© Libro N° 14021. Muy Bien,
Jeeves. Wodehouse, P.G. Emancipación. Julio 5 de 2025
Título Original: © Muy Bien, Jeeves. P.G. Wodehouse
Versión Original: © Muy Bien, Jeeves. P.G. Wodehouse
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P.G. Wodehouse
Muy Bien,
Jeeves
P.G. Wodehouse
La carta llegó en
la mañana del 16. Yo estaba echando algún desayuno al estómago de Wooster y,
fortalecido por el café y los bollos, resolví transmitir las noticias a Jeeves
sin dilación. Como dice Shakespeare, si uno ha de hacer una cosa debe hacerla
cuanto antes. Jeeves sufriría cierta decepción y, posiblemente disgusto, pero
que me maten si un poco de desilusión de vez en cuando no les sienta bien a las
gentes. Porque les hace comprender que la vida es dura y difícil.
- Jeeves - dije.
-¿Señor?
- Lady Wickham me
escribe invitándome a pasar las Navidades en Skeldings. Así que debemos
preparar lo necesario. Iremos el 23. Y pasaremos allí una temporadita.
Hubo una pausa.
Comprendí que Jeeves me dirigía una mirada glacial, pero me enfrasqué en la
mermelada, negándome a notarlo.
Me parecía haber
oído decir que el señor se proponía visitar Montecarlo a raíz de las Navidades.
Ya lo sé. Pero he
cambiado de propósitos.
En este instante
sonó el teléfono, facilitando el que amenazaba ser un mal momento. Jeeves
descolgó el auricular.
-Diga... Sí,
señora. Muy bien, señora. Míster Wooster está aquí. Mistrese Gregson, señor -
añadió, alargándoine el aparato.
Yo, ¿saben?, de vez
en cuando creo notar que Jeeves va perdiendo aptitudes. En sus buenos tiempos
hubiera sido para él cosa de un instante decir a tía Agatha que yo había
salido. Le dirigí una mirada de reproche y empuñé el receptor.
- Diga - manifesté
-. Diga, diga, diga. Aquí, Bertie. Diga, diga, diga.
-Déjate de
<digas> - atajó la anciana parienta, con su sequedad usual -. No eres un
papagayo. Y eso que a veces sicnto que no lo seas, para que al menos tuvieses
un poco de sentido común.
Mala manera, sin
duda, de dirígirse de buena manera a un sobrino, pero, ¿ que cabía hacer?
-Bertie, lady
Wickham me ha dicho que te ha invitado a pasar las Navidades con ella. ¿Irás?
- Si.
Pues á ver cómo te
portas. Lady Wickham es una antigua amiga mía
Me esforzaré, como
es natural, tía Agatha - dije, con voz severa -, en portarme como un caballero
inglés visitando a una persona...
-¿Qué dices? No te
oigo.
- He dicho:
<bueno>.
- Bien. Hay otra
razón para que yo desee que te muestres lo menos imbécil que puedas en
Skeldings. Y es que estará allí sir Roderick Glossop.
¿Quién?
No aúlles así.
¿Sir Roderick
Glossop?
Sí.
¿No será Tuppy
Glossop?
He dicho sir
Roderick Glossop. Y ahora escúchame con atención ¿Estás ahí?
Sí, aquí estoy.
- Pues oye. He
logrado, tras ímprobas dificultades, convencer a sir Roderick de que no estás
loco. Y ha decidido suspender su juicio sobre ti hasta verte otra vez. De tu
conducta en Skeldings, por lo tanto...
Colgué. Me sentía
impresionado hasta el tuétano.
Aquel Glossop, un
tipo formidable, con la cabeza calva y unas cejas fenomenales, era médico
psiquiatra de profesión. no sé todavía cómo sucedió, pero el caso fue que una
vez tuve por prometida a su hija Honoria, un ejemplar dinámico y tremebundo,
que leía a Nietzsche y tenía una risa como el romper de las olas en un
acantilado rocoso.. El compromiso se quebrantó en virtud de ciertos
acontecimientos que convencieron al viejo de que yo estaba fuera de mis
cabales, y desde entonces había anotado mi nombre en primer lugar de la lista
de dementes con los que había tratado.
¿ Sabe lo que pasa,
Jeeves? - dije-. Sir Roderick Glossop va a casa de lady Wíckham.
Muy bien, señor. Sí
el señor ha concluido el desayuno, voy a retirar el servicio.
Frío y torvo. Sin simpatía. Sin el ánimo
jovial que a uno gusta. Como yo presumiera, Jeeves había estado contando con
algunas apuestecitas en las mesas de Mónaco. Pero los Wooster sabernos
disimular nuestros sentimientos. Ignoré su falta de corrección.
-Muy bien, Jeeves -
dije con altivez.
Cuando íbamos a Skeldings en el coche, la
tarde del 23, Jeeves, se mostraba frío y distante. Y antes de cenar, aquella
noche, puso tos gemelos en mi camisa de etiqueta de un modo que cabe llamar
exagerado. Todo ello era muy penoso y mientras me hallaba en cama durante la
mañana del 24, parecióme que lo mejor sería poner los hechos ante él tal como
eran, para que su buen sentido nato le condujese a una comprensión.
Mi anfitriona, lady
Wickham, era una mujer adusta construida según el modelo de mi tía Agatha, pero
se mostró bastante amable al verme llegar. Su hija Roberta me acogió con una
cordialidad que, debo decirlo, hizo vibrar las cuerdas de mi corazón Y sir Roderick,
en el breve momento en que nos saludamos, dijo: <¡ Hola, joven!> No muy
afectuosamente, pero lo dijo, haciéndome sentir la impresión de que el león
estaba pronto a convivir con el cordero.
De manera que la
vida se presentaba muy en su punto, y, así, resolví explicar a Jeeves el
verdadero estado de cosas.
- Jeeves - dije.
-¿Señor?
- Temo que la
suspensión del viaje a Montecarlo le haya disgustado.
- Nada de eso,
señor.
- Sí, sí. Ya sé que
tenía ganas de pasar el invierno en ese agradable y pestífero lugar. Le vi
iluminársele la mirada cuando le dije que nos invitaban allí. Su rostro se
contrajo y se le crisparon los dedos. Sí, sí. Y este cambio de programa ha
hecho penetrar un puñal en su alma.
- Nada de eso,
señor.
- Sí, sí. Lo veo.
Pero quiero hacerle comprender, Jeeves, que no ha sido fútil capricho el motivo
de que yo aceptase esta invitación de lady Wickham. La he anhelado durante
varias semanas, impelido por diversas consideraciones. Era imperativo, Jeeves,
que yo estuviese esta Navidad en Skeldings porque sé que Tuppy Glossop estará
también.
- ¿Sir Roderick
Glossop, señor?
- Su sobrino. Ya
habrá usted observado flotando por ahí un mozo de pelo ralo y de sonrisa de
gato de Cheshire Ese es Tuppy, y estoy ardiendo en ganas de entendérmelas con
él. Es cosa en que se juega el honor de los Wooster.
Y bebí un sorbo de
té, porque la mera mención del agravio me estremeció.
-A pesar de que
Tuppy es sobrino de sir Roderick Glossop, a cuyas manos he sufrido tanto, como
usted sabe, Jeeves, yo fraternizaba con Tuppy francamente, pensando que un
hombre no debe ser hecho responsable de la maldad de sus tíos, ya que no sería
justo, por ejemplo, que mis amigos me persiguiesen a causa de ser sobrino de
tía Agatha. Esto es tener miras amplias, ¿no, Jeeves?
- Muy amplias,
señor.
- Así, pues,
Jeeves, yo trataba amablemente a Tuppy. ¿ Y sabe lo que me hizo?
- No puedo decirlo,
señor.
- Pues se lo diré.
Una noche, después de cenar en el Círculo de <Los Zánganos>, apostó
conmigo a que yo no era capaz de cruzar sobre la piscina sosteniéndome en las
anillas suspendidas de las cuerdas que hay encima. Yo acepté y fui avanzando,
con inmejorable estilo, hasta llegar a la última anilla. Y entonces descubrí
que ese diablo en forma humana había sujetado los extremos de la cuerda a la
viga del techo, dejándome así colgado en el vacío y sin posibilidad alguna de
volver a mi hogar y al seno de quienes me aman. No me quedó más remedio que
lanzarme al agua. Y le digo, Jeeves, que si no le hago pagar esta treta ahora,
aprovechando los vastos recursos que ofrece una casa de campo, dejo de ser
quien soy.
- Ya, señor.
- Y ahora, Jeeves,
pasemos al extremo más importante que - me fuerza a venir a Skeldings. Jeeves -
dije, hundiendo la cara en la taza y sacándola cubierta de rubor , estoy
enamorado.
¿Es posible, señor?
- Sí. De Roberta
Wickham.
- Sí, señor
- Pues ya lo sabe
todo.
Síguióse una pausa.
- Durante nuestra
estancia aquí, Jeeves - continué -, tendrá usted muchas ocasiones de tratar a
la doncella de Roberta. Procure hacer el articulo.
-¿ Cómo, señor?
- Dígale que soy un
gran muchacho. Mencione mi buen fondo, y todo eso. Un elogio nunca estorba,
Jeeves.
- Muy bien, señor,
pero...
-¿Qué?
- Yo, señor..
- Hable, Jeeves.
Siempre me satisface oírle, ya lo sabe.
- Lo que yo iba a
observar, señor, es que a duras penas me parece que miss Roberta sea una
conveniente...
- Jeeves - dije con
frialdad -, ¿qué tiene usted contra esta señorita?
- Verdaderamente,
señor...
- Ea, hable claro.
Ya que ha ofendido a Roberta. quiero saber la causa.
- Se me había
ocurrido, señor, que miss Roberta no resultaría esposa adecuada para un
caballero de su modo de ser.
-¿Qué quiere usted
decir con mi «modo de ser»?
- Perdón, señor. La
expresión se me ha escapado sin darme cuenta. Iba a observar, señor, que, aun
cuando miss Roberta es una joven encantadora...
-¡Ahora sí que ha
dado usted en el clavo, Jeeves! ¡Hay que ver sus ojos!
- Sí. señor.
- Y su cabello.
- Cierto, señor.
- Y su espieglene.
¿ No es ésa la palabra adecuada?
- La palabra justa,
señor.
Entonces, de
acuerdo. Siga.
- Yo concedo a miss
Roberta la posesión de todas esas codiciables cualidades, señor. Pero,
examinándola como probable esposa de un caballero de su modo de ser, no la
juzgo conveniente. A mi juicio, señor, miss Roberta carece de seriedad; es
voluble y frívola. Para ser su marido, se requiere un hombre de personalidad
dominante y gran energía de carácter.
- ¡Exacto!
- Yo me miraría
mucho antes de recomendar a usted, señor, buscar como compañera una joven con
un cabello tan rojo. El cabello rojo es peligroso, señor.
Le miré torvamente.
- Está usted
diciendo necedades, Jeeves.
- Muy bien, señor.
- Eso es hablar por
hablar.
- Muy bien, señor.
- Mucho ruido y
pocas nueces.
- Muy bien, señor.
- Muy bien,
señor... Quiero decir, muy bien, Jeeves. No hay más que hablar.
Y tragué un poco de
té con no poca altanería.
Rara vez me
encuentro en situación de probar a Jeeves que se engaña, pero aquella noche, a
la hora de cenar, estaba en condiciones de hacerlo, y lo hice.
- Respecto a lo que
hemos discutido esta mañana, Jeeves - dije al salir del baño, interpelándole
mientras él abotonaba la camisa -, celebraré que me atienda bien por un
momento. ¿Sabe que lo que voy a decirle va a hacerle sentirse muy equivocado?
-¿Sí, señor?
- Sí, Jeeves. Muy
equivocado. Recuerdo que esta mañana calificó usted a Roberta de frívola,
voluble y carente de seriedad. ¿No fue eso?
- Sí, señor.
- Pues lo que voy a
decirle le hará alterar su opinión. Esta tarde, paseando con Roberta, le he
contado la trastada que me hizo Tuppy Glossop en «Los Zánganos». Ella me
escuchó literalmente colgada de mi boca, Jeeves, y con la mayor simpatía
-¿Sí, señor?
- Si. Colgada. Y
eso no fué todo. Antes de terminar, me sugirió el plan más jugoso, maduro y
sensato que pueda pensarse para hacer encanecer los cabellos del joven Tuppy.
- Es muy
satisfactorio, señor.
- Satisfactorio,
esa es la palabra. Resulta que en la escuela donde se ha educado Roberta,
Jeeves, se juzgaba necesario, de vez en cuando, por el elemento más inteligente
de las colegialas hacer alguna buena pasada a las de menor intelecto. ¿Y sabe
lo que hacían, Jeeves?
- No, señor.
Cogían un palo
largo (fíjese bien en esto), y ataban una aguja al extremo. Luego, por la
noche, las de la clase de las talentosás se deslizaban en el dormitorio de las
demás y, hundiendo el palo bajo las sábanas, pinchaban las botellas de gomas
llenas de agua caliente. Las muchachas, Jeeves, son mas sutiles que los chicos.
En mi colegio, a veces, uno echaba un jarro de agua sobre la cabeza del otro
mientras éste dormía, pero nunca se les ocurría conseguir el mismo resultado d9
esta manera tan científica y elegante. Tal es, Jeeves, el proyecto que Roberta
me ha sugerido contra Tuppy. Ahora llámela, sí quiere, frívola, voluble y
carente de sentido, Una mujer así es mi ideal como compañera... En fin, Jeeves,
esta noche le ruego que me procure un palo fuerte con una aguja atada al
extremo.
- Yo, señor...
Levanté la mano.
- Ni una sola
palabra, Jeeves - dije -, ni una sola palabra. Un palo, y una buena aguja atada
a él, han de estar sin falta en este cuarto esta noche, a las once y medía.
- Muy bien, señor.
-¿Tiene usted
alguna idea de dónde duerme Tuppy?
- Procuraré
averiguarlo.
- Hágalo, Jeeves.
A los pocos minutos
volvió con los informes necesarios.
- Míster Glossop
duerme en el cuarto del foso, señor
-¿Dónde está eso?
~ Segunda puerta
del piso bajo, señor.
- Bien, Jeeves. ¿
Están puestos los gemelos de mi camisa?
- Sí, señor.
-¿Y los puños?
- Sí, señor.
- Entonces,
introdúzcame en ella.
La tarea a que iba
a consagrarme exigía incomodidades y molestias, porque me obligaba a estar
despierto hasta la madrugada y recorrer un frío pasillo. Pero no temblé.
Nosotros tenemos nuestra tradición de familia. Hubo Woosters en las Cruzadas.
Como víspera de
Navidad, tuvimos jarana en grande, de modo que no subí a mi cuarto hasta
después de la una. Para asegurarme necesitaba no emprender mi expedición hasta
las dos y media como mínimo. He de reconocer que me costó mucho trabajo no
meterme entre sábanas y prescindir del asunto Ahora no me sienta bien acostarme
tarde.
Hacía las dos y
media, todo parecía silencioso. Alejé las brumas del sueño, empuñé el palo con
la aguja y avancé por el corredor. Empuñé el picaporte del cuarto buscado, vi
que la puerta no estaba cerrada y entré.
Al principio la
habitación me pareció negra como una carbonera, pero pronto las cosas empezaron
a aclararse. Las cortinillas de la ventana no estaban corridas del todo y se
podía ver algún que otro detalle del escenario.
El lecho aparecía
frente a la ventana, con la cabecera apoyada en la pared y los pies en mi
dirección, permitiéndome, después de arrojar la semilla, si vale la frase3
emprender una rápida retirada.
Sólo faltaba
resolver el no fácil problema de localizar la bolsa de goma porque una cosa que
uno no puede hacer en un asunto como este, requiere diligencia y secreto es
andar revolviendo las ropas de la cama del tipo.
Animóme bastante un
recio ronquido que llegó del lado de la almohada. La razón, me dijo que un
ciudadano que roncaba así no se despertaría por una bagatela. Adelanté
prudentemente la mano sobre la colcha. Un momento después encontré la botella,
deslicé palo y aguja bajo las ropas, pinché la goma, extraje el palo y me
deslicé hacia la puerta En un instante más habría estado fuera, en busca de mi
cuarto y de un buen reposo, si de improviso no se hubiese escuchado un ruido
tremendo que me hizo correr un escalofrío por la espina dorsal El contenido del
lecho saltó como un muelle de una caja de sorpresa y dijo: -¿Quién anda ahí?
La cosa mostraba
cómo los más cuidadosos movimientos estratégicos pueden ser los que echen a
perder una campaña. A fin de facilitar un ordenado repliegue, en consonancia
con el plan, yo había dejado la puerta abierta, y a la sazón el viento la había
cerrado con un ruido como el de una bomba.
Pero no dediqué
muchos pensamientos a la causa de la explosión. Lo turbador para mí era el
descubrimiento de que, quien quiera que fuese el habitante de la cama, no era
el joven Tuppy. Tuppy tenía una de esas voces altas y chillonas que parecen la
del tenor del coro de una iglesia de pueblo cuando fracasa en el intento de una
nota muy sostenida. Y la voz que yo habla oído constituía una mezcla de
trompeta del juicio final. y de tigre reclamando el desayuno después de un día
o dos de dieta. Era una voz adusta y áspera como la que uno oye gritando:
<¡Derecha!> cuando es uno un recluta y hay un par de coroneles retirados
junto a la línea.
No titubeé. Lancéme
hacia la puerta, empuñé el picaporte y huí, cerrándola a mis espaldas. Podré
ser un asno en muchas cosas, según testimonia mi tía Agatha, pero sé muy bien
cuándo conviene estar presente en los sitios y cuándo no.
Y ya ganaba el
tramo de corredor que debía conducirme a las escaleras, cuando algo me hizo
retroceder con súbito impulso. Una fuerza irresistible refrenaba mi marcha.
Hay veces, ¿saben?,
en que el destino se pone contra uno a tal extremo que se siente la duda de si
conviene o no seguir luchando. Siendo la noche más fría que el diablo, yo me
había vestido una larga bata. Y era el extremo posterior de la infernal prenda
la que había sido atrapada por la puerta cortándome la retirada en el último
instante.
Un segundo después,
la puerta se abría, brotaba luz en su umbral y el tipo de la voz me apresaba
por el brazo.
Era sir Roderick
Glossop.
Durante tres o
cuatro segundos, o tal vez más, ambos permanecimos mirándonos mutuamente,
bebiéndonos nuestros rostros por decirlo así, siempre el viejo asido a mi brazo
con la mayor vehemencia. De no haber él ido vestido de bata, llevando debajo un
traje de dormir rosa a rayas azules, y también de no tener el rostro de quien
está pronto a cometer un asesinato, la escena hubiese parecido uno de esos
anuncios de las revistas, donde el experto viejo dice al incauto joven:
<Muchacho, si te
suscribes a los cursos por correspondencia de la Escuela Mut-Jeff, de Oswego
(Kansas), como yo lo hice algún día podrás llegar a ser tercer vicepresidente
auxiliar de la Compañía Unida de Fábricas de Pinzas para las Cejas y Limas de Uñas,
S. A.
-¡Usted! - dijo al
fin sir Roderick.
Creo que
lógicamente yo debía haber dicho algo en aquel momento. Pero no acerté a emitir
sino un débil sonido.
- Venga aquí -
dijo, introduciéndome en el cuarto -. No es preciso despertar a toda la casa. Y
ahora - añadió, depositándome en la alfombra y arrugando el entrecejo en gran
extensión, ¿ quiere decirme la causa de esta última manifestación de demencia?
Me pareció que una
risa ligera y alegre podía mejorar las cosas, y la emití.
-¡Nada de bromas! -
dijo mi afectuoso huésped.
- Y he de reconocer
que la risa ligera y alegre no salió tal como yo quería.
Traté de recobrarme
con un poderoso esfuerzo.
- Lo siento
muchísimo - dije con una voz tan animada como pude -. El caso es que creí que
usted era Tuppy.
- Haga el favor de
no expresarse en su idiótico lenguaje cuando hable conmigo. ¿ Qué adjetivo es
ese de <tuppy>?
- No es un
adjetivo, ¿ sabe? Más bien un nombre, sí vamos a ver. Quiero decir que había
creído que era usted su sobrino.
-¿Mi sobrino? ¿ Por
qué había yo de ser mi sobrino?
- Creí que este era
su cuarto.
- Cambiamos de
habitaciones. Me disgusta mucho vivir en los pisos altos. Me preocupa la
posibilidad de un incendio.
Por primera vez en
el curso de la entrevista me sentí algo más sereno. Perdí aquella impresión de
sapo bajo un rastrillo que había informado mi conducta hasta entonces. Llegué
incluso a mirar al viejo del pijama rosa con ojos de desdén y aborrecimiento. Porque
a aquel su necio temor 4e1 fuego y a su egoísta propósito de que Tuppy se
achicharrase en su lugar se debía el incidente sucedido, que había llevado al
fracaso mis bien meditados planes. No sólo le miré, sino que hasta creo que
rezongué algo.
- Creí que su
criado - dijo sir Roderick - le había informado de mi propósito de cambiar de
cuarto. Le encontré poco antes de comer y se lo dije.
Tan extraordinaria
aserción me dejó atónito. Que Jeeves estuviera informado de que aquel viejo iba
a cambiar de cuarto y a ocupar el lecho cuya botella de agua caliente me
proponía yo horadar con una aguja en un palo, y no me lo advirtiese, iba más
allá de todo lo creíble. Era espantoso.
- Dijo usted a
Jeeves que iba a dormir aquí? -. Pregunté.
Sí, ser mi sobrino
y usted son amigos íntimos y la posibilidad de una visita suya, y deseaba
evitarme una visita suya. Confieso que no la esperaba, de todos modos, a las
tres de la mañana. ¿Que diablos se propone - intercaló, con súbito arranque -
por la casa a estas horas? ¿Y qué es aso que lleva en la mano?
Miré y vi que aún
sostenía el palo de la aguja. Les doy sincera palabra de honor que en el
maelstrom de emociones que me había causado la revelación concerniente a
Jeeves, no me había dado cuenta de ello y el descubrimiento me dejo perplejo.
-¿Esto? - dije -.
¡Ah, sí!
-¿Qué es eso de
<¡Ah, sí!>? ¿Qué es eso?
- Es largo de
contar.
- Tenemos toda la
noche por delante.
- Pues pasó así:
imagíneme hace pocas semanas, en <Los Zánganos>, fumando pacíficamente un
cigarrillo después de cenar..
Me interrumpí. El
tipo no me escuchaba, absorto en contemplar una serie de gotas que iban a dar
en la alfombra cayendo del lecho.
-¡Cielos!
- Pacíficamente un
cigarrillo, y hablando con placidez de… Volví a interrumpirme. El viejo había
alzado las sábanas y contemplaba el cadáver de la botella de agua caliente.
-¿Lo ha hecho
usted? - dijo con voz ahogada.
- Bien... Sí... Iba
a decirle...
-¡Y su tía se
esforzaba en afirmarmé que no estaba loco!
- No lo estoy. No.
Sí me deja explicarme...
--Nada de eso,
- Todo empero...
-¡ Silencio!
- Bueno.
Hizo varias
profundas inspiraciones.
- Mí cama está
anegada.
- Todo empezó...
-¡A callar! Y
ahora, miserable idiota, tenga la bondad de decirme dónde está el dormitorio
que se presume que ocupa.
En el piso alto. El
cuarto del reloj.
Gracias. Ya lo
encontraré.
-¿Cómo?
Me miró, torvo.
- Me propongo -
dijo - pasar el resto de la noche en su cuarto, donde verosímilmente habrá una
cama en condiciones de dormir en ella. Puede arreglarse como guste. Buenas
noches. Y salió, dejándome anonadado,
Nosotros, los
Wooster, somos gente adaptable. Sabemos tomar las duras con las maduras. Pero
decir que me complacía la perspectiva inmediata seria faltar a la verdad. Una
mirada al lecho me hizo comprender que toda idea de dormir allí era superflua,
Una merluza podría haber dormido en cualquier sitio, pero Bertram no. Otra
mirada a mi alrededor me dijo que el mejor modo de pasar la noche era
acomodarse en una butaca. Cogí un par de almohadas del lecho, púseme la
alfombrilla sobre las piernas y, sentándome, empecé a contar a efectos de
dormirme.
Pero no servia de
nada. Mí cabeza estaba demasiado llena de ideas para poder dar cabida al sueño.
La odiosa revelación de la traición de Jeeves me despertaba cada vez que me
adormecía. Empezaba a preguntarme si el sueño habría desaparecido de este mundo
cuando una voz dijo a mi lado: <Buenos días, señor», y yo me desperté con un
sobresalto.
Habría jurado que
apenas había dormido un minuto pero al parecer no era así. Porque las cortinas
estaban descorridas, el sol entraba por la ventana y Jeeves se hallaba a mi
lado con una taza de té en una bandeja.
- Felices Pascuas,
señor.
Tendí una débil
mano hacia el restaurador brebaje. Tomé un par de tragos y me sentí algo mejor.
Me dolían todos loa músculos y la cabeza me parecía de plomo; pero me sentía
capaz de pensar con cierto despejo, y así, mirando al hombre, me preparé a
soltarle la rociada.
- Felices Pascuas,
¿ eh? - dije -. Eso depende mucho de lo que usted entienda por felicidad. Y si
supone que van a ser felices para usted, rectifique esa impresión, Jeeves.
Tomé otras dos
tazas de té y seguí, con fría y mesurada voz:
- Deseo hacerle una
pregunta. ¿ Sabía usted o no que sir Roderick Glossop iba a dormir en este
cuarto anoche?
- Sí, señor.
-¿Confiesa que si?
- Sí, señor.
-¿Y no me lo dijo?
- No, señor. me
pareció más juicioso no hacerlo.
-¡Jeeves...!
- Si me permite
explicarme, señor...
-¡ Explicarse!
- Yo sabía que mi
silencio podía conducir a alguna pequeña complicación, señor...
-¡Ah! ¿Lo sabia?
- Sí, señor.
- Adivinó bien -
dije, sorbiendo un poco más de té.
- Pero me pareció,
señor, que, pasase lo que pasara, redundaría en bien suyo.
Bien podría yo
haber deslizado aquí un par de palabritas duras, pero él me las cortó,
prosiguiendo:
- Pensé que
posiblemente usted preferiría que las relaciones con sir Roderick Glossop y su
familia fuesen tirantes más bien que cordiales, señor.
-¿Mis relaciones? ¿
Qué relaciones?
- Me refiero a la
posibilidad de un enlace matrimonial con miss Honoria Glossop, señor.
Una especie de
choque eléctrico me sacudió. Jeeves abría una nueva ruta a los pensamientos. .
Comprendí repentinamente y en un relámpago vi que había sido injusto con mi
buen servidor. Mientras yo suponía que me había echado a las patas de los
caballos, él había procurado librarme de ellas.
Era como en esos
cuentos que lee uno de chico, cuando el viajero se interna en una selva oscura
y su perro le tira de las calzas con los dientes, diciéndole: <¡Detente! ¿A
vas, oh, desgraciado?> Y el perro tira, y el hombre maldice y el perro sigue
tirando y luego de pronto la luna brilla entre las nubes, y el hombre descubre
que estaba al. Borde de un precipicio, y si diera un paso mas... Bien, ya
saben. Y al parecer lo mismo había estado a punto de suceder ahora.
Les doy mi sincera
palabra de que no se me había ocurrido hasta entonces que mi tía Agatha
planease que sir Roderick me acogiese en el redil y me casaran con Honoria
Glossop.
-¡ Dios mío,
Jeeves! - dije, palideciendo.
- Justamente, -
señor.
-¿Cree usted que
había riesgo?
- Muy grave, señor.
Un conturbador
pensamiento acudió a mi mente.
- Pero, dígame,
Jeeves: ¿ no reflexionará sir Roderick que mi objetivo era Tuppy y que lo
sucedido es una mera manifestación del espíritu juvenil, una de esas cosas que
han de mirarse con sonrisa indulgente y perdonarías, previo un paternal
movimiento de cabeza? Es decir, que si piensa que yo no me proponía perseguirle
a él, todo el propósito habrá fracasado.
- No, señor. Me
parece que no. Esa habría sido probablemente la reacción mental de sir
Roderick, de no mediar el segundo incidente.
-¿El segundo
incidente?
- Por la noche,
mientras sir Roderick dormía en el lecho del señor, alguien cruzó la puerta de
sir Roderick, perforó su botella de agua caliente con un instrumento punzante y
se desvaneció en la oscuridad.
No comprendí nada.
-¿ Cómo? ¿ Cree
usted que yo, sonambúlicamente...?
- No, señor. Fué el
señorito Glossop quien lo hizo, Le encontré esta mañana, señor, poco antes de
venir aquí. Estaba muy jovial y me preguntó qué le había parecido a usted el
incidente, ignorando que la víctima había sido sir Roderick.
-Qué asombrosa
coincidencia, Jeeves!
• ¿Señor?
Sí que Tuppy
tuviera exactamente la misma idea que yo. O, más bien, que Roberta. Parece un
milagro.
- No. lo es, señor. Creo que el señorito
Glossop recibió la sugestión de la propia miss Roberta,
¿De Roberta?
- Sí, señor.
-¿ Quiere usted
insinuar que, después de proponerme pinchar la botella de Tuppy propuso a Tuppy
pinchar la mía?
- Precisamente,
señor. Es una joven de muy agudo humorismo,
Me incorporé. El
pensar que había estado a punto de ofrecer la mano, corazón y amor de un joven
fuerte y sincero a una moza capaz de una burla por partida doble, me
estremeció.
-¿Tiene frío el
señor?
- No. Era un
estremecimiento,
- Acaso el
incidente, sí me tomo la libertad de decirlo, refuerce un poco la opinión que
me permití expresarle ayer, señor, de que miss Roberta, aunque es una joven
encantadora en muchos sentidos...
Alcé la mano.
- Ni una palabra
más, Jeeves. El amor ha muerto,
Medité un rato.
-¿ Ha visto esta
mañana a sir Roderick, Jeeves?
- Si, señor.
-¿Qué aspecto
tenía?
- Un poco excitado,
señor.
-¿Excitado?
- Algo conmovido,
señor. Expresó un vivo deseo de charla: con el señor.
-¿Y qué me
aconseja, Jeeves?
- Podría el señor
salir por la puerta trasera, llegar al pueblo y alquilar un automóvil que le
condujese a Londres. Yo llevaría su equipaje en el propio coche del señor.
-¿Londres, Jeeves?
¿ Puedo estar seguro? Mi tía Agatha se halla en Londres.
-¿Entonces...?
El me miró un
instante, impertérrito.
- Creo, señor, que
lo mejor seria salir de Inglaterra, que en esta época del año no es país
agradable. No me tornaré la libertad de dictar sus actos, pero como el señor
tiene asiento reservado en el exprés azul, para Montecarlo, pasado mañana.
- Pues, ¿ no
canceló la reserva?
- No, señor.
- Se lo mandé.
- Sí, señor. E iba
a hacerlo, pero se me borró la gestión de la cabeza.
- jOh!
- Sí, señor.
- Muy bien, Jeeves.
En ese caso, a Montecarlo. -
- Muy bien, señor.
- Es una suerte, ya
que las cosas se han puesto así, que usted olvidase cancelar la reserva de
asiento.
- Muy afortunado,
señor. Si aguarda aquí un momento, le traeré de su cuarto un traje.

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