© Libro N° 14024. Cuando Yo Era
Ming El Inclemente. Wolfe, Gene.
Emancipación. Julio 5 de 2025
Título Original: © Cuando Yo Era Ming El Inclemente.
Gene Wolfe
Versión Original: © Cuando Yo Era Ming El Inclemente. Gene Wolfe
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
CUANDO YO ERA MING EL
INCLEMENTE
Gene Wolfe
Cuando Yo Era
Ming El Inclemente
Gene Wolfe
“Gracias. ¿Puedo sentarme? Bien. No, no puedo quejarme, realmente…
“Querría decir que todos los aquí presentes han sido lo corteses que
puede esperarse –no es del todo cierto, en realidad, pero ustedes me entienden.
Nadie me ha pegado.
“No, no fumo. Aunque tomaría un café. Esa era una de las cosas que
extrañábamos, el café. Por lo menos al principio. Había cantidades de té en las
provisiones, pero nada de café. Empezaba a gustarme cuando estaba allá –quiero
decir el té–, pero ahora no puedo tolerar el sabor.
“Yo no sé si hubo intencionalidad. Pensé que ustedes lo sabrían.
“Es extraño que ustedes lo hayan tomado de esta forma. Porque yo mismo
lo he pensado a menudo, desde el final, exactamente de esa manera. Recuerdo
cómo eran las cosas… cómo era yo mismo, afuera. Y lo que pienso a continuación
son los psicoayudantes irrumpiendo a través de la pared con las culatas de sus
armas, y la forma en que mis guardias los combatieron. Nosotros teníamos
lanzas, saben. Lanzas y espadas –las espadas estaban reservadas a los
oficiales. Alguien me dijo días atrás que tres de los psicoayudantes resultaron
heridos; pero estoy seguro que deben haber sido más. Estábamos sorprendidos,
por supuesto –cualquiera lo hubiera estado en esas circunstancias. Sin embargo,
peleamos bien. Mis guardias estaban bien entrenados, y cada uno de ellos,
hombre o mujer, era un guerrero de probada valentía.
“Escuchen, no tienen que detenerlo así. Eso fue una pregunta legítima, ‘¿No
le da vergüenza?’ Y yo le daré una respuesta legítima: –No, no estoy
avergonzado. Estoy orgulloso del Imperio, orgulloso de lo que hicimos,
orgulloso de la forma en que luchamos al final. Era una lucha que no podíamos
ganar, pero luchamos bien. Eso es lo que importa –luchar bien. Quién gana, es
una cuestión de posibilidades y ventaja.
“No necesitan decirme que me relaje; estoy perfectamente relajado.
Levanté la voz sólo para darles a entender claramente mi punto de vista –un
pequeño truco que tengo, tal como golpear el brazo del sillón al pronunciar
cada palabra.
“Estábamos hablando de moralidad, y yo siento que es un tema de lo más
fructífero e interesante; pero les puedo decir muy brevemente cómo construimos
nuestras armas, si quieren –siempre que entiendan que después vamos a volver a
la cuestión moral.
“No, no siento ningún tipo de necesidad de justificarme –ni ante ustedes
ni ante nadie. Pero quiero hacerles entender los imperativos de la situación.
Después de todo, esa era toda la razón del experimento: clarificar los
imperativos de ese tipo de situación. Para qué si no todo el tiempo…
“Oh Dios, el edificio y la lucha…
“Lo siento. Estoy bien. Gracias por el café. Las lanzas fueron fáciles,
en realidad. Había varias cuchillas en la cocina, y un montón de cuchillos.
Quitamos los mangos de escobas y estropajos, y los juntamos de dos en dos.
Hicimos juntas biseladas en los extremos ¿saben lo que es biselado? Como un
escalón en la madera, para darle más área al encolado. Había una cola en la
carpintería que era más fuerte que la propia madera, si se la dejaba secar toda
la noche. Hicimos pruebas, como ven. Encolábamos pedazos y después los
quebrábamos. Serramos una ranura en los extremos de los palos, pusimos dentro
las hojas de los cuchillos, y las encolamos. Después pusimos clavos en los
agujeros correspondientes al mango –eso era sólo una precaución extra. Aquí
afuera habrá más campo para la inventiva; podríamos hasta conseguir algunos
fisionables. Sólo bromeaba, por supuesto.
“Allá, las cuchillas eran lo mejor del material de cocina. Las
introducíamos unos veinte centímetros en el mango, y en la punta poníamos una
hoja de cuchillo de deshuesar. Con un arma así, el guerrero podía rajar o
apuñalar; era casi tan buena como una espada.
“Las espadas resultaban más difíciles de hacer –por eso yo las
restringí, las hice sólo para los oficiales. De esa forma, también servían como
insignias de rango. Levantamos los pisos del Centro de Artes Gráficas para
conseguir las barras de refuerzo de acero, y las calentamos en el quemador del
horno, machacándolas después. Muchas se rompían, y tenían que ser forjadas de
nuevo, a veces una y otra vez. Yo tenía la mejor, naturalmente. Ahora está en
vuestro poder, ¿supongo?
“Sí, creo que me gustaría verla –la llevé en muchas batallas brillantes.
Ustedes no lo entenderían. El mango era de hueso, casi como marfil, y yo hice
que Althea grabara el Lung–Rin en el hueso. Althea era nuestro mejor artista.
“¿El Lung–Rin? Es el símbolo del Imperio: dos dragones luchando.
“No, no adorábamos al Lung–Rin. Era un símbolo, eso es todo. A la larga,
si me entienden, nosotros éramos el Lung–Rin. Teníamos ceremonias, sí.
Colocábamos una figura para representar a los Amarillos. Don la hizo de madera
y cuero, y eso era el centro de las ceremonias. Althea lo ayudó con la cara, y
yo hice que se pareciera un poco a mí; entienden, un poco de psicología. Es
extraño, pero uno puede hacer una cosa como esa, y tener a todo el mundo
inclinándose frente a ella, y ofreciéndole los botines de la guerra, y al cabo
de un tiempo se vuelve… no sé, algo más. Más que simplemente la figura que uno
levantó al principio. ¿Han hablado con Don?
“Él tenía una teoría –no sé si él mismo la creía. Yo no, pero sin
embargo… Había algo. ¿Entienden lo que quiero decir? No era verdad; pero sin
embargo…
“Muy bien, esto era lo que él pensaba. O por lo menos, lo que decía que
pensaba. Que hay cosas de las que nada sabemos que viven con nosotros en el
mundo –cosas en otro plano de la realidad. Y cuando uno hace algo como aquello,
se presenta –se presenta uno de ellos. Toma la forma de la figura, y se vuelve
el verdadero Espíritu de los Amarillos. De cualquier manera, cuando hacíamos
las procesiones con antorchas, a veces uno pensaba que la veía moverse. Era
sólo el reverbero de la luz, por supuesto, y el hecho de que por ser tan alta
la cara estaba iluminada desde abajo. Cualquier cara parecería extraña
iluminada así, supongo. Cazamos ratas y palomas y las pusimos dentro cuando la
construimos, para que hicieran sonidos extraños; algunas deben haber vivido bastante.
“No, no sé qué pasó después con ella, ni me interesa. No se puede matar
la cosa, el Espíritu de los Amarillos. No a menos que nos maten a todos, y
ustedes no lo van a hacer. Algún día seremos libres. ¿Cómo podríamos olvidar?
El experimento fue lo más grande de nuestras vidas. Por la noche, antes de que
triunfáramos, acostumbrábamos a sentarnos alrededor del fuego –afuera, los
edificios eran demasiado peligrosos entonces– y conversar. Ustedes nunca lo
hicieron. No estaban allí.
“No, no acerca de lo que íbamos a hacer cuando ganáramos –al menos, no
generalmente. Ni siquiera acerca de nuestros planes para el día siguiente.
Generalmente hablábamos sobre nuestras vidas antes del experimento. Cada uno
contaba las cosas desagradables que le habían sucedido, y luego hablaba otro.
Nunca lo dijimos, pero todos estábamos pensando que allí no era así. Estábamos
todos juntos –todos los Amarillos juntos. Esa fue una de las primeras cosas que
hicimos, creo que alrededor del cuarto día después que los portones se
cerraron. Juramos que íbamos a permanecer juntos o caer juntos; no iba a haber
ningún tipo de disgregación. Habíamos visto lo que pasaba con los Verdes;
estaban siempre yendo en todas direcciones; no se apoyaban entre ellos. Para
cuando se pudieron organizar era ya demasiado tarde. Los otros tenían las armas
y la organización y el espíritu de lucha. Habían sido demasiado golpeados y
demasiado reducidos, ¿entienden lo que quiero decir? Si uno toma gente como
esa, y los golpea una y otra vez, la mayoría quedan abatidos. Uno o dos
reaccionarán de forma opuesta –volviéndose tan duros y fuertes que serán como
lo mejor que se pueda conseguir. Pero no la mayoría. Entonces cuando esos uno o
dos intentan encabezarlos, no hay apoyo. Además, está también el efecto sexual.
Tal vez no debiera hablar de esto. ¿Quieren apagar el magnetófono?
“Bien, de acuerdo. Todos vieron, casi desde el principio, que las
mujeres tendrían que luchar al igual que los hombres. Jan era la mejor guerrera
que teníamos, y se reveló así desde el comienzo. Los Azules ya lo estaban
haciendo, y si no lo hubiésemos hecho, hubiésemos perdido. Además, si las
mujeres no luchaban, no podía haber igualdad real, porque si una mujer decía
que debíamos resistir a los otros colores, todos los hombres dirían que no era
su sangre la que iba a ser derramada.
“Algunas de ellas no querían, por supuesto. Y algunos de los hombres
tampoco querían que lo hicieran. Yo diría que había tal vez ocho mujeres en
contra, y cinco hombres. Allí fue cuando apareció el adiestramiento. Sobre
todo, allí. Es difícil –muy difícil hacer que la gente se adiestre. Hay que
introducirlos poco a poco. Pero una vez que lo hacen, aprenden a obedecer
órdenes, y cuando uno dice ‘¡Vamos!’, responden. Yo los inicié con prácticas en
el uso de armas (entonces eran sólo los cuchillos y los garrotes) y más tarde
lo formalicé. Les dije que aunque no fueran a la lucha, lo menos que podían
hacer era practicar con el resto de nosotros; y entonces, si en algún momento
tenían que hacerlo, sabrían cómo. Por supuesto una vez que estuvimos mejor
organizados yo hubiera podido ordenarlo, sencillamente; pero yo no tenía ese
tipo de autoridad por entonces –no era Emperador.
“No, yo era un especialista en ciencia política.
Muchos eran estudiantes de psicología, muchos más eran de la escuela de
sociología. Nunca noté que se comportaran de manera diferente al resto de
nosotros.
“A lo que quería llegar, es que cuando un hombre –digamos, un varón– ha
estado luchando con una mujer, y él gana y la derriba, y ella deja caer lo que
tenía, una maza o lo que fuere, y tal vez ella está sangrando por donde él la
cortó o le partió el labio, y muchas veces su camisa y pantalones están
desgarrados, hay un impulso que se impone. Puede ser que las mujeres no lo
sientan así, pero sí los hombres. Cuando a una mujer le ha sucedido eso una o
dos veces, termina con ella. No quieren luchar más; sólo quieren correr, o a
veces esconderse. Algunos de los hombres decían que en realidad les gustaba, en
el fondo, pero yo no lo creo. Sin embargo, esas eran, mayormente, las que
querían unírsenos.
“No, por supuesto que no las dejamos. No podíamos dejarlas. Eso era
precisamente la razón de todo. Teníamos las bandas –yo tengo aún la mía, ven,
alrededor de la muñeca– y no podíamos quitárnoslas. No podemos. Una vez que a
uno se le colocaba el brazalete, uno era un Amarillo, o un Azul o un Verde; y
eso era todo. Algunos de los Verdes, sobre todo, trataron de cortarlas antes de
que tuviéramos el control de todas las herramientas. No pudo hacerse; una lima
ni siquiera las rayaba.
“¿Les preocupaba eso? ¿La ropa? Sí, teníamos ropa de colores para
empezar –pantalones cortos y camisas amarillos. Pero no importaban realmente;
eran los brazaletes. Al final yo hice que mis guardias fueran desnudos hasta la
cintura, con sólo una banda de tela amarilla alrededor de la cabeza para
identificarlos. Vean, yo había notado que cuanto más bravo era alguien, más
desgarrada llevaba la camisa, hasta que a los mejores no les quedaba nada.
“Sí, también las mujeres. Les diré un secreto. Cuando uno sale a luchar,
cualquier cosa que haga para parecer diferente –extraño– ayuda. Apabulla a los
otros. Creo que los Azules tenían esa ventaja al principio –esas camisas y
pantalones azul oscuro. Parecían la Policía Federal. Pero los pechos desnudos y
los jirones amarillos en la cabeza dieron cuenta de eso. Nos manteníamos juntos
y avanzábamos hacia ellos en una masa sólida –las espadas al frente, y las
lanzas asomando entre ellas, y todo el mundo dando alaridos. Eso es muy
importante. Y la bandera. Yo di mi propia camisa para hacer la bandera. La
parte delantera estaba hecha jirones para entonces, pero no había ni un
desgarrón en la espalda, ni uno. Esa fue la parte que separamos para hacer la
bandera. Althea le cosió el Lung–Rin con hilo rojo. Algunos decían que no iba a
destacarse porque no había suficiente corriente en el edificio, que era donde
más se luchaba. Yo les dije que si se adelantaban a suficiente velocidad se
destacaría, y tuve razón. También tenía otra utilidad: una o dos veces nos
dispersamos –recuerdo una vez que los Azules nos tendieron una trampa –y ella
nos indicaba dónde estaba nuestro núcleo. Nils la llevaba. No sé qué ha pasado
con ella ahora. Sería bueno tenerla cuando volvamos a estar juntos.
“Ya les he hablado de eso. No se podía hacer: si uno era un Amarillo,
era un Amarillo; un Azul era un Azul, y un Verde era un Verde; y nada que
alguien pudiera decir hacía diferencia alguna. Jan tuvo un tiempo un
esclavo–amante Verde –hasta que peleó un par de veces contra los Azules. Los
Verdes estaban terminados por entonces, y él no era demasiado bueno.
“No, como ya dije, los Verdes tenían pocos luchadores natos. No tengo
idea de sus nombres. Esa fue una de las primeras reglas que hice –los Verdes y
los Azules no tenían nombres. Si uno conocía a alguno de ellos por su nombre
antes del experimento, lo olvidaba lo más pronto posible. Si teníamos que
hablar de alguno en particular, decíamos: ‘la Azul rubia’, o ‘el chico Verde de
Jan’. Así.
“Otra cosa que nos ayudaba en la lucha era la idea del Imperio. Si uno
habla de una cosa como ésa, se vuelve real. Como la figura. Teníamos los
Guardias Imperiales, y eran valientes porque si no lo eran perdían su lugar,
dejaban de ser guardias; y los otros luchaban con más ahínco en la esperanza de
entrar –si alguien se distinguía, yo lo nombraba guardia. Y si lo hacía un
guardia, lo hacía oficial. Una vez tuve los guardias, los utilicé para mantener
en orden al resto.
“¿De qué se trataba? ¿Todo el experimento? Bueno, el mundo. Sólo que
tantos recursos, se dan cuenta, y tantos grupos de gente. Entiendo que algunos
de los otros aspectos del experimento resultaron algo diferentes; pero ellos
querían ver cómo probábamos nosotros –cuál era nuestra solución. Por eso no me
arrepiento de lo que hice. Era nuestro problema, presentado a nosotros (si
quieren considerarlo así), y lo resolvimos. Cuando rompieron la pared estábamos
organizados –todo el mundo sabía cuál era su lugar, de quién recibía órdenes, y
qué le correspondía: cuántos alimentos, agua potable, agua para bañarse. Eso
era el Imperio.
“Generalmente lo llamábamos así: ‘El Imperio’. Oficialmente, empezamos
llamándole Mongolia. Porque éramos los Amarillos. Más tarde lo acortamos.
“No, no me arrepiento de ella, quienquiera que haya sido.
Originariamente éramos todos voluntarios, recuérdenlo. Y ella seguía saliéndose
de la disciplina, una y otra vez, cuando no era más que una repugnante Verde o
Azul o lo que fuere. Entonces decidí que debía ser castigada. Hicimos una
ceremonia de eso, con fuego en los braseros, y el gran gong.
“Hice que Jan lo hiciera. Jan era coronel. Neal y Ted la sostuvieron y
Jan le atravesó el vientre con la espada –para que viviera el tiempo suficiente
de saber qué estaba pasando. Cuando la sacó, Jan lamió la sangre de la hoja. El
resto de Verdes y Azules hubieran obedecido después de eso, créanme.
“Sí, cuando finalmente murió, derribaron la pared. Estaban adiestrando a
unos pocos individuos seleccionados, supongo, aunque nosotros no lo sabíamos.
Ella debe haber sido uno de ellos.
“Naturalmente. Entiendo cómo se sienten ahora con respecto a ello –cómo
se siente la escuela y cómo se sienten el público y el Presidente. ¿Pero
ustedes entienden cómo nos sentíamos nosotros? Ustedes no han pasado por lo que
nosotros pasamos juntos. Nosotros hemos aprendido una gran cantidad de cosas
que recordaremos, pero ninguno de ustedes podrá saber posiblemente cómo era
entonces, cuando yo era Ming el Inclemente.”
FIN

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