© Libro N° 14028. Más Oscuro De
Lo Que Pensáis. Williamson,
Jack. Emancipación. Julio 12 de
2025
Título Original: © Darker et you think
Versión Original: © Más Oscuro De Lo Que Pensáis. Jack Williamson
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
Libros Tauro
http://www.LibrosTauro.com.ar
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un
medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los
contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la
circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría
corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son
estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los
autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
https://i.pinimg.com/736x/6e/11/5b/6e115b0fe426a8d2c9b08a4e80156b54.jpg
Portada E.O. de Imagen:
https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjRg8ndRov8JsHz-Xiw9T29MhyzEn2IruiSHdGv0qfyRtrsrgAFHAGWkDsWa7moxb2aCYDBFUUYf9CDz80wymFQAO7bM4B9srVE613uJBXz3DkpMDM7yGJR633iULftO1b0Vd_lpGKAaibs/s1600/01.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Jack Williamson
Más Oscuro De
Lo Que Pensáis
Jack Williamson
CAPÍTULO I
La chica de las
pieles blancas
Will Barbee
esperaba ante el último edificio, de cristal y estuco, del nuevo aeropuerto
municipal de Clarendon. Lleno de esperanza, escudriñaba el cielo plomizo,
cuando ella se acercó.
De no ser por las
húmedas ráfagas del viento del este, no había motivo para temblar de repente y
apretar los dientes. La chica era tan limpia, tan fresca y tan bella como un
frigorífico de líneas aerodinámicas. Además, tenía una cabellera esplendorosa,
roja como el fuego. Y un rostro, blanco, dulce y serio a la vez, que confirmó
la primera impresión que le había deslumbrado: aquella chica era un ser muy
raro y maravilloso. Sus miradas se encontraron. Ella tenía la boca un poco
grande, pero sonreía de un modo muy simpático.
Conteniendo la
respiración, Barbee la observó con más atención. Efectivamente, sus risueños
ojos eran verdes. Pero ¿porqué le habían producido como un temblor de
inquietud? De pronto sintió hacia ella una atracción no menos ilógica. La vida
había vuelto a Barbee ligeramente cínico con respecto a las mujeres y le
gustaba creerse totalmente inmunizado en lo que a ellas concernía.
El traje de tela de
gabardina verde era elegante y severo y había sido ingeniosamente escogido, con
el fin de hacer resaltar el color de los ojos. Para defenderse del frío y del
viento de aquella brumosa tarde de octubre, llevaba un abrigo corto de piel blanca.
«De lobo ártico, pensó Barbee, tal vez albino.»
Pero lo que no se
esperaba era el gatito.
La chica llevaba un
bolso de piel de serpiente, abierto, por donde el gatito sacaba la cabeza,
feliz de existir. Era un precioso gatito negro y llevaba una cinta de seda roja
alrededor del cuello.
Delicioso cuadro,
en verdad. Solamente parecía fuera de lugar el gato, que cerraba los ojos al
espectáculo de luces que se acercaban en el cielo crepuscular. La chica de las
pieles blancas no parecía de esas que dan grititos de placer ante estos
animales. Daba la impresión de ser una elegante mujercita de negocios, que no
tenía absolutamente nada que ver ni aun con el más delicioso de los gatos.
Pero ¿cómo era
posible que ella le conociera? Clarendon no era una gran ciudad y los
periodistas se mueven mucho. Una pelirroja como ésta no se olvida fácilmente.
La miró otra vez para comprobar si su extraña mirada estaba realmente fija en
él, y sí lo estaba.
–¿Barbee? –le
preguntó ella.
–Will Barbee,
efectivamente; reportero de servicio de La Estrella de Clarendon.
Y más interesado
que nunca, empezó a ampliar detalles sobre el particular. Acaso Barbee quisiera
averiguar qué le había hecho temblar hacía un momento. De todas formas, lo que
no quería era verla marcharse.
–Sí –continuó
Barbee–, mi redactor-jefe quiere que mate dos pájaros de un tiro. En primer
lugar, el coronel Walraven. Lleva veinte años sin ponerse el uniforme, pero le
sigue gustando su grado y su tratamiento. Acaba de dejar un trabajo muy cómodo
que tenía en las oficinas de Washington y vuelve a su pueblo para presentarse
al Senado. Y, sin embargo, poca cosa tendrá que decir a los periodistas antes
de haber visto a Preston Troy.
Ella seguía
escuchando. El gatito bostezaba mientras se iluminaban los reflectores. Un
grupito de amigos y familiares esperaba tras las barreras. El personal, vestido
de blanco, se disponía a recibir al avión. Pero los fascinantes ojos verdes
permanecían fijos sobre Barbee y la mágica voz murmuró:
–Y el otro pájaro
que tiene usted que matar del mismo tiro ¿quién es?
–Nada menos
–explicó Barbee– que el doctor Lamarck Mondrick, el factótum de la Fundación de
Investigaciones Humanas de la Universidad. Se le espera esta noche a bordo de
un avión especial que viene de la costa oeste, en compañía de otros miembros de
su expedición. Vuelven del desierto de Gobi, pero… seguramente está usted al
corriente del asunto.
–No –dijo ella–.
¿Quiénes son? –algo había en la voz de la chica de la piel de lobo que aceleró
el pulso de Barbee.
–Son arqueólogos
–le explicó–. Hicieron excavaciones en Mongolia antes de la guerra. Cuando el
armisticio de los japoneses hubo que hacer muchísimas gestiones para que
pudieran volver allí. Sam Quain, el brazo derecho de Mondrick, cumplió no sé
qué misión en China durante la guerra, y se sabía todos los trucos. Yo no sé
con exactitud lo que han ido a buscar allí, pero debe de ser algo muy especial…
Ella pareció
interesada y Barbee continuó.
–…Sí, son los
chicos del pueblo que regresan esta noche después de dos años de aventuras con
ejércitos, bandidos, tormentas de arena y escorpiones, en el último rincón de
Mongolia. Existe la opinión de que lo que traen va a revolucionar el mundo de
la arqueología.
–Y ¿qué será?
–Precisamente por
eso estoy aquí; para descubrirlo.
Barbee la estudió,
intrigado, con sus ojos grises. El gato negro parpadeaba feliz. No había nada
en ella que justificara la inquietud que había sentido hace un momento. En sus
ojos verdes permanecía la misma sonrisa reservada, impersonal, y él deseaba con
toda su alma que no se fuera. Con el corazón acelerado le preguntó:
–¿La conozco a
usted?
–Soy de la
competencia –contestó, y de repente le pareció más próxima, con una nota más
cálida en la voz–. Sí, yo soy April Bell, de El Faro de Clarendon –le enseñó un
pequeño carnet negro que llevaba escondido en la mano izquierda–. Y me han
aconsejado que no me fíe de usted, Will Barbee.
–¡Vaya! –sonrió él
y, señalando con la cabeza la fachada de cristal del aeropuerto, añadió–:
Pensaba que acababa usted de aterrizar y que estaba esperando otro avión con
destino a Hollywood o Broadway. No me creo realmente que pertenezca a El Faro
–miró su melena color de fuego, movió la cabeza y le dijo halagador–: ¡La
habría visto más veces!
–Soy nueva. Tengo
mi titulo de periodista desde este verano. El lunes pasado empecé en El Faro, y
éste es mi primer reportaje. Debo ser una perfecta desconocida en Clarendon.
Nací aquí, pero nos fuimos a California cuando yo era pequeñita –sus blancos dientes
brillaron en su rostro bello e inocente–. Sí, soy nueva en el oficio y me
gustaría infinitamente tener éxito en El Faro con un buen artículo sobre esa
expedición de Mondrick. ¡Es todo tan enigmático y extraño! Es que yo en la
escuela he aprendido tan poco que tengo miedo. ¿Le molestaría mucho, Barbee,
que le preguntara algunas cosas? Desde luego que serán preguntas muy simples.
Barbee admiraba los
dientes de la chica, dientes regulares y fuertes, blanquísimos, de esos que
exhiben ciertas señoras despampanantes, capaces de triturar huesos crudos en
los anuncios de crema dental. Y Barbee no pudo evitar imaginarse el fascinante
espectáculo de April Bell masticando un hueso rojo de sangre.
–¿De verdad que no
le causaría molestias?
Barbee se tragó sus
fantasías y volvió en sí. Sonrió a la chica. Comenzaba a comprender. Ella era
novata en la profesión, carecía de experiencia en el juego del periodismo, pero
era maligna como Lilith. El gatito era un accesorio destinado a completar el
tierno cuadro de la femineidad indefensa, destinado a romper toda resistencia
masculina que sus deliciosos ojos y su devastadora melena no hubieran podido
reducir aún a su merced.
–Escuche, jovencita
–le dijo tan severamente como pudo–. Somos de la competencia –y añadió con el
mismo tono gruñón–: Por otra parte, no es posible que usted se llame
verdaderamente campana de abril.
–Bueno, me llamo
Susana, pero April quedará mucho mejor al pie de mi articulo sobre la
expedición Mondrick… Si me hace el favor, a propósito de esa expedición, el
doctor Mondrick debe ser alguien muy importante para que todos los periódicos
quieran hablar de él.
–Sí, es un asunto
interesante –dijo Barbee–. La expedición sólo consta de cuatro personas. Estoy
seguro de que han visto muchos países. Sólo llegar al terreno de las
excavaciones ya es una aventura. ¡Y poder regresar en una época como esta! Sam
Quain tiene amigos chinos, seguramente le han ayudado.
La minúscula
estilográfica de la chica de la piel de lobo corría sobre el papel. La graciosa
agilidad de sus manos blancas le hizo pensar, curiosamente, en una criatura
salvaje, desenfadada, indómita.
–Amigos chinos…
–murmuraba ella, escribiendo interesadamente–. Y ¿usted no tiene, realmente,
idea de lo que han descubierto?
–¡Ni la menor idea!
No. Es un secreto de la Fundación de Investigaciones Humanas, que ha
telefoneado esta tarde a La Estrella para contarnos lo del avión charter y de
la hora. El de la Fundación solamente nos ha dicho que Mondrick tenía que
darnos una noticia sensacional. Una gran e importante declaración científica.
Él hubiera querido que vinieran fotógrafos y un colaborador científico, pero a
La Estrella no le interesa mucho la ciencia si no es divertida. Conque aquí me
tiene a mí, encargado a la vez del caso Walraven y de la expedición.
Mientras hablaba,
Barbee intentaba acordarse del nombre del ser mitológico, fascinante y,
seguramente, tan delicioso como April Bell. En el Mito, había tomado la
desagradable costumbre de metamorfosear a los hombres en bestias inmundas. Pero
¿cómo se llamaba?... ¿Circe?
Barbee estaba
seguro de no haber pronunciado este nombre en voz alta e inteligible. Pero una
palabra escapada distraídamente de los rojos labios de la chica, un destello de
divertida malicia en su mirada, le dieron la fugaz impresión de que sí lo debía
de haber pronunciado, aunque ni siquiera él sabía a ciencia cierta qué le había
hecho pensar en aquella bruja.
Sí, él trataba de
estar a la altura de las circunstancias. Había leído un poco a Freud y otro
poco a Menninger, había hojeado La Rama Dorada de Frazer. Sabía que el
simbolismo de este tipo de relatos folklóricos expresaba los miedos y
esperanzas del hombre primitivo, y esta imagen mágica que acababa de surgir en
su mente debía corresponder a alguna preocupación inconsciente. Exactamente lo
que él deseaba ignorar.
Entonces se rió
bruscamente y declaró:
–Mire, le diré todo
lo que sepa, aunque es muy probable que me cueste el puesto cuando Preston Troy
lea su artículo en El Faro. O ¿prefiere usted que se lo escriba yo mismo?
–Mí taquigrafía es
excelente. Muchas gracias.
–Bien; vamos allá:
el doctor Mondrick es un antropólogo de talla internacional, fue profesor en la
Universidad de Clarendon hasta que dimitió hace ya diez años. La dimisión se la
concedieron para permitirle dedicarse a su Fundación. No es especialista en un
solo campo ni hombre de una sola dimensión.. Cualquiera de sus colaboradores se
lo puede decir. Sencillamente, es uno de los primeros sabios contemporáneos en
todo lo que respecta a conocimientos sobre el hombre. Es a la vez biólogo,
sociólogo, arqueólogo y etnólogo. Parece conocer absolutamente todo lo tocante
a su tema favorito: la Humanidad.
»Mondrick es el
gran jefe de la Fundación. Es el que recauda fondos y los gasta, y apenas da
publicidad a los trabajos que emprende. Ha dirigido tres expediciones al
desierto de Gobi antes del armisticio. Y después del armisticio le ha faltado
tiempo para volver otra vez. Las excavaciones están situadas en la región de
Ala-Shan, en el sudeste del Gobi, que es el desierto más seco, más peligroso y
ardiente que se pueda imaginar.
–¡Oh, continúe!
–dijo la chica con la pluma levantada sobre el minúsculo bloc–. ¿Y usted no
tiene la menor idea de lo que buscan?
–¡Ya le dije que
no! En eso estamos empatados. Que gane el mejor –Barbee sonrió–. Sea lo que
fuere, la búsqueda dura ya veinte años. En realidad, Mondrick organizó su
Fundación para poder dedicarse a ello. Es la obra de su vida, ¡y la obra de la
vida de un hombre como él debe ser muy importante!
El grupito de los
que esperaban se agitó tras la barrera. Un niño señalaba el cielo.
–Las seis menos
veinte –dijo Barbee–. Éste debe ser el avión de Mondrick, pues no hay ningún
vuelo regular hasta las seis.
–¿Ya? –dijo ella
con los ojos brillantes y la respiración entrecortada, como el niño que
levantaba el dedo al cielo. Pero ella miraba a Barbee, no a las nubes–. ¿Conoce
usted a los otros, a los que acompañan a Mondrick?
Una ola de
recuerdos retardó la respuesta de Barbee. Volvió a ver los tres rostros, antaño
familiares, y el murmullo de la gente se convirtió en el eco obsesivo de voces
conocidas que surgían de más allá de los años.
Asintió no sin
tristeza:
–Sí, los conozco.
–¡Ah! Pues dígame.
La clara voz de
April Bell interrumpió su breve ensoñación. La chica esperaba pluma en ristre.
Él sabía muy bien que no era posible pasar toda su documentación a una
competidora de El Faro, pero el fuego de su cabellera y la oscura vehemencia de
sus ojos extrañamente rasgados le hicieron cambiar de opinión.
–Los tres muchachos
que volvieron a Mongolia con Mondrick en 1945 son Sam Quain, Nick Spivak y Rex
Chittum. Son amigos míos de toda la vida. Empezamos juntos en la facultad en
los tiempos en que Mondrick aún daba clases aquí. Durante dos años, Sam y yo vivimos
en casa de Mondrick y, después, los cuatro nos alojamos juntos en una
residencia del campus. Todos seguíamos las clases de Mondrick, y, después…
Bueno, pero…
Barbee se
interrumpió en balbuceos extraños. Un antiguo dolor resucitado le producía un
nudo en la garganta.
–Continúe –dijo
April, y el brillo de su sonrisa le hizo continuar.
–Mondrick había
comenzado ya a reunir su equipo. Seguramente soñaba ya con la Fundación,
aunque, de hecho, debió organizarla después de que me gradué yo. Sí, creo que
él escogía a sus hombres para entrenarlos, para formarlos con vistas a la
expedición al Gobi, ¡pero vaya usted a saber lo que han ido a buscar allí!
Algo le hizo tragar
saliva dolorosamente.
–Sea lo que fuere
–continuó–, nosotros seguimos todas sus clases de lo que él llamaba ciencias
humanas. Le rendíamos un verdadero culto. Por su parte él nos proporcionaba
becas, nos daba toda la ayuda posible y, en verano, nos llevaba en sus viajes
de investigaciones sobre el terreno, a América Central o al Perú.
Los ojos de la
chica de las pieles blancas tenían una penetración hipnotizante.
–¿Y entonces, qué
pasó, Barbee?
–De alguna manera
se me dio de lado. Nunca he sabido exactamente por qué, pues tenía tanto
interés como los demás. Adoraba ese trabajo y además sacaba mejores notas que
Sam. Hubiera dado mi brazo derecho por seguir con ellos cuando Mondrick creó la
Fundación y les llevó a la primera campaña de excavaciones en el desierto de
Gobi.
–Y ¿qué sucedió?
–preguntó ella implacable.
–Nunca lo he sabido
a ciencia cierta… De pronto, Mondrick se puso contra mí. Nunca supe por qué. Al
final de nuestro último año de estudios, Mondrick nos hizo análisis y comprobó
nuestro grupo sanguíneo ante la nueva campaña de excavaciones. Un día me llamó
a su laboratorio y me anunció que yo no partiría con los otros.
–Pero, ¿por qué?
–preguntó ella con un suspiro–. ¿Por qué?
–No quiso decirlo…
Claro, bien sabía él que para mí era un golpe terrible, pero no quiso darme
explicaciones. Se le veía muy serio, como si la cosa le hubiera contrariado
tanto como a mí, y me prometió ayudarme a encontrar un trabajo que me gustara.
De esta forma comencé a trabajar en La Estrella de Clarendon.
–¿Y sus amigos se
fueron a Mongolia?
–Sí, ese mismo
verano. Con la primera expedición de la Fundación Mondrick.
–Pero ustedes
siguieron siendo amigos, ¿no?
–Sí, claro,
seguimos tan amigos. Yo puedo guardar rencor al viejo por no decirme el motivo
por el que prescindía de mí, pero nunca me peleé con Sam, Nick ni Rex. Ellos no
han cambiado. Somos los de siempre cuando nos volvemos a juntar. No sé si
Mondrick les ha dicho por qué me puso en la calle. A mí nunca me han hablado de
ello.
Barbee miraba a lo
lejos, más allá de la resplandeciente melena de la chica. El helado cielo de
plomo vibró en ese momento con el retumbar de los motores de un avión que aún
no se distinguía.
–No –continuó
Barbee–. Ellos no han cambiado, pero está claro que la vida nos ha separado.
Mondrick ha hecho de ellos especialistas en diferentes ciencias humanas para
que pudieran servirle en sus misteriosas investigaciones en Ala-Shan. Y, ahora,
ellos ya no tienen tiempo para mí… Pero, dígame, señorita Bell, ¿cómo ha sabido
usted mi nombre?
–Tal vez sólo haya
sido una corazonada.
Barbee volvió a
sentir un escalofrío. Sabía que él mismo tenía lo que él llamaba olfato: una
especie de percepción intuitiva de los acontecimientos y de los motivos de las
cosas. No era ésta una facultad que él pudiera analizar o explicar, pero sabía
que era habitual en él. Casi todos los reporteros estaban dotados de esta
cualidad. Al menos él estaba persuadido de ello, aunque tenía la prudencia de
negarlo en una época escéptica para todo, excepto para el materialismo más
mecanicista.
Este oscuro sentido
le había sido útil cuando hacía viajes científicos durante las vacaciones,
antes de que Mondrick le apartara de su grupo. Gracias a él, había sido capaz
de señalar el emplazamiento de algún yacimiento prehistórico, sencillamente
porque, sin saber cómo, de pronto sabía dónde una horda de cazadores salvajes
había preferido fijar su campamento o cavar la tumba de uno de los suyos caído
frente al enemigo.
Sin embargo, en
tiempo normal, este don le había producido más disgustos que ventajas. Por su
causa, era demasiado sensible a todo lo que se pensaba y hacia a su alrededor.
De esta inquietud resultaba un sentimiento de continua alerta. Excepto cuando
estaba borracho –bebía demasiado y sabía que muchísimos periodistas hacían lo
mismo–. La culpa debía ser de esta sensibilidad especial.
Tal intuición
podría explicar perfectamente el breve escalofrío que le había recorrido cuando
descubrió a April Bell, aunque ahora sus rasgados ojos y su pelo de fuego no
tuvieran nada de alarmante. La forma de adivinar su nombre tampoco debía
inquietarle ahora demasiado. No debía dejarse llevar demasiado lejos.
Barbee sonrió e
intentó calmarse. Sin duda alguna, el jefe de la chica la habría instruido con
respecto al artículo que le había encargado. Y tampoco cabía duda de que ella
tenía la costumbre de infligir a la gente el suplicio de Tántalo, desplegando
su irresistible mezcla personal de candor –grandes ojos abiertos– y de astucia.
–Barbee, por favor,
dígame quiénes son ésos.
Y le indicó un
grupito que salía en fila india del edificio situado tras las barreras
metálicas. Un joven delgaducho gesticulaba animadamente y señalaba el cielo. Un
niño pequeño gritaba que quería ver, y su mamá lo alzaba como podía. Detrás
venía una mujer ciega, conducida por un enorme perro pastor.
–Pero si usted
tiene tan buenas corazonadas, ¿por qué me lo pregunta?
La chica rió y
explicó:
–Perdón, Barbee,
bien es verdad que acabo de llegar, pero tengo algunos viejos amigos en
Clarendon, y mi redactor jefe me advirtió que usted había trabajado con
Mondrick. Esa gente está ahí seguramente para dar la bienvenida a los miembros
de la expedición. Estoy segura que los conoce. ¿Se les puede hablar?
–Si quiere, sí.
Sígame.
Ella le cogió del
brazo. Hasta el contacto con las pieles electrizaba. Decididamente, April Bell
le había cautivado. Se había creído poco sensible a las mujeres, pero… La
condujo a través del vestíbulo hasta los teletipos, donde el empleado respondió
a su pregunta:
–Está llegando,
Barbee. Aterrizaje sin visibilidad.
Aún no se veía
nada.
–Entonces, Barbee,
¿quiénes son ésos? –preguntó la chica.
–La señora del
perro, que está sola de pie y con gafas negras, es la esposa del doctor
Mondrick. Una mujer adorable, deliciosa. Y, aunque ciega, es una excelente
pianista. Somos buenos amigos desde que Sam Quain y yo vivíamos en su casa
cuando éramos estudiantes. Se la voy a presentar.
–De manera que ésta
es Rowena Mondrick –murmuró ella–. ¡Y qué joyas más raras lleva!
Sorprendido, Barbee
dirigió sus ojos a la señora Mondrick. Estaba muy erguida, muy sola,
silenciosa, como fuera de lugar. Vestía de negro como siempre. Le bastó un
momento para distinguir las joyas, pues las conocía muy bien. Con una sonrisa,
se volvió a April Bell:
–¿Se refiere a esas
joyas de plata?
Ella asintió con la
cabeza mirando fijamente la maravillosa peineta de plata que sujetaba los
espesos cabellos de Rowena Mondrick, el broche de plata prendido a su vestido,
los pesados brazaletes y los anillos con que se adornaba los dedos, jóvenes y
blancos, que sujetaban al perro pastor. Todo era de plata, hasta el collar del
perro estaba profusamente claveteado en plata.
–Sí, puede resultar
extraño; sin embargo, a mí nunca me ha dado esa impresión, porque Rowena adora
la plata. Ella dice que le gusta el contacto frío de ese metal. Pero, ¿qué es
lo que pasa? ¿No le gusta…?
–No –murmuró ella
solemnemente–. No me gusta la plata. Perdone, he oído hablar mucho de Rowena
Mondrick. Cuénteme algo.
–Creo que era
enfermera de una clínica psiquiátrica en Glennhaven cuando conoció a Mondrick.
Era una chica muy notable y debía estar muy bien. Mondrick la sacó de no sé qué
desdichada historia de amor. No conozco más detalles. Y entonces ella se
interesó por sus trabajos.
La joven no quitaba
ojo a la señora Mondrick y escuchaba sin decir palabra.
–Ha seguido los
cursos de su marido –continuó Barbee– y, actualmente, también ella es etnólogo.
Le acompañó en sus expediciones hasta que perdió la vista. Después de esto se
retiró y vive en Clarendon hará ya veinte años, con su música y algunos viejos
amigos. No creo que participe ya en las investigaciones de su marido. Aquí la
gente piensa que es un poco rara… Me imagino que debió ser terrible.
–Cuente, cuente.
–Creo que estaban
en África Occidental. El doctor Mondrick buscaba pruebas de que el hombre
moderno proviene de allá. Esto ocurrió mucho antes de que hicieran los
descubrimientos de Ala-Shan. Y Rowena aprovechó la ocasión para estudiar las
sociedades secretas de hombres-leopardo y hombres-cocodrilo de Nigeria.
–¡Hombres-leopardo!
–los ojos verdes parecieron achicarse y hacerse más oscuros–. ¿Qué es eso?
–¡Oh! Pertenecen a
una religión secreta de caníbales. Se cree que tienen poder para transformarse
en leopardos… Rowena estaba preparando un trabajo sobre la licantropía. La
licantropía es una creencia, extendida entre las tribus primitivas, según la
cual ciertos individuos pueden metamorfosearse en animales carnívoros.
–¿De veras? Póngame
al corriente.
–En general, se
trata de los animales más terribles de la región. En los países nórdicos son
los osos, en Amazonia, jaguares, en Europa, lobos, los campesinos franceses de
la Edad Media vivieron bajo el terror del hombre-lobo, en África y en Asia son
los leopardos o los tigres. Yo no termino de comprender cómo esta superstición
ha podido extenderse tanto.
–Es muy interesante
–y sonrió oblicuamente, con íntima satisfacción–. Pero, ¿qué le ocurrió a
Rowena Mondrick?
–A ella no le gusta
hablar de eso –Barbee bajó la voz por miedo a que le oyera la ciega–. Fue el
doctor Mondrick quien me informó de todo el asunto un día, en su despacho,
antes de nuestra separación.
–¿Y qué le dijo?
–Estaban acampados
en lo más remoto de Nigeria y creo que Rowena buscaba datos que le permitieran
comparar a los hombres-leopardo de las sectas caníbales con los brujos de Lhota
Naga, en Assam, y también con el espíritu de la sabana de algunas tribus americanas.
–¡Ah!
–Sea lo que fuere,
Rowena trató de ganarse la confianza de los indígenas y les hizo muchas
preguntas sobre sus ritos. Según Mondrick, los porteadores se inquietaron y uno
de los últimos previno al profesor y a la señora Mondrick contra los
hombres-leopardo. Pero ella no hizo caso de nada, continuó sus investigaciones
y llegó a un valle prohibido. Allí encontró objetos que interesaron a Mondrick,
no me dijo qué clase de objetos, y decidieron trasladarse a ese valle. Entonces
ocurrió todo.
–¿Y cómo ocurrió?
–Estaban en el
camino y era ya noche cerrada cuando una pantera negra cayó sobre Rowena desde
lo alto de un árbol. Era una magnífica pantera de verdad, dijo Mondrick, no un
indígena disfrazado con la piel del animal. Pero la coincidencia fue demasiado
exacta para los porteadores nativos. Todos huyeron y la bestia hirió a Rowena
antes de que los disparos de Mondrick consiguieran hacerla huir. Se le
infectaron las heridas, como era de esperar, y creo que le faltó muy poco para
morir antes de ingresar en el hospital donde la curaron. Ésta fue la última
expedición que hicieron juntos, y él no ha vuelto a poner los pies en África.
Creo que incluso ha renunciado a la idea de que el Homo sapiens tenga allí su
origen. Después de esto, ¿no cree usted que es normal que Rowena sea rara? Este
ataque por parte de una pantera resulta trágicamente irónico, ¿no cree?
En las facciones de
April Bell había una expresión que le sorprendió y le horrorizó. Era una
expresión de viva y cruel satisfacción. ¿O era el crepúsculo y la cruda luz del
aeropuerto? La chica sonrió.
–Sí, resulta
irónico –murmuró con ligereza, como si aquella desgracia de Rowena no le
afectase lo más mínimo–. A veces la vida gasta bromas pesadas –y con mayor
gravedad, añadió–: Debió ser un duro golpe para ella.
–Seguro. Sin
embargo, no ha bastado para hundir a Rowena. ¿Sabe? Es una mujer verdaderamente
encantadora. Nunca se queja. Tiene sentido del humor y se olvida uno en seguida
de que es ciega.
Cogió el brazo de
la chica, notó la suavidad de las pieles color de nieve. El gatito parpadeaba
en el bolso de piel de serpiente.
–Vamos, pues –la
animó–, estoy seguro de que Rowena le gustará.
Pero April Bell se
resistió.
–No, Barbee
–cuchicheó desesperadamente–, por favor… No, eso no, Barbee.
Pero él ya había
gritado muy familiarmente:
–Rowena; soy Will
Barbee. El periódico me ha enviado para hacer un reportaje sobre la llegada de
la expedición de su marido, y me gustaría muchísimo que conociera usted a mi
más reciente amiga, un pelirroja deliciosa, la señorita April Bell.
La señora ciega se
volvió de inmediato hacia la voz. A pesar de los sesenta años que tendría, la
esposa de Mondrick conservaba una esbeltez juvenil. Barbee la había conocido
siempre con el pelo blanco; pero ahora el color de su rostro, a causa del frío
y la sorpresa, parecía el de una jovencita.
–Hola, Will –le
gritó con voz musical, cálida de placer–, estoy deseando conocer a tus amigos
–y cambiándose de mano la correa, tendió la derecha.
–Encantada,
señorita Bell, encantada.
–Encantada –se
limitó a responder April Bell con voz educadamente contenida y sin tomar la
mano de la señora Mondrick.
Rojo de
desconcierto, Barbee tiró de la peluda manga de April Bell. Pero ella se limitó
a desasirse bruscamente. Tenía el rostro intensamente pálido y los labios,
apretados y rojos, parecían una cicatriz. Los ojos, achicados y negros, estaban
fijos en los gruesos brazaletes de plata de Rowena. Nerviosamente, Barbee quiso
salvar la situación:
–Tenga cuidado con
lo que dice –apunté con fingida ligereza–. La señorita Bell trabaja para El
Faro y va a anotar en taquigrafía todo lo que usted diga.
La ciega sonrió,
con gran alivio por parte de Barbee, como si no hubiera notado la extraña
indelicadeza de April Bell. Y levantando la cabeza como para escuchar
nuevamente el ruido del cielo, preguntó con ansiedad.
–¿Aterrizan?
–Aún no –respondió
Barbee–, pero ya les han anunciado.
–¡Qué alegría
cuando hayan aterrizado sanos y salvos! –le dijo Rowena inquieta–. ¡He estado
tan intranquila desde que se fue Mark…! No se encontraba del todo bien. ¡Y
además corre unos riesgos…! En el mundo hay cosas que mejor sería dejarlas y
quedarse aquí –añadió con un suspiro–. Hice todo lo posible para que Mark no
volviera a las excavaciones de Ala-Shan. Me daba miedo lo que pudiera
encontrar.
April Bell
escuchaba con interés Barbee se tranquilizó.
–¿Miedo… usted?
–dijo la joven periodista, y su bolígrafo se movió sobre el pequeño bloc–. ¿Y
qué cree usted que ha descubierto su marido?
–¡Nada! ¡Realmente
nada!
–Dígame el qué.
Será mejor, porque creo que lo he adivinado.
Pero la voz de
April Bell se quebró en un alarido y casi se derrumbó hacia atrás. La cadena
del perro se había deslizado de los dedos de la anciana ciega. En silencio, la
enorme bestia había saltado en dirección a la chica, que temblaba de miedo.
Barbee, en un intento desesperado, interpuso la pierna. Pero la fiera evitó el
obstáculo enseñando los colmillos con aspecto feroz.
Barbee dio un salto
para atrapar la cadena que arrastraba el perro pastor. La chica levantó los
brazos al cielo instintivamente, blandiendo el bolso de piel de serpiente en un
intento de protegerse. El perro saltó de nuevo, con las fauces abiertas para morder
la blanca garganta. Pero el periodista consiguió sujetar la cadena.
–¡Turco, aquí!
–gritaba Rowena–. ¡Al suelo!
Obediente, sin un
gruñido, sin ladrar ni quejarse, el enorme animal emprendió la retirada. Barbee
colocó el extremo de la cadena entre los dedos de Rowena y ella tiró del perro
hacia sí.
–Gracias, Will
–dijo muy tranquila– Espero que Turco no haya hecho ningún daño a la señorita
Bell. Dile, por favor, cuánto siento lo ocurrido.
Pero Will Barbee se
dio cuenta de que ni siquiera había amonestado al perro.
Pálida y nerviosa,
April Bell había huido al interior del edificio del aeropuerto.
–¡Qué animal tan
horrible! –dijo una mujer bajita de rostro anguloso, aspecto poco agraciado y
voz aguda. Y volvió a insistir–: Recuerde, señora Mondrick, que ya le dije que
no lo trajera aquí. Se está volviendo agresivo y terminará por hacer mucho daño
a alguien.
Pero la señora
Mondrick siguió acariciando la cabeza del perro. Con mano ágil cogió el largo
collar y rozó suavemente los remaches de plata que lo adornaban. A Rowena,
Barbee lo recordó en aquel mismo momento, siempre le gustó aquel metal.
–No, no, señora
Ulford –dijo ella–. Turco ha sido adiestrado para guardarme y no quiero que me
deje nunca. Nunca atacará a nadie, a menos que me amenace –y después volvió a
escuchar la vibración del cielo–: ¿Pero cuándo se va a decidir a aterrizar ese
avión?
Barbee se extrañó
muchísimo de la actitud de Rowena, pues no había visto que April Bell hiciera
ningún gesto de amenaza contra ella, y volvió al encuentro de la chica
pelirroja. Ésta permanecía tras la puerta de cristal del edificio,
violentamente alumbrado, y acariciaba al gatito negro mientras le hablaba
suavemente:
–Tranquilízate,
bonito mío. Ese perro antipático no nos quiere. Pero estando aquí no hay por
qué temerle.
–Lo siento,
señorita Bell –dijo Barbee torpemente–, pero no me imaginaba que pudiera
suceder una cosa así…
–La culpa es mía,
Barbee –y le sonrió con expresión de arrepentimiento–, no debí haberme
aventurado tan cerca de ese horrible animal con Fifí en brazos –y sus ojos
verdes centelleaban–. Le agradezco de corazón haber sujetado a ese antipático
perro.
–Turco no se ha
portado nunca así. La señora Mondrick querrá excusarse ante usted…
–¿De verdad? –April
Bell lanzó una mirada de reojo a la ciega, pero sus rasgados ojos permanecieron
impasibles–. Dejemos el asunto –dijo con tono decidido–. El avión está
aterrizando y quiero que me diga todo sobre aquellos otros que esperan.
Y señaló con la
cabeza el grupito de personas que había tras la ciega. Todos miraban
esperanzados la cortina de nubes iluminadas por el reflejo rosado y sucio de
las luces de la ciudad.
–Muy bien –dijo
Barbee satisfecho de desviar la atención de un asunto tan enojoso. Y explicó–:
La mujer de la nariz puntiaguda que se ha acercado a Rowena es su enfermera, la
señora Ulford. Está de enfermera, pero generalmente es ella la que se queja y la
que está enferma, y Rowena la que la cuida.
–¿Y los otros?
–¿Ve usted a ese
señor mayor que acaba de encender la pipa y que está tan nervioso? Es el viejo
Ben Chittum, abuelo de Rex y su único pariente, vende periódicos por la calle,
en Center Street, justo enfrente de La Estrella. Gracias a él pudo Rex terminar
sus estudios hasta que Mondrick le proporcionó esta beca.
–¿Y los otros?
–Aquel señor bajito
con un abrigo enorme es el padre de Nick Spivak. Tiene una boutique en
Brooklyn, en la Avenida Flatbush. Nick es hijo único. Ya no tiene acento, pero
sigue pensando que sus padres son estupendos. Han estado muy preocupados desde
que se fue la expedición. Me han escrito por lo menos una docena de cartas
preguntándome si yo sabía algo de él. Han llegado en el avión de la mañana para
recibir a Nick. Me imagino que él les habrá enviado un telegrama desde la
costa. Los otros son casi todos amigos y gente de la Fundación. Está el
profesor Fisher, del departamento de antropología de la Universidad. Y el
doctor Bennet, que ha hecho las funciones de director de la Fundación…
–¿Quién es esa
rubia que le sonríe a usted? –preguntó April interrumpiéndole.
–Nora –dijo Barbee
suavemente–. La mujer de Sam Quain.
La había conocido a
la vez que Sam, en el guateque que organizaron con motivo de su matriculación
en Clarendon hacía ya catorce años. Pero el tiempo no había disminuido el
brillo de simpatía de sus ojos. La mujer sonriente que hoy esperaba a su esposo
parecía aquella misma jovencita de antaño, emocionada y feliz por la atmósfera
brillante de la Universidad.
Barbee se acercó a
ella, acompañado de April Bell, teniendo cuidado de dar un gran rodeo para
evitar al perro guardián de Rowena. Nora levantó una vez más los ojos al cielo
y luego dio unos pasos hacia ellos, empujando a su pequeña Pat.
Patricia Quain
acababa de cumplir cinco años bien aprovechados. Tenía los ojos azules de su
madre y los mismos cabellos rubios de seda. Sin embargo, el rostro rosado y
voluntarioso recordaba el mentón cuadrado de Sam. Tiraba para atrás mirando
ávidamente al cielo sombrío.
–¿Es verdad que
papá está ahí arriba, en esta noche tan fría?
–Claro que sí,
bonita. Pero ya no les puede pasar nada… ¿Crees que aterrizarán pronto, Will?
¡Ya no podemos esperar más! He cometido el error de buscar en un libro de Sam
ese país de Ala-Shan, y desde entonces apenas si puedo dormir. ¡Es mucho tiempo
dos años! Tengo miedo de que Pat no reconozca a su padre.
–Que sí, mamá.
Claro que reconoceré a papá.
–Ahí están –dijo
Barbee, distinguiendo de pronto el ruido de las ruedas del avión sobre la
pista– Han aterrizado y ahora van a rodar hasta aquí.
Él continuaba
cogido del brazo de la chica. Al fondo, el perrazo de Rowena Mondrick, junto a
su dueña, no quitaba ojo ni a April ni al gatito de mirada azul.
–Nora, te presento
a la señorita April Bell. Está haciendo sus primeras armas periodísticas en el
consultorio sentimental de El Faro. Todo lo que cuentes lo podrá esgrimir
contra ti.
–¿De veras, Barbee?
April había
protestado con una agradable risita. Pero, a pesar de todo cuando las dos
miradas se cruzaron, Barbee se dio cuenta de que el fuego había estallado entre
las dos mujeres. Fue algo así como el surtidor de chispas que salta cuando el
duro metal entra en contacto con la piedra de afilar.
–Encantada de
conocerla –dijeron las dos a coro con una sonrisa dulcísima, aunque las dos se
detestaban ferozmente. Barbee lo sabía.
–Mamá, ¿puedo tocar
el gatito? –dijo la pequeña Pat.
–¡No, querida, por
favor no!
Pero la rosada
manita ya se había alargado. El gato cerró los ojos, gruñó, rasgó. Pat
retrocedió hacia su madre con un sollozo mal disimulado.
–¡Oh! Señora Quain…
–susurró April Bell– ¡Cuánto lo siento!
–¡Mala, no te
quiero! –dijo Pat.
–¡Mirad! –gritó el
viejo Ben Chittum señalando con la punta de la pipa–. ¡Ahí los tenemos!
Los Spivak
corrieron tras él.
–¡Es Nick, mamá,
nuestro Nick que vuelve de ese asqueroso desierto!
–¡Vamos, mamá!
–decía Pat–. Papá ha vuelto y yo le voy a reconocer.
Rowena Mondrick
seguía al grupito jadeante, altiva y silenciosa. Parecía caminar sola, a pesar
de la señora Ulford y el perro que la escoltaban. Barbee vio su rostro. Pero la
mezcla de esperanza y miedo que lo ensombrecía le hizo retirar la mirada.
Él cerraba la
marcha en compañía de April Bell.
–Fifí, eres muy
malo. Me has echado a perder la entrevista. Barbee sintió deseos de seguir a
Nora y explicarle que, después de todo, April Bell no era más que una
desconocida. Sentía un gran cariño por Nora. A veces se preguntaba qué le
habría deparado la vida si hubiera sido él y no Sam Quain el que bailara con
ella en aquel guateque de primer curso. Pero April le había vuelto a sonreír,
aunque su voz sonó entristecida:
–Lo siento mucho,
Barbee.
–No tiene
importancia. Es sólo un gatito, ¿no?
La mirada de April
era de nuevo verde oscura, extrañamente intensa, como si un temor secreto
hubiera dilatado sus pupilas. Durante segundos, pareció como alerta, como si se
dispusiera a jugar algún misterioso juego, difícil y peligroso. Decididamente,
él no comprendía nada. Una principiante estaba claro que podía temblar ante su
primer reportaje. Pero April Bell parecía, y mucho, demasiado competente como
para mostrarse tan angustiada. Y, por otra parte, lo que él creía notar en ella
no era simple timidez natural. No, era como una desesperación. Una
desesperación mortal.
Pero ya, April
volvía a mostrar su expresión habitual, sus colores normales. Volvió a colocar
en su sitio la cinta del gato y sonrió abiertamente.
–Fifí –explicó– es
de tía Ágata. Vivo en su casa ¿sabe? Y hoy se ha venido conmigo. Mi tía ha
salido de compras con el coche y me ha dejado a Fifí. Hemos quedado en
encontrarnos en la sala de espera. Perdone, voy a ver si ha llegado ya. Así
podré desembarazarme de esta malvada bestezuela antes de que pueda montarme una
escena.
Atravesó el
edificio. Barbee la siguió con ojos intrigados. Hasta su flexible manera de
andar le fascinaba. Tenía un no sé qué de salvaje, de indómito.
Y después, Barbee
se reunió con Nora Quain y las demás personas que contemplaban la llegada del
transporte en la penumbra. Se encontraba cansado. Sin duda había bebido más de
la cuenta. Estaba a punto de estallar. Era muy normal sentirse alterado por una
chica como April Bell. ¿Qué hombre habría resistido?
Nora Quain se tomó
un tiempo antes de volverse a él y preguntarle:
–¿Es importante esa
chica?
–Acabo de conocerla…
–Barbee vaciló sin saber qué pensar ni qué decir–. Es una chica… bueno… muy
especial.
–No la dejes que te
domine. Es…
Se paró, como
buscando un apelativo para April Bell. Se le fue la sonrisa. Maquinalmente,
acercó hacia sí a la pequeña Pat. No, no encontraba el apelativo.
–No, Will, no hay
que… –dijo para terminar.
Y el ruido de los
motores ahogó su voz.
CAPÍTULO II
Una extraña muerte
Dos hombres
vestidos de blanco esperaban junto a la escalerilla de ruedas para atender a
los pasajeros que habían de desembarcar. El enorme avión tenía un aspecto
monstruoso y sombrío bajo los reflectores del aeropuerto. Se detuvo bastante
lejos de los edificios. Los motores se apagaron al fin y un silencio
impresionante se extendió por todo el ámbito.
–¡Mark! –en el
repentino silencio sonó el grito angustiado y sutil de la ciega esposa de
Mondrick–. ¿Alguien ve a Mark?
El viejo Ben
Chittum abrió la marcha agitando la pipa en un amplio gesto y lanzando gestos
de bienvenida a su nieto. En vano. Papá y mamá Spivak corrían detrás, llamando
a Nick, y estallaron en lágrimas al no verlo. Nora Quain había cogido a su niña
del brazo y la apretaba medrosamente contra ella.
Rowena Mondrick
permanecía lejos, detrás de ella, con su perro feroz y su asustada enfermera.
Después de que April Bell se hubo ido, el perro se quedó tranquilo. Miró
amistosamente a Barbee con sus dorados ojos y luego dejó de mirarle.
–El aparato se ha
parado bastante lejos –dijo Barbee–. No sé por qué. Pero el doctor Mondrick y
los demás supongo que estarán aquí en seguida.
–Gracias, Will
–durante un instante le sonrió tras los cristales negros, con el rostro
relajado y joven. Después volvió la angustiosa palidez–. ¡Tengo tanto miedo por
Mark!
–Lo comprendo. Sam
Quain me habló de Ala-Shan; es un desierto que, en comparación con él, el Valle
de la Muerte parece un fresco oasis. Ya sé que la salud del doctor Mondrick no
es demasiado buena.
–No, Will, eso no
es todo. Mark anda bien del corazón, aunque del asma empeora cada año. Sin
embargo, aún está fuerte y no le da miedo el desierto. ¡No es eso ni mucho
menos!
Tenía las manos
aferradas a la cadena del perro y Barbee se dio cuenta de que temblaban. Tiró
del perro. Con dedos ligeros recorrió los remaches de plata pulida del collar,
como si el contacto frío del blanco metal le produjera cierto placer sensual.
–Mira –continuó–:
yo trabajé con Mark hace ya tiempo, antes de haber visto demasiadas cosas –alzó
la mano izquierda para taparse un instante las gafas negras y las vacías
cicatrices que ocultaban–. Conozco su teoría y sé lo que Sam Quain ha
descubierto para él bajo esa vieja tumba de Ala-Shan, cuando la última
expedición de antes de la guerra. Por eso precisamente intenté persuadirle para
que no volviera allí.
Bruscamente se
volvió y escuchó.
–Pero, ¿dónde
están, Will? –su voz sonaba aprensiva–. ¿Por qué no bajan ya?
–No sé –dijo
Barbee, también preocupado–. No lo comprendo. El avión está ahí esperando. Han
acercado la escalerilla y están abriendo la puerta, pero nadie sale. Mire, el
doctor Bennet, de la Fundación, sube al aparato.
–Irá a ver qué pasa
–sujetando bien y muy de cerca al perro, Rowena se volvió en dirección al
aeropuerto y escuchó de nuevo–. ¿Dónde está esa chica, la que ha ahuyentado
Turco?
–Está dentro –dijo
Barbee–. Lamento lo que ha ocurrido. April es simpática. Yo esperaba que le
gustase. De verdad, Rowena, no veo ninguna razón para que…
–Hay una razón
–dijo la ciega endureciendo el rostro y poniéndose muy tiesa–, puesto que a
Turco no le gusta. Y Turco sabe.
La señora Mondrick
acariciaba la cabeza del perro.
El animal dirigía
sus inteligentes ojos amarillos hacia el edificio, como vigilando el eventual
retorno de April Bell.
–Pero, vamos a ver,
Rowena –protestó Barbee–. ¿No cree usted que su confianza en Turco va demasiado
lejos?
–Mark ha enseñado a
Turco. Le ha enseñado a cuidar de mí. Y si ha atacado a esa mujer, es porque
sabe que es mala… Recuerda esto, Will. Estoy completamente convencida de que
ella será todo lo simpática que quieras… Pero Turco sabe.
Barbee retrocedió
un paso. Se preguntaba si las garras del leopardo negro que le habían sacado
los ojos, no le habrían tocado también el cerebro. Los temores de Rowena eran
un poco exagerados. Sintió alivio al ver reaparecer la saltarina silueta del
director de la Fundación.
–Ahí está Bennet
–dijo–. Supongo que los otros bajarán tras él. Rowena salió a tomar aliento, y
esperaron en silencio. Barbee esperaba. Se imaginaba ya el rostro bronceado de
Sam Quain y sus ojos azules. También veía ante sí a Nick Spivak, moreno y delgado,
con el ceño fruncido tras las gafas, a Rex Chittum, que a pesar de todas las
becas que había obtenido, seguía dando la misma impresión de siempre: un
hombretón ignorante que recordaba a Lil Abner, el gigante de los comics.
Incluso Mondrick pasó por sus recuerdos, fuerte, pesado y calvo, con el mentón
agresivo y los ojos llenos de sueños lejanos.
Pero, en persona,
no terminaban de salir.
–¿Dónde está Mark?
–preguntó Rowena–. ¿Dónde están los otros?
–No los veo –dijo
Barbee, que se esforzaba por disimular su inquietud–. Da la impresión de que
Bennet hace todo lo posible para impedir que nadie suba a bordo. ¡Ah! Ahí está.
–¡Doctor Bennet!
–llamó Rowena–. ¿Por qué no sale Mark?
–Están todos sanos
y salvos –respondió Bennet–. Se están preparando para salir del avión, pero me
temo qué habrá que esperar un poco.
–¿Esperar? ¿Por
qué?
–El doctor Mondrick
quiere hacer una declaración sobre los resultados de la expedición. Creo que ha
encontrado algo sumamente importante y él quiere dar publicidad al
descubrimiento aquí mismo.
–No, no –dijo la
señora Mondrick entre sollozos–, de ninguna manera. No debe hacerlo. ¡Ellos no
se lo permitirán!
–Pero, vamos a ver
–dijo Bennet, sorprendido–, realmente yo no veo el porqué de tanta historia
sobre dar publicidad a los resultados de una expedición científica. Se lo
aseguro, señora Mondrick, se equivoca usted al inquietarse de esa manera,
suponiendo que exista algún peligro. El doctor parece anormalmente agitado,
pero ignoro en absoluto por qué. Me ha pedido que haga venir a una patrulla de
policía para proteger su persona y sus descubrimientos hasta que haya hecho su
declaración.
Rowena se contentó
con sacudir su orgullosa cabeza en signo de desprecio por la patrulla de
policía.
–No se amargue
usted, señora Mondrick. Su marido me ha dicho lo que hay que hacer, y yo me
encargaré de todo. Voy a hacer lo necesario para que la prensa lo reciba
después de que haya bajado del avión. Se cacheará a todos los periodistas para
que no puedan llevar armas y habrá policías suficientes para impedir cualquier
tentativa.
–Todo eso es inútil…
Por favor, doctor Bennet, vuelva a decir a Mark que…
–Lo siento, señora
Mondrick, el doctor ya me ha dicho lo que quiere y tenemos que tomar medidas en
seguida. Me ha dicho que me dé prisa y tal vez sea peligroso esperar.
–Sí, es peligroso…
Vaya.
Ensombrecido, el
hombre de la Fundación se fue precipitadamente hacia el edificio. Barbee le
siguió haciendo todo lo posible por mostrarse amable:
–Clarendon es una
pequeña ciudad apacible, ¿no, doctor Bennet? ¿Qué clase de molestia cree usted
que Mondrick teme tanto?
–No me pregunte
–respondió Bennet con expresión de disgusto–, ni intente hacerse el listo. El
doctor Mondrick no quiere que aquí haya rumores ni que los periodistas
publiquen las tonterías que se imaginen. Ha dicho que el asunto es importante y
quiere que el público sea correctamente informado. Los fotógrafos de Life y el
corresponsal de la Associated Press deben haber llegado, y además voy a
intentar traer a alguien de la radio. Así no habrá favoritismos. Estarán
ustedes en iguales condiciones para empezar el mejor reportaje del año.
«Tal vez», pensó
Barbee, pues tenía motivos para estar harto de conferencias de prensa,
entrevistas concertadas y preparadas de antemano. Su consigna era esperar y
ver. Al pasar por la sala de espera vio la resplandeciente cabellera de April
Bell en una cabina telefónica. Por los alrededores no había nadie parecido a la
tía Ágata, y se le ocurrió que debía permanecer atento, incluso con respecto a
las mujeres.
Se tomó dos tazas
de café en el bar. No entró en calor. El frío que sentía en su interior no era
causado por el glacial viento del este. Helado aún, escuchó el ronco altavoz
que anunciaba la llegada del avión de línea regular y salió corriendo para
echar el guante a Walraven.
El aparato pasó por
delante del avión donde aún permanecían Mondrick y sus compañeros y se detuvo
casi delante del edificio. Bajaron dos o tres hombres de negocios y una pareja
de recién casados. Y de pronto apareció Walraven bajando pesadamente por la escalerilla.
Con su altisonante voz de barítono iba contando a la azafata que mantenía
excelentes relaciones en Washington.
Walraven se
adelantó con aire majestuoso para posar ante el fotógrafo de La Estrella, pero
cuando Barbee fue a entrevistarle se negó. Le confió, sin embargo, aunque
rogándole que no lo publicara, que tenía pensado hablar largo y tendido con su
amigo Preston Troy sobre la táctica que convenía seguir. Dijo a Barbee que no
vacilara en pasar por su despacho para charlar y tomar unas copas, sí, sí,
cuando quisiera, cualquier día, a cualquier hora, pero que, de momento, no
podía hacerle ninguna declaración. Tras estas palabras, Walraven avanzó hasta
las mismas barbas del fotógrafo de prensa y tomó un taxi.
Bien lo sabía
Barbee: Preston Troy y no otro era quien dictaba a Walraven todas las tácticas
y quien decidía qué declaraciones debían hacerse a la prensa. La verdad sobre
Walraven, la fachada que presta a Troy para las reales ambiciones políticas de
este último, constituiría una buena información, un excelente tema
periodístico, pero no para La Estrella. Por lo tanto, Barbee dejó marchar al
pálido Walraven y volvió al avión.
–¡Ay, mamaíta, qué
miedo!
La aguda vocecita
de la pequeña Pat Quain se elevó del atribulado grupo que aún seguía esperando.
Nora tenía a la chiquilla apretada contra sí y la pequeña continuó:
–¿Qué le han hecho
a mi papá?
–Tu papá está bien
–dijo Nora–. Espera, bonita, que hay que esperar.
Ante la valla
metálica se colocaron tres coches de la policía. Media docena de agentes
escoltaban ya a los reporteros y fotógrafos de prensa que se dirigían al gran
avión parado; otros dos contenían al inquieto grupo de parientes y amigos.
–Escuche, agente
–dijo Rowena Mondrick–. Tiene que dejarme permanecer aquí. Mark es mi marido y
está en peligro. Tengo que estar aquí para ayudarle.
–Lo siento, señora
–dijo el sargento con la seriedad profesional que en tales casos se impone–.
Somos nosotros los que nos encargamos de proteger a su marido. Aunque yo no veo
razones para inquietarse. La Fundación nos ha pedido que prohibamos el paso a todo
el mundo, excepto a la prensa y la radio. Aparte éstos, los demás deben
retirarse. ¡Vamos, circulen todos!
–¡No! –exclamó
Rowena–. No, se lo ruego. Usted no puede comprender.
El sargento la tomó
por el brazo.
–Lo Siento. Venga
conmigo y no tenga miedo.
–Usted no sabe nada
–insistió la dama ciega–. Ustedes no pueden hacer nada….
–Quédate, mamita,
quédate, por favor –decía la pequeña Pat–. Quiero ver a papá, yo también quiero
conocerle.
Pálida como su
asustada hija, Nora se dirigió con ella hacia la sala de espera. Mamá Spivak
estalló en sollozos sobre la espalda de Papá Spivak. El viejo Ben Chittum
sacudió su negra pipa en las narices del otro policía, afirmando con fuerza.
–Escuche, señor
agente. Hace ya dos años que estoy rezando para que mi hijo vuelva sano y salvo
del desierto. Y los señores Spivak, mírelos, han gastado mucho más dinero del
que se pueden permitir para venir en avión desde New York. ¡Señor agente…!
Barbee le tomó por
el brazo:
–Será mejor
esperar, Ben.
El anciano siguió a
los otros con paso apresurado. Barbee enseñó su carnet de periodista y le
registraron rápidamente. No, no llevaba armas ocultas. Se reunió, pues, con los
reporteros agrupados bajo el ala del avión. Se puso al lado de April Bell.
Debía haber devuelto el gato a la tía Ágata, pues llevaba cerrado el bolso
negro de serpiente. La joven miraba la portezuela del avión, pálida y sin
aliento, con gran intensidad. Pareció resucitar cuando se dio cuenta de la
presencia de Barbee a su lado. Volvió bruscamente su hermosa cabeza. Durante
una fracción de segundo, le pareció notar en ella la desesperada tensión de un
felino preparado para atacar. Después sonrió y sus rasgados ojos verdes
volvieron a ser cálidos y alegres:
–Hola, colega
–también su voz era cálida y amistosa–. Cualquiera diría que estamos
presenciando un acontecimiento único. ¡Ahí llegan!
Sam Quain apareció
el primero. Barbee se dio cuenta en seguida de que había cambiado. Su rostro de
cuadrada mandíbula se había oscurecido y su pelo rubio era ahora casi blanco.
Parecía cansado, había envejecido más de dos años. Seguramente se había afeitado
a bordo, pero su traje caqui estaba sucio y desgastado.
Había en él,
además, algo extraño.
Algo extraño que
también había dejado su marca en los otros tres hombres que bajaban la
escalerilla. Barbee se preguntó si estarían enfermos. El rostro grave y pesado
del doctor Mondrick pendía pálido bajo el casco colonial. ¿Sería su antigua
asma o era el corazón que no iba bien?
Barbee pensó que,
aunque estuvieran enfermos, habrían podido sonreír en el momento de regresar
triunfalmente a su país, con sus amigos, mujeres e hijos, después de realizar
su gran obra. Por el contrario, estos hombres, hoscos y sucios, parecían
acabados. Ninguno de ellos esbozó siquiera un saludo o una sonrisa para los que
acudían a recibirles. Nick Spivak y Rex Chittum salieron del avión tras el
viejo Mondrick. También ellos iban vestidos de caqui arrugado, comido por el
sol. También ellos estaban flacos, sombríos y macilentos. Era seguro que Rex
había oído las protestas del viejo Ben Chittum ante el policía, pero no hizo ni
un gesto de respuesta.
Él y Nick iban
doblados bajo el peso de la carga. Entre los dos llevaban una caja de madera,
rectangular, pintada de verde, con asas de cuero. Un esmerado trabajo de algún
artesano de cualquier remoto poblado, pensó Barbee. La caja estaba reforzada
con abrazaderas de acero y un enorme candado sujetaba la cerradura forjada a
mano. El peso hizo vacilar a los dos hombres.
–¡Cuidado! –oyó
gritar a Mondrick–. ¡No podemos perderlo!
Nerviosamente, el
antropólogo de descarnadas mejillas se acercó para echarles una mano y
restablecer el equilibrio de la caja. No dejó de vigilarles estrechamente hasta
que los dos hombres cubrieron el último tramo. Incluso entonces, permaneció con
la mano sobre la caja, haciendo señas para que la llevaran cerca de los
periodistas que les esperaban.
Estaba claro que
aquellos hombres tenían miedo.
El más mínimo gesto
ponía en evidencia su terror.
No se trataba de
vencedores que volvían para anunciar una nueva conquista. Parecían más bien
viejos combatientes, serios y disciplinados, tropas escogidas que avanzaban
serenamente hacia una batalla desesperada.
–Me pregunto… qué
es lo que realmente han encontrado –murmuró April Bell.
–Sea lo que fuere
el descubrimiento, no les ha hecho muy felices. Un fanático de la Biblia
juraría que han caído en el infierno.
Barbee se dio
cuenta de que Sam Quain le miraba.
Una extraña tensión
le embargó en ese preciso instante y le impidió gritarle un saludo. Se contentó
con agitar la mano. Sam hizo un ligero gesto con la cabeza. Sus sombríos rasgos
traslucían desconfianza, hostilidad…
Mondrick se paró
delante de los periodistas, bajo el ala del avión.
Estallaron
relámpagos de magnesio en la bruma y el viento. Mientras los jóvenes
exploradores llegaban junto a él con la caja verde, Mondrick se dejó
fotografiar. A su lado, Barbee le observaba, mirando su rostro delgado,
despiadadamente bañado por la luz de los flashes.
Mondrick, lo veía
claramente, era un hombre acabado. Sam, Nick y Rex, estaban endurecidos. El
miedo, cualquiera que fuera su origen, sólo había conseguido hacerles más
duros, más resistentes, más silenciosos. Pero Mondrick estaba acabado. Sus
gestos cansados y vacilantes evidenciaban que sus nervios se hallaban al borde
del colapso. En su rostro descompuesto se leía una terrible obsesión.
–Gracias, señores,
por haber venido.
Era una voz baja,
ronca, rota.
Con la mirada
deslumbrada por los relámpagos de los flashes, Mondrick escrutaba las caras con
visible temor. Después miró más lejos hacia los que continuaban esperando bajo
la vigilancia de la policía. Seguramente vio a su esposa ciega, un poco
separada de los demás, al lado de su feroz perro. Pero no dejó traslucir
ninguna emoción. Después fijó su mirada en sus tres compañeros, como queriendo
encontrar alivio en ellos.
–Su espera será
recompensada, ya que –Barbee tuvo la impresión de que hablaba con
apresuramiento, como desesperado, como si temiera que no le quedara tiempo para
terminar su frase–… ya que nosotros tenemos algo que decir a toda la humanidad
–volvió a tomar aliento–. Es un mensaje horrible, señores, algo que se ha
tratado de enterrar, de disimular, de ocultar y de suprimir con fines infames.
Al decirlo,
gesticuló con una nerviosa rigidez que traslucía su extremo estado de ansiedad.
–El mundo lo sabrá,
el mundo lo debe saber, si es que aún no ha pasado el tiempo de revelarlo. Así
pues, escuchen bien lo que voy a decirles y tengan la bondad, si pueden, de
difundirlo. Y filmen las pruebas que hemos traído, para demostrar la verdad de lo
que digo. Emitan por radio y publiquen lo que les voy a decir esta misma noche
si es posible.
–Claro que sí
–gritó un hombre de la radio agitando su micrófono–. Para eso estamos aquí. Voy
a grabar en el magnetófono y me iré volando al estudio. A condición, claro
está, de que su declaración sea políticamente correcta. Me imagino que usted
querrá dar su opinión sobre la situación política de China, ¿no?
–Hemos visto gran
parte de la guerra de China –respondió Mondrick solemnemente–. Pero no es de
eso de lo que quiero hablar hoy. Lo que voy a decir es mucho más importante que
todo lo que se pueda decir con respecto a las guerras, a todas las guerras, pues
explica por qué se hacen las guerras. También explica un montón de cosas que el
hombre no ha entendido nunca, y muchas otras que se nos ha enseñado a negar.
–Estupendo, pues
–dijo el hombre de la radio preparando su material–. Diga, diga. Le escucho.
–Les voy a decir…
–comenzó Mondrick.
Después tosió,
volvió a respirar, tosió de nuevo, y continuó, cada vez más ronco:
–Les voy a hablar
de un enemigo enmascarado, de un enemigo misterioso, de un clan secreto que
conspira y espera, sin levantar sospecha, en medio de verdaderos seres humanos.
Es un enemigo secreto, más temible que cualquier quinta columna que preparase
la ruina de una nación. Les voy a hablar de la venida que se espera de un
Mesías tenebroso, el Hijo de la Noche, cuya aparición entre los hombres
verdaderos será señal de una revolución salvaje, horrible, increíble.
El hombre roto,
cansado de muerte, respiró de nuevo dolorosamente.
–Prepárense ustedes
para lo que les voy a revelar, señores. Es algo terrible. A ustedes les va a
pasar como a mí: que al principio no se lo creerán. Es demasiado espantoso para
que resulte verosímil. Pero lo tendrán que aceptar, como yo lo he aceptado, cuando
vean los desagradables objetos que he traído de esas tumbas prehistóricas de
Ala-Shan. Mis descubrimientos, o, mejor dicho, nuestros descubrimientos, dan la
solución a muchísimos enigmas. ¿Se han preguntado alguna vez ustedes por qué
existe el Mal?
En ese momento, su
rostro era una dolorosa máscara de color plomizo.
–¿Se han preguntado
ustedes, señores…? –Mondrick sufrió un ahogo y se dobló. Consiguió volver a
respirar normalmente y apoyó las manos en los costados. Por la cara se le
extendió un ominoso color azulado. Tosió en el pañuelo. Se enjugó el rostro.
Cuando volvió a tomar la palabra lo hizo en voz más alta.
Había tensión en el
aire. Barbee vio al fotógrafo poner una nueva película en la cámara. El hombre
de la radio maniobraba en el magnetófono. Los reporteros tomaban notas
mecánicamente.
April Bell estaba
de pie a su lado, e inmóvil como una estatua de hielo, blanca, apretando con
ambas manos el bolso de serpiente. Tenía los ojos, aquellos ojos verdinegros,
clavados en Mondrick, con una intensidad alucinante.
Con un gran
esfuerzo consiguió éste recuperar el aliento y tomar la palabra una vez más.
–Yo era psiquiatra
en Glenhaven. Tuve que renunciar a mi carrera de medicina porque la verdad que
yo sospechaba demostraba el absurdo de todo lo que se me había enseñado. Se
burlaba cruelmente de mis esfuerzos por curar la enajenación mental. Busqué las
pruebas de mi error en otras ciencias. Pero estas pruebas no existían. Fui a
estudiar al extranjero. Y terminé por aceptar una plaza de profesor en la
Universidad de Clarendon. Probé con todas las ciencias: antropología,
arqueología, etnología… Las investigaciones que hice cada vez me daban más
pruebas de lo que yo me temía. Durante muchos años trabajé solo. En seguida
comprenderán por qué me resultó difícil encontrar colaboradores. Después me
ayudaría mi esposa, cuando compartí con ella el secreto. Tuvo que perder los
ojos y atestiguar con este sacrificio que nuestros temores tenían fundamento.
Pero, para terminar, tenía que encontrar hombres en los que yo pudiera confiar
y tenía que prepararlos para compartir…–la voz del viejo se quebró de pronto en
un sollozo. Con el rostro lívido se encorvó haciendo grandes esfuerzos por
respirar. Sam Quain le sostuvo, evitando que se desplomara, hasta que pasó este
momento de crisis.
–Perdón, señores,
padezco estos ataques. Trataré de exponerles lo más rápido posible los
preliminares que deben conocer para poder comprender. Tenemos una teoría que
queremos demostrar con el fin de prevenir y armar a los hombres, a los
verdaderos. Las pruebas que nos hacían falta no se podrían encontrar sino en
las cenizas muertas del pasado Pueden imaginarse fácilmente las dificultades de
esa tarea. No tengo tiempo para enumerarlas. Los mongoles torgord saquearon
nuestro campamento. Nos faltó poco para morir de sed, casi morimos de frío.
Después nos echó la guerra, cuando acabábamos de descubrir los emplazamientos
de las tumbas prehumanas.
Y señaló con la
bota la caja verde custodiada por sus tres compañeros.
–Lo hemos traído.
Está aquí.
Una vez más,
Mondrick se enderezó, luchando por respirar, mirando con esfuerzo los rostros
que había ante él. Barbee se encontró con su mirada, con sus ojos desconfiados,
y en ellos leyó la lucha entre la urgencia de hablar, una urgencia mortal, y un
miedo pánico. Comprendía la razón del interminable preámbulo. Sabía que
Mondrick deseaba desesperadamente hablar, relatar el hecho desnudo y completo,
pero también sabía que Mondrick se sentía frenado por un miedo horrible a no
ser creído cuando hablara.
–Señores, no me
juzguen todavía –articuló ronca y trabajosamente–. Les ruego me perdonen si
todas estas precauciones no les parecen necesarias. Lo comprenderán cuando lo
sepan todo. Y ahora que están ustedes más o menos preparados, les voy a decir
con toda brutalidad lo que tengo que decir. Tengo que hacer mi declaración
antes de que me impidan hacerlo, pues los que comprendan lo que estoy
intentando decir, se encuentran en el mismo peligro. Yo les pido, no obstante,
que sigan escuchándome, pues continúo, aunque tengo la esperanza… todavía
confío en que entendiendo la verdad, difundiéndola tanto que no se la pueda
sofocar matando, ya que haría falta matar a demasiada gente para conseguir...
Creo que queda una posibilidad para destruir a los miembros secretos del Clan.
Una vez más
Mondrick tomó aliento, encogido, temblando.
–Hace cien mil años…
Se ahogó. Se llevó
las manos a la garganta, como esforzándose por abrir una vía a su aliento. De
la boca le salió un ruido burbujeante. El rostro torturado y las manos se le
pusieron azules. Se tambaleó y cayó entre los brazos de Sam Quain balbuceando
palabras que no llegó a pronunciar. Barbee oyó murmurar a Quain:
–¡No! Es imposible.
Aquí no hay gatos.
April Bell
continuaba inmóvil y sin el gatito. Pero, por otra parte, ¿por qué habían
hablado de gatos? Tiritando bajo el helado viento del este, Barbee se volvió a
mirar hacia Mondrick. Sam Quain y Nick Spivak habían tenido de espaldas al
profesor. Quain se quitó la propia camisa para ponerla bajo la cabeza de
Mondrick como almohada. Pero Barbee se dio cuenta de que Rex Chittum permanecía
al lado de la caja pintada de verde, al acecho, como si lo que en ella había
fuera más importante que la agonía del viejo explorador.
Porque Mondrick
estaba agonizando. Sus manos se agitaron en el aire y después cayeron. Su
rostro se relajó y se le extendió una palidez lívida. Tuvo unas sacudidas
convulsivas y después quedó inmóvil. Se estaba ahogando tan exactamente como si
le hubieran aplicado el garrote vil.
–Atrás, retrocedan
–aullaba Sam Quain–, necesita aire.
Un flash disparó.
Los policías
hicieron retroceder a los fotógrafos, pues el círculo era cada vez más estrecho
y todos se acercaban para sacar el mejor cliché. Alguien pidió una ambulancia,
pero Mondrick ya había dejado de existir.
–¡Mark!
Barbee oyó el grito
estridente. Vio a la ciega esposa de Mondrick separarse del grupo custodiado
por la policía y correr, con el gigantesco perro al lado, hacia el lugar del
suceso como si lo hubiera visto todo.
Uno de los policías
intentó detenerla y cayó derribado por el perro. Se acercó al cuerpo de su
marido, se arrodilló y le recorrió el rostro con los dedos. Sobre sus anillos y
brazaletes de plata, la luz se reflejaba fríamente.
–Mark, querido mío,
pobre ciego –dijo–. ¿Por qué no me has dejado venir con Turco para protegerte?
¿No te dabas cuenta de que se acercaban?
CAPÍTULO III
El lobo de jade
El cadáver,
extendido sobre la pista de taxis, no respondió a aquel plañido y la ciega no
añadió ni una palabra más. Conmovido, Barbee hizo señas a los demás periodistas
para que retrocedieran. Le dolía la garganta y sentía trío en la espalda. En
silencio, se acercó a Sam Quain. Quain, con los ojos puestos sobre el hombre
muerto que yacía ante él, no decía nada. Tenía la carne de gallina bajo el
jersey. Parecía no oír a los vociferantes periodistas. Ni se enteró cuando
Barbee se quitó el abrigo para ponérselo sobre los hombros.
–Gracias, Will
–logró decir al fin, sin ganas–. Supongo que debe hacer frío.
Y después,
volviéndose hacia los periodistas, añadió:
–De aquí pueden
sacar un buen artículo, señores –su voz era tranquila, seca, extrañamente lenta
y opaca–. La muerte del doctor Lamarck Mondrick, el célebre antropólogo y
explorador, y pongan cuidado en la ortografía. Revisen escrupulosamente si la
ortografía es correcta. Él le daba mucha importancia a la c de Lamarck.
Barbee cogió a Sam
por el brazo:
–¿De qué ha muerto,
Sam?
–El médico dirá que
de muerte natural.
Tenía la voz
inexpresiva y sin vida y Barbee notó que Sam se había cerrado en una postura
inflexible. Sam continuó:
–Sí… venía
sufriendo asma desde hace mucho tiempo. Allá en Ala-Shan me dijo que sabía
perfectamente que tenía una enfermedad del corazón, que ya lo sabía antes de
salir con la expedición. No fue un viaje de placer. No. Sobre todo para un
hombre viejo y enfermo como él. Sencillamente, su vieja máquina no ha podido
soportar este último ataque.
Barbee vio la forma
sin vida extendida en el suelo, y la mujer de negro que lloraba en silencio a
su lado.
–Dime, Sam, ¿qué es
lo que intentaba decir el doctor Mondrick? Sam tragó saliva con esfuerzo.
Retiró de Barbee su mirada azul y la dirigió al vacío, a la bruma. Después
volvió a mirarle. Se encogió de hombros bajo el abrigo prestado. Parecía querer
sacudirse todo el horror que se le había adherido al cuerpo como un vestido
negro.
–Nada –respondió–.
Nada en absoluto.
–¡Eh, Quain! ¿No
puedes decirnos de qué se trata? –preguntó un periodista. Sam permaneció
silencioso, visiblemente incómodo. Él otro volvió a insistir–: Vamos, Sam
Quain, cuenta. ¡No pretenderás que todo este montaje ha sido para nada!
5am negó con la
cabeza:
–Nada que merezca
grandes titulares –respondió–. El doctor Mondrick estaba enfermo desde hacía
tiempo y me temo que su magnífico cerebro también se ha visto dañado. Nadie
puede dudar de la novedad y la originalidad de sus trabajos. Sin embargo,
nosotros siempre hemos intentado persuadirle de que abandonara esa forma
melodramática de publicar sus resultados.
–¿Quiere decir que
todo este asunto del descubrimiento en Mongolia no es más que una broma de mal
gusto?
–Al contrario
–explicó Sam Quain–. Es algo muy serio y muy importante. Sus teorías y las
pruebas que nosotros hemos reunido en su apoyo, merecen la atención de
cualquier antropólogo profesional… Los descubrimientos del doctor Mondrick son
muy importantes. Nosotros, sin embargo, hemos hecho todo lo posible para que
los publicara normalmente, en un informe destinado a los organismos
competentes. Y es lo que nosotros haremos a su debido tiempo.
–Pero el viejo
–dijo un fotógrafo– ha hecho alusión varias veces a alguien que quería
impedirle hablar. Y luego, ¡zas! Se interrumpe en lo más interesante. Es muy
raro todo esto, ¿no cree? ¿No será que tiene usted miedo, señor Quain?
–Claro que sí.
Todos estamos un poco trastornados por lo que ha sucedido. Pero, ¿cómo
encontrar una prueba de que el doctor Mondrick tenía un enemigo aquí? ¡No, aquí
no había ningún enemigo! La muerte del doctor Mondrick no puede ser sino una
trágica coincidencia, a lo sumo. Sin duda alguna, este ataque mortal ha sido
provocado por su propia excitación.
–Sí, pero…
–insistió el reportero de la radio–, ¿y el Hijo de la Noche? ¿Y el Mesías
Tenebroso?
Sam intentó
sonreír:
–El doctor leía
novelas policiacas. Su Hijo de la Noche no es más que una figura poética, una
manera de hablar. Creo que se trata de una personificación de la ignorancia
humana. Tenía la costumbre de hablar en lenguaje figurado. Y quería comunicar
sus resultados con cierto dramatismo sensacionalista… Miren, ahí tienen esa
caja de madera, en ella está todo lo que hay que decir y saber. Me temo que el
doctor Mondrick escogió un medio inadecuado de publicidad. Después de todo, ni
siquiera la teoría de la evolución mereció la primera página de ningún
periódico, ¿no es cierto? Sin embargo, para un especialista como el doctor
Mondrick, cualquier dato relativo al origen de la humanidad es de una
importancia incalculable. Pero, en realidad, estos temas no interesan al hombre
de la calle. A menos que se les dramatice.
–¡Vaya, hombre!
–dijo el de la radio–. ¡Ahora resulta que me he pasado la tarde corriendo para
nada! –y se fue. Llegó una ambulancia. A Barbee le pareció una suerte que la
señora Mondrick no viera a los fotógrafos tomar sus últimas fotos.
–Y ¿cuáles son sus
proyectos? –preguntó un hombre de perfil aguileño, vestido de negro, al que
Barbee reconoció como «periodista científico». Pero, ¿qué querría decir con
esto? La pregunta podía tener varios sentidos–. Y ¿cuándo van a celebrar esa
conferencia de prensa interrumpida?
–De momento, no
–dijo Sam–. Todos estamos de acuerdo en que el doctor hablaba muy
apresuradamente. Mis colegas de la Fundación estarán conformes conmigo: lo que
hemos traído de Ala-Shan debe ser examinado y estudiado totalmente y con mucho
cuidado, muy minuciosamente, en nuestros laboratorios, con la ayuda de las
notas y los documentos del doctor Mondrick, antes de publicar nada. La
Fundación publicará una monografía cuando lo juzgue oportuno. Todo esto nos
llevará seguramente un año. Un año, o dos tal vez.
–De todas formas
–siguió el periodista científico–, yo tengo ya mi artículo. De momento, ya veo
los titulares de los periódicos de la noche: La maldición prehistórica cae
sobre el violador de tumbas.
–Publique lo que
mejor le parezca. Nosotros, por ahora, no tenemos más declaraciones que hacer.
A no ser que acepte, por favor, las más humildes excusas de la Fundación, en
cuyo nombre le hablo, por esta trágica presentación de nuestros
descubrimientos. Espero que sea usted generoso con la figura del doctor
Mondrick. Verdaderamente era un gran hombre. Su obra, una vez publicada, le
colocará entre los pocos sabios que han hecho progresar las ciencias humanas,
junto a Freud y Darwin. Eso es lo que yo, y los demás, podemos decirle hoy.
Los fotógrafos
dispararon sus flashes por última vez y empezaron a recoger el material.
Desmontaron los micrófonos y enrollaron los cables. Los periodistas se
dispersaron de mala gana.
Barbee buscó a
April Bell y la vio de lejos entrar en la estación. Sin duda, iría a telefonear
al redactor de servicio de su periódico. Él podía esperar hasta medianoche para
publicar su articulo en la primera edición, por lo tanto aún le quedaba algo de
tiempo para intentar esclarecer la muerte de Mondrick que él se obstinaba en
encontrar misteriosa.
Marchó directamente
hacia Sam Quain y le tomó la mano. Sam, que estaba desprevenido, lanzó un grito
y a continuación intentó sonreír. Barbee le llevó detrás del avión
–¿Qué es lo que
pasa, Sam? Le has quitado importancia al asunto, pero no lo has hecho bien. Lo
que decía el viejo Mondrick era verdad. Se os nota que estáis aterrorizados.
Pero ¿de qué tenéis tanto miedo?
–Teníamos miedo de
que pasara exactamente lo que ha pasado. Todos sabíamos que estaba enfermo. El
avión tuvo que subir muy alto para atravesar un frente frío y la altura le ha
debido afectar el corazón. Quería a toda costa hacer su declaración aquí y ahora,
seguramente porque sabía que sus horas estaban contadas.
Barbee movió la
cabeza:
–Es casi plausible.
Sólo que los ataques de asma raramente son mortales y las crisis cardiacas no
se pueden prever… Me resulta muy difícil creer que no temierais otra cosa muy
distinta. Pero todos, ¡todos vosotros! ¡Vamos, Sam! –agarró a Quain del brazo–.
¿Es que no tienes confianza en mí? ¿Es que ya no eres mi amigo?
–No seas idiota,
Will. No creo que el doctor Mondrick tuviera demasiada confianza en ti. Nunca
me ha dicho por qué. Tenía confianza en muy poca gente. Pero nosotros, claro
que seguimos siendo amigos… Ahora tengo que marcharme. Hay mucho que hacer.
Tenemos que ocuparnos del entierro del doctor, cuidar de la caja, transportar a
la Fundación el resto del cargamento. A propósito, te devuelvo tu abrigo, te
hace falta, hace mucho frío. Yo tengo uno en el avión. Tengo que marcharme.
Perdona.
Barbee tomó el
abrigo y dijo:
–Ve entonces a ver
a Nora. Sabes que está ahí, que ha venido a esperarse con la pequeña Pat. El
viejo Ben también está ahí para ver a Rex, y los Spivak han venido de Brooklyn
a buscar a Nick. ¿Qué ocurre, Sam? ¿Es que no podéis disponer de un minuto para
saludar a vuestra familia?
–Los veremos cuando
podamos, Will… ¿O es que crees que no somos humanos? Hace dos años que no veo
ni a mi mujer ni a mi hija, pero antes hay que ocuparse de la caja del doctor.
–Espera un segundo,
Sam. Quiero hacerte una pregunta… –y Barbee convirtió su voz en un susurro–.
¿Qué tiene que ver un gato con el caso de la muerte de Mondrick?
–¿Eeeeeh, qué gato?
–Eso es lo que a mí
me gustaría saber.
–Se lo oí murmurar
mientras agonizaba. Pero yo no he visto ningún gato.
–Pero, ¿por qué,
Sam? ¿Qué importancia tenía un gato?
–El asma del doctor
era alérgica. Tenía alergia a los gatos. Los análisis lo demuestran. Era
alérgico al pelo de los gatos. No podía entrar en ningún sitio donde hubiera
gatos sin sufrir un ataque… Will, ¿has visto tú algún gato por aquí?
–Sí –respondió
Barbee–: un gato negro, pequeño.
Sam se puso rígido.
April Bell salía de
la estación. La luz jugaba con las llamas de su pelo. Era vivaz, fuerte y
graciosa, como un felino merodeando por la jaula. Pero, ¿por qué le sugeriría
aquella comparación? Sus cálidos ojos sombreados divisaron a Barbee y le lanzó
una sonrisa.
–¿Dónde? –preguntó
Sam Quain con voz angustiada–. ¿Dónde estaba el gato negro?
Barbee contempló
los grandes ojos de April Bell y algo le incitó a ocultar a Quain que era ella
quien había traído al gato. Había algo en la muchacha que le conmovía, que le
transformaba, que actuaba sobre él con una fuerza poderosa en la que él
prefería no profundizar. Terminó por decir en alta voz, vagamente:
–Por algún rincón
del edificio. Allí, delante de la parada de los aviones. No me he dado cuenta
hacia dónde iba.
La mirada de Sam se
cargó de sospechas. Quiso hablar, pero cerró la boca al darse cuenta de que
April Bell se acercaba a ellos.
–¿De manera que
usted es míster Quain? –le abordó ella–. Precisamente, me gustaría hacerle una
o dos preguntas para El Faro de Clarendon, si me lo permite, naturalmente. No.
Una sola pregunta. ¿Qué es lo que tienen ustedes en esa gran caja verde?
¿Diamantes? ¿Los planos de una bomba atómica?
–Me temo que nada
tan sensacional. Realmente, nada que pueda interesar a los lectores de
periódicos. Nada que mereciera la pena recoger sí estuviera tirado en la calle.
Piezas de museo y fragmentos. Algunos huesos viejos. Objetos sin valor, rotos e
inútiles, incluso antes de los albores de la humanidad.
Ella rió
suavemente:
–Entonces, míster
Quain, si su caja no tiene ningún valor, ¿Por qué…?
–Perdone –dijo
Quain, y se marchó sin más. La chica intentó cogerle del brazo, pero él se
desasió y, sin volver la vista, se dirigió hacia los dos hombres que
custodiaban la caja de madera verde. Quain dijo algo a uno de los policías y
señaló con un gesto al grupito que seguía esperando. Al instante, Barbee, que
continuaba junto a April Bell, vio al viejo Ben Chittum, a los Spivak y a Nora
Quain acercarse al transporte. El viejo dio la mano a su nieto. Bajo las gafas,
la señora Spivak sollozaba enternecida, entre los brazos de Nick, papá Spivak
abrazaba a los dos juntos.
Sam Quain esperaba
a Nora cerca de la caja pintada de verde. Abrazó a su mujer y tomó en brazos a
Pat. La niña se reía. Cogió el pañuelo de su papá y se limpió las lágrimas
secas de los ojos. Nora quiso apartar a su marido de la caja, pero él se sentó
encima del pesado fardo y montó a la pequeña sobre sus rodillas.
Mamá Spivak,
abrazada a su hijo, empezó a lamentarse ruidosamente.
–Tal vez sea verdad
lo que él ha dicho –deslizó April Bell al oído de Barbee–, pero eso no impide
que todos ellos estuviesen dispuestos a dar su vida y la del viejo Mondrick por
proteger la dichosa caja. Tendría gracia que les atacara –añadió.
–No creo –dijo
Barbee.
Algo le volvió a
hacer temblar. ¿Habría cogido frío mientras Quain tenía puesto su abrigo? Se
alejó un poco de la chica. De repente, sintió que le desagradaba el contacto de
aquellas pieles blancas y suaves. No podía olvidarse del gatito. Existía alguna
posibilidad de que esta joven pelirroja fuera una asesina extremadamente hábil.
A Barbee no le
gustaba aquella palabra.
Había visto
bastantes criminales en las comisarias de policía, pero ninguno de ellos era
tan lozano y hermoso como April Bell. Y, ahora, había muerto un hombre, abatido
por unas moléculas procedentes de la piel de un gato con la misma precisión que
si hubiera sido estrangulado por una cuerda. Y la responsable de la presencia
de aquel gato era la esbelta pelirroja.
Vaya, el bolso
negro de serpiente había desaparecido. La joven pareció seguir la mirada de
Barbee.
–¡Mi bolso!
–gritaba palideciendo–. Lo he olvidado en algún sitio mientras preparaba mi
artículo. Es de la tía Ágata. Tengo que encontrarlo. Dentro hay una herencia de
familia. Un alfiler de jade blanco. ¿Me ayudará a buscarlo, Barbee?
Barbee la siguió.
Buscaron en el lugar donde se había detenido la ambulancia, en las cabinas
telefónicas, en la sala de espera. A Barbee no le sorprendió que la búsqueda
resultase infructuosa. Por ningún lado se veía el bolso negro de serpiente. Sin
embargo, April Bell parecía demasiado avispada y segura de sí misma como para
ir perdiendo cosas por ahí. Por fin, April consultó su reloj de pulsera
adornado con diamantes:
–Habrá que
renunciar a él –suspiró sin evidenciar el menor signo de pena por la pérdida–.
Gracias por ayudarme a buscarlo, pero, a lo mejor, ni siquiera lo he perdido.
Seguramente se lo habrá llevado tía Ágata cuando le di a Fifí.
Barbee consiguió
permanecer impasible. No creía en la existencia de la tía Ágata. Además se
acordaba perfectamente de haber visto el bolso entre los dedos de la chica y de
cómo ella lo estrujaba nerviosamente mientras el viejo Mondrick se debatía por
los suelos. Pero no dijo nada.
–Gracias, Barbee.
Ahora tengo que telefonear de nuevo a la redacción. Perdone que le deje
plantado.
–Para saber toda la
verdad, lea El Faro –dijo Barbee citando la divisa del diario–. Yo tengo tiempo
hasta las doce. Voy a tratar de averiguar qué han traído en ese cofre de madera
pintado de verde y por qué ha muerto el viejo Mondrick… ¿Nos volveremos a ver?
Esperó angustiado
la respuesta de la chica, con la vista fija en las pieles blancas del abrigo.
Deseaba con toda su alma volver a verla… Pero, ¿por qué su ansiedad? ¿Por temor
de que realmente hubiera ella asesinado a Mondrick o porque en el fondo
confiara en que no lo hubiera hecho? Sonrió un instante nerviosamente,
esperando la respuesta, y lanzó un suspiro de alivio cuando ella le devolvió la
sonrisa y le dijo:
–Si usted quiere,
sí, Barbee –era una voz de terciopelo, un voz de claro de luna–. Pero ¿cuándo?
–¿Cenamos juntos
esta noche? –Barbee se esforzó por aparentar tranquilidad–. ¿Le viene bien a
las nueve o es demasiado tarde? Antes quisiera descubrir qué van a hacer con su
preciosa carga Sam y los demás. Y después tendré que escribir el articulo.
–Las nueve es buena
hora. ¡Me encanta la noche!
–A las nueve,
entonces. ¿Dónde quedamos?
April Bell sonrió
ahora con una expresión sarcástica, arqueando las pintadas cejas.
–¡Esta noche!
–sonrió–. Nora va a pensar que ha perdido usted la cabeza.
–Y puede que sea
verdad… ¡Ay que lío! Rowena Mondrick y yo somos buenos amigos, aunque entre su
marido y yo no fueran bien las cosas. Sí, su muerte me ha afectado, pero Sam
Quain se va a ocupar de todo. Y yo quisiera que cenara conmigo esta noche,
April –y añadió en sus pensamientos: «Espero que me digas por qué trajiste al
gatito negro y por qué creíste necesario inventarte a la tía Ágata y si tenías
alguna razón para desear la muerte del doctor Mondrick.»
–¡Si me da tiempo a
arreglarme, sí! –sonrió entre un relampagueo de dientes–. Ahora me voy
corriendo. Tengo que llamar al periódico y después pedir permiso a la tía
Ágata.
Efectivamente se
fue corriendo con toda la gracia de un animal salvaje. La vio llegar a la
cabina telefónica. Asombrado de que una mujer hubiera podido conmoverle de tal
modo. Su melodiosa voz aún le acariciaba los oídos. De repente, deseó no haber
bebido tanto whisky y encontrarse en mejor forma. Veía el resplandor de las
pieles blancas, allí, dentro de la cabina iluminada. Se estremeció de nuevo.
Seguramente había cogido frío. Tenía que marcharse… si descubriera que ella
había sido la asesina, ¿qué impresión le causaría?
Quain y sus
compañeros habían cargado la caja verde en el coche del doctor Bennet. Nora y
los otros emprendieron el camino de vuelta sin demasiada convicción. Mamá
Spivak lloraba quedamente y papá Spivak intentaba consolarla.
–Tengo miedo, papá
–decía mamá Spivak–. Ese objeto que han llevado a casa de Sam ya ha matado al
doctor Mondrick y tengo miedo de que ahora mate a Sam y a Nora. Y, a lo peor,
también se lleva a nuestro Nickie.
–Por favor mamá
–decía papá Spivak intentando reír–, no seas tonta.
Vanas tentativas de
fingir alegría.
Nora llevaba a la
pequeña Pat. Tenía el rostro impasible. No vio a Barbee cuando pasó a su lado.
–No llores, mamá
–le decía Pat.
El dolor que se
reflejaba en la cara del viejo Ben Chittum conmovió a Barbee, que le gritó:
–¡Venga conmigo,
Ben, le llevaré a la ciudad en mi coche!
–Gracias, Will, voy
bien así. No te preocupes por mí. Rex vendrá a verme cuando hayan dejado la
caja bien guardada en casa de Sam. Estoy un poco desilusionado, pero ya se me
pasará. A mí no me duran las penas.
Barbee se volvió a
ver si April Bell aún estaba en el teléfono y a continuación puso en práctica
una idea que se le acababa de ocurrir. Caminó con paso rápido hasta la enorme
papelera que había detrás de los edificios del aeropuerto y empezó a buscar entre
periódicos viejos, envolturas de caramelos, sombreros de paja rotos…
Le guiaba esa misma
y rara intuición que le había permitido realizar tantos buenos reportajes,
aquella intuición de origen desconocido que se trocaba en certeza y que, según
Preston Troy, constituía el instrumento esencial de un buen periodista. El
olfato de la información. Una vez habló con el doctor Glenn, y este estupendo
psiquiatra le había dicho que esta clase de intuición no era más que
razonamiento lógico del subconsciente. Esta explicación tan fácil, a Barbee
sólo le había convencido a medias. Pero no por ello dejaba de confiar en sus
intuiciones.
Bajo un roto
sombrero de paja, encontró el bolso negro de serpiente.
De su interior
sobresalían las puntas de una cinta roja.
Barbee abrió el
bolso.
Dentro estaba el
cuerpo fláccido del gatito de la tía Ágata.
El lazo rojo había
sido apretado con tal fuerza que casi había seccionado la cabeza del gato. Éste
tenía la boca abierta, la lengua fuera, los ojos sanguinolentos, desorbitados.
Estrangulado con mano maestra. El reportero se sintió atraído por una única gotita
de sangre que le llevó a encontrar otra cosa.
Al apoyar el dedo
en el cuerpo del animalito, notó algo duro. Era blanco y estaba clavado en la
piel negra. Tiró con cuidado y lanzó un silbido cuando vio lo que era a la
pálida luz del edificio. Era la alhaja que había perdido April Bell. El alfiler
de jade blanco. Representaba un lobo pequeño en actitud de correr, y el ojo era
de malaquita verde. Era una talla delicada y expresiva. El lobezno parecía tan
esbelto y gracioso como April Bell. El broche estaba abierto y la dura punta de
acero había sido clavada en el cuerpo del gatito. Cuando tiró, brotó una gota
de sangre. La punta, se dijo, habrá debido atravesarle el corazón.
CAPÍTULO IV
La niña bruja
Barbee recordaba
vagamente lo que había aprendido hacía ya tiempo, en clase del doctor Mondrick,
sobre la teoría y la práctica de la magia entre los primitivos. Él, sin
embargo, nunca había sido aficionado a las ciencias ocultas. Pero tampoco hacía
falta saber mucho para darse cuenta de que el gato negro y el viejo profesor
habían muerto al mismo tiempo y de la misma forma. Seguramente April Bell había
matado al gato. Teniendo en cuenta que no se sabía a ciencia cierta hasta qué
punto el doctor Mondrick había muerto de una crisis de alergia, ¿podría decirse
que se trataba de un crimen premeditado? Barbee estaba convencido de que sí.
¿Y él qué debía
hacer?
Su primer impulso
fue llevar el bolso negro de serpiente, con su siniestro contenido, a casa de
Sam Quain. Podía aprovechar la ocasión para averiguar qué contenía la famosa
caja verde. Pero abandonó aquella idea. La brujería era sin duda un buen tema
de estudio para especialistas como Mondrick, pero seguramente que a Sam Quain
le haría reír. Se desternillaría de risa si le contara que había una elegante
bruja moderna, de cejas dibujadas a lápiz y uñas pintadas, que practicaba su
arte en una ciudad americana del siglo veinte. Por otra parte, se sentía un
tanto molesto por la distante actitud de Sam, y además sentía una extraña
aversión a comprometer a April Bell.
Después de todo,
tal vez no hubiera sido ella la que había matado a Fifí. Cualquiera de los
chiquillos que habían estado esperando por allí la llegada del avión era mucho
más sospechoso. Pudiera ser que realmente existiera la tía Ágata. Si April se
decidía a cenar con él, procuraría enterarse de estos particulares. De
cualquier forma, él necesitaba disipar aquella incertidumbre.
Se decidió. Limpió
la sangre del alfiler en el forro blanco del bolso y se guardó el lobo de jade
blanco en el bolsillo. Después volvió a colocar el bolso negro bajo el
sombrero. ¿Qué dirían los encargados de recoger la basura? Ya debían estar
acostumbrados a estos pequeños misterios.
Soplaba un viento
áspero. La noche, cargada de nubes, parecía aún más negra. April salió de la
cabina con el rostro iluminado. Pero bien podía ser simplemente la emoción de
publicar su primer artículo. Viéndola así, no se podía pensar que fuera una
asesina. Pero, de todas formas, habría que descubrir por qué había traído el
gato y lo había estrangulado y apuñalado para conseguir la muerte del doctor
Mondrick por medio de la magia.
–¿Qué, vamos? –le
preguntó.
La chica tenía los
ojos brillantes y una sonrisa de cálida camaradería.
–¿Te llevo a la
ciudad?
–Lo siento –dijo–.
Tengo coche. La tía Ágata tenía una partida de bridge y ha vuelto en autobús.
–¡Ah! ¿Y nuestra
cita?
–He llamado a mi
tía y me ha dicho que puedo salir.
–¡Qué estupendo! ¿Y
dónde vives?
–En las Arms of
Troy. Apartamento 2C.
–¡Estupendo!
Los lujosos
apartamentos de ese nombre constituían uno de los negocios de Preston Troy y
Barbee había escrito algún artículo sobre ellos en La Estrella. El apartamento
más barato debía salir por unos doscientos dólares al mes como mínimo. Era
demasiado para una periodista principiante. A menos, claro está, que la tía
Ágata existiera y fuera rica.
–Pero podemos
quedar en cualquier otro sitio… ¿Dónde vamos a ir?
–¿A Monte Agudo?
–propuso, aun a sabiendas de que este restaurante club de las afueras de la
ciudad era carísimo para un periodista de La Estrella.
–Me encantaría
–dijo ella.
La acompañó hasta
su coche, bajo la violenta tempestad. Era un deportivo descapotable. Cuatro mil
dólares en el mercado negro, pensó fastidiado. No había muchos aprendices de
periodista que pudieran permitirse tales lujos. Confiaba en que también el coche
perteneciera a la tía Ágata. Le abrió la puerta. Ella se acomodó, ágil y
graciosa como el lobo del alfiler de jade blanco, y le cogió la mano, le tocó
con sus fuertes y frescos dedos que le proporcionaron la misma emoción que
escuchar su voz. Él refrenó los impulsos que sentía de besarla allí mismo.
Podía estropearlo todo. Pero desde luego, homicida o inocente, April Bell era
fascinante.
–Hasta luego –dijo
ella–, a las nueve, más o menos.
Barbee llegó al
periódico en su destartalado coche de antes de la guerra. Ocupó su sitio en la
gran sala de redacción de La Estrella y se puso a mecanografiar sus artículos.
Mientras escribía se alegró de que el moderno lenguaje periodístico utilizara
un estilo tan objetivo y estereotipado.
El doctor Lamarck
Mondrick, famoso antropólogo y fundador de la Fundación de Investigaciones
Humanas, que acababa de regresar después de dos años de excavaciones en
yacimientos prehistóricos del lejano desierto de Ala-Shan, falleció súbitamente
ayer tarde, al llegar al aeropuerto municipal, cuando iniciaba una conferencia
de prensa en la que pretendía dar cuenta del resultado de sus investigaciones.
Tal era el hecho
escueto.
Rellenó el artículo
con datos de archivo sobre la carrera del difunto. Una nota necrológica normal
no dejaba lugar para mencionar a April Bell ni el cadáver de un gato negro en
el fondo de una papelera.
El hábito le hizo
bajar hasta su viejo coche, pero en vano buscó bajo el volante. Se le había
olvidado comprar la botella de costumbre. Había pasado por delante del Mint Bar
y no se había parado a tomar una copa ni a comprar una botella. ¿Es que April
Bell le estaba quitando sus malas costumbres?
Su apartamento, dos
habitaciones pequeñas y sórdidas, cocina y cuarto de baño, se encontraba en un
destartalado inmueble de Bread Street.
Los alrededores no
tenían nada de lujosos. Estaba demasiado cerca de las fábricas, pero el
alquiler era barato y a la casera le daba igual que bebiera demasiado o no. Se
bañó y se afeitó. De repente, se descubrió a sí mismo silbando
despreocupadamente y buscando una camisa limpia y un traje no demasiado
apolillado para ir a Monte Agudo. Tal vez April Bell fuera lo que le hacía
falta a él. A las ocho cuarenta y dos minutos exactamente, sonó el timbre del
teléfono en el interior del apartamento. Volvió a abrir. Corrió. ¿Y si, de
repente, April hubiera decidido no salir con él?
–¿Will? –era una
voz de mujer, forzada, tensa, bajo una apariencia de calma–. Quiero hablarte.
No era April Bell y
se sintió aliviado. Era la voz distinguida y amable de la señora Mondrick.
–¿Puedes venir a
verme, Will? –preguntó–. Ven en coche, lo más rápidamente que puedas.
–Ahora mismo no
puedo, Rowena –dijo disgustado–, estoy dispuesto a ayudarla en todo lo que le
haga falta y facilitarle las cosas. Iré mañana por la mañana o tal vez esta
misma noche, pero un poco más tarde. Es que ahora mismo tengo una cita y no
puedo dejarla…
–¡Oh! –este ¡oh!
Fue como un grito de dolor–… ¿Con esa chica, Bell?
–Sí, con April
Bell.
–Will, ¿quién es?
–¡Ah! Es una
periodista que empieza ahora. Trabaja en el periódico de la noche. No la había
visto nunca. Parece que a Turco no le cayó bien, pero yo la encuentro muy
simpática.
–No es posible…
Will, anula la cita. O aplázala hasta después que nos hayamos visto, ¿quieres?
Por favor…
–Lo siento mucho…
Pero, de verdad, Rowena, me es imposible… Ya sé que a usted no le gusta esa
chica. Y su perro la odia. Pero yo la encuentro muy interesante.
–De eso estoy
segura, Will… Es cierto que a mí no me gusta, pero es por una razón que me
gustaría exponerte cuando tengas un minuto para escucharme. Así pues, te ruego
que vengas cuanto antes.
–Lo siento, Rowena,
pero iré cuando pueda.
–¡Ten mucho
cuidado, Will, cuídate! Ten cuidado con ella esta noche, Will. Esa mujer quiere
hacerte daño.
–¿Hacerme daño?
¿Cómo?
–Ven mañana aquí y
te explicaré.
–Explíqueme, por
favor… –pero ya había colgado. ¿Qué había querido decir?
De vez en cuando,
Rowena tenía unos caprichos extraños.
Pero ahora él iba
al encuentro de April Bell.
El bar de Monte
Agudo consistía en una estancia semicircular con las paredes de cristal. Estaba
iluminado con una luz rojiza indirecta. Los asientos eran de cuero verde y
tenían el respaldo demasiado inclinado hacia atrás para que resultaran muy
cómodos. Producían una desagradable impresión: ¿estaban diseñados a propósito
para que los clientes bebieran más? Cualquiera sabía.
–Me gustaría tomar
un daikiri –dijo ella.
Barbee pidió dos.
Estaba tan cerca de
ella que podía respirar su perfume. Se sentía tan borracho, sin haber empezado
a beber, sólo del brillo de sus cabellos, de la oscura intensidad de sus ojos
verdes, del cálido encanto de su sonrisa, del hálito vital que exhalaba su perfecto
cuerpo bajo el atrevido vestido verde, que olvidó el plan de acción que llevaba
preparado.
La caricia de su
voz, un tanto grave, le hacía desear que no fuera una asesina, que no se
pudiera ni sospechar tal cosa. Y, sin embargo, bien sabía que no podría
sustraerse a tales pensamientos mientras no aclarase todo el asunto. Hasta
entonces, no podría descansar. Ya antes, cuando cruzaban el río anchísimo por
un puente interminable, él había intentado llevar a cabo cierto interrogatorio.
Lo esencial, era el móvil. Si fuera cierto que ella no conocía a Mondrick, ni
que hubiera oído hablar nunca de él, ni tenía ninguna razón para desearle mal
alguno, entonces todo se convertiría en una especie de broma pesada. Incluso si
la presencia accidental del gato en aquellos lugares hubiera provocado aquel
ataque fatal, tan desdichada coincidencia no tenía por qué interesarle ni a él
ni al fiscal.
Por otra parte,
Barbee prefería no pensar en ello siquiera. Esta hermosa pelirroja, que le
sonreía a través de las volutas azules del humo del tabaco, parecía ofrecerle
mucho más que lo que un amargado periodista hubiera podido soñar. ¿O es que lo
iba a tirar todo por tierra, ahora precisamente que lo tenía al alcance de la
mano? No, ni mucho menos.
No quería encontrar
los motivos. Se negó a imaginar qué móvil habría podido tener ella para desear
la muerte de Mondrick. Y, sin embargo, se le presentó una bandada de nuevos
enigmas sin resolver. ¿Quién sería ese enemigo secreto que había ido a esperar a
Mondrick al aeropuerto? ¿Y si April Bell formaba parte de una conjura o de una
conspiración desesperada? En este mundo febril de la posguerra, donde naciones,
razas y filosofías opuestas luchaban entre sí para sobrevivir, donde los
hombres de ciencia inventaban todos los días un nuevo instrumento de muerte más
potente que los anteriores, no era nada difícil de imaginar.
Era perfectamente
posible que Mondrick y su expedición, durante su viaje a través del teatro de
la guerra de Asia, hubieran reunido documentos sobre la identidad y las
finalidades de estos conspiradores. ¿Y si los hubieran traído en esa gran caja
pintada de verde? Se habrían tomado precauciones extremas, pues ellos sabían
perfectamente que existía un peligro y sabían cuál era, y habían tenido la
intención de revelar lo que sabían. Sin embargo, Mondrick, antes incluso de que
pudiera nombrar al enemigo, había caído fulminado.
April Bell le había
matado. No podía seguir disimulándoselo. Monstruoso accidente u homicidio
cuidadosamente premeditado, parecía que el gato negro que April Bell llevaba en
el bolso negro había sido la causa de la muerte. Les sirvieron los daikiris.
Los resplandecientes dientes de April brillaban a través del vaso. Allí estaba
ella, cálida, real y próxima, y él intentaba desesperadamente sacudirse toda la
fantasmagoría de sus sospechas. Después de todo, en un mundo que tenía
infinitos medios para matar, desde el cuchillo al cianuro, parecía increíble
que un asesino serio hubiera pensado emplear un polvillo que mana de la piel de
un gato negro paseándolo por el trayecto de la futura víctima. ¡Caray! Ningún
asesino sensato hubiera estrangulado al gatito con una cinta ni le hubiera
clavado un alfiler en el corazón. No, a no ser que…
Barbee sacudió la
cabeza y, con una sonrisita equívoca, levantó el brazo y brindó con April Bell.
Después se puso a meditar sobre todas las improbables circunstancias que
rodeaban los últimos momentos del doctor Mondrick y cada vez las encontró más
desagradables. Sí, mejor sería dedicarse a pasar la velada lo más
agradablemente posible en compañía de la chica más fascinante que había
conocido en toda su vida.
¿Y si fuera una
bruja?
O, mejor, ¿y sí
ella hubiera deseado verdaderamente la muerte de Mondrick y creyera que lo iba
a conseguir estrangulando y apuñalando al pobrecito Fifí? Después de todo él no
estaba muy satisfecho con la vida que llevaba. Ochenta horas semanales atado al
duro banco de Prestan Troy, por un sueldo que apenas le llegaba para pagar el
alquiler, la comida y el whisky, casi un litro al día. Si April Bell se
declarara bruja y estuviera convencida de serlo, tal vez constituyera una
evasión mas atractiva. Se miraron mientras chocaban los vasos.
–¿Por qué
brindamos, Barbee?
Él se inclinó sobre
la mesita octogonal:
–¡Por nuestra
velada! –dijo. Su proximidad se le subía a la cabeza. Le cortaba el aliento–.
Por favor, April, quisiera conocer toda tu vida, toda. Los lugares donde has
vivido, todo lo que has hecho, tu familia, tus amigos. Tus sueños y lo que te
gusta para desayunar.
Sus rojos labios se
curvaron formando una lenta sonrisa de gata.
–Deberías ser más
razonable, Barbee. El misterio es el encanto de una mujer.
Incluso en ese
crítico momento no pudo dejar de observar la fuerza y la blancura de sus
dientes. Le recordaban una de las más raras historias de Edgar Allan Poe,
aquella de un hombre que tenía la morbosa obsesión de arrancarle los dientes a
su amada. «No, se dijo, tengo que pensar en otra cosa.» Y para cambiar de
pensamiento levantó el vaso. Pero le tembló el pulso y el pálido liquido se le
derramó entre los dedos.
–Demasiado misterio
–dijo–. En realidad, me das miedo.
–¿Sí…? Pero,
realmente, Barbee, el que da miedo eres tú.
Barbee miró al
suelo mientras bebía a pequeños tragos. Hasta esa noche había creído conocer
bien a las mujeres, pero April Bell le desconcertaba.
–Mira, Barbee, he
intentado crear una ilusión –su fría voz tenía un tono de burla y su risita
secreta le hacía sentirse ridículo–. Me hace muy feliz que me tomes en serio.
¡No querrás que ahora destruya esa ilusión!
–Sí, April. Eso es
exactamente lo que quiero.
–¡Bueno! –asintió
con la cabeza y un reflejo de fuego invadió sus cabellos–. Muy bien, Barbee,
por ti voy a dejar caer mi velo.
Dejó el vaso y se
inclinó hacia él, con los torneados brazos cruzados sobre la negra mesita. Las
blancas curvas de su espalda y de su pecho le rozaron ligeramente. Le embargó
el fresco perfume de su cuerpo, un perfume impalpable, natural, seco y puro. Se
alegró de que ella se hubiera salvado de la cruzada de los fabricantes de
jabón.
–En realidad, soy
hija de labradores –le dijo–. Yo nací aquí, en las afueras de Clarendon. Mis
padres tenían una vaquería junto al río cerca de la vía. En aquel tiempo tenía
que andar casi dos kilómetros a pie todos los días para coger el autocar de la
escuela –aquí lanzó un breve suspiro–. ¿Qué, te basta esto para destruir tus
ilusiones?
–¡Ni siquiera basta
para arañar su superficie!
–Por favor, Will
–suplicó dulcemente–. Me gustaría no decirte más cosas, por lo menos esta
noche. La ilusión es la concha que me protege. Sin ella estaría sin defensa y
nada atractiva, por supuesto. No me hagas romper la concha. A. lo mejor, sin
ella, ya no te gusto.
–De eso no hay
peligro. Me gustaría mucho que siguieras… Compréndelo, te sigo teniendo miedo.
La chica bebió
lentamente un poco de su daikiri. Sus verdes ojos escrutaron el rostro de
Barbee. Ya no sonreían. Frunció el ceño, y al momento volvió a sonreír con la
misma expresión de cálida comprensión.
–Tengo que
prevenirte de que lo demás es un poco triste.
–Puedo soportarlo.
Quiero conocerte mejor y así me gustarás más.
–Eso espero. Vamos,
pues… Mis padres no se entendían bien. La cosa no marchaba. Mi padre… Pero
dejemos esto. Yo tenía nueve años cuando mi madre se marchó conmigo a
California. Mi padre se quedó con los otros hijos. Para disimular estas cosas
horribles me he construido mi ilusión.
Terminó el vaso.
–¿Comprendes? No
teníamos ni para comer. Mamá volvió a usar su nombre de soltera. Tuvo que
trabajar mucho para seguir adelante. Hizo de todo: cocinera, vendedora,
taquígrafa, camarera, extra de cine, etc. Al final le dieron algún papel de
actriz de carácter. Pero su camino no ha sido precisamente de rosas. Vivía para
mí y trató de educarme para que yo jugara al juego de la vida con un poco más
de astucia que ella. Mamá tenía muy mala opinión de los hombres, y creo que con
razón. Hizo todo lo que pudo por protegerme. De mí hizo… Llámalo una loba si
quieres, y aquí estoy. Mamá consiguió que yo tuviera estudios y durante todos
esos años se las arregló Dios sabe cómo para pagarlo todo. Incluso me dejó al
morir algunos miles de dólares. Cuando se me acabe el dinero, sí hago lo que me
enseñó… Bueno, esto es lo que hay, Will. Soy un animal de presa… Y ahora, ¿qué
te parezco? ¿No te asusta la terrible verdad que hay tras mi pobre ilusión
destruida?
–Como animal de
presa, me pareces perfectamente equipada. Lo que deseo es que los reporteros de
La Estrella seamos buenas presas para ti… Pero de lo que tengo miedo es de otra
cosa.
Tuvo la impresión
de que el cuerpo de la chica se ponía tenso. ¿Había achicado los ojos? Incluso
su perfume sutil traslucía un mensaje: el del verdadero animal de presa al
acecho, tras la mesita negra. La sonrisa de April no consiguió disipar esta
impresión.
–Bueno, ¿de qué
tienes miedo?
Barbee tragó lo que
quedaba en su vaso. Sus dedos tamborilearon nerviosamente sobre la mesa. ¡Qué
dedos tan grandes y peludos al lado de los de April Bell!
–April…
Se armó de valor y
tomó aliento. Ella tenía el rostro blanco, impasible. Aún tenía los grandes
ojos achicados, al acecho, como si supiera de antemano lo que él iba a decir.
–April –repitió–,
es algo relacionado con lo que pasó en el aeropuerto –se inclinó sobre la
mesita. Sintió un nuevo escalofrío. De repente su voz se volvió ruda. ¡La
estaba acusando!–. Tú mataste al gatito negro. Vi su cadáver. Lo hiciste para
provocar la muerte del doctor Mondrick.
Barbee se esperaba
una violenta protesta. Se preparó para aguantar el contraataque. Esperaba de
ella una expresión alocada de incomprensión, en caso de que algún joven asesino
hubiera raptado y dado muerte al pobre Fifí. Pero se sintió absolutamente perdido
cuando la chica se cubrió el rostro con las manos, los codos sobre la mesa, y
empezó a sollozar quedamente. Observó su espléndida melena roja, se mordió las
uñas. La desesperación y el dolor de la chica eran terriblemente auténticos. Y
él no soportaba las lágrimas. De golpe, todas sus sospechas le parecieron
absurdas, increíbles, fantásticas. Había sido un error incluso mencionar el
gato de la tía Ágata.
–April –dijo–, yo
no quería… Lo siento muchísimo…
–¡De manera que lo
sabes!
–Yo no sé nada.
Todo esto es una pesadilla. Hay muchas cosas que no puedo creer o que no
comprendo. Yo… no quería hacerte daño. Créeme, April, por favor. Yo te quiero…
te quiero mucho… pero, claro, ya sabes cómo murió Mondrick…
–Sí, Will. Me has
desenmascarado. Supongo que no merece la pena seguir tomándote el pelo. La
verdad es difícil de decir y sé que te va a trastornar. Barbee, soy una bruja.
–¿Qué quieres decir
con eso?
–Lo que acabo de
decir, simplemente. No te he contado el porqué de las peleas entre mis padres…
No era posible. Pero la causa era ésta. Yo era una niña bruja y mi padre lo
descubrió. Mi madre lo supo desde siempre, pero estaba de mi parte. Si no es
por ella, él me hubiera matado. Por eso le dejamos.
CAPÍTULO V
Tras el velo
April Bell se apoyó
en la mesita negra, en aquella mesa octogonal, y acercó su rostro tenso y
pálido al de Barbee, entre la densa niebla de humo caliente y azul. Los
clientes de Monte Agudo pagaban demasiado caro por venir a respirarlo. Su voz
grave era audible y tenía sus grandes ojos fijos en los de Barbee, como para
comprobar mejor el efecto producido.
En el fondo del
estómago, Barbee sentía un no sé qué sordo y pesado, como si hubiera bebido un
vaso grande de whisky puro y se hubiera quedado paralizado. Era como el anuncio
del ardor que vendría a continuación. No se atrevía a hablar. No quería discutir
lo que decía la chica. Pero tampoco podía aceptarlo.
–Mira –comenzó ella
a explicarle–, mamá era la segunda mujer de mi padre. Era mucho más joven que
él, parecía su hija. Yo sé que ella nunca le quiso. Jamás he llegado a
comprender por qué se casó con él. Era una bestia odiosa. Y nunca tenía dinero.
La verdad es que mi madre no cumplía los principios que a mi me enseñó… Pero
mamá había estado enamorada de otro. Nunca me dijo su nombre. Puede que esto
explique su matrimonio y sus opiniones sobre los hombres. Mi padre no hizo
ningún esfuerzo para que ella le quisiera. Tal vez supiera que existía ese otro
hombre y sospechase que yo no era su hija… Era un hombre muy rígido. Un
producto típico de la tradición de Salem. Realmente, nunca fue pastor, porque
no podía estar de acuerdo con ninguna secta, pero tenía la costumbre de
predicar su terrible fe por las esquinas, aquí en la ciudad, los sábados en las
horas de mercado, en cualquier Sitio en donde se reuniesen algunos ociosos para
escucharle. Se consideraba un hombre justo que quería defender al mundo contra
el pecado. Lo que sucedía, en suma, es que era un hombre horriblemente cruel...
Particularmente conmigo. Yo era un niña muy lista. Mi padre tenía otros hijos
de su primer matrimonio, que no lo eran tanto. A los tres años empecé a leer.
Yo entendía a la gente. No sé cómo, pero presentía las reacciones que iban a
tener las personas y lo que iba a suceder. A mi padre no le gustaba que yo
fuera más inteligente que mis hermanos y hermanas, de los que él estaba seguro
que eran suyos. Además, creo que yo era muy guapa. Me lo decía mi madre. Sin
duda alguna, estaba mimada y era vanidosa. Y hacía rabiar a los otros. Me
peleaba sin cesar con mis hermanos mayores y mi madre se ponía de mi parte
contra ellos y contra mi padre. Ellos hubieran querido ser más altos y guapos y
yo, con mucha picardía, siempre daba con lo que más les molestaba. ¡Y con mi
padre igual! Agitaba mi melena delante de él. Por entonces tenía el pelo más
claro que ahora. Y mi madre me peinaba con bucles muy largos. Mamá y él tenían
el pelo negro y ahora tengo casi la certeza de que aquel otro hombre, del que
él sospechaba, debía ser pelirrojo. Pero en aquel entonces, todo lo que yo
sabía era que mi color de pelo le volvía loco. Tenía yo cinco años la primera
vez que me llamó niña bruja. Me arrancó de los brazos de mi madre y me dio de
latigazos… Sí mi padre me odió siempre. Y sus hijos igual. Yo nunca he creído
que fuera hija suya. Me detestaban porque yo era diferente. Porque era más
guapa que las otras niñas y más lista que los demás muchachos. Porque sabía
hacer cosas que ellos no sabían. Sí, porque yo ya era una bruja. Todos estaban
predispuestos contra mí, excepto mi madre. Tenía que defenderme y devolver los
golpes cuando me era posible. Supe de la existencia de las brujas gracias a la
Biblia. Papá nos leía un capítulo antes de cada comida, y a continuación daba
gracias que no terminaban nunca, y al fin podíamos comer. Yo hacía preguntas
sobre lo que podían hacer las brujas. Mamá me dijo algunas cosas y yo aprendí
otras más, muchísimas más, por boca de una vieja partera que vino a casa cuando
mi hermana mayor dio a luz. Era una vieja muy rara. Cuando tuve siete años
comencé a practicar lo que me había enseñado… Empecé por cosas pequeñas, como
es normal en una niña. El primer incidente grave sucedió cuando tenía nueve
años. Mi hermanastro Harry tenía un perro llamado Tige. No se por qué, pero
Tige me odiaba. Si me acercaba a acariciarle, gruñía exactamente igual que el
horrible perro de esa tal señora Mondrick. Otro signo, decía mi padre, otra
señal de que yo era una niña bruja, enviada como castigo del cielo contra
nuestra casa. Un día, Tige me mordió. Harry se burló de mí y me llamó pequeña
bruja asquerosa. Iba a azuzarme a Tige. Al menos eso dijo. Tal vez sólo
quisiera asustarme. Pero yo ya le había dicho que le iba a demostrar que era
una bruja y que iba a lanzar un sortilegio contra su perro. Tenía que salirme
lo mejor posible. Me acordaba perfectamente de todo lo que me había dicho la
vieja partera. Compuse una cancioncilla de encantamiento y la canté mientras la
familia rezaba. Arranqué pelusilla de la manta del perro y escupí encima. La
quemé en la estufa de la cocina y esperé a que Tige muriera.
–Eras una niña.
¡Solamente una niña jugando!
–Al día siguiente,
Tige cogió la rabia y mí padre tuvo que matarle.
–¡Coincidencia!
–Tal vez… Pero yo
creía en mi poder. Harry también creía. Y mi padre también cuando Harry se lo
dijo. Mi madre estaba cosiendo. Corrí a buscar refugio a su lado. Papá me cogió
y volvió a pegarme. Me hizo un daño horrible. Y me di cuenta de que había sido
muy injusto conmigo. Mientras me pegaba yo le gritaba que me vengaría. Cuando
me dejó empecé a maquinar un buen plan. Me fui al establo y les arranqué pelos
a las tres mejores vacas y al toro. Escupí en los pelos y los quemé con una
cerilla. Después los enterré en el establo. Y compuse otro encantamiento. Una
semana más tarde, aproximadamente, el toro cayó muerto.
–¡Coincidencia! Una
pura coincidencia, seguramente…
–El veterinario
dijo que fue una sepsis hemorrágica. Las tres vacas también murieron y además
el mejor caballo y dos terneras. Mi padre se acordó de mis amenazas y mi
hermano Harry me había visto cavar en el establo. Harry contó lo que sabía. Mi
padre me pegó bestialmente hasta que le confesé que yo había hecho cosas para
matarle el ganado… ¡Qué noche tan horrible! Mi padre llevó a los otros niños a
casa de mi hermana mayor para preservarlos de los efectos de la brujería y de
la ira de Dios desatada contra la casa. Nos quedamos solas mi madre y yo. Mi
padre me dijo que rezáramos hasta que yo sufriera el justo castigo por mi
pecado: no lo olvidaré nunca. Mí madre lloraba, suplicaba, inventaba excusas
para mí y suplicaba perdón. Me acuerdo que estaba de rodillas, sobre las tablas
del suelo, delante de mi padre, como si se tratase de alguna divinidad
ultrajada. Pero él no hacia caso de nada. Recorría a grandes zancadas aquella
siniestra casa y aullaba preguntas y crueles acusaciones o leía pasajes de la
Biblia al resplandor de una lámpara de petróleo que apestaba. Repetía el
terrible pasaje de las escrituras: Mataras a la hechicera. Aquello duró toda la
noche. Nos obligó a arrodillamos y a rezar. Iba de un lado para otro y nos
maldecía. Apartó a mi madre y la conjuró a no albergar a una niña bruja en su
regazo. Después me arrastró y me volvió a pegar. Casi me mata. Después se puso
a leer la Biblia otra vez: Matarás a la hechicera.
»Me hubiera matado.
Mamá me arranco de sus garras. Le rompió una silla en la cabeza pero él no
pareció ni enterarse. Me dejó tirada en el suelo y se fue a buscar su fusil de
caza. Sabía que tenía la intención de matarme y yo canté un sortilegio para
detenerle… Hizo efecto. Cayó en el momento en que iba a descolgar el fusil. Más
tarde, el médico declaró que se trataba de una hemorragia cerebral. Le dijo que
le vendría mejor no volverse a encolerizar. Y creo que no lo logró, porque el
día que salió del hospital cayó muerto al saber que mi madre se había marchado
a California conmigo. Jamás he sabido con certeza lo que pensaba mi madre. Sé
que me quería. Creo que me hubiese perdonado las mayores barbaridades. Se
contentó con hacerme jurar, cuando estuvimos lejos y seguras, que no volvería a
hacer sortilegios. He mantenido mi palabra. Por lo menos hasta su muerte… Mamá
era perfecta. Te habría gustado, Barbee. Verdaderamente, no se le podía pedir
que tuviera confianza en su marido, ni en ningún otro hombre. Además hacia todo
lo que podía por mí. Yo creo que, a medida que el tiempo pasaba, se fue
olvidando de todo lo que había pasado aquí en Clarendon. Yo sé que ella deseaba
olvidarlo. No quiso regresar jamás. Ni siquiera para ver a sus viejos amigos.
Le hubiera afectado terriblemente saber lo que yo era, lo que soy en realidad…
Mantuve mi promesa de no volver a hacer más sortilegios. Pero yo me daba
cuenta, sin poderlo evitar, de que el poder despertaba en mí y cada vez se
hacía mayor. Adivinaba lo que pensaba la gente a mi alrededor y lo que iba a
pasar.
–Lo sé –dijo
Barbee–. Se trata de lo que suele llamarse tener vista o tener olfato.
–Es algo más…
Sucedían otras cosas muy distintas. Yo ya no hacía encantamientos, al menos a
propósito. Pero sucedían cosas que yo no podía evitar. Allí, en la escuela,
había una chica que no me gustaba nada. Era molesta, siempre estaba citando la
Biblia y metiéndose en todo lo que hacían los demás, igual que mis
hermanastras. Yo quería una beca para estudiar periodismo, pero se la dieron a
ella. Yo sabía que había hecho trampas para conseguirla y no podía evitar mis
deseos de que le pasara algo.
–Y ¿le pasó algo?
–Sí, le pasó algo…
El día que tenía que recoger la beca se despertó enferma. De todas formas,
intentó llegar al anfiteatro, pero se mareó en el camino. Apendicitis aguda.
Fue lo que dijo el médico. Le faltó muy poco para morir… Si hubiera muerto… Sí,
ya sé lo que vas a decir: otra coincidencia. Es lo que a mí me gustaría creer,
Barbee, porque, realmente, yo no odiaba a esa chica. Pensé que me iba a volver
loca. Incluso cuando los médicos dijeron que se curaría. Pero no fue sólo eso.
Siguieron ocurriendo cosas igual de graves. Terminé por tener miedo de mí misma…
Tú no puedes comprenderlo, Barbee. Yo no hacía encantamientos conscientemente,
pero el poder siempre actuaba en mí. Cuando se están produciendo constantemente
toda clase de coincidencias en consonancia con los actos y los deseos de una
persona determinada, creo que se sale del terreno de la coincidencia, ¿no te
parece?
–Supongo que sí.
–Procura, por
favor, ponerte en mi lugar. Yo no pedí ser bruja. Nací así.
–Escúchame, April.
¿Te molestará que te haga algunas preguntas más? Tal vez pueda ayudarte. Me
gustaría.
–Pero, ahora que te
he hablado, ¿qué importa todo?
–Aún hay cosas que
tienen importancia para ti y para mí. ¿No has hablado de todo esto con alguien
que pudiera comprenderte, un psiquiatra, es decir, un hombre de ciencia, como
lo era el viejo Mondrick, por ejemplo?
–Tengo un amigo que
está al tanto. Conoció a mi madre, y creo que la ayudó cuando las cosas iban
mal. Hace ya dos años, consiguió persuadirme de que fuera a ver al doctor
Glenn. ¿No conoces al doctor Archer Glenn, de Clarendon?
–Sí, conozco a
Glenn. Le entrevisté cuando aún trabajaba con su padre. Hice un reportaje sobre
Glenhaven. Dicen que es el mejor sanatorio psiquiátrico del país. Bien, ¿qué te
dijo Glenn?
–El doctor Glenn no
cree en la brujería… Intentó psicoanalizarme. Durante casi un año, pasé una
hora diaria tendida en el diván de su consulta de Glenhaven, contándole todas
mis cosas. Hice todo lo que pude por ayudarle… A cuarenta dólares la hora. Se
lo dije todo. Pero él no cree en la brujería.. Glenn cree a pies juntillas que
todo lo que hay en el Universo puede explicarse como que dos y dos son cuatro.
Si lanzas un maleficio sobre una cosa determinada y esperas durante tiempo
suficiente, necesariamente a esa determinada cosa termina por ocurrirle algo.
Esto es lo que él afirma. Empleaba demasiadas palabras para decirme que yo me
engañaba conscientemente. Me creía un poco loca, paranoica. No quiere creer que
yo sea bruja… Ni siquiera me creyó cuando le hice una prueba.
–¿Qué prueba?
–Los perros me
detestan. Ya sabes que Glenhaven está en el campo y los perros de la finca de
al lado tenían la costumbre de venir corriendo hacia mí y ladrarme desde que
bajaba del autobús. Un día me cansé y quise darle una lección al joven Glenn…
Llevé un poco de cera de modelar. La mezclé con un poco de polvo del banco
donde los perros tenían costumbre de ponerse. Con la cera y el polvo mezclados,
modelé cinco perros. Canté un pequeño sortilegio, escupí encima y lo rompí en
el suelo. Después le dije a Glenn que mirara por la ventana… Diez minutos
después, los perros empezaron a perseguir a una perrita terrier. Me parece que
estaba en celo. Atravesaron la carretera todos juntos y, justo en ese momento,
apareció un coche a toda marcha. El conductor intentó esquivarlos. Pero no pudo
y los atropelló. El coche derrapó y los cinco perros resultaron muertos.
–¿Y qué dijo Glenn?
–Pareció encantado…
La perrita era de un practicante que vivía enfrente y los perros hacían
agujeros en su finca. A él no le gustan ni los perros ni los practicantes. Pero
a pesar de todo sigue sin creer en las brujas. Según él, los perros murieron
por no poder alcanzar a la perra y no por mi encantamiento. Siguió diciendo que
en realidad yo no quería curarme de mi psicosis y que mientras yo no cambiara
de actitud no haría ningún progreso. También me dijo que mi poder no era más
que una ilusión de paranoica. Y esta hora me costó cuarenta dólares y yo
continué el tratamiento. Barbee, ¿crees que tenía razón Glenn?
–Bueno –dijo él– …no
tendría nada de extraño que tuvieras alguna tendencia a la locura después de
todo lo que has debido sufrir.
–Yo sé que no estoy
loca.
«Como todos los
locos», se dijo Barbee. ¿Para qué añadir más? Necesitaba tiempo para pensar,
para analizar esta extraña confesión, para comprobar todos estos increíbles
detalles sin olvidar el hecho indiscutible de la muerte de Mondrick.
–¿No quieres comer?
–¡Oh, sí! –dijo
ella–. Tengo un hambre de lobo.
–¡Vamos, pues!
–dijo Barbee–. Tomemos otro daikiri… Sí, ya sé. Es tarde, pero hay otra cosa
que tengo que preguntarte… ¿Mataste tú al gato?
–Sí.
–¿Y lo hiciste para
provocar la muerte del doctor Mondrick?
–Bien muerto está.
–Por favor, April,
¿por qué querías matarle?
–Porque tenía
miedo.
–Miedo ¿de qué?
–preguntó él–. Me has dicho que ni siquiera le conocías. ¿En qué te iba a
perjudicar? Yo sí que le tengo una vieja antipatía desde que me separó del
círculo de sus alumnos cuando organizó su Fundación. Pero era inofensivo. Un
hombre de ciencia que escarbaba la tierra para descubrir cosas.
–Sé bien lo que
hacía –dijo ella–. Siempre he querido saber cosas de mí misma y de este extraño
poder que existe en mí. Nunca he querido estudiar psicología porque siempre me
ha parecido que los profesores se equivocan estúpidamente. Pero he leído casi todo
lo que hay publicado sobre casos como el mío. ¿Sabías que el doctor Mondrick
era una autoridad sobre todo lo que se refiere a la brujería? ¡Sí! Conocía la
historia de todas las persecuciones de brujas y muchas otras cosas por el
estilo. Había estudiado las religiones primitivas, y para él, esas creencias
eran algo más que simples cuentos de hadas. La mitología griega, por ejemplo,
con todas esas historias entre los dioses y las hijas de los hombres. Casi
todos los héroes griegos tenían sangre inmortal en sus venas. Todos ellos
poseían dones y poderes sobrenaturales. Pues bien, hace ya bastantes años,
Mondrick escribió un estudio donde se analizaban estos mitos y se explicaban
como recuerdos de conflictos y alianzas fortuitas entre dos razas: los hombres
de Cromagnon, de gran estatura, y los de Neanderthal, menos evolucionados. Esto
es lo que sucedía en su primer estudio. Pero tú has asistido a sus clases,
Barbee, y tienes que conocer la cantidad de cosas que le interesaban. Descubría
tumbas, medía cráneos, juntaba trozos rotos de cerámica. Descifraba
inscripciones antiguas. Buscaba lo que diferenciaba a las gentes de hoy,
analizaba su sangre, medía sus reacciones, estudiaba sus sueños. Tenía el
espíritu abierto a todo aquello que la mayoría de los sabios descartan por no
concordar con sus erróneas ideas. Él era una autoridad en percepción
extrasensorial y psicoquinesia mucho antes de que se inventaran esas dos
palabras.
–Eso es cierto
–dijo Barbee–. ¿Y qué?
–Mondrick era muy
prudente en todo lo que publicaba. Escondía el verdadero sentido de lo que
quería decir bajo términos científicos con el fin de no alarmar a demasiados
lectores. Supongo que querría reunir todas las pruebas antes de hablar
claramente. Y, en resumidas cuentas, hace ya doce años que no publicaba
absolutamente nada. Incluso compró la tirada ya impresa de alguno de sus
trabajos para quemarlos. Pero ya había escrito demasiado. Yo sabía muy bien de
qué se ocupaba: Mondrick creía en la brujería.
–¡Tonterías! –dijo
Barbee–. Era un científico.
–Eso no le impedía
creer en las brujas. Casi todos los que se consideran científicos rechazan las
pruebas sin echarles siquiera una ojeada. Mondrick se ha pasado la vida
buscando una explicación científica a la brujería. Se fue a Ala-Shan para
encontrar pruebas. Y hoy me he dado perfecta cuenta por la forma en que ha
ocurrido todo y por el miedo que he visto en la cara de sus ayudantes, de que
había encontrado lo que buscaba.
–No, eso no.
–No me crees,
Barbee… Casi nadie lo cree. Es nuestra mejor protección, pues nosotros somos
los enemigos de la humanidad. Es comprensible que los hombres nos odien. Somos
diferentes. Tenemos poderes innatos superiores a los que tiene el hombre y,
¡sin embargo son insuficientes! Mondrick trabajaba para desenmascaramos y para
que el hombre pudiera destruirnos. Eso es lo que me ha asustado. Quizá hubiera
inventado un test para descubrir a los brujos. Recuerdo que, hace ya años,
publicó un estudio sobre los grupos sanguíneos y la introversión. Introvertido
es una de las palabras científicas que él solía emplear para referirse
disimuladamente a los brujos. ¿No me comprendes, Barbee? ¿No te das cuenta,
Will, de que estoy defendiendo mi propia vida? ¿Puedes echarme en cara que yo
emplee mis propias armas contra un enemigo tan astuto y tan poderoso como el
viejo Mondrick? Porque él era mi enemigo, como lo era el estúpido hombre de las
vacas, como lo son todos los hombres verdaderos. Ya sé que no se puede odiar a
los hombres así como así, pero, Barbee, ¿tengo yo la culpa?
Las lágrimas
escaparon de sus limpios ojos.
–Yo no puedo hacer
nada, Barbee. La tragedia comenzó cuando la primera bruja fue perseguida con
perros y lapidada por el primer hombre prehistórico. Y durará hasta que muera
la última bruja. Siempre y en todas partes, los hombres han de obedecer el
antiguo precepto bíblico: Matarás a la hechicera.
La hermosa joven se
encogió de hombros en signo de impotencia y desencanto.
–Esto es lo que
hay, Will. Querías romper la concha que me protegía. Mi forma de desempeñar el
papel de mujer humana no te satisfizo, aunque bien es verdad que nunca pensé
que lo representaría tan mal. Querías ver lo que había tras el velo. Pues bien,
ya lo has visto. El viejo Mondrick era el cazador despiadado que utilizaba toda
la maldad de la conciencia para cazarme, para destruirme a mí y a los míos. ¿Me
odiarás por haber lanzado un pequeño sortilegio para salvarme? ¿Me despreciarás
por haberlo conseguido?
–Los tuyos –dijo
Barbee–. Entonces, ¿no estás sola?
–Estoy sola en el
mundo.
–Mondrick ha
hablado de un enemigo secreto. ¿Crees que se refería a los brujos?
–Desde luego.
–¿Conoces a otros?
–No –contestó con
una fracción de segundo de retraso. De repente, todo su cuerpo se estremeció y
con la misma voz opaca añadió–: ¿Tienes que ser tú precisamente quien me
persiga?
–Lo siento –dijo–.
Pero ahora que me has dicho tantas cosas, tienes que continuar y contármelo
todo. De lo contrario, me sería imposible juzgar… ¿Sabes lo que quería decir
Mondrick cuando habló de ese jefe que debe venir, el Hijo de la Noche?
Durante un segundo
le pareció distinguir una imperceptible sonrisa divertida, demasiado fugaz para
estar seguro de que ella se estaba burlando de él.
–¿Cómo quieres que
lo sepa? ¿Eso es todo?
–Una última
pregunta antes de cenar. ¿Sabías a qué tenía alergia el doctor Mondrick?
–¿Alergia…? Creo
que eso tiene que ver con la fiebre del heno y la indigestión ¿no? Pues, no,
Will. Yo no conocía personalmente a Mondrick, sólo sus trabajos. Me parece que
nunca lo había visto hasta esta noche.
–Se acabó, gracias
a Dios. Ha sido un interrogatorio muy duro. Perdóname, April, pero era
absolutamente necesario que te preguntase todas estas cosas.
–Estás perdonado
–dijo ella–. Y podemos dejar la cena. Te puedes marchar cuando quieras.
–¡Pero si no quiero
marcharme! Vamos, señorita, me ha prometido usted la velada. Además me has
dicho que tenías un hambre de lobo y el cocinero de Monte Agudo es célebre por
sus asados. Después de cenar podemos bailar o tal vez dar un paseo en coche a
la luz de la luna. No querrás que me marche, ¿verdad?
–¿Quieres decir,
Barbee, que sigues queriendo estar conmigo a pesar de haber mirado tras mi
velo?
–Si eres bruja, yo
estoy completamente hechizado por tus sortilegios.
Ella se levantó y
esbozó una sonrisa que, poco a poco, se hizo radiante.
–Gracias, Will
–dijo, y le dejó coger su abrigo de pieles antes de pasar al restaurante–.
Pero, por favor, aunque sólo sea por esta noche, ayúdame a olvidar que yo…
Ayúdame a olvidar lo que soy.
–Haré todo lo
posible, ángel mío.
CAPÍTULO VI
La carrera del lobo
Permanecieron en
Monte Agudo hasta la hora de cenar. La cena fue exquisita. La orquesta tocaba
para ellos dos solos. April Bell bailaba entre sus brazos con tal gracia
indolente que Barbee no podía apartar su mente de la imagen de una extraña
criatura salvaje. No hablaron de nada serio, sólo de la música y del vino, y
ella se comportó como si no fuera nada más terrible que una fascinante
pelirroja. Y a Barbee le pasó igual. Sin embargo, de vez en cuando, el brillo
de sus dientes le traía a la memoria el alfiler de jade blanco. Sabía que era
suyo y no se atrevía a devolvérselo. El misterio de sus ojos verdes le
recordaba que el inquietante enigma de la muerte de Mondrick no estaba en
absoluto resuelto, y que la confesión que acababa de escuchar no hacía sino
añadir otro enigma a los ya existentes.
Barbee había tenido
la intención de acompañarla a su casa, pero el deportivo descapotable, marrón
claro, estaba aparcado detrás del restaurante. La acompañó hasta él, abrió la
portezuela y, cuando ella iba a sentarse al volante, la cogió del brazo y la retuvo:
–April ¿sabes que…
–no, no sabía muy bien lo que iba á decir, pero al ver el interés reflejado en
los ojos de la chica continuó– …siento por ti algo que no acabo de entender? Un
sentimiento raro… no sé explicarlo. Es algo así como si te conociera de
siempre, como si te hubiese visto en algún sitio antes. Como si formaras parte
de algo muy antiguo, muy importante, que nos pertenece a ambos. Me da la
sensación de hacer despertar en mi algo que está dormido –ella se encogió de
hombros–. Me gustaría poder decirte lo que siento, pero no encuentro palabras.
Ella sonrió en la
oscuridad y su voz de terciopelo tarareó los compases de una canción que
acababan de bailar: Quizá sea amor.
Sí, tal vez lo
fuera.
Verdaderamente,
hacía muchos años que Barbee no se sentía tan enamorado. Pero tras pasar
revista a sus recuerdos, le pareció que el amor nunca le había producido una
impresión tan violenta. Seguía teniendo miedo. Seguía temiendo, no a la chica
de labios rojos que parecían hechos para besar ni tampoco a la bruja del siglo
veinte que ella pretendía ser, sino más que nada, al sentimiento vago,
extrañamente aterrador, que ella le suscitaba, al despertar de los sentidos, a
la reminiscencia evanescente de casi recuerdos sepultados en él, trasfondo de
sí mismo. No podía formularse en palabras. Pero ello no era obstáculo para que
se sintiera profundamente conmovido.
–Hace frío –dijo
él. No intentó besarla. De repente, casi brutalmente, la empujó dentro del
coche y cerró la puerta.
–Gracias por esta
maravillosa noche… te telefonearé mañana a las Arms of Troy.
–Buenas noches
–dijo ella dulcemente.
Y se inclinó para
poner en marcha el motor. Barbee la vio alejarse mientras jugueteaba con el
lobo de jade blanco. No sabría decir por qué no se había decidido a
devolvérselo. La violenta tempestad le azotaba el rostro y volvió de mala gana
a su destartalado automóvil.
El servicio
fúnebre, muy sencillo, se celebró a las dos de la tarde del día siguiente.
Barbee acudió en
representación de La Estrella.
El viento había
vuelto a levantarse. El tiempo estaba húmedo y frío. No asistieron más que la
viuda y algunos amigos íntimos de la Fundación y la Universidad.
Nick Spivak y Rex
Chittum llevaban las cintas del féretro con semblante duro y aspecto hosco, y,
cosa rara, Sam Quain brillaba por su ausencia. Barbee se acercó a Nora, que iba
sola, no lejos del grupito formado por Rowena Mondrick, su enfermera y el terrible
perro. Y le preguntó:
–¿Qué le pasa a
Sam? ¿Está enfermo? Pensé que vendría.
–Buenos días, Will
–respondió Nora con una sonrisita.
Nora y él habían
seguido entendiéndose bien pese a que Mondrick y Sam hubieran cambiado de
actitud con él.
–No, se ha quedado
en casa para custodiar la caja verde. ¿Tienes tú alguna idea de lo que hay
dentro?
Will movió
negativamente la cabeza. No, no se imaginaba lo que podría contener. Sin duda,
Rowena Mondrick escuchó el sonido de sus voces, pues se volvió hacía ellos
visiblemente inquieta…
–¡Will Barbee!
–llamó–. ¿Eres tú?
–Sí, Rowena –dijo
él, y se dispuso a pronunciar algunas palabras de condolencia.
Pero ella no le
dejó hablar.
–Tengo que verte,
Will; espero que no sea demasiado tarde para ayudarte. ¿Puedes venir a casa a
las cuatro, por ejemplo?
–Sí, a las cuatro
iré, Rowena.
A las cuatro menos
cinco se detenía ante el caserón de ladrillos rojos, llenos de rincones y
recovecos, de University Avenue. La casa estaba mal cuidada. Hay que decir que
la Fundación había absorbido la mayor parte de la fortuna personal de Mondrick.
Las persianas estaban rotas, el polvo se acumulaba en todas partes. Llamó al
timbre. Abrió Rowena.
–Gracias por haber
venido –dijo.
Una vez sentado,
contempló por un instante el salón, lúgubre y anticuado, que tan familiar le
resultaba desde aquellos lejanos tiempos en que se había alojado con Sam Quain
en casa del profesor. Flotaba un perfume tenue procedente de un ramo de rosas
que yacía sobre el piano de cola. Leyó la tarjeta de visita: Sam Quain y Nora.
En el fondo de la
antigua chimenea había una estufa de gas. Delante de ella reposaba Turco, el
enorme perro pastor, mirando a Barbee con sus ojos amarillos.
–He mandado a miss
Ulford a hacer algunos recados –dijo Rowena Mondrick– para que pudiéramos
hablar…
–Debe usted saber,
Rowena, que lamento muchísimo… –empezó a decir incomodo– …parece una terrible
ironía que el doctor haya muerto cuando ya tenía el éxito al alcance de la
mano.
–No ha muerto –dijo
Rowena–. Ha sido asesinado. Creo que tú lo sabes Will.
Barbee sintió un
estremecimiento, no tenía la intención de hacer a nadie participe de sus
sospechas y dudas, y menos antes de formarse una opinión definitiva sobre April
Bell.
–¡Ah! No lo sabía.
–Sí. Tú saliste
anoche con April Bell.
–Sí cenamos juntos…
Sé perfectamente que April Bell no le gusta a Turco. Pero yo encuentro en ella
una distinción y un no sé qué que me gusta mucho.
–Ya sé. Lo que me
temía… He hablado con Nora Quain y a ella tampoco le gusta. Ni a Turco. Ni a
mí. Existe un motivo para que no nos guste y es necesario que lo sepas. Esa
mujer es mala, Will. Es mala. Puede traerte disgustos, Will. Por lo tanto,
quiero que me prometas no volver a verla.
–Pero, ¿por qué,
Rowena…? Ya soy mayorcito, ¿no?
–Yo soy ciega, Will…
Pero veo muchas cosas. He compartido el trabajo de mi marido desde que éramos
jóvenes. Yo también he tomado parte en la terrible lucha, en esta lucha extraña
y solitaria que él emprendió. Ahora él ha muerto, asesinado, de eso estoy
convencida. Y tu encantadora amiga nueva, April Bell, debe ser el enemigo
secreto que le asesino…
–No puede creer que
ella lo haya hecho.
–Esa mujer ha
matado a mi marido… Pero Mark está muerto y ya no se puede evitar. Ahora el que
está en peligro eres tú.
Rowena se dirigió
lentamente hacia Barbee tendiendo sus frágiles manos. Él se levantó y se las
cogió sin decir nada.
–Por favor, Will,
escucha lo que te digo…
–Pero, de verdad,
Rowena, April es una chica muy agradable y yo no soy alérgico.
–April Bell no va a
intentar matarte, Will. El peligro que te amenaza es otra cosa muy distinta de
la muerte. Va a tratar de transformarte, de despertar en ti algo que no debe
ser despertado… Es mala, Will. Veo el mal en ella, y sé que quiere apoderarse
de ti para hacerte suyo y de los que son como ella. Más te valiera morir como
ha muerto Mark antes de caminar por donde ella quiere llevarte… ¡Créeme, Will!
–No, Rowena, temo
no poder creerla. Creo que su marido ha muerto de agotamiento y fatiga y que
usted piensa demasiado.
–Escucha, vamos a
unirnos, Sam, Nick, Rex y yo para terminar la interrumpida obra de Mark…
¿Verdad que no vas a volver a ver a April Bell?
–¡Pero yo no puedo
hacer eso, Rowena! Es encantadora y no puedo creer que esté mezclada en toda
esa horrible historia. Eso no me impide compartir su dolor, Rowena. Creo que no
puedo hacer gran cosa por usted, pensando usted lo que piensa, pero necesita ayuda.
¿Por qué no llama al doctor Glenn?
La ciega dio un
paso atrás, indignada:
–Estoy
perfectamente normal, ¿sabes, Will? No necesito un psiquiatra… Tú sí, me temo,
que lo necesitarás antes de terminar con April Bell.
–Perdona, Rowena.
Tengo que marcharme.
–No, Will, no…
Pero Will no
escuchó el resto de la frase.
Volvió a la ciudad.
Le costó mucho trabajo concentrarse en su tarea. No quiso tomarse en serio las
advertencias de Rowena. Tenía intención de llamar al apartamento de April Bell,
pero lo dejó para más tarde. Necesitaba verla y, sin embargo, la luz del día no
había bastado para disipar las dudas que en él suscitaba la chica. Al final,
cuando salió de la redacción ya era demasiado tarde para telefonearla.
Se detuvo en el bar
de la esquina a tomar una copa. Y tomó más de una, sin contar la botella que se
llevó al salir camino de su destartalado edificio de Bread Street. Tal vez una
ducha caliente, además del alcohol, le ayudaría a ponerse en forma. Se estaba
desnudando cuando volvió a encontrarse con el alfiler de jade blanco en su
bolsillo. Permaneció un buen rato mirándolo y haciéndose preguntas…
El ojo de malaquita
era del mismo color que los de April Bell cuando se ponía nerviosa y enfadada.
¡Ah! Y el abrigo
era de lobo. ¿Qué significarían aquellos símbolos para April Bell? El doctor
Glenn (hijo) debió encontrarla sumamente interesante como objeto de estudio.
Lamentó no poder echar una ojeada a la historia clínica que le había hecho
Glenn.
Se sobresaltó al
sorprenderse a sí mismo queriendo desembarazarse de la desconcertante impresión
que acababa de tener, pues le pareció que el animal de malaquita le había
guiñado un ojo. Barbee estaba allí, medio dormido y medio desnudo, en su
estrecho dormitorio, junto a la cómoda. ¿Le habría hipnotizado aquel extraño
alfiler de lobo? Le costó aguantar las ganas de tirarlo bajo el mueble. Habría
sido absurdo.
Estaba claro que
April Bell le daba miedo. Siempre había temido a las mujeres, por lo menos un
poco. Necesitaba dormir la borrachera del whisky. Ése era su fallo, como sin
duda le habría hecho observar de haber estado allí. Si cedía al irracional
impulso de tirar el lobo de jade blanco, ello equivaldría, sencillamente, a
admitir que April Bell era lo que ella misma afirmaba ser. Y eso era
inadmisible.
Dejó cuidadosamente
el alfiler en el fondo de un cajón, junto a un dedal, su viejo reloj de
bolsillo, una pluma que ya no usaba y un montón de cuchillas de afeitar usadas.
Sus inquietudes con respecto a April Bell eran más fáciles de esconder. No
podía descartar la ínfima posibilidad que existía, ínfima, pero extremadamente
turbadora, de que April Bell fuera verdaderamente una bruja.
Sin duda, era una
criatura que había nacido ligeramente distinta de las demás, prefería decirlo
así. Se acordaba de haber leído algo sobre las experiencias del profesor Rhine,
de la Universidad de Duke. Muchos científicos de categoría habían comprobado que
en ciertas personas la percepción del universo se efectúa por otros canales que
no son los sentidos ordinarios. Se había demostrado que algunos individuos
ejercen un control directo sobre el azar, sin intervención de factores físicos
en algunos de ellos. En cambio, otros no. ¿Habría nacido April Bell con esa
misma diferencia, pero en un grado superior?
¿La probabilidad?
Se acordó de una conferencia que les había pronunciado Mondrick sobre dicha
palabra, una vez en clase de antropología, curso 413 del plan de estudios. La
probabilidad, había explicado el científico con los ojos brillantes, era el
concepto clave de la ciencia moderna. Las leyes de la naturaleza, en eso
insistió mucho, no eran absolutas, sino que habían sido establecidas como media
estadística, de manera tal que su pisapapeles, que era un candil romano de
tierra cocida, adornado con un bajorrelieve de una loba amamantando a los
fundadores de Roma, que ese pisapapeles, que ese candil, no existía sino en
virtud de la colisión fortuita de átomos en vibración. Por lo tanto, en
cualquier momento existía la posibilidad, remota, pero real, de que aquella
lámpara cayera a través de la mesa, ambas sólidas en apariencia.
Barbee no ignoraba
que los físicos modernos interpretaban el universo entero en términos de
probabilidad. La estabilidad de los átomos no era sino cuestión de
probabilidad. Lo mismo ocurría con la inestabilidad, en la bomba atómica, por
ejemplo. El control mental directo de la probabilidad abriría, con toda
seguridad, perspectivas de poder, y las experiencias de Rhine parecían haber
demostrado la existencia de tal control. Se preguntó con inquietud si April
Bell no habría recibido, como don innato, único y terrible, este poder de
gobernar mentalmente la posibilidad.
Es poco probable,
se dijo.
Pero el viejo
Mondrick había insistido mucho en que nada era completamente imposible dentro
del universo de la estadística. Las imposibilidades más increíbles se
convertían, simplemente, en increíblemente improbables. Llegado a este punto de
reflexión, Barbee se encogió de hombros y se metió en la ducha. La física
moderna, con su principio de indeterminación y su negación de todos los
tranquilizadores conceptos de materia, tiempo y espacio, y con sus bombas
atómicas y demás novedades, se le empezó a antojar tan inquietante como el
sombrío enigma de la muerte de Mondrick. Mientras se duchaba, se preguntó qué
significado habría tenido para Mondrick aquella lámpara de tierra cocida. ¿Qué
recuerdo racial podía representar la leyenda de los dos héroes romanos a
quienes una loba había servido de madre? Se secó con esfuerzo, se sirvió otro
vaso hasta arriba y se metió en la cama a leer una revista. Pero su mente se
negaba a toda distracción. ¿Por qué Mondrick y sus aterrorizados compañeros
habían tomado todo lujo de precauciones en el aeropuerto y, sin embargo, no
habían resultado suficientes? Sin duda, el peligro sobrepasaba los temores de
aquellos cuatro hombres valerosos. ¿Acaso se trataba de algo más terrible que
una exótica pelirroja?
Si April Bell era
auténticamente una bruja, debía haber, lógicamente, otras más terribles y menos
agradables para bailar con ellas, al menos. Debía haber hombres y mujeres
inmensamente ocupados en descubrir sus dones parapsicológicos innatos y en
desarrollar técnicas científicas para controlar la probabilidad por medios
mentales. Si esto fuera así, bien podrían estar organizándose y preparándose
para la hora H, en que harían patente su poder, mientras esperaban la aparición
del jefe anunciado, ese Hijo de la Noche, que dirigiría su revolución.
Cerró los ojos
doloridos y trató de imaginarse al Mesías Negro que iba a venir. Tendría
estatura elevada e impondría respeto. Lo vio erguido en medio de un círculo de
rocas, terrible y negro, envuelto en una larga túnica con capucha. ¿Qué clase
de persona sería? ¿Por qué April Bell había sonreído de aquella forma?
Conteniendo la respiración, se atrevió a mirar bajo la capucha: una calavera
calcinada le sonreía sardónicamente.
Se despertó de un
salto. Pero su agitación no se debía al terror producido por la pesadilla, sino
a otra cosa muy distinta. En el fondo del cráneo sentía un dolorcillo molesto.
Para calmarlo se tomó un vaso más. Puso la radio y sonaron los compases de una
música dulzona. La apagó. De repente, volvió a sentir un sueño terrible.
Le daba miedo
dormirse.
¿Por qué tenía
terror a estar en la cama?
Sentía un oscuro
recelo creciente, como si adivinara que el vago malestar que le invadía se iba
a convertir en una espantosa tortura cuando se durmiera. Pero no era sólo miedo
lo que sentía. Mezclado al miedo sentía un miedo oscuro e indefinible, un anhelo
impaciente de evadirse, triunfante y tembloroso, de todo lo que odiaba en la
vida. Tampoco comprendía sus sentimientos con respecto a April Bell. Notaba,
eso sí, que estos sentimientos estaban íntimamente ligados a aquel fuego
sombrío y anhelante. Debería haber sentido horror hacia ella. Después de todo,
si no era una bruja, como ella decía, estaba, y esto era lo más probable, loca
de remate. De una forma o de otra, ella había causado indudablemente la muerte
de Mondrick. Pero lo que le obsesionaba era el terror mezclado con curiosidad
que le producía ese algo encadenado y terrible que ella liberaba en sus
profundidades.
En vano intentó
alejar a April de su mente. Ya era tarde para telefonearla. No estaba muy
seguro de que deseara verla, aunque aquella parte oscura y terrible de sí mismo
insistiera en hacerlo. Dio cuerda al despertador y se volvió a la cama. Tenía
sueño. No podía aguantar más.
Y April Bell le
llamó.
Su voz se elevó
clara y nítida por encima del ruido de los coches. Era una campana de oro, más
penetrante que una ocasional bocina o que el lejano rumor de un tranvía.
Vibraba a través de la noche, en las olas de pura luz verde, como su mirada de
malaquita. Después creyó verla, aunque no sabía cómo, al otro extremo de la
ciudad.
Pero ya no tenía
apariencia de mujer.
Su voz de
terciopelo seguía siendo humana.
Sus rasgados ojos
no habían cambiado. Conservaban el mismo resplandor e idéntica expresión
altiva. Pero su abrigo de pieles formaba ahora parte integrante de su cuerpo,
pues se había convertido en una loba esbelta, silenciosa y terrible. Pero su
voz femenina le llamaba, nítida y clara en la noche:
–Ven, Barbee, te
necesito.
Sentía a su
alrededor el yeso resquebrajado, el sórdido yeso de su estrecha habitación.
Percibía el infatigable tic-tac del despertador, el duro colchón de la cama y
el olor a sulfuro de la cercana fábrica, que se respiraba siempre que abría la
ventana. No, no estaba soñando, y, sin embargo, la voz era tan real que quiso
responderle.
–Sí, April, mañana
te llamaré por la mañana. Podemos ir otra vez a bailar.
Extrañamente, la
loba pareció escucharle.
–Te necesito,
Barbee –respondió la voz–, tenemos que hacer un trabajo juntos, y no admite
demora. Ven. Date prisa. Voy a enseñarte cómo se cambia de piel.
–¿Cambiar? Yo no
quiero cambiar.
–No discutas… Me
parece que tienes en tu poder el alfiler de jade que perdí.
–Sí, lo tengo
–murmuró Barbee–. Lo encontré en el gato muerto.
–Bien; cógelo.
Embotado,
sonámbulo, a tientas, Barbee medio soñó que se levantaba y que, al llegar a la
cómoda, buscaba en el cajón el alfiler de jade. Se preguntó oscuramente cómo
sabía que él tenía el alfiler. Lo encontró y se lo llevó a la cama, dejándose
caer en ella pesadamente.
–Escúchame bien,
Will –la voz que le hablaba vibraba a través del vacío negro que les separaba–.
Escúchame, voy a decirte lo que tienes que hacer. Tienes que cambiar como yo. A
ti te será más fácil, Will. Puedes correr como un lobo, seguir una pista como
un lobo, seguir como un lobo. –Ahora parecía estar más próxima en la brumosa
oscuridad–. Déjate llevar. Yo te ayudaré, Will. Will, eres un lobo, tu modelo
es el alfiler de jade que tienes en la mano. Vamos, deja que tu cuerpo caiga
detrás de ti… Déjalo flotar.
Vagamente, se
preguntó cómo mediante el control mental de la probabilidad se podía
metamorfosear un hombre en lobo, como ella decía, pero tenía la mente demasiado
embotada y demasiado lenta para pensar en ello. Apretó el alfiler, esforzándose
por obedecer, aunque sin saber cómo. Sintió una extraña y dolorosa corriente
que le atravesaba el cuerpo. Era como si el cuerpo se le retorciera en una
postura jamás adoptada hasta entonces, como sí empezaran a funcionarle músculos
que hasta entonces nunca hubiera usado. De pronto, un dolor repentino le arrojó
a las tinieblas.
–Continúa,
inténtalo de nuevo –la voz atravesaba las tinieblas que le envolvían–. Si
abandonas ahora que estás a la mitad de la metamorfosis y sólo has cambiado a
medias, puedes morir. Sigue adelante, Will, déjame ayudarte hasta que hayas
pasado al otro lado y seas libre. Déjate llevar y sigue el modelo. Deja que tu
cuerpo se transforme. Así, así… Ya flotas…
Y de repente, se
sintió libre.
Las pesadas cadenas
que había soportado desde que estaba en el mundo cayeron rotas de golpe. Saltó
de la cama. Durante un instante, respiró los nauseabundos olores del pequeño
apartamento: el intenso olor a whisky que se desprendía del vaso vacío, el olor
a jabón del cuarto de baño, el olor a sudor de la ropa sucia. Sintió que era
aquél un lugar demasiado cerrado. Necesitaba aire fresco.
Saltó hacia la
ventana, arañó impacientemente en la falleba de la contraventana. Al fin se
abrió y se dejó caer sobre el suelo húmedo y duro del descuidado jardincillo de
la Sra. Sadowsky, y luego llegó a la calle que olía a aceite quemado, a goma
caliente. Enderezó las orejas para captar la llamada de la loba blanca y se
lanzó calle abajo al galope.
¡Libre, al fin
libre!
Por fin ya no era
prisionero de ese cuerpo bípedo y lento, torpe e insensible. Su antigua forma
humana le parecía totalmente extraña, incluso monstruosa. Más valían, desde
luego, cuatro patas ágiles que dos pies torpes. El velo que le embotaba los
sentidos acababa de levantarse.
¡Libre, ágil,
fuerte!
–Estoy aquí, Barbee
–gritaba la voz a través de la dormida ciudad–, aquí en el campus. Por favor,
date prisa.
Oyó la voz y se
dirigía ya hacia el campus, cuando un impulso perverso le hizo regresar al
Comercial Street y lanzarse hacia la estación y el campo que se extendía
detrás. Necesitaba evitar las humaredas químicas de la fábricas, que cubrían la
ciudad como una mortaja. También hubiera deseado explorar los limites de esa
nueva existencia y del poder que ahora era suyo antes de abordar de frente a la
loba blanca y esbelta. Galopó a su gusto por un barrio silencioso de almacenes
de mercancías. Hizo un alto para husmear los embriagantes perfumes de especias
y café que flotaban en el ambiente. Tropezó con un policía adormilado al doblar
una esquina y se lanzó como una flecha por una oscura callejuela adyacente. Sin
duda alguna, el agente aprovecharía encantado la ocasión de utilizar su arma
sobre un lobo gris y sin bozal.
Pero el policía se
contentó con bostezar, siguió mirando al frente, tiró una colilla asquerosa y
continuó la ronda arrastrando los pies. Barbee volvió a pasar delante de él,
pero el otro pareció no verle. Entonces abandonó la calle de los mil olores,
feliz, sin saber exactamente por qué.
Atravesó la
estación, pasó ante una locomotora que olía muy mal, corrió a lo largo de la
calzada, detrás de la vía, a fin de huir del vapor, de las cenizas, del metal
blanco. Saltó a la cuneta y sintió la tierra vegetal, húmeda y fría bajo sus
patas flexibles.
–Barbee, Barbee,
¿por qué no llegas?
Oyó la llamada de
la loba, pero todavía no estaba dispuesto a contestar. La noche era fresca y la
salobre brisa otoñal le limpiaba de todos los olores de los automóviles.
April le volvió a
llamar. Él no contestó.
Le inundaba una
clara y vibrante alegría. Un gozo que jamás había sentido. Levantó el hocico
hacia la media luna que ascendía en el cielo y lanzó un aullido de puro placer.
En algún sitio, tras un grupo de árboles negros, un perro empezó a ladrar
frenéticamente. El lobo respiró el aire frío de la noche y percibió el fétido
olor de su enemigo hereditario, lejano pero perfectamente identificable. Se le
erizó el pelo. Él le enseñaría a no ladrar en su camino. Pero la voz de la loba
volvió a hacerse oír:
–No pierdas el
tiempo con un perro de lujo, Barbee. Tenemos enemigos más peligrosos esta
noche. Te espero en el campus. ¡Te necesito, Barbee, pronto!
De mala gana,
desanduvo el camino. El mundo de la noche seguía su curso. Los furiosos
ladridos del perro fueron quedando atrás, cada vez más lejanos. Pronto pasaría
por delante de The Arms of Troy, como Preston había tenido el valor de bautizar
su residencia, situada al suroeste de Clarendon, sobre las colinas que
dominaban el valle donde había instalado sus fábricas. La residencia estaba
oscura a excepción de una linterna que se movía en la caballeriza, donde tal
vez un criado curaba a un caballo enfermo.
En ese momento,
April Bell le imploró:
–¡Barbee, date
prisa!
Y él volvió a
galopar hacia la horrible ciudad, pestilente, alocada, hacia el metal en
movimiento y el ruido. Un poco más tarde sintió en el viento el olor de la
loba, limpio y claro, tan cargado de perfumes como un bosque de abetos. Le
desapareció todo resentimiento y redobló el ardor de su carrera a lo largo de
las calles vacías que le llevaban al campus.
En algún sitio,
entre las casas oscuras, un perro ladró alarmado, pero no le hizo caso. El olor
le guiaba y ella avanzaba hacia él a través de la hierba fresca y perfumada. En
sus grandes ojos verdes, brillaba una luz de bienvenida.
–Llegas tarde,
Barbee –dijo, y de repente se alejó de él–. Has perdido ya demasiado tiempo y
tenemos enemigos contra los que luchar. ¡Vamos de una vez!
–¿Enemigos? –en
algún punto del camino que él acababa de recorrer, un perro había vuelto a
ladrar, inquieto–. ¿Te refieres a ésos, a los perros?
–¿Esos chuchos? No:
nuestros enemigos son los hombres.
CAPÍTULO VII
La trampa del
despacho
La loba blanca
corría como una flecha, seguida de Barbee. No se había dado cuenta de lo tarde
que era. Pronto amanecería. Las calles estaban desiertas. De vez en cuando
algún automóvil.
–Detente, quiero
saber dónde vamos.
Ella cruzó por
delante justo de un coche que no pareció darse cuenta de su paso. Corría
graciosamente, con ligereza felina. Se volvió hacia él con la lengua roja
colgante y los colmillos relucientes:
–Vamos a hacer una
visita a unos viejos amigos tuyos: Sam y Nora Quain.
–No podemos
hacerles ningún daño –protestó él violentamente–. No pueden ser nuestros
enemigos.
–Lo son puesto que
son hombres. Pero éstos, además, son enemigos mortales a causa de la caja de
madera que Quain y Mondrick han traído de Asia.
–Pero son amigos
míos –insistió Barbee, angustiado–. ¿Qué hay dentro de la caja?
–Algo que para
nosotros es mortal. No hemos averiguado más. La caja sigue en casa de Sam
Quain, pero mañana la van a transportar a la Fundación, donde han desalojado el
piso de arriba y han puesto guardias armados y defensas contra nosotros. Por
eso tenemos que actuar ahora. Tenemos que entrar esta noche a inspeccionar y
destruir todas las armas que hayan traído de las tumbas prehistóricas contra
nosotros –Barbee se estremeció sin dejar de correr.
–¿Qué clase de
armas? ¿Con qué nos pueden hacer daño?
–Con plata –dijo
ella–. Con una lámpara de plata, con una bala de plata. Pero el contenido de
esa caja es, sin duda, más mortífero que la misma plata. Y la noche termina
pronto.
Dejaron tras ellos
la señal amarilla y atravesaron murallas de sórdidos olores. El mordisco
sulfuroso de las humaredas que subían de las fábricas. El aguijonazo de basuras
quemadas en un vertedero, el lúpulo de una cervecería, el amargo hedor de una
fábrica de conservas y los olores humanos que manaban de las viviendas
silenciosas.
La loba abandonó la
avenida principal y se encaminó hacia los terrenos de la Fundación, por detrás
de la casita de Sam Quain. El césped, cubierto de hojas muertas, formaba un
suave colchón para los pies de Barbee y la gama de olores que ascendía de ellas
era tan cautivadora que casi olvidó el peligro que se cernía en el horizonte.
Los caminos aún
olían a los estudiantes que habían pasado por allí durante el día. El cuerpo
del hombre desprendía un olor rancio, muy diferente del perfume entrañable de
la loba que corría a su lado. De la ventana del laboratorio de química salía un
desagradable olor a ácido sulfhídrico y, del otro lado de la carretera,
ascendía un agradable olor a estiércol del establo de la lechería modelo del
departamento de agricultura.
El edificio de la
Fundación era una torre de hormigón blanco, de nueve pisos de altura, situada
en medio de los jardines y la arboleda. Barbee reflexionó sobre la obstinación
y la perseverancia del viejo Mondrick y sus segundas intenciones. Había consagrado
toda su vida de esfuerzos, pese a su edad y sus enfermedades, a construir esta
ciudadela de aspecto hostil y a saquear las cunas de la humanidad para reunir
sus tesoros arqueológicos y estudiarlos aquí.
Flotaba el olor a
trementina y a aceite de linaza de una nueva pintura, mezclado a un ligero
perfume amenazador que Barbee no logró identificar. En el último piso había
luz. Se veía el arco azul de un soldador trabajando. Se oía el gemido de una
sierra eléctrica y los golpes de un martillo.
–Están trabajando
–dijo la loba–. Es terrible que hayamos tenido que castigar tan duramente al
viejo Mondrick, pero no nos había dejado otra opción. Ahora, lo que temo es que
le hayamos dejado actuar demasiado tiempo. Quain debe estar al corriente del riesgo
que corre, ya que está transformando el piso de arriba en una verdadera
fortaleza contra nosotros. Tenemos que atacar a la caja esta misma noche.
El collie del
profesor Schinitzler se puso a ladrar.
–Pero ¿por qué?
–preguntó Barbee–. Los hombres parece que ni nos ven, pero los perros se
alborotan enseguida.
–Pocos hombres nos
ven –dijo ella–. En realidad, ningún hombre verdadero puede vernos, al menos,
eso creo. Pero los perros tienen un sentido especial y un oído particular que
les permite descubrirnos. El primer hombre que domesticó al primer perro debió ser
un enemigo de nuestra raza tan astuto y peligroso como el viejo Mondrick o Sam
Quain.
Llegaron al
bungalow de Pine Street que Sam Quain había mandado construir para Nora el año
que se casaron, y Barbee recordó que había estado allí el día de la
inauguración y que se había emborrachado, quizá porque se sentía triste y
taciturno. La loba le guió con toda precaución alrededor de la casa silenciosa
y del garaje, con las orejas tiesas y las ventanas de la nariz inquietas y
alerta. En el patio, en el montón de arena donde había estado jugando,
reconoció el olor de la pequeña Pat.
De un salto, se
plantó gruñendo frente a la loba blanca.
–No hay que
hacerles daño –dijo–. No entiendo nada de esto y todo parece muy divertido.
Pero esta gente, Sam, Nora y Pat, son amigos míos. Es cierto que Sam se ha
portado de una forma muy rara desde que volvió, pero aun así son los mejores
amigos que tengo.
–No creo que les
tengamos que hacer ningún daño –respondió ella–. Son verdaderos humanos. No
notarán nada. Ni siquiera se darán cuenta de que estamos aquí, a menos que
nosotros así lo queramos. Lo que tenemos que hacer es descubrir el contenido de
la caja y destruirlo.
–De acuerdo,
mientras no les hagamos ningún daño.
Un cálido olor a
perro le llenó la nariz. En el interior de la casa se oyó un ladrido agudo. La
loba retrocedió horrorizada. Barbee tembló de miedo y sintió que su pelo gris
se erizaba.
–Es Jiminy Criket,
el perrito de Pat –dijo él.
–Mañana estará
muerto.
–¡No! Le daría
mucha pena a Pat.
Se abrió una
puerta. Una bola de pelo blanco saltó al patio, ladrando furiosamente. La loba
se apartó. El perro cargó sobre Barbee, que intentó rechazarlo, pero los
dientecillos furiosos del animal se le hincaron en la pata y el dolor despertó
en el lobo una ferocidad latente que borró en él toda consideración para con la
pequeña Pat.
El enorme lobo dio
un salto, sus poderosas mandíbulas atraparon la bolita peluda y la sacudió
hasta que de ella no brotó ni un gemido. La dejó allí, encima del montón de
arena, y se lamió la piel para quitarse el desagradable olor a perro que le
había quedado.
–Yo no sabía que el
perro estuviera ahí –dijo la loba–. Nora y la pequeña habían salido cuando esta
tarde vine para ver a Sam. Debían haberse llevado al perro con ellas. No me
gustan los perros. Han ayudado a los hombres a vencemos desde hace mucho tiempo.
Ahora hay que darse prisa, la noche casi se ha terminado.
–¿Es peligroso el
día?
–Se me olvidó
advertirte. No trates nunca de transformarte de día. Ni tampoco te dejes
sorprender por el alba. La luz hace daño. Puede incluso herirte. Y el sol es
mortal.
–¿Por qué? ¿Cómo es
eso posible?
–Yo también me lo
pregunté. Una vez hablé con uno de los nuestros que es un físico famoso, y me
expuso su teoría. Parece verosímil. Pero mejor será que nos ocupemos ahora de
esa caja.
Empujó la puerta y
Barbee avanzó en cabeza por la casa oscura y caliente. El ambiente estaba
cargado de olores. Olía a cocina, a desinfectante, a los cuerpos de Sam, Nora y
la niña. Y también al perro. La fuerte respiración de Sam se elevaba al compás
de la de Nora, más suave y regular, pero Pat se agitaba murmurando en sueños:
–Ven, Jiminy, ven.
La loba se acercó a
la habitación de la niña, pero la criatura no se despertó y la loba volvió con
Barbee.
–Sam está dormido
–dijo, sonriendo con sus blancos colmillos–. Supongo que está agotado. Me
alegro de que le hayas ajustado las cuentas al chucho. Debían confiar en que él
les despertaría a tiempo. ¡Vamos a la caja verde! ¡Creo que la tienen en el
despacho!
Barbee trotó hasta
la puerta del despacho. Se levantó sobre las patas traseras para girar el pomo,
pero la puerta no se abrió. Volvió a cuatro patas y miró a la loba blanca.
–Voy a buscar las
llaves de Sam –dijo–, debe tenerlas en el bolsillo del pantalón.
–Espera, tonto
–respondió ella, y le sujetó por la piel del cuello–. Le vas a despertar o vas
a caer en una trampa. Las llaves deben estar enganchadas con un anillo de plata
que nos mataría si lo tocáramos. El candado de la caja verde, desde luego, es
de plata, porque lo he visto… Pero, por otra parte, tampoco tenemos necesidad
de llaves… Escúchame bien. Veo que tengo que explicarte la ley de los cambios
de estado. Con la condición de que Quain siga durmiendo, claro. Nuestro poder
es raro y útil, pero tiene sus limites y sus condiciones. Si no los tienes en
cuenta, puedes destruirte fácilmente.
Un crujido de la
cama la hizo detenerse en seco. Barbee oyó hablar a Nora:
–Sam –preguntó–.
Sam, ¿dónde estás?
Sin duda terminó
por encontrarle a su lado, pues la cama volvió a crujir y Nora dijo en voz
baja:
–Buenas noches,
Sam.
Cuando las
respiraciones volvieron a su cadencia normal, Barbee cuchicheó:
–¿Cómo puede ser
que no tengamos necesidad de las llaves?
–Luego lo verás
–respondió la loba–. Primero tengo que explicarte un poco la teoría de nuestro
estado libre.
–La plata –dijo él–
y la luz del día.
–La teoría explica
las dos cosas. Yo no sé lo bastante de física para entrar en la complejidad de
todos los detalles de la teoría, pero mi amigo ha esclarecido sus puntos
principales. Según él, el vínculo entre espíritu y materia es la probabilidad.
–¡Ah! –exclamó
Barbee, acordándose de las clases de Mondrick.
–Los seres vivos
son algo más que simple materia: el espíritu es otra cosa, llámalo como
quieras. Mi amigo físico lo llama campo de energía, por ejemplo, y dice que
está creado por los átomos y los electrones del cuerpo pero que, sin embargo,
controla las vibraciones de éste por medio de la probabilidad atómica… Mi amigo
emplea un lenguaje más técnico, pero ésta es la idea general.
»Este haz de
energía viva es alimentado por el cuerpo, que es quien lo genera
fundamentalmente. Mi amigo es un sabio de lo más ortodoxo y nunca ha querido
decirme si realmente el alma puede sobrevivir al cuerpo. Dice que no se puede
asegurar nada al respecto… Entre nosotros, ese mecanismo vital es más fuerte
que entre los verdaderos humanos: él mismo lo ha demostrado experimentalmente.
Somos más flexibles y menos dependientes del cuerpo material. En estado libre,
dice, separamos de nuestro cuerpo esa malla viva y nos servimos del vinculo de
probabilidad para configurarnos en otros átomos, o donde nos parezca. Los
átomos del aire son los más fáciles de gobernar, porque el oxígeno, nitrógeno y
carbono son los mismos átomos que forman nuestro cuerpo.
–¿Y eso explica los
peligros? ¿La plata, la luz del día? No lo veo claro.
–Las vibraciones de
la luz pueden dañar o destruir esa red mental o ectoplasma: producen una
interferencia con nuestras propias vibraciones. En tiempo normal, la masa del
cuerpo sirve de protección. Pero el aire transparente no protege en absoluto
cuando se halla uno en estado libre. ¡Nunca te quedes hasta que se haga de día!
–No te preocupes
–dijo Barbee, que temblaba sólo de pensar en ello–. Pero ¿y la plata?
–También es cosa de
vibraciones –dijo la loba–. En general, la materia no es obstáculo para
nosotros cuando estamos en estado libre. Por eso mismo no tenemos necesidad de
las llaves de Sam Quain, aunque las puertas y los muros parecen reales, la
madera es sobre todo oxígeno y carbono y podemos dominar la vibración de los
átomos y deslizarnos a través de ellos. Podemos utilizar como vehículo muchas
materias más, pero la plata no, y es además muy peligrosa, y eso lo saben muy
bien nuestros enemigos.
–Pero ¿cómo actúa?
De repente, se
había acordado de las sortijas y brazaletes de Rowena y el pelo se le había
erizado, mientras un terrible escalofrío le recorría el espinazo.
–Mi amigo me
explicó por qué, pero no me acuerdo muy bien. En resumidas cuentas, es que la
plata tiene una vibración inadecuada. No existe vínculo de probabilidad con ese
metal… Por lo tanto, Will, la plata es un veneno para nosotros, no lo olvides.
Las armas de plata pueden matarnos.
–Lo tendré en
cuenta… Pero quisiera saber cómo se llama tu amigo el físico.
–¿Tienes celos?
–Quiero saberlo, y
también quiero saber cómo se llama ese Hijo de la Noche que esperáis.
–¿Sí, Barbee? Ya lo
sabrás cuando hayas pasado las pruebas. Ahora creo que has entendido lo que es
nuestro estado libre y sus peligros. Pongamos manos a la obra antes de que
despierte Quain.
Volvió a ponerse
ante la puerta del despacho.
–Ahora voy a
ayudarte a atravesarla. Sígueme.
Bajo la mirada
verde de la loba, la mitad inferior de la puerta acababa de disolverse entre
una bruma irreal. Un segundo después, Barbee aún pudo distinguir los goznes que
la sujetaban, así como el mecanismo de la cerradura, igual que si los hubiera
visto a través de rayos X. Después se disipó el metal y la loba atravesó la
puerta.
Barbee la siguió,
con una extraña sensación de ansiedad. Al atravesar la hoja de madera le
pareció notar como cierta ligera resistencia, llegando al interior de la
habitación. Se detuvo. La loba blanca se refugió a su lado.
En la habitación
había algo mortal.
Husmeó el aire,
tratando de localizar el peligro. El aire era denso y olía a papel, a tinta
seca, a la cola que se deshacía en el lomo de los libros, a la naftalina de los
armarios, al tabaco que Sam tenía en la mesa, a un ratón que antaño había
anidado detrás de la librería. Pero el maléfico perfume que le atemorizaba
procedía del cofre de madera, recubierto de metal, que había en el suelo.
Era un aroma
intenso, húmedo, penetrante, como de algo que se hubiera estado pudriendo allí
durante mucho tiempo. Era un olor que le llenaba de un enorme e inexplicable
desánimo, pero que le evocaba ese ligero hedor indefinible que flotaba
alrededor de la Fundación. La loba blanca estaba a su lado, rígida e inmóvil
como una estatua, con los ojos llenos de odio y estupor.
–Ahí, en la caja,
está lo que han sacado de las tumbas de Ala-Shan donde están enterrados los de
nuestra especie, ahí está el arma que ya se utilizó en tiempos antiguos para
destruir a los nuestros. Quain tiene el proyecto de volver a emplearla en breve
plazo. Tenemos que destruirla, y tenemos que arreglárnoslas para hacerlo esta
misma noche.
Barbee se sacudió.
–No me siento bien
–dijo–. No puedo respirar. Este olor debe estar envenenado. Vámonos.
–No seas cobarde.
Lo que hay ahí, dentro de esa caja, es mucho más peligroso que los perros, que
la plata, que la luz del día. De estas cosas los nuestros no podrán defenderse.
Si no lo destruimos, será el fin de nuestra especie.
–Tiene candado. Sam
debe haber previsto que vendríamos.
La loba se había
tumbado en el suelo y tenía los ojos fijos en la pared del cofre. Se acordó de
las probabilidades. La madera adoptó una consistencia como de niebla, se vieron
los herrajes que sujetaban las planchas y, al momento, también éstos se disolvieron,
así como los pesados aros y la enorme cerradura. La loba gruñó feroz.
–Plata –dijo, y fue
a refugiarse a su lado.
Bajo la madera que
acababa de desaparecer se veía un forro de plata imposible de disolver. Los
átomos de plata no tenían afinidad con el circuito mental. El fétido contenido
de la caja de madera verde permanecía oculto.
–Tus viejos amigos
son listos, Barbee. Yo sabía que la caja era pesada, pero lo que no llegué a
adivinar es que estuviera forrada de plata. Ahora habría que buscar las llaves
para abrir el candado. Si no lo conseguimos, tendremos que prender fuego a la casa
o, por lo menos, intentarlo.
–¡No! ¡Y menos
mientras estén durmiendo!
–¡Tu pobre Nora!
¿Cómo dejaste que Sam te la quitara…? El incendio es el último recurso, para el
caso de que no pudiéramos soportar las vibraciones. Pero primero vamos a buscar
las llaves.
Cruzaron la
estancia en dirección a la puerta. Ya se oía el leve rumor de las respiraciones
en el dormitorio, cuando, de repente, estalló un inmenso clamor. Parecía como
si estuvieran sacudiendo la casa entera. La loba blanca dio un salto y se
refugió tras el escritorio de Quain. Cuando pasó el susto, Barbee se dio cuenta
de que era el timbre del teléfono.
–¿Quién será el
idiota que llama a estas horas? –preguntó la loba enseñando los colmillos.
Barbee escuchó otra
vez el chirrido de la cama y, a continuación, la voz somnolienta de Sam. La
silenciosa habitación le pareció de repente una trampa y sintió unos deseos
frenéticos de huir. Un nuevo timbrazo del teléfono y Sam se despertaría. Corrió
hacia la puerta gritando a su compañera:
–¡Vámonos de aquí!
Pero la loba se
disponía ya a actuar. De un salto llegó a la mesa, se alzó sobre sus patas
traseras, cogió el receptor y se lo acercó a la oreja:
–Escucha y no
hables –ordenó a Barbee.
Se hizo el
silencio. Se oía el tic-tac de un reloj. Barbee distinguió la voz de Sam
murmurando algo y luego su respiración que recuperaba el ritmo del sueño. En la
cocina se paró de pronto el motor de la nevera, pero desde el otro extremo del
hilo una voz tenue llamaba desesperadamente.
–¡Sam! –gritaba
Rowena Mondrick–. ¡Sam Quain! ¿Me oyes?
Barbee escuchó al
mismo tiempo un gemido procedente del dormitorio y la voz del auricular.
–¡Ah! ¿Eres Nora?
¿Dónde está Sam? Tengo que prevenirle, se trata de Barbee. Díselo.
Salió un grito del
auricular.
–¿Oiga? ¡Sam!
¡Nora! ¿Por qué no contestáis?
Barbee temió que se
hubiera oído desde el dormitorio. Sonó un ruido metálico cuando la vieja dama,
asustada, colgó el auricular al otro lado del hilo.
Dejando el
teléfono, la loba blanca volvió al lado de Barbee:
–Esta maldita viuda
de Mondrick sabe demasiado de nosotros. Ha visto muchas cosas; por eso perdió
la vista. Lo que ella sabe hace que el contenido de la caja se vuelva más
peligroso aún. Ésa es otra cosa que tenemos que hacer, Barbee. Creo que lo
primero que deberíamos hacer es suprimir a Rowena Mondrick antes de que hable
con Sam Quain.
–No podemos atacar
a una mujer vieja y ciega –protestó Barbee–. Y además Rowena es amiga mía.
–¿Amiga tuya…? Aún
te faltan muchas cosas que aprender, Barbee. Amiga… ¡Precisamente a quien va a
traicionar es a ti!
Y se desplomó sobre
la alfombra.
–April, April ¿qué
te pasa?
–Hemos caído en una
trampa –articuló la loba con dificultad–. Ya ves por qué tu viejo amigo Quain
se ha acostado tranquilamente y ha dejado abierta la puerta trasera. La caja
verde es el cebo del anzuelo. Sabe perfectamente que no podernos apoderarnos de
ella. Y esa cosa horrible que hay dentro nos da el golpe mortal.
Barbee casi había
olvidado el hedor penetrante del cofre verde, que al principio le había
parecido tan terriblemente insoportable. Levantó el hocico y respiró. Ahora
parecía menos peligroso. Era casi agradable. Adormecido, aspiró de nuevo.
–No respires,
Barbee… ¡Veneno! Quain lo ha puesto aquí para matarnos… Hay que dejarlo ahora y
hacer una visita a tu amiga Rowena, si es que llegamos hasta allí.
Fláccida e inmóvil,
permaneció tendida en el suelo.
–¡April! –gritó
Barbee–. ¡April!
Pero la loba no se
movió.
CAPITULO VIII
Noche de caza
Barbee se inclinó
hacia la fláccida forma de la loba blanca, extendiendo las cuatro patas para
guardar equilibrio y no caer. Percibía el fuerte olor del objeto encerrado en
el cofre verde. Era algo secreto y ancestral, más antiguo que toda la historia
conocida, que había estado encerrado desde tiempo inmemorial en un túmulo
funerario de Ala-Shan junto a las osamentas de los que habían muerto por sus
efectos. También él iba a morir. El olor era dulce, perfumado… ¿Por qué –se
preguntó–, por qué antes me pareció mortal este olor?
Aspiró
profundamente.
Le apetecía
tenderse a dormir al lado de la loba.
Se sentía
mortalmente cansado y le parecía que ese olor antiquísimo y extraño aliviaría
sus penas y la terrible fatiga de todo su cuerpo dolorido. Aspiró lenta y
profundamente y se dispuso a dormir. Pero la loba blanca se agitó levemente y
susurró:
–Déjame a mí,
Barbee, y sal de aquí antes de que la caja te mate.
Estas palabras
despertaron en él cierta consciencia del peligro en que se hallaba. A él le
gustaba aquel singular perfume, pero a April Bell la estaba matando. Había que
salir de allí y respirar aire puro. Después podría volver a aspirar el perfume
y dormir. Con los dientes agarró a la loba por la laxa piel del lomo y, a duras
penas, la remolcó hacia la abertura que ella misma había practicado en la
puerta.
Llegado allí, la
consternación se apoderó de su alma. Aflojó los dientes y soltó el cuerpo
inerte de la loba. El camino estaba cortado. Las cerraduras y el panel habían
reaparecido. Aquel apacible despacho había sido convertido en una trampa para
cazarlos a ellos. Estaban encerrados. Débilmente, arremetió contra la puerta,
pero ésta permaneció inamovible. Se esforzó por recordar las clases de Mondrick
y la teoría del desconocido amigo de April. La materia estaba compuesta
principalmente de vacío. Nada era absoluto. La única realidad era la
probabilidad. La mente era una red de energía que podía actuar sobre los átomos
y los electrones de la puerta y polarizar la probabilidad. Podía anular las
vibraciones que convertían la puerta en una barrera infranqueable.
Siguió
esforzándose, pero la puerta no desaparecía. La loba continuaba tendida a sus
pies y él tuvo que hacer un gran esfuerzo para no derrumbarse a su lado. El
olor dulzón del interior de la caja se expandía por el ámbito de la estancia.
Respiraba pesadamente, con la lengua colgando Aquel perfume ancestral pondría
fin a todos sus sufrimientos y dolores.
Se oyó,
imperceptiblemente, la voz de la loba:
–Mira la puerta.
Abre la madera. Intentaré seguirte.
Volvió a esforzarse
por disolver los paneles. Sólo las probabilidades eran reales. Lo sabia
perfectamente, pero no eran más que palabras. La puerta permanecía sólida. La
loba se estremeció. Barbee se dio cuenta de que ella intentaba ayudarle.
Lentamente, sintió que se despertaba en él un sentido nuevo de la extensión y
un dominio sobre las cosas.
En la madera
apareció un punto neblinoso. Sin saber cómo, consiguió agrandarlo.
Repentinamente, la loba se estremeció y pareció quedarse rígida. La abertura
era demasiado pequeña aún. Una bocanada más de perfume y… La abertura se
agrandó. Cogió a la loba por el cuello y atravesó la puerta con ella.
Los efluvios de la
caja verde quedaron a sus espaldas. Por un instante, Barbee sintió unos
terribles deseos de volver atrás, poro al momento se produjo una reacción en
él. Se dejó caer al suelo, sacudido por las náuseas. Muy lejos ya, en la
habitación cerrada tras ellos, se oía hablar a la impaciente operadora a través
del auricular que habían olvidado colgar. Luego sonó la voz de Nora hablando en
sueños:
–Sam… ¡Sam!
Volvió a crujir la
cama. Sam se dio la vuelta, pero ni uno ni otro se despertaron. Barbee volvió a
alzarse con sus cuatro patas, feliz de respirar el aire puro a grandes
bocanadas. Al agacharse para coger a la loba blanca con las mandíbulas aspiró
una bocanada del horrible olor que pasaba por debajo de la puerta y le
inundaron las náuseas.
La levantó y se la
echó a la espalda. Roto, agobiado por su peso, cruzó trabajosamente la cocina
de Nora, que olía a limpio, y salió al jardín por la puerta abierta. Por fin,
lejos de la trampa para hombres-lobo, se sintió seguro. Estaba temblando. Tenía
el pelo hirsuto y sudoroso, pero no logró deshacerse plenamente de la angustia
del recuerdo hasta que el frío sano de la noche no le hubo limpiado la
respiración de aquel mortal efluvio.
Llevó a la loba
blanca hasta el campus y la extendió en la hierba escarchada y crujiente. Por
oriente nacía ya una palidez de plata. De las granjas llegaba el canto de los
gallos. Un perro ladraba a la muerte. Se acercaba el peligro del alba. Y él no
sabía qué hacer por April Bell.
Desesperado, se
puso a lamerle el blanco pelo. Y el esbelto cuerpo se estremeció y luego se
agitó, para su inmenso alivio, como si hubiera vuelto a respirar. Luego se
enderezó titubeante sobre las patas. Resollaba con la lengua fuera. Su mirada
estaba negra de terror.
–Gracias, Barbee
–dijo al fin–, ha sido horrible. Si no me hubieras traído hasta aquí, ahora
estaría muerta en la trampa que tan ingeniosamente ha preparado tu viejo amigo.
Lo que hay en la caja es mucho más peligroso de lo que yo me imaginaba. Creo
que ni siquiera podremos destruirlo. Pero lo que sí podemos hacer es castigar a
los que pretenden utilizarlo hasta que vuelvan a enterrarlo en lo más recóndito
de Ala-Shan.
–¿Quieres castigar
a Sam, a Nick y a Rex?
La loba blanca le
miró maliciosamente:
–No olvides que
ahora formas parte de la banda tenebrosa. Ya no puedes tener amigos humanos.
Cualquiera de ellos, si supiera, te mataría y nos mataría sin vacilar. Hay que
destruir a los enemigos del Hijo de la Noche, antes de morir. Pero Quain no es
el primero de la lista. Ahora, a quien tenemos que atacar es a la viuda de
Mondrick, antes de que ella le diga nada.
–¡A Rowena no!
–suplicó Barbee–. Para mí siempre ha sido una amiga sincera, incluso después de
que Mondrick cambiara de actitud conmigo. ¡Qué buena, qué generosa siempre! ¡Es
tan humana!
–Pero tú no eres
humano, Barbee, no lo olvides. Y ella tampoco –añadió–; no lo creo. Por lo
menos, no una verdadera humana. A mi parecer tiene un poco de nuestra sangre,
lo necesario para resultarnos un poco peligrosa. Por eso hay que impedirle que
hable.
–No. Yo no quiero
hacerle daño.
–Tampoco te creas
que va a ser fácil cazarla –dijo la loba blanca– Se sabe perfectamente todo lo
que el viejo Mondrick le ha enseñado. Además, en África, ha visto un montón de
cosas. ¿Te has fijado en toda la plata que lleva encima? Es contra nosotros. Y
también debe tener otras armas. Sin contar a ese asqueroso perro adiestrado por
Mondrick. Será difícil acabar con ella, pero debemos intentarlo.
–Yo no.
–Sí, Barbee, tú
harás lo que tengas que hacer porque eres lo que eres. Esta noche eres libre.
Con tu cuerpo en la cama has dejado también todas tus inhibiciones habituales.
Esta noche corres a mi lado como los de nuestra raza, hoy muerta, corrían
antiguamente. Y nuestra presa es humana… Vamos, Barbee, antes de que amanezca.
La loba blanca echó
a correr y cayeron, rotas, las débiles cadenas de escrúpulos humanos que aún
retenían a Barbee. Corrió tras ella sobre el césped, sintiendo bajo sus zarpas
el suave crujido de la escarcha, atento al menor murmullo y al menor olor de la
ciudad dormida. Hasta el humo caliente del camión de la leche le pareció
perfumado después de haber respirado la letal emanación de aquella cosa
extraída de las antiguas tumbas del remoto desierto.
Por fin llegaron a
University Avenue y al caserón de ladrillo rodeado de descuidado césped. Cuando
vio el crespón negro en la puerta de entrada, Barbee se detuvo. Pero la loba
blanca siguió corriendo y su fresco olor le disipó todas las dudas.
Su cuerpo humano
reposaba lejos y sus ataduras de hombre estaban rotas. La loba estaba a su
lado, viva, palpitante, irresistible. Ahora ambos pertenecían a la misma manada
y eran conducidos por el Hijo de la Noche. Sentado uno junto al otro, esperaron
a que la puerta se disipase ante ellos.
–Rowena no debe
sufrir –cuchicheó, incómodo–. Siempre ha sido muy buena conmigo. Cuando venía a
verla tocaba para mí en el piano melodías que ella misma improvisaba, que casi
siempre eran extrañas y tristes, pero magníficas. Realmente, merece una muerte buena,
sin dolor.
La loba blanca
partió en primer lugar. Habían percibido ya el penetrante y aborrecido olor del
perro. El pelo se les erizó en el lomo y la loba gruñó, con los ojos fijos en
la puerta, sin contestarle. Barbee vio desaparecer la parte inferior de la
puerta en una bruma irreal. Echó una rápida ojeada a aquella estancia que tan
familiar le resultaba, con la gran caverna negra de la chimenea y la voluminosa
masa oscura del piano de cola. Vio moverse vagas sombras y escuchó pasos
apresurados sobre el entarimado. La llave giró y la puerta que se estaba
haciendo invisible se abrió bruscamente.
La loba retrocedió.
De la casa se
escapaba una vaharada de olores, los más próximos y reales que percibía hasta
entonces. El olor fino y amargo del gas que ardía en la chimenea, el pesado
perfume de las rosas que habían traído Sam y Nora Quain, el olor a jabón y
naftalina de las ropas de Rowena Mondrick y el olor caliente y ácido de su
cuerpo, que expresaba miedo. Y, por encima de todo, el hedor del perro.
Este último aroma
no era tan terrible como el que emanaba del cofre que había en casa de Sam
Quain. Sin embargo, le producía náuseas. Le dejaba helado de un terror más
antiguo que la misma Humanidad. Y le llenaba de odio racial. El pelo se le puso
de punta y arrugó el hocico enseñando los dientes. Juntó las patas, retuvo el
aliento y se replegó sobre sí mismo para hacer frente al eterno enemigo.
Rowena Mondrick
salió con el perro sujeto de la cadena. Se paró, mayestática, en su bata de
seda negra, como una estatua grande y severa. La luz de una lámpara hacía
brillar el broche de plata del cuello, el brazalete y los anillos, también de
plata maciza. Pero además la luz producía destellos en la punta afilada de la
daga que llevaba en la mano.
–Ayúdame –susurró
la loba blanca–. Ayúdame a destruirla.
Aquella frágil y
ciega mujer que llevaba una daga en la mano y en la otra la cadena de su perro,
había sido amiga suya. Pero pertenecía a la especie humana y Barbee se agazapó
junto a la loba blanca. Con el vientre pegado a la tierra, ambos avanzaron sobre
su presa.
–Voy a intentar
sujetarle el brazo –le dijo la loba al oído–. Tú sáltale a la garganta antes de
que pueda servirse del puñal de plata.
Rowena Mondrick
esperaba en el oscuro dintel de la puerta. Tras ella, lentamente, los paneles
volvía a ser reales y sólidos. El perro gruñía y pugnaba por desasirse de la
cadena, pero ella le retenía enérgicamente por el collar claveteado de plata.
El rostro delgado y pálido de la ciega denotaba tristeza y ansiedad. Al
contemplarla así, con la cabeza erguida, Barbee tuvo la desconcertante
impresión de que los negros cristales de las gafas le veían, de que le estaban
viendo a él.
Efectivamente:
–Wil Barbee –dijo
la ciega–. Sabía el peligro que te amenazaba. Intenté prevenirte y armarte
contra esta astuta bruja, pero no creí que tardaras tan poco tiempo en olvidar
tu humanidad.
Barbee sintió que
le invadía una espantosa vergüenza. Se volvió hacia April para lanzar un
gemido, pero vio un gesto feroz de los blancos colmillos desenvainados y guardó
medroso silencio.
–Estoy
verdaderamente afligida –continuó pausadamente Rowena– porque hayas tenido que
ser tú. Pero sé que has sucumbido a la sangre negra que hay en ti. Siempre
confié en que lo superarías. No todos los que tienen sangre son brujos, Will.
Yo lo sé muy bien. Pero creo que me he equivocado contigo… Sí, sé que estás
aquí, Will –le pareció ver temblar la mano crispada en el puñal de plata que
ella misma había tallado y mimado, pues anteriormente había sido un cuchillo de
mesa– y sé lo que buscas… Sé muy bien lo que quieres… Pero a mí no se me puede
matar fácilmente.
Pegada al suelo, la
loba sonrió a Barbee y avanzó;
–¿Listo? –preguntó
al lobo gris–. Cuando le atrape el codo… ¡Adelante! ¡Por el Hijo de la Noche!
Saltó sin ruido. Su
delgado cuerpo dibujó un rayo blanco en la sombra y sus relucientes colmillos
atraparon el brazo de la ciega. Barbee, atento al puñal de plata, sintió de
repente una negra oleada de salvajismo, una cálida sed de sangre roja y dulce.
–No, Will –gritó
Rowena entre sollozos–. Tú no puedes hacer esto.
El lobo contuvo la
respiración para saltar.
Pero Turco había
lanzado un rugido de alarma. Rowena Mondrick soltó el collar y retrocedió
apuñalando en el aire con el cuchillo de plata.
La loba dio un
salto en el aire y esquivó el puñal. Pero los pesados brazaletes de la ciega la
golpearon la cabeza. La loba cayó, temblando bajo el golpe que acababa de
recibir, y el enorme perro aprovechó la ocasión para saltarle a la garganta.
Ella se retorció, impotente, entre los colmillos del perro, y sus músculos se
aflojaron con un gemido. Este gemido liberó a Barbee de la lástima que le
quedaba por Rowena. Saltó con los colmillos desnudos sobre Turco y le desgarró
el cuello, pero tropezó con los clavos de plata del collar. Al contacto con el
frío metal, sintió un dolor paralizante. Retrocedió, sintiéndose enfermo por el
horrible contacto.
–¡No la sueltes!
–gritaba Rowena.
Pero el perro ya
había soltado a la loba para poderse defender del ataque de Barbee. April,
maltrecha y vacilante, se apartó de la lucha.
–Vámonos, Barbee
–dijo–. Esta mujer tiene demasiada sangre nuestra. Es más fuerte de lo que yo
me esperaba. No podemos vencerlos a ella, a la plata y al perro juntos.
Y echó a correr por
el césped.
Barbee la siguió
como un rayo.
La ciega también
les siguió con pasos rápidos, llena de confianza en sí misma. Terrible. Las
luces de la calle se reflejaron, frías, sobre el broche y los brazaletes, y
pálida sobre la hoja de plata que blandía en el aire:
–¡Corre, Turco!
–gritaba–. ¡Mátalos!
La loba blanca y el
lobo gris huyeron juntos y llegaron a la calle desierta que conducía al
silencioso campus. Barbee se sentía agitado y dolorido por la plata con que
habían tropezado sus quijadas. Se daba cuenta de que el perro pastor le iba a
alcanzar. Cada vez se oían más cerca sus ladridos salvajes y los gritos
malvados de la vieja. Y se volvió para plantar cara por última vez.
Pero la loba blanca
había tomado la iniciativa por su cuenta. Corrió hacia el perro y lo atrajo
hacia sí. Turco se lanzó tras ella, que danzaba ante él, le hacía quiebros y se
burlaba imitando sus ladridos. Así, astutamente, le condujo en dirección a la calzada
de detrás del campus.
–¡Cógelos y vuelve!
–gritaba la vieja–. ¡Vuelve!
Barbee se sacudió e
inició una maniobra de retirada. La loba y el perro habían desaparecido de su
vista, pero aún flotaban sus olores. A lo lejos, aún resonaba el ladrido, pero
ya expresaba desengaño y falta de ardor.
La ciega,
obstinada, seguía corriendo detrás de Barbee.
Se distanció de
ella una manzana de casas y se volvió para verla de lejos. La vieja llegó a una
avenida que cruzaba la helada extensión de césped. Sin duda, los cristales
negros ya no la guiaban, pues tropezó con el bordillo y cayó cuan larga era
sobre el pavimento.
Barbee sintió un
arranque de lástima. Esa caída imprevista debía haberla dejado maltrecha. Pero
se levantó y reanudó la persecución. La claridad de las estrellas reverberaba
en la punta del cuchillo y Barbee cambió de dirección lanzándose en pos de los
mezclados olores de la loba y el perro. Volvió a pararse junto al semáforo de
Center Street y vio que la ciega había quedado muy atrás. De pronto, apareció
un automóvil solitario y Barbee se puso a correr como loco, huyendo del
resplandor de los faros, que le resultaba insoportable. Se escondió como pudo
en una bocacalle hasta que desapareció el coche. Cuando volvió a mirar atrás ya
no pudo divisar a Rowena.
El lastimero
ladrido del perro pastor se había apagado o era muy lejano. Ahora, el lobo gris
se encontraba en el centro del fragor de las máquinas, entre silbidos del vapor
y ritmos de acero en la estación. Consiguió sin embargo no perder la pista y la
siguió hacia el este, a través de un dédalo de callejas, hasta la vía.
Olía a grasa de
máquinas, a ceniza seca, a creosota, todo ello diluido en la acre humareda
sulfúrica del carbón. Pero él no perdió la pista De pronto, una enorme
locomotora se lanzó sobre él.
Barbee se apartó,
pero le envolvió una ráfaga de vapor que disipo todos los olores menos el del
aceite recalentado y el del metal. Había perdido la pista.
Quiso volver sobre
sus pasos para recobrarla. Aspiró con todas sus ganas, pero no encontró más que
olor a metal caliente, a aceite quemado y a fuel-oil medio consumido, sobre un
fondo de olores químicos que ascendían del paisaje industrial que atravesaban
los trenes.
Levantó las orejas
desesperado. El traqueteo de las locomotoras y los vagones se alejaba. Las
fábricas producían un ruido metálico y rítmico. A lo lejos se anunció el
silbato de un tren. Pero no oyó ningún ladrido ni la llamada de la loba.
Se volvió hacía el
este y un agudo dolor le mordió los ojos. La cabeza le estallaba. Las chimeneas
de las fábricas eran como largos dedos indicadores de que el día estaba
amaneciendo. Había perdido a su loba blanca y la luz mortal le amenazaba. De
repente se dio cuenta de que no sabía cómo volver a su casa y recobrar su
cuerpo.
Caminaba sin norte
entre los brillantes y fríos raíles, cuando, por detrás de las fábricas, se
volvió a oír, desanimado, sin esperanza, el ladrido del perro. Se dirigió hacia
el ladrido, protegiéndose de la claridad del alba en la sombra de un tren de mercancías.
Al fin distinguió a
la loba blanca que corría lánguidamente hacia él. Había dado muchas vueltas
para despistar al perro y debía estar fatigada. ¿O acaso la luz la debilitaba?
El perro le ganaba terreno. El ladrido creció, se hizo más agudo, rápido y triunfante.
Barbee corrió hacia
la loba.
–Descansa –le
dijo–. Ahora voy a entretenerlo un poco yo.
No estaba muy
seguro de poder hacerlo durante mucho tiempo, ya que el alba se insinuaba cada
vez más claramente y todavía sentía el cuerpo vacilante y dolorido por el
choque con la plata. Pero tenía que ayudar a la loba.
–No, Barbee –le
dijo–. Ya es tarde; debemos permanecer juntos.
Corrió al lado de
ella, tan cansado que ni siquiera se preguntó qué pretendía hacer. La luz
aumentaba y Barbee contempló la extensión del río, en cuya espesura tal vez
encontrara un poco de sombra donde guarecerse.
–¡Por aquí, Barbee,
no te separes de mí!
La loba seguía
corriendo por la vía.
El perro rojizo les
pisaba los talones. No parecía en absoluto agotado. La luz grisácea se
reflejaba en su mortífero collar. Barbee huía, esforzándose por no separarse
demasiado de la loba.
El río estaba
cerca, negro. Respiró el putrefacto hedor de sus riberas fangosas y el perfume
agrio de las hojas muertas. Más allá percibía el aroma rancio de la fábrica de
transformación de basuras y el ácido y desagradable olor de los residuos
químicos que contaminaban las oscuras aguas del río. El fuego blanco del día se
hacía intolerable en el cielo. Le escocían los ojos y el cuerpo se le contraía
bajo el efecto de la luz. Sombrío, seguía a su esbelta compañera. Por algún
lugar, aún lejos, el tren silbó de nuevo.
Llegaron al puente
y la loba, con paso seguro, sorteó los travesaños. Barbee se quedó atrás,
poseído por un vago temor ancestral hacia el agua que corría bajo sus pies. El
perrazo, aullando una vez más a la muerte, se les echaba ya encima. Temblando,
procurando no mirar la negra superficie del agua, Barbee fue cruzando el puente
como podía. Pero el perro le siguió, imperturbable. El lobo había cruzado la
mitad del puente cuando los carriles empezaron a vibrar. Se oyó otro silbido
del tren. El foco delantero de la locomotora brilló ferozmente en una curva de
la vía, a menos de quinientos metros. Barbee galopó frenético.
La aparente apatía
de la loba había desaparecido. Corría como una flecha, sin hacer un movimiento
inútil. Parecía una sombra blanca volando sin mover el cuerpo. Galopaba detrás
de ella, desesperadamente, a lo largo del acero vibrante y sonoro. El aire temblaba
y el puente se movía. La loba llegó al extremo del puente y se sentó al lado de
la vía, burlándose del perro. Él se tumbó a su lado, entre la polvareda que
levantó el tren. Apenas si oyó el último alarido de terror del perro. La loba
sonrió al contemplar las imperceptibles manchas que había dejado el perro en el
agua del río y sacudió su pelaje de nieve
–Se acabó Turco
–dijo feliz–. Creo que, a su debido tiempo, nos ocuparemos igualmente de su
dueña, a pesar de sus armas de plata y de su sangre negra.
Barbee tembló.
Bajaron el
terraplén huyendo del oriente…
–¡Pobre Rowena!
–dijo–. Ya le hemos hecho bastante daño.
–Es la guerra,
Will. Es una guerra entre especies, tan antigua como el mundo. Ya la perdimos
una vez, y no podemos permitirnos otra derrota. Nada hay demasiado cruel para
traidores mestizos como esa viuda negra. Ya no tenemos tiempo esta noche, pero
por lo menos le hemos estropeado sus planes. No ha podido prevenir a Sam Quain…
Ahora tenemos que volver ya… Buenas noches, Barbee.
Se quedó solo. La
llama de luz crecía por el este y un terror frío se apoderó de él. ¿Cómo
regresar? Lleno de incertidumbre, buscó su cuerpo, se esforzó por encontrarlo
¿Cómo llegar hasta
él?
Y, sin embargo,
seguía teniendo consciencia de su cuerpo, que reposaba rígido y helado sobre la
cama, en el pequeño apartamento de Bread Street. Como cuando se quiere salir de
un sueño, hizo torpes esfuerzos desordenados por regresar a ese despojo y volver
a animarlo.
Al principio, sus
intentos fueron torpes y débiles, como los primeros pasos de un niño. Sentía un
intolerable dolor y el agotamiento de una facultad que no había empleado hasta
entonces. El mismo sentimiento le empujó a perseverar, le estimuló. Sí seguía,
sin duda, terminaría con el dolor. Lo intentó de nuevo. Una vez más sintió una
sensación de metamorfosis, la impresión de algo que fluía… Y se volvió a
encontrar sentado en el borde de la cama, intentando poner los pies en el
suelo, con todo el cuerpo dolorido.
La habitación
estaba fría y él, rígido y helado. Sentía una gran torpeza que le paralizaba
los sentidos. Husmeó, intentando distinguir de nuevo toda la gama de olores que
captaba el lobo gris, pero su tosco olfato humano permaneció insensible. Ni
siquiera sintió el olor del whisky evaporado del vaso.
Llegó pesadamente
hasta la ventana y alzó la persiana. La luz grisácea ahogaba la iluminación
eléctrica de las calles. Se apartó de la ventana, como sí la luz del día
hubiese sido el terrible rostro de la Muerte.
¡Vaya pesadilla!
Se enjugó el sudor
de miedo que perlaba su rostro. El colmillo derecho le palpitaba de dolor. Era
el diente que había mordido los clavos de plata del collar de Turco. Si el ron
le producía este tipo de resaca, era preferible seguir fiel al whisky. Y, en el
futuro, sería conveniente beber menos.
Tenía la boca
ardiente y seca. Con paso incierto llegó al cuarto de baño para lavarse los
dientes y se sorprendió intentando coger el vaso torpemente con la mano
izquierda. Se dio cuenta de que con la derecha seguía aferrado al broche de
jade blanco de la tía Ágata.
¡Caramba! En el
dorso de la mano tenía un largo arañazo rojo, en el sitio preciso en que Jiminy
Criket le había clavado sus dientecillos.
¡Todo era normal!
No había que asustarse.
El viejo Mondrick
lo explicaba siempre en sus lecciones de psicología de los sueños. Eran
fenómenos del inconsciente y no eran tan extraordinarios ni tampoco tan
instantáneos como los percibía el sujeto.
Seguramente que por
pensar en lo que le había contado April Bell se había levantado en sueños y
había rebuscado en la caja de puros de la cómoda el broche de jade blanco. Todo
ello lógico y natural. Y seguramente debió de herirse la mano con una de las cuchillas
de afeitar que había en la caja, o tal vez con el mismo alfiler del broche. Lo
demás no eran sino interpretaciones subjetivas de un incidente sin importancia
en las que se reflejaban sus miedos y sus deseos reprimidos.
La explicación era
perfecta.
Suspiró aliviado,
se enjuagó la boca y alargó la mano hacia la botella de whisky… ¡puaf! Como en
la pesadilla, la boca se le llenó del horrible sabor del pelo del perro.
Con mano firme
volvió a colocar la botella en su sitio.
CAPÍTULO IX
Consecuencias de
una pesadilla
Barbee quería
olvidar aquella pesadilla.
Volvió a la cama
temblando e intentó dormirse de nuevo. Le fue imposible. Los más mínimos
detalles de la pesadilla se le presentaban obsesivamente en la memoria,
horriblemente reales y verdaderos. Le era imposible liberarse de la sonrisa
escarlata de la loba blanca, de la sensación de fragilidad que le produjeron
las vértebras trituradas de Jiminy Criket, del espectáculo de la viuda de
Mondrick tropezando en el bordillo de la acera cuando le perseguía con un
terrible cuchillo de plata en la mano.
Volvió a
levantarse, bajó la persiana para protegerse de la cruel luz diurna, se puso
mercurocromo en el arañazo de la mano, se afeitó meticulosamente y se tomó una
aspirina.
Los sueños eran
resultado lógico de causas normales y él no tenía ninguna necesidad de
consultar al doctor Glenn para esclarecer esta pesadilla. La visible repulsión
que Nora Quain y la señora Mondrick sentían por April Bell muy bien podía
haberle metido en el subconsciente la idea de que la chica era una loba. Y su
deseo de protestar indignadamente contra tal acusación, bastaba para explicar
que se hubiera inventado para sí mismo el papel de lobo gris. Teniendo en
cuenta, además, los extraños acontecimientos que habían rodeado el asesinato de
Mondrick y la fatiga nerviosa de los últimos días, se comprendía claramente que
tener una pesadilla era completamente normal. Y, sin embargo, este intento de
explicar el sueño no le satisfacía del todo… Sí, tenía que telefonear a Rowena
y asegurarse de que se hallaba en perfectas condiciones en su caserón de
University Avenue, custodiada por el fiel Turco.
–No –le dijeron–.
La señora Mondrick no está –era la señorita Rye, el ama de llaves–. ¿La
señorita Ulford? No, tampoco está.
–¿Cómo es que no
están?
–La señorita Ulford
se ha ido a ver a la pobre señora Mondrick.
–¿Por qué, qué ha
pasado?
–La pobre señora
debió sentirse mal anoche… Seguramente por la impresión de la muerte de su
marido. Ella siempre ha tenido crisis, ya sabe usted, desde que aquella fiera
le arrancó los ojos en África.
–¿Y qué ha
sucedido?
–Se levantó por la
noche y salió de la casa con ese asqueroso perro del que nunca quería
separarse. Debía estar absolutamente convencida de que perseguía, ¿qué se yo?,
a la misma fiera que le arrancó los ojos. En todo caso, había cogido uno de sus
mayores cuchillos de mesa que ella misma había convertido en una especie de
puñal. Menos mal que el perro ladró y la señorita Ulford se levantó y la siguió…
Se conoce que el perro se debió escapar y la señora Mondrick salió tras él por
las calles, ¡corriendo ciega! Dice la enfermera que debió recorrer toda la
avenida hasta el final. No sé cómo pudo llegar hasta allí –visiblemente, la
señora Rye disfrutaba contando todos los detalles–. La señorita Ulford quedó
agotada de tanto correr, pero consiguió alcanzarla y la trajo a casa en un
taxi. La pobre estaba destrozada y sangraba por todas partes, pues se había
caído varias veces. Tenía el cuchillo bien agarrado y no permitió que se lo
quitaran. Al fin conseguimos quitárselo de las manos y ella siguió gritando
cosas raras de Turco, que estaba persiguiendo a no sé qué seres. Al perro no le
han encontrado, y la señorita Ulford llamó a una ambulancia y me despertó para
hacer el equipaje de la señora. Hace ya una hora que la llevamos. La pobre se
resistió, y no podíamos con ella. A mí me daba miedo de que se suicidara. En
fin, ahora está en Glenhaven.
–Creo que ya estuvo
allí una temporada. ¿Por qué no quería volver ahora?
Barbee hizo lo
posible porque la voz no delatase su ansiedad.
–La señora quería,
por todos los medios, que la lleváramos a casa del Señor Quain. Tanto insistió
que le llamé por teléfono, pero la telefonista me dijo que los Quain tenían el
receptor descolgado. Los mozos de la ambulancia le dijeron que no se preocupara
por nada, que ellos se encargarían de todo y que no se pusiera así. Y se la
llevaron a Glenhaven…
Barbee no pudo
responder.
–¿Oiga? –gritó la
señora Rye–. ¿Oiga?
Él no pudo
articular palabra y la señora Rye, cansada de esperar, colgó.
Barbee tropezó,
volvió a tropezar y por fin llegó al cuarto de baño, se llenó la boca de whisky
y, antes de que le llegara a la garganta, lo escupió al lavabo. No volvería a
tomar ni una sola gota de alcohol.
¡Qué excelente
enfermera la señorita Ulford! ¡Qué buena idea la de llevar a su paciente al
doctor Glenn! La tragedia del aeropuerto había sido un golpe demasiado duro
para la señora Mondrick del que todavía no se había repuesto. Por otra parte,
sus propios recelos sobre el equilibrio mental de la señora Mondrick habían
contribuido a inspirarle aquella grotesca pesadilla. Decididamente, era
preferible no examinar demasiado a fondo todas las coincidencias…
Solicitó el número
de las Arms of Troy.
Ni siquiera podía
enterarse si April Bell había regresado bien, después de haberse separado de él
en la vía. Pero quería escuchar su voz, saber dónde estaba, qué hacía,
excusarse por no haberla telefoneado la noche anterior como había prometido.
Citarla en algún sitio.
–Imposible –le
respondió el conserje–. No podemos molestar a la señorita Bell.
No había nada que
hacer.
Con el jefe de
recepción tampoco:
–Lo siento, señor
Barbee, pero realmente es imposible. La señorita Bell nos ha insistido mucho en
que no la despertemos hasta el mediodía, excepto en caso de incendio o
asesinato.
Para ser una
periodista principiante, April no se levantaba demasiado temprano.
Barbee dejó un
recado. Se vistió rápidamente, tomó un café en el restaurante de enfrente y se
fue a la ciudad. Necesitaba ver gente a su alrededor. Gente humana. Quería oír
las voces de siempre, el teclear de las máquinas de escribir, el rugido
ensordecedor de las rotativas. Pasó por delante de La Estrella y preguntó por
Rex al viejo Ben Chittum.
–No está bien –dijo
el viejo, visiblemente inquieto–. Me parece que la muerte del doctor Mondrick
le ha afectado mucho. Después del entierro apenas pudimos hablar, pues tenía
que volver enseguida a la Fundación. ¡Con el tiempo que llevamos sin vernos! Pero,
usted que entiende de eso, señor Barbee, ¿por qué los periódicos no han dicho
nada de lo que pasó en el aeropuerto…? A mí me parece importante tratándose del
doctor Mondrick, y habiendo muerto de esa manera. Y, sin embargo, no dicen casi
nada. Sé que usted estuvo allí, y esa chica de El Faro también.
–¡Ah, sí! Yo
también pensaba que se merecía la primera página y les entregué un trabajo de
seiscientas palabras. Ni siquiera he visto lo que han hecho con él. La emoción…
–Mire –dijo el
vendedor de periódicos–. ¡Ni una palabra!
En el interior
figuraba el anuncio del entierro, sin más.
–No lo entiendo…
Pero Barbee tenía
problemas más graves y se fue a la redacción. Encima de su mesa había una hoja
azul que le ordenaba presentarse a Preston Troy en cuanto llegara. La Estrella
no era, en realidad, la principal empresa de Troy, que era dueño de Fábricas Troy,
Sociedad Troy, Radio Troy, y del club de base-ball, que también llevaba su
nombre. Pero el periódico era su creación preferida. Desde su despacho,
instalado en el piso inmediatamente superior al de la redacción, solucionaba
casi todos sus asuntos.
Cuando llegó Barbee
estaba dictando a una secretaria alta y rubia (Troy era famoso por la belleza
de sus secretarias). Era un hombre corpulento, pletórico, con una franja de
cabellos rojos alrededor del cráneo. Lanzó a Barbee una mirada azul y
penetrante y se pasó el puro a la otra extremidad de su enorme boca.
–Tráigame el
expediente Walraven –dijo a la secretaria–. Adelante, Barbee. Grady dice que es
usted un excelente reportero. Por lo tanto quiero brindarle la ocasión de
publicar un articulo importante firmado por usted. Se trata de presentar la
candidatura del coronel Walraven al Senado.
–Gracias, jefe
–dijo Barbee sin ningún entusiasmo–. A propósito, veo que Grady no ha publicado
mi artículo de ayer sobre la muerte de Mondrick.
–Le dije que no lo
publicaran.
–¿Y podría decirme
por qué razón? A mi juicio, se merecía la primera página. Tenía interés humano,
misterio… Era una noticia sensacional. El viejo Mondrick murió en el momento en
que empezaba a contar lo que había descubierto en Asia y lo que traía en esa
caja verde. Era un asunto verdaderamente interesante –Barbee hacía esfuerzos
por mantenerse en calma–. Se lo aseguro, jefe… El forense ha dictaminado una
muerte por causa natural, pero los compañeros del viejo se comportan de una
manera muy extraña, como si no se lo creyesen. No revelan qué contiene la caja
y da la impresión de que les da miedo hablar… ¿Comprende, jefe? Yo quisiera
seguir adelante con este asunto y escribir un trabajo que hiciera hablar de
Clarendon. Quisiera descubrir por qué Mondrick fue a Ala-Shan, y de qué tienen
miedo todos. Y qué tienen oculto en esa caja.
Pero en los ojos de
Troy se leía al mismo tiempo dureza y vacío.
–Es demasiado
sensacionalista para La Estrella –dijo al fin–. No pensemos más en ello,
Barbee. Vaya a trabajar en el asunto del coronel Walraven.
–¡Demasiado
sensacionalista, jefe! Si está usted cansado de decirnos que la sangre es el
pan de cada día de La Estrella!
–He decidido que no
publicaremos nada del asunto Mondrick. Por otra parte, ningún otro periódico
habla del caso.
–Es que no puedo
dejar de pensar en ello, jefe. Tengo que descubrir lo que guarda Sam Quain en
esa caja. Me obsesiona. Sueño con ello.
–Muy bien, pues
trabaje en ese asunto, pero por su cuenta, en su tiempo libre y bajo su propia
responsabilidad. Pero de publicarlo en el periódico, ni hablar. Otra cosa,
Barbee: recuerde que no es usted una pieza anatómica, le convendría dejar el
alcohol –al decirlo, su rostro se suavizó y abrió el humidificador de puros–.
¿Quiere un cigarro, Barbee…? ¡Ah! Aquí está el expediente Walraven. Quiero una
serie de artículos biográficos: la brillantez de Walraven desde su infancia, su
heroísmo militar, las obras de caridad que hace en secreto, su feliz
matrimonio, su vida familiar armónica, su vida pública en Washington y, en
cambio, todo lo que pueda desagradar al lector, se lo calla y en paz.
«Entonces no podré
hablar de casi nada», pensó Barbee.
Volvió a su sitio y
se puso a hojear el expediente. Él sabía demasiadas cosas que no mencionaban
los recortes de periódicos. Estaba el asunto del alcantarillado, el escándalo
de los puentes y las carreteras y la razón por la que su primera mujer le había
abandonado. Era difícil concentrarse en un quehacer tan odioso como revocar la
fachada de un individuo semejante para que fuera elegido senador. De repente,
Barbee se sorprendió admirando la figura de un lobo aullando a la luna que
aparecía en la fotografía de un calendario, y se acordó de la soberana libertad
y la terrible potencia de que había gozado durante el sueño.
¡Al diablo
Walraven!
Barbee sintió de
repente que tenía que reunir los hechos que le permitieran comprender la razón
de los siguientes enigmas: la muerte de Mondrick, la crisis de locura de
Rowena, la singular confesión de April Bell. Si no había hecho más que
construir ideas delirantes a partir de coincidencias e ingestiones de whisky,
al menos tenía que averiguarlo. Incluso era preferible volverse loco que seguir
trabajando de periodista al dictado.
Metió el expediente
Walraven en un cajón. Sacó el coche del aparcamiento y atravesó Center Street,
en dirección a la Universidad. Aún no comprendía por qué el asunto Mondrick no
encajaba en La Estrella. Hasta entonces a Preston Troy nunca algo le había parecido
demasiado sensacionalista. De todas formas, descubriría lo que había en el
cofre y se quedaría tranquilo.
Sam Quain debía
haberlo trasladado del despacho al piso alto de la Fundación. ¿Para qué, si no,
aquellos soldadores y carpinteros? Y Barbee se dio cuenta, una vez más, que
aceptaba los datos de su pesadilla como dinero contante y sonante.
Al llegar al
semáforo, torció a la derecha, dejó Pine Street y paró frente al bungalow
blanco de Sam Quain, que era exactamente igual al que había visto en el sueño.
No faltaba ni el cubo mohoso ni la palita de Pat en el montón de arena del
patio. Llamó y salió Nora.
–Hola, Will, pasa,
pasa.
–¿Está Sam?
–olfateó el ambiente de la casa y sintió que el pánico se apoderaba de él sólo
de pensar en el olor. Pero el único olor perceptible era agradable y procedía
de un asado de la cocina–. Sí… quisiera ver a Sam para hacerle una nueva
entrevista. Quisiera preguntarle detalles sobre la expedición a Ala-Shan y los
descubrimientos que han hecho.
–Mejor que no, Will…
Sam no quiere ni hablarme a mí. Yo no sé qué es lo que han traído de allí en
esa misteriosa caja y no creo que él te lo enseñe. La ha tenido encerrada en su
despacho durante cuarenta y ocho horas y anoche estaba soñando con ella cuando
se despertó.
–¿Ah, sí?
–Estaba soñando que
alguien quería llevársela. Supongo que este asunto nos está alterando a todos,
pues también yo he dormido muy mal. Me ha sucedido incluso… una cosa muy rara.
Sí, esta mañana he encontrado el teléfono descolgado. Y estoy completamente
segura de que anoche estaba bien puesto. Y Sam cerró la puerta con llave. ¿Cómo
ha podido ocurrir esto?
–¿Y dónde está
ahora Sam?
–En la Fundación.
Desde que volvió, tiene a su cargo un equipo de obreros que trabaja noche y
día. Están haciendo instalaciones en los laboratorios. Cuando se despertó esta
noche los llamó, y Nick y Rex vinieron a buscarlo con una furgoneta y se han
llevado la caja. Ni siquiera le ha dado tiempo de desayunar… Sam me ha dicho
que no me preocupe, pero no puedo evitarlo. Acaba de llamarme para decirme que
no volverá esta noche... Me imagino que debe de haber sido un gran
descubrimiento que los hará famosos cuando se publique... Pero yo no entiendo
su manera de comportarse… Todos parecen tan asustados… Tal vez Rex te diga…
–¿Me diga qué?
–Sam me ha dicho
que no diga nada de nada. Yo sé que en ti si puedo confiar, Will, pero no te
debería contar lo que te estoy contando. Por favor, Will, no digas nada en el
periódico… ¡Qué miedo tengo! No sé qué debo hacer.
–No te preocupes,
Nora. No diré ni una palabra en el periódico.
–Si realmente yo no
sé nada; sólo que, después de marcharse, Sam mandó a Rex a recoger nuestro
coche. Yo quería haberlo llevado al taller para que le revisaran los frenos,
pero Sam tenía mucha prisa y me ha dicho por teléfono que Rex necesitaba el
coche para ir a grabar esta tarde. Habla en la radio.
–¿Sobre qué?
–¡Ah, no sé! Lo
único que me ha dicho Sam es que la Fundación ha comprado no sé cuántos minutos
para emitir un programa especial mañana por la tarde. Me ha dicho que lo
escuche, pero que no hable de ello. Espero que lo aprovecharán para explicar
una parte de ese horrible misterio. Tú no dirás nada, ¿verdad, Will?
–Ni una palabra.
Seré mudo como una tumba. Te lo juro, Nora… ¡Hola, Pat! Buenos días, ¿cómo
estás…?
–Yo bien. Lo malo
es Jiminy Criket. Anoche le mataron, al pobrecito.
–¡Qué horror! ¿Qué
pasó?
–Vinieron dos
perros muy grandes, uno blanco y otro gris. Querían llevarse la caja de papá
que está en el despacho y Jiminy no les dejó llevársela, pero el perro gris le
mordió en el cuello y le mató.
–Eso dice Pat… De
todas formas, el perrito ha muerto. Esta mañana lo hemos encontrado encima de
un montón de arena. Exactamente donde dijo la niña cuando se despertó llorando.
Yo creo, realmente, que le ha atropellado un coche, uno de esos estudiantes que
conducen como locos, y seguramente el pobrecito animal se arrastró hasta la
arena para morir allí. Pat debe haberlo oído mientras dormía.
–¡Que no, mamá!
¡Que ha sido ese perro gris con los dientes! ¡Que lo he visto yo! Y venía con
otro perro blanco muy bonito, ¿verdad, mamá? ¿Es que papá no me cree?
–Sí, bonita… Cuando
Pat lo ha contado esta mañana, Sam se ha puesto blanco. Ni siquiera ha ido a
ver si Jiminy estaba en la arena. Y allí estaba el pobrecito, como en el sueño
de Pat. Sam se fue disparado al despacho para ver si la caja estaba allí. Pero,
Will, estás pálido, ¿te encuentras mal?
–Yo también he
tenido un sueño muy raro –dijo–. Debe ser algo que he comido. Me parece que voy
a pasar por la Fundación, tengo que hablar con Sam.
–No creo que te
diga nada. Pero, si te enteras de algo, ¿me llamarás, Will? –le acompañó hasta
la puerta–. Por favor, Will, tengo mucho miedo. ¡Y ni siquiera sé de qué!
CAPÍTULO X
El amigo de April
Bell
El fuego del otoño
resplandecía en los árboles del campus y en los terrenos colindantes a la
Fundación de Investigaciones Humanas.
En lugar de la
jovencita que esperaba encontrarse en Información, había un hombre de
complexión robusta que, pese a no ser demasiado joven, llevaba la camiseta de
la Universidad.
–Lo siento –le
dijo–. La Biblioteca y el Museo están cerrados.
–No importa
–respondió Barbee sonriendo amablemente–. Solamente vengo a ver al señor Quain.
–¿El señor Quain?
Está ocupado.
–Entonces, me
gustaría hablar con el señor Spivak.
–¿El señor Spivak?
Está ocupado.
–En ese caso, con
el señor Chittum.
–¿El señor Chittum?
Está ocupado. Nada de visitas.
«¡Caray! –se dijo
Barbee–, tendré que repasarme el manual de cómo pasar a todas partes.»
Después vio a otros
dos hombres maniobrando en el ascensor automático.
También ellos
llevaban la camiseta de la Universidad. Se volvieron con demasiada diligencia
para observarle y se les notaba un bulto sospechoso en la cadera derecha.
Recordó que Sam Quain había contratado guardias para la Fundación. Escribió en
una tarjeta: Sam, será mejor que me recibas un momento y los dos nos evitaremos
disgustos. Después lanzó la tarjeta, acompañada de un dólar, al otro lado de la
mesa.
–¿Podría usted
entregar esta nota al señor Quain, por favor?
Sin responder, el
hombre de Información devolvió el billete a Barbee y recogió la tarjeta. Tenía
aspecto de policía cansado y Barbee observó que también él tenía un bulto en la
cadera. Estaba claro que Sam guardaba celosamente la caja.
Pasó un cuarto de
hora de espera bajo la fría mirada del guardia. Después, Sam Quain salió
bruscamente del ascensor, en mangas de camisa, con la cara dura y gris, sin
afeitar.
–Por aquí, Will.
Había reconocido a
Barbee, pero no mostró ningún signo de amistad. Le condujo a lo largo de un
corredor hasta una habitación enteramente cubierta de mapas. El mobiliario era
de metal. ¿Qué clase de documentación habrían reunido y analizado el viejo
Mondrick y sus colaboradores?
–Mejor será que te
ocupes de otra cosa –dijo Sam–, por tu propio bien, Will.
–¿Por qué razón?
–Por favor, Will,
no me hagas preguntas.
Barbee se apoyó en
una esquina de la mesa.
–Escucha, Sam. Tú y
yo somos amigos, o por lo menos, lo hemos sido. Por eso he venido aquí. Tú
puedes explicarme ciertas cosas que yo debo saber. Tengo motivos.
–Yo no puedo
explicarte nada.
–Oye, Sam, ¿qué iba
a decir el viejo Mondrick en el momento de su muerte? ¿Qué es lo que habéis
encontrado en Ala-Shan? ¿Qué es lo que guardáis en esa caja de madera…? ¿Y
quién es el Hijo de la Noche?
Hizo una pausa,
pero Quain guardó silencio.
–Más te vale
contestarme, Sam. Recuerda que soy periodista y sé cómo manejar a las personas
que se niegan a dar una información. Descubriré lo que me ocultas quieras o no.
–No sabes dónde te
metes –dijo Sam–. ¿Es que no puedes dejarnos tranquilos ahora que todavía queda
un resto de amistad entre nosotros? ¡Olvida por una vez que eres un cotilla
profesional!
–No se trata de La
Estrella. No lo entiendes… Esta información no le interesa al periódico. Soy yo
el que necesito encontrar respuesta a cierto número de cuestiones, porque, si
no, me voy a volver loco… Sé qué tienes miedo a algo, Sam. ¿Por qué, en otro
caso, tomasteis todas estas precauciones, que luego resultaron inútiles, por
cierto, para proteger al viejo Mondrick en el aeropuerto? ¿Y por qué habéis
transformado este edificio en una fortaleza, sino por miedo? ¿Qué peligro hay,
Sam?
–Olvídalo, Will. No
serías más feliz si lo supieras.
–Yo ya sé algunas
cosas –dijo Barbee–. Las suficientes como para volverme casi loco. Sé que
estáis en guerra contra… algo… Y eso me atañe… No sé exactamente por qué, pero
quiero estar de vuestra parte, Sam…
–El mínimo detalle
que tú supieras, podría perjudicarnos a los dos, Will… Por otra parte, me
parece que te imaginas demasiadas cosas. Nora me decía que trabajabas en exceso
y bebías demasiado. Se preocupa mucho por ti, Will, y me temo que con razón.
Creo que lo que te hace falta es descansar –puso la mano sobre el teléfono–. Deberías
retirarte unos días y curarte en salud antes de que caigas verdaderamente
enfermo. Te lo voy a arreglar todo… No te preocupes por nada, no te costará ni
un céntimo. Pero tienes que tomar el avión de Alburquerque esta tarde… La
Fundación ha enviado un grupito de trabajo a Nuevo México para hacer
excavaciones en las grutas. Se trata de investigar por qué el Homo sapiens
estaba extinguido en el hemisferio occidental cuando llegaron los amerindios.
Pero tú ni siquiera tienes que ocuparte de sus trabajos –una sonrisa de
esperanza se dibujó en su rostro–. ¿Realmente no podrías ausentarte durante
ocho días…? Voy a llamar a Troy para arreglar el asunto con el periódico.
Incluso te encargará que le hagas un reportaje allí. Y te irás tranquilamente a
tomar el sol y a hacer un poco de ejercicio. A ver si así te olvidas por
completo del doctor Mondrick –de nuevo tendió la mano para descolgar el
teléfono–. ¿Te podrías ir esta misma tarde si te reserváramos plaza?
Barbee negó con la
cabeza.
–¡A mí no se me
compra, Sam! De eso nada… No sé por qué quieres hacerme desaparecer, pero a mí
no se me quita de en medio de esta manera. No. Quiero quedarme aquí y ver la
función que vais a representar. Que a mí, además, me parece una farsa.
Quain se levantó,
gélido.
–El doctor Mondrick
–dijo– decidió no confiar en ti, y de esto hace ya mucho tiempo. Nunca nos dijo
por qué razón. Puede que seas una excelente persona y puede que no lo seas.
Nosotros no podemos correr ningún riesgo… Lamento que no escojas la sensatez,
Will. Yo no he querido comprarte, como tú mismo dices, pero tengo que
advertirte: ¡no te metas en este asunto! ¡Déjalo, Will, apártate! Si tú no lo
dejas por ti mismo, ya se encargará alguien de apartarte. Lo siento, Will, pero
así están las cosas. Piénsalo bien, Will… Ahora tengo que dejarte –se levantó
para abrir la puerta.
–Espera, Sam… Si
pudieras darme aunque sólo fuera una razón convincente.
Pero Sam se había
alejado sin añadir una sola palabra más.
Antes de meterse en
su destartalado vehículo, Barbee se volvió para contemplar las ventanas del
piso alto, detrás de las cuales, en su pesadilla, había visto la llama azul de
los soldadores, mientras los obreros de Quain preparaban realmente la cámara blindada
para guardar la caja. El olor fétido había desaparecido, pero la perfecta
consonancia entre el sueño y la realidad le puso los pelos de punta…
Tuvo un momento de
pánico. Se metió en el coche y arrancó. Al llegar a la carretera nacional, ya
se había calmado un poco. «¡Qué locura!» –se dijo–. Sin embargo, la imagen de
Quain, en quien se mezclaban una desesperación contenida, una pesadumbre solemne
y también el terror puro y simple, le había afectado profundamente.
Dio vueltas
alrededor del campus hasta que se le agotó aquel espasmo de terror. Luego se
dirigió al centro de la ciudad. Todavía no era hora de telefonear a April. Aún
seguía trabajando para La Estrella y el expediente Walraven le esperaba en su
mesa de trabajo, en la redacción. Le repugnaba el enojoso trabajo de
rehabilitar a Walraven. Y de repente, sintió la imperiosa necesidad de visitar
a Rowena Mondrick.
Se detuvo ante el
edificio principal de tres pisos y ladrillos ocres. Dio la vuelta al pabellón y
entró en una sala umbría y silenciosa, inmensa, austera, opulenta como la
entrada de un banco. Era un templo consagrado al culto del gran Freud. Entregó
su tarjeta a una chica instalada tras un pupitre de caoba, que parecía una
sacerdotisa.
–Vengo a visitar a
la señora Rowena Mondrick.
El rostro de la
chica le recordó el retrato de una princesa egipcia que había visto una vez en
el Museo. Tenía los ojos y pelo azules de puro negro, piel marfileña, cejas
bajas, perfil interminable…
La deidad recorrió
un fichero negro:
–Lo siento mucho,
señor, pero el nombre de usted no está en la lista. Hoy es imposible visitar a
la señora Mondrick. Si quiere volver otro día.
–¿Quién es su
médico?
–Ha sido ingresada
esta mañana a las ocho y es una enferma del doctor Glenn.
–Entonces,
anúncieme al doctor Glenn.
–Lo siento
muchísimo, señor, pero el doctor Glenn no recibe nunca a nadie sin haber
concertado una cita previamente.
–La señora Mondrick
es amiga mía, ¿comprende? Sólo quería saber cómo está.
–El reglamento etamor
dar cualquier información sobre nuestros enfermos. Sin embargo, la señora
Mondrick se halla bajo la vigilancia personal del propio doctor Glenn. Por lo
tanto, está perfectamente atendida… ¿Quiere solicitar autorización para
visitarla?
–¡No, gracias…!
Buenas palabras y
nada más. Barbee se alegró de volver al aire libre. ¡Otro intento fallido!
Quedaba April Bell. Casi era hora de llamarla. Le devolvería el lobo de jade
blanco y trataría de descubrir si April Bell había tenido también algún sueño
extraño.
De pronto vio a la
señorita Ulford. Estaba sentada en un banco, en la parada del autobús. Aproximó
el vehículo a la acera y la invitó a subir.
–Muchas gracias,
señor Barbee –sonrió la enfermera, enseñando todos sus amarillentos dientes–.
Acabo de perder el autobús y no sé a qué hora pasará otro… Tenía que haberle
dicho a la señorita de recepción que me pidiera un taxi… Ya no sé ni lo que
hago. Estoy nerviosísima por lo que le ha pasado a la pobre Rowena…
–¿Cómo está?
–Psicosis aguda es
lo que ha puesto el doctor Glenn en la ficha. Ella sigue histérica. No quería
que me fuera, pero Glenn ha dicho que le dieran un calmante.
–¿Y por qué…? ¿Qué
es lo que tiene?
–Una obsesión y una
idea fija, según dice Glenn.
–¡Ah! ¿Y de qué
tipo?
–Ya sabe cómo era
ella, siempre con la plata. Glenn dice que es una obsesión. Y desde anoche está
peor. Esta mañana le quitamos todas las joyas que llevaba encima, y la
pobrecita, cuando se dio cuenta, se puso excitadísima. El doctor Glenn, para
calmarla, me autorizó a buscarle sus cosas y volvérselas a poner. La señora
Mondrick me lo agradeció vivamente y me ha dicho que la he salvado.
–Y esa idea fija,
¿en qué consiste? –preguntó Barbee.
–Yo no la
comprendo. Quiere ver al señor Sam Quain por encima de todo, para decirle no sé
qué. No piensa en otra cosa y no quiere entrar en razón. No quiere
telefonearle. Tampoco quiere escribirle una carta. Ni siquiera confía en mí
para llevarle la carta o transmitir el mensaje al señor Quain. Me ha suplicado
que vaya a buscarle y le traiga personalmente. Me ha encargado que le diga que
ella quería prevenirle. Pero le han prohibido las visitas… ¡Qué pena! ¡Pobre
Rowena! ¡Ciega y encima todo esto, cuando apenas acaban de enterrar a su
marido! Todavía está agitadísima. Nos ha pedido a todos que cuidemos a Turco,
su perro, ya sabe usted. Y ahora quiere que se lo traigamos para que la
proteja, ¡aquí en la clínica! El perro se escapó ayer y todavía no ha vuelto.
El doctor Glenn le ha preguntado por qué necesita que la protejan y contra qué,
pero ella no ha soltado prenda.
«Menos mal –pensó
Barbee– que la señorita Ulford no puede adivinar lo que pienso.» La dejó ante
la casa de University Avenue y volvió a la ciudad. Faltaba muy poco para las
doce y mató el tiempo de espera hojeando el expediente Walraven.
Pero su impaciencia
desapareció como por encanto en cuanto tuvo el teléfono en sus manos. Se negaba
obstinadamente a admitir que April Bell pudiera ser más peligrosa que cualquier
otra bella pelirroja. Sin embargo, aquello no le impedía tener miedo y no podía
hacer nada por evitarlo. Volvió a colgar nuevamente el teléfono. Más valía
esperar a estar más tranquilo. O mejor, en vez de telefonear, se presentaría
personalmente sin avisar la visita. Quería ver qué cara ponía cuando le hablara
del alfiler de jade blanco.
Era la hora de
almorzar, pero no tenía hambre. Se paró en el Drugstore para tomar bicarbonato
y en el Mint Bar para administrarse una dosis de bourbon. El licor le hizo
reaccionar y partió rumbo al bufete del abogado de Walraven, con la esperanza
de huir durante un breve intervalo de las dudas que le desgarraban, y acaso
también para descubrir un nuevo punto de vista sobre el misterio de April Bell.
El político, de
rostro aparentemente bonachón, se puso a contarle cosas terribles de sus
adversarios y le ofreció una nueva dosis de whisky. Sin embargo, el excelente
humor de que hacía gala se evaporó en el mismo instante en que Barbee aludió al
asunto del alcantarillado. Ello le recordó una cita urgente que no podía
cancelar.
–Perdóneme, muchas
gracias –dijo. Y Barbee se vio otra vez, al cabo de un rato, sentado en su mesa
de la redacción. Intentó trabajar, pero no podía pensar sino en la caja,
vigilada ahora por hombres armados, en Rowena Mondrick y en sus ideas fijas.
¿Qué quería comunicar a Sam Quain? Un lobo de verde mirada le sonreía desde la
cuartilla en blanco que había metido en la máquina de escribir.
«Es inútil seguir
dándole vueltas al asunto», se dijo de repente. Guardó el expediente Walraven,
se sacudió el miedo supersticioso y pasajero que le había inspirado April Bell
y se puso a angustiarse por otra cosa muy distinta. A saber: si no habría dejado
pasar demasiado tiempo sin dar señales de vida a la chica pelirroja.
Eran ya las dos de
la tarde. Si verdaderamente era periodista de El Faro, tenía que haber salido
hacía rato de casa. Saltó al coche y pasó por su apartamento de Bread Street
para recoger el alfiler de jade blanco. Acto seguido se dirigió hacia las Arms
of Troy, a donde llegó tras pagar una multa por exceso de velocidad. No se
sorprendió demasiado cuando en el estacionamiento que había detrás del edificio
descubrió el coche azul de Preston Troy. Una de las más despampanantes
secretarias de Troy vivía justamente en el último piso. No se detuvo en la
recepción; no quería dar tiempo a April Bell para inventarse un nuevo capitulo
de la biografía de la tía Ágata. Lo único que quería era depositar el alfiler
de jade blanco en la mano de la bonita pelirroja y observar la expresión de sus
verdes ojos. No esperó la llegada del ascensor, sino que subió directamente al
segundo piso.
Tampoco se
sorprendió demasiado al descubrir el voluminoso corpachón de Troy avanzando por
el pasillo delante de él. La ex secretaria debe haber cambiado de apartamento,
se dijo. Y se puso a leer los números: 2-A y 2-B; el próximo sería seguramente
el 2-C…
Pero Troy se paró,
sin verle, en la puerta del apartamento 2-C. Barbee se quedó con la boca
abierta y la mirada perdida, observando. Aquel hombretón, vestido con un traje
de cuadros de vivos colores y una corbata amarilla y roja, no llamó a la puerta
ni tocó el timbre. Abrió con su propia llave. Y la puerta se volvió a cerrar
tras él.
Tambaleándose,
Barbee se metió en el ascensor y pulsó con rabia el botón de la planta baja. Se
sentía como si le hubieran dado una coz en el estómago. A decir verdad, y él lo
sabía muy bien, no tenía ningún derecho sobre April Bell. Ella le había dicho que,
además de la tía Ágata, tenía viejos amigos. Y estaba muy claro que no podía
mantener la vida qué llevaba con sólo su paga del periódico. Pero no por eso
dejó de sentirse enfermo.
CAPÍTULO XI
Los dientes del
tigre
Barbee volvió a la
redacción porque no tenía otra cosa que hacer. No quería volver a pensar en
April Bell y buscó consuelo en dos remedios que ya en otras ocasiones habían
demostrado su eficacia: el trabajo agotador y el whisky sin soda.
Así pues, volvió a
coger el expediente Walraven y escribió un artículo sobre la juventud del
Primer Ciudadano de Clarendon, guardando silencio sobre varios hechos
vergonzosos. Luego asistió a una reunión electoral anti-Walraven, organizada
por un grupo de ciudadanos indignados, y redactó para el periódico una nota
informativa conforme a las normas dictadas por Grady según las indicaciones de
Troy: los honorables ciudadanos indignados se convirtieron en una banda de
pistoleros reclutados en los bajos fondos.
A Barbee le daba
miedo entrar en su casa.
Intentó pensar en
otra cosa. Vagó por la redacción hasta la salida de la tercera edición. Después
perdió un poco más de tiempo en el bar con los compañeros.
Le daba un miedo
terrible acostarse. Era más de medianoche cuando, muerto de cansancio y
apestando a whisky, regresó a su lúgubre domicilio de Bread Street.
Detestaba el
edificio entero y su apartamento en concreto. El descolorido empapelado y
aquellos horrorosos muebles baratos. Odiaba su trabajo en La Estrella y se
despreciaba por sus cínicos artículos sobre Walraven. Odiaba a April Bell y se
detestaba a sí mismo.
¡Qué cansancio, qué
soledad, qué amargura! ¡Cómo se compadecía de su propia suerte! Ya no podía
seguir escribiendo mentiras por encargo de Troy. Sin embargo, también lo sabía,
le faltaba la grandeza de alma necesaria para dejarlo todo. Había sido el doctor
Mondrick, ya hacia tiempo, quien humillara su orgullo y destruyera su confianza
en sí mismo, cuando le obligó brutalmente a interrumpir los estudios de
antropología y ciencias humanas que su joven discípulo había iniciado ya.
El viejo Mondrick
ni siquiera se había dignado darle la menor explicación. ¡Y se trataba de un
científico…! Pero, en definitiva, no resolvía nada echando a otro la culpa de
su fracaso. ¿Acaso el culpable no era él mismo? De todas formas, su existencia
era un fracaso. La había malgastado estúpidamente y se sentía acabado, sin
ningún porvenir y… temblaba de miedo ante la sola idea de meterse en la cama.
Deambuló un rato
más entre el cuarto de baño y el dormitorio. Cogió de encima de la cómoda la
botella de whisky y se la bebió hasta la última gota. A continuación, buscó uno
de sus viejos libros de texto y se leyó de cabo a rabo el capítulo dedicado a
la licantropía, con la vaga esperanza de que encontraría una explicación a su
sueño.
El autor se
extendía con todo lujo de detalles en la creencia universal de que el hombre
puede transformarse en diversos carnívoros peligrosos y enumeraba los
siguientes monstruos resultantes: hombres-lobo, hombres-gato, hombres-leopardo
y hombres-hiena. Los hombres-tigres de Malasia –leyó– son considerados
invulnerables durante el proceso de su metamorfosis… Pero el escrupuloso
lenguaje antropológico y la objetividad científica que afectaba el texto le
dejaban una impresión de seca frialdad en comparación con el realismo de sus
sueños. Le dolían los ojos. Dejó el libro y se metió en la cama.
–¡Un hombre-tigre!
¡Esa metamorfosis sí que me gustaría!
Pensó con envidia
en el machairodus reconstruido que había en el museo de la Universidad de
Clarendon. El machairodus (de machaira, sable, y odons, dientes) pertenece al
grupo de los felinos fósiles y posee colmillos como sables. Aquella misma
mañana había visto a los alumnos de primero transportar un modelo que
representaba a una de aquellas terribles fieras. Abstraído en estas ideas, se
quedó dormitando y complaciéndose en el formidable poder de esa especie
predadora extinguida, regodeándose en cualquier detalle que recordase: sus
garras feroces, el gesto terrible e inhumano de sus dientes en forma de sable.
Y su obsesión de dormir se cambió en ardor.
Esta vez fue más
sencillo. La metamorfosis se desarrolló casi sin dolor. Saltó de la cama sin
ruido y se encontró prisionero en un espacio ridículo y sucio. Se volvió con
curiosidad para contemplar su forma dormida entre las sábanas y vio un cuerpo
enfermizo, débil, replegado sobre sí mismo, mortalmente pálido y silencioso.
Por un momento, se
preguntó cómo era posible que esa forma, frágil y fea, hubiera servido de
abrigo al esplendor salvaje de aquella sed de poder que sentía agitarse en él.
Pero lo primero era librarse de aquel horrible olor a cerrado, de aquel olor
dulzón y húmedo de la ropa sucia y los libros viejos, del tabaco frío y del
whisky derramado entre aquellas asfixiantes paredes, demasiado estrechas para
su magnífica estatura.
Se introdujo con
dificultad en el pasillo, llegó a la puerta y tocó la llave. ¡Pero no
necesitaba llave! Recordó las enseñanzas de April Bell.
No había nada
absoluto en ningún sitio. Sólo existía la probabilidad. Su espíritu libre era
un conjunto en movimiento, un nudo eterno de energía psíquica que actuaba sobre
los átomos y los electrones mediante el vínculo de la probabilidad para
utilizarlos como vehículo e instrumento de trabajo. Este ectoplasma permitía
cabalgar en el viento y atravesar la madera y los metales ordinarios. Sólo
había una única barrera: la plata, que era mortal.
Realizó un esfuerzo
mental y la puerta se hizo bruma. El metal de la cerradura se desvaneció.
Barbee se deslizó por la abertura y, cautelosamente, atravesó el vestíbulo,
desde donde se oían las respiraciones de los demás inquilinos de la señora
Sadowski.
La puerta de la
calle no resistió más que la del apartamento. Un borracho tardío, de andar
vacilante, le rozó al pasar, hipó y continuó su camino alegremente. El tigre
prehistórico siguió su ruta, a través de los insoportables olores a goma
quemada y colillas de cigarros. Llegó a las Arms of Troy.
Junto al estanque
del parque, que tenía un cerco de hielo, se encontró con April Bell. Esta vez
no tenía apariencia de loba, sino de mujer. Cuando la vio atravesar la puerta
cerrada del edificio, comprendió que también ella había dejado atrás su
verdadero cuerpo dormido. Estaba completamente desnuda y el pelo se le
derramaba en ondas rojas sobre el blanco pecho.
–¡Debes ser muy
fuerte, Will, para poder tomar esta forma!
La admiración se
transmitía en su cálida voz de terciopelo y danzaba en sus ojos límpidos. Se
acercó hasta él. Su cuerpo esbelto era dulce y suave al contacto con la piel
del tigre de épocas pretéritas. Le acarició detrás de las orejas y dijo:
–Me alegro
muchísimo de que seas tan fuerte. Yo no siempre me encuentro en forma. Tu viejo
amigo Quain casi me mata con la trampa de su despacho. ¿Sabes una cosa? Tenemos
que hacer otro trabajo.
–¡Yo no quiero
hacer más!
–Yo tampoco. No
obstante, acabo de descubrir que Rex Chittum ha salido de la ciudad en el coche
de Sam Quain. Ha estado todo el día trabajando con Quain en la Fundación y
ahora acabo de enterarme de que ha decidido hablar por la radio mañana. Me temo
que tenga la intención de terminar el inacabado aviso que empezó el viejo
Mondrick en el aeropuerto… ¡Tenemos que impedirlo, Will!
–¡No, Rex no! ¡Rex
es un excelente amigo de toda la vida!
Ella le acariciaba
el cráneo con la punta de las uñas.
–Todos tus buenos y
viejos amigos, Will, son humanos… Todos son enemigos del Hijo de la Noche,
enemigos astutos, despiadados, poderosos. Quieren valerse de todos los medios
científicos para descubrirnos y destruirnos. Nosotros tenemos que valernos de
los pocos de que disponemos. ¿Lo entiendes, Will?
Él asintió, vencido
por la lógica inexorable de la joven. La verdadera vida estaba en aquella nieve
que crujía bajo sus enormes patas y en la dulce mano femenina que levantaba
chispas de su pelaje amarillento. Aquel otro mundo en que había sido amigo de Rex
Chittum ya no existía sino como pesadilla difusa, como recuerdo de amargo
compromiso y frustración. Rugió de placer al sentirse libre y lleno de vital
majestad en su forma de tigre prehistórico.
–Vamos, pues –dijo
ella. Y él la dejó montar a horcajadas sobre su lomo.
No pesaba nada. La
llevó a través del campus hasta la carretera que escalaba la montaña.
Dejaron atrás las
casas dormidas en la oscuridad y galoparon por la carretera nacional. A su
paso, un perro empezó a ladrar, impotente. La luna descendía en el cielo y la
noche brillaba dura, claveteada con las estrellas de otoño. Pero Barbee
distinguía perfectamente el menor peñasco o matorral, incluso el menor cable
brillante tendido entre los postes del telégrafo.
–¡Más aprisa, Will,
más aprisa!
Las suaves piernas
de April Bell ceñían el cuerpo del tigre prehistórico lanzado a la carrera.
Ella se inclinaba hacia delante, rozando con sus senos el rayado lomo de la
fiera. Su cabellera roja volaba al viento de la noche y le gritaba:
–¡Tenemos que
atraparlos antes de llegar al Monte Sardis!
Él alargó sus
saltos cuanto pudo, feliz y orgulloso de su ilimitada potencia. Se sentía
exultante y gozaba del saludable frío del aire libre, y del olor de la tierra
fresca y viva y del cálido peso de la joven. ¡Esto era vida! April Bell le
había despertado, le había arrancado de la muerte. Al recordar la otra forma,
frágil y fea, que había dejado tras de sí en el cuartucho de Bread Street y que
él había habitado, tembló de horror, pero no disminuyó la velocidad de su
carrera.
–¡Más deprisa!
–gritaba April.
La llanura sombría
y las primeras colinas se apartaron a su paso y parecieron huir como nubes
arrastradas por la brisa. Pero incluso la potencia de un machairodus tiene sus
limites. Cuando la carretera empezó a serpentear montaña arriba, le empezó a
doler el pecho.
–Conozco la región
–dijo Barbee–; el padre de Sam Quain tenía una casita por aquí. Yo venía con
Sam a montar a caballo. Deben quedar unos treinta kilómetros y la cuesta es muy
dura. Me temo que no vamos a llegar a tiempo.
–Pero la pendiente
debe ser más difícil todavía para el coche de tu amigo –le dijo ella–. Y
nosotros tenemos razones más que suficientes para alcanzarle en la cima del
Monte Sardis, o, de lo contrario, debemos dejarle marchar sin tocarle un pelo.
–¿Por qué?
–Pues porque
nosotros no somos tan fuertes como nos sentimos cuando estamos en estado libre.
Porque hemos dejado atrás nuestro cuerpo habitual y nuestro espíritu no puede
nutrirse sino de la energía que encuentra fortuitamente en los átomos del aire,
o de otras sustancias, gracias al encadenamiento de las probabilidades. Todo
nuestro poder reside en este dominio de la probabilidad. Por eso debemos atacar
esta noche.
Él sacudió la
cabeza, impaciente por lo complicado de las explicaciones que ella le daba. Las
laboriosas paradojas de la física matemática siempre le habían desconcertado. Y
en estos precisos momentos le bastaba la potencia de tigre prehistórico que
tenía a su disposición, y no le apetecía en absoluto ponerse a analizar la
estructura atómica de dicha potencia.
–¿Qué probabilidad?
–preguntó.
–Creo que Rex
Chittum no corre ningún peligro mientras circule por una carretera recta y
plana… Quain debe haberle advertido y armado contra nosotros y las
probabilidades de que le ocurra algún percance son demasiado escasas para que
intentemos utilizarlas. ¡Más aprisa, pues! Tenemos que atraparle en el Monte
Sardis, ya que la probabilidad de que muera será mucho mayor desde el momento
en que inicie el descenso. Yo lo presiento así y no suelo equivocarme. Rex
tiene miedo e irá a demasiada velocidad, a pesar de todos los consejos que le
haya dado Quain.
La joven iba
abrazada al ancho lomo rayado del tigre.
–¡Más deprisa!
–gritaba–. Mataremos a Rex Chittum en el Monte Sardis.
Temblando, Barbee
se lanzó como una centella por la negra cinta de la carretera. A ambos lados
corría el paisaje, oscuro y veloz. Atravesaron un bosque de pinos que exhalaba
un exquisito perfume de resina. La sola claridad de las estrellas le permitía
distinguir cada rama, cada piña, cada aguja de los pinos.
A lo lejos, más
allá del bosque de coníferas, se vio parpadear la luz roja del coche y volvió a
desaparecer.
–Ya lo he visto,
Barbee. ¡Vamos a por él!
Él se ciñó aún más
a la carretera, cuyas cunetas corrieron veloces en dirección contraria. Le
dolían los músculos, le ardían las plantas de los pies y los pulmones
respiraban dolor, pero estaban alcanzando el coche, y en la última cuesta del
Monte Sardis se acercaron a él hasta casi tocarlo.
Era el pequeño
descapotable marrón claro que había comprado Nora durante la ausencia de Sam.
La capota, que funcionaba mal, estaba recogida a pesar del frío de la noche.
Doblado sobre el volante, cubierto con un amplio abrigo negro, Rex Chittum
parecía horrorizado y aterido.
–Buen trabajo,
Barbee –dijo la chica–. Sigue.
Y el tigre
prehistórico se volvió para sonreírle con todo el resplandor de sus dientes
mortales.
–Piensa en el pobre
Ben Chittum, a sus años, vendiendo periódicos en la calle –dijo Will
suavemente–. Rex es lo único que le queda en la vida. Ha trabajado en toda
clase de oficios para que Rex pudiera ir a la Universidad. Cuando llegaron a
Clarendon, venía vestido como un mendigo. Le vas a destrozar el corazón.
–Sigue corriendo,
Barbee. Lo tenemos que hacer, porque somos lo que somos… Hemos de salvar a
nuestra especie y proteger al Hijo de la Noche. Vamos, corre, Barbee –gritaba–,
corre y sigue detrás de él. Sí, tenemos que aguantar el humo de la gasolina.
Espera que tome la curva y acelere. Espera a que la probabilidad sea lo bastante
fuerte. ¿No notas cómo aumenta? ¡Espera un poco más!
Su cuerpo esbelto
se apretaba contra el del tigre prehistórico y le hundía los talones en los
flancos agitados por el esfuerzo y la respiración.
–¡Ahora! –gritó–.
¡Salta!
Barbee saltó, pero
el coche había acelerado y sus garras extendidas cayeron sobre el asfalto y la
grava, entre asfixiantes nubes de humo de gasolina
–¡Cógelo! –gritaba
April Bell–. ¡Cógelo ahora que la probabilidad es todavía favorable!
La fiebre de la
caza ardía en él y disipó cualquier otro sentimiento. Saltó de nuevo. Sus
garras arañaron el esmalte y resbalaron, pero consiguió agarrar el cuero del
almohadillado. Su pata trasera topó con el parachoques. Así, acurrucado,
permaneció agarrado al coche, que empezó a hacer bruscos movimientos.
–¡Mátale! –gritó
April Bell–. ¡Mátale mientras haya probabilidad!
Rex Chittum se
volvió angustiado para mirar atrás. Bajo su enorme abrigo negro, temblaba de
frío o tal vez por otra razón. No parecía ver los colmillos en forma de sable.
Una sonrisa nerviosa iluminó su rostro huraño. Barbee le oyó pronunciar a media
voz:
–¡Ya está! Lo he
conseguido. Sam decía que el peligro estaba…
–¡Ahora! –susurró
April Bell–. ¡Aprovecha ahora que no mira a la carretera!
Hubo un resplandor
fulgurante de dientes-cuchillo que se abatieron, misericordiosos como la
muerte. Rex Chittum había sido un amigo leal en aquel mundo brumoso y muerto
que había dejado atrás. Barbee procuró no hacerle daño. La probabilidad le
resultaba muy técnica y abstracta. Sin embargo, sentía los tejidos calientes y
tiernos de la garganta humana que destrozaba con sus dientes. Olvidó las
palabras pero sintió el sabor, dulce y salado a la vez, de la sangre que salía
a borbotones, embriagando sus sentidos.
Las manos sin vida
soltaron el volante. Barbee se dio cuenta de que el coche iba a mucha velocidad
y que eso había aumentado las probabilidades que ahora le permitirían mantener
a su presa entre las fauces. Los neumáticos chirriaron sobre el asfalto y patinaron
en la grava, y el coche salió por la tangente de la curva cerrada.
Barbee se soltó del
coche. Se retorció en el aire y cayó sobre sus patas con agilidad de gato,
clavando las garras en el suelo. La chica saltó en el instante en que el coche
se lanzaba al vacío y aterrizó en la roca desnuda junto al tigre prehistórico.
Lanzó un grito de dolor y luego un suspiro.
–¡Mira, Barbee!
El coche, con el
motor aún funcionando y las ruedas girando en el vacío, parecía haber
emprendido el vuelo. Dio tres bandazos en el espacio y tocó tierra unos cien
metros más abajo. Se aplastó, se arrugó y finalmente se estrelló contra unas
rocas quedando inmóvil.
–Ya sabía yo –dijo
April Bell– que el vínculo de probabilidad era fuerte. Y no te preocupes por
tus responsabilidades, Barbee. La policía nunca descubrirá que no ha sido el
parabrisas lo que ha cortado la cabeza a Chittum, ¿comprendes? Ha sido la
probabilidad la que ha permitido a tus dientes hacerlo.
Se sacudió hacia
atrás la roja cabellera. Parecía sentirse mal, molesta por la luz plateada que
se insinuaba por el oriente.
–Me siento mal
–dijo–. La noche se está terminando. Querido mío, tienes que llevarme a casa.
Barbee se tumbó
junto a un mojón de la carretera para que ella se pudiera montar en él. Y
regresaron por la larga carretera oscura que bajaba a Clarendon. Al partir,
April le había resultado ligera como una pluma, pero ahora pesaba como un
plomo, y Barbee vacilaba y temblaba de frío bajo el viento helado.
El sabor caliente y
dulzón de la sangre de Rex Chittum se le volvía amargura. Había desaparecido la
euforia gozosa de hacía un momento. Sentía frío y una extraña fatiga, y
temblaba al pensar que se aproximaba el día. Odiaba la estrecha y horrible
prisión de su cuerpo tendido en la cama, pero era necesario reintegrarse a
ella.
Se sacudió mientras
avanzaba, vacilante, hacia el verdadero levante y April Bell gruñó. Barbee no
conseguía expulsar por completo de su mente el recuerdo de los ojos de Rex
Chittum, por los que había pasado una sombra de horror misterioso un momento
antes de ser atacado, ni tampoco dejar de pensar en el terrible dolor que
sufriría el viejo Ben.
CAPÍTULO XII
Resaca
Aquella mañana,
Barbee se despertó tarde. El blanco resplandor del sol le hirió los ojos.
Retrocedió asustado antes de recordar que la luz del día sólo era mortal en sus
sueños. Se sentía rígido y dolorido, vagamente enfermo. ¿Qué le pasaba? El
horror se apoderó de él cuando se incorporó en la cama.
Había vuelto a
recordar la angustia que se leía, envuelta en sombras de muerte, en los ojos
negros de Rex Chittum que, sin embargo, no le veían. También se apoderó de su
mente el recuerdo espantoso de la sensación que le había producido la piel
suave y los firmes tendones, el resistente cartílago y la laringe al ser
desgarrados por sus dientes de sable. Medroso, deslizó una mirada oblicua por
la estrecha habitación: afortunadamente no había huellas de ningún tigre
prehistórico.
Vacilante todavía,
se levantó con la cabeza entre las manos y se acercó hasta el cuarto de baño.
Se duchó con el agua más caliente que pudo soportar y le desaparecieron algunos
dolores. Luego se tomó una cucharadita de magnesia efervescente disuelta en un
vaso de agua y sintió alivio en el estómago.
Sin embargo, al
mirarse al espejo y verse la cara, se sobresaltó. Vio un rostro exangüe, como
recosido, estirado, tenso, con los ojos hundidos y los párpados negruzcos y
brillantes. Intentó sonreír, para ver sí podía tomarse con humorismo su extraña
situación, y sólo consiguió que sus descoloridos labios expresaran un temblor
sardónico. ¡Qué rostro de enajenado!
Con mano trémula,
movió el espejo de cuatro perras que estaba contemplando para ver si así
corregía la deformación de que su rostro parecía ser objeto. Pero lo que vio le
resultó mucho más desagradable todavía. Tenía la piel grisácea y la cara
huesuda y demasiado larga… Tendría que tomar vitaminas y beber bastante menos.
Y afeitarse, si es que conseguía no cortarse.
¡RIIIIIIING,
riiiiiiing…!
Sonó el teléfono
justo en el momento en que estaba intentando afeitarse penosamente.
–¿Will. ..? Soy
Nora Quain –tenía la voz opaca, de ultratumba–. ¡Escucha, Will, fíjate qué
horror! Me acaba de telefonear Sam desde la Fundación. Ha estado allí
trabajando toda la noche. Me ha llamado para contarme lo que le ha pasado a
Rex. Rex se fue ayer de viaje con nuestro coche, ¿te acuerdas? Conduciría a
demasiada velocidad. Seguramente estaba nervioso, tal vez por la emisión de
radio… El caso es que ha tenido un accidente. Si Dio tres vueltas de campana en
el Monte Sardis. Rex ha muerto
Barbee soltó el
auricular. Se tambaleo. Volvió a coger el teléfono y oyó a Nora que seguía
dando explicaciones:
–…Horrible, sí.
Murió instantáneamente. La policía se lo ha dicho a Sam. Decapitado en el
accidente. Con el parabrisas, ¿sabes? Por la fuerza del choque. Lo ha dicho la
policía. Es terrible, y en cierto sentido, la culpa es mía. El otro día te dije
que los frenos no estaban bien, ¿te acuerdas? Y yo no me he acordado de
decírselo. Es horrible.
«¡Si supieras lo
verdaderamente horrible que es!», pensó Barbee. Hubiera querido aullar. Pero no
se puede aullar con la garganta contraída. Cerró los ojos para protegerse de la
cruel luz del día y, sobre la pantalla interior de sus párpados, vio el rostro
de Rex…
El auricular seguía
vibrando y Barbee volvió a escuchar:
–…Lo único que
tenía –decía la voz acongojada de Nora–. Yo creo que tú eres su mejor amigo,
Will. Llevaba ya dos años, ¿no?, esperando en su puesto de periódicos a que Rex
volviera. Por fuerza tendrá que afectarle muchísimo. Y, sí, yo creo que eres tú
el que debe decírselo, ¿no crees, Will?
Will tragó con
dificultad.
–Bueno –contestó
secamente–, iré a verle.
Colgó el teléfono,
tropezó en el cuarto de baño, la botella de whisky casi se le cayó de las
manos. Bebió a morro tres grandes tragos y se animó un poco. Le disminuyó el
temblor de las manos, terminó de afeitarse y se fue a la ciudad a toda prisa.
El viejo Ben
Chittum vivía en dos pequeñas habitaciones que constituían la trastienda de su
puesto de periódicos. Lo tenía ya abierto cuando llegó Barbee. Le vio llegar y
le dedicó una sonrisa:
–¡Hola, Will! ¿Qué
hay de nuevo?
–¡Nada!
–¿Tienes algo que
hacer esta noche…? Te lo pregunto por Rex… Sí. No le he visto mucho desde que
ha llegado. Creo que ya debe haber terminado el trabajo que tenía pendiente y
estará deseando venir. A él siempre le ha gustado un guiso que yo le hago, de
ternera con tostadas calientes y miel. Le gustaba desde que era un chiquillo.
Me acuerdo que tú también venías de cuando en cuando a comer con él. De manera
que, si puedes venir, ven, que serás bien recibido. Ahora me voy a llamar a
Rex.
Barbee carraspeó
ruidosamente:
–Eeemmm… Tengo
malas noticias que darle, Ben.
–¿De Rex? –preguntó
el anciano.
–Sí.
–¿Malas?
–Muy malas… Anoche,
de madrugada, salió en coche por asuntos de la Fundación por la carretera del
Monte Sardis. El coche se descontroló y no pudo hacerse con él. Rex resultó
muerto… No sintió nada.
Barbee se apresuró
a mirar a otro lado y se puso a temblar. Pero no pudo evitar oír las
explicaciones del anciano:
–Yo tenía miedo.
Desde que volvieron, ninguno tenía aspecto de estar bien. Intenté hablar con
Rex, pero no quiso decirme nada. Tengo miedo, Will. Tengo miedo. Me parece que
en las excavaciones del desierto han encontrado algo que debería haber
permanecido bajo la tierra. ¿Te das cuenta? Hace mucho tiempo, antes de que se
fueran, Rex me dijo que el doctor Mondrick buscaba el verdadero Jardín del
Edén, de donde procede la raza humana. Y mucho me temo que lo haya encontrado,
Will, y otras cosas que no debieran. Rex no es el último que va a morir…
Sacudió la cabeza y
volvió a entrar con los brazos llenos de revistas.
–A Rex le ha
gustado siempre mí estofado de ternera –continuó el viejo Ben–; sobre todo con
tostadas calientes y miel. Te acuerdas, ¿verdad, Will? Desde que era pequeñito.
Destrozado por la
pena cerró con llave el quiosco. Barbee le llevó al depósito de cadáveres. La
ambulancia aún no había traído el cuerpo de Rex.
«Mejor –pensó
Barbee–, mucho mejor.» Dejó a Ben Chittum en compañía de Parker, el sherif del
condado, y, automáticamente, se fue al Mint Bar. Se tomó dos whiskies dobles,
pero no consiguió atenuar el martilleo de las sienes. El día era demasiado
luminoso y volvió a sentir el estómago revuelto. ¡Qué expresión de angustia, de
horror y de incomprensión en la mirada de Rex! Cuando la recordaba, se
apoderaban de él una tensión frenética y un terror insufrible.
Intentó combatir
desesperadamente este sentimiento de terror. Procuró moverse con soltura. Hizo
lo que pudo por sonreír con naturalidad en respuesta a una observación de otro
cliente matinal del bar. Pero no tuvo éxito. El otro cliente, molesto, se cambió
de taburete al otro extremo de la barra. Barbee vio que el barman le miraba un
poco insistentemente. Pagó su consumición y salió a la dura luz del día.
Tenía temblores y
sabía que no podría conducir. Dejó el coche donde estaba y tomó un taxi.
–A Arms of Troy.
La puerta de
entrada, que April Bell atravesara en su sueño, estaba ahora abierta. Entró y
subió la escalera antes de que el conserje le detuviera.
En el pomo de la
puerta del apartamento 2-C había un cartel: No molestar. Pero él llamó con
fuerza. «Si el jefe sigue ahí –se dijo–, peor para él, que se meta debajo de la
cama.»
April estaba
arrebatadoramente ágil y esbelta, vestida de verde mar, casi tan desnuda como
en el sueño. Su cabellera cobriza, recién cepillada, se derramaba libremente
por la espalda. Aún no se había pintado los labios. Se le iluminaron los labios
cuando le vio:
–Will… Pasa, pasa.
Entró, satisfecho
de no haber sido interceptado por el conserje, y se sentó en el sillón que ella
le señaló al lado de la lámpara. El jefe no estaba. «A lo mejor –se dijo
Barbee– es aquí donde suele sentarse a leer el periódico cuando viene. De todos
modos, no es probable que April se interese por las revistas de negocios. Y
allí, encima de la mesita, hay un ejemplar de Enterprise. ¿Se fumará ella los
puros que hay en ese pesado estuche de oro que, además, me parece haber visto
otras veces?»
Se sintió casi
culpable y desvió la mirada. No había venido a discutir con ella. April se
movía con su característica gracia felina y se sentó a su lado, en el diván.
Era fácil imaginarla tal como había aparecido en el sueño: desnuda, blanca y
hermosa, cabalgando el tigre prehistórico con la melena flotando al viento de
la noche. De repente descubrió, no sin disgusto, que la gracia de sus
movimientos disimulaba apenas una ligerísima cojera.
–¿De manera,
Barbee, que por fin has venido? Ya me preguntaba por qué razón no habías dado
señales de vida.
April Bell tenía
las manos apretadas contra los muslos para disimular el temblor. Le hubiera
gustado pedirle otro whisky, pero ya había bebido demasiados y no parecían
calmarle. Se levantó bruscamente y, con paso inseguro, fue a sentarse al otro
lado del diván. Los grandes ojos de la joven siguieron sus evoluciones,
brillando con malicioso interés.
–April –comenzó a
decir él con voz ronca–, la otra noche, en Monte Agudo, me dijiste que eras una
bruja.
Ella sonrió
inocentemente antes de contestar:
–Eso pasa cuando me
invitan a demasiados daikiris.
Barbee tenía toda
su atención concentrada en apretar las manos para que no se le notara el
temblor.
–Esta noche
–continuó– he tenido un sueño… Es difícil de contar… He tenido un sueño
–repitió– en el que yo era un tigre. Soñé que estabas conmigo, y juntos, en el
sueño, hemos matado a Rex Chittum, en la carretera del Monte Sardis.
–¿Quién es Rex
Chittum? –preguntó con mirada inocente, arqueando las cejas pintadas a lápiz–.
¡Ah, sí! Ya me acuerdo; es uno de tus amigos, de los que han traído esa
misteriosa caja de los confines de Asia.
–He soñado que le
matábamos –repitió Barbee. Pero luego gritó–: ¡Y HA MUERTO!
–¡Qué curioso! Sin
embargo, no es del todo inhabitual. Recuerdo que yo soñé con mi abuelo la misma
noche que murió –su voz era cordial, aterciopelada y musical. No obstante, en
cierto momento, Barbee pareció advertir en ella una burla secreta–. Sí, en el
Monte Sardis. Hay una curva malísima. Deberían arreglarla. Por cierto, me ha
dicho el portero que me telefoneaste ayer por la mañana. Siento mucho haber
estado todavía en cama.
Barbee respiró con
dificultad. Le hubiera gustado clavar los dedos en aquellas espaldas satinadas
y sacudir a la chica hasta que confesara la verdad… ¿O acaso era él quien se
imaginaba que la joven se estaba burlando? Se sintió helado de terror, de aquel
terror que ella le inspiraba. ¿O era el terror algún monstruo oscuro de su
propio interior? Se levantó, haciendo lo posible por disimular su temblor.
–¡Ah! –dijo–. Te he
traído algo, April.
Los grandes ojos de
la chica lanzaron un fulgor fugaz. Hizo luego como si no se diera cuenta del
temblor de sus dedos mientras buscaba el alfiler de jade por los bolsillos de
la gabardina. Barbee no quitó los ojos de los de April Bell cuando dejó caer el
alfiler en su mano tendida.
–¡Oh, Barbee! –La
sorpresa se convirtió en placer–. ¡Barbee! ¡Es el alfiler que había perdido, el
que me regaló mi tía Ágata! Es un recuerdo de familia. ¡Qué contenta estoy de
haberlo recuperado…! Pero, ¿dónde lo has encontrado?
–En tu bolso. El
que perdiste. Estaba clavado en el corazón del gatito muerto…
–¡Qué cosas más
terribles me dices! ¡Qué macabro estas! Verdaderamente hoy tienes algo morboso,
Barbee… No tienes buen aspecto. ¡Me temo que bebes demasiado, Barbee!
Él agachó la
cabeza, dispuesto a darse por vencido en aquel juego…
–Y tu tía Ágata,
¿dónde está hoy?
–Se ha marchado…
Dice que el invierno en Clarendon le sienta muy mal para su sinusitis. Se ha
ido a California. La acompañé al avión ayer tarde.
Barbee se contentó
con hacer un gesto de adiós. Había perdido la partida. Al ponerse de pie le
temblaron las piernas y la chica corrió a ayudarle:
–De verdad, Barbee;
¿no crees que deberías ver a un médico…? Mira, yo conozco al doctor Glenn. Ha
tratado con mucho éxito a muchos alcoh… Quiero decir, a personas que bebían un
poquito más de la cuenta.
–¡No te muerdas la
lengua! Llámame alcohólico si quieres. Lo soy… Tal vez tengas razón y eso lo
explique todo. Tal vez tenga que ir a consultar a Glenn.
–Pero no te vayas
tan pronto… No te habrás enfadado. Es sólo un consejo de amiga… Ven a la cocina…
Déjame prepararte una taza de café y unos huevos fritos. El café te sentará
bien.
–¡No! Me voy.
La chica debió
percatarse de la mirada de odio que lanzó a la revista y al estuche de oro.
–De todos modos,
coge un cigarro. Los tengo para mis amigos.
Con sus felinos
movimientos de siempre, aunque con una levísima cojera, se había acercado a la
mesita y le acercó la caja de puros, que, según él, debía ser de Troy.
–¿Estás herida?
–Sí, me he torcido
un tobillo.
–¿Cómo ha sido?
–Tropecé en la
escalera al volver del aeropuerto, cuando fui a despedir a mi tía Ágata. No
tiene importancia. Coge un cigarrillo.
Lo verdaderamente
importante era que la mano de Barbee seguía temblando por encima de los puros
sin acertar a coger ninguno. Finalmente, ella misma le escogió un Perfecto,
oscuro y fuerte y se lo puso entre los dedos. Él balbuceó las gracias y se fue
temblando hacia la salida.
A pesar de todo,
había conseguido leer el monograma que había grabado en el estuche de oro. Eran
las iniciales de P. T. y el puro, largo y negro, era de la misma marca que
aquel que le ofreciera su jefe en la oficina de La Estrella.
Al salir se volvió
hacia ella.
April le miraba
conteniendo la respiración. Acaso el resplandor verde de sus ojos solamente
significara compasión; sin embargo, él creyó leer en ellos cierta malicia. La
chica sonrió levemente y le llamó con un gritito:
–¡Espera, Barbee,
espera, por favor!
No esperó. No
habría soportado ni la compasión, ni la malicia. Aquel mundo gris de dudas, de
debilidad y dolor le resultaba insoportable y suspiró, anhelando recuperar el
terrible poder del tigre prehistórico.
Salió dando un
portazo, tiró el puro y lo destrozó con el tacón. No se encontraba nada bien,
pero se etamo y caminó a buen paso hacia la escalera. No tenía por qué sentirse
dolorido. Troy podría ser el padre de April, pero veinte millones podían muy
bien compensar los veinte años de diferencia. Por otra parte, Troy la conocía
desde mucho antes que él.
Descendió la
escalera envuelto en una nube de dolor. Ahora daba igual que le viera el
portero. Tal vez ella tuviera razón. Acaso debiera ir a ver a Glenn.
Sí, decididamente,
tenía que ver a Glenn.
No le gustaban esa
clase de instituciones.
Pero Glenhaven era
la mejor que había en su especialidad. Era muy conocida. El joven doctor Archer
Glenn, igual que su padre, era considerado como un pionero de la psiquiatría.
Life había dedicado tres páginas enteras a describir sus métodos terapéuticos
cuando el doctor estaba movilizado en la marina durante la guerra, y había
señalado el interés de sus investigadores sobre la nueva técnica de la
narcosíntesis.
Barbee sabía que,
al igual que su padre, Archer Glenn era un materialista convencido. Glenn padre
había sido amigo del famoso Houdini, y su pasatiempo favorito de toda la vida
había sido demostrar que todos los médiums, hipnotizadores y astrólogos eran indefectiblemente
unos impostores. Glenn hijo no había abandonado el tema, y también aquí
continuaba la obra de su padre. Barbee había asistido al ciclo de conferencias
en que Archer Glenn denunciaba todas las manifestaciones pseudorreligiosas
fundadas sobre una explicación pseudocientifica de lo sobrenatural.
Para Glenn, el
Espíritu, el Alma, eran estricta y exclusivamente función del cuerpo. ¿Dónde
podía encontrar un aliado mejor?
CAPÍTULO XIII
Un infierno privado
Llegó al lugar
donde había dejado el coche. El paseo al aire libre había disipado la bruma
alcohólica que le flotaba en el interior del cráneo y le había calmado el dolor
de estómago. Tomó la carretera nueva, atravesó el puente donde el día antes
había estado a punto de estrellarse contra un camión y, por último, puso rumbo
a Glenhaven. Sobre las frondas amarillas y rojas del otoño, los edificios de
Glenhaven resultaban aproximadamente tan alegres como una cárcel. Barbee
intentó no estremecerse y desechar la vieja fobia que tenía a los sanatorios
psiquiátricos. «Esas fortalezas grises –se dijo– son las ciudadelas de la
Cordura asediadas por los terrores desconocidos del Alma.»
Aparcó el coche
detrás del edificio principal. Por la abertura del seto vio caminar rígidamente
a un paciente, entre dos enfermeras de falda blanca. ¡Pero si no era un hombre!
No. Era una mujer: era Rowena Mondrick…
–¡Mi perro!
–decía–. ¡Mi perro! ¿Es que no me van a dejar ver a mi Turco?
–Sí, claro que
podrá venir a verla, señora Mondrick; lo malo es que no es posible. Ya le hemos
dicho que el pobre animal ha muerto. ¿Lo ha olvidado usted?
–No me lo creo… No
puedo creerlo, y necesito a Turco aquí. Por favor, telefonee a la señorita
Ulford de mi parte y dígale que ponga anuncios en los periódicos ofreciendo una
buena recompensa.
–No serviría de
nada, señora Mondrick. Ya le he dicho que ayer por la mañana un pescador
encontró el cuerpo de su perro en el río, cerca del puente del ferrocarril.
Llevó a la comisaría de policía el collar con remaches de plata. Yo misma se lo
dije anoche.
–¡Ah, sí! Ahora me
acuerdo… Lo olvidé. ¡Es que necesito tanto a Turco, para que me avise y me
cuide! ¡Le necesito para que me defienda de los que quieren matarme en la
oscuridad!
–No se inquiete,
señora Mondrick… Ya verá cómo no viene nadie.
–¡Y yo le digo que
sí vendrán! –gritó la ciega–. ¡Ustedes qué saben! ¡Ni siquiera les verán venir!
Ustedes ni se enterarán cuando vengan… Hace mucho tiempo que avisé a mi marido
y le puse en guardia contra todos esos terribles peligros. Y, sin embargo, yo
me resistía a creer en ellos. No podía creer en todo aquello que yo misma
sabía, hasta que le han matado. Y ahora sé que van a venir. Ni las paredes ni
ninguna muralla pueden detenerles; para ellos no hay barreras, excepto la
plata. Y ustedes me han quitado casi toda la plata que traía.
–Pero ya tiene
usted sus collares y sus brazaletes. Y además aquí no corre usted ningún
peligro.
–Ya han intentado
matarme una vez. Me salvó el pobre Turco. Pero ha muerto y sé que van a volver.
Quieren impedirme que avise a Sam Quain. Eso es lo que quieren. Y yo tengo que
avisarle. Es absolutamente imprescindible. Por favor, enfermera, telefonee al
señor Quain a la Fundación de Investigaciones Humanas y dígale que venga aquí a
verme.
–Lo siento
muchísimo, señora Mondrick, pero ya sabe usted que no puedo telefonearle. El
doctor Glenn dice que no debe usted ver a nadie hasta que se ponga un poquito
mejor. Haga usted un esfuerzo. Tranquilícese un poco y verá cómo se pone bien y
la dejan recibir visitas.
–Pero es que no
queda tiempo, se lo aseguro. Tengo miedo de que esta misma noche vuelvan para
matarme. Es necesario que hable con Sam. Por favor, ¿no podría usted misma
acompañarme a la Fundación?
–Ya conoce el
reglamento y sabe que no podemos.
–Sam le pagará lo
que usted diga. Además, tendrá mucho gusto en dar al doctor toda clase de
explicaciones, pues lo que le tengo que decir le salvará la vida… Llame a un
taxi, o pida un coche prestado, o róbelo.
–Nos gustaría
ayudarla, señora Mondrick. ¿Quiere que enviemos un mensaje al señor Quain?
–Un mensaje no
serviría de nada…
–¿Por qué no,
señora Mondrick? ¿Cuál es el peligro que la amenaza?
–Un hombre en el
que él tiene confianza…
Esas palabras
frenaron a Barbee, que estaba a punto de intervenir. Sintió como si de la noche
brotara la sombra de algo terrible. No habría podido hablar. El terror le había
dejado mudo. Fue retrocediendo sobre el césped húmedo y aún tuvo tiempo de oír
muy a su pesar:
–…Un hombre a quien
él considera amigo suyo…
–Ya hemos andado
bastante, señora Mondrick. Es hora de volver. Está usted cansada y tiene que
dormir la siesta. Si sigue queriendo hablar con el señor Quain, creo que esta
tarde el doctor le autorizará para telefonearle.
–No. No es eso. Por
teléfono, no.
–¿Y por qué no? ¿Es
que él no tiene teléfono?
–Y todos nuestros
enemigos también tienen teléfono. Todos esos monstruos que pretenden hacerse
pasar por seres humanos. Cuando hablo por teléfono, lo escuchan, e interceptan
las cartas que escribo. Turco estaba adiestrado para descubrirlos, pero ahora
ha muerto. Y el pobre Mark también. No tengo en quién confiar excepto Sam
Quain.
–También puede
confiar en nosotros, pero hay que volver.
–Ahora voy.
Rowena se volvió
como obedeciendo en silencio. Pero aprovechando que las dos enfermeras estaban
desprevenidas, les dio un empujón, se soltó de ellas y echó a correr.
–¡Señora Mondrick,
no haga eso! ¡Deténgase!
Al principio les
sacó ventaja y Barbee pensó que llegaría a los árboles que crecían junto al
río, pero no había tenido en cuenta su ceguera. Apenas había recorrido diez o
doce metros, tropezó en una manga de riego y cayó de bruces.
Las dos enfermeras
la ayudaron a ponerse en pie y, tranquila pero firmemente, la obligaron a
caminar hacia el edificio. Barbee había pensado salir corriendo. La locura de
Rowena concordaba demasiado exactamente con sus propias pesadillas y le
aterraba ver en ella, bajo su aparente demencia, un designio frío, frenético y
coherente.
–Buenos días, ¿qué
desea usted? –le dijo una de las enfermeras sin soltar a Rowena.
–He dejado el coche
ahí abajo y estoy buscando al doctor Glenn.
–Vuelva a cruzar el
seto, por favor. Encontrará un camino que rodea el edificio y llega a la puerta
principal.
Barbee casi no se
enteró de la explicación, pues estaba ocupado en observar a Rowena Mondrick. Se
había puesto rígida al oír la voz de Barbee y permanecía inmóvil entre las dos
enfermeras, como paralizada de terror. Había perdido las gafas negras al caerse
y se le veían las órbitas vacías, terribles, que transformaban su rostro blanco
en una máscara horrenda.
–¡Es Will Barbee!
Pero él no tenía ya
ningún deseo de dirigirle la palabra. Ya había oído bastante. Sabía que
cualquier cosa que ella le dijera sólo serviría para enredarle aún más en
aquella negra malla de dudas monstruosas. Sólo de verla allí, ante él, sentía
que el terror le dominaba. Sin embargo, no pudo contenerse y soltó un torrente
de preguntas:
–Dígame, Rowena,
¿qué es lo que hay que decir a Sam? ¿De qué quiere prevenirle? ¿Por qué la
atacó un leopardo en Nigeria? ¿Qué clase de leopardo era? ¿Qué buscaba allí el
doctor Mondrick y después en Ala-Shan? ¿Qué han traído el doctor y Sam en la
caja verde? ¿Quién querría asesinarles?
Ella retrocedió,
bamboleando la espantosa cabeza.
–Cállese, por favor
–dijo una de las enfermeras–, no moleste a nuestros pacientes. Si realmente
quiere ver al doctor Glenn pase por la puerta principal y pregunte por él a la
recepcionista. Y, si no quiere verle, haga el favor de salir de la propiedad.
Dieron media vuelta
y se fueron las tres.
Pero, sin poderlo
evitar, Barbee corrió tras ellas, gritando furioso:
–¿Quiénes son esos
enemigos misteriosos? ¿Quiénes son los asesinos nocturnos? ¿Quién quiere hacer
daño a Sam Quain?
–¿De verdad que no
lo sabes, Will Barbee? No te conoces a ti mismo.
De repente, Barbee
no pudo articular palabra.
–Será mejor que no
siga, señor –dijo la enfermera–. Márchese.
Y desaparecieron…
En la recepción, la
simpática sacerdotisa del antiguo Egipto dejó los auriculares con una sonrisa
de bienvenida:
–Buenos días, señor
Barbee. ¿Le puedo servir en algo?
Con dificultad,
Barbee le explicó que quería ver al doctor Glenn.
–Sigue ocupado. Si
ha venido a interesarse por la señora Mondrick, creo que reacciona muy bien al
tratamiento. Pero aún no puede verla. El doctor no quiere que reciba visitas.
–Acabo de verla
–dijo Barbee–. Y no sé si reacciona tan bien como usted dice. De todos modos,
tengo que ver al doctor Glenn. Es para que me vea a mí.
–¿Y no le gustaría
ver al doctor Banzel? Es especialista en diagnósticos. ¿O al doctor Dilthey?
Cualquiera de los dos. Estoy segura que…
–¡No! No quiero.
Dígale al doctor Glenn que yo he ayudado a una loba blanca a matar al perro de
la señora Mondrick y creo que tendrá tiempo de recibirme.
La belleza exótica
de alargado cráneo se volvió con gracia, metió una ficha en una ranura y
susurró unas palabras ininteligibles en el receptor que llevaba sujeto al
cuello. Luego volvió a dirigirse a Barbee:
–El doctor Glenn le
recibirá enseguida. Espere un segundo a que la señorita Graulitz venga a
recogerle, por favor.
La señorita
Graulitz era una mujer musculosa de rostro caballuno y ojos vidriosos. Barbee
la siguió por un silencioso pasillo interminable y entraron en un pequeño
despacho.
Con una voz de
cuerno inglés que intentaba infructuosamente disimular, la enfermera empezó a
hacerle una serie de preguntas: quién pagaría su cuenta, qué enfermedades había
tenido en su vida y qué cantidad de alcohol bebía a diario. Anotaba sus
respuestas en una tarjeta. Después le hizo firmar y él ni siquiera intentó leer
lo que firmaba. Acababa de terminar cuando la puerta se abrió. La tremenda
enfermera se levantó de un salto y dijo con la máxima dulzura que le fue
posible:
–El doctor Glenn le
va a ver.
El famoso
psiquiatra era un hombre alto, guapo, de abundante cabello negro y rizado y
ojos castaños. Sonrió cordialmente y tendió a Barbee una mano bien cuidada.
Barbee tuvo la desconcertante impresión de encontrarse ante una persona a quien
había conocido muy bien en otra época y a quien ahora, en cambio, le costaba
reconocer. Cierto era que había asistido a conferencias suyas para redactar una
reseña en el periódico. «Debía ser eso», se dijo. Y, sin embargo, no acababa de
quedarse convencido, porque le persistía la sensación de que se trataba de algo
mucho más antiguo e íntimo.
–Buenos días, señor
Barbee, pase, por favor…
Barbee se sentó en
silencio. Se sentía nervioso.
Glenn se dejó caer
sobre otra butaca y golpeó un cigarrillo en la uña. Parecía competente,
tranquilizador, seguro de sí mismo. «Es curioso –pensaba– que antes no me haya
producido esta impresión, que no le haya reconocido como ahora cuando fui a sus
conferencias.»
–¿Un cigarrillo?
–ofreció Glenn–. Vamos a ver, ¿qué es lo que no marcha?
Barbee hizo acopio
de valor y dijo:
–Brujería.
Glenn ni se inmutó.
–O he sido
embrujado o estoy a punto de volverme loco –explicó Barbee.
–Cuénteme, pues.
–Todo empezó el
lunes por la noche, en el aeropuerto –al principio, le resultó difícil hablar,
pero pronto se sintió lleno de aplomo–: estaba en el aeropuerto cuando se me
acercó una chica pelirroja…
Y le contó todo: la
súbita muerte del profesor, el gatito estrangulado, el inexplicable temor que
manifestaban los ayudantes del doctor, los cuales no se apartaban de la caja
verde traída de Asia. Le describió el sueño en que había corrido al lado de April
Bell, convertida en loba blanca, y cómo, entre ambos, habían matado a Turco.
Cuando levantó la
cabeza, sólo vio interés profesional y simpatía en la cara de Glenn.
–Y ayer por la
noche, doctor, soñé otra vez. Pero entonces era un tigre prehistórico. Todo era
extrañamente real. Conmigo venía la misma chica y me decía lo que tenía que
hacer. Seguimos al coche de Rex Chittum por la montaña y le maté en la
carretera del Monte Sardis.
El horror que le
producían la extraña pesadilla y el terrible despertar se atenuó al efectuar el
relato. Sin duda, la tranquilidad de Glenn resultaba contagiosa. Sin embargo,
al final, su enronquecida voz volvió a temblar:
–Rex ha muerto
exactamente como yo le maté en mi sueño –mientras hablaba, espiaba anhelante el
rostro de Glenn–. Dígame, doctor, ¿cómo puede un sueño coincidir así con la
realidad? ¿Cree usted realmente que yo maté anoche a Rex Chittum bajo el efecto
de un hechizo? ¿O cree usted que estoy loco?
–Para esclarecer el
asunto –dijo Archer Glenn–, nos va a hacer falta un poco más de tiempo. Le
propongo que se quede usted en Glenhaven unos días. Así estará perfectamente
atendido por nuestros médicos.
–¡Pero bueno!
–gritó Barbee–. ¿Es que realmente he hecho todas esas cosas que creo haber
soñado? ¿O estoy loco?
Glenn no se movió.
Le miró con sus grandes ojos serenos y se recostó en el respaldo de la butaca.
Después dijo:
–Muchas veces, lo
que sucede no es tan importante como la interpretación que consciente o
inconscientemente damos a esos hechos. De todas formas, hay un dato que me
parece significativo. Todos y cada uno de los incidentes que me ha contado,
desde la crisis de asma del doctor Mondrick al accidente de coche de Rex
Chittum, hasta la misma muerte del perro de la señora Mondrick, tienen una
explicación natural perfectamente lógica.
–Precisamente eso
es lo que me vuelve loco –dijo Barbee, y miró al médico buscando una reacción
personal detrás de su deliberada indiferencia–. Sí, eso es lo que me trae loco,
porque es posible que todo sea resultado de coincidencias, pero ¿son realmente
coincidencias…? ¿Cómo, por ejemplo, podía conocer yo la muerte de Rex Chittum
antes de que me la comunicaran?
–De vez en cuando,
señor Barbee, nuestro espíritu nos engaña, sobre todo, cuando intervienen
fuerzas inconscientes. Tenemos tendencia a deformar los elementos cronológicos
y a confundir los efectos y las causas, tomando los unos por las otras. Estos
engaños no son necesariamente locura. Freud ha escrito una obra entera dedicada
a la psicopatología de la vida cotidiana… Examinemos objetivamente su caso,
señor Barbee, sin formular ningún diagnóstico a la ligera. Trabaja usted
demasiado, me parece, en una profesión que, a mi juicio, no se ha hecho para
usted. Usted mismo admite que bebe. Tiene que darse cuenta de que una vida así
termina por hundir a cualquiera de una forma u otra.
Barbee dio un
respingo:
–Entonces ¿usted
cree que estoy loco?
–Que no, hombre. Yo
no he dicho eso. Y observo que se toma usted las cosas demasiado a pecho, señor
Barbee, cuando se trata de la salud mental. El espíritu no es una máquina, y
los estados de conciencia no son necesariamente blanco o negro. En realidad, cierto
grado de anomalía es enteramente normal. Sin ella, la existencia sería
aburridísima, muy sosa… De modo que no saquemos conclusiones prematuras…
Podemos suponer, por otra parte, que la señorita Bell no le es en absoluto
indiferente. El mismo Freud define el amor como una locura normal.
–¿Y qué quiere
usted decir con esto?
–En cada uno de
nosotros, señor Barbee, existen sentimientos inconscientes de miedo y
culpabilidad. Aparecen en el curso de nuestra infancia y matizan toda nuestra
vida. Estos sentimientos buscan su expresión y pueden llevar, finalmente, a
aflorar de una manera que ni siquiera sospechamos. Incluso en el individuo más
normal, en el más cuerdo, actúan estos móviles secretos. En su caso, ¿no cree
usted posible que, en un momento en que sus habituales defensas conscientes se
vieran debilitadas por una desafortunada combinación de agotamiento, emoción
violenta y exceso de alcohol, estos sentimientos soterrados hayan terminado por
emerger en sus sueños o incluso en alucinaciones?
Barbee negó con la
cabeza. Se arrellanó en el sillón. Miró los amarillos y morados de la montaña
que se alzaba al otro lado del río. Junto a las aguas sombrías se extendía un
campo de maíz dorado, y las aspas plateadas de un molino de viento resplandecían
al sol.
Se sentía irritado
contra Glenn por la frialdad con que analizaba la cuestión. Odiaba aquel
pequeño despacho y odiaba también la pequeña teoría de Glenn, demasiado simple
para explicar las profundidades del alma. No quería por nada del mundo que
todas sus vergüenzas y sus miedos privados quedasen registrados en los
diagramas de Glenn. Deseaba ferozmente dejarse arrastrar por la absoluta
libertad y el magnífico poder del sueño.
Glenn seguía
hablando con su voz profunda:
–Tal vez se sienta
usted culpable, inconscientemente, del grave trastorno mental que sufre
actualmente la señora Mondrick…
–No, no lo creo.
Eso es imposible.
–La misma violencia
de su protesta apoya esta suposición… Como ya le he dicho, necesitaremos tiempo
para reconstruir el mecanismo de sus principales complejos. Entre tanto, ya se
advierte en usted una tendencia general.
–¡Ah! ¿Y cuál es?
–¿No se da usted
cuenta de que sus estudios de antropología le han proporcionado cierto
conocimiento de las creencias primitivas sobre magia, brujería y licantropía?
Unos antecedentes de ese tipo justifican plenamente la insólita orientación que
toman sus actividades imaginarias.
–¡Ah! ¿Y cómo se
explica usted que yo me eche la culpa de la enfermedad de la señora Mondrick?
–Dígame, ¿nunca ha
deseado usted conscientemente la muerte del doctor Mondrick?
–¡Claro que no!
–Piénselo de nuevo.
¿La ha deseado?
–No. ¿Por qué
tendría que haberla deseado?
–¿Nunca le ha
ofendido él?
–Por supuesto que
sí. Hace años, en la Universidad… El viejo Mondrick se puso en contra mía
cuando yo estaba terminando la carrera. Nunca he sabido por qué. Pero me
excluyó del equipo que estaba formando para la Fundación de Investigaciones
Humanas. Y en cambio tomó a Sam Quain, a Rex Chittum y a Nick Spivak. Durante
mucho tiempo le guardé rencor.
–Eso completa el
cuadro –dijo Glenn–. Lo que ha debido suceder es que usted, inconscientemente,
ha deseado vengarse de aquella antigua ofensa o injuria. Usted ha deseado su
muerte y, a continuación, él se ha muerto. Esto explica, en virtud de los
mecanismos acrónicos del inconsciente, que usted se sienta responsable de su
muerte.
–No me convence
–dijo Barbee–. Aquello sucedió hace doce años. Y, de todos modos, no tiene nada
que ver con que yo sea responsable de la trágica enfermedad de la señora
Mondrick, como usted dice.
–Mire, el
inconsciente no sabe nada del tiempo. Además, ya está usted interpretando. Yo
no he dicho que usted sea responsable de la enfermedad de la señora Mondrick.
Me he limitado a sugerir que acaso usted se sienta culpable de que ella esté
enferma. Lo que usted dice lo confirma.
–¿Cómo?
–El trastorno de la
señora Mondrick ha sido causado por la muerte brutal de su marido. Si
inconscientemente usted se siente culpable de la muerte de éste, es lógico que
se sienta igualmente responsable de la desintegración mental de su esposa.
–¡No! ¡Eso no puedo
soportarlo!
–Exacto –dijo
Glenn–. No puede usted soportarlo conscientemente. Ésa es la razón de que los
complejos de culpa se sitúen en un nivel inconsciente, donde, gracias a los
recuerdos que conserva usted de las clases de antropología que le daba el
propio doctor Mondrick, se revisten de formas aterradoras… No sirve de nada
olvidar. Cada uno de nuestros errores exige un castigo. En el mecanismo de
nuestro inconsciente hay una especie de justicia natural que, a veces, se
convierte en una cruel parodia ciega, implacable, de esta misma justicia.
–¿Qué justicia? No
lo entiendo…
–No lo entiende
usted precisamente porque no puede soportarlo. Pero no por eso cesa la
actividad de sus proyectos inconscientes. No cabe duda de que usted se siente
culpable por la locura de la señora Mondrick. Su sentimiento inconsciente de
culpabilidad exige que ese crimen sea castigado. Me da la impresión de que
usted, sencillamente, pretende manipular por vía inconsciente todos esos sueños
y alucinaciones para sentirse inocente de la locura de la señora Mondrick,
aunque sea a costa de su salud mental... ¿No percibe usted ahí la acción de una
justicia ciega?
–No, doctor, no
sigo su razonamiento. Y, aunque lo entendiera, no lo explicaría todo. ¿Qué me
dice usted de mi sueño con el tigre prehistórico? ¿Y la muerte de Rex Chittum?
Lo que yo sienta o deje de sentir con respecto a la señora Mondrick no tiene
nada que ver con esto, y además, Rex fue siempre amigo mío.
–Y también enemigo.
Él, Quain y Spivak fueron elegidos para la Fundación, usted me lo ha dicho, en
tanto que fue usted rechazado. Fue un golpe duro, acuérdese. Y seguro que
sintió usted celos.
–Sí, pero no celos
que me impulsaran al crimen.
–Conscientemente
no. Sin embargo, el inconsciente no conoce la moral. Es totalmente egoísta,
totalmente ciego. Para él no existen ni el tiempo ni las contradicciones. Usted
sintió rencor contra su amigo Chittum y él ha muerto. También aquí, por lo
tanto, tiene usted motivos para sentirse culpable de haberle deseado un daño.
–Es absolutamente
convincente. Sin embargo, no olvide un pequeño detalle: yo tuve ese sueño antes
de saber que Rex había muerto.
–Eso es lo que
usted cree, Barbee, pero bajo el efecto de una acción violenta se suelen
confundir los efectos y las causas. ¿No es posible que se inventara usted el
sueño después de saber que Rex había muerto y que invirtiera la secuencia real
de los hechos para convertir el efecto en causa y viceversa? A propósito,
dígame: ¿sabía usted que los frenos del coche estaban en mal estado?
–Nora me dijo que
había que arreglarlos.
–¿Y no lo entiende?
El inconsciente obedece a cualquier sugerencia y utiliza cualquier medio para
expresarse. Cuando usted se acostó sabía perfectamente que Rex Chittum tenía
alguna probabilidad de sufrir un accidente en el Monte Sardis.
–Probabilidad
–repitió Barbee temblando–. Tal vez tenga razón, doctor.
–Usted sabe,
Barbee, que yo no soy nada religioso. Rechazo lo sobrenatural y mí filosofía
racionalista se fundamenta en la ciencia experimental. Pero sí creo en el
infierno. En cada uno de nosotros existe un infierno: el que uno mismo se
fabrica, con los demonios que uno crea para atormentarse hasta expiar sus
pecados reales o imaginarios. Mi misión consiste en explorar estos infiernos
personales, desenmascarar sus demonios y hacerles ver a ustedes su verdadero
rostro. En general, señor Barbee, estos demonios resultan mucho menos terribles
de lo que parecen. Los lobos y los tigres son sus demonios personales. Espero
que ahora le parezcan menos terribles.
–No sé, doctor,
esos sueños eran terriblemente vívidos… Es usted muy hábil y muy inteligente,
pero la hipótesis de una alucinación no me basta. Sam Quain y Nick Spivak
siguen custodiando celosamente un objeto misterioso que tienen en la caja
verde. Han emprendido una encarnizada batalla contra… no sé qué. Son amigos
míos, doctor. Quiero ayudarles y no servir de instrumento a sus enemigos.
–La misma violencia
con que usted se expresa me confirma lo que le acabo de decir. Pero tampoco hay
que dar demasiada importancia a mis opiniones de ahora, pues las he improvisado
sobre la marcha. Al fin y al cabo no hemos hecho sino explorar someramente el
problema. Bueno, además ya no nos queda tiempo. Si quiere ingresar en
Glenhaven, mañana podremos charlar otro rato. Creo que será mejor que descanse
un día o dos antes de hacerle los exámenes médicos habituales.
–Sí, me quedaré
aquí unos días. Pero quiero hacerle una pregunta más. April me dijo que había
venido a consultar con usted… ¿Tiene ella algún poder sobrenatural?
–Las reglas
profesionales me prohíben hablar de mis enfermos. Pero si le satisface una
respuesta general, le diré que he ayudado a mi padre a investigar todo tipo de
fenómenos parapsicológicos, como se suelen llamar. Examinamos muchísimos casos
y aún no me he encontrado uno solo en que no se apliquen las leyes ordinarias
de la naturaleza. Las únicas bases científicas de la percepción extrasensorial
y la telequinesia son estudios como el que se efectuó en la Universidad de
Duke. Efectivamente, algunos de los trabajos publicados que pretenden demostrar
la existencia de percepciones extrasensoriales y la posibilidad de influir
mentalmente en la probabilidad parecen bastante convincentes. Pero me temo, sin
embargo, que el deseo de demostrar la existencia del alma haya cegado a los
investigadores, haciéndoles cometer graves errores metodológicos, sobre todo
experimentales y estadísticos. Para mí, el universo es estrictamente mecánico.
Todos los fenómenos que se producen, desde el nacimiento de los soles hasta la
tendencia humana de creer en dioses y diablos, ya existían en el primer
superátomo, cuya energía cósmica explosiva les ha dado nacimiento. Algunos
sabios distinguidos se han esforzado por encontrar lugar para el libre arbitrio
y para la función creadora de una divinidad sobrenatural. Para ello han
aprovechado ciertas insuficiencias aparentes del determinismo mecanicista,
como, por ejemplo, el principio de indeterminación de Heisenberg. Pero sus
intentos me parecen tan lastimosos como los de los brujos primitivos que
pretendían hacer llover regando la tierra con unas gotas de agua. Todo lo
sobrenatural, señor Barbee, es pura ilusión basada en una emoción subjetiva, en
observaciones incorrectas o en una lógica defectuosa… ¿Se queda usted más
tranquilo?
–¡Sí, doctor!
Barbee apretó la
musculosa mano del médico y, de nuevo, sintió esa curiosa impresión de que le
reconocía, como si entre ellos existiera un poderoso vinculo olvidado hacía
mucho tiempo. «Glenn –se dijo– va a ser un amigo fuerte y leal.»
–Gracias –dijo con
fervor–. Eso es exactamente lo que quería escuchar.
CAPÍTULO XIV
Así ataca la
serpiente
La señorita
Graulitz le esperaba en la antesala. Vencido por la autoridad competente,
Barbee telefoneó al despacho de Troy para decirle que tenía intención de
quedarse unos días en Glenhaven para hacerse un chequeo completo.
–Claro que sí,
Barbee –dijo Troy con una voz que parecía rebosar calor y simpatía–. Tómese
todo el tiempo que haga falta. Está agotado de tanto trabajar y sé que Chittum
era amigo suyo. Ya se las arreglará Grady. Tengo confianza en Archer Glenn. Si
surge la menor dificultad en los gastos de su tratamiento, dígale que me
telefonee, y no se preocupe por su puesto de trabajo…
Decididamente,
Preston Troy no era ningún ogro. Tal vez Barbee le había juzgado un tanto
severamente por culpa de la campaña Walraven y el desdichado encuentro habido
en el apartamento de April Bell.
Obediente a las
sugerencias de la señorita Graulitz, decidió no volver a Clarendon para recoger
el cepillo de dientes y el pijama, ni siquiera para asistir al entierro de Rex
Chittum. Siguió dócilmente a la enfermera a lo largo de un pasadizo cubierto que
unía el edificio principal con el anexo.
Atravesaron la
biblioteca, la sala de música, el salón de juegos y el comedor. Por el camino,
la señorita Graulitz le fue presentando a muchas personas, aunque sin precisar
si se trataba de médicos o de enfermos. Miraba por todas partes, temía volver a
encontrarse con la señora Mondrick. Preguntó por ella.
–Está en el
pabellón de los agitados –dijo la señorita Graulitz–. Es ese edificio que hay
al otro lado del césped. Me han dicho que hoy está peor. Durante el paseo ha
sucedido algo que la ha sacado de quicio. Tiene prohibidas las visitas y no
podrá usted verla hasta que esté completamente restablecida.
Al final del
recorrido, la señorita Graulitz le acomodó en una habitación individual del
segundo piso del anexo y le dejó solo, diciéndole que llamara a la enfermera,
señorita Ettig, cuando necesitara algo. La habitación era pequeña y agradable y
tenía un cuarto de baño adjunto. Pero la puerta no se cerraba con llave.
Observó que las
ventanas eran de cristal pero estaban protegidas por alambres de acero tensados
en un marco también de acero, de tal manera que a través de ellos sólo podía
pasar una serpiente. Pero nada de esto serviría para mantenerle encerrado en
caso de que volviera a soñar. Este pensamiento le hizo sonreír. ¡Ni siquiera
habían tenido la astucia de emplear alambre de plata!
Así pues, esto era
estar loco. Entró a lavarse en el diminuto cuarto de baño el sudor de la cara y
las manos y observó que todo estaba dispuesto para que no hubiese ningún
saliente ni ningún sitio donde pudiera uno colgar una cuerda para ahorcarse.
Se sentó
pesadamente en la cama y empezó a desatarse los zapatos.
Bien mirado, no se
sentía tan loco.
Pero ningún loco se
daba cuenta de su estado.
No. Lo que le
pasaba es que estaba confuso y totalmente agotado por la larga lucha que
llevaba a cabo para dominar la situación. Y tenía que reconocer que la
situación había terminado por vencerle. No le venía mal aprovechar la tregua
que le ofrecían las circunstancias y reposar una temporadita.
Precisamente Barbee
se había planteado muchas veces preguntas angustiosas respecto a la locura. La
angustia se debía a que su propio padre, del cual no se acordaba en absoluto,
por otra parte, había muerto tras los muros de piedra de un manicomio estatal.
Siempre había
considerado que el trastorno mental debía ser algo extraño y apasionante a la
vez, donde se sucedían, en brusco contraste, momentos de atonía y de alegría
salvaje. Pero pudiera ser que, después de todo, lo más frecuente fuera lo que
le estaba sucediendo a él: un sentimiento de derrota, de apatía, un deseo de
huir de problemas insolubles.
Debió quedarse
dormido mientras efectuaba estas reflexiones. Sintió confusamente que una mano
venía a arrancarle del sueño, sin duda para que desayunara. ¡Pero si eran las
cuatro! ¡Se había despertado a las cuatro de la tarde! Mientras dormía le
habían quitado los zapatos y tapado con una sábana. Olía a cerrado y le dolía
la cabeza.
Le hubiera gustado
beber algo. Debería haber introducido a escondidas una botella. A lo mejor
estaba allí encerrado por causa del whisky, pero no por ello tenía menos ganas
de beber. Por fin, decidió, sin mucha esperanza, llamar a la señorita Ettig. Se
incorporó y pulsó el botón de la pera que colgaba al lado de la cama.
La enfermera era
enjuta, curtida, y tenía las piernas arqueadas. Le recordó a una campeona de
rodeo que había entrevistado una vez.
–Sí –le dijo con
voz nasal–. Hoy puede tomar un vaso antes de cenar, y después, dos como mucho.
Le llevó una
abundante ración de whisky de la mejor calidad y un vaso de soda.
–Gracias –dijo,
pero seguía desconfiando del doctor Glenn, de su suficiencia y aplomo y de la
excesiva cortesía del personal.
–¡Por las
serpientes! –brindó.
–¿Por qué
serpientes? –preguntó la señorita Ettig quitándole el vaso vacío de las manos.
–Pues por las
serpientes que uno ve cuando bebe.
–¡Ah, bueno! –dijo
la enfermera con toda naturalidad.
Y dejó a Barbee
tumbado boca arriba, intentando acordarse de lo que le había explicado el
médico. Quizá, después de todo, este fanático materialista estuviera en lo
cierto. Quizá los hombres-tigre fueran alucinaciones.
Sí, pero no podía
olvidar lo que él mismo había vivido y sentido con tanto verismo. Recordaba la
caminata sobre la crujiente escarcha en aquella noche llena de perfumes, la
montaña que tan claramente había contemplado en sus más mínimos detalles con
los ojos del poderoso tigre prehistórico. No podía olvidar la calidez del
cuerpo de la chica cuando cabalgaba sobre él. El salvaje poderío de sus
movimientos, el chorro caliente y dulzón de la sangre de Rex. A pesar de los
convincentes argumentos del doctor, Barbee nunca había sentido, en estado de
vigilia, nada tan real como aquel sueño.
El alcohol le había
relajado y tenía sueño.
«Cuando llegue la
noche –se dijo–, una serpiente podría deslizarse fácilmente a través de esa
ridícula barrera de cristal y acero.»
En el momento de
dormirse, decidió transformarse en una serpiente enorme y bella e ir a buscar a
April Bell. En caso de que encontrara a su jefe en la cama con ella… ¡Mejor!
Una boa de diez metros no tendría ni para empezar con un hombre bajito y gordo
como Preston Troy.
En esto, el
radiador hizo un ruido y Barbee se tiró de la cama lanzando maldiciones. ¡Ya
está: otra vez pensando en cosas horribles! Estaba en Glenhaven para curarse de
tales pesadillas. Seguía doliéndole la cabeza, pero no le volverían a dar
whisky hasta la hora de cenar. Se lavó la cara con agua fría y decidió bajar.
A Barbee siempre le
habían interesado los asilos. Se le ocurrió que debería aprovecharse de las
circunstancias y tomar notas para escribir un gran artículo sobre el tema. Pero
a medida que avanzaba la tarde, se fue dando cuenta de que lo más notable de Glenhaven
era su absoluta carencia de cosas notables. Aquello era el país de nunca jamás,
poblado de almas tímidas que huían del mundo real exterior y hasta de su propio
mundo interior.
En la sala de
música, mientras Barbee escuchaba por la radio la noticia de un accidente de
coche, una preciosa joven dejó caer la labor de punto que estaba haciendo y se
fue de la sala llorando. Luego jugó una partida de ajedrez con un individuo
que, cada vez que Barbee le daba jaque a la reina, derribaba el tablero y se
deshacía en interminables excusas por su torpeza.
En la cena, el
doctor Dilthey y el doctor Dorn hicieron ímprobos esfuerzos por mantener una
conversación animada, pero no lo consiguieron. Barbee suspiró de alivio viendo
que se acercaba el momento de acostarse. Volvió a su habitación, llamó a la
enfermera y pidió whisky. Se tomó dos vasos seguidos. De noche, la señorita
Ettig era reemplazada por una morena vivaracha, llamada Jedwick, quien, además,
le proporcionó un novelón histórico que él no había solicitado. La señorita
Jedwick parecía no ir a terminar nunca de dar vueltas por la habitación y de
prepararle la cama, el pijama, las zapatillas, la bata y el vaso de agua. Era,
evidentemente, lo que hacía para ponerle de buen humor. Pero él se sintió mejor
cuando la vio desaparecer. El alcohol le había dado sueño, aunque sólo eran las
ocho y había dormido la mayor parte del día. Se estaba desnudando cuando, a lo
lejos, oyó un ladrido que le sobresaltó.
Luego empezaron a
ladrar los perros de los alrededores. Se acercó a la ventana y escuchó de nuevo
la llamada.
En la orilla del
río le esperaba la loba blanca.
Barbee inspeccionó
la verja. No tenía nada de plata. Glenn no creía en esas cosas. No debería ser
difícil tomar la forma de una serpiente lo bastante poderosa como para
acompañar a April Bell. Se oyó otra llamada que le dejó sin respiración. Pero
se dirigió hacia la cama blanca y quirúrgica, preso de un pavor mortal. Si era
correcto el razonamiento científico del doctor Glenn, él debería alimentar un
odio inconsciente, hecho de celos y envidia, contra Sam Quain y Nick Spivak.
Por otra parte, dentro de la lógica insensata del sueño, no cabía duda de que
April Bell seguía decidida a destruir a ambos, a causa del arma desconocida que
guardaban en la caja de madera.
Tardó en acostarse.
Se lavó los dientes con su nuevo cepillo hasta hacerse sangre en las encías. Se
duchó con parsimonia y se cortó las uñas cuidadosamente. Luego se puso un
pijama que le quedaba demasiado grande y una bata roja que llevaba el nombre de
Glenhaven en la espalda. Se sentó en la única silla de la habitación y estuvo
leyendo durante una hora la novela que le había llevado la señorita Jedwick.
Todos los personajes de la novela eran tan vulgares y aburridos como la gente
que había encontrado allí. La loba seguía aullando, pero a él le horrorizaba
reunirse con ella. Pensó cerrar la ventana para aislarse de los ruidos y los
ladridos de los perros, pero se puso a pasear nerviosamente por la habitación.
De pronto, oyó un sonido leve que le hizo temblar: una voz de mujer, apagada,
pero muy cercana… Era una voz que él conocía muy bien; la de Rowena Mondrick.
Cerró la ventana de golpe. Se acostó y se puso a leer. Hizo esfuerzos por no
escuchar a Rowena, que lloraba en el pabellón de los agitados, ni a la loba
blanca que le llamaba desde la orilla del río. Quiso interesarse en la novela
para no dormirse, pero las palabras carecían de sentido. El libro se le caía de
las manos y apagó la luz.
Sólo que no tenía
manos. Abandonó la forma macilenta y vacía que respiraba lentamente en la cama.
Con su cuerpo largo y estrecho cruzó la alfombra y levantó hacia la ventana la
cabeza triangular y chata.
El cristal
desapareció enseguida.
La rejilla de acero
tardó un poco más. No había nada de plata. Riéndose en silencio de la filosofía
de Glenn, se deslizó al exterior. Aterrizó en el césped y reptó hasta los
árboles sombríos de la ribera.
La loba blanca
salió a recibirle de un bosquecillo de sauces. Él, con su lengua negra y
larguísima, palpó el hocico helado de la loba, y las brillantes escamas de su
cuerpo ondularon en él en el éxtasis de aquel beso.
–¿De modo que esto
es lo que te ocurre cuando te invitan a demasiados daikiris? –ella se rió, con
la lengua colgante– No me tortures más, ¿no sabes que me he vuelto loco?
–Sí, lo sé, y lo
siento mucho, Barbee. ¿Te has extraviado, verdad? A veces pasa. Los primeros
vislumbres del despertar son difíciles, dolorosos, hasta que aprende uno a
manejarse
–Vámonos. Rowena
Mondrick está ahí detrás, aullando, y yo no puedo soportarla. Quiero dejar todo
esto, olvidarlo todo…
–No. Esta noche no
–dijo ella–. Nos divertiremos cuando podamos, Barbee. Pero esta noche tenemos
trabajo. Aún viven tres de nuestros mayores enemigos: Sam Quain, Nick Spivak y
la viuda ciega. A ella hemos conseguido traerla a un sitio donde no puede hacernos
daño, sólo gritar. Pero tus viejos amigos, Spivak y Quain, siguen trabajando
día y noche. Y están aprendiendo. Se están preparando para utilizar el arma que
tienen en la caja de madera. Tenemos que detenerlos esta noche.
–Pero ¿es
imprescindible matarlos? –protestó débilmente Barbee–. Por favor, piensa en la
pequeña Pat y en la pobre Nora…
–¿Todavía estamos
con la pobre Nora? Tus viejos amigos tienen que morir. ¡Tienen que morir para
que se salve el Hijo de la Noche!
Barbee no volvió a
abrir la boca.
Cuando, como
entonces, despertaba de la larga pesadilla de la vida, la escala de valores no
era igual que antes. Enlazó el cuerpo de la loba blanca y apretó hasta hacerle
daño.
–No te preocupes
por Nora –dijo–. Pero si alguna vez un dinosaurio te sorprende en la cama con
Preston Troy, la cosa puede ponerse fea.
La soltó y ella
sacudió su pelaje.
–No me toques,
asquerosa serpiente rastrera…
Él volvió a saltar
sobre ella:
–¡Dime qué
representa Troy para ti!
–¿Te gustaría
saberlo, eh? –sus dientes brillaron en la noche–. Ven. Tenemos cosas que hacer.
El cuerpo de Barbee
onduló hacia ella, en fácil y poderoso oleaje. El roce de las escamas produjo
un ligero susurro entre las hojas caídas. Avanzó junto a su compañera con la
cabeza levantada al mismo nivel que la suya. El universo nocturno había vuelto a
transformarse. Esta noche no tenía el infalible olfato del lobo, ni la aguda
vista del tigre prehistórico, pero oía el imperceptible fluir del río, el paso
levísimo de las ratas de campo, los ruidos minúsculos de hombres y animales
dormidos en las granjas que dejaban atrás. Conforme se acercaban a Clarendon,
el espacio sonoro se fue convirtiendo en un terrible estruendo de motores, de
ruedas, de pitidos de coches, de aparatos funcionando, de gente gritando,
llorando, hablando.
En el cruce de
Cedar Street dejaron la carretera nacional y se internaron en los sombríos
terrenos de la Fundación. Había luz en el piso noveno de la torre gris donde
Spivak y Quain presentaban batalla al Hijo de la Noche. En el ambiente flotaba
un hedor conocido y terrible. Entraron en el vestíbulo central, que estaba mal
iluminado. El hedor era más intenso, pero Barbee esperaba que la serpiente lo
resistiera mejor que el lobo gris. En una mesita instalada detrás del mostrador
de recepción, junto a los ascensores, jugaban a las cartas dos sujetos de
mirada dura y aire decidido. La camiseta de la Universidad les sentaba como un
tiro. Cuando se acercaron la loba y la serpiente, uno de ellos tiró las cartas
y se tocó la pistola de reglamento que llevaba en el costado.
–Perdona –le dijo a
su compañero–, pero no me estoy fijando en el juego… Te digo que este asunto de
la Fundación empieza a ponerme nervioso. Sí, era tentador, veinte dólares al
día sólo por impedir que la gente entrara en el laboratorio. Pero ahora no me
gusta nada.
–¿Por qué, Charlie?
–Escucha, Jug
–replicó el otro–: todos los perros de la ciudad se han puesto a ladrar. Yo no
entiendo lo que pasa aquí. Esta gente de la Fundación tiene miedo de algo. Si
piensas un poco, ha habido algo raro en la muerte del viejo Mondrick, y también
en la manera en que se mató Chittum. Parece como si Quain y Spivak supieran que
son los siguientes de la lista. Yo no sé qué rayos tendrán escondido en la
maldita caja de madera, pero ni por cuarenta millones de dólares iría a verlo.
El llamado Jug miró
hacia la entrada del vestíbulo, sin ver a la loba que avanzaba contoneándose ni
a la serpiente que se deslizaba quedamente sobre el linóleo. Sin saber por qué
echó también mano a su arma. Después dijo:
–¡Por todos los
diablos, Charlie! Lo que a ti te pasa es que piensas demasiado, y no conviene
pensar en un trabajo especial como éste. Es legal y no es difícil. Y veinte
dólares son veinte dólares.
En ese momento, la
mirada de Jug atravesó a la loba y a la serpiente.
–Pero también a mí
me gustaría saber… Yo no me fío de esas historias de maldiciones por haber
desenterrado no sé qué. Lo que me gustaría saber es lo que han desenterrado.
Han encontrado algo. Eso seguro.
–Pues, mira, yo ni
lo sé ni me importa –dijo Charlie–. Nada.
–A lo mejor piensas
que están locos… Y puede que lo estén. A lo mejor es que han pasado demasiado
tiempo en el desierto. Puede ser, pero no lo creo.
–Entonces, ¿tú qué
es lo que crees?
–Pues que han
encontrado algo que vale lo bastante como para contratar policías que lo
vigilen –acarició la culata del revólver–. Y yo no digo lo que tú. A mí si me
gustaría ver lo que hay dentro de la caja. Quizá Spivak y Quain crean que lo de
dentro de la caja vale más que la vida de algunas personas.
–Dame cartas, Jug,
y olvídate de la caja. La Fundación es una organización científica respetable y
veinte dólares son veinte dólares. Nosotros no sabemos lo que pasa ahí arriba,
ni nos pagan por saberlo.
En cualquier caso,
no vio a la loba blanca atravesar el pasillo por delante de sus narices, ni a
la enorme serpiente deslizarse a continuación. Ambos animales se detuvieron
ante la puerta cerrada con candado que cortaba el paso de la escalera y la
atravesaron sin abrirla. Abajo, los guardianes barajaban las cartas…
La serpiente siguió
a la loba escalera arriba hasta el octavo piso. A medida que ascendían
aumentaba el hedor denso, dulzón, extraño y horrible. La loba retrocedía, se
apartaba, se tambaleaba, sólo de respirarlo, pero la serpiente continuaba su
camino ondulante. Atravesaron una puerta más e hizo a la loba una seña con su
cabeza triangular para que la siguiera. Llegaron al piso noveno.
La primera
habitación era un laboratorio lleno de mesas y aparatos. El humo blanco de los
reactivos se mezclaba con el olor mortal de una pizca de polvo gris que se
secaba encima de un cuadrado de papel de filtro. La habitación estaba en
silencio, exceptuando un grifo que goteaba.
–Ya ves, Barbee,
tus queridos amigos están intentando analizar este veneno antiguo para
matarnos.
La habitación
siguiente era un museo de esqueletos articulados que sonreían, blancos, en sus
soportes de acero. Inquieta, la enorme serpiente reconoció los huesos elegantes
del hombre moderno y de los monos actuales y la reconstrucción en escayola de
esqueletos simiescos de las épocas musteriense, chelense y prechelense. Pero, y
los otros… ¿Y aquellas otras osamentas de dientes demasiado afilados y cráneo
excesivamente alargado y liso? Se alejó de allí.
–¿Lo ves? –le dijo
la loba blanca–. Buscan indicios. Miden, experimentan para mejor utilizar el
veneno contra nosotros.
La otra habitación
estaba silenciosa y oscura. En las paredes había mapas en colores que
representaban continentes de ahora o de antes… Barbee reconoció, en una vitrina
cerrada con llave, los diarios y cuadernos de anotaciones del doctor Mondrick.
De repente, la loba
se detuvo, erizada, ante un fragmento de tapiz medieval muy deteriorado. En él
se distinguía, sin embargo, a un gigantesco lobo gris rompiendo tres cadenas
que le sujetaban para saltar sobre un personaje tuerto y barbudo. Barbee levantó
la cabeza y miró el tapiz: el gigantesco lobo era Fenrir, demonio de la
mitología escandinava. Recordó que el viejo Mondrick había estudiado esta
leyenda comparándola con la de los griegos. Hijo del malvado Loki y de una
gigante, el lobo había crecido hasta que los dioses, temerosos, lo encadenaron.
Rompió una cadena, dos cadenas, pero la tercera, que era mágica, le había
retenido hasta el terrible día de Ragnarok, en que se liberó de ella para
destruir a Odín, rey de los dioses, representado como un anciano al que le
faltaba un ojo.
La loba enseñó los
dientes al tapiz, retrocediendo.
–¿Qué pasa?
–preguntó Barbee–. ¿Dónde está el peligro?
–¡Aquí! –dijo la
loba–. En este tapiz y en la fábula que representa, y en todos esos mitos de
guerras y cruces entre hombres, dioses y gigantes de las nieves. La mayoría de
la gente se cree que son cuentos de hadas. Pero el viejo Mondrick sabía
demasiado. Y nosotros le dejamos vivir mucho tiempo. Hemos de atacar ahora,
antes de que los demás vuelvan a descubrir todo lo que sabían Mondrick y su
mujer y lo utilicen para haremos caer en una trampa. Vamos, Barbee. Al otro
lado están tus viejos y queridos amigos.
Atravesaron el
vestíbulo. No se toparon con ninguna barrera de plata. La enorme serpiente
seguía a la loba esbelta y ágil. Juntos atravesaron la puerta cerrada de una
pequeña habitación que hacía esquina. Barbee se paró en seco, sobresaltado, al
ver a Sam Quain y Nick Spivak.
–Eres muy
impresionable –le dijo ella–. Me parece que hemos llegado a tiempo. Estos
imbéciles se han debido equivocar sobre la verdadera identidad del Hijo de la
Noche y tu amiga, la viuda negra, aún no ha conseguido comunicarles lo que
sabe. Por eso no han colocado barreras ni obstáculos de plata para impedirnos
pasar. Creo que ahora podremos acabar con la vida de estos monstruos humanos
para salvar al Hijo de la Noche.
No, a Barbee
aquellos humanos no le parecían tan monstruosos. Nick Spivak escribía
afanosamente. Su pecho flaco y hundido parecía desprovisto de vida. Levantó la
vista y Barbee vio, tras los gruesos cristales de las gafas, sus ojos
inyectados en sangre, extraviados, febriles. Tenía la tez grisácea y la
expresión ansiosa. Parecía alucinado. A mamá Spivak se le habría partido el
corazón si le hubiera visto. Sam Quain dormía en un catre de campaña junto a la
pared. Se le veía agotado. Aun durmiendo, tenía sujeta con la mano una de las
asas de cuero del cofre reforzado de metal.
El cofre estaba
cerrado con llave, cerrojo y candado. Barbee hizo un esfuerzo mental por
averiguar qué contenía. Y notó el forro interior de plata. Retrocedió husmeando
el fuerte olor dulzón que se filtraba de la caja. A su lado se había agazapado
la loba blanca, enferma y asustada.
–Vigila a tu viejo
amigo Spivak –le dijo–. Es nuestra presa de hoy.
Nick sé volvió,
alerta. Sus terribles ojos enrojecidos estaban fijos en Barbee y, sin embargo,
no parecían ver ni a la loba ni a la serpiente. Un estremecimiento, sin duda de
frío, sacudió sus frágiles hombros y volvió a su trabajo. Barbee se acercó a la
mesa y se irguió por detrás de Spivak, para observar por encima del hombro lo
que estaba haciendo. Spivak manipulaba un extraño trozo de hueso amarillento
por los años. Inmediatamente después, contempló asustado cómo tomaba otro
objeto de la mesa. Una desagradable parálisis se apoderó de la serpiente.
Era un objeto de
escayola, que reproducía una piedra en forma de disco y grabada. El olor era
cada vez más insoportable.
La loba blanca
seguía inmóvil y asustada.
–Es un molde de la
piedra –dijo–; no cabe duda. Y la propia piedra debe estar guardada en la caja.
En ella está grabado el secreto que destruyó a nuestra raza. La piedra está
protegida por esa terrible emanación y no podemos apoderarnos de ella esta noche.
Pero sí impediremos que tu sabio amigo descifre la inscripción.
Barbee se enderezó
como una columna negra para mirar otra vez lo que hacía Nick Spivak. En un
papel amarillo había copiado a mano todas las inscripciones del disco y sin
duda se esforzaba por descifrarlas.
–Tienes mucho poder
esta noche, Barbee. Intuyo una gran probabilidad de que muera Spivak. Veo un
encadenamiento de relaciones bastante próximo y aprovechable. ¡Vamos, mátale!
¡Mátale ahora que es posible…!
–No quiero hacerle
daño, vamos a ver a Sam.
–Bueno, tal vez sea
una buena oportunidad para desembarazarte de Sam… Así no se interpondrá entre
Nora y tú. Lo peligroso es que está demasiado cerca de la caja y ahora mismo no
veo la ocasión propicia para su muerte. No. Tiene que ser Spivak… Tienes que
interrumpirle antes de que descifre la inscripción.
Dolorosamente,
Barbee avanzó a través del olor dulzón y paralizante que flotaba en torno al
molde de escayola y del escritorio y deslizó sus pesados anillos hacia el
frágil hombrecillo. Todo había cambiado. Ya no era su amigo, sino un enemigo
del Hijo de la Noche.
Se imaginó el
terrible dolor de los padres de Spivak cuando recibieran la noticia. Pero el
obeso sastrecillo y su corpulenta esposa, que tenían una tiendecita en Flatbush
Avenue, eran como personajes de un sueño lejano y muerto. Tenían para él tan
poca importancia ahora como el viejo Ben Chittum. En su humilde kiosko de
periódicos. Lo que verdaderamente contaba en estos momentos era su propio poder
desencadenado y la esperada venida del Hijo de la Noche. Y el salvaje amor de
la loba de ojos verdes.
Nervioso, Nick
Spivak consultaba sus amarillentos papeles. Los apartó y se inclinó para mirar
con lupa al yeso, como buscando algún error en la reproducción del texto.
Sacudió la cabeza, encendió un cigarrillo, lo apagó y lanzó una mirada inquieta
al catre donde dormía Sam Quain.
–¡Dios mío!
–murmuró–. Si estoy temblando –apartó el yeso y volvió a coger los papeles–. Si
lograra descifrar por lo menos este signo. Los que hicieron este disco
consiguieron ahuyentar y derrotar a estos demonios. Gracias a su descubrimiento
podríamos conseguirlo una vez más… Vamos a comprobar si este signo alfa
significa realmente unidad…
Ya no pudo decir
más. Barbee había introducido la chata cabeza entre el escritorio y el rostro
de Spivak. Rodeó el cuerpo de éste con tres de sus anillos y, contrayéndose,
esperó anhelante a que se manifestara el encadenamiento de las probabilidades.
La cara de Nick se
crispó de horror. Tras los cristales de las gafas, sus ojos enrojecidos
parecieron salirse de las órbitas. Abrió la boca para gritar, pero Barbee le
propinó con la cabeza un golpe de ariete que le dejó paralizado. El aire huía,
exprimido de sus pulmones. Agitó los brazos intentando levantarse. Los anillos
de la serpiente se apretaron aún más y el pecho del hombrecillo se hundía y
estrechaba cada vez más. En un frenético esfuerzo de agonía, cogió el disco de
yeso y golpeó débilmente con él a la serpiente. El frío contacto del yeso hizo
que Barbee se sintiera enfermo, y el pegajoso olor que exhalaba le obligó a
aflojar el abrazo de sus anillos.
–¡Y no es más que
el molde! –tuvo tiempo de pensar–. ¡Cómo será el original!
–¡Aprieta más,
Barbee! ¡Mátale ahora que puedes! –susurró la loba blanca.
Pero Nick Spivak
debía estar ya muerto. El yeso se le escapó de las manos y cayó al suelo,
haciéndose mil pedazos. Barbee recuperó fuerza y apretó más. Los huesos
crujieron y la sangre salpicó los papeles de la mesa.
–¡Aprisa! –dijo
April–. Se está despertando Quain.
Y se lanzó hacia la
ventana. Barbee acudió para ayudarla a atravesar el vidrio, la madera y el
acero. Pero la loba negó con la cabeza.
–No, Barbee, así
no. Tenemos que levantar la persiana. No hay contraventana y creo que tu viejo
amigo Spivak solía andar en sueños cuando estaba muy cansado. Hoy estaba muy
cansado. Seguramente habrá sufrido una crisis de sonambulismo. Es el
encadenamiento que encontré para ayudarte a matarle.
Torpemente y sin
apenas fuerzas, intentó maniobrar la cerradura de la ventana y Barbee procuró
ayudarla, oscilando sobre el caliente cuerpo de Spivak. Finalmente, la ventana
se abrió con gran estrépito. Sam Quain lo oyó entre sueños. Se removió en el
catre y dijo:
–¿Qué pasa, Nick?
–pero no se levantó.
La loba blanca
dijo:
–Ahora no puede
despertarse; se rompería el encadenamiento.
El aire fresco que
penetraba por la abierta ventana disipó el siniestro olor dulzón y la loba
volvió a respirar normalmente y se sacudió el pelaje. Barbee se sintió revivir.
Reptó hasta la ventana, llevando la destrozada carga aún palpitante, que dejó
una estela de gotas de sangre sobre el suelo.
–Tírale ahora que
aún dura el encadenamiento.
No era fácil mover
un cuerpo, aunque pesara tan poco como el de Spivak, estando enroscado y
todavía aturdido por el veneno de la piedra. Pero el aire fresco del exterior
dio nuevas fuerzas a Barbee. Apoyó la cabeza en la ventana y agarró el extremo
del escritorio con la cola, levantando el cuerpo destrozado hasta el marco de
la ventana.
–Apresúrate –dijo
April Bell–; tenemos que salir de aquí antes que despierte Quain, y todavía
tengo que escribir una cosa.
Saltó ágilmente a
la mesa y tomó el lápiz del muerto entre sus patas.
Barbee se
preguntaba qué estaría escribiendo, cuando Sam Quain empezó a gruñir en su
catre. Desesperadamente, la serpiente empujó el aplastado cuerpo, que cayó al
vacío. En el esfuerzo, Barbee resbaló en un charco de sangre y cayó al mismo
tiempo que el cadáver. La loba debió verle caer, pues dijo con voz angustiada:
–Vete, Barbee,
antes de que Quain se despierte.
Mientras caía desde
lo alto de aquellos nueve pisos, Barbee tuvo tiempo de desatar sus anillos del
amasijo de sangre palpitante que había sido Nick Spivak. Lo empujó lejos de sí
en la caída y buscó frenéticamente el odiado despojo que había dejado en su cama
de Glenhaven.
Oyó el ruido del
cuerpo estrellándose contra el cemento de la Fundación, el ruido de los huesos
al romperse tenía algo de definitivo. Aún tuvo tiempo de comprobar que el
último aliento de vida había abandonado aquel cuerpo retorcido y roto que yacía
en un charco de sangre. Su oído finísimo pudo captar incluso la conversación
del policía Charlie en el interior del edificio:
–¡Al diablo, Jug!
¡Deja ya de pensar! ¿Te lo digo otra vez? Mira, el asunto de Mondrick y Chittum
es cosa del juez, y a mí no me importa. Ni tampoco me importa lo que hay o no
hay en el interior de esa caja. Veinte dólares por noche son veinte dól…
Y Barbee se
estrelló…
Pero no en la acera
de cemento, junto a Nick Spivak. Mientras caía se había reunido con su cuerpo y
la metamorfosis le resultaba ya menos penosa. Cayó, pues, junto a su cama, en
su habitación de Glenhaven, y se puso torpemente en pie.
No era más que un
bípedo de lo más común, y medio dormido. Tenía frío y le dolía la cabeza por el
golpe que se acababa de dar en el suelo. Quería beber algo, sentía retortijones
en el estómago. Sin duda alguna, el doctor Glenn le diría al día siguiente que,
simplemente, se había caído de la cama y que la pesadilla había nacido,
sencillamente, de un deseo inconsciente de explicar la caída.
CAPÍTULO XV
En el bando humano
La bárbara alegría
del sueño se disipó completamente y Barbee se sintió invadido por el horror.
Estaba persuadido de que Nick Spivak había muerto realmente y de que yacía
destrozado en el camino de cemento que conducía a la Fundación.
Encendió la luz y
miró el reloj. Eran las dos y cuarto. Buscó la ropa que había dejado en la
silla. La enfermera había debido llevársela. Sólo encontró la bata roja y las
zapatillas de fieltro. Temblando, empapado en sudor, se las puso y apretó el
timbre para llamar a la enfermera. La señora Hellar tenía una hermosa mata de
pelo rubio pálido y una anatomía de luchadora:
–¿Qué desea, señor
Barbee? Suponía que estaría durmiendo.
–Tengo que ver a
Glenn –respondió rápidamente.
Ella sonrió
amablemente.
–Claro, señor
Barbee, pero ¿por qué no se vuelve a acostar mientras que…?
–No es momento para
exhibir su técnica para calmar locos. Puede que lo sea y puede que no. Espero
que eso sea todo lo que me ocurre. Pero, loco o no, tengo que hablar con Glenn.
¿Dónde duerme…? Tenga cuidado. Se lo advierto. Estoy completamente seguro de
que usted sabe manejar a los locos perfectamente, pero creo que mi caso es
diferente –la enfermera se había quedado impresionada y Barbee hizo todo lo
posible por parecer peligroso–. Estoy seguro de que va usted a echar a correr
en cuanto me transforme en una enorme rata negra.
La enfermera
palideció y retrocedió tres pasos:
–Lo único que le
pido –dijo Barbee– es hablar con Glenn ahora mismo durante cinco minutos. Si
molesto, que me lo ponga en cuenta.
–Supongo que tendrá
usted algo importante que decirle, porque si no… De todas formas, no seré yo
quien le impida hablar con él. Voy a indicarle dónde vive.
–¡Estupendo!
Se levantó –pues se
había puesto a cuatro patas– y la señorita Hellar esperó a que él empezara a
andar para ir ella detrás. Debía creer que era realmente capaz de transformarse
en rata. Desde la puerta trasera le señaló la casa de Glenn, que estaba completamente
a oscuras. La enfermera pareció aliviada cuando se separaron.
Antes de llegar a
la casa de Glenn se iluminó una de las ventanas. La enfermera debía haber
telefoneado. El psiquiatra abrió personalmente la puerta antes de que Barbee
llamara. Glenn parecía más adormilado que nunca.
–¿Qué sucede, señor
Barbee?
–Me ha pasado otra
vez –dijo Barbee–. He tenido otro sueño… Pero sé muy bien que es algo más que
un simple sueño. Esta vez yo era una serpiente y he matado a Nick Spivak.
Quiero que llame usted a la policía. Encontrarán su cadáver en la acera, al pie
de la torre de la Fundación. En el piso noveno hay una ventana abierta. Yo
mismo le he asesinado.
El psiquiatra
parpadeó sus somnolientos ojos castaños y se pasó la mano por la rizada
cabellera.
–¿No quiere llamar
a la policía? –insistió Barbee.
–No, no podemos
hacer eso.
–¡Pero Nick ha
muerto y era amigo mío!
–Calma, señor
Barbee… Si allí no hubiera tal cadáver habríamos molestado a la policía sin
motivo. Y si lo hubiera, nos resultaría muy difícil explicarles cómo sabía
usted que se había producido esa muerte. Yo soy un riguroso materialista, pero
la policía está compuesta de materialistas prácticos.
–O sea ¿que usted
cree, realmente, que lo he matado?
–No, señor, en
absoluto. Me ha dicho la señorita Hellar que hace apenas unos minutos usted
dormía a pierna suelta en su habitación. Sin embargo, entreveo una posibilidad
que me permitirá explicarle su sueño.
–¿Ah, sí? ¿Cuál?
–Fíjese bien. Usted
procuraba esclarecer el misterio que rodea la conducta de su viejo amigo Quain
y de su compañero de trabajo en el mundo real… Conscientemente no ha llegado
usted a ninguna conclusión satisfactoria… Sin embargo, recuerde que el
inconsciente es mucho más ingenioso de lo que normalmente se supone…
Inconscientemente, señor Barbee, usted ha debido sospechar que esta noche
tirarían a Nick Spivak por la ventana en cuestión… Y a poco que su suposición
coincida con la realidad, la policía va a descubrir el cadáver y la ventana
abierta. Ya se imaginará usted el panorama.
–¡Absurdo! Estaba a
solas con Sam.
–Es lo que yo
quería decirle. Conscientemente usted rechaza la idea de que Sam Quain sea un
asesino, y la rechaza incluso con un énfasis muy significativo, porque
permitiría suponer que; inconscientemente, usted quiere que Sam Quain sea
condenado a muerte por asesinato, por ejemplo.
–¡Imposible! ¡No
puedo admitir eso! ¡Qué cosa más diabólica! ¡Es una locura…! Ya le he dicho,
doctor, que Sam y Nora Quain son mis más antiguos y mejores amigos. ¡Ya se lo
dije, caramba!
–Él y ella,
¿verdad?
–¡Cállese ya, no me
gustan esas insinuaciones!
–Era una simple
sugerencia, señor Barbee… Sin embargo, la violencia con que acaba de reaccionar
me indica bastante claramente que he tocado un punto sensible. De todas formas,
no sirve para nada seguir hablando ahora. Olvidemos todos estos problemas por
esta noche y vuelva a la cama.
–Muy bien, doctor,
y perdone que le haya molestado… Pero se equívoca de parte a parte en lo que
respecta a Nora Quain. Yo, de quien estoy enamorado es de April Bell.
Glenn cerró la
puerta con una sonrisa sardónica. Y Barbee, a través de la brillante noche
escarchada, bajo las estrellas, llegó al conjunto de edificios oscuros, donde
solamente se veían una o dos ventanas iluminadas. Era extraño caminar entre
sombras y formas indeterminadas, percibiendo el mundo con los sentidos humanos
incapaces de captar sonidos reveladores y los perfumes del sueño.
Los perros del
vecindario estaban callados. ¡Qué extraño! Le pareció oír un grito de Rowena
Mondrick en el pabellón de los agitados. Pero debió haberse equivocado. Se
iluminaron otras ventanas, quién sabe por qué motivos. Llegó al anexo. Glenn
era un imbécil o algo peor. Un psiquiatra honesto –Barbee estaba persuadido de
ello– nunca diría cosas así. Sin embargo, se veía obligado a admitir que, en
tiempos, había estado enamorado de Nora, antes de que se casara con Sam.
Durante el viaje de éste, acaso también hubiera ido a verla con excesiva
frecuencia. ¡Pero de ahí a las conclusiones que sacaba Glenn! Entre Nora y él
nunca había habido nada que Sam no hubiera podido saber. Barbee no tenía
ninguna razón para odiar a Sam.
Con respecto a lo
de avisar a la policía, decidió que Glenn tenía razón. Si lo hacía, sería
catalogado o de asesino o de loco. Y, sin embargo, tenía que liberarse de la
certeza de que Nick Spivak yacía muerto al pie de aquella ventana… Había que
hacer algo, pues, como había sugerido Glenn, Sam Quain podía ser acusado de su
muerte.
Subió al segundo
piso y la señorita Hellar le autorizó de mala gana a usar el teléfono. Llamó a
Nora Quain, que respondió al instante, como si hubiera estado esperando una
llamada. Su voz parecía asustada.
–¿Qué sucede, Will?
–¿Sam tiene
teléfono en la Fundación?
–Sí.
–Pues llámale, por
favor. ¡Enseguida! ¡Despiértale! Dile que busque a Nick Spivak.
–¿Por qué, Will?
–Tengo la impresión
de que le ha ocurrido algo a Nick y creo que Sam está en peligro. Sí, en grave
peligro, porque…
–¿Y tú cómo lo
sabes, Will?
–Rutinas del
oficio, Nora. He recibido una información. Sí, es confidencial… ¿De modo que ya
estabas enterada?
–Acaba de llamarme
Sam. Estaba como loco, Will, completamente horrorizado.
–¿Y qué era? ¿Qué
ha pasado? ¿Y Nick?
–Se ha caído por la
ventana… Por la del laboratorio especial, desde el último piso de la Fundación.
Dice Sam que se ha matado.
–Sí, eso me ha
dicho mi informador. Pero ahora, por favor, avisa a Sam. Sé que está en
peligro.
–Pero ¿por qué va a
estar en peligro? Sam cree que Nick se durmió y tuvo una crisis de
sonambulismo. Ya sabes que le sucedía a veces. Pero Sam no es sonámbulo… ¿Qué
es lo que le puede pasar a Sam según tú?
–Sam y Nick estaban
solos en la habitación de la torre… Allí tienen algo muy importante dentro de
la caja que se han traído del desierto de Gobi. Dos de los hombres que conocían
el secreto han muerto ya. Y ahora, las muertes de Mondrick y de Rex Chittum van
a parecer sospechosas, pues a ellas se acaba de añadir la de Nick.
–¡No! –gritó Nora–.
¡No, Will, eso no!
–Pero ¿qué quieres
que yo le haga? Así es cómo van a ver las cosas. Conozco muy bien a la policía.
Van a pensar que Sam ha matado a Nick a causa de lo que hay en la caja. Se les
va a ocurrir esa idea y van a querer averiguar lo que tienen escondido en el
cofre. Y no creo que Sam quiera decírselo. Entonces…
–Pero, Will, tú
sabes que Sam no ha hecho eso. Es incapaz de hacerlo… Mira, Will… Gracias. Voy
a intentar telefonear a Sam inmediatamente, pero te aseguro que él no lo ha
hecho.
Colgó.
«Basta por esta
noche», se dijo Barbee cuando llegó a su habitación. Esperaba que la loba
blanca –o sus propios miedos inconscientes, si es que ella los simbolizaba– le
dejaría terminar en paz lo poco que quedaba de la noche.
Pero no logró
dormirse. Oía ruidos. Le recordaban el de los huesos de Nick Spivak quebrándose
bajo sus anillos de boa. Llamó a la enfermera y le pidió un somnífero. Pero aún
no se había dormido cuando escuchó el susurro de la loba blanca.
–Will Barbee, ¿me
oyes, Barbee?
–Te oigo, April.
Hasta mañana, querida mía.
–¡No, no! Barbee,
tienes que transformarte de nuevo. Nos quedan cosas que hacer.
–No. Ahora no…
Hemos asesinado a Nick y a Sam Quain le acusan de haberle matado. Basta por
esta noche, ¿no?
–Sí, ha estado muy
bien, pero no basta.
–A mí sí me basta.
Ya no quiero soñar más esta noche. Y sé que no me entiendes.
–¿Y tú a mí? Tú sí
me entiendes, ¿verdad? Vamos ahora, no puedes equivocarte, Will, porque ya no
se trata de sueños. Sé que te transformas más fácilmente cuando estás dormido,
pero eso es porque cuando estás despierto predomina en ti lo que tienes de humano.
Ahora, por favor, relájate y haz un esfuerzo por escucharme.
–No te escucho, no
quiero soñar.
–¡Que no es un
sueño! En la Universidad de Duke, se ha comprobado la existencia de
percepciones extrasensoriales como ésta. Y más que descubrirían si trabajasen
con más sujetos de nuestra sangre. Sé que me entiendes perfectamente. Yo no me
invento nada.
–No quiero oírte.
–Barbee, tienes que
oírme… Tienes que transformarte. Tienes que venir conmigo aquí donde yo estoy.
¡Enseguida! Y tienes que tomar la forma más terrible que puedas, ya que vamos a
luchar contra un enemigo mucho más peligroso que el pobrecito Spivak.
–¿Qué enemigo?
–Tu amiga, la viuda
ciega. Se supone que a estas horas se halla a buen recaudo en la academia
cómica de Glenn, donde su locura no puede molestar a nadie. Pero se ha
escapado, Barbee, y está intentando prevenir a Sam Quain.
Barbee sintió como
un estremecimiento helado que le recorrió el espinazo. Esta sensación le
recordó lo que había sentido cuando la loba blanca la acariciaba el lomo a
contrapelo. Pero ahora no era un animal sino un ser humano. Sentía el roce de
las sábanas frescas contra su lampiña piel de hombre. Oía los ruidos del
hospital amortiguados por su oído romo de hombre vulgar. Oía la respiración de
los pacientes, cada uno en su habitación. Oía el taconeo lejano de una
enfermera. Sonó un teléfono impaciente por los corredores vacíos. Todo ello era
humano y él era un hombre corriente que, además, estaba ya casi absolutamente
despierto.
–¿Y de qué va a
prevenir a Sam? ¿Ella qué sabe?
–Ella sabe quién es
el Hijo de la Noche.
–¿Ese a quien tanto
temen? ¿El conspirador, asesino, agente secreto o lo que sea de quien iba a
hablar Mondrick cuando murió?
–El Mesías que
esperamos –dijo el susurro.
–¿Quién es? ¿Cómo
se llama?
–¡Vamos, Barbee!
¿De veras no sabes cómo se llama? –le pareció que April iba a echarse a reír.
–Sí, creo adivinar
quién es. Debe ser tu querido amigo Troy…
–¡No, Barbee, no!
El Hijo de la Noche no es el señor Troy. Tienes que demostrar que eres digno de
saber quién es. Esta misma noche podrías hacerlo. Hay que matar a Rowena
Mondrick.
–No puedes
obligarme a eso, ¿entiendes? Me da igual estar soñando o despierto. Además, no
creo que se haya escapado. La he oído gritar hace un rato. Está encerrada con
los agitados y rodeada de enfermeras que no le quitan ojo. No se puede escapar.
–Pues se ha ido… Y
está buscando a Sam para prevenirle.
–No lo va a
conseguir nunca. ¡Es una pobre vieja loca!
–¡Pero si no está
loca! Por lo menos, no más loca que tantos otros que encierran porque saben
demasiado. Las clínicas psiquiátricas, Barbee, son prisiones muy cómodas para
encerrar a tales enemigos. Pero tu viudita negra es un enemigo mucho más
peligroso que lo que yo suponía. Es de nuestra sangre y tiene algunos poderes
que no poseen los humanos.
–¡Pero es vieja y
además está ciega!
–No ve con los ojos
porque se los hemos arrancado, pero ha desarrollado otra clase de visión tan
aguda que ha podido descubrir quién es el Hijo de la Noche. Además, colaboró
con el viejo Mondrick y sabe demasiadas cosas.
–No, no puedo…
–Vamos, Barbee…
Toma la forma más terrible que puedas, con garras para atraparla y colmillos
para desgarrarle la garganta. Hay que matarla.
–No puedo. Yo ya no
juego más a este juego, señorita Bell. No quiero seguir siendo instrumento de
vuestras diabólicas conjuras. Se acabó la matanza de mis amigos. No quiero
volver a verte.
–En serio, Barb…
Cesó el terrible
susurro. Barbee se puso a pasear a grandes zancadas por la habitación y se
detuvo a escuchar un ruido muy próximo: un gorgoteo, un gruñido, un gemido y
otra vez un gorgoteo, un gruñido, un gemido… Era el viejecito de barba blanca
que roncaba. Después se oyó una voz de hombre, mucho más aguda, que gritaba
algo en el piso inferior.
Entreabrió la
puerta. Otros hombres gritaban. Pero, ¿dónde? También se oían voces excitadas
de mujer. Cerraron de golpe la portezuela de un coche. El motor arrancó y luego
rugió. Las ruedas chirriaron al girar en dirección a la carretera nacional.
Era verdad que
Rowena Mondrick se había evadido. Tuvo la fría y paralizante certeza de que era
así. Lo sabía sin acertar por qué. ¿Cómo? El suave doctor Glenn le explicaría
que su perturbado inconsciente había interpretado en tal sentido los ruidos
ocasionados por su búsqueda y persecución y que los había transformado en una
voz de loba blanca que se comunicaba con él a través del espacio.
Se puso las
zapatillas de fieltro y la bata roja. Se guardó las llaves y el carnet en el
bolsillo. ¿Qué era la realidad? ¿Qué era la ilusión? ¿Cómo definir el peligro
que corría Rowena? No se atrevía a creer en la realidad de aquella conversación
mantenida en susurros. Pero, al menos por esta vez, él no actuaría al servicio
del Hijo de la Noche.
Antes de salir, se
volvió sobresaltado para mirar atrás; gracias a Dios, la cama de su habitación
quedaba vacía. Aliviado por no dejar ningún despojo humano de sí mismo, avanzó
con toda precaución a lo largo del pasillo. No había nadie. Llegó a la escalera
trasera. Se detuvo. Escuchó la metálica voz del doctor Bunzel, furioso:
–¿Qué?
–Sí, doctor
–respondió una voz desolada de mujer.
–¿Y cómo se
justifica usted, enfermera?
–De ninguna manera,
señor.
–¿Pero cómo diablos
se ha podido escapar?
–No sé, señor.
–Será mejor
aclararlo. Estaba encerrada y usted estaba encargada de vigilarla
constantemente. Tenía órdenes muy particulares al respecto. Usted sabía que
quería escaparse… ¿Es que ha atravesado la pared?
–Creo que sí,
doctor.
–¡Qué dice usted!
–Quiero decir,
doctor, que no sé cómo ha podido fugarse.
–Cuénteme lo que ha
sucedido.
–¡Pobre señora
Mondrick…! Estaba excitadísima. Debía encontrarse muy mal y a cosa de las doce
se puso a chillar. Quería que yo fuese a ver al señor Quain.
–¿Y entonces qué
pasó?
–Entonces los
perros empezaron a ladrar. Serían las doce aproximadamente y la pobre señora se
puso a gritar sin parar… El doctor Glenn había ordenado que le pusiéramos una
inyección en caso de necesidad. Consideré que había llegado el momento y fui a
preparársela. Cuando volví ya se había marchado.
–¿Y por qué no nos
ha informado antes?
–Porque estuve
registrando toda la sala, doctor.
–Mire, he
organizado una persecución sistemática. La señora Mondrick está muy trastornada
y tengo miedo de lo que pueda hacer.
–Si, doctor, estaba
muy agitada.
–Haga correr la voz
de que no alarmen a los demás enfermos. Y ni una sola palabra fuera de la
clínica, ¿entendido? Sería una triste publicidad. Hay que encontrar a esa
mujer.
Las voces se
alejaron y Barbee no oyó lo que le contestaba la enfermera. Bajó las escaleras
en silencio, espiando los corredores iluminados, y salió por la puerta trasera.
Ahora sabía qué
hacer y le animaba una fría resolución. Rowena Mondrick se había escapado
realmente como le había dicho la loba. Pero esta vez él no galoparía con la
hueste infernal. No quería acorralar y dar caza a la pobre anciana. Había
vencido a la llamada del mal. ¿Dónde estaba ahora su inconsciente enfermo?
De todas formas, él
estaba bien despierto y con su verdadera forma humana. Sabía el peligro que
corría Rowena. Tenía que vérselas con los astutos asesinos que ya habían matado
a su marido mediante el gatito negro, a Rex Chittum en el Monte Sardis y a Nick
Spivack arrojándole desde lo alto de la torre de la Fundación. Pero esta vez él
no sería ningún instrumento dócil en manos de April Bell y de sus desconocidos
cómplices los Brujos…
Y acaso no fueran
sino crímenes vulgares…
Aún desconocía las
reglas de aquel extraño juego, lo que allí se ventilaba, y quiénes eran los
jugadores. Ahora era un peón que se había rebelado y tenía la intención de
jugar hasta el fin, pero en el bando humano.
CAPÍTULO XVI
La forma más
terrible
Jadeante en la
noche helada, tiritando bajo la roja bata de algodón, Barbee encontró su coche
donde lo había dejado, tras el edificio principal de Glenhaven. Tomó las llaves
y puso en marcha el motor, haciendo el menor ruido posible. De repente, se
encendió un proyector y, en el mismo momento en que iba a dar marcha atrás
sobre la grava, un robusto celador de arrugado uniforme blanco salió corriendo
y le gritó que se detuviera.
Pero Barbee no se
detuvo. Dejó que el coche siguiera su marcha. Giró el volante para no
atropellar al mozo del asilo y derrapó ruidosamente al torcer hacia la
carretera nacional. A menudo, miraba angustiado por el retrovisor y redujo la
velocidad al máximo que se atrevió. Dio incluso media vuelta y tomó la
carretera nueva, paralela al río, para mejor observar la persecución de la
anciana ciega.
Le daba miedo
conducir tan despacio y, sin embargo, tendría que encontrarla antes que los
guardianes de Glenhaven la fueran acorralando hacia el pabellón de los
agitados. O antes de que la matara una mano desconocida surgida del país de las
pesadillas.
Con ojos fatigados
escudriñó la noche, manteniendo siempre la velocidad del vehículo. A lo lejos,
se veían los faroles de la carretera del Oeste, pero en la que bordeaba el río
no se veía ningún vehículo. Vio los ojos fosforescentes de un animal que no llegó
a identificar, pero eso fue todo. Llegó hasta el puente que cruzaba la Ensenada
de los Gamos, a unos tres kilómetros de Glenhaven, precisamente donde había
estado a punto de matarse cuando iba a ver a Rowena por primera vez después de
la muerte del profesor. Pero no etamore que, ciega y sin guía, hubiera llegado
tan lejos. Seguramente, era más ciega de lo que suponía la loba blanca.
En aquel momento la
vio, precisamente al lado del puente, alta, angulosa y desgarbada, caminando
febrilmente. Apenas se la veía, pues iba vestida de negro. Dio un brusco
frenazo, horrorizado, pues había estado a punto de atropellarla, pero
afortunadamente se detuvo a tiempo.
La anciana estaba
salvada. Respiró aliviado, mientras avanzaba lentamente detrás de ella. Todavía
pendía sobre ella un peligro monstruoso y era el momento de acudir en su ayuda.
Aún podía desbaratar los proyectos del misterioso Hijo de la Noche. Iba a detener
el coche a unos diez metros detrás de ella cuando, por el retrovisor,
distinguió unos faros que tomaban la carretera nacional. Pero supuso que aún
tendría tiempo.
La recogería en su
coche y la conduciría directamente a la Fundación, donde la dejaría al cuidado
de Sam Quain. Esta decisión le reafirmó, le dio nuevas esperanzas y disipó las
sombras del terror.
Estaba seguro de
que bastaría un gesto de esta índole para acallar las absurdas sospechas de
Rowena y de Sam. Más aún, Rowena había sido la íntima colaboradora de Mondrick
hasta hacía poco y acaso tuviera realmente algo que decir a Sam Quain. Tal vez,
pudiera incluso aclararle a Barbee lo que le estaba pasando, y aun identificar
al Hijo de la Noche.
La mujer descarnada
y negra debió escuchar el chirrido del frenazo, pues emprendió la huida ante el
abanico luminoso de los faros. Tropezó con el estribo del puente y cayó de
rodillas. Se estaba levantando cuando Barbee abrió la portezuela y la llamó:
–Rowena, espere. La
voy a ayudar… Suba a mi coche. La llevaré con Sam Quain.
La mujer se volvió
hacia él, rígida e indecisa:
–Gracias, señor.
Pero ¿quién es usted?
–Estoy dispuesto a
hacer por usted lo que sea, Rowena. Soy Will Barbee.
Debió reconocer la
voz, pues antes de que él hubiera pronunciado su nombre lanzó un grito de
terror irracional. Retrocedió, volvió a tropezar y echó a correr por el puente.
Barbee tomó el
volante y permaneció un instante sorprendido y sin saber qué hacer. En el
espejo retrovisor cada vez se veían más próximos los faros que llegaban. Sólo
disponía de algunos segundos más, y sabía que sin su ayuda, Rowena nunca
llegaría hasta Sam Quain. Cambió de velocidad, pisó el acelerador… y quedó
consternado.
Ante él estaba la
loba blanca.
Sabía muy bien que
el hermoso animal no debería encontrarse allí, pues tenía la certeza de que
ahora no estaba soñando. Se sabía perfectamente despierto. Delante de sí, sus
delgadas manos velludas, indudablemente, manos de hombre. Sin embargo, la loba
blanca era más real que las sombras negras y las formas fugitivas que le
rodeaban, y mucho más fácil de distinguir.
Había surgido de la
penumbra con un salto ágil y gracioso y ahora se mantenía en medio de la
calzada. La luz jugaba en su claro pelaje y hacía brillar sus verdes pupilas.
Seguramente que la luz le hacia daño pero no por ello dejaba de sonreír,
mirándole con la lengua colgando.
Pisó el freno con
toda su alma, pero ya no era posible parar el coche. Tampoco tuvo tiempo de
preguntarse si la loba era real o sólo un fantasma absurdo de su delirium
tremens. Se le echó encima y, automáticamente, por reflejo, giró para evitarla.
El guardabarros fue
a estrellarse contra el pretil del puente. El volante salió disparado hacia
atrás y le golpeó el pecho con gran fuerza. Debió darse un buen cabezazo contra
el parabrisas. Después oyó el chirriar de ruedas, ruido de metal, tintineo de cristales
rotos y todo quedó en silencio bajo la noche helada.
El golpe le había
producido un chichón en la frente y debía haberle dejado aturdido durante unos
segundos… El coche había quedado atravesado en el puente. El motor se había
detenido, pero el faro de la derecha aún seguía alumbrando. Olía a goma quemada
y a gasolina. Estaba despierto, sí, despierto, y había desaparecido la
alucinación de que había sido objeto.
–¡Buen trabajo,
Barbee! –dijo la loba blanca en ese preciso momento–. Sin embargo, nunca
hubiera creído que ésta era tu forma más terrible…
Sí, allí estaba,
fuera de la zona iluminada por el faro, inclinada sobre una forma oscura.
–¿Qué? –el horror
le ahogaba–. ¿Qué?
La loba blanca
saltó ligera por encima de la forma inmóvil del suelo, trotó hasta el coche. En
sus grandes ojos se leía una alegría triunfal. Le sonrió lamiéndose las manchas
rojas que tenía en la piel y las garras.
–Buen trabajo,
Barbee. Presentí el encadenamiento cuando te llamé hace un rato. Imagínate la
escena: una ciega caminando por la carretera y demasiado angustiada para
fijarse en el ruido de los coches. Además, vestida de negro y de noche. Existía
una gran probabilidad de muerte, casi una certeza. Nosotros no hemos hecho más
que aprovechar hábilmente esta probabilidad. Supongo que la forma que has
tomado era la más terrible para ella. Si no, no te habría reconocido. Con el
golpe se le rompió el hilo del collar y perdió las perlas de plata. No creo que
ahora revele a Sam Quain el verdadero nombre del Hijo de la Noche.
De pronto, la loba
blanca irguió las finas orejas a fin de escuchar mejor.
–Cuidado, Barbee,
ya llegan. Son los estúpidos empleados de Glenhaven… Será mejor marcharse.
¡Vámonos! Y deja a la viuda negra donde está.
–¡Está muerta!
–exclamó Barbee–. ¿Pero qué me has hecho hacer?
–Ni más ni menos
que cumplir con tu deber. No olvides que estamos en guerra contra la humanidad
y contra sus aliados híbridos, como tu viuda negra, que intentan servirse del
poder que les da nuestra sangre para combatir a nuestra especie. Te has
convencido, Barbee; ahora sé que estás con nosotros de todo corazón… ¡Vamos, en
marcha, antes que te encuentren a ti!
Y se perdió en la
noche.
Barbee se quedó
inmóvil, embobado, jadeante. Pero los faros del coche que se acercaba se
volvieron a reflejar en el retrovisor. Tenía que reaccionar. Salió del coche y
se inclinó sobre la forma inanimada. La sangre aún caliente le manchó las
manos. Los negros ropajes de la viuda habían sido desgarrados por los dientes
de la loba. De repente, Barbee se sintió enfermo, con náuseas. El cadáver le
pesaba demasiado en los brazos. Volvió a depositarlo delicadamente en el
pavimento. No podía hacer otra cosa. El otro coche se estaba acercando ya al
puente.
–¡Arranca, Barbee!
–oyó la voz de la loba en el viento–. Esos estúpidos de Glenhaven no entienden
nada de la manipulación mental de la probabilidad. Será mejor que no te
encuentren junto al cadáver de la viuda… ¡Vamos! Ven a verme a las Arms of
Troy. ¡Brindaremos a la salud del Hijo de la Noche!
Quizá sólo era el
miedo quien le susurraba estas palabras al oído, o, tal vez, su inconsciente se
expresaba por medio de aquellos símbolos, o, acaso, fuera algo mucho más
espantoso. Pero no tenía tiempo de reflexionar sobre tan siniestros enigmas, ya
que los faros del coche que le perseguía se le echaban encima.
Rowena Mondrick
yacía muerta bajo las ruedas de su coche… Tenía las manos literalmente
embadurnadas de sangre. Las enfermeras de Glenhaven jurarían que le tenía un
miedo terrible. Y él no podía declarar ante un jurado que quien había matado a
Rowena Mondrick había sido una loba blanca.
Tuvo un acceso de
pánico. Cegado por los faros, saltó al coche y lo puso en marcha. El motor
rugió pero, al pretender dar marcha atrás, las ruedas no respondieron. Volvió a
apearse: el guardabarros doblado impedía el movimiento de la rueda izquierda.
Enloquecido de
pavor, se subió al parachoques y tiró del guardabarros con todas sus fuerzas.
Las manos mojadas se le escurrían. Se las secó y volvió a tirar hasta que el
metal cedió. El otro coche frenó a su lado.
–Vaya, señor Barbee
–era la voz del doctor Bunzel–, veo que ha sufrido un pequeño accidente.
La rueda podía
girar y volvió a sentarse al volante.
–No tan de prisa,
señor Barbee. Mientras esté internado en Glenhaven tiene usted derecho a toda
clase de atenciones, pero debería saber que no puede usted salir así, en plena
noche, sin autorización del doctor Glenn. Me parece que tiene que…
No oyó el resto.
Dio marcha atrás y aceleró. Se oyó un ruido de metal y cristales rotos. Del
choque se apagaron los faros del otro coche.
–¡Deténgase,
Barbee, deténgase!
Pero Barbee no se
detuvo. Sintió que las ruedas patinaban sobre una sustancia resbaladiza y
estuvo a punto de chocar contra el otro pretil del puente. Por fin enderezó el
vehículo y partió. Ya no vio faros detrás de él. El doctor Bunzel tardaría por
lo menos media hora hasta llegar a Glenhaven y telefonear. Barbee estaba seguro
de que, al amanecer, la policía buscaría a un loco del volante, con bata roja
de la clínica psiquiátrica conduciendo un descapotable manchado de sangre.
A la luz de su
único faro, la loba blanca no se veía por ningún sitio...
Se la imaginó
sonriendo entre las sombras. Sus ojos verdes le obsesionaban. Recordaba
claramente que le había citado en su apartamento para brindar por el Hijo de la
Noche. Sentía un terror lívido que le impulsaba hacia April Bell. Tal vez hoy
pudiera verdaderamente ayudarle. No hacía mucho que le había invitado a café.
Redujo la velocidad para torcer por la calle donde ella habitaba cuando, en su
imaginación, la exótica sonrisa de la preciosa pelirroja se trocó en una mueca
sanguinaria de lobo. Se estremeció y siguió en línea recta.
No sabía dónde ir.
Su cerebro estaba como enmohecido y se negaba a funcionar. Dio la vuelta, salió
de la carretera del río y tomó una calle adyacente y vacía. Paró en un
estacionamiento invadido por la hierba. El sol apuntaba por el este y el viento
frío le pegaba al pecho la bata de algodón.
El amanecer no le
hacía ningún daño, pero revelaba su guardabarros abollado y la policía no
pasaría por alto un indicio tan evidente.
Volvió a arrancar,
tiritando, y tomó de nuevo la carretera del río, desviándose luego por las
calles más vacías del distrito de la Universidad. En cierto momento, vio unos
faros por el retrovisor, pero no se atrevió a acelerar ni a tomar otra calle.
Sollozó de alivio cuando el otro coche se paró y se apagaron sus faros.
Esta vez detuvo el
coche junto a una serrería, a unos ochocientos metros del campus. Cogió una
llave inglesa, desatornilló el tapón del radiador y sacó una cantidad
suficiente de agua caliente, mezclada con anticongelante, para lavarse la
sangre seca que aún tenía en las manos. Dejó allí el coche y se dirigió con
paso vacilante al bungalow de los Quain.
Vio venir a un
vendedor de periódicos en bicicleta, y estuvo a punto de huir. Pero se armó de
valor, tomó aliento, buscó una moneda en el bolsillo y se dirigió hacia él
haciendo todo lo posible por parecer un vecino madrugador y somnoliento.
–¿La Estrella,
señor?
–Sí, y quédese con
la vuelta.
El vendedor le dio
el periódico, tiró otro delante de la puerta cerrada de la casa de enfrente y
se marchó pedaleando. Pero Barbee observó que el otro se había fijado muy
significativamente en la bata del hospital y las zapatillas de fieltro. Sin
darse la vuelta, para no mostrar la fatídica inscripción de Glenhaven en la
espalda, abrió el periódico y se puso a leerlo fingiendo naturalidad. Pero otra
vez se volvió a quedar sin aliento, como si le hubieran dado un mazazo:
LA MALDICIÓN
PREHISTÓRICA
(O QUIZÁS UN VULGAR
ASESINO)
COBRA UNA TERCERA
VÍCTIMA
Nicholas Spivak, de
treinta y un años, antropólogo de la Fundación de Investigaciones Humanas, ha
sido descubierto sin vida esta mañana, al pie de la ventana abierta del piso
noveno de la Fundación, sita en la Ciudad Universitaria de Clarendon. El cuerpo
fue descubierto por los guardias especiales contratados por la Fundación tras
haber fallecido súbitamente otros dos científicos del mencionado Centro.
¿Se ha abatido
realmente una maldición prehistórica sobre los miembros de la expedición
recientemente enviada a Asia para efectuar excavaciones en ciertas tumbas? Los
miembros supervivientes de la expedición han denegado los rumores existentes
según los cuales habrían traído alguna reliquia sensacional de la cuna de la
Humanidad, convertida hoy en el desierto de Ala-Shan, pero la muerte de Spivak
eleva a tres, en una semana, el número de víctimas.
Recuérdese que el
doctor Mondrick, jefe de la expedición, cayó muerto al pie del avión, en el
aeropuerto municipal, el pasado lunes. Rex Chittum, el miembro más joven de la
citada expedición, falleció en accidente de coche en el Monte Sardis, la noche
del jueves.
La policía busca a
Samuel Quain, otro miembro de la Fundación, para interrogarle con respecto a
las circunstancias que concurrieron en el trágico fin de Spivak. El jefe de
policía, Oscar Shay, así como el sherif T.E. Parker, afirman que su testimonio
permitirá esclarecer la extraña coincidencia de estos fallecimientos.
Los señores Shay y
Parker se han tomado a broma la hipótesis de una maldición prehistórica, dando
a entender que la caja de madera pintada de verde, que trajeron los
exploradores, contiene sin duda una explicación más prosaica de estos tres
accidentes.
Parece ser que
Quain se encontraba a solas con Spivak en la habitación de la torre desde cuya
ventana, según han comprobado los señores Shay y Parker, se precipitó la
víctima…
El periódico se le
cayó de las manos. Recordó lo que había insinuado el doctor Glenn. ¡Qué
diabólica sugerencia! Sam Quain no podía haber asesinado a nadie. ¡Era
inconcebible!
Sin embargo, allí
tenía que haber un asesino.
Contando a Rowena
Mondrick, ya eran cuatro las víctimas. Eran muchas coincidencias. Bajo el
contradictorio entramado de esos enigmas parecía advertirse la acción de un
poderoso cerebro que trabajaba en las sombras para provocar falsos accidentes.
El Hijo de la Noche… si es que tal nombre tenía algún sentido.
¿Pero quién era? No
quería preguntárselo. Tiritaba bajo los primeros rayos del sol y apretó el paso
por las calles tranquilas en dirección a la casa de Sam Quain. Procuraba ir
dando la sensación, a los escasos transeúntes, de que pasearse en bata roja a esas
horas era lo más natural del mundo.
El frío otoño olía
a humo. El mundo, tal y como lo aceptaba en aquellos momentos, le parecía
perfectamente normal y creíble. Pasó un camión de leche. Una mujer con pijama
amarillo canario entreabrió una puerta y recogió el periódico. Un hombre con
mono azul y cartera de mano, sin duda un obrero de la construcción que esperaba
el autobús en la parada de la esquina, sonrió amablemente a Barbee.
El corazón le dio
un vuelco cuando oyó elevarse el sonido de una sirena en la calma de la mañana.
Un coche de la policía iba hacia él. Le temblaron las piernas y se le cortó la
respiración. Con el alma en vilo, siguió andando con cara impasible. A cada momento
esperaba ser interpelado por una voz helada. Pero el coche no se detuvo.
Se apresuró aún
más. La policía debía haber dado la alarma por radio y transmitido la orden de
detenerle. Por fin, llegó a Pine Street, pero se paró en seco al ver ante la
puerta de la blanca casita de Quain un enorme coche negro. ¿Sería la policía?
¡No! El coche negro llevaba el distintivo de la Fundación. En medio de su
propia desgracia, había olvidado que también buscaban a Sam Quain. Debería
estar esperando, al lado de su familia, que el peso de la ley cayera sobre él.
Barbee volvió a
sentir esperanza. Ahora que los dos estaban embarcados en la misma nave, Sam
Quain se dignaría hablar con él. Tal vez ahora, aliados, consiguieran romper la
red en que ambos se hallaban aprisionados. Llamó a la puerta.
Nora abrió
inmediatamente. Estaba pálida. En la cara se le notaba que había llorado mucho.
No. Sam no estaba allí.
–¡Will! ¡En qué
estado vienes! Pasa a la cocina, voy a hacerte café.
–Gracias, Nora…
¿Sam no está? Tengo que hablarle.
–No. No está aquí.
–He visto el coche
de la Fundación y creí que estaría aquí. No, no quisiera ser indiscreto.
Sencillamente esperaba que Sam estuviera aquí… Yo también tengo problemas y
creí que podríamos ayudarnos mutuamente. Por favor, ¿me das café?
Tembló al pasar por
delante de la puerta del despacho de Sam, donde casi le había matado aquella
cosa horrible que estaba oculta en el cofre verde. Sus narices humanas ya no
captaban el mortal olor dulzón. Por otra parte, la caja ya no estaba allí. Se
dio cuenta de que, poco a poco, Nora iba volviendo a confiar en él.
–Pat está durmiendo
–dijo ella–. Creí que se iba a despertar cuando vino la policía. Han estado
aquí más de dos horas seguidas… Pero no te preocupes, Will; no les he dicho lo
de tu llamada.
–Gracias, Nora… No
creo que tenga ninguna importancia. La policía me busca por algo mucho más
grave.
Nora no le preguntó
nada. Le invitó a sentarse con un gesto y le sirvió café caliente.
–Rowena Mondrick ha
muerto.
–¿Cómo? –exclamó
Nora abriendo los ojos.
–Se escapó de
Glenhaven y la han encontrado muerta en el puente de la Ensenada de los Gamos.
La policía cree que he sido yo el que la ha atropellado, pero yo no he sido…
¡Yo sé que no he sido…!
–Hablas igual que
Sam. Tenía tanto miedo, que no comprendía nada ni sabía qué hacer… Yo creo que
detrás de todo esto se esconde algo horroroso, y que tú, al igual que Sam, no
eres más que una víctima inocente. ¿Tú crees que puedes ayudarle?
–Creo que los dos
podemos ayudarnos el uno al otro, Nora.
Barbee se quedó con
la cucharilla en el aire al escuchar otra sirena. Nora frunció el ceño y se
levantó a escuchar si se despertaba Pat. Luego le sirvió más café. Por fin la
sirena se alejó por otras calles.
–Te voy a hablar de
Sam –comenzó Nora–. Necesita ayuda, necesita que alguien le ayude urgentemente.
–Yo haré todo lo
que pueda. ¿Dónde está?
–En realidad, no lo
sé… No ha confiado en mí; no me lo ha dicho. De verdad que es terrible. Tengo
miedo de no volver a verle nunca más…
–¿Puedes decirme
qué es lo que ha ocurrido?
–Pues mira, le
llamé inmediatamente después de hablar contigo. Le dije que le buscaba la
policía para explicar la muerte de Nick… Cuando se lo dije, me contestó con una
voz muy rara. Quería saber por qué estabas tú al tanto. ¿Cómo lo sabías tú,
Will?
–Mis contactos
habituales –dijo Will bajando los ojos–. No puedo darte los nombres de los
informadores… ¿Y qué más ha dicho?
–Dijo que tenía que
marcharse. Y que no me podía decir dónde. Le rogué que pasara antes por casa,
pero no tenía tiempo. Le pregunté por qué no le contaba todo a la policía y me
dijo que porque no le creerían. Dijo que sus enemigos le habían comprometido con
tal habilidad… ¿Quiénes son los enemigos de Sam, Will?
Barbee se limitó a
negar con la cabeza.
–Es una terrible
conjura, Will, ¿lo sabes? La policía me ha enseñado algunas de las pruebas que
tienen contra él, para hacerme hablar… Me han dicho que… ¡Pero yo no puedo
creerlo!
–¿Qué clase de
pruebas, Nora?
–Existe un papel,
un papel amarillo. Escrito por Nick. Es su letra, o una imitación muy bien
hecha. Nick dice en el escrito que, al volver de Asia, se habían peleado por
culpa del tesoro que traían en la caja. Sam quería apoderarse de él y trató de
que Nick le ayudara a conseguirlo… Eso es lo que está escrito en el papel…
También dice que Sam le dio al doctor Mondrick una sobredosis de la medicina
que tomaba para el corazón, pues quería impedir que el profesor pusiera el
tesoro en el Museo de la Fundación. Que Sam preparó el coche para que Rex se
matara en el Monte Sardis… Y, por último, que Nick tenía miedo de que Sam le
matara porque conocía el secreto de los asesinatos. Y la policía cree que Sam
es el culpable de todo. Creen firmemente que Nick escribió esa carta. Han
encontrado una silla rota y manchas de sangre junto a la ventana del
laboratorio. están convencidos de que Sam mató a Nick y luego le tiró por la
ventana. Pero tú sabes tan bien como yo que Nick era sonámbulo… ¿Te acuerdas?
Barbee afirmó con
la cabeza.
–Me acuerdo
perfectamente, y no creo que Nick haya escrito esa carta.
Debió escribirla la
loba blanca cuando se subió a la mesa y cogió el lápiz entre las patas,
mientras la serpiente arrastraba el cuerpo de Nick hacia la ventana. ¡Pero
aquello era un locura!
–Entonces, ¿Sam no
ha venido por aquí?
Nora movió la
cabeza negativamente. Después se dio cuenta que, a través de la ventana, Barbee
había estado viendo el coche de la Fundación aparcado frente a la puerta.
–El coche lo mandó
traer Sam de la Fundación para reemplazar al nuestro, que había quedado
destrozado. Fíjate, cuando se lo llevó Rex, me dijo Sam por teléfono que creía
que el enemigo no reconocería nuestro coche. Pero mira si lo reconoció.
–¿Y no sabes lo que
ha hecho Sam?
–No. Sólo que se ha
ido… No sé dónde. Ha dicho algo relacionado con que el doctor Mondrick, Rex y
Nick le han dejado un terrible trabajo por hacer. No ha querido decirme en qué
consistía. Le dije que se llevara este coche, pero me contestó que no tenía
tiempo para pasar por casa y que cogería la furgoneta de la Fundación. No me ha
dicho dónde iba… Will, Will ¿qué podemos hacer nosotros para ayudarle?
–Lo primero que
tenemos que hacer es encontrarle… Y me parece que sé dónde está… Creo que puedo
encontrarlo. Teniendo en cuenta que él sabe que de aquí a las doce todos los
agentes de cuatro estados le van a estar buscando, me parece que sé dónde habrá
ido a refugiarse.
–¿Dónde está?
–Bueno, es sólo una
idea que tengo, Nora… Tal vez me equivoque, aunque no lo creo. Pero, aunque no
me equivoque, es mejor que tú no lo sepas. Porque me imagino que la policía
volverá por aquí buscándonos a Sam y a mí.
–La policía… ¿pero
no te seguirán?
–¡Claro que no,
Nora…! Tomaré mis precauciones. Corro el mismo peligro que Sam. ¿Sabes qué vas
a hacer, Nora? Me vas a dar varias cosas que pueden hacerme falta: ropa, botas,
un saco de dormir, una sartén, provisiones, un rifle… ¿Tienes aquí el equipo
que trajo Sam de la expedición?
–Sí.
–Además voy a
necesitar el coche.
–Coge todo lo que
necesites. Y déjame escribirle algo.
–Sí, pero date
prisa. La policía va sobre mis pasos. No tengo la menor idea de lo que se
esconde detrás de todo esto. Pero me parece que es todavía peor de lo que
parece, y lo que parece no es nada agradable. Tenemos que ayudar a Sam, pero no
sólo por él, sino porque Sam es nuestra única esperanza contra algo que es
mucho peor de lo que todo el mundo se imagina.
–Lo sé, Will… Sam
no quiso decírmelo ni siquiera después de aquella noche terrible en que alguien
o algo asesinó al perrito de Pat. Yo le veía angustiadísimo. Desde que llegó el
avión he notado claramente que algo no iba bien. Hay algo que nos acecha,
invisible y lejos de nuestro alcance, tan horrible que no tiene nombre.
«Sí –pensaba
Barbee–. Sí tiene nombre: El Hijo de la Noche.»
CAPÍTULO XVII
No completamente
humano
Con el oído al
acecho, Barbee pasó al cuarto de baño, donde cambió la bata por una chaqueta y
un pantalón caqui. Los zapatos de Sam le estaban demasiado grandes y tuvo que
ponerse primero dos pares de calcetines de lana. Mientras, Nora había preparado
mantas, el saco de dormir, provisiones y útiles. Hizo con todo un enorme
paquete y se puso a escribir a Sam.
–No digas a la
policía que me has visto –le recomendó Barbee en tono duro–. No les digas nada…
Ni siquiera sabemos si no están trabajando para los enemigos de Sam.
–No, no diré nada,
pero ayúdale, Will. Hasta la vista.
–Hasta la vista.
En la calle no
había nadie. Metió el fardo en la parte trasera del coche. Ella se retiró sin
más palabras y Barbee le dijo adiós con la mano, sonriendo como si supiera que
todo se iba a arreglar. Bajó lentamente por Pine Street. Volvió a oír otra
sirena detrás de él, pero continuó lentamente y no hubo ningún contratiempo.
Atravesó la ciudad. Enfiló hacia el oeste y luego torció hacia el norte por una
carretera de tierra apisonada que partía rumbo a la montaña.
Mientras conducía
pudo analizar la intuición que había tenido de que encontraría –y dónde– a Sam
Quain. Quain era hombre de espacios abiertos y había soportado condiciones muy
duras en cuatro continentes. Como esperaba que la policía hiciera un llamamiento
para buscarle, había muchas posibilidades de que hubiera decidido echarse al
monte. Ahora bien, Sam había pasado su infancia en una granja de estas
montañas. Quain debía haber cargado con la caja, y la tal caja era muy pesada,
de modo que no podría llegar muy lejos… Sin ayuda de nadie más, Sam no podría
llevarla mucho tiempo. Por lo tanto, tenía que haber buscado un refugio bien
disimulado, al que se pudiera llegar en coche.
Barbee sabía dónde.
Quizás hubiese
algún error en su razonamiento, pero no importaba. Era una de esas intuiciones
que nunca fallaban… Sabía muy bien dónde se había refugiado Sam.
Fue en la cocina de
Nora donde había visto como en una imagen proyectada, el sitio donde estaba
Sam. Recordó aquella navidad en que los tres, Rex, Sam y él, se habían dedicado
a montar a caballo. Un día subieron por una senda que serpenteaba por la montaña
hasta un aserradero abandonado, y desde allí Sam les había señalado, negra
sobre el acantilado rojo de Laurel Canyon, la oscura entrada a una gruta india.
Barbee sabía que
Sam se había escondido allí. La cueva estaba alejada de las carreteras
principales y se podía llegar a ella en coche. Éste era fácil de ocultar allí,
pues había espesura y ni siquiera con aviones lo podrían descubrir. También
había madera, agua y cobijo, y se podía esconder la preciosa caja en la gruta,
que era una fortaleza natural y segura. Sam estaba allí…
Hizo dos paradas de
una hora: ni rastro de persecución. Sin embargo, en la hierba, se veían señales
de ruedas que testimoniaban que Sam Quain había pasado por allí antes que él.
Llegó al Cañón del
Oso al mediodía. Al entrar la mañana había subido la temperatura, pero luego el
sol se había ocultado tras unas nubes pesadas y se levantó un viento del sur
que anunciaba lluvia.
Bajo el acantilado
que se alzaba por encima de Laurel Canyon, la furgoneta estaba tan sabiamente
camuflada que Barbee casi chocó con ella. Dejó el coche a su lado, igualmente
disimulado, y comenzó a subir con el fardo a la espalda.
Caminaba sin
ocultarse a la vista del enemigo. Conocía a Sam Quain y sabía que acercarse a
escondidas podía costarle la vida.
–¡Sam! –gritó–.
¡Sam, soy Barbee! ¡Traigo provisiones!
El fugitivo salió,
con gran alivio por su parte, de un chaparral cercano. Quain estaba bronceado y
pálido a la vez. Parecía agotado. Pero su manaza empuñaba una pistola que daba
miedo. También lo daba el sonido de su voz:
–Barbee, ¿qué
diablos vienes a hacer aquí?
–Te traigo cosas
que necesitas… No te preocupes, he escondido el coche y no me ha seguido nadie.
Nora me ha dado una carta para ti.
Pero no consiguió
apaciguar a Sam.
–Debería matarte,
Barbee –le dijo con voz dura y extraña–. Hace tiempo que debería haberte
matado. Debería haberlo hecho el doctor Mondrick, pero supongo que no eres del
todo perverso. Tu llamada a Nora me ha salvado de la policía, y desde luego,
necesito lo que me traes.
Barbee siguió
trepando con las manos en alto, hasta que el revólver le obligó a detenerse.
–Sam, ¿es que no te
vas a fiar de mi ahora…? Quiero ayudarte. Sólo quiero que me expliques qué
pasa. Ayer ingresé en Glenhaven. Creí que me iba a volver loco. Tal vez ya lo
esté… Pero me parece que aquí hay algo más…
–Sí, claro que hay
algo más. Y mucho más también.
Pasaban nubes
negras. El viento del sur que soplaba por Laurel Canyon se volvió de repente
frío y húmedo.
Los truenos
retumbaban allí arriba, en el farallón. Las primeras gotas, enormes, se
estrellaron contra las rocas rojas y se deslizaron por el rostro de los
hombres.
–Vamos, coge las
cosas. Lee la carta de Nora y déjame ayudarte.
–Ven, resguárdate
de la lluvia. No sé lo que tú sabrás de todo esto ni de qué eres culpable en
estos asuntos de brujería. No sé hasta qué punto se puede uno fiar de ti. De
todas formas no creo que, por contarte lo que yo sé, se agraven más las cosas.
Desde el exterior,
la gruta resultaba invisible, excepto por las señales de humo que la delataban.
Sam indicó el camino con la punta del arma. Esperó a que Barbee le adelantara,
doblado bajo el peso del fardo. Fueron ascendiendo por unos escalones casi borrados
que antaño habían sido tallados en una chimenea abierta por las torrenteras.
Allí, un manco podría haber tenido en jaque a un batallón entero.
La gruta era una
fisura horizontal labrada por el tiempo entre dos estratos de gres muy
resistentes, y se abría justo encima de la escalera. El techo estaba negro de
humo. ¿Desde hacía cuántos siglos? En el fondo más recóndito de la cueva, donde
el techo se unía casi al suelo, Barbee vio la caja de madera cuyo contenido
procedía de ciertos túmulos funerarios de Asia. Dejó caer su fardo sin quitar
ojo del cofre.
–Espera –dijo
Quain–, tengo que comer.
En cuanto recuperó
la respiración, Barbee deshizo el paquete. Hizo café en un infiernillo, frió
tocino y abrió una lata de judías blancas. Quain comió y bebió con avidez,
utilizando una piedra plana como mesa. En todo momento se mantuvo entre Barbee
y el cofre, con la pistola al alcance de la mano, mirando alternativamente a
Barbee y al trozo del camino de Laurel Canyon que se divisaba desde allí.
Barbee esperaba
impaciente, mientras Sam comía y la tormenta arreciaba. Las nubes bajaron a las
cumbres. Cayó un rayo y el trueno repercutió en la estrecha garganta. El viento
introducía en la gruta gotas heladas. El terrible aguacero iba a anegar todos los
caminos. Por fin, Sam limpió el plato de aluminio y Barbee le rogó:
–¡Venga, Sam,
cuenta!
–¿Quieres saber,
verdad? –repuso Sam–. Lo que te voy a contar te va a dejar horrorizado. El
mundo se te va a transformar en un cúmulo de horrores. Cuando lo sepas,
sospecharás de todos tus amigos, si eres tan inocente como dices. Hasta puedes
matarte.
–Quiero saberlo
–dijo Barbee.
–Tú mismo vas a tu
propia destrucción… ¿Te acuerdas de lo que estaba diciendo el doctor Mondrick
el lunes por la noche cuando fue asesinado?
–¿Así que el doctor
Mondrick fue asesinado? ¿Y el arma del crimen fue un gatito negro estrangulado?
–¿Cómo sabes tú
eso?
–Yo vi al gato
–explicó Barbee–, y otras muchas cosas que ocurrieron por el estilo. Cosas que
no he comprendido y que casi hacen que me vuelva loco –muy a su pesar, dirigió
la vista a la caja de madera que estaba detrás de Sam. El candado de
combinación brillaba como si realmente estuviera forrado de plata–. Sí, me
acuerdo de las últimas palabras del doctor Mondrick. Decía algo así como: Hace
ya varios miles de años…
–Sí, desde que los
hombres vivían de aquel modo. Era una época de pesadilla. Y la pesadilla aún se
refleja en todas las mitologías y supersticiones de todos los países, así como
en los sueños secretos de todos los hombres. Tienes que saber que aquellos lejanos
antepasados eran perseguidos y acosados por otra especie más antigua,
semihumana, que el doctor Mondrick llamó Homo lycanthropus.
–El hombre-lobo.
–El hombre-lobo
–repitió Sam Quain–. El doctor Mondrick les dio ese nombre a causa de ciertas
características óseas, craneales, dentales, que, por otra parte, se ven todos
los días en la vida normal… El nombre que mejor les cuadraría sería el de
hombres-brujo…
Por delante de la
entrada de la cueva caía el agua como una cascada amarillenta. Quain dejó de
hablar para acomodar su querida caja en un sitio que le pareciera más seguro.
–Esta especie rival
no era simiesca. Ya sabes que la evolución no sigue un camino siempre
ascendente. El hombre de Cro-Magnon era más bello que la mayoría de los
ejemplares humanos de ahora. En nuestro árbol genealógico hay muchas ramas
extrañas y estos brujos deben haber sido nuestros parientes más raros… Para
alcanzar el verdadero comienzo de la tragedia de nuestra especie hay que
remontarse mucho más lejos aún, hasta hace medio millón de años o más, cuando
la primera de las dos grandes glaciaciones, en el pleistoceno. En esta primera
edad glacial, cuando la temperatura se suavizó un tanto durante un período de
cien mil años, nació el hombre-brujo.
–¿Y habéis
encontrado pruebas en Ala-Shan?
–Sí, en parte.
Aunque la meseta del Gobi no estuvo nunca sometida a la glaciación, sus
desiertos conocieron un período de humedad y fertilidad durante esta época, y
nuestros antepasados neolíticos evolucionaron allí. Los hombres-brujo nacieron
de un tronco distinto al de los homínidos y fueron sorprendidos por las
glaciaciones en las tierras más altas que hay al sudeste, en los alrededores
del Tíbet. El doctor Mondrick había descubierto restos de estos hombres-brujo
en una gruta que exploró antes de la guerra en la cordillera de Nan-Shan. Lo
que hemos encontrado en esta expedición completa lo que ya sabíamos, y
constituye un capítulo realmente excepcional.
Barbee escuchaba,
mirando la lluvia que caía como una cortina.
–Éste es un
excelente ejemplo –decía Quain– de lo que Toynbee llama el desafío y la
respuesta al desafío. Las hordas de hombres-brujo, o lo que iban a ser, fueron
desafiadas por el hielo. Estaban cogidos en la trampa. Los glaciares aumentaban
constantemente, siglo tras siglo. La caza se hacía cada vez más escasa y el
invierno más cruel. Había que adaptarse o morir. Tenían que responder al
desafío adaptándose. Y se adaptaron. Para ello crearon una nueva potencia
mental.
–¡Ah! –exclamó
Barbee. Pero no dijo nada del encadenamiento libre de la probabilidad, ni del
principio de indeterminación de Heinsenberg, ni del control mental… No quería
que Sam Quain le matara allí mismo con la pistola–. ¿Qué clase de poder mental?
–Es difícil saberlo
con exactitud, los espíritus no dejan fósiles. El doctor Mondrick sostenía, sin
embargo, que sí dejan huellas en el lenguaje, en los mitos y las
supersticiones. Él se dedicó a estudiar esta memoria de la especie y obtuvo
resultados de las experiencias efectuadas en la Universidad de Duke… Estos
nómadas, asediados por los hielos, sobrevivieron desarrollando sus dotes y así
pudieron medrar a costa de sus parientes más afortunados del país del Gobi.
Estas dotes debieron ser la telepatía, la clarividencia, la profecía… El doctor
Mondrick estaba convencido de que, además, tenían otro don más siniestro… A
este respecto existe un testimonio universal. La casi totalidad de los pueblos
primitivos aún vive obsesionada por el miedo a una u otra variante del
loup-garou. Es decir, temen a un ser análogo al humano, pero que puede tomar el
aspecto del animal más temible de la región para devorar al hombre. Según el
doctor Mondrick, estos hombres-brujo aprendieron a desprenderse del cuerpo. Lo
dejaban invernando en las cavernas, mientras ellos recorrían las estepas
heladas, en forma de lobos, osos o tigres, para cazar a su presa humana.
Barbee pensó que
había hecho muy bien en no hablar de sus sueños.
–…Así –continuó
Quain–, de esta manera diabólica, respondieron estos homínidos al desafío y
vencieron a los hielos… Hacia el final de la Glaciación de Mindel, hace unos
cuatrocientos mil años, según todos los indicios, estos hombres-brujo
estuvieron a punto de invadir el mundo entero. En unos mil años, su terrible
poder les había permitido sojuzgar a todas las demás variedades del género Homo
–Barbee se acordó de los enormes mapamundis de la prehistoria que había visto
en la Fundación, pero no se atrevió a preguntar qué significaban–. Sin embargo,
el Homo lycanthropus no exterminó a las razas conquistadas, excepto en las
Américas, y ésa fue su perdición en esta parte del mundo. En general, dejaban
sobrevivir a las razas vencidas, para que les sirvieran de esclavos y alimento.
Se aficionaron al sabor de la sangre humana y no podían pasar sin ella: la vida
les era imposible sin este preciado alimento… Durante cientos de miles de años,
durante casi todo el período interglaciar, estos hombres-brujo fueron cazadores
de hombres, enemigos y crueles dueños de la Humanidad. Ellos fueron los
terribles sacerdotes y los dioses maléficos que originaron las leyendas de
ogros y demonios devoradores de hombres que existen en todo el mundo. Fue una
increíble opresión, degradante, canibalesca. Si alguna vez te has preguntado
por qué toda verdadera civilización humana ha tardado tanto en florecer, aquí
tienes la respuesta. Que no es nada agradable, por cierto… Aquel monstruoso
poder duró hasta que volvieron los fríos, durante las glaciaciones de Riss y
Wurm, en el segundo período glacial. Sin embargo, los hombres-brujo nunca
fueron demasiado numerosos. Ninguna especie predadora puede ser más numerosa
que aquellas de las que se alimenta. Es probable que también con el tiempo disminuyera
su vigor. Sea como fuere, el caso es que hace unos cien mil años, el Homo
sapiens se rebeló Habían domesticado al perro, sin duda algunas tribus
intrépidas que se retiraron junto con los hielos para escapar a la dominación
de los hombres-brujo. El perro era un aliado fiel… En los túmulos funerarios de
Ala-Shan hemos encontrado pruebas de esta extraña guerra. Parece ser que los
verdaderos hombres aprendieron a llevar pepitas de plata aluvial para
protegerse de los ataques de los hombres-brujo. Después se construyeron adornos
y joyas de plata. El doctor Mondrick opinaba que la creencia de que una bala de
plata puede matar a un hombre-lobo tiene base científica, pero no consiguió
establecerla en forma metódica… Así, pues, nosotros hemos descifrado la historia
de aquella rebelión y hemos traído objetos bastantes para demostrar nuestras
hipótesis; abalorios, cuchillos y puntas de flechas hechos de plata. Pero la
plata no era suficiente. Los brujos eran muy astutos. Y eran poderosos.
Entonces, los hombres de Ala-Shan inventaron otra arma más eficaz, y nosotros
la hemos descubierto enterrada en los túmulos funerarios junto con las
osamentas de los brujos difuntos, sin duda para impedir que resucitaran… Y
vencieron los hombres verdaderos. Pero no de repente, ni fácilmente. Los brujos
se aferraron a su antigua dominación. Esta terrible lucha duró durante los
períodos chelense y musteriense enteros. Según el doctor Mondrick, el Hombre de
Neanderthal y el de Cro-Magnon perecieron bajo los ataques de los hombres-brujo.
Sin embargo, el antepasado del Homo sapiens sobrevivió y continuó la guerra. Se
fueron extendiendo el uso del perro, de la plata y de esta otra arma. Pero
antes de que aparecieran los primeros documentos escritos, la especie bruja
había sido más o menos exterminada.
–¿Más o menos?
–Sí, es difícil
matar a un brujo. Parece que uno de sus últimos clanes fueron los primeros
sacerdotes y los primeros reyes de Egipto. Como prueba ahí están los dioses
animales o semianimales adorados por el pueblo y los demonios y la magia
temidos por todos. Yo he visto excelentes retratos de Homo lycanthropus, con su
típico cráneo alargado, en los muros de tumbas egipcias. Sin embargo, también
este Clan terminó por ser vencido o absorbido hacia la época de Imhotep… Claro
que la sangre de los vencedores había dejado de ser pura… Y éste es el terrible
descubrimiento del doctor Mondrick: todos somos híbridos. No somos
completamente humanos… Es difícil explicar esta terrible verdad. Las dos
especies eran mortalmente enemigas; sin embargo, de una manera u otra, se
produjeron cruces. La misa negra y el aquelarre son, por lo menos a juicio del
doctor Mondrick, supervivencias de aquellas bestiales ceremonias en las que se
obligó a participar a las hijas de los hombres. También existen indicios de
estos cruces en las supersticiones medievales de íncubos y súcubos y en todos
los mitos y uniones entre dioses y mortales. Los hombres brujos debieron tener
un temperamento muy fuerte. No se sabe. Pero los hechos están ahí. Sea como
fuere, estas cosas han ocurrido.
De nuevo estalló un
terrible trueno y sus ecos reverberaron en la oscura gruta. La voz cansada de
Quain era como una melopea lenta y ronca:
–Del pasado nos
llega un negro torrente de esta sangre monstruosa, que ahora circula por las
venas del Homo sapiens. No somos del todo humanos. Esta extraña herencia reside
en nuestro inconsciente y nos produce esos oscuros conflictos y esos deseos
intolerables que descubrió e intentó explicar Freud. Actualmente, esa sangre
está en ebullición, en efervescencia. ¡El doctor Mondrick ha descubierto que el
Homo lycanthropus está a punto de conseguir la victoria final en esta horrorosa
guerra de especies!
CÁPÍTULO XVIII
Resurgimiento de la
especie bruja
Barbee se levantó
de su asiento mojado. Pensaba en multitud de cosas. En April Bell, en el Hijo
de la Noche y en la loba blanca que reía lamiéndose la sangre de Rowena
Mondrick. Sintió un escalofrío. La tempestad arreciaba, ululaba fuera. La
tupida lluvia oscurecía la luz del día.
–Cuesta trabajo
admitirlo –dijo Sam Quain–, pero no faltan testimonios que refuerzan esta
teoría. En principio, la Biblia recomienda, y con mucha razón, la destrucción
de las brujas.
Barbee se acordó
del relato de April Bell, de sus luchas con el marido de su madre.
–Parece que el
Jardín del Edén, en la Biblia –continuó Quain pese a su evidente fatiga–, no es
más que un resumen de la trágica lucha entre las dos especies. La serpiente,
salta a la vista, es el hombre-brujo; la maldición que con su astucia hizo caer
sobre la mujer y toda su descendencia, evidentemente es la herencia de
licantropía cuya huella todos llevamos. Pero las serpientes de hoy están
cansadas de morder el polvo y se rebelan… ¡Sí! El linaje de los brujos deja
tras él una larga estela de testimonios a lo largo de los siglos. en una gruta
de Ariège, al sur de Francia, existe una pintura paleolítica que se remonta a
la época de dominación efectiva de los brujos. En ella se ve a un brujo
transformado en ciervo de diez cuernos: es una forma tan poco aterradora que
sin duda se utilizaba para impresionar a hombres dóciles, fieles, a los que
realmente no se pretendía aterrorizar porque estaban sometidos. En cambio, bajo
el reinado de Ramsés III, los brujos quisieron recuperar el poder que habían
perdido en Egipto. Conspiraron y hubo que juzgar a ciertos funcionarios y
algunas mujeres del harén del faraón por haber moldeado con cera de abeja una
imagen del soberano y haber recitado encantamientos mágicos para perjudicarle.
Se conservan las actas del proceso. Los genes debían estar ya demasiado
dispersos y el arte antiguo casi olvidado para que intentaran fortalecer su
poder maléfico mediante sortilegios tan pueriles. Por otra parte, la mitología
griega, según el doctor Mondrick, es, en realidad, el recuerdo mitificado de
otro Clan licantrópico. El dios Júpiter, que raptaba a las hijas de los
hombres, y engendraba en ellas semidioses y héroes, está claro que era un
hombre-brujo que conservaba íntegros sus poderes y su potencia… Proteo, ese
extraño viejo del Mar que era capaz de cambiar de forma a etamorfd, es otro
maestro de la licantropía, hijo de Neptuno.
»La misma historia
se repite en los pueblos escandinavos y en la memoria mítica de otras muchas
culturas. Fenrir nació de la unión contranatura de Loki y una gigante y llegó a
ser el demonio de los nórdicos. Sigmund es otro híbrido obligado a cubrirse con
una piel de lobo para etamorfosearse… –Barbee se acordó del abrigo de April–.
Los brujos agrupados que la Inquisición consiguió hacer pasar a la
clandestinidad en la Edad Media, no eran sino clanes supervivientes de híbridos
licantrópicos que intentaban mantener las artes y ceremonias de sus tradiciones
paganas. Sus divinidades tenían generalmente forma de animales y no eran más
que metamorfosis de brujos. El famoso Gilles de rais, juzgado por magia negra
en el siglo XV, seguramente era un cuarterón de licántropo, demasiado débil y
demasiado ignorante para escapar del verdugo. Juana de Arco, quemada por
brujería en la misma época, era, sin ninguna duda, una mestiza de licántropo
cuyo aspecto humano había terminado por dominar. En tiempos lejanos, los cazadores
de brujos de los zulúes han continuado la tarea tan necesaria de la
Inquisición. Incluso en la misma Europa, el monstruoso culto pagano nunca ha
sido realmente exterminado. La vecchia religione es un vergonzoso caso de
supervivencia que aún cuenta con sectarios entre los campesinos de Italia. No,
Barbee, es imposible rechazar tantos testimonios. El doctor Mondrick ha reunido
pruebas de todas clases. Los ingresados en prisiones y manicomios son víctimas,
casi todos, de esta siniestra herencia. Unos han acabado en la cárcel por culpa
de los impulsos criminales en que se manifiesta su patrimonio licantrópico;
otros, en un sanatorio por la neurosis o la esquizofrenia resultantes del
conflicto interior que se produce entre lo que tienen de humano y de brujo. Los
grupos sanguíneos y el índice cefálico proporcionan datos de suma importancia.
Casi todos los sujetos estudiados acusan rasgos heredados de licantropía. La
exploración del inconsciente iniciada por Freud pone de manifiesto otras
pruebas terribles, que el gran investigador no supo, por cierto, interpretar
correctamente. También están las recientes experiencias de la parapsicología,
aunque la mayoría de los investigadores no se huelan todavía la tostada.
Mientras tanto, los brujos, naturalmente, hacen todo lo posible por minimizar y
desacreditar estos sorprendentes descubrimientos… ¡Sí, las pruebas se amontonan
en todos los países y en todas las épocas! El doctor Mondrick tenía encima de
su mesa de trabajo, como recordatorio, una lucerna romana donde se veía a la
loba amamantando a Rómulo y Remo. Solía decir que esta lámpara era un buen
ejemplo de propaganda inteligente… En fin, sobre este tema se podrían escribir
volúmenes enteros… ¡Y no digamos nada de las pruebas elocuentísimas que tenemos
ahí…
–Lo que no veo
claro –dijo Barbee– es si el Homo lycanthropus se ve realmente determinado…
–Vamos a ver, tú
conoces las leyes de Mendel, las hemos estudiado con el doctor Mondrick… La
herencia, como sabes, se transmite por los genes, que en el hombre son varios
miles. Cada uno de estos genes determina, o contribuye a determinar, ciertas
características que luego aparecen en el individuo. Estos genes pueden ser
dominantes. Un gen dominante, por ejemplo, es el que da origen a los ojos
negros. Los niños heredan de sus padres un doble juego de genes. La sexualidad,
en realidad, no es más. Que un procedimiento de redistribución de los genes, y
las leyes de la probabilidad permiten asegurar que cada individuo es único.
–La probabilidad
–murmuró Barbee como un eco.
–Recuerda que los
genes pueden ser dominantes o recesivos. El gen dominante que da ojos negros,
puede anular el efecto del gen recesivo que da ojos azules. Esto, realmente, es
inofensivo, pero, en otros casos, puede resultar peligroso… Así, por ejemplo,
existe un gen que determina sordomudez. Los portadores normales de sordomudez
son personas que han heredado un gen recesivo de sordomudez al mismo tiempo que
un gen dominante de oído normal. Estas personas oyen normalmente y no existe ninguna
prueba o análisis que las diferencie de la población normal. Y, sin embargo,
son portadores de sordomudez. En el caso de que dos de estos portadores se
unieran, la redistribución de genes haría, en esquema, que, de cuatro hijos,
uno fuera completamente normal y otros dos, aunque normales, portarían un gen
recesivo de sordomudez, anulado por el gen dominante de oído normal. Sin
embargo, el desgraciado cuarto hijo sería sordomudo de nacimiento, porque
habrían coincidido los dos genes recesivos de sordomudez.
–¿Y qué tiene que
ver esto con los brujos?
–Es fundamental. La
sangre humana o, para ser más exactos, el plasma germinal, sigue portando los
estigmas del Homo lycanthropus. La especie bruja no ha sido extinguida, puesto
que sus genes continúan existiendo y se transmiten de generación en generación,
al mismo tiempo que los del Homo sapiens… Evidentemente, la cosa resulta un
poco más complicada que lo de los sordomudos, y también mucho más siniestra.
Según los resultados obtenidos por el doctor Mondrick, la licantropía se repite
entre varios centenares de genes recesivos en lugar de estar ligada a uno solo.
El profesor llegó a la conclusión de que, para que se manifieste un carácter
como la percepción extrasensorial, es menester que se combinen varios
centenares de genes de licántropo. Además, la mayor parte de estos genes son
recesivos, no dominantes… Claro que también existen casos de regresión,
atavismo o salto atrás, como dicen los biólogos, pero son raros. Rarísimos en
realidad, si se dejase obrar espontáneamente a la naturaleza. Como ves, se
trata de una cuestión estadística y las probabilidades son muy escasas. Pero
todo ser humano es portador de esos genes, y la mayor parte de los atavismos
que se producen resultan parciales e incompletos. De hecho, entre el Homo
sapiens puro y el licántropo puro, existen miles de variaciones.
–¿Cómo es eso?
–En la mayoría de
los casos, el hecho de que se hereden caracteres de brujo en vez de humanos se
debe al azar de las combinaciones de genes. Una regresión parcial, digamos de
un dieciseisavo de sangre de brujo, puede dar origen a que el interesado posea algún
poder, como, por ejemplo, percepción extrasensorial. En general, estos sujetos
son médiums y suelen ser personas de humor muy variable, tensas, angustiadas,
debido a los conflictos derivados de su naturaleza contradictoria. Ahí tienes a
toda clase de fanáticos religiosos, espiritistas, esquizofrénicos y criminales
psicópatas. Puede haber excepciones afortunadas y entonces sale un genio. Ya
conoces el vigor de los híbridos… Los que nacen con una carga hereditaria más
fuerte son, en general, mucho más conscientes de sus poderes especiales. En la
Edad Media, mientras la Inquisición mantuvo viva la antigua tradición de la
caza de brujas, se les denunciaba, y la mayoría de las veces, les quemaban
vivos. Hoy en día, su suerte ha mejorado. Ahora son capaces de tomar conciencia
de sus poderes y de desarrollarlos, e incluso de organizarse y conspirar para
recuperar la supremacía perdida. También es probable que dediquen gran parte de
sus actividades a cultivar el moderno escepticismo científico con respecto a todo
lo sobrenatural. La misma palabra «sobrenatural», según el doctor Mondrick, no
es más que un término propagandístico que en realidad significa sobrehumano o
inhumano.
Barbee pensó que
April Bell era un caso de regresión al tipo primitivo de atavismo. Es decir,
una verdadera bruja. Y a él le había embrujado.
–En cada generación
–decía Quain– nacen algunos individuos excepcionales que cuentan
aproximadamente con una cuarta parte de genes de licántropo. Son los llamados
cuarterones, pero en general, ni ellos mismos lo saben. Tienen percepciones muy
agudas, y el vigor que es habitual en los híbridos. Pero, cuando ponen en
práctica su poder ancestral, generalmente, lo hacen torpemente y mal. Lo que
les caracteriza es el conflicto de las dos especies. En ellos el mal está
mezclado con el bien y en lucha contra él... El doctor Mondrick ha pasado
innumerables horas tratando de establecer una prueba definitiva que permitiera
identificar los genes de licántropo. No lo consiguió. Aunque resulta fácil
identificar los rasgos físicos como el cráneo alargado o el grupo sanguíneo.
Desgraciadamente no existe ninguna correlación estrecha entre tales rasgos y
las características mentales, que son mucho más peligrosas. Algunas de las
pruebas que ensayó han proporcionado indicaciones útiles, pero ninguna de ellas
ha resultado concluyente.
–Por eso a mí me…
–dijo Barbee.
–No te preocupes
–respondió Quain–. Lo único que demostraron las pruebas que te hicieron es que
tienes una fuerte herencia licantrópica. Ésa es la razón de que el doctor
Mondrick prescindiera de ti. No podía permitirse el lujo de correr ningún
riesgo. Pero los resultados no son definitivos. ¡Y aunque lo fueran…! Existe
una enorme cantidad de híbridos licantrópicos que son excelentes ciudadanos. El
mismo doctor Mondrick me confió, después de efectuar múltiples exámenes, que su
propia esposa tenía una fuerte proporción de sangre licantrópica.
–Rowena… Pero ¿y
los pura sangre?
–Teóricamente no
deberían existir Es prácticamente imposible que coincidan exactamente todos
esos cientos de parejas de genes recesivos. Incluso los que tienen tres cuartas
partes de esa sangre no suelen aparecer más de una vez por generación. Y éstos
tienen que ser demasiado inteligentes para levantar sospechas, especialmente en
los Estados Unidos, donde, en teoría, manda el pueblo, pero donde el verdadero
poder está en manos de las cadenas periodísticas, los bancos, las sociedades
financieras y los grupos parlamentarios de presión… No deberían existir brujos
pura sangre en nuestra época. Pero… yo creo que existe uno. El doctor Mondrick
ha revelado ciertos indicios que permiten suponer la existencia de un jefe
secreto de la especie bruja, que habría nacido con una gran carga hereditaria
de licántropo. Es un demonio enmascarado que avanza inadvertido entre los
hombres y conspira para restaurar el antiguo dominio de los brujos.
–Sí, me acuerdo
–dijo Barbee, molesto–; recuerdo las palabras de Mondrick… Pero ¿cómo van a
recuperar su dominio los brujos si los pura sangre sólo aparecen en rarísimas
ocasiones?
–Es que hasta eso
ha variado. Tal ha sido el último descubrimiento del doctor Mondrick, el que
quería anunciar al mundo cuando le mataron. Se trata de que los individuos que
poseen mayor herencia de licántropo, es decir, los que representan una
regresión al tipo brujo primitivo, han empezado a reunirse en Clanes secretos.
Se han cruzado entre ellos. Y esta eugenesia al revés ha trastornado todas las
posibilidades estadísticas, aumentando enormemente el riesgo de que se produzca
un atavismo total, una regresión absoluta al Homo lycanthropus original.
Barbee asintió. El
control mental de la probabilidad podía haber desempeñado un papel importante
mediante la manipulación de las combinaciones de genes en el nacimiento de un
brujo pura sangre. Sin embargo, no se atrevió a hablar de ello. Quain continuó:
–La conjura debió
comenzar hace varias generaciones. El doctor Mondrick creía que siempre ha
habido cierto número de Clanes secretos cultivando y transmitiendo el recuerdo
del poder perdido… Trabajaban en la clandestinidad, prudentes, desesperados.
Como disponían de poderes tenebrosos; les fue posible conseguir lo que no ha
podido lograr el doctor Mondrick, es decir, detectar el atavismo brujo entre
los humanos, incluso entre los que no eran conscientes de su naturaleza. Estos
criptolicántropos captan de algún modo a los portadores de genes y les someten
a las más modernas técnicas de selección, perfeccionadas todavía más por ellos
mismos, para retener y reforzar los genes de brujos y excluir los genes humanos
con objeto de que nazca el jefe todopoderoso que esperan, el monstruoso Mesías
al que llaman Hijo de la Noche.
El Hijo de la
Noche... Los febriles ojos de Sam Quain se clavaron en él, estudiándole con
atención. Barbee tembló, acurrucado en la húmeda roca. Sus ojos inquietos
volvieron a posarse en la caja, que ahora quedaba detrás de Sam. Tragó saliva y
preguntó con voz apagada:
–¿Se puede ver lo
que hay dentro?
Quain echó mano al
revólver.
–No, Barbee –dijo– …a
lo mejor eres una buena persona, pero de momento no puedo confiar en ti, como
tampoco confió el doctor Mondrick cuando supo el resultado de tus pruebas. Lo
que te he confiado no tiene gran importancia ni puede producir ningún mal. He
tenido la precaución de no contarte nada que no sepan ya los Clanes de brujos.
Pero, ver lo que hay en la caja, no… Lo siento mucho, Will. Sin embargo, sí
puedo decirte, en parte, lo que contiene. Hay armas y osamentas ennegrecidas y
rotas de los hombres que perdieron la batalla. Hay un esqueleto entero de Homo
lycanthropus exhumado de un túmulo funerario y el arma que colocaron a su lado
para mantenerle en el sepulcro. Ésta es el arma con que se consiguió vencer a
los brujos. Cuando los hombres aprendan de nuevo a servirse de ella, se podrá
utilizar otra vez. Esto es todo lo que puedo decirte, Barbee.
–¿Quién es el Hijo
de la Noche, Quain?
–Puedes ser tú
mismo, Barbee. Quiero decir, que lo puede ser cualquiera. Nosotros conocemos la
apariencia física del Homo lycanthropus: huesos delicados, orejas puntiagudas,
cráneo alargado, pero torneado, frente estrecha, dientes agudos. Pero no existe
correlación exacta entre los rasgos físicos y los caracteres mentales. Eso sí
lo ha demostrado el doctor Mondrick. Incluso podría suceder que el Hijo de la
Noche no fuera totalmente pura sangre.
En los rasgos de
Quain se leía horror:
–Esto explica
–concluyó– que me haya venido aquí en vez de continuar la lucha ante los
tribunales. Ya no puedo confiar en nadie. Y en la mayoría de los casos, son
humanos, claro, pero ¿cómo saberlo? ¿Cómo distinguir a los monstruos? Nunca he
llegado a estar completamente seguro de que Nick o Rex no fueran espías brujos.
Y, es horrible decirlo, pero incluso he llegado a dudar de Nora…
Barbee, acurrucado
para aguantar el viento húmedo que soplaba en ráfagas, hacía lo posible por no
tiritar. Hubiese querido preguntar cómo una bruja pelirroja podía embrujar a un
hombre normal, y qué habría que hacer para liberarse de sus sortilegios. ¿Le
servía ahora de algo la plata? ¿O un perro? ¿O el alma misteriosa de la caja?
Apretó los dientes y negó con la cabeza. Si le hiciera alguna de estas
preguntas lo más probable es que Sam Quain le matara.
–¿Me dejas
ayudarte, Sam? –preguntó–. Yo puedo hacerlo. Necesito ayudarte para conservar
mi propio equilibrio ahora que me lo has explicado todo… ¿No podríamos nosotros
identificar al Hijo de la Noche y denunciar a los licántropos?
–Eso pretendía el
doctor Mondrick… ¡Sí, eso se hubiera podido conseguir! Pero se hubiera podido
conseguir hace cuatrocientos años, porque después los Clanes consiguieron
desacreditar a la Inquisición, que era su último enemigo. En nuestra época, los
licántropos pueden demostrar en los laboratorios de las universidades que no
son brujos. Los periodistas licántropos pueden ridiculizar cualquier acusación.
Los brujos que hay en el gobierno pueden encerrar a cualquiera que suponga un
obstáculo para sus planes…
–Y, entonces, ¿qué
podemos hacer nosotros?
–Mira, Barbee, yo
no puedo olvidar el resultado que dieron tus pruebas, y no me gusta tu aspecto,
ni que hayas venido aquí. Perdona si te parezco demasiado duro, pero tengo que
protegerme. Sin embargo, es verdad que necesito ayuda, ¡y cómo! Así pues, te voy
a dar una oportunidad.
–Gracias, Sam. Dime
qué debo hacer.
–Con una sola
condición; a la primera sospecha te mato.
–Ya. Comprendo…
Pero tú no creerás que yo soy un híbrido.
–Probablemente sí,
Barbee. Los genes humanos pueden predominar en una proporción de mil contra
uno, pero, en casi todos los hombres, se encuentra algún indicio de
licantropía. Que suele bastar para provocar conflictos inconscientes entre los
instintos normales y la herencia extraña. Los psiquiatras nunca han tomado esto
en consideración al elaborar sus teorías psicopatológicas… Los exámenes a que
te sometió el doctor Mondrick indicaban que eres portador de más genes
licantrópicos que la mayoría de los humanos. Y yo veo en ti que existe un
conflicto... Sin embargo, no creo que tu parte humana haya capitulado ya…
–Gracias, Sam, yo
haré lo que sea…
–El doctor Mondrick
tenía un plan para coger al Clan brujo por sorpresa, que consistía en radiar un
aviso al público en general y lograr un apoyo masivo de la población. Confiaba
en despertar el interés de la opinión pública y de los dirigentes. Quería crear
un equivalente moderno y científico de la Inquisición para combatir al Hijo de
la Noche, pero los brujos le han asesinado, y también a Nick y a Rex… Ahora
creo que conviene ensayar otro plan de campaña… Ya que ha fracasado la guerra
pública, ahora hay que iniciar una guerra privada. Voy a reunir un pequeño
grupo, un grupo secreto de hombres que actúen individualmente… Para esto no hay
necesidad de identificar a los híbridos. Basta con encontrar a unos cuantos
hombres que no pertenezcan a la banda tenebrosa. Y todo hombre brujo que
conozcamos será liquidado… Entonces, tú, Barbee, quiero que regreses a
Clarendon y te pongas en contacto con los primeros miembros de mi legión
secreta… Yo tengo que quedarme aquí.
–¿Con quiénes me
pongo en contacto?
–Tenemos que
reclutar a la gente con el mismo cuidado con que el Hijo de la Noche organiza
sus Clanes de licántropos. Tienen que tener dinero, o influencia política, o
formación científica. Nada de medias tintas. El trabajo va a ser muy duro,
capaz de acabar con hombres muy fuertes. Y desde luego, más les valdrá no ser
brujos.
–¿Y a quiénes crees
tú que podría hablar? ¿Qué te parece el doctor Archer Glenn? Es un científico
totalmente materialista. Tiene dinero y es conocido.
–Es exactamente el
tipo que hay que evitar –dijo Sam Quain dando un puñetazo en la piedra–. Es de
los que se ríen de la brujería, tal vez porque él mismo sea brujo. No, Glenn
nos encerraría en el pabellón de los agitados, como a la pobre señora Mondrick…
Hay que buscar otro tipo de persona. El número uno de la lista es tu patrón,
Barbee.
–¿Preston Troy?
–preguntó Barbee, estupefacto, pero aliviado por no tener que hablar de la
señora Mondrick–. Es verdad, Troy tiene millones. E influencia política… Pero
no es ningún santo que digamos. Es el mandamás de la camarilla del
ayuntamiento. Él ha inspirado todos los sucios manejos de Walraven y es el que
más se aprovecha de ellos. Su mujer le plantó hace veinte años y él mantiene a
la mitad de las chicas guapas de Clarendon, una de las cuales, por cierto…
–No importa –dijo
Sam Quain con una sonrisa–. Eso no cuenta. El doctor Mondrick solía decir que
casi todos los santos eran licántropos en un veinte por ciento por lo menos, y
que su santidad era una especie de sobrecompensación. Imagínate que abordas esta
noche a Preston Troy…
Al principio,
Barbee negó con la cabeza. La red policial por entre cuyas mallas se había
escapado estaría ahora mejor preparada. A Preston Troy le encantaría detenerle.
Le dedicaría un reportaje en exclusiva. Ya se imaginaba los titulares
sensacionalistas:
LA ESTRELLA
CONSIGUE DETENER AL CONDUCTOR ASESINO
–¿Hay algo que no
marcha bien?
–Nada en absoluto
–dijo Barbee levantándose.
Era demasiado tarde
para confesar que la policía le buscaba por el asesinato de la viuda de
Mondrick. Esperaba, por lo menos, que Nora Quain no hubiese comunicado a la
policía que él se había llevado el coche de la Fundación. Entonces tal vez
pudiera llegar a Preston Troy. Tenía, pues, que regresar a Clarendon. Y,
después de todo, quizá consiguiera ganar a este magnate de la industria, de
espíritu brutalmente realista, para la causa –increíble, por otra parte– de Sam
Quain. Disimuló sus miedos bajo una sonrisa. Tieso de frío, encorvado para no
tropezar con el techo de la cueva, extendió la mano:
–¡Tú y yo –dijo–
contra el Hijo de la Noche! ¡Tú y yo solos!
–Ya encontraremos
más. Ya verás como sí –contestó Quain, inquieto–. Porque, si no, esto va a ser
un infierno. El infierno, mejor dicho, pues los relatos de hombres degradados y
atormentados por los demonios, no son sino recuerdos colectivos de la época en
que reinaron los hombres-lobo.
Cuando vio la mano
tendida de Barbee, la rechazó con un movimiento de revólver:
–Lo siento, Barbee,
pero primero tienes que pasar la prueba. ¡Vamos, márchate!
CAPÍTULO XIX
Noche en el Monte
Sardis
Barbee se sintió
desanimado. No le apetecía nada la perspectiva de abrirse paso por caminos
inundados para, finalmente, exponerse al desprecio incrédulo de Preston Troy.
También sabía que, en cuanto cayera la noche, volvería a ser torturado por
voces insidiosas. Dejó a Sam Quain agazapado, pistola en mano, junto a su caja,
triste campeón de la especie humana frente a sus despiadados cazadores.
La lluvia se
convirtió en niebla helada. Desde lo alto del acantilado se seguía despeñando
un torrente de agua amarillenta que luego se hundía por la estrecha chimenea
que servía de escalera hasta la cueva. Por allí bajó Barbee a trompicones,
tiritando, calado hasta los huesos, pero aliviado de alejarse de Sam Quain y de
aquella caja maléfica.
Caía la tarde
cuando llegó al coche de la Fundación. El camino estaba mejor de lo que había
pensado. Tuvo que encender los faros antes de llegar a la carretera nacional,
pero no se oyó ni un ruido ni un murmullo en la desolada noche… Tampoco se
cruzó ninguna loba en su camino, ni bramaron tras él las sirenas de la policía.
Cuando paró ante la residencia de Troy eran las ocho.
Barbee conocía la
casa, pues ya había estado allí otras veces. Entró por una puerta lateral.
Afortunadamente, el comedor estaba a oscuras. Subió al segundo piso y llamó a
la puerta del antro privado del dueño de la casa. La voz metálica del editor
preguntó quién diablos estaba allí.
–Jefe, soy Barbee.
Tengo que verle enseguida. Yo no he atropellado a la señora Mondrick.
–¿Entonces, no ha
sido usted? –sonó incrédula la voz a través de la puerta– …Bueno, pues pase de
una vez.
Era una habitación
enorme, con trofeos de caza, un bar en un rincón y desnudos al óleo por las
paredes. Olía a colillas de puro, a muebles de cuero y a importancia
financiera. Troy había afirmado una vez que allí se trabajaba más y se tomaban
decisiones más graves que en el despacho del gobernador.
Lo primero que vio
Barbee fue un chaquetón de piel blanca sobre el respaldo de una silla. Un
destello verde captó su mirada: era el ojo del lobo de jade, que estaba clavado
en el revés.
–¿Qué se cuenta,
Barbee? –preguntó Troy, en mangas de camisa, con un puro sin encender en la.
Boca, y sentado tras una enorme mesa de caoba llena de papeles, ceniceros y
vasos sucios–. Entonces ¿no ha sido usted el que ha atropellado a la señora
Mondrick?
–No, jefe. Quieren
comprometerme exactamente igual que a Sam Quain.
–¿Quieren? ¿Quiénes
lo quieren?
–Oh, es una
historia terrible y fantástica, jefe Se la puedo contar si está dispuesto a
escucharme.
–Al sherif Parker y
a la policía municipal les interesará mucho, y también a los médicos del asilo
de Glenhaven.
–Yo no estoy loco
–dijo Barbee–. Por favor, jefe, escúcheme primero.
–¡Bueno! –dijo Troy
con una cara de jugador de póker–. Espere –se levantó, fue al bar y preparó dos
whiskies–. Ya puede empezar.
–Sí. Yo creía que
verdaderamente estaba a punto de volverme loco hasta que hablé con Sam Quain.
Ahora sé que me han hecho un sortilegio.
Vio que el rostro
de su jefe se endurecía y procuró hablar despacio para explicar las cosas bien.
Se esforzó en resultar lo más convincente posible y le habló del origen y la
exterminación del Homo lycanthropus, así como del renacimiento de los brujos mediante
la manipulación de los genes.
Mientras hablaba,
no dejó de vigilar los ojos de Troy, espiando, con el corazón en vilo, sus
menores reacciones. Pero ¿cómo saber? Los vasos dibujaban más redondeles en la
mesa. El puro se había apagado, pero los ojos socarrones y atentos del jefe no
dejaban traslucir nada. Tomó aliento y terminó su relato con un ruego:
–Tiene que creerme,
jefe. ¡Créame!
–Entonces, ¿el
doctor Mondrick y los demás miembros de la Fundación han sido asesinados por
esos brujos…? ¿Y ustedes quieren que yo les ayude a combatir a ese Hijo de la
Noche…? A lo mejor, después de todo, no está usted tan loco… A lo mejor, esos
brujos quieren deshacerse de usted y de ese Sam Quain. Porque esas teorías de
Mondrick explican muchas cosas. Como, por ejemplo, cuando uno detesta a una
persona desde el primer momento o desconfía de ella porque huele su mala
sangre.
–Entonces ¿me cree?
¿Me va a ayudar usted?
–Voy a informarme
–dijo Troy–. Le acompañaré a la cueva, iremos a escuchar a Quain y a lo mejor
nos deja mirar dentro de la caja. Si Quain resulta tan convincente como usted,
Barbee, estoy dispuesto a luchar por ustedes hasta mi último céntimo y hasta mi
propio suspiro.
–¡Ah! ¡Gracias,
jefe! Con su apoyo podremos vencer.
–¡Los derrotaremos!
Ha venido usted a ver al hombre que le hacía falta, Barbee. A mí nadie puede
vencerme. Deme media hora para prepararme. Le diré a Rhodora que tengo que ir a
retocar un apoyo político que me esta fallando y que vaya sola a la recepción
de Walraven. Ahí tiene el cuarto de baño, por si quiere arreglarse un poco.
Barbee se asustó al
mirarse al espejo. Estaba descarnado, agotado, barbudo, sucio, derrotado, algo
así como Sam Quain, y aun observó una cosa muy distinta, algo que le recordó a
los esqueletos de licántropos entrevistos hacía poco en la Fundación a través
de los ojos de la enorme Boa constrictor. ¿No estaría el espejo deformado? En
todo caso, él estaba seguro de no haberse parecido al que allí vio.
Pero, de repente,
tuvo una idea, una idea menuda y desagradable. Apresuradamente, volvió a la
habitación y, con mucho cuidado, levantó el receptor de la mesa: la voz de Troy
decía:
–Parker, tengo a su
hombre. Es el Barbee que se escapó de Glenhaven y atropelló a la mujer de
Mondrick, ya sabe. Trabaja para mí, y ahora está aquí, en mi residencia de
Hills of Troy. No cabe duda de que el tipo esta para encerrarlo en el manicomio
del Estado. Sí, me ha contado un cuento increíble. Puede venir inmediatamente a
buscarlo.
–Claro que sí
–respondió el sherif–. Inmediatamente, señor Troy. Dentro de veinte minutos
estaremos ahí.
–Tengan cuidado
porque es peligroso, ¿sabe? Yo voy a procurar entretenerle en mi gabinete de
trabajo, en el segundo piso.
–Perfecto, señor
Troy.
–Otra cosa más,
Parker. Dice Barbee que ha visto a Sam Quain, al que buscan ustedes por el
asunto de la Fundación. Dice que Quain está escondido en una cueva que hay
encima de Laurel Canyon. Barbee y Quain son viejos amigos, posiblemente sean
cómplices, ¿no cree? Con un poco de persuasión, seguramente Barbee indicará el
sitio.
–Gracias, señor
Troy.
–No hay de qué,
Parker. Ya sabe que La Estrella está siempre del lado de la ley y el orden. Lo
único que le pido a cambio es que me permita ser el primero en ver lo que hay
dentro de esa misteriosa caja verde. Pero, dése prisa, que no me gusta mucho el
aspecto de Barbee.
–Perfecto, señor
Troy.
Cuidadosamente,
Barbee volvió a colocar el receptor. En la pared, los lascivos desnudos
bailaban una danza fantástica y una bruma tenue parecía difuminar aún más el
ambiente de la vasta estancia… ¡Qué espanto! Había traicionado a Sam Quain y
quizá en beneficio del Hijo de la Noche, y lo peor es que él era el único
culpable de esta monumental metedura de pata. Cierto que era Quain quien le
había enviado allí, pero él no se había atrevido a decirle que April Bell era
una bruja y que Preston Troy era de sus íntimos. Grave error. Le había dado
miedo informar a Quain y ahora era ya demasiado tarde.
Pero ¿era en
realidad demasiado tarde?
Afinó el oído, se
quitó los zapatos y salió de la habitación de puntillas. La puerta del
dormitorio de Troy estaba entreabierta, al otro lado del rellano, y pudo ver al
editor sacando una automática del cajón de una cómoda. Encima de la cómoda
había un cuadro que representaba a una chica de cabellos rojos. La chica era
April Bell. De repente sintió una furia salvaje y deseó convertirse de nuevo en
una terrible boa. ¡Pero, qué horror! La sola idea de transformación le hizo
temblar. ¡No quería volver a transformarse nunca más!
Sin hacer ruido,
bajó corriendo a la planta baja y salió de la casa por donde había entrado. El
embarrado vehículo de la Fundación le aguardaba donde lo había dejado y lo puso
en marcha con el menor ruido posible. Hasta que llegó a la carretera nacional no
encendió los faros.
Después enfiló
hacia el este y pisó el acelerador. ¿Tendría tiempo para enmendar el error
cometido? Si llegaba a la cueva antes que el sherif y sus hombres, tal vez Sam
Quain prestara oído a sus advertencias. Podrían cargar la caja en la furgoneta
y escapar juntos. Ahora que Preston Troy estaba al corriente de las intenciones
de Quain, había que huir de Clarendon, dado, sobre todo, que probablemente Troy
era el Hijo de la Noche.
Era noche cerrada y
ya no había relámpagos. Pero el viento sur soplaba cargado de gotas de agua. El
limpiaparabrisas se movía cada vez más despacio a medida que aceleraba y la
inundada carretera se veía con dificultad. Sintió miedo. Un solo patinazo supondría
la perdición de Sam Quain.
Iba a disminuir la
velocidad para tomar el camino de tierra que conducía a Laurel Canyon cuando
supo que alguien le seguía. Por el retrovisor no se veía nada porque estaba
empañado, pero no había nadie, no se notaba ningún resplandor de faros. Sin
embargo, su intuición no podía fallarle. En lugar de dar la vuelta, aceleró más
aún.
Como si hubiera
visto el resplandor de sus ojos verdes, supo que quien le seguía era April
Bell, sin duda bajo la forma de loba blanca. Ella no había intervenido en su
entrevista con Preston Troy, porque Troy era uno de los jefes de su Clan. Pero
inmediatamente después se había puesto a seguirle para matar a Sam Quain.
El Hijo de la Noche
había ganado.
Una helada
desesperación se apoderó de él. Su mente obnubilada se negaba a comprender los
detalles de esa sombría conspiración, pero sabía muy bien que los hombres
brujos de la cofradía recién resucitada eran invencibles. No le era posible
llegar otra vez a Sam Quain, ya que, hacerlo, sería permitir de nuevo a April
Bell que le utilizara como asesino. Tampoco podía volver a Clarendon, pues le
arrestaría la policía y le llevaría a una celda almohadillada del manicomio del
Estado. El pánico le obligó a seguir en línea recta a toda velocidad.
Siguió hacia el
este, hacia la montaña, simplemente porque no podía volver sobre sus pasos. Los
faros proyectaban en la cortina de lluvia un resplandor blanco donde le pareció
ver una alucinante procesión; la ciega viuda de Mondrick con la correa del perro
en una mano y el cuchillo de plata en la otra, el viejo Chittum que no
conseguía encender la pipa, la obesa señora Spivak llorando sobre el hombro del
sastrecillo, Nora Quain despeinada y con los ojos hinchados del llanto,
llevando de la mano a la pequeña Pat.
El velocímetro
marcaba ciento veinte. Las escobillas del limpiaparabrisas se pararon al subir
la primera pendiente de la montaña y la lluvia le cegó. El coche rugía dando
bandazos y traqueteaba sobre el asfalto mojado, levantando abanicos de agua de
los charcos de la carretera. De la niebla surgió de pronto un camión con las
luces apagadas y Barbee estuvo a punto de estrellarse contra él.
El contador marcaba
ciento treinta.
La loba blanca le
seguía, le pisaba los talones, ágil como el pensamiento. Estaba seguro. Era
como una concatenación de probabilidades cabalgando en el viento. Pisó el
acelerador y miró al empañado espejo retrovisor. Nada. Nada. No veía nada. Pero
notaba la malicia de los ojos verdes que le espiaban desde detrás.
La carretera seguía
subiendo y la pendiente aumentaba, pero Barbee no aminoró la marcha.
Exactamente en aquellas condiciones y en el mismo terreno el tigre prehistórico
había perseguido a Rex Chittum. Volvía a ver las montañas, a pesar de la
oscuridad, de la misma manera que las había visto con los ojos del tigre
prehistórico, y sus pesadillas volvieron a obsesionarle.
De nuevo se
convirtió en el lobo gris que rompía de una dentellada el espinazo del perrito
de Pat Quain, en la serpiente gigante que se deslizaba en la torre para
triturar a Nick Spivak y en el tigre cabalgado por una bruja desnuda, que subía
por esta misma cuesta para desgarrar la garganta de Rex Chittum.
Oprimió un poco más
aún el acelerador, intentando huir de sus terribles sueños. Hizo un esfuerzo
por alejar de su mente a Sam Quain, que esperaba ayuda en aquella cueva
inundada de agua, donde los hombres del sherif Parker le iban a prender. Volvió
a mirar por el retrovisor.
De repente, sintió
subir en él una fiebre que le daba mucho más miedo que la loba blanca que
presentía tras de sí. En el borde del retrovisor habían pegado un dibujo que
representaba un pterosaurio –este reptil alado, perteneciente a un monstruoso
pasado geológico, era el emblema de una compañía petrolífera y estaba impreso
en una etiqueta donde se indicaba la fecha del último engrase del coche–. La
imagen de este sauro volador empezó a obsesionar a Barbee.
Este gigantesco
lagarto alado, se dijo, sí que le proporcionaría una metamorfosis
satisfactoria. ¡Dientes, alas y garras! Con ellos podría destruir a sus
enemigos y huir de sus conflictos y tormentos en compañía de April Bell. Tenía
que parar el coche… ¡Pero qué locura iba a hacer! Y siguió conduciendo con la
energía de la desesperación.
El coche rugía en
la carretera y aceleró aún más para escapar de sus tribulaciones. Pero la
cortina de lluvia blanca bajo el resplandor de los faros le hacía sentirse en
una prisión donde no podía hacer ningún movimiento. Se esforzaba por recuperar
su sensatez, por palpar una realidad sólida a que aferrarse, por huir de tantos
pensamientos febriles y tantas visiones de pesadilla.
¿Le habría apresado
realmente April Bell en sus redes de magia negra? ¿O, simplemente, le había
subyugado por los procedimientos normales de todas las mujeres? Las espantosas
revelaciones de que huía ¿habían venido del lejano Ala-Shan en una caja verde…
o simplemente de botellas compradas en el Mint Bar? ¿Estaba loco o era un
asesino? ¿O las dos cosas a la vez? ¿O realmente era Sam Quain el asesino y el
móvil de su crimen había sido un tesoro guardado en la caja? ¿Toda esta
historia de la especie de los brujos no sería una ingeniosa invención de un
antropólogo profesional convertido en criminal?
¿O todo era verdad
y Preston Troy era el Hijo de la Noche? ¿Estaba loca la viuda de Mondrick?
¿Contra qué quería advertir a Sam Quain?
Barbee no quería
pensar en nada y pisó aún más el acelerador.
Sam Quain le había
hablado muy claro. Conocer la existencia del Homo lycanthropus significaba
horror y locura. Ya no podría estar tranquilo nunca más. Los cazadores de las
tinieblas nunca dejarían de perseguirle, sencillamente porque conocía sus
secretos.
El coche había
dejado atrás la última pendiente y ahora iniciaba a bandazos el descenso. Vio
la luz amarilla del Monte Sardis. Se imaginó, como si la tuviera ante los ojos,
la curva cerradísima donde el tigre de dientes de sable había aprovechado el
vínculo de probabilidad para destrozar la garganta de Rex Chittum. Notaba ya
como las ruedas mojadas derrapaban en la carretera. No necesitaba ninguna
percepción sobrenatural para evaluar la absoluta probabilidad de su propia
muerte, allí mismo, y, sin embargo, no hizo nada por frenar el coche lanzado a
tumba abierta.
–¡Vete al cuerno!
–susurró a la loba blanca presentida tras de sí–. ¡Ya no me alcanzarás nunca!
Rió triunfalmente y
se burló de su propia risa amarga y de los hombres de Parker y de la celda
almohadillada del asilo. Miró hacia el retrovisor inútil y sombrío desafiando
al Hijo de la Noche. ¡No! Los cazadores secretos no le atraparían ya. Aplastó
cuanto pudo el pedal del acelerador. De entre la niebla surgió la curva mortal.
–¡A la mierda,
April! –notó que las ruedas patinaban sobre la carretera y no hizo nada por
detener el vehículo–. Ya no podrás obligarme a transformarme en animal.
Derrapó, salió de
la calzada envuelto en velos de agua. El volante giró solo entre sus manos y no
intentó dominarlo. El coche rebotó contra una roca de la cuneta y cayó al
abismo, dando vueltas por el aire. Barbee suspiró de alivio y esperó el último
choque.
–Adiós –susurró a
la loba blanca.
CAPÍTULO XX
El Hijo de la Noche
El dolor no fue tan
intenso como Barbee había esperado. El silencio de aquella caída que no parecía
terminar nunca, quedó roto cuando el coche se estrelló contra la cornisa
granítica. Barbee sintió que su cuerpo era arrastrado, desgarrado, triturado.
Durante un instante, el dolor fue insoportable, pero apenas se enteró del golpe
final. Se hundió ea las tinieblas.
Cuando recobró el
sentido, todavía giraba por encima de él una de las ruedas delanteras del
coche. El motor seguía funcionando con un ruido agónico. Cerca de él goteaba
algún líquido. Temió que se produjera un incendio y salió como pudo de la masa
de metal destrozado. Tuvo un momento de felicidad al descubrir que no se había
roto ningún hueso importante. Apenas si sangraba. A trompicones y tiritando
bajo el frío glacial, trepó hacia la carretera y de pronto oyó otra vez el
aullido de la loba blanca, justo encima de él.
Quiso huir de la
llamada sobrenatural y triunfante, pero sus fuerzas le abandonaron y fue presa
de temblores. Cayó sobre la grava mojada y no pudo volverse a levantar.
–¡Hola, Barbee!
Estaba parada junto
a la carretera, en el punto en que el coche había abandonado la calzada. Tenía
clavados en él sus ojos verdes, y su voz era la de April Bell, llena de
maliciosa ternura:
–¿De manera que has
intentado marcharte?
Él le arrojó un
puñado de grava:
–¡Déjame en paz
–gimió–. ¿Es que ni siquiera me vas a dejar morir tranquilo?
Sin hacerle ningún
caso la loba se acercó a él, saltando graciosamente de roca en roca… Sintió el
agradable olor de su pelaje y como la loba le acariciaba el rostro con su
lengua cálida.
–¡Vete! –había
conseguido sentarse e intentó rechazarla débilmente–. ¿Qué diablos quieres de
mí?
–Sólo quiero
ayudarte, Barbee. Si me necesitas… He venido detrás de ti, siguiendo un
encadenamiento para ayudarte a que te liberaras. Sé que es muy doloroso. Ahora
te vas a sentir perdido, pero dentro de un momento, empezarás a encontrarte
mejor.
–Eso es lo que tú
te crees –dijo con amargura.
Y se dejó caer
hacia atrás, hasta quedar apoyado en la roca, pero sin perderla de vista. La
loba alzó una zarpa y sus ojos verdes brillaron, divertidos. Incluso como loba
resultaba tan bella, graciosa y esbelta como cuando mostraba su apariencia de
joven pelirroja. Pero no por ello dejó de sentir un sobresalto. Intentó
retroceder y le gritó roncamente:
–¡Lárgate! ¿Es que
ni siquiera puedes dejarme morir?
–¡No, Barbee, ahora
ya no morirás jamás!
–¿Ah, no? ¿Y por
qué?
–Porque… Bueno, ya
te lo diré, pero ahora no. Presiento que se está formando un encadenamiento y
tenemos que aprovecharlo. Tiene relación con tu amigo Sam Quain, pero él ya no
puede nada contra ti. Así que… ahora vuelvo.
La loba le dio un
beso frío que le dejó sorprendido y se fue galopando por la carretera, mientras
él se quedaba allí tendido en la roca… ¿Acaso le estaba vedada hasta la muerte?
No comprendía nada… Quizá April había hecho trampa con la probabilidad, para
salvarle, así como antes la loba y el tigre la habían utilizado, en sentido
contrario, para causar la muerte de Rex Chittum. Lo que sí sabía seguro era que
no había conseguido matarse.
Y allí estaba,
tendido en el suelo helado, tiritando bajo la lluvia pertinaz, demasiado
agotado para pensar. Esperaba, lleno de presentimientos sombríos, pero ella no
volvía. Al cabo de un rato se sintió mejor. Al poco oyó el chirrido de un
camión cambiando de marcha y sintió cierta esperanza: al menos podría
guarecerse de la lluvia y el frío. Le deslumbró el resplandor de los faros.
Agitó los brazos y el conductor le gritó algo… Pero había reducido la velocidad
a causa de la pendiente y Barbee aprovechó para subirse, en un supremo
esfuerzo, a la parte trasera del camión. Se introdujo bajo el toldo. No había
nadie. En la negra caverna que era el camión sólo había unas cuantas mantas
militares que olían a húmedo y que sin duda habían servido para embalar muebles.
Se envolvió en ellas y se acurrucó en el suelo. Contempló, embotado, el paso de
la noche negra. Atrás fueron quedando las montañas y pronto rebasaron las
primeras granjas aisladas. Después pasaron junto a un surtidor de gasolina y
una gran estación de servicio. Se acercaban a Clarendon. Sabía que la policía
estaba detrás de él. Y ahora poseía los datos que le había proporcionado Troy y
probablemente conocería hasta la ropa que llevaba puesta. Pero Barbee se sentía
demasiado agotado para tomar ninguna decisión.
Estaba vencido. No
le quedaba ningún sitio donde refugiarse. Hasta la muerte le había cerrado las
puertas. Ya sólo sentía el deseo animal de huir de la lluvia y la confusa
ansiedad que le producía el prometido retorno de la loba blanca.
Pero no vio brillar
ninguna mirada verde en la sombra y sintió que en él renacía débilmente la
esperanza. El camión dejó atrás los oscuros edificios de la Universidad y el
semáforo de la esquina del campus y torció a la izquierda para tomar la
carretera que bordeaba el río. Iban a pasar por delante de Glenhaven.
Repentinamente, tomó una decisión: volvería junto al doctor Glenn.
No lo deseaba,
rechazaba la falsa coartada de la locura y el duro refugio de una celda
psiquiátrica, pero muy pronto volvería a llamarle la loba blanca. Necesitaba la
armadura de escepticismo materialista que le proporcionaba Glenn. ¡Hecho! El
camión aminoró la marcha en la curva que había al otro lado de Glenhaven, y
Barbee saltó al asfalto reluciente de lluvia. Estaba tan débil que cayó de
bruces. Se levantó penosamente tan embotado que ni siquiera notó que la lluvia
le estaba empapando de nuevo.
Estaba extenuado,
sí.
Quería un lugar
seco donde poder dormir.
Lo demás, casi lo
había olvidado.
Pero ladró un
perro.
¿Y si volvía la
loba blanca?
Mientras llegaba a
los pilares cuadrados de la entrada de Glenhaven empezaron a ladrar más perros.
Aún había luz en la residencia del médico. Echó una rápida mirada a su espalda:
no, no le espiaba ninguna mirada verde. Hizo sonar la campana y la puerta se
abrió, mostrando al doctor Glenn en toda su estatura. En su bronceado rostro no
se leía ni rastro de sorpresa.
–¡Hola, Barbee, ya
sabía yo que regresaría!
–¿Y la policía?
¿Están aquí?
–No se preocupe por
eso de momento –contestó Glenn, sonriendo de modo tranquilizador–. Parece muy
cansado. ¡Literalmente agotado! Relájese, que nuestro personal le ayudará a
resolver sus problemas. Usted sabe que todo lo suyo nos atañe. Por esta noche
bastará con telefonear a Parker para decirle que está usted aquí, y mañana ya
estudiaremos sus problemas con la ley, ¿de acuerdo?
–Sí, pero tengo
algo que decirle… Yo no he matado a la señora Mondrick. ¡Yo no he sido! Sé que
hay manchas de sangre en mi guardabarros, pero ha sido un lobo blanco quien la
ha matado. Yo he visto la sangre chorreando por su hocico.
–De acuerdo, señor
Barbee. Mañana podremos hablar de todo esto. Haya sucedido lo que haya
sucedido, tanto en la realidad como en su mente, le puedo asegurar que estoy
verdaderamente interesado en su caso. Parece usted muy angustiado y yo quiero
ayudarle, aunque tenga que echar mano de todos los recursos de la psiquiatría.
–Gracias. ¿Pero
sigue usted creyendo que la he matado yo?
–Las pruebas
parecen abrumadoras… Pero no intente escapar de nuevo. Me temo que esta noche
va a tener usted que instalarse en una habitación diferente.
–¿En el pabellón de
los agitados…? Apuesto a que aún no sabe usted cómo consiguió escaparse Rowena
Mondrick.
Glenn se encogió de
hombros.
–Sí, en efecto, el
doctor Bunzel continúa preocupado… Pero por esta noche no hay que plantearse
más problemas. Lo que usted tiene que hacer es tomar una ducha bien caliente y,
después, a la cama… Hay que dormir…
–¿Dormir? Doctor,
me da miedo dormirme. Estoy seguro de que va a venir a buscarme la loba blanca.
Quiere convertirme en animal y obligarme a matar a Sam Quain. Usted no puede
verla, yo tampoco la veo en este momento, pero ningún muro puede detenerla. ¡Ahí
está! ¿No oye como ladran los perros?
Glenn se limitó a
afirmar con la cabeza, con una leve sonrisa.
–Esta loba blanca
–continuó Barbee– es April Bell… –bajó la voz–. Ella fue la que mató al doctor
Mondrick, y a mí me hizo ayudarla a matar a Nick Spivack y a Rex Chittum. Yo la
he visto, estaba encima de la señora Mondrick y se lamía las fauces –a Barbee
le castañeteaban los dientes–. Y va a volver enseguida, en cuanto me duerma,
para obligarme a convertirme en una bestia e ir con ella a matar a Sam Quain.
Glenn,
profesionalmente tranquilo, se encogió de hombros nuevamente.
–Está usted agotado
–dijo–, sobreexcitado… Déjeme darle algo para que pueda dormir…
–No quiero tomar
nada –gritó Barbee–. ¡Lo que a mí me pasa es algo mucho más grave que una
simple locura! ¡Tiene que entenderlo! ¡Escuche lo que Sam Quain me ha contado
esta tarde!
–Un poco de calma,
señor Barbee.
–¡Calma! ¡Escúcheme
antes…! ¡Son los brujos, doctor! Mondrick los llama Homo lycanthropus.
Evolucionaron en el primer período glacial y desde entonces están entre
nosotros. Toda la mitología y todas las leyendas no son sino un recuerdo
inconsciente y colectivo de su persecución del hombre.
–¡Oh!
–¡Y Mondrick ha
descubierto que el hombre de hoy es un híbrido del hombre-lobo!
Barbee siguió
relatando todo lo que sabía. En su momento se acordó de que Sam Quain había
formulado la sospecha de que el mismo Glenn pudiera ser un brujo, pero la
desechó inmediatamente. Entre ellos había vuelto a despertarse aquella curiosa
impresión de confianza y simpatía. Glenn le escuchaba con agrado. Barbee sintió
que lo único que deseaba era la competente ayuda de Glenn, el hombre de
ciencia, el escéptico.
–Entonces, doctor,
¿qué opina usted de todo esto?
–Está usted
enfermo, señor Barbee, no lo olvide. Por eso percibe la realidad deformada, a
través del cristal de su angustia. Toda esa historia del Homo lycanthropus, en
mi opinión, es una especie de metáfora torcida y deformada de la realidad.
Fuera, los perros
continuaban ladrando.
–Cierto –continuó
Glenn– que algunos pioneros de la parapsicología han interpretado sus
descubrimientos como pruebas científicas de la existencia de un espíritu
independiente del cuerpo, quien, en cierta medida, podría influir en la
probabilidad de los acontecimientos, del mundo real y que, incluso, podría
sobrevivir a la muerte física. Sí… De la misma manera, también es cierto que el
hombre desciende de animales salvajes y que hemos heredado rasgos que no tienen
ninguna utilidad en una sociedad civilizada. Efectivamente, el inconsciente, a
veces, da la impresión de ser una caverna oscura llena de horrores. Estos
mismos hechos horribles se encuentran expresados en el mito y la leyenda. E
incluso, es verdad que en estos últimos tiempos se han dado varios casos de
atavismo.
Barbee protestó
violentamente:
–Pero todas estas
explicaciones no impiden que sigan existiendo estos brujos. Y ahora
precisamente están buscando un encadenamiento de probabilidades para
desembarazarse de Sam Quain. ¡Piense en la pobre Nora y en la pobrecita Pat! No
quiero asesinar a Sam. Sam es el único motivo de que, esta noche, no quiera yo
dormir.
–Se lo ruego, señor
Barbee, trate de comprender. Su miedo a dormirse no es sino miedo a los deseos
inconscientes que se liberan en el sueño. Puede que esa bruja de sus sueños sea
simplemente su amor culpable por Nora Quain y que sus ideas de asesinato se
deriven de sus celos inconscientes y del odio que experimenta hacia su marido.
–¡No! –exclamó
Barbee.
–De momento,
rechaza usted mis hipótesis. Pero tendrá que acostumbrarse a aceptarlas, a
afrontarlas, a ser realista. Tal vez es la finalidad de nuestra terapéutica. La
angustia que le atormenta no tiene nada de insólito ni de excepcional, se lo
aseguro. Todo el mundo se expresa así…
–Todo el mundo es
portador de sangre de brujo.
–Cierto, Señor
Barbee. Ahora ha expresado usted una verdad fundamental. Estos conflictos
existen en todos y cada uno de nosotros…
Se oyó un ruido de
pasos, pero no era la loba blanca, sino la enfermera Graulitz, la del rostro
caballuno, y la musculosa Hellar. Barbee se volvió indignado hacia el médico.
–Será mejor que las
siga dócilmente, señor Barbee. Le van a ayudar a acostarse y a dormir.
–Me da miedo
dormir. No quiero…
Intentó huir… pero
las dos amazonas vestidas de blanco almidonado le cogieron por los brazos y
tuvo que capitular extenuado. Le llevaron a su habitación del anexo. Le dieron
una ducha caliente que le dejó más tranquilo. La cama, con sus sábanas
inmaculadas, le atraía, tentadora.
–Estaré vigilando
el corredor y le pondré una inyección si no se duerme enseguida –dijo la
señorita Hellar.
No hubo necesidad
de inyección. El sueño se apoderó de él. Luchaba desesperadamente por no
dormirse cuando algo le hizo mirar a la puerta de la habitación.
Silenciosamente, el
panel inferior se estaba desintegrando. Por la abertura apareció la loba
blanca. Se colocó en el centro de la habitación, mirándole divertida, con la
roja lengua palpitante entre los blancos colmillos.
–Puedes esperar
hasta que se haga de día –dijo Barbee–, pero no conseguirás hacerme cambiar de
cuerpo, porque no me voy a dormir. ¡No hay nada que hacer!
–No tienes por qué
dormirte –contestó la loba con la aterciopelada voz de April Bell–. Acabo de
contarle a tu medio hermano lo que ha ocurrido en el Monte Sardis y está
entusiasmado. Asegura que debes tener un poder terrible, pues ni siquiera las
enfermeras se han dado cuenta de nada. Dice que ahora puedes transformarte a tu
voluntad, sin ayuda del sueño, ya que ahora no te queda ninguna resistencia
humana que vencer.
–¿Pero qué dices?
¿De qué no se han dado cuenta las enfermeras? ¿Y quién es mi medio hermano?
–¿No lo sabes? ¿No
te ha dicho nada Archer? Es muy típico de él. Le gustaría que te pasaras aquí
un año entero para recobrar tus poderes ancestrales, como hizo conmigo, ¡a
cuarenta dólares la hora! Pero el Clan no puede esperar. ¡Yo te doy de alta
ahora mismo! Tenemos cosas que hacer. Está pendiente el asunto de Sam Quain y
tu sangre humana ha revelado cierta resistencia…
–No entiendo nada
–dijo Barbee–. Ni siquiera sabía que tenía familia. Claro que nunca he conocido
a mis padres. Mi madre murió cuando yo nací y mi padre fue ingresado en un
asilo poco después. Me eduqué en el orfelinato hasta que entré en la
Universidad. Y entonces me hospedé en casa de la señora Mondrick.
–Todo eso son
cuentos de hadas –dijo la loba blanca–. Existió, efectivamente, un Luther
Barbee, pero a su mujer y a él les pagaron para que te adoptaran. Pero, por lo
visto, enseguida descubrieron que eras un pequeño monstruo humano. Por eso hubo
que matar a esa mujer. En cuanto al hombre, hubo que desembarazarse de él… Para
que no hablara.
–Entonces, ¿qué?
¿Qué soy yo?
–¡Tú y yo, Barbee,
somos seres aparte! Hemos nacido entre los hombres, gracias a un arte especial
y con fines particulares… Pero ni tú ni yo somos humanos.
–¡Sí! Ya me ha
puesto Sam al corriente. El Homo lycanthropus, del que todos tenemos indicios
de sangre, y lo del renacimiento de la especie de los brujos mediante la
manipulación de los genes.
–Quain sabe
demasiadas cosas –observó la loba blanca–. La técnica de agrupar genes por
control mental de probabilidades biológicas fue concebida y desarrollada aquí
mismo en Glenhaven, y fue tu ilustre padre el que realizó esta gran obra hace
ya más de treinta años.
–¿Y quién era mi
padre?
–El antiguo doctor
Glenn… Por eso el doctor Archer Glenn es tu medio hermano. Es un poco mayor que
tú, te lleva unos años y fue resultado de una experiencia genética un poquito
menos conseguida que la tuya.
–¿Y mi madre?
–La conoces… La
escogió tu padre a causa de sus genes. Trabajaba en Glenhaven como enfermera.
Tenía un gran atavismo genético, pero desgraciadamente no pudo superar la
perniciosa influencia de su sangre humana. Tuvo el candor de creer que tu padre
estaba enamorado de ella, y cuando supo la verdad no se lo perdonó. Se pasó al
bando de los humanos. ¡Pero tú ya habías nacido!
–¿No sería Rowena
Mondrick?
–Por aquel entonces
era la señorita Rowena Stalcup. Ignoraba sus facultades ancestrales hasta el
momento en que tu padre las fomentó. Creo que era un poco mojigata y le
horrorizaba la idea de tener un hijo sin estar casada, incluso cuando todavía
creía que eras humano…
–¡Y la he matado
yo, su hijo!
–¡Tonterías,
Barbee! ¡No seas blando…! Además, fui yo quien la mató.
–Pero si era
realmente mi madre… –empezó Barbee.
–Era enemiga
nuestra… Simuló adhesión al Clan de tu padre. Después usó las artes que acababa
de aprender para fugarse y entregar los secretos del Clan al viejo Mondrick.
Esto fue lo primero que puso al doctor Mondrick sobre la pista. Después
colaboró íntimamente con él hasta que uno de los nuestros le arrancó los ojos
hace ya muchos años, en Nigeria, en el momento en que iba a apoderarse de uno
de esos discos de piedra, cuya sustancia resulta para nosotros incluso mucho
más destructora que la plata. Antiguamente, nuestros enemigos humanos
enterraban esas piedras junto al cadáver de nuestros antepasados asesinados,
para que permanecieran en la tumba. Pero ni siquiera la pérdida de la vista le
sirvió de lección. Siguió ayudando al viejo Mondrick con todas sus fuerzas. Fue
ella quien le dijo que te sometiera a diversas pruebas antes de contratarte
para la Fundación.
–¡Vaya! –dijo
Barbee, súbitamente incómodo en el lecho–. Sin embargo, era tan buena y
agradable conmigo, incluso después de la Fundación… Yo creía que sentía cariño
hacia mí.
–Supongo que te
quería –dijo la loba–. Después de todo, tenías rasgos profundamente humanos.
Por esa misma razón, te dejamos en libertad. Tal vez confiaba en que
terminarías por rebelarte contra tu Clan y pasarte, como ella, al enemigo. No
conocía la fuerza de tu atavismo.
–¡Cómo me hubiera
gustado saberlo…!
–No te preocupes…
Ya ha muerto, ¿no te acuerdas?, cuando quería avisar a Sam Quain.
–¿Y qué es lo que
quería decirle?
–El nombre del Hijo
de la Noche… Pero se lo impedimos. Tú has desempeñado tu papel con mucha
habilidad, pretendiendo ser su amigo, ayudándola, consolándola…
–¡No, eso no es
posible! –dijo Barbee–. ¿No querrás decir que…? No. Es imposible. No pretendas
que…
–Sí, Barbee, tú
eres de los nuestros. Tú eres el grande, el poderoso, el que hemos preparado
para que nos guíe a la victoria. Tú eres aquel a quien llamamos el Hijo de la
Noche.
CAPÍTULO XXI
Entre las sombras
Barbee negó con la
cabeza.
–No es posible. No
lo creo.
–Lo creerás cuando
hayas comprobado tu poder –dijo ella con dulzura–. Nuestros dones atávicos se
despiertan siempre muy lentamente. Tienen tendencia a permanecer ocultos,
incluso insospechados, disimulados bajo la aportación humana dominante. Hasta
que se produce el despertar, que puede ser natural o provocado por un experto
como Archer Glenn, por ejemplo. De todos modos, tu padre se equivocó al
comunicarle demasiado brutalmente a Rowena qué era ella. Y, claro, su lado
humano se rebeló.
–¡No! Yo no puedo
ser vuestro Mesías tenebroso… Es una locura. De todas formas, no lo creo. ¡Ni
siquiera creo que tú estés ahí! ¡No eres más que un fantasma salido de una
botella de whisky! Vete de aquí ahora mismo, antes de que me ponga a gritar.
–Grita todo lo que
quieras, Barbee… Mi ectoplasma no es tan poderoso como el tuyo, y la señorita
Hellar no puede verme…
Barbee no gritó.
Miró a la loba. Si no era más que una alucinación, si había sido engendrada por
el delirium tremens, no era menos cierto que la ilusión resultaba notablemente
vivaz, graciosa y llena de picardía.
–¿Me seguiste
después de que estuve con Preston Troy? –preguntó Barbee de repente–. Sé muy
bien que estabas allí, aunque bajo otra forma, sin duda. Vi en una silla tu
chaquetón blanco de piel y el alfiler de jade.
–¿Y qué? Estaba
allí esperándote, querido mío.
–He visto tu
retrato en su dormitorio. Y a él le he visto entrar en tu apartamento con su
propia llave. April… ¿Qué significa Troy para ti?
–¿De manera que por
eso huías esta noche, Barbee?
–Quizá sí…
–¡Oh! ¡Qué tonto y
qué celoso! Ya te he dicho que tú y yo somos seres especiales, Barbee, y que
hemos venido al mundo para cumplir una misión determinada. Desde luego, sería
terrible que no me amaras.
–¿Quién es Preston
Troy?
–Es mi padre… Todo
lo que te conté de mi infancia y de la brutalidad del marido de mi madre, es
cierto. Aquel ignorante, como te dije, no era mi padre, y él lo sabía… Mi madre
había sido secretaria de Preston antes de casarse con el lechero… Después se
veía con él cuando podía. El lechero lo sospechaba. Por eso se creyó tan pronto
que yo era bruja y fue tan cruel conmigo. Nunca le gustó el color de mi pelo…
Sin embargo, Preston siempre se mostró generoso. Claro, que no se casó con
mamá. Tenía demasiadas secretarias. Pero nos mandaba a California regalos y
dinero. Mamá me decía que provenían de una imaginaria tía Ágata, hasta que, por
fin, lo supe todo. Después de la muerte de mamá, Preston hizo todo lo que pudo
por mí… Pagó mi psicoanálisis en Glenhaven… ¿De manera que tenías celos,
Barbee?
–Supongo que sí. De
todas formas, estoy contento, no puedo evitarlo…
Se encendió la luz
y apareció la señorita Hellar lanzando reproches.
–¿Ve usted, señor
Barbee? Sea razonable. Se va a resfriar si sigue ahí todo destapado. No puede
tirarse hablando solo toda la noche. Eso es muy malo. Déjeme arroparle… Si no
está en la cama cuando vuelva con la inyección…
–No estarás –dijo
la loba blanca–, es hora de marcharse…
–¿A dónde?
–A ocuparnos de tu
amigo Sam Quain. Está huyendo de los hombres del sherif. La inundación los ha
detenido. Y él ha salido por un camino que ellos no conocen, va con la caja.
Tiene en su poder la única arma que puede destruirnos, Barbee, y tenemos que
detenerle antes de que aprenda a valerse de ella. He encontrado un
encadenamiento de probabilidades que podemos utilizar inmediatamente.
–No quiero
perjudicar a Sam –dijo con los puños cerrados–. Ni aunque ahora mismo esté
embrujado.
–¿Embrujado? Pero
si no lo estás, Barbee… –la loba frotaba suavemente su lomo contra la seda de
la rodilla de Barbee–. ¿Es que no te das cuenta? Tú eres de los nuestros. Ahora
eres completamente de los nuestros y para siempre. Tus últimos lazos con la
humanidad se han roto esta noche en el Monte Sardis.
–¿Qué quieres decir
con eso?
–¿No notas aún tus
poderes maravillosos? Cuando lleguemos al Monte Sardis verás lo que quiero
decir… ¡Vamos!
–Escucha, sigo sin
creer que yo sea el Hijo de la Noche. Y no quiero hacer daño a Sam.
–Escucha tú: lo
creerás cuando veas lo que te voy a enseñar.
–No. No es posible
que yo sea tal monstruo.
–Serás nuestro
jefe, Will –dijo ella dulcemente–, nuestro nuevo jefe en la larga guerra por
reconquistar nuestro perdido imperio. Hasta que te suceda alguien más poderoso
que tú. Tú y yo somos los más poderosos que hemos nacido desde hace
generaciones, pero un niño que posea los genes de ambos… ¡Vamos, adelante!
Quiso resistirse,
pero los dedos le resbalaron en la cama. Le invadió otra vez el deseo de
transformarse en el pterosaurio del anuncio. Rápidamente, el deseo se convirtió
en un ardor inextinguible. Sentía que su cuerpo fluía y se alargaba. Ahora, la
metamorfosis se realizó sin esfuerzo, sin dolor, y le invadió una fuerza
salvaje.
La loba blanca
también se transformó. Se irguió sobre sus miembros posteriores y creció. Se
rellenaron las curvas de su cuerpo blanco y cayo su pelaje. Y sacudió la
resplandeciente cabellera roja sobre su espalda desnuda. Barbee atrajo a la
grácil figura femenina con sus alas de cuero y con su boca de saurio besó los
labios tiernos y frescos. Riéndose, la mujer le dio una fuerte palmada en las
pétreas escamas de la cabeza.
–Antes tenemos una
cita –dijo ella, escapándose de entre sus replegadas alas y montando de un
salto en su grupa blindada.
Barbee echó una
mirada a la ventana y la ventana se evaporó. Se deslizó por ella. La joven, a
horcajadas sobre su espalda, se agachó al pasar. El gigantesco animal
prehistórico permaneció un instante posado en el repecho de la ventana. Se
volvió, con un ligero temblor de desagrado, pero vio con sorpresa que la blanca
cama del hospital estaba vacía. Sin embargo, no se paró a dilucidar este
misterio adicional. Era maravilloso sentirse libre otra vez; con la chica a sus
espaldas.
–Pero, señor Barbee
–decía la enfermera Hellar, horrorizada, en la habitación–. ¿Dónde está usted?
Desplegó las alas y
se lanzó al vacío.
La noche aún estaba
encapotada y el fuerte viento sur venía cargado con una llovizna glacial. Pero
él batió las enormes alas y voló hacia el oeste. De pronto, allá abajo, ladró
asustado el perro de una granja y Barbee se dejó caer hacia el suelo para reducirlo
al silencio. Espantado, el perro transformó sus ladridos en sollozos. Barbee
sentía sus alas repletas de inmensa fuerza gozosa. ¡Esto era vivir! Atrás
quedaban todas las incertidumbres, conflictos y dolores. Era libre, al fin. Más
al oeste divisó luces de colores y reflejos de linternas de mano en el flanco
de la montaña. La caza del hombre. Desde que se había separado de Sam Quain la
inundación había aumentado. El Cañón del Oso y el Laurel Canyon se habían
convertido en torrentes de aguas espontáneas y piedras rodando, por lo que
resultaban infranqueables. Los hombres de Parker habían quedado detenidos en la
orilla.
–Nunca le cogerán
–murmuró April Bell–. Vamos a tener que aprovechar este encadenamiento para que
resbale en la roca. Es absolutamente necesario que sufra una caída mortal.
–No, yo no quiero
hacer daño a Sam –dijo Barbee, testarudo.
–Yo creo que sí vas
a querer cuando veas lo que ha ocurrido en el Monte Sardis.
Un extraño temor
recorrió sus alas cuando, a regañadientes, puso rumbo a la montaña, siguiendo
el hilo gris de la carretera. Cruzó el desfiladero y descendió hacia la curva
peligrosa, con el ojo al acecho.
Había tres coches
parados junto a la calzada, a la salida de la curva, y también una ambulancia
negra. Varios automovilistas miraban horrorizados lo que había quedado de la
furgoneta de la Fundación. Al lado, unos hombres vestidos de blanco levantaban
un objeto, con gesto profesional, y lo depositaban en una camilla. Barbee
divisó la carga que portaban y se estremeció en los aires.
–Es tu cuerpo –dijo
la joven afectuosamente–. Tu poder ha aumentado tanto que ya no lo necesitabas.
Cuando conducías por esta carretera, cuesta abajo, yo seguí el encadenamiento
de probabilidades para ayudarte a que te liberaras.
Allá abajo, los
hombres extendieron una manta sobre el objeto depositado en la camilla.
–Libre –suspiró
Barbee–. ¿Quieres decir muerto?
–No –susurró April
Bell–. Ahora no morirás nunca. A menos que no liquidemos a Sam Quain antes de
que aprenda a manejar el arma. En los tiempos modernos, tú eres el primero
entre nosotros que posee bastante poder para sobrevivir, pero, incluso así, tu
atavismo humano te hacía desgraciado y débil. Ya era hora de que te separaras
de tu cuerpo.
El pterosaurio se
tambaleó en el aire, estupefacto.
–Lo siento, amor
mío. Imagino que debe ser duro perder el cuerpo, aunque, en realidad, ya no te
va a hacer falta nunca más. La verdad es que deberías estar contento, feliz y
satisfecho.
–¿Feliz y contento
de estar muerto?
–Muerto no… ¡libre!
Pronto te sentirás totalmente distinto. Ahora que han desaparecido las barreras
humanas, se despertarán todos tus enormes poderes atávicos. Tú eres el único
heredero del patrimonio de la especie, el guardián de los secretos que nuestros
Clanes han conservado y transmitido a través de las sombrías edades en que el
Hombre creyó habernos vencido… No tengas ningún miedo, amor mío –le acarició
las escamas del cuello–. Sé muy bien que te sientes solo y perdido. Yo también
me sentí así cuando supe por primera vez quién era. Pero no estarás solo mucho
tiempo… Archer Glenn asegura que yo también soy lo bastante fuerte para
sobrevivir… Claro que tendré que esperar a que nazca nuestro heredero. Será un
hijo de sangre pura que dará nacimiento a la nueva especie… Pero después,
también yo podré separarme y unirme a ti para siempre…
–¡Vaya bonita
pareja de fantasmas! –exclamó el pterosaurio.
–No te des tanta
pena a ti mismo, Will Barbee –April estalló en risa, sacudió sus brillantes
cabellos y le clavó los dedos en la piel escamosa–. Sí, Will, desde este
momento eres un vampiro, de modo que más te vale que te vayas acostumbrando. Al
que hay que tener lástima ahora no es a ti, sino a Sam Quain.
–No… No puedo
creerlo…
–A mí se me ponía
la carne de gallina cuando Archer Glenn empezó a enseñarme las viejas artes
–susurró alegremente April Bell–. La idea de esconderme en la oscuridad,
incluso quizá en la propia tumba, y esperar la noche para salir de caza, me
parecía demasiado macabra. Pero ahora tengo la impresión de que va a ser un
verdadero placer… Así es como antiguamente vivía nuestro pueblo –prosiguió la
bruja blanca– antes de que el hombre aprendiera a combatirnos. Es la forma más
natural de vivir, teniendo en cuenta que nuestro ectoplasma posee poderes tan
maravillosos. El ectoplasma puede sobrevivir casi indefinidamente, a menos que
seas destruido por la luz del día, la plata o esas horribles piedras que el
hombre solía enterrar junto a nosotros… Pero ya es hora de buscar a Quain. Noto
que el encadenamiento se está formando.
Pesadamente, el
reptil alado partió en dirección nordeste. A baja altura sobrevoló el lugar
donde los hombres del sherif aguardaban ante las espumeantes aguas del Cañón
del Oso.
–No te preocupes
por ellos –dijo April Bell–, no tienen balas de plata. Y, además, no nos ven.
Después de la horrible época de la Inquisición, los hombres ya no saben cómo
luchar contra nosotros. Lo han olvidado. Ni siquiera entienden lo que les dicen
los perros. El único peligro que queda es Sam Quain.
Remontó el torrente
que descendía por Laurel Canyon. April Bell señaló con su hermoso brazo y
Barbee distinguió a Sam Quain, tambaleándose bajo el peso de la caja verde que
llevaba cargada a las espaldas. Había llegado a lo alto de una senda estrecha e
insospechada que serpeaba vertiginosamente por encima del torrente.
–Espera, espera
–susurró April Bell–. Esperemos para escoger el momento en que resbale y caiga.
Ése es el encadenamiento que presiento.
Barbee planeó en
circulo, sin prisa, sobre las crestas desgarradas. Sin poderlo evitar, admiraba
a Sam Quain, valiente y peligroso enemigo que luchaba contra el cansancio en
circunstancias de dificultad insuperable. ¡Qué magnífico esfuerzo! Hubiera
vencido a cualquier otro adversario que no poseyera sus poderes. Por fin trepó
el último tramo de peldaños desgastados que sin duda habían labrado los indios
en tiempo inmemorial. Colocó primero la caja en lo alto del acantilado y luego
se alzó a pulso hasta arriba. Allí quedó descansando unos instantes, mientras
recuperaba el aliento y contemplaba sin emoción alguna a los hombres del sherif
detenidos por el torrente. Después, con un esfuerzo supremo, volvió a cargarse
la caja a la espalda.
–Ahora –gritó April
Bell.
Sin ruido, con un
solo movimiento de alas, Barbee se lanzó en picado. De repente, Sam Quain
pareció notar el peligro.
Intentó echarse
hacia atrás y alejarse del precipicio, pero perdió el equilibrio. Levantó la
vista. Debió ver los ectoplasmas, pues sus labios se entreabrieron y Barbee
creyó oírle pronunciar su nombre:
–Así pues, eres tú,
Will Barbee…
Las garras del
pterosaurio atraparon la caja reforzada de metal. El insidioso aroma de aquella
mortal cosa antigua invadió el olfato de Barbee con su terrible dulzor. El
simple contacto de la caja le dejó medio paralizado. Sintió un hormigueo en las
patas y las alas se le pusieron rígidas, pero no cejó en su empeño.
Arrebatada de los
crispados dedos de Sam Quain, la caja cayó de lo alto del acantilado. Barbee
cayó junto con la caja, sin vida, hasta que la soltó. Para amortiguar la caída,
desplegó las doloridas alas, sin perder de vista la caja que caía. Por fin, allá
abajo, la caja se estrelló contra una roca y se rompió en mil pedazos de madera
y fragmentos retorcidos de plata del revestimiento interior. Entre trozos de
huesos ennegrecidos brillaba un disco de piedra con un resplandor violeta mucho
más terrible que la propia luz del día.
El terrible
resplandor le recordó la descripción de un accidente atómico que había costado
la vida a un científico de los Álamos. ¿Era el uranio radiactivo más peligroso
que la plata? Si esto era cierto, los brujos de servicio se ocuparían de que
los hombres peligrosos, como Quain, no dispusieran nunca de dicho material.
El disco rebotó en
una roca y siguió cayendo, junto con el esqueleto del licántropo y las armas de
plata, hasta que se hundió en el caos de espuma, fango, rocas y aguas
turbulentas de la inundación.
Revivieron las
enormes alas de cuero y se alejó de la nauseabunda emanación que subía de aquel
disco roto que desaparecía bajo las aguas. Debilitado aún y tembloroso,
consiguió aterrizar torpemente en una roca. April Bell bajó a tierra.
–¡Has estado
magnífico! –su voz era una caricia de terciopelo–. La Piedra era nuestro único
enemigo, el único peligro para nosotros. Eres el único del Clan que podía haber
tocado la caja. La emanación de la Piedra hubiera paralizado a cualquiera,
incluso antes de haberse acercado a ella.
Barbee tembló de
placer al sentir los eléctricos dedos de April acariciándole el escamoso flanco
agitado por la respiración.
–Ahora terminemos
con Sam Quain, matémosle.
–¿Qué daño puede
hacernos ya? Esa caja era la única arma de Sam Quain y la única prueba que
podía presentar. Ahora sólo es un fugitivo, perseguido por la policía y acusado
de tres asesinatos. Sin la caja, todas sus historias de brujos serán simples
locuras de esas que el doctor Glenn trata tan bien… Imagínate que consigue
escapar de los hombres del sherif. Imagínate que cuente su historia a alguien.
O, lo que es más probable, que la escriba. Imagínate que un editor imprudente
se atreva a publicarla en forma de novela. ¿Sería motivo para que se
preocuparan los brujos?
–No creo. Sin duda,
los brujos dedicados a la crítica de libros lo tratarían como un vulgar ensayo
imaginativo o como simple literatura de evasión. ¿Y si la obra cayera en manos
de un ilustre psiquiatra como el doctor Glenn? Me imagino su sonrisa. Es un caso
interesante, diría. Excelente imagen de la realidad, añadiría otro de esos
brujos distinguidos, tal como la ve una personalidad esquizoide en vías de
desintegración. La autobiografía de una depresión nerviosa. Además, la leyenda
del vampiro, desde hace miles de años, sirve de expresión popular a
sentimientos inconscientes de agresión y culpa.
–¿Quién se atreverá
a creerlo?
El pterosaurio se
encogió de alas.
–Olvidemos a Sam
Quain, por el amor de Nora.
–¿Ah, sí? ¿Otra vez
Nora?
Fingiéndose
indignada, April Bell se zafó de las alas membranosas que la acariciaban. Su
cuerpo blanco se achicó, sus orejas se volvieron de punta y el cráneo se
alargó. La cabellera roja se transformó en sedoso pelaje. Sólo siguieron
iguales sus maliciosos ojos verdes, con expresión de pícaro desafío.
–Espérame, April,
espérame.
Pero ella huía ya
por la ladera cubierta de árboles oscuros, donde las alas de Barbee no podían
seguirla. Pero ahora, las metamorfosis le resultaban fáciles. Dejó que el
cuerpo de saurio se transformara en un gigantesco lobo gris. Olió el perfume
cautivador de la loba blanca y la siguió entre las sombras.
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario