© Libro N° 14020. Adiós A Todos
Los Gatos. Wodehouse,
P.G. Emancipación. Julio 5 de 2025
Título Original: © Adiós A Todos Los Gatos. P.G.
Wodehouse
Versión Original: © Adiós A Todos Los Gatos. P.G. Wodehouse
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LOS GATOS
P.G. Wodehouse
Adiós A Todos
Los Gatos
P.G. Wodehouse
Cuando la gatita
entró en el fumador del Club de los Zánganos y saludó a los que en él se
encontraban con un amistoso "¡miau!", Freddie Widgeon, que había
permanecido sentado en un rincón, con la cabeza entre las manos, se levantó
rígidamente.
—Creí —dijo con una
voz glacial— que esto era un tranquilo lugar de reposo para personas. Como veo
que es un cochino e insoportable parque zoológico, me marcho.
Y abandonó la
estancia ostentosamente.
El hecho produjo
gran sorpresa, no exenta de consternación.
—¿Qué le pasa?
—preguntó un dandi, perplejo.
Estas exhibiciones
de emociones al desnudo son raras en aquel Club.
—¿Ha habido algún
incidente entre los dos?
Un lechuguino que
siempre solía estar bien informado negó con la cabeza.
—Freddie no ha
tenido personalmente ningún incidente con este gato en particular —dijo—. Se
trata simplemente de que desde el fin de semana que pasó en Matcham
Scratchings, no puede ver a los gatos ni en pintura.
—¿Matcham qué?
—Scratchings. La
casa solariega de Dahlia Prenderby, en el condado de Oxford.
—Me presentaron a
Dahlia Prenderby —dijo el dandi— y me pareció una muchacha encantadora.
—También a Freddie.
La amaba locamente.
—Y ha reñido con
ella, por supuesto.
—Efectivamente.
—Yo creo —dijo el
pensativo gomoso— que si todas las muchachas a las cuales ha amado Freddie
Widgeon y con las cuales ha reñido fuesen colocadas una al extremo de la otra
(y ya supongo que esto es imposible), la hilera llegaría hasta mitad de camino
de Piccadilly.
—Más lejos, creo yo
—dijo el dandi—. Alguna de ellas era muy alta. Lo que me extraña es por qué se
molesta en amarlas. Porque al fin y a la postre, todas le dejan plantado. Daría
lo mismo que no empezara nunca. Sería mejor aún, en realidad, porque con el
tiempo ahorrado podría leer algún libro.
—Creo que lo que le
pasa a Freddie —dijo el lechuguino— es que siempre quiere correr demasiado. Es
un muchacho de buen aspecto, que baila bien y que sabe acariciar los oídos de
las muchachas; ello deslumbra a una joven en los primeros momentos, y a él le
alienta a seguir adelante. Por lo que él me ha explicado, parece que con esta
joven Prenderby llegó muy lejos. Tanto, que cuando ella le invitó a que fuese a
su casa de Matcham Scratchings, él ya había comprado un ejemplar de "Lo
que tiene que saber el que va a casarse".
—Son estrafalarios
estos nombres de las antiguas casas de campo —musitó el gomoso—. ¿Por qué
Matcham Scratchings?
—A Freddie también
le parecía extraño, hasta que llegó allí. Entonces, según dice, vio que era
exactamente la palabra adecuada . La
familia de esta muchacha es de aquellas tan aficionadas a los animales, y según
dice él, la casa era una especie de Arca de Noé. En todo lo que abarcaba la
vista, se veían perros que se arañaban entre sí y gatos que arañaban a los
muebles. Creo —a pesar de que a él no llegaron a presentárselo formalmente— que
hasta tenían un chimpancé domesticado que sin duda arañaba también como los
demás. Imaginad cómo sería la vida en una casa tal, y, además, situada a unas
seis millas de la estación más próxima.
Fue a esta estación
adonde Dahlia Prenderby fue a recibir a Freddie con su coche biplaza, y durante
el camino hacia la casa se entabló una conversación que considero
significativa, pues muestra las cordiales relaciones existentes entre ambos
jóvenes en aquel momento. Quiero decir que las amarguras no surgieron hasta más
tarde.
—A ver si tienes
éxito, Freddie —dijo la muchacha, después de hablar de varias cosas—. Muchos de
los jóvenes a quienes he invitado a veces aquí han resultado puros fracasos. Lo
principal es causar buena impresión a papá.
—Lo intentaré —dijo
Freddie.
—Papá es un poco
difícil, a veces.
—Tú preséntamelo
—dijo Freddie—. Es todo lo que pido: que me lo presentes.
—Lo malo es que a
él no le gustan mucho los jóvenes.
—Yo le gustaré.
—¿Sí?
—Creo que sí.
—¿Qué te lo hace
creer?
—Soy un tipo
fascinador.
—¿De veras?
—Te lo aseguro.
—¿Lo dices en
serio?
—Naturalmente.
Después de lo cual
se hicieron unas monadas, se echaron a reír, él le hizo una carantoña y ella le
hizo otra a él; y ella le dijo: "Eres un tontuelo", y él le contestó:
"Sí, estoy tonto por ti." Todo lo cual demuestra cómo estaba la situación
en aquel entonces. Nada concreto, por supuesto, pero era evidente que el Amor
empezaba a hurgar en el corazón de la joven.
Naturalmente,
Freddie pensó bastante durante el viaje en aquel padre, del cual había hablado
tan medrosamente la joven, y resolvió no decepcionar a la muchacha. El modo
cómo vencería la resistencia del viejo papá era cosa que sólo a él importaba.
Se propuso ejercer sobre él la plena fuerza de su magnética personalidad, y
empezó a mirar firmemente para adquirir una actitud impresionante.
Sentadas las cosas
de este modo, casi es inútil deciros, conociendo a Freddie como conocéis, que
su primera acción al entrar en la órbita de sir Mortimer Prenderby fue la más
inesperada, pues le arrojó al cogote un gato pardo, tan sólo diez minutos después
de su llegada.
Como su tren se
había retrasado algo, no quedó tiempo para llegar a la casa en hora hábil para
recepciones, presentaciones o simplemente para montar arcos de triunfo. La
muchacha se limitó a mostrarle la habitación que le estaba destinada, y a
decirle que se vistiera en un santiamén, pues la cena empezaría dentro de un
cuarto de hora; luego se fue a dar un último vistazo personal a la sopa y al
pescado. Freddie se vestía pacíficamente cuando, al buscar en derredor suyo una
camisa que había dejado encima de la cama, vio un gatazo pardo puesto sobre la
camisa, ensuciándola con sus zarpas.
Ya sabéis cuáles
son los sentimientos de un individuo sobre la blancura de su pechera. Así,
pues, dando un rugido, saltó, cogió al animal y, llevándolo a la ventana, lo
dejó caer en el vacío. Y un caballero de edad madura que en aquel mismísimo
momento doblaba la esquina de la casa y pasaba debajo de la ventana, recibió al
gato en pleno cogote.
—¡Diablos! —gritó
en anciano.
Una cabeza asomóse
a una ventana.
—¿Qué te pasa,
Mortimer?
—Llueven gatos.
—No digas
tonterías. Hace un anochecer magnífico —dijo la cabeza. Y desapareció.
Freddie creyó que
estaba indicado presentar sus excusas.
—Oiga —dijo.
El anciano miró
hacia todas las direcciones de la brújula, y finalmente localizó a Freddie en
la ventana.
—Oiga —dijo
Freddie—. Siento profundamente haberle dado este susto. He sido yo.
—No ha sido usted.
Ha sido un gato.
—Lo sé. Pero el
gato lo eché yo.
—¿Por qué?
—Ya verá...
—¡Rematado
idiota...!
—Lo siento —dijo
Freddie.
—¡Váyase al diablo!
—dijo el viejo.
Freddie se metió en
su cuarto, y el incidente quedó concluido.
Por regla general,
Freddie se viste aprisa, pero este episodio le trastornó, y no sólo perdió el
gemelo del cuello, sino que se hizo un lío con las dos primeras corbatas. El
resultado fue que cuando sonó el gongo, él estaba aún en mangas de camisa: y al
salir de su vestidor, un criado le informó de que toda la pandilla se hallaba
ya en el comedor, tomando el bouillon. Fuese directamente allí, por tanto, y se
dejó caer en una silla al lado de su huéspeda, con el tiempo preciso para
atraparlos en la cucharada final.
Cosa rara: sentíase
muy en forma, debido a lo agradable que resultaba pensar que tenía las rodillas
debajo de la misma mesa que Dahlia: así, pues, luego de haber saludado con una
inclinación de cabeza al jefe de la familia (que se quedó mirándole fijamente
desde un extremo de la mesa), como para decirle que todo se explicaría a su
debido tiempo, se revistió de valor y empezó una chispeante conversación con
lady Prenderby.
—Están ustedes en
un lugar muy hermoso.
Lady Prenderby dijo
que el panorama local era generalmente admirado por todo el mundo. Era una de
aquellas mujeres altas e inmensas, tipo reina Elizabeth, con los labios
apretados y fríos, y ojos como manjar blanco. A Freddie no le gustaron mucho
sus miradas, pero, como he dicho, aquella noche se sentía muy en forma, de modo
que continuó tan parlanchín como antes.
—¿Debe ser buen
país para cazar, eh?
—Creo que sí.
—Ya lo he supuesto
—prosiguió Freddie—. ¡Ah, es magnífico ir de caza! Uno galopa de lo lindo
durante un buen rato, hasta que al fin se descubre una buena pieza. ¡Ah,
entonces! ¡A ella, muchachos! ¡Duro con ella! ¡Ah! ¡Ah! ¡Adelante! Y cosas por
el estilo.
Lady Prenderby
estremecióse austeramente.
—Me temo que no
pueda compartir su entusiasmo —dijo—. Detesto la caza. Siempre me ha dado asco,
tanto la caza como cualquier otro de estos salvajes deportes en los que se
vierte sangre.
Aquello fue como un
jarro de agua fría para Freddie. Confiaba en que el tema cinegético le haría
adelantar mucho y con presteza. Ahora se detuvo, como medida preventiva. Y
cuando calló para reorganizar sus sentidos, el jefe de la familia, que hacía
cinco o seis minutos que no quitaba la vista de Freddie, se llevó una mano
delante de la boca y se dirigió a Dahlia a través de la mesa. Freddie dice que
el viejo debía tener la idea de que hablaba en un susurro, pero en realidad las
palabras estallaron en el aire como si hubiese sido una verdulera que estuviere
pregonando las excelencias de sus coles de Bruselas.
—Dahlia.
—¿Qué, papa?
—¿Quién es ese tío
tan feo?
—¡Sss!
—¿Qué quieres decir
con eso de "sss"? ¿Quién es?
—Míster Widgeon.
—¿Míster qué?
—Widgeon.
—Pronuncia bien, y
no me vengas con tartajeos —dijo sir Mortimer, insistentemente—. Me ha parecido
oír una cosa como "Widgeon". ¿Quién le ha invitado?
—Yo.
—¿Por qué?
—Porque es amigo
mío.
—Pues me río yo de
tus amigos. Tiene cara de criminal.
—¡Sss!
—¿Por qué vuelves a
decir "sss"? Además, debe estar loco. Echa gatos a la gente.
—¡Por favor, papá!
—¡No digas
"por favor, papá"! No tiene sentido común. Te aseguro que echa gatos
a la gente. Me ha echado uno a mí. Está idiotizado. Esa es la palabra. Además,
es el joven más repelente que he visto en mi vida. ¿Hasta cuándo piensa estar
aquí?
—Hasta el lunes.
—¡Dios mío! ¡Y hoy
estamos a viernes tan sólo! —gritó sir Mortimer.
Era una situación
desagradable para Freddie, naturalmente, y tengo que reconocer que no la supo
capear bien. Evidentemente, lo que tenía que haber hecho era entablar una
conversación fácil, sobre cosas de ninguna importancia. Pero no se le ocurrió
otra cosa que ponerse a hablar de caza con lady Prenderby. Como ésta le
contestó que no poseía instintos salvajes y que no le divertían los
espectáculos sangrientos, con lo cual proclamaba que no era ninguna asesina
despiadada, cayó en el más profundo silencio, y con la boca abierta.
De todos modos, no
se sentía muy desgraciado cuando terminó la cena.
Como él y sir
Mortimer eran los únicos hombres de la mesa, pues la mayoría de los puestos
habían estado ocupados por una serie de mujeres de media edad a las cuales él
clasificó con la etiqueta de "tías", le pareció a Freddie que ahora
había llegado el momento en que podrían quedarse a solas, en más afortunadas
condiciones que las de su último encuentro, y además, que podrían empezar a
conocerse mutuamente. Pensó que podrían tener un cordial tête-á-tête al tomar
el oporto, durante el cual él sacaría a colación, con toda clase de
precauciones, el asunto del gato, y en términos generales, haría cuanto
estuviese en su poder para que el otro se sintiese inducido a modificar la
desfavorable opinión que sobre él debía haber formado.
Pero al parecer sir
Mortimer tenía ideas propias sobre los deberes y obligaciones de un huésped. En
lugar de agasajar a Freddie con vasos de oporto, se limitó a dispararle una
larga mirada de desagrado, y salió al jardín por la puerta vidriera. Al cabo de
un momento asomó la cabeza y pronunció estas palabras: "¡Váyase al
infierno usted y sus condenados gatos!" Y la oscuridad de la noche se lo
volvió a tragar.
Freddie estaba
perplejo. No sabía a qué podía ser debido aquello. Había estado en buen número
de casas campestres, en esta época, pero aquélla era la primera vez en que le
dejaban plantado después de la cena, y la verdad era que no sabía cómo afrontar
la situación. Lo estaba meditando aún, cuando reapareció la cabeza de sir
Mortimer, y su propietario, después de dirigirle una de aquellas miradas suyas
tan especiales, dijo:
—¡Malditos gatos!
—y desapareció de nuevo.
Freddie quedó
definitivamente anonadado. Le era muy cómodo a Dahlia Prenderby decirle que se
hiciera amigo de su padre; pero ¿cómo puede hacerse uno amigo de un individuo
que no se deja ver por espacio de dos segundos consecutivos? Si era intención
de sir Mortimer pasarse el resto de la noche sacando y escondiendo la cabeza
como un títere, parecían existir pocas esperanzas de que se llegara a producir
un genuino rapprochement. Fue para él un alivio cuando súbitamente apareció su
antiguo amigo el gato pardo. Parecía ofrecerle la posibilidad de matar el
aburrimiento.
Dirigióse al plato
de lady Prenderby, cogió un resto de plátano que había en él, y lo arrojó al
animal, desde unas dos yardas de distancia. El gato maulló y retiróse. Un
momento después, reapareció sir Mortimer.
—¿Ha dado una
patada a aquel gato? —preguntó sir Mortimer.
Freddie estuvo a
punto de preguntar a aquel viejo si era de veras un hombre o un muñeco de caja
de sorpresa, pero la buena crianza de los Widgeon le contuvo.
—No —dijo—, no he
dado ningún puntapié al gato.
—Algo debe de
haberle hecho usted, para que saliera corriendo a cuarenta millas por hora.
—Simplemente, le he
ofrecido un poco de fruta.
—Vuélvalo a hacer,
y ya verá qué le ocurre.
—Qué noche tan
espléndida, ¿eh? —dijo Freddie, cambiando la conversación.
—¡No, no lo es!
¡Tonto, asno! —dijo sir Mortimer.
Freddie se levantó.
Creo que sus nervios estaban algo tensos.
—Voy a reunirme con
las señoras —dijo majestuosamente.
—Las compadezco,
pobrecitas —contestó sir Mortimer Prenderby con voz cavernosa.
Y desapareció de
nuevo.
Freddie, pensativo,
encaminóse hacia el salón. Yo no diré que sea hombre de gran inteligencia, pero
sí que tiene bastante para saber cuándo las cosas van bien o no. Aquella noche
comprendió que no iban bien, ni mucho menos. Por consiguiente, cuando entró en
el salón no lo hizo precisamente como si fuese el ídolo de Matcham Scratchings,
sino más bien como un individuo que ha causado una penosa primera impresión, y
que tiene que realizar grandes esfuerzos para poder congraciarse con las
personas de la casa.
Pensó que tenía que
hacer lo que pudiese en este sentido. Y sabiendo, cuánto las gusta a estas
mujeres anticuadas que han vivido en el campo toda su vida la exhibición de
aquellas atenciones y cortesías que tan en boga estaban en tiempo de la reina
Victoria, lo primero que hizo al entrar fue dirigirse a una de las tías que, al
parecer, estaba buscando un lugar donde dejar la taza del café.
—Permítame usted
—dijo Freddie con voz melosa.
Y adelantándose,
creyendo que iba a recoger una taza, se encontró con que lo que tenía la señora
era un gato.
—Oh, perdone —dijo.
Dio un paso atrás,
y tuvo la desgracia de poner el tacón de su zapato sobre otro gato.
—Oh, lo siento, lo
siento mucho —dijo.
Avanzó hacia una
silla, y se dejó caer pesadamente... encima de otro gato.
Otra vez hubo de
levantarse y empezar de nuevo a dar excusas. Por supuesto, hubo muchos "no
hay de qué" y "no tiene importancia", pero él sabía leer entre
líneas. La mirada de lady Prenderby había permanecido fija en la suya sólo breves
instantes, pero ya era bastante. Su presencia ante ella era ahora,
aproximadamente —pensó—, como habría sido la del rey Herodes en una Velada
Sabatina de Madres Israelitas.
Durante esta
escena, la joven Dahlia había permanecido sentada en el sofá, en un extremo de
la estancia, hojeando un semanario, y cuando Freddie la vio, se sintió atraído
como por un imán. Su compasión femenina era lo que más necesitaba Freddie en
aquellos momentos. Con infinitas precauciones atravesó la estancia hasta donde
estaba sentada la joven, y después de explorar el terreno detenidamente, para
evitar nuevos encuentros con otros gatos, se dejó caer pesadamente en el sofá,
al lado de Dahlia. Pero ¡imaginad cuál sería su angustia al descubrir que
aquella compasión femenina que él tanto necesitaba, había desaparecido! La
joven estaba glacial como un mantecado.
—No te molestes en
darme explicaciones —le dijo fríamente, en respuesta a sus primeras palabras—.
Comprendo perfectamente que puede haber gente a quien no gusten los animales.
—Pero, ¡por Dios!
—exclamó Freddie, moviendo el brazo en ademán de desesperación—. ¡Oh, perdona!
—añadió.
Porque al mover el
brazo en ademán de desesperación, pegó sin querer un puñetazo a otro ejemplar
de la colección, con tan mala fortuna, que le hizo dar unas volteretas en el
aire.
Dahlia lo cogió en
pleno vuelo.
—Me parece que lo
mejor que puedes hacer, mamá, es coger a "Augusto". Al parecer está
molestando a míster Widgeon.
—Sí, sí —contestó
lady Prenderby—. Estará más seguro conmigo.
—Pero, es que...
—jadeó Freddie.
Dahlia Prenderby
dio un profundo suspiro.
—Cuan cierto es
—dijo— que una nunca conoce realmente a un hombre hasta que lo ha visto en su
propia casa.
—¿Qué quieres decir
con esto?
—Oh, nada —contestó
Dahlia Prenderby.
Levantóse y se
encaminó al piano, donde se puso a cantar lánguidamente antiguas canciones
populares bretonas, dejando a Freddie que se las compusiera como buenamente
pudiese con un álbum de fotografías de la familia, que contenía retratos con
inscripciones como las siguientes: "Tía Emmy bañándose en Llandudno,
1893" y "Este es primo George, en un baile de disfraces".
Y de este modo
transcurrió la larga, tranquila y pacífica velada familiar, hasta que al fin,
compasivamente, lady Prenderby la dio por terminada, y Freddie quedó en
libertad para escurrirse hacia su cuarto.
Es de suponer que,
al subir la escalera con la vela en la mano, los pensamientos de Freddie
estaban fijos exclusivamente en la joven Dahlia. Pero no era así. Claro que
dedicó cierta atención al cambio de actitud de la muchacha, pero lo que
realmente llenaba su mente era el consolador pensamiento de que, a la larga, su
camino y el de aquel reino animal de Matcham Scratchings, se habían separado,
ahora. El tomaba, por decirlo así, el camino real, mientras que ellos torcían
por el camino vecinal. Porque fuese la que fuese la situación en el comedor, en
el salón y en el resto de la casa, por lo menos, pensó, su dormitorio estaría
libre de gatos de todas clases.
Recordando, de
todas maneras, aquel desgraciado incidente ocurrido poco antes de cenar, se
puso de cuatro patas, y examinó todos los rincones. No descubrió ningún gato.
Aliviado, se levantó, silbando jovialmente. Pero no había interpretado aún un
par de compases, cuando súbitamente una voz empezó a interpretar el
acompañamiento; volvióse y encontró que en la cama estaba un bonito perro
alsaciano.
Freddie contempló
al perro. Este miró a Freddie. La situación era embarazosa. Una mirada al
animal bastó para convencerle de que el perro había adoptado una actitud
totalmente equivocada, y le consideraba a él, simplemente, como un forastero
intruso que se había metido en el lugar en que él dormía usualmente. Parecía
experimentar hacia él un gran resentimiento. Miraba a Freddie con un ojo
glacial y amarillo, y fruncía ligeramente su labio superior, a fin de poder
mostrar mejor un largo y blanco diente. Además, frunció la nariz y dio, sotto
voce, una imitación de un lejano trueno.
Freddie no sabía en
absoluto qué hacer. Era imposible meterse entre las sábanas con aquello encima
de la colcha. Pasar la noche en una silla, por otra parte, era contrario a su
política. Hizo lo que consideró más diplomático: salió a la ventana y examinó
detenidamente la fachada de la casa por si veía en ella alguna otra ventana con
luz, detrás de la cual pudiese haber alguien que le ayudara.
A poca distancia
debajo de la suya, vio una ventana iluminada, de modo que asomó la cabeza
cuanto pudo, y gritó:
—¡Oiga!
Nadie contestó, y
él repitió:
—¡Oiga!
Y finalmente, para
no dejar ninguna duda de que llamaba, añadió:
—¡Oiga, oiga, oiga!
Esta vez obtuvo
respuesta. Súbitamente asomó por aquella ventana la cabeza de lady Prenderby,
la cual preguntó:
—¿Quién hace este
alboroto infernal?
No era precisamente
la actitud que había esperanzado Freddie, pero intentaría sacar el mejor
partido posible.
—Soy yo, Frederick
Widgeon.
—¿Por qué sale a
cantar a la ventana, míster Widgeon?
—No cantaba. Decía
"¡oiga!"
—¿Qué decía?
—"¡Oiga!"
—¿Qué?
—Digo que decía
"¡oiga!". Una especie de grito de auxilio, ¿sabe usted? El caso es
que hay un perro en mi cuarto.
—¿Qué clase de
perro?
—Parece un perro
alsaciano.
—¡Ah! Seguramente
será "Guillermito". Buenas noches, míster Widgeon.
La ventana se
cerró. Freddie prorrumpió en otro grito.
—¡Pero oiga!
La ventana volvióse
a abrir.
—Realmente, míster
Widgeon...
—Pero, ¿qué tengo
que hacer?
—¿Hacer?
—Sí; ¿qué tengo que
hacer con este perro alsaciano?
Lady Prenderby
quedóse unos momentos pensativa.
—No le dé galletas
—contestó al fin—. Y cuando la camarera le traiga el desayuno, haga el favor de
no darle azúcar. Sólo un poco de leche en un platito. Está a dieta. Buenas
noches, míster Widgeon.
Freddie quedó
anonadado. A pesar de lo dicho por la señora de la casa sobre la dieta de aquel
animal de perro, a juzgar por la actitud de éste era evidente que su consejero
médico no le había prohibido comer Widgeon. Por consiguiente, sometió de nuevo
su cerebro a la dura tarea de buscar una solución.
Encontró varios
métodos de acción. Como su ventana no distaba mucho del suelo, podía saltar, si
quería, y pasar una saludable noche en el arriate de los gladiolos. También
podía tenderse en el suelo. También podía salir del cuarto y echarse en
cualquier parte.
Esto último parecía
lo mejor. El único obstáculo para llevarlo a cabo era que, al salir del cuarto,
el compañero que le había usurpado la cama le tomaría probablemente por un
facineroso que se dedicara a robar la plata de las casas de campo solitarias, y
se le echaría encima. De todos modos, tenía que arriesgarse, y al cabo de un
momento ya estaba andando con las puntas de los pies por la alfombra.
Los primeros
momentos fueron alentadores. Cuando emprendió la marcha, el perro parecía estar
ocupado en algo así como uno de los almohadones que estaban encima de la cama.
Lamía pensativamente este objeto, y no prestó atención a Freddie hasta que éste
ya había recorrido un buen trayecto en la tierra de nadie. Entonces dio un
súbito brinco hacia el joven, y dos segundos después, Freddie, con una dolorosa
sensación en el lugar de sentarse, ya se hallaba encaramado en la cumbre de un
armario, con el perro debajo de él, sin perderle de vista. Dice Freddie que si
en su vida hubo un momento en que se había movido más rápidamente fue cuando
tenía catorce años, en una ocasión en que su tío, lord Blicester, le sorprendió
en la biblioteca fumándose uno de sus cigarros. Pero cree que en la presente
ocasión batió aún el record de velocidad establecido en aquella época.
Le pareció que de
aquel modo podía dar por resuelto el problema de cómo dormiría aquella noche.
Pero la idea de tener que dormir encima de un armario por temor a un perro era
muy ofensiva para su amor propio, como es fácil imaginar. Sin embargo, no se puede
ir con razonamientos a los perros alsacianos; por consiguiente, aquella parecía
ser la única solución posible, y estaba probando de ponerse todo lo cómodo que
una tabla de madera puede permitir, cuando en el corredor se oyó un bufido, y
por la puerta entró un objeto, que no pudo identificar al principio a causa de
lo escaso de la luz. Parecía algo así como un limpia-plumillas, o un trozo de
alfombrilla de las que se ponen ante la chimenea. Observó más detenidamente, y
pudo convencerse de que se trataba de un perrito pequinés.
La incertidumbre de
Freddie respecto a la situación legal del recién llegado fue compartida, al
parecer, por el perro alsaciano; porque el pequinés, después de enderezar las
orejas con ademán de perplejidad, se levantó y avanzó con interrogante actitud.
Levantó una pata e hizo retroceder al intruso. Luego avanzó de nuevo, levantó
la nariz y dio un bufido.
Era una acción muy
oportuna. Estos pequineses son mala gente, especialmente cuando se trata, como
en el caso presente, de una hembra. Plantan cara a todo el mundo, y siempre
están a punto de contener las familiaridades excesivas. Prodújose una fuerte
explosión, o algo que lo parecía, y al momento, el alsaciano salió disparado de
la estancia, con la cola entre las piernas, fieramente perseguido. Freddie oía
el fragor de la batalla cómo se alejaba por el corredor, y le pareció una
música celestial. Esto era lo que se había merecido hacía tiempo el alsaciano,
y ahora ya lo tenía.
Al cabo de unos
momentos volvió el pequinés, con la frente goteando sudor, y se sentó debajo
del armario, moviendo la cola. Y Freddie, sintiendo la sensación de que ya
había pasado el peligro, y de que se hallaba en libertad para bajar de donde se
encontraba, descendió del armario.
Lo primero que hizo
fue cerrar la puerta, y lo segundo fraternizar con su libertador. Freddie es un
individuo partidario de agasajar a quien se lo merece, y le pareció que aquel
pequinés se había portado como un gran personaje en su especie. Por consiguiente,
no ahorró esfuerzo alguno para obsequiarle. Se tendió en el suelo, y se dejó
lamer la cara por él doscientas treinta y tres veces. Le hizo cosquillas debajo
de la oreja izquierda, y luego bajo la derecha, así como en el extremo de la
cola, por el orden que queda mencionado. Y por último le rascó la barriga.
El animal recibió
todas estas atenciones con cordialidad y visible satisfacción; y como pareciera
dispuesto a divertirse más, y considerara a Freddie como Gran Maestro de
diversiones, el joven, pensando que no podía decepcionarle, antes al contrario,
tenía que atender bien a su huésped a toda costa, se quitó la corbata y se la
dio al perro para que jugara con ella. No lo habría hecho por cualquiera —dice
él—, pero tratándose de aquel pequinés que le había salvado la vida, todo era
poco.
Aquello iba como
una seda. Fue un éxito desde el principio. El pequinés la mascó, jugó con ella
y se envolvió en ella, la paseó por toda la habitación, y había empezado ya a
agitarla de un lado a otro, cuando ocurrió un hecho desgraciado. Calculando mal
la distancia, al mover furiosamente la cabeza para jugar con la corbata, se dio
un tremendo golpe contra una pata de la cama.
Al momento estalló
en una serie de espantosos chillidos que resonaron en la noche como si
estuvieran asesinando a alguien. Le sorprendió que un simple pequinés, que
además era tan jovencito, fuese capaz de producir aquellos rugidos. Dice que un
baronet asesinado con un cortapapeles en su biblioteca, no habría armado tanto
ruido.
Luego empezaron a
disminuir los gritos. Súbitamente, como si nada hubiese ocurrido, el pequinés
cesó totalmente en sus gritos, y con risueña sonrisa volvió de nuevo a jugar
con la corbata. Y en el mismo momento se oyó un murmullo fuera del cuarto y
unos golpecitos dados a la puerta.
—¿Quién va?
—preguntó Freddie.
—Soy yo, señor; soy
Biggleswade.
—¿Quién es
Biggleswade?
—El mayordomo,
señor.
—¿Y qué quiere
usted?
—La señora me ha
ordenado que venga a buscar al perro que está usted torturando.
Hubo más cuchicheo.
—La señora me ha
ordenado también que le diga que informará de este caso mañana por la mañana a
la Sociedad Protectora de Animales.
Más cuchicheo.
—También me ha
ordenado la señora que le diga que si persiste usted en torturar al perro, le
dé en la cabeza con el atizador.
No me diréis que
eso fuese agradable para el pobre Freddie, y así debió de considerarlo él.
Abrió la puerta, y vio en el corredor un grupo integrado por lady Prenderby, su
hija Dahlia, un surtido de tías, y el mayordomo, con el atizador. Y dice que
encontró la mirada de Dahlia, que le penetraba como hoja de cuchillo.
—Permitan que les
explique... —empezó.
—Ahórrenos los
detalles —dijo lady Prenderby estremeciéndose.
Cogió al pequinés y
empezó a sobarlo, buscándole los huesos rotos.
—Pero, escuchen...
—Buenas noches,
míster Widgeon.
Las tías también
dieron las buenas noches, y el mayordomo también. La joven Dahlia guardó un
rebelde silencio.
—Pero les aseguro
que no ha sido nada. Se dio un porrazo en la cabeza contra la cama.
—¿Qué dice?
—preguntó una de las tías que era algo dura de oído.
—Dice que ha dado
un porrazo al pobre animal contra la cama —dijo lady Prenderby.
—¡Es horrible!
—dijo la tía.
—¡Qué barbaridad!
—exclamó otra tía.
Una tercera tía
abrió otro camino a los pensamientos. Dijo que con hombres como Freddie en la
casa, nadie estaba seguro. Insinuó la posibilidad de que todos perecieran
asesinados en sus camas. Y aunque Freddie dijo que estaba dispuesto a darles
garantía escrita de que no tenía la menor intención de acercarse a la cama de
nadie, la idea pareció haber producido honda emoción.
—Biggleswade —dijo
lady Prenderby.
—¿Señora?
—Usted permanecerá
en este corredor lo que resta de noche, con el atizador en la mano.
—Muy bien, señora.
—Si este hombre
intenta salir de su cuarto, aséstele un buen golpe en la cabeza.
—Bien, señora.
—Pero, oigan...
—dijo Freddie.
—Buenas noches,
míster Widgeon.
El grupo se
dispersó. A poco, el corredor quedó vacío, salvo en lo que se refiere a
Biggleswade, el mayordomo, que empezó a pasear de un extremo a otro del
pasillo; de vez en cuando se detenía y azotaba el aire con el atizador como
para probar la agilidad de sus músculos, hasta que quedaba satisfecho.
Aquel espectáculo
era tan desagradable que Freddie se retiró a su cuarto y cerró la puerta. Como
podéis imaginar, su pecho rebosaba calamitosas emociones. Aquella mirada que le
había dado Dahlia Prenderby le había dejado anonadado. Comprendió que tenía que
meditar sobre la situación, y para pensar mejor se sentó en la cama.
O, para ser
exactos, sobre el gato muerto que estaba encima de la cama. Este gato era lo
que el perro alsaciano había estado lamiendo hasta el momento en que se
rompieron definitivamente sus relaciones con Freddie: el objeto que, como
recordaréis, Freddie confundió con un almohadón.
Dio un salto como
si el gato muerto, en lugar de estar helado, estuviera al rojo vivo.
Quedóse mirándolo
con la desesperada esperanza de que el animal no tuviese otra cosa que un
desmayo. Pero una mirada bastó para convencerle de lo contrario. Jamás había
encontrado un gato que estuviese más muerto que aquél.
No hay que decir
que el bueno de Freddie quedó mudo de asombro. Ya su reputación en aquella casa
estaba a cero, y su nombre por los suelos. Toda aquella gente le tenía por
Widgeon, el Viviseccionista Aficionado. Este desastre final sería su
consagración definitiva. Antes, había tenido la leve esperanza de que por la
mañana, cuando se hubiesen apaciguado algo los ánimos, podría explicar el caso
del pequinés. Pero, ¿quién querría escucharle si le encontraban el gato muerto?
Y entonces se le
ocurrió que existía la posibilidad de que el gato muerto no se le encontrase a
él. No tenía que hacer más que bajar y dejar el cadáver en el salón o en
cualquier otra parte, y las sospechas no recaerían sobre él. Después de todo,
en una casa tan llena de gatos como aquella, estos animales deben de morir como
moscas. Una camarera encontraría el gato por la mañana, e informaría al Gran
Cuartel General que el ejército gatuno de la casa se había reducido en una
unidad, se producirían algunas lamentaciones y quizá una o dos lágrimas, y
luego la cosa quedaría olvidada.
El proyecto le
reanimó. Lleno de actividad y eficiencia cogió el gato muerto por la cola, y ya
iba a salir del cuarto cuando, dando un sordo gruñido, se acordó de
Biggleswade.
Asomó la cabeza.
Podía ser que el mayordomo, una vez libre de la presencia de la dueña de la
casa, se hubiese marchado y hubiese reanudado el sueño. Pero no. "Servicio
y Fidelidad" era, evidentemente, la divisa de Matcham Scratchings. Allí
estaba el individuo, ensayándose aún con el atizador. Freddie cerró la puerta.
En el mismo momento
de cerrarla pensó en la ventana. Allí estaba la solución. Había perdido el
tiempo pensando en puertas y salones, mientras la ventana le ofrecía la mejor
de las soluciones. No tendría que hacer más que echar el gato muerto al
silencio de la noche, y dejar que fuesen los jardineros, y no las camareras,
quienes lo descubriesen.
Apresuróse a llevar
a cabo el proyecto. Levantó al muerto, y lo balanceó en el aire. Luego lo
soltó, y de las profundidades de la noche surgió súbitamente el aullido de un
hombre corpulento hecho una furia.
—¿Quién ha tirado
este gato?
Era la voz del
señor de la casa, sir Mortimer Prenderby.
—¡Traedme al que ha
tirado este gato! —rugió con voz de trueno.
Abriéronse las
ventanas. Asomáronse cabezas. Freddie se dejó caer al suelo, y se refugió
contra la pared de la ventana.
—¿Qué pasa,
Mortimer?
—¡Que me traigan al
que me ha tirado un gato a la cara!
—¿Un gato? —la voz
de lady Prenderby parecía de gran perplejidad—. ¿Estás seguro?
—¿Seguro? ¿Qué
quieres decir, seguro? ¡Claro que estoy seguro! Acababa de echarme en la hamaca
para descabezar un sueñecito, cuando de pronto vino un animal de gato, silbando
por el aire, y me ha ido a parar de lleno a la cara. Es magnífico. Un hombre no
puede dormir en la hamaca de su propio jardín, sin que la gente le venga
molestando con los gatos. Quiero la sangre del que me ha tirado este gato.
—¿De dónde ha
venido?
Sir Mortimer señaló
la ventana de Freddie.
—Tiene que haber
venido de aquella ventana.
—Es la de míster
Widgeon —dijo lady Prenderby con voz ácida—. Ya podría haberlo supuesto.
Sir Mortimer soltó
un grito.
—¡Ya podría
habérmelo imaginado! ¡Es Widgeon, naturalmente! Es aquel tío tan feo. Se pasa
el día y la noche tirando gatos a la gente. Aún me escuecen los arañazos que me
ha hecho el gato que me tiró antes de cenar. Que venga alguien y abra la puerta
de entrada. Voy a buscar mi bastón grande, el de puño de marfil. O tal vez iría
mejor un látigo de caballo.
—Espera, Mortimer
—dijo lady Prenderby—. No te precipites. Este hombre es, evidentemente, un loco
peligroso. Enviaré a Biggleswade para que le domine. Va armado con el atizador
de la cocina.
—Poco queda por
contar —dijo el lechuguino. A las dos y cuarto de aquella madrugada, una
tétrica figura ataviada con traje de etiqueta, pero sin corbata, entró
renqueando en la pequeña estación de ferrocarril de Lower
Smattering-on-the-Wissel, situada a unas seis millas de distancia de Matcham
Scratchings. A las tres cuarenta y siete marchaba hacia Londres en el primer
tren, lleno de leche y verduras. Era Frederick Widgeon. Iba hecho una ruina. En
su corazón destrozado anidaba ya desde aquel momento el odio a los gatos, que
tan claramente le habéis visto manifestar hace un rato. No revelo ningún
secreto si digo que Frederick Widgeon se ha convertido en un enemigo de los
gatos. Los que se cruzan en su camino lo hacen por su propia cuenta y riesgo.

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