© Libro N° 14026. Exposiciones
De Tiempo. Tucker,
Wilson. Emancipación. Julio 12 de
2025
Título Original: © Exposiciones De Tiempo. Wilson
Tucker
Versión Original: © Exposiciones De Tiempo. Wilson Tucker
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
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Wilson Tucker
Exposiciones
De Tiempo
Wilson Tucker
El sargento Tabbot
subió las escaleras hasta el departamento de la mujer, en el tercer piso. El
pesado estuche de la cámara le golpeaba contra la pierna al subir y amenazaba
chocar con su rodilla enferma. Pasó el estuche a la mano izquierda y resopló:
esa mujer bien podía haber tenido la amabilidad de morirse en el primer piso.
Había un agente
haraganeando en el descanso, custodiando como al descuido la escalera y el
corredor del tercer piso.
Tabbot se mostró
sorprendido.
- ¿Cómo, no hay
guardián? ¿Todavía están trabajando? ¿Cuál es el departamento?
- Parece que se
olvidaron del guardián, sargento - dijo el agente -. También parece que fueron
a buscarlo. Hay un gentío allí adentro; el forense no terminó todavía. Es el
número 33.
Bajó la vista hasta
clavarla en el voluminoso estuche.
- Está
completamente desnuda.
- ¿Quiere que le
haga una buena foto?
- No, señor, ¿cómo
voy a querer una foto de ella? Quiero decir, está desnuda, es cierto, pero ya
no es linda.
- Las víctimas de
los asesinatos no suelen tener muy buen color - dijo Tabbot.
Siguió por el
corredor hasta el número 33 y encontró la puerta entreabierta; se ola una voz
retumbante. Tabbot empujó la puerta y entró en el departamento de la mujer. Era
chico, de no más de dos ambientes, probablemente.
Al primero que vio
fue al encargado de tomar las huellas digitales, que trabajaba con un aerosol y
una máquina de rayos ultravioletas portátil sobre una mesita ratona con
cubierta de vidrio; la amarga expresión de su cara revelaba que había una
manifiesta carencia de huellas. Había un teniente de la seccional parado en el
otro extremo de la mesita, observando el barrido de la luz ultravioleta con un
aire de serena paciencia; desvió la mirada hacia Tabbot, hacia el estuche de la
cámara y volvió a posarla en la mesita. Un agente de civil esperaba detrás de
la puerta sin hacer nada; dos hombres con un cesto de mimbre estaban sentados
uno en cada brazo de una poltrona, contemplando por encima del respaldo algo
que había en el piso; uno de ellos giró la cabeza para mirar fijamente al
recién llegado y después volvió a concentrar la atención en el piso. Bastante
alejado de la silla un hombre de calvicie pronunciada y abundante grasa debajo
de la ropa se sacudía el polvo de las rodillas de los pantalones; acababa de ponerse
de pie y el esfuerzo le había provocado una respiración seca y entrecortado que
se le escapaba por la boca abierta.
Tabbot conocía al
teniente y al forense.
El forense miró el
pesado estuche negro que Tabbot acababa de dejar atrás de la puerta y preguntó:
- ¿Fotografías?
- Sí, señor. Son
exposiciones de tiempo.
- Me gustaría que
me hiciese algunas copias, entonces; hace ocho o nueve años que no veo un
tiroteo; son muy escasos últimamente.
Señaló con un
grueso dedo índice lo que estaba tirado en el piso.
- La mataron a
tiros. ¿Qué le parece? ¡Muerta a tiros en esta época! Me gustaría alguna copia:
estoy ansioso por ver a un hombre con agallas para llevar un revólver.
- Sí, señor.
Tabbot dirigió la
atención al teniente de la seccional.
- ¿Puede darme
alguna pista?
- El caso es
bastante confuso todavía, sargento - respondió el oficial -. La víctima conocía
al atacante: pienso que lo dejó entrar y después se alejó de él; él se quedó
donde está parado usted. Tal vez haya habido una discusión pero no una pelea:
no hay nada roto, nada fuera de lugar, ninguna huella digital. Esa perilla que
está detrás de usted fue cuidadosamente limpiada. Ella estaba de pie detrás de
esa silla cuando recibió el tiro y cayó allí. ¿Puede abarcarlo todo?
- Sí señor, creo
que sí. Me voy a instalar en la entrada a ese otro ambiente. ¿Es una cocina?
- Cocina y ducha;
este otro ambiente es una combinación de sala de estar y dormitorio.
- Voy a empezar por
allí y después me voy a ir acercando. ¿No hay nada en la cocina?
- PIatos sucios,
nada más. No hay manchas en el piso. Pero me gustaría que hiciera algunas tomas
de todos modos. Los pisos están limpios en todas partes, salvo detrás de esa
silla.
El sargento Tabbot
miró la ventana que había en el otro extremo del cuarto y volvió a mirar al
teniente.
- No hay salida de
emergencia - dijo el oficial -. Pero de todos modos fotografíela. Fotografíe
todo lo que vea. Haga su tarea de rutina.
Tabbot asintió con
naturalidad y después notó que se le endurecían los músculos abdominales. Cruzó
la habitación hasta llegar a la poltrona y contempló atentamente lo que había
detrás del respaldo. Los hombres del cesto de mimbre dieron vuelta las cabezas
al unísono para mirarlo, compartiendo entre los dos alguna broma macabra,
probablemente a sus expensas. Se le revolvió el estómago a pesar de sus
desesperados esfuerzos por controlarlo.
Era una rubia de
cabellos ensortijados de alrededor de treinta años; su cara había sido bastante
atractiva, pero no habría podido ganar un concurso de belleza; estaba lavada y
sin maquillaje. No tenía ninguna joya en las muñecas, los dedos o el cuello y estaba
totalmente desnuda. Le habían volado el pecho, Tabbot parpadeó su sorpresa y su
desagrado, y desvió la vista hacia el estómago y las piernas, con la sola
intención de apartar la atención de ese espectáculo horrible; por un momento
pensó que iba a vomitar el desayuno. Los ojos se le cerraron mientras luchaba
férreamente por controlarse y cuando los abrió se encontró con antiguas estrías
abdominales, que indicaban un embarazo de largo tiempo atrás.
El sargento Tabbot
se apartó rápidamente de la silla y se topó con el forense.
- Le dispararon por
la espalda - dijo abruptamente.
- Sí, claro.
El gordo jadeante
daba vueltas alrededor de él con fastidio.
- Hay un pequeño
agujerito en la espina dorsal. Un pequeño orificio de entrada y uno enorme -
¡vaya si es enorme! - de salida; el disparo destruyó la caja torácica al salir.
Es natural que sea así si, como pienso, le dispararon con una pistola de
calibre grueso.
Miró el pie desnudo
que se asomaba por detrás de la silla.
- Es la primera muerte por disparo que veo en
ocho o nueve años. ¿Se da cuenta? Hay alguien que lleva un revólver.
Hizo una pausa para
jadear y después señaló con el mismo dedo gordo a los hombres del cesto.
- Levántenlo y
váyanse, muchachos. Vamos a hacerle la autopsia.
Tabbot se dirigió a
la cocina.
En la mesa de la
cocina vio un plato sucio, una taza de café, una cuchara, un tenedor y migas de
tostada; una azucarera sin tapa y un tarrito de crema instantánea para el café
completaban el decorado. Buscó debajo de la mesa el cuchillo y la manteca que faltaban.
- No la busque -
dijo el teniente -. Le gustaba la tostada limpia.
Tabbot se dio
vuelta.
- ¿Cuánto tiempo
hace de este desayuno? ¿Cuánto tiempo hace que está muerta?
- Hay que esperar
el informe del forense para eso, pero yo diría que unas tres o quizá cuatro
horas. La cafetera estaba fría, el cuerpo estaba frío, las manchas de huevo
estaban secas. Digamos algo más de tres horas.
- Eso me da un buen
margen - dijo Tabbot -. Si hubiera sucedido ayer a la noche, simplemente
agarraba la cámara y me volvía a casa.
Buscó con la mirada
un movimiento que había captado con el rabillo del ojo y vio a los hombres del
cesto de mimbre que cruzaban la puerta de entrada con su carga y salían al
corredor. Volvió rápidamente la mirada a la mesa de la cocina.
- Huevos y una
tostada limpia, café con crema y azúcar. No nos sirve de mucho.
El teniente sacudió
la cabeza.
- No estoy
preocupado por ella; me importa un carajo lo que comió. Que se ocupe el forense
de su desayuno; él ya nos dirá cuánto hace que lo tomó y ya veremos. Me
importan más sus placas; quiero ver la foto del asesino.
- Esperemos que
haya habido luz de día y que haya sucedido esta mañana - dijo Tabbot -. ¿Está
seguro de que no es el desayuno de ayer? No tiene sentido armar el aparato si
sucedió ayer a la mañana o ayer a la noche. Mi límite de exposición cae entre
las diez y las catorce horas... y usted sabe bien qué pobres son las
fotografías de catorce horas atrás.
- Fue esta mañana -
le aseguró el oficial -. Ayer a la mañana fue a trabajar, pero cuando no fichó
esta mañana y no respondió al teléfono, alguien del negocio vino a preguntar
qué pasaba.
- ¿Y ese alguien
tenía llave?
- No, y eso elimina
al primer sospechoso. El portero lo dejó entrar. Entre paréntesis, ¿me podría
sacar una foto de la puerta para corroborar su relato? Fue unos minutos después
de las nueve; no recuerdan exactamente.
- Cómo no. ¿Qué
tipo de negocio? ¿De qué se ocupaba?
- Una juguetería.
Hacía muñecos de Navidad.
El sargento Tabbot
pensó un rato y después dijo:
- Lo primero que le
pasa a uno por la cabeza son las armas de juguete.
El teniente le
respondió con una sonrisa tensa y malhumorada.
- Tuvimos la misma
idea y enviamos hombres para que inspeccionaran el negocio; ya se sabe,
negocios de mercado negro, juguetes o el mismo artículo pero de verdad. No
tuvimos suerte; desde que se aprobó la ley Dean no volvieron a fabricar nada
parecido a un revólver. Era un negocio honesto.
- Le tocó un caso
difícil, teniente.
- Confío en sus
fotografías, sargento.
Tabbot consideró
que era una buena indirecta. Volvió al otro cuarto y descubrió que todos se
habían ido salvo el silencioso agente de civil. El detective estaba sentado en
el sofá detrás de la mesita ratona y lo observaba mientras abría el estuche.
Colocó un trípode a un metro y medio de la puerta aproximadamente. La cámara en
sí era un instrumento pesado, difícil de manejar, y para colocarla en el
trípode hubo de emplear una buena dosis de gruñidos y un insulto entre dientes
por un dedo machucado. Cuando quedó sólidamente afirmada sobre el trípode,
Tabbot tomó un rollo de película del estuche suplementario y lo colocó en la
parte posterior de la cámara. Lo último que acomodó fueron una lente y el
cronómetro; Tabbot se aseguró de que la lente estuviera limpia.
Enfocó la puerta de
entrada y buscó en el bolsillo la regla de cálculos. Controló el tiempo actual
y después retrocedió para obtener cuatro exposiciones: a las nueve, a las nueve
y cinco, a las nueve y diez y a las nueve y cuarto, que probablemente cubrían
la llegada del portero y del empleado de la juguetería; amartilló y disparó el
cronómetro y después controló que la película de nylon estuviese corriendo
adecuadamente después de cada exposición. Anotaba los detalles de cada toma en
una libreta para facilitar luego una identificación más segura de las placas.
El agente de civil
quebró su silencio sepulcral.
- Es la primera vez
que veo funcionar uno de estos aparatos.
- Estoy tomando
fotografías desde las nueve hasta las nueve y cuarto de esta mañana - respondió
con calma Tabbot -. Si tengo suerte, voy a fotografiar al portero abriendo la
puerta; si no tengo suerte, sólo obtendré un movimiento borroso... o
absolutamente nada, y entonces tendré que empezar de nuevo y hacer una
exposición por cada minuto posterior a las nueve hasta que lo encuentre. Una
imagen borrosa de la puerta que se abre me indicará que estoy cerca de lo que
busco.
- ¿Buenas
fotografías?
Parecía escéptico.
- ¿A las nueve?
Claro que sí; a las nueve ya había luz suficiente en esa ventana y no pasó
demasiado tiempo. Las condiciones son satisfactorias. El asunto se pone bravo
cuando intento obtener exposiciones nocturnas con una o dos lámparas encendidas
solamente; en este caso simplemente hay luz suficiente. ¡Cómo me gustaría que
todo sucediese siempre al aire libre, en un día soleado... y no más de una hora
antes de mi llegada!
El detective gruñó
e inspeccionó la cámara, que hacía tic tac.
- Llevé algunas de
sus fotografías a la corte una vez; fue el caso del robo del banco el año
pasado. Las fotografías eran malas, el juez las descartó y el caso no pudo
resolverse.
- Lo recuerdo -
dijo Tabbot -. Y pido disculpas por la mala calidad del trabajo. Esas placas se
tomaron sobre el límite de tiempo: catorce horas, tal vez algo más. La cámara y
la película son prácticamente inútiles más allá de las diez o las doce horas; simplemente
había pasado demasiado tiempo. Uso la mejor película que hay en plaza, pero no
puede registrar una imagen como la gente de un pasado que supere las doce
horas. Las placas del banco que usted llevó no eran más que sombras veteadas:
eso es todo lo que puedo obtener para un pasado comprendido entre las doce y
las catorce horas atrás.
- ¿Y nada pasadas
las catorce horas?
- Nada en absoluto.
Lo he intentado, pero nada.
La cámara dejó de
hacer tic tac y se detuvo sola. Tabbot la hizo girar sobre el trípode y apuntó
en dirección al sofá. El detective se levantó de un salto.
El sargento
protestó.
- No se levante;
usted no estorba, La lente no lo ve ahora.
Hizo un gesto de
despedida al teniente desde la puerta y salió del departamento dando un
portazo.
- Todavía está
amargado por esas fotografías del banco - dijo el oficial.
Tabbot hizo un
gesto de asentimiento e introdujo una sola modificación en el mecanismo de
tiempo. Disparó el obturador para una exposición y luego le sonrió al teniente.
- Le enviaré una
fotografía de él mismo sentado allí hace tres minutos. Quizás eso le levante el
ánimo.
- O lo ponga tan
furioso que lo haga echar.
El sargento inició
una nueva serie de cuentas con la regla de cálculos y se dedicó a las
fotografías de rutina de la habitación desde las seis hasta las nueve de la
mañana. Enfocó con la cámara la mesita ratona, la entrada a la cocina, la
poltrona, la ventana que estaba detrás de la poltrona, otra sillita y una
biblioteca que había en la habitación, el piso, un jarrón con flores
artificiales que estaba apoyado sobre un estantecito encima del radiador, una
lámpara de pie, otra que colgaba del techo y, por último, tomó fotografías de
la habitación desde distintos ángulos, caminando en círculo y regresando luego
a la puerta de entrada. Tabbot volvió a controlar sus cuentas y después dedicó
una atención especial a la puerta y al sector contiguo, donde él había estado
parado al entrar.
La cámara hurgó y
espió y escudriñó en el pasado reciente, en la última mañana de vida de la
rubia desnuda, registrando en la película de nylon imágenes que ya hacía tres o
cuatro horas que habían desaparecido. En el curso del relevamiento circular -
al pasar entre la biblioteca y el jarrón con flores artificiales - una señal
luminosa indicó que se había acabado el rollo de película, y la cámara
interrumpió su tarea hasta que Tabbot colocó un nuevo rollo. El sargento hizo
un pequeño ajuste en cronómetro para compensar el tiempo perdido, numeró el
rollo terminado y el nuevo y continuó con sus pormenorizadas anotaciones para
cada ángulo y cada serie de exposiciones. La cámara ignoraba el presente e
indagaba en el pasado.
- ¿Cuánto falta? -
preguntó el teniente.
- Una hora más para
los preliminares; puedo terminar con la cocina en una hora más, y digamos unas
dos o tres horas para las segundas tomas, después de fijar áreas restringidas.
- Se me está
amontonando el trabajo.
El oficial se rascó
la nuca y después se agachó para espiar por la lente.
- Me podrá
encontrar en la seccional, probablemente. Haga copias adicionales de las placas
claves.
- Sí, señor.
El teniente
abandonó su inspección de la lente y echó una última ojeada general a la
habitación. A diferencia del detective, no cerró dando un portazo.
La rutina del
relevamiento fotográfico siguió adelante.
Tabbot movió la
cámara hacia atrás y se ubicó en la entrada a la cocina para cubrir un ángulo
más amplio de la habitación; enfocó el sofá, la poltrona y nuevamente la
puerta. Quería recuperar esos pocos momentos esenciales, cuando se había
abierto la puerta y había entrado el asesino para disparar el arma prohibida.
Cambió por un gran angular y fotografió todo el cuarto en una serie de tomas
cada diez minutos sobre un período total de tres horas; el escenario quedó
documentado en forma exhaustiva.
Cambió de rollo
para empezar con la cocina.
Una idea
descabellada detuvo su mano, lo Interrumpió en el acto de girar la cámara.
Retrocedió sobre sus pasos hasta la poltrona, dio la vuelta, se ubicó detrás de
ella, evitando pisar la sangre derramada, y se encontró en línea recta entre la
puerta y la ventana. Tabbot miró por la ventana imaginando un revolver a sus
espaldas y giró lentamente sobre sí mismo para dirigir la mirada hacia la
puerta: la temprana luz del sol que entraba por la ventana debió de haber
iluminado la cara del hombre. La cámara, colocada en ese lugar, debería
fotografiar la cara del atacante y registrar también la detonación del
revólver.
Tabbot arrastró el
trípode y la cámara a través de la habitación y los ubicó en esa posición,
detrás de la poltrona y apuntando hacia la puerta. Volvió a cambiar la lente.
Hizo nuevos cálculos.
Si tenía suerte en
esta serie, el asesino dispararía hacia la cámara.
El relevamiento
fotográfico de la cocina fue prácticamente una repetición del de la otra
habitación y llevó un poco menos de tiempo.
Tabbot fotografió
la mesa, dos sillas, los platos sucios, los restos de tostada, la cocinita, la
vieja heladera, las alacenas empotradas sobre la pileta y sobre la mesada, la
pileta misma, un bañito muy estrecho, disimulado como cuarto de limpieza detrás
de una puertita angosta, y la puerta plegadiza de la ducha, que estaba
manchada; la flor todavía goteaba.
Abrió la puerta de
la heladera y encontró media botella de vino tinto junto con las demás
provisiones. Hizo dos tomas, a una hora de distancia una de la otra. Indagó en
el estrecho territorio del baño unas pocas tomas al azar con la esperanza de
que la rubia no estuviese sentada allí. El cuarto de la ducha estaba revestido
con símil azulejos blancos, que sufrían ahora el efecto de las manchas de óxido
debajo de una flor que goteaba: dos exposiciones a modo de prueba porque el
compartimiento incluía también un mini lavabo, un espejo y un tomacorriente a
prueba de humedad; notó con un aire de aprobación algo distraído que el toma
carecía de instalación para enchufar la máquina de afeitar.
Tabbot volvió a
colocar el gran angular para la toma general; no había ventana en la cocina y
notó que tampoco había salida de emergencia, una lamentable violación de las
reglamentaciones contra incendio.
Con eso se
completaron las tomas preliminares.
Tabbot buscó su
documento de identidad en el bolsillo, reunió los rollos de película usados y
salió del departamento. No había ningún guardián que le impidiera atravesar la
puerta: le clavó la mirada al agente, que seguía haraganeando en el corredor,
como mostrándose sorprendido.
El agente leyó su
expresión.
- Enseguida viene,
sargento, enseguida viene. Supongo que para estas horas el teniente ya habrá
conseguido alguno, así que quédese tranquilo que ya viene.
Tabbot guardó el
documento de identidad en el bolsillo.
- ¿Es cierto que le
dispararon, como dicen? ¿Que le dispararon por la espalda y le atravesaron el
estómago de lado a lado?
Tabbot asintió con
incomodidad.
- De lado a lado,
sí, pero no el estómago sino la caja torácica. Alguien le disparó un revólver
de mucho calibre. ¿Quiere una copia? Podría pegarla en su armario.
- ¡Cruz diablo!
¡No!
El hombre echó una
ojeada al corredor y volvió a mirar al sargento.
- Oí que el forense
decía que era obra de un profesional; sólo los profesionales son lo
suficientemente locos como para seguir llevando armas, considerando a lo que se
arriesgan.
- Eso creo; hace
años que no sé de un amateur que lleve revólver. La sentencia de prisión no
redimible que se prevé para la portación de armas les pone los pelos de punta.
Tabbot cambió los
rollos de mano para mantenerlos apartados de la rodilla lastimada al bajar la
escalera.
La calle brillaba
bajo la luz del sol (el tipo de escenarios luminosos en que el sargento Tabbot
deseaba que se desarrollase todo para obtener los mejores resultados; con un
sol brillante podía reproducir imágenes bastante superiores a las sombras
veteadas, incluso sobre el límite máximo de las catorce horas)
Su camión era el
único vehículo policial estacionado junto al cordón.
Tabbot subió al
furgón y cerró la puerta. Puso en funcionamiento la reveladora y la secadora en
medio de una oscuridad total y empezó a volcar en el tanque la película del
primer rollo. Cuando la cola de esa primera película se zafó del rollo y
desapareció, colocó en la ranura la guía de la segunda. Luego le tocó el turno
a la tercera. El sargento se sentó en un banco y esperó en la oscuridad a que
las máquinas terminaran sus ciclos y le entregaran los negativos de nylon.
Después de un rato se estiró para poner en marcha la ampliadora y se dedicó a
esperar sentado.
No podía borrar la
imagen de la mujer con el pecho reventado; era más vívida en la oscuridad del
camión que bajo la brillante luz del día. Esta vez no se le revolvió el
estómago y supuso que se estaba acostumbrando al recuerdo o que la imagen ya se
había instalado definitivamente en el pasado. Algunas de las fotografías que
estaban a punto de completarse bien podían resucitar esa imagen de pesadilla.
El forense creía
que algún encapuchado había asesinado a la mujer que hacía muñecos de Navidad,
algún asesino profesional que hacía tan poco caso de la ley sobre portación de
armas como de cualquier otra ley. Tal vez sí, tal vez no. Había militares y marinos
que seguían haciendo entrar armas de contrabando al país cuando volvían de sus
puestos de ultramar; Tabbot había oído hablar a menudo de eso y había visto
algunos de esos tipos temerarios en la cárcel. Por alguna razón que no llegaba
a comprender los ex marines que habían hecho el servicio en China eran los que
violaban la ley del modo más flagrante: superaban a los contrabandistas de los
demás servicios en una proporción de tres (o cuatro) a uno y las duras
sanciones que fijaba la ley Dean no los acobardaba en lo más mínimo. El
Congreso, con toda sabiduría había proclamado que sólo los oficiales de paz y
el personal militar en servicio activo tenían el privilegio de portar armas de
fuego; cualquier otra arma debía ser entregada y destruida por ley.
Tabbot no tenía
revólver ni oportunidad para usarlo. El agente del tercer piso llevaba un arma,
y también el teniente, y el policía de civil, pero no creía que el forense
tuviese uno, ni tampoco los hombres del cesto, La ley Dean establecía rígidas
penas de prisión no redimible para los ciudadanos que estuviesen en posesión de
armas, pero los Marines continuaban llevándolas y de vez en cuando algún civil
caía bajo los disparos de un revólver. Como la mujer que hacía muñecos de
Navidad.
Un suave zumbido
indicó el final de la tarea de revelado. Tabbot sacó las tres cintas de
negativo de nylon de la rueda dentada de la secadora y las introdujo en la
ampliadora. El tiempo de espera resultó sensiblemente menor. Tres largas tiras
de fotografías impresas rodaron fuera de la ampliadora y cayeron en sus manos.
Tabbot no perdió el tiempo en cortarlas una por una.
Echándose dos de
las tiras al hombro y con la tercera en la mano se dirigió a la puerta del
camión y la abrió, El brillo del sol lo hizo parpadear y los ojos le
lagrimearon.
- ¡Oh, no! ¿Qué
mierda habrá pasado? - gritó casi.
Las copias eran
oscuras, mucho más oscuras de lo que les correspondía. Sabía sin necesidad de
recurrir a las cifras anotadas en su libreta que las exposiciones habían tenido
lugar después de la salida del sol, y sin embargo las copias eran oscuras,
Tabbot fijó la vista en el frente del edificio tratando de identificar la
ventana en cuestión y después volvió a mirar, desconcertado, las tiras de
película.
La habitación que
servía de sala y de dormitorio estaba a oscuras. Mirando más de cerca,
parpadeando contra la fuerte luz, distinguió cuatro series temporales de
exposiciones de la puerta de entrada; la tercera mostraba las siluetas oscuras
del portero y de otro hombre con la boca abierta: nueve y diez de la mañana. La
quinta fotografía era una brillante imagen del policía de civil sentado en el
sofá y conversando con Tabbot. La sexta y las siguientes: imágenes oscuras del
sofá convertido en cama (faltaba la mesita ratona), la entrada a la cocina
apenas discernible, la poltrona (y ahí cerca la mesita), la ventana... Miró con
desaliento la ventana: ¡las malditas cortinas estaban corridas e impedían el
paso de la luz matinal!
Tabbot controló
precipitadamente la segunda tira, que colgaba sobre su hombro: igualmente
oscura. Tanto la lámpara de pie como la del techo estaban apagadas; las
cortinas habían estado corridas toda la noche y el cuarto estaba sumido en un
profunda oscuridad. Apenas se reconocía el radiador, el jarrón con flores, la
biblioteca, la sillita y numerosas exposiciones de la puerta cerrada; las
fotografías del piso eran prácticamente negras. Luego la cámara cambiaba de
posición, moviéndose hacia la entrada de la cocina y fotografiaba el dormitorio
con un gran angular: negra frustración.
La cama se había
convertido nuevamente en un vulgar sofá, la mesita había retrocedido a su
posición correcta, las demás piezas del mobiliario no habían sido modificadas,
las cortinas cubrían la única ventana, las luces seguían apagadas. Miró de
reojo las tomas finales y contuvo el aliento: una figura - una figura oscura y
borrosa - estaba de pie junto a la esquina más alejada de la mesita mirando
hacia la puerta cerrada.
Tabbot se apoderó
ansiosamente de la tercera tira.
Los cuatro primeros
cuadros no mostraban más que la imagen de una puerta cerrada; el quinto
explotaba en el halo brillante de un fogonazo: el revólver había disparado en
dirección a la lente.
El sargento Tabbot
se precipitó fuera del coche, cerrándolo de un portazo al salir, y trepó por la
escalera hasta el tercer piso. La rodilla lastimada reclamaba un paso más
reposado. El joven agente había abandonado su puesto.
Había un guardián
bloqueando la entrada al departamento.
Tabbot se le
aproximó con toda cautela mientras registraba los bolsillos en busca del
documento de identidad; a una distancia de sólo sesenta centímetros sintió las
primeras y desagradables puntadas en la ingle: si intentaba deslizarse hacia el
departamento sorteando la máquina, el maldito artefacto haría todo lo posible
por sacarle las tripas. Los testículos eran la zona más vulnerable. Un guardián
le recordaba siempre a una manguera de incendios de la segunda generación, pero
ni aún si lo torturaran en una seccional iba a poder describirle a nadie en
forma convincente cómo era exactamente una manguera de incendios de la segunda
generación; el torturador insistiría en que sólo se trataba de un símbolo
fálico.
El guardián estaba
hecho de acero inoxidable y plástico incoloro; llegaba a la altura de la
cintura y tenía una ranura y una linterna fosforescente en la cabeza, que
terminaba en punta. Generaba una emisión fulgurante y controlada, una radiación
de alta frecuencia capaz de destruir el tejido animal. Esas máquinas resultaban
asombrosamente útiles para mantener adentro a los prisioneros y afuera a los
ciudadanos demasiado curiosos. Tabbot insertó su tarjeta de identificación en
la ranura y esperó que la fosforescencia de la linterna disminuyera
gradualmente.
Había un teléfono
en el suelo, junto al extremo más alejado del sofá, medio escondido entre una
pila de libros polvorientos; al parecer la mujer leía novelas de cowboys.
Tabbot discó el número de la seccional y esperó a que el operador ubicara al
oficial.
- Habla Tabbot.
¿Quién abrió las cortinas? - preguntó abruptamente.
- ¿Qué carajo me
está...? ¿Qué cortinas?
- Las cortinas que
cubren la única ventana que hay en la habitación. ¿Quién las corrió esta
mañana? ¿Cuándo?
Hubo un silencio
intencionado.
- Sargento, ¿no
sirven las fotografías?
- Casi no sirven,
señor. Obtuve una excelente foto del detective sentado en el sofá después de
que hubiesen apartado las cortinas.
Vaciló un instante
mientras consultaba la libreta de anotaciones.
- El disparo se
produjo esta mañana a las seis cuarenta y cinco; el portero abrió la puerta a
las nueve y diez. Y la placa del agente de civil me salió estupenda.
- ¿Eso es todo?
- Todo lo que puede
servir. Tengo una foto sucia y oscura de alguien mirando hacia la puerta, pero
no puedo decirle si ese alguien es hombre o mujer, si es verde o colorado.
- ¡Mierda! -
exclamó el teniente.
- Lo mismo digo,
señor.
- Fue el forense
quien apartó las cortinas; quería más luz para mirar el cadáver.
- Ojalá la hubiera
apartado ayer por la noche antes de que ella se hubiera convertido en cadáver -
dijo, pensativo.
- ¿Está seguro de
que no sirven?
- Mire, señor, si
las presentara a la Corte y tuviese que vérselas con el juez del que hablábamos
hoy, lo expulsaría del tribunal.
- ¡Carajo! ¿Y qué
va a hacer usted ahora?
- Volveré a
concentrarme en las seis cuarenta y cinco y trabajar sobre el disparo. También
podría seguir a ese alguien borroso mientras se dirige hacia la puerta...
supongo que era la mujer que iba a abrir para hacer entrar al asesino. Pero no
se haga ilusiones, teniente. Es un caso perdido.
Otro silencio y
después.
- Está bien. Haga
lo que pueda. Linda noticia la que me dio, sargento.
- Sí, señor.
Dio por terminada
la comunicación.
Tabbot arrastró la
voluminosa cámara hasta ubicarla junto a uno de los extremos de la mesita y
enfocó hacia la puerta; pensaba que el encuadre abarcaría a la mujer caminando
hacia la puerta, abriéndola, alejándose de ella y al atacante entrando, todo en
la más lóbrega oscuridad. Introdujo un nuevo rollo en la cámara e inspeccionó
la lente por si hubiese alguna basurita. Después empezó a calcular el tiempo.
La cámara comenzó su tarea con las exposiciones que comprendían el momento
crítico del disparo.
Tabbot fue hacia la
ventana para concluir su examen de la tercera tira de fotografías, las que
correspondían a la cocina. La gran mayoría de los cuadros estaban tan oscuros
como los del dormitorio, pero se iluminaban de pronto después del momento en
que había cambiado por el gran angular, al iniciar la serie de enfoques
generales: alguien había encendido la luz del techo.
Tabbot pudo ver a
una mujer desnuda sentada a la mesa: tenía las dos manos plegadas sobre el
estómago, como si apretara un rollo de carne. Detrás de ella se veía la
estrecha puerta del baño, que estaba entreabierta. La mesa estaba vacía. Tabbot
frunció el ceño al ver a la mujer, su postura, y después buscó entre sus notas
el tiempo de exposición retroactiva: las seis y cinco. La mujer que fabricaba
muñecos de Navidad estaba sentada junto a una mesa vacía a las seis y cinco de
la mañana, mirando hacia su izquierda y agarrándose el estómago con las manos.
Tabbot se preguntó si tendría hambre y estaría esperando que alguna sirvienta
imaginaria le preparara y sirviera el desayuno: huevos, café, una tostada
limpia.
Buscó la foto de la
cocinita: había una llamita de gas debajo de la cafetera; ni rastros de huevos
fritos... bueno, tal vez los freía sólo tres minutos, y como las fotos se
habían tomado con intervalos de cinco y diez minutos...
Miró otra vez a la
mujer y se disculpó por el pésimo chiste: cuarenta minutos más tarde iba a
estar muerta.
Otro dato
interesante en la tercera tira era un delgado haz de luz debajo de la cortina
de la ducha. Tabbot retrocedió y recorrió la tira en busca de las dos
exposiciones que enfocaban la ducha, pero las encontró oscuras y el
compartimiento estaba vacío: se había equivocado en la hora.
La cámara se detuvo
sola a sus espaldas, reclamando su atención.
Tabbot arrastró el
aparato a través del salón hasta ubicarlo en una posición de privilegio junto
al brazo del sillón y volvió a enfocar la puerta. Ajustó el cronómetro para
obtener una segunda versión de las escenas recién registradas, pero no esperaba
encontrar más que una sombra entrando, disparando y yéndose; una figura oscura
en un cuarto en sombras.
Empezó una nueva
serie sobre la base de esa fotografía del fogonazo.
Volvió a concentrar
su atención en la mujer sentada a la mesa: estaba con las manos crispadas sobre
el estómago, mirando hacia su izquierda ¿mirando qué?
En un arrebato,
Tabbot fue a la cocina y se sentó en la silla que había ocupado ella; la misma
posición, el mismo ángulo. Se apretó el estómago con las manos y miró hacia su
izquierda, reproduciendo la misma dirección de la vista: lo que veía era el
cuarto de la ducha.
Una de las
fotografías le había dado un haz de luz debajo de la cortina... no, de la
puerta plegadiza manchada y la línea de separación tenía gotas de agua.
- ¡Ahora sí! - dijo
en voz alta.
Extendió las tiras
sobre la mesa para tener las manos libres y luego examinó las anotaciones de su
libreta, una por una. Cada una de las placas había indagado en el pasado a las
seis y cinco de la mañana: alguien había tomado un baño mientras la mujer estaba
sentada junto a la mesa.
Volvió a mirar las
últimas fotografías de la segunda tira (la que correspondía al segundo rollo):
una figura - oscura y de contornos imprecisos - estaba mirando hacia la puerta
cerrada; eran las seis y cuarenta, cinco minutos antes del disparo.
¿Era posible que la
mujer se hubiera quedado allí, simplemente, esperando durante cinco minutos que
golpearan a la puerta? ¿O la había abierto sólo un instante después de la
exposición, habla dejado entrar al hombre, había discutido con él y cinco
minutos más tarde había muerto junto a la silla? Cinco minutos era tiempo
suficiente para una disputa, un acalorado intercambio de palabras, una amenaza
y un disparo.
Tabbot se agarró
con las manos del borde de la mesa.
- ¿Qué había pasado
con el hombre de la ducha? ¿Se había quedado allí, en remojo, durante cuarenta
minutos, mientras asesinaban a la mujer? ¿O había salido, se había secado,
había engullido su desayuno y dejado el departamento unos minutos antes de la
llegada del atacante?
Tabbot se
respondió: no, no, no y tal vez.
Saltó con tal
violencia de la silla que la hizo caer. El teléfono seguía detrás de la pila de
novelas de cowboys.
El que respondiera
a su llamada bien podía ser uno de los hombres del cesto de mimbre.
- Morgue del
distrito.
- Habla el sargento
Tabbot, del Departamento de Fotografía. Tengo unas placas preliminares de la
mujer del departamento: estuvo sentada a la mesa de desayuno entre las seis y
las seis y cuarto. ¿Coincide eso con la autopsia?
- Dio en el clavo,
sargento - dijo con júbilo la voz -. La tostada todavía estaba allí, ¿me
entiende?
- Sí, le entiendo -
respondió con voz poco firme -. Les enviaré las fotografías.
- Ey, espere,
espere; hay algo más. Estaba embarazada desde hacía poco, dos meses quizá.
Tabbot tragó
saliva. Una imagen involuntaria trataba de formarse en su mente: la mesa de
autopsia, una o dos cuchilladas, el inventario de los contenidos del estómago.
Rechazó la idea y dejó el teléfono en el suelo.
- Pensé que había
sido el hombre de la ducha el que se había tomado el desayuno. Pero no fue él,
no fue él - dijo desesperadamente en voz alta.
El teléfono, mudo,
no le respondió.
La cámara dejó de
indagar en el pasado.
Tabbot arrastró el
aparato a la cocina y buscó una nueva posición detrás de la silla de la mujer
para abarcar la mesa, la cocinita y el cuarto de la ducha. Programó el
cronómetro para exposiciones con diferencia de dos minutos entre una y otra;
calculó la primera a las seis. Comenzó la prueba. Tabbot, pasó junto a la
ventana y salió de la cocina para examinar una vez más las descorazonadoras
fotos preliminares.
La puerta de
entrada, el portero y otro hombre en el umbral, la resplandeciente belleza de
la foto con el detective sentado en el sofá, las fotos en sombras del sofá
abierto para servir de cama... Tabbot se detuvo e investigó más de cerca:
¿había una o dos figuras tendidas en la cama? La siguiente: la entrada a la
cocina, la poltrona, la mesa ratona cambiada de lugar, la ventana con las
cortinas corridas.
Siempre lo mismo,
una y otra vez. Oscuridad. Pero, ¿había una o dos personas en la cama?
Y luego de esa
fotografía: alguien borroso y de contornos imprecisos mirando hacia la puerta
cerrada. ¿Estaba caminando en ese momento hacia la puerta y se lo había
sorprendido a mitad de camino? ¿Era el hombre de la ducha?
Tabbot dejó caer
las fotografías y corrió hacia la cocina.
La cámara no había
terminado aún con la serie programada pero Tabbot la sacó violentamente de su
posición y la arrastró por la cocina; el trípode dejó marcas en el suelo. Hizo
a un lado la mesa, detuvo el cronómetro y abrió de un tirón la puerta plegadiza
para introducir la lente en el compartimiento de la ducha. Enfocó el pequeño
lavabo y el espejo que colgaba sobre él, esperando obtener luz suficiente
reflejada por los azulejos blancos. Introdujo un nuevo rollo y trabajó
febrilmente con la regla de cálculos, consultó una y otra vez las anotaciones
para estar seguro de la hora. Colocó el cronómetro y puso en marcha la cámara.
Retrocedió y esperó.
El teniente se
había equivocado.
La mujer que
fabricaba muñecos de Navidad no había ido hacia la puerta ni había dejado
entrar a un hombre alrededor de las seis y cuarenta de la mañana; no había ido
en ningún momento hacia la puerta. Había muerto detrás de la silla mientras se
dirigía hacia la ventana para apartar las cortinas. Su atacante había pasado
allí la noche, había dormido con ella en el sofá-cama hasta poco antes de las
seis; después se habían levantado y uno de ellos había usado el baño mientras
el otro plegaba la cama. Él había entrado a la ducha mientras ella se sentaba a
la mesa. En ese intervalo ella se había apretado el vientre y después había
desayunado. Se había originado una discusión - o tal vez retomado la de la
noche anterior - y luego el hombre había aparecido en la cocina, entonces
oscurecida, se había vestido y había intentado irse sin desayunar.
La discusión había
continuado en la sala; la mujer había ido hacia la ventana para dejar entrar la
luz del sol matinal mientras el pistolero profesional vacilaba entre la mesita
y la puerta. Se volvió a medias, disparó y huyó.
- Hay un pequeño
agujero en la espina dorsal...
Tabbot pensó que el
teniente estaba muy equivocado; en menos de una hora tendría las placas para
probar que estaba equivocado.
Para ahorrar
algunos minutos, llevó el rollo terminado al camión que estaba abajo e
introdujo la película en el tanque de revelado. Era molesto tener que
preocuparse por el guardián cada vez que entraba y salía y Tabbot violó el
reglamento, dejándolo inerte.
En el momento en
que salía del camión pasó un patrullero de la policía, pero no obtuvo más que
un distraído movimiento de cabeza por parte del acompañante del conductor. La
rodilla de Tabbot empezó a hacerse sentir cuando subió la escalera hacia el
tercer piso en la que parecía ser la centésima vez en el día.
La cámara había
completado las tomas del lugar y se había detenido.
Tabbot se preparó
para partir.
Llevó su equipo
afuera, al corredor e hizo tres exposiciones de la puerta del departamento. El
proceso de guardar todo otra vez en el voluminoso estuche le llevó más tiempo
del que le había llevado sacarlo; el trípode se rehusaba obstinadamente a
plegarse en la forma debida para entrar en la funda. Y la ley sobre privacidad
de los ciudadanos se rehusaba obstinadamente a permitirle fotografiar el
corredor: allí no se había cometido ningún crimen.
Echó una última
ojeada al departamento vacío: podía ver hasta la cocina y su imaginación podía
representarse a la mujer sentada a la mesa, apretándose el estómago. Cuando
estiró el cuello para mirar a ambos lados de la puerta, pudo ver la ventana
iluminada por un sol brillante. Tabbot decidió dejar las cortinas apartadas;
quería que, en caso de que ese mismo día o al siguiente asesinaran a alguien en
ese lugar las cortinas estuviesen abiertas.
Cerró la puerta del
departamento y puso su tarjeta de identificación en la ranura del guardián para
reactivarlo. No hubo ningún movimiento del mecanismo en respuesta, ningún
zumbido teatral del pulsador de alta frecuencia, pero sus tripas comenzaron a
revolverse cuando se encendió la linterna roja. Bajó por la escalera con sumo
cuidado porque la rodilla no le permitía un paso más rápido. El estuche de la
cámara golpeaba contra la otra pierna.
Tabbot sacó el
tambor de la película del tanque de revelado y lo introdujo en la ampliadora.
Cerró la puerta trasera del camión, dio la vuelta hacia la puerta del conductor
y buscó la llave de encendido en el bolsillo del pantalón. No estaba allí. La
había dejado en el contacto, otra violación de la ley. Entró y puso el motor en
marcha, bastante agradecido de que los hombres del patrullero no hubieran visto
la llave (le habrían podido dar una citación y lo habrían hallado tan culpable
como a cualquier otro ciudadano).
El camión
laboratorio entró en circulación.
La ampliación de
los dos rollos de película de nylon se completó en la playa de estacionamiento
cercana a la seccional. Estacionó en uno de los lugares reservados para
visitantes; como no sabía quién podía estar observándolo desde la ventana,
Tabbot sacó la llave del contacto y la guardó en el bolsillo antes de
encaminarse a la parte posterior del camión para terminar el trabajo de la
mañana.
Los resultados
concretos del primer rollo eran insultantes, desde el punto de vista
profesional: fotografías oscuras y descorazonadoras que habría preferido no
tener que mostrar a nadie. Había solo dos buenas del fogonazo del revólver y
otras dos de algo borroso y de contornos imprecisos encaminándose hacia la
puerta. Prácticamente la única satisfacción que podía encontrar Tabbot en estas
dos últimas era el colorido, tan oscuro, un hombre vestido con ropas oscuras,
moviéndose a través de un cuarto en sombras. La mujer desnuda habría dado una
pálida figura blanquecina.
Tabbot examinó las
fotografías del segundo rollo con ojo de profesional. Los azulejos blancos del
cuarto de la ducha habían reflejado la luz en forma satisfactoria. Consideró
que era uno de los mejores trabajos de su vida. Observó al visitante nocturno de
la mujer duchándose, afeitándose, lavándose los dientes y peinándose. En algún
momento, tal vez en medio de aquella discusión acalorada se había hecho un
tajito en el cuello, justo encima de la nuez de Adán, un hecho que no había
contribuido precisamente a mejorar su humor.
Una exposición
captada fuera de la puerta del departamento - la última fotografía - era al
mismo tiempo gratificante y frustrante: mostraba a ese alguien borroso mientras
abandonaba el lugar, pero iba agachado y con la cabeza inclinada, mirándose los
pies. Tabbot supuso que el hombre era demasiado tímido como para que lo
fotografiaran saliendo de la habitación de una mujer; se mostraría indignado
cuando supiera que una cámara lo había estado observando frente al espejito del
lavabo, indignado y casi furioso por esta última forma de invasión de la vida
privada.
Tabbot llevó las
fotografías a la seccional. Había otro sargento en servicio detrás del
escritorio, un hombre que lo reconoció por el uniforme, si no por su cara o por
su nombre.
- ¿A quién busca?
- Al teniente...
¿cómo se llama? - dijo Tabbot.
El hombre del
escritorio señaló con el pulgar hacía atrás.
- En la división de
la patrulla.
Tabbot dio la
vuelta al escritorio y se dirigió a esa división, que estaba al final del
edificio. Era una sala grande, con varios escritorios, y cuatro o cinco hombres
trabajando o haraganeando detrás de ellos. La mayoría parecía estar
haraganeando. Todos sin excepción levantaron la vista al llegar el fotógrafo.
- ¿Ya está aquí,
sargento? ¿Terminó con su trabajo?
- Sí, señor.
Tabbot se dio
vuelta y se dirigió al escritorio del teniente. Extendió delante de él la
primera tira de fotografías oscuras.
- Bueno, no parece
estar muy contento con esto.
- No, señor.
Colocó la segunda
tira junto a la primera.
- Están todas
oscuras menos las últimas. Había más luz en el compartimiento de la ducha. El
que está en la ducha es usted, teniente. El efecto de contraluz me dio las
únicas fotos decentes de toda la serie.
FIN

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