de
las hojas habían sido aplastadas recientemente.
Con cuidado, Horn
empujó las ramas a un lado. Detrás de la maleza había algo negro. Un agujero en
la roca, de un metro de alto y un ancho de dos tercios. A Horn no le gustaban
los agujeros o los túneles; eran siempre algo peligroso e incierto. Pero éste le
llevaría hacia Sunport.
Sintió húmeda la
roca mientras se arrastraba sobre sus manos y rodillas a lo largo del túnel.
Aquella humedad era la razón de ser de la maleza. Agua en el desierto era algo
inusitado. El golpeteo de la vacía cantimplora contra su costado y en el suelo
del túnel le hizo pensar en lo raro de la existencia de aquel paso lleno de
humedad. Era también un tormento para su garganta reseca por el polvo.
Hizo un gesto y se
arrastró más aprisa. Poco a poco la obscuridad se fue disipando, se convirtió
en un marco que rodeaba un trozo de claridad… y por fin quedó atrás.
Horn se puso en pie
con precaución, con la roca a su espalda. Después del mustio y sediento
desierto, los colores que llenaban aquel lugar eran dolorosamente brillantes:
el verde lo llenaba todo, interrumpido aquí y allá por rojos, azules y
amarillos. Aspiró el aire con fuerza, y su olfato se llenó con una miríada de
perfumes. Era como pasar de la muerte a la vida.
Un pensamiento le
cruzó el cerebro: tendría que volver a la muerte de nuevo.
Se abrió paso entre
la apretada vegetación, pisoteando los colores y los perfumes, hasta que llegó
a un claro. Por encima de los árboles y la alta maleza que le rodeaba podía ver
el desnudo y gris granito que encerraba por completo aquel extraño y delicioso
valle. Y sin embargo, Wu pasó a su través.
El agua sonaba
musicalmente muy cerca de allí. Horn encaminó sus pasos hacia donde surgía el
límpido sonido, sin detenerse a apartar las ramas y las espinas que se clavaban
en sus brazos y azotaban su pecho. Se quedó inmóvil al lado de un pequeño
arroyuelo. Los pájaros ocultos entre las ramas de los árboles quedaron
silenciosos, pero volvieron a cantar alegremente, cuando pasaron unos instantes
sin que Horn hiciera ningún movimiento.
Horn se tendió en
el suelo al lado del arroyo y hundió el rostro en la clara corriente. Dejó que
el agua le llenase la boca, levantó la cara chorreante y el agua corrió por su
garganta, disolviendo el duro polvo del desierto.
Era un agua
excelente, dulce y fresca hasta lo increíble después de la amarga y salada agua
de los pozos alcalinos. Se inclinó para volver a beber, a largos sorbos, y vio
al pequeño conejo al otro lado del arroyo. Unos negros y redondos ojos le
contemplaban con curiosidad.
Muy lentamente la
mano de Horn se dirigió hacia su pistola, la graduó para baja velocidad y tomó
puntería. Necesitaba carne. Pero en cuanto el cañón del arma lo apuntó, el
conejo dio media vuelta y desapareció entre la maleza de un salto gigantesco.
Un instante
después, mientras Horn vigilaba con los párpados apretados, un pájaro castaño
surgió de la maleza y se perdió en el aire en dirección a la pared rocosa más
distante. Horn siguió pensativo su vuelo, volvió a beber y llenó su
cantimplora.
Caminó con paso
rápido y elástico hacia la muralla más lejana, inclinándose para pasar debajo
de las ramas y rodeando los matorrales. Cuando estuvo cerca, vio a través de
los últimos árboles que en aquel lugar la muralla de roca estaba quebrada.
Grandes secciones habían caído al suelo, rompiéndose en gruesas peñas y masas
de piedra y tierra que se apilaban contra la pared formando una inclinada
rampa.
Al salir de debajo
del último árbol, Horn vio la pequeña y oscura figura que se esforzaba en ganar
la cima de la pendiente, haciendo rodar pequeñas piedras que caían rebotando
hasta el final de la rampa. Algo más pequeño y oscuro giraba en el aire, por encima
de la cabeza de la afanosa figura.
La pistola ya se
encontraba en la mano de Horn.
—¡Alto! —gritó. El
eco llevó las palabras de una a otra de las altas murallas de granito.
Un rostro claro se
volvió hacia él desde lo alto de la pendiente. Horn se llevó la pistola a los
ojos. A través de la poderosa mira telescópica, Wu parecía estar sólo a unos
metros de distancia, su rostro cruzado por las líneas de la mira. Tenía los
ojos agrandados y negros mientras contemplaba el cañón de la pistola; su rostro
estaba pálido y parecía paralizarle la indecisión.
Algo de color
castaño voló a través de la mira del arma y desapareció en la negrura de la
muralla.
—¡Quédate donde
estás! —gritó Horn de nuevo.
Wu se movió
entonces con una rapidez extraña en un hombre de su edad, y escaló ágilmente
las rocas. Las líneas cruzadas de la mira se movieron lentamente para seguir la
pequeña figura. Una sensación de disgusto se asomó a los ojos de Horn. El viejo
era un estúpido; merecía morir. El dedo de Horn se asentó sobre el gatillo…,
pero en el último instante separó la mira del viejo.
El proyectil salió
silbando de la pistola, cruzó el aire y rebotó en una roca a un metro a la
izquierda de Wu. En aquel momento el viejo desapareció, engullido por la
oscuridad de la pared rocosa al igual que el pájaro castaño.
Molesto, Horn soltó
la pistola y echó a correr entre las rocas de la rampa, sin cuidarse de las
piedras sueltas bajo sus pies ni del peligro de iniciar un alud, que podía
enterrarle entre las rocas de la pendiente. Una lluvia de piedrecillas se
deslizó hasta el fondo de la rampa inclinada. En medio de la ascensión cayó de
rodillas, pero al cabo de unos minutos se encontraba delante de la negra boca
de una cueva.
Un pequeño hilo de
agua corría por un tortuoso canalillo que su curso había formado en el liso
suelo. El agua desaparecía entre las rocas sueltas al pie de la entrada de la
cueva. Aquello, sumado a la larga expansión y contracción de las rocas
producida por la diferencia de temperatura entre el día y la nuche era lo que
había quebrantado la pared rocosa hasta derribarla.
Horn se adentró en
la oscuridad. La boca de la cueva era perfectamente redonda, y las paredes muy
lisas. Aquello era un túnel artificial, no una cueva natural.
El túnel parecía
seguir una dirección recta. Una luz temblaba muy lejos en la oscuridad. Horn
corrió hacia allí, preguntándose si habría anchos y profundos pozos en aquel
camino… y apartando aquella idea de su mente.
La luz tembló, casi
llegó a desaparecer y luego se hizo más brillante. Por fin Horn vio que se
trataba de una antorcha. Wu la llevaba en la mano mientras caminaba con gesto
cansado, su rostro vuelto hacia su perseguidor. El loro se sostenía encima de
su hombro.
Cuando Horn penetró
en el tembloroso círculo de luz, respirando con facilidad, Wu se detuvo,
apoyándose contra la pared del túnel y suspiró. El sudor le corría por el
rostro amarillento y su pecho se alzaba y abatía con movimientos espasmódicos.
—Es usted un hombre
obstinado —jadeó—. En sí misma, es una cualidad admirable.
—El carácter se
valora por los fines a que sirve —dijo Lil secamente, su único ojo brillando a
la luz de la antorcha.
El rostro de Horn
estaba tranquilo.
—Ya te dije la
noche pasada que me llevarías a Sunport. Si éste es el camino, podemos seguir
adelante.
Wu llevó la mano a
su pecho como si quisiera calmar un oculto dolor.
—No soy más que un
pobre viejo y he corrido demasiado aprisa. Además, usted ha disparado contra
mí. Pudo haberme matado —su voz estaba llena de horror.
Horn asintió.
—Sí, pude haberlo
hecho. Enséñame el camino.
La antorcha se
estremeció en la mano de Wu. Horn la cogió y le hizo un gesto para que echase a
andar. Wu protestó débilmente, pero empezó a caminar.
—¿Cómo supiste de
este sitio? —preguntó Horn.
Wu se encogió de
hombros.
—Los hombres pueden
aprender muchas cosas ocultas si viven lo suficiente. A veces pienso que he
vivido demasiado. Cuando Sunport era aún joven, toda esta montaña estaba
cruzada de pasadizos. Los más profundos están ahora inundados. Casi todos los
otros se han cegado por los derrumbes de tierras. Pero éste debería llevarnos
hasta la superficie.
Por dos veces
tuvieron que arrastrarse sobre las manos y rodillas por encima de montones de
tierra y piedras que casi obstruían el camino. Cuando Wu empezó a quejarse de
nuevo, Horn cogió la maleta que Wu le cedió con visible repugnancia. Pesaba de
un modo extraordinario. Horn empujó a Wu hacia la oscuridad que la luz de la
antorcha obligaba a retirarse lentamente.
Caminaban en
silencio en medio de las sombras, ascendiendo lenta pero continuamente,
chapoteando a veces en el agua helada de un arroyo subterráneo o que se
remansaba en charcos allí donde era retenida por la tierra o las rocas caídas
en el suelo.
—Un desertor —jadeó
Wu—. Un desertor de la Guardia… que siente simpatía por la derrotada
Constelación… que se dirige a la Celebración de la Victoria en las ruinas de la
vieja Sunport… con una pistola. Eso refleja un interesante cuadro.
—Me satisface que
te guste —dijo Horn.
—También presenta
interesantes posibilidades. ¿Dónde podría un Guardia encontrar dinero? Desde
luego, no en Eron. No en esas cantidades. Uno podría imaginar que ha venido de
la Constelación, que se encontraba entre esos soldados derrotados a los que se
permitió alistarse en la Guardia de Eron, que llegó aquí con un propósito
definido, dispuesto a desertar una vez en la Tierra para abrirse camino hasta
las ruinas de Sunport a tiempo para llegar a la Celebración… Pero eso es
imposible. Nadie lo intentaría y nadie sabía nada de la Celebración. No fue del
conocimiento público hasta hace muy pocos días.
—Hablas demasiado
—dijo Horn secamente.
Wu se detuvo de
repente. Horn tropezó con él y Lil salió volando. Wu se agarró a Horn y le
empujó hacia atrás. Detrás de Wu, Horn vio el precipicio.
A través de todo lo
ancho del túnel, el suelo se había hundido. Estaban de pie en el borde de un
ancho y negro agujero. Horn apartó a Wu a un lado y levantó la antorcha. Por
encima del pozo había tendida una herrumbrosa pasarela metálica, descansando
insegura en el otro lado del precipicio, a más de cinco metros de distancia.
Quien fuese que colocó la pasarela había muerto hacía ya mucho tiempo. No era
más que un puente estrecho a través del negro abismo.
Horn se arrodilló
al borde del agujero y tendió la antorcha tan lejos como pudo. La luz no
llegaba a alcanzar el fondo. Cuando se puso en pie, su bota hizo caer una
piedra en el interior del pozo. En su caída fue chocando y rebotando contra las
paredes durante largo rato, hasta que un lejano chapoteo anunció que había
llegado al agua.
Wu contempló el
pozo y la pasarela de medio metro de ancho que lo cruzaba. El sudor brilló en
pequeñas gotas en su redondo y amarillo rostro.
Horn puso un pie en
la pasarela, comprobando su resistencia. No se movió. Puso el otro pie encima.
La plancha metálica no se combó. Con paso firme, sin prisas, atravesó el
puente, un pie delante del otro, hasta que llegó con seguridad al otro lado de
la pasarela.
Dejó la maleta en
el suelo y se volvió, levantando la antorcha para que iluminase el otro lado.
—Vamos — dijo—. Se
nos hace tarde.
Lil atravesó el
vacío volando y se posó al lado de Horn; luego se volvió para mirar a Wu, que
seguía vacilante en el otro extremo del puente.
—No soy más que un
anciano —se lamentó—. Soy viejo y débil. No podré hacerlo. He corrido durante
todo el día, arrastrándome y subiendo con pies y manos a través del negro
corazón de esta montaña. No podré hacerlo. No puedo soportar la idea de una
gran altura. Siento vértigo.
Horn gruñó con
impaciencia y puso el pie en el extremo de la pasarela. Lil miró a Wu con su
ojo sano.
—Vuelve —gimió Wu—.
Vuelve a mi lado, amiga. He sido un romántico idealista durante demasiado
tiempo. Después de esto podrás comer todo el carbón que quieras.
—La vida es más
preciosa que los diamantes —dijo Lil. Luego hizo un guiño con malicia—. Quizás
este joven y fuerte amigo nuestro estará dispuesto a buscar diamantes para mí.
—¡No me dejarás
aquí para que muera! —jadeó Wu—. Espera… Ya voy… —dijo, pero su voz era
temblorosa.
Empezó a cruzar con
paso vacilante, su respiración rápida y entrecortada. Llevaba los gruesos
brazos extendidos para conservar el equilibrio y tenia los ojos fijos en un
punto en la oscuridad, detrás de los hombros de Horn. Se deslizaba con
precaución por encima de la pasarela, un pie moviéndose unos centímetros hacia
delante mientras hacía resbalar el otro por la plancha metálica, sin
levantarlo.
Cuando se
encontraba ya a medio camino, la pasarela se balanceó debido al pie de Horn. Wu
se tambaleó, sobresaltado, y se detuvo encima del vacío.
—¡Ah, no! —dijo,
sin aliento—. No haga que se mueva. Mi pobre y maltrecho corazón… no podrá
resistirlo otra vez.
—Creo —dijo Horn
lentamente— que ha llegado el momento de que hablemos un poco.
—Si, sí —dijo Wu—.
Hablaremos, hablaremos. De lo que quiera. Soy el mejor conversador que haya
oído nunca. Espere hasta que llegue al otro lado… —el sudor le corría por el
rostro.
—Contestarás mejor
mientras estés ahí —dijo Horn con calma—. No te muevas.
Wu había empezado a
moverse de nuevo; la pasarela volvió a balancearse. Wu contuvo el aliento y se
detuvo.
—¿De qué
hablaremos? —preguntó Horn casualmente—. ¿Sobre Sunport y el motivo que atrae a
los viejos hasta allí? ¿De los túneles y valles ocultos? ¿De los conejos que se
convierten en pájaros? ¿De los rastros de serpiente y las huellas de conejo que
empiezan de repente y terminan de igual modo? ¿De…?
—De lo que quiera,
de lo que quiera —jadeó Wu.
—¿Quién eres tú?
—preguntó Horn—. ¿Y quién es Lil? Cuando la vi por primera vez, su ojo sano
estaba a la izquierda. Ahora lo tiene a la derecha.
—Se lo diré —gimió
Wu—. Pero, por favor, déjeme pasar. No puedo hablar aquí. Caeré al…
—¡No te muevas!
—Horn miró al loro—. Y tú tampoco trates de hacer ningún movimiento extraño,
seas lo que seas, o enviaré a tu amo al…
Pero mientras Horn
desviaba la vista, la pasarela se retorció bajo su pie. Wu lanzó un largo grito
de agonía y se tambaleó, perdido el equilibrio, mientras sus brazos se agitaban
patéticamente.
Antes de que Horn
pudiera hacer ningún movimiento, el anciano cayó al vacío.
LA HISTORIA
Heliopuerto. Puerto
del Sol. Sunport.
Surgió de entre sus
propias cenizas, como el Fénix legendario, y lanzó sus brillantes hijos
metálicos hacia las estrellas. Se extendieron siempre en una esfera creciente,
buscando mundos nuevos, tierras vírgenes, llevando con ellos una chispa de la
llama inmortal. Allí donde aterrizaron, la chispa saltó y encendió una nueva
hoguera.
Sunport esperó,
pero sus hijos no volvieron.
Encontraron mundos
nuevos de todas clases: algunos tan dulces y agradables que no quisieron
marchar más, otros tan duros y amargos que no les quedaba tiempo más que para
luchar. Descansaron o lucharon. Transformaron y fueron a su vez cambiados.
Yunque y martillo.
Cansado, como la
misma Tierra, Sunport esperó. Agotado, como el suelo y las minas, Sunport
esperó. Siempre esperando, Sunport volvió a sus cenizas.
Por fin regresaron.
Volvieron como conquistadores. Pero aún eran los hijos de la Tierra. Un poco
cambiados, aún eran hombres.
Algo se agitó entre
las cenizas…
Capítulo IV
EL AVE FÉNIX
En el mismo
instante en que Wu caía en el vacío, algo zumbó al lado de Horn y desapareció
con rapidez en la negrura del pozo. Horn miró a su alrededor. Los dos habían
desaparecido, Wu y Lil. Horn trató de escuchar, pero los segundos pasaron y no
pudo oír el lejano ruido de la caída en el agua del fondo.
Horn puso un pie en
la pasarela metálica y levantó la antorcha. El gordo anciano se agitaba
confusamente debajo del puente: su boca abriéndose y cerrándose en mudo terror,
los brazos y las piernas empujando hacia abajo, como si quisieran apartarse de
la horrible negrura que le esperaba.
Un semicírculo
brillaba a la luz de la antorcha, colgado de la herrumbrosa viga. Un gancho de
metal brillante pasaba por el cinturón de los rotos pantalones de Wu. Allí
donde la delgada varilla plateada se unía al gancho había un azul resplandor,
ardiendo a la vacilante luz con una fría y espléndida luminosidad. Era algo
tallado, como un diamante, sus miles de facetas centelleando sin cesar…
Pateando y
jadeando, Wu se balanceaba bruscamente de un lado a otro. Horn se recobró de su
asombro. Se adelantó hasta el centro de la pasarela, se inclinó y agarró la
inexplicable varilla semicircular. Fluyó con una sensación líquida en su mano y
casi la soltó por la sorpresa, y con ella a la carga viviente que soportaba.
Luego su mano volvió a apretar su presa. Dentro de ella se formó una cómoda
asa.
Retrocedió de
espaldas por la pasarela de metal, su pecho, rígido por la tensión, lleno de
sudor. Wu se balanceaba pesadamente debajo de él, cada movimiento amenazando
con enviarlos a los dos hasta el fondo del pozo. Por fin sus talones se
apoyaron en la roca sólida. Horn empezó a tirar de la varilla. Wu tocó el borde
del precipicio con las manos y arañó con desesperación para elevarse por encima
del vacío, hasta que consiguió arrastrarse a unos pasos de distancia del
agujero y se quedó inmóvil, jadeante y tembloroso.
La cosa que Horn
aún sostenía volvió a estremecerse, como si se deslizase. Horn trató de ver lo
que sucedía. El loro estaba ahora sobre su mano, sus maltrechas alas medio
caídas, con un gesto mustio de cansancio.
—El desastre —dijo
Lil casi sin aliento—, es el crisol de los corazones humanos. Debemos darte las
gracias, mi amo y yo…
Wu se sentó en el
suelo lentamente.
—Desde luego, desde
luego. Has sido muy valiente, noble joven.
—No tengas miedo.
Ya puedes abrir los ojos —dijo Horn.
Clavó la antorcha
en una grieta de la pared. La llama lanzó reflejos sobre la escena, mientras el
humo ascendía hasta el techo, y Horn se sentó en el suelo, apoyando la pistola
en sus rodillas de manera que quedó apuntando hacia el viejo y el pájaro, que
ahora estaba encaramado sobre su hombro.
—Yo hice que
cayeras de la pasarela —dijo Horn—. No me costaría nada volverte a tirar al
precipicio.
—Fue un acto
estúpido —dijo Wu—. Un hombre muerto no puede hablar.
—Desde luego.
¿Cuánto vale tu vida para ti? A mí, en cambio, no me importa que vivas o
mueras.
Wu suspiró y movió
la cabeza.
—¡Ah, la violencia!
No nos deja ninguna alternativa. Un anciano y un viejo pájaro, ¿qué podernos
hacer contra un joven brutal, armado con una pistola?
—Contestar a mis
preguntas —dijo Horn.
—¿Qué edad crees
que tengo? —preguntó Wu.
Horn contempló el
arrugado rostro de Wu.
—¿Setenta?
¿Ochenta? —dijo, y se dio cuenta en el acto de que estaba equivocado.
—Más de mil
quinientos. Mil quinientos largos años. Buscando la paz sin poder hallarla.
Deseando el descanso, y lleno del temor a morir. Lil y yo, marchando, siempre,
siempre.
Los ojos de Horn se
endurecieron, pero su rostro siguió inmóvil.
—Al igual que Lil,
yo soy el último de mi raza —continuó Wu—. Cuando nací, en Stockton Street,
ciudad de San Francisco, mi pueblo era el más numeroso de la Tierra. También el
más viejo. Pero se sujetaron a la Tierra mientras los demás marcharon a las estrellas.
Y murieron junto con la Tierra.
»Yo fui distinto, y
emigré a Marte. En Sirtis City, con la locura de un joven, establecí la
Lavandería Sanitaria de Nuevo Cantón. Pero el agua era escasa, y los líquidos
para limpiar muy caros. Era más barato fabricar nuevos vestidos de plástico que
limpiarlos.
»Me convertí
entonces en el cocinero de una pequeña nave, dedicada a la busca de minerales.
Sus propietarios encontraron el más rico tesoro de la Historia. En uno de los
asteroides, hallaron la Caverna de los Diamantes.
Wu se arrastró con
un gesto cansado hasta la maleta que seguía cerca del borde del pozo; buscó
algo en su interior y regresó con una botella en la mano. La llevó a los labios
y su garganta se movió convulsivamente un par de veces antes de pasarla a Lil. Wu
suspiró; sus pequeños y negros ojos parpadearon.
—Diamantes vivos,
señor. Depósitos de carbono, en una montaña arrancada de un mundo que estalló.
La caverna estaba situada encima de un yacimiento de uranio. Durante mucho
tiempo su energía alimentó a la raza de Lil; cuando empezó a faltar,
aprendieron cómo fisionar los átomos individuales. Cuando el uranio se agotó,
descubrieron la forma de conseguir energía térmica aun de las moléculas más
heladas, contra la segunda ley de la Termodinámica. ¿Imposible? Es cierto. Pero
toda clase de vida existe, en cierto modo, contra la segunda ley.
»Diamantes vivos.
Pero aquellas criaturas eran aún más maravillosas que su cristalina piel. Como
ya habrá observado, Lil no es un loro, sino un seudomorfo de la Caverna de los
Diamantes.
Una lágrima brilló
como una joya en el único ojo de Lil y cayó al polvoriento suelo del túnel.
—La raza de Lil
tenía mucho que ofrecer a los hombres. Poseían una civilización casi tan vieja
como la propia Tierra. La energía era escasa allí; el tiempo transcurría
lentamente. Eran casi inmortales. Pero la tripulación de la nave humana sólo
vio una cosa: los diamantes. Una bomba radiactiva destruyó la caverna y todos
los seres que la habitaban, haciendo perder el brillo y arruinando la mayor
parte de los diamantes al mismo tiempo. Sólo Lil pudo salvarse. Yo la escondí
en la cocina. Hemos estado juntos desde entonces.
Lil gimió
débilmente:
—Pobre y vieja Lil
—sollozó—. Está sola. ¡Ah, ah, ah! Toda su gente ha muerto. Su mundo asesinado
y olvidado. No le queda ningún amigo en todo el Universo, excepto el pobre
viejo Wu. ¡Oh, la perdida maravilla, la hermosa…!
Sus alas cayeron a
los costados, mustias. La pistola de Horn se elevó amenazadora. Wu levantó una
mano en un gesto de aviso.
—Shss —dijo en voz
baja—. Va a contemplar algo que ningún ser vivo ha podido ver, excepto yo.
El multicolor
plumaje de Lil fluyó rápidamente como algo líquido. Las patas amarillas se
contrajeron en un par de flexibles seudópodos. Una brillante superficie
diamantina quedó al descubierto. Todo lo demás se vertió sin forma definida en
una abertura en la parte superior, dejando visible un diamante del tamaño de
las dos manos de un hombre entrelazadas.
La luz de la
antorcha hirió la superficie del diamante y se reflejó, multiplicada en una
increíble gloria de prismáticos colores. Horn se quedó sin aliento.
—Espere —dijo Wu—.
Espere hasta que se abra.
Unas grietas
aparecieron en lo alto del ardiente esferoide, con sus mil facetas. Seis
pétalos de diamante florecieron, inclinándose lentamente. Por encima de ellos
se elevaron seis finos y vivientes pistilos. Agitándose como rosados dedos,
crecieron y se dividieron en delicadas e intrincadas membranas hasta formar una
telaraña de un blanco purísimo.
—Con eso y su
cuerpo amorfo —dijo Wu—, puede asumir cualquier forma que desee. Los rastros
que vio, el conejo que le contemplaba desde el otro lado del arroyo, el pájaro
que voló hasta mí…, todos eran Lil.
La pistola se
escapó de la mano de Horn y se deslizó hasta debajo del hombro. Asustado, sin
duda, por el ruido, el diamante vivo saltó de repente en el aire. Su esplendor
se escondió en un instante en las maltrechas plumas del loro.
Lil se tambaleó y
volvió a gemir:
—Todos muertos,
muertos…
—No llores, Lil
—dijo Wu con cariño, rebuscando en uno de sus bolsillos—. Aquí tengo una
chuchería que guardaba para un momento de necesidad. La conseguí del alfiler de
la corbata de ese malvado inspector de la Compañía que quiso meternos en la
cárcel por vagabundos.
Lil dejó de
lamentarse y voló hasta el hombro de Wu. Su fuerte pico cogió el
resplandeciente diamante del tamaño de un guisante. Un sordo crujido y la
piedra desapareció.
—Un futuro —dijo
alegremente— vale más que un millón de pasados. —Frotó el pico con afecto
contra la arrugada mejilla de Wu—. Un diamante muy hermoso.
—Lil puede asimilar
casi cualquier forma de carbono —dijo Wu—, pero prefiere los diamantes. Cuando
nuestra fortuna es próspera, eso es lo que come. Últimamente nos hemos visto
reducidos a comer antracita.
—Dígame el secreto
—dijo Horn fríamente—. ¿Cómo es posible que haya vivido usted por tanto tiempo?
—Ha sido Lil… —dijo
Wu—. Su raza aprendió muchas cosas en su larga y casi eterna existencia: el
secreto de la vida, el de las probabilidades, la estructura atómica… Esa fue
sólo una de las riquezas que la Humanidad perdió gracias a su desmedida
ambición. Lil me mantiene vivo, y yo la ayudo a buscar su comida.
»Viajamos. Si nos
quedamos quietos por mucho tiempo, el Archivo Electrónico de Duchane no
tardaría en localizarnos. Esa vasta colección de memoria eléctrica no tardaría
en confrontar nuestras descripciones con los detalles de robos de joyas
ocurridos en los últimos mil años. Nos gustaría quedarnos siempre en las
fronteras estelares, lejos del brazo de Eron, pero allí hay pocos diamantes.
»Vagabundos,
eternos viajeros, hemos visto cien mundos y sólo nos quedan nuestros recuerdos,
que se extienden demasiado lejos en el pasado. Tenemos que seguir viajando. Los
hombres se preguntarían por qué yo no muero. Mí secreto despertaría en ellos la
misma locura que la cáscara de diamante de Lil. Nos matarían por conseguirlo.
»Sin embargo, todo
tiene su compensación. Siempre existe el mañana…, una nueva nave que parte, un
planeta virgen que nos espera. Cuando los recuerdos se hacen demasiado pesados,
podemos borrarlos por un tiempo. Las hojas de lethe para mí, los diamantes para
Lil… y el ron para los dos.
Horn los contempló
por un momento.
—¿Eso es todo lo
que habéis hecho con vuestro poder?
Wu se encogió de
hombros.
—¿Qué habría hecho
usted?
—Puede dar a un
hombre una perspectiva distinta —dijo Horn pensativo—. Puede hacer algo para
toda la Humanidad: en ciencias, política, filosofía. Se lo debe a…
—¿Para qué?
—preguntó Wu secamente—. La Humanidad no tiene nada que hacer con eso.
Despreció la oportunidad que se le presentaba cuando sus representantes
barrieron la raza de Lil.
—¿El pecado
original? —una sonrisa cruzó el rostro de Horn—. Si un hombre pudiera planear
con cuidado y actuar lentamente —murmuró—, podría guiar a su raza hacia mejores
y más sabios caminos. Si surgiera un tirano como Eron, podría…
—¿Un hombre solo
contra un Imperio? —interrumpió Wu—. Los imperios surgen y caen, y ese ciclo
está dictado por fuerzas que ignoran unas cosas tan insignificantes como los
hombres. Son tan vastas y misteriosas en su curso como el mismo Destino. Eron
caerá a su debido tiempo. Pero usted habrá muerto mucho antes, y es posible que
yo también haya desaparecido. Ni siquiera Lil puede escapar de su destino
final.
—¡Fuerzas! —Horn se
encogió de hombros—. No son otra cosa que hombres en grandes masas. Un solo
hombre puede dirigirlas o empujarlas. Y un solo hombre, actuando en el momento
preciso, en el lugar adecuado y en la forma necesaria, puede hacer caer las peñas
más grandes.
—Y resultar
aplastado por su caída —dijo Wu—. No, gracias. Aunque he vivido por largo
tiempo y la vida a veces me resulta abrumadora, me agarro a ella… con mayor
desesperación aún que usted. ¿Qué es lo que usted puede perder, más que unos
cuantos años de infelicidad? Le es fácil ser atrevido y despreciar el peligro.
Yo tengo que ser tímido y cobarde. Esa miserable envoltura que me ha servido
durante tanto tiempo, puede serme útil por otro período de tiempo igual, si la
trato con cuidado.
Horn se puso en
pie, sacó la antorcha de la grieta de la pared e hizo un gesto para que Wu y
Lil comenzaran a marchar delante de él. Wu recogió su maleta y volvió la cabeza
para mirar a Horn.
—¿No me cree,
señor?
—Estás fuera del
pozo, ¿no es cierto?
La pregunta que Wu
le hacía era algo que Horn no podia contestar directamente. Por el momento
estaba dispuesto a aceptar sus palabras como una hipótesis posible; se ajustaba
a los factores conocidos. Además, eran demasiado fantásticas para no tener un
elemento de verdad.
—Sigue caminando.
Es posible que ya sea demasiado tarde.
—Por supuesto. No
debemos ser la causa de que usted retrase su cita con el Destino —dijo Wu.
Las palabras
quedaron flotando en el aire, con una sombra de ironía.
El túnel empezó a
ensancharse. Su boca se abría hacia una gran cadena de grandes áreas negras:
almacenes, pensó Horn, para el primitivo comercio interplanetario. Grandes
depósitos subterráneos. Rampas inclinadas les condujeron hacia arriba, y luego
aún más arriba. Con el primer destello de la luz del día en la distancia, Horn
apagó la antorcha contra la pared y un poco más adelante, la dejó apoyada
contra el costado del último y espacioso túnel. Las tormentas habían arrastrado
barro y piedras hacia la entrada; la estrecha salida que aún existía estaba
bien disimulada por el retorcido tronco de un enebro.
Horn miró por entre
las hojas. Al otro lado no había más que ruinas: montones de cascotes lavados
por las lluvias de siglos, atravesados en ocasiones por una herrumbrosa viga,
una pared medio derruida. El lugar estaba desierto. Horn atravesó el agujero y
se dejó caer al pie del árbol. Wu le siguió con un ahogado suspiro de alivio.
Horn se arrastró
hasta la medio derruida pared y miró por encima con precaución. Reprimió una
exclamación.
—El monumento a la
Victoria…
La inmensa mole se
alzaba contra el cielo del mediodía, a ochocientos metros de distancia, donde
antes estuvieron los docks de Marte de la vieja Sunport. Pero ni siquiera
Sunport, en su época de mayor brillo, habría podido construir aquéllo.
Su base estaba
formada por un inmenso cubo negro, con un hemisferio también negro en su parte
superior, y tenía por lo menos novecientos metros de altura. Elevándose sin fin
encima de aquel rotundo pedestal había una gran columna cilindrica. Estaba
revestida de luxon y brillaba con las continuas ondas de colores en movimiento.
De color rojo sangre en su punto de unión con el hemisferio negro, iba
cambiando a lo largo de su altura en anaranjado, amarillo, verde, azul, índigo
y violeta. Su extremo se fundía en un brillante blanco.
Coronando el pilar,
a cuatro kilómetros por encima del suelo, había una enorme esfera de un gris de
acero, lisa y sin relieve excepto en los polos. Allí, miles de finos radios
dorados se erizaban en todas direcciones.
—¡Eso es Eron!
—dijo Wu al lado de Horn.
—Nunca lo he visto
—dijo Horn.
—Es una buena
reproducción —dijo Wu—. Ése es Eron. Es su peñasco, supongo. Vamos a ver cómo
lo hace rodar montaña abajo.
Horn separó sus
ojos del monumento y estudió el lugar que lo rodeaba. Sólo alrededor del vasto
perímetro de la meseta eran visibles las ruinas, y el otro lado estaba tan
lejano que se confundía con la gris lejanía. En el resto de aquel inmenso lugar
las ruinas habían sido enterradas bajo una superficie lisa como el mármol,
recubierta de pinturas murales.
—Sunport —dijo Wu
en voz baja—. La construyeron alta y orgullosa, sobre las ruinas de una ciudad
llamada Denver, de modo que estuviese más cerca de las estrellas. Al igual que
Eron, dominó al mundo conocido. La leyenda dice que un gran caudillo bárbaro saqueó
la ciudad en su momento de mayor esplendor. Condujo sus bandas nómadas sobre la
ciudad, dice la leyenda, y la arrasó para ofrendar al Sol su poderío y su
perversidad.
—Eron también puede
ser destruido —dijo Horn.
—Un caudillo… —rió
Wu—. No debemos creer en las leyendas. Sunport había muerto mucho antes. Creada
por una necesidad histórica, murió cuando su utilidad terminó. Aquel héroe
tribal no hizo más que incinerar un cadáver.
Horn se encogió de
hombros. Habían otros problemas más inmediatos; su atención estaba fija en la
multitud que se apiñaba sobre la superficie de las enterradas ruinas.
Encima de
gigantescas columnas, en uno de los lados del cubo negro, se alzaba una amplia
plataforma. Evidentemente provisional, tenía sin embargo la solidez de algo
permanente. Como los anchos escalones que se alzaban hasta ella, la plataforma
era de brillante y dorado plástico. Emergiendo debajo de la construcción,
tendidos a través del campo, habían unos profundos y metálicos caminos. Frente
a la plataforma se extendían semicírculos de asientos, en hileras capaces de
acomodar a muchos miles de personas.
Los pabellones
mostraban una nota alegre de color en todas partes. Moviéndose entre ellos
estaba el Pueblo Dorado. No cabía duda que había muchos más aquí, pensó Horn,
que los que se habían reunido en cualquier otra parte antes de aquel momento.
Debajo de él se agitaba la aristocracia de Eron, los herederos del Universo,
orgullosos, llenos de poder, arrogantes… y afeminados. Ni uno solo de ellos era
capaz de hacer lo que él había hecho para llegar hasta allí.
Las voces danzaban
hasta Horn, su risa y su alegría, aguda y nerviosa. Sonaban como la música para
una última y frenética danza antes de la disolución. No eran otra cosa que
sanguijuelas, vampiros. Seria agradable poseer el poder de aplastarlos a todos.
Los blancos y anémicos mundos le bendecirían, y recobrarían su salud y
fortaleza.
Pero sólo uno de
ellos iba a morir. Sólo tendría tiempo para uno.
El Pueblo Dorado no
constituía ningún peligro. La amenaza estaba en el poder que habían comprado.
Los Guardias, extendidos por todo el campo, sobrepasaban en número a sus amos.
Formaban una línea por todo el perímetro de la pavimentada meseta, vigilantes y
alertas. Había patrullas de guardia en sitios estratégicos; se agrupaban
alrededor de la base del negro cubo. Parecían extraordinariamente altos, aún a
esa distancia. Eran los hombres de la Guardia Selecta, los Lanceros
Denebolanos, con sus tres metros de estatura.
No era cuestión de
tenerles miedo. No eran más que una complicación que debia ser estudiada.
Altos monolitos se
elevaban en los bordes de la meseta. Los formaban las altas y negras espiras de
los cruceros de Eron, con sus diámetros de cien metros y largos de medio
kilómetro, empequeñecidos sólo por el monumento. Dos anchos y dorados anillos,
a proa y popa, servían para el tránsito por los Tubos. Nada se proyectaba más
allá de los anillos; se decía que impedían que la nave tocase las mortales
paredes del Tubo.
Había nueve de esos
monolitos, cada uno de ellos una esbelta, eficiente y despiadada máquina
guerrera. Cada uno de ellos llevaba doce cañones de treinta pulgadas. El empuje
de sus campos unitrónicos podía lanzar proyectiles de doce toneladas con
suficiente velocidad para que quedasen vaporizados por el impacto. Un solo
disparo podía destrozar una montaña.
Sólo los cañones,
normalmente agazapados en las bajas torrelas de los largos cascos de hierroN,
se movían sin cesar en busca de posibles blancos en el pálido cielo o en las
montañas que parecían cercanas, pero que en realidad estaban a muchos
kilómetros de distancia. No encontraban nada en qué fijar su continua búsqueda.
Otras naves estaban
en el cielo y en el suelo: cruceros ligeros, naves rápidas de exploración… Eron
guardaba a sus amos con el mayor cuidado.
Una pequeña
pistola, contra la masiva fuerza que había aplastado una constelación de
estrellas. No era una lucha demasiado desigual. Horn no iba a luchar contra los
cruceros espaciales, y la fuerza bruta no resulta eficiente para cazar
mosquitos. Sólo se necesita una pequeña bala para matar a un hombre.
Creían que
ochocientos metros era un alcance imposible para una arma portátil. Horn sonrió
sombríamente. Eron parecía desconocer sus propias armas.
Algo silbó por
encima de él. El instinto obligó a Horn a lanzarse al suelo cubierto de maleza,
y luego volvió la cabeza para mirar hacia el cielo. La fantástica masa negra de
un crucero pesado estaba suspendida encima de ellos, su casco levemente luminoso
con un color iridiscente, que indicaba la infinitesimal pérdida de energía del
campo unitrónico que lo sostenía e impulsaba.
Wu se sintió
poseído por el terror, y se puso en pie de un salto. Con una mano, Horn lo tiró
sin ceremonias en medio de la maleza y lo mantuvo quieto.
—¡Cállate y sigue
tendido! —le gritó por encima del zumbido del crucero.
Wu se estremeció,
su rostro hundido en el polvo.
—Oh, mis sabios
antepasados, protegedme…
Suavemente el
gigantesco casco descendió desde lo alto, pasó por encima de ellos a unos cien
metros de altura y se detuvo en los límites del campo. Un colosal trípode de
aterrizaje surgió de sus entrañas y mordió el duro suelo de la meseta. El
terreno tembló debajo de ellos. Detrás se escuchó el distante trueno de un
derrumbamiento. Horn pensó en el túnel y rogó, por un instante, que no hubiera
quedado bloqueado.
Levantó la cabeza
por encima de la pared, derribada ahora hasta tener sólo la mitad de su altura
anterior. Aún podía ver el monumento y la plataforma levantada delante de él.
El crucero pesado le servía a él en vez de a Eron: era un buen escudo contra un
observador casual.
Miró hacia arriba,
a la torre negra… y Lil llegó a través de su campo visual. Por primera vez se
dio cuenta de que el pájaro había desaparecido de su lado.
—Los guardias son
tan gruesos como los piojos en la cama de un mendigo —informó Lil—. Pero no
debemos preocuparnos por esos monstruos. Un hombre provisto de armadura no
concede ninguna atención a las hormigas que se arrastran a sus pies.
Wu gimió,
intranquilo:
—¿Por qué no podrá
un hombre recoger un puñado de diamantes, sin tener que arriesgar su vida? ¿Era
necesario que la Compañía nos enviara naves suficientes para hacer estallar
todo el planeta en átomos?
Horn separó la
pistola del cordón elástico que la unía a su hombro. Aquello no iba a restarle
eficiencia a su arma, pero podía ser un riesgo que no deseaba correr.
Con la rápida
seguridad de un guardia veterano, desmontó el arma. Hizo salir de la culata la
compacta y chata célula dianódica. Sus elementos de grosor molecular
almacenaban la energía de una tonelada de explosivos químicos. El pequeño
cargador de cincuenta proyectiles estaba bien engrasado; las balas se
deslizaban fácilmente. El cañón rayado en espiral estaba limpio y brillante.
Todo funcionaba
perfectamente. Cuando apretase el gatillo, una bala, blindada contra la
fricción atmosférica, dejaría el cañón del arma con la velocidad de uno de los
antiguos obuses.
Wu miró a las
piezas de la pistola y se estremeció.
—Tengo la impresión
de que todas estas precauciones son para usted —dijo lentamente—. Se lo ruego:
¡no use esa pistola! La muerte de un hombre no significa nada… excepto para él
mismo. Y la muerte que guarda esa pistola es la suya.
Horn miró en
silencio a través de la mesa hacia el monumento y pensó de nuevo: ¿Por qué
estoy aquí? «Para matar a un hombre», se contestó a sí mismo; «para realizar
una tarea que nadie más podía llevar a cabo».
—Un hombre de lucha
—dijo Lil de repente— es un compañero peligroso.
—Tienes razón, Lil
—dijo Wu—, como de costumbre.
Antes de que Horn
pudiera detenerle, el gordo anciano agarró su maltrecha maleta y saltó la
pequeña pared con sorprendente agilidad en un hombre como él. Mientras Horn
escuchaba como se deslizaba por el lado de fuera, sus manos trabajaban a toda
velocidad volviendo a montar la pistola.
Pasó el cañón del
arma por encima de la pared y la volvió a retirar lentamente. Wu y el loro ya
estaban mezclados con la multitud que se extendia más abajo. Un disparo no
haría otra cosa que atraer la atención hacia aquel lugar.
Sin embargo… Horn
se sumió en uno de sus raros momentos de reproche hacia sí mismo. Éste era el
precio de su indulgencia. Era obvio que el amarillo le vendería para salvar su
propia y vieja piel.
Horn se encogió de
hombros. No podía hacer otra cosa que esperar.
LA HISTORIA
Los secretos no lo
son por mucho tiempo. Las leyes de la naturaleza están escritas duplicadas en
los átomos, que las revelan con idénticos fenómenos en todas partes, para que
la inteligencia las comprenda. La inteligencia no puede ser monopolizada.
Sin embargo, un
secreto lo fue durante mil años.
Muchos hombres
murieron para conquistar el secreto de Eron: científicos, espías, patrullas de
asalto. La teoría, las matemáticas, los detalles técnicos estaban al alcance de
cualquiera en gruesos manuales y en aún más gruesos libros de texto. Los
técnicos de Eron capturados por el enemigo podían construir Terminales, pero no
podían unirlas con un Tubo. Una sola cosa les faltaba: lo imponderable, algo
imposible de adivinar. El secreto de Eron.
De las muchas
formas de guardar un secreto, sólo una es perfecta: no decírselo a nadie. Pero
algunos secretos no se debe permitir que mueran.
Alguien tenía que
conocerlo. ¿Quién? ¿Los Consejeros? ¿El Director? Por lo menos uno de ellos
estaba siempre presente cuando un nuevo Tubo era activado.
El secreto, ¿en qué
consistía? ¿Quién lo conocía? Eron lo guardaba celosamente.
Porque si todos los
hombres pudieran construir puentes, ¿quién pagaría el peaje?
Capítulo V
ASESINO
Los segundos
transcurrieron lentamente, pero pasaron sin que se produjese la esperada
alarma. El pulso de Horn comenzó a tranquilizarse. Se arriesgó a lanzar otra
mirada por encima de la pared, la pistola apretada en su mano sudorosa. Nadie
miraba en aquella dirección. No se veían guardias entre la multitud que se
apretaba alrededor de Wu y de Lil.
Wu estaba de pie
encima de su abollada maleta arengando a los curiosos entre el Pueblo Dorado
con poderosa voz llena de atrevida confianza. Algunas de las palabras llegaron
hasta Horn.
—…¡Reyes del
Espacio! Constructores del poderoso Eron… llegados para visitar al mundo madre.
Deteneos un momento y contemplad su última maravilla…
Lil estiraba sus
rotas alas de plumas posada en el hombro de Wu, con su único ojo fijo en alguna
cosa entre la multitud. Los conquistadores eran altos, rubios y orgullosos.
Hasta los hombres iban lujosamente vestidos con abultados pechos, y sus piernas
de una simetría femenina estaban cubiertas de gruesa plastiseda y de pieles. Y
joyas. Un gran diamante brillaba con reflejos prismáticos desde la garganta de
una gruesa matrona.
—…el pájaro con un
cerebro humano —gritaba Wu con voz nasal—, educado en las artes secretas del
cálculo…, dará la solución correcta a cualquier problema matemático que queráis
presentarle…
La matrona vestida
de púrpura empujó al loro con un bastón incrustado de joyas y dijo algo que
Horn no pudo distinguir.
Lil voló hasta el
extendido índice de Wu y empezó a chillar.
—Dos y dos son
cuatro. Cuatro y cuatro son ocho. Ocho y ocho…
Wu movió la mano y
Lil cerró el pico.
Un hombre alto se
abrió camino a codazos hasta la primera fila. En su guerrera ostentaba la
estrella dorada en oro y piedras preciosas de un navegante espacial retirado.
—Aquí tengo un
problema para ti —gritó, con voz aguardentosa—. Dime los elementos de la curva
sinérgica para una nave unitrónica que penetre en un sistema binario del tipo G
subcuatro a cuarenta y seis grados relativos al plano de la eclíptica, y se
prepare a aterrizar en un planeta de masa dieciocho con una órbita E3.
Desaceleración constante a 80 gravedades. Planeta a ocho grados después de la
conjunción relativa.
Wu se volvió
rápidamente y dijo algo a la multitud, pero Lil se lanzó desde el dedo de Wu
hasta posarse en el hombro del oficial, graznando con una burda imitación de la
voz del hombre.
—Hallará que la
curva sinérgica es del tipo y18, con un factor e partido por c, más una
corrección para el campo de gravedad de punto cero, cero, nueve, cuatro.
El hombre miró a su
alrededor completamente sorprendido.
—Sin embargo, al
completar la solución del problema —continuó Lil con tono de burla— descubrirá
que semejante aterrizaje sería poco aconsejable. Una órbita E3 para un planeta
de masa dieciocho situado en un sistema binario del tipo G subcuatro, es básicamente
inestable. En realidad, cuatro horas después de cruzar la órbita E3, el planeta
en cuestión chocará con el Sol inferior.
El oficial abrió la
boca y respiró profundamente. Sacó un manual de astrogación y un pequeño
computador de uno de sus bolsillos y empezó a calcular a toda velocidad.
Lil voló de nuevo
hacia Wu. Horn observó que el diamante blanco no seguía en el centro de la
estrella dorada del navegante espacial.
Las trompetas
resonaron en todo el campo. La vasta bestia ―parecida a una ameba― que era la
multitud, detuvo su insensata agitación y se quedó inmóvil, con los ojos fijos
en dirección a Horn. Se dejó caer detrás de la pared, con el corazón latiendo
violentamente.
Pero no oyó el
ruido del asalto, ni el disparo de los cañones. Sólo el metálico clamor de las
trompetas. Horn esperó, hasta que la espera se le hizo insoportable. Su cabeza
se alzó de nuevo, sin que pudiera evitarlo.
Las compañías de
guardias habían despejado cinco avenidas desde los cruceros pesados en el
perímetro del campo hasta el monumento en el centro. Una procesión se había
iniciado desde el otro lado del campo en dirección al monumento. Una compañía
de arrogantes lanceros Denebolanos la precedía, sus pasos de dos metros
cubriendo la distancia sin esfuerzo aparente. El brillante esmalte en sus
armaduras de hierroN era azul. También eran azules los airones de sus erguidas
lanzas de ceremonia. Enfundadas al costado, llevaban las grises pistolas
unitrónicas.
Un resplandeciente
coche azul les seguía, flotando a un metro por encima del suelo. Su forma de
torpedo se detuvo al pie de los escalones que conducían a la plataforma. Horn
levantó la pistola hasta sus ojos y contempló a través de la mira telescópica
al que descendió del coche. Era un hombre joven. Subió ágilmente las escaleras,
alto, la espalda recta, delgado en la cintura y ensanchándose en los hombros
bien musculados. Cuando se volvió, el aplauso retumbó contra las montañas.
Tenía el rostro de
un joven, dorado con la sangre pura de Eron, duro y lleno de confianza y
orgullo. Ahora sonreía, y Horn le reconoció: era Ronholm, Consejero de
Comercio.
A lo largo del
segundo sendero, otra procesión se acercaba ya. Su color era el verde. Verde
por Transporte, tradujo Horn. El delgado y aristocrático Fenelon subió los
escalones sin prisa y volvió su rostro aquilino hacia la multitud. Tenía los
ojos hundidos y dominantes. Contemplaron con imperio al gentío, exigiendo su
homenaje, y su poderosa fuerza de voluntad arrancó un aplauso de la
muchedumbre.
Los demás fueron
llegando con mayor rapidez. El siguiente fue el color anaranjado. Matal,
Consejero de Energía, jadeando, mientras hacía subir su grueso y bajo cuerpo
por los escalones, con una ancha sonrisa, sus amarillas mejillas temblando
mientras saludaba a los que le aplaudían. Pero la mira de la pistola acercó su
rostro a Horn, y éste vio los ojos, casi ocultos por la hinchada carne, mirando
calculadores a la multitud que se apretujaba delante de él y luego moviéndose
para mirar a los hombres que estaban a su lado. Ambición, pensó Horn, ambición
y gula.
Luego, negro. El
negro del Consejero de Seguridad. El negro de Duchane, quien no llegó en otro
de los esbeltos coches unitrónicos. Iba montado a lomo de uno de sus perros
negros. La masiva bestia, de casi dos metros de alzada, se arrastró por los
escalones cuando Duchane le hizo subir hasta la plataforma.
Duchane descendió
de la silla y ordenó sentarse al monstruo, con la boca babeante, como una
sombra de ojos enrojecidos, en la parte de atrás de la plataforma. La multitud
se quedó silenciosa, pero aquello pareció un homenaje adecuado para Duchane.
El cuadrado y
poderoso rostro que dominaba el pesado cuerpo miró por encima de las cabezas
del gentío que estaba más allá de las graderías con una leve sonrisa de
satisfacción. Su rostro era anguloso. Con sus ojos y cabellos negros, parecía
un extraño entre aquel pueblo rubio, pero Horn sabía que era uno de los hombres
más poderosos de Eron. No había duda de que era el que obtenía mayor placer de
aquel momento de triunfo… Despiadado, cruel, con ansias de poder, Duchane era
el hombre más odiado del Imperio. Sus agentes estaban en todas partes; su poder
era casi absoluto.
Duchane miraba casi
directamente hacia Horn, y éste se escondió detrás de la pared. Con un dedo
tapando el cañón de su arma, la cubrió de polvo cuidadosamente. Cuando volvió a
colocarla por encima de la pared, ya no temía el peligro de que un leve reflejo
de la luz del sol le traicionase.
Los ojos de Duchane
se habían desviado un poco.
Horn vio ahora qué
era lo que estaba mirando. Una quinta procesión se había separado del crucero
pesado delante de él. Estaba ya a medio camino del monumento antes de que
pudiera verla. Su color dominante era el oro. El oro de Comunicaciones.
Horn contempló a
través de la mira telescópica al solitario pasajero del dorado coche. Los
suaves hombros dorados y el cabello rubio que los cubría sólo podían pertenecer
a Wendre Kolhnar. ¿Sería tan hermosa como su imagen en la moneda de cinco
kellons? Era algo imposible, pensó Horn; no existía mujer que pudiera ser tan
hermosa.
Pero cuando la
muchacha ascendió los escalones de la plataforma, erguida, esbelta y altiva,
Horn retuvo el aliento sin darse cuenta de ello. Esperó a que Wendre se
volviese y cuando lo hizo, Horn contuvo su admiración al contemplar el adorable
rostro que llenaba la mira de su arma. Era una mujer digna del nombre de Eron,
dueña de la Galaxia.
Su brazo desnudo se
alzó en medio del estruendo de los aplausos; su cabeza, coronada por la misma
diadema de diamantes blancos que presentaba la efigie en las monedas, se
inclinó en un saludo, aceptando el homenaje de su pueblo. Cuando levantó la
vista, sus ojos parecieron mirar de lleno en los de Horn. Unos ojos oscuros,
grandes, límpidos e inteligentes.
Horn apartó los
suyos.
Las trompetas
lanzaron una nueva y más violenta nota. Y luego todo enmudeció.
La procesión
plateada del Director se aproximaba a la plataforma. Los uniformes de sus
Guardias eran plateados; el coche de plata. También era plateado el cabello de
Kolhnar mientras permanecía sentado en el interior del coche, al pie de las
escaleras. Ya no era duro y rojizo como aparecía en la moneda. El Director
esperó y dos gigantescos lanceros se adelantaron, lo alzaron de su asiento y le
ayudaron a subir los escalones.
¿Qué le sucedía a
Kolhnar?
Una vez en la
plataforma, se volvió, agarrándose a la barandilla y levantó una mano a los
miles que estaban delante de él. Era un signo de victoria. El Pueblo Dorado
estalló en gritos y vítores.
Ellos no podían ver
lo que veía Horn, casi sin poder creer a sus propios ojos. A través de la mira
telescópica, el rostro aparecía como el de una mujer vieja. La arrugada y
amarillenta piel caía en flojos pliegues. Las mejillas estaban fuertemente
pintadas de rojo. Los labios, coloreados de escarlata, y las cejas depiladas
marcadas con un lápiz negro. La carne había desaparecido de la nariz; era como
un delgado y amarillento pico.
Su rostro denotaba
paciencia, astucia y una voluntad despiadada. Poseía todo el poder de sus
consejeros y los mantenía encadenados a su voluntad de hierro. Pero el Director
de la Compañía, y a través de la Compañía, de Eron, y a través de Eron, del
Imperio, no era más que un hombre que se moría. Había consumido toda su vida en
una larga lucha por el poder, y en utilizar aquel poder para conquistar a la
Constelación.
Ahora, en el
instante de su triunfo y aquí, encima de las ruinas del mundo desde el que la
raza humana se lanzó hacia las estrellas, cuando Eron era el dueño indiscutido
de toda la Galaxia habitada por humanos, Kolhnar se moría.
Mientras los
Consejeros se retiraban a los asientos colocados al fondo de la plataforma,
Kolhnar apretó la barandilla con amarillas y temblorosas garras. Debajo de su
maquillaje, los fofos pliegues de su piel tenían un color gris enfermizo, y su
frente estaba bañada en sudor. Pero cuando empezó a hablar y los amplificadores
recogieron sus palabras para lanzarlas hasta el último rincón de aquel inmenso
campo, su voz sonó firme y dura.
—Hombres de Eron
—restalló—. Hijos de la Tierra. Estamos aquí para celebrar, no la victoria de
Eron, sino la victoria del hombre. Las naciones, los mundos y los imperios han
ganado muchas batallas. También han perdido muchas. Y al fin comprendieron que
no importa si ganaron o perdieron. La única victoria que debe alcanzarse es la
del hombre. Y por lo mismo hemos regresado aquí para celebrar una victoria más
en la larga y gloriosa historia de sus conquistas. Hemos vuelto a nuestro
origen, a la Tierra, al mundo madre. Pero vayamos aún más atrás. Volvamos al
principio.
Kolhnar se detuvo.
Su respiración era entrecortada y laboriosa, mientras su tembloroso dedo
hallaba el botón adecuado en el panel a su frente. Contra el severo fondo negro
del monumento detrás de él, cobró vida un vasto mosaico, lleno de color, casi
real en su proyección tridimensional.
En el fondo
apareció el Universo primigenio, un vasto caos agitado por la vida que había de
nacer. Más cercana se veía la opaca gloria de la nebulosa en espiral, sus
brazos tendidos, mientras giraba lentamente. Y contra ella ardía una
resplandeciente hilera de Soles ilustrando la secuencia de la evolución
estelar. Gigantes rojas contrayéndose. Los planetas condensándose lentamente.
En una esquina de la escena aparecía la hermosa Tierra. Y en el otro extremo el
duro Eron.
—Del caos, nació la
vida —dijo Kolhnar—. Y de la vida, el orden.
Apretó otro botón.
La escena giró al otro lado del cubo y fue reemplazada por otra.
Era la Tierra, y la
evolución de la vida. A la izquierda del amplio panorama, algo informe ―pero
vivo― se arrastró fuera de un mar primordial. Los monstruos luchaban en las
hirvientes selvas. Un troglodita encendía el primer fuego para defenderse del
frío estremecedor. Los hombres cazaban, plantaban y cosechaban, y luego
llevaban sus frutos sobre las primeras ruedas a los mercados de pequeños
pueblos que crecían hasta convertirse en imperios, con orgullosos soldados que
marchaban en formaciones cerradas. Los imperios surgían y caían, pero el hombre
continuaba, construyendo siempre más alto y mejor, combatiendo entre sí y
volviéndose a levantar hasta que construyó las torres de Sunport, listo para
alcanzar las estrellas. A la derecha, Roy Kellon, el legendario padre del
Pueblo Dorado, estaba de pie en la escotilla del Nova, para partir en su primer
viaje interestelar.
—Y para eso, el
hombre construyó, sufrió y trabajó, para poder reclamar su patrimonio: las
estrellas.
Kolhnar apretó un
botón. La escena en el negro cubo se disolvió y otro panorama apareció: Eron.
Brillaba frío y con el gris del acero, como la gran esfera por encima de sus
cabezas. Al igual que en ella, los radios dorados radiaban hacia los últimos
rincones del Imperio. Este era el gran nudo de comunicaciones que lo conectaba
todo a Eron, las estrellas cercanas y las más lejanas. Estrellas de todas
clases: gigantes y supergigantes, densas enanas blancas y débiles, las rojas y
las azuladas, blancas y amarillas de toda la Galaxia. En todas partes donde
había vida y beneficios, llegaban los Tubos para verterlos hacia Eron. Y un
enorme Tubo se tendía lejos, a través de la Galaxia, hasta el corazón de la
gigante Canopus.
Eron. Una gorda
araña gris, pensó Horn, sentada en el centro de su telaraña dorada, esperando
el estremecimiento que anunciaba la captura de otra víctima.
Horn se encogió de
hombros, mientras el Pueblo Dorado gritaba sus vítores de júbilo: «¡Eron!
¡Eron! ¡Eron!», hasta que sus gritos resonaron contra las montañas.
—¡Sí, Eron! —dijo
Kolhnar, y su voz aumentada muchas veces ahogó el griterío—. Pero mucho más que
eso: ¡El hombre! La mayor conquista del hombre…, la civilización de las
estrellas. ¡Eron! Vértice del hombre, una gran cultura que parte de Eron en
todas direcciones hasta una distancia de quinientos años luz, sólo posible
gracias a Eron. Y ahora…, ¡la más reciente victoria de Eron!
Su mano apretó otro
botón.
Detrás de él
apareció la Constelación. En primer término las colosales ruinas de la última
fortaleza arrasada en Quarnon IV. La rendición de Peter Sair. Pequeño,
enérgico, de cabellos blancos y envejecido, el Liberador se arrodillaba delante
de un erguido y severo Kolhnar y firmaba las cláusulas de la capitulación.
Detrás de Sair se veían las filas arrodilladas de sus vencidas tropas,
recibiendo sus discos amarillos numerados. Más atrás, como un símbolo, esclavos
numerados trabajando en los campos, minas y fábricas debajo de los amenazadores
cruceros negros de Eron, con sus anillos de oro.
—¡Victoria! —la voz
de Kolhnar era ronca y baja—. No para Eron: para el hombre. Aquellos que
desafían a Eron, desafían no al Imperio, sino a la grandeza del hombre. Que sea
ésta su respuesta. Eron conservará el destino del hombre y su legado, las
estrellas, fuertes y unidas. Ésta es la misión de Eron. Ella no permitirá que
muera, aunque nosotros y muchos más tengan que perecer para conservarlo. Ahora,
como un símbolo de continuidad en la lucha del Hombre, dedicamos este Tubo, que
unirá a Eron con el lugar desde el cual nuestros antepasados lanzaron las
primeras naves hacia las estrellas.
Detrás de él, los
Consejeros se adelantaron. Wendre se puso a su lado y pasó su brazo derecho
alrededor de su padre. Duchane y Matal se colocaron a su derecha; Fenelon y
Ronholm a su izquierda. Kolhnar descansó su mano encima de un interruptor de
oro colocado encima de la barandilla; los otros pusieron sus manos encima de la
de él. Todas las manos se movieron al unísono hasta establecer el contacto.
El Tubo apareció de
repente, dorado y real, surgiendo del otro lado del cubo negro hacia el Este,
elevándose a través del aire, lanzándose hacia el espacio, atravesando los
treinta años luz que separaban la Tierra de Eron.
Los ojos de Horn le
siguieron más y más lejos hasta que la distancia lo empequeñeció hasta parecer
un hilo y luego éste también desapareció. Se preguntó si sólo sería la
perspectiva la que hacía disminuir el diámetro de cien metros hasta cero.
Recordó, vagamente, haber leído algo sobre un estrechamiento real…
La Tierra y Eron,
unidas ahora por segunda vez, atadas por un nuevo cordón umbilical. No para
alimentar a la madre, gastada y yerma por las largas agonías del parto, sino
para absorber las últimas y lentas gotas de su vida.
El Imperio,
encadenado por esas cuerdas doradas, alimentaba en su vientre a una enorme y
voraz criatura. Había crecido demasiado para desarrollarse como un ser
independiente. Debía proteger esos cordones… o morir de hambre.
Es extraño, pensó
Horn, que la fuerza lleve en sí la semilla de la debilidad. Debido a ser tan
fuerte, Eron se había convertido en el mundo más incapaz de valerse por sí
mismo de todo el Imperio.
Sin embargo,
contemplando el Tubo, Horn no pudo negar su evidente belleza.
Sus ojos se
deslizaron por el cordón dorado. Un buharro del desierto chocó incauto contra
el Tubo y ardió brillantemente por un instante. Aquí y allí, a lo largo del
Tubo se veían rápidos centelleos producidos por los insectos que se estrellaban
ciegamente contra él.
Eso era el Tubo. Su
belleza era mortal. Belleza para Eron, alimento para la voraz criatura. Para
todos los demás, representaba la muerte.
Los guardias se
agitaron cerca de la plataforma. Horn miró hacia abajo y vio como los gigantes
Denebolanos arrastraban a un hombre de debajo de las escaleras. Horn miró por
el telescopio y vio a Wu. El andrajoso anciano protestaba con todas sus fuerzas
y se agarraba con desesperación a su abollada maleta. No se veía a Lil por
ninguna parte. Wu fue arrastrado lejos de allí y Horn observó que llevaba
colgado del cuello un enorme y rojo carbunclo en el que no se había fijado
antes.
Los labios de Horn
se curvaron en una lenta sonrisa. De modo que habían capturado al ladrón, pero
no al asesino.
La mira volvió a
recorrer las escaleras hasta llegar al grupo en el centro de la plataforma,
ahora un poco separado, mientras aceptaba los gritos de entusiasmo de su
auditorio.
Como el dedo del
Destino, la mira se movió a través de los rostros de los dueños de Eron.
El joven y
orgulloso Ronholm, encendido de triunfo.
El delgado y
sardónico Fenelon, lleno de desprecio para la multitud.
Wendre Kolhnar,
radiante y bella, sosteniendo el brazo de su padre con su fina y dorada mano.
El agonizante
Kolhnar, parpadeando a la luz del Sol, su rostro rígido por el esfuerzo de
mantenerse en pie.
Duchane, poderoso y
arrogante; sus ojos escudriñando sin cesar entre la multitud, en busca de
aquellos que no les vitoreaban o que les aclamaban sin entusiasmo.
El bajo y gordo
Matal, sus ojos diminutos calculando qué parte del aplauso iba dedicada a él.
¿Cuál de ellos? La
pregunta era innecesaria. Horn sabía de antemano a quién iría destinada su
bala. Esa era la razón por la que se encontraba aquí. Para matar a un hombre.
Para derribar a un hombre desde la emboscada. La mira de la pistola unitrónica
vaciló.
¿Por qué estoy
aquí? La respuesta esta vez fue algo distinta: porque alguien quiere que este
hombre muera. No tenía nada que ver con él. No era más que un instrumento. De
repente, se irritó contra aquello, se irritó contra la necesidad de hacer algo
en lo que no estaba interesado. El llegar hasta allí fue diferente. Ahora la
cosa era demasiado fácil y desagradable.
Pero era necesario
hacerlo. Había aceptado el dinero en pago de sus servicios. El trabajo aún
tenía que realizarse.
Las líneas cruzadas
de la mira se fijaron en el hombre que moría. Horn graduó la pistola con
precisión, estimó la velocidad del aire y miró por última vez a través de la
mira telescópica. La pistola, apoyada encima del muro, no se movió. El Director
de Eron parecía estar a sólo unos metros de distancia. El símbolo del Imperio
esperaba a su verdugo.
Lentamente el dedo
de Horn apretó el gatillo. La pistola saltó, muy levemente. Por un segundo
Kolhnar miró a su alrededor, con una expresión de infinita sorpresa y luego su
rostro se hundió, y su cuerpo cayó suavemente hasta el suelo.
LA HISTORIA
La exploración de
las estrellas…
Aquel extraño y
maravilloso período después de la ruptura de la primera civilización
interplanetaria. Aquel irresistible impulso que esparció la semilla del hombre
a cientos de años luz a través de las estrellas. La época de luchas y
aventuras, de maldad y heroísmo.
Hubo héroes en
aquellos días, hombres más grandes que la realidad y cuya figura se magnificó
por la leyenda. Hombres como Roy Kellon, se convirtieron en los semidioses de
una nueva mitología.
El hombre no
emergió de la exploración de las estrellas siendo el mismo. Los motores de las
primeras naves interestelares estaban mal protegidos; eso lo hizo cambiar. Los
mundos que colonizó también le modificaron. El aislamiento le hizo variar, e
hizo remontar a sus antepasados hasta los héroes y los semidioses.
De orígenes
semejantes debe surgir el superhombre. Pero los cambios eran insignificantes.
Los hombres aún eran hombres, inclusive los gigantes denebolanos de tres
metros, que formaban la guardia selecta de Eron.
Hasta el Pueblo
Dorado de Eron, que vivía, amaba y moría como todos los demás hombres.
Sin embargo, no se
debe dejar de tener en cuenta la importancia psicológica de una pequeña
variación en el pigmento de la piel humana.
¿Cómo se puede
definir al superhombre? El Pueblo Dorado podía hacerlo…
Capítulo VI
LA HUIDA
La escena se heló
bajo el sol de la tarde. Toda la eternidad pareció concentrada en un instante,
inmóvil e inamovible. Y luego… el caos.
Los Consejeros se
esparcieron. Sólo Wendre permaneció en su sitio, arrodillada al lado de aquella
cosa caída que fue su padre, y luego levantóse, enhiesta e impávida, para
escudriñar los límites del campo.
Horn mantuvo su
rostro en la mira, como una caricia. Su dedo no se apoyaba ya en el gatillo.
Los guardias
llegaron a la plataforma a la carrera y sus filas se convirtieron en un escudo
viviente de tres metros de alto. Lo último que Horn pudo ver fue el negro
cuerpo del perro de Duchane. Estaba muerto al pie del monumento. La bala había
atravesado el cuerpo de Kolhnar para herir de muerte a otro asesino.
Los amplificadores
empezaron a dar órdenes con voz firme y poderosa. Ha de ser Duchane, pensó
Horn. La voz era rápida y precisa. Nadie debía moverse de su sitio excepto los
guardias, y éstos debían formar a las órdenes de sus oficiales al lado del
monumento.
Las naves de
vigilancia surgieron hacia el cielo, catapultadas por los cruceros pesados, y
empezaron a trazar círculos en el aire con equívoca lentitud. Las compañías de
guardias empezaron a moverse partiendo del monumento, encerrando entre sus
filas un sector triangular. Su vértice era el cuerpo de Kolhnar y su base
comprendía, sin vacilar, el escondite de Horn en el hueco detrás del muro.
—El Director ha
muerto —dijo Duchane lentamente. Su voz anunciaba el sacrilegio y la
desecración.
Por primera vez,
Horn comprendió lo que había hecho. Para Eron, aquello era un sacrilegio
horrendo. Horn había roto en mil pedazos el símbolo del Imperio, y Eron no
descansaría hasta capturarle y castigarle. Todos los recursos de Eron se
emplearían en su búsqueda.
Los factores
psicológicos son casi tan importantes para los Imperios como las flotas que
pueden reunir o la potencia de fuego de sus armas. Una sublevación sería fútil,
es cierto; Eron aún podía aplastar a un mundo en pocas horas. Pero si la
rebelión estalla aquí y allí, continuamente, si las corrientes comerciales se
cortan, si los mismos mercenarios empiezan a agitarse…, todo aquello podía
hacer temblar los cimientos de Eron.
El dominio de Eron
descansaba sobre un pedestal de omnipotencia. No existían distancias demasiado
grandes para el alcance de su flota; ninguna ofensa era demasiado pequeña para
que su dignidad dejase de tenerla en cuenta. Los conquistadores viven mientras
siguen conquistando; la primera derrota es la señal para que los conquistados
se levanten contra ellos.
Omnipotencia. ¿De
qué otro modo podía el Imperio controlar una población conquistada que excedía
en número al Pueblo Dorado en un millón de veces? Pero si alguno vez los mundos
esclavos llegaban a sospechar que el pedestal estaba agrietado…
Eron tenía que
capturar al asesino; si no para vengar el ultraje, al menos como fría norma
política. ¡Debía hacerlo! No repararía en medios ni en esfuerzos hasta
conseguirlo. Y una vez capturado, su castigo sería ejemplar. Largo, doloroso y
público.
Horn se pasó la
lengua por los labios. Un Imperio contra un solo hombre. Era como una sentencia
de muerte. Su pecho se levantó, llevando con fuerza el aire hasta sus pulmones.
El aire le parecía agradable y el calor del sol confortante, como si sus días
ya estuvieran contados.
Horn movió la
cabeza con violencia para desechar aquellos pensamientos. Aún estaba vivo;
primero tenían que cogerle. Y él procuraría que no le capturasen.
Los guardias casi
habían llegado a la base del crucero pesado que se alzaba muy cerca de Horn.
Los buharros que trazaban lentos círculos en el aire eran metálicos y esperaban
su presa. Debía salir de allí cuanto antes.
Horn se deslizó a
través de las ramas del enebro y volvió a entrar por la oculta boca del túnel.
Mientras se volvía de espaldas a la luz, unió de nuevo la pistola al cordón
elástico que llevaba alrededor de su hombro y dejó que éste la sujetase cerca
del sobaco izquierdo. Unos cientos de pasos más adelante, su mano encontró la
antorcha que había dejado apoyada en la pared. Un momento más tarde, la llama
iluminaba su camino.
El paso del
fugitivo era rápido, pero rítmico. Cuando los músculos deben enfrentarse contra
las naves de guerra, la prisa no tiene sentido. Sus perseguidores le buscarían
en el desierto mucho antes de que el fugitivo llegase allí. Pero ¿cuánto
tardarían en encontrar la boca del túnel? El hombre empezó a correr.
Su paso se
convirtió en una carrera desatinada. El pánico corría a su lado, a lo largo de
las inclinadas rampas, hacia los enormes espacios negros y desiertos, que
atravesó corriendo enloquecido. La llama de la antorcha saltando hacia la
oscuridad para ser rechazada en el acto. Corre… Corre… Huye…
El túnel descendía
con una pendiente demasiado inclinada, y terminó de repente en un negro lago.
El fugitivo lo contempló bajo la temblorosa luz de la antorcha con los ojos muy
abiertos y confusos. Sus jadeantes pulmones empezaron a tranquilizarse y su mente
volvió a funcionar de nuevo. Había perdido el camino en alguna de aquellas
vueltas durante su loca carrera.
Volvió sobre sus
pasos lentamente, y en las grandes cámaras llenas de ecos, trató de reconstruir
la situación del túnel perdido. Donde debía estar su entrada, ahora no se veía
más que una masa de cascotes. El fugitivo se lanzó de lleno a su tarea, lanzando
las piedras detrás de él con creciente energía. La antorcha rozó contra una de
las paredes y se apagó, y el hombre siguió trabajando en la completa e
impenetrable oscuridad.
Al fin sintió un
soplo de aire contra su rostro lleno de sudor. Tenía un espacio abierto delante
de él. Pasó por la abertura y echó a correr de nuevo. Una mano se agarraba
llena de desesperación a un inútil madero empapado de alquitrán.
Un indefinible
aviso hizo que disminuyese la velocidad de su carrera: ¿Un lejano gorgoteo? ¿Un
cambio en el eco de sus enloquecidos pasos? Horn se detuvo, mientras su
respiración se hacía más tranquila. De nuevo volvió a pensar fríamente, con
serenidad. Encendió la antorcha.
La levantó delante
de él y a un metro de distancia se abría la negra boca del pozo, hambrienta,
insondable. Se acercó con lentitud, mientras sus piernas temblaban de
cansancio, y puso un pie en la pasarela, deteniéndose de nuevo.
Recordó cómo se
tambaleó Wu un instante antes de caer en el vacío. Había cruzado aquel puente
con facilidad sólo hacía unas horas. ¿Qué era lo que ahora le retenía? El
perseguido lo sabía; aquella mañana no conocía aún el miedo. Ahora lo tenía a
su lado, y todo estaba lleno de su presencia. Su corazón latía violentamente.
Su pecho jadeaba tratando de aspirar el aire en grandes bocanadas. Sus manos
temblaban.
Porque detrás de él
corría una muerte cierta, siguiendo sus pasos. Y delante había incertidumbre.
Empezó a adelantar poco a poco sobre la vacilante pasarela, pensando en la
profundidad de la sima… y aquel pensamiento le hizo sentirse enfermo y confuso.
Se tambaleó, y terminó de cruzar el puente con una torpe carrera.
El pánico se puso a
su lado de nuevo, cruzando la sima sin esfuerzo, e hizo correr la adrenalina
por sus venas, espoleando su paso. Horn volvió a correr, arrastrándose donde le
era imposible la carrera, y se deslizó por donde no podía arrastrarse. Por fin
pudo ver un leve resplandor, débil al principio, pero siempre creciente, como
una promesa de resurrección en las negruras de la muerte. El perseguido tiró al
suelo la antorcha y corrió hacia la luz.
Se detuvo en la
salida del túnel, por encima del pequeño valle, y su visión le tranquilizó. El
pánico había desaparecido sin que lo notara, y ahora no podía comprender cómo
había dejado que le dominase, y le pareció que su larga huida por los negros
corredores era algo que había sucedido a otra persona. Había recobrado la
razón.
Más de la mitad del
valle estaba envuelto en sombras. Pronto las montañas se alzarían delante del
sol y el mundo se llenaría de una gris negrura, y poco a poco el cielo se
cubriría con el manto de la noche tachonada de estrellas. Cuando eso ocurriera,
Horn debía encontrarse ya en el desierto. La noche le ofrecía su única
oportunidad. Antes fue su enemiga; ahora le brindaba amistad.
Antes de que
oscureciera tenía que encontrarse descansado y seguro de sí mismo. Pero su
estómago empezó a quejarse, y Horn comprendió que debía comer, ya que su cuerpo
no sólo debía apartarle de sus perseguidores, sino llevarle a través del
polvoriento desierto.
Empezó a descender
con cuidado por la insegura y pedregosa pendiente y atravesó por en medio de
los arbustos, hasta llegar al pequeño arroyo. Sus manos se movieron con
rapidez, construyendo varias trampas con las lianas, ramas y follaje que tenía
a su alcance. En una ocasión lanzó una rápida mirada hacia el cielo
crepuscular, pero estaba vacío. Hasta aquel momento, los perseguidores no
habían descubierto el oasis.
Con una frondosa
rama que arrancó, barrió sus rastros alrededor de las trampas y retrocedió
hasta el frío arroyo. Se detuvo al llegar a un pequeño remanso, donde el agua
se detenía detrás de un tronco caído a un lado de la corriente, medio sepultado
por las arenas y hojas que arrastraba el agua. Horn se arrodilló y bebió a
largos sorbos, y después volvió a llenar su cantimplora, ya medio vacía.
Se quitó las
empapadas botas y las destrozadas ropas y penetró en la corriente. El agua fría
mordió en los cortes y rozaduras que cubrían su pecho y espalda, y sus dientes
empezaron a temblar, a pesar de que cerró la boca con firmeza. Al cabo de un
momento dejó de sentir frío, y la sangre corrió con vigor por su cuerpo
mientras manoteaba contra la corriente. Una y otra vez hundió la cabeza bajo el
agua y volvió a emerger sacudiendo sus mojados cabellos.
Cuando volvió a
ganar la orilla y se secó con su destrozada camisa, se sintió un hombre nuevo.
Pasó la mano lentamente por su barba de varios días, sacó un largo cuchillo de
un bolsillo de su pantalón, lo abrió y lo afiló contra una de las grandes
piedras. Empezó a luchar contra el pelo que cubría su rostro, volvió a afilar
el cuchillo y al cabo de varios minutos su cara estaba afeitada, dentro de lo
razonable. Su barbilla y sus mejillas aparecían pálidas contra el tostado color
de su frente, y su boca se mostró fina y sensible.
La vida surgió con
energía a través de su cuerpo. Con ella volvió su voluntad y determinación.
Volvía a sentirse limpio, joven, fuerte y lleno de vida. Había hecho lo que se
había propuesto, lo que le pagaron para que realizase, lo que nadie creía
posible. Quizás no era una hazaña de la cual sentirse orgulloso, el disparar a
un hombre desde una emboscada, pero Kolhnar tampoco era una víctima inocente.
Tenía sus manos llenas de la sangre de incontables seres.
Que todo Eron se
volviese contra él; Horn sobreviviría, porque la supervivencia es algo más que
un instinto: es un deseo, y en él ese deseo era fuerte y poderoso.
Pensaba aún en todo
eso mientras se ceñía el pesado cinturón con el dinero contra su cintura,
volvía a ponerse los pantalones y las botas, se colocaba los aún húmedos restos
de su camisa sobre los hombros, deslizaba el cordón de su pistola por el brazo,
colgaba la cantimplora a su costado y se dirigía a inspeccionar sus trampas.
Todas estaban
vacías. El Sol había desaparecido, el crepúsculo se fundía en la noche y Horn
comprendió que tendría que atravesar el desierto con el estómago vacío.
Se encogió de
hombros y siguió el arroyo hasta que se convertía en un delgado hilo de agua
que casi desaparecía en el agujero abierto en la pared de la meseta. Atravesó
el pequeño túnel arrastrándose sobre pies y manos, sintiéndose molesto por el
leve lamento del viento que pasaba por la abertura; apartó con precaución la
maleza en el lado exterior y miró hacia la semiclaridad del desierto. Aquí el
lamento era más penetrante. No era el viento al pasar por el túnel; era el
silbido de las naves de Eron, muchas de ellas, volando lentamente sobre el
rojizo desierto.
La oscuridad era
interrumpida por cambiantes manchas de luz, que parecían moverse sin propósito
definido sobre el desierto. Horn se arrastró sobre la lisa roca y luego se puso
en pie en medio de la noche, su espalda apretada contra el calor de la pared rocosa
detrás de él.
Las manchas de luz
eran casi cuadradas, y formaban un cambiante e inquieto tablero de ajedrez
sobre la arena. Blancas y negras, negras y blancas, moviéndose sin cesar…
Horn se dejó caer
al pie de la pared, apretándose contra la maleza, un instante antes de que la
luz del proyector pasase por encima de él. Un segundo más tarde escuchó el
silbido de la nave, y vio cómo la luz se adentraba en el desierto.
Horn contempló las
zigzagueantes luces y comprendió que seguían un orden establecido. Había algo
regular en la forma en que los cuadrados blancos y negros se alternaban. Las
naves seguían el principio de caza por sectores. Cientos de ellas barrían el
desierto con ansiosos y mortales dedos de luz. Complicando la formación, había
naves irregulares que actuaban al azar, encendiendo y apagando sus proyectores
aquí y allí. No existía un medio de saber cuando un determinado lugar del
desierto quedaría envuelto en las seguras sombras o brillantemente iluminado.
Sin embargo, las
luces seguían un orden establecido, y el hecho de que existía formaba un
comentario sobre el Imperio. El gobierno de las masas es el gobierno por medio
de órdenes y reglamentos. La obediencia y la disciplina son las virtudes más
importantes; la iniciativa particular se castiga con más frecuencia de la que
es recompensada. Existen instrucciones determinadas sobre la forma de buscar a
un fugitivo, y no se puede castigar a nadie por seguir fielmente el reglamento.
A pesar de todo, ya
que en el orden existe una virtud, ésta resultó buena para Horn. El cielo
zumbaba y silbaba, lleno de ansias reprimidas, esperando lanzarse sobre el
fugitivo. Horn se agazapó cerca de la protección de la maleza, escuchando,
estudiando el tablero siempre en movimiento. Sus ojos lo siguieron hasta el pie
de las montañas donde se perdía en la distancia.
Podía imaginarse
claramente lo que sucedería si uno de los proyectores le alcanzaba por
casualidad. Podría esquivarlo por un momento, quizás, corriendo en zigzag con
bruscas vueltas y regates, pero las naves convergerían sobre él, uniendo los
haces de sus focos, formando un enorme cuadro iluminado sobre la noche del
desierto. En aquel cuadrado le esperaría la muerte.
Esperó el tránsito
de la nave delante de él, mientras contaba lentamente en voz baja. Cuando una
nave irregular, encendiendo sus luces al azar cruzó la línea de cuadros
cambiantes, Horn emprendió la carrera, contando, buscando los seguros y negros
cuadros del tablero. Negras y blancas, negras y blancas. Los focos se movían,
barriendo el suelo detrás de él. Cruza hacia aquí, salta a un lado del foco.
Negras y blancas. Negras, negras. ¡Salta!
Cometió un error en
el cálculo de la velocidad de la nave detrás de él, y tuvo que arrojarse de
cabeza hacia la oscuridad en el mismo instante en que la nave giraba para
emprender una nueva pasada hacia las montañas. Luego se levantó del polvo, y
empezó a estudiar la siguiente línea.
Sólo después de
dejar atrás tres hileras de naves empezó Horn a sentirse derrotado. El tablero
aún seguía moviéndose sin cesar delante de él, sin fin. El cielo silbaba por
encima de su cabeza, incansable, horadando su cerebro, hiriendo sus nervios,
hasta que necesitó un verdadero esfuerzo para concentrar sus ideas.
Luego escuchó los
ladridos de los perros. Un grupo de cazadores a caballo pasó a través de un
oscilante haz de luz. Los cazadores patrullaban en círculo sin salir de su
sector, esperando al hombre que fuese lo bastante listo para atravesar las
barreras de los proyectores.
Una línea de perros
infernales, rodeando las barreras luminosas. El mismo Horn no podría haberlo
planeado mejor. Los perros también estarían distribuidos en sectores y
patrullarían sin cesar, relevados cada pocas horas por grupos frescos de nuevas
y descansadas unidades. Si el fugitivo tenía la suerte de deslizarse entre las
patrullas de vigilancia, los perros no tardarían en ventear su rastro y pronto
estarían detrás de él. ¿Cuánto tiempo les llevaría capturar a un hombre a pie y
cansado?
Y más allá, ¿qué
habría? ¿Otra línea de centinelas con órdenes de disparar sin previo aviso? Y
detrás de aquella, ¿otra?
La noche en el
desierto era fría, pero Horn sudaba. Su situación era desesperada. Un hombre
solo no puede escapar de las garras de un Imperio, si éste está decidido a
encontrarle. Por lo menos no en el desierto, donde no había lugar para
esconderse. La luz del día sería menos compasiva que los mismos proyectores, y
a la luz del sol, Horn no tardaría en morir. Registrarían las montañas hasta la
última piedra y mandarían hombres como hurones para rebuscar en el más pequeño
agujero. No dejarían nada por explorar. El Imperio necesitaba encontrar al
asesino.
Horn comprendió de
repente lo que debía hacer. Un pajar no es el mejor sitio para esconder una
aguja, sino entre otras agujas. El mejor lugar para ocultar un grano de arena
es en una playa. Un hombre sólo puede ocultarse entre otros hombres. Horn sabía
ahora dónde debía ir.
Dio media vuelta
para regresar… y la movible luz de un proyector le dio de lleno.
Pasó por encima de
él, sin detenerse. En el mismo instante, Horn emprendió la carrera. Corría
hacia el interior del desierto, apartándose de la meseta, hasta que tropezó y
cayó en medio de una nube de polvo en el fondo de una depresión del terreno.
Rodó por el suelo y siguió corriendo sin detenerse; pero ahora la luz del
proyector ya había pasado y Horn se dirigía hacia la dirección opuesta. Volvía
hacia la pared rocosa, de nuevo hacia la protección de la meseta y corría como
si la misma muerte viniese pisándole los talones.
El silbido se hizo
más agudo y se convirtió en un coro. Las luces barrieron furiosamente el lugar
donde estaba unos momentos antes. Horn siguió corriendo, pegado a la pared de
la depresión donde se encontraba. En la distancia se escuchó el ladrido de los
perros. Corrió un poco más aprisa, sus pulmones luchando con todas sus fuerzas
para conseguir un poco de aire.
Las luces se
cruzaron detrás de él, para unirse en un enorme cuadrado iluminado. No
permaneció fijo, sino que se movió de aquí para allí, pero no encontró nada
excepto el desierto y después los incansables perros y sus bien armados
jinetes. El cuadrado se deshizo en un gesto de impaciencia y volvió a su
anterior búsqueda por el sistema de cuadros alternos de color. Ahora los
cuadros de luz eran más pequeños, al igual que los espacios oscuros entre
ellos, y Horn se encontró de repente corriendo sobre el terreno descubierto del
desierto.
El fugitivo esquivó
y saltó a un lado, incansable. Los acontecimientos se movían demasiado aprisa
para poder pensar y decidir. Sólo el instinto podía escoger en un instante el
cuadro que estaría oscuro en aquel momento; sólo el instinto y la suerte, ya que
los cuadros alternos cambiaban a cada momento, fundiéndose y retorciéndose. Su
instinto era acertado o la suerte no le abandonó, porque al fin Horn se
encontró de nuevo al pie de la pared rocosa de la meseta y se dejó caer al
suelo, escondiendo la cabeza entre las manos, mientras una de las luces pasaba
lentamente por su lado.
¿Izquierda o
derecha? Horn escogió la derecha, porque tenía que escoger una de las dos
direcciones, sabiendo que la primera equivocación sería la última. Se arrastró
pegado a la base de la roca, inmóvil, cuando uno de los proyectores pasaba
cerca, esperando que le tomasen por un montón de piedras.
Se arrastró durante
largo rato, el ladrido de los perros aumentando sin cesar a sus espaldas,
espoleándole a emprender una carrera que sabía le sería fatal, mientras le
atormentaba la duda de haber escogido la dirección equivocada. Pero después de
una eternidad, sintió la piedra lisa debajo de él, rozando sus rodillas, y su
mano izquierda tocó algo que le pinchó con un ruido de hojarasca.
Horn se deslizó
detrás de la maleza y dentro del agujero que había abandonado… casi no podía
creerlo, sólo una hora antes.
Regresó al valle
como a un lugar de paz, mucho más delectable porque no podía durar. Los perros
inevitablemente encontrarían su rastro. El volver sobre sus pasos es posible
que les confundiera, pero sus amos no tardarían en darse cuenta de que trazaban
un gigantesco círculo en el desierto para regresar a la pared rocosa y no
tardarían en hallar el agujero detrás de la maleza, ya que era el único lugar
en el círculo del rastro seguido por los perros donde un fugitivo podría
ocultarse.
Se arrastró al lado
del arroyo, porque allí los matorrales no eran tan espesos, y luego,
lentamente, Horn aflojó los músculos y dio media vuelta, quedándose tendido de
espaldas con infinito cansancio. Perseguido, cazado como un animal dañino,
había llegado muy cerca del fin de sus fuerzas. Su largo viaje casi terminaba.
Había pensado
muchas veces en aquella habitación oscura en Quarnon IV como el principio, y el
asesinato como el fin, pero la bala que había precipitado la muerte de Kolhnar
sólo fue un fin para el Director. Horn no había pensado en que la inevitable
consecuencia sería su propia muerte. Se preguntó si la habitación oscura fue en
realidad el principio. Sabía ahora que no lo era. Todos los pequeños detalles e
incidentes que constituyen una vida le habían preparado y formado para aquella
decisión que le había lanzado a un viaje de trescientos años luz a través de
las estrellas buscando la muerte.
La Constelación de
las Pléyades le había visto nacer y lo había formado. En la Constelación, el
individualismo era sagrado. Existían demasiadas cosas que hacer para perder
tiempo con las leyes; se obedecían o ignoraban según convenía al individuo. La
vida era una continua lucha; un hombre sacaba tanto de ella como era capaz de
arrancarle. Las fronteras estaban en todas partes.
Horn aprendió a
valerse por sí mismo a muy temprana edad. La primera guerra de Quarnon le dejó
huérfano; el Gobierno no se preocupó por él. Pero no sentía rencor por ninguno
de los dos. La vida era eso; cuanto antes un hombre aprendía aquella dura
lección, mucho mejor para él.
Todo lo que Horn
poseía había luchado para conseguirlo. Creció fuerte y fue rápido para
aprender. Adquirió la habilidad de conseguir lo que deseaba y la confianza de
que podía alcanzar cualquier cosa que desease con la suficiente intensidad.
Todas las causas eran parecidas, buenas y malas. Un hombre debía sacar de ellas
lo que pudiese. La única persona ante la que un hombre debe sentirse
responsable es ante sí mismo.
Sobre todo, un
hombre no debe preocuparse. Preocuparse es abrir nuestra armadura a los tiros
de todo el mundo; preocuparse es entregar al enemigo el poder de hacernos daño.
Dejemos que el Universo siga su camino; Horn seguía el suyo y arrancaba, a viva
fuerza, lo que deseaba del Universo.
Miró hacia las
estrellas entre las ramas de los arbustos. Siempre creyó que las personas eran
como las estrellas, separadas por grandes espacios negros. Pero ahora las veía
conectadas por una red de nervios, unida por sensibles filamentos. Nadie existe
por sí solo. Ninguna acción queda aislada en sus consecuencias. Los cruceros
negros que se lanzaron al bombardeo de la Constelación muchos años antes
ayudaron a disparar la bala que atravesó el pecho de Kolhnar.
¿Será igual en
todas partes?, se preguntó Horn.
Dio media vuelta y
volvió a arrastrarse hacia delante. Quizás su vida estaba unida a la de otros.
No resultó muerto con sus padres en el bombardeo, y ahora otro hombre había
muerto. Si el hombre hubiese seguido viviendo, ¿tendría ello efectos decisivos
en alguna otra parte?
Algo le rozó el
rostro, algo de piel sedosa y que se balanceaba. Estiró la mano y lo tocó; era
un conejo, aún caliente, colgado en el lazo de una de sus trampas.
Horn respiró
profundamente. Era una buena señal. Un conejo moría y su muerte le
proporcionaba alimento y fuerzas. Quizás aquellas fuerzas le salvarían la vida.
Recordó la decisión
tomada allí, en medio del tablero movible de luces en el desierto. Un sitio
para ocultarse. El único lugar donde podía esconderse. Mientras descolgaba el
conejo y empezaba a despellejarlo, un plan fue formándose en su mente.
LA HISTORIA
Las culturas no son
organismos vivos…
Sin embargo, se
parecen mucho. Un organismo vivo es una colección de células en cooperación;
una cultura es una colección de individuos en cooperación. Como las células,
los individuos se especializan en sus funciones; pueden reproducirse. A veces
crecen sin mesura y a menos que puedan ser controlados, amenazan a todo el
organismo.
Al igual que un
organismo vivo, Eron necesitaba sangre, nervios y alimento. Eron mismo formaba
el corazón, el cerebro y el estómago.
Un grueso y dorado
Tubo surgía de Eron hasta penetrar en el mismo corazón de la mayor pila atómica
del Universo, el ardiente y amarillo seno de la gigantesca Canopus. Era el Tubo
básico de energía. Suministraba la energía necesaria para mantener las mortales
paredes de los otros Tubos, y esas paredes la transmitían a los transformadores
de energía en cada uno de los Terminales. Energía. La sangre del Imperio.
Los Tubos eran los
nervios. A lo largo de sus paredes corrían las fluctuaciones de tensión,
mensajes que cruzaban los años luz en cuestión de horas.
Y a través de los
Tubos, con la misma velocidad, volaban las naves gigantes: mercantes, cruceros
de guerra, paquebotes. Los soportes de amarre los metían lentamente dentro de
las compuertas neumáticas, las enormes puertas metálicas se cerraban detrás de las
naves y el aire era extraído. Otras puertas se abrían delante de ellos y las
naves caían, caían en la oscuridad, siempre hacia el estrecho centro del Tubo
hasta que lo pasaban y empezaban a decelerar. Sólo los anillos dorados impedían
un mortal contacto con las paredes invisibles. Eso era el alimento del Imperio.
Las analogías
podrían hacerse aún más extensas, pero las analogías no sangran en una mesa de
disección. Eron era mucho más y mucho menos que un ser viviente.
Capítulo VII
EL OSCURO CAMINO
Los proyectores se
deslizaban sin cesar por encima de los lisos mármoles, iluminando por un
instante una forma oscura que volvía la cabeza ante la insoportable claridad,
saltando por encima de las rocas, subiendo las montañas, cruzando otro foco
como una gigantesca espada plateada, brillando desde los flancos negros y los
anillos dorados de los cruceros con sus propios y ciclópeos ojos.
Los cambiantes
colores prismáticos del momento y el halo del Tubo dorado que se extendían
desde su base hacía brillar el centro del campo en una escena maravillosa y
fantástica. Pero el perímetro del campo estaba en sombras, y los Guardias
estaban de pie en la oscuridad como pacientes estatuas, inmóviles, esperando
que el amanecer les trajera el descanso.
Entre las inmóviles
figuras se deslizaba otra sombra; era un poco más baja que las demás. Una capa
y capucha negra le prestaban un aspecto informe que ocultaba su figura.
Caminaba de uno a otro guarda, deteniéndose un momento y luego continuando su
lento deambular.
Las enormes ruinas
enterradas de Sunport estaban tranquilas. En su derredor se agitaba la vida y
el ruido; aquí no había más que el silencio y las sombras, y el deslizarse de
los proyectores. Los miles de asistentes a la Celebración habían partido hacía horas,
investigados, controlados y embarcados a cualquier otro mundo, por medio del
Tubo en la base del monumento o por el antiguo Terminal en Callisto.
Sólo la mitad de
los cruceros pesados permanecía aún en los límites del campo con sus
correspondientes dotaciones. La única otra nave que se veía era un pequeño yate
particular, insignificante al lado del imponente tamaño de los cruceros.
El desierto
aparecía agitado en un mar de polvo por las patrullas montadas, y las naves de
vigilancia volaban por encima de las montañas y penetraban en los más pequeños
agujeros. Pero aquí habia paz. El asesino había conseguido escapar, pero no
llegaría lejos. Era seguro que no se atrevería a regresar.
—¡Guardia!
La estatua se
endureció cuando la informe sombra se detuvo delante de ella. Era una voz de
mujer, suave y baja.
—¿Sí?
—¿Qué ha visto?
—Sólo otros
guardias.
Ella se apartaba ya
de su lado, pero se detuvo para examinar el rostro del centinela. Sin embargo,
estaba demasiado oscuro para poder distinguir sus facciones. El hombre no vio
otra cosa que un pálido borrón bajo la sombra de la capucha. Una leve fragancia
llegó hasta él, y su nariz la aspiró con delicia, mientras su pulso se
aceleraba. Nunca estuvo tan cerca de una de las mujeres doradas. Ahora podía
extender la mano y tocarla, si se atrevía a ello.
Pero se quedó
inmóvil y recto, mirando al frente.
—¿No piensa que el
asesino regresará? —preguntó la mujer.
—A los Guardias no
se nos paga para pensar.
—Yo le pido ahora
que piense —la voz femenina se hizo pensativa—. Se rieron cuando les dije que
el asesino regresaría. Dijeron que le capturarían en el desierto —volvió a
dirigirse al centinela—. ¿Qué piensa? ¿Cree que regresará?
—En su lugar, yo
volvería.
Ella volvió a mirar
hacia el rostro de él, con curiosidad inútil.
—Su acento es
extraño, centinela. ¿Dónde nació?
—En la
Constelación.
—¿Se alistó después
de la Guerra?
—Sí.
—Entonces no conoce
este terreno.
—Un poco.
—¿De dónde llegó el
asesino?
—Del desierto.
—Pero las patrullas
vigilaban sin cesar. No hay alimento y casi no hay agua.
—Un hombre fuerte
puede resistirlo. Un hombre inteligente puede atravesar el desierto.
—¿Pero cómo
llegaría hasta aquí? ¿Y cómo consiguió escapar?
—Detrás de ese
crucero hay un árbol. Detrás del árbol existe un túnel que atraviesa la montaña
y desciende hasta el desierto. El asesino no necesitó acercarse más al
monumento.
—¿Sabía todo eso?
¿Por qué no lo dijo antes?
—¿A quién? Antes ya
le di mis razones.
—Que a los Guardias
no se les paga por pensar… —la mujer se quedó silenciosa por unos instantes—.
Quizás tenga razón. Pero entonces es que no ama a Eron, ¿no es cierto?
—¿Por qué tengo que
amarle?
—¿Por qué se enroló
en la Guardia si no deseaba servir a Eron?
—¿Que otra cosa
podía hacer?
—Y sin embargo,
Eron le paga, le alimenta y le protege. ¿Qué es lo que da usted a cambio?
—Lo que Eron exige
de mí y de todos: obediencia.
—Entonces, ¿cree
que el Pueblo Dorado es un amo severo?
—Los amos son
buenos y malos. Eron siempre es el mismo. No creció gracias a su bondad. Eron
engorda, mientras el resto del Universo pasa hambre.
—Entonces, ¿por qué
no se subleva?
—¿Con qué? ¿Los
puños desnudos contra los cruceros de guerra? No. Eron está seguro mientras
posea el Tubo.
La mujer quedó
silenciosa durante largo rato. El Guardia siguió inmóvil, pero su respiración
era rápida.
—¿Por qué cree que
regresará el asesino? —preguntó ella por fin.
—¿Qué otra cosa
puede hacer? Atravesar el desierto es un suicidio. Las montañas serán mortales
dentro de poco. Su única oportunidad está en regresar aquí y en capturar una
nave. Una vez se encuentre entre otros hombres, nunca le hallarán.
—Creo que simpatiza
con él.
—Es un hombre como
los otros. Engañado, quizás, pero no hizo más que lo que nos pagan a los
Guardias por hacer.
—Por lo menos, es
sincero —dijo la mujer—. No pediré su número. Tendría que denunciarle por
traición, y esta noche me ha ayudado. Le doy las gracias.
Ella se volvió para
marcharse. Cuando se volvía, escuchó un leve gemido. La mujer empezó un rápido
movimiento y se encontró dentro del arco del fuerte brazo del Guardia, una mano
sudorosa apretada sobre su boca. Ella jadeó un momento y empezó a luchar contra
el abrazo.
Horn se maldijo en
voz baja mientras luchaba contra la insospechada energía de la mujer. El cuerpo
de ella era joven y vigoroso, y sus músculos se retorcían con fuerza dentro de
sus brazos.
Unos cuantos
minutos más y el hombre habría podido lanzarse hacia la nave particular, pero
la mujer se había acercado a él antes de terminar de vestirse el uniforme. No
habría tenido importancia si él no hubiese sido débil y empezado a hablar. Sus
palabras le habían perdido.
Debió haber matado
al centinela, al estúpido que estaba de espaldas a las sombras, pero en el
último instante su mano se detuvo. El Guardia era un hombre, quizás igual que
él, obligado a servir a Eron. ¿Por qué tenía que morir? No era su enemigo. Y
Horn le había dejado vivir… y su gemido le denunció. Y luego había detenido a
la mujer con su absurda conversación cuando ella parecía dispuesta a marcharse.
¿Por qué? Porque
Horn decidió confiar en su instinto.
La mujer luchaba
con energía, en silencio; se retorció, paleando, y su aliento era ardiente y
rápido contra la mano de Horn. De repente dejó de luchar y su cuerpo se puso
rígido.
—Sí —dijo Horn—. Yo
soy el asesino.
Uno de los focos
pasó cerca de ellos. Horn arrastró a la mujer con él hacia las sombras. El
difuso borde del proyector les tocó. La capucha de la mujer habia caído en la
lucha, revelando una masa revuelta de cabellos dorados y la suave curva de sus
mejillas. Por un instante Horn aflojó su abrazo; ella casi consiguió escapar en
aquel momento.
En sus brazos tenía
a Wendre Kolhnar, la adorable mujer de la moneda, el Consejero de
Comunicaciones, la hija del hombre a quien había matado.
Los brazos de Horn
volvieron a apretar en el último momento.
—No quiero matarla
—murmuró—, pero lo haré si me obliga a ello. Piénselo. Dentro de un instante la
soltaré. No se mueva hasta que se lo diga. No grite ni hable. En cuanto haga el
menor ruido la mataré por la espalda. La pistola está graduada a baja velocidad;
no se oirá el disparo. ¿Me comprende?
Ella asintió y los
brazos de Horn se separaron. Ella llenó sus pulmones de aire y el cañón de la
pistola se clavó en su espalda.
—Cuidado —murmuró
Horn.
—No podía respirar
—dijo ella con rapidez—. ¡Asesino! —añadió con amargura.
—He matado a un
hombre —replicó Horn—. ¿Cuántos millones habrá matado su padre? No sólo
hombres, sino también a mujeres y niños.
—¿Entonces, sabe…?
—dijo ella, empezando a volverse.
—Siga mirando al
frente —restalló Horn—. Sí, sé quien es usted.
—Aquello fue
distinto —dijo Wendre.
—Oh, siempre hay
algo que lo hace diferente.
—Pero ¿por qué?
—dijo Wendre, y había deseo de saber en sus palabras—. Era un hombre que se
moría…
Horn no contestó.
No conocía la respuesta, y él mismo se había hecho aquella pregunta muchas
veces. ¿Por qué? ¿Quién deseaba que Kolhnar muriese? ¿Quién había pagado a Horn
para matarle? ¿Y por qué era tan importante que Kolhnar no muriese de la
enfermedad que terminaba con él?
No cabía duda que
era muy importante. Alguien se había tomado muchas molestias, gastado mucho
dinero y arriesgado su propia vida para poner el plan en marcha. Tenía que ser
algo muy importante. Pero en aquellos momentos no era tan importante como el
seguir viviendo y el conseguir escapar de allí.
—Vamos a atravesar
el campo —dijo Horn en voz baja—. Usted caminará delante; yo la seguiré.
Diríjase a la nave particular. Suba la escala. Ordene a la tripulación que
salga. Si intenta traicionarme, morirá.
—De acuerdo —dijo
ella.
—Vamos —ordenó
Horn.
Ella echó a andar
delante de él, atravesando el campo. No había mucha distancia hasta la pequeña
nave, quizás doscientos metros…, pero los reflejos del monumento se hacían más
brillantes a medida que se acercaban.
El paso de Wendre
era un poco vacilante y rígido, pero Horn decidió que nadie se fijaría en ello.
¿Quién iba a interrogar a uno de los Consejeros? Marchó detrás de ella a una
respetuosa distancia de dos pasos, y un poco a su izquierda. Se necesitaban unos
ojos muy agudos para observar, en la oscuridad, la pistola que llevaba apoyada
contra su cadera derecha.
La mitad del camino
quedaba ya detrás de ellos, y nadie los había detenido. Ninguna sospecha ni
alarma. El campo yacía en el silencio de la noche, perturbado sólo por el
deslizarse de los proyectores y el claro resonar de sus pasos sobre las losas
de mármol.
La escala metálica
que llevaba a la escotilla de la pequeña nave estaba ya a solo unos pasos de
distancia.
—Poco a poco
—susurró Horn.
Wendre obedeció y
acortó el paso.
De repente la
premonición del peligro casi le ahogó. Horn sintió deseos de gritar, o de echar
a correr por la escala que conducía hacia la libertad y la seguridad. Clavó los
dientes en su labio inferior y contuvo el temblor que agitaba sus miembros.
Desde luego que existia el peligro. Cuanto más se acercasen a la nave, más
peligrosa sería la situación. Se haría más y más tensa, hasta que la nave se
alzase por encima de la meseta, lejos del alcance de los cruceros, más allá del
fuego de sus cañones.
Delante de él, la
figura de Wendre se endureció.
—Recuerde que no
quiero matarla —murmuró Horn.
La mucha vaciló y
empezó a subir la escala.
Peligro. Agitándose
cerca. Agazapado en la oscuridad. Los ojos de Horn no descansaban tratando de
atravesar la oscuridad, pero no vio nada.
Calma. Calma.
Horn empezó la
ascensión detrás de Wendre, vigilando sus movimientos, apresurando un poco el
paso para acortar la distancia que les separaba. Cuando entrasen en la nave,
sólo debía estar a medio paso de ella.
Dos pasos más. Uno.
¡Peligro!
Estalló de repente.
Algo se movió en las sombras al pie de la pequeña nave. Al primer movimiento,
Horn empujó a Wendre hacia dentro, con una reacción instintiva.
La bala silbó entre
ellos dos y rebotó con un chasquido metálico contra el casco de la nave.
—¡Guardias!
—gritaba Wendre—. El asesino. Guard…
El estruendo de la
escotilla al cerrarse ahogó sus últimas palabras. Aquel camino quedaba cerrado.
Wendre le había engañado. Pero no había ningún engaño: alguien disparó contra
ellos.
Horn giraba ya,
esperando el segundo disparo, dispuesto a luchar por su vida. Antes de que
llegase, su propia pistola escupió. Un golpe sordo llegó de entre las sombras
en la base de la nave. Un gemido y el ruido de un cuerpo que se arrastraba.
El sonido de muchos
hombres corriendo. Gritos. Los proyectores vacilaron y empezaron a converger
hacia aquel lugar.
Horn descendía la
escala a grandes saltos. Dos largos pasos le llevaron hasta el suelo. No vaciló
ni un instante y echó a correr hacia el centro del campo, en dirección al
brillante monumento.
El ruido de muchos
pasos se acercó hacia él.
—¡Allí! —gritó
Horn—. ¡Allí está!
Corría a toda
velocidad, manteniendo su pistola delante de él. Detrás el ruido de pasos le
siguió. Pero nadie disparó.
Todos corrían, en
medio de una fantasía de sombras y luces, cambiante, multicolor, trazando la
escena con dedos mojados en la pintura de la paleta de un maestro.
—¡Allí va! —gritó
alguien.
Detrás de ellos, en
la distancia, se oyó el sonido de una escotilla que se abría. Los gritos de la
mujer eran inconfundibles.
Eres rápida,
Wendre, pensó Horn. Pero no bastante rápida para mí.
Un cazador
necesitaba conocer la presa que persigue. Los Guardias no lo sabían. Nadie
sabía cuál era su aspecto, ni siquiera Wendre. Ella sabía que iba vestido como
un Guardia, pero era la única. Mientras continuase la persecución, hasta que
todos los Guardias fuesen reunidos, inspeccionados, registrados, nadie podría
encontrarle. Hasta aquel momento, ya hallaría la oportunidad de desaparecer
hacia las montañas. Las más altas montañas, aquella vez.
Alguien le adelantó
corriendo. El largo viaje por el desierto, la sed, el hambre, le habían
debilitado. Pero el Guardia que corría a su lado iba mirando delante de él,
buscando a un asesino.
Asesino, asesino.
La palabra martilleaba el cerebro de Horn. ¿Cómo es un asesino? ¿Cuál es su
aspecto? ¿Cómo se le puede distinguir de los demás hombres?
El Monumento a la
Victoria estaba ya muy cerca. Los Guardias surgieron a ambos lados de Horn,
mientras éste se tambaleaba en su carrera y sentía que el aliento le faltaba.
Tuvo tiempo de
pensar en la bala que pasó tan cerca de él. Cerca, pero demasiado lejos. Medio
metro de distancia. Excesiva mala puntería para un Guardia. La bala pasó por el
espacio que Wendre ocupaba un momento antes, el sitio donde ella debía estar si
Horn no la hubiese empujado a través de la escotilla. ¿Sería posible que la
bala estuviera destinada a ella?
¿Es que la noche
cobijaba a otros asesinos?
Horn se encontró al
lado del imponente cubo, que resplandecía con la gigantesca representación de
la rendición de la Constelación. La plataforma había desaparecido, y el
fugitivo se preguntó por qué se encontraba allí en vez de correr con los demás
Guardias hacia la seguridad de las distantes montañas, y luego comprendió.
Nunca llegaría hasta allí. Nunca conseguiría escapar de otra persecución; ya no
tenía fuerzas para distanciarse de sus perseguidores. De nuevo su instinto
había sido más certero que su juicio.
Aquí tenía su
oportunidad para escapar. El único medio posible. Peligroso. Quizás mortal.
Pero un medio, si podía vivir para alcanzarlo. No tenía otra oportunidad.
Trató de recordar
el Terminal que había examinado en Quarnon IV, el Terminal que se alzaba a las
puertas de la ciudad como un monumento a la futilidad. En alguna otra parte de
la Constelación había otros, exactamente iguales, idénticos a los Terminales de
Eron hasta el más pequeño detalle. Nunca habían funcionado. Habían sido
polvorientos mausoleos durante muchos años.
Horn pasó la mano a
lo largo de la lisa pared negra. Cerca de una esquina había una grieta. La
siguió con la mano hasta que no pudo alcanzar más arriba. Hacia abajo, se
doblaba en ángulo a unos cuantos centímetros del suelo; seguía paralela durante
un metro y luego doblaba hacia arriba de nuevo. Un rectángulo. La puerta.
Horn se inclinó
contra ella con todo su peso. La puerta se abrió. Horn se deslizó hacia el
interior de una sala débilmente iluminada y la puerta de tres metros de altura
se cerró detrás de él. No había nadie en la larga sala.
Horn se volvió
hacia la puerta. A un lado se veía un disco circular ligeramente hundido en la
pared. Horn puso la mano encima del disco y tiró del pomo de la puerta sin
conseguir moverla.
Horn miró a su
alrededor por toda la estancia, sintiéndose seguro por el momento. ¿Dónde
estaban los técnicos? ¿Habrían marchado para ayudar en la busca del asesino? ¿O
todavía no habrían ocupado sus puestos? Quizás el Tubo no estaba en
funcionamiento todavía. Horn sintió una punzada de pánico.
El pánico
desapareció mientras inspeccionaba la habitación y recordaba su uso. Era un
comedor. Pilas de platos de plástico se amontonaban en una mesa en el otro
extremo del comedor, y contenían restos de comida.
Horn pasó por un
pasillo hacia otra sala, que contenía hileras de armarios metálicos. El
dormitorio disponía de cuatro puertas con destinos ignorados. La primera debía
ser la sala de mandos; la segunda, la sala de comunicaciones; la tercera…
Puso la mano encima
del disco colocado al lado de la tercera puerta. La puerta se abrió hacia un
lado. Entró en una enorme y abovedada cámara de novecientos metros de alto y
casi otros tantos de ancho. Desviado un poco del centro de la cámara se alzaba
un masivo pedestal de hierroN que soportaba un gigantesco tubo en forma de
cañón. Se inclinaba hacia arriba, y al llegar a un agujero aún mayor, el tubo
metálico se unía con el resplandeciente brillo del verdadero Tubo. El suelo
temblaba un poco, como si todo el aparato estuviese en constante movimiento.
Horn comprendió
que, en realidad, debía moverse sin cesar, ya que seguía el movimiento aparente
de Eron. En la base del Tubo metálico se veía un soporte de amarre movible. Las
naves se introducían en el tubo apoyadas en el soporte que rodaba sobre unas vías
metálicas. El soporte se hundía en el suelo para recibirlas, luego las alzaba e
introducía en la compuerta principal.
Horn corrió hacia
el pedestal de metal que soportaba el tubo y subió por una escalera de mano
soldada a una de las columnas. El primer rellano estaba a doscientos metros del
suelo. Otra escalera provista de barandilla conducía hacia la compuerta
neumática, en un ángulo de treinta grados. Al final de la escalera había una
puerta, y a su lado otro disco. Horn vaciló un instante y luego puso la mano
encima del disco.
Al otro lado había
una pequeña habitación. Las paredes estaban cubiertas de trajes espaciales,
colgados de la pared por medio de soportes. Una compuerta para el personal de
reparaciones, pensó Horn. Cerró la puerta detrás de él.
Escogió un traje
que le pareció del mismo tamaño del que la Guardia le había proporcionado en
una ocasión, y se metió en su interior con la facilidad propia de una larga
experiencia.
Se puso el casco de
plástico por encima de la cabeza y lo atornilló firmemente. Metió las manos en
las manoplas y sintió cómo se cerraban automáticamente contra los puños del
traje. Los diales del traje proyectaron su información en el visor frontal del casco.
Cierre: hermético. Provisión de aire: doce horas. Agua: un litro. Raciones de
emergencia: dos.
Pasó su mano sobre
la placa pectoral y los diales desaparecieron. Horn caminó pesadamente hacia
una puerta que había en la pared más lejana. La puerta se deslizó a un lado
silenciosamente, revelando un estrecho cubículo iluminado por una sola placa de
iluminación en el techo.
Delante de Horn
había otra puerta y colocó la mano encima del disco que se veía a un lado, pero
la puerta no se abrió. En lugar de ello, la puerta que quedó a sus espaldas se
cerró con un suspiro. Durante un instante permaneció inmóvil, desesperado, sintiendo
cómo el sudor corría por su espalda… y luego la puerta se abrió. Horn entró en
el gran tubo de medio kilómetro de largo y cien metros de diámetro.
Empezó a correr
hacia el extremo del tubo, cerrado por gigantescas puertas, y cuando llegó
allí, le faltaba el aliento. A la altura de sus ojos, al lado de la línea casi
imperceptible que marcaba la divisoria de las grandes puertas, había otro
disco. Éste era rojo, y encima de él se podía leer: PELIGRO - EMERGENCIA.
Horn llenó sus
pulmones de aire. Detrás de aquellas puertas estaba el Tubo, y el Tubo conducía
a Eron, lejos de la Tierra y del peligro que se cernía sobre él.
¿Era Eron mejor que
la Tierra? Para él, sí. La Tierra representaba una muerte cierta. En Eron, por
lo menos, tendría una oportunidad de escapar. Una vez allí podría mezclarse en
aquella burbujeante colmena de humanidad, podría desaparecer. Nunca le encontrarían.
Estaba frente a un
segundo y mucho más oscuro túnel, y volvió a pensar en todo lo que cruzó su
mente en la otra ocasión. Sólo que este túnel era mortal. Recordó el buharro
que rozó las paredes exteriores del Tubo y cómo ardió con destellos de luz.
Tocar el Tubo era morir.
¿Podría atravesarlo
en un traje espacial?
Lenta, muy
lentamente, alzó su mano enguantada hacia el disco rojo. El guantelete metálico
le ocultó de su vista…
Cayó, cayó hacia la
eterna noche, cayó hacia Eron, a treinta años luz de distancia.
LA HISTORIA
Eron…
Maligno hijo de una
madre negligente. Concebido y olvidado.
Eron. El mayor
desafio hecho al hombre. Y su mayor triunfo.
No tenías nada
excepto odio, y éste lo entregaste con largueza. Helaste a los hombres mientras
comprimían tu escaso aire para hacerlo respirable. Los abrasaste mientras
buscaban en vano minerales útiles y tierra fértil. Lo cambiaste; lo hiciste tan
duro y perverso como tú.
No es sorprendente
que se volviera hacia los infinitos mares del espacio. Comercio y guerra: hay
muy poca diferencia entre los dos.
La leyenda dice que
Roy Kellon te encontró, pero la leyenda es la amante de cualquier hombre. ¿Por
qué tenía que escogerte a ti? Casi cualquier otro mundo hubiera sido más
agradable, más dulce, más amable. Y estás a casi treinta años luz de la Tierra,
un viaje en el que se consume una penosa vida.
Eron. ¿Dónde estás
ahora? El hombre te ha cambiado más de lo que tú lo cambiaste a él. Te ocultó
debajo de una cubierta de metal, y te colocó en el centro de un extenso
Imperio. Permaneciste allí, dominado, obediente, sujetándolo con cuerdas de
oro.
Eron. Eres el Cubo
de la Rueda. Todos los caminos llevan a Eron.
Capítulo VIII
CAOS
Nada. Vacío. Sin
luz, sin sonido, ingrávido.
Nada. Nada para
ver, oír, o sentir. Sin forma, irreal… Nada.
El Universo era
negro, muerto, desaparecido. El mundo había terminado.
Sin estrellas, sin
color, sin vida. La noche había vencido, y la luz desapareció para siempre. La
muerte la había conquistado. El gran reloj de la creación se había parado. El
gran gradiente de energía se aplanaba hasta confundirse con la línea cero. Frío
y calor… ya no existen palabras para eso. No hay movimiento. Nada.
El infinito es una
oscura igualdad. Aquí y allí… los términos no tienen sentido. El vacío lo llena
todo; todo era nada.
Una solitaria
conciencia en la noche eterna, confusa, tropezando, llena de terror. Un ser
viviente en la infinita muerte. Una cosa consciente donde la conciencia era
inútil. Una mente pensante, cuando la hora de pensar había transcurrido.
Horn gritó.
Silenciosamente. Sin movimiento. Era una aterradora cosa mental sin extensión
física, aprisionada dentro de la estrecha o infranqueable barrera de la mente.
Era el relámpago capturado dentro de una esfera vacía.
El aliento no
dilataba sus pulmones ni agitaba su garganta. El corazón ya no latía con ritmo
vital dentro de su pecho. Sus músculos no podían contraerse o relajarse. Solo
era una conciencia, solitaria y desesperada. Una solitaria mente, girando en el
infinito.
¡Piensa! ¡Piensa!
El infinito se
divide. ¡Creación!
La conciencia
matriz, ingrávida, cayendo eternamente en un precipicio que se extendía arriba
y abajo, y todo alrededor de ella.
Eso es imposible.
¡Piensa!
No existe arriba,
ni abajo. Todas las direcciones llevan hacia afuera. Conciencia. Una mente que
piensa. Existencia. Pienso, luego existo. Prueba circular. Fuera de eso, nada.
¡Nacimiento!
Sobre un solo
hecho, un hombre puede construir un Universo. Siempre un hecho, el mismo.
Pienso, luego existo. La realidad empieza conmigo. ¡Yo soy el Universo! ¡Yo soy
el Creador!
Crea, entonces.
Todo está destruido, excepto tú. Ya no queda nada vivo, excepto tú. No existe
pensamiento ni recuerdos, excepto los tuyos. ¡Crea!
El Universo caía
sin cesar a través del vacío. ¿Caía… o era ingrávido? La distinción no tiene
sentido: es una identidad. Caía. Sujeta fuerte esta idea. Una cosa debe caer
desde algún punto hacia otro punto, a través de un punto.
Sujeta eso. Sujeta
tu mente. Crea.
Caes desde un
punto. Desde un lugar con peso y solidez. La Tierra. Horn creó a la Tierra, por
entero, con verdes praderas y grises montañas, ríos, lagos y mares, cielo azul,
nubes blancas y la luz del día. La pobló de hombres y animales. La Tierra. Su
creación le llenó de nostalgia. Pero la Tierra estaba detrás de él. Caía desde
allí.
Caía hacia otro
punto. Hacia un lugar con peso y solidez. Eron. Horn creó a Eron por entero,
con su cubierta de frío acero, el cubo de una rueda gigante, sus radios
llegando hasta las estrellas. Debajo de la helada piel metálica, lo llenó de
pasillos y corredores y lo pobló con hombres-topos, corriendo ciegamente a
través de los túneles. Eron. Estaba delante de él. Caía hacia allí.
Caía a través de un
punto. Caía a través de uno de los radios dorados. El Tubo. Horn creó el Tubo,
por entero, un dorado temblor de energía en su exterior; por dentro, negrura,
un hueco e insondable vacío, acortando el espacio o ensanchando el tiempo de modo
que una distancia de años luz podía ser atravesada en horas. Lo pobló con un
hombre, él. Caía a través del Tubo.
La Realidad. Horn
la creó…
Los recuerdos
volvieron, y con ellos la serenidad. Aún no sentía nada, pero tenía esas dos
bases y debía sujetarlas estrechamente… o volverse loco. Había caído en el
Tubo, hacia la nada y la locura. Aún se encontraba allí, pero ahora disponía de
una mente que funcionaba.
Ordenó a su mente
que tratara de captar las sensaciones normales. Después de una eternidad,
desistió de ello. O bien su mente se encontraba aislada, o no existía nada que
pudiera sentirse.
Eternidad. En el
Tubo no existía el Tiempo. Cada instante era una eternidad. Podía ser la
muerte. Estudió aquella posibilidad con calma y la hizo a un lado. Era una
proposición que no llevaría a ningún sitio. Si era cierta, no podía cambiar su
situación; de lo contrario, el aceptarla podría convertirla en realidad.
Se encontraba en el
Tubo. Esas sensaciones… o falta de sensaciones, eran el resultado de este
hecho, y probablemente su efecto.
Había atravesado
otros Tubos en dos ocasiones anteriores; en su viaje de Quarnon IV a Eron y
luego de Eron a Callisto. Las dos veces permaneció inconsciente. Algún gas,
pensó la primera vez. La segunda vez retuvo el aliento, mientras yacía sujeto
en su litera del compartimiento de los Guardias; pero aquello no había evitado
que perdiese el conocimiento. Podían tener otros medios de conseguir el mismo
resultado.
Sospechó que era
una precaución para que nadie consiguiese una pista sobre la verdadera
naturaleza de los Tubos, pero ahora no se sentía tan seguro. Era obvio… aunque
incierto… que se trataba de una precaución contra la locura. Horn sabía que su
mente era dura y resistente, y se daba cuenta de que había llegado muy cerca de
la locura irreversible.
Volvió a
concentrarse en su problema. Se encontraba en el interior de un Tubo, cayendo
desde la Tierra hacia Eron. Los efectos eran los siguientes: falta de luz y
sonido… Mejor: falta de movimiento. Aún mejor: falta de energía. O quizás el
efecto podía describirse como la falta de cualquier sensación.
¿Existía una forma
de decir cuál era su situación actual? El efecto sobre su conciencia sería el
mismo, tanto si faltaba el estímulo o por falta de reacción sensorial. O
quizás, si no existe la reacción, no hay estímulo. ¿Existe el sonido donde no
hay oídos que puedan escucharlo?
Horn rompió con un
esfuerzo la cadena de ideas. Se encontraba en un callejón sin salida, contra
una pared metafísica. Tenía que asumir la realidad de las cosas fuera de su
mente; su existencia era ya bastante egocéntrica y no sentía ningún deseo de
volver a la ilusión del creador de Universos.
Debían existir
ciertas pruebas para determinar cual de las alternativas era cierta. Pero ¿cómo
puede una mente realizar cualquier experimento? La mente sólo tiene tres
funciones: memoria, análisis y síntesis.
Memoria…
Un hombre, vestido
con un uniforme gris, miraba a su crono: «Creí que estos viajes duraban tres
horas, pero no ha transcurrido ni un solo minuto».
Análisis…
1) Eron mentía; el
viaje era instantáneo.
2) El hombre estaba
equivocado; su reloj se había parado.
Si 1) era cierto,
entonces estas ideas que cruzan mi mente son instantáneas. ¿Es posible que este
viaje que parece infinitamente largo sea infinitamente corto? El tiempo es una
invención del hombre, es verdad, y quizás no exista dentro del Tubo en una forma
que podamos comprender, pero yo estoy consciente de su paso. Además, la
transmisión instantánea implica la existencia de una cosa en dos lugares al
mismo tiempo. Solución: es irracional.
Si 2) era cierto,
entonces el movimiento cesaba dentro del Tubo. Este efecto incluiría: luz,
sonido, todas las manifestaciones de la energía, respiración, latidos, toda la
actividad interna incluso la neural. Luego, ¿cómo pienso? ¿Es incorpórea la
inteligencia? Solución: es lógica.
La hipótesis era
consistente, y se adaptaba a los fenómenos observados. Si era cierta, entonces
las dos alternativas podían existir al mismo tiempo. No existía ningún estímulo
y sus sentidos no podían captar ninguna impresión para transmitirla al cerebro.
Si pudiera probarlo…
Horn reconoció la
pared familiar. Por lo menos disponía de una hipótesis, y eso era mejor que
nada.
Las paredes… las
recordó de repente, y que eran muy peligrosas. No debía rozarlas. Aquella era
la misión de los anillos dorados colocados en las naves, para impedir que
tocasen las paredes del Tubo. Pero él no disponía de anillos protectores, y no
tenía medio de apartarse de las paredes ni tampoco de saber si se acercaba a
ellas. Quizás en aquel mismo instante, su cuerpo se desplazaba hacia una de las
paredes, lenta e inexorablemente.
Se contuvo con un
esfuerzo, y se apartó de la frontera del pánico. No le servía de nada
preocuparse por las paredes. Si las tocaba, todo habría terminado, y no podía
hacer nada para impedirlo.
Recordó cómo el
Tubo parecía estrecharse en su centro. Recordó que una vez había visto el
diseño de un Tubo y trató de recordarlo. Se estrechaba en el centro. Era como
un tubo de cristal calentado y estirado por ambas puntas, hasta alcanzar el
tamaño de un débil filamento. Cuando llegase a la sección estrecha…
Era necesario hacer
algo. Fatalismo e inactividad podía ser naturales en vista de las
circunstancias, pero resultarían desastrosos psicológicamente.
Decidió
concentrarse en un solo sentido. Trató de ver, y fracasó después de una
eternidad de esfuerzos desesperados. Se sentía poseído por la vaga sensación,
sin embargo, de algo impenetrable, equidistante a ambos lados. ¿Podía ser el
Tubo? Si la mente era algo distinto del cerebro, ¿podría percibirlo
directamente, especialmente en circunstancias como aquéllas? Aceptó la
posibilidad pero no encontró la forma de demostrarlo, en uno u otro sentido.
La aparente
eternidad del viaje le oprimía. El Tiempo podía ser la invención del hombre y
su herramienta, pero también podía ser un enemigo capaz de destruirle. Sin
medios para medir su paso, un hombre podía envejecer esperando que
transcurriese un instante. La duración objetiva del viaje podía ser de tres
horas; subjetivamente era la eternidad multiplicada.
Había escapado de
una trampa que le llevaría a la locura, sólo para encontrarse delante de otra.
Debía mantener su mente ocupada, debía llenar la eternidad con sus
pensamientos.
Empezó a planear lo
que haría cuando llegase a Eron. El Tubo le llevaría hasta uno de los casquetes
Terminales en los Polos, un casquete erizado de Tubos. Los casquetes no giraban
con el movimiento de Eron. Si fuese así, los Tubos pronto quedarían retorcidos
como spaghetti. Los inmensos y erizados casquetes flotaban en un mar de
mercurio. Giraban en dirección opuesta a la rotación de Eron, o mejor dicho,
enormes motores los mantenían inmóviles mientras Eron giraba debajo de ellos.
Las naves pasaban
al espacio alrededor de Eron a través de compuertas neumáticas, hasta que
localizaban el ascensor adecuado. Los masivos montacargas llevaban a la nave
atravesando niveles hasta que llegaba el que le correspondía. Los mercantes y
cargueros iban a lo más profundo, cerca de la antigua y estéril roca del propio
Eron. Las naves de guerra se detenían al nivel de la Guardia. Los paquebotes de
pasajeros, reservados casi exclusivamente para el Pueblo Dorado, quedaban en
los niveles más elevados.
Pero las naves no
servían de nada a Horn. Aunque pudiera apoderarse de una y elevarse hacia el
espacio, no tenía ningún lugar adonde ir. No podría penetrar en Eron. Los
elevadores eran operados desde el interior de la cubierta de Eron. El planeta
más cercano estaba a muchos años de distancia por medios convencionales; sería
capturado rápidamente.
Tenía que existir
un medio de penetrar en Eron desde los casquetes, aparte de los elevadores de
las naves. ¿Podría mantenerse en la superficie, con su traje espacial, hasta
que encontrase una entrada? No, aquello era imposible. Aunque pudiera saltar
desde el casquete estacionario al mundo que giraba sin encontrar el desastre,
se vería expuesto e indefenso mientras buscaba la problemática entrada.
Tenía que existir
una conexión directa. No en el perímetro, supuso, aunque la velocidad relativa
no podía ser muy grande. Si los casquetes tenían cincuenta kilómetros de
diámetro y Eron giraba con la misma rapidez que la Tierra, la velocidad
relativa no sería más que siete kilómetros por hora. Pero resultaría molesto el
esperar que las puertas correspondientes entrasen en ejecución; Eron nunca
proyectaría una cosa como aquella.
Por otro lado,
cuanto más cerca se encontrase un hombre del Polo, menor sería la velocidad
linear, hasta que llegaría a ser cero directamente encima del Polo. Allí, si es
que existía, tenía que estar la entrada a Eron. Horn planeó, con todo el
detalle que su conocimiento de Eron le permitía, cómo llegaría a Eron desde el
casquete y lo que haría cuando llegase allí.
Pero no conseguía
apartar por completo el ratón de la locura, que mordía en los bordes de su
mente. ¿Qué velocidad tiene el pensamiento? ¿Cuán lento es el Tiempo? ¡Cuánto
duran tres horas!
La mente insensata
que se llamaba a sí misma Horn flotaba ciega e indefensa dentro de una área
informe, arrastrada por una fuerza invisible hacia un objetivo que disminuía en
la distancia. Sólo la fe podía mantenerla, y la única fe que poseía era en sí misma.
Resultaba irónico,
pensó Horn, que cuando se encontraba más solo, más independiente de las
influencias exteriores, le era imposible reaccionar sobre el ambiente que le
rodeaba; un individuo completamente aislado no podía mover un solo músculo, ni
podía alterar las circunstancias de su situación en ninguna forma. Quizás
existía una lección en aquello, pensó.
Quizás habría sido
mejor creer en algo, reflexionó, aunque la creencia es una forma de rendición
ante el Universo. Ahora su fe hubiese podido sostenerlo, si pudiera creer, como
predicaba el Culto a la Entropía, que existía una inmensa y compasiva fuerza detrás
del aparente azar de la rueda de la creación.
Horn creía en algo:
creía en Eron, en su técnica y en su fuerza. Cuando Eron construía algo,
aquello funcionaba y lo hacía bien; el Tubo funcionaba y lo llevaría hasta
Eron. Pero el creer en Eron era sólo una forma de creer en sí mismo; era creer
en sus sentidos, en su inteligencia, en la validez del ambiente externo.
¿Qué velocidad
tiene el pensamiento? ¿Cuánto duraba el viaje a Eron?
Era una cosa buena
el creer en si mismo y en su fuerza. ¿Habría llegado hasta allí, si hubiese
creído en alguna otra cosa? Sabía que nunca lo hubiera conseguido. Su fe en su
fuerza le había salvado de la resignación, de la propia compasión y de sentirse
satisfecho con algo menos que un éxito absoluto. Horn creía que el destino de
un hombre reside en sus propias manos. Hay pocas cosas imposibles, y aún menos
inevitables.
Su confianza en sí
mismo le había llevado a la riqueza por tres veces, y en dos ocasiones la había
malgastado sin detenerse a pensar en ello. La tercera vez había invertido su
dinero en la lucha inútil contra Eron. Su fe le había llevado a innumerables aventuras
en una docena de mundos de la Constelación, que le rindieron fama y dinero…, y
había conservado la vida. Le había llevado a través de trescientos años luz,
cruzando el Imperio hasta la Tierra para acudir a una cita con la muerte.
La única forma de
llegar a la Tierra era a través de Eron. Horn aprovechó la amnistía general
para enrolarse en la Guardia. Después de un breve período de instrucción en
Quarnon IV, donde sintió por primera vez el rigor de la fiera disciplina que
sometía a los bárbaros mercenarios, Horn fue trasladado a Eron para pasar a las
manos implacables de los instructores militares.
Ninguno de los
reclutas murió; los oficiales les llamaban el regimiento de la suerte. Pero
Horn no podía confiar en la remota posibilidad de que le asignasen a una nave
con destino a la guarnición en la Tierra. Consiguió que le destinasen a la
Oficina del Mando, y cuando llegaron las órdenes duplicadas con los destinos de
las nuevas Compañías, las examinó con ansiedad. Encontró una destinada a la
Tierra, falsificó con habilidad el nombre de su propia compañía y un día más
tarde se encontraba en Callisto, satélite de un mundo gigante en el Sistema
solar que incluía a la Tierra.
El viaje a la
Tierra fue mucho más lento. Una vez allí pasó muchos días tratando de encontrar
la forma de escapar de las naves de la guarnición. Una noche estaba de
centinela en la Torre Tres, cuyo inmenso cañón unitrónico había sido desmontado
para repararlo. Escapó por allí en cuanto pudo sorprender a su compañero de
guardia, dejándolo bien atado y amordazado.
Le costó una semana
el evitar que le capturasen como desertor y el llegar hasta la alta alambrada
electrificada que separaba las plantaciones agrícolas del gran desierto
americano. La alambrada estaba vigilada por constantes patrullas, y se hundía
en el suelo hasta una profundidad que era imposible atravesar en el tiempo de
que disponía. Por fin tuvo que abrirse paso en una de las puertas, dejando dos
de los cuatro centinelas muertos, porque uno de ellos estaba demasiado alerta.
Atravesó el
desierto, creyendo en sí mismo, apoderándose de lo que necesitaba. El caballo
del nómada, la vida del hombre perseguido. El destino del caballo estaba
trazado, al igual que la vida del nómada, cuando llegó a su campamento a pie;
si Horn no lo hubiese comprado, tampoco habría escapado a las numerosas
patrullas. El hombre perseguido que encontró en el desierto, podía considerarse
muerto de cualquier forma; ¿por qué tenían que morir dos hombres cuando uno era
suficiente?
Ahora recordó al
aterrorizado chino, al increíble Wu, tambaleándose en el vacilante puente por
encima del negro abismo, jadeante de miedo, cayendo mientras lanzaba un grito
de agonía… Horn sabía que no tuvo la intención de hacerlo caer, pero sin
aquella amenaza nunca hubiese sabido la verdad sobre Wu y Lil. Tal como habían
salido las cosas, aquello no tenía importancia, pero él no podía saberlo de
antemano.
Horn se preguntó si
la muerte habría alcanzado por fin a aquellos dos. La muerte o la prisión, y de
las dos alternativas la muerte era la más probable.
Con una sensación
de vergüenza, Horn recordó el insensato pánico de su huida después de la muerte
de Kolhnar. Recordó el valle y el tablero de luces en el desierto y el hombre
que saltaba encima de los cuadros negros, la desesperación, el regreso al valle
oculto y el conejo que le había alimentado. Sus fuerzas renovadas le habían
traído hasta aquí, a través del oscuro túnel, por tercera vez hasta llegar a
este túnel aún más oscuro.
Recordó el momento
en que tuvo a Wendre Kolhnar en sus brazos y aquello era un recuerdo agradable,
aunque no quedaba ninguna sensación en sus manos. Recordó la esbelta firmeza
del cuerpo que luchaba contra la fuerza de su brazo y el ardiente aliento contra
su mano. Su corazón casi latió de nuevo, pensando en su belleza y su valor, y
en la forma en que le había hablado.
¿Qué velocidad
tiene el pensamiento? ¿Cuánto dura el viaje a Eron?
Era absurdo pensar
en Wendre, heredera del Imperio, pero era mejor que la locura. Era mejor que la
eterna muerte de la locura irreversible, porque Horn tenía el presentimiento de
que iba a necesitar una mente sana antes de que saliera del Tubo.
La muerte. La bala
que había silbado a través del lugar donde Wendre estuvo un instante antes,
estaba destinada a ella; Horn estaba seguro ahora. ¿Quién querría asesinarla?
¿Quién le había
alquilado a él para matar a Kolhnar?
Todo aquello
quedaba detrás. ¡Ya no tardaría en llegar!
Trató de penetrar
la negrura que le envolvía. De nuevo tuvo la impresión de algo impenetrable,
equidistante a ambos lados. Excepto en una sola dirección, y su mente se
esforzó en penetrar aquel misterio. ¿Era la luz? ¿Era simplemente su
imaginación? ¿Sería una ilusión de su mente cansada?
Lejana, la
impresión se formó dentro de la insensata mente. Brilló, del tamaño de una
moneda, siempre creciente. Una larga forma cilindrica detrás. Se acercaba más,
clara y distinta. La imagen de la compuerta principal se hizo más vivida en la
mente de Horn.
¿Era ésta una clase
de percepción extrasensorial, o era una ilusión, el primer paso hacia la
locura? No había forma de estar seguro, ninguna manera de probarlo. El brillo
pareció acercase más.
¡Piensa!
Si percibía aquello
directamente con su mente, ¿por qué tenía que existir un límite a la
percepción? ¿Por qué no lo había visto hacia ya mucho tiempo? Respuestas:
Quizás podía, quizás existía un límite natural, quizás… Demasiadas respuestas,
demasiadas preguntas.
El resplandor se
hacía mayor con lentitud. Con demasiada lentitud. Si lo percibía con su vista,
podía estimar la distancia en veinte metros. Quince. Trece. Doce. Once.
Demasiado aprisa.
¡Demasiado aprisa!
¿Sería posible que
no llegase a alcanzar la compuerta? ¿Sería la percepción real, y no iba a
llegar por alguna razón oculta? ¿Quizás porque no había entrado en el Tubo con
velocidad propia? ¿Quizás le faltarían diez metros para llegar?
Diez. Diez. Diez.
Once.
Tenía que actuar
como si aquello fuese real, no la proyección sobre una mente histérica de sus
propios terrores. Pero no podía moverse. No podía hacer nada… nada… nada. No
podía actuar.
Doce. Trece.
¡Piensa!
¿Cuáles son las
probabilidades, por ejemplo, de que algo cayese a través de un tubo recto
durante treinta años luz y nunca tocase sus paredes? Irracional. Sin
significado. ¡No, no! Algo le había mantenido equidistante, si aquello era
real. ¿La mente? ¿Alguna fuerza que ejerce este extraño Universo? Pruébalo.
¿Qué puedes perder?
Sólo la cordura.
Horn empujó. No
existe otra palabra para ello. La fuerza de la gravedad lo envolvió y lo lanzó
sobre el suelo de la compuerta principal. La luz lo cegó, las impresiones
sensoriales de todas clases lo abrumaron ahogando su mente.
Horn dejó escapar
el aliento en algo que empezó como un suspiro y terminó como un sollozo.
Lo había
conseguido. Había llegado a Eron, y ahora le parecía como el encuentro con un
viejo amigo.
Pero aquello era
sólo una máscara. Pensar de otro modo era suicidio.
LA HISTORIA
Soñador,
constructor…
Como la hormiga, el
hombre construye ciudades. Pero al contrario de la hormiga, las construye
racionalmente. Porque son convenientes y económicas, no porque necesite vivir
en ciudades o le guste. Las odia. Siempre. Y sin embargo, la construcción de
ciudades es algo que una vez iniciado no puede detenerse.
Todas las cosas
tienden hacia su último objetivo, pero está en la naturaleza de los fines
últimos el que nunca puedan alcanzarse. Si Eron, por lo tanto, no era la
perfección, es debido a la misma definición de la perfección. Eron era el sueño
realizado del Hombre como Constructor de Ciudades.
Sigamos los pasos,
y los sueños. Las antiguas París y Londres; la vieja Nueva York y Denver; el
poderoso Sunport. Todos convertidos en ruinas antes de que empezase Eron.
Eron, la Ciudad. Un
mundo encerrado en una envoltura de metal, brillando fríamente bajo la luz de
su lejano sol. Un mundo, una sola ciudad. Y mientras Eron crecía poderoso
gracias a los Tubos, el Pueblo Dorado construía y horadaba: espacio, más
espacio y aún más. Almacenes y centros comerciales, escuelas y cuarteles,
viviendas, residencias y palacios, centros de diversión y fábricas,
restaurantes y cocinas comunales, salas de control y centros de distribución de
energía…
Eron era el eje de
un Imperio que abarcaba las estrellas: político, social y económico. Cada
exportación a los planetas, cada mensaje, y la mayor parte de la energía del
Imperio pasaba por Eron. Eron creció automáticamente. Mientras los dorados
Tubos pasasen a través de Eron, su crecimiento no se detendría.
Eron, la Megápolis…
Capítulo IX
TELARAÑA
Horn recobró
lentamente la serenidad. Tuvo que realizar un esfuerzo, como si parte de él
siguiera aún en la Tierra y tuviera que atraerla a través de la larga
distancia, el peligro, la oscuridad y el terror.
Si esto es la
independencia absoluta, pensó amargamente, he tenido bastante para que me dure
durante mucho tiempo. Sus sentidos cesaron sus irritados golpes contra su mente
y ésta empezó a funcionar de nuevo normalmente, recogiendo información,
analizándola y actuando de acuerdo a ella.
Se puso en pie. Las
gigantescas puertas estaban cerradas detrás de él, sellando la entrada del
Tubo. Lanzó una mirada hacia el rojo disco de emergencia y se apartó,
estremecido. Caminó rápidamente a lo largo del extenso y brillante tubo
metálico.
La puerta del
departamento del personal de reparaciones estaba en el mismo lugar. Se abrió
fácilmente, cerrándose detrás de Horn, y al cabo de un instante se abrió la
puerta opuesta. Las paredes de la pequeña habitación estaban cubiertas con
trajes espaciales, colgados en soportes adecuados. Todos los Terminales eran
idénticos, construidos siguiendo rígidas especificaciones. Aquel era
exactamente igual que el que había dejado en la Tierra. En realidad, no tenía
medio de saber siquiera si había vuelto a su punto de partida.
La fe lo sostuvo.
Fe en Eron, y fe en los Tubos construidos por Eron y que eran la marca de su
grandeza. Eron construía bien, y lo que construía funcionaba.
Sin embargo, pensó
Horn, sería una ironía que hubiese vuelto a la Tierra. Tendría que haber dejado
alguna señal… Pero claro, la señal existía: Horn se había apoderado de un traje
espacial. Aquí no había ningún espacio vacante. Debía encontrarse en Eron.
Dejó caer uno de
los trajes en el suelo, y se colocó en su lugar. Antes de desvestirse se detuvo
y lentamente pasó la mano por encima de la placa pectoral. Los diales
reflejaron su información contra el visor facial. Provisión de aire: doce
horas. Agua: un litro. Comida: dos…
No había ningún
cambio. No usó aire mientras estuvo en el Tubo, lo que parecía una prueba
evidente de que su actividad corporal estuvo suspendida. Es buen momento para
comer y beber, pensó. Quizás no tuviese otra ocasión por algún tiempo.
Llevó el tubo hasta
su boca y aspiró medio litro de agua tibia. Soltó el tubo y apretó los dientes
contra el eyector de alimento. Una gruesa pildora le cayó en la boca. Dejó que
se disolviera lentamente, saboreando el gusto a carne. Cuando terminó de disolverse,
volvió a beber. Luego empezó a quitarse el traje…
La sala tembló.
Horn hizo una
pausa, a medias fuera del traje, y escuchó las reverberaciones del sonido. Sólo
podían tener un significado: una nave entrando por la compuerta principal, a
pocos metros de distancia. Una nave procedente de la Tierra, pisándole los
talones… Eso quería decir persecución.
Salió del traje y
vaciló un momento, estudiando la larga línea de trajes colgados de la pared,
como monstruos decapitados, todos grises, informes, inmóviles. Metió la mano
dentro del cuello del más cercano y apretó el eyector. Una pildora le cayó en
la mano. Cuando llegó a la puerta, tenía cinco de ellas. Las dejó caer dentro
de uno de sus bolsillos.
Horn abrió la
puerta y empezó a descender la escalera que le llevaría al suelo. Los escalones
temblaban mientras corría sobre ellos, a cientos de metros del pavimento. Se
agarró a la barandilla y miró hacía atrás. Una nave salía de la compuerta
encima del soporte movible, retrocediendo. Era una nave pequeña, un yate
particular.
Horn corrió hasta
el rellano, donde empezaba la escalera de mano. Todo el pedestal tembló cuando
el soporte movible giró hacia el pavimento debajo de él. Cuando se detuvo, Horn
empezó el descenso, deslizándose rápidamente, casi sin tocar los escalones. Una
mirada a la altura de la nave le dijo que no llegaría al suelo antes que ella.
El soporte movible la colocaba ya en posición horizontal. Un leve resplandor
revelaba la ligera pérdida de energía de un campo unitrónico.
Horn se hizo rápido
a un lado de la escala y se quedó inmóvil. Una formación de guardias entraba en
la gran sala desde una de las puertas laterales. Ahora el pedestal quedaba
entre él y los guardias. Quizá fueran una docena, vestidos con uniformes grises
como el suyo. No miraron hacia arriba; se dirigían sin vacilar hacia la nave.
Horn volvió a
descender, en completo silencio y lleno de cautela. Una negra abertura ovalada
se abrió en el costado de la nave, se hizo brillante y parpadeó mientras varios
guardias, uniformados en oro, descendían por los escalones del elevador hasta
el suelo. Eran seis, y miraron a los guardias grises que les esperaban, se
encogieron de hombros y se volvieron hacia la abertura en la nave. Esperaron.
Los guardias grises también esperaban. Horn, que estaba ya a pocos metros del
suelo, esperó.
Wendre Kolhnar
apareció en la escotilla de la nave y descendió por la escala. Cuando llegó al
suelo, los guardias grises atacaron sin vacilar y con perfecta precisión a los
guardias de Wendre, derribándolos en un instante. Mientras aún caían, dos
grises saltaron hacia Wendre. Ella se resistió en sus brazos, indignada y
confusa.
El ruido producido
cubrió el final del descenso de Horn. Protegido por una de las gigantescas
columnas, miró con atención la escena de lucha. Su mano se posó en la culata de
su pistola, vacilante, reprimiendo un irrazonable impulso de correr en ayuda de
la muchacha.
No tenía la menor
idea de lo que sucedía, ni qué partidos estaban representados allí. Pero los
guardias grises eran demasiados. Aquello era algo que no le importaba. ¿Por qué
debía preocuparse por una mujer que no vacilaría en entregarle a la justicia de
Eron? Que ellos luchasen sus propias batallas. Su único propósito era
sobrevivir.
El pequeño grupo
había penetrado en la nave, llevando a Wendre con ellos, y dejando a los
guardias como oro fundido encima del pavimento. La escotilla se cerró.
Horn caminó
rápidamente a través de la ancha sala hacia una de las puertas laterales.
Respiró profundamente tratando de ahuyentar una sensación deprimente de
angustia. ¡Al infierno con todos ellos! ¡Que se fuesen al mismo infierno!
Pero aquello no le
ayudó en nada.
—¿Le agarraron?
Horn levantó con
rapidez los ojos. Un técnico le cerraba el paso. Sus facciones doradas eran
casi puras.
—¿A quién?
—Al asesino.
—Oh, desde luego
—replicó Horn, y trató de proseguir su camino.
El técnico le
contuvo con un gesto.
—Acabamos de
recibir un extraño mensaje de la Tierra. Decía que el asesino estaba en el
Tubo. Pero el pronombre era «él». Y no mencionaba una nave. Decía «traje
espacial».
—Sería alguna
confusión —declaró Horn.
Aquella vez
consiguió seguir adelante. La gigantesca sala que dejaba a sus espaldas
empezaba a retemblar. Se detuvo en el pasillo que conducía al comedor de los
guardias.
—¿No sabe a quién
detuvimos? —exclamó—. La mujer era Wendre Kolhnar.
El técnico le miró
incrédulo y asombrado por unos instantes, y luego corrió hacia la sala de
control. Horn atravesó rápidamente el comedor y salió a un corredor de más de
doscientos metros de anchura. Unos raíles metálicos estaban dispuestos en el
suelo. Horn giró a la derecha y salió de allí.
El corredor estaba
vacío. El ruido que había escuchado no era más que la nave al elevarse de nuevo
hacia el soporte movible. La compuerta principal la haría girar en posición
para lanzarla al espacio. Giraría alrededor de Eron hasta que llegase al montacargas
que la conduciría hasta las manos de quien deseaba apoderarse de Wendre.
Deberían encontrarse ya en el espacio, si es que querían salir de allí.
La captura había
sido cuidadosamente planeada y hábilmente ejecutada. Horn pensó que tendrían
tiempo de escapar antes de que el técnico pudiese convencer al jefe de la sala
de control para que detuviera la nave. Pero la confusión le ayudaría a escapar
a él.
Horn llegó a un
ancho corredor que cruzaba su camino. Parecía curvarse hacia dentro; aquello
significaba que se movía en sentido contrario al centro del casquete. Bien; si
el casquete estaba construido con lógica ―y Eron era un mundo eminentemente
lógico―, aquellos corredores serían como una telaraña con rectos corredores
radiales interceptados por otros circulares y concéntricos. Y en el centro
estaría la araña, un área sensible… y peligrosa, en algún sentido. Allí era
donde tenía que ir, es cierto, pero no a este nivel. Necesitaba aproximarse,
pero desde otra dirección.
El corredor en el
que se encontraba era decididamente radial. Corría recto en ambas direcciones
hasta que, aunque bien iluminado, se perdía en la vaguedad de la distancia. La
curva del corredor concéntrico era muy suave, pero Horn no pudo juzgar el grado
de curvatura a simple vista. Podía encontrarse muy cerca, o a veinte kilómetros
del centro del casquete.
Horn corrió en la
misma dirección que había seguido cuando el cruce con el otro corredor le había
detenido. Antes de llegar al siguiente, se halló frente a una rampa inclinada
que se dirigía hacia abajo. Giró y emprendió el nuevo camino sin vacilar. Después
de descender unos cuantos metros la rampa cruzaba un corredor horizontal, más
estrecho y oscuro que los superiores.
Las naves no podían
llegar hasta allí abajo. Horn cruzó el corredor y continuó por la rampa. El
segundo nivel era aún más estrecho y oscuro que el anterior. El suelo estaba
lleno de polvo; las únicas huellas que Horn pudo ver fueron las suyas. Olía a
humedad y a desuso. Horn giró a la izquierda, en dirección al centro del
casquete.
El corredor parecía
interminable, sin cambio aparente. Horn tosió un poco por el polvo que
levantaban sus pasos. Se puso una píldora de alimento en la boca y la chupó
lentamente, mientras a su mente acudía la irrealidad de los recuerdos de su
infancia.
Alguien le contó
cosas de Eron… —¿quizá su madre?—, y la
descripción creó una vivida imagen en la mente del niño. Era falsa por
completo, desde luego; pero, sin embargo, creia en ella igual que en los Reyes
Magos de la leyenda. Los Tubos dorados, el mundo de metal, los inmensos y
giratorios casquetes flotando encima de mares de mercurio…
El mar de mercurio:
aquello le parecia lo más maravilloso. El niño soñaba con él, con las olas que
surgían rompiendo contra las rocas con fragor metálico, brillando como plata
fundida. Atesoró aquella ilusión durante mucho tiempo, y cuando supo que el mercurio
tenía sólo unos pocos centímetros de espesor, sintió como si en su interior se
rompiese algo infinitamente precioso. Fue su último sueño de niño.
Y ahora, aquí, los
corredores eran oscuros y llenos de polvo, sin belleza ni ilusión. Se
encontraba por fin en aquel casquete que flotaba en el mar de mercurio, y no
podía hallar en ello nada de maravilla o satisfacción. Se encontraba a las
puertas de Eron, buscando un camino perdido que le llevase hacia el país de su
sueño, pero no podía encontrarlo. Eron no era un mundo de ilusión para él; sólo
podía servirle de refugio por unos días, y Horn se sentía cansado por la eterna
e imperiosa necesidad de mantenerse alerta.
El corredor radial
que seguía se cortó en el cruce con un corredor concéntrico. Delante de él, la
pared, cuya curva se podía apreciar ya a simple vista, aparecía lisa y sin
ninguna abertura. Horn giró a la derecha y siguió corriendo. Después de unos
cientos de metros, pudo volver a girar a la izquierda siguiendo otro corredor
radial que continuaba hacia el centro.
Horn comprendió.
Era natural que todos los corredores radiales no podían llegar hasta el mismo
centro, pues hacia el final no quedaría sitio para otra cosa…, sólo las
innumerables líneas de corredores convergentes.
El corredor en el
que se encontraba, que sin duda seguía hasta el final, terminó en un callejón
sin salida. Horn se quedó en pie frente a una pared desnuda, haciéndose a un
lado para que la lejana luz se filtrase por encima de su hombro. Las paredes,
el techo y el suelo, todo se unía limpiamente en un quinto plano opuesto en
ángulos rectos a los demás.
Debía de ser una
puerta, pensó Horn. Tenía que existir una entrada. Un corredor sin salida, como
aquél, no parecía lógico.
No se veía palanca
ni botón alguno en las paredes. Horn apretó el hombro contra la pared que le
cortaba el paso. Era sólida e inamovible. Pasó la mano al derredor de sus
bordes. Algo dejó escapar un chasquido, y Horn se lanzó con toda su fuerza
contra la barrera. Cedió un poco, y luego se detuvo; pero una brillante línea
de luz apareció hacia la derecha.
Horn respiró
profundamente y lo intentó de nuevo. Chirriando, con lentitud, la puerta cedió
y se abrió del todo. Horn entró con precaución en una enorme sala de forma
cilíndrica. En el centro, atravesándola desde el suelo hasta el techo, se veía
un cilindro más pequeño, de unos cuatro metros de diámetro. La espaciosa sala
estaba completamente vacía.
Horn cerró la
puerta tras de sí y dio la vuelta a la sala sin apartarse de las paredes
circulares, buscando una salida. ¿Salida? Una entrada era lo que deseaba. La
entrada hacia Eron.
La superficie del
cilindro pequeño era lisa y sin aberturas. Enfrente de la puerta por la que
había entrado, existía otra puerta. La sala no contaba más que con aquellas
salidas. Cuando Horn abrió la puerta opuesta, sólo pudo ver otro largo y oscuro
corredor detrás de ella. La cerró de un golpe y se apoyó contra ella.
Los brazos le
colgaban a los costados y las piernas le temblaban. Habían pasado muchas horas
desde que descansó por última vez.
Apoyó la cabeza
contra la puerta y cerró los ojos, y luego, sobresaltado, los abrió de nuevo
con rapidez. Si permitía que siguiesen cerrados, se quedaría dormido… y no
podía permitirse el lujo de dormir. El silencioso abandono de los niveles
inferiores era engañoso. No existía la paz para él, del mismo modo que no
existía el sueño. La persecución continuaba, en alguna parte, y si se quedaba
en aquel sitio por mucho tiempo sus enemigos le alcanzarían.
Entonces vio la
rueda en el techo.
Colgaba del techo a
unos cuantos centímetros, y estaba unida a él por una gruesa barra roscada. A
su lado, en la pared, había una escalera de mano, que empezaba con los primeros
barrotes a unos tres metros del suelo.
Horn saltó, cogió
el último escalón y se alzó a fuerza de puños. Cuando su cabeza estuvo cerca
del techo, pasó una pierna por detrás de uno de los barrotes y se hizo hacia
atrás hasta alcanzar la rueda. Encima de ella se veía una abertura en el techo
de un metro de diámetro, cubierta por una placa de metal.
En la posición en
que se encontraba, Horn no podía ejercer mucha fuerza y la rueda se resistió a
sus esfuerzos. Horn la sujetó con fuerza y empujó con las piernas y la espalda.
La rueda empezó a girar. Horn sudaba y los músculos de su espalda empezaron a
agarrotarse, hasta que la rueda tocó la placa metálica.
Descansó por un
momento, secándose el rostro con la manga de su camisa, reunió sus fuerzas y
empujó hacia arriba. La rueda se levantó junto con la placa circular y cayó a
un lado. Horn se agarró a los bordes del agujero y se alzó hasta la sala
superior, comprendiendo que las precauciones eran inútiles después del ruido
que había hecho.
La sala era casi
idéntica a la que acababa de abandonar. Las únicas diferencias eran que ésta
era más limpia y mejor iluminada, y que el cilindro central estaba cortado a
unos cuantos metros del techo. La sala se hallaba también vacía.
Horn contempló el
tubo central. Conducía hacia abajo y partía de allí. No había duda que
terminaba en aquel lugar.
Dio la vuelta a su
alrededor. Lo primero que observó fue el disco, a la altura de sus ojos. Luego
vio la casi invisible línea de ruptura a su lado. Horn puso la mano encima del
disco y esperó. No sucedió nada por un instante.
Luego sintió un
leve estremecimiento debajo de su mano y la línea se ensanchó, mientras la
puerta se abría hacia él. Detrás de ella había una pequeña cabina circular, lo
bastante grande para contener a una sola persona.
Horn esperó hasta
que los latidos de su corazón se tranquilizaron y luego entró en el cubículo.
Tenía que ser el camino hacia Eron, un ascensor o una cápsula neumática. Se
dejó caer con cansancio en el único sillón acolchado que llenaba la cabina,
mientras contemplaba las curvadas paredes, de un suave color dorado. El color
era agradable, pero sin nada que indicase el uso de aquel aparato.
No existían
controles ni forma de saber adónde se dirigía la cápsula, o cómo detenerla una
vez llegase a su destino. Por lo tanto, su funcionamiento tenía que ser por
completo automático. No había necesidad de escoger el camino, ya que sólo
existía un destino. Ese, lógicamente, sería el otro casquete Terminal. Si
atravesaba Eron para salir al otro polo, su situación sería la misma que si se
quedaba allí.
Horn frunció la
frente. Aquello significaba que no existiría un camino desde los casquetes
hasta Eron, y la idea no le pareció razonable.
Agarró la
empuñadura de la puerta del cilindro y la atrajo hacia sí con suavidad. Antes
de cerrarla por completo, vaciló un instante y luego, con un gesto de desafío,
la cerró de golpe. Las luces se apagaron, y en la oscuridad algo empujó el
brazo de Horn hacia la cápsula y luego se cerró con un chasquido. Horn se
preguntó por qué no sentía ninguna sensación de movimiento ni caída.
Ocho discos
iluminados flotaron en la oscuridad delante suyo. Seis de ellos estaban en el
medio. A la izquierda de esos y un poco separado, medio diámetro por debajo de
la línea recta que pasaba por el centro de la línea de los otros seis, había un
disco blanco. Los seis de la línea horizontal, eran discos de colores: plata,
oro, anaranjado, verde, azul, negro. Este último casi resultaba invisible en la
oscuridad que le rodeaba. Y separado por un espacio a la derecha, se veía un
disco rojo.
¡Controles! No
podían ser otra cosa. Podía escoger su destino hacia Eron. Todo lo que
necesitaba era adivinar el significado de los discos y pasar la mano delante de
uno… sin equivocarse.
El blanco de la
izquierda era fácil. Debía ser el casquete Terminal Sur. Si Horn se encontrase
en el casquete Sur, aquel disco estaría apagado y habría otro encendido por
encima de él. En cualquiera de las otras paradas, los dos discos blancos
estarían encendidos y el pasajero podría escoger entre los dos.
Los discos de
colores…; a Horn sólo se le ocurría un significado: los Consejeros. Si tocaba
uno de ellos, la cápsula le llevaría a la residencia de uno de los Consejeros.
Era un descubrimiento alarmante.
Había tropezado con
el sistema de transporte particular de los Consejeros. Aquella parecía ser la
única ruta directa desde Eron a los casquetes. Le llevaría a Eron, desde luego,
pero para dejarle en manos de quienes más ansiosos estaban de encontrarle. Al
igual que el Tubo que le trajo desde la Tierra hasta Eron, este nuevo medio de
transporte no hacía más que demorar la inminente captura para convertirla en
algo inevitable.
Pero no le quedaba
otro camino. Un animal perseguido sólo tiene un objetivo: huir. Cuando se
detiene está perdido, y la caza ha terminado. Horn se quedó sentado en la
oscuridad, contemplando los ocho discos flotantes y pensando en la forma como
lo inevitable había dominado sus acciones desde que salió de la Constelación.
Desde el mismo instante en que aceptó el dinero durante la conversación
sostenida con una voz en una sala oscura, sólo tuvo un paso a dar y lo dio; un
camino a seguir y lo siguió. Después, había creído que podría escoger, pero no
en aquellos momentos.
De tal modo, el
Destino le había conducido, paso a paso, animado por la ilusión de ser dueño de
sus acciones, guiado sutilmente, pero con firmeza, por el tubo metálico del
determinismo. Una vez empezó, nunca pudo volver atrás. Sólo una cosa pudo
impedir su encuentro con Kolhnar: la muerte. Y la muerte es casi siempre el
mayor de los males.
Yo voy donde quiere
mi voluntad, había dicho Horn, allá en la base de la pared rocosa.
Y el viejo Mr. Wu
le contestó: «Eso creemos, eso creemos todos. En medio de los acontecimientos,
no podemos ver su forma. Pero cuando miramos desde la distancia a nuestras
espaldas, nos damos cuenta que los hombres son manejados por fuerzas cuya misma
existencia ellos desconocen. Las piezas se colocan cada una en su lugar, y el
designio global resulta entonces evidente».
Dicho en otras
palabras, cuando algo se mueve es porque algo lo empuja.
Selección. ¿Cuándo
tuvo Horn la oportunidad de escoger? Después de desertar, hubiese sido una
locura el quedarse en las tierras ocupadas. En el desierto, las patrullas le
empujaron hacia la meseta. Puesto de espaldas contra la pared rocosa, sólo le
quedaba un camino: atravesarlas.
Por dos veces pudo
escoger: al principio y al final. Pudo haber rechazado el trabajo, pero… ¿era
cierto? Dadas sus condiciones, su experiencia, la profesión y el ambiente en
que vivió, ¿pudo hacer otra cosa? ¿O su aceptación venia impuesta por las
circunstancias?
Cuando las líneas
cruzadas de su mira estuvieron centradas en Kolhnar, pudo dejar de apretar el
gatillo. Pero… ¿era cierto? Quizás le fue imposible dejar de hacerlo. Quizás
también aquella acción decisiva venía determinada por las acciones de una vida
entera.
Y luego, después
del asesinato, hasta la ilusión de que podía ser el amo de sus acciones se
había disipado. Había sido conducido, guiado, empujado constantemente. Lanzado
por el negro túnel para encontrar el desierto cerrado. De nuevo a la meseta,
para encontrar que sólo tenía un camino abierto: el Tubo. Y a través del
casquete Terminal, hasta llegar a este lugar.
¿Sería cierto que
lo único que un hombre podía escoger, en realidad, era entre vivir y morir? Aun
en este caso, los dados están cargados. Se los puede hacer rodar cuantas veces
se quiera, y los dados siempre mostrarán una cara: ¡vive! Es mejor sufrir que
dejar de sentir. La mente consciente puede rebelarse; inclusive, en un breve
momento de cordura, puede ganar una victoria sorprendente y definitiva. Pero
eso no es frecuente, y ¿quién puede decir que ello también no esté determinado
de antemano por fuerzas ajenas a la voluntad del hombre?
Yo no moriré, había
dicho Horn. «Eso pensamos, eso pensamos todos», fue la respuesta del viejo. «Y,
sin embargo, todos morimos».
Y ahora debía
volver a escoger, esta vez entre varios colores: plata, oro, anaranjado, verde,
azul y negro. Se paga el precio, y se coge lo que se desea. Pero no libremente.
Ni ahora ni nunca. Porque las monedas son nuestra propia vida.
Los otros
Consejeros podían haber regresado ya. Sólo dos de ellos no se encontrarían en
sus casas. Kolhnar, que estaba muerto, y su hija, que fue capturada. ¿Plata u
oro? En cualquier caso, encontraría guardias, vigilantes y alertas. ¿Qué debía
escoger? No le quedaba otro camino que quedarse allí, donde le detendrían con
toda seguridad…, o demorar su captura por el tiempo que tardase su viaje por
aquella vía secreta.
Los labios de Horn
se curvaron en una amarga sonrisa. Un animal perseguido no puede escoger. Debe
correr hasta caer muerto.
Debía escoger el
color plateado; la casa del Director se encontraría llena de confusión,
desordenada, falta de dirección. Pero Horn sentía una curiosa repugnancia a ir
allí. Su mano se extendió hacia los discos, vaciló por un instante y luego cayó
encima del disco dorado. Escogía a Wendre. ¿O algo le empujaba a ello?
Aquel pensamiento
quedó interrumpido cuando la silla se desplomó debajo de él. Los discos
brillantes desaparecieron. La negrura pareció golpearle y por un momento no
recordó nada.
Abrió de nuevo los
ojos, tratando de penetrar la obscuridad y de dominar la desagradable
desorientación de la caída libre. Por un momento pensó que se encontraba de
nuevo en el Tubo, pero su percepción sensorial seguía activa. Detrás de él
sintió una pared lisa. Empujó con manos y pies y flotó a través de la
oscuridad, sus manos tanteando delante de él. Encontró el sillón y se acomodó
en él, sujetándose alrededor de la cintura una correa plástica en la que no se
había fijado antes.
Se frotó la cabeza,
pensativo. Los discos de colores estaban ahora apagados; no había perdido el
conocimiento. Sólo el disco rojo en el extremo de la derecha seguía brillando,
y mientras lo contemplaba, parpadeó una vez.
Comprendió el
significado de aquello. Con un gesto rápido puso la mano encima del disco,
esperando no llegar demasiado tarde.
Luego el tablero de
controles se oscureció del todo y la cápsula empezó a perder velocidad.
LA HlSTORIA
Esperanza…
Siempre surge entre
los desesperados. Es todo lo que les queda.
La verdadera
religión nació entre los esclavos. Es un factor de supervivencia. Para ellos,
el principal.
El Culto de la
Entropía, con sus visiones de esperanza, se inició entre los infinitos y
numerados esclavos de Eron. Su símbolo era el círculo bisectado; su promesa era
la de la resurrección de la materia y el espíritu cuando el círculo eterno
girase para descansar sobre su otro pie.
El día de la
regeneración. Los pobres, los desesperados, los oprimidos, esperaban el
prometido cambio cuando los que estaban abajo serían elevados, y los
anteriormente ensalzados, derribados hasta el polvo. Nació entre las sombras y
creció entre la negrura de las más profundas cuevas y catacumbas. ¡Pobre hijo
bastardo de la ciencia y de la desesperación!
Oficialmente, el
Culto estaba prohibido. Oficiosamente, el Pueblo Dorado lo consideraba como
algo que, si no existiera, tendría que ser inventado. Mantenía dóciles a los
esclavos.
Pero la opresión y
el dolor pueden engendar otras cosas. Y un símbolo puede tener multitud de
significados.
CAPÍTULO X
MUNDO HUECO
La inercia apretó
el cuerpo de Horn contra la silla por un momento, y luego quedó colgado de la
correa de plástico que sujetaba su cintura, como si la cápsula hubiese volcado.
Luego, de repente, el tirón en su cintura cesó y su cuerpo sintió una gravedad
normal. La cápsula estaba inmóvil.
Inmóvil, ¿dónde?
Horn miró a los
discos que brillaban de nuevo, flotando en la oscuridad. Todos estaban
encendidos, inclusive los dos blancos, uno encima del otro en la izquierda,
hasta el rojo. No se encontraba en ninguna parte. Para Horn, aquello era
preferible.
Se deshizo del
cinturón de seguridad y tanteó en el tablero de control hasta que encontró el
botón que buscaba. Delante suyo, una puerta se abrió. Una luz azul inundó la
cápsula.
El disco rojo era
un switch para una parada de emergencia. Aquella era una entrada secreta al
mundo hueco. Podían existir docenas de entradas semejantes. No cabía duda que
existía más de una; de otro modo, el disco rojo estaría apagado.
Horn salió de la
cápsula y entró en la habitación azul. Estaba vacía. Se volvió y estudió la
puerta del tubo neumático. Comprendió que cuando estuviera cerrada la fina
línea de su unión con la pared, quedaría completamente disimulada por las
pinturas murales vivientes en el decorado de lucita.
Un mundo azul.
Alrededor de las paredes y a través del techo, las pinturas fluían, siempre
cambiantes, como en una proyección tridimensional. El cielo tenía el azul de la
medianoche; los árboles y las hojas eran azules, mientras las ramas se agitaban
suavemente a impulsos de una brisa que Horn no sentía. Tuvo la sensación que
extraños animales azulados se movían en silencio detrás de él, mirándole entre
los árboles con precavidos y hambrientos ojos.
El suelo estaba
alfombrado con césped azul. En uno de los rincones, el piso se elevaba hasta
formar un ancho y fresco montículo herboso. Horn sospechó que uno podría
hundirse profundamente en él, como en una cama, y se estremeció. Detrás del
montículo, una pequeña fuente fluía musicalmente de la pared y corría a través
de la habitación por un pequeño arroyo.
La puerta del tubo
neumático se confundía con la pared, excepto que tenía un pequeño sol azul
colocado un poco a la derecha. Era quizás demasiado azul para ser realista.
Debió ser azul-blanco, y ardiente; en vez de ello, parecía enfriar la
habitación. Horn volvió a estremecerse. No le gustaba aquel lugar. El cielo
nocturno era luminoso en la Constelación, rivalizando con el día. Las noches de
la Tierra ya fueron bastante malas. Esta habitación le producía sensaciones de
ahogo y terror.
Puso la mano encima
del sol azul y sintió un ligero chasquido. El sol artificial era el cierre y la
llamada para la cápsula neumática. Horn vaciló, y luego cerró la puerta
lentamente. Este lugar era quizás lo mejor que podía razonablemente encontrar
en cualquier otra parada posible de la cápsula. Pero el chasquido del cierre
tuvo el definitivo sonido de algo final. Pensó en la cápsula cayendo a través
del tubo metálico hasta que quedase retenida en un remoto depósito, porque no
era natural que quedase en el exterior de la habitación azul, bloqueando el
camino.
Media hora en aquel
mundo azul eran veinticinco minutos de más. Horn trató de combatir el
abatimiento que se apoderaba de él mientras buscaba la salida de la habitación.
Pero le costó exactamente media hora encontrarla. Se había arrodillado con
cierta repugnancia en el césped azul y bebió del agua que corría por el arroyo
azulado. Era fresca y dulce, y vagamente efervescente. Había abierto un armario
lleno de diáfanas ropas azules y blancas y también encontró unas cosas
manchadas que no podían ser otra cosa que látigos. Por fin, Horn halló la
puerta.
Salió al salón,
amarillo, con un suspiro de alivio. Toda su actitud habia cambiado. Se sentía
lleno de vigor, fresco y potente. Trató de reprimir aquellas sensaciones y se
movió con precaución a lo largo del salón. Las puertas frente a las que pasaba
estaban marcadas con discos de colores. Cuando pasó demasiado cerca de algunas
de ellas, pudo escuchar agudas risas y gritos, sofocados lamentos y brutales
gruñidos. Si antes tuvo alguna duda respecto a la naturaleza de aquel lugar,
ahora quedaron disipadas. Después de aquello se mantuvo en el centro del salón.
Horn no era un puritano, pero algunos pasatiempos no eran de su agrado.
No encontró a nadie
en el largo corredor que terminaba, al fin, contra una puerta inamovible. Horn
la miró, confundido. No se veía ningún disco, nada que apretar, nada a lo que
dar vueltas; la única pista para poder abrirla era una ranura de pocos centímetros
de largo y con un ancho de unos cuantos milímetros.
Horn arrugó el
ceño. Era una puerta sencilla y estaba situada al final del salón. No había
duda que tenía su utilidad. Sería algo irónico que su camino terminase allí.
Era obvio que la ranura tenía un significado.
Horn extrajo unas
cuantas monedas del cinturón que llevaba debajo de la camisa y metió una en la
ranura. Algún mecanismo oculto chasqueó con satisfacción, pero la puerta no se
abrió. Horn siguió contando. Cuando el total llegó a quinientos kellons, la puerta
se deslizó a un lado.
Horn hizo un gesto.
La salida le costó cara, y había mermado considerablemente el precio de la
muerte de Kolhnar. La huída y lo exótico costaban caros en Eron. Se encogió de
hombros mientras la puerta se cerraba a sus espaldas y otra se abría delante de
él; Horn nunca llevaba cuentas de sus gastos.
Salió con
precaución a lo que parecía una callejuela techada. Estaba débilmente
iluminada, un lugar ideal para ladrones y bandidos. Pero quizás aquellos
lugares estaban patrullados. La callejuela aparecía desierta.
La calle salía a un
camino ancho y lleno de color. Horn había visto antes caminos rodantes, pero
nunca tantos ni tan rápidos. El techo encima de su cabeza era de un color
neutro, reflejando sin brillo la luz proyectada por focos ocultos. Los caminos
rodantes estaban llenos de gente de piel dorada, vestida de un modo fantástico.
Las mujeres llevaban muy poca ropa, y Horn observó que el aire era caliente,
quizás demasiado caliente. Cortas faldas o pantaloncillos revelaban largas y
bien formadas piernas, a menudo adornadas con brillantes joyas. Las blusas eran
aún más incitantes: transparentes, con largos escotes, sólo cubriendo un lado o
cortadas a fin de mostrar provocativa la carne dorada.
La ropa que les
faltaba a las mujeres era usada por los hombres. Iban vestidos en exceso con
plastisedas, pieles y joyas. Sus trajes adoptaban una grotesca imitación de la
línea femenina, y sus piernas, rematadas por zapatos de altos tacones, tenian
una excesiva simetría. Aquel era el Pueblo Dorado, en su ambiente, y Horn se
preguntó cómo podría pasar desapercibido entre ellos antes de ser detenido.
Echó los hombros
hacia atrás y penetró decidido en el primer camino rodante, sus ojos alerta
ante cualquier peligro. Una brillante iluminación atrajo su atención hacia la
izquierda. Encima de una brillante puerta multicolor se veían unas enormes
letras de luces cambiantes, que decían: Los Mundos del Placer. Cuando Horn
entró en una cinta más rápida, aquello quedó detrás.
Como si cumpliera
una importante misión, Horn se movía de una a otra cinta con el rostro severo y
determinado. Hombres y mujeres le miraban al pasar y luego apartaban los ojos.
En aquellas miradas, Horn leyó desagrado, intranquilidad y un poco de miedo.
¿Qué es lo que
sienten?, pensó Horn. ¿La presencia del asesino? ¿O es sólo la vaga conciencia
de que podría matarles fácilmente, yo, el bárbaro incivilizado, salvaje y
poderoso? ¿O quizás es a su propia sociedad a la que temen, y a las medidas de
policía necesarias para sostenerla?
Los caminos
rodantes se deslizaban a través de los eternos túneles de plástico y metal,
frente a los casi hipnóticos escaparates de los centros comerciales, los
apetitosos perfumes de los restaurantes, la perversa llamada de los lugares de
diversión. Apremiantes, atractivos, exigentes. El camino rodante era como una
serpiente viva, retorciéndose ante las cambiantes melodías de un hábil
encantador. La gente entraba y salía, pero la serpiente seguía siempre su
camino. Sin saber qué hacer, Horn se movía con ella, observando las cintas que
se desviaban hacia otros corredores o se inclinaban hacia abajo, pensando
abstraído cómo era posible que un hombre pudiera quedarse inmóvil en el mismo
lugar y dar la vuelta a aquel mundo; cómo podía seguir viajando durante toda su
vida y nunca pasar dos veces por el mismo sitio; cómo su viaje seguiría sin
fin, igual que una inmensa serpiente que se mordiera la cola…
Sacudió la cabeza
con vigor para despejar sus ideas. El peligro podía estar en cualquier parte y
probablemente estaba en todas, pero debía decidir cuanto antes adónde encaminar
sus pasos. No podía seguir allí y esperar a que los acontecimientos le alcanzaran.
Pero era difícil pensar mientras la serpiente se retorcía insensata a los
apremiantes ritmos de la música y los ruegos y las órdenes de ¡Compre esto!
¡Compre aquéllo! ¡Haga esto! ¡Haga aquéllo! ¡Use esto! ¡Use aquéllo!
Trató de cerrar su
mente, pero las palabras forzaron un camino hasta su conciencia.
—Todos los Guardias
que no se encuentren ahora en sus cuarteles, se presentarán allí en el acto.
Todos los Guardias, repito, todos los Guardias se presentarán en sus cuarteles.
Sin excusa, sin excepción. Los Guardias de servicio esperarán hasta que se les
releve. Se disparará sin previo aviso contra todo Guardia cuya presencia no
esté justificada…
La serpiente se
volvió para mirar a Horn y éste caminó rápidamente hacia la cinta de la derecha
y tomó el primer camino que se dirigía hacia abajo. Mientras la cinta de
plástico le apartaba del brillo cegador de las luces, oyó cuando la voz decía:
—Ha sido anunciada
una reunión de los Consejeros para un momento no determinado dentro de las
próximas veinticuatro horas. Es probable que el asunto más importante a tratar
en esta reunión sea la elección del nuevo Director, que reemplazará…
Hacia abajo. Ése
era el camino que debía tomar. Abajo, hacia los cuarteles. Abajo, en obediencia
a la orden general, que sólo podía significar que Duchane ya sabía que él se
encontraba dentro de Eron vestido con el uniforme de un Guardia. La Guardia
entera sería revistada; una tarea monumental, pero que garantizaba poder
desenmascarar al asesino que se escondía detrás de un uniforme gris y que
poseía un disco amarillo de identidad al que su descripción física no se
ajustaba.
Y si Horn no se
presentaba, le buscarían por todo Eron. Todo guardia que circulase solitario
sería capturado o muerto en el acto.
Sin prestarle
atención, Horn observó el brillante número del nivel en la pared cuando dobló
una esquina para saltar a la siguiente cinta descendente: 111. Por lo tanto,
antes se encontraba en el nivel más alto de Eron; en el planeta metálico
existían ciento doce niveles concéntricos. Era un pensamiento extraño que se le
ocurrió de repente, y sintió cierta satisfacción al pensar que había estado en
un lugar donde muy pocos bárbaros pudieron poner los pies.
La cacería volvía a
empezar. Horn sintió el estremecimiento familiar, entre pánico y excitación.
Tenía las manos frías y le temblaban ligeramente. Respiró profundo para
calmarse, dobló otra esquina y montó en otra rampa descendente. Abajo, abajo,
buscando su nivel, buscando el nivel de las ratas y los gusanos y otras cosas
perseguidas.
Siempre hacia
abajo, pasando sin detenerse por delante de las parpadeantes luces y sombras
mezcladas: niveles residenciales, distritos de diversión, escuelas, centros
comerciales, restaurantes, música, ruidos, gente y más gente… Todo se mezclaba
en su mente hasta formar una escena caleidoscópica, brillante, llena de color,
centelleante, fantástica, sin sentido.
A medida que
descendía por niveles sucesivos, otros hombres uniformados empezaron a
aparecer, guardias que obedecían la orden de presentarse en sus cuarteles. Se
convirtieron en un arroyo alimentado por incontables tributarios, a medida que
descendían por el liso y brillante canal de plástico; poco después el arroyo se
convertía en un caudaloso río.
El brillo de los
focos aumentó. El camino rodante pasaba por una enorme área de techo bajo y
metálico, donde una doble hilera de guardias, con las armas preparadas,
esperaban a ambos lados del camino. Entre las dos inmóviles hileras, el rio
seguía su rápido curso, y Horn era arrastrado con los demás. Lanzó una mirada a
los rostros de los que se encontraban más cerca de él; todos mantenían una
expresión severa y silenciosa. Pero los hombres de las pistolas estaban alertas
ante cualquier eventualidad.
Delante de ellos
debían encontrarse los largos y estrechos cuarteles, con su doble hilera de
camas contra las paredes y los bancos para comer situados en el centro de los
pabellones. Horn los recordaba bien. Una vez allí, no tendría la menor
posibilidad de escapar. Sus ojos registraron las paredes a los lados del camino
rodante y apretó con el brazo la pistola que llevaba oculta debajo del sobaco.
Había otras cintas, que partían de allí hacia los niveles inferiores. La mayor
parte de las llamadas a los guardias venía de más abajo.
Cuando apareció el
corte entre las paredes, Horn ya se hallaba preparado. Distinguió la cinta con
cíaridad cuando aún se encontraba a cincuenta metros de distancia. Empuñó la
pistola sin desenfundarla y se acercó hacia la orilla derecha del grisáceo río.
Cuando la cinta deslizante estaba a diez metros, su pistola apareció al lado de
su cadera, apuntando hacia arriba, hacia el bajo techo de metal.
Horn apretó el
gatillo y la bala chilló contra el techo y rebotó en una de las paredes.
—¡Allí está! —gritó
Horn.
Los Guardias se
volvieron para mirar. El río empezó a correr más rápido. Los hombres empezaron
a correr. Horn adelantó el hombro y rompió a través de la línea de guardias
armados en las paredes, se deslizó por la abertura hacia la cinta deslizante y
corrió por la rampa movible a grandes pasos, siguiendo una linea en zigzag. Las
balas que le siguieron llegaron demasiado tarde. Y los pasos que se escucharon
detrás de él eran demasiado lentos.
En pocos minutos
los perdió, y se encontró solo. Siguió un camino descendente.
Después de
innumerables vueltas e incontables descensos, las cintas dejaron de moverse.
Parecía como si hubiesen dejado de circular hacía ya mucho tiempo. Las largas
pendientes inclinadas eran más oscuras, más estrechas y mucho más sucias. Horn
salió a uno de los caminos principales, mientras su olfato captaba un olor
general de abandono y podredumbre.
La gente que pasaba
por su lado tenía la tez blancuzca en vez de dorada; sus ropas eran bastas y
remendadas; todos tenían el ciego aspecto de topos. Caminaban a lo largo de las
inmóviles cintas, silenciosos, los ojos fijos en el suelo bajo la semiobscuridad,
sin escuchar otra música que el siseo de los cientos de zapatos sobre el
plástico.
Las tiendas eran
sucias y pobres. Los escaparates de lucita estaban agrietados; grandes trozos
se habían roto y no fueron reemplazados. Los géneros expuestos para la venta se
adaptaban al aspecto de las tiendas donde eran vendidos.
Horn se mezcló con
los harapientos hombres y mujeres, sintiendo cierta hermandad con ellos. Al
igual que ellos, estaba hambriento y había aprendido que la vida no era más que
dolor, y que el dolor es eterno.
Caminaron entre las
fábricas donde el ruido de la maquinaria hacía estremecer el aire, golpeándolo
como un martillo gigantesco, destrozándolo entre grandes explosiones; el aire
se vengaba contra la gente sombría que se movía tambaleándose bajo las altas paredes
de las fábricas. Pasaron por las grandes puertas abiertas y los largos y sucios
bancos de los comedores comunales ―donde el olor de la comida rancia y podrida
lo llenaba todo― y muchos giraron a derecha e izquierda para entrar.
Horn vaciló,
sintiendo que el hambre se agitaba en su interior como una cosa viva, pero
comprendió que el detenerse era una locura. Buscó una de las pildoras de
alimento en sus bolsillos y siguió caminando con la multitud. Cuando penetraron
en otra avenida de tiendas miserables, Horn se dio cuenta de que la gente que
caminaba cerca de él empezaba a mirarle con sospecha, lanzándole miradas llenas
de inquietud. Ni siquiera alli podría encontrar refugio.
Era por el
uniforme. Si quería esconderse, tenía que deshacerse de él. Penetró en una
puerta medio sumida en sombras. Era un almacén de ropas hechas. Baratos buzos
de mecánico y chillones sweaters se apilaban en el escaparate. La puerta tenía
una manija y Horn la oprimió, abrió y penetró en el interior.
Una campanita sonó
en algún lugar de la trastienda: tenía un sonido vacío y falso. Mientras los
ojos de Horn se adaptaban a la oscuridad, algo blanquecino se movió,
acercándose: era un rostro pastoso por encima de un cuerpo contrahecho.
—¿Sí? —era casi un
murmullo gutural.
—Ropas —dijo Horn
secamente, molesto por la sensación de repugnancia que sentía.
El rostro se agitó
de lado a lado, riendo con un sonido vacío y falso, igual que la campana.
—¡No! El verdugo no
me agarrará a mí. Nada de ropas para los que llevan uniformes grises. Es la
ley.
—Ropas —repitió
Horn con un tono cortante—. Puedo pagarlas.
El terroso rostro
se agitó de nuevo. Tenía líneas de polvo y tierra en las fisuras de sus
arrugas. Al cabo de un momento, Horn se dio cuenta de que el enano volvía a
reír.
―¡No! Los pistolas
grises no ganan tanto dinero.
—Diez kellons —dijo
Horn.
El gnomo dejó de
reír y vaciló antes de contestar.
—No, no.
—Quince.
Se pusieron de
acuerdo en veinticinco. El jorobado le entregó a Horn un buzo de mecánico, del
que dijo que era blanco, y le hizo un gesto para que entrase a cambiarse de
ropa en la trastienda. Alguien podía verle desde la calle.
Horn se encogió de
hombros, abrió la sucia puerta y penetró en una habitación llena de olores de
comida pasada y sudor. Estaba aún más oscura que la tienda. Con movimientos
rápidos, Horn se desabrochó la guerrera y empezó a quitársela.
En aquel momento,
fuertes manos le tiraron de la guerrera por encima de los brazos, dejándole
inutilizado. Algo pesado silbó cerca suyo. Horn se lanzó hacia delante,
dejándose caer de rodillas mientras giraba en el aire. Algo le rozó la cabeza
mientras caía, pero el hombre que sujetaba su guerrera saltó por encima de su
hombro y chocó contra la pared con un golpe sordo y una explosión de aire.
La guerrera se
había desgarrado, y los brazos de Horn estaban libres de nuevo. Se encontraba
ya en pie, girando para hacer frente al esperado ataque. Algo negro se le
acercaba por la derecha. Horn levantó un brazo y golpeó con el otro. El golpe
fue doloroso y su brazo derecho quedó insensible, pero su puño izquierdo
estalló contra algo. Mientras el segundo hombre se tambaleaba, Horn le castigó
de nuevo con un golpe seco, que le hizo caer de rodillas, gimiendo.
El primer asaltante
se levantaba del suelo, medio confuso. Horn giró y le golpeó con la rodilla en
la sien. La oscura forma se estrelló de nuevo contra la pared y se deslizó
hasta el suelo, donde quedó inmóvil. El otro bandido, apoyado en sus manos y
rodillas, movía la cabeza de lado a lado como un oso soñoliento. Horn le golpeó
con el canto de la mano en la nuca. El hombre cayó de cara en el polvo.
Horn se quedó
inmóvil, respirando profundamente, escuchando. Todo estaba en silencio. Se
inclinó, encontró la pistola que se le había desprendido durante la lucha y
luego se enderezó lentamente, mientras giraba sobre sí mismo, hasta dar una
vuelta completa. Nada. Luego, rápidamente, se quitó los pantalones grises y los
restos de su destrozada guerrera y se deslizó dentro del amplio buzo de
mecánico. Dejó caer la pistola dentro de uno de los anchos bolsillos y sacudió
el brazo derecho. Sus músculos volvían a funcionar; tenía una mancha morada en
el antebrazo, pero el brazo le obedeció mientras Horn abría y cerraba la mano.
Sus ojos ya se
habían acostumbrado a la oscuridad de aquella habitación, y al salir Horn hizo
una pausa en la puerta para echar una mirada a los dos hombres caídos en el
suelo. Eran unos tipos brutales, grandes y pesados, pero sus rasgos estaban
hinchados y pastosos. Parecían blandos y degenerados. Sacudió la cabeza y
volvió a salir a la tienda. Su mano sujetaba la pistola dentro del bolsillo,
pero la mirada de sorpresa y terror en el rostro del hombre contrahecho hizo
que soltase el arma.
El tendero estaba
muy cerca de la puerta, y Horn se volvió hacia él con una mueca de desprecio.
—Una gorra —dijo.
La segunda que se
probó le sentaba bastante bien. Tiró de la torcida visera hasta casi el nivel
de los ojos. Se acercó al tembloroso y mudo tendero, con la mano extendida. El
hombre dio un paso atrás, lleno de terror.
—Toma —dijo Horn, y
dejó caer las monedas en la mano del hombre—. Te pago por las ropas. Si no lo
hiciera, ya encontrarías la manera de traicionarme. Te aconsejo que no lo
intentes. La guardia o los agentes de Duchane encontrarían el dinero. Se lo
llevarían con ellos, y a ti también. Nunca creerían que no me ayudaste. Olvida
que me has visto.
El hombre asintió,
mientras los ojos le giraban en las cuencas.
—Dame un disco de
identidad de obrero de los depósitos —dijo Horn.
Apretando las
monedas, el jorobado se inclinó detrás de un mostrador lleno de pilas de ropas
baratas. Al instante salió con un disco amarillo, lleno de números
—Haz desaparecer
ese uniforme —dijo Horn, mientras se colocaba el disco en la gorra—. Rápido. Y
más vale que tengas cuidado con tus muchachos. Van a sentirse un poco molestos
contigo.
Horn se dirigió con
paso ágil hacia la puerta de entrada y se quedó allí por un momento, estudiando
la calle medio sumida en sombras. Hasta los esclavos querían robarle, matarle.
Aún no había encontrado el nivel que le correspondía. Tendría que ir aún más
abajo, hasta el fondo, a los niveles de los depósitos.
O, quizás, pensó,
un asesino no pueda encontrar amigos.
Vio como un guardia
salía de entre la confusa masa de esclavos y desaparecía corriendo por una
callejuela cercana. Los ojos de Horn se endurecieron. Los obreros se
arremolinaron, excitados. Un bronco murmullo llegó a los oídos de Horn y se
convirtió en una confusión de gritos y maldiciones. Una patrulla de la guardia
se abría paso a través de la masa de carne que le obstruía el camino, golpeando
con las culatas de las pistolas a derecha e izquierda. Irritados, los esclavos
se apartaron.
Cuando el tumulto y
los gritos se hubieron perdido en la distancia, Horn se apartó del dintel de la
tienda y se unió a la multitud. Siguió caminando durante unos cuantos minutos,
tratando de ver si alguno de los rostros que le rodeaban le seguía durante cierto
tiempo. Pero había tantos y todos le parecieron tan iguales, que abandonó su
proposito y se volvió para entrar en la primera rampa que se dirigía hacia
abajo. El aire, que era limpio aunque caliente, en los niveles superiores, aqui
parecía gastado y ardiente. Y se hizo peor mientras pasaba a través de enormes
y obscuras cavernas llenas de jaulas, cajas, barriles y balas en inmensas
pilas. A veces encontró brigadas de trabajadores, pero se mantuvo alejado de
ellas. Por dos veces vio unos gruesos y chatos cargueros espaciales,
descansando encima de sus soportes metálicos, mientras cargaban o descargaban.
Estaban muy lejos y bien iluminados. Horn no se apartó de las más profundas
sombras mientras descendía hasta el corazón de Eron.
Hacia abajo,
huyendo, mientras las ratas corrían entre sus pies y cosas aladas rozaban,
aleteando, su rostro. Los corredores se hicieron más estrechos, más sucios,
calientes como hornos. Muchas veces encontró baches y roturas en las rampas de
acceso. Las oscuras cavernas, interrumpidas con frecuencia por gruesas columnas
de hierroN, estaban desiertas. La herrumbre y la basura se habían apoderado de
todo aquello hacía siglos. El aire era sofocante.
Horn trató de no
pensar en el inmenso peso que se alzaba por encima de él, soportado por
aquellas columnas olvidadas hacía ya tanto tiempo. La masa de carne humana
constituía una idea estremecedora.
Se detuvo en medio
de un oscuro y estrecho corredor. El suelo era áspero debajo de sus pies y las
paredes eran de roca, calientes al tacto. El aire estaba lleno de polvo y las
telarañas se pegaban a su rostro. Horn las apartó de su camino con un gesto de
su brazo.
Se encontraba
debajo del nivel más profundo. Estaba en el fondo de las antiguas catacumbas,
en el mismo corazón de la corteza rocosa de Eron. Hizo un esfuerzo para
respirar y siguió adelante con paso cansino.
Más adelante, el
corredor giraba a la derecha y se ensanchaba. La luz sorprendió a Horn. Las
horas pasadas en los corredores de piedra le habían llenado de polvo y
telarañas. Horn parpadeó y después se dio cuenta de que la luz que veía era
sólo un leve reflejo. Siguió adelante, giró a la izquierda y se detuvo en la
entrada de una cámara abovedada, abierta en la misma roca.
Toscos bancos de
madera estaban alineados regularmente sobre el áspero suelo de piedra,
colocados en dirección al otro extremo de la cámara, que aparecía
brillantemente iluminado. Oscuro, siluetado en forma masiva contra la luz, se
destacaba un símbolo esculpido en la roca viva; era el círculo bisectado por
una gruesa línea que se extendía por encima y debajo del círculo, terminando en
pies y brazos horizontales.
Horn lo reconoció.
Era el símbolo científico de la Entropía, y aquello era una capilla del culto.
Había unas cuantas personas solitarias, esparcidas en los bancos, con las
cabezas inclinadas en profunda reflexión o cansancio. Todos llevaban ropas
pobres y remendadas. Horn se dejó caer con gratitud en uno de los bancos y
apoyó la cabeza en las manos.
Había corrido hasta
no poder más; aquel era el fin. Había corrido desde el desnudo desierto de la
Tierra hasta las profundidades del corazón de roca de Eron; ya no podía correr
más. Pero ¿qué otra cosa podía hacer la presa, sino correr?
Eron deseaba
capturarle, le necesitaba más de lo que nunca necesitó a cosa alguna. Nunca
olvidaría. Nunca descansaría hasta que tuviese en su poder a Horn, el asesino,
derrocador de imágenes y amenaza para el Imperio. No había esperanza para él.
Y por fin
comprendió lo que tenía que hacer. El animal más tímido luchará hasta morir si
se le acorrala. Mientras tiene una oportunidad para escapar, huirá; pero cuando
ya no puede correr más, luchará. Y Horn lucharía. La única forma de sobrevivir
era destruir a Eron. Horn apretó los dientes. El lo destruiría.
Sólo mucho tiempo
después le pareció absurda su decisión; un solo hombre declarando la guerra a
un Imperio. En aquellos momentos Horn sólo comprendía que era algo lógico y
justo. Eron podía ser destruido; él mismo lo haría.
Sus planes no
pasaron de allí. Se encontraba muy cansado y no pensó en los medios y planes
necesarios. Sólo existía la decisión, implacable, inconmovible y…
Alguien le agarró
los brazos y los retorció a sus espaldas mientras Horn se levantaba del banco
con una sofocada exclamación. Inutilizado, Horn trató de contener el dolor que
le torturaba…
LA HISTORIA
Átomos y hombres…
Ambos son movidos
por ciertas fuerzas generales que actúan de acuerdo a ciertas leyes, y sus
movimientos pueden predecirse dentro de amplios limites.
Fuerzas físicas,
fuerzas históricas… Si el hombre conociese las leyes de unas, tan bien como
conoce las leyes que gobiernan a las otras, podría predecir las reacciones de
una civilización con tanta precisión como puede calcular las reacciones de una
nave.
Una de las fuerzas
históricas era evidente: Eron. No podía ser despreciada. Su influencia era
universal. Desafío y respuesta; eso era la fuerza. Eron desafió; el Hombre le
respondió con el Tubo. Y del Tubo surgió el Imperio.
Pero ahora el mayor
desafío procedía del Imperio, y éste formaba sus propias respuestas. Por sus
potentes pasiones, creaba las fuerzas que le amenazaban. Creaba a su propios
enemigos para luego destruirlos y encontrar a nuevos enemigos alzándose detrás,
debajo, dentro…
Creó la
Constelación para destruirla, igual que había destruido otras pujantes
civilizaciones; y seguiría haciéndolo, creando y destruyendo, hasta que fuese
demasiado débil para contestar con renovado vigor… y a su vez fuese destruido.
Existían también
otras fuerzas invisibles, que operaban inexorables, barriendo delante de ellas
a hombres, mundos e imperios.
¿Qué es un hombre?
¿Está sometido al influjo absoluto de esas fuerzas? ¿Le es imposible fijar su
propio destino?
Las leyes de la
física clásica son estadísticas; el imprevisible átomo individual disfruta
siempre de libertad, libertad de acción…
Capítulo XI
PLEAMAR
Horn despertó en
medio de la oscuridad.
Despertó con el
vivido recuerdo del sueño, recordando las sensaciones experimentadas al ser
lanzado y arrastrado por la furia de la corriente mientras se encontraba en
aquel tubo de pesadilla, recordando sus jadeantes esfuerzos para respirar y la
interminable y oscura caída hacia la nada. Recordó también el repentino impulso
de decisión y energía con que había agarrado un barrote en uno de los costados
del tubo, y como obstruía el paso de la corriente con su cuerpo y mientras
resistía los furiosos embates de las rápidas aguas, conseguía, lenta, pero con
seguridad, obligarla a que volviese sobre sí misma.
Debajo de Horn no
había más que roca, caliente y pulida. El aire parecía gastado y ardiente, pero
era respirable. Se sentó, recordando las pequeñas dimensiones de la celda, y se
sintió descansado y alerta. Quedó sentado en la oscuridad, rodeando las rodillas
con los brazos y recordando cómo había llegado a aquel lugar.
Allí, en la capilla
del Culto de la Entropía, tenia un hombre a cada lado, cubiertos con negras
capas, con el rostro oculto y anónimo debajo de una capucha. Los brazos de Horn
fueron retorcidos fuertemente a sus espaldas, mientras que las manos que le sujetaban
eran fuertes y seguras, y no pudo resistirse. Le habían arrastrado de allí con
facilidad, en silencio, a través del áspero suelo. Ninguna de las inclinadas
figuras sentadas en los bancos se dio cuenta de nada.
Mientras
atravesaban una grieta en la pared de roca para penetrar en un oscuro corredor,
Horn lanzó una mirada hacia atrás, por encima de su hombro. Guardias
uniformados surgían hacia el interior de la cámara como una gris inundación,
desde una entrada situada cerca del símbolo de Entropía esculpido en la roca.
Horn y su escolta se movieron con rapidez a través de un laberinto de negros
túneles antes de detenerse.
Le ataron las manos
a la espalda, le quitaron la pistola y ajustaron dos lazos a su cuello. Una de
las cuerdas estaba en manos del hombre que marchaba en vanguardia, la otra
estaba sujeta por la encapuchada figura detrás de él. Si Horn trataba de
escapar, se vería estrangulado.
Trotó lleno de
ansiedad entre los dos, tratando con todas sus fuerzas de mantener las cuerdas
flojas. Era un esfuerzo agotador y lleno de tensión para mantenerse en el
centro exacto del grupo, sin permitirse pensar en otra cosa que en las
apretadas cuerdas que le rodeaban el cuello. Le pareció que andaban durante una
eternidad, siempre cruzando oscuros corredores cortados en la roca. Horn empezó
a tropezar; pensó que si aquello seguía por mucho rato sus captores no tendrían
otra cosa que un cadáver entre sus manos.
Poco antes que Horn
cayese agotado, entraron en una sala a duras penas iluminada por una antorcha
que ardía en un anillo metálico asegurado a la pared. El techo era oscuro ―una
roca negra a unos metros por encima de su cabeza―, pero la luz no llegaba a iluminar
las otras paredes de la sala subterránea. Por el eco de sus pasos, Horn tuvo la
impresión de que era muy profunda y ancha.
Alguien les estaba
aguardando. Era un hombre, más bajo que sus Guardias pero vestido de un modo
similar, con una túnica oscura que ocultaba su rostro y su figura. Su faz
quedaba entre sombras. En el pecho de la túnica llevaba bordado el círculo
bisectado de la Entropía.
Horn quedó de pie
entre los dos hombres, luchando para mantenerse derecho. Uno de sus captores
habló. Era el primer sonido que Horn pudo escuchar producido por ellos.
—Se ajusta a la
descripción. Lo encontramos en la capilla cincuenta y tres.
La voz sonaba hueca
y resonó extrañamente entre las paredes de roca. Horn mantuvo la mirada al
frente, su rostro inmóvil.
—Quitadle la gorra
—la nueva voz era firme y decidida.
Mientras le
desnudaban la cabeza, Horn pudo captar una breve impresión del rostro que se
escondía debajo de la capucha. La luz cayó un momento encima de sus facciones
mientras el hombre le estudiaba. Era un rostro duro y fanático, que Horn nunca
habia visto. La voz y el rostro eran extraños para él, y se preguntó por qué su
instinto parecía rebelarse contra aquella impresión.
—Éste es el hombre.
Lo metieron en la
celda, le soltaron las manos y le dieron agua y comida. La comida era pura
bazofia, pero llenó su estómago. La necesitaba, después del alimento sintético
de las píldoras. La enrejada puerta de metal se cerró detrás de sus guardianes,
con un chasquido sólido y definitivo.
Solo en la
oscuridad y en completo silencio, Horn comió y luego se dedicó a examinar su
cárcel. La celda estaba completamente desnuda, pero limpia. No tenía otra
salida excepto la puerta, la que dejaba pasar el aire necesario para la
ventilación. Horn pasó la mano por encima de la cerradura. Era más nueva que la
puerta, y a prueba de ganzúas. El pequeño cuadrado de diminutos agujeros
necesitaba la inserción de diminutos filamentos magnéticos para abrirse.
Antes de tener
tiempo para preocuparse por ello, se había quedado dormido.
Ahora, despierto,
se preguntó qué podía ser lo que le había despertado. Volvió a escuchar el
extraño y tintineante sonido que parecía resonar en el silencio total.
—De prisa —murmuró
una voz.
Horn sintió como se
le erizaba el vello del antebrazo y tensó los músculos. Un último tintineo
metálico y la puerta rechinó débilmente. Antes de que Horn pudiera saltar, una
luz le enfocó a los ojos. Parpadeó deslumbrado.
—¡Wu! —exclamó
Horn, incrédulo.
—El mismo anciano
de siempre… —algo metálico resonó contra el piso de roca de la celda. Y algo
aleteó en la oscuridad—. Y Lil. No te olvides de la pobre Lil.
Horn se acercó con
rapidez a la puerta. Estaba cerrada, inamovible. Giró con furor en la
oscuridad, con la espalda contra las rejas.
—¿Por qué la has
vuelto a cerrar? Tenemos que salir de aquí.
—Poco a poco,
muchacho. Hemos entrado, y podremos volver a salir con la misma facilidad. Pero
primero debemos hablar.
—Entonces habla.
¿Cómo conseguiste llegar hasta aquí? La última vez que te vi, los lanceros te
arrastraban lejos del Monumento a la Victoria.
—En efecto. Ese
será otro misterio para el Archivo Electrónico de Duchane. Las cárceles no se
han hecho para Lil ni para mí; los cerrojos no pueden impedirnos entrar ni
salir. Todavía no se ha construido la celda que pueda retenernos.
—¿Ni siquiera
Vantee?
—¿El Presidio
Terminal? —dijo Wu, gentilmente—. Quizás. Vantee quizás. Pero antes tendrían
que llevarnos allí y, ¿cómo nos retendrían durante el camino?
No hubo
contestación excepto unas carreras y chillidos cerca del suelo. En el breve
destello de la lámpara de Wu, Horn vio que el viejo chino iba vestido igual que
la primera vez que le vio. Su abollada maleta de metal estaba junto a sus pies.
Y en el suelo había un gato de ojos brillantes, pelo sucio y rostro arañado.
Trotaba hacia ellos en triunfo, con una yerta rata colgando de su boca.
—¿Qué le sucedió?
—preguntó Wu—. Desde luego ya sé que fue lo bastante audaz y también lo
bastante estúpido para llevar a cabo el asesinato de Garth Kolhnar…
Brevemente, Horn le
explicó lo ocurrido desde el momento en que Wu y Lil saltaron por encima de la
pared en ruinas. Después que terminó, Wu quedó unos minutos en silencio.
—Yo puedo ayudarle
a escapar de aquí —dijo Wu por fin—, pero… ¿adonde dirigirá sus pasos? ¿Dónde
puede esconderse en Eron el asesino del Director?
—En ningún sitio
—dijo Horn en voz baja—. Por eso Eron debe ser destruido antes de que yo pueda
considerarme seguro.
—¿Luego ha perdido
la esperanza?
—No es eso lo que
he dicho.
—¡Oh! —rió Wu—. Un
hombre solo contra Eron. Una empresa atrevida… pero imposible. Los Imperios
caen cuando les llega su momento histórico, pero no antes.
—Cuando un árbol
está podrido —interrumpió Lil de repente—, la más pequeña brisa puede hacerlo
caer.
—¿Tú también?
—suspiró Wu, pensativo—. Oh, la juventud, que rehusa acobardarse. Quisiera
poder sentir de nuevo estas emociones, la convicción de que no existen montañas
que no se puedan escalar, ni mares infranqueables, ni peligros demasiado
grandes. ¿Cómo piensa comenzar?
—No lo sé —dijo
Horn lentamente—. Quizás con el hombre que me contrató para que matase a
Kolhnar.
—¿Quién fue?
Horn se encogió de
hombros y luego comprendió que el gesto no tenía significado en una habitación
oscura.
—Fue en una sala
tan oscura como ésta.
—¿No pudo reconocer
su voz?
—No lo sé.
—Entonces, ¿cómo
espera encontrarle?
—Por algo que me
dijo usted una vez, cuando estábamos en el túnel. Me contrataron en la
Constelación, ¿comprende?, inmediatamente después de la rendición de Quarnon
IV. Y has dicho que nadie sabia nada de la Celebración en aquellos días.
—Es cierto —admitió
Wu.
—Sin embargo,
alguien sí lo sabía. Kolhnar debía tenerlo decidido. ¿A quién confió su
proyecto? ¿Quién fue su confidente? ¿Quién le traicionó?
—Comprendo —dijo
Wu, suavemente—. Eso elimina a sus enemigos. En la Constelación y en todas
partes sólo nos quedan sus amigos. Sus amigos más próximos. ¿A quién de ellos
contaba Kolhnar sus sueños?
—El cazador —dijo
Lil sombríamente—, el ensangrentado cazador.
—¿Duchane? —dijo
Wu—. Quizás. Él, o uno de los otros, que esperaba alcanzar en medio del caos lo
que no podía obtener por medio de una transferencia normal de autoridad. Hasta
ahora Duchane parece ser el que más ha ganado con la muerte del Director. Se ha
movido con rapidez y eficacia; en este momento es el hombre más poderoso del
Imperio. Su posición es sólida; quizás lo sería más si hubiese capturado al
asesino. O si los niveles inferiores no estuvieran al borde de la rebelión.
Pudo haber contado con lo primero; quizás no esperaba lo segundo. Duchane. O
quizá uno de los otros.
Horn escuchó unos
ligeros sonidos metálicos y los identificó como los de la apertura de la maleta
de Wu. Una pastilla de algo fue colocada en su mano. Escuchó el sonido de un
líquido que tenía el fuerte olor del alcohol sintético. Mordió la pastilla,
vacilante. Era dulce y oleosa. Se la comió ávidamente.
—No te olvides de
la pobre Lil —dijo el loro con rapidez.
La luz de la
lámpara se encendió por un instante. Horn vio una bolsa en las manos de Wu y el
centelleo de los diamantes en su interior.
—¿Cómo
conseguisteis localizarme? —preguntó Horn de repente.
—Lil y yo estamos
acostumbrados a encontrar las cosas ocultas —dijo Wu—. También encontramos la
hermosa diadema de diamantes de Wendre, ¿eh, Lil?
La única
contestación fue un apagado crujido y un suspiro de satisfacción.
—Muy hermosa, muy
hermosa —dijo Lil.
Horn no pudo saber
si se refería a Wendre, o a la diadema.
—Tuvo que ser por
medio del Culto —dijo Horn.
—Una deducción
inteligente —replicó Wu—. Sí, el Culto me debe un par de favores, y yo les pedí
que te localizaran.
—Debe ser una
organización muy interesante, quizás más eficiente aún que la de Duchane. Esto
es algo sorprendente en un culto religioso.
—En efecto —admitió
Wu—. Es cierto… muy eficiente, a su manera y de acuerdo con sus medios. El
Culto te ha seguido durante este tiempo, y envió algunos de sus hombres para
despistar a los perseguidores. Por fin, te ha traído hasta aquí.
—Ese debió ser el
Guardia que corría delante de la tienda —exclamó Horn.
—Sin duda —dijo Wu.
—¿Por qué quería
encontrarme? —preguntó Horn.
—Tienes derecho a
sentirte curioso. Y yo tengo el derecho a rehusar satisfacer tu curiosidad.
Puedes atribuirlo a tu simpatía personal, o al capricho de un viejo, como
gustes. Verá, señor asesino, usted es un hombre interesante. Los asesinos a
sueldo siempre resultan interesantes. No admirables, pero sí interesantes.
—Nunca he
solicitado la admiración de los demás —dijo Horn tranquilamente—. Éste no es el
momento para los tipos dignos de admiración. Mueren jóvenes. Mi única
preocupación es seguir viviendo. Pero tampoco creo que nadie pueda aplicar este
adjetivo a un hombre como tú.
—Es cierto —dijo la
voz del viejo en la oscuridad—. Pero nuestras características para la
supervivencia son ligeramente distintas. Las suyas son la habilidad, la fuerza,
el valor y la amoralidad. Las mías son la astucia, la debilidad, la cobardía y
la inmoralidad. Yo reconozco las grandes fuerzas sociales y trabajo por medio
de ellas; mis defectos me mantienen vivo.
—Sólo el hombre
fuerte —dijo Lil con voz profunda— puede reconocer su propia debilidad.
—Usted, en cambio
—continuó Wu—, ignora a las fuerzas sociales y las ultraja, y su fuerza le ha
colocado contra un Imperio. Y sin embargo, usted me gusta, míster Horn. Tiene
razón, éste no es el momento para los caracteres admirables; y estoy satisfecho
al ver que reconoce las necesidades históricas que nos impulsan, a veces contra
nuestra voluntad.
—Yo he sido
impulsado y utilizado —dijo Horn con firmeza—. Pero de ahora en adelante no
será así. Desde este momento actuaré con libertad, moviendo pero inmovible—.
Horn rió secamente; fue un sonido extraño en la oscuridad—. Que Eron y la
historia tengan cuidado.
—Los débiles —dijo
Lil con el mismo tono de antes— no conocen más que su propia fuerza.
—¿Cómo puede saber
—preguntó Wu— que en sus acciones y en sus decisiones no sigue siendo un
instrumento?
—Estamos perdiendo
el tiempo —dijo Horn, con tono brusco—. No necesitamos preguntas sino
respuestas. Alguien las conoce. La persona que me contrató es una de ellas.
—¿Y si lo encuentra
—dijo Wu—, y aprende el porqué? ¿Qué habrá ganado con ello?
—Sabré lo que debo
hacer —dijo Horn—. Por ejemplo, hay una cosa que puedo realizar: ¡cortar los
Tubos!
Wu contuvo el
aliento y luego rió suavemente.
—¡Un golpe maestro!
Sólo un hombre como usted podía pensar en ello.
Horn pensó que
habia una nota de ironía en las palabras de Wu.
—Eron depende por
completo de los Tubos ―explicó Horn―. No podrá vivir más que unos cuantos días
sin los suministros procedentes del Imperio. Y si empieza la lucha, la única
oportunidad de éxito para la rebelión consiste en que Eron quede aislado. Sin
las tropas de refuerzo…
—No es necesario
que siga contando las ventajas —interrumpió Wu—. Las conozco quizás más que
usted. El Imperio quedaría roto, una rueda sin eje. Bien, supongamos que unimos
nuestras fuerzas temporalmente… Digo temporalmente, porque no puedo
garantizarle cuanto tiempo me durará este espíritu quijotesco. Soy un hombre
viejo, muy viejo, que se cansa de todo con facilidad. Pero no nos gusta Eron,
¿eh, Lil? Nos complacería jugarle una mala pasada.
—Bien —cerró Horn.
Se daba perfecta cuenta de la importancia de la ayuda que Wu y Lil le ofrecían;
no podían haber vivido tanto tiempo sin unos poderes extraordinarios y una gran
inteligencia—. Ya hemos perdido bastante tiempo. Salgamos de aquí.
—¿Adónde? ¿Ahora?
¿Ciegos? ¡Ah, la juventud, la juventud!
—Bien, ¿adónde
quiere ir?
—Pues, a la fuente
de los acontecimientos, desde luego. Pero vestidos en forma adecuada y bien
preparados. Póngase esta ropa.
Horn sintió que le
colocaban en la mano unos gruesos vestidos, y notó que se trataba de unos
pantalones, guerrera y gorra de uniforme. Vaciló un momento y luego se quitó su
buzo de mecánico.
—Un poco de luz
—dijo Lil con impaciencia.
En el breve
destello de la lámpara, Horn vio a Lil pegada a la cerradura de la puerta. Una
de sus garras se fundía en diminutos tentáculos que penetraban en los pequeños
agujeros de la cerradura. El mecanismo giró, con un chasquido metálico. ¡No era
extraño que los cerrojos no pudieran retenerles!
Horn se vistió con
rapidez. Por el tacto, decidió que se trataba de un uniforme, y le sentaba
perfectamente. Mientras escuchaba los suspiros y gemidos de Wu, tuvo tiempo de
preguntarse de dónde procedian aquellas ropas. Sólo podía ser de aquel fabuloso
e inextingible depósito, la abollada maleta de Wu… que sin duda era mucho mayor
en su interior que en el exterior.
Wu suspiró
profundamente y cerró su maleta con un chasquido.
—Tenga —dijo, y
puso un objeto pesado en la mano de Horn, quien no tuvo dificultad en
identificarlo. Era una pistola unitrónica, completa hasta el detalle del cordón
elástico—. La necesitará por dos razones.
—Disfraz y defensa,
supongo —avanzó Horn.
Pasó el cordón por
su hombro izquierdo y siguió los pasos de Wu a través de la puerta abierta.
Caminaron a lo largo de oscuros corredores durante muchos minutos. Una vez Wu
se detuvo para colocar su maleta, con un suspiro, en un agujero oculto en la
roca. La segunda vez proyectó la luz de su lámpara sobre la lisa superficie de
la pared. Su mano se movió dentro del círculo iluminado. Horn observó que la
mano parecía diferente, de un modo extraño, pero no tuvo tiempo para pensar en
ello.
La pared se abrió
hacia afuera. Al otro lado estaba el interior débilmente iluminado por una
cápsula neumática. La figura de Wu quedaba recortada contra la luz del
interior. Iba vestido con magnificencia, con ricas plastisedas y pieles
anaranjadas. Un seno abultado se alzaba encima del grueso vientre. Lil parecía
haber desaparecido. Horn miró a su propio uniforme. También era anaranjado.
Anaranjado, pensó
Horn. Anaranjado para el Consejero de Energía.
Wu volvió el rostro
hacia Horn y éste dio un paso atrás, sorprendido. No era el rostro de Wu; era
la gruesa, dorada e hinchada faz de un noble de Eron. Unos ojos castaños le
miraban desde debajo de unos carnosos párpados. El cabello era duro y rojizo.
La pistola ya
estaba en la mano de Horn. Conocía aquella cara. La había visto de cerca, no
hacía mucho. Era el rostro de Matal, Consejero de Energía.
—¡Ah! —dijo la voz
de Wu—. ¿Le parece bien mi disfraz?
Horn se sintió
sorprendido de nuevo. Su mano dejó de apretar la culata de la pistola y ésta
voló contra su pecho.
—Pero… —empezó.
—Otra de las muchas
habilidades de Lil —dijo Wu.
—Las ropas, el
disfraz —dijo Horn—. Es evidente que tenía todo esto planeado.
—¿Planeado?
—repitió Wu—. Yo siempre estoy preparado, podemos decir, para cuando se
presenta la ocasión.
—Creo que… soy
utilizado de nuevo —dijo Horn sombríamente—. ¿Qué es lo que buscas, Wu?
—Todos somos
utilizados. Yo le utilizo a usted, y usted a mí. La pregunta es la siguiente:
¿nos dirigimos hacia donde usted quiere ir?
—¿Adónde vamos?
—A la reunión de
los Consejeros de Eron —dijo Wu suavemente—. Deben elegir ahora un nuevo
Director. Ésta es la reunión más importante desde la fundación de la Compañía.
Nosotros estaremos allí. Tomaremos parte en la decisión. Yo como Consejero de
Energía, usted como mi escolta personal.
—Sí —dijo Horn. Era
el sitio adonde quería ir; podía sentir cómo su instinto se lo ordenaba—. Pero
el verdadero Matal se encontrará allí también.
—Matal ha muerto.
—¿Muerto? —repitió
Horn.
—Fue siempre un
hombre descuidado. La ambición y la muerte le alcanzaron por fin. El asesino de
Duchane le encontró solo. Corría a celebrar una reunión con sus principales
ingenieros. El Poder brillaba delante de él: el Poder sobre los hombres, que es
el verdadero poder, y éste cegó sus ojos. Murió en el casquete del Terminal
Sur, sujetando su vientre herido. No pudo sujetar el Imperio.
—¿Lo sabe Duchane?
—Ni siquiera
Duchane se atreve a recibir semejante mensaje. No, el asesino debe abrirse
camino hasta el Consejero de Seguridad como pueda, eludiendo la captura. Debe
recorrer un largo camino, pero si nos entretenemos mucho más, es posible que
llegue antes que nosotros…
—¿Cómo conoces la
existencia de este camino? —preguntó Horn.
—Hay pocas cosas en
Eron que yo no conozca —dijo Wu tranquilamente—. Es dificil guardar un secreto
a un hombre que ha sobrevivido a varias civilizaciones. Yo estaba aquí cuando
se construyó el tubo neumático privado de los Consejeros. Otra cosa que también
sé, por ejemplo, es que la cápsula está diseñada para un solo pasajero, pero
que dos pueden acomodarse en su interior. Yo le cederé la silla.
Horn vaciló y luego
entró en la cápsula. Se sentó y se ajustó el cinturón de seguridad alrededor de
la cintura. Wu maniobró con dificultad para acomodar su gruesa figura entre las
rodillas de Horn. Se apretó, jadeante y quejoso, pero por fin consiguió meterse
a los pies de Horn, la espalda contra la pared debajo del tablero de
instrumentos, los pies colocados sólidamente debajo de la silla.
—Cierre la puerta
—suspiró Wu—. Esta es una posición muy desagradable para un hombre de mi edad y
corpulencia. Empiezo a sentir cómo se disipa mi entusiasmo.
Horn miró hacia
abajo. Había algo familiar en el rostro medio oculto en las sombras. Era algo
que se le escapaba. Horn movió la cabeza y cerró la puerta lentamente. El
chasquido fue seguido por la oscuridad y el ruido de la puerta interior que se
deslizaba hasta cerrarse. Una vez más los discos multicolores flotaron delante
de Horn.
—¿Cuál de ellos?
—preguntó.
—El negro.
Horn sintió cómo un
estremecimiento recorría su espinazo y frunció el ceño.
—¿Duchane?
—Allí se celebra la
reunión —dijo Wu. Los discos de colores lanzaban un fantasmal y cambiante
reflejo sobre sus cabellos rojizos, pero el rostro seguía en sombras—. Al
centro vital. Rápido.
Horn estiró el
brazo y tapó el disco negro. Sintió de nuevo la desagradable sensación de estar
en caída libre; no existía otra dirección sino hacia fuera. Quizás fue debido a
ello que la sospecha se apoderó con más fuerza de su ánimo.
Era evidente que Wu
sabía demasiado, y que él no sabía casi nada. Todo lo que sabía de Wu era lo
que el anciano le había dicho; era muy fácil que no fuesen otra cosa que
mentiras y evasiones. Wu podía ser cualquier cosa; podía estar trabajando para
el mismo Duchane. Podía estar conduciendo a Horn hacia una trampa mortal. Debía
existir una organización detrás de él; no era posible que dispusiera de toda la
información de la que daba muestras sin una ayuda organizada, ni siquiera
contando con los poderes de Lil.
—Sabes demasiadas
cosas —dijo Horn en la oscuridad—. Cosas que ni siquiera Duchane conoce: quién
soy, y donde me encontraba; Matal y su muerte… y otras cosas que nadie sabe,
excepto los Consejeros: el tubo neumático secreto y sus entradas. Me pregunto
cómo has aprendido tanto.
—Yo soy…
—Oh, ya lo sé
—interrumpió Horn impaciente—. Eres un anciano que ha aprendido muchas cosas.
Se interrumpió. Las
sombras en el rostro de Wu. Una capucha… El parecido se colocó en su lugar
automáticamente.
—¡Usted! —dijo Horn
con voz ronca y un tono de respeto—. Usted era el sacerdote que llevaba el
símbolo bordado en la túnica.
—El Profeta
—corrigió Wu gentilmente.
LA HISTORIA
Categorías…
Entre los hombres,
como entre las gallinas, el orden de categorías constituye una necesidad
social. La gallina A puede picotear a la gallina B; la gallina B puede picotear
a la gallina C; la gallina C puede picotear a la gallina D. Hasta que el orden
de categorías queda establecido, no puede existir la paz en el gallinero.
Lo que las gallinas
conocen por instinto, los hombres lo deben aprender: el poder es indivisible.
Garth Kolhnar
aprendió bien esta regla mientras luchaba por ascender en la peligrosa escalera
del poder político, desde su situación de noble empobrecido. El poder es
indivisible y cualquier medio es bueno para conseguirlo: intriga, corrupción,
denuncia de la corrupción en los demás, convenios, traiciones…
La Dirección de la
Compañía fue establecida como un equilibrio del Poder supremo. Los cinco
Consejeros se nombraban por oposición entre todos los ingenieros calificados
del Pueblo Dorado. Sus deberes consistían en marcar la política de la Compañía,
elegir al Director y conservar el secreto del Tubo.
El Director no era
más que un administrador. Pero nunca fue así. Kolhnar dirigió la Compañía con
puño de hierro.
Su muerte destrozó
la paz del gallinero. El orden de categorías tenía que ser establecido de
nuevo.
Capítulo XII
TABLAS
—¿Cree que un
hombre puede vivir durante tanto tiempo como yo sólo con la ayuda de sus
sentidos? —preguntó Wu.
—Entonces… el Culto
existe sólo para protegerle a usted —dijo Horn con amargura.
—Para mi protección
—admitió Wu— y el consuelo de los miserables. Y es posible que por otras
razones, que no podemos discutir en este momento… porque ya hemos llegado.
La cápsula se
detuvo y la puerta se abrió. En la parte exterior podia verse una gran sala
desnuda con brillantes paredes de mármol negro. Wu le hizo un gesto para que
saliera primero. Horn desató el cinturón de seguridad y salió afuera,
moviéndose con precaución, pistola en mano. La sala estaba vacía.
Wu le condujo hasta
una de las negras paredes. Una sección se deslizó a un lado cuando ellos se
aproximaron. Detrás había otra pequeña habitación cuadrada; sus paredes no eran
otra cosa que enormes espejos negros, iluminados por focos disimulados cerca del
techo. Oscuras y extrañas caras les miraban desde los espejos. Mientras se
volvían, la pared volvió a deslizarse detrás de ellos y el suelo se apretó
contra sus pies.
—Tengo más ojos y
oídos de los que cree —dijo Wu—, pero es mejor que no hablemos más. También los
tiene Duchane, y este ascensor probablemente tiene micrófonos ocultos.
—En efecto —la
poderosa voz llegaba de uno de los espejos, y el rostro de Duchane les
contempló desde allí—. Bienvenido, Matal —su voz era impasible y serena—.
Estamos esperándole.
El ascensor se
detuvo y su puerta se abrió en silencio. Wu caminó delante de Horn a lo largo
de un gran salón. Al igual que la otra sala en el piso inferior, sus paredes
eran de mármol negro. Hasta la gruesa alfombra debajo de sus pies era negra.
—Su gusto artístico
se acerca mucho a lo macabro —dijo Wu. Su voz era distinta. Tenía una nota
jadeante, como si le faltase el aire.
—Gracias —contestó
Duchane. La voz surgía de un punto cercano al techo. Causaba un efecto extraño,
como si el mismo edificio estuviese vivo y formase parte de Duchane—. Es,
después de todo, mi profesión.
Se acercaban a una
puerta, a cuyos dos lados permanecían dos impasibles Guardias, uniformados de
negro. La puerta se deslizó delante de ellos y detrás apareció otro vestíbulo
de dimensiones más reducidas, dos guardias negros más y otra puerta corrediza. Y
luego un gran salón hexagonal. Estaba decorado en negro, como de costumbre,
pero era mucho más grande que los demás salones. Horn sintió cómo la puerta se
cerraba detrás de ellos. No se veían las líneas de unión, y trató de fijar en
su mente el sitio donde se hallaba la puerta.
La mesa era una
pieza negra hexagonal que se ajustaba a la decoración del salón. Tres lados
estaban ya ocupados. Duchane tenía la puerta a su derecha; Fenelon frente a
ella y Ronholm de espaldas a la entrada. Un Guardia permanecía detrás de
Ronholm y otro guardaba las espaldas a Fenelon; iban vestidos con el azul y el
verde de los respectivos Consejeros.
Duchane no tenía
una guardia humana. Tendido al lado de su silla había un gigantesco perro
negro. Era un gemelo del que Horn había matado en la plataforma delante del
Monumento a la Victoria. La mano de Duchane se apoyaba con afecto en la cabeza
del monstruo.
—Llegó tarde —dijo
Duchane casualmente—. Pero ya podemos empezar.
—Fui… retenido
—dijo Wu sin aliento—. ¿Y dónde está la hermosa Wendre, nuestro Consejero de
Comunicaciones?
—Ella también ha
sido… retenida. La espero más tarde…
—Me opongo a todo
este ambiente de amenaza —interrumpió Ronholm, con brusca y juvenil cólera—.
Propongo que celebremos nuestra reunión, como de costumbre, en la Sala del
Consejo en la residencia del Director.
Duchane miró a
Ronholm tranquilamente.
—Existen razones
obvias que hacen la propuesta poco práctica. En primer lugar, el Director ha
muerto; debemos respetar el período de duelo oficial. Segundo y mucho más
importante, estos son días de agitación callejera. Kolhnar fue asesinado. Uno
de nosotros puede ser el próximo. Los niveles inferiores empiezan a murmurar, y
la palabra que usan es «rebelión». Éste es el único lugar donde puedo
garantizar absoluta seguridad.
—Yo puedo
garantizar la seguridad de mi residencia —estalló Ronholm, su agradable rostro
encendido de ira.
Duchane mostró los
dientes en una ancha sonrisa.
—¿Puede
garantizarlo? —se rió suavemente—. ¿Puede hacerlo, en realidad? El Consejero
Ronholm ha hecho una propuesta. ¿Quién la secunda?
Sólo hubo el voto
del propio Ronholm. Duchane se encogió de hombros.
—Parece ser que se
encuentra en minoría.
Wu se hundió con
alivió en una profunda silla situada directamente delante de Duchane. Horn
quedó de pie detrás del falso Matal y observó a Duchane.
Fenelon hizo una
pregunta con su voz aguda y aristocrática.
—¿Qué nos puede
decir Seguridad respecto al asesino? ¿Lo han encontrado?
El rostro de
Duchane, cubierto de una capa de polvos dorados, se oscureció.
—Todavía no. Pero
es cuestión de horas. Sabemos que se encuentra en Eron; pronto le echaremos el
guante.
—¿Está seguro de
ello? —preguntó Wu—. ¿Lo cree así?
Duchane le lanzó
una rápida y negra mirada.
—Yo lo agarraré. Y
cuando haya terminado con él, le daré los restos a Pánico —su mano acariciaba
la enorme y negra cabeza del perro—. Será un acto de justicia por la muerte de
Terror.
—Ha sentido más la
muerte de ese maldito perro que la de Kolhnar —dijo Ronholm amargamente.
Los ojos de Duchane
se escondieron detrás de los párpados semicerrados.
—Terror era mi
sirviente y mi amigo. No, aún no hemos puesto las manos encima del asesino.
Todavía no. Pero hemos encontrado la persona que es aún más culpable: la que
pagó la bala mortal.
—¿Quién fue?
—estalló Ronholm.
Duchane dejó que
sus ojos pasasen de Ronholm a Wu, de Wu a Fenelon.
—A su debido
tiempo, colegas Consejeros —sus labios se torcieron en el remedo de una
sonrisa—. Primero debemos considerar un asunto mucho más importante: la
elección del nuevo Director.
—¡El cuerpo de
Kolhnar no ha tenido tiempo de enfriarse! —objetó Ronholm.
—Los
acontecimientos no esperan a nuestros sentimientos —replicó Duchane
suavemente—. La estabilización inmediata de la Dirección de Eron es un asunto
vital. La disciplina se transmite de arriba abajo. Debemos presentar al Imperio
un Gobierno nuevo y fuerte, unido detrás de un solo hombre, monolítico. Si el
Imperio nos contempla vacilantes, divididos en luchas internas, las amenazas de
rebelión se convertirán en realidad. Debemos decidir ahora, y cerrar filas
detrás de la persona designada.
—Es lógico —dijo
Wu.
Fenelon asintió.
Ronholm pareció obstinado.
—Pido que se
propongan las candidaturas —dijo Duchane, los ojos centelleantes por encima de
los reunidos.
—Wendre Kolhnar —la
voz de Fenelon sorprendió a todos.
—¡Wendre! —estalló
Duchane—. Pido fuerza, y me ofrecen una mujer. Todo está en contra de ella: la
tradición, las normas, la estrategia…
—Todo, excepto el
sentido común —dijo Fenelon lentamente, su flaco rostro de rasgos delicados
lleno de fría concentración—. Una mujer, es cierto. Pero una mujer calificada
para ello por su cuna y su educación. Ha pedido fuerza. Yo digo que la fuerza
no es suficiente. Sólo Wendre cuenta con la confianza del pueblo. Sólo Wendre
cuenta con la popularidad necesaria para que la rebelión vacile antes de…
—¿Quiere usted
mimarlos? —exclamó Duchane, incrédulo—. ¿Satisfacer a esos esclavos
conquistados con un Director a su gusto? ¿Apaciguar su hambre con sangre
dorada? ¡No, por Kellon! ¡El único alimento propio de los esclavos es el
látigo; la única respuesta a la rebelión es la muerte!
Horn se sorprendió
al escuchar la anhelante voz de Wu que decía:
—¡Bravo, bravo! Yo
propongo a nuestro vigoroso y sanguinario Consejero de Seguridad para el cargo
a que aspira.
Los ojos de Duchane
brillaron de fría satisfacción, pero sólo hizo una breve inclinación de
aceptación.
―¡Wendre! —dijo
Ronholm con violencia.
―¡Wendre! —repitió
Fenelon como un eco. Duchane les contempló en silencio.
—Pero… ¿dónde está
la hermosa Wendre? —volvió a preguntar Wu.
—Aquí —dijo
Duchane.
Una puerta a su
izquierda, opuesta a la que utilizaron Wu y Horn, se deslizó a un lado,
abriéndose. Wendre estaba de pie al otro lado, vestida igual que Horn la vio
por última vez. Su cabello dorado estaba desarreglado; su capa azul oscuro
colgaba de sus hombros revelando la carne dorada donde su vestido había sido
rasgado. Sus manos estaban unidas delante de ella, sujetas por una delgada
serpiente de brillante acero.
—Aquí está —dijo
Duchane con sarcasmo—. La hermosa Wendre…, la parricida.
Todos en el salón
contuvieron el aliento. Horn no pudo distinguir las distintas reacciones. Wu
fue el primero en recobrar la voz.
—¡Ah, no! —exclamó.
—¡Fantástico!
—estalló Ronholm, levantándose a medias.
—Muy hábil —dijo
Fenelon tranquilamente.
Una mano empujó a
Wendre, quien se tambaleó, penetrando en la sala. La puerta volvió a cerrarse
detrás de ella. Se detuvo, irguiéndose con orgullo delante de los reunidos. Por
un instante sus ardientes ojos castaños se detuvieron en Duchane y luego miraron
a los otros tres Consejeros.
—¡Pedidle pruebas!
—dijo Wendre. Su voz era clara y limpia de miedo.
Ronholm se dejó
caer de nuevo en la silla.
—¡Ponla en
libertad! —dijo con fría intensidad.
—Sí —apoyó Wu—. Que
quede libre y luego escucharemos sus pruebas, Duchane.
—Desde luego —dijo
Duchane suavemente—. Si ella quiere acercarse…
Wendre vaciló y
luego dio dos rápidos pasos hacia él. Extendió las manos por encima de la
enorme y negra cabeza del perro de Duchane. El animal olió su vestido una sola
vez, curioso, y luego se apartó. Duchane tendió un brazo hacia Wendre y tocó la
serpierte metálica, que se deslizó de las muñecas de Wendre para caer en la
mano de Duchane. Él jugueteó pensativo con aquella cosa semianimada mientras
Wendre giraba y se apartaba de su lado. El instrumento se enrollaba y retorcía
en su mano.
—Pruebas —murmuró—.
Una cosa delicada. Sin el asesino, no podemos probar que fue contratado por
Wendre o su gente, que recibió sus instrucciones y el precio de la muerte y que
la llevó a cabo. A pesar de ello, puedo ofrecerles una estructura lógica y substancial.
Consideremos estas preguntas: ¿quién era responsable de la organización de la
Celebración de la Victoria? ¿Quién se opuso al uso de mis hombres para mantener
el orden? ¿Y quién, excepto por la rápida acción de uno de mis hombres, habría
llevado al asesino a bordo de su yate y desde allí a un refugio?
Los ojos de Horn se
endurecieron. El plan se hacía evidente. La bala no estaba destinada a él.
Duchane había actuado con rapidez después de la muerte de Kolhnar y había
enviado a uno de sus agentes para asesinar a Wendre.
El plan podía ser
anterior a aquel momento. Duchane podía ser el hombre que lo contrató a él para
asesinar a Kolhnar.
Duchane se había
recobrado con rapidez del fracaso de su intento contra Wendre. La había
arrestado, y había asesinado a Matal. Pero Wu estaba hablando:
—¿Es esto cierto?
—preguntó a Wendre.
—Cierto a medias,
retorcido hábilmente como esa cadena que tiene en su mano. El agente de Duchane
presenta una curiosa contradicción. Estaba tan cerca que pudo identificar a un
asesino desconocido. Y sin embargo, su vista era tan mala que no pudo ver la pistola
que el asesino mantenía a mi espalda. Y su puntería era tan pobre que la bala
pasó más cerca de mí que del asesino. La versión de Duchane es absurda. Me
arrestaron en el casquete Terminal antes de que supiera que el asesino había
vuelto al Monumento y huído… antes de que pudiera saberlo. ¿Cuál podía ser mi
propósito al contratar a alguien para que asesinara a mi propio padre?
Duchane pareció
divertido.
—¿Motivos prácticos
o sicológicos? ¿Es necesario que diga que su padre se estaba muriendo, y que
Wendre no tenía ninguna esperanza de sucederle por medio de una pacífica
transferencia de autoridad? Hace un momento hemos oído su candidatura para el
cargo de su padre, fundada en su popularidad con el pueblo.
La barbilla de
Wendre se levantó.
—No siento ningún
deseo de ser Director. No aceptaré el nombramiento.
Los labios de
Duchane se torcieron.
—Demasiado tarde,
querida mía. ¿Tendré que explicar sus motivos psicológicos? ¿Necesito
ofrecerles la información del Archivo Electrónico? ¿Debo probar que odiaba a su
padre por su casamiento con su madre, por usar su dinero y el nombre de Kallion
como escalones para su ambición, y luego por apartarla para hacer lugar a una
sucesión de amantes? ¿Tengo que…?
—¡Cállese! —gritó
Wendre. Luego añadió, en voz baja—: Estoy satisfecha de no haber pensado ni por
un instante en aceptar su proposición de matrimonio —se volvió hacia los otros
Consejeros—: Ese era su precio para retirar su absurda acusación. ¿Es que cree
en realidad que soy culpable, o está dispuesto a amparar a un asesino para
conseguir sus fines ambiciosos? No puede mantener ambas posiciones.
—No pienso negarlo
—dijo Duchane con calma—. Pero sugiero una tercera interpretación. La culpa y
la justicia son abstracciones de menor importancia comparadas con el futuro de
Eron.
—Una sugestión
fascinante —musitó Wu—. El matrimonio de la fuerza y la popularidad. Puede
inclinar la…
―¡Nunca! —exclamó
Ronholm. Wendre le miró con gratitud―. ¡Nunca! —repitió tranquilamente, como un
eco.
—¿Ni siquiera para
salvar al Imperio? —preguntó Wu.
—No creo que el
Imperio necesite de estas medidas para salvarse —dijo ella con frialdad—. Pero
si es que está tan podrido, merece perecer. Prefiero casarme con un bárbaro.
―Los párpados de Horn se estremecieron—. Duchane me ha acusado de contratar un
asesino a sueldo —continuó—, pero su estructura de verdades se ha convertido en
un castillo de naipes. Yo puedo presentar una acusación similar contra Duchane.
¿Quién ha sido el que ha obtenido mayores ventajas con la muerte de mi padre?
¿Quién fue el que trató de conseguir el control de la vigilancia de la
Celebración? ¿Quién está en mejor posición para comprar o asignar a un hombre
lo bastante audaz y desesperado para intentar el asesinato? ¿Quién trató de
asesinarme, y cuando fracasó intentó cargarme con sus propias culpas? ¿Quién…?
—¡Basta! —rugió
Duchane. Un amenazador gruñido sonó profundo en la garganta del perro llamado
Pánico—. Poseo otras pruebas que…
—Sugiero —dijo Wu
en voz baja y tranquila— que consideremos estas acusaciones no sólo fuera de la
cuestión, sino también peligrosas. Si nods peleamos entre nosotros, ¿cómo
podemos esperar vencer a la rebelión de los esclavos? La culpa no tiene
significado en esta sala. Si se acusa públicamente a Wendre, Eron sufrirá por
ello. Debe ser puesta en libertad. A su vez, ella debe olvidar las acciones de
Duchane contra su persona. Se trata de una cuestión de sobrevivencia: la
nuestra y la del Imperio. Ahora no podemos dividir nuestras fuerzas.
Los negros ojos de
Duchane contemplaron los rostros alrededor de la mesa.
—Vayamos entonces a
la votación. Votemos por el próximo Director de Eron.
―Wendre —murmuró
Ronholm.
―¡Wendre! —repitió
Fenelon.
—Duchane —dijo Wu.
Todos se volvieron
a mirar a Wendre. Ella vaciló y miró confusa a Wu. Horn no podía ver el rostro
del falso Matal. Los labios de Wendre se apretaron.
—Duchane —murmuró.
Duchane aflojó la
tensión de sus músculos.
—Debería devolver
ese bonito cumplido, pero todos se dan perfecta cuenta de que yo no soy un
sentimental. Desde luego, voto por mí mismo. La votación es tres a dos, con la
necesaria mayoría…
Su voz se
interrumpió, mientras su cabeza se inclinaba hacia la derecha, donde se abría
una puerta. Un hombre pequeño y moreno, con ropas de trabajo anaranjadas,
corrió dentro de la sala, se acercó a la silla de Duchane y se inclinó para
susurrar algo en su oído. Antes de que tuviera tiempo para pronunciar más de
una palabra, sus inquietos ojos habían recorrido toda la sala, deteniéndose en
Wu, asombrados.
El hombre dio un
paso atrás. Su mano se lanzó como una serpiente hacia el bolsillo de su
destrozada guerrera y volvió a salir empuñando una pistola unitrónica. Antes de
que el cañón del arma se inmovilizase, el hombre estaba muerto.
La bala que mató al
hombre se enterró en la pared detrás del cuerpo que se desplomaba, con un
chasquido ahogado. Antes de escuchar el sonido, la pistola de Horn se centraba
en el negro pecho de Duchane.
Al lado de su amo,
el perro gigante ya estaba en pie, tenso, su masiva cabeza tendida hacia
delante, girando a uno y otro lado, las mandíbulas abiertas y babeantes.
Sin apartar la
vista de Duchane, Horn se dio cuenta de que los guardaespaldas de Ronholm y
Fenelon habían empuñado sus armas. Duchane miró a las tres pistolas sin alarma
ni miedo.
—¿Asesinato? —dijo
Wu incrédulo—. ¿Aquí?
Los ojos de Duchane
estaban llenos de intensa concentración.
—Ese hombre
pronunció su nombre antes de morir.
—Naturalmente —dijo
Wu.
La tensión fue en
aumento. Horn sabía que en cualquier momento podía partirse, y los hombres
morirían. Cualquier cosa podía iniciar la batalla. El perro tiraba de la mano
de su amo…
—Miren a las
paredes —dijo Duchane en voz baja.
Horn no apartó los
ojos de Duchane. No era necesario. Detrás de Duchane, tres mirillas se habían
abierto en la pared. A través de cada una de las ranuras se asomaba el negro
cañón de una pistola unitrónica. Una de ellas apuntaba recta al corazón de
Horn. No cabía duda de que existían otras mirillas en las demás paredes. La
única excepción podía ser la pared detrás de él. El campo de fuego de sus armas
incluía a Duchane.
—Un sabio consejo
que hará bien en recordar, Duchane —dijo Wu—. Es cierto que puede matarnos.
Pero recuerde que será el primero en morir. Aparte las manos de la mesa y de
los brazos de su sillón. Ni la bala más rápida puede evitar que un dedo apriete
el gatillo.
Silencio. En aquel
momento la tensión que Horn creía que no podría hacerse mayor, se tendió hasta
hacerse insoportable.
—Tenía esto
planeado desde el principio —dijo Fenelon con frialdad—. Pero nos creyó
estúpidos. Esta residencia está rodeada por mis hombres desde que entré aquí.
Duchane sonrió.
—Sus Guardias
fueron dominados hace mucho rato —dijo con ironía. Pero mantuvo las manos
encima de la mesa.
Sólo Ronholm
permanecía callado, y su silencio era difícil de comprender.
Rápido, sin mover
la cabeza, Wu restalló:
—Quieto, Ronholm,
quieto. No va a ganar nada con eso.
Ronholm volvió a
dejarse caer en la silla.
—Creo que nos
encontramos en tablas —dijo Wu, serenamente—. No puede asesinarnos sin morir al
mismo tiempo. Nosotros nos encontramos en la misma situación. Propongo que
busquemos una solución con rapidez. Existe cierta tensión implícita en esta
situación. Los dedos pueden contraerse involuntariamente. Sería triste que el
Gobierno de Eron se destruyese a sí mismo de un solo golpe.
Nadie habló. No
existía una solución posible. Ninguno de los dos bandos podía confiar en el
otro: el primero que bajase sus armas moriría.
Gruesas gotas de
sudor aparecieron en la ancha frente de Duchane. Horn contempló cómo surcaban
la capa de polvos dorados que cubría el rostro del Consejero. La pistola en la
mano de Horn empezó a temblar ligeramente.
LA HISTORIA
Corrupción.
Su olor es
específico. Cualquier historiador puede identificarlo cuando la emanación es
poderosa y rastrearlo hasta el cuerpo en putrefacción. Pero se necesita un
hombre sabio para darse cuenta de los primeros síntomas.
Eron tenía esos
síntomas. Las narices sensibles empezaban a arrugarse.
El Tubo era una
magnífica conquista, pero también representaba el Poder. La vieja sentencia era
ya conocida antes de que se alzase Sunport: El poder corrompe, y el poder
absoluto corrompe por completo. Durante mil años, la Compañía se alzó como una
magnífica y obstinada barrera a todo lo que representase un progreso para la
Humanidad. Pero las aguas de la Vida se represaron detrás de ella y la barrera
se debilitó.
Los reyes del
espacio, amos de Eron, ya no luchaban en sus propias batallas. Pagaban a
soldados mercenarios. Los técnicos, los astronavegantes, los ingenieros… todos
eran bárbaros de otros mundos. El Pueblo Dorado sólo se apoyaba en sombras:
riquezas y títulos hereditarios… y un secreto. El secreto era el Tubo.
La pregunta:
¿Podría un nuevo desafío revivir el perdido vigor de la raza?
Mil años. Durante
tanto tiempo, la Compañía, utilizando la ilimitada energía de una estrella,
pudo contener el río de la Vida. Pero éste se esforzaba en derribar la barrera,
ahogando a aquellos que se refugiaban detrás de ella, y seguir su curso
triunfal.
Capítulo XIII
LAS ESTEPAS DE
METAL
—Ninguno de
nosotros quiere morir —la voz de Wu parecía resonar en el silencio—. Sólo
existe un medio de mantener la situación estática hasta que pueda ser alterada
sin desventaja para ninguno de nosotros. Que todos nosotros, menos Duchane,
escojan una salida. Esperemos que él no se encuentre amenazado por los
pistoleros detrás de las paredes. A una señal convenida, nos dirigiremos hacia
las salidas escogidas, sin dejar de apuntar a nuestro digno Director, y
saldremos simultáneamente.
—Sólo hay dos
puertas —objetó Ronholm—. Cualquiera de nosotros que salga el último se
encontrará en desventaja.
—¿Es eso cierto?
—preguntó Wu a Duchane—. ¿Sólo existen dos salidas?
Duchane asintió
como si no confiase en su propia voz. Wu se volvió hacia Ronholm.
—Entonces usted
puede escoger primero. Después Fenelon.
Horn respiró
profundamente, sin pronunciar palabra.
—¿Bien? —dijo Wu,
volviéndose hacia Duchane—. ¿Estamos de acuerdo?
Los ojos de Duchane
se movieron de uno a otro rostro, esta vez no sumidos en reflexión, sino como
si buscase una respuesta que no podía hallar.
—La alternativa —le
recordó Wu lentamente— es la muerte.
—De acuerdo—dijo
Duchane con voz ronca.
Wu se volvió hacia
Ronholm.
—Escoja.
—Aquélla —dijo
Ronholm con rapidez.
Señaló a la puerta
por la que entraron Wu y Horn. Los músculos de las mandíbulas de Horn se
apretaron y aflojaron en un movimiento reflejo.
—La derecha —dijo
Fenelon, encogiéndose de hombros.
Wendre había
entrado por aquella puerta. Horn no envidiaba al aristócrata; no era mucho
mejor que quedarse en el salón. Objetivamente, ninguno de ellos tenía muchas
posibilidades de salir vivo de aquella casa. Inclusive Ronholm tendría que
luchar para llegar al ascensor, que podía o no funcionar cuando llegase.
Quizá lo mejor era
quedarse allí y hacer que Duchane cayese el primero cuando empezase la lucha…
—Nosotros —dijo Wu
tranquilamente— saldremos por la tercera puerta. Me llevo a Wendre conmigo.
—¡No!
La palabra pareció
arrancada de los labios de Duchane. El perro gigante, a su lado, se inclinó
hacia delante, gruñendo sordamente.
―¡Cuidado!
—advirtió Wu—. Recuerde la alternativa.
―¡Llévatela! —gimió
Duchane—. ¡Quieto, Pánico!
El perro se sentó
sobre sus cuartos traseros.
—Vamos, Wendre
—dijo Wu, levantándose lentamente de su silla—. Y ustedes, compañeros en el
peligro, retrocedan hasta las puertas que han escogido. Las puertas estarán
abiertas y los pasillos vacíos.
Ronholm se puso de
pie y empezó a retroceder mientras se pasaba la lengua por los labios en un
gesto nervioso. Fenelon dio media vuelta y caminó serenamente hacia la puerta
que había escogido. Las pistolas de sus guardias se mantenían firmes mientras
retrocedían paso a paso.
Wendre estaba al
lado de Wu, y éste retrocedía ya hacia la pared situada detrás de ellos. Horn
mantenía la pistola fija en el centro del pecho de Duchane, mientras retrocedía
paso a paso.
Wu movió los pies
como si se volviera hacia la pared. Al cabo de un instante Horn escuchó el
susurro de un movimiento, y un soplo de aire le rozó la nuca. Existía una
tercera puerta; Wu lo sabía y la había abierto.
Los ojos de Duchane
llameaban de furia. El índice de Horn se apretó contra el gatillo.
—Preparados,
caballeros —dijo Wu—. Y ahora, adelante.
Paso a paso, Horn
retrocedió, sintiendo cómo las paredes volvían a cerrarse a ambos lados,
mientras las otras dos puertas entraban ya en su visión periférica. Estaban
vacías. La puerta a sus espaldas susurró mientras volvía a cerrarse; Horn la
atravesó y el rectágulo delante de él se estrechó con rapidez. Al mismo tiempo,
Horn escuchó el silbido y los chirriantes rebotes de las balas en la distancia.
Horn hizo un
disparo a través de la estrecha abertura. Algo negro se lanzó hacia él, por
encima de la mesa, con las mandíbulas abiertas para recibir la bala destinada a
Duchane. Horn se lanzó hacia la pared con los brazos abiertos, apretando a Wu y
a Wendre detrás de él. Tres balas silbaron a través de la estrecha grieta antes
de que la puerta terminase de cerrarse.
—¿Dónde estamos?
—preguntó Horn, girando rápidamente.
Wu corría ya por el
débilmente iluminado corredor, delante de Horn. Entre los dos estaba Wendre,
que miró con curiosidad por encima de su hombro a Horn, mientras corría.
—La mente de
Duchane es tortuosa —jadeó Wu—. Le gustan las trampas y los pasajes secretos.
Éste es uno de los últimos.
—No he tenido
tiempo para darle las gracias, Matal —empezó Wendre.
—No hay tiempo para
ello ahora —dijo Wu.
Una larga sucesión
de estrechas escaleras conducía hacia abajo, hacia la obscuridad. Wu no vaciló.
Pasó la mano con rapidez por encima de la pared al lado de las escaleras. Otra
puerta oculta se deslizó delante de ellos y detrás de ella, otras interminables
escaleras llevaban hacia arriba. Wu los empujó por la abertura hacia las
escaleras y se detuvo un instante para cerrar la puerta.
Las escaleras
parecían no tener fin. Subieron sin descanso hasta que Wu se detuvo,
inclinándose contra una de las paredes, una mano apretando su costado, con la
respiración entrecortada. Poco a poco, el color volvió a su pálido rostro.
—Sigan —jadeó.
Horn vaciló un solo
instante y luego agarró el brazo derecho de Wu. Lo pasó por encima de sus
hombros y con el brazo izquierdo alrededor de la gruesa cintura, medio lo
levantó, medio lo arrastró por las escaleras.
—Estoy bien
—protestó Wu, pero Horn no le soltó.
Llegaron a una
pequeña y polvorienta habitación al final de las escaleras. Media docena de
trajes espaciales colgaban de sus soportes contra una de las paredes; los
cascos transparentes yacían en una estantería encima de los trajes.
—¿Qué hacemos
ahora? —preguntó Wendre.
—Salir de aquí… tan
pronto como podamos —dijo Wu.
—¿Adonde? —preguntó
Horn—. Duchane sigue en el Poder. No encontraremos ningún refugio seguro
mientras él sea Director…
—¿Por qué quería
que yo votase por él? —preguntó Wendre.
—¿Cuánto tiempo
cree que habríamos vivido si usted hubiese sido elegida? —preguntó Wu con
suavidad—. Pero Horn tiene razón. No habrá sitio para nosotros hasta que
Duchane sea vencido. La única forma de hacerlo es cortar los Tubos.
—¡Eso es imposible!
—protestó Wendre, horrorizada.
—¿Imposible? —Wu
levantó las cejas.
—Oh, puede hacerse,
desde luego, pero dejaría inutilizado al Imperio.
—Más vale
inutilizarlo temporalmente que permitir que caiga en las garras de un hombre
como Duchane —dijo Wu con gravedad.
—Es posible que
tenga razón —admitió Wendre—. ¡Pero piensen en lo que significará, en términos
de vidas! La energía quedará cortada en todo el Imperio. Todo se detendrá en
miles de mundos: fábricas, móviles, aviones, ascensores, caminos rodantes.
Faltará la calefacción en las casas. Los alimentos no podrán cocinarse. El
pánico y los accidentes causarán millones de muertes; los niños pasarán hambre.
El mismo Eron quedará herido de muerte; unos cuantos días sin suministros y…
Wu se encogió de
hombros.
—Por todo el
Imperio los hombres mueren, y los niños pasan hambre todos los días. Si es que
no pueden sobrevivir unos cuantos días sin la energía que Eron absorbe de
Canopus, es que no merecen vivir. Piense en cuántos morirán si Duchane se
consolida en el Poder.
—¡No! —dijo Wendre
con firmeza—. Ese no es el camino para salvar al Imperio. Iremos a mi
residencia. Allí estaremos seguros mientras organizamos una fuerza suficiente
para derrotarle.
—Como quiera —Wu se
volvió—. Pero debemos darnos prisa. Poneos los trajes espaciales.
El viejo se dirigió
hacia la otra pared, donde empotrada en la lisa superficie se hallaba una
visiplaca de pequeñas dimensiones. Debajo de ella aparecían diez botones
numerados, y los dedos de Wu se movieron con rapidez mientras marcaba una serie
sucesiva de ocho numerales. Wu se volvió para ver a Horn que le observaba.
—¡Dése
prisa!—exclamó.
Wendre se esforzaba
en meterse dentro de uno de los trajes. Horn la ayudó y cuando accidentalmente
sus brazos se rozaron, sintió una curiosa sensación de mareo. Horn se contuvo
un momento y su voluntad recobró el dominio de sus sensaciones.
—En la época de la
rendición, en Quarnon IV —preguntó con lentitud—, ¿quién conocía los planos de
su padre para la Celebración?
Los ojos castaños
le miraron con curiosidad.
—Yo los conocía. Me
habló de ello, por casualidad, poco después que llegamos allí.
—¿Alguno de los
otros Consejeros los conocía?
—No, a menos que se
los dijera antes de salir para Quarnon IV —dijo Wendre—. Yo fui la única que le
acompañó a la Constelación. ¿Por qué lo pregunta?
Horn se encogió de
hombros.
—No lo sé —y empezó
a colocar el casco por encima de los cabellos dorados de Wendre.
Ella le sonrió y
murmuró:
—Gracias.
Horn sintió cómo
una irrazonable sensación de calor recorría su cuerpo.
—Es un placer
—dijo, y ajustó firmemente el casco.
Luego señaló a los
diales. Ella asintió y luego borró su proyección sobre el visor frontal.
Horn se volvió de
nuevo hacia Wu. La visiplaca mostraba ahora una pequeña habitación vacía, con
paredes de un gris oscuro. Las pocas piezas de mobiliario dentro de la pieza
aparecían tiradas por el suelo. Wu apretó otro botón y la placa se apagó. Luego
se encogió de hombros.
—El centro del
Culto —dijo—. Lo han arrasado.
—¿Adóndo iremos
ahora? —preguntó Horn.
—Al casquete, desde
luego, para cortar los Tubos —dijo Wu, con una mirada de sorpresa.
Horn miró a Wendre
y recordó que no podía oírles. Sus ojos estaban llenos de curiosidad; se apartó
de la pared torpemente, pero al cabo de unos cuantos pasos había aprendido los
cortos y rápidos movimientos necesarios para mantener el equilibrio dentro del
traje espacial. Wu se dirigió hacia el traje más pequeño entre los que se
alineaban en la pared. Aún era demasiado grande, y le resultó difícil meterse
en él.
—¿Qué haremos con
ella? —preguntó Horn.
—Se está volviendo
usted sentimental —dijo Wu suavemente—. Me ayudó a mí a subir las escaleras, y
ahora se preocupa por una mujer. Ya la convenceremos.
—No será fácil
llegar hasta el casquete —dijo Horn.
—Es cierto —replicó
Wu―. Pero no más difícil llegar allí que a cualquier otra parte.
—¿Cuál fue el
verdadero motivo para decidir la votación en favor de Duchane?
—Duchane no es más
que un loco. Posee la fuerza necesaria, pero le falta la inteligencia. Wendre
podía haber salvado el Imperio. Los esclavos temen a Duchane más que a la misma
muerte; su reino será sangriento, pero corto. ¡Dése prisa! Ya hemos perdido mucho
tiempo.
Horn se metió
dentro de uno de los trajes. Terminó al cabo de breves minutos. Cuando se
separó de la pared, Wu ya había abierto otra puerta. Detrás de ella apareció
otra escalera más corta y más estrecha, que llevaba hasta un techo metálico.
Wendre estaba de pie en los últimos escalones, medio inclinada. Wu hizo un
gesto a Horn para que pasara por la puerta.
Horn se volvió en
las escaleras y vio cómo Wu colocaba un guantelete adicional con cuidado entre
el marco y la puerta que se cerraba. Cuando la placa por encima de ellos se
abrió, Horn sintió una ráfaga explosiva y luego un tirón decreciente mientras
el aire se escapaba hacia la negrura del exterior. Vapor de agua congelado
convirtió el aire en una blanca neblina; cristales de hielo se formaron
alrededor de la salida horizontal.
La corriente de
aire empezó a calmarse; los brillantes cristales helados desaparecieron. El
pequeño grupo, Wendre, Horn y Wu, salió con precaución a la gris y metálica
superficie de Eron.
Sobre el gris
horizonte, al final de un débil, estrecho y rojo camino, el débil Sol de tipo
K0 colgaba sobre la negrura como una moribunda chispa a punto de extinguirse en
un mar helado. No había luna, y la fría luz de las estrellas daba tanta
claridad como el sol.
Horn giró
lentamente, contemplando la gris y monótona superficie, observando cómo se
curvaba en la distancia. Era igual que estar de pie encima de una gigantesca
bola. Horn tuvo la extraña sensación de que le sería fácil deslizarse a través
del liso y curvado llano de metal, sin detenerse jamás. No se veía nada en que
pudiera detenerse su lenta mirada.
Horn parpadeó y se
estremeció. Luego giró hacia arriba. Era aún peor. Tuvo la impresión de que
colgaba cabeza abajo hacia las estrellas, pegado a un delgado disco de metal
por encima de él.
Más allá del
horizonte, unos rayos dorados se abrían en abanico, difuminándose poco a poco
en la negrura de la noche. La superficie metálica reflejaba su luz
confusamente. Recordaban al familiar fenómeno de la aurora polar, pero Horn
pensó que aquel fenómeno era atmosférico y que aquí no existía aire. Luego se
dio cuenta de que los rayos eran los Tubos.
Uno de los
casquetes Terminales no estaba demasiado lejos, calculó Horn, aunque era
difícil estimar la distancia en aquella llanura sin puntos de referencia.
Algo golpeaba en el
brazo de Horn, y se volvió. Era la mano de Wu. Horn llevó la suya a la placa
pectoral de su traje para conectar el intercomunicador, pero Wu le apartó el
guantelete de un manotazo. Horn se inclinó hacia delante, observando que el
casco de Wendre estaba apretado contra el de Wu. Cuando el casco de Horn se
puso en contacto con los otros, pudo escuchar la voz de Wu, débil y confusa.
—No usen los fonos
—decía—. Es demasiado peligroso. La habitación sin aire y las escaleras
inferiores les detendrán por algún tiempo. Tendrán que buscar trajes
espaciales, pero no podemos contar con mucho tiempo. Duchane es listo. Tendrá
naves de patrulla fuera de Eron dentro de una hora, y no hay ningún lugar donde
ocultarnos. El refugio en el que confiaba ha desaparecido, aunque pudiéramos
llegar hasta allí.
—Vamos a mi
residencia —sugirió Wendre de nuevo. Aún filtrada y hueca, su voz era suave y
agradable.
—Duchane la tendrá
rodeada con sus hombres —dijo Wu—, si es que no se ha apoderado ya de ella.
—Mis guardias son
fieles a mí —dijo Wendre con firmeza.
—Es posible
—admitió Wu—. Sin embargo, necesitamos un camino seguro para llegar allí. Y aún
más urgente, necesitamos salir de esta despiadada desolación y volver a entrar
en Eron. Una vez dentro, el mejor camino es utilizar el tubo neumático privado,
que es básicamente seguro. Duchane no podrá sabotearlo en muchas horas. Pero
por dónde podemos llegar al tubo… o dónde nos encontramos ahora, no tengo la
menor idea.
Horn señaló hacia
los rayos dorados.
—Aquello es el
Norte o el Sur.
—¡Norte! —dijo
Wendre—. La residencia de Duchane está muy cerca del casquete Norte.
Wu levantó la
cabeza y estudió la situación por unos momentos.
—Están a cosa de
sesenta kilómetros, calculo, por el tamaño aparente de los Tubos. Demasiado
lejos para llegar a pie. Wendre, ¿alguna idea?
Ella movió la
cabeza lentamente.
—La única entrada
al tubo neumático que conozco —ofreció Horn— es en un lugar llamado Los Mundos
del Placer.
—Los Mundos del
Placer —murmuró Wu—. Ese nombre me es familiar. Vamos a ver: Eron está dividido
en tres sentidos distintos. La longitud viene designada por letras; la latitud
y el nivel por números. Los dos primeros describen una pirámide truncada, invertida.
—Ese lugar está en
el nivel superior —interrumpió Horn.
—Es cierto —dijo
Wu, frunciendo el ceño—. ¡Déjeme recordar! La situación exacta es…
BRU-6713-112. Nivel superior. Al sur de aquí. Si no estoy equivocado en mi
cálculo de la distancia, a cosa de siete kilómetros al sur. Marcharemos en esa
dirección, y trataremos de encontrar un medio de determinar nuestra longitud.
No nos separemos. Si uno de nosotros se pierde, quizás no podamos encontrarle…
Se dirigieron en
dirección contraria a los Tubos radiantes. Caminaron hacia un inmóvil y fijo
horizonte que se curvaba suavemente delante de ellos. Hacia el sudoeste,
inmóvil encima del horizonte, lucía el débil sol rojo de Eron.
Marcharon por las
interminables llanuras grises, Wu con un paso experimentado que pronto se puso
al nivel de Horn. Pero, pensó Horn, Wu contaba con la experiencia de varios
cientos de generaciones. En ocasiones, Horn se detuvo para ayudar a Wendre y
observó que hasta el contacto metálico le resultaba extrañamente estimulante.
El tiempo
permanecía inmóvil; el sol no se movía. Horn se preguntó si sus pesados pasos
molestarían a la nobleza de Eron que vivía debajo de ellos. Naturalmente que
no. Los blindajes contra meteoritos y el aislante térmico eran impenetrables al
sonido.
Horn se detuvo de
repente. Wu, sintiendo la vibración de sus pasos, miró hacia atrás. Horn le
hizo un gesto para que se reuniera con ellos para tener otra conversación a
través de los cascos. Sus labios se torcieron en una mueca mientras pensaba en
lo extraño que era la presencia allí de un pequeño grupo apretado sobre ese
mundo gris mientras debajo de ellos la Humanidad se agitaba como hormigas,
viviendo, amando, sufriendo y muriendo.
—Las naves deben
poseer algún medio de identificar los sectores —dijo Horn—; dónde poder
aterrizar y encontrar los montacargas. La localización visual sería demasiado
lenta. Tiene que ser por radio, y creo que estos trajes llevan frecuencias
nave-a-tierra.
Wu asintió.
—Pruébelo.
Horn abrió un
contacto y buscó la frecuencia NAT. El interior de su casco se llenó de un
silbido agudo; era una onda sónica ululante, dolorosa. Horn cortó el contacto
con rapidez y suspiró—. Automático. Es lógico, desde luego.
—¿Alguno de ustedes
ha mirado al suelo mientras caminábamos? —preguntó Wu. Todos se miraron con
expresión confusa. El inmóvil horizonte fascinaba la vista hacia arriba, en
busca inútil de algo diferente—. Creo que no —continuó Wu—. Pero un instante
antes de que nos detuviéramos, observé algo a mi izquierda…
Al cabo de unos
minutos estaban encima de tres letras pintadas al lado de una ancha línea
dorada que corría de norte a sur: BRT.
—Los obreros de
reparaciones y mantenimiento necesitarán estas señales —dijo Wu con
satisfacción—. Y sólo nos hemos desviado una diecisiete milésima de la
circunferencia. En esta latitud esto representa cosa de veintidós metros. ¿En
qué dirección señalan las letras? Oh, mi pobre y maltratada cabeza…
—Al oeste —dijo
Wendre.
Se dirigieron al
Oeste. Al cabo de unos minutos estaban de pie encima de otra línea dorada. Esta
decía: BRU. Habían marchado hacia el Sur entre las dos líneas.
Siguieron la línea
hacia el Sur hasta que otra raya dorada la cruzó en un ángulo recto. Llevaba el
número 67.
—Estamos a sesenta
y siete kilómetros del Polo —suspiró Wu—. Si mi memoria no me engaña, Los
Mundos del Placer se encuentran a ciento treinta metros hacia el sur.
Sólo cuando
empezaron a mirar con atención observaron los pequeños números pintados
regularmente encima de la línea que seguían. Gradualmente las cifras
ascendieron del 1 al 12 y luego 13.
—¡Aquí!—dijo Wu—.
No podemos equivocarnos. No nos queda mucho tiempo antes de que las naves
salgan a buscarnos.
Se dividieron para
buscar la compuerta de entrada. Wendre regresó corriendo a su lado, casi
cayéndose, y les condujo hasta una placa circular hundida en el metal gris.
Pintada claramente sobre ella estaba la designación: BRU-6713-112.
—Usted pruebe la
puerta —dijo Wu a Horn—; mientras, Wendre y yo buscaremos por el borde. Debe
existir un medio de abrirla desde el exterior.
Nunca supieron la
situación exacta del mecanismo de cierre. Mientras realizaban su extraña danza,
la puerta empezó de repente a moverse debajo de los pies de Horn. Éste saltó al
lado de Wendre. La luz de las estrellas reveló unos escalones. Horn empezó el
descenso.
La escalera parecía
idéntica a la que habían abandonado en casa de Duchane. Una mano tendida tocó
el metal. Wendre se apretó detrás de Horn. Detrás de ella estaba Wu, inclinado
con dificultad debajo del nivel de la puerta exterior.
El casco de Wendre
se acercó al de Horn. Tenía la intimidad de una caricia.
—Matal dice que
debe existir un disco al lado de la puerta. Tápelo con la mano.
Las manos de Horn
ya se movían a ambos lados de la puerta. De repente la oscuridad se hizo más
profunda, y se convirtió en noche impenetrable. La compuerta superior se había
cerrado. ¿Por qué no se abría la puerta delante de ellos?
Era por el aire,
desde luego. La habitación era una compuerta neumática, y el aire tenía que
penetrar en la pequeña escalera antes de que la puerta interior pudiera
abrirse.
Por fin se abrió, y
Horn no pudo ver nada. El vapor de agua se había congelado en sus visores
frontales. Horn apartó algo del hielo con su guantelete y penetró en la
habitación iluminada. Cuando los cristales empezaron a formarse de nuevo, la
luz centelleó confusa y luego el hielo empezó a fundirse sobre el plástico.
Horn se puso de
espaldas contra un soporte especial situado en la pared, y sujetó el traje
mientras se quitaba los guanteletes y tocaba con cuidado los cierres del casco.
Estaban aún fríos, pero ya no eran peligrosos. En un instante estaba fuera de
su traje y ayudando a los otros.
Encontraron el
camino a lo largo de interminables escaleras y luego salieron al salón amarillo
que Horn recordaba. Esta vez estaba silencioso, y no encontraron a nadie. Aquel
lugar parecía desierto.
—Los Mundos del
Placer —dijo Wendre—. ¿Qué es?
—Aquí, por dinero,
los hombres pueden satisfacer sus pasiones, algunas de ellas muy extrañas y
otras no tanto —explicó Wu.
—Oh —dijo Wendre.
Su dorado rostro se oscureció.
—Aquí está —dijo
Horn.
La puerta tenía un
disco de color azul pálido. Wu pasó la mano por encima. La puerta no se abrió.
Se arrodilló delante de la puerta y apretó la frente contra ella. Horn le miró
con curiosidad. Las cejas de Wu se movían como pequeñas serpientes, penetrando
en la ranura de la puerta. Era la infinitamente útil Lil.
La puerta se abrió.
Wu se puso en pie y miró hacia atrás. Sus cejas parecían normales; su rostro
era el de Matal. Todos entraron en el mundo azul.
Wendre lanzó una
mirada alrededor de la habitación y se envolvió en su capa.
—No me gusta.
Horn puso la mano
encima del sol azul. Unos segundos más tarde, la pared se abrió. El iluminado
interior de la cápsula neumática estaba delante de ellos. Habían alcanzado por
fin… si no la seguridad, por lo menos el camino hacia ella.
Wendre empezó a
entrar en la cápsula pero Wu la retuvo, mientras apretaba la mano contra el
dintel de la puerta. Los discos multicolores se veían débilmente en el tablero
de instrumentos. Wu se inclinó hacia el interior y cubrió el disco dorado. De
repente se escucharon voces.
—…retenla aquí. A
Matal también, si está con ella. Y si existe la posibilidad de que puedan
escaparse, dispara…
—Duchane —dijo Horn
en voz baja.
—Comprendo, señor.
Puede confiar en mí.
Las voces
continuaron, pero Wendre ya no las escuchaba. Tenía los ojos agrandados por el
asombro; su rostro era incrédulo.
—Pero eso… —empezó—
no es posible…
—¿Bien? —dijo Wu.
—Es mi mayordomo.
Ha estado conmigo desde que yo era una niña. Le confiaría mi vida.
—Una confianza
inmerecida, parece —dijo Wu suavemente—. Todas las cosas pueden comprarse, a su
respectivo precio. Nuestra seguridad no está por ese camino. La cuestión es:
¿adonde podemos ir?
Horn contempló la
vena que latía en la base del cuello de Wendre y se preguntó si no habrían
llegado al fin de su larga carrera.
LA HISTORIA
Sangre dorada…
La llamaban la Gran
Mutación. La leyenda dice que Roy Kellon fue el padre, y que su hijo fue el
primero del Pueblo Dorado.
Superhombres.
Dignos de conquistar y gobernar al Universo. La sangre dorada era superior en
todo: inteligencia, valor, resistencia. Y sólo la sangre dorada pura podia
construir y controlar los Tubos.
¿Cuál era el
secreto? Si era sólo eso, no estaba bien guardado. Eron permitió que el rumor
se extendiera por todas partes. Los corazones de los vencidos perdieron toda
esperanza.
¡Saludos al
Superhombre!
Era una mutación
extraordinaria. Casi increíble cuando uno piensa en los millones de sucesivos
cambios necesarios para crear algo tan complicado como el ojo humano… y los
millones de errores que fueron automáticamente destruidos. El Pueblo Dorado.
Hiérelos, si te atreves. Su sangre es roja.
También se decía
que sólo los Consejeros conocían el secreto de los Tubos. Escojed una de las
dos versiones. Las dos no pueden ser ciertas.
O quizás existiera
otro secreto…, un secreto que ni siquiera los Consejeros de Eron conocían.
Capítulo XIV
LLAVE DE ENERGÍA
—¿Qué le sucede a
Duchane, Matal? —preguntó Wendre confusa—. Quiere matarnos a todos.
—El Poder —replicó
Wu sombríamente, volviendo a salir de la cápsula— es una visión que enloquece a
los hombres.
—Tenemos que
detenerle —dijo Wendre, respirando profundamente—. Si es necesario debemos
matarle. Destruirá el Imperio.
—Ahora no podemos
acercarnos a él —dijo Horn.
—Los esclavos lo
harán por nosotros —dijo Wu―, si podemos impedir que lleguen refuerzos de las
guarniciones del Imperio.
Wendre contempló
fijamente a Wu.
—¿Cortar los Tubos?
Bien. Vamos a la sala de control en el casquete Norte.
Una sombra cruzó el
rostro de Horn para desaparecer en el acto. Wu estaba utilizando a Wendre para
sus fines. La había manejado con infinita habilidad, sugiriendo que debían
cortar los Tubos. Horn pensó que no le sorprendería saber que Wu había fingido
la supuesta conversación entre Duchane y el mayordomo de Wendre.
Todos querían
destruir a Duchane, pero por razones distintas. A Wendre le parecía la única
forma de conservar el Imperio. Horn quería destruir a Eron; sabía que aquello
sería la causa de su caída. Una vez vencido Duchane, ningún otro Director
podría reconstruir aquella enorme máquina. El mito del Imperio quedaría roto.
Horn se preguntó
qué era lo que deseaba Wu. ¿Diversión, alivio a su aburrimiento eterno? ¿O
tenía razones más válidas, mucho más profundas?
—Vosotros dos…
entrad en la cápsula —decía Wu—. Yo os seguiré en otra tan pronto hayáis
partido.
—¿Nosotros dos…
solos? —exclamó Wendre.
—Los dos sois
jóvenes y esbeltos —suspiró Wu— mientras que yo soy viejo y gordo.
—Pero…—empezó
Wendre, mirando a Horn.
—No tenemos tiempo
que perder en etiquetas —dijo Wu—. Puede confiar en Horn. Al igual que
nosotros, tendrá que considerarse muerto si cae en las garras de Duchane.
Además… Oh, bien. Entrad ya.
Horn captó la
rápida mirada de Wu y comprendió. El astuto anciano no confiaba por entero en
Wendre. O quizá no tenía seguridad en sus impulsos. Una vez sola, ella podía
decidir de repente algún otro plan de acción. Horn sintió con sorpresa que él
confiaba por completo en la muchacha, y sin razón aparente, siendo como era un
hombre que no confiaba en nadie.
Había llegado más
cerca del corazón de Horn que ninguna otra mujer. La muchacha poseía la
inteligencia de un hombre y el corazón de una mujer. Era capaz, orgullosa y
valiente. Wendre comprendió la situación con rapidez, aceptó el peligro e hizo
lo que había que hacer sin una queja. No era una mimada del Imperio, ni la hija
malcriada de un padre poderoso: era una mujer capaz de mantenerse en pie y
luchar al lado de cualquier bárbaro de los mundos de la Galaxia; hecha para el
amor… y dispuesta a combatir por él.
Horn hizo un gesto
y se obligó a dejar de pensar en ella. Quizás le atribuía más cualidades de las
que poseía. En cualquier caso, era una locura sin esperanza. Aunque ella fuese
capaz de un gran amor, no podía ser para él. Él no era sólo un bárbaro; era el
asesino de su padre.
Wendre le miraba
con curiosidad.
—De acuerdo —dijo.
Horn subió a la
cápsula, se acomodó en el asiento y se sujetó con el cinturón de seguridad.
Hizo un gesto a Wendre para que se sentase en sus rodillas. Ella vaciló, pero
no había duda que era el mejor sitio. Se sentó rígida, sin moverse. Horn estiró
el brazo para cerrar la puerta.
—Vamos hacia el
casquete norte —le dijo a Wu.
—Os sigo
inmediatamente —aseguró el viejo.
Cuando las puertas
se cerraron, Horn pasó un brazo por la cintura de Wendre y extendió el otro
hacia el disco blanco a la izquierda. La cápsula se desplomó debajo de ellos.
En la oscuridad, su brazo apretó el esbelto talle de Wendre y el contacto hizo
que Horn sintiera un estremecimiento; no pudo contener el escalofrío.
—¿Es que le resulta
desagradable viajar conmigo? —preguntó Wendre de repente.
Sin duda la
muchacha había observado el gesto que él hiciera antes de entrar en la cápsula.
—Nada de eso. Fue
otra idea que se me ocurrió.
—Comprendo. No es
necesario que me apriete tanto —dijo Wendre secamente.
—Perdone,
Consejero.
Horn retiró el
brazo. Wendre empezó a flotar hacia arriba. Rápidamente Horn la volvió a atraer
hacia sí. Esta vez, mientras la sujetaba, ella no protestó. Sólo el rojo disco
de emergencia brillaba en la oscuridad. Poco a poco Wendre se tranquilizó.
—No puedo creer que
mi mayordomo me traicionase —dijo por fin—. Era más que un sirviente; era mi
amigo.
—Cuando el mundo
está podrido —dijo Horn—, se necesita un hombre muy fuerte para resistir la
corrupción.
—¿Como usted? —dijo
Wendre con ironía.
—No —contestó
Horn—. No como yo.
—¿El mundo está
podrido? —repitió Wendre—. ¿Habla de Eron?
—Cuando una raza
deja de luchar sus propias batallas, empieza a morir —dijo Horn—. ¿Dónde están
sus sabios, constructores, obreros, luchadores? No se les encuentra ya entre el
Pueblo Dorado. Sólo se ven afeminados elegantes, con abultados senos y finas piernas,
preocupados sólo por su eterna busca de placeres para aliviar su aburrimiento.
Eso les lleva a sitios semejantes como el que hemos dejado atrás. Allí se
encuentran canallas y traidores. ¿Dónde encontrará a un hombre en quien pueda
confiar, para que actúe primero en bien de Eron y después en su propio
beneficio?
—No lo sé —dijo
Wendre. Luego añadió—: Mi padre era un hombre así.
—Garth Kolhnar era
Eron. Lo que hizo para Eron, lo hizo para sí. Era un hombre fuerte y lo
bastante inteligente para comprender que más allá del poder en sí mismo existe
el poder de usarlo en bien de una causa.
—Eso es cierto
—dijo Wendre.
—Pero no lo era
bastante para darse cuenta de que estaba manteniendo en pie a un fósil.
—¡Este fósil ha
derrotado a la Constelación! —estalló Wendre.
—Hasta un fósil
puede ser peligroso si es tan enorme como Eron. Pero la verdadera pregunta es:
¿Por qué Eron atacó a la Constelación?
—Era una constante
amenaza, una…
—La guarnición más
cercana del Imperio estaba a diez años luz de distancia. ¿Qué clase de amenaza
era ésa? El mismo Eron estaba a más de trescientos años luz. ¿Cuál era el
peligro para Eron? La única amenaza era la constante noticia de que existía la
libertad en la Galaxia, de que fuera del Imperio había una vigorosa
civilización nueva donde los hombres eran libres. El único peligro era interno:
la rebelión de los esclavos.
—El Imperio es más
grande que nunca. ¿Cómo puede estar corrupto? Yo no he visto nada de esas
cosas…
—Porque nunca ha
ido a los niveles inferiores, para ver a la gente que vive allí —replicó Horn—,
los brutales animales que se arrastran desde la cuna hasta la muerte en un
eterno crepúsculo, sin ver jamás una estrella. Nunca ha visitado las
plantaciones agrícolas en los mundos conquistados, donde el alimento para Eron
es cultivado por esclavos bajo el látigo de los capataces. No ha visto los
destruidos mundos de la Constelación, los destrozados millones, las ciudades
derruidas, los sobrevivientes hambrientos…
—Lo he visto —dijo
Wendre en voz baja.
—Para los esclavos,
sólo existe una débil línea entre la vida y la muerte. Si se les da esperanza,
si pueden vislumbrar la libertad de las estrellas…, estallarán como una nova,
con violencia que todo lo destruye.
—Y dejarán la
civilización interestelar en ruinas. ¿Es que eso es preferible al Imperio?
—Quizás. Al menos,
para un esclavo. Y a pesar de todo, no es preciso que ocurra. Un solo hombre
puede controlar a los esclavos. Un solo hombre puede salvar a la civilización
de su destrucción total.
—¿Quién?
—El Liberador.
—¿Peter Sair? Pero…
está muerto.
—Eso he oído. Si es
cierto, ha sido una gran pérdida para la Humanidad.
—Oh, cómo quisiera
ser un hombre —dijo Wendre con pasión. Bajo su mano Horn sintió como su
respiración se hacia agitada—. Yo podría salvar al Imperio y convertirlo en
algo mejor. No es necesario de que sea siempre así. Traté de decírselo a Garth…
pero se rió de mí.
—Quizás Duchane
tenia razón —dijo Horn.
—¿Cómo? —ella se
endureció.
—Cuando dijo que
usted no amaba a su padre.
Wendre se humanizó.
—En este punto…,
quizás. Yo le respetaba, pero no estábamos unidos. Tenía mis razones. Algunas
de ellas Duchane ya las explicó; otras ni siquiera puede adivinarlas. Yo
tendría que haber nacido hombre. Siempre lo he deseado.
—¿Nunca hubo nadie
que le hiciera sentirse contenta de no serlo? —preguntó Horn.
—¿Qué quiere decir?
—Eso mismo.
Su mano derecha
atrajo la cabeza de la muchacha contra la suya. En la oscuridad, sus labios
buscaron los de ellas y los hallaron curiosos, suaves y dulces. El pecho de
Horn se agitó mientras su mente se hundía en un torbellino. Dentro de él, como
un negro intruso, penetró una fría idea. Si sólo Wendre y su padre conocían el
proyecto de la Celebración en los días en que le contrataron a él, Wendre tenía
que ser la persona que…
El estómago de Horn
se revolvió y sus labios se endurecieron. Apartó a la muchacha.
Después de un
instante, Wendre dijo:
—¿Por qué ha hecho
eso?
—¿Hacer qué?
—preguntó Horn, secamente.
—Apartarme.
—Quizás porque
recordé de repente que usted es un Consejero y yo no más que un Guardia. ¿Está
irritada conmigo?
—Debería estarlo,
¿no es cierto? —dijo Wendre pensativa—. Pero hay algo extraño en usted. No
puedo considerarlo como a un soldado. Sigo pensando que nos hemos encontrado
antes, que le he hablado en la oscuridad igual que ahora… Pero es algo
imposible. Nunca nos hemos visto…
—Está revelando sus
secretos —dijo Horn, bruscamente.
Wendre se puso
rígida.
—Quizás lo haga
—dijo en voz baja.
La cápsula se
detuvo y la puerta se abrió. Al otro lado estaba la sala circular que Horn
había abandonado aún no hacía veinticuatro horas.
—Tenemos mucho que
hacer —dijo Horn—, y casi no tenemos tiempo para ello.
El rostro de Wendre
estaba pensativo mientras se colocaba a su lado, frente a la puerta cerrada del
cilindro. Segundos más tarde se abrió por segunda vez. Wu salió de una cápsula,
aún llevando el rostro de Matal.
—Muéstrenos el
camino, querida —dijo a Wendre.
Lentamente la
muchacha se volvió, dirigiéndose a una de las paredes. Una sección se abrió
hacia ella cuando tocó un contacto oculto. Horn se fijó en la situación de un
modo automático. La pequeña habitación detrás de la puerta era un ascensor, y
se apretujaron en su interior. Horn se colocó en el fondo de la cabina, con la
frente fruncida.
¿Por qué había
dudado de Wendre? ¿Por qué las náuseas le habían dominado mientras la besaba y
el significado de sus palabras se hacía claro? ¿Sería su propia culpa lo que le
había obligado a ello? Después de todo, él era quien había matado a su padre;
era muy posible que su subconsciente hubiese transferido su culpa a la
muchacha. No existía una verdadera razón para dudar de Wendre.
Horn comprendió que
la culpa era un peso enorme sobre sus hombros, y que la había llevado durante
mucho tiempo. Sería un descanso librarse de ella, confesarlo todo. Pero sólo
existía una persona a quien podía confesarlo: Wendre. Y cuando ella lo supiera,
se apartaría de él… o peor aún.
Horn parpadeó
cuando la luz brilló con intensidad. Salieron del ascensor hacia una vasta sala
circular, de un diámetro muchas veces mayor que la sala inferior. Manchas de
luces de colores danzaban y parpadeaban en intrincadas y confusas señales en
las distantes paredes. Sillas y tableros de instrumentos rodeaban las paredes
circulares y formaban círculos concéntricos, cada vez más estrechos dentro de
ellas. Interruptores, cámaras, micrófonos, intercomunicadores…
La sala estaba
desierta y las sillas vacías. Una sección de diez metros de la pared estaba
apagada.
Wendre contuvo el
aliento.
—¿Dónde están los
técnicos? Siempre hay una dotación completa de guardia…
La sala tenía dos
enormes puertas, una enfrente de la otra. Las dos estaban cerradas. En el
centro de la sala se alzaba una enorme estructura cuadrada, de paredes grises.
Horn dio la vuelta a su alrededor con precaución, mientras Wu le seguía. Detrás
de ella encontraron el primer cadáver. Llevaba un uniforme dorado; las manchas
de sangre no conseguían ocultar las insignias del técnico.
Habían otros
cuerpos esparcidos entre las sillas y los tableros. Algunos iban vestidos de
anaranjado, otros de verde, pero la mayor parte en oro. Un charco negro salía
de debajo de una de las puertas. Wu la abrió. Detrás de la puerta se
amontonaban los cuerpos de los muertos. Verde, naranja, oro… y negro. Técnicos
y Guardias de Seguridad. Todos muertos.
—El primer asalto
fue rechazado —dijo Wu—. Los técnicos que sobrevivieron a la lucha continuaron
el contraataque. Pero no nos queda mucho tiempo. Pueden seguir otros ataques.
Cuando ambos se
volvieron, vieron que se había abierto una puerta en la estructura cuadrada. Su
pared tenía por lo menos treinta centímetros de grueso, mucho más que el
poderoso blindaje de un crucero. Wendre estaba en pie al lado de la puerta,
esperándoles. Horn se detuvo y miró dentro de la cámara acorazada. Fijo en una
de las paredes había un gran interruptor. No tenía ninguna señal especial; no
era más que un interruptor ordinario de cuchilla. Estaba conectado.
—Es éste —dijo
Wendre—. El interruptor principal. La llave de la energía. ¿Debemos accionarlo?
—Miró a Horn y luego a Wu—. Nadie lo ha tocado desde que el primer Tubo fue
activado.
—¿Cómo puede estar
segura? —preguntó Horn.
—Sólo los
Directores pueden abrir esta cámara.
—¿De qué otro modo
podemos aislar a Eron? —preguntó Wu—. ¿De qué otro modo podemos derrotar a
Duchane?
—¿De qué sirve
hablar? —dijo Horn con impaciencia—. Yo lo haré.
Dio dos pasos hacia
el interior de la cámara y abrió el interruptor con un fácil gesto de su brazo.
—Ya está —dijo—. Lo
he abierto.
Fue un instante de
inmenso poder. Pero Wendre rió con un tono de burla, señalando a las paredes,
donde las manchas de colores seguían parpadeando sin descanso.
—No ha funcionado
—dijo Horn.
—Desde luego —dijo
Wendre con sarcasmo—. Si cualquiera pudiera hacerlo, Eron habría sido destruido
hace siglos. Un Consejero debe estar presente para activar un Tubo, y sólo un
Consejero puede cortarlo. Para ser elegible al cargo de Consejero, una persona
debe ser de pura sangre dorada. Es probable que se hayan burlado de la Gran
Mutación, pero ha mantenido el secreto de los Tubos durante mil años…
―suspiró—. Si debemos hacerlo, yo he de hacerlo.
Volvió a colocar el
interruptor en su lugar, vaciló y luego tiró de él, su rostro helado, la mirada
fija en la distancia. Horn se volvió a mirar a las paredes. Cuando escuchó como
ella reprimía una exclamación detrás de él, comprendió que Wendre también había
visto lo mismo. Las paredes seguían igual que antes, sin ningún cambio.
—¿Deberían haberse
apagado? —preguntó en voz baja.
—Sí —susurró
Wendre—. No puedo comprenderlo… Es…
La muchacha se
interrumpió. No tenía palabras para expresar la terrible desilusión de aquel
momento.
—Es un engaño —dijo
Wu—. Una mentira.
Horn pasó un brazo
por los hombros de Wendre y la sacó de la cámara. Ella se apoyó contra el pecho
del hombre, aceptando inconscientemente su consuelo.
—Todo es falso,
entonces —dijo—. Todo lo que me dijeron. Todo en lo que creía.
—Un hombre sabio
—dijo Wu, suavemente— nunca cree nada por completo hasta que lo ha probado por
sí mismo.
—Debe existir la
verdad en alguna parte, entre todas las mentiras —dijo Horn—. Los Tubos son
reales.
—Quizás también son
una ilusión —dijo Wendre enloquecida—, y el Imperio entero es una ilusión y
nosotros no somos más que fantasmas y…
Temblaba
violentamente. Horn la apretó con fuerza y la contuvo.
—Tranquila, Wendre
—dijo suavemente—. Calma —no se dio cuenta de que había hablado a la muchacha
con el tono familiar de un igual, ni tampoco lo hizo ella… o no le importó—.
Existe el secreto; alguien es su dueño. ¿Quién? ¡Piensa, Wendre! ¡Piensa!
Ella dejó de
temblar. Su cabeza se alzó y miró intensamente hacia el rostro de él.
—Es verdad —dijo
Wendre en voz baja—. Alguien debe tenerlo.
—¿Quién? —repitió
Horn—. Nuevos Tubos han sido activados en varias ocasiones desde que se instaló
este interruptor. El secreto no puede haberse perdido.
—Muchos hombres en
toda la Galaxia han tratado de encontrarlo —dijo Wu—. Disponían de toda la
información técnica en poder de Eron. Siempre fracasaron. Nunca pudieron
activar un Tubo. El secreto siempre les rehuyó.
—En la Celebración
—dijo Horn, con la mirada fija, recordando— había seis personas en la
plataforma: Duchane, Matal, tú, tu padre, Fenelon y Ronholm. Todos tocaron el
interruptor. Tuvo que ser uno de ellos.
—A menos que
aquello también fuese una mentira —dijo Wendre.
—No podía ser nadie
más —dijo Horn—. El secreto no podía pasar a través de las manos de cualquier
otro grupo durante mil años sin que los Directores lo descubrieran.
—Todos estábamos
allí —admitió Wendre—, pero eso no tiene ningún significado. Hemos estado en
otras inauguraciones individualmente. ―La muchacha movió la cabeza confusa—. No
pudo ser mi padre. Me lo habría dicho a mí. O a algún otro. Algo tan importante
como esto no puede confiarse a las manos de una sola persona. Alguien más
debería saberlo, en caso de muerte accidental. Para mayor seguridad, todos
nosotros debíamos saberlo.
—Quizás él sólo
confiaba en una sola persona —dijo Horn.
—Debió ser en mí.
—Pero tú no le
querías.
—Él me amaba, e
hizo de mí un Consejero.
—¿En qué otra
persona podía tener confianza?
Wendre movió de
nuevo la cabeza.
—No pudo ser en
Duchane; mi padre sabía de su gran ambición. Ni en Ronholm. Mi padre quería que
me casara con él, pero pensaba que era demasiado joven y violento. ¿Fenelon?
Quizás. O en usted —ella se volvió hacia Wu—. Usted era el que llevaba más años
de servicio después de mi padre.
El rostro de Matal
pareció desanimado.
—No me lo dijo. Y
si fue a Fenelon o a Ronholm, me temo que el secreto se ha perdido. Los
disparos que sonaron cuando dejamos la casa de Duchane me parecieron rubricar
su muerte.
—¡Espere! ¿No pudo
ser Duchane? —preguntó Horn—. Me pareció que estaba muy seguro de su fuerza. Tu
padre también tuvo grandes ambiciones; es posible que comprendiese a Duchane.
—No, no —dijo
Wendre desesperada—. Eso era una de las cosas que Duchane trataba de que yo le
dijese. Repitió una y otra vez: «Dime el secreto y te pondré en libertad». Creí
que estaba loco. Todos conocíamos el secreto, después de todo.
—Entonces es que
estuvo aquí antes que nosotros —murmuró Horn—. Vino a probar el interruptor
principal y sabía que no funcionaba.
—Quizás existe un
secreto —dijo Wu suavemente— que ni siquiera los Directores conocen.
Wendre se movió en
los brazos de Horn.
―Ayúdeme, Matal.
Usted ha sido un Consejero por más tiempo que los demás. Es seguro que usted…
—Creo que ha
llegado el momento de que aclaremos la situación —dijo Wu—. Las cosas no son
siempre lo que parecen —se volvió de espaldas a ellos y su voz sonó
extrañamente ahogada—. Quiero que recuerde que la rescatamos de las garras de
Duchane con riesgo de nuestras vidas.
Horn tuvo el
presentimiento de un desastre inminente.
—¡Espere! —comenzó.
—Yo no soy Matal
—decía ya Wu—. No soy más que un anciano al que atraen las causas perdidas, que
tiene cierta habilidad para los disfraces y una sed tan grande como el mismo
Imperio.
Se volvió de nuevo
hacia ellos. Wu los miró, su arrugado rostro mostrando un gesto de excusa. Con
brusco y repentino gesto, Wendre se separó de los brazos de Horn. Sus ojos
castaños miraron sin comprender, primero a Wu y luego al sucio loro posado, con
la cabeza inclinada, en el hombro del viejo.
—No comprendo —dijo
ella sin aliento, retrocediendo unos pasos—. Si no es Matal, ¿quién es? ¿De
dónde salió este pájaro? ¿Quiénes son…?
—Somos sus amigos
—dijo Lil, con voz aguda.
—¡Y usted! —Wendre
giró para enfrentarse con Horn—. Si él no es Matal, usted tampoco puede ser un
Guardia. ¿Quién es? ¿Por qué me habéis traído aquí?
Giró de nuevo
enloquecida y empezó a correr a través de la gran sala.
—¡Wendre! —gritó
Horn—. ¡Espera! Déjame…
Iba a explicárselo
todo; iba a decirle que había matado a su padre; a decirlo todo. Pero ella se
volvió y ya era demasiado tarde. Sus ojos estaban desorbitados y tenían una
expresión herida.
—¡Usted! ¡Ahora
reconozco esa voz! ¡Usted es el asesino!
Wendre huyó hacia
la puerta del ascensor.
―¡Wendre! —la llamó
Horn de nuevo, desesperado.
―¡Piratas! —chilló
Lil—. ¡Atentos al abordaje!
Horn giró sobre sus
talones. Era demasiado tarde para poder utilizar la pistola. Los uniformes
negros estaban ya encima de él, entrando como una tromba por la puerta abierta.
En cuestión de segundos se vio arrastrado hacia la puerta. Luchó desesperado para
liberar su cabeza, para mirar a su alrededor.
Wu estaba a su
lado, prisionero. Lil había desaparecido. Horn miró por encima de su hombro,
sin esperanza. Una astrosa multitud de rostros terrosos irrumpió a través de la
otra puerta, pasó al lado de Wendre y se lanzó con furia suicida contra las
fuerzas negras.
LA HISTORIA
Vantee…
El Presidio
Terminal. El mundo de los condenados. El purgatorio de las almas perdidas, cuya
liberación no está en el sufrimiento sino en la muerte.
No se podía escapar
de Vantee. Como Eron, el planetoide convertido en presidio giraba alrededor del
débil calor de un sol rojo y moribundo. El mundo habitado más cercano estaba a
muchos años luz de distancia. ¿En qué lugar del Imperio estaba Vantee? Nadie,
ni siquiera el mismo Alcaide, lo sabía. No se podía esperar ayuda del exterior.
Sólo existía una
entrada a Vantee: el Tubo. Sólo existía un edificio en Vantee: la sombría y
negra fortaleza donde estaba instalado el Terminal. No había salida. La
fortaleza tenía un nombre: Desesperación.
La fortaleza
mantenía a los prisioneros fuera de sus muros. Tenían cierta clase de libertad,
dentro de todo: libertad para merodear por la estéril superficie del
platenoide, libertad para matarse entre sí, libertad para morir. Dos veces al
día se reunían para comer en las acanaladas artesas. Su único castigo era vivir
en Vantee. Era suficiente; representaba una sentencia mortal.
Ni uno entre mil de
los que merecían Vantee llegaba allí, pero el Presidio Terminal servía a su
propósito. Era mucho más efectivo para atemorizar al posible criminal, al
incipiente rebelde, que la amenaza de la misma muerte.
Muchos de los
prisioneros contemplaban durante largas horas al Tubo dorado que se elevaba de
la negra fortaleza y se empequeñecía en la lejanía. Su pensamiento podía salvar
el espacio, pero para ellos el Tubo tenía una sola dirección. De Eron a Vantee.
Vantee era el final.
Fue el fin, decían,
para Peter Sair. Pero allí los hombres perdían sus nombres con rapidez.
Como la fortaleza,
su único nombre era Desesperación. ¿Qué pueden los puños desnudos contra las
paredes de un metro de grueso?
Capítulo XV
LA MUERTE ES LA
SALIDA
Desarmado,
desprovisto de su pistola, Horn fue empujado hacia un ancho corredor en cuyo
suelo corrían unos rieles metálicos. Trató de liberarse, de mirar hacia donde
estaba Wendre, pero fue un gesto inútil. La culata de una pistola golpeó con
violencia contra el costado de su cabeza y Horn se tambaleó, luchando con la
negrura que le envolvía, desfalleciendo en las manos que le arrastraban hacia
delante.
Wu estaba a veces a
su lado, a veces detrás. Los guardias los llevaron por un largo camino,
mientras el ruido de la lucha se apagaba a sus espaldas. Horn tuvo mucho tiempo
para pensar, y lo único que se repetía una y otra vez en su mente era: Duchane…
Duchane…
Estaban en poder de
Duchane, y quizás la sala de control había caído también en su poder. La lucha
ya no tenía sentido. Wu sufría la derrota con la resignación de un mártir. Horn
decidió ahorrar fuerzas y tratar de pensar con serenidad.
Una gigantesca
puerta permanecía abierta a su derecha. Los guardias giraron y penetraron en
una de las enormes salas de llegada de los Tubos. En el soporte móvil se veía
una pequeña nave de transporte; una escalera mecánica estaba colocada contra la
compuerta de entrada, en el costado de la nave. Una fila de hombres heridos
penetraba en el transporte.
Horn y Wu
recibieron un empujón final que les llevó delante de un oficial de rostro
pétreo, que llevaba una extraña insignia en el hombro, algo negro, chato y…
—Sois hombres de
Matal, ¿eh? —dijo—. ¿Dónde está Matal?
Horn miró a Wu,
pero el anciano no parecía dispuesto a hablar. Horn pensó que el silencio no
iba a conseguir nada más que tortura y una rápida muerte.
—Ha muerto —dijo
Horn.
—¿Fenelon?
¿Ronholm?
—Creo que también
han muerto.
—¿Wendre Kolhnar?
Horn se encogió de
hombros.
—¿Duchane?
Horn volvió a
encogerse de hombros, pero ahora, debajo de su rostro impasible, su mente
volvía a trabajar a toda velocidad. Aquel hombre podía pertenecer a las fuerzas
de seguridad de Duchane, pero no recibía órdenes directas de Duchane. Ni de
ninguno de los otros Consejeros. La pregunta era la siguiente: ¿de quién
recibía órdenes?
—Lleváoslos —dijo
el oficial.
El gesto que hizo
al Guardia al frente de su grupo fue casi imperceptible, pero Horn sabía lo que
significaba. Tensó sus músculos para la lucha final.
De repente, el
oficial se volvió hacia ellos.
—Cargadlos en la
nave. Quizás el Alcaide podrá utilizarlos.
¡El Alcaide!
Horn apretó los
dientes mientras los guardias les llevaban hacia la escalera mecánica. De allí
era de donde llegaban las tropas. Allí era adonde ahora les conducían. ¡A
Vantee! El Presidio Terminal. En la larga historia de Eron ningún prisionero
había vuelto jamás de su viaje a Vantee.
No podía permitir
que le llevasen allí. Tenía que saber lo que le había sucedido a Wendre; ella
le necesitaba, y Horn lucharía por ella a pesar de su desprecio.
Al pie de la
escalera mecánica un convulsivo esfuerzo libertó sus brazos. Un golpe seco con
el canto de la mano derribó a uno de los Guardias. Un puño aplicado al viente
de otro le hizo doblarse en un espasmo de dolor. Horn se largó a correr hacia
la lejana puerta.
No era una acción
tan desesperada como parecía. Los Guardias no se atreverían a disparar mientras
él corría entre las tropas, y antes de que los otros se diesen cuenta de que
alguien se escapaba, habría atravesado la puerta y se encontraría en el ancho corredor.
Una vez allí, sus planes terminaban, pero no necesitaba pensar en ello todavía.
Cuando pasó al lado de Wu, tropezó. Algo le golpeó en la nuca. Mientras la
negrura le envolvía, por un confuso momento su único pensamiento fue: ¿Wu? ¿Wu?
Alguien gemía en la
oscuridad. Horn abrió los ojos y escuchó. Una débil luz brillaba detrás de una
lámina de grueso cristal irrompible, colocada en el techo de la cámara. Estaba
atado a una litera. El ruido de sordos golpes se transmitía a través de las
paredes.
Se liberó de las
correas y se sentó en el borde de la litera. El movimiento hizo correr un agudo
dolor desde su cabeza a lo largo de su columna vertebral. Horn gimió. Los otros
lamentos debieron ser suyos también. Se tocó el bulto que tenía en la parte posterior
de la cabeza; había dejado de sangrar.
La nave se inclinó
y Horn se sujetó del borde de la litera para no caer al suelo. Aquellos ruidos
y movimientos le resultaban familiares. La nave entraba en un soporte móvil al
final de un Tubo. Lo habían llevado al transporte del cual intentó escapar.
Recordó cómo había
tropezado y caído al suelo. ¿Fue Wu quien le hizo caer? Alguien tuvo que
hacerlo, y Wu era quien estaba más cerca de él. Horn sacudió la cabeza: el
dolor le atenazaba las sienes. Si había sido Wu, era algo increíble; no tenía
ninguna razón para hacerlo.
Horn miró alrededor
de la cámara donde se encontraba. Tenía la forma de una pequeña caja cuadradra
con cuatro literas; las otras estaban desocupadas, y la puerta cerrada. No
había ninguna ventana.
Se encontraba,
pues, en Vantee, un lugar donde la huida era imposible. Horn respiró
profundamente.
Aquello era algo en
lo que podía estar equivocado. Peter Sair se encontraba allí y era el único
hombre, como había dicho a Wendre, que podía salvar el Imperio de su completa
destrucción. Todos decían que Sair había muerto, y ahora Horn tendría una
oportunidad de saber la verdad.
Sintió la cintura
fría y falta de protección; se llevó la mano allí y comprendió lo sucedido. El
cinturón con el dinero había desaparecido; era algo natural. Horn se encogió de
hombros; aquello era lo que menos le preocupaba. Habría dado todo su dinero, todos
los kellons que le habían pagado por la muerte de Kolhnar… por una pistola.
Pero no disponía de una cosa ni de la otra.
Seguía sentado en
el borde de la litera cuando vinieron a buscarle. Los hombres eran
experimentados. La puerta se deslizó a un lado y dos pistolas unitrónicas le
cubrieron. Los rostros detrás de las armas eran fríos y expertos. No
desperdiciaron ni una palabra ni un movimiento; no corrieron ningún riesgo.
Eran hombres acostumbrados a dominar a los desesperados.
Cuando Horn salió
al corredor los dos guardias retrocedieron, manteniendo siempre una distancia
de un metro entre ellos y su prisionero.
—Por ahí —dijo uno
de ellos, con un gesto—. Camina. Ya te diremos cuando tengas que detenerte.
Horn se puso en
marcha. Nunca estuvo lo bastante cerca de ninguno de los dos para intentar una
fuga. No vacilarían en disparar, y tirarían a malherirle en vez de matarle
sencillamente. Horn sabía que aquello sería mucho peor que la muerte. No tenía
fe en las promesas del Culto de la Entropía, y creía que la muerte era algo
definitivo y que con ella llegaba el fin de todas las dudas, tormentos y
arrepentimientos. Pero estar vivo y sin embargo incapaz de actuar para cambiar
las circunstancias de su vida, era algo distinto; Horn prefería no pensar en
ello.
Descendieron de la
nave por una escalera mecánica. Horn comprendió que la nave de los prisioneros
no era más que una lanzadera; los soportes móviles en cada extremo del Tubo
estaban fijos y la nave nunca salía de ellos. No era necesario.
Caminaron a través
de la sala de llegada del Tubo, cuyo tamaño era sólo el necesario para contener
la maquinaria del Terminal que seguía el movimiento aparente de Eron. Pasaron
por un largo corredor, entraron en una antesala y luego en un lujoso despacho.
Horn no prestó atención a los detalles; estaba mirando al hombre que se sentaba
detrás de la enorme y negra mesa escritorio.
Aquel hombre
presentaba una curiosa contradicción; era un hombre grande, mayor que Horn por
muchos kilos y centímetros… y era un bárbaro; sus ojos eran duros y
calculadores, pero el tiempo parecía haber borrado los duros rasgos de su cara.
Su rostro y su cuerpo eran los de un atleta retirado; ahora se mostraba grueso
y blando, pero en su interior aún existía un núcleo de hierro.
Aquel hombre sólo
podía ser el Alcaide, guardián de los enemigos del Imperio: criminales,
traidores y rebeldes. Y de éstos sólo los peores; Vantee sólo recibía a la
verdadera élite.
Era lógico que el
Alcaide y sus hombres formasen parte de las fuerzas de seguridad de Duchane;
los negros uniformes que llevaban eran prueba de ello. Era probable, sin
embargo, que el Alcaide no hubiese recibido orden alguna, y si la había
recibido, la ignorara. El caos ofrece oportunidades doradas a un hombre
ambicioso.
El Alcaide no sería
un hombre con el freno de unos ideales. Siendo un bárbaro, nunca habría llegado
a aquel puesto con semejante lastre. El intento de apoderarse del casquete
Norte y de la sala de control principal parecía ser su propia idea. Si Duchane era
capaz de apagar en sangre el fuego de la rebelión, el Alcaide podría cobrar
cara su ayuda. Si Duchane era derrotado… bien, muchos bárbaros fueron capaces
de apoderarse de otros Imperios.
Los negros y
astutos ojos del Alcaide miraron con atención a Horn.
—¡Vigiladle! Es un
hombre peligroso.
Detrás de Horn, los
dos guardias se desplazaron a ambos lados. Ahora podían disparar contra Horn
sin riesgo de herir a su jefe.
—De modo que Matal
ha muerto —dijo el Alcaide, reclinándose en una silla gigantesca.
—Eso es lo que me
dijeron —dijo Horn con calma.
—Y Ronholm y
Fenelon también.
—Es probable. Yo no
los vi morir.
Horn captó el
movimiento de los ojos del Alcaide mientras miraban a algo en su mesa y luego
volvían a clavarse en su rostro. Horn cambió ligeramente de posición.
—¡No te muevas!
—restalló el Alcaide—. Kolhnar también ha muerto —continó—. Y aún no han
capturado al asesino.
Horn se dio cuenta
entonces de que se encontraba en el foco de alguna clase de detector de
mentiras. Su instinto de decir la verdad cuando una mentira no servía de nada
le había ayudado en aquel momento; mientras siguiera ciñéndose a la verdad
literal, conseguiría ventajas.
—No —contestó.
—De los seis
Consejeros, sólo quedan Wendre y Duchane. ¿Quién es ahora el Director?
Era una pregunta
interesante. El Alcaide no lo sabría.
—Duchane —dijo
Horn.
—Es lógico —dijo el
Alcaide—. Pero… ¿podrá mantenerse en el Poder?
—Lo dudo.
—¿Por qué?
—Los jefes luchan
entre ellos. Las tropas y los Guardias combaten entre sí. Los niveles
inferiores se rebelan. Eron está en llamas. Sólo un hombre puede impedir su
destrucción total.
—¿Quién?
—Peter Sair.
—Sair ha muerto.
La respuesta fue
rápida y definitiva. Por primera vez, la obstinada convicción de Horn de que el
Liberador aún vivía vaciló. Aquel hombre estaba en posición tal que podía saber
lo ocurrido, pero no tenía motivo para decirle la verdad a él. Horn deseó poder
echar una mirada al instrumento que el Alcaide tenía detrás de la mesa.
—¿Crees que mis
hombres pueden apoderarse la sala de control y conservarla?
—No tendrán éxito
—la respuesta de Horn fue rápida y firme.
—Yo mismo debería
estar allí —gruñó el Alcaide para sí—. ¿Cómo puedo confiar en ése…? ¡Tres horas
de viaje! ¿Quién era el viejo que capturamos contigo?
Horn parpadeó; la
pregunta le cogía de sorpresa.
—El mayodormo de
Matal —dijo rápidamente.
—Mientes.
Horn se encogió de
hombros.
—Me dijo que se
llamaba Wu.
—¿Dónde está ahora?
—exclamó el Alcaide.
Horn pareció
sorprendido.
—¿Por qué me lo
pregunta a mí?
Su inocencia era
sólo aparente.
—Ha desaparecido
—gruñó el Alcaide—. Algo imposible.
No, pensó Horn, sin
que su rostro delatase sus pensamientos. Y recordó: «Ni siquiera Vantee puede
retener al viejo Wu y a Lil. Primero tienen que llevarnos allí, y ¿cómo van a
sujetarnos en el camino?». Debían haberse escapado en Eron.
—Hemos buscado a un
hombre con esa descripción durante mucho tiempo —musitó el Alcaide—, muchísimo
tiempo —luego se encogió de hombros—. Bien. Echadlo fuera.
Horn se inclinó
hacia delante, se contuvo a tiempo y obedeció las órdenes del guardia,
volviéndose lentamente. Aquello no parecia una sentencia de muerte, y no queria
darles a los guardias una excusa para disparar contra él.
Horn empezó a
caminar por los largos corredores, mientras sus ojos miraban a su alrededor,
catalogando las vueltas, las puertas, los ventiladores, las posibilidades de
defensa y ataque. El corredor terminaba en un estrecho pasillo, contra una
pared lisa. Mientras caminaban hacia allí, Horn contó sus pasos en silencio.
Diez pasos antes de
llegar al fin del pasillo, un arma pesada asomaba su negro cañón a través de
una mirilla en cada lado del corredor. Las dos le apuntaban. Los guardias
estaban detrás de él a una distancia respetable cuando la pared se deslizó
hacia arriba. Una bocanada de aire helado entró en el pasillo. Detrás de la
pared sólo había negrura. Horn se estremeció.
—Fuera —ordenó uno
de los guardias en voz baja.
Horn siguió
caminando. Las armas pesadas giraron para seguir su paso. Cuando los ojos de
Horn se acostumbraron a la oscuridad, distinguió el puente. Sólo tenía el ancho
suficiente para permitir el paso de un hombre. Debajo había un foso, cuyas
aguas se veían negras.
Horn empezó a
cruzar el puente en dirección a la oscura masa de tierra al otro lado. Volvió a
estremecerse dentro de su delgado uniforme anaranjado. Se enfrentaba con la
oscuridad y lo desconocido sin otra arma excepto las fuerzas de su cuerpo, la
habilidad de sus manos y la energía de su mente. Detrás de él, la luz se apagó.
La puerta resonó al cerrarse con un terrible sonido final. Ya no había regreso.
Horn salió del
puente hacia la fría y dura piedra y esperó, mientras sus ojos se acostumbraban
a la oscuridad. El suelo parecía ligeramente ondulado por allí cerca, pero en
general todo el terreno era llano. No se veían montañas ni colinas, y el
horizonte se curvaba en forma apreciable. La gravedad era escasa; el aire fino
y frío pero respirable. No se veía a nadie. No existía vegetación. El
planetoide prisión parecía muerto.
Horn giró la
cabeza. Un débil resplandor rojo se alzaba sobre el horizonte. Debía ser el
crepúsculo o el amanecer. Se volvió para estudiar el lugar que acababa de
abandonar: se elevaba frente de él, chato y negro. Las negras y rectas paredes
se levantaban verticales en el mismo borde del foso. La única nota de color
entre tanta negrura era el grueso y dorado cilindro que surgía hacia las
estrellas desde una cúpula en lo alto de la fortaleza.
Los ojos de Horn lo
siguieron hasta que la distancia lo convirtió en un delgado hilo y luego
desapareció. Iba hasta Eron; desde Eron un hombre podía ir a cualquier lugar
del Imperio. Iba hasta Wendre…, pero aquello no le servía de consuelo.
El Tubo no era más
que una tortura constante que le hacía recordar lo que había perdido para
siempre. ¿Tres horas de viaje hasta Eron? Ni en toda la eternidad podría
regresar. Estaba desterrado para siempre en aquel helado satélite de un sol
olvidado.
Para llegar hasta
el Tubo era necesario atravesar la fortaleza, y ésta era invencible. Aquella
entrada sería la única, y en realidad no era más que una salida. Sólo el
estrecho puente conducía a la gruesa e inamovible puerta. Detrás de ella
vigilaban las armas unitrónicas, y sin duda otras defensas. ¿Qué se podía hacer
con las manos desnudas contra aquellas paredes?
Nadie volvía de
Vantee. Horn se quedaría allí hasta que muriera. La muerte era la única puerta.
Había sido un
extraño camino el que le llevó a aquel lugar. Desde uno a otro extremo del
Imperio, a través de distancias estelares, siempre empujado hacia delante.
Ahora podía enfrentarse con aquel hecho: algo le empujó siempre, siempre
adelante. Existían fuerzas que impulsaban a los hombres, desconocidas,
inescrutables, por extraños caminos hacia destinos aún más extraños. Una vez se
da el primer paso por ese camino, ya nadie puede retroceder, hasta llegar al
fin. Ahora Horn había llegado a ese fin. Era el final del viaje, del mundo, de
su vida. Después, no existía nada.
Y sin embargo, el
hombre era libre. Sólo la omnipotencia puede tejer el hilo de la vida de todos
los hombres sobre el infinito tapiz del tiempo y del espacio. Pero aquellas
fuerzas no eran omnipotentes. Eran enormes y llegaban muy lejos, es cierto, y
podían mover masas e imperios, pero no a los individuos. Los hombres que se
encontraban en la corriente eran arrastrados con ella, sin darse cuenta del
movimiento porque los otros se movían al mismo ritmo. Pero cuando un hombre en
particular escapaba de la corriente, nadando audazmente hacia la orilla, y una
vez allí, en pie y chorreante, contemplaba el rápido paso de las aguas, sus
acciones podían represar la corriente y hacer que refluyese sobre sí misma. O
podía construir un canal y enviarlas hacia otro fin.
Horn aceptó dinero
para matar a un hombre. Nada le obligaba a tomarlo; una vez que lo tuvo en su
mano, nada lo ataba, excepto su propio carácter, a cumplir con el contrato
verbal; podía haber desfallecido cuando los obstáculos se amontonaban delante
de él. Pudo haber perdido el ánimo durante el largo camino; pudo dejar que
Kolhnar viviera cuando lo tenía delante de su pistola.
Las fuerzas habían
dicho «Eron caerá», pero no dijeron cuándo. Su bala había proporcionado la
muerte de Kolhnar; aceleró la crisis hacia una rebelión. Si Kolhnar hubiese
muerto naturalmente, el orden detrás del Imperio hubiese transferido la
autoridad sin perder su ritmo. No había duda de que Eron caería; era
inevitable. Pero ¿cuándo? ¿Y cómo?
Lo inevitable
empezó allí. Horn inició la cadena de los acontecimientos. Había hecho saltar
la chispa de la rebelión; su mano dirigió la corriente que le llevó hasta
Vantee. En cualquier punto de su camino pudo detenerse y decir: «¡Alto! ¡No
sigo más!». Quizá la corriente habría pasado arrolladora por encima de él, pero
entonces el inevitable destino habría terminado para Horn.
Un acto de
violencia había cambiado el curso de la corriente. Horn no podía sentirse
orgulloso por ello, aunque sus frutos representasen la libertad de millones de
seres, pero era algo irreversible. El instinto le hizo rendirse a la corriente
y ésta le llevó hasta Eron. Instinto: las inconscientes necesidades, como la
supervivencia y la satisfacción del hambre constituían las revueltas moléculas
de la corriente. Eran algo negativo, representaban la rendición ante el
Destino. Pero un hombre podía luchar contra la corriente; cada uno de sus actos
positivos luchaba contra ella.
En la capilla del
Culto de la Entropía, Horn se había lanzado contra la corriente. Marchó con Wu
a la reunión en la residencia de Duchane porque, en cierto modo, era rebelarse
contra lo inevitable. Y aquella decisión tuvo sus efectos. Si no hubiese asistido,
Wendre estaría muerta y cautiva y Wu, de haber ido solo, habría caído ante las
balas de los esbirros de Duchane. Quizás el Destino vencería más tarde, pero
ello no alteraba la importancia de la reacción. Fue un acto de amor, algo
positivo, lo que le llevó al lado de Wendre para protegerla hasta que fue
capturado.
Podía ahora
comprender que amaba a Wendre. Era un amor sin esperanza, pero bueno, porque lo
formaba una potente fuerza positiva. Su amor le daba la fuerza necesaria para
luchar de nuevo contra la corriente, para intentar que las aguas volvieran a su
fuente. Si un hombre pudo alterar su destino una vez, podrá cambiarlo de nuevo.
Eron debía caer, pero ¿cómo?
La fortaleza no era
invencible; no había nada que lo fuese. En aquella playa perdida, donde las
fuerzas invisibles le habían lanzado para que muriese en el olvido, Horn
lucharía de nuevo. Podía ser una lucha fatal, pero lo importante era luchar y
no dejarse arrastrar por las insensibles e inhumanas fuerzas que ordenaban la
creación y la caída de los Imperios.
Horn miró de nuevo
al ahusado y dorado Tubo y no le pareció ahora una burla para el prisionero,
sino un eslabón con la Galaxia. Recordó la sensación de derrota que experimentó
en un solitario valle cuando contempló las estrellas unidas por una red de nervios,
y ahora volvió a verlas del mismo modo. No sólo las estrellas, sino toda la
Humanidad estaba unida por los acontecimientos y por la compulsión. Era algo
intangible, sin rastros, una fuerza moral: el más pequeño suceso en la más
lejana frontera del Imperio afectaba a todos los habitantes de la Galaxia.
Un hombre podía
formar un sistema filosófico basado en aquellas ideas, y es posible que fuese
mejor que el simple individualismo. No eran precisamente aquellas fuerzas
invisibles, o quizás la red que unía a las estrellas no era más que un
corolario de aquellas fuerzas, su efecto. Parecían decir: si existe un esclavo
en cualquier parte de los mundos estelares, ningún hombre puede sentirse libre.
Y también decía: mientras exista un hombre libre, nadie será completamente
esclavo. Y como consecuencia, hasta el Director de Eron era un esclavo, ya que
no podía permitir que la Constelación siguiera libre.
No podía permitirlo
porque aquellos mundos eran el foco de muchas fuerzas que no le permitían
ejercer su voluntad. Pero un hombre libre puede elegir; en eso, el
individualismo es bueno. En ese punto, todos los hombres son libres.
Habían otras cosas
que Horn podía recordar: «Ningún hombre puede actuar por sí solo, está atado a
la Humanidad. Nadie sufre solo; la Humanidad sufre con él. La injusticia para
uno es injusticia para todos; todo hombre debe levantarse contra ella como si le
afectase a él; en realidad, es así».
¿Qué fue lo que
dijo Wu? «Cuando algo se mueve es que algo lo ha empujado». Era un error
expresarlo en esta forma deshumanizada. Mucho mejor decir: cuando alguien se
mueve es porque alguien le empuja. Y aún existía una forma más sencilla de
decirlo: no importa cuan alejadas parezcan las personas; hay un puente que las
une a todas.
Horn había
aprendido aquella lección. Era una lección muy importante, digna de que se
muriera por ella. Y aún más importante: constituía una razón para vivir.
El Tubo. Todo un
símbolo de opresión, pero también un símbolo de esperanza.
Algo pesado cayó
sobre su espalda, aplastándolo. Unas manos rápidas y seguras se extendieron
hacia su garganta. Horn tropezó, y tambaleándose se inclinó hacia delante. El
cuerpo que pesaba sobre él voló por encima de su hombro. Era un hombre, y ahora
caía hacia el foso; sus brazos oscuros agitando el aire, sus desesperados
manotazos formando una escena que a Horn le pareció familiar. Pero ahora no
había tiempo para recuerdos. El foso relampagueó cuando el hombre llegó al
fondo. Sus gritos terminaron en forma abrupta, y en su lugar empezó el lento
hedor de la carne abrasada.
Mucho antes, Horn
se había vuelto golpeando a ciegas contra las grotescas sombras que se
apretaban contra él. Una de las sombras cayó al suelo, pero volvió a levantarse
para atacarle de nuevo. No eran unos atacantes casuales y descuidados. Eran
hábiles asesinos que habían aprendido a matar con sus manos desnudas…, o a
morir.
Se acercaron a Horn
en un semicírculo mortal. Dos de ellos se lanzaron al unísono, uno a sus
rodillas y el otro contra su garganta. Golpeó con la rodilla al primero; la
sombra gruñó mientras caía a un lado y luego se ponía de rodillas con rapidez.
Golpeó al otro con el canto de la mano abierta; éste cayó y se quedó inmóvil.
Pero le habían
obligado a retroceder. Tanteó detrás suyo con el pie y sólo encontró el vacío.
Estaba al borde del foso, y debajo aguardaba la muerte. No podía retroceder
más.
El puente debía
estar por allí. Si podía encontrarlo, le sería posible retroceder sobre él y
vencerlos uno a uno. Pero no se atrevió a volverse para mirar, y su pie no tocó
nada detrás.
Los otros se
acercaban. ¿Querían matarlo? ¿Querían hacerlo regresar a la fortaleza? Horn se
sentiría seguro mientras sus atacantes tuvieran que acercarse a él por el
frente; tenía confianza en sus propias fuerzas. Pero si los atacaba, la
situación variaría. Entonces podrían rodearle, y sería un milagro que escapase
con vida.
Pero debía atacar o
seguir retrocediendo, y detrás de sí sólo tenía el vacío. Horn tensó los
músculos de sus piernas para dar un salto.
LA HISTORIA
Libertad…
¿Qué valor tiene?
Tanto como un hombre pueda pagar, y a veces mucho más. Y aun entonces, ningún
hombre puede poseerla por entero o legarla a sus hijos.
La Constelación la
tuvo, y Eron se la arrebató. Para la Constelación, la libertad valia todo
cuanto poseía. Los mundos federados se arriesgaron a todo por ella, no una vez,
sino dos. No fue bastante.
Eron se conmovió
hasta los cimientos por la increíble derrota en la Primera Guerra de Quarnon.
Una segunda derrota podía destrozar al Imperio. Pero aun este tremendo riesgo
valía la pena, a fin de eliminar la peligrosa noticia de que existían mundos
libres más allá del Imperio.
Muchos años pasaron
mientras las flotas de Eron volaban hacia la Constelación a velocidades
cercanas a la de la luz para instalar los Terminales del Tubo en los mundos
fronterizos. Luego, los hombres y las máquinas surgieron de los Terminales al
cabo de pocas horas después de abandonar Eron.
Y, sin embargo, la
Constelación estaba dispuesta a luchar contra semejantes obstáculos.
¿Cómo se puede
calcular el costo de la libertad? ¿Cuál es el precio de un mundo desplobado? ¿O
de una civilización destruida? ¿O el de billones de vidas humanas?
Tenemos un dato: la
parte de los ingresos de la Compañía que recibía cada hombre y mujer de pura
sangre dorada fue reducida a la mitad.
¿Libertad? Cada uno
le da su precio. En alguna parte siempre existe un hombre que la desea lo
suficiente para estar dispuesto a pagar cualquier cosa por ella.
Capítulo XVI
LA LLAVE
Horn saltó hacia
las sombras que le rodeaban, girando, esquivando, golpeando a ciegas. Eran
demasiados. Cuando uno caía, otro ocupaba su lugar. Los puños atravesaron la
guardia de Horn. Le golpearon sin compasión, en el rostro y en el cuerpo. Y
luego las sombras estuvieron encima de él agarrándole los brazos, sujetándole
por la espalda, tratando de sujetarle las piernas para hacerle caer. Horn se
tambaleó como un árbol a punto de ser derribado. Un rostro apareció por encima
de su hombro, con los dientes desnudos, buscando su garganta.
Pero detrás de la
oscilante masa de puños, dientes y dedos, una poderosa voz resonó con acento de
autoridad.
—¡Basta, lobos
hambrientos de sangre! ¡Basta, he dicho! ¡Dejadle en paz!
Horn pudo sentir
como los cuerpos eran arrancados de encima de él como si fueran sanguijuelas.
Al fin pudo ponerse en pie, libre. Las piernas le temblaban un poco, pero las
dominó con rapidez. Miró al extraño rostro que se alzaba por encima de él.
No era un rostro
que inspirase confianza. Los rasgos eran abruptos y lo bastante grandes para
cuadrar con una estatura de más de dos metros. Una cabellera de rojo y violento
pelo caía salvaje por encima de sus anchos hombros. Más abajo se unía con una
roja e hirsuta barba. El débil sol que ya se alzaba por encima del rocoso borde
del planetoide la hacía parecer aún más roja.
Horn miró dentro de
los profundos y alegres ojos azules y respiró profundamente.
—Gracias —dijo con
sencillez.
La barba se agitó.
—No es nada —rugió
el gigante—. Me gustas, pequeño. Te defendiste bien contra esa manada de
perros. Hasta las hienas se vuelven bravas cuando corren juntas, y cuando son
muchas pueden derribar al ciervo más orgulloso. Me llaman Redblade.
El nombre era
familiar.
—¿El pirata?
—preguntó Horn.
Los ojos de
Redblade brillaron.
—¿Has oído hablar
de mí?
Horn asintió. Era
un nombre que cargaba consigo destrucción, matanza y violencia; también era un
desafío a la autoridad que representaba al Imperio.
—Necesitaron tres
cruceros para vencerme —alardeó el pirata—, y me atraparon cuando dormía.
—Yo soy Horn.
Soldado de fortuna.
—¿Otro pirata, eh?
Pero más listo. Haríamos buena pareja… —el rojizo rostro se ensombreció— …si
sólo tuviéramos una oportunidad de salir de esta roca olvidada…
—¿No hay ninguna
posibilidad? —dijo Horn.
Redblade movió la
cabeza con amargura.
—Nadie lo ha
conseguido, por lo menos en todo el tiempo que Vantee ha sido una prisión.
—Hay una llave para
cada puerta.
—No para ésta —dijo
Redblade—. Ven conmigo, ya te lo explicaré. Llegas a tiempo para el almuerzo.
Mientras el pirata
le conducía alrededor del ancho foso, Horn preguntó:
—¿Por qué querían
matarme esos hombres?
—Después que hayas
desayunado, lo comprenderás.
Llegaron al lado de
un grupo de hombres harapientos. Estaban sentados o en pie, varios cientos de
ellos, esperando que algo sucediera.
—¡Abrid paso!
—rugió Redblade—. Tenemos un invitado.
Atravesó la
multitud con fáciles movimientos de sus hombros, que lanzaban a los lados a
quienes tenían la mala suerte de encontrarse en su camino. Aquellos que se
resistían, se sometieron con rapidez ante un golpe seco de la mano del gigante.
Horn observó cierta brutalidad en el pirata; quizás fuera necesaria.
Se detuvieron al
lado de un canalejo poco profundo, esculpido en la roca. De la negra pared de
la fortaleza salía una tubería que llegaba hasta allí. Mientras Horn miraba a
su alrededor, la tubería empezó a vomitar una materia amarillenta, pegajosa y
viscosa.
—El almuerzo —dijo
Redblade—. Come.
Se arrodilló y
recogió un puñado; Horn se inclinó a su lado y probó aquello. Era comestible,
pero poca cosa más. Horn no podía permitirse el lujo de rechazarlo; comió para
satisfacer su hambre.
—¡Barro! —dijo
Redblade con repugnancia—. Día y noche, sólo este barro para comer.
El pirata se
enjugaba la boca barbuda con un brazo lleno de pelo cobrizo, mientras Horn se
ponía en pie. Los otros hombres se agolpaban a los lados del pequeño canal,
algunos de ellos con el rostro enterrado en el viscoso barro, tendidos en el
suelo. Muchos eran arrastrados por los que se encontraban en las filas de
atrás. Estallaron peleas en algunas partes. Un hombre cayó en la trinchera y se
arrastró lejos de allí, mientras comía lo que quedó adherido a su cuerpo.
Horn se sintió un
poco enfermo.
—¡Cerdos! —dijo
Redblade con disgusto—. Oh, desde luego, es alimento. Alguien me dijo que ponen
minerales y otras substancias en eso. Ninguno de nosotros muere… de hambre, al
menos. Nos llena, pero no satisface. Sentimos hambre de carne.
Horn se estremeció.
—Entonces… eso es
lo que querían.
—Algunos tienen más
hambre que los demás.
Caminaban
apartándose de la chata fortaleza. Al cabo de unos minutos, la silueta se
hundió detrás del horizonte. Horn y Redblade quedaron en pie en el borde de una
depresión bastante grande, pero no muy profunda, que tenía la forma de un
cuenco.
—Cuando comprendas
cómo vivimos —dijo Redblade—, comprenderás por qué la huida es imposible.
Señaló a los negros
agujeros en las paredes, que parecían cuevas; habían sido labrados mediante
ímprobos esfuerzos durante los años y las generaciones. Su valor era inmenso,
según dijo Redblade, para protegerlos del frío.
—¿Es que no hay
fuego siquiera? —preguntó Horn.
Redblade negó con
la cabeza. Ése era el problema principal: Vantee nunca tuvo vida. No existía
ninguna fuente de energía química, nada de petróleo, carbón o madera. Nada en
Vantee servía para quemar. El único material que existía en Vantee era la roca,
y la roca sirve para muy pocas cosas. Aparte de las rocas, lo único que los
prisioneros poseían era lo que habían sacado de la fortaleza con ellos. Su
valor seguía este orden: hueso ―para herramientas y armas primitivas―, trapos
―que significaban calor― y el metal…
—¿Metal?
—Los clavos de los
zapatos, las agujas, hebillas de cinturón, botones… Se necesita mucho tiempo
para acumular bastante metal hasta poder construir algo tan útil como un
cuchillo.
Horn comprendió.
Sin fuego, casi todo era imposible.
—Para divertirnos
—continuó Redblade—, tenemos todo lo que los hombres sin mujeres pueden
procurarse. Aunque pobres y grotescas, estas diversiones son la base de las
competiciones atléticas, generalmente sangrientas.
Era corriente que
alguno de los participantes resultase mal herido o muerto. Un complejo sistema
de conducta y de prestigio social se había desarrollado alrededor de esas
competiciones. Por el momento, Redblade era el campeón indiscutido, vencedor en
todos sus combates. Su posición llevaba consigo ciertos privilegios: una parte
de todos los cadáveres, y el derecho de dar tantas órdenes como pudiera
personalmente imponer…
—Eso puedes hacerlo
en cualquier caso —objetó Horn.
—Es cierto —admitió
Redblade—, pero los demás no se unirán contra mí mientras no estime en más de
lo que valen mis fuerzas, o no les exija algo irrazonable. El resultado de todo
esto, sin embargo, es que nadie hará nada que no desee hacer, o que no pueda
ser obligado a realizar.
—Entonces, es que
no quieren unirse en una causa común —murmuró Horn—. Eso no es más que un
vengativo individualismo.
—Bien —dijo
Redblade, encogiéndose de hombros—, podemos resumir la situación diciendo que
no hay posibilidades de rescate. Nadie sabe siquiera dónde está Vantee.
Horn recordó las
desconocidas estrellas y pensó que aquel cielo podía muy bien ser el de otra
galaxia.
—El único camino de
regreso es a través del Tubo —dijo Redblade—, y el único camino para llegar al
Tubo es a través de la fortaleza. —Miró a sus enormes manos, apretando los
puños—. Lo intentamos una vez. Lanzamos piedras al foso, hasta que pudimos
llegar a las paredes. No conseguimos nada.
—¿Qué sucedió?
—El Alcaide nos
cortó la comida hasta que limpiamos el foso. Muchos murieron. Como puedes ver,
no hay esperanza.
—En circunstancias
ordinarias, no —admitió sonriente Horn—. Pero las circunstancias han cambiado.
El Imperio se deshace; cada uno lucha para apoderarse de lo que pueda de sus
restos.
Los ojos de
Redblade se encendieron.
—¿Qué ha sucedido?
—¡Rebelión!
Brevemente, Horn
explicó al pirata lo ocurrido en los últimos días. Redblade rugió desde lo
profundo de su pecho.
—¡Ahrrr! Daría diez
años de esta vida para poder lanzarme de nuevo a una verdadera lucha, para
sentir que la carne se rasga y los huesos se rompen, para ver correr la sangre…
—luego suspiró—Dime, ¿crees de veras que Eron se encuentra en una situación difícil?
Horn asintió.
—No se trata sólo
de las luchas dentro de Eron, aunque eso es muy peligroso. Todos los mundos
conquistados del Imperio se rebelarán. No tendrán bastantes tropas para poder
enviar a Eron, y las naves serán inútiles para combatir en el interior. Las
guarniciones se rebelarán. La jefatura del Imperio ha desaparecido. Unos
cuantos hombres dispuestos podrían decidir la batalla, y un solo nombre vale
más que un ejército: Peter Sair —terminó Horn.
—Sair ha muerto
—dijo Redblade.
—¿Lo has visto
morir?
—Nunca estuvo aquí
fuera, con nosotros. Lo tenían prisionero dentro de la fortaleza. Unos recién
llegados nos trajeron noticias de su muerte.
Horn suspiró. No
era más que otro rumor, como los demás; era quizás algo que el Imperio pudo
propagar deliberadamente. Sair debía estar vivo.
—Tendremos que
esperar a que alguien venga a liberarnos —dijo Redblade.
—Yo no puedo
esperar —dijo Horn—. Quizás tuviera que esperar eternamente.
—Entonces, ¿tienes
un plan?
—Si estás dispuesto
a correr el riesgo…
—Cualquier riesgo
—escupió Redblade.
—¿Cuantos hombres
hay ahí fuera?
Redblade se encogió
de hombros.
—Tres, o quizá
cuatro centenas. Nadie los ha contado nunca. Muchos mueren. Y otros llegan
desde la fortaleza.
—¿Qué harías si
fueses el Alcaide? —preguntó Horn—. Sólo cuenta con unos cuantos hombres para
hacer una gran tarea: apoderarse del casquete Norte y su sala de control. El
Alcaide no tiene escrúpulos…
—¡Utilizaría a los
prisioneros! —exclamó Redblade—. Les pondría una pistola a la espalda y los
lanzaría a la lucha. Hay muchas ocasiones en que las armas no sirven de mucho.
Unos cuantos centenares de verdaderos luchadores pueden decidir la mayor parte
de las batallas: muchos morirían, pero vencerían. Sin embargo, es muy peligroso
el permitirnos la entrada en la fortaleza.
—Pero no tan
peligroso como ser derrotado —dijo Horn—. Recuerda, su plan se basa en la
sorpresa. Nos llaman de repente, y nos encierran en una sala bien defendida
para salir de allí unos pocos cada vez…
—Si —dijo
Redblade—. Es posible.
—Pero si hemos
adivinado sus intenciones, si estamos dispuestos a lanzarnos contra él antes de
que esté preparado, tenemos una posibilidad de éxito. No muy buena, pero es una
posibilidad.
—Cualquier medio de
salir de Vantee es bueno para mí —murmuró Redblade mientras hundía los dedos en
su espeso cabello—. ¿Qué es lo que necesitamos?
—Un puñado de
hombres en quienes podamos confiar —empezó Horn.
—Oh, no existen
aquí. Si eran dignos de confianza cuando llegaron, pronto aprendieron lo que
les convenía.
—Pero… ¡se trata de
la libertad! —estalló Horn—. ¿Es que ninguno está dispuesto a aceptar órdenes a
cambio de ser libre?
—Es posible que lo
hagan —admitió Redblade—, pero no debes fiarte de ninguno. —Vaciló un
instante—. Ni siquiera de mí. Puedes atraerles con promesas de libertad u
obligarles con los puños, pero no puedes confiar en ninguno.
Horn miró con
fiereza a los ojos del pirata.
—Sígueme —dijo—, y
venceremos al Imperio. Apártate de mí, y no tendrás más que una rápida muerte.
—Puede ser que lo
haga —murmuró Redblade—. Puede ser. Yo estoy a tu lado. Pero no confíes en mí.
—Debo hacerlo —dijo
Horn con firmeza. No tenía otro recurso. Necesitaba contar con aquel gigante
amoral para que le guardase las espaldas—. Necesitamos armas.
—¿Cuchillos,
porras, hondas o palos de hueso?
—Utilizaremos las
que podamos esconder debajo de las ropas —dijo Horn—, pero necesitamos un arma
pequeña que pueda matar a cierta distancia.
—¿Como ésta?
—preguntó Redblade.
Sacó algo metálico
de uno de sus bolsillos. Horn lo tomó en sus manos y lo estudió con atención.
Era una pistola groseramente hecha, con un pequeño cañón metálico, una culata
de hueso, un gatillo y una pequeña palanquita en uno de sus lados.
—¿Qué es esto?
—preguntó dudoso.
Redblade vertió el
contenido de una pequeña bolsa en su ancha mano. La débil luz del sol brilló
encima de unos delgados y aguzados dardos.
—Dentro del cañón
hay un muelle. La palanquita lo estira hasta que queda sujeto por el gatillo.
Se mete uno de estos —dejó caer un dardo dentro del cañón del arma, levantó la
pistola y apuntó a una roca— y se aprieta el gatillo.
¡Twangggg! Ssss.
¡Pingng!
—No tiene mucha
precisión, pero puede matar a un hombre a corta distancia —dijo Redblade.
—No hicieron estas
pistolas con hebillas de cinturón…
—Antes había
canalejos de metal donde ahora tenemos la trinchera de la comida. Los
arrancamos y moldeamos el metal, golpeándolo y puliéndolo contra la roca. Nos
costó mucho tiempo, pero disponíamos de toda la eternidad.
—Con dos de estas
armas —dijo Horn pensativo— es posible que tengamos éxito. Trata de buscar
media docena de hombres, que sean rápidos y estén dispuestos a obedecer
nuestras órdenes. Nadie más debe saber nuestros proyectos.
Los hombres
llegaron sombríos, empujados delante de Redblade como corderos delante del
perro pastor. Pero cuando Horn les explicó las posibilidades del plan, sus ojos
se animaron. Cuando les preguntó si estaban dispuestos a obedecer, todos
asintieron firmemente. Les dio el mismo incentivo para seguirle que había dado
a Redblade, y luego añadió:
—Y al que no esté
dispuesto a luchar, lo mataremos Redblade o yo.
El pirata gruñó
amenazador y los desharrapados prisioneros se encogieron de hombros como si las
condiciones fuesen obvias.
Horn marcó en el
suelo las dimensiones de la fortaleza, le dio a cada uno su misión y les
intruyó en los detalles de la ejecución del plan hasta que pudieron hacerlo al
unísono con los ojos vendados. El plan era sencillo, pero los planes más
simples son los mejores. Su éxito dependía sólo de la sorpresa y coordinación
del ataque.
Por fin, Horn
comprendió que había hecho cuanto estaba en su mano.
—Debemos mantener
el secreto —les dijo—. Los demás nos traicionarían, o sólo servirían de
estorbo. Sólo hay una forma de que nadie hable: todos se quedarán aquí.
Los hombres
aceptaron la orden, sin satisfacción, pero resignados a las exigencias de la
situación.
—Ahora —dijo Horn—,
todo lo que nos queda por hacer es esperar que el Alcaide se sienta lo bastante
desesperado para decidirse a utilizarnos.
Los hombres se
reunieron justo fuera del alcance del puente que conducía a la sólida y negra
puerta de la fortaleza; aún seguían animados por el fuego del entusiasmo. Pero
a medida que las horas pasaron, Horn contempló cómo se disgregaba la unidad de
su pequeño grupo.
Horn contempló la
puerta y revisó en su mente una y otra vez todos los detalles de su plan.
Comprendió a poco cuan débil era, y lo inadecuado de los instrumentos que debía
usar. Un astroso puñado de traicioneros bandidos, con unas cuantas armas hechas
a mano… contra una fortaleza. Era una locura, pero aun la misma locura es
preferible a la resignación; una sola oportunidad es mejor que ninguna.
Una vez, durante la
larga espera, Redblade lo llamó aparte.
—Mira, muchacho
—dijo—. He pensado en lo que me has dicho. Puedes contar conmigo.
Horn sintió que
podía confiar en aquel hombre, hasta cierto límite. Fue un momento de alegría
en la creciente depresión mental.
Trató de mantener
su convicción de que el Alcaide les llamaría para obtener su ayuda y de que
consiguirían el éxito, pero sus pensamientos se estrellaban delante de la
sombría y negra realidad de la inmóvil fortaleza. Habían demasiados factores
imprevistos, muchas razones que el Alcaide podía hallar para evitar usar a los
prisioneros. Tendría que encontrarse desesperado para permitir la entrada a
aquellos condenados, aunque se hallasen desarmados.
El tiempo
transcurrió lentamente. El sol cruzó perezoso sobre el cielo oscuro hasta que
llegó al horizonte. Las sombras volvieron a envolverlos. Un lejano clamoreo
anunció que la comida volvería a salir de la tubería hacia el canalejo. Sus
hombres se movieron inquietos, pero Redblade los contuvo con la mirada. Sólo él
se marchó. Volvió muy pronto, con un pesado saco de burda tela. Todos comieron
en silencio, contemplando la negra barrera que les separaba de Eron.
Antes de que
terminasen, el silencio y la espera acabaron. Una voz salió de la fortaleza,
amplificada, urgente:
—¡Prisioneros!
Habéis sido condenados a pasar el resto de vuestras vidas en Vantee. Ahora os
damos una segunda oportunidad. El imperio está en guerra. Todos los que estéis
dispuestos a luchar contra los enemigos, seréis admitidos en la fortaleza y
enviados a Eron. Los sobrevivientes serán perdonados y puestos en libertad.
»No podréis huir.
Estaréis vigilados en todo momento. Sólo aquellos sinceros en su
arrepentimiento deben entrar. Los que no lo estén, serán muertos sin aviso ni
compasión. Dentro de cinco minutos la puerta se abrirá. Los que quieran aceptar
nuestra oferta, que entren en el corredor.
»Una última
advertencia: Cualquier acto de violencia será castigado con la muerte.
Antes que la voz
terminase de hablar, Horn y Redblade habían empujado a sus hombres hacia el
puente. Una multitud ya se había reunido delante de ellos. Se abrieron paso a
viva fuerza y se detuvieron delante del foso. La muchedumbre creció detrás de
ellos. La tensión creció con ella mientras los minutos pasaban y la puerta no
se abría.
Un hilo de luz se
convirtió en un torrente, y la puerta se levantó. Cuatro cañones les apuntaban:
las dos armas montadas detrás de las ranuras de las paredes y las pistolas
unitrónicas en las manos de los dos guardias.
Era tal como Horn
lo había imaginado, y la potencia de aquellas armas era suficiente para hacer
vacilar al hombre más desesperado. Las armas pesadas podían escupir proyectiles
que barrerían a los hombres como una guadaña, y las pistolas eran casi tan rápidas.
La masa de
prisioneros empujó hacia delante. Redblade plantó los pies en el borde del
foso, extendió los brazos y los contuvo.
—Despacio —rugió—.
En fila de a uno.
Redblade atravesó
el puente el primero. Detrás de él marchaba Horn. Detrás de Horn avanzaron los
hombres que había instruido durante tantas horas. Detrás de ellos, empujando,
siguieron todos los demás. Entraron en el corredor, parpadeando, nerviosos, como
animales enjaulados al ser puestos en libertad.
Horn y Redblade
marchaban a la cabeza de la multitud. Horn contaba mentalmente los pasos
mientras se acercaban hacia los dos guardias que retrocedían delante de ellos,
con las pistolas preparadas, los ojos inquietos, mirando a todos lados, con
precaución.
Horn aceleró el
paso. Redblade siguió a su lado. Los guardias no pudieron retroceder con la
misma rapidez, y la distancia que los separaba se acortó. Quizás entonces, por
un momento, tuvieron un presentimiento del desastre. Uno de los guardias
levantó su pistola; el otro abrió la boca. Horn ya se lanzaba hacia ellos,
sintiendo como Redblade se movía a su lado rápido y casi a ras del suelo,
mientras el aire estallaba en sus pulmones con un grito:
―¡Ahora!
Atacaron a los
guardias al mismo tiempo. Un disparo retumbó silbando por el corredor. Una de
las armas pesadas tartamudeó con violencia, brevemente, secamente. Horn estaba
demasiado ocupado para preocuparse de nada más. Empujó el brazo del guardia
hacia arriba; su bala rebotó en el techo. El puño de Horn se hundió en el
vientre del guardia. El hombre gimió, doblándose, pero su puño se alzó. Horn
desvió el golpe con el hombro y lanzó un cortante revés a la nuca del guardia,
que sonó seco, con un chasquido. El guardia cayó con la cabeza inclinada en un
ángulo extraño. Mientras se desplomaba, Horn le arrancó la pistola de la mano.
Horn se volvió. La
masa de los prisioneros seguía aún helada. La acción había transcurrido en
menos tiempo del que necesitaban para comprender lo ocurrido y seguir adelante.
Unos cuantos hombres estaban muertos en el suelo, pero las armas de las paredes
seguían silenciosas. Un hombre se alzaba con una mano del cañón de cada una de
ellas, mirando por las ranuras, con las pistolas de muelle preparadas. Debajo
de ellos, dos hombres más armaban a toda prisa otras pistolas.
El guardia de
Redblade yacía inmóvil. El pirata tenía una pistola en la mano, y ahora parecía
más completo. Sonrió con alegría a Horn.
—¡Rápido! —gritó
Horn, sin una pausa—. Nos lanzarán gas. ¡Corred!
Mientras gritaba,
emprendió la carrera. Detrás de él oyó el trueno de muchos pies.
El corredor era
largo y recto, pero no había más armas en las paredes. Si podían llegar al
final se encontrarían en los dormitorios de la tropa. Detrás estaría la sala
del Tubo. Había puertas en las paredes por las que pasaban: todas estaban
cerradas. Horn no sabía adónde llevaban, y no se detuvo para investigar. Miró a
un costado, hacia Redblade: el pirata corría con paso rápido y ágil, su roja
cabellera flotando detrás de él, mientras enseñaba los dientes en un gesto
brutal. Quizá sonríe, pensó Horn.
Al final del
pasillo se abrió una puerta. Un hombre estaba en el dintel, parpadeando,
mirando hacia los hombres que corrían y el estruendo que producían. Era un
hombre viejo, pequeño y robusto; su cabello blanco brillaba como un casquete
polar visto desde el espacio. Los ojos de Horn se abrieron de asombro. De
refilón, pudo ver cómo el brazo de Redblade se alzaba, empuñando la pistola.
La mano de Horn lo
golpeó, desviando el tiro. La bala rebotó silbando en el techo.
—¡Ése es Sair!
—gritó Horn—. ¡Tiene que ser Sair!
Aún no habían
transcurrido sesenta segundos desde que entraron en la fortaleza. Redblade miró
a Horn y luego a la solitaria figura al final del corredor.
Detrás de ellos,
por encima del trueno de la estampida, el corredor empezó a silbar. Horn
comprendió que era el gas; llegaba rápido, aunque demasiado tarde.
Pero entonces, unos
cuantos metros por delante de ellos, una compuerta metálica empezó su rápido y
mortal descenso desde el techo.
LA HISTORIA
Crisis…
La crisis llega,
inexorable, en la vida de los hombres y en la de los Imperios. Las pequeñas
decisiones van cayendo una encima de otra hasta que la gran decisión debe ser
adoptada. Los hombres deben vivir o morir. Los Imperios levantarse o caer.
Cuando finalmente
llega, la gran decisión no es más que una pequeña noticia. Entre los grandes
límites de la Historia, entre las masivas fuerzas que mueven a las razas y a
los Imperios hacia el éxito o hacia la muerte, la causa primera puede ser un
solo hombre.
Un hombre solo no
es más que una cosa insignificante. También lo es una mota de polvo. Pero si
las balanzas son delicadas, si están exactamente compensadas, una mota hará
bajar uno de los platillos con tanta seguridad como una barra de plomo.
Una mota, o un
hombre…
Capítulo XVII
EL SÍMBOLO VIVIENTE
Mientras saltaban
hacia delante, Horn comprendió que él y Redblade podrían atravesar la compuerta
sin dificultad, pero pocos de los hombres que les seguían podrían a su vez
lograrlo. La mayoría quedaría atrapada en el corredor lleno de gas, y dos
hombres solos serían inútiles contra los guardas de la fortaleza.
Pero Redblade se
colocaba ya debajo de la hoja metálica que descendía, levantando los brazos
para amortiguar su caída hasta detenerla con el hombro. Sus músculos
restallaron y sus piernas temblaron bajo el enorme esfuerzo; la tela de su
camisa se rasgó al ensancharse su pecho y contraerse los músculos de su
espalda. Mientras Redblade soportaba la compuerta, su rostro se enrojeció hasta
tomar el color de su barba y el sudor corrió a raudales por su pecho.
—¡Aprisa! —gritó
Horn.
Los hombres se
acercaron con los brazos y piernas moviéndose en un esfuerzo desesperado, pero
su carrera parecía tener la lentitud de una pesadilla. Pero ya atravesaban la
puerta, inclinándose, mientras Redblade se hundía un poco y luego un poco más,
y por fin los únicos hombres que quedaron en el pasillo eran los que yacían
inmóviles allí en el fondo, cerca de la puerta abierta sobre la vacía prisión.
—Han pasado todos
—dijo Horn.
Redblade soltó su
torturante presa y se lanzó hacia un lado. La compuerta se estrelló contra el
suelo.
Cuando Horn se
acercó a Sair, se dio cuenta de que no era más que un cansado viejo. Sus ojos
azules miraban deslumbrados a los hombres que pasaban corriendo por su lado. Su
boca se abrió y volvió a cerrarse, sin emitir ningún sonido. Pero Horn le había
reconocido.
Aquél era el
Libertador, la esperanza de los esclavizados billones del Imperio. Sería
trágico que la edad y la prisión le hubiesen destrozado, convirtiéndole en una
cascara vacía de contenido. Pero aún roto, se dijo Horn, Sair es un símbolo, y
los símbolos perduran aunque la realidad que los formó ya se haya desintegrado.
—Vosotros tres
—dijo Horn, separando del rápido río de hombres a algunos de los que le
ayudaron en el asalto—. Este hombre es Peter Sair. Protegedle. Si no está bien
cuando yo vuelva, os mataré.
Los tres le
miraron, asintieron y se volvieron hacia la puerta abierta. Cuando se volvió
para vigilarles estaban conduciendo al anciano hacia dentro de su habitación.
Horn corrió hasta
que se puso de nuevo al lado de Redblade. Habían otros delante de ellos,
esparcidos por el corredor que ahora giraba en ángulo recto. Una puerta se
abría a la izquierda. Los hombres se lanzaron a través de ella… para morir.
Otros les siguieron; las balas silbaron a través de los cuerpos amontonados,
pero unos cuantos sobrevivieron.
El ruido de las
pistolas y de los muebles destrozados, junto con los gritos y lamentos de los
hombres, formaba una cacofonía de violencia dentro de las salas. Cuando
Redblade y Horn llegaron a la puerta, el lugar estaba ya en silencio. Estaba
llena de sangre, como un matadero; el aire hervía con el calor de la carne
arrancada violentamente. Una docena de hombres con las ropas destrozadas salió
al trote de los silenciosos dormitorios empuñando pistolas.
Horn trató de
dividirlos en grupos de hombres armados y desarmados, pero era imposible
controlarlos. La lucha surgía delante de ellos. Cuando llegaron al final del
gran corredor, habían perdido, por lo menos, cincuenta hombres. En la batalla
por la sala del Tubo, los tres o cuatrocientos prisioneros vieron su número
reducido a menos de un centenar. Todos estaban armados, todos en buenas
condiciones ―excepto por heridas sin importancia― y todos eran excelentes
combatientes.
Sólo una escena
impresionó con claridad a Horn de todo el caleidoscopio de la batalla, que se
agitaba confusa delante de sus ojos. Vio cómo Redblade derribaba la puerta del
despacho del Alcaide. El pirata se quedó inmóvil por un segundo, con los pies
plantados en el suelo, los ojos ardientes fijos en el pálido rostro del
Alcaide. Redblade rugió, dejó caer la pistola como si fuese algo inútil, y se
lanzó hacia el Alcaide. Este buscó desesperado en un cajón, sin poder separar
su vista de Redblade por el tiempo suficiente para encontrar su pistola.
Redblade se deslizó
por encima del ancho escritorio y lo derribó. La pistola cayó al suelo, y el
Alcaide se tambaleó bajo el impacto, pero se recobró con rapidez. Era casi tan
alto como Redblade, y quizás le aventajaba en peso. Chocaron como toros salvajes.
El golpe estremeció la habitación, mientras sus brazos buscaban una presa
mortal. Las rodillas del Alcaide se levantaron en un golpe traicionero, pero
Redblade retorció su cuerpo a un lado y pasó un fuerte brazo por la cintura del
Alcaide. El otro brazo estaba debajo de la barbilla del Alcaide, empujándola
hacia atrás, los dedos extendidos arañando el rostro del Alcaide, buscando los
ojos.
Los puños del
Alcaide retumbaron contra el pecho de Reblade por un momento, pero el pirata
pareció no darse cuenta de ellos. Abrazó más fuerte aún la cintura del otro,
mientras empujaba su barbilla; el Alcaide lo agarró con las dos manos y tiró
con todas sus fuerzas, pero ya había perdido el equilibrio, su espalda torcida,
los pies luchando para mantenerse en el suelo. Era demasiado tarde. Un momento
después su cuello se partió.
Redblade dejó que
el cuerpo se deslizase entre sus manos. Cayó como un muñeco relleno de trapos,
con una contorsión extraña. Redblade lo miró por un momento, mientras su pecho
se agitaba tumultuosamente. Levantó los ojos y se rió; era una risa de alegría.
—He soñado muchas
veces con este momento —gritó—. Siempre odió a los hombres grandes. Quizás
tenía miedo de que uno de ellos fuese más grande y más fuerte que él.
La fortaleza estaba
casi silenciosa. Los ruidos de la lucha se habían apagado poco a poco. Horn
explicó con rapidez lo que debía hacerse.
—Trata de organizar
a los hombres. Reúne a todos los que estén dispuestos a seguirnos a Eron y a
aceptar nuestras órdenes. El que no esté dispuesto o conforme, se queda aquí.
Si tienes dificultades, dispara primero y pregunta después.
Redblade asintió.
Horn dio media vuelta y regresó al corredor.
Sair estaba sentado
en medio de su habitación. Estaba desnuda de todo, excepto lo más necesario:
una litera de metal, una mesa, una silla, los servicios de aseo groseramente a
la vista. Una ranura al pie de la puerta proporcionaba el espacio necesario para
que le pasaran los platos de la comida carcelaria. El Alcaide había permitido
al anciano que tuviera papel y pluma; varias hojas encima de la mesa estaban
cubiertas con extraños jeroglíficos. Cuando Horn entró, Sair estaba
contemplando a sus tres guardianes con ojos llenos de suspicacia. Se volvió
hacia Horn cuando éste entró, agarró las hojas de papel, doblándolas, y se las
guardó en el pecho.
Los tres hombres se
pusieron en pie.
—Todo ha terminado
—les dijo Horn—. Presentaros a Redblade en la sala del Tubo.
—Maldición, Horn
—se quejó uno con amargura—. Nos has hecho perder toda la diversión.
—No os quejéis
—dijo Horn—. Dos de vosotros ya estarías muertos. Fuera.
Hizo un gesto con
la pistola. Los tres hombres salieron con rapidez y Horn se quedó solo con
Sair. La cabeza del anciano temblaba con algo parecido a la senilidad.
—¿Quién eres?
—preguntó Sair. Su voz era baja, vacilante y vieja.
—Alan Horn. Un
prisionero, al igual que usted. Hemos conquistado Vantee. Nos hemos apoderado
de la fortaleza.
—Escribiré la
epopeya —dijo Sair—. ¿Y ahora?
—Volveremos a Eron,
y con usted.
—Ahhh —suspiró
Sair—. ¿Qué hará un viejo como yo en Eron?
—La rebelión
—contestó Torn—. Sólo usted puede unirla, llevarla a buen fin, impedir que
reduzca al Imperio a la barbarie.
Sair movió la
cabeza interminablemente, hasta que Horn pensó que nunca se detendría.
—Mis días de lucha
han terminado. No soy más que un viejo. Debemos dejar que los jóvenes cumplan
con su misión. Yo estoy terminado, gastado, medio muerto ya.
—Esta misión ningún
otro puede llevarla a término —dijo Horn con firmeza—. No necesitamos que
luche. Sólo su presencia, su inteligencia.
O lo que quede de
ella, pensó. La cabeza de Sair seguía moviéndose, pero sus ojos tenían un nuevo
brillo.
—¿Rebelión, has
dicho? ¿Contra Eron? Es difícil de creer.
—Kolhnar fue
asesinado. Los Consejeros han empezado a luchar entre sí. Cuando Duchane se
hizo elegir Director, los niveles inferiores se rebelaron contra él. No sé lo
que puede haber sucedido desde entonces. Tenemos que volver a Eron… cuanto
antes.
—¿Kolhnar, muerto?
Era un gran hombre. Cuesta pensar en él como desaparecido.
Horn contempló a
Sair sin comprender. ¿Kolhnar, un gran hombre?
—Pero… ¡ese hombre
fue el que conquistó la Constelación, y el que le condenó a Vantee!
—A pesar de todo,
era un gran hombre. Mantuvo vivo el Imperio mucho tiempo después de que debió
estar muerto. Tuvimos la mala suerte de que le fue fiel a un sueño moribundo.
—La cabeza de Sair se había detenido. Parecía más firme, más lleno de vida.
Horn caminó por la
habitación con impaciencia. Los cansados ojos de Sair siguieron su movimiento
con curiosidad. Horn tenía el deber de volver a Eron; cada instante perdido era
pura agonía para él. Pero tenía que volver con Sair.
—Ya sabe lo que
sucederá si Duchane vence —explicó Horn—. O si, por el contrario, se ahoga en
su propio mar de sangre, y las insensatas turbas saquean Eron: el Imperio se
destrozará en mil pedazos. Arruinarán el sistema de Tubos que une a las
estrellas, derribarán las mismas paredes de Eron y morirán con él. Ya deben
estar hambrientos; no han llegado alimentos durante varios meses.
—Duchane. —Sair
asintió y luego suspiró. Negó con la cabeza, esta vez con decisión—. No, no.
Toda mi vida he luchado por esas dos cosas: libertad y hambre. Hambre y
libertad. Atado a esas columnas he pasado toda mi vida. Ahora no deseo más que
una libertad, la última: morir. Dejemos que otros hombres, más jóvenes que yo,
luchen por sus ideales. Dejemos que lancen su inextinguible energía a la
batalla y descubran que es inútil luchar contra las mareas y corrientes a que
arrastran a los hombres y a los Imperios hacia sus destinos. Dejemos que se
empeñen en abrir nuevos caminos, y luego vean que no pueden retroceder por
ellos. Ya no tengo fuerzas. Sólo me queda la mínima para seguir alentando. Sólo
quiero paz y el tiempo necesario para morir. Éste es un sitio tan bueno como
otro cualquiera.
—Dijeron que usted
había muerto —dijo Horn en voz baja—. Muchos lo creyeron. Y las esperanzas de
incontables billones también murieron. Si supieran que sigue vivo, se unirían;
entre el caos de sus propias y salvajes pasiones, desencadenadas por primera vez,
eso sólo podría salvarlos. Ellos le necesitan. Es inútil hablar de otros
hombres; no existe ningún otro que pueda realizar esta tarea. Inclusive el
Imperio le necesita. Sólo usted puede salvarlo, porque Duchane lo destruirá,
gane o pierda.
Sair miró con
firmeza su rostro lleno de vigor.
—Tú crees en eso,
¿no es cierto?
Horn asintió. Sair
suspiró profundamente.
—Quizás sea cierto.
El moribundo debe arrastrarse de su tumba para ayudar a los vivos. ¿Es que no
existe la paz? ¿No hay paz en ningún lugar?
Horn esperó, sin
atreverse a respirar. Lentamente, Sair se puso de pie.
—¿Qué esperamos?
—preguntó. Sus labios se curvaron en una sonrisa amarga—. Marchemos a libertar
a los esclavos, y a salvar al Imperio.
Horn respiró y se
volvió hacia la puerta, manteniéndola abierta para que pasara el anciano.
El paso de Sair era
ágil mientras se dirigían hacia la sala del Tubo. Ahora que había llegado a una
decisión, tenía muchas preguntas que hacer sobre la situación en Eron y sobre
la forma en que se apoderaron de la fortaleza. Asintió pensativo cuando Horn
describió la necesidad del Alcaide de obtener más tropas, y cómo ellos lo
adivinaron, y los planes que formaron con esa hipótesis como base. Mientras
Horn describía la batalla, llegaron a la sala del Tubo.
—Redblade —dijo
Horn—. Éste es Peter Sair.
Los ojos de Sair
brillaron.
—¿Es el pirata?
—levantó la cabeza para mirar al rostro barbudo de Redblade—. Entre otras
muchas cosas, yo también he sido llamado pirata.
Redblade rió con
alegría.
—Éstas son sus
tropas, Libertador.
Hizo un gesto con
la mano hacia el grupo de hombres que sobrevivieron al ataque. Sólo quedaban
unos setenta y cinco. Había unos cuantos cadáveres en el suelo y un puñado de
ellos estaban reunidos torvamente en un rincón. La fuerza principal estaba
vestida con uniformes negros, obtenidos de los almacenes de la guarnición. Para
distinguirse de los otros agentes de Seguridad, las mangas de las guerreras
estaban cortadas a la altura del codo. Los rostros tenían un extraño parecido;
todos eran delgados, duros y hambrientos.
—Ya lo ve.
Ladrones, asesinos y traidores —continuó Redblade—. Mandad, y quizá
obedeceremos.
Sair rió
suavemente.
—Este joven ha
hecho un excelente trabajo, inclusive en convencerme a mí. Dejemos que continúe
con el mando.
Horn se volvió
hacia los hombres.
—¡Prisioneros!
—gritó—. Redblade, yo y unos pocos más… hemos realizado lo que todos decían que
no podía hacerse. Estamos huyendo de Vantee. Solos no tenemos ninguna
posibilidad de éxito; unidos podemos hacer pedazos a Eron, y recoger lo que
queramos de entre los restos. Sólo necesitamos una cosa: disciplina.
»Os llevaremos a la
libertad, y os daremos la oportunidad de vivir en un mundo donde podréis ir
adonde queráis, y hacer lo que deseéis sin pedir permiso a ningún amo. Pero
tenéis que recibir órdenes hasta que hayamos ganado; los que se nieguen serán
fusilados. Redblade ya os ha ofrecido la elección; ésta es nuestra segunda y
última oferta. Los que queráis obedecer mis órdenes, o las de Redblade, o las
de Peter Sair en el acto, sin preguntas, dad un paso adelante y luego media
vuelta.
Los hombres se
miraron murmurando. La mitad de ellos dio un paso adelante y se volvió, y luego
casi todos los demás les siguieron, hasta que sólo quedaron cinco.
—Muy bien —dijo
Horn—. Esta es mi primera orden… —y gritó, con rapidez—: ¡Fusilad a esos
hombres!
Los cinco restantes
murieron antes de que pudieran sacar sus armas. En el rincón, el pequeño grupo
de astrosos hombres se encogió con aprensión.
—Bien —dijo
Redblade con admiración—. ¡Muy bien!
—Un gesto saludable
—admitió Sair.
—¡A la nave!
—ordenó Horn—. ¡Hacia Eron!
Los hombres se
lanzaron hacia la escalera que conducía a la nave que les aguardaba. El
transporte no estaba construido para acomodar a tantos, pero todos entraron.
Setenta luchadores.
Antes de seguirlos,
Horn se volvió hacia Redblade.
—Voy a confiar en
ti —dijo en voz baja—. No me traiciones.
Redblade arrugó el
ceño y después de un momento su rostro se aclaró.
—No pienso hacerlo.
No me gustaría que te enfadases conmigo.
Los tres jefes
ocuparon las sillas en la sala de mando de la nave y se colocaron los
cinturones de seguridad: Horn en el asiento del piloto, Redblade en el del
copiloto y Sair como astronavegante.
Horn extendió las
manos hacia el tablero de ins trumentos.
—Tres horas a Eron
—dijo—, y el reloj de la nave no se habrá movido un solo segundo cuando
lleguemos.
—Un detalle
interesante —dijo Sair—. ¿Cómo puedes explicarlo?
—Todo se detiene en
el Tubo —dijo Horn—. No existe la luz, ni el calor, ni el sonido…, no hay
energía. Debe estar relacionado en alguna forma al principio básico del Tubo.
—Has descubierto
algo que generaciones de científicos han buscado en vano —dijo Sair—. ¿Cómo lo
has sabido?
Horn se estremeció.
—He atravesado el
Tubo en estado consciente. No quisiera repetirlo.
—Lástima que no
podamos hacerlo ahora —dijo Sair—. Podríamos aprovechar estas tres horas. Pero
creo que se trata de algún efecto de campo, quizás generado en los anillos
dorados. No tenemos tiempo para localizarlo.
—Y un cargamento de
locos no nos serviría de nada en Eron —añadió Horn.
—Entonces debo
pedirte que nos expliques la situación antes de partir… y llegar —dijo Sair.
Horn explicó
rápidamente los aspectos políticos y la situación estratégica.
—…Por lo tanto, la
llave es el casquete Norte. Quien lo controle, controlará todo Eron.
—Entonces nosotros
debemos controlar el casquete Norte —dijo Redblade sencillamente.
—Es cierto —dijo
Sair—. No será cosa fácil…, los otros también tendrán la misma idea…, pero eso
será principalmente una operación militar. Yo no podré serviros de mucho allí.
Debo hacer sentir mi presencia en Eron.
—Y antes de que
pueda hacerlo, debemos capturar el casquete Norte —dijo Horn—. ¡En marcha!
Manejó los
controles con dedos hábiles. La nave se deslizó hacia el soporte movible. Horn
esperó mientras la luz roja en el tablero se apagaba y se encendía la luz
dorada. Luego volvió a apretar los botones. Hubo una breve sensación de energía
que los apretó contra el respaldo de sus asientos.
Parpadearon. La
nave se deslizaba suavemente hacia el soporte movible. Horn miró al reloj
frente de él. Funcionaba, pero no había transcurrido el tiempo, según sus
comentarios. El soporte se movía ahora con ellos, surgiendo de la compuerta
principal.
Habían regresado a
Eron.
—No ha pasado ni un
segundo —dijo Horn pensativo—. Es como si el interior de los Tubos no fuese una
parte de nuestro Universo.
No tuvo tiempo para
más reflexiones. Redblade le indicaba una pantalla. Estaba orientada hacia el
suelo debajo del soporte de las naves, y el suelo de la sala de llegada parecía
una batalla de hormigas. Masas humanas se deslizaban a uno y otro lado, deshaciéndose
para volver a reunirse. Lentamente el cuadro se resolvió en una lucha entre
pequeñas hormigas terrosas y otras verdes y más grandes.
Unos cuantos
rostros se habian vuelto hacia ellos, y luego muchos más, hasta que el
movimiento se extendió, como un blanco mar, a través del suelo.
Las figuras
terrosas eran esclavos. De algún modo habían conseguido llegar hasta allí desde
los niveles inferiores. Luchando desde la entrada de los anchos corredores
estaban los gigantescos lanceros denebolanos en sus uniformes verdes de
Transporte. Eran los hombres de Fenelon, y ello significaba que Fenelon estaba
vivo. ¿Sería así?, se preguntó Horn. ¿O quizá aquellos mercenarios habían
encontrado otro amo?
La batalla se
inclinaba contra los esclavos. Los enormes denebolanos segaban las
indisciplinadas filas de la horda como trigo maduro, usando las pistolas cuando
tenían espacio para ello, manejando porras y espadas en la lucha cuerpo a
cuerpo. Muchos de ellos eran derribados y aplastados bajo el peso de sus
enemigos, pero los esclavos estaban condenados al fracaso. Cientos de ellos
morían por cada denebolano derribado.
A través del casco
de la nave, Horn escuchó el chillido del rebote de las balas. A popa de la nave
sonaban muchos gritos. Horn estaba de pie y corriendo hacia la salida antes de
que empezasen. La escotilla estaba abierta y la escalera mecánica delante de
ella, pero nadie descendía. A través de la puerta ovalada entraba una lluvia de
balas.
Varios de sus
hombres estaban apretados contra las paredes del corredor.
—No podemos salir
—gritó uno de ellos—. Ya han matado a dos de los nuestros. Dentro de un minuto
los tendremos aquí.
—¿Quién dispara
contra nosotros? —preguntó Horn.
—¡Los malditos
esclavos!
—Tenemos que
hacerles comprender que hemos venido a ayudarles —dijo Horn con impaciencia.
―Después de diez
siglos de traiciones —dijo Sair suavemente a sus espaldas—, ¿cree que pueden
reconocer una mano que les ayude cuando la ven?
—Yo tendré que
enseñarles —dijo Horn dirigiéndose hacia la mortal abertura—. ¡Alto el fuego!
—gritó—. Somos amigos…
Era inútil. Sus
palabras nunca llegarían a ser escuchadas en el clamor de la batalla. La mano
de Sair le hizo retirarse.
—¡Adelante,
condenados! —gritó Redblade—. ¡Nos abriremos paso luchando!
—Eso tampoco
servirá de nada —dijo Sair—. Este es mi trabajo: diplomacia. Es por esto que me
necesitan.
Antes de que nadie
pudiera detenerle, había pasado por su lado hasta aparecer, desarmado y
solitario, en la puerta vacía, mirando hacia el mar de rostros con gesto
tranquilo.
Una bala silbó a su
lado. Sair no se movió. Poco a poco el silencio se extendió por encima del
campo de batalla, y luego surgió un murmullo que se convirtió en un grito
lanzado por mil gargantas.
—¡SAIR!
El anciano levantó
su mano hacia las lejanas puertas.
—¡Luchemos juntos
contra el enemigo! —gritó. Su voz era firme, clara y potente.
Horn saltó hacia él
mientras una ráfaga de balas silbaba a través de la puerta.
LA HISTORIA
Creación…
Lleva en sí su
propia némesis. El éxito es siempre temporal, y el crear un ídolo no consigue
hacer permanente lo que es efímero. La muerte está implícita en el nacimiento
de cualquier organismo.
Un Imperio es un
organismo.
El caudillaje es
admirado e imitado mientras es creativo. Como substituto, la opresión se
destruye a sí misma. La consecuencia es inevitable. Fuera del organismo, la
resistencia a la absorción se hace más fuerte; en su interior se inicia la
rebelión.
Los creadores son
siempre una minoría. Genios, santos y superhombres surgen siempre en respuesta
a una demanda de las circunstancias. Dejan a la masa del pueblo detrás de
ellos. Deben transformar el mundo… o perecer.
La respuesta de
Eron a la rítmica repetición de demanda y respuesta era fija: opresión. Y la
fuerza debe siempre ceder ante una fuerza mayor.
Capítulo XVIII
GUERRA
El impulso de Horn
arrastró a Sair a un lado, fuera del camino de las balas.
—¡Dispararon contra
mí! —dijo Sair en voz baja.
—Eran los
denebolanos —dijo Horn—. Es lógico. Si uno de los bandos es amigo, el otro es
enemigo. Alguien querrá matarlo siempre. ―Se retorció en el suelo y empezó el
regreso—. ¡Redblade! —gritó—. ¡Tiradores!
Tres guardias con
las mangas cortadas se adelantaron agazapados. Se tendieron en el suelo por
debajo del nivel de la escotilla, y levantaron sus armas apuntando a través del
ancho dintel. En cuestión de segundos las balas se sucedían en dirección a los
lanceros.
—Volvamos a la sala
de mando —dijo Horn—. Tardará unos minutos en despejarse la situación.
En la pantalla, el
cambio era evidente. Los rebeldes reaccionaban atacando con locura suicida, y
los denebolanos retrocedían ante su empuje. Las anchas entradas a los
corredores de la sala eran barridos por la mortal puntería de los tiradores de
Redblade. El tamaño, que convertía a los lanceros en temibles enemigos, también
los hacía fácil presa de un buen tirador. Eran hombres mortales como los demás;
una sola bala era suficiente. Cientos de ellos fueron derribados. Los que no
pudieron retroceder fueron destrozados por la multitud enloquecida.
Cuando cayó el
último lancero, los rebeldes volvieron sus blancos rostros de nuevo hacia la
nave.
—¡Sair! —gritaron.
Los combatientes de
las desnudas llanuras de Vantee se lanzaron por la escalera mecánica y
despejaron una área semicircular al pie de la nave. Sair les siguió lentamente,
y la multitud enmudeció. Detrás de él salieron Horn y Redblade. El pirata
llevaba debajo del brazo una altavoz portátil improvisado a toda prisa, para
que fuese usado por Sair. El aparato lanzó la voz del Liberador hasta el último
rincón de la enorme sala.
—¡Rebeldes!
¡Soldados de la Libertad! Me habéis reconocido, y os agradezco. Yo soy Peter
Sair, en un tiempo Presidente de la Liga de los Mundos de Quarnon y hasta hace
poco prisionero de Eron en Vantee. Igual que yo, estos hombres vestidos con los
uniformes capturados a los Agentes de Seguridad también eran prisioneros. Con
valor y desesperación, se han abierto camino hasta la libertad y me han traído
con ellos. Son luchadores y caudillos. Los necesitamos.
»Vosotros también
sois luchadores. Pero no tenéis caudillos, y los hombres sin jefes son débiles.
No tenemos tiempo para procedimientos democráticos. Os pido que me reconozcáis
como a vuestro jefe, y hagáis saber mi nombramiento a todos los otros rebeldes,
allí donde se hallen. No os pido esto porque tenga sed de gloria y hambre de
poder. He tenido mucho de ambas cosas; son pasajeras y sin valor. Os lo pido
porque soy Peter Sair; mi nombre y mi rostro son bien conocidos.
»Eron debe caer,
pero sin deshacerse. Eso significa que debe existir un jefe y una dirección. Os
pido vuestra lealtad; os pido vuestra obediencia sin reservas.
Cuando los ecos de
su voz se apagaron, hubo un instante de silencio… y luego la inmensa sala se
estremeció de nuevo con el grito:
―¡SAIR!
Horn comprendió,
como antes había observado en la nave, qué era lo que convertía a Sair en un
gran hombre. Tenía el don de las masas, lo que debía hacer y decir para
conmoverlas. Su instinto era infalible.
—¡Aceptado! —dijo
Sair, y había un tono de emoción en la voz del titán—. Yo me obligo a ello, al
igual que vosotros. —Su voz se hizo de nuevo firme y segura—. Y ahora, manos a
la obra. Mis tenientes son Redblade y Horn. Obedecedles igual que a mí. Bajo sus
órdenes están los hombres que vinieron con nosotros de Vantee. Son luchadores
experimentados, y serán vuestros jefes; cada uno de ellos tendrá a su mando
cincuenta hombres. Estos hombres consiguieron lo imposible: ¡huir de Vantee!
Con vuestra ayuda volverán a alcanzar lo imposible.
Redblade se hizo
cargo entonces del amplificador, y manteniéndolo con facilidad al nivel de su
boca, empezó a emitir órdenes secas y cortantes. Los hombres de Vantee se
adelantaron y empezaron a organizar la horda en grupos disciplinados. Eran
rápidos y eficientes. Al cabo de poco tiempo tenían casi setenta grupos
revistados de armamento, munición y estado físico. Mientras eran organizados e
instruidos, se colocaron guardias en las puertas y a lo largo del corredor.
Redblade pidió que
se presentasen todos los que tuviesen alguna información. Entre los pocos que
se adelantaron, Horn escogió a uno cuyos ojos eran brillantes e inteligentes.
En respuesta a sus preguntas, el hombre contó lo que sabía en breves frases entrecortadas
que, unidas, formaban un todo coherente.
El grupo rebelde al
que él pertenecía se apoderó de una nave en los niveles de descarga. Con la
fantástica idea de llegar a otro planeta, obligaron al piloto a que los sacase
de Eron, pero cuando se encontraron en el espacio, se sintieron desorientados y
confusos, cosa que el piloto aprovechó para volver a entrar el carguero en una
de las compuertas del casquete Norte, donde en vez de ayuda halló una rápida
muerte. Los rebeldes se lanzaron hacia los corredores, pasando de una a otra
sala de llegada, a medida que otros grupos les atacaban, o ellos atacaban a las
defensas del casquete.
Dentro de Eron la
rebelión era general. Los esclavos habían surgido hacia los niveles superiores
que siempre estuvieron prohibidos para ellos. En ocasiones, los Guardias grises
lucharon contra ellos; en otras se unieron a las turbas furiosas. A menudo vieron
Guardias grises luchando con las policías particulares de los varios
Consejeros; los que parecían dominar la situación eran los agentes negros de
Duchane. Pero la sangre dorada corrió a raudales, y era roja como la de los
otros hombres.
La lucha parecía ir
mal para los rebeldes cuando ellos huyeron al espacio, pero quizá se trataba de
una acción local. No existía un plan, ni un orden definido, ni un vencedor
absoluto.
—Sí, tenían hambre
―relató el informante―. No habían comido desde que salieron del nivel de los
almacenes. Pero les confortaba el pensar que el Pueblo Dorado y sus tropas aún
estaban más hambrientos que ellos. Los niveles de los almacenes fueron los primeros
en caer en poder de los rebeldes, y serían los últimos que se rendirían.
Habían visto otros
grupos rebeldes durante las luchas en el casquete, pero no les fue posible
unirse a ellos. Hacía poco que aquellos lanceros denebolanos les habían atacado
surgiendo de una de las salas de llegada de los Tubos, y los habían hecho
retroceder hasta aquel lugar. Tales tropas de refresco llegaban con cierta
frecuencia, pero no había medio de saber por cuál Tubo ni de qué mundo
llegarían, o en qué bando lucharían.
No, no había visto
a Wendre Kolhnar. Algunas de las mujeres doradas habían sido asesinadas, lo
supo en las primeras horas de la revuelta. La locura de la rebelión estaba
sedienta de sangre; no habían hecho prisioneros. Más tarde, estaban demasiado
desesperados para hacer otra cosa que defenderse.
Los ojos de Horn se
fijaban en la distancia, apagados, cuando se volvió hacia Redblade.
—¿Estamos
organizados ya?
—Dentro de lo
posible. El resto deberá hacerse en el combate. Eso les dará unidad. Hasta
ahora han sido una horda; ahora aprenderán lo que es formar parte de un
ejército.
—¿Qué crees?
¿Tendrán una oportunidad contra la experimentada Guardia?
Redblade miró
pensativo a la confusa masa de sus hombres.
—Estos hombres
tienen motivos personales para luchar… más allá de sus propias vidas. La
Guardia lucha por dinero. Prefiero a mis hombres, aunque no tengan experiencia.
—¿Cuántos tienen
armas?
—Más de los que
pensaba. Un cincuenta por ciento.
Los dos revisaron sus planes teniendo en
cuenta las fuerzas con las que contaban ahora. Su objetivo principal era
capturar la sala de control del casquete, situada al fondo del corredor
principal a la izquierda. Se enviarían veinte grupos en aquella dirección, con
instrucciones de apoderarse y fortificar todas las salas de llegada que fuesen
atravesando. Cinco de los hombres más rápidos en cada grupo serían nombrados
enlaces, para mantener informado al Cuartel General. Ningún grupo debía seguir
avanzando sin tener protegidos sus flancos y retaguardia.
Quince grupos
marcharían por el corredor a la derecha, con las mismas órdenes. El resto
quedaría en el Cuartel General como guarnición y reserva.
Cada jefe de grupo
recibiría instrucciones de ofrecer al enemigo una oportunidad de unirse a
ellos. Lo mismo para cualquier sobreviviente. El santo y seña sería «Sair».
Todos los hombres se cortarían o arrancarían las mangas de sus guerreras a la
altura del codo.
Sobre todo,
comunicación. Los jefes de grupo se mantendrían en contacto por medio de los
enlaces.
—Yo iré con el
grupo de la izquierda —dijo Redblade, mostrando sus blancos dientes con una
sonrisa feroz.
—¡No, te quedarás
aquí! —restalló Horn—. Coordinarás la información recibida de los enlaces y
enviarás refuerzos y supervisarás la organización de los nuevos grupos…
—Pero la sala de
control…—rogó Redblade—, no podemos pensar en capturar el casquete y
mantenernos en él a menos que aislemos la sala de control. Necesitamos esas
comunicaciones. Tenemos que cortar los Tubos y cerrar las compuertas neumáticas
y…
—Esa batalla, como
todas las demás, será ganada o perdida desde aquí —dijo Horn con firmeza—. El
trabajo de organización quizás no esté lleno de gloria, pero es vital.
Como todas las
operaciones de Estado Mayor, era a ciegas; al igual que la mayor parte, estaba
llena de confusión. Horn trató de obtener información y después orden; nunca
pudo conseguir ambas cosas por completo. No había tiempo nunca para hacer las
cosas ordenadas o bien. Las noticias le abrumaban por todos lados; las
decisiones debían tomarse a un ritmo de locura. Horn disparó respuestas y
órdenes fiado en su instinto y en su impulso de lucha, y en una vaga especie de
plan que se formaba inconscientemente en el fondo de su mente.
Mientras Redblade
rugía órdenes por el amplificador, llamando a sus hombres y distribuyendo
misiones, Horn miró al suelo. Cuando la sala se despejó, asignó a un grupo para
que dibujase un gran mapa del casquete Norte en un espacio del piso. Cuando los
primeros enlaces empezaron a llegar, Horn ya estaba preparado. Poco a poco, el
mapa empezó a tomar forma y detalle. Aquella sala de llegada capturada, aquella
otra vacía. Aquí, una batalla desesperada con laceros denebolanos o Guardias
verdes o azules, o tropas grises… Tantos heridos. Enviar más hombres. Enviar
más armas. Enviar más munición. Enviar…
Los grupos en
periodo de instrucción bajo sus jefes uniformados de negro empezaron a
disminuir. Pronto sólo quedaron diez grupos que aprendían el manejo de las
armas, cuerpo a tierra y a resguardarse. Horn miró a su alrededor con un gesto
de preocupación. Dentro de unos minutos serían pocos para mantener un control
seguro.
Una masa de
destrozados reclutas surgió de una de las puertas, y enloqueció de alegría al
ver a Sair. Cuando pasó el primer momento de excitación, empezaron a ser
organizados. Sus jefes salieron de los restos de los grupos anteriores.
Quizás aquel fue el
momento que marcó el cambio de la batalla. Horn nunca pudo decir cuando empezó
a sentirse seguro del éxito. Pudo ser mucho antes, cuando Sair se presentó a
las masas desde la escotilla de la nave y la multitud rugió su nombre. Pero si
algo fue la verdadera llave de la victoria, fue Sair y su nombre.
A medida que se
extendía la noticia de que Sair estaba vivo y en Eron, sus fuerzas iban
creciendo. El mismo Sair, sentado en una caja vacía, lleno de cansancio,
hablaba brevemente por el amplificador a cada nuevo grupo que llegaba, y los
entregaba llenos de fe y entusiasmo a los instructores.
Las impresiones de
todo género les exaltaban, exigentes, incansables: informes, consultas,
órdenes, alarmas, éxitos, fracasos, mensajes confusos, enlaces perdidos… Pero
el área bajo su control crecía sin tregua y el mapa se iba haciendo mayor. Aquí
había una nave; mercancías… alimentos concentrados. Allí un almacén de armas,
células dianódicas, cajas de municiones…
La sala volvió a
verse atestada. Las bajas eran grandes, pero los refuerzos, que llegaban sin
cesar, eran aún mayores. Casi todos los recién llegados eran esclavos, pero
algunos eran Guardias sublevados y tropas auxiliares, y también llegó un puñado
de técnicos del Tubo, en sus uniformes dorados.
Horn los llevó a un
lado y les preguntó, como lo había hecho docenas de veces con otros hombres, si
sabían algo de Wendre. Todos movieron la cabeza en silencio. Estaban en la sala
de control cuando ocurrió el primer ataque; eran todos los que quedaban.
Horn se volvió con
renovado empeño a las tareas de organización. Las cercanas salas de llegada
fueron habilitadas para zonas de entrenamiento y equipo. La primera sala se
convirtió exclusivamente en Cuartel General. Se enviaron escuadras de hombres
para formar un arsenal, localizando y centralizando en un solo lugar todas las
armas y municiones y su distribución. Las tropas auxiliares se convirtieron en
cocineros e intendentes. Una cocina de emergencia preparó centenares de litros
de sopa caliente; fue distribuida con las raciones de emergencia concentrada.
Horn se bebió la
tibia sopa y se tragó unas cuantas pastillas. No era muy satisfactorio, pero
era alimento, y el alimento representaba fuerza.
Cuando sus hombres
se hicieron hábiles en el manejo del mapa, Horn nombró a un jefe de información
con instrucciones de requerir su presencia cuando fuese necesario tomar nuevas
decisiones. Redblade asumió la carga de enviar las reservas donde eran necesarias
y su rugido despertó los ecos por todas las salas y corredores.
Horn se apartó de
la confusión a duras penas vencida y trató de pensar. Después de estar por
tanto tiempo en medio de los acontecimientos, necesitaba perspectiva. Se frotó
los ojos y miró al mapa.
Por fin, vio lo que
se le había escapado por tanto tiempo. Horn buscó el origen del rugido y se
abrió paso hasta el lado del pirata.
—¿Qué sucedió a
esos grupos que enviamos hacia la sala de control?
—Algunos de ellos
ya han enviado enlaces con sus informes —dijo Redblade, sorprendido.
—Lo sé. El corredor
del lado izquierdo está en nuestras manos por más de un kilómetro y medio, pero
no tenemos noticias de la sala de control. Los enlaces de los grupos de
vanguardia no han vuelto. ¿Qué ha sucedido?
—Ahora no recibimos
tantas demandas de refuerzos. Me pregunto qué haremos con los nuevos que siguen
llegando. Nos hemos quedado sin espacio.
—Nos extenderemos
—dijo Horn, encogiéndose de hombros—. Creo que controlamos la mayor parte de
los corredores y más de la mitad de las salas de llegada de los Tubos. ¿Hay
alguien en quien puedas confiar el mando?
—Hum… No —dijo
Redblade, francamente—. Pero creo que estarán demasiado ocupados por algún
tiempo para para hacer ninguna diablura, y no pienso que puedan mover una masa
de hombres como ésta. Sólo una cosa los mantiene unidos: Sair. Creo que alguno
de nuestros amigos prisioneros de Vantee puede hacerse cargo de todo.
—Bien —restalló
Horn—. Ya tengo a uno encargado del mapa. Delega el mando. Ya hemos hecho todo
lo posible aquí. Necesitamos tomar parte en la acción. Llevaremos sólo dos
grupos con nosotros; más gente sólo serviría de estorbo.
Los hombros de
Redblade se enderezaron y pareció más alto mientras se volvía. Horn reunió a
los técnicos de uniformes dorados y los condujo hacia el corredor.
—Creo —dijo una voz
suave a su lado— que ha llegado el momento de que yo también actúe.
Era Sair. Horn lo
miró por un momento, y luego asintió.
—En marcha.
Avanzaron
rápidamente por el corredor. Las salas de llegada que atravesaban estaban
seguras en las manos de sus hombres. Después de un kilómetro descubrieron por
qué no recibieron más informes de la vanguardia: el corredor terminaba en una
sólida puerta.
Horn se volvió
hacia uno de los técnicos.
—¿Qué es esto?
—Una barrera de
seguridad contra escapes de aire. Completamente hermética. Hay cientos de ellas
en el corredor. Pueden ser activadas desde la sala de control.
—¿Podremos
atravesarla?
—Disponiendo de
tiempo suficiente, supongo que sí. Con sopletes unitrónicos.
—No podemos perder
tanto tiempo —Horn se volvió de nuevo—. Vamos a la puerta trasera.
Mientras conducía
al grupo de nuevo por el corredor hasta la primera rampa que llevaba a los
niveles inferiores, Horn pensó en la barrera de seguridad que había sido bajada
y en las otras barreras que no habían descendido. Alguien estaba en la sala de
control, pero no utilizaba todas sus ventajas. Sólo parecía interesado en su
defensa.
Horn y Redblade
marchaban en vanguardia, con Sair a unos pasos detrás. Los seguían la docena de
técnicos del tubo y los dos grupos de cincuenta hombres disciplinados.
Encontraron varios grupos que iban y volvían del frente, frescos y llenos de
confianza, o llevando sus heridos, cansados y llenos de sangre. Pero hasta
estos últimos levantaron la cabeza y gritaron «¡Sair!», cuando vieron al
anciano.
Los enlaces
trataron de presentar sus informes a Horn o Redblade, pero Horn les hizo seguir
adelante. Cuando llegaron al oscuro y resonante nivel inferior, silbaron unas
balas delante de ellos. Horn dio orden a los dos grupos de desplegarse. En un
minuto volvían a avanzar por el corredor, y los desorganizados restos de un
destacamento de tropas grises huía en desbandada.
Al final del
estrecho corredor, la puerta les detuvo sólo un instante. Se abrió con
facilidad, y Horn comprendió que no era la misma que había usado el día
anterior. La sala circular con su pilar cilindrico en el medio estaba vacía.
Horn se situó
debajo de la escalera y miró a la placa que cubría la escotilla del techo. No
estaba cerrada. Horn subió hasta el último barrote de la escalera metálica y
vaciló. Redblade se colocó debajo de él, y Horn puso un pie en el hombro de
Redblade, el otro pie en la escalera y empujó hasta abrir la escotilla.
Mientras aún
resonaba el ruido del metal al golpear contra el suelo de la cámara superior,
Horn ya atravesaba la abertura, empuñando su pistola. Había guardias en la
cámara, pero desprevenidos. Ayudaban a dos hombres que salían por la puerta
abierta del tubo central. Los guardias llevaban uniformes dorados, pero algunos
de los otros eran obreros de los niveles inferiores.
—¡Quietos!
—restalló Horn, y los guardias quedaron demasiado sorprendidos para pensar en
ofrecer resistencia.
Redblade ya estaba
al lado de Horn, y los demás hombres salían en torrente por la abertura
circular a sus espaldas. Cuando los guardias vencieron el primer momento de
vacilación y se movieron inquietos, ya estaban dominados. Uno de ellos trató de
deslizarse hacia la pared que escondía el ascensor, pero Horn lo encañoneó con
firmeza.
Cuando Peter Sair
fue izado hasta la cámara superior, muchos de los obreros reprimieron una
exclamación.
—Este es Peter Sair
—dijo Horn—. ¿Sabíais que había regresado?
—He oído gritar su
nombre —murmuró uno de los esclavos—; estuve en una de las luchas en los
corredores, pero… creí que era una trampa.
—¿Cuántos de
vosotros estáis dispuestos a luchar por Sair y por la libertad? —preguntó Horn.
Todos los esclavos
se adelantaron como un solo hombre. Unos cuantos de los guardias miraron a su
oficial y luego se quedaron inmóviles.
Oro, pensó Horn. El
oro de Comunicaciones. El oro de Wendre. Parecía increíble que estos hombres
aún siguieran guardándole lealtad. ¿Cómo consiguió escapar de los que la
capturaron? ¿Cómo pudo ponerse en contacto con sus guardias personales, reunir
a sus leales y enviarlos hasta este sitio?
—¿Quién os envió
aquí? —preguntó Horn.
Los guardias
permanecieron silenciosos. Horn miró a los esclavos.
—El Culto de la
Entropía —dijo el esclavo que había hablado antes—. Nos enviaron por medio de
ese Tubo para luchar por la libertad.
Horn movió la
cabeza sorprendido. Ahora, el Culto. ¿Qué papel jugaba en esta lucha? A menos
que Wu hu biese conseguido escapar para lanzar las fuerzas del Culto en apoyo
de la rebelión…
Horn se volvió
hacia la pared, apretó en el mismo lugar que Wendre había oprimido, y la pared
se deslizó en silencio delante de él. Hizo una señal al jefe de uno de los
grupos y colocó su mano encima del mecanismo oculto.
—Cuenta hasta cinco
y aprieta aquí. Envía tres hombres. Después de ellos, tres más. Sigue hasta que
queden sólo los necesarios para guardar a los prisioneros.
Horn entró en el
ascensor, con Redblade a sus talones. Sair se apretó a su lado, como tercer
pasajero. Horn arrugó el ceño y luego se encogió de hombros. Aunque Sair no les
serviría de nada en una lucha cuerpo a cuerpo, su rostro y su nombre valían por
una docena de cañones. Sería un desastre si resultaba muerto, pero el peligro
estaba en todas partes. No había lugar seguro para él.
La puerta se cerró
delante de Horn, y a su lado se se encendió un disco de color. Horn lo tapó con
la mano, y el elevador empezó a funcionar. Cuando se detuvo y la puerta se
abrió, Horn y Redblade tenían sus pistolas en la mano, dispuestos a la lucha.
Salieron con rapidez de la cabina colocándose a cada lado de la puerta.
La sala era la
misma que Horn recordaba: los tableros de instrumentos, las sillas, las paredes
llenas de parpadeantes manchas de color… Pero ahora estaba llena de actividad.
Los técnicos se sentaban frente a los tableros, moviéndose frente a los
interruptores, vigilando las pantallas. Había un ambiente de eficiencia y
seguridad.
Todo se detuvo, y
todo el mundo se volvió para contemplar a los tres hombres en pie frente a la
puerta del ascensor, que ya se cerraba. El uniforme anaranjado de Horn estaba
en pedazos; Redblade casi no llevaba ropas encima de su masivo cuerpo. Entre
ellos estaba un hombre de rostro familiar, que usaba un destrozado traje de
presidiario.
—¡Peter Sair!
—murmuró uno de ellos, y el nombre se esparció por la sala como una onda en el
agua.
En el centro de la
sala de control seguía abierta la puerta de la cámara acorazada, proclamando la
pobreza de Eron, un recuerdo del antiquísimo secreto que era mucho mejor
secreto de lo que sospechaba el pueblo dorado. A su lado estaba en pie un
oficial con rostro de pura sangre dorada y aire de autoridad. Se adelantó, con
los ojos fijos en Horn.
—¿Quién de vosotros
es Horn?
Había una nota de
curiosidad y expectación en su voz.
La pistola de Horn
se levantó en un gesto de aviso. Detrás de él la puerta del ascensor volvió a
abrirse, y tres hombres armados penetraron en la sala de control.
—Yo soy Horn —dijo
lentamente.
—Le hemos estado
esperando —dijo el oficial. Hizo un gesto con la mano, que comprendía a toda la
sala de control—. El Director me ordenó que si usted volvía le entregase esto.
LA HISTORIA
Sabiduría…
Para algunos,
constituye un fin. Para la mayor parte, no es más que una herramienta, la mayor
de todas, arquetipo de todas las herramientas. La sabiduría es básica. Con
ella, las débiles fuerzas del hombre pueden multiplicarse infinitamente.
Una de las
particularidades de la sabiduría es que siempre es mayor que el recipiente.
Nuevos depósitos deben ser construidos para conservarla. Los libros suplantaron
a la memoria humana y a su vez fueron mejorados por los microfilms, que
cedieron el paso a las cintas magnéticas. Al final de la serie, se alzaba el
Archivo Electrónico.
Su inventor buscaba
el secreto del Tubo, y construyó un depósito de sabiduría enorme. Su capacidad
era ilimitada, porque se le podían agregar unidades adicionales cuando era
necesario.
Cada unidad
contenía billones de cristales microscópicos flotantes. Cada cristal, protegido
por una superficie molecular metálica, era una célula dianódica capaz de
recibir, almacenar y facilitar energía en su propia frecuencia de onda.
El inventor lo
llenó de sabiduría y le hizo la pregunta vital. El Archivo contestó: «La
invención descrita es imposible».
Para ello
necesitaba, desde luego, de la sabiduría humana.
Para Duchane, por
otro lado, el Archivo era invaluable. Creció hasta ocupar milla tras milla del
precioso espacio de Eron. En él fueron vertidos todos los registros de cada una
de las oficinas de la Companía, los inmensos volúmenes de los informes de policía,
información confidencial de cada individuo dentro de los límites del Imperio.
Duchane no pedía lo
imposible. Las preguntas que hacía eran sencillas. Pero, a veces, las
respuestas eran un poco extrañas…
Capítulo XIX
EL PELIGRO
SUBTERRÁNEO
—¿El Director?
—preguntó Horn, sorprendido.
—Wendre Kolhnar
—dijo el oficial. Su rostro parecía también asombrado, y un poco
condescendiente—. No me pregunte sus razones. No hago más que obedecer órdenes.
—¿Dónde está ella?
—preguntó Horn con rapidez. Sus ojos registraron la sala.
El oficial se
encogió de hombros.
—En alguna parte de
Eron. Creo que se ha vuelto loca, pero todo el mundo parece trastornado estos
días.
La puerta del
ascensor seguía abriéndose regularmente detrás de Horn, y los hombres armados
se extendieron por la sala de control.
—La última vez que
la vi —dijo Horn—, acababa de ser capturada por los rebeldes…
—Esclavos —corrigió
el oficial—. Parece que tenían alguna conexión con el Culto de la Entropía. Le
dieron al Director una oportunidad de hablar y ella dijo que quería ayudarles.
Cosa extraña, ellos le creyeron. Y aún más extraño, no se equivocaron.
La mitad de los
hombres de la sala, observó ahora Horn, iban vestidos con las destrozadas ropas
de los niveles inferiores.
—¿No sabe adónde ha
ido?
El oficial se
encogió de hombros, como si los caprichos de un perturbado estuviesen más allá
de su comprensión.
—Wendre se puso en
contacto conmigo desde aquí y me dio instrucciones de reunir todos los guardias
y técnicos leales que pudiera, y me explicó cómo llegar por medio del tubo
privado de los Consejeros. Cuando llegué, se marchó por el mismo camino.
Horn permaneció
silencioso. Al cabo, sintió como Sair y Redblade le miraban con curiosidad.
—Bien —dijo con
rapidez—. Nos haremos cargo del mando. Les dirá a sus hombres que recibirán las
órdenes que les demos Sair, Redblade o yo igual que si fuera usted. Manos a la
obra.
Con la docena de
técnicos que acompañaba a Horn, la sala de control contaba ahora con una
dotación casi completa. Horn ordenó que se levantasen las barreras y se
abrieran las puertas. En pocos minutos se reunía con el grueso de sus fuerzas.
La sala de control, con su miríada de circuitos, indicadores y servicios de
comunicación, se convirtió en el puesto de mando de las fuerzas de Horn. Los
informes empezaron a llegar de todos los puestos avanzados.
El noventa por
ciento del casquete Norte estaba en manos de los rebeldes. Sólo quedaban puntos
de resistencia aislados. Con la flexibilidad que les daba la sala de control,
pronto serían reducidos.
Los servicios de
comunicación convirtieron la confusión en un sistema coherente. Las barreras
empezaron a descender por todos los corredores. En pocos minutos, la oposición
quedó aislada. Se cerraron los ventiladores y se abrieron las válvulas de los
gases contra incendios. Cuando la eficacia de estas medidas se hizo evidente,
surgieron por todos lados ideas para utilizar estos servicios como armas
ofensivas.
Pero las tropas de
refuerzo seguían llegando, y no resultaba práctico mantener fuerzas en todas
las salas de llegada.
—¿No hay forma de
impedir que desembarquen? —preguntó Horn al oficial.
—No se pueden
cortar los Tubos —contestó—. Esto sólo pueden hacerlo los Consejeros. Pero
podemos cortar el suministro de energía a las salas de los Tubos. Las naves no
podrán salir de las compuertas. Las tropas tendrán que pasar por las puertas de
reparaciones con trajes espaciales. Podemos cerrar todas las entradas e inundar
las cámaras con gas…
—Bien —dijo Horn
con rapidez, interrumpiéndole antes de que su entusiasmo se desbordase—. Tan
pronto como nuestras tropas hayan sido retiradas, haga todo lo que pueda. ¿Qué
sucede en el casquete Sur?
—Cortamos la
energía tan pronto como llegué aquí. Los hombres de Duchane estaban allí, pero
hace muchas horas que no sabemos nada de ellos.
Al cabo de media
hora, tenían al casquete Norte firmemente en su poder. Horn se volvió entonces
hacia Sair.
—Eron está aislado.
Ahora sólo se trata de luchar con las fuerzas que se encuentran en su interior.
Horn sintió un gran
cansancio. Después de tanta lucha sólo habían conseguido adelantar un paso, por
importante que éste fuese. Sair respiró profundamente y se enfrentó con el
oficial del uniforme dorado.
—¿Ha dicho que
estaba en contacto con el casquete Sur? ¿Podría conseguir una emisión general
desde aquí, que llegase a todos los receptores de Eron?
El oficial se
encogió de hombros.
—Desde luego.
Aparecería en todas las pantallas, públicas o privadas. Pero no puedo
asegurarle sobre cuántas siguen funcionando.
—Prepárelo —dijo
Sair—. Hablaré al pueblo de Eron.
Al cabo de unos
minutos, la emisión estaba dispuesta. Sair quedó en pie dentro de una pequeña
cabina, rodeado por los redondos e inmóviles ojos de las cámaras televisoras.
—Sí —empezó con voz
tranquila—. Me habéis reconocido. Soy Peter Sair, al que llaman el Liberador.
Estoy vivo. Estoy en Eron. Las fuerzas bajo mi mando se han apoderado del
casquete terminal Norte y su sala de control. Eron está aislado. El Imperio
está condenado.
»Es justo. Ha
llegado su hora. Una vez más, a través del radio de quinientos años luz del
Imperio, los hombres serán libres para vivir como deseen, para escoger sus
caminos y para continuar por ellos hasta conseguir su objetivo. No es una cosa
fácil ni sencilla el ser libre. Y no es fácil ni sencillo destruir el poder de
un Imperio sin romper su civilización en mil pedazos.
»Pero debemos
hacerlo. La estructura del Imperio no debe ser destruida; los Tubos son una
parte vital de la civilización interestelar que debemos conservar si queremos
ser libres y fuertes. Si destruimos a Eron y a los Tubos, todos los mundos del
Imperio quedarán aislados como Eron lo está ahora. Hacia este vacío que
dejaremos se lanzarán hombres hambrientos de poder. Si la libertad consigue
sobrevivir a las luchas que seguirán entonces, será una cosa extrema,
inestable, falta de fuerza vital. La Humanidad se dividirá en muchas razas.
»Eso no es
necesario, y no debemos permitirlo. No cambiemos una sola cadena por muchas. En
vez de ello, podemos tener una Federación de mundos libres unidos por los
Tubos. Podemos hacer leyes aceptables para todos por medio de representantes
elegidos libremente. Podemos comerciar en libertad con todos los mundos, con lo
que unos producen en exceso y otros necesitan. Podemos cambiar información,
sabiduría y arte, creciendo juntos en fuerza e inteligencia.
»Es un noble ideal.
Ya existía en la Constelación. ¿Es acaso un sueño? No. Su realización está al
alcance de nuestras manos. Si ahora podemos actuar con cordura y firmeza, éste
es el momento de luchar por la libertad… y de luchar con decisión. No estáis solos.
En todos los mundos del Imperio los hombres luchan por los mismos motivos que
estamos luchando aquí. Pero la victoria definitiva sólo se conseguirá en Eron.
Los hombres libres de toda la Galaxia nos contemplan.
»Pido a todos
vosotros…, a todos los que aman la libertad…, que luchéis por ella. Pero
también pido a todos que luchéis con inteligencia y cordura. Obedeced las
órdenes de vuestros jefes. Si no tenéis ninguno, acudid donde los haya. No
matéis sin motivo; no destruyáis sin causa. Tenéis muchas ofensas que vengar,
pero éste no es el momento de la venganza. La venganza no tiene sentido; el
futuro es vuestro. Eron está en vuestras manos. No destrocéis lo que os
pertenece.
»Y a todos aquellos
que aún luchan por el Imperio…, os pido que os rindáis. Deponed las armas.
Vuestra causa está perdida. El Imperio ha muerto. Vuestra lealtad hacía él no
servirá para acusaros. Este es un nuevo día. Todos hemos nacido de nuevo,
iguales en nuestra herencia común, iguales en nuestra libertad. La Galaxia es
nuestra.
»Ahora… os deseo
suerte. Pronto estaré con vosotros.
Había entrado en la
cabina de transmisión un hombre viejo. Estuvo de pie delante de las cámaras,
con la cabeza erguida, vital, un símbolo del hombre libre e invencible. Salió
de allí rejuvenecido, con paso rápido y decidido.
—¿Qué quiso decir
con esa última frase? —preguntó Horn.
—Me marcho a Eron.
Me necesitan allí.
—¿Cómo? ¿Adónde?
Usted…
—¿Cómo? Por el tubo
neumático privado que vi allí abajo. ¿Adónde? No tiene mucha importancia.
Pronto llegaré a un lugar donde mi presencia sea necesaria.
Horn comprendió que
la decisión del anciano era irrevocable.
—Iré con usted
—dijo con firmeza.
—Tu sitio está aquí
—objetó Sair—. No podemos permitirnos la pérdida del casquete Norte.
—Se ha olvidado de
una cosa —dijo Horn—. No conocemos el secreto de los Tubos. Sin eso…
—Seguiremos
luchando —interrumpió Sair—. Los Tubos no fallarán. Aún podremos usarlos. Los
directores de Eron los han utilizado durante muchos siglos sin conocer el
secreto de su funcionamiento. Tú mismo me lo has dicho.
—Es cierto. Lo dije
—contestó Horn—, pero ¿es cierto? Sigo recordando muchas cosas. Nuevos Tubos
fueron activados durante este tiempo. Alguien conoce el secreto. Alguien que
podía ponerlos en marcha.
—¡Sair! —la llamada
retumbó por toda la sala.
Todos se volvieron.
Una pantalla se había iluminado en un lejano tablero. Sobre ella aparecía el
rostro de un hombre de mediana edad, cansado pero firme; sobre su cabeza
llevaba una capucha negra. Detrás de él aparecía una escena de confusión:
hombres gritando, corriendo, hablando, discutiendo, cruzando por delante de la
pantalla. La escena era familiar; era, sin duda, un puesto de mando.
Al lado de la
pantalla, un técnico con uniforme dorado parecía asombrado.
—Yo no hice nada
—tartamudeó el técnico—. Empezó a funcionar sin que nadie tocase el aparato.
El oficial arrugó
el ceño.
—No hay duda que
alguien dispone de un equipo clandestino.
Sair estaba ya
delante de la pantalla.
—Reduzca el volumen
—dijo secamente—. Es un poco alto.
El hombre en la
pantalla se volvió hacia alguien invisible y dijo algo. Luego se volvió hacia
Sair.
—¿Sair? —su voz era
normal—. Lo siento. Necesitaba estar seguro de que podrían oírme. Este es el
Cuartel General del Culto de la Entropía. Hemos estado coordinando la rebelión
desde aquí.
Sair hizo algo con
sus dedos cerca del pecho. En la pantalla, los ojos del hombre se agrandaron
por un momento.
—¡Bien! —dijo—.
Hemos hecho cuanto ha sido posible. Con nuestros años de preparación, ha sido
mucho. Disponemos de duplicados de los controles que existen en la sala de
control que han capturado. Hemos cerrado las compuertas herméticas, cortado el
suministro de agua y abierto las válvulas de seguridad contra incendios. Las
turbas han sido un grave problema, pero se han calmado desde que usted les
habló por las pantallas. Creo que la lucha se decide en nuestro favor.
—¿Qué hace Duchane?
—preguntó Sair.
—Las últimas
noticias de que dispongo dicen que tiene a sus hombres en trajes espaciales,
abriendo agujeros en la superficie del planeta. Eso sólo resulta efectivo en
los niveles superiores, pero ha detenido nuestro progreso. Hemos perdido el
contacto con él hace poco tiempo. ¿Cuándo podrá llegar aquí con sus fuerzas,
para hacerse cargo del mando de la rebelión?
—Parto ahora —dijo
Sair—. ¿Cómo llegaré a su lado?
—Por el tubo
neumático de los Consejeros. Sexta parada de emergencia. Cuente los destellos.
Tape el disco rojo después del quinto destello.
Horn se puso
delante de la pantalla.
—¿Está ahí Wendre
Kolhnar?
—Sí —dijo el
hombre—, por alguna parte.
—¿Dónde está?
El encapuchado miró
confuso por encima de su hombro.
—No lo sé. No tengo
tiempo para… —miró hacia algo a su izquierda—. ¿Qué? —gritó—. ¿Qué es eso?
La pantalla se
apagó.
—¿Qué ha sucedido?
—dijo Sair, alarmado.
—Trate de
restablecer el contacto —pidió Horn al oficial. Luego se volvió hacia Sair—. No
me gusta. Pudo ser un ataque. Si Duchane consigue apoderarse de los
instrumentos en esa sala, aún puede ganar la batalla.
—¿Qué podemos
hacer? —preguntó Sair.
—Actuaremos sobre
la base de que Duchane la ha capturado, e iremos allí con la mayor rapidez
dispuestos a reconquistarla, y rogando que no haya usado gases asfixiantes.
—Horn se volvió hacia el oficial—. ¿Qué ha conseguido?
—La pantalla era
clandestina. Si la hemos localizado con exactitud, han cortado la transmisión.
—¿Dispone aquí de
trajes espaciales? —preguntó Horn.
El oficial denegó
con la cabeza. Horn se volvió hacia Redblade.
—Trae todos los
trajes espaciales que puedas, desde la sala del Tubo más próximo. Y búscame
hombres prácticos en su uso en el combate.
Mientras Redblade
se marchaba a la carrera, Horn hizo una pausa. ¿En quién podía delegar el mando
de la sala de control? Miró hacia Sair, pero el anciano movió la cabeza como si
hubiera adivinado sus pensamientos.
—Debo ir allá
—dijo.
—Necesitamos
combatientes —dijo Horn.
—Te sorprenderías
al ver lo que he aprendido y hecho en una larga vida. Debo ir con ellos.
No servía de nada
discutir con él, y Horn sólo tenía un recurso.
—Redblade —dijo—.
Quedas al mando de esto cuando yo me marche.
—¡Oh, no! —protestó
el pirata, sacudiendo su barbuda cabeza en un gesto de desafío—. No voy a
perderme toda la…
—Eres el único en
quien puedo confiar —le dijo Horn en voz baja, y el gigante se resignó—. Escoge
un enlace. Tan pronto como haya salido yo por el tubo neumático de la cámara
inferior, haz que llamen otra cápsula y envía al hombre. Luego, todos los que puedas.
Los hombres deberán tapar el disco dorado, luego esperar cinco destellos del
disco rojo y taparlo. Sólo hay espacio para un solo hombre, protegido por un
traje espacial. ¿Comprendido?
Redblade asintió.
Horn se volvió y escogió un pesado traje de la creciente pila en el suelo.
Redblade le ayudó a colocárselo. Antes de insetarse el guantelete izquierdo,
Horn encajó su pistola unitrónica en el soporte previsto para ella en el
guantelete derecho. Movió los dedos para ver si tenía libre el juego del
gatillo. La pistola estaba preparada. Horn estaba dispuesto.
Cinco minutos más
tarde, la cápsula del tubo neumático se detuvo. La puerta se abrió.
El corredor era de
roca y estaba débilmente iluminado. Horn salió con rapidez hacia las
catacumbas, cerrando la puerta de piedra detrás de él. No se veía a nadie.
A la derecha, el
corredor era aún más oscuro. Horn giró a la izquierda. El corredor giraba unos
metros más adelante. Allí encontró los primeros cadáveres; estaban tan
destrozados como las ropas que les cubrían. Horn hizo una pausa, manteniendo el
aliento, y abrió la llave de contacto del intercomunicador en su placa
pectoral.
—…¿Cuánto tiempo
tendremos que llevar estas cosas?…—protestaba alguien.
—¡Silencio! —el
interior del casco de Horn retumbó—. Sólo se darán órdenes e informes. Cuando
el gas se disipe…
Horn cortó y volvió
a respirar. Ése fue Duchane. Con precaución se adelantó hasta la siguiente
revuelta del corredor; detrás de la esquina aparecía la espalda de un traje
espacial. Horn se pegó a la pared con rapidez, respirando profundamente. Un
centinela. Pero no le había visto, y no podía oírle.
Horn dobló la
esquina caminando normalmente. Esta vez el centinela estaba de frente a él. A
través del casco, su rostro reflejó sorpresa. Su boca se abrió; su brazo
derecho se alzó, pero la mano de Horn ya estaba en la placa pectoral del
centinela. Con ella cortó el contacto del intercomunicador; con la otra, le
disparó a bocajarro.
No hubo el menor
sonido. El hombre se desplomó con la misma expresión de sorpresa en el rostro.
Horn sintió la vibración de su caída. Volvió a abrir su propio intercom. Estaba
silencioso. Lo volvió a cerrar.
Algo le tocó en la
espalda. Horn giró con rapidez, su pistola apuntando como un alargado índice… y
se contuvo a tiempo para no apretar el gatillo. El blanco cabello de Sair
brillaba dentro del casco frente a Horn.
Horn se aseguró de
que el intercom de Sair estuviera desconectado y luego se inclinó para apretar
su casco contra el del anciano.
—¡Quédese aquí!
—ordenó—. Espere hasta que tengamos un grupo de hombres con nosotros.
¡Entonces, ataque!
—¿Qué es lo que vas
a hacer?
—Si el gas no era
venenoso, aún podré evitar una matanza.
—Y Wendre se
encuentra allí, ¿eh?
—Sí —admitió Horn—.
Ahora, ¡espere aquí!
Horn avanzó hacia
donde la luz iba en aumento. Allí había otro centinela. Horn lo cogió de
espaldas, y el hombre murió igual que el otro, en silencio. Se veían más
hombres muertos en el suelo; algunos de ellos no presentaban señales de
violencia, mientras que otros tenían la cabeza aplastada.
Horn miró al
centinela que acababa de matar. La punta de su bota derecha estaba cubierta de
sangre y de una pasta grisácea. Horn se sintió contento de haberle matado.
Ahora se encontraba
frente a una ancha entrada, sin más centinelas. Horn volvió a conectar el
intercom. Había un ruido de fondo, anhelante; era la respiración de muchos
hombres.
—Traedlos aquí
—decía Duchane—. Necesitaremos a algunos de ellos para que nos enseñen el
manejo de los instrumentos. Atadlos…
Tendrían que
revivir para hacerlo, pensó Horn, con una inmensa sensación de alivio, mientras
atravesaba la ancha entrada hacia la enorme sala de paredes rocosas. Alrededor
de los muros, muchas planchas de piedra se habían abierto hacia fuera; detrás
de ellas aparecían indicadores, instrumentos, interruptores, pantallas. Otras
puertas conducían hacia otras salas, éstas bien iluminadas. La sala central
estaba llena de hombres vestidos de plástico y metal. Todos parecían ocupados,
y nadie se fijó en él. Era uno más entre muchos.
—Matad a éste y a
ése —decía Duchane, con voz tranquila—. No nos servirán de nada…
Horn miró a su
alrededor tratando de localizar al Director de Eron. Observó que los hombres
inconscientes eran arrastrados hacia una parte lejana de la sala. Horn se
dirigió hacia allí, abriéndose camino por entre las mesas tumbadas y los
hombres de negro. Por fin encontró a Duchane: vio la dura y dominante cabeza
dentro de la burbuja de plástico y se acercó aún más.
Duchane le miró con
curiosidad cuando Horn se acercaba y luego se volvió para mirar a otro hombre
que llegaba con una mujer entre sus brazos.
—¡Ahhh! —dijo
Duchane—. ¡Wendre! —Contempló por un momento el tranquilo y dorado rostro,
ahora sumido en la inconsciencia, y el rojizo cabello dorado que caía como una
cascada por encima del brazo enfundado en metal que soportaba su peso—.
¡Tratadla con cuidado! Podremos utilizarla…
Horn estaba ya
detrás de Duchane. Su pistola era como un dedo de metal en la espalda del
sujeto, pero el nuevo Director de Eron no podía sentirlo.
—No utilizarás a
nadie —le interrumpió Horn, conectando el emisor—. Estoy detrás tuyo, Duchane.
¡No te muevas, si quieres vivir!
—Me pareció
reconocer tu rostro —dijo Duchane, asombrado.
—Déjala en el suelo
—dijo Horn con lentitud—. Déjala en el suelo con cuidado. A todos vosotros: si
alguien se mueve, vuestro amo morirá, y ya sabéis que vuestras horas estarán
contadas desde entonces.
Todos quedaron
inmóviles como estatuas de metal, todos menos el hombre que llevaba a Wendre en
brazos. Empezó a inclinarse hacia el suelo.
—¡Mátala! —gritó
Duchane, lanzándose hacia delante y a un lado—. ¡Matad a este hombre! ¡No
podemos detenernos!
Se retorcía ya en
el aire, tratando de encañonar a Horn, mientras el hombre que sostenía a Wendre
doblaba su mano derecha por debajo del cuerpo de ella, levantando el cañón de
su pistola.
La mano izquierda
de Horn cortó los gritos de Duchane con un golpe que destrozó el casco. Duchane
respiró una vez y su rostro quedó inmóvil mientras caía al suelo. Su casco
reventó con un estallido, pero otros ruidos le siguieron tan de cerca, que todo
pareció como un trueno. Un agujero apareció en el casco del hombre que sostenía
a Wendre, y fue duplicado en su frente. Siguió inclinándose y cayó sobre el
cuerpo inconsciente de la muchacha.
Horn nunca tuvo
tiempo para observar el desarrollo de la lucha. Su pistola barría la sala en un
arco mortal, escupiendo proyectiles, y luego se lanzó por el aire buscando la
protección de una mesa caída en el suelo, que, en realidad, no era ninguna
protección, sino un lugar donde esconderse del fuego enemigo.
Alguien llegaba por
la lejana entrada. Era más de uno, pero el que avanzaba delante del grupo era
Peter Sair, y su mano disparaba balas con increíble puntería. Muchos hombres
eran derribados sin compasión, y el ruido en el intercom era ensordecedor.
Toda la sala quedó
de repente sumida en la oscuridad.
LA HISTORIA
Lo imprevisible…
Siempre hay
piedrecillas que pueden hacernos tropezar, vientos repentinos que hielan
nuestras esperanzas o avivan nuestros terrores; temblores de tierra que hacen
caer nuestros planes encima de nosotros… Hasta los más cuidadosos análisis de
los más inteligentes historiadores pueden estar equivocados.
Nadie puede
precedir lo imprevisible.
Quizás sea lo
mejor. Cuando podamos conocer el curso de nuestra vida, ya no será vida. Sólo
lo inanimado se repite. Y aun entonces, si uno profundiza lo suficiente, se
llega a un nivel donde el principio de incertidumbre hace inútil toda
predicción.
Nadie podía
predecir la longevidad. Nadie, al preverla, pudo calcular sus efectos. Era algo
fuera de la experiencia humana, y los historiadores buscan las más lejanas
perspectivas, pero las ignoran al extrapolar sus consecuencias.
Un hombre que pueda
planear en términos de siglos, civilizaciones y razas… y vivir para ver el
fruto de sus planes…, tendría una fuerza incalculable.
Capítulo XX
LA CAUSA PRIMERA
Horn abrió los
ojos. La luz era suave y dorada. Luego se movió. Sintió algo frío en su rostro,
frío y húmedo. Y luego comprendió que la luz no era dorada; era sólo un
reflejo. Había un rostro por encima de él, y ese rostro era dorado. Le pareció
reconocerlo. Aun agotado y sin maquillaje, era un rostro muy hermoso.
Se sentó en el
suelo con gesto brusco. Su cabeza pareció partirse mientras el dolor la
atravesaba. Horn se reclinó contra la pared y cerró los ojos. Cuando los volvió
a abrir, ella seguía aún a su lado.
—Estarás bien
dentro de un momento —dijo Wendre—. El dolor desaparecerá pronto.
—¿Qué ha sucedido?
—dijo Horn, todavía confuso.
—Las fuerzas de
Duchane fueron vencidas, pero una bala perdida te perforó el casco. Respiraste
algo de gas.
Horn miró a lo
largo del corredor. Había muchos hombres tendidos a lo largo de las paredes;
algunos muertos, otros heridos, muchos inconscientes.
—¿Y Sair?
—preguntó.
—Está bien. Están
ahora acabando de reducir los últimos focos de resistencia. Es un hombre
maravilloso.
Horn recordó cómo
Sair avanzó por la ancha entrada, solo, disparando contra los acorazados
cuerpos de los hombres de Duchane, sin fallar un solo tiro.
—No sabes cuánta
razón tienes —dijo pensativo.
—Aún habrán luchas
esporádicas y alarmas durante unos cuantos días, pero Sair cree que la
resistencia organizada ha terminado.
—¿Y Duchane?
—preguntó Horn.
—Está vivo. Lo han
encerrado en una celda.
Wendre hizo un
gesto hacia el lejano final del corredor. Seguía recto hasta desaparecer en la
distancia.
—Me llevaron a
Vantee —dijo Horn.
—Lo sé. —pareció
comprender que él le explicaba la razón de su ausencia—. Sair me lo ha dicho.
También me explicó cómo escapaste. Fue algo brillante, atrevido…
—Un hombre hace lo
que debe hacer —dijo Horn, encogiéndose de hombros.
—¿Por qué debías
hacerlo? —preguntó ella.
Horn la miró al
rostro y contempló cómo sus ojos miraban a los suyos con curiosidad. Aquella
vez Horn no sintió el impulso de apartar su vista. Lo que fuese que los hombres
llaman «amor», él lo sentía por Wendre. No era sólo el deseo de posesión,
aunque aquello era una parte de sus sentimientos. Era la necesidad de procurar
que ninguna pena llegase nunca a torturarla.
—Pensé que… podrías
necesitarme —dijo en voz baja.
Los ojos de ella se
apartaron.
—¿Crees que puedo
creerlo? ¡Cuando fuiste tú quien mató a mi padre!
—Entonces no te
conocía.
—¿Por qué lo
hiciste? —preguntó ella bruscamente.
—Por dinero —dijo
Horn.
—Tenía miedo de
escuchar esas palabras. Pudo ser distinto si lo hubieras hecho por venganza, o
por un ideal apasionado…
Ella se apartaba de
él. Horn cogió su mano con un impulso desesperado.
—¡Espera! No te
pido nada, excepto compasión. —Ella se detuvo y se volvió hacia él—. Tu padre
sólo era un hombre para las pocas personas que le conocían en la intimidad.
Para todos los demás era un símbolo, y por lo menos una institución. Los
símbolos y las instituciones no sangran ni sufren; son cosas que pueden ser
formadas, alteradas o destruidas cuando lo ordenan las circunstancias. Cuando
tu padre se convirtió en Director de Eron renunció a su humanidad.
»Eso sólo es parte
del asunto —continuó Horn—, y una pequeña parte. Para comprender el resto,
tienes que comprender mi pasado.
Con palabras lentas
y luego con mayor rapidez, a medida que los recuerdos acudían a su mente, Horn
relató a Wendre su vida en la Constelación; cómo le contrataron para que
asesinase a su padre; sus dificultades para llegar hasta la Tierra y luego
hasta el pie de la meseta; sobre Wu y Lil; su llegada a Eron y lo que había
sucedido luego. Ella le escuchó con atención, la cabeza inclinada.
―Pero la razón que
me impulsó a hacerlo —terminó él—, yo mismo no puedo explicarla, porque no la
comprendo. Estaba el dinero, pero no era lo más importante. Era sólo… el
símbolo de lo que un hombre puede arrancarle al Universo si es bastante
inteligente y fuerte. Toda mi vida lo he hecho, y ahora tenía una oportunidad
para probar a mis propios ojos que yo era más listo y fuerte que los demás… No
era sólo el disparo, quiero que lo comprendas, sino el llegar hasta allí,
burlando a todos los que trataron de impedirlo y venciendo todos los obstáculos
y, cuando lo tuve allí frente a la mira de mi pistola, me di cuenta que sólo
tenía que dispararle… porque había recibido dinero por ello.
»Pero no me
preguntes por qué finalmente lo hice. No lo sé. Fue otro hombre, a quien ahora
no comprendo. Los hombres cambian, desde luego. Eso es un axioma: un hombre no
es el mismo dos minutos seguidos. Y cuando un hombre lleva una vida dura y
sobrevive a lo que yo he pasado en estos últimos días, camina aprisa y mucho.
No trato de excusar mi acción. Esta mano lo hizo; este dedo apretó el gatillo.
Ella movió la
cabeza como si no pudiera comprenderle.
—Pero… matar a un
hombre desarmado, a sangre fría, sin aviso…
—¿Desarmado?
—exclamó Horn—. ¡Había miles de guardias, docenas de naves y cientos de cañones
concentrados allí! Y… ¿qué puedes decir de los billones de personas que tu
padre mató, a sangre fría, sin aviso? ¡No! Verás, no quise decir eso. Cuando un
hombre vive como yo, se encuentra frente a todo el universo y llega a pensar
que se encuentra solo frente a todos; que todos estamos solos luchando contra
los demás, como perros por la posesión de un hueso. Pero eso… no es cierto.
Estamos todos unidos, del mismo modo que los mundos están unidos por los Tubos
de Eron.
—No sirve de nada
lo que digas, ¿no lo comprendes? —dijo ella, con pasión—. Debo odiarte. Nada
puede alterar el hecho de que mataste a mi padre.
—Entonces, ¿por qué
dejaste instrucciones para que me entregasen la sala de control?
—Porque tenias
razón… Eron estaba podrido. Alguna vez, quizás, el Imperio justificó su
existencia; alguna vez tuvo algo que dar a la Humanidad. Ahora sólo se
apoderaba de todo. La única forma en que podía salvar algo que era aún bueno en
Eron era ayudar a deshacerlo; tú dijiste que sólo Sair podía salvarlo. Pensé
que Sair estaba muerto, y creí que quizás yo podía ser de alguna ayuda. Si
estabas en lo cierto en una cosa, podías tener razón en otras.
—Comprendo —dijo
Horn.
Se puso lentamente
de pie. A pesar de su cansancio, su cabeza ya no le dolía. Empezó a caminar por
el corredor y se inclinó a recoger una pistola de la mano de un muerto que ya
nunca podría utilizarla.
—¿Adonde vas?
—preguntó Wendre.
Él miró a su
alrededor y vio que ella caminaba a su lado.
—Voy a hablar con
Duchane.
—¿Para qué?
—Hay dos cosas que
necesito saber: quién me contrató y quién tiene el secreto de los Tubos.
—La persona que te
contrató tenía que conocer los planes de mi padre en la época de la rendición
de Quarnon IV. Ya te dije que yo era la única persona que los sabía. ¿Por qué
no sospechaste de mí?
—Lo hice —dijo
Horn—. Por un momento.
—¿Por qué no
sospechas de mí ahora?
Horn la miró por un
instante y luego apartó los ojos.
—Ahora creo en ti.
—Iré contigo —dijo
ella rápidamente—. Quizá pueda ayudarte.
—No necesitas
hacerlo.
—Te debo algo. Has
salvado mi vida tres veces.
—Las dos primeras
no cuentan. Una fue por instinto, y la otra por estrategia.
Dejaron de hablar
al acercarse a las celdas y Horn las reconoció; él mismo había estado detrás de
una de aquellas puertas enrejadas no hacía muchos días. Detrás de una de ellas
estaba Duchane, una vez Consejero de Seguridad, luego Director de Eron, ahora
prisionero. Estaba apoyado contra la pared del fondo, el rostro sombrío y
pensativo, los brazos cruzados sobre el pecho. Levantó los ojos cuando Wendre
se acercó a la puerta mientras Horn se quedaba atrás en las sombras, para no
ser reconocido. Los labios de Duchane se torcieron.
—La única cosa peor
que un renegado, es una mujer civilizada que vive con los indígenas —dijo.
Espero tendrás agradables recuerdos del modo en que has sobrevivido a la caída
del mayor Imperio conocido por el hombre… y cómo ayudaste a derribarlo.
—No quiero discutir
contigo —dijo Wendre con voz tranquila—. No puedes comprender las acciones que
no sean motivadas por el egoísmo.
—Con lo que he
visto de miedo, cobardía y traición durante los últimos días —dijo Duchane con
amargura—, me siento satisfecho de no ser de pura sangre dorada.
—¿Que no eres…?
—exclamó Wendre—. Entonces eso explica…
—¿Qué? —preguntó
Duchane con violencia.
—Tus métodos
—murmuró Wendre.
—¿Sabes lo que
significa ser eroniano en todo excepto por una pequeña gota de sangre en tus
venas, y que esa imperceptible dilución se alce como una barrera ante todo lo
que deseas? ¿Sabes lo que significa tener fuerza, habilidad y valor, y ver que
su uso está prohibido porque un remoto antepasado tuyo fue algo descuidado?
¿Sabes lo que significa el tratar de pasar como de sangre pura, y preguntarse
siempre cuándo la verdad se alzará para destrozar todo cuanto tienes?
»¡Métodos!
—continuó Duchane—. Sí, yo tenía mis métodos y eran eficaces. Debían serlo,
porque los aprendí de tu padre. Nada tiene importancia excepto el éxito; los
medios son sólo escalones que conducen al objetivo. No puedes formarte una idea
de lo que tuve que hacer para llegar donde quería… —Su rostro se oscureció,
recordando—. Yo ordené la muerte de mi madre; era un peligroso lazo con mi
pasado. Pero no tuvo importancia; eso me hizo Director de Eron.
—Por pocos días
—dijo Wendre—. Tus métodos hicieron inevitable la caída del Imperio. Más que
cualquier otro, tú fuiste quien lo destruyó. ¿Valía la pena… por unos cuantos
días?
—Vale más mandar un
solo día —dijo Duchane con orgullo— que ser esclavo la vida entera.
—En cualquier caso,
no podrías haber gobernado por mucho tiempo —dijo Horn, hablando por primera
vez— sin contar con el secreto de los Tubos.
Duchane escudriñó
inútilmente las sombras.
—Es cierto —dijo
lentamente. Luego volvió a mirar a Wendre—. Pero tú me lo habrías dado. Habrías
luchado y sufrido mucho, pero al final me lo habrías dicho.
—No hubiera podido
hacerlo. Yo misma no lo conozco.
—Tienes que
conocerlo —dijo Duchane, confuso ahora—. Eres de pura sangre; tiene que
funcionar para ti. Y Kolhnar sin duda te explicó…
—No funcionó
conmigo —dijo Wendre, lentamente—, y él no me dijo más que lo que tú ya sabes.
Quizás tampoco lo sabía. Quizás nadie lo conoce. Sería una burla, una burla
para el Imperio, pero una burla aún más cruel para el Pueblo Dorado. Estábamos
tan orgullosos y seguros de nuestro secreto…, y nunca fue nuestro.
—¡Es mentira!
—estalló Duchane—. Kolhnar lo conocía. Tenía que saberlo.
—Entonces fue un
error hacer que asesinaran al viejo —dijo Horn con rapidez, comprendiendo que
decía la verdad.
—¡Yo no lo hice!
—exclamó Duchane, lanzándose contra las rejas para mirar hacia las sombras—.
¡Oh, he pensado en ello muchas veces! Pero era… era demasiado peligroso.
Sospecharían de mí en el acto. ¿Quién eres tú?
—El asesino —dijo
Horn suavemente.
—Entonces… ¡sabrás
que yo no lo hice! —dijo Duchane con violencia, sacudiendo con furor las rejas
que les separaban—. ¿Sabes quién te contrató?
—No le conozco.
Horn dio un paso
adelante, de modo que la luz le iluminó el rostro. Duchane le reconoció en el
mismo instante y retrocedió varios pasos.
—¡Tú! Tú eres el
asesino. El hombre que me derribó por la espalda hace unas horas. El guardia
que estaba con Matal. Es fantástico. Ése no era Matal. Matal había muerto.
Parecía Matal, pero no era posible que fuese él. Los muertos no andan.
¡Fantástico! —sus ojos se endurecieron y luego preguntó—: Tú estabas con él;
¿quién era?
—Tampoco sé eso
—dijo Horn—. ¿Qué ha sucedido a Fenelon y a Ronholm?
—Oh, han muerto.
Han muerto —Duchane los apartó de su mente con un gesto casual—. Consulté al
Archivo Electrónico por esa información. Me dio algunos detalles muy
interesantes. Informes de hombres muertos que caminan, y de dos hombres vivos
vistos al mismo tiempo en lugares distintos. Todos estos hombres tenían el
mismo aspecto físico: bajos y gordos. El prototipo era un ladrón, un harapiento
visto con frecuencia en compañía de animales. Aparecía aquí y allí, por todo el
Imperio. Ha estado en la cárcel innumerables veces, pero siempre escapó
inmediatamente. Su informe se remonta a mucho tiempo… —Duchane se adelantó
mientras buscaba algo en su bolsillo—, hasta el principio de…
—¡Cuidado! —gritó
alguien—. ¡Tiene una pistola!
El arma en la mano
de Horn reaccionó casi con vida propia. Se alzó, escupiendo fuego en silencio.
Duchane jadeó brevemente. Sus ojos miraron detrás de ellos, anchos y
deslumbrados, y su mano se deslizó lentamente de su bolsillo. Cayó al suelo
quietamente, al lado de las rejas.
—Matar —dijo Wendre
con voz apagada—. Matar. ¿Por qué tienes que matar siempre? —Se volvió, con la
cabeza inclinada, y marchó a lo largo del corredor.
—Parece mi destino
—dijo Horn, mientras se volvía.
Wu estaba de pie
detrás de él. Volvía a ir vestido con sus viejos pantalones: un solo tirador,
la camisa verde de plastiseda y el gorro en la cabeza. Lil, posada en su
hombro, miraba con su único ojo al caído cuerpo de Duchane.
—Éste —dijo Lil
tristemente— es el fin de toda ambición.
—Parece haber
tomado el hábito de salvarme la vida —dijo Horn, dejando que el cordón elástico
llevase la pistola contra su pecho.
Wu se encogió de
hombros.
—Es un placer
alargar los años de vida de uno que tiene tan pocos.
—¿Dónde ha estado?
La última vez que le vi, lo llevaban a Vantee conmigo.
—Todavía no se ha
construido la prisión que pueda retenernos, ¿eh, Lil? Desde entonces hemos
estado aquí y allí, donde nos llevó la fortuna y nuestro capricho. Éstos son
buenos tiempos para encontrar diamantes.
Horn se arrodilló
al lado de la reja, pasando el brazo entre ellas hasta llegar a la guerrera de
Duchane. Cuando retiró el brazo, llevaba en la mano un puñado de papeles.
—No comprendo cómo
pudieron dejarle una pistola —dijo Horn—. Estaba desarmado.
Horn abrió los
papeles y los examinó, pasando rápidamente los ojos por encima de ellos,
volviendo las hojas. Cuando levantó la vista, parecía mirar a lo lejos.
—Este informe habla
de usted —dijo—. Usted ha estado en casi todas las inauguraciones de los Tubos.
—¿Es posible? —dijo
Wu—. No pensé que habíamos asistido a tantas. Pero esos son tiempos de
ceremonia, cuando hasta las horas aparecen llenas de joyas.
—Los Directores de
Eron no conocían el secreto de los Tubos —dijo Horn, lentamente—. Y sin
embargo, los Tubos fueron activados. Alguien más tenía que conocer el secreto,
y a pesar de ello… yo mismo lo dije una vez… el secreto no podía pasar por las
manos de cualquier otro grupo de personas, sin que los Directores lo
descubrieran. Pero si un hombre viviera durante mil quinientos años…
—¡Yo! —rió Wu—. Sí
nosotros conociésemos el secreto, Lil, no tendríamos necesidad de robar
diamantes, ¿eh? Nos sentaríamos en cualquier parte y los mundos nos los
traerían hasta nuestros pies.
—Había seis
personas en la plataforma de la Celebración en Sunport —continuó Horn
inexorable, sin prestar atención a la interrupción—. Pensé que una de ellas
tenía que conocer el secreto. Pero estas seis personas también asistieron a
otras inauguraciones, en soledad. Wendre me lo dijo. No pudo ser ninguno de
ellos. Tenían que ser todos juntos. Pero no era así. Ni juntos, ni
individualmente. Sin embargo, usted sí estuvo allí. Usted estaba más cerca de
la plataforma que ninguno de los demás. Tuvo que ser usted, Wu. Tuvo que ser
usted.
—«Reductio ad
absurdum» —dijo Lil, solemnemente.
—Pero lógico, mi
querida amiga —dijo Wu—. Muy lógico.
Su voz había
cambiado. Era más firme, más fría y dura.
—Usted hizo que
matase a Duchane —siguió Horn—. Él iba a decirme algo sobre usted, y por ello
hizo que le matase. No lo hizo personalmente, usted no disparó. Consiguió que
alguien lo hiciese en su lugar. Alguien empujó —murmuró en voz baja—. Las
piezas van cayendo en su sitio. Alguien que piense de este modo puede
fácilmente contratar a un asesino.
—Un excelente
argumento —dijo Wu—. Pero no es completamente cierto. Como verá, no tengo
ningún reparo en llevar a cabo mis propias muertes.
No debió sorprender
a Horn ver la pistola en la mano amarillenta que Wu extendió de su harapienta
manga. Pero le dejó sorprendido; no podía creer en lo que la lógica le
demostraba. Miró la pistola y luego contempló el arrugado rostro de Wu. No
podía recordar ahora porqué había pensado alguna vez que aquel rostro era
inofensivo y benigno. Ahora el rostro de Wu mostraba el paso de un milenio y
medio; eran ojos que habían visto demasiado. Su faz era vieja y maligna.
—Entonces es cierto
—dijo Horn, lentamente.
—¿Tengo que
decírselo? —preguntó Wu—. Desde luego. ¿Qué importa eso ahora? Ha llegado
demasiado cerca de la verdad respecto a los Tubos, y por eso debe morir. Espero
que me dejará explicárselo antes de matarlo. Usted quería saber el significado
oculto de todo esto, y siento un gran alivio al poder hablar con alguien. No
puede conocer la inmensa carga que representa mantener un secreto durante mil
años. Tengo a Lil, desde luego, pero aunque es una excelente compañera, no es
humana.
—¿Y tú lo eres?
—preguntó Lil, con voz aguda.
—No estoy seguro ya
de serlo —dijo Wu lentamente.
—Entonces, fue
usted quien me contrató.
—Sí, yo lo contraté
para que matase a Kolhnar. He alquilado a muchos hombres, pero usted fue el
único que consiguió llegar al pie de la meseta donde en otros tiempos se alzó
Sunport. Pero la historia empieza mucho tiempo antes.
—¿Mil años antes?
—Exactamente. Eron
no surgió por casualidad. Fue el único Imperio construido por un solo hombre, y
las herramientas que usamos fueron demanda y respuesta y una sutil dirección de
los acontecimientos. Escogí a Eron como mi instrumento de Imperio porque en él
vivía una vigorosa y hambrienta raza. La Humanidad necesitaba el Tubo, y
necesitaba a Eron para obligarla a aceptarlo. Escuche con atención, Horn, y lo
sabrá todo antes de morir: oirá una extraña historia de humanas emociones, y de
cómo pueden beneficiar a la humanidad… y de buenas intenciones, y de cómo
pueden cambiar.
—Lo escucho —dijo
Horn sombríamente, calculando la distancia que los separaba, estimando sus
posibilidades de éxito. Pero la distancia era demasiado grande, y la
oportunidad demasiado pequeña. Se obligó a esperar.
—El Tubo, entonces.
El Hombre lo necesitaba para desarrollar una civilización interestelar en lugar
de culturas aisladas, divergentes, espacialmente limitadas, que no podían
contribuir en nada al progreso de la raza. Con la mejor intención, concedimos
el Tubo al Hombre, Lil y yo. Si la Humanidad debía continuar como una raza
única y vigorosa, teníamos que abolir el límite mortal: la velocidad de la luz.
—Ya que la
velocidad de la luz es el límite máximo dentro de nuestro universo —dijo Horn,
moviéndose ligeramente―, entonces los Tubos encierran un espacio que no
pertenece a éste.
Wu asintió con
admiración.
—Temía que sus
experiencias en el interior del Tubo le llevarían a esta conclusión. Un
científico, con esta pista, pudiera llegar a activar un Tubo. Pero no será
fácil. Se ha aceptado, durante más tiempo del que yo he vivido, que la gravedad
es una consecuencia de la geometría del espacio físico, que queda determinada
por la materia. En otras palabras, que es la materia del Universo la que curva
el espacio sobre sí misma, un efecto que reconocemos como gravedad. Pero es
algo distinto construir un espacio que no pertenezca a nuestro Universo.
Horn asintió, y se
adelantó un poco más.
—La luz —continuó
Wu— queda afectada por la curvatura del espacio. Ella también se curva. Y en
este universo de materia y espacio curvo, la velocidad queda limitada por la de
la luz. Pero fuera de este Universo, no es así. Lil y su raza lo descubrieron hace
mucho, mucho tiempo. Cuando desapareció el uranio de su caverna, se vieron
obligados a estudiar la naturaleza de la energía y de la materia, espacio y
tiempo. Se convirtieron en los más grandes matemáticos que ha conocido el
Universo.
—Continúe —dijo
Horn, adelantando un pie en forma imperceptible.
Wu movió su
pistola.
—No, amigo mío. No
se mueva. No se mueva si quiere conocer el resto de mi historia. Nuestro
problema, como comprenderá, consistía en producir dentro de este Universo un
espacio que no le era propio. Una estrella gigante fue la fuente de energía, y
la mente de Lil la matriz. Dentro del cilindro energizado del Tubo creamos algo
antes nunca conocido: un espacio protegido contra el efecto curvo de la
materia, protegido contra la gravedad, si quiere decirlo así. Dentro del Tubo,
el universo formado por la materia no existe; el límite forzado en velocidad
por este Universo material no existe. Todos nuestros términos no tienen
significado en su interior: luz, sonido, energía, materia, velocidad,
distancia. Cualquier cosa dentro del Tubo existe como una anomalía dentro de su
propio Universo en miniatura, con su propio espacio curvado sobre ella, y el
Tubo, por su propia naturaleza, debe expulsarla.
—Entonces, sólo
usted y Lil pueden activar un Tubo.
—Sólo Lil —corrigió
Wu—. Esto nos ha tenido muy ocupados. Pero me adelanto al curso de mi historia.
Este hecho, sin embargo, influyó en nuestra selección de Eron como instrumento
a través del cual se uniría la Humanidad. Habría sido físicamente imposible
para Lil activar Tubos en dos o más civilizaciones. Eso tampoco era deseable
por otras razones: habría significado conflictos, desuniones, destrucción.
Escogimos a Eron.
—¡Ah, aquellos eran
días dignos de ser vividos! —gruñó Lil con pesar.
—En efecto —admitió
Wu—. Con la mejor intención, dimos a Eron el Tubo y forjamos a su alrededor un
mito de secreto y grandeza; el Pueblo Dorado fue rápido en aceptarlo y en
seguir formando sus propios mitos. En momentos cruciales ayudamos al Imperio a
continuar su progreso hasta que sólo la Constelación de las Pléyades quedó
fuera de sus dominios. Usted, mi amigo de corta vida, no puede comprender cómo
empezamos a cambiar. El poder crea hábito. Nos hicimos adictos a esa droga.
Pocas cosas sobreviven a la lenta destrucción de los siglos: los sentidos se
embotan, las pasiones se debilitan y los ideales mueren. Sólo el placer del
poder perdura como excusa para la sobrevivencia.
—Entonces, empezó a
entrometerse —dijo Horn sombríamente— por el solo placer de manejar los
acontecimientos.
No podía moverse
hacia Wu; nunca podría acercarse lo bastante para atacarle o apartar la pistola
antes de que Wu disparase. Su propia pistola, fija al sobaco, saltaría rápida a
su mano, pero el dedo de Wu sería aún más rápido.
Espera, se dijo
Horn. Espera.
—Es cierto —dijo
Wu—. Nos entrometimos, pero no en el ridículo sentido de la palabra. Nosotros
fuimos hábiles. Kolhnar necesitó poca ayuda para conquistar la Constelación; su
fiera voluntad le llevó a la victoria. Pero esto sólo significaba demorar la crisis
que se aproximaba lentamente, y cuanto más tardase, más peligrosa se haría.
Eron se corrompía; la rebelión era inevitable. La única oportunidad de salvarlo
era precipitar la crisis. Contra una rebelión prematura, Eron podía vencer y
conseguir otra oportunidad.
—Y entonces me
contrató para asesinar a Kolhnar —dijo Horn. Su mano se movía encima de su
cinturón hacia la culata de la pistola que colgaba encima de él.
—Me equivoqué —dijo
Wu—. Hasta una experiencia de mil quinientos años puede equivocarse; inclusive
la fantástica capacidad matemática de Lil no puede tener en cuenta los billones
de factores implícitos en un problema que llega a las estrellas. Calculamos
mal. Eron perdió.
—Y usted también
perdió —dijo Horn.
—¿Nosotros? —Wu rió
suavemente—. ¡Oh, no! Nosotros nunca perdemos. Habrá otros cordones para tirar,
otras marionetas a las que hacer bailar. Nos trasladaremos al nuevo centro
local del poder, la Constelación. Ahora está desorganizado, pero pronto adquirirá
fuerza. Moldeará al Imperio en algo nuevo y dinámico, y nosotros moldearemos a
la Constelación.
—¿Es que no ha
hecho bastante? —preguntó Horn—. ¿No ha llegado el momento de que los hombres
forjen sus propios destinos?
—¿Y eliminar la
única razón de mi existencia? —dijo Wu con ironía—. No, mi idealista amigo. No
puedo permitirlo. Y ahora ha llegado el momento en que debe morir. Kolhnar ha
muerto. Duchane ha muerto. Ha llegado su hora.
Los ojos de Horn se
ensancharon por un instante. Detrás de Wu algo se había movido.
—Ése es un antiguo
truco —dijo Wu, con una sonrisa—. Muy hábil. Pero no le dará resultado —su mano
se apretó sobre la pistola.
Horn endureció sus
músculos. La sombra de un movimiento volvió a cruzar a espaldas de Wu. Dorado.
¡Wendre! ¿Qué hacia allí? Ella le odiaba. Ella misma lo había dicho.
Wendre se lanzó
contra Wu.
—¡Trampa! ¡Trampa!
—chilló Lil, mirando hacia atrás.
Wu se hizo a un
lado instintivamente. Horn se apartó de la línea de fuego, mientras la pistola
saltaba a su mano. Por un instante no pudo disparar, por miedo a que la bala
alcanzase a Wendre a través del cuerpo de Wu.
Wendre no golpeó a
Wu. Pasó por su lado, y la reacción de Horn fue instantánea. Su bala no falló.
LA HISTORIA
Dispensador de
bienes…
La frontera
galáctica: nuevos mundos ilimitados, planetas vírgenes esperando fértiles la
semilla humana, un millón de continentes ricos de todos los tesoros, tierras
negras y ríos en las montañas y las misteriosas orillas de un millón de mares.
Pero el mayor tesoro era la libertad.
Con la llegada del
Imperio, la frontera se convirtió en colonia.
La influencia de
las grandes civilizaciones siempre se ha extendido más allá de sus fronteras.
Alrededor de ellas, como una armadura, siempre han creado estados satélites que
mantenían alejadas las hordas bárbaras. Y cuando las civilizaciones empezaron a
decaer, las colonias volvieron su talento militar contra sus creadores.
Eron creó la
Constelación por el desafío de su poder, y la aplastó cuando no quiso ser
absorbida.
Pero Eron era
corrupto. El Imperio no podía perdurar. Su respuesta a la demanda no era el
acaudillarla… sino aplastarla.
Eron era un fósil.
La continuidad de su existencia formaba una mortal amenaza a toda la Humanidad.
Capítulo XXI
DEMANDA
Horn siguió sentado
en el exótico y lujoso ambiente de la dorada habitación y se revolvió en el
asiento. Debajo de él, la silla era demasiado blanda y elegante, se hundía
tanto bajo su peso que le costaría minutos volver a levantarse. A su alrededor,
los colores eran demasiado suaves; los cuadros no tenían significado para él.
No tenia nada a qué mirar.
Había esperado por
media hora, y ahora deseaba no haber venido.
¿Qué tendría Wendre
que decirle que no le hubiera dicho antes?
Bañado, limpio,
afeitado, con ropas nuevas, Horn parecía un hombre distinto. Había contemplado
en el espejo a un delgado forastero de rostro atezado. No había reconocido la
mirada de comprensión en los ojos antes tan duros, las líneas de sufrimiento y
compasión alrededor de la boca antes inmóvil. Se había hecho más viejo y más
sabio en los últimos meses.
Estaba satisfecho
de haber despreciado las pesadas pieles y plastisedas que le habían ofrecido.
Se sentía cómodo al volver a vestir la sobria y duradera pana tejida en la
Constelación.
Horn se agitó de
nuevo. Fuera lo que fuese que quería decirle Wendre, deseaba que saliera y se
enfrentase con él de una buena vez. Habían pasado siete días desde que la vio
por última vez; siete días en los que ella pudo llamarle y él habría acudido;
siete días desde que terminó la lucha. Ahora, mucho después que había
abandonado toda esperanza, sólo horas antes de que zarpase la nave que debía
conducirle a la Constelación, ella le había enviado un mensaje pidiendo que
fuese allí y esperase… y esperase.
Recordaba la última
vez que la vio. Recordaba cómo Wu se había desplomado con un gesto cansado,
casi agradecido. Había engañado a la muerte por última vez.
La pistola de Horn
había seguido el vuelo de la cosa aleteante y chillona que era Lil. Su dedo se
había apretado sobre el gatillo y luego se apartó. No podía matarla. ¿Qué había
hecho, excepto ser amiga de un hombre? Ella no había buscado la venganza contra
la raza que exterminó a la suya. Se había unido a uno de ellos para servirle,
demasiado bien…
Luego fue demasiado
tarde. Lil desapareció.
—¿Por qué no la
mataste? —preguntó Wendre. Se había levantado rápidamente del suelo.
—¿Oíste lo que
dijo?
—Lo suficiente para
comprender que era peligrosa. ¿Por qué no la mataste?
—No pude hacerlo.
—¿Pensaste en lo
que puede hacer si no la encontramos?
—¿Cómo vamos a
encontrarla? —preguntó Horn, confuso—. Puede estar en cualquier parte, bajo
cualquier apariencia. Y si la hallamos, ¿cómo vamos a retenerla? Dudo que una
bala le causara ningún daño. Y también pienso, si la llave de la energía… la
que puede cortar los Tubos… no es más que la vida de Lil.
—Pero puede ser
algo importante. Ella puede…
—Lo dudo. Wu era el
humano. Sin él, ¿qué puede hacer esa cosa extranjera? El daño será
insignificante comparado con el peligro de destruir la existencia de los Tubos.
El daño que Wu causó era sutil, y llegaba a las estrellas. Lil no conoce lo
bastante de nuestra raza para hacer nada igual.
Horn se arrodilló
al lado del cuerpo de Wu. Una roja mancha se extendía lentamente sobre la
destrozada camisa verde, surgiendo del agujero del pecho. Los latidos del
corazón se habían detenido; ya no alentaba. Wu había muerto. Había algo
extrañamente doloroso en el pequeño cuerpo vestido con ropas remendadas. Era un
cuerpo tan pequeño y débil para haber hecho tanto, y ahora estaba muerto,
después de haber escapado a la Muerte tanto tiempo.
Había ironía en el
hecho de que el hombre que le había hablado de la teoría social de la Historia
fue la mayor prueba de sus argumentos personales. Wu era el hombre que empujaba
a los acontecimientos. También había conducido a Horn por un camino señalado
por él. Había estado de pie a las orillas del río para seguir su curso. Él, más
que Horn, había apretado el gatillo que mató a Kolhnar. Había manejado las
fuerzas que forman a los imperios y forjan los destinos de los hombres. Pero
Horn había escapado a su influencia, y a su vez forjó su propio destino; quizás
la muerte de Wu estuvo implícita desde aquel momento.
Horn había crecido
en la creencia del individualismo y de la independencia; el curso de los
acontecimientos le había obligado a reconocer las verdades eternas de la
interrelación y de la interdependencia entre los hombres. Comprendía ahora que
no existían límites definidos entre ellas. No formaban una dicotomía; se
mezclaban en forma inseparable. No podían compendiarse en una fórmula
matemática, con el bien y el mal en símbolos abstractos. Las circunstancias
determinaban cuál de ellas debía predominar, cuál de ellas debía adquirir
vigor, cuál ser deseada.
Horn había mirado
hacia arriba. Wendre estaba de pie a su lado, inmóvil mirando a Wu y a él.
—¿Por qué me
salvaste la vida?
Por un instante
brillaron los ojos de ella.
—Tú me salvaste una
vez —dijo—. Ahora estamos a mano.
Y se apartó de él
para desaparecer por el oscuro corredor.
Horn había mirado
hacia allí hasta que le dolieron los ojos, pero no la siguió. Fue a buscar a
Sair y no lo encontró. En el mismo instante de la victoria había desaparecido.
Lo buscaron por todas partes; era como buscar una hormiga en un hormiguero del
tamaño de un rascacielos.
Sair volvió como se
había ido, solo, sin aviso. Dijo que estuvo sentado en una capilla, pensando.
Aunque no era un hombre religioso, se veía obligado a reconocer una fuerza
mayor que la de un hombre o cualquier suma de hombres. Era increíble que tan
pocos hombres pudieran destruir la grandeza de Eron. Sin duda lo debían a algo,
o a Alguien, cualquiera fuese su nombre. Un hombre puede en ocasiones
convertirse en más fuerte o sabio de lo que es en realidad, a veces puede
alcanzar sus sueños.
—Pero no con
frecuencia —dijo Horn—. La realización de un sueño puede convertirse en una
obsesión. Un hombre puede sentirse tentado a desempeñar el papel de dios, y
sólo existe un fin para eso: la tragedia para su creación, la destrucción para
él mismo.
Había llevado a
Sair a ver el cuerpo… y el cuerpo había desaparecido.
―¿Qué fue lo que
dijo Duchane sobre los muertos que andan? —había preguntado Horn, incrédulo.
—¿Duchane?
Horn se lanzó
contra las rejas y la puerta se abrió.
—¡Ha desaparecido!
Los dos estaban muertos. Estoy seguro de ello.
—Desde luego que lo
estaban —dijo Sair, riendo suavemente—. Todos los muertos en la lucha han sido
recogidos. Probablemente estén incinerados en estos momentos. No tiene
importancia. Me hubiera gustado ver al hombre que construyó Eron y al Imperio,
pero ya no es posible. Su era ha terminado, y él terminó con ella. Todos los
hombres deben morir, hasta los semidioses. La muerte es la forma en que la
Naturaleza borra sus errores, haciendo lugar para lo nuevo y lo diferente.
El pequeño ruido de
la puerta al abrirse interrumpió los pensamientos de Horn. El la miró. Wendre
estaba de pie en el dintel, inmóvil. Horn quedó sorprendido ante su aparición.
Ella era hermosa, es cierto, y el descanso y los cuidados la habían rejuvenecido.
Pero en el fondo de su subconsciente, había esperado verla de nuevo en algo tan
adorable y sugestivo como el vestido que usó en la Celebración. En vez de ello,
su traje era azul, severo y práctico.
Hasta aquí llega la
vanidad, pensó Horn, mientras se esforzaba en ponerse en pie.
—¿Me has esperado
mucho tiempo? —preguntó Wendre.
—Más que
suficiente.
Ella enrojeció.
—Eres capaz de
decir cosas odiosas.
—¿Prefieres que te
halague y mienta?
—¡Oh, puedes ser
tan brusco y falto de tacto como quieras, mientras alguna vez me digas algo
agradable!
—¿Algo agradable?
—repitió Horn.
Wendre movió la
cabeza con un gesto de cansancio.
—No sabes nada de
las mujeres. Te he hecho esperar tanto porque no podia decidir si debía ponerme
un hermoso vestido o un traje práctico. Ahora soy franca contigo.
—Y te has puesto el
traje —dijo Horn con gravedad—. Eso debe tener algún significado, pero yo no
comprendo a las mujeres.
Wendre suspiró.
—Sí. Significa que
soy franca contigo. Te daré tres ejemplos de porqué no comprendes a las
mujeres. Primero, no haces las preguntas adecuadas. Segundo, no dices las
palabras necesarias. Tercero, tú…
—Espera un momento
—interrumpió Horn—. ¿Cuál es la pregunta adecuada?
Wendre respiró
profundamente.
—Tú preguntaste:
¿por qué me salvaste la vida? Debiste preguntar: ¿por qué has vuelto?
—¿Por qué lo
hiciste? —preguntó Horn.
—Las preguntas
adecuadas no sirven de nada a menos que se hagan en el momento oportuno.
—Bien, ¿cuáles son
las palabras necesarias?
Ella vaciló y luego
dijo con rapidez:
—Palabras con
«amor» entre ellas. Has dicho muchas palabras, pero ésta nunca estaba presente.
—Pero… pensé que lo
sabías —tartamudeó Horn—. Quiero decir que… Yo pensé…
—Una mujer quiere
oírlo.
—Pero… tú dijiste
que me odiabas —protestó Horn.
—Dije que debía
odiarte. Hay una diferencia. Y de todos modos, aún queda el tercer ejemplo. Una
mujer no quiere que crean sus palabras, por lo menos la primera vez. ¿Es que no
sabes que una mujer espera que la convenzan de lo que desea hacer? —se detuvo para
recobrar el aliento.
—Yo te amo, Wendre
—dijo Horn con firmeza—. ¿Por qué volviste?
—Acabo de
explicarlo —dijo Wendre suavemente.
—¿Podrás olvidar
que yo maté a tu padre?
Ella se encogió
como si hubiera recibido un golpe.
—No. Ni tú tampoco.
Pero me has explicado cómo sucedió. Te creo y te comprendo. Podremos vivir con
este recuerdo. Nadie más lo sabe, y nadie más importa. Sólo nosotros. Porque yo
también te amo…
Sin saber cómo,
Horn la encontró en sus brazos. Después de un largo instante, levantó la cabeza
y preguntó:
—¿Por qué yo? ¿Por
qué has escogido a un bárbaro?
Wendre se encogió
de hombros.
—Quizás una mujer
ama al hombre que pueda hacerla sentir mujer. Tú eres el único que lo ha
conseguido.
—¿Abandonarías todo
esto —preguntó Horn— para venir conmigo a la Constelación?
—Sí —dijo ella—.
Tienes que saber…
—Tiene que saber
que ella no tiene otro camino —dijo alguien detrás de ellos.
Horn se volvió como
un relámpago. Era Sair, con el cabello blanco, pero firme y vigoroso, en un
traje de pana como el de Horn.
—¿Qué quiere decir?
—Wendre no puede
seguir aquí. Se lo dije hace varios días. Las revoluciones a veces producen una
reacción sentimental. No podemos permitir que quede un tierno resto del Imperio
para formar el núcleo de una nueva tiranía.
Los brazos de Horn
se habían apartado de Wendre. Dio un paso atrás mirando a Sair y a la mujer.
—Ella nunca haría
eso.
—Desde luego que
no. Por lo menos, no lo haría la mujer que es ahora. Pero los pueblos cambian.
El recuerdo de la antigua Wendre podría iluminar las glorias del Imperio y
hacer olvidar sus deformidades. O, si ella no cambia, sus hijos pueden ser
peligrosos. No, debe marchar a la Constelación y casarse con un bárbaro.
—Ahora comprendo
—dijo Horn gravemente.
—¿Qué es lo que
comprendes? —preguntó Wendre.
—Comprendo porqué
me enviaste a buscar.
—Entonces no
comprendes nada —dijo Wendre con orgullo—. Crees que te busco ahora porque no
podía seguir aquí, porque no quería ir a la Constelación sola. Estás
equivocado, porque sólo hoy supe que marchabas hacia allí. Esperé que vendrías
a mi lado, sin tener que pedírtelo.
Ella le miró
serena, exigiendo su confianza. Horn esperó. Ella se humedeció los labios.
—Estaba a punto de
decírtelo cuando entró Sair. Es por eso que llevo este traje; trataba de ser
sincera contigo. ¡Oh!, admito que hay diferencia en mi obligación de tener que
marchar a la Constelación. Añade necesidad a mi amor, y se convierte en parte de
él. Aquí una mujer no necesita las cualidades de un hombre, que son necesarias
en una cultura menos civilizada. En la Constelación, necesita un hombre con
fuerza, valor y habilidad, tanto para ella como para sus hijos. Y su
comprensión de este hecho es tan instintiva y válida como el amor…
—Más vale que crea
en ella, muchacho —dijo Sair, suavemente—. Nunca encontrará otra mujer igual.
—Oh, tengo fe en
ella —dijo Horn—. Sólo me estaba preguntando cómo podré vivir con un antiguo
Director de Eron.
—Lo que una mujer
sea viene en segundo lugar; primero siempre es una mujer —dijo Wendre.
Después de unos
minutos, Sair tosió discretamente.
—Sólo quería
recordarles —dijo, cuando se separaron —que sólo les quedan dos horas antes de
que la nave parta para Quarnon IV.
—¿No viene con
nosotros? —preguntó Wendre.
—No ahora, pero me
reuniré con ustedes dentro de poco. Debo esperar al Gobernador Provisional de
Eron.
—¿De dónde viene?
—preguntó Horn.
—De la
Constelación.
—¿Está seguro de
que se puede confiar en él?
—No —contestó
Sair—. No estoy seguro de nadie. Pero posee la necesaria experiencia en el
gobierno democrático. Además, fue una vez presidente de Merope III, y siente
gran afecto por su hogar. No será feliz aquí.
Wendre pareció
sorprendida.
—¿Es eso
conveniente?
—Sólo podrá marchar
cuando el Imperio esté preparado para gobernarse a sí mismo. Trabajará con fe
esperando el día en que podrá regresar a su casa. Pero antes morirá; éste no es
un trabajo de una semana. Pero él no lo sabe. Y luego disponemos de otras salvaguardias.
—¿Se refiere al
Culto? —dijo Horn.
—Es una de ellas.
Por su participación en la rebelión, ha conquistado la popularidad de una
religión combatiente. Necesariamente, tendrá mucha influencia en las decisiones
futuras. El Jefe del Culto debe ser un consejero del Gobernador. Además,
tenemos las tropas y sus comandantes, los técnicos, los obreros y muchas otras
clases sociales. Todos tienen distintos deseos, y diferentes ideas sobre la
manera de alcanzarlos. Multipliquen ésto por el número de mundos del Imperio, y
obtendrán un conflicto de intereses que nunca podrá reconciliarse.
—Pero… ¿no es un
sistema ineficiente? —preguntó Wendre.
—Desde luego. Pero
la ineficiencia es uno de los castigos de la libertad. No se puede ser
eficiente a menos que se obligue al pueblo por canales establecidos, y se le
haga marchar por caminos que no desea. Ya tuvimos bastante de eso bajo el
Imperio. Estos son tiempos distintos. La ineficiencia y la libertad son vitales
para nosotros. La primera responsabilidad del Gobernador consiste en conservar
a Eron como eje de la civilización interestelar. Cuando el poder se diluye,
nadie puede tener el suficiente para apoderarse de Eron y exigir peaje sobre
las naves que lo atraviesen.
—Y nadie podrá
atacar a la Constelación —añadió Horn.
—Cierto —admitió
Sair—, aunque hay pocas posibilidades de que esto suceda, en cualquier caso.
Como unidad, el Imperio ha terminado, y nada que no sea el poder total podrá
dominar a la Constelación resurgente. Perdió su libertad una vez, y la perdió
con amargura; nunca la volverá a perder hasta que la aparte a un lado como algo
gastado e inútil. No, Eron ya no tiene importancia; el futuro está en la
Constelación, y las nuevas culturas que surgirán más allá de sus límites. Como
centro de los Tubos, Eron debe ser conservado, por lo menos hasta que sus
científicos, trabajando en los datos obtenidos por ti, Horn, puedan duplicar un
Tubo o hallarle un substituto. Pero la Constelación será la civilización humana
dominante por los siglos venideros.
—Dijo antes que la
Constelación podía abandonar su libertad —señaló Horn, con voz sorprendida—. No
lo comprendo.
—El amor a la
libertad muere cuando se desvanece el recuerdo de su alternativa. Oh, no es una
cosa repentina. Necesita generaciones, siglos. Pero gradualmente desaparece. Y
es mucho más que eso. Existe un tiempo para la libertad, igual que hay una
época para el Imperio. Sólo Eron, con su dinámica hambre de Imperio y su
eficiencia, pudo unificar la civilización humana y mantenerla unida con los
Tubos contra las fuerzas que la impulsaban a dispersarse entre las estrellas.
Luego, cuando su misión terminó, el Imperio desaparece y le llega el turno a la
libertad, para revivir el espíritu humano con el desafío del horizonte
infinito. Y luego, cuando los hombres empiezan a sentirse demasiado
disgregados, volverá el Imperio para reunirlos de nuevo.
—Me parece una idea
demasiado cínica —dijo Horn, lentamente.
—Yo soy ya un
viejo. No puedo permitirme el lujo de mantener ideales. Si debo alcanzar
resultados positivos dentro de los pocos años que me quedan de vida, debo ser
práctico. De modo que he establecido el necesario equilibrio del poder en Eron,
y admito que no es perfecto pero sí necesario. Comprendo que la libertad que
hemos conseguido es buena, pero debo admitir que es transitoria y no siempre lo
mejor para la Humanidad. Creo que hasta el señor Wu tenía ciertos aspectos
admirables; es posible que hiciese una gran contribución a la raza humana.
—¿Cómo? —preguntó
Wendre con rapidez.
—El Imperio y la
Libertad pocas veces han cambiado de lugar en forma tan perfecta. Siempre en
las ocasiones anteriores existieron interregnos de épocas caóticas, que a veces
duraron siglos. Pero entramos en este nuevo período de expansión con la
estructura del Imperio para darnos fuerzas, y sus servicios de comunicación que
nos proporcionan la capacidad de reaccionar rápidamente. Es posible que sea
gracias a él que esto sea en esta forma, y podemos necesitar estas dos cosas
antes de que termine la misión de la Libertad.
—¿Y cuál es ésta
—preguntó Horn—, aparte de esa cuestión de revivir el espíritu humano?
—¿Quién sabe? —dijo
Sair, encogiéndose de hombros—. Hay algo que sólo la libertad puede realizar,
algo que habría destrozado al Imperio y con él a la raza humana. Puedo pensar
en muchos posibles peligros. Los peligros naturales, en los cuales el temple de
una raza se demuestra o se rompe; quizás nuestra parte de la Galaxia entrará en
una área de polvo cósmico. Los enemigos exteriores: nunca hemos hallado aún una
raza enemiga con nuestros adelantos tecnológicos; nadie sabe cuándo puede
suceder. Los peligros interiores: las mutaciones genéticas… He soñado en estas
últimas noches con las Estrellas Silentes.
—¿Las Estrellas
Silentes? —repitió Wendre.
—Están más allá de
los límites de la Constelación —explicó Horn—. Algunos de nuestros mundos
enviaron colonizadores hace más de cien años. Nunca se ha sabido nada de ellos;
otras naves han ido para comerciar y nunca regresaron. Todavía no es una cosa
siniestra; es posible que hayan tenido que ir más lejos de lo que esperaban, o
que se hayan demorado al ayudarles a elevar su tecnología a un nivel capaz de
soportar la navegación interestelar. Pero nuestra gente empieza a preocuparse.
—Yo también me
pregunto cuál será la razón —dijo Sair, con la mirada perdida en el vacío.
—¿Quién lo sabe?
—repitió Horn—. Quizás Wu lo supiera —añadió de repente.
—Son extrañas
palabras para que las diga usted.
Sair miró a Horn
con atentos ojos. Horn asintió.
—Es posible. He
pensado en lo que acaba de decir, que quizá Wu al fin ayudase a la raza humana.
Tenía muchos ojos, y dispuso de mucho tiempo para adquirir sabiduría. Pudo
haber sido una gran fuerza para el bien del hombre. Pudo haber sido los ojos y
la inteligencia de las ciegas fuerzas históricas. Desde luego, cuando algo se
mueve es porque algo lo empuja, pero eso no es bueno ni malo por sí mismo.
Depende de la situación y del impulso.
—Ha aprendido
sabiduría —dijo Sair—. Sólo las circunstancias determinan el Bien y el Mal. Y
sólo el futuro podrá decir cuáles fueron en realidad las circunstancias.
—Entonces… no
existe una base firme para hacer nada —objetó Wendre—. Lo que se puede hacer
con el mejor de los motivos puede resultar contraproducente.
—Exacto —dijo Sair,
secamente—. Es del conocimiento popular que hacen más daño los estúpidos bien
intencionados que los malvados más faltos de escrúpulos. El hombre sabio
aprende a no juzgar a nadie. Puede fijarse ciertas normas, pero reconoce que no
son más que reglas personales para guiar su propia conducta y que otras normas
pueden tener la misma validez. Algunos hombres sólo se muestran interesados en
los medios materiales; otros trabajan por objetivos inmediatos como la
libertad; sólo unos pocos se preocupan por conseguir resultados muy lejanos en
el futuro.
—Pero eso necesita
una sabiduría más allá de los límites de la Humanidad —dijo Horn seriamente.
—Quizás —asintió
Sair, sonriendo—. Sólo el futuro puede juzgarlos. Bien, será mejor que se
marchen o van a perder la nave.
Los dos enamorados
se volvieron y marcharon hacia la nave que les llevaría a la Constelación donde
se forjaba el futuro. Allí, los acontecimientos se precipitaban hacia la
decisión final.
LA HISTORIA
Demanda…
Seis meses después
de la caída de Eron, llegó el desafío. Surgía de los lejanos bordes de la
Constelación, del mundo más cercano a las Estrellas Silentes. Era un grito, un
ruego, una demanda de ayuda…
Su llegada era
previsible.
Las guerras de
Quarnon habían forjado una magnífica y mortal armada de naves de guerra, y
preparado a una generación de combatientes a usarlas. Pero la corrompida
civilización de Eron tenía que ser destruida, o se habría derrumbado ante el
primer asalto. Sólo un pueblo con el vigor de una nueva cultura podía
levantarse para enfrentarse con aquel desafío.
En diez mil mundos,
los hombres miraron al cielo nocturno con ojos firmes y dejaron a un lado sus
herramientas para empuñar las armas. La cruenta batalla por la supervivencia
del Hombre se había empeñado.
El enemigo llegaba.
Y esta vez no era humano.
Respuesta: Llena de
esperanza…
EPILOGO
El Historiador
suspiró y dejó su pincel a un lado. Pasó su mano por el blanco cabello y por
encima del rostro de Peter Sair. El cabello se oscureció. El rostro se contrajo
y empezó a fluir. Cayó hasta la mesa, y se convirtió en un loro. Lil miró al
Historiador con su único y fiero ojo.
—A veces —dijo el
loro—, quisiera haberte dejado en las catacumbas de Eron con un agujero en tu
negro corazón.
—Yo también deseo a
veces que lo hubieras hecho —dijo Wu lentamente.
Mil quinientos
años. Los deseos personales estaban muertos; hasta el instinto de la
supervivencia había desaparecido. Pero un hombre no puede morir mientras la
supervivencia de su raza dependa de él.
—No comprendo la
necesidad de toda esta farsa…
—¿Necesidad? —dijo
Wu—. La libre voluntad del hombre es una necesidad. Y la ilusión es más
importante que la realidad.
Recogió la última
hoja del manuscrito. Los antiquísimos ideogramas chinos marchaban en columnas a
través de la página, de derecha a izquierda. Leyó la última frase una vez más,
cogió el pincel y añadió un carácter final.
Fin. Pero no era
más que el fin de un largo, largo capítulo. Otro acababa de empezar
FIN
.

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