© Libro N° 14014. La Muerte Del
Dr. Isla. Wolfe, Gene.
Emancipación. Julio 5 de 2025
Título Original: © La Muerte Del Dr. Isla. Gene
Wolfe
Versión Original: © La Muerte Del Dr. Isla. Gene Wolfe
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
DR. ISLA
Gene Wolfe
La Muerte Del
Dr. Isla
Gene Wolfe
Gene Wolfe, autor
de la obra antológica del año pasado, La Quinta Cabeza de Cerbero, vuelve con
una novela sobre un extraño muchacho que mueve continuamente la cabeza de lado
a lado, como hacen ciertos reptiles, y de lo que acaeció entre él y otros dos seres
en un satélite de Júpiter creado por los hombres. Si el escenario está
magistralmente descrito, su psicología es aún más interesante:
He deseado ir
donde no falten las
primaveras
a los campos donde
los insectos no piquen
ni molesten, y se
mezan unos cuantos lirios.
He pedido estar
donde no estallen
tormentas
donde los prados
crecen en los mudos cielos
y lejos del vaivén
del mar.
Gerard Manley
Hopkins
* * *
Un grano de arena,
oscilando al borde de un pozo, se agitó y cayó dentro— en el fondo, la hormiga
león surgió furiosa. Durante un momento todo quedó en silencio. Luego, el pozo
y un metro cuadrado de arena que lo rodeaba se agitaron como borrachos mientras
dos cocoteros se inclinaban para mirar. La arena se amontonó en el borde y
surgió la cicatrizada cabeza de un muchacho —una maraña de cabello castaño le
cubría casi las suturas. Con los oscuros ojos dilatados, se detuvo; el cuello,
justo donde había estado la
hormiga león y como
aguijoneado desde abajo, saltó hacia la playa, se volvió y arrojó la arena a
puntapiés dentro del hoyo de donde había emergido y lo obturó por completo. El
muchacho aparentaba unos catorce años.
Durante un rato se
mantuvo agachado empujando a un lado la arena para encontrar la entrada. Unos
centímetro más abajo tropezó con un material sólido, pedregoso, que bien no era
ni hormigón ni piedra arenisca poseía la calidez de ambos, un plástico orgánico
enarenado. Rascó hasta que los dedos se le pusieron en carne viva pero no
consiguió dar con los bordes del hueco. Entonces, se levantó y miró a su
alrededor moviendo continuamente la cabeza como hacen ciertos reptiles, de
atrás hacia delante, sin pausa al final de cada movimiento. Lo hacía sin cesar
—siempre— y por lo mismo, no volveremos a mencionarlo más, como tampoco que
respiraba. Sí respiraba, y al hacerlo la cabeza, como la cola de una serpiente,
giraba de parte a parte. El muchacho era delgado, desnudo y liso como una rana.
Ante él, la arena
se inclinaba suavemente hacia el mar color zafiro; en la playa había cocos,
conchas y un huidizo cangrejo que jugaba con los bordes de los dedos de cada
ola que agonizaba. Detrás de él sólo se veían palmeras y arena. Las palmeras
crecían cada vez más juntas a medida que se alejaban del mar hasta que el
bosque de sus columnatas
de troncos semejaba
arquitectónica, como un laberinto palaciego cubierto de enredaderas y lianas de
hojas verdes, escarlata y amarillas; se entrelazaban con bambúes y árboles de
hojas caducas salpicados de refulgentes orquídeas hasta lo que alcanzaba su vista,
para acabar en un muro sembrado de lentejuelas cuyo color predominante era el
verde oscuro.
El muchacho se
dirigió a la orilla y se metió en el mar hasta que el agua, caliente como la
sangre, le llegaba casi a las rodillas. Introdujo las manos y la probó: era
pura, sin pizca de esos desinfectantes a los que estaba habituado. Vadeó por la
orilla, salió a la arena y se sentó a unos cinco metros de la franja que
bordaban las olas y a los diez minutos, en los que no oyó más ruido que el del
viento y el mar, echó atrás la cabeza y empezó a gritar. Su grito era agudo,
penetrante y cada respiración terminaba en una nota ululante e ininteligible
seguida del jadeo sordo, cavernoso de la próxima inspiración. En una ocasión
había gritado de ese modo, sin cesar, catorce horas y veintidós minutos y, al
final, una enfermera religiosa con un expediente de servicios ejemplar que
abarcaba diecisiete años le había administrado una inyección sin consultar al
ayudante del médico.
Pasado un rato el
muchacho paró —no porque estuviera cansado, sino para escuchar mejor, pero sólo
se oía el silbido del viento entre las frondosas palmeras y el murmullo
de las olas al
romper, pero le pareció oír una voz. El muchacho lo mismo se mostraba tranquilo
que bullicioso y ahora estaba quieto v callado. Con la mano izquierda levantaba
arena, tan blanca v pura como sal, que se deslizaba por entre los dedos mientras
con la derecha arrojaba chinas y guijarros transparentes como cuentas de
cristal a las olas rompientes.
—Óyeme —dijo la
ola—. Óyeme. Óyeme.
—Te oigo —contestó
el chico.
—Bueno—replicó la
ola y el eco resonó débil: Bueno, bueno, bueno.
El muchacho se
encogió de hombros.
—¿Cómo debo
llamarte? —preguntó la ola.
—Me llamo Nicholas
Kenneth de Vore.
—Nick, ¿Nick...
Nick?
El chico se levantó
y volviéndose de espaldas al mar caminó tierra adentro. Cuando hubo perdido de
vista el mar tropezó con un cocotero doblado en ángulo, reclinándose
ymeciéndose entre sus compañeros como el penacho de un reactor que asciende
arrebatado por el viento. Tras palpar su tosco exterior con ambas manos empezó
a trepar: era inexperto y se encaramaba despacio y un poco torpe, pero su
cuerpo era ligero y fuerte. No tardó en llegar a la copa, molestando a los
monitos pardos y felpudos que huyeron chillando a otra palmera, dejándolo solo
entre los tallos y la fronda de los verdes cocos.
—También yo estoy
aquí—proclamó una voz desde la palmera.
El muchacho, que
miraba el cielo color zafiro v que oscilaba sobre su cabeza, lanzó una
exclamación.
—Te llamaré
Nicholas.
—Veo el mar—dijo el
chico.
—¿Sabes cómo me
llamo?
El chico no
contestó. Por debajo de él, el largo tallo de la torcida palmera se movía
ligeramente.
—Mis amigos me
llaman Dr. Isla.
—Yo no te llamaré
así.
—Con eso indicas
que no eres mi amigo.
Una gaviota chilló.
—Sin embargo, te
acepto como amigo. Aunque digas que yo no soy tu amigo yo afirmo que sí lo
—eres. Me gustas, Nicholas, y te trataré como un amigo.
—¿Eres una máquina,
una persona o un comité? —preguntó el muchacho.
—Soy todo eso y aún
más. Soy el espíritu de esta isla, el genio tutelar.
—Mentira.
—Ahora que nos
hemos conocido, ¿prefieres que te deje?
Tampoco esta vez
contestó el muchacho.
—Quizá prefieras
quedarte solo con tus pensamientos. Quisiera decirte que hoy hemos progresado
más de lo que suponía. Presiento que los dos nos vamos a llevar muy bien.
Pasados quince
minutos, el muchacho preguntó:
—¿De dónde viene la
luz?
No hubo respuesta.
El chico aguardó un rato, luego se deslizó por el tronco, se soltó a unos cinco
metros del suelo y cayó rodando sobre la blanda arena. De nuevo se dirigió a la
orilla, donde se detuvo para contemplar el mar. Vio que a lo lejos se curvaba
hacia arriba; las lejanas olas rompían en una espuma blanca hasta que el mar se
volvió como un cielo salpicado de blanco. A su derecha y a su izquierda la
playa se desvanecía en una curva doblándose hacia el infinito. Echó a andar y
vio, casi en el punto donde se perdía la vista, una figura humana. Echó a
correr y un momento después se detuvo para volverse. A lo lejos, otro
caminante, apenas visible, recorría la playa a largos trancos Nicholas no hizo
caso: encontró un coco y trató de arbirlo luego, lo arrojó a un lado y
prosiguió la marcha. De vez en cuando, saltaba un pez y vio también un ave
marina que revoloteaba y se zambullía en picado. La luz menguaba. Se percató de
que hacía rato que no había comido pero, a decir verdad, no estaba hambriento
en el estricto sentido de la palabra, le gustaba sentir hambre del mismo modo
que en cierta ocasión se rajó el brazo para verlo sangrar. Al pasar ante una
palmera llamó: "Dr. Isla.", y se puso a tararear: "Dr. Isla, Dr.
Isla, Dr. Isla", hasta que las palabras perdieron todo significado. Nadó
en el mar como le habían enseñado en las grandes cisternas de asistencia médica
de Callisto, para mejorar su coordinación y chapoteaba y resoplaba hasta que se
acostumbró a las olas. Cuando oscureció tanto que apenas veía la blanca arena y
la blanca espuma de las olas al romperse, bebió del mar y se durmió en la
playa. Apoyó primero el lado derecho de su tenso y feo rostro, de modo que
parecía dormido mientras conservaba abierto y mirando el ojo izquierdo— mecía
la cabeza de lado a lado; la comisura izquierda de la boca conservaba, como una
mascarilla, su expresión característica —enfado, aislamiento—, matizada de esa
cualidad inhumana que sólo se encuentra en ciertos semblantes humanos.
Cuando despertó aún
no había luz pero la noche se esfumaba en una suavidad gris. Las palmeras,
desmochadas, se alzaban como altos fantasmas de parte a parte de la playa, los
remates, perdidos en la niebla y la menguante oscuridad. Sintió frío. Se frotó
los costados con las manos; bailo sobre la arena y echó a correr hacia el borde
del mar para
entrar en calor
ante él, un puntito rojo se convirtió en una hoguera y aflojó la marcha.
Un hombre que
aparentaba unos veinticinco años se hallaba agachado junto al fuego. El cabello
negro y enmarañado le caía sobre los hombros y tenía una barba rala; además,
estaba tan desnudo y era tan lampiño como Nicholas. Tenía los ojos negros,
grandes y vacíos como los bordes de un tubo roto. Atizaba la hoguera y con el
humo surgía el aroma del pescado asado. Nicholas se detuvo a cierta distancia y
observó durante un rato.
De una comisura de
la boca del hombre le corría un hilo de saliva que se secó con una mano,
dejando en su cara un tizne de ceniza. Nicholas se fue acercando hasta quedar
de pie al otro lado de la hoguera. El pescado estaba envuelto en anchas hojas y
barro en medio de las brasas.
—Soy Nícholas, y
tú, ¿quién eres?
El joven no lo
miró; nunca lo había mirado.
—Oye, me gustaría
comer un pedacito de pescado, no mucho, ¿te parece?
El joven alzó la
cabeza pero sin mirar a Nicholas, sino a un punto más lejano; luego, bajó otra
vez la vista. Nicholas sonrió. La sonrisa ponía de manifiesto la calidad
inconexa de su expresión; la curva desigual de su boca.
—Solo un trocito.
¿Ya está hecho?
Nicholas se agachó
imitando al joven y como si aquel gesto fuera una señal, éste se arrojó contra
el muchacho a través del fuego. Nicholas saltó hacia atrás, pero demasiado
tarde —el cuerpo del joven chocó con el suyo y cayó al suelo con los dedos del
hombre clavados en su cuello. Con un grito agudo Nicholas se soltó rodando
hacia el mar, pero el Joven chapoteó tras él y el muchacho se zambulló.
Nadaba bajo el
agua, el vientre rozaba la arena rizada por el oleaje hasta que llegó a aguas
más profundas— luego, emergió para respirar y vio al joven que, a su vez,
también lo vio. Volvió a zambullirse; esta vez emergió más lejos, donde no
tocaba pie. Pedaleando en el mar, vio la hoguera en la playa y a la temprana
luz, al joven que regresaba a ella. Nicholas nadó hasta encontrarse a—
quinientos metros de la playa y poco después, vadeando hacia la orilla, se
encaminó adonde estaba la fogata.
El Joven lo vio
cuando aún estaba lejos pero continuó sentado, comiendo rosados pedacitos de
pescado y observando a Nicholas.
—¿Qué te pasa? —le
preguntó el muchacho cuando aún se encontraba lo bastante lejos para sentirse
seguro—. ¿Estas enfadado conmigo?
Desde el bosque los
pájaros le avisaron:
—Ten cuidado,
Nicholas.
—No— te haré daño
—contestó el joven. Se levantó secándose contra el pecho las aceitosas manos y
con un gesto le indicó el pescado que estaba a sus pies—. ¿Quieres un poco?
Nicholas asintió
sonriendo con su risa anquilosada.
—Entonces acércate.
Nicholas aguardó,
esperando que el joven se apartase del pescado, pero no lo hizo, ni tampoco le
devolvió la sonrisa.
—Nicholas
—susurraban las pequeñas olas a sus pies— este es Ignacio.
—Oye, ¿de veras me
vas a dar un poco? —preguntó Nicholas.
Ignacio afirmó con
la cabeza sin sonreír.
Nicholas se acercó
cauteloso; cuando se inclinaba para coger el pescado, las fuertes manos de
Ignacio lo agarraron; trató de luchar para soltarse pero el joven lo arrojó al
suelo debajo de él.
—¡Suéltame, por
favor! —gritó el muchacho.
Los ojos se le
llenaron de lágrimas. Quiso volver a gritar pero le faltó el aliento; sentía la
lengua paralizada y más gruesa que su muñeca.
Ignacio lo soltó y
le golpeó el rostro con el puño. Nicholas había peleado antes con otros chicos
de su edad, a veces, salvajemente— le habían abofeteado, aporreado, había
recibido toda clase de palizas pero jamás había luchado con un hombre como
luchan los hombres. Ignacio le volvió a golpear hasta que le rajó los labios y
brotó la sangre.
Permaneció largo
rato tendido sobre la arena junto a la hoguera que se extinguía. Poco a poco
fue recobrando el conocimiento; parpadeó, se movió, volvió a parpadear. Tenía
la boca llena de
sangre y cuando la escupió sobre la arena, se formó un cuajarón como carne
blanda, oscura y polimorfa. Tenía el carrillo izquierdo enormemente hinchado y
apenas veía con el ojo izquierdo. Pasados unos minutos se arrastró hasta el mar
y al cabo de un rato salió y se encaminó tembloroso hacia las cenizas de la
fogata. Ignacio se había ido, sólo quedaban las espinas del pescado.
—Ignacio se ha ido
—dijo el Dr. Isla desde la cresta de las olas.
Nicholas se sentó
en la arena con las piernas cruzadas.
—Te libraste muy
bien de él.
—¿Nos viste pelear?
—Os he visto; yo lo
veo todo, Nicholas.
—Éste es el peor de
los lugares —exclamó Nicholas; hablaba a su regazo.
—¿Qué quieres decir
con eso?
—Antes estuve en
lugares malos... sitios donde te pegan o te arrojan chorros de agua helada con
grandes mangueras que te derriban pero no donde permiten que otro...
—¿Otro paciente?
—preguntó una gaviota que revoloteaba.
—... lo haga.
—Tuviste suerte,
Nicholas. Ignacio es un homicida.
—Podías haberlo
impedido.
—No, no pude. Todo
este mundo son mis ojos, Nicholas; mis oídos y mi lengua, Pero no tengo manos.
—Creí que habías
hecho todo esto.
—Todo lo hicieron
los hombres.
—Pensé que tú
permitiste que le siguiera.
—Sigue solo, y
tú... y toda esta gente de aquí, lo dirige.
Nicholas miro el
mar.
—¿Qué mueve las
olas?
—El viento y la
marea.
—¿Estamos en la
Tierra?
—¿Te sentirías más
seguro en la Tierra?
—Nunca estuve allí;
me gustaría conocerla.
—Nicholas, yo soy
tan igual a la Tierra como la misma Tierra; si tomaras la mejor playa de todas
las playas mejores de la Tierra, y la despojaras de las impurezas y porquerías
de los últimos tres siglos, eso harías conmigo.
—Pero, ¿no es esto
la Tierra?
No obtuvo
respuesta. Nicholas dio una vuelta por entre las cenizas que rodeaban la
hoguera hasta que encontró las huellas de Ignacio. No era un rastreador, pero
las depresiones en la blanda arena de la playa no requerían esa cualidad; las
siguió, oscilando la cabeza al caminar, como un detector de minas.
Durante varios
kilómetros pudo seguir las huellas, de pronto, éstas se desviaron bruscamente
extraviándose entre los cocoteros y, finalmente, se perdieron en el suelo
firme. Nicholas levantó la cabeza y llamó:
—¡Ignacio!
¡Ignacio!
Pasado un momento
oyó un golpe seco y el ruido de alguien que separaba las ramas. Aguardó.
—¿Mamá?
De entre la
espesura surgió una joven y se le acercó. Era bonita aunque demasiado delgada y
aparentaba unos diecinueve años. Tenía el cabello rubio por donde le daba más
el sol y oscuro por el interior.
—¿Te has
arañado?—inquirió Nicholas—. Estás sangrando.
—Creí que eras mi
madre —contestó la joven. Le llevaba toda la cabeza al muchacho—. ¿Te has
peleado, verdad? ¿Has venido a buscarme?
Nicholas había
sostenido antes conversaciones más o menos parecidas y en general prefería
ignorar las observaciones pero ahora se sentía muy solo.
—¿Quieres irte a tu
casa? —preguntó
—Pues, a decir
verdad, creo que debería ir, ¿no te parece?
—Pero, ¿quieres ir?
—Mi mamá dice
siempre: si tienes algo en el fuego no querrás que se queme... es una cocinera
excelente, de veras. ¿Te gusta la col con tocino ahumado?
—¿Tienes algo para
comer?
—Ahora, no, pero
hace un rato sí que tenía.
—¿Qué era?
—Un pájaro. —La
joven hizo un vago ademán sin mirar a Nicholas—. Si no recuerdo mal me zampé un
pájaro.
—¿Quieres que
vayamos a dar un paseo junto al mar?—y ya se dirigían a la playa.
—Iba a tomar un
sorbo. Eres un nene muy simpático.
A Nicholas no le
gustó que lo llamara "nene" y replicó:
—Prendo fuego en
muchos sitios.
—¡No irás a prender
fuego a este lugar! Hubiera sido agradable hace un par de días, pero cuando la
gente está triste, llueve.
Nicholas guardó
silencio durante un rato. Cuando llegaron al mar la joven se arrodilló para
beber. El largo cabello le cubría el rostro y las puntas se mecían en el agua,
así como los pezones casi fuera de la blusa.
—Ahí no —le
advirtió Nicholas—. Está lleno de arena porque baña la playa. Ven aquí
Penetró en el mar
hasta que las olas le llegaron casi hasta las axilas, bajó la cabeza y bebió.
—Jamás se me
hubiera ocurrido —exclamó la joven—. Mamá dice que soy estúpida y también papá.
¿Crees que soy estúpida?
Nicholas sacudió la
cabeza.
—¿Cómo te llamas?
—Nicholas Kenneth
de Vore, ¿y tú?
—Diane. Te llamaré
Nicky, ¿te importa?
—Te haré daño
mientras duermes —dijo Nicholas.
—No lo harás.
—Sí. En St. John's,
donde estaba, casi siempre tenía cero en conducta y una chica me llamaba algo
que no me gustaba. Una noche me escapé y entré en su cuarto mientras dormía y
anulé todas sus restricciones; después flotaba hasta que tropezó con algo y despertó,
trató de agarrarse y rebotó, se rompió dos dedos y la nariz; la sangre le
chorreaba por todas partes. Entraron los celadores y uno me dijo, entonces no
sabía que yo lo había hecho, que al salir, la bata blanca parecía un vestido de
lunares rojos. tan salpicada estaba de sangre.
La joven le sonrió
y se le formó un hoyuelo en la delgada carita.
—¿Cómo descubrieron
que fuiste tú?
—Se lo dije a
alguien que luego lo contó.
—Apuesto a que lo
dijiste tú.
—¡Te juro que no!
—se alejó furioso por el agua, pero apenas había dado unos pasos, volvió a la
playa y se sentó en la arena de espaldas a ella.
—No fue mi
intención ofenderle, señor de Vore.
—¡No estoy
ofendido!
La joven no estaba
muy segura de lo que el chico pensaba. Se sentó a su lado, aunque un poquito
más atrás y empezó a amontonar arena en su regazo.
—Veo que os habéis
conocido —exclamó el Dr. Isla.
Nicholas se volvió
buscando la voz.
—Pensé que lo veías
todo.
—Sólo lo más
importante y he estado muy ocupado en otra parte de mí. Me alegra saber que os
conocéis, ¿os gusta vuestra relación?
Ninguno de los dos
respondió.
—Debéis obrar de
mutuo acuerdo con Ignacio; os necesitáis.
—No sabemos dónde
está —contestó Nicholas.
—Caminad a la
izquierda, playa abajo, hasta que veáis la gran piedra; luego, girad tierra
adentro, unos quinientos metros.
Nicholas se levantó
y dando la vuelta a la derecha echó a andar. Diane le siguió corriendo hasta
alcanzarlo.
—No me gusta—dijo
Nicholas sacudiendo un hombro para indicar algo detrás de él.
—¿Ignacio?
—El doctor.
—¿Por qué mueves la
cabeza de ese modo?
—¿No te lo han
dicho?
—Nadie me ha
hablado de ti.
—La abrieron por
completo... —Nicholas se tocó las cicatrices—; entonces cortaron con un
cuchillo todo mi
—corpus...
corpus...
—Corpus callosum—exclamó
el seco ramaje de una palmera
—El cerebro es como
el interior de una nuez. Hay dos mitades y justo en medio una especie de carne
gruesa que las une. Pues bien, cortaron eso.
—Te estás burlando
de mí, ¿verdad?
—No, no se burla
—le dijo un mono que había llegado hasta la orilla en busca de mariscos—. Le
han dividido el cerebro quirúrgicamente; consta en su ficha.
Era un mono joven,
con una cara convincente llena de pequeños y feos lunares.
—Está en mi cabeza
—saltó Nicholas.
—Creí que eso te
mataría o haría de ti un idiota —sugirió Diane.
—Dicen que la mitad
de mí es tan lista como las dos juntas De todos modos esta mitad es... la
mitad... el que habla soy yo.
—Entonces, ¿eres
dos?
—Si cortas un
gusano por la mitad y ambas partes viven son dos, ¿no? ¿Qué otra cosa podría
ser? Nunca más volveremos a unirnos.
—Pero, ¿yo hablo
sólo a uno de ti?
—Los dos te oímos.
—¿Cuál contesta?
Nicholas se tocó el
lado derecho del pecho con la mano derecha.
—Yo, contesto yo.
Me dijeron que la parte izquierda de mi cerebro es la que posee los centros del
habla, pero yo no lo siento de ese modo, los nervios lo cruzan y salen por el
otro lado y es, justamente, mi lado derecho el que habla. Ambos oídos oyen por
los dos, pero por cada ojo sólo vemos mitad y mitad... es decir, sólo veo lo
que está a la derecha de lo que miro y por el otro lado supongo que sólo ve el
izquierdo; por eso siempre muevo la cabeza. Imagino que es como ser un poco
ciego, aunque llegas a acostumbrarte.
La muchacha todavía
pensaba en el cuerpo dividido.
—Si sólo eres la
mitad, no comprendo cómo puedes caminar
—Puedo mover un
poco la parte izquierda y no nos molestamos entre nosotros. Se supone que no
podemos unirnos, en absoluto, pero lo hacemos: por debajo, entre las piernas, y
en el extremo de los dedos y también hacia arriba. Solamente que no hablo con
mi otro lado porque no puede, pero comprende.
—¿Por qué te lo
hicieron?
El mono, que los
había seguido, exclamó:
—Tenía ataques
incontrolables.
—¿Tú? —inquirió la
muchacha
Estaba mirando cómo
un ave marina se precipitaba en el mar y daba la impresión de estar abstraída.
Nicholas agarró una
concha y se la arrojó al mono, que de un brinco se apartó del camino. Tras
medio minuto de silencio exclamó:
—Tenía visiones.
—¡Oh!, ¿de veras?
—No les gustaba.
Decían que me caía y me sacudía terriblemente y a veces me hacía daño al caer,
otras me mordía la lengua hasta hacerme sangre. Pero no es eso lo que me
parece; no supe
nada de esas cosas hasta después. Para mí fue como si hubiera ido muy lejos y
tuviera que retroceder. No quería
El viento sacudió
el cabello de Diane, que se lo echó hacia atrás para despejarse la cara
—¿Veías cosas que
iban a pasar?
—A veces.
—¿De veras?
—Sí, a veces.
—Cuéntame lo que
veías que iba a suceder.
—Me veía muerto.
Estaba todo negro y encogido como esas cosas podridas que cortan en los
laboratorios de anatomía, y flotaba y giraba como en el mar, pero no era el
mar, sólo flotaba y daba vueltas en el espacio, en la nada. A mis dos lados
había luces de modo que estaban brillantes aunque negros y también veía mis
dientes porque... —se estiró los carrillos— se habían caído y eran blancos.
—Eso aún no ha
pasado.
—Aquí no.
—Cuéntame algo de
lo que viste y haya sucedido.
—Te refieres, por
ejemplo a cuando la hermana de alguien se va a casar, ¿verdad? Eso era lo que
las chicas de donde yo estaba querían saber, o cuándo iban a volver a sus
casas, pero no era casi nada de eso .
—Pero a veces, ¿lo
era?
—Eso creo.
—Cuéntame una.
—No te gustaría y
de todos modos, no era así. Casi siempre eran luces que nunca había visto y
voces que jamás había escuchado, contándome cosas que no había palabras para
describirlas; esas
cosas, pero ahora no las recuerdo. Oye, quería preguntarte por Ignacio.
—No es nadie
—contestó la muchacha.
—¿Qué quieres decir
con que no es nadie? ¿Hay alguien aquí además de ti, de mí, de Ignacio y del
Dr. Isla?
—No que podamos ver
y tocar.
El mono gritó:
—Hay otros
pacientes, pero de momento, oye, Nicholas, por tu propio bien y el suyo, es
mejor que sigas siendo tú mismo.
Era una frase
demasiado larga para un mono.
—¿Qué es eso?
—Si te lo digo, ¿me
contarás algo de lo que viste y pasó realmente ?
—De acuerdo.
—Primero, cuéntame.
—Donde yo estaba
había una chica llamada Maya. Como ya sabes, tenían dormitorios de
"chicos" y de "chicas", pero nos veíamos todos en la sala
de recepción, en el comedor, etc., y ella estaba en mi grupo de psicodrama.
Tenía el cabello negro y brillante corno los muebles lacados del Dr. Hong; la
picl blanca como la madreperla, los ojos grandes, de mirada felina (te hacían
pensar en los de un gato), de un azul tan intenso que parecía negro. Tenía
quince años, o así lo creía Nicholas, quizá dieciséis. "Me voy a
casa", le dijo. Era durante el psicodrama y él representaba a su hermano,
menor que ella, y Maya ya estaba en su casa pero, al decirlo, el flotante aro
de luz que los separaba de la pequeña audiencia doctor-paciente, cesó, por
acuerdo inmediato. para convertirse en el cuarto de estar de la madre de Maya y
luego en un salón. Nicholas/Jerry gritaba: "¡Eh, esto es estupendo! Tengo
una bicicleta nueva, cuando vengas a casa, ¿querrás montar? La madre de
Maya/Maureen contestaba: "No, Maya. Tropezarás y te romperás los dientes,
y ya sabes lo que cuestan."
—No dejas que me
divierta.
—Por supuesto que
sí, mi vida, pero de otro modo. Una joven ha de tener mucho cuidado. ¡Oh! Maya,
quisiera que entendieras cuánto cuidado debe tener una chica.
Nadie protestó, de
modo que Nicholas-Jerry añadió:
—Tiene una
propulsión con tres paletas y les ataré unos gallardetes con cinta adhesiva y
cuando baje por el corredor de esos tipos del B, gritarán: ¡Cuidado, ahí viene
ese loco derrapando!
—Así —dijo Maya;
juntó las piernas y extendió los brazos para imitar una bicicleta con hélice de
tres paletas o un crucifijo.
Empezó a dar
vueltas como una rueda en el centro del escenario: shorts rojos, blusa blanca,
shorts rojos, blusa blanca, shorts rojos, sin zapatos.
—¿Y tú viste que en
lugar de irse a su casa la llevarían al hospital, que se cortaría la muñeca y
que iba a morir?
Nicholas asintió.
—¿Se lo dijiste?
—Sí —contestó
Nicholas—. No.
—Decídete, ¿se lo
dijiste? Vamos, no te enfades.
—¿Es decirlo cuando
a quien se lo cuentas no te cree?
Diane dio unos
pasos meditando aquellas palabras mientras Nicholas se echaba un poco de agua
en las ardientes contusiones que le había inferido Ignacio en el rostro.
—Era sencillo y
claro y debió haberlo entendido... Ese es el problema que tengo con mi familia.
—¿Qué es? —preguntó
Nicholas.
—No dicen nada...,
¿sabes a lo que me refiero? Les insto, mirad, habladme, decidme lo que debo
hacer, lo que queréis, pero siempre es diferente. Mi madre dice: "Diane,
tienes que conocer a algunos muchachos, no puedes salir siempre con él, ni tu
padre ni yo lo conocemos, ni sabemos quién es su familia. Douglas hay algo que
deberías saber de Diane. A veces está como trastornada, la llevamos a un
médico, ha estado en un hospital, trata..."
—De no excitarla
—terminó por ella.
—¿Estabas
escuchando? Oye, ¿eres de los Planetas Troyanos? ¿Conoces a mi madre?
—Desde hace tiempo
sólo vivo en este lugar, pero tú hablas como otra gente —repuso Nicholas.
—Ahora que estoy
contigo me siento mejor; eres muy simpático. Me gustaría que fueras mayor.
—No estoy seguro de
llegar a ser mucho mayor.
—Va a llover...,
¿lo notas?
Nicholas nesJó cor
—Mira. —Diane saltó
unos tres metros por el aire como un conejito desgarbado—. ¿Ves lo alto que
puedo saltar? Eso indica que la gente está triste y va a llover. Te lo dije.
—No me lo has
dicho.
—Sí, Nicholas,
recuérdalo.
El muchacho hizo un
ademán indicando que no le interesaba la discusión al ocurrírsele de pronto una
idea.
—Has estado alguna
vez en Callisto?
La joven le indicó
que no, y Nicholas prosiguió:
—Yo sí; allí me
operaron. Es tan grande la gravedad, mucho más de lo normal y todo estaba
abovedado con mucho aire dentro.
—¿ Qué más ?
—Mientras estuve
allí, llovió. Se produjo una avería en una de las pilas generadoras y las
cerraron y hacía tanto frío que la gente iba envuelta en mantas como los
amerindios que ves en los libros. Cerraron la calefacción de los cuartos de
baño y las enfermeras y celadores decían que no era peligroso, sólo racionaban
la fuerza para evitar que se bloqueara lo que debía seguir funcionando. Llovía
igual que en la Tierra. Decían que teníamos tanto frío por el agua condensada
en el aire y era como si todo el hospital se encontrase bajo una ducha. Los del
piso superior tuvieron que bajar porque llovía hasta en sus camas y durante dos
noches tuve que compartir mi habitación con un hombre que se había amputado el
brazo con una máquina. Pero no podemos saltar más ato y está oscureciendo.
—Aquí no siempre
oscurece —contestó Diane—. A veces la lluvia centellea. Pienso que el Dr. Isla
lo hace para alegrarnos.
—No comentaron las
olas—; por lo menos, no como tú supones.
Nicholas estaba
hambriento y les pidió algo de comer; luego, enemistó al hambre contra ella
misma, escupió en la arena y se quedó tranquilo.
—Llueve cuando
muchos de vosotros estáis tristes —susurraban las olas—, porque la lluvia es
triste para el alma humana. Quizás esa misma tristeza palia la melancolía
porque recuerda a los desgraciados sus propias lágrimas.
— Bueno, pero yo a
veces me encuentro mejor cuando llueve.
—Lo cual debiera
contribuir a que te comprendieras mejor. Mucha gente vive en calma cuando el
ambiente que la rodea se halla en armonía con sus emociones y angustiada cuando
sucede lo contrario. Una persona remite su cólera en una habitación encarnada y
los infelices sólo se exasperan con el sol y el canto de los pájaros. Recuerda:
Y echándote de menos camino distraído por el seco prado, liso, suave, para
contemplar la andariega luna caminando junto at a ~o ~eo d el mediodía como una
a la ~lue har~ dejado extraviada por el camino sin senda,— del ancho cielo.
Diane movió la
cabeza en sentido negativo.
—¿Lo escribió
alguien? ¡Dijlste que no podías hacer nada! —arguyó Nicholas.
Las olas
replicaron:
—No pudo... excepto
hablarte.
—Vosotras hacéis
llover.
—Tu corazón late,
percibo sus latidos hasta cuando hablo..., ¿dominas los latidos de tu corazón?
—No puedo dejar de
respirar.
—Sinceramente,
Nicholas, ¿puedes detener tu corazón?
—Supongo que no.
—Tampoco yo domino
el tiempo de mi mundo, ni impido que nadie haga lo que desea o te doy de comer
si tienes hambre; por mi parte y por propia voluntad no es imprescindible que
tus emociones sean vigiladas, dosificadas y nuestro tiempo responde: calma y sol
para la tranquilidad, lluvia para la melancolía; tormentas para la ira y así
sucesivamente. Esto es lo que la humanidad siempre ha querido.
—¿Qué es? —preguntó
Diane.
—Que el entorno
debiera responder al pensamiento humano. Es la esencia de la magia v el sueño
más antiguo de la humanidad; y aquí, en mí, es un hecho.
—¿Así que nos
curaremos?
Nicholas profirió
enojado:
—¡No estás enferma!
—Por lo menos algo
de vosotros puede regresar a la sociedad —opinó el Dr. Isla.
Nicholas lanzó una
concha al mar como si quisiera golpear la boca que hablaba.
—¿Por qué hablamos
de eso?
—Aguarda, pequeño
creo que es interesante.
—Mentira y sólo
mentira.
—¿Cómo miento,
Nicholas? —preguntó el Dr. Isla. —Dijiste que era magia...
—No, dije que
cuando la humanidad ha soñado la magia el deseo oculto tras ese sueño ha sido
la omnipotencia dei pensamiento. ¿No has deseado alguna vez ser mago, Nicholas,
haciendo surgir palacios de la noche a la mañana o montando un caballo
encantado de ébano para luchar con los demonios del aire?
—Yo soy un mago...
poseo poderes preternaturales y antes de que nos cortaran en dios.
Diane le
interrumpió:
—Dijiste que
dosificabas las emociones, ¿cuando haces llover?
—Sí.
—¿No indica eso que
si una persona está muy triste cambiaría tanto su estado que podría hacer
llover o cualquier otra cosa? No me parece justo.
Las olas debieron
sonreír.
—Eso jamás sucedió,
Diane, pero si pasara, si una persona sintiera una emoción tan honda, piensa
cuán grande sería su necesidad. ¿No crees que deberíamos contestar a eso?
Diane miró a
Nicholas, pero éste caminaba de nuevo moviendo la cabeza sin hacer caso de ella
ni de la voz de las olas.
—Espera... dijiste
que no estaba enferma; pues lo estoy, ahora ya lo sabes.
—No lo estás.
La joven corrió
tras él.
—Todos lo afirman y
unas veces me siento confusa y otras hiervo por dentro sí, hiervo. Mamá dice
que si tienes algo en el fogón no querrás que se queme, sólo tienes que
sostener con un dedo el asa del perol y ya no se quema, pero yo no lo consigo,
no siempre encuentro el asa o no me acuerdo.
Sin volverse a
mirarla el muchacho sentenció:
—Tu madre
seguramente está enferma y quizá también tu padre, no lo sé. Pero tú no lo
estás. Sólo con que te dejaran sola te pondrías buena. ¿Cómo resistes tener que
vivir con dos personas estúpidas?
—¡Nicholas! —y lo
agarró por los delgados hombros—. ¡Eso no es cierto !
—Sí lo es.
—Estoy enferma,
todos lo dicen.
—Yo no, así que
todos sólo son los que lo afirman..., ¿no es cierto? Y si tú tampoco estás de
acuerdo, ya somos dos, ya ves que no son todos.
La muchacha llamó:
—¿Doctor? ¿Dr.
Isla?
—No irás a creerla,
¿verdad?
—Dr. Isla, ¿es
cierto?
—¿Qué es cierto,
Diane?
—Lo que dijo.
¿Estoy enferma?
—La enfermedad
—aunque sea física— es relativa, Diane; la salud completa es un ideal, una
abstracción, aunque no lo sea en el otro platillo de la balanza.
—Ya sabes a lo que
me refiero.
—Físicamente no
estás enferma.—Una ola larga y azulada se curvó en una línea de silbante rocío
que llegó desde el infinito del mar a su derecha y a su izquierda—. Como
afirmaste hace un momento, a veces estás confundida y otras, inquieta.
—Dijo que si no
fuera por otra gente, si no fuera por mi padre y mi madre, no tendría que estar
aquí.
—Diane. . .
—Bien, ¿es cierto o
no?
—Diane, la mayoría
de las enfermedades emocionales no existirían si uno pudiera separarse tanto en
pensamiento como en circunstancia..., aunque sólo fuera por algún tiempo.
—¿Separarse uno
mismo?
—¿No has pensado
alguna vez en marcharte, aunque sólo fuera una temporada?
La joven asintió:
luego, como si no estuviera muy segura de que el Dr. Isla pudiera verla dijo:
—Supongo que muchas
veces; dejar la escuela y tener mi propio piso en alguna parte... ir a Aquiles.
A veces lo he deseado ardientemente.
—¿Por qué no lo
hiciste?
—Se hubieran
preocupado y de cualquier modo, me habrían encontrado obligándome a volver a
casa.
—¿ Serviría de algo
si yo... o un doctor humano, les convenciera para que no te obligasen?
Como la joven no
respondiera, Nicholas profirió:
—Podrías haberlos
encerrado.
—Nicholas, son
personas activas. Compran y venden, trabajan y pagan los impuestos...
—De nada serviría,
Nicholas, están dentro de mí —expuso Diane con dulzura.
—Diane ya no
funciona, en la universidad fallaba en cada tema y, en cuanto aparecía en la
clase, su presencia molestaba a los profesores y estudiantes. No funcionabas y
la gente de tu edad tenía miedo de ti.
—Eso es lo que
deberías hacer: funcionar.
—Si fuera diferente
a todos, ¿te serviría cuando volvieras al mundo?
—Eres diferente.
—Nicholas dio un puntapié a la arena—. Nadie ha visto jamás un lugar como éste.
—¿Quieres decir que
para ti la realidad es los pasillos de metal, las habitaciones sin ventanas, el
ruido?
—Sí.
—Eso es la
irrealidad, Nicholas. Muchas personas no tuvieron que soportar nunca tales
cosas. Aun ahora, este... mi playa, mi mar, mis árboles... están más en armonía
con las
vidas humanas que
tus pasillos de metal; y aquí, yo soy tu entorno) social, lo que la gente llama
"ellos". Mira, a veces, si tomamos a personas que se sienten molestas
por algo, como por ejemplo yo, y las trasladas a un lugar idealizado por la naturaleza,
les sirve de mucho.
—Vamos —dijo
Nicholas a la muchacha.
La tomó del brazo
dándose perfecta cuenta de que era mucho más bajo que ella.
—Una pregunta
—murmuraron las olas—. Si los padres de Diane hubieran venido aquí en lugar de
ella, ¿crees que les hubiera servido de mucho?
Nicholas no
contestó.
—Tenemos
tratamientos para personas perturbadas, pero por ahora, Nicholas, no tenemos
ninguno para personas que perturban.
Diane y el muchacho
se habían vuelto y el silbido y chapoteo de las olas cesó de conversar. Las
gaviotas giraban por encima y un loro encarnado y amarillo revoloteó de una
palmera a otra. Un mono, corriendo a cuatro patas como un perrito, se acercó a
ellos y Nicholas lo persiguió, pero el animal logró escapar.
—Algún día me
llevaré a uno de ésos y lo haré servir de títere.
¿Vamos a dar toda
la vuelta? —preguntó Diane.
Posiblemente
hablaba consigo misma.
—¿Te ves con ánimo?
—¡Oh, no puedes dar
toda la vuelta al Dr. Isla, sería demasiado largo, y aun así, no llegarías!
Pero podemos caminar hasta que regresemos al punto de partida... casi seguro
que nos encontramos a medio camino.
—¿Ves otras islas
desde aquí?
La joven hizo un
gesto negativo.
—Creo que no; en
este satélite sólo hay esta gran isla, el resto es mar.
—Si sólo hay esta
isla vamos a darle la vuelta y regresaremos adonde comenzamos. ¿De qué te ríes?
—Echa un vistazo a
la playa, hacia abajo y tan lejos como puedas. No importa si se desliza por el
lado... da la impresión de que es recta.
—No veo nada
—¿De veras? Mira
—Diana esta vez saltó seis metros y agitó los brazos.
—Parece que abajo,
en la playa, hay alguien.
—Uy, ahora parece
que está detrás.
—De acuerdo también
allí hay alguien. Ahora caigo que vi alguien en la playa cuando llegué por
primera vez. Era divertido mirar tan lejos, pero pensé que se trataba de otros
pacientes. Ahora
diviso dos personas.
—Somos nosotros.
Seguramente fuiste tú la persona que viste la otra vez. Hay tantos como
nosotros en cada zona de la playa y el Dr. Isla solamente quiere que se mezclen
algunos. Así, el espacio se inclina alrededor. Cuando lleguemos a un extremo de
nuestra zona y tratemos de cruzarla estaremos al otro lado.
—¿Cómo lo
descubriste?
—Cuando llegué y el
Dr. Isla me lo dijo. —La muchacha guardó silencio un momento y su sonrisa se
esfumó—. Oye, Nicholas, ¿quieres ver algo muy divertido?
—¿Qué? —y al
preguntar le cayó en la cara una gota de lluvia.
—Ya verás. Vamos,
de prisa. Tenemos que internarnos en vez de quedarnos en la playa; así podremos
guarecernos de la lluvia debajo de los árboles.
Cuando abandonaron
la playa y el rumor de las olas y estuvieron sobre la tierra firme bajo los
árboles de verde follaje Nicholas comentó:
—Qúizás encontremos
frutos.
Se sentían tan
ligeros que debían ir con cuidado para no saltar por el aire a cada paso. La
lluvia caía lentamente sobre ellos en esferas de cristal.
—Quizá —contestó la
joven dubitativa—. Espera, parémonos aquí.—Se sentó bajo un enorme árbol que
extendía veinte metros de bóveda de madera sobre el oscuro y musgoso suelo—.
¿Quieres trepar para ver si encuentras algo?.
—Está bien —acordó
Nicholas.
De un salto se asió
fácilmente a una rama sobre la cabeza de la muchacha. En un instante se
encaramaba a un mundo verde con la lluvia tamborileando a su alrededor. Siguió
por las ramas que se iban estrechando y penetró en la enorme frondosidad donde
el agua fría corría. desde cada ramita que rozaba, y en dos ocasiones halló
vacíos los nidos de los pájaros y en otra, tropezó con una delgada serpiente
tan verde como las hojas con una cabeza del tamaño de su pulgar, pero no
encontró fruta.
—Nada —exclamó
defraudado, cuando se dejó caer junto a la joven.
—No importa, ya
encontraremos algo.
—Eso espero —y
observó que la chica lo miraba extrañada. Entonces se percató de que la mano
izquierda se le había levantado para tocarse la parte derecha del pecho.
Mientras se la miraba, la bajó y notó que el rostro se le encendía—. Lo siento
—se disculpó.
—No te preocupes.
—Nos gustas. Está
ahí, no puede hablar, como ya sabes, y creo que yo tampoco.
—Pienso que eres tú
en dos trozos. No me importa.
—Gracias. —Había
cogido una hoja, marchita y mojada y la estaba despedazando, primero la rompía
con la mano derecha mientras la sostenía con la izquierda, luego a la inversa—.
¿De dónde procede la lluvia? —Los trocitos sucios de la hoja se le adherían a los
dedos de ambas manos.
—¿Cómo?
—Que de dónde viene
la lluvia. Supongo que no será porque aquí hace frío, como en Callisto, sino
porque la gravedad empieza a descender, ¿verdad?
—Del mar. ¿No sabes
cómo se creó este lugar?. Nicholas hizo un gesto negativo.
—¿No te lo
enseñaron desde la nave cuando viniste? Es muy hermoso. A mí me lo enseñaron...
me quedé sentada mirándolo y no les hablaba. La enfermera creyó que no prestaba
atención pero lo oía todo, sólo que no quería hablar con ella. No sirvió de
nada.
—Comprendo lo que
sentías.
—Pero ellos, ¿no te
lo mostraron?
—No, en mi nave me
tenían encerrado porque quemé algo. Creían que no podía prender fuego sin una
llama, pero si tienes electricidad en un enchufe de pared, es muy fácil. Me
pusieron una cosa, ¿sabes? —y apretó los brazos contra el cuerpo para enseñarle
cómo lo habían contenido—. También mordí a uno... creo que aún no te dije que
muerdo. Me encerraron y durante mucho tiempo no hacía nada; luego noté que
tropezábamos con algo, me agarraron y me obligaron a bajar por una escalera
recta que no se acababa nunca. Luego, me atiborraron de Tranquilizante C
(ignoraban que no me hacía efecto), levantaron una especie de puerta y me
sacaron de un empujón.
—¿No te
desvistieron?
—Ya lo estaba.
Cuando me ataron llevaba cosas en la ropa y me las quitaron, estaban furiosos.
—Sonrió torcidamente—. ¿Te hace efecto el Tranquilizante C, o cualquiera de
esos potingues ?
—Supongo que sí,
pero yo no hago esas cosas que haces
—Quizá sería mejor
que las hicieras.
—A veces me daban
un medicamento que según decían servía para animarme, pero no me dejaba dormir
y caminaba, caminaba tropezando con los objetos y les molestaba mucho a todos,
pero dime, ¿me ayudaría a mejorar?
Nicholas se encogió
de hombros.
—No hacerlas
tampoco te sirve de alivio... como ves, ambos estamos aquí. A propósito, sé que
les pegué un susto; me inyectaron eso y ya no estoy loco, pero sé lo que es y.
pienso en lo que haría si estuviera loco y lo hago y cuando pasa me alegro de
haberlo hecho.
—Me parece que aún
estás enfadado, cálmate
Nicholas pensaba en
algo más.
—Esta isla dice que
Ignacio mata a la gente — tras una pausa—: ¿Cómo es?
—¿Ignacio?
—No, a él ya lo he
visto. El Dr. Isla.
—¡Ah, te refieres a
cuando yo estaba en la nave! El satélite es redondo, por supuesto, y claro,
salvo donde está el Dr. Isla, de modo que hay un punto oscuro, el resto es
cristalizado y desde el espacio ni siquiera ves el mar.
—Lo que está arriba
es el mar, ¿verdad? —preguntó Nicholas tratando de mirar hacia arriba por entre
el follaje de los árboles y la cortina de lluvia—. Cuando llegué pensé que lo
era.
—Por supuesto. Es
como una bola de cristal y estamos dentro y también el mar que rodea toda la
curva.
—Por eso veo tan
lejos desde la playa, ¿eh? En lugar de bajar desde ti, como en Callisto, se
dobla hacia arriba y lo ves.
La muchacha
asintió.
—Y el mar deja
penetrar la luz, pero filtra los rayos ultravioletas. Además, nos proporciona
calor específico, de ese modo no nos calentamos demasiado cuando estamos entre
el sol y la Mancha Brillante.
—¿Es la Mancha
Brillante lo que nos mantiene calientes? —Fíjate, le damos la vuelta en diez
horas y así siempre.
—¿Por qué no lo
veo, entonces? Debe parecerse a Sol visto desde el Cinturón, sólo que mayor;
aunque en el cielo hay un resplandor hasta cuando no llueve.
—Las ondas
difractan la luz y descomponen la imagen. De todos modos si el aire no fuera
tan transparente verías el Foco; ¿sabes lo que es el Foco? Dentro de poco lo
veremos, en cuanto pare la lluvia, entonces te lo contaré.
—Pero aún no
entiendo lo de la lluvia.
De pronto, Diane
soltó una risita.
—Pensaba... ¿sabes
lo que suponían que iba a ser en la escuela?
—Callada.
—No, tonto, me
refiero a lo que me hubieran enseñado después de graduarme. Iba a ser maestra.
Imagínate, con todas esas cámaras enfocándome y los niños mirando y lanzándome
preguntas a las que debía responder; ¡espantoso! Ahora lo hago aquí, pero sólo
con uno.
—¿Te importa?
—En absoluto, hasta
me divierte. —Tenía en el muslo una marca amoratada v se la frotaba pensativa
con la mano mientras hablaba—. La gravedad se forma de tres maneras, ¿las
conoces? Responde, alumno.
—Claro:
aceleración, masa y síntesis.
—Eso está bien; el
movimiento y la masa son dos curvas en el espacio, claro, por lo cual la
paradoja de Zenón no estaba calculada de ese modo y porque las masas se mueve
entre sí, lo que llamamos "caída", por lo menos lo intentan y si se
separaran se produciría la tensión que percibimos como una fuerza y llamamos
peso y todas esas bobadas. Naturalmente, si curvas el espacio sintetizas un
efecto de gravedad y eso es lo que mantiene toda esa agua contra la capa
translúcida que sólo se consigue con suficiente masa.
—¿Te refieres a que
este agua procede del mar? —y Nicholas levantó una mano para sostener una gota
de lluvia que se movía lentamente.
—Exacto, un punto a
tu favor. Mira, las diferencias de temperatura en el aire producen los vientos,
y éstos las olas y corrientes que viste mientras paseábamos por la playa.
Cuando las olas rompen, lanzan hacia arriba esas gotitas y si te fijas verás
que aun cuando está claro a veces saltan a gran distancia. Entonces, si la
gravedad es menor, pueden separarse del todo y si nos hallásemos fuera volarían
en el espacio; pero no lo estamos, sino dentro, de modo que lo único que hacen
es cruzar el centro, más o menos, hasta que chocan otra vez con el mar, o el
Dr. Isla.
—El Dr. Isla dijo
que, a veces, cuando la gente se enfada hay tormenta.
—Sí. Mucho viento y
también mucha lluvia, sólo que entonces, la lluvia se produce porque el viento
rompe las crestas de las olas y no hay luz, como en una lluvia normal.
—¿Qué produce tanto
viento?
—Lo ignoro, pero
sucede.
Se sentaron en
silencio y Nicholas escuchaba el goteo de las hojas. Entonces recordó que
finalmente reformaban las naves del hospital para conseguir del aire los
pequeños coágulos de sangre; la de Maya se reparaba en las parrillas de los
conductos de las válvulas de depuración, manchándolas de negro y alguien temió
que se pudrieran y oliera mal. No estaba allí cuando sucedió pero se imaginaba
las gotitas asentándose como ésta, en un lento giro. El que fue grupo de
psicodrama ya se había deshecho y cuando veía a Maureen o a los demás en la
sala de recepción hablaban de los Felices Días Pasados. Entonces no le parecían
tan felices esos días, excepto por Maya.
—Va a parar —opinó
Diane.
—A mí me parece que
hace mal tiempo.
—No, va a parar...
mira, ahora caen un poco más aprisa y más fuertes.
—¿Descansaste
bastante? ¿Nos vamos? —le preguntó Nicholas.
—Nos mojaremos.
El chico hizo un
gesto de indiferencia.
—No quiero mojarme
el pelo, Nicholas. Dentro de un momento habrá cesado la lluvia.
Nicholas se volvió
a sentar.
—¿Cuánto tiempo
hace que estás aquí?
—No estoy segura.
—¿No cuentas los
días?
—Me despisto mucho.
—¿Más de una
semana?
—Nicholas, no me
interrogues, ¿de acuerdo?
—¿No había nadie
más en ese pedazo del Dr. Isla aparte de ti, Ignacio y yo ?
—No creo que aparte
de Ignacio hubiera alguien más antes de llegar tú.
—¿Quién es él?
La muchacha lo miró
—Bueno, ¿quién es
él? Me conoces a mí, a nosotros, Nicholas Kenneth de Vore, y tu eres Diane,
¿qué?
—Phillips.
—Para empezar,
supongo que procedes de los Planetas Troyanos y yo del Cinturón Exterior. ¿Qué
hay de Ignacio? A veces le hablas, ¿verdad? ¿Quién es?
—No sé, pero es
importante.
Nicholas permaneció
unos instantes completamente inmóvil.
—¿Qué quieres
decir?
—Importante —la
muchacha se estaba frotando las rodillas.
—Tal vez todo el
mundo es importante.
—Nicholas,
comprendo que eres sólo un niño, pero no seas tan estúpido. Anda ¿no querías
marcharte? Pues vámonos, ya ha parado de llover —se alzó desperezándose y con
los brazos en alto—. Tengo las rodillas ásperas... ahora que lo pienso, cuando
llegué aún estaban suaves. Me frotaba con una loción porque mi papá cuando las
tocaba, así como las manos y los codos, decía que si no eran suaves nadie me
querría. Mamá no decía nada, pero no lo aprobaba; yo guardaba una botella en mi
cuarto y me ponía loción cuando venían a verme. Una vez bebí un poco.
Nicholas seguía
callado.
—¿No me preguntas
si fallecí? —dio unos pasos delante de él apartando las ramas que goteaban—.
Oye, siento mucho haberte dicho que eres un estúpido.
—Sólo pensaba
—contestó Nicholas—. No estoy enojado contigo. ¿De veras sabes algo de él?
—No, pero mira —y
con un ademán prosiguió—, mira a tu alrededor: alguien ha creado todo esto.
—Piensas que costó
mucho.
—Por supuesto, es
automático pero aun así... bien, ahora dime, ¿dónde estuviste antes y cuánto
espacio había para cada paciente? Toma el volumen total y divídelo por el
número de personas que lo ocupaban.
—Bueno, éste es
mucho mayor, pero quizá pensaban que era lo que nos merecíamos
—Nicholas...
Nicholas, Ignacio es un homicida, ¿no te lo advirtió el Dr. Isla?
—Sí.
—Y tú sólo tienes
catorce años— y no— eres muy fuerte, y yo soy sólo una chica, ¿quién les
molesta?
El semblante de
Nicholas la sobresaltó.
Llegaron al cabo de
una hora o más de caminar. Era una franja de vegetación marchita, parda y negra
y revuelta, y tan recta como si la hubieran dibujado con una regla.
—Temía que no
hubiera venido aquí —dijo Diane—. Se traslada adonde hay tormenta. Quizá nunca
vino a este sector.
—¿De qué hablas?
—Del Foco. Ha
estado por todas partes, pero por lo general las plantas crecen más aprisa
cuando se aleja.
—Hay un olor muy
raro... como la cocina de un lugar donde querían que yo trabajara.
—Son vegetales
podridos. ¿Qué hacías?
—Nada... echar
detergente en lo que guisaban. ¿Qué produce esto?
—La Mancha
Brillante. Mira, cuando está justamente sobre la curva del cielo y el mar forma
una lente. No es una lente muy buena... dispersa mucho la luz, pero enfoca lo
suficiente. No nos abrasaría si pasara ahora, ¿es eso lo que preguntas? ¿Por
qué no hace mucho calor? Yo me he quedado en él, pero tú quieres salir en un
minuto.
—Pensé que sería
como si nos viéramos en la playa.
Diane se sentó en
el tronco de un árbol caído.
—Lo era, de veras.
La última vez que estuve aquí, llegó más allá del mar y supongo que se quedaría
mucho tiempo porqué limpió un montón de cosas marchitas. Mira, por aquí
los bordes del
sector están más cerca; todo él se estrecha como un trozo de pastel. Puedes
mirar el Foco desde cualquier parte y te ves más cerca que en la playa; casi
como si estuvieras en una habitación muy grande con un espejo en cada pared o
como si tú mismo estuvieras detrás de ti. Pensé que te gustaría.
—Voy a probar desde
aquí —anunció Nicholas y se encaramó a uno de los secos árboles mientras la
joven esperaba abajo, pero las ramas secas crujieron y se quebraron bajo sus
pies y ya no pudo seguir subiendo para verse en cualquier dirección. Al caer
junto a Diane exclamó—: ¡Tampoco aquí hay nada para comer! ¿Y ahí?
—No encontré nada.
—Ellos... me
refiero al Dr. Isla, no nos dejarán morir de hambre, ¿verdad?
—No creo que pueda
hacer nada; así es cómo se creó este lugar. A veces encuentras cosas; yo traté
de pescar, pero nunca lo conseguí. Sin embargo, un par de veces Ignacio medio
parte de lo que tenía, para eso es bueno. Apúesto a que piensas que estoy flaca,
¿eh? Era más gordita cuando llegué.
—¿Qué haremos
ahora?
—Supongo que seguir
caminando; tal vez volver al mar.
—¿Crees que
encontraremos algo?
Desde un tronco
podrido un insecto chilló:
—Aguarda.
—¿Sabes dónde hay
algo? —preguntó Nicholas.
—¿Algo para que
comas tú? De momento, no; pero no lejos de aquí podría mostrarte algo mucho más
interesante que este montón de árboles pudriéndose. ¿Te gustaría verlo?
—No vayas, Nicholas
—invocó Diane.
—¿Qué es?
—Diane, quien llama
a esto "el Foco", llama a lo que quiero mostrarte "el
Punto".
—¿Por qué no debo
ir? —inquirió Nicholas.
—Yo no voy, ya
estuve una vez.
—Yo la
llevé—profirió el Dr. Isla—. Y te llevaré a ti. No lo haría si creyera que no
te iba a servir de nada.
—Al parecer, a
Diane no le gustó.
—Diane no quiere
que la ayuden... la ayuda puede ser dolorosa y muchas personas no la aceptan.
Pero mi deber es ayudar si puedo, tanto si quieren como si no.
—¿Y si yo no quiero
ir?
——En tal caso no
puedo obligarte, ya lo sabes, pero serás el único paciente en este sector que
no lo ha visto— y también el más joven. Tanto Ignacio como Diane lo vieron, e
Ignacio acude con frecuencia.
—¿Es peligroso?
—No, ¿tienes miedo?
Nicholas miró
interrogante a Diane.
—¿Qué es? ¿Qué
veré?
La joven se había
alejado mientras Nicholas hablaba con el Dr. Isla y estaba sentada con las
piernas cruzadas a unos cinco metros de donde estaba Nicholas y se contemplaba
las
manos.
Nicholas repitió:
—¿Qué veré,
Diane?—aunque pensaba que la joven no le respondería.
—Un vidrio. Un
espejo.
—¿Sólo un espejo?
—¿Recuerdas lo que
te dije cuando trepaste al árbol? El Punto está donde los bordes se unen.
Puedes verte —como en la playa—, pero más cerca.
—Me he mirado en
espejos muchísimas veces —respondió Nicholas desilusionado.
El Dr. Isla, cuya
voz se encontraba ahora entre el susurro de las olas, preguntó:
—Nicholas, ~ tenías
un espejo en tu cuarto antes de llegar aquí?
—Uno de acero.
—Así que, ¿no
podías romperlo?
—Creo que no. A
veces le arrojaba diversos objetos pero sólo lo abollaba—y al pensar en los
reflejos deformes se echó a reír..
—Tampoco puedes
romper éste.
—Me parece que no
merece la pena que lo vea.
—Creo que sí.
—Diane, ¿piensas
aún que no debería ir?
No obtuvo
respuesta. La muchacha miraba el suelo frente a ella. Nicholas se acercó para
observarla y vio que una lágrima había dejado una huella húmeda en cada una de
sus flacas mejillas, pero al tocarla, ni se movió.
—Está catatónica,
¿verdad?
Una rama verde que
estaba justo fuera del Foco asintió.
—Esquizofrenia
catatónica.
—Tenía un médico
que una vez pronunció esas mismas palabras. No significaban nada. (El doctor
era un robot—terapeuta, pues un médico humano atendía sólo a los de mayor
prestigio. Los
pacientes de los robots se sentaban en cabinas sin puertas—en el caso de
Nicholas, dos horas y media: una hora y media por la mañana y una hora por la
tarde—y le hablaban a algo que parecía una pequeña y amistosa nevera. Algunos
se sentaban todo el día en silencio, mientras otros conversaban continuamente,
y, para tales pacientes, los celadores raras veces se molestaban en dar cuerda
a las máquinas.)
—Quería decir causa
y tratamiento. Era lo correcto.
Nicholas
contemplaba el cabello castaño con mechas doradas de la muchacha.
—¿Cuál es la causa?
Me refiero a ella.
—No lo sé.
—¿Y cuál el
tratamiento?
—Lo estás viendo.
—¿Puedo ayudarla?
—Probablemente, no.
—Escucha, ella
puede oírte, ¿no lo sabes? Oye todo lo que decimos.
—Nicholas, si mi
respuesta te disgusta, la cambio. La aliviarías si ella consintiera que la
ayudaran: si insiste en aferrarse a su enfermedad, no.
—Deberíamos irnos
de aquí —dijo Nicholas intranquilo.
—A tu izquierda
encontrarás un pequeño sendero, apenas perceptible; entre el árbol torcido y el
arbusto de flores amarillas.
Nicholas echó a
andar volviéndose varias veces para mirar a Diane. Las flores eran mariposas
que al acercarse a ellas revolotearon entre una nube de colores y se preguntó
si el Dr. Isla lo sabía. Cuando hubo caminado un centenar de pasos y se
encontró lejos de la parda y podrida vegetación exclamó:
—¿Estaba sentada en
el Foco?
—¿Sigue aún allí?
—¿Qué ocurrirá
cuando llegue la Mancha Brillante?
—Se notará incómoda
y se marchará, si aún sigue en el mismo sitio.
—Cierta vez en uno
de los lugares que frecuentaba, había un hombre en las mismas condiciones que
ella y dijeron que no comería nada si no se levantaba para buscarse la comida
hubieran podido alimentarlo con el tubo nasal pero no le hicieron caso y falleció.
Les contamos el caso pero no hicieron nada y murió de hambre allí; cuando
falleció lo metieron en una camilla, cambiaron la ropa de la cama y pusieron a
otro en su lugar.
—Lo sé, Nicholas.
Se lo contaste a los doctores de St. John's y consta en tu ficha, pero piensa
un momento: hombres sanos se han muerto de hambre, sí, se han dejado morir,
como protesta por lo que consideraban injusticias políticas. ¿Es tan
sorprendente que tu amiguita se mate del mismo modo como protesta por lo que
considera una injusticia física?
—Él no era mi
amigo. Oye, ¿de veras lo creías cuando dijiste que el tratamiento que seguía
Diane la aliviaría si ella aceptaba que la ayudasen?
—No.
Nicholas se detuvo
en medio de un paso.
—¿No lo creías? ¿No
lo consideras cierto?
—No. Dudo que algo
la ayude.
—No deberías
mentirnos.
—¿Por qué no? Si
por casualidad te recuperas, te soltarán y tendrás que mezclarte con la
sociedad, que te mentirá con frecuencia Aquí, donde hay tan pocos individuos,
debo asumir el papel de la sociedad. Ya te lo dije.
—¿Es eso lo que tú
eres?
—¿Suplente de la
sociedad? Por supuesto. ¿Quién supones que me creó? ¿Qué otra cosa podría ser?
—El doctor.
—Habéis tenido
muchos médicos y ninguno os ha ayudado gran cosa.
—Ni siquiera estoy
seguro de que aceptes ayudarnos.
—¿Deseas ver lo que
Diane llama "el Punto"?
—Sin duda.
—En tal caso,
camina. No lo verás si te quedas ahí de pie.
Nicholas echó a
andar apartando ramas frondosas y enredaderas húmedas de lluvia. La jungla
despedía un olor a hierba y tierra mojada; por los troncos de los árboles
corrían hormigas y libélulas de cuerpos rojos y cálidos, con alas tan largas
como sus manos.
—¿Quieres
ayudarnos? —preguntó pasado un rato.
—Mis sentimientos
hacia ti son ambivalentes, pero si deseas que te ayuden yo también lo deseo.
El suelo se
empinaba ligeramente y a medida que ascendía se iba despejando; los enormes
árboles se espaciaban la maleza se volvía hierba y helechos. De vez en cuando,
afloraban rocas que debía escalar y surgían claros en el revuelto cielo.
Nicholas inquirió:
—¿Quién hizo este
sendero?
—Ignacio. Viene con
frecuencia.
—¿No tiene miedo?
Diane, sí.
—Ignacio también
tiene miedo, pero viene.
—Diane afirma que
Ignacio es importante.
—En efecto.
—¿Qué pretendes dar
a entender? ¿Que Ignacio es más importante que nosotros?
—¿Recuerdas que te
dije que yo era un suplente de la sociedad? ¿Qué supones tú que puede desear la
sociedad, Nicholas?
—Todos hacen lo que
dice.
—Si te refieres a
la conformidad, sí, ha de haber conformidad, pero también algo más...
consciencia.
—No quiero oír
hablar de eso.
—Sin consciencia, a
la que puedes llamar sensibilidad siempre que vayas con cuidado en no confundir
los términos no hay progreso. Hace un siglo, la Humanidad se asfixiaba en la
Tierra; ahora, se asfixia de nuevo. Casi la mitad de las personas que han contribuido
de un modo sustancial al progreso de la Humanidad, muestran señales de
trastornos emocionales.
—Ya te dije que no
quiero oír hablar de ello. Te formulé una pregunta sencilla: ¿es Ignacio más
importante que Diane y que yo?, y no me has contestado. Ya oí todo lo que
dijiste. Lo he escuchado de muchos más de cien veces y son embustes; lo de
siempre, y lo debes tener anotado en una ficha que lees siempre que alguien te
pregunta. Esa gente a la que te refieres y que, según tú, se volvió loca,
perdieron la razón porque mientras ayudaban a "progresar a la
Humanidad" o como lo llames, fueron arrojadas a puntapiés de sus casas
porque no podían pagar y, en tanto a ellos los echaban, se enriquecían otros
que jamás habían dado golpe en su vida, salvo pensar en llegar adonde hoy
están.
—Nicholas, a veces
resulta difícil determinar ante el hecho, o incluso el tiempo, quién merece
respeto.
—¿Cómo lo sabes si
jamás lo intentaste?
—Has preguntado si
Ignacio era más importante que Diane y que tú. Sólo puedo decirte que, a mi
juicio, Ignacio promete una completa recuperación junto con una contribución
sustancial al
progreso humano.
Si tan bueno es,
¿por qué está loco?
—A muchos les pasa,
Nicholas. Incluso dentro de los planetas no existe un buen ambiente para la
Humanidad y nuestro espacio transmarciano es peor. Aquí, cualquier joven, y.ne,
y que dan la impresión de adaptarse a las condiciones con que nos enfrentamos y
que parecen mejores que los demás, son muy apreciados.
—O Ignacio.
—Exacto, o Ignacio,
que tiene un cociente intelectual de doscientos diez. Diane lo tiene de ciento
veinte y el tuyo es de noventa y cinco.
—¡Jamás tomaron el
mío!
—Consta en tu ficha
Nicholas.
—Lo intentaron,
pero arrojé el casco y se rompió. La hermana Carmela, que era la enfermera,
anotó algo en un papel y me mandó salir.
—Comprendo. Pediré
una investigación completa.
—A que no
—¿No me crees?
—Nicholas...
Nicholas... —largas lenguas de hierba comenzaban a surgir bajo los inmensos y
susurrantes árboles—. ¿No comprendes que es esencial cierta confianza entre los
—¿Me crees?
—¿Por qué lo
preguntas? Supón que respondo que sí; ¿me creerías tú?
—Cuando me
confirmes que me han vuelto a clasificar.
—Tendrías que pasar
un nuevo test, para el cual aquí no hay facilidades.
—Si me crees, ¿por
qué me propones un nuevo test? Ya te dije que no me hicieron ningún test... de
todos modos ya puedes borrar el noventa y cinco.
—No me es posible
definir tu terapia sin un cálculo de tu inteligencia, y no tengo nada con que
remplazarlo.
Ahora el suelo se
elevaba más bruscamente y, en un claro, el muchacho se detuvo y se volvió a
mirar la frondosa capa, como algas sobre una laguna, que había escalado desde
abajo, y a lo lejos, el mar. A derecha e izquierda su vista se hallaba aún
cercada por el follaje y ante él se recortaba un prado (como el cuadrado de
arena del que había surgido, aunque no lo pensó), salpicado aún de árboles y
que se extendía en pendiente hacia una invisible cima. Le pareció que bajo los
pies, la falda de la montaña oscilaba siempre, aunque muy ligeramente. De
pronto, interpeló al viento:
—¿Dónde está
Ignacio?
—Aquí no. Mucho más
cerca de la playa.
—¿Y Diane?
—Donde la dejaste.
¿Te gusta el panorama?
—Es bonito, pero me
da la impresión de que nos mecemos.
—Así es. Yo estoy
amarrado por doscientos cables al exterior cristalizado de nuestro satélite,
pero así y todo, la marea y las corrientes imparten a mi cuerpo un ligero
movimiento. Naturalmente, ese movimiento se acentúa a medida que subes.
—Pensé que estabas
atado al casco; si debajo de ti hay agua, ¿cómo es que la gente entra y sale?
—Estoy ligado a la
esclusa de aire por un tubo comunicante. Cuando llegaste, seguramente te
pareció una escalera normal.
Nicholas asintió;
volvió la espalda a las hojas y al mar y volvió a trepar.
—Estás en un lugar
muy hermoso, Nicholas; ¿abres tu corazón a la belleza?
Tras aguardar una
respuesta que no llegaba el viento cantó:
La arbolada montaña
llega hasta la cumbre y el césped y los serpenteantes calveros
se alzan como
senderos hasta el cielo.
El esbelto cocotero
que languidece coronado de plumas. El encendido resplandor de aves e insectos
el lustre de las largas enredaderas que se enroscan en torno a los majestuosos
troncos y se extienden hasta el confín de la tierra.
El brillo y la
magnificencia del amplio cinturón del mundo. Todo eso, lo vio.
—Nicholas, ¿ todo
esto no significa nada para ti?
—Has leído mucho,
¿verdad?
—Sí, cuando
anochece todos duermen y apenas tengo nada que hacer.
—Hablas como una
mujer, ¿eres mujer?
—¿Cómo podría ser
una mujer?
—Ya sabes a lo que
me refiero, salvo que cuando hablas con Diane pareces un hombre.
—Aún no me has
dicho que me encuentras hermoso.
—Eres un huevo de
Pascua.
—¿Qué quieres decir
con eso, Nicholas?
—No tiene
importancia. —Veía el huevo como si colgara en el aire ante él, resplandeciente
de oro y cubierto de flores.
—Por Pascua pintan
los huevos de vivos colores y mi colorido es hermoso, ¿es eso lo que quieres
decir, Nicholas?
Su madre le había
llevado un huevo el día de visita, aunque ella no podía haberlo hecho, pero
Nicholas sabía quién lo elaboró. El oro era del más puro que se utiliza para
revestir
delicados
instrumentos; las brillantes laminillas de carbón cristalizado que salpicaban
la superficie del huevo como diminutas estrellas sólo podían proceder del horno
de alta presión de un laboratorio. ¡Qué furioso debió sentirse cuando ella le
dijo que se lo iba a regalar!
—Es bonito,
¿verdad, Nicky?
Colgaba entre ellos
en la ingravidez, girando muy despacio con el recuerdo de sus perfumados
guantes.
—Las flores son
reinas de los prados; campanillas, lirios del valle y rosas silvestres, aunque
no creo que las conozcas, mi amor.
Su madre jamás
había estado bajo la órbita de Marte pero pretendía haber pasado su infancia en
la Tierra, y cada referencia a esa mentira colmaba a Nicholas de una furia y
vergüenza inefables. El huevo medía unos veinte centímetros de largo y giraba
sobre sí mismo ocho veces más aprisa que sus propias pulsaciones. La duración
de las visitas era exactamente de veintitrés minutos.
—¿No vas a mirarlo?
—Lo veo muy bien
desde aquí. —Intentaba que su madre comprendiera—. Esos puntitos rojos son
cristales de óxido de aluminio, ¿eh?
—Míralo por dentro,
Nicky.
Entonces se fijó
que en un extremo había una lente oculta en una gota de rocío en la corola de
un asfódelo. Lentamente, tomó el huevo en sus manos, cerró un ojo y miró. En el
interior no había luz, como presumía, matizado de oro pero de un blanco brillantísimo,
procedente de alguna fuente escondida. Seguramente un mundo que pretendía
remedar la Tierra visto desde debajo de la órbita de la luna, mar índigo y
tierra esmeralda. Por la llanura discurrían ríos de un pardo como tierra.
—¿No es precioso?
—observó su madre.
Por las curvas
colgaba la noche de un funebre púrpura y enviaba largas sombras como fríos y
amantes brazos para acariciar el día, y mientras lo miraba y tocaba, unas aves
de
cuello largo, de un
rosa intenso, casi rojo, arrastraban las zancudas patas por el cielo con las
alas extendidas formando cruces.
—Se llaman
flamencos —dijo el Dr. Isla siguiendo la trayectoria de su mirada—. Es una
palabra preciosa para un hermoso pájaro, aunque supongo que nos gustarían lo
mismo si los llamáramos gorriones, ¿verdad?
—Me lo llevaré a
casa y te lo guardaré—alegó la madre—. Es demasiado hermoso para dejárselo a un
niño, pero si alguna vez vuelves, te estará aguardando sobre tu cómoda junto al
cepillo del pelo.
—Te haces un lío
con las palabras —observó Nicholas.
—No deberías
desdeñarlas, Nicholas. Además, poseen una gran belleza y sirven para reducir la
tensión. Pueden serte provechosas.
—Pretendes
convencerte a ti mismo.
—Pretendo que la
habilidad de una persona para expresar sus sentimientos, aunque sólo sea para
sí, puede evitar su propia destrucción. La evolución nos enseña que el
propósito original de la lengua era solemnizar las amenazas y maldiciones de
los hombres, sus ensalmos para invocar a los dioses; la comunicación llegó
después. Las palabras pueden ser una válvula de seguridad.
—Quiero ser una
bomba. Una bomba no requiere válvula de seguridad —y dirigiéndose a su madre—:
¿Eso es Sudamérica mamá?
—No, mi amor, es
India. A tu izquierda la Costa Malabar y a tu derecha la Costa Coromandel;
debajo, Ceilán. —Palabras.
—Una bomba se
destruye sola, Nicholas.
—Una bomba no tiene
importancia, a la bomba no le importa.
Trepaba
resueltamente, agarrándose con los dedos de los pies a las raíces de los
árboles y al suave y musgoso suelo; su médico ya no era el viento sino un mono
pardo que lo seguía a tiro de piedra.
—Oigo que alguien
se acerca.
—Si.
—¿Es Ignacio?
—No, es Nicholas.
Ahora está cerca.
—¿Cerca del Punto?
—Sí.
Se paró para mirar
a su alrededor. Los ruidos que oyera, las pisadas de pies descalzos hollando el
blando suelo también se detuvieron. Nada parecía extraño; la tierra seguía
ascendiendo y en las sombras más densas, grandes árboles muy espaciados sobre
el musgo; hierba donde no había luz.
—Los tres grandes
árboles son iguales —exclamó Nicholas—. ¿Es ahí donde sabías que estábamos?
—Exacto.
En su pensamiento
llamó al que estaba delante de él "Ceilán" y a los otros dos
"Coromandel" y "Malabar". Se dirigió hacia Ceilán
escudriñando sus fuertes y retorcidas ramas. Un muchacho tan desnudo como él
surgió de la selva, a su izquierda hacia Malabar, y no miró a Nicholas, que
gritó y corrió tras él.
El muchacho
desapareció. Solamente Malabar, sólido y real se aliaba ante Nicholas, corrió
hasta él, palpó la áspera corteza y divisó un poco más lejos un cuarto árbol
similar a Ceilán, y, al lado, un chico que atisbaba con la cabeza desviada.
Nicholas lo observó unos segundos y dijo:
—Comprendo.
—¿De veras?
—parloteó el mono.
—Es como un espejo
sólo que al revés. La luz que sale frente a mí se refleja en el borde y penetra
por el otro lado, sólo que yo no lo veo porque no miro a esa parte. Lo que veo
es la luz que surge por mi espalda más o menos porque vuelve hacia aquí. Al correr,
¿di la vuelta alrededor?
—Sí, saliste
corriendo del lado izquierdo del segmento y por supuesto, regresaste
inmediatamente desde la derecha.
—No me asusta, es
divertido.—Agarró un palo y lo arrojó con fuerza al árbol Malabar. Éste se
desvaneció, pasó silbando sobre su cabeza, volvió a desaparecer y lo golpeó por
detrás de las piernas—: ¿Le asustó esto a Diane?
No obtuvo
respuesta. Se alejó a grandes pasos; unos chicos desnudos caminaban a su
derecha y a su izquierda, pero parecían estar siempre lejos de él y se le iban
acercando poco a poco.
—No sigas—le ordenó
a su espalda el Dr. Isla—. Puede ser peligroso si intentas atravesar el Punto.
—Lo veo —contestó
Nicholas.
Divisó otros tres
árboles que se alzaban muy juntos, precisamente ante él; las ramas,
extrañamente enlazadas al danzar impulsadas por el viento, y por detrás no
había absolutamente nada.
—En realidad, no
puedes cruzar el Punto—dijo el Dr. Isla— Mono—. El árbol lo cubre.
—En tal caso, ¿por
qué me avisas?
Cojeando y marcados
con cicatrices, los chicos de su izquierda y los de su derecha ya sólo se
encontraban a dos metros de él; había descubierto que si miraban en línea recta
conseguía a veces
vislumbrar sus contusos perfiles.
—No te alejes más,
Nicholas.
—Quiero tocar el
árbol.
Dio un paso, y otro
más y se volvió. El chico Malabar lo imitó mostrando su delgada espalda en que
las costillas y la columna vertebral parecían haber sido zurradas. Nicholas
alargó ambas manos sobre los delgados hombros y al momento sintió otras manos —manos
frías, insensibles de un desconocido, manos secas y muy pequeñas— que tocaban
sus hombros y le subían hacia el cuello.
—¡Nicholas!
De un salto se
apartó del árbol y se miró las manos, oscilando la cabeza.
—No era yo.
—Sí, eras tú,
Nicholas—dijo el mono.
—Fue uno de ellos.
—Tú eres todos
ellos.
Con un rápido
movimiento agarró un leño largo como un brazo—era una rama caída—y lo lanzó
contra el mono. El golpe derribó al animal, pero éste se levantó de un brinco y
huyó sobre tres patas. Nicholas corrió tras él.
Casi lo había
alcanzado cuando el animal se desvió precipitadamente; con la misma rapidez
saltó sobre el mono que venía corriendo hacia él. En un instante lo tuvo
agarrado. El mono se debatía tratando inútilmente de morderle. Le golpeó la
cabeza contra el suelo, luego lo agarró por los tobillos y lo zarandeó contra
el árbol Ceilán, hasta que al tercer impacto oyó que el cráneo crujía y se
detuvo.
Esperaba encontrar
alambres pero no halló ninguno. La sangre rezumaba de la magullada carita y el
peludo cuerpo yacía en sus manos caliente y fláccido. Sobre su cabeza las hojas
anunciaron:
—Nicholas, no me
has matado, nunca lo conseguirás.
—¿Cómo funciona?
Todavía buscaba
alambres, pequeños circuitos impresos que contuvieran micrológica. Buscó una
piedra puntiaguda para abrir el cuerpo del mono pero no encontró ninguna.
—No es más que un
mono—dijeron las hojas—. Si lo hubieras preguntado te lo habría dicho.
—¿Cómo lo hacías
hablar?—dejó caer el mono, lo contempló un momento y lo apartó de un puntapié.
Se secó los dedos
manchados de sangre en las hojas de los árboles.
—Nicholas, sólo mi
mente habla a la tuya.
Tras una
exclamación, el muchacho decidió:
—Ya lo he oído,
pero no pensé que fuera así, sino en mí cabeza.
—Tu ficha no indica
alucinaciones auditivas, pero, ¿nunca supiste de alguien que las tuviera?
—Una vez conocí a
una chica...
—¿Y?
—Confundía los
ruidos..., ¿comprendes?
—¿Que más?
—Por ejemplo: si
corría por el pasillo el carrito del servicio ella oía el ventilador y creía...
—¿Que?
—Ah, pues cosas
distintas; que alguien la llamaba.
—Los oía.
—¿Cómo? ¿Maya?—y se
sentó.
—Vienen a por mí.
—¿Maya?
El Dr. Isla le
habló a través de las hojas:
—Nicholas, cuando
te hablo parece que tu mente no recibe el mensaje que te transmite mi
pensamiento. Me oyes en el suave rumor de la lluvia o en el alegre trino de los
pájaros, pero si quisiera podría ampliar lo que digo hasta que cada idea o
sugerencia se dirigieran a tu conciencia clavándose en ella. Entonces, harías
todo cuanto yo deseo.
—No lo creo
—contestó Nicholas—. Si eres capaz de eso, ¿por qué no le sugieres a Diane que
no sea catatónica?
—Primero, porque
aún se refugiaría más en su enfermedad con el ánimo de huir de mí, y segundo
porque curarla de su mal de ese modo no extirparía la causa.
—¿Y tercero?
—No he dicho
"tercero", Nicholas.
—Me pareció
oírlo... cuando dos hojas se rozaron.
—Tercero, porque
tanto tú como ella habéis sido elegidos para que produzcáis un efecto sobre
alguien; si os cambiara tan bruscamente, ese efecto se perdería.
El Dr. Isla era
otra vez un mono, aunque un mono distinto, que parloteaba desde la protección
de un árbol a veinte metros. Nicholas le arrojó un palo.
—Los monos no son
más que animales, Nicholas; les gusta imitar a las personas y parlotear.
—Apuesto a que
Ignacio los mata.
—No, le gustan
mucho; sólo mata peces para comer.
De pronto, Nicholas
se percató de que tenía hambre y echó a andar.
Encontró a Ignacio
rezando en la playa. Por espacio de una hora, o más, Nicholas permaneció
escondido tras el tronco de una palmera pero tardó mucho en resolver a quién
rezaba Ignacio. Este se hallaba arrodillado donde las olas rompen sus orlas de
encaje, mirando hacia el mar y de vez en cuando se inclinaba para rozar con la
frente la arena mojada, luego, Nicholas percibió su voz, muy débil, sobre el
rumor y el silbido de las olas. En general, Nicholas aprobaba a los que rezaban
al notar que éstos eran unos compañeros más interesantes que los otros; pero
también comprobó que si bien no importaba el nombre que el devoto daba al
objeto de su devoción, sí interesaba descubrir como era el dios que se
imaginaba. Ignacio no parecía rezar al Dr. Isla —en ese caso pensaba Nicholas,
miraría a otro lado—y durante un rato se preguntó si no estaría rezando a las
olas. Desde su escondite siguió la línea de visión de Ignacio, ola tras ola
hasta el radiante e indefinido cielo, cada vez mas arriba hasta que se curvaba
por completo y retornaba por detrás de Ignacio y entonces se le ocurrió que el
Joven se rezaba a sí mismo. Abandonó su escondite y se adelantó a medio camino
de donde Ignacio estaba arrodillado y se sentó. Sobre el rumor del mar y el
murmullo de la voz de
Ignacio se extendía
un silencio tan intenso y frágil que en cualquier momento parecía que todo el
satélite acristalado cnrl~ri ~ m ~ n b~tirltin
Al cabo de un rato,
Nicholas notó que su lado izquierdo temblaba. Con la mano derecha se lo palpó,
recorriendo con los dedos el lado izquierdo desde el hombro hasta el muslo. Le
preocupaba que su lado izquierdo estuviera tan asustado y pensó que tal vez la
otra mitad de su cerebro del que se hallaba separado para siempre, oía lo que
Ignacio decía a las olas. También él comenzó a rezar, de modo que el otro (y
tal vez el mismo Ignacio) lo oyeran y en voz no demasiado baja: "No te
asustes, no temas, no nos hará daño es bueno, y si lo hace, lo mataremos; lo
único que queremos es encontrar algo para comer; quizá nos enseñe cómo pescar
un pez, creo que esta vez será bueno". Sin embargo, sabía, o por lo menos
lo imaginó, que Ignacio tampoco sería amable en esta ocasión
Finalmente, Ignacio
se alzó; no se volvió para mirar a Nicholas, sino que penetró en el mar, luego,
como si supiera que el muchacho había permanecido todo el rato detrás de
él (aunque Nicholas
no estaba seguro de que lo hubiera oído, quizás el Dr. Isla se lo había
advertido a Ignacio), le hizo un gesto indicándole que lo siguiera.
No recordaba haber
notado jamás el agua tan fría, la arena tan áspera y rasposa entre los dedos de
los pies. Pensó _n lo que el Dr. Isla le había dicho y que parte de la nave
debía de ser esta arena, bajo el agua, que llegaba (¿hasta dónde?) al mar. Donde
acababa no habría nada más que a lo lejos el helado cristal del mismo satélite.
—Ven —le dijo
Ignacio—, ¿sabes nadar? —como si se hubiera olvidado de la noche anterior.
Nicholas le respondió afirmativamente pensando que Ignacio lo miraría, pero
éste no se volvió.
—¿Sabes por qué
estás aquí?
—Me invitaste a que
viniera
—Ignacio quiere
decir aquí. ¿No te recuerda algún lugar donde estuviste antes?
Nicholas pensó en
el batintín de cristal y en el huevo de Pascua; luego, en las microscópicas
gotitas que por Navidad flotaban, a veces por los pasillos hasta estallar en el
limpio polvo y en un fresco perfume de pino cuando los niños las tocaban con
sus muletas, pero no dijo nada.
El joven prosiguió:
—Deja que Ignacio
te cuente un cuento. "Una vez, había en la Tierra un hombre, en realidad
un niño, que..."
Nicholas Pensó por
qué siempre eran hombres —por su experiencia casi siempre médicos y
psicoanalistas— los que querían contar historias. Recordó que Jesús siempre
relataba historias y la Virgen nunca; aunque una vez conoció a una mujer, a la
que tomó por la Virgen María, que siempre le hablaba de su hijo. Pensó que
Ignacio se parecía un poco a Jesús. Intentó recordar si su madre le contaba
cuentos cuando vivía en su casa y decidió que no; se limitaba a pasar las
transparencias de los dibujos animados.
—... quería...
—... contar un
cuento —finalizó Nicholas.
—¿Cómo lo sabes?
—enfadado y sorprendido.
—Eras tú, ¿verdad?,
y ahora querías contarme uno.
—Pero no lo que
Ignacio hubiera dicho. Iba a hablarte de un pez.
—¿Dónde
está?—preguntó Nicholas pensando en el pescado que Ignacio se había comido la
noche pasada e imaginándose otro igual, pescado mientras él llegaba, tal vez
desde el Punto, y ahora, escondido en algún lugar, en espera de ser asado—. ¿Es
un pescado grande?
—Ya no existe, pero
era como la mano de un hombre. Lo pesqué en el gran río.
—Huckleberry.—Ya
sé, el Mississippi; era un siluro o una rueda o pez—sol—. Finn.
—Posiblemente era
como tú lo llamas; durante un rato parecía que le daba el sol—la luz de algún
lugar bailó sobre el mar—. En cualquier caso, se encontraba sobre la mesa del
comedor de la casa donde se vive la vida. Se hallaba dentro de un recipiente,
pero no de los antiguos en que ves el vidrio con aros de metal en el borde,
sino de los modernos, en los que el cristal es muy fuerte, aunque delgado, y
curvado, de modo que no refleja, ni tiene curvas, sólo un ingenioso mecanismo
que mantiene el agua siempre limpia. Extrajo un puñado de agua, sin levantar
los ojos hacia los de Nicholas—. Tan clara como ésta, y no había olas y no la
veías, en absoluto. Mi pez flotaba en el centro de mi mesa, encima de unas
cuantas piedras.
—¿Flotabas en el
río sobre una balsa?
—No en un pequeño
bote. Ignacio pescó ese pez con una red, de la que casi destrozó las mallas
antes de sacarlo a tierra— poseía unos dientes magníficos. En la casa no había
nadie más que él, el otro y los robots; pero cada mañana al guien iba al
estanque del patio y pescaba un pez de colores para él. Cuando Ignacio bajaba
para desayunar encontraba el pez de colores y pensaba: "Buen pez, has sido
elegido para el monstruo, ¿quieres ser el que lo destruya? Si lo consigues,
tendrás siempre su casa de diamante para ti." Entonces el pez, que tenía
una manchita roja debajo de sus espléndidos dientes, una mancha como una
cereza, se arrojaba sobre el pececito de colores y al instante el agua se teñía
de sangre.
—¿Y qué sucedía
luego?
—El ingenioso
mecanismo aclaraba de nuevo el agua y el pez flotaba como antes sobre las
rocas, el pez de espléndidos dientes e Ignacio tocaba el pequeño interruptor de
la mesa y pedía más pan y más fruta.
—¿Ahora tienes
hambre?
—No, me siento
fatigado y tengo pereza, si te persigo no te alcanzaré y si te alcanzo—a causa
de tu torpeza y lentitud—no te mataré, y si te mato, no te comeré.
Nicholas había
empezado a retroceder y cuando Ignacio pronunció las últimas palabras, dándose
cuenta de que era una señal, dio la vuelta y echó a correr, chapoteando por las
superficiales
aguas. Ignacio lo perseguía con la ventaja de sus largas piernas; el cabello le
flotaba por detrás de su moreno rostro; los fuertes dientes —blancos como
huesos y grandes como las uñas de los pulgares de Nicholas—parecían
espectadores que se alineaban en las barandillas de sus labios.
—No corras,
Nicholas—gritó el Dr. Isla con la voz de una ola—. Si corres sólo conseguirás
acuciar su hambre.
Nicholas no
contestó pero dobló a su izquierda subiendo por la playa, entre los troncos de
las palmeras, sin dejar de correr porque no tenía modo de saber si Ignacio se
encontraba detrás de él para agarrarlo por el cuello. Cuando se detuvo, se
encontró en la espesa jungla, entre los troncos de los viejos árboles, donde se
apoyó, casi sin aliento; los latidos de su corazón eran el único ruido en
aquella atmósfera silenciosa y dormida como un largo e inclemente día de la
Tierra.
Estuvo atento
durante un rato por si oía algún ruido que le indicase que Ignacio lo buscaba,
pero no oyó nada; respiro a fondo y exclamó:
—Bueno, se acabó
—esperando a que el Dr. Isla respondiera desde algún lugar, pero sólo percibía
el verde silencio.
La luz era aún
clara y fuerte y casi sin sombras, pero un sentimiento interior le avisaba que
el día estaba a punto de declinar y observo que unas débiles y largas sombras
se extendían deformando los objetos de forma horizontal. No sentía hambre, pero
había corrido mucho y comprendía hasta cuándo podría resistir, no se sentía tan
fuerte como el día anterior y seguramente, al día siguiente sería incapaz de
rebasar a Ignacio. Ahora se percataba de que debió comerse el mono que mató,
pero ante la idea de comer carne cruda se le revolvía el estómago y no sabía
cómo encender una hoguera, por más que la noche anterior Ignacio había comido
el pescado crudo. Aunque consiguiera pescar un pez, éste le repugnaría tanto o
más que la carne cruda del mono. Recordó su esfuerzo para abrir un coco —no lo
había conseguido pero posiblemente se podía abrir. No estaba muy seguro de lo
que contenía un coco, pero debía tener un interior comestible, porque en los
libros se los comían. Decidió dar un amplio rodeo por la jungla hasta la playa,
si bien muy lejos de Ignacio, pues muchas veces había visto cocos sobre la
arena debajo de los árboles.
Caminaba en
silencio, un poco asustado todavía, pensando en el modo de abrir el coco cuando
lo encontrara. Se imaginó de pie, ante una gran roca de cantos picudos,
sosteniendo el coco con ambas manos. Lo levantaba y lo aplastaba, pero al
romperlo, en lugar del coco era la cabeza de Maya; oyó cómo el cartílago de la
nariz se rompía con un chasquido elástico, inconfundible. Sus ojos, tan azules
como el resplandeciente cielo de Madhya Pradesh, lo miraban desde el azul del
huevo pero él no podía verlos, se apartaban de los suyos y se le ocurrió de
repente que Lucifer, en su caída, debió hacerlo en los fuegos y los hielos del
espacio para no volver jamás a ver los tiernos azules, pardos y verdes de la
Tierra: Vio caer a Satanás como el rayo del cielo. Lo había escuchado en una
cinta magnetofónica pero no recordaba dónde. Había leído que en la Tierra el
rayo no procede de las nubes, sino que saltaba hacia ellos desde la superficie
planetaria, para nunca más volver.
—Nicholas.
Escuchó, pero no
volvió a oír su nombre. El mar barbotaba suavemente, ¿había empleado el Dr.
Isla aquel sonido para hablarle? Se dirigió hacia él y tropezó con un riachuelo
que serpenteaba entre los árboles. Lo siguió. A los cien pasos se ensanchó,
aminoró el curso v terminó en un charco. Diane se hallaba sentada sobre el
musgo, al otro lado; al verle, sonrío.
—Hola.
—Hola, Nicholas.
Pensé que te oía y no me equivoqué, ¿verdad?
—No decía nada—con
el pie removió las oscuras aguas y las encontró muy frías.
—Me imaginé que
lanzabas un ligero grito. Lo oí y me dije: es Nicholas, y te llamé. Luego,
pensé que me había equivocado o que quizás era Ignacio.
—Ignacio me
perseguía. Tal vez aún está aquí, aunque lo más probable es que haya abandonado
su propósito
La joven asintió
mirando las oscuras aguas del charco, pero daba la impresión de no haberlo oído
El muchacho se dirigió a ella subiendo por las raíces enroscadas de los
árboles.
—Diane, ¿por qué
Ignacio me quiere matar?
—A veces también a
mí me quiere matar.
—Pero, ¿por qué?
—Creo que está un
poco asustado de nosotros. ¿Le hablaste alguna vez,— Nicholas?
—Hoy un poco. Me
contó una historia sobre un pececito que tenía.
—Ignacio se ha
criado completamente solo, ¿no te lo dijo? En la Tierra, en una plantación del
Brasil, junto al Amazonas. Me lo contó el Dr. Isla.
—Creía que la
Tierra estaba muy poblada.
—Las ciudades y los
pueblos sí, pero hay lugares completamente deshabitados. Donde estaba Ignacio
debía haber pieles rojas, cazadores, hace unos doscientos o trescientos años
pero cuando él estaba allí no había nadie, sólo máquinas. Ahora no quiere que nadie
lo mire ni se le acerque.
—El Dr. Isla dijo
que muchas personas no estarían enfermas si siempre tuvieran otras a su lado,
¿lo recuerdas?—dijo Nicholas muy despacio.
—Oye, Nicholas, ¿te
conté lo del pájaro?—de nuevo no escuchaba.
—¿Qué pájaro?
—Tengo un pájaro
dentro —se acarició el liso estómago por debajo de los pequeños pechos y por un
momento el muchacho penso que había encontrado alimento—. Se sienta aquí. Ha
formado un nido en mis entrañas y con el pico me desgarra la respiración. Te
parezco sana, ¿verdad?, pues por dentro estoy hueca y podrida y me vuelvo
negra, sucia y rezumo plumas viejas.
—Como quieras
—contestó el chico y se volvió para marcharse.
—He bebido de este
agua para ver si lo ahogaba y me parece que he bebido tanta que no podría
levantarme aunque quisiera, pero el ave ni se ha mojado, ¿sabes una cosa? He
descubierto que yo no soy yo, sino ella.
—¿Cuándo comiste
algo por última vez? —preguntó Nicholas volviéndose.
—No lo sé Hace dos
o tres días. Ignacio me dio algo.
—Voy a intentar
abrir un coco; si lo consigo, te lo traeré.
Al llegar a la
playa, Nicholas dio la vuelta y se encaminó lentamente en dirección de la
hoguera apagada esta vez, a lo largo de la arena mojada, entre el mar y las
pálmeras. Pensaba en las máquinas.
Pasado el cinturón
había centenares de miles, quizá millones de máquinas, pero muy pocos o ninguno
de los sofisticados criados robots terrícolas, ésos eran un lujo. ¿ Habría
tenido Ignacio esos lujos en Brasil o en otro lugar? Nicholas dedujo que no.
Esos robots eran casi como personas y vivir junto a ellos hubiera sido como
vivir con la gente. A Nicholas le hubiera gustado hablar brasileño
En St. John's tuvo
los robots—terapeutas; no le gustaban y pensó que a Ignacio, probablemente,
tampoco. Si le hubiera gustado su robot—terapeuta, no lo habrían enviado aquí.
Penso en la vieja máquina, desportillada y oxidada, que limpiaba los pasillos.
Maya la llamaba Corredora, pero los otros sólo "Eh". No hablaba y
Nicholas dudaba que sintiera ningún tipo de emoción, excepto quizás, una
especie de amor por la
Limpieza. Alguien
le decía dentro de su cabeza: "Comprenderás que todo motivo se puede
dividir en dos clases". ¿Un doctor? ¿Un robot—terapeuta? Qué más daba.
"Extrínseco e intrínseco. Un motivo extrínseco posee siempre algún fin a
la vista y ese fin lo llamamos un motivo intrínseco. Así, cuando hemos reducido
la motivación a motivación intrínseca, la reducimos a sus partes más simples.
Toma esa máquina que está ahí."
—¿Freud hubiera
dicho que estaba fijada en la última etapa anal, tal vez debido al cuidado que
ejercieron sus constructores para que no soltara la porquería que recogía. Como
ves, a causa de su fijación, obsesionada por la limpieza y el orden, el impulso
de barrer y limpiar palía su ansiedad. Es una fuerza y no una debilidad de la
teoría de Freud que sirva para explicar muchas de las actividades de las
maquinas así como los actos de las personas.
Hola, Corredora.
Mi cabeza al
moverse de parte a parte, debe recodarte un radar. Cuando camino con pasos
mesurados, rítmicos y precisos, emito un zumbido apenas perceptible y al
oscilar la cabeza fijo los ojos pero no en ti, Ignacio, sino donde las olas se
pierden de vista y se curvan hacia el cielo. Me detengo a diez n1etros de ti, y
aguardo.
Ve, te sigo a diez
metros. ¿Lo que quiero? Nada.
Sí, recogeré las
astillas y te seguiré... a cinco metros.
—Rómpelas y échalas
al fuego. Todas no, sólo unas cuantas.
—Ignacio siempre
mantiene encendido el fuego. A veces saca las brasas de una hoguera para
encender otras, pero aquí, bajo la gran palmera, siempre tiene fuego. Aquí no
llueve. Siempre hay fuego . ¿ Sabes cómo lo encendió la primera vez?
¡Contéstale!
—No.
—No, Patrao.
—Ignacio se lo robó
a los dioses, a Poseidón. Ahora Poseidón está muerto, vace en el fondo del mar,
que es lo mejor. ¿Te gustaría verlo?
—Si tú lo quieres,
Patrao.
—Pronto será de
noche y es la hora de pescar; ¿tienes un arpón?
—No, Patrao.
—En tal caso,
Ignacio te dará uno.
Ignacio tomó un
puñado de leña y rompiéndola en astillas las arrojó al fuego y sopló. Tras unos
momentos, Nicholas se inclinó y soplo a su vez hasta que las astillas ardieron.
—Ahora buscaremos
un bambú; ahí detrás hay. Sígueme.
La luz, todavía sin
sombras, se iba debilitando de modo que a Nicholas le parecía que caminaban
sobre un suelo hueco, aunque lo notaba bajo los pies. Ignacio iba delante con
aire majestuoso sosteniendo las teas encendidas hasta que el fuego pareció
extinguirse, entonces bajó los extremos dejando que las llamas lamieran su mano
y éstas revivieron. Un suave viento soplaba hacia el mar llevándose el rumor de
las olas y trayendo un frío húmedo y, cuando hubieron caminado varios minutos,
Nicholas percibió en el viento un débil, seco y casi rítmico castañeteo.
Ignacio se volvió a
mirarle y exclamó:
—Es música; los
grandes tallos hablan, ¿los oyes?
Encontraron una
caña apenas más delgada que el puño de Nicholas. Amontonaron en su base las
teas ardiendo y añadieron más. Al caer, Ignacio quemó también la parte superior
construyendo un palo tan largo como alto era Nicholas y con una concha raspó el
extremo hasta dejarlo puntiagudo.
—Ahora ya eres un
pescador —le dijo a Nicholas..
—Sí, Patrao
—respondió el muchacho cuidando de no encontrarse aún con sus ojos.
—¿Tienes hambre?
—Sí, Patrao.
—En tal caso te
diré algo: todo lo que tienes es de Ignacio, ¿comprendes?, y lo que pesques
también es suyo, pero cuando haya terminado de comer lo que quede es para ti.
Ahora vámonos, e Ignacio te enseñará a pescar o te ahogarás.
El arpón de Ignacio
estaba enterrado en la arena cerca de la hoguera; era mucho mayor que el que
había confeccionado para Nicholas. Con él cruzado en su pecho descendió hasta
el mar, vadeando hasta que el agua le llegó a la cintura y luego nadó sin mirar
si Nicholas lo seguía. Este descubrió que podía nadar con el arpón poniendo
todo su esfuerzo en el movimiento de las piernas, sosteniendo el arpón con la
mano izquierda y, eventualmente, braceando con la derecha.
—Respira y vigila
el arpón —dijo con voz queda, y luego sólo debía alzar la cabeza de vez en
cuando.
Creyó que Ignacio
empezaría a buscar pesca tan pronto se alejaran de la playa pero el brasileño
continuó nadando lenta pero firmemente hasta un kilómetro o más de la orilla.
De pronto, como si las luces de una habitación respondieran a un interruptor,
el oscuro mar se transmutó en un azul opalescente. Ignacio se detuvo pedaleando
en el mar y empleando el arpón para mantenerse a flote.
—Aquí —dijo—.
Péscalos entre tú y el arpón.
Con los ojos
abiertos introdujo la cabeza en el agua, la sacó, respiró hondo y se zambulló.
Nicholas siguió su ejemplo notando boca abajo con los ojos abiertos.
Todo el mundo de
resplandor danzarín y la negra isla se esfumaron como si hubiera sumergido el
rostro en un sueño. Muy lejos, debajo de él, Júpiter exhibía su disco listado,
desfigurado por la extensión de la Mancha Brillante, donde las enzima de
silicona fabricadas por el hombre habían despojado el hidrógeno del metano para
crear la fusión; un cáncer y un nuevo y ardiente sol. Entre ese sol y sus ojos
se abrían, invisibles, cien mil kilómetros de espacio y la capa acristalada del
satélite, centenares de metros de mar iluminado y en él, el cuerpo extendido de
Ignacio, moreno a la luz, pedaleando aún hacia abajo, y en la mano el arpón
como una negra pincelada.
Nicholas sacó
involuntariamente la cabeza, regresando al universo de resplandecientes olas,
consciente de que lo que llamaba "noche" era solamente la sombra que
arrojaba el Dr. Isla cuando Júpiter y la Mancha Brillante se deslizaban por
debajo de ella. Aquella línea oscura, inobservable en el aire se veía ahora con
toda claridad a través del agua detrás de él. Aspiró profundamente y se
sumergió.
Casi en el acto, un
pez surgió precipitadamente y con el brazo izquierdo arrojó el arpón pero no lo
alcanzó. Nadó tras él y más abajo vio otro mayor y se zambulló en su busca,
adelantándose a Ignacio que emergía para respirar. El pez estaba muy abajo y a
él le faltaba el oxígeno; los pulmones le dolían por la falta de aire y nadó
hacia arriba con el deseo de soltar el arpón, percatándose en el último momento
de que sólo podría emerger a la superficie si lo soltaba. Dividió el agua con
la cabeza y boqueó luchando por respirar; el corazón le latía con fuerza; el
agua le golpeaba el rostro y de repente reconoció, como si hubieran dejado de
existir mientras él no estaba, el violento batir de las olas.
Ignacio lo esperaba
y exclamó:
—Esta vez vendrás
con Ignacio, que te mostrará el dios del mar, muerto. Luego, pescaremos.
Incapaz de hablar,
Nicholas cabeceó. Aspiró tres veces más, Ignacio se zambulló y Nicholas tuvo
que seguirle, pedaleando hacia abajo hasta que la presión cantó en sus oídos.
Por entre el mar
azul asomaba al filo de la luz una enorme masa de metal anclada al casco
cristalino del satélite; por encima, colgando inerte como el tallo de una gran
parra cortada de raíz, un cable dos veces mayor que el cuerpo de un hombre y en
el fondo echado junto a la inmensa áncora, un agresivo dios que podría parecer
un insecto muerto si no fuera porque medía por lo menos seis metros. Ignacio se
volvió para ver si Nicholas comprendía: el muchacho, aún sin saber nada, hizo
un gesto afirmativo y con un impulso de los brazos emergió de nuevo.
Después de 4ue
Ignacio trajera el primer pescado, se turnaron en la superficie para vigilar la
presa y entretanto la Mancha Brillante se deslizaba por debajo del borde en
declive del Dr. Isla. Arponearon dos veces más y en una consiguieron un pez muy
grande. Luego, como Nicholas estaba tan agotado que apenas conseguía levantar
los brazos regresaron a la orilla, donde Ignacio enseñó al muchacho a destripar
los peces con una espina y el canto de una concha y a envolverlos con fango y
hojas para asarlos al fuego. Cuando Ignacio hubo empezado a comer el pez más
grande, Nicholas sacó tímidamente el más pequeño y comió por primera vez desde
que llegó a Dr. Isla. Sólo cuando hubo terminado se acordó de Diane.
No se atrevía a
llevarle a la muchacha el último pescado, pero mirando con disimulo a Ignacio
comenzó a separarse de la fogata. El brasileño no dio señales de percatarse.
Cuando Nicholas estuvo en la sombra, se detuvo, luego se alejó unos pasos y,
muy despacio, como le advertía su instinto, caminó sin correr hasta que se
halló a una distancia de unos cien metros.
Encontró a Diane
sentada apática y callada a la orilla de la charca. Con mucha dificultad
consiguió que se levantara, sujetándola con las manos por debajo de los brazos.
Una vez de pie, la muchacha lo siguió agarrada a su mano. Le habló, aunque
sabía que la joven no daba señales de oírle pero lo escuchaba y que las
palabras la reanimaban.
—Hemos ido a
pescar... Ignacio me ha enseñado y ha encendido una hoguera. Lo aprendió, no sé
cómo, de una especie de robot que fijaba uno de los cables que sostienen a Dr.
Isla. Óyeme, hemos cogido tres peces, yo me comí uno e Ignacio otro muy grande
y no creo que le importe si te doy el último; pero fíjate bien, no digas nada
más que "Sí, Patrao" y "No, Patrao"; le gusta mucho y sólo
está acostumbrado a las máquinas. No debes sonreírle, mira únicamente la
hoguera; eso es lo que yo hago: miro sólo el fuego.
Le pareció lo más
prudente no decirle nada a Ignacio. Condujo a Diane al lugar donde él se había
sentado unos momentos antes, y le puso en el regazo unos trozos de pescado. Al
ver que no comía, cogió un trocito de la carne más tierna y tostada y se lo metió
en la boca.
—Ignaclo creyó que
estaba muerta —dijo Ignacio.
—No, Patrao
—respondió Nicholas.
—Hay otro pescado;
dáselo.
Nicholas extrajo de
las brasas la masa de lodo, la abrió con el canto de la mano y sacándole la
piel y las espinas de los humeantes filetes se los dio a comer una vez
estuvieron solamente templados. Diane retuvo el pescado en la boca casi medio
minuto, luego, empezó a masticar y tragar y al tercer bocado ya comía sola,
aunque sin mirar a ninguno de los dos.
—Ignacio pensaba
que estaba muerta —repitió el brasileño.
—No, Patrao
—respondió Nicholas despacio—: Como ves, está viva
—Es una linda
criatura, con la luz del fuego en sus mejillas, ¿verdad?
—Sí, Patrao muy
linda.
—Pero demasiado
flaca. —Ignacio dio la vuelta a la hoguera y se sentó al lado de Diane, luego
alargó una mano para coger el pescado que Nicholas había dado a la joven.
Ésta cerró las
manos apresando el manjar pero sin mirar a Ignacio.
—Fíjate, después de
todo nos conocemos, no somos fantasmas—exclamó Ignacio.
—;Déjalo que lo
coja! —profirió en el acto el muchacho.
Muy despacito,
Diane fue separando los dedos, pero Ignacio no cogió el pescado.
—Sólo bromeaba,
pequeña, y aun así, no me parece una broma de buen gusto —dijo Ignacio.
Luego, al notar quc
ella no replicaba se alejó de su lado mirando a la oscuridad v arrojando agua a
algo que Nicholas no veía.
—Le gustas, Patrao
—dijo Nicholas. Aquellas palabras le sonaron como una inmundicia pero pensó en
el ave que desgarraba el pecho de Diane y en la sangre de Maya salpicando de
motitas rojas la bata blanca y añadió—: Sólo que es demasiado tímida. Es mejor así.
—Oye, ¿qué sabes
tú?
Ignacio ya no
miraba al mar y Nicholas respondió:
—¿No es cierto,
Patrao?
—Si, es cierto.
Diane cogió el
pescado llevándose a la boca con los delicados dedos diminutos trocitos, y con
voz clara pero casi sin darse cuenta dijo:
—Vete, Nicholas.
El muchacho miró a
Ignacio, pero los ojos del brasileño no se volvieron a la muchacha ni contestó.
—Nicholas, vete,
por favor.
Con voz tan baja
como para que Ignacio no le oyera, Nicholas le dijo:
—Te veré mañana,
¿de acuerdo?
La joven, apenas
bajó la cabeza en señal de asentimiento
Una vez lejos de la
hoguera, cualquier lugar de la playa le parecía bueno para dormir. Hubiera
querido llevarse un leño para encender otra hoguera y trató de cubrirse las
piernas con arena para preservarlas del helado viento, pero la arena se
desparramaba cada vez que se movía y las piernas, lo mismo que la mano
izquierda, se le agitaban sin que él se lo propusiera
La ola, lamiendo la
playa ondulada, dijo:
—Lo hiciste muy
bien, Nicholas
—Noto cómo te
mueves; antes no lo sentía, salvo cuando estaba drogado.
—Dudo que ahora
puedas; mi oscilación es menor que una centésima de grado.
—Puedo, sí; querías
que hiciera amistad con Ignacio, ¿verdad?
—Nicholas, ¿conoces
el efecto de Harlow?
El muchacho lo
negó.
—Hace unos cien
años, el Dr. Harlow experimentó con monos criados en la más completa soledad...
sin madre ni otros de su especie.
—¡Qué afortunados!
—Cuando los monos
fueron adultos los metió en jaulas con otros normales, por cualquier causa se
peleaban con los que se les acercaban y, si podían, los mataban.
—Los psicólogos
siempre ponen las cosas en jaulas; ¿no se les ha ocurrido que conseguirían
mejores resultados dejándolos libres ?
—No, Nicholas,
aunque nosotros... ¿ibas a decir algo?
—Creo que no.
—El Dr. Harlow
intentó que los monos aislados criaran —el sexo es la función social primaria—,
pero se negaban. Siempre que se les acercaba otro mono, del sexo que fuera,
mostraban agresividad, que a su vez les devolvían los otros. Finalmente los
curó, introduciendo en la jaula monos infantiles y sociables, monitos, en lugar
de monos adultos. Estos necesitaban tanto a los aislados que se les acercaban
aunque fueran rechazados siempre y con violencia, hasta que por último fueron
aceptados y los aislados se volvieron sociables. Es interesante observar que el
fundador del cristianismo tuvo una intuición de este principio... pero han
transcurrido casi dos mil años antes de que se demostrase científicamente.
—No creo que aquí
surtiera efecto. Fue mucho más complicado que todo esto.
—Nicholas, los
seres humanos son monos complicados.
—Es la primera vez
que te oigo contar un chiste. No te gusta ser humano, ,verdad?
—¡Claro! ¿Y a ti?
—Creía que sí, pero
ahora no estoy seguro. Lo dijiste para ayudarme ¿no? Pues no me gusta.
Una ola, mayor que
las otras, salpicó de helada espuma las piernas de Nicholas y por un momento el
muchacho se preguntó si no sería la respuesta del Dr. Isla. Pasado medio
minuto, otra ola lo mojó y luego otra, hasta que se apartó de la orilla para
evitarlas. El viento arreciaba pero se durmió y sólo le despertó un instante el
resplandor de una luz que procedía de donde había venido él. Trató de adivinar
la causa; pensó en Diane e Ignacio arrojando teas encendidas por el aire para
ver los arcos de luz, sonrió —demasiado soñoliento para sentir enojo— y volvió
a conciliar el sueño.
La mañana amaneció
fría y desapacible. Nicholas corría de parte a parte de la playa frotándose el
cuerpo con las manos. Una fina lluvia o espuma—era difícil adivinarlo—soplaba
en el viento cubriendo la luz de un resplandor gris. Se preguntó si a Diane e Ignacio
no les importaría que regresara y decidió aguardar. Luego pensó en pescar; de
ese modo les llevaría algo de comer, pero el mar estaba muy frío y las olas tan
altas que lo derribaron, arrebatándole de las manos su arpón de bambú. Ignacio
lo encontró chorreando agua sentado con la espalda apoyada en el tronco de una
palmera y contemplando las curvas que se alzaban del mar.
—Hola, tú —saludó
Ignacio.
—Buenos días,
Patrao.
Ignacio se sentó.
—¿Cómo te llamas?
Creo que me lo dijiste cuando nos vimos por vez primera, pero lo he olvidado.
Lo siento.
—Nicholas.
—Ah, sí.
—Patrao, tengo
mucho frío, ¿podríamos ir a tu hoguera?
—Me llamo Ignacio;
llámame así.
Nicholas asintió,
asustado.
—No podemos ir a la
hoguera porque el fuego se ha apagado.
—¿No podríamos
encender otra, Patrao?
—No me crees,
¿verdad? No te culpo. No, no puedo... si lo deseas, cuando yo me haya ido
puedes usar la que tenía y encender otra. He venido sólo para decirte adiós.
—¿Te vas?
En la frondosa
palmera el viento gritó:
—Ignacio está ahora
mucho mejor. Se irá a otro lugar.
—¿A un hospital?
—Sí, a un hospital,
pero no creo que permanezca allí mucho tiempo.
—Pero...
Nicholas trató
entonces de pensar en algo determinado. En St. John's y otros lugares en donde
estuvo confinado, cuando alguien se iba, apenas se hablaba ya de él; en cuanto
se sabía con certeza que abandonaba el establecimiento era como si estuviera
contaminado, lo que helaba las sonrisas y secaba las lágrimas de los excluidos.
Por último comentó:
—Gracias por
enseñarme a pescar.
—Lo pasamos muy
bien —contestó Ignacio.
Se levantó, posó
una mano sobre el hombro de — Nicholas y se alejó. A unos cuantos metros a su
izquierda, la arena mojada comenzó a elevarse Y agrietarse. Mientras Nicholas
observaba, se abrió del todo mostrando una escotilla de paredes blancas
brillantemente iluminada. Ignacio se apartó de los ojos el negro y rizado
cabello, descendió por ella y la arena se cerró con un golpe seco.
—No volverá,
¿verdad? —exclamó Nicholas.
—No
—Dijo que podía
usar sus cosas para encender otra hoguera, pero ni siquiera sé lo que son.
El Dr. Isla no
contestó. Nicholas se alzó y empezó a caminar hacia el lugar donde estaba la
hoguera pensando en Diane y preguntándose si tendría hambre; él también estaba
hambriento.
La encontró junto
al fuego apagado. Tenía el pecho quemado y a su lado, cerca del agujero en la
arena donde Ignacio debió esconderlo, se hallaba un voluminoso soldador
nuclear. El grupo electrógeno era demasiado pesado para que Nicholas lo
levantase, pero agarró el soplete por el cable más corto y acarició el
disparador, produciendo una descarga de plasma de dos metros con la que jugó a
lo largo de la arena hasta que el cuerpo de Diane se redujo a cenizas. Cuando
acabó, el viento azotaba las palmeras y enviaba una lluvia que le escocía los
ojos pero el muchacho recogió un montón de leña y encendió otra hoguera, mayor,
tanto, que rugía como una fragua en el viento
—¡La mató! —gritó a
las olas.
—Sí —la voz del Dr.
Isla se oyó fuerte y violenta.
—Dijiste que estaba
mejor.
—LO ESTÁ —aulló el
viento—. TU MATASTE AL MONO QUE QUERIA JUGAR CONTIGO. A LA LARGA, IGNACIO TE
HUBIERA MATADO, PUES TE HACES ODIAR CON FACILIDAD AL SER TAN DIFERENTE DE LO
QUE SE SUPONE QUE DEBE SER UN MUCHACHO. PERO MATAR AL MONO
TE AYUDÓ,
¿RECUERDAS? TE HIZO MEJOR. A IGNACIO LE ASUSTABAN LAS MUJERES. AHORA SABE QUE
EN REALIDAD SON MUY DÉBILES Y OBRAS DE ACUERDO CON CIERTAS FANTASIAS OUE
ENCUENTRAS CRUELES.
—Te estás meciendo,
¿Yo también? —preguntó Nicholas.
—TU PENSAMIENTO
Una palmera se
quebró con la tormenta pero en lugar de caer, voló para aplastarse entre las
otras; su frondosa copa; atrapaba el viento como una vela
—Te estoy matando
—profirió Nicholas— destruyéndote. —El lado izquierdo de su cara estaba tan
deformado por el dolor y la furia que apenas podía hablar.
— El Dr. Isla se
alzó de debajo de sus pies.
—Uno de tus cables
ya está roto, lo vi, y quizá más de uno. Os soltaréis. Los cohetes están de
acuerdo con mi postura) giran a nuestro alrededor v el deslizamiento lo produce
el viento y el alta mar, y cuando os soltéis, jamás volveréis a vuestro equilibrio
anterior, nunca más.
—¡NO!
—¿Cuál es la
tensión de tus cables? ¿No lo sabes?
—SON MUY FUERTES.
—¡Vaya respuesta!
con ello no concretas nada. Deberías anunciarlo más o menos de este modo:
"La tensión del cable doce tiene una fuerza de veinte billones de kilos.
¡ATENCIÓN! ¡ATENCIÓN! Faltan noventa y siete minutos para que se produzca la
hecatombe. ¡ATENCIÓN! ¿Ni siquiera sabes cómo habla una máquina?
Nicholas chillaba y
cada ola llegaba a la playa más lejos que la última; de ese modo, la parte baja
de las palmeras que estaban junto al mar ya se hallaba inundada.
—VUÉLVETE,
NICHOLAS. BUSCA LAS TIERRAS MÁS ALTAS. ENTRA EN LA SELVA —decían las olas al
romper.
—No quiero.
Una gran serpiente
de agua llegó hasta el fuego, que silbó y chisporroteó.
—¡VUÉLVETE!
—¡No quiero!
Una segunda ola
alcanzó la pantorrilla de Nicholas y casi apaga la hoguera.
—TODO ESTO PRONTO
ESTARÁ BAJO EL AGUA, ¡VUÉLVETE!
Nicholas recogió
algunas teas que aún ardían y trató de llevárselas pero el viento las apagó con
su soplo apenas las hubo levantado de la hoguera. Quiso llevarse el soldador a
rastras pero no
pudo.
—¡VUÉLVETE!
Penetró en la
jungla donde los árboles se azotaban hasta deshojarse en el viento y las ramas
desgajadas volaban por el aire como los escombros después de una explosión.
Durante un rato oyó la voz de Diane que gritaba en el viento; luego, la de
Maya, después la de su madre o la de la hermana Carmela y otras cien más Se
sentía cansado y a la vez que el viento amainaba ya no percibía el temblor de
la tierra.
—Al fin y al cabo
yo no te maté, ¿verdad?—profirió, pero no le respondieron.
De vuelta a la
plava halló el soldador medio enterrado en la arena. No había trazas de las
cenizas de Diane ni de la hoguera Reunió unos pedazos de leña y con el soldador
encendió otra.
—Ahora —escarbó en
la arena que rodeaba el soldador hasta alcanzar la áspera roca de debajo v giró
hacia ella la llama del soplete; aquélla se ennegrecía y burbujeaba.
—¡No! —gritó el Dr.
Isla.
—¡Sí! —se inclinó
observando atentamente la llama; ambas manos cerradas sobre el disparador.
—Nicholas, deja eso
—y como el chico no respondiera añadió—: Mira detrás de ti.
Se oyó un chapoteo
más fuerte que el de las olas al romper y un chirrido metálico. Se giró y vio
al gran robot que Ignacio le había mostrado en el fondo del mar como un gran
escarabajo. Diminutas conchas se adherían a la piel de metal y el agua,
ligeramente verde, todavía chorreaba de su cuerpo. Antes de volver el soplete
hacia él, el robot abalanzó las manos como dos grapas y se lo arrancó de un
tirón. Por toda la playa unas máquinas parecidas alisaban la arena y reparaban
los destrozos de la tormenta.
—Esa cosa está
muerta. Ignacio la mató —profirió Nicholas.
El robot levantó el
grupo electrógeno, lo sacudió para despojarlo de la arena y dando la vuelta se
dirigió al mar con paso majestuoso.
—Eso es lo que
Ignacio creyó, y es mejor que así fuera.
—Y tu decías que no
podías hacer nada, que no tenías manos.
—También te dije
que te trataría como la sociedad, una vez te suelten; que ésa era mi
naturaleza. Después de lo ocurrido, ¿aún crees todo lo que te dije? Nicholas,
estás trastornado porque Diane ha muerto
—¡Debiste
protegerla!
—Pero al morir hizo
algo más... algo muy importante... su prognosis era pésima; ella sólo deseaba
morir y ésta fue la muerte que elegí para ella. Puedes llamarla la muerte del
Dr. Isla, una muerte que salvará otra vida. Ahora estás solo pero pronto, en este
sector habrá más pacientes y tú también les ayudarás... si puedes; y quizás
ellos también te ayuden, ¿comprendes?
—¡No! —gritó
Nicholas. Se arrojó sobre la arena. El viento había calmado pero la lluvia
arreciaba. Pensó en la visión que tuvo una vez y que refirió a Diane la noche
antes—. Esto no termina como yo creía —musitó, y como un lejano quejido que
surgía del fondo de su garganta—: ¡Jamas nada acaba bien!
Las olas, el
viento, el susurro de las frondosas palmeras y el tamborileo de la lluvia, los
monos que habían descendido a la playa en busca de alimento que arrojaba el mar
a la orilla contestaron:
—Aléjate, vuelve
atrás, no te muevas.
Nicholas apretó la
cicatrizada cabeza contra las rodillas meciéndose de una parte a otra.
—No te muevas.
Durante largo rato
siguió todavía sentado con la lluvia golpeándole la espalda y los chorreantes
monos retozando y peleándose a su alrededor. Cuando al fin alzó la cara, se
reflejaba en ella un elemento de personalidad que antes sólo había estado en
potencia y con ello un vacío y una expresión de sorpresa. Movió los labios y
los sonidos que emitía eran los de un sordomudo que intenta hablar.
—Nicholas se ha ido
—proclamaban las olas—. Nicholas el que fue el lado derecho de tu cuerpo, la
parte izquierda de tu cerebro lo he forzado a la catatonía; el resto de tu vida
él será para ti sólo lo que ya fuiste para él, o menos, ¿comprendes?
El muchacho
asintió.
—Te llamaremos
Kenneth, el silencioso, y si Nicholas intenta volver debes desecharlo... o
regresar a lo que habías sido.
El muchacho asintió
por segunda vez y un momento después comenzó a recoger leña para la hoguera que
se extinguía. Las olas cantaban como para sí:
Esta noche el mar
está violento...
sobre la isla Sado
se extienden
calladas nubes d e
estrellas.
No hubo respuesta.
FIN

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