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Libro N° 14029. Puente Entre Estrellas. Williamson, Jack Y Gunn, James.

 


© Libro N° 14029. Puente Entre Estrellas. Williamson, Jack Y Gunn, James.  Emancipación. Julio 12 de 2025

  

Título Original: © Star Bridge

 

Versión Original: © Puente Entre Estrellas. Jack Williamson Y James Gunn

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

Libros Tauro

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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PUENTE ENTRE ESTRELLAS

Jack Williamson Y James Gunn

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Puente Entre Estrellas

Jack Williamson Y James Gunn

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                                            

PREFACIO

por Miguel Masriera

 

En este volumen, Colección Nebulae presenta a dos autores norteamericanos, Jack Williamson y James E. Gunn, que han escrito en colaboración una de las mejores obras de la moderna literatura de fantasía científica: Puente entre estrellas.

No se crea que escribo lo que antecede en un afán de presentación propagandística. Con toda sinceridad puedo decirle, amigo lector, que la obra que se dispone usted a leer es la novela más grande que yo conozco. Claro está que hay que aclarar el sentido de tan rotunda afirmación. No querría que nadie la tomase como si creyese esta obra mejor que las de un Balzac, un Dostoievski o un Stendhal, pues no creo haber perdido todavía la ecuanimidad: cuando digo que ésta es la novela más grande que conozco —y ¡Dios sabe cuántas han pasado por mis manos pecadoras!—, empleo la palabra “grande” en el sentido de anchura, de extensión; quiero decir simplemente la novela que abarca más.

“Quien mucho abarca poco aprieta”, dice el sobado refrán, pero no es éste el caso aquí, porque lo que da calidad a este libro es el que, a pesar de abarcar tanto, se profundiza en todo. Se empieza por abarcar en el espacio: esta novela futurista es de las que hemos llamado intergalácticas, esto es, todavía más amplia que las interestelares. Con esto está dicho ya que es una novela de pretensiones cósmicas, que se desarrolla, por tanto, en todo el universo, en todo el espacio y, como verá el lector, incluso en espacios desconocidos e inimaginables hoy.

Ya hemos publicado en Colección Nebulae novelas con análogas pretensiones: Los monstruos del espacio (N° 2), Cita en la eternidad (Nº 12), Amo del espacio (N° 21), El fin de la eternidad (Nº 50), etc. Pero, a decir verdad y apurando la crítica, a algunas de ellas se les puede achacar el que, al querer abarcar tan amplios horizontes, queda relegado a segundo término el aspecto humano y, por tanto, la calidad novelística; es evidente que se corre el riesgo de escribir una especie de novela del Oeste futurista donde los ranchos son estrellas y los briosos corceles aeronaves de retropropulsión. Otras, en cambio, conscientes de que al ampliar la acción en una escala tan enorme, todos los problemas ―los históricos, los psicológicos, los sociológicos, los antropológicos, etc.― sufren el mismo aumento, se contentan con enfocar tan sólo uno de estos problemas.

El mérito de esta novela es precisamente el no desconocer la magnitud de los problemas que plantea, el rehuir las soluciones elementales y, por tanto, banales en la mayor parte de los casos. Por el contrario, diríase que se recrea en la dificultad de los temas que aborda, a los que sabe no puede dar una solución clara, al estilo tradicional, como en las novelas de aventuras corrientes, que suelen transcurrir entre los tópicos consagrados tanto en la forma como en el fondo.

Quizás es por esto que esta novela, que no está escrita para lectores ingenuos sino para espíritus exigentes a los que no arredran las lecturas difíciles, es, incluso en la forma, en el estilo, revolucionaria. Las frases, como los problemas, que no se resuelven pero se plantean netamente, se dejan a veces sin terminar. Parece incluso que se roza la incoherencia y, sin embargo, se dice muchas veces más así que con elocuentes y floreados párrafos.

Sí, es ésta una obra muy moderna, muy correspondiente al pensar y al sentir de nuestros días. Por esto en ella la forma de expresión se sale de los estereotipados moldes, como se alejan de las normas clásicas los libros de Miller, los cuadros de Picasso o las sinfonías de Honeger.

Espero que el lector comprenderá que no hay en ello extravagancia, sino mucha profundidad expresada en el lenguaje del hombre de la era atómica.

 

 

PROLOGO

―El Historiador no es sólo el cronista de lo que ha sido —dijo el Historiador—. El fruto de su trabajo es una serie de términos de los cuales puede extrapolarse el futuro. Su verdadera función no es registrar los hechos, sino predecirlos.

Luego, en rápidos y fluentes ideogramas, empezó a escribir:

 

LA HISTORIA

Imperio…

El más grande Imperio conocido, midiendo sus distancias en años luz, atrayendo a su seno a las estrellas como un paciente pescador de dorada red.

Eron. Un planeta estéril y duro que dio vida a la Grandeza. Nombre de Imperio.

Mundo tras mundo. Estrella tras estrella. Construyamos un modelo: la escala será un millón de kilómetros por cada centímetro. Un planeta del tamaño de la Tierra no podría contener las dimensiones de nuestro modelo.

Pero si tuviéramos el modelo y miramos de cerca… más cerca, más… veremos que las estrellas están unidas por unos hilos dorados que vibran, delicados como una iridiscente telaraña en el aire.

Porque un Imperio se basa en sus comunicaciones, y las comunicaciones forman el Imperio. La razón del Imperio de Eron eran los Tubos. Cada brillante hilo de la vasta telaraña era un Tubo, un puente entre las estrellas, tendido sobre el ancho y negro río del espacio.

Puente entre estrellas…

 

Capítulo Primero

TERRENO PROHIBIDO

El llameante carro del sol había ya pasado el apogeo de su viaje diario por el cielo. Descendía ahora hacia su lugar de descanso detrás de la imponente meseta, y el jinete se detuvo para dejar que su caballo castaño pudiera beber en aquel manantial alcalino. Antes era de color castaño, pero ahora ya no; el sudor y el polvo rojo del desierto se mezclaron secándose en espesa capa sobre la piel del animal.

El morro del caballo, lleno de barro seco, se hundió en el agua para levantarse de nuevo, sorprendido. La sed obligó de nuevo a inclinarse aquella cabeza. El caballo bebió a grandes y ruidosos sorbos.

El jinete seguia inmóvil, pero sus duros y grises ojos se movían sin cesar. Barrieron el ardiente cielo azul, sin una nube. No se veía ningún destello que delatase la presencia de un crucero de Eron. En todo el desierto no había otro movimiento que los lentos círculos de un negro buharro.

Los ojos del jinete descendieron hasta el horizonte, estudiaron la altísima meseta por un momento y lentamente regresaron por el desierto, en el que se veían temblar las ondas de calor. Se volvió en la silla y miró a sus espaldas, hacia el camino por el que vino. El caballo levantó la cabeza nervioso; sus patas temblaron.

El jinete palmoteó el hombro sudoroso del caballo.

—Nos han perdido el rastro, muchacho —susurró entre labios agrietados por el calor y el polvo—. Creo que hemos escapado.

Forzó al remiso animal a apartarse del manantial y le obligó a marchar a través del rojo y polvoriento desierto hacia la desnuda y muerta meseta, donde antaño la gran ciudad de Suriport se habia erguido con orgullo hacia las estrellas.

El jinete era alto y parecía flaco, pero cuando era necesario podía moverse con rapidez y energía y sus anchos y cuadrados hombros estaban llenos de fuerza. Cubría sus espaldas con lo que quedaba de un destrozado uniforme gris ceniza. El polvo y el sudor llenaban de manchas rojas las perneras del roto pantalón de montar, pero las negras botas de cuero aún podían utilizarse.

Una cantimplora colgaba de la silla, despidiendo un sonido musical de agua mientras el caballo caminaba lentamente hacia la mesa, con la cabeza inclinada hacia el suelo. Alrededor del hombro izquierdo del jinete pasaba un cordón elástico, que retenía una pesada pistola unitrónica cerca del sobaco. Su cañón de acero azul llevaba grabadas unas palabras: Made in Eron.

Nadie se atrevería a decir que las facciones del jinete eran hermosas o atrayentes. Su rostro era seco, parco e inmóvil; donde una dura y azulada barba de un mes no había protegido sus mejillas, su piel estaba tostada hasta parecer casi negra.

Se llamaba Alan Horn. Era un soldado de fortuna.

En toda la Galaxia habitada no habría más que un centenar de hombres que siguieran la profesión de Alan. Se dedicaban a la guerra, y su negocio consistía en sacar provecho de ella y sobrevivir. Eran soldados mercenarios. Todos eran fuertes, inteligentes y astutos; hombres muy hábiles. Tenían que serlo. Los otros morían pronto.

El polvo rojo se levantó debajo de Horn y flotó detrás en el camino, mientras sus apretados ojos buscaban, buscaban sin cesar. Registraban el cielo y el desierto en largo e inquieto arco, que siempre terminaba detrás de él.

Una hora antes del anochecer llegó ante el aviso.

Las lluvias, que habían arrastrado las tierras fértiles, habían respetado aquel peñasco de granito. En su centro habían clavado un poste metálico, y de su extremo colgaba torcido un oblongo de durex. Los siglos lo habían agrietado y descolorido, pero aún se podían leer las palabras en el bastardo eroniano que servía de lengua franca en el espacio.

 

¡AVISO! TERRENO PROHIBIDO

Esta área ha sido declarada abandonada y queda prohibida para la ocupación humana. Todas las personas que lleguen a este lugar deben entregarse inmediatamente al Residente de la Compañía en la puerta más cercana. El negarse a obedecer en el acto, implica la pérdida de todos los derechos sobre sus bienes y persona. Se notifica que esta área quedará abierta para cazadores autorizados.

Colocado en el año 1046 de la Compañía de Eron por orden del Director.

 

Horn escupió entre los labios abrasados por el sol. Durante más de doscientos años los nómadas de este desierto fueron perseguidos como animales salvajes por los cazadores de Eron. El desierto era enorme; los alambres de espino de la zona ocupada más cercana estaban a mil kilómetros hacia el Este, en dirección al Valle del Mississipí… pero Eron era eficiente.

Horn había visto a un salvaje en el desierto; le había comprado el caballo. ¿Comprado? Bien, por lo menos le había pagado su precio, aunque la pistola fue más persuasiva que el dinero.

El caballo levantó la cabeza y empezó a temblar. Horn se levantó sobre los estribos y miró a sus espaldas. Se quedó en aquella postura por unos instantes, silencioso e inmóvil. Luego él también lo oyó. Su espalda se irguió y aspiró el aire fuerte y violentamente.

El gutural aullido de los perros, distante y terrible. Los cazadores corrían acompañados por la música de la muerte.

Horn se dejó caer en la silla de nuevo.

—Han hallado el rastro, muchacho —murmuró—, pero ya los hemos tenido antes sobre nuestras huellas. Nos escapamos entonces. Volveremos a hacerlo de nuevo.

Pero antes el caballo corría fresco. Sus músculos, criados en el desierto y espoleados por el terror, les habían apartado de la muerte. Ahora, aquellas semanas de caminar sin descanso dejaban sentir su efecto. El noble animal estaba enflaquecido, sin ánimo. El distante clamor sólo le hacía temblar. Y detrás de él sus perseguidores contaban con monturas descansadas, obedientes y adictas que aullaban detrás de la presa.

Un pensamiento hizo brillar los ojos de Horn. ¿Por qué le perseguían? ¿Por desertor? ¿Como a una presa casual? ¿O como a un hombre con una misión vital para su Imperio, que había sido alquilado a 300 años luz de distancia? Horn habría dado cualquier cosa por saberlo; ese conocimiento podía salvarle. Lanzó una mirada a la pistola. Aquello sería una sorpresa para sus enemigos.

Su mano se dirigió a su cintura, al grueso cinto de lona lleno de bolsillos que llevaba debajo de la camisa. Dinero bueno en cualquier parte; nada de vales de la Compañía. Monedas tan sólidas como Eron.

¿Qué es lo que impulsa a un hombre a través de trescientos años luz por la Galaxia? ¿El dinero? Horn se encogió de hombros. Para él el dinero no era más que un medio de dominar a aquellos que lo apreciaban. No todo el mundo lo hacía. El nómada del desierto habría preferido conservar su caballo. Hay cosas que no se pueden comprar, y esas son las más importantes.

 

Horn le había dicho eso al hombre que le habló en susurros en aquella habitación completamente a oscuras de Quarnon IV.

El único acto altruista de la vida de Horn había terminado en un fracaso. Era su destino. La Constelación comprendió su derrota desde el principio. Pero había guerreado, y como un demente, Horn se ofreció voluntario para luchar contra el poderío de Eron del lado de la Constelación. Había compartido la lucha y la inevitable derrota. Luego, sin armas, sin dinero, se dirigió al encuentro del hombre cuyo mensaje le prometía la riqueza.

La habitación sin luz le pareció una sorpresa. Trató de penetrar la negrura con los ojos y de repente decidió no aceptar aquel trabajo.

—No se puede comprar a un hombre con dinero.

—Eso es cierto… para unos pocos. Y los otros no cumplirán su promesa. Pero lo que yo quiero comprar es la muerte de un hombre.

—¿A una distancia de trescientos años luz?

—La víctima estará allí para la inauguración del Monumento a la Victoria. Todo lo que el asesino tiene que hacer es encontrarse allí.

—Sus palabras suenan sencillas. ¿Cómo conseguirá su propósito el asesino?

—Eso es cuestión suya.

—Es posible hacerlo. Eron nos tendrá que ayudar…

Mientras su mente examinaba y descartaba los planes posibles uno tras otro, Horn cambió su anterior decisión. ¿Por qué? ¿Por el desafío?

Era algo imposible, pero lo imposible depende de su aceptación. Ya no es absoluto cuando un hombre rehusa aceptarlo como tal. Las dificultades eran grandes, las probabilidades de fracaso aún mayores, pero las conquistaría. Y una vez conquistadas, seguiría insatisfecho.

La vida no tiene nada de amable para un hombre semejante. Cualquier fracaso del que sobreviva, no es más que un estímulo; el éxito está vacío. Con un frío análisis, Horn comprendió esa realidad; aceptó sus consecuencias y continuó adelante sin modificar su carácter.

 

Horn volvió a mirar a sus espaldas. Sus perseguidores estaban mucho más cerca. Los ladridos se oían más claros. Los oblicuos rayos del sol enrojecían una nube de polvo. Era una carrera con la muerte, en la que participaban perseguidores y víctima. Horn clavó los tacones en los flancos del animal, a quien el dolor hizo dar un salto hacia delante y proseguir con un cansado galope.

La única oportunidad de Horn consistía en alcanzar la meseta antes que sus perseguidores. Quince minutos más tarde se dio cuenta de que nunca lo conseguiría.

Luego descubrió las huellas. Se mostraban recientes en el polvo rojo, cercanas, desiguales. La persona que las dejó se tambaleaba. Con rápida decisión, Horn hizo que su caballo siguiera las huellas.

Unos cientos de metros más adelante, el polvo mostraba los contornos del cuerpo de un hombre. Horn hizo seguir al caballo adelante. Los ladridos detrás suyo eran más claros, pero Horn los ignoró. El tiempo corría a toda velocidad. El sol no era más que medio disco sobre el borde de la meseta. La oscuridad no tardaría en ocultar su rastro, pero no engañaría el olfato de los perros.

Los cascos desnudos del caballo golpearon de repente un espacio rocoso. El terreno empezaba a elevarse. Cuando volvió a encontrarse sobre terreno blando, el caballo tropezó. Horn tiró de las riendas y el animal se enderezó gracias a la férrea voluntad de su jinete. Este trató de penetrar con la mirada en la creciente oscuridad. Allí.

Horn volvió a espolear al noble bruto; una vez más el animal respondió a sus deseos. La sombra delante de ellos se hizo más cercana y se definió en algo bifurcado que andaba dando traspiés. Se volvió para mirar hacia atrás, abrió una boca roja de la que no salió sonido alguno y echó a correr, tropezando. Cerca de otra extensión rocosa, volvió a caer y quedó inmóvil.

Horn subió a lo alto de las rocas antes de dejar que su caballo se detuviese. Se quedó inmóvil en la silla por unos momentos, mientras estudiaba la lisa superficie superior de aquella formación rocosa. Tendría unos cien metros de ancho. Por el lado de la meseta, las rocas descendían gradualmente hasta mezclarse de nuevo con el polvo. Por la izquierda, caía bruscamente hasta el camino.

Sólo entonces Horn se permitió mirar al hombre caído en el polvo. Aquel hombre fue grande, fuerte y orgulloso, pero ahora no era más que un esqueleto, de piel ennegrecida y tirante sobre los huesos que se notaban claramente. Sucios harapos colgaban de su cintura.

Horn esperó pacientemente. El hombre se apoyó en un brazo y levantó la cabeza. Unos ojos enrojecidos, con los párpados hinchados hasta casi cerrarlos, miraron sin esperanza a Horn, parpadearon y luego parecieron agrandarse por la sorpresa. Ahora estaban llenos de asombro y esperanza.

A-roo…

Los perros estaban muy cerca de ellos.

La boca del hombre se abrió y volvió a cerrarse en silencio. Tenía la lengua negra e hinchada. Su garganta se agarrotó, aflojó y volvió a agarrotarse mientras se esforzaba en hablar. Por fin consiguió emitir unos débiles sonidos.

—Agua… Por favor, agua…

Horn bajó del caballo y descolgó la cantimplora que llevaba en la silla. Se acercó hasta el borde de la roca y se la enseñó al hombre caído en el polvo, agitándola. El agua tintineó musicalmente.

El hombre gimió. Se arrastró hacia delante sobre sus codos. Horn volvió a agitar la cantimplora. El hombre se movió más aprisa, pero los pocos metros que le faltaban hasta la roca disminuían con dolorosa lentitud…

A-roo…

—¡Vamos! —dijo Horn con impaciencia. Miró por encima de la cabeza del hombre, hacia el desierto. La nube de polvo se elevaba ahora mucho más alta—. Aquí hay agua. ¡De prisa!

El hombre se apresuró más. Gruñendo y sollozando, se arrastró hacia la cantimplora, sus ojos medio ciegos con la mirada fija en el recipiente. Se alzó por el costado de la roca, tendiendo una mano.

Horn se inclinó, lo levantó y llevó la cantimplora a sus labios. La garganta del hombre se agitó con movimientos convulsivos. El agua le corrió por la barbilla y el pecho.

—Ya es suficiente —dijo Horn, apartando la cantimplora—. No debe beber demasiado de una vez. ¿Se siente mejor?

El hombre movió la cabeza con confusa gratitud. Horn levantó los ojos.

—Ya están cerca —dijo—. Usted no puede caminar, y no puedo dejarle aquí abandonado a los perros. Tendremos que ir los dos en el caballo. ¿Cree que podrá sostenerse?

El hombre asintió con ansiedad.

—No debería… permitirlo —jadeó—. Siga solo. Déjeme. Gracias… por el agua.

—¡Olvídelo! —restalló Horn. Ayudó al hombre aponerse en pie, llevándolo hasta el caballo y metió el pie izquierdo del hombre en el estribo. Empujó. Aunque el cuerpo estaba demacrado, todo era peso muerto. El conseguir que se mantuviera en la silla requirió toda su habilidad.

A-roo…

Horn pudo distinguir las distintas voces que se mezclaban en el grito. Llevó las manos del hombre hasta la empuñadura de la silla.

—¡Agárrese fuerte! —exclamó.

Las manos se apretaron y los nudillos se pusieron blancos por el esfuerzo. El hombre volvió sus ojos aterrorizados hacia Horn.

—No deje… que me… cojan —rogó, con un murmullo casi inaudible.

—¡YI-I-I-I! —gritó Horn con fuerza.

Su mano restalló en la grupa del caballo. El animal saltó hacia delante. El hombre se tambaleó locamente en la silla. Volvió la cabeza y miró detrás suyo con ojos que de repente, con amargura, comprendieron la verdad. Horn contempló al vacilante jinete. Su mandíbula se endureció.

El caballo corrió por la pendiente rocosa hasta el polvo; el hombre se agarraba a la silla con desesperación. Horn dio media vuelta y se acercó al extremo de la roca con saltos de gigante. Dio un brinco, aterrizó doblado sobre sí mismo, se retorció hasta el lado de la roca y se quedó inmóvil.

—A-ROO —una vez más, y luego silencio. Ya estaban demasiado cerca, su atención demasiado fija en la presa para romper el silencio en la captura.

Horn sintió el rápido y blando golpear de las patas llenas de barro. Se apretó más contra la roca, contemplando cómo el polvo rojo se levantaba por encima del borde rocoso, más alto, más denso, más cercano. Cuando los perros llegaron a la roca el sonido se hizo más claro. Las garras arañaron la piedra. Horn cerró los ojos y escuchó.

El ritmo de la persecución se interrumpió. Uno de los perros detenía su carrera. La mano de Horn se cerró sobre la culata de la pistola.

Luego, una breve voz de mando. Las garras que se habían retrasado volvieron a adquirir velocidad. El polvo y la distancia amortiguaron el sonido. Horn se arriesgó a lanzar una rápida mirada sobre el borde de la roca, situado a cosa de un metro del suelo. Se habían ido, su atención fija en el jinete que huía delante de ellos.

Se estremeció. Allí estaban los terribles perros de caza de Eron. Mutados hasta adquirir el tamaño de caballos, podían llevar a un hombre en sus espaldas durante muchas horas; sus gigantescas mandíbulas podían arrastrar cualquier cosa que se moviera. Eran el símbolo de las mitológicas Furias.

Y en su grupas, animándolas con sus gritos, los príncipes mercaderes de Eron, con su piel dorada y su cabello rubio brillando con los últimos rayos del sol. Se decía de ellos que también eran mutantes. Mucho más peligrosos que sus monturas.

Se acercaban rápidamente a su presa. El hombre que huía se volvió en la silla y llevó su mano a la cintura. La jauría estaba sólo a unos cien metros de distancia cuando Horn vio algo que brillaba en la mano del hombre. El instinto le hizo agachar la cabeza. El ahogado sonido del impacto fue seguido por el agudo chillido del metal sobre la piedra. La bala aulló lejos hacia el desierto, impulsada por el diminuto campo unitrónico de la pistola.

Una pistola, pensó Horn. ¿Dónde habría conseguido ese hombre una pistola?

Volvió a mirar por encima de la roca. Uno de los perros estaba tendido en el suelo, con una pierna doblada debajo de su cuerpo, pero su boca seguía gruñendo de ansia insatisfecha. Su jinete yacía desmayado en el polvo. El resto del grupo se acercó aún más, sin detenerse. La presa, consumida su última energía en aquel esfuerzo desesperado, se sujetaba a la silla con ambas manos, con el rostro vuelto para contemplar a la muerte que le seguía.

No se escuchaba ahora ningún sonido. Sólo la silenciosa pantomima de la muerte se desarrollaba delante de los ojos de Horn. El perro más cercano estiró la cabeza, con las mandíbulas abiertas. La boca se cerró con fuerza. Entre sus dientes estaba la grupa del caballo.

El caballo se encabritó, las patas manoteando el cielo con loco terror, sintiéndose herido, y el jinete salió despedido de la silla. Al encabritarse, otro de los perros le quebró las patas delanteras de un solo mordisco. Cuando el caballo cayó al suelo, fue rápidamente descuartizado.

El hombre nunca llegó a tocar el suelo. Salvajes colmillos le esperaban mientras descendía azotando el aire con los brazos que el miedo no pudo trocar en alas.

Pobre caballito, pensó Horn, y se enterró aún más en el polvo rojo.

 

LA HISTORIA

Peaje…

Pensemos en el hombre que inventó un nuevo sistema de transporte, por el cual se acorta el camino. No hay duda que merece la recompensa y la gratitud de los demás.

Durante muchos siglos la velocidad de la luz fue el límite absoluto para los viajes espaciales, y aún a esa velocidad las estrellas estaban separadas por muchos años de camino. Entonces la Compañía de Energía, Transporte y Comunicaciones de Eron ofreció el Tubo a todos los mundos. Tan pronto como una nave normal podía llevar el equipo terminal a cualquier estrella, era posible unirla a Eron. Las estrellas se hicieron más cercanas.

Tres horas hasta Eron.

Dentro de los misteriosos y dorados tubos de energía, el espacio se acortaba de una manera extraña. Se trataba de una clase distinta de energía y creaba un espacio distinto. Al mismo tiempo, los Tubos transmitían energía y mensajes con la misma velocidad. Por primera vez fue posible una civilización interestelar.

No había duda sobre ello: la Compañía merecía una buena recompensa.

Pero todos los puentes llevan a Eron, y el peaje era muy alto.

 

Capítulo II

EL PRECIO DEL CRIMEN

La noche era muy oscura; densas nubes ocultaban las estrellas. Aunque existiera un paso por la áspera pared de la mesa rocosa, era dificil que Horn lo encontrase. Por eso, cuando vio el leve reflejo de la hoguera contra la pared de roca, creyó que se trataba de una ilusión de sus ojos cansados de intentar penetrar las tinieblas.

La oscuridad le había protegido mientras se arrastraba desde la roca hacia la meseta que se erguía en la distancia. Pero después fue una cortina impenetrable a través de la cual no le era posible encontrar su camino, una barrera que no podía escalar, un enemigo al que no podía vencer. Era otro enemigo más, como los trescientos años luz de distancia, como el árido desierto, como los cazadores y sus perros… como la pared de roca de la meseta. La oscuridad pasaría, como sus otros enemigos lo hicieron en el pasado; pero la lisa pared seguiría allí, alta, recta, sin una grieta: infranqueable.

Ahora el tiempo también era su enemigo, esta vez un enemigo que huía, escapando hora a hora, minuto a minuto. La Tierra seguía su eterno giro, la noche susurraba a su oído y pronto el sol le encontraría… ¿dónde? ¿Aún buscando un lugar por donde escalar lo imposible? ¿O bien en acecho de su víctima, en la escena del mayor momento de gloria de Eron? La bala de su pistola ya estaba pagada; el dinero le pesaba en la cintura.

Las mandíbulas de Horn se apretaron por un momento y luego volvieron a aflojarse; también vencería esas dificultades. El Destino le había seguido desde el principio de su aventura, pisándole los talones. Dentro de unas horas llegaría el momento, fijo en un inmóvil punto del tiempo, como una mariposa agitándose bajo la aguja… igual que él fijaría a su víctima bajo su mira telescópica, un actor solitario en una escena mortal, mientras su índice apretaría lenta, muy lentamente…

El reflejo de la hoguera se hizo más fuerte, luego vaciló, y Horn comprendió que era verdadero. El fuego estaba en una depresión del terreno situada delante de la lisa pared. Las llamas pintaban rojas figuras y temblorosas sombras sobre el granito gris.

Horn se arrastró alrededor de la depresión, en silencio, siempre fuera del anillo de luz rojiza que lanzaba el pequeño fuego. Las voces le hicieron detenerse. Una era la voz de un hombre, confusa, indistinta. La otra aguda, vagamente femenina.

¿Una mujer? ¿Aquí? Horn sacudió la cabeza y escuchó.

—Vamos, vamos —decía la voz femenina—. Un poco de comida. ¿No tendrás un pequeño bocadito? ¿Algún grano olvidado? Sacude bien esa vieja caja de lata. ¿Será posible que no puedas encontrar un mendrugo para la hambrienta Lil?

El hombre murmuró algo.

—Busca bien, anciano. ¡Mira con atención! Ya sabes que no te pido diamantes, ni siquiera uno como una semilla. ¿Por favor? ¿Por la pobre Lil? ¿Un poco de carbón? ¿Una mota de polvo? No eres más que un viejo ingrato. Día y noche, sin dormir, trabajo para alimentarte, para mantenerte vivo cuando tendrías que estar muerto, hace mucho, mucho tiempo, ¿y no quieres dar a la pobre Lil ni una migaja para evitar que muera de hambre? —las palabras quedaron ahogadas por unos suaves sollozos.

Horn miró a las sombras que se reflejaban en la pared de la roca. Una de ellas, más negra y definida que las demás, lentamente se hizo sólida y real, una proyección de la fantasía contra la gris solidez de los hechos. Parecía un pequeño y negro demonio con dos cabezas, una redonda y negra, y la otra con una nariz ganchuda y aspecto fiero y dominante.

 

Horn miró a su alrededor y siguió arrastrándose. Cada pocos metros se detuvo para escuchar. El desierto no le envió ningún aviso. Cuando Horn completó el semicirculo y de nuevo se encontró contra la pared de roca al otro lado de la hoguera, sabía que no había nadie cerca, excepto un viejo y una mujer que lloraba.

Los sollozos se convirtieron en un grito de rabia.

—¡Ah, viejo borrachín! Si no quieres darme de comer, por lo menos no te quedes toda la bebida para ti. Dame un trago, viejo depravado, envenenada botella de ron… ―la descripción que siguió era insultante y fantásticamente llena de inventiva.

Horn levantó la cabeza con precaución por encima del borde de la depresión. Se quedó inmóvil, asombrado.

Allí abajo, entre la hoguera y la pared de la mesa, un hombre viejo estaba sentado en el suelo con la espalda apoyada contra una roca. Debajo de un apretado y rojo gorro se veía su rostro amarillo y lleno de arrugas. Sus ojos inclinados estaban medio cerrados. Un sucio pañuelo amarillo anudado en el cuello corto, era del mismo color que la piel que asomaba a través de una rota camisa de verde y brillante plastiseda. Un solo tirante sostenía un par de arrugados pantalones.

Detrás de él, sobre la roca, estaba un vistoso pájaro verde y rojo; mantenía el equilibrio con dificultad sobre una pata mientras la otra sujetaba una botella de medio litro contra un pico enorme y ridículo. El loro estaba sucio y desarreglado. Una de las plumas de la cola estaba partida y otras varias faltaban de su plumaje. Sólo tenía un ojo que parpadeaba a la luz de la hoguera.

Una pequeña marmita estaba colocada sobre el fuego y despedía un agradable olor que hizo acudir la saliva a la seca boca de Horn. No se veía nada más excepto una abollada maleta metálica cerca del viejo.

Horn respiró con fuerza y se lanzó hacia el campamento con la pistola en la mano. Con un pie lanzó tierra sobre el fuego al pasar y la hoguera se apagó, humeante. Horn se detuvo de espaldas a la pared rocosa.

 

El pájaro casi se ahogó con la bebida. Dejó caer la botella y emprendió el vuelo con sus maltrechas alas. El viejo se puso en pie de un salto, los negros ojos alocados, mientras le temblaba la grasa de su rostro redondo y de su grueso y bajo cuerpo.

—¡Piratas! —lanzó el pájaro—. ¡Atentos a rechazar el abordaje!

El color del arrugado e indefinible rostro del hombre se había convertido en un amarillo pálido.

—¡No matal! —dijo en un dialecto arcaico. Su voz tenía un tono nasal—. Favor no matal poble chino… —hipó asustado, y Horn percibió un leve olor de alcohol sintético―. ¡Poble chino lavandelo no molesta a nadie!

Todo aquello le pareció falso a Horn. Quizá aun más improbable que aquella ridicula pareja debajo de las ruinas de la antigua Sunport.

Horn miró a la maleta de metal del viejo. Había algo escrito en un costado; las letras estaban arañadas, descoloridas, y eran tan arcaicas como el lenguaje del hombre. Decía: Mr. Oliver Wu, Propietario, Lavandería de Nuevo Cantón. Horn dio cuatro rápidos pasos a la derecha. En el otro lado pudo leer: Lily, el loro matemático. Puede sumar.

—Pobre chino, morirá con rapidez gracias a su hoguera en el area prohibida —dijo Horn lentamente—. Una partida de caza del Pueblo Dorado me ha seguido hasta medio kilómetro de este lugar.

El rostro de Wu se hizo aún más pálido. Las piernas le flaquearon. Se dejó caer al suelo delante de la roca. El loro se posó en su hombro, mirando fijamente a Horn con su único ojo.

—Soy chino poble —dijo Wu tembloroso—. No tengo nada. Sólo pájalo estúpido —se encogió de repente al morderle el loro en la oreja—. Aquí tengo lopa sucia —su remendada bota golpeó la abollada maleta—. No molestal a nadie…

—Los cazadores te matarán igualmente —dijo Horn en tono tranquilo—. Ahora se han marchado, pero volverán. Si seguimos aquí…

Dejó que sus palabras flotaran en el aire, amenazadoras.

—Nadie puede hablar tranquilo con una pistola delante —dijo el loro.

Horn rió sin alegria, y bajó la pistola. El cordón elástico la apretó fuertemente contra su pecho, dispuesta para el rápido movimiento de su mano.

—Un pájaro listo —dijo Horn—. Muy listo. Lo bastante inteligente para hablar mejor que su amo.

El color volvió lentamente al rostro de Wu.

—Entonces… ¿no están cerca? —jadeó—. ¿Los cazadores?

—¿Conque puedes hablar la lengua franca? Quizás sabrás lo bastante para explicarme que hacéis aquí.

Wu suspiró y respiró con mayor facilidad.

—Hasta las miserables criaturas como nosotros debemos seguir viviendo… o creernos que vivimos —dijo amargamente—. Cuando los ricos celebran sus festines, las migajas siempre caen debajo de la mesa. El hambre es un poderoso acicate. Nos ha conducido una larga distancia a través de ese terrible desierto para llegar hasta la Celebración de la Victoria. Atormentados por la sed, perseguidos por los cazadores… —Wu se estremeció—. Hemos visto cómo tres hombres morian para divertirlos.

Lil movió la cabeza, su ojo brillante en la oscuridad.

—Esos sangrientos y malvados cazadores. Y esos hombres que murieron tenían pistolas como la tuya, forastero.

—Es extraño —murmuró Wu— que pudierais conseguir pistolas unitrónicas. Eron las guarda con el mayor cuidado. ―Lanzó una rápida mirada hacia él. Horn le devolvió la mirada, los brazos cruzados sobre el pecho, los labios apretados en una inmóvil y estrecha linea—. Muchos han muerto —continuó—, pero nosotros conseguimos atravesar el desierto y burlar a los cazadores, y mañana estaremos en las ruinas. Y allí veremos el modo de continuar nuestra vida un poco más, ¿eh, Lil?

Los párpados de Horn se movieron.

—Los débiles mueren —dijo Lil tranquilamente—. Sólo los más más aptos sobreviven. ―Inclinó la cabeza y miró al suelo. La botella se había vaciado completamente en el polvo―. ¡Oh, ese agradable y hermoso licor! Todo perdido, todo perdido.

Una gruesa lágrima se asomó a su ojo y cayó en la camisa verde de Wu.

De repente Wu se puso de rodillas. Lil levantó el vuelo, en medio de grandes protestas. Wu se arrodilló al lado de las cenizas y examinó la marmita.

—El guisado está lleno de tierra. ¡Pobre de mí! Pero quizás podamos arreglarlo.

Recogió una abollada cuchara y con gran cuidado espumó la capa superficial del líquido y la tiró al suelo. La segunda vez levantó la cuchara hasta sus labios. La probó con aire crítico.

—Estropeado, pero aún se puede comer. Nuestras vidas son insignificantes, forastero, pero tú las has agitado en extremo.

—Me llamo Horn. —Un gesto de su mano lanzó un brillante disco de cristal girando en el aire; Wu lo cogió con destreza—. No quiero deberle nada a nadie.

—Una moneda de cinco kellons —dijo Wu, levantando hasta sus ojos el disco, que presentaba un anillo de oro. Las nubes se habían dispersado; unas cuantas estrellas lucían en el cielo—. Además, legítima. La hermosa regente. Belleza y valor unidos. Una rara combinación. Nos consideramos más que pagados por la molestia, ¿eh, Lil?

La moneda desapareció entre las ropas de Wu.

—¿De qué sirve la belleza a un estómago vacío? —gruñó el loro.

—La pobre Lil tiene el alma de un gusano.

Wu empezó a servir el guisado en dos resquebrajados platos de plástico. Tendió uno hacia Horn.

—Tenga. Ya que ha pagado por ella, puede comer con nosotros.

Horn vaciló un momento y luego se adelantó para aceptar la comida. Se retiró después de nuevo a la pared y se sentó sobre sus talones, esperando. Sin fijarse en las precauciones de Horn, Wu empezó a comer con los dedos, llenos de grasa. Después de un instante, Horn le imitó. A pesar de algún ocasional bocado que chirriaba entre los dientes, debido al polvo, el guisado era bastante bueno. Los pequeños trozos de carne eran de conejo, sin duda; no pudo reconocer los otros ingredientes.

La cena terminó rápidamente. Horn llevó el plato a los labios y dejó que los restos del caldo cayeran en su boca. Por primera vez en muchos días, su estómago se sintió confortado y lleno. Sentía sueño y estaba cansado; los duros músculos y los tirantes nervios se aflojaron. El calor de su estómago se extendió hacia el gordo hombrecillo y su pájaro como una onda de gratitud…

Horn se puso en pie, limpió el plato en la arena al pie de la roca y lo dejó caer a los pies de Wu.

—Gracias —dijo secamente.

Regresó a la pared rocosa, limpiando los dedos grasientos en sus pantalones destrozados. Volvió a sentarse sobre sus talones y forzó sus sentidos a su habitual e inquieta vigilancia.

Wu había dejado su plato a un lado con un suspiro de satisfacción. Se volvió hacia la maleta que estaba a su lado, con su cuerpo obstruyendo la visión de Horn. Cuando se volvió de nuevo, la maleta estaba cerrada y tenía en la mano otra botella de medio litro llena de alcohol. Bebió un largo trago y la tendió, dudando, hacia Horn, quien denegó con la cabeza. Lil, que no había comido nada, agarró el cuello de la botella con ansiosas garras. La levantó con una pata; el límpido líquido cayó largamente en su garganta.

Wu rebuscó entre sus bolsillos y por fin sacó un trozo de hoja de lethe comprimida, parecida a una pastilla de tabaco de mascar. Con gran cuidado y paciencia limpió una de sus esquinas del polvo recogido en su bolsillo, mordió un pedazo y empezó a mascar, los ojos medio cerrados.

Horn le observó con atención. El último hombre a quien vio mezclar las hojas de lethe con alcohol, murió a las pocas horas. En cierta ocasión el mismo Horn llevó un cargamento de contrabando en su nave, pero las emanaciones de la planta llenaron los fardos almacenados en las bodegas, dejando a toda la tripulación inconsciente por muchos días y la nave casi se salió de la órbita dispuesta y sólo pudo llegar a su planeta de destino con muchas dificultades.

Wu parecía no sufrir ningún efecto, empero. El viejo escupió en el suelo y el polvo adquirió un color castaño rojizo.

―Bien, aquí estamos —musitó—; tres desterrados reunidos en el área prohibida. ¿Sabía que esto fue antaño una de las tierras agrícolas más fértiles del Continente?

—No lo creo —dijo Horn.

Wu se encogió de hombros.

—No importa. Sólo lo menciono para ilustrar la locura de los hombres que creen forjar su propio destino. ¿Qué extraño remanso del Río de la Historia nos ha barrido hasta este rincón? ¿Adonde nos llevará ahora?

—A mí no me llevará a ninguna parte —dijo Horn—. Yo voy adonde quiere mi voluntad.

—Oh, eso creemos, eso creemos todos. En medio de los acontecimientos, no podemos ver su forma. Pero cuando miramos desde la distancia a nuestras espaldas, nos damos cuenta que los hombres somos manejados por fuerzas cuya misma existencia desconocemos. Las piezas se colocan cada una en su lugar, y el designio global resulta evidente.

Horn no contestó.

—Lil y yo pensamos que vamos a las ruinas de Sunport porque así lo deseamos, pero es nuestro hambre lo que nos empuja. Y el hambre es una fuerza sin rival. ¿Para qué se dirige usted allí?

La pregunta era casual e inesperada; cogió a Horn por sorpresa. Parpadeó una vez antes de que sus ojos se endurecieran.

—¿Quién ha dicho que yo voy a Sunport?

—¿Para qué otra cosa se encontraría en el desierto? ¿Va a robar, como Lil y yo, o va a matar?

—¿No cabe otro camino?

—¿Para un desertor con una pistola unitrónica? ¿Qué otra cosa puede hacer en la Celebración? Robar o matar, no hay mucha diferencia. Esas ruinas estarán más protegidas mañana que ningún otro lugar del Imperio, y la fuerza bruta debe siempre inclinarse ante una fuerza mayor. Es lástima que un hombre tenga que morir tan joven.

Horn esperó. Conocía el valor de la espera hasta que los otros han dado a conocer quiénes son, y sus propósitos.

—Somos de la misma clase —dijo Wu—. No tenemos por qué guardar secretos entre nosotros. Lil y yo hemos vivido demasiado tiempo para ser moralistas. Los hombres tienen que vivir, y para ello hacen lo que deben hacer.

—Yo no moriré.

—Oh, eso pensamos, eso pensamos todos. Y sin embargo, todos morimos. Pero es posible que esta vez tenga razón. No morirá, porque no podrá llegar a tiempo a las ruinas.

—Estás equivocado —dijo Horn tranquilamente—. Como has dicho antes, somos de la misma clase, nosotros tres. No tenemos por qué guardar secretos. Tú vas también a la Celebración; me enseñarás el camino.

La fría certeza de que el viejo sería su guía había llegado hacía mucho rato a la mente de Horn. Quizás ya lo sabía cuando le observaba desde las sombras del desierto.

—No, no —tartamudeó Wu—. No puedo hacerlo. Quiero decir que… eso sería…

Los ojos de Horn eran helados al clavarse en los de Wu. El viejo se retorció intranquilo; luego se encogió de hombros y volvió a sentarse.

—Como quiera. Los desterrados debemos ayudarnos. Pero no comprendo la cadena de causalidad que se inicia con este simple hecho.

—Los hombres —dijo Lil sombríamente— construyen la cuerda que servirá para ahorcarles.

Horn los miró en silencio, una arruga profunda formándose lentamente entre sus cejas. Wu bostezó, se estremeció y se tendió en el suelo, cerca de las frías cenizas del fuego, encogiéndose en una postura fetal.

—¿Nadie hace la guardia? — preguntó Horn con ironía.

—¿Para qué? —la voz de Wu llegaba confusa hasta él entre las sombras—. La muerte llegará con tanta seguridad como el amanecer. Si llegan juntos, no podemos hacer nada por evitarlo. No voy a estar despierto para esperar su llegada.

—¿Cómo es posible que haya vivido tanto tiempo?

El sonido de un bostezo llegó a los oídos de Horn.

—Comiendo a horas regulares, durmiendo siempre que me ha sido posible y no preocupándome por el mañana. Tenemos este muro a nuestras espaldas. ¿Adonde podemos huir? Además, Lil no duerme y vigilará.

Horn se encogió de hombros y con precaución hija de su larga experiencia se encaramó al borde de la depresión para tenderse fuera de aquel agujero. Después que sus sentidos se ajustaron al silencio y a la noche, dejó que se extendieran lejos hacia el desierto, pero no le trajeron ningún aviso de peligro. Apoyó la espalda contra la pared rocosa para esperar que pasase la noche.

Las nubes se habían disipado. Las estrellas lucían incontables y el cielo estaba brillante. Podía ver a gran distancia en el desierto; nada se movía. Apretó el grueso cinturón de lona que llevaba debajo de la camisa y una moneda saltó a su mano. El disco de cristal tenía un anillo de plata; Horn lo levantó hasta la altura de sus ojos, mirando a las estrellas.

Su mano tembló un poco. Se contuvo rápidamente y sujetó la moneda con firmeza. Había llevado una pesada carga durante mucho tiempo, pero sería fatal perder la confianza en su fuerza en estos momentos.

Garth Kohlnar le miraba desde el interior de la moneda. Su masivo y bronceado rostro, su duro y rojizo cabello, sus grises ojos, con un toque amarillento, tenían toda la apariencia de la vida en el interior de aquel disco de cristal. Poderoso y dominante, el Director de la Compañía de Eron contemplaba al poseedor de la moneda con mirada fija, como si quisiera decirle:

«Esto es dinero. Esto es la sangre del comercio, el símbolo del Imperio. Es una divisa dura, fabricada. Un dinero hecho con tanto cuidado, que su falsificación resulta imposible. Es una divisa dura, respaldada por el poder y la riqueza de Eron. Has tenido que trabajar duro para conseguir esta moneda, pero tu sudor no fue en balde. Tienes la recompensa en tus manos, una obra de arte, una prenda de poder. Lo que hayas hecho para conseguir este dinero valía la pena. Ahora posees una parte de Eron que tiene un gran valor. Reclámala cuando quieras. Te la entregaremos sin hacer preguntas».

El viento de la noche era frío sobre el cuerpo semidesnudo de Horn. Resistió el impulso que sentía de estremecerse. Colocó la moneda a su lado sobre el polvo y sacó otra y otra más, hasta que cinco de los discos de cristal estuvieron en hilera delante de él, con sus anillos de plata, anaranjado, verde, azul y negro. El Director y cuatro de sus cinco Consejeros: Matal, de Energía; Fenelon, de Transporte; Ronholm, de Comercio, y Duchane, de Seguridad.

Cinco rostros: delgados y gruesos, largos y cortos, atrevidos y astutos. Las diferencias entre ellos no tenían importancia. Todos tenían la piel dorada de los pura sangre y una más profunda relación se asomaba a sus ojos. Era el vínculo del poder, el hambre del imperio sólo a medias satisfecha e infinita.

La sexta moneda tenía un anillo de oro como la que Horn le tiró a Wu, y el símbolo del Consejero de Comunicaciones. Horn levantó la moneda hasta las estrellas.

El disco contenía el rostro de una mujer igual que una flor matinal contiene una gota de rocío, reflejando en ella las inmensas posibilidades de un mundo que nace al nuevo día. La tez de la muchacha era de un dorado suave contra el rubio cabello, que tenía leves destellos de bronce y estaba sujeto por una diadema de inmensos diamantes blancos. Sus labios rojos se curvaban suaves en el principio de una sonrisa: prometían un imperio para el hombre que pudiera conquistarlo. Y su cabeza, erguida con orgullo, le decía también que un Imperio no era bastante para ofrendarlo a sus pies. Sus oscuros ojos miraban a Horn, penetrando profundos en los de él, pensando, juzgando… «¿Será éste el hombre?».

―La hermosa Wendre —suspiró una voz a su lado—. Wendre Kohlnar, nuevo Consejero e hija del Director.

Sorprendido, Horn se volvió ante las primeras palabras. Su mano se lanzó como una serpiente hacia la pistola, dejando caer la moneda al suelo. Wu se arrodilló a su lado; estaba desarmado. La mano de Horn volvió a caer a su costado.

—Muy hermosa —continuó Wu tranquilamente—, y heredera de todo esto —hizo un gesto con la mano hacia el firmamento lleno de estrellas—. Eso, si puede encontrar un hombre lo bastante fuerte para conservarlo para ella.

—Todo es suyo, excepto aquello —replicó Horn. Señaló hacia las siete hermanas de la constelación de las Pléyades, que en aquel momento se alzaba en el horizonte—. Eron ha conquistado a los Aliados, pero conservar su dominio es asunto muy distinto.

—La marea del Imperio asciende —dijo Wu en voz baja—. Unos cuantos siempre huyen delante de ella, pero las olas se estrellan a sus espaldas. Esta vez han sumergido a la Constelación. La han arrasado. Nunca volverá a levantarse. Cuando la marea se retire, sólo dejará arenas llenas de ruinas.

—La derrota no es definitiva. No lo será mientras viva el Liberador.

—¿Cree que Eron no lo sabe? —preguntó Wu—. Peler Sair fue enviado al Presidio Terminal, en Vantee. Sair ha muerto allí hace unos meses… o por lo menos, ése es el rumor.

—¿Muerto? —dijo Horn.

Miró hacia el horizonte, hacia las Pléyades, el grupo de estrellas que fueron civilizadas sin la ayuda del Tubo y donde ahora había muerto la Libertad. Miró con angustia su hogar y comprendió por primera vez que nunca podría regresar a la patria.

Trescientos años luz le separaban de la Constelación. Seis horas por el Tubo; media docena de existencias por el otro medio más rápido conocido. Pero los Tubos llevaban a Eron; nunca podría ir allí gracias a lo que había hecho y a lo que iba a hacer.

¿Por qué estoy aquí?, se preguntó Horn… y luego enterró la pregunta en las profundidades de su mente.

—Que tengas buenas noches, idealista —murmuró Wu, y desapareció entre las sombras.

Horn se encogió de hombros y recogió las monedas que estaban delante de él. «Lo que hayas hecho para conseguir este dinero valió la pena».

Cogió la pistola que llevaba cerca del sobaco izquierdo y tironeó del cordón elástico con facilidad. Mantuvo la pistola entre sus rodillas apuntando hacia el desierto.

Todavía no se ganó la recompensa. La ganaría mañana.

 

LA HISTORIA

Civilización…

Como cualquier otra cosa, la civilización tiene su precio. El primer pago es la Libertad. Por el privilegio de poder vivir juntos, los hombres renuncian a su derecho a hacer lo que quieren: se formulan leyes que limitan todos sus movimientos.

Cuando la civilización llega del exterior, el precio es aún mayor; las leyes las formulan los extranjeros.

Sólo los Tubos hicieron posible una civilización interestelar. Y sólo Eron conocía el secreto del Tubo.

Algunos pueblos no quisieron pagar el precio. En vez de ello compraron su libertad, y pagaron por ella con su sudor y sus privaciones.

Muchos hombres huyeron ante la llegada de Eron. Marcharon a las estrellas más lejanas en naves antiguas antes de que llegase la siempre creciente esfera de la civilización y el Imperio.

En la constelación de las estrellas que una vez fueron llamadas las Pléyades, la Libertad dejó de huir. Las estrellas estaban lo bastante cerca para formar una Alianza y para el comercio mutuo, y demasiado lejos para ser conquistadas. Las lentas naves espaciales pudieron unirlas en la Alianza de Quaron. En lugar de una nave, su símbolo fue un hombre.

Y por fin allí en la Constelación de las Pléyades, la libertad murió, aplastada por Eron en el curso de dos grandes guerras. Porque el deseo de libertad es contagioso, y los puentes entre las estrellas son muy provechosos.

La noticia se esparció con rapidez: Peter Sair había muerto.

Pero Sair era un símbolo. Y los símbolos, como la Libertad, no pueden morir mientras haya un solo hombre que crea en ellos.

 

Capítulo III

UN PUENTE ESTRECHO

Horn se despertó al instante, sus nervios tensos ante la sensación de peligro.

La pistola estaba en su mano mientras miraba a su alrededor en el desierto. El horizonte por el este empezaba a adquirir un color grisáceo. Por aquel lado las estrellas se desvanecían ya. Pero el peligro no podía venir del desierto. Nada se movía.

Miró a su izquierda, pero la depresión del terreno aún estaba envuelta en sombras. Negra e inmóvil. Sin embargo, algo había cambiado en su aspecto. Un hombre en constante peligro aprende a confiar en su intuición, ese sutil analizador de las percepciones inconscientes. Era necesario que lo hiciese: el peligro no espera al raciocinio y a la lógica. Con los envarados músculos protestando ante el ejercicio, Horn se arrastró en silencio por la pendiente.

El agujero estaba vacío. Sólo las negras cenizas de la hoguera probaban que alguien había pasado por allí. Wu y el loro habían desaparecido. Recogieron sus pobres posesiones y marcharon en silencio durante la noche, mientras Horn dormía.

Eso era lo que inquietaba a Horn. Durante mucho más tiempo del que podía recordar, no se había permitido el lujo de un sueño tranquilo y profundo. Su sueño sólo estaba a un paso por debajo de la atención consciente, una somnolencia disipada por el menor cambio en el ambiente que le rodeaba.

¿Cómo era posible que hubiesen marchado sin que Horn se diese cuenta? Había decidido pasar la noche en vela. Cuando más cerca se está del objetivo, mayor es el peligro. ¿Fue la rebelión de su cuerpo, agotado más allá de su resistencia? Eso era algo ridículo. Sin embargo, se había quedado dormido. Se sentía ahora más alerta, más descansado que nunca desde que desertó del crucero.

Si lo drogaron a pesar de su vigilancia, Wu fue más listo que él. Eso añadía otro aspecto a lo ilógico de su presencia aquí y a lo extraño de su aparición.

Horn terminó la tarea automática de ocultar los restos de cenizas y se encogió de hombros. No sentía ningún efecto como consecuencia de la droga. Sin embargo, el asunto le resultaba algo desagradable. El viejo le habría sido útil; Horn estaba convencido de que conocía un camino hasta la parte superior de la meseta. Pero la cólera no le servía de nada ahora. Para Horn, el viejo era una cosa que podía utilizar. Wu tenía derecho a evitar que le utilizasen, si podía.

Estudió ahora el problema de atravesar la pared de la meseta. A la naciente luz del día no pudo distinguir ninguna grieta. Era posible que la búsqueda le llevase todo el día. Sería demasiado tarde cuando llegase a su destino.

Horn corrió por la pendiente siguiendo las huellas de las botas de Wu y estudió el rastro. Marchaba recto a lo largo de la roca hasta perderse en la distancia. Marchó detrás de ellos con paso rápido. Las huellas no eran muy viejas, quizás una o dos horas, todo lo más, y los remiendos de las botas eran muy visibles. Horn leyó el rastro hábilmente. Aquí Wu cambió la maleta a su mano derecha; aquí se detuvo para recobrar el aliento o para beber un trago. Las ondulaciones de una serpiente empezaron y terminaron abruptamente; más adelante, los pasos de un conejo marchaban al lado de las huellas del hombre.

Horn pasó al lado de una botella tirada en el camino. La etiqueta decía: «Alcohol etílico, sintético, 180 grados. Embotellado por la Oficina de Exportación de Eron».

La sed empezó a molestar a Horn. Bebió el agua que quedaba en su cantimplora, un sorbo tibio que era poco mejor que nada. Volvió a tapar la cantimplora y se pasó la lengua por los labios.

 

Casi imperceptiblemente, el rastro se hizo más reciente. Wu estaba sólo a unos minutos de distancia. Horn miró hacia arriba, como lo había hecho antes, pero sólo tenía la lisa pared de roca a su izquierda y el polvo rojo del desierto delante de él.

Entonces perdió el rastro. Terminaba en un saliente de roca barrido por el viento, y no volvía a aparecer en el polvo en ningún lugar de su perímetro.

Horn volvió a mirar a la roca lisa. El pájaro pudo haber volado por encima, pero aquello no sería posible para Wu. Horn contempló la maleza que crecía al pie de la pared: era de un verde brillante que parecía extraño en medio de aquel desierto. Algunas de las hojas habían sido aplastadas recientemente.

Con cuidado, Horn empujó las ramas a un lado. Detrás de la maleza había algo negro. Un agujero en la roca, de un metro de alto y un ancho de dos tercios. A Horn no le gustaban los agujeros o los túneles; eran siempre algo peligroso e incierto. Pero éste le llevaría hacia Sunport.

Sintió húmeda la roca mientras se arrastraba sobre sus manos y rodillas a lo largo del túnel. Aquella humedad era la razón de ser de la maleza. Agua en el desierto era algo inusitado. El golpeteo de la vacía cantimplora contra su costado y en el suelo del túnel le hizo pensar en lo raro de la existencia de aquel paso lleno de humedad. Era también un tormento para su garganta reseca por el polvo.

Hizo un gesto y se arrastró más aprisa. Poco a poco la obscuridad se fue disipando, se convirtió en un marco que rodeaba un trozo de claridad… y por fin quedó atrás.

Horn se puso en pie con precaución, con la roca a su espalda. Después del mustio y sediento desierto, los colores que llenaban aquel lugar eran dolorosamente brillantes: el verde lo llenaba todo, interrumpido aquí y allá por rojos, azules y amarillos. Aspiró el aire con fuerza, y su olfato se llenó con una miríada de perfumes. Era como pasar de la muerte a la vida.

Un pensamiento le cruzó el cerebro: tendría que volver a la muerte de nuevo.

Se abrió paso entre la apretada vegetación, pisoteando los colores y los perfumes, hasta que llegó a un claro. Por encima de los árboles y la alta maleza que le rodeaba podía ver el desnudo y gris granito que encerraba por completo aquel extraño y delicioso valle. Y sin embargo, Wu pasó a su través.

El agua sonaba musicalmente muy cerca de allí. Horn encaminó sus pasos hacia donde surgía el límpido sonido, sin detenerse a apartar las ramas y las espinas que se clavaban en sus brazos y azotaban su pecho. Se quedó inmóvil al lado de un pequeño arroyuelo. Los pájaros ocultos entre las ramas de los árboles quedaron silenciosos, pero volvieron a cantar alegremente, cuando pasaron unos instantes sin que Horn hiciera ningún movimiento.

Horn se tendió en el suelo al lado del arroyo y hundió el rostro en la clara corriente. Dejó que el agua le llenase la boca, levantó la cara chorreante y el agua corrió por su garganta, disolviendo el duro polvo del desierto.

Era un agua excelente, dulce y fresca hasta lo increíble después de la amarga y salada agua de los pozos alcalinos. Se inclinó para volver a beber, a largos sorbos, y vio al pequeño conejo al otro lado del arroyo. Unos negros y redondos ojos le contemplaban con curiosidad.

Muy lentamente la mano de Horn se dirigió hacia su pistola, la graduó para baja velocidad y tomó puntería. Necesitaba carne. Pero en cuanto el cañón del arma lo apuntó, el conejo dio media vuelta y desapareció entre la maleza de un salto gigantesco.

Un instante después, mientras Horn vigilaba con los párpados apretados, un pájaro castaño surgió de la maleza y se perdió en el aire en dirección a la pared rocosa más distante. Horn siguió pensativo su vuelo, volvió a beber y llenó su cantimplora.

Caminó con paso rápido y elástico hacia la muralla más lejana, inclinándose para pasar debajo de las ramas y rodeando los matorrales. Cuando estuvo cerca, vio a través de los últimos árboles que en aquel lugar la muralla de roca estaba quebrada. Grandes secciones habían caído al suelo, rompiéndose en gruesas peñas y masas de piedra y tierra que se apilaban contra la pared formando una inclinada rampa.

 

Al salir de debajo del último árbol, Horn vio la pequeña y oscura figura que se esforzaba en ganar la cima de la pendiente, haciendo rodar pequeñas piedras que caían rebotando hasta el final de la rampa. Algo más pequeño y oscuro giraba en el aire, por encima de la cabeza de la afanosa figura.

La pistola ya se encontraba en la mano de Horn.

—¡Alto! —gritó. El eco llevó las palabras de una a otra de las altas murallas de granito.

Un rostro claro se volvió hacia él desde lo alto de la pendiente. Horn se llevó la pistola a los ojos. A través de la poderosa mira telescópica, Wu parecía estar sólo a unos metros de distancia, su rostro cruzado por las líneas de la mira. Tenía los ojos agrandados y negros mientras contemplaba el cañón de la pistola; su rostro estaba pálido y parecía paralizarle la indecisión.

Algo de color castaño voló a través de la mira del arma y desapareció en la negrura de la muralla.

—¡Quédate donde estás! —gritó Horn de nuevo.

Wu se movió entonces con una rapidez extraña en un hombre de su edad, y escaló ágilmente las rocas. Las líneas cruzadas de la mira se movieron lentamente para seguir la pequeña figura. Una sensación de disgusto se asomó a los ojos de Horn. El viejo era un estúpido; merecía morir. El dedo de Horn se asentó sobre el gatillo…, pero en el último instante separó la mira del viejo.

El proyectil salió silbando de la pistola, cruzó el aire y rebotó en una roca a un metro a la izquierda de Wu. En aquel momento el viejo desapareció, engullido por la oscuridad de la pared rocosa al igual que el pájaro castaño.

Molesto, Horn soltó la pistola y echó a correr entre las rocas de la rampa, sin cuidarse de las piedras sueltas bajo sus pies ni del peligro de iniciar un alud, que podía enterrarle entre las rocas de la pendiente. Una lluvia de piedrecillas se deslizó hasta el fondo de la rampa inclinada. En medio de la ascensión cayó de rodillas, pero al cabo de unos minutos se encontraba delante de la negra boca de una cueva.

Un pequeño hilo de agua corría por un tortuoso canalillo que su curso había formado en el liso suelo. El agua desaparecía entre las rocas sueltas al pie de la entrada de la cueva. Aquello, sumado a la larga expansión y contracción de las rocas producida por la diferencia de temperatura entre el día y la nuche era lo que había quebrantado la pared rocosa hasta derribarla.

Horn se adentró en la oscuridad. La boca de la cueva era perfectamente redonda, y las paredes muy lisas. Aquello era un túnel artificial, no una cueva natural.

El túnel parecía seguir una dirección recta. Una luz temblaba muy lejos en la oscuridad. Horn corrió hacia allí, preguntándose si habría anchos y profundos pozos en aquel camino… y apartando aquella idea de su mente.

La luz tembló, casi llegó a desaparecer y luego se hizo más brillante. Por fin Horn vio que se trataba de una antorcha. Wu la llevaba en la mano mientras caminaba con gesto cansado, su rostro vuelto hacia su perseguidor. El loro se sostenía encima de su hombro.

Cuando Horn penetró en el tembloroso círculo de luz, respirando con facilidad, Wu se detuvo, apoyándose contra la pared del túnel y suspiró. El sudor le corría por el rostro amarillento y su pecho se alzaba y abatía con movimientos espasmódicos.

—Es usted un hombre obstinado —jadeó—. En sí misma, es una cualidad admirable.

—El carácter se valora por los fines a que sirve —dijo Lil secamente, su único ojo brillando a la luz de la antorcha.

El rostro de Horn estaba tranquilo.

—Ya te dije la noche pasada que me llevarías a Sunport. Si éste es el camino, podemos seguir adelante.

Wu llevó la mano a su pecho como si quisiera calmar un oculto dolor.

—No soy más que un pobre viejo y he corrido demasiado aprisa. Además, usted ha disparado contra mí. Pudo haberme matado —su voz estaba llena de horror.

Horn asintió.

—Sí, pude haberlo hecho. Enséñame el camino.

La antorcha se estremeció en la mano de Wu. Horn la cogió y le hizo un gesto para que echase a andar. Wu protestó débilmente, pero empezó a caminar.

—¿Cómo supiste de este sitio? —preguntó Horn.

Wu se encogió de hombros.

—Los hombres pueden aprender muchas cosas ocultas si viven lo suficiente. A veces pienso que he vivido demasiado. Cuando Sunport era aún joven, toda esta montaña estaba cruzada de pasadizos. Los más profundos están ahora inundados. Casi todos los otros se han cegado por los derrumbes de tierras. Pero éste debería llevarnos hasta la superficie.

Por dos veces tuvieron que arrastrarse sobre las manos y rodillas por encima de montones de tierra y piedras que casi obstruían el camino. Cuando Wu empezó a quejarse de nuevo, Horn cogió la maleta que Wu le cedió con visible repugnancia. Pesaba de un modo extraordinario. Horn empujó a Wu hacia la oscuridad que la luz de la antorcha obligaba a retirarse lentamente.

Caminaban en silencio en medio de las sombras, ascendiendo lenta pero continuamente, chapoteando a veces en el agua helada de un arroyo subterráneo o que se remansaba en charcos allí donde era retenida por la tierra o las rocas caídas en el suelo.

—Un desertor —jadeó Wu—. Un desertor de la Guardia… que siente simpatía por la derrotada Constelación… que se dirige a la Celebración de la Victoria en las ruinas de la vieja Sunport… con una pistola. Eso refleja un interesante cuadro.

—Me satisface que te guste —dijo Horn.

—También presenta interesantes posibilidades. ¿Dónde podría un Guardia encontrar dinero? Desde luego, no en Eron. No en esas cantidades. Uno podría imaginar que ha venido de la Constelación, que se encontraba entre esos soldados derrotados a los que se permitió alistarse en la Guardia de Eron, que llegó aquí con un propósito definido, dispuesto a desertar una vez en la Tierra para abrirse camino hasta las ruinas de Sunport a tiempo para llegar a la Celebración… Pero eso es imposible. Nadie lo intentaría y nadie sabía nada de la Celebración. No fue del conocimiento público hasta hace muy pocos días.

—Hablas demasiado —dijo Horn secamente.

Wu se detuvo de repente. Horn tropezó con él y Lil salió volando. Wu se agarró a Horn y le empujó hacia atrás. Detrás de Wu, Horn vio el precipicio.

A través de todo lo ancho del túnel, el suelo se había hundido. Estaban de pie en el borde de un ancho y negro agujero. Horn apartó a Wu a un lado y levantó la antorcha. Por encima del pozo había tendida una herrumbrosa pasarela metálica, descansando insegura en el otro lado del precipicio, a más de cinco metros de distancia. Quien fuese que colocó la pasarela había muerto hacía ya mucho tiempo. No era más que un puente estrecho a través del negro abismo.

Horn se arrodilló al borde del agujero y tendió la antorcha tan lejos como pudo. La luz no llegaba a alcanzar el fondo. Cuando se puso en pie, su bota hizo caer una piedra en el interior del pozo. En su caída fue chocando y rebotando contra las paredes durante largo rato, hasta que un lejano chapoteo anunció que había llegado al agua.

Wu contempló el pozo y la pasarela de medio metro de ancho que lo cruzaba. El sudor brilló en pequeñas gotas en su redondo y amarillo rostro.

Horn puso un pie en la pasarela, comprobando su resistencia. No se movió. Puso el otro pie encima. La plancha metálica no se combó. Con paso firme, sin prisas, atravesó el puente, un pie delante del otro, hasta que llegó con seguridad al otro lado de la pasarela.

Dejó la maleta en el suelo y se volvió, levantando la antorcha para que iluminase el otro lado.

—Vamos — dijo—. Se nos hace tarde.

Lil atravesó el vacío volando y se posó al lado de Horn; luego se volvió para mirar a Wu, que seguía vacilante en el otro extremo del puente.

—No soy más que un anciano —se lamentó—. Soy viejo y débil. No podré hacerlo. He corrido durante todo el día, arrastrándome y subiendo con pies y manos a través del negro corazón de esta montaña. No podré hacerlo. No puedo soportar la idea de una gran altura. Siento vértigo.

Horn gruñó con impaciencia y puso el pie en el extremo de la pasarela. Lil miró a Wu con su ojo sano.

—Vuelve —gimió Wu—. Vuelve a mi lado, amiga. He sido un romántico idealista durante demasiado tiempo. Después de esto podrás comer todo el carbón que quieras.

—La vida es más preciosa que los diamantes —dijo Lil. Luego hizo un guiño con malicia—. Quizás este joven y fuerte amigo nuestro estará dispuesto a buscar diamantes para mí.

—¡No me dejarás aquí para que muera! —jadeó Wu—. Espera… Ya voy… —dijo, pero su voz era temblorosa.

Empezó a cruzar con paso vacilante, su respiración rápida y entrecortada. Llevaba los gruesos brazos extendidos para conservar el equilibrio y tenia los ojos fijos en un punto en la oscuridad, detrás de los hombros de Horn. Se deslizaba con precaución por encima de la pasarela, un pie moviéndose unos centímetros hacia delante mientras hacía resbalar el otro por la plancha metálica, sin levantarlo.

Cuando se encontraba ya a medio camino, la pasarela se balanceó debido al pie de Horn. Wu se tambaleó, sobresaltado, y se detuvo encima del vacío.

—¡Ah, no! —dijo, sin aliento—. No haga que se mueva. Mi pobre y maltrecho corazón… no podrá resistirlo otra vez.

—Creo —dijo Horn lentamente— que ha llegado el momento de que hablemos un poco.

—Si, sí —dijo Wu—. Hablaremos, hablaremos. De lo que quiera. Soy el mejor conversador que haya oído nunca. Espere hasta que llegue al otro lado… —el sudor le corría por el rostro.

—Contestarás mejor mientras estés ahí —dijo Horn con calma—. No te muevas.

Wu había empezado a moverse de nuevo; la pasarela volvió a balancearse. Wu contuvo el aliento y se detuvo.

—¿De qué hablaremos? —preguntó Horn casualmente—. ¿Sobre Sunport y el motivo que atrae a los viejos hasta allí? ¿De los túneles y valles ocultos? ¿De los conejos que se convierten en pájaros? ¿De los rastros de serpiente y las huellas de conejo que empiezan de repente y terminan de igual modo? ¿De…?

—De lo que quiera, de lo que quiera —jadeó Wu.

—¿Quién eres tú? —preguntó Horn—. ¿Y quién es Lil? Cuando la vi por primera vez, su ojo sano estaba a la izquierda. Ahora lo tiene a la derecha.

—Se lo diré —gimió Wu—. Pero, por favor, déjeme pasar. No puedo hablar aquí. Caeré al…

—¡No te muevas! —Horn miró al loro—. Y tú tampoco trates de hacer ningún movimiento extraño, seas lo que seas, o enviaré a tu amo al…

Pero mientras Horn desviaba la vista, la pasarela se retorció bajo su pie. Wu lanzó un largo grito de agonía y se tambaleó, perdido el equilibrio, mientras sus brazos se agitaban patéticamente.

Antes de que Horn pudiera hacer ningún movimiento, el anciano cayó al vacío.

 

LA HISTORIA

Heliopuerto. Puerto del Sol. Sunport.

Surgió de entre sus propias cenizas, como el Fénix legendario, y lanzó sus brillantes hijos metálicos hacia las estrellas. Se extendieron siempre en una esfera creciente, buscando mundos nuevos, tierras vírgenes, llevando con ellos una chispa de la llama inmortal. Allí donde aterrizaron, la chispa saltó y encendió una nueva hoguera.

Sunport esperó, pero sus hijos no volvieron.

Encontraron mundos nuevos de todas clases: algunos tan dulces y agradables que no quisieron marchar más, otros tan duros y amargos que no les quedaba tiempo más que para luchar. Descansaron o lucharon. Transformaron y fueron a su vez cambiados. Yunque y martillo.

Cansado, como la misma Tierra, Sunport esperó. Agotado, como el suelo y las minas, Sunport esperó. Siempre esperando, Sunport volvió a sus cenizas.

Por fin regresaron. Volvieron como conquistadores. Pero aún eran los hijos de la Tierra. Un poco cambiados, aún eran hombres.

Algo se agitó entre las cenizas…

 

Capítulo IV

EL AVE FÉNIX

En el mismo instante en que Wu caía en el vacío, algo zumbó al lado de Horn y desapareció con rapidez en la negrura del pozo. Horn miró a su alrededor. Los dos habían desaparecido, Wu y Lil. Horn trató de escuchar, pero los segundos pasaron y no pudo oír el lejano ruido de la caída en el agua del fondo.

Horn puso un pie en la pasarela metálica y levantó la antorcha. El gordo anciano se agitaba confusamente debajo del puente: su boca abriéndose y cerrándose en mudo terror, los brazos y las piernas empujando hacia abajo, como si quisieran apartarse de la horrible negrura que le esperaba.

Un semicírculo brillaba a la luz de la antorcha, colgado de la herrumbrosa viga. Un gancho de metal brillante pasaba por el cinturón de los rotos pantalones de Wu. Allí donde la delgada varilla plateada se unía al gancho había un azul resplandor, ardiendo a la vacilante luz con una fría y espléndida luminosidad. Era algo tallado, como un diamante, sus miles de facetas centelleando sin cesar…

Pateando y jadeando, Wu se balanceaba bruscamente de un lado a otro. Horn se recobró de su asombro. Se adelantó hasta el centro de la pasarela, se inclinó y agarró la inexplicable varilla semicircular. Fluyó con una sensación líquida en su mano y casi la soltó por la sorpresa, y con ella a la carga viviente que soportaba. Luego su mano volvió a apretar su presa. Dentro de ella se formó una cómoda asa.

Retrocedió de espaldas por la pasarela de metal, su pecho, rígido por la tensión, lleno de sudor. Wu se balanceaba pesadamente debajo de él, cada movimiento amenazando con enviarlos a los dos hasta el fondo del pozo. Por fin sus talones se apoyaron en la roca sólida. Horn empezó a tirar de la varilla. Wu tocó el borde del precipicio con las manos y arañó con desesperación para elevarse por encima del vacío, hasta que consiguió arrastrarse a unos pasos de distancia del agujero y se quedó inmóvil, jadeante y tembloroso.

La cosa que Horn aún sostenía volvió a estremecerse, como si se deslizase. Horn trató de ver lo que sucedía. El loro estaba ahora sobre su mano, sus maltrechas alas medio caídas, con un gesto mustio de cansancio.

—El desastre —dijo Lil casi sin aliento—, es el crisol de los corazones humanos. Debemos darte las gracias, mi amo y yo…

Wu se sentó en el suelo lentamente.

—Desde luego, desde luego. Has sido muy valiente, noble joven.

—No tengas miedo. Ya puedes abrir los ojos —dijo Horn.

Clavó la antorcha en una grieta de la pared. La llama lanzó reflejos sobre la escena, mientras el humo ascendía hasta el techo, y Horn se sentó en el suelo, apoyando la pistola en sus rodillas de manera que quedó apuntando hacia el viejo y el pájaro, que ahora estaba encaramado sobre su hombro.

—Yo hice que cayeras de la pasarela —dijo Horn—. No me costaría nada volverte a tirar al precipicio.

—Fue un acto estúpido —dijo Wu—. Un hombre muerto no puede hablar.

—Desde luego. ¿Cuánto vale tu vida para ti? A mí, en cambio, no me importa que vivas o mueras.

Wu suspiró y movió la cabeza.

—¡Ah, la violencia! No nos deja ninguna alternativa. Un anciano y un viejo pájaro, ¿qué podernos hacer contra un joven brutal, armado con una pistola?

—Contestar a mis preguntas —dijo Horn.

—¿Qué edad crees que tengo? —preguntó Wu.

Horn contempló el arrugado rostro de Wu.

—¿Setenta? ¿Ochenta? —dijo, y se dio cuenta en el acto de que estaba equivocado.

—Más de mil quinientos. Mil quinientos largos años. Buscando la paz sin poder hallarla. Deseando el descanso, y lleno del temor a morir. Lil y yo, marchando, siempre, siempre.

Los ojos de Horn se endurecieron, pero su rostro siguió inmóvil.

—Al igual que Lil, yo soy el último de mi raza —continuó Wu—. Cuando nací, en Stockton Street, ciudad de San Francisco, mi pueblo era el más numeroso de la Tierra. También el más viejo. Pero se sujetaron a la Tierra mientras los demás marcharon a las estrellas. Y murieron junto con la Tierra.

»Yo fui distinto, y emigré a Marte. En Sirtis City, con la locura de un joven, establecí la Lavandería Sanitaria de Nuevo Cantón. Pero el agua era escasa, y los líquidos para limpiar muy caros. Era más barato fabricar nuevos vestidos de plástico que limpiarlos.

»Me convertí entonces en el cocinero de una pequeña nave, dedicada a la busca de minerales. Sus propietarios encontraron el más rico tesoro de la Historia. En uno de los asteroides, hallaron la Caverna de los Diamantes.

Wu se arrastró con un gesto cansado hasta la maleta que seguía cerca del borde del pozo; buscó algo en su interior y regresó con una botella en la mano. La llevó a los labios y su garganta se movió convulsivamente un par de veces antes de pasarla a Lil. Wu suspiró; sus pequeños y negros ojos parpadearon.

—Diamantes vivos, señor. Depósitos de carbono, en una montaña arrancada de un mundo que estalló. La caverna estaba situada encima de un yacimiento de uranio. Durante mucho tiempo su energía alimentó a la raza de Lil; cuando empezó a faltar, aprendieron cómo fisionar los átomos individuales. Cuando el uranio se agotó, descubrieron la forma de conseguir energía térmica aun de las moléculas más heladas, contra la segunda ley de la Termodinámica. ¿Imposible? Es cierto. Pero toda clase de vida existe, en cierto modo, contra la segunda ley.

»Diamantes vivos. Pero aquellas criaturas eran aún más maravillosas que su cristalina piel. Como ya habrá observado, Lil no es un loro, sino un seudomorfo de la Caverna de los Diamantes.

Una lágrima brilló como una joya en el único ojo de Lil y cayó al polvoriento suelo del túnel.

—La raza de Lil tenía mucho que ofrecer a los hombres. Poseían una civilización casi tan vieja como la propia Tierra. La energía era escasa allí; el tiempo transcurría lentamente. Eran casi inmortales. Pero la tripulación de la nave humana sólo vio una cosa: los diamantes. Una bomba radiactiva destruyó la caverna y todos los seres que la habitaban, haciendo perder el brillo y arruinando la mayor parte de los diamantes al mismo tiempo. Sólo Lil pudo salvarse. Yo la escondí en la cocina. Hemos estado juntos desde entonces.

Lil gimió débilmente:

—Pobre y vieja Lil —sollozó—. Está sola. ¡Ah, ah, ah! Toda su gente ha muerto. Su mundo asesinado y olvidado. No le queda ningún amigo en todo el Universo, excepto el pobre viejo Wu. ¡Oh, la perdida maravilla, la hermosa…!

Sus alas cayeron a los costados, mustias. La pistola de Horn se elevó amenazadora. Wu levantó una mano en un gesto de aviso.

—Shss —dijo en voz baja—. Va a contemplar algo que ningún ser vivo ha podido ver, excepto yo.

El multicolor plumaje de Lil fluyó rápidamente como algo líquido. Las patas amarillas se contrajeron en un par de flexibles seudópodos. Una brillante superficie diamantina quedó al descubierto. Todo lo demás se vertió sin forma definida en una abertura en la parte superior, dejando visible un diamante del tamaño de las dos manos de un hombre entrelazadas.

La luz de la antorcha hirió la superficie del diamante y se reflejó, multiplicada en una increíble gloria de prismáticos colores. Horn se quedó sin aliento.

—Espere —dijo Wu—. Espere hasta que se abra.

Unas grietas aparecieron en lo alto del ardiente esferoide, con sus mil facetas. Seis pétalos de diamante florecieron, inclinándose lentamente. Por encima de ellos se elevaron seis finos y vivientes pistilos. Agitándose como rosados dedos, crecieron y se dividieron en delicadas e intrincadas membranas hasta formar una telaraña de un blanco purísimo.

—Con eso y su cuerpo amorfo —dijo Wu—, puede asumir cualquier forma que desee. Los rastros que vio, el conejo que le contemplaba desde el otro lado del arroyo, el pájaro que voló hasta mí…, todos eran Lil.

La pistola se escapó de la mano de Horn y se deslizó hasta debajo del hombro. Asustado, sin duda, por el ruido, el diamante vivo saltó de repente en el aire. Su esplendor se escondió en un instante en las maltrechas plumas del loro.

Lil se tambaleó y volvió a gemir:

—Todos muertos, muertos…

—No llores, Lil —dijo Wu con cariño, rebuscando en uno de sus bolsillos—. Aquí tengo una chuchería que guardaba para un momento de necesidad. La conseguí del alfiler de la corbata de ese malvado inspector de la Compañía que quiso meternos en la cárcel por vagabundos.

Lil dejó de lamentarse y voló hasta el hombro de Wu. Su fuerte pico cogió el resplandeciente diamante del tamaño de un guisante. Un sordo crujido y la piedra desapareció.

—Un futuro —dijo alegremente— vale más que un millón de pasados. —Frotó el pico con afecto contra la arrugada mejilla de Wu—. Un diamante muy hermoso.

—Lil puede asimilar casi cualquier forma de carbono —dijo Wu—, pero prefiere los diamantes. Cuando nuestra fortuna es próspera, eso es lo que come. Últimamente nos hemos visto reducidos a comer antracita.

—Dígame el secreto —dijo Horn fríamente—. ¿Cómo es posible que haya vivido usted por tanto tiempo?

—Ha sido Lil… —dijo Wu—. Su raza aprendió muchas cosas en su larga y casi eterna existencia: el secreto de la vida, el de las probabilidades, la estructura atómica… Esa fue sólo una de las riquezas que la Humanidad perdió gracias a su desmedida ambición. Lil me mantiene vivo, y yo la ayudo a buscar su comida.

»Viajamos. Si nos quedamos quietos por mucho tiempo, el Archivo Electrónico de Duchane no tardaría en localizarnos. Esa vasta colección de memoria eléctrica no tardaría en confrontar nuestras descripciones con los detalles de robos de joyas ocurridos en los últimos mil años. Nos gustaría quedarnos siempre en las fronteras estelares, lejos del brazo de Eron, pero allí hay pocos diamantes.

»Vagabundos, eternos viajeros, hemos visto cien mundos y sólo nos quedan nuestros recuerdos, que se extienden demasiado lejos en el pasado. Tenemos que seguir viajando. Los hombres se preguntarían por qué yo no muero. Mí secreto despertaría en ellos la misma locura que la cáscara de diamante de Lil. Nos matarían por conseguirlo.

»Sin embargo, todo tiene su compensación. Siempre existe el mañana…, una nueva nave que parte, un planeta virgen que nos espera. Cuando los recuerdos se hacen demasiado pesados, podemos borrarlos por un tiempo. Las hojas de lethe para mí, los diamantes para Lil… y el ron para los dos.

Horn los contempló por un momento.

—¿Eso es todo lo que habéis hecho con vuestro poder?

Wu se encogió de hombros.

—¿Qué habría hecho usted?

—Puede dar a un hombre una perspectiva distinta —dijo Horn pensativo—. Puede hacer algo para toda la Humanidad: en ciencias, política, filosofía. Se lo debe a…

—¿Para qué? —preguntó Wu secamente—. La Humanidad no tiene nada que hacer con eso. Despreció la oportunidad que se le presentaba cuando sus representantes barrieron la raza de Lil.

—¿El pecado original? —una sonrisa cruzó el rostro de Horn—. Si un hombre pudiera planear con cuidado y actuar lentamente —murmuró—, podría guiar a su raza hacia mejores y más sabios caminos. Si surgiera un tirano como Eron, podría…

—¿Un hombre solo contra un Imperio? —interrumpió Wu—. Los imperios surgen y caen, y ese ciclo está dictado por fuerzas que ignoran unas cosas tan insignificantes como los hombres. Son tan vastas y misteriosas en su curso como el mismo Destino. Eron caerá a su debido tiempo. Pero usted habrá muerto mucho antes, y es posible que yo también haya desaparecido. Ni siquiera Lil puede escapar de su destino final.

—¡Fuerzas! —Horn se encogió de hombros—. No son otra cosa que hombres en grandes masas. Un solo hombre puede dirigirlas o empujarlas. Y un solo hombre, actuando en el momento preciso, en el lugar adecuado y en la forma necesaria, puede hacer caer las peñas más grandes.

—Y resultar aplastado por su caída —dijo Wu—. No, gracias. Aunque he vivido por largo tiempo y la vida a veces me resulta abrumadora, me agarro a ella… con mayor desesperación aún que usted. ¿Qué es lo que usted puede perder, más que unos cuantos años de infelicidad? Le es fácil ser atrevido y despreciar el peligro. Yo tengo que ser tímido y cobarde. Esa miserable envoltura que me ha servido durante tanto tiempo, puede serme útil por otro período de tiempo igual, si la trato con cuidado.

Horn se puso en pie, sacó la antorcha de la grieta de la pared e hizo un gesto para que Wu y Lil comenzaran a marchar delante de él. Wu recogió su maleta y volvió la cabeza para mirar a Horn.

—¿No me cree, señor?

—Estás fuera del pozo, ¿no es cierto?

La pregunta que Wu le hacía era algo que Horn no podia contestar directamente. Por el momento estaba dispuesto a aceptar sus palabras como una hipótesis posible; se ajustaba a los factores conocidos. Además, eran demasiado fantásticas para no tener un elemento de verdad.

—Sigue caminando. Es posible que ya sea demasiado tarde.

—Por supuesto. No debemos ser la causa de que usted retrase su cita con el Destino —dijo Wu.

Las palabras quedaron flotando en el aire, con una sombra de ironía.

 

El túnel empezó a ensancharse. Su boca se abría hacia una gran cadena de grandes áreas negras: almacenes, pensó Horn, para el primitivo comercio interplanetario. Grandes depósitos subterráneos. Rampas inclinadas les condujeron hacia arriba, y luego aún más arriba. Con el primer destello de la luz del día en la distancia, Horn apagó la antorcha contra la pared y un poco más adelante, la dejó apoyada contra el costado del último y espacioso túnel. Las tormentas habían arrastrado barro y piedras hacia la entrada; la estrecha salida que aún existía estaba bien disimulada por el retorcido tronco de un enebro.

Horn miró por entre las hojas. Al otro lado no había más que ruinas: montones de cascotes lavados por las lluvias de siglos, atravesados en ocasiones por una herrumbrosa viga, una pared medio derruida. El lugar estaba desierto. Horn atravesó el agujero y se dejó caer al pie del árbol. Wu le siguió con un ahogado suspiro de alivio.

Horn se arrastró hasta la medio derruida pared y miró por encima con precaución. Reprimió una exclamación.

—El monumento a la Victoria…

La inmensa mole se alzaba contra el cielo del mediodía, a ochocientos metros de distancia, donde antes estuvieron los docks de Marte de la vieja Sunport. Pero ni siquiera Sunport, en su época de mayor brillo, habría podido construir aquéllo.

Su base estaba formada por un inmenso cubo negro, con un hemisferio también negro en su parte superior, y tenía por lo menos novecientos metros de altura. Elevándose sin fin encima de aquel rotundo pedestal había una gran columna cilindrica. Estaba revestida de luxon y brillaba con las continuas ondas de colores en movimiento. De color rojo sangre en su punto de unión con el hemisferio negro, iba cambiando a lo largo de su altura en anaranjado, amarillo, verde, azul, índigo y violeta. Su extremo se fundía en un brillante blanco.

Coronando el pilar, a cuatro kilómetros por encima del suelo, había una enorme esfera de un gris de acero, lisa y sin relieve excepto en los polos. Allí, miles de finos radios dorados se erizaban en todas direcciones.

—¡Eso es Eron! —dijo Wu al lado de Horn.

—Nunca lo he visto —dijo Horn.

—Es una buena reproducción —dijo Wu—. Ése es Eron. Es su peñasco, supongo. Vamos a ver cómo lo hace rodar montaña abajo.

Horn separó sus ojos del monumento y estudió el lugar que lo rodeaba. Sólo alrededor del vasto perímetro de la meseta eran visibles las ruinas, y el otro lado estaba tan lejano que se confundía con la gris lejanía. En el resto de aquel inmenso lugar las ruinas habían sido enterradas bajo una superficie lisa como el mármol, recubierta de pinturas murales.

—Sunport —dijo Wu en voz baja—. La construyeron alta y orgullosa, sobre las ruinas de una ciudad llamada Denver, de modo que estuviese más cerca de las estrellas. Al igual que Eron, dominó al mundo conocido. La leyenda dice que un gran caudillo bárbaro saqueó la ciudad en su momento de mayor esplendor. Condujo sus bandas nómadas sobre la ciudad, dice la leyenda, y la arrasó para ofrendar al Sol su poderío y su perversidad.

—Eron también puede ser destruido —dijo Horn.

—Un caudillo… —rió Wu—. No debemos creer en las leyendas. Sunport había muerto mucho antes. Creada por una necesidad histórica, murió cuando su utilidad terminó. Aquel héroe tribal no hizo más que incinerar un cadáver.

Horn se encogió de hombros. Habían otros problemas más inmediatos; su atención estaba fija en la multitud que se apiñaba sobre la superficie de las enterradas ruinas.

Encima de gigantescas columnas, en uno de los lados del cubo negro, se alzaba una amplia plataforma. Evidentemente provisional, tenía sin embargo la solidez de algo permanente. Como los anchos escalones que se alzaban hasta ella, la plataforma era de brillante y dorado plástico. Emergiendo debajo de la construcción, tendidos a través del campo, habían unos profundos y metálicos caminos. Frente a la plataforma se extendían semicírculos de asientos, en hileras capaces de acomodar a muchos miles de personas.

Los pabellones mostraban una nota alegre de color en todas partes. Moviéndose entre ellos estaba el Pueblo Dorado. No cabía duda que había muchos más aquí, pensó Horn, que los que se habían reunido en cualquier otra parte antes de aquel momento. Debajo de él se agitaba la aristocracia de Eron, los herederos del Universo, orgullosos, llenos de poder, arrogantes… y afeminados. Ni uno solo de ellos era capaz de hacer lo que él había hecho para llegar hasta allí.

Las voces danzaban hasta Horn, su risa y su alegría, aguda y nerviosa. Sonaban como la música para una última y frenética danza antes de la disolución. No eran otra cosa que sanguijuelas, vampiros. Seria agradable poseer el poder de aplastarlos a todos. Los blancos y anémicos mundos le bendecirían, y recobrarían su salud y fortaleza.

Pero sólo uno de ellos iba a morir. Sólo tendría tiempo para uno.

El Pueblo Dorado no constituía ningún peligro. La amenaza estaba en el poder que habían comprado. Los Guardias, extendidos por todo el campo, sobrepasaban en número a sus amos. Formaban una línea por todo el perímetro de la pavimentada meseta, vigilantes y alertas. Había patrullas de guardia en sitios estratégicos; se agrupaban alrededor de la base del negro cubo. Parecían extraordinariamente altos, aún a esa distancia. Eran los hombres de la Guardia Selecta, los Lanceros Denebolanos, con sus tres metros de estatura.

No era cuestión de tenerles miedo. No eran más que una complicación que debia ser estudiada.

Altos monolitos se elevaban en los bordes de la meseta. Los formaban las altas y negras espiras de los cruceros de Eron, con sus diámetros de cien metros y largos de medio kilómetro, empequeñecidos sólo por el monumento. Dos anchos y dorados anillos, a proa y popa, servían para el tránsito por los Tubos. Nada se proyectaba más allá de los anillos; se decía que impedían que la nave tocase las mortales paredes del Tubo.

Había nueve de esos monolitos, cada uno de ellos una esbelta, eficiente y despiadada máquina guerrera. Cada uno de ellos llevaba doce cañones de treinta pulgadas. El empuje de sus campos unitrónicos podía lanzar proyectiles de doce toneladas con suficiente velocidad para que quedasen vaporizados por el impacto. Un solo disparo podía destrozar una montaña.

Sólo los cañones, normalmente agazapados en las bajas torrelas de los largos cascos de hierroN, se movían sin cesar en busca de posibles blancos en el pálido cielo o en las montañas que parecían cercanas, pero que en realidad estaban a muchos kilómetros de distancia. No encontraban nada en qué fijar su continua búsqueda.

Otras naves estaban en el cielo y en el suelo: cruceros ligeros, naves rápidas de exploración… Eron guardaba a sus amos con el mayor cuidado.

Una pequeña pistola, contra la masiva fuerza que había aplastado una constelación de estrellas. No era una lucha demasiado desigual. Horn no iba a luchar contra los cruceros espaciales, y la fuerza bruta no resulta eficiente para cazar mosquitos. Sólo se necesita una pequeña bala para matar a un hombre.

Creían que ochocientos metros era un alcance imposible para una arma portátil. Horn sonrió sombríamente. Eron parecía desconocer sus propias armas.

Algo silbó por encima de él. El instinto obligó a Horn a lanzarse al suelo cubierto de maleza, y luego volvió la cabeza para mirar hacia el cielo. La fantástica masa negra de un crucero pesado estaba suspendida encima de ellos, su casco levemente luminoso con un color iridiscente, que indicaba la infinitesimal pérdida de energía del campo unitrónico que lo sostenía e impulsaba.

Wu se sintió poseído por el terror, y se puso en pie de un salto. Con una mano, Horn lo tiró sin ceremonias en medio de la maleza y lo mantuvo quieto.

—¡Cállate y sigue tendido! —le gritó por encima del zumbido del crucero.

Wu se estremeció, su rostro hundido en el polvo.

—Oh, mis sabios antepasados, protegedme…

Suavemente el gigantesco casco descendió desde lo alto, pasó por encima de ellos a unos cien metros de altura y se detuvo en los límites del campo. Un colosal trípode de aterrizaje surgió de sus entrañas y mordió el duro suelo de la meseta. El terreno tembló debajo de ellos. Detrás se escuchó el distante trueno de un derrumbamiento. Horn pensó en el túnel y rogó, por un instante, que no hubiera quedado bloqueado.

Levantó la cabeza por encima de la pared, derribada ahora hasta tener sólo la mitad de su altura anterior. Aún podía ver el monumento y la plataforma levantada delante de él. El crucero pesado le servía a él en vez de a Eron: era un buen escudo contra un observador casual.

Miró hacia arriba, a la torre negra… y Lil llegó a través de su campo visual. Por primera vez se dio cuenta de que el pájaro había desaparecido de su lado.

—Los guardias son tan gruesos como los piojos en la cama de un mendigo —informó Lil—. Pero no debemos preocuparnos por esos monstruos. Un hombre provisto de armadura no concede ninguna atención a las hormigas que se arrastran a sus pies.

Wu gimió, intranquilo:

—¿Por qué no podrá un hombre recoger un puñado de diamantes, sin tener que arriesgar su vida? ¿Era necesario que la Compañía nos enviara naves suficientes para hacer estallar todo el planeta en átomos?

Horn separó la pistola del cordón elástico que la unía a su hombro. Aquello no iba a restarle eficiencia a su arma, pero podía ser un riesgo que no deseaba correr.

Con la rápida seguridad de un guardia veterano, desmontó el arma. Hizo salir de la culata la compacta y chata célula dianódica. Sus elementos de grosor molecular almacenaban la energía de una tonelada de explosivos químicos. El pequeño cargador de cincuenta proyectiles estaba bien engrasado; las balas se deslizaban fácilmente. El cañón rayado en espiral estaba limpio y brillante.

Todo funcionaba perfectamente. Cuando apretase el gatillo, una bala, blindada contra la fricción atmosférica, dejaría el cañón del arma con la velocidad de uno de los antiguos obuses.

Wu miró a las piezas de la pistola y se estremeció.

—Tengo la impresión de que todas estas precauciones son para usted —dijo lentamente—. Se lo ruego: ¡no use esa pistola! La muerte de un hombre no significa nada… excepto para él mismo. Y la muerte que guarda esa pistola es la suya.

Horn miró en silencio a través de la mesa hacia el monumento y pensó de nuevo: ¿Por qué estoy aquí? «Para matar a un hombre», se contestó a sí mismo; «para realizar una tarea que nadie más podía llevar a cabo».

—Un hombre de lucha —dijo Lil de repente— es un compañero peligroso.

—Tienes razón, Lil —dijo Wu—, como de costumbre.

Antes de que Horn pudiera detenerle, el gordo anciano agarró su maltrecha maleta y saltó la pequeña pared con sorprendente agilidad en un hombre como él. Mientras Horn escuchaba como se deslizaba por el lado de fuera, sus manos trabajaban a toda velocidad volviendo a montar la pistola.

Pasó el cañón del arma por encima de la pared y la volvió a retirar lentamente. Wu y el loro ya estaban mezclados con la multitud que se extendia más abajo. Un disparo no haría otra cosa que atraer la atención hacia aquel lugar.

Sin embargo… Horn se sumió en uno de sus raros momentos de reproche hacia sí mismo. Éste era el precio de su indulgencia. Era obvio que el amarillo le vendería para salvar su propia y vieja piel.

Horn se encogió de hombros. No podía hacer otra cosa que esperar.

 

LA HISTORIA

Los secretos no lo son por mucho tiempo. Las leyes de la naturaleza están escritas duplicadas en los átomos, que las revelan con idénticos fenómenos en todas partes, para que la inteligencia las comprenda. La inteligencia no puede ser monopolizada.

Sin embargo, un secreto lo fue durante mil años.

Muchos hombres murieron para conquistar el secreto de Eron: científicos, espías, patrullas de asalto. La teoría, las matemáticas, los detalles técnicos estaban al alcance de cualquiera en gruesos manuales y en aún más gruesos libros de texto. Los técnicos de Eron capturados por el enemigo podían construir Terminales, pero no podían unirlas con un Tubo. Una sola cosa les faltaba: lo imponderable, algo imposible de adivinar. El secreto de Eron.

De las muchas formas de guardar un secreto, sólo una es perfecta: no decírselo a nadie. Pero algunos secretos no se debe permitir que mueran.

Alguien tenía que conocerlo. ¿Quién? ¿Los Consejeros? ¿El Director? Por lo menos uno de ellos estaba siempre presente cuando un nuevo Tubo era activado.

El secreto, ¿en qué consistía? ¿Quién lo conocía? Eron lo guardaba celosamente.

Porque si todos los hombres pudieran construir puentes, ¿quién pagaría el peaje?

Capítulo V

ASESINO

Los segundos transcurrieron lentamente, pero pasaron sin que se produjese la esperada alarma. El pulso de Horn comenzó a tranquilizarse. Se arriesgó a lanzar otra mirada por encima de la pared, la pistola apretada en su mano sudorosa. Nadie miraba en aquella dirección. No se veían guardias entre la multitud que se apretaba alrededor de Wu y de Lil.

Wu estaba de pie encima de su abollada maleta arengando a los curiosos entre el Pueblo Dorado con poderosa voz llena de atrevida confianza. Algunas de las palabras llegaron hasta Horn.

—…¡Reyes del Espacio! Constructores del poderoso Eron… llegados para visitar al mundo madre. Deteneos un momento y contemplad su última maravilla…

Lil estiraba sus rotas alas de plumas posada en el hombro de Wu, con su único ojo fijo en alguna cosa entre la multitud. Los conquistadores eran altos, rubios y orgullosos. Hasta los hombres iban lujosamente vestidos con abultados pechos, y sus piernas de una simetría femenina estaban cubiertas de gruesa plastiseda y de pieles. Y joyas. Un gran diamante brillaba con reflejos prismáticos desde la garganta de una gruesa matrona.

—…el pájaro con un cerebro humano —gritaba Wu con voz nasal—, educado en las artes secretas del cálculo…, dará la solución correcta a cualquier problema matemático que queráis presentarle…

La matrona vestida de púrpura empujó al loro con un bastón incrustado de joyas y dijo algo que Horn no pudo distinguir.

Lil voló hasta el extendido índice de Wu y empezó a chillar.

—Dos y dos son cuatro. Cuatro y cuatro son ocho. Ocho y ocho…

Wu movió la mano y Lil cerró el pico.

Un hombre alto se abrió camino a codazos hasta la primera fila. En su guerrera ostentaba la estrella dorada en oro y piedras preciosas de un navegante espacial retirado.

—Aquí tengo un problema para ti —gritó, con voz aguardentosa—. Dime los elementos de la curva sinérgica para una nave unitrónica que penetre en un sistema binario del tipo G subcuatro a cuarenta y seis grados relativos al plano de la eclíptica, y se prepare a aterrizar en un planeta de masa dieciocho con una órbita E3. Desaceleración constante a 80 gravedades. Planeta a ocho grados después de la conjunción relativa.

Wu se volvió rápidamente y dijo algo a la multitud, pero Lil se lanzó desde el dedo de Wu hasta posarse en el hombro del oficial, graznando con una burda imitación de la voz del hombre.

—Hallará que la curva sinérgica es del tipo y18, con un factor e partido por c, más una corrección para el campo de gravedad de punto cero, cero, nueve, cuatro.

El hombre miró a su alrededor completamente sorprendido.

—Sin embargo, al completar la solución del problema —continuó Lil con tono de burla— descubrirá que semejante aterrizaje sería poco aconsejable. Una órbita E3 para un planeta de masa dieciocho situado en un sistema binario del tipo G subcuatro, es básicamente inestable. En realidad, cuatro horas después de cruzar la órbita E3, el planeta en cuestión chocará con el Sol inferior.

El oficial abrió la boca y respiró profundamente. Sacó un manual de astrogación y un pequeño computador de uno de sus bolsillos y empezó a calcular a toda velocidad.

Lil voló de nuevo hacia Wu. Horn observó que el diamante blanco no seguía en el centro de la estrella dorada del navegante espacial.

Las trompetas resonaron en todo el campo. La vasta bestia ―parecida a una ameba― que era la multitud, detuvo su insensata agitación y se quedó inmóvil, con los ojos fijos en dirección a Horn. Se dejó caer detrás de la pared, con el corazón latiendo violentamente.

Pero no oyó el ruido del asalto, ni el disparo de los cañones. Sólo el metálico clamor de las trompetas. Horn esperó, hasta que la espera se le hizo insoportable. Su cabeza se alzó de nuevo, sin que pudiera evitarlo.

Las compañías de guardias habían despejado cinco avenidas desde los cruceros pesados en el perímetro del campo hasta el monumento en el centro. Una procesión se había iniciado desde el otro lado del campo en dirección al monumento. Una compañía de arrogantes lanceros Denebolanos la precedía, sus pasos de dos metros cubriendo la distancia sin esfuerzo aparente. El brillante esmalte en sus armaduras de hierroN era azul. También eran azules los airones de sus erguidas lanzas de ceremonia. Enfundadas al costado, llevaban las grises pistolas unitrónicas.

Un resplandeciente coche azul les seguía, flotando a un metro por encima del suelo. Su forma de torpedo se detuvo al pie de los escalones que conducían a la plataforma. Horn levantó la pistola hasta sus ojos y contempló a través de la mira telescópica al que descendió del coche. Era un hombre joven. Subió ágilmente las escaleras, alto, la espalda recta, delgado en la cintura y ensanchándose en los hombros bien musculados. Cuando se volvió, el aplauso retumbó contra las montañas.

Tenía el rostro de un joven, dorado con la sangre pura de Eron, duro y lleno de confianza y orgullo. Ahora sonreía, y Horn le reconoció: era Ronholm, Consejero de Comercio.

A lo largo del segundo sendero, otra procesión se acercaba ya. Su color era el verde. Verde por Transporte, tradujo Horn. El delgado y aristocrático Fenelon subió los escalones sin prisa y volvió su rostro aquilino hacia la multitud. Tenía los ojos hundidos y dominantes. Contemplaron con imperio al gentío, exigiendo su homenaje, y su poderosa fuerza de voluntad arrancó un aplauso de la muchedumbre.

Los demás fueron llegando con mayor rapidez. El siguiente fue el color anaranjado. Matal, Consejero de Energía, jadeando, mientras hacía subir su grueso y bajo cuerpo por los escalones, con una ancha sonrisa, sus amarillas mejillas temblando mientras saludaba a los que le aplaudían. Pero la mira de la pistola acercó su rostro a Horn, y éste vio los ojos, casi ocultos por la hinchada carne, mirando calculadores a la multitud que se apretujaba delante de él y luego moviéndose para mirar a los hombres que estaban a su lado. Ambición, pensó Horn, ambición y gula.

Luego, negro. El negro del Consejero de Seguridad. El negro de Duchane, quien no llegó en otro de los esbeltos coches unitrónicos. Iba montado a lomo de uno de sus perros negros. La masiva bestia, de casi dos metros de alzada, se arrastró por los escalones cuando Duchane le hizo subir hasta la plataforma.

Duchane descendió de la silla y ordenó sentarse al monstruo, con la boca babeante, como una sombra de ojos enrojecidos, en la parte de atrás de la plataforma. La multitud se quedó silenciosa, pero aquello pareció un homenaje adecuado para Duchane.

El cuadrado y poderoso rostro que dominaba el pesado cuerpo miró por encima de las cabezas del gentío que estaba más allá de las graderías con una leve sonrisa de satisfacción. Su rostro era anguloso. Con sus ojos y cabellos negros, parecía un extraño entre aquel pueblo rubio, pero Horn sabía que era uno de los hombres más poderosos de Eron. No había duda de que era el que obtenía mayor placer de aquel momento de triunfo… Despiadado, cruel, con ansias de poder, Duchane era el hombre más odiado del Imperio. Sus agentes estaban en todas partes; su poder era casi absoluto.

Duchane miraba casi directamente hacia Horn, y éste se escondió detrás de la pared. Con un dedo tapando el cañón de su arma, la cubrió de polvo cuidadosamente. Cuando volvió a colocarla por encima de la pared, ya no temía el peligro de que un leve reflejo de la luz del sol le traicionase.

Los ojos de Duchane se habían desviado un poco.

Horn vio ahora qué era lo que estaba mirando. Una quinta procesión se había separado del crucero pesado delante de él. Estaba ya a medio camino del monumento antes de que pudiera verla. Su color dominante era el oro. El oro de Comunicaciones.

Horn contempló a través de la mira telescópica al solitario pasajero del dorado coche. Los suaves hombros dorados y el cabello rubio que los cubría sólo podían pertenecer a Wendre Kolhnar. ¿Sería tan hermosa como su imagen en la moneda de cinco kellons? Era algo imposible, pensó Horn; no existía mujer que pudiera ser tan hermosa.

Pero cuando la muchacha ascendió los escalones de la plataforma, erguida, esbelta y altiva, Horn retuvo el aliento sin darse cuenta de ello. Esperó a que Wendre se volviese y cuando lo hizo, Horn contuvo su admiración al contemplar el adorable rostro que llenaba la mira de su arma. Era una mujer digna del nombre de Eron, dueña de la Galaxia.

Su brazo desnudo se alzó en medio del estruendo de los aplausos; su cabeza, coronada por la misma diadema de diamantes blancos que presentaba la efigie en las monedas, se inclinó en un saludo, aceptando el homenaje de su pueblo. Cuando levantó la vista, sus ojos parecieron mirar de lleno en los de Horn. Unos ojos oscuros, grandes, límpidos e inteligentes.

Horn apartó los suyos.

Las trompetas lanzaron una nueva y más violenta nota. Y luego todo enmudeció.

La procesión plateada del Director se aproximaba a la plataforma. Los uniformes de sus Guardias eran plateados; el coche de plata. También era plateado el cabello de Kolhnar mientras permanecía sentado en el interior del coche, al pie de las escaleras. Ya no era duro y rojizo como aparecía en la moneda. El Director esperó y dos gigantescos lanceros se adelantaron, lo alzaron de su asiento y le ayudaron a subir los escalones.

¿Qué le sucedía a Kolhnar?

Una vez en la plataforma, se volvió, agarrándose a la barandilla y levantó una mano a los miles que estaban delante de él. Era un signo de victoria. El Pueblo Dorado estalló en gritos y vítores.

Ellos no podían ver lo que veía Horn, casi sin poder creer a sus propios ojos. A través de la mira telescópica, el rostro aparecía como el de una mujer vieja. La arrugada y amarillenta piel caía en flojos pliegues. Las mejillas estaban fuertemente pintadas de rojo. Los labios, coloreados de escarlata, y las cejas depiladas marcadas con un lápiz negro. La carne había desaparecido de la nariz; era como un delgado y amarillento pico.

Su rostro denotaba paciencia, astucia y una voluntad despiadada. Poseía todo el poder de sus consejeros y los mantenía encadenados a su voluntad de hierro. Pero el Director de la Compañía, y a través de la Compañía, de Eron, y a través de Eron, del Imperio, no era más que un hombre que se moría. Había consumido toda su vida en una larga lucha por el poder, y en utilizar aquel poder para conquistar a la Constelación.

Ahora, en el instante de su triunfo y aquí, encima de las ruinas del mundo desde el que la raza humana se lanzó hacia las estrellas, cuando Eron era el dueño indiscutido de toda la Galaxia habitada por humanos, Kolhnar se moría.

Mientras los Consejeros se retiraban a los asientos colocados al fondo de la plataforma, Kolhnar apretó la barandilla con amarillas y temblorosas garras. Debajo de su maquillaje, los fofos pliegues de su piel tenían un color gris enfermizo, y su frente estaba bañada en sudor. Pero cuando empezó a hablar y los amplificadores recogieron sus palabras para lanzarlas hasta el último rincón de aquel inmenso campo, su voz sonó firme y dura.

—Hombres de Eron —restalló—. Hijos de la Tierra. Estamos aquí para celebrar, no la victoria de Eron, sino la victoria del hombre. Las naciones, los mundos y los imperios han ganado muchas batallas. También han perdido muchas. Y al fin comprendieron que no importa si ganaron o perdieron. La única victoria que debe alcanzarse es la del hombre. Y por lo mismo hemos regresado aquí para celebrar una victoria más en la larga y gloriosa historia de sus conquistas. Hemos vuelto a nuestro origen, a la Tierra, al mundo madre. Pero vayamos aún más atrás. Volvamos al principio.

Kolhnar se detuvo. Su respiración era entrecortada y laboriosa, mientras su tembloroso dedo hallaba el botón adecuado en el panel a su frente. Contra el severo fondo negro del monumento detrás de él, cobró vida un vasto mosaico, lleno de color, casi real en su proyección tridimensional.

En el fondo apareció el Universo primigenio, un vasto caos agitado por la vida que había de nacer. Más cercana se veía la opaca gloria de la nebulosa en espiral, sus brazos tendidos, mientras giraba lentamente. Y contra ella ardía una resplandeciente hilera de Soles ilustrando la secuencia de la evolución estelar. Gigantes rojas contrayéndose. Los planetas condensándose lentamente. En una esquina de la escena aparecía la hermosa Tierra. Y en el otro extremo el duro Eron.

—Del caos, nació la vida —dijo Kolhnar—. Y de la vida, el orden.

Apretó otro botón. La escena giró al otro lado del cubo y fue reemplazada por otra.

Era la Tierra, y la evolución de la vida. A la izquierda del amplio panorama, algo informe ―pero vivo― se arrastró fuera de un mar primordial. Los monstruos luchaban en las hirvientes selvas. Un troglodita encendía el primer fuego para defenderse del frío estremecedor. Los hombres cazaban, plantaban y cosechaban, y luego llevaban sus frutos sobre las primeras ruedas a los mercados de pequeños pueblos que crecían hasta convertirse en imperios, con orgullosos soldados que marchaban en formaciones cerradas. Los imperios surgían y caían, pero el hombre continuaba, construyendo siempre más alto y mejor, combatiendo entre sí y volviéndose a levantar hasta que construyó las torres de Sunport, listo para alcanzar las estrellas. A la derecha, Roy Kellon, el legendario padre del Pueblo Dorado, estaba de pie en la escotilla del Nova, para partir en su primer viaje interestelar.

—Y para eso, el hombre construyó, sufrió y trabajó, para poder reclamar su patrimonio: las estrellas.

Kolhnar apretó un botón. La escena en el negro cubo se disolvió y otro panorama apareció: Eron. Brillaba frío y con el gris del acero, como la gran esfera por encima de sus cabezas. Al igual que en ella, los radios dorados radiaban hacia los últimos rincones del Imperio. Este era el gran nudo de comunicaciones que lo conectaba todo a Eron, las estrellas cercanas y las más lejanas. Estrellas de todas clases: gigantes y supergigantes, densas enanas blancas y débiles, las rojas y las azuladas, blancas y amarillas de toda la Galaxia. En todas partes donde había vida y beneficios, llegaban los Tubos para verterlos hacia Eron. Y un enorme Tubo se tendía lejos, a través de la Galaxia, hasta el corazón de la gigante Canopus.

Eron. Una gorda araña gris, pensó Horn, sentada en el centro de su telaraña dorada, esperando el estremecimiento que anunciaba la captura de otra víctima.

Horn se encogió de hombros, mientras el Pueblo Dorado gritaba sus vítores de júbilo: «¡Eron! ¡Eron! ¡Eron!», hasta que sus gritos resonaron contra las montañas.

—¡Sí, Eron! —dijo Kolhnar, y su voz aumentada muchas veces ahogó el griterío—. Pero mucho más que eso: ¡El hombre! La mayor conquista del hombre…, la civilización de las estrellas. ¡Eron! Vértice del hombre, una gran cultura que parte de Eron en todas direcciones hasta una distancia de quinientos años luz, sólo posible gracias a Eron. Y ahora…, ¡la más reciente victoria de Eron!

Su mano apretó otro botón.

Detrás de él apareció la Constelación. En primer término las colosales ruinas de la última fortaleza arrasada en Quarnon IV. La rendición de Peter Sair. Pequeño, enérgico, de cabellos blancos y envejecido, el Liberador se arrodillaba delante de un erguido y severo Kolhnar y firmaba las cláusulas de la capitulación. Detrás de Sair se veían las filas arrodilladas de sus vencidas tropas, recibiendo sus discos amarillos numerados. Más atrás, como un símbolo, esclavos numerados trabajando en los campos, minas y fábricas debajo de los amenazadores cruceros negros de Eron, con sus anillos de oro.

—¡Victoria! —la voz de Kolhnar era ronca y baja—. No para Eron: para el hombre. Aquellos que desafían a Eron, desafían no al Imperio, sino a la grandeza del hombre. Que sea ésta su respuesta. Eron conservará el destino del hombre y su legado, las estrellas, fuertes y unidas. Ésta es la misión de Eron. Ella no permitirá que muera, aunque nosotros y muchos más tengan que perecer para conservarlo. Ahora, como un símbolo de continuidad en la lucha del Hombre, dedicamos este Tubo, que unirá a Eron con el lugar desde el cual nuestros antepasados lanzaron las primeras naves hacia las estrellas.

Detrás de él, los Consejeros se adelantaron. Wendre se puso a su lado y pasó su brazo derecho alrededor de su padre. Duchane y Matal se colocaron a su derecha; Fenelon y Ronholm a su izquierda. Kolhnar descansó su mano encima de un interruptor de oro colocado encima de la barandilla; los otros pusieron sus manos encima de la de él. Todas las manos se movieron al unísono hasta establecer el contacto.

El Tubo apareció de repente, dorado y real, surgiendo del otro lado del cubo negro hacia el Este, elevándose a través del aire, lanzándose hacia el espacio, atravesando los treinta años luz que separaban la Tierra de Eron.

Los ojos de Horn le siguieron más y más lejos hasta que la distancia lo empequeñeció hasta parecer un hilo y luego éste también desapareció. Se preguntó si sólo sería la perspectiva la que hacía disminuir el diámetro de cien metros hasta cero. Recordó, vagamente, haber leído algo sobre un estrechamiento real…

La Tierra y Eron, unidas ahora por segunda vez, atadas por un nuevo cordón umbilical. No para alimentar a la madre, gastada y yerma por las largas agonías del parto, sino para absorber las últimas y lentas gotas de su vida.

El Imperio, encadenado por esas cuerdas doradas, alimentaba en su vientre a una enorme y voraz criatura. Había crecido demasiado para desarrollarse como un ser independiente. Debía proteger esos cordones… o morir de hambre.

Es extraño, pensó Horn, que la fuerza lleve en sí la semilla de la debilidad. Debido a ser tan fuerte, Eron se había convertido en el mundo más incapaz de valerse por sí mismo de todo el Imperio.

Sin embargo, contemplando el Tubo, Horn no pudo negar su evidente belleza.

Sus ojos se deslizaron por el cordón dorado. Un buharro del desierto chocó incauto contra el Tubo y ardió brillantemente por un instante. Aquí y allí, a lo largo del Tubo se veían rápidos centelleos producidos por los insectos que se estrellaban ciegamente contra él.

Eso era el Tubo. Su belleza era mortal. Belleza para Eron, alimento para la voraz criatura. Para todos los demás, representaba la muerte.

Los guardias se agitaron cerca de la plataforma. Horn miró hacia abajo y vio como los gigantes Denebolanos arrastraban a un hombre de debajo de las escaleras. Horn miró por el telescopio y vio a Wu. El andrajoso anciano protestaba con todas sus fuerzas y se agarraba con desesperación a su abollada maleta. No se veía a Lil por ninguna parte. Wu fue arrastrado lejos de allí y Horn observó que llevaba colgado del cuello un enorme y rojo carbunclo en el que no se había fijado antes.

Los labios de Horn se curvaron en una lenta sonrisa. De modo que habían capturado al ladrón, pero no al asesino.

La mira volvió a recorrer las escaleras hasta llegar al grupo en el centro de la plataforma, ahora un poco separado, mientras aceptaba los gritos de entusiasmo de su auditorio.

Como el dedo del Destino, la mira se movió a través de los rostros de los dueños de Eron.

El joven y orgulloso Ronholm, encendido de triunfo.

El delgado y sardónico Fenelon, lleno de desprecio para la multitud.

Wendre Kolhnar, radiante y bella, sosteniendo el brazo de su padre con su fina y dorada mano.

El agonizante Kolhnar, parpadeando a la luz del Sol, su rostro rígido por el esfuerzo de mantenerse en pie.

Duchane, poderoso y arrogante; sus ojos escudriñando sin cesar entre la multitud, en busca de aquellos que no les vitoreaban o que les aclamaban sin entusiasmo.

El bajo y gordo Matal, sus ojos diminutos calculando qué parte del aplauso iba dedicada a él.

¿Cuál de ellos? La pregunta era innecesaria. Horn sabía de antemano a quién iría destinada su bala. Esa era la razón por la que se encontraba aquí. Para matar a un hombre. Para derribar a un hombre desde la emboscada. La mira de la pistola unitrónica vaciló.

¿Por qué estoy aquí? La respuesta esta vez fue algo distinta: porque alguien quiere que este hombre muera. No tenía nada que ver con él. No era más que un instrumento. De repente, se irritó contra aquello, se irritó contra la necesidad de hacer algo en lo que no estaba interesado. El llegar hasta allí fue diferente. Ahora la cosa era demasiado fácil y desagradable.

Pero era necesario hacerlo. Había aceptado el dinero en pago de sus servicios. El trabajo aún tenía que realizarse.

Las líneas cruzadas de la mira se fijaron en el hombre que moría. Horn graduó la pistola con precisión, estimó la velocidad del aire y miró por última vez a través de la mira telescópica. La pistola, apoyada encima del muro, no se movió. El Director de Eron parecía estar a sólo unos metros de distancia. El símbolo del Imperio esperaba a su verdugo.

Lentamente el dedo de Horn apretó el gatillo. La pistola saltó, muy levemente. Por un segundo Kolhnar miró a su alrededor, con una expresión de infinita sorpresa y luego su rostro se hundió, y su cuerpo cayó suavemente hasta el suelo.

 

LA HISTORIA

La exploración de las estrellas…

Aquel extraño y maravilloso período después de la ruptura de la primera civilización interplanetaria. Aquel irresistible impulso que esparció la semilla del hombre a cientos de años luz a través de las estrellas. La época de luchas y aventuras, de maldad y heroísmo.

Hubo héroes en aquellos días, hombres más grandes que la realidad y cuya figura se magnificó por la leyenda. Hombres como Roy Kellon, se convirtieron en los semidioses de una nueva mitología.

El hombre no emergió de la exploración de las estrellas siendo el mismo. Los motores de las primeras naves interestelares estaban mal protegidos; eso lo hizo cambiar. Los mundos que colonizó también le modificaron. El aislamiento le hizo variar, e hizo remontar a sus antepasados hasta los héroes y los semidioses.

De orígenes semejantes debe surgir el superhombre. Pero los cambios eran insignificantes. Los hombres aún eran hombres, inclusive los gigantes denebolanos de tres metros, que formaban la guardia selecta de Eron.

Hasta el Pueblo Dorado de Eron, que vivía, amaba y moría como todos los demás hombres.

Sin embargo, no se debe dejar de tener en cuenta la importancia psicológica de una pequeña variación en el pigmento de la piel humana.

¿Cómo se puede definir al superhombre? El Pueblo Dorado podía hacerlo…

 

Capítulo VI

LA HUIDA

La escena se heló bajo el sol de la tarde. Toda la eternidad pareció concentrada en un instante, inmóvil e inamovible. Y luego… el caos.

Los Consejeros se esparcieron. Sólo Wendre permaneció en su sitio, arrodillada al lado de aquella cosa caída que fue su padre, y luego levantóse, enhiesta e impávida, para escudriñar los límites del campo.

Horn mantuvo su rostro en la mira, como una caricia. Su dedo no se apoyaba ya en el gatillo.

Los guardias llegaron a la plataforma a la carrera y sus filas se convirtieron en un escudo viviente de tres metros de alto. Lo último que Horn pudo ver fue el negro cuerpo del perro de Duchane. Estaba muerto al pie del monumento. La bala había atravesado el cuerpo de Kolhnar para herir de muerte a otro asesino.

Los amplificadores empezaron a dar órdenes con voz firme y poderosa. Ha de ser Duchane, pensó Horn. La voz era rápida y precisa. Nadie debía moverse de su sitio excepto los guardias, y éstos debían formar a las órdenes de sus oficiales al lado del monumento.

Las naves de vigilancia surgieron hacia el cielo, catapultadas por los cruceros pesados, y empezaron a trazar círculos en el aire con equívoca lentitud. Las compañías de guardias empezaron a moverse partiendo del monumento, encerrando entre sus filas un sector triangular. Su vértice era el cuerpo de Kolhnar y su base comprendía, sin vacilar, el escondite de Horn en el hueco detrás del muro.

—El Director ha muerto —dijo Duchane lentamente. Su voz anunciaba el sacrilegio y la desecración.

Por primera vez, Horn comprendió lo que había hecho. Para Eron, aquello era un sacrilegio horrendo. Horn había roto en mil pedazos el símbolo del Imperio, y Eron no descansaría hasta capturarle y castigarle. Todos los recursos de Eron se emplearían en su búsqueda.

Los factores psicológicos son casi tan importantes para los Imperios como las flotas que pueden reunir o la potencia de fuego de sus armas. Una sublevación sería fútil, es cierto; Eron aún podía aplastar a un mundo en pocas horas. Pero si la rebelión estalla aquí y allí, continuamente, si las corrientes comerciales se cortan, si los mismos mercenarios empiezan a agitarse…, todo aquello podía hacer temblar los cimientos de Eron.

El dominio de Eron descansaba sobre un pedestal de omnipotencia. No existían distancias demasiado grandes para el alcance de su flota; ninguna ofensa era demasiado pequeña para que su dignidad dejase de tenerla en cuenta. Los conquistadores viven mientras siguen conquistando; la primera derrota es la señal para que los conquistados se levanten contra ellos.

Omnipotencia. ¿De qué otro modo podía el Imperio controlar una población conquistada que excedía en número al Pueblo Dorado en un millón de veces? Pero si alguno vez los mundos esclavos llegaban a sospechar que el pedestal estaba agrietado…

Eron tenía que capturar al asesino; si no para vengar el ultraje, al menos como fría norma política. ¡Debía hacerlo! No repararía en medios ni en esfuerzos hasta conseguirlo. Y una vez capturado, su castigo sería ejemplar. Largo, doloroso y público.

Horn se pasó la lengua por los labios. Un Imperio contra un solo hombre. Era como una sentencia de muerte. Su pecho se levantó, llevando con fuerza el aire hasta sus pulmones. El aire le parecía agradable y el calor del sol confortante, como si sus días ya estuvieran contados.

Horn movió la cabeza con violencia para desechar aquellos pensamientos. Aún estaba vivo; primero tenían que cogerle. Y él procuraría que no le capturasen.

Los guardias casi habían llegado a la base del crucero pesado que se alzaba muy cerca de Horn. Los buharros que trazaban lentos círculos en el aire eran metálicos y esperaban su presa. Debía salir de allí cuanto antes.

Horn se deslizó a través de las ramas del enebro y volvió a entrar por la oculta boca del túnel. Mientras se volvía de espaldas a la luz, unió de nuevo la pistola al cordón elástico que llevaba alrededor de su hombro y dejó que éste la sujetase cerca del sobaco izquierdo. Unos cientos de pasos más adelante, su mano encontró la antorcha que había dejado apoyada en la pared. Un momento más tarde, la llama iluminaba su camino.

El paso del fugitivo era rápido, pero rítmico. Cuando los músculos deben enfrentarse contra las naves de guerra, la prisa no tiene sentido. Sus perseguidores le buscarían en el desierto mucho antes de que el fugitivo llegase allí. Pero ¿cuánto tardarían en encontrar la boca del túnel? El hombre empezó a correr.

Su paso se convirtió en una carrera desatinada. El pánico corría a su lado, a lo largo de las inclinadas rampas, hacia los enormes espacios negros y desiertos, que atravesó corriendo enloquecido. La llama de la antorcha saltando hacia la oscuridad para ser rechazada en el acto. Corre… Corre… Huye…

 

El túnel descendía con una pendiente demasiado inclinada, y terminó de repente en un negro lago. El fugitivo lo contempló bajo la temblorosa luz de la antorcha con los ojos muy abiertos y confusos. Sus jadeantes pulmones empezaron a tranquilizarse y su mente volvió a funcionar de nuevo. Había perdido el camino en alguna de aquellas vueltas durante su loca carrera.

Volvió sobre sus pasos lentamente, y en las grandes cámaras llenas de ecos, trató de reconstruir la situación del túnel perdido. Donde debía estar su entrada, ahora no se veía más que una masa de cascotes. El fugitivo se lanzó de lleno a su tarea, lanzando las piedras detrás de él con creciente energía. La antorcha rozó contra una de las paredes y se apagó, y el hombre siguió trabajando en la completa e impenetrable oscuridad.

Al fin sintió un soplo de aire contra su rostro lleno de sudor. Tenía un espacio abierto delante de él. Pasó por la abertura y echó a correr de nuevo. Una mano se agarraba llena de desesperación a un inútil madero empapado de alquitrán.

Un indefinible aviso hizo que disminuyese la velocidad de su carrera: ¿Un lejano gorgoteo? ¿Un cambio en el eco de sus enloquecidos pasos? Horn se detuvo, mientras su respiración se hacía más tranquila. De nuevo volvió a pensar fríamente, con serenidad. Encendió la antorcha.

La levantó delante de él y a un metro de distancia se abría la negra boca del pozo, hambrienta, insondable. Se acercó con lentitud, mientras sus piernas temblaban de cansancio, y puso un pie en la pasarela, deteniéndose de nuevo.

Recordó cómo se tambaleó Wu un instante antes de caer en el vacío. Había cruzado aquel puente con facilidad sólo hacía unas horas. ¿Qué era lo que ahora le retenía? El perseguido lo sabía; aquella mañana no conocía aún el miedo. Ahora lo tenía a su lado, y todo estaba lleno de su presencia. Su corazón latía violentamente. Su pecho jadeaba tratando de aspirar el aire en grandes bocanadas. Sus manos temblaban.

Porque detrás de él corría una muerte cierta, siguiendo sus pasos. Y delante había incertidumbre. Empezó a adelantar poco a poco sobre la vacilante pasarela, pensando en la profundidad de la sima… y aquel pensamiento le hizo sentirse enfermo y confuso. Se tambaleó, y terminó de cruzar el puente con una torpe carrera.

El pánico se puso a su lado de nuevo, cruzando la sima sin esfuerzo, e hizo correr la adrenalina por sus venas, espoleando su paso. Horn volvió a correr, arrastrándose donde le era imposible la carrera, y se deslizó por donde no podía arrastrarse. Por fin pudo ver un leve resplandor, débil al principio, pero siempre creciente, como una promesa de resurrección en las negruras de la muerte. El perseguido tiró al suelo la antorcha y corrió hacia la luz.

Se detuvo en la salida del túnel, por encima del pequeño valle, y su visión le tranquilizó. El pánico había desaparecido sin que lo notara, y ahora no podía comprender cómo había dejado que le dominase, y le pareció que su larga huida por los negros corredores era algo que había sucedido a otra persona. Había recobrado la razón.

Más de la mitad del valle estaba envuelto en sombras. Pronto las montañas se alzarían delante del sol y el mundo se llenaría de una gris negrura, y poco a poco el cielo se cubriría con el manto de la noche tachonada de estrellas. Cuando eso ocurriera, Horn debía encontrarse ya en el desierto. La noche le ofrecía su única oportunidad. Antes fue su enemiga; ahora le brindaba amistad.

Antes de que oscureciera tenía que encontrarse descansado y seguro de sí mismo. Pero su estómago empezó a quejarse, y Horn comprendió que debía comer, ya que su cuerpo no sólo debía apartarle de sus perseguidores, sino llevarle a través del polvoriento desierto.

Empezó a descender con cuidado por la insegura y pedregosa pendiente y atravesó por en medio de los arbustos, hasta llegar al pequeño arroyo. Sus manos se movieron con rapidez, construyendo varias trampas con las lianas, ramas y follaje que tenía a su alcance. En una ocasión lanzó una rápida mirada hacia el cielo crepuscular, pero estaba vacío. Hasta aquel momento, los perseguidores no habían descubierto el oasis.

Con una frondosa rama que arrancó, barrió sus rastros alrededor de las trampas y retrocedió hasta el frío arroyo. Se detuvo al llegar a un pequeño remanso, donde el agua se detenía detrás de un tronco caído a un lado de la corriente, medio sepultado por las arenas y hojas que arrastraba el agua. Horn se arrodilló y bebió a largos sorbos, y después volvió a llenar su cantimplora, ya medio vacía.

Se quitó las empapadas botas y las destrozadas ropas y penetró en la corriente. El agua fría mordió en los cortes y rozaduras que cubrían su pecho y espalda, y sus dientes empezaron a temblar, a pesar de que cerró la boca con firmeza. Al cabo de un momento dejó de sentir frío, y la sangre corrió con vigor por su cuerpo mientras manoteaba contra la corriente. Una y otra vez hundió la cabeza bajo el agua y volvió a emerger sacudiendo sus mojados cabellos.

Cuando volvió a ganar la orilla y se secó con su destrozada camisa, se sintió un hombre nuevo. Pasó la mano lentamente por su barba de varios días, sacó un largo cuchillo de un bolsillo de su pantalón, lo abrió y lo afiló contra una de las grandes piedras. Empezó a luchar contra el pelo que cubría su rostro, volvió a afilar el cuchillo y al cabo de varios minutos su cara estaba afeitada, dentro de lo razonable. Su barbilla y sus mejillas aparecían pálidas contra el tostado color de su frente, y su boca se mostró fina y sensible.

La vida surgió con energía a través de su cuerpo. Con ella volvió su voluntad y determinación. Volvía a sentirse limpio, joven, fuerte y lleno de vida. Había hecho lo que se había propuesto, lo que le pagaron para que realizase, lo que nadie creía posible. Quizás no era una hazaña de la cual sentirse orgulloso, el disparar a un hombre desde una emboscada, pero Kolhnar tampoco era una víctima inocente. Tenía sus manos llenas de la sangre de incontables seres.

Que todo Eron se volviese contra él; Horn sobreviviría, porque la supervivencia es algo más que un instinto: es un deseo, y en él ese deseo era fuerte y poderoso.

 

Pensaba aún en todo eso mientras se ceñía el pesado cinturón con el dinero contra su cintura, volvía a ponerse los pantalones y las botas, se colocaba los aún húmedos restos de su camisa sobre los hombros, deslizaba el cordón de su pistola por el brazo, colgaba la cantimplora a su costado y se dirigía a inspeccionar sus trampas.

Todas estaban vacías. El Sol había desaparecido, el crepúsculo se fundía en la noche y Horn comprendió que tendría que atravesar el desierto con el estómago vacío.

Se encogió de hombros y siguió el arroyo hasta que se convertía en un delgado hilo de agua que casi desaparecía en el agujero abierto en la pared de la meseta. Atravesó el pequeño túnel arrastrándose sobre pies y manos, sintiéndose molesto por el leve lamento del viento que pasaba por la abertura; apartó con precaución la maleza en el lado exterior y miró hacia la semiclaridad del desierto. Aquí el lamento era más penetrante. No era el viento al pasar por el túnel; era el silbido de las naves de Eron, muchas de ellas, volando lentamente sobre el rojizo desierto.

La oscuridad era interrumpida por cambiantes manchas de luz, que parecían moverse sin propósito definido sobre el desierto. Horn se arrastró sobre la lisa roca y luego se puso en pie en medio de la noche, su espalda apretada contra el calor de la pared rocosa detrás de él.

Las manchas de luz eran casi cuadradas, y formaban un cambiante e inquieto tablero de ajedrez sobre la arena. Blancas y negras, negras y blancas, moviéndose sin cesar…

Horn se dejó caer al pie de la pared, apretándose contra la maleza, un instante antes de que la luz del proyector pasase por encima de él. Un segundo más tarde escuchó el silbido de la nave, y vio cómo la luz se adentraba en el desierto.

Horn contempló las zigzagueantes luces y comprendió que seguían un orden establecido. Había algo regular en la forma en que los cuadrados blancos y negros se alternaban. Las naves seguían el principio de caza por sectores. Cientos de ellas barrían el desierto con ansiosos y mortales dedos de luz. Complicando la formación, había naves irregulares que actuaban al azar, encendiendo y apagando sus proyectores aquí y allí. No existía un medio de saber cuando un determinado lugar del desierto quedaría envuelto en las seguras sombras o brillantemente iluminado.

Sin embargo, las luces seguían un orden establecido, y el hecho de que existía formaba un comentario sobre el Imperio. El gobierno de las masas es el gobierno por medio de órdenes y reglamentos. La obediencia y la disciplina son las virtudes más importantes; la iniciativa particular se castiga con más frecuencia de la que es recompensada. Existen instrucciones determinadas sobre la forma de buscar a un fugitivo, y no se puede castigar a nadie por seguir fielmente el reglamento.

A pesar de todo, ya que en el orden existe una virtud, ésta resultó buena para Horn. El cielo zumbaba y silbaba, lleno de ansias reprimidas, esperando lanzarse sobre el fugitivo. Horn se agazapó cerca de la protección de la maleza, escuchando, estudiando el tablero siempre en movimiento. Sus ojos lo siguieron hasta el pie de las montañas donde se perdía en la distancia.

Podía imaginarse claramente lo que sucedería si uno de los proyectores le alcanzaba por casualidad. Podría esquivarlo por un momento, quizás, corriendo en zigzag con bruscas vueltas y regates, pero las naves convergerían sobre él, uniendo los haces de sus focos, formando un enorme cuadro iluminado sobre la noche del desierto. En aquel cuadrado le esperaría la muerte.

Esperó el tránsito de la nave delante de él, mientras contaba lentamente en voz baja. Cuando una nave irregular, encendiendo sus luces al azar cruzó la línea de cuadros cambiantes, Horn emprendió la carrera, contando, buscando los seguros y negros cuadros del tablero. Negras y blancas, negras y blancas. Los focos se movían, barriendo el suelo detrás de él. Cruza hacia aquí, salta a un lado del foco. Negras y blancas. Negras, negras. ¡Salta!

Cometió un error en el cálculo de la velocidad de la nave detrás de él, y tuvo que arrojarse de cabeza hacia la oscuridad en el mismo instante en que la nave giraba para emprender una nueva pasada hacia las montañas. Luego se levantó del polvo, y empezó a estudiar la siguiente línea.

 

Sólo después de dejar atrás tres hileras de naves empezó Horn a sentirse derrotado. El tablero aún seguía moviéndose sin cesar delante de él, sin fin. El cielo silbaba por encima de su cabeza, incansable, horadando su cerebro, hiriendo sus nervios, hasta que necesitó un verdadero esfuerzo para concentrar sus ideas.

Luego escuchó los ladridos de los perros. Un grupo de cazadores a caballo pasó a través de un oscilante haz de luz. Los cazadores patrullaban en círculo sin salir de su sector, esperando al hombre que fuese lo bastante listo para atravesar las barreras de los proyectores.

Una línea de perros infernales, rodeando las barreras luminosas. El mismo Horn no podría haberlo planeado mejor. Los perros también estarían distribuidos en sectores y patrullarían sin cesar, relevados cada pocas horas por grupos frescos de nuevas y descansadas unidades. Si el fugitivo tenía la suerte de deslizarse entre las patrullas de vigilancia, los perros no tardarían en ventear su rastro y pronto estarían detrás de él. ¿Cuánto tiempo les llevaría capturar a un hombre a pie y cansado?

Y más allá, ¿qué habría? ¿Otra línea de centinelas con órdenes de disparar sin previo aviso? Y detrás de aquella, ¿otra?

La noche en el desierto era fría, pero Horn sudaba. Su situación era desesperada. Un hombre solo no puede escapar de las garras de un Imperio, si éste está decidido a encontrarle. Por lo menos no en el desierto, donde no había lugar para esconderse. La luz del día sería menos compasiva que los mismos proyectores, y a la luz del sol, Horn no tardaría en morir. Registrarían las montañas hasta la última piedra y mandarían hombres como hurones para rebuscar en el más pequeño agujero. No dejarían nada por explorar. El Imperio necesitaba encontrar al asesino.

Horn comprendió de repente lo que debía hacer. Un pajar no es el mejor sitio para esconder una aguja, sino entre otras agujas. El mejor lugar para ocultar un grano de arena es en una playa. Un hombre sólo puede ocultarse entre otros hombres. Horn sabía ahora dónde debía ir.

Dio media vuelta para regresar… y la movible luz de un proyector le dio de lleno.

Pasó por encima de él, sin detenerse. En el mismo instante, Horn emprendió la carrera. Corría hacia el interior del desierto, apartándose de la meseta, hasta que tropezó y cayó en medio de una nube de polvo en el fondo de una depresión del terreno. Rodó por el suelo y siguió corriendo sin detenerse; pero ahora la luz del proyector ya había pasado y Horn se dirigía hacia la dirección opuesta. Volvía hacia la pared rocosa, de nuevo hacia la protección de la meseta y corría como si la misma muerte viniese pisándole los talones.

El silbido se hizo más agudo y se convirtió en un coro. Las luces barrieron furiosamente el lugar donde estaba unos momentos antes. Horn siguió corriendo, pegado a la pared de la depresión donde se encontraba. En la distancia se escuchó el ladrido de los perros. Corrió un poco más aprisa, sus pulmones luchando con todas sus fuerzas para conseguir un poco de aire.

Las luces se cruzaron detrás de él, para unirse en un enorme cuadrado iluminado. No permaneció fijo, sino que se movió de aquí para allí, pero no encontró nada excepto el desierto y después los incansables perros y sus bien armados jinetes. El cuadrado se deshizo en un gesto de impaciencia y volvió a su anterior búsqueda por el sistema de cuadros alternos de color. Ahora los cuadros de luz eran más pequeños, al igual que los espacios oscuros entre ellos, y Horn se encontró de repente corriendo sobre el terreno descubierto del desierto.

El fugitivo esquivó y saltó a un lado, incansable. Los acontecimientos se movían demasiado aprisa para poder pensar y decidir. Sólo el instinto podía escoger en un instante el cuadro que estaría oscuro en aquel momento; sólo el instinto y la suerte, ya que los cuadros alternos cambiaban a cada momento, fundiéndose y retorciéndose. Su instinto era acertado o la suerte no le abandonó, porque al fin Horn se encontró de nuevo al pie de la pared rocosa de la meseta y se dejó caer al suelo, escondiendo la cabeza entre las manos, mientras una de las luces pasaba lentamente por su lado.

¿Izquierda o derecha? Horn escogió la derecha, porque tenía que escoger una de las dos direcciones, sabiendo que la primera equivocación sería la última. Se arrastró pegado a la base de la roca, inmóvil, cuando uno de los proyectores pasaba cerca, esperando que le tomasen por un montón de piedras.

Se arrastró durante largo rato, el ladrido de los perros aumentando sin cesar a sus espaldas, espoleándole a emprender una carrera que sabía le sería fatal, mientras le atormentaba la duda de haber escogido la dirección equivocada. Pero después de una eternidad, sintió la piedra lisa debajo de él, rozando sus rodillas, y su mano izquierda tocó algo que le pinchó con un ruido de hojarasca.

Horn se deslizó detrás de la maleza y dentro del agujero que había abandonado… casi no podía creerlo, sólo una hora antes.

 

Regresó al valle como a un lugar de paz, mucho más delectable porque no podía durar. Los perros inevitablemente encontrarían su rastro. El volver sobre sus pasos es posible que les confundiera, pero sus amos no tardarían en darse cuenta de que trazaban un gigantesco círculo en el desierto para regresar a la pared rocosa y no tardarían en hallar el agujero detrás de la maleza, ya que era el único lugar en el círculo del rastro seguido por los perros donde un fugitivo podría ocultarse.

Se arrastró al lado del arroyo, porque allí los matorrales no eran tan espesos, y luego, lentamente, Horn aflojó los músculos y dio media vuelta, quedándose tendido de espaldas con infinito cansancio. Perseguido, cazado como un animal dañino, había llegado muy cerca del fin de sus fuerzas. Su largo viaje casi terminaba.

 

Había pensado muchas veces en aquella habitación oscura en Quarnon IV como el principio, y el asesinato como el fin, pero la bala que había precipitado la muerte de Kolhnar sólo fue un fin para el Director. Horn no había pensado en que la inevitable consecuencia sería su propia muerte. Se preguntó si la habitación oscura fue en realidad el principio. Sabía ahora que no lo era. Todos los pequeños detalles e incidentes que constituyen una vida le habían preparado y formado para aquella decisión que le había lanzado a un viaje de trescientos años luz a través de las estrellas buscando la muerte.

La Constelación de las Pléyades le había visto nacer y lo había formado. En la Constelación, el individualismo era sagrado. Existían demasiadas cosas que hacer para perder tiempo con las leyes; se obedecían o ignoraban según convenía al individuo. La vida era una continua lucha; un hombre sacaba tanto de ella como era capaz de arrancarle. Las fronteras estaban en todas partes.

Horn aprendió a valerse por sí mismo a muy temprana edad. La primera guerra de Quarnon le dejó huérfano; el Gobierno no se preocupó por él. Pero no sentía rencor por ninguno de los dos. La vida era eso; cuanto antes un hombre aprendía aquella dura lección, mucho mejor para él.

Todo lo que Horn poseía había luchado para conseguirlo. Creció fuerte y fue rápido para aprender. Adquirió la habilidad de conseguir lo que deseaba y la confianza de que podía alcanzar cualquier cosa que desease con la suficiente intensidad. Todas las causas eran parecidas, buenas y malas. Un hombre debía sacar de ellas lo que pudiese. La única persona ante la que un hombre debe sentirse responsable es ante sí mismo.

Sobre todo, un hombre no debe preocuparse. Preocuparse es abrir nuestra armadura a los tiros de todo el mundo; preocuparse es entregar al enemigo el poder de hacernos daño. Dejemos que el Universo siga su camino; Horn seguía el suyo y arrancaba, a viva fuerza, lo que deseaba del Universo.

 

Miró hacia las estrellas entre las ramas de los arbustos. Siempre creyó que las personas eran como las estrellas, separadas por grandes espacios negros. Pero ahora las veía conectadas por una red de nervios, unida por sensibles filamentos. Nadie existe por sí solo. Ninguna acción queda aislada en sus consecuencias. Los cruceros negros que se lanzaron al bombardeo de la Constelación muchos años antes ayudaron a disparar la bala que atravesó el pecho de Kolhnar.

¿Será igual en todas partes?, se preguntó Horn.

Dio media vuelta y volvió a arrastrarse hacia delante. Quizás su vida estaba unida a la de otros. No resultó muerto con sus padres en el bombardeo, y ahora otro hombre había muerto. Si el hombre hubiese seguido viviendo, ¿tendría ello efectos decisivos en alguna otra parte?

Algo le rozó el rostro, algo de piel sedosa y que se balanceaba. Estiró la mano y lo tocó; era un conejo, aún caliente, colgado en el lazo de una de sus trampas.

Horn respiró profundamente. Era una buena señal. Un conejo moría y su muerte le proporcionaba alimento y fuerzas. Quizás aquellas fuerzas le salvarían la vida.

Recordó la decisión tomada allí, en medio del tablero movible de luces en el desierto. Un sitio para ocultarse. El único lugar donde podía esconderse. Mientras descolgaba el conejo y empezaba a despellejarlo, un plan fue formándose en su mente.

 

LA HISTORIA

Las culturas no son organismos vivos…

Sin embargo, se parecen mucho. Un organismo vivo es una colección de células en cooperación; una cultura es una colección de individuos en cooperación. Como las células, los individuos se especializan en sus funciones; pueden reproducirse. A veces crecen sin mesura y a menos que puedan ser controlados, amenazan a todo el organismo.

Al igual que un organismo vivo, Eron necesitaba sangre, nervios y alimento. Eron mismo formaba el corazón, el cerebro y el estómago.

Un grueso y dorado Tubo surgía de Eron hasta penetrar en el mismo corazón de la mayor pila atómica del Universo, el ardiente y amarillo seno de la gigantesca Canopus. Era el Tubo básico de energía. Suministraba la energía necesaria para mantener las mortales paredes de los otros Tubos, y esas paredes la transmitían a los transformadores de energía en cada uno de los Terminales. Energía. La sangre del Imperio.

Los Tubos eran los nervios. A lo largo de sus paredes corrían las fluctuaciones de tensión, mensajes que cruzaban los años luz en cuestión de horas.

Y a través de los Tubos, con la misma velocidad, volaban las naves gigantes: mercantes, cruceros de guerra, paquebotes. Los soportes de amarre los metían lentamente dentro de las compuertas neumáticas, las enormes puertas metálicas se cerraban detrás de las naves y el aire era extraído. Otras puertas se abrían delante de ellos y las naves caían, caían en la oscuridad, siempre hacia el estrecho centro del Tubo hasta que lo pasaban y empezaban a decelerar. Sólo los anillos dorados impedían un mortal contacto con las paredes invisibles. Eso era el alimento del Imperio.

Las analogías podrían hacerse aún más extensas, pero las analogías no sangran en una mesa de disección. Eron era mucho más y mucho menos que un ser viviente.

 

Capítulo VII

EL OSCURO CAMINO

Los proyectores se deslizaban sin cesar por encima de los lisos mármoles, iluminando por un instante una forma oscura que volvía la cabeza ante la insoportable claridad, saltando por encima de las rocas, subiendo las montañas, cruzando otro foco como una gigantesca espada plateada, brillando desde los flancos negros y los anillos dorados de los cruceros con sus propios y ciclópeos ojos.

Los cambiantes colores prismáticos del momento y el halo del Tubo dorado que se extendían desde su base hacía brillar el centro del campo en una escena maravillosa y fantástica. Pero el perímetro del campo estaba en sombras, y los Guardias estaban de pie en la oscuridad como pacientes estatuas, inmóviles, esperando que el amanecer les trajera el descanso.

Entre las inmóviles figuras se deslizaba otra sombra; era un poco más baja que las demás. Una capa y capucha negra le prestaban un aspecto informe que ocultaba su figura. Caminaba de uno a otro guarda, deteniéndose un momento y luego continuando su lento deambular.

Las enormes ruinas enterradas de Sunport estaban tranquilas. En su derredor se agitaba la vida y el ruido; aquí no había más que el silencio y las sombras, y el deslizarse de los proyectores. Los miles de asistentes a la Celebración habían partido hacía horas, investigados, controlados y embarcados a cualquier otro mundo, por medio del Tubo en la base del monumento o por el antiguo Terminal en Callisto.

Sólo la mitad de los cruceros pesados permanecía aún en los límites del campo con sus correspondientes dotaciones. La única otra nave que se veía era un pequeño yate particular, insignificante al lado del imponente tamaño de los cruceros.

El desierto aparecía agitado en un mar de polvo por las patrullas montadas, y las naves de vigilancia volaban por encima de las montañas y penetraban en los más pequeños agujeros. Pero aquí habia paz. El asesino había conseguido escapar, pero no llegaría lejos. Era seguro que no se atrevería a regresar.

—¡Guardia!

La estatua se endureció cuando la informe sombra se detuvo delante de ella. Era una voz de mujer, suave y baja.

—¿Sí?

—¿Qué ha visto?

—Sólo otros guardias.

Ella se apartaba ya de su lado, pero se detuvo para examinar el rostro del centinela. Sin embargo, estaba demasiado oscuro para poder distinguir sus facciones. El hombre no vio otra cosa que un pálido borrón bajo la sombra de la capucha. Una leve fragancia llegó hasta él, y su nariz la aspiró con delicia, mientras su pulso se aceleraba. Nunca estuvo tan cerca de una de las mujeres doradas. Ahora podía extender la mano y tocarla, si se atrevía a ello.

Pero se quedó inmóvil y recto, mirando al frente.

—¿No piensa que el asesino regresará? —preguntó la mujer.

—A los Guardias no se nos paga para pensar.

—Yo le pido ahora que piense —la voz femenina se hizo pensativa—. Se rieron cuando les dije que el asesino regresaría. Dijeron que le capturarían en el desierto —volvió a dirigirse al centinela—. ¿Qué piensa? ¿Cree que regresará?

—En su lugar, yo volvería.

Ella volvió a mirar hacia el rostro de él, con curiosidad inútil.

—Su acento es extraño, centinela. ¿Dónde nació?

—En la Constelación.

—¿Se alistó después de la Guerra?

—Sí.

—Entonces no conoce este terreno.

—Un poco.

—¿De dónde llegó el asesino?

—Del desierto.

—Pero las patrullas vigilaban sin cesar. No hay alimento y casi no hay agua.

—Un hombre fuerte puede resistirlo. Un hombre inteligente puede atravesar el desierto.

—¿Pero cómo llegaría hasta aquí? ¿Y cómo consiguió escapar?

—Detrás de ese crucero hay un árbol. Detrás del árbol existe un túnel que atraviesa la montaña y desciende hasta el desierto. El asesino no necesitó acercarse más al monumento.

—¿Sabía todo eso? ¿Por qué no lo dijo antes?

—¿A quién? Antes ya le di mis razones.

—Que a los Guardias no se les paga por pensar… —la mujer se quedó silenciosa por unos instantes—. Quizás tenga razón. Pero entonces es que no ama a Eron, ¿no es cierto?

—¿Por qué tengo que amarle?

—¿Por qué se enroló en la Guardia si no deseaba servir a Eron?

—¿Que otra cosa podía hacer?

—Y sin embargo, Eron le paga, le alimenta y le protege. ¿Qué es lo que da usted a cambio?

—Lo que Eron exige de mí y de todos: obediencia.

—Entonces, ¿cree que el Pueblo Dorado es un amo severo?

—Los amos son buenos y malos. Eron siempre es el mismo. No creció gracias a su bondad. Eron engorda, mientras el resto del Universo pasa hambre.

—Entonces, ¿por qué no se subleva?

—¿Con qué? ¿Los puños desnudos contra los cruceros de guerra? No. Eron está seguro mientras posea el Tubo.

La mujer quedó silenciosa durante largo rato. El Guardia siguió inmóvil, pero su respiración era rápida.

—¿Por qué cree que regresará el asesino? —preguntó ella por fin.

—¿Qué otra cosa puede hacer? Atravesar el desierto es un suicidio. Las montañas serán mortales dentro de poco. Su única oportunidad está en regresar aquí y en capturar una nave. Una vez se encuentre entre otros hombres, nunca le hallarán.

—Creo que simpatiza con él.

—Es un hombre como los otros. Engañado, quizás, pero no hizo más que lo que nos pagan a los Guardias por hacer.

—Por lo menos, es sincero —dijo la mujer—. No pediré su número. Tendría que denunciarle por traición, y esta noche me ha ayudado. Le doy las gracias.

Ella se volvió para marcharse. Cuando se volvía, escuchó un leve gemido. La mujer empezó un rápido movimiento y se encontró dentro del arco del fuerte brazo del Guardia, una mano sudorosa apretada sobre su boca. Ella jadeó un momento y empezó a luchar contra el abrazo.

Horn se maldijo en voz baja mientras luchaba contra la insospechada energía de la mujer. El cuerpo de ella era joven y vigoroso, y sus músculos se retorcían con fuerza dentro de sus brazos.

Unos cuantos minutos más y el hombre habría podido lanzarse hacia la nave particular, pero la mujer se había acercado a él antes de terminar de vestirse el uniforme. No habría tenido importancia si él no hubiese sido débil y empezado a hablar. Sus palabras le habían perdido.

Debió haber matado al centinela, al estúpido que estaba de espaldas a las sombras, pero en el último instante su mano se detuvo. El Guardia era un hombre, quizás igual que él, obligado a servir a Eron. ¿Por qué tenía que morir? No era su enemigo. Y Horn le había dejado vivir… y su gemido le denunció. Y luego había detenido a la mujer con su absurda conversación cuando ella parecía dispuesta a marcharse.

¿Por qué? Porque Horn decidió confiar en su instinto.

La mujer luchaba con energía, en silencio; se retorció, paleando, y su aliento era ardiente y rápido contra la mano de Horn. De repente dejó de luchar y su cuerpo se puso rígido.

—Sí —dijo Horn—. Yo soy el asesino.

Uno de los focos pasó cerca de ellos. Horn arrastró a la mujer con él hacia las sombras. El difuso borde del proyector les tocó. La capucha de la mujer habia caído en la lucha, revelando una masa revuelta de cabellos dorados y la suave curva de sus mejillas. Por un instante Horn aflojó su abrazo; ella casi consiguió escapar en aquel momento.

En sus brazos tenía a Wendre Kolhnar, la adorable mujer de la moneda, el Consejero de Comunicaciones, la hija del hombre a quien había matado.

Los brazos de Horn volvieron a apretar en el último momento.

—No quiero matarla —murmuró—, pero lo haré si me obliga a ello. Piénselo. Dentro de un instante la soltaré. No se mueva hasta que se lo diga. No grite ni hable. En cuanto haga el menor ruido la mataré por la espalda. La pistola está graduada a baja velocidad; no se oirá el disparo. ¿Me comprende?

Ella asintió y los brazos de Horn se separaron. Ella llenó sus pulmones de aire y el cañón de la pistola se clavó en su espalda.

—Cuidado —murmuró Horn.

—No podía respirar —dijo ella con rapidez—. ¡Asesino! —añadió con amargura.

—He matado a un hombre —replicó Horn—. ¿Cuántos millones habrá matado su padre? No sólo hombres, sino también a mujeres y niños.

—¿Entonces, sabe…? —dijo ella, empezando a volverse.

—Siga mirando al frente —restalló Horn—. Sí, sé quien es usted.

—Aquello fue distinto —dijo Wendre.

—Oh, siempre hay algo que lo hace diferente.

—Pero ¿por qué? —dijo Wendre, y había deseo de saber en sus palabras—. Era un hombre que se moría…

Horn no contestó. No conocía la respuesta, y él mismo se había hecho aquella pregunta muchas veces. ¿Por qué? ¿Quién deseaba que Kolhnar muriese? ¿Quién había pagado a Horn para matarle? ¿Y por qué era tan importante que Kolhnar no muriese de la enfermedad que terminaba con él?

No cabía duda que era muy importante. Alguien se había tomado muchas molestias, gastado mucho dinero y arriesgado su propia vida para poner el plan en marcha. Tenía que ser algo muy importante. Pero en aquellos momentos no era tan importante como el seguir viviendo y el conseguir escapar de allí.

—Vamos a atravesar el campo —dijo Horn en voz baja—. Usted caminará delante; yo la seguiré. Diríjase a la nave particular. Suba la escala. Ordene a la tripulación que salga. Si intenta traicionarme, morirá.

—De acuerdo —dijo ella.

—Vamos —ordenó Horn.

Ella echó a andar delante de él, atravesando el campo. No había mucha distancia hasta la pequeña nave, quizás doscientos metros…, pero los reflejos del monumento se hacían más brillantes a medida que se acercaban.

El paso de Wendre era un poco vacilante y rígido, pero Horn decidió que nadie se fijaría en ello. ¿Quién iba a interrogar a uno de los Consejeros? Marchó detrás de ella a una respetuosa distancia de dos pasos, y un poco a su izquierda. Se necesitaban unos ojos muy agudos para observar, en la oscuridad, la pistola que llevaba apoyada contra su cadera derecha.

La mitad del camino quedaba ya detrás de ellos, y nadie los había detenido. Ninguna sospecha ni alarma. El campo yacía en el silencio de la noche, perturbado sólo por el deslizarse de los proyectores y el claro resonar de sus pasos sobre las losas de mármol.

La escala metálica que llevaba a la escotilla de la pequeña nave estaba ya a solo unos pasos de distancia.

—Poco a poco —susurró Horn.

Wendre obedeció y acortó el paso.

De repente la premonición del peligro casi le ahogó. Horn sintió deseos de gritar, o de echar a correr por la escala que conducía hacia la libertad y la seguridad. Clavó los dientes en su labio inferior y contuvo el temblor que agitaba sus miembros. Desde luego que existia el peligro. Cuanto más se acercasen a la nave, más peligrosa sería la situación. Se haría más y más tensa, hasta que la nave se alzase por encima de la meseta, lejos del alcance de los cruceros, más allá del fuego de sus cañones.

Delante de él, la figura de Wendre se endureció.

—Recuerde que no quiero matarla —murmuró Horn.

La mucha vaciló y empezó a subir la escala.

Peligro. Agitándose cerca. Agazapado en la oscuridad. Los ojos de Horn no descansaban tratando de atravesar la oscuridad, pero no vio nada.

Calma. Calma.

Horn empezó la ascensión detrás de Wendre, vigilando sus movimientos, apresurando un poco el paso para acortar la distancia que les separaba. Cuando entrasen en la nave, sólo debía estar a medio paso de ella.

Dos pasos más. Uno.

¡Peligro!

Estalló de repente. Algo se movió en las sombras al pie de la pequeña nave. Al primer movimiento, Horn empujó a Wendre hacia dentro, con una reacción instintiva.

La bala silbó entre ellos dos y rebotó con un chasquido metálico contra el casco de la nave.

—¡Guardias! —gritaba Wendre—. El asesino. Guard…

El estruendo de la escotilla al cerrarse ahogó sus últimas palabras. Aquel camino quedaba cerrado. Wendre le había engañado. Pero no había ningún engaño: alguien disparó contra ellos.

Horn giraba ya, esperando el segundo disparo, dispuesto a luchar por su vida. Antes de que llegase, su propia pistola escupió. Un golpe sordo llegó de entre las sombras en la base de la nave. Un gemido y el ruido de un cuerpo que se arrastraba.

El sonido de muchos hombres corriendo. Gritos. Los proyectores vacilaron y empezaron a converger hacia aquel lugar.

Horn descendía la escala a grandes saltos. Dos largos pasos le llevaron hasta el suelo. No vaciló ni un instante y echó a correr hacia el centro del campo, en dirección al brillante monumento.

El ruido de muchos pasos se acercó hacia él.

—¡Allí! —gritó Horn—. ¡Allí está!

Corría a toda velocidad, manteniendo su pistola delante de él. Detrás el ruido de pasos le siguió. Pero nadie disparó.

Todos corrían, en medio de una fantasía de sombras y luces, cambiante, multicolor, trazando la escena con dedos mojados en la pintura de la paleta de un maestro.

—¡Allí va! —gritó alguien.

Detrás de ellos, en la distancia, se oyó el sonido de una escotilla que se abría. Los gritos de la mujer eran inconfundibles.

Eres rápida, Wendre, pensó Horn. Pero no bastante rápida para mí.

Un cazador necesitaba conocer la presa que persigue. Los Guardias no lo sabían. Nadie sabía cuál era su aspecto, ni siquiera Wendre. Ella sabía que iba vestido como un Guardia, pero era la única. Mientras continuase la persecución, hasta que todos los Guardias fuesen reunidos, inspeccionados, registrados, nadie podría encontrarle. Hasta aquel momento, ya hallaría la oportunidad de desaparecer hacia las montañas. Las más altas montañas, aquella vez.

Alguien le adelantó corriendo. El largo viaje por el desierto, la sed, el hambre, le habían debilitado. Pero el Guardia que corría a su lado iba mirando delante de él, buscando a un asesino.

Asesino, asesino. La palabra martilleaba el cerebro de Horn. ¿Cómo es un asesino? ¿Cuál es su aspecto? ¿Cómo se le puede distinguir de los demás hombres?

El Monumento a la Victoria estaba ya muy cerca. Los Guardias surgieron a ambos lados de Horn, mientras éste se tambaleaba en su carrera y sentía que el aliento le faltaba.

Tuvo tiempo de pensar en la bala que pasó tan cerca de él. Cerca, pero demasiado lejos. Medio metro de distancia. Excesiva mala puntería para un Guardia. La bala pasó por el espacio que Wendre ocupaba un momento antes, el sitio donde ella debía estar si Horn no la hubiese empujado a través de la escotilla. ¿Sería posible que la bala estuviera destinada a ella?

¿Es que la noche cobijaba a otros asesinos?

Horn se encontró al lado del imponente cubo, que resplandecía con la gigantesca representación de la rendición de la Constelación. La plataforma había desaparecido, y el fugitivo se preguntó por qué se encontraba allí en vez de correr con los demás Guardias hacia la seguridad de las distantes montañas, y luego comprendió. Nunca llegaría hasta allí. Nunca conseguiría escapar de otra persecución; ya no tenía fuerzas para distanciarse de sus perseguidores. De nuevo su instinto había sido más certero que su juicio.

Aquí tenía su oportunidad para escapar. El único medio posible. Peligroso. Quizás mortal. Pero un medio, si podía vivir para alcanzarlo. No tenía otra oportunidad.

Trató de recordar el Terminal que había examinado en Quarnon IV, el Terminal que se alzaba a las puertas de la ciudad como un monumento a la futilidad. En alguna otra parte de la Constelación había otros, exactamente iguales, idénticos a los Terminales de Eron hasta el más pequeño detalle. Nunca habían funcionado. Habían sido polvorientos mausoleos durante muchos años.

Horn pasó la mano a lo largo de la lisa pared negra. Cerca de una esquina había una grieta. La siguió con la mano hasta que no pudo alcanzar más arriba. Hacia abajo, se doblaba en ángulo a unos cuantos centímetros del suelo; seguía paralela durante un metro y luego doblaba hacia arriba de nuevo. Un rectángulo. La puerta.

Horn se inclinó contra ella con todo su peso. La puerta se abrió. Horn se deslizó hacia el interior de una sala débilmente iluminada y la puerta de tres metros de altura se cerró detrás de él. No había nadie en la larga sala.

Horn se volvió hacia la puerta. A un lado se veía un disco circular ligeramente hundido en la pared. Horn puso la mano encima del disco y tiró del pomo de la puerta sin conseguir moverla.

Horn miró a su alrededor por toda la estancia, sintiéndose seguro por el momento. ¿Dónde estaban los técnicos? ¿Habrían marchado para ayudar en la busca del asesino? ¿O todavía no habrían ocupado sus puestos? Quizás el Tubo no estaba en funcionamiento todavía. Horn sintió una punzada de pánico.

El pánico desapareció mientras inspeccionaba la habitación y recordaba su uso. Era un comedor. Pilas de platos de plástico se amontonaban en una mesa en el otro extremo del comedor, y contenían restos de comida.

Horn pasó por un pasillo hacia otra sala, que contenía hileras de armarios metálicos. El dormitorio disponía de cuatro puertas con destinos ignorados. La primera debía ser la sala de mandos; la segunda, la sala de comunicaciones; la tercera…

Puso la mano encima del disco colocado al lado de la tercera puerta. La puerta se abrió hacia un lado. Entró en una enorme y abovedada cámara de novecientos metros de alto y casi otros tantos de ancho. Desviado un poco del centro de la cámara se alzaba un masivo pedestal de hierroN que soportaba un gigantesco tubo en forma de cañón. Se inclinaba hacia arriba, y al llegar a un agujero aún mayor, el tubo metálico se unía con el resplandeciente brillo del verdadero Tubo. El suelo temblaba un poco, como si todo el aparato estuviese en constante movimiento.

Horn comprendió que, en realidad, debía moverse sin cesar, ya que seguía el movimiento aparente de Eron. En la base del Tubo metálico se veía un soporte de amarre movible. Las naves se introducían en el tubo apoyadas en el soporte que rodaba sobre unas vías metálicas. El soporte se hundía en el suelo para recibirlas, luego las alzaba e introducía en la compuerta principal.

Horn corrió hacia el pedestal de metal que soportaba el tubo y subió por una escalera de mano soldada a una de las columnas. El primer rellano estaba a doscientos metros del suelo. Otra escalera provista de barandilla conducía hacia la compuerta neumática, en un ángulo de treinta grados. Al final de la escalera había una puerta, y a su lado otro disco. Horn vaciló un instante y luego puso la mano encima del disco.

Al otro lado había una pequeña habitación. Las paredes estaban cubiertas de trajes espaciales, colgados de la pared por medio de soportes. Una compuerta para el personal de reparaciones, pensó Horn. Cerró la puerta detrás de él.

Escogió un traje que le pareció del mismo tamaño del que la Guardia le había proporcionado en una ocasión, y se metió en su interior con la facilidad propia de una larga experiencia.

Se puso el casco de plástico por encima de la cabeza y lo atornilló firmemente. Metió las manos en las manoplas y sintió cómo se cerraban automáticamente contra los puños del traje. Los diales del traje proyectaron su información en el visor frontal del casco. Cierre: hermético. Provisión de aire: doce horas. Agua: un litro. Raciones de emergencia: dos.

Pasó su mano sobre la placa pectoral y los diales desaparecieron. Horn caminó pesadamente hacia una puerta que había en la pared más lejana. La puerta se deslizó a un lado silenciosamente, revelando un estrecho cubículo iluminado por una sola placa de iluminación en el techo.

Delante de Horn había otra puerta y colocó la mano encima del disco que se veía a un lado, pero la puerta no se abrió. En lugar de ello, la puerta que quedó a sus espaldas se cerró con un suspiro. Durante un instante permaneció inmóvil, desesperado, sintiendo cómo el sudor corría por su espalda… y luego la puerta se abrió. Horn entró en el gran tubo de medio kilómetro de largo y cien metros de diámetro.

Empezó a correr hacia el extremo del tubo, cerrado por gigantescas puertas, y cuando llegó allí, le faltaba el aliento. A la altura de sus ojos, al lado de la línea casi imperceptible que marcaba la divisoria de las grandes puertas, había otro disco. Éste era rojo, y encima de él se podía leer: PELIGRO - EMERGENCIA.

Horn llenó sus pulmones de aire. Detrás de aquellas puertas estaba el Tubo, y el Tubo conducía a Eron, lejos de la Tierra y del peligro que se cernía sobre él.

¿Era Eron mejor que la Tierra? Para él, sí. La Tierra representaba una muerte cierta. En Eron, por lo menos, tendría una oportunidad de escapar. Una vez allí podría mezclarse en aquella burbujeante colmena de humanidad, podría desaparecer. Nunca le encontrarían.

Estaba frente a un segundo y mucho más oscuro túnel, y volvió a pensar en todo lo que cruzó su mente en la otra ocasión. Sólo que este túnel era mortal. Recordó el buharro que rozó las paredes exteriores del Tubo y cómo ardió con destellos de luz. Tocar el Tubo era morir.

¿Podría atravesarlo en un traje espacial?

Lenta, muy lentamente, alzó su mano enguantada hacia el disco rojo. El guantelete metálico le ocultó de su vista…

Cayó, cayó hacia la eterna noche, cayó hacia Eron, a treinta años luz de distancia.

 

LA HISTORIA

Eron…

Maligno hijo de una madre negligente. Concebido y olvidado.

Eron. El mayor desafio hecho al hombre. Y su mayor triunfo.

No tenías nada excepto odio, y éste lo entregaste con largueza. Helaste a los hombres mientras comprimían tu escaso aire para hacerlo respirable. Los abrasaste mientras buscaban en vano minerales útiles y tierra fértil. Lo cambiaste; lo hiciste tan duro y perverso como tú.

No es sorprendente que se volviera hacia los infinitos mares del espacio. Comercio y guerra: hay muy poca diferencia entre los dos.

La leyenda dice que Roy Kellon te encontró, pero la leyenda es la amante de cualquier hombre. ¿Por qué tenía que escogerte a ti? Casi cualquier otro mundo hubiera sido más agradable, más dulce, más amable. Y estás a casi treinta años luz de la Tierra, un viaje en el que se consume una penosa vida.

Eron. ¿Dónde estás ahora? El hombre te ha cambiado más de lo que tú lo cambiaste a él. Te ocultó debajo de una cubierta de metal, y te colocó en el centro de un extenso Imperio. Permaneciste allí, dominado, obediente, sujetándolo con cuerdas de oro.

Eron. Eres el Cubo de la Rueda. Todos los caminos llevan a Eron.

 

Capítulo VIII

CAOS

Nada. Vacío. Sin luz, sin sonido, ingrávido.

Nada. Nada para ver, oír, o sentir. Sin forma, irreal… Nada.

El Universo era negro, muerto, desaparecido. El mundo había terminado.

Sin estrellas, sin color, sin vida. La noche había vencido, y la luz desapareció para siempre. La muerte la había conquistado. El gran reloj de la creación se había parado. El gran gradiente de energía se aplanaba hasta confundirse con la línea cero. Frío y calor… ya no existen palabras para eso. No hay movimiento. Nada.

El infinito es una oscura igualdad. Aquí y allí… los términos no tienen sentido. El vacío lo llena todo; todo era nada.

Una solitaria conciencia en la noche eterna, confusa, tropezando, llena de terror. Un ser viviente en la infinita muerte. Una cosa consciente donde la conciencia era inútil. Una mente pensante, cuando la hora de pensar había transcurrido.

Horn gritó. Silenciosamente. Sin movimiento. Era una aterradora cosa mental sin extensión física, aprisionada dentro de la estrecha o infranqueable barrera de la mente. Era el relámpago capturado dentro de una esfera vacía.

El aliento no dilataba sus pulmones ni agitaba su garganta. El corazón ya no latía con ritmo vital dentro de su pecho. Sus músculos no podían contraerse o relajarse. Solo era una conciencia, solitaria y desesperada. Una solitaria mente, girando en el infinito.

¡Piensa! ¡Piensa!

El infinito se divide. ¡Creación!

La conciencia matriz, ingrávida, cayendo eternamente en un precipicio que se extendía arriba y abajo, y todo alrededor de ella.

Eso es imposible. ¡Piensa!

No existe arriba, ni abajo. Todas las direcciones llevan hacia afuera. Conciencia. Una mente que piensa. Existencia. Pienso, luego existo. Prueba circular. Fuera de eso, nada.

¡Nacimiento!

Sobre un solo hecho, un hombre puede construir un Universo. Siempre un hecho, el mismo. Pienso, luego existo. La realidad empieza conmigo. ¡Yo soy el Universo! ¡Yo soy el Creador!

Crea, entonces. Todo está destruido, excepto tú. Ya no queda nada vivo, excepto tú. No existe pensamiento ni recuerdos, excepto los tuyos. ¡Crea!

El Universo caía sin cesar a través del vacío. ¿Caía… o era ingrávido? La distinción no tiene sentido: es una identidad. Caía. Sujeta fuerte esta idea. Una cosa debe caer desde algún punto hacia otro punto, a través de un punto.

Sujeta eso. Sujeta tu mente. Crea.

Caes desde un punto. Desde un lugar con peso y solidez. La Tierra. Horn creó a la Tierra, por entero, con verdes praderas y grises montañas, ríos, lagos y mares, cielo azul, nubes blancas y la luz del día. La pobló de hombres y animales. La Tierra. Su creación le llenó de nostalgia. Pero la Tierra estaba detrás de él. Caía desde allí.

Caía hacia otro punto. Hacia un lugar con peso y solidez. Eron. Horn creó a Eron por entero, con su cubierta de frío acero, el cubo de una rueda gigante, sus radios llegando hasta las estrellas. Debajo de la helada piel metálica, lo llenó de pasillos y corredores y lo pobló con hombres-topos, corriendo ciegamente a través de los túneles. Eron. Estaba delante de él. Caía hacia allí.

Caía a través de un punto. Caía a través de uno de los radios dorados. El Tubo. Horn creó el Tubo, por entero, un dorado temblor de energía en su exterior; por dentro, negrura, un hueco e insondable vacío, acortando el espacio o ensanchando el tiempo de modo que una distancia de años luz podía ser atravesada en horas. Lo pobló con un hombre, él. Caía a través del Tubo.

La Realidad. Horn la creó…

 

Los recuerdos volvieron, y con ellos la serenidad. Aún no sentía nada, pero tenía esas dos bases y debía sujetarlas estrechamente… o volverse loco. Había caído en el Tubo, hacia la nada y la locura. Aún se encontraba allí, pero ahora disponía de una mente que funcionaba.

Ordenó a su mente que tratara de captar las sensaciones normales. Después de una eternidad, desistió de ello. O bien su mente se encontraba aislada, o no existía nada que pudiera sentirse.

Eternidad. En el Tubo no existía el Tiempo. Cada instante era una eternidad. Podía ser la muerte. Estudió aquella posibilidad con calma y la hizo a un lado. Era una proposición que no llevaría a ningún sitio. Si era cierta, no podía cambiar su situación; de lo contrario, el aceptarla podría convertirla en realidad.

Se encontraba en el Tubo. Esas sensaciones… o falta de sensaciones, eran el resultado de este hecho, y probablemente su efecto.

Había atravesado otros Tubos en dos ocasiones anteriores; en su viaje de Quarnon IV a Eron y luego de Eron a Callisto. Las dos veces permaneció inconsciente. Algún gas, pensó la primera vez. La segunda vez retuvo el aliento, mientras yacía sujeto en su litera del compartimiento de los Guardias; pero aquello no había evitado que perdiese el conocimiento. Podían tener otros medios de conseguir el mismo resultado.

Sospechó que era una precaución para que nadie consiguiese una pista sobre la verdadera naturaleza de los Tubos, pero ahora no se sentía tan seguro. Era obvio… aunque incierto… que se trataba de una precaución contra la locura. Horn sabía que su mente era dura y resistente, y se daba cuenta de que había llegado muy cerca de la locura irreversible.

Volvió a concentrarse en su problema. Se encontraba en el interior de un Tubo, cayendo desde la Tierra hacia Eron. Los efectos eran los siguientes: falta de luz y sonido… Mejor: falta de movimiento. Aún mejor: falta de energía. O quizás el efecto podía describirse como la falta de cualquier sensación.

¿Existía una forma de decir cuál era su situación actual? El efecto sobre su conciencia sería el mismo, tanto si faltaba el estímulo o por falta de reacción sensorial. O quizás, si no existe la reacción, no hay estímulo. ¿Existe el sonido donde no hay oídos que puedan escucharlo?

Horn rompió con un esfuerzo la cadena de ideas. Se encontraba en un callejón sin salida, contra una pared metafísica. Tenía que asumir la realidad de las cosas fuera de su mente; su existencia era ya bastante egocéntrica y no sentía ningún deseo de volver a la ilusión del creador de Universos.

Debían existir ciertas pruebas para determinar cual de las alternativas era cierta. Pero ¿cómo puede una mente realizar cualquier experimento? La mente sólo tiene tres funciones: memoria, análisis y síntesis.

Memoria…

Un hombre, vestido con un uniforme gris, miraba a su crono: «Creí que estos viajes duraban tres horas, pero no ha transcurrido ni un solo minuto».

Análisis…

1) Eron mentía; el viaje era instantáneo.

2) El hombre estaba equivocado; su reloj se había parado.

Si 1) era cierto, entonces estas ideas que cruzan mi mente son instantáneas. ¿Es posible que este viaje que parece infinitamente largo sea infinitamente corto? El tiempo es una invención del hombre, es verdad, y quizás no exista dentro del Tubo en una forma que podamos comprender, pero yo estoy consciente de su paso. Además, la transmisión instantánea implica la existencia de una cosa en dos lugares al mismo tiempo. Solución: es irracional.

Si 2) era cierto, entonces el movimiento cesaba dentro del Tubo. Este efecto incluiría: luz, sonido, todas las manifestaciones de la energía, respiración, latidos, toda la actividad interna incluso la neural. Luego, ¿cómo pienso? ¿Es incorpórea la inteligencia? Solución: es lógica.

La hipótesis era consistente, y se adaptaba a los fenómenos observados. Si era cierta, entonces las dos alternativas podían existir al mismo tiempo. No existía ningún estímulo y sus sentidos no podían captar ninguna impresión para transmitirla al cerebro. Si pudiera probarlo…

Horn reconoció la pared familiar. Por lo menos disponía de una hipótesis, y eso era mejor que nada.

Las paredes… las recordó de repente, y que eran muy peligrosas. No debía rozarlas. Aquella era la misión de los anillos dorados colocados en las naves, para impedir que tocasen las paredes del Tubo. Pero él no disponía de anillos protectores, y no tenía medio de apartarse de las paredes ni tampoco de saber si se acercaba a ellas. Quizás en aquel mismo instante, su cuerpo se desplazaba hacia una de las paredes, lenta e inexorablemente.

Se contuvo con un esfuerzo, y se apartó de la frontera del pánico. No le servía de nada preocuparse por las paredes. Si las tocaba, todo habría terminado, y no podía hacer nada para impedirlo.

Recordó cómo el Tubo parecía estrecharse en su centro. Recordó que una vez había visto el diseño de un Tubo y trató de recordarlo. Se estrechaba en el centro. Era como un tubo de cristal calentado y estirado por ambas puntas, hasta alcanzar el tamaño de un débil filamento. Cuando llegase a la sección estrecha…

Era necesario hacer algo. Fatalismo e inactividad podía ser naturales en vista de las circunstancias, pero resultarían desastrosos psicológicamente.

Decidió concentrarse en un solo sentido. Trató de ver, y fracasó después de una eternidad de esfuerzos desesperados. Se sentía poseído por la vaga sensación, sin embargo, de algo impenetrable, equidistante a ambos lados. ¿Podía ser el Tubo? Si la mente era algo distinto del cerebro, ¿podría percibirlo directamente, especialmente en circunstancias como aquéllas? Aceptó la posibilidad pero no encontró la forma de demostrarlo, en uno u otro sentido.

La aparente eternidad del viaje le oprimía. El Tiempo podía ser la invención del hombre y su herramienta, pero también podía ser un enemigo capaz de destruirle. Sin medios para medir su paso, un hombre podía envejecer esperando que transcurriese un instante. La duración objetiva del viaje podía ser de tres horas; subjetivamente era la eternidad multiplicada.

Había escapado de una trampa que le llevaría a la locura, sólo para encontrarse delante de otra. Debía mantener su mente ocupada, debía llenar la eternidad con sus pensamientos.

Empezó a planear lo que haría cuando llegase a Eron. El Tubo le llevaría hasta uno de los casquetes Terminales en los Polos, un casquete erizado de Tubos. Los casquetes no giraban con el movimiento de Eron. Si fuese así, los Tubos pronto quedarían retorcidos como spaghetti. Los inmensos y erizados casquetes flotaban en un mar de mercurio. Giraban en dirección opuesta a la rotación de Eron, o mejor dicho, enormes motores los mantenían inmóviles mientras Eron giraba debajo de ellos.

Las naves pasaban al espacio alrededor de Eron a través de compuertas neumáticas, hasta que localizaban el ascensor adecuado. Los masivos montacargas llevaban a la nave atravesando niveles hasta que llegaba el que le correspondía. Los mercantes y cargueros iban a lo más profundo, cerca de la antigua y estéril roca del propio Eron. Las naves de guerra se detenían al nivel de la Guardia. Los paquebotes de pasajeros, reservados casi exclusivamente para el Pueblo Dorado, quedaban en los niveles más elevados.

Pero las naves no servían de nada a Horn. Aunque pudiera apoderarse de una y elevarse hacia el espacio, no tenía ningún lugar adonde ir. No podría penetrar en Eron. Los elevadores eran operados desde el interior de la cubierta de Eron. El planeta más cercano estaba a muchos años de distancia por medios convencionales; sería capturado rápidamente.

Tenía que existir un medio de penetrar en Eron desde los casquetes, aparte de los elevadores de las naves. ¿Podría mantenerse en la superficie, con su traje espacial, hasta que encontrase una entrada? No, aquello era imposible. Aunque pudiera saltar desde el casquete estacionario al mundo que giraba sin encontrar el desastre, se vería expuesto e indefenso mientras buscaba la problemática entrada.

Tenía que existir una conexión directa. No en el perímetro, supuso, aunque la velocidad relativa no podía ser muy grande. Si los casquetes tenían cincuenta kilómetros de diámetro y Eron giraba con la misma rapidez que la Tierra, la velocidad relativa no sería más que siete kilómetros por hora. Pero resultaría molesto el esperar que las puertas correspondientes entrasen en ejecución; Eron nunca proyectaría una cosa como aquella.

Por otro lado, cuanto más cerca se encontrase un hombre del Polo, menor sería la velocidad linear, hasta que llegaría a ser cero directamente encima del Polo. Allí, si es que existía, tenía que estar la entrada a Eron. Horn planeó, con todo el detalle que su conocimiento de Eron le permitía, cómo llegaría a Eron desde el casquete y lo que haría cuando llegase allí.

Pero no conseguía apartar por completo el ratón de la locura, que mordía en los bordes de su mente. ¿Qué velocidad tiene el pensamiento? ¿Cuán lento es el Tiempo? ¡Cuánto duran tres horas!

La mente insensata que se llamaba a sí misma Horn flotaba ciega e indefensa dentro de una área informe, arrastrada por una fuerza invisible hacia un objetivo que disminuía en la distancia. Sólo la fe podía mantenerla, y la única fe que poseía era en sí misma.

Resultaba irónico, pensó Horn, que cuando se encontraba más solo, más independiente de las influencias exteriores, le era imposible reaccionar sobre el ambiente que le rodeaba; un individuo completamente aislado no podía mover un solo músculo, ni podía alterar las circunstancias de su situación en ninguna forma. Quizás existía una lección en aquello, pensó.

Quizás habría sido mejor creer en algo, reflexionó, aunque la creencia es una forma de rendición ante el Universo. Ahora su fe hubiese podido sostenerlo, si pudiera creer, como predicaba el Culto a la Entropía, que existía una inmensa y compasiva fuerza detrás del aparente azar de la rueda de la creación.

Horn creía en algo: creía en Eron, en su técnica y en su fuerza. Cuando Eron construía algo, aquello funcionaba y lo hacía bien; el Tubo funcionaba y lo llevaría hasta Eron. Pero el creer en Eron era sólo una forma de creer en sí mismo; era creer en sus sentidos, en su inteligencia, en la validez del ambiente externo.

¿Qué velocidad tiene el pensamiento? ¿Cuánto duraba el viaje a Eron?

Era una cosa buena el creer en si mismo y en su fuerza. ¿Habría llegado hasta allí, si hubiese creído en alguna otra cosa? Sabía que nunca lo hubiera conseguido. Su fe en su fuerza le había salvado de la resignación, de la propia compasión y de sentirse satisfecho con algo menos que un éxito absoluto. Horn creía que el destino de un hombre reside en sus propias manos. Hay pocas cosas imposibles, y aún menos inevitables.

Su confianza en sí mismo le había llevado a la riqueza por tres veces, y en dos ocasiones la había malgastado sin detenerse a pensar en ello. La tercera vez había invertido su dinero en la lucha inútil contra Eron. Su fe le había llevado a innumerables aventuras en una docena de mundos de la Constelación, que le rindieron fama y dinero…, y había conservado la vida. Le había llevado a través de trescientos años luz, cruzando el Imperio hasta la Tierra para acudir a una cita con la muerte.

 

La única forma de llegar a la Tierra era a través de Eron. Horn aprovechó la amnistía general para enrolarse en la Guardia. Después de un breve período de instrucción en Quarnon IV, donde sintió por primera vez el rigor de la fiera disciplina que sometía a los bárbaros mercenarios, Horn fue trasladado a Eron para pasar a las manos implacables de los instructores militares.

Ninguno de los reclutas murió; los oficiales les llamaban el regimiento de la suerte. Pero Horn no podía confiar en la remota posibilidad de que le asignasen a una nave con destino a la guarnición en la Tierra. Consiguió que le destinasen a la Oficina del Mando, y cuando llegaron las órdenes duplicadas con los destinos de las nuevas Compañías, las examinó con ansiedad. Encontró una destinada a la Tierra, falsificó con habilidad el nombre de su propia compañía y un día más tarde se encontraba en Callisto, satélite de un mundo gigante en el Sistema solar que incluía a la Tierra.

El viaje a la Tierra fue mucho más lento. Una vez allí pasó muchos días tratando de encontrar la forma de escapar de las naves de la guarnición. Una noche estaba de centinela en la Torre Tres, cuyo inmenso cañón unitrónico había sido desmontado para repararlo. Escapó por allí en cuanto pudo sorprender a su compañero de guardia, dejándolo bien atado y amordazado.

Le costó una semana el evitar que le capturasen como desertor y el llegar hasta la alta alambrada electrificada que separaba las plantaciones agrícolas del gran desierto americano. La alambrada estaba vigilada por constantes patrullas, y se hundía en el suelo hasta una profundidad que era imposible atravesar en el tiempo de que disponía. Por fin tuvo que abrirse paso en una de las puertas, dejando dos de los cuatro centinelas muertos, porque uno de ellos estaba demasiado alerta.

Atravesó el desierto, creyendo en sí mismo, apoderándose de lo que necesitaba. El caballo del nómada, la vida del hombre perseguido. El destino del caballo estaba trazado, al igual que la vida del nómada, cuando llegó a su campamento a pie; si Horn no lo hubiese comprado, tampoco habría escapado a las numerosas patrullas. El hombre perseguido que encontró en el desierto, podía considerarse muerto de cualquier forma; ¿por qué tenían que morir dos hombres cuando uno era suficiente?

 

Ahora recordó al aterrorizado chino, al increíble Wu, tambaleándose en el vacilante puente por encima del negro abismo, jadeante de miedo, cayendo mientras lanzaba un grito de agonía… Horn sabía que no tuvo la intención de hacerlo caer, pero sin aquella amenaza nunca hubiese sabido la verdad sobre Wu y Lil. Tal como habían salido las cosas, aquello no tenía importancia, pero él no podía saberlo de antemano.

Horn se preguntó si la muerte habría alcanzado por fin a aquellos dos. La muerte o la prisión, y de las dos alternativas la muerte era la más probable.

Con una sensación de vergüenza, Horn recordó el insensato pánico de su huida después de la muerte de Kolhnar. Recordó el valle y el tablero de luces en el desierto y el hombre que saltaba encima de los cuadros negros, la desesperación, el regreso al valle oculto y el conejo que le había alimentado. Sus fuerzas renovadas le habían traído hasta aquí, a través del oscuro túnel, por tercera vez hasta llegar a este túnel aún más oscuro.

Recordó el momento en que tuvo a Wendre Kolhnar en sus brazos y aquello era un recuerdo agradable, aunque no quedaba ninguna sensación en sus manos. Recordó la esbelta firmeza del cuerpo que luchaba contra la fuerza de su brazo y el ardiente aliento contra su mano. Su corazón casi latió de nuevo, pensando en su belleza y su valor, y en la forma en que le había hablado.

¿Qué velocidad tiene el pensamiento? ¿Cuánto dura el viaje a Eron?

Era absurdo pensar en Wendre, heredera del Imperio, pero era mejor que la locura. Era mejor que la eterna muerte de la locura irreversible, porque Horn tenía el presentimiento de que iba a necesitar una mente sana antes de que saliera del Tubo.

La muerte. La bala que había silbado a través del lugar donde Wendre estuvo un instante antes, estaba destinada a ella; Horn estaba seguro ahora. ¿Quién querría asesinarla?

¿Quién le había alquilado a él para matar a Kolhnar?

Todo aquello quedaba detrás. ¡Ya no tardaría en llegar!

Trató de penetrar la negrura que le envolvía. De nuevo tuvo la impresión de algo impenetrable, equidistante a ambos lados. Excepto en una sola dirección, y su mente se esforzó en penetrar aquel misterio. ¿Era la luz? ¿Era simplemente su imaginación? ¿Sería una ilusión de su mente cansada?

Lejana, la impresión se formó dentro de la insensata mente. Brilló, del tamaño de una moneda, siempre creciente. Una larga forma cilindrica detrás. Se acercaba más, clara y distinta. La imagen de la compuerta principal se hizo más vivida en la mente de Horn.

¿Era ésta una clase de percepción extrasensorial, o era una ilusión, el primer paso hacia la locura? No había forma de estar seguro, ninguna manera de probarlo. El brillo pareció acercase más.

¡Piensa!

Si percibía aquello directamente con su mente, ¿por qué tenía que existir un límite a la percepción? ¿Por qué no lo había visto hacia ya mucho tiempo? Respuestas: Quizás podía, quizás existía un límite natural, quizás… Demasiadas respuestas, demasiadas preguntas.

El resplandor se hacía mayor con lentitud. Con demasiada lentitud. Si lo percibía con su vista, podía estimar la distancia en veinte metros. Quince. Trece. Doce. Once.

Demasiado aprisa. ¡Demasiado aprisa!

¿Sería posible que no llegase a alcanzar la compuerta? ¿Sería la percepción real, y no iba a llegar por alguna razón oculta? ¿Quizás porque no había entrado en el Tubo con velocidad propia? ¿Quizás le faltarían diez metros para llegar?

Diez. Diez. Diez. Once.

Tenía que actuar como si aquello fuese real, no la proyección sobre una mente histérica de sus propios terrores. Pero no podía moverse. No podía hacer nada… nada… nada. No podía actuar.

Doce. Trece.

¡Piensa!

¿Cuáles son las probabilidades, por ejemplo, de que algo cayese a través de un tubo recto durante treinta años luz y nunca tocase sus paredes? Irracional. Sin significado. ¡No, no! Algo le había mantenido equidistante, si aquello era real. ¿La mente? ¿Alguna fuerza que ejerce este extraño Universo? Pruébalo. ¿Qué puedes perder?

Sólo la cordura.

Horn empujó. No existe otra palabra para ello. La fuerza de la gravedad lo envolvió y lo lanzó sobre el suelo de la compuerta principal. La luz lo cegó, las impresiones sensoriales de todas clases lo abrumaron ahogando su mente.

Horn dejó escapar el aliento en algo que empezó como un suspiro y terminó como un sollozo.

Lo había conseguido. Había llegado a Eron, y ahora le parecía como el encuentro con un viejo amigo.

Pero aquello era sólo una máscara. Pensar de otro modo era suicidio.

 

LA HISTORIA

Soñador, constructor…

Como la hormiga, el hombre construye ciudades. Pero al contrario de la hormiga, las construye racionalmente. Porque son convenientes y económicas, no porque necesite vivir en ciudades o le guste. Las odia. Siempre. Y sin embargo, la construcción de ciudades es algo que una vez iniciado no puede detenerse.

Todas las cosas tienden hacia su último objetivo, pero está en la naturaleza de los fines últimos el que nunca puedan alcanzarse. Si Eron, por lo tanto, no era la perfección, es debido a la misma definición de la perfección. Eron era el sueño realizado del Hombre como Constructor de Ciudades.

Sigamos los pasos, y los sueños. Las antiguas París y Londres; la vieja Nueva York y Denver; el poderoso Sunport. Todos convertidos en ruinas antes de que empezase Eron.

Eron, la Ciudad. Un mundo encerrado en una envoltura de metal, brillando fríamente bajo la luz de su lejano sol. Un mundo, una sola ciudad. Y mientras Eron crecía poderoso gracias a los Tubos, el Pueblo Dorado construía y horadaba: espacio, más espacio y aún más. Almacenes y centros comerciales, escuelas y cuarteles, viviendas, residencias y palacios, centros de diversión y fábricas, restaurantes y cocinas comunales, salas de control y centros de distribución de energía…

Eron era el eje de un Imperio que abarcaba las estrellas: político, social y económico. Cada exportación a los planetas, cada mensaje, y la mayor parte de la energía del Imperio pasaba por Eron. Eron creció automáticamente. Mientras los dorados Tubos pasasen a través de Eron, su crecimiento no se detendría.

Eron, la Megápolis…

 

Capítulo IX

TELARAÑA

Horn recobró lentamente la serenidad. Tuvo que realizar un esfuerzo, como si parte de él siguiera aún en la Tierra y tuviera que atraerla a través de la larga distancia, el peligro, la oscuridad y el terror.

Si esto es la independencia absoluta, pensó amargamente, he tenido bastante para que me dure durante mucho tiempo. Sus sentidos cesaron sus irritados golpes contra su mente y ésta empezó a funcionar de nuevo normalmente, recogiendo información, analizándola y actuando de acuerdo a ella.

Se puso en pie. Las gigantescas puertas estaban cerradas detrás de él, sellando la entrada del Tubo. Lanzó una mirada hacia el rojo disco de emergencia y se apartó, estremecido. Caminó rápidamente a lo largo del extenso y brillante tubo metálico.

La puerta del departamento del personal de reparaciones estaba en el mismo lugar. Se abrió fácilmente, cerrándose detrás de Horn, y al cabo de un instante se abrió la puerta opuesta. Las paredes de la pequeña habitación estaban cubiertas con trajes espaciales, colgados en soportes adecuados. Todos los Terminales eran idénticos, construidos siguiendo rígidas especificaciones. Aquel era exactamente igual que el que había dejado en la Tierra. En realidad, no tenía medio de saber siquiera si había vuelto a su punto de partida.

La fe lo sostuvo. Fe en Eron, y fe en los Tubos construidos por Eron y que eran la marca de su grandeza. Eron construía bien, y lo que construía funcionaba.

Sin embargo, pensó Horn, sería una ironía que hubiese vuelto a la Tierra. Tendría que haber dejado alguna señal… Pero claro, la señal existía: Horn se había apoderado de un traje espacial. Aquí no había ningún espacio vacante. Debía encontrarse en Eron.

Dejó caer uno de los trajes en el suelo, y se colocó en su lugar. Antes de desvestirse se detuvo y lentamente pasó la mano por encima de la placa pectoral. Los diales reflejaron su información contra el visor facial. Provisión de aire: doce horas. Agua: un litro. Comida: dos…

No había ningún cambio. No usó aire mientras estuvo en el Tubo, lo que parecía una prueba evidente de que su actividad corporal estuvo suspendida. Es buen momento para comer y beber, pensó. Quizás no tuviese otra ocasión por algún tiempo.

Llevó el tubo hasta su boca y aspiró medio litro de agua tibia. Soltó el tubo y apretó los dientes contra el eyector de alimento. Una gruesa pildora le cayó en la boca. Dejó que se disolviera lentamente, saboreando el gusto a carne. Cuando terminó de disolverse, volvió a beber. Luego empezó a quitarse el traje…

La sala tembló.

Horn hizo una pausa, a medias fuera del traje, y escuchó las reverberaciones del sonido. Sólo podían tener un significado: una nave entrando por la compuerta principal, a pocos metros de distancia. Una nave procedente de la Tierra, pisándole los talones… Eso quería decir persecución.

Salió del traje y vaciló un momento, estudiando la larga línea de trajes colgados de la pared, como monstruos decapitados, todos grises, informes, inmóviles. Metió la mano dentro del cuello del más cercano y apretó el eyector. Una pildora le cayó en la mano. Cuando llegó a la puerta, tenía cinco de ellas. Las dejó caer dentro de uno de sus bolsillos.

Horn abrió la puerta y empezó a descender la escalera que le llevaría al suelo. Los escalones temblaban mientras corría sobre ellos, a cientos de metros del pavimento. Se agarró a la barandilla y miró hacía atrás. Una nave salía de la compuerta encima del soporte movible, retrocediendo. Era una nave pequeña, un yate particular.

 

Horn corrió hasta el rellano, donde empezaba la escalera de mano. Todo el pedestal tembló cuando el soporte movible giró hacia el pavimento debajo de él. Cuando se detuvo, Horn empezó el descenso, deslizándose rápidamente, casi sin tocar los escalones. Una mirada a la altura de la nave le dijo que no llegaría al suelo antes que ella. El soporte movible la colocaba ya en posición horizontal. Un leve resplandor revelaba la ligera pérdida de energía de un campo unitrónico.

Horn se hizo rápido a un lado de la escala y se quedó inmóvil. Una formación de guardias entraba en la gran sala desde una de las puertas laterales. Ahora el pedestal quedaba entre él y los guardias. Quizá fueran una docena, vestidos con uniformes grises como el suyo. No miraron hacia arriba; se dirigían sin vacilar hacia la nave.

Horn volvió a descender, en completo silencio y lleno de cautela. Una negra abertura ovalada se abrió en el costado de la nave, se hizo brillante y parpadeó mientras varios guardias, uniformados en oro, descendían por los escalones del elevador hasta el suelo. Eran seis, y miraron a los guardias grises que les esperaban, se encogieron de hombros y se volvieron hacia la abertura en la nave. Esperaron. Los guardias grises también esperaban. Horn, que estaba ya a pocos metros del suelo, esperó.

Wendre Kolhnar apareció en la escotilla de la nave y descendió por la escala. Cuando llegó al suelo, los guardias grises atacaron sin vacilar y con perfecta precisión a los guardias de Wendre, derribándolos en un instante. Mientras aún caían, dos grises saltaron hacia Wendre. Ella se resistió en sus brazos, indignada y confusa.

El ruido producido cubrió el final del descenso de Horn. Protegido por una de las gigantescas columnas, miró con atención la escena de lucha. Su mano se posó en la culata de su pistola, vacilante, reprimiendo un irrazonable impulso de correr en ayuda de la muchacha.

No tenía la menor idea de lo que sucedía, ni qué partidos estaban representados allí. Pero los guardias grises eran demasiados. Aquello era algo que no le importaba. ¿Por qué debía preocuparse por una mujer que no vacilaría en entregarle a la justicia de Eron? Que ellos luchasen sus propias batallas. Su único propósito era sobrevivir.

El pequeño grupo había penetrado en la nave, llevando a Wendre con ellos, y dejando a los guardias como oro fundido encima del pavimento. La escotilla se cerró.

Horn caminó rápidamente a través de la ancha sala hacia una de las puertas laterales. Respiró profundamente tratando de ahuyentar una sensación deprimente de angustia. ¡Al infierno con todos ellos! ¡Que se fuesen al mismo infierno!

Pero aquello no le ayudó en nada.

—¿Le agarraron?

Horn levantó con rapidez los ojos. Un técnico le cerraba el paso. Sus facciones doradas eran casi puras.

—¿A quién?

—Al asesino.

—Oh, desde luego —replicó Horn, y trató de proseguir su camino.

El técnico le contuvo con un gesto.

—Acabamos de recibir un extraño mensaje de la Tierra. Decía que el asesino estaba en el Tubo. Pero el pronombre era «él». Y no mencionaba una nave. Decía «traje espacial».

—Sería alguna confusión —declaró Horn.

Aquella vez consiguió seguir adelante. La gigantesca sala que dejaba a sus espaldas empezaba a retemblar. Se detuvo en el pasillo que conducía al comedor de los guardias.

—¿No sabe a quién detuvimos? —exclamó—. La mujer era Wendre Kolhnar.

El técnico le miró incrédulo y asombrado por unos instantes, y luego corrió hacia la sala de control. Horn atravesó rápidamente el comedor y salió a un corredor de más de doscientos metros de anchura. Unos raíles metálicos estaban dispuestos en el suelo. Horn giró a la derecha y salió de allí.

El corredor estaba vacío. El ruido que había escuchado no era más que la nave al elevarse de nuevo hacia el soporte movible. La compuerta principal la haría girar en posición para lanzarla al espacio. Giraría alrededor de Eron hasta que llegase al montacargas que la conduciría hasta las manos de quien deseaba apoderarse de Wendre. Deberían encontrarse ya en el espacio, si es que querían salir de allí.

La captura había sido cuidadosamente planeada y hábilmente ejecutada. Horn pensó que tendrían tiempo de escapar antes de que el técnico pudiese convencer al jefe de la sala de control para que detuviera la nave. Pero la confusión le ayudaría a escapar a él.

Horn llegó a un ancho corredor que cruzaba su camino. Parecía curvarse hacia dentro; aquello significaba que se movía en sentido contrario al centro del casquete. Bien; si el casquete estaba construido con lógica ―y Eron era un mundo eminentemente lógico―, aquellos corredores serían como una telaraña con rectos corredores radiales interceptados por otros circulares y concéntricos. Y en el centro estaría la araña, un área sensible… y peligrosa, en algún sentido. Allí era donde tenía que ir, es cierto, pero no a este nivel. Necesitaba aproximarse, pero desde otra dirección.

El corredor en el que se encontraba era decididamente radial. Corría recto en ambas direcciones hasta que, aunque bien iluminado, se perdía en la vaguedad de la distancia. La curva del corredor concéntrico era muy suave, pero Horn no pudo juzgar el grado de curvatura a simple vista. Podía encontrarse muy cerca, o a veinte kilómetros del centro del casquete.

Horn corrió en la misma dirección que había seguido cuando el cruce con el otro corredor le había detenido. Antes de llegar al siguiente, se halló frente a una rampa inclinada que se dirigía hacia abajo. Giró y emprendió el nuevo camino sin vacilar. Después de descender unos cuantos metros la rampa cruzaba un corredor horizontal, más estrecho y oscuro que los superiores.

Las naves no podían llegar hasta allí abajo. Horn cruzó el corredor y continuó por la rampa. El segundo nivel era aún más estrecho y oscuro que el anterior. El suelo estaba lleno de polvo; las únicas huellas que Horn pudo ver fueron las suyas. Olía a humedad y a desuso. Horn giró a la izquierda, en dirección al centro del casquete.

El corredor parecía interminable, sin cambio aparente. Horn tosió un poco por el polvo que levantaban sus pasos. Se puso una píldora de alimento en la boca y la chupó lentamente, mientras a su mente acudía la irrealidad de los recuerdos de su infancia.

 

Alguien le contó cosas de Eron…  —¿quizá su madre?—, y la descripción creó una vivida imagen en la mente del niño. Era falsa por completo, desde luego; pero, sin embargo, creia en ella igual que en los Reyes Magos de la leyenda. Los Tubos dorados, el mundo de metal, los inmensos y giratorios casquetes flotando encima de mares de mercurio…

El mar de mercurio: aquello le parecia lo más maravilloso. El niño soñaba con él, con las olas que surgían rompiendo contra las rocas con fragor metálico, brillando como plata fundida. Atesoró aquella ilusión durante mucho tiempo, y cuando supo que el mercurio tenía sólo unos pocos centímetros de espesor, sintió como si en su interior se rompiese algo infinitamente precioso. Fue su último sueño de niño.

Y ahora, aquí, los corredores eran oscuros y llenos de polvo, sin belleza ni ilusión. Se encontraba por fin en aquel casquete que flotaba en el mar de mercurio, y no podía hallar en ello nada de maravilla o satisfacción. Se encontraba a las puertas de Eron, buscando un camino perdido que le llevase hacia el país de su sueño, pero no podía encontrarlo. Eron no era un mundo de ilusión para él; sólo podía servirle de refugio por unos días, y Horn se sentía cansado por la eterna e imperiosa necesidad de mantenerse alerta.

El corredor radial que seguía se cortó en el cruce con un corredor concéntrico. Delante de él, la pared, cuya curva se podía apreciar ya a simple vista, aparecía lisa y sin ninguna abertura. Horn giró a la derecha y siguió corriendo. Después de unos cientos de metros, pudo volver a girar a la izquierda siguiendo otro corredor radial que continuaba hacia el centro.

Horn comprendió. Era natural que todos los corredores radiales no podían llegar hasta el mismo centro, pues hacia el final no quedaría sitio para otra cosa…, sólo las innumerables líneas de corredores convergentes.

El corredor en el que se encontraba, que sin duda seguía hasta el final, terminó en un callejón sin salida. Horn se quedó en pie frente a una pared desnuda, haciéndose a un lado para que la lejana luz se filtrase por encima de su hombro. Las paredes, el techo y el suelo, todo se unía limpiamente en un quinto plano opuesto en ángulos rectos a los demás.

Debía de ser una puerta, pensó Horn. Tenía que existir una entrada. Un corredor sin salida, como aquél, no parecía lógico.

No se veía palanca ni botón alguno en las paredes. Horn apretó el hombro contra la pared que le cortaba el paso. Era sólida e inamovible. Pasó la mano al derredor de sus bordes. Algo dejó escapar un chasquido, y Horn se lanzó con toda su fuerza contra la barrera. Cedió un poco, y luego se detuvo; pero una brillante línea de luz apareció hacia la derecha.

Horn respiró profundamente y lo intentó de nuevo. Chirriando, con lentitud, la puerta cedió y se abrió del todo. Horn entró con precaución en una enorme sala de forma cilíndrica. En el centro, atravesándola desde el suelo hasta el techo, se veía un cilindro más pequeño, de unos cuatro metros de diámetro. La espaciosa sala estaba completamente vacía.

Horn cerró la puerta tras de sí y dio la vuelta a la sala sin apartarse de las paredes circulares, buscando una salida. ¿Salida? Una entrada era lo que deseaba. La entrada hacia Eron.

La superficie del cilindro pequeño era lisa y sin aberturas. Enfrente de la puerta por la que había entrado, existía otra puerta. La sala no contaba más que con aquellas salidas. Cuando Horn abrió la puerta opuesta, sólo pudo ver otro largo y oscuro corredor detrás de ella. La cerró de un golpe y se apoyó contra ella.

Los brazos le colgaban a los costados y las piernas le temblaban. Habían pasado muchas horas desde que descansó por última vez.

Apoyó la cabeza contra la puerta y cerró los ojos, y luego, sobresaltado, los abrió de nuevo con rapidez. Si permitía que siguiesen cerrados, se quedaría dormido… y no podía permitirse el lujo de dormir. El silencioso abandono de los niveles inferiores era engañoso. No existía la paz para él, del mismo modo que no existía el sueño. La persecución continuaba, en alguna parte, y si se quedaba en aquel sitio por mucho tiempo sus enemigos le alcanzarían.

Entonces vio la rueda en el techo.

Colgaba del techo a unos cuantos centímetros, y estaba unida a él por una gruesa barra roscada. A su lado, en la pared, había una escalera de mano, que empezaba con los primeros barrotes a unos tres metros del suelo.

Horn saltó, cogió el último escalón y se alzó a fuerza de puños. Cuando su cabeza estuvo cerca del techo, pasó una pierna por detrás de uno de los barrotes y se hizo hacia atrás hasta alcanzar la rueda. Encima de ella se veía una abertura en el techo de un metro de diámetro, cubierta por una placa de metal.

En la posición en que se encontraba, Horn no podía ejercer mucha fuerza y la rueda se resistió a sus esfuerzos. Horn la sujetó con fuerza y empujó con las piernas y la espalda. La rueda empezó a girar. Horn sudaba y los músculos de su espalda empezaron a agarrotarse, hasta que la rueda tocó la placa metálica.

Descansó por un momento, secándose el rostro con la manga de su camisa, reunió sus fuerzas y empujó hacia arriba. La rueda se levantó junto con la placa circular y cayó a un lado. Horn se agarró a los bordes del agujero y se alzó hasta la sala superior, comprendiendo que las precauciones eran inútiles después del ruido que había hecho.

La sala era casi idéntica a la que acababa de abandonar. Las únicas diferencias eran que ésta era más limpia y mejor iluminada, y que el cilindro central estaba cortado a unos cuantos metros del techo. La sala se hallaba también vacía.

Horn contempló el tubo central. Conducía hacia abajo y partía de allí. No había duda que terminaba en aquel lugar.

Dio la vuelta a su alrededor. Lo primero que observó fue el disco, a la altura de sus ojos. Luego vio la casi invisible línea de ruptura a su lado. Horn puso la mano encima del disco y esperó. No sucedió nada por un instante.

Luego sintió un leve estremecimiento debajo de su mano y la línea se ensanchó, mientras la puerta se abría hacia él. Detrás de ella había una pequeña cabina circular, lo bastante grande para contener a una sola persona.

Horn esperó hasta que los latidos de su corazón se tranquilizaron y luego entró en el cubículo. Tenía que ser el camino hacia Eron, un ascensor o una cápsula neumática. Se dejó caer con cansancio en el único sillón acolchado que llenaba la cabina, mientras contemplaba las curvadas paredes, de un suave color dorado. El color era agradable, pero sin nada que indicase el uso de aquel aparato.

No existían controles ni forma de saber adónde se dirigía la cápsula, o cómo detenerla una vez llegase a su destino. Por lo tanto, su funcionamiento tenía que ser por completo automático. No había necesidad de escoger el camino, ya que sólo existía un destino. Ese, lógicamente, sería el otro casquete Terminal. Si atravesaba Eron para salir al otro polo, su situación sería la misma que si se quedaba allí.

Horn frunció la frente. Aquello significaba que no existiría un camino desde los casquetes hasta Eron, y la idea no le pareció razonable.

Agarró la empuñadura de la puerta del cilindro y la atrajo hacia sí con suavidad. Antes de cerrarla por completo, vaciló un instante y luego, con un gesto de desafío, la cerró de golpe. Las luces se apagaron, y en la oscuridad algo empujó el brazo de Horn hacia la cápsula y luego se cerró con un chasquido. Horn se preguntó por qué no sentía ninguna sensación de movimiento ni caída.

Ocho discos iluminados flotaron en la oscuridad delante suyo. Seis de ellos estaban en el medio. A la izquierda de esos y un poco separado, medio diámetro por debajo de la línea recta que pasaba por el centro de la línea de los otros seis, había un disco blanco. Los seis de la línea horizontal, eran discos de colores: plata, oro, anaranjado, verde, azul, negro. Este último casi resultaba invisible en la oscuridad que le rodeaba. Y separado por un espacio a la derecha, se veía un disco rojo.

¡Controles! No podían ser otra cosa. Podía escoger su destino hacia Eron. Todo lo que necesitaba era adivinar el significado de los discos y pasar la mano delante de uno… sin equivocarse.

El blanco de la izquierda era fácil. Debía ser el casquete Terminal Sur. Si Horn se encontrase en el casquete Sur, aquel disco estaría apagado y habría otro encendido por encima de él. En cualquiera de las otras paradas, los dos discos blancos estarían encendidos y el pasajero podría escoger entre los dos.

Los discos de colores…; a Horn sólo se le ocurría un significado: los Consejeros. Si tocaba uno de ellos, la cápsula le llevaría a la residencia de uno de los Consejeros. Era un descubrimiento alarmante.

Había tropezado con el sistema de transporte particular de los Consejeros. Aquella parecía ser la única ruta directa desde Eron a los casquetes. Le llevaría a Eron, desde luego, pero para dejarle en manos de quienes más ansiosos estaban de encontrarle. Al igual que el Tubo que le trajo desde la Tierra hasta Eron, este nuevo medio de transporte no hacía más que demorar la inminente captura para convertirla en algo inevitable.

Pero no le quedaba otro camino. Un animal perseguido sólo tiene un objetivo: huir. Cuando se detiene está perdido, y la caza ha terminado. Horn se quedó sentado en la oscuridad, contemplando los ocho discos flotantes y pensando en la forma como lo inevitable había dominado sus acciones desde que salió de la Constelación. Desde el mismo instante en que aceptó el dinero durante la conversación sostenida con una voz en una sala oscura, sólo tuvo un paso a dar y lo dio; un camino a seguir y lo siguió. Después, había creído que podría escoger, pero no en aquellos momentos.

De tal modo, el Destino le había conducido, paso a paso, animado por la ilusión de ser dueño de sus acciones, guiado sutilmente, pero con firmeza, por el tubo metálico del determinismo. Una vez empezó, nunca pudo volver atrás. Sólo una cosa pudo impedir su encuentro con Kolhnar: la muerte. Y la muerte es casi siempre el mayor de los males.

Yo voy donde quiere mi voluntad, había dicho Horn, allá en la base de la pared rocosa.

Y el viejo Mr. Wu le contestó: «Eso creemos, eso creemos todos. En medio de los acontecimientos, no podemos ver su forma. Pero cuando miramos desde la distancia a nuestras espaldas, nos damos cuenta que los hombres son manejados por fuerzas cuya misma existencia ellos desconocen. Las piezas se colocan cada una en su lugar, y el designio global resulta entonces evidente».

Dicho en otras palabras, cuando algo se mueve es porque algo lo empuja.

Selección. ¿Cuándo tuvo Horn la oportunidad de escoger? Después de desertar, hubiese sido una locura el quedarse en las tierras ocupadas. En el desierto, las patrullas le empujaron hacia la meseta. Puesto de espaldas contra la pared rocosa, sólo le quedaba un camino: atravesarlas.

Por dos veces pudo escoger: al principio y al final. Pudo haber rechazado el trabajo, pero… ¿era cierto? Dadas sus condiciones, su experiencia, la profesión y el ambiente en que vivió, ¿pudo hacer otra cosa? ¿O su aceptación venia impuesta por las circunstancias?

Cuando las líneas cruzadas de su mira estuvieron centradas en Kolhnar, pudo dejar de apretar el gatillo. Pero… ¿era cierto? Quizás le fue imposible dejar de hacerlo. Quizás también aquella acción decisiva venía determinada por las acciones de una vida entera.

Y luego, después del asesinato, hasta la ilusión de que podía ser el amo de sus acciones se había disipado. Había sido conducido, guiado, empujado constantemente. Lanzado por el negro túnel para encontrar el desierto cerrado. De nuevo a la meseta, para encontrar que sólo tenía un camino abierto: el Tubo. Y a través del casquete Terminal, hasta llegar a este lugar.

¿Sería cierto que lo único que un hombre podía escoger, en realidad, era entre vivir y morir? Aun en este caso, los dados están cargados. Se los puede hacer rodar cuantas veces se quiera, y los dados siempre mostrarán una cara: ¡vive! Es mejor sufrir que dejar de sentir. La mente consciente puede rebelarse; inclusive, en un breve momento de cordura, puede ganar una victoria sorprendente y definitiva. Pero eso no es frecuente, y ¿quién puede decir que ello también no esté determinado de antemano por fuerzas ajenas a la voluntad del hombre?

Yo no moriré, había dicho Horn. «Eso pensamos, eso pensamos todos», fue la respuesta del viejo. «Y, sin embargo, todos morimos».

Y ahora debía volver a escoger, esta vez entre varios colores: plata, oro, anaranjado, verde, azul y negro. Se paga el precio, y se coge lo que se desea. Pero no libremente. Ni ahora ni nunca. Porque las monedas son nuestra propia vida.

Los otros Consejeros podían haber regresado ya. Sólo dos de ellos no se encontrarían en sus casas. Kolhnar, que estaba muerto, y su hija, que fue capturada. ¿Plata u oro? En cualquier caso, encontraría guardias, vigilantes y alertas. ¿Qué debía escoger? No le quedaba otro camino que quedarse allí, donde le detendrían con toda seguridad…, o demorar su captura por el tiempo que tardase su viaje por aquella vía secreta.

Los labios de Horn se curvaron en una amarga sonrisa. Un animal perseguido no puede escoger. Debe correr hasta caer muerto.

Debía escoger el color plateado; la casa del Director se encontraría llena de confusión, desordenada, falta de dirección. Pero Horn sentía una curiosa repugnancia a ir allí. Su mano se extendió hacia los discos, vaciló por un instante y luego cayó encima del disco dorado. Escogía a Wendre. ¿O algo le empujaba a ello?

Aquel pensamiento quedó interrumpido cuando la silla se desplomó debajo de él. Los discos brillantes desaparecieron. La negrura pareció golpearle y por un momento no recordó nada.

Abrió de nuevo los ojos, tratando de penetrar la obscuridad y de dominar la desagradable desorientación de la caída libre. Por un momento pensó que se encontraba de nuevo en el Tubo, pero su percepción sensorial seguía activa. Detrás de él sintió una pared lisa. Empujó con manos y pies y flotó a través de la oscuridad, sus manos tanteando delante de él. Encontró el sillón y se acomodó en él, sujetándose alrededor de la cintura una correa plástica en la que no se había fijado antes.

Se frotó la cabeza, pensativo. Los discos de colores estaban ahora apagados; no había perdido el conocimiento. Sólo el disco rojo en el extremo de la derecha seguía brillando, y mientras lo contemplaba, parpadeó una vez.

Comprendió el significado de aquello. Con un gesto rápido puso la mano encima del disco, esperando no llegar demasiado tarde.

Luego el tablero de controles se oscureció del todo y la cápsula empezó a perder velocidad.

 

LA HlSTORIA

Esperanza…

Siempre surge entre los desesperados. Es todo lo que les queda.

La verdadera religión nació entre los esclavos. Es un factor de supervivencia. Para ellos, el principal.

El Culto de la Entropía, con sus visiones de esperanza, se inició entre los infinitos y numerados esclavos de Eron. Su símbolo era el círculo bisectado; su promesa era la de la resurrección de la materia y el espíritu cuando el círculo eterno girase para descansar sobre su otro pie.

El día de la regeneración. Los pobres, los desesperados, los oprimidos, esperaban el prometido cambio cuando los que estaban abajo serían elevados, y los anteriormente ensalzados, derribados hasta el polvo. Nació entre las sombras y creció entre la negrura de las más profundas cuevas y catacumbas. ¡Pobre hijo bastardo de la ciencia y de la desesperación!

Oficialmente, el Culto estaba prohibido. Oficiosamente, el Pueblo Dorado lo consideraba como algo que, si no existiera, tendría que ser inventado. Mantenía dóciles a los esclavos.

Pero la opresión y el dolor pueden engendar otras cosas. Y un símbolo puede tener multitud de significados.

 

CAPÍTULO X

MUNDO HUECO

La inercia apretó el cuerpo de Horn contra la silla por un momento, y luego quedó colgado de la correa de plástico que sujetaba su cintura, como si la cápsula hubiese volcado. Luego, de repente, el tirón en su cintura cesó y su cuerpo sintió una gravedad normal. La cápsula estaba inmóvil.

Inmóvil, ¿dónde?

Horn miró a los discos que brillaban de nuevo, flotando en la oscuridad. Todos estaban encendidos, inclusive los dos blancos, uno encima del otro en la izquierda, hasta el rojo. No se encontraba en ninguna parte. Para Horn, aquello era preferible.

Se deshizo del cinturón de seguridad y tanteó en el tablero de control hasta que encontró el botón que buscaba. Delante suyo, una puerta se abrió. Una luz azul inundó la cápsula.

El disco rojo era un switch para una parada de emergencia. Aquella era una entrada secreta al mundo hueco. Podían existir docenas de entradas semejantes. No cabía duda que existía más de una; de otro modo, el disco rojo estaría apagado.

Horn salió de la cápsula y entró en la habitación azul. Estaba vacía. Se volvió y estudió la puerta del tubo neumático. Comprendió que cuando estuviera cerrada la fina línea de su unión con la pared, quedaría completamente disimulada por las pinturas murales vivientes en el decorado de lucita.

Un mundo azul. Alrededor de las paredes y a través del techo, las pinturas fluían, siempre cambiantes, como en una proyección tridimensional. El cielo tenía el azul de la medianoche; los árboles y las hojas eran azules, mientras las ramas se agitaban suavemente a impulsos de una brisa que Horn no sentía. Tuvo la sensación que extraños animales azulados se movían en silencio detrás de él, mirándole entre los árboles con precavidos y hambrientos ojos.

El suelo estaba alfombrado con césped azul. En uno de los rincones, el piso se elevaba hasta formar un ancho y fresco montículo herboso. Horn sospechó que uno podría hundirse profundamente en él, como en una cama, y se estremeció. Detrás del montículo, una pequeña fuente fluía musicalmente de la pared y corría a través de la habitación por un pequeño arroyo.

La puerta del tubo neumático se confundía con la pared, excepto que tenía un pequeño sol azul colocado un poco a la derecha. Era quizás demasiado azul para ser realista. Debió ser azul-blanco, y ardiente; en vez de ello, parecía enfriar la habitación. Horn volvió a estremecerse. No le gustaba aquel lugar. El cielo nocturno era luminoso en la Constelación, rivalizando con el día. Las noches de la Tierra ya fueron bastante malas. Esta habitación le producía sensaciones de ahogo y terror.

Puso la mano encima del sol azul y sintió un ligero chasquido. El sol artificial era el cierre y la llamada para la cápsula neumática. Horn vaciló, y luego cerró la puerta lentamente. Este lugar era quizás lo mejor que podía razonablemente encontrar en cualquier otra parada posible de la cápsula. Pero el chasquido del cierre tuvo el definitivo sonido de algo final. Pensó en la cápsula cayendo a través del tubo metálico hasta que quedase retenida en un remoto depósito, porque no era natural que quedase en el exterior de la habitación azul, bloqueando el camino.

Media hora en aquel mundo azul eran veinticinco minutos de más. Horn trató de combatir el abatimiento que se apoderaba de él mientras buscaba la salida de la habitación. Pero le costó exactamente media hora encontrarla. Se había arrodillado con cierta repugnancia en el césped azul y bebió del agua que corría por el arroyo azulado. Era fresca y dulce, y vagamente efervescente. Había abierto un armario lleno de diáfanas ropas azules y blancas y también encontró unas cosas manchadas que no podían ser otra cosa que látigos. Por fin, Horn halló la puerta.

Salió al salón, amarillo, con un suspiro de alivio. Toda su actitud habia cambiado. Se sentía lleno de vigor, fresco y potente. Trató de reprimir aquellas sensaciones y se movió con precaución a lo largo del salón. Las puertas frente a las que pasaba estaban marcadas con discos de colores. Cuando pasó demasiado cerca de algunas de ellas, pudo escuchar agudas risas y gritos, sofocados lamentos y brutales gruñidos. Si antes tuvo alguna duda respecto a la naturaleza de aquel lugar, ahora quedaron disipadas. Después de aquello se mantuvo en el centro del salón. Horn no era un puritano, pero algunos pasatiempos no eran de su agrado.

No encontró a nadie en el largo corredor que terminaba, al fin, contra una puerta inamovible. Horn la miró, confundido. No se veía ningún disco, nada que apretar, nada a lo que dar vueltas; la única pista para poder abrirla era una ranura de pocos centímetros de largo y con un ancho de unos cuantos milímetros.

Horn arrugó el ceño. Era una puerta sencilla y estaba situada al final del salón. No había duda que tenía su utilidad. Sería algo irónico que su camino terminase allí. Era obvio que la ranura tenía un significado.

Horn extrajo unas cuantas monedas del cinturón que llevaba debajo de la camisa y metió una en la ranura. Algún mecanismo oculto chasqueó con satisfacción, pero la puerta no se abrió. Horn siguió contando. Cuando el total llegó a quinientos kellons, la puerta se deslizó a un lado.

Horn hizo un gesto. La salida le costó cara, y había mermado considerablemente el precio de la muerte de Kolhnar. La huída y lo exótico costaban caros en Eron. Se encogió de hombros mientras la puerta se cerraba a sus espaldas y otra se abría delante de él; Horn nunca llevaba cuentas de sus gastos.

Salió con precaución a lo que parecía una callejuela techada. Estaba débilmente iluminada, un lugar ideal para ladrones y bandidos. Pero quizás aquellos lugares estaban patrullados. La callejuela aparecía desierta.

La calle salía a un camino ancho y lleno de color. Horn había visto antes caminos rodantes, pero nunca tantos ni tan rápidos. El techo encima de su cabeza era de un color neutro, reflejando sin brillo la luz proyectada por focos ocultos. Los caminos rodantes estaban llenos de gente de piel dorada, vestida de un modo fantástico. Las mujeres llevaban muy poca ropa, y Horn observó que el aire era caliente, quizás demasiado caliente. Cortas faldas o pantaloncillos revelaban largas y bien formadas piernas, a menudo adornadas con brillantes joyas. Las blusas eran aún más incitantes: transparentes, con largos escotes, sólo cubriendo un lado o cortadas a fin de mostrar provocativa la carne dorada.

La ropa que les faltaba a las mujeres era usada por los hombres. Iban vestidos en exceso con plastisedas, pieles y joyas. Sus trajes adoptaban una grotesca imitación de la línea femenina, y sus piernas, rematadas por zapatos de altos tacones, tenian una excesiva simetría. Aquel era el Pueblo Dorado, en su ambiente, y Horn se preguntó cómo podría pasar desapercibido entre ellos antes de ser detenido.

Echó los hombros hacia atrás y penetró decidido en el primer camino rodante, sus ojos alerta ante cualquier peligro. Una brillante iluminación atrajo su atención hacia la izquierda. Encima de una brillante puerta multicolor se veían unas enormes letras de luces cambiantes, que decían: Los Mundos del Placer. Cuando Horn entró en una cinta más rápida, aquello quedó detrás.

Como si cumpliera una importante misión, Horn se movía de una a otra cinta con el rostro severo y determinado. Hombres y mujeres le miraban al pasar y luego apartaban los ojos. En aquellas miradas, Horn leyó desagrado, intranquilidad y un poco de miedo.

¿Qué es lo que sienten?, pensó Horn. ¿La presencia del asesino? ¿O es sólo la vaga conciencia de que podría matarles fácilmente, yo, el bárbaro incivilizado, salvaje y poderoso? ¿O quizás es a su propia sociedad a la que temen, y a las medidas de policía necesarias para sostenerla?

Los caminos rodantes se deslizaban a través de los eternos túneles de plástico y metal, frente a los casi hipnóticos escaparates de los centros comerciales, los apetitosos perfumes de los restaurantes, la perversa llamada de los lugares de diversión. Apremiantes, atractivos, exigentes. El camino rodante era como una serpiente viva, retorciéndose ante las cambiantes melodías de un hábil encantador. La gente entraba y salía, pero la serpiente seguía siempre su camino. Sin saber qué hacer, Horn se movía con ella, observando las cintas que se desviaban hacia otros corredores o se inclinaban hacia abajo, pensando abstraído cómo era posible que un hombre pudiera quedarse inmóvil en el mismo lugar y dar la vuelta a aquel mundo; cómo podía seguir viajando durante toda su vida y nunca pasar dos veces por el mismo sitio; cómo su viaje seguiría sin fin, igual que una inmensa serpiente que se mordiera la cola…

Sacudió la cabeza con vigor para despejar sus ideas. El peligro podía estar en cualquier parte y probablemente estaba en todas, pero debía decidir cuanto antes adónde encaminar sus pasos. No podía seguir allí y esperar a que los acontecimientos le alcanzaran. Pero era difícil pensar mientras la serpiente se retorcía insensata a los apremiantes ritmos de la música y los ruegos y las órdenes de ¡Compre esto! ¡Compre aquéllo! ¡Haga esto! ¡Haga aquéllo! ¡Use esto! ¡Use aquéllo!

Trató de cerrar su mente, pero las palabras forzaron un camino hasta su conciencia.

—Todos los Guardias que no se encuentren ahora en sus cuarteles, se presentarán allí en el acto. Todos los Guardias, repito, todos los Guardias se presentarán en sus cuarteles. Sin excusa, sin excepción. Los Guardias de servicio esperarán hasta que se les releve. Se disparará sin previo aviso contra todo Guardia cuya presencia no esté justificada…

La serpiente se volvió para mirar a Horn y éste caminó rápidamente hacia la cinta de la derecha y tomó el primer camino que se dirigía hacia abajo. Mientras la cinta de plástico le apartaba del brillo cegador de las luces, oyó cuando la voz decía:

—Ha sido anunciada una reunión de los Consejeros para un momento no determinado dentro de las próximas veinticuatro horas. Es probable que el asunto más importante a tratar en esta reunión sea la elección del nuevo Director, que reemplazará…

Hacia abajo. Ése era el camino que debía tomar. Abajo, hacia los cuarteles. Abajo, en obediencia a la orden general, que sólo podía significar que Duchane ya sabía que él se encontraba dentro de Eron vestido con el uniforme de un Guardia. La Guardia entera sería revistada; una tarea monumental, pero que garantizaba poder desenmascarar al asesino que se escondía detrás de un uniforme gris y que poseía un disco amarillo de identidad al que su descripción física no se ajustaba.

Y si Horn no se presentaba, le buscarían por todo Eron. Todo guardia que circulase solitario sería capturado o muerto en el acto.

 

Sin prestarle atención, Horn observó el brillante número del nivel en la pared cuando dobló una esquina para saltar a la siguiente cinta descendente: 111. Por lo tanto, antes se encontraba en el nivel más alto de Eron; en el planeta metálico existían ciento doce niveles concéntricos. Era un pensamiento extraño que se le ocurrió de repente, y sintió cierta satisfacción al pensar que había estado en un lugar donde muy pocos bárbaros pudieron poner los pies.

La cacería volvía a empezar. Horn sintió el estremecimiento familiar, entre pánico y excitación. Tenía las manos frías y le temblaban ligeramente. Respiró profundo para calmarse, dobló otra esquina y montó en otra rampa descendente. Abajo, abajo, buscando su nivel, buscando el nivel de las ratas y los gusanos y otras cosas perseguidas.

Siempre hacia abajo, pasando sin detenerse por delante de las parpadeantes luces y sombras mezcladas: niveles residenciales, distritos de diversión, escuelas, centros comerciales, restaurantes, música, ruidos, gente y más gente… Todo se mezclaba en su mente hasta formar una escena caleidoscópica, brillante, llena de color, centelleante, fantástica, sin sentido.

A medida que descendía por niveles sucesivos, otros hombres uniformados empezaron a aparecer, guardias que obedecían la orden de presentarse en sus cuarteles. Se convirtieron en un arroyo alimentado por incontables tributarios, a medida que descendían por el liso y brillante canal de plástico; poco después el arroyo se convertía en un caudaloso río.

El brillo de los focos aumentó. El camino rodante pasaba por una enorme área de techo bajo y metálico, donde una doble hilera de guardias, con las armas preparadas, esperaban a ambos lados del camino. Entre las dos inmóviles hileras, el rio seguía su rápido curso, y Horn era arrastrado con los demás. Lanzó una mirada a los rostros de los que se encontraban más cerca de él; todos mantenían una expresión severa y silenciosa. Pero los hombres de las pistolas estaban alertas ante cualquier eventualidad.

Delante de ellos debían encontrarse los largos y estrechos cuarteles, con su doble hilera de camas contra las paredes y los bancos para comer situados en el centro de los pabellones. Horn los recordaba bien. Una vez allí, no tendría la menor posibilidad de escapar. Sus ojos registraron las paredes a los lados del camino rodante y apretó con el brazo la pistola que llevaba oculta debajo del sobaco. Había otras cintas, que partían de allí hacia los niveles inferiores. La mayor parte de las llamadas a los guardias venía de más abajo.

Cuando apareció el corte entre las paredes, Horn ya se hallaba preparado. Distinguió la cinta con cíaridad cuando aún se encontraba a cincuenta metros de distancia. Empuñó la pistola sin desenfundarla y se acercó hacia la orilla derecha del grisáceo río. Cuando la cinta deslizante estaba a diez metros, su pistola apareció al lado de su cadera, apuntando hacia arriba, hacia el bajo techo de metal.

Horn apretó el gatillo y la bala chilló contra el techo y rebotó en una de las paredes.

—¡Allí está! —gritó Horn.

Los Guardias se volvieron para mirar. El río empezó a correr más rápido. Los hombres empezaron a correr. Horn adelantó el hombro y rompió a través de la línea de guardias armados en las paredes, se deslizó por la abertura hacia la cinta deslizante y corrió por la rampa movible a grandes pasos, siguiendo una linea en zigzag. Las balas que le siguieron llegaron demasiado tarde. Y los pasos que se escucharon detrás de él eran demasiado lentos.

En pocos minutos los perdió, y se encontró solo. Siguió un camino descendente.

 

Después de innumerables vueltas e incontables descensos, las cintas dejaron de moverse. Parecía como si hubiesen dejado de circular hacía ya mucho tiempo. Las largas pendientes inclinadas eran más oscuras, más estrechas y mucho más sucias. Horn salió a uno de los caminos principales, mientras su olfato captaba un olor general de abandono y podredumbre.

La gente que pasaba por su lado tenía la tez blancuzca en vez de dorada; sus ropas eran bastas y remendadas; todos tenían el ciego aspecto de topos. Caminaban a lo largo de las inmóviles cintas, silenciosos, los ojos fijos en el suelo bajo la semiobscuridad, sin escuchar otra música que el siseo de los cientos de zapatos sobre el plástico.

Las tiendas eran sucias y pobres. Los escaparates de lucita estaban agrietados; grandes trozos se habían roto y no fueron reemplazados. Los géneros expuestos para la venta se adaptaban al aspecto de las tiendas donde eran vendidos.

Horn se mezcló con los harapientos hombres y mujeres, sintiendo cierta hermandad con ellos. Al igual que ellos, estaba hambriento y había aprendido que la vida no era más que dolor, y que el dolor es eterno.

Caminaron entre las fábricas donde el ruido de la maquinaria hacía estremecer el aire, golpeándolo como un martillo gigantesco, destrozándolo entre grandes explosiones; el aire se vengaba contra la gente sombría que se movía tambaleándose bajo las altas paredes de las fábricas. Pasaron por las grandes puertas abiertas y los largos y sucios bancos de los comedores comunales ―donde el olor de la comida rancia y podrida lo llenaba todo― y muchos giraron a derecha e izquierda para entrar.

Horn vaciló, sintiendo que el hambre se agitaba en su interior como una cosa viva, pero comprendió que el detenerse era una locura. Buscó una de las pildoras de alimento en sus bolsillos y siguió caminando con la multitud. Cuando penetraron en otra avenida de tiendas miserables, Horn se dio cuenta de que la gente que caminaba cerca de él empezaba a mirarle con sospecha, lanzándole miradas llenas de inquietud. Ni siquiera alli podría encontrar refugio.

Era por el uniforme. Si quería esconderse, tenía que deshacerse de él. Penetró en una puerta medio sumida en sombras. Era un almacén de ropas hechas. Baratos buzos de mecánico y chillones sweaters se apilaban en el escaparate. La puerta tenía una manija y Horn la oprimió, abrió y penetró en el interior.

Una campanita sonó en algún lugar de la trastienda: tenía un sonido vacío y falso. Mientras los ojos de Horn se adaptaban a la oscuridad, algo blanquecino se movió, acercándose: era un rostro pastoso por encima de un cuerpo contrahecho.

—¿Sí? —era casi un murmullo gutural.

—Ropas —dijo Horn secamente, molesto por la sensación de repugnancia que sentía.

El rostro se agitó de lado a lado, riendo con un sonido vacío y falso, igual que la campana.

—¡No! El verdugo no me agarrará a mí. Nada de ropas para los que llevan uniformes grises. Es la ley.

—Ropas —repitió Horn con un tono cortante—. Puedo pagarlas.

El terroso rostro se agitó de nuevo. Tenía líneas de polvo y tierra en las fisuras de sus arrugas. Al cabo de un momento, Horn se dio cuenta de que el enano volvía a reír.

―¡No! Los pistolas grises no ganan tanto dinero.

—Diez kellons —dijo Horn.

El gnomo dejó de reír y vaciló antes de contestar.

—No, no.

—Quince.

Se pusieron de acuerdo en veinticinco. El jorobado le entregó a Horn un buzo de mecánico, del que dijo que era blanco, y le hizo un gesto para que entrase a cambiarse de ropa en la trastienda. Alguien podía verle desde la calle.

Horn se encogió de hombros, abrió la sucia puerta y penetró en una habitación llena de olores de comida pasada y sudor. Estaba aún más oscura que la tienda. Con movimientos rápidos, Horn se desabrochó la guerrera y empezó a quitársela.

En aquel momento, fuertes manos le tiraron de la guerrera por encima de los brazos, dejándole inutilizado. Algo pesado silbó cerca suyo. Horn se lanzó hacia delante, dejándose caer de rodillas mientras giraba en el aire. Algo le rozó la cabeza mientras caía, pero el hombre que sujetaba su guerrera saltó por encima de su hombro y chocó contra la pared con un golpe sordo y una explosión de aire.

La guerrera se había desgarrado, y los brazos de Horn estaban libres de nuevo. Se encontraba ya en pie, girando para hacer frente al esperado ataque. Algo negro se le acercaba por la derecha. Horn levantó un brazo y golpeó con el otro. El golpe fue doloroso y su brazo derecho quedó insensible, pero su puño izquierdo estalló contra algo. Mientras el segundo hombre se tambaleaba, Horn le castigó de nuevo con un golpe seco, que le hizo caer de rodillas, gimiendo.

El primer asaltante se levantaba del suelo, medio confuso. Horn giró y le golpeó con la rodilla en la sien. La oscura forma se estrelló de nuevo contra la pared y se deslizó hasta el suelo, donde quedó inmóvil. El otro bandido, apoyado en sus manos y rodillas, movía la cabeza de lado a lado como un oso soñoliento. Horn le golpeó con el canto de la mano en la nuca. El hombre cayó de cara en el polvo.

Horn se quedó inmóvil, respirando profundamente, escuchando. Todo estaba en silencio. Se inclinó, encontró la pistola que se le había desprendido durante la lucha y luego se enderezó lentamente, mientras giraba sobre sí mismo, hasta dar una vuelta completa. Nada. Luego, rápidamente, se quitó los pantalones grises y los restos de su destrozada guerrera y se deslizó dentro del amplio buzo de mecánico. Dejó caer la pistola dentro de uno de los anchos bolsillos y sacudió el brazo derecho. Sus músculos volvían a funcionar; tenía una mancha morada en el antebrazo, pero el brazo le obedeció mientras Horn abría y cerraba la mano.

Sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad de aquella habitación, y al salir Horn hizo una pausa en la puerta para echar una mirada a los dos hombres caídos en el suelo. Eran unos tipos brutales, grandes y pesados, pero sus rasgos estaban hinchados y pastosos. Parecían blandos y degenerados. Sacudió la cabeza y volvió a salir a la tienda. Su mano sujetaba la pistola dentro del bolsillo, pero la mirada de sorpresa y terror en el rostro del hombre contrahecho hizo que soltase el arma.

El tendero estaba muy cerca de la puerta, y Horn se volvió hacia él con una mueca de desprecio.

—Una gorra —dijo.

La segunda que se probó le sentaba bastante bien. Tiró de la torcida visera hasta casi el nivel de los ojos. Se acercó al tembloroso y mudo tendero, con la mano extendida. El hombre dio un paso atrás, lleno de terror.

—Toma —dijo Horn, y dejó caer las monedas en la mano del hombre—. Te pago por las ropas. Si no lo hiciera, ya encontrarías la manera de traicionarme. Te aconsejo que no lo intentes. La guardia o los agentes de Duchane encontrarían el dinero. Se lo llevarían con ellos, y a ti también. Nunca creerían que no me ayudaste. Olvida que me has visto.

El hombre asintió, mientras los ojos le giraban en las cuencas.

—Dame un disco de identidad de obrero de los depósitos —dijo Horn.

Apretando las monedas, el jorobado se inclinó detrás de un mostrador lleno de pilas de ropas baratas. Al instante salió con un disco amarillo, lleno de números

—Haz desaparecer ese uniforme —dijo Horn, mientras se colocaba el disco en la gorra—. Rápido. Y más vale que tengas cuidado con tus muchachos. Van a sentirse un poco molestos contigo.

Horn se dirigió con paso ágil hacia la puerta de entrada y se quedó allí por un momento, estudiando la calle medio sumida en sombras. Hasta los esclavos querían robarle, matarle. Aún no había encontrado el nivel que le correspondía. Tendría que ir aún más abajo, hasta el fondo, a los niveles de los depósitos.

O, quizás, pensó, un asesino no pueda encontrar amigos.

Vio como un guardia salía de entre la confusa masa de esclavos y desaparecía corriendo por una callejuela cercana. Los ojos de Horn se endurecieron. Los obreros se arremolinaron, excitados. Un bronco murmullo llegó a los oídos de Horn y se convirtió en una confusión de gritos y maldiciones. Una patrulla de la guardia se abría paso a través de la masa de carne que le obstruía el camino, golpeando con las culatas de las pistolas a derecha e izquierda. Irritados, los esclavos se apartaron.

Cuando el tumulto y los gritos se hubieron perdido en la distancia, Horn se apartó del dintel de la tienda y se unió a la multitud. Siguió caminando durante unos cuantos minutos, tratando de ver si alguno de los rostros que le rodeaban le seguía durante cierto tiempo. Pero había tantos y todos le parecieron tan iguales, que abandonó su proposito y se volvió para entrar en la primera rampa que se dirigía hacia abajo. El aire, que era limpio aunque caliente, en los niveles superiores, aqui parecía gastado y ardiente. Y se hizo peor mientras pasaba a través de enormes y obscuras cavernas llenas de jaulas, cajas, barriles y balas en inmensas pilas. A veces encontró brigadas de trabajadores, pero se mantuvo alejado de ellas. Por dos veces vio unos gruesos y chatos cargueros espaciales, descansando encima de sus soportes metálicos, mientras cargaban o descargaban. Estaban muy lejos y bien iluminados. Horn no se apartó de las más profundas sombras mientras descendía hasta el corazón de Eron.

Hacia abajo, huyendo, mientras las ratas corrían entre sus pies y cosas aladas rozaban, aleteando, su rostro. Los corredores se hicieron más estrechos, más sucios, calientes como hornos. Muchas veces encontró baches y roturas en las rampas de acceso. Las oscuras cavernas, interrumpidas con frecuencia por gruesas columnas de hierroN, estaban desiertas. La herrumbre y la basura se habían apoderado de todo aquello hacía siglos. El aire era sofocante.

Horn trató de no pensar en el inmenso peso que se alzaba por encima de él, soportado por aquellas columnas olvidadas hacía ya tanto tiempo. La masa de carne humana constituía una idea estremecedora.

Se detuvo en medio de un oscuro y estrecho corredor. El suelo era áspero debajo de sus pies y las paredes eran de roca, calientes al tacto. El aire estaba lleno de polvo y las telarañas se pegaban a su rostro. Horn las apartó de su camino con un gesto de su brazo.

Se encontraba debajo del nivel más profundo. Estaba en el fondo de las antiguas catacumbas, en el mismo corazón de la corteza rocosa de Eron. Hizo un esfuerzo para respirar y siguió adelante con paso cansino.

Más adelante, el corredor giraba a la derecha y se ensanchaba. La luz sorprendió a Horn. Las horas pasadas en los corredores de piedra le habían llenado de polvo y telarañas. Horn parpadeó y después se dio cuenta de que la luz que veía era sólo un leve reflejo. Siguió adelante, giró a la izquierda y se detuvo en la entrada de una cámara abovedada, abierta en la misma roca.

Toscos bancos de madera estaban alineados regularmente sobre el áspero suelo de piedra, colocados en dirección al otro extremo de la cámara, que aparecía brillantemente iluminado. Oscuro, siluetado en forma masiva contra la luz, se destacaba un símbolo esculpido en la roca viva; era el círculo bisectado por una gruesa línea que se extendía por encima y debajo del círculo, terminando en pies y brazos horizontales.

Horn lo reconoció. Era el símbolo científico de la Entropía, y aquello era una capilla del culto. Había unas cuantas personas solitarias, esparcidas en los bancos, con las cabezas inclinadas en profunda reflexión o cansancio. Todos llevaban ropas pobres y remendadas. Horn se dejó caer con gratitud en uno de los bancos y apoyó la cabeza en las manos.

Había corrido hasta no poder más; aquel era el fin. Había corrido desde el desnudo desierto de la Tierra hasta las profundidades del corazón de roca de Eron; ya no podía correr más. Pero ¿qué otra cosa podía hacer la presa, sino correr?

Eron deseaba capturarle, le necesitaba más de lo que nunca necesitó a cosa alguna. Nunca olvidaría. Nunca descansaría hasta que tuviese en su poder a Horn, el asesino, derrocador de imágenes y amenaza para el Imperio. No había esperanza para él.

Y por fin comprendió lo que tenía que hacer. El animal más tímido luchará hasta morir si se le acorrala. Mientras tiene una oportunidad para escapar, huirá; pero cuando ya no puede correr más, luchará. Y Horn lucharía. La única forma de sobrevivir era destruir a Eron. Horn apretó los dientes. El lo destruiría.

Sólo mucho tiempo después le pareció absurda su decisión; un solo hombre declarando la guerra a un Imperio. En aquellos momentos Horn sólo comprendía que era algo lógico y justo. Eron podía ser destruido; él mismo lo haría.

Sus planes no pasaron de allí. Se encontraba muy cansado y no pensó en los medios y planes necesarios. Sólo existía la decisión, implacable, inconmovible y…

Alguien le agarró los brazos y los retorció a sus espaldas mientras Horn se levantaba del banco con una sofocada exclamación. Inutilizado, Horn trató de contener el dolor que le torturaba…

 

LA HISTORIA

Átomos y hombres…

Ambos son movidos por ciertas fuerzas generales que actúan de acuerdo a ciertas leyes, y sus movimientos pueden predecirse dentro de amplios limites.

Fuerzas físicas, fuerzas históricas… Si el hombre conociese las leyes de unas, tan bien como conoce las leyes que gobiernan a las otras, podría predecir las reacciones de una civilización con tanta precisión como puede calcular las reacciones de una nave.

Una de las fuerzas históricas era evidente: Eron. No podía ser despreciada. Su influencia era universal. Desafío y respuesta; eso era la fuerza. Eron desafió; el Hombre le respondió con el Tubo. Y del Tubo surgió el Imperio.

Pero ahora el mayor desafío procedía del Imperio, y éste formaba sus propias respuestas. Por sus potentes pasiones, creaba las fuerzas que le amenazaban. Creaba a su propios enemigos para luego destruirlos y encontrar a nuevos enemigos alzándose detrás, debajo, dentro…

Creó la Constelación para destruirla, igual que había destruido otras pujantes civilizaciones; y seguiría haciéndolo, creando y destruyendo, hasta que fuese demasiado débil para contestar con renovado vigor… y a su vez fuese destruido.

Existían también otras fuerzas invisibles, que operaban inexorables, barriendo delante de ellas a hombres, mundos e imperios.

¿Qué es un hombre? ¿Está sometido al influjo absoluto de esas fuerzas? ¿Le es imposible fijar su propio destino?

Las leyes de la física clásica son estadísticas; el imprevisible átomo individual disfruta siempre de libertad, libertad de acción…

 

Capítulo XI

PLEAMAR

Horn despertó en medio de la oscuridad.

Despertó con el vivido recuerdo del sueño, recordando las sensaciones experimentadas al ser lanzado y arrastrado por la furia de la corriente mientras se encontraba en aquel tubo de pesadilla, recordando sus jadeantes esfuerzos para respirar y la interminable y oscura caída hacia la nada. Recordó también el repentino impulso de decisión y energía con que había agarrado un barrote en uno de los costados del tubo, y como obstruía el paso de la corriente con su cuerpo y mientras resistía los furiosos embates de las rápidas aguas, conseguía, lenta, pero con seguridad, obligarla a que volviese sobre sí misma.

Debajo de Horn no había más que roca, caliente y pulida. El aire parecía gastado y ardiente, pero era respirable. Se sentó, recordando las pequeñas dimensiones de la celda, y se sintió descansado y alerta. Quedó sentado en la oscuridad, rodeando las rodillas con los brazos y recordando cómo había llegado a aquel lugar.

Allí, en la capilla del Culto de la Entropía, tenia un hombre a cada lado, cubiertos con negras capas, con el rostro oculto y anónimo debajo de una capucha. Los brazos de Horn fueron retorcidos fuertemente a sus espaldas, mientras que las manos que le sujetaban eran fuertes y seguras, y no pudo resistirse. Le habían arrastrado de allí con facilidad, en silencio, a través del áspero suelo. Ninguna de las inclinadas figuras sentadas en los bancos se dio cuenta de nada.

Mientras atravesaban una grieta en la pared de roca para penetrar en un oscuro corredor, Horn lanzó una mirada hacia atrás, por encima de su hombro. Guardias uniformados surgían hacia el interior de la cámara como una gris inundación, desde una entrada situada cerca del símbolo de Entropía esculpido en la roca. Horn y su escolta se movieron con rapidez a través de un laberinto de negros túneles antes de detenerse.

Le ataron las manos a la espalda, le quitaron la pistola y ajustaron dos lazos a su cuello. Una de las cuerdas estaba en manos del hombre que marchaba en vanguardia, la otra estaba sujeta por la encapuchada figura detrás de él. Si Horn trataba de escapar, se vería estrangulado.

Trotó lleno de ansiedad entre los dos, tratando con todas sus fuerzas de mantener las cuerdas flojas. Era un esfuerzo agotador y lleno de tensión para mantenerse en el centro exacto del grupo, sin permitirse pensar en otra cosa que en las apretadas cuerdas que le rodeaban el cuello. Le pareció que andaban durante una eternidad, siempre cruzando oscuros corredores cortados en la roca. Horn empezó a tropezar; pensó que si aquello seguía por mucho rato sus captores no tendrían otra cosa que un cadáver entre sus manos.

Poco antes que Horn cayese agotado, entraron en una sala a duras penas iluminada por una antorcha que ardía en un anillo metálico asegurado a la pared. El techo era oscuro ―una roca negra a unos metros por encima de su cabeza―, pero la luz no llegaba a iluminar las otras paredes de la sala subterránea. Por el eco de sus pasos, Horn tuvo la impresión de que era muy profunda y ancha.

Alguien les estaba aguardando. Era un hombre, más bajo que sus Guardias pero vestido de un modo similar, con una túnica oscura que ocultaba su rostro y su figura. Su faz quedaba entre sombras. En el pecho de la túnica llevaba bordado el círculo bisectado de la Entropía.

Horn quedó de pie entre los dos hombres, luchando para mantenerse derecho. Uno de sus captores habló. Era el primer sonido que Horn pudo escuchar producido por ellos.

—Se ajusta a la descripción. Lo encontramos en la capilla cincuenta y tres.

La voz sonaba hueca y resonó extrañamente entre las paredes de roca. Horn mantuvo la mirada al frente, su rostro inmóvil.

—Quitadle la gorra —la nueva voz era firme y decidida.

Mientras le desnudaban la cabeza, Horn pudo captar una breve impresión del rostro que se escondía debajo de la capucha. La luz cayó un momento encima de sus facciones mientras el hombre le estudiaba. Era un rostro duro y fanático, que Horn nunca habia visto. La voz y el rostro eran extraños para él, y se preguntó por qué su instinto parecía rebelarse contra aquella impresión.

—Éste es el hombre.

Lo metieron en la celda, le soltaron las manos y le dieron agua y comida. La comida era pura bazofia, pero llenó su estómago. La necesitaba, después del alimento sintético de las píldoras. La enrejada puerta de metal se cerró detrás de sus guardianes, con un chasquido sólido y definitivo.

Solo en la oscuridad y en completo silencio, Horn comió y luego se dedicó a examinar su cárcel. La celda estaba completamente desnuda, pero limpia. No tenía otra salida excepto la puerta, la que dejaba pasar el aire necesario para la ventilación. Horn pasó la mano por encima de la cerradura. Era más nueva que la puerta, y a prueba de ganzúas. El pequeño cuadrado de diminutos agujeros necesitaba la inserción de diminutos filamentos magnéticos para abrirse.

Antes de tener tiempo para preocuparse por ello, se había quedado dormido.

Ahora, despierto, se preguntó qué podía ser lo que le había despertado. Volvió a escuchar el extraño y tintineante sonido que parecía resonar en el silencio total.

—De prisa —murmuró una voz.

Horn sintió como se le erizaba el vello del antebrazo y tensó los músculos. Un último tintineo metálico y la puerta rechinó débilmente. Antes de que Horn pudiera saltar, una luz le enfocó a los ojos. Parpadeó deslumbrado.

—¡Wu! —exclamó Horn, incrédulo.

—El mismo anciano de siempre… —algo metálico resonó contra el piso de roca de la celda. Y algo aleteó en la oscuridad—. Y Lil. No te olvides de la pobre Lil.

Horn se acercó con rapidez a la puerta. Estaba cerrada, inamovible. Giró con furor en la oscuridad, con la espalda contra las rejas.

—¿Por qué la has vuelto a cerrar? Tenemos que salir de aquí.

—Poco a poco, muchacho. Hemos entrado, y podremos volver a salir con la misma facilidad. Pero primero debemos hablar.

—Entonces habla. ¿Cómo conseguiste llegar hasta aquí? La última vez que te vi, los lanceros te arrastraban lejos del Monumento a la Victoria.

—En efecto. Ese será otro misterio para el Archivo Electrónico de Duchane. Las cárceles no se han hecho para Lil ni para mí; los cerrojos no pueden impedirnos entrar ni salir. Todavía no se ha construido la celda que pueda retenernos.

—¿Ni siquiera Vantee?

—¿El Presidio Terminal? —dijo Wu, gentilmente—. Quizás. Vantee quizás. Pero antes tendrían que llevarnos allí y, ¿cómo nos retendrían durante el camino?

No hubo contestación excepto unas carreras y chillidos cerca del suelo. En el breve destello de la lámpara de Wu, Horn vio que el viejo chino iba vestido igual que la primera vez que le vio. Su abollada maleta de metal estaba junto a sus pies. Y en el suelo había un gato de ojos brillantes, pelo sucio y rostro arañado. Trotaba hacia ellos en triunfo, con una yerta rata colgando de su boca.

—¿Qué le sucedió? —preguntó Wu—. Desde luego ya sé que fue lo bastante audaz y también lo bastante estúpido para llevar a cabo el asesinato de Garth Kolhnar…

Brevemente, Horn le explicó lo ocurrido desde el momento en que Wu y Lil saltaron por encima de la pared en ruinas. Después que terminó, Wu quedó unos minutos en silencio.

—Yo puedo ayudarle a escapar de aquí —dijo Wu por fin—, pero… ¿adonde dirigirá sus pasos? ¿Dónde puede esconderse en Eron el asesino del Director?

—En ningún sitio —dijo Horn en voz baja—. Por eso Eron debe ser destruido antes de que yo pueda considerarme seguro.

—¿Luego ha perdido la esperanza?

—No es eso lo que he dicho.

—¡Oh! —rió Wu—. Un hombre solo contra Eron. Una empresa atrevida… pero imposible. Los Imperios caen cuando les llega su momento histórico, pero no antes.

—Cuando un árbol está podrido —interrumpió Lil de repente—, la más pequeña brisa puede hacerlo caer.

—¿Tú también? —suspiró Wu, pensativo—. Oh, la juventud, que rehusa acobardarse. Quisiera poder sentir de nuevo estas emociones, la convicción de que no existen montañas que no se puedan escalar, ni mares infranqueables, ni peligros demasiado grandes. ¿Cómo piensa comenzar?

—No lo sé —dijo Horn lentamente—. Quizás con el hombre que me contrató para que matase a Kolhnar.

—¿Quién fue?

Horn se encogió de hombros y luego comprendió que el gesto no tenía significado en una habitación oscura.

—Fue en una sala tan oscura como ésta.

—¿No pudo reconocer su voz?

—No lo sé.

—Entonces, ¿cómo espera encontrarle?

—Por algo que me dijo usted una vez, cuando estábamos en el túnel. Me contrataron en la Constelación, ¿comprende?, inmediatamente después de la rendición de Quarnon IV. Y has dicho que nadie sabia nada de la Celebración en aquellos días.

—Es cierto —admitió Wu.

—Sin embargo, alguien sí lo sabía. Kolhnar debía tenerlo decidido. ¿A quién confió su proyecto? ¿Quién fue su confidente? ¿Quién le traicionó?

—Comprendo —dijo Wu, suavemente—. Eso elimina a sus enemigos. En la Constelación y en todas partes sólo nos quedan sus amigos. Sus amigos más próximos. ¿A quién de ellos contaba Kolhnar sus sueños?

—El cazador —dijo Lil sombríamente—, el ensangrentado cazador.

—¿Duchane? —dijo Wu—. Quizás. Él, o uno de los otros, que esperaba alcanzar en medio del caos lo que no podía obtener por medio de una transferencia normal de autoridad. Hasta ahora Duchane parece ser el que más ha ganado con la muerte del Director. Se ha movido con rapidez y eficacia; en este momento es el hombre más poderoso del Imperio. Su posición es sólida; quizás lo sería más si hubiese capturado al asesino. O si los niveles inferiores no estuvieran al borde de la rebelión. Pudo haber contado con lo primero; quizás no esperaba lo segundo. Duchane. O quizá uno de los otros.

Horn escuchó unos ligeros sonidos metálicos y los identificó como los de la apertura de la maleta de Wu. Una pastilla de algo fue colocada en su mano. Escuchó el sonido de un líquido que tenía el fuerte olor del alcohol sintético. Mordió la pastilla, vacilante. Era dulce y oleosa. Se la comió ávidamente.

—No te olvides de la pobre Lil —dijo el loro con rapidez.

La luz de la lámpara se encendió por un instante. Horn vio una bolsa en las manos de Wu y el centelleo de los diamantes en su interior.

—¿Cómo conseguisteis localizarme? —preguntó Horn de repente.

—Lil y yo estamos acostumbrados a encontrar las cosas ocultas —dijo Wu—. También encontramos la hermosa diadema de diamantes de Wendre, ¿eh, Lil?

La única contestación fue un apagado crujido y un suspiro de satisfacción.

—Muy hermosa, muy hermosa —dijo Lil.

Horn no pudo saber si se refería a Wendre, o a la diadema.

—Tuvo que ser por medio del Culto —dijo Horn.

—Una deducción inteligente —replicó Wu—. Sí, el Culto me debe un par de favores, y yo les pedí que te localizaran.

—Debe ser una organización muy interesante, quizás más eficiente aún que la de Duchane. Esto es algo sorprendente en un culto religioso.

—En efecto —admitió Wu—. Es cierto… muy eficiente, a su manera y de acuerdo con sus medios. El Culto te ha seguido durante este tiempo, y envió algunos de sus hombres para despistar a los perseguidores. Por fin, te ha traído hasta aquí.

—Ese debió ser el Guardia que corría delante de la tienda —exclamó Horn.

—Sin duda —dijo Wu.

—¿Por qué quería encontrarme? —preguntó Horn.

—Tienes derecho a sentirte curioso. Y yo tengo el derecho a rehusar satisfacer tu curiosidad. Puedes atribuirlo a tu simpatía personal, o al capricho de un viejo, como gustes. Verá, señor asesino, usted es un hombre interesante. Los asesinos a sueldo siempre resultan interesantes. No admirables, pero sí interesantes.

—Nunca he solicitado la admiración de los demás —dijo Horn tranquilamente—. Éste no es el momento para los tipos dignos de admiración. Mueren jóvenes. Mi única preocupación es seguir viviendo. Pero tampoco creo que nadie pueda aplicar este adjetivo a un hombre como tú.

—Es cierto —dijo la voz del viejo en la oscuridad—. Pero nuestras características para la supervivencia son ligeramente distintas. Las suyas son la habilidad, la fuerza, el valor y la amoralidad. Las mías son la astucia, la debilidad, la cobardía y la inmoralidad. Yo reconozco las grandes fuerzas sociales y trabajo por medio de ellas; mis defectos me mantienen vivo.

—Sólo el hombre fuerte —dijo Lil con voz profunda— puede reconocer su propia debilidad.

—Usted, en cambio —continuó Wu—, ignora a las fuerzas sociales y las ultraja, y su fuerza le ha colocado contra un Imperio. Y sin embargo, usted me gusta, míster Horn. Tiene razón, éste no es el momento para los caracteres admirables; y estoy satisfecho al ver que reconoce las necesidades históricas que nos impulsan, a veces contra nuestra voluntad.

—Yo he sido impulsado y utilizado —dijo Horn con firmeza—. Pero de ahora en adelante no será así. Desde este momento actuaré con libertad, moviendo pero inmovible—. Horn rió secamente; fue un sonido extraño en la oscuridad—. Que Eron y la historia tengan cuidado.

—Los débiles —dijo Lil con el mismo tono de antes— no conocen más que su propia fuerza.

—¿Cómo puede saber —preguntó Wu— que en sus acciones y en sus decisiones no sigue siendo un instrumento?

—Estamos perdiendo el tiempo —dijo Horn, con tono brusco—. No necesitamos preguntas sino respuestas. Alguien las conoce. La persona que me contrató es una de ellas.

—¿Y si lo encuentra —dijo Wu—, y aprende el porqué? ¿Qué habrá ganado con ello?

—Sabré lo que debo hacer —dijo Horn—. Por ejemplo, hay una cosa que puedo realizar: ¡cortar los Tubos!

Wu contuvo el aliento y luego rió suavemente.

—¡Un golpe maestro! Sólo un hombre como usted podía pensar en ello.

Horn pensó que habia una nota de ironía en las palabras de Wu.

—Eron depende por completo de los Tubos ―explicó Horn―. No podrá vivir más que unos cuantos días sin los suministros procedentes del Imperio. Y si empieza la lucha, la única oportunidad de éxito para la rebelión consiste en que Eron quede aislado. Sin las tropas de refuerzo…

—No es necesario que siga contando las ventajas —interrumpió Wu—. Las conozco quizás más que usted. El Imperio quedaría roto, una rueda sin eje. Bien, supongamos que unimos nuestras fuerzas temporalmente… Digo temporalmente, porque no puedo garantizarle cuanto tiempo me durará este espíritu quijotesco. Soy un hombre viejo, muy viejo, que se cansa de todo con facilidad. Pero no nos gusta Eron, ¿eh, Lil? Nos complacería jugarle una mala pasada.

—Bien —cerró Horn. Se daba perfecta cuenta de la importancia de la ayuda que Wu y Lil le ofrecían; no podían haber vivido tanto tiempo sin unos poderes extraordinarios y una gran inteligencia—. Ya hemos perdido bastante tiempo. Salgamos de aquí.

—¿Adónde? ¿Ahora? ¿Ciegos? ¡Ah, la juventud, la juventud!

—Bien, ¿adónde quiere ir?

—Pues, a la fuente de los acontecimientos, desde luego. Pero vestidos en forma adecuada y bien preparados. Póngase esta ropa.

Horn sintió que le colocaban en la mano unos gruesos vestidos, y notó que se trataba de unos pantalones, guerrera y gorra de uniforme. Vaciló un momento y luego se quitó su buzo de mecánico.

—Un poco de luz —dijo Lil con impaciencia.

En el breve destello de la lámpara, Horn vio a Lil pegada a la cerradura de la puerta. Una de sus garras se fundía en diminutos tentáculos que penetraban en los pequeños agujeros de la cerradura. El mecanismo giró, con un chasquido metálico. ¡No era extraño que los cerrojos no pudieran retenerles!

Horn se vistió con rapidez. Por el tacto, decidió que se trataba de un uniforme, y le sentaba perfectamente. Mientras escuchaba los suspiros y gemidos de Wu, tuvo tiempo de preguntarse de dónde procedian aquellas ropas. Sólo podía ser de aquel fabuloso e inextingible depósito, la abollada maleta de Wu… que sin duda era mucho mayor en su interior que en el exterior.

Wu suspiró profundamente y cerró su maleta con un chasquido.

—Tenga —dijo, y puso un objeto pesado en la mano de Horn, quien no tuvo dificultad en identificarlo. Era una pistola unitrónica, completa hasta el detalle del cordón elástico—. La necesitará por dos razones.

—Disfraz y defensa, supongo —avanzó Horn.

Pasó el cordón por su hombro izquierdo y siguió los pasos de Wu a través de la puerta abierta. Caminaron a lo largo de oscuros corredores durante muchos minutos. Una vez Wu se detuvo para colocar su maleta, con un suspiro, en un agujero oculto en la roca. La segunda vez proyectó la luz de su lámpara sobre la lisa superficie de la pared. Su mano se movió dentro del círculo iluminado. Horn observó que la mano parecía diferente, de un modo extraño, pero no tuvo tiempo para pensar en ello.

La pared se abrió hacia afuera. Al otro lado estaba el interior débilmente iluminado por una cápsula neumática. La figura de Wu quedaba recortada contra la luz del interior. Iba vestido con magnificencia, con ricas plastisedas y pieles anaranjadas. Un seno abultado se alzaba encima del grueso vientre. Lil parecía haber desaparecido. Horn miró a su propio uniforme. También era anaranjado.

Anaranjado, pensó Horn. Anaranjado para el Consejero de Energía.

Wu volvió el rostro hacia Horn y éste dio un paso atrás, sorprendido. No era el rostro de Wu; era la gruesa, dorada e hinchada faz de un noble de Eron. Unos ojos castaños le miraban desde debajo de unos carnosos párpados. El cabello era duro y rojizo.

La pistola ya estaba en la mano de Horn. Conocía aquella cara. La había visto de cerca, no hacía mucho. Era el rostro de Matal, Consejero de Energía.

—¡Ah! —dijo la voz de Wu—. ¿Le parece bien mi disfraz?

Horn se sintió sorprendido de nuevo. Su mano dejó de apretar la culata de la pistola y ésta voló contra su pecho.

—Pero… —empezó.

—Otra de las muchas habilidades de Lil —dijo Wu.

—Las ropas, el disfraz —dijo Horn—. Es evidente que tenía todo esto planeado.

—¿Planeado? —repitió Wu—. Yo siempre estoy preparado, podemos decir, para cuando se presenta la ocasión.

—Creo que… soy utilizado de nuevo —dijo Horn sombríamente—. ¿Qué es lo que buscas, Wu?

—Todos somos utilizados. Yo le utilizo a usted, y usted a mí. La pregunta es la siguiente: ¿nos dirigimos hacia donde usted quiere ir?

—¿Adónde vamos?

—A la reunión de los Consejeros de Eron —dijo Wu suavemente—. Deben elegir ahora un nuevo Director. Ésta es la reunión más importante desde la fundación de la Compañía. Nosotros estaremos allí. Tomaremos parte en la decisión. Yo como Consejero de Energía, usted como mi escolta personal.

—Sí —dijo Horn. Era el sitio adonde quería ir; podía sentir cómo su instinto se lo ordenaba—. Pero el verdadero Matal se encontrará allí también.

—Matal ha muerto.

—¿Muerto? —repitió Horn.

—Fue siempre un hombre descuidado. La ambición y la muerte le alcanzaron por fin. El asesino de Duchane le encontró solo. Corría a celebrar una reunión con sus principales ingenieros. El Poder brillaba delante de él: el Poder sobre los hombres, que es el verdadero poder, y éste cegó sus ojos. Murió en el casquete del Terminal Sur, sujetando su vientre herido. No pudo sujetar el Imperio.

—¿Lo sabe Duchane?

—Ni siquiera Duchane se atreve a recibir semejante mensaje. No, el asesino debe abrirse camino hasta el Consejero de Seguridad como pueda, eludiendo la captura. Debe recorrer un largo camino, pero si nos entretenemos mucho más, es posible que llegue antes que nosotros…

—¿Cómo conoces la existencia de este camino? —preguntó Horn.

—Hay pocas cosas en Eron que yo no conozca —dijo Wu tranquilamente—. Es dificil guardar un secreto a un hombre que ha sobrevivido a varias civilizaciones. Yo estaba aquí cuando se construyó el tubo neumático privado de los Consejeros. Otra cosa que también sé, por ejemplo, es que la cápsula está diseñada para un solo pasajero, pero que dos pueden acomodarse en su interior. Yo le cederé la silla.

Horn vaciló y luego entró en la cápsula. Se sentó y se ajustó el cinturón de seguridad alrededor de la cintura. Wu maniobró con dificultad para acomodar su gruesa figura entre las rodillas de Horn. Se apretó, jadeante y quejoso, pero por fin consiguió meterse a los pies de Horn, la espalda contra la pared debajo del tablero de instrumentos, los pies colocados sólidamente debajo de la silla.

—Cierre la puerta —suspiró Wu—. Esta es una posición muy desagradable para un hombre de mi edad y corpulencia. Empiezo a sentir cómo se disipa mi entusiasmo.

Horn miró hacia abajo. Había algo familiar en el rostro medio oculto en las sombras. Era algo que se le escapaba. Horn movió la cabeza y cerró la puerta lentamente. El chasquido fue seguido por la oscuridad y el ruido de la puerta interior que se deslizaba hasta cerrarse. Una vez más los discos multicolores flotaron delante de Horn.

—¿Cuál de ellos? —preguntó.

—El negro.

Horn sintió cómo un estremecimiento recorría su espinazo y frunció el ceño.

—¿Duchane?

—Allí se celebra la reunión —dijo Wu. Los discos de colores lanzaban un fantasmal y cambiante reflejo sobre sus cabellos rojizos, pero el rostro seguía en sombras—. Al centro vital. Rápido.

Horn estiró el brazo y tapó el disco negro. Sintió de nuevo la desagradable sensación de estar en caída libre; no existía otra dirección sino hacia fuera. Quizás fue debido a ello que la sospecha se apoderó con más fuerza de su ánimo.

Era evidente que Wu sabía demasiado, y que él no sabía casi nada. Todo lo que sabía de Wu era lo que el anciano le había dicho; era muy fácil que no fuesen otra cosa que mentiras y evasiones. Wu podía ser cualquier cosa; podía estar trabajando para el mismo Duchane. Podía estar conduciendo a Horn hacia una trampa mortal. Debía existir una organización detrás de él; no era posible que dispusiera de toda la información de la que daba muestras sin una ayuda organizada, ni siquiera contando con los poderes de Lil.

—Sabes demasiadas cosas —dijo Horn en la oscuridad—. Cosas que ni siquiera Duchane conoce: quién soy, y donde me encontraba; Matal y su muerte… y otras cosas que nadie sabe, excepto los Consejeros: el tubo neumático secreto y sus entradas. Me pregunto cómo has aprendido tanto.

—Yo soy…

—Oh, ya lo sé —interrumpió Horn impaciente—. Eres un anciano que ha aprendido muchas cosas.

Se interrumpió. Las sombras en el rostro de Wu. Una capucha… El parecido se colocó en su lugar automáticamente.

—¡Usted! —dijo Horn con voz ronca y un tono de respeto—. Usted era el sacerdote que llevaba el símbolo bordado en la túnica.

—El Profeta —corrigió Wu gentilmente.

 

LA HISTORIA

Categorías…

Entre los hombres, como entre las gallinas, el orden de categorías constituye una necesidad social. La gallina A puede picotear a la gallina B; la gallina B puede picotear a la gallina C; la gallina C puede picotear a la gallina D. Hasta que el orden de categorías queda establecido, no puede existir la paz en el gallinero.

Lo que las gallinas conocen por instinto, los hombres lo deben aprender: el poder es indivisible.

Garth Kolhnar aprendió bien esta regla mientras luchaba por ascender en la peligrosa escalera del poder político, desde su situación de noble empobrecido. El poder es indivisible y cualquier medio es bueno para conseguirlo: intriga, corrupción, denuncia de la corrupción en los demás, convenios, traiciones…

La Dirección de la Compañía fue establecida como un equilibrio del Poder supremo. Los cinco Consejeros se nombraban por oposición entre todos los ingenieros calificados del Pueblo Dorado. Sus deberes consistían en marcar la política de la Compañía, elegir al Director y conservar el secreto del Tubo.

El Director no era más que un administrador. Pero nunca fue así. Kolhnar dirigió la Compañía con puño de hierro.

Su muerte destrozó la paz del gallinero. El orden de categorías tenía que ser establecido de nuevo.

 

Capítulo XII

TABLAS

—¿Cree que un hombre puede vivir durante tanto tiempo como yo sólo con la ayuda de sus sentidos? —preguntó Wu.

—Entonces… el Culto existe sólo para protegerle a usted —dijo Horn con amargura.

—Para mi protección —admitió Wu— y el consuelo de los miserables. Y es posible que por otras razones, que no podemos discutir en este momento… porque ya hemos llegado.

La cápsula se detuvo y la puerta se abrió. En la parte exterior podia verse una gran sala desnuda con brillantes paredes de mármol negro. Wu le hizo un gesto para que saliera primero. Horn desató el cinturón de seguridad y salió afuera, moviéndose con precaución, pistola en mano. La sala estaba vacía.

Wu le condujo hasta una de las negras paredes. Una sección se deslizó a un lado cuando ellos se aproximaron. Detrás había otra pequeña habitación cuadrada; sus paredes no eran otra cosa que enormes espejos negros, iluminados por focos disimulados cerca del techo. Oscuras y extrañas caras les miraban desde los espejos. Mientras se volvían, la pared volvió a deslizarse detrás de ellos y el suelo se apretó contra sus pies.

—Tengo más ojos y oídos de los que cree —dijo Wu—, pero es mejor que no hablemos más. También los tiene Duchane, y este ascensor probablemente tiene micrófonos ocultos.

—En efecto —la poderosa voz llegaba de uno de los espejos, y el rostro de Duchane les contempló desde allí—. Bienvenido, Matal —su voz era impasible y serena—. Estamos esperándole.

El ascensor se detuvo y su puerta se abrió en silencio. Wu caminó delante de Horn a lo largo de un gran salón. Al igual que la otra sala en el piso inferior, sus paredes eran de mármol negro. Hasta la gruesa alfombra debajo de sus pies era negra.

—Su gusto artístico se acerca mucho a lo macabro —dijo Wu. Su voz era distinta. Tenía una nota jadeante, como si le faltase el aire.

—Gracias —contestó Duchane. La voz surgía de un punto cercano al techo. Causaba un efecto extraño, como si el mismo edificio estuviese vivo y formase parte de Duchane—. Es, después de todo, mi profesión.

Se acercaban a una puerta, a cuyos dos lados permanecían dos impasibles Guardias, uniformados de negro. La puerta se deslizó delante de ellos y detrás apareció otro vestíbulo de dimensiones más reducidas, dos guardias negros más y otra puerta corrediza. Y luego un gran salón hexagonal. Estaba decorado en negro, como de costumbre, pero era mucho más grande que los demás salones. Horn sintió cómo la puerta se cerraba detrás de ellos. No se veían las líneas de unión, y trató de fijar en su mente el sitio donde se hallaba la puerta.

La mesa era una pieza negra hexagonal que se ajustaba a la decoración del salón. Tres lados estaban ya ocupados. Duchane tenía la puerta a su derecha; Fenelon frente a ella y Ronholm de espaldas a la entrada. Un Guardia permanecía detrás de Ronholm y otro guardaba las espaldas a Fenelon; iban vestidos con el azul y el verde de los respectivos Consejeros.

Duchane no tenía una guardia humana. Tendido al lado de su silla había un gigantesco perro negro. Era un gemelo del que Horn había matado en la plataforma delante del Monumento a la Victoria. La mano de Duchane se apoyaba con afecto en la cabeza del monstruo.

—Llegó tarde —dijo Duchane casualmente—. Pero ya podemos empezar.

—Fui… retenido —dijo Wu sin aliento—. ¿Y dónde está la hermosa Wendre, nuestro Consejero de Comunicaciones?

—Ella también ha sido… retenida. La espero más tarde…

—Me opongo a todo este ambiente de amenaza —interrumpió Ronholm, con brusca y juvenil cólera—. Propongo que celebremos nuestra reunión, como de costumbre, en la Sala del Consejo en la residencia del Director.

Duchane miró a Ronholm tranquilamente.

—Existen razones obvias que hacen la propuesta poco práctica. En primer lugar, el Director ha muerto; debemos respetar el período de duelo oficial. Segundo y mucho más importante, estos son días de agitación callejera. Kolhnar fue asesinado. Uno de nosotros puede ser el próximo. Los niveles inferiores empiezan a murmurar, y la palabra que usan es «rebelión». Éste es el único lugar donde puedo garantizar absoluta seguridad.

—Yo puedo garantizar la seguridad de mi residencia —estalló Ronholm, su agradable rostro encendido de ira.

Duchane mostró los dientes en una ancha sonrisa.

—¿Puede garantizarlo? —se rió suavemente—. ¿Puede hacerlo, en realidad? El Consejero Ronholm ha hecho una propuesta. ¿Quién la secunda?

Sólo hubo el voto del propio Ronholm. Duchane se encogió de hombros.

—Parece ser que se encuentra en minoría.

Wu se hundió con alivió en una profunda silla situada directamente delante de Duchane. Horn quedó de pie detrás del falso Matal y observó a Duchane.

Fenelon hizo una pregunta con su voz aguda y aristocrática.

—¿Qué nos puede decir Seguridad respecto al asesino? ¿Lo han encontrado?

El rostro de Duchane, cubierto de una capa de polvos dorados, se oscureció.

—Todavía no. Pero es cuestión de horas. Sabemos que se encuentra en Eron; pronto le echaremos el guante.

—¿Está seguro de ello? —preguntó Wu—. ¿Lo cree así?

Duchane le lanzó una rápida y negra mirada.

—Yo lo agarraré. Y cuando haya terminado con él, le daré los restos a Pánico —su mano acariciaba la enorme y negra cabeza del perro—. Será un acto de justicia por la muerte de Terror.

—Ha sentido más la muerte de ese maldito perro que la de Kolhnar —dijo Ronholm amargamente.

Los ojos de Duchane se escondieron detrás de los párpados semicerrados.

—Terror era mi sirviente y mi amigo. No, aún no hemos puesto las manos encima del asesino. Todavía no. Pero hemos encontrado la persona que es aún más culpable: la que pagó la bala mortal.

—¿Quién fue? —estalló Ronholm.

Duchane dejó que sus ojos pasasen de Ronholm a Wu, de Wu a Fenelon.

—A su debido tiempo, colegas Consejeros —sus labios se torcieron en el remedo de una sonrisa—. Primero debemos considerar un asunto mucho más importante: la elección del nuevo Director.

—¡El cuerpo de Kolhnar no ha tenido tiempo de enfriarse! —objetó Ronholm.

—Los acontecimientos no esperan a nuestros sentimientos —replicó Duchane suavemente—. La estabilización inmediata de la Dirección de Eron es un asunto vital. La disciplina se transmite de arriba abajo. Debemos presentar al Imperio un Gobierno nuevo y fuerte, unido detrás de un solo hombre, monolítico. Si el Imperio nos contempla vacilantes, divididos en luchas internas, las amenazas de rebelión se convertirán en realidad. Debemos decidir ahora, y cerrar filas detrás de la persona designada.

—Es lógico —dijo Wu.

Fenelon asintió. Ronholm pareció obstinado.

—Pido que se propongan las candidaturas —dijo Duchane, los ojos centelleantes por encima de los reunidos.

—Wendre Kolhnar —la voz de Fenelon sorprendió a todos.

—¡Wendre! —estalló Duchane—. Pido fuerza, y me ofrecen una mujer. Todo está en contra de ella: la tradición, las normas, la estrategia…

—Todo, excepto el sentido común —dijo Fenelon lentamente, su flaco rostro de rasgos delicados lleno de fría concentración—. Una mujer, es cierto. Pero una mujer calificada para ello por su cuna y su educación. Ha pedido fuerza. Yo digo que la fuerza no es suficiente. Sólo Wendre cuenta con la confianza del pueblo. Sólo Wendre cuenta con la popularidad necesaria para que la rebelión vacile antes de…

—¿Quiere usted mimarlos? —exclamó Duchane, incrédulo—. ¿Satisfacer a esos esclavos conquistados con un Director a su gusto? ¿Apaciguar su hambre con sangre dorada? ¡No, por Kellon! ¡El único alimento propio de los esclavos es el látigo; la única respuesta a la rebelión es la muerte!

Horn se sorprendió al escuchar la anhelante voz de Wu que decía:

—¡Bravo, bravo! Yo propongo a nuestro vigoroso y sanguinario Consejero de Seguridad para el cargo a que aspira.

Los ojos de Duchane brillaron de fría satisfacción, pero sólo hizo una breve inclinación de aceptación.

―¡Wendre! —dijo Ronholm con violencia.

―¡Wendre! —repitió Fenelon como un eco. Duchane les contempló en silencio.

—Pero… ¿dónde está la hermosa Wendre? —volvió a preguntar Wu.

—Aquí —dijo Duchane.

Una puerta a su izquierda, opuesta a la que utilizaron Wu y Horn, se deslizó a un lado, abriéndose. Wendre estaba de pie al otro lado, vestida igual que Horn la vio por última vez. Su cabello dorado estaba desarreglado; su capa azul oscuro colgaba de sus hombros revelando la carne dorada donde su vestido había sido rasgado. Sus manos estaban unidas delante de ella, sujetas por una delgada serpiente de brillante acero.

—Aquí está —dijo Duchane con sarcasmo—. La hermosa Wendre…, la parricida.

Todos en el salón contuvieron el aliento. Horn no pudo distinguir las distintas reacciones. Wu fue el primero en recobrar la voz.

—¡Ah, no! —exclamó.

—¡Fantástico! —estalló Ronholm, levantándose a medias.

—Muy hábil —dijo Fenelon tranquilamente.

Una mano empujó a Wendre, quien se tambaleó, penetrando en la sala. La puerta volvió a cerrarse detrás de ella. Se detuvo, irguiéndose con orgullo delante de los reunidos. Por un instante sus ardientes ojos castaños se detuvieron en Duchane y luego miraron a los otros tres Consejeros.

—¡Pedidle pruebas! —dijo Wendre. Su voz era clara y limpia de miedo.

Ronholm se dejó caer de nuevo en la silla.

—¡Ponla en libertad! —dijo con fría intensidad.

—Sí —apoyó Wu—. Que quede libre y luego escucharemos sus pruebas, Duchane.

—Desde luego —dijo Duchane suavemente—. Si ella quiere acercarse…

Wendre vaciló y luego dio dos rápidos pasos hacia él. Extendió las manos por encima de la enorme y negra cabeza del perro de Duchane. El animal olió su vestido una sola vez, curioso, y luego se apartó. Duchane tendió un brazo hacia Wendre y tocó la serpierte metálica, que se deslizó de las muñecas de Wendre para caer en la mano de Duchane. Él jugueteó pensativo con aquella cosa semianimada mientras Wendre giraba y se apartaba de su lado. El instrumento se enrollaba y retorcía en su mano.

—Pruebas —murmuró—. Una cosa delicada. Sin el asesino, no podemos probar que fue contratado por Wendre o su gente, que recibió sus instrucciones y el precio de la muerte y que la llevó a cabo. A pesar de ello, puedo ofrecerles una estructura lógica y substancial. Consideremos estas preguntas: ¿quién era responsable de la organización de la Celebración de la Victoria? ¿Quién se opuso al uso de mis hombres para mantener el orden? ¿Y quién, excepto por la rápida acción de uno de mis hombres, habría llevado al asesino a bordo de su yate y desde allí a un refugio?

Los ojos de Horn se endurecieron. El plan se hacía evidente. La bala no estaba destinada a él. Duchane había actuado con rapidez después de la muerte de Kolhnar y había enviado a uno de sus agentes para asesinar a Wendre.

El plan podía ser anterior a aquel momento. Duchane podía ser el hombre que lo contrató a él para asesinar a Kolhnar.

Duchane se había recobrado con rapidez del fracaso de su intento contra Wendre. La había arrestado, y había asesinado a Matal. Pero Wu estaba hablando:

—¿Es esto cierto? —preguntó a Wendre.

—Cierto a medias, retorcido hábilmente como esa cadena que tiene en su mano. El agente de Duchane presenta una curiosa contradicción. Estaba tan cerca que pudo identificar a un asesino desconocido. Y sin embargo, su vista era tan mala que no pudo ver la pistola que el asesino mantenía a mi espalda. Y su puntería era tan pobre que la bala pasó más cerca de mí que del asesino. La versión de Duchane es absurda. Me arrestaron en el casquete Terminal antes de que supiera que el asesino había vuelto al Monumento y huído… antes de que pudiera saberlo. ¿Cuál podía ser mi propósito al contratar a alguien para que asesinara a mi propio padre?

Duchane pareció divertido.

—¿Motivos prácticos o sicológicos? ¿Es necesario que diga que su padre se estaba muriendo, y que Wendre no tenía ninguna esperanza de sucederle por medio de una pacífica transferencia de autoridad? Hace un momento hemos oído su candidatura para el cargo de su padre, fundada en su popularidad con el pueblo.

La barbilla de Wendre se levantó.

—No siento ningún deseo de ser Director. No aceptaré el nombramiento.

Los labios de Duchane se torcieron.

—Demasiado tarde, querida mía. ¿Tendré que explicar sus motivos psicológicos? ¿Necesito ofrecerles la información del Archivo Electrónico? ¿Debo probar que odiaba a su padre por su casamiento con su madre, por usar su dinero y el nombre de Kallion como escalones para su ambición, y luego por apartarla para hacer lugar a una sucesión de amantes? ¿Tengo que…?

—¡Cállese! —gritó Wendre. Luego añadió, en voz baja—: Estoy satisfecha de no haber pensado ni por un instante en aceptar su proposición de matrimonio —se volvió hacia los otros Consejeros—: Ese era su precio para retirar su absurda acusación. ¿Es que cree en realidad que soy culpable, o está dispuesto a amparar a un asesino para conseguir sus fines ambiciosos? No puede mantener ambas posiciones.

—No pienso negarlo —dijo Duchane con calma—. Pero sugiero una tercera interpretación. La culpa y la justicia son abstracciones de menor importancia comparadas con el futuro de Eron.

—Una sugestión fascinante —musitó Wu—. El matrimonio de la fuerza y la popularidad. Puede inclinar la…

―¡Nunca! —exclamó Ronholm. Wendre le miró con gratitud―. ¡Nunca! —repitió tranquilamente, como un eco.

—¿Ni siquiera para salvar al Imperio? —preguntó Wu.

—No creo que el Imperio necesite de estas medidas para salvarse —dijo ella con frialdad—. Pero si es que está tan podrido, merece perecer. Prefiero casarme con un bárbaro. ―Los párpados de Horn se estremecieron—. Duchane me ha acusado de contratar un asesino a sueldo —continuó—, pero su estructura de verdades se ha convertido en un castillo de naipes. Yo puedo presentar una acusación similar contra Duchane. ¿Quién ha sido el que ha obtenido mayores ventajas con la muerte de mi padre? ¿Quién fue el que trató de conseguir el control de la vigilancia de la Celebración? ¿Quién está en mejor posición para comprar o asignar a un hombre lo bastante audaz y desesperado para intentar el asesinato? ¿Quién trató de asesinarme, y cuando fracasó intentó cargarme con sus propias culpas? ¿Quién…?

—¡Basta! —rugió Duchane. Un amenazador gruñido sonó profundo en la garganta del perro llamado Pánico—. Poseo otras pruebas que…

—Sugiero —dijo Wu en voz baja y tranquila— que consideremos estas acusaciones no sólo fuera de la cuestión, sino también peligrosas. Si nods peleamos entre nosotros, ¿cómo podemos esperar vencer a la rebelión de los esclavos? La culpa no tiene significado en esta sala. Si se acusa públicamente a Wendre, Eron sufrirá por ello. Debe ser puesta en libertad. A su vez, ella debe olvidar las acciones de Duchane contra su persona. Se trata de una cuestión de sobrevivencia: la nuestra y la del Imperio. Ahora no podemos dividir nuestras fuerzas.

Los negros ojos de Duchane contemplaron los rostros alrededor de la mesa.

—Vayamos entonces a la votación. Votemos por el próximo Director de Eron.

―Wendre —murmuró Ronholm.

―¡Wendre! —repitió Fenelon.

—Duchane —dijo Wu.

Todos se volvieron a mirar a Wendre. Ella vaciló y miró confusa a Wu. Horn no podía ver el rostro del falso Matal. Los labios de Wendre se apretaron.

—Duchane —murmuró.

Duchane aflojó la tensión de sus músculos.

—Debería devolver ese bonito cumplido, pero todos se dan perfecta cuenta de que yo no soy un sentimental. Desde luego, voto por mí mismo. La votación es tres a dos, con la necesaria mayoría…

Su voz se interrumpió, mientras su cabeza se inclinaba hacia la derecha, donde se abría una puerta. Un hombre pequeño y moreno, con ropas de trabajo anaranjadas, corrió dentro de la sala, se acercó a la silla de Duchane y se inclinó para susurrar algo en su oído. Antes de que tuviera tiempo para pronunciar más de una palabra, sus inquietos ojos habían recorrido toda la sala, deteniéndose en Wu, asombrados.

El hombre dio un paso atrás. Su mano se lanzó como una serpiente hacia el bolsillo de su destrozada guerrera y volvió a salir empuñando una pistola unitrónica. Antes de que el cañón del arma se inmovilizase, el hombre estaba muerto.

La bala que mató al hombre se enterró en la pared detrás del cuerpo que se desplomaba, con un chasquido ahogado. Antes de escuchar el sonido, la pistola de Horn se centraba en el negro pecho de Duchane.

Al lado de su amo, el perro gigante ya estaba en pie, tenso, su masiva cabeza tendida hacia delante, girando a uno y otro lado, las mandíbulas abiertas y babeantes.

Sin apartar la vista de Duchane, Horn se dio cuenta de que los guardaespaldas de Ronholm y Fenelon habían empuñado sus armas. Duchane miró a las tres pistolas sin alarma ni miedo.

—¿Asesinato? —dijo Wu incrédulo—. ¿Aquí?

Los ojos de Duchane estaban llenos de intensa concentración.

—Ese hombre pronunció su nombre antes de morir.

—Naturalmente —dijo Wu.

La tensión fue en aumento. Horn sabía que en cualquier momento podía partirse, y los hombres morirían. Cualquier cosa podía iniciar la batalla. El perro tiraba de la mano de su amo…

—Miren a las paredes —dijo Duchane en voz baja.

Horn no apartó los ojos de Duchane. No era necesario. Detrás de Duchane, tres mirillas se habían abierto en la pared. A través de cada una de las ranuras se asomaba el negro cañón de una pistola unitrónica. Una de ellas apuntaba recta al corazón de Horn. No cabía duda de que existían otras mirillas en las demás paredes. La única excepción podía ser la pared detrás de él. El campo de fuego de sus armas incluía a Duchane.

—Un sabio consejo que hará bien en recordar, Duchane —dijo Wu—. Es cierto que puede matarnos. Pero recuerde que será el primero en morir. Aparte las manos de la mesa y de los brazos de su sillón. Ni la bala más rápida puede evitar que un dedo apriete el gatillo.

Silencio. En aquel momento la tensión que Horn creía que no podría hacerse mayor, se tendió hasta hacerse insoportable.

—Tenía esto planeado desde el principio —dijo Fenelon con frialdad—. Pero nos creyó estúpidos. Esta residencia está rodeada por mis hombres desde que entré aquí.

Duchane sonrió.

—Sus Guardias fueron dominados hace mucho rato —dijo con ironía. Pero mantuvo las manos encima de la mesa.

Sólo Ronholm permanecía callado, y su silencio era difícil de comprender.

Rápido, sin mover la cabeza, Wu restalló:

—Quieto, Ronholm, quieto. No va a ganar nada con eso.

Ronholm volvió a dejarse caer en la silla.

—Creo que nos encontramos en tablas —dijo Wu, serenamente—. No puede asesinarnos sin morir al mismo tiempo. Nosotros nos encontramos en la misma situación. Propongo que busquemos una solución con rapidez. Existe cierta tensión implícita en esta situación. Los dedos pueden contraerse involuntariamente. Sería triste que el Gobierno de Eron se destruyese a sí mismo de un solo golpe.

Nadie habló. No existía una solución posible. Ninguno de los dos bandos podía confiar en el otro: el primero que bajase sus armas moriría.

Gruesas gotas de sudor aparecieron en la ancha frente de Duchane. Horn contempló cómo surcaban la capa de polvos dorados que cubría el rostro del Consejero. La pistola en la mano de Horn empezó a temblar ligeramente.

 

LA HISTORIA

Corrupción.

Su olor es específico. Cualquier historiador puede identificarlo cuando la emanación es poderosa y rastrearlo hasta el cuerpo en putrefacción. Pero se necesita un hombre sabio para darse cuenta de los primeros síntomas.

Eron tenía esos síntomas. Las narices sensibles empezaban a arrugarse.

El Tubo era una magnífica conquista, pero también representaba el Poder. La vieja sentencia era ya conocida antes de que se alzase Sunport: El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe por completo. Durante mil años, la Compañía se alzó como una magnífica y obstinada barrera a todo lo que representase un progreso para la Humanidad. Pero las aguas de la Vida se represaron detrás de ella y la barrera se debilitó.

Los reyes del espacio, amos de Eron, ya no luchaban en sus propias batallas. Pagaban a soldados mercenarios. Los técnicos, los astronavegantes, los ingenieros… todos eran bárbaros de otros mundos. El Pueblo Dorado sólo se apoyaba en sombras: riquezas y títulos hereditarios… y un secreto. El secreto era el Tubo.

La pregunta: ¿Podría un nuevo desafío revivir el perdido vigor de la raza?

Mil años. Durante tanto tiempo, la Compañía, utilizando la ilimitada energía de una estrella, pudo contener el río de la Vida. Pero éste se esforzaba en derribar la barrera, ahogando a aquellos que se refugiaban detrás de ella, y seguir su curso triunfal.

 

Capítulo XIII

LAS ESTEPAS DE METAL

—Ninguno de nosotros quiere morir —la voz de Wu parecía resonar en el silencio—. Sólo existe un medio de mantener la situación estática hasta que pueda ser alterada sin desventaja para ninguno de nosotros. Que todos nosotros, menos Duchane, escojan una salida. Esperemos que él no se encuentre amenazado por los pistoleros detrás de las paredes. A una señal convenida, nos dirigiremos hacia las salidas escogidas, sin dejar de apuntar a nuestro digno Director, y saldremos simultáneamente.

—Sólo hay dos puertas —objetó Ronholm—. Cualquiera de nosotros que salga el último se encontrará en desventaja.

—¿Es eso cierto? —preguntó Wu a Duchane—. ¿Sólo existen dos salidas?

Duchane asintió como si no confiase en su propia voz. Wu se volvió hacia Ronholm.

—Entonces usted puede escoger primero. Después Fenelon.

Horn respiró profundamente, sin pronunciar palabra.

—¿Bien? —dijo Wu, volviéndose hacia Duchane—. ¿Estamos de acuerdo?

Los ojos de Duchane se movieron de uno a otro rostro, esta vez no sumidos en reflexión, sino como si buscase una respuesta que no podía hallar.

—La alternativa —le recordó Wu lentamente— es la muerte.

—De acuerdo—dijo Duchane con voz ronca.

Wu se volvió hacia Ronholm.

—Escoja.

—Aquélla —dijo Ronholm con rapidez.

Señaló a la puerta por la que entraron Wu y Horn. Los músculos de las mandíbulas de Horn se apretaron y aflojaron en un movimiento reflejo.

—La derecha —dijo Fenelon, encogiéndose de hombros.

Wendre había entrado por aquella puerta. Horn no envidiaba al aristócrata; no era mucho mejor que quedarse en el salón. Objetivamente, ninguno de ellos tenía muchas posibilidades de salir vivo de aquella casa. Inclusive Ronholm tendría que luchar para llegar al ascensor, que podía o no funcionar cuando llegase.

Quizá lo mejor era quedarse allí y hacer que Duchane cayese el primero cuando empezase la lucha…

—Nosotros —dijo Wu tranquilamente— saldremos por la tercera puerta. Me llevo a Wendre conmigo.

—¡No!

La palabra pareció arrancada de los labios de Duchane. El perro gigante, a su lado, se inclinó hacia delante, gruñendo sordamente.

―¡Cuidado! —advirtió Wu—. Recuerde la alternativa.

―¡Llévatela! —gimió Duchane—. ¡Quieto, Pánico!

El perro se sentó sobre sus cuartos traseros.

—Vamos, Wendre —dijo Wu, levantándose lentamente de su silla—. Y ustedes, compañeros en el peligro, retrocedan hasta las puertas que han escogido. Las puertas estarán abiertas y los pasillos vacíos.

Ronholm se puso de pie y empezó a retroceder mientras se pasaba la lengua por los labios en un gesto nervioso. Fenelon dio media vuelta y caminó serenamente hacia la puerta que había escogido. Las pistolas de sus guardias se mantenían firmes mientras retrocedían paso a paso.

Wendre estaba al lado de Wu, y éste retrocedía ya hacia la pared situada detrás de ellos. Horn mantenía la pistola fija en el centro del pecho de Duchane, mientras retrocedía paso a paso.

Wu movió los pies como si se volviera hacia la pared. Al cabo de un instante Horn escuchó el susurro de un movimiento, y un soplo de aire le rozó la nuca. Existía una tercera puerta; Wu lo sabía y la había abierto.

Los ojos de Duchane llameaban de furia. El índice de Horn se apretó contra el gatillo.

—Preparados, caballeros —dijo Wu—. Y ahora, adelante.

Paso a paso, Horn retrocedió, sintiendo cómo las paredes volvían a cerrarse a ambos lados, mientras las otras dos puertas entraban ya en su visión periférica. Estaban vacías. La puerta a sus espaldas susurró mientras volvía a cerrarse; Horn la atravesó y el rectágulo delante de él se estrechó con rapidez. Al mismo tiempo, Horn escuchó el silbido y los chirriantes rebotes de las balas en la distancia.

Horn hizo un disparo a través de la estrecha abertura. Algo negro se lanzó hacia él, por encima de la mesa, con las mandíbulas abiertas para recibir la bala destinada a Duchane. Horn se lanzó hacia la pared con los brazos abiertos, apretando a Wu y a Wendre detrás de él. Tres balas silbaron a través de la estrecha grieta antes de que la puerta terminase de cerrarse.

—¿Dónde estamos? —preguntó Horn, girando rápidamente.

Wu corría ya por el débilmente iluminado corredor, delante de Horn. Entre los dos estaba Wendre, que miró con curiosidad por encima de su hombro a Horn, mientras corría.

—La mente de Duchane es tortuosa —jadeó Wu—. Le gustan las trampas y los pasajes secretos. Éste es uno de los últimos.

—No he tenido tiempo para darle las gracias, Matal —empezó Wendre.

—No hay tiempo para ello ahora —dijo Wu.

Una larga sucesión de estrechas escaleras conducía hacia abajo, hacia la obscuridad. Wu no vaciló. Pasó la mano con rapidez por encima de la pared al lado de las escaleras. Otra puerta oculta se deslizó delante de ellos y detrás de ella, otras interminables escaleras llevaban hacia arriba. Wu los empujó por la abertura hacia las escaleras y se detuvo un instante para cerrar la puerta.

Las escaleras parecían no tener fin. Subieron sin descanso hasta que Wu se detuvo, inclinándose contra una de las paredes, una mano apretando su costado, con la respiración entrecortada. Poco a poco, el color volvió a su pálido rostro.

—Sigan —jadeó.

Horn vaciló un solo instante y luego agarró el brazo derecho de Wu. Lo pasó por encima de sus hombros y con el brazo izquierdo alrededor de la gruesa cintura, medio lo levantó, medio lo arrastró por las escaleras.

—Estoy bien —protestó Wu, pero Horn no le soltó.

Llegaron a una pequeña y polvorienta habitación al final de las escaleras. Media docena de trajes espaciales colgaban de sus soportes contra una de las paredes; los cascos transparentes yacían en una estantería encima de los trajes.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Wendre.

—Salir de aquí… tan pronto como podamos —dijo Wu.

—¿Adonde? —preguntó Horn—. Duchane sigue en el Poder. No encontraremos ningún refugio seguro mientras él sea Director…

—¿Por qué quería que yo votase por él? —preguntó Wendre.

—¿Cuánto tiempo cree que habríamos vivido si usted hubiese sido elegida? —preguntó Wu con suavidad—. Pero Horn tiene razón. No habrá sitio para nosotros hasta que Duchane sea vencido. La única forma de hacerlo es cortar los Tubos.

—¡Eso es imposible! —protestó Wendre, horrorizada.

—¿Imposible? —Wu levantó las cejas.

—Oh, puede hacerse, desde luego, pero dejaría inutilizado al Imperio.

—Más vale inutilizarlo temporalmente que permitir que caiga en las garras de un hombre como Duchane —dijo Wu con gravedad.

—Es posible que tenga razón —admitió Wendre—. ¡Pero piensen en lo que significará, en términos de vidas! La energía quedará cortada en todo el Imperio. Todo se detendrá en miles de mundos: fábricas, móviles, aviones, ascensores, caminos rodantes. Faltará la calefacción en las casas. Los alimentos no podrán cocinarse. El pánico y los accidentes causarán millones de muertes; los niños pasarán hambre. El mismo Eron quedará herido de muerte; unos cuantos días sin suministros y…

Wu se encogió de hombros.

—Por todo el Imperio los hombres mueren, y los niños pasan hambre todos los días. Si es que no pueden sobrevivir unos cuantos días sin la energía que Eron absorbe de Canopus, es que no merecen vivir. Piense en cuántos morirán si Duchane se consolida en el Poder.

—¡No! —dijo Wendre con firmeza—. Ese no es el camino para salvar al Imperio. Iremos a mi residencia. Allí estaremos seguros mientras organizamos una fuerza suficiente para derrotarle.

—Como quiera —Wu se volvió—. Pero debemos darnos prisa. Poneos los trajes espaciales.

El viejo se dirigió hacia la otra pared, donde empotrada en la lisa superficie se hallaba una visiplaca de pequeñas dimensiones. Debajo de ella aparecían diez botones numerados, y los dedos de Wu se movieron con rapidez mientras marcaba una serie sucesiva de ocho numerales. Wu se volvió para ver a Horn que le observaba.

—¡Dése prisa!—exclamó.

Wendre se esforzaba en meterse dentro de uno de los trajes. Horn la ayudó y cuando accidentalmente sus brazos se rozaron, sintió una curiosa sensación de mareo. Horn se contuvo un momento y su voluntad recobró el dominio de sus sensaciones.

—En la época de la rendición, en Quarnon IV —preguntó con lentitud—, ¿quién conocía los planos de su padre para la Celebración?

Los ojos castaños le miraron con curiosidad.

—Yo los conocía. Me habló de ello, por casualidad, poco después que llegamos allí.

—¿Alguno de los otros Consejeros los conocía?

—No, a menos que se los dijera antes de salir para Quarnon IV —dijo Wendre—. Yo fui la única que le acompañó a la Constelación. ¿Por qué lo pregunta?

Horn se encogió de hombros.

—No lo sé —y empezó a colocar el casco por encima de los cabellos dorados de Wendre.

Ella le sonrió y murmuró:

—Gracias.

Horn sintió cómo una irrazonable sensación de calor recorría su cuerpo.

—Es un placer —dijo, y ajustó firmemente el casco.

Luego señaló a los diales. Ella asintió y luego borró su proyección sobre el visor frontal.

Horn se volvió de nuevo hacia Wu. La visiplaca mostraba ahora una pequeña habitación vacía, con paredes de un gris oscuro. Las pocas piezas de mobiliario dentro de la pieza aparecían tiradas por el suelo. Wu apretó otro botón y la placa se apagó. Luego se encogió de hombros.

—El centro del Culto —dijo—. Lo han arrasado.

—¿Adóndo iremos ahora? —preguntó Horn.

—Al casquete, desde luego, para cortar los Tubos —dijo Wu, con una mirada de sorpresa.

Horn miró a Wendre y recordó que no podía oírles. Sus ojos estaban llenos de curiosidad; se apartó de la pared torpemente, pero al cabo de unos cuantos pasos había aprendido los cortos y rápidos movimientos necesarios para mantener el equilibrio dentro del traje espacial. Wu se dirigió hacia el traje más pequeño entre los que se alineaban en la pared. Aún era demasiado grande, y le resultó difícil meterse en él.

—¿Qué haremos con ella? —preguntó Horn.

—Se está volviendo usted sentimental —dijo Wu suavemente—. Me ayudó a mí a subir las escaleras, y ahora se preocupa por una mujer. Ya la convenceremos.

—No será fácil llegar hasta el casquete —dijo Horn.

—Es cierto —replicó Wu―. Pero no más difícil llegar allí que a cualquier otra parte.

—¿Cuál fue el verdadero motivo para decidir la votación en favor de Duchane?

—Duchane no es más que un loco. Posee la fuerza necesaria, pero le falta la inteligencia. Wendre podía haber salvado el Imperio. Los esclavos temen a Duchane más que a la misma muerte; su reino será sangriento, pero corto. ¡Dése prisa! Ya hemos perdido mucho tiempo.

Horn se metió dentro de uno de los trajes. Terminó al cabo de breves minutos. Cuando se separó de la pared, Wu ya había abierto otra puerta. Detrás de ella apareció otra escalera más corta y más estrecha, que llevaba hasta un techo metálico. Wendre estaba de pie en los últimos escalones, medio inclinada. Wu hizo un gesto a Horn para que pasara por la puerta.

Horn se volvió en las escaleras y vio cómo Wu colocaba un guantelete adicional con cuidado entre el marco y la puerta que se cerraba. Cuando la placa por encima de ellos se abrió, Horn sintió una ráfaga explosiva y luego un tirón decreciente mientras el aire se escapaba hacia la negrura del exterior. Vapor de agua congelado convirtió el aire en una blanca neblina; cristales de hielo se formaron alrededor de la salida horizontal.

La corriente de aire empezó a calmarse; los brillantes cristales helados desaparecieron. El pequeño grupo, Wendre, Horn y Wu, salió con precaución a la gris y metálica superficie de Eron.

Sobre el gris horizonte, al final de un débil, estrecho y rojo camino, el débil Sol de tipo K0 colgaba sobre la negrura como una moribunda chispa a punto de extinguirse en un mar helado. No había luna, y la fría luz de las estrellas daba tanta claridad como el sol.

Horn giró lentamente, contemplando la gris y monótona superficie, observando cómo se curvaba en la distancia. Era igual que estar de pie encima de una gigantesca bola. Horn tuvo la extraña sensación de que le sería fácil deslizarse a través del liso y curvado llano de metal, sin detenerse jamás. No se veía nada en que pudiera detenerse su lenta mirada.

Horn parpadeó y se estremeció. Luego giró hacia arriba. Era aún peor. Tuvo la impresión de que colgaba cabeza abajo hacia las estrellas, pegado a un delgado disco de metal por encima de él.

Más allá del horizonte, unos rayos dorados se abrían en abanico, difuminándose poco a poco en la negrura de la noche. La superficie metálica reflejaba su luz confusamente. Recordaban al familiar fenómeno de la aurora polar, pero Horn pensó que aquel fenómeno era atmosférico y que aquí no existía aire. Luego se dio cuenta de que los rayos eran los Tubos.

Uno de los casquetes Terminales no estaba demasiado lejos, calculó Horn, aunque era difícil estimar la distancia en aquella llanura sin puntos de referencia.

Algo golpeaba en el brazo de Horn, y se volvió. Era la mano de Wu. Horn llevó la suya a la placa pectoral de su traje para conectar el intercomunicador, pero Wu le apartó el guantelete de un manotazo. Horn se inclinó hacia delante, observando que el casco de Wendre estaba apretado contra el de Wu. Cuando el casco de Horn se puso en contacto con los otros, pudo escuchar la voz de Wu, débil y confusa.

—No usen los fonos —decía—. Es demasiado peligroso. La habitación sin aire y las escaleras inferiores les detendrán por algún tiempo. Tendrán que buscar trajes espaciales, pero no podemos contar con mucho tiempo. Duchane es listo. Tendrá naves de patrulla fuera de Eron dentro de una hora, y no hay ningún lugar donde ocultarnos. El refugio en el que confiaba ha desaparecido, aunque pudiéramos llegar hasta allí.

—Vamos a mi residencia —sugirió Wendre de nuevo. Aún filtrada y hueca, su voz era suave y agradable.

—Duchane la tendrá rodeada con sus hombres —dijo Wu—, si es que no se ha apoderado ya de ella.

—Mis guardias son fieles a mí —dijo Wendre con firmeza.

—Es posible —admitió Wu—. Sin embargo, necesitamos un camino seguro para llegar allí. Y aún más urgente, necesitamos salir de esta despiadada desolación y volver a entrar en Eron. Una vez dentro, el mejor camino es utilizar el tubo neumático privado, que es básicamente seguro. Duchane no podrá sabotearlo en muchas horas. Pero por dónde podemos llegar al tubo… o dónde nos encontramos ahora, no tengo la menor idea.

Horn señaló hacia los rayos dorados.

—Aquello es el Norte o el Sur.

—¡Norte! —dijo Wendre—. La residencia de Duchane está muy cerca del casquete Norte.

Wu levantó la cabeza y estudió la situación por unos momentos.

—Están a cosa de sesenta kilómetros, calculo, por el tamaño aparente de los Tubos. Demasiado lejos para llegar a pie. Wendre, ¿alguna idea?

Ella movió la cabeza lentamente.

—La única entrada al tubo neumático que conozco —ofreció Horn— es en un lugar llamado Los Mundos del Placer.

—Los Mundos del Placer —murmuró Wu—. Ese nombre me es familiar. Vamos a ver: Eron está dividido en tres sentidos distintos. La longitud viene designada por letras; la latitud y el nivel por números. Los dos primeros describen una pirámide truncada, invertida.

—Ese lugar está en el nivel superior —interrumpió Horn.

—Es cierto —dijo Wu, frunciendo el ceño—. ¡Déjeme recordar! La situación exacta es… BRU-6713-112. Nivel superior. Al sur de aquí. Si no estoy equivocado en mi cálculo de la distancia, a cosa de siete kilómetros al sur. Marcharemos en esa dirección, y trataremos de encontrar un medio de determinar nuestra longitud. No nos separemos. Si uno de nosotros se pierde, quizás no podamos encontrarle…

Se dirigieron en dirección contraria a los Tubos radiantes. Caminaron hacia un inmóvil y fijo horizonte que se curvaba suavemente delante de ellos. Hacia el sudoeste, inmóvil encima del horizonte, lucía el débil sol rojo de Eron.

Marcharon por las interminables llanuras grises, Wu con un paso experimentado que pronto se puso al nivel de Horn. Pero, pensó Horn, Wu contaba con la experiencia de varios cientos de generaciones. En ocasiones, Horn se detuvo para ayudar a Wendre y observó que hasta el contacto metálico le resultaba extrañamente estimulante.

El tiempo permanecía inmóvil; el sol no se movía. Horn se preguntó si sus pesados pasos molestarían a la nobleza de Eron que vivía debajo de ellos. Naturalmente que no. Los blindajes contra meteoritos y el aislante térmico eran impenetrables al sonido.

Horn se detuvo de repente. Wu, sintiendo la vibración de sus pasos, miró hacia atrás. Horn le hizo un gesto para que se reuniera con ellos para tener otra conversación a través de los cascos. Sus labios se torcieron en una mueca mientras pensaba en lo extraño que era la presencia allí de un pequeño grupo apretado sobre ese mundo gris mientras debajo de ellos la Humanidad se agitaba como hormigas, viviendo, amando, sufriendo y muriendo.

—Las naves deben poseer algún medio de identificar los sectores —dijo Horn—; dónde poder aterrizar y encontrar los montacargas. La localización visual sería demasiado lenta. Tiene que ser por radio, y creo que estos trajes llevan frecuencias nave-a-tierra.

Wu asintió.

—Pruébelo.

Horn abrió un contacto y buscó la frecuencia NAT. El interior de su casco se llenó de un silbido agudo; era una onda sónica ululante, dolorosa. Horn cortó el contacto con rapidez y suspiró—. Automático. Es lógico, desde luego.

—¿Alguno de ustedes ha mirado al suelo mientras caminábamos? —preguntó Wu. Todos se miraron con expresión confusa. El inmóvil horizonte fascinaba la vista hacia arriba, en busca inútil de algo diferente—. Creo que no —continuó Wu—. Pero un instante antes de que nos detuviéramos, observé algo a mi izquierda…

Al cabo de unos minutos estaban encima de tres letras pintadas al lado de una ancha línea dorada que corría de norte a sur: BRT.

—Los obreros de reparaciones y mantenimiento necesitarán estas señales —dijo Wu con satisfacción—. Y sólo nos hemos desviado una diecisiete milésima de la circunferencia. En esta latitud esto representa cosa de veintidós metros. ¿En qué dirección señalan las letras? Oh, mi pobre y maltratada cabeza…

—Al oeste —dijo Wendre.

Se dirigieron al Oeste. Al cabo de unos minutos estaban de pie encima de otra línea dorada. Esta decía: BRU. Habían marchado hacia el Sur entre las dos líneas.

Siguieron la línea hacia el Sur hasta que otra raya dorada la cruzó en un ángulo recto. Llevaba el número 67.

—Estamos a sesenta y siete kilómetros del Polo —suspiró Wu—. Si mi memoria no me engaña, Los Mundos del Placer se encuentran a ciento treinta metros hacia el sur.

Sólo cuando empezaron a mirar con atención observaron los pequeños números pintados regularmente encima de la línea que seguían. Gradualmente las cifras ascendieron del 1 al 12 y luego 13.

—¡Aquí!—dijo Wu—. No podemos equivocarnos. No nos queda mucho tiempo antes de que las naves salgan a buscarnos.

Se dividieron para buscar la compuerta de entrada. Wendre regresó corriendo a su lado, casi cayéndose, y les condujo hasta una placa circular hundida en el metal gris. Pintada claramente sobre ella estaba la designación: BRU-6713-112.

—Usted pruebe la puerta —dijo Wu a Horn—; mientras, Wendre y yo buscaremos por el borde. Debe existir un medio de abrirla desde el exterior.

Nunca supieron la situación exacta del mecanismo de cierre. Mientras realizaban su extraña danza, la puerta empezó de repente a moverse debajo de los pies de Horn. Éste saltó al lado de Wendre. La luz de las estrellas reveló unos escalones. Horn empezó el descenso.

La escalera parecía idéntica a la que habían abandonado en casa de Duchane. Una mano tendida tocó el metal. Wendre se apretó detrás de Horn. Detrás de ella estaba Wu, inclinado con dificultad debajo del nivel de la puerta exterior.

El casco de Wendre se acercó al de Horn. Tenía la intimidad de una caricia.

—Matal dice que debe existir un disco al lado de la puerta. Tápelo con la mano.

Las manos de Horn ya se movían a ambos lados de la puerta. De repente la oscuridad se hizo más profunda, y se convirtió en noche impenetrable. La compuerta superior se había cerrado. ¿Por qué no se abría la puerta delante de ellos?

Era por el aire, desde luego. La habitación era una compuerta neumática, y el aire tenía que penetrar en la pequeña escalera antes de que la puerta interior pudiera abrirse.

Por fin se abrió, y Horn no pudo ver nada. El vapor de agua se había congelado en sus visores frontales. Horn apartó algo del hielo con su guantelete y penetró en la habitación iluminada. Cuando los cristales empezaron a formarse de nuevo, la luz centelleó confusa y luego el hielo empezó a fundirse sobre el plástico.

Horn se puso de espaldas contra un soporte especial situado en la pared, y sujetó el traje mientras se quitaba los guanteletes y tocaba con cuidado los cierres del casco. Estaban aún fríos, pero ya no eran peligrosos. En un instante estaba fuera de su traje y ayudando a los otros.

 

Encontraron el camino a lo largo de interminables escaleras y luego salieron al salón amarillo que Horn recordaba. Esta vez estaba silencioso, y no encontraron a nadie. Aquel lugar parecía desierto.

—Los Mundos del Placer —dijo Wendre—. ¿Qué es?

—Aquí, por dinero, los hombres pueden satisfacer sus pasiones, algunas de ellas muy extrañas y otras no tanto —explicó Wu.

—Oh —dijo Wendre. Su dorado rostro se oscureció.

—Aquí está —dijo Horn.

La puerta tenía un disco de color azul pálido. Wu pasó la mano por encima. La puerta no se abrió. Se arrodilló delante de la puerta y apretó la frente contra ella. Horn le miró con curiosidad. Las cejas de Wu se movían como pequeñas serpientes, penetrando en la ranura de la puerta. Era la infinitamente útil Lil.

La puerta se abrió. Wu se puso en pie y miró hacia atrás. Sus cejas parecían normales; su rostro era el de Matal. Todos entraron en el mundo azul.

Wendre lanzó una mirada alrededor de la habitación y se envolvió en su capa.

—No me gusta.

Horn puso la mano encima del sol azul. Unos segundos más tarde, la pared se abrió. El iluminado interior de la cápsula neumática estaba delante de ellos. Habían alcanzado por fin… si no la seguridad, por lo menos el camino hacia ella.

Wendre empezó a entrar en la cápsula pero Wu la retuvo, mientras apretaba la mano contra el dintel de la puerta. Los discos multicolores se veían débilmente en el tablero de instrumentos. Wu se inclinó hacia el interior y cubrió el disco dorado. De repente se escucharon voces.

—…retenla aquí. A Matal también, si está con ella. Y si existe la posibilidad de que puedan escaparse, dispara…

—Duchane —dijo Horn en voz baja.

—Comprendo, señor. Puede confiar en mí.

Las voces continuaron, pero Wendre ya no las escuchaba. Tenía los ojos agrandados por el asombro; su rostro era incrédulo.

—Pero eso… —empezó— no es posible…

—¿Bien? —dijo Wu.

—Es mi mayordomo. Ha estado conmigo desde que yo era una niña. Le confiaría mi vida.

—Una confianza inmerecida, parece —dijo Wu suavemente—. Todas las cosas pueden comprarse, a su respectivo precio. Nuestra seguridad no está por ese camino. La cuestión es: ¿adonde podemos ir?

Horn contempló la vena que latía en la base del cuello de Wendre y se preguntó si no habrían llegado al fin de su larga carrera.

 

LA HISTORIA

Sangre dorada…

La llamaban la Gran Mutación. La leyenda dice que Roy Kellon fue el padre, y que su hijo fue el primero del Pueblo Dorado.

Superhombres. Dignos de conquistar y gobernar al Universo. La sangre dorada era superior en todo: inteligencia, valor, resistencia. Y sólo la sangre dorada pura podia construir y controlar los Tubos.

¿Cuál era el secreto? Si era sólo eso, no estaba bien guardado. Eron permitió que el rumor se extendiera por todas partes. Los corazones de los vencidos perdieron toda esperanza.

¡Saludos al Superhombre!

Era una mutación extraordinaria. Casi increíble cuando uno piensa en los millones de sucesivos cambios necesarios para crear algo tan complicado como el ojo humano… y los millones de errores que fueron automáticamente destruidos. El Pueblo Dorado. Hiérelos, si te atreves. Su sangre es roja.

También se decía que sólo los Consejeros conocían el secreto de los Tubos. Escojed una de las dos versiones. Las dos no pueden ser ciertas.

O quizás existiera otro secreto…, un secreto que ni siquiera los Consejeros de Eron conocían.

 

Capítulo XIV

LLAVE DE ENERGÍA

—¿Qué le sucede a Duchane, Matal? —preguntó Wendre confusa—. Quiere matarnos a todos.

—El Poder —replicó Wu sombríamente, volviendo a salir de la cápsula— es una visión que enloquece a los hombres.

—Tenemos que detenerle —dijo Wendre, respirando profundamente—. Si es necesario debemos matarle. Destruirá el Imperio.

—Ahora no podemos acercarnos a él —dijo Horn.

—Los esclavos lo harán por nosotros —dijo Wu―, si podemos impedir que lleguen refuerzos de las guarniciones del Imperio.

Wendre contempló fijamente a Wu.

—¿Cortar los Tubos? Bien. Vamos a la sala de control en el casquete Norte.

Una sombra cruzó el rostro de Horn para desaparecer en el acto. Wu estaba utilizando a Wendre para sus fines. La había manejado con infinita habilidad, sugiriendo que debían cortar los Tubos. Horn pensó que no le sorprendería saber que Wu había fingido la supuesta conversación entre Duchane y el mayordomo de Wendre.

Todos querían destruir a Duchane, pero por razones distintas. A Wendre le parecía la única forma de conservar el Imperio. Horn quería destruir a Eron; sabía que aquello sería la causa de su caída. Una vez vencido Duchane, ningún otro Director podría reconstruir aquella enorme máquina. El mito del Imperio quedaría roto.

Horn se preguntó qué era lo que deseaba Wu. ¿Diversión, alivio a su aburrimiento eterno? ¿O tenía razones más válidas, mucho más profundas?

—Vosotros dos… entrad en la cápsula —decía Wu—. Yo os seguiré en otra tan pronto hayáis partido.

—¿Nosotros dos… solos? —exclamó Wendre.

—Los dos sois jóvenes y esbeltos —suspiró Wu— mientras que yo soy viejo y gordo.

—Pero…—empezó Wendre, mirando a Horn.

—No tenemos tiempo que perder en etiquetas —dijo Wu—. Puede confiar en Horn. Al igual que nosotros, tendrá que considerarse muerto si cae en las garras de Duchane. Además… Oh, bien. Entrad ya.

Horn captó la rápida mirada de Wu y comprendió. El astuto anciano no confiaba por entero en Wendre. O quizá no tenía seguridad en sus impulsos. Una vez sola, ella podía decidir de repente algún otro plan de acción. Horn sintió con sorpresa que él confiaba por completo en la muchacha, y sin razón aparente, siendo como era un hombre que no confiaba en nadie.

Había llegado más cerca del corazón de Horn que ninguna otra mujer. La muchacha poseía la inteligencia de un hombre y el corazón de una mujer. Era capaz, orgullosa y valiente. Wendre comprendió la situación con rapidez, aceptó el peligro e hizo lo que había que hacer sin una queja. No era una mimada del Imperio, ni la hija malcriada de un padre poderoso: era una mujer capaz de mantenerse en pie y luchar al lado de cualquier bárbaro de los mundos de la Galaxia; hecha para el amor… y dispuesta a combatir por él.

Horn hizo un gesto y se obligó a dejar de pensar en ella. Quizás le atribuía más cualidades de las que poseía. En cualquier caso, era una locura sin esperanza. Aunque ella fuese capaz de un gran amor, no podía ser para él. Él no era sólo un bárbaro; era el asesino de su padre.

Wendre le miraba con curiosidad.

—De acuerdo —dijo.

Horn subió a la cápsula, se acomodó en el asiento y se sujetó con el cinturón de seguridad. Hizo un gesto a Wendre para que se sentase en sus rodillas. Ella vaciló, pero no había duda que era el mejor sitio. Se sentó rígida, sin moverse. Horn estiró el brazo para cerrar la puerta.

—Vamos hacia el casquete norte —le dijo a Wu.

—Os sigo inmediatamente —aseguró el viejo.

Cuando las puertas se cerraron, Horn pasó un brazo por la cintura de Wendre y extendió el otro hacia el disco blanco a la izquierda. La cápsula se desplomó debajo de ellos. En la oscuridad, su brazo apretó el esbelto talle de Wendre y el contacto hizo que Horn sintiera un estremecimiento; no pudo contener el escalofrío.

—¿Es que le resulta desagradable viajar conmigo? —preguntó Wendre de repente.

Sin duda la muchacha había observado el gesto que él hiciera antes de entrar en la cápsula.

—Nada de eso. Fue otra idea que se me ocurrió.

—Comprendo. No es necesario que me apriete tanto —dijo Wendre secamente.

—Perdone, Consejero.

Horn retiró el brazo. Wendre empezó a flotar hacia arriba. Rápidamente Horn la volvió a atraer hacia sí. Esta vez, mientras la sujetaba, ella no protestó. Sólo el rojo disco de emergencia brillaba en la oscuridad. Poco a poco Wendre se tranquilizó.

—No puedo creer que mi mayordomo me traicionase —dijo por fin—. Era más que un sirviente; era mi amigo.

—Cuando el mundo está podrido —dijo Horn—, se necesita un hombre muy fuerte para resistir la corrupción.

—¿Como usted? —dijo Wendre con ironía.

—No —contestó Horn—. No como yo.

—¿El mundo está podrido? —repitió Wendre—. ¿Habla de Eron?

—Cuando una raza deja de luchar sus propias batallas, empieza a morir —dijo Horn—. ¿Dónde están sus sabios, constructores, obreros, luchadores? No se les encuentra ya entre el Pueblo Dorado. Sólo se ven afeminados elegantes, con abultados senos y finas piernas, preocupados sólo por su eterna busca de placeres para aliviar su aburrimiento. Eso les lleva a sitios semejantes como el que hemos dejado atrás. Allí se encuentran canallas y traidores. ¿Dónde encontrará a un hombre en quien pueda confiar, para que actúe primero en bien de Eron y después en su propio beneficio?

—No lo sé —dijo Wendre. Luego añadió—: Mi padre era un hombre así.

—Garth Kolhnar era Eron. Lo que hizo para Eron, lo hizo para sí. Era un hombre fuerte y lo bastante inteligente para comprender que más allá del poder en sí mismo existe el poder de usarlo en bien de una causa.

—Eso es cierto —dijo Wendre.

—Pero no lo era bastante para darse cuenta de que estaba manteniendo en pie a un fósil.

—¡Este fósil ha derrotado a la Constelación! —estalló Wendre.

—Hasta un fósil puede ser peligroso si es tan enorme como Eron. Pero la verdadera pregunta es: ¿Por qué Eron atacó a la Constelación?

—Era una constante amenaza, una…

—La guarnición más cercana del Imperio estaba a diez años luz de distancia. ¿Qué clase de amenaza era ésa? El mismo Eron estaba a más de trescientos años luz. ¿Cuál era el peligro para Eron? La única amenaza era la constante noticia de que existía la libertad en la Galaxia, de que fuera del Imperio había una vigorosa civilización nueva donde los hombres eran libres. El único peligro era interno: la rebelión de los esclavos.

—El Imperio es más grande que nunca. ¿Cómo puede estar corrupto? Yo no he visto nada de esas cosas…

—Porque nunca ha ido a los niveles inferiores, para ver a la gente que vive allí —replicó Horn—, los brutales animales que se arrastran desde la cuna hasta la muerte en un eterno crepúsculo, sin ver jamás una estrella. Nunca ha visitado las plantaciones agrícolas en los mundos conquistados, donde el alimento para Eron es cultivado por esclavos bajo el látigo de los capataces. No ha visto los destruidos mundos de la Constelación, los destrozados millones, las ciudades derruidas, los sobrevivientes hambrientos…

—Lo he visto —dijo Wendre en voz baja.

—Para los esclavos, sólo existe una débil línea entre la vida y la muerte. Si se les da esperanza, si pueden vislumbrar la libertad de las estrellas…, estallarán como una nova, con violencia que todo lo destruye.

—Y dejarán la civilización interestelar en ruinas. ¿Es que eso es preferible al Imperio?

—Quizás. Al menos, para un esclavo. Y a pesar de todo, no es preciso que ocurra. Un solo hombre puede controlar a los esclavos. Un solo hombre puede salvar a la civilización de su destrucción total.

—¿Quién?

—El Liberador.

—¿Peter Sair? Pero… está muerto.

—Eso he oído. Si es cierto, ha sido una gran pérdida para la Humanidad.

—Oh, cómo quisiera ser un hombre —dijo Wendre con pasión. Bajo su mano Horn sintió como su respiración se hacia agitada—. Yo podría salvar al Imperio y convertirlo en algo mejor. No es necesario de que sea siempre así. Traté de decírselo a Garth… pero se rió de mí.

—Quizás Duchane tenia razón —dijo Horn.

—¿Cómo? —ella se endureció.

—Cuando dijo que usted no amaba a su padre.

Wendre se humanizó.

—En este punto…, quizás. Yo le respetaba, pero no estábamos unidos. Tenía mis razones. Algunas de ellas Duchane ya las explicó; otras ni siquiera puede adivinarlas. Yo tendría que haber nacido hombre. Siempre lo he deseado.

—¿Nunca hubo nadie que le hiciera sentirse contenta de no serlo? —preguntó Horn.

—¿Qué quiere decir?

—Eso mismo.

Su mano derecha atrajo la cabeza de la muchacha contra la suya. En la oscuridad, sus labios buscaron los de ellas y los hallaron curiosos, suaves y dulces. El pecho de Horn se agitó mientras su mente se hundía en un torbellino. Dentro de él, como un negro intruso, penetró una fría idea. Si sólo Wendre y su padre conocían el proyecto de la Celebración en los días en que le contrataron a él, Wendre tenía que ser la persona que…

El estómago de Horn se revolvió y sus labios se endurecieron. Apartó a la muchacha.

Después de un instante, Wendre dijo:

—¿Por qué ha hecho eso?

—¿Hacer qué? —preguntó Horn, secamente.

—Apartarme.

—Quizás porque recordé de repente que usted es un Consejero y yo no más que un Guardia. ¿Está irritada conmigo?

—Debería estarlo, ¿no es cierto? —dijo Wendre pensativa—. Pero hay algo extraño en usted. No puedo considerarlo como a un soldado. Sigo pensando que nos hemos encontrado antes, que le he hablado en la oscuridad igual que ahora… Pero es algo imposible. Nunca nos hemos visto…

—Está revelando sus secretos —dijo Horn, bruscamente.

Wendre se puso rígida.

—Quizás lo haga —dijo en voz baja.

La cápsula se detuvo y la puerta se abrió. Al otro lado estaba la sala circular que Horn había abandonado aún no hacía veinticuatro horas.

—Tenemos mucho que hacer —dijo Horn—, y casi no tenemos tiempo para ello.

El rostro de Wendre estaba pensativo mientras se colocaba a su lado, frente a la puerta cerrada del cilindro. Segundos más tarde se abrió por segunda vez. Wu salió de una cápsula, aún llevando el rostro de Matal.

—Muéstrenos el camino, querida —dijo a Wendre.

Lentamente la muchacha se volvió, dirigiéndose a una de las paredes. Una sección se abrió hacia ella cuando tocó un contacto oculto. Horn se fijó en la situación de un modo automático. La pequeña habitación detrás de la puerta era un ascensor, y se apretujaron en su interior. Horn se colocó en el fondo de la cabina, con la frente fruncida.

¿Por qué había dudado de Wendre? ¿Por qué las náuseas le habían dominado mientras la besaba y el significado de sus palabras se hacía claro? ¿Sería su propia culpa lo que le había obligado a ello? Después de todo, él era quien había matado a su padre; era muy posible que su subconsciente hubiese transferido su culpa a la muchacha. No existía una verdadera razón para dudar de Wendre.

Horn comprendió que la culpa era un peso enorme sobre sus hombros, y que la había llevado durante mucho tiempo. Sería un descanso librarse de ella, confesarlo todo. Pero sólo existía una persona a quien podía confesarlo: Wendre. Y cuando ella lo supiera, se apartaría de él… o peor aún.

Horn parpadeó cuando la luz brilló con intensidad. Salieron del ascensor hacia una vasta sala circular, de un diámetro muchas veces mayor que la sala inferior. Manchas de luces de colores danzaban y parpadeaban en intrincadas y confusas señales en las distantes paredes. Sillas y tableros de instrumentos rodeaban las paredes circulares y formaban círculos concéntricos, cada vez más estrechos dentro de ellas. Interruptores, cámaras, micrófonos, intercomunicadores…

La sala estaba desierta y las sillas vacías. Una sección de diez metros de la pared estaba apagada.

Wendre contuvo el aliento.

—¿Dónde están los técnicos? Siempre hay una dotación completa de guardia…

La sala tenía dos enormes puertas, una enfrente de la otra. Las dos estaban cerradas. En el centro de la sala se alzaba una enorme estructura cuadrada, de paredes grises. Horn dio la vuelta a su alrededor con precaución, mientras Wu le seguía. Detrás de ella encontraron el primer cadáver. Llevaba un uniforme dorado; las manchas de sangre no conseguían ocultar las insignias del técnico.

Habían otros cuerpos esparcidos entre las sillas y los tableros. Algunos iban vestidos de anaranjado, otros de verde, pero la mayor parte en oro. Un charco negro salía de debajo de una de las puertas. Wu la abrió. Detrás de la puerta se amontonaban los cuerpos de los muertos. Verde, naranja, oro… y negro. Técnicos y Guardias de Seguridad. Todos muertos.

—El primer asalto fue rechazado —dijo Wu—. Los técnicos que sobrevivieron a la lucha continuaron el contraataque. Pero no nos queda mucho tiempo. Pueden seguir otros ataques.

Cuando ambos se volvieron, vieron que se había abierto una puerta en la estructura cuadrada. Su pared tenía por lo menos treinta centímetros de grueso, mucho más que el poderoso blindaje de un crucero. Wendre estaba en pie al lado de la puerta, esperándoles. Horn se detuvo y miró dentro de la cámara acorazada. Fijo en una de las paredes había un gran interruptor. No tenía ninguna señal especial; no era más que un interruptor ordinario de cuchilla. Estaba conectado.

—Es éste —dijo Wendre—. El interruptor principal. La llave de la energía. ¿Debemos accionarlo? —Miró a Horn y luego a Wu—. Nadie lo ha tocado desde que el primer Tubo fue activado.

—¿Cómo puede estar segura? —preguntó Horn.

—Sólo los Directores pueden abrir esta cámara.

—¿De qué otro modo podemos aislar a Eron? —preguntó Wu—. ¿De qué otro modo podemos derrotar a Duchane?

—¿De qué sirve hablar? —dijo Horn con impaciencia—. Yo lo haré.

Dio dos pasos hacia el interior de la cámara y abrió el interruptor con un fácil gesto de su brazo.

—Ya está —dijo—. Lo he abierto.

Fue un instante de inmenso poder. Pero Wendre rió con un tono de burla, señalando a las paredes, donde las manchas de colores seguían parpadeando sin descanso.

—No ha funcionado —dijo Horn.

—Desde luego —dijo Wendre con sarcasmo—. Si cualquiera pudiera hacerlo, Eron habría sido destruido hace siglos. Un Consejero debe estar presente para activar un Tubo, y sólo un Consejero puede cortarlo. Para ser elegible al cargo de Consejero, una persona debe ser de pura sangre dorada. Es probable que se hayan burlado de la Gran Mutación, pero ha mantenido el secreto de los Tubos durante mil años… ―suspiró—. Si debemos hacerlo, yo he de hacerlo.

Volvió a colocar el interruptor en su lugar, vaciló y luego tiró de él, su rostro helado, la mirada fija en la distancia. Horn se volvió a mirar a las paredes. Cuando escuchó como ella reprimía una exclamación detrás de él, comprendió que Wendre también había visto lo mismo. Las paredes seguían igual que antes, sin ningún cambio.

—¿Deberían haberse apagado? —preguntó en voz baja.

—Sí —susurró Wendre—. No puedo comprenderlo… Es…

La muchacha se interrumpió. No tenía palabras para expresar la terrible desilusión de aquel momento.

—Es un engaño —dijo Wu—. Una mentira.

Horn pasó un brazo por los hombros de Wendre y la sacó de la cámara. Ella se apoyó contra el pecho del hombre, aceptando inconscientemente su consuelo.

—Todo es falso, entonces —dijo—. Todo lo que me dijeron. Todo en lo que creía.

—Un hombre sabio —dijo Wu, suavemente— nunca cree nada por completo hasta que lo ha probado por sí mismo.

—Debe existir la verdad en alguna parte, entre todas las mentiras —dijo Horn—. Los Tubos son reales.

—Quizás también son una ilusión —dijo Wendre enloquecida—, y el Imperio entero es una ilusión y nosotros no somos más que fantasmas y…

Temblaba violentamente. Horn la apretó con fuerza y la contuvo.

—Tranquila, Wendre —dijo suavemente—. Calma —no se dio cuenta de que había hablado a la muchacha con el tono familiar de un igual, ni tampoco lo hizo ella… o no le importó—. Existe el secreto; alguien es su dueño. ¿Quién? ¡Piensa, Wendre! ¡Piensa!

Ella dejó de temblar. Su cabeza se alzó y miró intensamente hacia el rostro de él.

—Es verdad —dijo Wendre en voz baja—. Alguien debe tenerlo.

—¿Quién? —repitió Horn—. Nuevos Tubos han sido activados en varias ocasiones desde que se instaló este interruptor. El secreto no puede haberse perdido.

—Muchos hombres en toda la Galaxia han tratado de encontrarlo —dijo Wu—. Disponían de toda la información técnica en poder de Eron. Siempre fracasaron. Nunca pudieron activar un Tubo. El secreto siempre les rehuyó.

—En la Celebración —dijo Horn, con la mirada fija, recordando— había seis personas en la plataforma: Duchane, Matal, tú, tu padre, Fenelon y Ronholm. Todos tocaron el interruptor. Tuvo que ser uno de ellos.

—A menos que aquello también fuese una mentira —dijo Wendre.

—No podía ser nadie más —dijo Horn—. El secreto no podía pasar a través de las manos de cualquier otro grupo durante mil años sin que los Directores lo descubrieran.

—Todos estábamos allí —admitió Wendre—, pero eso no tiene ningún significado. Hemos estado en otras inauguraciones individualmente. ―La muchacha movió la cabeza confusa—. No pudo ser mi padre. Me lo habría dicho a mí. O a algún otro. Algo tan importante como esto no puede confiarse a las manos de una sola persona. Alguien más debería saberlo, en caso de muerte accidental. Para mayor seguridad, todos nosotros debíamos saberlo.

—Quizás él sólo confiaba en una sola persona —dijo Horn.

—Debió ser en mí.

—Pero tú no le querías.

—Él me amaba, e hizo de mí un Consejero.

—¿En qué otra persona podía tener confianza?

Wendre movió de nuevo la cabeza.

—No pudo ser en Duchane; mi padre sabía de su gran ambición. Ni en Ronholm. Mi padre quería que me casara con él, pero pensaba que era demasiado joven y violento. ¿Fenelon? Quizás. O en usted —ella se volvió hacia Wu—. Usted era el que llevaba más años de servicio después de mi padre.

El rostro de Matal pareció desanimado.

—No me lo dijo. Y si fue a Fenelon o a Ronholm, me temo que el secreto se ha perdido. Los disparos que sonaron cuando dejamos la casa de Duchane me parecieron rubricar su muerte.

—¡Espere! ¿No pudo ser Duchane? —preguntó Horn—. Me pareció que estaba muy seguro de su fuerza. Tu padre también tuvo grandes ambiciones; es posible que comprendiese a Duchane.

—No, no —dijo Wendre desesperada—. Eso era una de las cosas que Duchane trataba de que yo le dijese. Repitió una y otra vez: «Dime el secreto y te pondré en libertad». Creí que estaba loco. Todos conocíamos el secreto, después de todo.

—Entonces es que estuvo aquí antes que nosotros —murmuró Horn—. Vino a probar el interruptor principal y sabía que no funcionaba.

—Quizás existe un secreto —dijo Wu suavemente— que ni siquiera los Directores conocen.

Wendre se movió en los brazos de Horn.

―Ayúdeme, Matal. Usted ha sido un Consejero por más tiempo que los demás. Es seguro que usted…

—Creo que ha llegado el momento de que aclaremos la situación —dijo Wu—. Las cosas no son siempre lo que parecen —se volvió de espaldas a ellos y su voz sonó extrañamente ahogada—. Quiero que recuerde que la rescatamos de las garras de Duchane con riesgo de nuestras vidas.

Horn tuvo el presentimiento de un desastre inminente.

—¡Espere! —comenzó.

—Yo no soy Matal —decía ya Wu—. No soy más que un anciano al que atraen las causas perdidas, que tiene cierta habilidad para los disfraces y una sed tan grande como el mismo Imperio.

Se volvió de nuevo hacia ellos. Wu los miró, su arrugado rostro mostrando un gesto de excusa. Con brusco y repentino gesto, Wendre se separó de los brazos de Horn. Sus ojos castaños miraron sin comprender, primero a Wu y luego al sucio loro posado, con la cabeza inclinada, en el hombro del viejo.

—No comprendo —dijo ella sin aliento, retrocediendo unos pasos—. Si no es Matal, ¿quién es? ¿De dónde salió este pájaro? ¿Quiénes son…?

—Somos sus amigos —dijo Lil, con voz aguda.

—¡Y usted! —Wendre giró para enfrentarse con Horn—. Si él no es Matal, usted tampoco puede ser un Guardia. ¿Quién es? ¿Por qué me habéis traído aquí?

Giró de nuevo enloquecida y empezó a correr a través de la gran sala.

—¡Wendre! —gritó Horn—. ¡Espera! Déjame…

Iba a explicárselo todo; iba a decirle que había matado a su padre; a decirlo todo. Pero ella se volvió y ya era demasiado tarde. Sus ojos estaban desorbitados y tenían una expresión herida.

—¡Usted! ¡Ahora reconozco esa voz! ¡Usted es el asesino!

Wendre huyó hacia la puerta del ascensor.

―¡Wendre! —la llamó Horn de nuevo, desesperado.

―¡Piratas! —chilló Lil—. ¡Atentos al abordaje!

Horn giró sobre sus talones. Era demasiado tarde para poder utilizar la pistola. Los uniformes negros estaban ya encima de él, entrando como una tromba por la puerta abierta. En cuestión de segundos se vio arrastrado hacia la puerta. Luchó desesperado para liberar su cabeza, para mirar a su alrededor.

Wu estaba a su lado, prisionero. Lil había desaparecido. Horn miró por encima de su hombro, sin esperanza. Una astrosa multitud de rostros terrosos irrumpió a través de la otra puerta, pasó al lado de Wendre y se lanzó con furia suicida contra las fuerzas negras.

 

LA HISTORIA

Vantee…

El Presidio Terminal. El mundo de los condenados. El purgatorio de las almas perdidas, cuya liberación no está en el sufrimiento sino en la muerte.

No se podía escapar de Vantee. Como Eron, el planetoide convertido en presidio giraba alrededor del débil calor de un sol rojo y moribundo. El mundo habitado más cercano estaba a muchos años luz de distancia. ¿En qué lugar del Imperio estaba Vantee? Nadie, ni siquiera el mismo Alcaide, lo sabía. No se podía esperar ayuda del exterior.

Sólo existía una entrada a Vantee: el Tubo. Sólo existía un edificio en Vantee: la sombría y negra fortaleza donde estaba instalado el Terminal. No había salida. La fortaleza tenía un nombre: Desesperación.

La fortaleza mantenía a los prisioneros fuera de sus muros. Tenían cierta clase de libertad, dentro de todo: libertad para merodear por la estéril superficie del platenoide, libertad para matarse entre sí, libertad para morir. Dos veces al día se reunían para comer en las acanaladas artesas. Su único castigo era vivir en Vantee. Era suficiente; representaba una sentencia mortal.

Ni uno entre mil de los que merecían Vantee llegaba allí, pero el Presidio Terminal servía a su propósito. Era mucho más efectivo para atemorizar al posible criminal, al incipiente rebelde, que la amenaza de la misma muerte.

Muchos de los prisioneros contemplaban durante largas horas al Tubo dorado que se elevaba de la negra fortaleza y se empequeñecía en la lejanía. Su pensamiento podía salvar el espacio, pero para ellos el Tubo tenía una sola dirección. De Eron a Vantee. Vantee era el final.

Fue el fin, decían, para Peter Sair. Pero allí los hombres perdían sus nombres con rapidez.

Como la fortaleza, su único nombre era Desesperación. ¿Qué pueden los puños desnudos contra las paredes de un metro de grueso?

 

Capítulo XV

LA MUERTE ES LA SALIDA

Desarmado, desprovisto de su pistola, Horn fue empujado hacia un ancho corredor en cuyo suelo corrían unos rieles metálicos. Trató de liberarse, de mirar hacia donde estaba Wendre, pero fue un gesto inútil. La culata de una pistola golpeó con violencia contra el costado de su cabeza y Horn se tambaleó, luchando con la negrura que le envolvía, desfalleciendo en las manos que le arrastraban hacia delante.

Wu estaba a veces a su lado, a veces detrás. Los guardias los llevaron por un largo camino, mientras el ruido de la lucha se apagaba a sus espaldas. Horn tuvo mucho tiempo para pensar, y lo único que se repetía una y otra vez en su mente era: Duchane… Duchane…

Estaban en poder de Duchane, y quizás la sala de control había caído también en su poder. La lucha ya no tenía sentido. Wu sufría la derrota con la resignación de un mártir. Horn decidió ahorrar fuerzas y tratar de pensar con serenidad.

Una gigantesca puerta permanecía abierta a su derecha. Los guardias giraron y penetraron en una de las enormes salas de llegada de los Tubos. En el soporte móvil se veía una pequeña nave de transporte; una escalera mecánica estaba colocada contra la compuerta de entrada, en el costado de la nave. Una fila de hombres heridos penetraba en el transporte.

Horn y Wu recibieron un empujón final que les llevó delante de un oficial de rostro pétreo, que llevaba una extraña insignia en el hombro, algo negro, chato y…

—Sois hombres de Matal, ¿eh? —dijo—. ¿Dónde está Matal?

Horn miró a Wu, pero el anciano no parecía dispuesto a hablar. Horn pensó que el silencio no iba a conseguir nada más que tortura y una rápida muerte.

—Ha muerto —dijo Horn.

—¿Fenelon? ¿Ronholm?

—Creo que también han muerto.

—¿Wendre Kolhnar?

Horn se encogió de hombros.

—¿Duchane?

Horn volvió a encogerse de hombros, pero ahora, debajo de su rostro impasible, su mente volvía a trabajar a toda velocidad. Aquel hombre podía pertenecer a las fuerzas de seguridad de Duchane, pero no recibía órdenes directas de Duchane. Ni de ninguno de los otros Consejeros. La pregunta era la siguiente: ¿de quién recibía órdenes?

—Lleváoslos —dijo el oficial.

El gesto que hizo al Guardia al frente de su grupo fue casi imperceptible, pero Horn sabía lo que significaba. Tensó sus músculos para la lucha final.

De repente, el oficial se volvió hacia ellos.

—Cargadlos en la nave. Quizás el Alcaide podrá utilizarlos.

¡El Alcaide!

Horn apretó los dientes mientras los guardias les llevaban hacia la escalera mecánica. De allí era de donde llegaban las tropas. Allí era adonde ahora les conducían. ¡A Vantee! El Presidio Terminal. En la larga historia de Eron ningún prisionero había vuelto jamás de su viaje a Vantee.

No podía permitir que le llevasen allí. Tenía que saber lo que le había sucedido a Wendre; ella le necesitaba, y Horn lucharía por ella a pesar de su desprecio.

Al pie de la escalera mecánica un convulsivo esfuerzo libertó sus brazos. Un golpe seco con el canto de la mano derribó a uno de los Guardias. Un puño aplicado al viente de otro le hizo doblarse en un espasmo de dolor. Horn se largó a correr hacia la lejana puerta.

No era una acción tan desesperada como parecía. Los Guardias no se atreverían a disparar mientras él corría entre las tropas, y antes de que los otros se diesen cuenta de que alguien se escapaba, habría atravesado la puerta y se encontraría en el ancho corredor. Una vez allí, sus planes terminaban, pero no necesitaba pensar en ello todavía. Cuando pasó al lado de Wu, tropezó. Algo le golpeó en la nuca. Mientras la negrura le envolvía, por un confuso momento su único pensamiento fue: ¿Wu? ¿Wu?

 

Alguien gemía en la oscuridad. Horn abrió los ojos y escuchó. Una débil luz brillaba detrás de una lámina de grueso cristal irrompible, colocada en el techo de la cámara. Estaba atado a una litera. El ruido de sordos golpes se transmitía a través de las paredes.

Se liberó de las correas y se sentó en el borde de la litera. El movimiento hizo correr un agudo dolor desde su cabeza a lo largo de su columna vertebral. Horn gimió. Los otros lamentos debieron ser suyos también. Se tocó el bulto que tenía en la parte posterior de la cabeza; había dejado de sangrar.

La nave se inclinó y Horn se sujetó del borde de la litera para no caer al suelo. Aquellos ruidos y movimientos le resultaban familiares. La nave entraba en un soporte móvil al final de un Tubo. Lo habían llevado al transporte del cual intentó escapar.

Recordó cómo había tropezado y caído al suelo. ¿Fue Wu quien le hizo caer? Alguien tuvo que hacerlo, y Wu era quien estaba más cerca de él. Horn sacudió la cabeza: el dolor le atenazaba las sienes. Si había sido Wu, era algo increíble; no tenía ninguna razón para hacerlo.

Horn miró alrededor de la cámara donde se encontraba. Tenía la forma de una pequeña caja cuadradra con cuatro literas; las otras estaban desocupadas, y la puerta cerrada. No había ninguna ventana.

Se encontraba, pues, en Vantee, un lugar donde la huida era imposible. Horn respiró profundamente.

Aquello era algo en lo que podía estar equivocado. Peter Sair se encontraba allí y era el único hombre, como había dicho a Wendre, que podía salvar el Imperio de su completa destrucción. Todos decían que Sair había muerto, y ahora Horn tendría una oportunidad de saber la verdad.

Sintió la cintura fría y falta de protección; se llevó la mano allí y comprendió lo sucedido. El cinturón con el dinero había desaparecido; era algo natural. Horn se encogió de hombros; aquello era lo que menos le preocupaba. Habría dado todo su dinero, todos los kellons que le habían pagado por la muerte de Kolhnar… por una pistola. Pero no disponía de una cosa ni de la otra.

Seguía sentado en el borde de la litera cuando vinieron a buscarle. Los hombres eran experimentados. La puerta se deslizó a un lado y dos pistolas unitrónicas le cubrieron. Los rostros detrás de las armas eran fríos y expertos. No desperdiciaron ni una palabra ni un movimiento; no corrieron ningún riesgo. Eran hombres acostumbrados a dominar a los desesperados.

Cuando Horn salió al corredor los dos guardias retrocedieron, manteniendo siempre una distancia de un metro entre ellos y su prisionero.

—Por ahí —dijo uno de ellos, con un gesto—. Camina. Ya te diremos cuando tengas que detenerte.

Horn se puso en marcha. Nunca estuvo lo bastante cerca de ninguno de los dos para intentar una fuga. No vacilarían en disparar, y tirarían a malherirle en vez de matarle sencillamente. Horn sabía que aquello sería mucho peor que la muerte. No tenía fe en las promesas del Culto de la Entropía, y creía que la muerte era algo definitivo y que con ella llegaba el fin de todas las dudas, tormentos y arrepentimientos. Pero estar vivo y sin embargo incapaz de actuar para cambiar las circunstancias de su vida, era algo distinto; Horn prefería no pensar en ello.

Descendieron de la nave por una escalera mecánica. Horn comprendió que la nave de los prisioneros no era más que una lanzadera; los soportes móviles en cada extremo del Tubo estaban fijos y la nave nunca salía de ellos. No era necesario.

Caminaron a través de la sala de llegada del Tubo, cuyo tamaño era sólo el necesario para contener la maquinaria del Terminal que seguía el movimiento aparente de Eron. Pasaron por un largo corredor, entraron en una antesala y luego en un lujoso despacho. Horn no prestó atención a los detalles; estaba mirando al hombre que se sentaba detrás de la enorme y negra mesa escritorio.

Aquel hombre presentaba una curiosa contradicción; era un hombre grande, mayor que Horn por muchos kilos y centímetros… y era un bárbaro; sus ojos eran duros y calculadores, pero el tiempo parecía haber borrado los duros rasgos de su cara. Su rostro y su cuerpo eran los de un atleta retirado; ahora se mostraba grueso y blando, pero en su interior aún existía un núcleo de hierro.

Aquel hombre sólo podía ser el Alcaide, guardián de los enemigos del Imperio: criminales, traidores y rebeldes. Y de éstos sólo los peores; Vantee sólo recibía a la verdadera élite.

Era lógico que el Alcaide y sus hombres formasen parte de las fuerzas de seguridad de Duchane; los negros uniformes que llevaban eran prueba de ello. Era probable, sin embargo, que el Alcaide no hubiese recibido orden alguna, y si la había recibido, la ignorara. El caos ofrece oportunidades doradas a un hombre ambicioso.

El Alcaide no sería un hombre con el freno de unos ideales. Siendo un bárbaro, nunca habría llegado a aquel puesto con semejante lastre. El intento de apoderarse del casquete Norte y de la sala de control principal parecía ser su propia idea. Si Duchane era capaz de apagar en sangre el fuego de la rebelión, el Alcaide podría cobrar cara su ayuda. Si Duchane era derrotado… bien, muchos bárbaros fueron capaces de apoderarse de otros Imperios.

Los negros y astutos ojos del Alcaide miraron con atención a Horn.

—¡Vigiladle! Es un hombre peligroso.

Detrás de Horn, los dos guardias se desplazaron a ambos lados. Ahora podían disparar contra Horn sin riesgo de herir a su jefe.

—De modo que Matal ha muerto —dijo el Alcaide, reclinándose en una silla gigantesca.

—Eso es lo que me dijeron —dijo Horn con calma.

—Y Ronholm y Fenelon también.

—Es probable. Yo no los vi morir.

Horn captó el movimiento de los ojos del Alcaide mientras miraban a algo en su mesa y luego volvían a clavarse en su rostro. Horn cambió ligeramente de posición.

—¡No te muevas! —restalló el Alcaide—. Kolhnar también ha muerto —continó—. Y aún no han capturado al asesino.

Horn se dio cuenta entonces de que se encontraba en el foco de alguna clase de detector de mentiras. Su instinto de decir la verdad cuando una mentira no servía de nada le había ayudado en aquel momento; mientras siguiera ciñéndose a la verdad literal, conseguiría ventajas.

—No —contestó.

—De los seis Consejeros, sólo quedan Wendre y Duchane. ¿Quién es ahora el Director?

Era una pregunta interesante. El Alcaide no lo sabría.

—Duchane —dijo Horn.

—Es lógico —dijo el Alcaide—. Pero… ¿podrá mantenerse en el Poder?

—Lo dudo.

—¿Por qué?

—Los jefes luchan entre ellos. Las tropas y los Guardias combaten entre sí. Los niveles inferiores se rebelan. Eron está en llamas. Sólo un hombre puede impedir su destrucción total.

—¿Quién?

—Peter Sair.

—Sair ha muerto.

La respuesta fue rápida y definitiva. Por primera vez, la obstinada convicción de Horn de que el Liberador aún vivía vaciló. Aquel hombre estaba en posición tal que podía saber lo ocurrido, pero no tenía motivo para decirle la verdad a él. Horn deseó poder echar una mirada al instrumento que el Alcaide tenía detrás de la mesa.

—¿Crees que mis hombres pueden apoderarse la sala de control y conservarla?

—No tendrán éxito —la respuesta de Horn fue rápida y firme.

—Yo mismo debería estar allí —gruñó el Alcaide para sí—. ¿Cómo puedo confiar en ése…? ¡Tres horas de viaje! ¿Quién era el viejo que capturamos contigo?

Horn parpadeó; la pregunta le cogía de sorpresa.

—El mayodormo de Matal —dijo rápidamente.

—Mientes.

Horn se encogió de hombros.

—Me dijo que se llamaba Wu.

—¿Dónde está ahora? —exclamó el Alcaide.

Horn pareció sorprendido.

—¿Por qué me lo pregunta a mí?

Su inocencia era sólo aparente.

—Ha desaparecido —gruñó el Alcaide—. Algo imposible.

No, pensó Horn, sin que su rostro delatase sus pensamientos. Y recordó: «Ni siquiera Vantee puede retener al viejo Wu y a Lil. Primero tienen que llevarnos allí, y ¿cómo van a sujetarnos en el camino?». Debían haberse escapado en Eron.

—Hemos buscado a un hombre con esa descripción durante mucho tiempo —musitó el Alcaide—, muchísimo tiempo —luego se encogió de hombros—. Bien. Echadlo fuera.

Horn se inclinó hacia delante, se contuvo a tiempo y obedeció las órdenes del guardia, volviéndose lentamente. Aquello no parecia una sentencia de muerte, y no queria darles a los guardias una excusa para disparar contra él.

Horn empezó a caminar por los largos corredores, mientras sus ojos miraban a su alrededor, catalogando las vueltas, las puertas, los ventiladores, las posibilidades de defensa y ataque. El corredor terminaba en un estrecho pasillo, contra una pared lisa. Mientras caminaban hacia allí, Horn contó sus pasos en silencio.

Diez pasos antes de llegar al fin del pasillo, un arma pesada asomaba su negro cañón a través de una mirilla en cada lado del corredor. Las dos le apuntaban. Los guardias estaban detrás de él a una distancia respetable cuando la pared se deslizó hacia arriba. Una bocanada de aire helado entró en el pasillo. Detrás de la pared sólo había negrura. Horn se estremeció.

—Fuera —ordenó uno de los guardias en voz baja.

Horn siguió caminando. Las armas pesadas giraron para seguir su paso. Cuando los ojos de Horn se acostumbraron a la oscuridad, distinguió el puente. Sólo tenía el ancho suficiente para permitir el paso de un hombre. Debajo había un foso, cuyas aguas se veían negras.

Horn empezó a cruzar el puente en dirección a la oscura masa de tierra al otro lado. Volvió a estremecerse dentro de su delgado uniforme anaranjado. Se enfrentaba con la oscuridad y lo desconocido sin otra arma excepto las fuerzas de su cuerpo, la habilidad de sus manos y la energía de su mente. Detrás de él, la luz se apagó. La puerta resonó al cerrarse con un terrible sonido final. Ya no había regreso.

Horn salió del puente hacia la fría y dura piedra y esperó, mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad. El suelo parecía ligeramente ondulado por allí cerca, pero en general todo el terreno era llano. No se veían montañas ni colinas, y el horizonte se curvaba en forma apreciable. La gravedad era escasa; el aire fino y frío pero respirable. No se veía a nadie. No existía vegetación. El planetoide prisión parecía muerto.

Horn giró la cabeza. Un débil resplandor rojo se alzaba sobre el horizonte. Debía ser el crepúsculo o el amanecer. Se volvió para estudiar el lugar que acababa de abandonar: se elevaba frente de él, chato y negro. Las negras y rectas paredes se levantaban verticales en el mismo borde del foso. La única nota de color entre tanta negrura era el grueso y dorado cilindro que surgía hacia las estrellas desde una cúpula en lo alto de la fortaleza.

Los ojos de Horn lo siguieron hasta que la distancia lo convirtió en un delgado hilo y luego desapareció. Iba hasta Eron; desde Eron un hombre podía ir a cualquier lugar del Imperio. Iba hasta Wendre…, pero aquello no le servía de consuelo.

El Tubo no era más que una tortura constante que le hacía recordar lo que había perdido para siempre. ¿Tres horas de viaje hasta Eron? Ni en toda la eternidad podría regresar. Estaba desterrado para siempre en aquel helado satélite de un sol olvidado.

Para llegar hasta el Tubo era necesario atravesar la fortaleza, y ésta era invencible. Aquella entrada sería la única, y en realidad no era más que una salida. Sólo el estrecho puente conducía a la gruesa e inamovible puerta. Detrás de ella vigilaban las armas unitrónicas, y sin duda otras defensas. ¿Qué se podía hacer con las manos desnudas contra aquellas paredes?

Nadie volvía de Vantee. Horn se quedaría allí hasta que muriera. La muerte era la única puerta.

 

Había sido un extraño camino el que le llevó a aquel lugar. Desde uno a otro extremo del Imperio, a través de distancias estelares, siempre empujado hacia delante. Ahora podía enfrentarse con aquel hecho: algo le empujó siempre, siempre adelante. Existían fuerzas que impulsaban a los hombres, desconocidas, inescrutables, por extraños caminos hacia destinos aún más extraños. Una vez se da el primer paso por ese camino, ya nadie puede retroceder, hasta llegar al fin. Ahora Horn había llegado a ese fin. Era el final del viaje, del mundo, de su vida. Después, no existía nada.

Y sin embargo, el hombre era libre. Sólo la omnipotencia puede tejer el hilo de la vida de todos los hombres sobre el infinito tapiz del tiempo y del espacio. Pero aquellas fuerzas no eran omnipotentes. Eran enormes y llegaban muy lejos, es cierto, y podían mover masas e imperios, pero no a los individuos. Los hombres que se encontraban en la corriente eran arrastrados con ella, sin darse cuenta del movimiento porque los otros se movían al mismo ritmo. Pero cuando un hombre en particular escapaba de la corriente, nadando audazmente hacia la orilla, y una vez allí, en pie y chorreante, contemplaba el rápido paso de las aguas, sus acciones podían represar la corriente y hacer que refluyese sobre sí misma. O podía construir un canal y enviarlas hacia otro fin.

Horn aceptó dinero para matar a un hombre. Nada le obligaba a tomarlo; una vez que lo tuvo en su mano, nada lo ataba, excepto su propio carácter, a cumplir con el contrato verbal; podía haber desfallecido cuando los obstáculos se amontonaban delante de él. Pudo haber perdido el ánimo durante el largo camino; pudo dejar que Kolhnar viviera cuando lo tenía delante de su pistola.

Las fuerzas habían dicho «Eron caerá», pero no dijeron cuándo. Su bala había proporcionado la muerte de Kolhnar; aceleró la crisis hacia una rebelión. Si Kolhnar hubiese muerto naturalmente, el orden detrás del Imperio hubiese transferido la autoridad sin perder su ritmo. No había duda de que Eron caería; era inevitable. Pero ¿cuándo? ¿Y cómo?

Lo inevitable empezó allí. Horn inició la cadena de los acontecimientos. Había hecho saltar la chispa de la rebelión; su mano dirigió la corriente que le llevó hasta Vantee. En cualquier punto de su camino pudo detenerse y decir: «¡Alto! ¡No sigo más!». Quizá la corriente habría pasado arrolladora por encima de él, pero entonces el inevitable destino habría terminado para Horn.

Un acto de violencia había cambiado el curso de la corriente. Horn no podía sentirse orgulloso por ello, aunque sus frutos representasen la libertad de millones de seres, pero era algo irreversible. El instinto le hizo rendirse a la corriente y ésta le llevó hasta Eron. Instinto: las inconscientes necesidades, como la supervivencia y la satisfacción del hambre constituían las revueltas moléculas de la corriente. Eran algo negativo, representaban la rendición ante el Destino. Pero un hombre podía luchar contra la corriente; cada uno de sus actos positivos luchaba contra ella.

En la capilla del Culto de la Entropía, Horn se había lanzado contra la corriente. Marchó con Wu a la reunión en la residencia de Duchane porque, en cierto modo, era rebelarse contra lo inevitable. Y aquella decisión tuvo sus efectos. Si no hubiese asistido, Wendre estaría muerta y cautiva y Wu, de haber ido solo, habría caído ante las balas de los esbirros de Duchane. Quizás el Destino vencería más tarde, pero ello no alteraba la importancia de la reacción. Fue un acto de amor, algo positivo, lo que le llevó al lado de Wendre para protegerla hasta que fue capturado.

Podía ahora comprender que amaba a Wendre. Era un amor sin esperanza, pero bueno, porque lo formaba una potente fuerza positiva. Su amor le daba la fuerza necesaria para luchar de nuevo contra la corriente, para intentar que las aguas volvieran a su fuente. Si un hombre pudo alterar su destino una vez, podrá cambiarlo de nuevo. Eron debía caer, pero ¿cómo?

La fortaleza no era invencible; no había nada que lo fuese. En aquella playa perdida, donde las fuerzas invisibles le habían lanzado para que muriese en el olvido, Horn lucharía de nuevo. Podía ser una lucha fatal, pero lo importante era luchar y no dejarse arrastrar por las insensibles e inhumanas fuerzas que ordenaban la creación y la caída de los Imperios.

 

Horn miró de nuevo al ahusado y dorado Tubo y no le pareció ahora una burla para el prisionero, sino un eslabón con la Galaxia. Recordó la sensación de derrota que experimentó en un solitario valle cuando contempló las estrellas unidas por una red de nervios, y ahora volvió a verlas del mismo modo. No sólo las estrellas, sino toda la Humanidad estaba unida por los acontecimientos y por la compulsión. Era algo intangible, sin rastros, una fuerza moral: el más pequeño suceso en la más lejana frontera del Imperio afectaba a todos los habitantes de la Galaxia.

Un hombre podía formar un sistema filosófico basado en aquellas ideas, y es posible que fuese mejor que el simple individualismo. No eran precisamente aquellas fuerzas invisibles, o quizás la red que unía a las estrellas no era más que un corolario de aquellas fuerzas, su efecto. Parecían decir: si existe un esclavo en cualquier parte de los mundos estelares, ningún hombre puede sentirse libre. Y también decía: mientras exista un hombre libre, nadie será completamente esclavo. Y como consecuencia, hasta el Director de Eron era un esclavo, ya que no podía permitir que la Constelación siguiera libre.

No podía permitirlo porque aquellos mundos eran el foco de muchas fuerzas que no le permitían ejercer su voluntad. Pero un hombre libre puede elegir; en eso, el individualismo es bueno. En ese punto, todos los hombres son libres.

Habían otras cosas que Horn podía recordar: «Ningún hombre puede actuar por sí solo, está atado a la Humanidad. Nadie sufre solo; la Humanidad sufre con él. La injusticia para uno es injusticia para todos; todo hombre debe levantarse contra ella como si le afectase a él; en realidad, es así».

¿Qué fue lo que dijo Wu? «Cuando algo se mueve es que algo lo ha empujado». Era un error expresarlo en esta forma deshumanizada. Mucho mejor decir: cuando alguien se mueve es porque alguien le empuja. Y aún existía una forma más sencilla de decirlo: no importa cuan alejadas parezcan las personas; hay un puente que las une a todas.

Horn había aprendido aquella lección. Era una lección muy importante, digna de que se muriera por ella. Y aún más importante: constituía una razón para vivir.

El Tubo. Todo un símbolo de opresión, pero también un símbolo de esperanza.

Algo pesado cayó sobre su espalda, aplastándolo. Unas manos rápidas y seguras se extendieron hacia su garganta. Horn tropezó, y tambaleándose se inclinó hacia delante. El cuerpo que pesaba sobre él voló por encima de su hombro. Era un hombre, y ahora caía hacia el foso; sus brazos oscuros agitando el aire, sus desesperados manotazos formando una escena que a Horn le pareció familiar. Pero ahora no había tiempo para recuerdos. El foso relampagueó cuando el hombre llegó al fondo. Sus gritos terminaron en forma abrupta, y en su lugar empezó el lento hedor de la carne abrasada.

Mucho antes, Horn se había vuelto golpeando a ciegas contra las grotescas sombras que se apretaban contra él. Una de las sombras cayó al suelo, pero volvió a levantarse para atacarle de nuevo. No eran unos atacantes casuales y descuidados. Eran hábiles asesinos que habían aprendido a matar con sus manos desnudas…, o a morir.

Se acercaron a Horn en un semicírculo mortal. Dos de ellos se lanzaron al unísono, uno a sus rodillas y el otro contra su garganta. Golpeó con la rodilla al primero; la sombra gruñó mientras caía a un lado y luego se ponía de rodillas con rapidez. Golpeó al otro con el canto de la mano abierta; éste cayó y se quedó inmóvil.

Pero le habían obligado a retroceder. Tanteó detrás suyo con el pie y sólo encontró el vacío. Estaba al borde del foso, y debajo aguardaba la muerte. No podía retroceder más.

El puente debía estar por allí. Si podía encontrarlo, le sería posible retroceder sobre él y vencerlos uno a uno. Pero no se atrevió a volverse para mirar, y su pie no tocó nada detrás.

Los otros se acercaban. ¿Querían matarlo? ¿Querían hacerlo regresar a la fortaleza? Horn se sentiría seguro mientras sus atacantes tuvieran que acercarse a él por el frente; tenía confianza en sus propias fuerzas. Pero si los atacaba, la situación variaría. Entonces podrían rodearle, y sería un milagro que escapase con vida.

Pero debía atacar o seguir retrocediendo, y detrás de sí sólo tenía el vacío. Horn tensó los músculos de sus piernas para dar un salto.

 

LA HISTORIA

Libertad…

¿Qué valor tiene? Tanto como un hombre pueda pagar, y a veces mucho más. Y aun entonces, ningún hombre puede poseerla por entero o legarla a sus hijos.

La Constelación la tuvo, y Eron se la arrebató. Para la Constelación, la libertad valia todo cuanto poseía. Los mundos federados se arriesgaron a todo por ella, no una vez, sino dos. No fue bastante.

Eron se conmovió hasta los cimientos por la increíble derrota en la Primera Guerra de Quarnon. Una segunda derrota podía destrozar al Imperio. Pero aun este tremendo riesgo valía la pena, a fin de eliminar la peligrosa noticia de que existían mundos libres más allá del Imperio.

Muchos años pasaron mientras las flotas de Eron volaban hacia la Constelación a velocidades cercanas a la de la luz para instalar los Terminales del Tubo en los mundos fronterizos. Luego, los hombres y las máquinas surgieron de los Terminales al cabo de pocas horas después de abandonar Eron.

Y, sin embargo, la Constelación estaba dispuesta a luchar contra semejantes obstáculos.

¿Cómo se puede calcular el costo de la libertad? ¿Cuál es el precio de un mundo desplobado? ¿O de una civilización destruida? ¿O el de billones de vidas humanas?

Tenemos un dato: la parte de los ingresos de la Compañía que recibía cada hombre y mujer de pura sangre dorada fue reducida a la mitad.

¿Libertad? Cada uno le da su precio. En alguna parte siempre existe un hombre que la desea lo suficiente para estar dispuesto a pagar cualquier cosa por ella.

 

Capítulo XVI

LA LLAVE

Horn saltó hacia las sombras que le rodeaban, girando, esquivando, golpeando a ciegas. Eran demasiados. Cuando uno caía, otro ocupaba su lugar. Los puños atravesaron la guardia de Horn. Le golpearon sin compasión, en el rostro y en el cuerpo. Y luego las sombras estuvieron encima de él agarrándole los brazos, sujetándole por la espalda, tratando de sujetarle las piernas para hacerle caer. Horn se tambaleó como un árbol a punto de ser derribado. Un rostro apareció por encima de su hombro, con los dientes desnudos, buscando su garganta.

Pero detrás de la oscilante masa de puños, dientes y dedos, una poderosa voz resonó con acento de autoridad.

—¡Basta, lobos hambrientos de sangre! ¡Basta, he dicho! ¡Dejadle en paz!

Horn pudo sentir como los cuerpos eran arrancados de encima de él como si fueran sanguijuelas. Al fin pudo ponerse en pie, libre. Las piernas le temblaban un poco, pero las dominó con rapidez. Miró al extraño rostro que se alzaba por encima de él.

No era un rostro que inspirase confianza. Los rasgos eran abruptos y lo bastante grandes para cuadrar con una estatura de más de dos metros. Una cabellera de rojo y violento pelo caía salvaje por encima de sus anchos hombros. Más abajo se unía con una roja e hirsuta barba. El débil sol que ya se alzaba por encima del rocoso borde del planetoide la hacía parecer aún más roja.

Horn miró dentro de los profundos y alegres ojos azules y respiró profundamente.

—Gracias —dijo con sencillez.

La barba se agitó.

—No es nada —rugió el gigante—. Me gustas, pequeño. Te defendiste bien contra esa manada de perros. Hasta las hienas se vuelven bravas cuando corren juntas, y cuando son muchas pueden derribar al ciervo más orgulloso. Me llaman Redblade.

El nombre era familiar.

—¿El pirata? —preguntó Horn.

Los ojos de Redblade brillaron.

—¿Has oído hablar de mí?

Horn asintió. Era un nombre que cargaba consigo destrucción, matanza y violencia; también era un desafío a la autoridad que representaba al Imperio.

—Necesitaron tres cruceros para vencerme —alardeó el pirata—, y me atraparon cuando dormía.

—Yo soy Horn. Soldado de fortuna.

—¿Otro pirata, eh? Pero más listo. Haríamos buena pareja… —el rojizo rostro se ensombreció— …si sólo tuviéramos una oportunidad de salir de esta roca olvidada…

—¿No hay ninguna posibilidad? —dijo Horn.

Redblade movió la cabeza con amargura.

—Nadie lo ha conseguido, por lo menos en todo el tiempo que Vantee ha sido una prisión.

—Hay una llave para cada puerta.

—No para ésta —dijo Redblade—. Ven conmigo, ya te lo explicaré. Llegas a tiempo para el almuerzo.

Mientras el pirata le conducía alrededor del ancho foso, Horn preguntó:

—¿Por qué querían matarme esos hombres?

—Después que hayas desayunado, lo comprenderás.

Llegaron al lado de un grupo de hombres harapientos. Estaban sentados o en pie, varios cientos de ellos, esperando que algo sucediera.

—¡Abrid paso! —rugió Redblade—. Tenemos un invitado.

Atravesó la multitud con fáciles movimientos de sus hombros, que lanzaban a los lados a quienes tenían la mala suerte de encontrarse en su camino. Aquellos que se resistían, se sometieron con rapidez ante un golpe seco de la mano del gigante. Horn observó cierta brutalidad en el pirata; quizás fuera necesaria.

Se detuvieron al lado de un canalejo poco profundo, esculpido en la roca. De la negra pared de la fortaleza salía una tubería que llegaba hasta allí. Mientras Horn miraba a su alrededor, la tubería empezó a vomitar una materia amarillenta, pegajosa y viscosa.

—El almuerzo —dijo Redblade—. Come.

Se arrodilló y recogió un puñado; Horn se inclinó a su lado y probó aquello. Era comestible, pero poca cosa más. Horn no podía permitirse el lujo de rechazarlo; comió para satisfacer su hambre.

—¡Barro! —dijo Redblade con repugnancia—. Día y noche, sólo este barro para comer.

El pirata se enjugaba la boca barbuda con un brazo lleno de pelo cobrizo, mientras Horn se ponía en pie. Los otros hombres se agolpaban a los lados del pequeño canal, algunos de ellos con el rostro enterrado en el viscoso barro, tendidos en el suelo. Muchos eran arrastrados por los que se encontraban en las filas de atrás. Estallaron peleas en algunas partes. Un hombre cayó en la trinchera y se arrastró lejos de allí, mientras comía lo que quedó adherido a su cuerpo.

Horn se sintió un poco enfermo.

—¡Cerdos! —dijo Redblade con disgusto—. Oh, desde luego, es alimento. Alguien me dijo que ponen minerales y otras substancias en eso. Ninguno de nosotros muere… de hambre, al menos. Nos llena, pero no satisface. Sentimos hambre de carne.

Horn se estremeció.

—Entonces… eso es lo que querían.

—Algunos tienen más hambre que los demás.

Caminaban apartándose de la chata fortaleza. Al cabo de unos minutos, la silueta se hundió detrás del horizonte. Horn y Redblade quedaron en pie en el borde de una depresión bastante grande, pero no muy profunda, que tenía la forma de un cuenco.

—Cuando comprendas cómo vivimos —dijo Redblade—, comprenderás por qué la huida es imposible.

Señaló a los negros agujeros en las paredes, que parecían cuevas; habían sido labrados mediante ímprobos esfuerzos durante los años y las generaciones. Su valor era inmenso, según dijo Redblade, para protegerlos del frío.

—¿Es que no hay fuego siquiera? —preguntó Horn.

Redblade negó con la cabeza. Ése era el problema principal: Vantee nunca tuvo vida. No existía ninguna fuente de energía química, nada de petróleo, carbón o madera. Nada en Vantee servía para quemar. El único material que existía en Vantee era la roca, y la roca sirve para muy pocas cosas. Aparte de las rocas, lo único que los prisioneros poseían era lo que habían sacado de la fortaleza con ellos. Su valor seguía este orden: hueso ―para herramientas y armas primitivas―, trapos ―que significaban calor― y el metal…

—¿Metal?

—Los clavos de los zapatos, las agujas, hebillas de cinturón, botones… Se necesita mucho tiempo para acumular bastante metal hasta poder construir algo tan útil como un cuchillo.

Horn comprendió. Sin fuego, casi todo era imposible.

—Para divertirnos —continuó Redblade—, tenemos todo lo que los hombres sin mujeres pueden procurarse. Aunque pobres y grotescas, estas diversiones son la base de las competiciones atléticas, generalmente sangrientas.

Era corriente que alguno de los participantes resultase mal herido o muerto. Un complejo sistema de conducta y de prestigio social se había desarrollado alrededor de esas competiciones. Por el momento, Redblade era el campeón indiscutido, vencedor en todos sus combates. Su posición llevaba consigo ciertos privilegios: una parte de todos los cadáveres, y el derecho de dar tantas órdenes como pudiera personalmente imponer…

—Eso puedes hacerlo en cualquier caso —objetó Horn.

—Es cierto —admitió Redblade—, pero los demás no se unirán contra mí mientras no estime en más de lo que valen mis fuerzas, o no les exija algo irrazonable. El resultado de todo esto, sin embargo, es que nadie hará nada que no desee hacer, o que no pueda ser obligado a realizar.

—Entonces, es que no quieren unirse en una causa común —murmuró Horn—. Eso no es más que un vengativo individualismo.

—Bien —dijo Redblade, encogiéndose de hombros—, podemos resumir la situación diciendo que no hay posibilidades de rescate. Nadie sabe siquiera dónde está Vantee.

Horn recordó las desconocidas estrellas y pensó que aquel cielo podía muy bien ser el de otra galaxia.

—El único camino de regreso es a través del Tubo —dijo Redblade—, y el único camino para llegar al Tubo es a través de la fortaleza. —Miró a sus enormes manos, apretando los puños—. Lo intentamos una vez. Lanzamos piedras al foso, hasta que pudimos llegar a las paredes. No conseguimos nada.

—¿Qué sucedió?

—El Alcaide nos cortó la comida hasta que limpiamos el foso. Muchos murieron. Como puedes ver, no hay esperanza.

—En circunstancias ordinarias, no —admitió sonriente Horn—. Pero las circunstancias han cambiado. El Imperio se deshace; cada uno lucha para apoderarse de lo que pueda de sus restos.

Los ojos de Redblade se encendieron.

—¿Qué ha sucedido?

—¡Rebelión!

Brevemente, Horn explicó al pirata lo ocurrido en los últimos días. Redblade rugió desde lo profundo de su pecho.

—¡Ahrrr! Daría diez años de esta vida para poder lanzarme de nuevo a una verdadera lucha, para sentir que la carne se rasga y los huesos se rompen, para ver correr la sangre… —luego suspiró—Dime, ¿crees de veras que Eron se encuentra en una situación difícil?

Horn asintió.

—No se trata sólo de las luchas dentro de Eron, aunque eso es muy peligroso. Todos los mundos conquistados del Imperio se rebelarán. No tendrán bastantes tropas para poder enviar a Eron, y las naves serán inútiles para combatir en el interior. Las guarniciones se rebelarán. La jefatura del Imperio ha desaparecido. Unos cuantos hombres dispuestos podrían decidir la batalla, y un solo nombre vale más que un ejército: Peter Sair —terminó Horn.

—Sair ha muerto —dijo Redblade.

—¿Lo has visto morir?

—Nunca estuvo aquí fuera, con nosotros. Lo tenían prisionero dentro de la fortaleza. Unos recién llegados nos trajeron noticias de su muerte.

Horn suspiró. No era más que otro rumor, como los demás; era quizás algo que el Imperio pudo propagar deliberadamente. Sair debía estar vivo.

—Tendremos que esperar a que alguien venga a liberarnos —dijo Redblade.

—Yo no puedo esperar —dijo Horn—. Quizás tuviera que esperar eternamente.

—Entonces, ¿tienes un plan?

—Si estás dispuesto a correr el riesgo…

—Cualquier riesgo —escupió Redblade.

—¿Cuantos hombres hay ahí fuera?

Redblade se encogió de hombros.

—Tres, o quizá cuatro centenas. Nadie los ha contado nunca. Muchos mueren. Y otros llegan desde la fortaleza.

—¿Qué harías si fueses el Alcaide? —preguntó Horn—. Sólo cuenta con unos cuantos hombres para hacer una gran tarea: apoderarse del casquete Norte y su sala de control. El Alcaide no tiene escrúpulos…

—¡Utilizaría a los prisioneros! —exclamó Redblade—. Les pondría una pistola a la espalda y los lanzaría a la lucha. Hay muchas ocasiones en que las armas no sirven de mucho. Unos cuantos centenares de verdaderos luchadores pueden decidir la mayor parte de las batallas: muchos morirían, pero vencerían. Sin embargo, es muy peligroso el permitirnos la entrada en la fortaleza.

—Pero no tan peligroso como ser derrotado —dijo Horn—. Recuerda, su plan se basa en la sorpresa. Nos llaman de repente, y nos encierran en una sala bien defendida para salir de allí unos pocos cada vez…

—Si —dijo Redblade—. Es posible.

—Pero si hemos adivinado sus intenciones, si estamos dispuestos a lanzarnos contra él antes de que esté preparado, tenemos una posibilidad de éxito. No muy buena, pero es una posibilidad.

—Cualquier medio de salir de Vantee es bueno para mí —murmuró Redblade mientras hundía los dedos en su espeso cabello—. ¿Qué es lo que necesitamos?

—Un puñado de hombres en quienes podamos confiar —empezó Horn.

—Oh, no existen aquí. Si eran dignos de confianza cuando llegaron, pronto aprendieron lo que les convenía.

—Pero… ¡se trata de la libertad! —estalló Horn—. ¿Es que ninguno está dispuesto a aceptar órdenes a cambio de ser libre?

—Es posible que lo hagan —admitió Redblade—, pero no debes fiarte de ninguno. —Vaciló un instante—. Ni siquiera de mí. Puedes atraerles con promesas de libertad u obligarles con los puños, pero no puedes confiar en ninguno.

Horn miró con fiereza a los ojos del pirata.

—Sígueme —dijo—, y venceremos al Imperio. Apártate de mí, y no tendrás más que una rápida muerte.

—Puede ser que lo haga —murmuró Redblade—. Puede ser. Yo estoy a tu lado. Pero no confíes en mí.

—Debo hacerlo —dijo Horn con firmeza. No tenía otro recurso. Necesitaba contar con aquel gigante amoral para que le guardase las espaldas—. Necesitamos armas.

—¿Cuchillos, porras, hondas o palos de hueso?

—Utilizaremos las que podamos esconder debajo de las ropas —dijo Horn—, pero necesitamos un arma pequeña que pueda matar a cierta distancia.

—¿Como ésta? —preguntó Redblade.

Sacó algo metálico de uno de sus bolsillos. Horn lo tomó en sus manos y lo estudió con atención. Era una pistola groseramente hecha, con un pequeño cañón metálico, una culata de hueso, un gatillo y una pequeña palanquita en uno de sus lados.

—¿Qué es esto? —preguntó dudoso.

Redblade vertió el contenido de una pequeña bolsa en su ancha mano. La débil luz del sol brilló encima de unos delgados y aguzados dardos.

—Dentro del cañón hay un muelle. La palanquita lo estira hasta que queda sujeto por el gatillo. Se mete uno de estos —dejó caer un dardo dentro del cañón del arma, levantó la pistola y apuntó a una roca— y se aprieta el gatillo.

¡Twangggg! Ssss. ¡Pingng!

—No tiene mucha precisión, pero puede matar a un hombre a corta distancia —dijo Redblade.

—No hicieron estas pistolas con hebillas de cinturón…

—Antes había canalejos de metal donde ahora tenemos la trinchera de la comida. Los arrancamos y moldeamos el metal, golpeándolo y puliéndolo contra la roca. Nos costó mucho tiempo, pero disponíamos de toda la eternidad.

—Con dos de estas armas —dijo Horn pensativo— es posible que tengamos éxito. Trata de buscar media docena de hombres, que sean rápidos y estén dispuestos a obedecer nuestras órdenes. Nadie más debe saber nuestros proyectos.

 

Los hombres llegaron sombríos, empujados delante de Redblade como corderos delante del perro pastor. Pero cuando Horn les explicó las posibilidades del plan, sus ojos se animaron. Cuando les preguntó si estaban dispuestos a obedecer, todos asintieron firmemente. Les dio el mismo incentivo para seguirle que había dado a Redblade, y luego añadió:

—Y al que no esté dispuesto a luchar, lo mataremos Redblade o yo.

El pirata gruñó amenazador y los desharrapados prisioneros se encogieron de hombros como si las condiciones fuesen obvias.

Horn marcó en el suelo las dimensiones de la fortaleza, le dio a cada uno su misión y les intruyó en los detalles de la ejecución del plan hasta que pudieron hacerlo al unísono con los ojos vendados. El plan era sencillo, pero los planes más simples son los mejores. Su éxito dependía sólo de la sorpresa y coordinación del ataque.

Por fin, Horn comprendió que había hecho cuanto estaba en su mano.

—Debemos mantener el secreto —les dijo—. Los demás nos traicionarían, o sólo servirían de estorbo. Sólo hay una forma de que nadie hable: todos se quedarán aquí.

Los hombres aceptaron la orden, sin satisfacción, pero resignados a las exigencias de la situación.

—Ahora —dijo Horn—, todo lo que nos queda por hacer es esperar que el Alcaide se sienta lo bastante desesperado para decidirse a utilizarnos.

Los hombres se reunieron justo fuera del alcance del puente que conducía a la sólida y negra puerta de la fortaleza; aún seguían animados por el fuego del entusiasmo. Pero a medida que las horas pasaron, Horn contempló cómo se disgregaba la unidad de su pequeño grupo.

Horn contempló la puerta y revisó en su mente una y otra vez todos los detalles de su plan. Comprendió a poco cuan débil era, y lo inadecuado de los instrumentos que debía usar. Un astroso puñado de traicioneros bandidos, con unas cuantas armas hechas a mano… contra una fortaleza. Era una locura, pero aun la misma locura es preferible a la resignación; una sola oportunidad es mejor que ninguna.

Una vez, durante la larga espera, Redblade lo llamó aparte.

—Mira, muchacho —dijo—. He pensado en lo que me has dicho. Puedes contar conmigo.

Horn sintió que podía confiar en aquel hombre, hasta cierto límite. Fue un momento de alegría en la creciente depresión mental.

Trató de mantener su convicción de que el Alcaide les llamaría para obtener su ayuda y de que consiguirían el éxito, pero sus pensamientos se estrellaban delante de la sombría y negra realidad de la inmóvil fortaleza. Habían demasiados factores imprevistos, muchas razones que el Alcaide podía hallar para evitar usar a los prisioneros. Tendría que encontrarse desesperado para permitir la entrada a aquellos condenados, aunque se hallasen desarmados.

El tiempo transcurrió lentamente. El sol cruzó perezoso sobre el cielo oscuro hasta que llegó al horizonte. Las sombras volvieron a envolverlos. Un lejano clamoreo anunció que la comida volvería a salir de la tubería hacia el canalejo. Sus hombres se movieron inquietos, pero Redblade los contuvo con la mirada. Sólo él se marchó. Volvió muy pronto, con un pesado saco de burda tela. Todos comieron en silencio, contemplando la negra barrera que les separaba de Eron.

Antes de que terminasen, el silencio y la espera acabaron. Una voz salió de la fortaleza, amplificada, urgente:

—¡Prisioneros! Habéis sido condenados a pasar el resto de vuestras vidas en Vantee. Ahora os damos una segunda oportunidad. El imperio está en guerra. Todos los que estéis dispuestos a luchar contra los enemigos, seréis admitidos en la fortaleza y enviados a Eron. Los sobrevivientes serán perdonados y puestos en libertad.

»No podréis huir. Estaréis vigilados en todo momento. Sólo aquellos sinceros en su arrepentimiento deben entrar. Los que no lo estén, serán muertos sin aviso ni compasión. Dentro de cinco minutos la puerta se abrirá. Los que quieran aceptar nuestra oferta, que entren en el corredor.

»Una última advertencia: Cualquier acto de violencia será castigado con la muerte.

Antes que la voz terminase de hablar, Horn y Redblade habían empujado a sus hombres hacia el puente. Una multitud ya se había reunido delante de ellos. Se abrieron paso a viva fuerza y se detuvieron delante del foso. La muchedumbre creció detrás de ellos. La tensión creció con ella mientras los minutos pasaban y la puerta no se abría.

Un hilo de luz se convirtió en un torrente, y la puerta se levantó. Cuatro cañones les apuntaban: las dos armas montadas detrás de las ranuras de las paredes y las pistolas unitrónicas en las manos de los dos guardias.

Era tal como Horn lo había imaginado, y la potencia de aquellas armas era suficiente para hacer vacilar al hombre más desesperado. Las armas pesadas podían escupir proyectiles que barrerían a los hombres como una guadaña, y las pistolas eran casi tan rápidas.

La masa de prisioneros empujó hacia delante. Redblade plantó los pies en el borde del foso, extendió los brazos y los contuvo.

—Despacio —rugió—. En fila de a uno.

Redblade atravesó el puente el primero. Detrás de él marchaba Horn. Detrás de Horn avanzaron los hombres que había instruido durante tantas horas. Detrás de ellos, empujando, siguieron todos los demás. Entraron en el corredor, parpadeando, nerviosos, como animales enjaulados al ser puestos en libertad.

Horn y Redblade marchaban a la cabeza de la multitud. Horn contaba mentalmente los pasos mientras se acercaban hacia los dos guardias que retrocedían delante de ellos, con las pistolas preparadas, los ojos inquietos, mirando a todos lados, con precaución.

Horn aceleró el paso. Redblade siguió a su lado. Los guardias no pudieron retroceder con la misma rapidez, y la distancia que los separaba se acortó. Quizás entonces, por un momento, tuvieron un presentimiento del desastre. Uno de los guardias levantó su pistola; el otro abrió la boca. Horn ya se lanzaba hacia ellos, sintiendo como Redblade se movía a su lado rápido y casi a ras del suelo, mientras el aire estallaba en sus pulmones con un grito:

―¡Ahora!

Atacaron a los guardias al mismo tiempo. Un disparo retumbó silbando por el corredor. Una de las armas pesadas tartamudeó con violencia, brevemente, secamente. Horn estaba demasiado ocupado para preocuparse de nada más. Empujó el brazo del guardia hacia arriba; su bala rebotó en el techo. El puño de Horn se hundió en el vientre del guardia. El hombre gimió, doblándose, pero su puño se alzó. Horn desvió el golpe con el hombro y lanzó un cortante revés a la nuca del guardia, que sonó seco, con un chasquido. El guardia cayó con la cabeza inclinada en un ángulo extraño. Mientras se desplomaba, Horn le arrancó la pistola de la mano.

Horn se volvió. La masa de los prisioneros seguía aún helada. La acción había transcurrido en menos tiempo del que necesitaban para comprender lo ocurrido y seguir adelante. Unos cuantos hombres estaban muertos en el suelo, pero las armas de las paredes seguían silenciosas. Un hombre se alzaba con una mano del cañón de cada una de ellas, mirando por las ranuras, con las pistolas de muelle preparadas. Debajo de ellos, dos hombres más armaban a toda prisa otras pistolas.

El guardia de Redblade yacía inmóvil. El pirata tenía una pistola en la mano, y ahora parecía más completo. Sonrió con alegría a Horn.

—¡Rápido! —gritó Horn, sin una pausa—. Nos lanzarán gas. ¡Corred!

Mientras gritaba, emprendió la carrera. Detrás de él oyó el trueno de muchos pies.

El corredor era largo y recto, pero no había más armas en las paredes. Si podían llegar al final se encontrarían en los dormitorios de la tropa. Detrás estaría la sala del Tubo. Había puertas en las paredes por las que pasaban: todas estaban cerradas. Horn no sabía adónde llevaban, y no se detuvo para investigar. Miró a un costado, hacia Redblade: el pirata corría con paso rápido y ágil, su roja cabellera flotando detrás de él, mientras enseñaba los dientes en un gesto brutal. Quizá sonríe, pensó Horn.

Al final del pasillo se abrió una puerta. Un hombre estaba en el dintel, parpadeando, mirando hacia los hombres que corrían y el estruendo que producían. Era un hombre viejo, pequeño y robusto; su cabello blanco brillaba como un casquete polar visto desde el espacio. Los ojos de Horn se abrieron de asombro. De refilón, pudo ver cómo el brazo de Redblade se alzaba, empuñando la pistola.

La mano de Horn lo golpeó, desviando el tiro. La bala rebotó silbando en el techo.

—¡Ése es Sair! —gritó Horn—. ¡Tiene que ser Sair!

Aún no habían transcurrido sesenta segundos desde que entraron en la fortaleza. Redblade miró a Horn y luego a la solitaria figura al final del corredor.

Detrás de ellos, por encima del trueno de la estampida, el corredor empezó a silbar. Horn comprendió que era el gas; llegaba rápido, aunque demasiado tarde.

Pero entonces, unos cuantos metros por delante de ellos, una compuerta metálica empezó su rápido y mortal descenso desde el techo.

 

LA HISTORIA

Crisis…

La crisis llega, inexorable, en la vida de los hombres y en la de los Imperios. Las pequeñas decisiones van cayendo una encima de otra hasta que la gran decisión debe ser adoptada. Los hombres deben vivir o morir. Los Imperios levantarse o caer.

Cuando finalmente llega, la gran decisión no es más que una pequeña noticia. Entre los grandes límites de la Historia, entre las masivas fuerzas que mueven a las razas y a los Imperios hacia el éxito o hacia la muerte, la causa primera puede ser un solo hombre.

Un hombre solo no es más que una cosa insignificante. También lo es una mota de polvo. Pero si las balanzas son delicadas, si están exactamente compensadas, una mota hará bajar uno de los platillos con tanta seguridad como una barra de plomo.

Una mota, o un hombre…

 

Capítulo XVII

EL SÍMBOLO VIVIENTE

Mientras saltaban hacia delante, Horn comprendió que él y Redblade podrían atravesar la compuerta sin dificultad, pero pocos de los hombres que les seguían podrían a su vez lograrlo. La mayoría quedaría atrapada en el corredor lleno de gas, y dos hombres solos serían inútiles contra los guardas de la fortaleza.

Pero Redblade se colocaba ya debajo de la hoja metálica que descendía, levantando los brazos para amortiguar su caída hasta detenerla con el hombro. Sus músculos restallaron y sus piernas temblaron bajo el enorme esfuerzo; la tela de su camisa se rasgó al ensancharse su pecho y contraerse los músculos de su espalda. Mientras Redblade soportaba la compuerta, su rostro se enrojeció hasta tomar el color de su barba y el sudor corrió a raudales por su pecho.

—¡Aprisa! —gritó Horn.

Los hombres se acercaron con los brazos y piernas moviéndose en un esfuerzo desesperado, pero su carrera parecía tener la lentitud de una pesadilla. Pero ya atravesaban la puerta, inclinándose, mientras Redblade se hundía un poco y luego un poco más, y por fin los únicos hombres que quedaron en el pasillo eran los que yacían inmóviles allí en el fondo, cerca de la puerta abierta sobre la vacía prisión.

—Han pasado todos —dijo Horn.

Redblade soltó su torturante presa y se lanzó hacia un lado. La compuerta se estrelló contra el suelo.

Cuando Horn se acercó a Sair, se dio cuenta de que no era más que un cansado viejo. Sus ojos azules miraban deslumbrados a los hombres que pasaban corriendo por su lado. Su boca se abrió y volvió a cerrarse, sin emitir ningún sonido. Pero Horn le había reconocido.

Aquél era el Libertador, la esperanza de los esclavizados billones del Imperio. Sería trágico que la edad y la prisión le hubiesen destrozado, convirtiéndole en una cascara vacía de contenido. Pero aún roto, se dijo Horn, Sair es un símbolo, y los símbolos perduran aunque la realidad que los formó ya se haya desintegrado.

—Vosotros tres —dijo Horn, separando del rápido río de hombres a algunos de los que le ayudaron en el asalto—. Este hombre es Peter Sair. Protegedle. Si no está bien cuando yo vuelva, os mataré.

Los tres le miraron, asintieron y se volvieron hacia la puerta abierta. Cuando se volvió para vigilarles estaban conduciendo al anciano hacia dentro de su habitación.

Horn corrió hasta que se puso de nuevo al lado de Redblade. Habían otros delante de ellos, esparcidos por el corredor que ahora giraba en ángulo recto. Una puerta se abría a la izquierda. Los hombres se lanzaron a través de ella… para morir. Otros les siguieron; las balas silbaron a través de los cuerpos amontonados, pero unos cuantos sobrevivieron.

El ruido de las pistolas y de los muebles destrozados, junto con los gritos y lamentos de los hombres, formaba una cacofonía de violencia dentro de las salas. Cuando Redblade y Horn llegaron a la puerta, el lugar estaba ya en silencio. Estaba llena de sangre, como un matadero; el aire hervía con el calor de la carne arrancada violentamente. Una docena de hombres con las ropas destrozadas salió al trote de los silenciosos dormitorios empuñando pistolas.

Horn trató de dividirlos en grupos de hombres armados y desarmados, pero era imposible controlarlos. La lucha surgía delante de ellos. Cuando llegaron al final del gran corredor, habían perdido, por lo menos, cincuenta hombres. En la batalla por la sala del Tubo, los tres o cuatrocientos prisioneros vieron su número reducido a menos de un centenar. Todos estaban armados, todos en buenas condiciones ―excepto por heridas sin importancia― y todos eran excelentes combatientes.

Sólo una escena impresionó con claridad a Horn de todo el caleidoscopio de la batalla, que se agitaba confusa delante de sus ojos. Vio cómo Redblade derribaba la puerta del despacho del Alcaide. El pirata se quedó inmóvil por un segundo, con los pies plantados en el suelo, los ojos ardientes fijos en el pálido rostro del Alcaide. Redblade rugió, dejó caer la pistola como si fuese algo inútil, y se lanzó hacia el Alcaide. Este buscó desesperado en un cajón, sin poder separar su vista de Redblade por el tiempo suficiente para encontrar su pistola.

Redblade se deslizó por encima del ancho escritorio y lo derribó. La pistola cayó al suelo, y el Alcaide se tambaleó bajo el impacto, pero se recobró con rapidez. Era casi tan alto como Redblade, y quizás le aventajaba en peso. Chocaron como toros salvajes. El golpe estremeció la habitación, mientras sus brazos buscaban una presa mortal. Las rodillas del Alcaide se levantaron en un golpe traicionero, pero Redblade retorció su cuerpo a un lado y pasó un fuerte brazo por la cintura del Alcaide. El otro brazo estaba debajo de la barbilla del Alcaide, empujándola hacia atrás, los dedos extendidos arañando el rostro del Alcaide, buscando los ojos.

Los puños del Alcaide retumbaron contra el pecho de Reblade por un momento, pero el pirata pareció no darse cuenta de ellos. Abrazó más fuerte aún la cintura del otro, mientras empujaba su barbilla; el Alcaide lo agarró con las dos manos y tiró con todas sus fuerzas, pero ya había perdido el equilibrio, su espalda torcida, los pies luchando para mantenerse en el suelo. Era demasiado tarde. Un momento después su cuello se partió.

Redblade dejó que el cuerpo se deslizase entre sus manos. Cayó como un muñeco relleno de trapos, con una contorsión extraña. Redblade lo miró por un momento, mientras su pecho se agitaba tumultuosamente. Levantó los ojos y se rió; era una risa de alegría.

—He soñado muchas veces con este momento —gritó—. Siempre odió a los hombres grandes. Quizás tenía miedo de que uno de ellos fuese más grande y más fuerte que él.

La fortaleza estaba casi silenciosa. Los ruidos de la lucha se habían apagado poco a poco. Horn explicó con rapidez lo que debía hacerse.

—Trata de organizar a los hombres. Reúne a todos los que estén dispuestos a seguirnos a Eron y a aceptar nuestras órdenes. El que no esté dispuesto o conforme, se queda aquí. Si tienes dificultades, dispara primero y pregunta después.

Redblade asintió. Horn dio media vuelta y regresó al corredor.

 

Sair estaba sentado en medio de su habitación. Estaba desnuda de todo, excepto lo más necesario: una litera de metal, una mesa, una silla, los servicios de aseo groseramente a la vista. Una ranura al pie de la puerta proporcionaba el espacio necesario para que le pasaran los platos de la comida carcelaria. El Alcaide había permitido al anciano que tuviera papel y pluma; varias hojas encima de la mesa estaban cubiertas con extraños jeroglíficos. Cuando Horn entró, Sair estaba contemplando a sus tres guardianes con ojos llenos de suspicacia. Se volvió hacia Horn cuando éste entró, agarró las hojas de papel, doblándolas, y se las guardó en el pecho.

Los tres hombres se pusieron en pie.

—Todo ha terminado —les dijo Horn—. Presentaros a Redblade en la sala del Tubo.

—Maldición, Horn —se quejó uno con amargura—. Nos has hecho perder toda la diversión.

—No os quejéis —dijo Horn—. Dos de vosotros ya estarías muertos. Fuera.

Hizo un gesto con la pistola. Los tres hombres salieron con rapidez y Horn se quedó solo con Sair. La cabeza del anciano temblaba con algo parecido a la senilidad.

—¿Quién eres? —preguntó Sair. Su voz era baja, vacilante y vieja.

—Alan Horn. Un prisionero, al igual que usted. Hemos conquistado Vantee. Nos hemos apoderado de la fortaleza.

—Escribiré la epopeya —dijo Sair—. ¿Y ahora?

—Volveremos a Eron, y con usted.

—Ahhh —suspiró Sair—. ¿Qué hará un viejo como yo en Eron?

—La rebelión —contestó Torn—. Sólo usted puede unirla, llevarla a buen fin, impedir que reduzca al Imperio a la barbarie.

Sair movió la cabeza interminablemente, hasta que Horn pensó que nunca se detendría.

—Mis días de lucha han terminado. No soy más que un viejo. Debemos dejar que los jóvenes cumplan con su misión. Yo estoy terminado, gastado, medio muerto ya.

—Esta misión ningún otro puede llevarla a término —dijo Horn con firmeza—. No necesitamos que luche. Sólo su presencia, su inteligencia.

O lo que quede de ella, pensó. La cabeza de Sair seguía moviéndose, pero sus ojos tenían un nuevo brillo.

—¿Rebelión, has dicho? ¿Contra Eron? Es difícil de creer.

—Kolhnar fue asesinado. Los Consejeros han empezado a luchar entre sí. Cuando Duchane se hizo elegir Director, los niveles inferiores se rebelaron contra él. No sé lo que puede haber sucedido desde entonces. Tenemos que volver a Eron… cuanto antes.

—¿Kolhnar, muerto? Era un gran hombre. Cuesta pensar en él como desaparecido.

Horn contempló a Sair sin comprender. ¿Kolhnar, un gran hombre?

—Pero… ¡ese hombre fue el que conquistó la Constelación, y el que le condenó a Vantee!

—A pesar de todo, era un gran hombre. Mantuvo vivo el Imperio mucho tiempo después de que debió estar muerto. Tuvimos la mala suerte de que le fue fiel a un sueño moribundo. —La cabeza de Sair se había detenido. Parecía más firme, más lleno de vida.

Horn caminó por la habitación con impaciencia. Los cansados ojos de Sair siguieron su movimiento con curiosidad. Horn tenía el deber de volver a Eron; cada instante perdido era pura agonía para él. Pero tenía que volver con Sair.

—Ya sabe lo que sucederá si Duchane vence —explicó Horn—. O si, por el contrario, se ahoga en su propio mar de sangre, y las insensatas turbas saquean Eron: el Imperio se destrozará en mil pedazos. Arruinarán el sistema de Tubos que une a las estrellas, derribarán las mismas paredes de Eron y morirán con él. Ya deben estar hambrientos; no han llegado alimentos durante varios meses.

—Duchane. —Sair asintió y luego suspiró. Negó con la cabeza, esta vez con decisión—. No, no. Toda mi vida he luchado por esas dos cosas: libertad y hambre. Hambre y libertad. Atado a esas columnas he pasado toda mi vida. Ahora no deseo más que una libertad, la última: morir. Dejemos que otros hombres, más jóvenes que yo, luchen por sus ideales. Dejemos que lancen su inextinguible energía a la batalla y descubran que es inútil luchar contra las mareas y corrientes a que arrastran a los hombres y a los Imperios hacia sus destinos. Dejemos que se empeñen en abrir nuevos caminos, y luego vean que no pueden retroceder por ellos. Ya no tengo fuerzas. Sólo me queda la mínima para seguir alentando. Sólo quiero paz y el tiempo necesario para morir. Éste es un sitio tan bueno como otro cualquiera.

—Dijeron que usted había muerto —dijo Horn en voz baja—. Muchos lo creyeron. Y las esperanzas de incontables billones también murieron. Si supieran que sigue vivo, se unirían; entre el caos de sus propias y salvajes pasiones, desencadenadas por primera vez, eso sólo podría salvarlos. Ellos le necesitan. Es inútil hablar de otros hombres; no existe ningún otro que pueda realizar esta tarea. Inclusive el Imperio le necesita. Sólo usted puede salvarlo, porque Duchane lo destruirá, gane o pierda.

Sair miró con firmeza su rostro lleno de vigor.

—Tú crees en eso, ¿no es cierto?

Horn asintió. Sair suspiró profundamente.

—Quizás sea cierto. El moribundo debe arrastrarse de su tumba para ayudar a los vivos. ¿Es que no existe la paz? ¿No hay paz en ningún lugar?

Horn esperó, sin atreverse a respirar. Lentamente, Sair se puso de pie.

—¿Qué esperamos? —preguntó. Sus labios se curvaron en una sonrisa amarga—. Marchemos a libertar a los esclavos, y a salvar al Imperio.

Horn respiró y se volvió hacia la puerta, manteniéndola abierta para que pasara el anciano.

 

El paso de Sair era ágil mientras se dirigían hacia la sala del Tubo. Ahora que había llegado a una decisión, tenía muchas preguntas que hacer sobre la situación en Eron y sobre la forma en que se apoderaron de la fortaleza. Asintió pensativo cuando Horn describió la necesidad del Alcaide de obtener más tropas, y cómo ellos lo adivinaron, y los planes que formaron con esa hipótesis como base. Mientras Horn describía la batalla, llegaron a la sala del Tubo.

—Redblade —dijo Horn—. Éste es Peter Sair.

Los ojos de Sair brillaron.

—¿Es el pirata? —levantó la cabeza para mirar al rostro barbudo de Redblade—. Entre otras muchas cosas, yo también he sido llamado pirata.

Redblade rió con alegría.

—Éstas son sus tropas, Libertador.

Hizo un gesto con la mano hacia el grupo de hombres que sobrevivieron al ataque. Sólo quedaban unos setenta y cinco. Había unos cuantos cadáveres en el suelo y un puñado de ellos estaban reunidos torvamente en un rincón. La fuerza principal estaba vestida con uniformes negros, obtenidos de los almacenes de la guarnición. Para distinguirse de los otros agentes de Seguridad, las mangas de las guerreras estaban cortadas a la altura del codo. Los rostros tenían un extraño parecido; todos eran delgados, duros y hambrientos.

—Ya lo ve. Ladrones, asesinos y traidores —continuó Redblade—. Mandad, y quizá obedeceremos.

Sair rió suavemente.

—Este joven ha hecho un excelente trabajo, inclusive en convencerme a mí. Dejemos que continúe con el mando.

Horn se volvió hacia los hombres.

—¡Prisioneros! —gritó—. Redblade, yo y unos pocos más… hemos realizado lo que todos decían que no podía hacerse. Estamos huyendo de Vantee. Solos no tenemos ninguna posibilidad de éxito; unidos podemos hacer pedazos a Eron, y recoger lo que queramos de entre los restos. Sólo necesitamos una cosa: disciplina.

»Os llevaremos a la libertad, y os daremos la oportunidad de vivir en un mundo donde podréis ir adonde queráis, y hacer lo que deseéis sin pedir permiso a ningún amo. Pero tenéis que recibir órdenes hasta que hayamos ganado; los que se nieguen serán fusilados. Redblade ya os ha ofrecido la elección; ésta es nuestra segunda y última oferta. Los que queráis obedecer mis órdenes, o las de Redblade, o las de Peter Sair en el acto, sin preguntas, dad un paso adelante y luego media vuelta.

Los hombres se miraron murmurando. La mitad de ellos dio un paso adelante y se volvió, y luego casi todos los demás les siguieron, hasta que sólo quedaron cinco.

—Muy bien —dijo Horn—. Esta es mi primera orden… —y gritó, con rapidez—: ¡Fusilad a esos hombres!

Los cinco restantes murieron antes de que pudieran sacar sus armas. En el rincón, el pequeño grupo de astrosos hombres se encogió con aprensión.

—Bien —dijo Redblade con admiración—. ¡Muy bien!

—Un gesto saludable —admitió Sair.

—¡A la nave! —ordenó Horn—. ¡Hacia Eron!

Los hombres se lanzaron hacia la escalera que conducía a la nave que les aguardaba. El transporte no estaba construido para acomodar a tantos, pero todos entraron. Setenta luchadores.

Antes de seguirlos, Horn se volvió hacia Redblade.

—Voy a confiar en ti —dijo en voz baja—. No me traiciones.

Redblade arrugó el ceño y después de un momento su rostro se aclaró.

—No pienso hacerlo. No me gustaría que te enfadases conmigo.

 

Los tres jefes ocuparon las sillas en la sala de mando de la nave y se colocaron los cinturones de seguridad: Horn en el asiento del piloto, Redblade en el del copiloto y Sair como astronavegante.

Horn extendió las manos hacia el tablero de ins trumentos.

—Tres horas a Eron —dijo—, y el reloj de la nave no se habrá movido un solo segundo cuando lleguemos.

—Un detalle interesante —dijo Sair—. ¿Cómo puedes explicarlo?

—Todo se detiene en el Tubo —dijo Horn—. No existe la luz, ni el calor, ni el sonido…, no hay energía. Debe estar relacionado en alguna forma al principio básico del Tubo.

—Has descubierto algo que generaciones de científicos han buscado en vano —dijo Sair—. ¿Cómo lo has sabido?

Horn se estremeció.

—He atravesado el Tubo en estado consciente. No quisiera repetirlo.

—Lástima que no podamos hacerlo ahora —dijo Sair—. Podríamos aprovechar estas tres horas. Pero creo que se trata de algún efecto de campo, quizás generado en los anillos dorados. No tenemos tiempo para localizarlo.

—Y un cargamento de locos no nos serviría de nada en Eron —añadió Horn.

—Entonces debo pedirte que nos expliques la situación antes de partir… y llegar —dijo Sair.

Horn explicó rápidamente los aspectos políticos y la situación estratégica.

—…Por lo tanto, la llave es el casquete Norte. Quien lo controle, controlará todo Eron.

—Entonces nosotros debemos controlar el casquete Norte —dijo Redblade sencillamente.

—Es cierto —dijo Sair—. No será cosa fácil…, los otros también tendrán la misma idea…, pero eso será principalmente una operación militar. Yo no podré serviros de mucho allí. Debo hacer sentir mi presencia en Eron.

—Y antes de que pueda hacerlo, debemos capturar el casquete Norte —dijo Horn—. ¡En marcha!

Manejó los controles con dedos hábiles. La nave se deslizó hacia el soporte movible. Horn esperó mientras la luz roja en el tablero se apagaba y se encendía la luz dorada. Luego volvió a apretar los botones. Hubo una breve sensación de energía que los apretó contra el respaldo de sus asientos.

 

Parpadearon. La nave se deslizaba suavemente hacia el soporte movible. Horn miró al reloj frente de él. Funcionaba, pero no había transcurrido el tiempo, según sus comentarios. El soporte se movía ahora con ellos, surgiendo de la compuerta principal.

Habían regresado a Eron.

—No ha pasado ni un segundo —dijo Horn pensativo—. Es como si el interior de los Tubos no fuese una parte de nuestro Universo.

No tuvo tiempo para más reflexiones. Redblade le indicaba una pantalla. Estaba orientada hacia el suelo debajo del soporte de las naves, y el suelo de la sala de llegada parecía una batalla de hormigas. Masas humanas se deslizaban a uno y otro lado, deshaciéndose para volver a reunirse. Lentamente el cuadro se resolvió en una lucha entre pequeñas hormigas terrosas y otras verdes y más grandes.

Unos cuantos rostros se habian vuelto hacia ellos, y luego muchos más, hasta que el movimiento se extendió, como un blanco mar, a través del suelo.

Las figuras terrosas eran esclavos. De algún modo habían conseguido llegar hasta allí desde los niveles inferiores. Luchando desde la entrada de los anchos corredores estaban los gigantescos lanceros denebolanos en sus uniformes verdes de Transporte. Eran los hombres de Fenelon, y ello significaba que Fenelon estaba vivo. ¿Sería así?, se preguntó Horn. ¿O quizá aquellos mercenarios habían encontrado otro amo?

La batalla se inclinaba contra los esclavos. Los enormes denebolanos segaban las indisciplinadas filas de la horda como trigo maduro, usando las pistolas cuando tenían espacio para ello, manejando porras y espadas en la lucha cuerpo a cuerpo. Muchos de ellos eran derribados y aplastados bajo el peso de sus enemigos, pero los esclavos estaban condenados al fracaso. Cientos de ellos morían por cada denebolano derribado.

A través del casco de la nave, Horn escuchó el chillido del rebote de las balas. A popa de la nave sonaban muchos gritos. Horn estaba de pie y corriendo hacia la salida antes de que empezasen. La escotilla estaba abierta y la escalera mecánica delante de ella, pero nadie descendía. A través de la puerta ovalada entraba una lluvia de balas.

Varios de sus hombres estaban apretados contra las paredes del corredor.

—No podemos salir —gritó uno de ellos—. Ya han matado a dos de los nuestros. Dentro de un minuto los tendremos aquí.

—¿Quién dispara contra nosotros? —preguntó Horn.

—¡Los malditos esclavos!

—Tenemos que hacerles comprender que hemos venido a ayudarles —dijo Horn con impaciencia.

―Después de diez siglos de traiciones —dijo Sair suavemente a sus espaldas—, ¿cree que pueden reconocer una mano que les ayude cuando la ven?

—Yo tendré que enseñarles —dijo Horn dirigiéndose hacia la mortal abertura—. ¡Alto el fuego! —gritó—. Somos amigos…

Era inútil. Sus palabras nunca llegarían a ser escuchadas en el clamor de la batalla. La mano de Sair le hizo retirarse.

—¡Adelante, condenados! —gritó Redblade—. ¡Nos abriremos paso luchando!

—Eso tampoco servirá de nada —dijo Sair—. Este es mi trabajo: diplomacia. Es por esto que me necesitan.

Antes de que nadie pudiera detenerle, había pasado por su lado hasta aparecer, desarmado y solitario, en la puerta vacía, mirando hacia el mar de rostros con gesto tranquilo.

Una bala silbó a su lado. Sair no se movió. Poco a poco el silencio se extendió por encima del campo de batalla, y luego surgió un murmullo que se convirtió en un grito lanzado por mil gargantas.

—¡SAIR!

El anciano levantó su mano hacia las lejanas puertas.

—¡Luchemos juntos contra el enemigo! —gritó. Su voz era firme, clara y potente.

Horn saltó hacia él mientras una ráfaga de balas silbaba a través de la puerta.

 

LA HISTORIA

Creación…

Lleva en sí su propia némesis. El éxito es siempre temporal, y el crear un ídolo no consigue hacer permanente lo que es efímero. La muerte está implícita en el nacimiento de cualquier organismo.

Un Imperio es un organismo.

El caudillaje es admirado e imitado mientras es creativo. Como substituto, la opresión se destruye a sí misma. La consecuencia es inevitable. Fuera del organismo, la resistencia a la absorción se hace más fuerte; en su interior se inicia la rebelión.

Los creadores son siempre una minoría. Genios, santos y superhombres surgen siempre en respuesta a una demanda de las circunstancias. Dejan a la masa del pueblo detrás de ellos. Deben transformar el mundo… o perecer.

La respuesta de Eron a la rítmica repetición de demanda y respuesta era fija: opresión. Y la fuerza debe siempre ceder ante una fuerza mayor.

 

Capítulo XVIII

GUERRA

El impulso de Horn arrastró a Sair a un lado, fuera del camino de las balas.

—¡Dispararon contra mí! —dijo Sair en voz baja.

—Eran los denebolanos —dijo Horn—. Es lógico. Si uno de los bandos es amigo, el otro es enemigo. Alguien querrá matarlo siempre. ―Se retorció en el suelo y empezó el regreso—. ¡Redblade! —gritó—. ¡Tiradores!

Tres guardias con las mangas cortadas se adelantaron agazapados. Se tendieron en el suelo por debajo del nivel de la escotilla, y levantaron sus armas apuntando a través del ancho dintel. En cuestión de segundos las balas se sucedían en dirección a los lanceros.

—Volvamos a la sala de mando —dijo Horn—. Tardará unos minutos en despejarse la situación.

En la pantalla, el cambio era evidente. Los rebeldes reaccionaban atacando con locura suicida, y los denebolanos retrocedían ante su empuje. Las anchas entradas a los corredores de la sala eran barridos por la mortal puntería de los tiradores de Redblade. El tamaño, que convertía a los lanceros en temibles enemigos, también los hacía fácil presa de un buen tirador. Eran hombres mortales como los demás; una sola bala era suficiente. Cientos de ellos fueron derribados. Los que no pudieron retroceder fueron destrozados por la multitud enloquecida.

Cuando cayó el último lancero, los rebeldes volvieron sus blancos rostros de nuevo hacia la nave.

—¡Sair! —gritaron.

Los combatientes de las desnudas llanuras de Vantee se lanzaron por la escalera mecánica y despejaron una área semicircular al pie de la nave. Sair les siguió lentamente, y la multitud enmudeció. Detrás de él salieron Horn y Redblade. El pirata llevaba debajo del brazo una altavoz portátil improvisado a toda prisa, para que fuese usado por Sair. El aparato lanzó la voz del Liberador hasta el último rincón de la enorme sala.

—¡Rebeldes! ¡Soldados de la Libertad! Me habéis reconocido, y os agradezco. Yo soy Peter Sair, en un tiempo Presidente de la Liga de los Mundos de Quarnon y hasta hace poco prisionero de Eron en Vantee. Igual que yo, estos hombres vestidos con los uniformes capturados a los Agentes de Seguridad también eran prisioneros. Con valor y desesperación, se han abierto camino hasta la libertad y me han traído con ellos. Son luchadores y caudillos. Los necesitamos.

»Vosotros también sois luchadores. Pero no tenéis caudillos, y los hombres sin jefes son débiles. No tenemos tiempo para procedimientos democráticos. Os pido que me reconozcáis como a vuestro jefe, y hagáis saber mi nombramiento a todos los otros rebeldes, allí donde se hallen. No os pido esto porque tenga sed de gloria y hambre de poder. He tenido mucho de ambas cosas; son pasajeras y sin valor. Os lo pido porque soy Peter Sair; mi nombre y mi rostro son bien conocidos.

»Eron debe caer, pero sin deshacerse. Eso significa que debe existir un jefe y una dirección. Os pido vuestra lealtad; os pido vuestra obediencia sin reservas.

Cuando los ecos de su voz se apagaron, hubo un instante de silencio… y luego la inmensa sala se estremeció de nuevo con el grito:

―¡SAIR!

Horn comprendió, como antes había observado en la nave, qué era lo que convertía a Sair en un gran hombre. Tenía el don de las masas, lo que debía hacer y decir para conmoverlas. Su instinto era infalible.

—¡Aceptado! —dijo Sair, y había un tono de emoción en la voz del titán—. Yo me obligo a ello, al igual que vosotros. —Su voz se hizo de nuevo firme y segura—. Y ahora, manos a la obra. Mis tenientes son Redblade y Horn. Obedecedles igual que a mí. Bajo sus órdenes están los hombres que vinieron con nosotros de Vantee. Son luchadores experimentados, y serán vuestros jefes; cada uno de ellos tendrá a su mando cincuenta hombres. Estos hombres consiguieron lo imposible: ¡huir de Vantee! Con vuestra ayuda volverán a alcanzar lo imposible.

Redblade se hizo cargo entonces del amplificador, y manteniéndolo con facilidad al nivel de su boca, empezó a emitir órdenes secas y cortantes. Los hombres de Vantee se adelantaron y empezaron a organizar la horda en grupos disciplinados. Eran rápidos y eficientes. Al cabo de poco tiempo tenían casi setenta grupos revistados de armamento, munición y estado físico. Mientras eran organizados e instruidos, se colocaron guardias en las puertas y a lo largo del corredor.

Redblade pidió que se presentasen todos los que tuviesen alguna información. Entre los pocos que se adelantaron, Horn escogió a uno cuyos ojos eran brillantes e inteligentes. En respuesta a sus preguntas, el hombre contó lo que sabía en breves frases entrecortadas que, unidas, formaban un todo coherente.

El grupo rebelde al que él pertenecía se apoderó de una nave en los niveles de descarga. Con la fantástica idea de llegar a otro planeta, obligaron al piloto a que los sacase de Eron, pero cuando se encontraron en el espacio, se sintieron desorientados y confusos, cosa que el piloto aprovechó para volver a entrar el carguero en una de las compuertas del casquete Norte, donde en vez de ayuda halló una rápida muerte. Los rebeldes se lanzaron hacia los corredores, pasando de una a otra sala de llegada, a medida que otros grupos les atacaban, o ellos atacaban a las defensas del casquete.

Dentro de Eron la rebelión era general. Los esclavos habían surgido hacia los niveles superiores que siempre estuvieron prohibidos para ellos. En ocasiones, los Guardias grises lucharon contra ellos; en otras se unieron a las turbas furiosas. A menudo vieron Guardias grises luchando con las policías particulares de los varios Consejeros; los que parecían dominar la situación eran los agentes negros de Duchane. Pero la sangre dorada corrió a raudales, y era roja como la de los otros hombres.

La lucha parecía ir mal para los rebeldes cuando ellos huyeron al espacio, pero quizá se trataba de una acción local. No existía un plan, ni un orden definido, ni un vencedor absoluto.

—Sí, tenían hambre ―relató el informante―. No habían comido desde que salieron del nivel de los almacenes. Pero les confortaba el pensar que el Pueblo Dorado y sus tropas aún estaban más hambrientos que ellos. Los niveles de los almacenes fueron los primeros en caer en poder de los rebeldes, y serían los últimos que se rendirían.

Habían visto otros grupos rebeldes durante las luchas en el casquete, pero no les fue posible unirse a ellos. Hacía poco que aquellos lanceros denebolanos les habían atacado surgiendo de una de las salas de llegada de los Tubos, y los habían hecho retroceder hasta aquel lugar. Tales tropas de refresco llegaban con cierta frecuencia, pero no había medio de saber por cuál Tubo ni de qué mundo llegarían, o en qué bando lucharían.

No, no había visto a Wendre Kolhnar. Algunas de las mujeres doradas habían sido asesinadas, lo supo en las primeras horas de la revuelta. La locura de la rebelión estaba sedienta de sangre; no habían hecho prisioneros. Más tarde, estaban demasiado desesperados para hacer otra cosa que defenderse.

Los ojos de Horn se fijaban en la distancia, apagados, cuando se volvió hacia Redblade.

—¿Estamos organizados ya?

—Dentro de lo posible. El resto deberá hacerse en el combate. Eso les dará unidad. Hasta ahora han sido una horda; ahora aprenderán lo que es formar parte de un ejército.

—¿Qué crees? ¿Tendrán una oportunidad contra la experimentada Guardia?

Redblade miró pensativo a la confusa masa de sus hombres.

—Estos hombres tienen motivos personales para luchar… más allá de sus propias vidas. La Guardia lucha por dinero. Prefiero a mis hombres, aunque no tengan experiencia.

—¿Cuántos tienen armas?

—Más de los que pensaba. Un cincuenta por ciento.

 Los dos revisaron sus planes teniendo en cuenta las fuerzas con las que contaban ahora. Su objetivo principal era capturar la sala de control del casquete, situada al fondo del corredor principal a la izquierda. Se enviarían veinte grupos en aquella dirección, con instrucciones de apoderarse y fortificar todas las salas de llegada que fuesen atravesando. Cinco de los hombres más rápidos en cada grupo serían nombrados enlaces, para mantener informado al Cuartel General. Ningún grupo debía seguir avanzando sin tener protegidos sus flancos y retaguardia.

Quince grupos marcharían por el corredor a la derecha, con las mismas órdenes. El resto quedaría en el Cuartel General como guarnición y reserva.

Cada jefe de grupo recibiría instrucciones de ofrecer al enemigo una oportunidad de unirse a ellos. Lo mismo para cualquier sobreviviente. El santo y seña sería «Sair». Todos los hombres se cortarían o arrancarían las mangas de sus guerreras a la altura del codo.

Sobre todo, comunicación. Los jefes de grupo se mantendrían en contacto por medio de los enlaces.

—Yo iré con el grupo de la izquierda —dijo Redblade, mostrando sus blancos dientes con una sonrisa feroz.

—¡No, te quedarás aquí! —restalló Horn—. Coordinarás la información recibida de los enlaces y enviarás refuerzos y supervisarás la organización de los nuevos grupos…

—Pero la sala de control…—rogó Redblade—, no podemos pensar en capturar el casquete y mantenernos en él a menos que aislemos la sala de control. Necesitamos esas comunicaciones. Tenemos que cortar los Tubos y cerrar las compuertas neumáticas y…

—Esa batalla, como todas las demás, será ganada o perdida desde aquí —dijo Horn con firmeza—. El trabajo de organización quizás no esté lleno de gloria, pero es vital.

Como todas las operaciones de Estado Mayor, era a ciegas; al igual que la mayor parte, estaba llena de confusión. Horn trató de obtener información y después orden; nunca pudo conseguir ambas cosas por completo. No había tiempo nunca para hacer las cosas ordenadas o bien. Las noticias le abrumaban por todos lados; las decisiones debían tomarse a un ritmo de locura. Horn disparó respuestas y órdenes fiado en su instinto y en su impulso de lucha, y en una vaga especie de plan que se formaba inconscientemente en el fondo de su mente.

Mientras Redblade rugía órdenes por el amplificador, llamando a sus hombres y distribuyendo misiones, Horn miró al suelo. Cuando la sala se despejó, asignó a un grupo para que dibujase un gran mapa del casquete Norte en un espacio del piso. Cuando los primeros enlaces empezaron a llegar, Horn ya estaba preparado. Poco a poco, el mapa empezó a tomar forma y detalle. Aquella sala de llegada capturada, aquella otra vacía. Aquí, una batalla desesperada con laceros denebolanos o Guardias verdes o azules, o tropas grises… Tantos heridos. Enviar más hombres. Enviar más armas. Enviar más munición. Enviar…

Los grupos en periodo de instrucción bajo sus jefes uniformados de negro empezaron a disminuir. Pronto sólo quedaron diez grupos que aprendían el manejo de las armas, cuerpo a tierra y a resguardarse. Horn miró a su alrededor con un gesto de preocupación. Dentro de unos minutos serían pocos para mantener un control seguro.

Una masa de destrozados reclutas surgió de una de las puertas, y enloqueció de alegría al ver a Sair. Cuando pasó el primer momento de excitación, empezaron a ser organizados. Sus jefes salieron de los restos de los grupos anteriores.

Quizás aquel fue el momento que marcó el cambio de la batalla. Horn nunca pudo decir cuando empezó a sentirse seguro del éxito. Pudo ser mucho antes, cuando Sair se presentó a las masas desde la escotilla de la nave y la multitud rugió su nombre. Pero si algo fue la verdadera llave de la victoria, fue Sair y su nombre.

A medida que se extendía la noticia de que Sair estaba vivo y en Eron, sus fuerzas iban creciendo. El mismo Sair, sentado en una caja vacía, lleno de cansancio, hablaba brevemente por el amplificador a cada nuevo grupo que llegaba, y los entregaba llenos de fe y entusiasmo a los instructores.

Las impresiones de todo género les exaltaban, exigentes, incansables: informes, consultas, órdenes, alarmas, éxitos, fracasos, mensajes confusos, enlaces perdidos… Pero el área bajo su control crecía sin tregua y el mapa se iba haciendo mayor. Aquí había una nave; mercancías… alimentos concentrados. Allí un almacén de armas, células dianódicas, cajas de municiones…

La sala volvió a verse atestada. Las bajas eran grandes, pero los refuerzos, que llegaban sin cesar, eran aún mayores. Casi todos los recién llegados eran esclavos, pero algunos eran Guardias sublevados y tropas auxiliares, y también llegó un puñado de técnicos del Tubo, en sus uniformes dorados.

Horn los llevó a un lado y les preguntó, como lo había hecho docenas de veces con otros hombres, si sabían algo de Wendre. Todos movieron la cabeza en silencio. Estaban en la sala de control cuando ocurrió el primer ataque; eran todos los que quedaban.

Horn se volvió con renovado empeño a las tareas de organización. Las cercanas salas de llegada fueron habilitadas para zonas de entrenamiento y equipo. La primera sala se convirtió exclusivamente en Cuartel General. Se enviaron escuadras de hombres para formar un arsenal, localizando y centralizando en un solo lugar todas las armas y municiones y su distribución. Las tropas auxiliares se convirtieron en cocineros e intendentes. Una cocina de emergencia preparó centenares de litros de sopa caliente; fue distribuida con las raciones de emergencia concentrada.

Horn se bebió la tibia sopa y se tragó unas cuantas pastillas. No era muy satisfactorio, pero era alimento, y el alimento representaba fuerza.

Cuando sus hombres se hicieron hábiles en el manejo del mapa, Horn nombró a un jefe de información con instrucciones de requerir su presencia cuando fuese necesario tomar nuevas decisiones. Redblade asumió la carga de enviar las reservas donde eran necesarias y su rugido despertó los ecos por todas las salas y corredores.

Horn se apartó de la confusión a duras penas vencida y trató de pensar. Después de estar por tanto tiempo en medio de los acontecimientos, necesitaba perspectiva. Se frotó los ojos y miró al mapa.

Por fin, vio lo que se le había escapado por tanto tiempo. Horn buscó el origen del rugido y se abrió paso hasta el lado del pirata.

—¿Qué sucedió a esos grupos que enviamos hacia la sala de control?

—Algunos de ellos ya han enviado enlaces con sus informes —dijo Redblade, sorprendido.

—Lo sé. El corredor del lado izquierdo está en nuestras manos por más de un kilómetro y medio, pero no tenemos noticias de la sala de control. Los enlaces de los grupos de vanguardia no han vuelto. ¿Qué ha sucedido?

—Ahora no recibimos tantas demandas de refuerzos. Me pregunto qué haremos con los nuevos que siguen llegando. Nos hemos quedado sin espacio.

—Nos extenderemos —dijo Horn, encogiéndose de hombros—. Creo que controlamos la mayor parte de los corredores y más de la mitad de las salas de llegada de los Tubos. ¿Hay alguien en quien puedas confiar el mando?

—Hum… No —dijo Redblade, francamente—. Pero creo que estarán demasiado ocupados por algún tiempo para para hacer ninguna diablura, y no pienso que puedan mover una masa de hombres como ésta. Sólo una cosa los mantiene unidos: Sair. Creo que alguno de nuestros amigos prisioneros de Vantee puede hacerse cargo de todo.

—Bien —restalló Horn—. Ya tengo a uno encargado del mapa. Delega el mando. Ya hemos hecho todo lo posible aquí. Necesitamos tomar parte en la acción. Llevaremos sólo dos grupos con nosotros; más gente sólo serviría de estorbo.

Los hombros de Redblade se enderezaron y pareció más alto mientras se volvía. Horn reunió a los técnicos de uniformes dorados y los condujo hacia el corredor.

—Creo —dijo una voz suave a su lado— que ha llegado el momento de que yo también actúe.

Era Sair. Horn lo miró por un momento, y luego asintió.

—En marcha.

 

Avanzaron rápidamente por el corredor. Las salas de llegada que atravesaban estaban seguras en las manos de sus hombres. Después de un kilómetro descubrieron por qué no recibieron más informes de la vanguardia: el corredor terminaba en una sólida puerta.

Horn se volvió hacia uno de los técnicos.

—¿Qué es esto?

—Una barrera de seguridad contra escapes de aire. Completamente hermética. Hay cientos de ellas en el corredor. Pueden ser activadas desde la sala de control.

—¿Podremos atravesarla?

—Disponiendo de tiempo suficiente, supongo que sí. Con sopletes unitrónicos.

—No podemos perder tanto tiempo —Horn se volvió de nuevo—. Vamos a la puerta trasera.

Mientras conducía al grupo de nuevo por el corredor hasta la primera rampa que llevaba a los niveles inferiores, Horn pensó en la barrera de seguridad que había sido bajada y en las otras barreras que no habían descendido. Alguien estaba en la sala de control, pero no utilizaba todas sus ventajas. Sólo parecía interesado en su defensa.

Horn y Redblade marchaban en vanguardia, con Sair a unos pasos detrás. Los seguían la docena de técnicos del tubo y los dos grupos de cincuenta hombres disciplinados. Encontraron varios grupos que iban y volvían del frente, frescos y llenos de confianza, o llevando sus heridos, cansados y llenos de sangre. Pero hasta estos últimos levantaron la cabeza y gritaron «¡Sair!», cuando vieron al anciano.

Los enlaces trataron de presentar sus informes a Horn o Redblade, pero Horn les hizo seguir adelante. Cuando llegaron al oscuro y resonante nivel inferior, silbaron unas balas delante de ellos. Horn dio orden a los dos grupos de desplegarse. En un minuto volvían a avanzar por el corredor, y los desorganizados restos de un destacamento de tropas grises huía en desbandada.

Al final del estrecho corredor, la puerta les detuvo sólo un instante. Se abrió con facilidad, y Horn comprendió que no era la misma que había usado el día anterior. La sala circular con su pilar cilindrico en el medio estaba vacía.

Horn se situó debajo de la escalera y miró a la placa que cubría la escotilla del techo. No estaba cerrada. Horn subió hasta el último barrote de la escalera metálica y vaciló. Redblade se colocó debajo de él, y Horn puso un pie en el hombro de Redblade, el otro pie en la escalera y empujó hasta abrir la escotilla.

Mientras aún resonaba el ruido del metal al golpear contra el suelo de la cámara superior, Horn ya atravesaba la abertura, empuñando su pistola. Había guardias en la cámara, pero desprevenidos. Ayudaban a dos hombres que salían por la puerta abierta del tubo central. Los guardias llevaban uniformes dorados, pero algunos de los otros eran obreros de los niveles inferiores.

—¡Quietos! —restalló Horn, y los guardias quedaron demasiado sorprendidos para pensar en ofrecer resistencia.

Redblade ya estaba al lado de Horn, y los demás hombres salían en torrente por la abertura circular a sus espaldas. Cuando los guardias vencieron el primer momento de vacilación y se movieron inquietos, ya estaban dominados. Uno de ellos trató de deslizarse hacia la pared que escondía el ascensor, pero Horn lo encañoneó con firmeza.

Cuando Peter Sair fue izado hasta la cámara superior, muchos de los obreros reprimieron una exclamación.

—Este es Peter Sair —dijo Horn—. ¿Sabíais que había regresado?

—He oído gritar su nombre —murmuró uno de los esclavos—; estuve en una de las luchas en los corredores, pero… creí que era una trampa.

—¿Cuántos de vosotros estáis dispuestos a luchar por Sair y por la libertad? —preguntó Horn.

Todos los esclavos se adelantaron como un solo hombre. Unos cuantos de los guardias miraron a su oficial y luego se quedaron inmóviles.

Oro, pensó Horn. El oro de Comunicaciones. El oro de Wendre. Parecía increíble que estos hombres aún siguieran guardándole lealtad. ¿Cómo consiguió escapar de los que la capturaron? ¿Cómo pudo ponerse en contacto con sus guardias personales, reunir a sus leales y enviarlos hasta este sitio?

—¿Quién os envió aquí? —preguntó Horn.

Los guardias permanecieron silenciosos. Horn miró a los esclavos.

—El Culto de la Entropía —dijo el esclavo que había hablado antes—. Nos enviaron por medio de ese Tubo para luchar por la libertad.

Horn movió la cabeza sorprendido. Ahora, el Culto. ¿Qué papel jugaba en esta lucha? A menos que Wu hu biese conseguido escapar para lanzar las fuerzas del Culto en apoyo de la rebelión…

Horn se volvió hacia la pared, apretó en el mismo lugar que Wendre había oprimido, y la pared se deslizó en silencio delante de él. Hizo una señal al jefe de uno de los grupos y colocó su mano encima del mecanismo oculto.

—Cuenta hasta cinco y aprieta aquí. Envía tres hombres. Después de ellos, tres más. Sigue hasta que queden sólo los necesarios para guardar a los prisioneros.

Horn entró en el ascensor, con Redblade a sus talones. Sair se apretó a su lado, como tercer pasajero. Horn arrugó el ceño y luego se encogió de hombros. Aunque Sair no les serviría de nada en una lucha cuerpo a cuerpo, su rostro y su nombre valían por una docena de cañones. Sería un desastre si resultaba muerto, pero el peligro estaba en todas partes. No había lugar seguro para él.

La puerta se cerró delante de Horn, y a su lado se se encendió un disco de color. Horn lo tapó con la mano, y el elevador empezó a funcionar. Cuando se detuvo y la puerta se abrió, Horn y Redblade tenían sus pistolas en la mano, dispuestos a la lucha. Salieron con rapidez de la cabina colocándose a cada lado de la puerta.

La sala era la misma que Horn recordaba: los tableros de instrumentos, las sillas, las paredes llenas de parpadeantes manchas de color… Pero ahora estaba llena de actividad. Los técnicos se sentaban frente a los tableros, moviéndose frente a los interruptores, vigilando las pantallas. Había un ambiente de eficiencia y seguridad.

Todo se detuvo, y todo el mundo se volvió para contemplar a los tres hombres en pie frente a la puerta del ascensor, que ya se cerraba. El uniforme anaranjado de Horn estaba en pedazos; Redblade casi no llevaba ropas encima de su masivo cuerpo. Entre ellos estaba un hombre de rostro familiar, que usaba un destrozado traje de presidiario.

—¡Peter Sair! —murmuró uno de ellos, y el nombre se esparció por la sala como una onda en el agua.

En el centro de la sala de control seguía abierta la puerta de la cámara acorazada, proclamando la pobreza de Eron, un recuerdo del antiquísimo secreto que era mucho mejor secreto de lo que sospechaba el pueblo dorado. A su lado estaba en pie un oficial con rostro de pura sangre dorada y aire de autoridad. Se adelantó, con los ojos fijos en Horn.

—¿Quién de vosotros es Horn?

Había una nota de curiosidad y expectación en su voz.

La pistola de Horn se levantó en un gesto de aviso. Detrás de él la puerta del ascensor volvió a abrirse, y tres hombres armados penetraron en la sala de control.

—Yo soy Horn —dijo lentamente.

—Le hemos estado esperando —dijo el oficial. Hizo un gesto con la mano, que comprendía a toda la sala de control—. El Director me ordenó que si usted volvía le entregase esto.

 

LA HISTORIA

Sabiduría…

Para algunos, constituye un fin. Para la mayor parte, no es más que una herramienta, la mayor de todas, arquetipo de todas las herramientas. La sabiduría es básica. Con ella, las débiles fuerzas del hombre pueden multiplicarse infinitamente.

Una de las particularidades de la sabiduría es que siempre es mayor que el recipiente. Nuevos depósitos deben ser construidos para conservarla. Los libros suplantaron a la memoria humana y a su vez fueron mejorados por los microfilms, que cedieron el paso a las cintas magnéticas. Al final de la serie, se alzaba el Archivo Electrónico.

Su inventor buscaba el secreto del Tubo, y construyó un depósito de sabiduría enorme. Su capacidad era ilimitada, porque se le podían agregar unidades adicionales cuando era necesario.

Cada unidad contenía billones de cristales microscópicos flotantes. Cada cristal, protegido por una superficie molecular metálica, era una célula dianódica capaz de recibir, almacenar y facilitar energía en su propia frecuencia de onda.

El inventor lo llenó de sabiduría y le hizo la pregunta vital. El Archivo contestó: «La invención descrita es imposible».

Para ello necesitaba, desde luego, de la sabiduría humana.

Para Duchane, por otro lado, el Archivo era invaluable. Creció hasta ocupar milla tras milla del precioso espacio de Eron. En él fueron vertidos todos los registros de cada una de las oficinas de la Companía, los inmensos volúmenes de los informes de policía, información confidencial de cada individuo dentro de los límites del Imperio.

Duchane no pedía lo imposible. Las preguntas que hacía eran sencillas. Pero, a veces, las respuestas eran un poco extrañas…

Capítulo XIX

EL PELIGRO SUBTERRÁNEO

—¿El Director? —preguntó Horn, sorprendido.

—Wendre Kolhnar —dijo el oficial. Su rostro parecía también asombrado, y un poco condescendiente—. No me pregunte sus razones. No hago más que obedecer órdenes.

—¿Dónde está ella? —preguntó Horn con rapidez. Sus ojos registraron la sala.

El oficial se encogió de hombros.

—En alguna parte de Eron. Creo que se ha vuelto loca, pero todo el mundo parece trastornado estos días.

La puerta del ascensor seguía abriéndose regularmente detrás de Horn, y los hombres armados se extendieron por la sala de control.

—La última vez que la vi —dijo Horn—, acababa de ser capturada por los rebeldes…

—Esclavos —corrigió el oficial—. Parece que tenían alguna conexión con el Culto de la Entropía. Le dieron al Director una oportunidad de hablar y ella dijo que quería ayudarles. Cosa extraña, ellos le creyeron. Y aún más extraño, no se equivocaron.

La mitad de los hombres de la sala, observó ahora Horn, iban vestidos con las destrozadas ropas de los niveles inferiores.

—¿No sabe adónde ha ido?

El oficial se encogió de hombros, como si los caprichos de un perturbado estuviesen más allá de su comprensión.

—Wendre se puso en contacto conmigo desde aquí y me dio instrucciones de reunir todos los guardias y técnicos leales que pudiera, y me explicó cómo llegar por medio del tubo privado de los Consejeros. Cuando llegué, se marchó por el mismo camino.

Horn permaneció silencioso. Al cabo, sintió como Sair y Redblade le miraban con curiosidad.

—Bien —dijo con rapidez—. Nos haremos cargo del mando. Les dirá a sus hombres que recibirán las órdenes que les demos Sair, Redblade o yo igual que si fuera usted. Manos a la obra.

Con la docena de técnicos que acompañaba a Horn, la sala de control contaba ahora con una dotación casi completa. Horn ordenó que se levantasen las barreras y se abrieran las puertas. En pocos minutos se reunía con el grueso de sus fuerzas. La sala de control, con su miríada de circuitos, indicadores y servicios de comunicación, se convirtió en el puesto de mando de las fuerzas de Horn. Los informes empezaron a llegar de todos los puestos avanzados.

El noventa por ciento del casquete Norte estaba en manos de los rebeldes. Sólo quedaban puntos de resistencia aislados. Con la flexibilidad que les daba la sala de control, pronto serían reducidos.

Los servicios de comunicación convirtieron la confusión en un sistema coherente. Las barreras empezaron a descender por todos los corredores. En pocos minutos, la oposición quedó aislada. Se cerraron los ventiladores y se abrieron las válvulas de los gases contra incendios. Cuando la eficacia de estas medidas se hizo evidente, surgieron por todos lados ideas para utilizar estos servicios como armas ofensivas.

Pero las tropas de refuerzo seguían llegando, y no resultaba práctico mantener fuerzas en todas las salas de llegada.

—¿No hay forma de impedir que desembarquen? —preguntó Horn al oficial.

—No se pueden cortar los Tubos —contestó—. Esto sólo pueden hacerlo los Consejeros. Pero podemos cortar el suministro de energía a las salas de los Tubos. Las naves no podrán salir de las compuertas. Las tropas tendrán que pasar por las puertas de reparaciones con trajes espaciales. Podemos cerrar todas las entradas e inundar las cámaras con gas…

—Bien —dijo Horn con rapidez, interrumpiéndole antes de que su entusiasmo se desbordase—. Tan pronto como nuestras tropas hayan sido retiradas, haga todo lo que pueda. ¿Qué sucede en el casquete Sur?

—Cortamos la energía tan pronto como llegué aquí. Los hombres de Duchane estaban allí, pero hace muchas horas que no sabemos nada de ellos.

Al cabo de media hora, tenían al casquete Norte firmemente en su poder. Horn se volvió entonces hacia Sair.

—Eron está aislado. Ahora sólo se trata de luchar con las fuerzas que se encuentran en su interior.

Horn sintió un gran cansancio. Después de tanta lucha sólo habían conseguido adelantar un paso, por importante que éste fuese. Sair respiró profundamente y se enfrentó con el oficial del uniforme dorado.

—¿Ha dicho que estaba en contacto con el casquete Sur? ¿Podría conseguir una emisión general desde aquí, que llegase a todos los receptores de Eron?

El oficial se encogió de hombros.

—Desde luego. Aparecería en todas las pantallas, públicas o privadas. Pero no puedo asegurarle sobre cuántas siguen funcionando.

—Prepárelo —dijo Sair—. Hablaré al pueblo de Eron.

Al cabo de unos minutos, la emisión estaba dispuesta. Sair quedó en pie dentro de una pequeña cabina, rodeado por los redondos e inmóviles ojos de las cámaras televisoras.

—Sí —empezó con voz tranquila—. Me habéis reconocido. Soy Peter Sair, al que llaman el Liberador. Estoy vivo. Estoy en Eron. Las fuerzas bajo mi mando se han apoderado del casquete terminal Norte y su sala de control. Eron está aislado. El Imperio está condenado.

»Es justo. Ha llegado su hora. Una vez más, a través del radio de quinientos años luz del Imperio, los hombres serán libres para vivir como deseen, para escoger sus caminos y para continuar por ellos hasta conseguir su objetivo. No es una cosa fácil ni sencilla el ser libre. Y no es fácil ni sencillo destruir el poder de un Imperio sin romper su civilización en mil pedazos.

»Pero debemos hacerlo. La estructura del Imperio no debe ser destruida; los Tubos son una parte vital de la civilización interestelar que debemos conservar si queremos ser libres y fuertes. Si destruimos a Eron y a los Tubos, todos los mundos del Imperio quedarán aislados como Eron lo está ahora. Hacia este vacío que dejaremos se lanzarán hombres hambrientos de poder. Si la libertad consigue sobrevivir a las luchas que seguirán entonces, será una cosa extrema, inestable, falta de fuerza vital. La Humanidad se dividirá en muchas razas.

»Eso no es necesario, y no debemos permitirlo. No cambiemos una sola cadena por muchas. En vez de ello, podemos tener una Federación de mundos libres unidos por los Tubos. Podemos hacer leyes aceptables para todos por medio de representantes elegidos libremente. Podemos comerciar en libertad con todos los mundos, con lo que unos producen en exceso y otros necesitan. Podemos cambiar información, sabiduría y arte, creciendo juntos en fuerza e inteligencia.

»Es un noble ideal. Ya existía en la Constelación. ¿Es acaso un sueño? No. Su realización está al alcance de nuestras manos. Si ahora podemos actuar con cordura y firmeza, éste es el momento de luchar por la libertad… y de luchar con decisión. No estáis solos. En todos los mundos del Imperio los hombres luchan por los mismos motivos que estamos luchando aquí. Pero la victoria definitiva sólo se conseguirá en Eron. Los hombres libres de toda la Galaxia nos contemplan.

»Pido a todos vosotros…, a todos los que aman la libertad…, que luchéis por ella. Pero también pido a todos que luchéis con inteligencia y cordura. Obedeced las órdenes de vuestros jefes. Si no tenéis ninguno, acudid donde los haya. No matéis sin motivo; no destruyáis sin causa. Tenéis muchas ofensas que vengar, pero éste no es el momento de la venganza. La venganza no tiene sentido; el futuro es vuestro. Eron está en vuestras manos. No destrocéis lo que os pertenece.

»Y a todos aquellos que aún luchan por el Imperio…, os pido que os rindáis. Deponed las armas. Vuestra causa está perdida. El Imperio ha muerto. Vuestra lealtad hacía él no servirá para acusaros. Este es un nuevo día. Todos hemos nacido de nuevo, iguales en nuestra herencia común, iguales en nuestra libertad. La Galaxia es nuestra.

»Ahora… os deseo suerte. Pronto estaré con vosotros.

Había entrado en la cabina de transmisión un hombre viejo. Estuvo de pie delante de las cámaras, con la cabeza erguida, vital, un símbolo del hombre libre e invencible. Salió de allí rejuvenecido, con paso rápido y decidido.

—¿Qué quiso decir con esa última frase? —preguntó Horn.

—Me marcho a Eron. Me necesitan allí.

—¿Cómo? ¿Adónde? Usted…

—¿Cómo? Por el tubo neumático privado que vi allí abajo. ¿Adónde? No tiene mucha importancia. Pronto llegaré a un lugar donde mi presencia sea necesaria.

Horn comprendió que la decisión del anciano era irrevocable.

—Iré con usted —dijo con firmeza.

—Tu sitio está aquí —objetó Sair—. No podemos permitirnos la pérdida del casquete Norte.

—Se ha olvidado de una cosa —dijo Horn—. No conocemos el secreto de los Tubos. Sin eso…

—Seguiremos luchando —interrumpió Sair—. Los Tubos no fallarán. Aún podremos usarlos. Los directores de Eron los han utilizado durante muchos siglos sin conocer el secreto de su funcionamiento. Tú mismo me lo has dicho.

—Es cierto. Lo dije —contestó Horn—, pero ¿es cierto? Sigo recordando muchas cosas. Nuevos Tubos fueron activados durante este tiempo. Alguien conoce el secreto. Alguien que podía ponerlos en marcha.

—¡Sair! —la llamada retumbó por toda la sala.

Todos se volvieron. Una pantalla se había iluminado en un lejano tablero. Sobre ella aparecía el rostro de un hombre de mediana edad, cansado pero firme; sobre su cabeza llevaba una capucha negra. Detrás de él aparecía una escena de confusión: hombres gritando, corriendo, hablando, discutiendo, cruzando por delante de la pantalla. La escena era familiar; era, sin duda, un puesto de mando.

Al lado de la pantalla, un técnico con uniforme dorado parecía asombrado.

—Yo no hice nada —tartamudeó el técnico—. Empezó a funcionar sin que nadie tocase el aparato.

El oficial arrugó el ceño.

—No hay duda que alguien dispone de un equipo clandestino.

Sair estaba ya delante de la pantalla.

—Reduzca el volumen —dijo secamente—. Es un poco alto.

El hombre en la pantalla se volvió hacia alguien invisible y dijo algo. Luego se volvió hacia Sair.

—¿Sair? —su voz era normal—. Lo siento. Necesitaba estar seguro de que podrían oírme. Este es el Cuartel General del Culto de la Entropía. Hemos estado coordinando la rebelión desde aquí.

Sair hizo algo con sus dedos cerca del pecho. En la pantalla, los ojos del hombre se agrandaron por un momento.

—¡Bien! —dijo—. Hemos hecho cuanto ha sido posible. Con nuestros años de preparación, ha sido mucho. Disponemos de duplicados de los controles que existen en la sala de control que han capturado. Hemos cerrado las compuertas herméticas, cortado el suministro de agua y abierto las válvulas de seguridad contra incendios. Las turbas han sido un grave problema, pero se han calmado desde que usted les habló por las pantallas. Creo que la lucha se decide en nuestro favor.

—¿Qué hace Duchane? —preguntó Sair.

—Las últimas noticias de que dispongo dicen que tiene a sus hombres en trajes espaciales, abriendo agujeros en la superficie del planeta. Eso sólo resulta efectivo en los niveles superiores, pero ha detenido nuestro progreso. Hemos perdido el contacto con él hace poco tiempo. ¿Cuándo podrá llegar aquí con sus fuerzas, para hacerse cargo del mando de la rebelión?

—Parto ahora —dijo Sair—. ¿Cómo llegaré a su lado?

—Por el tubo neumático de los Consejeros. Sexta parada de emergencia. Cuente los destellos. Tape el disco rojo después del quinto destello.

Horn se puso delante de la pantalla.

—¿Está ahí Wendre Kolhnar?

—Sí —dijo el hombre—, por alguna parte.

—¿Dónde está?

El encapuchado miró confuso por encima de su hombro.

—No lo sé. No tengo tiempo para… —miró hacia algo a su izquierda—. ¿Qué? —gritó—. ¿Qué es eso?

La pantalla se apagó.

—¿Qué ha sucedido? —dijo Sair, alarmado.

—Trate de restablecer el contacto —pidió Horn al oficial. Luego se volvió hacia Sair—. No me gusta. Pudo ser un ataque. Si Duchane consigue apoderarse de los instrumentos en esa sala, aún puede ganar la batalla.

—¿Qué podemos hacer? —preguntó Sair.

—Actuaremos sobre la base de que Duchane la ha capturado, e iremos allí con la mayor rapidez dispuestos a reconquistarla, y rogando que no haya usado gases asfixiantes. —Horn se volvió hacia el oficial—. ¿Qué ha conseguido?

—La pantalla era clandestina. Si la hemos localizado con exactitud, han cortado la transmisión.

—¿Dispone aquí de trajes espaciales? —preguntó Horn.

El oficial denegó con la cabeza. Horn se volvió hacia Redblade.

—Trae todos los trajes espaciales que puedas, desde la sala del Tubo más próximo. Y búscame hombres prácticos en su uso en el combate.

Mientras Redblade se marchaba a la carrera, Horn hizo una pausa. ¿En quién podía delegar el mando de la sala de control? Miró hacia Sair, pero el anciano movió la cabeza como si hubiera adivinado sus pensamientos.

—Debo ir allá —dijo.

—Necesitamos combatientes —dijo Horn.

—Te sorprenderías al ver lo que he aprendido y hecho en una larga vida. Debo ir con ellos.

No servía de nada discutir con él, y Horn sólo tenía un recurso.

—Redblade —dijo—. Quedas al mando de esto cuando yo me marche.

—¡Oh, no! —protestó el pirata, sacudiendo su barbuda cabeza en un gesto de desafío—. No voy a perderme toda la…

—Eres el único en quien puedo confiar —le dijo Horn en voz baja, y el gigante se resignó—. Escoge un enlace. Tan pronto como haya salido yo por el tubo neumático de la cámara inferior, haz que llamen otra cápsula y envía al hombre. Luego, todos los que puedas. Los hombres deberán tapar el disco dorado, luego esperar cinco destellos del disco rojo y taparlo. Sólo hay espacio para un solo hombre, protegido por un traje espacial. ¿Comprendido?

Redblade asintió. Horn se volvió y escogió un pesado traje de la creciente pila en el suelo. Redblade le ayudó a colocárselo. Antes de insetarse el guantelete izquierdo, Horn encajó su pistola unitrónica en el soporte previsto para ella en el guantelete derecho. Movió los dedos para ver si tenía libre el juego del gatillo. La pistola estaba preparada. Horn estaba dispuesto.

 

Cinco minutos más tarde, la cápsula del tubo neumático se detuvo. La puerta se abrió.

El corredor era de roca y estaba débilmente iluminado. Horn salió con rapidez hacia las catacumbas, cerrando la puerta de piedra detrás de él. No se veía a nadie.

A la derecha, el corredor era aún más oscuro. Horn giró a la izquierda. El corredor giraba unos metros más adelante. Allí encontró los primeros cadáveres; estaban tan destrozados como las ropas que les cubrían. Horn hizo una pausa, manteniendo el aliento, y abrió la llave de contacto del intercomunicador en su placa pectoral.

—…¿Cuánto tiempo tendremos que llevar estas cosas?…—protestaba alguien.

—¡Silencio! —el interior del casco de Horn retumbó—. Sólo se darán órdenes e informes. Cuando el gas se disipe…

Horn cortó y volvió a respirar. Ése fue Duchane. Con precaución se adelantó hasta la siguiente revuelta del corredor; detrás de la esquina aparecía la espalda de un traje espacial. Horn se pegó a la pared con rapidez, respirando profundamente. Un centinela. Pero no le había visto, y no podía oírle.

Horn dobló la esquina caminando normalmente. Esta vez el centinela estaba de frente a él. A través del casco, su rostro reflejó sorpresa. Su boca se abrió; su brazo derecho se alzó, pero la mano de Horn ya estaba en la placa pectoral del centinela. Con ella cortó el contacto del intercomunicador; con la otra, le disparó a bocajarro.

No hubo el menor sonido. El hombre se desplomó con la misma expresión de sorpresa en el rostro. Horn sintió la vibración de su caída. Volvió a abrir su propio intercom. Estaba silencioso. Lo volvió a cerrar.

Algo le tocó en la espalda. Horn giró con rapidez, su pistola apuntando como un alargado índice… y se contuvo a tiempo para no apretar el gatillo. El blanco cabello de Sair brillaba dentro del casco frente a Horn.

Horn se aseguró de que el intercom de Sair estuviera desconectado y luego se inclinó para apretar su casco contra el del anciano.

—¡Quédese aquí! —ordenó—. Espere hasta que tengamos un grupo de hombres con nosotros. ¡Entonces, ataque!

—¿Qué es lo que vas a hacer?

—Si el gas no era venenoso, aún podré evitar una matanza.

—Y Wendre se encuentra allí, ¿eh?

—Sí —admitió Horn—. Ahora, ¡espere aquí!

Horn avanzó hacia donde la luz iba en aumento. Allí había otro centinela. Horn lo cogió de espaldas, y el hombre murió igual que el otro, en silencio. Se veían más hombres muertos en el suelo; algunos de ellos no presentaban señales de violencia, mientras que otros tenían la cabeza aplastada.

Horn miró al centinela que acababa de matar. La punta de su bota derecha estaba cubierta de sangre y de una pasta grisácea. Horn se sintió contento de haberle matado.

Ahora se encontraba frente a una ancha entrada, sin más centinelas. Horn volvió a conectar el intercom. Había un ruido de fondo, anhelante; era la respiración de muchos hombres.

—Traedlos aquí —decía Duchane—. Necesitaremos a algunos de ellos para que nos enseñen el manejo de los instrumentos. Atadlos…

Tendrían que revivir para hacerlo, pensó Horn, con una inmensa sensación de alivio, mientras atravesaba la ancha entrada hacia la enorme sala de paredes rocosas. Alrededor de los muros, muchas planchas de piedra se habían abierto hacia fuera; detrás de ellas aparecían indicadores, instrumentos, interruptores, pantallas. Otras puertas conducían hacia otras salas, éstas bien iluminadas. La sala central estaba llena de hombres vestidos de plástico y metal. Todos parecían ocupados, y nadie se fijó en él. Era uno más entre muchos.

—Matad a éste y a ése —decía Duchane, con voz tranquila—. No nos servirán de nada…

Horn miró a su alrededor tratando de localizar al Director de Eron. Observó que los hombres inconscientes eran arrastrados hacia una parte lejana de la sala. Horn se dirigió hacia allí, abriéndose camino por entre las mesas tumbadas y los hombres de negro. Por fin encontró a Duchane: vio la dura y dominante cabeza dentro de la burbuja de plástico y se acercó aún más.

Duchane le miró con curiosidad cuando Horn se acercaba y luego se volvió para mirar a otro hombre que llegaba con una mujer entre sus brazos.

—¡Ahhh! —dijo Duchane—. ¡Wendre! —Contempló por un momento el tranquilo y dorado rostro, ahora sumido en la inconsciencia, y el rojizo cabello dorado que caía como una cascada por encima del brazo enfundado en metal que soportaba su peso—. ¡Tratadla con cuidado! Podremos utilizarla…

Horn estaba ya detrás de Duchane. Su pistola era como un dedo de metal en la espalda del sujeto, pero el nuevo Director de Eron no podía sentirlo.

—No utilizarás a nadie —le interrumpió Horn, conectando el emisor—. Estoy detrás tuyo, Duchane. ¡No te muevas, si quieres vivir!

—Me pareció reconocer tu rostro —dijo Duchane, asombrado.

—Déjala en el suelo —dijo Horn con lentitud—. Déjala en el suelo con cuidado. A todos vosotros: si alguien se mueve, vuestro amo morirá, y ya sabéis que vuestras horas estarán contadas desde entonces.

Todos quedaron inmóviles como estatuas de metal, todos menos el hombre que llevaba a Wendre en brazos. Empezó a inclinarse hacia el suelo.

—¡Mátala! —gritó Duchane, lanzándose hacia delante y a un lado—. ¡Matad a este hombre! ¡No podemos detenernos!

Se retorcía ya en el aire, tratando de encañonar a Horn, mientras el hombre que sostenía a Wendre doblaba su mano derecha por debajo del cuerpo de ella, levantando el cañón de su pistola.

La mano izquierda de Horn cortó los gritos de Duchane con un golpe que destrozó el casco. Duchane respiró una vez y su rostro quedó inmóvil mientras caía al suelo. Su casco reventó con un estallido, pero otros ruidos le siguieron tan de cerca, que todo pareció como un trueno. Un agujero apareció en el casco del hombre que sostenía a Wendre, y fue duplicado en su frente. Siguió inclinándose y cayó sobre el cuerpo inconsciente de la muchacha.

Horn nunca tuvo tiempo para observar el desarrollo de la lucha. Su pistola barría la sala en un arco mortal, escupiendo proyectiles, y luego se lanzó por el aire buscando la protección de una mesa caída en el suelo, que, en realidad, no era ninguna protección, sino un lugar donde esconderse del fuego enemigo.

Alguien llegaba por la lejana entrada. Era más de uno, pero el que avanzaba delante del grupo era Peter Sair, y su mano disparaba balas con increíble puntería. Muchos hombres eran derribados sin compasión, y el ruido en el intercom era ensordecedor.

Toda la sala quedó de repente sumida en la oscuridad.

 

LA HISTORIA

Lo imprevisible…

Siempre hay piedrecillas que pueden hacernos tropezar, vientos repentinos que hielan nuestras esperanzas o avivan nuestros terrores; temblores de tierra que hacen caer nuestros planes encima de nosotros… Hasta los más cuidadosos análisis de los más inteligentes historiadores pueden estar equivocados.

Nadie puede precedir lo imprevisible.

Quizás sea lo mejor. Cuando podamos conocer el curso de nuestra vida, ya no será vida. Sólo lo inanimado se repite. Y aun entonces, si uno profundiza lo suficiente, se llega a un nivel donde el principio de incertidumbre hace inútil toda predicción.

Nadie podía predecir la longevidad. Nadie, al preverla, pudo calcular sus efectos. Era algo fuera de la experiencia humana, y los historiadores buscan las más lejanas perspectivas, pero las ignoran al extrapolar sus consecuencias.

Un hombre que pueda planear en términos de siglos, civilizaciones y razas… y vivir para ver el fruto de sus planes…, tendría una fuerza incalculable.

 

Capítulo XX

LA CAUSA PRIMERA

Horn abrió los ojos. La luz era suave y dorada. Luego se movió. Sintió algo frío en su rostro, frío y húmedo. Y luego comprendió que la luz no era dorada; era sólo un reflejo. Había un rostro por encima de él, y ese rostro era dorado. Le pareció reconocerlo. Aun agotado y sin maquillaje, era un rostro muy hermoso.

Se sentó en el suelo con gesto brusco. Su cabeza pareció partirse mientras el dolor la atravesaba. Horn se reclinó contra la pared y cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir, ella seguía aún a su lado.

—Estarás bien dentro de un momento —dijo Wendre—. El dolor desaparecerá pronto.

—¿Qué ha sucedido? —dijo Horn, todavía confuso.

—Las fuerzas de Duchane fueron vencidas, pero una bala perdida te perforó el casco. Respiraste algo de gas.

Horn miró a lo largo del corredor. Había muchos hombres tendidos a lo largo de las paredes; algunos muertos, otros heridos, muchos inconscientes.

—¿Y Sair? —preguntó.

—Está bien. Están ahora acabando de reducir los últimos focos de resistencia. Es un hombre maravilloso.

Horn recordó cómo Sair avanzó por la ancha entrada, solo, disparando contra los acorazados cuerpos de los hombres de Duchane, sin fallar un solo tiro.

—No sabes cuánta razón tienes —dijo pensativo.

—Aún habrán luchas esporádicas y alarmas durante unos cuantos días, pero Sair cree que la resistencia organizada ha terminado.

—¿Y Duchane? —preguntó Horn.

—Está vivo. Lo han encerrado en una celda.

Wendre hizo un gesto hacia el lejano final del corredor. Seguía recto hasta desaparecer en la distancia.

—Me llevaron a Vantee —dijo Horn.

—Lo sé. —pareció comprender que él le explicaba la razón de su ausencia—. Sair me lo ha dicho. También me explicó cómo escapaste. Fue algo brillante, atrevido…

—Un hombre hace lo que debe hacer —dijo Horn, encogiéndose de hombros.

—¿Por qué debías hacerlo? —preguntó ella.

Horn la miró al rostro y contempló cómo sus ojos miraban a los suyos con curiosidad. Aquella vez Horn no sintió el impulso de apartar su vista. Lo que fuese que los hombres llaman «amor», él lo sentía por Wendre. No era sólo el deseo de posesión, aunque aquello era una parte de sus sentimientos. Era la necesidad de procurar que ninguna pena llegase nunca a torturarla.

—Pensé que… podrías necesitarme —dijo en voz baja.

Los ojos de ella se apartaron.

—¿Crees que puedo creerlo? ¡Cuando fuiste tú quien mató a mi padre!

—Entonces no te conocía.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó ella bruscamente.

—Por dinero —dijo Horn.

—Tenía miedo de escuchar esas palabras. Pudo ser distinto si lo hubieras hecho por venganza, o por un ideal apasionado…

Ella se apartaba de él. Horn cogió su mano con un impulso desesperado.

—¡Espera! No te pido nada, excepto compasión. —Ella se detuvo y se volvió hacia él—. Tu padre sólo era un hombre para las pocas personas que le conocían en la intimidad. Para todos los demás era un símbolo, y por lo menos una institución. Los símbolos y las instituciones no sangran ni sufren; son cosas que pueden ser formadas, alteradas o destruidas cuando lo ordenan las circunstancias. Cuando tu padre se convirtió en Director de Eron renunció a su humanidad.

»Eso sólo es parte del asunto —continuó Horn—, y una pequeña parte. Para comprender el resto, tienes que comprender mi pasado.

Con palabras lentas y luego con mayor rapidez, a medida que los recuerdos acudían a su mente, Horn relató a Wendre su vida en la Constelación; cómo le contrataron para que asesinase a su padre; sus dificultades para llegar hasta la Tierra y luego hasta el pie de la meseta; sobre Wu y Lil; su llegada a Eron y lo que había sucedido luego. Ella le escuchó con atención, la cabeza inclinada.

―Pero la razón que me impulsó a hacerlo —terminó él—, yo mismo no puedo explicarla, porque no la comprendo. Estaba el dinero, pero no era lo más importante. Era sólo… el símbolo de lo que un hombre puede arrancarle al Universo si es bastante inteligente y fuerte. Toda mi vida lo he hecho, y ahora tenía una oportunidad para probar a mis propios ojos que yo era más listo y fuerte que los demás… No era sólo el disparo, quiero que lo comprendas, sino el llegar hasta allí, burlando a todos los que trataron de impedirlo y venciendo todos los obstáculos y, cuando lo tuve allí frente a la mira de mi pistola, me di cuenta que sólo tenía que dispararle… porque había recibido dinero por ello.

»Pero no me preguntes por qué finalmente lo hice. No lo sé. Fue otro hombre, a quien ahora no comprendo. Los hombres cambian, desde luego. Eso es un axioma: un hombre no es el mismo dos minutos seguidos. Y cuando un hombre lleva una vida dura y sobrevive a lo que yo he pasado en estos últimos días, camina aprisa y mucho. No trato de excusar mi acción. Esta mano lo hizo; este dedo apretó el gatillo.

Ella movió la cabeza como si no pudiera comprenderle.

—Pero… matar a un hombre desarmado, a sangre fría, sin aviso…

—¿Desarmado? —exclamó Horn—. ¡Había miles de guardias, docenas de naves y cientos de cañones concentrados allí! Y… ¿qué puedes decir de los billones de personas que tu padre mató, a sangre fría, sin aviso? ¡No! Verás, no quise decir eso. Cuando un hombre vive como yo, se encuentra frente a todo el universo y llega a pensar que se encuentra solo frente a todos; que todos estamos solos luchando contra los demás, como perros por la posesión de un hueso. Pero eso… no es cierto. Estamos todos unidos, del mismo modo que los mundos están unidos por los Tubos de Eron.

—No sirve de nada lo que digas, ¿no lo comprendes? —dijo ella, con pasión—. Debo odiarte. Nada puede alterar el hecho de que mataste a mi padre.

—Entonces, ¿por qué dejaste instrucciones para que me entregasen la sala de control?

—Porque tenias razón… Eron estaba podrido. Alguna vez, quizás, el Imperio justificó su existencia; alguna vez tuvo algo que dar a la Humanidad. Ahora sólo se apoderaba de todo. La única forma en que podía salvar algo que era aún bueno en Eron era ayudar a deshacerlo; tú dijiste que sólo Sair podía salvarlo. Pensé que Sair estaba muerto, y creí que quizás yo podía ser de alguna ayuda. Si estabas en lo cierto en una cosa, podías tener razón en otras.

—Comprendo —dijo Horn.

Se puso lentamente de pie. A pesar de su cansancio, su cabeza ya no le dolía. Empezó a caminar por el corredor y se inclinó a recoger una pistola de la mano de un muerto que ya nunca podría utilizarla.

—¿Adonde vas? —preguntó Wendre.

Él miró a su alrededor y vio que ella caminaba a su lado.

—Voy a hablar con Duchane.

—¿Para qué?

—Hay dos cosas que necesito saber: quién me contrató y quién tiene el secreto de los Tubos.

—La persona que te contrató tenía que conocer los planes de mi padre en la época de la rendición de Quarnon IV. Ya te dije que yo era la única persona que los sabía. ¿Por qué no sospechaste de mí?

—Lo hice —dijo Horn—. Por un momento.

—¿Por qué no sospechas de mí ahora?

Horn la miró por un instante y luego apartó los ojos.

—Ahora creo en ti.

—Iré contigo —dijo ella rápidamente—. Quizá pueda ayudarte.

—No necesitas hacerlo.

—Te debo algo. Has salvado mi vida tres veces.

—Las dos primeras no cuentan. Una fue por instinto, y la otra por estrategia.

Dejaron de hablar al acercarse a las celdas y Horn las reconoció; él mismo había estado detrás de una de aquellas puertas enrejadas no hacía muchos días. Detrás de una de ellas estaba Duchane, una vez Consejero de Seguridad, luego Director de Eron, ahora prisionero. Estaba apoyado contra la pared del fondo, el rostro sombrío y pensativo, los brazos cruzados sobre el pecho. Levantó los ojos cuando Wendre se acercó a la puerta mientras Horn se quedaba atrás en las sombras, para no ser reconocido. Los labios de Duchane se torcieron.

—La única cosa peor que un renegado, es una mujer civilizada que vive con los indígenas —dijo. Espero tendrás agradables recuerdos del modo en que has sobrevivido a la caída del mayor Imperio conocido por el hombre… y cómo ayudaste a derribarlo.

—No quiero discutir contigo —dijo Wendre con voz tranquila—. No puedes comprender las acciones que no sean motivadas por el egoísmo.

—Con lo que he visto de miedo, cobardía y traición durante los últimos días —dijo Duchane con amargura—, me siento satisfecho de no ser de pura sangre dorada.

—¿Que no eres…? —exclamó Wendre—. Entonces eso explica…

—¿Qué? —preguntó Duchane con violencia.

—Tus métodos —murmuró Wendre.

—¿Sabes lo que significa ser eroniano en todo excepto por una pequeña gota de sangre en tus venas, y que esa imperceptible dilución se alce como una barrera ante todo lo que deseas? ¿Sabes lo que significa tener fuerza, habilidad y valor, y ver que su uso está prohibido porque un remoto antepasado tuyo fue algo descuidado? ¿Sabes lo que significa el tratar de pasar como de sangre pura, y preguntarse siempre cuándo la verdad se alzará para destrozar todo cuanto tienes?

»¡Métodos! —continuó Duchane—. Sí, yo tenía mis métodos y eran eficaces. Debían serlo, porque los aprendí de tu padre. Nada tiene importancia excepto el éxito; los medios son sólo escalones que conducen al objetivo. No puedes formarte una idea de lo que tuve que hacer para llegar donde quería… —Su rostro se oscureció, recordando—. Yo ordené la muerte de mi madre; era un peligroso lazo con mi pasado. Pero no tuvo importancia; eso me hizo Director de Eron.

—Por pocos días —dijo Wendre—. Tus métodos hicieron inevitable la caída del Imperio. Más que cualquier otro, tú fuiste quien lo destruyó. ¿Valía la pena… por unos cuantos días?

—Vale más mandar un solo día —dijo Duchane con orgullo— que ser esclavo la vida entera.

—En cualquier caso, no podrías haber gobernado por mucho tiempo —dijo Horn, hablando por primera vez— sin contar con el secreto de los Tubos.

Duchane escudriñó inútilmente las sombras.

—Es cierto —dijo lentamente. Luego volvió a mirar a Wendre—. Pero tú me lo habrías dado. Habrías luchado y sufrido mucho, pero al final me lo habrías dicho.

—No hubiera podido hacerlo. Yo misma no lo conozco.

—Tienes que conocerlo —dijo Duchane, confuso ahora—. Eres de pura sangre; tiene que funcionar para ti. Y Kolhnar sin duda te explicó…

—No funcionó conmigo —dijo Wendre, lentamente—, y él no me dijo más que lo que tú ya sabes. Quizás tampoco lo sabía. Quizás nadie lo conoce. Sería una burla, una burla para el Imperio, pero una burla aún más cruel para el Pueblo Dorado. Estábamos tan orgullosos y seguros de nuestro secreto…, y nunca fue nuestro.

—¡Es mentira! —estalló Duchane—. Kolhnar lo conocía. Tenía que saberlo.

—Entonces fue un error hacer que asesinaran al viejo —dijo Horn con rapidez, comprendiendo que decía la verdad.

—¡Yo no lo hice! —exclamó Duchane, lanzándose contra las rejas para mirar hacia las sombras—. ¡Oh, he pensado en ello muchas veces! Pero era… era demasiado peligroso. Sospecharían de mí en el acto. ¿Quién eres tú?

—El asesino —dijo Horn suavemente.

—Entonces… ¡sabrás que yo no lo hice! —dijo Duchane con violencia, sacudiendo con furor las rejas que les separaban—. ¿Sabes quién te contrató?

—No le conozco.

Horn dio un paso adelante, de modo que la luz le iluminó el rostro. Duchane le reconoció en el mismo instante y retrocedió varios pasos.

—¡Tú! Tú eres el asesino. El hombre que me derribó por la espalda hace unas horas. El guardia que estaba con Matal. Es fantástico. Ése no era Matal. Matal había muerto. Parecía Matal, pero no era posible que fuese él. Los muertos no andan. ¡Fantástico! —sus ojos se endurecieron y luego preguntó—: Tú estabas con él; ¿quién era?

—Tampoco sé eso —dijo Horn—. ¿Qué ha sucedido a Fenelon y a Ronholm?

—Oh, han muerto. Han muerto —Duchane los apartó de su mente con un gesto casual—. Consulté al Archivo Electrónico por esa información. Me dio algunos detalles muy interesantes. Informes de hombres muertos que caminan, y de dos hombres vivos vistos al mismo tiempo en lugares distintos. Todos estos hombres tenían el mismo aspecto físico: bajos y gordos. El prototipo era un ladrón, un harapiento visto con frecuencia en compañía de animales. Aparecía aquí y allí, por todo el Imperio. Ha estado en la cárcel innumerables veces, pero siempre escapó inmediatamente. Su informe se remonta a mucho tiempo… —Duchane se adelantó mientras buscaba algo en su bolsillo—, hasta el principio de…

—¡Cuidado! —gritó alguien—. ¡Tiene una pistola!

El arma en la mano de Horn reaccionó casi con vida propia. Se alzó, escupiendo fuego en silencio. Duchane jadeó brevemente. Sus ojos miraron detrás de ellos, anchos y deslumbrados, y su mano se deslizó lentamente de su bolsillo. Cayó al suelo quietamente, al lado de las rejas.

—Matar —dijo Wendre con voz apagada—. Matar. ¿Por qué tienes que matar siempre? —Se volvió, con la cabeza inclinada, y marchó a lo largo del corredor.

—Parece mi destino —dijo Horn, mientras se volvía.

Wu estaba de pie detrás de él. Volvía a ir vestido con sus viejos pantalones: un solo tirador, la camisa verde de plastiseda y el gorro en la cabeza. Lil, posada en su hombro, miraba con su único ojo al caído cuerpo de Duchane.

—Éste —dijo Lil tristemente— es el fin de toda ambición.

—Parece haber tomado el hábito de salvarme la vida —dijo Horn, dejando que el cordón elástico llevase la pistola contra su pecho.

Wu se encogió de hombros.

—Es un placer alargar los años de vida de uno que tiene tan pocos.

—¿Dónde ha estado? La última vez que le vi, lo llevaban a Vantee conmigo.

—Todavía no se ha construido la prisión que pueda retenernos, ¿eh, Lil? Desde entonces hemos estado aquí y allí, donde nos llevó la fortuna y nuestro capricho. Éstos son buenos tiempos para encontrar diamantes.

Horn se arrodilló al lado de la reja, pasando el brazo entre ellas hasta llegar a la guerrera de Duchane. Cuando retiró el brazo, llevaba en la mano un puñado de papeles.

—No comprendo cómo pudieron dejarle una pistola —dijo Horn—. Estaba desarmado.

Horn abrió los papeles y los examinó, pasando rápidamente los ojos por encima de ellos, volviendo las hojas. Cuando levantó la vista, parecía mirar a lo lejos.

—Este informe habla de usted —dijo—. Usted ha estado en casi todas las inauguraciones de los Tubos.

—¿Es posible? —dijo Wu—. No pensé que habíamos asistido a tantas. Pero esos son tiempos de ceremonia, cuando hasta las horas aparecen llenas de joyas.

—Los Directores de Eron no conocían el secreto de los Tubos —dijo Horn, lentamente—. Y sin embargo, los Tubos fueron activados. Alguien más tenía que conocer el secreto, y a pesar de ello… yo mismo lo dije una vez… el secreto no podía pasar por las manos de cualquier otro grupo de personas, sin que los Directores lo descubrieran. Pero si un hombre viviera durante mil quinientos años…

—¡Yo! —rió Wu—. Sí nosotros conociésemos el secreto, Lil, no tendríamos necesidad de robar diamantes, ¿eh? Nos sentaríamos en cualquier parte y los mundos nos los traerían hasta nuestros pies.

—Había seis personas en la plataforma de la Celebración en Sunport —continuó Horn inexorable, sin prestar atención a la interrupción—. Pensé que una de ellas tenía que conocer el secreto. Pero estas seis personas también asistieron a otras inauguraciones, en soledad. Wendre me lo dijo. No pudo ser ninguno de ellos. Tenían que ser todos juntos. Pero no era así. Ni juntos, ni individualmente. Sin embargo, usted sí estuvo allí. Usted estaba más cerca de la plataforma que ninguno de los demás. Tuvo que ser usted, Wu. Tuvo que ser usted.

—«Reductio ad absurdum» —dijo Lil, solemnemente.

—Pero lógico, mi querida amiga —dijo Wu—. Muy lógico.

Su voz había cambiado. Era más firme, más fría y dura.

—Usted hizo que matase a Duchane —siguió Horn—. Él iba a decirme algo sobre usted, y por ello hizo que le matase. No lo hizo personalmente, usted no disparó. Consiguió que alguien lo hiciese en su lugar. Alguien empujó —murmuró en voz baja—. Las piezas van cayendo en su sitio. Alguien que piense de este modo puede fácilmente contratar a un asesino.

—Un excelente argumento —dijo Wu—. Pero no es completamente cierto. Como verá, no tengo ningún reparo en llevar a cabo mis propias muertes.

No debió sorprender a Horn ver la pistola en la mano amarillenta que Wu extendió de su harapienta manga. Pero le dejó sorprendido; no podía creer en lo que la lógica le demostraba. Miró la pistola y luego contempló el arrugado rostro de Wu. No podía recordar ahora porqué había pensado alguna vez que aquel rostro era inofensivo y benigno. Ahora el rostro de Wu mostraba el paso de un milenio y medio; eran ojos que habían visto demasiado. Su faz era vieja y maligna.

—Entonces es cierto —dijo Horn, lentamente.

—¿Tengo que decírselo? —preguntó Wu—. Desde luego. ¿Qué importa eso ahora? Ha llegado demasiado cerca de la verdad respecto a los Tubos, y por eso debe morir. Espero que me dejará explicárselo antes de matarlo. Usted quería saber el significado oculto de todo esto, y siento un gran alivio al poder hablar con alguien. No puede conocer la inmensa carga que representa mantener un secreto durante mil años. Tengo a Lil, desde luego, pero aunque es una excelente compañera, no es humana.

—¿Y tú lo eres? —preguntó Lil, con voz aguda.

—No estoy seguro ya de serlo —dijo Wu lentamente.

—Entonces, fue usted quien me contrató.

—Sí, yo lo contraté para que matase a Kolhnar. He alquilado a muchos hombres, pero usted fue el único que consiguió llegar al pie de la meseta donde en otros tiempos se alzó Sunport. Pero la historia empieza mucho tiempo antes.

—¿Mil años antes?

—Exactamente. Eron no surgió por casualidad. Fue el único Imperio construido por un solo hombre, y las herramientas que usamos fueron demanda y respuesta y una sutil dirección de los acontecimientos. Escogí a Eron como mi instrumento de Imperio porque en él vivía una vigorosa y hambrienta raza. La Humanidad necesitaba el Tubo, y necesitaba a Eron para obligarla a aceptarlo. Escuche con atención, Horn, y lo sabrá todo antes de morir: oirá una extraña historia de humanas emociones, y de cómo pueden beneficiar a la humanidad… y de buenas intenciones, y de cómo pueden cambiar.

—Lo escucho —dijo Horn sombríamente, calculando la distancia que los separaba, estimando sus posibilidades de éxito. Pero la distancia era demasiado grande, y la oportunidad demasiado pequeña. Se obligó a esperar.

—El Tubo, entonces. El Hombre lo necesitaba para desarrollar una civilización interestelar en lugar de culturas aisladas, divergentes, espacialmente limitadas, que no podían contribuir en nada al progreso de la raza. Con la mejor intención, concedimos el Tubo al Hombre, Lil y yo. Si la Humanidad debía continuar como una raza única y vigorosa, teníamos que abolir el límite mortal: la velocidad de la luz.

—Ya que la velocidad de la luz es el límite máximo dentro de nuestro universo —dijo Horn, moviéndose ligeramente―, entonces los Tubos encierran un espacio que no pertenece a éste.

Wu asintió con admiración.

—Temía que sus experiencias en el interior del Tubo le llevarían a esta conclusión. Un científico, con esta pista, pudiera llegar a activar un Tubo. Pero no será fácil. Se ha aceptado, durante más tiempo del que yo he vivido, que la gravedad es una consecuencia de la geometría del espacio físico, que queda determinada por la materia. En otras palabras, que es la materia del Universo la que curva el espacio sobre sí misma, un efecto que reconocemos como gravedad. Pero es algo distinto construir un espacio que no pertenezca a nuestro Universo.

Horn asintió, y se adelantó un poco más.

—La luz —continuó Wu— queda afectada por la curvatura del espacio. Ella también se curva. Y en este universo de materia y espacio curvo, la velocidad queda limitada por la de la luz. Pero fuera de este Universo, no es así. Lil y su raza lo descubrieron hace mucho, mucho tiempo. Cuando desapareció el uranio de su caverna, se vieron obligados a estudiar la naturaleza de la energía y de la materia, espacio y tiempo. Se convirtieron en los más grandes matemáticos que ha conocido el Universo.

—Continúe —dijo Horn, adelantando un pie en forma imperceptible.

Wu movió su pistola.

—No, amigo mío. No se mueva. No se mueva si quiere conocer el resto de mi historia. Nuestro problema, como comprenderá, consistía en producir dentro de este Universo un espacio que no le era propio. Una estrella gigante fue la fuente de energía, y la mente de Lil la matriz. Dentro del cilindro energizado del Tubo creamos algo antes nunca conocido: un espacio protegido contra el efecto curvo de la materia, protegido contra la gravedad, si quiere decirlo así. Dentro del Tubo, el universo formado por la materia no existe; el límite forzado en velocidad por este Universo material no existe. Todos nuestros términos no tienen significado en su interior: luz, sonido, energía, materia, velocidad, distancia. Cualquier cosa dentro del Tubo existe como una anomalía dentro de su propio Universo en miniatura, con su propio espacio curvado sobre ella, y el Tubo, por su propia naturaleza, debe expulsarla.

—Entonces, sólo usted y Lil pueden activar un Tubo.

—Sólo Lil —corrigió Wu—. Esto nos ha tenido muy ocupados. Pero me adelanto al curso de mi historia. Este hecho, sin embargo, influyó en nuestra selección de Eron como instrumento a través del cual se uniría la Humanidad. Habría sido físicamente imposible para Lil activar Tubos en dos o más civilizaciones. Eso tampoco era deseable por otras razones: habría significado conflictos, desuniones, destrucción. Escogimos a Eron.

—¡Ah, aquellos eran días dignos de ser vividos! —gruñó Lil con pesar.

—En efecto —admitió Wu—. Con la mejor intención, dimos a Eron el Tubo y forjamos a su alrededor un mito de secreto y grandeza; el Pueblo Dorado fue rápido en aceptarlo y en seguir formando sus propios mitos. En momentos cruciales ayudamos al Imperio a continuar su progreso hasta que sólo la Constelación de las Pléyades quedó fuera de sus dominios. Usted, mi amigo de corta vida, no puede comprender cómo empezamos a cambiar. El poder crea hábito. Nos hicimos adictos a esa droga. Pocas cosas sobreviven a la lenta destrucción de los siglos: los sentidos se embotan, las pasiones se debilitan y los ideales mueren. Sólo el placer del poder perdura como excusa para la sobrevivencia.

—Entonces, empezó a entrometerse —dijo Horn sombríamente— por el solo placer de manejar los acontecimientos.

No podía moverse hacia Wu; nunca podría acercarse lo bastante para atacarle o apartar la pistola antes de que Wu disparase. Su propia pistola, fija al sobaco, saltaría rápida a su mano, pero el dedo de Wu sería aún más rápido.

Espera, se dijo Horn. Espera.

—Es cierto —dijo Wu—. Nos entrometimos, pero no en el ridículo sentido de la palabra. Nosotros fuimos hábiles. Kolhnar necesitó poca ayuda para conquistar la Constelación; su fiera voluntad le llevó a la victoria. Pero esto sólo significaba demorar la crisis que se aproximaba lentamente, y cuanto más tardase, más peligrosa se haría. Eron se corrompía; la rebelión era inevitable. La única oportunidad de salvarlo era precipitar la crisis. Contra una rebelión prematura, Eron podía vencer y conseguir otra oportunidad.

—Y entonces me contrató para asesinar a Kolhnar —dijo Horn. Su mano se movía encima de su cinturón hacia la culata de la pistola que colgaba encima de él.

—Me equivoqué —dijo Wu—. Hasta una experiencia de mil quinientos años puede equivocarse; inclusive la fantástica capacidad matemática de Lil no puede tener en cuenta los billones de factores implícitos en un problema que llega a las estrellas. Calculamos mal. Eron perdió.

—Y usted también perdió —dijo Horn.

—¿Nosotros? —Wu rió suavemente—. ¡Oh, no! Nosotros nunca perdemos. Habrá otros cordones para tirar, otras marionetas a las que hacer bailar. Nos trasladaremos al nuevo centro local del poder, la Constelación. Ahora está desorganizado, pero pronto adquirirá fuerza. Moldeará al Imperio en algo nuevo y dinámico, y nosotros moldearemos a la Constelación.

—¿Es que no ha hecho bastante? —preguntó Horn—. ¿No ha llegado el momento de que los hombres forjen sus propios destinos?

—¿Y eliminar la única razón de mi existencia? —dijo Wu con ironía—. No, mi idealista amigo. No puedo permitirlo. Y ahora ha llegado el momento en que debe morir. Kolhnar ha muerto. Duchane ha muerto. Ha llegado su hora.

Los ojos de Horn se ensancharon por un instante. Detrás de Wu algo se había movido.

—Ése es un antiguo truco —dijo Wu, con una sonrisa—. Muy hábil. Pero no le dará resultado —su mano se apretó sobre la pistola.

Horn endureció sus músculos. La sombra de un movimiento volvió a cruzar a espaldas de Wu. Dorado. ¡Wendre! ¿Qué hacia allí? Ella le odiaba. Ella misma lo había dicho.

Wendre se lanzó contra Wu.

—¡Trampa! ¡Trampa! —chilló Lil, mirando hacia atrás.

Wu se hizo a un lado instintivamente. Horn se apartó de la línea de fuego, mientras la pistola saltaba a su mano. Por un instante no pudo disparar, por miedo a que la bala alcanzase a Wendre a través del cuerpo de Wu.

Wendre no golpeó a Wu. Pasó por su lado, y la reacción de Horn fue instantánea. Su bala no falló.

 

LA HISTORIA

Dispensador de bienes…

La frontera galáctica: nuevos mundos ilimitados, planetas vírgenes esperando fértiles la semilla humana, un millón de continentes ricos de todos los tesoros, tierras negras y ríos en las montañas y las misteriosas orillas de un millón de mares. Pero el mayor tesoro era la libertad.

Con la llegada del Imperio, la frontera se convirtió en colonia.

La influencia de las grandes civilizaciones siempre se ha extendido más allá de sus fronteras. Alrededor de ellas, como una armadura, siempre han creado estados satélites que mantenían alejadas las hordas bárbaras. Y cuando las civilizaciones empezaron a decaer, las colonias volvieron su talento militar contra sus creadores.

Eron creó la Constelación por el desafío de su poder, y la aplastó cuando no quiso ser absorbida.

Pero Eron era corrupto. El Imperio no podía perdurar. Su respuesta a la demanda no era el acaudillarla… sino aplastarla.

Eron era un fósil. La continuidad de su existencia formaba una mortal amenaza a toda la Humanidad.

 

Capítulo XXI

DEMANDA

Horn siguió sentado en el exótico y lujoso ambiente de la dorada habitación y se revolvió en el asiento. Debajo de él, la silla era demasiado blanda y elegante, se hundía tanto bajo su peso que le costaría minutos volver a levantarse. A su alrededor, los colores eran demasiado suaves; los cuadros no tenían significado para él. No tenia nada a qué mirar.

Había esperado por media hora, y ahora deseaba no haber venido.

¿Qué tendría Wendre que decirle que no le hubiera dicho antes?

Bañado, limpio, afeitado, con ropas nuevas, Horn parecía un hombre distinto. Había contemplado en el espejo a un delgado forastero de rostro atezado. No había reconocido la mirada de comprensión en los ojos antes tan duros, las líneas de sufrimiento y compasión alrededor de la boca antes inmóvil. Se había hecho más viejo y más sabio en los últimos meses.

Estaba satisfecho de haber despreciado las pesadas pieles y plastisedas que le habían ofrecido. Se sentía cómodo al volver a vestir la sobria y duradera pana tejida en la Constelación.

Horn se agitó de nuevo. Fuera lo que fuese que quería decirle Wendre, deseaba que saliera y se enfrentase con él de una buena vez. Habían pasado siete días desde que la vio por última vez; siete días en los que ella pudo llamarle y él habría acudido; siete días desde que terminó la lucha. Ahora, mucho después que había abandonado toda esperanza, sólo horas antes de que zarpase la nave que debía conducirle a la Constelación, ella le había enviado un mensaje pidiendo que fuese allí y esperase… y esperase.

 

Recordaba la última vez que la vio. Recordaba cómo Wu se había desplomado con un gesto cansado, casi agradecido. Había engañado a la muerte por última vez.

La pistola de Horn había seguido el vuelo de la cosa aleteante y chillona que era Lil. Su dedo se había apretado sobre el gatillo y luego se apartó. No podía matarla. ¿Qué había hecho, excepto ser amiga de un hombre? Ella no había buscado la venganza contra la raza que exterminó a la suya. Se había unido a uno de ellos para servirle, demasiado bien…

Luego fue demasiado tarde. Lil desapareció.

—¿Por qué no la mataste? —preguntó Wendre. Se había levantado rápidamente del suelo.

—¿Oíste lo que dijo?

—Lo suficiente para comprender que era peligrosa. ¿Por qué no la mataste?

—No pude hacerlo.

—¿Pensaste en lo que puede hacer si no la encontramos?

—¿Cómo vamos a encontrarla? —preguntó Horn, confuso—. Puede estar en cualquier parte, bajo cualquier apariencia. Y si la hallamos, ¿cómo vamos a retenerla? Dudo que una bala le causara ningún daño. Y también pienso, si la llave de la energía… la que puede cortar los Tubos… no es más que la vida de Lil.

—Pero puede ser algo importante. Ella puede…

—Lo dudo. Wu era el humano. Sin él, ¿qué puede hacer esa cosa extranjera? El daño será insignificante comparado con el peligro de destruir la existencia de los Tubos. El daño que Wu causó era sutil, y llegaba a las estrellas. Lil no conoce lo bastante de nuestra raza para hacer nada igual.

Horn se arrodilló al lado del cuerpo de Wu. Una roja mancha se extendía lentamente sobre la destrozada camisa verde, surgiendo del agujero del pecho. Los latidos del corazón se habían detenido; ya no alentaba. Wu había muerto. Había algo extrañamente doloroso en el pequeño cuerpo vestido con ropas remendadas. Era un cuerpo tan pequeño y débil para haber hecho tanto, y ahora estaba muerto, después de haber escapado a la Muerte tanto tiempo.

Había ironía en el hecho de que el hombre que le había hablado de la teoría social de la Historia fue la mayor prueba de sus argumentos personales. Wu era el hombre que empujaba a los acontecimientos. También había conducido a Horn por un camino señalado por él. Había estado de pie a las orillas del río para seguir su curso. Él, más que Horn, había apretado el gatillo que mató a Kolhnar. Había manejado las fuerzas que forman a los imperios y forjan los destinos de los hombres. Pero Horn había escapado a su influencia, y a su vez forjó su propio destino; quizás la muerte de Wu estuvo implícita desde aquel momento.

Horn había crecido en la creencia del individualismo y de la independencia; el curso de los acontecimientos le había obligado a reconocer las verdades eternas de la interrelación y de la interdependencia entre los hombres. Comprendía ahora que no existían límites definidos entre ellas. No formaban una dicotomía; se mezclaban en forma inseparable. No podían compendiarse en una fórmula matemática, con el bien y el mal en símbolos abstractos. Las circunstancias determinaban cuál de ellas debía predominar, cuál de ellas debía adquirir vigor, cuál ser deseada.

Horn había mirado hacia arriba. Wendre estaba de pie a su lado, inmóvil mirando a Wu y a él.

—¿Por qué me salvaste la vida?

Por un instante brillaron los ojos de ella.

—Tú me salvaste una vez —dijo—. Ahora estamos a mano.

Y se apartó de él para desaparecer por el oscuro corredor.

Horn había mirado hacia allí hasta que le dolieron los ojos, pero no la siguió. Fue a buscar a Sair y no lo encontró. En el mismo instante de la victoria había desaparecido. Lo buscaron por todas partes; era como buscar una hormiga en un hormiguero del tamaño de un rascacielos.

Sair volvió como se había ido, solo, sin aviso. Dijo que estuvo sentado en una capilla, pensando. Aunque no era un hombre religioso, se veía obligado a reconocer una fuerza mayor que la de un hombre o cualquier suma de hombres. Era increíble que tan pocos hombres pudieran destruir la grandeza de Eron. Sin duda lo debían a algo, o a Alguien, cualquiera fuese su nombre. Un hombre puede en ocasiones convertirse en más fuerte o sabio de lo que es en realidad, a veces puede alcanzar sus sueños.

—Pero no con frecuencia —dijo Horn—. La realización de un sueño puede convertirse en una obsesión. Un hombre puede sentirse tentado a desempeñar el papel de dios, y sólo existe un fin para eso: la tragedia para su creación, la destrucción para él mismo.

Había llevado a Sair a ver el cuerpo… y el cuerpo había desaparecido.

―¿Qué fue lo que dijo Duchane sobre los muertos que andan? —había preguntado Horn, incrédulo.

—¿Duchane?

Horn se lanzó contra las rejas y la puerta se abrió.

—¡Ha desaparecido! Los dos estaban muertos. Estoy seguro de ello.

—Desde luego que lo estaban —dijo Sair, riendo suavemente—. Todos los muertos en la lucha han sido recogidos. Probablemente estén incinerados en estos momentos. No tiene importancia. Me hubiera gustado ver al hombre que construyó Eron y al Imperio, pero ya no es posible. Su era ha terminado, y él terminó con ella. Todos los hombres deben morir, hasta los semidioses. La muerte es la forma en que la Naturaleza borra sus errores, haciendo lugar para lo nuevo y lo diferente.

 

El pequeño ruido de la puerta al abrirse interrumpió los pensamientos de Horn. El la miró. Wendre estaba de pie en el dintel, inmóvil. Horn quedó sorprendido ante su aparición. Ella era hermosa, es cierto, y el descanso y los cuidados la habían rejuvenecido. Pero en el fondo de su subconsciente, había esperado verla de nuevo en algo tan adorable y sugestivo como el vestido que usó en la Celebración. En vez de ello, su traje era azul, severo y práctico.

Hasta aquí llega la vanidad, pensó Horn, mientras se esforzaba en ponerse en pie.

—¿Me has esperado mucho tiempo? —preguntó Wendre.

—Más que suficiente.

Ella enrojeció.

—Eres capaz de decir cosas odiosas.

—¿Prefieres que te halague y mienta?

—¡Oh, puedes ser tan brusco y falto de tacto como quieras, mientras alguna vez me digas algo agradable!

—¿Algo agradable? —repitió Horn.

Wendre movió la cabeza con un gesto de cansancio.

—No sabes nada de las mujeres. Te he hecho esperar tanto porque no podia decidir si debía ponerme un hermoso vestido o un traje práctico. Ahora soy franca contigo.

—Y te has puesto el traje —dijo Horn con gravedad—. Eso debe tener algún significado, pero yo no comprendo a las mujeres.

Wendre suspiró.

—Sí. Significa que soy franca contigo. Te daré tres ejemplos de porqué no comprendes a las mujeres. Primero, no haces las preguntas adecuadas. Segundo, no dices las palabras necesarias. Tercero, tú…

—Espera un momento —interrumpió Horn—. ¿Cuál es la pregunta adecuada?

Wendre respiró profundamente.

—Tú preguntaste: ¿por qué me salvaste la vida? Debiste preguntar: ¿por qué has vuelto?

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó Horn.

—Las preguntas adecuadas no sirven de nada a menos que se hagan en el momento oportuno.

—Bien, ¿cuáles son las palabras necesarias?

Ella vaciló y luego dijo con rapidez:

—Palabras con «amor» entre ellas. Has dicho muchas palabras, pero ésta nunca estaba presente.

—Pero… pensé que lo sabías —tartamudeó Horn—. Quiero decir que… Yo pensé…

—Una mujer quiere oírlo.

—Pero… tú dijiste que me odiabas —protestó Horn.

—Dije que debía odiarte. Hay una diferencia. Y de todos modos, aún queda el tercer ejemplo. Una mujer no quiere que crean sus palabras, por lo menos la primera vez. ¿Es que no sabes que una mujer espera que la convenzan de lo que desea hacer? —se detuvo para recobrar el aliento.

—Yo te amo, Wendre —dijo Horn con firmeza—. ¿Por qué volviste?

—Acabo de explicarlo —dijo Wendre suavemente.

—¿Podrás olvidar que yo maté a tu padre?

Ella se encogió como si hubiera recibido un golpe.

—No. Ni tú tampoco. Pero me has explicado cómo sucedió. Te creo y te comprendo. Podremos vivir con este recuerdo. Nadie más lo sabe, y nadie más importa. Sólo nosotros. Porque yo también te amo…

Sin saber cómo, Horn la encontró en sus brazos. Después de un largo instante, levantó la cabeza y preguntó:

—¿Por qué yo? ¿Por qué has escogido a un bárbaro?

Wendre se encogió de hombros.

—Quizás una mujer ama al hombre que pueda hacerla sentir mujer. Tú eres el único que lo ha conseguido.

—¿Abandonarías todo esto —preguntó Horn— para venir conmigo a la Constelación?

—Sí —dijo ella—. Tienes que saber…

—Tiene que saber que ella no tiene otro camino —dijo alguien detrás de ellos.

Horn se volvió como un relámpago. Era Sair, con el cabello blanco, pero firme y vigoroso, en un traje de pana como el de Horn.

—¿Qué quiere decir?

—Wendre no puede seguir aquí. Se lo dije hace varios días. Las revoluciones a veces producen una reacción sentimental. No podemos permitir que quede un tierno resto del Imperio para formar el núcleo de una nueva tiranía.

Los brazos de Horn se habían apartado de Wendre. Dio un paso atrás mirando a Sair y a la mujer.

—Ella nunca haría eso.

—Desde luego que no. Por lo menos, no lo haría la mujer que es ahora. Pero los pueblos cambian. El recuerdo de la antigua Wendre podría iluminar las glorias del Imperio y hacer olvidar sus deformidades. O, si ella no cambia, sus hijos pueden ser peligrosos. No, debe marchar a la Constelación y casarse con un bárbaro.

—Ahora comprendo —dijo Horn gravemente.

—¿Qué es lo que comprendes? —preguntó Wendre.

—Comprendo porqué me enviaste a buscar.

—Entonces no comprendes nada —dijo Wendre con orgullo—. Crees que te busco ahora porque no podía seguir aquí, porque no quería ir a la Constelación sola. Estás equivocado, porque sólo hoy supe que marchabas hacia allí. Esperé que vendrías a mi lado, sin tener que pedírtelo.

Ella le miró serena, exigiendo su confianza. Horn esperó. Ella se humedeció los labios.

—Estaba a punto de decírtelo cuando entró Sair. Es por eso que llevo este traje; trataba de ser sincera contigo. ¡Oh!, admito que hay diferencia en mi obligación de tener que marchar a la Constelación. Añade necesidad a mi amor, y se convierte en parte de él. Aquí una mujer no necesita las cualidades de un hombre, que son necesarias en una cultura menos civilizada. En la Constelación, necesita un hombre con fuerza, valor y habilidad, tanto para ella como para sus hijos. Y su comprensión de este hecho es tan instintiva y válida como el amor…

—Más vale que crea en ella, muchacho —dijo Sair, suavemente—. Nunca encontrará otra mujer igual.

—Oh, tengo fe en ella —dijo Horn—. Sólo me estaba preguntando cómo podré vivir con un antiguo Director de Eron.

—Lo que una mujer sea viene en segundo lugar; primero siempre es una mujer —dijo Wendre.

Después de unos minutos, Sair tosió discretamente.

—Sólo quería recordarles —dijo, cuando se separaron —que sólo les quedan dos horas antes de que la nave parta para Quarnon IV.

—¿No viene con nosotros? —preguntó Wendre.

—No ahora, pero me reuniré con ustedes dentro de poco. Debo esperar al Gobernador Provisional de Eron.

—¿De dónde viene? —preguntó Horn.

—De la Constelación.

—¿Está seguro de que se puede confiar en él?

—No —contestó Sair—. No estoy seguro de nadie. Pero posee la necesaria experiencia en el gobierno democrático. Además, fue una vez presidente de Merope III, y siente gran afecto por su hogar. No será feliz aquí.

Wendre pareció sorprendida.

—¿Es eso conveniente?

—Sólo podrá marchar cuando el Imperio esté preparado para gobernarse a sí mismo. Trabajará con fe esperando el día en que podrá regresar a su casa. Pero antes morirá; éste no es un trabajo de una semana. Pero él no lo sabe. Y luego disponemos de otras salvaguardias.

—¿Se refiere al Culto? —dijo Horn.

—Es una de ellas. Por su participación en la rebelión, ha conquistado la popularidad de una religión combatiente. Necesariamente, tendrá mucha influencia en las decisiones futuras. El Jefe del Culto debe ser un consejero del Gobernador. Además, tenemos las tropas y sus comandantes, los técnicos, los obreros y muchas otras clases sociales. Todos tienen distintos deseos, y diferentes ideas sobre la manera de alcanzarlos. Multipliquen ésto por el número de mundos del Imperio, y obtendrán un conflicto de intereses que nunca podrá reconciliarse.

—Pero… ¿no es un sistema ineficiente? —preguntó Wendre.

—Desde luego. Pero la ineficiencia es uno de los castigos de la libertad. No se puede ser eficiente a menos que se obligue al pueblo por canales establecidos, y se le haga marchar por caminos que no desea. Ya tuvimos bastante de eso bajo el Imperio. Estos son tiempos distintos. La ineficiencia y la libertad son vitales para nosotros. La primera responsabilidad del Gobernador consiste en conservar a Eron como eje de la civilización interestelar. Cuando el poder se diluye, nadie puede tener el suficiente para apoderarse de Eron y exigir peaje sobre las naves que lo atraviesen.

—Y nadie podrá atacar a la Constelación —añadió Horn.

—Cierto —admitió Sair—, aunque hay pocas posibilidades de que esto suceda, en cualquier caso. Como unidad, el Imperio ha terminado, y nada que no sea el poder total podrá dominar a la Constelación resurgente. Perdió su libertad una vez, y la perdió con amargura; nunca la volverá a perder hasta que la aparte a un lado como algo gastado e inútil. No, Eron ya no tiene importancia; el futuro está en la Constelación, y las nuevas culturas que surgirán más allá de sus límites. Como centro de los Tubos, Eron debe ser conservado, por lo menos hasta que sus científicos, trabajando en los datos obtenidos por ti, Horn, puedan duplicar un Tubo o hallarle un substituto. Pero la Constelación será la civilización humana dominante por los siglos venideros.

—Dijo antes que la Constelación podía abandonar su libertad —señaló Horn, con voz sorprendida—. No lo comprendo.

—El amor a la libertad muere cuando se desvanece el recuerdo de su alternativa. Oh, no es una cosa repentina. Necesita generaciones, siglos. Pero gradualmente desaparece. Y es mucho más que eso. Existe un tiempo para la libertad, igual que hay una época para el Imperio. Sólo Eron, con su dinámica hambre de Imperio y su eficiencia, pudo unificar la civilización humana y mantenerla unida con los Tubos contra las fuerzas que la impulsaban a dispersarse entre las estrellas. Luego, cuando su misión terminó, el Imperio desaparece y le llega el turno a la libertad, para revivir el espíritu humano con el desafío del horizonte infinito. Y luego, cuando los hombres empiezan a sentirse demasiado disgregados, volverá el Imperio para reunirlos de nuevo.

—Me parece una idea demasiado cínica —dijo Horn, lentamente.

—Yo soy ya un viejo. No puedo permitirme el lujo de mantener ideales. Si debo alcanzar resultados positivos dentro de los pocos años que me quedan de vida, debo ser práctico. De modo que he establecido el necesario equilibrio del poder en Eron, y admito que no es perfecto pero sí necesario. Comprendo que la libertad que hemos conseguido es buena, pero debo admitir que es transitoria y no siempre lo mejor para la Humanidad. Creo que hasta el señor Wu tenía ciertos aspectos admirables; es posible que hiciese una gran contribución a la raza humana.

—¿Cómo? —preguntó Wendre con rapidez.

—El Imperio y la Libertad pocas veces han cambiado de lugar en forma tan perfecta. Siempre en las ocasiones anteriores existieron interregnos de épocas caóticas, que a veces duraron siglos. Pero entramos en este nuevo período de expansión con la estructura del Imperio para darnos fuerzas, y sus servicios de comunicación que nos proporcionan la capacidad de reaccionar rápidamente. Es posible que sea gracias a él que esto sea en esta forma, y podemos necesitar estas dos cosas antes de que termine la misión de la Libertad.

—¿Y cuál es ésta —preguntó Horn—, aparte de esa cuestión de revivir el espíritu humano?

—¿Quién sabe? —dijo Sair, encogiéndose de hombros—. Hay algo que sólo la libertad puede realizar, algo que habría destrozado al Imperio y con él a la raza humana. Puedo pensar en muchos posibles peligros. Los peligros naturales, en los cuales el temple de una raza se demuestra o se rompe; quizás nuestra parte de la Galaxia entrará en una área de polvo cósmico. Los enemigos exteriores: nunca hemos hallado aún una raza enemiga con nuestros adelantos tecnológicos; nadie sabe cuándo puede suceder. Los peligros interiores: las mutaciones genéticas… He soñado en estas últimas noches con las Estrellas Silentes.

—¿Las Estrellas Silentes? —repitió Wendre.

—Están más allá de los límites de la Constelación —explicó Horn—. Algunos de nuestros mundos enviaron colonizadores hace más de cien años. Nunca se ha sabido nada de ellos; otras naves han ido para comerciar y nunca regresaron. Todavía no es una cosa siniestra; es posible que hayan tenido que ir más lejos de lo que esperaban, o que se hayan demorado al ayudarles a elevar su tecnología a un nivel capaz de soportar la navegación interestelar. Pero nuestra gente empieza a preocuparse.

—Yo también me pregunto cuál será la razón —dijo Sair, con la mirada perdida en el vacío.

—¿Quién lo sabe? —repitió Horn—. Quizás Wu lo supiera —añadió de repente.

—Son extrañas palabras para que las diga usted.

Sair miró a Horn con atentos ojos. Horn asintió.

—Es posible. He pensado en lo que acaba de decir, que quizá Wu al fin ayudase a la raza humana. Tenía muchos ojos, y dispuso de mucho tiempo para adquirir sabiduría. Pudo haber sido una gran fuerza para el bien del hombre. Pudo haber sido los ojos y la inteligencia de las ciegas fuerzas históricas. Desde luego, cuando algo se mueve es porque algo lo empuja, pero eso no es bueno ni malo por sí mismo. Depende de la situación y del impulso.

—Ha aprendido sabiduría —dijo Sair—. Sólo las circunstancias determinan el Bien y el Mal. Y sólo el futuro podrá decir cuáles fueron en realidad las circunstancias.

—Entonces… no existe una base firme para hacer nada —objetó Wendre—. Lo que se puede hacer con el mejor de los motivos puede resultar contraproducente.

—Exacto —dijo Sair, secamente—. Es del conocimiento popular que hacen más daño los estúpidos bien intencionados que los malvados más faltos de escrúpulos. El hombre sabio aprende a no juzgar a nadie. Puede fijarse ciertas normas, pero reconoce que no son más que reglas personales para guiar su propia conducta y que otras normas pueden tener la misma validez. Algunos hombres sólo se muestran interesados en los medios materiales; otros trabajan por objetivos inmediatos como la libertad; sólo unos pocos se preocupan por conseguir resultados muy lejanos en el futuro.

—Pero eso necesita una sabiduría más allá de los límites de la Humanidad —dijo Horn seriamente.

—Quizás —asintió Sair, sonriendo—. Sólo el futuro puede juzgarlos. Bien, será mejor que se marchen o van a perder la nave.

Los dos enamorados se volvieron y marcharon hacia la nave que les llevaría a la Constelación donde se forjaba el futuro. Allí, los acontecimientos se precipitaban hacia la decisión final.

 

LA HISTORIA

Demanda…

Seis meses después de la caída de Eron, llegó el desafío. Surgía de los lejanos bordes de la Constelación, del mundo más cercano a las Estrellas Silentes. Era un grito, un ruego, una demanda de ayuda…

Su llegada era previsible.

Las guerras de Quarnon habían forjado una magnífica y mortal armada de naves de guerra, y preparado a una generación de combatientes a usarlas. Pero la corrompida civilización de Eron tenía que ser destruida, o se habría derrumbado ante el primer asalto. Sólo un pueblo con el vigor de una nueva cultura podía levantarse para enfrentarse con aquel desafío.

En diez mil mundos, los hombres miraron al cielo nocturno con ojos firmes y dejaron a un lado sus herramientas para empuñar las armas. La cruenta batalla por la supervivencia del Hombre se había empeñado.

El enemigo llegaba. Y esta vez no era humano.

Respuesta: Llena de esperanza…

 

EPILOGO

El Historiador suspiró y dejó su pincel a un lado. Pasó su mano por el blanco cabello y por encima del rostro de Peter Sair. El cabello se oscureció. El rostro se contrajo y empezó a fluir. Cayó hasta la mesa, y se convirtió en un loro. Lil miró al Historiador con su único y fiero ojo.

—A veces —dijo el loro—, quisiera haberte dejado en las catacumbas de Eron con un agujero en tu negro corazón.

—Yo también deseo a veces que lo hubieras hecho —dijo Wu lentamente.

Mil quinientos años. Los deseos personales estaban muertos; hasta el instinto de la supervivencia había desaparecido. Pero un hombre no puede morir mientras la supervivencia de su raza dependa de él.

—No comprendo la necesidad de toda esta farsa…

—¿Necesidad? —dijo Wu—. La libre voluntad del hombre es una necesidad. Y la ilusión es más importante que la realidad.

Recogió la última hoja del manuscrito. Los antiquísimos ideogramas chinos marchaban en columnas a través de la página, de derecha a izquierda. Leyó la última frase una vez más, cogió el pincel y añadió un carácter final.

Fin. Pero no era más que el fin de un largo, largo capítulo. Otro acababa de empezar

 

FIN

.

 

 

 

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