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Libro N° 14020. Adiós A Todos Los Gatos. Wodehouse, P.G.

 


© Libro N° 14020. Adiós A Todos Los Gatos. Wodehouse, P.G. Emancipación. Julio 5 de 2025

  

Título Original: © Adiós A Todos Los Gatos. P.G. Wodehouse

 

Versión Original: © Adiós A Todos Los Gatos. P.G. Wodehouse

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Libros Tauro

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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ADIÓS A TODOS

LOS GATOS

P.G. Wodehouse

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Adiós A Todos Los Gatos

P.G. Wodehouse

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando la gatita entró en el fumador del Club de los Zánganos y saludó a los que en él se encontraban con un amistoso "¡miau!", Freddie Widgeon, que había permanecido sentado en un rincón, con la cabeza entre las manos, se levantó rígidamente.

—Creí —dijo con una voz glacial— que esto era un tranquilo lugar de reposo para personas. Como veo que es un cochino e insoportable parque zoológico, me marcho.

Y abandonó la estancia ostentosamente.

El hecho produjo gran sorpresa, no exenta de consternación.

—¿Qué le pasa? —preguntó un dandi, perplejo.

Estas exhibiciones de emociones al desnudo son raras en aquel Club.

—¿Ha habido algún incidente entre los dos?

Un lechuguino que siempre solía estar bien informado negó con la cabeza.

—Freddie no ha tenido personalmente ningún incidente con este gato en particular —dijo—. Se trata simplemente de que desde el fin de semana que pasó en Matcham Scratchings, no puede ver a los gatos ni en pintura.

—¿Matcham qué?

—Scratchings. La casa solariega de Dahlia Prenderby, en el condado de Oxford.

—Me presentaron a Dahlia Prenderby —dijo el dandi— y me pareció una muchacha encantadora.

—También a Freddie. La amaba locamente.

—Y ha reñido con ella, por supuesto.

—Efectivamente.

—Yo creo —dijo el pensativo gomoso— que si todas las muchachas a las cuales ha amado Freddie Widgeon y con las cuales ha reñido fuesen colocadas una al extremo de la otra (y ya supongo que esto es imposible), la hilera llegaría hasta mitad de camino de Piccadilly.

—Más lejos, creo yo —dijo el dandi—. Alguna de ellas era muy alta. Lo que me extraña es por qué se molesta en amarlas. Porque al fin y a la postre, todas le dejan plantado. Daría lo mismo que no empezara nunca. Sería mejor aún, en realidad, porque con el tiempo ahorrado podría leer algún libro.

—Creo que lo que le pasa a Freddie —dijo el lechuguino— es que siempre quiere correr demasiado. Es un muchacho de buen aspecto, que baila bien y que sabe acariciar los oídos de las muchachas; ello deslumbra a una joven en los primeros momentos, y a él le alienta a seguir adelante. Por lo que él me ha explicado, parece que con esta joven Prenderby llegó muy lejos. Tanto, que cuando ella le invitó a que fuese a su casa de Matcham Scratchings, él ya había comprado un ejemplar de "Lo que tiene que saber el que va a casarse".

—Son estrafalarios estos nombres de las antiguas casas de campo —musitó el gomoso—. ¿Por qué Matcham Scratchings?

—A Freddie también le parecía extraño, hasta que llegó allí. Entonces, según dice, vio que era exactamente la palabra adecuada  . La familia de esta muchacha es de aquellas tan aficionadas a los animales, y según dice él, la casa era una especie de Arca de Noé. En todo lo que abarcaba la vista, se veían perros que se arañaban entre sí y gatos que arañaban a los muebles. Creo —a pesar de que a él no llegaron a presentárselo formalmente— que hasta tenían un chimpancé domesticado que sin duda arañaba también como los demás. Imaginad cómo sería la vida en una casa tal, y, además, situada a unas seis millas de la estación más próxima.

Fue a esta estación adonde Dahlia Prenderby fue a recibir a Freddie con su coche biplaza, y durante el camino hacia la casa se entabló una conversación que considero significativa, pues muestra las cordiales relaciones existentes entre ambos jóvenes en aquel momento. Quiero decir que las amarguras no surgieron hasta más tarde.

—A ver si tienes éxito, Freddie —dijo la muchacha, después de hablar de varias cosas—. Muchos de los jóvenes a quienes he invitado a veces aquí han resultado puros fracasos. Lo principal es causar buena impresión a papá.

—Lo intentaré —dijo Freddie.

—Papá es un poco difícil, a veces.

—Tú preséntamelo —dijo Freddie—. Es todo lo que pido: que me lo presentes.

—Lo malo es que a él no le gustan mucho los jóvenes.

—Yo le gustaré.

—¿Sí?

—Creo que sí.

—¿Qué te lo hace creer?

—Soy un tipo fascinador.

—¿De veras?

—Te lo aseguro.

—¿Lo dices en serio?

—Naturalmente.

Después de lo cual se hicieron unas monadas, se echaron a reír, él le hizo una carantoña y ella le hizo otra a él; y ella le dijo: "Eres un tontuelo", y él le contestó: "Sí, estoy tonto por ti." Todo lo cual demuestra cómo estaba la situación en aquel entonces. Nada concreto, por supuesto, pero era evidente que el Amor empezaba a hurgar en el corazón de la joven.

 

 

 

Naturalmente, Freddie pensó bastante durante el viaje en aquel padre, del cual había hablado tan medrosamente la joven, y resolvió no decepcionar a la muchacha. El modo cómo vencería la resistencia del viejo papá era cosa que sólo a él importaba. Se propuso ejercer sobre él la plena fuerza de su magnética personalidad, y empezó a mirar firmemente para adquirir una actitud impresionante.

Sentadas las cosas de este modo, casi es inútil deciros, conociendo a Freddie como conocéis, que su primera acción al entrar en la órbita de sir Mortimer Prenderby fue la más inesperada, pues le arrojó al cogote un gato pardo, tan sólo diez minutos después de su llegada.

Como su tren se había retrasado algo, no quedó tiempo para llegar a la casa en hora hábil para recepciones, presentaciones o simplemente para montar arcos de triunfo. La muchacha se limitó a mostrarle la habitación que le estaba destinada, y a decirle que se vistiera en un santiamén, pues la cena empezaría dentro de un cuarto de hora; luego se fue a dar un último vistazo personal a la sopa y al pescado. Freddie se vestía pacíficamente cuando, al buscar en derredor suyo una camisa que había dejado encima de la cama, vio un gatazo pardo puesto sobre la camisa, ensuciándola con sus zarpas.

Ya sabéis cuáles son los sentimientos de un individuo sobre la blancura de su pechera. Así, pues, dando un rugido, saltó, cogió al animal y, llevándolo a la ventana, lo dejó caer en el vacío. Y un caballero de edad madura que en aquel mismísimo momento doblaba la esquina de la casa y pasaba debajo de la ventana, recibió al gato en pleno cogote.

—¡Diablos! —gritó en anciano.

Una cabeza asomóse a una ventana.

—¿Qué te pasa, Mortimer?

—Llueven gatos.

—No digas tonterías. Hace un anochecer magnífico —dijo la cabeza. Y desapareció.

Freddie creyó que estaba indicado presentar sus excusas.

—Oiga —dijo.

El anciano miró hacia todas las direcciones de la brújula, y finalmente localizó a Freddie en la ventana.

—Oiga —dijo Freddie—. Siento profundamente haberle dado este susto. He sido yo.

—No ha sido usted. Ha sido un gato.

—Lo sé. Pero el gato lo eché yo.

—¿Por qué?

—Ya verá...

—¡Rematado idiota...!

—Lo siento —dijo Freddie.

—¡Váyase al diablo! —dijo el viejo.

Freddie se metió en su cuarto, y el incidente quedó concluido.

Por regla general, Freddie se viste aprisa, pero este episodio le trastornó, y no sólo perdió el gemelo del cuello, sino que se hizo un lío con las dos primeras corbatas. El resultado fue que cuando sonó el gongo, él estaba aún en mangas de camisa: y al salir de su vestidor, un criado le informó de que toda la pandilla se hallaba ya en el comedor, tomando el bouillon. Fuese directamente allí, por tanto, y se dejó caer en una silla al lado de su huéspeda, con el tiempo preciso para atraparlos en la cucharada final.

Cosa rara: sentíase muy en forma, debido a lo agradable que resultaba pensar que tenía las rodillas debajo de la misma mesa que Dahlia: así, pues, luego de haber saludado con una inclinación de cabeza al jefe de la familia (que se quedó mirándole fijamente desde un extremo de la mesa), como para decirle que todo se explicaría a su debido tiempo, se revistió de valor y empezó una chispeante conversación con lady Prenderby.

—Están ustedes en un lugar muy hermoso.

Lady Prenderby dijo que el panorama local era generalmente admirado por todo el mundo. Era una de aquellas mujeres altas e inmensas, tipo reina Elizabeth, con los labios apretados y fríos, y ojos como manjar blanco. A Freddie no le gustaron mucho sus miradas, pero, como he dicho, aquella noche se sentía muy en forma, de modo que continuó tan parlanchín como antes.

—¿Debe ser buen país para cazar, eh?

—Creo que sí.

—Ya lo he supuesto —prosiguió Freddie—. ¡Ah, es magnífico ir de caza! Uno galopa de lo lindo durante un buen rato, hasta que al fin se descubre una buena pieza. ¡Ah, entonces! ¡A ella, muchachos! ¡Duro con ella! ¡Ah! ¡Ah! ¡Adelante! Y cosas por el estilo.

Lady Prenderby estremecióse austeramente.

—Me temo que no pueda compartir su entusiasmo —dijo—. Detesto la caza. Siempre me ha dado asco, tanto la caza como cualquier otro de estos salvajes deportes en los que se vierte sangre.

Aquello fue como un jarro de agua fría para Freddie. Confiaba en que el tema cinegético le haría adelantar mucho y con presteza. Ahora se detuvo, como medida preventiva. Y cuando calló para reorganizar sus sentidos, el jefe de la familia, que hacía cinco o seis minutos que no quitaba la vista de Freddie, se llevó una mano delante de la boca y se dirigió a Dahlia a través de la mesa. Freddie dice que el viejo debía tener la idea de que hablaba en un susurro, pero en realidad las palabras estallaron en el aire como si hubiese sido una verdulera que estuviere pregonando las excelencias de sus coles de Bruselas.

—Dahlia.

—¿Qué, papa?

—¿Quién es ese tío tan feo?

—¡Sss!

—¿Qué quieres decir con eso de "sss"? ¿Quién es?

—Míster Widgeon.

—¿Míster qué?

—Widgeon.

—Pronuncia bien, y no me vengas con tartajeos —dijo sir Mortimer, insistentemente—. Me ha parecido oír una cosa como "Widgeon". ¿Quién le ha invitado?

—Yo.

—¿Por qué?

—Porque es amigo mío.

—Pues me río yo de tus amigos. Tiene cara de criminal.

—¡Sss!

—¿Por qué vuelves a decir "sss"? Además, debe estar loco. Echa gatos a la gente.

—¡Por favor, papá!

—¡No digas "por favor, papá"! No tiene sentido común. Te aseguro que echa gatos a la gente. Me ha echado uno a mí. Está idiotizado. Esa es la palabra. Además, es el joven más repelente que he visto en mi vida. ¿Hasta cuándo piensa estar aquí?

—Hasta el lunes.

—¡Dios mío! ¡Y hoy estamos a viernes tan sólo! —gritó sir Mortimer.

Era una situación desagradable para Freddie, naturalmente, y tengo que reconocer que no la supo capear bien. Evidentemente, lo que tenía que haber hecho era entablar una conversación fácil, sobre cosas de ninguna importancia. Pero no se le ocurrió otra cosa que ponerse a hablar de caza con lady Prenderby. Como ésta le contestó que no poseía instintos salvajes y que no le divertían los espectáculos sangrientos, con lo cual proclamaba que no era ninguna asesina despiadada, cayó en el más profundo silencio, y con la boca abierta.

De todos modos, no se sentía muy desgraciado cuando terminó la cena.

Como él y sir Mortimer eran los únicos hombres de la mesa, pues la mayoría de los puestos habían estado ocupados por una serie de mujeres de media edad a las cuales él clasificó con la etiqueta de "tías", le pareció a Freddie que ahora había llegado el momento en que podrían quedarse a solas, en más afortunadas condiciones que las de su último encuentro, y además, que podrían empezar a conocerse mutuamente. Pensó que podrían tener un cordial tête-á-tête al tomar el oporto, durante el cual él sacaría a colación, con toda clase de precauciones, el asunto del gato, y en términos generales, haría cuanto estuviese en su poder para que el otro se sintiese inducido a modificar la desfavorable opinión que sobre él debía haber formado.

Pero al parecer sir Mortimer tenía ideas propias sobre los deberes y obligaciones de un huésped. En lugar de agasajar a Freddie con vasos de oporto, se limitó a dispararle una larga mirada de desagrado, y salió al jardín por la puerta vidriera. Al cabo de un momento asomó la cabeza y pronunció estas palabras: "¡Váyase al infierno usted y sus condenados gatos!" Y la oscuridad de la noche se lo volvió a tragar.

Freddie estaba perplejo. No sabía a qué podía ser debido aquello. Había estado en buen número de casas campestres, en esta época, pero aquélla era la primera vez en que le dejaban plantado después de la cena, y la verdad era que no sabía cómo afrontar la situación. Lo estaba meditando aún, cuando reapareció la cabeza de sir Mortimer, y su propietario, después de dirigirle una de aquellas miradas suyas tan especiales, dijo:

—¡Malditos gatos! —y desapareció de nuevo.

Freddie quedó definitivamente anonadado. Le era muy cómodo a Dahlia Prenderby decirle que se hiciera amigo de su padre; pero ¿cómo puede hacerse uno amigo de un individuo que no se deja ver por espacio de dos segundos consecutivos? Si era intención de sir Mortimer pasarse el resto de la noche sacando y escondiendo la cabeza como un títere, parecían existir pocas esperanzas de que se llegara a producir un genuino rapprochement. Fue para él un alivio cuando súbitamente apareció su antiguo amigo el gato pardo. Parecía ofrecerle la posibilidad de matar el aburrimiento.

Dirigióse al plato de lady Prenderby, cogió un resto de plátano que había en él, y lo arrojó al animal, desde unas dos yardas de distancia. El gato maulló y retiróse. Un momento después, reapareció sir Mortimer.

—¿Ha dado una patada a aquel gato? —preguntó sir Mortimer.

Freddie estuvo a punto de preguntar a aquel viejo si era de veras un hombre o un muñeco de caja de sorpresa, pero la buena crianza de los Widgeon le contuvo.

—No —dijo—, no he dado ningún puntapié al gato.

—Algo debe de haberle hecho usted, para que saliera corriendo a cuarenta millas por hora.

—Simplemente, le he ofrecido un poco de fruta.

—Vuélvalo a hacer, y ya verá qué le ocurre.

—Qué noche tan espléndida, ¿eh? —dijo Freddie, cambiando la conversación.

—¡No, no lo es! ¡Tonto, asno! —dijo sir Mortimer.

Freddie se levantó. Creo que sus nervios estaban algo tensos.

—Voy a reunirme con las señoras —dijo majestuosamente.

—Las compadezco, pobrecitas —contestó sir Mortimer Prenderby con voz cavernosa.

Y desapareció de nuevo.

Freddie, pensativo, encaminóse hacia el salón. Yo no diré que sea hombre de gran inteligencia, pero sí que tiene bastante para saber cuándo las cosas van bien o no. Aquella noche comprendió que no iban bien, ni mucho menos. Por consiguiente, cuando entró en el salón no lo hizo precisamente como si fuese el ídolo de Matcham Scratchings, sino más bien como un individuo que ha causado una penosa primera impresión, y que tiene que realizar grandes esfuerzos para poder congraciarse con las personas de la casa.

Pensó que tenía que hacer lo que pudiese en este sentido. Y sabiendo, cuánto las gusta a estas mujeres anticuadas que han vivido en el campo toda su vida la exhibición de aquellas atenciones y cortesías que tan en boga estaban en tiempo de la reina Victoria, lo primero que hizo al entrar fue dirigirse a una de las tías que, al parecer, estaba buscando un lugar donde dejar la taza del café.

—Permítame usted —dijo Freddie con voz melosa.

Y adelantándose, creyendo que iba a recoger una taza, se encontró con que lo que tenía la señora era un gato.

—Oh, perdone —dijo.

Dio un paso atrás, y tuvo la desgracia de poner el tacón de su zapato sobre otro gato.

—Oh, lo siento, lo siento mucho —dijo.

Avanzó hacia una silla, y se dejó caer pesadamente... encima de otro gato.

Otra vez hubo de levantarse y empezar de nuevo a dar excusas. Por supuesto, hubo muchos "no hay de qué" y "no tiene importancia", pero él sabía leer entre líneas. La mirada de lady Prenderby había permanecido fija en la suya sólo breves instantes, pero ya era bastante. Su presencia ante ella era ahora, aproximadamente —pensó—, como habría sido la del rey Herodes en una Velada Sabatina de Madres Israelitas.

Durante esta escena, la joven Dahlia había permanecido sentada en el sofá, en un extremo de la estancia, hojeando un semanario, y cuando Freddie la vio, se sintió atraído como por un imán. Su compasión femenina era lo que más necesitaba Freddie en aquellos momentos. Con infinitas precauciones atravesó la estancia hasta donde estaba sentada la joven, y después de explorar el terreno detenidamente, para evitar nuevos encuentros con otros gatos, se dejó caer pesadamente en el sofá, al lado de Dahlia. Pero ¡imaginad cuál sería su angustia al descubrir que aquella compasión femenina que él tanto necesitaba, había desaparecido! La joven estaba glacial como un mantecado.

—No te molestes en darme explicaciones —le dijo fríamente, en respuesta a sus primeras palabras—. Comprendo perfectamente que puede haber gente a quien no gusten los animales.

—Pero, ¡por Dios! —exclamó Freddie, moviendo el brazo en ademán de desesperación—. ¡Oh, perdona! —añadió.

Porque al mover el brazo en ademán de desesperación, pegó sin querer un puñetazo a otro ejemplar de la colección, con tan mala fortuna, que le hizo dar unas volteretas en el aire.

Dahlia lo cogió en pleno vuelo.

—Me parece que lo mejor que puedes hacer, mamá, es coger a "Augusto". Al parecer está molestando a míster Widgeon.

—Sí, sí —contestó lady Prenderby—. Estará más seguro conmigo.

—Pero, es que... —jadeó Freddie.

Dahlia Prenderby dio un profundo suspiro.

—Cuan cierto es —dijo— que una nunca conoce realmente a un hombre hasta que lo ha visto en su propia casa.

—¿Qué quieres decir con esto?

—Oh, nada —contestó Dahlia Prenderby.

Levantóse y se encaminó al piano, donde se puso a cantar lánguidamente antiguas canciones populares bretonas, dejando a Freddie que se las compusiera como buenamente pudiese con un álbum de fotografías de la familia, que contenía retratos con inscripciones como las siguientes: "Tía Emmy bañándose en Llandudno, 1893" y "Este es primo George, en un baile de disfraces".

Y de este modo transcurrió la larga, tranquila y pacífica velada familiar, hasta que al fin, compasivamente, lady Prenderby la dio por terminada, y Freddie quedó en libertad para escurrirse hacia su cuarto.

Es de suponer que, al subir la escalera con la vela en la mano, los pensamientos de Freddie estaban fijos exclusivamente en la joven Dahlia. Pero no era así. Claro que dedicó cierta atención al cambio de actitud de la muchacha, pero lo que realmente llenaba su mente era el consolador pensamiento de que, a la larga, su camino y el de aquel reino animal de Matcham Scratchings, se habían separado, ahora. El tomaba, por decirlo así, el camino real, mientras que ellos torcían por el camino vecinal. Porque fuese la que fuese la situación en el comedor, en el salón y en el resto de la casa, por lo menos, pensó, su dormitorio estaría libre de gatos de todas clases.

Recordando, de todas maneras, aquel desgraciado incidente ocurrido poco antes de cenar, se puso de cuatro patas, y examinó todos los rincones. No descubrió ningún gato. Aliviado, se levantó, silbando jovialmente. Pero no había interpretado aún un par de compases, cuando súbitamente una voz empezó a interpretar el acompañamiento; volvióse y encontró que en la cama estaba un bonito perro alsaciano.

Freddie contempló al perro. Este miró a Freddie. La situación era embarazosa. Una mirada al animal bastó para convencerle de que el perro había adoptado una actitud totalmente equivocada, y le consideraba a él, simplemente, como un forastero intruso que se había metido en el lugar en que él dormía usualmente. Parecía experimentar hacia él un gran resentimiento. Miraba a Freddie con un ojo glacial y amarillo, y fruncía ligeramente su labio superior, a fin de poder mostrar mejor un largo y blanco diente. Además, frunció la nariz y dio, sotto voce, una imitación de un lejano trueno.

Freddie no sabía en absoluto qué hacer. Era imposible meterse entre las sábanas con aquello encima de la colcha. Pasar la noche en una silla, por otra parte, era contrario a su política. Hizo lo que consideró más diplomático: salió a la ventana y examinó detenidamente la fachada de la casa por si veía en ella alguna otra ventana con luz, detrás de la cual pudiese haber alguien que le ayudara.

A poca distancia debajo de la suya, vio una ventana iluminada, de modo que asomó la cabeza cuanto pudo, y gritó:

—¡Oiga!

Nadie contestó, y él repitió:

—¡Oiga!

Y finalmente, para no dejar ninguna duda de que llamaba, añadió:

—¡Oiga, oiga, oiga!

Esta vez obtuvo respuesta. Súbitamente asomó por aquella ventana la cabeza de lady Prenderby, la cual preguntó:

—¿Quién hace este alboroto infernal?

No era precisamente la actitud que había esperanzado Freddie, pero intentaría sacar el mejor partido posible.

—Soy yo, Frederick Widgeon.

—¿Por qué sale a cantar a la ventana, míster Widgeon?

—No cantaba. Decía "¡oiga!"

—¿Qué decía?

—"¡Oiga!"

—¿Qué?

—Digo que decía "¡oiga!". Una especie de grito de auxilio, ¿sabe usted? El caso es que hay un perro en mi cuarto.

—¿Qué clase de perro?

—Parece un perro alsaciano.

—¡Ah! Seguramente será "Guillermito". Buenas noches, míster Widgeon.

La ventana se cerró. Freddie prorrumpió en otro grito.

—¡Pero oiga!

La ventana volvióse a abrir.

—Realmente, míster Widgeon...

—Pero, ¿qué tengo que hacer?

—¿Hacer?

—Sí; ¿qué tengo que hacer con este perro alsaciano?

Lady Prenderby quedóse unos momentos pensativa.

—No le dé galletas —contestó al fin—. Y cuando la camarera le traiga el desayuno, haga el favor de no darle azúcar. Sólo un poco de leche en un platito. Está a dieta. Buenas noches, míster Widgeon.

Freddie quedó anonadado. A pesar de lo dicho por la señora de la casa sobre la dieta de aquel animal de perro, a juzgar por la actitud de éste era evidente que su consejero médico no le había prohibido comer Widgeon. Por consiguiente, sometió de nuevo su cerebro a la dura tarea de buscar una solución.

Encontró varios métodos de acción. Como su ventana no distaba mucho del suelo, podía saltar, si quería, y pasar una saludable noche en el arriate de los gladiolos. También podía tenderse en el suelo. También podía salir del cuarto y echarse en cualquier parte.

Esto último parecía lo mejor. El único obstáculo para llevarlo a cabo era que, al salir del cuarto, el compañero que le había usurpado la cama le tomaría probablemente por un facineroso que se dedicara a robar la plata de las casas de campo solitarias, y se le echaría encima. De todos modos, tenía que arriesgarse, y al cabo de un momento ya estaba andando con las puntas de los pies por la alfombra.

Los primeros momentos fueron alentadores. Cuando emprendió la marcha, el perro parecía estar ocupado en algo así como uno de los almohadones que estaban encima de la cama. Lamía pensativamente este objeto, y no prestó atención a Freddie hasta que éste ya había recorrido un buen trayecto en la tierra de nadie. Entonces dio un súbito brinco hacia el joven, y dos segundos después, Freddie, con una dolorosa sensación en el lugar de sentarse, ya se hallaba encaramado en la cumbre de un armario, con el perro debajo de él, sin perderle de vista. Dice Freddie que si en su vida hubo un momento en que se había movido más rápidamente fue cuando tenía catorce años, en una ocasión en que su tío, lord Blicester, le sorprendió en la biblioteca fumándose uno de sus cigarros. Pero cree que en la presente ocasión batió aún el record de velocidad establecido en aquella época.

Le pareció que de aquel modo podía dar por resuelto el problema de cómo dormiría aquella noche. Pero la idea de tener que dormir encima de un armario por temor a un perro era muy ofensiva para su amor propio, como es fácil imaginar. Sin embargo, no se puede ir con razonamientos a los perros alsacianos; por consiguiente, aquella parecía ser la única solución posible, y estaba probando de ponerse todo lo cómodo que una tabla de madera puede permitir, cuando en el corredor se oyó un bufido, y por la puerta entró un objeto, que no pudo identificar al principio a causa de lo escaso de la luz. Parecía algo así como un limpia-plumillas, o un trozo de alfombrilla de las que se ponen ante la chimenea. Observó más detenidamente, y pudo convencerse de que se trataba de un perrito pequinés.

La incertidumbre de Freddie respecto a la situación legal del recién llegado fue compartida, al parecer, por el perro alsaciano; porque el pequinés, después de enderezar las orejas con ademán de perplejidad, se levantó y avanzó con interrogante actitud. Levantó una pata e hizo retroceder al intruso. Luego avanzó de nuevo, levantó la nariz y dio un bufido.

Era una acción muy oportuna. Estos pequineses son mala gente, especialmente cuando se trata, como en el caso presente, de una hembra. Plantan cara a todo el mundo, y siempre están a punto de contener las familiaridades excesivas. Prodújose una fuerte explosión, o algo que lo parecía, y al momento, el alsaciano salió disparado de la estancia, con la cola entre las piernas, fieramente perseguido. Freddie oía el fragor de la batalla cómo se alejaba por el corredor, y le pareció una música celestial. Esto era lo que se había merecido hacía tiempo el alsaciano, y ahora ya lo tenía.

Al cabo de unos momentos volvió el pequinés, con la frente goteando sudor, y se sentó debajo del armario, moviendo la cola. Y Freddie, sintiendo la sensación de que ya había pasado el peligro, y de que se hallaba en libertad para bajar de donde se encontraba, descendió del armario.

Lo primero que hizo fue cerrar la puerta, y lo segundo fraternizar con su libertador. Freddie es un individuo partidario de agasajar a quien se lo merece, y le pareció que aquel pequinés se había portado como un gran personaje en su especie. Por consiguiente, no ahorró esfuerzo alguno para obsequiarle. Se tendió en el suelo, y se dejó lamer la cara por él doscientas treinta y tres veces. Le hizo cosquillas debajo de la oreja izquierda, y luego bajo la derecha, así como en el extremo de la cola, por el orden que queda mencionado. Y por último le rascó la barriga.

El animal recibió todas estas atenciones con cordialidad y visible satisfacción; y como pareciera dispuesto a divertirse más, y considerara a Freddie como Gran Maestro de diversiones, el joven, pensando que no podía decepcionarle, antes al contrario, tenía que atender bien a su huésped a toda costa, se quitó la corbata y se la dio al perro para que jugara con ella. No lo habría hecho por cualquiera —dice él—, pero tratándose de aquel pequinés que le había salvado la vida, todo era poco.

Aquello iba como una seda. Fue un éxito desde el principio. El pequinés la mascó, jugó con ella y se envolvió en ella, la paseó por toda la habitación, y había empezado ya a agitarla de un lado a otro, cuando ocurrió un hecho desgraciado. Calculando mal la distancia, al mover furiosamente la cabeza para jugar con la corbata, se dio un tremendo golpe contra una pata de la cama.

Al momento estalló en una serie de espantosos chillidos que resonaron en la noche como si estuvieran asesinando a alguien. Le sorprendió que un simple pequinés, que además era tan jovencito, fuese capaz de producir aquellos rugidos. Dice que un baronet asesinado con un cortapapeles en su biblioteca, no habría armado tanto ruido.

Luego empezaron a disminuir los gritos. Súbitamente, como si nada hubiese ocurrido, el pequinés cesó totalmente en sus gritos, y con risueña sonrisa volvió de nuevo a jugar con la corbata. Y en el mismo momento se oyó un murmullo fuera del cuarto y unos golpecitos dados a la puerta.

—¿Quién va? —preguntó Freddie.

—Soy yo, señor; soy Biggleswade.

—¿Quién es Biggleswade?

—El mayordomo, señor.

—¿Y qué quiere usted?

—La señora me ha ordenado que venga a buscar al perro que está usted torturando.

Hubo más cuchicheo.

—La señora me ha ordenado también que le diga que informará de este caso mañana por la mañana a la Sociedad Protectora de Animales.

Más cuchicheo.

—También me ha ordenado la señora que le diga que si persiste usted en torturar al perro, le dé en la cabeza con el atizador.

No me diréis que eso fuese agradable para el pobre Freddie, y así debió de considerarlo él. Abrió la puerta, y vio en el corredor un grupo integrado por lady Prenderby, su hija Dahlia, un surtido de tías, y el mayordomo, con el atizador. Y dice que encontró la mirada de Dahlia, que le penetraba como hoja de cuchillo.

—Permitan que les explique... —empezó.

—Ahórrenos los detalles —dijo lady Prenderby estremeciéndose.

Cogió al pequinés y empezó a sobarlo, buscándole los huesos rotos.

—Pero, escuchen...

—Buenas noches, míster Widgeon.

Las tías también dieron las buenas noches, y el mayordomo también. La joven Dahlia guardó un rebelde silencio.

—Pero les aseguro que no ha sido nada. Se dio un porrazo en la cabeza contra la cama.

—¿Qué dice? —preguntó una de las tías que era algo dura de oído.

—Dice que ha dado un porrazo al pobre animal contra la cama —dijo lady Prenderby.

—¡Es horrible! —dijo la tía.

—¡Qué barbaridad! —exclamó otra tía.

Una tercera tía abrió otro camino a los pensamientos. Dijo que con hombres como Freddie en la casa, nadie estaba seguro. Insinuó la posibilidad de que todos perecieran asesinados en sus camas. Y aunque Freddie dijo que estaba dispuesto a darles garantía escrita de que no tenía la menor intención de acercarse a la cama de nadie, la idea pareció haber producido honda emoción.

—Biggleswade —dijo lady Prenderby.

—¿Señora?

—Usted permanecerá en este corredor lo que resta de noche, con el atizador en la mano.

—Muy bien, señora.

—Si este hombre intenta salir de su cuarto, aséstele un buen golpe en la cabeza.

—Bien, señora.

—Pero, oigan... —dijo Freddie.

—Buenas noches, míster Widgeon.

El grupo se dispersó. A poco, el corredor quedó vacío, salvo en lo que se refiere a Biggleswade, el mayordomo, que empezó a pasear de un extremo a otro del pasillo; de vez en cuando se detenía y azotaba el aire con el atizador como para probar la agilidad de sus músculos, hasta que quedaba satisfecho.

Aquel espectáculo era tan desagradable que Freddie se retiró a su cuarto y cerró la puerta. Como podéis imaginar, su pecho rebosaba calamitosas emociones. Aquella mirada que le había dado Dahlia Prenderby le había dejado anonadado. Comprendió que tenía que meditar sobre la situación, y para pensar mejor se sentó en la cama.

O, para ser exactos, sobre el gato muerto que estaba encima de la cama. Este gato era lo que el perro alsaciano había estado lamiendo hasta el momento en que se rompieron definitivamente sus relaciones con Freddie: el objeto que, como recordaréis, Freddie confundió con un almohadón.

Dio un salto como si el gato muerto, en lugar de estar helado, estuviera al rojo vivo.

Quedóse mirándolo con la desesperada esperanza de que el animal no tuviese otra cosa que un desmayo. Pero una mirada bastó para convencerle de lo contrario. Jamás había encontrado un gato que estuviese más muerto que aquél.

No hay que decir que el bueno de Freddie quedó mudo de asombro. Ya su reputación en aquella casa estaba a cero, y su nombre por los suelos. Toda aquella gente le tenía por Widgeon, el Viviseccionista Aficionado. Este desastre final sería su consagración definitiva. Antes, había tenido la leve esperanza de que por la mañana, cuando se hubiesen apaciguado algo los ánimos, podría explicar el caso del pequinés. Pero, ¿quién querría escucharle si le encontraban el gato muerto?

Y entonces se le ocurrió que existía la posibilidad de que el gato muerto no se le encontrase a él. No tenía que hacer más que bajar y dejar el cadáver en el salón o en cualquier otra parte, y las sospechas no recaerían sobre él. Después de todo, en una casa tan llena de gatos como aquella, estos animales deben de morir como moscas. Una camarera encontraría el gato por la mañana, e informaría al Gran Cuartel General que el ejército gatuno de la casa se había reducido en una unidad, se producirían algunas lamentaciones y quizá una o dos lágrimas, y luego la cosa quedaría olvidada.

El proyecto le reanimó. Lleno de actividad y eficiencia cogió el gato muerto por la cola, y ya iba a salir del cuarto cuando, dando un sordo gruñido, se acordó de Biggleswade.

Asomó la cabeza. Podía ser que el mayordomo, una vez libre de la presencia de la dueña de la casa, se hubiese marchado y hubiese reanudado el sueño. Pero no. "Servicio y Fidelidad" era, evidentemente, la divisa de Matcham Scratchings. Allí estaba el individuo, ensayándose aún con el atizador. Freddie cerró la puerta.

En el mismo momento de cerrarla pensó en la ventana. Allí estaba la solución. Había perdido el tiempo pensando en puertas y salones, mientras la ventana le ofrecía la mejor de las soluciones. No tendría que hacer más que echar el gato muerto al silencio de la noche, y dejar que fuesen los jardineros, y no las camareras, quienes lo descubriesen.

Apresuróse a llevar a cabo el proyecto. Levantó al muerto, y lo balanceó en el aire. Luego lo soltó, y de las profundidades de la noche surgió súbitamente el aullido de un hombre corpulento hecho una furia.

—¿Quién ha tirado este gato?

Era la voz del señor de la casa, sir Mortimer Prenderby.

—¡Traedme al que ha tirado este gato! —rugió con voz de trueno.

Abriéronse las ventanas. Asomáronse cabezas. Freddie se dejó caer al suelo, y se refugió contra la pared de la ventana.

—¿Qué pasa, Mortimer?

—¡Que me traigan al que me ha tirado un gato a la cara!

—¿Un gato? —la voz de lady Prenderby parecía de gran perplejidad—. ¿Estás seguro?

—¿Seguro? ¿Qué quieres decir, seguro? ¡Claro que estoy seguro! Acababa de echarme en la hamaca para descabezar un sueñecito, cuando de pronto vino un animal de gato, silbando por el aire, y me ha ido a parar de lleno a la cara. Es magnífico. Un hombre no puede dormir en la hamaca de su propio jardín, sin que la gente le venga molestando con los gatos. Quiero la sangre del que me ha tirado este gato.

—¿De dónde ha venido?

Sir Mortimer señaló la ventana de Freddie.

—Tiene que haber venido de aquella ventana.

—Es la de míster Widgeon —dijo lady Prenderby con voz ácida—. Ya podría haberlo supuesto.

Sir Mortimer soltó un grito.

—¡Ya podría habérmelo imaginado! ¡Es Widgeon, naturalmente! Es aquel tío tan feo. Se pasa el día y la noche tirando gatos a la gente. Aún me escuecen los arañazos que me ha hecho el gato que me tiró antes de cenar. Que venga alguien y abra la puerta de entrada. Voy a buscar mi bastón grande, el de puño de marfil. O tal vez iría mejor un látigo de caballo.

—Espera, Mortimer —dijo lady Prenderby—. No te precipites. Este hombre es, evidentemente, un loco peligroso. Enviaré a Biggleswade para que le domine. Va armado con el atizador de la cocina.

 

 

—Poco queda por contar —dijo el lechuguino. A las dos y cuarto de aquella madrugada, una tétrica figura ataviada con traje de etiqueta, pero sin corbata, entró renqueando en la pequeña estación de ferrocarril de Lower Smattering-on-the-Wissel, situada a unas seis millas de distancia de Matcham Scratchings. A las tres cuarenta y siete marchaba hacia Londres en el primer tren, lleno de leche y verduras. Era Frederick Widgeon. Iba hecho una ruina. En su corazón destrozado anidaba ya desde aquel momento el odio a los gatos, que tan claramente le habéis visto manifestar hace un rato. No revelo ningún secreto si digo que Frederick Widgeon se ha convertido en un enemigo de los gatos. Los que se cruzan en su camino lo hacen por su propia cuenta y riesgo.

 

 

 

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