© Libro N° 14032. Polonio Del
Trabajador Literario. Breve Guía
Para Autores Y Editores. Wilson, Edmund. Emancipación. Julio 12 de 2025
Título Original: © Polonio Del Trabajador Literario.
Breve Guía Para Autores Y Editores. Edmund Wilson
Versión Original: © Polonio Del Trabajador Literario. Breve Guía Para Autores Y
Editores. Edmund Wilson
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Miranda
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POLONIO DEL TRABAJADOR
LITERARIO
Breve Guía Para Autores Y Editores
Edmund Wilson
Polonio Del
Trabajador Literario
Breve Guía
Para Autores Y Editores
Edmund Wilson
Este ensayo de Edmund Wilson, publicado originalmente en 1935, recogido
primero en The Shores of Light y después en otras colecciones, no es inédito en
español, pues ha visto antes la luz en una revista mexicana cuyo nombre y fecha
no recuerdan nuestros informantes. Publicamos esta nueva traducción porque
creemos que, no siendo inédito, tampoco es conocido y, a mas de seis décadas de
publicado, sigue siendo una perfecta pieza inaugural para una revista
literaria. Polonio es, desde luego, el personaje del dubitativo Hamlet.
NATURALEZA DE LAS REVISTAS Y LOS EDITORES
Hay que tener en cuenta un hecho esencial: los editores no son agentes
independientes, sino que funcionan como parte de organismos más grandes,
conocidos como revistas. Las revistas, como los otros organismos vivientes, se
desarrollan según ciertas leyes y atraviesan ciclos de vida regulares. La
duración de estos ciclos puede ser de pocos o muchos años, pero todas cumplen
el mismo (salvo que tengan un fin prematuro); tienen juventud, madurez y vejez.
En sus primeros años, una revista puede parecer espontánea, novedosa y
atrevida, pero solo llega a la madurez cuando ya ha plegado las alas, como
dicen los franceses, y sucumbe a la fuerza de una inercia contra la cual el
editor más joven y fresco es tan impotente como el más viejo y oxidado. Luego
envejece, decae y muere.
La existencia de las revistas se funda en una relación entre cierta
parte del espíritu del editor y cierta parte del espíritu del público. Rara vez
representan enteramente o del mejor modo al editor, y no suelen darle al
público todo lo que quieren. Pero es claro que la delación, una vez
establecida, no puede alterarse. Aunque el contenido de la revista aburra al
editor lo mismo que al lector, a estas alturas sería imposible introducir
alguna verdadera novedad o tomar seriamente una nueva orientación. Lectores y
colaboradores pueden encontrar al editor tímido, pedante, carente de
imaginación y obsesionado por las formulas probadas. Pero cualquiera que haya
tenido algo que ver con el trabajo de una revista sabe que siempre hay un Poder
Superior que decide todos los asuntos de importancia: la revista como entidad
en sí misma. Y esta entidad termina por adoptar un carácter puramente
metafísico: no tiene nada que ver con las consideraciones comerciales. Con
frecuencia puede demostrarse que un cambio drástico de criterios incrementaría
la circulación de la revista, pero efectuar semejante cambio es tan posible
como transformar, añadiendo alas o garras, una especie animal en otra.
Las revistas no pueden volver a nacer. Lo mas que puede hacerse con una
revista es someterla a una especie de limpieza facial que, aunque pueda darle
un mejor lejos, no hace sino exponerla, cuando se la examina de cerca, a un
estado de senilidad más horroroso. También puede ocurrir, como fue el caso con
el viejo Dial, que a una revista se le de muerte deliberadamente y una nueva
tome su nombre. Pero, de otro modo, lo más que cabe esperar es que la vejez de
una revista transcurra en algo parecido a la paz y la tranquilidad sin alejarse
de sus normas originales. Con demasiada frecuencia debe sobrevivir en la
chochez o en una forma abaratada que disgusta a sus antiguos lectores.
LOS DEBERES DEL EDITOR PARA CON
EL COLABORADOR
La esfera en que es posible para el editor ejercer su voluntad con
independencia esté pues estrechamente circunscrita. Se limita en realidad a los
aspectos meramente oficinescos de su trato con los colaboradores. La selección
del material la determina la aspiración más alta de la revista, pero el editor
puede ser más o menos expedito para registrar y comunicar al colaborador las
decisiones a las que así se ha llegado, y la comunicación expedita de las
decisiones es uno de los primeros deberes del editor para con sus escritores.
El editor tiene un trabajo seguro; lo más frecuente es que el escritor no lo
tenga, y aun puede ser que dependa de la venta de lo escrito para ganarse la
vida. Normalmente requiere una decisión inmediata, aunque sea adversa; esa decisión
le permitiría al menos vender su original en otro lado.
Hay editores eficientes en este sentido: Mencken y Nathan, por ejemplo,
eran notables por lo definitivo e inmediato de sus decisiones. Pero muchos
editores o son victimas de oficinas mal organizadas o carecen de consideración
hacia los escritores, y su negligencia o su irresolución son causa de gran
cantidad de depresiones, exasperaciones y, a veces, autenticas privaciones.
Una vez aceptado, un escrito debe
pagarse de inmediato (si las finanzas de la publicación lo permiten); una vez
aceptado, debe publicarse. Respecto a lo primero, el método ideal es el de uno
de los semanarios de Nueva York, que envía el cheque con la carta de
aceptación. En cuanto a la publicación, debe decirse que hay algunas
circunstancias atenuantes, que el escritor debería comprender y tener en
cuenta. Uno de los editores puede haber forzado una decisión en favor de un
manuscrito que uno o más de los otros editores pueden luego sabotear consciente
o inconscientemente, y el editor puede sabotear un manuscrito de cuya
aceptación el mismo ha sido responsable. Concediendo, como sea, cierto pequeño
margen a las dudas sinceras y a las diferencias por parte de los editores, debe
afirmarse, como cosa general, que el escritor tiene toda la razón en quejarse
cuando un editor acepta su manuscrito y luego lo suprime dejándolo en la banca.
Conectado con esté hay otro problema que probablemente haya causado,
entre editores y escritores, más malentendidos y amargura que cualquier otro
aspecto de sus relaciones, y que ha resultado en graves perdidas, casi siempre
para el escritor, a veces para el editor. Se trata del problema de pedir cosas
por adelantado. Dejar claras sus decisiones y luego respetarlas es problema del
editor, y no siempre el menos difícil de sus problemas, pues a veces el
escritor, en su disposición a la solicitud, hará inconscientemente lo posible
por malinterpretar una expresión de posible interés tomándola como el
compromiso de publicar sus escritos; pero cualquier editor con una noción
elemental de los deberes de su cargo se enseñara a no dejar nunca la menor duda
sobre si ha solicitado o no un artículo y a ser fiel a su compromiso si lo ha
hecho. Si el manuscrito resulta demasiado malo, no está en absoluto obligado a
publicarlo; pero sin duda esta obligado a pagarlo y devolvérselo al escritor,
para que éste quede en posibilidad de publicarlo en otra parte.
DEBERES DEL ESCRITOR PARA CON EL EDITOR
Por otro lado, el escritor debería concederle al editor un plazo
razonable para decidir y no fastidiarlo con cartas y llamadas telefónicas hasta
que no hubieran transcurrido, digamos, dos semanas cuando menos.
El escritor debería tener siempre su original a máquina, y nunca debería
enviarlo a la revista acompañado de una larga carta ni, a menos que conozca a
uno de los editores, de ninguna clase de carta. En primer lugar, suelen
prejuiciar al editor en contra del texto, en lugar de despertar su interés.
Este prejuicio puede a veces resultar en una injusticia por parte del editor,
si el escritor carece de experiencia y ha pensado que lo normal es que él mismo
se dirija al editor: está acostumbrado a que el editor se dirija a él, en el
departamento editorial de la revista, en forma amistosa y hasta confianzuda.
Pero debe advertirse a tales escritores que la lectura de originales es una de
las tareas más demandantes de un editor, y la idea de leer además largas cartas
se rechaza con impaciencia. Los manuscritos deben hablar por sí mismos, las
cartas nunca pueden ayudarlos. Si el escritor conoce a alguno de los editores,
en el que supone buena disposición hacia él, puede dirigirle su manuscrito
(aunque ciertas revistas han tratado de impedirlo): es posible que obtenga una
respuesta más rápida. Pero nunca debe escribir más de una línea.
NATURALEZA DE LOS AUTORES
Las relaciones entre los autores y los reseñistas son una fuente
constante de ansiedad para los autores. Para entender por qué ha de ser así,
debemos examinar primero la naturaleza de los autores.
Los autores son ante todo personas ocupadas en construir y poblar mundos
intelectuales individuales. Pueden dividirse gruesamente en tres clases:
1. NARRADORES
Los novelistas y los cuentistas son escritores que inventan fantasías
sobre gente imaginaria. Tales escritores pueden en ciertos casos estar en
bastante buenos términos unos con otros, pero los mundos imaginarios que
habitan tienden a ser mutuamente excluyentes. Como resultado, parecen poco
generosos unos con otros, y a veces se concluye con ligereza que son gente
extraordinariamente vanidosa y envidiosa. No siempre es así, en todo caso. El
narrador puro que meramente reacciona a los estímulos de la vida sin mayor
interés histórico o filosófico sentirá naturalmente que el trabajo de otro
escritor semejante es, sobre todo si trata con el mismo material, una
desnaturalización monstruosa o hasta una impostura deliberada.
2. POETAS
Los poetas son los escritores imaginativos de hoy que emplean la técnica
del verso. Esta técnica, aunque empleada por los antiguos para casi cualquier
forma de profecía y de registro, de las canciones a los dramas y la épica, de
los códigos legales a los tratados de medicina, ha llegado a limitarse en
nuestra época a las funciones de una clase especializada. Mientras el novelista
trata con un personaje, una aventura y una situación, el poeta se limita
normalmente a la expresión de la emoción y el estado de ánimo o a la simple
descripción de la gente y los objetos. En consecuencia, ser poeta es muy rara
vez un trabajo de tiempo completo y en la vida de un poeta hay grandes espacios
que no están llenos por su actividad propiamente literaria y en los cuales es
probable que se ocupe en una especie de política profesional. Los poetas forman
grupos, cuyas combinaciones, rupturas y recombinaciones, debates, bromas
privadas y fieras batallas tienden a mantenerlos en estado de excitación. En
este instinto grupal recuerdan de algún modo a los pintores... aunque los
pintores, por el hecho de que practican un auténtico arte manual en lugar de un
oficio puramente intelectual, hacen cierta cantidad de trabajo físico que los
cansa y no son tan irritables como los poetas. Un grupo de poetas reacciona
hacia los otros más o menos como un novelista reacciona hacia los otros.
3. ESCRITORES, CIENTÍFICOS, FILÓSOFOS Y CRÍTICOS
Esta clase incluye a todos los escritores ocupados en el intento de
presentar o interpretar acontecimientos conocidos o de investigar la naturaleza
de la realidad. A veces son capaces de una especie de colaboración apenas
conocida entre los novelistas y los poetas, por la razón de que, cuando los
materiales son hechos, suele requerirse más de una persona para asegurar lo que
los hechos son y organizarlos; y cuando se trata de teoría matemática o
metafísica, puede necesitarse un equipo de varias personas para desarrollar las
ramificaciones de un tema. Pero, aunque es posible que cierta cantidad de
expertos trabajen juntos en un tema particular, no es infrecuente que los
grupos mismos o las poderosas autoridades de algún departamento intenten
monopolizarlo, y esto puede conducir a combates formidables como los
enfrentamientos de Leviatán y Behemoth. Debe añadirse que los críticos
literarios pueden desarrollar las peores características de cualquiera de estas
otras clases de escritores.
(Podría indicarse que los escritores de biografías noveladas y de
historia constituyen una cuarta clase, que debería anotarse entre las clases
uno y dos, pero lo cierto es que los productores de libros de este tipo no son
en modo alguno auténticos escritores, sino meramente una especie de quimera en
la que los editores creyeron durante el Boom).
Se verá luego que los autores de todas las clases tienden a suponer que
los mundos que personalmente han creado tienen alguna especie de validez
general, y que tienden a alterarse cuando quien sea se atreve a cuestionar u
ofender esta suposición.
El autor es muy frecuentemente ofendido de esta manera por la gente que
reseña sus libros. Para un autor, la lectura de sus reseñas, sean favorables o
adversas, es una de las experiencias más desconcertantes de la vida. Ha
trabajado durante meses o años para precisar cierta visión totalizadora o para
resolver cierta cuestión demandante, y luego ve su libro discutido por personas
que no solamente no lo han comprendido sino que, en algunos casos, parecen ni
siquiera haberlo leído. En veintidós de dos docenas de reseñas, o el reseñista
no ha intentado sino dar una descripción del contenido del libro, sin siquiera
hacerlo correctamente (y estas reseñas suelen copiarse palabra por palabra una
de otra), o bien sus comentarios, en encomio o vejamen, le parece al autor que
tienen poca o ninguna relevancia para el libro que él cree haber escrito. Es
tan probable que la lectura de sus reseñas derrumbe al autor, después de la
emoción y la satisfacción de haber terminado su libro, que desde luego hay
mucho que decir en favor de la costumbre que tienen ciertos escritores de
emprender viajes a los puntos más remotos del planeta tan pronto como han
corregido las últimas pruebas.
Con el fin de entender por qué el reseñista desconcierta de ese modo al
autor, debemos averiguar quiénes son los reseñistas y en qué circunstancias
hacen su trabajo.
NATURALKZA DE LOS RESEÑISTAS
Los reseñistas pueden clasificarse bajo cinco entradas:
1. GENTE QUE QUIERE TRABAJO
Cualquier oficina de revista es una agencia de colocaciones para gente
que necesita trabajo o dinero: las salas de espera están siempre llenas de
pasantes, radicales indigentes, jóvenes imberbes y viudas en fuga, muchachos de
provincia que se han lanzado a la aventura y muchas otras especies de personas
que quieren escribir o asociarse ellos mismos con la escritura, así como amigos
personales del editor en aprietos. Hay que tratar con consideración a esta
gente, así sea sólo porque a veces resulta haber un escritor verdaderamente
bueno entre ellos, y las revistas con secciones literarias acostumbran ponerlos
a prueba en la escritura de reseñas bibliográficas. Esas reseñas suelen ser muy
malas y no muy distantes, si acaso, de las tareas escolares. Pero el editor
querrá pagarlas si sabe que el escritor necesita dinero y. una vez que las ha
pagado, sentirá que debe publicarlas si de alguna manera puede volverlas
presentables. Probablemente, la mejor solución a este problema sea la que
adoptó uno de los semanarios de Nueva York. La revista vende los libros
sobrantes que llegan a la oficina para ser reseñados y ofrece un fondo
permanente para alivio de los escritores necesitados, volviendo así innecesario
obtener de ellos reseñas que pueden resultar o bien impublicables o publicables
sólo a costa de mucho sudor por parte del editor.
Hay que añadir a los grupos arriba mencionados al novelista y al poeta
empobrecidos que, aunque con dones y experiencia en su propio campo, pueden no
tener capacidad ni práctica para la reseña.
2. COLUMNISTAS LITERARIOS
El escritor de la columna literaria de un periódico tiene que leer y
comentar uno o más libros al día durante cinco o seis días a la semana.
Examinar a conciencia todos esos libros y comentarlos con inteligencia es una
tarea que excede las humanas capacidades; no cabe esperar, en consecuencia,
mucha crítica seria de esos escritores. No todos se interesan en los libros:
algunos son columnistas literarios sólo por accidente, otros pueden ser
personas con buena formación que deben escribir tanto y tan rápidamente que no
son capaces de hacerse justicia. Pero en cualquier caso hay que juzgar a estos
escritores no como ensayistas o autoridades críticas sino como cronistas de las
novedades literarias, que se las arreglan para darnos, con más o menos
sensibilidad y amenidad, mediante una selección de fragmentos o un breve
resumen del contenido de un libro, una idea más o menos adecuada de los
acontecimientos de la temporada editorial.
Donde es más probable que el reseñista de periódico se equivoque es en
la explicación del propósito o el significado de un libro. Una obra breve y
concentrada, como un cuento de Ernest Hemingway, se lee muy rápidamente (estos
reseñistas están naturalmente encantados cuando les cae algo fácil de
despachar) y lo más probable es que el reseñista se pierda muchas cosas que el
autor se empeñó en dejar implícitas y, en realidad, yerre el tiro. Y en el caso
de un libro largo, tiende a verse forzado a saltarse partes y, así, no sólo a
confundir las intenciones del autor, sino a meter la pata y no saber lo que ha
dicho. Cuando La condición humana de André Malraux apareció en inglés, por
ejemplo, las descripciones que daban los periódicos de los personajes y de la historia
me parecieron tan diferentes de lo que yo recordaba de mi lectura en francés,
que me vi orillado a consultar la traducción. Pero en general el traductor
había sido responsable: eran los reseñistas los que a veces se habían
confundido por haber tenido que tratar apresurada y brevemente con una obra tan
populosa y tan compleja. Sin embargo, también es cierto que aun en el caso de
El cielo es mi destino, de Thornton Wilder, uno de los reseñistas del periódico
se las arregló para mezclar a los personajes. Quizá pueda pedirse al reseñista
de periódico que evite esta clase de descuido literal, pero incluso eso es
pedir mucho y, probablemente, lo más que podría esperarse.
2. GENTE QUE QUIERE ESCRIBIR
SOBRE OTRA COSA
La reseña de un libro es frecuentemente explotada, especialmente entre
los jóvenes, como pretexto para escribir un ensayo personal sobre el tema del
libro o para olvidar el libro entero y escribir un ensayo sobre algún otro
tema. Tales reseñas suelen ser amargamente recibidas tanto por los autores como
por los críticos concienzudos, pero cualquiera que haya sido editor debe
mirarlas, si son interesantes por sí mismas, con cierto grado de tolerancia: es
tan raro para un editor tener artículos de cualquier especie de veras
interesantes, que no puede empeñarse en descartarlos incluso en las ocasiones
en que desplazan a las auténticas reseñas. El autor puede consolarse con el
pensamiento de que la reseña que de otra manera podría haber tenido hubiera
sido tan pobre, probablemente, como la mayor parte de las reseñas.
También podemos tratar bajo esta entrada el problema de los jóvenes en
general. ¿Debe permitírsele a un joven escritor brillante pero inexperto tratar
injustamente a un escritor maduro en una reseña brillante pero incomprensiva?
Debe dársele oportunidad al joven, y a veces su punto de vista es importante,
aun si lo que dice está enteramente fuera de lugar. Los escritores viejos
tienen que resignarse a veces a ser maltratados por la juventud. Y también hay,
por supuesto, viejos amargados que se molestan cuando se ven orillados a
escribir reseñas y lo resuelven poniendo a los jóvenes en su lugar y saboteando
a sus contemporáneos más afortunados.
4. ESPECIALISTAS
El resultado tan frecuentemente insatisfactorio de que los libros de
poesía los reseñen personas que nunca han escrito un verso, las obras de
filosofía personas sin educación filosófica, y así por el estilo, ha llevado a
los editores a tratar de que sean poetas quienes escriban sobre poetas,
filósofos los que escriban sobre filósofos. El problema con esto, como sea, es
que el filósofo o el poeta pertenecen o bien a la misma escuela o bien a una
escuela opuesta, de manera que en cualquier caso la reseña puede ser sesgada y
producirle al lector que esté fuera de la jugada una impresión descaminada del
libro.
5. CRÍTICOS RESEÑISTAS
Estos son extremadamente raros. La mayor parte de la gente capaz de
hacer crítica de primer nivel no quiere interrumpir su otra obra por un trabajo
tan poco remunerativo como las reseñas de libros. Casos excepcionales fueron
Van Wyck Brooks y H. L. Mencken; pero el primero tenía intereses más bien
limitados y el segundo ha tendido siempre a usar las reseñas de libros como una
manera de desplegar su propia personalidad y sus opiniones sobre toda clase de
temas. El único escritor de Estados Unidos que haya tratado recientemente de
hacer esta clase de cosa en la forma en que idealmente debe hacerse fue un
hombre de segunda clase, Stuart P. Sherman. Semejante reseñista debe estar más
o menos familiarizado, o dispuesto a familiarizarse, con la obra anterior de cualquier
autor importante del que trate y ser capaz de escribir sobre el nuevo libro de
un autor a la luz de su desarrollo general y sus intenciones. Debe además ser
capaz de ver al autor en relación con el conjunto de la literatura nacional y a
la literatura nacional en relación con otras literaturas. Pero esto implica una
gran cantidad de trabajo, y presupone cierto grado de instrucción. SainteBeuve
tenía que trabajar toda la semana —con tiempo apenas para almorzar— en cada una
de sus Causeries du Lundi. Pero SaintBeuve fue quizá un caso único. ¿Ha habido
alguna vez otro ejemplo de un hombre con las capacidades de SaintBcuve que
dedicara una parte tan larga de su vida a escribir artículos semanales sobre
temas misceláneos?
Quiero decir, de todos modos, que podría ser una idea provechosa para
algún editor tener un escritor de literatura verdaderamente capaz y hacer que
le convenga escribir un artículo semanal. Para encontrar un hombre que combine
buena formación, inteligencia y capacidad literaria, lo mejor que podría hacer
quizá sea acudir a las universidades, donde el Herald Tribune encontró a Stuart
Sherman y el New Mases a Granville Hicks. Que tome, digamos, un Newton Arvin o
un Haakon Chevalier, no le imponga ninguna tarea que le impida escribir su
artículo semanal —es evidente que los artículos de Burton Rascoe sufrían,
cuando estaba a cargo de la sección de libros de Herald Tribune, por sus muchas
tareas— y le pague bastante para que viva de ellas. No hay que esperar que dé
cuenta de todo lo que se publica, sino que escriba cada semana sobre un hombre
o un libro. Creo que una característica semejante probaría ser valiosa para la
revista que lo intentara y una cosa excelente para el mundo literario en
general.
ACTITUD DEL AUTOR HACIA EL. RESEÑISTA
Se verá pues que el autor no puede justificadamente esperar una crítica
seria de los reseñistas, y que malgasta sus nervios y su energía al
entusiasmarse o indignarse por cualquier cosa que se escriba sobre sus libros.
Las reseñas pueden tener cierto interés para el autor, si sabe cómo
leerlas; pero no será capaz de sacar mucho de ellas sobre el valor de su obra.
Para esto deberá depender de otras fuentes, como las observaciones hechas en
una conversación informal y las pruebas de su efecto en otros escritores
—siempre que tenga en mente, en todo caso, que la verdadera excelencia o la
mala calidad de lo que ha escrito puede que no sea apreciada nunca durante toda
su vida —azar para el que todos tenemos que estar preparados. Mientras tanto,
debe leer las reseñas no como el veredicto de una Suprema Corte de críticos
sino como una colección de opiniones de personas de variable inteligencia a las
que les ha ocurrido tener algún contacto con su libro. Consideradas desde este punto
de vista, de vez en cuando hay algo que aprender de ellas.
PSICOLOGÍA PECULIAR DE LOS RESEÑISTAS
El reseñista tiene su ego, como los otros tipos de escritores; y, puesto
que está continuamente ocupado con los libros de otras personas, su ego
encuentra cierta dificultad peculiar para autoafirmarse. Una de las mejores
maneras en que un reseñista puede sentir vicariamente que está creando es
alentar y presentar a nuevos escritores hasta entonces desconocidos; pero
cuando un escritor ya es conocido, el reseñista puede procurarse la sensación
de poder haciendo el gesto de echarlo abajo. Siempre hay que vérselas con esta
psicología. En el mundo literario de los últimos años hemos visto a muchos
escritores ensalzados, cuando todavía eran obscuros, por los críticos más
competentes, y luego desbancados por ellos. Le ha ocurrido, por turno, a Eugene
O'Neill, Edna St. Vincent Millay, Ernest Hemingway y Thornton Wilder. Es la
cosa más rara del mundo en nuestros días encontrar el menor comentario crítico
inteligente sobre cualquiera de estos escritores importantes. Al pobre de
Saroyan lo hicieron recorrer este ciclo en tiempo récord. Primero lo
descubrieron los editores de Story, entre cuyos lectores se ganó una
reputación. Luego, cuando su libro fue publicado, obtuvo inmediatamente algunas
reseñas entusiastas. Pero ahora lo han aplastado triunfalmente, después de lo
cual no le ha quedado a los últimos reseñistas de sus libros sino intentar que
se avergüence de sí mismo.
DEBERE DEL RESEÑISTA PARA CON EL AUTOR
Por otro lado el reseñista tiene, de todos modos, ciertas obligaciones
en relación con el autor.
Recomendé la tolerancia hacia los reseñistas que usan los libros que
supuestamente están reseñando como pretextos para expresarse a sí mismos; pero
sólo en los casos —bastante raros en realidad— en que sus artículos sean
interesantes por sí mismos. Una reseña sin interés que no diga nada sobre el
libro carece de pretextos. Debe esperarse que el reseñista, en el peor de los
casos, ofrezca información. Contar el argumento de una novela, recitar el
sumario de un libro histórico o filosófico, seleccionar pasajes representativos
e intentar comunicar la calidad de un poeta es la parte más aburrida del
trabajo de un reseñista, pero es una parte absolutamente esencial. Debe dársele
al lector la oportunidad de juzgar si estaría o no interesado en el libro,
independientemente de lo que el reseñista pueda pensar del mismo; y es una
disciplina indispensable para el reseñista, o para cualquier crítico, dar el
meollo del libro en sus propias palabras. El reseñista, cuando se aplica a esta
tarea, es bastante probable que descubra en el libro más, o menos, u otra cosa,
de lo que había imaginado la primera vez que lo recorrió. Si el autor es
incoherente o descosido, el crítico será capaz de detectarlo. Si el reseñista
es incompetente, su incompetencia será evidente para los lectores más acuciosos
cuando descubran que no puede decirles lo que hay en el libro.
La incapacidad para seguir este procedimiento es uno de los factores
responsables de esos opacos ensayos pretenciosos sobre estética, metafísica o
sociedad, que, especialmente en las reseñas elitistas, se cuelgan a veces de
los títulos de los libros. El lector no tiene manera de saber, si él mismo no
ha leído los libros, si prueban o no los comentarios del crítico: los títulos
desempeñan el papel de contadores a los que, desde el punto de vista del
lector, no se ha asignado ningún valor. Es tan importante vitalmente para el
crítico establecer identidades definidas para los libros que discute en un
ensayo, como lo es para el novelista establecerlas para los personajes que
figuran en su historia.
ACTITUD DEL AUTOR HACIA SU PÚBLICO
Otra clase de personas hacia las cuales el autor debería adoptar una
actitud no emocional son las que le escriben cartas; la mayoría de éstas caen
en las siguientes categorías:
1. GENTE ENFERMA Y ORATES
El autor debe ser capaz de distinguirlos y debe recordar que la gente en
estados mentales anormales tiende a salirse de sus casillas por cualquier cosa.
2. MUJERES SOLITARIAS E INDIVIDUOS AISLADOS EN LA PROVINCIA
De muchos de éstos, aunque no sean enfermos, puede decirse casi lo
mismo: el hecho de que escriban cartas a los autores revela únicamente que
necesitan comunicarse con alguien y no implica necesariamente un interés ni
ningún mérito del libro del autor.
3. JÓVENES QUE QUIEREN QUE EL AUTOR LEA SUS MANUSCRITOS
4. GENTE QUE QUIERE EL AUTÓGRAFO DEL AUTOR
Éstos, en su mayoría, o lo quieren para su colección y no tienen ningún
interés en los libros del autor, o lo quieren para venderlo.
Junto con una buena cantidad de los anteriores, el autor recibirá unas
cuantas cartas de gente interesada en lo que ha escrito y que tiene algo que
decirle al respecto. Pero, en general, puede darse por sentado que las cartas a
los escritores no significan nada. Ningún escritor que haya sido editor puede
tomarse jamás las cartas tan seriamente como suelen hacerlo los escritores que
no han tenido tal experiencia. No hay editor que no haya visto pruebas casi
increíbles de que uno no puede publicar nada en una revista tan malo que no
aparezca algún lector que le escriba para decir que le ha cambiado la vida, ni
tan bueno que no ocasione que alguien cancele su subscripción.
DEBERES DEL PÚBLICO PARA CON EL AUTOR
No habría que enviarles nunca manuscritos a los autores. Bastante tienen
que hacer escribiendo sus libros. Si los autores leen los manuscritos que les
envían, nunca serán capaces de hacer nada más. El autor de un manuscrito en
busca de consejo debe enviárselo a un editor: éste le paga a la gente por tal
clase de trabajo.
DEBERES DE LOS AUTORES PARA CON LA OTRA CÍENTE
El autor no enviará por sistema a sus amigos, o a gente a la que admira
pero no conoce, grandes cantidades de sus libros dedicados. En primer lugar, se
quedará sin dinero si excede la cantidad de ejemplares regalados por el editor.
En segundo lugar, los libros dedicados por los autores tienden a probar un
descuido: la persona a la que se le ha enviado el libro puede sentir que debe
leerlo y sin embargo no poder hacerlo en el momento; llevará en la conciencia
el peso de pensar que debía haberle escrito al autor. Y cuando finalmente lo
lea, puede sentir que la dedicatoria elogiosa o afectuosa lo obliga, le guste o
no, a decir algo amable al respecto. Un regalo semejante es en realidad un
freno que tiende a impedir que el lector salga con la opinión sincera que el
autor piensa que se merece.
DEBERES DEL NOVELISTA PARA CON EL PUBLICO Y LA PROFESIÓN
El novelista no pondrá nunca al final de su novela una fecha de la
siguiente manera:
Boulogne-sur-Mer-Hoboken
Diciembre 1934-enero 1935
Esta clase de cosa ha estado de moda desde que Joyce fechó el Ulises:
Trieste-Zurich-París 19141921
Pero muy rara vez se justifica. En el caso de Joyce, el libro le tomó
siete años, y la fecha tiene un significado especial, porque a Stephen Dedalus
se le hace decir en 1904 a los dublinenses de la novela que producirá algo
importante en el lapso de diez años. Pero suele ser un error para otros
escritores imitar esto, por la razón de que, en primer lugar, es peligroso
señalar una comparación con Joyce; y, en segundo lugar, porque esas fechas son
irrelevantes. En el caso de un poema, la fecha y el lugar pueden en algunos
casos tener sentido si añaden algo que ayude a comprenderlo y no puede ponerse
convenientemente en el poema. Pero si un novelista es de veras afortunado, nos
mantendrá interesados en personajes y acontecimientos que se supone nada tienen
que ver con el mismo; nos habrá inducido a aceptar su realidad, y es por lo
tanto una impertinencia hacia su propia creación recordarnos a él mismo y dónde
ha trabajado. Si el novelista ha fracasado, el lector, al llegar al final del
libro, no querrá que le recuerden ni al autor ni a su temporada en
Boulogne-sur-Mer.

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