© Libro N° 14022. Como Perdí La
Segunda Guerra Mundial Y Contribuí A Rechazar La Invasión Alemana. Wolfe, Gene.
Emancipación. Julio 5 de 2025
Título Original: © Como Perdí La Segunda Guerra
Mundial Y Contribuí A Rechazar La Invasión Alemana. Gene Wolfe
Versión Original: © Como Perdí La Segunda Guerra Mundial Y Contribuí A Rechazar La
Invasión Alemana. Gene Wolfe
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Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
COMO PERDÍ LA SEGUNDA
GUERRA MUNDIAL Y CONTRIBUÍ A RECHAZAR LA INVASIÓN ALEMANA
Gene Wolfe
Como Perdí La
Segunda Guerra Mundial Y Contribuí A Rechazar La Invasión Alemana
Gene Wolfe
1 de abril, 1938
Señor Editor:
A lo largo de varios años como suscriptor—en realidad, desde el momento
en que establecí mi residencia en Gran Bretaña—he observado frecuentemente con
agrado que además de ocuparse de los detalles de los diversos Juegos
Originales, todos, nuevos y lógicos imaginados por sus lectores, usted ha dado
acogida en sus columnas, algunas veces, a viñetas de vida rural y urbana,
especialmente las que tengan relación con juegos. Por ello, espero que el
relato de una aventura lúdica que me ocurrió hace poco, y que me permitió
codearme (por decirlo así) no sólo con el señor W. L. S. Churchill—el hombre
que, como usted sin duda sabe, fue destituido de su cargo como Primer Lord del
Almirantazgo durante la Gran Guerra por su apoyo a la desgraciada Expedición de
los Dardanelos, y por consiguiente es persona de especial interés para todos
los que (como yo) estamos relacionados con los Juegos de mesa Militares—sino
también con una celebridad del calibre del actual Reichschancellor de Alemania,
Herr Adolf Hitler.
Todo esto, como usted habrá adivinado, tuvo lugar a propósito de la gran
Exposición de Bath; pero antes de empezar mi recuento de los extraordinarios
sucesos (observados por pocos—al menos, en esa idea me recreo—desde una
posición tan ventajosa como la mía), debo explicar, aunque sea en líneas
generales (ya que los detalles son extremadamente complejos) el juego de Guerra
Mundial, tal como fue inventado por mi amigo Lansbury y yo. Al igual que muchos
otros, empleamos un gran mapa mundial como tablero; nos ha resultado
conveniente montarlo con engrudo sobre una plancha de madera de uno veinte por
uno ochenta y cubrir la superficie con barniz; apoyado sobre una amplia mesa de
mi estudio, nos sirve admirablemente. Las naciones que apoyan a cada
contendiente se determinan al azar; las unidades de tierra, mar y aire de todo
tipo se representan simbólicamente por medio de chinchetas de diversos colores;
pero al determinar la naturaleza de estas unidades hemos introducido un
principio nuevo, que, según creemos, no aparece en ningún otro juego. Es que
uno u otro competidor puede, en cualquier momento, proponer una nueva clase de
buque, arma de fuego u otro armamento; si presenta su probabilidad (no
necesariamente su utilidad, atención; si no resulta útil el único que pierde es
él) con suficiente fuerza para convencer a su oponente, se le permite convertir
tantas de sus unidades como desee al nuevo tipo y tener su uso exclusivo por
tres movidas, después de lo cual su adversario puede convertir también, si así
lo desea. De este modo, un jugador de Guerra Mundial, tal como la vemos
nosotros, debe destacarse no sólo en facultades estratégicas sino también en
facilidad de inventiva y argumentación.
La cosa es que Lansbury y yo habíamos pasado la mayor parte de este
invierno último en preparar el juego y establecer las reglas para el movimiento
de las unidades. Los dos teníamos considerable experiencia con esta clase de
juegos y, sabiendo que con frecuencia unas reglas que traten de manera
inadecuada contingencias dudosas (o que pueden parecerlo en algún caso)
ocasionan confusión y desacuerdos, escribimos las nuestras meticulosamente. El
17 de febrero (Lansbury y yo nos reunimos una vez por semana) echamos a
suertes; a mí me tocaron Alemania, Italia, Austria, Bulgaria y Japón; Gran
Bretaña, Francia, China y los Países Bajos, a Lansbury. Confieso que esta
alineación parece improbable—un hombre de mente literal objetaría que Japón e
Italia, habiendo sido aliados de Gran Bretaña en la Gran Guerra, no cambiarían
de chaqueta en el segundo conflicto. Pero un estudio detallado de la historia
revelará cambios de frente aún menos probables (como por ejemplo cuando
Francia, en el siglo dieciséis, se alineó con Turquía en lo que se ha llamado
la Insanta Alianza) y Lansbury y yo decidimos aceptar la suerte que nos tocó.
El día 24 íbamos a hacer las primeras jugadas.
El día 20 sucedió que estaba yo pensando mi estrategia cuando hojeando
distraídamente The Guardian, llamó mi atención el anuncio de la inauguración de
la Exposición; enseguida se me ocurrió que, entre los representantes de las
muchas naciones exhibidoras, podría encontrar a alguien cuyas ideas me fueran
útiles. De todos modos, no tenía cosa mejor que hacer y así—sin saber que me
convertiría en testigo de la historia—me metí una agenda al bolsillo y salí
hacia la feria.
Supongo que no es preciso describir el espacioso lugar a los lectores de
esta revista. Baste decir que, como todo el mundo sabe, estaba rodeado por un
hipódromo ovalado de más de once kilómetros de largo y dominado por la Torre
del Dirigible que formaba una parte impresionante de la muestra alemana, y por
la gran mole plateada del Graf Spee que, habiendo traído a Gran Bretaña al
principal funcionario del Reich, aguardaba, esclavo de la antorcha de Kultur,
para llevarle de vuelta. Era, en realidad, el mismo día en que el
Reichschancellor Hitler—por quien se había inaugurado temprano la exposición
iba a descubrir la muestra del "Coche del Pueblo". Había banderines
incluso a través de la entrada principal con leyendas como:
¿QUE PUEBLO DEBERIA TENER UN "COCHE DEL PUEBLO"? ¡EL PUEBLO
INGLES!
ARTESANIA ALEMANA ENTUSIASMO BRITANICO POR LAS MAQUINAS BUENAS
y hasta
EN ESPIRITU SON BRITANICOS COMO LA FAMILIA REAL
Recordando que Alemania era la más poderosa de las naciones que me
habían tocado en suerte, me dirigí a la exposición alemana.
Había mucha gente; la atmósfera era de fiesta, pero con un tono de
cálculo mesurado; se oía a obreros discutir los méritos mecánicos (verdaderos y
supuestos) de las máquinas alemanas, hablar de su baratura y de los préstamos
sin interés que ofrecía la Reichshaptkasse. Se vendían dulces alemanes,
Lebkuchen y pastelitos de Baviera en vasos de papel, pregonando la mercancía
roncas voces cockneys. En el gran salón de exhibición, antes de una hora, el
Reichschancellor en persona iba a comenzar la invasión de Gran Bretaña por el
"Coche del Pueblo", haciendo una demostración del vehículo para un
escogido círculo de celebridades; la multitud se agolpaba de diez en fondo,
aunque el edificio (según supe después) estaba lleno hacía rato y ya no se
admitían más espectadores.
Los alemanes no poseían el campo en exclusiva, sin embargo. Entre la
gente había modelos sin conductor sólo algo más pequeños (o así lo parecía) que
el "Coche del Pueblo" alemán. Estos "juguetes", si puedo
denominar así a algo tan complicado y sin embargo tan inherentemente frívolo,
llevaban en sus antenas la divisa del sol naciente del Imperio Japonés y
recitaban por altavoces, con ceremoniosos siseos, las virtudes de los productos
de esa industriosa nación, en especial los gramófonos, aparatos de radio, y
otros, que empleaban esas maravillas recién inventadas, los transistores.
Como los demás, pasé algunos minutos mirando—o mejor dicho, empinándome—
para tratar de ver. Pero a mí no me interesaba el "Coche del Pueblo"
ni el Reichschancellor más que las marionetas de automóviles japoneses, y
pronto me dediqué a buscar a alguien que pudiera ayudarme en la próxima batalla
con Lansbury. En esto fui muy afortunado, pues no bien miré a mi alrededor, vi
a un robusto hombre con uniforme de oficial de la Flugzeugmeistere que compraba
unos dulces germánicos a un vendedor ambulante. Me dirigí a él de inmediato, me
incliné y, después de disculparme por haberme aventurado a hablarle sin haber
sido presentados, me atreví a felicitarle por el gran dirigible que flotaba
sobre nuestras cabezas.
—¡Ah! —dijo—. ¿Así que le gusta ese marinero gordo? Bien, es una hermosa
nave, no hay duda.
Se esponjó a la manera jocunda de los alemanes al decir eso y engulló un
dulce; pude ver que estaba contento. Iba a preguntarle si había considerado
alguna vez los aspectos militares de la aviación, cuando observé las
condecoraciones de su guerrera. Viendo la dirección de mi mirada, preguntó:
—¿Sabe qué son?
—Por cierto—respondí—. Nunca estuve en combate, pero habría dado
cualquier cosa por haber sido piloto. Iba a preguntarle, Herr...
—Goering.
—Herr Goering, ¿en qué cree que variaría el empleo de los aviones
si—aunque suene absurdo—la Gran Guerra empezara ahora?
Una cierta luz en sus ojos me indicó que acababa de encontrar un alma
gemela.
—Es una buena pregunta—dijo, y por un momento se me quedó mirando con
todo el aspecto de un maestro holandés a punto de dar a la respuesta de un
alumno favorito toda la atención que merece—. Y le diré una cosa; lo que
teníamos entonces no era nada. Cometas con fusiles. Si viniera la guerra
ahora...—Hizo una pausa.
—Es impensable, por supuesto.
—Ja. Hoy la Vaterland, que no pudo conquistar Europa con bayonetas en
aquella guerra, conquista todo el mundo con dinero y nuestros cochecitos. Con
esas cosas nuestro líder ha derrotado a los enemigos del partido, y toda la
industria de Polonia, de Austria, es nuestra. La gente dice "nuestra
compañía, nuestro banco", pero ahora las acciones están en Berlín.
Todo esto era conocido para mi, como para cualquier persona bien
informada; estuve a punto de desviar la conversación nuevamente al tema de las
nuevas técnicas militares, pero no fue necesario.
—Pero a usted y a mí, amigo mío, ¿qué nos importa?—continuó Goering, con
ánimo súbitamente alegre—. Eso es para los financieros, Nich Warr? ¿Sabe qué
haría yo—se golpeó el amplio pecho—cuando viniera la guerra? Construiría
Stutzkampfbombers.
—¿Stutzkampfbombers?
—Cada uno con una bomba. Una sola, pero grande. Aviones veloces...—Se
agachó e hizo un gesto de picado con la mano derecha, dejando caer en el último
minuto un pastelito de Baviera que se estrelló contra mi zapato—. Aviones
veloces. Pondría mis tanques... ¿Conoce los tanques?
—Un poco —respondí, asintiendo con la cabeza.
—En columnas. Los Stutzkampfbombers delante de los tanques, las tropas
de asalto detrás. Tanques rápidos también, no muy acorazados pero rápidos, con
cañones grandes.
—Brillante... Una guerra relámpago.
—Ja, Btitzkrieg. Escuche, amigo mío. Ahora debemos ir junto a nuestro
Führer, pero aquí hay alguien a quien debería conocer. A usted le gustan los
tanques; este hombre es su creador, estuvo en la marina aquí durante la guerra
y, cuando el ejército no quiso hacerlo, él lo hizo con la marina y dijeron a
los periódicos que estaban haciendo tanques de agua. Se usa aún ese nombre
tonto, y cuando se está fuera se habla de cubiertas a causa de él. Está
allí.—Indicó con el dedo el enorme pabellón donde el Reichschanceltor pronto
mostraría el "Coche del Pueblo" a un encantado público británico.
Le dije que me sería imposible llegar, estaba todo lleno ya y la gente
se agolpaba de veinte en fondo.
—Observe. Con Hermann, entrará. Venga conmigo y ponga cara de ser de
algún periódico.
Seguí dócilmente al voluminoso y rubio alemán que se metía como un
ariete entre la gente, tanto por su corpulencia y volumen de voz como por su
imponente uniforme. A la puerta, la guardia (Conlederhose) le saludó y no hizo
ningún esfuerzo por impedir mi entrada.
Enseguida me encontré en un inmenso salón, obra del mismo genio alemán
de la ingeniería que había asombrado al mundo recientemente con la Autobahn.
Una bóveda metálica brillante como un espejo reflejaba con reluciente
distorsión todos los detalles de abajo. Allí se veía el suelo enlosado, con
baldosas de casi treinta centímetros de lado, que formaban una enorme imagen
del cochecito que daría preeminencia a la industria alemana en medio mundo. Con
un arte no menos impresionante que la riqueza y poder que habían permitido
erigir este gran edificio en el real de la exposición en cuestión de semanas,
se podía ver la cara del conductor del automóvil a través del parabrisas; no
con claridad, sino borrosamente, como se verían en la realidad los rasgos de un
conductor a punto de atropellar al observador; era, por supuesto, el rostro de
Herr Hitler.
A un extremo del edificio, sobre una plataforma, estaban sentados los
"clientes", los notables de la sociedad y la política cuidadosamente
escogidos que tendrían la fortuna de presenciar una demostración del
"Coche del Pueblo" especialmente para ellos, por el conductor de la
nación alemana en persona, nada menos. A la derecha, en una plataforma más
baja, estaban los representantes de la prensa, identificables por sus cámaras y
cuadernos y su vestimenta llamativa, a veces algo ajada. Hacia ese grupo me
condujo audazmente Herr Goering; pronto identifiqué (creo que podría decir sin
faltar a la verdad "antes de la mitad de camino") al hombre que
mencionara cuando estábamos fuera.
Estaba sentado en la última fila, pero parecía estar a más altura que
los demás; tenía el mentón apoyado en las manos, cruzadas sobre el pomo de su
bastón. Su interesante rostro, ancho y rubicundo, tenía a la vez algo de niño y
de bulldog. Daba impresión de inocencia, de incontaminado gozo de vivir, junto
con ese valor para el cual la rendición no es, en el sentido normal en la
conversación, "impensable", sino que no se piensa jamás. Su ropa era
de precio y usada, de modo que podría haber imaginado que era un valet si no le
hubiera sentado tan perfectamente; además, algo en él impedía pensar que
hubiera sido sirviente de nadie a excepción, quizás, del Rey.
—Herr Churchill—dijo Goering—, le he traído a un amigo.
Levantó la cabeza del bastón y me miró con agudos ojos azules.
—¿Suyo—preguntó—o mío?
—Es bastante grande para que lo compartamos—replicó Goering con
soltura—. Pero por ahora le dejo con usted.
El hombre a la izquierda de Churchill se apartó y yo me senté.
—Usted no es ni periodista ni chulo —tronó Churchill—. No es periodista,
porque los conozco a todos, y los chulos todos parecen conocerme a mí, o así
dicen. Pero puesto que nunca he visto que a ese hombre le guste nadie que no
pertenezca a la segunda clase, ni sea cortés con nadie excepto los primeros, me
veo obligado a preguntarle cómo diablos lo consiguió.
Empecé a describir nuestro juego, pero fui interrumpido al cabo de unos
cinco minutos por el hombre sentado delante de mí, que sin mirar me tocó con el
codo y dijo:
—Aquí llega.
El Reichschancellor había entrado en el edificio y, entre filas de
Sturmsachbearbeiters (como se denominaba a la escogida fuerza de ventas),
caminaba rígida y rápidamente hacia el centro del salón; desde un balcón a
quince metros de altura, una banda atacó el Deutschland, Deutschalnd uber alles
con suficiente brío para echar al local abajo, mientras un anunciador americano
cerca de mí gritaba a nuestros compatriotas al otro lado del Atlántico que Herr
Hitler estaba aquí, que ya, con admirable puntualidad teutona, se acercaba al
lugar donde debía estar.
Inesperadamente, un agudo bocinazo sonó entre la música; en el mismo
instante la banda se interrumpió tan abruptamente como si le hubieran echado
encima una campana de vidrio. Sonó otra vez la bocina y la multitud de
espectadores empezó a apartarse como hierba alta por donde se abriera paso un
animal, no visto todavía. Otro sonido y por fin los afortunados que estaban al
borde del área acordonada donde el Reichschanceltor haría sus demostraciones se
separaron y pudimos ver que el "animal" era un pequeño "Coche
del Pueblo" amarillo canario; mientras el Reichschanceltor se aproximaba
al punto señalado por un lado, el vehículo lo hacía por el otro; su curso recto
y lento y el brillante color se combinaban para dar la impresión de
personalidad a
la vez dócil y alerta, de una despreocupación agradable y
fundamentalmente obediente.
Justamente enfrente del estrado de los notables se encontraron y
detuvieron. El "Coche del Pueblo" hizo sonar el claxon de nuevo, tres
notas, a compás, y el Reichschanceltor se inclinó, sonrió (una sonrisa casi
encantadora por lo inesperada) y dio unas palmaditas en el capó; se abrió la
portezuela y salió una rubia alemana vestida con un bonito traje aldeano; era
bastante alta y sin embargo—como vieron todos— había estado cómodamente sentada
en el automóvil un momento antes. Tiró un beso a las personalidades, hizo una
pequeña reverencia ante Hitler y se retiró; el espectáculo iba a comenzar.
No voy a aburrir a los lectores de esta revista repitiendo otra vez los
detalles que han leído tan a menudo, no sólo en las páginas de sociedad del
Times y otros periódicos, sino también en varias revistas nacionales. Que Lady
Woolberry fue aclamada por su habilidad en hacer el circulo completo de la zona
de pruebas marcha atrás es un hecho quizás demasiado conocido. No lo es menos
el que no se descubriera que Sir Henry Braithewaite no sabía conducir hasta que
hubo cogido el volante. Baste decir que las cosas fueron bien para Alemania;
las personalidades quedaron impresionadas, la prensa y los espectadores
prestaron atención. Los presentes no cayeron en la cuenta de que sólo después
de la última de las pruebas programadas, la Historia misma iba a quitarle la
pluma a la Crónica. Entonces fue cuando Herr Hitler tomó una de esas
inesperadas y totalmente imprevisibles decisiones que le han hecho famoso.
(Viene de inmediato a las mentes la orden, emitida desde Berchtesgaden en un
momento en el que no se podía esperar nada por el estilo y, en verdad, cuando
todos los comentadores creían que Alemania estaría satisfecha, al menos por un
tiempo, con explotar la soberanía económica que ya había ganado en Europa
Oriental y en otros sitios, por la cual todos los "Coches del Pueblo"
vendidos durante mayo, junio y julio deberían equiparse con bandas nórdicas en
los neumáticos sin gasto extra). Habiendo agotado el número, si no el interés,
de la nobleza, Herr Hitler se volvió al estrado de la prensa y ofreció una
demostración a cualquier periodista que se adelantara.
La oferta, como he dicho, se hizo al estrado en general; pero no había
duda—no podía haberla—de a quién iba destinada; aquellos ojos, brillantes de
energía fanática y del orgullo natural de quien gobierna una poderosa
organización industrial, estaban clavados en un rostro plácido. Ese hombre se
levantó y lentamente, sin decir una palabra hasta estar frente a frente con el
más poderoso de Europa, aceptó el desafío; siempre recordaré la manera en que
exhaló el humo de su puro mientras decía:
—Creo que esto es un automóvil, ¿verdad?
Herr Hitler asintió con la cabeza.
—Y usted—le dijo—creo que estuvo alguna vez en el alto mando de este
país. ¿Es usted Herr Churchill?
Churchill asintió.
—Durante la Gran Guerra—dijo suavemente— tuve el honor, por un tiempo,
de tener un cargo en el Almirantazgo.
—Durante esa época—dijo el líder alemán—yo era cabo en el ejército del
Kaiser. No habría esperado encontrarle trabajando en un periódico.
—Era periodista antes de comenzar a ser político—informó Churchill con
calma—. En realidad, cubrí la guerra de los Boers como corresponsal. Ahora he
vuelto a mi antiguo oficio, como debería hacer todo político cuando deja de
tener cargos.
—¿No le gusta mi automóvil?
—Me temo—dijo Churchill imperturbable— que tengo prejuicios ineludibles
a favor de los artefactos producidos democráticamente, para los pueblos de las
democracias, al menos. Nosotros los británicos también fabricamos un cochecito,
ya sabe, el Centurión.
—He oído hablar de él. Le ponen agua.
Para entonces los estrados se habían vaciado. Todos, hasta el último
hombre, no sólo los periodistas sino también los notables, estábamos apiñados
alrededor de los dos gigantes (digo intencionalmente dos, pues la grandeza
permanece aún cuando esté desprovista de poder). Fue un momento de nervios y
habría sido peor si la tensión no se hubiera aflojado por una interrupción
inesperada. Antes de que Churchill pudiera responder oímos las sílabas
sibilantes de una voz japonesa, y uno de los automóviles de juguete del Imperio
Nipón vino corriendo como si fuera a meterse debajo del "Coche del
Pueblo" amarillo (aunque era demasiado grande para hacerlo); luego giró a
la izquierda y desapareció otra vez entre la muchedumbre. No sé si fue locura
lo que se apoderó de mí al ver la veloz marcha del cochecito, o inspiración,
pero grité:
—¿Por qué no corren una carrera?
Y Churchill, sin dudar un instante, me secundó:
—Sí, ¿qué es lo que dicen de esta máquina alemana? ¿No la llaman campeón
de carreras?
Hitler asintió.
—Ja, es muy veloz, para su tamaño y economía. Sí; correremos contra
ustedes, si lo desean.
Se expresó, con perfecta compostura; pero observé, y creo que otros
también, que estuvo a punto de decirlo en alemán.
Hubo un excitado murmullo de comentarios ante la respuesta del
Reichschancellor, pero Churchill lo silenció levantando su cigarro:
—Tengo una idea—dijo—. Nuestros autos, después de todo, no están hechos
para carreras.
—¿Se retira?—preguntó Hitler.
Sonreía, y en ese momento le odié.
—Iba a decir —continuó Churchill— que los vehículos de este tamaño se
fabrican para el transporte urbano y suburbano. Me refiero a aparcar y conducir
entre el tráfico, el valiente y callado esfuerzo con el que el inglés medio se
gana la vida. Propongo que en la pista circular que rodea esta exposición
erijamos un circuito que imite las condiciones reales que encuentra el
ciudadano británico al conducir, y que en la carrera los conductores deban
aparcar cada cien metros, por ejemplo. La mitad de la pista podría duplicar el
tráfico normal del centro de Londres y la otra mitad simular un barrio
residencial; creo que podríamos persuadir a los japoneses de que nos
proporcionaran tráfico usando sus coches sin conductor.
—¡De acuerdo! —aceptó Hitler de inmediato—. Pero usted ha puesto todas
las reglas. Ahora los alemanes introduciremos una. Se conduce por la derecha.
—Aquí en Gran Bretaña —dijo Churchill—conducimos por la izquierda.
Seguramente usted lo sabe.
—Mis alemanes conducen por la derecha y estarían en desventaja
haciéndolo por la izquierda.
—La verdad—dijo Churchill lentamente—es que había pensado en eso antes
de empezar a hablar. Esto es lo que propongo: Un lado de la pista, por razones
de verosimilitud, ha de estar cubierto de tiendas, camiones aparcados y
autobuses. Que el otro quede expedito para los espectadores. Los alemanes,
conduciendo por la derecha, seguirán el sentido de las agujas del reloj,
mientras que los británicos, por la izquierda...
—¡Van en dirección contraria!—exclamó Hitler—. Y en el medio...
ZERSTOREND GEWALT!
—Atasco de tráfico—tradujo Churchill tranquilamente—. ¿No tendrá miedo?
Se fijó pronto la fecha: quince días después de aceptado el desafío. Los
japoneses consintieron en proporcionar tráfico con sus cochecitos y los
funcionarios de la exposición en levantar una calle artificial en la pista. No
preciso decir que la excitación era intensa. Una firma americana, Movietone
News, envió no menos de tres equipos para filmar la carrera, y había también
varias compañías de noticieros británicos. El día señalado, el nerviosismo era
febril; se calculó que los apostadores habían recibido más de tres millones de
libras y que las apuestas estaban tres a dos a favor de los alemanes.
Como las normas (escritas en gran parte por el señor Churchill) y el
funcionamiento de los coches japoneses sin conductor tuvieron importancia y, en
todo caso, serán de interés para los que se ocupan de juegos lógicos,
permítanme darles un resumen antes de seguir adelante. Se les explicó a los
operadores japoneses que su tarea sería semejar tráfico real. Se asignaron
inicialmente diez coches controlados por radio a la mitad "suburbana"
de la pista (la salida para los alemanes, la llegada para el equipo británico),
mientras que en la sección "urbana" operarían cincuenta. Se
distribuyeron ochenta puestos de aparcamiento al azar a lo largo de la pista;
los operadores—que podían ver todo el recorrido desde un punto alto en una de
las cubiertas de observación de la torre del dirigible—recibieron instrucciones
de aparcar sus vehículos durante quince segundos, continuar y proceder al
próximo puesto desocupado, según la fórmula siguiente: si el espacio de
estacionamiento estaba en sector urbano, se le asignaría un "valor de
distancia" igual a una distancia real de la máquina del operador,
determinada contando las "líneas de distancia" verde que rayaban la
pista a intervalos de cinco metros; pero si el puesto de aparcamiento estaba en
la zona suburbana de la pista, su valor de distancia sería la distancia contada
más dos. De este modo el tráfico estaría "inclinado" —si se me
permite decirlo así—hacia el sector urbano. Los conductores ingleses y alemanes
que participaran, a diferencia de los japoneses, debían estacionar en todos los
puestos a lo largo de la ruta, pero podían ir en cuanto hubieran entrado. Los
espacios entre puestos se llenaron con vehículos inmóviles prestados para la
ocasión por concesionarios y público, y varias firmas londinenses habían
levantado edificios falsos similares a los decorados de estudio en el lado de
aparcar de la pista.
Me temo que debo decirle que no tuve escrúpulos en usar mi breve
conocimiento del señor Churchill para obtener admisión el Haddock (por decirlo
así) el día de la carrera. Era un día brillante, uno de esos hermosos días del
principio de primavera de los que hace justo alarde el oeste de Inglaterra; yo
me sentía estupendamente, además de satisfecho conmigo mismo. La verdad es que
mi juego con Lansbury progresaba de manera altamente satisfactoria— poniendo en
práctica las sugerencia de Herr Goering había dominado uno de los territorios
más poderosos de Lansbury (Francia) en sólo cuatro movimientos, y me parecía
que sólo la tozudez le impedía dar la partida por ganada. Se comprenderá que,
cuando vi al señor Churchill dirigirse hacia mí, mordiendo el puro y con el
viejo sombrero encajado casi hasta las orejas, le dediqué mi sonrisa más
amplia.
—Usted es el amigo de Goering, ¿no? Veo que ha oído lo de nuestros
conductores—me dijo.
Le respondí que no había oído nada.
—Traje cinco corredores conmigo, profesionales que se habían ofrecido
voluntarios. Pero los Hunos han protestado. Dicen que sus conductores iban a
ser los Sturmsachbearbeiters, y que no era de buenos deportistas enfrentarlos
con profesionales; el comité de la exposición ha tomado partido por ellos y
ahora voy a tener que reclutar un equipo que corra por Inglaterra. Todos
aficionados. No puedo ofrecerles nada más que sangre, trabajo, lágrimas y
sudor, y esos malditos SS son de calibre casi profesional. Tengo tres hombres
pero todavía me falta uno, aún contándome yo...
Nos miramos durante un momento; luego dije:
—No he participado nunca en carreras, pero mis amigos dicen que conduzco
demasiado de prisa, y he sobrevivido a varios accidentes; espero que no creerá
que mi conocimiento de Herr Goering me tentaría a no jugar limpio si me
alistara por Gran Bretaña.
—Claro que no.—Churchill hinchó los carrillos—. Así que sabe conducir,
¿no? ¿Puedo preguntar qué marca?
Le dije que tenía un Centurión, el modelo que usaría el equipo
británico; algo en su manera de mirarme y chupar del cigarro puro me indicó que
sabía que estaba mintiendo... y que lo aprobaba.
Me gustaría que mi inexperta pluma hiciera justicia a la carrera en sí,
pero no puede. Con otros cuatro —uno de los cuales era el señor
Churchill—esperé con la máquina a punto en la línea de salida británica.
Detrás, de espaldas a nosotros, estaban los cinco Sturmsachbearbeiters alemanes
en sus "Coches del Pueblo". Delante de nosotros se extendía una fiel
imitación de una calle londinense, donde los cochecitos japoneses ya iban de un
lado a otro en creciente desorden.
Sonó el pistoletazo de salida y todos los coches se lanzaron hacia
adelante; mientras maniobraba con mi pequeño vehículo en el primer
estacionamiento me di cuenta de que los alemanes, habiendo entrado por el lado
suburbano, estarían cubriendo dos o tres puestos, por cada uno nuestro. Se
abollaron parachoques y se calentaron los ánimos mientras yo—y
todos—conducíamos y aparcábamos, conducíamos y aparcábamos, hasta que nos
pareció que no habíamos hecho otra cosa en la vida. El sudor había ablandado
hacía tiempo el cuello de mi camisa; podía sentir crecer las ampollas en mis
manos; entonces vi, a unos treinta metros, un árbol en una tina y un edificio
pintado para imitar no una tienda de ciudad sino una villa suburbana. Entonces
caí en la cuenta—fue como si me hubieran dado una copa de champán frío—de que
no habíamos encontrado a los alemanes. Todavía no los habíamos encontrado y la
marca estaba justo enfrente, la mitad del recorrido. Entonces supe que habíamos
ganado.
Del resto de la carrera, ¿qué se puede decir? Habíamos avanzado
doscientos metros por el sector suburbano antes de ver la nariz del primer
"Coche del Pueblo". Mi vehículo terminó último—entre el equipo
británico—pero quinto en la clasificación general, lo que significa que los
británicos se hicieron con todo. Nos trataron como a héroes (incluso a mí); y
cuando el Reichschancellor Hitler en persona corrió a la pista a regañar a uno
de sus conductores y fue derribado por un juguete japonés, simplemente ya no hubo
esperanzas para el "Coche del Pueblo" alemán en el mundo anglófono.
Algunos individuos que ya habían tomado concesiones presentaron demandas para
que les devolvieran el dinero, y los primeros barcos con "Coches del
Pueblo" que llegaron a Londres (Hitler había ordenado que salieran mucho
antes de la carrera, esperando explotar el éxito en que confiaba) no
descargaron. (He oído que el cargamento se malvendió después en Marruecos).
Todo esto es del dominio público; pero creo estar en posición de añadir
una postdata que será de interés especial para los aficionados a los juegos.
Como ya mencioné, había explicado al señor Churchill el juego imaginado
por Lansbury y por mí, mientras esperábamos la demostración del "Coche del
Pueblo,., y le había prometido mostrarle cómo jugábamos si se molestaba en
venir a mi casa; y vino, aunque varias semanas después de la carrera. Le mostré
nuestro tablero (el mapa lacado, y lamenté no poder mostrarle una partida, ya
que acabábamos de terminar la primera, que (como contábamos la Gran Guerra como
uno) habíamos llamado Segunda Guerra Mundial.
—Entiendo que salió victorioso—dijo.
—No; perdí. Pero como yo era Alemania eso no le molestará, y de todos
modos preferí haber ganado aquella carrera contra los alemanes reales que todos
los juegos que Lansbury y yo podríamos jugar.
—Sí—acordó—. Nunca tantos han debido tanto a ustedes, por lo menos eso
creo.
Algo en su sonrisa despertó mis sospechas; recordé haber visto la misma
expresión en el rostro de Lansbury (aunque, en realidad, sólo me di cuenta
después) cuando me convenció de que intentaba invadir Europa por Grecia;
finalmente estallé:
—¿Fue limpia de verdad aquella carrera? Quiero decir... Nos fue
sorprendentemente bien.
—Incluso usted —observó Churchill— aventajó a los mejores conductores
alemanes.
—Lo sé—respondí—. Eso es lo que me inquieta.
Se sentó en mi sillón más cómodo y encendió un puro.
—Se me ocurrió la idea—dijo—cuando entró aquella endiablada máquina
japonesa mientras hablaba yo con Hitler. ¿Lo recuerda?
—Por supuesto. ¿Se refiere a la idea de usar los cochecitos japoneses
como tráfico?
—No sólo eso. Una invención reciente, el transistor, hace posibles esas
cosas. ¿Conoce el principio del funcionamiento de un transistor?
Dije que lo había leído; que en su forma más sencilla se trataba de un
simple fragmento de material que era conductor en una sola dirección.
—Precisamente. —Churchill chupó su cigarro—. Lo que es decir que los
electrones pueden moverse más fácilmente en un sentido que en otro. ¿No le
parece notable? ¿Sabe cómo se hace?
Admití que no lo sabía.
—Pues bien, tampoco lo sabía yo antes de leer un artículo de Nature
sobre el tema, una semana o dos antes de conocer a Herr Hitler. Lo que hacen
los chicos que fabrican estas cosas es tomar un material llamado germanio —el
silicio vale igual, aunque el transistor termina funcionando de manera algo
diferente—en un estado muy puro y luego agregarle algunas impurezas. Tienen
mucho cuidado con lo que ponen, por supuesto. Por ejemplo, si añaden un poquito
de antimonio el material que obtienen tiene más electrones que lugares libres
para éstos, de modo que algunos vagabundean sueltos todo el tiempo. Hay otras
clases de impurezas —el boro es una de ellas—que hacen que el material tenga
más lugares para electrones que electrones para ocuparlos. Los expertos llaman
a esos huecos "vacíos" pero yo prefiero decir
"aparcamientos"; el transistor se hace poniendo los dos tipos de
material uno contra otro.
—¿Quiere decir que nuestra pista era...?
Churchill asintió.
—Aparte de una pequeña inexactitud técnica, sí. Era un transistor
grande; primitivo, si quiere, pero grande. Tome un transistor real. ¿Qué pasa
en el punto de unión donde se juntan los dos tipos de material? Bien, muchos
electrones del lado donde sobran se pasan al lado donde faltan, tienen mucho
más espacio allí.
—Es decir que si un coche —quiero decir un electrón—trata de pasar al
otro lado desde el lado que tiene muchos lugares de aparcamiento...
—Lo pasa muy mal. No me pregunte por qué, no soy ingeniero electrónico,
pero hay algunos aspectos que cualquiera puede entender, hasta un periodista
político como yo. Uno es que el electrón que usted mencionó está nadando contra
corriente, por decirlo así.
—Y nosotros íbamos a favor—dije—. Es decir, si no le importa que dejemos
los electrones.
—En absoluto. Paso con alivio del picado mar de las causas y teorías a
la tierra firme de los resultados y los hechos. Sí; nosotros conducíamos a
favor de la corriente; tal vez también a usted se le ha ocurrido que el entrar
en la parte urbana, donde estaba la mayoría de los coches japoneses, originó
una ola que nos precedía; nosotros íbamos cubriendo los espacios, de modo que
ellos eran atraídos hacia los alemanes cuando trataban de encontrar uno; por
supuesto, una ola de ese tipo viaja mucho más de prisa que los individuos que
la forman. Supongo que un experto en transistores diría que por tener cargas
iguales les repelíamos.
—Pero eventualmente se amontonarían entre los equipos; recuerdo que la
marcha se hizo verdaderamente pesada justo cuando pasábamos entre los alemanes.
—Correcto. Y al ocurrir eso ya no había motivo para que siguieran
corriendo delante de nosotros; para entonces los teutones los repelían también,
si quiere expresarlo de esa forma, y las reglas (mi famosa fórmula de la
distancia, recuerde) les llevaban de nuevo al área urbana, donde los pobres
Hunos tenían que seguir luchando con ellos mientras nosotros corríamos
tranquilamente hacia la meta.
Nos quedamos un rato en silencio. Luego dije yo:
—Supongo que no fue muy honrado; pero me alegro de que lo hiciera.
—La falta de honradez—dijo Churchill tranquilamente—consiste en violar
reglas que uno ha aceptado, por lo menos implícitamente. Yo me limité a
proponer reglas que consideré ventajosas, y eso es diplomacia. ¿No hace usted
lo mismo cuando juegan sus batallas?—Miró al mapa mundial puesto sobre la
mesa—. De paso, ha quemado su tablero.
—Sí, ahí. Cayeron unas brasas de la pipa de Lansbury, hacia el final de
la partida. Me temo que nos costaron un par de ciudades del sur del Japón.
—Más vale que tengan cuidado, o la próxima vez quemarán el tablero
entero. A propósito de los japoneses, ¿se ha enterado de que sacan un
automóvil? Recibieron tanta atención en la prensa cuando la carrera que le van
a poner un nombre que el público asocie con los autitos de juguete que
presentaron aquí.
Le pregunté si creía que eso podría significar que Gran Bretaña tendría
que rechazar una eventual invasión japonesa; respondió que suponía que sí, pero
que los americanos deberíamos hacerles frente antes. Había oído que los
primeros coches de fabricación japonesa ya estaban desembarcando en Pearl
Harbour. Se fue poco después de eso; dudo que vaya a tener nuevamente el placer
de su compañía, muy a mi pesar.
Pero mi historia no ha terminado. Los lectores de esta revista se
alegrarán de saber que Lansbury y yo estamos a punto de comenzar otro juego,
que habrá de realizarse por correspondencia, ya que yo dejaré Inglaterra
pronto. En nuestra nueva lucha Estados Unidos, Gran Bretaña y China se
enfrentan a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Polonia, Rumania y
varios otros estados del Este de Europa. Como Alemania debe tomar parte en
cualquier guerra que merezca ese nombre, y Lansbury no me permitiría tenerla
otra vez, la hemos dividido entre los dos. Intentaré tener presente la
advertencia del señor Churchill, pero mi contrincante y yo somos fumadores
empedernidos.
Atentamente,
"Soldado Desconocido"
Nota del Editor: Aunque no deseamos rasgar el velo del nom de guerre con
que "Soldado Desconocido" concluye su agradable comunicación, creemos
lícito descubrir que es un oficial americano de ascendencia alemana, no muy
joven ya y sin embargo con demasiados pocos años para haber visto la acción de
la Gran Guerra, aunque nos dicen que estuvo muy cerca. Actualmente,
"Soldado Desconocido" está agregado a la embajada americana en
Londres, pero tenemos entendido que, convencido de que su país no volverá a
necesitar fuerzas militares, intenta abandonar su cargo y volver a su Kansas
natal, donde dirigirá una agencia de automóviles Buick. Buena suerte, Dwight.
FIN

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