© Libro N° 14025. Las Máscaras
De Los Illuminati. Wilson,
Robert Anton. Emancipación. Julio
5 de 2025
Título Original: © Masks of the Illuminati
Versión Original: © Las Máscaras De Los Illuminati. Robert Anton Wilson
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original de textos:
Libros Tauro
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LAS MÁSCARAS DE LOS
ILLUMINATI
Robert Anton Wilson
Las Máscaras
De Los Illuminati
Robert Anton Wilson
Las Máscaras De Los Illuminati
Robert Anton Wilson
Título original: Masks of the Illuminati
ÍNDICE
PRIMERA PARTE 2
SEGUNDA PARTE 58
TERCERA PARTE 100
CUARTA PARTE 153
QUINTA PARTE 186
Para Graham, Jyoti
Y Karuna
PRIMERA PARTE
El tablero de
ajedrez es el mundo; las piezas son los fenómenos del universo; las reglas del
juego, eso que llamamos fuerzas de la naturaleza. El jugador que hay al otro
lado permanece oculto de nosotros.
Thomas Henry
Huxley, Ensayos
Una gran diferencia
entre los procesos Químicos y los Alquímicos es que la Alquimia sólo emplea un
calor gradual continua pero cuidadosamente aumentado, sin empezar con un calor
violento.
Israel Regardie, El
Amanecer Dorado.
¡Dios mío! Piensa;
piensa en lo que estás diciendo. Es demasiado increíble, demasiado monstruoso;
esas cosas no pueden pasar... Debe haber alguna explicación, alguna salida del
terror. Porque, amigo mío, si eso fuese posible, nuestra tierra sería una pesadilla.
Arthur Machen, El
Gran Dios Pan
EL CASO DE LOS
SUICIDIOS CONSTANTES
Nuevos horrores en
Loch Ness
(Especial del
Express Journal]
INVERNESS, 23 ABRIL
1914.- El Inspector James Mclntosh de la Policía de Inverness se enfrenta a un
misterio más terrible que cualquiera de los narrados en los cuentos de Poe o
Conan Doyle, pues se han producido tres inexplicables suicidios en dos semanas
en la región adyacente a Loch Ness: una zona cuyos habitantes han dado en
denominar reciente e insistentemente como «habitada», y no precisamente por
«Nessi», nuestro famoso monstruo local, sino por criaturas incluso más
terribles.
El primero de los
misteriosos suicidios fue el de Bertran Alexander Verey, de 68 años, que se
disparó trágicamente en la cabeza el pasado jueves. Según sus vecinos, gozaba
de buena salud, y no se ha encontrado ningún motivo razonable para el acto de
desesperada melancolía descubierto por las investigaciones del comisario.
La segunda víctima
de esta extraña plaga de autodestrucción ha sido la de la cuñada de Verey, la
Señora Annie [McPherson] Verey, de 59 años, que se arrebató la vida ingiriendo
veneno yodado este mismo lunes. Sobrevivió a su esposo, el reverendo Charles Verey,
conocido pastor de la antigua y prestigiosa Old Kirk del Lago y presidente de
la Sociedad para la Propagación de la Verdad Religiosa.
Hoy ha ocurrido la
tercera inexplicable y terrible tragedia relacionada por extraña coincidencia
con los dos primeros actos de manía melancólica. El reverendo Duncan McPherson,
hermano de la señora Verey, vicepresidente de la Sociedad para la Propagación
de la Verdad Religiosa, se cortó la garganta con una navaja.
Es difícil
comprender cómo semejante ola de locura contagiosa ha podido golpear a una
familia dedicada a los piadosos esfuerzos cristianos. Al ser preguntado sobre
el particular, el inspector McIntosh declaró a nuestro reportero: «Cuando se ha
pertenecido a la policía durante treinta años, y se han visto tantas extrañas
tragedias, se descubre que literalmente cualquiera es capaz de literalmente
cualquier cosa».
La gente de los
alrededores dice que la zona en la cual el Río Ness se une con el Loch Ness
—donde se encontraban los hogares de Verey y McPherson— está «encantada» desde
hace muchos años. A las numerosas apariciones de «Nessie», el misterioso
monstruo serpentino que habita en el Loch, se unen las de un segundo monstruo
con alas de murciélago, extraños ruidos y luces que se perciben de noche, voces
susurrantes que se escuchan en puntos solitarios, y una gran variedad de
apariciones sobrenaturales.
«Hay mucha
superstición entre los aldeanos», respondió el Inspector McIntosh al ser
preguntado sobre tan horribles cuentos.
Otros residentes
consideraron el escepticismo del Inspector con la vieja regla de ni esposa, ni
caballo, ni bigote, sólo desprecio y una media sonrisa.
Malcolm McGlaglen,
de 61 años de edad, propietario de una granja cercana a la zona «encantada», le
dijo a nuestro reportero: «La policía está... loca. Todo hombre, mujer y niño
de la región llama a esa zona 'Los Acres del Diablo', y nadie quiere adentrarse
en ella en cuanto cae la noche. 'Nessie' es la menor de nuestras
preocupaciones. Por la noche, esto se llena de sonidos muy desagradables y se
ven luces en el cielo y en la tierra; las monstruosas criaturas que han sido
vistas por algunos son lo bastante horribles como para que el pelo se le ponga
blanco a cualquiera».
Otro granjero, que
pidió que su nombre no fuera mencionado en esta publicación, añadió nuevos y
macabros detalles a la historia de McGlaglen, diciendo que su propio hijo
encontró a una de las «monstruosas criaturas» hace dos años y que todavía se
halla bajo atención médica. Se negó a describir a la criatura, alegando que «la
gente se reiría de nosotros».
Robert McMaster, de
43 años, otro aldeano, resumió la opinión de la gente de la región con las
siguientes palabras: «Necesitamos a la policía tanto como necesitamos una uña
infectada». McMaster indicó incluso que había visto a una mujer sin cabeza
deambulando por la Finca Glen Carig últimamente.
«Supersticiones»,
concluyó el inspector Mclntosh; nuestro reportero, sin embargo, admite que le
alegró poder volver a la ciudad antes de que cayera la noche en los «Acres del
Diablo».
Del diario de Sir
John Babcock. 25 de Junio de 1914.
¿Qué clase de
hombre es... o qué clase de criatura bajo la forma de un hombre? Ciertamente,
sólo me he encontrado con él dos veces estando encarnado, pero ha constituido
una perpetua presencia en mi vida desde hace dos años... desde que compré el
maldito Nubes sin Agua y empecé a involucrarme en los asuntos de la familia
Verey y los horrores del Loch Ness. Incluso antes del blasfemo incidente de la
cruz invertida que me hizo abandonar Arles, atormentaba mis sueños, apareciendo
bajo las formas mas grotescas en pesadillas constantes que se orientaban hacia
el más horroroso de los delirios. Una visión especialmente abominable continúa
asediándome... él se ataviaba con un turbante y adoptaba la apariencia del más
obeso y detestable de los Demonios Sultanes, mientras a su alrededor danzaban y
tocaban la flauta una multitud de servidores insectoides que sólo Doré o Goya
pudieron haber imaginado. Como el Rey Lear, me hubiera gustado gritar:
«¡Médico, dame algo que endulce mi imaginación!» Pero no era fruto de mi imaginación;
se trataba de la más terrible realidad. Todavía recuerdo las últimas palabras
que me dirigió en Londres: «Su Dios y Jesucristo están muertos. Nuestra magia
es ahora más fuerte, pues los Antiguos han vuelto». A veces, mi fe se tambalea
y le creo. Es el horror supremo: ver pasivamente, sin mayor esfuerzo, que toda
esperanza desaparece; contemplar aquello que más temo... como alguien que
estuviera al borde de un abismo y no pudiera resistir la voz seductora,
demoníaca y tentadora que susurra «Salta, salta, salta...»
ACCION SONIDO
EXTERIOR. ESTACION
DE FERROCARRIL DE BASILEA, SUIZA, 1914.
A PRIMERAS HORAS DE
LA TARDE.
PLANO EN
MOVIMIENTO.
Plataforma del
tren.
Nos fijamos en
diversas caras.
Tres hombres y
mujeres de estatura normal, un hombre terriblemente grande, un enano, más
rostros vulgares. Sonidos de tren.
Preparativos de la partida.
Primera voz en la
multitud: «...no el Todopoderoso...»
Segunda voz:
«Tómalo», le dije, «y clávalo donde no
brille la luna».
Era positivamente
vívido.
Tercera voz: «Yo
nunca resideré ya.»
El motor chirría.
Orquesta completa:
Vals de La Viuda Alegre.
Cuando el expreso
de Zurich dejó Basilea en la noche del 26 de junio de 1914, un extraño trío se
encontró compartiendo la cabina 23, y dos de ellos descubrieron poco después
que al tercero le molestaba aquel hecho.
—Ha dejado de
llover —aventuró el doctor suizo en cuanto el tren empezó a moverse. El anuncio
era obvio, pero resultaba un claro intento de entablar conversación.
—Ja —replicó el
ruso con voz cortante, claramente desinteresado por cualquier charla ociosa.
—Ya no llueve —dijo
el inglés amigablemente, pero su cortés sonrisa no trascendía más allá de su
boca. Sus ojos estaban tan lejos de la humanidad como los de una momia.
El doctor miró la
vacía sonrisa durante un momento y lo intentó por otros derroteros.
—Creo que el
Archiduque Fernando está dando una recepción de lo más cordial en su corte
—dijo—. Quizá la situación de los Balcanes se enfríe a partir de ahora.
El ruso emitió un
sonido escéptico y, en esta ocasión, ni siquiera ofreció una palabra.
—Toda la política
es una mascarada —opinó el inglés con la misma sonrisa educada que no alcanzaba
a sus ojos vacíos y elusivos.
El ruso aventuró
una frase completa.
—Todas las
mascaradas tienen una clave —sentenció con la macabra alegría de los que
planean el apocalipsis en una buhardilla— y los antiguos romanos ya lo sabían:
Cui bono?
—¿Quien gana? —El
inglés tradujo del latín al alemán, el idioma en que los tres conversaban—.
¿Quién sino el Diablo? —respondió retóricamente, mostrando una de esas sonrisas
malsanas que hacen que la gente se rebulla molesta.
El ruso miró al
inglés por un momento, observando los nerviosos síntomas que el doctor ya había
notado.
—El Diablo
—pronunció firmemente— es un mito muy adecuado inventado por los verdaderos
malefactores del mundo. —Con aquellas palabras abrió un periódico y se retiró
tras sus páginas, indicando claramente que cualquier conversación que se le
dirigiera en lo sucesivo sería una clara invasión de su vida privada.
El doctor siguió
hablando cordialmente.
—En estos días, muy
poca gente cree en el Diablo —dijo, pensando para su fuero interno: Nueve de
cada diez esquizofrénicos tienen obsesión por el Diablo, y ocho de cada diez
generan algún tipo de variación sobre la metáfora de la mascarada.
—Poca gente
—replicó el inglés con una mueca que fue haciéndose cada vez más mecánica y
cadavérica— puede ver más allá de sus narices.
—Qué bien lo sabe
usted, ¿verdad? —le aguijoneó el doctor.
—¿Es usted
alienista? —preguntó el inglés abruptamente.
Ya está aquí otra
vez, pensó el doctor: la sorprendente intuición, o percepción extrasensorial,
de que dan muestra estos tipos.
—Soy médico —dijo
cuidadosamente— y trato problemas mentales y nerviosos... pero no desde la
posición del alienista tradicional.
—No necesito ningún
alienista —replicó el inglés amargamente, ignorando el rechazo del doctor hacia
tal etiqueta.
—¿Quién dice eso?
—quiso saber el doctor—. Mi padre era un ministro del Señor. De hecho,
simplemente me intereso por la vehemente convicción que demuestra acerca de la
existencia del Diablo en un tiempo en que casi todos los hombres educados
coinciden con la opinión de nuestro cínico compañero que se escuda tras el
periódico.
Un ronquido de
escepticismo llegó desde detrás del diario.
—¿Ha visto alguna
vez a un hombre que se desvaneciera en el aire, justo ante sus ojos? —preguntó
el inglés.
—Claro que no
—respondió el doctor.
—Entonces no me
diga que necesito un alienista —concluyó el inglés—. Quizá el mundo lo
necesite... quizá el propio Dios necesite un alienista... pero yo sé lo que he
visto.
—¿Vio desvanecerse
a un hombre en el aire durante un acto de magia en algún escenario? —indagó el
doctor amablemente—. Es, ciertamente, extraordinario. Puedo entender a las
claras por qué teme que nadie le crea.
—Se burla de mí
—dijo el inglés con voz acusadora—. Lo vi... lo supe... la conspiración que lo
controla todo desde las bambalinas. Tenía toda la evidencia, y, de pronto,
simplemente, desapareció. Gente, oficinas de correo, todo... todo desapareció
de la tierra durante la noche...
Durante la noche,
la noche, la noche: pareció como si las ruedas del tren repitieran el ritmo de
las palabras.
—Debe haber sido
una experiencia terrible —insistió el doctor cada vez más amablemente—. Pero,
¿no es posible que se haya confundido con los detalles debido a alguna fuerte
impresión?
Durante la noche,
la noche, la noche, repetían las ruedas.
—Vi lo que vi —dijo
el inglés tajantemente, levantándose—. Perdóneme —añadió, saliendo del
compartimento.
El doctor echó una
mirada al ruso, aún oculto tras el protector periódico.
—¿Oyó el concierto
de Beethoven cuando estuvo en Basilea? —preguntó alegremente.
—Tenía cosas más
importantes que hacer —dijo el ruso con su acostumbrda voz cortante, volviendo
una página con un interés exagerado en la historia que estaba leyendo.
El doctor renunció.
Un pasajero molesto y el otro muy poco educado: decidió que el viaje iba a ser
muy aburrido.
El inglés volvió
con los ojos húmedos y, tras echarse en su rincón, no tardó en quedarse
dormido. Láudano, o algún otro opiáceo, diagnosticó el doctor: como mínimo,
síntoma de una aguda ansiedad neurótica.
Durante la noche,
la noche, la noche, insistían las ruedas. El doctor decidió dormitar un poco.
Se despertó
sobresaltado, descubriendo que el ruso, involuntariamente, le había tomado del
brazo. Escuchó entonces la voz del inglés:
—No... no... no iré
al jardín... otra vez no... ¡Oh, Dios, Jones, esa cosa... las alas del
murciélago se mueven... el enorme ojo rojo... ¡Dios nos ayude, Jones...!
—Está totalmente
loco —dijo el ruso.
—Un ataque de
ansiedad —le corrigió el doctor—. Está en medio de una pesadilla.
—Gar gar gar gar
—seguía el inglés, casi llorando en sueños.
El ruso, con
embarazo, soltó la presa del brazo del doctor.
—Supongo que verá
una docena de casos como éste cada semana —opinó—. Por mi parte, no estoy
acostumbrado a estas cosas.
—Los veo cuando han
salido de las visiones y están totalmente despiertos —dijo el doctor—. Todavía
son humanos y provocan simpatía.
—Nadie como él
provoca simpatía —cortó el ruso, volviendo a usar el tono cortante y regresando
a su asiento.
—El Colegio
Invisible —musitó el inglés como si si tratase de algún estribillo
esquizofrénico—. Ahora lo ves, ahora no... en el aire, en el aire...
—Está hablando de
una sociedad secreta del siglo diecisiete —explicó el doctor, sorprendido.
—Incluso Jones
—seguía musitando el inglés—. Existía, pero ya no existe... Oh, Dios, no... no
hay que volver al jardín.
Las afueras de
Zurich empezaron a aparecer por la ventanilla.
El doctor se
adelantó y tocó al inglés en el hombro con cuidadosa gentileza.
—Sólo es un sueño
—dijo suavemente en la propia lengua del inglés—. Despierte y todo acabará.
Los ojos del inglés
se abrieron llenos de terror.
—Estaba soñando —le
explicó el doctor—. Era un mal sueño...
—Un montón de
tonterías —bramó el ruso súbitamente, saliendo de su frialdad—. Haría muy bien
en olvidarse de esos demonios imaginarios y empezar a temer la creciente ira de
las clases trabajadoras.
—No era un sueño
—susurró el inglés—. Todavía están detrás mío...
—Joven —dijo
apremiante el doctor—, su miedo se encuentra dentro de su propia mente. No hay
nada fuera de ella. Intente comprenderlo.
—El loco es usted
—replicó el inglés—. Para ellos, dentro y fuera es lo mismo. Ellos pueden
entrar en nuestras mentes si lo desean. Y cambiar el mundo si quieren.
—¡Ellos? —preguntó
el doctor perspicazmente—. ¿El Colegio Invisible?
—El Colegio
Invisible ha muerto —contestó el inglés—. La Hermandad Negra que domina el
mundo.
—¡Zurich! —gritó el
revisor—. ¡Ultima parada! ¡Zurich!
—Escuche —insistió
el doctor—. Si va a quedarse en Zurich una temporada, venga a verme, por favor.
Creo que puedo ayudarle. —Le tendió una tarjeta al inglés.
El ruso se levantó
carraspeando escéptico y salió del compartimento sin despedirse.
—Tome mi tarjeta
—insistió el doctor—. ¿Vendrá a verme?
—Sí —respondió el
inglés con una nueva sonrisa carente de sinceridad. Pero en cuanto el doctor le
dejó a solas, aún mirando ausentemente con ojos vacíos al espacio, tiró la
tarjeta al suelo. Sólo había echado un breve vistazo al nombre: Dr. Carl Gustav
Jung.
—No necesito un
alienista —repitió incansablemente—. Necesito un exorcista.
EN EL CORAZON DE LA
METROPOLIS SUIZA
Majestuoso y
rellenito, Albert Einstein cruzó el opaco bar de Lorelei con una bandeja de
color amarillo en la que se balanceaban, perfectamente erectas, dos jarras de
cerveza. Con pantalones bombachos y un suéter verde, de oscurecidos tonos
debido a las lámparas de la Rathskeller, vestía con pulcritud su gnómico
aspecto, con el cabello cuidadosa, elegantemente peinado y su estudiado
mostacho.
—Oolf —dijo el
profesor Einstein, colisionando casi con otro transportista de cerveza en la
oscuridad.
James Joyce,
demacrado y pálido, levantó sus azules ojos de borracho para atisbar con una
intensa mirada la sombría habitación y la diminuta silueta de Einstein que se
aproximaba.
—¡Ah! —exclamó
pensativamente, demasiado aturdido para articular nada más.
Einstein depositó
con alma la ambarina carga en la, por toda evidencia, mesa sin lacar de Joyce;
antes de sentarse, bailó tres pasos dionisíacos acompañando los acordes de un
pianista tuerto que ocupaba un rincón. Algo casi femenino en la gracia de la danza
impresionó a Joyce, quien, una vez más, repitió:
—¡Ah!
—Jeem —dijo
Einstein—, ¿por qué tan silencioso de repente? —Se sentó cuidadosamente,
buscando a tientas la silla en la velada luminosidad. Una vez sentado, bebió
profundos y oscuros tragos de la cerveza de color caoba, paladeándola. Joyce
siguió vigilándole complacido, con una impasibilidad ameboide: un Telémaco
simplificado—. ¿Está borracho? —le preguntó Einstein.
—Un irlandés nunca
está borracho —replicó Joyce dogmáticamente— mientras pueda caerse por tres
tramos de escaleras y darse de cabeza en el carbón sin herirse. Estaba pensando
en la serpiente de mar del Loch Ness. El periódico de hoy trae una historia sobre
un escocés a quien llaman el Terrateniente de Boleskine y que ha ido por allí
para escalar montañas. Los periodistas le han preguntado sobre el monstruo y
les ha dicho que «Oh, Nessie es muy real. Lo he visto muchas veces.
Prácticamente es como de casa.»
ACCION SONIDO
EXTERIOR: CALLE DE
UNA CIUDAD, DE NOCHE, PLANO MEDIO
SATAN y SIR JOHN
BABCOCK se encuentran uno frente al otro.
BABCOCK
aterrorizado.
[El plano se
mantiene durante tan poco tiempo que apenas se distingue una imagen concreta;
los espectadores no deben estar seguros de lo que han visto.] Pies corriendo
P. ¿Qué es lo que
Joyce encuentra más admirable en Einstein?
R. Su falta de
iglesia, de dios, de nacionalidad, de rey, de fe.
P. ¿Qué es lo que
Joyce encuentra menos admirable en Einstein?
R. Su sensibilidad
judía y su negativa a beber lo bastante como para penetrar en más divertidos e
instructivos estados alternativos de consciencia.
P. ¿Qué es lo que
Einstein encuentra más admirable en Joyce?
R. Su falta de
iglesia, de dios, de nacionalidad, de rey, de fe.
P. ¿Qué es lo que
Einstein encuentra menos admirable en Joyce?
R. Su gélida
irascibilidad y la incapacidad impotente de beber hasta alcanzar deplorables y
extraños estados de consciencia.
P. ¿Qué conspicuas
diferencias existen entre Mr. Joyce y el Profesor Einstein que nunca son
observadas o comentadas por ninguno de ellos?
R. Joyce escapó de
las normales constricciones del ego considerando profundamente que sus
sentimientos son los de una mujer; Einstein escapó de las normales
constricciones del ego considerando profundamente que sus sentimientos son los
de un fotón. Joyce se aproxima al arte con la metodología de un científico;
Einstein practica la ciencia con la intuición de un artista. Joyce vivía
felizmente en pecado con su amante, Nora Barnacle; Einstein vivía
desgraciadamente casado con su esposa, Mileva Einstein.
ACCION SONIDO
EXTERIOR: GRANJA
ESCOCESA, OSCURIDAD, PLANO MEDIO.
El pequeño MURDOCH
FERGUSON, de 10 años, paseando por un maizal. Voz
del Reverendo Charles Verey [alta]:
«Entonces, en 1912,
ocurrió el espantoso caso del muchacho Ferguson... el joven Murdoch Ferguson,
de 10 años, que fue asustado hasta el
punto de perder literalmente la cabeza mientras
volvía a su casa al atardecer.»
EXTERIOR. LO MISMO.
PRIMER PLANO.
MURDOCH deja de
andar y mira con horror a algo que no enfoca la cámara. Voz de Verey [alta]:
«Me temo que podría
hacerles sonreír el saber lo que el muchacho dice que vio..»
—Y, ¿cuál es
nuestra sensación de elección? —preguntó Joyce—. Ineludible, lo admito, pero,
por lo tanto, doblemente sospechosa.
Einstein sonrió.
—Pensando y
pensando y pensando nos hemos metido en una extraña trampa —dijo—. Déjeme que
le enseñe lo extraña que es. —Esbozó a toda prisa, pero cuidadosamente, una
caja con sus gruesos dedos sobre el mantel y escribió en su interior
velozmente—. Aquí —continuó, presentando a Joyce una trampa talmúdica.
Creemos en nuestro
libre albedrío:
No tenemos elección
en ese asunto.
Joyce se rió.
—Exactamente
—concretó—. Ahora le voy a mostrar lo que hay fuera de la caja. —Empezó a
dibujar y a escribir al otro lado del mantel.
Lo que se encuentra
dentro de la caja es lo conocido:
Lo que se encuentra
fuera de la caja es lo desconocido:
¿Quién ha hecho la
caja?
—Hablábamos de
socialismo cuando llegamos al bar —observó Einstein— y ahora volamos
peligrosamente cerca de las nubes del solipsismo. Jeem, una vez más, sin
trampas: ¿qué cree que es realmente real?
—La mierda de perro
en la calle —respondió apresuradamente Joyce—. Es de un marcado color amarillo
ocre y se pega a la botas como un terrateniente moroso. Ningún hombre es un
solipsista cuando se acerca al bordillo para rascársela del tacón. —Le bon mot de
Canbronne.
—Otro salto
cuántico —replicó Einstein, echándose a reír—. Bien, Freud y Jung estudian esas
discontinuidades de la consciencia de una manera científica.
Nora, Stanislaus:
¿lo hicieron? No lo parece. Judas, santo patrón de hermanos y amantes. Lo
hicieron. Sé que lo hicieron.
La cripta de San
Giles: ¿cómo regresar?
El acordeonista
empieza una nueva melodía: Die Lorelei. Joyce observa las mates sombras
ambiguamente móviles, desplazándose por las paredes desnudas, mientras una risa
loca erupta en una mesa cercana.
—Probablemente
nunca le encontraría a usted en otro sitio que no fuera éste —comentó
suavemente—. Los distinguidos profesores de la Universidad de Zurich no se
mueven en los mismos círculos que los profesores a tiempo parcial del
kindergarten de adultos del Signor Berlitz en Trieste. A menos que detesten la
sociedad burguesa y se sientan atraídos por los bares más infectos. He
conseguido casi toda mi educación auténtica pateando bares y casas de mala
reputación, como Villon.
Un amigo del
acordeonista empezó a cantar ebriamente:
—Ich weiss nicht
was soll es bedeuten...
—A mi madre le
encantaba esa canción —dijo Einstein en voz baja, mientras los cantantes
recreaban la imagen, desde la niñez, de Lorelei, hermosamente muerta en su
insano abrazo.
Durante la noche,
la noche, la noche.
—La última vez que
estuve en Zurich —dijo Joyce, siguiendo el vuelo de sus propios pensamientos—
fue hace ocho o nueve años. Nora y yo nos quedamos en el Gasthaus Hoffnung y el
nombre me encantó. Aquel año necesitaba una Casa de la Esperanza. Ahora hemos
vuelto otra vez, de vacaciones, y me encuentro con que han cambiado el nombre,
por alguna inexplicable razón, a Gasthaus Doeblin... ya ve, mi propia casa,
Dublín. ¿No será algún tipo de advertencia o algo parecido?
En las
profundidades de la cripta de San Giles. Y algo que se extiende a lo largo de
muchas millas. Lo hicieron. El guardián de mi hermano.
—¿Es Nora su
esposa?
—En todos los
sentidos —Joyce lo pronunció con unción—, excepto en el estrictamente legal y
arcaicamente eclesiástico. —Lo hicieron: sé que lo hicieron. Jodiendo como
hembras en celo. Lo sé. Creo que lo sé.
P. Sitúe
exactamente Bahnhofstrasse en el espacio-tiempo.
R. Bahnhofstrasse
forma parte de la ciudad de Zurich: la cual forma parte del cantón de Zurich:
el cual forma parte de la República Democrática de Suiza: la cual forma parte
de Europa: la cual forma parte de un planeta de cuatro mil quinientos millones
de años de edad llamado Tierra: el cual realiza una rotación sobre su eje polar
en relación al sol en un ciclo diurno-nocturno de 24 horas y una revolución
alrededor de una estrella de tipo G llamada Sol en 365 días 5 horas 48 minutos
y 46 segundos: que a su vez forma parte del Sistema Solar formado por nueve
planetas y miríadas de asteroides: que se mueve junto con el Sol hacia la
constelación de Hércules a una velocidad de unos 20.000 kilómetros por hora:
que forma parte de una galaxia llamada comúnmente Vía Láctea: que gira sobre su
propio eje cada ocho mil millones de años: que forma parte de una familia de
muchos miles de millones de galaxias: que forma parte del Universo conocido:
que el profesor Einstein empieza a sospechar como finito e ilimitado, curvado
sobre sí mismo en cuatro dimensiones: de tal modo que algo con energía infinita
que viajase de galaxia en galaxia a lo largo de una inmensa órbita de
espacio-tiempo volvería eventualmente al punto de origen de su expedición:
encontraría de modo eventual la galaxia Vía Láctea, la estrella de tipo G
llamada Sol, el planeta Tierra, el continente llamado Europa, la nación
denominada Suiza, el cantón de Zurich, la ciudad de Zurich, la calle llamada
Bahnhofstrasse, la Lorelei Rathskeller: donde tales pensamientos se han
concebido en la mente de Albert Einstein.
P. ¿Durante cuánto
tiempo han sido amantes James Joyce y Nora Barnacle?
R. Durante diez
años y diez días.
P. ¿Cuántas veces
ha sospechado James Joyce que Nora Barnacle le era infiel?
R. Tres mil
seiscientas sesenta veces.
P. ¿Ocurren tales
sospechas con cierta regularidad?
R. Habitualmente,
alrededor de medianoche; ocasionalmente, al anochecer, siempre y cuando Mr.
Joyce haya empezado a beber por la tarde.
P. ¿Qué acciones
conllevan dichas sospechas?
R. Ninguna.
P. ¿Ha habido excepciones en ese consistente
modelo de inactividad?
R. Sí. En 1909, Joyce expresó sus sospechas con
tanta elocuencia y furia como un gran maestro de la lengua inglesa. Cuando se
persuadió de que en aquella ocasión estaba equivocado, se sumió nuevamente en
su modelo anterior de silenciosa desconfianza.
P. Explique los motivos de esa pasividad.
R. Deseo de paz y tranquilidad para seguir con
su trabajo literario; morbosa autocontemplación del origen probablemente
fantasmal de sus sospechas; devoción y desconcertado amor por el objeto tanto
de su concupiscencia como de su paranoia; sentido democrático de la pertenencia
a la mayor orden fraternal de Europa, los cornudos.
El debate entre
Albert Einstein (Prof. Physik) y James Joyce (Div. Escép.) en la encantadora y
antigua Lorelei Rathskeller en aquel memorable atardecer mientras el viento
Föhn empezaba a soplar por Zurich cubrió los más diversos y maravillosos
tópicos de la epistemología, ontología, escatología, semiótica, neurología,
psicología, fisiología, relatividad, teoría de los quanta, ciencia política,
sociología, antropología, epidemiología y (debido a la desafortunada tendencia
de Mr. Joyce a estancarse en lo más insano) escatología más que liberal. En
epistemología, Joyce era tan cuadriculado como Aristóteles, el Maestro De Los
Que Saben, mientras Einstein se delataba por su gran devoción hacia David Hume,
Maestro De Los Que No Saben; en cambio, en ontología, Einstein se quedaba
peligrosamente cerca del ultraescepticismo que más tarde denunciaría al ser
propuesto más burdamente por el Dr. Niels Börh como Interpretación de Copenhage
(viz: el universo conocido por nosotros es producto de nuestros cerebros e
instrumentos de tal modo que uno es eliminado del universo actual), pero Joyce,
con caballeroso desdén tanto por la consistencia como por el sentido común, iba
incluso más allá de la Interpretación de Copenhage llegando al agnosticismo
final, intentando combinar la proposición aristotélica de que A es A con la
no-aristotélica crítica de que A es sólo A hasta que se la observa tan
detenidamente que se la puede convertir en B. En escatología, Einstein se
aferraba obstinadamente a la posición humanista de que la ciencia y la razón
hacían el mundo significativamente mejor para la mayor parte de las especies,
Homo Sap., mientras que Joyce, mordaz, sugería que todos los trabajos que
apuntaban un avance iban seguidos por otros que marcaban un retroceso. Las
grandes ideas de Bruno y Huxley, Zenón y Bacon, Platón y Spinoza, Maquiavelo y
Mach, avanzaban y retrocedían por la mesa como pelotas de ping-pong ideológico
aumentando la velocidad con los verbales reveses del otro, reconociendo una
mente de distinguible calidad superior, y descubriendo que el último acuerdo
entre dos temperamentos tan distintos era tan improbable como la humanización
del escremento gnóstico el jueves antes de comer. Los obreros que pillaban
fragmentos de aquella ontológica guerrilla decidieron que ambos hombres debían
ser atrozmente sagaces, pero el caballero ruso del tren, les habría declarado a
ambos como peculiares ejemplos de subjetivismo petite-bourgeoise, decadente
idealismo imperial y predialéctico empirio-criticismo.
ACCION SONIDO
EXTERIOR. PLANO
LARGO: BAHNHOFSTRASSE.
BABCOCK corriendo. Respiración jadeante.
INTERIOR. LAVABO DE
CABALLEROS. PRIMER PLANO.
EINSTEIN ante el
urinario, mirando una pintada en alemán:
NUR DER WAHNSINNIGE
IST SICH ABSOLUT SICHER. FNORD? Respiración
jadeante. Pies corriendo.
Dass kommst mir
nicht aus dem Sinn...
Las voces de los
trabajadores invocaron en Joyce la imagen de Lorelei: de ébano, con cola de
pescado y cubierta de lapas. Parecida a las viejas sirenas de Hornero. Moviendo
el pálido cabello rubio impoluto y virginal que les llega por la cintura:
abajo, el pozo sulfuroso. Navegan hacia las rocas llevados por la canción,
encadenados por la música. Un golpe, un gorgoteo, gritos: luego, nada. Un
remolino que gira y gira: el vacío. Una gaviota aletea en un cielo sin
compasión.
Y la cabeza de la
Serpiente se alza del Loch: Comed y sed como dioses.
Considerando cada
paso, con sus mates ojos ayudando al bastón, Joyce se acercó al bar dignamente,
pidiendo por señas otra cerveza. Brindó gravemente consigo mismo en el espejo;
por encima de él, un águila de bronce.
En aquella ocasión,
casi lo consiguió. Desde las profundidades, bajo la cúpula de San Giles, un
chillido levantó eco a lo largo de muchas millas. Y algo dijo el Hermano
Ignacio. ¡Oh, infiernos!
Espera.
Ventanas
chirriando: el viento Föhn empieza a soplar.
¿Cuándo volvería
Einstein del retrete? La vejiga: un complicado embudo. Si el estudiante de
medicina vive en mí, también lo harán el sacerdote y el músico. San Jaime, en
Dublín, patrón de cálices, catéteres y cantatas. ¿Por qué mi prosa es siempre
simultáneamente musical, litúrgica y clínica?
Ah: el suéter verde
de Einstein.
—Bien, Jeem —empezó
Einstein, sin volver a sentarse—. Creo que ya he tenido bastante por esta
noche.
—¿Una cerveza más?
—saltó Joyce esperanzado—. ¿Ein Stein, Einstein?
Einstein sacudió la
cabeza tristemente.
—Tengo clases por
la mañana —murmuró.
—Espero que
volvamos a encontrarnos —replicó Joyce, levantándose formal y desmañadamente—.
Siempre le recordaré, porque usted me ha enseñado el lenguaje de los quanta.
Podría ser la clave de la imposible novela que intento empezar...
—No entiendo cómo
la física cuántica puede aplicarse al lenguaje —respondió Einstein—, pero si le
he ayudado, me alegro mucho. De todos modos, la conversación ha resultado muy
estimulante para los dos.
Una explosión de
energía estuvo a punto de desencajar la puerta de la calle y Joyce se echó
hacia atrás ágilmente para evitar la colisión.
El rostro que
penetró en la oscura sombra de la Rathskeller fue el de un apuesto pero
desgraciado joven cuya pálida piel y dementes ojos revelaban a la vez una
terrible historia y algún horror cósmico y monstruoso que la débil mente del
hombre apenas podía soportar. Todos quedaron instantáneamente congelados de
terror y abundantes escalofríos corrieron por todos los espinazos; muchos
admitieron, con posterioridad, que se les erizaron los cabellos, se les puso la
piel de gallina y se les estremeció el alma. El extraño, aunque vestido con las
mejores ropas de la más alta clase inglesa, llevaba un poobre dría contener
tanto un veneno mortal como letales cobras o cabezas humanas a juzgar por la
torcida sonrisa que deformaba sus labios como si luchase —lo que resultaba
visible para todos— por restringir un inminente colapso a la mera histeria. Un
aura de terror casi visible entró sutilmente en lo que fuera el alegre emporio
de la bebida, y el tuerto acordeonista dejó de tocar, quedando el instrumento
como muerto entre sus manos. ¿Qué puede anunciar tal intrusión?, pensó cada
cerebro; y la terrible respuesta llegó a todos ellos: sólo el loco está
totalmente seguro. Profanos y atemporales secretos de prohibidos eones y las
oscuras profundidades de abismos de blasfemas nigromancias parecieron
desplazarse subrepticiamente por cada rígida sombra que habitaba la antigua e
insana Rathskeller mientras la puerta traqueteaba a efectos del viento como un
espíritu atormentado: sllt sllt sllt. Un rumor rudimentario susurró imperceptiblemente.
Aspecto de Bond
Street: un inglés.
Joyce observó con
ojos totalmente azules y abiertos cómo la ojerosa cara de aspecto femenino
trastabillaba hacia el bar. Dorian Gray colgando de la cuerda. Miedo auténtico.
—Whisky —pidió el
inglés en su propio idioma, añadiendo ausentemente—, bitte...
Sus ojos parecían
desenfocados, ameboides, y su propio ser parecía flotar cuando se hundió en un
mortal mareo que le llevó a chocar estrepitosamente, sacudiendo la sala al
alcanzar el suelo.
La noche que me
emborraché en Tyrone Street y Hunter me ayudó: lo mismo otra vez.
Joyce apoyó el
bastón en la barra y se arrodilló, escuchando el corazón del inglés. La escuela
médica: no perdió tanto el tiempo. Contando, escuchando: el corazón no iba muy
deprisa. Pulso: bastante rápido, nada anormal. Miedo injustificado.
Espera: vuelve en
sí.
Los ojos locos y
atormentados del inglés se miraron en los de Joyce.
—Mein berr
—musitó—. Ich, um...
—Descanse —le pidió
Joyce rápidamente—. Hablo su idioma.
Las botas de
Einstein repicaron en la pesada madera como cascos de buey: Joyce se volvió.
—¿Qué le pasa?
—preguntó Einstein—. ¿Algo serio?
—Sólo está austado
—replicó Joyce.
El inglés se
estremeció.
—Todo el camino
desde Loch Ness —explicó roncamente—. Por toda Europa hasta esa puerta.
—Descanse —le
apremió Joyce nuevamente. Loch Ness. ¿Coincidencia?
—Me ha perseguido
hasta esa puerta —continuó el inglés—. Está fuera... esperando...
—Ha pasado usted
mucho miedo —le explicó Joyce juiciosamente—. Desvaría. Descanse un poco más,
caballero.
—No lo comprenden
—dijo brutalmente el inglés—. Al volver la esquina... por los rieles del
tren...
—¿Qué es lo que le
asusta tanto fuera del bar? —preguntó Joyce, recordando las costumbres médicas
de Gogarthy: sedante, razonable, sin temor.
El inglés tembló.
—Es usted irlandés
—dijo—. Otro inglés diría que estoy loco. Quizá usted tenga la suficiente
imaginación para entenderlo mejor.
Atardecer celta:
merde.
—Sí —contestó Joyce
pacientemente—. Cuéntemelo.
—En Bahnhofstrasse,
justo detrás de esa puerta, hay un demonio del Infierno.
El acordeonista
tuerto se arrodilló a sus espaldas.
—¿Puedo ayudar?
—preguntó en alemán.
—Sí —replicó
Joyce—. Ayúdele a llegar hasta una silla. Puede sentarse. Yo voy a salir fuera.
—¿Fue atacado por
rufianes? —preguntó el empleado—. Dos o tres de nosotros podemos ir con usted
y...
—No —cortó Joyce—.
Creo que fue atacado únicamente por su imaginación. Pero mi amigo y yo
saldremos a echar una mirada.
Bahnhofstrasse,
bañada en la débil luz amarillenta de los faroles de gas, parecía desierta a
aquella hora. A media manzana de distancia, un carruaje sin caballos:
automobile, les llaman los italianos. Efectivamente un modelo italiano: FIAT,
Fabrica Italiana Automobile Torino. El amor latino por los códigos y las
siglas. MAFIA: Morte Alle Franconia Italia Anela. E INRI: misterio de
misterios.
El Föhn empezó a
soplar mucho más fuerte: lejano, grave, caliente y húmedo como el beso de un
fantasma. Joyce escudriñó Bahnhofstrasse con ojos cansados. A un lado, los
grandes bancos góticos: gobernantes del papel que gobierna los continentes.
Capital del mundo de la usura, eso mismo habría dicho Tucker. Al otro lado, los
rieles del ferrocarril que daban nombre a la calle: líneas paralelas que se
encuentran en el truco de la perspectiva de un teórico infinito. Joyce miró
miope, estrábicamente, en ambas direcciones; saltó, de modo involuntario, al
oír un trueno. Una calle mojada y vacía. Tan limpia como el temperamento suizo,
tan desprovisto de preguntas. El demonio del inglés estaba sólo en su mente.
Pero, espera: junto
al arco luminoso. Joyce se adelantó, arrodillándose nuevamente y recogiendo el
apenas fluorescente objeto. Era una careta de plástico adecuada para una
producción teatral o un baile de máscaras: el rostro de Satanás, con cuernos
rojos, barbado, semejante al de un chivo.
—¿Una broma...?
—preguntó Einstein.
El inglés se
encontraba en la puerta de la Rathskeller, pálido todavía, pero luchando por
controlarse.
—Bien, caballeros
—dijo—, no han encontrado nada, adivino, y me consideran loco.
Joyce sonrió.
—Por el contrario
—replicó—. Hemos encontrado algo y no creo que esté loco en lo más mínimo.
—Levantó la máscara—. Me temo que ha sido víctima de una broma bastante cruel.
El inglés se
adelantó, mirando sin signos de alivio la sonriente e inhumana máscara.
—Más cruel de lo
que se imagina —dijo, con voz mareada—. Han muerto tres personas de un modo
atroz desde que empezó este asunto. ¿Piensa que también eso tiene gracia,
señor?
La eterna
tentación: llegando desde el Loch, un serpentino poder cruza Europa para
desafiarme aquí.
Cuando las sombras
sigilosas y deslizantes
Hacen surgir a
todos los monstruos
La razón se quiebra
rojiza
En la Mascarada del
Diablo
¿Dónde habré leído
esto? Ciertamente, no es de Blake. ¿Alguna Antigua Balada? Pero escucha: habla.
—Tres muertos
—insistía el inglés—. Y, ahora, estoy convencido de que yo seré el cuarto.
La Autonomía para
Irlanda fue rechazada por los Lores el pasado marzo tras la aprobación de los
Comunes en enero. La única posibilidad que queda es la revolución: disparos en
las calles, gritos de mujeres: niños muertos. Guerra sangrienta. La pesadilla de
la que estoy despertando. Sí: y las palabras del Padre: «Tres cosas en las que
nunca debes confiar, Querido Jim, muchacho: el casco de un caballo; el cuerno
de un toro; la sonrisa de un sajón». Otra red que tengo que sobrevolar. Este
hombre necesita ayuda. El remedio de Inwit: compasión.
El Föhn, el viento
de la brujería, soplando insalubre y quemando el aire que suciamente les golpea
en la cara al pasar.
—Vamos —pide
Joyce—.Déjeme ayudarle.
Bajando de
Jerusalén a Jericó: y sintiéndose entre ladrones. A la taberna. Puede que tenga
los dos peniques.
—Sí —insistió
Einstein—. Deje que le ayudemos.
EL COMENTARISTA DE
LA RADIO: Y ahora, desde Zurich, una historia que puede cortar el aliento. Una
fuente digna de crédito ha informado a la Reuters News Service que Mr. James
Augustine Aloysius Joyce está realizando actualmente un acto de caridad. Aunque
no se conocen detalles todavía, se dice que Joyce ha efectuado el amable acto
con entera gratuidad, sin ansias de publicidad o popularidad y ni siquiera por
interés de ser bien visto en el Cielo. Mr. Joyce, un supuesto escritor y el
cornudo más notable de Europa, fue expulsado de su hogar en Dublín, Irlanda,
hace casi una década por sus incontables Pecados de Orgullo, por más Pecados de
Lujuria que los recordados en las decadentes obras de Sade y Masoch, por el
Pecado de Intemperancia, por Pecados contra el Espíritu Santo, y por mirar con
desprecio las cruces de las iglesias. Desde entonces, ha incrementado
notablemente su reputación de ser el más arrogante y autocomplaciente canalla
de nuestro siglo, siendo padre de dos bastardos habidos con una mimada ramera.
Noticias de la súbita inclinación hacia la gracia de Joyce parecen haber
llegado a la roca Vaticana haciendo exclamar, al oír tan milagroso
comportamiento, a su propia Santidad el Papa: «¡Después de todo, puede que
exista alguna esperanza!» En los Cielos, el Dios Padre no ha querido hacer
comentarios, pero el Espíritu Santo le ha dicho a nuestro corresponsal que
«Parece que dentro de cada Pecador hay un Santo que lucha por prevalecer». Y
ahora una palabra de nuestro Patrocinador en los Cielos:
CANTANTES: Padre,
Hijo y Espíritu Santo
¡Son a quienes más
necesitáis!
El Espíritu, el
Padre y el Hijo Celestial
¡Ellos consiguen
que ocurran las cosas!
¡Glo-ria in
ex-cel-sus D-e-o!
ACCION SONIDO
EXTERIOR. MANSION
BABCOCK, 1886. PLANO LARGO.
Una magnífica casa
inglesa, antigua.
Una bicicleta en el
césped del patio delantero.
Gritos de un niño.
INTERIOR.
VESTIBULO. PLANO MEDIO
SIR JAMES FENWICK
BABCOCK andando y deteniéndose súbitamente al oír los gritos del niño.
DOCTOR [con el
rostro de ALBERT EINSTEIN, 1914] sale del dormitorio y llega al vestíbulo. Nuevos gritos de niño
Doctor: «Puede
descansar ya, Sir James. Su hijo está sano.
Sir John Babcock
nació el 23 de noviembre de 1886; era hijo único de Sir James Fenwick Babcock,
antaño biólogo reputado que resultó relegado al limbo científico por defender
la teoría lamarckiana de la evolución con preferencia a la darwinista. La madre
del muchacho fue Lady Catherine (Greystoke) Babcock, quien es descrita, en los
diarios y cartas que han sobrevivido, como una excepcionalmente animada
anfitriona, muy aguda y la más inteligente abogada de las herejías científicas
de su marido.
Trágicamente, el
joven Sir John quedó huérfano en 1897, a la tierna edad de once años, cuando
tanto Sir James como Lady Catherine resultaron muertos en un viaje a Africa con
el loco primo, famoso por ello, de Lady Catherine, Lord Greystoke. El cuidado
del niño recayó en un tío, el Dr. Bostick Bentley Babcock, médico pionero en el
empleo del éter y la anestesia. También se le recuerda porque el Dr. B.B.
Babcock, al contrario que su hermano, era un reputado darwinista, ateo y
vehemente laissez-faire liberal seguidor de las opiniones de la filosofía de
Spencer; también se dice que, como estudioso y racionalista, el Dr. Babcock fue
el último hombre del mundo en educar a un niño huérfano de modo válido.
Evidentemente, el buen doctor, en privado, compartía esa opinión, pues contrató
un pequeño ejército de cuidadoras, tutores, sirvientes y otros factotums con
los que escudarse estratégicamente de los problemas de un sobrino pubescente.
Cuando falleció el
Dr. Babcock de un súbito ataque al corazón el 16 de junio de 1904, el joven Sir
John contaba dieciocho años de edad y estaba terminando su miserable y último
trimestre en Eton. El albacea de la familia le explicó que era no sólo el único
propietario de los 20.000 acres de la Manión Babcock, sino también el
beneficiario de dos herencias que, tal y como fueron invertidas, le
proporcionarían una renta vitalicia de 4.000 libras anuales, sin que para ello
tuviera que realizar el anti-Inglés Pecado de saquear el Capital.
Sir John era un
muchacho delgado y de nervioso aspecto, blanco de todas las bromas
estudiantiles, descrito siempre como «tímido», «ratón de biblioteca» o
«peculiar» por sus compañeros de clase. El mismo se sentía apenas algo menos
miserable sólo cuando paseaba en completa soledad por las zonas más boscosas de
sus 20.000 acres, recreando «verdes pensamientos en verdes umbrías», como dijo
el Poeta; en aquellas situaciones, le parecía, especialmente cuando el
crepúsculo teñía de canela y oro las ramas verde esmeralda, que una puerta a
otro mundo podría abrirse y que por ella sería posible percibir aun
desdibujadamente los rápidos y tímidos movimientos de las dríadas y los
sulfurosos aromas de la madera de sándalo, bajo la tierra, en las vastas
cavernas de los trasgos. Eran momentos semimágicos en los que un velo parecía
revelar un brillante castillo que se levantase en la bruma, una trompeta
llamándole a reinos de romance y maravilla, de peligro y triunfo.
P. ¿Con qué
dramatis personae, muebles y accesorios estaba provisto el reino mágico?
R. Oscuridad y
noches sin luna, colinas barridas por el viento, siniestras grietas, insanas y
deprimentes ciénagas, abismos encantados, espectros sin cabeza, brujas
voladoras, sabios e inescrutables hechiceros, altos elfos [la más maravillosa
de las maravillas], contrahechos enanos, alquímicos hornos, elixires, pociones,
drogas, hierbas, piedras preciosas, sagrados griales, diversos y variados
dragones de fuego, calabozos subterráneos, halcones malteses, tesoros perdidos,
caballeros y paladines con armaduras blancas y negras, enigmáticos sarracenos,
castas heroínas [rubias], malvadas seductoras [castañas], espadas, hachas,
floretes, espadines, ajados pergaminos apenas legibles, encantamientos hebreos,
humaredas, perfumes, inciensos, pentáculos, paneles secretos que daban a salas
ocultas, monjes malignos obligados a colgar los hábitos, demonios cinocéfalos,
princesas de sangre real, manos de gloria, filtros egipcios, talismanes
constituidos por raras gemas, hechizos, hombres lobos, vampiros, locos servidores
de Hécate, bebidas bárbaras, raros ungüentos, negros aquelarres, elementales,
familiares, damiselas [virginales, encantadoras, propensas al desmayo]
afligidas, adivinos, astrólogos, geomantes, héroes rubios y de ojos azules sin
pecado, oscuros y bigotudos villanos, gnomos, gobelinos, el Hombre De Negro y
las invisibles legiones infernales.
P. ¿Qué clases de
aventuras y desafíos ha encontrado realmente Sir John?
R. Doscientos
diecisiete atentados por parte de estudiantes más antiguos de seducción,
intimidación o coacción para que participase en el Inexpresable Crimen Contra
Natura, prohibido en la Sagrada Escritura y en la Sección 270 del Código Penal
Revisado de 1888.
P. ¿Por qué razones
se ha negado Sir John a participar en el mencionado Crimen Inexpresable?
R. Por piedad
cristiana; terror al descubrimiento; miedo a los gérmenes y a las viles
enfermedades que transmiten; las severas advertencias de tío Bentley y el
Decano de Estudios que le condujeron a la idiotez, la locura y la emasculación;
indignación de que siempre le ofrecieran el papel pasivo [receptor]; convicción
de que le provocaría náuseas.
Una vez, apresó un
ratón de campo y lo sostuvo entre las manos, mirándole los aterrorizados ojos y
sabiendo, con horror, que podría arrebatarle la vida con una piedra, tan
abrupta y certeramente como sucediera con las vidas de todos los adultos a los
que amase y que habían perecido. Estaba asustado de un modo estrictamente
metafísico, no porque aquellas crueles fantasías se le ocurrieran a él, ni
siquiera porque algo primordial y paleolítico le obligase a cometer aquel acto
y a descubrir la terrible alegría del pecado consciente; no era nada de todo
aquello, por malo que fuese, sino que se encontraba ontológicamente aterrado
por el conocimiento de su propio poder: por el hecho de que el acto era posible
y de que cualquier vida podía resultar tan frágil y fácilmente exterminable.
Los aromas de las rosas y los tréboles que le llegaban a la nariz, los colores
pastel, esmeralda y turquesa de los árboles, la belleza primordial de la pura
Naturaleza, le parecieron repentinamente terribles, como máscaras tras las cuales
sólo se camuflase la muerte y el deseo de matar. Soltó a la criatura
—«minúscula, lustrosa y acobardada bestezuela timorata», se dijo a sí mismo— y
la miró mientras se alejaba, sabiendo de la misma amenaza que conocía el ratón,
considerando los mil millones de años de lucha entre predadores y presas a
través del prisma darwiniano de tío Bentley, llorando con unas lágrimas que fue
incapaz de derramar en el funeral de tío Bentley a fuerza de entumecimiento y
autoconsciencia. Se sintió huérfano por tercera vez y quiso arriesgarse a la
blasfemia de la esposa de Job: maldecir de Dios y morir.
Nunca olvidaría
aquel momento; en otra ocasión, muchos meses después, cuando un profesor
conocedor de su capacidad intelectual y alarmado ante su soledad, le preguntó
por sus líneas favoritas de Shakespeare, Sir John respondió inmediatamente no
con los monólogos «Ser o no ser» o «Mañana y mañana y mañana», sino con el
amargo pareado de Lear:
Como moscas para
muchachos lascivos somos nosotros
para los dioses:
Nos matan por
deporte.
El preceptor quedó
tan deprimido por la desesperación de la voz de Sir John al reproducir la cita
que decidió que el muchacho era «un caso sin esperanza» y no efectuó ninguna
nueva aproximación familiar hacia él.
Pero Sir John
también era consciente de los dioses, de las ciegas e impersonales fuerzas del
universo darwiniano de tío Bentley, quienes, tan impasiblemente como asesinaron
a su madre, a su padre y a sus tío, le regalaban la seguridad económica que era
considerada por la mayoría de las personas como una enorme bendición en un
mundo donde las tres cuartas partes de la población estaban desesperadas para
encontrar la comida diaria, donde casi todos trabajaban hasta una muerte que
les llegaba antes de los cuarenta años y les encontraba sin dientes y
empobrecidos, agotados por el trabajo en los Oscuros Molinos Satánicos que
tanto lamentara Milton. Aunque casi todo el mundo reconocía que los Molinos
eran necesarios para el Progreso y que la gran mayoría de hombres y mujeres
estuvieron en peor estado antes de la electricidad. A Sir John le confundía
todo aquello y, sobre todo, le confundía lo que el universo desease de él, pues
se sentía casi como su propietario. Mientras se encontraba sumido en aquellas
elucubraciones de búsqueda filosófica, el mundo entero pareció estremecerse al
unísono cuando Plehve, Ministro del Interior ruso, murió asesinado; fue el
último de una serie de insensatos e increíbles crímenes. El muchacho escuchó a
muchas personas mayores hablar del incremento de la violencia y de la falta de
ley en el mundo; y oyó a otras personas, más ominosamente, hablar de una
conspiración mundial agazapada detrás de aquellos violentos ataques contra los
gobiernos oficiales.
Sir John se graduó
con honores en el Trinity College, Cambridge, cinco años después, en 1909. El
mundo volvió a estremecerse tras el asesinato del Príncipe Ito, en Japón, y se
volvió a hablar por todas partes de conspiraciones mundiales y de sociedades secretas
(los sionistas, decían algunos; los jesuitas, opinaron otros), pero Sir John se
limitó, momentáneamente, a escuchar el ruido de fondo. Su mente y su corazón no
pertenecían a este mundo, sino a los dos reinos escolares conocidos como
historia y mitología. Sir John se negaba a aceptar aquella distinción, pues
estaba profundamente enamorado de otro mundo que llevaba tanto tiempo muerto
que era incapaz de dañarle, al contrario que el mundo real, y que veía ante él
como lleno de encantos y misterios.
En aquel punto, Sir
John leyó Vril: El Poder de la Raza que Viene, de Lord Edward Bulwer-Lytton, y
quedó mesmerizado por su tapiz de aventura, utopismo, romance, profundo
conocimiento oculto y sumo saber de la psicología política. Pero lo que más
fascinó a Sir John fue el hecho de que los detalles ocultos del libro no
provenían de la simple fantasía ni del más vulgar folclore, como las novelas de
Bram Stoker, sino que derivaban, obviamente, del genuino conocimiento de la
Cábala medieval y los Rosacruces. En los siguientes tres meses buscó y leyó con
creciente excitación todas las obras de Lord Bulwer-Lytton: Reinzi, Los últimos
días de Pompeya, todas las demás novelas, los poemas, las obras de teatro, los
ensayos, incluso los cuentos de hadas. Era un conjunto literario sorprendente
para haber sido producido por un hombre que también editaba una revista,
ejercía como miembro del Parlamento y fuera reconocido como uno de los
principales ayudantes de Disraeli.
Y Sir John, mucho
más que cualquiera de los cientos de miles de lectores que hicieron de
Bulwer-Lytton uno de los más populares novelistas del siglo diecinueve, quedó
cautivado por la tantalizadora pregunta que se formulaba en sus libros una y
otra vez: Si gran parte del conocimiento oculto está basado en enseñanzas
reales, ¿puede uno arriesgarse a creer que la tan frecuentemente mencionada
orden de los Rosa Cruz todavía existe y comanda la fuerza del Vril capaz de
mutar a la humanidad en superhumanidad?
P. ¿Bajo qué otros
nombres describieron la fuerza del Vril otras personas antes que Lord
Bulwer-Lytton?
R. Antes: ch'i
[China, c. 3000 a.C.], prajna [filósofos hindúes, c. 1500 a.C.], telesma [H.
Trismegistus, c. 350 a.C.], Vix Medicatrix Naturae [Hipócrates, c. 350 a.C.],
Facultas Formatrix [Galeno, c. 170 d.C.], baraka [sufíes, c. 600 d.C.], mumia
[Paracelso, c. 1530 d.C.], magnetismo animal [Mésmer, 1775 d.C.], Fuerza Vital
[Galvani, 1790 d.C.], Gestaltung [Goethe, 1800 d.C.], fuerza OD [Reichenbach,
1845 d.C.]. Después: fuerza formativa etérica [Steiner, 1900 d.C.], Elan Vital
[Bergson, 1920 d.C.], radiación mitogenética [Gurwitsch, 1937 a.C.], orgón
[Reich, 1940 d.C.], bioplasma [Grischenko, 1944 d.C.], Buenas Vibraciones
[anón, hippie domesticus, c. 1962 d.C.], inergia [Puharich, 1973 d.C.], la
Fuerza [Lucas, 1977 d.C.]
Sir John contaba,
por aquel entonces, con veinticuatro años de edad y estaba romántica y
dolorosamente convencido de que un vasto abismo temperamental se extendía entre
él y sus contemporáneos. Le fastidiaba francamente la esclavitud del trabajo,
las ocupaciones centradas en el dinero (tenía todo el dinero que pudiera
desear) y se veía repelido por las tibiezas del clero anglicano: la única
tradición familiar en cuanto a iglesias que podría haberle ayudado, por aguada
que estuviera, como decía Trollope, por no interferir ni con la política de un
hombre ni con su religión; de esta manera, parecía no tener más futuro que la
pedantería. Pero aquello tampoco tenía atractivo, pues él mismo se consideraba
como un alienado y un rebelde (aunque dentro de los límites del buen gusto de
acuerdo con la moral y el sentido común británico, naturalmente; era casto,
pues consideraba a las prostitutas como víctimas de la explotación social y
tenía como indecente hacer proposiciones a una lady, incluso en el caso de que
hubiera sabido hacerlo). Lo que era peor: estaba decidido a no corromper su
extravagantemente amplia independencia (palabra que prefería a «herencia») y
rechazaba la idea de pensar de sí mismo que era una mariposa social o un
derrochador. Así pues, se dedicaría a escribir; si su audiencia se limitaba a
un público que le leyera en los lavabos, no tenía importancia. Aunque no
encontrase un alma, siempre tendría un papel que desempeñar; sería «el
estudioso de los Babcocks».
Sir John se
especializó en historia medieval y en lenguas del Cercano Oriente; su tesis
doctoral, acerca de la influencia de la Cábala judía en las sociedad ocultistas
medievales, se convirtió en su primer libro, Los Amos Secretos, que fue
favorablemente considerado en los pocos lugares donde se detectó su edición. La
línea más hostil de cualquier crítica apareció en el Historical Journal de la
Universidad de Edimburgo, firmada por el profesor Angus McNaughton. Reprendía a
Babcock suavemente por lo que denominaba «un cierto romanticismo mental que
conduce al joven y ardiente autor a imaginar que algunas de las sociedades
secretas mencionadas en su obra han sobrevivido hasta nuestra edad luminosa...
una tesis que sólo puede encontrarse en las novelas de Lord Bulwer-Lytton y no
en ninguna obra que se tenga por histórica».
Como muchos jóvenes
autores, Babcock recibió cada crítica como si fueran mortales heridas, y le
mortificaba el que la novelística inspiración de sus ideas hubiera aflorado tan
punteramente. Escribió tres borradores de una larga carta al profesor McNaughton
para impugnar su puntillosa precisión; y el tercer borrador, en cinco páginas
de incansables y pedantes notas al pie, lo envió al Histórical Journal de la
Universidad de Edimburgo. Su nota fue publicada, con una cáustica réplica de
McNaughton que empezaba: «Las fuentes del joven Mr. Babcock son, de la primera
a la última, tan impresionables e inmaduras como el propio Mr. Babcock», y
continuaba argumentando que ningún grupo autodenominado en la actualidad
Francmasones o Rosacruces tenía ninguna relación documentada con grupos de
similares nombres en tiempos medievales. El grupo con una historia particular
mejor documentada, decía McNaughton, era el Rito Escocés de Antigua y Aceptada
Francmasonería, del que no se podía demostrar existencia posterior a 1723. El
viperino McNaughton añadía maliciosamente que la creencia de Sir John en
auténticos secretos ocultos detrás de la superficie de la Francmasonería era
«pueril, absurda y pretenciosa».
El joven Sir John
lo leyó con audible cólera y unos cuantos bramidos johnsonianos de «¡Perro
escocés!» y «¡Dios maldito!». Estuvo a punto de descomponerse cuando su
contraréplica, que en esta ocasión contenía diecisiete páginas plagadas de
recónditas notas al pie (y una aguda respuesta verbal sobre «aquellos que
sustituyen la brillante aliteración por convincentes argumentos») le fue
devuelta por la editorial de la universidad con la cortante explicación de que
el Journal no disponía de espacio ilimitado para debatir propuestas de tan
microscópica importancia.
Allí habría
terminado el asunto, en cojo anticlímax, de no haber intervenido un misterioso
tercero.
Un tal Mr. George
Cecil Jones, de Londres, escribió a Sir John rogándole el original de su carta
al Historical Journal y asegurándole que todas sus teorías eran correctas aun
en el caso de que los documentos que sobrevivieron a los pasados siglos no fueran
lo suficientemente completos como para sustentarlas. «La auténtica tradición de
la Francmasonería Cabalística», añadía Jones, «puede encontrarse viva todavía
entre ciertas logias, especialmente en Baviera y París. Incluso existe una
logia de verdaderos adeptos que mantienen la escondida herencia aquí mismo, en
Londres, en esta década».
La inmediata
respuesta de Sir John fue una cautísima carta dirigida a Mr. (George Cecil)
Jones, pidiéndole con mucho tacto le trasmitiera lo mucho que Mr. Jones pudiera
saber actualmente de la logia superviviente de Francmasones Cabalísticos de
Londres, que aducían descender del Colegio Invisible de los Rosa Cruces
(fundado por el sabio sufí Abramelin de Arabia, el cual se lo transmitió por
mediación de Abraham el Judío a Christian Rosenkreuz, quien yace enterrado en
la Caverna de los Illuminati que, de acuerdo con las investigaciones de Sir
John, se encuentra en los Alpes, dijera lo que dijese el perro escocés llamado
McNaughton).
La respuesta, en el
plazo de una semana, era una prudente misiva que invitaba a Sir John a cenar
con Jones en la primera ocasión que visitase Londres, para poder discutir el
tema con la extensión exigida y la apropiada intimidad.
Sir John escribió a
vuelta de correo que se encontraría en Londres el siguiente jueves.
Aquella semana
resultó lluviosa y húmeda en la Mansión Babcock; Sir John apenas salió y
consumió casi todo su tiempo en rebuscar en la biblioteca primeras ediciones de
antiquísimos panfletos Herméticos y Rosacruces, y rompiéndose la cabeza una vez
más con los enigmáticos escritos de los que él suponía formaron parte de la
soterrada tradición de la magia cabalística. Releyó El Matrimonio Alquímico de
Christian Rosycross, con su extraña mezcolanza de figuras alegóricas egipcias y
cristianas, los enochianos fragmentos que el doctor John Dee recibiera de una
entidad supuestamente sobrehumana en tiempos de Isabel I, el malicioso y
críptico Bestia Triunfante de Giordano Bruno, los escritos de Bacon, Ludvig
Prinn y Paracelso. Una y otra vez encontró abiertas o veladas referencias al
condenablemente misterioso Colegio Invisible, compuesto por hombres y mujeres
Iluminados —los Amos Secretos—, quienes, supuestamente, gobernaban todo el
mundo detrás de las bambalinas; y una y otra vez se preguntó a sí mismo si se
debía arriesgar a creerlo.
Sir John soñó con
el encuentro con Jones vividamente en no menos de tres ocasiones durante
aquella semana. En cada sueño, Jones iba ataviado como un brujo medieval, con
un sombrero puntiagudo y ropajes de la Orden de San Jorge llenos de extraños
glifos astrológicos, y conducía a Sir John hasta la cima de una oscura colina
que dominaba un edificio gótico de indeterminable carácter a medio camino entre
una abadía y un castillo. El bizarro edificio era, naturalmente —como Sir John
descubrió en nuevos sueños—, una mezcla de varias ilustraciones que
representaban la Capilla Peligrosa de la leyenda del Grial o la Torre Oscura a
la que llegó Roldan. Dentro, de acuerdo con el oculto saber, se escondía cuanto
temía; y sólo triunfando en aquella prueba lograría alcanzar las metas
rosacruces: la Piedra Filosofal, el Elixir de la Vida, la Medicina de los
Metales, la Verdadera Sabiduría y la Perfecta Felicidad. En cualquier caso,
siempre despertaba con la mirada llena de terror cuando las puertas de la
Capilla se abrían para él y escuchaba en el interior un zumbido como el
producido por una miríada de monstruosas abejas.
En una ocasión soñó
con el mismísimo doctor John Dee, astrólogo de la corte de Isabel y el mayor
matemático de su tiempo, constantemente asociado con espíritus y ángeles según
sus propias demandas; y Dee le ofrecía «la baya del solaz», un fruto mágico que
confería inmortalidad. «Tomadla y comedla del árbol a toda prisa», decía Dee,
pero el fruto olía a excremento y era desagradable de ver y tocar, y cuando Sir
John intentaba rechazarlo, una segunda figura, femenina y excitantemente
desnuda aunque con cabeza de vaca, aparecía a espaldas de Dee y declamaba
solemnemente «Ignatz nunca injuria realmente», mientras todos ellos se
encontraban de nuevo súbitamente ante las puertas de una inmensa e insectoide
Capilla Peligrosa. Sir John despertó sudando.
Todas las leyendas
le advertían que sólo el valiente y puro de corazón sobreviviría al viaje por
la Capilla Peligrosa; y aquello le animaba fuertemente, pues, al igual que
muchos jóvenes introvertidos, Sir John había buceado mucho en sus propios
temores aunque, desgraciadamente, muy poco en los miedos de los demás, por lo
que, de modo equivocado, se sospechaba como atípicamente tímido y cobarde; en
cuanto a la pureza de corazón sabía que tenía mucho que desear: le asaltaban
fantasías que no eran ejemplos de castidad, aunque casi siempre conseguía
detener tales imaginaciones antes de que los peores y más innombrables detalles
pudieran visualizarse con toda su lubricidad y pecaminosa seducción. Incluso
cuando quedaba apresado en aquella lucha bestial de sus animalísticos deseos y
los detalles de algunas inmencionables particularidades se formaban con total y
compulsiva claridad en su mente, nunca se concedía el favor de sumergirse
voluptuosamente en la fantasía de su mimo o manipular íntimamente aquellas particularidades,
por deseosas, monstruosas e inexpresables que fueran. Aunque realmente no
pudiera decirse lo que ocurría en tales ocasiones, lo cierto es que resistía
triunfante casi todo el tiempo a que se alzasen aquellas fantasiosas visiones;
mas la culpabilidad de aquellos pocos, raros y difícilmente típicos lapsos
pesaban en exceso en su conciencia y parecían levantar una barrera tan clara
como la bicameral criatura que se le aparecía cuando intentaba romper los
precintos de la Capilla Peligrosa.
De cualquier modo,
aquello era en su totalidad mitología: encantamiento por el sueño, aunque
cualquiera podría volverse loco si tratase con gente que creía (o decía creer)
que esperaba vencer en la Capilla Peligrosa y volver de nuevo al mundo tan
fácilmente como alguien que consigue apartarse del tabaco...
El miércoles, Sir
John no pudo demorar por más tiempo su aislamiento de suspensiva indecisión.
Llamó a Dorn, el guardabosques de Babcock, y le pidió un carruaje que le
llevase a lo largo de las tres millas que le separaban de la finca de los
Greystoke, donde devolvió una casual visita familiar a su tío, el Vizconde
Greystoke, un hombre de edad pero musculoso que parecía poseer una
aparentemente inagotable sabiduría pragmática: era el más rico y menos
excéntrico de todos los miembros de las familias Babcock-Greystoke, al menos
ésa era la opinión más generalizada. Tras la habitual charla inicial sin
interés, Sir John, finalmente, encauzó sus preguntas.
—¿Cree usted,
señor, que existen órdenes secretas o logias o fraternidades que hayan
sobrevivido a lo largo de los siglos transmitiendo cierta clase de conocimiento
oculto o místico que normalmente no es comprensible para la mente humana?
El viejo Greystoke
lo consideró durante unos treinta segundos.
—No —respondió
finalmente—. Si así fuera, algo tendría que haber oído.
Sir John cabalgó
las tres millas que le separaban de casa sumido en profundos pensamientos. La
Edad y la Sabiduría habían hablado pero, ¿no sería acaso aquél el punto en que
la juventud debiera mostrar su desacuerdo con la Edad y la Sabiduría? A la
mañana siguiente, se levantó muy temprano y tomó el tren de Londres. Sir John
confiaba en su propia educación: tales logias existían, y el único modo de
comprobar sus proclamas de superior sabiduría era encontrarse con ellas y ver
por uno mismo lo que tenían que ofrecer aparte de los trabalenguas hebreos y
los absurdos juegos de manos de las órdenes masónicas.
Encontró en el
vagón un periódico americano: una curiosidad en sí mismo, abierto por la página
de las tiras cómicas, un arte en el que Sir John nunca había buceado. La miró
ociosamente y descubrió que en una secuencia aparecía un malicioso ratón
llamado Ignatz que siempre estaba arrojando ladrillos a un gato llamado Krazy.
Era toda una locura y, peor aún, el gato disfrutaba con los impactos de los
ladrillos, canturreando contento con cada proyectil que le alcanzaba la cabeza:
«Cirito, sempretanfel». Evidentemente, se trataba de algún desfasado dialecto
judío-americano para expresar: «Queridito, siempre tan fiel». Sir John se
estremeció. Todo aquello no parecía nada divertido; era una descarada
explotación de la perversión llamada sadismo. ¿O se trataba de masoquismo? ¿O
de las dos cosas? En cualquier caso, una triste amenaza... Constituía algo
totalmente típico de las larvales invenciones de los homínidos domésticos de
Tierra de aquellas primitivas edades. Crudas señales sónicas producidas por los
músculos de la laringe pueden generar unidades de habla capaces de programar
toda la cogitación cortical en la trama proporcionada por la gramática local,
con ayuda de algo que denominan infantilmente lógica o sentido común. Bajo esta
clásica confusión primática de señales con fuentes y mapas con territorios, una
gran parte del sistema nervioso de los homínidos queda genéticamente
determinado, lo mismo que el más cercanamente relacionado sistema nervioso del
chimpancé o el más distante sistema nervioso de la vaca, de lo que puede
inferirse que son operados de modo automático. Los programas de
territorialidad, estado jerárquico, ocupación, etc., funcionan mecánicamente
como Éxito Relativo Evolucionario pues sirven adecuadamente a los mamíferos
normales en asuntos normales de mamífero. Los modos de estado-dominio,
discernimiento erótico y rudimentario (sujeto-predicado) «pensamiento» causal
están impresos tan mecánicamente como los reflejos territoriales de los
babuinos o las danzas de apareamiento de los pavos reales. Puesto que el
comportamiento de los primates sólo cambia bajo el impacto de nuevas
tecnologías (Primera Ley de Gillhooley), la primitiva «Revolución Industrial»
empezó originando impresión y confusión para liberar unas pocas mentes de la
mecánica repetición de su circuitería impresa (Impresión y confusión son las
únicas técnicas que dejan huella en los primates: Segunda Ley de Gillhooley), y
una cierta cualidad de especulativa melancolía penetró en el magma genético, la
cual es capaz de generar en menos de setenta años mutaciones que consideren la
Migración Espacial y la Extensión de la Vida; pero de todas estas cosas, el
joven Babcock no era consciente. Ni siquiera podía imaginar que, a lo largo de
su vida, un hombre cruzaría volando el Atlántico.
Sir John llegó a
Londres antes del mediodía y decidió prepararse para su cita con Jones
empleando la tarde en buscar viejos materiales masones en el Museo Británico.
En un panfleto
alquimista isabelino, encontró, por pura coincidencia, un largo poema alegórico
que le turbó de un modo extraño, considerando que refería el contacto con
pretendidos manipuladores de oculto poder. Una estrofa en particular le
persiguió mientras avanzaba en cabriolé, cruzando la ciudad, rumbo al Simpson's
Café Divan, donde le había pedido Jones que acudiera. Los cascos del caballo
parecían repetir el estribillo:
No hay que creer en
el ojo humano
Ni bajo el sol ni
en la sombra
Los arlequines que
ven y sienten
Sólo participan en
la Mascarada del Diablo.
Al pasar ante el
Teatro Savoy, Sir John vio que la compañía de D'Oyly Carte había vuelto con
Paciencia. Recordó, con cierto agrado, la canción de Bunthorne:
Si este joven se
expresa en términos demasiado
profundos para mí
¿Por qué tengo que
pensar que ese joven tan
profundo es un
joven tan profundo?
La burlona melodía
era un refrescante hálito de escepticismo y sentido común británico, pensó Sir
John. Cuando entró en Simpson's, estaba dispuesto a enfrentarse al enigmático
Mr. Jones sin sobresaltos.
Mr. George Cecil
Jones era robusto, educado y demostraba poseer un impecable paladar en cuestión
de vinos. También semejaba ser tranquilizadoramente normal, pues no portaba
sombrero de brujo y hablaba de sus hijos con mucha ternura; mejor aún, era
químico industrial de profesión y no uno de esos creyentes de ojos turbios
capaces de llevar a Sir John por el sendero de la Tierra de las Brumas. Uno no
podía hacer otra cosa que simpatizar y confiar en él.
Jones aparentaba la
cuarentena, pero no demostró condescendencia alguna por la juventud de Sir
John; tampoco parecía abiertamente impresionado por el título de Sir John. Un
sencillo y categórico inglés con cierta base de sentido común y decencia,
concluyó Sir John. Al hombre le llevó cierto tiempo aun esbozar lo más mínimo
sobre el Colegio Invisible.
—Debe usted
entender, Sir John, que estos asuntos están envueltos en duros Juramentos de
Secreto y amenazantes rogativas de silencio —concluyó Jones eventualmente—.
Todo cuanto detectamos parece romo en esta libre e iluminada época —le ruego
perdone mi ironía—, pero forma parte de una tradición que se remonta a tiempos
de la Inquisición, cuando, naturalmente, todo eso era absolutamente necesario.
Sir John, con la
franqueza de la juventud, decidió preguntar algo que contenía cierta prueba.
—¿Debo entender,
señor, que está usted ligado a algún tipo de Juramento?
—¡Por Dios y por
tía Agnes! —dijo Jones, más divertido que ofendido—. Uno no hace esas preguntas
en la primera cita. Considere la paciencia del pescador antes que la ansiedad
del periodista... si es que quiere abrir la puerta del los Arcanos de Arcana.
Atacó entonces el
filet mignon con imbatible vigor, como si la equivocación no fuera equivalente
de admisión. Sir John lo comprendió: le estaba probando; estimaba su altura
exacta en la escala evolutiva.
—¿Ha leído usted mi
libro sobre la Cabala? —preguntó a continuación, intentando un acercamiento
indirecto—. ¿O sólo el debate del Historical Journal?
—Oh, leí su libro
—dijo Jones—. No me lo habría perdido por nada del mundo. No hay nada más
conmovedor y atrevido, al menos en este planeta, que un joven escribiendo
apasionadamente sobre la Cábala sin tener ninguna experiencia real sobre sus
misterios.
Sir John detectó la
punzada de las palabras de Jones, pero se limitó a responder:
—Hasta el momento,
no me he dedicado a la experiencia personal y sólo he trabajado con los
registros históricos.
—Pero ahora
—contestó Jones—, ¿está interesado en la experiencia personal?
—Quizá —replicó Sir
John cuidadosamente, sintiéndose un bravo émulo de Byron—. Principalmente, me
interesa demostrar mi tesis de que ciertos grupos han sobrevivido a lo largo de
los siglos... ¡y demostrarlo tan convincentemente que incluso esa mula cabezota
de Edimburgo tendrá que reconocer que tengo razón!
Jones asintió con
la cabeza.
—El quererse
demostrar a uno mismo que se tiene razón es la principal meta de los estudios
—explicó suavemente—. Pero al grupo del que estoy hablando ni le interesa dejar
huellas en el registro histórico ni quiere la más mínima publicidad. Mire, Sir
John, realmente, no les interesa ni lo que piense el mundo en general, ni lo
que consideren los pomposos asnos de las universidades en particular. Sus
intereses son muy diferentes.
Sir John creyó
estar cenando con un miembro del mismo Colegio Invisible que publicase los
primeros panfletos rosacruces de 1619 y 1623. Procedió con gran delicadeza.
—En su carta
—dijo—, hablaba de ese grupo, con mucho cuidado, en pasado. Creo que sus
palabras exactas fueron: «Incluso existe una logia de verdaderos adeptos que
mantienen la escondida herencia aquí mismo, en Londres, en esta década».
Exactamente, ¿cuántos años hace que existe esa logia?
—Desapareció hace
exactamente diez años, en 1900.
—¿Su nombre?
—Orden Hermética
del Amanecer Dorado.
Sir John exhaló
profundamente y tomó un sorbo de vino.
—Ha sido usted
menos indirecto en sus respuestas —dijo, complacido—. Lo tomo como una buena
señal. Deje que me adelante un nuevo paso hacia el objetivo. ¿Es posible que la
Orden no desapareciera completamente hace una década?
—Hay muchas cosas
posibles —respondió Jones, encendiendo un cigarro y haciendo un gesto para que
le sirvieran un poco más de vino—. Antes de que continuemos, permítame
enseñarle un sencillo documento que debía firmar cada miembro de la Orden y
acatarlo, bajo los más terribles Juramentos. Podrá estudiarlo durante un sólo
minuto, Sir John. —Se sacó del bolsillo de la chaqueta una sencilla hoja de
papel normal escrita con la más vulgar de las máquinas de escribir.
Sir John consideró
el extraño documento con cierto cuidado.
Yo [el nombre]
invoco solemnemente a Aquel Que Temen Los Vientos, Señor Supremo del Universo,
con la palabra masona [descubierta al candidato antes del ritual] y juro que
yo, como miembro del Cuerpo de Cristo, desde este día y para siempre, buscaré
el Conocimiento y Conversación de Mi Sagrado Angel Guardián, para adquirir el
Secreto Saber que trasciende la mera humanidad y ser uno con la Altísima
Inteligencia; y si usase este Sagrado Saber para obtener ganancias materiales
de cualquier tipo, o para dañar a cualquier ser humano, seré maldito y
condenado; me cortarán la garganta, me quemarán los ojos y mi cadáver será
arrojado al mar; seré odiado y despreciado por todos los seres conscientes,
hombres y ángeles, desde entonces hasta la eternidad.
Juro. Juro. Juro.
—Extrañísimas
palabras —comentó Sir John, a disgusto. Zeguiremos azotando a esa beztia
timodata... sempretanfel.
—Es el Juramento
del Primer Grado, el que juran los estudiantes —explicó Jones—. Los Juramentos
de mayor nivel son mucho más fuertes, se lo advierto.
Sir John decidió
dejar el miedo para más adelante.
—Firmaría un
Juramento semejante con ferviente consentimiento —dijo intrépidamente,
rindiendo su virginidad espiritual antes de tener el valor de entregar la
virginidad de su cuerpo.
—Muy interesante
—replicó Jones, afable, recuperando el documento y volviéndolo a guardar en el
bolsillo—. Hablaré con ciertas personas. Oirá de nosotros en unos quince días.
Durante el resto de
la velada, muy breve, Jones habló tan sólo de sus queridos hijos y de su
igualmente amada profesión de químico industrial. No hubo nada oculto o
extraordinario en todo ello. En cierto modo, resultó incluso aburrido; tanto,
que Sir John llegó a considerarle como uno de los selenitas de H.G. Wells
disfrazado de humano, lo que, naturalmente, era una tontería. Pero, ¿qué había
en Jones que dejase aquella impresión?
En el tren, camino
de casa, por la más imposible de las coincidencias —lo más normal es que ni
siquiera viajase en el mismo compartimento—, encontró nuevamente un periódico
americano y, más extraño aún, volvió a encontrarse con el sádico ratón y el
gato masoquista: «Cirito, sempretanfel».
Tras cuatro años de
entrenamiento en el Amanecer Dorado, Sir John se sintió exactamente igual que
el extraño gato, y cuando John y Einstein se ofrecieron a ayudarle en la
Bahnhofstrase, se rió tonta y neciamente y dijo: «Cirito, sempretanfel».
Preparándose para
cualquier cosa, Einstein cepilló el serrín amontonado en el caro pero desaseado
traje de Sir John y le alcanzó el sombrero de Bond Street animándole como un
ortodoxo samaritano, cosa que necesitaba en gran medida. Sir John no estaba delirando,
no exactamente (olvidando el hecho de sus observaciones en Yiddish
neoyorquino), y sólo se sentía ligeramente molesto físicamente, con lo que,
tras expresar sus deseos de tomarse un café o cualquier otro estimulante
cerebral menos turbador que el whisky, Joyce sugirió inmediatamente, como buen
juerguista que era, que Babcock le acompañase, a Joyce, a su casa (la de
Joyce), que se encontraba a un tiro de piedra del punto en que se encontraban
(o, mejor dicho, se tambaleaban) de la Bahnhofstrasse. La propuesta fue
aceptada con diligencia y con mucha gratitud verbal y los tres se plantaron en
medio de la noche húmeda y lluviosa considerando como una completa
improbabilidad, fronteriza con los cuentos de los Hermanos Grimm, el encontrar
un coche de alquiler a aquella hora, sobre lo cual Joyce, significativamente,
observó que:
—Hemos oído las
campanadas de medianoche.
A lo que Babcock,
que no quería pasar por un iletrado, replicó:
—Falstaff, ¿verdad?
—Sí —confirmó
Joyce—. Enrique IV, Parte Primera. —Ambos se miraron, encontrando algo
misterioso o, por lo menos, emocionalmente gratificante en el compartido
conocimiento del Bardo inmortal, aunque sólo Joyce daba a entender que la
medianoche era mucho más tarde para Falstaff, acostumbrado a una economía de
puesta y salida del sol, que para él mismo y Babcock, adecuados a la era
industrial —Babcock estaba ocupado con la prosaica cuestión de saber lo
realmente tarde que era, ansioso por saber si de verdad se escucharon las
campanadas de medianoche, y cuánto haría de ello—, pero no expresaba ninguna de
sus preguntas en voz alta, de modo que los tres hombres se mantuvieron en
silencio durante un tiempo como si ninguno de ellos pudiera hacer nada más
brillante o dar pruebas de más agudo ingenio; Einstein no estaba seguro de las
campanadas; Joyce deambulaba tan lleno de cerveza que en ella habría podido
flotar un navio local si hubieran contado los suizos con una hipotética armada,
y Babcock tenía la piel de gallina, mas, de cualquier manera, intentaron
conversar de un modo amable o, cuando menos, civilizado, aunque no lo
consiguieran a la primera intentona pues tanto Joyce como Babcock se mostraban
tan nerviosos como un par de tiburones que fueran conscientes de permanecer a
cada lado del abismo histórico y temperamental que se abría entre las
mentalidades anglosajonas e irlandesas. Era doblemente terrible el que el
primer intento de Babcock por abrir la puerta entre sus mundos resultase casi
un torpe charloteo de mono.
—Como irlandés,
usted, naturalmente, debe ser un místico —pronunció Babcock, metiéndole a Joyce
el pie casi en la boca mientras, simultáneamente, pateaba sus rincones más
sensibles—. Usted debe saber que existen grandes e invisibles fuerzas e
inteligencias detrás de la máscara de la realidad material. Casualmente,
¿conoce a Yeats?
—Sí —replicó Joyce
evasivamente, maniobrando para evitar unos excrementos de perro, cosa que, con
toda certeza, habría plasmado de haber escrito la escena y que, con seguridad
total, Yeats habría excluido—. ¿No es ese tipo al que le aterra pensar que el futuro
pueda ser diferente del pasado?
—Nunca lo consideré
de esa manera —contestó Babcock, mostrando su desaprobación con un fruncimiento
del ceño ante aquella llamativa prueba de ingenio—. Mr. Yeats es un hombre que
teme que el futuro pueda ser frío, científico, materialista, sin el romanticismo
y misterio del pasado.
Einstein no decía
nada. Se encontraban junto a un automobile FIAT, y Joyce lo miró por todas
partes con una meticulosidad que a Babcock le pareció casi obsesiva.
—Se ven más cada
año que pasa —observó Joyce—. He leído últimamente que un americano llamado
Olds los fabrica, y los entrega a los clientes, a un ritmo de seis mil, o más,
per annum. Cómo funciona este cacharro del infierno tiene para mí más misterio
y romanticismo que cualquier cosa que pueda encontrarse en el fabuloso pasado
que tanto desea albergar junto a su pecho el autobiografiado héroe de Mr.
Yeats. En este ingenio hay una Varita mágica, llamada embrague, que impulsa a
la mística carroza a velocidades que sobrepasan los cuarenta kilómetros por
hora. Me gustaría saber algo más de lo que sé acerca de física mecánica.
—Es un sencillo
fenónemo natural —explicó Einstein, solícito—. Pero estoy seguro de que a estas
alturas no querrá leerse nada sobre combustión interna. —En aquellos momentos,
estaba más interesado en observar a sus dos extraños compañeros, confiando en que
pistas posteriores aclarasen por qué la Máscara del Diablo resultaba tan
terrible para Babcock, que en los sonidos de las campanadas de medianoche—.
Funciona mediante explosiones controladas —añadió, confiando en que aquello les
bastase.
—Hmm. Sí,
ciertamente —dijo Babcock, con poca certeza—. No conduciría uno ni por un
millón de libras. Se oyen historias aterradoras acerca de los accidentes. Dios
nos dio el caballo para que no tuviéramos que inventar tan peligrosos ingenios.
Me aterra pensar en lo que será del mundo dentro de diez años cuando las calles
estén llenas de ellos.
—Claro —comentó
Joyce, aunque su progresión lógica resultase totalmente inescrutable para
Babcock—. Si nosotros, al igual que Mr. Yeats, buscamos un misterio profundo,
sin fin, sin fondo y sin techo, podemos intentar comprender a nuestras esposas.
O al primero que nos encontramos por la calle, n’est ce pas?
Babcock meditó
sobre aquel cínico concepto durante unos momentos, hasta que se dieron cuenta
de que otro hombre se acercaba a ellos por la calle: un tipo singular con una
frente alta y shakespearina, ojos de ibis de mongólica y simiesca crueldad y
una barba del oscuro color del acero. Tan impresionante era su aspecto que,
influenciado en cierta medida por la última observación de Joyce, Babcock
observó miopemente al eslavo extranjero mientras éste se encaminaba hacia la
zona del río Limmat, comentando en voz baja:
—Compartí la cabina
del tren con él. Cualquiera puede encontrar profundos misterios en un individuo
como ése.
—Maldito viento
—dijo Joyce, pinchando el aire usando el bastón como caduceo—. Los nativos lo
llaman viento embrujado. Cuando sopla, Zurich parece volverse loca. Los que
somos del norte lo sentimos más, pues esperamos que el viento sea frío y
mordiente. Un viento tan cálido que sofoca lentamente es como una inesperada,
indeseable y sucia amante que se te mete en la cama.
En la distancia, un
perro aulló repentinamente con una horrible cadencia descendente, como un lobo
o un coyote.
—¿Lo ve? —preguntó
Joyce—. Incluso los animales enloquecen cuando sopla el Föhn.
—Es como el
incienso de sándalo blanco —agregó Einstem—. Demasiado espeso y cargado como
para resultar agradable.
—La policía tiene
informes —explicó Joyce con un tono opalino y místico— que demuestran que el
índice de asesinatos sube cuando sopla el Föhn, y los alienistas locales dicen
que el número de ataques nerviosos aumenta de modo alarmante. Muy siniestro y
aterrador, ¿verdad? Mr. Yeats diría que las ondinas y los espíritus de las
aguas intentan controlar a los elementales del aire en el plano astral,
ensuciando con tanto estiércol el plano material como para que resulte
imposible caminar por él. —Como Thoth, cambió nuevamente, añadiendo
cínicamente—: Pero sólo es una alteración de la ionización del aire y puede
medirse con los adecuados instrumentos científicos que tanto asustaban a Mr.
Yeats.
Aquello les condujo
a un total embrollo que no les abandonó durante todo el camino hasta el hotel
de Joyce, durante el cual éste descubrió que Babcock era un ardiente admirador
no sólo de la pueril (aunque elegante) poesía de Mr. William Butler Yeats, sino
del detestable (aunque amable) Mr. Yeats en persona, y que era incluso miembro
(junto con Yeats) de la Orden Hermética del Amanecer Dorado, un grupo de
ocultistas londinenses de los que Joyce se forjó mucho tiempo antes una
decididamente desfavorable opinión, considerándoles fríamente como una broma de
muy mal gusto. Babcock, a cambio, reunió varias observaciones sardónicas y poco
afortunadas lanzadas en passant por Joyce quien consideraba a Yeats (junto con
el Amanecer Dorado, Blavatsky y todo el misticismo moderno) con un desdén que a
Babcock le parecía injustificadamente venenoso. Las cosas empezaron a aclararse
ligeramente, al menos en la alterada mente de Babcock, cuando gradualmente fue
emergiendo el hecho de que Mr. Joyce era también escritor, pero considerablemente
de menor éxito que Yeats, si no virtualmente desconocido, lo que, junto con
sospechas acerca de las emblemáticas Uvas Amargas y el conocido Monstruo de
Ojos Verdes, le permitió de Babcock esbozar en aquel punto casi todos, aunque
no todos, los hechos: pues sólo los locos están totalmente seguros de las
cosas.
—Entiendo —dijo
Babcock cuando llegaron finalmente al Gasthaus Doeblin— que es usted
socialista, o anarquista, si no las dos cosas.
—Tiene ante usted
un terrible ejemplo de desenfrenado anarquismo individualista —replicó Joyce
suavemente—. Aborrezco a todas las naciones por igual. El Estado es
concéntrico, pero el individuo es excéntrico. Bienvenido a la casa de los
horrores de esta parte de Dublín —añadió, señalando el cartel: GASTHAUS DOEBLIN
(traduciendo perversamente el rótulo de acuerdo con su dudoso capricho).
—Gracias a Dios que
podemos escapar de ese loco viento —dijo Einstein fervoroso mientras cruzaban
el vestíbulo lleno de alfombras amarillas rodeado por papel pintado donde se
veían palmeras y monos encaramados en ellas. («Mi hotelero tiene extrañas ideas
acerca de la decoración», comentó Joyce en sotto voce.) El edificio parecía un
octógono, y Joyce condujo a Babcock y a Einstein por siete de sus lados hasta
llegar a la Habitación 23, que contaba, anunció, «con desayuno, en el que se
disfruta del mejor café espresso italiano a este lado de Trieste, pues yo mismo
lo traje de Trieste».
Caminaban de
puntillas, Babcock y Einstein imitando a Joyce, y se detuvieron mientras Joyce
abría lenta y silenciosamente una puerta y miraba brevemente en una desordenada
habitación en la que una corpulenta y atractiva mujer dormía entre arrugadas
sábanas.
—Esa debe ser la
Señora Joyce —dijo Babcock.
—Indudablemente
—recalcó Joyce—, pero es Miss Barnacle.
Algo más que
ligeramente impresionado por aquella franca asunción de comportamiento bárbaro
para morales civilizadas y los cánones de la más elemental decencia, Babcock se
recordó a sí mismo que el arrogante irlandés era, después de todo, su anfitrión
y que le estaba dando muestras de mayor magnitud que las consideradas normales
en el grado de la simple caridad: pues debía tenerle, en primer lugar, por un
perfecto desconocido, en segundo, por alguien que podía estar totalmente loco,
además de miembro de la conquistadora y probablemente aborrecida raza inglesa,
en tercero. Se dirigieron a la cocina y Joyce empezó a preparar café, tras
depositar la Máscara del Diablo en uno de los afilados bordes del reloj de
cuco.
—Así que dice
—comentó Joyce— que este amigo de rostro de chivo le persigue desde el Loch
Ness.
—Con sus opiniones
—replicó Babcock—, debe pensar usted que es todo una fantasía y me atrevería a
decir que se ve a sí mismo tan divertido como un lunático. Le recuerdo, señor,
que ya han muerto horriblemente tres personas involucradas en este terrible asunto.
—¿Perseguidas
—indagó Einstein suavemente— por el mismo demonio que ahora le persigue a
usted? —Con dedo acusador golpeó la Máscara del Diablo bajo la barbilla,
interpretando expertamente—: ¿Una mascarada en la que no hay nadie bajo las
máscaras?
—La mascarada del
diablo —respondió Babcock con amargura.
Aquello hizo
tambalearse a Joyce, que volvió al poema recogido en la Bahnhofstrasse, aunque
no podía recordar el nombre del autor ni si era acaso de su bardo favorito de
la antigüedad, Anon de Ibid. Una nueva estrofa derivó espontáneamente por la
superficie de su cerebro:
Los demonios beben
en calaveras humanas
Y negocian con las
almas
Bebiendo y
drogándose y uniéndose a nosotros en
La Mascarada del
Diablo
Joyce descubrió
(preguntándose si el Dr. Carl Jung pagaría por estar allí tomando notas) que
aquella especie de maldita coincidencia peculiar se multiplicaba rápidamente
durante la noche. Reflexionando en silencio durante unos minutos, el
librepensador irlandés sirvió café y empezó, ausentemente, a liar un cigarillo,
mirando pensativamente al místico inglés.
—Santo Tomás nos
dijo —comentó Joyce sobriamente— que el Demonio no tenía poder para herir
realmente a aquellos que confían en el Señor, aunque desconfiaba y temía que
tuviera que poner su fe a prueba. De hecho, señor, la fértil herejía que dice
que en tales ocasiones puede ocasionarse un daño real, implica falta de fe en
la bondad de Dios. ¡Ah! —se interrumpió a sí mismo—. Veo que le sorprende que
utilice este lenguaje. Bien, señor, si tuviera que creer en algún tipo de
misticismo, sería en el de Tomás que es lógico, coherente y lleno de frío
sentido común, no como el de los modernos ocultistas que es ilógico, absurdo y
lleno de aire caliente. Pero, de momento, dejémoslo. —Lió el cigarrillo y
señaló la máscara—. ¿Qué clase de demonio de saldo, de segunda mano, es aquél
que necesita trucos de teatro para sus sucios negocios?
Babcock, que se
sentía mejor, sonrió forzadamente al oír la aguda observación.
—Usted me confunde
—empezó—. Soy plenamente consciente de que hay seres humanos envueltos en este
horrible asunto, pero poseen poderes que no les son concedidos ordinariamente a
los meros hombres, pues sirven a un ser que no es humano. Evidentemente, usted
piensa que soy de los que se asustan ante sencillos trucos de teatro, como los
llama, pero ya me he enfrentado a terrores que usted difícilmente podría
concebir. Ocasionalmente, no me aterrorizaría por lo que he tenido ocasión de
ver esta noche: una figura con la cara de Satán viniendo hacia mí súbitamente
en la oscuridad. Lo verdaderamente diabólico fue que ellos me encontraran
cuando tomé elaboradísimas precauciones para ocultar mi pista y eludirlos.
Joyce sirvió más
café silenciosamente, sin tocar el cigarrillo de punta encendida que exhibía en
la mano izquierda. Desde Loch Ness a Zurich: a mí. Los terrores que conocí en
la niñez: los aullidos de los condenados, ahorcados, demonios con rostro de babuino,
chillonas siluetas envueltas por las llamas. Muchos monstruos civilizados. La
antigua pesadilla de Zoroastro de la que Occidente quiere despertar.
—Y, ¿cómo —preguntó
Joyce— murieron esas tres personas? ¿Con las gargantas abiertas por las garras
de algún terrible monstruo, como en las novelas góticas de Walpole?
Sir John, actuando
por motivos de inherente delicadeza, asumiendo que debía mostrarse agradecido
por la cortesía de su anfitrión, aunque tan airado como pueda estarlo un
huésped, reprimió varias afiladas respuestas que casi afloraron a sus labios y
se limitó a decir:
—Fueron llevadas al
suicidio.
—Por máscaras y
momias —exclamó Joyce, sin preocuparse por esconder la ironía de sus palabras.
Entonces, tomando la máscara, la colocó ante su roja cara y se inclinó
amenazante sobre la mesa—. ¿Por trucos de teatro como éste? —preguntó su voz
desde detrás de la máscara con acento dublinés.
—Fueron llevados al
suicidio por un libro —dijo Sir John—, un libro tan vil que no debería existir.
Con sólo mirar esa loca obra literaria, las tres víctimas fueron conducidas al
terror y se destruyeron a sí mismas. Descubrieron algo que provocó que la vida
en este planeta se hiciera tan intolerable para ellos que no quisieron tener ni
un sólo instante más de consciencia.
Einstein miró al
joven inglés con cierta semejanza a la conocida conjetura de la pica de Darío.
—¿Algo en lo que
usted estaba envuelto? —preguntó en voz baja—. ¿No se trata de algo que haya
oído, un rumor o un cuento?
—Tan real como este
café, el plato, la mesa —dijo Babcock secamente, señalando los tres objetos con
enfáticos gestos mientras sus ojos recordaban en silencio alguna terrible
historia de ateísmo e incontables locuras que pudieran saltarle a la espalda en
cualquier momento, tiempo o lugar, como la proverbial serpiente que se oculta
en la hierba, como si no fuera juicioso que hombres valientes y avisados lo
cortaran de raíz actuando rápida y prudentemente en el momento psicológico
adecuado y golpeando cuando el hierro está aún caliente.
Joyce y Einstein
cambiaron mudas miradas llenas de significado.
—Déjeme enseñarle
en lo que estoy metido —dijo Babcock, sacando algo de la maleta de paja—. Esto
es del Express Journal de Inverness —añadió, sacando unos papeles sujeto con un
clip. Joyce y Einstein los leyeron juntos.
EL CASO DE LOS
SUICIDIOS CONSTANTES
El terror brota en
Loch Ness;
La Policía
desconcertada
P. ¿Qué párrafo le causó más impresión al
Profesor Einstein?
R. «Otros residentes consideraron el
escepticismo del Inspector con la vieja regla de ni esposa, ni caballo, ni
bigote, sólo desprecio y una media sonrisa».
P. ¿Se refirió Einstein a esta particular
turbación?
R. Con embarazo, con temor, con cierta sospecha
de que el problema podría ser causado por su deficiente conocimiento del
inglés.
P. ¿Fue aclarado, al menos, el asunto?
R. Lo fue gracias a la concisa explicación de
Joyce: «Es una putada tipográfica. Parte de una línea se ha mezclado con otra
columna.»
Einstein miró a Sir
John con renovado interés.
—Cuénteme toda la
historia —pidió, empezando a cargar la pipa.
Joyce asintió,
desparramándose en la silla como un hombre invertebrado. El Föhn sacudió la
ventana desde fuera como si un fantasma
quisiera entrar.
ACCION
SONIDO
EXTERIOR. MANSION
BABCOCK. PLANO LARGO
La bicicleta barata
se encuentra en un camino cerca de la casa,
La bicicleta se
cae.
No hay viento u
otra causa evidente; sencillamente cae. Voz
de Babcock:«... promete que nunca revelarás arte o artes, parte o partes...»
El Vals de La Viuda
Alegre se sobreimpresiona en las palabras de Babcock.
P. ¿Con qué clase
de vida animal o vegetal estaba más surtida la Mansión Babcock?
R. Una bandada de
cuervos; una exaltación de alondras, una nube de gatos, una asamblea de pavos,
una madriguera de zorras, una guardia de ruiseñores, una granja de topos, una
manada de gansos, una familia de pollos,
un parlamento de buhos, un estanque de patos, un galón de sapos, una porqueriza
de cerdos, un amuleto de pinzones, un murmullo de estorninos, un nido de
garzas, un rebaño de chivas, un arrumaco de palomas, un amanecer de rosas, un
bancal de truchas, una marea de urracas, una gloria de violetas, un alfiletero
de erizos, un encanto de gatitos, una alucinación de glorias de la mañana, un
atardecer fucsia, una majestad de robles, una medianoche de cuervos, un
mediodía de helechos, una cubierta de fúlicas, un llanto de sauces, una risa
del cosmos, una hilaridad de gardenias, una sauna de melocotoneros, una
tontería de grillos y un milenio de musgo.
P. ¿Qué clase de
libros guardaba sir John en la biblioteca de la Mansión Babcock?
R. Una
prevaricación de la política, una cronología de la historia, un gnomo de
mitología, un esbozo de teología [incluyendo una serenidad budista, una
cosmología hindú, una inescrustabilidad taoísta y una guerra cristiana], la
locura de los Alhazreds, una fumarola de alquimistas, un árbol de los
cabalistas, una herejía de Bruno, un montón de Llulls, una ova de Bacon, una
mistificación rosacruz, un silencio sufí, un enoch de Dees, una sabiduría de
los gnósticos y un pequeño gimoteo de romance.
La noche posterior
al encuentro con George Cecil Jones, Sir John soñó nuevamente con la Capilla
Peligrosa, en esta ocasión iba fuertemente armado, en un castillo de rojas
murallas propiedad de un ogro devorador de hombres llamado Sir Talis.
—Debéis entrar sin
ser plantado —decía el Juez Don Nadie— para lagrimear que las runas son rojas.
El Rey Eduardo III,
vestido con el convencional traje de negocios de George Cecil Jones, paseaba
por una sala numinosa e incandescente murmurando algo sobre la impotencia de la
honestidad.
—El casco moviente
—añadió Je Je Commons a modo de ayuda—. La puerta del vestíbulo permite salir
al Papa del Vaticano.
—Lo incalentable e
irrompible —chillaba un buho gigante.
—El sol arde dentro
—musitaba el tío Bentley—. ¡Hablad y ululad!
Sir John descubrió
que estaba en el Templo del Rey Salomón descrito en la literatura masónica.
—Arrodillaos ante
Thor, lo ordena Sir Talis —rugía un León.
—Atravesar una
niebla espesa sobre el aire —silbaba un Aguila.
—¡Que arda la
sangre! —exclamó Sir Knott el Todopoderoso—. ¡Considerad los consejos del odio!
—Sir John, un hombre solo bajo el sectarismo, tropezó por la caverna del buho
llena de esqueletos, un tripentoctócono donde brillaba una docena de
amaneceres. Un cartel decía:
NO OS MEZCLÉIS EN
LOS ASUNTOS DE LOS BRUJOS:
LES EMPAPA Y SON
DIFÍCILES DE ILUMINAR
—Fue dicho que el
viejo sirviente de la Envidia —leía un Angel— lloró al fragmentar el trigo y
roncó medio dormido, sin ser roído por la humedad del rocío. Se sacudieron en
un parpadeo, Jenny la Estaca y el Hermano Putrefacción y el Hamster y,
aflojándolo, un ratón con siete jerbos.
—Esos —explicó
Jones, con un gesto de sus huesos— son los que atraviesan este sendero sin el
Pentáculo del Valor. Lo que bebáis, Sir Joan: ¿maldecirá la pérdida de los
huesos?
Antes de que Sir
Joan pudiera decidir acerca de la falta de literalidad de la pregunta, se
encontraron en las oscuras espaldas del Tirano en el ala lateral del Brutus
Museum en la gaseosa sombra del árbol devorado por los vencejos, los tres ovus
desafilando las tijeras, y Karl Marx leyendo en voz alta lo que parecía ser la
historia secreta de la Francmasonería: «Y Salomón era un rey abigarrado, y
guardaba su yegua en la cola de su espinazo roto para contar su miel; y el
SEÑOR habló en él y le dijo: Salomón, toma. Y Silvamoon lo tomó; y la locura de
la tumba de Salomón se derramó y lo inundó todo. Y Sol O'Morn se convirtió en
Nightres y Nighttricks en Mars Harem y Moose Hiram en Sir Talis y Surd Alice en
Roy O'Range Yellagroin y Roy O'Range Yallagroin en el pequeño Motor Soplador».
En aquel punto, recurrió a dialectos rusos.
—¿No nos queda nada
mejor que hacer que aguantar todo esto? —preguntó Sir John, oyéndose a sí
mismo, despertándose bajo el sol de la mañana.
Se sentó y se
encontró medio soñando, o hablándose internamente.
—Somos de la misma
materia que los sueños —dijo su voz o la voz de alguien. Shakespeare,
naturalmente: La Tempestad. Una gran línea, comentada muchas veces; pero, si
uno lo piensa, ¿qué es lo que realmente quiere decir? ¿Qué quiere decir La
Tempestad? Si Próspero es el propio Shakespeare, como dicen los estudiosos,
¿por qué Próspero es más mago que poeta? ¿Por qué se asocia con hadas, elfos,
el monstruoso Calibán y toda la asamblea de lo oculto?
Y «El joven Roldan
llegó a la Torre Oscura». ¿Qué significaba aquella línea de Lear que nada tenía
que ver con la trama general? ¿Formaba parte Shakespeare del Colegio Invisible?
Sir John desayunó
tan abundantemente como de costumbre y, a continuación, dio un largo paseo,
reafirmándose en la solidez de la materia y la realidad de la tierra, el cielo
y los árboles. No veía amenaza alguna en que le conocieran como un romántico,
pero no tenía intención de convertirse en un maldito loco.
Cuando volvió a
casa y se puso a leer el Times de Londres, descubrió que Stolypin, el primer
ministro ruso, había sido asesinado, el último de los brutales crímenes
cometidos durante la última década del siglo diecinueve y la primera del veinte
y que parecían un preludio al ascenso de la anarquía en todo el mundo. Intentó
recordar a sus padres y sus propios sentimientos cuando murieron pero sólo
encontró un mate dolor en el lugar en que debía estar aquel recuerdo. Si se
podía contar con algún tipo de sabiduría superior o alto conocimiento, Sir John
sintió que la raza humana lo necesitaba muy poco. La vida, la sabiduría normal
y el conocimiento ordinario, no parecían ser sino una singularidad apagada y
una broma brutal. «¡Que les corten la cabeza! ¡Que les corten la cabeza!» Dios
parecía expresarse en un galimatías la mayor parte de las veces, como la Reina
Roja de Alicia. ¿Nos matará realmente por deporte?
Sir John se dedicó
las dos semanas siguientes a releer y meditar sobre los panfletos clásicos de
los rosacruces del siglo diecisiete. Todo cuanto Jones ilustrase tan
prosaicamente se encontraba en ellos: el Hermano del Colegio Invisible de los
Rosa Cruces «ataviado de acuerdo con la moda» del lugar en que residiera y
«adaptando a ello todo su vestuario»; aunque siempre comprometido con el
Colegio Invisible, no daba ningún signo manifiesto de ello a los ojos del
mundo, excepto que podía curar a los enfermos sin cobrar nada por los servicios
prestados.
En el punto exacto
en que terminó la quincena, Sir John recibió un pequeño paquete entre el correo
remitido del Apartado Postal 718 de la Oficina Principal de Correos de Londres.
En su interior encontró un panfletillo titulado «Lección de Historia». La autoría
del mismo correspondía a:
Orden Hermética del
A.·.D.·.
El corazón de Sir
John le saltó en el pecho; sabía lo que representaban aquellos puntos
piramidales en simbología oculta: una orden que poseía la original Palabra
Masónica, pero la había perdido, de modo admitido, por todas las demás órdenes
masónicas. De las anónimas Muses Threnody de 1648, recordó:
Para cuantos somos
hermanos en la Rosa Cruz
Tenemos la Palabra
Masónica y la segunda visión
De cosas que
ocurrirán y podemos ver claramente
Con dedos
temblorosos, Sir John abrió el panfleto y empezó a leer la historia secreta de
la Orden Hermética del Amanecer Dorado. En 1875, decía, un gran incendio
destruyó la Sede Francmasona de Londres. Robert Wenworth Little —un escritor
cuyos libros de masonería eran conocidos por Sir John— encontró algunos
documentos perdidos mucho tiempo atrás, mientras rescataba importantes cartas y
otros objetos de valor de las llamas. Aquellos misteriosos papeles se
encontraban redactados en una clave desconocida para Little o para cualquier
otro francmasón de su época. A fuerza de un continuo y meticuloso esfuerzo y
perseverancia, Little, finalmente, resolvió el código, descifrando los
documentos y encontrándose en posesión de los secretos del Colegio Invisible:
secretos que la francmasonería ortodoxa había perdido mucho antes. Los
documentos facilitaban también el enlace con una orden continental que parecía
poseer secretos incluso más profundos y daba la dirección de una alta iniciada
llamada Fraulein Anna Sprengel, en Ingolstadt, Baviera.
La lección
continuaba explicando cómo Robert Wenworth Little y otros varios francmasones
londinenses, guiados por Fraulein Anna Sprengel, fundaron la Orden Hermética
del Amanecer Dorado, admitiendo, originalmente, a sus miembros sólo entre
aquellos que habían alcanzado los más altos grados masones. Empleando las
técnicas que les enseñase Miss Sprengel y los documentos cifrados, recrearon
gradualmente todo el repertorio de trabajo del ocultismo cabalístico que
subyacía a la Orden Rosa Cruz de la Francmasonería y se dedicaron seriamente a
establecer contacto astral con las Altas Inteligencias de otros planos para que
les educasen y guiaran gradualmente en la arriesgada transición de la simiesca
domesticidad de la humanidad histórica a un grado más elevado de la escala
evolucionaría.
La «Lección de
Historia» llegaba a aseverar que tal contacto se estableció y que el Amanecer
Dorado actuaba bajo guías astrales. Ominosamente, añadía que los estudiosos
debían cuidarse de los diversos impostores que empleaban el nombre de la orden
y que creaban falsos Amaneceres Dorados dedicados al satanismo y la magia
negra. Entre los herejes, que parecían ser aproximadamente una docena —al
disgregarse en facciones el Amanecer Dorado original lo hizo violentamente,
coligió Sir John—, el propietario de la Mansión Babcock se sintió impresionado
especialmente por dos de ellos, a causa de sus relevantes papeles: MacGregor
Mathers y Aleister Crowley.
P. ¿Eran aquellos nombres un accidente?
R. No. El primero de los individuos recibió el
nombre de Samuel
Liddell Mathers y
decidió, al embarcarse en los senderos de la Magia, que Samuel Mathers, Sam
Mathers, S.L. Mathers, S. Liddell Mathers, eran todos ellos nombres poco
adecuados y prácticos para un mago; eligió el apodo mucho más sonoro de
MacGregor Mathers. El otro individuo, de modo similar, fue llamado al nacer
Edward Alexander Crowley y descubrió que las diversas permutaciones de aquel
apelativo eran demasiado prosaicas para su futuro; tras profundas
investigaciones y mucho pensar, llegó a la conclusión de que el nombre «Jeremy
Taylor» parecía el más memorable del inglés a causa de su ritmo. Deseando
hacerse con un ritmo semejante, se rebautizó como Aleister Crowley.
P. Haga una
referencia de la historia del Amanecer Dorado con la máxima información posible
sin sobrepasar los límites legales razonables y con los menores prejuicios
hacia una facción u otra.
R. «El Amanecer
Dorado es la más influyente de todas las sociedades secretas ocultas fundadas
en el siglo diecinueve. Nació en 1887-88, fundándose sobre ciertos manuscritos
cifrados descubiertos en Londres que describían cinco rituales de iniciación...
En 1890, sin embargo, la naturaleza del Amanecer Dorado fue transformada por
uno de sus líderes, S.L. MacGregor Mathers, quien aseguraba estar en contacto
con los 'Amos Secretos', los invisibles y altamente evolucionados superhumanos
que forman, según aseveraciones de los ocultistas, el gobierno secreto de
nuestro planeta». Francis King, Introducción a Crowley en Cristo, C.W. Daniel
Co., Londres, 1974.
P. Facilite más
información de los orígenes de la tradición de la masonería mística.
R. «Sin embargo, la
Masonería Egipcia está más íntimamente relacionada con la Logia del Gran
Oriente de Francia... creada originalmente por los Illuminati de Weishaupt,
estrechamente ligada con la Sociedad de Jacobinos... Un Iluminatus secreto y
Jacobino fue Giuseppe Balsamo, alias Cagliostro, quien... legó cierto
Manuscrito a sus seguidores de la secta Egipcia, incluyendo extractos del
Necronomicon original... El texto del Necronomicon... conseguido merced a los
árabes españoles... volvió a los persas... y permitió enlazar la magia
babilónica y la tradición hermética del sacerdocio egipcio de Thoth». Carta del
Dr. Stanislaus Hinterstoisser a Colin Wilson, El Necronomicon, con comentarios,
Neville Spearman Co., Suffolk, 1978.
Sir John reflexionó
durante dos días acerca de la «Lección de Historia» antes de decidirse a
continuar. Escribió a Jones y le pidió que le admitieran en la Orden Hermética
del Amanecer Dorado como Aprendiz.
De aquel modo,
cruzó la puerta de tres cerrojos y pasó de ser un estudiante de historia oculta
a un indeciso y nervioso practicante de las artes ocultas, donde aprendería en
poco tiempo que, realmente, estamos hechos de la misma materia que los sueños,
y que Sir Talis era ineludible.
Sir John fue
iniciado la noche del 23 de julio de 1910: exactamente 307 años después del día
en que fuera armado caballero Sir Francis Bacon, pretendido Gran Maestre del
Colegio Invisible en la Inglaterra isabelina (de acuerdo con los documentos del
Amanecer Dorado: que decía contar con miembros tan ilustres como Sir Richard
Francis Burton, Paul Gauguin, Richard Wagner, el Rey Ludwig de Baviera,
Wolfgang von Goethe, Adam Weishaupt, el Dr. John Dee, el Papa Alejandro VI,
Jacob Boehme, Paracelso, Christian Rosenkreutz, Giordano Bruno, Jacques de
Molay, Newton, Beethoven, Merlin, Rabelais, Virgilio, Jesús, Buda, Lao Tse,
Salomón, Osiris y Krishna entre otros). Sobre su propia iniciación, Sir John,
haciendo cierto su Juramento, nunca reveló los detalles, ni siquiera durante
aquella noche en Zurich cuando, con el hechizado Föhn azotando las ventanas,
relató sus extraordinarias aventuras a James Joyce y al Profesor Albert
Einstein. Algunos velos nunca deben levantarse; Babcock jamás levantaría aquel
velo en especial.
Tres noches después
de la iniciación, Sir John sufrió una nueva experiencia bajo la forma de otro
sueño hermético. Era conducido, con los ojos vendados, al trono del Sur donde
se abre la ventana de la Estrella de Plata en el índigo vagabundeo de la noche.
—¿Quién viene?
—preguntó el Gordiano, Francis Bacon.
—Alguien que ve la
luz —replicó Sir John, de acuerdo con la tradicional fórmula masona que le
revelaron antes de la ceremonia.
—La humanidad no
puede discernir mucha luz —dijo Nightrix con voz llorosa—. Se puede adivinar lo
poco preparados que están para recibirla los domesticados mamíferos.
Hubo un desgarro en
la red y Sir John se encontró de vuelta en la Torre Alcanzada Por La Luz. Sir
Talis, un atiborrado melenudo, contaba la miel. Sir Joan se arrastró como en
sueños y se encontró en una vasta y zumbante colmena (vuelo rasante, mitrales óvidos:
de lo que un hombre no ha de avergonzarse) en la que unos locos se
estrangulaban intentando matarse, maldiciendo y gritando:
«¡Lo harás,
bigotes, lo harás!» y clavando dagas, jurando, insultando, se hundían en un
limo malsano y fétido de color rojo sangre. «¡Cabritillos!», aullaban. «¡Qué
fuerte es el Vril!» Desenrollaron un pergamino medieval escrito en índico,
nórdico, ruso, irlandés, muy muy largo pero muy muy sumiso, diciendo:
NO ESCUPIR SALVO EN
EL ORINAL:
PARA ELLOS ES SUTIL
Y PUEDEN IRRITARSE
Sed chillaba:
«¡Temed lo olvidado!»
—Aquellos —explicó
Nud el Allmousey (Eutaenius Microstemmus) como una oración— son los que
recorren este camino sin la Copa de la Simpatía. Cada uno de ellos se imagina
que los demás son terribles demonios y sólo piensan en su propia autodefensa.
Trágico e irónico, ¿verdad?
Sir John se
despertó repentinamente.
—¡Cristo santísimo!
—dijo, sin intenciones profanas—. ¿Era aquel sueño una visión de cómo se veía
la humanidad desde el punto de vista de una mente Iluminada?
—Una iniciación
real nunca termina —le explicó Jones crípticamente, antes de la iniciación del
plano físico. Sir John lo comprendió: el sueño, con su propio lenguaje, era
efectivamente una continuación de la iniciación, pero en otro plano. Incluso
las máscaras empleadas en la ceremonia parecían, bajo la luz del claro mensaje
del sueño, una alegoría, y no un mero fragmento de teatral imaginería. Las
máscaras usadas en la vida normal eran psicológicas, no de cartón, pues nada
valía para ocultarse uno mismo de sus semejantes: la Sociedad era la Mascarada
del Diablo.
Cuando sir John
volvió a reunirse con Jones en casa de este último en el Soho, discutieron los
sueños de la Torre Oscura ampliamente y Sir John, orgulloso, expuso que había
descifrado su simbolismo, especialmente la alegoría de las máscaras.
—Muy cierto
—replicó Jones—. Pero también es una regla de nuestra Orden que nadie debe
conocer personalmente más que a un solo miembro. Las máscaras empleadas en las
iniciaciones ayudan a reforzar esa regla.
—Y, por favor,
¿cuál es el objeto?
—Marte es el dios
lar de todas las sociedades —dijo Jones severamente—. La competencia alcanzó a
la primera logia del Amanecer Dorado de Londres. Todo el mundo conocía a todo
el mundo, y todos caímos en el egotismo trascendental —«Mi iluminación es mayor
que tu Iluminación», y cosas de ese estilo— y el Mal de la Disputa se asentó
entre nosotros. No repetimos nuestros errores, Sir John. Desde ahora, excepto
en emergencias muy especiales, no verá a nadie de la logia más que a mí, hasta
que alguien de grado más elevado me reemplace como su maestro. Si todos nos
conociéramos, caeríamos en rivalidades.
Aquella
descentralización tan radical era un arma de doble filo, como no tardó en
descubrir Sir John. No sólo se ahorraba la pérdida de tiempo y energía que
habría quizá malgastado en preguntarse si avanzaba más deprisa o más despacio
que otros estudiantes, sino que el misterio creado por aquella carencia de
sociabilidad causaba un sutil y nuevo efecto en todas sus percepciones de los
demás seres humanos.
Al principio, si
alguien hacía una observación más atinada que las de costumbre, no dejaba de
preguntarse: «¿Será... podría ser uno de nosotros?» ¿Era Shakespeare miembro
del Colegio Invisible? ¿El camarero del Claridge's? ¿Cuántos miembros somos?
Era imposible obtener una respuesta literal de Jones en cuanto a aquel
particular.
—La pregunta
implica en sí misma la ignorancia de un Aprendiz sobre la verdadera naturaleza
del Espacio y el Tiempo —era cuanto Jones contribuía al tema.
Sir John empezó a
preguntarse cosas cada vez que leía, en el habitual periódico, algo relativo a
una persona rescatada del peligro por un Misterioso Desconocido que
inmediatamente desaparecía sin aceptar las gracias ni dar su nombre. «¿Otro de
nosotros?», especulaba Sir John románticamente, viendo la protectora mano de la
Gran Hermandad Blanca por todas partes. Naturalmente, como graduado de
Cambridge, estaba inmerso, al menos por osmosis, en algo del moderno
escepticismo escolar, y sabía que todo esto podía responder exclusivamente a la
simple locura generada por lo extraordinario..
Pero, por otra
parte, uno no podía esperar que ciertas gafas especiales les fueran entregadas
a cada miembro del Colegio Invisible para que reconociera a los demás... ¿o sí?
Sir John iba a
descubrir que el enigma de las sociedades herméticas era más sutil que todo
aquello. El Amanecer Dorado, después de todo, era supuestamente continuador de
la inquebrantada tradición del original Colegio Invisible de los Rosa Cruces,
cuyos miembros «visten y adoptan las maneras» del país en que residen. Sir John
encontró que incluso las más necias observaciones o comportamientos ofensivos
disparaban la misma pregunta: «¿Otro de nosotros?» ¿Cuántos Adeptos habría,
viviendo disfrazados entre la normal humanidad, ocultando cuidadosamente su
avanzado estado tras una mascarada de urbanidad vulgar, estupidez o
conformidad? Jesús permitió que le injuriasen, escupieran, humillasen y
crucificaran; la literatura del Amanecer Dorado dejaba totalmente en claro que
un verdadero Adepto podría interpretar cualquier papel o padecer cualquier
humillación para cumplir su especial Obra: El Loco podría ser el Mago
disfrazado.
Sir John se
encontró devorando simultáneamente montones de literatura mística de todas las
naciones y tiempos, pues Jones le obligaba a leer diez volúmenes a la vez. Los
exámenes escritos que efectuaban una vez al mes determinaban lo que había
comprendido, al menos verbalmente, de lo leído.
—Soy cristiano
—protestó Sir John en cierta ocasión.
—No queremos hacer
otra cosa de usted —replicó Jones—. Pero para avanzar en la Gran Obra, debe ser
primero consciente de la invisible verdad que se esconde tras la parafernalia
visible de todas las religiones. En nuestra Orden, el cristiano debe seguir siendo
cristiano; el judío, judío; el musulmán, musulmán; sin embargo, sea cual sea su
fe, no debe conservar ningún sectarismo de estrecha mentalidad.
Sir John empezó a
comprender aquel ambiguo ecumenismo estudiando cierto texto budista. El refrán
«Todos aquellos con los que te encuentres son un Buda» empezó a inundarle hasta
la desesperación; no tenía sentido aunque se lo repitiera tan a menudo, de tantos
modos diferentes; resultaba obvio que tendría que comprenderlo antes de
enfrentarse a la comprensión absoluta del budismo. Sin embargo, a sugerencia de
Jones, intentó ver al Buda en todos los seres humanos con los que se cruzaba...
y comprendió la totalidad rápidamente.
El efecto era el
mismo que la deliberada mistificación generada en el interior del Amanecer
Dorado acerca de quién era o no miembro. Buscar al Buda en todos los hombres,
como localizar más miembros de la Orden, hizo que Sir John prestase una
atención más cercana a la gente que la que antes prestase nunca, fijándose
mucho más en la misteriosa y adamantina individualidad que en las
clasificaciones de edad, sexo, raza, casta u otras superficialidades. Vio en
todo el mundo seres misteriosos e increíbles; comprendió, súbitamente, la más
molesta de las paradojas de Goethe, la que decía: «¿Qué es lo más difícil de
todo? Lo que parece más sencillo: ver con nuestros ojos lo que hay delante de
ellos.»
Y comprendió,
también, la insistencia de San Pablo en que «todos somos miembros del Cuerpo de
Cristo». Cada hombre y cada mujer constituía una sencilla faceta del espejo de
diamante hecho a imagen de Dios al que llamamos humanidad. El budismo, como
Jones prometiera, no debilitaba su cristianismo sino que lo iluminaba.
Sir John pensó que
tal idea era maravillosa y la ponderó lleno de excitación cuando volvió a
encontrarse con Jones.
—Muy bien —dijo
Jones condescendientemente—. Usted ha despertado, un poco, de uno de los sueños
que impiden que los sonámbulos que recorren las calles se vean los unos a los
otros. Esto es el principio... sólo el principio. No debe impresionarse por sus
adelantos, por amor de Dios, o no se moverá ni una pulgada. Intente ver la Luz
divina en cualquier objeto hermoso que se cruce en su camino: rubíes
escarlatas, lirios del campo, o en las marcas rojizas del dorso de un cangrejo.
Luego, pregúntese a sí mismo dónde no se encuentran la consciencia y la
divinidad.
Con aquella
aplastante, aunque animosa, charla expresada con cierta traza de fuego leonino,
el suave Mr. Jones quedó más allá de cualquier duda que pudiera albergar Sir
John: era un verdadero Adepto. Sin piedad, a partir de entonces, Jones cebó a
Sir John con libros de la Cábala pidiéndole que los dominase a fondo...
llevándole al borde del torpedeo y el hundimiento total.
Babcock,
previamente, estudió la Cábala sólo como historiador, aprendiendo lo suficiente
de su terminología y teoría como para poder detectar su influencia desde los
antiguos herméticos como Pico della Mirandola y Giordano Bruno, pasando por el
Dr. Dee y Sir Francis Bacon, hasta llegar a la francmasonería y el iluminismo.
En aquellas nuevas sesiones de estudio se encontró ante la necesidad de dominar
la totalidad de la teoría cabalística del universo, miles de veces más
complicada que la tabla periódica de los elementos químicos que tío Bentley
guardaba en el estudio.
De acuerdo con la
Cábala, el cosmos era gobernado por correspondencias simbólicas entre muchos
planos de existencia, visibles e invisibles. Aquello parecía demasiado simple;
pero las propias correspondencias carecían de conexiones lógicas; «La Cábala
trasciende la lógica», recordó Sir John.
Las
correspondencias solo podían aprenderse mediante fuerza bruta y repetición
hasta que, finalmente, se anclaban en la memoria. Incluso después de
memorizadas, las correspondencias podían no ser entendidas por el estudioso,
observó Jones amablemente: comprender la verdad, dijo, sólo se consigue a
través de la intuición o por experiencia directa con los planos invisibles,
mediante técnicas que le enseñaría cuando Sir John hubiera de graduarse de
Aprendiz a Neófito.
P. Diga tres concisos ejemplos de lógica
cabalística.
R. [1] Todas las palabras hebreas con el mismo
valor numérico han de tener significados equivalentes; por lo tanto, Ach D
(unidad) es igual a: A(l) + Ch(8) + D(4), es decir, 13, lo mismo que AHBH
(amor) pues A(l) + H(5) + B(2) + H(5) suman 13; ergo, unidad es amor y amor es
unidad. [2] Puesto que el Sagrado e Inexpresable Nombre de Dios (YHVH) es:
Y(10) + H(5) + V(6) + H(5), que suman 26, y dado que el resultado el igual a 13
x 2, Dios es amor + unidad. [3] Ya que 7 de las 22 letras hebreas corresponden
a los planetas, la proporción de 22/7 es muy importante; y, efectivamente, 22/7
es 3.1415... etc., el valor de pi, o la relación del radio de un círculo con su
circunferencia.
P. Facilite un
ejemplo de lógica cabalística problemático.
R. Puesto que Dios
es unidad y la primera letra hebrea A (Aleph) es igual a 1, A simboliza a Dios.
Pero A (Aleph) escrita en hebreo es ALP que suma 111, mostrando que Dios es una
triple unidad; esto provoca que buenos cabalistas cristianos estén en desacuerdo
con los cabalista hebreos y musulmanes. Pero 111 es también igual a ALP,
Tinieblas, y ASN, Muerte Repentina. Por tanto, ¿es Dios equivalente a Tinieblas
y Muerte Repentina?
Sir John dedicó
días, semanas, meses, a recitar rutinariamente una y otra vez, recurriendo a
los libros cada vez que le fallaba la memoria: «Aleph es la primera letra
hebrea y significa 'buey'. La principal correspondencia se establece con la
carta del Loco en el Tarot, el color amarillo, el elemento aire, el Espíritu
Santo del Nuevo Testamento, el Aliento de Dios —¿qué será eso?—, Ruach Elohim,
el Aliento de Dios, en el Viejo Testamento, el camino de Kether a Chockmah en
el Arbol de la Vida y oh, ah, Dios, humm...». Vuelta a los libros.
«Beth es la segunda
letra hebrea y significa 'casa'. El Juglar del Tarot, el color escarlata, el
planeta Mercurio, Thoth en Egipto, Hermes en Grecia, Odin en los pueblos
Nórdicos, el sendero de Kether a Binah, el dios mono hindú... Oh, Cristo, ¿cuál
era el nombre del dios mono?» Vuelta, otra vez, a los libros.
Jones se desplazaba
hasta la Mansión Babcock y examinaba a Sir John ocasionalmente.
—Nun —decía—, ¿qué
carta es en el Tarot?
—La Muerte.
—¿Significado
hebreo?
—Un pez.
—Muy bien. ¿El
equivalente medieval del Carro en el Tarot?
—El Sagrado Grial.
—Excelente. ¿La
letra hebrea para lo mismo?
—Bien... esto...
daleth...
—Erróneo. Muy mal,
muchacho. No se permite la falta de atención. ¡Memorice, memorice, memorice!
Sir John
memorizaba.
—Trabaje en las dos
primeras palabras de la Biblia —sugirió Jones; y Sir John se encontró buscando
los significados ocultos de BRAShITH ALHIM. «En el principio, los Dioses».
Naturalmente, por
Pico della Mirandola, sabía que BRAShIT [«En el principio...»] tenía un valor
numérico de 3910, el número de años que según la antigua tradición
trancurrieron desde la «Caída» de la humanidad (debida al desafortunado trauma
del primer contacto con la Inteligencia Superior, codificado en la mitológica
serpiente del Génesis) al nacimiento de Jesús. Descubrió por sí mismo que ALHIM
(los dioses: Dios, en singular, puesto que YHVH o Jehovah no aparecía hasta el
segundo capítulo) contenía, por permutaciones de temura, 3.1415, el número pi
con cuatro decimales. Observó que BRA, las primeras tres letras, formaban
mediante notarikon las iniciales de Ben, el Hijo; Ruach, el Espíritu Santo; y
Abba, el Padre.
—Muy bien —le dijo
Jones cuando leyó el informe—. Pero hay más, mucho más. Mire, Agape, la palabra
que significa «Amor» en el Nuevo Testamento, tiene un valor cabalístico de 93.
Añadido al 3.1415 de ALHIM se obtiene 3.141593, el valor de pi con seis decimales.
Trabaje en ello hasta que encuentre las Proporciones Doradas de la logia
Masónica.
Una vez, Sir John
tuvo la temeridad de preguntarle a Jones sobre el misterioso Sagrado Angel
Guardián al que se pretendía invocar mediante toda su preparación en el
Amanecer Dorado.
—Normalmente
—respondió Jones— se explica de tres modos diferentes: para los Aprendices, los
Neófitos y los miembros de alto rango que aún no lo han alcanzado. En su caso,
considerando la mezcla de estudio y romanticismo que detecto en su
temperamento, le daré las tres explicaciones simultáneamente. Una: se trata de
una metáfora que significa, aproximadamente, aprender a recibir comunicaciones
de la propia mente inconsciente sin las habituales distorsiones. Dos: ésta no
es tan sencilla; el Sagrado Angel Guardián le habla a través de su
inconsciente, pero es, literalmente, un ser diferente del estado evolutivo tan
lejano de nosotros como podamos estarlo usted y yo de los más primitivos
invertebrados. Tres: sí, es una metáfora, después de todo, pero tan alejada de
nuestra ordinaria consciencia que apenas importaría que lo considerase desde el
punto de vista científico de mi primera respuesta o desde los místicos de la
segunda; trasciende a ambas. Cuando pase por la experiencia, encontrará su
propia metáfora para describirlo; de ella puede surgir una teoría científica
desconocida para el mundo, una obra de arte, o sólo un cambio en su vida hacia
la santidad, la compasión o algo más tradicionalmente «religioso». Trabaje más
y pregunte menos si quiere seguir adelante.
Finalmente, nueve
meses después de la iniciación, Sir John completó su curso en el mundo del
misticismo y fue capaz de aprobar las pruebas cabalísticas de Jones fácilmente.
Se encontraba totalmente confundido y empezaba a preguntarse si él, o Jones, o
ambos, estarían un poco locos. Después de todo, ¿qué tenía que ver un buey con
un hombre vestido de Loco, o ambos con el color amarillo o el Espíritu Santo?
Si Thoth y Hermes eran el mismo dios bajo dos nombres, estupendo; aquello
tendría cierto sentido histórico. ¿Pero qué correspondencia podían tener con la
palabra hebrea que significaba «casa»? ¿Qué tenía que ver el planeta Venus con
la letra daleth y la diosa Demeter? ¿Era toda la Cabala un complicado chiste
judío elaborado a costa de los que intentaban comprender lo supraracional
mediante significados racionales?
Cuando Sir John
empezó a considerar seriamente este último pensamiento, Mr. Jones,
paternalmente, le hizo el primer examen real, justo delante de sus ojos.
—Estará usted
familiarizado —empezó— con las letras que aparecen en la parte superior de cada
crucifijo católico occidental ortodoxo: I.N.R.I.
—Yod Nun Resh Yod
—replicó Sir John, con sus equivalentes hebreos.
[«Yo nunca residiré
ya.»]
—Muy bien. Las
Iglesias Católica y Ortodoxa, naturalmente, explican todo esto con términos
infantiles, para las sencillas mentes de las masas. ¿Está usted familiarizado
con la explicación?
—Supongo que lo
harán derivar del latín —dijo Sir John felizmente; era muy fácil—. Iesus
Nazarenus Rex Iudorum: Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos.
—Excelente —afirmó
Jones—. Ahora me veo obligado a decirle que hay un significado esotérico
gnóstico en esas iniciales muy anterior a la creación del exotérico que acaba
de citar. Requiere conocimiento cabalístico y la verdadera facultad de la
intuición para decodificarlo. Esta tarea deberá completarla antes de ascender a
Neófito. Llámeme cuando crea tener la respuesta.
Sir John dedicó una
semana a volverse medio loco con aquel rompecabezas. Al séptimo día, esbozó una
tabla en la que deliberadamente listaba sólo las más irracionales e ilógicas
correspondencias, para obligarse a sí mismo a pensar de la forma metalógica de
los verdaderos cabalistas.
La tabla era
semejante a ésta:
Letra Hebrea Correspondencia Tarot Correspondencia Astrológica Correspondencia Griega
Yod (mano) El Ermitaño Virgo Cronos
Nun (pez) La Muerte Escorpión
Hades
Reh (cabeza) El Sol El
Sol Apolo
Yod (mano) El Ermitaño Virgo Cronos
Intentó que su
mente derivase por las imágenes, reconociendo palabras y asociaciones: mano,
pez, cabeza, mano; mano, pez, cabeza, mano; mano, pez, cabeza, mano... Docenas
de ideas originales y sorprendentes llegaron a su mente (en una ocasión, vio la
evolución como un escenario preescrito...), pero nada que llenase el vacío y
ventoso sinsentido.
Intentó las
correspondencias astrológicas: Virgo, Escorpio, el Sol, Virgo. Una virgen, un
insecto, el Sol y la virgen nuevamente. Parecía de menos ayuda que la
mano-pez-cabeza-mano. Probó con Virgo-mano, insecto-Muerte, cabeza-Sol,
Virgen-mano. Todo aquello le condujo a una línea cerrada de pensamiento que le
hizo dudar nuevamente acerca de si tendría la pureza de corazón suficiente como
para atravesar triunfante la Capilla Peligrosa.
Las
correspondencias griegas estaban llenas de resonancias de terrible imaginería.
Cronos, dios del Tiempo, era visualizado en la horrorosa pintura de Goya
Saturno devorando a sus hijos. Hades y el mundo de los muertos era fácil de
recrear acordándose del descenso de Odiseo al mundo subterráneo. Apolo trajo a
la mente de Sir John las figuras de Oscar Wilde y Lord Alfred Douglas y eran
difíciles de asimilar. Pero, ¿cuál era el sentido de la propia secuencia:
Cronos, Hades, Apolo, Cronos?
Sir John lo intentó
observando las imágenes de las cartas del Tarot:
El Ermitaño: un
anciano con una linterna en medio de la oscuridad. ¿Qué tenía que ver con yod,
la mano, excepto que necesitaba una para sujetar la linterna? ¿Qué
correspondencias habría con los escorpiones y la virginidad?
La Muerte: un
esqueleto montado en un gran caballo blanco, por encima de Rey, Obispo, Madre e
Hijo. ¿Pero que relación existía con nun, un pescado? Sí la tenía con Hades,
dios de los Muertos, naturalmente.
El Sol: un niño
desnudo montado en el mismo caballo blanco con el sol alzándose al fondo. ¿Qué
lo relacionaba con resh, la cabeza? También volvía a confirmarse cierta
relación astrológica.
Y el viejo Ermitaño
con la linterna otra vez...
¿Era la parábola
psicológica sobre el sendero de la iniciación? La mente del estudioso como la
de un viejo (tradición social), vagando por las tinieblas de la ignorancia,
guiado tan sólo por la linterna de la intuición; se transformaba mediante la
muerte de sus aspectos condicionados: las relaciones con el Rey (el Estado), el
Obispo (la Iglesia), la Madre y el Hijo (la familia); renacía como el hijo del
sol («A menos que seáis como niños no entraréis en el Reino»); y entonces —y
entonces—, ¿por qué volver al viejo que vaga por las tinieblas? Todo parecía un
completo sinsentido aun cuando pensase haber encontrado el camino acertado
finalmente.
Mano, pez, cabeza,
mano...
Viejo, muerte,
recién nacido, viejo...
I.N.R.I., Jesús de
Nazaret, Rey de los Judíos.
Cronos, dios del
Tiempo (y de la destrucción); Hades, señor de los muertos; Apolo, dios del Sol
Naciente; Cronos, otra maldita vez...
Y llegó la orden
mental. Adelante. Adelante.
Sir John lo intentó
con Gematría, el método cabalístico que consiste en tomar el valor numérico de
una palabra misteriosa y relacionarlo con todas las otras palabras hebreas que
tengan el mismo número. Yod era 10; nun, 50; resh, 200; el segundo yod era 10
nuevamente. Total: 270. Pasó varios días con el diccionario hebreo y encontró
un solo ejemplo: , palancas, o barras.
Otro muro en
blanco.
La siguiente noche
despertó en medio de un sueño de zumbones trasgos vestidos de miel con una
frase clavada en la mente: Indagar Nunca Realizarse Importa. Estaba seguro de
que era alguna profunda revelación y se apresuró a plasmarla en su bloc de
notas. Por la mañana, lo leyó de nuevo y se echó a reír.
Pero, una hora
después, en la biblioteca, ocurrió un peculiar accidente. Estaba leyendo el
diccionario hebreo una vez más, buscando, al menos, una segunda palabra con el
valor numérico de 270, cuando otro libro se resbaló y cayó a sus pies. Lo
levantó y descubrió un tratado alquímico del siglo diecisiete, abierto en la
página 270. ¿Coincidencia? El primer párrafo decía:
El secreto de la
Gran Obra es dado a todos los verdaderos cristianos con la fórmula I.N.R.I.,
que, adecuadamente interpretada, significa: Igni Natura Renovatur Integra.
La traducción saltó
a la mente de Sir John con un cegador fogonazo: Toda la naturaleza se renueva
con el fuego.
Un viejo, muerte y
renacimiento... Tiempo, Muerte y Resurrección... Crucifixión y Redención... el
Señor del Tiempo, el Señor del Mundo Subterráneo y el Amanecer Dorado. Toda la
naturaleza se renueva con el fuego. Los símbolos griegos y cristianos fluían juntos
y se mezclaban con las cartas del Tarot. Sir John tanteaba hacia una nueva
teoría de la evolución, a medio camino entre las herejías lamarckianas de su
padre y la ortodoxia darwinista de tío Bentley, deviniendo agonizantemente
concreta al experimentar la lucha para salir de las cavernas, los jinetes
nómadas que pateaban el desierto, las nieves, las tormentas, el hambre, el
dolor, la muerte constante, muerte, muerte. Y la lucha hacia adelante: el
nacimiento hacia la consciencia, parpadeando levemente en todo, resplandeciendo
hacia la iluminación ocasionalmente. Era la experiencia de nacimiento cósmico
revivida y revivida y revivida hasta que la alegría y la agonía se unían y se
mezclaban inseparablemente. Era la sencilla célula que nadaba en el océano amniótico,
recordando el ardiente éxtasis de su creación: la ternura de los primeros
momentos en el pecho: las cuevas de los trasgos que imaginó convirtiéndose en
cosas tan reales como las arcaicas y oscuras fuerzas que se movían a su
alrededor: nadando en el sol caliente, en paz: y el terror y el horror de la
vida nuevamente: el odio y la violencia y la locura: las víctimas de la
Inquisición chillando a lo largo de los siglos en los bancos de tortura de la
más alieanada Fe: los diablos y demonios desatados por la fantasía de mentes
aterradas por la experiencia de millones: personas en solitario confinamiento:
soldados con los brazos, piernas y genitales abrasados: niños golpeados,
azotados y dejados morir de hambre: la muerte en la mesa de operaciones bajo el
escalpelo de borrachos y sádicos médicos: la permanencia de los carnavales y
los bailes mientras los ciegos felices olvidan la agonía completa de sus
hermanos y hermanas en el infierno de la inhumanidad de la vida del hombre:
madres llorando por hijos muertos al nacer: el horror de los ojos del ratón que
se sabe atrapado: gigantescos salones con enormes estatuas divinas de paz y
sabiduría: la eternidad de las montañas y los océanos: los árboles moribundos
hablando en silencio eternamente: cargando con la cruz hasta la colina,
aceptando la carga, deseando extirpar el dolor y la agonía para siempre,
redimir la ciega contienda y completar el nacimiento planetario. Sí: el Vril se
movía en él, el calor alquímico ascendía: vio más lejos, muy lejos, la diminuta
célula llamada John Babcock y fue uno con los miles de millones de años del
sencillo organismo que era la Tierra.
¿Pasó un minuto o
mil años? Sir John no lo sabía; tan sólo sabía que el mundo completo de su
percepción había sido reconstruido por el fuego.
ACCION SONIDO
EXTERIOR. VALLE DE
LAS PIRAMIDES, EGIPTO. DE DIA. PLANO LARGO.
Las pirámides,
solitarias, en el blanco desierto ardiente.
Voz: ¡Te adoro, Evoe! ¡Te adoro, IAO!
EXTERIOR. LO MISMO.
PRIMER PLANO.
Estatua de Horus
como halcón. La misma voz: ¡Risa que
levantas ecos por las tumbas de los muertos! ¡Te adoro, Evoe! ¡Te adoro, IAO!
INTERIOR. UN CUARTO
OSCURO. PRIMER PLANO.
Se abre una caja de
dinero. Misma voz: ¡Rueda que siempre
gira hecha de estrellas y destinos! ¡Te adoro, Evoe! ¡Te adoro, IAO!
INTERIOR. LO MISMO.
PLANO MEDIO.
LENIN abre la caja
de dinero y lo cuenta. A través suyo, ofreciendo el dinero, se ve una silueta
ambigua. El Vals de La Viuda Alegre.
Lenin: Esto pagará
algunos asuntos muy importantes.
—Aquí está mi
respuesta —dijo Sir John tranquilamente.
Jones tomó el
Diario Mágico que Babcock le tendía y leyó lentamente en su última página:
Igni Natura
Renovatur Integra: todas las formas son temporales e ilusorias, meras
construcciones de la imaginación. El viejo Ermitaño será derribado por la
Muerte, pero la forma que hay tras la forma, la energía vital, renacerá como un
nuevo Niño quien, con la edad, volverá a convertirse en el Ermitaño. Cronos,
Señor del Tiempo, nos conduce a todos a la inevitable muerte y a Hades, Señor
del Mundo Subterráneo; pero volveremos a elevamos como Apolo, Señor del
Amanecer Dorado, se alza cada mañana. El Cristo Crucificado es, efectivamente,
una re-narración de los mitos griegos de muerte y resurrección, como nos han
explicado los historiadores racionalistas; pero los racionalistas no comprenden
que el propio mito es recurviso a causa de su profundidad simbólica sobre la
gran verdad cósmica: la conciencia, como la materia y la energía, ni se crea,
ni se destruye. Los ciclos se repiten una y otra vez, incansablemente, pero
siempre repiten lo mismo, pues los Arquetipos Platónicos subsisten, sin
cambios, a través del Tiempo.
—No es la respuesta
correcta —dijo Jones. Estaban cenando en el Claridge's, y Jones llevaba un
panfleto excepcionalmente pequeño en lugar del enorme montón de libros
antiguos—. Ahora bien, como ya dije, hay muchas respuestas correctas. Algún
día, no muy pronto, mantendremos una profunda conversación filosófica sobre
todo esto, sin embargo y de momento, habrá que concluir en que la respuesta es
correcta para usted en este nivel de entrenamiento.
—Pero —replicó Sir
John, desinflado—, lo sentí, incluso antes de comprenderlo. La energía Vril
corriendo a través mío lo mismo que a través de todas las cosas. El continuo
proceso de destrucción y recreación... el mundo reconstruido con el fuego del
Espíritu Santo. Lo sentí —repitió, poco convincentemente.
George Cecil Jones
suspiró profundamente.
—Ha dado usted su
primer paso —explicó tristemente—, pero todavía no sabe en qué dirección debe
caminar. Por favor, contenga su autocomplacencia y, por amor de Dios, dediqúese
realmente a los ejercicios mencionados en este folleto. Hemos preparado su iniciación
a Neófito para el mes que viene pero, si no realiza estos ejercicios
rigurosamente, al menos cuatro veces por día hasta entonces, será una falsa
iniciación... una concha vacía, una simple interpretación. No se engañe a sí
mismo diciéndose que ya ha llegado si todavía no sabe cómo viajar.
Sir John echó un
vistazo al título del panfleto:
Proyección Astral
Publicación de
Clase B
Orden Hermética del
A.·.D.·.
Aplacó su mal
humor.
—Así que ahora debo
practicar fuera de mi cuerpo —dijo molesto.
Jones bebió un
sorbo de clarete.
—Exacto —replicó
tranquilamente—. Y casi todo el tiempo se sentirá como un maldito loco. Y
sospechará, de nuevo, que somos una banda de perturbados que le conducimos a
algún tipo de Manicomio. Pero haga los ejercicios, registre los resultados de
cada experimento y siga enseñándome su Diario Mágico una vez al mes para que le
haga un informe crítico y le dé mi opinión... y tenga paciencia, querido
muchacho, ¡paciencia! Hay algo más que tengo que mencionar. Será necesario, me
temo, que realice un Juramento de celibato para los próximos dos años.
¿Aceptará esta condición o prefiere abandonar la Gran Obra? Una vez hecho, debe
comprenderlo, el juramento es vinculante y generará terribles castigos si fuera
violado de cualquier modo.
Sir John controló
sus gestos con dificultad.
—Me doblegaré a la
Gran Obra —dijo firmemente—. Soportaré todas las pruebas que sean necesarias.
—Tengo que
preguntárselo tres veces. ¿Está completamente seguro?
—Lo estoy. —Sir
John no titubeó.
—Por tercera vez.
¿Se ceñirá a este Juramento de celibato durante dos años completos sin reservas
mentales o sofismas que lo eludan o circunvalen si se hiciera demasiado
molesto?
—Me ceñiré
—contestó Sir John con firmeza.
Jones miró el plato
vacío con, aparentemente, muchísimo interés, como si en él buscase datos
arqueológicos.
—El celibato, para
ser efectivo espiritualmente —dijo en voz baja, tranquila—, debe ser total.
No... bueno... los vicios solitarios pueden consentirse como consuelo por la
falta de mujeres.
Sir John sintió la
tensión separada de cada músculo de su cara, pensando: La sangre me sube a las
mejillas y me estoy ruborizando como un escolar imbécil. Y, a continuación: No,
la sangre se me va del rostro y parezco un pálido criminal en el banquillo de
los acusados, sin atreverse a levantar la vista por si Jones había dejado de
escrutar obsesivamente el plato, temiendo que Jones fuese un Adepto tan
avanzado que pudiese leer las mentes tan fácilmente como él mismo leía la
etiqueta de la botella de champagne; aunque, una vez más, se sentía
hiperconsciente, como en el primer incremento de calor alquímico del primer
sentido de la Rosi Crucifixión implicado en el criptograma I.N.R.I., consciente
de su propia consciencia y temeroso de sus propios temores: volvía e
enfrentarse al presentimiento de la locura que le acechaba desde sus primeros y
tímidos pecados de juventud, los mismos que, tiempo atrás, le sumían en cierta
clase de parálisis histérica y, preguntándose si la paranoia se habría
apoderado de él, pensó lo he escuchado, y, no, sólo lo ima-
giné... con la
sensación de que alguien en la mesa de al lado hubiera dicho, clara, casi
burlonamente, el nombre de aquél que estaba más íntimamente conectado con su
más vergonzoso secreto. Pero quizá la voz sólo había mencionado Carter's, otro
restaurante.
—Yo... yo... —Sir
John no podía hablar.
Jones bebió un
nuevo sorbo de vino.
—Dos años —dijo con
voz calmada, como si no percibiera el nerviosismo de Sir John— no es un tiempo
tan terriblemente largo, ya lo verá. Y descubrirá que las cuestiones astrales
se van haciendo cada vez más fáciles a medida que vaya prescindiendo de las carnales.
Confío en usted, Sir John —terminó, con abrupta tibieza, palmeando el hombro
del joven con cierto énfasis.
Y Sir John volvió a
casa dos semanas para practicar la proyección astral, sintiéndose casi todo el
tiempo (como Jones le advirtiera), como un perfecto loco.
Si el acertijo de
I.N.R.I. se refería a la trascendencia del tiempo, la práctica de la proyección
astral parecía facilitar la abolición del espacio. El truco, no tardó en
percibir Sir John, era estar en dos lugares a la vez. Como aquello parecía
racionalmente imposible, el único modo de lograrlo era ir más allá de la razón,
cultivar deliberadamente un tipo de fe que bordease el fanatismo religioso. Los
primeros intentos de Sir John constituyeron grotescos fracasos.
Incluso tras tres
semanas de practicar cuatro veces al día, lo mejor que Babcock consiguió fue
llegar a los alrededores de alguna máquina increíblemente compleja con un
millón de partes móviles, cada una de ellas atendida por una muñeca azul y un
enano rojo que se movían espasmódica, mecánicamente, hablando mientras
trabajaban en sus incomprensibles tareas. «Mulligan Milligan Hooligan
Halligan», musitaban. «Mágica trágica música mística», chillaban. «Solo Simon
Semper Semen», reían. «Diga, miga, siga, viga», aullaban. «Sir Lion, Sir Loin,
Sir Tallis, Sir Qualis», farfullaban. Con un estremecimiento, Sir John volvió a
su cuerpo a su carne a su cuarto en el espacio euclídeo, descubriendo que se
había dormido justo cuando pensó que empezaba a proyectarse en el plano astral.
—No deje que le
alteren esas tonterías —dijo Jones cuando Sir John le mostró el Diario donde
describía aquella experiencia—. Uno puede oír el mismo galimatías en cualquier
encuentro de Resurrección o en una sesión Espiritista. No ha hecho más que
abrir otra de las puertas de la Capilla Peligrosa. Es el reino de los que
recorren el Sendero sin la Espada de la Razón. Si reflexiona sobre ello,
recordará haber oído las mismas tonterías justo antes de dormirse algunas
noches.
—Sí —respondió Sir
John—. ¿Le pasa a todo el mundo?
—En efecto. La
mente tiene un lado racional y otro irracional —explicó Jones con amabilidad—.
Ser totalmente racional es ser sólo medio humano. Permitir que lo irracional
domine es sucumbir al fanatismo religioso o a la enfermedad llamada histeria
por los alienistas. La Gran Obra consiste en unir lo irracional y lo racional
en un todo armónico que trascienda a ambos. Hasta que lo consiga, encontrará
muchos más sinsentidos dimanados de las regiones irracionales. Ignórelos, no
los tema, y concéntrese en la Obra.
Durante las semanas
siguientes, Sir John encontró el reino astral y las imágenes soñadas se
mezclaron tanto con las otras que resultó cada vez más difícil separarlas de la
realidad de la vigilia. Escuchó muchos mensajes parecidos a: «Vaya, vaya, vaya,
hay que pintar una raya», «El vacío, el cero, la nada, el Todopoderoso», «Ni
esposa, ni caballo, ni bigote», «Una cansada cansada canción y una empañada
empañada botella», «La sangre y el vino son rojos», «Yoni para el macho
pensativo» y, en varias ocasiones «Babcock se vuelve loco, Babcock se vuelve
loco, Babcock se vuelve loco...»
Como calmante, Sir
John empezó a leer poesía contemporánea, recordando que el Amanecer Dorado sólo
permitía lecturas ajenas, durante el entrenamiento, que estuvieran limitadas a
la espiritualidad de más elevada naturaleza. Así comenzó a estudiar al poeta
místico irlandés William Butler Yeats.
La pregunta «¿Otro
de nosotros?» volvió a su mente una y otra vez con la lectura de los poemas y
creyó que al fin podía responder con un definitivo «sí». No había posibilidad
de error; la poesía de Yeats estaba repleta de referencias oblicuas hacia las enseñanzas
del Amanecer Dorado y sus ceremonias de iniciación.
Y entonces, por la
más improbable de las coincidencias —Sir John se sentía cada vez menos
inclinado a creer en las coincidencias en aquellos días— fue invitado a una
lectura privada en la que Yeats y otros escogidos poetas declamarían sus obras
más recientes. Sir John aceptó, sintiéndose vagamente culpable; pero recordó
que sólo le estaba prohibido relacionarse con otros miembros conocidos de la
Orden, y no conocía a Yeats como miembro, después de todo, pues se trataba de
una deducción: casi algo adivinado, por su parte.
Una pequeña y
maligna voz le dijo: «No lo has adivinado, lo sabes». Pero la rechazó. La
oportunidad de encontrarse con otro miembro de la Orden —uno famoso y que, a
juzgar por su poesía, llevaba en la Orden al menos una década y,
presumiblemente, estaba muy avanzado— era en verdad irresistible. Sir John
acudió a la lectura, aunque ésta tuviera lugar en un rincón perdido de
Kensington que decían se encontraba más atestado de hindúes, judíos y
americanos que otros puntos tan indeseables como el mismísimo Soho.
Efectivamente, el
anfitrión resultó ser un americano totalmente incalificable. Su acento
resultaba indescifrable —Sir John recordó el aforismo del degenerado Osear
Wilde: «Los ingleses y los americanos lo tienen todo en común excepto el
lenguaje». Aquel poco corriente anfitrión estaba, como todos los americanos,
ampulosamente seguro de sí mismo en todas las cuestiones, de modo especial (en
aquel caso) en literatura y arte en general. Su apellido era Pound y su nombre
uno de esos títulos hebreos que tanto parecen gustarles a los yanquis: Ezequiel
o Ezra o Jeremías o algún otro apelativo sacado del Antiguo Testamento. Llevaba
el cabello rojo desordenado, y una espesa barba también roja; mediría más de
seis pies y mugía cuando hablaba, como todos los americanos. Ninguna de sus
prendas parecía concordar con cualquier otro adminículo de su atavío; si
aquello era debido a la pobreza, a la excentricidad o a las dos cosas, Sir John
no podía asegurarlo.
Incluso el apuesto
Yeats se hallaba, pese a estar bien peinado, lejos del esplendor en el vestir,
detectó Sir John; pero Yeats se mostraba sereno y Pound frenético, tolerante
donde Pound dogmático, y amable donde Pound grosero.
Las lecturas fueron
excesivamente misceláneas. Pound leyó cierto tipo de sorprendentes poemas sin
rima, peores que cualquiera de los que conociera Sir John y, a continuación,
una extrañísima traducción de «El Pastor» al inglés moderno, alterada de algún modo,
para incluir muchas de las consonantes aliterativas y asonancias guturales del
anglo-sajón original. Una tímida joven llamada Hilda-algo leyó algunas piezas
cortas que no parecían ser más que traducciones literales de griego clásico. Y,
por último, Yeats declamó sus composiciones, con el acostumbrado entusiasmo,
para que Sir John, por fin, oyese algo que parecía poesía de verdad. Casi lloró
emocionado al oír estas líneas:
El romanticismo de
Irlanda muere y desaparece;
Está con O'Leary en
su tumba
Más tarde, el
ampuloso Pound sirvió un café fortísimo que Sir John nunca había probado y
condujo a todo el mundo a una viva conversación sobre lo que acababan de
escuchar. La poesía inglesa, dijo Pound violentamente, estaba «atrapada en el
trance miltónico», que sarcásticamente caricaturizó como
«¡whakty-whakty-whakty-boom! ¡whakty-whakty-whakty-boom! ¡boom!
¡whakty-whakty-whakty-boom! boom!» Experimentos como las imitaciones de los
antiguos griegos por parte de Hilda, las recreaciones de las formas bárdicas
del viejo irlandés de Yeats y sus propias adaptaciones del chino eran
necesarias para ampliar el alcance del verso, afirmó el advenedizo. Se alzaron
inmediatamente varias voces de protesta y pareció que la sonoridad de Milton y
el pentámetro yámbico eran para ellas tan importantes como la monarquía para
los conservadores.
—Me parece —dijo
una joven llamada Lola, cuyo acento parecía australiano—, que la poesía es
invocación. Si no se invoca, no importa el estilo que se emplee: eso no es
poesía.
—La invocación
—gritó Pound— es para las iglesias. La poesía debería presentar una imagen
concreta, con un mínimo de palabras, para que su lectura fuera tan liviana como
una brisa de abril. Lo que tiene que quedar es una impresión en la mente. La
invocación y la repetición son tonterías que apartan de la intensidad al rojo
del fogonazo poético, que sólo dura un momento.
—Oh, vamos, Ezra
—protestó Yeats suavemente—. La repetición del ritmo es la esencia del amor,
que la poesía, consciente o inconscientemente, siempre intenta simular.
Antes de que Pound
pudiera replicar, la joven llamada Lola continuó descarada, sin rubor:
—Justo en el
blanco, Mr. Yeats. ¿Sabe usted cuál es el que considero mejor poema moderno?
«La Casa del Tesoro», del Capitán Fuller. ¿Lo conoce? —y recitó:
¡Oh, bravo soldado
de la vida cayendo en las arenas
de la muerte! ¡Te
adoro, Evoe! ¡Te adoro, IAO!
¡Oh, risa que
resuenas en las tumbas! ¡Te adoro,
Evoe! ¡Te adoro,
IAO!
¡Oh, cabra
danzarina de las colinas! ¡Te adoro,
Evoe! ¡Te adoro,
IAO!
¡Oh, cobra roja del
deseo desenmascarada por las manos
de las doncellas!
¡Te adoro, Evoe! ¡Te adoro, IAO!
Sir John se envaró
tan violentamente que estuvo a punto de tirar la taza del café. Una vez más, la
pregunta «¿Uno de nosotros?» tuvo una respuesta afirmativa. Evoe e IAO, de
acuerdo con las enseñanzas del Amanecer Dorado, eran dos de los nombres
gnósticos más secretos para invocar a la divinidad. Miró a Lola con sorpresa,
tanto por aquellos nombres esotéricos que había empleado tan casualmente como
porque las jovencitas no hablan tan abiertamente del ritmo del amor. Pero la
mujer miraba a Yeats, esperando una respuesta, y su rostro parecía abierto e
inocente; Sir John no podía ver sus ojos.
—El Capitán Fuller,
ciertamente, tiene grandes momentos —dijo Yeats, con la misma inocencia, como
si no fuera consciente de aquellas dos palabras secretas de Poder ocultista que
habían sido pronunciadas casi por casualidad en público—. Sin embargo, aunque
algunos versos sean muy buenos, la totalidad del poema, después de sus
trescientas estrofas, resulta algo cansado. Debo afirmar con Ezra que hubiera
sido preferible la brevedad.
—¿Quién... quién es
el Capitán Fuller? —preguntó Sir John, intentando que su pregunta pareciera
también casual.
—Una gran autoridad
en estrategia militar —dijo Pound—. Recientemente, ha estado escribiendo versos
místicos como estos último, todos ellos condenadamente largos y retóricos para
mi gusto.
Pero Sir John
recordaba y su pulso empezó a acelerarse: «¡Oh, cobra roja del deseo
desenmascarada por las manos de las doncellas! ¡Te adoro, Evoe! ¡Te adoro,
IAO!» El doble significado fálico era demasiado sincero como para ignorarlo,
especialmente en el contexto de la observación de Yeats sobre el ritmo de la
poesía comparado con el ritmo de Eros. En aquel caso, ¿estaba Lola mezclada con
una de aquellas logias prohibidas y turbias («Cultos de la Sombra», que decía
Jones) que se habían separado del Amanecer Dorado para encauzarse hacia el
Satanismo? La miró de nuevo y, en aquella ocasión, pudo observar sus ojos, pero
lo que leyó en ellos sólo parecía pertenecer al más enigmático humor. ¿Era
amistosa, burlona o peligrosamente maligna? ¿O acaso su imaginación enfebrecía
por el hecho de que se enfrentaba a un Juramento de celibato de dos años y, por
primera vez, sentía una fuerte atracción sensual capaz de vencer tanto su
timidez con las mujeres como la estricta ética victoriana instilada en él por
su familia? ¿Era una atracción tan fuerte, pensó atemorizado, como para romper
el Juramento? Apartó los ojos hacia un rincón de la sala, sintiendo una marea
de sangre que le inundaba el rostro, y se encontró sumido de pronto en
pensamientos de sospecha. Yeats, obviamente, era miembro del Amanecer Dorado.
¿Cuánto otros lectores de poesía lo sería también? ¿Sería todo aquello una
prueba para su Juramento? No podía volver a mirar a Lola y se marchó de la
reunión en cuanto la cortesía se lo permitió.
Aquella noche soñó
que Lola se levantaba la falda para alzarse las ligas y le descubría mirando,
graznando en antiguo sajón, y él se aterraba (hablando como un zombie) al ser
perseguido por un rápido trasgo, Sid, bardo theol de la vileza. Sonaban odiosas
notas y aparecían restos de golems y pociones hirviendo; Sir Joan, intrépido,
sin nervios, rapaz, idiota, se tambaleaba entre el enjambre de perlas. Y el sol
empezó a alzarse —cuánto se alzaba— y, al llegar a lo alto, desde lo lejos,
donde no alcanzaba la vista, el canto del gallo, entre dos pensamientos,
confudiéndole con el romance, recinto prohibido, de las dolorosas notas de los
ladrillos rotos. ¡Odiad y seréis acuchillados!, bramaba Shut y vio, lo era,
vio, lo era, al Odioso Dios, Baphomet, con sus colgantes ubres, la cresta
inmensa de gallo, bajo el pentáculo invertido de las Tentaciones.
Sir John gritó al
sentarse en la cama envuelto por un trueno que sacudía la habitación.
—¿Está usted bien,
señor? —le preguntó Wildeblood, el mayordomo, desde detrás de la puerta.
—¿También tú lo has
oído? —preguntó Sir John—. Pensé que era un sueño.
—Debe tratarse de
un seísmo, señor. ¿Puedo ayudarle, señor?
—No —respondió Sir
John—. Estoy bien, Wildeblood.
Mirando por la
habitación, descubrió que el espejo se había roto. El efecto poltergeist: lo
típico del principio de las invasiones astrales. Se recordó lo primordial de
las enseñanzas del Amanecer Dorado: no dejar que el miedo crezca y no llegar a
conclusiones. Wildeblood tenía, probablemente, razón: debía tratarse de un
seísmo.
Pero no pudo volver
a dormirse hasta el alba; había visto el rostro de Baphomet, el Dios Odioso, y
sabía que su viaje a la Capilla Peligrosa no podía limitarse tan sólo a los
sueños. La tierra se sacudía literalemente bajo él; lo astral y lo físico interactuaban.
Era «probablemente, sólo un seísmo», pero estaba conectado, físicamente, con la
apertura real de la puerta entre los mundos visible e invisible.
COSAS QUE GOLPEAN
EN LA NOCHE
ACCION SONIDO
Primer plano: Dr.
Carl Jung, circa 1909 [foto]
Narrador de TV: «Uno de los casos más
sorprendentes se refiere al fundador de la Psicología Analítica, el Dr. Carl
Jung, y a su igualmente renombrado
maestro, el Dr. Sigmund Freud.
Corte a:
Plano largo [foto]
del estudio de Freud.
La cámara se
desplaza lentamente para mostrar una estantería de libros mientras habla el
narrador.
Narrador de TV
[voz]: «En un argumento sobre parapsicología, en 1909, Freud y Jung perdieron
los estribos.
Precisamente entonces, oyeron un súbito sonido de explosión procedente de la
biblioteca de Freud.»
[Sonido explosivo.]
Corte a:
Primer plano:
Freud, circa 1909 [foto]
Narrador: «Los dos
quedaron sorprendidos.»
Corte a:
Primer plano: La
misma foto de Jung.
Narrador: «Jung
habló primero.»
Voz de un actor
[acento suizo]: «Ahí», dice Jung. «Eso es un ejemplo de los llamados
fenómenos
catalíticos.»
Corte a:
Primer plano: La
misma foto de Freud.
Voz de un segundo
actor [acento vienés]: ¡Oh,
vamos!», exclama
Freud. «¡Eso es mierda de vaca!»
Corte a:
Primer plano: Jung.
Primer actor
[acento suizo]: «No lo es», replica
Jung. «Se equivoca,
Herr Profesor. ¡Y para
demostrar mi punto
de vista, predigo que en un
momento se
producirá otro grave informe!»
Corte a:
Plano largo del
estudio de Freud. La cámara se mueve lentamente por la biblioteca.
Silencio ominoso y
entonces:
Segunda explosión.
Corte a:
Plano medio: El
narrador de TV pasea por una playa. En el fondo, oleaje alto.
Narrador [a la
cámara]: «Freud quedó tan impresionado por la segunda explosión física que
Joyce no volvió a comentar con él la experiencia. Lo más extraño es que hubo
dos secuelas. En 1972, el Dr. Robert
Harvie,
psicólogo de la
Universidad de Londres, leía en voz alta a un amigo un relato de este
episodio...
Corte a:
Primer plano: El
Dr. Harvie [foto]
Narrador [voz]:«...
y de las obras de Freud...»
Voz vienesa: «¡Oh,
vamos, es mierda de vaca!»
Corte a:
Plano medio: Una
lámpara en un rincón se cae ruidosamente.
Narrador:«... cayó
ruidosamente una lámpara en la sala de Harvie.»
Corte a:
Plano medio: Una
actriz en un compartimento de un tren, leyendo.
Narrador: y en
1973, una tal Margaret Green informó que mientras leía el mismo pasaje acerca
de Jung y Freud en un tren, la ventana
estalló repentinamente con un estallido semejante al de una bomba.»
La ventana explota.
La actriz salta. La cámara cruza la puerta con el rótulo:
COMPARTIMENTO 23.
Corte a:
Plano medio: El
Narrador pasea por la playa.
Narrador: «¿Qué
podemos decir de tales misterios? Algunos científicos hablan de fuerza psiónica
o bioplasma...»
DE MODO QUO OPERET
LEX MAGICA
Sir John prosiguió
tenazmente sus esfuerzos de proyección astral. Jones, mientras tanto, amplió
sus extraños métodos de enseñanza. En uno de sus quincenales encuentros, mostró
a Sir John un dibujo de Punch en el que se veía a un contrariado caballero y a
un oficial de aduanas mirándose fijamente. El inspector de aduanas decía:
«Estos gatos son perros y los conejos son perros, pero la maldita tortuga es un
hinsecto».
Sin John sonrió,
inseguro.
—Divertido
—aventuró.
—Resume todo el
secreto de la Iluminación —dijo Jones solemnemente—, si lo considera en
profundidad.
Insistió en
entregarle el dibujo a Sir John quien, obedientemente, se lo llevó a casa, lo
colgó en el dormitorio y lo contempló una o dos veces al día. La Iluminación le
eludía. Las diferentes epistemologías de sentido común entre los viajeros y los
autores de las regulaciones aduaneras eran, quizá, síntomas de confusiones
ontológicamente primordiales en cualquier parte. Pero, ¿qué tenía que ver todo
aquello con las cuestiones espirituales?
En el siguiente
encuentro, Jones se presentó ante Sir John con las Obras Completas de Lewis
Carrol.
—Aquí —dijo
gravemente—, se encuentra la esencia condensada de la Sagrada Cabala.
Sir John se
ruborizó colérico.
—Esta vez sé que se
está burlando de mí —dijo—. Esto no es digno de usted, Jones.
—Así que —replicó
Jones—, ¿cree que ya sabe más que su Maestro?
—Reconozco una
broma, señor, cuando la tengo delante de la nariz.
Jones no perdió la
placidez.
—¿Cuántas veces
—preguntó—, se ha encontrado con el dicho: «Cuando el estudiante está
preparado, el Maestro habla?» ¿Quiere saber por qué es verdad? La puerta se
abre hacia dentro. El Maestro está en todas partes, pero el estudiante tiene
que tener la mente abierta para escuchar la Voz del Maestro. Lea
cuidadosamente, Sir John, pondere los significados ocultos, y vea si el Maestro
le habla por mediación de ese libro.
Sir John,
sintiéndose más idiota que nunca, se llevó a casa a Lewis Carrol y lo releyó de
punta a cabo; y se sorprendió de lo mucho que coincidía todo aquello con su
limitado éxito en la proyección astral. ¿Se aclararían tan profundos
significados a medida que progresase en la Obra?
Pocas noches
después despertó del sueño convencido de haber comprendido el Secreto de los
Secretos. Era uno de los pareados de Carroll:
Pensó haber visto a
un cajero bajando del autobús;
Miró de nuevo y vio
un hipopótamo.
El regocijo duró
varios minutos. Miró el espejo roto y se encontró con su propia imagen partida
en dos. El mundo hecho pedazos, cristales rotos y joyas. Aquella vez,
descubrió, la expansión era psíquica: ni Wildeblood ni los sirvientes
escucharon la demolición.
Salió de la cama
cuidadosísimamente y tomó una vela. Luego, se sentó ante la ventana, escuchando
los latidos de su propio corazón, intentando respirar normalmente,
sumergiéndose en la recién adquirida habilidad de cambiar rítmicamente del
ángulo agudo al obtuso mientras las visiones le llevaban por mundos de siete
lunas, mundos con nueve soles, polvos de soma, castillos mágicos en la bruma,
paladines con armaduras blancas y negras, eones de alteración rítmica del
ángulo agudo al obtuso, inmensas inteligencias insectoides, vistas cada vez más
grandes de planetas, galaxias, todos los universos profundamente alienígenas,
el Sultán de los Demonios aullando en las tinieblas donde no brilla la luna.
«Estos perros son gatos y este ratón es 3.141593, pero estas malditas ligas son
incesto. Illigan Nillagain Rilligan Illagain. Cómete un sapo vivo antes de
desayunar y nada peor te pasará en todo el día». Sir John hizo exactamente lo
adecuado. Desde la memoria, profundamente concentrada, ignorando los duetos
seminales y los rondós obtusos, escribió los cinco axiomas y las veintitrés
definiciones de la Geometría de Euclides. En media hora había regresado al
espacio-tiempo normal y el Señor del Abismo de las Alucinaciones fue vencido.
POSTERIORES
REFLEXIONES DE JAMES JOYCE
(Resulta necesaria
la opinión de los padres)
Ineludible red de
coincidencia: por lo menos, si no más. Miríadas de líneas del mundo, habría
dicho el Profesor Einstein, pero tras ellas, invisible, intangible, la
enigmática atadura de un oscuro diseño; indiferente, afilándose las uñas.
Dialéctica: Yeats, el único hombre de Irlanda entera que ha intentado ayudarme,
apoyarme en mi carrera, aunque sea el único con el que me enfrentaré hasta el
final, pues su visión o la mía definirán el futuro de nuestra literatura.
Joyce contemplaba
las líneas del mundo serpenteando hacia su principio. Karma, la causa de las
causas. Inexplicable e incomprensible. Ligas, todo lo sagrado. La red de la
coincidencia. Ezra, hijo de Homero, el maldito.
Lo más extraño de
todo: en la vida de Babcock, el episodio de Pound y Yeats no representaba más
que una subtrama, un incidente. ¿Era Hamlet una subtrama en la vida de
Fortinbras?
I.N.R.I.: Ingentes
Nubes Rasgan Inviernos. La adivinanza de un muchacho protestante en Dublín...
¿cuántos años atrás?
Los inteligentes
ojos de spaniel de Einstein: mucho menos preparado para esto que yo, que una
vez le escuché casi creyéndole en la sede dublinesa del Amanecer Dorado. ¿Qué
pensará de Yeats y Babcock y de sus amigos intentando solapar el
espacio-tiempo?
¿Y la serie de
diga, miga, siga, viga? ¿Lo siguiente? Liga.
Genus eutaenia,
naturalmente. La vieja tentación. Comen ratones, un cobertizo en primavera: un
hombre y una mujer, en un jardín, desnudos y sin vergüenza. Un mordisco en la
manzana y...
Quizá dieron dos
mordiscos.
Morded otra vez,
otra vez, bite.
El terror
homosexual. La carta del viejo Queensborough enviada al club de Wilde para
provocar el juicio por Libelo: «A Mr. Oscar Wilde, supuesto sondomita.» Podría
haberse adivinado cinco o seis veces en aquellos sueños.
Preguntarse si
Babcock sabía, tan bien como Queensborough, cómo se escribía «sodomita».
¿Y la baya del
solaz? ¿Alguna relación con Salisbury? Uno no puede hacerlo todo. Parecen
armónicos en su totalidad edípica.
¡Hay que ver,
Jesús! «Mi graciosa bondad,» dijo el hermano Ignatius.
Desde las
profundidades de la cripta de San Giles
Llega un grito que
se extiende a lo largo de muchas millas
«Mi graciosa
bondad?»
Dice el hermano
Ignatius
¿Y algo y algo y
sonrisas?
Nada de eso.
Empezar todo de nuevo.
Cazador: Odiseo en
Dublín. El cornudo del tiempo. Una esposa muy sola. Honi soit qui mal...
Nora, Stanislaus:
¿Lo hicieron? ¿Una vez? ¿O muchas veces? No importa. Tras rechazar la
monogamia, ¿puedo asegurarlo? Nadie es una propiedad. Noinvasión de la
noinvasiva individualidad. Non serviam. Volver a la postura a lo Byron. Pero,
¿lo hicieron? ¿Lo sabré alguna vez? Ciertamente, no en este mundo.
Líneas del mundo,
cruzándose, interceptándose, hendiéndose: la imagen geométrica de Minkowski en
la teoría del profesor.
¿Lo hizo ella?
Nora, bajándose las bragas, poniendo los ojos en blanco una y otra vez y otra
vez. En ella. Más adentro, más adentro. Jodiéndola. Jodiéndola profundamente.
En ella. Coño caliente, suyo y no mío. Caliente y húmeda boca del coño.
Masoquismo. Basta.
Un hombre cornudo
es un monstruo, Iago.
Líneas del mundo:
Nora y Jim y Stanislaus, cruzándose, interceptándose, hendiéndose: Giorgio y
Lucía hendiéndose y yéndose hacia nuevos vectores. El río del tiempo pleno de
afluentes.
Madre, Nora, die
Lorelei: tragándosenos, llamándonos a casa. Cuerpo humano 80, 90% salino: el
mar de topacio, el sabor salado de las cavernas de su cuerpo. Odiseo se puso
cera en los oídos para enfrentarse a la oscura llamada uterina, la canción del
reino sumergido. El pañol de Davy Jones. Malsana y fría y húmeda es la muerte
del ahogado. No Wagner: ertrinken, versinken, Unbewusst, hochste' Lust. Nada de
eso. ¿Y la Cosa del Loch?
Probablemente algún
gran pariente de Natrix.
Pero, si todo el
tiempo es un tiempo: yo en 1904 y yo aquí y ahora. Ambos reales, adamantinos,
eternos. La primavera nunca alcanzará el verano. Líneas del mundo. ¿Y qué si en
veinte años los nombres de Joyce y Einstein son conocidos en toda Europa? También
eso quedará eternamente fijado en la siguiente vuelta de las líneas del mundo.
Y los que se
encuentran en cabeza de nuestro tiempo lineal, mirando hacia atrás, hacia
nuestro futuro que es su pasado: verán exactamente el punto hacia el que nos
dirigimos tambaleantes. La tragedia y la alegría del mañana. Quien morirá y
quien vivirá.
ACCION SONIDO
INTERIOR. PRIMER
PLANO.
Mapa del Imperio
Austro-Húngaro, 1914.
La CAMARA se pasea
rápidamente en panorámica sobre Sarajevo.
El Vals de La Viuda Alegre.
EXTERIOR. PLANO EN
MOVIMIENTO. CALLE DE SARAJEVO.
La CAMARA efectúa
una panorámica desde la calle a la
ventana.
La CAMARA mira a
través de la ventana: un hombre está cargando una pistola. El Vals de La Viuda Alegre,
Voz no
identificada: «...el habitual asesino solitario, en efecto... adecuadamente
hipnotizado...»
INTERIOR. PRIMER
PLANO
Unas manos cargando
la pistola.
Sobre la mesa un
libro: No el Todopoderoso, en cuya cubierta hay un ojo dentro de un símbolo
triangular.
El Vals de La Viuda Alegre.
EL COMENTARISTA DE
RADIO: Y ahora otra sorprendente historia de nuestro corresponsal en Linz.
Parece que Sir John Babcock no fue el único joven impresionable cuya vida
quedara poderosamente influenciada por las novelas románticas de Bulwer-Lytton.
Tenemos en nuestro estudio a August Kubizek, amigo de Adolf Hitler. ¿Podría
decirle a nuestra audiencia, Herr Kubizek, lo que nos estaba contando a
nosotros sobre la Opera de Linz en 1906?
VOZ DE KUBIZEK
[añosa y cascada]: Bien, señor, fue en junio de 1906, creo. Adolfo y yo
habíamos ido a escuchar la opera de Wagner Rienzi...
COMENTARISTA: ¿Cuál
era la fuente de aquella opera, Mr. Kubicek?
KUBIZEK: Una
adaptación de la novela del mismo título de Lord Bulwer-Lytton.
COMENTARISTA:
¿Estaba relacionada con la energía Vril?
KUBIZEK: Oh, ja,
naturalmente. Todo lo que escribió Bulwer-Lytton tenía algo que ver con el Vril
y la mutación a una superraza.
COMENTARISTA: ¿Cómo
afectó la ópera a Adolf Hitler?
KUBIZEK: Fue algo
extraordinario. Nunca antes había visto así a Adolf. Parecía estar literalmente
en trance. De hecho, cuando salimos de la Opera, echó a andar en la dirección
equivocada... no hacia casa, sino en dirección opuesta. Empecé a correr tras él
y le sacudí para llamarle la atención.
COMENTARISTA: ¿Qué
pasó entonces, Herr Kubizek?
KUBIZEK: Algo
increíble. Como digo, nunca vi así antes a Adolf... aunque sí que le vi igual
en años posteriores. Parecía poseído. Hablaba lleno de excitación, como un
enfermo con fiebre alta, verstehen sie? Dijo que había recibido una orden de
los Poderes Superiores a través de la música de Wagner y que dedicaría toda su
vida a una misión que los normales seres humanos no comprenderían.
COMENTARISTA: Una
misión que los normales seres humanos no comprenderían... ¿Empleó esas precisas
palabras?
KUBIZEK: ¿Cómo
podría olvidarlas? Por aquel tiempo, Adolf resultaba muy impresionable... Nunca
le había oído emplear un lenguaje tan pomposo.
COMENTARISTA:
¿Recibió usted información que confirmara la importancia de Rienzi en la vida
de Hitler?
KUBIZEK.
Efectivamente. Fue en 1938. Adolf visitó la casa de la viuda de Wagner y yo estaba con él. Le habló
de la experiencia de 1906. Se mostraba muy enfático. Quería asegurarse de que
Frau Wagner entendía lo importante que fue para él. Incluso se atrevió a
decirle —recuerdo sus palabras porque me hicieron llorar— que «En aquella hora
nació el Nacional Socialismo.»
ACCION SONIDO
EXTERIOR. PLANO
INMOVIL. PARADA DE NUREMBERG, 1936.
Hitler pasa revista
a una interminable sucesión de soldados nazis desfilando al paso de la oca.
Tinieblas. Horst Wessel Lied suena cada vez con mayor
potencia.
El paso de las
botas resuena cada vez más hasta tapar la música.
Las botas aturden.
SEGUNDA PARTE
Ni siquiera en esta
moderna evasión, la plegaria de la locura, podemos encontrar ninguna esperanza.
Nada hay más claro que las desgraciadas víctimas de Satán que se encuentran en
plena posesión de sus facultades en el último momento.
Rev. Charles Verey,
Nubes sin Agua.
Los Antiguos eran,
los Antiguos son y los Antiguos serán. Tras el verano llega el invierno; y tras
el invierno, el verano. Ellos gobernaron una vez donde ahora gobierna el hombre
y volverán a gobernar de nuevo. No en los espacios que conocemos, sino entre
ellos. Esperan serenos y primordiales, sin dimensiones y sin ser vistos.
Necronomicon.
Te desafío, Jesús,
yo, la sacerdotisa de este rito cuyo cuerpo es ahora altar y ofrenda, a que me
golpees con la iluminación si es que tu poder es más grande que el de mi Señor
y Amo.
León Katz, Drácula:
Sabbat.
Esta,
efectivamente, es una gran muralla.
Richard M. Nixon
ante la Gran Muralla de China.
Hubiera sido mucho
mejor llegar a este punto antes de que el sobrenatural y acientífico
pensamiento típico, tanto de Joyce como de Babcock, resultase enteramente
inconcebible para las reflexiones disciplinadas del Profesor Einstein. Un
camello negro bajo una luna creciente habría resultado un presagio de casi
cualquier cosa para Joyce o Babcock, aunque no resultase ser más que un
mamífero domesticado en conjunción con el brillo de un satélite de una estrella
de tipo G para la ciencia.
Mientras escuchaba
atentamente el maravilloso relato de Sir John Babcock, Einstein, de modo
ocasional, se permitía una ligera sonrisa que se rompía en sus labios: el
reflejo de un evolutivo pasado en el que peludos ancestros mostraban los
dientes a la vista de comida; aunque, como en aquel caso, fuera un alimento
hecho de pensamiento puro lo que inspirara la típica mueca antropoide. El
maravilloso (aunque ciego) proceso de la evolución generó un cerebro, en seres
humanos avanzados, como era el caso de Einstein, capaz de buscar alimento y
agua en la Verdad.
La ciencia, nunca
se repetirá lo suficiente, actúa con las modernas lecturas de los modernos
instrumentos, permitiendo tan sólo las más económicas descripciones del
fenómeno registrado. Es permisible, naturalmente, postular determinados
gedankenexperiments (experimentos intelectuales), deduciendo de leyes conocidas
las necesarias consecuencias de situaciones hipotéticas. Dentro de un elevador
interestelar, por ejemplo, las ecuaciones gravitacionales de Sir Isaac Newton
serían obedecidas, según indicarían todos los instrumentos, con lo que los
físicos que viajasen en el elevador postularían la explicación newtoniana de
sus observaciones. Para un físico externo al elevador, sin embargo, los mismos
datos quedarían explicados por las leyes de la inercia. Esta línea de
pensamiento dejó al Profesor Einstein, al menos durante un tiempo, divertido y
perplejo, pero determinó quedarse al margen y concentrar sus poderes analíticos
sobre la novela gótica en la que, evidentemente, vivía Sir John Babcock y en la
cual las fuerzas ocultas eran más prevalentes que las leyes científicas.
Se podía ver en
todo aquello el principio del relativismo neurológico, lo mismo que el del
relativismo físico. Al igual que un nuevo Albert Einstein que rechazó su
ciudadanía y al Dios de su pueblo, Sir John había permutado su sistema nervioso
por aquellos llamados ejercicios ocultos.
Sí: mis dos
observadores intentan medir una barra en movimiento cuando ellos mismos se
desplazan a velocidades diferentes. Eso es el relativismo del instrumento.
Pero, supongamos que un hombre, un ruso vegetariano y pacifista, y una mujer,
católica y conservadora italiana, intentasen comprender la historia de Sir
John. No estaría diciendo lo mismo para ninguno de los dos. Eso es el
relativismo de la conciencia, del propio sistema nervioso.
Pero el sistema
nervioso, mein Gott, es el instrumento que lee los demás instrumentos.
Así que: al igual
que mis físicos dentro del elevador nunca podrían decir, desde dentro del
elevador, si la fuerza descendente era gravedad o inercia, tampoco pueden decir
dos personas, desde el interior de sus propios sistemas nerviosos, qué presunta
fuerza externa proporciona las señales que reciben. Por ello, naturalmente, el
ateo y el ocultista pueden argumentar eternamente, sin que ninguno de ellos
pueda convencer al otro. Estamos atrapados, atrapados, atrapados por nuestras
ideas, para siempre en la posición de los cinco ciegos y el elefante. Las
reglas de nuestro juego de ajedrez neurológico determinan la forma o el
contexto en el que enmarcamos cada nueva señal. El jugador del otro lado, como
decía Huxley, queda fuera de nuestra vista.
¿Estará toda la
culpa en aquellos sueños? ¿Será debido al incidente del ratón? ¿Por qué el
ratón del tebeo sigue reapareciendo? El problema es más de Freud que de la
física, esa es la verdad.
Zwei seelen wohnen:
las líneas favoritas de Papá. «Tan profundo, Albert... cada palabra viene del
corazón de un gran hombre.»
¡Pobre Papá!
Siempre preocupándose de que yo fuera un deficiente mental porque no era como
los demás chicos. ¿Por qué? Bueno, no lo era. Porque siempre me preguntaba lo
que se sentiría al ser un fotón: ¿cuántos años hace de todo esto?
In meiner Brust.
«Tan profundo, Albert...»
Tenía quince años:
sería en 1879 más quince, el mismo año en que renuncié a la nacionalidad
alemana; sí, sería en el noventa y cuatro, 1894. Más o menos cuando leí el caso
de Bell en la Corte Suprema americana. Schweinerei capitalista: desde 1872
(serían... unos siete años antes de que yo naciera) luchando por poseer los
electrones. Siete más quince son veintidós; veintidós años, entonces,
estuvieron pleiteando Alexander Graham Bell y sus competidores por la patente.
Poseer electrones, mein Gott. Todos los años de mi vida en una oficina de
patentes. El tedio de la avaricia. Como si alguien pudiera poseer una ley de la
naturaleza. Königen, kirchen, dummheit und schweinerei.
Pero los monos
todavía siguen buscando dinero, bonos, patentes. Predadores mamíferos. ¿Acaso
he nacido en un planeta equivocado? La única esperanza para la humanidad: meter
todos los billetes, bonos y acciones en una bonita bolsa de basura y
carbonizarla. Walpurgisnacht? «Tan profundo, Albert.» Sí: y que las masas
bailen alrededor de las llamas celebrando su liberación de la antiquísima
tiranía. El fénix de la libertad vuela de nuevo.
O quizá todo esto
se encuentra genéticamente impreso. La predación y la jerarquía son cuestiones
de los vertebrados. Quizá nací en el planeta equivocado. Biedermeier, así me
llamaban en el colegio. Biedermeier: demasiado estúpido para mentir.
En francés habría
sido Pierrot le Fou. ¿En inglés? Simple Simon. No: mejor Honest John.
Biedermeier Einstein.
Zwei Seelen wohnen
ach! in meiner Brust. Debe significar algo. Si yo fuera Hegel, sospecharía que
no quiere decir nada. Pero, de cualquier modo, Goethe siempre quiere decir
algo.
El tío Jacob
ridiculizaba esas leyes kosher. Bueno, la verdad es que Mamá nunca tuvo un
pollo kosher. Todos éramos unos herejes. Aunque sólo el tío Jacob se decía
abiertamente ateo. Aquello fue bueno para mí, como los años que acudí a la
escuela católica. Nacer judío, tener un tío ateo y estudiar en la escuela
católica: eso abre las células cerebrales. Gran diversidad de señales.
Sí: cuanto más
conflictivas son las señales recibidas, mayor hacemos nuestra imagen del mundo
para acomodarnos a ellas. La gente tiene mente pequeña porque cada nación, cada
iglesia y casi cada familia restringe las señales. Hablar de aumento de los
viajes (con lo que también se habla de aumento de las comunicaciones) significa
que todo el mundo podrá recibir más señales conflictivas. Eso hará que los
primates agudicen su ingenio... quizá. Imposible seguir siendo un pequeño
católico italiano tras el encuentro con muchos, muchísimos, protestantes
alemanes. El inglés que vuelve de la India no es al 100 por 100 de sangre
inglesa. Sí. Los viajes y las comunicaciones se acelerarán en este siglo, de
modo que la gente tendrá que hacerse más inteligente.
Si la guerra no nos
devuelve a las Edades Oscuras.
Muy claro. Pero el
pacifismo es más básico que el socialismo, debe serlo. Si no encontramos un
final para la guerra, quedará muy poca civilización por socializar. Pero a ver
quién intenta decírselo a lo socialistas, ¡que Dios le ayude! Si todo se
derrumba, primero serán franceses y alemanes y luego socialistas. Cuando el
tiroteo se detenga. Y:
También muy claro.
Llegaremos a ver más curvas en las nuevas ecuaciones. No euclídeas,
convergentes. Geodésicas. No podrán ser vistas ni experimentadas, sólo
conocidas mediante las matemáticas. Nicht aus dem Sinn.
Comunicaciones cada
vez más rápidas, para que cada Iván, Hans y Juan sean una mezcla de señales
católicas, judías y ateas, o algún embrollo equivalente: obligarles a pensar y
a elegir.
Zwei Seelen
wohnen... Sí. Los dos tipos de consciencia, lo que Freud llama consciente y
subconsciente, son las dos almas de las que hablaba Goethe. El Amanecer Dorado
de Sir John es un juego neurológico mediante el cual el alma subconsciente, que
ellos llaman cuerpo astral, alcanza la consciencia.
Pero ni siquiera
Freud comprende la relatividad del instrumento, del propio sistema nervioso.
Nos encontramos en esta habitación —Joyce, Sir John y yo mismo— existiendo en
tres realidades neurológicas diferentes, lo mismo que mis viajeros del espacio
a diferentes velocidades y existiendo en diferentes realidades de
espacio-tiempo.
La sombra de la
vista y los sentidos: la relatividad del instrumento. Nur der Wahnsinnige is
sich absolut sicher.
Me pregunto si
algún psicólogo habrá descubierto algo en esta línea de razonamiento.
Si no es así,
naturalmente, habrá un pfennig de diferencia si todo eso del Amanecer Dorado
puede seguir su senda hasta los Rosa Cruces de la Edad Media, hasta Adán, o
incluso hasta la primera ameba. No tendrá la menor importancia que Mr. Robert
Wentworth Little inventase toda la «tradición» del aire caliente y otras claves
perdidas en colaboración con la enigmática Fraulein Sprengel. El hecho objetivo
significante en el que se enfoca la atención científica debe ser aquél que
enlaza a esta organización de nuestro amigo Babcock con una sociedad secreta
dedicada a proyectos de los que no sé nada, actualmente, aunque él dice que son
muchos. De hecho, demasiados. Como todos nosotros, todos los días.
La absurda
evidencia de la hyphoteses nonfingo de Newton: actualmente, es imposible no
teorizar. La velocidad de transmisión nerviosa en el cerebro es tal que no
podemos separar la percepción de la conceptualización. Es un concepto del que
estoy ahora mismo hablando a los seres humanos. Joyce y Babcock podrían ser
meros autómatas que se hacen pasar por seres humanos, o quizá yo esté
alucinando. ¿Quiénes sino Poincaré y Mach podrían comprender todo esto?
Vivimos, como dice Joyce, en una red de construcciones simbólicas creada por
nuestros cerebros. Los Herrdoktorprofessors no pueden entender mi papel en la
relatividad del espacio-tiempo porque ellos piensan que «medida» es un hecho,
no un concepto de nuestros cerebros.
Y esto, también:
cuando renuncié a mi ciudadanía en Milán hace ya casi diecisiete años, sentí
algo similar a lo que el profundo psicólogo llama la experiencia del
renacimiento: me redefiní y me redescubrí a mí mismo. Lo mismo que cuando
rechacé al Dios de mis padres. Quizá ambas cosas fueran necesarias antes de que
redefiniera y redescubriera el espacio y el tiempo. Renunciar a lo viejo ha de
preceder al descubrimiento de lo nuevo.
Así: tras todo este
galimatías, esto es básica, estructuralmente, lo que describe Sir John: un
proceso mediante el cual un chico huérfano y a la deriva por el mundo con el
dinero suficiente descubre un nuevo camino para definirse y percibirse a sí
mismo. Y también, claro está, su mundo. Lo mismo que yo redefiní el mundo tras
redefinirme a mí mismo. Un juego de ajedrez mental.
Pero, ¿cuáles son
las reglas de ese juego y cómo ha llegado a alcanzar el estado de terror en el
que vive? ¿Quién o qué es el jugador que hay al otro lado? Eso es lo primero
que tengo que entender: las reglas del extraño juego mental llamado Orden
Hermética del Amanecer Dorado.
No tengo que
preguntar «¿Cómo se siente uno siendo un fotón?», como Biedermeier Einstein
hace dos décadas, en 1894, sino, en este caso: ¿Cómo se siente uno siendo
aprendiz de brujo?
LOS ARCHIVOS
GENETICOS
El primer Furbish
Lousewart fue conservador de la grande y verde Mansión Babcock. De la grande y
verde Mansión Babcock fue conservador y le encontraron una terrible noche entre
la muerte breves horas después de que acaeciese el sangriento nacimiento de su
ser de la matriz de su madre. Furbish Lousewart fue un bastardo que encontraron
con bello hallazgo.
De aquel linaje,
del bello Furbish, se dice que fue plantado en el vientre de su madre por el
coadjutor de Weems, un hombre más grande que cualquiera de los que fueran
armados caballeros por Round John o el Sagrado Jabalí de San Hubert, pues San
Hubert era la iglesia de Weems en la que actuaba de coadjutor. De la madre de
Furbish se dice que fue una doncella que penaba un pecado sensual con un
piadoso peregrinaje a la tumba de Tomás contando un cuento fabuloso a un tal
Geoff. Chaucer, quien en verso, transcribió aquel cuento y lo hizo libro para
que todos lo conociésemos. También dicen que sirvió de modelo para la hermosa
Sacerdotisa de las cartas gitanas llamadas Tarot, carta que antaño mostró a la
Papisa y actualmente a la Alta Sacerdotisa.
Lord Greystoke
llamó al recién nacido Furbish Lousewart a causa de lo encantador que les
pareció cuando le encontraron en un pesebre. Furbish Lousewart era el más
exquisito nombre que pudiera tener un amante de la Alegre Inglaterra en
aquellos días, casi comparable al nombre vernacular de herba pedicularis, una
flor bellísima de la familia de los dragones, que no tuviera otro apelativo que
el de flor bella y encantadora.
Furbish Lousewart
creció y se hizo fuerte, siendo amigo de la cautela aunque desarrollando muchos
recursos: contaba con sus tres hijos varones (legítimos) y siete niños de ambos
sexos (ilegítimos), pero, ay, murió entonces en la Sagrada Cruzada contra los
terribles sarracenos que poseían la Tierra Santa por la fuerza de la espada.
Todo el mundo dice que aunque él (F. Lousewart) impresionó más a la posteridad
por su ardiente valor que por la fidelidad al sagrado lecho del matrimonio
cristiano, el Rv. Hon. Juez Mr. P.J. Farmer, entendido en genealogía y
cuestiones de anticuario, dijo en muchas ocasiones (a oídos de muchos que
gozaban de buena reputación) que el único Greystoke que sobrevivió a la Cruzada
fue un falso Greystoke, fruto de la unión de Lady Greystoke con el bribón ya
mencionado, Furbish. Si esto fuese cierto, el noble linaje de los Greystoke
(quienes, por Papistas que fueran, dice la gente, no dejaron de ser buenos
anglicanos) sería de origen plebeyo y bastardo. Si es verdad, a decir de todo
el mundo, la historia no deja de ser divertida.
Al menos la ciencia
puede pronunciarse con matemática certeza: dentro de los testículos del
Vizconde Greystole la noche del 26 de junio de 1914 restaba exactamente un
dieciseisavo (0.0625) de la información genética que formó la plantilla
neurogenética de Sir John Babcock, mientras que dentro del testículo del primo
del Vizconde Greystoke, Giacomo Celine, restaba exactamente un cuarto (0,25) de
la información genética de Hagbard Celine, quien más de dieciséis años antes
acudiera a informar al tío abuelo del guardamontes de Sir John de que no había
enemigos por ninguna parte.
DE SOMNIIS
VESTIMENTA HORRORIS
De la ironía de los
grandes horrores, la casualidad está completamente ausente, como si nos
recordase que en verdad no existen cosas tales como la falta de motivo o la
maldad de la carencia de mente. El espejo destrozado de Sir John le inspiró,
sutil e indirectamente, para que empezara a acomodarse de algún modo al siglo
veinte, pero, al mismo tiempo, los infernales terrores de siglos pasados se
reunieron a su alrededor más insidiosamente que antes. La rotura resultó sólo
moderadamente inquietante en un principio, aunque no volvería a mirarse en él
sin imaginar ver, en la distorsionada imagen de sí mismo creada por los vidrios
rotos, algún depresivo y amenazante símbolo del lado oscuro de la fuerza del
Vril que le habría atacado aprovechando el punto débil abierto en su
susceptibilidad por los voluptuosos anhelos despertados, quizá deliberadamente,
por la enigmática Lola y sus descaradas y casuales alusiones al ritmo del acto
de la cópula y la roja cobra del deseo. Le atacaba una desagradable idea,
aunque intentaba librarse de ella; sería una locura aceptarla, sin mejores
evidencias que la coincidencia de un mal sueño con un temblor de tierra, aunque
el insidiosamente turbador concepto siguiese creciendo en su mente: quizá se
había encontrado con una bruja auténtica y el mundo medieval que tanto
estudiase cobraba vida aparente a su alrededor.
El dormitorio le
resultaba insidiosamente deprimente, sobre todo por el espejo roto y sus locas
imágenes bicamerales, aunque también se detectaba algo desagradablemente sutil
en cualquier otra parte de la inmensa casa: algo desagradable e inquietante, casi
una sensación de decadencia y morbidez, que parecía permear el aire; algo sin
nombre y vago, un mero bosquejo de nuevas presencias y posibilidades,
probablemente creadas por su activa imaginación, aunque pareciera de naturaleza
autóctona, virtualmente antediluviana, furtivamente sugerente de odiosos
secretos de tiempos olvidados y actos contra la Naturaleza y contra la
Escritura. La invasión de incluso los muebles por aquella rudimentaria
presencia resultaba desconcertante, si se comparaba la luz de la cambiante
atmósfera ante la Fuerza Oscura (como él la llamaba) con la previa ubicuidad
que colmaba la Mansión Babcock de normalidad basada en el estricto sentido
común.
ACCION SONIDO
EXTERIOR. MANSION
BABCOCK. PLANO LARGO.
La casa casi se
pierde en un paisaje de árboles
oscuros y sombras
del crepúsculo.
Tambores vudú.
EXTERIOR. MANSION
BABCOCK. PLANO MEDIO.
La casa, oscura y
amenazadora. La bicicleta
barata frente a la
entrada.
Tambores vudú.
Sir John se embarcó
en una campaña destinada a desterrar todo el estropeado mobiliario, no sólo el
maldito espejo, sino la totalidad de la Mansión Babcock y pronto todo el lugar
se animó con vendedores y obreros atraídos por un amplio proyecto de modernización,
que incluía, por ejemplo, la instalación de electricidad en todas las
habitaciones. Requirió muchos meses pero, finalmente, la Mansión Babcock quedó
completamente adaptada al siglo veinte. El maligno humor de las odiosas fuerzas
desatadas contra Sir John siguió, no obstante, actuando, mientras su
superficial adaptación al presente avanzaba febrilmente por la casa, con una
creciente invasión de su vida interna mediante los más infernales y antiguos
terrores.
Sir John continuó
soñando frecuentemente con la Capilla Peligrosa y así una vez se encontró en un
inmenso calabozo subterráneo, donde multitudes de personas hoscas y estúpidas
argumentaban y debatían violentamente. «¡Seremos los dioses tales!», gritaban alguno.
Pero otros replicaban: «¡Seremos los dioses cuales!» Y parecían fuera de sí.
«No hay Capilla, no hay Grial, eso sólo son cuentos para los niños», musitaba
el oso guerrero de Alicia. «Los tres ovus, nuestro tamaño, nuestro peso»,
cantaba un Erring Go BRA de aristas blanco anaranjadas que imitaba el trino de
un pulpo pentagonal lleno de polvo de soma. «Aquéllos son los que cruzan el
Sendero sin la Vara de la Intuición. Llegan a su destino, pero no lo saben. Lo
tienen pero no pueden verlo. Miel para ellos. ¿Habrá un excremento de BRA en
los bosques?»
Cuando Sir John
plasmó este sueño en su Diario Mágico, añadió el siguiente comentario:
Por alguna razón
que no puedo comprender plenamente, desperté con la convicción de que
Shakespeare fue, efectivamente, un iniciado de los Rosacruces. Siento que cada
vez estoy más cerca de lo que quiso decir cuando escribió que «somos de la
misma sustancia que los sueños.».
Pocas noches más
adelante fue engatusado para jugar una partida de bridge con el Vizconde
Greystoke, aunque aquél era uno de los pasatiempos idiotas que generalmente
desdeñaba. A duras penas soportó la primera parte de la velada: mucho brandy,
muchos puros y todos hablando sin parar de la caza del zorro, un deporte que
despreciaba por inhumano y bárbaro. Con gran esfuerzo se reprimió para no
mencionar la infame descripción de Wilde acerca de aquel sangriento
entretenimiento como la «incomible persecución de lo innombrable». A eso de las
diez ocurrió algo extraño: súbitamente recordó que el juego de cartas habitual
derivaba del Tarot. Las espadas eran las Varas de la Intuición, los corazones
las Copas de la Simpatía, los tréboles las Espadas de la Razón y los diamantes
los Pentáculos del Valor: y la estructura del mazo correspondía
astrológicamente a los signos de fuego, agua, aire y tierra: 52 semanas en 4
estaciones, 52 cartas en 4 palos. Si los signos cabalísticos se encontraban en
todas partes, la divina esencia también debía hallarse en todas partes, y
recordó una vez más que no existían lugares o tiempos donde los mundos visible
e invisible no se encontraran y se entrelazaran: volvió a ver, en todo el
mundo, al Buda. El resto de la velada permaneció tan intensamente consciente
que le pareció que su vida anterior no había sido más que un sueño en
comparación con aquella noche; ganó mano tras mano. La euforia le acompañó
durante día y medio, hasta que volvió la ya conocida sensación de vaga ansiedad
cuando se acordó de que muchas formas de locura empezaban con ciertos estados
de excitación mental en los que cada incidente y evento parecía cargado con
algo más que un significado meramente humano.
Dos días después,
en Londres, Sir John se volvió a encontrar con el pomposo americano, Ezekiel (o
Ezra) Pound —quizá por accidente— en el Museo Británico. Pound cargaba con un
diccionario chino-inglés y un lote de blocs etiquetados como «Manuscrito Fenollosa»
y se mostró efusivamente cordial. Amistosamente quedaron para tomar un bocado o
almorzar juntos.
—Yeats avanza en la
dirección correcta, bajo mi influencia —explicó Pound, grandilocuente, por
encima de las patatas con pescado—. Ha salido de la niebla celta y empieza ya a
escribir poesía moderna. —Sir John encontró aquella demostración de autoimportancia
de lo más hilarante, pero procuró que no se lo notara en la cara. Con tacto,
cambió de tema.
—¿Por qué le
preocupan tanto las formas verbales chinas? —preguntó tímidamente.
—Lo chino —le dijo
Pound— resultará tan importante para el siglo veinte como lo griego para el
Renacimiento—. Siguió durante veinte minutos desarrollando aquel tópico antes
de que Sir John tuviera ocasión de volver a hablar.
—¿Quién era la
joven que recitó al Capitán Fuller? —preguntó, sabiendo que un impulso
diabólico le obligaba a ello.
Pound levantó la
vista agudamente.
—Dice que su nombre
es Lola Levine y que viene de Francia —replicó—. Lo dudo. Su francés es peor
que el mío.
—Parece
australiana... —comentó Sir John.
—Exactamente
—confirmó Pund—. Uno no debe confiar mucho en las jovencitas. ¿Ha oído hablar
de Aleister Crowley? —indagó.
Sir John recordaba
el nombre: uno de los líderes de una facción renegada del Amanecer Dorado
desviada hacia el Satanismo.
—Vagamente
—respondió.
—Bien, si lo que ha
oído usted es probablemente desfavorable, como inglés educado no lo mencionará
—dijo Pound con una penetrante mirada—. Si quiere mi opinión, Sir John, no debe
interesarse demasiado en Lola Levine. Dicen que es, o que lo fue, una de las
incontables amantes de Crowley. A la gente que se involucra con Crowley, o con
sus amigos o amantes, les ocurren cosas terribles ¿Ha oído hablar de Víctor
Neuberg?
—Un joven poeta...
Me temo que no he leído ninguna de sus obras.
—Víctor Neuberg
estuvo muy relacionado con Crowley hace unos pocos años —le contó Pound—. Se
empieza a recobrar ahora, lenta y dolorosamente, de un completo desastre
nervioso y mental.
—Un desastre mental
—repitió Sir John — ¿Quiere decir...?
—Así lo han llamado
los doctores —contestó Pound sombríamente—. Neuberg cree que está bajo la
influencia de los demonios.
—Oh —dijo Sir
John—. Qué horrible.
—Sí —Pound contestó
con la mirada fija—. Esas son las cosas que le pasan a la gente que permanece
demasiado cerca de Crowley, Lola Levine y su círculo. Neuberg dice que una vez
Crowley le convirtió en camello.
—¿En camello?
—exclamó Sir John.
—Así es —replicó
Pound—. Supongo que habría resultado más tradicional convertirle en sapo, pero
Crowley, por lo que dicen, tiene un peculiar sentido del humor.
—¿Cree que
convirtió a Neuber en camello realmente? —preguntó Sir John, ansioso por
descubrir la actitud real de Pound ante todo aquello.
—¡Infiernos, no!
—Pound se echó a reír estrepitosamente—. Lo que sí creo es que si se mezcla
usted con un grupo como ése, y practica el yoga, la meditación, el sexo en
grupo, las drogas y las aullantes invocaciones a Sirio, condenadamente pronto
se estará usted creyendo lo mismo que crean los demás lunáticos del grupo.
Con aquella
observación, acabó el almuerzo y se separaron. Sir John se encontró
preguntándose si estaría listo para asumir mentalmente la metamorfosis de un
ser humano en camello. La idea no parecía pertenecer a la verdadera tradición
del misticismo en que le estaban educando en el Amanecer Dorado, sino al reino
del folclore, la brujería y los cuentos de viejas chismosas; pese a todo, le
perseguía un pensamiento con tanto tesón como un usurero sin cobrar: Algo le ha
pasado al pobre Neuberg, algo que los alienistas quizá no están preparados para
comprender o curar. Si estamos hechos con la misma sustancia que los sueños,
las locas fuerzas que
Macbeth tan
evocativamente llamaba «agentes negros de la noche» serían tan fuertes como
cualquier otra cosa en la mascarada de la vida social con sus tímidos decoros y
decepciones; también pensaba en otra cuestión: En todo esto hay cierta lógica
cabalística. El camello correspondía a la letra hebrea gimmel, contrapartida de
la Sacerdotisa Enmascarada del Tarot, la guía del Abismo de las Alucinaciones
hasta la luz individida de la Pura Iluminación.
Naturalmente, se
trataba sólo de otra coincidencia —sólo otra coincidencia—, pero Sir John se
encontró con Lola Levine en Rupert Street a lo largo de la tarde. No había
error: reconoció el oscuro cabello castaño, los raros ojos marrones, la
excitante y voluptuosa figura que desataba la cobra del deseo. Por la gracia de
Dios, ella no le vio y Sir John se adelantó rápidamente, pensando en sus
enaguas y en sus ligas.
Aquella noche, sin
embargo, volvió a encontrársela, aunque de un modo mucho más outré. Practicaba
el cuarto ejercicio diario de proyección astral, de acuerdo con el manual de
instrucciones del Amanecer Dorado, y, por tercera vez desde que comenzara a practicar
alcanzó un estado mental que casi creyó real.
[«Parecía real», le
dijo a Jones tras la primera de tales experiencias, «pero no puedo estar
seguro. Quizá me engaño a mí mismo y sólo eran suposiciones mías.»]
[«Le ruego que no
se preocupe», replicó Jones. «Siempre empieza como una suposición...»]
En aquella ocasión,
Sir John, con los ojos fuertemente cerrados, imaginó que su mente astral salía
de su cuerpo, y miraba hacia abajo, a la habitación —incluido su cuerpo
físico—, desde algún ventajoso observatorio cerca del techo, de una forma tan
real que, nuevamente, comenzó a creerse sus suposiciones. Siguiendo las
instrucciones, se proyectó más arriba, sobre la tierra, mirando hacia abajo, a
sus posesiones desde una gran altura y, a continuación, proyectándose aún más
arriba, distinguió Inglaterra y otras partes de Europa. Con un colosal
esfuerzo, se proyecto aún más alto y vio el blanco cegador de la luz del sol
(detrás de la Tierra a aquella hora) y los planetas Mercurio, Venus y Marte.
Todo iba tan bien que decidió salir completamente del sistema solar y acercarse
a los reinos de Yesod, el primer plano astral.
Y así ocurrió,
igual que se describía en los libros cabalísticos a lo largo de los siglos: los
dos pilares de la Noche y el Día, la enmascarada Sacerdotisa sentada en su
trono: Shekinah, la encarnada Gloria de Jehovah.
—¿Quién osa
acercarse a este reino? —preguntó la Sacerdotisa; su voz sonaba extrañamente
familiar. (¿O quizá simplemente se estaba imaginando todo aquello? ¿No sería
aquella práctica un simple truco para contactar con lo inconsciente mediante
«ensueños» estando parcialmente consciente?)
—Soy uno que ve la
Luz —contestó Sir John, conforme a la fórmula.
—Has dado la
espalda a la Luz —replicó la Sacerdotisa agudamente mientras Sus ojos marrones
parecían brillar o relucir de algún extraño modo—. Me has rechazado y te has
aliado con los Hermanos Negros que odian y desprecian Mi creación. Noches
infernales; rocas intangibles.
—No, no —dijo Sir
John, recordándose frenéticamente la Primera Enseñanza [«Temer es fracasar y el
prólogo del fracaso]—. Nunca te he rechazado.
—Rechazaste a la
hembra, Mi representante en la Tierra, y el acto de alegría y amor que es Mi
Sacramento. Nunca pasarás esta puerta hasta que venzas tu miedo por la Mujer.
Temer es fracasar y el prólogo del fracaso.
Sir John reconoció
Su voz finalmente: era la voz de Lola Levine. Desesperadamente, se hundió en
dirección a la Tierra, intentando mantener la calma: cuando uno se ciega por el
pánico, dicen las enseñanzas, no es capaz de encontrar el camino de regreso a la
Tierra y a su cuerpo carnal. En medio de la más total confusión, se encontró
brevemente en uno de los planos alquímicos, donde un Aguila Blanca, un León
Rojo, un Unicornio de Oro y sir Talischlange le perseguían por un bosque mágico
en el que los árboles cantaban rítmicamente: «Pangenitor, Panphage, Pangenitor,
Panphage, Pangenitor, Panphage...» La voz de Lola cantaba como antecoro: «¡Io
Pan! ¡Io Pan Pan! ¡Io Pan! ¡Io Pan Pan!» De algún modo, volvió a girar hacia
abajo, cada vez más abajo, atravesando unas tinieblas sin fin, llegando a la
Luz Blanca del sol, al giróvago globo de la Tierra, a Inglaterra, a sus
propiedades, y al dormitorio en que se encontró a sí mismo sentado, sudando y
con el corazón latiendo locamente.
Recitó el gran
Mantra de protección: «Cristo sobre mí, Cristo bajo mí; Cristo a mi derecha,
Cristo a mi izquierda; Cristo ante mí, Cristo tras de mí; Cristo dentro de mí».
Tenía la espalda fría a causa del sudor, mientras el calor astral le abrasaba
la frente; temblaba. Repitió el Mantra tres veces más antes de volver a
encontrarse seguro nuevamente.
—Si le aconteciera
algo particularmente glorioso o particularmente terrible, escríbalo en cuanto
pueda —le instruyó Jones en su momento—. Luego, vuelva a una actuación mental
lineal y rigurosa... y lo registrado le resultará útil más adelante.
Sir John practicó
en primer lugar un ritual de destierro, para colocarse en un punto seguro, y a
continuación describió la visión cuidadosamente en su Diario Mágico. Añadió:
Si sólo fue mi
inconsciente jugándome alguna pasada, la experiencia resultaría aún más
interesante. El coro y el antecoro que invocaba a Pan parecía sugerir que el
inconsciente puede componer poesía griega mucho más rápidamente que mi mente
consciente. Y el contenido ideológico del cántico —Pangenitor, creador de todo;
Panphage, destructor de todo—, indica claramente la identidad de Pan y del dios
hindú Shiva, lo cual es todavía más curioso pues nunca había sido consciente de
tal identidad antes de la Visión.
Sólo puedo concluir
que el intento de reduccionismo del párrafo anterior es muy forzado y no
resulta realmente convincente. Por lo que sé, lo que me ocurrió no responde tan
sólo a trucos inconscientes de la mente. Como mi corazón no es puro, pues
albergo lujuria y deseo carnal, no he alcanzado la verdadera puerta de Yesod.
No he encontrado a Sbekinah, la componente femenina de Jehovah, como habría
sido el caso si mi corazón fuese puro. He dado con Ashtoreth, la hembra del
Diablo, quien, de acuerdo con Su naturaleza, ha intentado seducirme
psíquicamente. Muchos alquimistas hablan de parecidos encuentros con succubus o
demonios femeninos de la lujuria.
Sir John repitió el
ritual de destierro y terminó con la proyección astral por aquella noche. Se
concedió un pequeño trago de brandy, como calmante, y otro, incluso un poco más
fuerte, antes de irse a la cama.
Pero no escapamos
de nuestros demonios tan fácilmente. Sir John soñó muchas cosas, todas ellas
voluptuosas y sensuales. Vagó por harenes multicolores llenos de joyas en los
que Victorianos sodomitas vestidos de miel con calzoncillos de piel de camello
se dedicaban a viles e innombrables perversiones, a obscenidades que antes sólo
había encontrado en los evasivos eufemismos latinos de Krafft-Ebing. Paseó por
los jardines de su tío, el Vizconde Greystoke, donde un moreno y sibilino
siciliano llamado Giacomo Celine (que decía estar lejanamente emparentado con
los Greystokes y, por ello, con el propio Sir John) explicaba con ardor algo
totalmente incomprensible sobre el Sexo y la Creación. «El macho es el espacio
y la hembra es el tiempo», decía Celine, «pero, naturalmente, el universo es
bisexual».
Payasos y acróbatas
cantaban «Indagar Nunca Resulta Irritante», pero Yeats y Sir John volvían a
caer en la monotonía de Pound. Yeats susurraba sugestivamente: «Los culpables
son los osos. Siempre está tan oscuro antes de la tormenta». Condujo a Sir John
a otro jardín, más allá de un vestíbulo con infinitos espejos reflectantes,
donde la Condesa de Almaquemada le esperaba, con una cara muy parecida a la de
Lola. Se encontraba totalmente desnuda, excepto por una liga azul con una
estrella de plata en el muslo izquierdo. Doradamente desnuda, como un sueño
árabe, movía la mano izquierda revolviendo la mata de cabello castaño sobre la
enloquecedora liga, haciéndose aquella horrible cosa a sí misma, tomando por
oscuro estandarte un montón de medias tan grueso como un ladrillo, brillándole
la cara con el mismo inexpresable e inhumano rapto de la estatua de Santa
Teresa en Roma. «Para los niños, todo es infantil», musitó Yeats,
desvaneciéndose entre los mil reflejos de los infinitos espejos.
Sir John se echó
sobre Lola, besando la liga arrebatadamente, enloquecido por el ansia, el amor
y el deseo, mientras ella susurraba: «Todas las cosas son Buda. Mal le vaya a
quien mal desea». Y le envolvía con sus muslos, tragándole, llevándole a un
éxtasis tan intenso que Sir John no podía saber si se trataba de algo divino o
diabólico.
—¿Poca cosa? ¿Poco
caso? —canturreaba Sir Talis Saur—. Si Dios es casi Dos —añadió, forzando el
juego de palabras—, ¿quiere decir algo? ¿Que no es el Todopoderoso? —Pero sir
John se estaba tirando a una zorra en celo, revolcándose por el lodo: mente,
corazón y alma perdidos en la Noche de Pan.
Con el corazón
latiendo salvajemente, Sir John gritó al despertar, gimiendo, con la evidencia
del orgasmo, oscura y húmeda, en los bajos del pijama.
ACCION SONIDO
INTERIOR. PALACIO
DE BUCKINGHAM, SALON DEL TRONO. PLANO MEDIO.
DISRAELI susurrando
a la REINA VICTORIA
VICTORIA demuestra
horror.
DISRAELI baja aún
más la voz. Disraeli: «El infame
muchacho Babcock lo ha hecho una y otra vez».
Disraeli: «Y esta
vez será peor que nunca. ¡Sin manos!»
INTERIOR. SALON DEL
TRONO. PRIMER PLANO.
VICTORIA
furiosamente irritada. Victoria: «¡Qué
sinvergüenza! ¡Llamad a la guardia! ¡Que le azoten otra vez!»
DE FORMULA LUNAE
—He encontrado un
súcubo —dijo Sir John, culpable, sabiendo que la culpa era sólo suya.
—Efectivamente
—replicó Jones en voz baja. Estaban cenando otra vez en Simpson's y Jones
parecía extrañamente ausente y preocupado—. ¿Fue en un sueño o en el plano
astral?
—En ambos —dijo Sir
John, empezando a saber lo que sentía un católico ante el confesionario.
—¿Fue usted capaz
de rechazarlo eficazmente?
—Lo intenté
—respondió cansadamente Sir John.
—En otras palabras,
no lo consiguió. —Jones parecía irritado, como si ya tuviera bastantes
problemas y no necesitara aquél—. Tendremos que posponer su iniciación como
Neófito hasta que se haya arreglado el asunto —añadió, pensativamente—. Mire,
usted tiene el manual de proyección astral y en él se encuentra el Ritual de
Destierro del Pentagrama. Tendrá que practicarlo varias veces, ésa es mi
opinión, hasta que sienta que la presencia invasora ha sido expulsada de usted
totalmente.
Se saltó la usual
sobremesa cordial y terminó la comida con una brusquedad inhabitual,
marchándose con el aspecto de un hombre que tiene más problemas de los que
puede manejar simultáneamente.
Sir John volvió a
su casa descorazonado y aprensivo. ¿Qué puede hacer uno cuando el maestro te
indica claramente que tus problemas son de menor importancia si se los compara
con las otras cargas que soporta él mismo? Empezaba a tener oscuras sospechas y
Jones no le había dado ni siquiera la oportunidad de plantearlas. Pero Sir John
recordó también todas las referencias leídas acerca de los Rosacruces Oscuros,
la Hermandad Negra, el grupo que se dedicaba a vejar, acechar y seducir a todos
aquellos que se embarcaban en el sendero espiritual de la Gran Obra. ¿Era
posible que Lola Levine y su misterioso amo, Crowley, conspiraran para destruir
el verdadero Amanecer Dorado desencadenando ataques astrales contra los nuevos
y no muy avanzados estudiantes como él mismo?
Sir John intentó
desarrollar el Ritual del Destierro varias veces, pero no conseguía más que un
simulacro de representación. No sentía nada; no percibía nada nuevo; descubrió
que su autoconfianza desfallecía. Finalmente, con un humor mezcla de enfado y nerviosismo,
empezó a estudiar un poco los libros de Magia Negra que poseía, libros que,
anteriormente, sólo había considerado ocasionalmente con repugnancia y terror.
En aquel momento, se obligó a leerlos cuidadosa y escrupulosamente, determinado
a comprender las fuerzas que podían atacarle.
Después de todo,
llevaba practicando el Ritual del Destierro durante varios meses, aceptando la
templada explicación de Jones de que el objeto era desterrar de sí mismo todas
las impurezas que pudieran interferir con la Gran Obra. Pero alcanzaba un punto
en el que se preguntaba si el objetivo real sería desterrar las fuerzas o
entidades que el Neófito no debía conocer o si sucumbir al miedo representaba
el fracaso.
Leyó el innominable
ritual del Chivo Negro con Mil Crías, el de la fiera Serpiente del Poder que
podía llegar desde los genitales al cerebro mediante prohibidos excesos
sexuales, el de la viciada Eucaristía de la Inmortalidad bebida en
indescriptibles ritos realizados por aquellos que quieren reemplazar a Dios por
el Hombre. Con náuseas y mareos, empezó a comprender la lógica satánica que
había detrás de todo aquel galimatías de suciedad, blasfemia y pervertido
trascendentalismo... El secreto gnóstico enseñaba que Neschek, la Serpiente del
Génesis, poseía el número 358, el mismo número que Messiah, por lo que la
Serpiente es el Mesías. (Todas las palabras con el mismo valor numérico
cabalístico son los nombres de la misma entidad metafísica.) Descubrió la interpretación
maniquea de I.N.R.I. —Ingenio Numen Resplendet Iacchi, el verdadero
Dios es Iacchus
(Dionisio)— y la lógica, casi malvada, le resultó muy clara: la lascivia y la
prolongada sensualidad, para aquella enloquecida filosofía, constituían la
esencia del éxtasis que borraría el ego y elevaría al Hombre a la Deificación.
Se sintió literalmente enfermo tras un día de pesquisas y tembló al pensar en
los lunáticos que creían tales cosas y lo que tendría que realizar para
conseguirlo.
Sir John decidió
probar con la Invocación del Santo Angel Guardián, aunque ésta fuese
considerada como arriesgada para aquellos que estuvieran por debajo del Grado
de Maestre del Templo.
No pasó nada...
excepto que la invocación desató miedos más grandes y la más salvaje esperanza
que Sir John hubiera sentido con anterioridad. Pero quizá la intensificación de
la emoción era todo lo que podía esperarse de la Invocación de un Aprendiz.
Pocos minutos
después de cerrar el ritual y romper el círculo, Sir John, repentinamente,
sintió el impulso de escribir. Lo que llegó a su pluma no fue un relato de la
invocación y sus resultados, como le hubieran aconsejado las enseñanzas de
Jones, sino casi un diálogo platónico con la obsesiva alma de Lola Levine, la
Sacerdotisa Negra:
CULPA URBIUM NOTA
TÉRREA
YO: La sucia, la
cochina filosofía, la negra perversión de la civilización y la ordinaria
decencia: ¿cómo puede creerse que éste sea el camino de la alta sabiduría hacia
el Superhombre?
ELLA: No, no
penséis que poseéis la Sabiduría cuando aún estáis atrapado por la Maldición
Conocida en el Corazón y los Intestinos, no en la Mente Verbalizada, que el
Gran Tao siempre tiene en la Balanza, pues el Exceso de la Disciplinada energía
del YANG es lo más peligrosamente Explosivo: y las peores Guerras de toda la
Historia han caído sobre vos por Ello. Oídme: para lograr el Equilibrio
Psíquico de la Humanidad es necesario seguir el Movimiento del Péndulo del
Alegre, Dionisio, aun sin mente, Refugio del YIN. El Macho debe dejar de
tiranizar a la Hembra, lo Racional a lo Irracional, el Espíritu a la Carne.
Debemos volver a ser Uno e Individido bajo la Luz Blanca y Extática del Dios
Cornudo, Iacchus, pues si no caeremos en el Pozo de la Causa y pereceremos
devorados por los Perros de la Razón. El Espíritu que hay sobre Mí incluso
cuando escribo con Mano involuntaria. ¡Te adoro, Evoe! ¡Te adoro, IAO!
YO: Esa doctrina
engendró la amoralidad que destruyó Grecia y Roma; es la plausible mentira que
justifica cualquier depravación. Los opuestos no tienden a unirse, sino a
luchar hasta que la Luz triunfe sobre las Tinieblas. El alma humana es el campo
de batalla de Dios y el Demonio y ellos no son Uno. Dios no es el Mal; Dios no
es el Demonio.
ELLA: El alma
limitada por el Sí y el No está en Prisión y cría Pestilencia. Preguntad a los
Sabios Rabinos quién hizo la Sagrada Cábala y veréis la Poderosa Clave que
dejaron a los que tienen Ojos para Ver: ¿no tienen Neschek y Messiah la misma
Enumeración de 358? ¿Qué significa? En un Signo que marca el Camino de la
verdad que se extiende más allá de toda Dualidad, más allá de todo Concepto,
más allá del condenado Calabozo del Sí y el No. Otra vez me siento poseída por
la inexpresable falta de nombre de la Noche de Pan. ¡Pan! ¡Io Pan! ¡Te adoro,
Evoe! ¡Te adoro, IAO!
YO: Estás loca.
¡Toma tus condenables blasfemias y tu vil y engañosa filosofía y tus ligas y
sal de mi mente, maldita!
ELLA: La Verdad de
la que hablo se encuentra incluso en el simbolismo del Arbol de la Vida,
Rosacruz. Lo mismo que el Tao es tanto el blanco yang como el negro yin, ¿en al
Arbol Cabalístico, igualmente, acaso Kether, el Supremo, no se manifiesta tanto
como Chokmah, el principio Masculino de la Luz, como Binah, el principio
Femenino de las Tinieblas? ¿No dice tu Biblia, por boca de San Pablo, que el
alma iluminada «no está bajo la ley, sino bajo la gracia»? La Gracia se da a
los Sabios que están más allá del Bien y del Mal, más allá de la Mente y sus
vacíos Conceptos, alcanzando el Embeleso de la Unidad de la Ausencia de Mente.
El Espíritu vuelve a moverse en Mí, y en tu Mano, y lanzamos un único grito:
¡Te adoro, Evoe! ¡Te adoro, IAO!
YO: Sí, el Diablo
puede emplear la escritura para lograr sus propios fines. Pero estos obscenos
rituales, revelados como deseo carnal, son el oscuro sendero descendente, a la
Tierra, y el sendero de la verdad sube, hasta llegar a los cielos estrellados.
ELLA: Si, por
principio, todos somos realmente Buda, ¿cómo Cualquiera de Ellos puede ser el
Mal? Si toda la energía procede de la Luz Indivisible, como decís los
Cabalistas, ¿cómo cualquier Anhelo del Corazón Humano puede estar en oposición
a la Luz? Te diriges tú solo a la Locura con falsos Dualismos cuando en verdad
no haces más que preguntarte por qué no consigues la profunda Unidad mediante
la Gran Obra. Hablo como Madre y Amante de todos los Hombres. Soy la Matriz
oscura y la húmeda Noche en que empezó la Creación. Soy Shekinah, la gloria
encarnada de Jehovah. ¡Te adoro, Evoe! ¡Te adoro, IAO!
YO: Eres Asthoreth,
el demonio de la lujuria, y te destierro en nombre de Aquel A Quien Temen Los
Vientos, el Señor del Universo, el Dios Verdadero Cuyo Nombre es
ELLA: No blasfemes
escribiendo un nombre que no puedes comprender. Ahora he de Dejarte, por un
Momento, pero no te Engañes. Sólo Destierras a una Mitad de Ti Mismo. En tu
alma Desunida sólo crecerá el loco Miedo y el enlodado Odio. Juega con esas
ligas que guardas en el armario desde que tenías dieciocho años.
Sir John tiró el
lápiz para romper el hechizo. Era como si otro espíritu diferente al suyo
hubiera estado escribiendo por mediación suya; le parecía indecente, peor que
la vez que un inseguro pervertido le encontró en un tren, cuando tenía
dieciséis años y demasiado miedo como para gritar y sólo se marchó
furtivamente, avergonzado; pero aquello era la más vil, la más personal,
invasión. Se sintió sucio y poluto.
Su mente aún se
desbocaba por las herejías imanadas de Lola. «Soy el Señor: Creé el Bien y el
Mal». «Cuando el Adepto cruza el Abismo, todos sus oponentes se hacen Uno».
«Brahman es el asesino y el asesinado». «Oye, Israel: el Señor Nuestro Dios es
Uno». «ARARITA: Uno en Su origen, Uno en su Individualidad, Uno en Sus
permutaciones». El Alquimista «debe descender, a cada abismo, sumirse en los
fuegos del Infierno, antes de concluir la Gran Obra». El Pecado Original
constituyó el primer dualismo, «la Díada Maldita» denunciada por todos los
cabalistas. «Todo es Uno». «Todo es Tao». «Todo es Buda». Los místicos de todos
los tiempos parecen estar de parte de Lola. 358: el Mesías y la Serpiente son
Uno. ¿Cuál era el significado (o un significado) de aquellos incoherentes
sueños sobre «tomadla y comedla del árbol a toda prisa»? 358: uno en Sus
permutaciones, uno
en Su origen.
—El Diablo puede
escribir todas las Escrituras del mundo —musitó Sir John.
Con una plegaria
como petición de gracia, practicó la Bibliomancia: el arte de recibir la guía
divina abriendo la Biblia al azar, colocando un dedo sobre ella y leyendo el
versículo encontrado. Descubrió que el párrafo elegido estaba muy cerca del
final del Nuevo Testamento, pues pertenecía a la Epístola de San Judas. Leyó
con gran intensidad:
Nubes sin agua
llevadas por los vientos; árboles otoñales sin fruto, dos veces muertos,
desarraigados; olas bravas del mar, que arrojan la espuma de sus impurezas;
astros errantes, a los cuales está reservado el orco tenebroso para siempre.
Ciertamente, era
bastante ominoso, y el contexto, cuando Sir John lo ojeó, resultaba incluso más
cargado de presentimientos:
Como Sodoma y
Gomorra, y las ciudades vecinas, que, de igual modo que ellas, habían fornicado
yéndose tras carnes ajenas, fueron puestas para escarmiento, sufriendo la pena
del fuego perdurable.
También éstos,
dejándose llevar de sus delirios, manchan su carne, menosprecian el señorío y
blasfeman de las glorias.
¡Qué advertencia
más clara en contra de Lola Levine y el infame Crowley y de todas aquellas
pseudomísticas contemporáneas que intentaban exaltar la sensualidad como
sagrada y el erotismo como religión! Pero la Epístola continuaba, siendo mucho
más explícita y hablando directamente de las tentaciones que sufría Sir John:
Pero vosotros,
carísimos, acordaos de lo predicho por los apóstoles de nuestro Señor
Jesucristo. Ellos os decían que al final del tiempo habría mofadores que se
irían tras sus impíos deseos.
Cada palabra era
como una llama que alimentase la consciencia de Sir John, revelando el horror
de lo que casi triunfó sobre él. Lloró con arrepentimiento y alegría: se había
salvado. La comunicación directa con el Dios de sus Padres había llegado y Lola
y sus engañosas herejías quedaban desterradas. Estaba libre.
—Nubes sin agua
—repitió—. Estéril, oscuro, siniestro... pero vacío. Mentiras, mentiras, todo
mentiras. ¡Estoy libre de ellas, libre!
En años sucesivos
recordaría aquel momento, preguntándose cómo pudo ser tan ciego. Los terrores
reales aún estaban ante él y Judas «El Oscuro», ejerciendo como oráculo,
profetizaba más de lo que se podía comprender mientras no pasase mucho tiempo y
acaeciesen multitud de extraños eventos.
DE AURO RUBEO
Debe repetirse que,
entre los primates domésticos de Tierra por aquel entonces, lo que ellos
sonoramente denominaban como
la-Suprema-Virtud-de-no-meter-la-nariz-en-los-asuntos-de-las-autoridades era
universalmente aceptado como auténtico pivote y manantial de lo que, entre
ellos, era conocido como
vivir-de-acuerdo-con-el-Plan-Divino-revelado-a-nosotros-en-la-iglesia-los-domingos.
Jamás se formulaban preguntas epistemológica y ontológicamente básicas en la
«sociedad educada», descrita por la Inteligencia Galáctica como
tan-objetivamente-sin-esperanza-en-su-estulticia-como-subjetivamente-convencida-de-su-propia-superioridad-sobre-otros-monos-salvajes-y-domesticados.
Aquella trágica y absurda condición, no encontrada en ningún otro planeta, por
mucho que se busque en el Gran Universo, fue debida por completo a la impresión
en sus sistemas nerviosos de lo que científicamente ha sido descrito en la
Enciclopedia TransGaláctica de Psicología de los Primates como
reflejos-enlazados-químicamente-causantes-de-que-la-percepción-de-los-primates-esté-limitada-a-«realidades»-accidentalmente-presentes-en-momentos-de-vulnerabilidad-a-la-impresión,
lo cual quiere decir, en muchos casos, que sólo lo que causa secreción de
adrenalina es percibido como visible y tangible por sus rudimentarios cerebros.
La ciencia ha revelado, naturalmente, que el 99,99% del universo físico resulta
invisible para sus sentidos, y que no son capaces de deducir sus limitaciones
perceptivas de una parte igual de los universos mental y espiritual debido a
sus dedicaciones mamíferas de supervivencia, reproducción y nutrición de las
crías.
UNA MUY CURIOSA
HISTORIA
VERDADERA DE LOS
ROSA CRUCES
De Abramelin de
Arabia llegó la Palabra Sagrada hasta Abraham el Judío, quien fue llamado a la
sublime Tarea de los Iluminados, debiendo dominar cada Detalle de la Gran Obra,
y cumpliéndola en dos estaciones no sólo para sí mismo, sino para todas las Personas
de aquellos tiempos en los que la Oscuridad se apoderó de Occidente. Así fue
escrito: Suum Cuique. Y Abraham, llegada la Hora, pasó el Secreto a muchos que
lo comprendían sólo En Parte y así, finalmente, llegó hasta nuestro Señor,
Christian Rosenkreuz (en Lengua Inglesa, Christian Rosycross) quien por la
Gracia de la Trinidad comprendió el Todo. Sis benedictus: en nombre de Alá, el
Piadoso, el Compasivo.
Aquél a quien los
hombres llamaron Giordano Bruno, o El Nolan, fue Mago de nuestra Sagrada Orden;
y su Enseñanza se centraba sobre la Heliocentricidad, no solamente en el
Sentido material, por lo que los Hermanos Negros de Roma le juzgaron y le Quemaron cruelmente en la Estaca, sino
también en el sentido espiritual: en el cual el Ego o el Autoconocimiento del
Hombre constituye, como en la Tierra, no el centro de la consciencia sino meras
apariencias del Encanto o la Desilusión. Y Bruno el Nolan enseñó a todos los
hombres que Deben Leer Entre Líneas que el Verdadero Centro del Alma es como el
Sol: una Luz Blanca de la que llegó toda la Vida a la Tierra; lo cual quiere
decir que todo impresiona al Ego.
Cagliostro adoptó
innumerables formas y nombres, y no conocemos su verdadero Nacimiento humano.
Pero en muchas Tierras y Tiempos apareció, bajo diversos Nombres y Títulos, y
aún se le reconoce por sus Enseñanzas que eran, son y serán, que el Pensamiento
consciente es Epifenomenológico, el Ruido de la Máquina. Al-Chem-ia significa
Ciencia Egipcia, y la Verdadera Ciencia de Egipto tiene este Origen: guardamos
en nuestra Casa muchas sustancias que actúan directamente sobre la Sangre,
empañando la Visión, pero contamos con muchas otras sustancias de la Naturaleza
que actúan directamente sobre la Sangre para regular la Visión. El que tenga
Oídos que Oiga: de magno opere. En el Nombre del Padre y de la Madre y del
Hijo. Amén.
Y en la Edad de la
Ciencia que Floreció en el siglo XIX después del Mago de Nazaret, la verdadera
Orden de los Rosa Cruces surgió de Debajo de la Tierra, como una Semilla
plantada que retoñase: se acercaba el Tiempo de revelar el verdadero Secreto
del Horno Cósmico y del Calor Alquímico a toda la humanidad. Y se Hicieron
grandes preparativos, en profundo Secreto, para preparar el evento. Y se
Efectuaron muchos experimentos, de los que nada saben los hombres, y uno de
aquellos Experimentos fue la creación en la Ciudad de Londres de la Orden
Hermética del Amanecer Dorado, cuyo Verdadero Nombre es Comoedia Quae Pan
Dictur.
EXPERIMENTOS DE
PROYECCION ASTRAL
Aumento del Calor
Alquímico
Así, pasaron dos
años. Alemania y Francia casi se declararon la guerra por un problema con un
cañonero en Marruecos, aunque en el último momento se negoció una inesperada
paz. China se convirtió en una república democrática. Amundsen alcanzó el Polo
Sur y excitó la imaginación del mundo. Sir John, quien cada vez se consideraba
más liberal, se regocijó cuando la Cámara de los Comunes aprobó una ley que
garantizaba la Autonomía de Irlanda, y luego escribió una airada carta al Times
cuando la Cámara de los Lores la rechazó. Un danés llamado Niels Bohr electrizó
a la comunidad científica al sugerir que las discontinuidades cuánticas creaban
el interior del átomo del modelo de Rutherford en forma semejante al sistema
solar; a Sir John le divirtió que la ciencia defendiera finalmente el
tradicional proverbio hermético de que «las cosas de abajo son reflejo de las
cosas de arriba».
Sir John se
convirtió, en muchos aspectos, en un hombre nuevo debido al lento aumento del
calor alquímico basado en el celibato y la magia. Avanzó desde Neófito a
Celador, de Celador a Practicante. Entrenó las asanas, posturas de Yoga que
retorcían el cuerpo del mismo modo que la Cábala retorcía el alma, y emergió de
todo ello con mejor salud, mejor autocontrol y mejor humor que nunca. También
aprendió pranayana, una técnica especial de respiración que parecía vencer las
emociones negativas y mantenerle vagamente eufórico la mayor parte del tiempo.
Sus estudios de la Cábala, bajo la implacable atención de Jones, avanzaron
hasta tal punto que resultaron tan naturales para su mente como las asanas para
su cuerpo; recordaba difícilmente lo confusas y complicadas que le parecieron
ambas cosas en un principio. Sus viajes por el plano astral ampliaron su
conocimiento de sí mismo y de los demás, aunque seguía sin estar seguro de que
aquellas visiones fueran reales o imaginarias.
Una noche se
encontró con Lola Levine en un concierto, mas no se sintió ni aterrado ni
atraído, aunque no le resultara de ninguna ayuda el imaginarse sus muslos y
ligas.
Un día, en el Soho,
revolviendo los estantes de libros usados en una librería, encontró un volumen
titulado Nubes Sin Agua. En aquel tiempo, ya no creía en las coincidencias:
sabía que lo que el ignorante denominaba por ese nombre no eran sino pistas ocultas
que podían ayudar al Adepto en complejas cuestiones espirituales una vez
descifrado su significado. Tomó el libro y empezó a hojearlo.
Un grupo de poemas
se titulaba «El Alquimista» y Sir John recordó, nostálgicamente, su prematuro
sentimiento de total iluminación cuando descifró I.N.R.I. como la alquímica
Igni Natura Renovatur Integra: todo el mundo se rehace por el fuego. Volviendo
las páginas, se detuvo en la quinta estrofa y la leyó:
la eterna fuente,
el raro elixir
De la que el mago y
el sabio han visto con resignación
Su inaccesibilidad.
La encontramos
primero donde Los Dioses hacen hijos.
Sir John observó el
libro con muda sorpresa. No era posible que se refiriese a la perversión que su
mente, avergonzada, había leído en aquellas palabras. Después de todo, no era
un grimorio de Magia Negra, sino una colección de poemas. Volvió a mirar el título
de la primera página:
NUBES SIN AGUA
Editado a partir de
un manuscrito privado
por el
REVERENDO C. VEREY
Sociedad para la
Propagación
de la Verdad
Religiosa
Impresión
particular
Para Circulación
entre Ministros de la Religión
1909
Sir John se sintió
contrariado. Era una tontería por su parte imaginar hallazgos satánicos en un
libro editado por algún presbiteriano escocés. Pero, en cualquier caso, ¿qué
querían decir aquellas líneas?
Sir John estudió
algunas páginas tomadas al azar. Todos los poemas parecían una glorificación
—más bien una santificación— del adulterio. No podía ser. De pronto, se
encontró con una nota a pie de página del Rev. Verey:
Sólo un diccionario
de latín podrá desvelar el completo horror de esta asquerosa palabra.
Sir John volvió la
vista hacia la palabra indirectamente definida, o, mejor dicho, no definida en
lo más mínimo, y la encontró: fellatrix. Se ruborizó; recordó: La encontramos
primero donde los Dioses hacen hijos. ¿Cómo podían imprimirse aquellos conceptos
tan innombrables?
En el soneto VIII
de la secuencia Alquímica, encontró las siguientes líneas:
Ya he enumerado
todos los ingredientes
Para hacer el
elixir de nuestra vergüenza
Preparando vapores
que ascenderán como espiras;
Arderán las
burbujas con pequeñas llamaradas
El elixir de la
vergüenza, lo sabía, era en teología satánica la Eucaristía de la Inmortalidad;
sólo se encontraba en la región pudenda de una mujer de estática sensualidad.
Aquel libro era casi igual que las primeras medio alucinadas visiones de la
corrupta Lola Levine que volvían a acecharle desde aquel texto impreso. Se
dirigió al Prólogo:
«Recibieron en sí
mismos la recompensa de su error».
Así escribió el
gran apóstol hace casi dos mil años; y, seguramente, en aquellos remotos días,
cuando Satanás era visible en la tierra, las palabras tenían un especial y
terrible significado incluso para aquellos que —gracias a Dios por su
inexpresable piedad— se bañaban en la sangre del Cordero y se libraban de las
cadenas de la muerte y el infierno.
Seguramente, esta
terrible historia es un verdadero Signo de los Tiempos. Recorremos los últimos
días, y todas las abominaciones mencionadas por el apóstol se practican
libremente entre nosotros. ¡No! Incluso se jactan y defienden ese espectro del
mal llamado Socialismo.
El terrible drama
con que la desgracia apresa a quien escribe estas horribles sospechas se
extiende de un modo, ¡ay!, demasiado común. Su estudio será valioso para
mostrar el desarrollo lógico del Ateísmo y el Amor Libre.
Bien, aquello al
menos explicaba por qué el Rev. Verey había editado y comentado tan libertino
volumen, aunque no estaba muy claro si realmente comprendía lo que estaba
condenando. Ciertamente, si pensaba que aquellos poemas estabas relacionados de
algún modo con el ateísmo, se equivocado de cabo a rabo.
Sir John volvió a
la sección llamada «El Alquimista» y buscó cuidadosamente para averiguar si sus
especulaciones acerca del «elixir de la vergüenza» eran correctas. Encontró la
respuesta en el soneto X:
Este vino es
soberano contra todos los pesares,
Este es el vino que
beben los reyes de los ángeles
Sintió náuseas. Si
el elixir, el vino, era lo que sospechaba, las viles secreciones de los órganos
de la vergüenza, los grandes «reyes de los ángeles» no eran los del cielo, sino
los del infierno. Leyó un poco más abajo en el mismo soneto:
Una gota levantó a
Attis de entre los muertos;
Una gota detuvo el
movimiento de Osiris;
Una gota; ante el
joven Horus huyen
Pálidos fantasmas,
Tifón... el vino es mío y de ella,
¡Lo poseen los
Dioses! No en parcas gotas
Sino en fuentes de
las que lo extraen
Brotando en chorros
de cristal y cuencos de rubí
Del verdadero trono
y capilla del amanecer.
No era sólo
perversión lo que allí se describía; era el uso deliberado de todos los vicios
parisinos de iniciación al satanismo. Sir John miró algunas de las notas del
Rev Verey a toda prisa:
Lingan: Dios hindú
[!]; el órgano masculino de la generación.
Yoni: Su
equivalente femenino. Los pobres hindúes deben trabajar con todas estas cosas
vergonzosas. ¿Y nosotros? ¡Qué pobre e inadecuado resulta todo nuestro esfuerzo
misionero! ¡Permitidnos dar más, mucho más, a nuestros dolientes hermanos!
Día del Juicio:
¿Cómo podría atreverse el escritor a hablar de este gran día en el que será
condenado para siempre? «El que cree no será condenado».
Bastardos
vendedores de sangre: ¡Cristianos! ¡Oh, Salvador! ¿Vendrás a salvarnos!
El pobre Rev.
Verey, obviamente, no tenía ni idea de lo que representaban aquellos poemas.
Los consideraba como las fulminaciones anticristianas de un ateo, incluso de un
socialista. Era demasiado pueril para reconocer el discurso satánico, la
contrateología que expresaban.
Sir John volvió a
leer el Prefacio, pero no encontró clave alguna acerca de la identidad del
autor de aquellas infames versificaciones, excepto que murió de una «repugnante
enfermedad». Verey añadía:
Quizá seamos
culpados por publicar, incluso en una medida tan pequeña como ésta, tan sucias
y blasfemas orgías del lenguaje humano [valga la expresión], pero estoy
firmemente decidido [y creo que la bendición de Dios alcanza a mi obra] a
despertar a mis compañeros de trabajo en la gran viña a las realidades de la
vida moderna.
Sir John centró su
atención en otro de los poemas y el mundo pareció girar en un remolino
vertiginoso mientras leía:
¡Así, Lola! ¡Lola!
¡Lola! ríe,
¡Y Lola! ¡Lola!
¡Lola! despierta ecos,
¡Hasta Lola! ¡Lola!
¡Lola! gira
El mundo en un
baile de telas blancas y negras
Reluciendo con
claros grises dorados mientras resuena el infierno
¡Con Lola! ¡Lola!
¡Lola! y responde el cielo
¡Con Lola! ¡Lola!
¡Lola! coño
Toda la luz que
agrupan los brillantes diamantes
¡Y Lola! ¡Lola!
¡Lola! tocando
Siempre y para
siempre en los incautos oídos,
¡Y Lola! ¡Lola!
¡Lola! gira
Mi alma por las
incautas esferas
Donde Lola es Dios
y sacerdote y hostia y vino...
¡Oh, Lola! ¡Lola!
¡Lola! ¡mi mística doncella!
¿Podía ser cierto!
¿ Era Lola Levine la amante que había arrastrado a aquel loco poeta al vicio y,
por encima de todo, al satanismo? Pasando las hojas rápidamente, Sir John
encontró a «Lola» poema tras poema, y ningún otro nombre. Pero en el primer
soneto, halló en la última línea una frase en latín que le heló la sangre en
las venas:
Evoe! ¡Iacche!
consummatum est.
Allí estaba: Evoe,
uno de los dos nombres más recónditos de Dios (que Sir John tenía buenas
razones para recordar tras conocer a Lola Levine): Iacche, la forma vocativa de
lacchus, nombre secreto de Dionisio, dios de las orgías: y consummatum est, las
últimas palabras de la Misa. Pero aquel loco poeta sólo podía referirse a la
Misa negra, no a la Misa católica, en aquel enfermizo contexto de ensueño
dionisíaco, perversión y blasfemia anticristiana. Qué torpe fue el Rev. Verey
al imaginarse que aquellos poemas meramente registraban la destrucción de un
hombre apartado de su esposa legal para caer en manos de un amor adúltero; en
ellos se describía paso a paso la iniciación en la obra del Dios Cornudo de
éxtasis sexual: Panurgia, el dios adorado por los paganos antes de que el
cristianismo lo desenmascarase (el Dios de Este Mundo) como Satán, adversario
del invisible Dios Verdadero, más allá de las Estrellas.
Sir John compró
Nubes Sin Agua y se lo llevó a casa para estudiarlo. Aquello podía resultar
importante. Si era verdad lo que sospechaba, tendría que pedirle consejo a
Jones.
DE ARCONO NEFANDO
La memoria recuerda
antes de recordar lo memorizado: recuerda el inexpresable y siempre impensable
hecho de la apoteosis [virtualmente el centro de atracción: un momento tan
vívido como el terror en los ojos de aquel ratón tantos años atrás: sabiendo
que tal terror era el precio de la consciencia del universo del tío Bentley,
pero con cierto sentido de aborrecimiento y rechazo ante la revelación final,
el cataclísmico horror de un detalle tan impensable e indecible que la mente
duda en reconocerlo (recordando en cambio como un continuo retroceso del
tiempo, viéndose a sí mismo tomando Nubes Sin Agua del estante, escribiendo la
irritada carta al Times sobre la Autonomía irlandesa, abriendo la Biblia en la
Epístola de Judas y leyendo la severa advertencia contra los que riesen los
últimos, el invasor espíritu de Ella escribiendo por mediación de su propia
mano, la revelación de Ingenio Numen Resplendet Iacchi, el reciente ataque en
que Ella aparecía bajo la forma de un súcubo para drenar la energía del Vril
mediante el Pecado de Onán Contra Natura, el canto de Pangenitor y Panphage, la
historia de Pound acerca del pobre Victor Neuberg convertido en camello, el
trueno que rompió el espejo mientras se interceptaban los universos material y
astral, la lectura poética en la que ella recitó «¡Te adoro, Evoe! ¡Te adoro,
IAO!», los enanos idiotas que cantaban «Ni esposa, ni caballo, ni bigote», el
juramento de celibato que confirmó tres veces ante los incansables ojos de
Jones, el primer ascenso del Vril al comprender el Igni Natura Renovatur
Integra, la primera cita con Jones, el debate con MacNaughton en la Historical
Review, el horrible regreso a la tentación de matar un ratón y sentir la
experiencia del Pecado consciente, la muerte de tío Bentley, la primera impresión
de las cavernas de los trasgos bajo la Mansión Babcock en su juvenil fantasía,
la bicicleta barata) aunque regresando hacia ese estado a medio camino entre el
sueño y el recuerdo en el que un detalle se convierte en el epicentro del
delirio y la tentación] de ver y tocar y besar otra vez la liga azul, aquellos
lascivos muslos, aquel inexpresable misterio central de creación mediante la
corrupción.
—Es el Bien y el
Mal —dijo Sir John atrevidamente, costándole trabajo encontrar las palabras,
sintiéndose entumecido y apático—. Lo conocemos intuitiva y directamente.
—Es Arriba y Abajo
—decía Lola, burlona—. Lo sabemos intuitiva y directamente... desde antes de
Copérnico. Todo es relativo, ¿lo ves?
¿Era un sueño, una
visión astral... o la realidad? Sir John intentó recordar cómo había llegado
allí, a aquel infame burdel parisino.
—No es relativo
—protestó, sintiendo que quizá sólo hablaba consigo mismo—. Existen los
Abolutos. No debemos cometer Adulterio. No debemos desear a la esposa del
prójimo, o a sus doncellas, o sus ligas. No debemos... —Le fue imposible
recordar los demás Mandamientos. ¿Le habían drogado con opio o hashish?
—Este es el Dios
escondido —dijo Lola mientras el Ermitaño, la Muerte y el Sol, sus cartas,
bailaban a través de extraños e intrincados pasos—. Yod Nun Res Yod. I.N.R.I.
Isis Naturae Regina Ineffabilis. Creatrix, Fellatrix: Venus Venerandum. Leo
Sirtalis. Perditrix naviam, perditrix urbium, perditrix eoren, nupta bellum.
Ligarius, Bragius, Penus, Coñus. Yoni soit qui mal y pense. Comerlo con catsup.
—Cosas húmedas se mueven oscuramente. Ella toma el Crucifijo y se lo inserta
entre los muslos, babeando cerca de la más profunda idiotez, masturbándose
salvajemente.
Era un sueño, sólo
un sueño, después de todo: las cosas son como las hacemos. Encendiendo las
recién instaladas luces eléctricas, Sir John se sentó y escribió todo aquello
cuidadosamente, incluyendo el chapurreo de latín y el francés normando. Isis
Naturae Regina Ineffabilis: Isis, inefable reina de la naturaleza. Algunos
egiptólogos decían que la cruz Ankh, supuesto origen de la cruz cristiana,
mostraba el lingam de Osiris uniéndose al yoni de Isis.
El significado
estaba claro: la Hermandad Negra, después de dos años, se activaba contra él
nuevamente, quizá debido a la compra de Nubes Sin Agua, lo que completaba un
enlace mágico. Bien, ya no era un ignorante Aprendiz; se había convertido en un
Practicante, armado con toda la fuerza de la magia práctica, sin temor.
Tras desayunar, se
tiró de cabeza al corazón de aquel nuevo misterio. No sería engañado por ningún
sueño falsario. El espíritu que le perseguía no era el de Isis, aunque el
símbolo de la «virgen madre» fuera, naturalmente, una alegoría de ain soph, la
luz ilimitada del vacío blanco tras la materia, de acuerdo con la Cábala. Y
Osiris-Jesús, el muerto-y-resucitado hijo queridísimo de la virgen, Madre
Vacío, era el propio Hombre elevándose hacia la superhumanidad por la
disciplina de la magia y el yoga. Pero todo aquello constituía, ocasionalmente,
una engañosa mascarada. El espíritu obsesivo era carnal, sucio, una emanación
de Ashtoreth, el demonio de la lascivia.
Pero el acróstico
seguía alterándole: Yod Nun Res Yod: Isis Naturae Regina Ineffabilis. Internos
Numinosos Recintos Incandescentes. ¿Cuántos códigos con cuatro iniciales
contendría o se le podría obligar a contener? ¿Significa que estamos hecho de
la misma materia que los sueños? ¿O sería más acertado volver a la pragmática
semántica de Humpty Dumpty: «Cuando uso una palabra, significa lo que quiero
que signifique»? ¿Tendrían todos los hombres y caballos del rey el sentido
común necesario para volver a reunirse?
Los ciento catorce
sonetos reunidos en Nubes Sin Agua conformaron una sangrienta historia cuando
Sir John tuvo ocasión de leerlos completos. El anónimo poeta, un hombre casado
que aparentaba andar por la veintena y poseedor de un título universitario, se
encontraba con la enigmática Lola, que apenas contaba con diecisiete. Cautelosa
y lentamente, la mujer le seducía, hasta que el hombre abandonaba a su esposa,
su reputación y su buen nombre para vivir en pecado con ella. Los sonetos
continuaban relatando las alegrías de su ilícito amor, aunque sólo un
estudiante de la Cábala podría descifrar, tras toda la imaginería erótica
eufemística, las actuales prácticas satánicas a las que el poeta parecía
aludir. El cuerpo de Lola se convertía tanto en Dios como en la sacerdotisa y
en el altar de Dios; la divinidad cristiana era denunciada y burlada en líneas
cada vez más amargas. El clero era descrito, vilmente, como «ciegos gusanos» y
«piadosos cerdos»: a lo que el Rev. Verey añadía una nota: «¡Pobres servidores de
Dios! Podemos confortarnos en El: como nuestro bendito Señor, somos capaces de
perdonar».
El clímax llegaba
abrupto y sorprendente. El poeta descubre que ha contraído la sífilis
—«recompensa por su error», comentaba el Rev. Verey— y se sume en la
desesperación, suicidándose con una sobredosis de láudano. El Rev. Verey
concluye el volumen con una advertencia acerca de que el Amor Libre y el
Socialismo conducen a incontables tragedias similares que ocurren todos los
días en Londres, una ciudad a la que parecía considerar tan condenable como la
propia Sodoma.
El soneto que más
impresionó a Sir John fue el VII de la secuencia llamada «El Ermitaño», hablaba
de hechos ocurridos a las pocas semanas de que Lola le apartara de los
parientes y amigos que querían terminar con el ilícito asunto. El poeta
escribía:
te visitaré, allá
donde vayas,
Llorando para que
sufras por mí; tu carne
Se escocerá con mi
contacto cuanto yo te
Envuelva en la red
embrujada
De mi delicado
cuerpo de fuego; ¡oh! sentirás
Mis besos en tu
boca como carbones vivientes
Ni siquiera el Rev.
Verey era tan ignorante en ocultismo como para no comprender aquello o
atribuirlo al Ateísmo y al Amor Libre. Su nota al pie, explícitamente, decía:
«Este desagradable soneto parece referirse a la nefasta práctica mágica de los
viajes mediante el doble astral». Sir John suspiró, recordando sus propios
viajes en el cuerpo de fuego (como se llama al doble astral técnicamente) y su
terrible encuentro con Lola Levine, en el que ella arrastró su cuerpo
inconsciente al indeseable pecado.
Sir John ponderó
todo aquello preocupado durante varios días. Finalmente, decidió que debía
actuar y, cuidadosamente, escribió una carta al Rev. Verey de la Sociedad para
la Propagación de la Verdad Religiosa en Inverness, Escocia. Eligió sus
palabras cuidadosamente:
Mansión Babcock
Greystoke, Weems
23 de julio de 1913
Querido Rev. Verey,
Recientemente he
adquirido una copia de su penoso y terrible libro, Nubes Sin Agua, y me he
sentido muy conmovido por la tragedia que relata.
Antes de continuar,
debo informarle honestamente que no soy, como lo es usted, presbiteriano; pero
soy un fiel cristiano y espero [y confio] ser un devoto y piadoso hombre de
bien. Lo que debo decirle le impresionará y quizá le resulte increíble, pero le
ruego que lo piense profundamente y lo considere antes de desdeñar mi oscura
advertencia.
No sé cómo llegaron
a sus manos los terribles poemas, y comprendo [aunque no lo hartan ciertos
fanáticos] la razón que le llevó a imprimirlos, con un comentario que muestra
los terribles resultados de la vida y filosofía celebrada por el desafortunado
poeta. Sin embargo, no pienso que el libro debiera haber sido publicado, y me
temo que con él hace usted un daño mucho peor que aquel contra el que quería
advenir.
En resumen, soy
estudiante del cabalismo cristiano y, aunque aborrezco con todo mi corazón las
perversiones de la Cábala empleadas por los satanistas, me he visto en la
necesidad de aprender algunas de sus creencias y prácticas. Encontrará que esta
carta resulta difícil de creer, pero el poeta no describe meramente un asunto
de adulterio; de hecho, describe —con cierto código, pero de un modo claro para
los estudiosos de estas materias— la horrible práctica de lo que se denomina
Tantra de la Sexta Mano o sexo mágico; dispositivos, en resumidas cuentas, de
la Misa Negra y el Satanismo.
Le escribo porque
resulta obvio que la maligna mujer que arrastró al poeta a tan tristes caminos
[mencionada en el texto sólo como Lola] debe ser una iniciada de algún culto de
magos negros. Tales grupos, se lo aseguro, no publican sus secretos, ni siquiera
en código: especialmente cuando el código resulta, como en este caso,
transparente para un estudiante de ocultismo cabalístico. Sin quererle alarmar
innecesariamente, creo posible que este culto intente destruir el libro, aunque
su Sociedad sólo lo distribuya entre ministros de la religión, pues empieza a
aparecer en las librerías de saldo [donde encontré mi ejemplar]. Incluso
resulta verosímil que quieran vengarse de usted.
Si no considera
esta carta como las rabietas de un loco supersticioso, le ofrezco mi amistad y
ayuda en el caso de que alguna acción de magia negra sea practicada o tramada
en su contra.
Hasta que tenga
noticias suyas, sólo me queda concluir: Que las bendiciones del Señor le
acompañen, rodéese de gente y protéjase.
Sinceramente,
Sir John Babcock
Tras enviar la
misiva, Sir John empezó a tener serias dudas sobre si un sacerdote escocés
presbiteriano podría, o no, creer en la existencia de logias satánicas en el
mundo moderno. También se preguntaba si habría actuado prematuramente; pero
Jones estaba de vacaciones en Francia y Sir John no tenía ocasión de pedirle
consejo.
Pocas noches
después, Sir John visitó a sus primos, los Greystoke, y se volvió a encontrar
con el siciliano, Giacomo Celine, que parecía estar relacionado con la
meridional rama europea de la familia. De algún modo, la conversación se desvió
hacia las historias de fantasmas cuando el brandy y los cigarros empezaron a
circular.
—El Monje de Lewis
es todavía el libro más sangriento jamás escrito —aventuró Sir John en cierto
momento.
—Pero,
técnicamente, no es una historia de fantasmas —observó el Vizconde Greystoke—.
Es una historia de demonios.
—Naturalmente —dijo
el viejo Celine—. Las historias de fantasmas son ahora mucho peores. El
Frankenstein de la Señora Shelley no es una historia de fantasma, pero creo
que, por lo menos, es tan aterradora como El Monje. Y el joven irlandés de la
compañía de teatro de Sir Henry Irving... ¿cuál es su nombre? Stoker... ha
escrito un libro más aterrador que ninguno: Drácula. Y tampoco tiene nada que
ver con los fantasmas. Los fantasmas son, comparativamente, inofensivos si se
los compara con los horrores reales que puede despertar la imaginación.
—Esto me recuerda
—añadió el mayor de los Greystoke— que hay un cuento que versa sobre algo más
terrible que lo que aquí discutimos... y no trata de fantasmas. Los fantasmas,
después de todo, son sólo humanos muertos, y los humanos ya son bastante malos tal
y como los conocemos, pero una criatura no humana del mal puede hacer que la
sangre se congele en las arterias. Lo no humano está limitado por los rasgos
que incluso los fantasmas comparten con nosotros.
—Así es —agregó Sir
John—. ¿Cuál es el nombre de ese cuento?
—Oh, éste —replicó
Greystoke, rebuscando entre las estanterías—. Si quiere pasar una mala noche,
léaselo antes de irse a la cama. —Le pasó a Sir John un volumen de cuentos
titulado El Gran Dios Pan.
DE MONSTRIS
ACCION SONIDO
EXTERIOR. MANSION
BABCOCK. PLANO MEDIO
La bicicleta barata
está en el jardín. Sir John, de seis años, aparece con una niña, de la misma
edad: él con los pantalones bajados, ella con la falda subida, comparando los
genitales.
Voz de Sir John: «¡Oh, Dios, Jones, esa
cosa...»
EXTERIOR. MANSION
BABCOCK, PRIMER PLANO.
Una estatua de Pan,
riéndose, sobre la cabeza de
Sir John.
Tambores vudú.
EXTERIOR. CIELO SIN
NUBES. PRIMER PLANO.
Un halcón
chillando. Halcón chillando; tambores
vudú.
EXTERIOR. CIELO SIN
NUBES. PRIMER PLANO.
Los ojos de la
estatua de Pan se vuelven y miran a Sir John.
Tambores vudú.
Voz: «Es el poder
del mal que se oculta detrás de todo...»
MANSION BABCOCK.
INTERIOR, COMEDOR. PLANO MEDIO.
El Dr. BENTLEY
BOSTICK BABCOCK y el VIZCONDE GREYSTOKE cenando. SIR JOHN, de doce años, en un
extremo de la mesa. Voz [Dr.
Bentley Bostick Babcock}: Basta con mirar los periódicos: 1900, el rey Humberto
de Italia asesinado; 1901, Bogolyepov, ministro de educación asesinado en Rusia
y el Presidente McKinley asesinado en Estados Unidos; 1903, el rey Alejandro de
Servia asesinado.»
MANSION BABCOCK.
INTERIOR, COMEDOR. PRIMER PLANO.
SIR JOHN escuchando
a los adultos con horror. Voz del Dr.
Babcock: «Les digo que hay una conspiración internacional.»
Salto a:
En la otra parte de
la habitación, en una silla enorme y con respaldo, GIACOMO CELINE, sonriendo
para sí. Está leyendo No el Todopoderoso con el ojo en el triángulo dibujado en
la portada.
Tambores vudú.
Sir John se retiró
a la cama a eso de las once con El Gran Dios Pan y, efectivamente, pasó una
mala noche. Quedó rápidamente convencido de que había descubierto a otro
miembro del Amanecer Dorado, uno que sabía muchas cosas acerca de las sectas
satánicas que trabajaban en contra de la Gran Obra. «Hay Sacramentos del Mal,
lo mismo que los hay del Bien», escribía Machen; y su historia estaba
arriesgadamente cerca de describir los sacramentos del Mal explícitamente.
Lo que resultó peor
para la paz espiritual de Sir John fue que Machen relatase, como ficción, una
terrible historia de la que Nubes Sin Agua podría quizá constituir un capítulo
perdido o una secuela. El Gran Dios Pan hablaba de dos hombres, Clarke y Villiers,
que compartían un interés común por el lado bizarro y misterioso de la vida
londinense; aunque Clarke y Villiers no unían sus fuerzas hasta el final de la
historia, cuando uno de ellos encontraba, trabajando independientemente del
otro, partes de la historia de una extraña y peligrosa mujer, llamada «Helen»
en el texto. En cada capítulo, Clarke o Villiers hallaban a una víctima de esta
mujer, o escuchaban relatos acerca de increíbles eventos que parecían
relacionarse con sus misteriosas actividades. Cuando Villiers y Clarke,
finalmente, cruzan sus investigaciones y empiezan a comparar notas, casi toda
la verdad comienza a emerger, aunque no en su totalidad, pues Machen se
mostraba muy comedido en cuanto a eufemismos indirectos. Lo que quedaba claro era
que «Helen» actuaba en favor del Dios Cornudo, engañando a muchos hombres y
mujeres para llevarlos a innombrables prácticas eróticas... excesos sexuales
que primero conducían al éxtasis y luego a la pérdida de la razón y al
suicidio.
Casi la misma
historia que la de Lola Levine; y Sir John se preguntó si, de hecho, no sería
la misma.
¿Qué porcentaje del
aterrador relato de Machen sería ficción y qué porcentaje realidad ¿Por qué
había publicado Machen, incluso como ficción en la que lo peor apenas estuviera
compuesto por vagas indirectas, tan terribles secretos que era mejor que el mundo
no conociera? ¿Por qué los Amos Secretos de la Orden permitían que Machen
editase tan horrible relato? Sir John empezó a pensar, sin el menor asomo de
humor, que las oscuras advertencias del Rev. Verey presagiaban que el mundo se
adentraba en sus últimos días y que el conflicto entre el Bien y el Mal no
tardaría en desencadenarse. Los Greystoke, que tenían conexiones familiares en
cada departamento del gobierno, parecían preocupados muy a menudo por la
posibilidad de una guerra mayor que cualquiera de las que hubiera conocido el
mundo...
Sir John, a
disgusto, se arrastró de la cama y leyó nuevamente el turbador pasaje de Nubes
Sin Agua en el que el Rev. Verey decía:
Sin vergüenza, la
vieja Serpiente alza la cabeza hacia el cielo; sin vergüenza, la Bestia y la
Mujer Escarlata cantan las blasfemas letanías de su fornicación.
¡La copa de sus
abominaciones debe rebosar!
Es cierto que los
que esperamos la Llegada de nuestro bendito Señor confiamos en que este frenesí
de maldad constituya un signo seguro de los últimos días; El pronto acudirá...
¿Podría ser verdad
que el verdadero objetivo del Amanecer Dorado no fuera meramente elevar la
mente humana hacia la comunicación con la divinidad, sino entrenar guerreros de
Dios para combatir contra las fuerzas de magia diabólica que amenazaban el
planeta? ¿Por qué lo primero que le enseñaron fue aquello de «Temer es fracasar
y el prólogo del fracaso», si los miembros de la Orden no debían esperar,
eventualmente, una confrontación con los más terribles males ni combatir contra
ellos?
Sir John celebró un
fuerte ritual de destierro, se bebió un doble de cognac y volvió a la cama, con
la mente llena de profunda turbación. Sus sueños no fueron agradables.
El Ermitaño portaba
una linterna que le guiaba por un tétrico callejón de algún suburbio de mala
reputación de Londres. Grabados de Hogarth e ilustraciones de Doré para el
Infierno colgaban en las paredes; Oscar Wilde y Lord Alfred Douglas subían de
un sótano musitando incoherentemente: «El amor de Jesús y Juan... El amor de
David y Jonatán... el amor que no se atreve a decir su nombre». El Ermitaño
encontraba a Sir John en el rojo camino de un carruaje y una terrible explosión
lo sacudía todo. «¡Lanzan bombas desde monoplanos!», gritaba alguien. «¡El
Anticristo ha llegado: Noche, el Todopoderoso! ¡Londres está envuelta en
llamas!» Unas voces cantaban la Internacional y los saqueadores cruzaban las
calles portando ligas de color índigo y cajas con figuras que se movían en su
interior. «Probablemente, se trata de algún fenómeno magné-
tico», decía
tranquilizador el viejo Celine. «Indagar Nunca Resulta Irritante».
Y esto es el
horror, dijo Eutaenia Infernalis, y esto es el Misterio que los grandes
profetas plantearon a la humanidad, Moisés, Buda, Lao Tse, Krishna, Jesús,
Osiris y Christian Rosycross; todos aquellos emperentados con la Verdad, y sin
embargo condenados por la maldición de Thoth, siendo guardianes de la Verdad,
causarán la proliferación de innumerables mentiras: pues la Verdad no puede
expresarse con las palabras de los hombres.
Lola cantaba con
voz clara, de alondra, de soprano:
El llanto de la
ramera de calle en calle
Tejerá la tortuosa
colcha de Inglaterra
Sir John, de siete
años, escondido en el armario. Jugaban al escondite. La Coñesa de Salisbury
entra en la habitación. El se acurruca en la parte trasera del armario, detrás
de las enaguas de su madre. La Coñesa abre la puerta y le agarra de la
garganta. El intenta decirle que pare, pero resuella y no puede hablar. Sabe
que es, nuevamente, Lola.
—Has sido un niño
malo —dice Lola—, jugando con ligas azules y con las enaguas de tu madre.
Le arroja al suelo,
donde el Conde Draculatalis salta sobre él y le susurra al oído:
—La verdadera
Eucaristía es la Eucaristía de la sangre, la fuerza lunar desatada sobre la
tierra una vez al mes. Toma y bebe.
Encapuchados, caras
de ojos rojos acuclilladas por el jardín, cantando: «Io Io Io Sabao Kurie
Abrasax Kurie Meithras Kurie Phalle. Io Pan Io Pan Pan Io Ischuron Io Athanaton
Io Abroton Io IAO. Chaire Phalle Chaire Panphage Chaire Pangenitor. Hagios
Hagios Hagios IAO!»
Oscar Wilde, con la
capa de Sherlock Holmes, examina el pene de Sir John con ayuda de una lupa.
—Es muy, muy largo
—exclama solemnemente—, y muy, muy hermoso.
Una forma se
cristaliza en el húmedo aire: una cinta de color azul oscuro con un borde de
oro, un manto de terciopelo azul, un collar de oro formado por treinta y seis
piezas, San Jorge luchando con el dragón...
Y Pan, itifálico y
terrible, levantándose en medio de ellos, curvando Lola su gigantesco e infame
órgano con un obsceno beso.
—¡Charing Cross,
Burlón Cross! —grita el conductor—. ¡Todos los místicos en Charing Cross!
Pero nadie se baja
y Sir John descubre que lleva puestas las enaguas de su madre.
—Sólo un bocadito
del racimo de uvas —rumia la zorra, pero John Peel enciende una gran linterna
resplandeciente con un rayo de sol y Sir John parpadea, estremecido,
despertándose mientras la cálida luz del astro rey se derrama en su dormitorio.
Ha amanecido y la noche y los negros agentes de la noche se han desvanecido en
el aire, en el claro aire.
Sir John apenas
desayunó.
—Una guerra entre
las grandes potencias —dijo el Vizconde Greystoke, extremadamente preocupado,
pocas semanas atrás— destruiría la civilización europea o nos arrojaría de
nuevo a las Edades Oscuras. —¿Era posible que las fuerzas chthónicas y oscuras
de los antiguos cultos paganos, que Lola y los suyos intentaban lanzar de nuevo
contra el mundo, pretendieran tan terrible transformación de lo que había sido
una era de iluminación y progreso? ¿O consideraba el caótico simbolismo del
sueño, una mezcla febril de lo peor de la imaginería gótica y la magia negra,
demasiado literalmente?
Decidió dar un
largo paseo por sus propiedades, meditando sobre una de sus líneas favoritas
del ritual del Amanecer Dorado para el Aprendiz: «Trabajamos igualmente bajo
las formas de pájaro y bestia y flor a través de las cuales la belleza se
manifiesta en el mundo material». Sus ojos se abrían mientras repetía la frase
una y otra vez: cada pájaro parecía recordarle que Dios era bien, que incluso
en aquel plano de imperfecta existencia material la Divina Gloria los bañaba
con visiones espirituales. El ciervo era la alegría de Dios, los árboles Su
piedad, los arroyos Su interminable amor.
Un pavoneante
petirrojo se posó en el suelo junto a él y Sir John le miró con afecto. Aquella
criatura, descubrió repentinamente, era para él más alienígena que los
marcianos imaginados por la fantástica ficción de H.G. Wells, consciente, como
él, con su propia inteligencia. ¿Cómo podemos vivir entre tantas maravillas y
ser tan ciegos ante ellas? Sir John recordó el Gran Salmo: «Los cielos declaran
la gloria de dios y la tierra muestra Su obra.»
Vio entonces dos
zorros copulando y se ruborizó, apartando los ojos de la tentación de
libidinosos pensamientos. Debemos amar la belleza de este mundo, es regalo de
Dios, se recordó, pero no debemos olvidar nunca su perdida naturaleza ni dejar
que nos seduzca al ver la belleza del mundo espiritual de lo que todo esto no
es más que burda sombra. Por obra de la naturaleza se caía en el error de los
sensualistas y los satanistas, como la «Helen» de El Gran Dios Pan.
Sir John volvió a
tomar el volumen en cuanto llegó a la biblioteca y leyó otros dos cuentos
macabros de Machen, El Sello Negro y El Pueblo Blanco. Ambos trataban de
antiguas leyendas celtas del pueblo de las hadas, pero no del modo sentimental
que estableciera Shakespeare en El Sueño de una Noche de Verano y La Tempestad,
y que era copiado infantilmente por todos los escritores desde entonces. Machen
seguía los conocimientos modernos de los campesinos de Irlanda y Gales, para
quienes la «gente pequeña» no estaba compuesta por seres benignos sino por una
terrible raza inhumana de trasgos malignos que tentaban al hombre con visiones
de belleza y sublime maravilla sólo para llevarle al reino de la irrealidad,
cambiando a quiméricas formas, formas informes, distorsiones del tiempo y
pesadillas, de las que muy pocos volvían totalmente cuerdos. Sir John, que
había estudiado aquel saber en sus investigaciones acerca de los mitos
medievales, descubrió que lo que Machen decía del pueblo de las hadas estaba
tan lejos de contentar las creencias de los campesinos como las encantadoras
fantasías de otros narradores. Los irlandeses, se acordaba Sir John, llamaban a
las hadas la «buena gente», no por amor o respeto, sino por temor, pues
aquellos diosecillos eran famosos por los castigos que infligían a quienes los
despreciaban. Las hadas, Machen lo había comprendido obviamente, eran
habitantes de la Capilla Peligrosa que ocasionalmente salían del reino astral y
adquirían apariencia temporal en nuestro mundo material. De hecho, la «Helen»
de El Gran Dios Pan primero se le aparecía a Clarke en Gales bajo la forma de
un niño que jugaba alegremente con una de esas terribles criaturas.
Sir John consideró
largamente todo aquello; cuando recibió el correo diario, vio que contenía una
carta del Rev. Verey, de la Sociedad para la Propagación de la Verdad
Religiosa, Inverness, Escocia. Abrió el sobre, desgarrándolo rápido y nervioso,
y leyó:
Sir John Babcock
Mansión Babcock
Greystoke, Weems
Querido Sir John:
Debo agradecerle
sinceramente, como Hermano en Cristo, el entendimiento y compasión expresado en
su reciente carta. En caso de ayuda, nuestras diferencias teológicas carecen de
importancia —no soy un fanático a la antigua usanza, espero— y reconozco a todos
los verdaderos cristianos [entre los que no se incluyen los condenados
papistas] como iguales en la Viña de nuestro Bendito Señor.
Para llegar al
punto central de la cuestión, le diré que no estoy ni sorprendido ni me muestro
incrédulo sobre sus opiniones acerca de los viles sonetos de Nubes Sin Agua.
Efectivamente lo único que me sorprende es mi propia ceguera por negarme a ver,
de entrada, la completa extensión de los horrores que allí se exponen. Habrá
comprendido, estoy seguro, mi falta, de habilidad original para aceptar lo
obvio si confieso que el poeta que escribió tan lascivos versos fue [¡ay!] mi
pobre hermano menor, Arthur Angus Verey, cuya total depravación no me demoro en
admitir, incluso para unirla a la terrible evidencia de su apostasía y herejía.
También es verdad
que Arthur se burlaba de nuestra sagrada religión continuamente tras asistir a
la maldita Universidad de Cambridge [totalmente en manos, como debe usted
imaginar, de hombres cuyos ateísmo y socialismo son cuidadosamente escondidos
para no despertar el escándalo público], pero yo, Dios me perdone, fui tan
inocente, tan indulgente con mi hermano que me negué a admitir que la joven
rebeldía de Arthur le acabaría llevando mas allá del superficial Libre
Pensamiento de los «Intelectuales» de nuestro tiempo, hasta arrojarle en los
pozos del Satanismo. Después de su suicidio, cuando los poemas llegaron a mis
manos por mediación del procurador de nuestra familia, me negué a entender que
la burla de Jesús [y del clero de nuestra sagrada religión] era no sólo la de
un escéptico, sino la de un satanista. Si tiene usted un hermano menor de
despierto intelecto y naturaleza errática, quizá comprenda mi locura y mi
ceguera sentimental.
Bien, señor, éstas
son historias antiguas, y ahora pago el precio de mi error con intereses de
usura. No cabe duda de que las fuerzas diabólicas han lanzado un ataque contra
mi iglesia, mi familia y yo mismo. Las cosas que han pasado por aquí
últimamente harían que los «adelantados pensadores» se me rieran en la cara y
los alienistas pretendieran encerrarme en un asilo, si estuviera tan loco como
para hablar de todo ello en esta era de materialismo. La enorme Criatura con
alas de murciélago, en especial... no, no quiero alarmarle, sino
tranquilizarle.
Mientras permanezca
abiertamente asediado, nada temeré. «Aunque cruce el valle de las sombras de la
muerte, no temeré mal alguno: porque Tú estás conmigo». [Salmo 23] En nuestro
mundo vuelve a haber cosas sin nombre, no sólo en las cloacas de Londres sino
incluso aquí, en el puro aire de Escocia, pero confío toda mi protección en la
roca de la Fe y en la eterna presencia de nuestro Señor. Siento demasiado apego
sentimental por esta vieja iglesia y el hermoso paisaje montañés [al que he
dedicado sesenta y dos años de mi vida] para dar media vuelta y alejarme de
estas fuerzas que se alzan contra el Todopoderoso; ¿acaso no ha sido claramente
predicha su desgracia, lo mismo que el triunfo final de Cristo, en la
Revelación? Rezo; seguiré seguro mientras tenga fe; y no me dejaré llevar por
el pánico aunque todo esto me veje y me conmine.
Sin embargo, le doy
las gracias por su oferta de ayuda y confio en que me recordará en sus
plegarias.
Sinceramente suyo,
Rev. C. Verey
P.D. No considero
adecuado que los cristianos se mezclen con las artes judías [y por ello no
cristianas] de la Cábala. Quizá usted mismo necesite más ayuda que yo.
—¡Maldito loco!
—exclamó Sir John en voz alta. Pero, volviendo a leer la carta con mayor
lentitud, se vio extrañamente impresionado por la sencilla fe del hombre y su
bravura carente de pretensiones. Vejaciones, ataques y aquella Criatura «con
alas de murciélago» no harían que resultase muy confortable vivir en una
solitaria y vieja iglesia de Loch Ness.
Sir John se sentó,
procurando calmarse, y escribió una nueva carta menos ardiente y con más tacto
al Rev Verey. Apuntaba que su oferta de ayuda quizá pareciera un tanto
presuntuosa; reconocía el poder de la fe para mantener lejos a los agentes de
la oscuridad y el Caos; alababa el valor de Verey, no demasiado vehementemente,
para evitar cualquier sospecha de adulación; y luego iba directo a lo
importante. Explicaba su interés en los problemas de Verey como parte de un
proyecto más amplio de investigación, en el que intentaba descubrir el ámbito y
poderes de los cultos de magia negra en el mundo moderno; luego, más
retóricamente declaraba que un libro sobre aquel tema, como el que confiaba
escribir, podría «revelar a la cristiandad las actividades actuales del Antiguo
Enemigo que se estaba olvidando»; rogaba que le facilitase detalles específicos
de los problemas que acaecían en la casa de Verey y sus alrededores.
Cuando Sir John se
dirigía a enviar la carta por correo, sintió el frío mordisco del aire y su
humor empeoró. No era realmente acertado, quizá, meterse en ningún tipo de
asunto sin que Jones le diera consejo al respecto. Si ocurría algo realmente
serio, no tendría modo alguno de contactar con los oficiales de la Orden,
excepto a través del apartado postal de Londres, lo que no resolvería nada en
menos de una quincena. Sería ciertamente humillante recurrir a Yeats. Aquello
le descubriría como un torpe principiante involucrado en cuestiones tan
lóbregas que se veía forzado a violar la regla acerca del contacto entre
miembros conocidos de la Orden para buscar ayuda. Ante el buzón, reflexionando
sobre su mal humor, Sir John empezó a pensar que se encontraba bajo ataque
psíquico, y que la voz que desde su interior le dijo que dejara aquel asunto no
era sino una presencia que quería asustarle y apartarle de su verdadero deber.
«Temer es fracasar», recordó una vez más, y metió la carta en el cajetín.
Sobre él estalló un
súbito trueno.
Coincidencia, se
dijo, coincidencia...
Pero sabía que
«coincidencia» era una palabra empleada por los locos para escudarse del
reconocimiento del mundo invisible que a menudo cruza y altera el universo
visible.
DE CAECITIA HOMINUM
ACCION SONIDO
INTERIOR. COCINA DE
JOYCE. PLANO MEDIO.
BABCOCK cuenta
su historia.
JOYCE y EINSTEIN
escuchan fascinados.
Un trueno.
EXTERIOR. EL CIELO
ANTES DE AMANECER.
Nubes oscuras. Otro trueno.
INTERIOR. COCINA DE
JOYCE. PRIMER PLANO.
JOYCE aterrado. Débiles tambores vudú.
El miedo al trueno
como origen de la religión: la teoría de Vico, con más de doscientos años de
antigüedad. Los primeros hombres, acurrucados en las cavernas, temblando ante
el fuerte rugido de una fuerza que no pueden comprender. Miedo al Señor: el
verdugo Dios de Roma y este Rev. Verey. Y, desde la niñez, la voz de Mrs.
Riordan: «El trueno es la ira de Dios para los pecadores, Jimmy».
El Signore Popper
en Trieste preguntando por qué todavía tiemblo al oír el trueno: «¿Cómo puede
un hombre de tanto valor moral como usted estremecerse por un simple fenómeno
natural?» Incluyelo en el libro. Einstein o Hunter, le llame como le llame,
decírselo a Stephen: fenómeno natural. F.I.A.T.
¿Qué contestarle a
Popper? «Usted no se ha educado como irlandés católico». El bocado del saber.
El martillo de
Thor: los nórdicos lo temían. Rugiente rumble-rumble. «La ira de Dios para los
pecadores, Jimmy». Merde. Le mot juste de Canbronne. Cabrónburrumm bum.
Una pesadilla de la
que la humanidad ha de despertar. Empezó cuando el primer mono Finnegan o
Goldberg se asustó de El Que Truena Desde Lo Alto. «El miedo es padre de los
dioses»: Lucrecio, Panphage, efectivamente. Ya lo dije: no serviré. Brillante
estrella, hijo de la mañana, hombre parecido a un halcón ascendiendo del
laberinto:
Donde se acuclillan
y reptan y oran
Yo sigo en pie,
autocondenado, sin temor.
No: no me
aterrorizarán hasta el punto de que me someta. Al diablo con el pangenitor, la
panurgia y el panphage: que el gran panchestron, Natural Phenomemon, me sea
ahora y siempre muy útil.
Intenté amar a Dios
una vez, en la adolescencia, y fallé. Intenté amar a una mujer, cuando quise
alejarme de aquellas cosas infantiles, y triunfé. Léeme ese acertijo. Buscamos
el misterio.
Pero: fuera del
Loch Ness, recorriendo Europa, la antigua Tentación me busca aquí. Líneas del
mundo, cruzándose, intersecándose: Monstruos cornudos: Shakespeare, yo, el
verdulero que baja por la calle. Fuera del Loch. «El vicario dice 'Gracioso'?».
Einstein o Hunter o
le llamaré como las Sirenas de la taberna. «¿Es el Hermano Ignatius?»
Dos. Tres. Cuatro.
Carrillones de Fräumünster diciéndonos que en tiempo lineal se ha pasado la
mañana. Hans saliendo de la cama de la mujer del amante de su esposa: hay más
de un monstruo civilizado.
Quizá veo más
porque tengo los ojos enfermos. La ceguera es la forma más elevada de visión:
otra paradoja. Inagotable modalidad de cosas percibidas con la doble visión.
Paradox, pun, oxymoron: y todos los toros de Irlanda están preñados. Ed eran
duo in uno ed uno in duo, provocando guerras desde hace ocho siglos: apresado
para siempre en las palabras de Dante. Dos en uno, uno en dos. Fuertes ardores:
ligas azules.
El Evangelio según
Joe Miller. Serás Pretrificado: Roca de los Tiempos. Una frase liada para
alguien que no hable latín, aunque aquí hacen retruécanos hasta las putas,
poniéndose colorete con metátesis. Hay líneas del mundo y líneas del mundo.
DE CLAVICULA
SOMNIORUM
ACCION SONIDO
EXTERIOR. MONTAÑAS
ESCOCESAS. PLANO EN MOVIMIENTO.
La CÁMARA traza una
panorámica por una montaña densamente poblada de árboles.
La película ha sido
editada a tirones, un efecto nervioso, que afecta a todo el mundo. Voz de Lola [cantando]:
«Sobre la libre
montaña
Bajando por la
cañada
Sin atrevernos a
cazar»
EXTERIOR. PRIMER
PLANO CORTO.
Cara sonriente de
la imagen de Pan. Voz de Lola:
«Por miedo a los
hombrecillos.»
Tomó el Diario
Mágico, la rutina cotidiana de registrar cada sueño convertida en hábito, y
descubrió que no podía expresar ninguno de los fragmentos que todavía le
quedaban en la mente del sueño de la noche precedente. Escribió:
Un sueño muy
extraño, que parece culparme por la muerte de mi padre y que aunque sugiere un
parricidio es, simbólicamente al menos, parte de la iniciación. Todo ello
mezclado con Mamá Ganso y la Orden de San Jorge.
Cuando bajó a
desayunar se encontró con que en el correo de la mañana venía una carta, en
apretada escritura, de la Sociedad para la Propagación de la Verdad Religiosa.
La abrió inmediatamente y leyó:
Querido Sir John:
«Se pierde el
orgullo ante una. caída.».
¡Cuán profundas se
hacen cada año que pasa, las palabras de la Sagrada Escritura y qué endebles e
inseguros mis propios razonamientos humanos!
Admito que,
finalmente, estoy verdaderamente asustado.
Confesar tal miedo
es una humillación mayor de lo que usted pueda imaginar; al menos, para un
escocés de pura cepa como yo..
Le suministro la
información cronológica que me pedía: Supongo, en cierto modo, que la verdadera
nube del mal empezó a acumularse sobre mí tan pronto como imprimí el maldito
volumen de blasfemos versos de mi hermano. Nuestro monstruo local —«Nessie»,
como lo llaman los aldeanos— nunca ha estado tan activo como en los cuatro años
pasados desde la aparición del libro. Donde, en otros tiempos, la gigantesca y
serpentina forma sólo se detectaba raramente —casi siempre por personas cuya
sobriedad era, cuando menos, cuestionable—, en la actualidad, el monstruo del
Loch aparece cada vez más con mayor frecuencia, y es visto por muchas personas,
y grupos de personas, que pueden tenerse como de reputación intachable y
carácter sincero. Como quizá sepa, el asunto de Nessie no constituye más que un
oscuro rumor en estas Montañas aunque sea considerablemente discutido en los
diarios del Reino Unido y, por lo que he oído, incluso del Continente. Puesto
que mi iglesia mira al Loch —está situada donde el Río Ness se une con el Loch
Ness— no resulta saludable, se lo aseguro, quedarse despierto por las noches
preguntándose lo que habrá allí y por qué se mostrará tan activo últimamente.
En 1912 ocurrió el
espantoso caso del chico de los Ferguson: Murdoch Ferguson, de diez años, quien
literalmente enloqueció cuando volvía a su casa un atardecer. Me apena decir
que el muchacho no ha vuelto a ser el mismo desde aquella experiencia, aunque sus
padres le han llevado a la consulta de muchos doctores, todavía padece
frecuentes pesadillas, parece abstraído o perdido en sus pensamientos la mayor
pane del tiempo y se niega en redondo a salir de casa cuando llega la noche. Le
digo todo esto porque temo que podría usted echarse a reír cuando sepa lo que
el muchacho dice que vio. Se trata de una de esas criaturas que lo celtas
llaman el «pueblo diminuto» o simplemente «hadas». El joven Murdoch insiste en
que tenía la piel verde, las orejas puntiagudas, que no mediría más de tres
pies y que sus ojos brillaban con una extraña fosforescencia de maldad. Tan
terrible resultó la maligna mirada que durante toda la noche de la experiencia
el muchacho fue incapaz de dejar de temblar hasta que el médico de cabecera le
dio un fuerte sedante [opio, creo].
ACCION SONIDO
EXTERIOR. GRANJA
ESCOCESA. PLANO LARGO.
MURDOCH corriendo. Tambores vudú.
EXTERIOR. LO MISMO.
PLANO MEDIO.
Una pequeña
silueta, de espaldas a la cámara,
viendo correr a
MURDOCH.
Tambores vudú.
EXTERIOR. LO MISMO.
PRIMER PLANO.
La pequeña silueta
se vuelve súbitamente hacia la cámara: sólo vemos unos ojos brillantes en un
rostro oscuro.
El Vals de La Viuda Alegre.
El incidente
ocurrió en la cañada que hay justo detrás de la iglesia. Naturalmente, en cada
pueblo de Escocia [y de Irlanda] se informa de demenciales encuentros
ocasionalmente, y estoy seguro de que muchos de ellos son, como diría un
psicólogo ateo, autoinducidos por el engaño de los viejos cuentos
tradicionales. Pero el joven Murdoch me pareció siempre un muchacho de
inteligencia superior a la normal, mente aventurera y estabilidad emocional.
Ahora es un caso de neurastenia, y sólo puedo creer que algo terrible debió
acosarle aquella tarde.
A continuación
llegó el siniestro caballero Oriental vestido de negro. No es nada concluyeme,
pero, por alguna razón, me turba. Este personaje —que puede ser chino o
japonés, pues hay cierta disputa entre los que se lo han encontrado— llegó a
Inverness un mes después del incidente del chico de los Fergusson y la criatura
encantada. Visitó, por lo menos, a dos docenas de familias, llegando siempre de
noche y en un carruaje negro. Vestía ropa occidental, totalmente negra, y
hablaba cierto tipo de inglés que no pertenecía ni a las clases altas ni a las
bajas: sin acento, un inglés casi mecánico o eso dijeron los testigos.
Siempre preguntaba
cómo ir a mi iglesia y, una vez informado, se entretenía un rato inquiriendo
cosas vanas y aparentemente sin importancia sobre mí mismo, mi esposa y mi
hermano mayor, Bertran. Al despedirse, aquel pagano vestido de negro siempre
decía lo mismo con su peculiar estilo: «Mal le vaya a quien mal desea». La
parte más extraña de toda esta historia es que aunque siempre preguntaba cómo
llegar a mi iglesia, nunca se acercó a ella, por más que visitara las casas de
los alrededores durante cosa de dos meses.
Lo más raro, no
obstante, es que, aunque casi todo el mundo a quien visitó el Oriental vio el
carruaje negro claramente, nadie lo vio por los caminos ni de noche ni de día.
Era como si él y el carruaje se materializaran para cada visita y se
desmaterializaran a continuación... aunque sé que esto suena como si hubiera
dejado volar mi imaginación.
[Incidentalmente,
le quedaría muy reconocido si pudiera informarme acerca de si la misteriosa
frase «Mal le vaya a quien mal desea», tiene algún sentido en magia blanca o
negra, además de ser el motto de la Orden de San Jorge.]
Sigamos: en los
últimos seis meses, desde que el espectral Oriental dejó de rondar por estos
lugares, se han recogido informes acerca de una enorme criatura con alas de
murciélago, y brillantes ojos rojos, que ha sido vista en los alrededores de mi
iglesia, durante la noche. Creo que, por ahora, el número de personas que dicen
haber visto a la criatura es de unos veinte. Ciertamente, uno puede argumentar
o intentar argumentar que, en el ambiente creado por las apariciones de Nessie
en el Loch, la experiencia del muchacho de los Ferguson y el atezado Oriental,
algún tipo de histeria podría haberse aposentado en la región y la gente es más
propensa a los rumores y los atropellos psicológicos.
¡Ay, ojalá fuera
así! Yo mismo he visto a la gigantesca criatura de alas de murciélago... una
vez con certeza y, otra, muy probablemente. El último incidente fue tan sólo un
aleteo y una gran sombra... quizá, tan sólo un halcón excepcionalmente grande.
[Pero, por mi palabra de honor, nunca he visto ni oído hablar de un halcón de
tal envergadura...]
ACCION SONIDO
EXTERIOR. CASA DE
LOS VEREY. PLANO SUBJETIVO. [DESDE EL PUNTO DE VISTA DE VEREY]
La CÁMARA se dirige
hacia un pozo. Pasos.
Voz de Verey: «La
siguiente vez fue más claro, pues había salido con una linterna para acercarme
al pozo.»
EXTERIOR. GRANJA.
PRIMER PLANO SUBJETIVO. [DESDE EL PUNTO DE VISTA DE VEREY]
Una enorme
criatura-halcón desciende en picado
hacia la cámara.
Voz de Verey: «Y la cosa descendió y voló
a menos de un pie de mi cabeza.»
Me preocupa que
usted añada un detalle más a mi imaginación: pero el hecho es que pensé oír su
risa disimulada con una voz cercana a la de la humanidad.
Si no fuera por mi
amor hacia las Montañas, sus cañadas y colinas, creo que accedería a las
insistentes demandas de mi esposa, Annie, y me iría a una zona más urbana y
menos solitaria. En la actualidad, incluso mi hermano mayor, Bertran, un
veterano con treinta años de servicio en el ejército, donde es considerado como
un hombre de valor férreo, ha empezado a mostrarse de acuerdo con Annie y ya ha
sugerido varias veces que abandonemos este abominable lugar.
Le ruego que me
recuerde en sus oraciones.
Rev. C. Verey
¿Puede un hombre
convertirse en camello? La pregunta que apenas dos años antes parecía un
completo absurdo resultaba terrible al estudiarla en aquel momento, aunque no
dejase de sonar ridícula. El maligno «pueblo diminuto» cuyo contacto tenía el
poder de interrumpir totalmente el funcionamiento normal del cerebro humano,
aboliendo el espacio y el tiempo que conocemos... la Criatura tantas veces
vista en Loch Ness... una monstruosidad con alas de murciélago que se ríe con
voz humana... Sir John releyó varias veces la carta de Verey, con creciente
aprensión y disgusto. «La mente tiene tanto un aspecto racional como
irracional», le dijo Jones, mucho tiempo atrás, y Sir John llevaba vistos a
muchos irracionales habitantes de la Capilla Peligrosa como para temer su
poder, aunque supiera que no dejarían pasar la ocasión de penetrar en el
universo material y alterar sus leyes completamente.
Sir Walter Scott
escribió acerca de aquellas criaturas en sus famosas Cartas sobre Brujería, y
Sir John recurrió una y otra vez a la frase de Scott sobre «la multitud que
nunca descansa». Finalmente, acudió a la biblioteca en busca del pasaje. Scott
explicaba que «encanto» significaba originalmente ilusión, como sabía cualquier
filólogo, y hablaba acerca del modo abrupto en que el encanto podía convertirse
en súbito horror en manos de aquellas criaturas... como le había pasado al
pobre muchacho Ferguson. Scott escribía:
Los jóvenes
caballeros y las hermosas damas se ven a sí mismos [cuando el encanto permanece
oculto] retorcidos y odiosos. Los majestuosos salones se convierten en
miserables y húmedas cuevas... todas las delicias del Elfin Elysium desaparecen
a la vez. En una palabra, sus placeres se muestran totalmente insustanciales
—la actividad es incesante, pero sin fruto ni aliciente— y su condena parece
consistir en la necesidad de mantener la apariencia de industria y disfrute,
aunque su esfuerzo sea vano y sus placeres sombríos e insustanciales. Antiguos
poetas los describieron como «la multitud que nunca descansa». Además del
incensante e inútil atareamiento en que parecen vivir sus almas, tienen
propensión a resultar desfavorables y desagradables para los mortales.
Sir John recordaba
su primer contacto con la «multitud que nunca descansa». A medio camino entre
el sueño y la visión astral: la inmensa, incomprensible maquinaria, el
incesante musitar de frases sin sentido... «Mulligan Milligan Hooligan
Halligan» y todo lo demás. La Cabala se refería a ellos como entidades
qlifóticas: las almas de los que han muerto locos; la teología cristiana
ortodoxa sencillamente los etiquetaba como demonios; en Tíbet eran conocidos
como Tulpas, y usualmente aparecían vestidos totalmente de negro, como el
misterioso «Oriental» que acudió a Inverness para hacer preguntas acerca de la
casa de Verey; entre los indios americanos sus nombres eran alias o avatares de
Coyote, el dios bromista, o del misterioso «pueblo de las estrellas»; no parecían
formar parte de la Tierra, en la que sólo se les mencionaba en horribles
cuentos de humor negro, constituyendo apenas un mito para aquéllos que no se
habían encontrado personalmente con ellos.
Sir John recordó
repentinamente que la palabra «pánico» se derivaba del nombre del dios griego
Pan; y que los antiguos creían que cualquier encuentro con El o Su cohorte de
sátiros y ninfas —la multitud que nunca descansa— conducía más a la locura que
al éxtasis, o un éxtasis que concluiría en la locura.
La antigua y
tradicional balada «Thomas el Bardo» acudió a su mente, pero no le pareció
agradable, sino profundamente siniestra:
¿No ves el camino
que serpentea
Mientras los
vientos recorren la cañada?
Es el camino al
País de las Hadas
Donde tú y yo
llegaremos esta noche.
Tenía en mente que
William Blake, el poeta, explicó sobriamente a sus amigos que una vez vio una
procesión de hadas en su propio jardín; que Sir Walter Scott informaba de un
hombre a quien describía como «estudioso y caballero» que insistía en haber
visto «anillos de hadas» —círculos de hongos donde la gente dice que acuden a
bailar— y observado en ellos huellas de pequeñas pisadas; que el folclorista
Rev. S. Baring-Gould juraba haber tenido un encuentro, en 1838, en el que
«legiones de enanos de unos dos pies de alto» rodearon su carruaje mientras
correteaban por todas partes riéndose, hasta que se «desvanecieron en el aire»
del modo habitual; y que tan recientemente como en 1907, Lady Archibald
Campbell contaba el caso de un hombre y su esposa, en Irlanda, que capturaron
un «hada» y la mantuvieron presa durante dos semanas antes de que escapara.
Pensó: ¿He de
considerar todos estos casos como 'alucinaciones'?; y recordó los miles, los
cientos de miles de informes similares procedentes de todos los tiempos y
lugares: el Pies Grandes de Canadá, el Abominable Hombre de las Nieves del
Himalaya, las grandes criaturas aladas de miles de tradiciones populares: la
enorme compañía negra de descorazonadores seres (o la increíble variedad de
formas con que la «multitud que nunca descansa» puede manifestarse ante la
consciencia humana, cuando la membrana entre el mundo visible y el invisible se
desgarra temporalmente y Ellos se pavonean y bailan y bromean y se ríen desde
su realidad a la nuestra). Recordó su propia experiencia cuando el peor de
Ellos, el bisexual Baphomet, el Dios Odioso, rompió contacto con él: ¿el trueno
que rompió el espejo fue sólo una «coincidencia» o el desgarro de la membrana y
la apertura de la puerta entre los mundos?
Recordó también el
gran punto ciego del siglo dieciocho, la cacareada Edad de la Razón, cuando la
ciencia, incapaz de explicar los meteoritos, declaró dogmáticamente que no
existían los meteoritos; y cuando los meteoritos siguieron cayendo y eran
informados por granjeros y obispos y buhoneros y amas de casa y filósofos y
comandantes y miles de testigos independientes, incluyendo entre ellos a
distinguidos científicos, los miembros de la Academia Francesa y la Real
Sociedad Científica despreciaron todos y cada uno de los informes tachándolos
de bromas o alucinaciones; pensaba, incluso hoy continúan las actividades de la
multitud que nunca descansa, pues se reciben informes semanales de un lugar u
otro en la prensa diaria y son investigados con meticuloso cuidado por la
Sociedad de Investigaciones Psíquicas. Era imposible resistirse a creer en la
carta de Verey: aunque el enano y el pretendido «Oriental» de negro e incluso
la Cosa con alas de murciélago que se reía fueran sólo encantos, fantasmas,
ilusiones, si la fuerza, la maligna inteligencia que había detrás de aquellos
fenómenos era algo a lo que la humanidad se enfrentaba desde antes del amanecer
de la historia no se podría, nunca, escapar.
Desde sus primeras
investigaciones sobre magia medieval, Sir John había dudado entre la creencia,
la pretendida creencia, el escepticismo y el pretendido escepticismo. En
aquellos momentos no podía seguir resistiendo el ser un acomodaticio creyente.
El Gran Dios Pan estaba todavía vivo, dos mil años después de que la
cristiandad Le hubiera reconocido y denunciado como el propio demonio; y sus
parientes y amigos seguían activos entre nosotros, aunque se mantuvieran tan
invisibles para las opiniones educadas como los meteoritos a las inteligencias
de la era de Voltaire.
ACCION SONIDO
EXTERIOR. LOCH
NESS, CREPUSCULO. PLANO EN MOVIMIENTO.
Una panorámica de
las aguas agitadas por la
tormenta. La cámara
parece perseguir a cada una delas olas.
Algo se mueve en el
agua.
Fundido rápido.
Tambores vudú.
Corte a:
PRIMER PLANO.
Locutor de TV [el
mismo actor de la secuencia
previa de TV] se
sienta a una mesa con aspecto
macabro, mirando a
la cámara, retrocediendo el
plano lentamente
hasta alcanzar un PLANO MEDIO. Narrador:
«Los informes acerca de misteriosos enanos humanoides se encuentran en el
folclore y las leyendas de todo el mundo, y todavía siguen apareciendo. ¿Qué
podemos deducir de todo eso? La ciencia no puede responder, pero tenemos en
nuestro estudio a un hombre que lleva muchos años dedicado al estudio de este
tema...»
Panorámica a:
JOHN LEEK, un
escritor sincero, con gafas, calvo y de unos cuarenta y pico años.
Narrador: «Mr. John
Leek, autor de Este planeta acechado, Hombres de Negro y 3000 años de
OVNIs. Mr.
Leek, ¿cree usted en estos... eh...
Humanoides?
La CAMARA se
desplaza a un PRIMER PLANO de Leek. Leek:
«No es cuestión de creencias. Es un frío hecho que estas criaturas han sido
descritas con detalles virtualmente idénticos por todas las sociedades
históricas.»
Plano al Narador. Narrador: «Cree usted que son extraterrestres?
Plano medio:
Narrador y Leek. Leek:
Extraterrestres, extradimensionales,
viajeros del
tiempo... podrían ser muchas cosas.»
Narrador: «Pero,
¿básicamente son los mismos OVNInautas citados por los actuales
contactados?»
Leek: «Oh, sin la
menor duda. Con la Era de la Ciencia, han cambiado de juego.
Ocasionalmente, en
la actualidad, pretenden viajar en artefactos mecánicos, para ajustarse a la
idea de extraterrestres... pero desde un punto de vista escéptico, debería
decir que las naves se mueven de un modo absolutamente ajeno a
cualquier nave
mecánica. Básicamente,
manipulan nuestras
mentes, no nuestra realidad
física.»
Primer plano:
Narrador. Narrador: «¿Tiene usted alguna
evidencia concreta de que sean las mismas criaturas que se
mencionan en las
tradiciones folclóricas
antiguas?»
Primer plano: Leek. Leek: «Bueno, aquí tengo un dibujo de una
de estas Inteligencias Enochianas, invocada mediante las Claves Enochianas del
Dr. John Dee. El dibujo fue realizado por Aleister
Crowley, tras
invocar al Ser. ¿No es idéntico a los ONVInautas registrados por los miles de
contactados de los
últimos tiempos?
PLANO MEDIO:
Narrador y Leek. Narrador: «¿Y usted cree
que nuestras mentes ven lo que Ellos desean que vean?»
PRIMER PLANO: Leek. Leek: «Así es. Son nuestros
Manipuladores. Nuestra realidad es lo que ellos quieren que sea.»
PRIMER PLANO:
Narrador. Narrador: «Naturalmente, la
teoría es muy interesante, Mr. Leek. Conoceremos otro punto de vista, el del
Dr. Carl Sagan, después del
mensaje de nuestro
patrocinador.
P. Mencione una
fuente académica que, al menos, intente apoyar los exagerados puntos de vista
de Mr. Leek.
R. «En los mitos de
todas las razas y climas vemos señales de estas extra-cósmicas entidades que
pueblan las páginas del Necronomicon. En el Himalaya, la leyenda del Abominable
Hombre de las Nieves no ha muerto, sino que resucita en boca de los miembros más
prosaicos de las expediciones de montañeros... En ciertos puntos de Virginia se
habla del Hombre Polilla —un humanoide moreno y con alas—, del que todavía
aparecen algunos informes; serpientes de mar y monstruos pueblan océanos y
lagos; encuentros con OVNIs se registran todos los días». Comentario de Robert
Turner, El
Necronomicon, Neville Spearman, Suffolk, 1978.
TERCERA PARTE
Si nuestro Señor no
duda acerca de la realidad de la posesión demoníaca, ¿quiénes somos nosotros
para hacerlo?
Rev. Charles Verey,
Nubes Sin Agua.
La Biblia habla de
«el dragón... y sus ángeles» [Revelación, 12:7], indicando que, junto con
Lucifer, miríadas de ángeles también eligieron protestar contra la autoridad de
Dios... Cuidado, son peligrosos, viciosos y mortales. ¡Quieren teneros bajo su
control y pagarán cualquier precio para conseguiros!
Rev. Billy Graham,
Angeles: Mensajeros Secretos de Dios.
Si Dios lo es todo,
¿cómo puedo ser malo?
Charlie Manson.
Era ya por la tarde
del día siguiente, 27 de junio, y el Föhn no había dejado de sofocar Zurich en
su húmedo abrazo. El silbante viento calló en tres ocasiones, casi amainando:
pero por tres veces volvió a la carga, tan cálido y enloquecedor como siempre;
la paciencia de la gente empezaba a quebrantarse.
Einstein, Joyce y
Babcock estaban reunidos nuevamente; en aquella ocasión en el estudio de
Einstein, donde habían quedado a las tres. El profesor parecía era el más
alegre del trío, pues se había recuperado de la larga noche anterior con la
única ayuda de unas pocas horas de sueño y la estimulación intelectual de su
clase de Física del mediodía. Joyce estaba todavía un poco descolgado, y se le
notaba. Babcock, tras yacer espasmódicamente en un diván del salón de Joyce
durante casi toda la mañana, apenas se encontraba algo menos desesperado que la
noche anterior.
—Bien, Jeem —empezó
Einstein—, honestamente: ¿qué le parecen las notables aventuras de nuestro
amigo?
—¿Honestamente?
—repitió Joyce—. Empiezo a preguntarme si tales cosas son posibles.
Einstein no
respondió; pero su mirada era una clara invitación a Joyce para que continuase.
—En una ocasión
—comentó Joyce pensativamente—, una feria llamada Arabia llegó a Dublín. Yo me
podía pasar diez horas diarias devorando toda clase de literatura romántica
sobre el misterioso Oriente, los secretos de los sufíes, la magia de los
derviches, Aladino y Ali Babá y cosas de ese tipo. ¿Puedes imaginarte lo que
significó para mi la palabra «Arabia»? Mi impaciencia y excitación según se
acercaba el día de la feria eran del mismo orden que mis emociones, pocos años
después, cuando, nervioso, penetré en el Distrito de las Luces Rojas para
buscar una prostituta por primera vez. Pensaba que un nuevo mundo se abriría
ante mí, un mundo lleno de magia y maravilla. Lo que encontré, naturalmente,
fue el más vulgar carnaval, dedicado a entretener a los palurdos y vaciar los
bolsillos de los más lerdos.
Babcock miró
confundido al oír el discurso; Einstein se mostraba solemne. El silencio duró
hasta que Joyce volvió a hablar.
—Mr. William Butler
Yeats y sus amigos —continuó Joyce, sin más— vivían en Arabia. Para ellos era
real. Ciertamente, más real que sus sirvientes. Avanzamos todos los días por el
mundo de la experiencia pero mentalmente vamos tan desnudos como Adán en el Edén.
Me atrevería a decir que sólo tenemos ciertas ideas fijas acerca de si ir al
bar de la esquina, a la feria llamada Arabia, o al Polo Sur con Amundsen. Si un
carterista entrase en esta habitación, buscaría carteras que saquear; si a
Sócrates le hicieran pasar a la feria llamada Mileva —se inclinó caballeroso
hacia la cocina, donde la Señora Einstein podría estar escuchando—, Sócrates
buscaría mentes a las que poder preguntar. Si Mr. Yeats estuviera aquí, sólo
vería meras sombras materiales de las Eternas Ideas Espirituales conocidas como
Ciencia —señalando a Einstein—, Arte —apuntándose a sí mismo irónicamente— y
Misticismo —marcó a Sir John—. Veo a tres personas con vidas diferentes
—concluyó abruptamente.
—Con todo esto
—preguntó Einstein con sequedad—, ¿quiere decir que la gente del Amanecer
Dorado no parece más loca que el resto del mundo?
—Estoy diciendo
—replicó Joyce— que puedo ver al mundo del mismo modo que Yeats y los
ocultistas: como una aventura espiritual llena de Profecías y Símbolos. También
puedo verlo, si lo prefiero, como me enseñaron a pensar los jesuitas cuando era
joven: como un valle de lágrimas y una red de pecado. O puedo considerarlo
según la épica homérica, o como una deprimente y naturalista novela de Zola. Me
interesa estudiar todas las facetas.
Sir John se inclinó
hacia adelante, repentinamente interesado.
—Creo que empiezo a
comprenderle un poco —dijo—. Afirma que yo vivo en una novela gótica mientras
usted prefiere hacerlo en una de Zola.
—No exactamente
—contestó Joyce—. La escuela de Zola es unidimensional. Yo busco una visión
multidimensional. Quiero ver el fondo de las novelas góticas, de las de Zola y
de todas las mascaradas para ver luego más allá.
—Fascinante
—confesó Einstein—. Fascinante.
Los otros dos le
miraron expectantes.
—Su parábola de
Arabia —le comentó Einstein a Joyce—, curiosamente, me trae a la cabeza una
parábola mía. Imaginen que fuésemos tres físicos y que estuviéramos sentados en
esta habitación. Sin que lo sepamos, la sala es un elevador —un ascensor, Sir
John— que sube rápidamente por el espacio exterior. Puesto que ignoramos que
nos hallamos en el interior de un elevador, pero como hemos sido educados para
la física y sentimos curiosidad acerca de nuestro entorno, empezamos a realizar
experimentos. Descubrimos que todos los objetos que se nos caen de las manos
chocan con el suelo. Más adelante, averiguamos que si los objetos son arrojados
horizontalmente, en vez de caer de golpe lo hacen describiendo una parábola.
Encontramos, de hecho, que cuando experimentamos y escribimos las más simples
ecuaciones matemáticas capaces de describir nuestras observaciones, nos
alejamos de la teoría newtoniana de la gravedad. Decidimos que debajo de la
sala en la que nos encontramos hay un planeta que «atrae» los objetos.
—¿Es cierto?
—preguntó Joyce, asombrado—. Es lo más maravilloso que me ha contado de todas
sus teorías.
—Actualmente,
intento demostrarlo —respondió Einstein— en un documento que estoy redactando.
Ahora suponga que hubiera otro físico en la sala, o elevador, que por algún
extraño proceso de reorganización creativa de sentidos-datos —quizá de un modo
semejante a los rompecabezas cabalísticos de la gente del Amanecer Dorado—,
pudiera dar el salto hacia otra forma de pensamiento. Desde el exterior,
concebiría la habitación como un elevador e imaginaría el cable y la maquinaria
que tan rápidamente tira de ella hacia arriba. Se sentaría y realizaría sus
propios experimentos y escribiría sus propias ecuaciones. Derivaría,
eventualmente, toda la teoría de la inercia tal y como se encuentra en la
mecánica clásica. Decide, por último, que no hay ningún planeta debajo.
»Ahora bien
—continuó Einstein—, nos hallamos bajo la hipótesis de que las puertas están
cerradas y no podemos salir de la habitación. ¿Cómo determinar quién tiene la
explicación correcta de las leyes fenomenológicas que observamos: el que las
atribuye a que hay gravedad [el planeta de debajo] o el que las atribuye a la
inercia [el cable de encima, impulsándonos a través de un espacio de gravedad
cero]?
—¡Oh! —murmuró
Babcock—. ¿Es eso una pregunta?
—En cierto sentido,
ambas son correctas —dijo Joyce firmemente—. Si ambos sistemas de ecuaciones
describen la situación, no hay razón para preferir las de uno a las del otro a
no ser por motivos estéticos. Dentro de los términos del problema, nunca podremos
ver ni al planeta por debajo ni al cable por encima. Elegiríamos la respuesta
equivocada tomando como referencia el punto de vista del hombre de fuera.
—Precisamente
—continuó Einstein—. Cualquier sistema de coordenadas actúa como la habitación
de la que estoy hablando, de tal modo que un observador exterior no puede
asegurar nada científicamente. Desde el interior de la habitación —dentro de
cualquier sistema de coordenadas— no hay modo de decir si es la gravedad o la
inercia la verdadera explicación de los fenómenos que observamos. Es lo mismo
que el relato de Sir John: es decir, no se sabe si todo es una serie de
extrañas y aleatorias coincidencias y simbolismos oníricos freudianos, o si se
trata de una serie de extraños y auténticos Augurios; todo dependería de la
interpretación del observador.
—Precisamente
—continuó Joyce—. Sobre el apartado de extrañas coincidencias, puedo opinar tan
bien como Sir John. Por ejemplo, mi primer trabajo de educador fue en la
escuela de Vico Road, en Dublín. Más recientemente, en Trieste, tenía que pasar
por la Via de Giambattista Vico dos veces por día, para ir a casa de uno de mis
estudiantes de idiomas y volver a la mía. Además, otro de mis estudiantes se
sentía fascinado por la teoría cíclica de la Historia de Vico. Naturalmente,
empecé a interesarme por la biografía y la filosofía de Vico después de todo
aquello y encontré numerosos paralelismos entre mi vida y la suya, tanto que mi
escritura empieza a verse influenciada por Vico. Esta secuencia puede
interpretarse libremente. Ahora bien, o, Unum, los dioses lo han dispuesto todo
para que me encuentre con el nombre de Vico una y otra vez y así influenciar mi
escritura o, Duum, todo es simple coincidencia y me la he tomado en serio. No
hay modo de demostrar ninguna de las dos hipótesis a un hombre que se empeñe en
ver la contraria.
—No tanto —replicó
Einstein agudamente—. Cuando es posible elegir entre dos teorías, elegimos
siempre la que más se adecúa a los datos. O desarollaríamos una teoría de orden
superior que reconciliara las diferencias entre las dos interpretaciones en
conflicto... lo mismo que intento hacer yo con la gravedad y la inercia de la
adivinanza. Sin el esfuerzo de creación para que nuestros conceptos encajen en
nuestras percepciones, nuestro pensamiento es sólo un ejercicio de deseo
ejecutivo.
Un escéptico sonido
de Babcock hizo que Einstein le mirase interesado.
—Por sorprendido
que esté —dijo Babcock cansinamente—, me manifiesto en completo acuerdo con
ustedes, caballeros. Una de las primeras lecciones que aprendí en el Amanecer
Dorado es que la percepción depende de la mente del observador, lo mismo que lo
que revela una lente depende del ángulo de reflexión. Me han recordado que esto
es un trabajo de supererogación y que no afecta al terror fundamental de mi
posición como alguien que es atacado por brujos negros que ya han mostrado su
capacidad para desquiciar las mentes de tres personas y conducirlas al
suicidio.
—Bien —respondió
Einstein suavemente—, si usted está seguro de ser un hombre con peligrosos
enemigos, lo aceptamos. Lo que queda por determinar es si actualmente ellos
pueden manipular el universo físico con su... esto... magia, o si tan sólo son
superlativamente listos para manipular las mentes de los seres humanos que caen
bajo sus garras. Para hacerlo, estaríamos encantados de oír el resto de su
historia.
—Sí —corroboró
Joyce—. Ciertamente, quiero saberlo todo. Tengo una primera hipótesis sobre lo
que se trama, detrás de todas las máscaras y mascaradas, y me interesa mucho
comprobar el que dicha teoría encaje con los subsiguientes hechos.
—Muy bien
—respondió sir John—. En ese caso, sigamos.
Y, mientras el Föhn
seguía azotando la ventana, les contó a Joyce y Einstein un relato que
confundió sus esperanzas.
DE ILLUMINATORUM
OPERIBUS DIVERSIS
Sir John encontró
tan turbadora la carta de Verey sobre la criatura con alas de murciélago que
decidió saber todo lo posible acerca del enigmático Aleister Crowley: el hombre
descrito por Jones como líder de la falsa logia del Amanecer Dorado dedicada a la
licenciosidad y la magia negra; el amante de Lola Levine, de acuerdo con
Ezequiel (o Ezra o Jeremías) Pound; el brujo que, quizá, convirtiera a Víctor
Neuberg en camello; y, en las crecientes sospechas de Sir John, el canal humano
a través del cual la multitud que nunca descansa se había lanzado sobre la
familia Verey.
Empezó en el Museo
Británico, recordando con desagrado el sueño en el que se encontró con Karl Max
mientras oía una confusa historia de la Francmasonería mezclada con el
asesinato de Julio César.
Las Revistas de
Literatura Contemporánea de los últimos diez años revelaron que Crowley era
autor de más de una docena de volúmenes de poesía, cada uno de los cuales había
recibido, de modo poco habitual, críticas dispares. La crítica de The Listener
no parecía capaz de decidirse acerca de uno de los libros de Crowley, La Espada
de la Canción, descrito como «valiente», «serio e intrépido» y «cada vez más
repelente» en un solo párrafo. The Seeker era más caritativo: «Crowley ha sido
rechazado por algunos desconsiderados o maliciosos... porque realmente no es
fácil seguir al ave real en su brillante vuelo»; mientras tanto, The Clarion se
sumía francamente en la desesperación: «Debemos confesar que nuestra
inteligencia no es equivalente a la tarea». La Cambridge Review se mostraba,
sencillamente, furiosa ante una nueva publicación de Crowley, alegando que era
«obsceno», «insultante» y una «monstruosidad» que «reclama una enérgica
protesta por parte de los amantes de la literatura y la decencia». El Arboath Herald,
como el Clarion, se rendía, describiendo los versos de Crowley como «tan
inteligentes que uno los encuentra ininteligibles». The Atheist, por otro lado,
alababa a Crowley a regañadientes mientras le denunciaba: «Aunque no lleguemos
a admirar su onírico romanticismo, su fiel negación de lo sobrenatural, lo
divino y lo místico merece nuestro respeto»; paradójicamente, el Prophetic
Mercury encontraba los mismos versos esperanzadores por razón opuesta,
diciendo: «El continuo sentimiento de Dios en la mente del poeta nos lleva a la
piadosa esperanza de que algún día será iluminado». El Yorkshire Post se
quedaba pasmado, sin más: «La poesía de Mr. Crowley, si es que puede recibir
ese nombre, no es seria»; la Literary Cuide, por contra, era rapsódica: «Una
obra maestra de la enseñanza y la sátira».
P. Muestre un ejemplo sucinto y representativo
de la controvertida poética de Mr. Crowley.
R. De Konx Om Pax, 1907:
¡Silba el tam-tam,
resuena la flauta!
¡Seamos felices!
Soy un individuo
con aguda pauta
Y crónico beriberi.
El lunes soy un
flaco gritón
Bastante
Felician-Ropsy.
¡Sopla el címbalo,
resuena el trombón!
El martes tengo
hidropesía.
El miércoles,
empiezan los síntomas cardíacos;
El jueves
hemiplejía
Sopla el violín,
rasguea el tambor!
El viernes
paralítico.
¡Si el sábado a mi
amor
Atacan en apretadas
legiones,
El domingo, me
imagino,
Tendré beriberi!
Sir John probó, a
continuación, en los periódicos. En un ejemplar del Times de 1909 —el mismo año
en que Sir John se graduó en Cambridge y el loco Picasso impresionó al mundo
artístico de París con sus primeras e incomprensibles pinturas «Cubistas»— Crowley
aparecía involucrado en un asunto legal con MacGregor Mathers. El periodista
del Times que cubría la noticia no era partidario ni de Crowley ni de Mathers,
pero Sir John fue capaz de establecer que el ostensible objetivo del juicio —el
intento de evitar que Crowley publicase, en una revista llamada The Equinox,
ciertos rituales del Amanecer Dorado original— era sólo una excusa para ocultar
el verdadero conflicto que existía entre ellos: el hecho de que ambos
declaraban ser los verdaderos líderes del Colegio Invisible Rosacruz. Bueno,
aquello era totalmente nuevo para Sir John; Jones le había dicho que Crowley,
Mathers y otras personas actuaban falsificando logias rosacruces como oposición
al verdadero Amanecer Dorado. El juez, descubrió divertido Sir John, se negó a
permitir que el juicio degenerase en un debate sobre tales propuestas, cuya
verdadera naturaleza no podía dilucidarse en una corte legal, y simplemente
decidió que Mathers no tenía autoridad para impedir que Crowley publicase unos
documentos de antigüedad y autoría indefinidas, como admitían ambos litigantes,
estipulando, incluso, que habían sido escritos por inteligencias sobrehumanas
que no eran capaces de adoptar forma corpórea para testificar a favor de
ninguno.
Sir John,
igualmente divertido, encontró que Mathers, bajo interrogatorio, tuvo que
confesar que, ocasionalmente, reconoció haber sido reencarnación del rey Carlos
I. En una observación casual, encontró una pista para buscar nueva información
acerca de Crowley: él mismo se consideraba como el mejor escalador de montañas
del mundo.
Tras una visita al
Club Alpino obtuvo varias vehementes negaciones de aquella aseveración.
—Aleister Crowley
—explicó el secretario del Club, un tal Mr. Mortimer—, es el mayor fanfarrón
del mundo. Ninguna de sus escaladas ha sido considerada como cierta por
nosotros. —Posteriores pesquisas condujeron a la usual ambigüedad que parecía
asociarse a Crowley como la niebla a las calles de Londres: era obvio que el
enfrentamiento entre Crowley y el Club Alpino se remontaba hasta 1890 y que
ambas partes se habían acusado entre sí de mentirosas en tantas ocasiones que
ningún observador exterior podría tener una opinión imparcial de los hechos.
Mortimer deslizó, en cambio, una observación que sugería que los éxitos
montañeros de Crowley quizá no fueran completamente inciertos, admitiendo que
Oscar Eckenstein, el principal escalador alemán, a menudo denominaba a Crowley
como su mejor adversario inglés—. Pero —añadió Mortimer precipitadamente—,
Eckenstein es un judío alemán y nos guarda cierto rencor, por lo que quizá a
eso se deba el que apoye las mentiras de Crowley.
Sir John se decidió
a buscar nuevos datos acerca de aquel enigmático personaje entre varias
personas que tenían fama de conocer la vida londinense en profundidad.
—Crowley,
ciertamente, es un picaro, bastante divertido —dijo Max Beerbohm—. Si también
es un verdadero canalla, no puedo decirlo, aunque ha dedicado una considerable
cantidad de energía a demostrarle al mundo la verdad de esa afirmación.
—Bueno, sí
—respondió sir John, dudoso—, pero, ¿cómo se distingue a un pícaro de un
canalla?
—Un pícaro
—concretó Beerbohm— no se preocupa por la moral de su tiempo, aunque posee su
propio tipo de honor. Un canalla no tiene ni moral ni honor.
—Oh —dijo Sir John,
todavía indeciso—. ¿Me podría dar algún ejemplo de la... bueno, picaresca de
Crowley?
Beerbohm se rió
entre dientes. Los fuertes recuerdos de Horeb, Sinaí, y de cuarenta años
aparecieron como la luz del día en su cara.
—Hay mil ejemplos
—contestó, aflojándose con gracia el cuello duro—. Mi favorito es el de la
estatua de Oscar Wilde en París, diseñada por ese joven lleno de talento
llamado Jacob Epstein. Los franceses la colocaron, debe saberlo, para mostrar
su comprensión acerca de... de, bueno, las inclinaciones sexuales de Wilde y
para reconocerle como el gran artista que era a pesar de sus... sus
peculiaridades. —Se volvió a reír entre dientes—. No fueron tan comprensivos
con la estatua de Epstein: es un desnudo. Había cierto problema, relacionado
con la... reputación de Wilde, pero no podían, ah, insultar a Epstein
rechazando la estatua después de habérsela encargado. De modo que contrataron a
alguien para que añadiera una hoja de parra en... en el punto sensible, si
quiere entenderme. Bueno, ¿sabe lo que hizo Crowley? Se arrastró al parque
durante la noche, con un martillo y un cincel, y retiró la hoja de parra.
Luego, para añadir el escándalo al ultraje, aquella misma noche se dirigió al
Claridge's, aquí mismo, en Londres, ¡con la hoja de parra en la parte delantera
de sus pantalones! —Beerbohm se echó a reír—. A eso le llamo picaresca, y no me
atrevo a calificarlo como obra de un canalla.
La hermosa Florence
Farra, la actriz más famosa de Londres, resultó tan paradójica como casi todos
los comentaristas de la poesía de Crowley.
—Aleister —dijo—
era, cuando le conocí hace ya diez años, el joven más apuesto, ingenioso y
brillante de Londres. También era el más implacable canalla y sinvergüenza. Por
lo que tengo oído acerca de su vida, esas contradicciones suyas se han ido
haciendo cada vez más violentas. Estoy segura de que acabará o en la cárcel o
canonizado como santo.
Victor Neuberg, el
joven poeta que decían fue convertido en camello por Crowley, se negó a
entrevistarse con Sir John, enviando una nota de apretada escritura que decía:
«Ningún hombre viviente comprende, o puede comprender, a Aleister Crowley, pero
los que valoren su salud no deben acercarse a él».
Richard Aldington,
editor, comentó:
—Rodin considera a
Crowley como nuestro más grande poeta viviente, pero me temo que sea debido al
hecho de que Crowley ha escrito todo un volumen de versos glorificando la
escultura de Rodin. Personalmente, no me gustan los versos de Crowley. Los
encuentro Victorianos, retóricos y ampulosos. Totalmente carentes de la nota
moderna.
Gerald Kelly, el
más admirado pintor de Inglaterra, parecía ser exactamente lo que era —un
hombre que no tardaría en ser elegido miembro de la Real Academia— y dijo:
—No puedo hablar
acerca de Aleister Crowley, Sir John. Evidentemente, no habrá usted oído que es
mi cuñado. Todo cuanto puedo decir es que, cuando mi hermana se divorcie de él,
no me sentiré muy desgraciado.
Bertrand Rusell, el
matemático, declaró de modo preciso:
—Nunca me he
encontrado con un profano que comprenda tan bien las matemáticas como Aleister
Crowley, pero, aparte de esto, su cabeza es una marisma de sentimentaloide
misticismo. He oído que juega excelentemente al ajedrez, de modo que le podrán
decir algo más en el London Chess Club.
El London Chess
Club estaba lleno de admiradores de Crowley, todos los cuales lamentaban que no
hubiera dedicado más tiempo al juego.
—Sería un Gran
Maestro —declaró uno de los miembros tristemente— si no perdiese el tiempo
dedicándose a esas tonterías de escalar montañas y escribir poesía y no echase
a correr hacia Oriente para destrozarse la mente con las supersticiones
hindúes.
—Aleister —explicó
otro entusiasta del club— es el único hombre, aparte de los Grandes Maestros,
que puede jugar realmente a ciegas contra varios oponentes y ganar la mayoría
de las partidas. De hecho —bajó la voz en este punto—, una de sus aficiones es casi
preternatural. En más de una ocasión se ha retirado al dormitorio con su amante
dictándole eventualmente los movimientos a un jugador que permanecía sentado en
la habitación de al lado... y ganando. Dice que lo hace para demostrarnos lo
que es la verdadera concentración.
Sir John se
ruborizó violentamente.
—Qué modo más
insoportable de tratar a una mujer —dijo airadamente.
—Bueno —replicó el
informante con una mirada maliciosa—, por lo que he oído, los sonidos
procedentes del dormitorio indicaban que la dama estaba pasando por una
experiencia agradable; de hecho, probablemente, más de una.
Sir John consideró
que aquel especialista podría mirar de frente al demonio sin reconocerle. Lo
que sólo parecía una mezcla de vulgar proeza y gimnasia intelectual para el
jugador de ajedrez significaba, obviamente, algo mucho peor para cualquiera que
comprendiera los aspectos sexuales de la magia negra: aquello formaba parte del
continuo entrenamiento de Crowley para las ordalías de los rituales de Pan, en
los que la prolongada sensualidad se empleaba para intoxicar los sentidos y
abrir la puerta a las entidades astrales.
El siguiente paso
de Sir John fue el de búsqueda en librerías donde, tras una frustrante
investigación, encontró finalmente uno de los libros de Crowley: una obra en
prosa titulada Libro Cuarto, que decía explicar todos los misterios del yoga y
la magia con palabras sencillas para que el hombre de la calle pudiera
comprenderlo. Sir John lo compró y se lo llevó a casa para estudiarlo.
Cuando se encontró
de nuevo en la Mansión Babcock tras recolectar toda la contradictoria y
turbadora información acerca del Enemigo, encontró un pequeño paquete remitido
por la oficina postal del Amanecer Dorado de Londres. Era raro, pues Jones
seguía en París; pero Sir John no sabía a ciencia cierta que Jones estuviera a
cargo de aquellos envíos. Quizá algún otro oficial de la Orden enviaba las
adecuadas lecciones a los estudiantes en fechas predeterminadas. Sir John abrió
el paquete, con la secreta esperanza de que contuviese el ritual secreto de los
Rosa Cruces: algo para lo que Jones le dijo que no tardaría en estar
cualificado.
Para su dolor, el
panfleto se titulaba:
DE OCULO HOOR
Publicación de
Clase A
Orden Hermética del
A.·.D.·.
Sir John se retiró
a la biblioteca para leerlo con considerable curiosidad. Decía:
1. Este es el Libro
que Abre el Ojo de Horus, cuyo símbolo en el mundo profano es el ojo en el
triángulo, y cuyo significado es Iluminación.
2. Los que lo lean
no lo leerán; los que lo miren no lo verán; los que lo comprendan no lo
comprenderán. El entendimiento y la comprensión sólo se alcanzan cuando uno no
es uno, cuando uno es nada.
3. Hubo una vez un
monje, un discípulo de un gran Mago de nuestra Orden a quien los hombres
llamaban Buda cuyo significado es El Que Ha Despertado. Los hombres le
preguntaban al señor Gautama, ¿Eres un Dios? Y él respondía, No. Y ellos
volvían a preguntarle, ¿Eres un santo? Y él volvía responder, No. Y ellos le
preguntaban entonces, ¿Quién eres? Y él respondía, Estoy despierto. Desde
entonces fue conocido como el Buda, el Despierto.
4. Y el monje, para
despertar, practicó el Arte de la Meditación, como fue enseñado por Buda, cuya
forma original resultó alterada por las Falsas Imaginaciones y Elaboraciones de
los Teólogos, pero que es: Para ver todos los incidentes y eventos y Recordar,
Debe Decirse Uno Mismo: Esto es Transitorio.
5. Y el monje vio
todos los incidentes y eventos, Recordándose siempre a sí mismo: Esto es
transitorio.
6. Y el monje se
acercó al Despertar, y se encontró en gran peligro, pues el Señor del Abismo de
las Alucinaciones, al que los Budistas llaman Mara, el Tentador, se acercó
apresurado al que estaba a punto de Despertar, hipnotizándole con el Sueño de
los Locos que es la ordinaria consciencia del Hombre.
7. Y Mara afligió
tristemente al monje con la muerte de su primogénito, y la enfermedad de los
seres queridos, y la ceguera, y las calumnias, y la malicia, y la gran
maldición de los Pleitos, y muchos sufrimientos; pero el monje sólo pensaba:
Esto es transitorio. Y estuvo más cerca de Despertar.
8. Y Mara, Señor
del Abismo de las Alucinaciones, hizo que el monje muriese y reencarnase en una
criatura casi Sin Mente, un Loro, que revoloteaba de rama en rama por la
jungla; y Mara pensó: Ahora no podrá Despertar.
9. Pero un hermano
Monje de la orden Budista llegó un día a la jungla, cantando las Enseñanzas, y
el Loro le oyó, y repitió su frase una y otra vez: Esto es Transitorio.
10. La Actividad
Mental se inició en el Loro, y los recuerdos de su vida pasada acudieron a su
entendimiento, así como el significado de la enseñanza, Esto es Transitorio; y
Mara maldijo horriblemente, por la frustración, e hizo que muriese de nuevo y
se reencarnase como Elefante, mucho más dentro de la jungla y mucho más lejos
de las voces de los hombres.
11. Y pasaron
muchos años, y parecía que no existia oportunidad alguna de que aquel alma
Despertase; pero los efectos del benéfico karma, como los del malo, continúan
eternamente; y por ello, los Hombres llegaron a la jungla, y capturaron al
Elefante, y se lo enviaron a un gran Rajah.
12. Y el Elefante
vivió en los jardines del Rajah, y pasaron muchos años.
13. Y otro monje de
la orden Budista llegó junto al Rajah, y enseñó en sus jardines y su enseñanza
era: Esto es Transitorio. Y los recuerdos renacieron en el Elefante, y
comprendió el significado de los recuerdos, y el Despenar se acercó.
14. Y Mará maldijo
airadamente, e hizo que el Elefante muriese; y en aquella ocasión Mará se ocupó
de que la reencarnación tuviese lugar en un lugar tan lejano que no quedase
posibilidad de Despertar, pues Mara hizo que el monje renaciera como Evangelista
Americano.
15. Y el
Evangelista era de la Mayoría Moral [bocca grande giganticus] y viajó por la
nación Americana, Norte y Sur y Este y Oeste, predicando que todos estaban
amenazados por los peligros del Infierno, y que sólo había un Camino de
Salvación, y que aquel camino era creer Todo lo que él Decía y Hacer Todo lo
que él Pedía.
16. Y esclavizó a
muchos, que se convirtieron en Autómatas mentales, y aquellos Autómatas,
gritaron, Aleluya, Estamos Salvados.
17. Y Mara se
sintió jubiloso, pues el alma del monje estaba más lejos de la Iluminación que
nunca; antes había sido un Idiota Subjetivamente Sin Esperanza —id est, alguien
que es consciente de su propia idiotez sin esperanza— pero ahora era un Idiota
Objetivamente Sin Esperanza —id est, alguien que Piensa que Sabe cuando
realmente No Sabe Nada.
18. Pero el
Evangelista se reunió con otros Clérigos para enviar Misioneros al Pagano Este;
y Uno habló de las supersticiones de Oriente, y mencionó la enseñanza Budista
de que Todo es Transitorio.
19. Y la Actividad
mental empezó a actuar en el Evangelista, y afloraron los recuerdos de las
Pasadas Encamaciones; y Mara, lleno de amarga frustración, tendió la Ultima
Trampa, haciendo que el Evangelista se convirtiera en Mahabrahma, Señor de
Señores, Dios de todos los Universos posibles.
20. Y Mahabrahma
permeneció en Divina Ceguera durante miles de millones de años, creando
pequeños Brahmas que creaban Sus propios universos y eran Dioses en ellos; y
Mahabrahma miraba toda su actividad y se regocijaba con su Alta Indiferencia;
Mahabrahma era Consciente Sin Deseo.
21. Y el monje
pareció quedar apartado de la Iluminación para siempre.
22. Pero finalmente
Mahabrahma observó, tras ver muchas idas y venidas de los Dioses, que todos Sus
universos crecían y florecían y perecían, que la gran Ley de Leyes es Todo es
Transitorio.
23. Y Mahabrahma
descubrió que El, también, era transitorio.
24. Y Mahabrahma
consiguió la Iluminación.
25. Y Mahabrahma
retornó a la ordinaria consciencia de la mente del monje practicando la
meditación budista, mirando todas las cosas y pensando: Esto es Transitorio.
26. Y el monje no
supo si era un monje que imaginaba ser Mahabrahma o Mahabrahma pensando ser un
monje; y aquella fue la Iluminación perfecta.
DE FRATRIBUS
NIGRIS, FILIIS INIQUITATIS
Al día siguiente
recibió otra carta de Verey, y el corazón de Sir John se estremeció al
descubrir que la letra manuscrita del sobre se veía claramente alterada y
errática. La abrió, preparado para casi cualquier cosa.
Querido Sir John:
Las fuerzas
invocadas por mi enloquecido hermano menor, Arthur, y la maldita Lola se han
mostrado más terribles de lo que nunca hubiera imaginado. Descubro —al fin— que
nunca había considerado la Sagrada Escritura [especialmente el Libro de las
Revelaciones] demasiado literalmente. Las «fuerzas y poderes» del Infierno no
son figuras retóricas.
«Desgraciados los
que no creen, pues están condenados».
He llegado a este
punto: He alcanzado el climax de los horrores.
ACCION SONIDO
EXTERIOR. FUERA DE
LA IGLESIA DE VEREY. POR LA TARDE. PLANO SUBJETIVO: DESDE EL PUNTO DE VISTA DE
VEREY.
La CAMARA se
desplaza hacia la puerta de la iglesia. Voz
de Verey: «La noche del pasado sábado antes de retirarme, miré hacia la iglesia
como de costumbre, y descubrí...»
EXTERIOR. LO MISMO:
LA PUERTA CERRADA. PLANO SUBJETIVO: DESDE EL PUNTO DE VISTA DE VEREY.
La CAMARA se centra
en la herrumbrosa cerradura de la puerta
Voz
de Verey:«... que el enorme y antiguo candado de la puerta se había
enmohecido y necesitaba aceite. Estaba tan fuerteque no podía mover la llave, y
me pregunté si sería capaz de abrir la puerta para los servicios del día
siguiente.»
EXTERIOR. LO MISMO.
SUBJETIVO. PLANO EN MOVIMIENTO: DESDE EL PUNTO DE VISTA DE VEREY.
La CAMARA traza una
panorámica de la
iglesia al bosque.
Voz de Verey: «Busqué una aceitera...»
EXTERIOR. LO MISMO.
PRIMER PLANO SUBJETIVO: DESDE EL PUNTO DE VISTA DE VEREY.
La mano de VEREY
sujeta una lata de aceite, la
inclina... no cae
aceite. Voz de Verey: «... pero no tenía
aceite y anoté mentalmente comprarlo en cuanto bajase a la ciudad.»
EXTERIOR. LO MISMO.
PANORÁMICA SUBJETIVA: DESDE EL PUNTO DE VISTA DE VEREY.
La CAMARA retrocede
para dejar ver la iglesia y se detiene en una ventana de la parte alta del
edificio. Voz de Verey: «He de añadir
que la iglesia sólo tiene una ventana, por encima del altar, y que está
empotrada en el muro, sin que pueda abrirse ni hacia adentroni hacia afuera; de
hecho, no se mueve en lo más mínimo.»
EXTERIOR. CIELO
NOCTURNO. PLANO LARGO.
Nubes negras que
corren por el cielo. Trueno.
EXTERIOR. NOCHE.
PLANO LARGO. LA GRANJA VEREY.
La lluvia empapa la
granja de Verey. Vemos la iglesia, la casa y el granero.
Voz de Verey: «Aquella noche llovía con
bastante fuerza.»
EXTERIOR. AMANECER.
PLANO LARGO. LA GRANJA VEREY. GALLO EN EL GALLINERO.
El gallo canta.
Gallo: ¡Multitud! ¡Multitud! ¡Multitud!
INTERIOR.
DORMITORIO DE VEREY. PLANO SUBJETIVO: DESDE EL PUNTO DE VISTA DE VEREY.
La CAMARA «se
sienta en la cama» y mira por la ventana, hacia las luces del alba Voz de Verey: «Me desperté pensando en
que la torrencial lluvia quizá había contribuido en gran medida al total
enmohecimiento de la cerradura
de la iglesia.»
EXTERIOR. EL PATIO
DE LA GRANJA. PLANO EN MOVIMIENTO SUBJETIVO: DESDE EL PUNTO DE VISTA DE VEREY.
La CAMARA avanza
hacia la puerta de la iglesia. Voz
de Verey: «Salí para echar un vistazo a la cerradura.»
EXTERIOR. PUERTA DE
LA IGLESIA, PRIMER PLANO. PLANO SUBJETIVO: DESDE EL PUNTO DE VISTA DE VEREY
La cerradura parece
más enmohecida que antes. La llave entra, pero no gira.
La llave está fija
en la cerradura
Voz de Verey: «Encontré, como me temía,
que estaba totalmente oxidada y que no podía girar la llave. Era como si me
hubieran echado de la iglesia.»
«Bastante
desagradable, pues los obreros no
tardarían en llegar
para los servicios matinales.»
EXTERIOR. LA
GRANJA. PLANO EN MOVIMIENTO SUBJETIVO: DESDE EL PUNTO DE VISTA DE VEREY.
La CAMARA se
desplaza hacia el cuarto de herramientas. Voz
de Verey: «Decidí recurrir a la fuerza bruta...»
Violín muy apagado:
El Vals de La Viuda Alegre.
EXTERIOR. LA
GRANJA. PRIMER PLANO.
La mano de Verey
empuñando un martillo. Voz de
Verey: «y me encaminé a por un martillo...»
EXTERIOR. LA PUERTA
DE LA IGLESIA. PRIMER PLANO.
El martillo
golpeando la cerradura. Voz de Verey:
«... con el que forzar la
cerradura.»
INTERIOR. LA
IGLESIA. PLANO EN MOVIMIENTO SUBJETIVO: DESDE EL PUNTO DE VISTA DE VEREY.
La CAMARA se
adelanta hacia el altar, donde encuentra un gato sacrificado dentro de un
pentáculo.
La CAMARA apunta a
cada detalle que indica la voz de Verey.
Una Biblia,
salpicada de sangre, abierta por la Epístola de San Judas.
Voz de Verey: La escena que apareció ante
mis ojos fue indescriptible. Sobre el altar se hallaba el cuerpo de un gato
muerto, estrangulado con una liga azul y empalado con un puñal o una daga
oriental, dentro de un pentáculo.
«Gotas de sangre
manchaban la Biblia. Dios juzgará a los malvados que cometen tales locuras.»
El Vals de la Viuda
Alegre sube de tono hasta alcanzar un máximo de dolorosa intensidad.
El blasfemo horror
de aquella imagen todavía se alberga en mi imaginación, pero resultó incluso
peor el hecho de que fui capaz de imaginar que no eran meros servidores humanos
del Demonio quienes podían haber cometido aquella atrocidad. La ventana [que le
recuerdo que no puede abrirse] estaba intacta, y la puerta, de cerradura
enmohecida no permitía el paso más que martilleándola y rompiendo la cerradura,
método que yo mismo empleé: sin embargo, también la cerradura estaba intacta,
salvo por la herrumbre, cuando la forcé.
Naturalmente, saqué
al gato, limpié la sangre y borré el pentáculo antes de que llegaran los
obreros [pues así se habría difundido el miedo por la región], pero mi esposa
me encontró en medio de la desagradable operación y no quedó otra opción que
reconocer lo que había pasado. Desde aquel día vive en un estado de permanente
ansiedad, y nada desea más fervientemente que salir de este solitario lugar. La
verdad es que aún me siento muy unido a estas maravillosas colinas y cañadas,
como ya le dije en anteriores ocasiones, y realmente no sé si en otra pane
estaríamos más seguros.
De modo incidental,
intenté llegar a una explicación de este misterio en términos puramente
humanos. Incluir a un degradado Oriental en cualquier asunto maligno es cosa
fácil. Vestir a un enano con un traje raro, aun tan poco adecuado como el de un
pájaro anormalmente grande, y rodearlo de miedo y superstición para ampliar
todo esto hasta un reino de terror... es completamente posible para la maldad
de ciertos humanos. Entonces, me dije a mí mismo: ¿Podría haber entrado alguien
en mi casa subrepticiamente la noche del sábado mientras yo dormía y apropiarse
de la llave de la iglesia, usándola antes de que la lluvia generase más
herrumbre y convirtiera la cerradura en algo inservible? Pero, ay, aquella
explicación no era consistente. Guardo la llave en una pequeña cadena colgada
de un brazalete que me rodea la muñeca, y la cadena, por la mañana, no estaba
rota. Es absurdo pensar que un intruso rompiese la cadena, cometiera la
despreciable muerte en la iglesia, volviera a mi cuarto y soldara la cadena, en
la oscuridad, sin despertarme.
La única conclusión
es que tratamos con una entidad que puede atravesar las paredes.
Ojalá la protección
del Señor esté con todos nosotros.
Sinceramente
Rev. C. Verey.
—Una llave
duplicada —dijo Albert Einstein.
Joyce levantó los
turbios ojos detrás de las gruesas gafas, con una lenta sonrisa amaneciendo en
ellos.
—Qué parecidos
somos —comentó—. También ése fue mi primer pensamiento.
—Es un sencillo
proceso —continuó Einstein—. Si se desea aterrar a un anciano fanático
religioso como ese Reverendo Verey, basta con conseguir unos cuantos asistentes
adecuados: el enano, el confederado oriental, el hipotético pájaro de inusual
tamaño (incluso podría haber valido una cometa de cartón o algo semejante);
pues ya el decorado se presta a las más locas ideas. Entonces, una noche
oscura, muy quedamente, se va a la iglesia y se echa un poco de cera líquida en
la cerradura. En pocos momentos, la cera se solidifica. Cuidadosamente, se saca
y se consigue un duplicado de la llave. Cualquier herrero habilidoso lo
conseguiría. Y ya se tiene: el escenario de un milagro.
Joyce, liando un
cigarrillo, sonrió a Babcock.
—¿Bien, Sir John?
—En efecto, bien
—respondió sir John—. Aunque mis creencias son más místicas que las suyas,
caballeros, yo mismo no carezco de inteligencia. También yo he pensado en la
explicación del duplicado de la llave e, incluso, escribí al pobre Verey para
sugerírselo.
Einstein volvió a
encender la pipa, aspirando pensativamente.
—Dígame lo que le
respondió.
—Bueno —empezó Sir
John con cuidado—, las objecciones fueron las siguientes. Primera, la propiedad
Verey incluye la iglesia, la casa y un pequeño prado en el que apacientan
cabras, cerdos y una familia de caballos. Nadie se ha acercado por allí después
de oscurecer, dice Verey, sin que los perros dieran aviso, inquietando a la
totalidad de los animales y creando un estrépito tan grande que se despertaba
toda la familia: Verey, su esposa, Annie, y su hermano mayor, Bertran.
«Ahora caballeros,
aparten sus suposiciones sobre lo anterior y conciban a un ladrón profesional
capaz de moverse con el legendario silencio de los indios apaches, atravesando
el prado y haciendo un modelo de cera, como han sugerido. La luz, efectivamente,
es pésima; pero reconozco que tan improbablemente habilidoso ladrón puede
existir.
»Muy bien
—prosiguió Babcock—. Nuestro hombre tiene el duplicado de la llave. Vuelve
aquella lluviosa noche de sábado y otra vez consigue pasar entre los animales
sin despertar ni a una mosca. Entra en la iglesia y comete el brutal y blasfemo
acto. Luego, se va. Muy bien. El único problema es que el Reverendo Verey
detecta, en cuanto descubre el horror del altar, que no hay más huellas que las
suyas en el lodo cercano a la puerta de la iglesia. Al parecer, nuestro
bandolero no sólo se mueve por la granja sin despertar a los animales, en dos
noches distintas, recuerden —una, cuando hizo el molde; otra, cuando volvió
para el sacrificio satánico—, sino que, además, en la segunda ocasión, cruzó el
patio sin dejar huellas en el barro. —Sir John sonrió disimuladamente—. ¿Cómo
explica todo esto el Librepensamiento, mis escépticos amigos?
ACCION SONIDO
INTERIOR. IGLESIA
DE VEREY. DE DIA. PLANO SUBJETIVO EN MOVIMIENTO.
La CAMARA se mueve
espasmódicamente hacia la puerta.
Fuertes latidos.
DESDE LA PUERTA DE
LA IGLESIA DE VEREY, MIRANDO HACIA AFUERA. PLANO LARGO SUBJETIVO.
Lo que ve VEREY:
el patio, con unas huellas —
las suyas—
acercándose a la puerta.
Tambores vudú.
Einstein examinó la
pipa pensativamente y se puso a limpiarla con cuidado. Su rostro se mostraba
impasible.
—Ese hermano mayor,
Bertran —dijo, mirando atentamente en las cenizas de la pipa como Sherlock
Holmes buscando una pista—, hasta ahora no es nada más que un nombre. No
sabemos nada de él.
—Ah —exclamó
Joyce—, busca a un confederado conspirador dentro de la casa. Muy astuto,
Profesor. Si uno de cada tres hermanos puede ser un renegado, ¿por qué no dos?
Acuérdese de mi teoría de Hamlet, de la que le he hablado a menudo. Puedo
considerar incluso un posible escenario si la casa y la iglesia se encuentran
lo bastante cerca. El siniestro Bertran, como un D'Artagnan de las Tierras
Altas, cruza el tejado de la casa, salta al de la iglesia, y se descuelga
cabeza abajo hasta la puerta. Algo muy atlético para el hermano mayor del
Reverendo Verey, quien, por lo que he oído, tiene ya sesenta y dos años. Poco
verosímil, aunque no imposible, como Holmes nos recuerda tan a menudo: «Cuando
se ha eliminado lo imposible, lo que quede, por improbable que sea, ha de ser
verdad». Sin embargo, tristemente, tengo que informarle, Profesor, que no puedo
creerlo por el momento.
—Un globo —dijo
Einstein pensativo, rebuscando tabaco fresco. [Un caso de nueve pipas, pensó
Joyce.]—. Un globo pequeño, lleno de helio, con una barquilla para uno o dos
pasajeros, como los que se ven en las ferias. No —añadió—, no se preocupen por
mí. En este momento estoy reuniendo los indicios. El globo es posible, pero me
cuestra más trabajo creer que nuestro intruso descendiera del cielo con él sin
alarmar a todos los animales que el que pudiera travesar las paredes. Creo que
nos las vemos con un astuto grupo de conspiradores. Llegar al fondo de todo
esto pondrá a prueba todas mis facultades analíticas.
—Si —añadió Joyce
taciturno— es que llegamos al fondo.
—O del relato
—replicó Einstein—. Necesitamos conocer más hechos antes de aventurar cualquier
conclusión.
Dijo el vicario
«Gracioso/Es el hermano Ignatius». Sí: finalmente, lo estoy haciendo. Ed eran
duo in uno. Sí.
—¡Naturalmente...!
Sigamos con la historia —dijo Joyce, sonriendo para sus adentros.
DE SAPIENTIA ET
STULTITIA
Esperando con
creciente impaciencia el regreso de Jones de París, y esperando también con
temor y presentimiento los subsiguientes eventos del Loch Ness, Sir John empezó
a estudiar el Libro Cuarto de Crowley. Efectivamente, era una sencilla y
mundana explicación de las artes y ciencias ocultas... al menos en los primeros
capítulos.
Crowley empezaba
rechazando la Fe y la Razón como respuestas finales al misterio de la
existencia: la Fe porque era una Fe en un dios equivocado, una iglesia
equivocada y un maestro equivocado; la Razón porque con ella no se podía llegar
más allá de las permutaciones y combinaciones de sus propios axiomas. Sólo
quedaba el método de la Experimentación, y Crowley definía cada sistema de
verdad oculta como una técnica de Experimentación fisiológica y neurológica en
la que la conciencia se multiplicaba y la evolución se aceleraba.
Todo aquello,
descubrió Sir John, provenía de las enseñanzas del Amanecer Dorado, y —para dar
lo que se les debe a los demonios— Crowley tenía capacidad para explicarlo con
maravillosa claridad y precisión científica.
El Libro Cuarto
llegaba a explicar las técnicas del yoga como experimentos fisiológicos.
Asana, la retorcida
gimnasia que Sir John había aprendido tan dolorosamente a partir de Jones, era
simplemente un método para que el cuerpo lograse la máxima relajación sin
necesidad de dormir. Pranayana, la técnica especial yogi de respiración, seguía
diciendo Crowley, era un método para mantener las emociones bajo el control de
la Voluntad. Sir John volvió a encontrarse admitiendo a regañadientes que el
Enemigo mantenía el tono necesario para aclarar las artes ocultas
científicamente.
La primera nota
siniestra se encontraba en la discusión de yama y niyama, castidad y
autocontrol. Crowley denunciaba todas las enseñanzas tradicionales sobre estos
temas como supersticiosas, perniciosas y superfluas; en su lugar, ofrecía la
divisa anarquista: «Que el estudiante decida por sí mismo qué forma de vida,
qué código moral, excitará menos su mente». Sir John descubrió la insidia de
todo aquello: mientras pretendía ser objetivamente científico, abría la puerta
a cualquier sistema de moralidad o amoralidad que pudiera preferir el lector.
Cuando Crowley
llegaba al ceremonial mágico, lo explicaba con ayuda del yoga. La mente sola,
decía, no puede comprender su propia trascendencia, ni siquiera con las
técnicas del yoga, hasta que la Voluntad no se convierta en un arma capaz de
mantener una absoluta dictadura sobre las voraces emociones del cuerpo y las
costumbres mecánicas. Cada técnica de magia, explicaba Crowley, constituía
simplemente un truco o una artimaña para ayudar al estudiante a desarrollar la
autotrascendente Voluntad. Las consideraciones morales acerca de la
manipulación de aquella Voluntad eran totalmente ignoradas, percibió Sir John;
la perversidad del sistema de Crowley parecía cada vez más evidente.
Y entonces Sir John
llegó al capítulo de Mamá Ganso.
«Cada rima de las
nanas contiene profundos secretos místicos», empezaba diciendo Crowley
afablemente, con el mismo tono racionalista del resto del tratado. Ofrecía un
ejemplo:
La vieja Madre
Hubbard
Iba a la alacena
para darle un hueso
al perro...
Crowley facilitaba
la clave de aquel verso místico aduciendo:
¿Quién es la
anciana y venerable madre de la que se habla? Realmente, no es otra que Binah,
como resulta evidente por el empleo de la letra sagrada H, con la que empieza
su nombre.
Sir John se quedó
mirando la página, estupefacto. Aquello, maldito fuese aquel hombre, era Cabala
de lo más plausible. Binah era el aspecto oscuro y secundario de Dios, coigual
a Chockmah, la primariedad de la Divinidad o aspecto racional. Y Binah se simbolizaba
usualmente como una anciana, lo mismo que Chockmah era simbolizado por un
anciano de barba blanca. Los cabalistas enseñaban que las mentes vulgares
comprenderían tan sólo el aspecto masculino o patriarcal de la Divinidad, pero
que el primer paso hacia la Iluminación consistía en comprender, por intuición
directa, su Más Alto femenino y pasivo aspecto. Hé era la segunda letra del
Nombre Divino, Yod Hé Vau Hé, identificada con el aspecto secundario de la
Divinidad, pues Hé significa ventana y simboliza la matriz. Crowley jugaba
alguna broma cabalística muy complicada, por decir algo ligero sobre el
particular. Con sorpresa, Sir John siguió leyendo:
Y, ¿quién es el
perro? ¿Acaso no es el nombre de Dios pronunciado cabalísticamente al revés? ¿
Y el hueso? ¡El hueso es la Vara, el Lingam sagrado!
La interpretación
completa de la runa está a nuestro alcance. La rima es la leyenda del asesinato
de Osiris a manos de Tifón.
Los miembros de
Osiris fueron arrojados al Nilo.
Isis los buscó por
todos los rincones del Universo, y encontró todos excepto el sagrado lingam,
que no ha sido hallado hasta recientemente.
Aquello no sólo era
un ejercicio de Cabala, sino también de mitología comparada. Isis, descubrió
Sir John con temor, encajaba realmente en el simbolismo del perro, pues solía
identificarse con la Estrella perro, Sirio. Pero también era una burda parodia de
la Cábala querer encontrar todo aquello en la Mamá Ganso.
Igualmente, Crowley
llegaba a explicar el significado místico profundo de Little Bo Peep (Buda bajo
el árbol bó) y su corderillo (el Cordero, el Salvador); en Little Miss Muffet
(Malkus, el mundo de la ilusión) y la araña (la Muerte, la gran ilusión); y así
sucesivamente, pasando por Little Jack Honer, Humpty Dumpty y todos los demás.
El Libro Cuarto,
que empezó como el más claro y empírico volumen de misticismo que Sir John
hubiera visto, se había transformado en una enorme broma práctica para el
lector. Sir John recordó la tensa observación de Víctor Neuberg: «Ningún hombre
viviente comprende, o puede comprender, a Aleister Crowley, pero los que
valoren su salud no deben acercarse a él».
Cuando Mr. George
Cecil Jones volvió de sus vacaciones en Francia, Sir John se apresuró a
reunirse con él para contarle la saga entera de Lola Levine, Nubes Sin Agua, El
Gran Dios Pan y el gato muerto del Rev. Verey.
La cita tuvo lugar
en casa de Jones, en el Soho de Londres. Jones le presentó a su esposa y a sus
hijos —una encantadora y normal familia inglesa— y, acto seguido, se retiró
junto con Sir John a un estudio lleno de estantes cargados de libros que
llegaban del suelo al techo.
—Ha estado usted en
contacto con los espíritus de los Abramelins —dijo Jones.
—No —contestó Sir
John, procurando que su nerviosismo no pudiera ser detectado.
—Bien, en ese caso,
ellos se han puesto en contacto con usted —replicó Jones—. Cuéntemelo todo. —Se
sentó con el rostro atento pero impasible, como si se encontrase en una reunión
de negocios en su empresa química, mientras Sir John relataba la historia completa.
A su alrededor podría haber una docena de velas, en candelabros de bronce y
varias más en las palmatorias de las paredes, de modo que la habitación
resultaba brillantemente iluminada; pero Sir John detectaba que cada movimiento
en las sombras era un bosquejo de oscuros presentimientos.
—Bien —dijo Jones
cuando terminó el relato de Sir John—, ciertamente, ha padecido una situación
muy desagradable—. ¿Tiene usted miedo?
—El miedo es el
fracaso y el prólogo...
—Lo sé, lo sé; eso
es lo que tenía usted que creer —le interrumpió Jones—. La pregunta es: en este
momento, ¿cuánto cree?
—Tengo mis momentos
de inseguridad —confesó Sir John.
—¿Sólo momentos?
¿No horas o días enteros?
—Momentos
—respondió Sir John—. Pienso que, entre la técnica del pranayana y el Ritual de
Destierro del Pentáculo, he aprendido a vencer cualquier estado emocional
negativo antes de que pueda apoderarse de mí.
—Eso es lo que, al
menos, se espera que consiga en el grado de Practicante —replicó Jones—. Sin
embargo, si pudiera usted pasar por mayores pruebas... si, digamos, consigo que
un cirujano amigo mío le admita como observador mientras practica una operación
o una autopsia... o si, recurriendo a los adecuados contactos gubernamentales,
logro que le permitan asistir a un ahorcamiento en la Prisión de Newgate...
¿seguiría usted como Buda, con la mirada clara, sin miedo o aversión?
—No enteramente
—admitió Sir John—. Pero he alcanzado el grado suficiente de alejamiento de las
emociones del cuerpo que puedo garantizar que no me desmayaría o me pondría
enfermo.
Jones se levantó y
empezó a pasear por la habitación, tan silencioso e inescrutable como una
pantera enjaulada.
—Supongamos —dijo
finalmente— que le llevo a dar una vuelta por París y le conduzco a uno de esos
clubes, de los que habrá oído rumores, en los que se celebran orgías sexuales
para diversión de los espectadores. ¿Se mostraría usted como Buda, con la visión
clara, sin asaltos de lascivia y sin que afloraran los reflejos condicionados
de horror de la educación victoriana?
Sir John miró la
chimenea mientras los sermones que hablaban del infierno cruzaban por su mente.
—No —dijo
roncamente— Pienso que me alteraría tanto el deseo como el desagrado.
Jones sonrió
tranquilizador.
—Por lo menos, es
usted honesto —respondió simplemente. Dejó de pasear, se acercó una silla a la
de Sir John y, en voz baja, preguntó—: ¿Tengo que decirle que tome el siguiente
tren hacia Inverness y vaya a casa del Reverendo Verey para poner en práctica
el gran ritual de exorcismo que expulsará a las fuerzas que amenazan tan
desgraciado hogar?
El corazón de Sir
John le saltó en el pecho.
—No puedo hacerlo
—dijo, miserablemente—. No confío lo suficiente en mí mismo ni en mi control
sobre las fuerzas astrales.
Jones se rió, y
palmeó al joven en el hombro.
—Excelente, muy
bien —exclamó inesperadamente—. Ha llegado usted muy lejos en este aterrador
asunto —continuó, con los ojos llenos de cálida admiración—, y he de reconocer
que mis sentímientos se dividen entre mi más sincero reconocimiento por su
valor y mi más intensa desaprobación por su temeridad. Si hubiera asentido ante
mi sugerencia sobre el exorcismo, habría llegado a la conclusión de que usted
no sólo es temerario, sino un ejemplo de los peores casos de autoconfianza que
he conocido más cercanos al bíblico pecado del Orgullo. Nadie con el grado de
Practicante debería intentar lo que le he sugerido. Ejecutar adecuadamente un
exorcismo requiere haber llegado, por lo menos, al grado de Adepto Mayor.
Sir John respiró
profundamente, aliviado.
—Gracias —dijo,
queriendo decir mucho más de lo que significaba la palabra.
—Pensaré en todo
esto durante la noche —añadió Jones—. Quizá consulte con mi Superior en la
Orden, aunque espero que no sea un asunto tan serio. Creo que podría tratarse
tan sólo de una
malvada travesura.
Sir John se levantó
violentamente.
—Una travesura muy
malvada —objetó.
—Oh, ciertamente
—reconoció Jones—. Pero cálmese un poco y piense en todo esto de un modo más
racional. ¿Me ha visto alguna vez levitar o atravesar las paredes? ¿Se imagina
que puedo hacer tales cosas y que las oculto por modestia? Le aseguro que tales
siddhis, como los hindúes llaman a este tipo de poderes, son muy raros y,
fundamentalmente, una desviación de la Gran Obra. Que un grupo de libertinos
satanistas se encuentren muy adelantados en los siddhis parece simplemente
absurdo, Sir John. Usualmente, tienen personalidades amplificadas, no poderes
amplificados. La verdad es que en todo lo que me ha contado se intuye mucho
mal, pero también se detecta mucha truculencia y la más completa fanfarronería.
Déjeme pensar en ello con calma.
DE CLAVICULA
SOMNIORUM
Aquella noche, una
vez más, los sueños de Sir John fueron bestiales y aterradores. Lola, Lola,
Lola estaba en cualquier parte de las gnómicas cavernas del Sueño. El viejo
Celine guiaba a Sir John por algún oscuro e hispánico tipo de pinacoteca y
llegaba finalmente ante La Maja desnuda: el rostro del cuadro era el de Lola, y
sus ojos parecían vivos, mirando en el alma de Sir John con obscena burla.
—Espera —dijo
Celine, mirando el objeto—, es sólo Arte...
Pero sir John
corría por un jardín y pasaba bajo un árbol a cuyo alrededor se enrollaba una
serpiente con forma de ligas del tamaño de una pitón: bajo el árbol, desnuda y
burlona, Lola le llamaba: «Mira si está caliente el té». NO PASAR decía un
cartel, «C.O.Ñ.O. está caliente», decía un eco. Se encontraba en el Museo
Boulak, en El Cairo (¿dónde estaba Celine?) y una antigua estela que se alzaba
ante él mostraba a Horus, con cabeza de halcón, un globo alado y a la desnuda
diosa Nuit. El Cirujano Peel cantaba:
Sacerdotes vestidos
de negro hacen visitas
Asfixiando con
zarzas nuestras alegrías y deseos
—Mirad al Cirujano
Peel —decía el Cirujano Talis.
Sir John se
encontraba en Santa Sofía, en Constantinopla, examinando la intrincada joyería
de un crucifijo ortodoxo oriental.
—Habla —pidió Sor
Loin—, di si eres Kay. —Y Sir John veía que las iniciales I.N.R.I. iban
seguidas por una pequeña anotación"
Ipsum Nomen Res
Ipsa
[Comedlo con
catsup]
—El nombre es el
propio objeto —tradujo Sir John—. ¿Qué quiere decir eso?
La cruz se
convertía en el cuerpo de Lola, con los brazos abiertos, brillando como si
fuera de oro.
—Yod: Isis: Virgen
Madre, —dijo, hermética—. El semen del alba.
—Nun: Muerte.
Apophis, el Destructor —dijo el viejo Verey morbosamente—. Sir Talis al
mediodía.
—Yod: Isis: Virgen
Madre —repitió Lola—. ¡Comedio con catsup!
—Isis: Apophis:
Osiris: ¡IAO! —gritó una voz como un trueno.
EL NOMBRE ES EL
PROPIO OBJETO, escribió Sir John apresuradamente en su diario: era demasiado
importante como para olvidarlo.
Y amaneció. Los
pájaros cantaban en el exterior, la luz del sol se derramaba como una cascada
de oro por las ventanas; y Sir John se preguntó si se acercaría más a la
realidad final por mediación de la consciencia ordinaria o por el gnómico
simbolismo de sus sueños. Registró toda la visión en el diario mágico antes de
perderla y luego bajó a desayunar todavía rumiando el Ipsum Nomen Res Ipsa: El
Nombre Es El Propio Objeto. I.N.R.I.: Isis, Apophis, Osiris: IAO.
El correo de la
mañana incluía un paquete de extraña forma enviado por la Sociedad para la
Propagación Religiosa, Inverness, Escocia. Sir John lo abrió mientras se
sentaba a desayunar y encontró que contenía una carta de Verey y una cilindrica
grabación fonográfica. Se dirigió en primer lugar a la carta.
La letra de Verey
parecía alterada, difícil de leer en algunos párrafos. Empezaba sin formalidad
alguna:
Querido Sir John:
Lo peor ha
ocurrido. Apenas puedo recuperarme lo suficiente como para escribir un relato
detallado. Dios nos ayude.
La noche
antepasada, el zumbido y las risas de las criaturas horribles que últimamente
acechan este desgraciado lugar se hicieron más aterradoras que nunca. Decidí
grabar esos sonidos, para que otros pudieran oír y juzgar si es sólo en mi
imaginación donde las cosas con alas de murciélago balbucean con voces humanas.
Ahora, no se me ocurre más uso para el cilindro que enviárselo a usted. Otras
personas, estoy seguro, lo rechazarían, diciendo que estoy loco; al volverlo a
oír he descubierto que ni siquiera yo estoy seguro de haber estado en el
escenario cuando se grabó.
Pero he conocido un
horror mucho peor.
En el correo de
ayer vino un paquete para mi hermano, Bertran. Observé que el remitente
empleaba la abreviatura M.M.M., que no me dijo nada salvo que me sorprendió.
Bajo aquellas iniciales figuraba una dirección de la calle Jermyn, en Londres,
aunque no recuerdo el número.
Mientras yo leía mi
propio correo, Bertran se dirigió a la biblioteca para abrir el paquete. Tras
unos momentos me alarmó un sonido que, supongo, habrá oído poca gente; al
principio, no pude decidir si era risa o llanto. Luego descubrí que era risa
provocada por cierta locura histérica. Me dirigí a la biblioteca, pero, ay, era
ya demasiado tarde.
Dios mío, Sir John,
cuando entré en la habitación, Bertran tenía un rifle de caza apoyado en la
cabeza. Le grité: «¡Alto», y me abalancé hacia adelante, pero él se limitó a
mirarme con ojos aterrados y locos y apretó el gatillo. Veo ahora mismo la
desagradable imagen de su nuca explotando y... los detalles son demasiado
insoportables como para escribirlos. Me gustaría saber cómo los policías y los
médicos pueden acostumbrarse a ver tales cosas sin enloquecer ellos mismos.
Ciertamente, debí perder la razón durante unos momentos; recuerdo que me senté
en el suelo, sujetando el cuerpo muerto de Bertran en mi regazo lo mismo que si
fuera una madre abrazando a su hijo, llorando. Pienso, con una irrelevante pero
terrible emoción, que los escritores de «misterio» no saben de lo que escriben
y que cometen una atrocidad plasmando escenas como aquélla para procurar simple
entretenimiento. Dios mío, yo [palabra incomprensible] obra de Satanás.
Empecé a buscar el
paquete que, evidentemente, había disparado aquella inexplicable crisis de
suicida melancolía. Vi fuego en la chimenea, que estaba apagada antes de que
entrase Bertran, e hice la correcta deducción. Aunque lo intenté, ya era
demasiado tarde para salvar una sola partícula de las llamas. Sólo vi que el
objeto había sido un libro o algo así... aparentaba tratarse de un pequeño
volumen.
He tenido que
despistar al comisario y enviar todo esto lo mejor que he podido. Si encuentra
a algún M.M.M. en la calle Jermyn, Sir John, por amor de Dios, no le ponga
sobre aviso pero, por favor, infórmeme si encuentra alguna pista.
Esperando sus
noticias,
C. Verey
Sir John se dio
cuenta de que el huevo escalfado y el jamón se le enfriaban en el plato. No
sabía cuánto tiempo llevaba sentado, mirando al vacío y con la carta caída en
el suelo a su lado. Arrulladoras palomas canturreaban al otro lado de la
ventana. Se encontraba en el universo real y tangible, y las fuerzas de la
magia y la pesadilla también actuaban allí, no sólo en los reinos de los sueños
astrales.
—No fue suicidio
—dijo en voz alta, sin darse cuenta de que sucumbía a los síntomas de hablar
consigo mismo—. Fue asesinato.
—M.M.M., quién o
qué fuese, había enviado a Bertran Verey un libro que le llevó a la conclusión
de que era mejor morir que continuar viviendo en este universo.
Sir John recordó
entonces la grabación fonográfica del «zumbido y las risas» que mencionaba en
la carta. Entumecidamente, como quien anda dormido, llevó el cilindro a la sala
de música y lo insertó en el fonógrafo.
Lo que escuchó —las
voces de las criaturas que afligían el Loch Ness— fue una parodia insectoide
del habla humana.
[Sonidos zumbantes
e ininteligibles]
[Ladra un perro con
los chillidos de un animal asustado]
VOZ DEMENTE
FEMENINA
¡Infiernos!
¡Infiernos! ¡Todo el infierno está aquí!
VOZ MASCULINA
No hay escape, no
hay escape, no hay escape, no hay escape, no hay escape, no hay escape...
[la voz degenera
hasta convertirse en un zumbido subhumano]
SEGUNDA VOZ
MASCULINA
Está bien. Está
bien. Está bien.
VOZ ASEXUADA DE
MAQUINA
Todos se volverán
locos en la casa.
VOZ DEMENTE
FEMENINA
Sí, todos se
volverán locos. Charlie y Bertie y Annie se volverán locos.
VOZ MASCULINA
[cantando]
Charlie se vuelve
loco, Charlie se vuelve loco, Charlie se vuelve loco...
TERCERA VOZ
MASCULINA
¡Ya llegan las
cucarachas gigantes!
VOZ BESTIAL
Llegan las
hormigas...
VOZ DEMENTE
MASCULINA
Llegan los
centípedos...
VOZ DEMENTE
FEMENINA
¡Ni esposa, ni
caballo, ni bigote!
TERCERA VOZ
MASCULINA
Sangre, bastardo,
te enseñaré a lo que sabe.
VOZ BESTIAL
¡Mosquitos muertos!
¡Matan mariposas en las calles!
[Sonidos
ininteligibles]
[Trueno]
VOZ MECANICA
Una parte cloruro
de sodio y una parte ligas...
TERCERA VOZ
MASCULINA
[cantando]
De los abismos del
espacio, de los oscuros planetas, de las estrellas que brillan malignas...
[ininteligible]
... la cripta de
los Devoradores Ciegos, el valle maldito de Pnath, El Que No Tiene Nombre...
VOZ BESTIAL
Quieres un coño,
Charlie, quieres un coño.
VOZ DEMENTE
MASCULINA
En las Boscosas
Tierras del Horror, un extranjero se detiene para derramar una lágrima.
VOZ DEMENTE
FEMENINA
¡Henry Fielding
escribió Tom Jones y será maldito por remover mis huesos!
TERCERA VOZ
MASCULINA
Todos a bordo para
la Tierra de los Elfos. Compruebe su mente en la puerta.
VOZ BESTIAL
Charlie se vuelve
loco, Charlie se vuelve loco, Charlie se vuelve loco...
[El perro vuelve a
aullar aterrorizado]
VOZ MECANICA
Esto está bien: tú
estás equivocado. Esto está bien: tú estás equivocado.
Esto está bien: tú
estás equivocado.
VOZ ZUMBANTE,
APENAS HUMANA
¿Quién quiere nadar
conmigo?
TERCERA VOZ
MASCULINA
¡Io Pan! ¡Io Pan
Pan! ¡Te adoro, Evoe! ¡Te adoro, IAO!
VOZ DEMENTE
FEMENINA
Sí, mi coño,
Charlie. Quieres mi coño.
CUARTA VOZ
MASCULINA
... al Chivo Negro
de los Bosques, al altar de setenta mil peldaños que descienden
a las profundidades
de la tierra y a la Abominación de las Abominaciones...
VOZ DEMENTE
FEMENINA
¡Magna Mater!
¡Magna Mater! ¡Atys! Dia ad aghaidh's ad Adoin! Agus bas dunach ort!
La grabación se
detuvo abruptamente. Sir John se sentó asombrado, sabiendo que había oído las
voces de la insana pesadilla desatada en la parte más oscura de la fantasía
humana y el miedo: asumiendo sustancia real insuficiente para atormentar al
pobre Verey y la justa para impresionar el cilindro. La interpenetración de los
mundos del sueño y la realidad era completa.
Las palabras de
Arthur Machen en El Gran Dios Pan acudieron a su mente: «Debe haber alguna
explicación, alguna salida del terror. Porque, amigo mío, si eso fuese posible,
nuestra tierra sería una pesadilla.»
ACCION SONIDO
INTERIOR. DE NOCHE.
UN BAILE DE MASCARAS. PLANO LARGO EN MOVIMIENTO.
La CAMARA cruza
entre los bailarines —entre los que se encuentran YEATS, TROTSKY, HITLER y
BERTRAND RUSSELL— hasta que llega a una Figura vestida con Hábitos. El Vals de La Viuda Alegre.
El de los Hábitos:
«¡Oh, león-sol- serpiente que bajas junto con los demonios de la noche! ¡Te
adoro, Evoe! ¡Te adoro, IAO!»
George Cecil Jones
soltó la carta de Verey. Le temblaba la mano.
—Dios mío —dijo.
Se encontraban en
el estudio de Jones; Sir John pudo apreciar, incluso a la luz de las velas, lo
pálido que estaba el químico.
—¿Sabe usted algo
de estas M.M.M.? —preguntó.
—Naturalmente
—respondió Jones—. Es una librería. Mysteria Mystica Maxima: Libros de
Ocultismo y Mística de Todos los Tiempos; en el 93 de la calle Jermyn.
—Sí, Verey dijo que
la dirección era la calle Jermyn... pero una librería?
Jones sonrió
levemente.
—¿Esperaba algo así
como un templo satánico con gárgolas gesticulantes? Como librería de ocultismo
es tan buena como cualquier otra... si la presa es la búsqueda individual de
secretos místicos y el objetivo ir del sendero de la luz al de las tinieblas. ¿Se
imagina usted que Scotland Yard se iba a dedicar a investigar una librería en
una tierra como la nuestra, tan llena de derechos y libertades
constitucionales? Oh, una librería es una trampa ideal para tontos... —Sacudió
la cabeza, cansino—. La Mysteria Mystica Maxima es una criatura que estudiamos
con interés en el Amanecer Dorado desde su inauguración, hace dos años. Posee
una cantidad notable de libros místicos de todas las tradiciones, pero muchos
más volúmenes de Aleister Crowley que de ningún otro autor. Ocasionalmente
efectúan presentaciones, por lo general de Mr. Crowley.
—¿Era Lola Levine
una de las amantes de Crowley?
—Lo era —respondió
Jones—, y me imagino que aún lo es.
—¿Es la misma Lola
de Nubes Sin Agua?
—No tengo la menor
duda.
Sir John saltó de
la silla y se plantó antes Jones.
—¡Por Dios!
—gritó—. ¡Un hombre ha enloquecido por un libro! Se ha cometido un asesinato...
un asesinato que, probablemente, nunca se demuestre en un juicio, pero, con
todo, asesinato. Criaturas con alas de murciélago que se ríen y hablan como
ilusiones de la locura... malignos enanos de la mitología celta... cosas
monstruosas... el horrible sacrificio en el altar... Jones, Jones, deje de ser
el inescrutable profesor: es demasiado tarde. Dígame con palabras sencillas,
por amor de Dios, a lo que nos enfrentamos.
—Siéntese —le pidió
Jones tranquilamente— y deje de jadear. Le voy a contar todo lo que sabemos. Le
ruego que crea que no nos dedicamos a los mercaderes de misterio por su propio
bien. Los principiantes no conocen toda la verdad, lo mismo que los soldados no
tienen una idea clara de la batalla antes de dirigirse al frente.
Sir John se sentó.
—Lamento el
arrebato —dijo sordamente.
—Era de esperar en
las presentes circunstancias —replicó Jones, apaciguándole—. Ahora, seamos
breves y precisos...
Pero Jones estuvo
muy lejos de ser breve; de hecho, permaneció hablando durante casi dos horas.
La Francmasonería,
le dijo Jones, empezó con los Caballeros Templarios, como sir John argumentase
en su libro Los Amos Secretos. El que los historiadores no masones considerasen
la historia del origen de la masonería como un mito, era debido a que sólo conocían
los rituales y enseñanzas de las órdenes masonas públicas: el Libre y Aceptado
Rito Escocés y el Arco Real. Los que estaban al tanto de los secretos de las
órdenes más arcanas, como la Brethren de la Rosa Cruz y el Amanecer Dorado,
podían ver fácilmente, siguió Jones, la continuidad directa desde los
Caballeros Templarios hasta el presente.
Por otra parte,
continuó, existían, desde la destrucción de los Templarios por la Sagrada
Inquisición en 1314, dos tradiciones distintas de Francmasonería mística, cada
una de las cuales denunciaba a la otra por falsa y absurda.
—Sí —dijo Sir
John—, creo saber lo que quiere decir. Los que aceptan la culpabilidad de los
Templarios y los que la rechazan.
—Precisamente
—confesó Jones. Se levantó para echar más leña al fuego y continuó hablando,
pensativo.
Los cargos contra
los Templarios, le recordó Jones a Sir John, incluían la blasfemia,
perversiones sexuales y magia negra. Todos los historiadores reconocen que
estas acusaciones fueron lanzadas por Felipe II, rey de Francia, para hacerse
con las enormes riquezas de los Templarios. Pero no hay dos historiadores que
estén en total acuerdo acerca de la veracidad de los cargos. Todo el asunto es
mucho más complicado de entender debido al inconsistente comportamiento de
Jacques de Molay, Gran Maestre del Temple.
—Su comportamiento
—interrumpió sir John— es dolorosamente claro para cualquiera que haya
investigado los instrumentos que la Inquisición empleaba en aquellos días para
obtener las confesiones.
—Efectivamente
—replicó Jones, sombrío—. El hecho es que de Molay dejó a su muerte una ambigua
herencia. —Tras ser arrestado, confesó bajo tortura todos los cargos efectuados
contra la Orden de los Templarios, incluyendo extremos tales como que escupían el
crucifijo y todos los excesos sexuales imaginables. Llevado a juicio, de Molay
repudió la totalidad de la confesión y declaró enfáticamente que sólo lo había
admitido para escapar de las sádicas máquinas que la Inquisición empleaba en
los interrogatorios. Le volvieron a torturar, confesó nuevamente, y fue juzgado
por segunda vez sin más alteraciones de su testimonio. En la pira de la
ejecución, antes de que encendieran las llamas, reafirmó apasionadamente su
inocencia y la de la Orden Templaría, denunciando a la Inquisición y a la Casa
Real Francesa, y —de acuerdo con algunas fuentes—, murió gritando: Vekam,
Adonai!:¡Venganza, Señor!
«Cualquier
historiador objetivo —prosiguió Jones—, pese a los prejuicios existentes contra
la aseveración de que la Francmasonería está enraizada con las enseñanzas
secretas de los Templarios, admitirá que todos los Templarios no fueron
asesinados durante la gran purga de 1314. Efectivamente, existen documentos que
prueban que las logias españolas de los Templarios no fueron perseguidas y
siguieron actuando, mientras las logias francesas eran exterminadas
sistemáticamente. Incluso las órdenes más abiertas de la Francmasonería, como
el Rito Escocés, usan aún las últimas palabras que dijera de Molay — Vekam,
Adonai! en las Iniciaciones de Tercer Grado, aunque la mayor parte de ellos no
tengan mucha idea acerca del significado de las palabras o su origen.
Una continua serie
de tragedias se cebó en el trono francés a lo largo de los siglos, siguió
explicando Jones. Empezó con el asesinato de Felipe II, que denunció a los
Templarios y se apropió de su fortuna; Felipe murió apuñalado un año y un día
después de que de Molay fuera quemado en la estaca. El clímax se alcanzó con la
decapitación de Luis XVI durante la Revolución Francesa. Todo ello fue obra de
una logia de Templarios masones que seguían literalmente el grito vengativo que
emitiera de Molay.
—Estaba en su ánimo
—dijo Jones sombríamente—, tras abolir la monarquía francesa, derrocar a cada
rey de Europa e, incluso, destruir el Papado.
Jones se puso a
rebuscar entre sus libros y sacó un pergamino de impresión moderna.
—Este —dijo— es un
documento de la logia de la que le hablo. Se llama a sí misma Ordo Templi
Orientis —la Orden de los Templarios de Oriente— y es la propietaria de la
librería del 93 de la calle Jermyn, Mysteria Mystica Maxima. Esto es un sumario
conciso de las creencias de la falsa Masonería a la que en el Amanecer Dorado
queremos oponernos y vencer.
Le pasó el
pergamino a Sir John y éste leyó:
No hay más Dios que
el Hombre.
El hombre tiene
derecho a vivir según su propia ley.
El hombre tiene
derecho a vivir como mejor le parezca.
El hombre tiene
derecho a vestir como guste.
El hombre tiene
derecho a vivir donde elija.
El hombre tiene
derecho a viajar a donde quiera por la faz de la Tierra.
El hombre tiene
derecho a comer lo que quiera.
El hombre tiene
derecho a beber lo que quiera.
El hombre tiene
derecho a pensar lo que quiera.
El hombre tiene
derecho a hablar como quiera.
El hombre tiene
derecho a escribir como quiera.
El hombre tiene
derecho a moldear como quiera.
El hombre tiene
derecho a esculpir como quiera.
El hombre tiene
derecho a trabajar como quiera.
El hombre tiene
derecho a descansar como quiera.
El hombre tiene
derecho a amar como quiera, donde, cuando y con quien quiera.
El hombre tiene
derecho a matar a cualquiera que contravenga estos derechos.
—¡Esto es la
anarquía! —exclamó Sir John.
—Exactamente
—aseveró Jones—. Es una declaración de guerra contra todo lo que conocemos como
civilización cristiana.
—Es insidioso
—observó Sir John—. Muchas personas de buenos sentimientos estarían de acuerdo
en aspectos parciales. La incitación a la promiscuidad, al asesinato y la
revolución han sido redactadas para que parezcan formar parte y facción de una
filosofía integrista de libertad. Resulta particularmente atractivo para mentes
jóvenes e impresionables.
—Mire otra vez la
primera línea —pidió Jones—. La marca de la blasfemia: «No hay más Dios que el
Hombre». ¿Ve usted cómo podría esta frase conducir a débiles mentes ateas hasta
cierto tipo de misticismo humanista, y a los pobres místicos al ateísmo, actuando
ambos en una trama de ámbito mundial para acabar tanto con los gobiernos
civiles como con la religión organizada? ¿Puede comprender ahora cómo este
ultraindividualismo llegó a atraer a mentes realmente buenas y corazones nobles
durante las Edades Oscuras, cuando los gobiernos estaban basados en la tiranía
y el motor principal de la religión era el satánico terrorismo de la
Inquisición?
—Y las perversiones
codificadas en Nubes Sin Agua son las mismas de las que acusaron a los
Templarios —musitó Sir John—. La continuidad es innegable... a lo largo de seis
siglos... ¿Realmente creen que tan viles e innombrables prácticas pueden hacer
que la humanidad llegue al estado divino?
—Estas prácticas
eróticas son el centro de muchos cultos —dijo Jones—. Las encontrará entre
cierto tipo de alquimistas taoístas de China, entre los tantristas de la India,
en los cultos mistéricos de Grecia y Egipto, entre ciertas sectas oscuras de
sufíes de la Edad Media... de donde probablemente evolucionó este lado oscuro y
diabólico de la Masonería, junto a la verdadera Masonería.
—Pero —exclamó sir
John—, ¿cómo un hombre educado en el Amanecer Dorado, como lo fue Crowley,
puede dar la espalda deliberadamente a todo lo bueno y unirse a esta perversión
del verdadero Arte?
Jones suspiró.
—¿Por qué cayó
Lucifer? —preguntó—. Orgullo. El deseo no de servir a Dios... sino de ser Dios.
Hubo un largo
silencio durante el cual los dos hombres contemplaron el horror que se ocultaba
detrás de las iniciales M.M.M.
Sir John fue el
primero en hablar.
—¿Qué podemos hacer
por el Reverendo Verey y su esposa?
—Sólo podemos hacer
una cosa —respondió Jones, decidido—. Debemos enviarle un telegrama y
apremiarle, con las más duras palabras, a que él y la Señora Verey viajen a
Londres a toda prisa. Aquí, trabajando con los Jefes de nuestra Orden, podremos
crear un escudo psíquico que los proteja. Si siguen en su solitario hogar de
Loch Ness, nuevos horrores se lanzarán contra ellos. —Jones movió la cabeza
apesadumbrado—. Debemos enviar un telegrama lo más duro posible —repitió—.
Cualquier retraso por nuestra parte podría permitir que ocurriera una segunda
tragedia.
DE FORMULA DEOR UM
MORIENTIUM
Jones y Sir John
estuvieron cerca de una hora componiendo el telegrama; eran casi las dos de la
mañana cuando Sir John llegó a su casa, en la Mansión Babcock, totalmente
exhausto.
Si tuvo malos
sueños, fue incapaz de recordarlos, pues su mayordomo, Wildeblood, le despertó
abruptamente a las siete de la mañana.
—No sabe cuánto lo
siento, señor —dijo Wildeblood—, pero hay un caballero que insiste en verle. Se
encuentra terriblemente agitado.
—¿A esta maldita
hora? — refunfuñó sir John, buscando las zapatillas aún medio dormido—. ¿Quién
demonios es?
—Un clérigo, señor.
Dice llamarse Reverendo Charles Verey.
Sir John saltó de
la cama, poniéndose la bata apresuradamente. Supo en su alma que el horror
había vuelto a golpear en Inverness antes de que llegase el telegrama.
—Té, no —dijo—.
Café... muy cargado. Y huevos y bacon para dos. En el invernadero.
Se lavó y se peinó
rápidamente, sin molestarse en afeitarse. Monstruosidades con alas de
murciélago... el maligno Pueblo Diminuto, considerado como pintoresco e
inofensivo tan sólo por los ignorantes folcloristas de ciudad.. la Cosa del
Loch Ness... ¿Qué nueva abominación había expulsado al fin al viejo Verey de
sus amadas colinas de las Montañas?
Bajando las
escaleras casi al galope, Sir John recibió dos impresiones simultáneas. El Rev.
Verey era un jorobado (cosa que, naturalmente, no había mencionado en sus
cartas...) y mostraba el
rostro más ojeroso
y trágico que Sir John hubiese visto hasta entonces.
Componiendo sus
propios rasgos con gran dificultad, Sir John extendió una mano firme.
—A su servicio,
señor —dijo con voz nivelada. Calma, calma, se pidió a sí mismo severamente.
El anciano tomó la
mano de Sir John débilmente.
—Tiene ante sus
ojos a un hombre destrozado —dijo, ronco—. Casi estoy a punto de desesperar de
la bondad de Dios —añadió, sofocando un sollozo.
—Entre —le pidió
sir John amablemente—. Debe estar tan agotado por el viaje como por el
enfrentamiento con las fuerzas del mal. Desayunemos juntos y discutamos acerca
de lo que hay que
hacer. —Verey
estaba tan pálido, observó, como si le hubieran pintado la cara para una escena
de muerte del Ol Vic.
Los dos hombres,
luchando por dominarse, se sentaron en el invernadero —donde Sir John
conservaba una excelente colección de helehos, forsitias y dondiegos, entre
jaulas de canarios y loros. Era, con diferencia, el comedor más luminoso de la
mansión, y Sir John lo eligió por aquella misma razón. Desgraciadamente, uno de
los loros había retenido una frase muy poco delicada de uno de los obreros que
colocaran nuevos estantes la semana anterior.
—¡Levanta tu jodido
extremo, Bert! —gritó el ave cuando Sir John acomodaba al anciano sacerdote a
la mesa.
—¡Silencio! —gritó
Sir John, olvidando que, en tales ocasiones, lo mejor es olvidarse del loro.
—¡Levanta tu jodido
extremo, Bert! —repitió el pájaro, animado por la atención prestada.
—Lo siento —dijo
Sir John tontamente—. Lo habrá aprendido de algún obrero.
—No importa
—respondió Verey, ausente—. Annie ha muerto. —Se quedó mirando la mesa, como si
no pudiera decir nada más.
[¡Levanta tu jodido
extremo, Bert!]
—¿Annie? —preguntó
Sir John gentilmente—. ¿Su esposa?
—Sí —gritó Verey—.
Annie, mi esposa. Mi compañera durante cuarenta años. Mi tesoro, mi cielo en la
tierra. —Sir John también miró la mesa, sin querer fijar la vista en el anciano
arrasado por las lágrimas.
—Café, señor —dijo
Wildeblood, apareciendo de improviso entre los helehos—. La comida estará lista
en un momento.
—Tome, Reverendo,
tómelo caliente y sin leche —dijo Sir John—. Le estimulará y le dará nuevas
fuerzas. No puedo decirle cuánto... lo que siente mi corazón en este momento...
no tengo palabras...
¡Levanta tu jodido
extremo, Bert!
—¡Wildeblood!
—exclamó Sir John—. ¡Llévate a ese maldito... a ese pájaro loco a cualquier
parte!
—Muy bien, señor.
—Wildeblood salió llevándose la jaula.
—Hola. Hola
—chillaba el pájaro mientras se lo llevaban—. Puto loco. Puto loco.
—No sabe cuánto lo
siento —empezó de nuevo sir John, descubriendo que se repetía—. ¿Qué es lo
que... qué paso? —preguntó—. Abrame su pecho, señor.
—Fue el día después
de la investigación sobre Bertran. —dijo Verey, átonamente. [Todavía está
impresionado, pensó Sir John.]—. No le dije nada a Annie sobre el paquete que
desquició la mente de Bertran... ¿para qué darle más quebraderos de cabeza?
¡Oh, qué loco fui, qué ciego, qué ignorante...! Si ella lo hubiera sabido... si
la hubiera advertido...
—Contrólese —le
pidió Sir John amablemente.
—Sí, claro. Lo
siento. — [Las víctimas de las peores tragedias, pensó Sir John, siempre lo
lamentan por los demás, como si se avergonzasen por la deuda de piedad que les
debemos...]—. Fue otro paquete —prosiguió Verey—. No me di cuenta de la llegada
del correo. Estaba en el estudio, rezando... pidiendo la intervención divina
para que El detuviera a aquellos diabólicos seres que afligían a mi familia.
Como Job, quería saber que Dios me oía y la razón que tenía para que el
Adversario lanzase aquellas crueldades contra nosotros. No lo sé... Creo que
estaba rezando y llorando. Bertran fue uno de los hombres más valientes que
haya conocido, y no me imagino qué es lo que le pudo llevar a cometer la
cobardía, el anticristiano acto del suicidio. ¿Cuál era aquel libro tan
condenable? A menos que lo hubiera compuesto yo mismo. Dije, «Hágase Tu
voluntad, Padre, no la mía», y decidí refugiarme en mi fe a pesar de todo. —Los
atormentados ojos de Verey miraron a Sir John como si el clérigo fuese un
animal herido—. Fue entonces cuando escuché el horrible sonido por segunda vez
en mi vida... la risa de la locura histérica.
Sir John palmeó el
abombado hombro del anciano.
—Valor —dijo
cordialmente.
—Corrí a la cocina
—continuó Verey, con voz átona e indiferente, impresionado—. Había arrojado
algo al fogón, y pude ver que era un libro. Incluso conseguí leer las sílabas
MA GA en la ardiente cubierta. Oh, Dios... MA GA, MA GA: ¿qué quería decir?
Pero Annie chillaba agónicamente y, en un terrible instante, comprendí por qué.
Había ingerido de un sólo trago todo el contenido de la botella de yodo que
guardábamos en el botiquín. La botella vacía se hallaba a sus pies. Sujeté a
Annie durante un momento, mientras moría, e intentaba decirme algo. Creo que
quería explicarme que no pensaba que el suicidio con yodo fuera tan doloroso...
El viejo escocés se
quedó mirando al vacío. Finalmente, volvió a hablar.
—Dios mío, Dios
mío, ¿por qué me has abandonado?
—Huevos y bacon
—dijo Wildeblood, reapareciendo.
—¡MA GA! ¡MA GA!
-chilló un loro.
Tras el desayuno,
Sir John y el Rev. Verey se tomaron otra taza de café en la biblioteca
repasando todos los terrores que les habían reunido.
Babcock explicó que
había conocido a Lola Levine, a Aleister Crowley, la M.M.M. y El Gran Dios Pan.
Verey escuchó distraído, como si estuviera tan colmado de horrores que nada
pudiera afectarle.
—El libro —dijo
Babcock finalmente—, el terrible libro que conduce al suicidio... podría ser la
clave de todo el misterio. Esas condenadas sílabas que recuerda —MA GA— son
atormentadoramente poco claras. ¿No puede recordar nada más?
—Nada —respondió
Verey inflexible, huecamente—. Debe recordar que sólo las vi durante un
instante, entre las llamas, y que mi mente estaba muy turbada en aquel momento.
Sir John sirvió más
café, pensando en frases como «tema gallego», «sofisma galáctico», «estigma
gaseoso». Súbitamente, le llegó a la cabeza un nuevo pensamiento.
—Por lo menos
podemos eliminar dos —dijo—. El libro no era ni Nubes Sin Agua ni El Gran Dios
Pan. Ninguno de los dos lleva en su título ningún ma ga. Además, usted y yo, y
mucha más gente ha leído esos libros sin enloquecer...
Verey se incorporó
y empezó a pasear; su aspecto, con la espalda jorobada y el rostro blanco y
ceniciento, resultaba trágico.
—El libro del que
hablamos no está hecho con indirectas o códigos, como El Gran Dios Pan o Nubes
Sin Agua —dijo—. El horror debe resultar visible en todas sus páginas, en
cuanto se abra. Tanto Bertran como la pobre Annie reaccionaron a los dos o tres
minutos de abrir el volumen. Debieron enloquecer con uno o dos párrafos...
quizá una sola frase...
Babcock palideció.
—Me acabo de dar
cuenta, Reverendo, de que debe haber algún objetivo obvio para esta
monstruosidad —dijo a duras penas—. Usted mismo. Debe quedarse aquí, conmigo,
como mi invitado, hasta que solucionemos todo este terrible asunto. Cualquier
paquete que llegue para usted de M.M.M. debe quedarse sin abrir, o, al menos,
abierto tan sólo por un hombre a quien conozco y del que puedo aseverar que
está tan adelantado en conocimiento oculto que será capaz de vérselas con
cualquier cosa que conlleve el libro.
Verey se quedó
mirando la chimenea.
—Sé que tiene usted
razón —dijo, cansado—, aunque, en este punto, odiaría ver a nadie, por
adelantado que estuviese a su entender en conocimiento oculto, abriendo un
paquete de la condenable M.M.M.
—Quizá —replicó Sir
John—. Habrá de decidirlo Jones, el hombre de quien le hablo. Pero,
ciertamente, ni usted ni yo abriremos el paquete. Si usted es el siguiente
objetivo, yo seré el siguiente. Dios —exclamó—, ¿cómo pasando todas estas cosas
el mundo sigue dentro de la niebla de su ceguera materialista?
Verey suspiró.
—A causa de los
ateos de Oxford y Cambridge —dijo—. La herencia de Voltarie, Nietzche,
Darwin... Todo el clima intelectual europeo durante ciento cincuenta años ha
sido orquestado por el
Anti Cristo para
cegarnos...
—Bien, cambiará la
historia —dijo Sir John—, pues nuestro futuro se halla en nuestras propias
manos. He instalado el teléfono recientemente, y puedo llamar a Londres para
pedirle a Jones que venga aquí lo antes posible. Créame si le digo que él está
mejor preparado para enfrentarse a este horror que usted o yo.
Se levantó, pero se
detuvo al ver la súbita mirada de angustia que cruzaba el rostro de Verey.
—Dios mío —exclamó
Verey—. McPherson.
Sir John se volvió
para mirarle.
—¿McPherson?
—preguntó—. ¿Quién es McPherson?
—El Reverendo
Duncan McPherson —respondió Verey—. Mi socio en la Sociedad para la Propagación
de la Verdad Religiosa. También él recibió una de las postales.
Sir John sintió que
la tierra sólida se convertía en átomos bajo sus pies.
—¿Qué postales?
—preguntó—. Nunca mencionó nada acerca de postales.
Verey,
literalmente, saltaba de arriba a abajo dominado por la angustia y la
impaciencia.
—Debo advertirle
—concluyó—. Dice usted que tiene teléfono. ¿A quién conozco yo en Inverness que
tenga teléfono?
—¡La policía!
—exclamó Sir John—. ¡Debemos llamar a la policía y que vayan en busca de
McPherson! ¿Qué postales?
—¡Luego, señor!
—gritó Verey—. Dígame, ¿dónde se encuentra el teléfono?
—En el vestíbulo
—respondió Babcock—. Pero, ¿cómo explicarle todo esto a la policía?
Echaron a correr
hacia el vestíbulo intercambiando incoherentes observaciones.
—La policía sabe
todo lo referente a los suicidios —explicó Verey excitadamente— y oyeron mi
testimonio sobre los paquetes que llegaron por correo antes de las muertes...
aunque me parece que me creyeron sólo a medias...
Los dos hombres
llegaron a la sala del teléfono, en el vestíbulo, y fueron capaces de volver a
hablar tranquila y racionalmente de nuevo. Verey solicitó a la operadora que le
pusiera con Inverness 418 y, después de la usual y aburrida espera, le conectaron.
—Soy el Reverendo
Verey —dijo cuando le contestaron al otro extremo de la línea—. Quiero hablar
con el Inspector McIntosh sobre el asunto de los suicidios.
Babcock admiró
durante los siguientes minutos el sentido de la diplomacia del anciano. Verey
explicó sólo lo que un oficial de policía podría comprender, incluso
improvisando la teoría de que los misteriosos paquetes de Londres pudieran
contener algún veneno químico que alterase la razón.
—Bajo ninguna
circunstancia —dijo agudamente el clérigo jorobado— debe abrir McPherson ningún
paquete procedente de Londres... o ningún paquete poco corriente, para estar
totalmente seguros. Esos villanos podrían cambiar la dirección del remitente
para pillarnos por sorpresa.
Cuando Verey hubo
colgado el teléfono, parecía algo más tranquilo.
—Enviarán a un
policía a ver a McPherson —explicó—. La idea que se me ocurrió acerca del
veneno parece que les impresionó.
Sir John asintió,
preocupado.
—Por un momento, me
impresionó incluso a mí —reconoció—. Pero, naturalmente, no es la verdad. No
hay droga que reaccione de modo tan específico. La belladona, el mayor
generador de delirios conocido, tiene una variedad muy grande de efectos.
Algunos lloran histéricamente; otros ríen de un modo demencial; otros alucinan;
algunos mueren por reacción tóxica. El hashish es igualmente variable en cuanto
a sus efectos. No hay nada en ese sentido que nos pueda ayudar, aunque al menos
ha valido para persuadir a la policía de que advierta a McPherson contra
paquetes misteriosos...
Volvieron en
silencio a la biblioteca donde Sir John, por fin, recordó la incoherente
excitación de Verey acerca de «las postales» antes de que echasen a correr
hacia el teléfono. Cuando se hubieron sentado, planteó el tema.
—¿Qué eran esas
postales de las que hablaba?
Verey sacudió la
cabeza con humildad.
—Algo tonto y
absurdo —dijo—. No las relacioné con todo esto hasta el momento en que usted me
vio hacerlo. Naturalmente, ahora no estoy seguro... quizá todo sea una
coincidencia.
Una coincidencia,
pensó Sir John con amargura. Esas palabras siempre me parecerán idiotas o
siniestras.
—Ni siquiera venían
franqueadas desde Londres —continuó Verey—. Venían de Inverness, por eso no
establecí la relación. Pero, claro, ahora sabemos que también tienen agentes
allí, como el
misterioso
Oriental...
—Hábleme acerca de
las postales —sugirió Sir John amablemente.
—La primera llegó
para Bertran —empezó Verey—, exactamente dos días antes que el paquete que
provocó el suicidio. No tenía sentido... sólo era un bastón con una letra
hebrea.
—¿Sabe usted qué
letra hebrea? —preguntó Sir John,
Verey pensó durante
un minuto.
—Déme un papel
—pidió—. Naturalmente, estudié hebreo en el seminario... pero hace ya cuarenta
años. Sin embargo, la educación escocesa es muy estricta y... Creo que ya lo
sé.
Sir John le pasó un
bloc y Verey dibujó rápidamente.
—Se parecía a esto
—dijo—. Sólo llevaba el diseño y el nombre de Bertran.
Sir John miró el
dibujo:
—Yod, ¿verdad?
—preguntó Verey.
Sir John se
sonrojó.
—Sí —respondió—.
Yod. Significa mano o puño. —Realmente, estaba recordando la opinión de algunos
estudiosos que decían que mano y puño eran eufemismos y que yod, originalmente,
significaba espermatozoo. El dibujo tenía apariencia fálica de un modo turbador—.
¿Y la siguiente postal? —preguntó, sospechando que contendría nun, de nuevo el
pez. Otro I.N.R.I.
—Esta iba dirigida
a Annie —contestó Verey—, y el remite era otra vez de Inverness. Una vez más,
no comprendí la conexión, fuese cual fuese, con la tragedia que ocurrió dos
días después—. Rápidamente, dibujó:
—No estoy muy
seguro de recordar ésta —admitió Verey
—Hé —dijo Sir
John—. Una ventana. Y la primera nota no representaba un báculo sino una vara
de mando lo mismo que esta otra simboliza una copa. Son los implementos de la
magia. ¿La carta de McPherson no fue una espada?
—Es maravilloso
—expresó Verey—.Tiene usted toda la razón.Muy parecida a esta.—Dibujó
nuevamente:
—Vau –concretó sir
John—. El clavo.
Ambos hombres
palidecieron.
—Algunas cosas no
se olvidan, aunque pasen décadas—dijo Verey, atemorizado—. Al ver las tres
juntas, puedo deducir cuál sería la cuarta.
—Sí —corroboró Sir
John—. Hasta ahora contamos con Yod Hé Vau, las tres primeras letras del
Inexpresable Nombre de Dios. La cuarta sólo puede ser una segunda Hé, para
formar Yod Hé Vau Hé: YHVH, palabra que es habitualmente traducida como Jehová.
Esos monstruos están empleando el nombre mas sacrosanto de la Cábala como
leitmotif de una cadena de asesinatos. Es blasfemia y sacrilegio de la peor
clase, la más negra de las magias negras. ¿Cuándo recibió McPherson la postal
con la Vau?
—¡Hace dos días!
—jadeó Verey.
Sir John también
jadeó.
—¡En ese caso, el
paquete con el libro del horror llegaría en el correo de hoy!
—Dios Salvador
—susurró Verey con los ojos cerrados—. Ojalá la policía llegue antes que el
cartero...
Ambos oyeron el
timbre del teléfono en el mismo momento.
Sir John nunca
recordará si corrió o si se tambaleó por el vestíbulo.
—Sir John Babcock
—dijo al descolgar.
—Soy el Inspector
McIntosh —explicó la voz electrónica a su oído—. ¿Está ahí el Reverendo Charles
Verey?
Sir John apuntó a
Verey con el teléfono y se quedó como un zombie escuchando la parte de la
conversación correspondiente a Verey:
—Sí... Oh, Dios,
no... Sí... ¿Cómo...? Totalmente seguro... Dios se apiade de todos nosotros,
Inspector... Lo haré...
El jorobado
sacerdote parecía haber encogido y menguado cuando colgó.
—Ha vuelto a
ocurrir —dijo.
—¡Dios mío!
¡Cuéntemelo!
—El policía que
enviaron a casa de McPherson le encontró ya muerto. Se había cortado la
garganta de oreja a oreja con una navaja. En la chimenea encontraron los restos
de un paquete, como en los dos casos anteriores. El policía dice que pudo ver
parte de un libro que aún ardía, y que distinguió las letras SO.
—MA GA SO —repitió
Sir John—. Locura además de blasfemia. Que Dios nos proteja a todos nosotros.
EL COMENTARISTA DE
RADIO: Y ahora, señores, es la Hora del Misterio. ¿A quién le corresponderá la
suerte de ganar cien dólares? El dial ya corre... suena el teléfono... y tengo
a alguien al otro lado de la línea. ¿Hola, hola?
VOZ MASCULINA:
¿Hola, hola? [Apaga el condenado coche de bomberos.]
COMENTARISTA:
¿Hola, quién es?
VOZ MASCULINA:
¿Hola? ¿Es la Hora del Misterio? [¡Brigit, no pegues a tu hermano con el coche
de bomberos!]
COMENTARISTA: Sí,
es la Hora del Misterio... ¡y ésta es su oportunidad de ganar cien dólares!
Pero, antes, ¿cuál es su nombre, caballero?
VOZ MASCULINA:
James Patrick Hennesy.
COMENTARISTA:
¡¡¡James Patrick Hennesy!!! ¡Vaya nombre esquimal! Ahora en serio, me apuesto
lo que sea a que los suyos vinieron de la Vieja Patria.
HENNESY: No,
nacieron en Brooklyn. Como yo.
COMENTARISTA: ¡Oh!
¡Bueno, supongo que sus abuelos sí vendrían de la Vieja Patria!
HENNESY: Sí,
algunos. Creo que eran italianos o algo así.
COMENTARISTA:
¡¡¡Una verdadera familia americana!!! Bien, Mr. Hennesy, nos ha enviado usted
una postal y nos tiene ya al teléfono... somos su oportunidad de ganar cien
dólares. ¡Vamos allá! ¡¡Por cien dólares!! ¡¡¡La Pregunta Misteriosa de esta
semana es...!!! ¿Preparado, Mr. Hennesy? Ahí va la pregunta: ¿Es la magia la
causa de los suicidios o existe alguna explicación racional? ¿Usted que piensa,
Mr. Hennesy?
HENNESY: [Deja de
pegar a Brigit con la jaula, Tommy. Asustas al pájaro.] Oh, ah, uh, creo que es
la magia.
COMENTARISTA: ¡¡Lo
cree!! ¡¡¡Lo es!!! ¡¡¡¡Magia!!!! ¿Nos podría contar por qué lo piensa, Mr.
Hennesy?
HENNESY: ¿Tengo
razón?
COMENTARISTA: Habrá
que verlo Mr. Hennesy. Lo descubrirá con el resto de nuestra audiencia. Díganos
por qué piensa que es la magia.
HENNESY: Es
evidente.
COMENTARISTA:
¿Evidente, Mr. Hennesy?
HENNESY: Bueno,
nadie camina a través de las paredes, ¿verdad?
COMENTARISTA: No, a
menos que sea muy listo.
HENNESY: ¿Es una
indirecta?
COMENTARISTA: No
lanzamos indirectas, Mr. Hennesy. Le quedan treinta segundos. ¿Por qué la
magia?
HENNESY: Es
evidente. Eso es todo. Nadie puede atravesar las paredes o, bueno, hacer que la
gente se suicide con un libro. Tendrá que ser la magia, ¿no?
COMENTARISTA:
Bueno, lo intentó, Mr. Hennesy. Aunque no haya conseguido los cien dólares, ¡al
menos recibirá el premio de consolación consistente en un año de suministro de
Preparación H y el modo de usarla! ¡Y ahora! ¡Volvemos a nuestro espectáculo!
Las campanas de
Fraümünster daban las seis, y los rayos de color canela del crepúsculo
difuminaban tétricamente sombras de tonos mortecinos por la habitación, el
encanto de una bruja tintada en rojo dorado, tan gótica como el cuento de Sir
John. Einstein, Babcock y Joyce aceptaron la sugerencia de Mileva Einstein de
tomarse un descanso para cenar. El comedor apestaba a humo a causa de la pipa
de Einstein. Mileva abrió una ventana para renovar la atmósfera, con el
desafortunado resultado de que el pegajoso Föhn se coló en la habitación.
Einstein se levantó
para estirarse y se puso a caminar de un lado para otro pensativamente. Joyce
se quedó sentado en la silla de felpa roja con el rostro carente de expresión,
introspectivo.
—Bien, Jeem —dijo
Einstein finalmente—. Parece como si toda esa parafernalia de los poetas del
Crepúsculo Celta nos hubiera caído encima, a su pesar. Incluso lo de las
hadas...
Joyce asintió,
sonriendo caprichosamente.
—Incluso tenemos un
apropiado y tétrico atardecer —dijo—. Se parece mucho a la historia de Tar Baby
que cuentan los negros americanos. Se están aliando con lo que combaten...
Einstein dejó de
pasear y sus juguetones ojos de spaniel se desenfocaron completamente, como si
mirara hacia adentro y no hacia afuera; Joyce se preguntó si habría dejado de
pensar con palabras para empezar con imágenes, como dijo que hacía cuando se
enfrentaba a algún problema de física. Babcock y Joyce intercambiaron las
vacías miradas de los Apóstoles al terminar una de las más oscuras parábolas,
pensando los dos que la referencia a Tar Baby había desatado el que Einstein se
quedase en aquel trance como de fakir. Cuanto más se pega a un Tar Baby, más
fiel resulta: aquélla era la moraleja de la leyenda del negro. Pero, ¿qué tenía
que ver con el libro que hacía que se matase la gente? ¿Destruyendo el libro se
destruía también al destinatario, como si todo fuese una alegoría de los
censores?
—Acción y reacción
—susurró Einstein, hablando para sí mismo—. El viejo Newton todavía nos manda
su sabiduría a través de tres siglos...
—Profesor —preguntó
Babcock—, ¿es posible? ¿Está usted empezando a construir una respuesta
científica para todos estos increíbles eventos?
Einstein parpadeó y
se volvió a sentar, cansadamente.
—Bueno, no del todo
—dijo—. Pero empiezo a encontrar alguna luz científica en medio de todas estas
tinieblas medievales... una hipótesis que empieza a cobrar forma... aunque
todavía no sé...
—En este punto
—opinó Joyce—, cualquier hipótesis será bienvenida, aunque se trate sólo de un
bosquejo, aunque esté incompleta. Por Dios, Einstein, he pasado varios meses
todo el año pasado, escribiendo el más horrible y fétido sermón acerca del
Infierno jamás redactado. Extraigo fragmentos de cada clase de teología y
ejercicio espiritual de mi juventud, de los libros de texto de los jesuitas, y
lo organizo todo con la esperanza de redactar una arenga que hiele la sangre,
revuelva el estómago y erice el pelo de los lectores no católicos cuando
descubran las alegres horas que mi héroe tiene que soportar durante la piadosa
educación irlandesa católica. Pero, para ser honesto, he pasado una temporada
maravillosa y llena de gloria escribiendo tan sangriento horror, pues tales
cosas no tienen poder para atemorizarme y puedo escribir sobre ellas con un
alejamiento
frío, clínico y
documental. Escuchando el relato de Babcock, por otro lado, he estado a punto
de volver a los rancios terrores reales de mi adolescencia.
—Naturalmente —dijo
Einstein, rubicundo en la luz moribunda—. Ese es el punto álgido de la
cuestión.
—¿Perdón? —pidió
Babcock.
—Espere —replicó
Einstein—. Es una luz muy pálida, muy lejana; podría ser un falso amanecer;
todavía estoy trabajando en ello. Pero seguramente podrá usted generalizar que
el hombre enredado con el Tar Baby, se lo pasaría mucho mejor si hubiera dos
Tar Babies luchando uno con el otro.
Joyce y Babcock se
quedaron con la mirada vacía, como estatuas escarlatas en las tinieblas que se
amontonaban.
Mileva Einstein
apareció en el umbral de color naranja pálido.
—¡A cenar,
caballeros!
La comida se inició
con unos entremeses de queso, aceitunas y anchoas.
—Me acostumbré a la
comida italiana durante los años que estuve en Milán —explicó Einstein—. Una de
las razones de que me guste Zurich es que los restaurantes ofrecen una amplia
variedad de platos: se puede cenar al estilo italiano, alemán o francés en tres
noches distintas, si uno tiene que cenar fuera tres noches seguidas.
—Yo cenaba en los
restaurantes más caros de Trieste una vez al mes, el día en que cobraba.
Aquello garantizaba el que no pudiera pagar el alquiler a tiempo.
—¿Y eso no le
causaba enormes problemas? —preguntó Babcock.
—Los tenía mi
hermano. Los caseros a menudo le acosaban por el dinero, cuando se hartaban de
mi sucio lenguaje y mis malos modales a lo Byron.
—No tiene usted
vergüenza —dijo Mileva, con un destello bienhumorado que exageraba su maternal
desaprobación.
—No puedo
permitirme la vergüenza —replicó a su vez Joyce—. Interfiere con la percepción.
Provocando a los caseros, descubrí áreas de la psicología humana que
resultarían libros cerrados para hombres tan sabios como el Dr. Jung o su
competidor vienes, el Dr. Freud.
Los hombres
parecían haber llegado a un acuerdo tácito de no discutir los horrores del
medieval relato de Babcock durante la comida, mientras Milly estuviera
presente. Joyce, de hecho, entabló conversación con Frau Einstein sobre la
historia de Zurich, sorprendiendo a todos al señalar el origen celta de varias
costumbres locales, como por ejemplo el festival Secheslaüten de la primavera.
—Llevar un muñeco
de paja que representa el invierno y quemarlo —dijo—, se encuentra, bajo una u
otra apariencia, en todas las culturas celtas.
—Pero hace más de
dos mil años que Suiza dejó de ser celta —dijo Mrs. Einstein sorprendida.
—Los arquetipos
históricos, como los denominaba Vico, permanecen —declaró Joyce—. Y las
etimologías. ¿Sabía que el nombre «Zurich» se deriva del latín Turicum?
—Lo había oído
—admitió Mileva.
—Ah —continuó
Joyce—. ¿Pero por qué llamaban los romanos Turicum a esta plaza? Busque, como
yo hice, y descubrirá que los originales habitantes celtas la llamaban Dur, que
significa aproximadamente «el lugar donde se unen las aguas», el punto donde el
río Limmat se junta con el lago Zurich. Los romanos se limitaron a latinizar
Dur por Turicum.
Einstein enarcó una
ceja, divertido.
—Jeem —dijo—, habla
como un científico mirando por el microscopio. Empiezo a creer que tiene un
significado para todas las paradojas que contó usted anoche acerca de que el
contenido de la mente no es sino palabras.
—La historia de la
conciencia es una historia de palabras —replicó Joyce de modo inmediato—.
Shelley estaba justificado en su puñetera e insoportable arrogancia cuando
escribía que los poetas eran los desconocidos legisladores del mundo. Los que
hacen con las palabras nuevas metáforas que se imbrican en la conciencia del
público, crean nuevos modos de conocerse a sí mismos y a los demás.
—L'amor che movete
il sol e altare stella —acotó Einstein repentinamente—. Cuando uno se encuentra
esta frase de Dante, su música le domina la consciencia. Es muy difícil mirar a
las estrellas durante la noche sin sentirse tan pequeño como se sintió Dante. Y
sé, racionalmente, que el sol y las demás estrellas se desplazan mediante un
proceso estocástico.
—¿Estocástico?
—preguntó Babcock.
—Aleatorio —tradujo
Joyce—. El profesor habla de la Segunda Ley de la Termodinámica.
—La estocástica no
es aleatoria —corrigió Einstein a toda prisa—. En todo proceso estocástico
siempre hay alguna variable oculta. Una ley racional. Pensar de otro modo
supondría rehacer y deificar el Caos. ¿Es la ley cósmica la misma que intuyeron
los latidos de Amor de Dante como subyacente en el cosmos? Nadie que responda a
eso puede escapar de la catalogación de rey de los filósofos o rey de los
locos?
—Me cuesta menos
trabajo creer en el amor que en una ley —dijo Milly valientemente—. Aunque
ustedes, como hombres, serán los que lo digan todo, pues yo sólo soy una mujer.
—Ah —replicó
Joyce—. Yo no diría eso. Quizá la Isla del Hombre no es más que un suburbio del
Continente de la Mujer. Biológicamente, el hombre es accesorio, un semillero
ambulante.
—Gran parte del
universo, ay, carece de amor —dijo Einstein—. Pero ningún aspecto carece de
leyes.
—Parece lógico
—argumentó Joyce—. Pero la lógica es la generalización aristotélica de las
leyes de la gramática griega. Una parte, sólo una parte, del trabajo de la
consciencia. La lógica china, como saben, no es aristotélica. Otras facetas de
la actuación del pensamiento humano son totalmente ilógicas e irracionales.
Usted ha demostrado, Profesor, matemáticamente, que el espacio y el tiempo no
existen separadamente. El estudio psicoanalítico de la conciencia demuestra muy
deprisa lo que Sir John y yo hemos descubierto siguiendo métodos distintos e
instrospectivamente: a saber, que la razón y la sinrazón están
inextricablemente unidas... como dos Tar Babies tras una lucha prolongada...
—Es usted un hombre
muy poco corriente —dijo Mileva cuando terminaron de cenar—. Si existe alguna
Mrs. Joyce, ha de ser una mujer muy notable.
—No hay ninguna
Mrs. Joyce. Pero vivo con la misma mujer desde hace diez años, y ciertamente
seguiré haciéndolo durante el resto de mi vida, si es que ella consigue
soportar mi intransigencia durante tanto tiempo.
Los hombres se
retiraron al estudio de Einstein mientras Mileva empezaba a limpiar el comedor.
—¡Maldición! —le
espetó Babcock a Joyce—. ¿Debe usted vanagloriarse de su inmoralidad en cuanto
se le presenta la más mínima ocasión? Estoy seguro de que Frau Einstein estará
terriblemente impresionada. Fanfarroneando sobre caseros timados y su forma de vivir
abiertamente inmoral.
—Frau Einstein es
una mujer a prueba de escándalo —respondió Einstein tranquilamente—. Muchos
amigos míos son bastante excéntricos. A veces, sospecho que yo mismo sea otro
excéntrico.
—Todos los
individuos son unos desviados —añadió Joyce—. Nunca me he encontrado con nadie
que fuera un tostón en toda mi vida, lo normal es que nadie lo sea. Si se
escucha a gente vulgar durante un tiempo, uno acaba por descubrir que todos
están locos de un modo diferente e interesante, aunque procuren camuflar tal
hecho. La mascarada es la clave del comportamiento humano. Y, aunque yo esté
interesado en sus únicos problemas —añadió, mirando a Babcock—, eso no le da
autoridad alguna para juzgar mis decisiones morales. Ni la tienen ningún Estado
ladrón o rechoncha Iglesia. Nora vive conmigo porque es libre para decidir, no
porque la obliguen la superstición o las leyes. No quiero tener una esclava, o
una concubina, o una esposa... sólo quiero tener una compañera que sea mi
igual.
Firme como la
montaña por la que galopo
Muestro orgulloso
mi cornamenta
Un noble
sentimiento para un hombre enfermo de celos. ¡Oír! ¡Oír! La voz es la voz de mi
juventud; el lenguaje de Ibsen y Nietzche. Pero ya soy muy viejo para seguir
siendo Stephen Dedalus. Pregunto y ella me responde; pero no volveré a
preguntar. Eleutheria. Mi destino. Übermensch o maldito sea ese Dios Idiota.
Postura heroica: merde.
—Algunas cosas
—contestó Babcock, acalorado—, en una sociedad decente, sencillamente no se
hacen.
—Usted no es
psicólogo —le dijo Joyce con suave ironía celta—. Ellos lo hacen todo el
tiempo. Simplemente, no hablan de ello.
—Caballeros
—interrumpió Einstein gravemente—, este debate lleva desarrollándose durante un
siglo, desde el inicio del movimiento romántico. No creo que lo zanjemos esta
noche. Dediquemos nuestros cerebros, más ventajosamente, a los góticos
misterios que nos ofrece el singular relato de Sir John.
Joyce se repantingó
fláccidamente en una silla.
—He llegado ya a
algunas conclusiones sobre todo esto —dijo—. ¿Están interesados en oírlas?
—Sí —contestó
Einstein—. Quiero ver cómo encajan con mis propias hipótesis parciales.
—Adelante —pidió
Babcock, retirando una pila de revistas científicas en francés y alemán de la
única silla vacía.
—Para empezar
—comenzó Joyce— debo reconocer que no creo en el libro que vuelve loca a la
gente por dos razones. Primera: es intrínsecamente increíble. Ninguna droga
tiene tan específico [y dramático] efecto en todos sus usuarios, ni ningún
libro tiene tal poder. Segunda: finalmente he recordado que me he encontrado ya
con esta misma historia en una obra de ficción. Sospecho que Mr. Aleister
Crowley y sus socios de la M.M.M. habrán leído la misma obra de ficción y la
han adaptado como máscara para ocultar su verdadero modo de asesinar.
A Einstein casi se
le cayó la pipa.
—Muy interesante
—dijo—. Empiezo a creer en mi propia hipótesis, pues esto es lo que anticipaba.
¿En qué obra de ficción está pensando?
—Es un libro de
miedo, de historias sobrenaturales, titulado El Rey de Amarillo. El autor es un
norteamericano llamado Robert W. Chambers. Las historias se entrelazan
alrededor de un libro horrible, que nunca es mencionado, pero que enloquece a
quien lo lee. Añadiré que hay interesante material alegórico acerca de las
máscaras y las mascaradas en El Rey de Amarillo, quizá la mejor historia de
terror desde el Drácula de Stoker. Deben haberlo leído millones de personas.
Estoy seguro de que el tema del libro les sugirió a los de M.M.M. alguna
maligna mascarada en la que creaban la impresión de que existía realmente una
obra como la imaginada por Chambers.
Einstein volvió a
encender la pipa: un reflejo rojo cereza en el oscuro tabaco.
—Máscaras y
mascaradas —dijo—. Lo que nos interesa. Pero, ¿cómo podemos quitar las máscaras
y ver lo que hay bajo ellas? ¿Cómo han sido ejecutados esos aparentes
«milagros»? Si no fuera por la historia de Ernst Mach y Tar Baby, no tendría ni
el principio de una indirecta teoría... pero, aunque así fuera, desde cualquier
punto que pueda explicarlo, hay tres cosas que me dejan en la oscuridad.
«Supongamos
—continuó— que usted ha leído El Rey de Amarillo y es lo suficientemente cruel
como para reproducir la trama en la vida real. Lo mejor que podría hacer, a mi
entender, sería algo así: incluye una carta con el libro. La carta diría: «Este
papel ha sido saturado con el germen de la lepra...» O la sífilis, o cualquier
otra enfermedad con el deseado grado de terror. ¿Sería efectivo? Quizá una
persona fuese lo bastante histérica y fácilmente sugestionable como para
creerlo y suicidarse. Ja? Pero no tres. Estadísticamente, es inverosímil. Una,
por lo menos una, habría consultado a un médico antes de creerse lo de la carta
envenenada.
—Incluso para un
calvinista escocés —reconoció Joyce—, tal cosa es verdad. A pesar de las
noticias políticas de todos los días, la raza humana no está compuesta
enteramente por imbéciles congénitos. El libro de los horrores es un pretexto
para desviar nuestra atención y confundirnos. El método auténtico de enloquecer
a la gente y conducirla al suicidio es muy diferente, estoy seguro, y los
libros enviados no han hecho más que generar un aura de crepúsculo sobrenatural
alrededor de todo esto.
—Me gustaría estar
tan seguro como lo está usted —dijo Babcock débilmente.
Joyce se encogió de
hombros con resignación agnóstica.
—No estoy seguro de
nada —admitió—. Sólo teorizo. Yo también he estado trabajando con los
misteriosos fragmentos que parecen constituir el título del libro. No estamos
seguros de haberlos recibido en el orden correcto, pues los testigos sólo
vieron fragmentos de las palabras. Lo he intentado mediante permutación. En
lugar de ma-ga-so, pongamos ga-so-ma. Los gases son importantes dentro de la
física y la química. ¿Conoce usted algún término científico que empiece por
gas-oma, Profesor?
—Lo mejor que puedo
hacer con esas letras —dijo Einstein, pesaroso— sería dinámica de gases. Como
gas oma...
—Bueno, también he
encontrado so-ga-ma. Inmediatamente se me ocurrió un título: ¡Soga, maldición!
Podría resultar muy sugerente para lectores de convencionales sensibilidades,
pero no creo que llevase a ninguno a suicidarse.
El viento Föhn:
fétido y oscuro aliento de húmedas cenizas: maga, sopla. Déjame ser y vivir. No
serviré al dios que mata con cáncer. Ajenjo. Crueles pinzas de cangrejos, los
dientes del predador.
—Oigamos el resto
de la historia —dijo Einstein, levantándose de la ensombrecida silla escarlata
en la que se había desplomado a pensar—. Hemos estado elaborando teorías con
datos insuficientes.
—No hay mucho más
que contar —concluyó Sir John—. El climax, sin embargo, fue más aterrador e
increíble que nada de lo que haya contado hasta ahora.
Oscuras sombras
nocturnas llenaron la habitación, borrando los últimos rayos dorados del sol.
El reloj de Fraümünster dio las siete; el Föhn les llenó los ojos de aire
muerto y caliente.
DE STELLA
MACROCOSMI
Cuando Sir John
telefoneó a Jones a su casa, le fue entregado por Wildeblood el correo del día,
y Sir John se dedicó a mirar las cartas mientras discutía con Jones los últimos
acontecimientos.
—La primera regla
del ajedrez —dijo Jones, con voz electrónica y eunocoide a causa del aparato—
es proteger al rey. Verey es el rey... la pieza atacada. Creo que tenemos que
moverlo.
Sir John mostró su
desacuerdo.
—Tengo ocho
sirvientes, cinco de los cuales son bastante aguerridos. Creo que la Mansión
Babcock es tan segura como cualquier otro punto de Inglaterra... —Su voz empezó
a desvanecerse en la incertidumbre cuando lo increíble, lo impensable, apareció
en el correo: una postal dirigida al:
Rev. Charles Verey
Mansión Babcock
Greystoke, Weems
Apenas escuchó el:
—Yo no estaría tan
seguro— que replicaba Jones—. De lo que sí estoy seguro es de que han vigilado
su correspondencia con Verey y que, tras seguirle desde Inverness, le buscarán
sin tardanza a su lado... si es que no lo han encontrado ya...
—Tiene usted razón
—dijo Sir John, con un leve pellizco en la boca del estómago, pensando: somos
de la misma materia que las pesadillas; dio la vuelta a la postal y vio lo que
esperaba encontrar:
—Hay una postal
para él en el correo de hoy —se oyó decir—. Efectivamente, están muy avanzados
en técnicas de terrorismo. Dios mío, Jones, salió de Inverness en el tren de
medianoche y llegó aquí esta misma mañana. Pero la postal tuvo que ser enviada
ayer para que la recibamos hoy. Han previsto sus movimientos exactamente.
Yod Hé Vau Hé: el
Sagrado e Impronunciable nombre estaba ya completo, como la secuencia: bastos,
copas, espadas, oros. Para hacerlo posible, el propio tiempo tenía que haber
sido alterado.
—Nadie acepta un
milagro al verlo —le dijo Jones al oído, con una voz chillona alterada por la
electricidad—. Mire el matasellos.
Sir John dio la
vuelta a la postal, la miró y no se atrevió a creer en lo que veía: no había
matasellos. Pensó: el tiempo no se mueve hacia los lados todavía.
—¿Bien? —apremió
Jones.
Vekam, Adonai... El
nombre es el propio objeto...
—No hay matasellos.
No fue enviada ayer; no ha sido enviada nunca. Se han limitado a meterla en mi
buzón después de que el cartero echase en él el correo regular, imagino...
—Terror creciente, pensando: siempre van por delante de nosotros.
—¿Entiende ahora
por qué quiero mover el rey? Nos llevan ventaja. O cambiamos las tornas o
iniciamos algún movimiento estratégico. —Jones hizo una pausa—. Hemos de asumir
que la Mansión Babcock está bajo su maligna vigilancia. Nuestra única ventaja
es que usted conoce la zona mejor que ellos; lucha usted en campo propio.
Piense en un método para que usted y Verey puedan salir sin ser vistos. ¿Se le
ocurre algo?
Sir John sonrió
amargamente.
—Me crié aquí
—dijo—. Se me vienen a la cabeza por lo menos cinco planes que no se le
ocurrirían a nadie más.
—Bien. Hay una cosa
más que tiene usted que considerar. No se acerque al tren.
—Sí —replicó Sir
John—. Naturalmente, lo tendrán vigilado por si consigo que Verey salga sin ser
visto. —Los instrumentos empleados contra de Molay: las espulgueras, el torno,
la bota de hierro... Vekam, Adonai...
—Excelente. Empieza
usted a pensar estratégicamente. El siguiente punto resultará obvio. ¿Tiene
algún amigo que posea un automóvil?
—El Vizconde
Greystoke —contestó Sir John—. Y nuestro mejor plan consiste en escapar
atravesando los bosques de las propiedades de Greystoke.
—Muy bien. Si
recuerdo correctamente, usted no conduce. ¿Podría prestarle Greystoke a su
chofer junto con el automóvil?
—Si le digo que es
una emergencia, lo hará.
Sir John empezó a
recordar su Iniciación incoherentemente:
¿Dónde vas? Al
Este. ¿Qué buscas? La Luz.
Jones se quedó en
silencio durante un tiempo, pensando.
—Con suerte,
llegará a Londres a primeras horas de la tarde. Naturalmente, no ha de venir a
mi casa, pues será el primer lugar donde les buscarán. Vaya al 201 de la calle
Paul. Un amigo mío, Kenneth Campbell, les recibirá. Es de entera confianza y
formidable. Me reuniré con usted y con Verey allí mismo.
—Doscientos uno de
la calle Paul —repitió Sir John—. Creo que conozco el barrio. ¿No está al final
de Tottenham Court Road?
—Así es. No es la
más distinguida ni respetable zona de Londres, pero es un excelente lugar para
refugiar a nuestro rey durante un tiempo. Espero que nos podamos ver con Mr.
Campbell a las seis o las siete. Cuidado, Sir John: recuerde que un hombre
jorobado como Verey resulta un individuo sospechoso.
Sir John empezó a
sentirse divertido cuando le contó el plan a Verey. Tuvo que recordarse a sí
mismo que ya habían muerto tres personas horriblemente —tres irreparables
pérdidas para el pobre Verey— y no considerar así lo que le deparaba el día
como una espléndida aventura.
Los encuentros con
la muerte y el peligro constituyen aventuras tan sólo para los supervivientes,
descubrió Sir John desagradablemente; y todavía faltaba mucho para averiguar
quien sobreviviría a aquel horrible asunto; sin embargo, todavía era joven y, ¡maldición!,
planear cómo despistar a un siniestro enemigo resultaba excitante.
Una mirada al
ceniciento rostro del clérigo le recordó que no se encontraba en una novela de
Conan Doyle o Rider Haggard, sino en el mundo real, donde las muertes eran
muertes reales y los seres queridos realmente penaban y no lloriqueaban en el
pañuelo antes de que el novelista les lanzase a la siguiente amenaza.
Cuando Sir John
terminó de perfilar la estrategia de la fuga, Verey asintió casi ausentemente.
Era sorprendente el modo en que había sido drenada la arrogancia del anciano,
tan dócil para aceptar cualquier sugerencia.
El plan de Sir John
implicaba el hecho de que la bodega conducía a un corto túnel que conectaba con
un abandonado edificio exterior a la casa en la que un remoto Babcock, varias
generaciones antes que la suya, montó un lagar particular, que permanecía en
desuso desde mucho tiempo atrás.
El sacerdote sonrió
tétricamente. No habló con su habitual estilo, de hecho, hasta que se
encontraron en la bodega.
—Tiene aquí muchos
licores —dijo lleno de recelo— para ser un hombre sobrio y un buen cristiano.
Sir John abría el
camino con un candelabro.
—La bodega de la
familia —dijo, apologéticamente—. La mayoría de las botellas tienen cincuenta,
o cien años, quizá más. Excepto para invitados especiales, apenas abro alguna.
—Sí —dijo la
jorobada silueta en la oscuridad—. Así es como se empieza. Descorchando una
botella ocasionalmente, para invitados especiales. Todos los desgraciados que
he visto con la vida destrozada por la bebida empezaron del mismo modo.
Gracias a las
tinieblas, Sir John se permitió una ligera sonrisa. Era reconfortante, en
cierto modo, comprobar que parte del carácter del anciano seguía intacto
después de todas las tragedias que había padecido. Durante cierto tiempo, Verey
pareció casi un autómata.
Sir John empezó a
darse cuenta de lo grande que realmente debía resultar la bodega a los ojos de
un presbiteriano escocés. Babcock no había bajado allí desde la niñez, cuando
exploraba el túnel regularmente con la esperanza de encontrar algún tesoro pirata,
o las cavernas de los trasgos. Mientras pasaban hilera tras hilera de botellas
llenas de telarañas, Sir John comenzó a considerar a los Babcock del mismo modo
que los veía Verey: una familia de alcohólicos libertinos.
Finalmente,
encontraron el túnel. Estaba tan oscuro que el candelabro apenas iluminaba un
pie o dos en cualquier dirección. Sir John lamentó no haber llevado dos
candelabros, de modo que Verey pudiera alumbrar su propio camino. Como no lo
hicieron, tenían que caminar estrechamente juntos y, por tanto, avanzar muy
lentamente.
Un confederado en
la casa: Sir John recordó, repentinamente, sus sospechas acerca del hermano de
Verey, Bertran, cuando no tenía que resolver más misterio que el del gato
estrangulado. ¿Habría un confederado de la M.M.M. de Crowley en su propia casa?
¿Qué podría esperarles apenas a un pie de distancia en aquella negrura estigia?
Sonrió de nuevo en
las tinieblas. Los servidores llevaban trabajando con los Babcock durante mucho
tiempo: eran sencillas, sólidas almas en las que confiaba desde la niñez. Aquel
maldito misterio empezaba a infectarle la mente con los gérmenes de la paranoia.
Por Dios. Sospechar que Wildeblood o Dorn o Mrs. Maple estuvieran relacionados
con magos negros era tan ridículo como sospechar de la Familia Real o del
Arzobispo de Canterbury.
Un zumbante sonido
en el ambiente del túnel le hizo pensar a Sir John en el canturreo insectoide
de la Capilla Peligrosa y la terrible grabación de Verey; pensó: ¿habrán hecho
nido las abejas o las avispas?, lo que le recordó el zumbante sonido atribuido
a las voces de las hadas por los folcloristas al igual que, recuperando el
valor gracias a un acto de mera Voluntad, rememoró quizá irrelevantemente que
la abeja, por alguna inexplicable razón, era el emblema de los Iluminados de
Baviera, la más atea y revolucionaria de todas las segregaciones masonas. Tuvo
que contenerse, maldición; no podía seguir pensando de aquel modo. Se acordó
del antiguo rompecabezas cabalístico: ¿Por qué la Biblia empieza con B (beth) y
no por A (aleph)? Respuesta: porque A es la inicial de Arar, maldecir, y B la
inicial de Berakah, bendecir. ¿Por qué es la abeja el símbolo de los
Iluminados? ¿Qué era el zumbido insectoide y quiénes aquellas gentes vestidas
de miel de sus primeros sueños en la Capilla Peligrosa?
Temer es fracasar y
prólogo del fracaso... No era él el pobre ratón de campo atrapado en las manos
de un ser incomprensible. Era un Caballero de la Rosa Cruz ocupado en asuntos
de Dios y «ningún demonio detentaría poder sobre él porque su armadura es la verdad».
Se acordó también
de tío Bentley explicando que el miedo a la oscuridad es una de las emociones
primarias más antiguas, generada en las brutales edades en las que nuestros
mudos, peludos y enanoides ancestros estaban sometidos a los ataques de las
garras de muchas clases de carnívoros nocturnos, con lo que difícilmente ningún
niño del mundo carecía de algún remanente de aquel miedo primordial, que
incluso asalta a los adultos en momentos de tensión; y si era grotesco
sospechar de los sirvientes de la familia, aun quedaba el inquietante
pensamiento de los obreros que instalaron la electricidad en la Mansión Babcock
y repararon la totalidad de la casa. Uno de ellos podría haber sido un agente
de M.M.M. capaz de poner una trampa en cualquier parte, en un lugar tan oscuro
como aquél...
—Temer es fracasar
y prólogo del fracaso —volvió a repetirse Sir John. ¿Dónde vas? Al este. ¿Qué
buscas? La luz.
De acuerdo con el
pueblo gales, la multitud que nunca descansa vivía en túneles como aquél, bajo
la tierra...
Con gran alivio,
Sir John, por fin, vio la puerta que cerraba el túnel. Aquel era un asunto
bestialmente horrible, pues había convertido en una temible ordalía atravesar
un túnel que, cuando era joven, le pareciera siempre una verdadera aventura.
Bueno ya se lo
había dicho Jones: «Una verdadera iniciación nunca termina». Aquel paseo a
través del legendario submundo —La N o Hades del proceso de I.N.R.I.— era otra
parte de su iniciación, otra lección del coraje que el ocultista debe adquirir
si no quiere caer presa de la obsesión y la posesión de cualquier tipo de
entidad demoníaca, real e imaginaria. Se acordó de un himno negro americano que
oyera en cierta ocasión:
Debo avanzar por
este valle solitario
Debo avanzar por mí
mismo
Nadie puede avanzar
por mí
Debo avanzar solo
Comprendió
súbitamente por qué nun, el pez, era la letra que correspondía a la experiencia
de Hades, señor del submundo; actuamos, pensó, efectivamente, como el pez que
nada en las aguas amnióticas de la matriz, y el inconsciente piensa siempre en
la muerte, simbólicamente, como un retorno a la matriz; el siguiente paso en
I.N.R.I. es Resh, la cabeza humana, la muerte y renacimiento de los dioses
solares, Osiris y Apolo. «El Reino de los Cielos está en tu interior»: dentro
de la cabeza, en las células del cerebro. Lo sabía en su fuero interno: una
verdadera iniciación nunca termina: pasamos por el mismo proceso arquetípico
una y otra vez, comprendiéndolo más profundamente en cada nueva ocasión. ¡Isis,
Apophis, Osiris! IAO... la Virgen, los salones de la Muerte, la Divinidad... La
luz que brilla en las tinieblas sin que lo sepan las tinieblas...
Con un gruñido de
mamífero macho triunfante, Sir John abrió la puerta del edificio del lagar. «El
hombre no está sujeto a los ángeles, ni a la Muerte, enteramente, salvo si
falla su Voluntad», decía el manual del Amanecer Dorado, y Sir John lo creyó y
se envalentonó.
La caseta estaba
más sucia y llena de telarañas de lo que recordaba Sir John, pero el lagar aún
parecía tan firme e indestructible como siempre. El Reverendo Verey lo miró con
cierta sorpresa.
—Buen Dios,
caballero —preguntó—, ¿qué es esto?
Señaló con un dedo
irritado el Escudo de Armas de la prensa: una cinta azul con un lazo dorado,
veintiséis jarreteras de oro colgando de un collar sobre la frase: Honi soit
qui mal y pense.
—Es de la Orden de
San Jorge —explicó Sir John, ruborizándose nerviosamente—. Fue entregado a mi
tatarabuelo por el Rey, por algún servicio prestado a la Corona. —Pensó: La
pesadilla es real, no hay mascarada: el nombre es el propio objeto.
—Sí, ya sé que
nadie más que el Rey puede conferir la Orden de la Jarretera —replicó Verey
impacientemente—. Pero, ¿por qué su tatarabuelo la grabó en la prensa? Afirmo
que con ello se falta a la Corona y se demuestra un humor bastante libertino.
Sir John se
ruborizó aún más.
—Mi tatarabuelo era
un tipo curioso —explicó—. Circulan sobre él escandalosas leyendas, lamento
admitirlo. Algunos dicen que estuvo involucrado con sir Francis Dashwood y el
Club del Fuego del Infierno. En todas las familias hay por lo menos un truhán
—añadió, punzante—, como usted debe saber.
—Efectivamente
—replicó Verey—. No quiero faltar al respeto de su familia. Pero alcanzo a
comprender qué ocultas inclinaciones puede haber en su sangre, Sir John, aunque
usted se ciña más a las normas directivas cristianas que lo que lo hizo su
tatarabuelo. —No parecía adecuado lamentarse, y Sir John se puso a pensar en
que su sangre estaba corrupta de un modo bastante insano.
—La Orden de San
Jorge es la más alta orden de caballería de toda Gran Bretaña —dijo,
defendiendo los genes de los Babcock como si, debido a algún rasgo familiar,
les acusaran de licantropía o brujería.
—Sí —siguió Verey—,
un alto honor para cualquier familiar el recibirlo de la Corona. Pero, ¿no es
más conocida como Orden de la Jarretera?
Sir John volvió a
ruborizarse.
El jorobado clérigo
aún debía estar alterado, supuso; aquélla era la más tonta de las
conversaciones. Tartamudeando, argumentó, poco convencido:
—He estudiado
bastante la historia medieval. A menudo, empleo las viejas palabras y términos
en lugar de usar las más modernas. El nombre de Orden de la Jarre Jarre
Jarretera no se hizo habitual hasta el reinado de Eduardo VI, aunque la Orden
se remonta en el tiempo hasta Eduardo III, en 1344, cuando fue llamada,
originalmente, Orden de San Jorge, como muy bien ha dicho. —Por alguna razón,
seguía teniendo la sensación de hallarse en una pesadilla.
—Honi soit qui mal
y pense —leyó el sacerdote en el Escudo de Armas—. Un extraño lema para tan
noble orden.
—Bueno, ya sabrá la
historia... sobre la Condesa de Salisbury... —Sir John tenía casi la sensación
de que el jorobado le estaba examinando—. Ella perdió la li li liga en un
baile, sabe, y el Rey la recogió, cuando alguien se rió de ella, se la puso en
su propia pi pi pierna, y dijo eso. Dijo Honi soit qui mal y pense.
—«Mal le vaya a
quien mal desea» —tradujo Verey—. Sigue siendo una extraña historia. ¿Por qué
los masones llevan una liga en sus iniciaciones?
—¡Por Dios, señor,
debemos continuar! —exclamó Sir John—. No podemos seguir discutiendo puntos
oscuros de historia medieval...
Pocos momentos
después habían rodeado la prensa y, tras atravesar la puerta, llegaron a una
sombría arboleda rodeada de grandes robles por todos lados. Dentro de la
arboleda, junto a la caseta, había una fantasmal imagen blanca de Afrodita.
—Estatuas paganas
—musitó Verey, pero aquella vez parecía hablar más consigo mismo que acusar a
la familia Babcock.
El paseo por los
bosques, tras el paso por los subterráneos y la idiota pero turbadora
conversación del lagar, resultó vigorizante. Por unos momentos, el sacerdote
pareció totalmente enloquecido: ¿o quizá Sir John se había mostrado
hipersensible ante las excentricidades de su tatarabuelo? Una arboleda
escondida dedicada al vino y a Afrodita... los rumores acerca de las conexiones
con el libertino Club del Fuego del Infierno... la corrupción de su sangre...
ligas azules... manchas blancas...
A pesar de sus
años, Verey adoptó un buen paso; pero los escoceses de las Tierras Altas eran
famosos por su longevidad, incluso eran padres a avanzada edad. Si no fueran
tan aficionados a contar, con excesivo placer macabro, cuentos de fantasmas y
brujas «y cosas que saltan en la noche»... Pero, naturalmente, aquello sería
debido a que experimentaban muchas de aquellas cosas en las frías y tétricas
noches norteñas. El Racionalista, despreciando a aquel pueblo sencillo y burdo
por supersticioso, sin haber vivido entre ellos compartiendo las experiencias
que generaban aquellos locos cuentos, demostraba tan infantil chauvinismo como
el estrecho inglés que consideraba a todos los franceses como inmorales y a los
italianos como traidores.
Recordó entonces
que el lema del Club del Fuego del Infierno fue «Haz lo que quieras», frase de
Rabelais, y su blasfemo icono o ídolo, en la desierta abadía que comprase Sir
Francis Dashwood para sus orgías, era un falo gigantesco con la inscripción
«Salvador del Mundo». El mismo icono, de hecho, fue impreso como frontispicio
del lascivo «Ensayo sobre la Mujer», editado clandestinamente por John Wilkes
bajo el salaz nom de plume de «Pego Borewell»: Wilkes fue expulsado de la
Cámara de los Lores cuando su autoría del panfleto, y su pertenencia al Club
del Fuego del Infierno, resultó descubierta por el Duque de Sandwich, él mismo
socio numerario que renunció cuando alguna horrible Cosa (un orangutan suelto
como broma práctica, aseveró Wilkes más adelante) le mordió durante una Misa
Negra. Todo aquello era considerado como cómico, por desagradable que fuese,
por casi todos los historiadores; Sir John empezó a preguntarse acerca de
posibles relaciones entre aquella extraña conspiración y las contemporáneas logias
del Gran Oriente de la Masonería Francesa, en las que se predicaban doctrinas
ocultas y revolucionarias donde el propio Conde Cagliostro era Gran Maestre.
¿Era todo aquello, lo mismo que los siniestros Iluminados de Baviera, parte de
una tradición negra y subterránea encarnada en la Ordo Templi Orientis?
—Oí esa historia
anteriormente —dijo Verey, de pronto.
Los árboles eran
tan espesos en el lugar en que se encontraban que todo estaba sumido en
profundas sombras, aún en el mediodía. Oh, oscuridad, oscuridad entre el brillo
del sol, se dijo Sir John a sí mismo.
—¿Qué historia?
—preguntó, ausente.
—La del Rey Eduardo
III y la Condesa de Salisbury —replicó Verey con impaciencia—. No sé si es
verdad, pero he oído que la liga azul era también la insignia de la Reina de
las Brujas durante aquellos tiempos. El rey, colocándose la liga en su propio
muslo, le dijo a todo el mundo que tendría que denunciar a la Inquisición a
cualquiera que tuviese valor para denunciar a la dama. Quizá salvase su vida.
Ese es el significado de «Mal le vaya a quien mal desea».
Era un horrible
tema para discutirlo con un dolido y en cierto modo trastornado jorobado en un
bosque tan oscuro. La selva oscura, pensó Sir John.
—No tendría sentido
—dijo, irritado—, a menos que el rey fuese un brujo o un guerrero de las
brujas. ¿Ese punto de la historia nos puede hacer pensar que la monarquía
británica se halla infectada por la brujería y el satanismo?
—No lo sé
—respondió Verey—. El hombre que me lo contó tenía algunas extrañas nociones
sobre las órdenes de caballería de Europa. Creía que la Orden de la Jarretera
era el oculto círculo interno que gobernaba la Francmasonería. ¿Sabe ahora por
qué los masones usan ligas en sus iniciaciones?
Algo aleteó sobre
ellos con el sonido de un murciélago. Pero los murciélagos no vuelan de día,
recordó Sir John.
—La historia de la
Francmasonería es muy complicada —dijo—. Escribí un libro sobre el tema, Los
Amos Secretos, y puedo afirmar que sólo se pueden resolver la tercera parte de
los misterios históricos importantes. Es verdad que el Rey es cabeza de la Orden
de la Jarre Jarre Jarretera y que el Príncipe de Gales siempre tiene el grado
33 de los Francmasones, pero no tiene nada de sini sini siniestro, se lo
aseguro. El patrón de la Orden es San Jorge, no Satanás.
—Naturalmente —dijo
Verey, apologéticamente—. Decía que el hombre que me contó todo esto sostenía
muchas nociones extrañas. Dijo que las 26 jarreteras de oro que colgaban del
collar tenían algo que ver con la Palabra Masona, pero nunca lo entendí. Creo que
estará relacionado con la Cabala judía.
26: Sir John
recordó: Yod, 10; He, 5; Vau, 6; segundo He, 5. Total: 26. YHVH, el Sagrado e
Impronunciable Nombre de Dios... en aquellos momentos, debido a la odiosa
M.M.M., inextricablemente unido en su mente con el suicidio y la locura. Y
escondido en la numerología de la Orden de la Jarretera.
Las alas de
murciélago volvieron a aletear por encima de sus cabezas. Sería un pájaro
corriente. Los murciélagos no aletean a mediodía. Ni «las piedras andan en el
crepúsculo». ¿Dónde había leído aquello?
—Todo el asunto es
muy extraño —musitó Verey—. Hombres con ligas. Citas secretas. No se admiten
mujeres. ¿No fueron convictos los miembros de la Orden de los Caballeros
Templarios de Jerusalén del antinatural pecado de sodomía?
—¡Maldita sea!
—chilló Babcock—. Está usted totalmente confundido, Reverendo. Mezcla la
verdadera masonería mística con todas las perversiones y mentiras.
El bosque pareció
hacerse más oscuro. El murciélago volvió a aletear.
—No sé nada de
tales materias —reconoció Verey, humildemente—. Sólo menciono las opiniones de
un hombre cuyas ideas, lo admito, eran muy raras. Las sociedades secretas
incitan mucho a la especulación, ya lo sabe. Todo el mundo se pregunta lo
mismo: Si no tienen nada que ocultar, ¿por qué son secretas?
Cuantas más
disculpas pedía el viejo loco, más ofensivo resultaba. Sir John se disponía a
replicar de algún modo hiriente cuando apreció la palidez del rostro de Verey y
las líneas de dolor que le enmarcaban los ojos y la boca. El anciano había
sufrido mucho y merecía la mayor tolerancia. Además, el verdadero Hermano de la
Rosa Cruz era paciente e infinitamente piadoso con los ignorantes de los
misterios. Sir John no dijo nada y avanzó con dificultad.
Las alas de
murciélago dejaron de oírse por encima de sus cabezas. Probablemente, sólo
había sido un pájaro ordinario, agigantado por la imaginación y la sugestión.
Apareció un claro y
las torres de Greystoke fueron visibles en la distancia.
—Allí es —exclamó
Sir John, dominado de nuevo por la sensación de la juvenil aventura—. La puerta
de escape y nuestro sorpresivo contraataque.
P. Cite a un historiador contemporáneo, con
la suficiente brevedad para que no haya problemas acerca de los derecho de
autor, con respecto a: la Condesa de Salisbury y la Orden de la Jarretera.
R. «Aunque la historia podría resultar
apócrifa, hay en ella cierto lecho de verdad. La confusión de la Condesa no fue
debida al ataque contra su modestia —habían de ocurrir más cosas que perder
una liga para
afectar a una dama del siglo catorce—, pero la posesión de aquella liga
demostraba no sólo que era miembro de la Vieja Religión, sino, además, el alto
escalafón que ocupaba en ella... es notable que la capa del Rey, como Jefe de
la Orden, estuviese constituida por ciento sesenta y ocho ligas que, con la
propia que llevaba en la pierna, sumaban 169, o trece veces trece: por ejemplo,
trece reuniones de trece brujas.» Dra. Margaret Murray, El Dios de las Brujas.
P. Cite, sin exceder las limitaciones legales
de Uso Adecuado, otra fuente.
R. «Como ya hemos visto, el Rey Plantagenet
[tradicionalmente 'pagano'], tras desechar cualquier apariencia, se declaró
abierto a la Vieja Religión, estableciendo una doble reunión de trece brujas
como Grupo Experto —la Orden de la Jarretera— para que 'fuera el cerebro' de lo
que Eduardo y la Hermosa Doncella de Kent, su prima 'bruja' Plantagenet,
consideraban la Fe Verdadera... Los Tudor, igualmente, no escaparon de la
sospecha de pertenecer a lo que, por todas las evidencias, es la 'religión de
la familia' en la Casa Real Británica.» Michael Garrison, Las Raíces de la
Brujería.
Kenneth Campbell,
en el 201 de la calle Paul, demostró ser, como prometiera Jones, formidable.
Mediría unos seis pies y medio de alto y pesaría unos veinte pesos. Un enorme
cartel en la pared le mostraba, haciendo una horrible mueca, bajo un
aclaratorio EL MUTILADOR DE LIVERPOOL. No eran necesarias las habilidades de
Sherlock Holmes para deducir que Campbell era luchador profesional.
—Como con eso —dijo
Campbell, reconociendo en Babcock a un caballero—. No es muy fino, lo admito,
pero paga mi dignidad cuando tengo la tripa vacía, ¿no?
A Babcock le
costaba trabajo decodificar el liverpolés de Campbell.
—La lucha era
considerada asunto de caballeros en la Atenas de Sócrates —le dijo Sir John,
tranquilizador.
—¿Sócrates?
—Campbell se mostraba encantado—. ¿No es aquél tipo que se bebió un veneno
cuando los malditos bastardos fueron a luchar con él? Perdone, Reverendo.
Babcock ni se
atrevió a mirarle a la cara a Verey.
—Efectivamente,
Sócrates fue un hombre valiente —contestó, evasivo.
—¿Valiente?
—Campbell sacudió la cabeza—. Estuve en el Ejército de Su Majestad durante el
Levantamiento Boer —dijo—. Lo sé todo sobre el valor, señor. No es mucha prueba
de valor sentarse a beber veneno para demostrarlo. ¿Lo haría usted? ¿Lo haría
yo? ¿Lo haría cualquier aguerrido amiguete del ejército? En toda su puta vida
[vuelvo a pedirle perdón, Reverendo]. Eso no es valor. Eso es otra cosa.
Un luchador
filósofo, pensó Babcock; pero, ¿qué otra clase de luchador podría haber elegido
Jones? ¿Otro de nosotros? No podía preguntarlo.
—¿Qué hizo Sócrates
que fuese más allá del valor? —preguntó a su vez.
—No lo sé —replicó
el luchador—. Adivino que algo sobre el estado que hay más allá de la
humanidad, el Siguiente Paso del que Jones no deja de hablar.
—Sócrates era un
pagano —cortó Verey repentinamente—. Era infiel a su esposa con otra mujer y
con Alcibíades, con quien mantenía antinaturales relaciones. Fue valiente y
sabio, pero debe estar ardiendo en el Infierno.
El rostro del
luchador se dislocó.
—No sea tan
estricto, Vicario —dijo, con aspecto irritado—. Nadie es perfecto.
Afortunadamente,
Jones llegó justo entonces y Babcock se ahorró la ordalía de oír cómo la moral
de Sócrates era tema de debate entre un gigante aniñado y un jorobado
autoconvencido.
—¡Ah, Kenneth,
amigo mío! —exclamó un radiante Jones, sujetando la mano del luchador con un
apretón aparentemente ritual que Babcock no reconoció—. ¡Tienes un magnífico
aspecto!
El apretón no se
empleaba en el Amanecer Dorado; Babcock conjeturó que sería un apretón del Rito
Escocés.
—Tengo para otros
cinco años, con suerte —replicó el gigante modestamente—. Si para entonces no
he ahorrado lo suficiente para comprar una tienda o un bar, volveré al
ejército.
—¿Volver al
ejército? —preguntó Jones—. No creo. Nunca he entendido cómo puedes volver vivo
de una guerra; el enemigo tiene que estar ciego para no darle a un blanco tan
grande como tú. No permitiremos que vuelvas a pasar por eso. Recuerda a los
hijos de las viudas.
La última frase
confirmó las sospechas de Sir John; era la fórmula que describía todas las
caritativas actividades del Antiguo y Aceptado Rito Escocés de la
Francmasonería. Probablemente, Jones, al igual que Robert Wenworth Little,
fundador del Amanecer Dorado, fueran miembros de la Antigua y Aceptada Logia,
cosa que Campbell, obviamente, era.
—Reverendo Verey
—dijo Jones, apretando la mano del sacerdote cálidamente y palmeándole en el
hombro—, no puedo expresarle mi simpatía en momentos de tanto pesar. Sin
embargo, sí puedo asegurarle que tanto yo como la Orden a la que represento,
vigilaremos para que no ocurran más tragedias y que los malvados responsables
de su dolor recibirán el justo castigo a sus crímenes.
—Eso está en manos
de Dios —contestó Verey, inexpresivo, volviendo a la carencia total de
sentimientos de la típica reacción al dolor. Son oleadas, pensó Babcock,
recordando su propia pena cuando murieron sus padres.
—¿En manos de Dios?
No es así —dijo Jones, agudo, atrayendo los ojos del clérigo con una mirada que
Babcock no había visto antes—. Nosotros somos las manos de Dios —siguió Jones,
solemne— y estamos en el mundo para cumplir Su voluntad. Nuestra religión es
mucho más que puro teatro.
Verey volvió el
rostro, luchando por ocultar las lágrimas.
—Dios me perdone
—dijo—; yo, un sacerdote ordenado, necesitando que me lo recuerden...
Jones suavizó el
tono de su voz.
—No necesitará que
vuelvan a recordárselo —aclaró—. No dude de nuevo, no desespere. —Le dio la
vuelta al sacerdote suavemente, mirándole de nuevo a los ojos—. Usted sabe que
digo la verdad —concluyó.
—Sí —contestó
Verey—. ¿Quién es usted?
—Un hombre
corriente —replicó Jones—. Pero entrenado, un poco, en ciertas artes curativas.
Ocasionalmente —tocó la frente de Verey—, puedo sentir la angustia que le
abandona. No vuelva a desesperar de la bondad de Dios o a preguntarse lo mismo
que Job. En muy poco tiempo, descansará.
El Hermano de la
Rosa Cruz, recordó Babcock, podía efectuar curaciones en caso de emergencia,
aunque, en cualquier otro caso, debía ocultar su sobrehumana condición a los
humanos entre los que caminaba.
Jones desplazó la
mano hasta el pecho de Verey.
—Sí —dijo—, los
latidos son mucho mejores. El chakra de su corazón se encuentra menos agitado.
Los seres humanos somos las manos de Dios, y El actúa a través nuestro si se Lo
permitimos —continuó. Llevó las manos a los hombros de Verey y las bajó rápidamente
a lo largo de los brazos para acabar sujetando cálidamente las manos del
sacerdote—. Usted ha sufrido mucho y debe descansar. Recuerde: «Dios es como un
fuego de purificación.»
Cada vez que oía
aquella cita del verso bíblico renovada por Haendel, Sir John siempre se
excitaba; era su fragmento favorito de El Mesías. La energía del Vril corría
por él, lo mismo que cuando tradujo I.N.R.I. como «el mundo se rehace por el
fuego»; y pudo ver que aquella energía también fluía por Verey.
—No tardará en
dormirse —añadió Jones suavemente.
En pocos momentos,
Verey anunció que quería echarse. El Mutilador de Liverpool condujo al viejo
jorobado a un dormitorio y regresó atemorizado.
—Ya le he acostado
—dijo—. Cada vez que le veo hacer eso, señor, me impresiona.
—Con siete años de
esfuerzos concentrados, podrás hacerlo tan rápida y eficazmente como yo
—contestó Jones.
—¿Mesmerismo?
—preguntó Babcock.
—Sí —confirmó
Jones—. Un sistema más efectivo que el hipnotismo inventado por los imitadores
de Mesmer del siglo diecinueve, aunque, como he dicho, lento de aprender.
—Gor —dijo el
Mutilador de Liverpool—, ¿también estuvo Messmer en la Obra?
—En una Gran Logia
de Oriente —respondió Jones.
Babcock se quedó
estupefacto.
—¡Mis
investigaciones me han llevado a creer que las Grandes Logias de Oriente
estaban infiltradas entre los ateos Iluminados de Baviera y aliadas con la Ordo
Templi Orientis!
—Todo es muy
complicado —admitió Jones—. Los nombres no significan nada. Debe recordar que
junto al Amanecer Dorado hay varias docenas de grupos en Europa que dicen
proseguir la obra del original colegio Rosa Cruz. La mitad de las logias
masonas de Inglaterra no reconocen como auténticas a la otra mitad. Y, por lo
que viene al caso, el Amanecer Dorado tiene varios competidores que emplean el
mismo nombre, dirigidos por A.E. Waite, Michael Brodie-Innes y otros,
incluyendo el del canallesco Crowley.
Curioso, curioso,
como dijo Alicia...
—Empiezo a detectar
que —recitó Sir John, prudentemente— cuando uno se incribe en una logia oculta
no sabe a cuál se ha unido...
—Los nombres nada
significan —le repitió Jones—. Por sus frutos los conoceréis...
—Bueno, sí —siguió
Sir John—, pero...
—No es momento de
revisar la historia del Colegio Invisible y sus ramificaciones y divergencias
—dijo Jones—. Esta tarde, tengo que encargarle una tarea, y es algo que tendría
que hacer yo mismo. Dejemos aquí al pobre Verey, bajo la protección del Mutilador
de Liverpool y dediquémonos a nuestras cosas. El rey está protegido y es la
ocasión adecuada para un gambito.
Sir John se
encontró en la calle y a bordo de un cabriolé antes de que se diera cuenta de
la aceleración de los acontecimientos.
—He hecho que mi
secretario consiguiera una copia del Express Journal de Inverness esta misma
tarde —dijo Jones por encima de los cascos del caballo—. Echele un vistazo
antes de seguir adelante.
Sir John tomó el
recorte de periódico que le entregaba Jones y leyó:
EL CASO DE LOS
SUICIDIOS CONSTANTES
El terror brota en
Loch Ness;
La Policía
desconcertada
INVERNESS, 23 ABRIL
1914.- El Inspector James Mclntosh de la Policía de Inverness se enfrenta a un
misterio más terrible que cualquiera de los narrados en los cuentos de Poe o
Cortan Doyle...
Sir John leyó
apresuramente el resto de la noticia.
—¿Entiende el
significado? —preguntó Jones—. Mañana, esta historia se podrá leer en todos los
diarios de Londres; fíjese en lo que le digo. Será el horror más grande desde
que Jack el Destripador asolara el East End. Los periódicos del continente lo
plasmarán la semana que viene.
—¿Eo es bueno o
malo? —preguntó Babcock, guardándose el recorte en el bolsillo.
Jones parecía
exasperado.
—Es lo peor que
podría pasar —dijo, lleno de impaciencia—. Debe usted comprender ahora que el
sistema de creencias humano determina la experiencia de los hombres. ¿Por qué
el Colegio Invisible sigue siendo Invisible? ¿Por qué cree usted que no hacemos
milagros en la calle para convertir multitudes? ¿No se da cuenta de que la
filosofía materialista es lo mejor que podría haber ocurrido en Europa?
—Habla usted con
paradojas —se lamentó Sir John, observando que la niebla empezaba a espesar. El
clip-clop de los cascos del caballo parecía transportarles por un mundo más
misterioso que cualquiera de los que aparecían en sus sueños o visiones
astrales de la Capilla Peligrosa.
Jones suspiró.
—¿Ha observado
usted —dijo pacientemente— lo que sucede cuando la noticia de una casa
encantada aparece en la prensa? En una semana, en otras partes del país,
aparecen cinco casas encantadas más. Uno no puede proyectarse astralmente hasta
que cree que puede conseguirlo. La Cábala carece de sentido hasta que uno cree
que puede tenerlo. ¿Por qué cree que dijo Buda que «Todo lo que somos es
resultado de todo lo que pensamos»? ¿Sabe por qué machacamos a los Aprendices
con la frase de que «Temer es fracasar y prólogo del fracaso»? Salvo un ser
pefectamente Iluminado, todos nosotros vemos y sentimos sólo que estamos
preparados para ver y sentir. Una historia periodística como esta, una vez que
sea recogida y repetida, desencadenará miles —cientos de miles— de invasiones
semejantes de los poderes de las tinieblas. Cada persona que lea
acontecimientos como éstos, en mayor o menor grado, se abrirá a sus ataques.
Los libros de tales temas son venenosos. ¡Por eso no combatimos la extensión
del ateísmo y el materialismo! ¡Por eso les animamos a seguir!
—¿Animarles'? —Sir
John estaba espantado.
—¡Naturalmente!
—gritó Jones—. Los antiguos Misterios están cerrados para todos menos para una
pequeña élite, como ya sabe. No es esnobismo aristocrático, sinio pragmática
sabiduría. Cuanto menos sepan los hombres y mujeres normales de estas cosas,
mejor para ellos. Sólo los que han sido especialmente entrenados, intelectual y
moralmente, pueden manejar esas Fuerzas con seguridad.
Sir John reflexionó
durante unos minutos.
—Piensa que esta
forma de pensar es antiliberal —siguió Jones—. Pero considere los buenos
resultados. Las masas sin educación tienen una fe sencilla, que les protege, en
la mayoría de los casos, de invasiones como la de este horror del Loch Ness.
Los retrasados mentales que salen de las universidades por pelotones mantienen
un escepticismo simple, que también les protege. Todo ello resulta
satisfactorio, y constituye el mejor acomodo para esta era científica, hasta
que la naturaleza humana se transforme. La gente ordinaria, si abandona la fe y
el escepticismo y empieza a experimentar en este área —como usted hizo—, podría
volverse loca en seis meses si no contase con una cuidadosa guía como la que yo
mismo le brindé a usted.
—Sí —afirmó Sir
John—. Esto va en contra de los principios liberales, pero tiene usted razón.
Nunca habría podido realizar de un modo seguro ningún experimento astral yo
solo. Lo mejor es que los hombres y las mujeres ordinarios no se acerquen a
estos asuntos.
—La fe para los
locos sin educación, el escepticismo para los locos a medio educar —dijo
Jones—. Así debe ser hasta que todo esté preparado para el encuentro con Aquel
al que llamamos Sagrado Angel Guardián... que será, como le recordé hace poco a
Verey, «un fuego de purificación.»
Una vez más, como
cuatro años antes, los cascos del caballo parecieron sugerir en Sir John el
estribillo del poema alquímico:
No hay que creer en
el ojo humano
Ni bajo el sol ni
en la sombra
Los arlequines que
ven y sienten
Sólo participan en
la Mascarada del Diablo.
El Mundo Invisible
le parecía más real, en aquel momento, que el mundo material medio oculto por
la bruma de Londres.
—¿A dónde vamos?
—preguntó.
—Voy a conferenciar
con la Cabeza Interior del Colegio Invisible de los Rosa Cruz por primera vez
en siete años —respondió Jones—. De camino, le dejaré en la librería M.M.M. de
la calle Jermyn.
—¿Qué?
Jones apenas
sonrió.
—Sí —dijo—. Ha
llegado la hora de que pase usted a la Capilla Peligrosa. Le aseguro que estará
a salvo, y eso llenará de consternación los corazones del Enemigo.
Sé en lo que
acabará todo esto, pensó Sir John.
—Mire —siguió
Jones, sacando un singular objeto del bolsillo del abrigo. Sir John percibió un
brillo que llenó el interior del cabriolé antes de poder enfocar el objeto en
sí.
—¿Qué es?
—preguntó.
—Un pentáculo,
similar al empleado en las ceremonias mágicas —explicó Jones—. Este se
encuentra cargado con toda la fuerza espiritual concentrada de los cuatro mil
quinientos años de vida de nuestra Orden... Somos mucho más antiguos de lo que
suponía usted, incluso en los más atrevidos pasajes de sus libros. También fue
construido siguiendo especiales principios ópticos.
Sir John fue
incapaz, pese a que lo intentó insistentemente, de ver el pentáculo con
claridad.
—¿Se parece al
panteón de Christian Rosycross? —preguntó.
—Es el panteón
—replicó Jones—. Una miniatura exacta. La razón de que la luz dentro del
panteón resulte tan «cegadora» es que cada faceta —y hay miles de facetas,
incluso en esta miniatura— es complementaria de los colores que la rodean, de
acuerdo a estrictas leyes ópticas y geométricas. La luz es reflejada,
refractada y difundida en una miríada de prismas de un modo tal que es
irrepetible por cualquier otra estructura. Es el auténtico modelo del Universo
cabalístico, en el que cada parte contiene y refleja a las otras... una
analogía de la Luz Individida. Es hermoso, ¿verdad? Aunque esto es un modelo,
una interpretación parcial de la divina refulgencia... algún día lo
experimentará cuando alcance lo que, de modo inadecuado, denominamos
Conocimiento y Conversación con el Sagrado Angel Guardián.
A Sir John le
parecía levemente alucinante.
—Es como éter
—dijo—, o como alguna droga exótica como el hassish...
—No lo miré mucho
tiempo durante el primer contacto —le explicó Jones—. Tómelo. Métaselo en un
bolsillo, junto al corazón. Ni experimentará miedo ni estará en peligro
mientras lleve consigo este talismán.
Sir John tomó el
aparentemente autorefulgente talismán y sintió un escalofrío cuando se lo metió
entre la ropa.
—¡Por San Jorge!
—exclamó—. Realmente puedo sentirlo. Estoy listo para enfrentarme al mismísimo
Diablo.
—No hace falta que
se muestre tan melodramático —le dijo Jones—. De hecho, sólo va a acudir a una
presentación de Mr. Aleister Crowley. Si conozco a ese hombre, será consciente
de la presencia del pentáculo en cuanto usted entre. Tras la lectura, estoy casi
seguro de que se acercará a usted para, con una astucia u otra, intentar
hacerse con el pentáculo con su consentimiento. No podrá hacer nada que usted
no desee. Resista sus encantos y vuelva a reunirse conmigo en mi casa dentro de
dos horas. Eso es todo.
—¿Todo? ¿Para qué?
—Lo comprenderá
mejor por propia experiencia que por lo que yo pudiera explicarle en los pocos
minutos que nos quedan —se justificó Jones—. Lo que está a punto de vivir le
sorprenderá, y ése es el segundo objetivo de esta misión. Encontrará que Mr.
Crowley es muy distinto de la imagen mental de villano que recelan estos
horrores. Es importante, pues descubrirá algo: la realidad del enemigo es
totalmente diferente de las temibles suposiciones que hacemos sobre él. ¿Lo
entiende?
Debo avanzar por
este valle solitario
Debo avanzar solo
—Sí —replicó Sir
John—.Una verdadera iniciación nunca termina. —Sonrió.
Jones también
sonrió.
—Lo conseguirá,
muchacho —le dijo—. En todos estos años, nunca he confiado más en ningún
estudiante.
—La calle Jermyn
—dijo el conductor, agachándose—. El número 93, señores, aquí está.
CUARTA PARTE
¡Verdad! ¡Verdad!
¡Verdad! gritó el Señor del Abismo de las Alucinaciones... Este Abismo también
se llama «Infierno» o «Los Muchos»... [o] «Conciencia» o «El Universo».
Aleister Crowley,
El Libro de las Mentiras.
Sir John cruzó la
calle cubierta por la niebla, empujó la puerta de M.M.M.: Libros Ocultos y
Místicos de Todos los Tiempos, y, una vez más, entró en la Capilla Peligrosa,
esperando encontrar demonios con cuernos y colas con punta de flecha.
En vez de aquello,
encontró una amplia variedad de ingleses totalmente normales rebuscando entre
los anaqueles. Los libros iban desde ejemplares nuevos y brillantes a raídos
tomos de segunda mano y cubrían un amplio espectro; había cartelillos que
dividían las hileras con etiquetas como TAOISMO, BUDISMO, VEDANTA, CABALA,
SUFISMO, TEOSOFIA, INVESTIGACION PSIQUICA, y así sucesivamente. Sir John
apreció la observación de Jones acerca de lo absurdo que sería pedirle a
Scotland Yard que vigilase aquel establecimiento en aquella tierra de
libertades y en plena era de iluminación.
Un enorme cartel
anunciaba:
HOY A LAS 8
«El Soldado y el
Jorobado»
una lectura de
misticismo y racionalismo
por Sir Aleister
Crowley
Entrada Libre
El cartel llevaba
como ilustración una fotografía de Crowley, con el rostro totalmente
inexpresivo y los ojos mirando directamente a la cámara, como si escrutasen de
frente al observador: pero los ojos, como la cara, no revelaban absolutamente
nada. Aunque era la de un desconocido, la cara no parecía ocultar nada; sin
embargo, tampoco nada mostraba: era una cara, nada más. ¿Se sumió el propio
Crowley en algún trance de profunda concentración cuando tomaron la foto? No
era ni apuesto ni feo (aunque Sir John recordaba que denominaron en cierta
ocasión a Crowley como el hombre más atractivo de Londres) y tendría una edad
que parecía oscilar entre los cuarenta y los cincuenta años. Aquella era la
cara de un hombre, descubrió Sir John, con un perfecto autocontrol.
Sir John miró el
título de la lectura: «El Soldado y el Jorobado». Si Verey era el jorobado,
¿quién era el soldado? ¿El mismo? Jones? ¿Crowley? ¿Acaso atribuía excesiva
presciencia a la Inteligencia del Enemigo? Quizá el título no contuviera
ninguna referencia personal.
Un estante mostraba
el rótulo ORDO TEMPLI ORIENTIS: el nombre de la orden masona clandestina
propietaria de la librería y que exigía que todos sus miembros firmasen tres
copias del nihilista Acto de Fe que empezaba diciendo: «No hay más Dios que el
Hombre». Sir John examinó el anaquel con curiosidad: casi todo el material eran
panfletos o libros antiguos de autores como Karl Kellner, Adam Weishaupt,
Leopold Engels, P.B. Randolph, Theodore Reuss —casi todos en alemán—, pero
también se veían varios libros del propio Crowley.
Sir John tomó un
volumen de Crowley titulado, con todo descaro, El Libro de las Mentiras. Lo
abrió y se encontró con la página del título:
EL LIBRO DE LAS
MENTIRAS
TAMBIEN FALSAMENTE
LLAMADO
CAMBIOS
LOS VAGABUNDEOS O
FALSIFICACIONES
DEL UNICO
PENSAMIENTIO DEL
HERMANO PERDURABO
CUYO PENSAMIENTO
TAMBIEN ES
FALSO
A su pesar, Sir
John sonrió. Era una variación de la paradoja de la lógica de Empédocles, que
consistía en la pregunta: «Empédocles, el cretense, dice que todo lo que dicen
los cretenses es mentira; ¿dice Empédocles la verdad?» Naturalmente, si
Empédocles decía la verdad, su declaración de «que todo lo que dicen los
cretenses es mentira» sería verdad y él estaría mintiendo. Por otro lado, si
Empédocles mentía, todo lo que decían los cretenses no era mentira, y podría
estar diciendo la verdad. El título del libro de Crowley era aún más persevo:
si el libro es «también falsamente llamado cambios», entonces (a causa del
«también») el título original era falso, y no era un libro de mentiras después
de todo. Debía considerarse además que lo de «falsificaciones... del único
pensamiento... también es falso» era negación de la incertidumbre y, por lo
tanto, de la verdad. ¿O no?
Sir John se dirigió
al primer capítulo y encontró que consistía en un único símbolo, el signo
ortográfico:
?
Bueno, comparado
con el título, aquello era, al menos, breve. Sir John volvió la página para
dirigirse al segundo capítulo y encontró en él la misma brevedad:
!
¿Qué clase de broma
era aquélla? Sir John buscó el capítulo 3 y su cabeza giró:
Nada es.
Nada se transforma.
Nada es no.
Las dos primeras
frases representaban la conclusión básica del nihilismo; pero la tercera,
llevaba el nihilismo un poco más allá, cayendo de nuevo en la paradoja de
Empédocles contradiciéndose a sí misma. Si «nada es no», entonces algo es...
¿Qué más habría en
aquel notable tomo? Sir John ojeó sorprendentes páginas y, abruptamente, se
encontró, en el Capítulo 77, mirando una fotografía de Lola Levine. El pie
decía:
«L.A.Y.L.A.H.». La
foto y el pie componían la totalidad del capítulo. Lola aparecía de cintura
para arriba y estaba vergonzosamente desnuda, aunque, como concesión a la moral
inglesa, el cabello suelto ocultaba la mayor parte de sus senos.
Sir John, siguiendo
una corazonada, contó cabalísticamente. Lamed era 30; más Aleph, 1; más Yod,
10; más una segunda Lamed, 30; más una segunda Alpeh, otra vez 1; más He, 5;
total, 77, el número del capítulo. Y Laylah no era tan sólo la transliteración
de Lola; también era la palabra árabe que designaba la «noche». Y 77 era el
valor de la curiosa palabra hebrea que significa «valor» o «chivo»: Oz. La foto
y el pie le decían, al habilidoso cabalista, que Lola era la sacerdotisa que
encarnaba la Noche de Pan, la disolución del ego en el vacío...
Sir John decidió
comprar El Libro de las Mentiras; sería interesante, y quizá ventajoso, poder
profundizar en la mente del Enemigo, por paradójicas y perversas que fueran sus
expresiones. Se acercó a la caja, y encontró con disgusto que la empleada era la
propia Lola Levine. Como acababa de ver su foto, desnuda de la cintura para
arriba, se sonrojó y dijo tartamudeando:
—Me gustaría
comprar este.
—Una libra seis
chelines, señor —le dijo Lola, con la misma expresión que cualquier otra
cajera. Sir John pensó que habían transcurrido casi tres años desde la última
ocasión en que se encontraron en el plano de la Tierra; ella no tenía razón
alguna para recordarle. ¿Sería posible que todas aquellas visiones astrales en
las que ella le atormentaba y le tentaba para seducirle no fueran producto más
que de su impura imaginación? ¿O aquellas visiones fueron tan reales como
parecían y ella era meramente una consumada e hipócrita actriz? Resultado el
equivalente metafísico de la paradoja de Empédocles.
Una robusta mujer
de cierta edad, con acento de Cornualles, le preguntó a Lola:
—Me gustaría
quedarme para la lectura. Se pronuncia Crouly o Crowley.
—Se pronuncia
Crowly —dijo una voz desde la puerta—. Para recordar que soy sagrado. Pero mis
enemigos, dicen Crouly, si tienen deseos de mancillarme.
Sir John se volvió
y vio a Aleister Crowley, inclinándose cortésmente ante la mujer de Cornualles
al terminar su declaración. Crowley era un hombre de estatura media, vestido
con un conservador traje de rayas que no combinaba ni con el chillón pañuelo azul
que llevaba en vez de corbata ni con el Borsalino que portaba ladeado. Era el
conjunto que podría vestir un artista de la Orilla Izquierda como demostración
de su triunfo; para Londres, resultaba definitivamente excéntrico.
La mujer de
Cornualles le miró fijamente.
—¿Es usted
realmente el Gran Mago que dice la gente?
—No —dijo Crowley—.
Soy el más encarnizado enemigo del Gran Mago. —Y pasó ante ella imperiosamente.
La de Cornualles se
quedó boquiabierta.
—¿Qué ha querido
decir con eso? —preguntó, sin dirigirse a nadie en particular.
Sir John lo
comprendió, pero no perdió tiempo en explicaciones. Crowley se dirigía hacia la
sala de lectura y Sir John le siguió de cerca, buscando uno de los primeros
asientos para poder observar al Amo de la M.M.M. más atentamente. La paradoja
había sido un producto típico del estilo de Crowley: se refería, obviamente, a
la enseñanza gnóstica de que el universo sensorial es una ilusión creada por el
Diablo, para que la Humanidad no viera la Individida Luz de la Divinidad por sí
misma. Una extraña broma para provenir de un satanista; pero, naturalmente,
algunos gnósticos enseñaban que Jehovah, creador del universo material, era el
Diablo, el Gran Mago. La Biblia empieza con Beth, de acuerdo con esta
enseñanza, porque Beth es la inicial del Mago del Tarot, el Señor del Abismo de
las Alucinaciones...
La sala de lectura
se llenó rápidamente y Sir John correteó para hacerse con una de las primeras
sillas. Advirtió que Crowley había inclinado la cabeza y mantenía los ojos
cerrados, obviamente, preparándose para la lectura mediante algún método de
invocación o meditación. A sus espaldas, en la pared, se veía una gran estrella
de plata con un ojo en el centro, un símbolo asociado (por lo que sabía Sir
John) con la diosa Isis y la Estrella Perro, Sirio.
—Haced que vean la
totalidad de la ley —entonó Crowley sin levantar la cabeza. A continuación,
miró por la habitación caprichosamente.
»Es tradicional en
la gran Orden a la que humildemente represento —continuó—, empezar todas las
ceremonias y lecturas con esta frase. Como en el Ducdame de Shakespeare, existe
un ritual para expulsar a los locos, muchos de los cuales dejarían la sala si lo
oyesen. Como no observo ninguna estampida hacia las puertas, sólo puedo
preguntarme si esta noche habrá ocurrido algún milagro y estaré hablando, por
primera vez, a una audiencia inglesa que no está formada enteramente por locos.
Sir John sonrió a
su pesar.
—El tema de esta
noche —siguió diciendo Crowley— es el soldado y el jorobado. Estos dos términos
poéticos los empleo regularmente para designar a las dos puntuaciones
ortográficas más empleadas en Europa: la exclamación y la interrogación. No
busquen mayores profundidades en este momento. Llamo al signo de admiración «el
soldado», sólo como licencia poética, pues se mantiene erguido, erecto, como un
soldado de guardia. La interrogación, a la que llamo «el jorobado», de modo
similar, recibe el nombre tan sólo por su forma. Lo repito: no existe ninguna
otra profundidad, todavía.
Sir John se puso a
pensar en los dos primeros capítulos de El Libro de las Mentiras, aquéllos que
sólo decían «?» y «!».
La interrogación, o
jorobado, continuó Crowley, aparecía en todos lo problemas filosóficos básicos
que angustiaban a la humanidad: ¿Por qué estamos aquí? ¿Quién o qué nos puso
aquí? Si podemos hacer algo, ¿qué es? ¿Cómo podemos empezar? ¿Dónde podemos encontrar
la sabiduría? ¿Por qué nací? ¿Quién soy?
—A menos que uno se
enfrente a inmediatos problemas de supervivencia, debido a la pobreza o a la
libre elección de una vida aventurera, todos estos jorobados aparecerán en la
mente numerosas veces a lo largo de la existencia —dijo Crowley—. Generalmente son
pacificados o desaparecen al recitar las respuestas oficiales de la tribu en la
que nacemos, o, simplemente, decidimos que no tienen respuesta.
Sin embargo,
algunos, continuó diciendo Crowley, no pueden contentarse con la ciega
tradición o el resignado agnosticismo, y buscan respuestas por sí mismos
basándose en la experiencia. La gente ordinaria, dijo, tenía un sentido
totalmente dormido que ni siquiera conocía; los que persistían en seguir
formulando las preguntas podían ser descritos como luchadores por el despertar.
El soldado, la
exclamación, continuó, representaba el momento en que se veía o se intuía que
una pregunta era respondida, como en las expresiones «¡Ajá!» o «¡Eureka!»
—Ahora les
presentaré a dos de los más asquerosos jorobados que conozco —dijo Crowley,
sonriendo perversamente—. Ambos se plantean a cada candidato que llega a
nuestra Orden buscando la Luz. Son los siguientes:
»Número Uno: ¿Por
qué, de entre todos los maestros del misticismo y las ciencias ocultas, vienes
a mí?
»Número Dos: ¿Por
qué, de entre todos los días de tu vida, vienes precisamente hoy?
»Es cuanto
necesitan ustedes saber —explicó Crowley—. Podría bajar de la plataforma ahora
mismo, pues, si fueran ustedes capaces de responder a esas preguntas, habrían
alcanzado la Iluminación; y si no pueden, es que son tan lerdos que hablar
sería malgastar las palabras. Pero, de cualquier modo, me apiadaré de ustedes y
terminaré la charla.
Crowley continuó
definiendo el estado de la filosofía moderna (la posterior a David Hume) como
«una reunión de jorobados». Todo era concebido como pregunta; todos los axiomas
habían sido transformados: «incluyendo la geometría de Euclides entre los modernos
matemáticos»; nada es seguro. Por todas partes, siguió Crowley, no vemos más
que jorobados: preguntas, preguntas, preguntas.
El misticismo
tradicional, explicó entonces, es por el contrario un regimiento de soldados.
El místico, dijo, tras conseguir la experiencia de un «¡Ajá!» o un «¡Eureka!»
—una repentina mirada sobre la realidad invisible que subyace tras las
decepciones subjetivas de los sentidos— deviene apto para deleitarse consigo
mismo, pues nunca responderá a ninguna otra pregunta y dejará de pensar
completamente. Fuera de este error, advirtió Crowley, fluye la religión
dogmática, «una fuerza casi tan peligrosa para el misticismo como lo puede ser
la libertad para la ciencia o la política».
El sendero de la
verdadera Iluminación, prosigue Crowley mientras avanzaba hasta una pizarra que
había a la derecha de la sala, no consiste en lanzar una mirada intuitiva tras
otra. No es un desfile, «como este», dijo, escribiendo en la pizarra:
!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
—Cualquiera que se
halle en este estado o es un imbécil o un catatónico, cegado por su propia
locura —afirmó Crowley, severo.
El verdadero camino
de los Iluminados, declaró luego más enfáticamente, está constituido por una
serie de soldados y jorobados en conjuntos cada vez más acelerados, por ejemplo
?...!...?...!...?...!...?...!...?...!...?...!...?!?!?!?!?!?!?!?etc.
—Quedarse en
cualquier punto, tanto con intuitiva certeza como en dudosa interrogación —dijo
llanamente—, es estancamiento. Sea cual sea el estado de éxtasis de visión que
se alcance, uno debe buscar la visión más elevada. Sean cuales sean las
preguntas contestadas, deben buscarse las preguntas más difíciles. La Luz que
se busca se llama, correctamente, en la Cabala ain soph auer, la luz ilimitada,
que, literalmente, y matemáticos como Cantor lo han demostrado, pertenece al
infinito. Ya lo dicen los Upanishads: «Se puede vaciar el infinito, pero el
infinito seguirá existiendo». Cuanto más profunda sea la unión con la Luz, esta
se hará más profunda: pueden llamarla Cristo o Buda o Brahma o Pan. Como soy,
gracias a Dios —pronunció aquellas tres últimas palabras con gran piedad—, un
ateo, prefiero llamarla Nada... pues cualquier cosa que digamos sobre ella es
finita y limitada, cuando en realidad es infinita e ilimitada.
Crowley discurrió
acerca del infinito con gran detalle, resumiendo teorías matemáticas acerca de
aquel particular con notable erudición y acierto.
—Pero todo esto
—terminó—, no es el verdadero infinito. Sólo es lo que nuestras pequeñas mentes
simiescas han podido comprender hasta ahora. Hagan la siguiente pregunta.
Busquen la visión más elevada. Ese es el sendero que une el misticismo con el
racionalismo, y que trasciende a ambos. Como escribió el gran Poeta:
No depositamos
nuestra confianza
En la Virgen o la
Paloma;
Nuestro método es
la Ciencia,
Nuestro objetivo la
Religión.
¡Benditas palabras!
—exclamó, arrebatado—. ¡Sagrado sea el nombre del sabio que las escribió!
Al llegar a aquel
punto, Sir John ya dudó de si había estado escuchando la más elevada sabiduría
o la más pretenciosa jerigonza que hubiera oído hasta entonces. Su Divino
No-Ser era muy parecido a ciertos conceptos budistas y taoístas, pero también
parecía una divertida manera de considerar temas profundos sin decir gran cosa.
Para tal cuestión, naturalmente, la postura de Crowley afirmaba que decir lo
que fuese sobre el infinito era Nada si se comparaba con el propio infinito...
Sobresaltado, Sir
John se dio cuenta de que la charla había concluido. La audiencia aplaudía,
algunos de manera indecisa, y casi todos tan confundidos como Sir John por lo
que acababan de oír.
—Ahora pueden —dijo
Crowley con cierta desgana— desahogarse de los pensamiento con que han pasado
el tiempo mientras simulaban escucharme atentamente; pero, de acuerdo con el
decoro inglés y los rituales de las conferencias, pueden convertir sus observaciones
en preguntas.
Se oyó una risa
nerviosa.
—¿Qué nos dice de
Cristo? —El hombre que formuló la pregunta era un tipo rubicundo con bigotes de
foca; parecía más irritado por lo que había oído que el resto de la audiencia—.
No ha dicho nada sobre Cristo —añadió,
agraviado.
— Un lamentable
descuido —confesó Crowley, zalamero—. Efectivamente, ¿que digo de Cristo?
Personalmente, le considero culpable por la religión que nos impuso
postumamente. La siguiente pregunta... ¿la señora de la fila de atrás?
—¿Es inevitable el
socialismo?
Sir John se
preguntó cuándo se daría cuenta Crowley del Talismán y cómo intentaría
engatusarle para conseguirlo. Con horror, descubrió que la anunciada dominación
de su mente parecía posible: Crowley poseía encanto, magnetismo y carisma, como
tantos otros servidores del Demonio. ¿Qué era lo que Pope había escrito sobre
el Vicio? Una criatura de tan odioso talante / Que para ser odiada sólo ha de
ser vista / Pero tiene algo que algo que algo que / Primero nos da pena, luego
lo soportamos, luego lo abrazamos...
—Hay muchas cosas
inevitables —estaba diciendo Crowley—. Las mareas. Las estaciones. El hecho de
que algunas preguntas después de una conferencia apenas tengan nada que ver con
el contenido de la charla... —¿Qué buscas? La Luz. La luz ilimitada: ain soph
auer. Y las tinieblas supieron...
—¿Qué nos dice
sobre la Voluntad Mágica? —preguntó Sir John repentinamente durante una pausa.
—Ah —exclamó
Crowley—. Esa es una Pregunta Significante.
—De algún modo,
transmitió las mayúsculas—. Algunas preguntas han de ser contestadas con
demostraciones, no con meras palabras. Laylah —llamó, dirigiéndose con la voz
al fondo de la habitación—. ¿Podrías traernos el psicobulómetro?
Lola se acercó al
estrado con algo que se parecía desagradablemente a unas empulgueras
medievales.
—Lo primero que
existe es la voluntad consciente —explicó Crowley, mirando directamente a Sir
John—. La ejercitamos cada día. «Voy a fumar», «Le seré fiel a mi esposa».
Noventa y nueve veces de cada cien, tales resoluciones fallan, pues están en
conflicto con la fuerza que realmente nos controla, la Voluntad Inconsciente,
que no puede resultar frustrada. Efectivamente, incluso los psicólogos profanos
han redescubierto lo que la mística siempre ha sabido: la Voluntad
Inconsciente, aunque incapacitada para actuar, regresa durante la noche y
acecha en nuestros sueños. Y, a veces, regresa durante el día, bajo la forma de
comportamientos irracionales que no podemos comprender. La Voluntad Mágica no
debe confundirse con ninguna de las dos cosas anteriores, pues incluye a ambas
y es mayor que ellas. Me atrevería a decir que ejecutar un acto de Voluntad
Mágica es cumplir la Gran Obra. El más sagrado de todos los libros dice acerca
de esta conexión: «No tienes derecho, pero lo harás». Ay, si creen que ejercen
su verdadera Voluntad sin entrenamiento mágico, se engañarán a sí mismos...
Pero me estoy limitando a hablar, cosa que prometí evitar, y aquí llega el
instrumento de la demostración. ¿Quiere alguien ofrecernos una exhibición de lo
que es capaz de hacer con la Voluntad consciente?
—Creo que yo lo
intentaré —dijo Sir John, intrigado por su propia osadía—. Me parece que me
corresponde después de formular la pregunta —añadió, sintiéndose mal.
— ¡Bueno, en ese
caso, muy bien! Venga aquí, señor —dijo Crowley con una mueca que a Sir John le
pareció ya siniestra—. Aquí tenemos —continuó, alzando las empulgueras para que
todo el mundo pudiera verlas— uno de los implementos usados por la Orden de los
Dominicos para reforzar la religión que, como he dicho antes, nos fue impuesta
por Cristo. —Colocó el instrumento de tortura en el estrado—. Lo empleaban como
utensilio de tortura, pero nosotros lo emplearemos como calibre de la Voluntad.
Sir John se
encontraba de pie, al lado de Crowley, mirando desasosegado las empulgueras.
—Inserte aquí el
pulgar, señor —le dijo Crowley amablemente.
—¿Qué dice? —Sir
John no podía dar crédito a lo que oía.
—Que inserte el
pulgar, aquí —Crowley seguía hablando suavemente— y gire la manivela que
aprieta el tornillo. La aguja del bulómetro, mi añadido personal a este
juguete, registrará el dolor que es usted capaz de soportar mediante el empleo
de la Voluntad; 10 es una buena puntuación, y 0 significa que es usted un
verdadero calzonazos. ¿A dónde cree que puede llegar?
Sir John sentía
todos los ojos de la habitación clavados en él y quiso gritar:
«No estoy tan loco
como para torturarme a mí mismo sólo para divertirle», pero... Sir John temía
más quedar públicamente como un cobarde. ¿Será por esto mismo por lo que la
gente va a la guerra?, se preguntó severamente...
— Muy bien —dijo
con frialdad al fin, insertando el pulgar,
Y Abraham se
levantó muy temprano y ensilló sus asnos, y tomó a dos de sus hombres, y a su
hijo Isaac, y cortó la leña para el sacrificio, y la recogió, y se dirigieron
al lugar de que Dios le había hablado.
Y era cerca de la
hora sexta, y toda la tierra estaría sumida en tinieblas hasta la hora nueve.
Y el sol se
oscureció, y el velo del templo se hendió entre la niebla.
Y Abraham tomó la
leña de la pira, y la colocó sobre su hijo Isaac; y tomó una antorcha en la
mano, y un cuchillo; y ambos caminaron juntos.
Y cuando Jesús
gritó, en voz alta y, dijo, Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu; y
diciendo esto, dejó de ser el fantasma.
—Sólo ha alcanzado
el dos del bulómetro —dijo Crowley—. La audiencia debe estar pensando que ni
siquiera lo ha intentado, señor.
—¡Vayase al
infierno! —susurró Sir John, con un escalofrío recorriéndole la espalda—. Me he
cansado ya de esta cruel broma. ¡Ahora enséñenos lo que puede hacer usted con
su Voluntad Mágica!
—Ciertamente —dijo
Crowley, muy tranquilo. Metió el pulgar en el cruel mecanismo y empezó a girar
la tuerca con lenta deliberación. No se movió ni un músculo de su rostro. (Sir
John sospechaba que se encontraba en trance). La aguja del bulómetro subió lentamente,
acompañada de aplausos de la audiencia, hasta alcanzar el 10.
—Esto —dijo Crowley
amablemente— podría pasar por una demostración elemental de Voluntad Mágica.
Sonó el estrépito
de un espontáneo aplauso.
—También valdría
—añadió Crowley— como una ilustración de nuestra tesis sobre el soldado y el
jorobado. La primera regla de nuestra Magia es: «Nunca hay que creer todo lo
que se oye y debe dudarse incluso de lo que se ve.»
Dio la vuelta al
«psicobulómetro», revelando con ello que había soltado el tornillo y que con
ello dio vueltas a la manivela sin apretar la tuerca. Se escuchó un lamento
irritado.
—Oh —siguió
Crowley—, ¿se sienten estafados? Recuérdenlo: son engañados del mismo modo cada
vez que la confusión emocional o las ideas fijas alteran su percepción de lo
que tienen ante la vista. Y no se olviden de buscar al jorobado que hay detrás
de cada soldado.
La audiencia empezó
a salir, murmurando y charloteando tan excitada como un grupo de chimpacés que
se ve reflejado frente a un espejo.
Y, en aquel preciso
momento, Sir John percibió que Crowley había bajado del estrado y se dirigía
hacia él.
—Sir John Babcock
—dijo Crowley amablemente—, ¿conoce usted la historia del hombre que llevaba
una mangosta en la cesta?
Al menos, al
contrario que Lola, Crowley no pretendía no haber reconocido a Sir John.
—¿Qué mangosta?
—preguntó Babcock con cautela.
—Ocurrió en un tren
—le explicó Crowley—. Aquel hombre llevaba una cesta bajo el asiento y otro
pasajero le preguntó lo que llevaba en ella. «Una mangosta», respondió. «¡Una
mangosta!», dijo el otro. «¿Qué domonios hace usted llevando una mangosta?»
«Bueno», le contestó nuestro héroe, «mi hermano bebe más de lo que es bueno
para él y a veces ve serpientes. La mangosta le libra de ellas.» El otro
pasajero se quedó desconcertado por aquella explicación lógica. «¡Pero las
serpientes son imaginarias!.», exclamó. «¡Ajá!», dijo nuestro héroe. «¿Piensa
que no lo sé? ¡Lo bueno es que esta mangosta también es imaginaria!»
Sir John sonrió
lleno de nerviosismo.
— Pasa lo mismo con
los talismanes —le siguió diciendo Crowley—. Cuando un fastama sube, siempre lo
hace por el espectro de una escalera. Siga llevando el pentáculo en el bolsillo
si con ello se siente más protegido. Ahora debo irme. Volveremos a vernos.
Y Sir John se quedó
mirando cómo Crowley se alejaba hacia el fondo de la habitación, donde saludó a
Lola con un besó. Susurró algo; luego ambos se volvieron , le dieron la espalda
a Sir John y echaron a andar alegremente. Y desaparecieron.
DE ARTE ALCHEMICA
Cuando Sir John
llegó a casa de Jones, en el Soho, le relató su experiencia en la librería
M.M.M. con todo detalle.
—Crowley no intentó
engatusarme para que le diera el talismán —concluyó, con cierta aspereza—. Lo
trató con todo desprecio.
—Ese hombre tiene
una Voluntad de Hierro —admitió Jones—, pero no hay que dejarse engañar por su
actuación. Por encima de todo, sabe que hemos pasado al contraataque y estará
atemorizado.
—¿Está usted
realmente seguro de eso? —preguntó Sir John con sofocada moderación.
—Los dos
necesitamos una buena noche de sueño —dijo Jones como si ignorase la pregunta—.
Le enseñaré la habitación de invitados. Antes de dormir, medite un poco sobre
la Parábola de la Mangosta Imaginaria. Hay muchos niveles de significado...
Lo cierto fue que
Sir John se encontró demasiado cansado para reflexionar sobre la Mangosta
Imaginaria cuando se halló en la habitación. Durmió rápidamente y soñó cosas
que fue incapaz de recordar por la mañana, aunque despertó con un vago recuerdo
de Sir Alister Crowley y una mangosta gigante persiguiéndole por la Capilla
Peligrosa.
Tras lavarse y
vestirse, Sir John recordó que todavía tenía la copia de El Libro de las
Mentiras que comprase en la M.M.M. Decidió probar la bibliomancia en sentido
inverso y ver lo que el Enemigo podía ofrecer como oráculo. Abriendo el libro
al revés, se encontró en el Capítulo 50:
En el bosque Dios
se encontró con el Ciervo Volante. «¡Detente! ¡Adórame!», dijo Dios. «Soy el
Grande, el Bueno, el Sabio... Las estrellas son chispas en las forjas de Mis
herreros...»
«Así sea y Amén»,
dijo el Ciervo Volante, «creo en todo ello y te soy devoto.»
«En ese caso, ¿por
qué no me adoras?»
«Porque yo soy real
y tú imaginario.»
Las hojas del
bosque susurraron con la risa del viento.
Dijeron el Viento y
el Bosque: «¡Ninguno de los dos sabe nada!»
—¡Maldición,
truenos y relámpagos! —explotó Sir John. El escarabajo negaba a Dios, pero el
viento y el bosque también negaban al escarabajo. Era otra vez el rompecabezas
de la Mangosta Imaginaria a un nivel mucho más empedocleano.
Bajando las
escaleras en busca del desayuno, Sir John experimentó con el solipsismo. Quizá
no existían ni los dioses ni los escarabajos... o quizá todo el mundo era, como
anunciaban los gnósticos, el Abismo de las Alucinaciones, la Mascarada del
Diablo. Pero debemos considerar el argumento de David Hume: el escepticismo
debe aplicarse a Uno Mismo. ¿Estoy yo realmente aquí? ¿Son sólo reales el
viento y el bosque? Si los fantasmas bajan, les servirán los espectros de las
escaleras?
El Dr. Johnson
refutaba aquella filosofía dándole patadas a las piedras. Sir John la refutó
comprobando lo hambriento que estaba. Los huevos y los panecillos eran tan
reales como deseables a aquellas horas, y su estómago era lo suficientemente
real como para no negarse a ellos.
Para su sorpresa,
encontró a Jones desayunando con el Reverendo Verey.
—Creía que le
habíamos dejado con el Mutilador de Liverpool —dijo, confundido.
—Nuestros planes
han cambiado totalmente después de mi conversación con la Cabeza Interior de la
Orden la noche pasada. Las cosas son más serias de lo que suponía —explicó
Jones— Nosotros tres iremos a visitar a Mr. Aleister Crowley, a su casa, para
llevarle una sorpresa.
Sir John se sentó.
—¿No será otro
talismán? —preguntó, irónicamente.
—Querido, no —dijo
Jones, suavemente—. Esta vez será una sorpresa real. Pero, antes, coma algo,
Sir John. Los panecillos están deliciosos.
Sir John decidió
dejar el tema durante un rato; se sentía muy hambriento.
Verey estaba
leyendo el mismo recorte periodístico que Jones le enseñase a Sir John la tarde
anterior.
—Está lleno de
errores —se lamentó—. Bobbie McMaster no tiene cuarenta y tres años desde hace
mucho tiempo; por lo menos es tan viejo como yo. Y la mujer sin cabeza que
encanta Glen Carng no es nueva; se la viene viendo desde hace tantos siglos
como a Ana Bolena en la Torre de Londres. ¿Por qué los periodistas nunca hacen
nada bien?
—Creo que fue
Bernard Shaw quien lo explicó —le dijo Jones, añadiendo algo de limón al té, al
estilo parisino—. En casi todas las demás profesiones, un hombre debe ser capaz
de observar cuidadosamente e informar de modo acertado sobre todo lo que ve.
Esas calificaciones, no obstante, son innecesarias para los periodistas, pues
su trabajo es escribir sensacionalistas historias para los periódicos. Por lo
tanto, todos los incompetentes que no son capaces de exactitud a la hora de la
observación o la memoria, fracasan en casi todas las demás profesiones, por lo
que, eventualmente, muchos de ellos llegan al periodismo.
—¡Ajá! —exclamó Sir
John, quien se había preguntado más de una vez por qué nada de lo que decían
los periódicos era acertado. Naturalmente: un químico, un tendero, o un hombre
corriente, a quien se le pidiera que describiera aquel desayuno, informaría correctamente
que consistía en huevos, jamón y panecillos con té. Un periodista mencionaría
puré de avena, bacon y tostadas, con una orgía de sexo y un asesinato.
¡ Verdad! ¡ Verdad!
¡ Verdad! gritó el Señor del Abismo de las Alucinaciones...
«Nessie» era real
de acuerdo con virtualmente todos los residentes en Inverness; «Nessie» era un
mito de acuerdo con los «expertos» que nunca habían estado allí.
—Ha de saber —le
dijo Sir John a Jones— que me he dado cuenta de que aunque usted se refiere
siempre a Crowley como «Mr.», en un cartel que vi anoche se referían a él como
«Sir». ¿Qué es lo correcto?
—Crowley es hijo de
un cervecero —le explicó Jones—. Pero el «Sir» es legítimo de acuerdo con sus
propias luces. En los 90, cuando sólo era un joven singularmente romántico y
aventurero que todavía no había sido corrompido por la Magia Negra, se unió a la
causa de los Carlistas. Don Carlos, personalmente, le armó caballero.
—Pero —protestó Sir
John—, Don Carlos era simplemente un pretendiente al trono.
—Para usted y para
la prensa diaria, sí. Crowley todavía insiste en que Don Carlos era el
verdadero monarca y Victoria la pretendiente. Así que, según sus propias luces,
el título de Sir Aleister es correcto.
—Ese hombre es
tonto —dijo Verey—. Lo siento por él.
—Oh, ciertamente
—asintió Jones, con una tranquila sonrisa—. Pero también es brillante y
fríamente racional... a su propio estilo. El y yo fuimos amigos durante un
tiempo, hace muchos años, antes de que nuestros caminos se separasen, y todavía
sigo diciendo, pese a todas sus maldades, que Aleister Crowley tiene el
potencial necesario para convertirse en el más importante de todos nosotros.
—Jones suspiró—. Pero sólo el más exaltado puede caer hasta los más recónditos
abismos —añadió, amargamente.
—«Lucifer, hijo del
alba, qué bajo has caído» — anotó Verey, con profundo y sentido dramatismo,
como si se encontrase en un pulpito.
Como muchos
clérigos, Verey tenía una cita de la Biblia para cada ocasión, consideró Sir
John.
Cuando el sirviente
de Jones apareció para recoger los platos del desayuno, Sir John preguntó
intrépidamente:
—Bueno, ¿cuándo
vamos a afeitar al león en su cubil? Espero que no sea nada tan decepcionante
como lo de anoche.
—Creo que nos
iremos enseguida —dijo Jones con la calma de un Adepto.
—Sí —declaró
Verey—. Ansio que llegue el momento en que ese diabólico Aleister Crowley y yo
nos veamos cara a cara.
Sir John tuvo la
sensación de ser uno de los Tres Mosqueteros disponiéndose a luchar contra los
hombres de Richelieu.
—Crowley vive en la
calle Regent —explicó Jones—. De hecho, su casa es una de las mejores de toda
la calle. Su padre no era sólo cervecero, sino un cervecero muy famoso. Vamos a
dirigirnos a uno de los vecindarios más respetables de Londres. Crowley edita
sus propias obras con las más caras encuademaciones y los mejores papeles, y
vive como un verdadero príncipe oriental.
—¿Iremos andando o
llamamos un coche? —preguntó Sir John.
—Creo que un paseo
nos vendría bien —replicó Jones.
La verdad, como
pensó Sir John, es que formaban un raro grupo de Mosqueteros: Verey, viejo y
jorobado; Jones, robusto pero en la cuarentena; sólo él mismo, con veintiocho
años, era lo suficientemente joven como para desempeñar el papel de héroe de
melodrama... aunque, con toda probabilidad, era el más nervioso de todos.
Jones se puso a
hablar de Crowley mientras paseaba. Se encontraron por primera vez dieciéis
años antes, en 1898, cuando Crowley fue admitido en el Amanecer Dorado original
como Aprendiz.
—Era un joven muy
impresionante —explicó Jones—. A los veintitrés años ya había publicado varios
volúmenes de excelente poesía y tenía cierta fama de escalador en los Alpes.
Poseía un título de Química Orgánica por Cambridge y recuerdo que le pregunté
por qué, pues yo era incapaz de ver en él el menor temperamento científico.
Nunca olvidaré su respuesta: «Mi personalidad es totalmente poética, estética y
romántica», me dijo. «Necesitaba efectuar algún trabajo de índole científica
para volver a bajar a la tierra.» Pensé que constituía un sorprendente ejemplo
de autoconocimiento y autodisciplina para alguien tan joven.
Jones siguió
hablando del rápido ascenso de Crowley en el Amanecer Dorado,
—Nunca he visto a
un hombre que tuviera tal capacidad natural para la Magia Cabalística como él
—dijo, sinceramente.
Luego, ocurrió el
desastre de 1900, cuando el feudo entre William Butler Yeats y McGregor Mathers
explotó en una docena de feudos menores que disgregaron el Amanecer Dorado en
facciones que nunca más volverían a reunirse. Jones le perdió la pista a Crowley
durante varios años, aunque oyó decir que viajó a estudiar Yoga al Lejano
Oriente y Sufismo a África del Norte. En 1902, Crowley y un ingeniero alemán,
Oscar Eckenstein, escalaron triunfales la más elevada altura lograda en el
Chogo Ri, en el Himalaya, llegando a los veintitrés mil pies. En 1905, Crowley
se dirigió a China, y de allí volvió convertido en un nuevo hombre.
—Recuerdo —dijo
Jones— mi infantil respuesta cuando me volví a encontrar con él en 1906. Le
encontré tan cambiado que ahora creo que era un ser totalmente Iluminado, más
allá de cualquier graduación del Amanecer Dorado. Le pregunté cómo lo había
conseguido y me dijo literalmente: «Convirtiéndome en un niño.»
Estaban cruzando la
calle Rupert cuando Jones sonrió irónicamente.
—Mis ilusiones
acerca de Crowley no duraron mucho más —dijo—. Aquel mismo año publicó el
infame Bhag-i-Muatur, que decía haber traducido del persa. No era nada de eso.
Crowley fue un admirador de Sir Richard Burton y se limitó a copiar a su héroe,
que había publicado el Hasidah —una obtusa declaración de filosofía atea— como
traducción del árabe, cuando en realidad era su propia obra. El Bhag-i-Muatur,
un título que traducía como «El Jardín Perfumado», era una obra de Crowley
disfrazada como traducción. Se trataba, superficialmente, de una alegoría sobre
las relaciones del Alma con Dios. Actualmente, si se lee con atención, parece
una glorificación de la sodomía.
Resumiendo, añadió
lo siguiente: Crowley se divorció de su esposa por adulterio y empezó a vivir
vergonzosamente con Oscar Wilde antes de sus juicios, haciendo ostentación de
sus numerosos asuntos, heterosexuales y homosexuales, como si disfrutase de alguna
manera diabólica impresionando a las sensibilidades cristianas.
En los años
siguientes, Crowley dividió su tiempo entre Londres, París y los desiertos del
norte de Africa. En 1909, montó un espectáculo llamado «Los Ritos de Eleusis»,
en un teatro de Londres, y levantó una tormenta de controversias. Los «ritos»
empezaban con un coro que informaba a la audiencia, siguiendo la moda de
Nietzche, de que «Dios ha muerto.» La siguiente ceremonia incluía ballet,
música, ritual, poesía y, entonces, se servía a la audiencia un pretendido
«elixir de los dioses» (que algunos sospecharon después contenía algún tipo de
droga alucinógena), terminando con el anuncio de que había nacido un nuevo
Dios, un «Señor de la Fuerza y el Fuego», que destruiría la civilización
occidental y crearía, de sus ruinas, una nueva civilización basada en la frase
de Rabelais: «Haz lo que quieras.»
—Ese hombre es
tonto —repitió Verey con fría furia.
Desde 1910,
continuó Jones, Crowley fue el líder inglés de la Ordo Templi Orientis, una
orden masona con base en Berlín que decía guardar los primordiales secretos
masones en una forma más depurada que cualquier otro grupo. La Otra Cabeza de
la Orden, explicó Jones, fue Theodore Reuss, un actor que actuaba como agente
de la policía secreta alemana.
—A sabiendas de
Scotland Yard? —preguntó Sir John.
—Oh, efectivamente
—contestó Jones—. Así es como actúa la Inteligencia Militar. Vigilaron a Reuss
concienzudamente, pero no se metieron con él, pues el área de sus operaciones
se restringía a espiar a los alemanes exilados en Inglaterra. Durante un tiempo,
se relacionó con Karl Marx, Friedrich Engels y su círculo.
Jones siguió
hablando de las relaciones entre la Ordo Templi Orientis y ciertas sectas
derviches del Cercano Oriente que se decían conectadas con los Jóvenes Turcos
que habían derrocado a la monarquía para introducir la democracia
parlamentaria. Rasputín, el monje poseedor de extraños poderes hipnóticos,
quien parecía controlar totalmente al Zar y a su familia, también se hallaba
asociado con las mismas órdenes derviches, explicó Jones, lo mismo que el
Coronel Dragutin Dimitrievic, jefe de la Inteligencia Militar de Servia, quien
a su vez era, simultáneamente y bajo el nombre en clave de «Apis», miembro de
la «Unión o Muerte», un grupo secreto revolucionario panservio.
—Gracias a
Rasputín, a los Jóvenes Turcos y al coronel Dimitrievic —les dijo Jones—, la
situación del Cercano Oriente y los Balcanes se hizo tan inestable que las
alianzas entre Inglaterra, Francia, Alemania y Rusia fueron rotas, pues cada
una de las Grandes Potencias sospechaba que las demás tramaban para
aprovecharse de la cada vez más volátil situación en su propio beneficio. Los
Jóvenes Turcos
llegaron a jurar ostensiblemente que lucharían hasta la muerte para mantener a
las Grandes Potencias fuera de la zona. Como el ferrocarril Berlín-Bagdad fue
contruido en 1896 —continuó Jones—, ciertos miembros del Gobierno sospecharon
que Alemania pretendía sustituirnos en la India... pero cada una de las Grandes
Potencias sospechaba cosas parecidas de las otras.
—Todo resulta cada
vez más profundo, más oscuro, a medida que habla —afirmó sir John—. ¿Nos las
tenemos que ver con una guerra espiritual entre teologías rivales o con una
guerra económica entre intereses comerciales rivales?
—Hablamos de Guerra
Total —replicó Jones, sombrío.
Sir John levantó la
vista hacia el Big Ben que se alzaba en la distancia: piedra sólida, tangible,
real. Pero llegaron a su mente las palabras de Shakespeare:
estos actores
nuestros
Como ya predije,
son todos espíritus, y
Se derriten en el
aire, en el ligero aire:
Y, al igual que el
infundado origen de esta visión
Las torres
rematadas por nubes, los bellos palacios,
Los solemnes
templos, el propio orbe,
Sí, con todo lo que
en él vive, se disolverá
El monstruo de Loch
Ness y el Movimiento Panservio; criaturas con alas de murciélago que se reían y
la policía secreta alemana; suicidios increíbles y perversiones sin nombre;
asesinatos por todo el mundo y la historia secreta de la Francmasonería; un gato
asesinado en una iglesia cerrada y el tren Berlín-Bagdad... Máscaras y máscaras
detrás de las máscaras. Sir John no estaba ya seguro de nada. 358: la Serpiente
es el Mesías. I.N.R.I.: Jesús es Dionisio. HONI SOIT: la Orden de la Jarretera
era un aquelarre que gobernaba Gran Bretaña desde hacía quinientos años. La
propia vida era una paradoja de Empédocles y David Hume tenía razón: uno no
puede probar, mediante la lógica, su propia existencia. ¡Verdad!¡Verdad!
¡Verdad! gritó el Señor del Abismo de
las Alucinaciones...
—Es usted
consciente, naturalmente, Sir John —siguió Jones—,de que los Iluminados
bávaros, financiados por los Rothschild, controlaron secretamente las
revoluciones que derrocaron las viejas monarquías feudales y abrieron el camino
al sistema de mercado «libre» con el que el monopolio del Capital domina el
mundo moderno. Los Iluminados, es innecesario decirlo, tenían sus propios
motivos: «No hay más Dios que el Hombre» era ya su lema antes de la llegada de
Crowley. De hecho, la Ordo Templi Orientis, en su forma moderna, fue creada por
la unión de los Iluminados de Leopold Engels, en 1888, y la Hermandad Hermética
de la Luz de P.B. Randolph. Randolph, un negro americano, empezó como sacerdote
vudú, pero recibió educación avanzada a manos de la misma secta derviche que
había detrás de Rasputín y los Jóvenes Turcos. Theodore Reuss, la Otra Cabeza
de la Ordo Templi Orientis, tenemos razones para creerlo, no era tan sólo un
espía entre Marx y su grupo de la inteligencia militar alemana, sino un doble
agente que espiaba en Alemania para los marxistas. El propio Crowley mantenía
relaciones con el comandante Marsden, de nuestra propia Inteligencia Militar,
cosa en la que no pretendo adentrarme. ¿No resulta raro pensar que todo esto
nos hace retroceder en el tiempo hasta Husayn Mansur Halladj, el derviche
lapidado por los musulmanes ortodoxos en el siglo noveno por decir «Yo soy la
Verdad y dentro de mi turbante no hay otra cosa que Dios»? Por mediación de los
discípulos de Mansur, los Caballeros Templarios fueron iniciados en los ritos
secretos mágicos de la magia sexual del tantrismo...
Y la Madre Hubbad
es realmente Isis disfrazada y el hueso que busca es el falo de Osiris, pensó
Sir John locamente. Todo lo imaginable es verdad en cierto sentido: si creo que
puedo volar, flotaré libremente hasta la estratosfera...
—¡Arthur! —exclamó
Verey sacando a Sir John de sus solipsísticas reflexiones.
Jones y Babcock
dirigieron la vista hacia donde tenía clavados los ojos el sacerdote. Al otro
lado de la calle había un jardín: ¿se movía una sombría forma ambiguamente por
él o se trataba tan sólo de un árbol agitado por la brisa?
—¡Dios mío!
—susurró Verey, casi representando—. ¡Es mi hermano muerto, Arthur!
—No puede ser... se
confunde usted —empezó a protestar Jones. Pero el sacerdote le apartó
rudamente.
—¡Arthur!
—repitió—. ¡El monstruo que convirtió en ruinas a toda mi familia! Vuelve de la
tumba para mofarse de mí. —Se lanzó a cruzar la calle.
—¡Tras él! —apremió
Jones, echando a correr.
Sir John llegó el
primero a la otra acera, al mismo tiempo que Verey abría la puerta y entraba en
el sendero que corría entre los macizos de plantas exóticas. El sendero giraba
abruptamente; Verey iba corriendo, casi diez pies por delante de ellos, en una
dirección paralela a la calle. Desapareció detrás de un inmenso roble, al
tiempo que Sir John penetraba en el jardín y echaba a correr tras él.
Aunque dobló en el
mismo punto en que lo hiciera Verey, Sir John no fue capaz de ver al clérigo.
Se apresuró al siguiente recodo y se tropezó con un hombre alto, de barba
negra, con un gorro ruso de piel, ocupado en arreglar la cerca.
—¿Dónde está?
—preguntó Sir John.
—¿Dónde está,
quién? —preguntó el desconocido barbudo con un fuerte acento eslavo.
—El Reverendo
Verey... corría por el jardín...
Jadeante, llegó
Jones.
—¿Qué ha pasado?
—preguntó—. Parece que Verey ha desaparecido.
—¿Verey? —dijo el
eslavo—. Por aquí no ha pasado nadie.
Jones y Babcock
intercambiaron una confundida mirada. Jones fue el primero en recuperarse.
—¿Quién es usted,
señor?
—Soy el Barón
Nicolás Salmonovich Zaharov —dijo el desconocido—, y ésta es mi casa, y éste mi
jardín, y sospecho que ustedes han estado bebiendo desde muy temprano si
imaginan que alguien ha venido por aquí. Les aseguro que no ha pasado nadie.
Sir John recordó.
... estos actores
nuestros...
... se
... derriten en al
aire, en el ligero aire...
—Al fin —dijo
Albert Einstein mientras su pipa humeaba abundantemente—. Aquí tenemos algo a
lo que podemos hincar los dientes.
James Joyce se
cambió a una nueva e indiferente postura en la silla.
—Hemos encontrado
—musitó— un bocado más grande de lo que podemos masticar.
Einstein empezó a
buscar una hoja de papel que no estuviera llena de ecuaciones matemáticas.
—Barón Zaharov
—murmuró—. La luz al final del túnel. ¡Ajá! —Encontró varios folios vírgenes—.
Aquí —le dijo a Babcock—. Quiero un diagrama exacto de la escena de ese
milagro.
—No dibujo muy bien
—declaró Babcock, incómodo.
—No necesitamos que
sea un artista —le dijo Einstein impacientemente—. Esboce la escena como lo
haría un ingeniero o un arquitecto, verstehen Sie? Como un hombre que la viese
por encima, como si flotase en el aire.
—Algo esquemático
—observó Babcock—. Puedo hacerlo.
Einstein estudió el
diagrama mientras lo trazaba, formulando preguntas, pidiendo detalles, hasta
que al fin emergió algo con la claridad suficiente como para satisfacerle.
—Bien —dijo
Einstein suavemente, estudiando el diagrama—, muy parecido a lo que sospechaba.
Son listos esos truhanes...
—Espero que sepa de
lo que está hablando —entonó Joyce oscuramente desde el rincón en que
ganduleaba—. Para mí, lleno de ignorancia acientífica, esta es la más
maravillosa maravilla de la aventura de Las Mil y Una Noches de Sir John.
Einstein sonrió.
—Este Barón Zaharon
—le dijo a Babcock—... Supongo que no le diría adieu en aquel momento y
aceptaría su testimonio sin rechistar.
Babcock, mudamente,
hizo un gesto de desesperación con las manos.
—No —dijo—, pero
era muy difícil. En primer lugar, insistía en considerarnos o borrachos o
dementes, y Jones tuvo que emplear toda su diplomacia para persuadirle de que
nos tomara en serio. Finalmente, se mostró más cooperativo, aunque siguió
actuando como si se burlase de nosotros. Nadie resulta tan distante como un
noble ruso, ya lo saben. Pero concedió en dejarnos buscar por allí con más
detenimiento. El jardín estaba tan lleno de flores a ambos lados del sendero
que sólo se le podría definir como lujurioso. No había modo alguno de que el
Reverendo Verey pudiera haber saltado la verja y pasado por el jardín sin
aplastar o dañar cientos de plantas, y no se veía ni una sola en tales
condiciones.
—¿Cuán alta era la
verja? —preguntó Einstein enfáticamente.
—Mediría unos tres
pies. La mitad superior del cuerpo de Verey me resultó claramente visible hasta
que desapareció detrás del roble.
—¿Y las plantas?
—insistió Einstein.
—De varios
tamaños... desde un pie, hasta tres o cuatro. Ninguna se veía tronchada o
dañada en modo alguno —repitió Babcock.
—Naturalmente —dijo
Einstein—. Ahora, con cuidado, Sir John, visualice al Reverendo Verey y al
Barón Zaharov. ¿Qué diría usted de sus alturas respectivas?
Sir John frunció el
ceño pensativamente.
—Verey era más bajo
—concluyó—. Un poco menos de cinco pies, diría yo. El Barón tendría por lo
menos mi estatura, o eso creo: unos cinco pies ocho pulgadas, pulgada más o
menos. Se mostraba tan seguro de sí mismo que no me acuerdo de él sino
hablando, de modo que no estoy muy seguro de la estatura que pudiera tener.
Einstein asintió
con la cabeza.
—Truenos y
centellas —murmuró para sí. Volvió a prestar atención a Babcock—. ¿Qué pasó
cuando usted y Jones terminaron de inspeccionar el jardín?
—El Barón nos
acompañó hasta la calle, mientras nos dirigía ciertas observaciones paternales
sobre la gente que ingiere bebidas fuertes por la mañana. Yo estaba totalmente
desconcertado, pero Jones me dijo: «No confío en este hombre. A ver qué podemos
averiguar de él en la casa de al lado.»
—Ja? —dijo
Einstein, encantado.
—Sé lo que está
pensando —añadió Babcock—. En cuanto Jones habló se me ocurrió también a mí.
Estaba tan impresionado por la aparente desmatenalización, tan intimidado por
las arrogantes maneras del Barón, que mi mente dejó virtualmente de funcionar
mientras permanecimos allí. Pero, naturalmente, si había algún truco, el Barón
tenía que ser cómplice del mismo.
—Siga —pidió
Einstein, con una mueca divertida en la comisura de la boca.
—Verán, la
siguiente casa pertenecía a Miss Isadora Duncan, la célebre danzarina
americana. ¿Alguno de ustedes la ha visto bailar alguna vez? —preguntó Babcock,
interrumpiéndose.
—Detesto el ballet
—dijo Joyce—. Toda esa gente bailando le distrae a uno de la música.
—Yo tampoco he
visto nunca a Miss Duncan —confesó Einstein—. Pero, claro, todo el mundo ha
oído hablar de ella en Europa. ¿Es, como dicen algunos, tan buena como Pavlova?
—Mejor —confirmó
Babcock—. La he visto bailar sólo una vez, en 1909, pero nunca lo olvidaré.
Naturalmente, desapruebo los libertinos principios que esa mujer proclama tan
atrevidamente, pero admito que es una de las mayores artistas de nuestro
tiempo. Lamenté mucho que no estuviera en casa. Al menos, pudimos hablar con su
secretaria, otra norteamericana llamada Miss Sturgis.
—¿Y qué pudo
decirles Miss Sturgis sobre el Barón Zaharov? —preguntó Einstein.
—Bastantes cosas
—continuó Babcock con una débil sonrisa—. Más de lo que queríamos oír, esa es
la verdad. Detestaba al hombre violentamente.
—¿Oh? —Einstein se
mostró desconcertado—. No es lo que yo esperaba.
—Miss Sturgis
describió al Barón como un mojigato, como un fanático religioso, y un
entrometido —siguió Sir John—. Parece que una vez intentó organizar una cruzada
moral en el vecindario para echar a Miss Duncan... bueno, bajo la acusación de
ser el equivalente a una prostituta callejera. Tras fallar en aquel intento,
siguió molestando a los vecinos enviando cartas en las que acotaba las más
controvertidas elocuciones de los escritos de Miss Duncan, aduciendo que era
una peligrosa revolucionaria. Miss Sturgis dijo que si no fuera por su puesto
en la Embajada Rusa, los vecinos habrían organizado un comité para expulsarle a
él.
—¿Algo más?
—preguntó Einstein, abruptamente alegre y con los ojos brillantes de nuevo.
—Oh, mucho —replicó
Babcock—. Zaharov prestaba servicios en la Iglesia Ortodoxa Oriental cada
mañana, aunque tenía que recorrer varias millas y levantarse a las cinco de la
madrugada para poder llegar. Una vez intentó emplear las influencias que le
otorgaba su puesto en la embajada para intimidar a un librero ruso y obligarle
a que dejara de llevar las obras del Conde Tolstoi porque Tolstoi había
cuestionado la doctrina de la Virginidad de María. Su tío, en Moscú, era
Patriarca de la Iglesia Ortodoxa. Sospechaba de los católicos romanos y de los
judíos, y consideraba a los protestantes sólo un poco mejor que a los ateos.
Miss Sturgiss dijo, me acuerdo muy bien: «Tras tenerle como vecino, comprendo
por qué Rusia es un país tan atrasado.»
Einstein se rió.
—Wunderbar!—exclamó—.
El testimonio de Miss Sturgis encaja perfectamente en mi teoría.
Joyce murmuró:
—En ese caso, estoy
loco.
Einstein sonrió.
—¿Y eso?
—Si el Barón fuese
un hombre capaz de levantarse a las cinco de la mañana para matar gatos en las
iglesias —dijo Joyce—, o si admirara y alabase los principios revolucionarios
de Miss Duncan, entendería que fuese conspirador de la rama de Crowley. Pero, por
lo que parece, está por encima de cualquier sospecha.
Einstein asintió.
—Pero es lo que yo
esperaba. Cuando Babcock dijo que Miss Sturgis consideraba al Barón como un ser
detestable, me temí que mi hipótesis se derrumbase. Pero ahora estoy más seguro
que nunca de que voy por el buen camino. ¿Qué pasó a continuación? —le preguntó
a Babcock.
—Cuando dejamos la
casa de Duncan, Jones dijo que la desmaterialización de Verey volvía a
cambiarlo todo, y que yo no debía acompañarle a casa de Crowley; que iría él
solo. Protesté, y discutimos algo acaloradamente. Al final, me persuadió para
ir solo. Me dirigí al Club Diógenes, donde a menudo me hospedo cuando vengo a
Londres, y esperé...
—¿Sí? —apremió
Einstein, como si fuera un profesor examinando a un estudiante.
—Esperé hasta la
medianoche —siguió Babcock—. Y entonces no pude resistir por más tiempo la
incertidumbre. Tomé un coche para que me llevara al Soho, a casa de Jones...
y...
—Déjeme que le diga
lo que se encontró —dijo Einstein—. Allí vivía una familia inglesa, nada más,
con rostros abiertos y francos, que juraron solemnemente que nunca habían oído
hablar de Mr. George Cecil Jones.
—¡Dios mío!
—exclamó Babcock, sentándose repentinamente—. ¡Es increíble! ¿Cómo lo sabe?
—¿Estoy en lo
cierto? —preguntó Einstein.
—Sí —afirmó
Babcock—. Por amor del Cielo, no puedo imaginar cómo lo ha adivinado.
—La adivinación no
tiene nada que ver con el pensamiento científico —dijo Einstein, agudo—. Por
casualidad, ¿intentó también contactar con el Mutilador de Liverpool, como su
último contacto con Jones?
—Sí —dijo Babcock—.
Su cuarto estaba totalmente vacío. La casera juró que llevaba meses sin
alquilarlo.
—¿Qué hizo usted
entonces? —le apremió Einstein.
—Volví al Club
Diógenes y me quedé en vela durante toda la noche, pensando y preguntándome
cosas. Por la mañana, me dirigí a la oficina principal de correos de Londres,
para ver si encontraba alguna información sobre el Apartado Postal 718. Era lo
último que me quedaba como enlace con el Amanecer Dorado. Me dijeron que no
existía tal apartado; los números sólo llegaban hasta el 600. El Colegio
Invisible, parecía ser de nuevo completamente invisible. Tuve la sensación de
que los cuatro últimos años habían sido un sueño. Una mangosta imaginaria
luchando con serpientes imaginarias. —Sir John se quedó callado, mirando al
vacío con la expresión de alguien que duda de todo en lo que creía. El silencio
era tenso.
—Hermoso —dijo
Joyce, finalmente.
—¿Qué? —preguntó
Einstein, irritado—. ¿Dice «hermoso»?
—Lo digo —replicó
Joyce, sombrío—. Y lo lamento, Sir John; quizá sea la palabra más dura que
nunca haya dicho. Pero yo, como artista que soy, me he dejado llevar durante
unos momentos por la admiración ante la minuciosidad y la elegancia de sus
antagonistas. Ciertamente, han hecho un buen trabajo con usted. Casi de una
desnudez matemática, ¿verdad, Profesor? Uno no puede dejar de preguntarse si
escribirían Quod Erat Demostrandum en la última línea.
—¿De qué está usted
hablando? —preguntó Babcock, cansado.
—Del remate
—repitió Joyce, añadiendo—... como dijo el legendario francés después del
terremoto. Imagine: incluso el apartado postal era falso. Un toque que
agradezco.
—Son listos
—reconoció Einstein—. Diabólicamente listos.
—Pero también
elegantes —volvió a repetirse Joyce—. ¿saben cuál era su modelo... incluso
antes de que tomaran El Rey de Amarillo de Mr. Chambers por el tema del libro
que enloquece a la gente y la lleva a la autodestrucción? Es un cuento viejo,
muy viejo —uno de los más viejos del mundo— y a menudo yo mismo he pensado en
él. El encanto de esta historia, he descubierto, es que si se la cuenta usted a
alguien, ese alguien tendrá la sensación de haberla oído antes, o haberla
leído, pero sin que pueda recordar dónde...
»E1 cuento es el
siguiente —siguió Joyce—: Un hombre es forastero en una ciudad desconocida; o,
en algunas versiones más sutiles, en una ciudad que le resulta familiar, una
ciudad que cree conocer. Pero se pierde y vaga por un barrio que no había visto
antes. Se hace de noche; no ve a nadie a quien poder preguntar. Y, súbitamente,
Ella está allí: la mujer más hermosa del mundo. Con ciertas variaciones, Ella
lleva una perla de gran valor, o alguna otra joya fabulosa. Le invita a su
casa, lo mismo que la Reina de las Hadas invita al Caballero errante a cruzar
su umbral en las leyendas medievales. Va con Ella, y todo es encantador, y
paradisíaco, la realización de todos los sueños románticos. ¿Saben cuál es el
final de esta inmortal historia, amigos míos?
—Sí —dijo Einstein
en voz baja—. Tienes razón con lo del cuento... creo que lo he oído antes, o lo
he leído, pero no puedo acordarme de dónde o cuándo. Al día siguiente, queda en
volver a verse con Ella, en Su casa. Acude a la hora convenida; pero no hay
casa, sólo un solar. Los vecinos le dicen que allí no ha habido casa alguna
desde hace un siglo.
Babcock tenía la
vista fija.
—Sí —dijo—.
Recuerdo la historia. Sólo que, por lo que recuerdo, era todo el barrio lo que
desaparecía. El héroe busca por la ciudad eternamente, pero nunca vuelve a
encontrar aquella calle.
Joyce sonrió
amablemente.
—En algunas
versiones, es un anciano a quien se ve recorriendo la ciudad durante la noche.
Mientras cuenta su historia, sigue buscando la calle que una vez existió pero
ya no existe. Algunas personas con las que me he tropezado incluso dicen haber
conocido al hombre a quien le ocurrió esta aventura. Es lo que Jung llama una
visión arquetípica. Las puertas al mundo de la magia se abren una vez, vuelven
a cerrarse, y uno no puede encontrar el camino de vuelta al lugar en que se
encontraban. ¿Lo ve, Sir John? le han involucrado a usted en un guión que
existe desde que nació la imaginación humana. En su caso, han adaptado el
escenario a sus propias ansiedades: la Reina Bruja, la Elfa, la Diosa, o como
quiera uno llamarla, era hostil y maligna desde el principio; sólo en ese punto
han alterado el modelo clásico.
—Ellos —repitió
Babcock con amargura—. Ellos. ¿Piensa usted, señor, que Ellos son simplemente
humanos y que Ellos realizan cuanto hacen por meros medios materiales?
Antes de que Joyce
pudiera replicar, fue Einsten quien comentó secamente:
—Llegaremos a ese
punto en unos momentos. Pero, antes, Sir John, ¿ha terminado su historia?
Sospecho que aún faltará un climax...
Babcock se levantó
y se estiró.
—Sí —dijo,
empezando a pasear—. falta un climax...
»Tras las visitas
al apartado postal y el descubrimiento de que no existía el 718, volví al Club
Diógenes, medio convencido de que estaba loco. Antes de que pudiera subir a mi
habitación, el portero me dijo que había un caballero esperándome en la sala de
fumadores. Fui hasta allí como un autómata; me hallaba en tan extraño estado
mental que no me preocupaba el que Jones o Verey volvieran milagrosamente tras
sus desmaterializaciones, o que estuviera esperándome el mismísimo Diablo. Sin
embargo, con quien me encontré, Dios me ayude, no era otro que Aleister
Crowley.
»Me costaba trabajo
hablar; de hecho, apenas sentía nada... ni siquiera miedo. '¿Qué es lo que
quiere?' le pregunté. Pensaba en las palabras de Scott acerca de que todo lo
que producen las brujas no son sino cosas tan inmateriales como aire.
«Habló con voz
pretendidamente complaciente, sin bravatas ni dramatismo; alguien que se
encontrase a unos pies de nosotros, habría pensado que se trataba de una
conversación ordinaria. Me dijo: 'Pasan cosas extrañas cuando las mangostas
imaginarias luchan contra serpientes imaginarias. No conviene entrometerse en
nuestros asuntos. Algunos se vuelven locos y se matan. Otros, sencillamente
desaparecen. Los demás huyen hasta los confines del mundo, sin encontrar nunca
escapatoria. Le tendremos vigilado siempre, y acabaremos con usted cuando nos
convenga.' Incluso sonrió, como si estuviera alabando mi corbata o algo así...
y luego se dio la vuelta para irse.
»En aquel momento,
se volvió de nuevo hacia mí. 'Finalmente, ¿ha comprendido?', me preguntó con
voz muy queda. 'Su Dios y su Jesús están muertos. No tienen poder para proteger
ni a usted ni a nadie que pida su ayuda. Nuestra magia es muy fuerte, pues los
Antiguos han vuelto, y el Hombre será liberado de la culpabilidad y el pecado.
Si puede, pida ayuda a Jesús; no le ayudará a usted más que lo que ayudó a
Jones o a Verey. Nuestras manos le rodean la garganta, aunque no pueda verlas.
Volveremos a encontrarnos cuando usted menos lo espere.'
«Aquello fue todo
—dijo Babcock decaídamente—. Se marchó antes de que tuviera ocasión de
recuperarme por completo de sus blasfemas palabras. Salí de Inglaterra aquella
misma noche, viajando bajo nombre supuesto. Llegué a Arlés, en el sur de
Francia, y me alojé en una fonda. Tras unos días, volví a mi cuarto después de
visitar la iglesia local y encontré un crucifijo invertido colgando sobre mi
cama. Desde entonces, voy de ciudad en ciudad, huyendo.
Joyce se levantó y
estiró los miembros, formando una grotesca sombra arácnida en la pared que
había a su espalda.
—Bien, Profesor
—preguntó—. ¿Vivimos en el siglo veinte o en el trece?
El Föhn silbó en la
ventana.
Einstein estudió
cuidadosamente la cazoleta de la pipa apagada. Bajo sus espesas cejas, sus ojos
buscaban algo que el frío olor de las cenizas no podría descubrir..
—Bien —dijo
finalmente—. No creo que todo esto sea algo a lo que no podamos encontrar
explicación. Existen rastros de luz entre las profundas tinieblas, ¿no le
parece, Jeem?
Joyce sonrió
macilentamente.
—Veo unos cuantos
rayos de luz —dijo, cuidando las palabras—. Pero todavía se me escapa algo
pequeño y fugitivo y mis tinieblas son aún muy grandes. ¿Hago una lista de los
puntos más conflictivos?
—Naturalmente
—apremió Einstein.
—Son cuatro —dijo
Joyce—. Los titularé de la siguiente manera:
1. La Pista de la
Metáfora Cuadrilateral;
2. El Asunto de la
Reunión de Tragedias;
3. El Asunto de la
Enumeración de Sonetos;
4. La Pista de las
26 Ligas.
»¿Les sugiere algo
a ustedes dos? —concluyó, impasible.
—A mí no —respondió
Babcock, desconcertado.
—Ni a mí —añadió
Einstein—. Me pregunto si habrá usted encontrado las partes de la respuesta que
se sitúan más allá de mi comprensión. Sin embargo, imitando su estilo, puedo
relacionar los puntos que me han ayudado a ordenar todo este maligno drama. En
mi caso, son ocho; los siguientes:
1. La Navaja de
David Hume;
2. El Asunto de la
Multiplicación Maravillosa;
3. El Incidente de
la Telepatía Casual;
4. El Asunto de las
Coincidencias Superabundantes;
5. La Pista de la
Imagen Muy Definida;
6. El Misterio del
Extraordinario Escalador;
7. La Pista del
Nombre Imposible;
8. El Asunto de la
Relatividad de las Dimensiones.
Creo que estos
puntos revelerán lo que transpira todo el asunto —concluyó—. ¿Comprende lo que
implica, Jeem?
—No soy el más
torpe —dijo Joyce—. Sin embargo, ahora estoy más confudido que antes de que
enumerara usted la lista de las supuestas ayudas.
—Muy interesante
—dijo Einstein pensativamente—. Sólo vemos lo que estamos entrenados para
ver... Bueno, como usted ha sido el primero en dar una lista, explíquenosla
antes de que yo haga lo mismo con la mía.
Joyce se quitó las
gafas con cuidado, limpiándolas meticulosamente con un pañuelo.
—Ahora mismo estoy
ciego en un setenta y cinco por ciento —dijo, pensativo; al terminar, volvió a
colocarse las gafas sobre la nariz—. ¡Presto! El mundo ha sido creado de nuevo:
puedo ver. —Un parpadeo: Lo siento—. El mundo se crea de nuevo cada vez que cambiamos
nuestro enfoque o nuestro punto de vista —siguió—. Cambiemos el enfoque por un
momento y estudiemos el principio de todo esto, Nubes Sin Agua, con mejores
gafas. —Hizo una pausa.
—¿Sí? —apremió
Babcock.
—El autor de Nubes
Sin Agua es un joven singularmente profundo, como dicen Gilbert y Sullivan en
casos semejantes —prosiguió Joyce—. Puede ver dos cosas a la vez: incluso, en
algunos lugares, tres cosas a la vez. Ocasionalmente, consummatum est, las palabras
que cierran uno de los sonetos sobre los que Sir John llamó nuestra atención,
pueden referirse [como previamente se hizo notar] tanto a la Misa católica como
a una Misa negra; pero también puede estarse hablando de la terminación de un
acto sexual: estimulación sexual, unión, climax, consumación. Pero nuestro
autor podría aludir a las cuatro cosas a la vez: el simbolismo del vino místico
en la secuencia alquímica, observo, puede referirse a las secreciones vaginales
de la amante del poeta, como sospechaba Sir John; al vino de la Misa; al vino
de la Misa Negra; o al «vino» como símbolo de intoxicación divina en autores
sufíes como, por ejemplo, Omar Khayam. Esta es la Pista de la Metáfora
Cuadrilateral.
»De este modo,
llego a preguntarme lo verdaderamente profundo que puede ser este joven
especialmente profundo. El tráfico fin de la saga es, para mí, evidentemente
falso y propagandístico. El número de adúlteros de Europa no es mayor que la
arena del Sahara, o los átomos de la galaxia, pero es, ciertamente, grande; y
no sucumben a la sífilis avanzada e incurable en todos los casos. Ni tampoco,
cuando diagnostican la enfermedad, se suicida ninguno de modo inmediato. Se
tratan, y si tienen suerte y la enfermedad no está muy adelantada, terminan
curados rutinariamente. No puedo decir que el triste fin de Arthur Angus Verey
sea imposible, pero sí improbable. Detecto mucho más tono moralista y
sermoneante, como si fuera obra del propio Reverendo Charles Verey. Este es el
Asunto de la Reunión de Tragedias que mencioné antes. Pero quiero preguntar una
cosa: esta autoría dual, ¿encaja en nuestras nociones de psicología humana,
caballeros?
Einstein fue el
primero en hablar:
—Siga —pidió—.
Definitivamente, parece estar completando la parte del rompecabezas que a mí me
resultaba imposible.
—Puedo garantizar
—añadió Babcock— que Verey nunca habría publicado aquel libro de no haber
introducido al final una dura lección moral...
Joyce raspó el
suelo con el bastón.
—Punto uno
solucionado —dijo—. Bien, a partir de aquí, el viejo refrán legal que dice
«Culpable en parte, culpable en todo», puede ser verdad o no, pero, no
obstante, me presta un simpático pensamiento. Si el Reverendo Charles Verey
escribió el final, ¿por qué no pudo haberlo escrito todo? Una frase de Dante me
da vueltas por la cabeza todo el día: ed eran duo in uno, ed uno in duo. «Eran
dos en uno, y uno en dos». Es la descripción de Bertran de Born, descabezado,
en el Inferno. Me recuerda al Dr. Jekyll y a Mr. Hide, al Dr. Frankenstein y a
su Monstruo, a Fausto y Mefistófeles...
Einstein se rió.
—Sorprendente
—dijo—. Llevó dos días pensando en Fausto y Mefistófeles y la línea que Goethe
puso en boca de Fausto: Zwei Seelen wohnen ach! in meiner Brust. Mi padre
acostumbraba a decirnos que era la línea más profunda de toda la obra. Viven
dos almas, ay, dentro de mi pecho.
—La forma extrema
de dualismo es el Desdoblamiento o Múltiple Personalidad que se discute en los
textos de psicología —continuó Joyce—. Todos somos prismas... dobles y
múltiples personalidades, de cierta extensión. Cada uno de nosotros tiene un
lado oculto: lo que Jung, poéticamente, llama la Sombra. ¿Cuál sería la Sombra
del Reverendo Verey? Naturalmente, la opuesta a su personalidad pública de
recto presbiteriano. Sería, de hecho, muy parecida a la que él decía que poseía
el supuesto Arthur Angus Verey: libertino, sensual, adúltero, blasfemo contra
Cristo y la Iglesia. Resumiendo sugiero que Nubes Sin Agua fue escrito
enteramente por el Reverendo Charles Verey. A cada «No debéis» del público
Reverendo Charles Verey, el oculto «Arthur» grita «¡Lo haré!». La Sombra, el
satánico Arthur, escribe los voluptuosos sonetos, explayándose largamente en
cada detalle lascivo y licencioso de un fantástico amorío con una gloriosamente
malvada y totalmente deseable mujer; la Persona pública lo arregla todo para
que el libro de sueños húmedos termine con «Arthur» siendo destrozado por sus
pecados y añadiendo las nota al pie que reafirman la moralidad tradicional.
»Bien, caballeros
—añadió Joyce—, ¿se entiende ahora el Pun-to Dos? ¿Son las dos almas de Nubes
Sin Agua habitantes del mismo pecho?
Babcock, lleno de
duda, sacudió la cabeza.
—Es posible en
psicología —dijo—. Pero contradice los hechos que conocemos.
—Los hechos que
conocemos —opinó Einstein suavemente— han sido distorsionados por una
conspiración deliberada que nos impide conocer su auténtica realidad. Adelante,
Jeem.
—Tenemos, en Nubes
Sin Agua, un libro que yo mismo intentaría escribir —continuó Joyce—. Un libro
de múltiples dimensiones, múltiples niveles y múltiples significados. Un libro
rompecabezas, se podría decir... ¿cabe algo más apropiado para estos tiempos que
corren, en los que las mentes más claras reconocen cada vez con mayor
unanimidad que nuestra propia existencia es un rompecabezas? El lector resulta
desafiado, si se muestra lo bastante inteligente como para ver más allá de la
mera superficie, a decir lo que es realmente Nubes Sin Agua. En primer lugar,
aparece lo que significa y lo que pretende ser: el relato de un adulterio que
termina mal, con un comentario añadido por un sacerdote que subraya la lección
«moral» de que Las Olas Del Pecado representan la Muerte. Para los lectores
británicos, perfecto. Luego, en segundo término, queda lo que Sir John ha
descifrado: un manual de prácticas sexuales tantristas que demuestra que las
permutaciones y variaciones de la unión erótica entre un hombre y una mujer atrozmente
prolongadas hasta el éxtasis, explotan en el olvido y en un trance de pérdida
de la identidad. Pero, y este constituiría el tercer punto, podría ser cómo yo
digo: el registro del desdoblamiento de la personalidad de un presbiteriano
puritano, soñando con insanos placeres de coito, felación y cunilingus y
castigando a su Otro Yo por disfrutar con esos sueños.
—¿Y qué es lo real?
—preguntó Babcock—. Usted sólo añade nuevos misterios, sin aclarar los
antiguos... ignotium per ignotius!
—¿Cuál es la
«longitud» real de una barra, Profesor? —preguntó Joyce.
—Depende del
sistema de coordenadas de la barra —respondió Einstein, divertido—, y del
sistema de coordenadas del observador, y las relaciones existentes entre sus
velocidades.
Babcock hizo una
mueca.
—No tiene sentido
alguno para mí —dijo—. La longitud es la longitud, y eso es todo.
—No es todo
—replicó Einstein—. Todas nuestras opiniones en las que la longitud juega algún
papel son opiniones sobre los instrumentos empleados en la medida de esa
longitud. Y las lecturas de los instrumentos dependen de nuestra velocidad con
respecto a la velocidad de la cosa que estemos midiendo. Lorenz trabajó con
todo esto desde fuera de las matemáticas, pero sin creerlo. En 1904, yo decidí
creerlo y ver a dónde me llevaba. Se pudieron resolver todos los rompecabezas
que complicaban la vida de los físicos desde el experimento de
Michelson-Morley. Condujo, de hecho, a la sencilla conclusión de que no hay una
longitud ding an sich, una entidad
objetiva, sino sólo longitud como lectura del instrumento1, una longitud2 como
lectura del instrumento2 y así sucesivamente. Lo mismo se aplica al tiempo,
como he demostrado.
—Pero —opinó
Babcock— esto nos conduce fuera del espacio sensorial y del tiempo lineal por
completo. Es un concepto gnóstico y platónico.
—En cierto modo
—afirmó Einstein—. La diferencia es que Platón terminó en el punto de vista con
el que yo empecé. Nunca conectó sus arquetipos geométricos con el empirismo de
los sentidos-datos. Yo he efectuado esa conexión científica. Mi teoría explica experimentos
que no pueden explicarse de otro modo.
—Cuéntenos lo de la
piedra y el tren —sugirió Joyce lánguidamente, desde la sombra.
—¡Oh! Es el tipo
conceptual de relatividad que se conoce desde los tiempos de Galileo —explicó
Einstein—. Me he limitado a ilustrarlo de un modo más moderno. Supongamos que
le tiro una piedra a un tren. ¿Qué línea describirá antes de caer?
Babcock pareció
dudar.
—No estoy seguro
—admitió—. Parece que tendría que hacerlo siguiendo una línea recta.
—Ah —dijo
Einstein—. Así sería... desde el punto de vista de dentro del tren. Pero si
alguien se encontrase en el campo, al lado de las vías del tren, ¿cómo la vería
caer?
Babcock se quedó en
silencio.
—Esto... —dijo
finalmente—. Tampoco estoy muy seguro, pero intento imaginarlo visualmente y
creo que caería siguiendo una curva.
—Una curva llamada
parábola —corrigió Einstein—. La vería caer describiendo una parábola perfecta.
Ahora, ¿cuál de las dos percepciones es verdad? ¿El punto de vista del hombre
del tren o el del hombre del campo?
—Empiezo a
comprender a dónde quiere ir a parar —reconoció Babcock—. Ambos tienen razón,
dentro del... —¿cómo lo ha llamado?—... sistema de coordenadas de los
observadores.
Joyce se echó a
reír.
—Aunque todo esto
no le resulte familiar —le dijo a Babcock—, aprende usted rápidamente. ¿Sabe
por qué? Se lo diré. Porque su Cabala se basa en los mismos principios, aunque
se apliquen a la psicología más que a la física. Está aprendiendo un nuevo
aspecto de algo que ya conocía.
Einstein enarcó una
ceja.
—Así que, ¿soy
cabalista? —preguntó, divertido.
—¿Qué es la Cábala?
—demandó Joyce, socráticamente—. Bueno, sea lo que sea, desde mi punto de vista
como artista es un método de visión múltiple. Tomando un ejemplo de la historia
de Sir John, I.N.R.I., analizado cabalísticamente, no tiene un significado tan
sencillo como desde el punto de vista cristiano, sino que además cuenta con un
significado mitológico griego, otro egipcio, otro alquímico, un significado
dentro del simbolismo de las cartas del Tarot... y así sucesivamente. Las
correspondencias no son ilógicas sino analógicas. Los cabalistas ven en cada
símbolo —Cristo, Dionisio, Osiris, las cartas del Tarot y todo lo demás— un
significado dentro de su propio contexto místico, al igual que la teoría del
Profesor Einstein considera cada medida como acertada dentro de su propio
sistema de coordenadas. Los cabalistas buscan, detrás de todos esos símbolos
diversos y contradictorios, el arquetípico significado que constituye la propia
psicología humana, cosa que ha redescubierto el Dr. Jung recientemente. Al igual
que el Profesor Einstein va más allá de los diversos y contradictorios
instrumentos de medida en busca de las relaciones matemáticas abstractas
trasladando un sistema de coordenadas a otro.
—Visión múltiple
—repitió Babcock—. Sí. Es una forma muy afortunada de resumir el cabalismo.
—Bien, en ese caso
—siguió Joyce—, ¿qué es Nubes Sin Agua? ¿No es acaso un perfecto ejemplo de
pensamiento cabalístico, un libro que puede, de hecho, ser leído de, al menos,
cuatro formas, y posiblemente más, si lo consideramos con la debida
profundidad? ¿Acaso no es un modelo cabalístico de múltiples significados?
Además, observemos que cuenta exactamente con 114 sonetos. Esto conforma el
Asunto de la Enumeración de Sonetos. Ahora, yo que no soy hermetista, pero que
me pasé buena parte de la juventud escuchando a John Eglinton y George Russell,
como a otros místicos dublineses, sé que 114 es un importante número
cabalístico, ¿no es
así?
—Sí —respondió
Babcock—. La tradición dice que el Colegio Invisible actuó públicamente durante
114 años, hasta que se disolvió y permaneció inactivo durante 114 años,
reinstaurándose nuevamente para otros 114 años... y así sigue la historia.
—Más importante que
eso —dijo Joyce—. Siempre hay algo más en la Cabala. Eglington o Russell —he
olvidado cuál de ellos— me explicó una vez, como ejemplo de la conexión
histórica entre la Francmasonería y el Rosacrucismo, que las misteriosas letras
de los monumentos y documentos masones, L.P.D., cabalísticamente sumaban 114.
¿Me confude la memoria?
—No —replicó
Babcock—. Lamed es 30, Pe es 80 y Daleth es 4. Total: 114. El significado se
supone que es Luz, Presión, Densidad, y se refiere a la transformación interna
del proceso alquímico.
—También se refiere
a otras cosas —ajustó Joyce—. Las logias del Gran Oriente anteriores a la
Revolución Francesa, de las que proclama descender la Ordo Templi Orientis de
Mr. Crowley, explicaban L.P.D. como Lilia perdita destrute: «Pisa la lila a tus
pies», la flor de lis que aparece en el escudo de los Borbones, la familia real
de Francia contra la que esta facción de la masonería se halla en guerra desde
la destrucción de los Templarios a manos de Felipe II. Una vez más, ya lo ve,
los símbolos cabalistas significan cosas diferentes en diferentes niveles de
interpretación.
Einstein volvió a
enceder la pipa.
—Así que —dijo
entre dos chupadas—, después de tan largo rodeo, Jeem, ¿su conclusión es...?
—Nubes Sin Agua es
obra de un cabalista muy adelantado —respondió Joyce—. Y el Reverendo Verey no
es tan ignorante de la Cábala como dice. Pruebas: sabe que hay 26 ligas
colgando en la Orden de la Jarretera y conoce su significado cabalístico y le
estuvo apremiando a usted, Sir John, hasta que le hizo recordar que 26 es el
valor de Yod Hé Vau Hé, el Sagrado e Inexpresable Nombre de Dios. La Pista de
las 26 Ligas, que diría el Dr. Watson.
Joyce hizo una
pausa y, a continuación siguió hablando.
—No sé cómo asesinó
Verey a su familia y, ciertamente, tampoco sé por qué [¿quién puede comprender
el fanatismo religioso?], pero moralmente estoy seguro de que lo hizo. Toda la
historia del libro de los horrores que enloquece a la gente es un invento suyo
en su totalidad, considerando, como he indicado siempre, mis razones para
pensar que expolió la idea de El Rey de Amarillo de Robert W. Chambers. Me
viene a la mente otro jorobado que enloqueció a causa del fervor religioso y
las ansias sexuales, San Pablo, quien una vez escribió una frase que describe a
Verey admirablemente: «No haré lo que debería, sino lo que me aterra». El
espejo duplicado nuevamente.
El rostro de
Babcock reflejaba un conflicto de emociones.
—Usted... casi me
convence. Pero su teoría es parcial y todavía queda mucho por explicar.
Sonó el timbre. Los
tres hombres se incorporaron ligeramente.
—Esta historia suya
ha constituido toda una experiencia —dijo Einstein—. Pero Joyce ha aclarado los
puntos en que yo me hallaba a oscuras. Con su contribución, creo que puedo
explicarlo ya todo, y hacer que los espectros desaparezcan para siempre.
En el umbral
apareció Mileva Einstein, con un paquete envuelto en papel marrón.
—Albert —dijo—, un
muchacho acaba de traer esto para ti.
Los tres hombres se
miraron. Einstein se levantó como un gato.
—No es algo
totalmente inesperado —dijo, cruzando la habitación.
Joyce y Babcock se
enderezaron repentinamente, observando con tensión cómo salía Mileva y Einstein
llevaba el paquete a la mesa.
—Es... —tartamudeó
Babcock.
—Oh, sí. —Einstein
parecía divertido—. El golpe artístico final. Las señas del remitente son
«M.M.M. Calle Jermyn, 93. Londres. R.U.», aunque no presenta sellos y,
evidentemente, nunca ha pasado por Correos. —Empezó a rasgar el papel.
—¡Por amor de Dios!
—gritó Babcock—. ¡No! ¡No puede estar usted seguro de su teoría! No es usted
inmune al peligro!
—Oh, no estoy
preocupado —dijo Einstein, rasgando y rompiendo la envoltura hasta que apareció
el libro. Se echó entonces a reír; al principio, con una risa apagada, que
luego, se fue haciendo más y más fuerte, hasta que su rostro se distorsionó y
aparecieron lágrimas en sus ojos.
¿La risa de la
locura histérica? No: Einstein, finalmente, recuperó el control y levantó el
libro para que Joyce y Babcock pudieran verlo.
—¡Aquí está,
caballeros! —dijo. El horror de los horrores...
El libro que
sujetaba se titulaba Rimas Infantiles de Mamá Ganso.
—Ma... ga... so...
—dijo Joyce lentamente—. Encaja con los fragmentos que conocíamos.
—¡Y contiene todos
los secretos mágicos en código! —gritó Babcock—. Después de todo, Crowley no
bromeaba.
—Sí, sí que lo
hacía —dijo Einstein—. Esto es la última línea del chiste. —Se volvió a sentar,
limpiándose las lágrimas provocadas por la risa de sus ojos de búho con los
nudillos.
—Es la Divina
Comedia —jadeó Joyce, ahogando una risa que nacía en el fondo de su garganta—.
Nos tendrán que llevar a todos a la Enfermería de Dante si seguimos con esta
risa.
—¿Acaso soy tan
torpe —preguntó Babcock, sin diversión alguna— que he estado metido en ello
tanto tiempo y no me he dado cuenta?
—Sí y no —le
respondió Einstein.
—¡Otra paradoja!
—exclamó Babcock—. ¿No hay un inequívoco sí o un absoluto no en todo esto?
Joyce, todavía
medio riendo, canturreó:
Una paradoja, una
paradoja,
Un ingeniosísima
paradoja...
—¡Por amor de Dios!
—pidió Babcock—. Dejen de burlarse de mí, caballeros.
Einstein asintió.
—Lo siento —dijo—.
En este momento, no estoy seguro de poder explicárselo; quizá nunca me
perdonaría. ¿Qué le parece, Jeem?
—Creo —replicó
Joyce—, que este guión ha sido tan brillantemente construido que no hará falta
que explique nada. El timbre volverá a sonar antes de que haya profundizado en
la cuestión y el propio Autor pondrá el clímax que tenía pensado desde el
principio.
—Sí —le dijo
Einstein—. Supongo que tiene razón. Bueno, entonces —dirigiéndose a Babcock—,
al menos daremos el principio de una explicación...
—Cuando el timbre
suene por segunda vez —declamó Joyce—, volveremos a llevarnos calabazas.
—Antes de que eso
pase —dijo Einstein—, creo que le debo a Sir John el resto de la explicación de
lo que ha pasado aquí.
—¡Al fin! —exclamó
Babcock con cierto acaloro.
—Hasta que suene el
timbre... —entonó Joyce.
Einstein se
concentró durante un momento.
—Empecemos por lo
más básico: por el contexto del pensamiento moderno, que quiere decir con David
Hume. En su discusión de los milagros, Hume apuntaría que el argumento ha de
ser totalmente satisfactorio y totalmente necesario, para demostrar la realidad
de un supuesto milagro. El argumento debe ser, brevemente, capaz de demostrar
que cualquier otra explicación del evento podría ser más milagrosa que el
propio supuesto milagro. Esto es el equivalente de Hume a la Navaja de Occam.
Por ejemplo, si decimos que mi querida esposa, Milly, flota en la cocina a dos
pies por encima del suelo, tendrían que creerme justificadamente sólo si fuera
mucho más milagroso que yo, Albert Einstein, pudiera decir una mentira. Ahora
bien, aunque tengo por un tesoro mi reputación de persona honesta, creo que no
cabría duda en elegir cuál de las dos interpretaciones es más milagrosa en el
presente caso: [a] que Milly, realmente, está volando por ahí, o [b] que
miento. No: nunca ha habido un hombre de tan sobrenatural honestidad del que se
pudiera decir que es más milagroso en él mentir que la posibilidad de que su
esposa levite.
»Esto, como todo el
pensamiento de Hume, es puro sentido común. Nunca damos crédito a una historia
increíble llena de fenómenos en el cielo y seres en el suelo cuando sólo un
solo hombre
dice haber sido
testigo. Empezamos a dudar cuando los testigos son varios, pero incluso así lo
consideramos con escepticismo y suponemos que puede haber alguna conspiración
entre ellos, o que la bebida, o alguna impresión traumática, una explosión,
pongo por caso, les pudiera haber hecho alucinar.
«Ahora, apliquemos
esta Navaja de Hume al Milagro del Gato Asesinado en el Altar. ¿De qué
testimonio obtenemos la historia? Del testimonio del Reverendo Verey, y de
nadie más. Incluso el detalle sobre el encuentro por parte de Mrs. Verey de
ciertos fragmentos de la evidencia posterior no es tal testimonio [nunca nos
hemos visto con ella], sino parte de la propia historia de Verey.
»Así —continuó
Einstein—, según las bases lógicas de David Hume y el ordinario sentido común
de la humanidad, nos preguntamos lo siguiente: ¿Es más milagroso que un
misterioso satanista pueda atravesar las paredes o que un curioso anciano pueda
mentirnos? La respuesta es obvia: resulta menos milagroso que Verey pueda
mentirnos. Parece, al menos, más milagroso que alguien pueda atravesar paredes
sólidas. Así, en base a la razón, elegimos la teoría menos milagrosa: Verey
miente.
—Lo cual no aclara
el misterio de los suicidios —dijo Sir John—. No tenemos que depender tan sólo
de la palabra de Verey. Contamos con una noticia en el periódico —Su voz se
apagó.
—¿Sí? —preguntó
Eisntein—. Tenemos la noticia, o parece que la tenemos. ¿En qué diario apareció
la noticia?
—En el Express
Journal de Inverness —respondió Babcock.
—No exactamente
—dijo Einstein—. Salió del bolsillo de Mr. George Cecil Jones, quien sólo le
dijo que había aparecido en el Express Journal de Inverness. Conectado con
esto, me acuerdo también que Jones le dijo que envió a su secretario a comprar
«una copia» del periódico. No dijo «dos copias», y no hay razón para ello,
pues, tomando su historia al pie de la letra, compró dos. Aunque usted se
guardó en el bolsillo la copia de la historia que le entregó Jones, Verey leía
una copia distinta al día siguiente en el desayuno. Esta es la Multiplicación
Maravillosa que mencioné antes. No tiene sentido; así que, otra vez, alguien
nos miente. Ahora, tenemos a varias personas relacionadas con publicaciones de
varios tipos. El Reverendo Verey y la Sociedad para la Propagación de la Verdad
Religiosa publican Nubes Sin Agua, al menos, y posiblemente otras obras igual
de curiosas. Jones y/o sus asociados publican manuales de instrucción para los
estudiantes del Amanecer Dorado. Crowley edita sus propios libros, por lo que sabemos.
¿Alguno de estos misteriosísimos traficantes de misterio tendría facilidades
para hacer que un documento pareciera un recorte de periódico?
—Dios mío —dijo
Babcock—. Pero oí cómo Verey hablaba con el Inspector Mclnstosh de la Policía
de Inverness sobre los suicidios... quiero decir que...
—Sí —replicó
Einstein—, lo vio, ¿verdad? Escuchó que Verey hablaba con alguien en algún
número de Inverness, y usted asumió que hablaba con el Inspector de la Policía
de Inverness. De nuevo, ¿es más milagroso creer en los increíbles suicidios
provocados —sonrió extrañamente— por Mamá Ganso, como nos vemos obligados a
suponer, o es más milagroso asumir que Verey y un cómplice de Inverness le
engañaron con el teléfono? De nuevo, creo, la respuesta es evidente: lo último
resulta menos milagroso.
—Suena plausible
—reconoció Babcock—. Lo que encuentro difícil de creer es que Jones y Crowley
conspirasen juntos en todo este...
—Al principio, yo
también lo creí —dijo Einstein—, hasta que nos describió usted la conversación
con Jones la mañana que se encontró con Verey. Jones dijo, y las palabras se me
grabaron en la mente de un modo muy especial: Cuidado, Sir John: recuerde que
un hombre jorobado como Verey resulta un individuo sospechoso. Ahora, me
pregunto: ¿Cómo sabía que Verey era jorobado? Aparentemente, nunca le había
visto. Quizá se lo dijera Sir John y no lo mencionó cuando nos habló de aquella
conversación. Pero Sir John nos dijo que Verey estuvo a su lado durante la
charla. Con lo educado que es usted, me cuesta trabajo creer que dijera, «Oh,
por cierto, es un jorobado», teniendo a su lado al jorobado mientras lo decía.
Así que, ¿cómo diablos lo supo Jones? Estaríamos ante un caso de Telepatía
Casual, si lo creyéramos. Pero yo no me lo creo.
»La alternativa
obvia es que Jones y Verey trabajaban de común acuerdo. Verey le cuenta,
primero por carta y luego en persona, una serie de terribles acontecimientos
calculados para amedrentarle a usted, y Jones fabrica el supuesto recorte «de
periódico» que aparentemente confirma esas historias.
Einstein volvió a
encender la pipa.
—Para averiguar
—dijo— si Jones y Verey eran cómplices, empecemos primero por aclarar algunos
oscuros misterios de este misterioso asunto. Yo creo que las coincidencias
pueden multiplicarse de un modo sorprendente... especialmente en el sistema
perceptivo de coordenadas de un hombre entrenado para buscarlas,
considerándolas como señales ocultas o presagios. Pero su relato, Sir John,
cuenta con demasiadas coincidencias para cualquier universo sensato. En
particular, me refiero al insistente y aterrador modo en que los detalles de
sus sueños y visiones astrales —las últimas de las cuales me tiene usted que
permitir que las considere como sueños en vigilia— cobran vida en el mundo real
a medida que usted se integra con Verey y crecen sus problemas. Así que me
pregunto a mí mismo: ¿Cómo pueden tener lugar estas Superabundantes
Coincidencias?
»Aquí tienen una
sola respuesta —continuó diciendo Einstein—. Un hombre tiene acceso a su
«Diario Mágico». Un hombre lo ve cada mes, como usted nos dijo, para ayudarle
en su progreso espiritual. Un hombre, George Cecil Jones, podría haber
colaborado con Verey para crear la impresión de que sus pesadillas se
manifestaban en el universo físico. George Cecil Jones, que sabía, de algún
modo, que Verey era un jorobado cuando decía que no le había visto nunca en su
vida.
—Dios mío —volvió a
decir Babcock.
—Volvamos ahora al
recorte del periódico —continuó Einstein—. Pienso que sin el recorte, habría
usted empezado a pensar tarde o temprano que no tenía más palabra que la de
Verey como aseveración de la historia, toda ella tomada prestada de la escuela
de terror gótico de ficción, en general, y de Arthur Machen y Robert W.
Chambers, en particular. El recorte, entonces, formaba parte del plan, como la
conversación con el «Inspector Mclnstosh», para evitar que a usted se le
pasasen ideas sospechosas por la imaginación.
—Pero —alegó
Babcock—, por razonable que suene todo esto, me cuesta todavía trabajo creer
que un sacerdote cristiano como Verey, aunque estuviera poseído por una doble
personalidad como sugiere Mr. Joyce, colaborase con una criatura tan vil como
Crowley.
Einstein sonrió.
—Echemos un
vistazo. Joyce ha sugerido que «Arthur Angus Verey» nunca ha existido y que
Charles Verey escribió la totalidad de Nubes Sin Agua. Demos un rodeo, y
consideremos otra alternativa. Supongamos que «Charles Verey» no ha existido
nunca y que todo el libro ha sido escrito por «Arthur Angus Verey».
—¡Yo he visto a
Charles Verey! —exclamó Babcock.
—No —dijo
Einstein—. Para adecuarnos a nuestra conceptualización, usted conoció y recibió
cartas de un hombre que pretendía llamarse Charles Verey. Un hombre con joroba:
una característica tan sorprendente que suele fijarse en ella toda nuestra
atención. Muy poca gente, creo, puede describir a un jorobado adecuadamente:
recuerdan tan claramente la joroba que los demás rasgos se hacen muy vagos y
son rápidamente olvidados. Hay otra cosa de «Verey» que le llamó tanto la
atención que la ha mencionado varias veces. Su palidez. Le impresionó en tal
medida que nos dijo que, al primer golpe de vista, le recordó a un actor
maquillado para una escena de muerte. Esta es la Imagen Muy Definida, sugerida
por el teatro. Empecé a pensar: con una joroba y algún maquillaje, si entro en
esta habitación y les preguntó a estos dos por el Profesor Einstein los dos me
dirán que el Profesor Einstein ha salido.
—¡El estilo
cabalístico! —exclamó Joyce—. Dios mío, ¿por qué no lo he visto antes?
¡Naturalmente! El estilo es el mismo. Él verdadero autor de Nubes Sin Agua ,
tanto el «Arthur Verey» de los poemas como el «Charles Verey» de los sermones,
es Aleister Crowley.
—Aleister Crowley,
hijo de un cervecero muy rico — dijo Einstein—, y por lo tanto capaz, como
muchos ingleses ricos, de tener un apartamento en Londres y una hermosa y
antigua casa en Escocia. ¿Quizá en Inverness? Creo que la más mínima
investigación no tardaría en revelar que tal es el caso.
—Y el número de
teléfono Inverness 418 —dijo Joyce— fue el número que «Verey» marcó cuando
habló con el supuesto «Inspector Mclnstosh». De hecho, era Crowley disfrazado
como el imaginario Verey, llamando a su casa e interpretando aquella escena
para impresionar a Sir John.
—Podemos decir algo
más que eso —añadió Einstein—. Ayer, oímos que el Terrateniente de Boleskine se
encontraba en Suiza escalando. Sabemos que Crowley es escalador: luego ya
tenemos a un Extraordinario Escalador. Pongamos como hipótesis que ambos son
Cabalísticamente Uno. Y recordemos que el «diablo» que Sir John vio en la
Bahnhofstrasse la pasada noche apareció tras la llegada del Terrateniente de
Boleskine. El paquete que nos han entregado esta noche también hace sospechar
el que Crowley se encuentre por aquí. Sugiero, por lo tanto, que Crowley no
sólo tiene casa en Inverness, sino que adquirió, o se apropió, del título que
iba unido a la casa, y que no es otro que Terrateniente de Boleskine. Y que el
«Reverendo Charles Verey» y la «Sociedad para la Propagación de la Verdad
Religiosa» son creaciones suyas por completo.
—¡Maldita sea!
—bramó Babcock. ¡Qué estúpido he sido!
—Le ha engañado un
maestro en el arte de la farsa —le dijo Einstein amablemente—. El autor de El
Libro de las Mentiras es un genio en el mercado de las mistificaciones.
—Pero hay algo que
sigue sin estar claro —alegó Joyce—. ¿Qué pinta Mr. George Cecil Jones en todo
esto?
—Salta a la vista
—dijo Einstein—. Crowley ha interpretado perfectamente... en especial, supongo,
por su fascinación por las mentiras que parecen verdad y las verdades que
parecen mentira. En el principio, la primera lección del Amanecer Dorado le
advertía a Sir Jones que Crowley, y otros varios, dirigían una orden del
Amanecer Dorado. El hecho de que Crowley, y su particular grupo del Amanecer
Dorado, fueran tan violentamente denunciados no era sino una manifestación de
su sentido del humor, como hemos tenido ocasión de averiguar. Sir John siempre
ha estado en contacto con la rama del Amanecer Dorado de Crowley. Quizá Mr.
Jones sea el segundo de a bordo de Crowley, o, al menos, un alto oficial de la
logia. Iniciaron a Sir John de acuerdo con la forma más antigua de iniciación
conocida por los antropólogos: la ordalía del terror. El Rito de Iniciación.
Constituye una ampliación enorme del sencillo drama representado por Crowley
con lo que él denomina «psicobulómetro», y se encuentra codificado incluso en la
secuencia I.N.R.I. sobre la que hicieron pensar a Sir John en un principio:
ritual de muerte y renacimiento.
—Y la horrible
grabación que efectuó Verey... —intervino Joyce.
—Yo mismo podría
hacer una grabación igual de impresionante con la ayuda de unos cuantos actores
profesionales —concluyó Einstein sencillamente.
Hubo una pausa.
—Vayamos ahora
—pidió Joyce— al Milagro de la calle Regent. ¿Hemos de creer que el Barón
Zaharov es también un conspirador y que su piedad de ortodoxo oriental es otra
mascarada?
—Bueno —dijo
Einstein—, resulta ciertamente peculiar que un antisemita cuyo gobierno ha
distribuido los falsificados Protocolos de los Sabios de Sión, y que
aparentemente tiene un tío en la jerarquía de la Iglesia Ortodoxa, se llame
entre otras cosas Salmonovitcb. Jeem, dígale a Sir John el equivalente en
inglés.
—Solomonson —dijo
Joyce—. Dios mío. Al principio no me di cuenta. Eso quiere decir que el padre
del Barón era judío.
—Una improbabilidad
en aquel gobierno y algo increíble en la iglesia de su tiempo —explicó
Einstein—. La Pista del Nombre Imposible. Crowley volvía a jugar con nosotros,
dejando caer una indirecta para que viéramos la mascarada si éramos lo
suficientemente inteligentes.
—¿Y el testimonio
de Miss Sturgis? —preguntó Joyce.
—Miss Sturgis, como
secretaria de la famosa Isadora Duncan —respondió Einstein—, se mueve en
círculos que podríamos denominar como bohemios, vanguardistas o
revolucionarios, ¿sí? No cuesta mucho imaginar cierta relación, romántica o de
cualquier otro tipo, entre ella y Crowley.
—De acuerdo, pero
si el Barón Zaharov no es realmente un noble ruso, ¿quién o qué es?
—Oh —replicó
Einstein—. Pienso que está muy claro que debe ser de nuevo Aleister Crowley en
otra mascarada.
—Pero usted olvida
las diferencias de estatura entre Crowley, Verey y Zaharov —discrepó Joyce—.
¿Cómo encaja todo eso?
—Crowley es un
hombre de estatura media, según informó Sir John. Con joroba y agachado,
fácilmente aparentaría medir cuatro o cinco pulgadas menos. —Einstein se calló
y caminó unos cuantos pasos inclinado, como si tuviera alguna lesión en la
columna vertebral—. Observen: ¿parezco unas pulgadas más bajo?
—Totalmente
convincente —dijo Joyce—. Lo contrario, sin embargo, no resulta tan creíble.
Cualquiera puede encogerse y parecer un poco más bajo, pero, ¿cómo parecer un
poco más alto?
—Recuerde que Sir
John sólo vio a Crowley, como Crowley, una vez —respondió Einstein—. Recuerde,
también, que Crowley no estaba en el jardín, de modo que no se pudieron
establecer comparaciones. Sir John vio a un hombre bajo en el jardín y luego se
encontró con otro que parecía algo más alto que él. Un hombre cuya estatura no
recuerda exactamente, pues las imperiosas maneras del «Barón» le hacían parecer
quizá más alto de lo que realmente era. Siempre nos acordamos de los hombres
fuertes, impresionantes e irritados como más altos de lo que realmente son...
algún instinto mamífero que iguala el mayor tamaño con la supremacía dentro de
la manada. El gran sombrero ruso de piel, naturalmente, también hacía crecer el
aparente tamaño del «Barón». Relatividad de Dimensiones.
»Así que, si
«Verey» y el «Barón» eran ambos Aleister Crowley, no había necesidad alguna de
estropear el jardín. Nadie, sin mascaradas, tuvo que cruzar horizontalmente el
jardín. La transformación se efectuó verticalmente. Los accesorios de la
personalidad de Zaharov —la barba negra, el gorro de piel y el abrigo— estarían
colgados detrás del roble, con una goma como la que usan los magos y los
espiritistas tan frecuentemente. Crowley-como-Verey desaparece en el jardín,
toma todo aquello, ata las cosas de Verey —el traje con el collarín de clérigo
y la joroba postiza— y suelta la cinta elástica de la guía a la que estaba
presumiblemente fijada. Inmediatamente, ésta sube y se sitúa a una altura que
imagino se encontraría por encima de la línea normal de visión.
»Me imagino también
—concluyó Einstein— que la casa estará actualmente desalquilada. El «Barón»
nunca existió salvo en la breve charada del jardín y el cuento de Miss Sturgis.
Babcock sacudió la
cabeza con cansancio.
—No hay milagros en
todo esto —dijo amargamente—, pero ciertamente hay satanismo.
—¿Dónde? —preguntó
Joyce—. No creo que haya usted visto el fondo de toda la cuestión. El Profesor
ha dicho claramente los cómo y qué y quién y de qué modo de todos los detalles
físicos, pero la pregunta de por qué no está resuelta todavía. Empiezo a percibir
el por qué de la psicología de la iniciación por el terror, y sospecho que el
último acto de este drama está por ocurrir. Si Crowley maneja a los cabalistas
«buenos» con una mano, por mediación de su ayudante Jones, y con la otra a los
cabalistas «malos», la lección de la mascarada me parece obvia. Después de
todo, ¿qué hacen los cabalistas «malos» salvo dramatizar y hacerle consciente
de los problemas que indicaban sus sueños, Sir John?
—¡Maldita sea!
—gritó Babcock—. ¿Les justifican?
—Me he entrenado
para no juzgar, sino para comprender —le replicó Joyce—. Si me escucha un
momento, le diré sobre sus fobias sexuales que...
—Ya me voy
familiarizando con sus libertinas opiniones —le cortó Sir John tajantemente— y
estoy seguro de que serían recibidas aprobatoriamente por Crowley. Pero,
gracias a Dios, conozco la diferencia entre lo correcto y lo equivocado.
Joyce miró al joven
durante unos momentos, en silencio.
—Conoce la
diferencia entre lo correcto y lo equivocado —repitió, finalmente—. Dígame:
¿por qué necesita la iniciación... ya sea la del Amanecer Dorado u otra
cualquiera? Es usted un genio, un sabio, un gigante entre los hombres. Ha
resuelto usted el problema que debaten los filósofos desde la antigüedad: el
misterio que hace que dos naciones o dos tribus no estén nunca de acuerdo, que
dos hombres o dos mujeres no están nunca de acuerdo, y que ninguna persona
inteligente haya estado de acuerdo consigo misma de un día para otro. Conoce la
diferencia entre lo correcto y lo equivocado. Estoy impresionado. Se lo juro.
Figuradamente, le beso los pies.
—Jeem —dijo
Einstein en voz baja—, no hace falta ser tan sarcástico. Hay muchos jóvenes tan
inexpertos como Sir John.
Pero Joyce estaba
lanzando. Se levantó y empezó a dar vueltas por la habitación con nerviosa
energía,
—Toda mi vida
—dijo, tanto para sí mismo como para Sir John—, me he estado enseñando a
observar acertadamente y sin prejuicios. Tal es [creo que el Profesor estará de
acuerdo conmigo]
el requisito previo
de todo esfuerzo científico. También es el requisito previo del tipo de
literatura que quiero escribir. Ahora —escúcheme bien, Sir John—, el drama al
que le han llevado Crowley y
Jones es un
perfecto ejemplo de lo fácil que resulta engañarse uno mismo. No hay nada en
toda esta historia que no haya existido antes en sus propias fantasías; Jones,
simplemente, consiguió la objetivización de aquellas fantasías, y usted ha
perdido todo punto de referencia si es incapaz de comprender tanto que la
fuente de todo lo que ha ocurrido está en sus propios temores y prejuicios,
como que el objetivo no era otro que inducirle a ver a través de sus temores y
prejuicios. No soy un místico, pero es obvio que todo este chisme del Amanecer
Dorado es un modo complicadísimo de enseñar a la gente a ver como ven los
científicos, o como ven los artistas como yo... sin filtrarlo todo a través de
las lentes de los prejuicios morales y emocionales.
—Hay diferencia
—dijo Sir John fríamente— entre prejuicios y principios.
—Sí —replicó
Jones—. Otra gente tiene prejuicios; pero yo tengo principios. Al igual que
otra gente es inestable y yo firme, otra gente es egoísta y yo simplemente me
autorespeto, otra gente es alcohólica y yo sólo bebo una copa de vez en cuando.
¿Podré conjugar algunas frases más como estas últimas? Otra gente es peculiar y
yo exótico. Otra gente es infantil y crédula, pero yo conservo cierta inocencia
infantil. Otra gente es muy lista, pero yo he aprendido a expresarme con
elegancia. Otra gente es sensual y yo un romántico. Otra gente es paranoide y
yo sólo cuidadoso. Otra gente está loca y yo un poco en mis cabales.
Sir John sonrió y
extendió una mano.
—Basta —dijo—. Su
opinión es bien recibida. Naturalmente, todavía tengo prejuicios e intento,
supongo, racionalizarlos, lo mismo que hace todo el mundo. Pero, ¿intenta usted
convencerme de que no hay realmente nada satánico detrás de la depravada
sensualidad de Crowley y sus cohortes?
—El culto al sexo
—dijo Joyce tranquilamente— es, para un observador objetivo, no menos absurdo
que cualquier otra forma de culto. Si se cree lo que dice Thomas Wright en su
Historia de los Cultos de los Organos Generativos, La Rama Dorada de Sir James
Frazer, al igual que otras referencias etnológicas, se trataría de la más
antigua de las religiones humanas. Una vez fue el más extendido de los cultos;
aún existe en el hinduismo, el budismo y el Islam; incluso mantiene ciertas
trazas en el cristianismo...
El timbre de la
puerta volvió a sonar.
—La entrada a
escena —comentó Joyce—. ¿Habrá estado el canalla escondido toda la tarde en el
jardín escuchándonos, Profesor?
Los tres hombres
clavaron la vista en la puerta, donde no tardaron en ver a Mileva y a un hombre
de mediana edad, bien vestido y con una agradable sonrisa, que llevaba una
botella de champán.
—Sir Aleister
Crowley, Terrateniente de Boleskine —dijo Mileva.
QUINTA PARTE
Todas las cosas
materiales no son sino máscaras.
Herman Melville,
Moby Díck.
CAMILLA: Señor,
también vos debéis quitaros la máscara.
DESCONOCIDO: ¿De
verdad?
CASSILDA: De
verdad. Ya es la hora. Todos nos la hemos quitado menos vos.
DESCONOCIDO: No
llevo máscara.
CAMILLA [aterrada,
junto a Cassilda]: ¿Sin máscara?¿Sin máscara?
Robert W. Chambers,
El Rey de Amarillo.
De no haber sido
por la jarretera, nunca habría podido ver la estrella.
Aleister Crowley,
Obras completas.
«La Estrella y la
Jarretera».
Crowley cruzó la
sala de color canela y le entregó el champán a Einstein.
Ahora que nuestro
alegre carnaval está a punto de terminar, dijo suavemente, haré una ofrenda a
Dionisio y sugeriré lo que celebramos. Deben estar todos terriblemente
sedientos.
Una excelente idea,
se regocijó Joyce. Parece una archiduquesa, por Dios.
Babcock se levantó,
temblando ligeramente. Sombras rojas del atardecer teñían su rostro de oro y
oscuridad.
Es usted un cerdo,
le dijo fríamente a Crowley. ¿Cómo se ha atrevido a convertir todo este cruel
asunto en una broma?
Crowley estaba
abriendo la botella.
El universo,
replicó como si no fuera con él, es una enorme broma, en lo general, y en
cuanto a los gastos, en particular.
Babcock se controló
con bastante esfuerzo.
Me ha estado usted
engañando y atormentando durante meses, dijo. Me ha llevado a extremos de
terror que han hecho que se tambaleara mi cordura. Maldito hijo de puta.
Usted acudió a
nosotros en busca de la Iluminación, respondió Crowley. Todavía la está
recibiendo. ¿Se imagina que la Verdad es un perro que viene cuando se le silba?
¿No le advirtió el significado de I.N.R.I. lo que cuesta la transformación? ¿No
le advertimos desde el principio que tendría que enfrentarse a todos sus
miedos?
Pero Einstein le
replicó tranquilamente:
No niegue que ha
sido usted muy cruel.
Cruelmente Crowley
rió con crueldad.
¿Negarlo? Lieber
Al, insisto en ello. Soy como el fuego de un refinador.
Blasfemia para
justificar el sadismo, protestó Babcock. Es usted un maldito hijo de puta.
Ah, Babcock,
replicó Crowley sirviendo más champán, todavía le queda espíritu. Me gusta. Le
recordarán algún día como el discípulo amado por Crowley. Después de todo, a
quien ama el Señor, también Le castiga.
Más blasfemia,
cerdo, baló Baba Babcock.
Mejor, más champán,
opinó Joyce. Parece que el mío se ha terminado.
Me imagino, dijo
Einstein, mirando fijamente las cenizas brillantes de la pipa, que su plan
original para el Rito de Iniciación de Sir John incluirá algún climax
dramático. Espero que no se lo hayamos destrozado explicando los trucos
prematuramente.
Tome un poco más de
vino, Babcock, dijo Crowley, sirviéndole una copa. Les puedo asegurar que el
climax del drama será tal como lo planeé, desde luego, excepto en que habrá
tres candidatos en vez de uno.
Latido. Latido.
Latido.
Tres candidatos,
repitió Joyce finalmente. Sospecho algo.
Einstein,
lánguidamente, preguntó:
¿Se oye un zumbido
en la habitación?
Todos miraron a
Cuervo Crowley y, a continuación, entre sí. Nada.
Qué raro, dijo
Zorro Joyce. Por un momento fue como si comprendiera a Platón. Como si la móvil
imagen del tiempo se detuviera y viera la línea del mundo en cuatro
dimensiones, eternamente. Maldita sea. Como si el río lleno de lodo de la
conciencia se hubiese congelado.
Ese zumbido,
insistió Einstein, como de un millón de abejas...
No oigo zumbido
alguno, declaró Joyce tranquilamente. Pero... Babcock, ¿se encuentra bien?
Parece que se está poniendo verde.
Babcock adquirió un
tono púrpura vaginal.
Es extraño, dijo
con cuidado. Nunca me he sentido mejor en toda mi vida.
La estantería de
uno de los rincones empezó a encogerse. Joyce la miró abtraído mientras el
débil zumbido aumentaba de tono ronroneantemente.
Lo más extraño de
todo esto, graznó Crowley, es que no importa cuántos soldados vayan en la
falange, pues el número de jorobados es cada vez mayor.
Sí, sí, dijo
Einstein, un irritado y rojo rubí león andante. Cada imagen que veo del
universo es un nuevo acertijo. Usualmente, sería el próximo martes después de
comer. Y esto es lo más divertido del juego.
Crowley observaba
indiferente el modo en que se encogía la estantería de roble marrón.
Para usted, para mí
y para unos pocos más, sí, dijo. Pero mucha gente dice que los soldados son
exactamente iguales en número a los jorobados. Una respuesta para cada
pregunta.
Yo digo, dijo
Joyce, una cosa. ¿Se está encogiendo realmente la estantería?
La estantería se
convirtió en el expreso de Zurich, rugiente.
La noche la noche
la noche.
La estantería se
convirtió en un altar. Crowley apareció vestido repentinamente de escarlata y
levantaba la Vara de llamas y la imagen en movimiento se detenía nuevamente y
resultaba muy clara.
Alto. Adelante.
Alto. Adelante. Alto.
Muchos monstruos
cívicos bailaban alrededor de Joyce. Me decía que la verdad baja a la deriva
por una calle estrecha, cantaban. ¡Cucú! ¡Cucú! ¡Cucú! La mayor fraternidad de
Europa. ¡Cucú!
Oídme dijo Crowley
IEOU PUR IOU PUR IOATH IAEO IOOU ABRASAX SABRIAM OO OO ADONAI EDE EDU ÁNGELUS
TON THEON LAI GAIA AEPE DIATHARNA THORON! Sol que vives en mí Tú fuego Tú
iniciador de la estrella séxtuple que me rodea con fuego y fuerza Alma que
vives en mí Solleonserpiente Saludo a todo Te saludo a ti gran bestia salvaje A
Ti IAO Lascivia de mi alta Lascivia de mi ángel Alzad el grial Alzad la copa de
Babilonia Alzadla por mi ángel para que se sirva dentro de mi alma A Ti chivo
exaltado sobre la tierra llena de lujuria A Ti serpiente que te extiendes sobre
la tierra llena de vida Espíritu santísimo Sapientísima semilla Niño inocente
Doncella inviolada Engendradora del ser Alma de todas las almas Aparece con tu
más recóndita luz
La noche la noche
la noche comprender comprender comprender
¿Podría repetir lo
último, Crowley?, preguntó Joyce. No estoy seguro de lo que está pasando en la
habitación.
Sir John empujó la
puerta de la M.M.M. y entró en el Partenón, San Pedro, la Torre Eiffel, pagodas
orientales, bancos góticos con rostros gesticulantes, la orden de las
condrilas, la de los ciclos tomados, las lampreas de mar, la orden de los
Caballeros Templarios, la orden de Menfis y Mizraim, academias, laboratorios,
conventos de monjas, panaderías, catedrales, las ingentes fuentes del Amazonas,
la Banda de los Centípedos. Lo más grande podía estar dentro de lo más pequeño:
es un huevo frito y me quiere. Estúpidos granjeros con pancartas que dicen
LIBERACION DEL BESTIALlSMO cargan contra una línea de Agentes de Policía
bajando por una calle teñida por la luz índigo escarlata del este.
Los Amos Secretos
empiezan a desfilar espectral y silenciosamente por la habitación. Elías
Ashmole, Amo Secreto, Perfecto Señor, Elegido de los Quince, Caballero del
Triángulo; Thomas Vaughan, Soberano, Gran Inspector de Grado 33 del Antiguo y
Aceptado Rito Polaco; Sir Edward Kelly, Sublime Príncipe del Real Secreto; Dr.
Johannes Dee, Príncipe de la Merced, Caballero de Pnath, Perfecto Amo Secreto;
Roderic Borgia, Papa Alejandro VI, Gran Caballero de Lot y el Fénix; Michael
Maier, Sabio de Elía, Sabio de Delfos, Señor de la Triple Tau; Paracelso,
Grande y
Sublime Caballero
de San Andrés; Adam Weishaput, Caballero de Palestina, Gran Caballero Elegido
Kadosch Hurhausdirektorpresident; Christian Rosenkreuz, Antiguo Señor del Arco
Real; Wolfgang von Goethe, Verdadero Maestro Adepto de las Logias Simbólicas; Jacobus
Burgundur Molensis el Mártir, Caballero de Jerusalén, Caballero de Palestina,
Caballero de Blanco, Sublime Arquitecto Escocés de Heredom, Gran Caballero de
Sodoma; Rey Federico de Honenstaufen, Sublime Caballero de Knepth; Ludovico Rey
de Bavaria, Comandante Supremo de las Estrellas, Discreto del Caos, Sublime
Filósofo Noaquita; King Kong, Primate de la Isla de la Calavera; Carl Kellner,
Príncipe Soberano Rosa Cruz de Kilwinning y Heredom; Carlo Magno, Doctor de los
Izeds; Valentino, Patriarca de Menfis y San José; Sir Richard Burton, Soberano
Comandante del Templo y Príncipe de Jerusalén; Basílides, Gran Pontífice del
Colegio de la Gnósis; Pitágoras, Caballero de la Cadena de Libia; Sir Richard
Payne, Caballero, Comandante del Aguila Roja; Manes, Patriarca de los
Planisferios, Perfectísimo Arquitecto, Caballero de Israel; Atila, el Huno,
Valiente Señor, Maestro Excelentísimo, Electo de lo Desconocido; Ludwig van
Beethoven, Perfecto e Ilustre Elegido de los Nueve, Orden del Ángel del Pavo
Real, Señor del Triángulo; Simón Mago, Caballero de la Rama Dorada de Eleusis;
P.D.Q. Bach, Caballero del Cuerno y Hardart; Apolonio Tianaeis, Gran
Consagrador Arquitecto de la Ciudad Escondida; Wolfgang Amadeus Mozart de la
Flauta Mágica, Caballero Prusiano, Caballero del Temple, Supremo Señor
Caballero del Aguila; Benjamín Franklin, Gran Hacha del Arco Real, Sublime
Caballero de Elección; F.X. Preserved Coppinger, Caballero Beneficente,
Caballero del Arco Iris, Caballero del Pelícano y del Aguila, Príncipe Soberano
de los Rosa Cruz de Heredom; Hugh Boylan, Caballero de Banuka, Príncipe de la
Pica Pantagruélica; Thomas Jefferson, Arquitecto en Luz y Perfección, Sublime
de Heredom; Catulo, Sabio del Laberinto, Caballero del Alto Odiamor; Mclntosh
Anonimoses, Príncipe Soberano de los Grados 78, 79 y 80 de las Ordenes
Esotéricas de Cranston y Bourbaki; Melquisedec, Caballero Kadosh, Gran
Caballero Inspector, Caballero del Real Misterio de los Carros Celestiales;
Osiris, Sublime Aletofilota y Caballero de Líbano; Tahuti, Caballero del Arco
Sagrado, Caballero del Secreto Mausoleo; Buda, Maestro Pastroforis, Neocoris
Elegido, Gran Melanoforis, Perfecto Señor Bahalata; Lao Tzú, 90 y Ultimo Grado
Supremo Gran Conservador y Absoluto Gran Soberano y Patriarca de la Orden de
Mizriam; Malaclipse el Joven, Omnibenevolente Polipadre de la Virginidad de
Oro; Don Quijote de la Mancha, Caballero de Jerusalén, Caballero de Malta,
Caballero de la Triste Figura; Miguel Cossack, Supremo Pontífice de Kiernansis,
Gran Maestro Fundador de la Segunda Serie Geométrica; Walter Mitty, Amo
Secreto, Perfecto Maestro, Juez Preboste, Intendente de Edificios, Elegido de
los Nueve, Elegido de los Quince, Sublime Elegido, Compañero del Arco Real de
Enoch, Caballero Escocés de la Perfección, Sublime Maestro, Caballero del
Mausoleo Secreto, Caballero del Iris, Gran Inspector Soberano, Ilustre y
Supremo Honorificabilitudinatatibus de la Rosa Cruz, Verdadero Maestro Elegido
del Supercalifragitisticoespialidoso Arcano, Colegio del Espíritu Santo,
Caballero de Israel, Caballero de Jerusalén, Caballero de Menfis y Mizriam,
Honorable e Ilustre Gran Maestro Pontificio Mega-Ipssisimus Maximus
Antipericatametaanparcircumvolutiorectumgustipope de Copoofied, Grado 33 del
Rito Escocés, Grado 10 de la Ordo Templi Orientis, Grado 97 del Rito de Menfis
y Mizriam, REAL Y SUPREMO ILUSTRISIMO MAESTRO de la íglesia Gnóstica Católica,
POPE DE LOS ILUMINADOS; y varios monos distinguidos, cerdos, rinocerontes,
peces y Vertebrados Avanzados, junto a notables representantes de las abejas,
cucarachas, lepismas, hormigas, termitas, lampreas de mar, arácnidos,
langostas, u.s.w. [y así sucesivamente], de las más inteligentes amebas
conocidas por la ciencia.
En cierto modo,
resulta agradable volver de nuevo a la cuna, dijo Joyce vergonzosamente. Cuando
uno se mea en la cama, primero se siente calor y luego frío. Pero ahora me
estoy ahogando en orina. No, puedo nadar. ¿Dónde han ido los peces de colores?
¡Dios mío!, gritó
Babcock. ¡Todo lo que hay en la habitación se está convirtiendo en tetas!
¡Lo sé, lo sé!
—exclamó Joyce. Experimentamos el amanecer de la consciencia. Pero es la
consciencia personal o... oh, no...
Algunos pechos eran
grandes y otros pequeños y otros cónicos y otros discoidales y otros
hemisféricos y otros alargados y otros pechos llenos de la madre Tierra y
moderados pechos de chicas de Gibson y exuberantes pechos de putas francesas y
pequeños pechos lisos orientales y otros firmes y otros suaves y otros blandos
y empezaba a gotear de todos ellos una interminable corriente blanca como la
alegre lluvia del cielo y todos tenían el mismo aspecto parabólico como un
puente colgante bajo la influencia de la gravedad en el que la ingeniería y la
biología repitieran la curva del arco iris al revés interminablemente casi
corno un arco coseno en un osciloscopio pero por Dios aparecen bandas de
peppermint y todos son sirenas
Soy Einstein Soy
Babcock Soy Crowley Dios mío soy la ceniza de la pipa Alma de las almas sí soy
la silla Jesús Aullando Cristo soy todavía James Joyce sí pienso soy sí soy?
Einstein mira la
Bahnhofstrasse donde los raíles del tren se encogen en la distancia más allá
del horizonte que orbita la tierra viendo el sistema solar y pasando a la vista
de la galaxia en órbita alrededor del universo cruzando por todos los universos
posibles hasta llegar de nuevo a la Bahnhofstrasse mientras el cielo se llena
de globos blancos y globos de luz millón tras millón de perlas y ópalos y
turquesas y ámbar cambiando lentamente de cristal y trama molecular en la gran
Rosa con la cruz de luz en su centro tictoctaqueando mientras cada pétalo se
humedece y espejea con la ternura de un coño
Un hombre parecido
a un halcón, reflexiona Joyce. Ascendiendo del laberinto del viejo padre del
viejo artífice el mugido de la vaca que en el principio fue un Chivo
Vuelve a Erín.
Merde, decía el
General Canbronne. Un tapiz tejido con vergüenza y desprecio. En la familia era
conocido como Mr. Harris.
Einstein ve bajar
por el túnel de la conciencia recuerdos que saltan por los árboles con otros
primates: recuerda los mil millones de vuelos de predadores como el equino, el
rinoceronte, la cebra y el tapir; revive la evolución del cerdo, el pecarí, el
hipopótamo, el camello, el ciervo, la jirafa, el antílope; sufre y se regocija
como la foca, la morsa, el lobo y el panda gigante; se colapsa e implota como
el perisodáctilo, el artiodáctilo y las experiencias de carnívoro fluyen en su
consciencia; se conoce a sí mismo como roedor almizclero, castor, ratón de
campo continuamente asustado, ardilla y rata canguro; flota en los ríos
genéticos de los lagomorfos capturado en heroicos momentos como owsla jefe de
los conejos níveos, saltando a la espalda de pika: canta a las estrellas (y
escucha su canción) como ballena azul y marsopa; silba por las cavernas como
murciélago: se convierte en topo, musaraña, erizo: se hace uno con los
recuerdos moleculares de los insectívoros, marsupiales y monotremas: canta como
gorrión, petirrojo y ruiseñor; se tiende en las rocas bañadas por el sol como
tortuga: cruza desiertos como serpiente de cascabel: croa como sapo cornudo;
desciende al estanque de ácido nucleico informativo y vive como pez óseo,
trucha, pez cartilaginoso, ciclostomo, lamprea, craneado, acraneado, miriápodo
y arácnido; salta hacia atrás, a artrópodo, crustáceo, anélido: retrocede cada
vez más hasta los equinodermos, los asquelmintos, los celentéreos y los
protozoos: se convierte al fin en un apaleado golpeado manchado de barro medio
ciego asustado arañado muerto de hambre sucio obsceno gato de callejón que
canta
maldita maldita sea
este es el baile de
la vieja dama
pero toujours gai
es mi estribillo
Y dónde, por favor,
ha estado usted últimamente, pregunta Joyce lleno de curiosidad.
Muy interesante,
replica Einstein. Muchos antepasados nuesros no fueron perfectas damas ni
caballeros. La mayoría de ellos ni siquiera eran mamíferos.
Mal Chico Babcock
encuentra la Puerta al final del túnel. La abre. Un millón de ligas azules con
encajes blancos caen por doquier.
A causa de la
curvatura de la espina dorsal, dijo el Dr. Bostick Bentley Babcock desde una
plataforma en el espacio. La palidez... falta de concentración... pelo en las
palmas, como un hombre lobo... eventual idiotez total. Autocontrol es la
respuesta. Nunca lo haré. Ningún inglés lo haría.
Babcock chilla,
llorando histéricamente.
Apartaos de mí
condenados, dijo el Dios Chivo, y caed en los fuegos inagotables preparados
para Satanás y sus ángeles. Veo lo que haces en el armario. Las ligas de tu
madre.
Fueron las únicas
ligas que pude encontrar, imploró Babcock, llorando.
Einstein miró a
Babcock lleno de ansiedad. Está a punto de acertar, le dijo a Crowley.
Oh, un poco de
histeria homeopática no le hace daño a nadie, bostezó Crowley.
Hijo de puta sin
corazón, repitió Babcock.
Merde, dijo el
General Canbronne. Sólo hemos conquistado nuestro propio territorio.
Las hormigas
avanzaron en fila india. Las hormigas avanzaron de dos en fondo.
Las hormigas
avanzaron de tres en fondo.
Es una falange
griega, dijo Einstein. Mira, como la de Alejandro...
El ratón de campo
vuelve a gritar.
Todo va bien,
Babcock, dijo Joyce. Me parece que sólo se trata de una sobredosis de empatia.
Soy todavía humano,
preguntó el ratón.
Todavía es usted
Sir John Babcock, respondió Einstein tranquilizador.
Pero una parte es
todavía la de un ratón de campo, añadió Crowley. Como otra parte es la de un
tiburón...
La evolución no es
aquí una teoría, dijo Einstein en voz baja. Es una experiencia.
Babcock volvió a
chillar.
Esto ha ido
demasiado lejos, objetó Einstein.
Cuervo Crowley se
convirtió en el Cuerverendo Verey, un jorobado de rostro cadavérico. El reloj
lenta sombría sonoramente dio las trece.
Ranas y ratón,
grito Halcón Verey. ¿Bestialismo? ¿Perversión? Me gustaría que todos los
hombres fuesen como yo, pero es mejor casarse que ser el papa de los
carniceros. Vemos a través de una lente ahumada que se convierte en un
burbujeo. Pelusa a la pelusa. Sacos de estiércol. Abominación. La suciedad
mensual. Locura lunar. Entrada ilegal.
Rojanaranja y
jodidamente dulce sangre menstrual goteando de la luna, cayendo en la mejilla
de Babcock.
Ugh agh dice
estremeciéndose.
La sangre se
convirtió en oro en su pañuelo cuando la limpió. La reproducción se transforma
en barras de oro apiladas en pirámide. La serpiente renace y yo me ruborizo.
El misterio
alquímico del Oro Rojo, dijo Crowley, casi casualmente.
Es sólo un Fenómeno
Natural, añadió Einstein. La primera fusión.
Cómo he sabido que
iba a decir eso, preguntó Babcock.
Jesucristo, dijo
Joyce, vacío.
La habitación
empezó a contraerse.
Funciona por
combustión interna, explicó Einstein.
Son dimensiones
cambiantes, preguntó Joyce.
Por Dios, jadeó
Babcock. Vamos a ser aplastados hasta morir.
Debemos estar
acercándonos a la velocidad de la luz, sugirió Einstein. Las matemáticas sólo
se encuentran en sus tímidos pecados de juventud.
La matriz continuó
contrayéndose.
Nos sofocaremos,
protestó Babcock.
No, replicó Joyce.
Sólo estamos siendo expelidos... a un nuevo mundo.
Indigos navios
rozan India, dijo la Mangosta Imaginaria. Estaba hecha con piel de aceituna
deslizándose a la deriva hacia un inmenso salón en el que trogloditas, enanos,
cavernícolas, lúgubres, cangrejos, girasoles gigantes, tictactictactequeaban
temblorosos.
Las estrellas del
Escudo de Orión se encienden, apuntando hacia Sirio.
Pero, bueno, dijo
Joyce pensativamente. ¿A esta alturas del mes?
5 días después de
que empiece el flujo, dijo Crowley. El ciclo del macho es 23 días y el de la
hembra 28. Lo eran todo en Bengala hace dos mil años. 23 y 5 suman 28.
La Tierra es
re-formada a partir del Caos.
V.I.T.R.I.O.L.
Visita Interiora
Terrae Rectificando Invenies Occultum Lapidem, dijo Babcock, crucificado boca
abajo en pleno éxtasis. Visitar las partes interiores de la Tierra; por
rectificación se encuentra la Piedra de la Sabiduría. Y se dice que se halla en
la más despreciable y deleznable de las cosas. Códigos, indirectas,
ambigüedades... y está delante nuestro todo el tiempo. Los nueve meses: la
diosa de las nueve lunas.
Merde, dijo el
General Canbronne, con el rostro de Napoleón y el sombrero de Tío Sam desde las
tres estrellas del Escudo de Orión.
Comerlo con catsup,
añadió Eduardo III.
El excremental
Infierno de los alquimistas, dijo Joyce Ankh Khonsu. El reflejo naranja y
escarlata de las partes interiores. La llamada uterina, Dios Jesús. Todo el
mundo occidental se ha vuelto loco porque San Pablo tenía una fobia sobre la
vagina dentata.
Joyce se desdobló,
convirtiéndose en Masoch y Sade.
El amor cuyo nombre
no osa emplear, dijo Masoch desde las enaguas de Nora. ¡Me da más miedo que la
muerte!
Se necesita cierta
disciplina, opinó Sade con uniforme de la Gestapo. Se te arrastra por la tripa,
perro. La mente de la gente no es otra cosa que un inmenso yo.
Pero el horror de
ello, Iago, dijo Masoch. El horror de ello.
Las hormigas
avanzaron de cinco en fondo.
Se convirtieron en
William Shakespeare.
Dicen que no soy un
caballero, dijo Moorish Sheikespaere. Sólo porque enfrente de mi casa, enfrente
de mi casa, está mi pa pa padre, ¡Oh, Dios! La injusticia de todo esto.
Enfrente de casa. Estaba hecho con piel muerta.
Merde, dijo el
General Canbronne con infinita piedad. Que voluminosamente dio forma al rojo en
los embriones.
Rectificando, dijo
el expreso de Zurich. Rectificando, rectificando, rectificando...
La física es
psicología, leyó Einstein de la estantería, con lo que evidentemente confundió
a la clase de primer curso. Adelante y atrás no son más que dimensiones
sadomasoquistas: agresión o timidez, ¿vale? Y arriba y abajo es la jerarquía de
bulto... quién come el primero y qué. Izquierda y derecha... conocen la lógica
aristotélica... volver al juego de adivinar en que mano está. Y la cuarta
dimensión...
Sí, sí, apremió
Joyce. ¿La cuarta dimensión?
Sexo, respondió
Einstein.
¿Qué?, exclamó
Joyce.
Por una vez,
incluso Crowley miró asombrado.
No comprendo esa
parte de mí mismo, confesó Einstein. Tiene algo que ver con la simiente como
vector del tiempo... la genética como negación de la entropía.
Pero por qué es tan
agradable, preguntó Joyce. Si nuestros cerebros operaran sencillamente de modo
diferente, quedaría explicado por qué sentimos más... pero ¿por qué placer por
toda la piel?
Es el siguiente
paso de la evolución, intervino Crowley.
Pasado presente
futuro son como calles barridas por el viento, carne desnuda con las estrellas.
Oh, Dios, gimió
Babcock.
El siguiente estado
de la evolución, repitió Joyce. Pensaré en ello.
Piense que la
evolución ha terminado ya, preguntó Crowley retóricamente. ¿Realmente cree que
los condicionantes del dolor y la repulsa son nuestra cruz perpetua?
¿Quiere decir
usted, dijo Einstein, que el cerebro puede convertir cualquier sensación en
erotismo? Es difícil creérselo.
El cerebro procesa
todas las sensaciones, replicó Crowley. Si el cerebro está totalmente
consciente y despierto a lo que pasa, ¿por qué no habría de tratar cualquier
sensación al menos como una experiencia orgásmica?
¿Y eso, suspiró
Babcock sensualmente, es el oro Alquímico? ¿Por qué he tardado tanto en
comprenderlo?
El trébol de
nitrógeno bajo la alfombra que es la muerte.
Quizá estamos
borrachos, dijo Joyce, sintiendo que su pene se transformaba en un cactus un
brote de peyote un trébol un girasol gigante un abeto una picea de titánico
rojo madera una rosa perfecta una furgoneta móvil con el rótulo COCAINA
INTERNACIONAL INC un cometa en órbita interminable por cuevas de coral púrgura
e índigo y violeta 358 la Serpiente el Mesías SEÑOR DE SEÑORES y BARDO DE
BARDOS Por El Que Siempre Reinará SIEMPRE un pistón una pistola una flaccida
flor flotante
Las hormigas
avanzaron de nueve en fondo.
Como yo fui el
causante de la disputa, gritó Bertran de Born saltando sin cabeza por la
chimenea, me ven hecho pedazos a mis propias manos: dos en uno y uno en dos.
Ana Bolena era la mujer de Enrique, la mujer del Rey Enrique era...
Que te den por el
culo Bert, gritó Ezekiel Pound.
El conocimiento de
la muerte proporciona ideas maravillosas.
Chumka chumka
chumka bum bum, dijo la Variable Oculta.
Hagios Hagios
Hagios IAO. Magaso magaso magaso.
Filia et Pater unus
Deus, cantó Crowley. ARARITA.
ARARITA ARARITA
ARARITA replicó el Rey de Amarillo desde la lumbre.
Por la noche la
noche la noche dijo la Cobra roja del deseo.
Rectificando
rectificando rectificando dijo Babcock.
Una entrada ilegal
e imposible, musitó musicalmente Joyce.
Todos los niños
quieren saber lo que pasa detrás de las puertas cerradas. El rompecabezas de la
habitación prohibida.
Adam Weishaupt con
el sombrero rojo blanco y azul del Tío Sam y con las tres estrellas del Escudo
de Orión apareció detrás del altar masturbándose.
Te invoco dijo
Weishaupt el terrible e invisible dios que vive en los lugares vacíos de la
mente AROGOGOUABRAO SOTOU MUDORIO PHALARTHA OOO AEPE oh tú sol espiritual oh tú
ojos oh tú lascivia grita en voz alta el remolino el pozo oh padre oh sol tú
que haces más alto al no nacido
Eyaculó jadeando,
como un ahorcado.
Soy la semilla de
las estrellas dijo el primer espermatozoide con la cara del Padre.
Soy la llama que
abrasa pero no consume dijo el segundo espermatozoide con el rostro del Sol.
Ahora me ves ahora
no me ves dijo el tercer espermatozoide con la cara del Gato de Schrodinger.
Será infligido el castigo a los tres cuervos y al reyezuelo.
Han disparado
contra el Archiduque le dijo sólo a Einstein una voz.
Tierra pan y paz,
dijo Lenin sobre la librería.
Vitoreantes
multitudes: la Mansión Babcock era dividida: la Familia Real asesinada: los
Mongoles follaban en grupo por las calles.
Qué Archiduque,
murmuró Einstein.
Un coro de obreros
entró cantando
Oh los bancos son
de mármol
Con un guarda en
cada puerta
Y la cámara está
llena de plata
Sudada por los
granjeros
Proclamo la
dictadura del proletariado, dijo Lenin lanzando un ladrillo contra el Gato de
Schrodinger. Beethoven está verboten. Todo el mundo debe aprender a jugar al
ajedrez. El capitalismo schweinerei no está permitido. No mandar dinero por
correo. Ningún petit bourgeois subjetivismo decadente imperialista idealista o
predialéctico empirocriticismo. Por la noche la noche la noche. Todo el poder
para los Soviets.
Las hormigas
avanzaron de doce en fondo.
Cariñito, dijo la
Reina Victoria tragándose un ladrillo. Sempretanfel.
Comerlo con catsup,
dijo Lenin. Proclamo el Plan Quinquenal. El tractor marca el paso de Dios a
través del mundo. No pasar. Informar al Comité Central. El primer día del resto
del ciclo del
nitrógeno. Menos
poder para los Soviets.
Rojo naranja
amarillo verde azul índigo violetas trasgos bailando.
Comerlo con catsup,
dijo el Demonio con voz acuosa.
Lo incomestible
perseguido por lo inexpresable, dijo Eduardo III coronado de espinas y una copa
de mantequilla de color amarillo dorado en la mano y con una liga en el muslo
izquierdo. El amor que no osa decir su nombre. París es un sitio caro para
morir.
Se transformó en
Melmoth el Errabundo y se tambaleó, borracho, despreciablemente.
Las hormigas
avanzaron de cien en fondo. La puerta de la Capilla Peligrosa se abrió de nuevo
y el zumbido aumentó. Todo el poder para los Soviets: todo un mito lo de la
vagina dentata. Sonaban cantos Aklo aullados y mugidos y gritados y gruñidos
por miles de dholes y shoggoths. Hay sacramentos del mal lo mismo que hay
sacramentos del bien: sólo el loco está absolutamente seguro. Azathoth, Demonio
Sultán Caos primordial y centro del Infinito, aulló: Lo sé todo sobre esas
ligas, ¡sois dos pervertidos! Las hormigas avanzaron de mil en fondo.
El acordeonista
empezó a tocar una nueva melodía: Die Lorelei. Joyce miró sombras oscuras que
se movían ambiguamente, desde la estantería de libros. «Flores», murmuró.
«Blume».
Lirio tigre.
Dios mío, suspiró
Babcock.
Dios mío, repitió.
DIOS MIO, jadeó,
riendo y llorando.
La Blanca Luz del
Vacío del que todo proviene, dijo Babcock.
No es sólo una
metáfora. La he visto.
Oh, eso, dijo
Einstein. Son sólo aceleraciones atómicas que contraían el proceso
electromagnético que crea nuestras separadas funciones cerebrales. La Variable
Oculta.
¿Quieres decir,
preguntó Joyce, que somos más lentos o más rápidos dependiendo de lo que
experimentemos mediante el proceso físico que crean nuestros cerebros?
Ciertamente, dijo
Einstein. Todos estos saltos, ocasionalmente, son discontinuidades cuánticas.
Bien, dijo Joyce,
al menos es una teoría. Supongo que es mejor que no tener ninguna teoría. ¿La
crees realmente?
Lo hago ahora,
respondió Einstein. Dudo que la crea por la mañana. Necesitaría otros treinta
años de regateos matemáticos para volver a convencerme a mí mismo de que tal
puente existe...
¿Quiere decir,
preguntó Crowley muy excitado, que esto forma parte de la transformación que
nos ocurre actualmente a niveles atómicos?
A niveles
subatómicos, respondió Einstein. A los puentes que cruzan el superespacio a
través de los cuales la Variable Oculta controla la sinfonía de los quanta. No
suponga que sé de lo que estoy hablando. Como digo, pasarán treinta años antes
de que todo esto se plasme en matemáticas reales. Entre tanto, Beethoven,
probablemente, lo explicará todo me|or que los físicos.
Omnia in Duos, dijo
el Rey de Amarillo. Duo in Unum, Unus in Nihil.
Cuánto tiempo
llevamos en esta cueva, preguntó Einstein, preocupado. La luz empieza a fallar.
Hemos sido peces
durante unos cuantos millones de años, dijo Joyce.
Devuelva los tres
formularios por triplicado, pidió Lenin con el rostro de Stalin. La Policía
Secreta es el camino de Dios a través del mundo. Vea a su dentista dos veces al
año. Orgasmos no autorizados. Por la noche la noche la noche. Ningún poder para
los Soviets.
Al tiempo que
miraban una calle barrida por el viento los edificios se fueron alzando: el
Partenón, San Pedro, la Torre Eiffel, pagodas orientales, las torres de
Babilonia, rascacielos americanos, un Quatt Wunkery, enjambres marcianos
geodésicos, toda aquella frenética actividad acompañada por un zumbido
insectoide. Las cucarachas construían asilos y ambulatorios geométricos para
las catedrales góticas, las hormigas avanzaban de un millón en fondo hasta
erguidas arcadas y alquitrabes floridos, centípedos y langostas corrían a
través de rápidos diseños de basílicas, crujías y apuntalamientos colgantes
bajo la grave supervisión de los sabios y ancianos
cangrejos
ermitaños, voladizos y capiteles saltando a los cielos mientras termitas y
tarántulas tejían día y noche poniendo ladrillo sobre ladrillo, docenas de
cariátides, cancelas y columnatas apareciendo entre el rígido esplendor de las
pirámides, mosquitos y escarabajos cooperando en la construcción de columnas
dóricas y bizantinas y jónicas y corintias, chozas de hierba y teepees e iglús
multiplicándose por millares, alzando Stonehenge, el bullicioso zumbador
explosivo construyendo sin fin, alzando ventanas y naves y vigas y dinteles
edificando y destruyendo y volviendo a edificar. Vieron palacios de oro,
templos con el color de las estrellas, edificios atestados de indescifrable
inhumanidad, subhumanos arrabales y ghettos, al tiempo que una generación iba y
otra venía, aunque los caseros no morían jamás.
Y las hormigas
avanzaron de mil millones en fondo.
Te invoco, cantó
Ludwig, MA BARRAIO IOEL KOTHA ARTHOBELA ABRAOT Oh madre Oh verdad Tú misa Tú
que eres Tú que me penetras Tú diosa de la belleza y el amor.
Soy una condenada
hembra de hipopótamo, descubrió Babcock.
Joyce miró a la
atractiva silueta que se sentaba en una roca en medio del Rhin peinándose el
cabello de oro y descubriendo que, en realidad, la mujer era una hembra de
hipopótamo.
Creo que hemos
explicado todos los misterios, reconoció.
Soy una Isis de la
Naturaleza Reina Inefable, anunció el babcockpótamo excitadamente. Soy la
matriz de todas las cosas. Dulce Jesús en bicicleta, creo que vamos a tener un
niño.
El proceso de
nacimiento cósmico repetido una y otra vez y otra vez mi rojo coño encendido
por el placer del dolor pero no tengo un coño que pasarme por la polla que me
castró cuando yo oh Dios la alegría de la maternidad otra vez y otra vez y otra
vez
Contracción de la
matriz. Contracción de la habitación. Un elevador en el espacio exterior entre
conceptos verbales representativos del Invierno.
En el principio fue
la Luz, dijo Einstein en un elevador entre las estrellas. La materia son nudos
en la Energía.
Madame soy Adam,
dijo Tetragrammaton un judeo-creek que simula ser mercader. Un pan, un plan, un
canal: Panamá. Maldito perro loco, ¿en?
Hemos oído las
campanadas de medianoche, dijo Joystaff.
Una división entre
las doce y la una, dijo la Rápida Anfitriona vistiendo un traje Victoriano con
la falda levantada enseñando una liga azul sobre unas medias negras. Aun con el
cambio de la marea.
Su nariz era tan
puntiaguda como un pene y una mesa de verdes campos.
Rompió la liga y
cantó:
Sólo un Mago y un
Caballero biennacidos
Y una Virgen sin
temor
Pueden avanzar sin
armas entre la danza
De la Mascarada del
Diablo
Pongamos de nuevo
el color oscuro, dijo la Anfitriona Brillante. Pureza de esencia. Nuestra en lo
original y genuino. Apaguemos la luz y luego encendamos la Luz. Realicemos una
enfática protesta hacia los amantes de la literatura.
Sir John cruzó la
calle cubierta por la niebla, empujando la puerta de la M.M.M. Libros Ocultos y
Místicos de Todos los Tiempos con la vacuidad mental del ajetreo y las cosas
diarias del mundo.
Mirad a Sir John
Peel, dijo Sir Talis juguetón y zalamero y malhumorado. Cucú.
Con sus perros y
sus escondrijos en la penumbra, dijo Canon Futter. La miga o la Liga.
Te invoco, cantó
Crowley cada vez más deprisa. El nonato que creó la tierra y los cielos que
creó la noche y el día Tú me hiciste perfecto Tú pusiste la verdad en la
materia Tú colocaste la ver-
dad en el
movimiento
Fornicación sodomía
abominación, desvarió Verey. Cornudos, quitaos las ligas.
Nunca he usado mi
sucio pene Reverendo, dijo Jack el Destripador. Sólo un precioso cuchillo.
Curiosamente por extraña coincidencia cuando no brilla la luna.
Me deben el
alquiler, dijo O'Mierda. Los caseros nunca mueren.
Si viviéramos en el
centro de un castillo de fuegos artificiales, leyó Einstein, todos comprendería
mi teoría del espacio-tiempo directa, inmediata y sensorialmente. Pero vivimos
en el centro de una pantalla de fuegos artificiales: la velocidad no es observada
porque nos movemos con ella. ¿Por qué lo observo ahora?
Mi mejor amigo del
colegio era homosexual, le contó Joyce a Babcock. No lo descubrí hasta que
pasaron diez años. Las artes de la hipocresía están más desarrolladas en
Irlanda que en Inglaterra. Dios mío escribiré el libro de Hunter y mostraré a
la humanidad la verdad de la situación.
Nunca me pareció
que respirar fuese tan maravilloso, respondió Babcock.
Soy un pez de mil
millones de años y un hombre que nacerá en 1984 y vivirá mil años en docenas de
galaxias, observó felizmente Joyce. Muchacho, ¿qué has hecho con nosotros?
Abrir las puertas
de la percepción, replicó Crowley.
Te compararé con un
día de verano, exclamó Shakespeare arrastrando las palabras afeminadamente.
Oh por qué no, dijo
Mr. Q.U. ultrajadamente amanerado. Sería un maravilloso harapo.
Sodoma y Gomorra,
murmuró Verey. Londres y París. Entrada ilegal. Lo dice todo el mundo.
Creo que eres un
fotón.
Joyce descubrió que
el cuarto de ellos con turbante árabe llevaba sentado junto a la hoguera del
campamento más de setenta años.
Ha sido un cruel
golpe para su padre, dijo Eduardo Einstein.
Hiroshima...
Nagasaki... Nueva York...
Einstein miró las
crecientes llamas con horror.
¿Hasta cuándo
durará esto?
Tú y tus sucios
libros, dijo Lucía Joyce. Y tus ligas ligas ligas.
Los conceptos se
deshacen en percepciones atómicas, musitó Joyce.
Acabará alguna vez.
¿O estaremos aquí toda la Eternidad?
Adam Weishaupt se
levantó atravesando una trampilla con Capa de Brujo en la que destacaba el
diseño de un ojo dentro de un triángulo. Qué fácil es manejar a los masones,
cantó, la Herramienta del Templo, ¡ved cómo se levanta! Príncipes de Jerusalén,
¡cómo nos hemos burlado y mofado de ellos!
Esto es el
Infierno.
Vamos a ser
aplastados.
Me quedaré en el
eterno misterio, dijo Mr. Q.U. El deseo supremo, desconocido, que refina
nuestra existencia. Sólo permanecen mis iniciales. Mr. ¿Q.U.E?
Philosophia meta
pederastía, entonó Platón desde la Eternidad. Eleutheria. Tapa kega day.
Flotando, dijo
Einstein, gravedad cero. El relativismo del instrumento.
Pronto acabará.
¿Verdad?
Pero Crowley
Hierofante golpeó once veces en el suelo con su Bastón, recitando en canto
llano:
No hay Gracia; no
hay Culpable;
Esta es la ley:
¡Haz Que Se Cumpla!
Partiendo el
cráneo, Weishaupt aulló presa del delirio. ¡En guardia! ¡La tierra será anulada
y el cielo abolido! ¡Todo es mentira, aun lo Divino! ¡Hagamos la señal de la
aniquilación!
Estoy muriendo. No
escaparemos.
Olores de rosa y
trébol donde no brilla la luna.
O'Neill le vio las
bragas a la Reina Molly, se rió Joyce.
No es tan malo,
después de todo. Flotamos en el espacio y nos convertimos en genitales.
Joyce se condensó
en un libro azul, dividiéndose en átomos, refinándose más allá de la
existencia, reproduciéndose y encarnándose en un millón de bibliotecas.
Fi fa fo fun, dijo
Sir Talis. Huelo a sangre de Inglés.
Babcock se echó a
reír. ¿Era de esto de lo que tenía miedo? ¿De la ilustración de un cuento de
niños?
Adelante, le dijo
Joyce a Sir Talis tranquilamente. Sólo sois un símbolo freudiano. Eutaenia
sirtalis, la vulgar serpiente. Sir Talis, Ligas... ¿lo entiende, Babcock?
También se la llama serpiente de jardín. De ahí los símbolos del Edén en sus
sueños.
Joder, Joyce, dijo
Einstein con la cara del Dr. Watson. ¿Cómo lo ha hecho?
Elemental, mi
querido Einstein, replicó Joyce con el rostro de Sherlock Holmes. Ligas, ligas
por todas partes.
El Dr. Carl Jung
trepó por la ventana.
Este tipo de
análisis freudiano sigue siendo verdad, dijo, pero no toda la verdad. La
serpiente es el símbolo gnóstico de la inmortalidad y el renacimiento. Para la
primitiva inconsciencia racial, la serpiente renace cada vez que muda de piel.
Mierda, dijo la voz
de Sigmund Freud.
Joder, gritó Joyce,
extasiado. ¡Al fin lo tengo!
¿Qué?, preguntó
Einstein ausentemente.
Joyce recitó
gravemente esperando los aplausos:
En las
profundidades de la cripta de San Giles
Llega un grito que
se extiende a lo largo de muchas millas
Con el que el
vicario dice «Gracioso...
¡Es el Hermano
Ignacio!
¡Que ha olvidado
que el Obispo tiene almorranas!»
Das Buch ist ein
Schwein, dijo acusadora Nora Barnacle. Escribe de ligas cuando no tenemos nada
que comer.
Bueno, dijo Joyce
desasosegadamente, ¿acaso no es el fetichismo la primera religión?
La mitad de los
hombres de Inglaterra tienen algún fetiche, dijo Crowley. Habitualmente es Miss
Birch, la amante de la disciplina: el correlativo psicológico del imperialismo.
Sí... dijo Joyce
audazmente. Siempre he querido que Nora me disciplinase... ver cómo ardían sus
ojos a causa de la ira...
Joyce es burlado,
calumniado, proscrito, condenado, rechazado, despreciado, abandonado hasta
morir de hambre. Circulan rumores de nuevos casos de purgaciones en París
Londres Dublín Zurich Barcelona Moscú Hong Kong Nagasaki Hiroshima Sydney
Honolulú Mendocino Chicago Cal Puta Texas y de nuevo en Dublín. Dicen que se ha
convertido en un adicto irreversible de la cocaína, que su mente ha sido
destruida por la parálisis, que ha muerto alcoholizado en Nueva York, que sufre
siete enfermedades muy viles y delirium tremens, que practica oberturas
homosexuales con los maîtres, que escribe anónimas y obscenas cartas a la Reina
de Inglaterra y a un convento de monjas y jovencitas, que es un voyeur, un
exhibicionista, que defeca en parques públicos esperando que le aplaudan con
una sonrisa idiota en la cara, que se ha quedado ciego por la más morbosa
delectación y la masturbación excesiva, que se mea en la cama y allí mismo se
la menea, que ronda por las escuelas para oler los asientos de las bicicletas
de las chicas, que es secretamente anglogermano o Agente Alemán o que le han
lavado el cerebro y convertido en un zombie sin mente para ser herramienta de
los Iluminados, que su hermano le ha puesto los cuernos, como su mejor amigo,
siete sacerdotes, nueve rabinos, el Elegido de los Quince, la Casa Rothschild,
y la banda del Waldorf Astoria. Sus libros, junto con los de Sade, Masoch y
Wilde, son quemados en una bóveda secreta en la Perdida Pirámide de la Ciudad
Escondida del Desaparecido Continente de Mu. Dicen que se ha arrancado el pelo,
azotado, hecho cosquillas, atormentado, colgado, destripado, despedazado y
crucificado.
Padre, perdónales,
dijo, porque no saben lo que hacen.
Le dio una patada
al cubo. Salieron chispas, vibraciones astrales turban la atmósfera, se alzan
fantasmas, bolas de luz y objetos volantes no identificados sorprenden a los
espectadores, los terremotos sumen Dublín en el mar, los cielos tiemblan y
muere como un perro.
Cómo es que tenemos
a Jim por aquí, dice el ángel, dando vuelta a una piedra. Hay flores en la
tumba de Joyce y cada flor tiene siete pétalos y siete secretos y cada secreto
tiene siete nombres y entre ellos pueden leerse poesías como Papi Oh Papi
Tienes Cartago En El Rin, La Conexión De La Torre Del Tarot, El Brillo Del
Monje Zurdo, Podría Ser Tan LISTO Como Un Caballo Pastor Pero Llámale Levin,
Los Campbell Acampan Con Bandas De Godos, Dios Le Bendiga Mr. Robinson,
Necesitan Un Pájaro Cantor En El Cielo Para Llevarse A Crusoe Un Viernes,
Tíñenos Por Partes, No Me Jodas Más Con La Imagen De Santo Tomás, Siéntate En
Una Patata Pan Otis, El Banquete De La Ostra Y La Almeja, El Directo Hannibal
El Cairo Con Morro y Descaro, Mi Perro Nero Tiene Pulgas, Un Gran Cañón por el
Comité del Agujero, Los Viejos Medidores y los Nuevos Cortadores, Una
Madriguera Plegable para una Ova Huevococido, y el especialmente atesorado Diez
Especias y Veintidós Raíces Que Convertirán Su Pastel Cerebral En Tarta de
Frutas. Todos siembran únicos productos en las Arboledas de la Academia como
Motivo y Método en las Voces de Joyce, Método y Motivo en los Versos de Joyce,
Mito y Metáfora en su Épica Cómica, Metáfora y Mito en su Erotismo Crucificado,
Noche y Día Le Tenemos Bajo La Piel, Una Clave A Su Obra Refinada, Una
Dentellada a Talulapalooza, Los Retortijones de Marx, Freud En Su Feudo,
Nuestra Purificación y Petrificación para la Canonización de Sus
Excrementaciones y Pornograficaciones, Quién Es Quién y Quién Se Ocupa de Las
Cosas Cuando Nadie es Alguien, y la exhaustivamente exhaustiva Mito, Metáfora,
Significado, Simbolismo, Delectación Aburrida y el Chivato y Sucio Jones en Un
Simple Párrafo (3 volúmenes).
La momia de Osiris
se levanta de la tumba.
Soy un relojero en
Amsterdan, dijo. El ciclo del nitrógeno.
Ulises se levanta
de la tumba.
Soy un buscavotos
en Dublín, dice.
Stanislaus Joyce
sale de debajo de la alfombra llevando la Marca de Caín.
Soy el guardián de
mi hermano, dice. Además, la mujer me tentó.
Oh roca dice la voz
de Nora Barnacle.
Pero Joyce se
levanta de la tumba glorificado e infinitamente sutil.
Mala suerte para
vuestras almas, se ríe, ¿me creíais muerto?
Muy divertidos los
Funerales de Finnegan, cantan los Maestros Masones.
Merde, dijo el
General Canbronne. La Era de la Razón. Siempre hay que llevar pantalones
marrones en las batallas.
Drácula se levanta
de la tumba.
No olvidéis
incluirme en el proceso de I.N.R.I., dijo. Los caseros nunca mueren. La otra
cara del Diablo. Nunca bebo vino.
Eduardo Einstein y
Lucía Joyce están juntos, vistiendo camisas de fuerza, moviéndose con el
frenesí sin mente de la esquizofrenia crónica.
Abandonaste a mi
madre, dijo Eduardo acusando a Albert.
Nunca me quisiste.
Todo tu amor son las malditas ecuaciones. Vives dentro de tu cabeza y no
quieres a nadie. Oh, creo que me voy a volver loco.
Oh, replicó
Einstein lagrimeando repentinamente.
Ya ve, le dijo
Crowley a Babcock. Ahora tienen que explicar la Nun de I.N.R.I. Morir en un
Caballo Blanco.
Lucía Joyce se
levanta la falda provocativamente, mostrando una liga azul.
Ven, maldito, le
grita a James. Métete bajo tierra. Sé lo que buscas. Mirar, siempre mirar. ¿Lo
sabes todo —hombres, mujeres y niñas— y ves a través de todo ello? Vives dentro
de tu cabeza y no quieres a nadie.
Mierda, dijo Joyce,
dando un sorbo al vino.
Y aquí tenemos a
otro candidado, dijo Crowley airadamente.
Maldito bastardo.
Es estúpidamente
infernal ser el hijo de un genio, se lamentó Eduardo Einstein.
No lo sé, reconoció
Lucía.
Soy EL, cantó
Crowley súbitamente atrayendo de nuevo su atención. El Espíritu Nonato aparece
a los pies Fuerte e inmortal fuego Quien odia que el mal se difunda por el
mundo El ilumina y truena El cuya boca siempre llamea El de quien surge la vida
en la Tierra.
La verdadera
iniciación nunca termina.
Atrévete a
arriesgarte, atrévete a ganar, gritó Lenin.
Atrévete a beberte
la ginebra de Cordón, añadió Joyce.
Soy Bovary, dijo
Flaubert embarazado.
Soy Molly Bloom,
dijo Joyce sin embarazo.
Los Maestros
Masones cantaron por encima del fuego Neanderthal:
Para el Padre y el
Hijo
El Espíritu Santo
es la norma
Macho-hembra,
quintaesencial, un
Hombre disfrazado
de mujer
¡Gloria y loor a Ti
Savia de la ceniza
del mundo, árbol de maravillas!
Creo, dijo Joyce,
que estamos mutando según la consciencia simbólica verbal a un cuerpo lleno de
entendimiento. ¿Es así?
En parte, agregó
Einstein pensativamente. Pero también existe un elemento de consciencia directa
por parte del cerebro, ¿no?
Me parece que ahora
entiendes mejor la relatividad, pues yo estoy comprendiéndola mejor que nunca.
La mesa, dijo
Joyce. Dios mío, la mesa.
¿Qué pasa con la
mesa?, preguntó Einstein.
Estamos dentro de
ella, respondió Joyce.
Sí... dijo Einstein
suavemente... así es. Estamos dentro de ella y ella dentro de nosotros. Es un
puente...
Dios mío, dijo
Joyce. Sí.
En el universo
material, dijo Einstein, feliz, lo más pequeño está siempre dentro de lo más
grande. Pero en el universo mental... mein Gott... lo más grande puede estar
dentro de lo más pequeño. Pero esto es... Somos tan grandes como podemos
percibir y concebir... Es una cinta de Moebius...
Gloria a ti desde
la tumba dorada, resonó la voz de Tim Finnegan.
Gloria a ti desde
la matriz que espera, cantó Molly Bloom.
Gloria a ti desde
la tierra sin arar, gritó Osiris.
Gloria a ti desde
la virgen prometida, entonó Isis.
La cruz se
transforma en falo.
El falo se
convierte en cruz.
La cruz se revierte
a un sol que remolinea.
Dos buhos y una
gallina, dijo el Rey Lear. Tres cuervos y un gallo, todos ellos han hecho nido
entre mi barba.
Se desplazan hacia
el Cero.
Mi Dios es un
Agujero Negro, gritó Schwartzchild.
La entrada al
Infierno, dijo Babcock.
La Copa de Nuestra
Señora, les corrigió Crowley.
Se convierte en un
enorme toroide que pulsa, rió Joyce.
Nueve meses para
salir, dijo, y el resto de la vida intentando volver...
El toroide se
convierte en una galaxia en rotación.
—¿Realmente hemos
estado aquí —preguntó Joyce por fin—, riéndonos como locos, durante tres o
cuatro horas?
—Algo así —dijo
Einstein.
—¿Ha terminado?
—preguntó Babcock.
—No creo —replicó
Joyce—. ¿Ha visto lo que yo he visto?
La tierra se
estremece. Cthulhu sale de los Abismos arrastrando ligas manchadas de blanco y
dinero de todas las naciones, empresas y corporaciones. Los gobiernos caen como
bolos. El mercado se derrumba. Hordas de anarquistas sin nombre barren las
calles, gritando Contra Todos Los Hijos De Puta al tiempo que ejecutan a
banqueros presidentes abogados políticos caseros sacerdotes rabinos ministros
mujeres golfistas y a cualquiera que lleve una camisa blanca. Las orgías se
multiplican en los parlamentos, congresos, tiendas de antigüedades, tiendas de
ropa, oficinas, carnicerías, monasterios, tranvías, hospitales, carruseles,
universidades, academias, laboratorios, conventos de monjas, panaderías,
catedrales, despachos legales, factorías; enormes pollas brutales se clavan en
los coños, los culos, las bocas de voluptuosas actrices, temblorosas viudas,
distinguidos filósofos, reyes, obispos, chicos, chicas, soldados, Madres
Superioras, banqueros, brillantes poetas; los coños son follados, chupados,
masticados, lamidos, besados; la Reina Victoria es violada por 358 guerreros
watusi. Los locos defecan en los pozos, las fuentes, las poncheras, en las
calles y en las puertas. Babeantes granjeros con pancartas en las que se lee
Liberación del Bestialismo cargan contra las tiendas de animales para sodomizar
perros, gatos, monos, pájaros, tarántulas. André Breton pasea por París
disparando contra los peatones aleatoriamente. El último abogado es
estrangulado con los tirantes del último político. El Papa aparece delirando en
los balcones que miran la plaza de San Pedro cantando in-coherentemente Cthulhu
fthang mientras se sodomiza a sí mismo con un consolador de doce pulgadas de la
Cía. Yokohama de Sexo y Cuero. Amas de casa asesinan a sus maridos y se lanzan
a los patios a tirarse a las cabras, chillando Io Pan Io Pan Pan ¡La Cabra, con
Mil Hijos! Los nihilistas atacan los manicomios con rifles automáticos,
asesinando a los guardianes y liberando a los pacientes para que éstos prendan
fuego a los despachos de los psiquíatras. Los poetas de vanguardia clasifican
los periódicos por tamaño y publican extrañas y descabezadas cabeceras: ¿Existe
Un Nuevo Fenómeno Electromagnético O El Corazón Y La Mente De Europa Están
Moribundos?; Sólo El Loco Es Absolutamente Libre; La Gente De Las Estrellas
Vuelve Pero Yo He Perdido A Mi Único Y Verdadero Amor; ¿Dónde Está Dios Ahora
Que Le Necesitamos? Al día siguiente, las mujeres se organizan y terminan la
matanza. Y el cielo se convierte en el cuerpo de Nuit, negro, hermoso, la madre
estelar: y todo se transforma en un momento, apenas lo que dura un parpadeo.
Nunca pasó. No somos más que gente que ha estado sentada en el suelo viendo
como el tiempo pasaba hacia la eternidad.
CROWLEY
[Solemnemente]: En mi loco corazón de hombrelobo
Llevo aullando
treinta y nueve años
Con risa y rabia:
el pan y el vino
De la Misa del
Hombrelobo
[La Misa se
disuelve; flotan libremente.]
JOYCE
[Litúrgicamente]: En mi alto y montañoso corazón
Llevo riéndome
treinta y dos años
Con locura y
desprecio: carne y sangre
De la Hora del
hombrelobo
[Acaba el Tiempo;
penetran en la Eternidad.]
EINSTEIN
[Con exactitud]: En mi clara y límpida mente
Llevo contando
treinta y cinco años
Con mesura y
líneas: la piel y los huesos
Del Espacio del
hombrelobo
[El espacio
implota; entran en el Infinito.]
CROWLEY
[Furiosamente]: Aun desafiando las obras de su dolor
Una verdad menos
sumisa que la verdad de la muerte
Mi corazón de
hombrelobo aullará contra
El hombrelobo Dios
y el hombrelobo Hombre
JOYCE
[Tristemente]. Sí, hasta que nuestro dolor de corazón se
convierta en llamas
Y una verdad más
salvaje que la verdad
de la vida...
[Aparece Isis.
Todos La ven.]
BABCOCK
[Arrebatado]: Mi corazón de hombrelobo es traspasado
Por la bala de
plata de los ojos de la Dama...
CROWLEY
[Erótico]: Mi corazón de hombrelobo es traspasado
Por la bala de
plata de los ojos de la Dama
Soy la Bestia que
Monta la Dama
Y las estrellas que
hay en su cabello
[Isis y Osiris se
funden en Apophis.]
MESCALITO
[Verde, bailando]. ¡Gloria a Ti, mi madre y señor
Y Yo de lo que soy
lo que soy!
MAESTROS MASONES
¡Gloria a Ti, más allá de todo término,
Fuente de esperma,
semilla y germen!
[La falopirámide se
alza nuevamente.]
LOLA LEVINE
¡Gloria a Ti, Sol eterno,
Uno en Tres, Tres
en Uno!
MAESTROS MASONES
¡Gloria y loor a Ti,
Savia y ceniza del
mundo, árbol de maravillas!
[Aparece el Santo
Angel Guardián.]
EINSTEIN
[Mirando al Angel]: El campo unificado...
JOYCE
[Mirando al Angel]:
El ciclo eterno...
BABCOCK
[Mirando al Angel]: 358: Mi Yo secreto, mi adversario,
mi mal, mi
redentor...
CROWLEY
[Piadoso, al
Angel]: ¡La Rosa Cruz, el abrazo
eterno!
[Grazna el gallo;
se alza el Amanecer Dorado.]
JOYCE
[Intuyendo la
estructura en el tiempo]: Hijo...
Se reproduce
continuamente...
EINSTEIN
[Razonando la
estructura en el espacio-tiempo]: Unidad...
Es más uno y menos
uno...
BABCOCK
[Sintiendo la
Fuerza]: Follando...
Se ama a sí mismo
todo el tiempo...
CROWLEY
ARARITA ARARITA
ARARITA
[El Föhn deja de
soplar. Nuestros actores, como se presagió, son sólo espíritus y se desvanecen
en el aire, en el ligero aire.]
JOYCE
Las flores vuelven todas las primaveras.
Tierra a la tierra, polvo al polvo, merde a la merde. Cada primavera las
flores...
EINSTEIN
El ciclo del nitrógeno.
BABCOCK
A través de todo el mundo subterráneo del
Amanecer Dorado.
CROWLEY
[Airado]: Esto es nuevo para ti...
Joyce fue el
primero en despertar, oyendo a un pájaro que cantaba en el jardín. El sol del
nuevo día que le daba en la cara anunciaba, por lo menos, que era media mañana.
Con paso
titubeante, volviendo todavía del infinito, se levantó y miró por la ventana.
El jardín se veía verde como teñido por un tinte químico, luminiscente: el
lento efecto posterior de la droga. Desde la calle, voces: entre ellas la de un
simple ruiseñor en la rama de un abeto, el sonido que le despertó. Era un claro
día soleado de primavera suiza, y el aire ya no apestaba al aliento de la
brujería.
—Por Dios —dijo
suavemente. Era el mismo mundo que viera Adán, desnudo y sorprendido: una
presencia amada.
—¿Es por la mañana?
—preguntó Babcock, agitándose medio dormido aún en la silla.
—Es el primer día
del resto del universo —dijo Joyce, pensativamente.
Babcock se sentó,
con los ojos llenos de mudas preguntas.
—Dios mío —dijo.
—Sí —replicó
Joyce—. Ha durado toda una noche, ¿verdad?
—¿Vio usted al
Santo Angel Guardián? —le preguntó Babcock, totalmente despierto, estirándose.
—Lo vi... muchas
veces —replicó Joyce—. Y vi, ciertamente, el modo en que escribiré la nueva
novela que no deja de perseguirme.
—Creo —siguió
Babcock— que he visto a Dios y he muerto.
Einstein se levantó
también de su silla.
—¿Qué fue lo que
dijo hace tanto tiempo Jones sobre el Angel Guardián? —preguntó—. ¿Algo sobre
el efecto que causaría en cualquier teoría científica, o en una obra de arte, o
que haría que cambiara la vida de uno para enfocarla hacia la religión o la compasión?
Dios mío —añadió.
Joyce se apartó de
la ventana, con los ojos totalmente abiertos y divertidos detrás de las gruesas
gafas.
—Me parece que
hemos visto a Dios y hemos muerto —dijo—. Cada uno con su peculiar estilo.
—¿Cuándo se fue
Crowley? —preguntó Einstein.
—Al amanecer
—respondió Babcock—. Ustedes dos estaban dormidos. Crucé unas palabras con él,
recuerdo, y ustedes roncaban.
—¿Oh? —preguntó
Joyce—. ¿Puede usted decirnos cuál fue la esencia de esa conversación?
Babcock se levantó
y sonrió mirando la dorada luz del sol.
—Le hablé sobre el
doctor que me encontré en el tren hace dos noches... el doctor que usted ha
mencionado varias veces, Jung. Le dije que me gustaría quedarme aquí durante un
tiempo, con Jung, antes de volver a Londres para continuar con mi Iniciación.
—¿Pretende
continuar con la Iniciación? —preguntó Joyce.
—Cuando esté
dispuesto —replicó Babcock—. Cuando el Dr. Jung piense que lo estoy... así es.
Einstein inspiró, o
suspiró, largamente.
—El es un fuego que
refina —acotó.
Joyce se volvió.
—¿Qué ha sacado
usted de la noche pasada? —le preguntó a Einstein.
—Todo se ha reunido
—contestó sencillamente—. Pude verlo todo, cada pieza, y cómo se relacionaban
con las demás. Mis documentos acerca de la relatividad apenas empiezan. Existe
un campo unificado en el que he de trabajar, tan pronto como acabe el documento
sobre la relatividad de la aceleración. —Hizo una mueca pícara—. Puede que me
lleve veinte años, quizá más, pero lo conseguiré. ¿Se imaginan? Nuestras ideas
sobre el espacio son tan primitivas como las antiguas ideas de la Tierra plana.
El espacio también es curvo. Cada movimiento es un movimiento orbital,
alrededor de una masa: la gravedad y la inercia son reacciones ante la
curvatura del espacio. Y esto es sólo el principio de lo que empiezo a ver...
—¿Así que no tiene
nada en contra de la droga y los encantamientos y todos los trucos de brujo de
la Edad de Piedra que empleó Crowley? —preguntó Joyce.
—Nada de nada
—respondió Einstein—. Creo que he aprendido más física en estas horas que en
toda mi vida anterior a esta noche. ¿Y usted?
—Sin resentimientos
—replicó Joyce—, pero si vuelvo a ver a Crowley, apartaré la vista. Como ya
sabían los griegos, una noche en las cavernas de Eleusis es suficiente para
toda una vida.
Einstein se puso a
caminar, pero lentamente.
—Fue como si
nuestros cerebros se hubieran lavado de manchas de sopa —dijo—. Como si... mein
Gott... hemos renacido.
—Sí —confirmó
Joyce—. Renacido. Es una expresión sacada de los rituales de Eleusis que acabo
de mencionar. Digenes, nacido dos veces, era como se llamaba a los que pasaban
la noche entera en la caverna de Demeter y eran iniciados. Ningún historiador
pretende saber lo que hacían allí, pero creo que ahora nosotros podemos
adivinarlo, ¿verdad?
—Los cánticos que
empleó Crowley —dijo Einstein—, ¿podrían seguir siendo los mismos que hace dos
mil quinientos años?
—No son los mismos
—respondió Joyce—. Todo era puñetero griego, con fragmentos de latín y egipcio
un poco por todas partes. Probablemente tienen un origen gnóstico, y de otras
sectas heréticas, con la distorsión causada por el paso del tiempo... Pero no me
sorprendería que algunas palabras fueran exactamente las empleadas en las
iniciaciones de Eleusis. Babcock —dijo súbitamente—, no le pediré que rompa su
Juramento, pero no carecería de ética que respondiera a dos preguntas que se me
vienen a la cabeza. ¿La Palabra Masona tiene ocho letras?
—Sí —confirmó
Babcock—.
—¿Y un valor
cabalístico de 72? —siguió Joyce.
—Sí.
—No diga más. Creo
que Jones decía la verdad sobre la Orden de cuatro mil quinientos años. —Joyce
sonrió—. Es como ir de Dur a Turicum y a Zurich. La palabra es la clave de
todo.
—Bien —dijo
Babcock, sacando la cartera—. Me gustaría agradecerles todo lo que han hecho
por mí. Pero ahora tengo que ir a ver al Dr. Jung.
—Hemos encontrado
en usted un caso encantador —dijo Joyce, riendo—. La mitad de nuestro
inconsciente es ahora consciente.
—No —dijo Babcock—.
No es tan sencillo. «Se puede vaciar el infinito, pero el infinito seguirá
existiendo», como dijo Crowley... citando los Upanishads.
—Sí —ratificó
Joyce—. El universo permanece...
—Siempre hay más de
un jorobado —opinó Einstein, sonriendo amablemente.
—Buena suerte,
Babcock —dijo Joyce volviendo a sus formales maneras.
—Buena suerte, Sir
John —añadió Einstein, estrechando la mano del joven mientras le acompañaba a
la puerta.
Joyce se quedó
solo, mirando la librería.
—Flores —musitó—.
Blume. ¿Bloom?
Einstein volvió.
—Bien, Jeem, ¿qué
demonios piensa realmente de todo esto?
—No soy químico
—reconoció Joyce cuidadosamente—, pero aceptaré su metáfora sobre el lavado de
cerebro. Sospecho que algunos productos químicos son los solventes universales
de la alquimia. Disuelven los arcos reflejos del cerebro, de modo que nuestras
antiguas ideas se disuelven en un océano de nuevas señales.
—Algo parecido
—dijo Einstein—. Bueno, ¿piensa que esa imposible novela suya es finalmente
posible?
—Es inevitable
—contestó Joyce aplastantemente—. He descubierto el plano estructural que
subyace en todas las demás. Bajo la Odisea, bajo Hamlet, bajo Moisés en el
desierto, bajo las artes y colores y los cuerpos orgánicos y todas las demás
estructuras alegóricas. La simple verdad humana básica que todo lo contiene.
—Se volvió a reír—. Y los críticos tardarán años en descifrarlo... si es que lo
hacen.
—¿De qué está usted
hablando? —le preguntó Einstein.
—Del verdadero tema
de mi libro, del tema que llevo meses y años intentando definir y que no se me
iba de la cabeza. —Radiante, Joyce sonrió.
—¿Cuál es, por amor
de Dios?
—La parábola del
buen samaritano —contestó Joyce—. La sencilla historia humana es tan corriente
que nadie puede verla aunque la tenga delante de las narices.
—Corriente —repitió
Einstein—. Claro, usted siempre elegiría lo corriente.
—Sí —dijo Joyce—.
Escuche: siempre recordaremos la última noche porque fue extraordinaria. Pero
supongamos que hubiera sido ordinaria. Que sólo transcurrió con cuatro hombres
hablando de esto y aquello. Y supongamos que uno de ellos moría esta mañana a causa
de un ladrillo que le caía en la cabeza desde el tejado. ¿No recordarían los
demás aquella noche, bajo la luz de la tragedia, tan intensamente como nosotros
recordaremos la iniciación que hemos experimentado? ¿No lo entiende? Nadie ve
lo ordinario hasta que es demasiado tarde. Yo soy —por Dios, Jesús y Alá— quien
ha conseguido ver lo que llevaba buscando tanto tiempo como usted la teoría de
unificación de campos.
—Bien, entonces
—dijo Einstein—, hemos encontrado lo que andábamos buscando. Algo diferente
para cada uno de nosotros. Supongo que siempre es igual.
—He de volver a ser
yo mismo —dijo Joyce súbitamente— antes de que Nora vuelva a preocuparse de que
muera borracho en cualquier tugurio.
—Recuérdeme cuando
vuelva a Trieste.
—Lo haré, Profesor.
—Joyce se detuvo en su camino hacia la puerta—. Pero antes, ¿qué hora es... en
este sistema de coordenadas?
Einstein sacó el
reloj y lo miró cuidadosamente.
—Exactamente
treinta y dos minutos después de las once.
FIN

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