© Libro N° 14013. Volpla. Wyman
Guin. Emancipación. Julio 5 de 2025
Título Original: © Volpla. Wyman Guin
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Miranda
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Wyman Guin
Volpla
Wyman Guin
Volpla
Wyman Guin
Título Original: Volpla
1952
Vivían tres de
ellos. Docenas de débiles y pequeños mutantes que habrían vuelto histérico a un
zoologo convencional yacían allí, en el acelerador metabólico. Sin embargo,
vivían tres de ellos. Mi corazón dio un vuelco.
Escuché el rumor de
los pies de mi hija en las salas de los animales y los golpes de sus patines.
Cerré el acelerador y me dirigí hacia la puerta del laboratorio. La niña giró
el tirador violentamente, intentando encontrar una combinación que la abriese.
Abrí la cerradura
de la puerta, la sostuve contra su empuje y me deslicé fuera, de suerte que,
pese a su curiosidad, no pudiese ver nada. Bajé la vista hacia ella con
indulgencia.
—¿No puedes ajustar
tus patines? —pregunté de nuevo.
—Papi, lo he
intentado una y otra vez y no puedo ajustar esta vieja llave lo suficiente.
Continué
observándola.
—¡Papi, no puedo!
—Ajústala lo
suficiente.
—¿Qué?
—No puedes ajustar
la vieja llave lo suficiente.
—Eso es lo que he
dicho.
—Muy bien, pequeña.
Siéntate en esa silla.
—Me incliné y
empujé un zapato dentro de un patín. Encajó perfectamente. Anudé las correas al
tobillo e intenté utilizar la llave para apretar la grapa.
Al fin tenía
volplas. Tres de ellos. Estuve siempre tan seguro que podría crearlos, que
durante diez años los había estado llamando volplas. No, doce. Eché una ojeada
hacia la sala de animales, donde el viejo Nijinsky asomaba su grisácea cabeza
por una jaula. Les llamaba volplas desde el día en que los prolongados brazos
del viejo Nijinsky y los pliegues laterales de la piel de su primo me habían
sugerido la idea de un mutante volador.
Cuando Nijinsky
advirtió que lo miraba, inició una pequeña tarantela alrededor de su jaula.
Sonreí con nostalgia cuando los quintos dedos de sus manos, cuatro veces tan
largos como los otros, se desenroscaron mientras daba vueltas.
Me volví para
encajar el otro patín de mi hija.
—¿Papi?
—¿Sí?
—Mamá dice que eres
un excéntrico. ¿Es verdad?
—Le hablaré acerca
de ello.
—¿No lo sabes?
—¿Entiendes lo que
quiere decir esa palabra?
—No.
La alcé de la silla
y la puse de pie sobre sus patines.
—Dile a tu madre
que éste es mi desquite: yo digo que ella es guapa.
La niña patinó
torpemente entre las hileras de jaulas desde las cuales los mutantes con piel
parda y piel azul —demasiada y demasiado poca piel, brazos enormemente largos y
ridículamente cortos—, la miraron con rostros simiescos, caninos o roedores. En
la puerta que daba al exterior, giró peligrosamente y me saludó.
Otra vez en el
laboratorio, ingresé en el acelerador metabólico y retiré las agujas
intravenosas de mis primeros volplas. Llevé sus débiles y pequeños cuerpos
fuera hasta un colchón de laboratorio, dos hembras y un macho. El acelerador
les había empujado casi hasta la edad adulta en menos de un mes. Transcurrirían
varias horas antes que empezaran a moverse, a aprender a alimentarse y a jugar,
quizá a volar.
Estaba claro que no
existía ninguna lucha de mutaciones dominantes. Los alelos modulantes habían
convertido algo monstruoso en un hermoso ejemplar. Los volplas no eran
monstruos agostados por el control de las radiaciones. Eran preciosas y
perfectas criaturas.
Mi esposa intentó
también abrir la puerta, pero de forma más sutil, como si casualmente tocase el
tirador mientras llamaba.
—La comida,
querido.
—No te muevas de
allí.
También ella
atisbó, como lo hacía desde unos quince años, pero obstruí su campo de visión
al deslizarme fuera.
—Vamos, viejo
ermitaño. Tengo un ambigú en la terraza.
—Nuestra hija dice
que soy un excéntrico. Lo que me asombra es cómo diablos lo descubrió.
—Sin duda gracias a
mí.
—Pero me quieres
exactamente lo mismo.
—Te adoro. —Se puso
de puntillas, apoyó sus brazos sobre mis hombros y me besó.
Mi esposa tenía un
ambigú de aspecto realmente delicioso dispuesto en la terraza. La criada se
disponía a colocar en el suelo un calentador lleno de hamburguesas. Le di un
pellizco diciendo:
—Hola, nena.
Mi esposa me miró
con desconcertada sonrisa.
—¿Se puede saber
qué te pasa?
La criada se
refugió dentro de la casa.
Puse una
hamburguesa y una rodaja de cebolla sobre un plato, tomé la salsa y afirmé:
—He llegado a la
edad peligrosa.
—¡Oh, válgame Dios!
Unté de salsa la
hamburguesa, eché la cebolla encima y la cerré. Abrí una botella de cerveza y
bebí un largo trago. Suspiré, mientras miraba a través de las onduladas colinas
y los robledales de nuestro rancho hacia el Pacífico. Pensé: «Todo esto y además
tres volplas».
Me limpié la boca
con el dorso de la mano y exclamé:
—Sí, señor, la edad
peligrosa. Y voy a divertirme, señora.
Mi esposa suspiró
pacientemente.
Me encaminé hacia
ella, puse el brazo que sostenía la botella de cerveza alrededor de su hombro y
levanté su barbilla con la otra mano. El dorado sol danzó sobre sus ojos
azules. Observé una luz conocida en ellos y dije:
—Pero tú eres la
única que me pone peligroso.
La besé hasta que
oí los patines atravesando la terraza y, por el lado contrario, un galope de
caballo hacia la terraza.
—Tus labios son
deliciosos —murmuré.
—Gracias. También
tu eres un perfecto hombre de tu casa.
Nuestro hijo
encabritó el nuevo caballo que le acababa de regalar al cumplir los catorce
años y gritó:
—¡Suelta a esa
doncella, malvado, o te llenaré de plomo!
Me reí, tomé mi
plato y me senté en la silla. Mi esposa me trajo un poco de ensalada y empezé a
comer dos carrillos mientras miraba al chico desensillar el caballo y enviarlo
con una palmada hacia el prado.
Pensé: «¡Cielos, le
daría un ataque si supiese lo que tengo allí, en el laboratorio! ¡Y a todos
ellos!»
El muchacho llevó
la silla hasta la terraza y la dejó caer.
—Mamá, me gustaría
nadar antes de comer —y comenzó a desnudarse.
—Me parece que te
conviene, un poco de agua salada te sentará bien —convino ella, sentándose
junto a mí con su plato.
La niña se quitó de
un tirón sus patines.
—También yo quiero
nadar.
—Muy bien. Pero
entra en la casa y ponte el traje de baño.
—¡Oh, mamá! ¿Por
qué?
—Porque yo lo digo,
querida.
El chico había
cruzado ya la terraza y se arrojó dentro de la piscina. El refrescante ruido de
la zambullida hizo que la niña echara a correr en busca de su traje de baño.
Miré a mi esposa.
—¿Ocurre algo en
particular?
—Pronto será una
mujer.
—¿Es esa una razón
para llevar ropa? Míralo a él. Ya es un hombre.
—Bien, si esa es tu
opinión, los dos tendrán que empezar a ir vestidos.
Engullí los restos
de mi hamburguesa y los hice bajar con la cerveza.
—Este lugar se va
al infierno —me lamenté—. Al viejo no se le permite pellizcar a la criada y los
niños no pueden andar desnudos.
Me incliné hacia
ella y deposité un sonoro beso en su mejilla.
—Pese a todo, la
comida y la vieja son todavía lo mejor.
—Dime, ¿qué te
pasa? Has estado sonriendo como un mico satisfecho desde que saliste del
laboratorio.
—Te lo expliqué...
—¡Oh, otra vez no!
Tú fuiste peligroso a cualquier edad.
Me levanté, eché mi
plato a un lado y me incliné sobre ella.
—Exactamente. Y voy
a tener una nueva clase de diversión.
Extendió la mano
para asir mi oreja. Contrajo sus ojos e hizo una mueca de horror fingido.
—Es una broma —le
aseguré—. Voy a gastarle una tremenda broma al mundo entero. Antes tenía la
sensación de haberme equivocado, pero siempre he...
Retorció mi oreja y
contrajo aún más sus ojos.
—¿Cómo?
—Bueno, cuando mi
padre comenzaba a extraer su fortuna de algunos pozos de petróleo de Oklahoma,
estuvimos allí. En las afueras encontré una vez un lecho de piedras planas que
escondía una camada de serpientes negruzcas. Llené un cubo con ellas, lo llevé
a la ciudad y lo vertí en la acera frente a un cine justamente cuando salían
los asistentes a la función de la tarde de Theda Bara. Lo grande fue que nadie
me había visto. No podían comprender cómo tantas serpientes llegaron allí.
Aprendí que lo mejor es permanecer tranquilamente a la expectativa y observar
cómo reacciona la gente ante la sorpresa que se le ha preparado.
Ella soltó mi
oreja.
—¿Es esa tu
diversión?
—Sí.
Meneó la cabeza.
—¿Dije que eras
excéntrico?
Sonreí
burlonamente.
—Perdóname si como
y me marcho, querida. Algo en el laboratorio no puede esperar.
El hecho es que
guardaba en el laboratorio más de lo que había pretendido. Había buscado
únicamente un mamífero planeador algo más eficiente que el Planeador
Polvoriento de Australia, un marsupial. Pese a la importancia de las
mutaciones, en los últimos años mis animales tenían decidida apariencia
simiesca, una considerable evolución desde las ratas de vertedero con las que
empecé. Sin embargo, mis primeros volplas eran asombrosamente humanoides.
También habían sido
infinitamente más rápidos que sus predecesores en organizar su actividad
nerviosa, después de su tranquila explosión de crecimiento en el acelerador
metabólico. Cuando regresé al laboratorio, ya estaban dando vueltas sobre el
colchón y el macho intentaba ponerse en pie. Era, con escasa diferencia, el más
grande y tenía sesenta y cinco centímetros de alto.
Exceptuando el
rostro, el pecho y el vientre, estaban cubiertos por un vello suave y casi
dorado. Donde no existía ese dorado pelaje, la piel era rosada. Sobre sus
cabezas, y a lo largo de los hombros del macho, se hallaba un mechón de piel
tan suave como la chinchilla. Los rostros eran manifiestamente humanoides,
aunque los ojos eran grandes y nocturnales. La proporción entre el cráneo y el
cuerpo era similar a la humana.
Cuando el macho
extendía los brazos, abarcaba el espacio de un metro. Extendí sus brazos e
intenté provocar que se abriesen los mástiles. No eran nuevos. Durante años los
mástiles habían sido comunes a la colonia básica y eran el resultado de
mutaciones sucesivas, produciendo aquellos prolongados quintos dedos que
aparecieron primero en Nijinsky. Ya no unido como un dedo, el mástil giraba
vivamente hacia atrás y corría a lo largo de la muñeca casi hasta el codo. Los
poderosos músculos de la muñeca podían lanzarlo hacia afuera y hacia adelante,
lo que ocurrió súbitamente cuando excitaba al volpla macho.
Los mástiles
aumentaban su envergadura en veinticuatro centímetros. Mientras giraban hacia
fuera y hacia delante, su piel lateral —hasta entonces recogida en holgados
pliegues— se estiraba en una dorada superficie, que se extendía desde la punta
del mástil hasta su cintura y continuaba con un ancho de nueve centímetros sus
extremidades, en donde se aseguraba al dedo meñique del pie.
Aquella era, con
mucho, la más impresionante superficie obtenida hasta entonces. Se trataba de
una verdadera superficie planeadora, quizá incluso voladora. Sentí correr un
estremecimiento a lo largo de mi espalda.
A eso de las cuatro
de la tarde, comencé a suministrarles alimento sólido y, con los mástiles
cerrados, formaban pequeños recipientes y bebían en ellos de un modo muy
parecido al humano. Eran activos, curiosos, juguetones y decididamente
encantadores.
Sus cualidades
humanoides parecían en aumento. Existía una curvatura lumbar y nalgas. La zona
del hombro y músculos pectorales eran fuertes y fuera de proporción, por
supuesto, mientras que las hembras sólo tenían un par de pechos. La barbilla y
la mandíbula eran iguales a las humanas, en vez de simiescas, y el aparato
dental resultaba apropiado a su estructura. Lo que eso presagiaba me produjo
una conmoción.
Estaba arrodillado
sobre el colchón, sopapeando al macho como si fuera un perrito, cuando una de
las hembras trepó juguetonamente sobre mi espalda. Extendí la mano, la puse
sobre mi hombro y la senté. La acaricié diciendo:
—Hola, bonita.
Hola.
El macho me observó
y, sonriendo burlonamente, dijo:
—Hola, hola.
Mientras ingresaba
en la cocina, aturdido por el acontecimiento, mi esposa dijo:
—Guy y Em vuelan
hacia aquí para cenar. Ese cohete de Guy que lanzaron en el desierto ayer
resultó un éxito. Arrastró a Guy hasta la Cloud Nine y quiere celebrarlo.
Bailé una jiga como
sólo el viejo Nijinsky hubiese podido hacerlo... ¡Oh, grande! ¡Oh, maravilloso!
¡Estupendo, Guy! Todo el mundo alcanza el éxito. ¡Éxito sobre éxito!
Bailé junto a la
mesa de la cocina hasta que la criada salió precipitada en busca de otro lugar
donde refugiarse.
Mi esposa me miró
con asombro.
—¿Has estado
bebiendo alcohol del laboratorio?
—He estado bebiendo
el néctar de los dioses. Hera mía, estás casada con el mismísimo Zeus. He
concebido a unos pequeños griegos descendientes de Ícaro.
Ella simuló un
desesperanzado hundimiento de sus bonitos hombros.
—¿No te sosegarías
con un terrenal martini?
—Me sosegaré, sí.
Pero primero un beso divino.
Sorbí mi martini y
me repantigué en una silla de la terraza observando el áureo declinar de la
tarde a través de las hermosas colinas de nuestro rancho. Soñé. Idearía una
eufórica serie de palabras equiparables al vocabulario inglés básico y vivirían
en pequeñas casas de árboles.
Les enseñaría
leyendas: que habían venido de las estrellas, que observaron a los primeros
hombres rojos y luego a los primeros hombres blancos penetrar en esas colinas.
Cuando pudieran
valerse por sí mismos, los dejaría en libertad. Existirían colonias volplas a
un lado y a otro de la costa antes que nadie pudiese sospechar nada. Un día,
alguien vería un volpla. Los periódicos se reirían.
Más tarde una
persona autorizada encontraría una colonia y la observaría, hasta concluir:
«Estoy convencido que tienen un lenguaje y hablan inteligentemente».
El Gobierno lo
desmentiría. Los periodistas «fieles a la verdad» preguntarían: «¿De dónde han
venido esos extraños seres?». El Gobierno admitiría los hechos de mala gana.
Los lingüistas estudiarían cuidadosamente y aprenderían el sencillo lenguaje
volpla. Después llegarían las leyendas.
La sabiduría volpla
llegaría a ser un culto, y de todas las formas de comedia, en mi opinión, los
cultos son la más divertida.
—Querido, ¿estás
escuchándome? —preguntó mi esposa con inquieta paciencia.
—¿Qué? Sin duda
alguna. Desde luego.
—No oíste una
palabra. Te limitas a sentarte ahí y a sonreír burlonamente al vacío.
Se levantó y me
sirvió otro martini.
—Toma, quizá esto
te tranquilice.
—Esos son
probablemente Guy y Em.
Un helicóptero
apareció sobre la loma, para luego enfilar los robledales hacia nosotros. Guy
lo posó suavemente sobre el espacio reservado para el aterrizaje y descendimos
para salir a su encuentro.
Ayudé a salir a Em
y la abracé. Guy saltó fuera, preguntando:
—¿Está funcionando
tu televisor?
—No —contesté—.
¿Debería estarlo?
—Es casi la hora de
la emisión. Temía que nos la perderíamos.
—¿Qué emisión?
—La del cohete.
—¿Cohete?
—Por favor, querido
—se lamentó mi esposa—. Te expliqué lo del cohete de Guy. Los periódicos no
hablan de otra cosa.
Mientras subíamos a
la terraza, se volvió hacia Guy y Em.
—Hoy está
completamente ido. Cree que es Zeus.
Pedí a nuestro hijo
que empujase el carrito del televisor a la terraza, mientras yo preparaba
martinis para nuestros amigos. Luego nos sentamos, nos bebimos los combinados,
los niños tomaron zumo de frutas y miramos el programa que Guy había
sintonizado.
Un guasón del
Tecnológico de California estaba explicando diagramas de un cohete multifase.
Tras una pausa me
levanté y dije:
—Tengo algo en el
laboratorio que necesito revisar.
—¡Eh! Espera un
minuto —objetó Guy—. Va a salir el lanzamiento en seguida.
Mi esposa me
dirigió una mirada; conozco la clase. Me senté. Luego me levanté, me serví otro
martini y renové también el de Em. Volví a sentarme.
La pantalla
mostraba ahora una plataforma de lanzamiento en el desierto. El propio Guy
explicaba que, al oprimir el botón enfrente de él, la compuerta de la tercera
sección del gran cohete se cerraría y, cinco minutos más tarde, la nave se
lanzaría al espacio.
Apretó el botón, y
oí a Guy, junto a mí, exhalar un pequeño suspiro. Observamos cómo se cerraba
lentamente la compuerta.
—Tienes un
magnífico aspecto —dije—. Un atildado miembro de las fuerzas de asalto al
espacio. ¿A qué estás disparando?
—Querido, ¿te
estarás... quieto, por favor?
En la pantalla, el
enorme rostro de Guy estaba explicando, con absoluta seriedad, otros detalles
del proyecto y de súbito comprendí que se trataba de un cohete dotado de
instrumentos que pensaban enviar a la Luna. Emitiría desde allí. Bueno, no
estaba nada mal. Comencé a sentirme un poco avergonzado por el modo en que me
había estado portando, tendí la mano y le di una palmada al viejo Guy sobre el
hombro. Durante un segundo, pensé en hablarle de mis volplas. Fue únicamente un
segundo.
Una bola de fuego
apareció en la base del cohete. Milagrosamente, la pesada torre se elevó, por
un instante pareció reposar sobre una llameante columna, luego desapareció.
La emisión volvió a
un estudio, donde un locutor explicó que la película que acababan de mostrar
había sido tomada dos días antes. Por el momento, se sabía que la tercera
sección del cohete había alunizado felizmente en la orilla sur del Mare
Serenitatis. Indicó la localización sobre un gran mapa lunar detrás de él.
—Desde esta
posición, el telémetro denominado Cohete Charlie estará emitiendo datos
científicos durante varios meses. Ahora, damas y caballeros, conectaremos.
Atentos al Cohete Charlie.
Un cronómetro
apareció en la pantalla y, durante varios segundos, reinó el silencio.
Escuché murmurar a
mi hijo:
—¡Tío Guy, eso es
formidable!
Mi esposa dijo:
—Em, creo que voy a
desmayarme.
De repente surgió
un paisaje lunar en la pantalla, con la misma apariencia que siempre han sido
descritos. Una voz mecánica intervino.
—Aquí el Cohete
Charlie diciendo «Hola, Tierra» desde mi posición en el Mare Serenitatis. En
primer lugar observaré las montañas Menelaus durante quince segundos. Luego
enfocaré mi cámara sobre la Tierra durante cinco segundos.
La cámara comenzó a
moverse y aparecieron las montañas, muertas y terriblemente salvajes. Hacia el
final del movimiento, la sombra vertical de la tercera sección brotó en primer
término.
Bruscamente la
cámara describió una vertiginosa panorámica, enfocó un momento, y allí estaba
la Tierra. Ahora no existía ninguna Luna sobre California. Eran África y Europa
lo que estábamos contemplando.
—Aquí el Cohete
Charlie diciendo «Adiós, Tierra».
Al terminar la
emisión, se desencadenó un pandemonium en nuestra terraza. El viejo Guy, en el
colmo de la felicidad, se secaba las lágrimas. Las mujeres le besaban y le
abrazaban. Todo el mundo hablaba a la vez.
Utilicé el
acelerador metabólico para reducir la gestación de los volplas a una semana.
Luego conseguí que los cachorros llegaran a la madurez en un mes. Tuve suerte.
Por absoluta casualidad, la mayoría de los primeros cachorros fueron hembras,
lo que aceleró las cosas en forma considerable.
La primavera
siguiente disponía ya de una colonia de más de cien volplas y detuve el
acelerador. De ahora en adelante podrían tener niños a su propia manera.
Había creado un
lenguaje para ellos, utilizando el inglés básico como modelo y, durante los
meses en que cada hembra estuvo ocupada en el acelerador metabólico, se lo
enseñé a los machos. Lo hablaban lentamente, en voz alta, pero las ochocientas
palabras que lo componían no parecían abrumar ni un ápice sus pequeños
cerebros.
Mi esposa y los
niños se fueron a Santa Bárbara para pasar una semana y aproveché la
oportunidad para soltar al más viejo de los machos y a sus dos hembras fuera
del laboratorio.
Los instalé en el
jeep junto a mí y los conduje hasta un pequeño valle alejado casi una milla
detrás del rancho.
Los tres
contemplaban asombrados el paisaje y parloteaban continuamente. Estuve ocupado
relacionando sus palabras para «árbol», «roca», «cielo», con los objetos.
Tuvieron una pequeña dificultad con «cielo».
Hasta que no los
saqué al aire, no pude apreciar lo encantadores que eran. Armonizaban
perfectamente con el paisaje de California. Ocasionalmente, cuando levantaban
los brazos, los mástiles se abrían y extendían sus estupendos planeadores.
Casi dos horas
pasaron antes que el macho consiguiera elevarse en el aire. Su juguetona
curiosidad acerca del mundo había sido olvidada momentáneamente y perseguía a
una de las muchachas. Como suele ocurrir, ella estaba ansiosa por ser atrapada
y se detuvo bruscamente al pie de una pequeña loma.
Probablemente pensó
en lanzarse hacia ella. Pero cuando extendió sus brazos, los mástiles se
soltaron hacia fuera y sus dorados planeadores se agitaron en el aire. Se
deslizó sobre la hembra en un vuelo sorprendente. Luego se elevó más y más
hasta balancearse en la brisa durante un largo rato, a diez metros sobre el
suelo.
Volvió un rostro
implorante hacia mí, profundamente preocupado, y se deslizó directamente hacia
un arbusto. Se inclinó instintivamente, giró hacia nosotros con un áureo fulgor
y se estrelló con brusquedad sobre la hierba.
Las dos hembras le
alcanzaron antes que yo lo hiciese y le acariciaron y se agitaron sobre él de
suerte que no pude acercarme. De repente profirió una aguda y pequeña
carcajada. Desde entonces todo fue muy divertido.
Aprendieron rápida
y brillantemente. No eran voladores, pero sabían planear y remontarse. No
tardaron en trepar ágilmente a los árboles para lanzarse en bellos planeos
durante centenares de metros, inclinándose, girando y moviéndose en espiral
hasta una loma suave.
Me desternillé por
anticipado pensando en lo que sucedería cuando la primera pareja de volplas
fuese llevada ante un comisario de policía o cuando los periodistas del
Chronicle se lanzaran a las colinas para atestiguar su existencia.
Como es lógico, los
volplas no deseaban volver al laboratorio. Existía un pequeño manantial en el
lugar que, en punto determinado, formaba un estanque. Chapotearon con sus
largos brazos dentro de él y se restregaron mutuamente. Luego salieron, se
tumbaron de espalda con los planeadores extendidos para que se secaran.
Los observé
afectuosamente y pensé en la conveniencia de dejarlos allí. Alguna vez tendrían
que valerse por sí mismos. Nada de lo que pudiese explicarles acerca de la
supervivencia les ayudaría tanto como una pequeña experiencia personal. Llamé
al macho para que se acercara.
Vino y se agachó,
atentamente, con los codos apoyados sobre el suelo, las muñecas cruzadas ante
su pecho. Fue el primero en hablar.
—Antes que llegase
el hombre rojo, ¿vivíamos aquí?
—Vivíais en lugares
como éste a todo lo largo de estas montañas. Ahora quedan muy pocos de
vosotros. Como habéis permanecido mucho tiempo en mi finca, es natural que
hayáis olvidado la vida al aire libre.
—Podemos aprender
otra vez. Deseamos permanecer aquí. —Su pequeño rostro era tan solemne y
pensativo que alargué la mano para acariciarle la cabeza tranquilizadoramente.
Ambos oímos un
batir de alas sobre nuestras cabezas. Dos tórtolas remontaron la corriente y se
posaron en un roble en el lado opuesto de la colina.
—Ahí está tu
alimento, si puedes atraparlo —indiqué.
Me miró:
—¿Cómo?
—No creo que puedas
alcanzarlas en el árbol. Tendrás que elevarte y atrapar a una de ellas al vuelo
cuando se alejen. ¿Crees que lo conseguirás?
Miró lentamente a
su alrededor, mientras la brisa jugaba con las ramas y danzaba a través de la
hierba junto a la colina. Parecía como si el volpla hubiese volado mil años con
una ancestral sabiduría.
—Puedo llegar allá
arriba. Puedo estar un rato. ¿Cuánto tiempo permanecerán en el árbol?
—Es probable que no
permanezcan mucho tiempo. Mantén tu vista en el árbol, por si acaso se van
mientras subes.
Corrió hacia un
roble cercano y trepó hasta la copa. Luego se lanzó, dirigiéndose hacia la
parte inferior del valle, y alcanzó en la colina una cálida corriente de aire
ascendente. En un abrir y cerrar de ojos se elevó aproximadamente a cuarenta y
seis metros. Comenzó a cruzar la loma, abriéndose de nuevo camino hasta
nosotros.
Las dos hembras
observaban atentamente. Se acercaron a mí con asombro, deteniéndose de vez en
cuando para mirarle. Cuando estuvieron a mi lado, no dijeron nada. Se
protegieron la vista de la luz con sus pequeñas manos y le contemplaron
mientras pasaba exactamente sobre nosotros a unos setenta y cinco metros. Una
de ellas, con los ojos fijos en los remontantes planeos del macho, me tomó de
la manga nerviosamente.
Pasó como un
relámpago sobre la corriente y osciló tras la cima de la colina donde se
cobijaban las palomas. Escuché su arrullo desde el roble. Se me ocurrió que no
abandonarían su refugio mientras la silueta parecida a un halcón del volpla
ensombreciera el horizonte.
Quité la mano de la
hembra de mi manga y le dije con un ademán:
—Quiere atrapar un
pájaro. El pájaro está en ese árbol. Tú puedes conseguir que el pájaro vuele
para ponerse a su alcance. Mira hacia aquí —me levanté y encontré un palo—.
¿Puedes hacer esto?
Tiré el palo hacia
lo alto de un árbol próximo a nosotros. Luego le proporcioné otro palo. Lo
arrojó mejor de lo que esperaba.
—Bien, bonita.
Ahora cruza la corriente, súbete a ese árbol y tírale un palo.
Trepó hábilmente al
árbol más cercano y se lanzó a través de la corriente. Saltó al lado opuesto de
la colina y se posó limpiamente en el árbol donde reposaban las palomas.
Las aves
abandonaron el árbol, ascendiendo rápidamente con sus gráciles aleteos.
Miré hacia atrás,
imitado por la hembra que permanecía a mi lado. El volpla cerró a medias sus
planeadores y comenzó a descender. Se convirtió en un dorado destello a través
del cielo.
Bruscamente, las
palomas detuvieron su ascención y descendieron, alejándose con un rápido batir
de alas. Vi abrirse un poco uno de los planeadores del volpla. Viró
vertiginosamente en la nueva dirección y bajó como una flecha.
Las palomas se
separaron y comenzaron a zigzaguear hacia la parte inferior del valle. El
volpla hizo algo inesperado, abrió sus planeadores y descendió bajo el pájaro
que perseguía, luego subió rápidamente e interceptó su vuelo entrecruzado.
Vi cerrarse
momentáneamente los planeadores. Después se abrieron de nuevo y la paloma cayó
a plomo a un lado de la colina. El volpla se posó suavemente sobre ella y se
volvió para mirarnos.
A mi lado la hembra
comenzó a bailotear, gritando en un lenguaje incomprensible. La otra, que había
levantado los pájaros del árbol, voló planeando hacia nosotros, gimiendo igual
que un azulejo.
Fue la bienvenida
de un héroe. Tuvo que regresar caminando, por supuesto, ya que no podía
transportar tal carga en vuelo. Las hembras corrieron a su encuentro. Tranquilo
durante un tiempo, no tardó en pavonearse como cualquier cazador humano.
Su curiosidad hacia
el pájaro fue enternecedora. Hurgaron en él, maravillados ante sus plumas, y
bailaron a su alrededor en un rudimentario rito de la caza. Mas, al poco rato,
el macho se volvió hacia mí.
—¿Comemos eso?
Reí mientras tomaba
su manita de cuatro dedos. En un lugar arenoso bajo un gran árbol suspendido
sobre el riachuelo, encendí una pequeña fogata para ellos. Aunque eso les
maravilló, deseaba enseñarles primero a limpiar el pájaro. Les mostré cómo
ensartarlo y darle vueltas sobre el fuego.
Más tarde, acepté
un bocado de su festín. Estuvieron alegres y extremadamente simpáticos durante
la comida.
Cuando tuve que
partir, ya era de noche. Les recomendé vigilancia, mantener bajo el fuego y
retirarse al árbol en cuanto algo se aproximara. El macho me acompañó un trecho
cuando me alejé de la hoguera.
—Prométeme que no
os iréis de aquí hasta que estéis preparados para ello —repetí.
—Nos agrada esto y
nos quedaremos. ¿Mañana traerás a otros de mi especie?
—Sí. Traeré a
muchos de tus compañeros, si prometes continuar en este bosque hasta que se
hallen dispuestos.
—Lo prometo —miró
al cielo de la noche y, a la luz del fuego, advertí su asombro—. ¿Dices que
vinimos de allí?
—Los viejos de tu
especie me lo dijeron así. ¿No te lo explicaron?
—No puedo recordar
a ningún viejo. Explícamelo tú.
—Los viejos me
contaron que llegasteis en una nave desde las estrellas mucho antes que los
hombres rojos. —En la obscuridad sonreí al pensar en los suplementos
dominicales que los periódicos publicarían dentro de un año aproximadamente,
quizá menos.
Miró al cielo
durante mucho tiempo.
—¿Esas pequeñas
luces son las estrellas?
—Así es.
—¿Qué estrella?
Eché un vistazo y
luego señalé sobre un árbol.
—Desde Venus
—comprendí después mi error al citarle un nombre en inglés—. En tu lenguaje,
Pohtah.
Miró durante largo
rato y murmuró:
—Venus. Pohtah.
La semana
siguiente, llevé todos los volplas a los robledales. En total ciento siete
machos, hembras y cachorros. Sin premeditación por mi parte, tendían a
segregarse en grupos de cuatro a ocho parejas junto con sus cachorros. Dentro
de ellos, los adultos practicaban la promiscuidad, pero aparentemente sin
abandonar el grupo. Éste conservaba pues la apariencia de una superfamilia y
los machos toleraban y cuidaban a todos los niños, sin preocuparse por la
paternidad real.
Hacia fines de
semana, estas superfamilias estaban esparcidas en una extensión aproximada de
siete kilómetros cuadrados por el rancho. Habían encontrado un nuevo bocado
exquisito, los gorriones, y los cazaban fácilmente durante su descanso
nocturno. Había enseñado a los volplas a hacer fuego y a usar hierbas, vides y
matorrales para construir casas de árboles maravillosamente diseñadas, en las
cuales los jóvenes y, a veces, los adultos dormían entre mediodía y medianoche.
La tarde en que mi
familia regresó a casa, una cuadrilla de trabajadores demolió las salas de los
animales y el edificio del laboratorio. Los vigilantes habían anestesiado a
todos los mutantes experimentales, mientras que el acelerador metabólico y el
restante equipo del laboratorio eran desmantelados. No quería conservar nada
que pudiese relacionar la súbita aparición de los volplas con mi propiedad.
Resulta evidente que no precisarían más que algunas semanas para establecer sus
medios de supervivencia y desarrollar por su cuenta una cultura rudimentaria.
Después podrían abandonar mi rancho y la broma proseguiría.
Mi esposa descendió
del automóvil y miró a los trabajadores ocupados en torno a las derruidas
construcciones y exclamó:
—¿Qué diablos está
pasando aquí?
—He terminado mi
trabajo y ya no necesitamos el laboratorio. Voy a escribir un informe acerca de
los resultados.
Me miró
apreciativamente meneando la cabeza.
—Pensé que era eso
lo que te proponías. Pero estaría bien que lo hicieras de verdad. Sería tu
primer libro.
Mi hijo preguntó:
—¿Qué les ha
ocurrido a los animales?
—Han sido devueltos
a la universidad para un estudio más amplio —mentí.
—Bueno —se dirigió
a ella—. No dirás que papá no es un hombre de decisión.
Veinticuatro horas
más tarde no existía el menor indicio de experimentación animal en todo el
rancho.
Excepto los
bosques, por supuesto, que estaban llenos de volplas. Por la noche podía oírles
débilmente cuando salía a sentarme a la terraza. Mientras surcaban la
oscuridad, en lo alto charlaban, reían y a veces gemían con alado amor. Una
noche, una bandada de ellos pasó lentamente ante la tranquila faz de la Luna
llena, pero fui el único en advertirlo.
Cada día visitaba
el campo para encontrar al más viejo de los machos, que aparentemente se había
erigido en jefe de todas las familias volplas. Me aseguró que los volplas
permanecerían junto al rancho, si bien se lamentó que la caza estaba
escaseando. Por otra parte las cosas marchaban muy bien.
Los machos llevaban
ahora pequeñas lanzas con punta de piedra y emplumados ástiles, que podían
arrojar en vuelo. Las utilizaban por la noche para abatir a los gorriones en
reposo y durante el día para matar su caza mayor: los conejos.
Las mujeres
llevaban plumas de azulejo en la cabeza y los hombres, penachos de plumas de
paloma y a veces pequeñas faldas hechas con pelos de conejo. Les di algunas
instrucciones sobre el particular y les enseñé a curtir las pieles de conejo y
ardilla para sus casas arbóreas.
Éstas eran cada vez
más complejas, cuyas paredes y piso estaban tejidas con gran habilidad,
cubiertas por un ajustado techo de paja. Habían sido convenientemente
camufladas por abajo, tal como sugerí.
Aquellas pequeñas
criaturas me deleitaban cada día más. Podía pasearme horas observando a los
adultos, machos y hembras, jugando con los niños o enseñándoles a planear. Me
sentaba toda la tarde para contemplar cómo tejían sus casas arbóreas.
Un día mi mujer me
preguntó:
—¿Qué hace en la
selva el poderoso cazador?
—Oh, he estado
disfrutando de nuestra vida animal.
—Otro tanto hace
nuestra hija.
—¿Qué quieres
decir?
—Tiene dos de ellos
arriba en su cuarto.
—¿Dos qué?
—No lo sé. ¿Cómo
los llamas?
Subí los peldaños
de tres en tres e irrumpí en la habitación de mi hija.
Estaba sentada
sobre su cama, leyendo un libro a dos volplas.
Uno de los volplas
sonrió y dijo en inglés:
—Hola, Rey Arturo.
—¿Qué pasa aquí?
—pregunté.
—Nada, papi. Sólo
leyendo, igual que hacemos siempre.
—¿Igual que
siempre? ¿Cuánto tiempo hace que esto ocurre?
—Oh, semanas y
semanas. ¿Cuánto tiempo hace que me visitaste por primera vez, Fuzzy?
El descortés volpla
que me había llamado «Rey Arturo» respondió burlonamente:
—Oh, semanas y
semanas...
—Y encima les
enseñas a leer inglés.
—Por supuesto. Son
tan buenos alumnos y tan agradecidos. Papi, no harás que se marchen, ¿verdad?
Nos queremos mucho, ¿verdad?
Ambos volplas
hicieron vigorosamente un gesto afirmativo con la cabeza.
Se volvió de nuevo
hacia mí.
—Papi, ¿sabías que
pueden volar? Pueden volar directamente fuera de la ventana y subir al cielo.
—¿Seguro? —comenté
en forma inpertinente. Miré con frialdad a los dos volplas—. Hablaré con
vuestro jefe.
Cuando llegué
abajo, le grité a mi esposa:
—¿Por qué no me
dijiste lo que estaba sucediendo? ¿Cómo permitiste que prosiguiera sin hablar
conmigo?
Su rostro adquirió
una expresión desacostumbrada.
—Ahora vas a
escucharme. Toda tu vida es un secreto para nosotros. ¿Por qué tu hija no puede
tener un secreto propio?
Se aproximó hacia
mí y sus ojos azules lanzaron destellos de furia.
—La verdad es que
no debí explicarte nada. Prometí que no se lo diría a nadie. ¿Y qué ocurre
cuando lo hago? Empiezas a saltar por la casa como un maniático sólo porque una
niña tiene un secreto.
—¡Un bonito
secreto! —bramé—. ¿No se te ocurrió que podía ser peligroso? No conoces la
sexualidad de... —di un traspié en medio de un penoso silencio, mientras ella
me obsequió con una indecente sonrisa.
—¿Cómo te volviste
tan puritano de repente? Estas criaturas son dulces y amables, sin mal en sus
cuerpos. Sin embargo, no creas que ignoro lo que ha pasado. Los creaste tú. Así
que si sus ideas son indecentes, yo sé dónde las adquirieron.
Me lancé fuera de
la casa. Hice girar el jeep en el exterior del patio y me dirigí hacia el
bosque.
El jefe se había
instalado con perfecta comodidad. Se apoyaba hacia atrás en el gran roble que
cobijaba su vivienda. Ardía una pequeña hoguera y una de las hembras se hallaba
asando un gorrión para él. Me saludó en el lenguaje volpla.
—¿Te das cuenta
—declaré abrupta y airadamente—, que hay dos volplas en el dormitorio de mi
hija?
—Desde luego
—contestó con calma—. Van allí cada día. ¿Hay algo de malo en eso?
—Les está enseñando
las palabras de los hombres.
—Nos explicaste que
algunos hombres pueden ser nuestros enemigos. Estamos ansiosos por conocer sus
palabras lo mejor posible para nuestra protección.
Su mano buscó
detrás del árbol y sacó a plena luz del día un ejemplar del Chronicle, de San
Francisco, fuera de su escondite. Lo mantuvo en alto apologéticamente.
—Lo hemos estado
tomando durante algún tiempo desde el buzón frente a tu casa.
Sobre el suelo,
extendió el periódico entre nosotros. Vi por la fecha que era del día anterior.
—Gracias a los dos
que van a tu casa, he aprendido las palabras de los hombres. Como dicen los
hombres, puedo «leer» la mayor parte de esto —afirmó con orgullo.
Me quedé con la
boca abierta. ¿Cómo podría conservar el control de la situación? ¿Parecía
razonable que, simplemente con observar y escuchar a los hombres, los volplas
hubiesen aprendido su lenguaje? ¿O les había enseñado un amigo humano?
Bueno, tendría que
sacrificar mi anonimato. Mi familia y yo habíamos encontrado una colonia de
volplas en nuestro rancho y les enseñamos el inglés. Se me antojó una buena
idea porque era la verdad.
El volpla agitó su
brazo largo y delgado sobre la primera página.
—Los hombres son
peligrosos. Nos dispararán con sus armas si abandonamos este lugar.
Me apresuré a
tranquilizarle.
—En absoluto.
Cuando los hombres os conozcan, os dejarán en paz —pese a mi énfasis comprendí
por primera vez que el asunto no sería una broma para los volplas—. Debes
dispersar a los tuyos en seguida. Permanece aquí con tu familia para que
continuemos en contacto, pero envía a los demás a otro sitio —proseguí de todas
formas.
Meneó la cabeza.
—No podemos
abandonar estos bosques. Los hombres nos dispararían.
Luego me hizo
frente y sus ojos nocturnales me miraron con franqueza.
—Quizá no eres un
buen amigo. Tal vez nos has mentido. ¿Por qué dices que deberíamos abandonar
este refugio?
—Seréis más
felices. Habrá más caza.
Continuó
observándome fija y directamente.
—Habrá más hombres.
Uno ha disparado ya contra uno de nosotros. Lo hemos perdonado y somos amigos.
Pero uno de los nuestros ha muerto.
—¿Sois amigos de
otro hombre? —pregunté, aturdido.
Hizo un gesto
afirmativo con la cabeza y señaló hacia la parte superior del valle.
—Está allá arriba
con otra familia.
El jefe volpla
tenía la ventaja de planear, pero no pudo mantener mi paso. Corriendo unas
veces, caminando aprisa otras, me abrí camino delante de él. Mi respiración
jadeante se debía menos al esfuerzo que a la ansiedad de descubrir al
desconocido.
Bordeé un recodo
del riachuelo y allí estaba mi hijo, sentado sobre la hierba junto a una
fogata, jugando con un bebé volpla y charlando en inglés con un macho a su
lado. Mientras me aproximaba, mi hijo lanzó al bebé al aire. Los minúsculos
planeadores se abrieron y el pequeño descendió flotando hacia las manos que le
aguardaban.
Se dirigió al
volpla:
—No, estoy seguro
que no vinisteis de las estrellas. Cuanto más lo pienso, más seguro estoy que
mi padre...
—¿Qué diablos te
propones al decirles eso? —grité a su espalda.
El macho se
sobresaltó. Mi hijo volvió la cabeza lentamente y me miró. Luego devolvió el
bebé al volpla y se levantó.
—¿No tienes nada
que hacer en otra parte? —gruñí. Había destruido todo mi arsenal de leyendas
volpla con una pequeña duda.
Sacudió la hierba
de su pantalón y se enderezó. Su expresión hizo que mi cólera se desvaneciera.
Papá, ayer maté a
uno de estos seres. Creí que era un halcón y le disparé mientras cazaba. No lo
hubiera hecho si me hubieses prevenido.
No pude mirarle.
Bajé la vista y mi rostro enrojeció.
—El jefe me ha
dicho que deseas que abandonen el rancho pronto. ¿Crees que esto va a ser
divertido?
Escuché llegar al
jefe, que permaneció silencioso a mi espalda.
Mi hijo dijo
suavemente:
—No creo que lo
sea, papá. Tendrías que haber escuchado sus gritos cuando le acerté.
Había grandes y
negros regueros de hormigas moviéndose en la hierba. Me pareció percibir un
extraño zumbido en el cielo. Alcé mi cabeza y le miré.
—Hijo, volvamos al
jeep y hablaremos de camino a casa.
—Preferiría
caminar.
Saludó al volpla
con quien había estado hablando y se alejó por el robledal.
El volpla que
sostenía al cachorro me observaba fijamente. Desde alguna parte, muy lejos del
valle, un cuervo graznaba. No miré al jefe. Me volví, pasé apresuradamente
junto a él y me encaminé de nuevo al jeep, solo.
En casa, abrí una
botella de cerveza y me senté en la terraza para esperar a mi hijo. Mi esposa
se acercó a la casa con varios ramos de flores del jardín, pero no me dirigió
la palabra. Chasqueó las hojas de la tijera mientras caminaba.
Un volpla remontó
la terraza y se posó en la ventana del dormitorio de mi hija. Permaneció allí
un instante y reemprendió el vuelo. No tardaron en seguirle los dos volplas que
había dejado con mi hija a primeras horas de la tarde. Los observé con una vaga
inquietud, mientras los tres se alejaban hacia el este, elevándose sin
esfuerzo.
Cuando bebí por fin
un sorbo de cerveza, estaba casi caliente. La dejé a un lado. Mi hija salió a
la terraza.
—Papi, mis volplas
se fueron. Dijeron adiós y ni siquiera había terminado el programa de
televisión. Dijeron que no me volverían a visitar. ¿Hiciste que se marcharan?
—No. No lo hice.
Me miró con
ardientes ojos. Su labio inferior sobresalió y tembló como una lágrima rosada.
—Papi, lo hiciste.
—Entró en la casa golpeando el suelo con el pie, sollozando.
¡Dios mío! ¡En unos
momentos me había convertido en un puritano, un asesino y un embustero!
Pasó la mayor parte
de la tarde antes que oyese a mi hijo entrar en casa. Le llamé, salió y
permaneció frente a mí. Me levanté.
—Hijo, no puedo
explicarte lo apesadumbrado que estoy por lo que te ocurrió. Fue culpa mía, en
modo alguno tuya. Únicamente espero que consigas olvidar la pena que te produjo
matar a esa criatura. No sé cómo no preví que esto sucedería. Estaba tan resuelto
a asombrar al mundo entero que yo...
Me detuve. No había
nada más que decir.
—¿Vas a obligarles
a que abandonen el rancho? —preguntó.
—¿Después de lo
ocurrido? —me horroricé.
—¿Qué piensas hacer
con ellos, papá?
—He estado
intentando tomar una decisión. No sé qué resultaría mejor para ellos —miré mi
reloj—. Volvamos y hablemos con el jefe.
Sus ojos se
iluminaron y me dio unas palmadas sobre el hombro, de hombre a hombre.
Abandonamos la casa, subimos al jeep y me dirigí de nuevo al valle. El sol del
crepúsculo lanzaba sus postreros fulgores.
Apenas hablamos
mientras dejábamos atrás los árboles sombríos. Me hallaba cada vez más lleno de
la inquietud que se había apoderado de mí cuando los tres volplas dejaron mi
terraza y se elevaron suave y decididamente hacia el este.
Llegamos al campo y
no vimos a ningún volpla en las inmediaciones. El fuego se había consumido
hasta convertirse en un rescoldo. Llamé en el lenguaje volpla, pero no hubo
respuesta.
Fuimos de campo en
campo y encontramos fuegos apagados. Trepamos a sus casas y las hallamos
vacías. Me sentía enfermo y asustado. Llamé repetidamente hasta enronquecer.
Al fin, en la
oscuridad, mi hijo me tomó del brazo.
—¿Qué vas a hacer,
papá?
—Llamar a la
policía, a los periódicos y advertir a todo el mundo —respondí tembloroso.
—¿Dónde crees que
han ido?
Miré hacia el este,
donde las estrellas surgían del gran desfiladero en las montañas y
resplandecían como un profundo cuenco de luciérnagas.
—Los tres últimos
que vi tomaron esa dirección.
Habíamos estado
fuera de casa varias horas. Cuando llegamos a la terraza iluminada, vi la
sombra de un helicóptero. Luego distinguí a Guy sentado cerca de mí, sostenía
su cabeza entre las manos.
Em le decía a mi
mujer:
—Estaba fuera de
sí. El pobre no podía hacer nada. Tuve que sacarle de allí y pensé que no os
importaría que viniéramos aquí para estar con ustedes hasta que decidan qué
medidas deben tomarse.
Me dirigí hacia
ellos.
—Hola, Guy. ¿Qué
ocurre?
Alzó la cabeza,
luego se levantó y me estrechó la mano.
—Un desastre. El
proyecto fracasará y no podemos hacer nada por evitarlo.
—¿Qué ha sucedido?
—Justamente
mientras lo disparábamos...
—¿Disparabais qué?
—El cohete.
—¿Qué cohete?
Guy gimió.
—¡Dios mío! ¡El
cohete a Venus!
Mi esposa
intervino.
—Le contaba a Guy
que no sabemos nada acerca de ello porque no nos han entregado el periódico en
semanas. Me he quejado...
Le hice señas para
que se callase.
—Prosigue —pedí a
Guy.
—Exactamente cuando
oprimí el botón y la compuerta se cerraba, una bandada de lechuzas rodeó la
nave. Revolotearon en torno a la compuerta y de algún modo lograron abrirla.
Em se dirigió a mi
esposa.
—Debían ser un
centenar. Fueron llegando y se introdujeron por ella. Luego comenzaron a
arrojar fuera todos los instrumentos registradores. Los hombres intentaron
subir con una escalera mecánica, pero las lechuzas, o lo que fuesen, golpearon
al conductor con algo en la cabeza y le dejaron sin sentido.
Guy volvió su
desconsolado rostro hacia mí.
—Luego se cerró la
compuerta y no nos atrevimos a acercarnos a la nave. Suponíamos que despegaría
a los cinco minutos, pero no fue así. Esos malditos bichos han podido...
Hubo un resplandor
en el este. Todos nos volvimos para divisar una fugaz línea dorada que se
remontó sobre el negro terciopelo más allá de las montañas.
—¡Ahí está! —gritó
Guy—. ¡Ésa es la nave! —luego gimió—: Un fracaso completo.
Le así por los
hombros.
—¿Quieres decir que
no llegará a Venus?
Se desasió de un
tirón con desconsuelo.
—Claro que sí. Los
mandos automáticos no pueden ser desviados. Pero el cohete está en camino sin
equipo registrador ni televisión a bordo. Sólo hay un cargamento de lechuzas.
Mi hijo soltó una
carcajada.
—¡Lechuzas! Papá
podría explicarte una o dos cosas.
Le impuse silencio
mirándole con ceño. Se calló y luego comenzó a bailar por la terraza.
El teléfono sonaba.
Mientras me dirigía a la cabina, tomé a mi hijo por el brazo.
—No digas una sola
palabra.
Intentó ocultar la
risa.
—Ahí está tu broma,
papá. ¿Por qué tengo que decir algo? Sólo me reiré de cuando en cuando.
—Ahora basta.
—Espera a que
alguien desembarque en Venus y encuentre venusianos con una leyenda acerca de
su Gran Padre Blanco de California. Entonces es cuando hablaré.
La llamada era de
un individuo chillón que deseaba hablar con Guy. Permanecí junto a él mientras
escuchaba la excitada voz a través del hilo telefónico.
Guy exclamó:
—No, no. Los mandos
automáticos corregirán la demora en el despegue. No es eso. Pero el caso es que
no hay ningún instrumento... ¿Qué? ¿Qué pasó exactamente? Cálmese. No puedo
comprenderle.
Escuché a Em
decirle a mi esposa:
—Y no sabes lo más
extraño. Parecía como si aquellos bichos llevasen algo sobre sus espaldas. Uno
de ellos dejó caer su carga. Los hombres la recogieron y nunca podrías adivinar
lo que encontraron... ¡Tres pajaritos asados estupendamente preparados!
Mi hijo me dio
ligeramente con el codo.
—Listas lechuzas.
Largo viaje.
Le tapé la boca con
la mano. Luego vi que Guy alejaba el receptor de su oído.
—Acaban de grabar
en cinta magnetofónica un mensaje procedente del cohete. La radio quedó a
bordo. Pero no teníamos ninguna grabación parecida... —balbuceó.
Luego gritó al
teléfono:
—¡Póngala otra vez!
—y me pasó el receptor.
Durante unos
instantes sólo se escuchó un zumbido desde el receptor. Después surgió una voz
clara y suave.
—Aquí el Cohete
Harold sin novedad. Aquí el Cohete Harold diciendo adiós a los hombres.
Hubo una pausa y
luego, en lenguaje volpla, habló otra voz.
—Hombre que nos
creaste, te perdonamos. Sabemos que no vinimos de las estrellas, pero iremos a
ellas. Yo, el jefe, te daré la bienvenida cuando nos visites. Adiós.
Nos hallábamos
demasiado excitados para hacer comentarios. Me sentía lleno de una gran y
súbita tristeza.
Permanecí de pie
durante mucho tiempo y miré hacia el este, donde la montaña estrechaba un
cuenco de danzantes luciérnagas entre sus negros senos.
Luego pregunté a
Guy:
—¿Cuánto tiempo
crees que pasará antes que tengáis otro cohete dispuesto para Venus?
FIN

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