© Libro N° 14027. Las Mirillas
De Pawley. Wyndham, John.
Emancipación. Julio 12 de 2025
Título Original: © Las Mirillas De Pawley. John
Wyndham
Versión Original: © Las Mirillas De Pawley. John Wyndham
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
John Wyndham
Las Mirillas
De Pawley
John Wyndham
Cuando pasé a ver a
Sally, le mostré el párrafo publicado en Westwich Evening News.
-¿Qué piensas de
esto? -le pregunté.
Lo leyó, de pie y
con un rasgo de impaciencia en su bonito rostro.
-No lo creo -dijo,
al final.
Los principios de
creencia e incredulidad de Sally son algo sobre lo que nunca he podido formarme
una idea clara. No sé cómo una mujer puede despreciar un montón de pruebas
sólidas como si se trataran de vapor procedente de una cafetera, para ir
después a caer en algún anuncio que suena a falso desde la primera palabra,
considerándolo como si se tratara de una sagrada escritura... Pero, de todos
modos, ella es así.
Ese párrafo decía-
MÚSICA CON
AGITACIÓN
Los que asistieron
la pasada noche al concierto celebrado en Adams Hall quedaron asombrados al ver
un par de piernas que se descolgaron del techo, hasta la altura de las
rodillas, durante la interpretación de una de las obras. Todos los espectadores
las vieron, y todos los informes se muestran de acuerdo en que se trataba de
piernas desnudas, con alguna especie de sandalias en los pies. Permanecieron
visibles durante unos tres o cuatro minutos, y en este espacio de tiempo se
movieron varias veces hacia deIante y hacia atrás a lo largo del techo.
Finalmente, tras realizar un movimiento agitado, desaparecieron hacia arriba y
no se las volvió a ver más. El examen posterior del techo no puso de manifiesto
ninguna señal y los propietarios del Adams Hall no saben cómo explicar el
fenómeno.
-Sólo es un detalle
más -dije.
-De todos modos,
¿eso qué prueba? -preguntó Sally, olvidándose, al parecer, de que no se lo
creía.
-Eso todavía no lo
sé -admití.
-Bueno, entonces
estás en blanco.
A veces, tengo la
impresión de que Sally no siente ningún verdadero respeto por la lógica.
Sin embargo, la
mayor parte de la gente pensaba como Sally, porque les gusta que las cosas
sigan siendo bonitas y normales. Pero a mí ya me estaba empezando a parecer que
estaban sucediendo cosas que debían ser conjuntadas y relacionadas para formar
un todo.
El primero que se
lanzó de cabeza contra la cuestión -o, por lo menos, el primero que yo pude
encontrar en los informes- fue un tal policía Walsh. Puede que, antes que él,
otros vieran cosas y terminaran por rechazarlas como si se tratara de una nueva
especie de elefante rosa. Pero la idea del policía Walsh sobre una fiesta de
alto rango era una taza de té muy fuerte con mucho azúcar; así es que, cuando
se encontró con una cabeza sobre el pavimento, erguida sobre lo que quedaba de
su cuello, dejó de mirarla y echó a correr. Lo que más le desconcertó, según el
informe, fue que al volverse, después de haber recorrido medio kilómetro hacia
la estación, cuando se detuvo para hablar atropelladamente, la cabeza se había
vuelto y le estaba mirando.
Nunca es bueno
encontrarse con una cabeza sobre el pavimento, pero, de algún modo, a las dos
de la madrugada es peor. En cuanto al resto, bueno, uno puede recibir miradas
de reproche de un bacalao si es que la mente está pensando en alguna otra cosa.
Pero el guardia Walsh no se detuvo aquí, no, señor. Además, informó que aquella
cosa había abierto la boca como si tratara de decir algo. Si lo consiguió
decir, él no lo mencionó. Esto, naturalmente, hizo pensar en los elefantes de
color rosa. Sin embargo, él mantuvo férreamente su versión, así es que, después
de haberle examinado, le volvieron a enviar al mismo lugar donde había
encontrado aquella cosa, aunque, en esta ocasión, acompañado por otro hombre.
Claro está que, cuando llegaron, allí ya no había ninguna cabeza, ni sangre, ni
signo alguno de que se hubiera limpiado el lugar. Y eso fue, aproximadamente,
en todo lo que quedó el incidente... a excepción, sin duda alguna, de unas
pocas observaciones breves que se incluyeron en el expediente del guardia Walsh
y que no dejarían de afectar a su futura carrera.
Pero el guardia no
permaneció tranquilo por mucho tiempo. Dos noches más tarde, un bloque de pisos
se vio conmocionado por los punzantes gritos de una tal señora Rourke, que
vivía en el número 35 y, al mismo tiempo, por los de la señorita Farrell, que
vivía en el piso de arriba. Cuando acudieron los vecinos, la señora Rourke
estaba histérica y decia que había visto un par de piernas agitándose desde el
techo de su dormitorio, mientras que la señorita Farrell dijo lo mismo sobre un
brazo y un hombro que se habían extendido desde debajo de su cama. Sin embargo,
nada se pudo ver colgando del techo y en cuanto a la cama de la señorita
Farrell, debajo de ella sólo se encontró una vergonzosa cantidad de polvo.
Y también se
produjo toda una serie de incidentes diversos.
Quien primero me
llamó la atención sobre ellos fue Jimmy Lindlen, que trabaja, si es que ésta no
es una palabra demasiado fuerte para designar lo que hace, en el despacho
contiguo al mío. Jimmy colecciona hechos. Para él un hecho es todo aquello que
es impreso en un periódico .. ¡pobre hombre! No le importa en absoluto el tema
del que traten los hechos que él colecciona, siempre y cuando se trate de cosas
extrañas. Sospecho que alguna vez oyó decir a alguien que la verdad nunca es
simple y de ello dedujo que todo aquello que no es simple tiene que ser verdad
a la fuerza.
Estaba acostumbrado
a que acudiera a mi despacho, lleno de inspiración, y no le prestaba mucha
atención, así es que, cuando me trajo su primera colección de recortes de
periódicos sobre el guardia Walsh y lo demás, no me entusiasmé mucho.
Pero, al cabo de
unos días, me trajo más cosas. Quedé un poco sorprendido por el hecho de que la
misma clase de fenómeno se hubiera repetido dos veces, de modo que le presté un
poco más de atención.
-¿Lo ve? Brazos,
cabezas, piernas, torsos, todo apareciendo por ahí. Es una especie de epidemia.
Detrás de esto tiene que haber algo. ¡Algo está sucediendo! -dijo, expresándose
con gran fuerza.
Cuando hube leído
unos cuantos recortes, tuve que admitir que, en aquella ocasión, había obtenido
algo en lo que el elemento de extrañeza y singularidad resultaba ser una
constante.
Un conductor de
autobús había visto la mitad superior de un cuerpo colocado verticalmente, en
la carretera, ante su vehículo.. pero lo vio un poco demasiado tarde. Cuando
frenó y bajó del vehículo, dispuesto a examinar al accidentado, se encontró con
que allí no había nada. Una mujer, que estaba asomada a la ventana, observando
la calle, vio una cabeza debajo de ella, pero ésta sobresalía del enladrillado
sólido del edificio. Después, hubo un par de brazos, que surgieron del suelo de
una carnicería y que parecieron andar buscando algo; al cabo de un minuto o dos
se habían retirado, atravesando el cemento sólido sin dejar tras de sí la menor
huella... a menos que se considerara como tal el detrimento sufrido por el
honrado comercio del carnicero. Hubo también un hombre que trabajaba en un
edificio en construcción y que se dio cuenta de que, cerca de él, había una
figura extrañamente vestida, pero suspensa en el aire... después de lo cual,
sus compañeros tuvieron que ayudarle a bajar y enviarlo a casa a descansar.
También se vio otra figura entre los raíles cuando se acercaba un pesado tren
de mercancías, pero cuando el tren pasó sobre ella, se descubrió que la figura
en cuestión se había desvanecido.
Mientras echaba un
vistazo a éstos y otros recortes, Jimmy permaneció alli, de pie, esperando,
como un sifón de soda. No tuve que decir más que:
-¡Vaya!
-¿Lo ves? -dijo
él-. Algo está sucediendo.
-Supongamos que es
así -admití, no sin ciertas precauciones- En tal caso, ¿qué es?
-La zona de las
manifestaciones es ilimitada -me dijo Jimmy con un tono de voz impresionante,
mientras sacaba un mapa de la ciudad-. Si observa los lugares en los que he
marcado donde han ocurrido los incidentes, ver
que están agrupados. En alguna parte de ese circulo se encuentra el foco
de perturbación. -En aquella ocasión, se las arregló para dar énfasis a la
última parte de la frase, y esperó a que yo percibiera la extrañeza.
-¿De veras?
-pregunté-. ¿Perturbación, de qué?
Evitó contestar
directamente a mi pregunta.
-Tengo una idea muy
buena al respecto -me dijo.
Aquello era normal,
aunque, al cabo de una hora, podría tratarse de una idea completamente
diferente.
-Te la compro -le
dije.
-¡Teletransporte!
-anunció-. Eso es lo que es. Tenia que llegar antes o después. Ahora, alguien
anda detrás del asunto.
-Hummmm.
-Tiene que ser eso
-dijo, inclinándose hacia delante, muy serio-. ¿De qué otro modo lo
explicarías?
-Bueno, si puede
haber teletransporte o teletraslado, o como se le quiera llamar, no cabe la
menor duda de que tiene que existir algún transmisor y alguna especie de
estación de recuperación -señalé-. No puedes esperar que una persona o
cualquier objeto sea algo que puede ser transmitido así para recuperarse
después en cualquier parte.
-Pero eso no lo
sabes -dijo él-. Además, eso formaría parte de lo que yo denomino foco. Puede
que el transmisor esté en alguna otra parte, pero está enfocado hacia esta
zona.
-Si es así -dije-,
parece que sus niveles y posiciones se han ido al infierno. ¿Me pregunto qué le
puede suceder a un tipo que es recuperado con la mitad de su cuerpo fuera de
una pared de ladrillo y la otra mitad dentro?
Son esos detalles
los que ponen impaciente a Jimmy.
-Evidentemente, la
cosa se encuentra aún en sus primeras fases. Es algo experimental -dijo.
De todos modos,
siguió pareciéndome algo incómodo, estuviera o no en sus primeras fases. Pero
no insistí sobre el tema.
Aquella noche fue
la primera vez que se lo mencioné a Sally y, considerado en su totalidad, fue
un verdadero error. Después de haber dejado muy claro que no creía en nada de
todo aquello, siguió diciendo que, si era verdad, se trataría de otro invento
más.
-¿Qué quieres decir
con eso de otro invento más? ¡Seria algo revolucionario! -exclamé.
-La clase errónea
de revolución, según y como lo utilizáramos.
-¿Qué quieres
decir? -le pregunté.
Sally se encontraba
en uno de sus aplastantes estados de humor. Volviéndose, dijo con un
desilusionado tono de voz:
-Disponemos de dos
formas de utilizar los inventos -dijo-. Una de ellas es para matar a más gente
con mayor facilidad. La otra es la de permitir a los grandes industriales ganar
más dinero con mayor rapidez a través de los consumidores. Quizás haya unas pocas
excepciones, como los rayos X, pero no son muchas. ¡Inventos! Lo que hacemos
con el producto del genio es reducirlo, antes que nada, al mínimo denominador
común y multiplicarlo después por la fracción más vulgar posible. ¡Qué siglo!
¡Qué mundo éste! Cuando pienso en lo que otros siglos van a decir sobre el
nuestro, me pongo enferma.
-Yo no me
preocuparía por eso -le dije-. De todos modos, no vas a escuchar lo que digan.
Sus ojos
implacables cayeron sobre mi.
-Tendria que
haberme dado cuenta. Esa es una observación típica del siglo veinte.
-Eres muy graciosa
-le dije-. Quiero decir que tu forma de pensar puede ser alocada, pero es muy
peculiar. Para la mayor parte de las mujeres el futuro está nublado más allá
del sombrero de la próxima temporada o del bebé del año que viene. Aparte de
todo eso, no les importa lo más mínimo que todo pueda estallar en mil
pedazos... tienen profundamente arraigada la reconfortante sensación de que
nada va a cambiar mucho, o que no llegará a ocurrir nada.
-Sabes tú mucho
sobre lo que piensan la mayor parte de las mujeres -observó Sally.
-Eso es lo que
estaba tratando de decirte. ¿Cómo puedo saberlo? -dije.
Ella pareció
concentrar su mente contra todo aquello durante el resto de la noche, y lo hizo
con tal firmeza que terminé por dejarlo.
Un par de días más
tarde, Jimmy volvió a mi despacho.
-Lo ha dejado -me
dijo.
-¿Quién ha dejado
qué?
-Ese tipo del
teletransporte. No ha vuelto a aparecer un solo informe más desde el martes.
Quizá sepa que alguien le está siguiendo la pista.
-¿Te refieres a ti
mismo? -pregunté.
-Quizás.
-¿Y es así?
-He empezado
-contestó, frunciendo el ceño-. He trasladado los lugares sobre el mapa y el
punto fijo indica hacia la iglesia de Todos los Santos. Le eché un vistazo al
lugar, pero no encontré nada. Sin embargo, tengo que estar muy cerca... ¿por
qué otra razón iba a dejarlo ahora?
Eso, no se lo pude
decir. Como tampoco se lo podía decir a nadie. Pero aquella misma noche se
publicó una noticia sobre un brazo y una pierna que una mujer había visto
desplazarse a lo largo de la pared de su cocina. Le mostré la noticia a Sally.
-Pensé que al final
resultaría alguna especie de nuevo tipo de anuncio -dijo.
-¿Una especie de
anuncio en secreto? -pregunté y al ver la mirada implacable, me apresuré a
añadir-: ¿Qué te parece si vamos a ver una película? -pregunté.
El cielo estaba
encapotado cuando entramos en el cine y llovía fuerte cuando salimos. Apenas si
había un kilómetro de distancia hasta donde ella vivía y parecía que todos los
taxis de la ciudad estaban ocupados, por tanto decidimos caminar. Sally se puso
la caperuza de su impermeable, enlazó su brazo con el mío y comenzamos a
caminar bajo la lluvia. Durante un rato, nadie dijo nada.
-Querida -dije al
final-, sé que puedo ser considerado como una persona frívola con niveles
éticos muy bajos, pero, ¿se te ha ocurrido pensar alguna vez todo lo que con
ello se ofrece para ser reformado?
-Si -me contestó
con decisión, pero sin utilizar el tono adecuado.
-Lo que quiero
decir -añadí pacientemente- es que, si alguien está buscando un buen trabajo al
que dedicar toda su vida, ¿qué podría encontrar mejor que intentar alcanzar el
conocimiento de un carácter así? El desafío es tremendo, pero...
-¿Se trata de algún
tipo de proposición? -preguntó Sally.
-¡Algún tipo!
Quisiera que supieras... ¡Dios mío! -exclamé, interrumpiéndome.
Estábamos en la
calle Tyler. Era una calle pequeña, estaba mojada por la lluvia, y no había
nadie en ella, a excepción de nosotros mismos. Lo que me detuvo fue la
repentina aparición de cierto vehículo, delante de nosotros. No lo pude
distinguir muy bien debido a la lluvia, pero tuve la impresión de que era un
camión pequeño en el que había varias personas vestidas con ropas ligeras, que
atravesó la calle Tyler con rapidez, desvaneciéndose. Aquello no habría
resultado nada extraño si la calle Tyler hubiera tenido algún cruce, pero no lo
había; el vehículo había aparecido por un lado de los muros, y desaparecido por
el otro.
-¿Has visto lo
mismo que yo? -pregunté.
-¿Pero cómo es
posible...? -empezó a decir ella.
Andamos un poco más
hasta que llegamos al lugar donde aquella cosa había cruzado la calle de parte
a parte y observamos con atención la sólida pared de ladrillos, tanto a un lado
como al otro.
-Tienes que haberte
equivocado -dijo Sally.
-Muy bien... ¡tengo
que haberme equivocado!
-Pero, es que es
algo que no puede suceder, ¿verdad?
-Mira, querida,
escúchame... -empecé a decirle.
Pero en ese
instante una chica surgió del ladrillo sólido, a unos tres metros de donde nos
encontrábamos. Nos detuvimos, mirándola fijamente, boquiabiertos.
No sé si el cabello
era suyo realmente, porque, en estos tiempos, el arte y la ciencia juntas
pueden hacer mucho por una mujer, pero lo llevaba de una forma verdaderamente
extraordinaria: se parecía a un gran crisantemo dorado de casi medio metro y,
un poco desplazado hacia la izquierda, llevaba un ramillete de flores rojas.
Parecía tener un aspecto muy pesado. Vestía una especie de corta túnica rosada,
quizá de seda, y mucho más apropiada para uno de esos espectáculos a los que
acuden caballeros de cierta edad, que para andar por la calle Tyler en una
noche terriblemente húmeda. Pero lo que la convertía en algo extraordinario era
una especie de bordados. Nunca había podido imaginar que ninguna mujer
pudiera... ¡Oh, bueno! De todos modos, allí estaba ella y
allí estábamos
nosotros...
Cuando digo que
ella estaba, es porque no cabe la menor duda de que era así aunque, de algún
modo, se las arreglaba para estar unos quince centímetros por encima del nivel
del suelo. Nos miró a los dos y después se fijó en Sally con la misma dureza
con que Sally la estaba mirando a ella. Tuvieron que pasar algunos segundos
antes de que alguno de nosotros se moviera. La mujer abrió la boca como si
estuviera hablando, pero no oímos ningún sonido. Después, sacudió la cabeza,
hizo un gesto como dando a entender que nos olvidáramos de todo, se volvió y se
metió de nuevo por la pared, desapareciendo.
Sally no se movió.
Con la lluvia brillando sobre su impermeable, parecía una estatua negra. Cuando
se volvió lo suficiente como para que yo pudiera verle la cara bajo la capucha,
tenia una expresión que no le había visto nunca. La rodeé con un brazo y me di
cuenta de que estaba temblando.
-Estoy asustada,
Jerry -dijo.
-No necesitas
estarlo, Sal. Tiene que haber alguna explicación sencilla -le dije, mintiendo.
-Pero es algo más
que eso, Jerry. ¿No le viste el rostro? ¡Era exactamente como yo misma!
-Si, se parecía
bastante...-concedí.
-Jerry, era
exactamente igual... Estoy... estoy asustada.
-Tiene que haberse
tratado de algún engañoso efecto de la luz. En cualquier caso, ahora ya se ha
marchado -dije.
Pero era igual.
Sally tenia razón. Aquella mujer era la imagen exacta de ella misma. Desde
entonces, me he estado haciendo bastantes preguntas sobre el asunto...
Al día siguiente,
Jimmy me trajo una copia del periódico de la mañana. Incluía una sección breve
y chistosa sobre el número de ciudadanos locales que habían estado viendo cosas
últimamente.
-Por fin empiezan a
darse por enterados -proclamó.
-¿Qué tal marchan
tus investigaciones? -le pregunté.
-Me temo que no
todo lo bien que yo me esperaba --me contestó, frunciendo el ceño-. Reconozco
que todo está en su fase experimental, pero el transmisor puede que no esté en
esta zona. Puede que ésta sólo sea la zona elegida para llevar a cabo las
pruebas.
-¿Pero por qué
aquí?
-¿Y cómo lo voy a
saber? Tiene que ser en alguna parte... y el propio transmisor también puede
estar en cualquier otra parte -se detuvo entonces, conmocionado por un
pensamiento portentoso-. Puede que se trate de algo realmente serio. Suponte
que los rusos disponen de un transmisor que pudiera proyectar a la gente... o
bombas... hasta aquí, por medio del teletransporte...
-¿Y por qué aquí?
-volví a preguntar-. En tal caso, yo habría pensado en Harwell o en un arsenal
real...
-Por el momento
sólo es experimental -me recordó.
-¡Oh! -exclamé,
avergonzado.
Le dije entonces lo
que Sally y yo habíamos visto la noche anterior y añadí:
-Me parece que
aquella mujer no tenia aspecto de ser rusa.
-Puede que sólo sea
camuflaje -dijo Jimmy, sacudiendo la cabeza--. Después de todo, allá deben
hacerse una idea del aspecto que tienen nuestras mujeres, por las revistas y
las fotografías -señaló.
Al día siguiente,
el News abandonó el comentario chistoso, después de que el setenta y cinco por
ciento de sus lectores hubieran escrito para contar algo sobre las cosas tan
divertidas que habían visto. Al cabo de otros dos días el tema se había
convertido en motivo de disensión, dividiendo estrictamente a la gente entre lo
que se podría considerar como campo clásico y campo moderno. En este último,
los grupos cismáticos argumentaban que el teletransporte iba en contra de la
proyección tridimensional, o exponían alguna teoría sobre el reajuste molecular
espontáneo. En el campo clásico, las opiniones iban desde creencias en una
invasión de fantasmas, o una visibilidad adquirida repentinamente sobre los
espíritus que deambulaban habitualmente de un lado a otro, hasta la inminencia
del Día del Juicio Final. En el calor del debate no tardó mucho en ser bastante
difícil saber quién había visto cuánto de qué, y quién estaba tratando de
mejorar su argumentación a expensas de los hechos más verídicos y concretos.
Sally y yo nos
encontramos el sábado para comer. Después, fuimos con el coche a un pequeño
lugar en las colinas, que me parecía ideal para hacerle una proposición de
matrimonio. Pero cuando estábamos en el cruce principal de la High Street, el
hombre que iba delante de nosotros frenó de pronto. También lo hice yo, y el
conductor que venía detrás de mi. Pero el que seguía a continuación ya no tuvo
tiempo. Al otro lado del cruce también se produjo un interesante crujido de
metales, cuando los coches se abalanzaron unos sobre los otros. Me levanté para
ver qué había sucedido y Sally se vino conmigo.
-Ya empezamos otra
vez -le dije-. ¡Mira!
Justo sobre el
centro del cruce había un vehículo -bueno, apenas si se le podía llamar
vehículo-; era más bien un carretón aplanado o como una plataforma, suspendido
en el aire, a unos treinta centímetros sobre el suelo. Y cuando digo sobre,
quiero decir justamente eso. Nada de ruedas, ni de patas. Estaba suspendido
allí sin nada que lo sustentara. Encima de él, vestidos con unas cosas de
colores vivos que parecían camisas largas o blusas, había media docena de
hombres que miraban con gran interés a su alrededor. A lo largo del borde de la
plataforma se podía leer: LAS MIRILLAS DE PAWLEY; uno de los hombres le estaba
señalando a otro la iglesia de Todos los Santos; el resto prestaba mayor
atención a los coches y a la gente. El policía de servicio miraba la escena,
con los ojos muy abiertos, desde el borde de su plataforma de control de
tráfico. Después, se recuperó. Gritó, hizo sonar su silbato y volvió a gritar.
Los hombres de la plataforma no se dieron por enterados. El policía se bajó de
la plataforma y cruzó la calle, con el aspecto de un volcán que ha visto un
lugar muy adecuado para entrar en
erupción.
-¡Eh! -gritó hacia
ellos.
Pero aquello no
pareció preocuparles lo más mínimo. Cuando el policía se encontraba a un metro
o dos de distancia, parecieron darse cuenta de su presencia, y se dieron
codazos los unos a los otros y sonrieron burlonamente. El rostro del policía
tenía un color purpúreo. Se dirigió a ellos de una forma llamativa, pero ellos
siguieron observándole con un divertido interés. El policía sacó una porra de
su cinto y se acercó más. Extendió la mano para agarrar a un tipo que llevaba
una camisa amarilla... y su brazo traspasó la imagen.
El policía
retrocedió. Se le podían ver las aletas de la nariz, abriéndose y cerrándose,
como si fuera un caballo jadeante. Después, agarró la porra con más firmeza y
lanzó un fuerte golpe en sentido circular, hacia todos ellos. Pero ellos
siguieron mirándole y sonriéndole, mientras la porra atravesaba limpiamente sus
imágenes.
Confieso que he de
quitarme el sombrero ante la actitud de aquel policía, porque no echó a correr.
Se les quedó mirando fijamente por un momento, con una expresión muy extraña en
el rostro; después, se dio media vuelta y echó a andar hacia su plataforma de
dirección de tráfico con deliberada parsimonia; una vez arriba y con la misma
serenidad señaló paso abierto al tráfico que iba en dirección norte-sur. El
hombre que se encontraba delante de mi ya estaba preparado. Condujo
directamente hacia y a través de la plataforma. Yo empecé a moverme, pero en el
último momento aquello escapó. Sally, mirando hacia atrás, me dijo que se
deslizó, apartándose del lugar y trazando una curva, para terminar
desapareciendo a través de la puerta principal del Penny Savings Bank.
Cuando llegamos al
lugar elegido, decidí mentalmente que el tiempo había convertido el sitio en un
lugar triste y poco propicio, así es que permanecí un rato por allí y después
nos fuimos a un pequeño y tranquilo restaurante situado junto a la carretera,
en las afueras de Westwich. Estaba llevando la conversación hacia el tema que
deseaba, cuando, cruzando el local, se dirigió hacia nosotros nada menos que el
propio Jimmy.
-¡Me alegro de
veros! -saludó-. ¿Habéis oído lo que ha sucedido en el cruce esta misma tarde,
Jerry?
-Estábamos allí -le
contesté.
-¿Sabes una cosa,
Jerry? Esto es algo mucho más grande de lo que habíamos pensado en un
principio... algo mucho más grande. Esa especie de plataforma. Esa gente está
mucho más avanzada que nosotros desde el punto de vista técnico. ¿Sabes lo que
me parece que son?
-¿Marcianos? -le
sugerí .
Se me quedó mirando
fijamente, desarbolado.
-¡Vaya! ¿Cómo
diablos has podido suponer eso? –me preguntó extrañado.
-Pensé que tendría
que llegar -admití, y añadí-: Pero tengo la impresión de que los marcianos no
van a poner un cartel que diga Las mirillas de Pawley.
-¿Llevaban ese
cartel? Nadie me había dicho eso -dijo Jimmy.
Se marchó,
malhumorado, pero, por el solo hecho de presentarse allí mismo, ya había roto
la atmósfera intima que yo había estado tratando de crear.
El lunes por la
mañana, nuestra mecanógrafa, Anna, llegó aún más asustada de lo habitual.
-Me ha sucedido
algo de lo más terrible -nos dijo en cuanto cruzó la puerta-. ¡Oh! ¡Y me
ruboricé toda yo!
-¿Toda? -preguntó
Jimmy, interesado.
Ella le miró con
desprecio.
-Estaba en el baño
y cuando se me ocurrió mirar hacia arriba, vi allí a un hombre que llevaba
puesta una camisa verde y que me estaba observando. Naturalmente, empecé a
gritar en seguida.
-Claro -repitió
Jimmy-. Es lo más lógico. ¿Y qué sucedió después? ¿O prefieres que no nos...?
-Sólo permanecí
allí -dijo Anna-. Después, se echó a reír con disimulo y se march6 a través de
la pared. ¡Quedé tan avergonzada!
-Sí, un tipo que
ríe disimuladamente es algo que avergüenza mucho -comentó Jimmy.
Anna explicó que no
fue precisamente aquella risa lo que la avergonzó.
-Lo que quiero
decir -añadió-, es que no se debería permitir que sucedieran cosas como ésa. Si
un hombre puede entrar en el baño de una mujer atravesando la pared, ¿dónde se
va a detener?
Aquello pareció ser
una pregunta bastante acertada.
En aquel momento
llegó el jefe. Le seguí a su despacho. No parecía sentirse muy feliz.
-¿Qué demonios está
sucediendo en esta condenada ciudad, Jerry? -me preguntó-. Ayer, mi esposa
llega a casa. Encuentra a dos mujeres increíbles en la sala de estar. Cree que
eso tiene algo que ver conmigo. Y se produce la primera discusión colérica en
veinte años. Y cuando estamos en medio de la discusión, las mujeres desaparecen
-dijo, sucintamente.
No pude hacer más
que decirle un par de frases de sentimiento y consolación.
Aquella noche,
cuando fui a ver a Sally, me la encontré sentada en las escaleras de la casa,
bajo la ligera llovizna.
-¿Pero qué
diablos...? -empecé a preguntar.
Ella me lanzó una
mirada nada prometedora.
-Dos de ellos han
penetrado en mi habitación. Un hombre y una mujer. No se marchan de allí. Sólo
han estado riéndose de mí. Después, empezaron a comportarse como si yo no
estuviera allí. Y la cosa... bueno, el caso es que no me pude quedar, Jerry.
Siguió manteniendo
un aspecto triste y, de pronto, comenzó a llorar.
A partir de
entonces, todo empezó a suceder más deprisa. A la mañana siguiente se produjo
un breve incidente en la High Street, aunque sólo por parte unilateral. La
señorita Dotherby, que procede de una de las más respetadas familias de
Westwich, se sintió atropellada en cada uno de los principios mantenidos
durante toda su vida, ante la aparición de cuatro mujeres con un cabello que
más bien parecía una pelambrera y que estaban riéndose sofocadamente en la
esquina de Northgatec Una vez replegados los ojos y recuperada la respiración,
supo cuál era su deber. Cogió el paraguas, como si se tratara de la espada de
su abuelo, y avanzó hacia ellas. Las atravesó con el paraguas, revolviéndolo
luego a derecha e izquierda... y cuando se volvió, las mujeres estaban riéndose
de ella. Volvió a atravesarlas con furia salvaje y ellas siguieron riéndose.
Después, la pobre señorita Dotherby comenzó a balbucir cosas incoherentes, de
modo que alguien llamó a una ambulancia para que se la llevaran.
Al final de aquel
mismo día la ciudad estaba llena de madres que gritaban avergonzadas y de
hombres que parecian asustados, y el secretario del ayuntamiento y la policía
se vieron abrumados con tantas peticiones de que alguien hiciera algo al
respecto.
El problema parecía
ser mucho más grave en el distrito que Jimmy había marcado originalmente. Se
les podía encontrar en cualquier parte, pero en aquella zona no podía uno
evitar el verles en grupos, los hombres con camisas de colores y las mujeres
con aquel extraño peinado y adornos mucho más extraños en sus camisas,
surgiendo de las paredes y deambulando con indiferencia a través de coches y
hasta de la misma gente. Se detenían en cualquier parte para señalarse cosas
entre ellos y se echaban a reír silenciosamente. Lo que más les divertía era
que la gente se encolerizara con ellos. Se ponían a hacer gestos y burlas ante
la persona enojada, hasta que casi la volvían loca de rabia... y cuanto más
loca se ponía, tanto más divertido para ellos. Iban de un lado a otro.
dejándose guiar por sus caprichos, a través de tiendas y bancos, de despachos y
hogares, sin preocuparse lo más mínimo por los rabiosos ocupantes. Todo el
mundo empezó a colocar inscripciones de ¡Fuera!; pero eso también pareció
divertirles mucho.
Tenia uno la
impresión de que no se podía ver libre de ellos en ninguna parte de la zona
central, aunque parecían estar operando en niveles que no siempre resultaban
ser los mismos que los nuestros. En algunas partes, tenían aspecto de caminar
sobre el suelo, pero en otras se mantenían a varios centímetros sobre él,
mientras que en otras se les encontraba avanzando como si estuvieran vadeando
la superficie sólida. Pronto quedó claro que ni ellos podían escucharnos a
nosotros, ni nosotros a ellos, de modo que no valía la pena llamarles o
amenazarles, y ninguno de los avisos que puso la gente pareció ejercer otro
efecto que el de excitar su curiosidad.
Al cabo de tres
días de mantenerse esta situación, reinaba un verdadero caos. En las partes más
afectadas de la ciudad ya no quedaba ninguna intimidad. En los momentos más
íntimos de una persona, podían aparecer a través de cualquier cosa burlándose y
riéndose visiblemente. Fue inútil que la policía anunciara que no había ningún
peligro, que los visitantes parecían ser incapaces de causar ningún daño, y que
lo mejor que se podía hacer era ignorarlos. Hay momentos y lugares en que los
grupos de jóvenes burlones de ambos sexos exigen más capacidad de ignorancia de
lo que es capaz una persona de tipo medio. Aquello podía poner frenético hasta
a una persona tan plácida como yo, y las ligas de esto y lo otro, y los comités
de vigilancia vivían en un estado de constante tensión.
Las noticias habían
empezado a extenderse, pero aquello tampoco ayudó en nada. Los coleccionistas
de toda clase llegaron en una verdadera oleada que superpobló el lugar. Las
calles se vieron llenas de hilos eléctricos que conducían hacia las cámaras de
cine, de televisión y hacia los micrófonos. mientras los fotógrafos de prensa
hacían las mejores fotos de sus vidas y, siendo todo esto sólido, resultaba
incluso más irritante que los propios visitantes.
Pero no habíamos
llegado todavía al punto álgido del. asunto. Dio la casualidad de que Jimmy y
yo estábamos presentes en el momento en que se inició la siguiente fase. Ibamos
a comer, haciendo todo lo que podíamos por ignorar a los visitantes, como se nos
había dicho, y caminando a través de ellos. Jimmy se sentía sojuzgado. Había
tenido
que abandonar
teorías porque los hechos terminaron por superarle. Poco antes de tomar el
café, nos apercibimos de que se estaba produciendo una cierta confusión en la
parte alta de High Street: se trataba de algo que, al parecer, se dirigía hacia
nosotros, de modo que lo esperamos. Al cabo de un rato apareció a través de una
maraña de coches detenidos, aproximándose a una velocidad cercana a los diez o
doce kilómetros por hora. Se trataba esencialmente de una plataforma similar a
la que Sally y yo habíamos visto en el cruce de calles el sábado anterior, pero
ésta era un modelo de lujo. Sus lados, brillantes como si estuvieran recién
pintados, eran de color rojo, amarillo y azul. Contenía hileras de cuatro
asientos. La mayor parte de los pasajeros eran jóvenes, aunque también había un
pequeño grupo de hombres y mujeres de edades medias, vestidos con una versión
algo más sobria de la misma moda. Detrás de la primera plataforma seguían otra
media docena. Leímos los letreros que llevaban en los lados y en la parte
posterior cuando pasaron ante nosotros:
LAS MIRILLAS DE
PAWLEY HACIA EL PASADO
LA MAYOR INVENCIÓN
DE LA ÉPOCA
HISTORIA SIN
LÁGRIMAS POR UN EURO
VEA COMO VIVÍA SU
RETATARABUELA
SATISFAGAN SU
CURIOSIDAD EN EL EXPRESO DEL VIEJO SIGLO XX
VEA LA HISTORIA
VIVIENTE CON TODA COMODIDAD
CURIOSOS VESTIDOS Y
VIEJAS COSTUMBRES
¡EDUCATIVO!
APRENDA LAS FORMAS
PRIMITIVAS DE COMPORTAMIENTO
OBSERVE LAS
CONDICIONES DE VIDA
VISITE EL ROMÁNTICO
SIGLO XX
SEGURIDAD
GARANTIZADA
CONOZCA NUESTRA
HISTORIA
APRENDA NUESTRA
CULTURA
UN VIAJE, UN EURO
GRAN PREMIO EN
METÁLICO SI IDENTIFICA A SU PROPIO RETATARABUELO/A
La mayor parte de
la gente sentada en los vehículos giraban sus cabezas de un lado para otro, con
los ojos llenos de admiración, y, de vez en cuando, mostraban expresiones
burlonas. Algunos de los más jóvenes nos saludaron con las manos y pronunciaron
observaciones sarcásticas y silenciosas que hicieron reír inaudiblemente a
todos sus compañeros. Otros, permanecieron cómodamente reclinados, comiendo
frutas grandes y amarillas. Lanzaban miradas ocasionales hacia el escenario,
pero se reservaban la mayor parte de su atención para las mujeres, cuyas
cinturas abrazaban. En el penúltimo de los vehículos, pudimos leer:
¿ERA SU TATARABUELA
TAN BUENA COMO APARECÍA EN LA FOTO?
VEA LAS COSAS DE SU
HISTORIA FAMILIAR QUE NUNCA LE CONTARON
Y en el último
vehículo ponía:
DISTINGA A LOS
FAMOSOS ANTES DE QUE LO FUERAN
LA VERDADERA
INFORMACIÓN
PUEDE HACERLE GANAR
UN GRAN PREMIO
Cuando la procesión
se fue alejando, quedamos mirándonos los unos a los otros, como si no
supiéramos qué decir. En realidad, parecía que nadie tenía nada que decir.
El espectáculo tuvo
que haber sido algo muy parecido a un verdadero estreno, pues a partir de
entonces uno podía encontrarse en cualquier parte de la ciudad con una
plataforma de aquéllas, con letreros como:
LA HISTORIA ES
CULTURA
AMPLIE HOY SU MENTE
POR SÓLO UN EURO
O bien:
CONOZCA LO QUE
QUIERE SABER SOBRE SUS ANTEPASADOS
Y todos aquellos
vehículos iban completamente llenos, aunque nunca volví a oír hablar de que se
produjera otra procesión.
En las oficinas del
ayuntamiento se estaban arrancando los pocos cabellos que les quedaban y no
hacían más que poner letreros a izquierda, derecha y centro sobre lo que no
estaba permitido a los turistas –dándoles más motivos para reír-; pero la
cuestión se hizo cada vez más embarazosa. Los turistas que llegaban a pie
tomaron la costumbre de acercarse a uno y mirarle directamente a la cara,
comparándolo con algún libro o trozo de papel que llevaban... después de lo
cual parecían sentirse desilusionados y enfadados con uno, y a continuación se
dirigían hacia alguna otra persona. Llegué a la conclusión de que no había
ningún premio concedido por encontrarme a mí.
Bueno, el trabajo
tenía que salir adelante; no pudimos pensar en ninguna forma de enfrentarnos
con aquella situación, así es que tuvimos que seguir soportándola. Un número
bastante elevado de familias se marcharon de la ciudad, en busca de intimidad y
para impedir que sus hijas copiaran las nuevas ideas sobre el vestido y todo lo
demás, pero la mayor parte de nosotros tuvimos que continuar lo mejor que
pudimos. Casi todas las personas con las que nos encontrábamos por aquellos
días parecían aturdidas o malhumoradas... excepto, claro está, los turistas.
Una noche,
aproximadamente unos quince días después de la procesión de plataformas, fui a
ver a Sally. Cuando salimos de la casa observamos un gran alboroto calle abajo.
Un par de mujeres con cabezas que parecían globos de cestería entrelazada,
estaban arañándose una a la otra. Uno de los tipos que estaba cerca parecía
sentirse muy orgulloso de sí mismo, mientras que el resto del grupo no hacía
otra cosa que lanzar alaridos de alegría. Dimos media vuelta y seguimos por
otro camino.
-Esta ya no es
nuestra ciudad -dijo Sally-. Ni siquiera nuestras casas nos pertenecen. ¿Por
qué no se pueden marchar todos y dejarnos en paz? ¡Oh, malditos sean! ¡Malditos
sean todos ellos! ¡Les odio!
Pero justo al borde
del parque encontramos una pequeña cabeza de crisantemo, sentada al parecer
sobre nada, y llorando amargamente. Sally se ablandó un poco.
-Quizás algunos de
ellos sean humanos. ¿Pero qué derecho tienen a convertir nuestra ciudad en una
horrible feria de diversión?
Encontramos un
banco, nos sentamos, y permanecimos mirando la puesta de sol. Yo quería sacarla
de aquel lugar.
-Me agradaría estar
ahora en las colinas -dije.
-Sería maravilloso
estar allí, Jerry -dijo ella, suspirando.
La tomé de la mano
y ella no la apartó.
-Sally,
querida...-empecé a decir.
Y entonces, antes
de que pudiera continuar, dos turistas, un hombre y una mujer, pasaron por allí
y se quedaron quietos frente a nosotros. En aquella ocasión me enojé. Uno podía
esperar ver las plataformas en cualquier parte, pero al menos yo confiaba en
librarme de los turistas peatones en el parque, donde no había nada de interés
para ellos... o no debería haberlo habido. Sin embargo, aquellos dos parecían
haber encontrado algo. Se trataba de Sally, porque se la quedaron mirando
fijamente, sin la menor vergüenza. Ella apartó su mano de la mía. Los otros dos
hablaron entre sí. El hombre abrió una carpeta que llevaba y de ella extrajo un
trozo de papel. Los dos miraron el papel, después a Sally y después nuevamente
el papel. Era demasiado para ignorarlo. Me levanté y caminé a través de ellos
para ver qué era aquel papel. Y entonces me llevé una buena sorpresa. Era un
recorte del Westwich Evening News, tomado, evidentemente, de una copia muy
antigua. Tenía un color amarronado y, para evitar que se deshiciera en pedazos,
había sido montado en el interior de una especie de plástico muy fino y
transparente. Hubiera deseado ver la fecha, pero, con bastante naturalidad,
miré hacia donde ellos estaban mirando... y el rostro de Sally me miró
sonriente desde una fotografía. Tenía un bebé en cada uno de los brazos. Sólo
tuve el tiempo suficiente para poder leer el titular: Gemelos para la esposa
del concejal, porque ellos metieron el papel en la carpeta y echaron a correr
por el camino. Supongo que estarían ansiosos por cobrar uno de sus malditos
premios... y yo esperaba que el premio se volviera contra ellos y les mordiera.
Regresé hacia donde
estaba Sally y me senté a su lado. Aquella imagen, sin duda alguna, echó a
perder las cosas...
¡Esposa del
concejal! Naturalmente, ella quiso saber lo
que yo había visto
en el papel, y tuve que inventarme
unas cuantas
mentiras para conseguir salir del paso.
Permanecimos
sentados un rato, tristes y en silencio.
Una plataforma pasó
ante nosotros. Llevaba unos carteles que decían:
CULTURA LIBRE DE
PROBLEMAS
EDUQUESE CON LA MÁS
MODERNA COMODIDAD
La vimos brillar,
mientras se alejaba a través del enrejado del parque y se metía por entre el
tráfico.
-Creo que ya es
hora de marcharnos -sugerí.
-Sí -contestó Sally
con tristeza.
Echamos a andar
hacia su casa, mientras yo seguía deseando haber podido observar la fecha de
aquel recorte de periódico.
-¿Tú no conoces a
ningún concejal, verdad? -le pregunté distraídamente.
Ella pareció
sorprenderse ante la pregunta.
-Bueno... está el
señor Falmer -contestó, con bastante indecisión.
-¿Crees que es...
un hombre joven? -le pregunté de improviso.
-¡Cómo! ¡Oh, no! Es
muy viejo... En realidad, es a su esposa a la que conozco.
-¡Ah! --exclamé--.
¿Y no conoces a ninguno de los más jóvenes?
-Me temo que no.
¿Por qué?
Le dije algo así
como que en una situación como ésta se necesitaban hombres jóvenes con ideas.
-Los hombres
jóvenes con ideas no tienen por qué ser concejales -observó ella, mirándome.
Como ya he dicho,
quizás ella no cree mucho en la lógica, pero tiene su propia forma de hacer que
uno se sienta mejor. Sin embargo, me habría sentido mucho mejor si hubiera
conseguido tener alguna idea más precisa.
Al día siguiente la
indignación pública volvió a subir de tono. Al parecer, se celebró un oficio
religioso en la iglesia de Todos los Santos. El vicario subió al púlpito y
apenas había comenzado a respirar, disponiéndose a pronunciar un breve sermón,
cuando a través de la pared norte de la iglesia surgió flotando una de aquellas
plataformas con un cartel que decía:
¿ERA SU
RETATARABUELO UNO DE LOS CHICOS?
NUESTRO VIAJE DE UN
EURO PUEDE MOSTRARSELO
La plataforma se
deslizó hasta detenerse frente al atril. El vicario se la quedó mirando durante
unos segundos, en silencio, y después dejó caer su puño sobre el atril.
-¡Esto -rugió- ..
esto es intoterable! Esperaremos hasta que este objeto se marche de aquí.
Permaneció inmóvil,
mirándolo con los ojos muy brillantes. Los fieles lo miraron también con ojos
brillantes.
Los turistas de la
plataforma parecían estar dispuestos a esperar que comenzara la ceremonia. Al
rato, como nada sucedía, empezaron a pasarse entre ellos botellas y frutas para
matar el tiempo. El vicario mantuvo su pétrea mirada. Los turistas empezaron a
aburrirse. Los jóvenes acariciaron a las chicas, y éstas empezaron a reír.
Algunos de ellos parecieron dar prisa al hombre que se encontraba en el extremo
frontal de su vehículo. Al cabo de otro rato, éste asintió por fin y la
plataforma se deslizó, marchándose por la pared del sur.
Fue éste el primer
punto que conseguimos anotarnos. El vicario elevó las cejas, se aclaró la
garganta y después pronunció el sermón de su vida, sobre el tema Las ciudades
de la Llanura.
Pero no importa lo
favorables que fueran los vientos que estaban soplando, seguíamos sin poder
hacer nada con respecto a la situación. Había algunos planes, desde luego.
Jimmy tenía uno: se trataba de un emisor de frecuencias ultraelevadas o
ultrabajas cuyo propósito sería el de conmocionar las proyecciones ,de los
turistas, hasta hacerlas pedazos. Quizás, algún día, podríamos haber dispuesto
de algo similar que funcionara, pero lo que estábamos necesitando todos era un
remedio mucho más rápido; y resulta condenadamente difícil saber lo que uno
puede hacer contra algo que no es otra cosa que una película tridimensional;
sólo se puede pensar en algo capaz de engañar su transmisión. Todas sus
funciones no se desarrollan donde uno las ve, sino en un lugar desconocido, que
es donde se encuentra el origen de todo, pero... ¿cómo consigue uno llegar
hasta allí? Lo que uno está viendo no siente, ni come, ni respira, ni duerme...
Fue precisamente mientras consideraba lo que aquellos turistas estaban haciendo
realmente cuando se me ocurrió una idea. Se me ocurrió así, de repente... con
sencillez. Cogí mi sombrero y me encaminé hacia el ayuntamiento.
Para entonces, las
procesiones diarias de ciudadanos implacables, amenazadores y maniáticos, que
aportaban toda clase de ideas absurdas, les había hecho adoptar una actitud muy
precavida, pero, al final, conseguí abrirme paso hasta un hombre que se interesó
por mi idea, si bien se mostró algo escéptico.
-A nadie le va a
gustar eso -dijo.
-No se trata de que
le guste a nadie. La cuestión es que no ser
peor que esto... y también puede contribuir a fomentar el comercio local
-señalé.
Su rostro se
iluminó un poco ante aquellas palabras, y yo seguí presionando:
-Después de todo,
el alcalde tiene sus restaurantes y todos los locales se llenarán.
-En eso sí que
acaba de señalar algo válido -admití-. Muy bien, lo propondremos. Vamos.
Durante tres días
enteros estuvimos trabajando duramente en el plan. Al cuarto día, pasamos a la
acción. Poco después del amanecer ya había grupos por todas las calles, fijando
barreras en los límites municipales y, una vez terminada esta tarea, fueron colocados
grandes carteles blancos con letras rojas:
WESTWICH
LA CIUDAD QUE MIRA
HACIA EL FUTURO
VENGA Y VEA
ESTÁ MUCHO MÁS ALLÁ
DEL MOMENTO
MÁS NUEVO QUE
MAÑANA
VEA LA MARAVILLOSA
CIUDAD DE LA ERA
ENTRADA NO
RESIDENTES VEINTE CENTIMOS
Aquella misma
mañana se renunció al permiso de la televisión y se publicaron grandes anuncios
en todos los periódicos nacionales:
¡COLOSAL! ¡ÚNICO!
¡EDUCATIVO!
WESTWICH
PRESENTA EL ÚNICO
ESPECTÁCULO FUTUROMÁTICO AUTÉNTICO
SI QUIERE SABER:
¿QUÉ LLEVARÁ PUESTO
SU RETATARANIETA?
¿QUÉ ASPECTO TENDRÁ
SU RETATARANIETO?
¿CUALES SERÁN LAS
MODAS DEL PRÓSXIMO SIGLO?
VENGA A WESTWICH Y
VEALO USTED MISMO
LA OFERTA DEL SIGLO
EL FUTURO POR SOLO
VEINTE CENTIMOS
Estuvimos de
acuerdo en que, teniendo en cuenta la publicidad que ya se había hecho del
asunto, no había necesidad de dar mayores detalles que aquellos, aunque en los
diarios gráficos pusimos unos anuncios algo más especializados:
WESTWICH
¡CHICAS! ¡CHICAS!
¡CHICASI
VEAN LOS MODELOS
DEL FUTURO
SABROSAS MODAS,
GRACIOSOS ESTILOS
ASOMBROSO,
AUTÉNTICO, SIN CENSURA
BELLEZAS EN
ABUNDANCIA POR SÓLO VEINTE CENTIMOS
etc. Compramos
espacio suficiente como para que aquello apareciera en las columnas de
noticias, con objeto de ayudar a quienes les gusta pensar que hacen las cosas
por razones sociológicas, psicológicas y otras razones de tipo intelectual.
Y vinieron.
Ya antes habían
venido unos cuantos a mirar las vistas, pero ahora se enteraron de que era algo
por lo que valía la pena pagar, y las cifras no tardaron en aumentar; y cuanto
más aumentaban tanto más triste se ponía el tesorero del ayuntamiento por no haber
puesto la tarifa a veinticinco, e incluso a cincuenta céntimos. Al cabo de un
par de días, tuvimos que hacernos carga de todos los terrenos vacantes y de
algunos campos más alejados para destinarlos a aparcamientos, y la gente tenía
que aparcar lo bastante lejos como para necesitar un servicio de autobuses
especial que los trajera a la ciudad. Las calles se llenaron tanto de gente
yendo de un lado a otro, saludando a cualquiera de las plataformas de Pawley y
a los turistas, con silbatos, risas y silbidos, que los ciudadanos locales se
limitaron a quedarse en sus casa para consumir allí dentro su furia.
Entonces el
tesorero empezó a preocuparse por saber si podríamos imponer un impuesto de
entretenimiento. La lista de protestas dirigidas al alcalde se hicieron cada
vez más largas, pero él estaba tan ocupado controlando los convoyes especiales
de comida y cerveza para sus restaurantes, que le quedaba muy poco tiempo para
ocuparse de quejas. A pesar de todo, al cabo de unos días, empecé a preguntarme
si, después de todo, Pawley no iba a ganarnos la partida. Se podía ver con
claridad que a los turistas todo aquello no les importaba mucho; aunque la
nueva situación tuvo que haber interferido mucho en sus obtenciones de premios,
ello no les impidió ir de un lado a otro por toda la ciudad, y teníamos que
contar además con los miles de excursionistas lanzando alaridos de alegría
durante la mayor parte de la noche, convirtiendo la ciudad en un verdadero
pandemónium. Los estados de ánimo se estaban poniendo tan tensos, que los
problemas podían comenzar en cualquier momento.
Entonces, durante
la sexta noche, cuando algunos de nosotros empezábamos a preguntarnos si no
sería mejor marcharnos de Westwich durante algún tiempo, se puso de manifiesto
la primera fisura...; un hombre del ayuntamiento me llamó por teléfono para
decirme que había visto varias plataformas con asientos vacíos.
A la noche
siguiente, yo mismo seguí una de sus rutas regulares para cerciorarme. Encontré
allí una gran multitud, intercambiando chistes y bromas, pero no tuvimos que
esperar mucho tiempo. Desde uno de los ángulos del café de la Coronación y
atravesando la pared, apareció una plataforma cuyo cartel decía:
ENCANTO Y
ROMANTICISMO DEL SIGLO XX
SETENTA Y CINCO
CENTIMOS
Y, a pesar de eso,
había media docena de asientos vacíos.
La llegada de la
plataforma trajo consigo un bien fomentado ruido de gritos y silbidos. El
conductor permaneció indiferente mientras hacía pasar el vehículo directamente
a través de la multitud. Pero los pasajeros parecieron sentirse menos seguros
de sí mismos. Algunos de ellos hicieron lo que pudieron por seguir el juego; se
rieron, silbaron, hicieron movimientos que indicaban la devolución de tortazos
e hicieron muecas ante las muecas de la multitud. Posiblemente las mujeres
turistas no pudieron escuchar las cosas que la multitud les estaba diciendo,
pero algunos de los gestos eran lo bastante claros y expresivos. Para ellas no
debió ser nada divertido dirigirse precisamente hacia los hombres que estaban
gesticulando, atravesando sus cuerpos. Cuando la plataforma se libró de la
multitud y desapareció a través de la puerta frontal
del Bon Marché
todos los turistas habían dejado de aparentar que lo eran; algunos de ellos
incluso parecían sentirse un poco enfermos. Por la expresión de ciertos
rostros, pensé que en alguna parte Pawley iba a tener que pasar por momentos
difíciles explicando el aspecto cultural de toda la situación ante alguna
delegación investigadora.
A la noche
siguiente ya había más asientos vacíos que llenos, y algunas personas me
informaron que el precio había descendido ya a cincuenta céntimos.
La otra noche no
apareció nadie y nosotros tuvimos mucho trabajo devolviendo el dinero de las
entradas y rechazando las reclamaciones por la gasolina gastada en el viaje.
Y a la otra noche
tampoco aparecieron; ni a la siguiente. Así pues, todo lo que teníamos que
hacer era ponernos a limpiar la ciudad para que el asunto quedara prácticamente
terminado, aparte de dedicarnos a ir reduciendo la reputación que había
adquirido últimamente el lugar.
Finalmente,
decidimos que ya todo ha pasado. Jimmy, sin embargo, dice que ése es sólo
nuestro punto de vista. Según él, todo lo que ellos tuvieron que hacer fue
modificar el factor de visibilidad que estaba causando el problema, de modo que
es posible que sigan deambulando por aquí... y por otros lugares. Bueno,
supongo que puede tener razón. Quizás ese Pawley, sea quien sea, tiene una
cadena de ferias de diversión funcionando por todo el mundo y a través de toda
la historia en cada momento. Pero eso es algo que no sabemos... y mientras él
mantenga a los turistas fuera de nuestra vista, creo que tampoco nos preocupará
mucho.
Nos hemos
enfrentado con éxito a Pawley en lo que a nosotros concierne. Su caso exigió la
adopción de medidas desesperadas; hasta el vicario de Todos los Santos se dio
cuenta de ello; y, sin duda alguna, tuvo algo que decir cuando comenzó su
sermón de acción de gracias diciendo:
-Paradójicamente,
amigos míos, lo paradójico puede ser el resultado de la vulgaridad...
Una vez solucionado
el asunto pude disponer de nuevo de tiempo para ver a Sally. La encontré con un
aspecto más alegre del que la había visto en varias semanas, y mucho más
encantadora, claro. A ella también pareció gustarle el verme.
-¡Hola, Jerry! -me
saludó-. Acabo de leer en el periódico cómo organizaste el plan para
desembarazarte de ellos. Creo que fue algo maravilloso por tu parte.
Tiempo atrás,
habría considerado aquellas palabras como una insinuación, pero en ese momento
no fue ningún estimulante. Seguía viéndola con los mellizos en los brazos, y
seguía preguntándome dolorosamente cómo habían llegado hasta allí.
-No tiene gran
mérito, querida -le dije con modestia-. A cualquiera se le podría haber
ocurrido la idea.
-Puede que sea
así... pero hubo muchísima gente a quien no se le ocurrió. Y te voy a decir
otra de las cosas que he oído decir hoy. Te van a preguntar si quieres formar
parte del consejo municipal, Jerry...
-¿Yo, en el consejo
municipal? Eso haría reír...-empecé a decir, pero me detuve de repente-. Si...
quiero decir... ¿eso significaría que me llamarían concejal? –le pregunté.
-¡Pues claro!
Supongo que sí -me contestó, mirándome extrañada.
Todo resplandeció
un poco.
-Entonces... Sally,
querida... bueno, ¿sabes? es que... hay algo que... bueno, que he estado
intentando decirte desde hace algún tiempo... -empecé diciendo.

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