© Libro N° 14019. El Necrófilo.
Wittkop,
Gabrielle. Emancipación. Julio 5 de
2025
Título Original: © Le nécrophile
Versión Original: © El Necrófilo. Gabrielle Wittkop
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Gabrielle Wittkop
El Necrófilo
Gabrielle Wittkop
Gabrielle Wittkop
El necrófilo
Título original: Le nécrophile
1.a edición: diciembre 1995
A la memoria de
C.D.,
caído en la muerte
como Narciso en su
imagen
12 de octubre de
19..
Las pestañas grises
de la chiquilla arrojan una sombra gris sobre sus pómulos. Tiene la sonrisa
irónica y astuta de las taimadas. Dos tirabuzones lacios enmarcan su cara,
bajan hasta los festones de la camisa arremangada por debajo de las axilas y
que descubre un vientre del mismo blanco azulado que se ve en algunas
porcelanas de China. El monte de Venus, muy plano, muy liso, reluce ligeramente
bajo la luz de la lámpara; diríase que lo recubre una película de sudor.
He separado los
muslos para contemplar la vulva fina como una cicatriz, con los labios
transparentes de un malva pálido. Pero tendré que esperar aún unas cuantas
horas, pues, por ahora, todo el cuerpo está todavía un poco rígido, un poco
crispado, hasta que el calor de la habitación lo reblandezca como una cera. Así
que esperaré. Esta chiquilla vale la pena. Es realmente una muerta muy hermosa.
13 de octubre de
19..
Anoche, la
chiquilla me gastó una broma pesada. Tendría que habérmelo imaginado, con la
sonrisa que tiene. Mientras yo me metía en esa carne tan fría, tan suave, tan
deliciosamente prieta que sólo se encuentra en los muertos, la niña abrió
bruscamente un ojo, traslúcido como el de un pulpo y, con un espantoso
borborigmo, me arrojó el chorro negro de un misterioso líquido. Abierta en una
máscara de Gorgona, su boca no cesaba de vomitar aquel jugo cuyo olor llenaba
la habitación. Todo esto ha estropeado un poco mi placer. Estoy acostumbrado a
mejores modales, ya que los muertos son limpios. Ya han arrojado sus
excrementos al abandonar la vida, como se suelta un fardo infamante. Su vientre
resuena con el sonido vacío y duro de los tambores. Y tienen el olor fino y
penetrante del bómbice. Parece proceder del corazón de la tierra, del imperio
donde las larvas almizcladas caminan entre las raíces, donde las láminas de
mica despiden su resplandor de plata helada, allí donde mana la sangre de los
futuros crisantemos, entre las turbas pulverulentas, los cienos sulfurosos. El
olor de los muertos es el del retorno al cosmos, el de la sublime alquimia. Ya
que no hay nada tan limpio como un muerto y lo es cada vez más a medida que
pasa el tiempo, hasta llegar a la pureza final de esa gran muñeca de marfil con
la risa muda, y las piernas perpetuamente abiertas, que está en cada uno de
nosotros.
He tenido que pasar
más de dos horas limpiando la cama y lavando a la chiquilla. Esta niña
vomitadora de tinta pútrida tiene realmente la naturaleza del pulpo. Por ahora,
parece haber escupido todos sus venenos, tranquilamente tendida sobre las
sábanas. Su sonrisa falsa. Sus manitas con las uñas menudas. Incesantemente una
mosca azul —salida de no sé dónde— se posa una y otra vez en sus muslos. Esta
chiquilla ha tardado muy poco en disgustarme. No es de esos muertos de los que
me apena separarme igual que se deplora abandonar a un amigo. Estoy seguro de
que tenía muy mal carácter. De vez en cuando, vuelve a soltar un profundo
borborigmo que me inspira desconfianza.
14 de octubre de
19..
Esta noche, cuando
me disponía a meter a la chiquilla en una bolsa de plástico para arrojarla al
Sena, cerca de Sévres, tal como suelo hacer en semejantes casos, ha lanzado de
repente un suspiro desesperado. Doloroso, prolongado, la ese de Sévres silbaba
entre sus dientes, como si sintiera una pena intolerable ante su próximo
abandono. Una inmensa piedad me ha oprimido el corazón. No había hecho justicia
al encanto humilde y arisco de aquella niña. Me he arrojado sobre ella, la he
cubierto de besos, arrepentido como un amante infiel. He ido a buscar un
cepillo al cuarto de baño, he peinado sus cabellos, que se habían vuelto
apagados y quebradizos, y frotado su cuerpo con esencias y perfumes. Y ya no sé
cuántas veces he amado a esa niña, hasta que la aurora blanqueaba la ventana
detrás de las cortinas corridas.
15 de octubre de
19..
El camino de Sévres
es el camino de cualquier carne y los suspiros de la vomitadora no lo evitarán.
¡Ay!
2 de noviembre de
19..
Día de difuntos.
Día fausto. El cementerio de Montparnasse estaba esta mañana de un gris
admirable. La inmensa multitud enlutada se agolpaba en las avenidas, entre el
apogeo de los crisantemos, y la atmósfera tenía el sabor amargo y embriagador
del amor.
Eros y Thanatos.
¿Alguien ha pensado alguna vez en todos esos sexos debajo de la tierra?
La noche no tarda
en caer. Aunque sea el día de difuntos, esta noche no saldré.
Me acuerdo. Acababa
de cumplir ocho años. Una tarde de noviembre, semejante a la de hoy, me habían
dejado a solas en mi habitación invadida por la oscuridad. Estaba preocupado,
ya que la casa estaba llena de idas y venidas extrañas, de murmullos misteriosos
que yo sabía estaban relacionados con la enfermedad de mi madre. Sentía sobre
todo que se habían olvidado de mí. No sé por qué no me atrevía a encender la
luz, y permanecía sentado, mudo y temeroso en la oscuridad. Me aburría. Para
distraerme y consolarme, se me ocurrió desabrocharme los pantaloncitos.
Encontré allí aquella cosa cálida y suave que siempre me hacía compañía. Ya no
sé cómo mi mano descubrió los gestos necesarios, pero de pronto me sentí sumido
en un torbellino de delicias del que parecía que nada en el mundo podría jamás
sacarme. Mi asombro fue infinito al descubrir tantos recursos placenteros en mi
propia carne y al sentir cómo mis dimensiones se modificaban de una manera que
ni siquiera hubiera sospechado unos cuantos segundos antes. Apresuré mis
movimientos y mi voluptuosidad se incrementó pero, en el preciso instante en
que una ola que se me antojaba surgida del fondo de mis entrañas parecía querer
sumergirme y alzarme por encima de mí mismo, sonaron unos pasos rápidos en el
pasillo, se abrió bruscamente la puerta y se encendió la luz. Pálida y con la
mirada extraviada, apareció mi abuela en el umbral, y su turbación era tal que
no se dio cuenta del estado en que me hallaba. «¡Pobre criatura! Tu madre ha
muerto.» Después, tomándome de la mano, me arrastró con rapidez. Yo llevaba un
traje de marinero, cuya guerrera, bastante larga, ocultaba afortunadamente la
bragueta que no había tenido tiempo de abrochar.
La habitación de mi
madre, sumida en la penumbra, estaba llena de gente. Descubrí a mi padre, de
rodillas en la cabecera de la cama y llorando con la cabeza hundida en las
sábanas. Al principio me costó reconocer a mi madre en aquella mujer que
parecía infinitamente más hermosa, más alta, más joven y más majestuosa de como
la había visto hasta entonces. La abuela sollozaba. «Besa a tu madre por última
vez», me dijo empujándome hacia la cama. Me empiné hasta aquella mujer
maravillosa tendida en la blancura de la sábana. Posé mis labios en su rostro
de cera, estreché sus hombros con mis bracitos y respiré su olor embriagador.
Era como el de los bómbices que el profesor de historia natural nos había dado
en la escuela y que yo criaba en una caja de cartón. Aquel aroma suave, seco,
almizclado, de hojas, larvas y piedras, salía de los labios de mamá y se
esparcía por su cabellera como un perfume. Y, de repente, la voluptuosidad
interrumpida se apoderó de mi carne infantil con una brusquedad desconcertante.
Arrebujado contra la cadera de mamá, me sentí invadido por una conmoción
deliciosa, mientras me desahogaba por primera vez.
«¡Pobre criatura!»,
exclamó mi abuela, que había interpretado erróneamente mis suspiros.
5 de noviembre de
19..
Suele decirse que
los que aman a los muertos sufren de anosmia. En mi caso no es así, y mi nariz
percibe claramente los olores más diversos, aunque, como todo el mundo, estoy
acostumbrado a los de mi entorno hasta el punto de no olerlos. Es posible, por tanto,
que el olor de bómbice impregne todo mi apartamento sin que yo lo sepa.
Las mujeres de la
limpieza no se quejan de ninguna molestia especial al limpiar la tienda de
antigüedades que he heredado de mi padre. Como máximo, de vez en cuando, una
vaga protesta por las antiguallas, las borras de polvo y los trastos frágiles
tan feos cuando por un precio mucho menor se podrían tener cosas nuevas. Sólo
es en mi apartamento privado, en el quinto piso, donde su comportamiento me da
que pensar. Examinan los rincones con un aire de prudente sospecha. Me
contemplan socarronamente y, sobre todo, husmean con cara de asco y los ojos en
blanco ante el olor del apartamento. Fisgonean una y otra vez, buscando en su
memoria, sin encontrar nada que les sirva, y siguen husmeando, hasta que una
extraña inquietud se apodera de ellas. Entonces, se comportan como animales
acosados y después se van. Cuando intento convencerlas, me dan respuestas
imprecisas con un aire temeroso y sacuden la cabeza si les propongo subirles el
sueldo. Pongo un anuncio en los periódicos y recomienza la historia. Cierto día,
sin embargo, una de esas mujeres tuvo el valor de preguntarme por qué vestía
siempre de negro, aunque no llevara luto. Otra, muy joven y ya obesa, cuyo
nombre he olvidado, comentó en una tienda del barrio que yo olía a «vampiro».
Siempre la vieja y aberrante confusión entre dos seres tan diametralmente
opuestos como el vampiro y el necrófilo, entre el muerto que se alimenta de los
vivos y el vivo que ama los muertos. No es que niegue que, al cabo de unos
cuantos días, el perfume de bómbice se convierte en un olor como de metal
recalentado que, cada vez más acre, se condensa finalmente en un hedor de
vísceras. Cada una de estas fases tiene su encanto —aunque la última anuncie la
separación—, pero jamás se me ocurriría la idea de devorar la carne de uno de
mis amigos muertos, ni de beber su sangre.
En cuanto a la
portera, ya hace mucho que ha dejado de asombrarse de que no tenga una
«amiguita». Y como nunca aparece tampoco ningún «amiguito», ha llegado
simplemente a la conclusión de que yo era una especie de san José, un pobre
hombre. Mucho mejor. Hay ciertas verdades que escandalizarían a un espíritu
rudimentario como el suyo. A mis amiguitos con el ano helado como la menta, a
mis exquisitas amantes con el vientre coloreado de gris, los traigo de noche,
en mi viejo Chevrolet, cuando todo duerme, y los despido de la misma manera
hasta el puente de Sévres o el de Asniéres.
3 de diciembre de
19..
Esta mañana,
mientras despachaba mi correspondencia, un cliente me ha pedido algo que me ha
desconcertado. Era un hombre de unos cuarenta años, de rostro sanguíneo y
calvicie incipiente, vestido como un abogado o un director de empresa.
Examinaba los muebles, las porcelanas, los cuadros, pero sobre todo las
curiosidades, como si buscara algo. Al final, acercándose a mi mesa me ha
dicho: «Dígame, caballero, ¿ha tenido usted alguna vez netsukes divertidos?
Pienso especialmente en los de Koshi Muramato». Por un instante, nuestras
miradas se han cruzado. ¿Cuántos son los conocedores de Koshi Muramato, aquel
maestro del siglo XVIII que, en su taller de Kyüshü, se dedicó en exclusiva a
los netsukes macabros? Muertas sodomizadas por unas hienas, súcubos mamones, cadáveres
abrazados como nudos de víboras, fantasmas devoradores de fetos, cortesanas
empalándose sobre la rigidez de un muerto…
—Lo siento —le
contesté—, pero generalmente las personas que poseen obras de este artista no
suelen deshacerse de ellas. De todos modos, si usted quiere dejarme sus señas,
podría, en el caso de que encontrara algo…
Se negó con una
sequedad que daba a entender que había comprendido que jamás le vendería nada
semejante. ¡Yo guardo los netsukes de Koshi Muramato para mí! Sólo un necrófilo
puede coleccionar semejantes objetos y aquel hombre me intrigaba.
—¿Prefiere usted
pasar en otra ocasión? —insistí.
—No vivo en París.
Sólo vengo aquí muy rara vez.
Se despidió y se
fue. No me habría molestado charlar con él sobre los netsukes macabros,
contarle unas cuantas cosas, seguramente inútiles, dirigirle una sonrisa de
complicidad. No para conocernos mejor, sino para que supiera que le entendía.
Eso es todo. Pues si bien los necrófilos —tan escasos— pueden reconocerse, no
se buscan. Han elegido definitivamente la incomunicabilidad y sus amores
trascienden en lo incomunicable. Solitarios, ni siquiera somos el vínculo entre
la vida y la muerte. No hay vínculo. Pues la vida y la muerte están unidas para
siempre, inseparables como el agua mezclada con el vino.
No he podido dejar
de sonreír al sacar del bolsillo de mi chaleco un netsuke que llevo
constantemente conmigo. No mide más de tres centímetros y representa a dos
rechonchos campesinos fornicando con mucha habilidad en las órbitas de una
calavera.
La visita del
aficionado a los netsukes me ha hecho recordar los pocos encuentros insólitos
en que se ha revelado la necrofilia ajena. A decir verdad, nada muy sensacional
ni muy frecuente. Me acuerdo, por ejemplo, de unas exequias a las que asistí,
cuando tenía unos veinte años. Y, además, esa vez no lo hice por gusto sino por
obligación; se trataba de un pariente lejano cuyo aspecto desagradable y
carácter repulsivo alejaban de mí cualquier deseo de visitarle en su ataúd.
Llegué a la hora del responso, el cura salmodiaba y unas cuantas mujeres
sollozaban. En la pequeña capilla privada, la atmósfera estaba enrarecida y el
catafalco ocupaba casi todo el espacio central; tanto el perfume de las flores
como el de los cirios y del incienso dejaba adivinar como un atisbo de bómbice.
No tardé en darme cuenta de que no era el único en olerlo. Estaba en una de las
minúsculas naves, donde la oscuridad era muy densa, pero no hasta el punto de
ocultarme una pareja muy trivial, vestida de luto, pero de la que adiviné —sin
saber por qué— que había venido para divertirse. Era indudable que la música,
los cantos fúnebres y el bómbice solían afectar al hombre de una manera muy
concreta, ya que escuché claramente cómo su compañera le susurraba una pregunta
precisa sobre el estado en que se encontraba. Utilizó una palabra vulgar, un
término cuartelero, cuya crudeza me desconcertó. Creo que también esbozó un
gesto, pero no me atrevería a afirmarlo. Bien porque fuera demasiado tímido
para ir más lejos bien porque prefiriera la intimidad del dormitorio, la pareja
se apresuró a abandonar la capilla. Las ropas negras de la mujer me rozaron al
pasar. Tenía los ojos lechosos e inmóviles de una ciega.
Esa pareja eran
unos necrófilos de pacotilla y sus preferencias no llegaban a la pasión. Sin
embargo los hay que no vacilan ante nada y me acuerdo de un mal encuentro que
tuve en el cementerio de Montmartre, sin ir más lejos el pasado año.
Habían inhumado a
una actriz que había sido cliente mía, una mujer ni guapa ni fea,
suficientemente insignificante como para parecer que jamás tenía que inspirar
sentimientos extremos. Tan pronto como me enteré de su muerte, la deseé
vivamente. Llegué al cementerio bajo una lluvia torrencial que sin duda no iba
a facilitarme las cosas. Como suelo hacer, descerrajé la cabaña que contiene
las herramientas de jardinería y me hice con una laya. Siempre trabajo con
extrema rapidez y jamás necesito más de una hora para abrir el foso, bajar a
él, levantar la tapa del ataúd con el cortafríos y, una vez cargado el cadáver,
trepar gracias a una técnica cuidadosamente ensayada. Entonces sólo me resta el
traslado hasta mi coche, y la única dificultad consiste en izar el cuerpo por
encima del muro, con la ayuda de una cuerda.
Aquella noche, la
tremenda lluvia demoraba mis movimientos; empapada de agua, la tierra estaba
pesada. Por otra parte, los meteorólogos habían predicho que la lluvia duraría
unos quince días y yo no podía esperar tanto. Cuando salía penosamente de la
fosa resbaladiza con mi fardo, vi a un hombre que se ocultaba detrás de una
lápida para espiarme. Su gruesa silueta y su nuca rechoncha se destacaban con
claridad sobre el fondo de la noche. Un miedo atroz se apoderó de mí. Aquel
hombre pensaba seguirme, quizá matarme. O, tal vez, se disponía a denunciarme.
Sin saber lo que hacía, abandoné a la actriz y escapé con la máxima rapidez que
me permitía mi angustia. Salvé la pared de un salto y sólo al llegar a mi casa
recuperé poco a poco la calma. Estaba seguro de que no me habían seguido; me
había librado de él.
A la mañana siguiente,
la lectura del periódico me procuró una abominable sorpresa. Habían encontrado
en el cementerio de Montmartre el cadáver de una actriz muy conocida, despojado
de sus ropas, destripado y horriblemente mutilado. La lluvia había borrado
todas las huellas. El hombre repugnante que me había espiado había recogido el
fruto de mis esfuerzos. ¡Qué horror! Me eché a llorar de despecho y pena.
22 de diciembre de
19..
Esta mañana he ido
a dar una vuelta por el cementerio de Ivry, delicioso bajo la nieve, como una
tarta de azúcar cande, extrañamente perdido en un barrio plebeyo. Al contemplar
cómo una viuda engalanaba la tumba del difunto con un arbolito de Navidad, pensé
de pronto cómo escasean ahora las mujeres de luto riguroso, con velos
flotantes, en la mayoría de los casos rubias, que invadían las necrópolis no
hace más de veinte años. Eran en general —aunque no siempre— profesionales que
practicaban su arte detrás de los panteones familiares, con una ausencia de
brío y de sinceridad absolutamente deprimentes. Carne para viudos.
1 de enero de 19..
Celebro el Año
Nuevo en buena compañía: la de una portera de la Rué Vaugirard, fallecida de
una embolia. (Suelo enterarme de este tipo de detalles en el transcurso del
entierro.) Esta viejecita no es sin duda una belleza, pero sí extremadamente
cómoda, llevadera, silenciosa y elástica, agradable a pesar de que los ojos se
le han metido dentro de la cabeza, como los de una muñeca. Le quitaron la
dentadura postiza, lo que le hunde las mejillas, pero, cuando la he despojado
del espantoso camisón de nailon, me ha sorprendido con dos senos juveniles,
duros, sedosos, absolutamente intactos: su regalo de Año Nuevo.
Con ella, el amor
está impregnado de una cierta calma. No abrasa mi carne, la refresca. Yo,
habitualmente tan avaro del tiempo que paso con los muertos —un tiempo que
corre con mucha rapidez— y que intento exprimir cada segundo vivido en su
compañía, me he acostado esta noche a su lado para dormir unas cuantas horas,
igual que un esposo junto a su esposa, con un brazo debajo de su fina nuca y la
mano posada sobre el vientre que me había proporcionado algún placer.
La menuda portera
se llamaba Marie-Jeanne Chaulard. Un nombre que seguramente habría complacido a
los hermanos Goncourt.
Sus senos son en
verdad notables. Al juntarlos, se consigue un pasadizo estrecho, rollizo,
infinitamente suave.
Acaricio
ligeramente sus cabellos grises y ralos, echados hacia atrás, el cuello y los
hombros, en los que se seca ahora una baba plateada como la que dejan los
caracoles.
Mi sastre —un
sastre que ha conservado los untuosos modales de los viejos tiempos y me habla
en tercera persona— no ha conseguido a la postre dejar de sugerirme un
vestuario menos sombrío. «Pues, por elegante que sea, el negro resulta triste.»
Es, por tanto, el color que me conviene, ya que yo también estoy triste. Triste
por tener que separarme siempre de los que quiero. El sastre me sonríe en el
espejo. Ese hombre cree conocer mi cuerpo porque sabe dónde coloco mi virilidad
en el pantalón y porque ha descubierto con asombro que los músculos de mis
brazos están anormalmente desarrollados en un hombre de mi profesión. Si
supiera para lo que pueden servir también unos buenos músculos… Si supiera el
uso que hago de esa virilidad, que, tal y como ha anotado en su libreta, cargo
a la izquierda…
2 de febrero de
19..
Una clienta ha
dicho esta mañana una frase muy bella con respecto a un cofre marino portugués,
del siglo XVII: «¡Qué hermoso es! ¡Parece un ataúd!». Además, lo ha comprado.
12 de mayo de 19..
No puedo ver a una
mujer bonita o a un hombre agradable sin desear inmediatamente que estén
muertos. Antes, en los días de mi adolescencia, lo deseaba incluso con pasión,
con furia. Se trataba de una vecina, tres o cuatro años mayor que yo, una
muchacha alta y morena, con los ojos verdes, a la que veía todos los días.
Aunque la deseaba, nunca se me ocurrió ni siquiera tocarle la mano. Esperaba,
ansiaba su muerte, y esa muerte se convertía para mí en la máxima aspiración en
torno a la cual gravitaban todos mis pensamientos. Shall I then say that I
longed with an earnest and consu-ming desire for the ntreví of Morella’s
decease? I did . Más de una vez, me
bastaba con encontrarla —se llamaba Gabrielle— para sumirme en una formidable
excitación que sabía, sin embargo, cesaría en el mismo instante en que tomara
la más pequeña iniciativa. Entonces, durante horas me describía todos los
peligros y todos los modos de fallecimiento que podían afectar a Gabrielle. Me
gustaba figurármela en su lecho de muerte, imaginar con toda exactitud las
circunstancias del entorno, las flores, los cirios, el olor fúnebre, la boca
pálida y los párpados mal cerrados sobre unos ojos en blanco. Una vez, al
encontrármela por casualidad en la escalera, observé que mi vecina tenía un pliegue
doloroso en la comisura izquierda de los labios. Yo era joven, estaba enamorado
y era romántico, lo que me hizo deducir inmediatamente que ella tenía una
secreta tendencia al suicidio. Corrí a encerrarme en mi habitación, me arrojé
sobre la cama y me entregué a voluptuosidades solitarias. Delante de mis ojos
cerrados, veía a Gabrielle balancearse lentamente, colgada de un gancho del
techo. De vez en cuando, el cuerpo vestido con una combinación de encaje blanco
giraba al final de la soga, ofreciendo a la vista sus aspectos más diversos. El
rostro me gustaba mucho, aunque estuviera ladeado y semioculto por la cabellera
que caía sobre él, sumiendo en una oscuridad encantadora la enorme lengua, casi
negra, que como el chorro de un vómito llenaba la boca abierta. Los brazos, de
un moreno mate, bastante hermosos, colgaban de unos hombros blandamente
dislocados, y los pies desnudos orientaban sus puntas hacia dentro.
Repetí esta
fantasía sin modificar nada cada vez que mi deseo lo exigió, y durante mucho
tiempo me procuró unas voluptuosidades en extremo intensas. Después Gabrielle
abandonó la ciudad; al dejar de verla, acabé por olvidarla y la imagen que me
había proporcionado tantas alegrías acabó a su vez por desvanecerse.
3 de agosto de 19..
Henri, muerto de
escarlatina a la edad de seis años —afortunadamente yo no pillo jamás la menor
enfermedad— es un buen hombrecillo. Tiene un auténtico cuerpo para jugar con
él, para disfrutar con él, aunque juegos y placeres tengan que desarrollarse en
las superficies externas. Es un niño tan estrecho que he tenido que renunciar a
las delicias más profundas, de lo contrario nos hubiéramos herido los dos. He
intentado inútilmente las más diversas técnicas, sin omitir algunas que en mi
ingenuidad había creído infalibles. Pero, tal como es, Henri resulta suculento.
El interior de sus muslos, ligeramente cóncavo, permite una unión casi
perfecta. Como se halla, por desgracia, en un estado muy avanzado, sé que no
podré conservar a este niño durante mucho tiempo. De modo que lo trato con
escasos miramientos, sin negarme los jugueteos en baños calientes, aunque sé,
sin embargo, que precipitan su degradación. Sus carnes se reblandecen de hora
en hora, su vientre se vuelve verde, se hunde, rebosa de malas flatulencias que
estallan en enormes burbujas en el agua del baño. Peor aún: su cara se
enfurruña y se parece cada vez menos a lo que era; ya no reconozco a mi pequeño
Henri.
7 de agosto de 19..
Anoche me despedí
de Henri, cuyo olor era intolerable. Había preparado un baño fuertemente
perfumado a fin de poder seguir apretando sobre el mío su cuerpecillo
delicuescente. Henri me dio una sorpresa, ya que los muertos están llenos de
sorpresas —pienso en los senos de Marie-Jeanne, y en muchas otras más—. Me ha
permitido al fin penetrar realmente en su carne reblandecida como la cera
fundida: es su manera de endulzar nuestra despedida. Lo he secado con una
toalla de baño, he vuelto a ponerle el pijamita de muletón rosa que llevaba al
llegar, he alisado su flequillo oscuro que el agua del baño hacía parecer casi
negro. En el coche, lo llevaba sentado a mi lado, sosteniéndolo con una mano
mientras conducía con la otra. Circulaba lentamente, no tenía prisa por llegar.
Como siempre en tales casos, la pena me pesaba en el corazón. «No, todavía no»,
me repetía. He cruzado el Sena en Saint-Cloud, pero sólo a la altura de
Maisons-Lafitte he hecho acopio del valor necesario. He vuelto a París, en
medio de la larga comitiva de los camiones de hortalizas, el olor de las
hierbas pisoteadas, los bocinazos, el resplandor de los faros. De repente, he
visto en el retrovisor mi cara inundada de lágrimas.
20 de noviembre de
19..
Esta noche no
saldré; no tengo ganas de ver a nadie y me gustaría cerrar la tienda toda la
tarde. Hoy hace cuatro años que tuve que separarme de Suzanne.
En aquella época,
todavía no llevaba mi diario, pero ahora quiero escribir, para revivirlo una
vez más, el relato de mi encuentro con ella.
Todo había
comenzado de una manera dramática y peligrosa y, desde un principio, nos
sentimos amenazados de modo recíproco. Fue una tarde de noviembre, muy tibia,
algo brumosa, con las aceras resbaladizas debido a las hojas mojadas. Noviembre
siempre me aporta algo inesperado, aunque esté aguardándolo desde siempre.
Había ido a buscar a Suzanne al cementerio de Montparnasse. Espera. Felicidad
anticipada, como en cada ocasión. De ella únicamente sabía su nombre, que tenía
treinta y seis años, que estaba casada, sin profesión. Sentía una gran
curiosidad por conocerla. Todo se desarrolló con normalidad y no me costó
ningún esfuerzo pasarla por encima del muro; era menuda y delgada. Creía que
sólo tenía que recorrer unos diez pasos desde el Boulevard Edgar-Quinet hasta
la Rué Huyghens, donde había dejado mi coche, pero probablemente la bruma me
confundió, ya que casi al momento reparé en que había salido del cementerio
mucho más lejos del lugar previsto. Me apresuré cuanto pude, satisfecho de que
Suzanne fuera tan liviana, cuando, de repente, creí que el corazón iba a
detenérseme en el pecho. Dos policías que hacían su ronda venían a mi encuentro
en su vehículo. Sin ninguna prisa, pero obstruyéndome la única retirada
posible; oía con claridad el espantoso chirrido de las ruedas. Manteniendo a
Suzanne fuertemente abrazada, la apoyé contra la pared del cementerio. Por
suerte, no vestía una de esas horribles túnicas mortuorias, sino que llevaba
simplemente un traje de lana y unos zapatos de paseo. Entre el chirrido espantoso
de las ruedas, el haz de una linterna eléctrica nos tocó las piernas: las de
una pareja que se abraza. Detrás de mí, el mundo hostil, los policías, la
estupidez, el odio. Delante de mí, aquella mujer desconocida con la cara
apoyada en la sombra de la mía, aquella mujer que se llamaba Suzanne y por cuyo
amor yo arriesgaba mi propia destrucción. Creí que aquel instante no terminaría
jamás, hasta que una voz ronca que se alejaba por el Boulevard Raspail escupió
un «vaya mierda, curioso decorado para unos enamorados…».
No sé la de siglos
que necesité para superar la parálisis en que me había inmovilizado el terror,
como en una pesadilla, y ponerme en marcha y llegar a mi coche. Aunque yo no
fuera tan estúpido como para medir el precio de las cosas por las dificultades de
su conquista, ya sabía que esta prueba era la contrapartida de dichas
inefables.
Suzanne… Una
burguesita con el pelo rubio discretamente peinado, y una blusa de lunares
debajo de un traje clásico. Le habían quitado la alianza. En esos instantes, la
llevaba su marido, postrado por la pena —o quizá no— entre las plantas, el
aparador y el televisor, en algún lugar de un apartamento de la Rué de Sévres.
Rué de Sévres… Pont
de Sévres…
No era guapa,
seguramente jamás lo fue, sólo de cara graciosa, con su nariz respingona y sus
cejas enarcadas en un formidable asombro. La muerte debió de sorprenderla tal
vez entre unas compras en el Bon Marché y la preparación de una tarta de
manzana, y segarla de un golpe seco, de un infarto o algo parecido. No mostraba
la menor huella de combate ni tampoco de apaciguamiento, nada. Sólo el asombro
de estar muerta. Suzanne tenía una piel suave y unas uñas almendradas. Al
quitarle la blusa, descubrí unas axilas’ cuidadosamente afeitadas. Llevaba ropa
interior de Crepé de China, de una calidad superior a la de su traje, y deduje
de ello una dignidad, un pudor femenino de buena ley. Se veía por su cuerpo que
siempre lo había respetado con una especie de ascetismo, pero un ascetismo
amable, civilizado, clemente.
Suzanne… El lirio…
La pureza de cada vez que se franquea un nuevo umbral. Ella había salvado el de
la muerte.
Desde el primer
momento supe lo que Suzanne significaría para mí. De modo que, aunque yo fuera
muy friolero, me apresuré a cerrar la calefacción y a organizar esas solapadas
corrientes de aire que refrigeran las habitaciones en un momento y durante
muchas horas. Preparé hielo y alejé de Suzanne todo lo que pudiera dañarle.
Salvo a mí mismo, desgraciadamente.
Me acerqué a ella,
impaciente como un joven esposo. Su delicioso olor de bómbice era justo el que
necesitaba. Llevé a Suzanne a mi cama. Con una mano temblorosa, le quité el
sujetador y las braguitas. La espera me arrancaba gemidos y la tensión de mi
deseo no me permitía seguir demorando el instante de la posesión. Me arrojé
encima de aquella muerta encantadora y, sin ni siquiera quitarle el portaligas
o las medias, la tomé con un fervor y una violencia que creo que jamás había
sentido hasta entonces.
Al llegar el día,
bajé a la portería y ordené a la portera que no dejara que me molestaran bajo
ningún pretexto. Alegué un trabajo urgente y difícil, la restauración de un
cuadro muy valioso —tarea que, por otra parte, jamás realizo yo mismo—. Tuve la
impresión de que me creía, pese a la extraña mirada que me dedicó.
Me encerré con
Suzanne. Nupcias sin música y sin flores, en mi dormitorio glacial, con las
luces encendidas. No contesté al teléfono. Por una o dos veces, pese a mi
prohibición, llamaron a la puerta de entrada. Con el corazón palpitante,
reteniendo el aliento, inmóvil en el vestíbulo oscuro, me sentía dispuesto a
todo para defender mi tesoro.
Rodeé a Suzanne de
bolsas de hielo. Mojaba a menudo con agua de colonia su rostro maravillosamente
intacto, a excepción de aquel resplandor graso que se pega a los pómulos y
aquel delicado encogimiento que afina la nariz de los muertos. Tres días
después de su llegada, Suzanne abrió de repente la boca, como para decir algo.
Tenía unos bonitos dientes, muy regulares. ¿Acaso no dije que los muertos
siempre nos dan sorpresas? Qué buenos son los muertos…
Durante catorce
días, he sido inefablemente feliz. Inefablemente pero no del todo pues, para
mí, la alegría siempre va acompañada de la pena de saberla efímera, la
felicidad lleva siempre, ostensiblemente, el germen de su propio final. Sólo la
muerte —la mía— me liberará de la derrota, de la herida que nos inflige el
tiempo. Con Suzanne yo experimentaba todos los placeres sin agotarlos. La
cubría de caricias, lamía tiernamente su sexo, la montaba ávidamente, me
sumergía en ella una y otra vez, cuando no prefería las delicias de Sodoma.
Entonces Suzanne dejaba escapar un leve silbido que sonaba a admirativo o
amablemente irónico, un soplo que parecía no querer terminar, una dulce y
prolongada queja: Ssss… Una ese como de Sévres…
Suzanne, mi hermoso
lirio, la alegría de mi espíritu y de mi carne, fue cubriéndose de manchas
violáceas. Yo multiplicaba las bolsas de hielo. Habría querido conservar a
Suzanne siempre. La conservé casi dos semanas, apenas sin dormir, alimentándome
de lo que encontraba en la nevera, bebiendo a veces en exceso. El tictac de los
relojes y el crujido de los revestimientos de madera habían adoptado un tono
especial, como siempre que la Muerte está presente. Ella es la gran matemática
que adjudica su valor exacto a los datos del problema.
A medida que pasaba
el tiempo, que el polvo depositaba un velo de ceniza sobre todas las cosas,
aumentaba mi desesperación por tener que abandonar a Suzanne. Las ideas más
insensatas me venían a la mente. Había una, sobre todo, que ya no me
abandonaba. Me decía que habría tenido que llevarme a Suzanne al extranjero
—¿pero dónde?— desde la primera noche, antes incluso de haberla convertido en
mi amante. La habría hecho embalsamar y así no habría tenido que separarme
jamás de ella. Hubiera significado la felicidad. Y en lugar de eso, había sido
insensato, insensato y malvado, no había tenido el sentido común de superar y
de demorar mi deseo, había perdido por culpa de la grosería de mi sexo un
cuerpo del que habrían podido disfrutar siempre mis sentidos y mi corazón.
Ahora era demasiado tarde, ya no podía hacer embalsamar a Suzanne. El
arrepentimiento y el dolor me atenazaban espantosamente. Pero tan pronto como
me acababa de decir que ya era demasiado tarde y que lo había estropeado todo,
me precipitaba de nuevo a los pies de mi amante, cubriendo de besos sus
piernas, en las que ya comenzaba a reaparecer el vello depilado. El deseo se
apoderaba de mí aún con mayor fuerza que la pena, y no tardaba en verme
abrazado a Suzanne, mi boca en su boca, mi vientre encima del suyo.
La pasión y el
pesar me habían invadido hasta el punto de que ya no me bañaba, no me afeitaba,
y los espejos me devolvían la imagen de un hombre lívido, hirsuto, con los ojos
hundidos y enrojecidos. Sentado en la cabecera de Suzanne, con una botella a mi
lado, rodeado de mantas para luchar contra el frío, imaginaba que me hallaba en
mi propia tumba. Los rumores del exterior apenas llegaban hasta mis oídos, casi
no atravesaban las cortinas corridas, salvo, a veces, el trueno de un camión o
el sonido claro de los cubos de basura arrojados al alba sobre la acera.
La última noche
lavé a Suzanne, la vestí con su fina ropa interior y su trajecito burgués, que
dos semanas antes, en plena euforia, le había quitado. Envuelta en una manta
escocesa, la llevé hasta el coche. Suzanne verde, Suzanne azul, y creo que ya
habitada. En el momento en que dejé que se deslizara por el Sena, lancé un
grito que oí resonar, como procedente de otro planeta. Me pareció que me
arrancaban el corazón, que me arrancaban el sexo.
El Sena había
acogido su cuerpo, saturado a lo largo de dos semanas de mi sudor y repleto de
mi semen, mi vida, mi muerte, mezclados en Suzanne. En ella entré en el Hades,
con ella rodé hasta los légamos oceánicos, me ensortijé en las algas, me
petrifiqué en las rocas calizas, circulé por las venas de los corales…
De vuelta a mi
casa, me arrojé sobre el lecho, que olía a carroña. Me dormí al instante,
brutalmente arrebatado por un sueño mortal, mecido por las mismas olas negras
—mare tenebrarum— que mecían a Suzanne, mi amor.
1 de diciembre de
19..
No detesto mi
oficio; sus marfiles cadavéricos, sus porcelanas descoloridas, todos los bienes
de los muertos, los muebles que han confeccionado, los cuadros que han pintado,
los vasos donde han bebido cuando la vida les era dulce. A decir verdad, el
oficio de anticuario es un estado necrofílico casi ideal.
30 de diciembre de
19..
En casa de mi
vecino, el librero, he visto un grabado galante del siglo XVIII —un fraile
fornicando con una monja— que me ha recordado un episodio burlesco ocurrido
hace unos diez años.
Había acudido a
Melun para unos asuntos que conseguí ultimar en mucho menos tiempo del
previsto. Como había ido en tren, me quedaban todavía dos largas horas por
delante. Ahora bien, sabía que en la capilla de las Hijas de Santo Tomás de
Villanueva, más exactamente en la galería norte, estaba la Circuncisión, de
Gentile Bellini. Como esas religiosas no eran de clausura, su capilla estaba
abierta al público. La dueña del restaurante donde había almorzado me había
contado cosas bastante horribles sobre la histeria y la insigne maldad de las
monjas con los huérfanos que albergaban. El convento estaba situado en las
puertas de la ciudad. Hacía un calor sofocante, tormentoso, y todo parecía
dormitar. Me encontré la verja del jardín abierta de par en par, al igual que
la puerta de la capilla, en la que entré sin ser visto. La escalera de las
galerías arrancaba justo a la derecha de esa puerta y subí por ella
inmediatamente. Encontré la Circuncisión, que me llenó de tristeza porque había
sido restaurada hacia 1890 por algún zafio pintor de brocha gorda. Este había
vestido nuevamente a los personajes de la escena, retocado las arquitecturas,
metido unas tupidas colgaduras en la abertura de las ventanas por las que antes
se vislumbraban las marismas venecianas. Era como para echarse a llorar.
Antes de bajar de
nuevo, me asomé a la balaustrada de la galería, desde la que podía, con una
sola mirada, abarcar toda la planta baja. La galería central estaba ocupada por
unas andas a modo de catafalco sobre las que reposaba una religiosa, sin duda
abandonada temporalmente por las monjas que debían custodiarla. Aunque muerta,
esa monja, con el vientre hinchado como un pellejo y una cara que parecía
salida del lápiz de Daumier, me inspiró una viva repulsión. Llevaba el hábito
de su orden y sus hermanas la habían tocado con una corona de grandes rosas de
papel, con lo que daban a entender que era virgen. De todas las muertas que he
visto, esta monja fue la única que no me inspiró simpatía ni ternura: la
totalidad de su persona rezumaba maldad. Observé la imagen con disgusto,
asombrándome únicamente de la frecuencia con que el necrófilo descubre la
muerte, el borracho la botella y el jugador los naipes. En el mismo instante en
que me formulaba esta reflexión, un hombrecillo de nariz larga y aspecto muy devoto
entró en la capilla y se prosternó ante el altar persignándose con el agua
bendita. Descubrió entonces las andas y pareció electrizado, en el mismo
momento en que se dejó oír un trueno formidable y una lluvia torrencial
intentaba penetrar bruscamente en la capilla. Después de un breve titubeo, el
hombrecillo corrió hasta la puerta para cerrarla, así como la de la sacristía.
A continuación, protegido por el diluvio de cualquier intrusión inesperada,
miró a derecha e izquierda para cerciorarse de que estaba a solas, olvidándose,
sin embargo, de alzar la mirada a las galerías. Tranquilizado, se arrojó sobre
la virgen cristiana y septuagenaria y, después de extraer un miembro delgado,
colorado y bulboso como el de los sátiros de Pompeya, se lo introdujo jadeante.
Lo consiguió y zarandeó furiosamente a la monja, que lanzaba el chillido agudo
de una rata en celo a cada una de sus embestidas, mientras que la corona de
rosas de papel, caída encima de la nariz, se estremecía rítmicamente, al son de
castañuelas del rosario. Indudablemente el hombrecillo no era un necrófilo
inveterado, sino tal vez, como máximo, uno de esos que opinan que nunca es
demasiado tarde para hacerlo. A decir verdad, pienso más bien que la ocasión
hace al ladrón, y que de igual manera habría satisfecho su repentina necesidad
con una cabra. Pataleando, saltando y aullando como si le hubieran cortado las
orejas, el hombrecillo finalizó su carrera con los chillidos de la monja y el
tambor batiente de todos los truenos celestiales. Tras lo cual, se abrochó con
un aire compungido, colocó en su sitio la corona de rosas artificiales y bajó
las sayas de la esposa del Señor antes de salir furtivamente.
Yo esperé todavía
un rato y, alejada la tormenta, salí a mi vez. La escena me había divertido por
su tufillo a fabliau rústico, la había visto como una graciosa alegoría del
mundo cristiano asaltado por el paganismo. En cuanto al sacrilegio, hace ya
mucho que no creo en él.
7 de enero de 19..
Se habla del sexo
en todas sus formas, salvo en una. La necrofilia no es tolerada por los
gobiernos ni aprobada por los jóvenes contestatarios. Amor necrofílico, el
único que es puro, ya que hasta el amor intellectualis, esa gran rosa blanca,
espera ser pagado a cambio. No hay contrapartida para el necrófilo enamorado,
el don que hace de sí mismo no despierta ningún impulso.
De vez en cuando
—casi siempre después de mis salidas nocturnas— la prensa sensacionalista agita
la opinión. Llega incluso a lanzar hipótesis ridículas, recordando los
estudiantes de medicina de tiempos pasados que iban a buscar sus objetos de
disección al cementerio de Clamart, o los resurrectionists de la era
victoriana. Un plumífero especialmente inspirado no ha vacilado en sugerir
ciertas orgías antropófagas, algo como los placeres del Ogro Minski.
Da igual. No basta
con ser temeroso como yo soy, también hay que ser prudente. Muchas veces tengo
la sensación de que me observan o me acechan. Sobre todo los criados,
asistentas, porteras, tenderos. Y los polis, claro. Sobre todo los polis.
15 de marzo de 19..
Heródoto nos cuenta
que las mujeres distinguidas «no son entregadas a los embalsamadores
inmediatamente después de su muerte, al igual que las mujeres muy hermosas y
muy famosas. Sólo se las confían al cabo de tres o cuatro días. Con ello se
pretende evitar que los embalsamadores abusen de ellas».
Es el más antiguo
de los comentarios, aparecidos en las crónicas, sobre esta inofensiva pasión
que algunos denominan perversión. ¡Aunque los «tres o cuatro días» son de una
ingenuidad…!
10 de mayo de 19..
Ayer, uno de mis
clientes, un joven y encantador pianista, intentó seducirme. Tomábamos el té,
sentados en el pequeño sofá Imperio de la biblioteca, un mueble más bien
estrecho. Yo junté en las mías las dos hermosas manos viajeras y se las devolví
a su dueño riendo, de la misma manera que se rechaza una pareja de pájaros.
—Oh… Lucien. ¿No le
gustan los chicos? Y yo que creía…
—Claro que me
gustan los chicos. Y también las mujeres.
Como realmente no
podía decirle: «Me gustarían mucho sus ojos en blanco, sus labios mudos, su
sexo glacial, ojalá estuviera usted muerto. Por desgracia, tiene el mal gusto
de estar vivo», añadí hipócritamente:
—Pero yo no estoy
libre y no me gustaría ocasionarle complicaciones. Es una pena.
Me creyó con mucha
amabilidad.
7 de junio de 19..
No paso un día sin
recordar a Suzanne, sus senos con las anchas aureolas beiges, su vientre vacío,
suspendido como una lona sobre las dos puntas de las caderas, su sexo, cuyo
mero recuerdo basta para conmover el mío. Hoy, ¿a qué conchas marinas se ha unido
el marfil de sus huesos?...
1 de julio de 19..
La estancia de la
señorita de Ivry me ha cansado de tal manera que ahora sólo tengo ganas de
acostarme solo.
Descubrí su tumba
por casualidad, cuando había ido a dar un paseo por el cementerio para relajar
la mente: una tumba muy reciente, que todavía no llevaba nombre. Me pregunté,
lleno de curiosidad, a quién podía contener y me prometí regresar. Pues bien, la
tumba contenía un ataúd de pino de calidad inferior —son precisamente los más
cómodos— en el que estaba tendida una mujer que me llevé sin esfuerzo a casa.
Hay en mis amores un instante inefable, aquel en que descubro por primera vez
el rostro del acompañante con que me gratifica la suerte, cuando me inclino con
avidez sobre él y descubro las facciones que no tardarán en resultarme
familiares.
Aparentaba entre
cuarenta y cuarenta y cinco años, aunque debo reconocer que la muerte
rejuvenece mucho. Era una mujer del pueblo, probablemente costurera, ya que
tenía el índice izquierdo calloso y con mil pinchazos de aguja. Observé también
que la piel de las manos era demasiado holgada para sus huesos; espesa, corno
acuosa, rodeaba las falanges con pesados pliegues. Era morena como una gitana:
sus párpados, los pezones de sus senos, su sexo tenían aquel color de humo
profundo y un poco violáceo que se encuentra en el terciopelo de algunas setas
o en las hortensias afectadas por la helada. Opulentas greñas de un astracán
brillante recubrían sus axilas y su pubis. Y, sobre todo, tenía un bigote
extraordinario: dos comas negras, finas y flexibles enmarcaban su boca y
bajaban hasta el final de sus mejillas, crueles como las de un Gengis Khan
cualquiera. Una persona original, sin duda. Por otra parte, no tardaría en
darme cuenta de que no era ésta la menor de sus peculiaridades. Era virgen,
como descubrí en el mismo instante en que dejó de serlo. ¿Había temido u odiado
a los hombres? ¿Había preferido a las mujeres? Con aquel bigote en forma de
látigo… Con aquella porción extraordinariamente viril de su feminidad: una
almendra dura y fuerte, dominando el pliegue de las ninfas…
Mi virgen de Ivry
poseía sobre todo una peculiaridad perturbadora. Diríase que había decidido
tomar en la muerte el desquite de su prolongada abstinencia. Jamás había
encontrado un sexo tan insólito como el suyo, viviendo en esta muerte una
formidable vida autónoma e indescifrable. A veces, se dilataba como el pez
globo, hasta el punto de creerme perdido en un abismo; otras me aferraba
súbitamente, me apresaba, me chupaba con unos chasquidos voraces. Otra
peculiaridad inquietante: mi semen desaparecía en él sin dejar huellas,
misteriosamente absorbido por aquella mujer-secante, por aquella planta
carnívora.
Varios días me dejé
tentar por la turbulenta virgen de Ivry, aunque no sin el temor de que, falsa
muerta, pudiera de repente abrir los ojos, animarse con mi sustancia y
devorarme. Además, su agitación aumentaba a medida que pasaban los días,
aunque, afortunadamente, en la misma proporción que el tranquilizador olor a
bómbice.
Cierta noche, mi
amante abrió bruscamente la boca, igual que antes había hecho Suzanne. Pero,
como carecía de modales, la virgen de Ivry lo hizo en un bostezo leonino,
descubriendo al mismo tiempo una dentadura irregular y descuidada. En otra
ocasión, cuando para escapar a la malicia de su sexo yo buscaba paso en su
retaguardia, me lanzó una serie de exabruptos que me desanimaron. Sin que
conceda una importancia excesiva a ese tipo de accidentes, prefiero en
cualquier caso que no se produzcan. Pero la virgen de Ivry tenía también muchos
aspectos divertidos y estoy lejos de olvidar los placeres que me proporcionó.
Sin embargo, hasta
las cosas mejores se acaban. Señorita, le agradezco su visita y su compañía. Es
usted encantadora pero todos los artificios de sus diferentes feminidades no
pueden arrancarme lo que ya no poseo. Absolutamente vacío, me pregunto si no será
usted un súcubo…
24 de julio de 19..
Comienzo a añorar
mi virgen de Ivry, mi muerta-viva cuya carne palpitante sabía rodear tan bien
la mía y aspirar mi sustancia. Algo que no se encuentra dos veces en la vida,
ni dos veces en la muerte… Melancolía de ignorar hasta su nombre. Magia que se
me escapa. Nevermore.
No he valorado a
esa mujer todo lo que debía.
¿He estado irónico,
con esa ironía que no es más que el mal abrigo de los pobres vergonzantes? ¿He
olvidado —olvidar es dejar de sentir, es una estupidez del espíritu y del
cuerpo—, he olvidado, repito, que cada vez me enamoro?... Un día, por
casualidad, caminaba detrás de dos estudiantes alemanas y oí que una le decía a
la otra: «… nt jedes-mal, verliebe ich mich heillos…». Podría decir que también
es mi caso. Ich auch, Liebe, ich auch…
La verdad es que he sido tan cobarde que me avergüenzo de la virgen insólita
y bigotuda, de mi princesa kirguiza con la vagina retráctil y recitativa. Claro
que la amaba… A menos que no deba utilizar determinadas palabras, ya que parece
que el ntreví, tal como se presenta en los claroscuros de la fantasía popular,
no tiene derecho a reivindicarlas.
Entretanto ha
sucedido un simpático episodio, hace unos cuantos días. Un «muertecito de
mentirijillas», de dieciocho o veinte años, desgraciadamente muy estropeado por
un accidente. Pero sereno y fraterno. Un amigo al que llamaba «Piel de
melocotón», aunque se llamara de otra manera y la piel de melocotón en
cuestión, lejos de ser la suya, sólo fuera un remedio obligado.
2 de septiembre de
19..
Una aventura
bastante desagradable e inesperada.
Había ido a pasar
el día al bosque de Fontainebleau porque el tiempo era magnífico y no tenía
ganas de seguir encerrado en la tienda. Me paré unos minutos en Barbizon. Al
pasar ante una pequeña panadería, vi un letrero: cerrado por defunción. Mi
traje negro y mi condición de forastero llamaron la atención de una anciana
asomada a su ventana. Creyó sin duda que yo estaba allí por las exequias. En el
fondo, no se equivocaba demasiado, siempre voy a las exequias, asisto a una
perpetua fiesta mortuoria, a unas nupcias fúnebres. La muerte me atrae desde
muy lejos, a través de unos laberintos desconocidos.
—Llega demasiado
tarde —me dijo la anciana—, lo enterraron ayer por la tarde. ¡Un hombre tan
guapo! ¡Qué desgracia! El volante de su camioneta se le incrustó por aquí.
Señalaba su
epigastrio. Di las gracias a la mujer y me fui. Había leído su nombre en el
rótulo de la panadería. «Fierre», me repetía. Fierre, un hombre guapo…
Sólo me acuerdo de
aquella tarde como a través de una niebla. Había perdido la noción del tiempo y
guié mi espera más por la luz que por mi reloj. La luz… Mi enemiga… ¿Por qué me
pusieron el nombre de Lucien, a mí, el lucífugo? Las horas me parecían aún más
largas al estar lejos de mi entorno habitual. Dormí un rato en el coche y
cuando desperté comprobé con sorpresa que ya eran las dos de la mañana. Soy
incapaz de describir el cementerio de Barbizon, anodino seguramente, con sus
coronas de perlas y sus ángeles llorones. No me costó ningún esfuerzo descubrir
la tumba más reciente, coronada por unas flores amontonadas como el heno de un
pajar. Y tampoco tuve dificultad en remover la tierra, bastante blanda, ni en
abrir el ataúd, que, de todos modos, me pareció anormalmente grande.
Un hombre guapo…
¡Cielos! Medía poco menos de dos metros y era tan fornido como alto.
Probablemente en el hospital habían intentado salvarle, ya que un espeso
vendaje con una mancha líquida en el centro ceñía su torso monumental, en el
que crecía un pelo duro, rizado y oscuro. Jamás había visto un muerto tan
tranquilo, con el rostro romano un poco pesado, la piel blanca y suave como
aquella harina con la que durante años había amasado el pan de los vivos.
Inmediatamente me di cuenta de que me resultaría imposible desplazar a Pierre
un solo centímetro. Con esfuerzos infinitos, conseguí, sin embargo, sacar a
medias su cuerpo del ataúd. Me sentí como avergonzado de gozar de él allí
mismo, expuesto a la hostilidad de un mundo abierto, a los peligros de los
imponderables. Pues la clandestinidad exige unas murallas que protejan del
aliento de la tierra y unas cortinas que detengan la mirada de los astros.
La cabeza de Pierre
chocaba regularmente con la madera de la pared lateral y su torso se veía
sometido al mismo movimiento giratorio que se ve en algunos árboles torturados,
mientras que su cintura se doblaba bruscamente en el borde del ataúd, liberando
el trasero y dislocando sus largas y fuertes piernas. Me di cuenta de que
Fierre había debido conceder con frecuencia en vida lo que me daba de muerto.
No me molestaba, pero me sentía insatisfecho por la inconveniencia de la
posición, la estrechez de la tumba y la carrera repentina de una rata. Antes de
abandonar a Fierre, lo coloqué de nuevo lo mejor que pude en su ataúd y lo
cubrí con los paños del sudario. Parecía un Cristo en su sepultura en brazos de
un profano José de Arimatea.
Eso ocurrió
anteayer. Y es como si hubieran pasado veinte años Fue la única vez en que no
ofrecí a uno de mis amigos fúnebres la dulzura de mi lecho y la tranquilidad de
mi dormitorio.
12 de enero de 19..
«Jérôme B… 15 años.
Sin profesión. Avenue Henri-Martin. Cementerio de Passy. 14 horas.»
Visitar.
14 de enero de 19..
Había mucha gente
en el entierro de Jérôme, al que asistí para poder localizar después la tumba
con mayor facilidad. Y también por gusto, por curiosidad, por simpatía.
Agradable frío seco. Toda la mejor sociedad del distrito XVI, en abrigo de
cachemira y pieles de astrakán. Me encontré al lado de una anciana con sombrero
violeta, que no cesaba de parlotear. «Dos días de una enfermedad que parecía
inofensiva después crac acababa justamente de tener un trimestre tan bueno en
Janson-de-Sailly la horrible pena de los padres el pobre Charles y sobre todo
la pobre Zouzou ah sí ya que puede que usted no lo sepa pero jamás llamó mamá a
su madre sino Zouzou los dos se adoraban de una manera inimaginable pero tal
vez sea usted de la familia ¿conocía a Jérôme?»
Le contesté que era
su profesor de latín pero la anciana recuperó inmediatamente el hilo de su
monólogo.
Los padres. El, muy
flaco, muy elegante, extraviado en su dolor como en un país lejano. Ella, una
joven señora con grandes ojos azules tumefactos por las lágrimas, con la
opulenta cabellera castaña, mal disimulada por el velo negro.
Un tipo obeso,
embutido en un abrigo con forro de pieles, se acercó a la tumba y leyó una
oración fúnebre copiada de Bossuet, con una voz falsamente estrangulada. Era el
profesor de latín. El auténtico.
Llegada la noche,
aparqué el coche en el Square Pétrarque y, una vez más, todo se desarrolló sin
imprevistos. Parece como si me protegiera Hermes, dios de los ladrones y guía
de los muertos. Me inspira mil subterfugios y sin trabas conduce a mi lecho los
objetos de mi pasión.
Jérôme. Es tan alto
como yo, pero tan delgado que con las dos manos casi alcanzo a abrazar sus
caderas. No sabe qué hacer con sus largos brazos, ni cómo colocar sus largas
piernas, más desmadejado que un potrillo. Su pecho, sus cabellos, su cara
afilada saben a sal, como si hubieran sido bañados en lágrimas, pero, hasta que
no lo he purificado con mi saliva y secado con mis caricias, su sexo tenía un
espantoso sabor a lavanda.
Me imagino a
Jérôme. Lo saco por un instante del Imperio infernal. Su cuarto de baño privado
da a los árboles de la avenida. Está decorado «pop», ya que él lo ha querido
así y Zouzou hace todo lo que él quiere, siempre desordenado, con los frascos
que olvida tapar y grandes jabones ingleses en todos los rincones. Hay incluso
una máquina de afeitar eléctrica, oculta en el fondo de un cajón, mejor que
Zouzou no la vea, se reiría. Ella entra desenfadadamente, sin llamar. Mientras
él se cepilla los dientes, ve en el espejo del lavabo sus grandes ojos azules
sonrientes. Ella le pellizca las nalgas, le despeina, besa su nuca entre los
hombros, allí donde sobresalen las vértebras, y después escapa corriendo. El la
persigue, con la boca llena de pasta de dientes, le arroja una toalla que
golpea con un ruido suave la puerta que ella acaba de cerrar.
Espatarrado encima
de su bidet, Jérôme se enjabona con lavanda, mucho rato, muchísimo rato. Cuando
cierra los ojos, ve una mujer cuyos largos cabellos castaños enmarcan un
espacio vacío en el que no consigue situar un rostro. Fuerza su imaginación,
busca ese rostro con una obstinación de insecto, cree de repente que lo alcanza
pero no es así, no es así.
15 de enero de 19..
Aquella noche,
empujé el sillón de mi dormitorio hasta enfrentarlo al gran espejo veneciano
que tanto me gusta. Senté a Jérôme en mis rodillas, mordisqueé su nuca con un
reflejo plateado, justo entre los hombros, allí donde seguramente Zouzou le
besaba jugueteando. En los ntreví grises del espejo, entre la escarcha de sus
follajes, veía bailar a Jérôme como una gran marioneta bajo los impulsos de mi
deseo.
16 de enero de 19..
Jérôme. Hieronimus.
En su Jardín de las delicias, Hieronimus Bosch ha pintado dos jóvenes que
juegan con unas flores. Uno de ellos ha metido unas ingenuas corolas en el ano
de su compañero.
Esta noche he ido a
buscar unas flores a la floristería y he adornado con ellas a mi amigo Jérôme,
cuyas carnes ya conceden sus matices al azufre verde, pardo y violáceo de las
orquídeas. Unas y otras tienen el mismo resplandor carnoso, como pegajoso; unas
y otras han alcanzado esa fase triunfante de la materia que en su apogeo, en la
extrema realización de sí misma, precede a la efervescencia de la putrefacción.
Recostado de lado, Jérôme parece dormir, su sexo metido en el cáliz de una flor
cuyo licor le inunda, mientras que una cascada de floraciones lívidas escapa de
las magulladuras ahumadas que jaspean su rosa secreta.
Yo había supuesto
que Jérôme tendría los ojos de su madre, pero, una vez levantado, su párpado
blanco ha descubierto un iris de un verde profundo, de un pardo violáceo: el
tono que se encuentra en las viscosas paredes de algunos crustáceos.
20 de enero de 19..
Jérôme devuelto a
la noche, Jérôme devuelto a los abismos, ¿qué corrientes desciendes, barco
ebrio?
Y yo no tardaré en
caer en la muerte como Narciso en su imagen.
15 de abril de 19..
Esta mañana he
encontrado el apartamento lleno de grandes moscas azules. ¿De dónde salían? La
asistenta, que estaba presente en ese momento, ha ido a la droguería a buscar
un insecticida. Un horror. Los insectos zumbantes cubrían las alfombras, los
pisabas por doquier, mientras que un olor químico invadía el apartamento y se
negaba a escapar por las ventanas.
La asistenta
murmuraba sin cesar oscuras imprecaciones que contenían todas ellas como una
alusión amenazadora: «No es normal… Tenía que ocurrir… Pero esto es ya el colmo…
Eso es lo que pasa… A mí no me gustan nada esas historias…», etc. Otra que me
abandonará.
23 de abril de 19..
He descubierto en
Tristan Corbiére una expresión estupenda: «Disfrutar como un ahorcado».
2 de mayo de 19..
Hace ya casi cuatro
días que me he despedido de Geneviéve y de su pequeño. Si realmente me hubieran
visto y localizado, como llegué a temer, ya me habrían inquietado. Eso no quita
que las últimas horas hayan sido muy agotadoras.
Había ido a buscar
a la joven al cementerio de Pantin, un lugar desolador. No sabía de qué había
muerto, por lo que mi sorpresa fue enorme al encontrarla con un bebé en los
brazos. No aprecié demasiado este apéndice familiar.
Geneviéve era una
mujer francamente bonita. Seguro que sufrió mucho, no sólo en su pobre cuerpo
desgarrado sino sobre todo en su alma, ya que su rostro tenía impresa aquella
tristeza típica de los que se van sin haberlo querido. Me gustaba su tez
transparente, sus grandes senos pálidos. Su sexo era impracticable, una cosa
horrible que procuré no mirar. Di la vuelta suavemente a su cuerpo y,
deslizándome a la sombra de su soberbio trasero, disfruté «como un ahorcado» en
aquel laberinto ajeno a las trampas y a las desdichas de la procreación.
Jugué un rato
acariciando al bebé, una criaturita que, sin embargo, era más bien fea, con su
cara arrugada, sus miembros canijos y su enorme cabeza. La suavidad glacial de
su carne y el fortísimo olor a bómbice que desprendía no tardaron en inspirarme
unos gestos más precisos. Coloqué al bebé sin nombre encima de mis muslos, con
la cabeza descansando sobre mis rodillas y las piernas subidas en ángulo recto,
de modo que sus pies casi tocaban mi pecho. Me limité a introducirme entre sus
muslos pero para descubrir inmediatamente que eso no me procuraría ningún
placer. Su carne me parecía tan sosa como una sopa de leche. Sin embargo, mi
estupidez me llevó a obstinarme y precipitar mis movimientos hasta una
conclusión que no me aportó éxtasis alguno. Alguien todavía más estúpido que yo
habría evocado tal vez el nombre de Gilíes de Rais, no tanto por el niño como
por la posición elegida, favorable al desventramiento de alguien que, por otra
parte, no era mi víctima. No me gusta Gilíes de Rais, un hombre de una sexualidad
deficiente, eterno chiquillo que no cesaba de suicidarse en los demás. Gilíes
de Rais me repugna. Sólo hay una cosa asquerosa: ocasionar dolor. No conservé
mucho tiempo a Geneviéve y a su bebé, pero la historia tuvo consecuencias o,
por lo menos, habría podido tenerlas fácilmente con un poco de mala suerte.
Solté la bolsa en
la que había depositado a ambos, abrazados entre sí, para que nada los separara
antes de que sus huesos escaparan en las corrientes, se volvieran porosos y
ligeros como la piedra pómez, se deshicieran y desaparecieran para renacer en
la cal de las estrellas de mar. En el instante en que el agua se cerraba sobre
ellos, resonaron unas puertas en el silencio de la noche y se oyeron unas
voces. Unos hombres corrían por la orilla y se dirigían hacia mí. «¡En, allí!
¡Eh! ¡Por allí! ¡Por allí!» Me habían descubierto los obreros de la fábrica de
gas. Me perseguían como una jauría a la liebre e igual que ella yo corría en
zigzag, por las calles nocturnas de Levallois. A veces sus gritos se acercaban
peligrosamente y después, de repente, parecían perder mi pista. Les oía hablar
entre ellos, insultarse, aconsejarse. Las paredes con los carteles desgarrados,
las fachadas ciegas de los almacenes ruinosos, las fábricas abandonadas pasaban
a mi lado a un ritmo de pesadilla. Ignorando dónde me encontraba, corriendo
como un loco por el dédalo de calles hostiles, me angustiaba sobre todo la idea
de meterme en un callejón sin salida. Y, de repente, ocurrió el milagro que ya
no esperaba: mi buen Chevrolet, carroza de todas mis bodas, sensatamente
aparcado junto a la acera. Mientras arrancaba, todavía tuve tiempo de descubrir
a unos hombres que aparecieron de repente en la esquina de un muro,
gesticulando agitadamente bajo la luz de una farola. Once more saved!
15 de junio de 19..
Hace ya más de un
mes que estoy en Nápoles, contentísimo de haberme alejado de París por un
tiempo. Confié mi negocio a un gerente que ya lo había administrado muy bien,
hace cuatro años, cuando pasé una temporada en Niza. A decir verdad, la
persecución nocturna de Levallois me había afectado mucho. Olisqueaba el
peligro. Sin contar con que también tenía muchas ganas de volver a Nápoles, la
más macabra de las ciudades, Nápoles, la boca del Hades. Allí se juega con los
muertos como si fueran muñecas grandes. Los embalsaman, los entierran, los
desentierran, los lavan, los adornan, los peinan, les meten bombillas verdes o
rojas en las órbitas, los colocan en nichos murales, los ponen de pie en
ataúdes de cristal. Los visten, los desnudan; nada tan extraño como esas momias
tiesas en sus ropas ceñidas, tocadas con pelucas de estopa, con un ramillete de
cera polvorienta en los dedos. En San Domenico Maggiore, pueden verse las
reinas de Aragón, unos adefesios de cuero marrón, acurrucadas en sus féretros.
El sacristán levanta la tapa con una mano y tiende la otra para la propina:
Mercurio también es Hermes. Pero todas esas momias están demasiado resecas para
poder gustar e inflamar los sentidos. Les falta el movimiento interno de las
verdes metamorfosis. Nápoles… Hace menos de cien años aquí todavía paseaban los
cadáveres por las calles, como en la Roma antigua. Hoy sólo se encuentran las
formidables carrozas de la Muerte, rodeadas de lámparas gigantescas,
engalanadas con avestruces negros.
2 de julio de 19..
Intermezzo all’improvviso…
Volvía de visitar el claustro de Santa Chiara y, queriendo bajar al Corso
Umberto, atajé por esa fantástica escalera descrita por Malaparte , el Pendino
Santa Barbara, donde sólo viven enanas. Horribles, deformes, casi siempre
calvas, en ocasiones llevando en sus brazos a unos niños que parecen hechos de
trapos grisáceos, las enanas viven allí en medio del griterío y de la
agitación. Grandes insectos cavernícolas ocupan los bassi, esas habitaciones
sin ventanas que abren sus puertas a la calle, todas idénticas con su gran cama
cubierta de nailon rosa, su aparato de televisión y sus imágenes piadosas.
Delante de uno de
los bassi, un grupo de enanas obstruía la acera cotorreando en un tono
lastimero, mientras las que parecían más dolidas ocupaban el antro oscuro donde
las bombillas ardían como en plena noche. La muerte acababa de pasar por allí y
mi corazón dio su tradicional y familiar brinco. Las enanas se apresuraron,
además, a contarme que una de ellas, su buena amiga Teresa, acababa de pasar a
mejor vida. Les pedí que me permitieran unirme a ellas para rendir a Teresa los
honores fúnebres del velatorio. Aceptaron con una excitación indescriptible,
incluso teniendo en cuenta que nos hallábamos en Nápoles.
El rostro
ceniciento y arrugado de Teresa podía tener tanto treinta como setenta y cinco
años, y sus cabellos parecían un matorral inefablemente enmarañado. Le habían
puesto una especie de traje de primera comunión que le llegaba hasta las
orejas, porque era jorobada. Varias de sus compañeras, encaramadas en la cama,
no paraban de sobarla, de toquetearla, de besarla, levantaban un mechón
de la indescriptible cabellera, acariciaban su mejilla, alisaban
un pliegue de su traje, en un monstruoso cacareo de gallinero. Supe que Teresa
había sido atropellada por un coche cuando cruzaba la Via Sedile di Porto y,
con las dos piernas seccionadas, se había desangrado antes de poder ser
socorrida como es debido. Es cierto que una enana debe de tener muy poca sangre.
Habían gesticulado mucho, lanzado muchos gritos y dado muchos consejos, pero
Teresa ya estaba exangüe cuando llegó la ambulancia. La trasladaron a su casa,
sus amigas la lavaron, peinaron y arreglaron. También la vistieron de blanco,
señal, decían, de que Teresa había muerto en estado de virginidad. Virgen o no,
confieso que despertaba mi deseo con una intensidad directamente proporcional
al mucha tiempo que yo no había…
Menos mal que, como
el tiempo amenazaba tormenta, me había provisto de un impermeable que llevaba
bajo el brazo y gracias al cual me era posible disimular mi estado. No hacía
más que preguntarme cómo raptar a Teresa en un barrio tan populoso y sin la ayuda
de un coche. Forjaba mil planes a cuál más absurdo, mientras escuchaba la
cháchara de las enanas. El calor era sofocante. Faltaba poco para mediodía. Las
voces se volvían más cansinas y más espesas en el aire vidrioso. Unos olores de
fritura llegaban hasta el lecho fúnebre y las enanas no se mostraban
indiferentes. Hubo como una vacilación, como una tregua en sus lamentaciones.
Una de ellas habló de hacer café. Intervine entonces, proponiéndoles un
almuerzo fúnebre en un restaurante cercano, con la condición de que se
avinieran a disculpar a su anfitrión de no participar en él en persona: se
quedaría en el velatorio para que todas ellas pudieran festejarlo juntas.
Encantadas, aceptaron la invitación y, cuando un cuarto de hora más tarde
regresé del restaurante donde había ido a encargar sus ágapes, las encontré
ataviadas con chales de satén negro y tocadas con singulares y antiguos
sombreros floreados de lirios de crespón. Me acogieron con gritos de alegría y
después se dispersaron a lo largo del Pendino, como una bandada de cornejas.
Estaba a solas con
Teresa. Cerré la puerta y, lentamente, tranquilamente, me desanudé la corbata.
16 de julio de 19..
Acabo de visitar
Capodimonte, el parque de los tritones cubiertos de musgo, el extenso castillo
amarillo que, detrás de los bosquecillos de palmeras, abriga una maravillosa
colección de pinturas. La muerte de Nerón, de Pacheco de Rosa… Una composición
agitada pero que transpira indiferencia; unos hermosos y límpidos colores pero
ninguna intuición del tema. Por lo menos no la mía.
También aquí, en
Nápoles, en la paz de su villa, Tito Petronio Arbiter, un gran señor, un gran
poeta, un hombre comprometido, se hizo abrir las venas por su médico. Rodeado
de sus concubinas y de sus esclavos griegos, que le metían la lengua por la
boca y acariciaban sus cabellos desrizados por el vapor del baño, vio borrarse
su mirada detrás de un velo y apagarse como una lámpara. Oyó cómo sus tiernas
palabras retrocedían hacia otro planeta porque él se disponía a abandonar la
Tierra. Apoyado en sus brazos, tuvo sin duda el tiempo de medir su soledad.
Descompuesto bajo la dulzura de sus sonrisas, sintió cómo las manos de los que
le rodeaban abrazaban su miembro ya inerte, y aferrando su puño a la bañera de
plata, concentraba la única fuerza que seguía manando de él en aquel tallo de
coral bermejo, arco perfecto. Notó cómo la nada invadía la red de sus venas, la
noche penetraba en su carne, desde los lóbulos perforados de sus orejas hasta
sus largas falanges, que se doblaban bajo el peso de los anillos, mientras las
bailarinas pegaban sus vulvas a su cuerpo como conchas a una nave y los dedos
de sus efebos exploraban sus rincones secretos. Flotando en su baño como en el
líquido materno, Tito Petronio Arbiter sintió cómo la vida se escapaba de él
con la misma dulzura con que antes había llegado.
Así es como me
gustaría morir.
5 de agosto de 19..
Catacumbas de San
Gaudisio. Comparadas con ellas, las de París no son nada, hay que ir a Nápoles
para ver algo semejante. Barrocas, fantásticas, las catacumbas de San Gaudisio
se extienden sobre un inmenso recorrido y se dice incluso que algunas galerías
olvidadas las unen a las de San Gennaro. Las mujeres las frecuentan para
implorar las gracias de las «ánimas del purgatorio», como denominan
ingenuamente a las fuerzas infernales, y practicar el culto de los huesos. Los
cráneos, muchas veces encerados, tocados con pelucas, colocados en unos
altarcitos privados por fieles que, por otra parte, no tienen ningún parentesco
con ellos, son objeto de un activísimo negocio por parte de los guardas. La
atmósfera de esas catacumbas paganas —pues de eso exactamente se trata— es del
todo irreal. Las oraciones musitadas, las sombras de las mujeres que la luz de
los cirios proyecta sobre las paredes de macabra rocalla, los esqueletos y las
momias vestidos en sus nichos, el olor de las osamentas y de las ofrendas
forman un entorno indescriptible. Desde el primer momento, me sentí
entusiasmado.
Cuando me metía en
una galería menos frecuentada, mi atención se vio repentinamente atraída por el
comportamiento de una de las fíeles. Era una mujercita gorda, como lo son todas
allí, pero que todavía parecía bastante joven. Con una rodilla sobre el reclinatorio
desde el que se asomaba, el trasero saliente, el cuello tenso, acercaba su cara
hasta besar una calavera puesta sobre un cimacio. El perfil de la mujer y el de
la calavera se destacaban claramente sobre la luz rojiza de una lámpara, la
boca pegada como una ventosa sobre la sonrisa de la calavera. La mujer había
conseguido introducir su lengua en la mandíbula y a contraluz yo la veía lamer
y agitarse entre los dientes del muerto, curvada y afilada como aquel cuerno de
coral, el viejo símbolo fálico que los napolitanos llevan contra el mal de ojo.
A veces la mujer
llevaba esta lengua, que yo adivinaba asombrosamente dura y carnosa, hasta los
incisivos del muerto, paseándola por la dentadura exterior igual que una mano
que acariciara un teclado, y otras la hundía lo más lejos que podía para lamer
el interior de los molares y la bóveda del paladar.
Concentrada en su
placer, no se dio cuenta de que me acercaba. La observé durante un rato hasta
que notó de repente mi presencia y se incorporó sofocando un grito.
—No tema nada de mí
—le dije—, pero ¿le importaría repetir lo que estaba haciendo?
La mujer me miraba
con una expresión desconfiada. Debía de tener unos treinta años y pertenecía
visiblemente a la clase media, podía ser la esposa de un pequeño comerciante o
de un funcionario subalterno. Repetí mi petición y el reflejo de una idea que sin
duda le pareció brillante iluminó su cara.
—Si nos ven, diré
que usted me ha obligado a hacerlo.
Confieso que me
confundió la artimaña grosera con la que supo dar la vuelta a la situación.
Pero, sin añadir nada, volvió a su cráneo, con los ojos entornados y la lengua
tensa.
Lo que el
espectáculo y el lugar tenían de insólito, unido a la euforia percibida desde
mi entrada en las catacumbas, me provocaron el efecto que cualquier necrófilo
puede prever. Deseaba a esa mujer, aunque estuviera viva. Le subí la falda
negra y, apartando unas bragas de algodón, descubrí un amplio trasero limpio y
diáfano como la cera de los cirios que nos rodeaban. Al tacto todavía era más
liso que a la vista. Después de meterle la mano en la raja, saqué los dedos
mojados por un licor opalino que me desconcertó —las muertas no segregan nada
semejante— y que tal vez me habría repugnado si su olor no me hubiera recordado
el del mar, imagen y hermano de la muerte. Así pues, la idea de que toda carne
lleva en sí el fermento de su destrucción avivó el deseo que sentía por esa
mujer, pero éste me abandonó en el mismo instante en que intenté un contacto
más profundo, igual que un castillo de naipes que se hunde no bien lo tocan. La
mujer se volvió hacia mí, con la cara alterada por la cólera.
—Contaré que ha
intentado violarme.
Ignoro por qué el
despecho la llevaba a amenazarme de esa manera. En cualquier caso, me alejé.lo
más aprisa que pude.
En mi apartamento
de Pausilipo, me sentí repentinamente invadido por la amargura y la tristeza.
Me gustaría vivir y me gustaría morir, pero no puedo vivir ni morir. ¿Será esto
mi Huerto de los Olivos?
12 de septiembre de
19..
No sé por qué, pero
esta mañana, al anudarme la corbata, he recordado brevemente la antiquísima
imagen de mi vecina de adolescencia, de aquella Gabrielle a la que tanto me
gustaba imaginar ahorcada, con los ojos en blanco en un último éxtasis.
16 de octubre de
19..
Siento la tentación
de creer que Hécate ha arrojado sobre mí una benévola mirada. La muerte me
colma, incansable proveedora de mis placeres, y si muchas veces son incompletos
se debe únicamente a mi propia debilidad.
Es posible que
mucho tiempo atrás hubiera pensado en la dicha que me aportaría la presencia
simultánea de dos cuerpos y vislumbrara en la mente algunos tableaux vivants,
algunas natures mortes. Algo, en cualquier caso, con lo que ya no contaba
realmente, un sueño olvidado, relegado a la noche en la que se disuelven los
sueños.
Era tan estúpido
como para no creer en el milagro.
Esta noche quiero
anotar con precisión todas las peripecias de la aventura, a fin de recordarlas
con mayor facilidad, ya que todo se ha desarrollado tan rápidamente y de modo
tan inesperado que presiento amenazada mi memoria. Es cierto que siempre, y de una
manera difusa, percibo una parte de mí mismo, cuando no mi persona entera, bajo
el dominio de una oscura amenaza. O como bajo la amenaza de una amenaza.
Había ido a
Sorrento y, en el camino de vuelta, me detuve a tomar una copa de vino en Vico
Equense, en un hotel en el que me conocen. La casa, construida al borde del
acantilado, domina una pequeña cala cerrada por las rocas, a la que se accede
por un ascensor con las paredes eternamente rezumantes. A mediados de la
semana, con la temporada ya terminada, aunque el mar siguiera estando bastante
cálido, el hotel y la playa se habían vaciado. Algo desértico había caído sobre
las terrazas, el bar y el comedor. Se notaba especialmente como un velo, una
contención, una tensión. En el vestíbulo,ntrevíal dueño y me pareció que tenía
una expresión extraña. Los camareros murmuraban entre sí. Cuando Giovanni, el
que me atiende con mayor frecuencia, me sirvió el vino, le pregunté los motivos
del malestar que creía percibir. Miró rápidamente a derecha y a izquierda,
antes de confiarme a media voz:
—Es por culpa de
los dos hermanos suecos, él y ella, dos jóvenes clientes cuyos cadáveres ha
habido que rescatar esta mañana. Es una historia increíble y ni nosotros
acabamos de creérnosla. ¡Nadaban como peces! Uno de ellos ha debido de sentirse
mal y el otro habrá querido ayudarle. Ah, sí… los ahogados te arrastran… como
si lo hicieran adrede para no morir solos… ¡Pero menudo problema para el hotel!
Me contó también
que los dos nadadores habían sido rescatados inmediatamente después del
accidente sin que resultara posible reanimarles, que ya se habían hecho
gestiones en Nápoles para que el consulado de Suecia avisara a los padres
—seguramente llegarían en avión, conjeturó Giovanni—, que los dos ahogados
serían tal vez trasladados a su país para ser enterrados y que, hasta entonces,
los habían depositado en la pequeña gruta de la playa, ya que nadie acudía allí
fuera de temporada y las casetas de baño ya estaban desmontadas.
Me pareció que toda
la sangre se me subía al corazón. Cubrí mi rostro con una máscara de
indiferencia aburrida y fingí que me interesaba por otra cosa. ¿Es posible?, me
repetía, ¿es posible? Y si es posible, ¿cómo? Se trataba de establecer un plan
sin fallos. Lo elaboré en menos de una hora. Abandoné el hotel y tomé el camino
transitable que lleva a la cima del Paito, para esperar allí la noche. No podía
ocultarme que, a decir verdad, la empresa estaba llena de peligros. Los
ladridos repentinos de un perro, el encuentro con los pescadores de pulpos que
casi todas las noches buscan su botín con enormes linternas, una irrupción
inesperada podían convertir mi proyecto en una horrible catástrofe. Pero mi
decisión era firme. Bastaría con actuar con rapidez y sangre fría. Nervioso,
lábil, extremadamente emotivo en la vida corriente, dispongo de una formidable
reserva de calma y de inventiva en cuanto se trata de apoderarme de un muerto.
Me convierto en otro, en un extraño a mí mismo, siendo más que nunca yo mismo. Dejo
de ser vulnerable, dejo de ser desdichado, alcanzo la quintaesencia de mi ser,
cumplo la tarea que la suerte me ha destinado.
A eso de las diez,
comenzó a caer la lluvia con suficiente fuerza como para alejar la amenaza de
los pescadores que van a lampare. Lo entendí como un buen presagio. Dos horas
después, tomé la carretera de Seiano, cuyo embarcadero es más cómodo que el de Vico.
Dejé el automóvil en las cocheras de los autobuses, un almacén sucio y
herrumbroso, con el suelo manchado de aceite y cuya puerta no se cierra jamás
por vieja.
Hoy sólo quedan
unas cuantas casas ruinosas, con no más de dos o tres siglos de antigüedad,
allí donde antes se alzaba la villa de Sejanus. Todas las luces estaban
apagadas, a excepción del faro que en la punta del malecón parpadea cada noche
con una luz intermitente. Sólo se oía la crepitación de la lluvia y la resaca
del mar entre las rocas. Me dirigí a una barca que había descubierto por la
tarde, un mal cascarón de tablas que desamarré sin hacer ruido. Remé hasta la
playa del hotel. También allí estaban apagadas las luces. Como no podía atracar
en la playa pedregosa, me quité los pantalones, até la barca a la punta de una
roca y, metiéndome en el agua hasta los muslos, alcancé la gruta. La noche, el
murmullo de la lluvia, el ruido del mar y sobre todo la idea de lo que iba a
descubrir me embriagaban como si hubiera bebido. Levanté la lona que cubría los
dos cuerpos y los trasladé, uno tras otro, a la barca. Después volví a Seiano,
a fuerza de remos, lo más aprisa que pude. Todavía no había tenido tiempo de
examinar el aspecto que tenían mis muertos, pero me parecieron livianos como
niños. Una vez más, todo se desarrolló sin ningún tropiezo, aunque tuviera que
hacer dos veces cada una de las operaciones, y transporté los suecos al coche,
donde me costó cierto trabajo introducirlos. Ya estaban rígidos pero conseguí
colocarlos diagonalmente en el asiento trasero, enfrentados entre sí y
disimulados bajo una manta.
No negaré que la
subida en ascensor hasta mi apartamento resultó uno de los momentos más
críticos de la empresa. El mismo problema suele planteárseme, por otra parte,
en París, y más de una vez he pensado en alquilar o comprar una planta baja,
más favorable a mis amores.
Cuando hube tendido
a los adolescentes suecos en mi cama, no lamenté mi esfuerzo. Debían de tener
dieciséis o diecisiete años y jamás había visto dos seres tan hermosos. Los dos
se parecían de un modo increíble y sin duda eran gemelos. La muerte había convertido
su bronceado levemente escarchado por la sal en un oro de una extraña palidez,
en un matiz comparable al que despide la llama de un cirio. Los dos tenían unos
largos cuerpos asexuados —la virilidad del muchacho apenas perfilada, los senos
de la chica totalmente inexistentes—, pero infinitamente deseables y que me
sugerían no sé qué angelical naturaleza. La languidez de sus cabelleras, de un
rubio plateado, la ausencia de cejas sobre unos párpados fuertemente bombeados,
sus pómulos salientes —como los de los cráneos descarnados— y el color
evanescente de sus finos labios malvas, todo en ellos expresaba la más mortal
de las predestinaciones. Extraños al mundo de los vivos, habían sido creados
para morir y la Muerte les había señalado apasionadamente desde el principio.
Ahora que los tengo
delante, apenas me atrevo a acercarme a su belleza.
Fuera se ha
levantado la tormenta y agita los árboles del Pausilipo. Unas nubes enormes
recorren el cielo. La jauría de Hécate pasa aullando.
17 de octubre de
19..
He hecho lo mismo
que había hecho en el caso de Suzanne, despedir al servicio, prohibir cualquier
interrupción, cerrar la calefacción y establecer corrientes de aire frío. Es
cierto que estoy lejos de sentir por mis hermosos ángeles la tierna fraternidad
y el amor que me unían a Suzanne, pero su esplendor me conmueve y quiero
conservarlos largo tiempo.
18 de octubre de
19..
Los he acostado
abrazados, uniéndolos tiernamente, posando los labios del hermano sobre los de
la hermana, introduciendo el sexo dormido de él en las ninfas delicadas de
ella, en el umbral de aquella hendidura cuya palidez e insignificancia me han
recordado la de la pequeña muchacha-pulpo, de la vomitadora de jugo negro. He
querido que sus cuerpos, que en vida habían debido de reclamarse tantas veces
en secreto, se unieran finalmente en la muerte. Pues yo sabía que los dos se
habían amado como el cielo ama a la tierra. Y uno de ellos había querido salvar
al otro y el otro había arrastrado al primero. Lo había arrastrado por amor, a
las profundidades, entre la sal y las algas, en la espuma y las arenas, en las
escarchas marinas que se mueven bajo la mirada de la luna y se agitan igual que
el semen. No era en mi casa donde habían celebrado sus sublimes nupcias, sino
en el instante preciso en que, agarrados el uno al otro, los dos habían
exhalado a un tiempo su último suspiro en un éxtasis común, unidos en el agua
como antes en el líquido materno, en el mar como en la madre, reencontrados en
su final de la misma manera que habían sido confundidos en su origen. Habían
alcanzado, por tanto, su verdad cósmica, extraña al mundo falaz de los vivos.
Los contemplé largo rato, agradeciendo el espectáculo como un don. Ni por un
instante pensé en mezclarme con ellos, en estorbar su unión con el contacto
impuro de mi carne viva.
20 de octubre de
19..
Confieso que mis
castas resoluciones me abandonaron anoche por un instante. Estaba sentado a su
lado en la cama y, como en juegos, mordisqueé la nuca del chico —¿o era la de
la chica?— en el preciso lugar en que arranca de la base del cráneo, cuya caja
redonda percibí debajo de mi labio superior. Mi boca comenzó por sí sola un
viaje delicioso, subiendo y bajando ligeramente a lo largo de las vértebras, de
igual manera como se recorre un paisaje accidentado cuyas débiles cuestas se
integran por sí mismas en los más vastos movimientos de llanuras y de montañas.
Pasé así del desierto dorsal al valle lumbar, lleno de nervio y de ternura —un
lugar que siempre me conmueve infinitamente— antes de avanzar hacia la pequeña
meseta árida que precede a la hondonada de las delicias. Mis manos acompañaban
también el viaje de mi lengua y formaban una despreocupada retaguardia. Durante
todo este periplo, mi sexo seguía inerte; para mí sólo se trataba de una casta
caricia. Pero, cuando mis dedos alcanzaron aquel valle que se abre después de
la cintura y mis uñas rozaron aquella vértebra precisa, secretamente robusta
por haber absorbido por ósmosis la agresividad de los cinturones, el deseo se
apoderó de mí con una brusca violencia que hacía tiempo que no recordaba. Fuera
de mí, metí rápidamente mi cabeza por debajo de un muslo —¿era el de la chica o
el del chico?— y pegué mi boca al punto angélico donde se tocaban sus sexos.
Sus sexos: dos moluscos infantiles, muy suaves, flojos y cubiertos de aquel
rocío que aparece en la piel de los muertos cuando la carne se dispone a
alterarse. La excitación me había llevado a una especie de delirio y, tan
pronto como comencé a lamer apasionadamente el punto de encuentro en que
aquellos hermosos cuerpos difuntos atrapaban mi deseo, creí morir yo mismo y me
inundé entre gemidos. De manera muy inopinada, por otra parte, pues desde hacía
meses no alcanzaba en absoluto el éxtasis.
22 de octubre de
19..
Mis ángeles
irradian un arco iris. Qué hermosos son. Su unión: Trionfo della Morte…
28 de octubre de
19..
De vez en cuando,
rectifico su postura, ya que mis hermosos muertos con uñas blancas se
deterioran. Ya han abierto unas tristes bocas de sombra, sus cuellos se pliegan
como tallos heridos por el hielo, su piel violácea se tiñe de verde, sus
miembros se alabean.
Ya hace mucho que
he olvidado el olor seco del bómbice y ahora es el de la carroña el que invade
la atmósfera. Una mancha de aquel jugo negro que vomitaba la niña-pulpo se ha
esparcido debajo del vientre de los ángeles, una tinta pútrida que atraviesa el
colchón, gotea en el suelo, un jugo pestilente que me embriaga como el de la
mandrágora. Este licor sale de ellos lentamente, como el agua de un manantial
antiquísimo, gorgotea con una voz confusa en la orilla de sus entrañas, rebosa
y se derrama. Sus ojos caen al interior de su cráneo, como antes los de la
deliciosa anciana Marie-Jeanne. En ellos, creo reencontrar a todos mis muertos,
aunque ninguno de los que he amado haya alcanzado jamás tal estado de
putrefacción. Ni siquiera el pequeño Henri.
30 de octubre de
19..
Ya es la tercera
vez que llaman y golpean furiosamente en mi puerta. Mala señal. La portera me
llama: «¡Don Luciano! ¡Don Luciano!». Oigo murmullos, palabras, exclamaciones
sofocadas, rumor de pasos.
No quiero salir.
Llevo dos días sin comer, pero carece de importancia: me queda todavía un poco
de whisky y el agua del grifo, si bien es cierto que con un espantoso sabor a
cloro. A veces tengo la impresión de que mis ángeles se levantan y caminan por
el apartamento, procurando que yo no los vea.
31 de octubre de
19..
Acaban de deslizar
algo por debajo de la puerta, he percibido claramente el minúsculo roce. Desde
el dormitorio, descubro sobre la alfombra oscura del vestíbulo una punta pálida
y plana que me amenaza, todavía medio estirada sobre el umbral, una flecha que
une mi universo al de los vivos.
Avanzo lentamente,
me agacho y la cojo, confiando en verla disolverse en vapor, como una mala
fantasía. No. Un mensaje. No lo leeré en el dormitorio, templo de la Muerte, ni
en el salón, sino en un lugar trivial, el cuarto de baño o la cocina. Digamos
la cocina. Al abrir la carta, ya sé lo que contiene. Citación de la Questura
—así llaman aquí a la policía judicial— «por un asunto que le concierne»… Algo
que puede calificarse de jerga internacional, de esperanto de la chusma… «Por
un asunto que le concierne.»
Dejo el papel en la
mesa de la cocina, lenta, muy lentamente, y, en el mismo instante en que el
formulario amarillento, manchado por sellos oficiales y huellas de dedos, toca
la superficie plastificada, sé que, a decir verdad, sólo hay un asunto que me siga
concerniendo.
Un asunto que me
concierne…
Miro mi reloj.
Dentro de unas horas será noviembre.
Noviembre, que
siempre me aporta algo inesperado aunque esté preparado desde siempre…
FIN

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