© Libro N° 14015. La Narrativa
Moderna. Woolf,
Virginia. Emancipación. Julio 5 de
2025
Título Original: © La Narrativa Moderna. Virginia
Woolf
Versión Original: © La Narrativa Moderna. Virginia Woolf
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Virginia Woolf
La Narrativa
Moderna
Virginia Woolf
Cuando se hace cualquier revisión, no importa cuan suelta e
informal, de la narrativa moderna, es difícil no llegar a la conclusión de que
la práctica moderna de este arte es, de alguna manera, una mejora respecto a la
anterior. Podría decirse que, dadas sus herramien-tas sencillas y sus
materiales primitivos, Fielding se defendió bien y Jane Austen incluso mejor,
pero ¡compárense sus oportunidades con las nuestras! De cierto que sus obras
maestras tienen un aire de sim¬plicidad extraño. Sin embargo la analogía entre
la lite¬ratura y el proceso de, por dar un ejemplo, fabricar un auto apenas se
sostiene más allá de un primer vis¬tazo. Es de dudar que en el transcurso de
los siglos, aunque hayamos aprendido mucho sobre cómo fa¬bricar máquinas,
hayamos aprendido algo sobre cómo hacer literatura. No escribimos mejor. Lo que
puede afirmarse que hacemos es seguir moviéndonos, si ahora un poco en esa
dirección, luego en esa otra, pero con una tendencia a lo circular si se
examina el trazo de la pista desde una cima suficientemente ele¬vada. Apenas
merece decirse que ninguna presunción tenemos, ni siquiera momentánea, de estar
en ese punto de vista ventajoso. En la parte llana, entre la multitud, cegados
a medias por el polvo, miramos hacia atrás y con envidia a esos guerreros más
afortu¬nados, cuya batalla ha sido ganada ya y cuyos logros muestran un aire de
realización sereno, de modo tal que apenas podemos frenarnos de murmurar que la
lucha no fue tan dura para ellos como para nosotros. La decisión queda al historiador
de la literatura; a él corresponde informar sí nos encontramos al princi¬pio,
al final o en medio de un gran periodo de narrativa en prosa, porque desde la
llanura poco es visible. Tan sólo sabemos que nos inspiran ciertas gratitudes y
hostilidades; que algunas sendas parecen conducir a tierra fértil y otras al
polvo y al desierto. Acaso valga la pena alguna exploración de esto último.
Así, nuestra
disputa no es con los clásicos, y sí hablamos de disputar con los señores
Wells, Bennett y Galsworthy, en parte se debe al mero hecho de que al existir
ellos en carne y hueso, su obra tiene una imperfección viva, cotidiana, activa
que nos lleva a tomarnos con ella cualquier libertad que nos plazca. Pero
cierto es también que, mientras les agradecemos mil dones que nos han dado,
reservamos nuestra gra¬titud incondicional para Hardy, Conrad y en grado mucho
menor el Hudson de The Purple Land (Tierra púrpura), Green Mansions (Mansiones
verdes) y Par Away and Long Ago (Muy lejos y hace mucho tiempo). Los señores
Wells, Bennett y Galsworthy han des¬pertado tantas esperanzas y las han
decepcionado con tanta persistencia, que nuestra gratitud adopta mayor¬mente
como forma el agradecerles habernos mostrado lo que pudieron haber hecho pero
no hicieron; lo que ciertamente seríamos incapaces de hacer pero, con igual
certeza quizás, no deseamos hacer. Ninguna oración por sí misma resumiría la
acusación o la queja que fue necesario expresar contra una masa de obras tan
abundante en volumen y que representa tantas cualidades, sean admirables o lo
contrario. Si intentamos formular nuestro sentir en una palabra única, diremos
que estos tres escritores son materialis¬tas. A causa de que se interesan por
el cuerpo y no por el espíritu, nos han decepcionado, dejándonos con la
sensación de que cuanto antes les dé la espalda la narrativa inglesa, tan
cortésmente como se quiera, y se encamine aunque sea al desierto, mejor para su
alma. Pero claro, ninguna palabra alcanza de golpe el centro de tres blancos
diferentes. En el caso del señor Wells, se aparta notablemente del hito. Pero
incluso en él muestra a nuestro pensamiento la amalgama fatal de su genio, el
enorme grumo de yeso que consiguió mezclarse con la pureza de su inspiración.
Pero tal vez el señor Bennett sea el peor culpable de los tres, en tanto que es
con mucho el mejor obrero. Puede fa¬bricar un libro tan bien construido y tan
sólido en su artesanía, que es difícil incluso al más exigente de los críticos
deducir por qué rajadura o grieta puede fil¬trarse la decadencia. No pasa ni la
menor corriente de aire por los marcos de las ventanas, ni hay la menor
fractura en las duelas. Sin embargo ¿qué si la vida se rehusa a vivir aquí? Es
un riesgo que bien pueden pre¬sumir de haber superado el creador de The Old
Wives' Tale (Cuento de viejas), George Cannon, Edwin Clayhanger y multitud de
otras figuras; Sus perso¬najes tienen vida en abundancia e, incluso, inespera¬da,
pero queda por preguntar ¿cómo viven y para qué viven? Termina pareciéndonos
cada vez más, incluso cuando desertan de la bien construida villa de Five
Towns, que pasan su tiempo en algún vagón de ferrocarril de primera clase y
suavemente acojinado, pulsando innumerables campanillas y botones; y el destino
hacia el cual viajan de modo tan lujoso se vuelve, cada vez menos
indudablemente, una eter¬nidad de bienaventuranza pasada en el mejor de los
hoteles de Brighton. Difícilmente puede afirmarse del señor Wells que sea un
materialista en el sentido de que se deleita en exceso en la solidez de su
fábrica. Es de mente demasiado generosa en compasiones para permitirse dedicar
mucho tiempo a dejar las cosas en perfecto orden y substanciales. Es
materialista dada la mera bondad de su corazón, que lo hace echarse a las
espaldas el trabajo que debieron cumplir los fun¬cionarios gubernamentales; en
medio de la plétora de sus ideas y de sus hechos, apenas tiene un respiro para
darse cuenta de, o ha olvidado considerar que tiene importancia, la crudeza y
la tosquedad de sus seres humanos. Y aún así, ¿qué crítica más dañina puede
haber a su tierra y a su cielo que el que deban ser ha¬bitados ahora y en el
futuro por sus Joans y sus Peters? La inferioridad de sus naturalezas ¿no
empaña cual¬quier institución e ideal que la generosidad de su creador les haya
proporcionado? Tampoco, por pro¬fundo que sea nuestro respeto por la integridad
y el humanismo del señor Galsworthy, encontraremos en sus páginas lo que
buscamos.
Entonces, si
pegamos una etiqueta en todos esos libros, en la cual esté la palabra única
materialistas, queremos decir con ello que escriben de cosas sin importancia;
que emplean una habilidad y una labo¬riosidad inmensas haciendo que lo trivial
y lo transi¬torio parezcan lo real y lo perdurable.
Hemos de admitir
que estamos siendo exigentes y, además, que nos resulta difícil justificar
nuestro descontento explicando qué es lo que exigimos. Plan¬teamos la cuestión
de modo diferente en distintos momentos. Pero reaparece del modo más
persistente cuando nos apartamos de la novela concluida en la cresta de un
suspiro: ¿Vale la pena? ¿Cuál es su pro¬pósito? ¿Sucede acaso que, debido a una
de esas desviaciones menores que el espíritu humano sufre de vez en cuando, el
señor Bennett aplicó su magnífico aparato de captar vida, cinco o diez
centímetros fuera de foco? La vida escapa y, tal vez, sin vida nada vale la
pena. Tener que recurrir a una imagen como ésta es una confesión de vaguedad,
pero difícilmente mejo¬ramos la situación hablando, como son proclives a hacer
los críticos, de realidad. Tras admitir la vaguedad que aflige a toda crítica
de novelas, arriesguemos la opinión de que para nosotros, en este momento, la
forma de narrativa más en boga falla más a menudo de lo que asegura el objeto
que buscamos. Lo llame¬mos vida o espíritu, verdad o realidad, esto, el objeto
esencial, se ha desplazado o avanzado y se rehúsa a verse contenido en las
vestimentas mal cortadas que le proporcionamos. No obstante, con perseverancia,
conscientemente, seguimos construyendo nuestros treinta y dos capítulos de
acuerdo con un diseño que cada vez falla más en parecerse a la visión que
te¬nemos en la mente. Demasiada de esa enorme labor de explorar la solidez, la
imitación de vida, de la his¬toria es no sólo trabajo desperdiciado sino mal
coloca¬do, al grado de que oscurece y hace borrosa la luz de la concepción. El
escritor no parece constreñido por su propio libre albedrío, sino por algún
tirano po¬deroso y sin escrúpulos que lo tiene en servidumbre para que
proporcione una trama, para que aporte comedia, tragedia, amor, interés y un
cierto aire de probabilidad, que embalsame el todo de modo tan impecable que si
todas las figuras adquirieran vida, se encontrarían vestidas hasta el detalle
último con sus sacos a la moda. Se obedece al tirano, se fabrica la novela
hasta el menor detalle. Pero a veces, y más a menudo según pasa el tiempo,
sospechamos que hay una duda momentánea, un espasmo de rebelión, según se van
llenando hojas del modo acostumbrado. ¿Es así la vida? ¿Deben ser así las
novelas?
Mírese al interior
y la vida, al parecer, se aleja mucho de ser "así". Examínese por un
momento una mente ordinaria en un día ordinario. Esa mente recibe miríadas de
impresiones: triviales, fantásticas, evanescentes o grabadas con el filo del acero.
Esas miríadas vienen de todos sitios, una lluvia incesante de átomos
innumerables; y según descienden, según se transforman en la vida del lunes o
del martes, el acento cae en un lugar diferente al del viejo estilo; el momento
importante no viene aquí sino allí; de modo que si un escritor fuera libre y no
esclavo, si pudiera escribir de acuerdo con sus elecciones y no sus
obligaciones, si pudiera basar su trabajo sobre sus sentimientos y no las
convenciones, no habría trama, ni comedia, ni tragedia, ni intereses amorosos o
ca¬tástrofes al estilo aceptado y, tal vez, ni un sólo botón cosido al modo que
quisieran los sastres de Bond Street. La vida no es una serie de farolas
ordenadas simétricamente, sino un halo luminoso, una envol¬tura
semitransparente que nos rodea desde el inicio de nuestra conciencia hasta su
final. ¿No es tarea del novelista transmitir este espíritu variado, desconocido
y sin circunscribir, no importa qué aberraciones o complejidades manifieste,
con tan poca mezcla de lo ajeno y lo externo como sea posible? No estamos
solicitando tan sólo valor y sinceridad, sino sugirien¬do que la materia
adecuada de la narrativa es un tanto diferente a lo que quiere hacernos creer
la costumbre. En cualquier caso, es de alguna manera parecida a ésta que buscamos
definir la cualidad que distingue a la obra de varios escritores jóvenes, el
señor James Joyce el más notable entre ellos, de aquella de sus pre-decesores.
Intentan acercarse más a la vida, preservar con mayor sinceridad y exactitud lo
que les interesa y conmueve, incluso si para lograrlo hayan de descar¬tar la
mayoría de las convenciones que suele observar el novelista. Registremos los
átomos según caen sobre la mente en el orden en el cual caen, establezcamos el
patrón, no importa cuán desconectado e incoherente en apariencia, que cada
visión o incidente imprima en la conciencia. No demos por sentado que la vida
existe con mayor plenitud en aquello comúnmente pensado grande que en lo
comúnmente pensado pe¬queño. Cualquiera que haya leído Portrait of the Artist
as a Young Man (Retrato del artista adolescente) o lo que promete ser una obra
mucho más interesante, el Ulysses (Ulises), que en este momento aparece en la
Little Review, arriesgará una teoría de tal naturale¬za respecto a la intención
del señor Joyce. Por nuestra parte, con sólo un fragmento así frente nosotros,
antes lo suponemos que lo afirmamos. Pero no importa cuál sea la intención del
todo, no hay duda que muestra una sinceridad máxima y que el resul¬tado, por
difícil o desagradable que lo juzguemos, es innegablemente importante. En
contraste con quie¬nes hemos llamado materialistas, el señor Joyce es
espiritual; se preocupa a cualquier precio por revelar los titubeos de esa
llama interna que destella sus men¬sajes a través del cerebro, y para conservarla
hace de lado con valor absoluto todo aquello que parezca adventicio, se trate
de la probabilidad, de la coheren¬cia o de cualquier otra señal caminera que
por gene¬raciones haya servido para dar apoyo a la imaginación del lector,
cuando se le pide que imagine lo que le es imposible tocar o ver. La escena en
el cementerio, por ejemplo, con su brillantez, su sordidez, su incoheren¬cia,
sus relámpagos súbitos de significado, sin duda se aproxima tanto a las
honduras de la mente que, al menos en una primera lectura, es difícil no
suponer una obra maestra. Si lo que deseamos es la vida misma, aquí la tenemos
sin duda. De hecho, nos encontramos andando a tientas con bastante torpeza
cuando intentamos decir qué más deseamos, y por qué razón una obra así de
original no se compara, pues debemos ir a ejemplos elevados, con Youth
(Juventud) o The Mayor of' Casterbridge (El alcalde de Casterbridge). Fracasa
debido a la pobreza relativa de la mente del escritor, pudiéramos conformarnos
con decir para acabar con el asunto. Pero cabe el presionar un poco más y
preguntarse si no nos estamos refi¬riendo a nuestra sensación de estar en una
habita¬ción brillante pero estrecha, confinados y ahogados, antes que
enriquecidos y liberados; a cierta limitación impuesta por el método a la vez
que con la mente. ¿Será el método el que inhiba el poder creador? ¿Se deberá al
método que no nos sentimos joviales ni magnánimos y sí centrados en un yo que,
a pesar de sus temblores de susceptibilidad, nunca abarca o crea lo que está fuera
de él y a la distancia? El subrayado puesto, acaso didácticamente, a la
indecencia ¿con¬tribuye a dar el efecto de algo, angular y aislado? ¿Se tratará
simplemente de que ante cualquier esfuerzo así de original sea más fácil, sobre
todo a los contem¬poráneos, percibir lo que falta y no precisar lo que ofrece?
En cualquier caso, es un error mantenerse fuera examinando "métodos".
Cualquier método sirve, sirve cualquier método que exprese lo que deseemos
expresar sí somos escritores, que nos acer¬que más a la intención del escritor
si somos lectores. Este método tiene el mérito de acercarnos más a lo que
estamos dispuestos a llamar la vida misma. ¿No su¬girió la lectura de Ulysses
cuánto de la vida queda excluido o ignorado? ¿No vino tal idea con un sacu¬dimiento
al abrir el Tristram Shandy y el Pendennis y vernos convencidos no sólo de que
hay otros aspectos de la vida, sino que encima de todo son más impor¬tantes?
Sea como fuere, el
problema al que hoy día se en¬frenta el novelista, como suponemos que ocurrió
en el pasado, es ingeniar medios para ser libre de asentar lo que elija. Debe
tener el valor de decir que su interés no está ya en "esto" sino en "aquello",
y sólo de ese "aquello" debe construir su obra. Es muy probable que
para los modernos "aquello", el punto de interés, se encuentre en las
partes oscuras de la psicología. Por tanto y de inmediato, el acento cae en un
punto un tanto diferente; el subrayado va a algo hasta el momento ignorado; de
inmediato es necesaria una forma de bosquejo distinto, difícil de asir por
noso¬tros, incomprensible para nuestros predecesores. Nadie sino un moderno,
tal vez nadie sino un ruso, habría sentido el interés de la situación que
Chéjov transformó en el cuento llamado "Gusev". Algunos soldados
rusos yacen enfermos, a bordo de un barco que los regresa a su patria. Se nos
dan unos cuantos fragmentos de su charla y algunos de sus pensamien¬tos; la
plática continúa entre los otros por un tiempo, hasta que Gusev muere y,
parecido "a una zanahoria o un rábano", es lanzado al mar. El
subrayado aparece en lugares tan inesperados, que de principio se diría que no
hubiera ningún subrayado; pero entonces, según los ojos se acostumbran a la
penumbra y comienzan a discernir las formas de los objetos en el cuarto, vemos
cuán completa está la historia, con cuánta profundidad y cuánta verdad, en
obediencia a su visión, ha elegido Chéjov esto, aquello y lo de más allá,
uniéndolos para que compongan algo nuevo. Es imposible decir "esto es
cómico" o "esto es trágico", y tampoco estamos ciertos, pues se
nos ha enseñado que los cuentos deben ser breves y concluyentes, si esto, vago
e inconcluyente, debe ser llamado un cuento.
Los comentarios más
elementales sobre la narrativa inglesa moderna difícilmente pueden evitar el
hacer alguna mención de la influencia rusa, y si se men¬ciona a los rusos se
corre el riesgo de pensar que es una pérdida de tiempo escribir sobre cualquier
narra¬tiva que no sea la suya. Si queremos comprender el alma y el corazón
¿dónde más conseguirlo con pro¬fundidad comparable? Si estamos hartos de
nuestro propio materialismo, el menos destacable de sus no¬velistas tiene, por
derecho de nacimiento, una reve¬rencia natural por el espíritu humano.
"Aprende a convertirte en el igual de la gente... Pero que esta sim¬patía
no sea aquella de la mente -pues con la mente es fácil- sino aquella del
corazón, con amor hacia ella." En todo gran escritor ruso parecemos
discernir los rasgos de un santo, si es que constituye santidad la simpatía por
el sufrimiento de los otros, el amor por ellos, el empeño por alcanzar alguna
meta digna de las demandas más exigentes del espíritu. Es el santo que habita
en ellos lo que nos deja confundidos con la sensación de nuestra propia
irreligiosidad trivial, transformando a tantas de nuestras novelas famosas en
faramalla y trucos. Las conclusiones a que llega la mente rusa, tan abarcadora
y compasiva como es, son inevitables tal vez en toda tristeza extrema. De
hecho, sería más exacto hablar de que la mente rusa está inconclusa. Es la
sensación de que no hay respuesta, que si se examina con honestidad la vida,
ésta presenta una pregunta tras otra, a las que debe permitirse que resuenen una
y otra vez ya concluida la historia en un interrogatorio sin esperanza, que nos
llena con una desesperación profunda y a fin de cuentas resenti¬da. Tal vez
tengan razón; incuestionablemente, ven más lejos que nosotros y sin nuestros
crudos impe¬dimentos de visión. Pero quizá yernos algo que a ellos se les
escapa, pues sino ¿por qué habría de mezclarse a nuestra melancolía esa voz de
protesta? Esa voz de protesta es aquella de una civilización distinta y
antigua, que parece haber insuflado en nosotros el instinto de gozar y luchar
antes qué el de sufrir y comprender. La narrativa inglesa, desde Sterne a
Meredith, es testimonio de nuestro deleite natural en el buen humor y la
comedia, en la belleza de la tierra, en las actividades del intelecto y en el
esplendor del cuerpo. Pero cualesquiera deducciones que extrai¬gamos de
comparar dos narrativas tan inconmensu¬rablemente apartadas son fútiles,
excepto en cuanto nos imbuyan con la visión de las posibilidades infini¬tas del
arte y nos recuerden que el horizonte no tiene límites, y que nada -ningún
"método", ningún expe¬rimento, incluso los más desbocados- está
prohibido como sí lo están la falsedad y la simulación. No existe
"material adecuado para la narrativa", pues todo es material adecuado
para la narrativa, todo sentimiento, todo pensamiento; toda cualidad del
cerebro y del espíritu de la que se eche mano; ninguna percep¬ción está fuera
de lugar. Y si podemos imaginar al arte de la narrativa adquirir vida y ponerse
de pie en nues¬tro medio, sin duda nos pediría que lo rompiéramos y lo
hostigáramos, así como que lo honráramos y lo amáramos, porque de esa manera se
renueva su juven¬tud y se asegura su soberanía.
FIN

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