© Libro N° 14009. La Verídica
Historia De A Q. Xun, Lu. Emancipación. Julio 5 de 2025
Título Original: © La Verídica Historia De A Q. Lu
Xun
Versión Original: © La Verídica Historia De A Q. Lu Xun
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Lu Xun
La Verídica
Historia De A Q
Lu Xun
Contenido
I. Introducción 3
II. Breve recuento
de las victorias de A Q 6
III. Noticias más
amplias sobre las victorias de A Q 9
IV. Tragedia de
amor 12
V. El problema de
la subsistencia 16
VI. De la
rehabilitación a la decadencia 19
VII. La revolución 23
VIII. Excluido de
la revolución 27
IX. El gran final 31
Se puede fechar con
precisión el nacimiento de la literatura moderna en China, puesto que el
movimiento teórico precedió a las obras: en 1915, a sólo cuatro años de la
creación de la república, Chen Dusiu, decano de la Facultad de Letras de Pekín,
marxista, fundó la revista Nueva Juventud, con el propósito de divulgar un
programa de renovación literaria centrado en la liberación de la lengua de las
pautas retóricas tradicionales —abriendo paso a la expresión coloquial en la
escritura— y en la necesidad de dar a conocer el pensamiento occidental.
La revista de Chen
publicó en 1917 Sugerencias para una reforma de la literatura, un texto del
estudiante Hu Shi, que se encontraba por entonces en los Estados Unidos. Hu
hacía ocho proposiciones relativas a la tarea del creador, que, a su criterio,
debía escribir únicamente para comunicar un mensaje, sin imitar a los antiguos,
respetando la gramática y eludiendo las palabras vanas, sin valerse de moldes
ni de citas de los clásicos, apartándose de recursos acústicos empleados hasta
el hastío, como las oraciones simétricas, y haciéndose eco del hablar popular.
Ese fue el primer manifiesto del movimiento.
El segundo lo firmó
el propio Chen un mes más tarde. Era mucho más combativo que el anterior, en
forma y en contenido: tres lemas componían la «divisa del ejército de la
revolución literaria»: «destruir la literatura pintarrajeada de una minoría
aristocrática y crear una literatura popular, sencilla y expresiva»; «destruir
la monótona literatura clásica y crear una literatura realista, plena de
frescura y sinceridad»; «destruir una literatura de ermitaños, pedante y
oscura, y crear una literatura social, clara e inteligible para todos».
En 1918, el
programa de Chen Dusiu encontró su formulación práctica en las obras de los
jóvenes Hu Shi y Lu Xun. El libro de Hu se titulaba Experiencias poéticas. Lu
Xun se dio a conocer con un relato alegórico breve, el Diario de un loco, un
doloroso alegato contra la ignorancia y el atraso. Las vidas de Hu Shi y Lu Xun
divergieron más tarde notablemente: en el primer capítulo de La verídica
historia de A Q, se alude a Hu y a sus discípulos, caracterizándolos por su
«notable manía por la historia y las antigüedades»: Hu ya había abandonado sus
posturas iniciales y había retornado a la tradición. Lu Xun, por su parte, se
había radicalizado: en los años treinta, asumió posiciones marxistas, lo que le
convirtió en guía de los escritores más jóvenes, identificados con la
revolución. Las historias más recientes le sitúan como «padre de la moderna
literatura china».
La verídica
historia de A Q es la biografía de un marginal de aldea al que una visión
conformista de la existencia arrastra al desastre. Los sucesos que enmarcan los
grandes momentos de su vida son los de la rebelión que acabó con el imperio
milenario y logró la instauración de la República China, en 1911, pero en todas
las grandes conmociones sociales abundan los trágicos destinos secundarios. Las
primeras páginas del relato explicitan una poética, a la vez que abren paso a
su desarrollo.
HORACIO VÁZQUEZ
RIAL
I. Introducción
Durante años
abrigué el propósito de escribir la verídica historia de A Q, pero cada vez que
me disponía a poner manos a la obra, me detenía, vacilante, mostrando a las
claras mi temor a no estar a la altura del personaje. Porque siempre se ha
necesitado una pluma inmortal para registrar las hazañas de un hombre inmortal;
así el hombre es conocido por la posteridad a través del escrito, y el escrito
es conocido por la posteridad a través del hombre, hasta que finalmente es
difícil determinar cual de los dos depende mas del otro por lo que hace a su
renombre. Pero al final siempre volvía a la idea de escribir la historia de A
Q, como si un demonio me indujera a ello.
Y no obstante,
cuando me decidí a escribir este relato, destinado al pronto olvido, apenas
hube tomado la pluma en mis manos, me di cuenta de las insuperables
dificultades que me aguardaban. Primero fue el problema de como titular la
obra. Confucio dice: «Si el titulo no es correcto, las palabras parecerán
inverosímiles »; y este axioma debe ser observado meticulosamente. Hay muchos
tipos de biografías: biografías oficiales, autobiografías, leyendas, biografías
no autorizadas, biografías suplementarias, historias de familias, breves
historias... pero, desgraciadamente, ninguna de estas se avenía a mi propósito.
¿«Biografía oficial»? Seguramente este relato no será clasificado junto con los
que tratan de gente eminente en una historia autentica. ¿«Autobiografía»? No
hay duda de que yo no soy A Q. Si la llamo «biografía no autorizada», ¿dónde
queda entonces lo de «biografía auténtica»? Emplear «leyenda» tampoco es
posible, porque A Q no era un ser legendario. ¿«Biografía suplementaria»? No,
porque ocurre que ningún Presidente ha ordenado jamás a la Academia de Historia
Nacional que escriba la «biografía original» de A Q. Es verdad que, aunque no
haya «vidas de jugadores» en la auténtica historia de Inglaterra, el famoso
Conan Doyle escribió Biografías suplementarias de jugadores*. Pero eso se le
permite a un escritor famoso; en cambio, está prohibido a los de mi clase.
Luego esta la «historia familiar»; pero yo no sé si pertenezco o no a la
familia de A Q, ni tampoco he recibido encargo de escribirla por parte de sus
hijos o sus nietos. Si la denominara «breve historia», se me podría objetar que
de A Q no existe «crónica completa». En suma, esta es, pues, una «biografía
original», pero, puesto que escribo en estilo vulgar, empleando el lenguaje de
los cocheros y buhoneros, no me atrevo a presumir con un título tan
altisonante; de modo que me apoyo en la frase hecha de los novelistas menos
respetables, los que no pertenecen a los Tres Cultos ni a las Nueve Escuelas:
«Después de esta digresión, volvamos a nuestra verídica historia», y tomo las
dos últimas palabras para mi título. Y si de ello resulta una confusión literal
con la Verídica Historia de la Caligrafía los antiguos, no conozco el remedio.
*Ese es el titulo
de la versión china de Rodney Stone.
En segundo lugar,
según la acostumbrada convención, la frase inicial de una biografía debería
decir poco mas o menos: Fulano de Tal, cuyo nombre fue también Tal y Tal, nació
en tal y tal lugar»; pero no tengo seguridad acerca del apellido de A Q. Parece
ser que una vez tuvo el apellido de Chao, pero al día siguiente había vuelto a
reinar la confusión al respecto. Esto ocurrió cuando el hijo del señor Chao
rindió los exámenes oficiales de bachillerato y resonantes batintines
anunciaron su triunfo al pueblo. A Q acababa de beberse dos tazones de vino
amarillo y dijo, dándose aires, que el acontecimiento era también para él un
gran honor, puesto que pertenecía al mismo clan que el señor Chao, y que
sacando las cuentas exactas, su parentesco con el bachiller se remontaba a tres
generaciones. En aquel momento, varios de sus oyentes comenzaron a sentir
cierto respeto por él. Pero quién iba a decir que al día siguiente se
presentaría el alcalde ante A Q, citándole a casa del señor Chao. Apenas el
viejo le vio, se puso rojo de rabia y empezó a vociferar:
—¡A Q, miserable
pícaro! ¿Dijiste que yo pertenecía a tu mismo clan?
A Q no respondió.
Mientras más lo
miraba, más se enfurecía el señor Chao; aproximándosele unos pasos, le dijo:
—¿Cómo te atreves a
decir esas tonterías? ¿Cómo iba yo a tener parientes como tú? ¿Es que tu
apellido es Chao, por ventura?
A Q no respondió,
porque su idea era retirarse; pero el señor Chao se precipitó sobre él y le
golpeó en la cara.
—¿Cómo vas tú a
llamarte Chao? ¿Te crees digno del apellido Chao?
A Q no hizo amago
alguno de defender su dere¬cho al apellido Chao, sino que, sobándose la mejilla
izquierda, salió, acompañado por el alcalde; y una vez fuera, tras un torrente
de reprensiones de parte de este último, le dio las gracias y le pagó un sobor¬no
de doscientas sapecas. Todos los que se enteraron dijeron que A Q era demasiado
extravagante al buscarse una guantada como ésa; su apellido no era,
se¬guramente, Chao. Pero aunque lo hubiera sido, de¬bía haberlo pensado dos
veces antes de decirlo, puesto que sabía que en el pueblo vivía un verdadero
señor Chao. Después de aquello, no volvió a mencionarse el linaje a A Q, de
modo que hasta hoy no sé cuál era su apellido verdadero.
En tercer lugar, ni
siquiera sé cómo ha de escri¬birse el nombre de A Q. Durante su vida, todo el
mundo lo llamó según la pronunciación A Quei, pero después de su muerte, nadie
volvió a mencio¬nar este nombre. Porque no se trataba de uno de aquellos individuos
cuyo nombre «se guarda en ta¬blillas de bambú y seda». Y si se trata de
preservar su nombre el presente relato debe de ser el primer intento, por lo
que tengo que afrontar esta dificultad desde el comienzo. Reflexioné
cuidadosamente: A Quei ¿sería la palabra «Quei» que significa casia, o la
palabra «Quei» que significa nobleza? Si su otro nombre hubiera sido Yueting,
que significa «pabe¬llón lunar», o si hubiera celebrado su cumpleaños en la
Fiesta Lunar, entonces seguramente se habría tratado de la palabra «Quei» que
significa casia. Pero como no tuvo otro nombre —y si lo tuvo, nadie lo supo— y
como nunca envió invitaciones en su cum¬pleaños para asegurarse versos de
felicitación, escri¬bir A Quei (casia) sería demasiado arbitrario. Además, si
hubiera tenido un hermano mayor o menor llamado A Fu (prosperidad), se hubiera
llamado A Quei (nobleza); pero era completamente solo: el modo de escribir A
Quei (nobleza), sería hacer supo¬siciones que no podrían ser corroboradas. Los
demás signos del sonido Quei sirven aún menos. Una vez presenté el problema al
hijo del señor Chao, el bachiller; pero ni él, que era tan sabio, pudo
resolverlo. Sin embargo, según él, como Chen Dusiu ha¬bía publicado la revista
Nueva Juventud, que aboga¬ba por el empleo del alfabeto latino, la cultura
nacio¬nal se iba al diablo y por tanto este problema no podía ser investigado.
Por último, pedí a alguien de mi tierra que fuera a revisar los documentos
legales que registran el proceso de A Q, pero al cabo de ocho meses me envió
una carta diciendo que no existía ningún nombre cuyo sonido se aproximara al de
A Quei en esos documentos. Aunque yo no estaba seguro de que eso fuera cierto,
ni de que mi amigo se hubiera preocupado siquiera de ello, después de tal
fracaso, no me quedaba otro camino que proseguir con lo que tenía. Como temo
que el nuevo sistema fo¬nético no se haya popularizado, no me queda otro
recurso que emplear el alfabeto occidental, escribiendo el nombre de acuerdo
con la ortografía corriente inglesa y abreviándolo A Q. Ello me lleva a seguir
ciegamente a la revista Nueva Juventud y me siento absolutamente avergonzado de
mí mismo, pero, puesto que el bachiller no pudo resolver mi proble¬ma, ¿qué
otra cosa puedo hacer yo?
En cuarto lugar,
está el problema del lugar de nacimiento de A Q. Suponiendo que su apellido
fuese Chao, de acuerdo con la vieja costumbre de clasi¬ficar a la gente por su
distrito de origen, uno debe re¬mitirse al libro Apellidos Diversos, donde
encontra¬rá: «natural de Tianshui, al oeste de la provincia de Gansu»; pero,
desgraciadamente, este apellido no es seguro y, por tanto, el lugar de su
nacimiento sigue siendo también impreciso. Aunque vivió la mayor parte de su
vida en Weichuang, muchas veces estuvo en otros sitios, de modo que sería
erróneo llamarlo natural de Weichuang; llamarlo así seria romper con los
cánones históricos.
Lo que me consuela
un poco es el hecho de que el signo A sea absolutamente correcto.
Decididamen¬te, no es el resultado de una falsa analogía y puede soportar la
prueba de la sabiduría crítica. En cuanto a los otros problemas, no son tales
que personas poco instruidas como yo puedan resolverlos, y sólo me resta
esperar que los discípulos del Sr. Hu Shi, que muestran una tan notable «manía
por la historia y las antigüedades», puedan, quizás, en el futuro, echar luz
sobre ellos; temo, sin embargo, que, para entonces, mi Verídica Historia de A Q
haya caído en el olvido.
Lo dicho puede ser
considerado como una intro¬ducción.
II. Breve recuento
de las victorias de A Q
No sólo son
inciertos el apellido de A Q, su nom¬bre y su lugar de origen; aún mayor es la
oscuridad que reina en relación con sus antecedentes. Ello es debido a que la
gente de Weichuang sólo empleaba sus servicios personales, o le tomaba como
hazme¬rreír, sin prestar la menor atención a sus antecedentes. El propio A Q
jamás dijo nada sobre el particular; sólo cuando discutía con alguien decía a
veces, lanzando una mirada furiosa:
—Nuestra situación
era mucho mejor que la tuya. ¿Qué te crees?
A Q no tenía
familia y vivía en el Templo de los Dioses Tutelares de Weichuang. Tampoco
tenía em¬pleo fijo; hacía trabajos ocasionales para otros: si ha¬bía trigo que
segar, lo fiaba; si era necesario moler arroz, ahí estaba A Q para hacerlo; si
se precisaba un botero, él remaba. Si el trabajo duraba un tiempo considerable,
vivía en casa de su patrón, pero se marchaba en cuanto terminaba su tarea.
Siempre que había algún trabajo por hacer, la gente pensaba en A Q, pero
recordaba sus servicios y no sus antece¬dentes, y cuando el trabajo estaba
terminado, hasta el propio A Q caía en el olvido; y nada digamos de sus
antecedentes. Solamente una vez un anciano le elogió diciendo: «¡Qué buen
trabajador es A Q!» En aquel momento A Q, con el torso desnudo, indiferen¬te y
flaco, estaba de pie ante él y los demás no sabían si la observación había sido
hecha en serio o como burla; pero A Q quedó transido de alegría.
A Q, por su parte,
tenía muy buena opinión de sí mismo; consideraba a todos los habitantes de
Weichuang inferiores a él, incluso a los dos «jóvenes le¬trados», a quienes
estimaba indignos de una sonrisa. Los letrados jóvenes podían llegar a ser
bachilleres. El señor Chao y el señor Chian eran tenidos en alta estima por los
aldeanos, precisamente porque, apar¬te de ser ricos, eran también padres de
jóvenes letrados, y tan sólo A Q no mostraba signo de especial de¬ferencia
hacia ellos, pensando para sí: «Mis hijos pueden llegar mucho más alto».
Además, cuando A Q
hubo ido a la ciudad unas cuantas veces, naturalmente, se volvió mucho más
vanidoso y empezó a despreciar a los habitantes de la urbe. Por ejemplo, los
habitantes de Weichuang llamaban «banco largo» a una tabla de tres pies por
tres pulgadas, y él también la llamaba «banco largo», pero la gente de la
ciudad decía «banco luengo»; él pensaba: «Están equivocados. ¡Qué ridículo!» Y
como, cuando freían pescados cabezones en aceite, los aldeanos de Weichuang los
condimentaban con pedazos de chalote de un centímetro de largo, en tanto que la
gente de la ciudad ponía el chalote picado muy fino, él se decía: «También en
esto se equivo¬can. ¡Qué ridículo» ¡Pero los aldeanos de Weichuang eran
realmente unos rústicos ignorantes que jamás habían conocido el pescado frito
de la ciudad!
A Q, que «había
tenido mucho mejor situación», que era hombre de mundo y un «buen trabajador»,
hubiera estado al borde de ser un «hombre perfecto», de no mediar unos cuantos
fallos físicos. El más mo¬lesto de todos lo constituían unas cicatrices
circulares de sarna que habían aparecido en fecha indeter¬minada en su cuero
cabelludo. Aunque estaban en su propia cabeza, A Q parecía no considerarlas del
todo honorables, porque evitaba usar la palabra «sarna» u otras de
pronunciación semejante, y llegó a perfeccionar este criterio, desterrando las
palabras «brillo» y «luz»; y aun las palabras «lámpara» y «vela» fueron
consideradas tabú por él. Cuando la prohibición no era respetada,
intencionalmente o no, A Q sufría un ataque de rabia y las cicatrices de la cabeza
se le ponían rojas. Echaba una mirada al ofensor y, si éste era corto de
ingenio, empezaba a insultarlo; si era más débil que él, lo golpeaba. Y sin
embargo, cosa curiosa, casi siempre era A Q quien cosechaba la peor parte en
estos encuentros, hasta que se vio obligado a adoptar una nueva táctica de
acuerdo con la cual se contentaba con mirar furiosamente a su rival.
Pero sucedió que
cuando A Q dio en emplear esta mirada furiosa, los holgazanes de Weichuang se
dedicaron a hacer aún más bromas a sus expensas. Apenas le veían, fingían
sobresaltarse y decían:
—¡Bah! Hay mucha
más luz.
A Q se indignaba,
como era de rigor, y miraba furiosamente.
—¡Pareciera haber
una lámpara de petróleo! —continuaban, sin intimidarse en lo más mínimo.
A Q no podía hacer
nada, pero rebuscaba en su cerebro una respuesta con que vengarse: —Ni siquiera
mereces...— En ese momento, hasta las cica¬trices de sarna de su cuero
cabelludo daban la im¬presión de ser algo noble, honorable, y no vulgares
cicatrices de sarna. Sin embargo, como dijimos más arriba A Q era hombre de
mundo y se daba cuenta de que había estado a punto de violar el tabú, de modo
que se abstenía de decir nada más.
Pero los holgazanes
no quedaban satisfechos y continuaban molestándole; finalmente, llegaban a
golpes. Sólo cuando A Q estaba derrotado a todas luces, cuando le habían tirado
de la coleta de color amarillento y le habían golpeado la cabeza contra la muralla
cuatro o cinco veces, se iban los holgazanes, satisfechos de su victoria. A Q
se quedaba allí un momento, diciéndose a sí mismo: «Es como si me hu¬biera
pegado mi propio hijo. ¡A lo que ha llegado mundo!». Después de lo cual también
se iba, satisfe¬cho de haber obtenido la victoria.
A Q solía contar a
los demás todo lo que pensa¬ba, de manera que quienes se burlaban de él
conocían estas victorias psicológicas y entonces, el que le tiraba de la coleta
o se la retorcía, le decía:
—A Q, ésta no es la
paliza de un hijo a su padre, sino la de un hombre a una bestia. Di: ¡un hombre
golpea a una bestia!
Y entonces A Q,
sujetándose la base de su trenza con ambas manos con la cabeza ladeada, decía:
—Pegándole a un
animal... ¿Qué te parece? Yo soy un animal. ¿No me dejas aún?
No obstante ser un
animal, los holgazanes no le permitían marcharse sino después de haberle
gol¬peado la cabeza cinco o seis veces contra cualquier cosa que hubiera a
mano; después de lo cual se iban felices de haber obtenido la victoria y
confiados en que esta vez A Q estuviese liquidado. Pero a los diez segundos,
también A Q se iba, satisfecho de haber obtenido la victoria, pensando que era
«el primer denigrado de sí mismo» y que después de quitar «deni¬grador de sí
mismo», quedaba «el primero». ¿Acate el primero de los graduados en el examen
imperial no era «el primero»? ¿Qué te imaginas? —decía.
Después de emplear
tales astucias para quedar a la altura de sus enemigos, A Q corría feliz a la
taber¬na a beber unos cuantos tazones de vino, a bromear con los demás otra
vez, a amar broncas de nuevo, ob¬tener la victoria nuevamente, para regresar al
Tem¬plo de los Dioses Tutelares con el alma henchida de gozo y quedarse dormido
apenas se acostaba.
Si tenía dinero, se
iba a jugar. Un grupo de indi¬viduos se acomodaba en el suelo y A Q se
instalaba allí, con el rostro empapado en sudor, gritando más fuerte que nadie:
—¡Cuatrocientos al
dragón azul!
—¡Eh, abre aquí!
—decía el de la banca, también con la cara bañada en transpiración, abriendo la
caja y cantando—. Puertas Celestiales... ¡Nada para el Cuerno...! La
Popularidad y el Pasaje no se detie¬nen en ellos... ¡Venga el dinero de A Q!
—Cien al Pasaje...
¡Ciento cincuenta!
Al son de esta
música, el dinero de A Q iba pa¬sando a los bolsillos de los otros, cuyos
rostros estaban empapados en transpiración: Finalmente, se veía obligado a
salir de allí abriéndose paso a coda¬zos y se quedaba en la retaguardia,
mirando el jue¬go con preocupación por la suerte ajena, hasta que terminaba;
entonces regresaba de mala gana al Templo Tutelar. Y al día siguiente iba a su
trabajo con los ojos hinchados.
Sin embargo, la
verdad del proverbio «La desgracia puede ser una bendición disfrazada» quedó en
evidencia cuando A Q tuvo la desgracia de ganar una vez en el juego, para
sufrir al final una cruel de¬rrota.
Fue en la tarde del
Festival de los Dioses en Wei¬chuang. De acuerdo con la costumbre, se
representa¬ba una obra teatral; y cerca del escenario, también de acuerdo con
la costumbre, había numerosas me¬sas de juego. Los tambores y batintines del
teatro resonaban a tres millas del que llevaba la banca. Jugó una y otra vez
con éxito: sus sapecas de cobre se transformaron en monedas de diez, sus
monedas de diez en yinyuanes, y sus yinyuanes formaron monto¬nes. En su
excitación gritaba:
—¡Dos yinyuanes a
las Puertas Celestiales!
Nunca supo quién
había comenzado la pelea, ni por qué razón. El ruido de las maldiciones, los
golpes y las pisadas se mezclaban confusamente en su cabeza y, cuando se puso
de pie, las mesas de juego habían desaparecido, igual que los jugadores. Varias
zonas del cuerpo le dolían como si hubiera sido gol¬peado y pateado, y algunas
personas le observaban con asombro. Sintiendo que algo iba mal, se marchó al
Templo Tutelar y, cuando recuperó la calma, se dio cuenta de que su montón de
yinyuanes había de-saparecido. Y, como la mayoría de los tahúres del Festival
no eran de Weichuang, ¿dónde iba a buscar a los culpables?
¡Un montón tan
blanco y refulgente de dinero! Todo había sido suyo... Pero ahora había
desapareci¬do. Considerar esto como equivalente a ser robado por su propio
hijo, no era consuelo para él; tomarse por un animal, tampoco le consolaba; de
modo que esta vez sí que sintió alguna amargura de derrota.
Pero pronto
transformó su derrota en triunfo. Alzando su mano derecha, se golpeó el rostro
dos veces, hasta que enrojeció de dolor. Su corazón se sin¬tió más liviano,
porque creía que quien había dado los golpes era él mismo, en tanto que el
castigado era el otro yo, y no tardó en tener la sensación de haberle pegado a
otra persona, pese a que el rostro todavía le dolía. Se acostó satisfecho de
haber obtenido la victoria.
Se durmió
enseguida.
III. Noticias más
amplias sobre las victorias de A Q
Si bien A Q siempre
obtenía victorias de esa cla¬se, sólo se hizo famoso cuando el señor Chao le
favoreció con una bofetada en plena cara.
Una vez hubo pagado
al alcalde un soborno de doscientas sapecas, se tendió en el suelo, enfadado.
Después pensó: «Qué mundo el de hoy, en que el hijo golpea a su padre...»
De pronto recordó
el prestigio del señor Chao y cómo ahora era nada menos que su hijo, lo cual le
sentirse satisfecho; se levantó y se fue a la ta¬sa, cantando La joven viuda en
la tumba de su esposo. En ese momento reconoció que verdaderamente el señor Chao
pertenecía a una clase superior a mucha gente.
Tras este
incidente, aunque resulte sorpren¬dente, todo el mundo pareció rendirle
desusado respeto. Probablemente A Q lo atribuyera al hecho de ser el padre del
señor Chao, pero en realidad no era ese el caso. Por lo general, en Weichuang,
el que Fulano séptimo golpeara a Fulano octavo, o el que el cuarto Li golpeara
al tercer Chang, no era cosa que se tomara en cuenta. Para que los aldeanos
consideraran una paliza digna de sus comenta¬rios, tenía que estar relacionada
con algún perso¬naje importante como el señor Chao; pero si la cla¬sificación
era de primer orden, si el que pegaba era famoso, el que recibía los golpes
gozaba tam¬bién de los ecos de su fama. En cuanto a que la cul¬pa fuese de A Q,
se daba por descontado. Ello era debido a que el señor Chao no podía dejar de
tener razón. Pero si A Q no tenía ni un adarme de razón, ¿por qué todo el mundo
parecía tratarlo con tan inusitado respeto? Esto es difícil de explicar.
Pode¬mos adelantar la hipótesis de que tal vez se debie¬ra al hecho de que A Q
había dicho pertenecer a la misma familia que el señor Chao, de modo que,
aunque hubiese sido castigado, la gente todavía presumiese que debía de haber
alguna verdad en lo que había dicho y entonces era más seguro tra¬tarlo con
cierto respeto. O bien, el caso podía ser como el del buey del sacrificio en el
templo de Confucio: es decir que, aunque el buey estaba en la misma categoría
que el cerdo y la oveja del sacrifi-cio —puesto que todos eran animales—, ya
que el sabio lo había probado, los confucianos no se atrevían, naturalmente, a
tocarlo.
Después de aquello
A Q vivió varios años de triunfal satisfacción.
Una vez, en
primavera, caminando, ebrio, vio
Bigotes Wang
sentado, desnudo hasta la cintura, despiojándose al pie de una muralla, a pleno
sol, y ante el espectáculo comenzó a sentir comezón en el cuerpo. El tal
Bigotes Wang tenía costras de sarna en el cuerpo y patillas en la cara y todo
el mundo le llamaba «Sarnoso Bigotes Wang». A Q omitía la palabra «sarnoso»,
pero sentía el más profundo desprecio por él. A Q pensaba que, si bien las
costras no eran nada excepcional, las patillas eran realmente extraordinarias y
la gente no podía sino despreciar a un tipo así. De modo que A Q se sentó a su
lado. Si hubiera sido cualquier otro holgazán, A Q jamás se hubiera atrevido a
sentarse con tal despreocupación; pero, ¿qué podía temer de Bigotes Wang? A
decir verdad, el que él deseara sentarse allí era un honor para Wang.
A Q se quitó la
ruinosa chaqueta forrada y la volvió del revés, pero, fuese porque acababa de
lavarla, o porque fue demasiado torpe en su búsqueda, hurgó largo rato y sólo
encontró tres o cuatro piojos. Por otra parte, vio a Bigotes Wang pescar uno
tras otro, en rápida sucesión, y echárselos a la boca produciendo un estallido.
Al principio, A Q
se sintió desesperado; luego, resentido: el despreciable Bigotes Wang pescaba
tantos, y él había encontrado tan pocos; ¡qué pérdida de prestigio! Estaba
ansioso por pillar uno o dos grandes, pero no había ninguno y sólo tras
considerables dificultades pudo coger uno mediano, que se echó con energía a su
gruesa boca y que mordisqueo con toda su fuerza, sin producir más que un
pequeño estallido, inferior en mucho a los ruidos que Bigotes Wang hacía en
aquel momento.
Todas sus
cicatrices de sarna se pusieron escarlata. Arrojó la chaqueta al suelo, escupió
y dijo:
—¡Gusano!
—Perro sarnoso, ¿a
quién insultas? —preguntó Bigotes Wang, mirándolo con desprecio.
Aunque en los
últimos tiempos A Q gozaba de relativamente mayor respeto y se había vuelto,
por tanto, mucho más engreído, cuando se enfrentaba con gente acostumbrada a
pelear, se sentía tímido; pero en aquella ocasión se mostró excepcionalmente
combativo. ¿Cómo se atrevía a decir impertinencias un tipo con las mejillas
peludas?
Al que le caiga el
sayo, que se lo ponga —dijo A Q, poniéndose de pie, con las manos en las
caderas.
—¿Te pican los
huesos? —preguntó Bigotes Wang, levantándose a su vez y poniéndose la chaqueta.
A Q creyó que
intentaba huir, de modo que dio un paso adelante y trató de golpearlo con el
puño.
Pero antes de que
su mano tocara a Bigotes Wang, éste se la había cogido, tirando de ella con
tanta violencia que le hizo caer tambaleando contra él. Bigotes Wang le cogió
de la trenza y comenzó a arrastrarlo hacia la muralla, para golpearle la cabeza
a la manera tradicional.
—«¡Un caballero
emplea su lengua, pero no las manos!» —protestó A Q, ladeando la cabeza.
Al parecer Bigotes
Wang no era un caballero, porque sin prestar la menor atención a lo que A Q
decía, le golpeó la cabeza contra la muralla cinco veces seguidas y luego le
propinó un empujón que lo envió trastabillando a dos metros de distancia.
Solamente entonces Bigotes Wang se sintió satisfecho y se marchó.
Hasta donde era
capaz de recordar, aquélla era la primera humillación de su vida, porque él
siempre había despreciado a Bigotes Wang a causa de sus mejillas peludas, pero
nunca había sido despreciado por éste ni mucho menos golpeado. Y ahora, en
contra de todo lo que cabría esperar, Bigotes Wang le había pegado. Tal vez lo
que decían en el mercado fuese verdad: «El emperador ha abolido los exámenes
oficiales, de modo que los letrados que los han rendido ya no son necesarios».
De resultas de ello, la familia Chao debe de haber perdido prestigio. ¿Sería
por eso que la gente la trataba con desprecio?
Allí estaba A Q,
irresoluto.
A lo lejos, se veía
venir a un hombre, que resultó ser otro de los enemigos de A Q. Era una de las
personas de las que éste más abominaba: el hijo mayor del señor Chian. Había
ido a la ciudad a estudiar en un colegio extranjero y después se había arreglado
de alguna forma para viajar al Japón. Cuando regresó a casa, medio año después,
tenía las piernas rectas y su coleta había desaparecido. Su madre lloró
amargamente una docena de veces, su mujer trató de arrojarse al pozo tres
veces. Más tarde la madre dijo a todo el mundo: «Un bribón le cortó la trenza
cuando estaba borracho. Pudo ser funcionario, pero ahora tiene que esperar
hasta que le vuelva a crecer».
Sin embargo, A Q no
creía en aquella historia e insistía en llamarlo «Falso Demonio Extranjero» y
«traidor a sueldo extranjero». Tan pronto como lo vio, comenzó a insultarlo por
lo bajo.
Lo que más
despreciaba y detestaba en él era su coleta falsa. Cuando un hombre llegaba a
tener una trenza artificial casi no se le podía considerar un ser humano; y el
hecho de que su mujer no se hubiera lanzado a la noria por cuarta vez
demostraba que tampoco ella era una mujer buena.
El «Falso Demonio
Extranjero» venía aproximándose —¡Calvo! Burro…—. Antes A Q había insultado
sólo como para sí, sin palabras audibles; pero en esta ocasión, debido a su mal
humor y debido también a que deseaba expresar su necesidad de venganza, las
palabras se deslizaron de su boca, queda e involuntariamente.
Por desgracia el
«calvo» llevaba en las manos un pulido garrote de color amarillo que A Q
llamaba «el bastón del duelo» y se le acercó a grandes pasos. A Q supo de
inmediato que había una paliza en perspectiva y se preparó, contrayendo los
músculos y encogiendo los hombros; y, en efecto, se oyó un sonoro golpe que
pareció aterrizar sobre su cabeza.
—¡Lo decía por él!
—explicó A Q señalando a un niño que andaba por ahí.
¡Paf'! ¡paf! ¡paf!
Por lo que A Q
podía recordar, probablemente ésta fuese la segunda humillación de su vida.
Felizmente, cuando el ruido de la paliza cesó, le pareció que el asunto estaba
liquidado y en cierto modo se sintió aliviado. Además, su preciosa «capacidad
de olvido», legada por sus antepasados, produjo efecto. Se fue caminando
lentamente y, antes de llegar a la puerta de la taberna, se sintió algo más
feliz.
Pero en dirección
contraria venia una pequeña monja del Convento del Sereno Recogimiento. En
tiempos normales, A Q se habría puesto a maldecir; ¿qué esperar entonces
después de sus humillaciones? Inmediatamente se acordó de lo que le había
sucedido y se enfureció de nuevo.
—No sabía a qué
debía mi mala suerte de hoy, pero, pensándolo bien, debe de ser porque tenía
que verte a ti —se dijo.
Se acercó a ella,
escupió ruidosamente y dijo:
—¡Ufl ¡Pu!
La monjita no le
prestó la menor atención y siguió caminando con la cabeza baja. A Q continuó
junto a ella, estiró de repente la mano, le sobó la cabeza recién afeitada y,
riendo estúpidamente, le dijo:
—¡Pelada! Vuelve
pronto, que tu bonzo te está esperando...
—¿Por qué me pones
la mano encima...? —dijo la monja, enrojeciendo, tratando de alejarse
rápidamente.
Los hombres que
había en la taberna se rieron a carcajadas. A Q, al ver que su hazaña era
apreciada, empezó a sentirse estimulado.
—Si el bonzo te
puede tocar, ¿por qué no voy a tocarte yo? —dijo, pellizcándole la mejilla.
Los de la taberna
volvieron a reír a carcajadas. A Q se sintió aún más complacido y, con el
objeto de dar satisfacción a los espectadores, volvió a pellizcarla con fuerza
antes de permitirle marchar.
Tras ese encuentro,
A Q olvidó a Bigotes Wang y al Falso Demonio Extranjero, como si se hubiera
desquitado de toda la mala suerte de aquel día, y, cosa extraña, sentíase mucho
mejor que después de la paliza, ágil y ligero como si fuera a flotar en el aire.
—¡Ojalá el maldito
A Q muera sin descendencia! —se oyó sollozar a la distancia a la pequeña monja.
—¡Ja, ja, ja! —rió
A Q completamente satisfecho.
—¡Ja, ja, ja! —rió
la gente en la taberna, también sumamente complacida, aunque no tanto como A Q.
IV. Tragedia de
amor
Hay quien dice que
hay vencedores que no encuentran ningún placer en la victoria si el contrario
no es tan fuerte como un tigre o un águila; y si sus rivales son tímidos como
ovejas o gallinas, sienten que el triunfo es vacío. Por otra parte, hay vencedores
que, después de conquistarlo todo, muerto o rendido el enemigo, dicen la frase
clásica: «Vuestro súbdito, temeroso y temblando, se presenta ante vos para que
le perdonéis el crimen que merece la pena de muerte». Se dan cuenta de que ya
no tienen enemigo, ni rival, ni amigo, desolados y aislados. Y entonces sienten
que la victoria es algo trágico. Pero nuestro héroe no era de esa clase: él
siempre se sentía optimista. Tal vez ésta sea la prueba de la supremacía moral
de China sobre el resto del mundo.
¡Ved a A Q ágil y
ligero como si fuera a flotar!
Pero aquella
victoria no estuvo exenta de raras consecuencias. Durante largo rato pareció
flotar y se fue como volando al Templo de los Dioses Tutelares, donde
normalmente se habría puesto a roncar apenas se hubiera acostado. Sin embargo
le fue muy difícil cerrar los ojos esa noche, porque sentía que algo extraño le
sucedía en el pulgar y el índice, que parecían más suaves y resbaladizos que de
costumbre. Es imposible decir si había una sustancia suave y oleosa en la
mejilla de la monja, que se hubiese adherido a sus dedos, o si éstos se habían
puesto resbaladizos al frotar la piel de ella...
—¡Ojalá el maldito
A Q muera sin descendencia!
Las palabras
resonaron en los oídos de A Q que pensó: «Tiene razón: yo debería tener una
mujer; porque si un hombre muere sin hijos, no tiene a nadie que haga un
sacrificio con un plato de arroz para su alma... Debería tener una mujer». Se
dice: «Hay tres formas de conducta poco filial, la peor de las cuales es no
tener descendientes» y es también una gran pesadumbre, pues «las almas sin
descendientes viven hambrientas». De modo que su pensamiento estaba en perfecto
acuerdo con las enseñanzas de los santos y los sabios; pero era una lástima que
después tuviera que vagar sin rumbo, incapaz de detenerse. «¡Mujer, mujer!...»,
pensó.
«El bonzo puede
tocar... ¡Mujer, mujer... mujer!», volvió a pensar.
Nunca sabremos
cuándo comenzó a roncar A Q aquella noche. Es probable, sin embargo, que a
partir de entonces sintiera siempre suaves y resbaladizos los dedos y ligero el
corazón.
«¡Mujer...!»,
seguía pensando.
Por esta sola razón
puede verse que la mujer es cosa dañina para la humanidad.
La mayor parte de
los varones chinos podrían llegar a ser santos y sabios si no fuera por el
hecho infortunado de que son arruinados por las mujeres. La dinastía Shang fue
destruida por Da Chi, la dinastía Chou fue debilitada por Bao Si; en cuanto a
la dinastía Chin... aunque no existe evidencia histórica que lo pruebe, si
pensamos que cayó por causa de alguna mujer, no andaremos muy descaminados. Y
es un hecho que la muerte de Dong Chuo fue causada por Diao Chan.
Empecemos por decir
que también A Q había sido un hombre de moral estricta. Aunque no sabemos si
fue guiado por las enseñanzas de algún buen maestro, siempre se había mostrado
muy escrupuloso en la observación de la «estricta separación de los sexos» y era
lo suficientemente recto para denunciar a herejes como la pequeña monja y Falso
Demonio Extranjero. Su tesis era: «Todas las monjas mantienen sin duda
relaciones clandestinas con los monjes. Cuando una mujer camina sola por la
calle, sin duda tiene la pretensión de seducir a los hombres malos. Cuando un
hombre y una mujer hablan a solas, sin duda están planeando una cita». Con el
objeto de castigar sus desviaciones de la moral, A Q los miraba con furia o
hacía unas cuantas observaciones punzantes en voz alta; o bien, si el sitio
estaba desierto, lanzaba disimuladamente una piedrecita.
¡Quién iba a decir
que, cerca de los treinta años, que es cuando un hombre debe «tener los pies
firmemente en la tierra», perdería la cabeza de aquel modo por una monjita!
Aquel sentimiento de ligereza, de acuerdo con los cánones clásicos, no debería
haber existido; es cierto que las mujeres son criaturas odiosas. Porque, de no
haber sido suave y resbaladiza la cara de la monjita, A Q no hubiese sido
hechizado por ella; tampoco si el rostro de la monja hubiera estado cubierto
por un velo. Cinco o seis años atrás, en medio del público de una
representación teatral al aire libre, había pellizcado el muslo a una mujer;
pero como el muslo estaba aislado por la tela del pantalón, no se sintió
después presa de esa sensación de ligereza. Pero la monjita no se había
cubierto el rostro y ésta era otra prueba de la malignidad de aquella hereje.
«Mujer...», pensaba
A Q.
El mantenía bajo
estrecha vigilancia a aquellas mujeres que él creía que «ciertamente deseaban
seducir a los hombres malos», pero ellas no le sonreían. Escuchaba con toda
atención a las mujeres que conversaban con él, pero ninguna decía una palabra
que pudiera llevar a un trato. ¡Ah!, aquél era otro ejemplo de la malignidad
femenina: todas asumían un aire de «falsa honestidad».
Un día en que A Q
estaba descascarando arroz en la casa del señor Chao, se sentó en la cocina a
fumar una pipa después de cenar. De haberse tratado de cualquier otra casa, se
hubiera vuelto inmediatamente después de la cena, pero en la de la familia Chao
se acostumbraba a cenar temprano. Aunque era regla no encender la lámpara, sino
irse directamente a la cama después de cenar, había excepciones: primero, antes
de que el hijo del señor Chao rindiera los exámenes de bachillerato, se le
permitía encender la lámpara para estudiar sus textos; segundo, si A Q venía a
hacer trabajos ocasionales, se le permitía encender una lámpara cuando tenía
que descascarar arroz. A causa de esta última excepción a la regla, A Q estaba
todavía sentado en la cocina, fumando, antes de continuar la molienda.
Ama Wu, la única
sirvienta de la casa de Chao, después de lavar los platos, se sentó también en
el largo banco y se puso a charlar con A Q.
—La señora no come
desde hace dos días, porque el señor quiere comprar una concubina... «Mujer...
Ama Wu... esta viudita...», pensó A Q. —Y la joven nuera va a tener un hijo en
agosto...
«Mujer...», pensó A
Q.
Dejó la pipa y se
levantó.
—La joven nuera...
—continuó Ama Wu locuaz.
—¡Acuéstate
conmigo, acuéstate conmigo! —A Q se precipitó hacia ella y se arrodilló.
Hubo un momento de
absoluto silencio.
—¡Ay, ya! —Ama Wu,
turbada por un instante, de pronto se echó a temblar, salió corriendo y empezó
a gritar. Los gritos se convirtieron en llanto.
A Q, arrodillado
ante la pared, estaba también perplejo, de modo que se aferró al banco vacío
con ambas manos y se puso de pie despacio, vagamente consciente de que algo
andaba mal. En realidad por entonces se encontraba ya en deplorable estado
nervioso. Con toda premura metió su pipa en el cinturón y concluyó que debía
volver a descascarar arroz. ¡Bang!, su cabeza resonó con un golpe tremendo y,
al volverse rápidamente, vio ante sí al bachiller que blandía un gran garrote
de bambú.
—¡Cómo te
atreves... Tú!...
El gran garrote de
bambú descendió otra vez sobre él. A Q levantó ambos brazos para proteger su
cabeza y el garrotazo le dio en los nudillos, causándole bastante dolor.
Mientras escapaba por la puerta de la cocina, le pareció que también su espalda
recibía un golpe.
—¡Huevo de tortuga!
—dijo el bachiller, insultándolo en idioma mandarín, a sus espaldas.
A Q huyó hacia el
patio donde se hallaba el mortero; allí se quedó solo, sintiendo aún el dolor
en los nudillos y recordando todavía lo de «huevo de tortuga», porque esta
expresión jamás era empleada por los aldeanos de Weichuang, sino solamente por
los ricos que habían visto algo del mundo oficial. De modo que estaba
especialmente asustado y tremendamente impresionado. Sin embargo, la obsesión
de «Mujer...» se había disipado. Después de los insultos y los palos, algo
parecía haberse extinguido, y aún se sentía muy ligero de corazón cuando fue a
reiniciar su tarea. Después de descascarar arroz un rato, comenzó a sentir
calor y se detuvo para quitarse la chaqueta.
Estaba haciendo
esto cuando oyó un tumulto afuera y, como a A Q le gustaba presenciar un
tumulto, salió a averiguar la causa del ruido. Este lo llevó directamente al
patio interior de la casa del señor Chao. Aunque ya estaba oscuro pudo
distinguir a varias personas; toda la familia Chao estaba allí, incluso la
señora que hacía dos días que no comía. Estaban, además, la vecina Séptima
Cuñada Zou y los verdaderos parientes Chao Bai-yan y Chao Si-chen.
La joven nuera
conducía a Ama Wu fuera el recinto de los sirvientes y le decía:
—Ven fuera... No te
quedes ahí encerrada, pensando en eso...
—Todos saben que
eres una buena mujer —dijo la Séptima Cuñada Zou—, no debes pensar en
suicidarte.
Ama Wu sólo atinaba
a reiterar sus lamentos, sin que fuera posible entender por completo lo que
decía.
—¡Je! esto está
interesante —pensó A Q—. ¿Qué estará tramando la viudita?
Con el deseo de
informarse, se dirigió a Chao Si-chen, pero de pronto vio al hijo del señor
Chao que venía hacia él con el maldito palo de bambú en la mano. A la vista del
palo recordó súbitamente que había sido golpeado con él y vio que, según todas
las apariencias, su persona estaba relacionada con la excitación reinante. Dio
media vuelta y echó a correr, con la esperanza de escapar hacia el patio, pero
sin prever que el gran garrote de bambú podía cortarle la retirada; por lo
tanto, volvió a girar y corrió en dirección opuesta, escapando sin mayores
consecuencias por la puerta trasera. Y en muy corto tiempo estuvo de regreso en
el Templo de los Dioses Tutelares.
Tras permanecer un
rato sentado, su piel comenzó a ponerse como la de las gallinas y sintió frío,
porque aunque era primavera, las noches estaban todavía bastante frescas y no
eran apropiadas para espaldas desnudas. Entonces recordó que había dejado su chaqueta
en casa de la familia Chao, pero temía que, si regresaba a buscarla, le
hicieran probar otra dosis del gran palo de bambú del bachiller.
Entonces entró el
alcalde.
—¡A Q, hijo de
perra! —dijo. Así es que llegas a injuriar hasta a la sirvienta de la familia
Chao. Tú eres simplemente un rebelde. Me has echado a perder el descanso de
esta noche. ¡Hijo de perra!...
Luego le cayó un
torrente de lecciones y naturalmente A Q nada tuvo que decir. Finalmente, pues
ya era tarde, A Q tuvo que doblar el soborno y dar al alcalde cuatrocientas
sapecas; pero como en aquel momento no tenía dinero contante, dio su sombrero
de fieltro como garantía y suscribió los siguientes cinco puntos:
1. A la mañana
siguiente debía llevar un par de velas de color rojo, de una libra, y un atado
de varillas de incienso a la familia Chao, para pedir perdón por su falta.
2. A Q debía pagar
a los monjes taoístas que la familia Chao había llamado para exorcizar a los
espíritus infernales ahorcados.
3. A Q no debía
jamás volver a poner los pies en el umbral de la casa de Chao.
4. Si cualquier
desgracia le ocurría a Ama Wu en el futuro, A Q sería considerado responsable.
5. A Q no debía ir
a reclamar ni su salario ni su chaqueta.
Desde luego, A Q se
mostró de acuerdo en todo, sólo que desgraciadamente no tenía dinero en ese
momento. Por fortuna, ya había llegado la primavera, de manera que bien podía
pasárselas sin la manta guateada; de modo que la empeñó por dos mil sapecas
para ajustarse a las estipulaciones del convenio. Después de arrodillarse y
tocar el suelo con la frente, desnudo el busto, aún le quedaban algunas sapecas
y, en lugar de ir a recuperar su sombrero de manos del alcalde, las gastó todas
en vino.
Pero la familia
Chao no quemó incienso ni encendió las velas, porque todo ello podía usarse
cuando la señora rindiera adoración a Buda; de modo que los apartaron con ese
propósito. La chaqueta fue casi enteramente convertida en pañales para el bebé
que tuvo la joven nuera en agosto, en tanto los jirones restantes los empleaba
Ama Wu como suela para sus zapatos.
V. El problema de
la subsistencia
Una vez A Q hubo
terminado aquella ceremo¬nia, regresó como siempre al Templo de los Dioses
Tutelares. El sol se había ocultado y A Q fue cayen¬do en pensar que algo raro
ocurría en el mundo. Re¬flexionó meticulosamente y llegó a la conclusión de que
probablemente ello fuese así porque tenía la es¬palda desnuda. Recordó que
tenía aún la vieja cha¬queta forrada, se la puso y se acostó, y cuando abrió
los ojos el sol brillaba de nuevo en lo alto de la muralla occidental. Se
incorporó murmurando: —Hijo de perra...
Se levantó y fue a
vagar por las calles como de costumbre y de nuevo le vino el pensamiento de que
algo raro ocurría en el mundo, aunque algo diferente del frío que le hería el
pellejo, ya que iba con la es¬palda desnuda. Al parecer, desde aquel día todas
las mujeres de Weichuang se avergonzaban ante él, al punto que, cuando veían a
A Q, todas se refugiaban dentro de las casas. Y hasta la propia Séptima Cuñada
Zou, que tenía casi cincuenta años, se retiraba precipitadamente con las demás,
llamando a su hija de once años. Esto le pareció sumamente extraño a A Q y
pensó: «Estas criaturas se han puesto tímidas como señoritas. ¡Putas!»
Varios días
después, sin embargo, volvió a sen¬tir, aún con mayor fuerza, que el mundo
funcionaba de un modo raro. En primer lugar, le negaron el cré¬dito en la
taberna; en segundo lugar, el viejo encar¬gado del Templo de los Dioses
Tutelares hizo algu¬nas observaciones impertinentes como para signifi¬car que A
Q debía irse; en tercer lugar, aunque no podía recordar el número exacto de
días, transcu¬rrieron muchos sin que nadie viniera a contratarlo para trabajo
alguno. Sin el crédito de la taberna po¬día pasarse; si el viejo seguía
urgiéndole a que se marchara, podía hacer caso omiso de su verbosidad; pero
como nadie vino a darle trabajo, tuvo que pasar hambre. Y esto sí que era una
situación de «hijo de perra».
Cuando A Q no pudo
aguantar más, se fue a casa de sus antiguos patrones para averiguar qué pasaba
—sólo le estaba prohibido cruzar el umbral de la casa del señor Chao—, pero se
encontró con algo muy extraño: sólo apareció un hombre de pésimo humor que agitaba
el puño como tratando de alejar a un mendigo, diciendo:
—¡No hay nada,
nada! ¡Vete!
Aquello le
resultaba a A Q cada vez más raro. Pensó: «Esta gente nunca pudo arreglárselas
sin ayuda y no puede ser que ahora, de repente, no haya nada que hacer. Debe de
haber gato encerrado en al¬guna parte». Pero después de cuidadosas
averigua¬ciones descubrió que los trabajos ocasionales se los daban a Pequeño
Don. Este pequeño D era un mozo pobre, flaco y débil, aún inferior a Bigotes
Wang ante los ojos de A Q. ¿Quién iba a pensar, pues, que aquel tipo miserable
podía robarle sus medios de subsistencia? De modo que la indignación de A Q fue
aún mayor que en ocasiones ordinarias y, mientras caminaba echando chispas,
alzó de repente el brazo y comenzó a cantar un verso de ópera popular: —Te
aplastaré con mi maza de acero...
Días más tarde se
encontró con el propio Peque¬ño D ante el muro frente a la casa del señor
Chian. «Cuando dos enemigos se encuentran, sus ojos arro¬jan fuego.» A Q se fue
derecho hacia él y Pequeño D permaneció inmóvil.
—¡Maldita bestia!
—dijo A Q, fulminándolo con la mirada y echando espuma por la boca.
—Soy un animal;
¿basta con eso?... —respondió Pequeño D.
Esta modestia
enfureció a A Q más que nada, pero como no tenía una maza de acero en sus
manos, todo lo que hizo fue echarse encima del Pequeño D y estirar el brazo
para cogerle la coleta. Pequeño D trataba de proteger su trenza con una mano y
de co¬ger con la otra la coleta de A Q, por lo cual A Q tam¬bién empleaba una
mano para proteger su propia trenza. En el pasado, A Q jamás había considerado
a Pequeño D digno de ser tomado en serio, pero como últimamente había pasado
hambre, estaba tan flaco y débil como su enemigo, de modo que parecían dos
antagonistas absolutamente equilibrados. Cuatro manos agarraban dos cabezas;
ambos luchadores, doblados por la cintura, arrojaron una sombra azul en forma
de arco iris sobre la blanca muralla de la familia Chian durante cerca de media
hora.
—¡Basta! ¡Basta!
—exclamaban los espectadores, probablemente tratando de imponer la paz.
—¡Bien, bien!
—decían otros. Pero no está claro si era para imponer la paz, para aplaudir a
los com¬batientes o para incitarlos a nuevos ataques.
Pero los dos
rivales hacían oídos sordos a todo. Si A Q avanzaba tres pasos, Pequeño D
retrocedía tres pasos y allí se quedaban quietos. Si Pequeño D avanzaba tres
pasos, A Q retrocedía tres pasos y allí volvían a quedarse quietos. Al cabo de
casi media hora Weichuang poseía muy pocos relojes que dieran la hora, de modo
que es difícil calcularlo con exactitud; tal vez fuesen veinte minutos, cuando
el sudor les corría por las mejillas y la cabeza les hu¬meaba, A Q dejó caer
las manos y, en el mismo ins¬tante, cayeron también las manos de Pequeño D. Se
incorporaron simultáneamente y retrocedieron si¬multáneamente, abriéndose paso
entre la multitud.
—¡Acuérdate, hijo
de perra!... —dijo A Q volviendo la cabeza.
—¡Tú, hijo de
perra, acuérdate!... —respondió Pequeño D, volviendo también la cabeza.
Aparentemente, la
«batalla del dragón y el tigre» no había terminado en victoria ni en derrota y
no se sabe si los espectadores estaban satisfechos o no, porque ninguno de
ellos expresó su opinión. Pero ni siquiera así vino nadie a buscar a A Q para
darle trabajo.
Un día tibio en que
una suave brisa parecía anunciar el verano, A Q sintió frío; eso podía
sopor¬tarlo, pero su mayor molestia era el estómago vacío. Su manta guateada,
su sombrero de fieltro y su cha¬queta habían desaparecido hacía mucho tiempo y
al final había tenido que vender su chaqueta guateada. No le quedaba nada más
que los pantalones, sin los cuales no podía quedarse de ningún modo. Tenía una
chaqueta forrada destrozada, es verdad, pero como no fuera para hacer suela de
zapatos no valía un comino. Hacía tiempo que esperaba recoger al¬gún dinero,
pero hasta el momento no había tenido éxito; también había tenido esperanza de
encontrar un poco de dinero en su destartalada habitación y había buscado,
inquieto, por todos los rincones, pero la habitación estaba absoluta y
enteramente vacía. Por lo tanto se decidió a salir en busca de alimento.
Iba por el camino
«en busca de alimento», cuando divisó la taberna familiar y el familiar pan
cocido al vapor, pero pasó de largo, no sólo sin detenerse ni un segundo, sino
aun sin sentir el más mínimo deseo. No era aquello lo que buscaba, aunque él
mismo no sabía qué era lo que buscaba.
Weichuang no era un
lugar grande y pronto lo dejó atrás. La mayor parte de la región, fuera de la
aldea, consistía en plantaciones de arroz anegado, verdes hasta donde la vista
podía alcanzar, aquí y allá manchas de objetos redondos, negros y móviles, que
eran los hombres que cultivaban los campos. Pero A Q no tenía ojos para los
placeres de la vida campesina y simplemente continuaba su camino porque sabía
por instinto que aquello estaba muy le¬jos de su senda «en busca del alimento».
En un mo¬mento dado se encontró ante las murallas del Con¬vento del Sereno
Recogimiento.
El convento también
estaba rodeado de campos de arroz; sus blancas murallas destacaban nítidamen¬te
contra el verde tierno y, dentro de la baja muralla trasera, de barro, estaba
el huerto. A Q vaciló un mo¬mento, mirando a su alrededor. Como no había nadie
a la vista, saltó sobre la baja muralla, cogiéndose a una mata de polígala. El
barro se deshizo con ruido de deslizamiento y las piernas de A Q temblaron de
mie¬do; pero logró asirse a una morera y desde allí dio un salto al interior.
Había una profusión de plantas, pero ni rastros de vino amarillo o pan o
comestibles. Junto a la muralla occidental había un macizo de bambú y muchos
brotes, pero desgraciadamente éstos no estaban cocinados. También había plantas
de colza, pero ya habían dado semilla. La mostaza estaba a punto de florecer y
la col estaba muy dura.
A Q se sintió tan
desilusionado como un escolar fracasado en los exámenes e iba caminando
lentamente hacia la puerta del jardín cuando de súbito dio un salto de alegría,
porque allí, delante de sus ojos, ¿qué había sino un plantío de rábanos? Se
puso en cuclillas y comenzó a arrancarlos, cuando de pronto una cabeza redonda
asomó por la puerta y de-sapareció al instante; se trataba nada menos que de la
monjita. A Q siempre había sentido el más olímpi¬co desprecio por seres como
las monjitas, pero las cosas del mundo exigen «un paso atrás para la
refle¬xión», de modo que rápidamente arrancó cuatro rá¬banos, les quitó las
hojas y los metió en los bolsillos de su chaqueta. Pero en ese momento había
apareci¬do ya una monja vieja.
—¡Que Buda nos
proteja, A Q! ¿Qué es lo que te impulsó a entrar en nuestro jardín y robarnos
nues¬tros rábanos?... ¡Oh, Dios mío, qué pecado! ¡Oh, Dios mío, Buda nos
proteja!
—¿Cuándo entré a tu
jardín a robar rábanos? —contestó A Q, mirándola y emprendiendo la retirada.
—¡Ahora!... ¿Y
ésos? —dijo la monja vieja, seña¬lando los que abultaban en la chaqueta.
—¿Son tuyos?
¿Puedes hacer que contesten a tu llamada?
Tú...
Sin terminar la
frase, A Q echó a correr a toda velocidad, seguido por un perro negro,
prodigiosamente gordo. Aquel perro estaba en la puerta princi¬pal y es un
misterio cómo había llegado al huerto trasero. El perro corría gruñendo y
estaba a punto de morder la pierna de A Q, cuando, muy oportunamente, cayó un
rábano de los que éste llevaba y el perro, cogido por sorpresa, se detuvo
durante un se¬gundo. A Q saltó la muralla de barro y cayó, con rá¬banos y todo,
fuera del convento. Dejó al perro negro ladrando todavía y a la anciana monja
rezando sus oraciones.
Temiendo que la
monja dejara salir al perro, A Q juntó sus rábanos y echó a correr, recogiendo
de paso unas cuantas piedrezuelas; pero el perro negro no volvió a aparecer. A
Q tiró las piedras y siguió su camino, mascando y pensando:
—No hay nada que
hacer aquí; mejor me voy a la ciudad...
Cuando se hubo
comido el tercer rábano, tenía decidido marcharse a la ciudad.
VI. De la
rehabilitación a la decadencia
Weichuang no volvió
a ver a A Q hasta después de la Fiesta Lunar de ese año. Todos se
sorprendie¬ron al saber la noticia de su regreso y haciendo me¬moria se
preguntaron dónde habría pasado aquellos días. Las pocas veces que habría ido a
la ciudad, A Q siempre lo había anunciado con anticipación y gran entusiasmo;
pero como esta vez no lo había hecho, nadie se dio cuenta de su viaje. Tal vez
se lo hubiera dicho al viejo que cuidaba el Templo de los Dioses Tutelares,
pero, según la costumbre de Weichuang, sólo se consideraba importante el viaje
a la ciudad del señor Chao, del señor Chian o del bachiller. Ni siquiera se
comentaba el viaje de Falso Demonio Ex¬tranjero; mucho menos el de A Q. Esto
puede expli¬car por qué el viejo no había hecho circular la noti¬cia, de lo que
resultó que la sociedad de Weichuang no tuvo medios de saberlo.
Pero el regreso de
A Q fue aquella vez muy dife¬rente de las anteriores y, en realidad, digno de
cau¬sar verdadero asombro. Estaba obscureciendo cuando apareció, pestañeando,
soñoliento, ante la puerta de la taberna. Caminó hasta el mostrador, sacó un puñado
de monedas de plata y cobre de su cinto y las desparramó diciendo:
—Al contado; ¡trae
vino!
Llevaba una
chaqueta nueva forrada y, eviden¬temente, una alforja pendía de su cinto,
puesto que el peso curvaba el cinturón en un ángulo agudo. Según la costumbre
de Weichuang, cuando parecía haber algo desacostumbrado en alguien, más valía
tratarlo con respeto que con desprecio; y ahora, aunque sabían muy bien que se
trataba de A Q, éste parecía diferente del A Q de la chaqueta rota. Los
antiguos dicen: «Se encontrará un nuevo moti¬vo de admiración en el hombre a
quien no se ve desde hace tres días»; de modo que el mozo, el ta¬bernero, los
parroquianos y los transeúntes, todos expresaron una natural sorpresa con
mezcla de respeto. El tabernero fue el primero en saludar con la cabeza y
decir:
—Hola, A Q, ¿de
modo que has vuelto? —Si., he vuelto.
—¡Has ganado
dinero!... ¿Dónde? —Estuve en la ciudad.
Al día siguiente la
noticia se había difundido en Weichuang. Todo el mundo quería conocer la
histo¬ria de la rehabilitación de A Q, el hombre del dinero contante y de la
nueva chaqueta forrada. En la taber¬na, en la casa de té, bajo el portal del
templo, los al¬deanos se fueron enterando poco a poco de la noti¬cia. Resultó
que comenzaron a mostrar nueva defe-rencia por A Q.
Según contaba A Q,
había estado sirviendo en casa de un licenciado del examen provincial. Todos
los que oían esa parte de la historia se quedaban bo¬quiabiertos. Este
licenciado del examen provincial se llamaba Bai, pero como era el único
licenciado en toda la ciudad, no era necesario usar su apellido; y cuando se
hablaba del licenciado del examen provin¬cial, todos sabían que se trataba de
él. Esto ocurría no sólo en Weichuang, sino en todas partes en cin¬cuenta
kilómetros a la redonda, y así casi todo el mundo creía que su nombre era Señor
Licenciado del Examen Provincial. Haber trabajado en una casa como la de este
ciudadano, naturalmente, infundía respeto; pero según posteriores declaraciones
de A Q, éste no había querido seguir trabajando allí porque este licenciado de
examen provincial era en realidad un «hijo de perra» superlativo. Todos los que
oían esa parte de la historia suspiraban, pero al mismo tiempo se sentían
contentos porque demostraba que A Q realmente no era apto para trabajar en la
casa del licenciado del examen provincial; pero no trabajar allí era una
lástima.
De acuerdo con A Q,
su regreso se debía también a que no estaba contento con la gente de la ciudad,
porque a un banco largo lo llamaban banco luengo y usaban chalote picado para
el pescado frito; agrégue¬se a esto el defecto, que él había descubierto recien¬temente,
de que las mujeres no se meneaban de ma¬nera satisfactoria al caminar. Sin
embargo la ciudad tenía también algunas buenas cosas que él admiraba
francamente: por ejemplo, en tanto que los aldeanos de Weichuang jugaban con 32
palos y sólo Falso De¬monio Extranjero era capaz de jugar al mayong, en la
ciudad, hasta los pilluelos de la calle eran campeo¬nes en el juego. Si Falso
Demonio Extranjero caía en manos de estos jóvenes bribones, se convertiría
in¬mediatamente en un «pequeño demonio delante del rey de los infiernos». Esta
parte de la historia hacía enrojecer a todos.
—¿Han visto ustedes
una decapitación? —pre¬guntaba A Q—. ¡Ah, es un hermoso espectáculo!... ¡Cuando
ejecutan a los revolucionarios!... ¡Ah, es un hermoso, hermoso espectáculo!...
Sacudió la cabeza y
lanzó un salivazo sobre la cara de Chao Si-chen, que estaba al frente. Esta
parte de la historia hacía temblar a todos. Pero A Q, mirando alrededor,
súbitamente alzó la mano derecha y la dejó caer sobre el cuello de Bigotes
Wang, quien con la cabeza hacia adelante, escuchaba en éxtasis y gritó:
—¡Mata!
Bigotes Wang dio un
respingo, sorprendido, al tiempo que retiraba su cabeza tan rápido como el rayo
o la chispa del pedernal, mientras el auditorio se estremecía de agradable
aprensión. Después de esto Bigotes Wang anduvo estupefacto durante va¬rios días
y no se atrevió a acercarse a A Q; y lo mis¬mo les pasaba a los demás.
Aunque no podemos
decir que la situación de A Q fuera entonces superior a la del señor Chao ante
los habitantes de Weichuang, podemos sin embargo admitir que era casi la misma,
sin temor a equivoca¬ción.
La fama de A Q no
tardó en alcanzar también a los círculos femeninos de Weichuang, aunque las dos
únicas familias de ciertas pretensiones eran las de Chian y Chao, y los nueve
décimos del resto eran pobres; sin embargo las habitantes femeninas eran las habitantes
femeninas y la propagación de la fama de A Q en ellas fue cosa de milagro.
Cuando las mujeres se encontraban se decían: —La Sép¬tima Cuñada Zou compró una
falda de seda azul a A Q, y si bien era usada, sólo le costó noventa cen¬tavos;
y la madre de Chao Bai-yan (esto debe ser ve¬rificado porque algunos dicen que
se trataba de la madre de Chao Si-chen) también compró un traje de calicó
importado, para niño, de color rojo, poco gastado, por sólo trescientas
sapecas, menos el ocho por ciento de descuento—. Y entonces querían ver a A Q
con impaciencia: las que no tenían falda de seda y querían comprarle una y las
que ne¬cesitaban traje de calicó extranjero; de modo que no sólo dejaron de
evitar a A Q, sino que a veces cuando éste pasaba de largo, lo seguían,
llamándo¬lo y preguntándole: —¿Tienes alguna otra falda de seda? ¿No? También
necesitamos un traje de cali¬có, ¿te queda?
Luego, estas
noticias se difundieron de los hoga¬res pobres a los más ricos, porque la
Séptima Cuñada Zou estaba tan contenta con su falda de seda que se la llevó a
la señora Chao para que ésta le diera su visto bueno y la señora Chao se lo
contó al señor Chao con palabras muy entusiastas.
El señor Chao
discutió el asunto esa tarde, a la hora de la comida, con su hijo el bachiller,
sugirien¬do que realmente ocurría algo extraño en relación a A Q y que debían
tener más cuidado con sus puer¬tas y ventanas. Pero no sabían si a A Q le
quedaba alguna mercadería y pensaron que tal vez tuviese algo bueno en reserva.
Agréguese a ello el hecho de que la señora Chao necesitaba en aquel momento un
chaleco de piel, bueno y barato. Por tanto en consejo de familia se decidió que
la Séptima Cuñada Zou buscara inmediatamente a A Q y lo trajera a casa; y en
esto se hizo una tercera excepción a la re¬gla, permitiendo que se encendiera
la lámpara esa tarde.
La lámpara había
consumido una buena canti¬dad de petróleo, y A Q no aparecía. Toda la familia
Chao bostezaba en su impaciencia, algunos muy enojados por los modales de
vagabundo de A Q, otros quejosos con la Séptima Cuñada Zou por no haber
cumplido bien con el encargo. La señora Chao temía que A Q no se atreviera a
volver a causa de lo resuel-to en la primavera anterior, pero el señor Chao
creía que no valía la pena preocuparse por eso, porque, como él decía, «ahora
soy yo quien lo manda a buscar». Y en verdad el señor Chao demostró poseer
bastante poder, pues A Q llegó finalmente, acompa¬ñado de la Séptima Cuñada
Zou.
—Dice que no le
queda nada y cuando le dije que viniera a decírselo a usted, seguía repitiendo
lo mismo. Y yo le dije... —decía la Séptima Cuñada Zou, ja¬deante al entrar.
—¡Señor! —dijo A Q,
esbozando una sonrisa y deteniéndose bajo el alero.
—He oído decir que
te has convertido en un hombre rico en otros lugares —dijo el señor Chao,
aproximándose a él y examinándolo cuidadosamen¬te—. Eso está muy bien, muy
bien. Ahora... me han contado que tienes algunas cosas viejas... Tráelas todas
para que las veamos... Esto es, porque simplemente deseo...
—Ya le dije a la
Séptima Cuñada Zou que no me queda nada.
—¿No te queda nada?
—el señor Chao no pudo evitar mostrarse desilusionado—. ¿Cómo pudiste venderlo
todo tan pronto?
—Eran de un amigo y
no eran muchas. La gente compró...
—Pero debe de
quedar algo.
—Sólo me queda una
cortina.
—Entonces trae esa
cortina para que la veamos —dijo la señora Chao apresuradamente.
—Bueno, tráela
mañana —dijo el señor Chao sin mucho entusiasmo—. Más adelante, cuando tengas
algo que vender, debes traérnoslo a nosotros antes que a nadie, para que lo
examinemos...
—Por cierto que no
pagaremos menos que otros —dijo el bachiller. Su esposa miró apresuradamente el
rostro de A Q para ver si éste se emocionaba. —Necesito un chaleco de piel
—agregó la señora Chao.
Aunque A Q dijo que
estaba bien, se retiró con tal indiferencia que nadie pudo decir si tomaba su
compromiso en serio o no. El señor Chao se sintió tan desilusionado, enfadado y
preocupado que hasta dejó de bostezar. El bachiller también estaba muy lejos de
sentirse satisfecho con la actitud de A Q y dijo:
—Habría que ponerse
en guardia contra este huevo de tortuga. Quizás fuese mejor ordenar al al¬calde
que no le permitiera vivir en Weichuang.
Pero el señor Chao
no se mostró de acuerdo y dijo que eso podía acarrear resentimientos, agregando
que, en negocios como los de A Q, «el águila no hace presa en lo que tiene en
su propio nido»; de modo que su propia aldea no tenía de qué preocuparse y que
bastaba con mantener mayor vigilancia por la noche. El bachiller se impresionó
mucho con la «lección paterna» e inmediatamente retiró su suge¬rencia de
expulsar a A Q, advirtiendo a la Séptima Cuñada Zou que no repitiera sus
palabras a nadie.
Sin embargo, al día
siguiente, la Séptima Cuñada Zou llevó su falda azul a que la tiñeran de negro
y difundió sospechas sobre A Q, si bien no mencionó las palabras del bachiller
en el sentido de expulsarlo de la aldea. Pero aun así, causó mucho daño a A Q.
En primer lugar, el alcalde se presentó en su casa y se llevó la cortina y,
aunque A Q alegó que la señora Chao quería examinarla, el alcalde se negó a
devol¬verla y hasta exigió un pago mensual en dinero para guardar silencio. En
segundo lugar, se perdió súbitamente el respeto de los aldeanos hacia su
persona y, aunque no se atrevían todavía a tomarse libertades con él, lo
evitaban lo más posible; y esta actitud era muy diferente del anterior pánico
ante el grito de «iMata!», y más bien se parecía a la actitud de los an¬tiguos
hacia los espíritus: «mantener una respetuosa distancia».
Pero algunos
holgazanes querían ir al fondo del asunto y comenzaron a interrogar a A Q sobre
los detalles. Y éste no trató de ocultar nada, sino que les reveló
orgullosamente sus experiencias. Supieron así que A Q no había sido más que un
insignificante personaje, no sólo incapaz de escalar una muralla, sino también
de penetrar por las aberturas, quedán¬dose simplemente afuera para recibir las
cosas ro¬badas.
Una noche, había
recibido un paquete mientras el jefe volvía a penetrar en el interior, cuando
se oyó un gran tumulto, y A Q movió las piernas tan rápido como pudo. Huyó de
la ciudad aquella misma noche, escapando hacia Weichuang; y después de eso no
se había atrevido a volver a su negocio. Sin embargo, esta historia probó ser
aún más dañina para A Q porque los aldeanos habían «mantenido una respe¬tuosa
distancia» para no incurrir en su enemistad; pero ¿quién iba a imaginarse que
se trataba de un simple ratero que no se atrevía a volver a robar? Por lo
tanto, era «demasiado ruin para inspirar temor».
VII. La revolución
El decimocuarto día
del noveno mes lunar del tercer año del reinado del Emperador Süantong —el día
en que A Q vendió su alforja a Chao Bai-yan—, a medianoche, después del cuarto
toque de la tercera ronda, una gran embarcación con una tienda negra sobre la
cubierta llegó al muelle de la familia Chao. El barco flotaba en la oscuridad,
mientras los aldeanos dormían profundamente, de modo que no sabían nada de
aquello, pero como se fue al amanecer, un buen número de personas pudo verlo.
Una imperti¬nente investigación reveló que el barco pertenecía al señor
licenciado del examen provincial.
Ello causó gran
inquietud en Weichuang y, ha¬cia el mediodía, el corazón de los aldeanos latía
ace¬leradamente. La familia Chao guardó completo si¬lencio en cuanto a la
misión del barco, pero se mur¬muraba en la casa de té y en la taberna que los
revolucionarios iban a penetrar en la ciudad y el señor licenciado del examen
provincial había venido a buscar refugio en aquella aldea. Únicamente la
Sép¬tima Cuñada Zou pensaba de otro modo, diciendo que el señor licenciado del
examen provincial sólo quería desembarcar unos cuantos baúles destrozados, pero
que el señor Chao se había opuesto. En rea¬lidad, el licenciado del examen
provincial y el bachi¬ller de la familia Chao no estaban en buenas relacio¬nes,
de modo que era lógicamente improbable que demostraran amistad «en la
adversidad»; además la Séptima Cuñada Zou era vecina de la familia Chao y sabía
mejor lo que ocurría. Por consiguiente, ella de¬bía de tener razón.
Sin embargo, se
difundió el rumor de que, si bien el señor licenciado del examen provincial no
había venido personalmente, había enviado en cambio una larga carta
estableciendo un «paren¬tesco sinuoso» con la familia Chao; que el señor Chao,
después de pensarlo, había decidido que en ello no debía haber ningún mal para
él, de modo que recibió los baúles que ahora estaban guardados debajo de la
cama de su mujer. Por lo que se refiere a los revolucionarios, algunos decían
que ya habían entrado en la ciudad esa misma noche, con casco y armadura
blancos: el traje de luto por Chongchen, el último emperador de la dinastía
Ming.
Hacía mucho que A Q
había oído hablar de los revolucionarios y ese año había visto con sus pro¬pios
ojos decapitar a uno. Pero se le ocurrió, no se sabe cómo, que éstos empuñaban
la bandera de la re¬belión y que una rebelión haría difíciles las cosas para
él, de manera que siempre «los había detestado profundamente». ¿Quién iba a
decir que podían ate¬rrorizar a un licenciado de examen provincial, cono¬cido
en cincuenta kilómetros a la redonda? En consecuencia A Q no pudo evitar
sentirse un poco «fas¬cinado», al mismo tiempo que le llenaba de regocijo el
terror de todos los malditos habitantes de Wei¬chuang.
—No es mala cosa
una revolución —pensó A Q—. Terminará con todos estos hijos de perra... ¡Todos
son odiosos, detestables en sumo grado!... Hasta yo quiero pasarme a los
revolucionarios.
A Q estaba
últimamente en la cuarta pregunta y es probable que se sintiera insatisfecho;
agréguese a ello el hecho de haber bebido dos tazones a mediodía, teniendo el
estómago vacío, por lo que se embo¬rrachó con mayor rapidez. Mientras caminaba,
se sentía flotar en el aire. De pronto, curiosamente, sin¬tió como si los
revolucionarios fueran él mismo, y todos los habitantes de Weichuang fuesen
prisioneros suyos. Incapaz de contener su alegría, empezó a gritar a voz en
cuello:
—¡Rebelión!
¡Rebelión!
Los habitantes de
Weichuang lo miraban cons¬ternados. Nunca había visto A Q expresiones tan
la¬mentables y esa visión le hizo sentir tan bien como si hubiera bebido un
vaso de agua helada en pleno verano. De modo que continuó aún más feliz
gritando:
—Muy bien... Tomaré
lo que quiera. Tendré amistad con quien me plazca.
¡De de, chiang
chiang!
Lamento haber
matado por equivocación a mi querido amigo Cheng en mi borrachera.
Lamento haber
matado... ¡Ya, ya, ya!
¡De de, chiang
chiang, chiang-ling-chiang!
Te aplastaré con mi
maza de acero...
El señor Chao y su
hijo estaban en ese instante parados en su puerta discutiendo la revolución con
sus dos parientes verdaderos. Pero A Q no los vio cuando pasaba cantando, cara
al cielo:
—¡De, de!...
—¡Eh, viejo Q!
—dijo el señor Chao, tímidamen¬te, en voz baja.
—¡Chiang chiang!
—cantaba A Q, incapaz de imaginar que su nombre pudiese ser asociado con el
tratamiento de «viejo», pensando haber oído mal y que eso no tenía nada que ver
con él. De modo que continuó cantando «¡De, chiang, chiang-ling-chiang,
chiang!»
—¡Viejo Q!
—Lamento...
—¡A Q!—. El
bachiller no halló otra cosa mejor que llamarle por su nombre.
Sólo entonces se
detuvo A Q.
—¿Qué? —preguntó
con la cabeza ladeada.
—Viejo Q...
ahora... —Pero de nuevo el señor
Chao encontró
dificultades con las palabras—. Aho¬ra... ¿eres rico?
—¿Rico? Claro que
sí. Tomo lo que quiero...
—A... hermano A Q,
tus pobres amigos, como nosotros, no tienen ninguna importancia... —dijo Chao
Bai-yan con aprensión como si tratara de tirar de la lengua a los
revolucionarios.
—¿Pobres amigos?
Está claro que usted es más rico que yo —dijo A Q y se fue.
Allí se quedaron
los otros, desilusionados, sin habla. Entonces el señor Chao y su hijo se
metieron en casa y esa tarde discutieron el problema hasta que llegó la hora de
encender las lámparas. Cuando Chao Bai-yan regresó a su hogar, sacó la alforja
del dinero que llevaba colgada a la cintura y se la entregó a su mujer para que
la escondiera en el fondo del cofre.
Durante un rato, A
Q creyó caminar en el aire, pero al llegar al Templo de los Dioses Tutelares la
borrachera se le había pasado por completo. Esa noche, el viejo encargado del
Templo estaba inusitadamente amistoso y le ofreció té; entonces A Q le pidió dos
tortillas y, después de comérselas, le pidió una vela de cuatro onzas, usada, y
un candelabro. Encen-dió la candela y se acostó a solas en su pequeño cuar¬to.
Se sentía inefablemente ligero y feliz, mientras la luz de la vela saltaba y
pestañeaba como en la Fiesta de la Linterna y su imaginación también parecía
retozar.
«¿Revolución? Sería
divertido... Vendría un grupo de revolucionarios, todos con cascos y armaduras
blancos, con navajas planas, mazas de acero, bom¬bas, fusiles extranjeros,
cuchillos de doble filo de tres puntas y lanzas con ganchos. Pasarían por el
Templo de los Dioses Tutelares y dirían: —A Q, ven con nosotros, ven con
nosotros—. Entonces yo me iría con ellos...
»Y todos los
malditos aldeanos de Weichuang me darían risa; y se arrodillarían y
mendigarían: —A Q, perdónanos la vida—. ¡Pero quién los oiría! Los pri¬meros en
morir serían Pequeño D y el señor Chao y luego el bachiller y Falso Demonio
Extranjero... aunque tal vez perdonara a algunos. Al principio, hubie¬se
perdonado a Bigotes Wang, pero ahora ni siquiera a éste quiero perdonar...
»Y los objetos...
Entraría y abriría los cofres: lingotes de oro, monedas de plata, blusas de
calicó importado... Primero trasladaría la cama de Ningbo de la esposa del
bachiller al Templo, y también trasladaría las mesas y las sillas de la familia
Chian... o si no, usaría las de la familia Chao. Yo no movería un dedo,
ordenaría a Pequeño D que me trasladara las cosas y que lo hiciera rápidamente,
si no quería recibir una bofetada en la cara...
»La hermana menor
de Chao Si-chen es muy fea. Dentro de pocos años valdrá la pena tomar en cuenta
a la hija de la Séptima Cuñada Zou. La mujer de Fal¬so Demonio Extranjero se
acuesta con un hombre sin coleta, ¡uf! ¡Ésta no puede ser una mujer buena! La mujer
del bachiller tiene cicatrices en los párpa¬dos... Hace mucho que no veo a Ama
Wu y no sé dón¬de está... ¡Qué lástima que tenga los pies tan grandes!»
Antes que A Q
llegara a una conclusión satisfac¬toria, se oyeron ronquidos. La vela de cuatro
onzas sólo había ardido media pulgada y su vacilante luz roja iluminaba la boca
abierta de A Q.
—¡Jo, jo! —gritó A
Q de repente, levantando la cabeza y mirando, despavorido, a su alrededor; pero
cuando vio la vela de cuatro onzas, volvió a acostarse y a dormirse.
A la mañana
siguiente se levantó muy tarde y, cuando salió a la calle, todo seguía igual.
Sentía hambre todavía, pero aunque se estrujó los sesos no pudo encontrar
recursos; de pronto se le ocurrió una idea y se fue andando lentamente, hasta
que, con o sin intención, llegó al Convento del Sereno Recogimiento.
El convento seguía
tan pacífico como en la última primavera, con sus murallas blancas y su
reful¬gente puerta negra. Reflexionó un momento y luego fue a golpear a la
puerta; comenzó a ladrar un perro dentro. Se apresuró a recoger varios trozos
de ladri¬llos y volvió a llamar, con mayor énfasis, hasta que los golpes
dejaron picada en varias partes la pintura negra. Por fin se oyó a alguien que
venía a abrir la puerta.
A Q se dispuso
inmediatamente a emplear los ladrillos y se quedó con las piernas abiertas,
listo para entrar en batalla con el perro negro. Pero la puerta del convento
sólo se abrió un palmo y el perro negro no se lanzó desde ella; todo lo que
pudo ver fue a la anciana monja.
—¿Qué estás
haciendo aquí otra vez? —preguntó, sobresaltada.
—Hay una
revolución... ¿Sabía usted? —dijo A Q con vaguedad.
—Revolución,
revolución... Ya ha habido una. ¿Qué va a ser de nosotras con todas esas
revolucio¬nes? —dijo la anciana monja, mientras sus ojos se ponían rojos.
—¿Qué? —preguntó A
Q, asombrado.
—¿No lo sabías? Los
revolucionarios ya estuvieron aquí.
—¿Quién? —preguntó
A Q aún más asombrado.
—El bachiller y
Demonio Extranjero.
La sorpresa de A Q
fue tan grande que se quedó estupefacto. La anciana monja, viendo que había
perdido su agresividad, cerró la puerta rápidamente, de modo que cuando A Q
quiso empujarla, no la mo¬vió ni un milímetro, y, cuando volvió a golpear no
obtuvo respuesta.
Había sucedido
durante la mañana. El bachiller de la familia Chao conoció las noticias
temprano y, apenas se enteró de que los revolucionarios habían entrado por la
noche a la ciudad, se enroscó la coleta sobre el cráneo y se fue, muy temprano,
a visitar a Demonio Extranjero de la familia Chian, con quien nunca había
estado en buenas relaciones. Se trataba ahora de «unirse todos para hacer
reformas», de modo que tuvieron una agradable conversación y al instante se
convirtieron en íntimos camaradas y acordaron allí mismo hacerse
revolucionarios.
Tras devorarse los
sesos durante largo rato, re¬cordaron que en el Convento del Sereno
Recogimien¬to había una tableta imperial que rezaba «Viva el emperador...», que
había que hacer desaparecer in¬mediatamente. Sin perder tiempo, se fueron al
con¬vento para poner en práctica sus proyectos revolu¬cionarios. Como la
anciana monja tratara de dete¬nerlos y de expresar alguna opinión, la
consideraron como al gobierno manchú y le dieron varios garrota¬zos en la
cabeza y unos cuantos golpes con los nudi¬llos. Cuando se hubieron marchado, la
monja se repuso e hizo una inspección. Por supuesto que la ta¬bleta imperial
estaba hecha polvo en el suelo, pero también había desaparecido un valioso
incensario Süande que estaba ante el altar de la Señora Guan¬yin.
A Q se enteró de
esto sólo más tarde. Lamentó muchísimo haberse quedado dormido y les reprochó
violentamente que no hubieran ido a buscarlo. Pero después consideró el asunto
con mayor amplitud y se dijo:
—¡Acaso no sepan
que yo me he pasado a los re¬volucionarios!
VIII. Excluido de
la revolución
La gente de
Weichuang se fue tranquilizando a medida que pasaron los días. Había noticias
de que, si bien los revolucionarios habían entrado a la ciu¬dad, su llegada no
había producido grandes cambios. El magistrado seguía en su antigua función,
sólo que ahora su título era otro; y el señor licenciado del examen provincial
también tenía un puesto (los al-deanos de Weichuang no sabían decir los
títulos), una especie de cargo oficial; en tanto que el jefe de los militares
era el mismo antiguo capitán. La única causa de alarma era los malos
revolucionarios que alteraban el orden, pues habían comenzado a cortar las
coletas del pueblo al día siguiente de su llegada. Se decía que
Batelero-Siete-Libras, de la aldea veci¬na, había caído en sus manos y que ya
no se veía pre¬sentable. Pero este terror no era grande, porque los aldeanos de
Weichuang rara vez iban a la ciudad y si alguien había tenido la intención de
hacerlo, cambió de idea para evitar los riesgos. A Q había estado pen¬sando en
ir a la ciudad a visitar a sus antiguas amis¬tades, pero cuando oyó las
noticias abandonó resig¬nadamente su plan.
Sería erróneo, sin
embargo, decir que no hubo reformas en Weichuang. En los días siguientes fue en
aumento el número de personas que se enrollaban la coleta sobre la cabeza y
—como ya se dijo— el primero en hacerlo fue, naturalmente, el bachiller; los siguientes
fueron Chao Si-chen y Chao Bai-yan, y después A Q. Si hubiese sido verano, no
habría pare¬cido raro que todo el mundo se enrollara la coleta so¬bre la cabeza
o se hiciera un nudo en la trenza; pero se estaba a finales del otoño, de modo
que esa prácti¬ca otoñal de una costumbre de verano puede consi¬derarse como
una decisión heroica. Por tanto, en lo que se refiere a Weichuang, es imposible
decir que haya ignorado las reformas.
Cuando Chao Si-chen
apareció con la nuca des¬nuda, la gente dijo:
—¡Ah! Aquí viene un
revolucionario.
Cuando A Q oyó
aquello sintió envidia. Aunque hacía bastante tiempo que había oído decir que
el bachiller se enrollaba la trenza sobre la cabeza, nunca se le había ocurrido
que él pudiera hacer lo mis¬mo; pero al ver que Chao Si-chen seguía el ejemplo,
decidió copiarlos. Empleó un palillo de bambú para enrollar su trenza y, tras
algunas vacilaciones, logró reunir valor suficiente para salir.
Al caminar por la
calle, la gente lo miraba, pero nadie decía nada. Al comienzo, A Q estuvo
disgustado y, al final, muy resentido. En los últimos días se irritaba con
mucha facilidad. Aunque en realidad su vida no era más difícil que antes de la
revolución y la gente lo trataba con cortesía y los comerciantes ya no le
exigían el pago al contado, A Q aún se sen¬tía frustrado. Puesto que había
estallado la revolu¬ción, debería significar más que esto. Y entonces vio a
Pequeño D y su visión hizo hervir la caldera de su cólera.
Pequeño D también
se había enrollado la coleta sobre la cabeza y, lo que es más, también había
em¬pleado un palillo de bambú para sujetársela. A Q jamás hubiera imaginado que
Pequeño D tuviera tal coraje. ¡Por cierto que no lo toleraría! ¿Quién era Pe¬queño
D? Se sintió tentado de agarrarlo, quebrarle el palillo de bambú, soltarle la
trenza y darle varias bo-fetadas para castigarlo por haber olvidado su lugar y
tener la osadía de presumir de revolucionario. Pero, al fin, lo absolvió; sólo
lo miró furiosa y fijamente, escupió y dijo:
—¡Puah!
El único que había
ido a la ciudad recientemente era Falso Demonio Extranjero. El bachiller de la
fami¬lia Chao había pensado emplear los baúles en depósito como pretexto para
ir a visitar al señor licenciado del examen provincial, pero debido al temor a
que le cor-taran la trenza, había desistido. Había escrito una carta sumamente
formal y pedido a Falso Demonio Ex¬tranjero que la llevara a la ciudad; también
le había pedido que lo presentara en el Partido de la Libertad. Cuando Falso
Demonio Extranjero regresó, le pidió cuatro monedas de plata al bachiller, tras
lo cual éste empezó a llevar una insignia con un melocotón de pla¬ta en el
pecho. Los habitantes de Weichuang se quedaron boquiabiertos y dijeron que ése
era el símbolo del Partido del Aceite de Caqui*, equivalente al rango hanlin**.
Como resultado de todo ello, el prestigio del señor Chao aumentó súbitamente,
mucho más que cuando su hijo rindió los exámenes oficiales de bachi¬llerato; en
consecuencia, comenzó a mirar en menos a todo el mundo y, cuando vio a A Q,
quiso ignorarlo.
*El nombre del
Partido de la Libertad se pronunciaba en chino Ziyou Dang. Los campesinos, al
no entender la palabra Libertad, cambiaban Ziyou por Shiyou, que significa
aceite de caqui.
** El más alto
grado literario en la dinastía Ching (1644-1911).
A Q estaba muy
descontento y solía sentirse tra¬tado con menosprecio, pero en cuanto oyó lo
del me¬locotón de plata, comprendió inmediatamente por qué había quedado a la
intemperie. Decir simplemente que se había pasado a los revolucionarios no
significaba tomar parte en la revolución; tampoco era suficiente enrollarse la
trenza en la coronilla; lo más importante era ponerse en contacto con el
parti¬do revolucionario. En toda su vida sólo había cono¬cido a dos
revolucionarios, uno de los cuales ya ha¬bía perdido la cabeza en la ciudad;
quedaba sólo Fal¬so Demonio Extranjero. No podía hacer otra cosa que ir a
hablar con éste.
El portón delantero
de la casa de los Chian esta¬ba abierto y A Q se deslizó dentro tímidamente.
Una vez en el interior, se sobresaltó, porque allí estaba Falso Demonio
Extranjero, en medio del patio, com¬pletamente vestido de negro —sin duda un
traje ex-tranjero— y también con un melocotón de plata. Te¬nía en la mano el
palo que A Q ya conocía a su pesar, y el pie, o más, de cabello que se había
destrenzado caía sobre sus hombros, desmadejado como el del Santo Liu Hai. De
pie a su lado, estaban Chao Bai-yan y otros tres, escuchando con máxima
deferencia lo que decía.
A Q se acercó de
puntillas y se detuvo detrás de Chao Bai-yan, con la intención de saludar, pero
sin saber qué decir. Era obvio que no podía llamarlo Falso Demonio Extranjero,
ni «Extranjero», ni «Re¬volucionario»; tal vez lo mejor fuera llamarlo «Señor Extranjero».
Pero el Señor
Extranjero no lo había visto, porque estaba hablando con los ojos al cielo, en
forma muy animada:
—Yo soy una persona
impulsiva, de modo que cuando nos encontramos, continué diciendo: «Hermano
Hong, pongamos manos a la obra». Pero él contestaba siempre «¡Nein!» (Esta es
una palabra ex¬tranjera que ustedes no conocen.) Si no, hace mucho tiempo que
habríamos triunfado. Sin embargo, éste es un ejemplo de lo prudente que es. Me
pidió repeti¬das veces que fuera a la provincia de Jubei; yo no quise. ¿Quién
va a querer trabajar en esa cabeza de distrito tan insignificante?...
—Oh... Hem... —A Q
esperó a que hiciera una pausa y reunió todo su valor para hablar; pero, por
una u otra razón, no lo llamó Señor Extranjero.
Los cuatro hombres
que habían estado escu¬chando al señor Chian se sobresaltaron y se volvie¬ron
para mirar a A Q. El Señor Extranjero lo vio también entonces por primera vez.
—¿Qué?
—Yo...
—¡Fuera!
—Quiero unirme...
—¡Fuera! —dijo el
Señor Extranjero alzando el «bastón de duelo».
Chao Bai-yan y los
otros gritaron al unísono:
—El señor Chian te
dice que salgas, ¿no lo oyes?
A Q levantó las
manos para proteger su cabeza y huyó sin pensárselo dos veces; y esta vez el
Señor Extranjero no le dio caza. Después de correr más de sesenta pasos,
comenzó a reducir la velocidad y entonces se sintió muy descorazonado porque,
si el Señor Extranjero no le permitía hacerse revoluciona¬rio, no había salida
para él. En el futuro no podía es¬perar que nadie con casco y armadura blancos
fuera a buscarlo. Su aspiración, su objetivo, su esperanza y su futuro habían
sido aplastados de un solo golpe. El hecho de que la noticia de su desgracia se
divulga¬ra y se convirtiera en el hazmerreír de prójimos como Pequeño D y
Bigotes Wang era de importancia secundaria.
Creía no haberse
sentido nunca tan apático. Aun el haberse enrollado la trenza en la coronilla
le parecía sin sentido y hasta ridículo. A manera de venganza estuvo tentado de
dejarse colgar la trenza de nuevo, pero no lo hizo. Anduvo vagando hasta el anochecer
y, después de ordenar dos tazones de vino a crédito y bebérselos, comenzó a
sentirse mejor y ante sus ojos aparecieron visiones fragmentarias de cascos y
armaduras blancos.
Erró todo el día,
como era su costumbre, hasta tarde en la noche. Tan sólo cuando la taberna
estaba a punto de cerrar, inició el regreso al Templo de los Dioses Tutelares.
—¡Bang!... ¡Pafff!
Un ruido desusado
llegó a sus oídos; no podía ser de petardos. Siempre le había gustado la
excita¬ción y meter la nariz en asuntos ajenos, de modo que comenzó a buscar la
causa del ruido en la oscuridad. Le pareció oír pasos delante y se puso a
escuchar. De súbito un hombre corrió en dirección contraria a la suya. En
cuanto A Q lo vio se volvió y empezó a se¬guirlo tan rápido como podía. Cuando
el hombre volvía una esquina, A Q también hacía lo mismo, y cuando el
desconocido se detuvo, A Q se detuvo igualmente. No había nadie más detrás;
aquel hom¬bre era Pequeño D.
—¿Qué es lo que
pasa? —preguntó A Q, resen¬tido.
—Chao... la familia
Chao ha sido saqueada —ja¬deó Pequeño D.
El corazón de A Q
dio un brinco. Después de de¬cir lo anterior, Pequeño D se alejó. A Q siguió
co¬rriendo, deteniéndose dos o tres veces. Pero como él también había
pertenecido al oficio, se sintió extraordinariamente valiente y se atrevió a
abandonar el refugio de una esquina y allí se puso a escuchar con detenimiento.
Le pareció oír gritos. Miró también con toda atención y creyó ver a un grupo de
hombres con casco y armadura blancos, llevando cofres, mue¬bles; llevándose
hasta el lecho de Ningbo de la mujer del bachiller; no pudo sin embargo verlo
todo con mucha claridad. Quiso aproximarse, pero sus pies habían echado raíces
en el suelo.
No había luna
aquella noche y Weichuang esta¬ba silencioso y quieto en medio de una oscuridad
completa, tan quieto como en los apacibles días del antiguo Emperador Fusi. A Q
estuvo allí hasta que perdió el interés al notar que todo parecía igual que
antes. A la distancia había gentes moviéndose de allá para acá, llevando
cofres, muebles y hasta la cama de Ningbo de la mujer del bachiller...
trasportando y trasportando hasta hacerlo dudar de sus pro¬pios ojos. Pero A Q
decidió no acercarse y regresó a su Templo.
Estaba aún más
oscuro en el Templo de los Dio¬ses Tutelares. Después de cerrar la gran puerta,
en¬tró a tientas en su cuarto, y sólo cuando hubo descansado un buen rato
encontró la calma suficiente para pensar en las consecuencias que tendría para
él todo aquel asunto. Indudablemente, habían llegado los hombres de casco y
armadura blancos, pero no habían venido a visitarlo; habían sacado muchas
co¬sas, pero a él no le había tocado su parte... Esto era culpa de Falso
Demonio Extranjero, que lo había de¬jado fuera de la rebelión. De otro modo,
¿cómo no iba a tener participación?
Mientras más
pensaba, más furioso se ponía, hasta llegar al paroxismo de la ira; moviendo
mali¬ciosamente la cabeza, exclamó:
—¡De modo que no
hay rebelión conmigo!, ¿eh? Todo para ti, ¿eh? Tú, hijo de perra, Falso Demonio
Extranjero... Está bien: ¡quédate con tu rebelión! El castigo de los rebeldes
es la decapitación. Tendré que convertirme en delator para ver cómo te llevan a
la ciudad, para cortarte la cabeza... a ti y a toda tu familia... ¡Mata, mata!
IX. El gran final
Tras el saqueo a la
familia Chao, la mayoría de la gente de Weichuang se sintió complacida, aunque
temerosa, y A Q no fue una excepción. Pero cuatro días más tarde, A Q fue
arrastrado a la ciu¬dad sin previo aviso, en medio de la noche. Era una noche
oscura cuando un escuadrón de soldados, un escuadrón de la milicia, un
escuadrón de la policía y cinco hombres del servicio secreto entraron
calladamente en Weichuang y, al amparo de la oscu¬ridad, rodearon el Templo de
los Dioses Tutelares, instalando una ametralladora frente a la entrada. Mas A Q
no se lanzó fuera. Durante largo rato, nada se movió en el templo. El capitán
se impa¬cientó y ofreció una recompensa de veinte mil sa¬pecas. Sólo entonces
dos hombres de la milicia se atrevieron a correr el riesgo, saltaron la muralla
y penetraron en el interior. Y entre todos arrastraron a A Q. Pero no comenzó a
despejarse sino cuando lo sacaron del templo y lo llevaron hasta cerca de la
ametralladora.
Era ya mediodía
cuando llegaron a la ciudad y A Q se vio arrastrado a un destartalado yamen;
des¬pués de doblar cuatro o cinco veces por las galerías, fue obligado a entrar
a una pequeña habitación. Apenas había traspasado el umbral a los tumbos,
cuando la puerta enrejada de madera, hecha de tron¬cos enteros, se cerró
rechinando a sus talones. El resto de la habitación consistía en tres muros.
Miró con atención a su alrededor y pudo ver a otros dos individuos en un
rincón.
Si bien A Q se
sentía algo inquieto, no se hallaba muy deprimido, porque el dormitorio que
tenía en el Templo de los Dioses Tutelares no era mejor que aquél. Los otros
dos también parecían ser aldeanos. Poco a poco se pusieron a conversar y uno de
ellos le contó que el señor licenciado del examen provincial quería procesarlo
por el arriendo que le debía su abuelo; el otro no sabía por qué estaba allí.
Cuando interrogaron a A Q, contestó con toda franqueza:
—Porque quería la
rebelión.
Aquella tarde le
hicieron salir por la puerta enrejada y le llevaron ante un gran estrado, sobre
el cual estaba sentado un anciano con la cabeza completamente afeitada. A Q se
preguntaba si no sería un monje, pero cuando vio que abajo había una fila de soldados
de pie y unos diez hombres de largas togas a ambos lados del anciano, algunos
con la cabeza completamente afeitada como este último, y otros con el cabello
de un pie de largo colgándole sobre los hombros, igual que Falso De¬monio
Extranjero, pero todos fulminándolo con la mirada, con los rostros fieros, se
dio cuenta de que aquel hombre debía de ser un personaje importante. Al punto
se le aflojaron las rodillas y cayó de hinojos.
—¡Ponte de pie para
hablar! ¡No de rodillas! —gritaron a coro los hombres de togas largas.
Aunque A Q pareció
comprender, no se sentía capaz de ponerse de pie; involuntariamente se puso en
cuatro patas y lo mejor que pudo hacer finalmen¬te fue arrodillarse de nuevo.
—¡Espíritu de
esclavos!... exclamaron los hom¬bres de toga con desprecio, si bien no
insistieron en que se pusiera de pie.
—Di la verdad y tu
pena será menos dura dijo el anciano de la cabeza rapada, en voz serena y
cla¬ra, fijando sus ojos en A Q—. Lo sé todo. Cuando ha¬yas confesado, te
dejaré libre.
—¡Confiesa!
—repitieron en voz alta los de la toga.
—En realidad yo
quería... venir... —murmuró A Q desarticuladamente, después de una confusa
reflexión.
—En ese caso, ¿por
qué no viniste? —preguntó el anciano gentilmente.
—Falso Demonio
Extranjero no me dejó.
—¡Disparates! Es
demasiado tarde para hablar de eso ahora. ¿Dónde están tus cómplices?
—¿Qué?...
—Los que aquella
noche robaron a la familia Chao.
—No vinieron a
buscarme. Ellos mismos se llevaron las cosas —el recuerdo indignó a A Q.
—¿Dónde fueron?
Cuando me lo hayas dicho, te dejaré ir —dijo el anciano aún más gentilmente.
—No lo sé... No
vinieron a buscarme...
Entonces, a un
guiño del anciano, A Q fue llevado de nuevo a la prisión, de donde no volvió a
salir hasta la mañana siguiente.
Todo seguía igual
en el estrado. El anciano con la cabeza afeitada seguía sentado arriba y A Q
volvió a arrodillarse.
—¿Tienes algo más
que decir? —preguntó el an¬ciano suavemente.
A Q pensó y no
encontró nada que decir, de modo que contestó:
—Nada.
Entonces, un hombre
de larga levita trajo una hoja de papel y pasó un pincel a A Q. A Q estaba tan
espantado que casi se le cayó el alma, porque aquella era la primera vez en su
vida que su mano tocaba un pincel para escribir. Estaba devanándose los sesos
para encontrar la manera de cogerlo cuando el hom¬bre señaló un sitio en el
papel y le dijo que pusiera su nombre.
—Yo... yo... no sé
escribir —dijo A Q, consternado y avergonzado, tomando el pincel.
—En ese caso, te
será más fácil hacer un círculo.
A Q trató de
dibujar un círculo, pero la mano que sostenía el pincel temblaba tanto que el
hombre le puso el papel en el suelo. A Q se inclinó y trazó un círculo con
tanto fervor como si en ello le fuera la vida. Temía que se rieran de él y
decidió hacerlo re¬dondo; pero el maldito pincel no sólo era muy pesado, sino
que no quería obedecer, serpenteando en uno y otro sentido; cuando la línea iba
ya a juntarse, volvió a torcerse, haciendo una figura en forma de semilla de
melón.
Dejando a A Q con
la vergüenza de no haber sido capaz de dibujar un círculo redondo, aquel
indivi¬duo se había llevado el papel y el pincel sin hacer comentarios;
entonces unas cuantas personas lo llevaron de regreso al cuarto de la puerta
enrejada.
Esa vez no se
sintió particularmente irritado al pasar la puerta. Suponía que en este mundo
el destino de cada uno consistía en ser llevado a prisión y sacado de ella y en
dibujar círculos sobre papel; sólo porque el círculo no había sido del todo
redondo sentía que en su reputación había una mancha. Pero pronto recuperó la
compostura diciéndose: —Sólo los idiotas pueden dibujar círculos redondos —y
con este pensamiento se quedó dormido.
Pero aquella noche
el señor licenciado del exa¬men provincial no pudo dormir porque había reñido
con el capitán. El licenciado del examen provincial insistía en que lo más
importante era recuperar las cosas robadas, en tanto que el capitán sostenía
que primero debía hacerse un escarmiento público. En los últimos días, el
capitán había llegado a tratar al licenciado del examen provincial en forma muy
desdeñosa; y así, golpeando la mesa con el puño, había declarado: «¡Castiguemos
a algunos para escarmen¬tar a ciento! Ahora bien, soy miembro del partido
re¬volucionario desde hace menos de veinte días y ya ha habido más de diez
robos, ninguno de los cuales ha sido declarado; y ya pueden ver lo mal que eso
cae a mi prestigio. Y ahora que se ha aclarado uno, viene usted a argumentar
como un pedante. ¡No señor! Este es asunto mío».
El señor licenciado
del examen provincial se ha¬bía molestado mucho, pero insistió, alegando que si
los bienes robados no se recuperaban, dimitiría in¬mediatamente de su puesto de
administrador civil adjunto.
—¡Como usted guste!
—dijo el capitán.
En consecuencia, el
señor licenciado del exa¬men provincial no durmió aquella noche, pero,
fe¬lizmente, tampoco presentó su dimisión al otro día.
A Q fue sacado de
la prisión por tercera vez en la mañana que siguió a la noche en que el señor
licen¬ciado del examen provincial no había podido dor¬mir. Cuando llegó al gran
estrado, el anciano de la cabeza rapada seguía sentado, como de costumbre, y A
Q se arrodilló, como de acostumbre.
Con mucha suavidad,
el anciano le preguntó:
—¿Tienes algo más
que decir?
A Q reflexionó y
llegó a la conclusión de que no había nada que decir, de modo que respondió:
—Nada.
Unos hombres de
largas túnicas y chaquetas cortas le pusieron de repente un chaleco blanco de
tela fina, con unos jeroglíficos negros pintados enci¬ma. A Q se sintió
considerablemente disgustado y vejado, porque aquello se parecía mucho a un
traje de luto y usar luto era de mal agüero. Al mismo tiempo le amarraron las
manos a la espalda y le sa-caron del recinto del tribunal.
A Q fue subido a
una carreta descubierta y va¬rios hombres con chaquetas cortas se sentaron
jun¬to a él. La carreta partió en seguida. Adelante iba un grupo de soldados y
hombres de la milicia que llevaban sobre los hombros rifles extranjeros, y a
ambos lados una multitud de boquiabiertos espectadores; lo que había detrás, A
Q no podía verlo. Pero de pronto se le ocurrió: «¿No irán a cortarme la
cabeza?» Se sintió terriblemente alarmado y todo se vol¬vió negro ante sus
ojos, al mismo tiempo que sentía un zumbido en los oídos, como si se hubiera
desma¬yado. Pero en realidad no se desmayó del todo. Aunque se sentía
intranquilo a ratos, permanecía en calma; le parecía que en este mundo,
probablemente, era el destino de todos que alguna vez les cortaran la cabeza.
Reconoció el camino
y sintió cierta sorpresa: ¿Por qué no iban al patíbulo? A Q no sabía que era
paseado por las calles para escarmiento público. Pero, de haberlo sabido,
hubiese sido lo mismo; sólo habría pensado que en este mundo era el destino de
todos servir alguna vez de escarmiento público.
Entonces se dio
cuenta de que estaban dando un rodeo para llegar al patíbulo, de modo que él
iba se¬guramente a que le cortaran la cabeza. Miró perplejo a la multitud, que,
como hormigas, se arrastraba a ambos lados e inesperadamente, entre el gentío
de la calle, divisó a Ama Wu. De modo que era por eso que no la había visto
durante tanto tiempo: estaba traba¬jando en la ciudad.
A Q se sintió
súbitamente avergonzado por su falta de valor, porque no había cantado ningún
verso de ópera. Sus pensamientos le daban vueltas en la cabeza como un
torbellino: La joven viuda en la tum¬ba de su esposo no era bastante heroica.
Las palabras de «Lamento haber matado...», de La batalla del dra¬gón y el
tigre, eran demasiado pobres. «Te aplastaré con mi maza de acero» era hasta
ahora lo más ade¬cuado. Pero cuando quiso levantar las manos, recor¬dó que las
tenía atadas; de modo que tampoco cantó «Te aplastaré».
«Dentro de veinte
años seré otro...» —A Q, en su agitación, dijo la mitad de un proverbio que le
vino a la mente aunque no lo había aprendido, ni pronun¬ciado nunca antes.
—¡Bravo! —aulló la
multitud, con un rugido se¬mejante al del lobo.
La carreta avanzaba
sin cesar. En medio de la aclamación, los ojos de A Q giraron buscando a Ama
Wu, pero ella, mirando sencillamente absorta los ri¬fles extranjeros que
llevaban los soldados, no parecía haberlo visto.
Entonces A Q lanzó
otra mirada sobre la multi¬tud que lo aclamaba.
En aquel instante
sus pensamientos volvieron a girar en su cabeza como un torbellino. Cuatro años
antes, al pie de la montaña, había encontrado a un lobo hambriento que lo había
seguido a una distan¬cia fija, con evidentes intenciones de comérselo. Ha¬bía
estado a punto de morir de miedo, pero, afortu¬nadamente, en aquel momento
tenía un machete en la mano, lo que le dio valor para volver a Wei¬chuang.
Nunca había olvidado los ojos del lobo, fieros y cobardes, que brillaban como
dos fuegos fa¬tuos, perforando su piel a la distancia. Pero ahora los veía más
terribles que nunca, obtusos y afilados; parecían haber devorado sus palabras,
y aún seguían ansiosos de devorar algo más que su carne y su sangre. Y aquellos
ojos le seguían siempre a una distancia fija.
Pareció como si los
ojos se hubieran reunido en uno solo, que mordía el alma.
—¡Socorro,
socorro!...
Pero A Q no logró
pronunciar esas palabras. Todo se volvió negro ante sus ojos, sintió un
zumbi¬do en los oídos como si todo su cuerpo se desintegra¬ra cual ligero
polvo.
En cuanto a las
consecuencias ulteriores del robo, el más afectado fue el señor licenciado del
exa¬men provincial, porque los bienes robados nunca fueron recuperados. Toda su
familia se lamentaba amargamente. Luego venía la casa de Chao, porque cuando el
bachiller fue a la ciudad a dar cuenta del robo, no sólo le cortaron la trenza
los malos revolu¬cionarios, sino que tuvo que pagar veinte mil sape¬cas. De
modo que también la familia Chao en su conjunto se lamentaba amargamente. Aquel
día adoptaron el típico aire de sobrevivientes de una dinastía derrocada.
En cuanto a la
dilucidación de los acontecimien¬tos por parte de la opinión pública, no hubo
objecio¬nes en Weichuang, porque naturalmente todos dijeron que A Q debía de
ser un mal hombre y la prueba de que era malo era que había sido fusilado;
porque si no hubiera sido malo, ¿cómo lo iban a fusilar?
La verídica
historia de A Q
Pero la opinión en
la ciudad era desfavorable; mu¬chos estaban insatisfechos porque estimaban que
el fusilamiento era mucho menos espectacular que la decapitación. Y qué
condenado más ridículo, ade¬más; había pasado por tantas calles sin cantar un
solo verso de ópera. Lo habían seguido para nada.
Diciembre de 1921

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