© Libro N° 14007. Hermana Luz,
Hermana Sombra. Yolen, Jane.
Emancipación. Julio 5 de 2025
Título Original: © Sister Light, Sister Dark
Versión Original: © Hermana Luz, Hermana Sombra. Jane Yolen
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Jane Yolen
Hermana Luz,
Hermana Sombra
Jane Yolen
Jane
Yolen
Hermana
Luz, Hermana Sombra[LT1]
Título original:
Sister
Light, Sister Dark
PRESENTACIÓN
Yolen ha realizado un maravilloso trabajo de
equilibrio en esta obra: luz y sombra, historia y folclore, ironías sobre el
mundo académico y brillante narración, todo ello entretejido para configurar un
relato tan complejo y bello como la trenza más elaborada. El relato se lee muy
bien a muchos niveles: como una absorbente aventura de mujeres enérgicas que
cambian su propio mundo, como una condena de los académicos que no pueden ver
más allá de su propia nariz, como una lección objetiva de cómo cambian los hechos
cuando son narrados de nuevo, y como una alegoría sobre las mujeres que han de
esconder parte de sí mismas para estar en el mundo de hoy y deben asumir esa
misma parte para poder convertirse en seres completos.
Éstas son algunas de las muchas alabanzas
expresadas por Tom Whitmore, del famoso fanzine Locus, en su crítica/comentario
a la obra que hoy presentamos. Se escribieron cuando apareció LA BLANCA JENNA,
la novela que finaliza el relato iniciado en HERMANA LUZ, HERMANA SOMBRA. Y es
fácil estar de acuerdo con él, ya que sin duda estamos ante una de las obras
más destacadas de la narrativa fantástica de los últimos años. El mismo
Whitmore reconoce que se trata de uno de sus libros favoritos de la década y también
esta apreciación será compartida por muchos de los lectores. Cuando menos, yo
la comparto plenamente.
Esta obra de Jane Yolen es un libro claramente excepcional, con muchas
lecturas posibles, y todas ellas francamente gratificantes. Una obra que rezuma
inteligencia y sensibilidad en cada página, y en la que la leyenda, el mito, la
historia, las canciones y baladas se dan cita en una emotiva narración sobre
una entrañable cultura de mujeres.
HERMANA LUZ, HERMANA SOMBRA no debería ser una
sorpresa. Aunque escasamente conocida en España, Jane Yolen es una autora muy
querida y apreciada por los lectores norteamericanos aficionados a la
literatura fantástica. Con más de un centenar de libros en su haber, ha escrito
relatos y novelas para niños y adolescentes, poesía, ensayos y también, más
recientemente, ciencia ficción y novelas de fantasía para adultos.
Su obra ha obtenido gran cantidad de premios, entre
ellos el Premio Mundial de Fantasía de 1987 por su trabajo como editora de
colecciones especializadas en narraciones y canciones de la cultura popular.
También ha acaparado la práctica totalidad de los premios especializados en la
literatura infantil y juvenil (lo que los anglosajones llaman literatura para
young adult, es decir, jóvenes adultos). Por mencionar unos cuantos (no todos),
citaré los premios Kerlan, Daedalus, Golden Kite, la medalla Christopher y el
premio Asían de la Mythopoetic Society. Uno de los más recientes es la medalla
Caldecott por su libro para niños owl moon (ilustrado por John Schienhorn), que
ha sido un gran éxito de ventas en la literatura para niños de 1988.
En el terreno académico, ha sido también profesora
de literatura para niños en el Smith College y da muchas conferencias en
escuelas y bibliotecas norteamericanas. Tiene gran fama como narradora de
cuentos y es una reconocida especialista en relatos y música del folclore
popular. Su último empeño editorial es la dirección de una colección de libros
para niños y adolescentes en la editorial Harcourt Brace Jovanovich. La serie
se titula A Jane Yolen Book/HBJ, en claro reconocimiento a la fama alcanzada por
esta autora.
También ha sido presidenta de la SFWA (Science
Fiction Writers of America-Sociedad Norteamericana de Escritores de Ciencia
Ficción) desde 1986 hasta 1988, y tal vez ello haya llevado a que, finalmente,
Yolen decidiera escribir libros orientados también a un público lector adulto.
Posiblemente la más destacada de tales obras es la
que se inicia con HERMANA LUZ, HERMANA SOMBRA (1988) y finaliza en LA BLANCA
JENNA (1989, de próxima publicación en nuestra colección). Cuando escribo esto
(abril de 1990), la primera de las dos novelas es ya finalista muy cualificada
para el premio Nébula de 1989. Con ello los miembros de la SFWA no hacen más
que respaldar una opinión claramente explicitada por el éxito de ventas de esos
libros en Estados Unidos.
La obra nos habla de una curiosa cultura de mujeres
que se nos muestra a través de varias interpretaciones posibles: los mitos
religiosos, la leyenda creada por el paso de los años, las canciones que la
cultura popular ha construido sobre dichos mitos y leyendas, el relato de los
hechos que realmente acontecieron en el mundo imaginado por la obra y, también
en un curioso contrapunto, la visión histórica de los eruditos que parece
menospreciar la única interpretación que realmente se corresponde con los hechos
que se nos narran.
Esa múltiple lectura (dominada obviamente por el
relato de los hechos) resulta completa hasta un extremo difícil de encontrar en
otras narraciones fantásticas. Los diversos puntos de vista colaboran
activamente en configurar para el lector la imagen de una cultura que es a la
vez exótica y coherente: la de las Congregaciones en las que viven las
adoradoras de la Gran Diosa Alta. Al llegar a la adolescencia, las Altitas
aprenden a convocar a sus hermanas sombra desde las profundidades del espejo a
la tierra de la luz y de las sombras. Las hermanas luz disponen así de unas
compañeras íntimas capaces de existir tan sólo en la sombra del claro de luna o
gracias a la temblorosa luz de una candela, pero que se evaporan como el rocío
con la clara luz del día. Supongo que no es demasiado arriesgado querer ver en
ello, tal como hace Whitmore, «una alegoría de cómo las mujeres han de esconder
parte de sí mismas para estar en el mundo de hoy y deben asumir esa misma parte
para poder convertirse en seres completos». Y que eso último ocurre,
generalmente, en la intimidad que ofrece la noche y la oscuridad.
La narración se centra en la joven Jenna —hija de
tres madres, como exigía la antigua profecía que anuncia la llegada de una
mítica Criatura Blanca—, destinada a ser la Salvadora en medio de los horrores,
la guerra y la esperanza del cambio profetizado. Se trata de la Anna, la
elegida de la Gran Diosa Alta para guiar a las mujeres de las Congregaciones de
las montañas y superar la terrible prueba de la Guerra de los Géneros.
Leyenda, mito, parábola, historia, canción y
narración, HERMANA LUZ, HERMANA SOMBRA despliega con gran habilidad una primera
entrega de las maravillas de un mundo entrañable y una cultura sorprendente. En
esta primera mitad de la obra se nos narra el nacimiento de Jenna, las
circunstancias que en él concurren y su posible relación con la profecía. Poco
a poco la vemos crecer hasta llegar a la adolescencia y convocar a su hermana
sombra, y así podemos comprobar, de forma sesgada y un tanto oblicua, como siempre
ocurre, que la profecía se va abriendo camino en la realidad, pese al
contrapunto de la incomprensión de los estudiosos y eruditos del futuro.
Tal vez no sea ocioso recordar aquí la
especializarían de Yolen en la música popular. Ella y Joyce Rankin han hecho
también un buen trabajo en la media docena larga de partituras que se incluyen
al final del libro. Recomiendo al lector que intente escucharlas. Incluso con
la pobreza de recursos del editor musical de mi ordenador, resultan ser muy
agradables. (Como parece adecuado, ofrecemos junto a la letra original en
inglés una traducción un tanto libre para la comprensión de las letras que,
además, ya estaban incluidas en el texto de HERMANA LUZ, HERMANA SOMBRA, bajo
el apartado de «Las canciones».)
No me resisto a incluir a continuación algunos de
los muchos comentarios destacados en la edición norteamericana de HERMANA LUZ,
HERMANA SOMBRA y en su continuación, LA BLANCA JENNA:
Debemos alegrarnos de que Yolen se haya decidido a entrar en el campo de
los libros para adultos; y aún más, que no haya abandonado esa sensibilidad
casi infantil que es su mayor virtud.
Washington Post Book World
En un mundo mejor, escucharíamos los relatos de
Jane Yolen con los de Oscar Wilde, Hans Christian Andersen y Charles Perrault
durante un anochecer de invierno de diez mil años.
Gene Wolfe
La evocativa prosa y la poesía de Yolen se basan
tanto en la erudición como en su intuitivo sentido de la exactitud
psicológica... lo cotidiano y lo místico se entrelazan particularmente bien.
The Christian Science Monitor
Yolen utiliza las virtudes ya familiares en sus
trabajos anteriores: una destacada sensibilidad por el folclore y una habilidad
manifiesta para individualizar la tradicional historia de un niño que se hace
adulto. hermana luz, hermana sombra es una magnífica novela.
Publishers Weekly
En definitiva, HERMANA LUZ, HERMANA SOMBRA es, como
dice Whitmore, uno de los mejores títulos de fantasía de la década. Aunque
pueda parecer un tópico, debo reconocer que me siento verdaderamente satisfecho
y orgulloso de poder presentar a esta autora y esta obra en nuestra colección.
Miquel Barceló
A Jessica,
que hizo de madre del libro,
y a
Patty, Ann, Shulamith, Zane y Kara,
que lo cuidaron a lo largo del camino.
Agradecimiento especial para Joyce Rankin, quien me
ayudó a escribir la música de Dales.
PROFECÍA Y EXÉGESIS
Y el profeta dice que una criatura blanca con ojos
negros nacerá de una virgen en el invierno del año. El buey en el campo, el
sabueso ante el hogar, el oso en la cueva, el puma en el árbol, todos, todos se
inclinarán frente a ella cantando: «bendita, bendita, la más bendita de las
hermanas, quien es a la vez blanca y negra, sombra y luz, tu venida es el
comienzo y es el final.» Tres veces morirá su madre y tres veces quedará
huérfana y será apartada para que todos la reconozcan.
Así comienza la profecía garuniana respecto al
mágico nacimiento de la Criatura Blanca, extendiéndose en toda clase de
absurdos folclóricos y revelaciones nómicas para explicar el origen de una
reina guerrera. Estas fábulas sobre «el nacimiento de un héroe» emergen mucho
después del hecho, y no se debe a ninguna coincidencia el que una historia se
parezca a la otra. (Véase el nacimiento de Anna de Alta, o la blanca, tema 275f
en índice de temas folclóricos de los Valles, de Hyatt.) Éste señala el nacimiento
de la Blanca Jenna, la reina amazónica de las Jinetes de Sombra, una figura de
gran importancia en las secuencias míticas de los comienzos del período
garuniano, durante y después de las infames Guerras del Género.
LIBRO PRIMERO
LA NIÑA BLANCA
EL MITO:
Entonces Gran Alta trenzó la parte izquierda de su
cabello, el lado dorado, y lo dejó caer por el sumidero de la noche. Y de allí
extrajo a la reina de las sombras y la depositó sobre la tierra. A continuación
trenzó la parte derecha de su cabello, el lado oscuro, y con él atrapó a la
reina de la luz. Y la depositó junto a la reina negra.
—Y vosotras dos seréis hermanas —dijo Gran Alta—.
Seréis como la imagen de un espejo, una reflejando a la otra. Tal como os he
confinado en mi cabello, así seréis.
Entonces unió sus trenzas vivientes enroscándolas
entre sí, y ambas fueron como una.
LA LEYENDA:
Ocurrió en el pueblo de Slipskin, en un día de
pleno invierno, que nació una criatura extraña y maravillosa. Mientras su
madre, quien tampoco era más que una niña, se hallaba arrodillada sobre las
pieles que cubrían el pequeño hueco cavado en la tierra, el cordón umbilical
descendió entre sus piernas como un cordel. La niña emergió, los pies primero,
bajando por el cordón. Cuando sus pequeños pies tocaron el suelo, se inclinó
para cortar el cordón con los dientes, saludó a la atónita comadrona y se marchó
por la puerta.
La comadrona se desplomó inconsciente, pero cuando
recuperó el sentido y descubrió que la niña no estaba y que la madre
había muerto desangrada, le contó a su hija mayor lo que había ocurrido.
Al principio pensaron conservarlo en secreto, pero, de alguna manera, los
milagros siempre se anuncian a sí mismos. La hija se lo contó a una hermana,
quien se lo contó a una amiga, y de ese modo, la historia se supo.
En Slipskin... ahora llamado Nuevo Moulting... aún
hoy se cuenta la historia de ese raro nacimiento. Dicen que la niña era la
Criatura Blanca, Jenna, Hermana Luz de la Jinete de Sombra, la Anna.
EL RELATO:
Fue un nacimiento corriente hasta el final, y
entonces la criatura se precipitó fuera del útero gritando, con el cordón
envuelto alrededor de sus manitas. La comadrona del pueblo también gritó. A
pesar de que había atendido muchos nacimientos, y algunos casi milagrosos, con
bebés cubiertos de amnios o gemelos unidos por un mantelete de piel, nunca
había oído nada como esto. Rápidamente hizo la señal de la Diosa con la mano
derecha, uniendo el pulgar con el índice, y exclamó:
—Gran Alta, sálvanos.
Ante el nombre, la criatura guardó silencio.
La comadrona suspiró y recogió a la niña de las
pieles que cubrían el hueco cavado en la tierra.
—Es una niña —dijo—, de la Diosa misma. Bendita
sea. —Se volvió hacia la madre y sólo entonces comprendió que hablaba con un
cadáver.
Bueno, qué otra cosa podía hacer entonces la
comadrona, si no cortar el cordón y atender primero a quien vivía. Con la
paciencia de la eternidad, la madre muerta aguardaría a su hombre para que la
lavase y llevase luto por ella. Pero para que su fantasma no la persiguiese por
el resto de sus días, la comadrona pronunció una rápida oración mientras
brindaba los primeros cuidados a la recién nacida:
En el nombre de la cueva,
El oscuro sepulcro,
Y de todas quienes penden entre medio
Luminosas y ligeras,
Gran Alta,
Toma a esta mujer
Bajo tu mirada.
Envuélvela en tus cabellos
Y, allí cobijada,
Permite que vuelva a ser una criatura,
Para siempre.
—Y con eso debería quedar satisfecha —murmuró la
comadrona, sabiendo que volver a ser una criatura, estar cobijada contra el
pecho de la eterna Alta, era el propósito de toda la vida. Confiaba en que
aquella rápida oración absolvería a la pobre mujer muerta, al menos hasta que
pudiesen encenderse las velas, una por cada año de su vida y una más para la
sombra de su alma, al pie de la cama. Mientras tanto estaba la criatura,
afortunadamente una niña y afortunadamente con vida. En aquellos años tan
difíciles no siempre era así. Pero el hombre tenía suerte. Sólo tendría que
llorar por una.
Cuando hubo lavado la sangre del alumbramiento, la
comadrona vio que la niña tenía la piel clara y que tanto sus brazos como su
cabeza estaban cubiertos por un vello fino y blanco. Su cuerpo era inmaculado y
sus ojos oscuros ya parecían capaces de ver, siguiendo el dedo de la comadrona
de izquierda a derecha, de arriba abajo. Y como si eso no fuera milagro
suficiente, la diminuta mano de la niña se aferró al dedo de la comadrona con
tanta fuerza que ésta no pudo soltarse, ni siquiera cuando le preparó un biberón
utilizando un lienzo retorcido y sumergido en leche de cabra. Incluso entonces
permaneció aferrada, aunque chupó de la teta sustituía con suspiros largos y
rítmicos.
Cuando el padre de la niña regresó de los campos y
pudo ser apartado de su esposa muerta el tiempo suficiente como para tocar a la
niña, ésta aún apretaba el dedo de la comadrona.
—Es una luchadora —dijo la mujer ofreciéndole a la
niña.
Él no la cogió. La criatura blanca era un canje muy
pobre por su robusta esposa de cabellos rojos. Tocó la cabeza de la
niña con suavidad, donde podía percibirse el pulso bajo la delicada capa
de piel, y dijo:
—Si la considera una luchadora, entréguela a las
mujeres guerreras de las montañas para que se ocupen de su crianza. Yo no puedo
tenerla conmigo mientras sufro por su madre. Ella es la única causa de mi
dolor. No puedo amar cuando en mí hay tanto dolor.
Lo dijo con suavidad y sin ira aparente, ya que él
era un hombre siempre manso y tranquilo, pero la comadrona pudo escuchar la
dura roca detrás de su voz. Era la clase de roca contra la cual una niña se
golpearía en vano una y otra vez. Entonces dijo lo que consideró correcto.
—Las tribus de las montañas la acogerán y la amarán
como usted no puede hacerlo. Son conocidas por su carácter maternal. Y le juro
que la conducirán a un destino más extraordinario que lo que ya ha vaticinado
la fuerza de su pequeña mano y su prematura visión.
Si reparó en sus palabras, el hombre no respondió.
Sus hombros ya cargaban con la pena que lo llevaría a su propia tumba y, aunque
él no lo sabía, ello ocurriría bastante pronto ya que, como solía decirse en
Slipskin, el corazón no es una rodilla que pueda ser doblada.
Por lo tanto la comadrona tomó a la niña y partió.
Sólo se detuvo el tiempo suficiente para llamar a los enterradores del pueblo y
a dos mujeres que lavaran y amortajaran el cadáver antes de que comenzase a
sufrir el rigor de la muerte. Les habló del milagroso nacimiento de la niña con
el asombro todavía dibujado en el rostro.
Como todos sabían que era una mujer obstinada y que
su mente estaba dirigida en una sola dirección... como una aguja en el agua
señalando el norte... ninguno de ellos contradijo su partida hacia los clanes
de las montañas. No sabían que estaba más asustada de lo que ella misma
reconocía, asustada tanto de la niña como del viaje. Una parte de ella esperaba
que los aldeanos la detuvieran, pero la otra, la parte obstinada, hubiese ido
de todos modos. Tal vez ellos lo adivinaron y decidieron ahorrar saliva para
contar su historia después. Porque tal como se decía en Slipskin, contar una
historia es mejor que vivirla.
Y así fue como la comadrona se volvió hacia las
montañas donde nunca antes había estado, confiando en que las guardianas
de Gran Alta la guiarían antes de que se hubiese alejado demasiado y apretando
a la niña contra su pecho como un amuleto.
Afortunadamente, casi todos los caminos que
conducían al pie de la montaña se hallaban despejados, ya que de otro modo la
comadrona ni siquiera hubiese llegado hasta allí. Era una mujer de pueblo, y
sus deberes la llevaban de casa en casa como a un barrendero. No sabía nada de
los peligros del bosque ni de los grandes pumas color canela que vagaban por
las laderas rocosas. Con la criatura fajada contra su pecho, había partido
valientemente logrando llegar al pie de la montaña sin un arañazo ni un resbalón.
A muchos fornidos cazadores no les había ido tan bien ese año. Y tal vez era
cierto, como decían los aldeanos, que los peces no son la mejor autoridad en el
agua.
En la primera noche, la partera se refugió entre
las raíces retorcidas de un árbol marchito y alimentó a la niña con un lienzo
sumergido en un tiesto de leche. Ella comió queso con pan negro y se mantuvo
caliente con medio odre de vino dulce que había llevado consigo. Comió
profusamente, ya que pensaba que sólo tendría que pasar una noche más a la
intemperie antes de llegar al territorio de las tribus. Y estaba segura de que
las mujeres de las montañas, a quienes hacía mucho tiempo deseaba visitar con una
mezcla de envidia y miedo, le entregarían suficiente comida, bebida y oro
cuando viesen lo que les llevaba. Era una mujer de pueblo en su forma de
pensar... siempre una cosa a cambio de otra. No comprendía a las montañas ni a
la gente que vivía allí; no sabía que le brindarían alimento independientemente
de cualquier otra cosa que no fuese su necesidad, ni que tenían tan poca
ocasión de emplear el oro que ni siquiera lo poseían.
El segundo día amaneció brillante y perlado. Las
nubes sólo se alineaban en el horizonte. La comadrona decidió caminar junto a
un arroyo de corriente rápida porque le pareció más sencillo que abrir un nuevo
sendero. De haber notado las señales y haber sido capaz de leerlas, hubiese
sabido que éste era el trayecto predilecto de los pumas, ya que las truchas
abundaban en el arroyo y, especialmente por las tardes, emergían en busca
de insectos. Pero ella era una mujer de pueblo con baja instrucción, por lo que
sólo podía leer la letra impresa y nunca oyó al puma que la seguía ni notó sus
punzantes advertencias sobre los árboles.
Durante esa segunda noche ocultó a la criatura en
la horcadura alta de un árbol. Considerando que allí se encontraría segura, se
alejó para bañarse en el arroyo. Como mujer de pueblo y comadrona, valoraba la
limpieza por encima de todas las cosas.
Fue mientras se hallaba con la cabeza inclinada en
el agua fría, murmurando en voz alta respecto a lo mucho que le demoraba el
viaje, cuando el puma atacó. En forma rápida, silenciosa y certera. Ella jamás
sintió otra cosa más que un momento de dolor. Pero ante su muerte, la niña
emitió un gemido débil y agudo. Alarmado, el puma dejó caer su presa y miró a
su alrededor con inquietud.
Una flecha le dio en un ojo, provocándole una
muerte más dolorosa que la de la comadrona. El animal aulló y tembló durante
varios minutos antes de que una de las cazadoras, compadecida, le cortara la
garganta.
En el árbol la criatura volvió a gemir, y todo el
bosque pareció paralizarse ante el sonido.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó la más robusta de las
dos cazadoras, la que había cortado la garganta del puma.
Ambas se hallaban arrodilladas junto a la mujer
muerta, buscándole en vano el pulso.
—¿Tal vez el puma tenía cachorros y están
hambrientos?
—No seas tonta, Marjo; ¿a esta altura de la
primavera?
La cazadora más delgada se encogió de hombros.
La niña, incómoda en su cuna improvisada, volvió a
llorar.
Las cazadoras se pusieron de pie.
—Eso no es ningún cachorro de puma —dijo Marjo.
—Pero sí se trata de un cachorro —dijo su
compañera.
Fueron hasta el árbol con el sentido de orientación
que les brindaba su experiencia en los bosques, y allí encontraron a la niña.
—¡Por los Cabellos de Alta! —dijo la primera
cazadora.
Bajó a la niña de la rama, la descubrió y observó
su cuerpo suave y de piel blanca.
Marjo asintió con la cabeza.
—Una niña, Selna.
—Bendita seas —susurró Selna, pero no quedó claro
si le hablaba a Marjo, a la comadrona muerta o a los oídos altos y distantes de
Alta.
Enterraron a la mujer, y fue una tarea tan larga
como ardua, ya que el suelo aún se hallaba parcialmente congelado. Entonces
despellejaron al puma y envolvieron a la niña en su piel suave. Ésta se acomodó
en su nueva envoltura y se durmió de inmediato.
—Estaba destinada a nosotras —dijo Selna—. Ni
siquiera arruga la nariz con el olor del puma.
—Es demasiado pequeña para arrugar la nariz.
Selna ignoró la observación y observó a la niña.
—Entonces es cierto lo que dicen los aldeanos:
Cuando cae un árbol seco, permite que nazca uno nuevo.
—Hablas con demasiada frecuencia por boca de otro
—dijo Marjo—. Y por boca de aldeano, para colmo.
—Y tú hablas por la mía.
Después de eso guardaron silencio. Ninguna de las
dos dijo una palabra mientras recorrían los senderos familiares hacia las
montañas y hacia el hogar.
No esperaban ninguna gran recepción por su regreso
y no obtuvieron ninguna, aunque su llegada había sido advertida por muchas
observadoras ocultas. Mediante señales con las manos, indicaron sus nombres
secretos en cada sitio designado, y las guardianas de cada uno de esos recodos
volvieron a desaparecer sin un sonido, en el bosque o entre las rocas
aparentemente impenetrables.
Los mensajes o las noticias que les llegaban
mientras viajaban a través de la noche eran recibidos bajo la forma de gorjeos
o aullidos de lobo, a pesar de que no había ni pájaros ni lobos. Éstos les
indicaban que eran bien venidas y reconocidas, y un sonido en particular les
ordenó que llevasen su envoltorio al Gran Vestíbulo de inmediato. Ellas
comprendieron a pesar de que no fueron emitidas palabras, al menos no palabras
humanas.
Pero antes de que llegaran al vestíbulo, la luna se
ocultó tras las montañas occidentales y, después de despedirse de su.
compañera, Marjo desapareció.
Acomodando a la niña en su abrigo de puma, Selna
susurró: —Hasta la noche. —Pero lo dijo con tanta suavidad que la niña en sus
brazos ni siquiera se movió.
LA CANCIÓN:
Canción de cuna para el
bebé del puma
Calla pequeño
puma, Duerme
en tu
cubil, Yo
cantaré sobre tu
madre Que
acunó a la Hermosa Jen.
Yo cantaré sobre tu
madre Que
cubrió la piel de
Jen. Carne
de tu
carne, Para
que duerma la dulce Jen.
Duerme, pequeño
gatito, Acaso
vayas a
soñar Con
conejos y faisanes Y
truchas en el arroyo.
Pero Jenna
soñará Con
las sombras y la
luz. Tu
madre la
protegerá De
la noche fría.
EL RELATO:
Había cunas dispuestas alrededor del Gran
Vestíbulo, algunas de roble con sus vetas rojas que corrían como ríos hacia el
mar y otras de pino blanco, tan suave que las marcas de las uñas de un bebé
podían verse, como runas, sobre las cabeceras. Pero, por alguna razón, Selna no
colocó a la niña en ninguna de ellas. La mantuvo contra su pecho mientras la
mostraba en el Gran Vestíbulo y durante todo el resto del día, esperando que
los latidos regulares de su corazón la confortasen.
No era extraño que una criatura recién adoptada
permaneciese todo el día en brazos de una u otra. Las mujeres de la
congregación de Alta compartían su cuidado, aunque Selna nunca antes había
mostrado ningún interés en ello. Siempre se había sentido irritada por el olor
de los bebés y su llanto agudo, caprichoso. Pero ésta era diferente. No olía a
leche agria y a baba sino a puma, a luz de luna y a endrino, siendo éste el
árbol donde había estado oculta cuando el felino atacara a su madre. Sólo había
llorado en dos ocasiones, cada vez ante una muerte, y eso Selna lo consideraba
un presagio. Seguramente la niña debía de tener hambre, miedo o frío. Selna
estaba dispuesta a dejarla ante la primera señal de inquietud. Pero la niña
sólo la miraba con sus ojos del color de una noche primaveral, como si pudiese
leer en su misma alma. Por lo tanto, Selna la había mantenido corazón contra
corazón hasta bien entrada la mañana. Para entonces todas lo habían notado y
comentado, de tal modo que ya no podía dejar ir a la niña sin correr el riesgo
de que se burlasen de ella. A Selna nunca le había preocupado el maltrato
físico. En realidad estaba orgullosa de su capacidad para soportar los peores
castigos. Siempre estaba en la vanguardia de cualquier frente de batalla, era la
última en irse de un incendio y la primera en entrar en un río helado. Pero
jamás había podido soportar las burlas de las mujeres de su Congregación.
Sin embargo, hacia media mañana la niña sintió
hambre y se lo hizo saber con pequeños sonidos agudos, como los de un pollito
en el gallinero.
Ella la alimentó lo mejor que pudo con una de las
botellas orientales tan estimadas por las cocineras. Tanto ella como la niña
quedaron completamente salpicadas en el proceso, y por lo tanto Selna bajó
con ella hasta los baños, donde calentó el agua por debajo de su temperatura
usual y, sosteniendo a la criatura contra su propio hombro desnudo, se
sumergió.
Al contacto con el agua, la niña emitió un arrullo
de satisfacción y se durmió. Selna se sentó en el tercer escalón, de tal modo
que sólo sus cabezas asomaban por encima del agua. Permaneció allí hasta que
ésta comenzó a enfriarse, sus dedos se arrugaron y la mano con que sostenía a
la niña se acalambró. Entonces salió con renuencia, secó a la niña dormida y se
envolvió en una toalla para la larga caminata de regreso a su habitación. Esta
vez no hubo comentarios, a pesar de que en el camino se encontró con varias de
sus compañeras. Lo quisiera o no, la niña era suya.
LA HISTORIA:
Las mujeres de los clanes guerreros de las montañas
no tomaban a la ligera la adopción. Cuando una niña era escogida por su madre
adoptiva, ésta quedaba completamente a cargo de su cuidado. La hija de una
cocinera crecía entre las marmitas; daba sus primeros pasos sobre las baldosas
de la cocina; comía, dormía y pasaba sus enfermedades infantiles en un rincón
que había en la cocina especial para los niños.
Del mismo modo, una niña escogida por una de las
guerreras/cazadoras iba a todas partes con su madre en un morral especial.
Lowentrout encuentra evidencia de esto en los famosos Tapices Baryard (su
ensayo «Niños-morral de los territorios occidentales», Naturaleza e Historia,
vol. 39, es especialmente interesante). Existe un morral de cuero desenterrado
del famoso sepulcro de Arrundale, y un examen preliminar conduce a especular
con la posibilidad de que sea uno de los portadores de niños amazónicos. (Para
más detalles sobre esta excavación, véase el vídeo de Sigel y Salmón «Saqueo de
sepulcros en los Valles.») Según Lowentrout, estos morrales no entorpecían a
las mujeres guerreras ni en las batallas ni durante las cacerías, y
existen evidencias que apoyan su afirmación. Los tres pergaminos atribuidos al
Gran Archivo de las Guerreras Garunianas describen varias batallas donde
tomaron parte los clanes de las montañas. Existe uno en particular que habla de
«las dobles cabezas de las amazonas» y, en otra parte, «la preciosa carga que
portaban consigo». Y aún más sorprendente: «Ella luchó, en todo momento
presentando el pecho a su enemigo para no exponer a la que se hallaba a su
espalda.» Vargo asegura que esto simplemente se refiere a otra guerrera, ya que
la lucha espalda contra espalda era un estilo habitual en las batallas con
espada. También afirma que si se hubiese tratado de una niña en un morral, se
habría utilizado la palabra «sobre» en lugar de «a». Sin embargo, Doyle, cuyo
excelente trabajo sobre la lingüística Alta acaba de ser publicado, señala que
en la antigua lengua las palabras «en/a/sobre» y «contra» se utilizaban en
forma intercambiable.
EL RELATO:
—Tendrás que darle un nombre, sabes —dijo Marjo esa
noche, tendida en el otro extremo de la cama.
El farol que pendía sobre ellas producía sombras
sobre las paredes y el suelo.
Selna observó a la niña que dormía entre ellas y
tocó su mejilla suave con un dedo vacilante.
—Si le doy un nombre, realmente será mía para
siempre.
—Siempre es más de lo que ninguna de nosotras
vivirá —dijo Marjo acariciando la otra mejilla de la niña.
—Una criatura es una clase de inmortalidad —murmuró
Selna—. Un eslabón forjado. Un lazo. Aunque no sea de mi sangre.
—Lo será —respondió Marjo—. Si la reclamas.
—¿Cómo podría no hacerlo... ahora? —Selna se sentó
y Marjo la imitó de inmediato—. Sea quien fuere que la sostenga, me mira a mí
primero. Confía en mí. Cuando la llevé a la cocina
durante la cena y todos quisieron tocarla, su
pequeña cabeza no dejaba de girar para mirarme.
—Te estás volviendo sentimental —rió Marjo—. Los
recién nacidos no pueden girar la cabeza. Ni siquiera pueden ver.
—Ella puede. Jenna puede.
—Así... así que ya le has dado nombre —dijo Marjo—.
Y sin aguardar mi aprobación.
—Tú eres mi hermana, no mi guardiana —respondió
Selna con irritación. Ante la dureza de su voz, la niña se movió entre ellas.
Selna esbozó una sonrisa de disculpa—. Además —dijo—, Jenna es sólo su nombre
de bebé. Quiero que su nombre completo sea Jo-an-enna.
—Jo por amada, an por blanca y enna por árbol. Eso
tiene sentido ya que fue encontrada en un árbol y su cabello... el poco que
tiene... es blanco. Supongo que }o es porque la amas, aunque me resulta curioso
lo pronto que esto ha ocurrido. Por lo general tú no amas en tan poco tiempo.
Suele ser tu odio el que se despierta más rápido.
—No seas idiota. Jo es por ti, Marjo —dijo Selna—.
Y tú lo sabes bien.
—Extendió la mano por encima de la niña para tocar
a su compañera.
La mano de Marjo fue a su encuentro y ambas
sonrieron.
La criatura, entre ambas, emitió un sonido entre
sueños.
Por la mañana, Selna llevó a Jenna con la
enfermera, Kadreen, quien revisó a la niña de la cabeza a los pies.
—Es fuerte —dijo Kadreen. No sonrió, pero en
realidad raras veces lo hacía. Se decía que había cosido demasiadas heridas y
acomodado demasiados huesos para que la vida le diese suficientes motivos para
sonreír. Pero Selna sabía que incluso de joven, cuando aún no había pasado
demasiado tiempo en su profesión, Kadreen rió era muy aficionada a sonreír. Tal
vez, pensaba Selna, había escogido aquella profesión a causa de ello.
—Sus dedos se aferrán sorprendentemente bien para
una recién nacida.
Y puede seguir el movimiento de mi mano. Eso es
raro. Golpeé las manos para probar sus oídos y se sobresaltó de inmediato. Será
una buena compañía para ti en los bosques.
Selna asintió con la cabeza.
—Asegúrate de alimentarla siempre en los mismos
horarios y dormirá toda la noche en el próximo cambio de luna.
—Ya lo hizo anoche —dijo Selna.
—No volverá a hacerlo.
Pero a pesar de la advertencia de la enfermera,
Jenna durmió profundamente durante toda esa noche y la siguiente. Aunque Selna
trató de alimentarla según los horarios dictados por la larga experiencia de
Kadreen con los infantes, siempre estaba demasiado ocupada para cumplirlos. De
todos modos, la niña parecía conforme con las comidas irregulares y en los
bosques, fajada al pecho o a la espalda de Selna, permanecía silenciosa como
cualquier cazadora experta.
Selna se jactaba de su hija adoptiva en cada
ocasión, hasta que todas menos Marjo llegaron a cansarse de ello.
—Corres el riesgo de convertirte en una pesada —le
dijo Donya, la cocinera en jefe, cuando Selna pasó a dejarle un corzo y siete
conejos después de dos días de cacería—. Es una hermosa criatura, sin duda.
Fuerte y de aspecto bastante agradable. Pero no es Gran Alta. No camina sobre
el Lago de los Suspiros, ni cabalga el arco iris del verano, ni salta entre las
gotas de lluvia.
—No dije que fuera la Diosa —masculló Selna. La
niña, en sus brazos, rió encantada mientras ella le hacía cosquillas con una
pata de conejo en la barbilla. Entonces se volvió hacia la cocinera y rugió—: Y
no soy una pesada.
—No dije que lo fueras. Dije que corrías el riesgo
de convertirte en una pesada —dijo Donya con calma—. Pregúntale a cualquiera.
Selna miró a su alrededor, pero todas las muchachas
de la cocina bajaron la vista y de pronto la habitación quedó en silencio. Sólo
se oía el sonido de los cuchillos de la cocina trabajando. Las jóvenes de Donya
no eran tan tontas como para desafiar a una de las guerreras. Especialmente a
Selna, que era conocida por su mal carácter, aunque, a diferencia de algunas
otras, raras veces se mostraba rencorosa por mucho tiempo. Sin embargo, ninguna
de ellas envidiaba a su hija adoptiva, pensando en el momento en que ese mal
carácter se pusiese de manifiesto.
Selna sacudió la cabeza, todavía enfadada, y se
volvió nuevamente hacia Donya.
—Quiero la piel de los conejos —le dijo—. Serán un
forro muy suave para el morral. Jenna tiene la piel muy delicada.
—Jenna tiene la piel de un bebé —respondió Donya
con calma, ignorando el ceño fruncido de Selna—. Y por supuesto que tendrás las
pieles. También te guardaré el cuero del venado. Podrás hacer un buen par de
polainas y unos cuantos mocasines.
De pronto Selna sonrió.
—Necesitará muchos mocasines.
—Pero no por ahora —dijo Donya riendo.
En la cocina, se oyeron varias risitas de sus
propias hijas adoptivas.
—¿A qué te refieres? —La ira había regresado a la
voz de Selna.
Donya dejó la pesada vasija de barro y la cuchara
de madera, se secó las manos en el delantal y extendió los brazos. De mala
gana, Selna reconoció la señal y, desatando a la niña, se la entregó.
Donya sonrió y meció a la niña en sus brazos.
—Ésta es una criatura, Selna. Un bebé. Mira a mis
propias doncellas. Son siete. Y alguna vez todas tuvieron este tamaño.
Caminaron al cumplir un año; sólo una lo hizo antes. No esperes demasiado de tu
niña y crecerá con tu amor. Cuando llegue su momento lunar, no se apartará de
ti. Cuando lea el Libro de Luz y convoque a su propia hermana a este mundo, no
te abandonará. Una criatura no es tuya para que la poseas sino para que la
eduques. Puede que no sea lo que tú quieres que sea, pero será lo que tiene que
ser. Recuerda lo que se dice, que «la madera puede permanecer veinte años en el
agua, pero jamás se convertirá en pez».
—¿Y ahora quién se está convirtiendo en una pesada?
—preguntó Selna con tono aburrido.
Entonces tomó a Jenna, quien aún sonreía, de los
brazos de la cocinera y salió de la habitación.
Esa noche hubo luna llena y todas las hermanas
sombra fueron convocadas. En el gran anfiteatro abierto, el círculo de mujeres
y sus niñas estaba completo.
Selna se detuvo en el centro del círculo bajo el
altar, el cual estaba flanqueado por tres árboles de serbal. Marjo se hallaba a
su lado. Por primera vez en casi un año había una nueva adopción que celebrar,
aunque dos jardineras y una guerrera habían dado a luz cada una a una criatura.
Pero esas niñas ya estaban consagradas a la Diosa. Ahora era el turno de Jenna.
La sacerdotisa se hallaba sentada en silencio en el
trono sobre el altar de roca, y su propia hermana sombra se hallaba junto a
ella. Con el cabello negro trenzado con pequeñas flores blancas y los labios
teñidos de rojo mediante el jugo de las bayas, ambas esperaron hasta que las
devotas guardaron silencio. Entonces se inclinaron hacia delante, con las manos
sobre las rodillas, y observaron a Selna y a Marjo. Pero fue sólo la
sacerdotisa quien habló.
—¿Quién cuida de la niña?
—Yo, madre —dijo Selna alzando a Jenna.
Para ella la palabra «madre» tenía un doble
significado, ya que la sacerdotisa había sido su propia madre adoptiva y se
había lamentado amargamente cuando Selna había escogido seguir la senda de las
guerreras.
—Y yo —dijo Marjo.
Ambas subieron el primer escalón del altar.
—¿Y quién dio a luz a la niña? —preguntó la
sacerdotisa.
—Una mujer del pueblo, madre —dijo Selna.
—Murió en los bosques —agregó Marjo.
Subieron el segundo escalón.
—¿Y ahora quién sangra por la niña? —preguntó la
sacerdotisa.
—Tendrá mi sangre —dijo Selna.
—Y la mía.
La voz de Marjo era un eco suave.
Alcanzaron el tercer escalón y la sacerdotisa se
levantó junto a su hermana sombra. La sacerdotisa tomó a la niña de las manos
de Selna y la colocó sobre el trono. Marjo y Selna estuvieron a su lado con un
rápido movimiento.
Entonces la sacerdotisa se arrodilló frente a la
niña. Tomó su larga trenza negra y con ella envolvió la cintura de la pequeña.
Al otro lado del trono, su hermana hizo lo mismo.
En cuanto hubieron terminado, Selna y Marjo se arrodillaron y ofrecieron sus
manos con las muñecas hacia arriba.
Tomando una aguja de plata de un cofre montado
sobre el brazo del trono, la sacerdotisa pinchó la muñeca de Selna donde se
bifurcaba la vena azul. A la vez, su hermana hizo lo mismo por Marjo con una
aguja idéntica.
Luego unieron las muñecas de las guerreras para que
la sangre de una fluyera hacia la otra.
Entonces la sacerdotisa se volvió y pinchó
suavemente a Jenna sobre el ombligo, llamando a Selna y a Marjo con su mano
libre para que se acercasen. Ellas se inclinaron y colocaron las muñecas sobre
el vientre de la niña para que se mezclara la sangre de todas ellas.
—Sangre con sangre —recitó la sacerdotisa—. Vida
con vida.
Toda la Congregación de Alta repitió las palabras,
y el eco resonó por el claro.
—¿Cuál es el nombre de la niña?
Selna no pudo contener una sonrisa.
—Jo-an-enna —respondió.
La sacerdotisa pronunció el nombre, y entonces, en
la antigua lengua, dio a la niña el nombre secreto que sólo ellas cuatro... y
Jenna a su tiempo... conocerían.
—Annuanna —dijo—. El abedul blanco, la diosa árbol,
el árbol de la luz eterna.
—Annuanna —susurraron entre ellas y a la niña.
Entonces la sacerdotisa y su hermana desenvolvieron
sus cabellos y se pusieron de pie. Posando las manos sobre las dos jóvenes
arrodilladas y la niña, ambas pronunciaron la oración final.
Ella que nos sostiene
en su
mano, Ella
que nos forma
en estas
tierras, Ella
que aleja
a la
noche, Ella
que escribió
el Libro de
Luz, En
su nombre,
Bendita sea.
Las mujeres congregadas entraron perfectamente con
las respuestas.
Cuando hubieron terminado. Selna y Marjo se
levantaron juntas y Selna alzó a la niña para que todas pudiesen verla. Con los
aplausos y vítores que se alzaron debajo de ellas, Jenna despertó alarmada y
comenzó a llorar.
Selna no la consoló, aunque la sacerdotisa la miró
con dureza. Desde temprano, una guerrera debía aprender que el llanto no traía
ningún consuelo.
De regreso en el interior, después del magnífico
banquete que siguió, la niña fue pasando de brazos en brazos alrededor de la
mesa para que todas la viesen. Comenzó en brazos de la sacerdotisa y de allí
pasó a los brazos regordetes de Donya, quien la meció en forma experta pero
«tan rutinariamente como si fuese un carnero recién salido del asador», le
comentó Selna a Marjo con irritación. Donya entregó la niña a los brazos más
delgados de las guerreras. Ellas rieron y le hicieron cosquillas en el mentón,
y una hermana sombra la arrojó por el aire. Jenna gritó encantada, pero Selna
hizo a sus compañeras a un lado, furiosa, para atraparla en su caída.
—¿Qué clase de bastarda mal nacida eres tú?
—exclamó—. ¿Y si la luz se hubiese apagado? ¿Qué brazos la hubiesen atrapado
entonces?
La hermana sombra Sammor se encogió de hombros y
rió.
—Esta maternidad tardía te ha desintegrado el
cerebro, Selna. Estamos adentro. Aquí no hay nubes que oculten la luna. Las
luces de la Congregación de Alta nunca fallan.
Selna se colocó a Jenna bajo un brazo y alzó el
otro para golpear a Sammor, pero alguien atrapó su mano por detrás.
—Selna, ella tiene razón y tú te equivocas en esto.
La niña está a salvo —dijo Marjo—. Ven. Brinda con todas nosotras para olvidar
y perdonar, y luego jugaremos a las varillas.
Juntas, bajaron sus brazos.
Pero la ira de Selna no se mitigó, lo cual era
inusitado, y se sentó fuera del círculo de hermanas cuando éstas comenzaron a
arrojar las varillas en los complicados ejercicios que las entrenaban para el
manejo de la espada.
Con Selna afuera, Marjo tampoco podía jugar, y se
sentó frente a su hermana con gesto de mal humor mientras el juego proseguía.
Éste se volvió más y más complejo cuando una segunda, luego una tercera y
finalmente una cuarta serie de varillas fueron introducidas en el círculo.
Las flexibles ramas de sauce giraban por el aire
pasando de mujer a mujer, de mano a mano, y muy pronto el único sonido que se
oyó en el salón fue el slip-slap que producían las varillas al entrar en
contacto con las palmas de las manos.
—¡Las luces! —gritó alguien, y las observadoras
alrededor del círculo estallaron en aplausos y vítores.
Amalda, la hermana de Sammor, asintió con la cabeza
y dos de las cocineras, lo suficientemente nuevas en la hermandad para andar
juntas como sombras, se levantaron para situarse junto a las antorchas que
iluminaban el círculo.
El juego siguió adelante sin detenerse y las
varillas se deslizaron aún más rápido por el aire. Desde que habían comenzado
los lanzamientos, ni una mano había fallado. El silbido de las varillas que
pasaban de una a otra era acentuado por el batir de las palmas.
Entonces, sin advertencia previa, ambas antorchas
fueron extinguidas en cubos de agua y las hermanas sombra del círculo
desaparecieron. La ronda se redujo a la mitad y hubo un repiqueteo de varillas
que golpeaban contra el suelo. Sólo Marjo, que estaba sentada más allá de las
antorchas, y las hermanas sombra, que estaban alejadas del juego, permanecieron
allí, iluminadas por la luz de la cocina.
La voz de Amalda señaló a aquellas que habían
perdido sus varillas.
—Domina, Catrona, Marna. —Entonces se volvió e hizo
una seña para que trajesen nuevas antorchas.
Las hermanas sombra aparecieron nuevamente y el
círculo volvió a completarse. Las perdedoras, Domina, Catrona, Marna y sus
respectivas hermanas sombra, fueron a la cocina en busca de algo que beber. El
de las varillas era un juego que producía mucha sed. Pero Selna se levantó con
la niña en brazos y habló en voz tan alta que nadie dejó de escucharla:
—Ha sido un día agotador, dulce Jenna, y es hora de
que ambas vayamos a la cama. Esta noche apagaré la luz.
Hubo una exclamación desde el círculo. Apagar la
luz significaba enviar a su hermana de vuelta a la oscuridad. Anunciarlo de esa
manera era una afrenta.
La boca de Marjo se puso tensa, pero la joven no
dijo nada mientras se levantaba con Selna y la seguía fuera del salón. Sin
embargo, Sammor se volvió hacia ellas.
—Recuerda lo que se dice, Selna. «Si tu boca se
transforma en un cuchillo, cortará tus propios labios.» —No esperaba una
respuesta y, por cierto, no obtuvo ninguna.
—Me has avergonzado —dijo Marjo con suavidad cuando
llegaron a su habitación—. Nunca antes habías hecho algo así, Selna. ¿Qué
ocurre?
—No ocurre nada —respondió Selna mientras acomodaba
a la niña en su cuna, le alisaba la manta y le acariciaba el cabello con un
dedo. Entonces comenzó a canturrear suavemente una antigua canción de cuna—.
¡Mira! Ya está dormida.
—Me refiero a lo que ocurre entre nosotras. —Marjo
se inclinó sobre la cuna y observó a la niña dormida—. Es una dulzura.
—¿Lo ves? No ocurre nada entre nosotras. Ambas la
amamos.
—¿Cómo puedes amarla tanto en tan corto tiempo? No
es más que un trocito de carne. Más adelante se convertirá en alguien a quien
amar... fuerte o débil, de ojos brillantes o tristes, diestra con sus manos o
con su boca. Pero por ahora sólo es...
La voz de Marjo se interrumpió abruptamente en
mitad de la oración ya que Selna había soplado la gran candela que había sobre
la cama.
—Ahora no ocurre nada entre nosotras, hermana
—susurró Selna en la habitación oscura.
Entonces se tendió en la cama, consciente del lugar
vacío de Marjo, ya que siempre había podido contar con su hermana para hablar,
reír y recibir una respuesta ingeniosa antes de dormirse. Luego se volvió y,
conteniendo el aliento, escuchó la respiración de la niña durante unos
momentos. Cuando estuvo segura de que se encontraba bien, exhaló el aire con un
sonoro suspiro y se durmió.
LA HISTORIA:
El «juego de las varillas» ha llegado a nosotros en
una forma altamente sospechosa. Hoy en día sólo es jugado por las niñas de los
Valles Superiores, donde el estribillo, cantado por los espectadores
(generalmente varones) que se hallan fuera del círculo, dice:
Vueltas y vueltas en torno a la
ronda. La
espada de sauce pasa de una a otra.
Los círculos concéntricos de jugadoras se sientan
en el suelo frente a frente con las varillas en la mano. Éstas estaban hechas
de sauce, el cual ya no crece en los Valles Superiores aunque existen
evidencias indicando que abundaba hace mil años. Hoy en día las varillas se
fabrican de un plástico que es a la vez flexible y fuerte. A la señal de un
tambor las varillas pasan de mano en mano en el sentido de las agujas del reloj
durante siete golpes, y luego regresan otros siete golpes. Luego las varillas se
arrojan entre los círculos en parejas prefijadas, durante siete golpes más.
Finalmente, con el acompañamiento oral de los espectadores y un ritmo cada vez
más rápido del tambor, se arrojan las varillas a través del círculo, primero a
la pareja y vuelta, luego a la persona que se encuentra sentada a la derecha de
la pareja. Las varillas deben ser atrapadas con la mano en la que se empuña la
espada, lo cual deja en decidida desventaja a las jugadoras zurdas. En cuanto
alguna de las participantes deja caer una varilla, queda «fuera».
Lowentrout señala el famoso «fragmento intercalado»
de los Tapices Baryard, el cual fue encontrado hace treinta años en la tumba
del monarca oriental Achmed Mubarek, como prueba positiva de que el «juego de
las varillas» jugado por las guerreras de las montañas es el mismo que el que
practican las niñas de hoy. A pesar de que es cierto que el «fragmento
intercalado» (el cual ha sido restaurado torpemente por muchas manos
orientales, se dice que tanto como treinta veces, según muestran los distintos
colores de hilo) presenta círculos concéntricos de guerreras, éstas sostienen
espadas y no varillas. Una de las así llamadas jugadoras está tendida de
espaldas, con la espada clavada en el pecho, evidentemente
muerta. Es ignorada por las demás jugadoras. Cowan
asegura que el «fragmento intercalado» ha sido demasiado deformado a través de
los años para poder establecer una relación clara, pero que más probablemente
representa una forma específica de ejecución, ya que se encuentra en el sector
del tapiz dedicado a los traidores y espías. Tal vez jamás se conozca el
verdadero significado del «fragmento intercalado», pero basándose en los
Luxophistas que en el siglo pasado trataron de revivir las prácticas del Libro de
Luz, Magon afirma que el círculo interior estaba compuesto por las «hermanas
oscuras» o «hermanas sombra», las cuales podían ser vistas a la luz de la luna
o de las velas de sebo espeso (todavía populares en los Valles Superiores e
Inferiores), y que el círculo externo era el de las «hermanas luminosas» o
«hermanas luz». Estas prácticas han sido prohibidas durante al menos siete
generaciones, y el Libro de Luz ha sido tan completamente desautorizado por el
brillante «Das Volk Lichtet nicht» de Duane, que no necesito reiterar sus
argumentos.
Todavía existe cierta confusión sobre los anillos
de plata con intrincados grabados hallados en los sepulcros de Arrundale. Sigel
y Salmón los denominan «soportes de varillas», dando crédito a la endeble tesis
de Magon, pero existen más evidencias para creer que aquellos artefactos eran
aros para servilletas, y esto está explicado convincentemente en «Los anillos
de los clanes» de Cowan, Naturaleza e Historia, vol. 51.
EL RELATO:
El vergonzoso comportamiento de Selna se convirtió
en el tema de toda la Congregación. Aunque ya antes algunas hermanas habían
discutido, pequeñas riñas que producían un momento de cólera y luego
desaparecían sin siquiera dejar las cenizas del recuerdo, lo que había hecho
Selna no tenía ningún precedente. Ni siquiera los registros de la sacerdotisa
mencionaban nada semejante, y la Congregación tenía información de diecisiete
generaciones, además de ocho grandes tapices.
Durante el día Selna permanecía bajo la brillante
luz del sol y por las noches, con la niña atada al pecho o a la espalda,
evitaba las habitaciones bien iluminadas de la Congregación. Una o dos veces,
cuando fue absolutamente inevitable y tuvo que entrar en uno de los salones
iluminados por antorchas, Marjo se deslizó tras ella como una figura delgada y
debilitada. Había desaparecido la risa vigorosa de la hermana sombra, así como
su voz sincera y melodiosa.
—Selna —gemía a la espalda de su hermana con la voz
de un tenue suspiro—, ¿qué ocurre entre nosotras? —Era la voz de un fantasma,
hueca y agonizante—. Selna...
Una vez, mientras se hallaba en la cocina
suplicando un poco de leche para el bebé, Selna se volvió por un momento a la
llamada de Marjo.
Colocó las manos sobre los oídos de la niña como
para impedir que oyese la voz de su hermana, aunque entonces ésta era ya tan
débil que apenas si se oía. Detrás de ella, Donya, su propia hermana Doey y dos
de las muchachas mayores observaron la escena horrorizadas. En la figura
consumida de Marjo veían su propia muerte lenta.
Los ojos color morado de Marjo lloraban lágrimas
negras.
—Hermana, ¿por qué haces esto? Yo compartiría a la
niña contigo. No deseo interponerme entre vosotras.
Pero Selna se volvió lenta y deliberadamente de la
figura suplicante, de regreso a la luz de la cocina. Cuando advirtió la
presencia de Donya, Doey y las otras dos jóvenes que la observaban con congoja,
inclinó la cabeza y encogió los hombros como aguardando un golpe. Luego se
volvió y regresó a la parte más oscura del vestíbulo sin la leche.
En el decimotercer día de su deshonra, la
sacerdotisa la desterró de la Congregación.
—Hija mía —dijo la sacerdotisa con voz agobiada—,
tú misma has provocado esta situación. No podemos impedir lo que le estás
haciendo a tu propia hermana sombra. Una vez que has aceptado las enseñanzas
del Libro de Luz, ya no nos corresponde darte más órdenes. Lo que ocurra entre
las dos es asunto vuestro. Pero la Congregación está destrozada. No podemos
continuar observando lo que haces. Por lo tanto debes dejarnos y terminar
sola con lo que has iniciado en forma tan aciaga.
—¿Sola? —preguntó Selna.
Por primera vez hubo un temblor en su voz. Desde
que tenía memoria jamás había estado sola. Selna apretó a la pequeña Jenna
contra sí.
—Has apartado de tu lado a tu propia hermana sombra
—dijo la sacerdotisa—. Nos has avergonzado a todas. La niña se queda aquí.
—¡No! —gritó Selna volviéndose.
A su lado, la sombra gris que era Marjo también se
volvió. Pero se toparon con seis robustas guerreras que las encerraron contra
la pared y cogieron a la niña a pesar de los gritos y súplicas de Selna.
Luego llevaron a Selna a plena luz del día, lo cual
significaba que estaría completamente sola al comienzo de su travesía, sin nada
más que las ropas que llevaba puestas. A sus pies arrojaron el arco, la espada
y el cuchillo, en una pesada bolsa cuyo nudo le llevó casi una hora desatar. No
le dijeron nada, ni siquiera una palabra de despedida, ya que la sacerdotisa
les había ordenado que no lo hicieran.
Selna abandonó la Congregación de día, pero esa
noche regresó como una sombra entre las sombras y se llevó a la niña.
No había guardianas junto a la cuna de Jenna. Selna
sabía que no las habría. Las mujeres de la Congregación estarían seguras de que
ella jamás regresaría después de la humillación que le habían infligido.
Confiarían en las guardianas de los portones exteriores. Pero ella era una
guerrera, la mejor de todas, y frecuentemente había jugado con Marjo en los
pasadizos secretos. Por lo tanto, Selna volvió a entrar en forma más silenciosa
aún que una sombra, y apagó tres luces a lo largo de los pasillos antes de que
la débil voz de Marjo pudiera despertar a alguien.
Jenna despertó y reconoció el olor de su madre
adoptiva. Con un sonido de satisfacción, volvió a quedarse dormida. Y fue ese
pequeño sonido el que confirmó la determinación de Selna. Regresó corriendo por
los pasadizos secretos y volvió a estar en la linde del bosque antes del
amanecer.
Mientras recorría los antiguos senderos donde las
rocas se hallaban alisadas por el paso de tantos pies, los pájaros anunciaron
su llegada. Selna encontró a un costado del camino la gran piedra junto a la
cual había dejado sus armas. Por muy deshonrada que estuviera, jamás hubiese
alzado su espada o su arco contra las mujeres de la Congregación. Apoyándose
contra la roca en un nicho que parecía haber sido hecho para su cuerpo, se bajó
la túnica hasta la cintura. Ahora que verdaderamente era la madre de la niña,
también podía amamantarla, y ofreció su seno a la criatura. Por unos momentos,
Jenna chupó con ansiedad, pero al ver que no salía la leche giró la cabeza y
comenzó a llorar.
—¡Shhh! —dijo Selna tomando el rostro de la niña
entre sus dedos—.
Una guerrera debe ser silenciosa.
Pero hambrienta y asustada, la niña lloró todavía
más.
Selna la sacudió con violencia, inconsciente de las
lágrimas que corrían por sus propias mejillas. Alarmada, la criatura dejó de
llorar. Entonces Selna se levantó y miró a su alrededor para asegurarse de que
nadie había oído los gritos. Luego volvió a sentarse, se apoyó en la roca y se
durmió con la niña en brazos.
Pero Jenna no durmió. Inquieta y hambrienta, trató
de atrapar las motas de polvo suspendidas en los rayos de sol que se filtraban
a través de la bóveda de álamos y abedules. Finalmente, se llevó su pequeña
mano a la boca y chupó con avidez.
Pasaron varias horas antes de que Selna despertara.
Cuando lo hizo, el sol se hallaba bien alto y un zorro investigaba la orilla
del claro con su pequeño hocico afilado metido entre la maleza. Ante el
despertar de Selna, alzó la vista con las orejas erguidas y se volvió
abruptamente desapareciendo entre las sombras.
Selna se estiró y observó a la niña dormida sobre
su regazo. Con una sonrisa, tocó el cabello blanco de Jenna. Bajo la luz del
sol podía ver su cuero cabelludo sonrosado y el latido del pulso bajo la capa
de piel.
—Eres mía —susurró ferozmente—. Yo cuidaré de ti.
Yo te protegeré. Yo te alimentaré. Yo... y ninguna otra.
Ante el sonido de su voz, Jenna despertó emitiendo
un llanto débil e irritado.
—Tienes hambre. Yo también —dijo Selna con
suavidad—. Encontraré algo para que comamos las dos.
Selna se levantó la túnica y ató a la niña a su
espalda, lo suficientemente fuerte para que estuviera segura y lo bastante
suelta para que ambas pudieran moverse. Sosteniendo el arco y la espada con la
mano derecha, colocó el cuchillo en la vaina sobre su hombro derecho, donde
podía alcanzarlo para un lanzamiento rápido. Entonces comenzó a trotar por los
senderos del bosque.
Fue afortunada. Encontró las huellas de un conejo
pequeño, se le acercó con sigilo y lo cazó con una flecha al primer intento. A
pesar de que aún se hallaba demasiado cerca de la Congregación para encender un
fuego grande, no tenía intenciones de comerse un conejo crudo. Por lo tanto
cavó un hoyo profundo y allí encendió un fuego pequeño, suficiente al menos
para tostar la carne. Después de masticar un trozo, escupió el jugo en la boca
de Jenna. Después del segundo intento, la niña no rechazó la oferta y chupó con
ansiedad boca a boca.
—En cuanto pueda te conseguiré leche —le prometió
Selna mientras le limpiaba los labios y le hacía cosquillas en el mentón—.
Obtendré empleo como guardia en uno de los pequeños pueblos de frontera. O me
uniré al ejército del rey. Les gustan las guerreras de Alta. Ellos no me
rechazarán.
Como respuesta, Jenna esbozó una sonrisa y agitó
sus mane-citas en el aire. Selna la besó en la frente sintiendo el roce de sus
cabellos blancos bajo la nariz, suaves como el ala de una mariposa. Entonces
volvió a colocarse la niña a la espalda.
—Esta noche debemos recorrer muchos kilómetros
antes de que me sienta segura —dijo Selna.
No agregó que deseaba permanecer en el bosque
porque habría luna llena y no soportaba la idea de hablar con su pálida sombra
y explicarle todo lo que había hecho.
LA LEYENDA:
En el bosque sombrío cercano a Altashame existe un
claro. Bajo un grupo de abedules blancos crece un iris de bordes rojos.
La gente que vive en Selkirk, en la parte occidental del bosque, dice que
en la segunda luna de cada año pueden verse tres fantasmas. Uno es una guerrera
que lleva un collar negro en la garganta. El segundo es su doble hecho sombra.
Y el tercero es un pájaro blanco como la nieve que vuela sobre ellas llorando
con la voz de un bebé. Al amanecer, las dos mujeres se atacan mutuamente con sus
espadas. Donde cae su sangre crece el iris, blanco como el pájaro y rojo como
la sangre. «Iris de nieve» es como la tradición del este llama a la flor.
«Corazón frío», dice el folclore del oeste. Pero Selkirk la ha bautizado
«Sangre de la hermana», y la gente de ese pueblo no se acerca a las flores.
Aunque el zumo del iris ayuda a aliviar a la mujer en sus momentos difíciles,
los habitantes de Selkirk no tocan ni uno de sus pétalos, como tampoco entran
en el claro después del atardecer.
EL RELATO:
Al borde de un pequeño claro, muy cerca del pequeño
pueblo de Seldenkirk, Selna se detuvo a descansar. Apoyada contra un pequeño
roble que la protegía del brillo de la luna llena, contuvo el aliento y dejó
caer tanto el arco como la espada. Al principio su respiración era tan agitada
que no le permitió oír el sonido. Entonces, cuando lo oyó, ya era demasiado
tarde. Unas manos fuertes y callosas la cogieron por detrás y clavaron un
cuchillo en el hueco bajo su mentón.
Selna se contuvo para no gritar de dolor, y
entonces el cuchillo se deslizó hacia abajo dibujando un círculo de sangre como
un collar sobre su garganta.
—Éstas son las únicas joyas que debería poseer una
prostituta de Alta —dijo la voz ronca a sus espaldas—. Te encuentras muy lejos
de las tuyas, mi niña.
Selna cayó de rodillas tratando de girar para
proteger a la criatura que llevaba a la espalda, y el movimiento asustó al
hombre, quien clavó el cuchillo profundamente en su garganta. Ella trató de
gritar, pero no pudo emitir ningún sonido.
El hombre emitió una risa áspera y le arrancó el
frente de la túnica exponiendo sus senos y su vientre.
—Pareces un muchacho —dijo con disgusto—. Las de tu
clase sólo son buenas moribundas o muertas.
La tomó por una pierna y la arrastró fuera del
bosque hasta el césped suave del claro iluminado por la luna. Allí trató de
tenderla de espaldas.
Selna no podía gritar, pero todavía era capaz de
resistirse a él. Sin embargo otra mujer gritó detrás de ellos, un extraño
sonido ahogado.
Sobresaltado, el hombre se volvió y vio a una doble
de la primera mujer, su propia garganta rodeada por una línea de sangre negra.
Al volverse otra vez, el hombre comprendió su error, ya que Selna había logrado
cogerle el cuchillo y con las últimas fuerzas que le quedaban se lo clavó entre
los ojos. Sin embargo, Selna no alcanzó a ver el resultado de su ataque, ya que
al mismo tiempo giró boca abajo y murió rozando la mano de Marjo.
El hombre trató de levantarse, sólo logró ponerse
de rodillas y entonces cayó muerto encima de Selna. El mango del cuchillo
clavado entre sus ojos fue a posarse sobre la mano de Jenna. La niña se aferró
a él y lloró.
Fueron encontrados la mañana siguiente por un
pastor que siempre llevaba a su rebaño hasta ese claro, donde el pasto era más
dulce. Llegó justo antes del amanecer y le pareció ver a tres personas muertas
en la linde del bosque. Cuando llegó hasta ellos abriéndose paso entre las
ovejas, vio que sólo eran dos: una mujer con el cuello cortado y un hombre con
un cuchillo clavado entre los ojos. Una criatura silenciosa se aferraba a la
empuñadura sangrienta del cuchillo como si ella misma hubiese cometido el asesinato.
El pastor corrió de regreso hasta Seldenkirk,
olvidando a sus ovejas, las cuales permanecieron balando alrededor de los
despojos mortales.
Cuando regresó con seis robustos campesinos y el
corpulento alguacil, sólo el hombre se encontraba allí, tendido de espaldas en
medio de las ovejas. La mujer muerta, el bebé, el cuchillo y una de las ovejas
del pastor habían desaparecido.
LA BALADA:
La balada del bebé de
Selden
No vayáis al claro, jóvenes doncellas
de vestidos
dorados. No
vayáis al claro
de
Seldentown. Pues
malvados son los hombres que os aguardan
para derribaros sin piedad.
Una doncella fue a
Seldentown
y dejó de ser
doncella. El
cabello suelto alrededor del cuello,
el vestido en las
rodillas. Un
bebé pendía de su espalda,
un hermoso bebé.
Fue sola hasta el claro,
se alejó demasiado del
pueblo. Un
hombre se le acercó por detrás
y de un tajo cortó su
cuello. Un
hombre se le acercó por detrás
y derribó a la hermosa doncella.
¿Y tú harás lo que quieras conmigo?
¿O me matarás de un
tajo? ¿O
lo que esperas es quitarme
mi virginidad hace tanto
perdida? ¿Por
qué me has traído tan lejos del pueblo
hasta este lecho de hierbas verdes?
Él no pronunció una palabra,
jamás dijo su
nombre, tampoco
habló de su origen,
ni del pueblo del que había
venido. Sólo
pensaba en derribarla
y arrastrarla en su vergüenza.
Ya presto a cumplir su plan,
y cuando comenzaba a
hacerlo, El
bebé a espaldas de la doncella
alcanzó la daga
oculta Y
la cogió de la vaina
en la oscuridad del claro.
Y una y dos, las pequeñas
manos
derribaron al hombre
malvado Que
ya en el vientre de su madre
había concebido su
perfidia. Dios
nos conceda a todas bebés tan hermosos,
y que nuestra vida sea tan larga como dichosa.
EL RELATO:
La sacerdotisa dio por anulado el destierro, ya que
cuatro cazadoras habían hallado el cuerpo de Selna cogido de la mano de Marjo.
Al aparecer el pastor, las mujeres se ocultaron rápidamente en el bosque y
aguardaron su partida para llevarse a Selna, el bebé y la oveja de vuelta a la
Congregación.
—Nuestras hermanas se encuentran nuevamente con
nosotras —dijo la sacerdotisa recibiendo a las cazadoras con su triste carga
frente al gran portón. Entonces hizo la señal de Alta (el círculo y la cruz)
sobre la frente de Selna—. Traedla adentro. A la niña también. Ahora nos
pertenece a todas. Ninguna de nosotras la cuidará en forma exclusiva.
—La profecía, madre —exclamó Amalda, y muchas la
imitaron—. ¿Es la niña de la que se habla?
La sacerdotisa sacudió la cabeza.
—El Libro habla de una criatura que quedó huérfana
tres veces, y esta dulzura ha perdido sólo dos, la legítima y Selna.
—Pero madre —continuó Amalda—, ¿Marjo no era
también su madre?
La boca de la sacerdotisa se volvió tensa.
—No debemos ayudar a que se cumpla una profecía,
hermana. Recuerda lo que está escrito: «Los milagros son para los ingenuos.» Ya
me he pronunciado. De aquí en adelante, la niña no tendrá una sola madre en la
Congregación de Alta, sino una multitud. —Se retorció su larga trenza entre los
dedos.
Las mujeres murmuraron entre sí, pero finalmente
decidieron que tenía razón. Entonces colocaron el cuerpo de Selna en la cesta
sepulcral y lo llevaron a la habitación de la enfermera. Allí lo lavaron y
vistieron, cepillaron su cabello hasta hacerlo brillar y cerraron la cesta. Se
necesitaron seis de ellas, dos en cada extremo de la cesta y una a cada lado,
para subir el cuerpo por la Colina Sagrada hasta la vasta e intrincada caverna,
el Peñón de Alta, donde yacían generaciones de hermanas cubiertas y preservadas
bajo antorchas encendidas.
Aunque subieron al Peñón de Alta al mediodía,
aguardaron hasta la noche para realizar la ceremonia, comiendo las frutas que
habían llevado consigo. En voz baja hablaron sobre la vida de Selna, su
destreza como cazadora y su intrepidez, su carácter difícil y su sonrisa
pronta. También hablaron de Marjo, no de la pálida sombra, sino de la compañera
enérgica y risueña.
Kadreen observó que había sido la ventura de Alta
quien las había guiado a hallar el cuerpo de Selna.
—No, hermana, fue nuestra destreza —dijo Amalda—.
Seguimos su rastro durante varias noches. Y si no hubiese estado tan fuera de
sí, jamás la habríamos encontrado, ya que ella era la mejor de todas.
Kadreen sacudió la cabeza y colocó la mano sobre el
hombro de Amalda.
—Lo que quiero decir, hermana, es que ha sido un
gracioso obsequio de Alta el que podamos tener su cuerpo con nosotras en la
Colina Sagrada.
¿Cuántas de las nuestras yacen lejos de aquí, en
sepulcros sin ninguna marca?
Al alzarse la luna, el grupo de la Colina
prácticamente se duplicó. Sólo las niñas permanecieron sin hermanas sombra.
El cuerpo de Marjo apareció en su propia cesta
junto al de Selna, con el mimbre trabajado en forma tan delicada como el de su
hermana.
Entonces la sacerdotisa comenzó, con la voz
desgarrada de pena:
—Por nuestras hermanas que se encuentran unidas
incluso en la muerte —dijo. Entonces, interrumpiendo el ritual por un momento,
susurró a los dos cadáveres—: ahora todo está bien entre vosotras.
Donya emitió un profundo gemido y dos de las
doncellas de la cocina rompieron a llorar.
La sacerdotisa cantó la primera de las siete
alabanzas, y las otras se le unieron rápidamente cantando las estrofas que
conocían desde su niñez.
En nombre de la caverna de
Alta El
sombrío y solitario sepulcro...
Cuando terminaron con la séptima y sólo restaba el
último eco amoroso en el aire, recogieron las cestas para llevar a Selna y a
Marjo hasta la caverna.
Donya y su hermana sombra eran las últimas. Donya
llevaba a la niña de cabellos blancos, quien había bebido tanta leche de oveja
que dormía pacíficamente sobre el amplio pecho de la cocinera.
EL MITO:
Entonces Gran Alta dijo:
—Habrá una de vosotras, mi única hija, que nacerá
tres veces y tres veces quedará huérfana. Yacerá junto a una madre muerta tres
veces y sin embargo sobrevivirá. Será una reina por encima de todas las cosas y
a la vez reina no será. Tendrá una hija para cada madre mas su madre no será.
Las tres serán como una y comenzarán el mundo otra vez. Así lo digo y así será.
Entonces Gran Alta extrajo de la luz a una criatura
que lloraba, blanca como la nieve, roja como la sangre, negra como la noche, y
la amamantó hasta que la niña se calmó.
LIBRO SEGUNDO
EL LIBRO DE LUZ
EL MITO:
Y cuando Gran Alta habló, sus palabras fueron
trocitos de cristal. Donde las iluminaba el sol, eran rayos de la más pura luz.
Donde caían las lágrimas de sus hijas, eran el arco iris. Pero cada vez que se
pronunciaban las palabras de Gran Alta, reflejaban la mente de quien las
escuchaba forma por forma, sombra por sombra, luz por luz.
LA LEYENDA:
Una vez hubo en los Valles una gran maestra que
llegó desde el este con el sol naciente. Sus palabras eran tan exquisitas que
aquellos que las escuchaban decían que eran como el cristal más puro, que
producía un sonido dulce y agudo al ser tocado.
La maestra vivió entre la gente de los Valles
durante un año y un día, y entonces desapareció por el oeste con el sol
poniente. Después de ello nadie pudo decir con certeza si se había tratado de
un hombre o de una mujer, si su estatura era alta o baja, su piel clara u
oscura. Pero todas las palabras que había pronunciado a la luz de la luna (ya
que la maestra era muda con excepción de las noches de luna llena) fueron
recogidas por las discípulas de los Valles y anotadas en un libro. Cuando
estuvo terminado, éste resultó ser muy pequeño y fue bautizado Libro de Luz.
EL RELATO:
Jenna tenía siete años cuando tocó por primera vez
el Libro de Luz. Permaneció allí con las otras tres niñas de su edad en una
línea recta, o al menos tan recta como Marna, la maestra, y Zo, su hermana
oscura, podían lograr que formaran. Selinda siempre estaba inquieta. Y Alna,
quien tenía problemas para respirar en la primavera, resolló con dificultad
durante toda la ceremonia. Sólo Marga (llamada Pynt después de la primera
infancia) y Jenna permanecieron quietas.
La sacerdotisa dirigió una sonrisa a la fila de niñas, pero no hubo
ninguna calidez en esa sonrisa, sólo una formal curvatura de labios. A Jenna le
hacía recordar los lobos del bosque cercano a Seldenkirk. En cierta ocasión
había visto una manada. La hermana de la sacerdotisa esbozó la misma sonrisa,
aunque ésta pareció infinitamente más agradable.
Jenna giró un poco para mirar de frente a esa
segunda sonrisa, pero observó a la sacerdotisa por el rabillo del ojo, del modo
en que observaba las cosas en los bosques. Alta sabía que había tratado de
complacer a la Madre. Pero no parecía haber ninguna forma de complacerla.
Sobre sus cabezas, la luna llena primaveral
iluminaba el altar de piedra. De los serbales llegaba el susurro de las hojas
nuevas movidas por la brisa. Durante un instante, una nube cubrió la luna y la
hermana sombra de la sacerdotisa desapareció de su trono sobre el altar. Nadie
se movió hasta que la nube hubo pasado y la luna volvió a convocar a las
hermanas sombra. Entonces hubo un suspiro suave y satisfecho de las ochenta
bocas en el anfiteatro.
La sacerdotisa alzó un poco la cabeza para observar
el cielo. No había más nubes a la vista, y por lo tanto comenzó. Abriendo el
gran libro con cubiertas de piel que tenía sobre la falda, señalando con su
afilada uña cada sílaba de la página, leyó en voz alta.
Jenna no podía apartar los ojos de esa uña. A nadie
más se le permitía tener una mano semejante, ni tampoco nadie la quería. Unas
uñas como las de la sacerdotisa se quebrarían en la cocina o en la fragua,
entorpecerían el manejo de un arco o de un cuchillo. De forma furtiva,
Jenna flexionó la mano preguntándose qué se sentiría teniendo uñas como ésas.
Decidió que no le gustaría.
Clara y grave, la voz de la sacerdotisa llenaba el
espacio entre las niñas.
—Y la niña de siete veranos, la niña de siete
otoños, la niña de siete inviernos y la niña de siete primaveras vendrá hasta
el altar para escoger su propio camino. Y cuando haya escogido, seguirá esa
senda durante siete años más sin vacilar jamás en su mente ni en su corazón. Y
de ese modo el Camino Escogido se convertirá en el Camino Legítimo.
La sacerdotisa alzó la vista del libro donde las
letras parecían atrapar a la luna y reflejarla sobre ella produciendo pequeños
destellos que bailaban sobre la parte delantera de su túnica.
—Y vosotras, mis niñas, ¿ya habéis escogido vuestro
camino?
—preguntó.
Su hermana sombra alzó la vista al mismo tiempo,
aguardando las respuestas.
—Sí —dijeron las cuatro niñas tal como habían
practicado.
Sólo Selinda llegó tarde porque, como de costumbre,
estaba soñando con otra cosa y tuvo que recibir un pequeño empujón de Marna y
de Zo.
Entonces, una por una, las niñas subieron los
peldaños para tocar el libro que estaba sobre la falda de la sacerdotisa.
Selinda lo hizo primero, ya que era la mayor por nueve meses, y Jenna fue la
última. Tocar el libro, hacer el voto, nombrar la elección. Todo era tan simple
y tan complejo a la vez. Jenna se estremeció.
Sabía que Selinda iría con su propia madre y
trabajaría en los jardines.
Allí podría permanecer mirando el espacio,
sumiéndose en lo que Marna y Zo llamaban sus «sueños verdes».
Alna, quien también había nacido de una jardinera,
elegiría la cocina, donde resollaba menos y donde, según se creía, lograría
ganar un poco de peso. Jenna sabía que Alna no se sentía feliz con su elección,
ya que en realidad deseaba permanecer con su madre y la hermana sombra de ésta,
quienes la mimaban y la malcriaban abrazándola durante las noches en las que
más le costaba respirar. Pero todas las hermanas estaban de acuerdo en que Alna
necesitaba permanecer lo más lejos posible de las semillas que se abrían y
de las malezas del otoño. Una y otra vez, la enfermera Kadreen les había
advertido que su salud iría empeorando y que Alna podía morir en los jardines.
Y había sido esa advertencia la que, finalmente, las decidiera a todas. A todas
excepto a Alna, quien había llorado todas las noches del último mes pensando en
su inminente exilio, según le había dicho a Jenna. Pero siendo una niña
obediente, diría lo que debía ser dicho en la Elección.
La morena Pynt, nacida de las entrañas de una
guerrera, elegiría el camino de las cazadoras/guerreras a pesar de ser tan
pequeña y delicada, el legado de su padre. Jenna sabía que si trataban de
torcer la decisión de Pynt, ella se resistiría con todas sus fuerzas. Pynt
jamás vacilaría, ni por un momento. La lealtad corría como sangre por sus
venas.
¿Y qué había de ella misma? Cuidada por todas sin
ser adoptada por nadie, Jenna ya había intentado diversos caminos. Los jardines
la irritaban con sus hileras tan uniformes. La cocina era aún peor... cada cosa
en su lugar. Incluso había pasado algunos meses junto a la sacerdotisa para
terminar mordiéndose las uñas con la certeza de que sería el camino equivocado.
En realidad era más feliz en el bosque o cuando practicaba los juegos de las
guerreras tales como el de las varillas, aunque raras veces las mujeres
permitían que una niña entrase en el círculo. Además, ella y Pynt habían estado
tan unidas como si fuesen hermana luz y sombra. Era como si Jenna pudiese ver
mejor en los bosques que en los oscuros confines de la Congregación. Y al año
siguiente, después de que hubiese escogido, le enseñarían a manejar el arco y
el cuchillo.
Jenna observó cómo, primero la tímida Selinda,
luego la agitada Alna y finalmente la resuelta Pynt, subían los tres peldaños
hasta el altar donde la sacerdotisa y su gemela sombra se hallaban sentadas en
sus tronos sin respaldo. Una por una, las niñas colocaron la mano derecha sobre
el Libro, mientras con la izquierda tocaban los cuatro sitios que pertenecían a
la misma Alta: cabeza, seno izquierdo, ombligo, ingle. Entonces recitaron las
palabras del voto ante la sacerdotisa, hablándole de sus elecciones. Las
palabras parecían ejercer un poder casi tangible: Selinda al jardín, Alna a la
cocina, Pynt a los bosques.
Cuando Pynt bajó los peldaños con una gran sonrisa
en el rostro, palmeó la mano de Jenna.
—Su aliento es ácido —susurró.
Después de eso a Jenna le resultó difícil subir el
primer peldaño con el rostro serio. Su boca no quería permanecer en la línea
firme que tanto había practicado. Pero en cuanto puso el pie sobre el segundo
peldaño, todo fue diferente. Esto la acercaba a su elección. Para cuando llegó
al tercer peldaño, descubrió que estaba temblando. No por miedo a la
sacerdotisa o por respeto hacia el Libro, sino con una especie de ansiedad,
como cuando la pequeña zorra que Amalda había encontrado y entrenado se hallaba
en presencia de las gallinas. Incluso cuando no tenía hambre, temblaba de
anticipación. Así era como se sentía Jenna.
Colocando la mano sobre el Libro de Luz, se
sorprendió al descubrir lo frío que era. Las letras estaban en relieve y podía
sentirlas impresas sobre su palma. Se tocó la frente con la mano izquierda y la
sintió fresca y seca. Entonces se llevó la mano al corazón, confortada al
sentir que latía con firmeza bajo sus dedos. Rápidamente completó el resto del
ritual.
La sacerdotisa habló y su aliento no era tan ácido
como extraño. Olía a siglos, a dignidad y a los atavíos de la majestad.
—Debes repetir mis palabras, Jo-an-enna, hija de
todas.
—Lo haré, Madre Alta —susurró Jenna con un
repentino temblor en la voz.
—Soy una niña de siete primaveras... —comenzó la
sacerdotisa.
—Soy una niña de siete primaveras —repitió Jenna.
—Escojo y soy escogida...
Jenna inspiró profundamente.
—Escojo y soy escogida.
La sacerdotisa sonrió. Jenna notó que, después de
todo, no era una sonrisa distante sino un gesto triste y poco practicado.
—El camino que escojo es...
—El camino que escojo es... —dijo Jenna.
La sacerdotisa asintió con la cabeza y su rostro
mostró una extraña expresión expectante.
Jenna volvió a inspirar, más profundamente que
antes. Se abrían tantas posibilidades frente a ella en ese momento.
Cerró los ojos para saborearlo, y al abrirlos quedó sorprendida por la
mirada rapaz en el rostro de la sacerdotisa. Jenna se volvió un poco y habló a
la hermana sombra, en un tono más fuerte del que se había propuesto.
—Una guerrera. Una cazadora. Una guardiana de los
bosques.
—Finalmente suspiró, feliz de haber terminado con
ello.
Por un momento la sacerdotisa no habló. Parecía
casi enfadada.
Entonces ella y su hermana sombra se inclinaron
para abrazarla y susurraron en su oído:
—Bien elegido, guerrera. —No hubo ninguna calidez
en sus palabras.
Al bajar los peldaños, Jenna volvió a oír el eco de
lo segundo que la sacerdotisa sola había susurrado en su oído. Se preguntó si
le habría dicho lo mismo a las demás. En realidad lo dudaba, ya que con voz que
temblaba en forma extraña había agregado: «Hija elegida de la propia Alta.»
Las lecciones comenzaron de lleno a la mañana
siguiente. No se trataba de que los días pasados en los bosques hubiesen sido
momentos de juego, pero la enseñanza formal: preguntas y respuestas, pruebas de
memoria y el Juego, sólo podían comenzar después de la Elección.
—Ésta es la flor del dedal —dijo Amalda, la madre
de Pynt, arrodillada junto a una insulsa planta verde—. Pronto tendrá flores
que se verán como pequeñas campanas moradas.
—¿Por qué no se llama flor campana? —murmuró Jenna,
pero Amalda sólo sonrió.
—¡Bonita! —dijo Pynt extendiendo la mano para tocar
una hoja.
Amalda se la apartó con una palmada, y al ver que
la niña se mostraba ofendida dijo:
—Recuérdalo, niña, Agua derramada es mejor que una
vasija rota. No toques nada a menos que sepas lo que puede hacerte. Hay cardos
y púas que pinchan, ortigas que irritan al menor contacto. Y también hay
plantas más sutiles cuyos venenos sólo se revelan después de un buen rato.
Pynt se llevó a la boca su mano dolorida.
Ante una señal de Amalda, ambas niñas se
arrodillaron a su lado, Jenna muy cerca y Pynt, todavía ofendida, un poco
más lejos. Entonces su propia naturaleza alegre superó el resentimiento y
la niña se colocó junto a Jenna.
—Oled éstas primero —dijo Amalda señalando la hoja
de la planta.
Ellas se inclinaron y obedecieron. El olor era
ligero y penetrante.
—Si os permitiera probar las hojas —dijo la madre
de Pynt—, las escupiríais de inmediato. —Se estremeció deliberadamente y las
niñas la imitaron. Pynt tenía una amplia sonrisa en el rostro—. Pero si os
hincháis de líquidos que no podéis eliminar, o si vuestros corazones laten con
tanta fuerza que Kadreen teme por ellos, os preparará un té con las hojas y muy
pronto os sentiréis aliviadas. Sólo... —Amalda alzó una mano como advertencia.
Las niñas conocían bien esa señal. Significaba que debían guardar silencio y
escuchar—. Sólo sed precavidas con esta planta tan bonita. En pequeñas dosis
ayuda a quien se encuentra en peligro, pero un preparado demasiado fuerte,
hecho con intención malvada, y el que lo beba morirá.
Jenna se estremeció y Pynt asintió con la cabeza.
—Marcad bien este lugar —dijo Amalda—, porque no
cosechamos las hojas hasta que la planta ha florecido. Pero Kadreen estará
complacida al saber que hemos encontrado una cañada nena con flores de dedal.
Las niñas miraron a su alrededor.
—Jenna, ¿cómo lo has marcado?
Jenna pensó un momento.
—Por el gran árbol blanco con las dos bifurcaciones
en el tronco.
—Bien. ¿Pynt?
—Fue en el tercer recodo, A-ma. Y a la derecha. —En
su excitación, Pynt había llamado a su madre por el nombre que le daba de
pequeña.
Amalda sonrió.
—¡Bien! Ambas tenéis buenos ojos. Pero eso no es
todo lo que se necesita en los bosques. Venid. —Se puso de pie y comenzó a
recorrer el sendero.
Las niñas la siguieron, brincando cogidas de la
mano.
La segunda lección tuvo lugar muy pronto, ya que
apenas doblaron el siguiente recodo cuando Amalda alzó la mano.
De inmediato las niñas se detuvieron y guardaron silencio. Amalda alzó el
mentón y ambas la imitaron. Se tocó la oreja derecha y ellas escucharon
atentamente. Al principio no oyeron nada, con excepción del viento entre los
árboles.
Entonces llegó hasta ellas un crujido fuerte y
extraño seguido por un chasquido agudo.
Amalda señaló un árbol caído. Fueron hasta él en
silencio y lo observaron.
—¿Qué animal es? —preguntó Amalda finalmente.
Pynt se alzó de hombros.
—¿Una liebre? —intentó Jenna.
—Mirad, niñas. Escuchad. Vuestros oídos son tan
importantes como vuestros ojos. ¿Habéis oído ese alboroto chillón? Sonaba como
esto.
—Alzando la cabeza, emitió un sonido agudo con la
lengua contra el paladar.
Las niñas rieron con admiración y entonces Amalda
les enseñó a producir el sonido. Ambas lo intentaron y Pynt lo logró primero.
—Ése es el sonido que emite una ardilla —dijo
Amalda.
—¡Yo ya lo sabía! —dijo Jenna sorprendida; ahora
que oía el nombre, descubrió que en realidad ya lo había sabido.
—¡Yo también! —exclamó Pynt.
—Entonces ahora sabemos que la ardilla nos observa
y nos regaña por entrar en sus dominios. —Amalda asintió con la cabeza y miró a
su alrededor.
Las niñas hicieron lo mismo.
—En consecuencia, buscamos señales que nos indiquen
los lugares favoritos de la ardilla. —Volvió a señalar el árbol caído—. Los
tocones suelen gustarle especialmente.
Observaron el tocón con sumo cuidado. Alrededor de
la base había una pila de pequeñas piñas y cáscaras de nuez.
—La ardilla come aquí —dijo Amalda—. Ha dejado
estas señales para nosotras, pero ella no lo sabe. Ahora ved si podéis hallar
sus pequeños escondites, ya que le encanta enterrar cosas.
Las niñas comenzaron a cavar en forma tan
silenciosa como les permitían sus escasos siete años de edad, y muy pronto
ambas hallaron los pequeños túneles subterráneos. En el de Jenna había una
bellota oculta, pero el de Pynt sólo tenía las cortezas de las bellotas. Amalda
las felicitó por sus descubrimientos. Después de ello les enseñó los rasguños
ligeros en los árboles. Por allí las ardillas subían y bajaban dejando
unos pequeños montoncitos de pelo atrapados en el tronco. Con mano experta,
Amalda extrajo los pelos y los colocó en su morral de cuero.
—Sada y Lina les encontrarán alguna utilidad con
sus tejedoras —les dijo.
Las niñas treparon a varios árboles más y
obtuvieron más puñados de pelo. Jenna halló un árbol marcado con rasguños más
grandes.
—¿Una ardilla? —preguntó.
Amalda le acarició la cabeza.
—Tienes buenos ojos —le respondió—, pero eso no es
ninguna ardilla.
Pynt sacudió la cabeza meciendo sus rizos oscuros.
—Demasiado grandes —dijo con sagacidad—. Demasiado
profundos.
Ambas niñas susurraron juntas.
—¿Un zorro?
—¿Un mapache? —agregó Jenna.
Amalda sonrió.
—Un puma —les dijo.
Con eso la lección se dio por terminada, ya que
todas conocían el peligro y, aunque Amalda no había visto ninguna huella
reciente y dudaba de que el puma anduviese por la zona, le pareció que la
cautela era una buena virtud que enseñar a las niñas y las condujo de regreso a
casa.
En la mesa del almuerzo, cubierta con hogazas de
pan fresco y cuencos de humeante guisado de ardilla, Amalda no pudo evitar
alardear con las niñas.
—Contadle a las hermanas lo que habéis aprendido
hoy —les dijo.
—Que las flores de dedal pueden ser buenas —dijo
Pynt.
—O malas —agregó Jenna.
—Para tu corazón o... —Pynt se detuvo ya que no
recordaba más.
—O para tus líquidos —continuó Jenna y se
sorprendió ante las risitas que circularon por la mesa.
—Y las ardillas suenan así. —Pynt reprodujo el
sonido y fue recompensada con un aplauso. Entonces sonrió encantada, ya que
tanto ella como Jenna habían practicado el sonido durante todo el camino de
regreso.
Jenna también aplaudió y luego siguió hablando
ansiosa por ganarse su cuota de elogios.
—Encontramos la marca de un puma. —Al ver que no
había aplausos, agregó—: Fue un puma quien mató a mi primera madre.
Hubo un repentino silencio en la mesa. La
sacerdotisa se volvió hacia Amalda desde su lugar en la cabecera.
—¿Quién le ha contado a la niña esta... esta
historia?
—Yo, no, madre —dijo Amalda rápidamente.
—Ni yo.
—Ni yo.
Alrededor de la mesa todas negaron haber sido las
responsables.
La sacerdotisa se puso de pie, con la voz grave de
ira y autoridad.
—Esta niña nos pertenece a todas. No existe ninguna
primera madre.
Tampoco una segunda. ¿Me habéis comprendido?
—Aguardó el más completo silencio de las hermanas, lo tomó por una aprobación,
giró sobre sus talones y se marchó.
Después de eso nadie habló durante varios minutos,
aunque las niñas continuaron comiendo ruidosamente, golpeando las cucharas
contra los cuencos.
—¿Qué significa todo esto? —preguntó Donya,
asomándose por la puerta de la cocina.
—Significa que con la edad ha comenzado a perder la
cordura
—murmuró Catrona mientras se secaba el vino de la
boca con el reverso de la mano—. Siente calor aun en los días más fríos. Se
mira en los espejos y ve el rostro de su madre.
—No puede lograr que una niña escoja el camino de
ella —agregó Domina—, después de intentarlo durante tantas primaveras.
Tendremos que enviarla a otra Congregación cuando muera.
Jenna era la única niña que no comía. Primero
sintió calor en las mejillas y luego frío. Había querido ganarse la atención de
las demás al decir lo que había dicho, pero no de esta forma. Frotó su
sandalia contra la pata de la silla. El sonido suave, que sólo ella alcanzó a
oír, la confortó.
—¡Shhh!—dijo Amalda colocando una mano sobre el
brazo de Domina.
—Ella está bien, Domina, Catrona —dijo Kadreen con
su estilo directo y serio. Con un movimiento de cabeza señaló el lugar de la
mesa donde se hallaban las jardineras. Su intención era advertirles que todo lo
que se dijese allí, llegaría pronto a oídos de la sacerdotisa. Las trabajadoras
de los campos siempre servían a aquella que bendecía sus cosechas; le
pertenecían de forma incuestionable. No era que a Kadreen le importase.
Nunca tomaba partido en ninguna disputa, sólo
acomodaba los huesos y cosía las heridas, pero esto no le impedía dar un
consejo de vez en cuando—. Y tú, Catrona, recuerda que cuando los aldeanos
dicen: no existe medicina para curar el odio, tienen razón. Ya te he advertido
sobre esas pasiones. No hace más que un mes te hallabas mal del estómago y
tuviste que guardar cama con el flujo hemorrágico. Haz lo que te he dicho y
bebe leche de cabra en lugar de licor de uvas, y practica tu respiración latani
para calmarte. No quiero volver a verte pronto por la enfermería.
Catrona emitió un bufido por la nariz y volvió a
ocuparse de su comida. De forma significativa apartó la sopa y el vino y atacó
el pan con deleite, untándolo generosamente con miel del pote.
Jenna suspiró profundamente.
—No pretendía hacer nada malo —dijo en una
desgarradora voz infantil—. ¿Qué es lo que he dicho? ¿Por qué todas estáis tan
enfadadas?
Amalda le dio un golpecito en la cabeza con sus
cubiertos.
—No es tu culpa, niña —le dijo—. Algunas veces las
hermanas mayores hablan antes de pensar.
—Habla por ti misma, Amalda —masculló Catrona.
Entonces apartó el pan, empujó la silla y se levantó—. Me refería exactamente a
lo que dije. Además, la niña tiene derecho a saber...
—No hay nada que saber —intervino Kadreen.
Catrona volvió a bufar y salió.
—¿Saber qué? —preguntó Pynt.
La respuesta que recibió fue un golpecito en la
cabeza, más fuerte que el que había recibido Jenna.
Jenna no dijo nada pero se puso de pie. Sin
siquiera pedir que la disculpasen, se dirigió hacia la puerta. Una vez allí se
volvió.
—Lo sabré. Y si ninguna de vosotras quiere
decírmelo, se lo preguntaré a Madre Alta yo misma.
—Esa niña... —dijo Donya más tarde a sus doncellas
en la cocina—. Un día abordará a la Diosa Gran Alta en persona, recordad mis
palabras.
Pero nadie las recordó, ya que Donya tendía a
divagar y a realizar pronunciamientos semejantes todo el tiempo.
Jenna fue directamente hacia las habitaciones de la
sacerdotisa, aunque al acercarse pudo sentir que el corazón le golpeaba
enloquecido en el pecho. Se preguntó si Kadreen tendría que darle una poción de
flores de dedal a causa de ello. Le preocupaba el hecho de que si la dosis era
demasiado fuerte le causaría la muerte. Morir justo cuando acababa de escoger
su camino. Sería terriblemente triste.
Todas las preguntas y temores aceleraron su paso y,
antes de lo que había planeado, llegó a la habitación de la sacerdotisa. La
puerta estaba abierta y Madre Alta se hallaba sentada tras un gran telar
trabajando en un tapiz de la Congregación, en una de aquellas interminables
tareas de la sacerdotisa que a Jenna le habían resultado tan aburridas.
Snip-snap iban sus uñas contra la lanzadera; click-clack iba la lanzadera entre
las hebras de un lado al otro. Madre Alta debió de haber visto un movimiento por
el rabillo del ojo y alzó la vista.
—Entra Jo-an-enna —dijo.
Ya no había forma de evitarlo. Jenna entró.
—¿Has venido a solicitar mi perdón? —Madre Alta
sonrió, pero el gesto no llegó a sus ojos.
—He venido a preguntarte por qué dices que mi madre
legítima no fue muerta por un puma cuando todas las demás dicen que sí. —Jenna
no pudo evitar jugar nerviosamente con su trenza derecha y con la tirilla de
cuero que la ataba—. Dicen que murió tratando de salvarme.
—¿Quiénes lo dicen? —preguntó la sacerdotisa en voz
baja y sin inflexión. Su mano derecha se movió sobre la izquierda, haciendo
girar y girar su gran anillo de ágata.
Jenna no podía apartar los ojos del anillo.
—¿Quiénes, Jo-an-enna? —volvió a preguntar Madre
Alta.
Jenna alzó la vista y trató de sonreír.
—He oído esa historia desde que tengo memoria
—respondió—, pero no recuerdo exactamente quién me lo dijo primero. —Contuvo el
aliento porque eso no era en realidad una mentira. Podía recordar que Amalda se
lo había contado. Y Domina. Incluso Catrona. Y las niñas lo habían repetido.
Pero no quería causarles problemas. Especialmente a Amalda, ya que solía
pretender que era su madre al igual que la de Pynt. Por las noches, en su
almohada, la llamaba secretamente A-ma—. También hay una canción que habla de ello.
—No creas en las canciones —dijo la sacerdotisa.
Sus manos habían abandonado el anillo para jugar con la gran cadena de medias
lunas metálicas y de aduladas que llevaba alrededor del cuello—. Pronto creerás
en los delirios de los presbíteros aldeanos y en los retruécanos de los
copleros itinerantes.
—Entonces, ¿en qué debo creer? —preguntó Jenna—. ¿Y
a quién debo creer?
—Cree en mí. Cree en el Libro de Luz. Muy pronto lo
sabrás. Y cree en que Gran Alta lo oye todo. —Para enfatizar sus palabras,
señaló el cielo raso con una uña brillante.
—¿Ella ha oído decir que tuve una madre muerta por
un puma?
—preguntó Jenna sorprendida de que su lengua dijese
lo que se había formado en su mente, sin aguardar a que ella lo juzgase.
—Vete, niña, me fatigas. —La sacerdotisa agitó una
mano.
Aliviada, Jenna partió.
En cuanto la niña hubo salido por la puerta, Madre
Alta se levantó apartando el pesado telar. Entonces fue hasta el gran espejo
que se alzaba en su marco de madera labrada. Con frecuencia, cuando necesitaba
algún consejo, le hablaba como si fuese su propia hermana sombra, ya que las
dos imágenes eran prácticamente iguales. La única diferencia radicaba en el
color y en el hecho de que el espejo no le respondía. Algunas veces, pensó
Madre Alta con fatiga, prefiero el silencio del espejo a las respuestas que recibo
de mi gemela sombra.
—¿Recuerdas al hombre del pueblo? —susurró—. ¿El
granjero de Slipskin? Tenía manos rudas y una lengua aún más ruda. Entonces
teníamos siete años menos, pero éramos mucho mayores que él. Sin embargo, él no
lo sabía. ¿Cómo podía saberlo, acostumbrado como estaba a las mujeres
ordinarias de su pueblo ordinario?
Madre Alta sonrió irónicamente ante el recuerdo, y
la imagen le devolvió la sonrisa.
—Le sorprendimos, hermana, cuando nos quitamos
nuestras capas. Y le sorprendimos con nuestra piel de seda. Y también por
sorpresa le sonsacamos la historia de su única hija, la cual, sin saberlo,
había matado a su madre y a la comadrona que la llevó a las montañas para nunca
regresar. Recordará nuestra pasión como un sueño, ya que llegamos a él
secretamente en la medianoche. Y todas las demás personas que interrogamos sólo
vieron a una de nosotras, a plena luz del día, siendo ésta una mujer vieja y
fea.
Esta vez Madre Alta no sonrió, y la imagen le
devolvió la mirada en silencio.
—Su historia... debía ser cierta. Ningún hombre
llora en brazos de una mujer si la historia que cuenta no es cierta. Fuimos las
primeras que habían llegado a calentar su cama desde la muerte de su esposa.
Después de nueve meses, las heridas aún estaban abiertas. Y por lo tanto han
sido tres: madre, comadrona y madre adoptiva. Tres en una. Y muertas, todas
muertas.
Se mordió el labio inferior. Los ojos en el espejo,
verdes al igual que los de ella, la miraron fijamente.
—Oh, Gran Alta, háblame. Es una de tus sacerdotisas
quien te ruega.
—Alzó las manos y la marca de Alta, grabada en
azul, resaltó vividamente sobre sus palmas—. Aquí estoy, la madre de tus hijas,
quien en tu nombre las guía en esta pequeña Congregación. No tengo hijas ni
ayudantes con excepción de mi hermana sombra... nadie con quien hablar salvo
contigo. Oh, Gran Alta, quien es sembradora y segadora, quien se encuentra en
el comienzo y en el fin, escúchame. —Se tocó la cabeza, el seno izquierdo, el
ombligo y la ingle—. ¿He hecho bien, Gran Madre? ¿He hecho mal? Esta niña ha
quedado huérfana tres veces, tal como dice la profecía. Pero ha habido rumores
acerca de otras antes de ella. Una provenía de la Congregación cercana a
Calla's Ford, y otra muy anterior fue adoptada en la que se encuentra cerca de
Nill. Pero después de todo demostraron no ser más que niñas.
»Entonces, ¿qué es esta niña, esta Annuanna? Está
marcada con un cabello del color de la nieve, y la profecía habla de algo
semejante. Pero ríe y llora como cualquier criatura. Es rápida para responder y
para correr, pero en los juegos no se muestra mejor que su hermana adoptiva
Marga.
Muchas veces le he dado la oportunidad de seguirme
para convertirse en sacerdotisa y así guiar a tus hijas. Pero en lugar de ello
ha escogido los bosques, la cacería y otras tonterías semejantes. ¿Cómo puede
ser ésta la niña que buscamos?
»Oh, Gran Alta, sé que me has hablado en el sol que
se eleva y en la luna que renace cada mes. Sé que tu voz resuena en las gotas
de lluvia y de rocío. Así está escrito y en ello creo. Pero necesito una señal
más clara antes de desplegar esta maravilla ante todas ellas. No bastan los
comentarios rencorosos de mujeres celosas, ni las confidencias culpables y
llorosas de un hombre desdichado. Ni siquiera mi propio tembloroso corazón. Una
verdadera señal.
»La carga, Gran Madre, es difícil de llevar. Me
siento tan sola. Estoy envejeciendo antes de tiempo con este secreto. Mira
aquí. Y aquí. (Se abrió la túnica para mostrar lo fláccidos que se habían
vuelto sus senos. Se tocó la piel floja bajo el mentón. Con los ojos llenos de
lágrimas, se arrodilló frente al espejo y suspiró.)
»Y una cosa más, Gran Alta, aunque tú ya lo sabes.
De todos modos debo confesártelo en voz alta. Mi mayor temor. Si no soy tu
sacerdotisa, no soy nada. Es toda mi vida. Necesito una promesa, Gran Madre,
una promesa si ella... Annuanna, Jo-an-enna, Jenna... es aquélla sobre quien se
ha escrito, la hermana luz nacida tres veces y dejada huérfana tres veces, la
que será reina por encima de todo y cambiará lo que conocemos. Y la promesa que
ruego es que si se trata de ella, me permitas servirte tal como lo he hecho
hasta ahora. Que el sitio en la cabecera de la mesa siga siendo mío. Que
todavía me siente en el trono bajo la luna y pronuncie tu nombre para que
las hermanas lo escuchen y oren. Prométeme eso, Gran Alta, y la daré a conocer.
El rostro en el espejo se ruborizó repentinamente y
la sacerdotisa se llevó la mano a la mejilla. Ésta ardió bajo sus dedos. Pero
aparte del fuego en su rostro, no hubo ninguna otra señal.
La sacerdotisa se levantó con dificultad.
—Debo pensar más en esto. —Dio la vuelta y salió
por la otra puerta, la entrada oculta detrás del pesado tapiz donde se veía a
las hermanas luz y sombra jugando a las varillas.
LA HISTORIA:
No existe, por supuesto, ninguna copia del Libro de
Luz, el gran texto perteneciente al culto, centrado en la luna, de la Madre
Diosa. Sin embargo, se presume que cada comunidad de Altitas poseía una copia
manuscrita e ilustrada del Libro. Tales volúmenes desaparecieron durante las
Guerras del Género. Si los registros de Sigel y Salmón son exactos, fueron
ocultados en cámaras subterráneas especialmente construidas contra tales
eventualidades, pero si uno prefiere confiar en la reconstrucción hecha por Vargo
sobre los códigos de las sacerdotisas, fueron quemados en fuegos rituales.
De todos modos, el meollo de la historia del Libro
y sus enseñanzas gnómicas pueden extraerse del folclore de las aldeas que aún
florecen cercanas a los antiguos emplazamientos de las Congregaciones. El
monumental trabajo de Buss y Bee, Así habla el pueblo, brinda un fuerte apoyo a
la idea de que las Congregaciones Alta eran en realidad simples extensiones de
las aldeas y ciudades que limitaban con sus tierras, verdaderos satélites
suburbanos, al menos en lo que se refiere a sus dialectos y sus tradiciones populares.
Por supuesto que la historia del culto de Alta sólo
es comprensible a la luz de la historia garuniana. Los G'runs, una antigua y
relacionada familia noble del continente, había llegado a las islas con las
invasiones del siglo IX. Adoradores de una trinidad divina.
—Hargo, dios del fuego; Vendré, dios del agua, y
Lord Cres, el brutal dios de la muerte— se asentaron a lo largo de la costa
marítima.
Lentamente, se fueron infiltrando en los concejos
superiores de las civilizaciones semimatriarcales que encontraron allí. En un
principio trataron de socavarlas, pero después de las devastadoras Guerras del
Género, que destruyeron las antiguas Congregaciones y el famoso palacio G'run,
terminaron por transigir y aceptaron la sucesión por línea materna.
La religión que los garunianos trataban de
suplantar era execrable para los primeros invasores por su énfasis en una diosa
de cabellos blancos que se fecundaba a sí misma sin la ayuda de un consorte
masculino. En parte, era una religión que había prosperado a causa del exceso
de mujeres producido por las cruentas guerras de sucesión que habían tenido
lugar unos cuatrocientos años antes. Después de las luchas civiles, el
desequilibrio entre los sexos había provocado la costumbre de abandonar en las
colinas a los bebés excedentes. Sin embargo, a fines del siglo VII, una mujer
de gran altura y con una larga cabellera blanca, llamada Alta (una albina o
quizás una anciana), recorrió la campiña criticando la brutal costumbre y
recogiendo a todas las niñas vivas que podía encontrar, fabricó carretas unidas
entre sí para transportar detrás de sí a las criaturas que rescataba.
Lentamente, esta Alta fue seguida por mujeres de mentalidad afín que, o bien
estaban solteras (había muchas solteronas llamadas «tesoros no reclamados» a
causa de la escasez de hombres), eran viudas o una de las esposas de un
matrimonio polígamo. (Especialmente en los Valles Inferiores se toleraba esta
clase de parejas, aunque los únicos herederos eran los hijos del primer
matrimonio.) De este modo se formó la primera de las diecisiete Congregaciones,
como asilo para niñas desechadas y mujeres sobrantes. Esta reconstrucción,
expuesta primero por el difunto profesor Davis Temple de la Universidad
Hofbreeder, en su ya clásico Nativas de Alta, está tan aceptada que no necesito
extenderme en detalles.
Al necesitar cierto apuntalamiento religioso, las
comunidades de madres adoptivas desarrollaron el culto de una Diosa Blanca
llamada Gran Alta. De este modo se recompensaba el espíritu y la verdadera
virtud de la Alta original. A lo largo de los años, ésta y una subsecuente
predicadora itinerante, llamada de diversas maneras, tales como Gennra, Hendra,
Hanna, Anna y La Sombra, se han fundido en la figura de una diosa cuyo
cabello es a la vez claro y oscuro, un extraño ser hermafrodita que engendra criaturas
sin recurrir a un consorte masculino. La religión adoptó muchos aspectos de las
tribus patriarcales circundantes y, más adelante, incluso se apropió de ciertos
aspectos del culto garuniano. (Por ejemplo, la costumbre de utilizar cavernas
para sepultar a los muertos. Los G'run provenían de un pequeño valle entre
montañas horadadas por cuevas, donde la tierra para el cultivo era demasiado
importante para ser entregada a los muertos. Anteriormente, las devotas de Alta
realizaban los entierros en grandes montículos de tierra.) Al igual que Alta
con sus blancos cabellos había sido una salvadora para muchas niñas abandonadas
en las colinas, comenzaron a correr rumores de una segunda salvadora. Los
rumores se convirtieron en creencia y, si nuevamente hemos de dar crédito a
Vargo, fueron puestos por escrito en el Libro de Luz. Esta salvadora sería la
hija de una madre muerta. La sencilla sustitución psicológica —hija muerta por
madre muerta— es el más básico de los subterfugios populares. En realidad no se
trataba de una madre muerta sino de tres, el número mágico. Esta es una
creencia que aún encierran algunas de las canciones tradicionales y dichos de
los Valles Superiores.
LA CANCIÓN:
La canción de Alta
Soy una niña, una niña
única, Fuego,
agua y todo lo
demás, En
el seno de mi madre
creada, Gran
Alta se lleve mi alma.
Pero de esa madre arrancada
fui, Fuego,
agua y todo lo demás, Y
a la ladera me
condujeron, Gran
Alta se lleve mi alma.
Y en esa ladera me
abandonaron, fuego,
agua y todo lo demás, Donde
me recogió una doncella, Gran
Alta se lleve mi alma.
Y una y dos y tres
caminamos, Fuego,
agua y todo lo
demás, Hasta
que otras tomaron la pesada
carga, Gran
Alta se lleve mi alma.
Que me escuchen todas las buenas
mujeres, fuego,
agua y todo lo
demás, Ya
que la hermandad las hará
libres, Gran
Alta se lleve mi alma.
EL RELATO:
—¿Qué te dijo? ¿Qué le dijiste tú? —preguntó Pynt
con agitación retorciendo sus rizos oscuros. Se hallaba sentada en el suelo,
junto a la ventana de la habitación que compartían. Como todos los cuartos de
la Congregación, éste era bastante oscuro, por lo que, en invierno y verano,
las niñas jugaban cerca de las estrechas ventanas—. ¿Te pegó?
Jenna pensó en lo que iba a decir. Casi deseaba que
Madre Alta la hubiese golpeado. Amalda tenía la mano ligera y recientemente
ambas niñas habían sido azotadas con una vara de sauce, Pynt por responder de
mal modo y Jenna por apoyarla. Pero no eran tundas largas ni fuertes y, además,
aquellos castigos siempre eran seguidos de abrazos, lágrimas y besos. Si la
sacerdotisa hubiese actuado de esa manera, quizá Jenna no hubiera permanecido
detrás de la puerta, quieta como un ratón del bosque, escuchando. ¿Era ella la
criatura que, sin saberlo, había matado a su madre no una sino tres veces? La
idea la había asustado tanto que, sin permanecer allí para escuchar más, había
corrido a esconderse en la bodega donde se guardaban los grandes toneles de
vino tino. Allí, al principio, había respirado muy agitada, sintiendo que los
sollozos le desgarraban el pecho, porque si ella era esa niña, entonces todas
las esperanzas de que A-ma fuese su madre, todas las ilusiones eran tan sólo
eso: un juego. Y luego había calmado su respiración obligándose a permanecer
con los ojos secos. Buscaría a Pynt y le preguntaría.
Sólo ahora, cuando se hallaba frente a Pynt,
comprendía que esta carga era demasiado pesada para compartirla.
—Me preguntó quién me había dicho semejante cosa y
le respondí que no recordaba quién me lo había contado por primera vez. —Se
dejó caer en el suelo junto a Pynt.
—A-ma fue la primera —dijo Pynt—. Yo lo recuerdo.
Era como un cuento. Ambas dormíamos en la cama grande, era una invitación
especial, estábamos entre A-ma y Sammor y...
—Tal vez no —dijo Jenna aliviada de haber superado
la parte más difícil—. Tal vez lo escuché primero de Catrona. O de Donya. Ella
habla demasiado. Probablemente...
—... lo contó tres veces seguidas. —Pynt se echó a
reír. Era una broma común en la Congregación, incluso entre las niñas.
—Oí que Domina decía algo al respecto. Y algo sobre
mi segunda madre también. Eran amigas.
¿Estaría pisando terreno peligroso? Jenna sintió
que su puño comenzaba a cerrarse, pero Pynt pareció no notarlo.
Pynt colocó los codos sobre las rodillas y apoyó el
mentón en las manos.
—Aunque no ha sido de Kadreen. No puedes haberlo
oído de ella.
Ambas asintieron con la cabeza. Kadreen no era
afecta a los rumores ni a brindar demasiada información.
—Me gusta Kadreen —dijo Jenna—, aunque sea una
Solitaria. Aunque nunca sonría. —Las Solitarias, mujeres sin una hermana
sombra, no abundaban en la Congregación. Jenna se compadecía al imaginar cómo
se sentía una Solitaria... sola y sin el consuelo de una compañera que
conociese cada uno de sus pensamientos.
—Una vez la vi sonreír. Fue cuando Alna dejó de
respirar y luego volvió a comenzar con esas toses extrañas y esas burbujas que
le salen por la boca.
Estábamos en el jardín cazando al conejo.
Bueno, al conejo imaginario. ¡Juegos de niñas! Como tú eres la más rápida
corriste a buscar a Kadreen.
Cuando vino, ella colocó la oreja sobre el pecho de
Alna y lo golpeó con fuerza.
—Y durante siete días Alna tuvo una marca negra
grande como un puño.
—Ocho... y le encantaba mostrarla.
—Kadreen no sonrió esa vez.
—Sí lo hizo.
—No.
—Sí. De todos modos, A-ma me dio esto. —Pynt se
volvió y tomó dos nuevas muñecas de maíz en una mano y dos morrales de
junquillo en la otra—. Ella y Sammor nos las hicieron para celebrar la
Elección.
—Oh, son más bonitas que las de Alna.
—Mucho más bonitas —dijo Pynt—. Y los morrales
tienen el signo de la Congregación. —Jenna señaló el símbolo dentro del
círculo.
—Ahora —dijo Pynt—, podremos ser verdaderas
hermanas compartiéndolo todo, como a ti te gusta jugar. Llévate la muñeca clara
y el morral claro y yo me quedaré con los oscuros.
Jenna tomó el morral sintiéndose culpable.
Recordaba lo poco que en verdad había compartido con Pynt. Recordaba la forma
en que se veía Madre Alta frente al gran espejo enmarcado, pronunciando las
palabras que tanto la habían asustado. Recordaba todo aquello y se preguntaba
si alguna vez, ella y Pynt, podrían volver a ser verdaderamente hermanas.
Entonces las muñecas resultaron ser mucho más
interesantes que sus sombríos pensamientos, y colocándose en la espalda el
morral con el bebé, ambas jugaron durante más de una hora a ser hermana luz y
sombra hasta que oyeron la campana indicando el retorno a las lecciones.
—Esta tarde —les informó Catrona— os enseñaré el
juego del Ojo Mental.
Las niñas sonrieron y Pynt dio un codazo a Jenna.
Ambas habían oído hablar del juego. Las muchachas mayores solían hablar de ello
secretamente a la mesa. Pero nunca nadie se lo había explicado, ya que era
uno de los misterios reservados para después de la Elección.
Pynt miró a su alrededor rápidamente como para ver
si alguien las observaba. Había tres niñas mayores en el patio de las
guerreras, pero estaban ocupadas con sus propias cosas: la pelirroja Mina
apuntaba al blanco con su flecha, mientras que Varsa y Pequeña Domina luchaban
con varas de mimbre acompañadas por los gritos de Domina que las corregían.
—¡Mírame, Pynt! —exclamó Catrona con voz risueña—.
Ya sé que aquí hay muchas cosas para ver, pero debes aprender a concentrarte.
—¿Qué hay del rabillo del ojo? Amalda dijo...
—Jenna vaciló.
—No os adelantéis, niñas —dijo Catrona y tiró
suavemente de una de las trenzas de Jenna para captar su atención—. Primero
aprended a concentraros y luego a dispersaros.
—¿Qué es dispersarse? —preguntó Pynt.
Catrona volvió a reír.
—Significa ser capaz de ver muchas cosas a la vez.
Pero primero debes escuchar, Marga. —Se detuvo riendo abruptamente.
Las niñas escucharon.
Catrona se volvió hacia la pequeña mesa de madera
con patas gastadas que había a su lado. Estaba cubierta por un viejo lienzo a
través del cual se notaba una serie de bultos y protuberancias.
—Primero, ¿qué es lo que veis aquí? —preguntó
Catrona señalando la mesa.
—Una mesa con una tela vieja —dijo Pynt, agregando
rápidamente—: y raída.
—Una tela que cubre muchas cosas —dijo Jenna.
—Ambas estáis en lo cierto. Pero recordad esto...
la cautela es la mayor virtud en los bosques y en la batalla. Con frecuencia
las cosas no son lo que parecen. —Catrona quitó el lienzo y pudieron ver que la
mesa era la representación tallada de una cumbre montañosa con sus picos y
valles—.
La utilizamos para enseñar el camino a través de la
zona montañosa donde está asentada nuestra Congregación. Y para planear
nuestras estratagemas.
Pynt aplaudió encantada mientras Jenna se acercaba
con expresión pensativa para deslizar un dedo sobre las lomas y senderos.
—¿Y qué es lo que veis aquí? —preguntó Catrona
conduciéndolas hasta un gabinete donde había una segunda mesa cubierta por una
tela similar.
—Otra montaña —dijo Pynt, siempre ansiosa por ser
la primera en responder.
—Cautela... con cautela —le recordó Catrona.
Jenna sacudió la cabeza.
—A mí no me parece una montaña. Los picos no son
tan altos. Hay lugares redondos, tan redondos como... como una...
—¡Como una manzana! —intervino Pynt.
—Veamos —dijo Catrona, y alzó la tela tomándola por
el centro. Sobre la mesa había una extraña colección de objetos.
—¡Oh! —dijo Pynt—. ¡Me has engañado! —Alzó la vista
hacia Catrona con una sonrisa.
—Vuelve a mirar, niña. Concéntrate.
Pynt volvió a mirar justo cuando Catrona colocaba
la tela nuevamente, cubriendo la mesa por completo.
—Ahora comienza el juego —dijo Catrona—.
Comenzaremos con Marga. Ya que te gusta tanto ser la primera, nombrarás un
objeto de los que están sobre la mesa. Luego Jenna. Entonces le tocará a Marga
otra vez. Y así seguiremos hasta que ya no recordéis más. La que recuerde la
mayor cantidad se llevará un dulce.
Pynt aplaudió, ya que le encantaban los dulces.
—Una cuchara. Había una cuchara —dijo.
Jenna asintió con la cabeza.
—Y eso redondo era una manzana.
—Y un par de palillos para comer —dijo Pynt.
—Sólo uno —le corrigió Jenna.
—Uno —le confirmó Catrona.
—Un naipe de alguna clase —dijo Pynt.
—Una hebilla, como la que lleva A-ma... Amalda
—continuó Jenna.
—Yo no la vi —dijo Pynt volviéndose para mirar a
Jenna, quien se encogió de hombros.
—Estaba allí —dijo Catrona—. Continúa, Marga.
Pynt frunció el ceño mientras se concentraba. Se
apoyó el puño contra la mejilla y pensó. Entonces sonrió.
—¡Eran dos manzanas!
—¡Buena chica! —Catrona sonrió.
—Sobre un plato —dijo Jenna.
—¿Dos platos? —preguntó Pynt con incertidumbre.
—Tienes suerte —respondió Catrona.
—Un cuchillo —dijo Jenna.
Pynt lo pensó durante un buen rato y finalmente se
encogió de hombros.
—No había nada más —dijo.
—¿Jenna? —Catrona se volvió hacia la niña, quien se
tironeaba de las trenzas.
Jenna sabía que había muchos objetos más y podía
nombrarlos, pero también sabía lo mucho que Pynt deseaba ganar ese dulce.
Cuánto necesitaba ganarlo. Entonces suspiró.
—Un cuenco de agua. Un alfiler. Algo de hilo.
—¿Hilo? —Catrona sacudió la cabeza—. No había hilo,
Jenna.
—-Sí, hilo —dijo Jenna—. Y dos o tres guijarros o
bayas. Y... y eso es todo lo que puedo recordar.
Catrona sonrió.
—Eran cinco bayas, dos negras y tres rojas. Y ambas
olvidasteis mencionar el fragmento de tapiz con las jugadoras de varillas, la
cinta, el lápiz, la aguja de tapicería y... ¡el dulce! Pero por todo lo que
habéis olvidado, recordasteis bastante. Estoy muy orgullosa de vosotras por
vuestro primer intento. —Catrona quitó la tela—. Ahora volved a mirar con
atención.
Fue Pynt quien señaló primero.
—¡Mira, Catrona, allí está el hilo de Jenna!
Junto al fragmento de tapiz, pero lo
suficientemente lejos para ser identificado aparte, había un hilo largo y
oscuro.
Catrona echó a reír.
—¡Buenos ojos, Jo-an-enna! Y yo me estoy volviendo
tonta y descuidada en la vejez. Buena maestra soy. Un error como éste puede
significar mi muerte en los bosques o en medio de una batalla.
Las niñas asintieron con la cabeza mientras ella
cogía el dulce y se lo entregaba a Jenna con solemnidad.
—Volveremos a jugar una y otra vez hasta que podáis
recordar todo lo que veáis. Mañana lo haremos con objetos diferentes bajo la
tela. Para cuando hayáis aprendido este juego, podréis nombrarlo todo la
primera vez, y habrá más de treinta cosas que recordar. Pero esto no es tan
sólo un juego, mis niñas. Su objetivo es que aprendáis a mirarlo todo dos
veces, una con el ojo externo y otra con el ojo mental. Por eso se llama el
juego del Ojo Mental. Debéis aprender a volver a ver las cosas, a recordarlas
con tanta claridad la segunda vez como la primera.
—¿Haremos lo mismo en los bosques? —preguntó Pynt.
Jenna no había formulado la pregunta porque ya
conocía la respuesta. Por supuesto que deberían hacer lo mismo en los bosques.
Y en la Congregación y en las aldeas. En todas partes. Qué pregunta tan tonta.
Estaba sorprendida con Pynt.
Pero Catrona no pareció sorprendida.
—Lo mismo —dijo con calma—. ¡Qué buenas chicas!
—Tomó a ambas por los hombros y las acercó a la mesa—. Ahora volved a mirar.
Ellas obedecieron y fijaron la vista en los
objetos. Al repetir los nombres de cada uno de ellos, la boca de Pynt se movía
en una extraña letanía. Jenna miró con tanta intensidad que comenzó a temblar.
Por la noche, las cuatro niñas que habían realizado
La Elección se reunieron en su habitación y se sentaron sobre la cama de Jenna.
Todas tenían mucho que compartir.
Pynt les narró los pormenores del juego y contó que
Jenna le había obsequiado la mitad de su dulce.
—Aunque en realidad fue ella quien lo ganó —terminó
Pynt—. Pero mañana ganaré yo. Creo que he descubierto el secreto. —Mecía a su
nueva muñeca entre los brazos mientras hablaba.
—Siempre tienes una manera secreta, Pynt —dijo
Selinda—. Y casi nunca funciona.
—Sí funciona.
—No.
—Sí.
—Cuéntanos sobre la cocina. Alna —dijo Jenna.
De pronto ya no soportaba la discusión. ¿Qué
importaba si algunas veces Pynt trataba de descubrir caminos secretos? ¿Qué
importaba si raras veces funcionaban?
Alna habló con su voz susurrante.
—Nunca imaginé que hubiese tanto para aprender en
una cocina. Debo ayudar a cortar cosas. En los jardines, nunca me permitieron
utilizar un cuchillo. Y no me lastimé ni una vez. Allí adentro huele bien
pero...
—Suspiró y no terminó la frase.
—De todos modos, hoy no te hubiese gustado estar en
los jardines —dijo Selinda rápidamente—. Todo lo que hicimos fue arrancar
malezas. ¡Malezas! He hecho eso desde que tengo memoria. ¿Qué ha cambiado con
La Elección? Debí haber ido a la cocina. O a los bosques. O con las tejedoras.
O...
—A mí me gusta arrancar malezas —susurró Alna.
—No es verdad —dijo Pynt—. Te quejabas de ello todo
el tiempo.
—No me quejaba.
—Sí.
—No.
Amalda entró en la habitación.
—Es hora de ir a la cama, pequeñas —les dijo—.
Debéis ser como los pájaros. Por más alto que vuelen, siempre regresan a la
tierra. —Les dio un abrazo a cada una antes de marcharse, y Jenna se lo
devolvió con más fuerza que de costumbre.
Minutos después, la madre biológica de Selinda
entró y permaneció sólo un momento, arropando a su hija y saludando a las otras
niñas con un movimiento de cabeza. Entonces, como ya había oscurecido y Jenna
había vuelto a levantarse para encender los faroles, entró la madre de Alna
junto con su hermana sombra. Se acercaron a cada niña para hacerles una breve
caricia pero, al menos según le pareció a Jenna, permanecieron una eternidad
junto a Alna, nerviosas y preocupadas a pesar de que la niña les aseguraba que
se encontraba bien.
Finalmente entraron Marna y Zo y, para alegría de
todas, traían consigo sus Tembalas. El instrumento de Marna tenía un dulce
sonido. El de Zo era más bajo y complementario, al igual que sus voces.
—Canta Venid, vosotras las mujeres —le rogó Pynt.
—Y La balada del herrero —susurró Alna.
—La antigua balada. Canta La antigua balada —dijo
Selinda saltando sobre la cama.
Jenna fue la única que permaneció en silencio
mientras destrenzaba su blanca cabellera. Ésta se hallaba encrespada por el
prolongado trenzado.
—¿Y tú no tienes una favorita, Jo-an-enna?
—preguntó Marna con suavidad, observando las manos veloces de Jenna.
Jenna tardó unos momentos en responder, pero
finalmente dijo con gran seriedad:
—¿No hay una nueva canción que podamos escuchar?
Alguna especial para este día después de La Elección. —Deseaba que ese día
fuese tan único como se suponía que debía ser, no tan sólo una sensación hueca
en su pecho donde crecían todas las pequeñas disputas con Pynt y esa extraña
distancia que la separaba de las demás niñas. Quería estar cerca de ellas y
volver a ser como siempre; quería borrar el recuerdo de Madre Alta frente al
gran espejo—. Algo que nunca antes hayamos escuchado.
—Por supuesto, Jenna. Cantaré algo que aprendí el
año pasado, cuando nos visitó en su misión aquella cantante de la Congregación
Calla's Ford. Ellas tienen una Congregación tan vasta, con casi setecientos
miembros, que allí una puede dedicarse sólo a cantar.
—¿Y tú querrías dedicarte sólo a cantar, Marna
querida? —preguntó Pynt.
Fue Zo quien respondió.
—En una Congregación grande, nuestro pequeño
talento apenas si sería reconocido.
—Además, ésta es nuestra Congregación —agregó
Marna—. No querríamos estar en ninguna otra parte.
—Pero alguna vez estuvisteis en otra parte —dijo
Jenna con expresión pensativa. Se preguntaba si se sentiría diferente, más
normal, apenas reconocida en otro lugar.
—Por supuesto que sí, Jenna. Cuando salí en mi
misión anual antes de la Elección final, antes de convocar a mi hermana sombra,
tal como tú harás. Pero a pesar de todas las Congregaciones que visité y de
todas las hermanas que hubiesen querido que me quedase, regresé aquí, a la
Congregación Selden, aunque sea la más pequeña de todas.
—¿Por qué? —preguntó Pynt.
—Sí... ¿por qué? —repitieron las otras tres.
—Porque es nuestra Congregación —contestaron juntas
Marna y Zo.
—Ahora basta de preguntas —dijo Marna—, o no habrá
tiempo ni siquiera para una canción.
Las niñas se acurrucaron en sus camas.
—Primero cantaré la nueva canción. Se llama La
canción de Alta. Y luego continuaré con las demás. Después de ello os
dormiréis. Ya no sois mis pequeñas, vosotras lo sabéis, y os aguardan muchas
cosas nuevas por la mañana.
Marna comenzó con la primera canción. Cuando
finalizó con la tercera, todas las niñas estaban dormidas con excepción de
Jenna. Pero Marna y Zo no lo notaron y abandonaron la habitación andando de
puntillas.
En el hogar del Gran Vestíbulo el fuego crepitaba
alegremente y dos sabuesos que dormían junto a él rascaban las piedras con las
pezuñas persiguiendo conejos en sus sueños. En la habitación había un agradable
aroma a juncos, a madera quemada y a cuencos con pétalos secos de rosa y
verbena.
Cuando Marna y Zo entraron, vieron que todos los
grandes sillones junto al fuego estaban ocupados y tres de las muchachas se
hallaban tendidas boca abajo sobre la alfombra, al calor del fuego.
—Por aquí —las llamó Amalda.
Al volverse, vieron que les habían reservado dos
lugares ante la gran mesa redonda, a un costado del hogar.
—¿Cómo están las niñas? —preguntó Amalda con
ansiedad.
—¿Continúan excitadas? —Su hermana sombra Sammor
parecía más tranquila.
—Están calmadas por el momento. Les cantamos cuatro
canciones... bueno, en realidad fueron tres. Se durmieron antes de la cuarta.
Pobres pequeñas, han quedado agotadas después de este día, y les prometí más
trabajo para mañana. —Marna se dejó caer en la silla.
—Ya echamos de menos a esas diablillas —dijo Zo en
cuanto ella también estuvo sentada.
Catrona sonrió.
—Ésta no es una Congregación tan grande como para
que no las veáis todos los días.
—Pero han estado especialmente a cargo nuestro
durante los últimos siete años —dijo Mama—. Y siento que al crecer ya se están
alejando de nosotras.
Domina hizo una mueca.
—Dices eso cada primavera con La Elección.
—No cada primavera. La última en realizar la
ceremonia fue Varsa, y ocurrió hace tres años. Y ahora han sido cuatro de una
vez. Es muy duro.
La madre de Alna la miró desde el otro lado de la
mesa.
—Es más duro para Glon y para mí. Se han llevado a
nuestra pequeña de los jardines. Para ser una cocinera a las órdenes de
Donya...
—¿A qué te refieres con «se han llevado»? —replicó
Catrona—. Tú estabas tan preocupada como nosotras por el peligro de que algún
día dejase de respirar en esa trampa llena de malas hierbas que tienes.
—¿Llena de malas hierbas? ¿A qué te refieres?
Nuestro jardín está tan limpio de malas hierbas como cualquiera de los que
rodean a las Congregaciones grandes. ¡Malas hierbas! —Alinda comenzó a
levantarse y Glon, que estaba a su lado, la detuvo. Ambas volvieron a sentarse,
pero Alinda todavía temblaba de ira.
—Sólo quiso decir que ha sido difícil —le explicó
Glon a Catrona—.
Perdónala. Hoy estamos ambas de mal humor.
Catrona emitió un bufido y apartó la vista.
—El primer día después de La Elección siempre es
difícil —dijo Kadreen yendo a sentarse a la cabecera de la mesa—. Y cada vez
decimos las mismas cosas. ¿Somos niñas para tener tan poca memoria? Vamos,
hermanas, miraos y sonreíd. Esta sensación pasará. —Miró a su alrededor y,
aunque ella misma no sonrió, el resto recobró rápidamente su espíritu alegre—.
Ahora, ¿estamos todas aquí?
—Donya y Doey llegarán tarde, como de costumbre
—dijo Domina.
—Entonces debemos aguardar. Esto está relacionado
con las niñas, así que todas las que estamos involucradas con ellas debemos
encontrarnos presentes. —Kadreen entrecruzó sus dedos romos y cuadrados sobre
la mesa—. Marna, Zo, ¿por qué no nos cantáis algo mientras aguardamos? Algo...
algo alegre.
Sin hacerse rogar, ellas tomaron los tembalas y,
con un movimiento de cabeza casi imperceptible para establecer el ritmo,
comenzaron a pulsar una danza ligera cuya melodía parecía saltar de un
instrumento al otro. Alrededor de la mesa el clima se alegró considerablemente.
Estaban llegando al final, con cuatro acordes que alternaban en las cuerdas
bajas, cuando Donya y su hermana Doey entraron como una tromba secándose las
manos sobre sus delantales manchados, ansiosas por ofrecer excusas por el
retraso.
Con un gesto, Kadreen les indicó que se sentasen,
de tal modo que el último acorde de los tembalas fue acompañado por el ruido de
las sillas contra el suelo de madera.
—Tal como todas sabéis, ahora debemos hablar sobre
el futuro de las niñas que hoy han pasado por La Elección. Ellas son nuestro
futuro. Sin embargo, antes que nada, Marna debe decirnos lo que podemos
esperar. ¿Cuánto saben y cuan rápido aprenden?
Marna y Zo asintieron con la cabeza.
—Lo que os diré ahora no es nuevo para vosotras. A
lo largo de los años he consultado con las madres y contigo, Kadreen, cuando
había algún caso de enfermedad. Pero volver a decirlo puede sacar a la luz
otras verdades, ocultas incluso para Zo y para mí.
—Las cuatro son unas alumnas rápidas y brillantes y
ya han aprendido sus primeras letras. Jenna puede leer frases y pronto
comenzará con el primero de los Pequeños Libros, aunque Alna es quien más
disfruta leyendo.
Alinda asintió complacida.
—Siempre le contábamos cuentos cuando le costaba
trabajo respirar.
Marna sonrió y continuó:
—Selinda es una soñadora y necesita que le
recuerden constantemente sus tareas.
La madre de Selinda se echó a reír.
—Lo ha heredado de su padre. Tuve tres hijos
después de estar una semana con sus padres respectivos. Pero al de Selinda
había que recordarle tanto su trabajo que permanecí
tres meses con él.
Todas rieron con ella.
Marna esperó hasta que volvieron a guardar
silencio.
—Pynt... Marga, como supongo que debe llamársele
ahora, aunque siempre pensaré en ella como Pynt, es la más rápida en la mayoría
de las cosas...
Zo la interrumpió.
—Pero en general olvida la cautela. Tememos que esa
misma rapidez la conduzca a problemas.
Marna asintió con la cabeza.
—Así es —agregó.
—Ya ha ocurrido. —Catrona se inclinó hacia adelante
y se apoyó sobre la mesa—. No obtuvo el dulce que deseaba en su primer intento
con el juego del Ojo Mental.
Al escuchar sus palabras Marna rió y Zo explicó lo
ocurrido.
—Obtuvo el dulce de todos modos. Y la parte más
grande, además. Jenna lo compartió con ella.
Kadreen desenlazó los dedos y habló lentamente.
—Jenna y Pynt son como hermanas. Les resultará más
duro cuando tengan sus propias gemelas sombra, ¿verdad? —Lo preguntó con
precaución, consciente de que una Solitaria tenía poco derecho a hablar de
aquellos temas. Había llegado a la Congregación siendo una adulta, decidida a
alejarse de las bulliciosas aldeas donde aprendiera su oficio, y entonces ya
era demasiado tarde para ser introducida en los misterios de la Congregación, o
para aprender a convocar a una hermana de la eterna sombra de Alta—. Quiero decir,
tendrán que separarse cuando...
—Para eso faltan casi siete años, Kadreen. Y tú
sabes lo que son las amistades de la niñez —dijo Marna.
—No —susurró Kadreen con voz apenas audible.
—Podríamos considerarlo si continúan muy unidas
cuando llegue el momento de la misión —sugirió Domina.
—El Libro habla de las lealtades —les recordó
Kadreen—. Al menos hasta donde yo sé. Y Madre Alta me ha pedido que os
advirtiese respecto a alentar demasiado esta amistad tan especial. Las
necesidades de Jenna no pueden ser satisfechas por una única amiga. Debe ser
leal a todas por igual en la Congregación. Ni una única maestra, ni una única
madre, ni una única amiga. Madre Alta ha dejado eso bastante en claro.
—Pronunció las palabras como si le dejaran un sabor amargo en la boca.
—Es una niña, Kadreen —dijo Amalda—. La habría
adoptado como propia hace mucho tiempo si Madre Alta lo hubiese permitido.
Las otras asintieron con la cabeza.
—Tal vez sea algo más que eso —murmuró Kadreen,
pero no dijo nada más al respecto.
LA HISTORIA:
Otro juego que tiene una antigua y enmarañada
historia es el popular «Yo-Mío» de los Valles Inferiores. En una de sus
brillantes pero extravagantes muestras de erudición, Lowentrout lo ha definido
como «un clásico juego de entrenamiento de las guerreras de Alta». (Véase su
Carta al editor, Revista de Juegos, vol. 544.) Su evidencia, la cual es
extremadamente endeble, descama sobre la sospechosa tesis lingüística de Vargo
y sus interpretaciones del código de la sacerdotisa, en lugar del más laborioso
pero detallado trabajo arqueológico de Cowan y Temple.
Hoy en día, el juego se practica con un tablero y
fichas. El tablero consiste en 64 cuadrados contiguos, 32 claros y 32 oscuros.
Existe un igual número de fichas con las caras grabadas, 32 con el reverso
oscuro y 32 claros.
Las inscripciones se encuentran en pareja, por lo
cual hay 32 de cada color. Estas incluyen: un cuchillo, varillas cruzadas,
cintas atadas a un arco, una flor, un círculo (probablemente representando a
una piedra, ya que es así como se denomina), una manzana, un cuenco, una
cuchara, una aguja enhebrada, uvas (o bayas), un triángulo, un cuadrado, una
luna creciente, un sol, una corona, un arco, una flecha, un perro, una vaca, un
pájaro, una mano, un pie, un arco iris, una línea ondulada llamada «río» por
los jugadores, un árbol, un gato, una carreta, una casa, un pez, una máscara,
una silla y un símbolo designado «Alta», el cual, de hecho, es el símbolo
femenino, tan antiguo como cualquiera en los Valles.
El propósito del juego es capturar las fichas del
oponente. Se comienza con todas las inscripciones vueltas hacia abajo y
entremezcladas; luego se colocan al azar sobre los cuadrados, aunque las fichas
claras van sobre los cuadrados claros y las oscuras, sobre los oscuros. Para
iniciar el juego, cada participante da vuelta a dos fichas. (Pueden
pertenecerle ambas o no.) Entonces esas fichas regresan a su posición cara
abajo.
Ahora comienza a intervenir la memoria, ya que, por
turno, cada jugador da vuelta a dos fichas, una de cada color. Si las
inscripciones coinciden, conserva o «captura» las dos. Al dar vuelta a su
propia ficha, el jugador dice «yo», y si sospecha haber hallado la pareja, dice
«mío» mientras gira la de su oponente. Si sospecha (o recuerda) que no
coinciden, debe decir «tuyo». Si dice «yo-mío» con un par que no coincide,
pierde un turno. Si dice «yo-tuyo» con un par que coincide, no retiene las
fichas y su oponente tiene la posibilidad de darles vuelta. Ésta es la versión
más simple del juego. Pero en un certamen para adultos, ciertas inscripciones
diferentes también forman pareja. Si los pares mano/pie, pez/río, arco/flecha,
flor/uvas, son descubiertos en forma sucesiva, cuentan como dos parejas en
lugar de una. Si la inscripción de la luna es descubierta en la primera jugada,
el participante obtiene un turno extra. Si el par Alta es descubierto al final,
cuenta como tres. Así, este juego es a la vez un ejercicio de memoria y de
estrategia.
Si Lowentrout está en lo cierto, entonces ha sido
hallada otra pieza del rompecabezas de los Valles. Pero si, como es más
probable, éste es un juego posterior sin antecedentes entre las adoradoras de
Alta y se trata (tal como escribe A. Baum) de una «importación continental»
(véase su ingenuo pero sorprendente trabajo «Juego en los Valles», Juegos, vol.
543), entonces debemos investigar aún más para hallar evidencia sobre el culto
de Alta en las islas.
EL RELATO:
En los años que siguieron a La Elección, Jenna
alcanzó ciertos logros. Al final del primer año ya había leído todos los
libros para niñas, los Libros de Pequeñas Luces, al menos una vez y había
aprendido el juego del Ojo Mental por completo. Lo jugaba al aire libre con
Pynt y luego por las noches, antes de irse a dormir, hasta que ambas lograron
recordar todo lo que se colocaba frente a ellas, así como los colores,
cantidades y su posición.
En el segundo año Jenna dominó el arco, el
lanzamiento del cuchillo, y pudo acampar toda una noche junto con Pynt y
Pequeña Domina, quien acababa de volver de su misión y ese año convocaría a su
hermana sombra. Pequeña Domina les enseñó un nuevo juego que había aprendido en
otra Congregación. Éste consistía en contar historias aterradoras de niñas que
habían convocado demonios y ogros de la sombra en lugar de a sus hermanas. La
primera vez había espantado a Jenna y a Pynt, en especial cuando creyeron oír
las pisadas de un puma cerca del campamento. La segunda vez sólo Pynt se
asustó, y entonces sólo un poco. La tercera vez Jenna ideó una treta para
jugársela a Pequeña Domina, y que tenía que ver con una soga, una manta y un
viejo tembala al que sólo le quedaban tres cuerdas. Esto asustó tanto a la
muchacha que se negó a volver a acampar con ellas, diciendo que tenía mucho que
estudiar antes de su Noche de la Hermandad. Pero Jenna y Pynt conocían sus
verdaderos motivos. Después de ello tuvieron que conformarse con Varsa, que no
era tan divertida, resultando impasible, poco imaginativa y, según decía Pynt,
«algo tediosa».
El tercer año Jenna lo denominó el año de la Espada
y el Vado. Había aprendido a manejar tanto el espadón corto como la hoja de
doble filo, utilizando la versión más pequeña preparada para la mano de una
niña.
Cuando se quejó de que ella era casi tan alta como
Varsa, Catrona se echó a reír y le colocó una espada grande en la mano. Jenna
logró levantarla, pero eso fue todo. Catrona pensó que quedaría satisfecha con
saber que aún no estaba lista para utilizar la espada de una adulta, pero Jenna
se prometió que para fines de ese año lograría manejarla. Practicó con trozos
de madera, más y más pesados, sin advertir que crecía a un ritmo más rápido que
el de Pynt, Alna o Selinda. Cuando, en el último día del año, Catrona colocó
solemnemente una espada normal en sus manos, Jenna quedó sorprendida por lo
ligera que le pareció... mucho más ligera que cualquiera de las maderas
que había utilizado y mucho más pequeña para asirla. Haciéndola silbar en el
aire, realizó las siete posiciones de estocada y las ocho de parada.
Ese fue el mismo día en que el río Selden desbordó
sus márgenes, fenómeno que ocurría una vez cada cien años, y un mensajero llegó
corriendo del pueblo para solicitarles ayuda en la tarea de construir un canal
que contuviera a las turbulentas aguas. Todas las guerreras y las niñas fueron
con él, además de Kadreen, ya que la aldea de Selden sólo tenía una curandera
que estaba a punto de cumplir los ochenta y cinco.
Madre Alta envió toda la ayuda que le fue posible,
aunque se mostró muy firme respecto a enviar demasiadas mujeres. A pesar de sus
esfuerzos, siete granjeros murieron tratando de salvar sus rebaños. La aldea
misma se cubrió de agua hasta las cumbreras de las casas. Cuando las mujeres de
la Congregación trataron de regresar montaña arriba, el único puente se había
derrumbado y tuvieron que vadear el río todavía enfurecido. Para ello
utilizaron una cuerda que Catrona clavó con una flecha certera al otro lado de
la corriente. Jenna y Pynt admiraron su puntería y la fuerza de su brazo. A
ninguna de las dos le gustaba el agua helada, pero estuvieron entre las
primeras en cruzar. La Espada y el Vado.
En el cuarto año comenzaron su instrucción con el
Libro.
Jenna sentía una comezón en los dedos del pie. Lo
ignoró. Podía ver a Selinda que buscaba una posición más cómoda, oía la
respiración agitada de Aba y sentía la rodilla de Pynt contra la suya. Sin
embargo se obligó a concentrarse y fijar su atención en Madre Alta.
La sacerdotisa se hallaba sentada, con el rostro
lívido y los ojos duros, en su silla de respaldo alto. Se veía pequeña, incluso
encogida por la edad.
Sin embargo, cuando abrió el Libro sobre su falda,
pareció expandirse como si el solo acto de dar vuelta las páginas la llenara de
un imponente poder.
Jenna y las demás estaban sentadas en el suelo
frente a ella. Ya no llevaban puestas sus ropas de trabajo. Se habían quitado
las rústicas pieles de guerreras, los manchados delantales de cocina y los
pantalones con las rodillas sucias de las jardineras.
Ahora estaban vestidas todas iguales, con sus
prendas para el culto: las túnicas cortas con mangas largas color verde y
blanco, los pantalones acampanados atados al tobillo y las cabezas cubiertas
con pañuelos tal como era costumbre para las niñas cuando se hallaban en
presencia del Libro abierto. Todas estaban brillantes por el baño reciente y,
por esa vez, hasta Selinda tenía las uñas limpias. Jenna pudo notarlo mirando
por el rabillo del ojo.
Madre Alta se aclaró la garganta, con lo cual
atrapó la atención de todas. Entonces inició una serie de señales con sus
manos, misteriosas en su significado pero claramente potentes. Cuando habló, su
voz sonó aguda y nasal.
—En el comienzo de vuestras vidas se encuentra el
Libro de Luz —dijo—.
Y en el final. —Sus dedos continuaban marcando un
contrapunto a sus palabras.
Las niñas asintieron con la cabeza, Selinda medio
segundo tarde.
Tap-tap-tap, continuó la gran uña puntiaguda de
Madre Alta sobre la página.
—Es aquí donde puede hallarse todo el conocimiento.
—Tap-tap. Los dedos comenzaron a danzar por el aire nuevamente—. Y aquí es
donde está explicada toda la sabiduría. —Tap-tap-tap—. Y así comenzamos, mis
niñas. Así comenzamos.
Las niñas asintieron a tiempo con sus palabras.
—Ahora debéis cerrar los ojos. Sí, de ese modo.
Selinda, tú también. Bien, bien. Convocad a la oscuridad para que pueda
enseñaros a respirar. Porque es la respiración la que se encuentra detrás de
las palabras. Y las palabras son las que forman el conocimiento. Y el
conocimiento es la base de la comprensión. Y la comprensión, el lazo entre
hermana y hermana.
¿Y el amor?, pensó Jenna cerrando los ojos con
fuerza. ¿Qué hay del amor? Pero no lo dijo en voz alta.
—Así es como debéis respirar cuando escuchéis el
Libro y... —Madre Alta se detuvo para atraer aún más su atención—. Y cuando
convoquéis a vuestras hermanas sombra.
Era como si, en vez de respirar, ante sus palabras
todas hubiesen dejado de hacerlo, ya que la habitación quedó en el más completo
silencio, con excepción del leve eco de su voz.
Bueno. Aquí estamos, pensó Jenna. Al fin.
En el silencio, la voz nasal de Madre Alta volvió a
sonar sin ninguna inflexión ni calidez.
—La respiración del cuerpo entra y sale sin
pensamientos conscientes, pero existe un arte en ello que expandirá vuestros
pensamientos, acrecentará vuestros dones, halagará vuestros momentos. Sin esta
forma de respirar, que os he de enseñar, vuestra hermana sombra no podrá
respirar. Estará condenada a una vida de oscuridad, ignorancia y soledad
eternas. Sin embargo, las únicas que saben de estas cosas son las seguidoras de
Gran Alta. Y si alguna vez hablan de ello con otras personas, morirán la Muerte
de Mil Flechas. —Su voz se hizo más dura al final.
Jenna había oído hablar de esa muerte y podía
imaginarse el dolor, aunque no sabía con certeza si era algo real o una simple
leyenda.
Madre Alta dejó de hablar y, como ante una señal,
las cuatro niñas contuvieron el aliento y abrieron los ojos. Alna emitió tres
toses breves.
LA PARÁBOLA:
Una vez, cinco bestias discutieron sobre lo que era
más importante para la vida: los ojos, los oídos, los dientes, la mente o el
aliento.
—Probémoslo nosotros mismos —dijo el puma.
Y como era el más fuerte, todos estuvieron de
acuerdo.
Por lo tanto, la tortuga se quitó los ojos y sin
ellos quedó ciega. No podía ver el amanecer ni la puesta del sol. No podía ver
las siete capas de color en su estanque. Pero todavía podía oír, comer y
pensar. Por lo tanto, las bestias decidieron que los ojos no tenían gran
importancia.
Luego la liebre entregó sus orejas. Y sin ellas no
podía oír las ramitas que se quebraban cerca de su cueva, ni el viento a través
de los brezos. Se veía muy extraña. Pero todavía podía ver y pensar, y no
encontraba dificultades para comer bien. Por lo tanto los oídos también
quedaron descartados.
Entonces el lobo se quitó todos los dientes. Sin
duda le resultaba muy difícil comer, pero de todos modos se las arreglaba. Se
encontraba mucho más flaco, pero podía ver y oír, y con su mente aguda ideó
otras formas para alimentarse. Los dientes no eran lo más importante.
Luego la araña entregó su cerebro. De todos modos
era un cerebro tan pequeño, dijo el puma, que no había quedado más estúpida de
lo que era antes. Como las moscas eran todavía más estúpidas, seguían cayendo
en su tela aunque ésta tenía un aspecto extraño y ya no era hermosa.
Entonces el puma rió.
—Hemos probado, queridos amigos, que los ojos, los
oídos, los dientes y la mente tienen poca importancia, tal como siempre he
sospechado. El principal es el aliento.
—Eso aún debe probarse —dijeron juntas las otras
bestias.
Y así fue como el puma tuvo que desprenderse de su
aliento.
Después de un rato, cuando para todos quedó bien
claro que estaba muerto, lo enterraron. Y de esa manera cinco bestias
demostraron, sin lugar a dudas, que el aliento es lo más importante de la vida,
ya que sin él no hay vida.
EL RELATO:
—Está dicho en el Libro que respiramos más de
veinte mil veces en un solo día. La mitad del tiempo inspiramos y la otra mitad
expiramos. Imaginad, mis niñas, hacer una cosa tantas veces al día sin siquiera
dedicarle un pensamiento. —Madre Alta les sonrió con su sonrisa de serpiente,
toda labios y sin dientes.
Las niñas le devolvieron la sonrisa. Todas con
excepción de Jenna, la cual se preguntó si alguna vez podría volver a respirar
con comodidad. Veinte mil. El número superaba todos sus cálculos.
—Por lo tanto... repetid conmigo:
El aliento de la
vida, El
poder de la vida, El
viento de la
vida, Fluye
desde mí hacia
ti, Siempre
el aliento.
Obedientemente repitieron sus palabras, una frase
cada vez, hasta que pudieron decirlo todo sin equivocarse. Entonces hizo que lo
repitieran una y otra vez hasta convertirse en un cántico que llenó toda la
habitación. Diez, veinte, cien veces lo repitieron, hasta que, finalmente, ella
las silenció con un movimiento de la mano derecha.
—Cada mañana, cuando vengáis a mí, lo recitaremos
juntas cien veces. Y luego respiraremos... sí, mis niñas, respirad... juntas.
Mi aliento será vuestro, y el vuestro, mío. Haremos esto durante todo un año,
ya que el Libro dice: Y la hermana luz y la hermana sombra tendrán un solo
aliento. Lo haremos una y otra vez, hasta que para vosotras sea tan natural
como la vida misma.
Jenna pensó en las hermanas que había visto
discutiendo, y en aquellas a quienes había visto riendo y llorando en
diferentes momentos. Pero antes de que pudiera preguntarse más, la voz de Madre
Alta atrapó su atención.
—Repetid conmigo otra vez —dijo Madre Alta.
Y la respiración comenzó.
Esa noche, en el dormitorio, antes de que entraran
las madres, Selinda comenzó a hablar con excitación. Jenna nunca antes la había
visto tan entusiasta respecto de algo.
—¡Lo he visto! —dijo agitando las manos en un
rítmico acompañamiento a sus palabras—. Lo observé durante la cena. Amalda y
Sammor respiraban al unísono, aunque no se miraban entre sí. Aliento por
aliento.
—Yo también lo vi —dijo Pynt deslizando los dedos
por sus rizos oscuros—. Pero observaba a Marna y a Zo.
—Yo me senté entre Alinda y Glon, junto al fuego
—dijo Alna—. Y pude sentirlas. Como un solo fuelle, inspiraban y expiraban
juntas. Qué curioso que no lo haya notado antes. Me propuse respirar con
ellas y sentí un gran poder. ¡Es verdad! —agregó en caso de que alguien se
atreviera a dudarlo.
Jenna no dijo nada. Ella también había observado a
las hermanas durante la cena, aunque a cada pareja por turno. Pero también
había vigilado a Kadreen. Al parecer, la respiración de la Solitaria coincidía
con una pareja de hermanas o con otra, según dónde estuviese sentada. Era como
si, sin siquiera pensarlo, se sintiese atraída por su ritmo. Cuando Jenna trató
de observar su propia respiración, descubrió que el mismo acto cambiaba su
forma de hacerlo. Simplemente no era posible ser observadora y observada a la
vez.
Cansadas por la excitación del día, las otras niñas
se durmieron rápidamente. Alna cerró los ojos primero, luego Pynt y finalmente
Selinda, dando vueltas y vueltas en su cama. Mucho después de ello, Jenna
permanecía despierta controlando su propia respiración y haciéndola coincidir
con la de las demás, hasta que pudo pasar de una a otra casi sin esfuerzo.
Durante el resto del año, ya bien entrado el
invierno, aprendieron sobre la respiración con Madre Alta. Cada mañana
comenzaba con los cien cánticos y los ejercicios respiratorios. Conocieron la
diferencia entre respiración nasal (altai) y bucal (alaní). Entre la
respiración del pecho (lanai) y la que proviene de más abajo (lataní).
Aprendieron a superar el mareo producido por las inspiraciones rápidas.
Aprendieron cómo respirar de pie, sentadas, tendidas, caminando e incluso
corriendo. Supieron cómo la respiración apropiada podía provocarles un extraño
estado de sueño, incluso estando despiertas. Jenna practicaba los diferentes
ejercicios cada vez que podía... la respiración del puma, que le proporcionaba
gran velocidad para correr distancias cortas; la del lobo, con la cual el que
corría podía recorrer varios kilómetros; la de la araña, para trepar; la de la
tortuga, para dormir profundamente; la de la liebre, para lograr buenos saltos.
Descubrió que podía superar a Pynt en cada competencia de fuerza y velocidad.
—Tú mejoras y yo empeoro —dijo Pynt después de
correr varios kilómetros, cuando se detuvieron a descansar en un cruce de
caminos. Su pecho se movía con agitación.
—Soy más grande que tú —respondió Jenna. A
diferencia de Pynt, su respiración estaba en calma.
—Eres una gigante, pero no es a eso a lo que me
refería —dijo Pynt. El sudor le corría por la frente y el cuello, humedeciendo
sus cabellos rizados.
—Al correr, yo utilizo altai mientras que tú usas
alani, y además nunca has practicado la respiración del lobo —expuso Jenna—.
Por eso resoplas como una de las marmitas de Donya al hervir, y yo, no. —Se
cruzó de brazos exhalando el aire lentamente por la nariz hasta sentir un
zumbido en la cabeza. Había llegado a amar la sensación.
—Sí utilizo altai —dijo Pynt—, pero no después del
primer kilómetro. Y la respiración del lobo no sirve. Son sólo palabras.
Además, altai es la que se emplea para convocar a una hermana sombra, y pasarán
varios años antes de que lo hagamos. Por el momento, la única hermana que
puedes convocar soy yo. —Se abanicó con las manos.
—¿Para qué querría convocarte? —bromeó Jenna—. Tú
simplemente apareces donde quieres y cuando quieres. Por lo general detrás de
mí. No eres una hermana de la oscuridad, eres una sombra. ¡Así es como te
llaman, sabes! La pequeña sombra de Jenna.
—Pequeña, tal vez —dijo Pynt—, pero eso es porque
mi padre era pequeño mientras que el tuyo, quien quiera que haya sido... era un
monstruo. Pero no soy tu sombra.
—¿No?
—¡No! No logro alcanzarte. ¿Qué clase de sombra es
ésa?
—¿Cómo dicen en los Valles? ¿El conejo logra
alcanzar al gato?
—Yo no sé si lo dicen en los Valles. Nunca he
estado allí, exceptuando la vez de la inundación, y entonces todo lo que se
decía era: Sostén esto. Trae ese cubo. Apresúrate.
—¡Y socorro!
Ambas echaron a reír.
—Pero Donya lo dice... —Pynt vaciló.
—¡Todo el tiempo! —-exclamaron las dos al unísono y
comenzaron a reír de forma tan incontrolable que Pynt se dejó caer contra un
árbol, sobresaltando a una pequeña coneja que salió de entre las malezas y se
alejó saltando por el sendero.
—Allí tienes, gato, veamos si puedes alcanzarla
—dijo Pynt.
Ante el desafío, Jenna se abalanzó detrás de la
coneja y Pynt pudo oír sus pisadas entre las malezas durante varios minutos.
Cuando regresó, su trenza blanca estaba cubierta de pequeñas zarzas, tenía las
polainas desgarradas y un largo raspón en el reverso de la mano derecha. Pero
sostenía a la temblorosa coneja entre sus brazos.
—No puedo creerlo —dijo Pynt—. ¿Cómo la has
atrapado? ¿No está herida?
—Mi mano es rápida cuando la respiración es lenta
—dijo Jenna con voz nasal, moviendo los dedos en una imitación de la
sacerdotisa—. Es tuya, pequeña sombra —agregó entregándole la temblorosa
coneja.
—Pero es sólo un bebé —dijo Pynt mientras la tomaba
y acariciaba sus orejas de terciopelo—. ¿Le has hecho daño?
—¿Yo a ella? Mírame —dijo Jenna extendiendo su mano
derecha frente al rostro de Pynt—. Este arañazo es de sus uñas traseras.
—Pobre conejita asustada —dijo Pynt ignorándola.
—Déjala.
—La conservaré.
—Déjala ir —dijo Jenna—. Si la llevas a casa, Donya
la querrá para el guisado de esta noche.
—Es mía —dijo Pynt.
—Es tuya —respondió Jenna—, pero ese argumento no
convencerá a Donya. Ni a Doey.
Pynt asintió con la cabeza.
—Sabes, Alna comienza a sonar igual que ellas.
Charlatana y pomposa.
—Lo sé —dijo Jenna—. Creo que me gustaba más antes,
llena de toses y temores.
Pynt dejó ir a la coneja y ambas regresaron
trotando por el sendero hasta la Congregación.
En el calor de los baños, el arañazo en la mano de
Jenna parecía inflamado y Pynt lo examinó preocupada.
—¿No deberías mostrárselo a Kadreen? —preguntó.
—¿Y qué le diré al respecto? ¿Que me lo he hecho
en nombre de mi pequeña sombra? No es nada. Ambas hemos tenido algunos
peores.
Salpicó agua a Pynt, quien se sumergió y le tiró de
las piernas hasta hundirle la cabeza. Escupiendo agua, ambas emergieron del
baño caliente y dejaron que el aire más fresco las secara.
—Tenemos tiempo antes de la cena... —comenzó Pynt y
dejó la frase en suspenso.
—Y te gustaría ayudar con los bebés —dijo Jenna—.
Otra vez.
Pero asintió con la cabeza y siguió a Pynt hasta el
Gran Vestíbulo, donde había tres bebés en las cunas, todos profundamente
dormidos, y dos niñas pequeñas, una de las cuales tenía dos años de edad y
acababa de ser adoptada por la Congregación.
Durante la cena, Jenna se sentó con Amalda y Sammor
mientras que Pynt iba a jugar con las pequeñas y ayudaba a alimentarlas. La
paciencia de Jenna con las criaturas sólo llegaba hasta el momento en que era
escupido el primer bocado de comida. Prefería la compañía de los adultos.
—Madre Alta dice que las hermanas sombra viven en
la ignorancia y la soledad hasta que las convocamos —observó—. ¿Eso es cierto,
Sammor?
Los ojos negros de Sammor se tornaron precavidos.
—Eso es lo que dice el Libro —respondió con
cuidado, mirando a Amalda.
—Yo no he preguntado qué es lo que dice el Libro
—señaló Jenna rápidamente—. Lo leemos cada día. —Imitó el tono agudo y nasal de
Madre Alta—. Las hermanas sombra viven en la ig-no-ran-cia.
Sammor bajó la vista hacia su comida.
Jenna persistió.
—Pero cuando le formulo alguna pregunta a Madre
Alta, ella me lee otro pasaje del Libro. Creo que en él sólo se encuentra una
parte de la verdad. Quiero saber más.
—¡Jenna! —exclamó Amalda dándole una rápida palmada
en la muñeca.
La mano de Sammor se posó sobre su otra muñeca,
pero con suavidad, como un preludio para hablar.
—Aguardad, dejadme que os explique —dijo Jenna—. De
las cosas que Madre Alta nos enseña, hay algunas que puedo ver y sentir y
convertir en realidad. Como la respiración. Cuando lo hago bien, soy la mejor
en ello. Pero cuando hablo con las hermanas sombra, ellas no parecen ser
ignorantes. Y he oído a Catrona llorar de soledad, a pesar de que tiene una
hermana sombra. Y Kadreen parece disfrutar siendo una Solitaria. Por lo tanto,
el Libro no lo explica todo. Madre Alta no responde preguntas más allá de lo
que está escrito.
Sammor inspiró profundamente.
—El Libro dice toda la verdad, Jo-an-enna. Pero la
diferencia está en la forma en que lo escuchamos.
—Entonces... —Jenna aguardó.
Sammor y Amalda respiraron juntas varias veces,
lentamente, antes de que Sammor continuara.
—Si la oscuridad es ignorancia, entonces he vivido
en la ignorancia antes de ver la luz. Si la falta de conocimiento es
ignorancia, entonces sin duda yo era una tonta. Si no tener hermana es ser
solitaria, entonces yo lo era. Pero no sabía que era ignorante o que estaba
sola antes de venir aquí a instancias de A-ma. Simplemente vivía de ese modo.
—¿De qué modo?
—Vivía en la oscuridad, pero no tenía conciencia de
mi condición.
Jenna pensó unos momentos.
—Pero Kadreen es una Solitaria y no está sola.
Sammor sonrió.
—Existen muchas clases de conocimiento, niña, y
Kadreen tiene la suya. Hay muchas formas de estar a solas y no todas son la
soledad.
—También hay muchas formas de estar juntas, y para
algunas eso es tan malo como estar a solas —dijo Amalda.
—Habláis de un modo enigmático —dijo Jenna—. Los
acertijos son para los niños, y yo ya no soy una niña. Se volvió hacia la
pequeña mesa donde Pynt alimentaba con una cuchara a Kara, la niña de dos años
recién adoptada por Donya. Kara reía mientras trataba de comer, y tanto ella
como Pynt estaban cubiertas de avena con leche—. ¿Toda la soledad, los celos y
la ira se acaban cuando convocas a tu hermana?
—Eso es lo que nos dice el Libro —respondió Amalda.
Detrás de Jenna, Sammor emitió una risita.
—A-ma, no trates de engañar a esta niña que no es
una niña. Hoy mismo ha oído cómo Donya maldecía a Doey por una salsa algo
quemada. Ve a Nevara que aún sueña con Marna. Ha oído hablar de Selna.
—¡Sammor, cállate! —exclamó Amalda con dureza.
—¿Qué hay de Selna? —Jenna se volvió hacia Sammor,
cuya boca se había cerrado formando una línea. Al girar hacia Amalda, notó que
su boca estaba igual—. ¿Y por qué todas calláis cuando pregunto algo respecto a
ella? Fue mi madre, después de todo. Mi segunda madre. La que me adoptó. Y
nadie quiere hablarme sobre ella. —Su voz era tan baja que sólo llegaba hasta
ellas dos.
Ambas guardaron silencio.
—No me importa. Se lo preguntaré a Madre Alta por
la mañana.
Amalda y Sammor se levantaron al unísono y ambas
extendieron una mano hacia Jenna.
—Ven, Jenna, vamos afuera —susurró Amalda—. Hay
luna llena y podremos recorrer los senderos las tres juntas. No le preguntes
nada a Madre Alta. Ella sólo te hará daño con su silencio. Tratará de
disciplinarte con la obediencia hacia el Libro. Nosotras te diremos lo que
deseas saber.
Afuera había una brisa leve que soplaba entre los
árboles distantes. Los senderos de la Congregación eran de piedra negra
bordeada de algo brillante que reflejaba la luz de la luna. Ocasionalmente,
mientras las tres caminaban a lo largo de las grandes murallas, la luna se
ocultaba detrás de alguna nube delgada. Entonces Sammor desaparecía por un
momento, y volvía a aparecer con la luna despejada.
—Existe una historia, Jo-an-enna, respecto a la
niña que quedó huérfana tres veces —dijo Amalda.
—He oído esa historia desde que era pequeña
—respondió Jenna con impaciencia—. ¿Qué tiene que ver mi vida con ello?
—Hay algunas que piensan que tú podrías ser esa
niña —dijo Sammor un momento antes de que la luna volviera a quedar oculta.
Su voz se interrumpió. En un momento su mano
sostenía firmemente la de Jenna, y al siguiente había desaparecido.
Jenna aguardó hasta que Sammor volvió a aparecer.
—No soy yo. Sólo he tenido dos madres. Una muerta
en el bosque y la otra... no sé dónde ni cómo. Nadie quiere decírmelo.
Amalda habló con suavidad.
—De haber sido por mí, hubieses tenido tres madres
ya que yo te hubiera adoptado.
—Lo hayas hecho o no, siempre he pensado en ti de
esa manera, A-ma
—dijo Jenna.
—También la has llamado de ese modo en tus sueños
—dijo Sammor—. Y la vez en que estuviste enferma de sarampión. La fiebre te
hacía hablar.
—Ya veis, no hubo ninguna tercera madre. Además,
vosotras estáis vivas y así continuaréis durante bastante tiempo, Alta
mediante. —Alzó la mano haciendo la señal de la Diosa, con el pulgar y el
índice tocándose en un círculo—. Por lo tanto, yo no puedo ser Aquella a quien
se menciona.
Ambas la rodearon con sus brazos y hablaron como
una.
—Pero Madre Alta teme que lo seas y ha ordenado que
nadie te adopte.
—¿Y mi madre, Selna?
—Muerta —dijo Sammor.
—Muerta al salvarte a ti —agregó Amalda, y le narró
toda la historia salvo el final, lo del cuchillo en la mano del bebé. Ni ella
misma sabía por qué lo había ocultado, pero Sammor tampoco agregó nada al
respecto.
Jenna escuchó atentamente, siguiendo el ritmo de su
respiración.
Cuando terminaron de hablar, sacudió la cabeza.
—Nada de esto me convierte en la Señalada, la Anna.
Entonces ¿por qué me ha forzado a permanecer huérfana? No es justo. Odiaré
siempre a Madre Alta. Tuvo miedo de un cuento para niños. Pero se trata de mi
vida.
—Hizo lo que consideró apropiado para ti y para la
Congregación —dijo Sammor acariciando la cabellera blanca de Jenna de un lado,
mientras Amalda hacía lo mismo del otro lado.
—Hizo lo que quiso y por sus propios motivos
—replicó Jenna, recordando la vez en que había visto a la sacerdotisa hablar
frente al espejo—. Y una sacerdotisa que se preocupa más por las palabras que
por sus niñas es...
No pudo concluir, ahogada por la ira.
—Eso no es cierto, y te prohíbo que vuelvas a
decirlo —le advirtió Amalda.
—No volveré a decirlo porque tú lo prohíbes, A-ma.
Pero no puedo prometerte que no lo pensaré. Y me alegro de que falte poco para
mi año de misión, porque quiero alejarme de su aliento ácido y sus ojos fríos.
—¡Jenna! —exclamaron juntas Amalda y Sammor con
evidente sorpresa.
—Habrá otras Madres Alta en las Congregaciones que
visites —agregó Sammor rápidamente.
—¿Otras?
Ahora fue el turno de Jenna para sorprenderse.
—Niña, eres realmente muy joven —dijo Amalda
tomándola de la mano—. Nuestra Congregación puede ser pequeña, pero en
configuración somos iguales a todas las demás. Hay guerreras, cocineras,
jardineras y maestras. Y cada Congregación está encabezada por una sacerdotisa
en cuyas palmas está grabado el símbolo azul de la Diosa. Seguramente habrás
comprendido eso.
—Pero no será como la nuestra —dijo Jenna con un
ruego en la voz—. No será una mujer dura e insensible con una sonrisa de
serpiente. Por favor.
—Se volvió hacia Sammor, pero la luna acababa de
ocultarse detrás de una gran nube y ésta ya no se encontraba allí.
—Nosotras podemos ser diferentes... cada cazadora,
cada jardinera
—dijo Amalda riendo—. Pero mi querida Jenna, he
descubierto que las sacerdotisas tienden a ser iguales. —Acarició la mejilla de
Jenna—. Aunque nunca he podido averiguar si son así desde pequeñas o si
simplemente se van transformando. De todos modos, dulzura, es hora de ir a la
cama, y además... —Alzó la vista hacia el cielo—. Con la luna tan bien oculta
no podremos incluir a Sammor en nuestra conversación aquí afuera.
Adentro, cuando los faroles la hagan aparecer,
podremos darnos las buenas noches. Se pondrá furiosa conmigo si permanezco
aquí afuera.
Odia perderse algo.
Se volvieron y subieron rápidamente la escalinata
de piedra que conducía al vestíbulo. Ante la primera luz temblorosa del farol,
Sammor regresó.
Jenna se detuvo y les extendió una mano hacia cada
una de ellas.
—Os echaré de menos a ambas, con todo el corazón,
cuando parta en mi misión. Pero tendré a Pynt conmigo. Y a Selinda, quien, a
pesar de sus sueños, es una buena amiga. Y a Alna.
—Por supuesto que sí, niña —dijo Sammor—. No todas
son tan afortunadas.
—Visitaremos todas las Congregaciones que podamos.
Un año es mucho tiempo. Y cuando regresemos, habrá otras jovencitas para que
Madre Alta importune. Entonces seré lo suficientemente grande para convocar a
mi hermana sombra, ¡y en la historia no hay nada que diga que la niña huérfana
tres veces tuvo una gemela! Además, miradme... ¿tengo la apariencia de una
reina? —Se echó a reír.
—Una reina que no es una reina —le recordó Sammor.
Pero la risa de Jenna era tan contagiosa que ambas
se unieron a ella y, sin dejar de reír, se encaminaron hacia la habitación de
las niñas.
De pie frente al gran espejo de Madre Alta, cada
niña por turno alzó las manos y observó su propio rostro con atención.
—Miraos a los ojos. Luego respirad —les indicaba
Madre Alta—. Primero altai. Bien, bien. Alani. Respirad. Más lento, más lento.
Su voz se convertía en el único sonido, el reflejo
del espejo en la única imagen. En aquellos momentos, Jenna casi podía percibir
que su propia hermana sombra la llamaba con una voz distante, baja, musical,
con un dejo risueño. Sólo que ella no lograba descifrarlo del todo. Las
palabras eran como el agua sobre las piedras. Se concentró tanto tratando de
escuchar, que necesitó una mano en el hombro para recordar dónde se hallaba.
—Ya es suficiente, niña. Estás temblando. Es el
turno de Marga.
De mala gana, Jenna se apartó y el movimiento de su
imagen en el espejo fue quien finalmente rompió el encanto. Pynt se detuvo
frente a ella con una amplia sonrisa en el rostro.
Así transcurrió el quinto año. Ejercicios de
respiración, ejercicios frente al espejo, y luego la lectura del Libro con
largas y pesadas explicaciones de Madre Alta. Por lo general, durante las
lecciones de historia, Selinda dormitaba con los ojos bien abiertos. Pero por
el azul vidrioso de sus ojos Jenna sabía que estaba dormida. Con frecuencia,
Alna y Pynt tenían problemas para permanecer quietas durante las interminables
disertaciones. Se daban codazos la una a la otra y cada tanto sufrían accesos
de risa, siendo recompensadas con una mirada cortante de la sacerdotisa. Pero
Jenna estaba fascinada con todo aquello, aunque no podía decir el motivo. Se
compenetraba en ello y opinaba al respecto, aunque cuando lo manifestaba en voz
alta era silenciada por las respuestas breves de la sacerdotisa, respuestas
que, después de todo, no eran más que simples reiteraciones de las cosas que
acababa de decir. Por lo tanto, muy pronto las opiniones de Jenna se volvieron
silenciosas, y por ello mismo más irrefutables.
LA HISTORIA:
En el museo de los Valles Inferiores se encuentran
los restos de un gran espejo de pie cuya antigüedad está fuera de duda. El
marco de madera tallada y adornada ha sido fechado en doscientos años y se
trata de una clase de madera de codeso que no ha sido vista en la zona durante
siglos. Horadado por los gusanos y chamuscado por el fuego, es la única pieza
de madera maciza descubierta en las excavaciones de Arrundale. No se hallaba
directamente en el sepulcro, sino entenado por separado, a unos cien metros de
distancia. Envuelto en una mortaja encerada y guardado en un gran cofre de
hierro, el espejo está notablemente bien conservado después de su largo
entierro.
Sabemos que se trataba de un espejo por los grandes
fragmentos de vidrio revestido que fueron hallados incrustados en la mortaja.
De sofisticada fabricación, estos fragmentos tenían bordes biselados y una
amalgama de mercurio y estaño, lo cual indica una artesanía del vidrio
desconocida en los Valles pero popular en las ciudades principales de las
islas, ya en el período garuniano.
Entonces ¿para qué era utilizado un espejo
semejante y por qué su entierro tan cuidadoso? Ha habido dos tests probables
expuestas por Cowan y Temple y una tercera, una tambaleante sugerencia mística
del incansable estudioso de los mitos, Magon. Al recordarnos que la labor
artística era prácticamente desconocida en las Congregaciones, con excepción de
los grandes tapices y las tallas del espejo, Cowan propone la provocativa idea
de que aquellos espejos, en realidad, habían sido realizados por mujeres de la
Congregación. Al carecer de la habilidad para dibujar o esculpir, veían a la
figura humana reflejada en el espejo como la forma más elevada del arte. El
entierro, continúa sosteniendo Cowan, sugiere que esta pieza en particular
pertenecía a la sacerdotisa de la Congregación; tal vez sólo a su imagen se le
permitía reflejarse en el espejo. Es una teoría fascinante expuesta con ingenio
y estilo en el ensayo de Cowan: «Orbis Pictus: el Mundo Reflejado de las
Congregaciones», Art. 99. Lo más seductor de la tesis de Cowan es que se
contrapone a todos los otros trabajos antropológicos con culturas primitivas
carentes de expresión artística, ninguna de las cuales tenía espejos, ni
grandes ni pequeños, en sus hogares tribales.
Por otro lado, el profesor Temple nos ofrece una
teoría más convencional en el capítulo «Vanidades» de su libro Nativas de Alta.
Sugiere que al estar habitadas por mujeres, las Congregaciones debían hallarse
colmadas de espejos. Sin embargo, no ofrece ninguna explicación para el
entierro tan peculiar de la pieza. Aunque su último trabajo ha sido disputado
por las dialécticas feministas, es la misma sensatez de su tesis lo que la
acredita.
Allá por la estratosfera vuelve a estar Magon,
quien intenta probar (en El Universo Gemelo, monografía, periódico de la
Universidad de Pasadena, N." 417) que el gran espejo encontrado en la
excavación de Arrundale era parte de un ritual en el cual las jóvenes aprendían
a convocar a sus hermanas sombra. Aunque por el momento no nos ocupemos de la
fragilidad de la tesis de la hermana sombra, descubrimos que la monografía no
ofrece ninguna prueba concreta de que los espejos tuviesen otro uso con excepción
del más mundano. Magon cita la extraña decoración tallada en el marco,
pero con excepción del hecho de que cada uno tiene una imagen simétrica en el
lado opuesto (lo cual refleja su uso como marco de espejo y nada más, si se me
permite la pequeña broma), no existe mucho más que respalde su extravagante
tesis.
EL RELATO:
Madre Alta tocó el signo de la Diosa sobre el lado
derecho del espejo y suspiró. Ahora que las cuatro niñas se habían marchado, la
habitación volvía a estar en silencio. Cada vez valoraba más el profundo
silencio de sus habitaciones cuando nadie más se encontraba allí. Sin embargo,
esa misma noche, el lugar volvería a estar colmado... con Varsa, su madre
adoptiva y el resto de las hermanas adultas. Varsa pronunciaría sus votos
finales, convocando a su hermana de la oscuridad. Eso si lograba recordar todas
las palabras y concentrarse el tiempo suficiente. Siempre era más difícil con
las niñas más lentas, y Varsa no era nada brillante. Y, si como ya había
ocurrido antes, a pesar de los años de entrenamiento y del estímulo verbal de
las demás, la hermana sombra no aparecía en la Noche de Hermanad, habría
lágrimas, recriminaciones y todos los sollozos de una niña decepcionada.
Incluso con la certeza de que con el tiempo la hermana sombra se presentaría (y
Madre Alta no conocía ningún caso en que esto no hubiese ocurrido), las
esperanzas de la niña se hallaban tan ligadas a la ceremonia que siempre era un
golpe terrible.
Madre Alta volvió a suspirar. Definitivamente, no
estaba ansiosa por que llegase la noche. Colocando una mano a cada lado del
espejo, se acercó a él hasta que su aliento empañó el vidrio. Por un momento,
su imagen se vio más joven. Cerró los ojos y habló en voz alta como si su
reflejo hubiese podido oírla.
—¿Es ella la Señalada? ¿Es Annuanna? ¿Jo-an-enna es
la Diosa Blanca que ha regresado? ¿Cómo podría no serlo? —Madre Alta abrió los
ojos y limpió el vidrio con la manga larga y ancha de su túnica. Los ojos
verdes del espejo la miraron. Notó nuevas arrugas que surcaban la frente
del reflejo y frunció el ceño, agregando una línea más—. La niña corre más
lejos, bucea más profundo, se mueve más rápido que cualquier otra muchacha de
su edad. Formula preguntas que no puedo responder. Que no me atrevo a responder.
Sin embargo, no existe nadie que no la ame en la Congregación Selden.
Exceptuándome a mí. Oh, Gran Alta, exceptuándome a mí. La temo. Temo lo que
pueda hacernos sin proponérselo.
»Oh, Alta, háblame. Tú que danzas entre las gotas
de lluvia y caminas sobre los relámpagos. —Alzó las manos ante el espejo, de
tal modo que las marcas azules sobre sus palmas se duplicaron. Qué nueva se
veía la señal, qué viejas sus manos—. Si ella es la Señalada, ¿cómo se lo digo?
Si no lo es, ¿he hecho mal al mantenerla apartada? Ella debe permanecer
apartada, de otro modo las contaminará a todas, —Su voz terminó en un susurro
suplicante.
La habitación permaneció en silencio y Madre Alta
apoyó ambas manos contra el espejo. Entonces se apartó. El contorno húmedo de
cada mano se marcó sobre la superficie.
—No respondes a tu sierva, Gran Alta. ¿No me
quieres? Si tan sólo me dieras una señal. Cualquier señal. Sin ella, las
decisiones son sólo mías.
Se volvió abruptamente del espejo y abandonó la
habitación justo cuando las huellas de sus manos se desvanecían del vidrio.
La habitación de Madre Alta se hallaba atestada de
hermanas, luz y sombra. La única que se encontraba sola era Varsa, ya que
Kadreen, como Solitaria que era, no podía participar en la ceremonia y, por
supuesto, las niñas más jóvenes no estaban presentes.
Los pequeños fuegos de los faroles ardían
alegremente, y el hogar estaba encendido. Las sombras bailaban profusamente por
el cielo raso y el suelo. Este estaba cubierto de juncos frescos mezclados con
pétalos secos de rosas, y en todo el ambiente se percibía el aroma dulce de
primaveras pasadas.
Con el cabello coronado de flores del bosque, Varsa
se hallaba de espaldas al hogar como si el fuego pudiese calentarla. Pero Madre
Alta sabía que tenía frío y miedo, a pesar de que el rubor de la
excitación teñía sus mejillas. Estaba desnuda, tan desnuda como por primera vez
llegaría su hermana desde la oscuridad. Si es que viene, pensó la sacerdotisa.
Madre Alta y su hermana oscura se acercaron a
Varsa, alzando sus manos derechas en señal de bendición. Varsa inclinó la
cabeza. Cuando terminaron con la bendición, quitaron la corona de flores que
llevaba la joven en la cabeza y la arrojaron al fuego. Éste la consumió con
avidez, produciendo otro dulce aroma. En días pasados, las prendas de las
muchachas también eran arrojadas a las llamas. Pero eso había sido en épocas de
gran prosperidad. En una Congregación pequeña y pobre había que hacer
economías, incluso en el momento de una ceremonia. Madre Alta había realizado
ese cambio hacía unos diez años, y las hermanas sólo habían protestado un poco.
La sacerdotisa y su hermana sombra extendieron sus
manos derechas y Varsa las tomó con ansiedad, sus propias manos húmedas y
frías. Luego la condujeron hasta el espejo pasando entre las dos hileras de
hermanas.
Todas ellas estaban vestidas de blanco y portaban
un capullo rojo. En el silencio, sus pasos sobre los juncos crujientes sonaron
como truenos.
Varsa no pudo evitar estremecerse.
Lentamente, Madre Alta y su hermana la hicieron
girar tres veces ante el espejo, y con cada vuelta las mujeres murmuraban:
—Por tu nacimiento. Por tu sangre. Por tu muerte.
Entonces la sacerdotisa detuvo a la niña y dejó las
manos sobre sus hombros para impedir que cayese. Solía ocurrir que las jóvenes
comiesen poco en los días previos a la ceremonia, y los desvanecimientos eran
frecuentes. Pero a pesar de que temblaba, Varsa no se desmayó. Observó su
imagen en el espejo y alzó las manos. El temor teñía sus pequeños senos y el
rubor bajaba por sus mejillas enrojeciéndole el cuello. Cerró los ojos, aminoró
el ritmo de su respiración y volvió a abrir los ojos.
A sus espaldas, Madre Alta y su gemela recitaron:
La oscuridad ante la
luz El
día ante la
noche Escucha
mi ruego, Preséntate
ante mí.
Varsa giró las palmas hacia adentro y movió las
manos lentamente hacia sí, recitando el cántico junto con las dos sacerdotisas.
Una y otra vez convocó a su hermana hasta que, primero la sacerdotisa sombra y
luego Madre Alta, se apartaron y sólo pudieron oírse los suaves apremios de
Varsa.
En la habitación se percibía una gran tensión
mientras todas las hermanas respiraban siguiendo el ritmo de la joven.
Un ligero vaho comenzó a formarse sobre el espejo,
nublando la imagen de Varsa, cubriéndola con un manto de humedad. Al verlo, la
muchacha contuvo el aliento, tragó saliva y perdió el ritmo del cántico. Cuando
ella se detuvo, el vapor comenzó a desaparecer lentamente, primero por los
bordes, hasta convertirse en un punto blanco.
Varsa continuó con el cántico durante varios
minutos más, pero sus ojos estaban llenos de lágrimas y, al igual que las
demás, sabía que no le serviría para nada. Una vez que la imagen comenzaba a
disolverse, desaparecía toda esperanza de que la hermana emergiese esa noche.
Madre Alta y su hermana posaron las manos sobre la
espalda de Varsa y murmuraron:
—Es todo por esta noche, niña.
Varsa bajó los brazos lentamente y entonces, de
pronto, se cubrió el rostro con las manos y comenzó a llorar. Sus hombros se
sacudían y aunque las sacerdotisas le susurraban que se detuviese, no podía
hacerlo.
Su madre y la hermana sombra de ésta se acercaron
cubriéndola con una capa verde y la alejaron de allí.
Madre Alta se volvió hacia las demás.
—Suele ocurrir —les dijo—. No importa. Convocará a
una hermana otra noche, sin la presión de la ceremonia. El resultado será el
mismo.
Mientras comentaban lo ocurrido, las mujeres
abandonaron la habitación para dirigirse hacia la cocina, donde les aguardaba
un buen banquete. A pesar del resultado de la noche, comerían bien.
Pero Catrona y su hermana sombra Katri aguardaron.
—Ya no es como antes —le contestó Catrona con furia
a Madre Alta.
Katri asintió con la cabeza.
—El vínculo no es el mismo.
Catrona la tocó en el brazo.
—Recuerda a Selna...
—Tú, Catrona, tú, Katri... nunca le diréis esto a
Varsa. Nunca. —Madre Alta tenía los puños apretados—. La niña tiene derecho a
creer en su hermana. No le diréis lo contrario.
Catrona y Katri se volvieron y abandonaron la
habitación en silencio.
Varsa todavía lloraba por la mañana. Sus ojos
estaban enrojecidos y se había mordido las uñas hasta lastimarse.
Jenna y Pynt se hallaban a cada lado de ella ante
la mesa, acariciándole las manos.
—Pero con el tiempo lograrás convocarla —murmuró
Pynt—. Ella vendrá. Nadie que haya convocado a una hermana se ha quedado sin
ella.
Varsa se limpió la nariz con el dorso de la mano.
—Es lo peor que podía haberme ocurrido. Todas esas
personas mirando y mi hermana no se presentó. Nada peor podía haberme ocurrido
en toda mi vida.
—Por supuesto que podría ocurrirte algo peor —dijo
Pynt alegremente—. Díselo, Jenna. Claro que debe haber algo peor.
Jenna le hizo una mueca.
—Vaya ayuda que eres —masculló.
—Bueno, díselo —insistió Pynt.
Jenna lo pensó un minuto.
—Podrías carecer de una madre. O de amigas —le
dijo—. O no estar en la Congregación. Pues... podrías vivir en un pueblo y
jamás haber oído hablar de las hermanas. Eso sería peor.
Varsa se levantó y retiró sus manos con ira.
—¿Qué sabéis vosotras? Aún no lo habéis intentado.
Nada podría ser peor. —Se alejó pasando bajo la arcada.
—Déjala marchar —dijo Pynt al ver que Jenna se
disponía a seguirla—. Tiene razón, sabes. Nada podría ser peor.
—Oh, no seas estúpida, Pynt. Hay muchas cosas
peores. Pero ella tiene razón en algo. No podemos saber lo que siente. Aún no.
—Bueno, yo estoy segura de una cosa —dijo Pynt—. No
pienso cometer un error. Traeré a mi hermana la primera vez.
Sentada al otro lado de la mesa, Selinda sacudió la
cabeza.
—¿Por qué tanto escándalo? En otra ocasión su
hermana vendrá.
—Se metió en la boca otra cucharada de avena con
leche.
Pero era Alna quien comprendía mejor la situación.
—En este momento le duele más que ninguna otra cosa
y, por supuesto, no puede pensar de forma diferente. Nada que digamos la
consolará. Yo me sentía igual cuando tuve que escoger la cocina. Y ahora...
bueno... no se me ocurre un sitio mejor en el que estar. —Sonrió satisfecha y
comenzó a limpiar la mesa.
En cuanto Alna hubo abandonado la habitación,
Selinda continuó.
—¿Cómo puede decir eso? Ella sabe que estar en los
campos y en los jardines es lo mejor. Ella más que nadie... ¿cómo puede decir
eso?
Pynt colocó una mano sobre la de Selinda, pero
Jenna se echó a reír.
—¿Cómo es el dicho? Las palabras no son más que la
interrupción del aliento. Así es como ella lo dice. Interrumpiendo su aliento.
Es muy sencillo, Selinda.
Selinda se levantó y abandonó la habitación sin
hablar.
Pynt se acercó a Jenna y susurró rápidamente:
—¿Crees que habremos sido nosotras la causa de su
fracaso?
—¿Porque espiamos desde detrás de la puerta?
—preguntó Jenna—.
Nadie nos vio. Nadie nos escuchó. Y ya conocemos la
ceremonia para cuando llegue nuestro momento. No hemos hecho ningún daño.
—Pero supon... —Pynt no terminó la frase.
—Varsa es lenta y tiene miedo cuando hay demasiada
gente a su alrededor. Eso fue lo que lo causó. No dos pares de ojos y oídos de
más. Tú la viste; oíste cómo vaciló en el momento en que vio la imagen. —Jenna
sacudió la cabeza—. Encontrará a su hermana. Y pronto.
—Sé que lo ocurrido anoche con Varsa nos ha
afectado a todas. Algunas veces sucede que una niña no logra convocar a su
hermana durante la Noche de Hermandad. No sucede con frecuencia, pero sucede.
Jenna codeó a Pynt en forma significativa.
—Pero ya lo veréis —dijo Madre Alta—. Todo será
para mejor—. Alzó las manos sobre las niñas y las sostuvo en la bendición de
Alta.
Ellas inclinaron sus cabezas y cerraron los ojos.
—Algunas veces, Gran Alta, que corre sobre la
superficie de los ríos y oculta su gloria en una sola hoja, algunas veces ella
nos prueba y nosotras somos demasiado pequeñas para comprender el sentido. Sólo
sentimos dolor. Pero existe un sentido y vosotras debéis creer en él.
Selinda emitió un pequeño sonido de satisfacción y
Alna asintió con la cabeza, como si recordase su Noche de Elección. Pynt clavó
un dedo en la pierna de Jenna, pero ésta la ignoró. Hay algo más, pensaba. Lo
siento. Está diciendo algo más. Por alguna razón, sintió un frío y un extraño
vacío en el estómago, a pesar de que acababan de comer.
La sacerdotisa pronunció la bendición de Alta y las
niñas la siguieron.
—Gran Alta, tú que nos abrigas...
—Con tu protección —respondieron las niñas.
—Gran Alta, tú que nos envuelves...
—En tu abundante cabellera.
—Gran Alta, tú que nos reconoces...
—Como única familia.
—Gran Alta, tú que nos enseñas...
—Cómo llamar a la hermana.
—Gran Alta, danos la gracia.
Las niñas repitieron:
—Gran Alta, danos la gracia.
Entonces observaron a Madre Alta y comenzaron a
respirar siguiendo su ritmo. Después de haber cantado las cien plegarias de la
respiración y trabajado durante una hora cada una por turno, frente al gran
espejo, Madre Alta volvió a hacer que se sentaran en el suelo frente a ella.
Tomó el Libro de su atril de madera y lo abrió en la página marcada con una
cinta dorada.
—En el Libro está dicho que: Antes de que una niña
se convierta en mujer, saludará a las hermanas de su fe en
cada Congregación, ya que una niña que no conoce nada del mundo elige en
base al miedo y la ignorancia, así como sus hermanas sombra antes de emerger a
la luz. —La sacerdotisa alzó la vista del Libro con su sonrisa poco cordial—.
¿Y qué es lo que significa esto, mis niñas?
Jenna permaneció en silencio. Ya no contestaba de
inmediato, incluso cuando conocía la respuesta esperada, porque la sacerdotisa
siempre se enfadaba cuando ella hablaba primero. Ahora reservaba su opinión
hasta el último momento, y la exponía cuando las demás habían terminado,
resumiendo y clarificando el tema.
—Significa nuestra misión —dijo Alna aclarándose la
garganta en medio de la corta frase, señal segura de que la primavera había
llegado.
Al recibir un codazo de Alna, Selinda agregó:
—Pasamos por todas las Congregaciones.
—O al menos todas las que podemos en el término de
un año —agregó Pynt.
Madre Alta asintió con la cabeza.
—¿Y tú, Jo-an-enna? ¿No tienes nada que agregar?
Jenna asintió con la cabeza, cogiéndose la trenza
izquierda mientras hablaba, como una forma de recordarse que no debía ser
demasiado impetuosa.
—Es cierto, Madre, que vamos de Congregación en
Congregación. Pero no es sólo para realizar una visita y jugar. Debemos ir con
los ojos y los oídos abiertos, al igual que nuestra mente y nuestro corazón.
Vamos a aprender, a comparar, a pensar y a... a...
—¡A crecer! —le interrumpió Pynt.
—Muy bien, Marga —dijo Madre Alta—. Y es ese
crecimiento el que preocupa a la Madre de cada Congregación. Algunas veces éste
llega cuando todas las niñas van juntas y...
Jenna sintió que el frío regresaba a su cuerpo. Se
tiró de la trenza hasta hacerse doler para evitar el temblor que amenazaba
invadirla.
Madre Alta inspiró profundamente y en forma
instintiva las niñas respiraron con ella. Todas salvo Jenna.
—Y algunas veces el crecimiento llega cuando están
separadas. Por lo tanto, como vuestra guía y Madre de esta Congregación, es mi
decisión que estaréis mejor por separado durante vuestro año de misión. Marga,
Selinda y Alna comenzarán por dirigirse a Calla's Ford. Pero tú, Jo-an-enna...
—¡No! —exclamó Jenna, y la palabra fue como una
explosión. Alarmadas, las otras niñas se apartaron de su ira—. Cuando hay más
de una muchacha lista para salir en su año de misión, nunca se las separa.
—Eso no está dicho en ninguna parte del Libro
—respondió Madre Alta lenta y cuidadosamente, como si hablase con una niña muy
pequeña—. El resto es mera costumbre y desidia, sujeto a cambios a discreción
de la Madre de la Congregación. —Abrió el Libro en otra página. Ésta no estaba
marcada con la cinta pero, evidentemente, era consultada con frecuencia, ya que
las páginas permanecían abiertas sin la presión de sus manos—.
Toma, niña, lee esto en voz alta.
Jenna se levantó y leyó la frase subrayada por la
larga uña de Madre Alta. Sus labios se movieron pero no salió ningún sonido.
—¡Fuerte, Jo-an-enna! —le ordenó la sacerdotisa.
Jenna leyó con voz firme, sin que ésta delatase su
ira ni su pena.
—La sabiduría de la Madre se encuentra en todas las
cosas. Si hace frío, ella encenderá el fuego. Si hace calor, permitirá que
entre el aire en la habitación. Pero todas sus acciones serán por el bien de
sus niñas. —Jenna volvió a sentarse.
—Como verás, jovencita —dijo Madre Alta con una
sonrisa que, por primera vez, comenzó en su boca y terminó en sus ojos—, harás
lo que yo te diga, ya que siendo la Madre sé lo que es mejor para ti y para las
demás.
Ellas son como pequeñas flores y tú, el árbol. No
pueden crecer bajo la sombra que tú proyectas.
Pynt apretó la mano de Jenna, pero ésta no le
respondió. Trataba de controlar las lágrimas que se agolpaban en sus ojos.
Trataba de controlar los latidos furiosos de su corazón. Finalmente logró
dominar su respiración y observó a Madre Alta mientras pensaba: No la perdonaré
por esto, no la perdonaré jamás.
Madre Alta alzó las manos sobre las niñas, y
Selinda, Alna y Pynt inclinaron las cabezas obedientemente para recibir sus
palabras finales.
Pero la mirada oscura de Jenna siguió fija en los
ojos verdes de la sacerdotisa, y de ese modo fue cómo recibió la bendición de
Gran Alta.
A la semana siguiente empacaron, en una mañana tan
llena de gorjeos que Jenna sintió un gran dolor en el corazón. Había guardado
silencio respecto a la resolución de la sacerdotisa, pero en la Congregación
todas las demás estaban con-mocionadas con ello. Las niñas en especial se
habían mostrado desconsoladas, y Pynt en particular había llorado cada noche
antes de dormirse. Pero Jenna guardaba la pena para sí misma, pensando que de
ese modo no aumentaría la de las demás. No comprendía que las hermanas estaban
más preocupadas por su silencio que lo que hubiesen estado por sus lágrimas.
Sólo una vez durante la semana, Jenna se refirió a
ello. Mientras las niñas con sus madres realizaban la caminata alrededor de la
Congregación, costumbre tradicional antes de la partida, Jenna se llevó a
Amalda aparte.
—¿Soy un árbol que proyecta su sombra sobre todas?
—le preguntó—.
A-ma, ¿no hay nada que crezca alrededor de mí?
Amalda sonrió y estrechó a Jenna entre sus brazos.
Entonces la hizo girar y señaló un gran castaño junto al sendero.
—Mira debajo de él —le dijo.
Jenna miró. Junto a las raíces del árbol crecían
las violetas mecidas por la brisa.
—Tus amigas no son pequeñas plantas —dijo Amalda.
Entonces rió—.
Y tú aún no eres un árbol vigoroso. En unos años
más, tal vez.
Pero abrazó a Jenna con fuerza y caminaron en
silencio el resto del trayecto alrededor de la Congregación.
Jenna recordó ese silencio mientras empacaba,
colocando sus mejores polainas en el fondo y su camisa de noche en el medio.
Reservó la parte de arriba para los alimentos que le entregaría Donya y para su
muñeca. Se preparaba para colocarla en el morral cuando Pynt la detuvo.
—No —le dijo—. Dame tu muñeca, la hermana luz, y yo
te daré la mía. Así no nos separaremos en realidad.
Su tono formal convenció a Jenna, quien intercambió
muñecas con solemnidad. Pynt acarició el cabello hecho con barbas de maíz antes
de colocar la muñeca de Jenna en su propio morral.
Selinda le obsequió a Jenna la concha de caracol
que había sido un presente de su madre para el día de La Elección, y Alna le
entregó un ramillete de flores secas.
—Son del jardín. Siempre las he guardado bajo mi
almohada —dijo tímidamente como si hubiese sido un secreto, a pesar de que
todas lo sabían.
Jenna cortó un mechón de sus cabellos para cada una
y, mientras colocaba los rizos blancos en las palmas de sus amigas, dijo con
suavidad:
—Es sólo un año. Un año. Y luego volveremos a estar
aquí, juntas otra vez.
Había pretendido sonar valiente y despreocupada,
pero Alna se alejó y, después de darle un rápido abrazo, Selinda abandonó la
habitación corriendo. Sólo Pynt permaneció allí, con la vista fija en el rizo
blanco que descansaba sobre su palma.
En el patio de las guerreras, Catrona las aguardaba
junto al mapa que ocupaba la tabla de la mesa. Las miró por turno a cada una,
notando los ojos enrojecidos de Alna, la tez pálida de Selinda y la expresión
decidida en el rostro de Pynt. Sólo Jenna parecía tranquila.
Cruzando los brazos, Catrona dijo con energía:
—Repasemos el camino una vez más. Y luego deberéis
partir.
Recordad... El sol se mueve lentamente, pero cruza
la tierra. No debéis desperdiciar la mejor parte del día. El viaje ya es lo
suficientemente largo tal cual es.
Las niñas se acercaron a la mesa.
—Ahora mostradme el camino —dijo Catrona.
Pynt avanzó.
—Tú, no, Marga. Conoces los bosques tan bien, que
quiero que sean Selinda o Alna las que me lo indiquen. Sólo por si acaso.
La mano de Alna recorrió el camino rápidamente,
primero al oeste del sol por el sendero que conducía hacia Slipskin y a
lo largo del río. Al pie de la montaña vaciló unos momentos y Selinda
empujó su mano hacia el sur.
—Y allí —las interrumpió Catrona—, es donde debes
dejarlas, Jenna. Te dirigirás hacia el norte con rumbo a la Congregación
Nill's. ¿Cuáles son tus puntos de referencia?
Jenna se acercó al mapa y recorrió el camino con
mano firme.
—El curso del río se divide en dos. Rodearé el
Viejo Ahorcado, la montaña con el peñasco alto que tiene la forma de un rostro
de hombre, y luego llegaré hasta El Mar de Campanas, el campo de lirios.
—Bien. ¿Y vosotras? —preguntó Catrona a las demás.
—Seguiremos de espaldas a El Viejo Ahorcado y de
frente a los picos gemelos llamados El Seno de Alta —dijo Pynt.
Recitaron el resto del camino de un modo similar, y
luego volvieron a hacerlo hasta que, finalmente, Catrona estuvo tranquila.
Entonces le dio un abrazo a cada una, reservando el último para Jenna.
Todas las mujeres de la Congregación Selden
aguardaban junto a los grandes portones. Hasta las centinelas habían sido
alertadas y habían abandonado sus puestos. Todas permanecieron en silencio
mientras las niñas se arrodillaron frente a la sacerdotisa para recibir la
bendición final.
—Que tu mano las guíe —recitó Madre Alta—. Que tu
corazón las proteja. Cobíjalas en tus cabellos para siempre.
—Para siempre —repitieron las mujeres que
observaban.
Jenna alzó la cabeza y observó a la sacerdotisa,
pero ésta ya se había vuelto hacia el camino.
Las niñas cogieron sus morrales y se alejaron
acompañadas por el lamento de las observadoras. El misterioso sonido vibrante
las acompañó durante los tres primeros recodos del sendero, pero mucho después
de haberse perdido en la distancia, las niñas permanecían en silencio pensando
sólo en el camino.
LIBRO TERCERO
HERMANA LUZ, HERMANA SOMBRA
EL MITO:
Entonces Gran Alta tocará a su única hija con una
varilla de luz, y la niña se apartará de ella cayendo a la Tierra. Donde quiera
que pise, brotarán flores que, como campanas, cantarán hosannas a su nombre.
«Oh, niña de luz —repicarán las campanas—. Oh, pequeña hermana; oh, hija
blanca, oh, reina que está por llegar.»
LA LEYENDA:
Una vez, una pastora de Neverston subió por la
ladera de El Hombre Viejo para atender a su rebaño. Pero era la primera vez que
subía la montaña y la oscuridad todavía teñía sus paredes de granito. La
muchacha era joven y tenía miedo. Temiendo perderse, colocó un puñado de
guijarros blancos en el bolsillo de su delantal y a cada paso, depositaba uno
sobre una hoja verde para marcar su camino.
Durante todo el día observó cómo sus ovejas comían
el pasto dulce que constituía la barba de El Hombre Viejo, y rezó para que le
fuese posible regresar a salvo.
Mientras la pastora y su rebaño permanecían en la
cumbre, los guijarros fueron echando raíces lentamente y se convirtieron en
pequeñas campanas blancas.
Cuando llegó la noche y el sol se ocultó detrás de
la montaña, la pastora regresó a casa con su rebaño siguiendo el sonido de las
campanas tintineantes. O al menos eso es lo que cuentan en
Neverston, donde las «campanas-cordero» o los
Lirios del Valle del Viejo crecen en gran abundancia.
EL RELATO:
Estaba más fresco a lo largo del agua que en la
Congregación, y las niñas se habían detenido en la confluencia de los dos ríos
para almorzar y lavarse el polvo del camino. Fue allí donde se despidieron de
Jenna. Selinda y Alna se echaron a llorar, pero Pynt rió en forma extraña y la
despidió con un guiño. Jenna se encogió levemente de hombros y le devolvió el
guiño, pero mientras se dirigía hacia el norte, a solas por el camino, pensó en
el curioso comportamiento de Pynt.
Al caminar, Jenna giraba la cabeza de un lado al
otro tal como Amalda y Catrona le habían enseñado. El hecho de que estuviese
pensando no significaba que sus ojos estuviesen distraídos. Según gustaba de
decir Amalda, Debes colocar la trampa antes de que pase la rata, no después.
Jenna vio un par de ardillas que se perseguían la
una a la otra entre las copas de los árboles, el rastro de un gran puma y unas
huellas de venado.
Un nido de lechuza bajo un árbol contenía la cabeza
de un ratón de los bosques. Había mucho que comer si llegaba a necesitarlo,
aunque todavía tenía bastante en su morral. Sin embargo, ella lo registró todo
tal como una cocinera registraría su despensa.
Deteniéndose un momento para escuchar los gorjeos
de un tordo, Jenna sonrió. Le había preocupado la idea de estar a solas pero,
aunque echaba de menos a Selinda, a Alna y especialmente a Pynt, descubrió con
júbilo y sorpresa que no se sentía sola. Esto la confundió. Deseaba conservar
su ira, como si ésta fuese a brindarle las fuerzas suficientes, y por lo tanto
repitió como en una oración:
—Nunca la perdonaré. Odiaré a Madre Alta para
siempre.
Pero las palabras parecían vacías. Pronunciadas en
medio de la alegre cacofonía del bosque, la letanía del odio no tenía ningún
poder. Jenna sacudió la cabeza.
—Yo soy el bosque —susurró. Entonces dijo con más
fuerza—: ¡Los bosques están en mí! —Jenna rió, no porque el pensamiento fuese
gracioso sino porque era cierto y porque, sin saberlo, Madre Alta la había
enviado a su verdadero destino—. O... —dijo con tono vacilante—, ¿o ella lo
sabría?
No hubo ninguna respuesta del bosque, al menos
ninguna que ella pudiese comprender, así que se llevó una mano a la boca y
silbó como un tordo. Éste respondió de inmediato a la llamada.
El atardecer llegó antes de lo que Jenna esperaba,
porque aún se hallaba internada en el bosque y bajo la imponente sombra
proyectada por la cara occidental de El Viejo Ahorcado. Había esperado alcanzar
el campo de lirios blancos hacia el ocaso, ya que Catrona le había dado la
impresión de que debía pasar la primera noche allí. Pero habían tardado mucho
en despedirse y luego ella no se había apresurado en el camino, deteniéndose y
disfrutando de su libertad. Ahora tendría que acampar en el bosque en lugar de
hacerlo en el campo.
En medio de la penumbra escogió un árbol con una
horcadura bien alta, ya que los rastros del puma habían sido recientes. Para no
correr el riesgo de encontrarse frente a frente con el felino en medio de la
noche, decidió dormir en el árbol. No sería cómodo, pero había sido entrenada
para hacerlo. Y, tal como Catrona solía decir, ¡Mejor tener al puma bajo tus
talones que sobre tu garganta!
Encendió un pequeño fuego bajo el árbol y lo rodeó
de piedras. Sólo le brindaría una pequeña protección... ninguna si el puma
estaba verdaderamente interesado. Pero sería suficiente para espantar a uno que
sólo sintiese cierta curiosidad.
Entonces trepó al árbol y colocó el morral a varios
centímetros por encima de su cabeza. Apoyó su espada desenvainada justo sobre
la horcadura en la que había decidido dormir. De este modo estaría en
condiciones de empuñarla rápidamente. El cuchillo permaneció a su lado.
El árbol era liso, no nudoso, como el primero en
que ella y Pynt habían intentado dormir. Jenna emitió una risita al recordar la
incómoda corteza.
Tanto ella como Pynt habían bajado con la
marca de esa corteza impresa en la espalda, y habían bromeado al respecto por
la mañana. De pronto sintió que echaba de menos a Pynt de un modo intolerable,
así que se estiró, bajó el morral y cogió la muñeca. Mientras la sostenía con
fuerza entre sus brazos, imaginó que podía oler las manos de Pynt sobre la
falda de la muñeca. Sus ojos se empañaron ante el pensamiento, por lo que alzó
la vista hacia las estrellas que brillaban entre las ramas y trató de nombrar
las constelaciones, como si al hacerlo fuera a contener las lágrimas.
—La Cazadora —susurró en la oscuridad—. El Gran
Sabueso.
—Suspiró—. La Trenza de Alta.
El sonido del río golpeando contra las rocas la
calmó rápidamente y se quedó dormida antes de terminar con el recuento. Una
mano se deslizó de su falda para colgar en el aire.
Por la mañana, Jenna despertó antes de que el sol
se hubiera posado sobre el valle, acalambrada y con una sensación hormigueante
en la mano que pendía. Necesitó bastante tiempo para aliviar el calambre de su
pierna derecha. Luego descendió del árbol con la espada, volvió a subir en
busca del morral y finalmente se estiró con pereza antes de mirar a su
alrededor.
Los pájaros matinales ya anunciaban el amanecer.
Jenna reconoció el parloteo animado de un tordo mayor y el tin-tin-tin
imperioso de una pareja de mirlos. Vio un reflejo color castaño y le pareció
que podía ser un ruiseñor, pero como permaneció en silencio no pudo estar
segura. Sonriendo, se dispuso a preparar el desayuno utilizando parte de los
cereales que había traído consigo en una bolsa de cuero, la leche de cabra de
la redoma y las bayas secas que Donya les había obsequiado. Era todo un festín
y, cuando descubrió que estaba emitiendo una risita parecida al gorjeo del
mirlo, se echó a reír con ganas.
Antes de abandonar su lugar de campamento, lo
revisó con sumo cuidado para no dejar señales de su paso por allí.
Con excepción de mi olor, se recordó, ya que, según
decía Catrona, el puma era el único capaz de rastrear a una de las cazadoras de
Alta.
Jenna envainó la espada, alzó el morral, tocó el
cuchillo en su cadera e inició la marcha por el camino.
Al girar por un recodo del sendero que seguía los
meandros del río, se topó con un prado tan extenso que no alcanzaba a ver al
otro lado. Inesperado y hermoso, el espectáculo le hizo contener el aliento. El
manto verde estaba salpicado de diminutas flores blancas.
Jenna lanzó una exclamación de deleite que se
transformó en una canción de triunfo. Así que toda la noche estuve tan cerca un
saberlo. Pero descubrirlo durante el día, con las flores abiertas bajo el
sol... es mucho mejor, pensó.
Su canto tapó cualquier otro sonido que pudiese
haber oído y fue por eso que la mano sobre el hombro la sobresaltó. Jenna
extrajo el cuchillo y se volvió en el mismo instante, alzando su arma con el
rápido movimiento que tantas veces había practicado.
Pynt retrocedió con la misma velocidad, aunque los
brazos más largos de Jenna hicieron que el cuchillo rasgase su túnica justo
encima del corazón.
—¡Vaya bienvenida! —Pynt se llevó una mano a la
rotura y suspiró con alivio al ver que la camisa de abajo todavía estaba
entera.
—¡Me... me asustaste! —fue todo lo que Jenna pudo
decir antes de dejar caer el cuchillo y estrechar a Pynt en un tremendo
abrazo—. Oh. Pynt, podía haberte matado.
—Nadie puede matar a su sombra —respondió Pynt con
voz temblorosa y algo ahogada contra el cabello de Jenna. Entonces se apartó—.
En realidad fue mi culpa. No debí haberme acercado a ti de esa manera. Pero
pensé que sabías que me encontraba detrás de ti. Alta sabe que hice el ruido
suficiente. —Esbozó una amplia sonrisa—. Cuando tengo prisa suelo quebrar
muchas ramitas al caminar.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Jenna con un dejo de
ira en la voz—. ¿Es otro de tus planes secretos?
—¿No me esperabas? —Pynt pareció confundida—. Pero
pensé que lo habías comprendido. Cuando te guiñé el ojo, tú me respondiste.
Sabías que de ninguna manera iba a permanecer con aquellas dos y dejarte
marchar sola. Selinda se queda mirando el cielo y mete el pie en un hoyo de
conejo cada tres pasos. Y Alna habla sin parar igual que Donya. —Se detuvo—.
Sin ti, no podía soportarlas. Y... —suspiró— no podía dejarte marchar sola.
—¡Oh,
Pynt, piensa! ¡Piensa!
—le suplicó Jenna—. Usa la cabeza. Ellas dos nunca encontrarán el camino por su
propia cuenta. —Sacudió la cabeza—. Selinda todavía cree que el sol sale por el
oeste.
—Por supuesto que llegarán —respondió Pynt—. El
camino es recto y sin desviaciones hasta Calla's Ford. Sólo tienen que seguir
el río. Ambas saben usar los cuchillos, así que no hay peligro. Y se tienen la
una a la otra, ya lo sabes. Con frecuencia las niñas son enviadas solas porque
no hay otras con la edad apropiada para partir.
—Puedo seguir por mi cuenta, Pynt.
Pynt pareció herida.
—¿No me quieres aquí?
—Por supuesto que te quiero aquí. Tú eres mi más
querida compañera.
—Soy tu sombra —le recordó Pynt rápidamente,
recuperando un poco de su antigua chispa.
—Una sombra que quiebra ramitas —dijo Jenna y le
dio un ligero empellón en el hombro—. Pero no habrás planeado esto desde el
comienzo.
—Lo he estado pensando desde que la vieja Boca de
Serpiente dijo que deberías ir por separado.
—¿Vieja Boca de Serpiente? —Jenna echó hacia atrás
la cabeza y comenzó a reír.
Pynt se unió a ella y muy pronto las dos reían
tanto que debieron desengancharse las espadas y arrojar sus morrales al suelo.
Se dejaron caer rodando sobre el pasto, aplastando cientos de lirios blancos a
su paso. Cada vez que una dejaba de reír, la otra inventaba un nombre nuevo
para la sacerdotisa, tan insolente como tonto, y las risas volvían a comenzar.
Continuaron de ese modo hasta que Jenna logró sentarse, pasarse una mano por
los ojos e inspirar profundamente.
—-Pynt... —comenzó con seriedad, y al ver que Pynt
continuaba riendo, agregó con más firmeza—: ¡Marga!
Pynt se sentó con el rostro serio.
—Nunca me has llamado de ese modo.
—Pynt es un nombre de niña. Ahora estamos en
nuestro año de misión. Ambas debemos ser adultas.
—Te escucho, ]o-an-enna.
—Hablo en serio, Marga... respecto a haberlo
planeado todo desde un comienzo. ¿Qué supones que te harán... nos harán...
cuando descubran que hemos desobedecido a Madre Alta? ¿Has pensado en eso?
—No lo sabrán hasta nuestro regreso dentro de un
año. Para entonces habremos realizado tantas hazañas y seremos tan maduras que
nos perdonarán. —Pynt esbozó una sonrisa irresistible inclinando la cabeza
hacia un lado.
Jenna sacudió la cabeza.
—Eres imposible.
Entonces se levantaron, se sacudieron la una a la
otra y Pynt extrajo tres florecillas blancas del cabello de Jenna. Luego
volvieron a colocarse los morrales, se engancharon las espadas y se alejaron
por el prado cantando despreocupadamente.
LA CANCIÓN:
Venid vosotras, las
mujeres
Venid vosotras las mujeres de las
islas, Venid
y escuchad mi
canción, Ya
que si sólo contáis trece años, No
hace mucho que mujeres sois.
Y si tenéis tres veces veinte y diez
más, Ya
no sois mujeres a esa edad, O
al menos eso dicen los hombres
alegres, Que
cuentan con tanta crueldad.
Pero mujeres somos desde que
nacemos, Y
lo seremos hasta la
muerte. Nosotras
contamos de otra
forma Para
permitir a los hombres mentir.
Venid vosotras, las mujeres de las
islas, Venid
y escuchad mi canto, Ya
que seremos mujeres toda la
vida, Donde
la vida y el amor duran tanto.
LA HISTORIA:
«Existe muy poca música de las primitivas
adoradoras de Alta que perdure hoy en día. A causa de los incendios que
destruyeron la mayoría de las Congregaciones durante el trágico período de las
Guerras del Género, no existen importantes fuentes manuscritas antes del Libro
Covillein del siglo dieciséis. Fuentes fragmentarias de períodos anteriores
contienen algunas canciones de cuna, varias baladas incompletas y una dama
instrumental escrita para el "tembala", un instrumento que ya no
existe. Según la partitura, el "tembala" parece ser un instrumento de
cuerda de la familia de las guitarras, con cinco cuerdas melódicas y dos
bajos.» Ame Von Tassle, Diccionario de Música Primitiva, vol. A.
Del pasaje anterior queda claro que el doctor Von
Tassle, autoridad mundial en la primitiva música de las islas, cree
categóricamente que muy poca música de las Congregaciones de Alta ha llegado
hasta nuestros días. En flagrante desacuerdo, Magon.. quien admite que no es
ningún experto en temas musicales... cita modernas baladas y canciones de los
Valles como prueba positiva de que existe una prolífica herencia musical en las
regiones montañosas. En otra monografía pobre en referencias («Música de las Esferas»,
Naturaleza e historia, vol. 47), Magon insiste en que había cuatro categorías
principales de música Alta: tonadas religiosas, canciones cotidianas y de cuna,
baladas históricas y dialécticas.
Su tesis concerniente a las tonadas religiosas es,
tal vez, la única defendible. Ciertas canciones citadas por él, tales como
Alta, con su lastimero estribillo, Gran Alta, salva a mi alma, podrían haber
formado parte de una ceremonia religiosa. Pero la canción en sí misma tiene
tanto parecido con la del siglo diecisiete Canto
fúnebre de la Vigilia, del País del Norte, que lo
más probable es que se trate de una reconstrucción moderna de aquélla.
Cuando Magon trata de. unir la encantadora y famosa
Nana del gatito, la cual había sido encontrada en un libro de baladas del siglo
diecisiete, con el período Garuniano de las Congregaciones, está navegando en
aguas turbulentas. Al igual que muchas otras canciones de la época, es casi
seguro que ésta ha sido compuesta siguiendo las antiguas tonadas de tradición
oral. Magon no parece darse cuenta de que la palabra «gatito» no aparece
escrita hasta después de mediados del siglo XVI, y que ciertamente no significaba
«gato pequeño» o «cachorro de gato» en aquella época, lo cual invalida su
teoría.
Las baladas que Magon cita en la sección histórica
son de poco interés musical e histórico, ya que ofrece la misma tesis dudosa
respecto a la Diosa Blanca, la niña albina de estatura y fuerza excepcionales
que, sin ayuda, destruyó y salvó al mismo tiempo el sistema del culto de Alta.
Magon expone sus tesis pero no ofrece ninguna otra evidencia histórica al
hablar de las baladas, con excepción de las poesías en sí mismas y, como
cualquier erudito sabe bien, resulta muy difícil confiar en ellas dada la inconstancia
de la poesía tradicional. Si hiciéramos eso, deberíamos incluso confiar en las
leyendas.
En cuanto a las canciones dialécticas tales como
Venid vosotras, las mujeres, ya ha sido bien probado por Von Tassle, Temple y
otros que se trata de una falsificación del siglo diecinueve, compuesta en una
época en que las agitadoras feministas volvían a surgir a lo largo de las
islas, como seguidoras de las adoradoras de Alta.
Por lo tanto, una vez más la reputación de Magon
como académico y hombre de letras ha demostrado ser sumamente endeble.
EL RELATO:
Caminar por el prado resultó ser más difícil de lo
que Jenna o Pynt habían imaginado. Si lo atravesaban por el medio, dejaban un
rastro de lirios aplastados que hasta un niño sería capaz de seguir, y la
primera regla de Catrona en los bosques había sido: Nada de rastros, nada de
problemas. Además, el suelo estaba húmedo y al caminar producía unos sonidos
que hacían reír a Pynt. Por lo tanto, decidieron retroceder y bordear la hilera
de árboles que rodeaba a la extensión de césped.
Para cuando el sol estuvo directamente sobre sus
cabezas, sólo habían recorrido una tercera parte del camino y el prado cubierto
de flores aún se extendía interminable frente a ellas.
—Jamás he visto un océano —masculló Pynt mientras
marchaban—, pero no puede ser más grande que esto.
—¿Por qué crees que se lo conoce como el Mar de
Campanas?
—preguntó Jenna.
—Pensé que era sólo un nombre como «El Viejo
Ahorcado». Se necesita bastante imaginación para ver el rostro de un hombre en
esa roca —dijo Pynt.
—¿Cómo lo sabes? Jamás has visto a un hombre.
—Sí lo he visto.
—¿Cuándo?
—Cuando ayudamos en la inundación. Son muy peludos.
—Y torpes —agregó Jenna caminando con un contoneo
exagerado.
Pynt emitió una risita.
Hacia el anochecer alcanzaron a ver una mancha
oscura sobre el horizonte y a Jenna le pareció que podían ser árboles.
—Es el final, supongo.
—Eso espero.
—Podemos acampar aquí esta noche y llegar al final
del Mar de Campanas hacia mañana al mediodía.
Pynt suspiró.
—Espero no volver a ver jamás un lirio blanco.
Jenna asintió con la cabeza.
—El blanco es un color muy aburrido.
—Gracias —dijo Jenna sacudiendo la punta de su
trenza contra el rostro de Pynt.
Pynt le tiró de la trenza.
—Aburrido, aburrido, aburrido —bromeó.
Jenna retrocedió hasta que la trenza quedó estirada
entre ambas, y de pronto se inclinó abalanzándose de cabeza contra el estómago
de Pynt.
Ésta cayó sentada en el suelo, pero como no soltó
la trenza, Jenna cayó con ella. Ambas se echaron a reír.
—Ahora... sé... —jadeó Jenna— por qué lo primero
que hacen las guerreras después de la Elección final es cortarse el cabello.
—Podrías metértelo bajo la camisa.
—¡Y entonces asomaría bajo mi túnica como una cola!
Ambas comenzaron a reír otra vez.
Pynt trató de adoptar una expresión seria y falló.
—Podrías ser conocida como la Bestia Blanca de la
Congregación Selden.
Jenna se quitó el morral y desenganchó su espada.
Entonces se levantó y dobló las rodillas, balanceando sus brazos de tal modo
que los nudillos rozaban el suelo.
—Soy la Bestia. Debes temerme —gruñó.
Pynt emitió un grito agudo, como el chillido de un
ratón del bosque.
—Oh, no me hagas daño, Bestia Blanca —exclamó
fingiendo temor. Después de dejar caer el morral y la espada, comenzó a correr
en círculos—. ¡Oh, socorro! ¡Socorro! ¡La Bestia está aquí!
Jenna la persiguió en círculos cada vez más
pequeños hasta que finalmente cayeron juntas al suelo, riendo. Entonces se
levantó ayudando a Pynt a ponerse de pie y le dio un fuerte abrazo.
—Me alegro de que me hayas encontrado. De verdad.
Esa noche acamparon en el suelo porque no había
rastros de pumas, de osos ni de nada más grande que un conejo. Contrariamente a
su costumbre, Pynt habló de sus temores mientras el pequeño fuego crepitaba y
el humo se elevaba como la hebra de una madeja gris.
—Algunas veces temo no ser valiente en una
verdadera pelea, Jenna. O reír en el momento equivocado. O...
—Algunas veces temo que nunca cerrarás la boca y te
dormirás
—murmuró Jenna.
—Algunas veces temo... —continuó Pynt ignorando su
comentario. Pero al descubrir que Jenna se había quedado dormida, suspiró, se
volvió de espaldas al fuego y se durmió ella también.
Se levantaron en una mañana tan neblinosa que no
podían ver el prado, a pesar de que se habían dormido a pocos metros de él bajo
los árboles. La niebla parecía introducirse en ellas también. Pronto se
encontraron susurrando y caminando de puntillas, tan prudentes como pequeños
animales entre la maleza.
—Nada de quebrar ramitas hoy —dijo Jenna con voz
apenas audible.
—No —respondió Pynt.
Reunieron sus pertrechos y apagaron el fuego,
mezclando los restos de éste con el polvo para que no quedasen señales de su
paso por allí. Jenna volvió a trenzarse el cabello y Pynt se pasó las manos por
sus rizos negros.
Entonces se colocaron frente a frente en cuclillas
y susurraron sus planes.
—Tendremos que avanzar muy lentamente hasta que
aclare la niebla
—dijo Jenna.
—Si es que aclara —respondió Pynt.
—Aclarará —le aseguró Jenna. Y entonces agregó—:
Tiene que hacerlo.
—¿Recuerdas la historia que nos contó Pequeña
Domina? —preguntó Pynt—. Debemos haber tenido ocho o nueve años. Habíamos
acampado fuera y ella nos asustó tanto que enfermaste y vomitaste toda la cena.
—Y tú mojaste tu manta y lloraste toda la noche.
—No es cierto.
—Sí lo es. Sólo que yo no me enfermé y jamás
vomité.
—Lo hiciste.
Jenna guardó silencio durante un momento.
—La historia era sobre un Demonio de la Niebla. Con
un hocico monstruoso y grandes cuernos.
—Asfixiaba a los mensajeros introduciendo ríos de
niebla por sus gargantas —agregó Pynt.
—Sólo era un cuento —intervino Jenna rápidamente—.
Fuimos unas tontas al asustarnos tanto. Eramos muy
pequeñas.
—Entonces, si es sólo un cuento, ¿por qué
continuamos sentadas aquí?
—Podríamos caminar —dijo Jenna—. Pero no correr.
—Sssssí —susurró Pynt.
—Es sólo un cuento —le aseguró Jenna.
—Y de todos modos muy pronto se levantará la niebla
—dijo Pynt—. Siempre ocurre así.
De pronto hubo un crujido en los bosques, como si
varias ramitas se hubiesen quebrado a la vez.
—¿Qué ha sido eso —preguntó Pynt.
—¿Un conejo? —la voz de Jenna sonó vacilante.
—¿Un Demonio de la Niebla?
Hubo un movimiento a sus espaldas. Ninguna de las
dos se atrevió a volverse. Una ardilla roja corrió hasta los pies de Jenna, se
alzó sobre sus patas traseras y se enfrentó a ella con su parloteo. Entonces se
escabulló corriendo en zigzag hacia el bosque.
—Una ardilla —dijo Jenna con alivio, y se puso de
pie—. Nos estamos dejando ganar por el miedo de este modo. Allí no hay nada más
que el bosque...
—Y ese prado tan tedioso —agregó Pynt mientras se
ponía de pie y se enganchaba la espada—. Ahora, si tan sólo supiéramos en qué
dirección queda ese prado tan tedioso...
—Por allí —dijo Jenna señalando.
—No, por allí —replicó Pynt indicando la dirección
opuesta.
Todavía discutían cuando una brisa ligera levantó
un poco la niebla, como una mano alzando un cobertor, y pudieron ver el borde
del prado con el sol pálido, de un blanco fantasmal, posado sobre el horizonte.
—Por allí —dijeron ambas señalando en una tercera
dirección, hacia el oeste y un poco al norte.
Pero la niebla no desapareció sino que, por el
contrario, se tornó más densa alrededor de ellas. Como resultado, ambas se
sintieron invadidas por un miedo frío y constante. Permanecieron junto al
límite del bosque y cada vez que se detenían, aunque sólo fuese por un
momento, apoyaban sus espadas en el suelo señalando la dirección en que debían
continuar.
Los pájaros estaban en silencio o habían escapado a
la niebla hacía mucho. Los animales pequeños se hallaban ocultos en sus
madrigueras.
Un mundo silencioso e inmóvil las rodeaba y nada de
lo que hiciesen parecía provocar alguna diferencia. Los únicos sonidos eran los
de sus pies al mover las hojas y el de su propia respiración. Caminaban hombro
con hombro sin perder contacto y sin dejar de hablar, los únicos lazos tenues
en la niebla.
—No me gusta —decía Pynt de vez en cuando.
Después de la décima vez, Jenna ignoró sus quejas
para continuar hablando sobre la vida en la Congregación y su ira contra Madre
Alta. La respuesta antifonal de Pynt la interrumpía a intervalos regulares.
A la hora del almuerzo aún no habían alcanzado su
meta, o al menos supusieron que era el momento de almorzar porque a ambas les
hizo ruido el estómago al mismo tiempo. Fue un sonido fuerte y remoto en la
bruma.
—En mi morral no queda nada que comer —dijo Jenna—.
Y sólo hay un poco de leche en mi redoma. Está bastante agria.
—Yo ni siquiera tengo eso —se quejó Pynt—. Pensé
que hoy conseguiríamos algunos helechos y setas, y tal vez una ardilla para la
cena.
—No encontraremos nada en esta niebla —dijo Jenna—.
Así que tendremos que continuar con hambre.
—En un día más comeremos queso. ¡De tu leche agria!
—Pynt trató de reír de su propia broma, pero la niebla apagó el sonido hasta
convertirlo en una burla hueca.
En lugar de detenerse continuaron la marcha,
hablando cada vez con menos frecuencia. Era como si en verdad el Demonio de la
Niebla hubiese tapado sus bocas con ríos de bruma.
En cierta ocasión, Pynt tropezó con la raíz de un
árbol y cayó pesadamente al suelo. Al alzarse el pantalón, notó que una gran
mancha morada ya se estaba formando en su rodilla. Momentos después, Jenna
chocó contra una rama baja y durante unos segundos quedó cegada por el dolor.
—Eres demasiado alta —susurró Pynt—. Esa rama pasó
a kilómetros de mi cabeza.
—Tú eres demasiado pequeña, y las cosas que están
en el suelo suben a tu encuentro —respondió Jenna.
Eran las primeras palabras que ambas pronunciaban
en casi una hora.
Y todavía continuaron caminando.
La niebla comenzó a tornarse más oscura, como si el
sol se estuviese ocultando. Sus camisas estaban empapadas y Pynt tenía los
rizos pegados en mechones húmedos contra la espalda. Un fuerte olor a humedad
subía de sus chalecos y sus polainas.
—¿Ya es de noche? —susurró Pynt—. ¿Cuánto hace que
estamos caminando?
—No tengo ni idea —respondió Jenna—. Y no...
¡espera! —Cogió a Pynt por el brazo, acercándola—. ¿Has oído eso?
Pynt se esforzó en medio de la bruma.
—¿Oír qué?
Jenna guardó silencio un momento más, girando la
cabeza hacia un lado y hacia el otro como tratando de atrapar un sonido.
—¡Eso! —exclamó al oírlo.
—¿Un puma?
—Demasiado ruidoso.
—¿Un oso?
—No hace el ruido suficiente.
—¿Se supone que eso debe ser un consuelo?
—Se supone que eso es la verdad. Shhh. —El sonido
se había alejado de ellas y Jenna giró tratando de localizarlo otra vez.
—Se ha marchado —dijo—. Fuera lo que fuese, ya no
está.
—Yo conté dos fuera lo que fuese —dijo Pynt—. No
uno.
—¿Se supone que eso debe ser un consuelo? —preguntó
Jenna.
—Se supone que eso es la verdad —respondió Pynt
mientras volvían a ponerse en marcha.
Cuando el sonido volvió, parecía hallarse frente a
ellas. ¿O habrían cambiado de dirección? Ninguna de las dos estaba segura.
—Allí está —susurró Jenna.
—Allí están —dijo Pynt casi al mismo tiempo.
El sonido estaba más cerca. Era como si alguien se
estuviese abriendo paso entre ramas, maleza y zarzas, jadeando
frenéticamente. Más lejos, algo que sonaba como un enorme animal galopando a
través de los bosques fue acompañado por un grito atronador.
De forma instintiva, Jenna y Pynt se quitaron los
morrales y se colocaron espalda contra espalda, con la espada en una mano y el
cuchillo en la otra.
—Oh, Jenna, tengo un miedo terrible —susurró Pynt.
—Serías estúpida si no lo tuvieras —respondió
Jenna.
—¿Tienes miedo?
—No soy estúpida —dijo Jenna.
Algo más grande que un puma y más pequeño que un
oso salió de entre la niebla y cayó a sus pies, jadeando con sollozos
entrecortados.
Jenna se inclinó con el cuchillo en la mano
derecha. El corazón le golpeaba con tanta fuerza en el pecho que estaba segura
de que Pynt podía oírlo. Sus ojos se posaron sobre el rostro embarrado de un
muchacho que no debía de tener más de quince o dieciséis años.
—¿Quién...? —comenzó, pero no pudo terminar la
frase. Unos ojos grandes, brillantes, asustados e increíblemente azules la
miraban.
—Merci... —gritó el muchacho—. Hermanas de Alta,
ich críe merci. Ich am thi mon. —Su voz sonaba desgarrada.
—¿Qué está diciendo? —susurró Pynt a espaldas de
Jenna.
Por un momento, Jenna no pudo hablar; entonces se
volvió hacia ella.
—Es un muchacho. Un poco mayor que nosotras. Y
habla en la lengua antigua, aunque no se me ocurre por qué.
El joven se sentó y su miedo se transformó en
curiosidad.
—¿No es así como habláis vosotras? Eso es lo que me
enseñaron. Eso y que si alguna vez necesitaba vuestra ayuda, debía decir Merci,
ich crie merci, ich am thi mon para que vuestros votos os forzasen a ayudarme.
—Aún no hemos tomado nuestros votos —dijo Pynt—.
Sólo tenemos trece años.
—¿Sólo trece? Pero ella... —Señaló a Jenna—. Ella
parecía mayor. —El joven se alzó de hombros—. Me he equivocado. Debe haber sido
el cabello blanco.
Pynt escupió a un lado.
—Tú no sabes nada, muchacho.
—Sé muchas cosas —replicó él—. Y sabré mucho más
cuando... —Vaciló un instante y dejó la frase sin terminar.
—Nadie habla en la lengua antigua con excepción de
la sacerdotisa —dijo Jenna—. Y en las oraciones. O cuando lee del Libro.
—¿El Libro de Luz? —En su excitación parecía haber
olvidado el miedo— ¿Lo habéis visto? ¿Lo
habéis tocado? ¿Lo habéis leído? ¿O...? —Pareció buscar las palabras apropiadas
y finalmente se encogió de hombros—. ¿O no sabéis leer?
—Por supuesto que sabemos leer —dijo Jenna con
irritación—. ¿Nos tomas por salvajes?
El muchacho volvió a encogerse de hombros, esta vez
como disculpa, y se levantó. En ese momento se oyó un sonido atronador y una
enorme criatura con dos cabezas y cuernos irrumpió de entre la niebla gritando
maldiciones indescifrables.
—¡Oh-oh! —murmuró el muchacho y se alejó de ellas
volviendo a desaparecer entre la niebla.
Pero Pynt y Jenna se mantuvieron firmes.
—¡De espaldas a mí! —gritó Jenna, y Pynt obedeció
de inmediato.
Ante el grito de Jenna, la criatura se alzó sobre
sus patas traseras, elevándose por encima de ellas como un monstruo negro en
medio de la bruma blanca. Entonces se abalanzó sobre las dos provisto de un
arma larga y aguzada.
—¡Agáchate! —gritó Pynt mientras se arrastraba bajo
el vientre de olor selvático del animal y aparecía por el otro lado. Entonces
embistió con su espada a la cabeza cornuda de la criatura y en el impulso chocó
contra su cuerpo enorme y sudoroso. Por un instante quedó sin aliento y cayó de
espaldas sobre su morral, esparciendo su contenido. Con un salto desesperado
logró escapar a las patas mortales de la bestia y cuando volvió a estar en pie,
su espada había desaparecido. Si se hallaba clavada en el cuello de la criatura
o tirada en alguna parte en el suelo, ella no lo sabía.
El gran animal yacía tendido sobre un costado, y
todo lo que Pynt podía ver en medio de la niebla eran sus esfuerzos por
levantarse otra vez.
Entonces oyó un sonido metálico y rodeó a la bestia
rápidamente hacia el lugar de donde provenía.
Jenna y otra criatura con cuernos se hallaban en
plena batalla. El sonido que había escuchado era el de las espadas al chocar.
Por un momento no comprendió lo que ocurría y entonces, en una repentina
iluminación, descubrió que la criatura con cuernos había sido el jinete. Lo que
había caído era su corcel, el cual incluso ahora luchaba para levantarse.
Pero Jenna parecía estar perdiendo la pelea, ya que
el demonio era más grande y fuerte que ella. Olvidando sus propios miedos, Pynt
se acercó a él en silencio, se inclinó y se lanzó contra sus rodillas. La parte
trasera de sus piernas era blanda pero el frente era duro e inflexible, como si
la criatura llevase una armadura de cuero. Pynt volvió a empujar sus rodillas,
haciéndole caer de espaldas sobre ella. En el último minuto logró liberar su
brazo y le clavó el cuchillo en el muslo.
Jenna saltó sobre ambos y hundió la espada en el
cuello de la criatura.
El demonio se estremeció, emitió un pequeño gemido
y luego no se movió más.
—¿Qué... qué clase de criatura es? —preguntó Pynt
cuando Jenna hubo quitado el pesado cuerpo de encima de ella. Le dolían los
brazos, y sus piernas parecían pesar toneladas. Había un dolor agudo en su
costado—.
¿Es un Demonio de la Niebla?
Jenna respiraba con agitación. Su espada aún estaba
clavada en el cuello de la criatura. Arrodillándose junto al cuerpo, se ocultó
el rostro entre las manos y lloró.
Pynt se acercó a ella y le rodeó las piernas con
sus brazos.
—¿Por qué lloras? —preguntó—. ¿Por qué ahora,
cuando todo ha terminado?
—Esto no ha sido como cazar un conejo o una ardilla
—susurró Jenna—.
No creo que me atreva a mirarlo.
Pynt asintió con la cabeza, se levantó y fue hasta
el cuerpo de la criatura.
Pensó en darle la vuelta para ocultar el horrible
hocico oscuro y los ojos prominentes. Pero cuando tiró de la espada de Jenna,
el borde de la hoja levantó la carne oscura, separando el mentón. Sólo entonces
Pynt comprendió que se trataba de una máscara. Lentamente la echó hacia atrás,
descubriendo el rostro que se hallaba debajo. Era un rostro ordinario con la
barba roja y gris, los dientes rotos y amarillos, la mejilla derecha surcada de
antiguas cicatrices. Pynt terminó de quitar la máscara, y los cuernos, que
formaban parte de un casco, cayeron en sus manos.
—¡Jenna, mira!
—No puedo.
—No es un demonio. Es un hombre.
—Ya lo sé —susurró Jenna—. ¿Por qué crees que no
puedo mirarle? Sería sencillo ver el rostro de un demonio muerto.
—Se llama Barnoo —dijo una voz a sus espaldas. Era
el muchacho, quien había regresado en silencio—. Era conocido como el Sabueso.
Ya no volverá a cazar. —Se inclinó junto al hombre muerto pero no lo tocó—. Qué
extraño... incluso muerto me atemoriza. —Con un estremecimiento, tocó la mano
de Barnoo—. Fría —dijo—. Tan fría, y tan pronto. Pensé que llevaría más tiempo.
Pero claro, el Sabueso siempre fue frío. De sangre fría, él, sus hermanos y el
amo a quien sirven. —Se puso de pie—. No me encuentro bien.
Jenna también se levantó y miró a Pynt con
expresión significativa.
Ambas escucharon cómo el joven vomitaba detrás de
ellas entre los arbustos.
Finalmente, los ruidos cesaron y el muchacho
regresó con el rostro algo demacrado pero tranquilo.
—Nunca pensé que sería el Sabueso quien muriera.
Supuse que sería yo —dijo—. Mi única esperanza era perderlo en la niebla,
aunque mis posibilidades no eran muchas. Era conocido en todo el territorio
como un gran rastreador.
—El Sabueso —dijo Pynt, asintiendo con la cabeza.
—¿Cómo sabías que había niebla? —preguntó Jenna.
—Todos saben que son muy frecuentes en el Mar de
Campanas. Por lo tanto, cuando descubrí que me perseguía, me dirigí
directamente hacia aquí.
—Nosotras no sabíamos nada sobre la niebla.
—Y no sabemos nada del Sabueso. Ni de ti —señaló
Jenna—. ¿Por qué te perseguía? ¿Eres un ladrón? No lo pareces. ¿O un asesino?
—Se ve aún menos como tal —dijo Pynt.
—Soy... —El joven vaciló—. Soy Carum. Soy... o al
menos era, antes de que tuviera que escapar para conservar la vida... un
estudioso. Vivo, soy una amenaza para lord Kalas, de los Dominios del Norte.
Lord Kalas... ¡que quiere ser el rey! —En la voz del muchacho había un
pesar y una amargura que trataba de ocultar—. He estado escapando durante toda
la primavera.
Pynt se dispuso a tocarle el brazo. En el último
momento, ambos retrocedieron.
—Será mejor que lo enterremos —dijo el joven—. De
otro modo, cuando se levante la niebla sus hermanos lo encontrarán y harán otra
marca negra en mi larga hoja de cuentas.
—¿Sus hermanos son igual de grandes? —preguntó
Pynt.
El muchacho asintió con la cabeza.
—Y de horribles.
—Y... y ellos están vivos —murmuró Jenna para sí
misma.
Comenzaron a cavar una tumba utilizando los
cuchillos con sumo cuidado, una tarea lenta y tediosa. Carum despojó al cadáver
de una daga que llevaba en el cinturón y otra que tenía en la bota. También
halló una pequeña hacha atada bajo su brazo y la utilizaron para cavar. Cuando
terminaron, hicieron rodar el cuerpo dentro del hoyo. Éste hubiese sido
demasiado pequeño de no haber sido porque Barnoo se había contraído durante los
estertores de la muerte, permaneciendo de ese modo. El Sabueso aterrizó boca abajo
en el hueco.
Jenna exhaló un suspiro de alivio y arrojó la
máscara tras él. Entonces comenzaron a lanzar puñados de tierra, conscientes de
los bufidos y patadas del corcel en alguna parte entre la niebla.
Cuando el último terrón de tierra estuvo apisonado,
Jenna susurró:
—¿Hay algo que deberíamos decir para despedirlo en
su partida?
—¿En su partida hacia dónde? —preguntó Carum.
—Donde sea que creas que irá después de la muerte.
—Yo sólo creo que existe Aquí —dijo Carum—. Que no
hay nada después.
—¿Es eso lo que creéis los hombres? —le preguntó
Pynt, atónita.
—Eso es lo que yo creo —dijo Carum—. Y todas mis
lecturas no me han hecho cambiar de idea. Pero puedo decir algunas palabras
sobre lo que creen el Sabueso y sus hermanos, si lo deseas.
—Hazlo —dijo Jenna—, ya que no puedo desearle un
sitio en la gruta de Alta o en su seno, donde espero ir yo al morir.
La boca de Carum se torció un poco, casi como si
tratara de no sonreír.
Entonces inspiró profundamente y bajó la vista
hacia el sepulcro.
—Que el Dios de las Buenas Batallas, Lord Gres, te
reciba a su lado en los grandes salones de ValHale. Que puedas beber de su vino
y comer sus alimentos para siempre, arrojando los huesos por encima del hombro
para los Perros de la Guerra.
—Qué oración tan horrible —dijo Pynt—. ¿Quién
querría ir a un sitio tan poco pacífico después de la muerte?
—Quién en verdad —dijo Carum alzándose de hombros—.
¿Ahora comprendéis por qué no creo en ello?
En ese momento el corcel emitió un extraño sonido y
marchó hacia ellos.
—¿Qué es eso? —susurró Pynt.
—¿Nunca habíais visto un caballo? —preguntó Carum.
—Por supuesto. —La respuesta de Pynt fue tan rápida
que el joven sonrió.
—Por supuesto —repitió con tono burlón.
—Bueno, una vez —dijo Pynt—. Y eran mucho más
pequeños. ¿Qué haríamos con una bestia tan grande en nuestros estrechos
senderos de montaña?
Jenna se apartó de la discusión y observó la bruma
impenetrable, recordando a los dos pequeños potrillos que habían ayudado a
salvar de la inundación mientras el cuerpo de la yegua flotaba en el agua.
—¿Se encuentra bien? El caballo. ¿Está herido? ¿Se
puede cabalgar?
La voz de Carum llegó hasta ella en medio de la
bruma.
—Si está sobre sus patas, se puede cabalgar con él.
Los caballos de Kalas siempre son fuertes y sólidos. Mi tío sabe mucho de
corceles. —Esta vez no pudo ocultar la amargura en su voz.
—¿Puedes atraparlo? —preguntó Jenna.
—Sólo hay que coger su cabestro y vendrá. Está bien
entrenado, sabes.
Todos los caballos de batalla de Kalas lo están.
—Bueno, tú coge el cabestro, sea lo que fuere.
Entonces podremos volver a ponernos en marcha —dijo Jenna tomando su espada y
su morral.
—¿En qué dirección?
Jenna giró varias veces, tratando de penetrar la
niebla con la mirada.
Pynt, de rodillas en el suelo, estaba demasiado
ocupada buscando el contenido de su morral para ofrecer una sugerencia. Cuando
encontró todo lo que pudo, lo metió dentro y volvió a mirar a su alrededor
buscando la espada. Luego fue a reunirse con los otros dos, quienes todavía
trataban de deducir la dirección correcta.
Muy juntos los tres, como una pequeña isla en medio
de un mar de niebla, continuaron discutiendo. Finalmente Carum se sentó con
fastidio. Sólo el caballo, con su hocico gris y húmedo y sus ojos oscuros e
insondables, parecía despreocupado.
—¿Os parece que acampemos aquí hasta mañana por la
mañana? —preguntó Jenna.
—¿Sin comida? —replicó Carum.
—¿Y prefieres seguir en medio de esta niebla con la
esperanza de hallar un puñado de setas? —preguntó Pynt.
—¿Entonces qué tal si encendemos un fuego?
—Iremos de la mano en busca de leña —dijo Jenna.
Sólo hallaron unas pocas matas secas y encendieron
un fuego pequeño, tan lejos de la tumba de Barnoo como les fue posible. El
caballo permaneció toda la noche en silencio junto al sepulcro.
Los tres se quedaron dormidos mucho antes de que el
fuego se apagara.
En su silenciosa vigilia, el corcel permaneció
despierto gran parte de la noche.
LA BALADA:
Lord Gorum
¿Dónde has estado hoy, Gorum, hijo
mío? El
toro, el oso, el puma y el
sabueso. ¿Dónde
has estado hoy, hermoso
hijo? Y
los hermanos me han hecho caer.
Lejos me he marchado sosteniendo mi
cayado, El
toro, el oso, el puma y el
sabueso. He
andado por las tierras de mi difunto
padre, Y
los hermanos me han hecho caer.
He buscado en las montañas, he buscado en el
mar, El
toro, el oso, el puma y el
sabueso. Buscando
a alguien que me buscase a su
vez, Y
los hermanos me han hecho caer.
¿Qué has cenado esta noche, Lord Gorum, hijo
mío? El
toro, el oso, el puma y el
sabueso. ¿Qué
has cenado esta noche, hermoso pequeño
mío? Y
los hermanos me han hecho caer.
No he tomado nada en la cena, ni tampoco al
despertar, El
toro, el oso, el puma y el sabueso.
Pero me he nutrido en la mirada de los ojos de mi
amor
verdadero, Y
los hermanos me han hecho caer.
¿Y qué le dejarás a ese amor verdadero, hijo mío?
El toro, el oso, el puma y el sabueso.
¿Y qué habrá de dejarte ella a ti, hermoso pequeño
mío?
Y los hermanos me han hecho caer.
Mi reino, mi corona, mi nombre y mi
tumba, El
toro, el oso, el puma y el
sabueso. Su
cabello, su corazón, su sitio en la
gruta, Y
los hermanos me han hecho caer.
EL RELATO:
Despertaron con el canto de un pájaro y el cielo
del color de una perla antigua. Pynt se echó a reír, pero Jenna observó a Carum
con timidez. El muchacho se había acurrucado a sus pies y se veía a la vez
joven y maduro en la mañana radiante. Tenía unas largas pestañas oscuras que
parecían proyectarle sombra sobre las mejillas, y la mano derecha, posada sobre
su nariz, mostraba unos dedos largos y relajados. Jenna se cuidó de no
molestarle al estirarse.
Pynt se acercó y lo miró.
—Pensaba... —comenzó, pero Jenna se llevó un dedo a
los labios.
Entonces continuó en un susurro—: Pensaba que todos
los hombres eran peludos y toscos.
—Eso es porque todavía es un muchacho —dijo Jenna
susurrando por encima del hombro mientras se alejaba. Pero su corazón le envió
un mensaje diferente mientras recorría el bosque buscando las setas silvestres
que a Pynt más le gustaban. Se alegró especialmente al hallar las favoritas de
Pynt, las carnosas que eran tan buenas crudas como cocidas.
Jenna se volvió cuando una ramita crujió a sus
espaldas.
—Mira —le dijo a Pynt—, aquí están las que te
gustan.
—Yo encontré unos helechos —dijo Pynt—. Si sólo
tuviéramos un poco de agua, podríamos cocinarlos.
Jenna sacudió la cabeza.
—Nada de fuego y nada de demoras. Sin la niebla
para ocultarlo, no podemos arriesgarnos a encender un fuego. Y si es cierto que
los hermanos del Sabueso lo están siguiendo, debemos abandonar este lugar y a
sus fantasmas lo antes posible.
Pynt asintió con la cabeza y ambas se inclinaron
para recoger las setas. Cuando tuvieron las manos y los bolsillos llenos, se
levantaron y regresaron al campamento.
Carum no estaba.
La tierra estaba removida, pero sólo un poco. Podía
significar una pelea.
—¿Qué piensas? —susurró Pynt—. ¿Los otros hermanos?
¿Lord Kalas? No me parece que hayan sido muchos.
—No debimos haberlo dejado solo —dijo Jenna con
furia y cerró los puños aplastando las setas. Ambas dejaron caer la comida
sobre el césped junto al fogón—. No puede haber llegado lejos. Supongo que
tendremos la experiencia suficiente en el bosque como para rastrear a un
estudioso. Y mira, no se han llevado el caballo. —Jenna se inclinó buscando sus
huellas, y halló un sitio donde parecía haberse introducido entre la maleza.
No habían ido demasiado lejos cuando oyeron un
ruido; ambas se arrojaron al suelo como si fuesen una sola y, avanzando
lentamente, vieron la cabeza de Carura con su cabello castaño claro enmarañado.
Con una mano se rascaba la cabeza y con la otra...
—¡Por los Cabellos de Alta! —exclamó Jenna con
disgusto.
Pynt se sentó y se echó a reír.
Carum giró la cabeza y, al verlas, sus mejillas se
tornaron de un rojo brillante.
—¿Nunca habéis visto a un hombre haciendo sus
necesidades?
—Entonces él también rió—. No, supongo que no.
—Volvió a girar la cabeza.
—Nosotras pensamos... —comenzó Pynt.
—No le expliques nada —dijo Jenna con dureza. Se
levantó, observó la espalda de Carum y entonces se volvió nuevamente hacia el
campamento
—Vamos, Marga —agregó.
Pynt se puso de pie rápidamente y la siguió.
Después del magro desayuno, bordearon el bosque
hasta el final del campo de lirios turnándose sobre el caballo. El ancho lomo
del animal hacía que les doliesen los músculos y la pesada montura de cuero les
lastimaba los muslos. Después de un par de intentos, tanto Jenna como Pynt
decidieron caminar. Pero Carum cabalgaba como si hubiese nacido sobre un
caballo, o como si la altura que éste le proporcionaba le diese valor en
compañía de las muchachas.
—Cuéntame sobre los Hermanos —dijo Jenna en un
momento en que Pynt cabalgaba el caballo mientras ella y Carum caminaban juntos
como camaradas. Carum conducía al animal por su cabestro—. Para que si me
encuentro con ellos no esté desprevenida. —Ya había perdonado el mal momento de
la mañana... siempre y cuando él no lo mencionara.
—En realidad son hermanos. Todos tienen la misma
madre, aunque se dice que cada uno ha tenido un progenitor diferente. No
resulta difícil creerlo al verlos juntos, ya que son distintos en todo excepto
en una cosa... su devoción por Lord Kalas. El Toro, el Oso, el Puma y el
Sabueso.
—Al Sabueso lo he conocido —dijo Jenna manteniendo
la voz en calma y apartando de su mente el recuerdo del hombre doblado en su
tumba—.
¿Qué hay de los demás?
—El Toro es fuerte como un buey e igual de
estúpido. Trata de hacer con sus brazos lo que no puede hacer con su cabeza.
Puede trabajar el día entero sin cansarse. Lo he visto hacer girar una rueda de
molino cuando el buey ha quedado agotado.
—¿Y el Oso?
—Un hombre peludo, tan grande como el Toro pero más
listo. Un poco más listo. Tiene el cabello hasta los hombros y tanto su pecho
como su espalda están completamente cubiertos de vello.
—Atractivo —dijo Jenna esbozando una sonrisa.
—Pero el Puma es el más peligroso. Es pequeño y
tiene los pies ligeros.
En cierta ocasión saltó sobre un abismo, de roca a
roca, seguido por una jauría de perros del rey. Los perros cayeron al vacío y
aullaron hasta llegar al fondo. Pude oírlos en sueños durante semanas. —Los
ojos de Carum se entrecerraron al sol y Jenna no pudo leer en ellos.
—Pero aunque en tamaño es la mitad que los demás,
es al que más temo.
—¿Más que a Lord Kalas? —preguntó Jenna.
Carum se encogió de hombros como para indicar que
eran igualmente temibles.
—Entonces háblame de él, de este temible Lord
Kalas, para que lo reconozca si llego a encontrarlo.
—No te gustaría encontrarlo —dijo Carum—. Es alto y
tan delgado que, según dicen, debe salir dos veces al sol para proyectar una
sombra. Su aliento huele a piji.
—¿Piji? —preguntó Jenna.
—Es una adicción de la cual no saben nada los
pobres —respondió Carum.
—Nosotras no somos pobres —dijo Jenna.
—No conocéis el piji —replicó Carum—. ¡Por lo tanto
sois pobres!
—Si ése es el argumento de un estudioso, ¡entonces
me alegro de haber leído un solo libro! —Jenna echó a reír y le dio una ligera
palmada en el brazo—. ¿Qué más sobre Kalas?
—Lord Kalas —le recordó Carum ignorando el
contacto, aunque sus mejillas parecieron tornarse más rosadas—. Si le privas de
su título, él querrá privarte de tu cabeza.
—Un hombre agradable —dijo Jenna—. ¿Qué más?
—Tiene el cabello rojo al igual que la barba.
—El Sabueso tenía la barba roja —murmuró Jenna—.
¿Es un color muy corriente en tu familia de villanos?
—No más que el blanco en la Congregación de Alta,
supongo —respondió Carum.
Jenna asintió con la cabeza.
—Tienes razón. Soy la única con cabello blanco. Y
siempre he detestado ser tan diferente. Ansiaba ser igual que las demás, y en
lugar de ello me han dicho que soy como un árbol que proyecta su sombra sobre
las plantas de abajo.
—Eres alta —dijo Carum—. Pero me gusta eso. Y tu
cabello es... maravilloso. Prométeme que nunca te lo cortarás.
—Me lo cortaré cuando haga mis votos —dijo Jenna—.
Una guerrera no puede arriesgarse a tener el cabello largo en una batalla.
Fue el turno de Carum para reflexionar y permaneció
en silencio durante un buen rato. Entonces habló en una voz extraña y distante.
—Había una tribu de guerreros... hombres, no
mujeres... que vivían en el este, al otro lado del mar, hace unos... —Pareció
estar calculando, se mordió el labio y sonrió—. Hace unos setecientos años.
Llevaban el cabello en una sola trenza larga. A los enemigos que derrotaban les
cortaban un mechón de cabello y se lo ataban a la trenza. Algunas veces, cuando
debían actuar en silencio, las utilizaban para estrangular a sus adversarios.
Eso fue lo que escribió el historiador Locutus. Él agregó: Y de ese modo, nunca
se encontraban desarmados. Se llamaban... —Volvió a vacilar—. No, he olvidado
su nombre. Pero ya lo recordaré.
—Llevas muchas cosas en tu cabeza, bien empacadas
para el viaje —dijo Jenna con una sonrisa.
—Eso, mi señora —respondió Carum extendiendo el
brazo en una elaborada reverencia—, es una buena definición para un estudioso:
un saco de información bien empacado para el camino.
Ambos echaron a reír y Pynt, desde arriba del
caballo, preguntó:
—¿Qué es tan gracioso?
—No es nada, Pynt —dijo Jenna. Cuando se volvió
nuevamente hacia Carum para sonreírle otra vez, se perdió ver la expresión que
cruzaba por el rostro de su compañera.
Pynt desmontó.
—Ya no quiero cabalgar.
—Entonces lo haré yo —dijo Carum subiendo con
agilidad a la montura.
—¿Cómo lo hace? —preguntó Jenna con la voz llena de
admiración.
—¿Por qué lo hace? —murmuró Pynt.
Llegaron al final del prado a la hora en la que el
sol se hallaba directamente sobre sus cabezas. Volviéndose para observar la
gran extensión del Mar de Campanas, Jenna suspiró.
—Antes de seguir adelante, debemos evaluar la
situación —dijo.
—Y encontrar algo para comer —le recordó Pynt.
—Y explicarle a mi estómago que no me han cortado
el cuello —dijo Carum.
Bajó del caballo y lo condujo hasta el borde del
prado para que pastase.
Cuando regresó, las dos muchachas se hallaban en
medio de una discusión y Pynt decía:
—Y yo creo que debemos dejarlo.
Carum esbozó una sonrisa y dijo alegremente:
—Vosotras no querréis dejarme porque conozco un
atajo para llegar a la Congregación Nill's.
—¿Cómo supiste que íbamos allí? —preguntó Pynt.
—No seas estúpida —replicó Jenna—. ¿Cuántas
Congregaciones más hay por este camino? —Se volvió hacia Carum sin dejar de
tirarse de la trenza
—Gracias, Carum, pero conocemos el camino. El mapa
se encuentra aquí.
—Señaló su cabeza—. Y además, no podrás entrar en
la Congregación.
Allí no se permiten hombres.
—Ya lo sé —dijo Carum—, pero yo voy más allá por el
mismo camino, a un sitio donde sólo se permiten hombres. Es un lugar de
refugio donde ni siquiera los Hermanos ni Kalas...
—Lord Kalas —lo interrumpió Jenna tocándose el
cuello—. ¡Recuerda tu cabeza!
Él sonrió.
—Lord Kalas no se atrevería a violar los muros.
Estaré seguro allí. Así que podré guiaros y...
—¡Y nosotras podremos protegerte si hay problemas!
—dijo Pynt.
—Tres es mejor que uno cuando se trata de problemas
—observó Carum con suavidad—. Al menos así es como decimos nosotros.
—Nosotras decimos lo mismo —comentó Jenna—. ¿No os
parece extraño?
—¿Entonces puedo ir con vosotras? —El rostro de
Carum delataba su ansiedad.
—Después de que comamos —dijo Jenna—. Pero no dejes
ese caballo tan a la vista. El hecho de que no hayamos visto rastros de los
Hermanos no significa que no nos estén siguiendo.
Carum asintió con la cabeza.
—Podríamos separarnos para buscar algo que comer.
Carum fue en busca del caballo y para cuando
regresó y lo tuvo atado a un roble, las dos muchachas habían desaparecido en el
bosque. Miró a su alrededor, halló una senda abierta por los venados y la
siguió lo más silenciosamente que pudo.
En menos de una hora volvieron a encontrarse junto
al caballo y dejaron caer las dádivas del bosque sobre un pañuelo que Jenna
había extendido.
Pynt había recogido varias docenas de setas, no las
grandes y carnosas que tanto le gustaban, sino una variedad más oscura que
tenía sabor a nuez.
Jenna había descubierto el escondite donde una
ardilla guardaba sus nueces y una pequeña cañada con helechos, pero no había
recogido dichas plantas ya que el fuego necesario para hervirlos hubiese
delatado su posición de inmediato. Carum había llenado sus bolsillos con bayas.
—¡Bayas! —rió Pynt.
—En primavera —le explicó Pynt—, las bayas
comestibles aún no están maduras. Las que has traído —agregó revisando los
frutos—, son todas venenosas. Aunque algunas, como esta pequeña baya negra,
puede remojarse en agua caliente durante varios días para obtener un fuerte
purgante. Y ésta —dijo tocando una baya más grande, roja y brillante—, puede
ser machacada en un ungüento grasoso para las quemaduras.
¡Bayas! —Pynt volvió a reír.
Carum bajó la vista al suelo.
—Oh, cállate, Pynt —dijo Jenna—. Carum sabe mucho
más que cualquiera de nosotras, aunque no sepa nada sobre lo que hay en los
bosques.
—¿Y qué es lo que sabe? —preguntó Pynt.
—Sabe sobre guerreros que utilizan sus trenzas para
estrangular a los adversarios, y eso es precisamente lo que haré contigo si no
te callas. —Jenna sostuvo su trenza blanca formando un lazo, y le dirigió a
Pynt una mirada traviesa.
—¡Los Alaisters! —dijo Carum triunfante, alzando la
vista con una sonrisa.
—¿Qué? —Pynt y Jenna se volvieron hacia él al mismo
tiempo.
—Ése es el nombre de la tribu. Los Alaisters. Sabía
que lo recordaría después de un rato.
Jenna se acuclilló y cogió dos setas. Metiéndoselas
en la boca, murmuró:
—Tú no te comas las bayas, estudioso.
Comieron rápida y silenciosamente, y cuando
hubieron terminado, limpiaron toda señal de su improvisado almuerzo. Carum fue
hasta el caballo y lo desató.
—Tráelo aquí —dijo Jenna.
Con una sonrisa, Carum condujo al tordo hasta ella.
—¿Quieres montarlo?
—Ninguno de nosotros lo montará —dijo Jenna—. Lo
enviaremos de vuelta al prado. Por allí. —Señaló hacia el sur.— Dejará un
rastro bien claro y alejará de nosotros a cualquiera que nos persiga.
Carum se volvió con nerviosismo.
—¿Nos han estado siguiendo?
Pynt echó a reír.
—De ser así, ahora no nos encontraríamos aquí en el
descampado. Confía en nosotras.
—Pero vendrán. Te seguirán a ti o al Sabueso. Tú lo
sabes bien. Toda la mañana he estado preocupada por el hecho de llevar el
caballo con nosotros, y vosotros también deberíais haber pensado en ello. Pero
con la ayuda de Alta, podremos utilizar al animal para confundir el rastro.
—Jenna se arrojó la trenza derecha por encima del
hombro para enfatizar sus palabras.
—No tenías aspecto de preocupada —la regañó Pynt.
—¿Por qué no dijiste nada? —El rostro de Carum se
oscureció—. A mí ni siquiera se me ocurrió...
—Eso es porque los estudiosos se preocupan por el
pasado, Carum, mientras que las guerreras deben preocuparse por el futuro. Es
posible que no tengamos ningún futuro si conservamos el caballo —dijo Jenna con
tono bajo y razonable—. Así que dime, jinete, ¿cómo podemos lograr que el
animal marche en aquella dirección?
Carum rió.
—Confía en mí —dijo. Dejando caer las riendas, fue
hasta un arbusto florecido, cortó una rama y la peló para utilizarla como
fusta. Entonces regresó junto al caballo, lo palmeó en el hocico y susurró en
su oído. Haciéndolo girar para que su cabeza apuntase hacia el sur, lo golpeó
dos veces en el costado con su fusta y gritó—: ¡Vete a casa!
El caballo dio un respingo, coceó con sus patas
traseras errando los muslos de Carum por escasos centímetros y se lanzó al
galope por el prado. El rastro que dejó era lo suficientemente claro para
alertar al más distraído de los perseguidores. El animal no se detuvo hasta
estar a varios cientos de metros, y allí bajó su gran hocico para ponerse a
pastar.
—¿Qué susurraste en su oído? —preguntó Jenna.
—Que me perdonara los azotes —respondió Carum.
—A juzgar por el sitio adonde apuntaban sus coces
—observó Pynt—, no creo que te haya perdonado. De haber acertado, dudo que
hubiese nuevos estudiosos en tu descendencia.
Jenna ahogó una risita y Carum frunció el ceño.
—Pensé que no sabíais nada de hombres —dijo.
—Sabemos que no provenimos de las flores, de las
coles o de los picos de los pájaros —dijo Jenna—. Nuestras mujeres dan a luz,
así que sabemos de dónde provienen los bebés. Y cómo se hacen. Elegimos... —Se
detuvo al ver que las orejas de Carum comenzaban a tornarse rojas por la
vergüenza, pero a Pynt no le preocupaban sus sentimientos.
—Elegimos utilizar a los hombres, pero no vivir con
ellos. Servirles como guardianas por una paga si es necesario, pero no
permanecer a su servicio de otra manera. —A pesar de que lo decía con
convicción, sonaba más como una letanía y Carum comenzó a protestar.
—Tu boca dice eso, pero... —comenzó.
Jenna le colocó una mano en el brazo para detener
la discusión.
—El caballo no se ha movido —le dijo.
Carum avanzó un poco por el prado y gritó:
—¡Vete a casa, hijo de mala madre!
El caballo alzó la cabeza y con un bocado de hierba
pendiendo de su boca, se alejó con rumbo al sur. Muy pronto sólo era un punto
que se movía en el horizonte.
—¡Maravilloso! —dijo Pynt con sarcasmo—. Tu grito
debe de haber alertado a cualquiera a varios kilómetros.
Carum la ignoró de forma intencionada y se volvió
hacia Jenna.
—No había otra forma.
Jenna asintió con la cabeza y se volvió hacia Pynt.
—¿Qué ocurre con vosotros dos? Primero tú gritas y
luego lo hace él.
Hablas con fuego y él te responde con hielo. No
podemos continuar de este modo.
—Entonces envíalo por su camino —dijo Pynt y se
alejó unos pasos de allí.
Carum inspiró profundamente y luego habló en voz
baja para que sólo Jenna pudiera oírlo.
—No te preocupes. Pronto llegaremos a la
Congregación y partiré. Y no te preocupes por el caballo. —Al final alzó la voz
y Pynt se volvió hacia ellos—. Los caballos de Kalas están bien entrenados y
tarde o temprano encontrará el camino a casa.
—Y eso queda... —La curiosidad de Pynt superó a su
ira y su resentimiento.
—Hacia el norte —dijo Jenna—. Los Dominios del
Norte, según has dicho. ¡Por los Cabellos de Alta! El caballo irá en la misma
dirección que nosotras.
—No, Jenna —la interrumpió Carum poniéndole una
mano sobre el hombro—. Allí vivía Lord Kalas. Ahora se ha apoderado del palacio
del rey, en el sur, y lo reclama como suyo. Las bodegas de mi tan amado... rey
se han convertido en un calabozo. Y en el último año Kalas se ha instalado en
el trono aguardando una coronación que, si los dioses lo permiten, jamás
llegará.
—Pensé que no creías en dioses —dijo Pynt.
—Creeré en ellos si no hay una coronación aprobada
por los sacerdotes. Pero al final, ni siquiera eso importaría. Un hombre que se
sienta en el trono el tiempo suficiente, es llamado Su Majestad aunque lleve
puesto un yelmo. La memoria de la gente es efímera cuando también lo son la
clemencia y la justicia. Temo que Kalas será el rey antes de que pase mucho
tiempo.
Las muchachas lo miraron mientras hablaba, ya que
sus palabras parecían tender un manto de majestad sobre él, aunque era una
majestad desconsolada. Cuando el viento movía sus cabellos parecía más alto...
y al mismo tiempo encorvado.
—Oh, Carum —dijo Jenna, y había una verdadera
tristeza en su voz.
Carum pareció sacudirse de encima la oratoria y se
encogió de hombros.
—No os preocupéis por mí. Nosotros los estudiosos
algunas veces inventamos una metáfora apropiada y otras, simplemente hablamos
porque nos gusta escuchar el sonido de las palabras.
Pynt no dijo nada durante un buen rato, pero
finalmente alzó la vista hacia el cielo encapotado.
—¿Dónde está ese atajo que nos habías prometido?
Donde finalizaba el prado, el suelo estaba cenagoso
y parecía adherirse a sus pies. Jenna los condujo de vuelta hacia el bosque
para no dejar las huellas de sus pisadas y se dirigieron hacia el límite norte,
donde el bosque de grandes robles y hayas daba lugar a una nueva vegetación.
Allí había un verdadero sendero bordeado de matas y flores que indicaba una
civilización cercana: los espinosos frambuesos, las linarias amarillas y los
pequeños pensamientos azules meciéndose con la brisa.
Encontraron un manantial de aguas claras y se
inclinaron para beber, uno por vez, con sorbos largos y ávidos. Entonces las
muchachas lavaron sus redomas de cuero con sumo cuidado antes de volver a
llenarlas con agua.
—Debemos permanecer fuera del camino pero lo
suficientemente cerca de él para no perdernos —dijo Jenna.
—¿Por qué no dejar que Carum camine por el bosque,
manteniéndolo a la vista? Nadie nos busca a nosotras —objetó Pynt.
—Porque nos hemos hecho cargo de su custodia
—respondió Jenna—. Él nos clamó mera, y aunque eso es algo que tú y yo aún no
hemos prometido, será uno de los siete votos que tomaremos en poco menos de un
año.
Pynt asintió con la cabeza pero murmuró:
—¿No podríamos cuidarlo igual desde el camino?
Jenna sacudió la cabeza.
—Está bien —dijo Pynt, finalmente—. A los bosques
entonces. —Se volvió abruptamente y entró la primera en el bosque sin quebrar
una sola ramita.
Carum la siguió y Jenna, después de observar el
camino en ambas direcciones, fue la última.
Caminaron lo más silenciosamente posible. Todos sus
comentarios se realizaban mediante la clase de señales manuales utilizadas por
las guardianas de la Congregación, lo cual dejaba a Carum fuera de la
conversación. Lo que las silenciaba era el camino a menos de cincuenta metros
de distancia, pero a Carum no parecía importarle demasiado. Él caminaba casi
sin preocuparse por lo que lo rodeaba, absorto en sus propios pensamientos.
En fila india, con Pynt delante y Jenna en la
retaguardia, avanzaron al ritmo que les permitía la densidad de la maleza. En
dos ocasiones Carum dejó que una rama saltase al rostro de Jenna pero, al
volverse para presentarle sus disculpas, ella sólo agitó una mano restándole
importancia. Una vez Pynt pisó en una pequeña depresión y se torció el tobillo,
aunque no seriamente. Pero los accidentes, por más pequeños que fuesen, servían
como advertencia. En silencio, observaban el suelo al igual que las ramas, y cada
tanto se volvían hacia la derecha para observar el camino.
Las zarzas se enredaban en las ropas y cabellos,
deslizándose sin problemas de las gruesas pieles que llevaban Jenna y Pynt. Sin
embargo, Carum usaba una prenda tejida y de vez en cuando debían detenerse para
ayudarle a soltarse de las espinas.
Finalmente fue el silencio lo que les salvó. Eso y
el hecho de que una vez más se habían detenido para desenganchar a Carum de una
mata de frambuesas. El sonido de los cascos galopando fue como un trueno bajo
sus pies. De forma instintiva se agacharon muy juntos mientras los jinetes
pasaban rumbo al norte dejando una gran polvareda.
En cuanto se hubieron alejado, Pynt susurró:
—¿Has podido verlos?
Jenna asintió con la cabeza.
—Eran al menos una docena —dijo con voz apenas
audible—. Tal vez dos.
—Eran veintiuno —dijo Carum.
Las dos muchachas lo miraron.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Los conté. Además, una compañía a caballo siempre
tiene veintiún jinetes, con el capitán a la cabeza.
—Y supongo —dijo Pynt con voz cargada de sarcasmo—
que también habrás alcanzado a ver quién estaba a cargo.
Carum asintió con la cabeza.
—El Toro.
—No puedo creerlo —dijo Pynt alzando la voz. Jenna
le colocó una mano en el brazo y entonces susurró—: Pasaron demasiado rápido y
nosotros estábamos de rodillas.
—Tú estabas de rodillas —señaló Carum—. Yo no pude
hacerlo porque me retuvieron las espinas.
—Tiene razón —admitió Jenna.
—Además —continuó Carum—, sólo los Hermanos
cabalgan esos grandes tordos. Y el Toro es tan grande que se destaca sobre los
demás. Y su yelmo lo identifica.
—Su yelmo —susurró Jenna.
En su rostro se dibujó el recuerdo de otro yelmo y
de su sonido al caer sobre la espalda del hombre muerto. Guardó silencio un
momento más de lo necesario y susurró con furia:
—Debemos internarnos aún más en el bosque. Si
nosotros podemos verlos a ellos, entonces...
No tuvo que terminar el pensamiento. Tanto Carum
como Pynt asintieron con la cabeza, unidos al fin ante el peligro. Pynt arrancó
la camisa de Carum de las espinas sin preocuparse por la tela, y los condujo
hacia la espesura donde aún montaban guardia los grandes y viejos robles.
Carum les había prometido que el viaje hasta la
Congregación sólo les llevaría un día, y habían esperado llegar allí al caer la
noche. Pero el bosque, aunque fuese el borde de éste, aminoró considerablemente
su marcha. En dos ocasiones esa misma tarde una compañía de jinetes pasó por el
camino, una vez desde el norte y la otra desde el sur. La primera vez pasaron
en silencio pero la segunda lo hicieron gritando, aunque sus palabras se
perdieron en el polvo y el clamor de los cascos. Cada vez, los tres jóvenes se
internaron más profundamente entre los árboles.
—Intentaremos descansar ahora —dijo Jenna—. Y sólo
avanzaremos durante la noche. Aunque nos lleve uno o dos días más. Carum debe
llegar a salvo.
Pynt asintió con la cabeza y murmuró:
—Nosotras también estaremos más seguras.
Hallaron un árbol hueco y lo suficientemente grande
para que los tres, acomodando un poco brazos y piernas, pudieran dormir tan
cómodos como gatitos en un cubil. Pynt le recordó a Jenna una historia contada
en la Congregación Selden, respecto a una hermana que había vivido durante un
año en un árbol hueco, y Jenna sonrió al escucharla. Carum se durmió en la
mitad, roncando ligeramente.
LA HISTORIA:
Estamos más seguros de la composición de las
legiones Garunianas que de ninguna otra cosa del período, ya que el Libro de
las Batallas es bastante claro al respecto. El Libro de las Batallas (al
que de aquí en adelante nos referiremos como LB) es el único volumen que se ha
descubierto en el antiguo manuscrito. Fue traducido por Doyle, incluso antes de
su monumental trabajo sobre la lingüística Alta. Sin embargo conviene recordar,
tal como ella misma nos recuerda en sus Notas Introductorias, que están lejos de
haberse concluido los estudios sobre el LB. Hay muchas palabras que están aún
sin traducir, y los giros idiomáticos suelen ser confusos. Pero el LE nos
acerca mucho más a ese oscuro período de la historia de las islas, que
cualquier otro objeto descubierto.
El LB está dedicado a dos dioses: Lord Cres de la
oscuridad, y Lady Alta de la luz. Ésta es la primera referencia literaria de
Alta, colocándola en el panteón Garuniano de dioses, donde, tal como el
profesor Temple nos señala en su libro, «reinaba como una diosa menor del
nacimiento y la canción».
El LB comienza sus descripciones de las legiones
con la siguiente invocación. (La traducción, por supuesto, pertenece a Doyle.)
Ven, amante de la
luz, Ven,
mi fuerte brazo
derecho, Sígueme
por los senderos
oscuros. Sé
mi espada, mi escudo, mi
sombra. Sé
mi compañero de Manta.
Una oración curiosa, y la parte más curiosa de
todas es la frase «Compañero de Manta», la cual Doyle traduce directamente
aunque, según ella, no tenga idea de su uso idiomático. Sin embargo, sugiere
que la frase tiene más relación con los impulsos homosexuales de los soldados
que con verdaderas batallas, guerras o la composición de las legiones.
El LB describe tres tipos de fuerzas. Paramount era
una casta guerrera, una escolta hereditaria de caballeros que «comían delante
del rey». (Según Doyle, no queda claro si esto significa que los caballeros
comían ante el rey, o si parte de sus tareas era servir como catadores de
comida, de tal modo que comían antes que el rey.) Según el LE, los hijos de
estos caballeros podían decidir pertenecer a la escolta, pero el mayor debía
convertirse en un miembro o perder su vida. (Se utiliza la frase «ofrecer el cuello descubierto
a la espada del rey».) Ha existido un gran debate respecto a los orígenes y la
antigüedad de esta curiosa casta. En su tratado «Las Razones del Poder: Rango y
Privilegios de los Nobles en los Valles» (Naturaleza e historia, vol. 58), Baum
propone la simple ecuación: nobles—caballeros del rey. Como siempre buscando
una respuesta más intrincada, Cowan expone la provocativa idea de que los
caballeros del rey representan el poder de las armas en manos de los
conquistadores, quienes redujeron a la esclavitud a toda una población.
(Véase su pie de página N." 17 en el artículo
«Orbis Pictus», Art. 99.) Los caballeros del rey eran una guardia montada, los
únicos soldados a quienes se les permitía tener caballos, y cabalgaban en
tropas de veinte integrantes formados en parejas (¿tal vez el Compañero de
Manta?), con un solo hombre al mando. Éstos eran conocidos con nombres de
animales tales como el Sabueso, el Toro, el Zorro, el Oso. (El LB cita
veintisiete de estos nombres.) Los líderes de esta selecta guardia montada eran
conocidos, en conjunto, como los Hermanos y, en forma coloquial, se decía que
los integrantes de la guardia eran las Hermanas. (Según señala el doctor
Temple, esto puede haber generado el error de creer que había mujeres en las
legiones.)
La segunda clase de fuerza armada eran las tropas
provinciales que servían a un gobernador designado por el rey. Estas tropas
eran llamadas los caballeros de la reina, quizás en honor del sistema
matriarcal recientemente derrocado, aunque su lealtad no estaba dirigida a la
reina sino a los gobernadores provinciales. Se podría decir que éste era un
sistema peligroso, ya que fomentaba la insurrección.
Según el LB, y corroborado por la tradición
popular, varias veces en la historia de las islas, los gobernadores (o Lords)
se rebelaron en contra del rey, y la base de su poder era la lealtad de los
caballeros de la reina. (Véase «La Controversia Kallas», Diario de las Islas,
Historia IV, 17.)
La tercera clase de fuerza armada eran los Mercs, o
mercenarios, una tropa pequeña pero significativa. Temerosos de armar al pueblo
conquistado de las islas, los Garunianos prohibieron la conscripción masiva, y
en lugar de ello decidieron contratar gente del continente.
Estos soldados de fortuna solían ganar grandes
cantidades de dinero luchando para el rey. Luego se establecían y formaban
familias cuyos patronímicos los identificaban como hijos e hijas de
mercenarios. El LB cita varios nombres típicos de estos soldados: D'Uan,
H'Ulan, M'Urow. La letra inicial identificaba la compañía en la cual había
servido el mercenario.
EL RELATO:
Jenna fue la primera en despertar de un sueño
ligero. En uno o dos días más la luna estaría llena y ahora era como un faro en
el despejado cielo nocturno. El árbol hueco se encontraba al borde de un claro
y éste se hallaba bien iluminado. Algo pequeño y oscuro pasó junto al árbol y,
al ver el movimiento de Jenna, se alejó rápidamente.
El primer pensamiento de Jenna fue su estómago.
Desde hacía días no comían más que un puñado de nueces y hongos. Pero sería
imposible encender un fuego para comer algo caliente. Pasarían otro largo
período de hambre hasta llegar a la Congregación.
Jenna tocó el hombro de Pynt con suavidad y esto
fue suficiente para despertarla.
—Shhh, ven conmigo —susurró.
Pynt tuvo cuidado de no despertar a Carum, quitando
sus piernas de abajo de él, y siguió a Jenna hasta el claro.
—¿Nos vamos? —preguntó.
—¿Tú qué crees? —dijo Jenna.
—Que sólo inspeccionaremos un poco. —Pynt rió con
suavidad.
—Mientras él duerme un poco más, veamos si podemos
encontrar algo que comer.
—¿Me creerías si te digo que tengo el bolsillo
lleno de nueces?
—preguntó Pynt.
—No —dijo Jenna.
—Sólo quería verificarlo —Pynt rió con ganas.
—El hambre te está atontando —observó Jenna.
—Y a ti te vuelve amarga —dijo Pynt—. Me parece
motivo más que suficiente para buscar comida.
Separándose en silencio, Pynt se internó en el
bosque mientras Jenna registraba el borde del claro.
Pynt halló cinco plantas de hortalizas y las
arrancó. Los bulbos eran pequeños, redondeados y de sabor picante, pero estaban
deliciosos. Mordisqueó uno mientras continuaba buscando. Al fin halló un cardo
en la forma acostumbrada... chocando contra él. Pero recordó el verso de
Catrona:
Cabeza suave y espina
aguda, De
sus raíces comerás segura.
Lo cual significaba que las raíces frescas y
tiernas eran buenas para comer. Evitando las espinas, cortó la base y mascó
pensativamente una raíz. Se parecía bastante al apio.
Mientras tanto, Jenna había hallado unos nidos de
pájaros. Con excepción de uno, todos los demás estaban vacíos. Había tres
huevos en ese nido y ella se los llevó con la esperanza de que los pichones aún
no hubieran comenzado a desarrollarse. Un puñado de nueces completaron el
festín.
Volvieron a encontrarse junto al árbol y
despertaron a Carum, quien protestó hasta que le mencionaron la comida.
Afortunadamente los huevos estaban líquidos. Después de mostrarle a Carum cómo
se horadaba la cáscara con la punta de un cuchillo, Jenna y Pynt se dedicaron a
sorber los suyos con avidez. Carum vaciló un momento, pero luego las imitó.
—Nunca pensé que algo semejante tuviera tan buen
sabor —dijo segundos después—. Pero nunca había disfrutado tanto una comida.
Jenna sonrió y Pynt dijo:
—En la Congregación se dice que el hambre es el
mejor condimento. Creo que nunca lo había comprendido tan bien.
Carum echó a reír.
—Yo también lo comprendo. —Mordisqueó la raíz de
cardo durante unos momentos y luego dijo, casi para sí mismo—: A la luz de la
luna vosotras dos parecéis hermana luz y hermana sombra, una blanca y la otra
negra.
Jenna batió las palmas.
—Lo somos —dijo—. ¿Sabías que en la Congregación a
Pynt la llaman «sombra» porque...?
Pynt se levantó abruptamente y dejó caer sus nueces
sobre el césped.
—Es hora de partir. Antes de que reveles todas
nuestras cosas privadas y secretas, Jo-an-enna. —Arrojó una cáscara con ira y
regresó al árbol para recoger su morral y su espada.
—Está cansada y hambrienta y... —comenzó Jenna.
—Está celosa —dijo Carum.
—¿Celosa de qué?
—De ti. De mí. De nosotros.
—¿Nosotros? —Jenna pareció confundida por un
momento, y entonces dijo muy lentamente—: No existe ningún nosotros. —Se puso
de pie.
Carum le tendió la mano pero ella lo ignoró, y por
lo tanto se levantó por sus propios medios.
—Jenna, yo pensé... yo sentí...
—Sólo hay una mujer de Alta y un hombre que le
clamó merci. Eso es todo. —Volvió la cabeza rápidamente buscando a Pynt, quien
aguardaba en silencio junto al árbol.
El silencio se extendía de forma interminable
mientras atravesaban el bosque nocturno, con Pynt a la cabeza. Proyectaban
largas sombras cada vez que pasaban por un claro, y los brazos y piernas de
esas sombras se tocaban con una intimidad que ninguno de ellos se atrevía a
considerar.
Como para acentuar su silencio, el bosque parecía
animado de pequeños sonidos. Hojas que crujían y caían misteriosamente al
suelo. Animalitos que se deslizaban entre las malezas, moviendo los pastos. Un
pájaro nocturno lanzaba su llamada desde una rama. Y sus pies que producían un
constante susurro.
Caminaron durante horas sin hablar, con las bocas
amordazadas por sus sentimientos. De vez en cuando Jenna se volvía para decirle
algo a Pynt o a Carum, pero cada vez descubría que no podía comenzar, segura de
que cualquier cosa que dijese estaría mal. Por lo tanto continuó sin decir
nada, con la cabeza gacha, absorta en sus pensamientos hasta que un gorjeo
agudo la detuvo.
Inadvertido, Carum continuó caminando y chocó
contra su espalda.
Ambos dieron un salto y Jenna cayó contra Pynt,
quien ya se había dado la vuelta.
Pynt la detuvo y susurró:
—Es demasiado temprano para un tordo. El sol aún no
ha calentado los bosques y no hay luz con excepción de la luna.
Jenna asintió con la cabeza y le hizo una seña a
Carum para que guardase silencio.
El gorjeo volvió a sonar, trémulo e insistente.
—¿Nuestro o de ellas? —preguntó Pynt en su oído.
La respuesta de Jenna fue llevarse una mano a la
boca y emitir un silbido agudo.
—¡Buena llamada! —susurró Pynt.
Una sombra se deslizó a sus espaldas y les habló en
voz baja.
—Lentamente. Volveos lentamente para que os
identifique.
Jenna y Pynt obedecieron y alzaron sus manos para
realizar la señal de la diosa con los dedos, pero Carum no se movió.
La sombra echó a reír y cuando se colocó bajo la
luz de la luna, se transformó en una mujer alta y joven con una cicatriz oscura
que le surcaba la mejilla derecha. Su cabello estaba cortado en una cresta alta
y llevaba puestas las pieles de una guerrera. Con un rápido movimiento, guardó
su flecha en la aljaba que llevaba en la espalda. Entonces se golpeó el pecho
con el puño.
—Soy Armina, hija de Callilla.
—Y yo soy su hermana sombra, Sarmina.
Carum se volvió y pudo ver a una segunda mujer,
casi idéntica a la primera, con el cabello en una alta cresta negra y una
cicatriz sobre la mejilla izquierda.
Armina volvió a hablar.
—Vosotras dos debéis ser misioneras, ¿pero quién es
este espantapájaros que traéis? Un muchacho que no es un muchacho. Casi un
hombre. Bastante guapo.
Darmina rió.
—Para ser un espantapájaros.
—Podría ser divertido en la oscuridad —dijo Armina.
—O con una vela junto a la cama —agregó su hermana
sombra.
—Si es una molestia para vosotras, podríamos...
—Armina se detuvo abruptamente, pero su sonrisa continuó.
—Es una molestia —dijo Pynt.
—Pero una molestia que aceptamos gustosas —agregó
Jenna rápidamente.
Armina y Sarmina asintieron con la cabeza.
Pynt se golpeó el pecho imitando el saludo de
Armina.
—Yo soy Marga, llamada Pynt, hija de Amalda.
Jenna siguió su ejemplo.
—Jo-an-enna, llamada Jenna. Hija de... —Vaciló,
tragó saliva y volvió a comenzar—. Hija de una mujer muerta por un puma, hija
de Selna.
—E hija de Amalda también —agregó Pynt.
—Él es Carum —dijo Jenna señalándolo con la cabeza.
Armina y Sarmina dieron varias vueltas caminando
alrededor del muchacho y chasqueando la lengua contra el paladar.
—Es bastante interesante, hermana —dijo Sarmina.
—En la Congregación hay varias a quienes les gustan
los terneros
—respondió Armina—. Pero... qué pena... no puede
entrar. Falta muy poco para La Elección.
—Qué lástima —dijo Sarmina.
—Una lástima, guapo —agregó Armina.
Jenna se interpuso entre ellas.
—Dejadlo tranquilo. Nos clamó merci.
Carum rió.
—Sólo bromean, Jenna. Me gusta. Nunca nadie me
había admirado por mi cuerpo, ¡sólo por mi mente!
—¿Merci? —Sarmina sacudió la cabeza.
—Vosotras aún no habéis hecho los votos —dijo
Armina—.
¿No es verdad?
Pynt asintió con la cabeza.
—Por lo tanto... no significa nada. Sólo un
muchacho y un par de niñas jugando.
Pynt miró a Jenna, cuyo rostro parecía hecho de
piedra.
—Es posible que no hayamos hecho los votos aún,
pero en la Congregación Selden tomamos con seriedad las súplicas al altar de
Alta. Ya hemos matado a un hombre por él.
—A un caballero del rey —agregó Carum.
—¿Estás seguro? —preguntó Armina pasándose una mano
por el cabello.
—¿Un caballero del rey? —repitió Sarmina.
—Si Carum lo dice, así es —les aseguró Jenna—. Es
un estudioso v no miente.
—¿Tú crees que los estudiosos no mienten, pequeña
hermana?
—preguntó Sarmina.
Armina rió.
—Uno puede mentir diciendo o no diciendo. —Miró a
Carum—.
Cuéntanos de este caballero del rey, muchacho.
Carum enderezó la espalda y la miró.
—Llevaba un yelmo y cabalgaba un tordo. Portaba una
espada, una daga en el cinto y otra en la rodilla. ¿Eso os sirve para
identificarlo?
Armina se volvió hacia Pynt.
—¿Es verdad?
Pynt asintió con la cabeza.
—¿Y cómo era el yelmo? —preguntó Armina.
—Tenía cuernos —dijo Pynt.
—¿Cuernos? —Armina sacudió la cabeza—. No conozco
caballeros del rey que lleven yelmos con cuernos.
Jenna las interrumpió.
—De lejos se veían como cuernos. Pero yo sostuve el
yelmo en mi mano y pude ver que no lo eran. Eran como las orejas erectas de un
gigantesco sabueso. Con un hocico y grandes colmillos.
—¡El Sabueso! —exclamaron juntas las hermanas.
—Eso dijo él. —Pynt señaló a Carum con la cabeza.
—¡Habéis matado al Sabueso! —dijo Sarmina en voz
baja.
Jenna asintió con la cabeza.
—Pynt y yo lo hicimos. No fue... agradable.
—Puedo imaginarlo —dijo Armina. Por unos momentos
su boca se movió sin emitir sonido. La cicatriz se estiraba y se encogía en
forma desagradable—. Así que habéis matado al Sabueso. Bueno, bueno, jóvenes
misioneras. Vaya noticias que traéis. Debemos ir a la Congregación de
inmediato.
Sarmina posó una mano sobre la de su hermana.
—¿Qué hay de La Elección? ¿Le haremos entrar a él?
—Le llevaremos directamente a la alcoba de Madre
Alta por la escalera trasera. Ella sabrá lo que hacer. —Sin soltar la mano de
su hermana, Armina se volvió hacia Jenna—. Me pregunto, joven misionera, qué
cosa terrible habrás traído a nuestra puerta. Y también me pregunto si no
cometeremos un error al haceros entrar. Venid.
Armina los condujo por el bosque y Sarmina fue tras
ella, sólo visible cuando la luna lograba atravesar la bóveda de árboles. Pynt
las siguió.
Cogiendo a Carum de la mano, Jenna cerraba la
marcha.
Ya era pleno día para cuando llegaron a la
Congregación, y sólo Armina se encontraba allí para guiarlos. Donde finalizaba
el bosque había un gran claro bordeado de frambuesos y hierbas plantadas en
hileras rectas y bien definidas. Junto a las grandes empalizadas de madera y
piedra corría un ancho camino, pero estaba libre de viajeros y la tierra, bien
apisonada, no había sido hollada recientemente.
Se acercaron rápidamente al portón y Armina dio el
santo y seña en la antigua lengua. Lentamente, el portón se abrió hacia
adentro, pero no antes de que Jenna hubiese podido admirar sus grabados.
—Jenna —susurró Pynt—, es la misma escena que la
del tapiz en la habitación de Madre Alta. Mira... allí hay un juego de
varillas, y allí Alta recoge a los niños, y allí...
Las hicieron entrar y los grandes portones se
cerraron a sus espaldas. Ahora se hallaban en un patio amplio y casi desierto.
Sólo una hermana lo atravesó rápidamente, portando una cesta con pan. Por el
rabillo del ojo Jenna pudo ver otro patio más pequeño donde tres jóvenes de su
edad se hallaban formadas con sus arcos. El sonido de las flechas al dar en el
blanco llegaba hasta ellas, pero Armina ya había desaparecido por una arcada a
la izquierda. Pynt empujó a Jenna hasta la puerta.
—Vamos —le dijo.
Carum las siguió sin pronunciar palabra.
Caminaron tras Armina en un laberinto de pasillos y
alcobas, cuatro veces más numerosas que las de la Congregación Selden, y
también subieron dos tramos de escalera. Para Jenna y Pynt ésta era una nueva
experiencia ya que la Congregación Selden contaba con un solo piso, e
intercambiaron miradas de sorpresa. Pero Carum subió la escalera de caracol con
aire de experto.
—Nacido en un castillo —murmuró Pynt a sus espaldas
como si eso fuera un insulto.
Jenna aún se maravillaba ante la complejidad de la
Congregación, cuando Armina se detuvo ante una puerta y alzó una mano para
llamarlos.
Se acercaron lentamente. La puerta estaba aún más
ornamentada que los portones de afuera. Sólo que, en lugar de figuras, las
tallas mostraban símbolos: una manzana, una cuchara, un cuchillo, una aguja,
hilo...
—¡El Ojo Mental! —exclamó Jenna—. Mira, Pynt, todos
los signos son del juego.
Pynt deslizó el dedo sobre el signo del cuchillo.
—Ahora entraremos —dijo Armina con un ligero
movimiento de cabeza que hizo mecer su cresta—. Iremos a hablar con la Madre.
Jenna inspiró profundamente varias veces,
finalizando con la respiración de la araña que le había ayudado a subir la
escalera e iniciando el latani. Esto la calmaba. Podía escuchar a Pynt que
seguía su ritmo.
Amalda sonrió.
—¿Asustadas? ¿De la Madre?
Abrió la puerta, y al entrar en la alcoba oscura
echó una rodilla en tierra tan rápidamente que Carum chocó contra ella. Las
muchachas entraron más despacio y se arrodillaron junto a Armina.
Jenna observó la habitación en penumbras, tratando
de seguir la mirada de Armina. Entre dos ventanas cerradas había un gran
sillón.
Algo... alguien... se movió en el sillón.
—Madre, perdóname esta intrusión, pero he venido
con tres personas cuya presencia puede ser un peligro. Tú deberás decirlo.
Hubo un largo silencio. Jenna pudo oír a Carum que
tragaba saliva. Pynt se movió un poco a su lado. Entonces la figura del sillón
exhaló un suspiro.
—Enciende las lámparas, niña. Sólo dormitaba. Tus
hermanas las apagan cuando duermo... como si el día o la noche tuviesen algún
significado para mí. Pero puedo oler que están apagadas. Y me gustan los
sonidos suaves y susurrantes que producen.
Armina se levantó y encendió las lámparas con una
antorcha que tomó del pasillo. También apartó las cortinas de las ventanas. La
luz reveló una figura pequeña y oscura en el sillón, tan pequeña como una
niña, pero vieja. Jenna pensó que nunca había visto a una mujer tan vieja, ya
que su rostro era oscuro y arrugado como una nuez, coronado con un cabello fino
y blanco. Sus ojos ciegos tenían el color del mármol húmedo, grises y opacos.
—¿Me perdonas, Madre? —dijo Armina, pero su
pregunta no expresaba ninguna deferencia.
—Eres una bribona, Armina. Yo siempre te perdono. A
ti y a tu hermana sombra. Ven aquí. Déjame tocar esa tonta cabeza. —La anciana
sonrió.
Armina se acercó a la sacerdotisa y se arrodilló
frente a ella alzando su rostro.
—Estoy aquí, Madre.
Los dedos de Madre Alta, como una pequeña brisa,
recorrieron el rostro de Armina, se deslizaron por la cicatriz y luego subieron
hasta su mata de cabello.
—¿A quiénes me has traído? ¿Y cuál es el peligro?
—A dos muchachas en su misión, Madre, y a un
muchacho que, según dicen, les clamó merci —respondió Armina.
—¿De qué Congregación son las jóvenes? —preguntó la
anciana.
Armina se volvió hacia Jenna.
—De la Congregación Selden, Madre —dijo Pynt antes
de que Jenna pudiera responder.
—Ah, la pequeña Congregación de las colinas
fronterizas. ¿Cuántas sois allí ahora? —Las miró como si pudiese verlas.
—Cuarenta hermanas luz, Madre —dijo Jenna.
—Y cuarenta sombra —agregó Armina riendo.
—Treinta y nueve —dijo Pynt rápidamente, encantada
de haber atrapado a Armina—. Nuestra enfermera es una Solitaria.
—Además de cuatro misioneras y cinco niñas —terminó
Jenna.
—Nosotras tenemos cuatrocientas, luz y sombra —dijo
Armina—. Y muchas, muchas niñas. También hay muchas misioneras, aunque dudo que
vayan a una Congregación tan pequeña como Selden.
—Sólo una o dos veces hemos visto a una misionera
—admitió Jenna—.
Pero sabemos al respecto. Sabemos...
—¡Niñas! —dijo Madre Alta con dureza y alzó las
manos que había tenido ocultas en las voluminosas mangas de su túnica. Con
una mezcla de horror y fascinación, Jenna vio que cada mano tenía un sexto dedo
que le nacía del costado. No podía apartar los ojos de allí. Esas manos
parecían tejer oscuras fantasías en el aire.
—Ahora, Armina, tú eres la mayor, ya que hace cinco
años que has regresado de tu misión. Actúa como mi guía; sé mis ojos. Si existe
un peligro, debemos estar sobre aviso cuanto antes. —Sus manos volvieron a
desaparecer en el hueco de sus mangas.
El rostro de Armina se oscureció durante un momento
a causa de la reprimenda; entonces la sonrisa traviesa volvió a aparecer.
—Madre, la más alta es la que tiene la voz más
baja. Es casi tan alta como yo.
—Más, ya que tú tienes esa cresta —dijo Pynt.
—¿Entonces ésa es la pequeña? —preguntó la
sacerdotisa.
—Sí, Madre, es pequeña en todo salvo en su boca.
Delgada y morena.
Como una mujer de los Valles Inferiores. El
muchacho es razonablemente apuesto, de facciones delicadas. Dice ser un
estudioso que se encuentra en peligro, aunque sólo Alta sabe los peligros que
puede correr un estudioso. Leer malos libros, supongo. Aunque él es en sí mismo
un peligro para nuestra Congregación. Las muchachas han matado al Sabueso por
su causa.
La anciana alzó la cabeza y sus manos volvieron a
aparecer.
—¿El Sabueso? ¿Estáis seguros?
—Nosotras... —comenzó Jenna, pero la mano de Carum
sobre su brazo la silenció.
—Madre Alta —dijo Carum con voz fuerte—, yo estoy
seguro porque conocí bien al Sabueso.
—¿De veras? —murmuró Armina.
—¿Y cómo? —preguntó Madre Alta.
—Yo... —Carum vaciló y echó una rápida mirada a
Jenna—. Él me buscaba porque soy... —Volvió a detenerse, inspiró profundamente
y terminó—. Soy Carum Longbow, un estudioso y el hijo menor del rey.
Jenna abrió los ojos de par en par y Pynt le dio un
codazo en el costado.
Jenna se apartó de ella, mirando a Carum.
—¡Vaya! —dijo Armina.
—El Sabueso me perseguía en nombre de su malvado
amo —dijo Carum.
—Kalas —dijo Madre Alta asintiendo con la cabeza.
—¡Lo sabe! —La cabeza de Carum comenzó a moverse a
ritmo con la de ella. Colocándose las manos sobre el pecho, dijo—: Madre, ich
crie thee merci!
—Parece ser, joven Longbow, que los eruditos no lo
saben todo. —Su sonrisa le produjo más arrugas—. Ya has clamado ante dos
mujeres de Alta, y me parece más que suficiente. Si han matado al Sabueso que
te perseguía, ¿qué más podrían hacer?
—Estas muchachas aún no han pronunciado sus votos,
Madre —le recordó Armina—. Y la promesa ante el hijo de un rey debe ser...
—No sabíamos que era hijo del rey —replicó Jenna.
—De haberlo sabido... —agregó Pynt, pero no terminó
la oración ya que no sabía lo que hubiesen hecho.
Ninguna mencionó que habían matado al Sabueso
porque éste las había atacado a ellas.
—¿Qué es un voto, mi querida Armina? —preguntó
Madre Alta—. ¿Qué es si no la boca repitiendo lo que el corazón ya ha
prometido? Estos dos jóvenes corazones no serán más firmes el año próximo, ni
sus bocas más fiables después de haber tomado sus votos. Carum Longbow les
clamó merci como un hombre, no como el hijo de una u otra persona. Y han matado
en su causa porque se hicieron cargo de su protección. ¿Qué puede ligar más que
la sangre? ¿Qué puede ser más sagrado que eso?
La Diosa sonríe.
Armina bajó la vista al suelo y guardó silencio.
—Vamos, diablillo, no te enfades. Puedo escucharlo
en tu respiración. Tráenos comida para que podamos sentarnos a conversar acerca
de las Congregaciones. —Madre Alta rió—. Y tú comerás con nosotros, niña de mi
niña.
Armina alzó la vista.
—Pero, Madre, ¿qué hay del peligro?
—¿Tú crees que esos hombres de Kalas buscarán al
muchacho aquí? Vestiremos a este joven gallo con plumas de gallina, y si tiene
facciones tan delicadas como dices y es lo suficientemente joven para no tener
barba...
—Lo soy, Madre —dijo Carum. Entonces se ruborizó al
comprender que sonaba como si se alabase a sí mismo.
Todos rieron y él también lo hizo.
—Vamos, Armina, tráenos esa comida. Y un poco de
vino dulce. Y no olvides alguna golosina para después. Pero cuidado... ni una
palabra respecto a nuestros invitados salvo el hecho de que son misioneras. No
quiero que este ternero se muestre ante nuestras novillas. Necesito descubrir
lo que pueda sin el peligro agregado de los comentarios. Si tenemos un fallo en
esta Congregación, es el hecho de que no podemos mantener nada en secreto.
—No diré, nada, Madre —prometió Armina—, y traeré
la comida de inmediato—. Se levantó y fue hasta la puerta. Allí se volvió—. Hay
pastel de ruibarbo, tu favorito. —Entonces partió silbando.
Madre Alta suspiró.
—Si cumple su promesa, será la primera vez que lo
haga. —La anciana volvió a sacar las manos de las mangas y los llamó—. Venid
más cerca de estos viejos oídos, mis niños. Contadme cómo os habéis conocido y
qué ha ocurrido desde entonces.
Una sucesión de cocineras dejaron la comida al otro
lado de la puerta, en bandejas adornadas con flores rojas y doradas. Pynt y
Jenna ayudaron a Armina a entrarlas, pero comieron con tanta avidez que apenas
si notaron las decoraciones. Y estaban tan concentradas en la historia que le
narraban a la sacerdotisa, que la sucesión de panes dulces, guisado de conejo y
ensaladas de lechuga con cebollas fue ingerida sin comentarios.
La anciana comía con silenciosa precisión, casi sin
moverse.
Las muchachas se encontraron hablando de todo,
inclusive de la desobediencia de Pynt, del disgusto de Jenna ante la muerte del
Sabueso y de su temor cuando Carum había desaparecido en el bosque para hacer
sus necesidades.
Después de la tercera vez en que Pynt se disculpó
por abandonar a Selinda y a Alna, Madre Alta suspiró con fastidio.
—Basta de excusas, niña. Me has dicho una y otra
vez que eres la sombra de Jo-an-enna, y que la oscuridad debe seguir a la luz.
—Sí, sí —respondió Pynt.
—Querida niña —dijo Madre Alta inclinándose hacia
delante en su sillón—, aunque la lealtad es una gran virtud, Gran Alta nos
recuerda que Una lealtad imprudente puede ser el mayor peligro. De mí puedes
esperar comprensión, pero no expiación. Aún no sabemos lo que costará tu
lealtad.
—¿Realmente dijo eso? —preguntó Carum irrumpiendo
en la conversación. Era su primera intervención en varios minutos—. Me refiero
a Gran Alta. ¿Realmente lo dijo o está escrito?
—Si ella misma no pronunció las palabras,
igualmente están bien dichas —respondió la sacerdotisa con una expresión
traviesa en los labios—. Pero las palabras están escritas en el Libro de Luz,
capítulo treinta y siete, verso diecisiete, por una mano bastante ordinaria.
—Alzó su mano izquierda y movió todos los dedos con excepción del sexto.
—No hay nada de ordinario en esa mano —dijo Carum.
—Ordinario... extraordinario —reflexionó Madre Alta
inclinando la cabeza. Entonces volvió a alzar la vista con un brillo en sus
ojos de mármol—. ¿No notáis que nos encontramos en un momento de la historia,
en un nexo, en un giro donde lo ordinario es extraordinario? Yo sé estas cusas.
Hay una luz en la habitación, una gran luz.
—Pero Madre —protestó Pynt—. Usted es ciega ¿Cómo
puede ver una luz?
—No la veo, la siento —dijo la anciana.
—¿Como lo que se siente en el bosque justo antes de
una tormenta?
—preguntó Jenna.
—Sí, sí, niña. Tú comprendes. ¿Y también lo
sientes?
Jenna sacudió la cabeza.
—Sí. No, no estoy segura.
—Bueno, no importa. La sensación ha desaparecido
—dijo Madre Alta con voz cada vez más baja—. Se va... se esfuma... —La anciana
cabeceó una vez y se quedó dormida.
—Vamos —dijo Armina poniéndose de pie—. Debemos
dejarla descansar.
—¿Se encuentra bien? —preguntó Carum.
—Tiene más años de los que puedes contar, Longbow
—dijo Armina—.
Y algunas veces no está del todo lúcida. Pero hoy
la he visto... transformada. Siempre le sientan bien los visitantes, pero
vosotros tres parecéis ser especiales por algún motivo. No la había visto
tan... tan animada en mucho tiempo. —Se inclinó y sin hacer ruido comenzó a
colocar los platos sobre las bandejas—. Más tarde querrá hablar con vosotros,
lo sé.
La ayudaron a llevar las bandejas con el menor
ruido posible, pero nada parecía perturbar a la anciana, que se hallaba sentada
erguida, con los ojos cerrados y la boca un poco abierta, profundamente dormida
en el sillón.
Cuando la puerta se cerró tras ellas y colocaron
las bandejas contra la pared, Jenna preguntó:
—¿Pero no deberíamos llevarla a su cama? ¿No caerá
del sillón?
Armina sacudió la cabeza y la gran cresta de
cabello se agitó.
—Está atada al sillón. No caerá.
—¡Atada! Pero eso es... —Pynt buscó la palabra
apropiada.
—Eso es lo que ella ha pedido —dijo Armina con voz
extremadamente suave—. Ya que si cae, no podrá levantarse por su cuenta. No
puede caminar.
Fueron a la habitación de Armina por una oscura
escalera trasera, y no se cruzaron con nadie en el camino. Era una alcoba
amplia y agradable, con una estrecha ventana a través de la cual se filtraba el
sol de la tarde.
Una gran cama con la cabecera bajo la ventana y los
cobertores arrugados ocupaban gran parte del espacio. A un lado de la cama se
alzaba un guardarropa de roble, y al otro había una mesa con una lámpara. En el
suelo se veían varias pilas con prendas.
Armina fue hasta una de las pilas y tomó un
pantalón ancho color castaño. De otra escogió una camisa roja pero, después de
llevársela a la nariz un momento, la descartó para tomar una azul con un
pañuelo a tono.
—Toma —dijo—. Esto servirá. Póntelos.
Carum miró a su alrededor.
—¿Aquí? ¿Con vosotras mirando?
—Sobre tus ropas —dijo Armina—. Quiero que me las
devuelvas cuando te vayas, y no podemos permitir que corras desnudo por los
pasillos del refugio... —Se detuvo y echó a reír—. Aunque no sería mala idea.
Carum se puso los pantalones y la camisa pero
permaneció mirando el pañuelo sin saber qué hacer. Armina se lo ató en forma
experta alrededor de la cabeza. El azul hizo resaltar el color de sus ojos.
—Listo —dijo ella dando un paso atrás para
admirarlo—. Nadie adivinará jamás que eres un príncipe. —Se volvió hacia Jenna
y Pynt, quienes habían observado la escena desde la cama—. Ni nadie adivinará
que es un hombre, con esas largas pestañas y esos ojos.
—¡Ya es suficiente! —dijo Carum arrancándose el
pañuelo de la cabeza.
—Ya es bastante desagradable tener que usar estas
cosas. No permitiré que se rían de mí.
—La risa, mi querido muchacho —dijo Armina—, es un
don de la Diosa según se dice en esta Congregación. Y es bien sabido que las
mujeres podemos reírnos de nosotras mismas, mientras que los hombres...
—Lo primero que aprende un estudioso —dijo Carum—,
es a precaverse contra cualquier frase que comience con «es bien sabido que».
—Y lo último que aprende un estudioso es a tener
sentido del humor
—dijo Pynt.
—Ya basta —dijo Jenna—. Todos vosotros. Basta. Las
lenguas insidiosas traen esposas insidiosas. Y esta pizca de sabiduría proviene
de los Valles Inferiores.
—Superiores, en realidad —dijo Carum.
—Si crees que mi lengua es insidiosa, aguarda hasta
que oscurezca. La lengua de Sarmina es dos veces más rápida que la mía. —Armina
se detuvo, trató de contener sus pensamientos y entonces estalló en risas.
Cuando pudo volver a respirar, se encogió de
hombros y les guiñó un ojo a Jenna y a Pynt—.
Una broma privada. ¡Su lengua es dos veces más
rápida! —Comenzó a reír otra vez y las muchachas la miraron con los ojos
abiertos de par en par, completamente desconcertadas.
Carum entrecerró los ojos y alzó la cabeza.
—No me importa que las mujeres hagan bromas
vulgares —le dijo—, pero...
—¡Por los Cabellos de Alta! —Armina se pasó una
mano por la cabeza—.
Además es un puritano. Todas nos divertiremos
mucho.
—... sus bromas y sus maldiciones deberían tener al
menos la gracia de la originalidad —terminó Carum de forma pensativa—. Vamos,
Jenna, Pynt. Debemos partir.
—¿Pero, ¿adonde? —preguntó Pynt.
Jenna se levantó llevando a Pynt consigo.
—Carum tiene razón. Debemos buscar a Madre Alta y
decirle que es hora de llevarlo al refugio. La hospitalidad es una cosa y la
seguridad, otra.
—Está seguro aquí —dijo Armina.
—¿Pero está segura la Congregación con él aquí?
—preguntó Jenna.
Pynt alzó el mentón.
—Él es nuestro compromiso, después de todo. Nos
clamó merci a nosotras. Debemos continuar. —Entonces sonrió—. Pero podríamos
llevarnos un poco de comida. Ese pastel de ruibarbo estaba maravilloso.
Armina se encogió de hombros.
—Pensé que ni siquiera lo habíais notado. Muy bien,
os llevaré de regreso con Madre Alta. Nunca encontraréis el camino solos.
—Hablas con tres personas que atravesaron el Mar de
Campanas en medio de la niebla —dijo Pynt.
—Eso es un juego de niños comparado con el
laberinto de esta Congregación. —Armina sonrió Se dice que una joven misionera
de Calla's Ford estuvo perdida veinte años en nuestros pasadizos. —Su voz se
torno muy baja—. Y nunca ha sido encontrada.
—¿Nunca puedes hablar en serio? —preguntó Carum.
—¿Para qué? —Armina volvió a encogerse de hombros—.
Quienes ríen más, viven más dice la gente de las colinas. Pero antes de que
salgamos a los pasillos, ponte el pañuelo, Longbow. Es el requisito principal.
Además... —Volvió a reír—. Va tan bien con tus ojos! —Su risa fue tan carente
de malicia que se vieron forzados a reír con ella, primero Pynt, luego Jenna y
finalmente, con renuencia, las siguió Carum.
Los cuatro salieron de la habitación y recorrieron
rápidamente los intrincados pasillos saludando a las mujeres que encontraban
con un movimiento de cabeza. Armina los condujo hasta una escalera ancha y
luego pasaron frente a varias habitaciones hasta que estuvieron nuevamente ante
la puerta tallada de la sacerdotisa. Las bandejas que habían dejado en el
pasillo ya no estaban allí.
—Aquí estamos. ¿La hubierais encontrado? —preguntó
Armina.
—Nos has traído por un camino diferente —dijo
Jenna—. Hubiésemos podido encontrar el que recorrimos ayer.
—O podríamos habernos perdido sin que nos hallaran
jamás —intervino Carum, utilizando el mismo tono sepulcral que Armina había
usado antes.
—Lo veis —dijo Armina con una amplia sonrisa—,
¡ahora Longbow vivirá más tiempo! —De pronto su rostro se tornó serio—. Pero
cuidado, debéis permanecer sentados en silencio hasta que se despierte sola. Su
carácter no es tan dulce cuando interrumpen su sueño. ¡Yo lo sé!
Pero la anciana sacerdotisa ya estaba despierta
cuando entraron. Dos mujeres mayores le acomodaban la ropa y la peinaban, no
sin cierta resistencia por parte de Madre Alta.
—Dejadme —les dijo de forma imperiosa agitando una
mano. El signo azul de la sacerdotisa brilló claramente en su palma—. Quiero
hablar a solas con estas tres misioneras. Armina, custodia la puerta. No deseo
que nos molesten. —Ahora su voz tenía un aire autoritario. Las tres mujeres
corrieron para cumplir con su petición.
Cuando la puerta tallada estuvo cerrada, las manos
de Madre Alta volvieron a desaparecer en las mangas de su túnica. Movió la
cabeza y su voz fue nuevamente un suave zumbido.
—Venid, niños, y sentaos. Debemos hablar. He estado
pensando mucho en vuestros problemas.
—¡Pero estaba dormida, Madre! —dijo Pynt.
—¿No está escrito que el sueño sirve para
desenmarañar los nudos? Y no preguntes en qué volumen, joven Carum. Lo he
olvidado. Pero de esto estoy segura, aquí es donde pienso mejor, donde el color
y las líneas estallan tras mis ojos ciegos. Todo se vuelve más claro para mí,
así como un viajero ve su hogar con más claridad cuando se encuentra en tierra
extraña.
Ellos se sentaron a sus pies y aguardaron
instrucciones.
—Primero respiremos con los cien cánticos —dijo
Madre Alta—. Y tú, joven Longbow, síguenos lo mejor que puedas. Es un antiguo
ejercicio que calma la mente y libera los sentidos, despejándonos para la tarea
que nos aguarda. Con él, la Diosa sonríe.
Al comenzar la respiración profunda, Jenna sintió
una extraña ligereza, como si su verdadero ser se hubiese liberado de su cuerpo
para flotar por encima de éste.
Repitieron los cánticos veinte y treinta veces, y
ella parecía vagar por la alcoba de la sacerdotisa sin moverse, observando los
muebles que no había advertido antes: la cama dura con sus dos almohadas; un
gran guardarropa de madera grabada con símbolos de la Diosa; una copia del
Libro de Luz sobre un atril, con sus letras en relieve que producían extrañas
sombras a la luz del atardecer; y un espejo cubierto por un lienzo del color de
la sangre seca. Los cuerpos que cantaban debajo de ella pasaron a los setenta y
los ochenta, y Jenna se encontró volando sobre ellos, tocando con sus dedos
traslúcidos el mismo centro de sus mentes, donde latía el pulso bajo el escudo
de piel y hueso. Ante el contacto... que sólo ella parecía notar... Jenna se
sintió atraída hacia el interior de cada uno de sus compañeros. Madre Alta era
fresca como un pozo, e igualmente oscura. Armina era una explosión de puntos
brillantes, como las llamas y brasas de un leño ardiente. Por otro lado, Pynt
era como un vendaval que soplaba cálido y luego frío, para volver a ser cálido
en vertiginosa sucesión. Carum era... Jenna fue atraída más y más hacia su
centro, pasando zonas de sosiego, de inquietud, de un extraño calor abrasador
que amenazaba devorarla. Entonces se apartó y volvió a volar por el aire, giró
y se enfrentó con su propia persona. De alguna manera eso era lo más extraño de
todo, mirarse a sí misma, inconsciente, como un espejo secreto de...
El cántico número cien finalizó y Jenna abrió los
ojos, casi sorprendida de volver a hallarse anclada en su propio cuerpo.
—Madre —comenzó con voz apenas audible—, algo
extraño acaba de ocurrirme. Me he sentido como... como fuera de mi cuerpo.
Flotaba por la habitación en busca de algo o de
alguien.
Madre Alta habló lentamente.
—Ah, Jo-an-enna, lo que has sentido es el comienzo
de la femineidad, el comienzo de la verdadera unión, aunque aún eres demasiado
joven si apenas inicias tu misión. Estas iluminaciones ocurren en la Noche de
Hermandad, cuando el alma vaga por un momento, descubre el espejo y se sumerge
en la imagen que aguarda. La luz llama a la oscuridad, las dos partes del ser
se convierten en un todo. ¿Has hallado el espejo, niña?
—Está... —Jenna miró a su alrededor y vio que, en
verdad, el espejo estaba cubierto—. Hay un lienzo sobre él.
—Entonces cómo... qué extraño, mi niña. Extraño que
seas tan joven.
Que estemos en pleno día. Que el espejo esté
oculto. —Bajó el mentón hasta el pecho y, por un momento, pareció dormir.
Armina se levantó y abandonó la habitación en
silencio.
—¿Cómo fue, Jenna? —susurró Pynt—. ¿Tenías miedo?
¿Era maravilloso?
Jenna se volvió para responder, pero la mano de
Carum se posó sobre su brazo.
—La Madre despierta —dijo.
Los ojos opacos de la sacerdotisa estaban abiertos.
—No duermo —les dijo—. Pero sí sueño.
—Armina dice que algunas veces la Madre no está
lúcida —susurró Pynt en el oído de Jenna—. ¿Será ésta una de esas veces?
—¡Shhh! —le ordenó Jenna.
—Más lúcida de lo que jamás he estado, querida Pynt
—dijo la anciana—.
Recuerda que aquel que no puede ver está dotado de
una audición superior. Así es la naturaleza.
—Perdóname, Madre —dijo Pynt con la cabeza gacha—.
No pretendía...
Madre Alta sacó una mano y restó importancia a la
situación con un gesto rápido.
—Ahora todos debemos pensar. ¿Qué es lo que nos ha
reunido?
—Hemos regresado, Madre, para decirte que debemos
alejar a Carum de aquí —respondió Pynt.
—Temo ser un peligro para la Congregación. Vimos
jinetes —comenzó Carum.
—Oh, existe más en el rompecabezas que estas pocas
piezas —dijo Madre Alta—. Falta algo. El juego está incompleto. No puedo
recordar todas las partes. —Comenzó a murmurar para sí misma—. Hermana luz,
hermana sombra, aguja, cuchara, cuchillo, hilo...
Pynt dio un codazo a Jenna.
La anciana alzó la cabeza bruscamente.
—Ven aquí, Pynt, y háblame de ti. No qué es lo que
has hecho, porque eso ya lo sé, sino quién eres.
La sacerdotisa le hizo una seña.
De mala gana, con Jenna empujándola, Pynt se acercó
a la anciana y se hincó de tal modo que su cabeza quedó al alcance de sus manos
de seis dedos.
—Soy Marga, llamada Pynt —comenzó—. Hija de la
guerrera Amalda, cuya hermana sombra es Sammor. He escogido el camino de las
guerreras y cazadoras. Yo... —Rió cuando la mano de la sacerdotisa se deslizó
por su rostro.
—Bien, bien, niña. Mis dedos son mis ojos. Ellos me
dicen que tú, Marga, llamada Pynt, tienes el cabello oscuro y rizado y una
sonrisa pronta.
—¿Cómo sabe que tengo el cabello oscuro? Los ojos
en sus dedos no pueden decirle eso.
—Por la textura de los mechones. El cabello oscuro
siempre es más grueso que el rubio. Éste suele ser fino, y el pelirrojo con
frecuencia confunde.
—Oh.
La anciana sonrió.
—Además, Armina me dijo que eras morena como una
mujer de los Valles Inferiores. Puedo ser vieja, pero mi memoria aún funciona.
Cuando estoy lúcida.
Las mejillas de Pynt se ruborizaron y la anciana
rió.
—¿Estás avergonzada, niña, o te decepciona que mi
magia tenga una explicación tan mundana?
Pynt no respondió.
—No importa. Adelante.
—Tengo una cicatriz en la rodilla derecha por
luchar con Jenna cuando teníamos siete años, justo antes de La Elección. Y mis
ojos son oscuros.
—Casi violeta —intervino Jenna.
—Y...
—Y tienes una pequeña cicatriz bajo el mentón. ¿Más
peleas, Pynt?
—Estaba jugando en la cocina y me caí. Nunca dejaba
de sangrar. Al menos eso es lo que me pareció.
—Bien. Eso es todo lo que necesito saber por ahora.
¿Jenna?
Jenna tomó el lugar de Pynt. Al pasar, ésta le
guiñó un ojo y susurró:
—Hace cosquillas.
—Yo no tengo cosquillas.
Carum se aclaró la garganta pero no dijo nada.
Los dedos de la sacerdotisa se posaron sobre el
rostro de Jenna.
—Habla, niña.
—Soy Jo-an-enna, llamada Jenna, hija de una mujer
muerta por un puma y adoptada por Selna, la gran guerrera de la Congregación
Selden, y su hermana sombra Marjo. Creo que me han puesto este nombre por ella.
—Crees... ¿no lo sabes?
—Murieron cuando yo no era más que un bebé.
—¿Y entonces quién te adoptó en la Congregación,
niña de tres madres?
La voz de Jenna tembló.
—Nadie.
—Nuestra Madre Alta no permitió que nadie más la
adoptara. Fue la vergüenza de la Congregación Selden —intervino Pynt—. Mi
madre, Amalda, lo hubiese hecho encantada. Pero ocurrió algo horrible cuando
murió su madre adoptiva. Algo tan horrible que no se les permitió hablar de
ello. Y...
—Ya es suficiente, Pynt —dijo Jenna.
—Déjala que nos cuente —dijo Madre Alta.
Pero Pynt se mordió el labio y guardó silencio.
Las manos de la sacerdotisa volvieron a posarse
sobre la cabeza de Jenna. La derecha hizo la señal de la Diosa, y entonces el
sexto dedo se enredó en su cabello.
—¿Tú también eres morena, Jo-an-enna? Tu cabello no
es lo suficientemente fino para ello, y sin embargo Pynt dijo que eras su
hermana luz.
—Y yo la llamo Blanca Jenna —observó Carum.
—¿Blanca Jenna? —De pronto la sacerdotisa se
paralizó, como escuchando una canción que nadie más podía oír. Finalmente
preguntó con suavidad, deteniéndose en cada palabra—: ¿Y... tu... cabello...
es... blanco... puro?
—Sí, Madre —respondió Jenna.
Madre Alta esbozó una sonrisa triunfante.
—¡La pieza final del juego! —dijo—. Y si no fuera
ciega, lo habría sabido de inmediato.
Entonces comenzó a cantar con una voz que resonó
claramente por la habitación.
LA CANCIÓN:
Profecía
La criatura blanca como la
nieve, Se
transformará en una alta
doncella, Al
buey y al sabueso doblegará, Al
oso y al puma hará
inclinar. Santa,
santa, santa.
EL RELATO:
Al terminar la canción y desaparecer también su
eco, Jenna se puso de pie.
—Yo no soy la Criatura Blanca. Nuestra Madre Alta
dijo que lo era, pero yo lo niego por completo. ¡Miradme! ¡Mirad! —Se volvió
hacia sus amigos con voz suplicante—. ¿Tengo el aspecto de alguien de una
profecía?
Carum la tomó por el brazo haciéndola sentar a su
lado.
—Calla, Jenna —dijo mientras le acariciaba la
mano—. Calla. Esto es sólo el capricho de una anciana. Deja que yo me ocupe del
asunto. Es tarea de un estudioso. —Se volvió hacia la sacerdotisa—. Ésa es una
profecía Garuniana, Madre. La criatura blanca, el doblegamiento del sabueso, el
buey y demás. Pero nadie la toma en serio, ningún verdadero estudioso.
Carum sonrió.
—Ah, joven Longbow, ¿y piensas que eres el único
estudioso, el único verdadero estudioso de las islas?
Las mejillas de Carum se ruborizaron.
—Por supuesto que no. Pero sin duda no espero
encontrar a ninguno aquí.
—¿En este sitio tan atrasado quieres decir? ¿Entre
las doncellas guerreras? Pero aunque no lo creas, no todas somos guerreras
aquí.
—Emitió una risita agradable—. Algunas de nosotras
deben cocinar, otras limpiar y otras mantenernos informadas, tal como ocurre
entre vosotros en el mundo exterior. Y algunas de nosotras... —se inclinó hacia
adelante— somos verdaderas eruditas.
Apoyándose contra el respaldo del sillón, la
anciana continuó:
—Quién sabe lo que hubiese hecho yo en tu mundo,
Carum, ya que soy hija de un Lord Garun. Sí, yo. Pero mira mis manos, mira
profundamente en mis ojos y verás las señales de mi abandono. —Alzó sus manos
de seis dedos ante el rostro—. Fui un bebé envuelto en una tela de oro y dejado
en un terreno baldío muchos años después de que Alta, la de los cabellos
blancos, recorriera las colinas. Sin embargo, las mujeres de la Congregación,
para honrarla, recogieron ese fruto rechazado. Fui traída aquí y criada para dirigir.
Años después, cuando la estirpe de mi padre hubo llegado a su estéril final, un
mensajero recorrió todas las Congregaciones preguntando si, por milagro, una
niña ciega con doce dedos había logrado sobrevivir. Pero mi madre adoptiva y
mis hermanas no me delataron, ni yo hubiese ido de haber sido consultada. Me
había prometido a Alta y con Alta permanezco. —Se detuvo y se posó un dedo en
la boca—. Para todos estaba claro que yo era una niña extraña ligada a un
destino más extraño que el de morir en una colina. Sin embargo nadie sabía qué
papel jugaría. Yo decidí estudiar y sentí curiosidad por el mundo de mi padre.
Aprendí respecto a él del mismo modo en que aprendí todo lo demás... con
mis oídos, los buenos hijos de la mente. A través de estos oídos, Carum, he
aprendido más de lo que jamás aprenderás tú con tus ojos.
—Me disculpo por mi imprudencia, Madre —dijo Carum
golpeándose el pecho con el puño.
—Ser imprudente es un privilegio de la juventud
—respondo Madre Alta—. Pero también lo es aprender. Piensa,
Carum Longbow. Es posible
que tú y yo seamos parientes de sangre, pero sin duda lo somos del alma.
Buscamos conexiones y eslabones. Como verás, yo
conozco la profecía Garuniana.
—Sólo la canción, Madre. Y ha sido muy
desautorizada.
Ella rió.
—¿Crees que sólo conozco la canción, niño? No, por
cierto. Conozco toda la profecía; sobre la virgen en el invierno, aunque aquí
en la Congregación creemos que virgen sólo es una palabra que reemplaza a niña.
De ese modo podría ser que la madre de la criatura fuese ella misma una niña. Y
también lo que se refiere a las tres madres. Y todo el resto. ¿Tú conoces tan
bien la profecía de Alta?
Carum sacudió la cabeza.
—No la conozco toda —dijo—. Hay muchas cosas de
Alta que están ocultas para los de fuera.
—Y así deseamos que continúe —respondió ella—. Pero
puedo decirte esto: lo que han escrito nuestras profetisas... y nosotras lo
creemos completamente... es que habrá una niña blanca como la nieve, negra como
la noche... ¿De qué color son tus ojos, Jenna?
—Negros, Madre —respondió ella—. Pero...
—Blanca como la nieve, negra como la noche, roja
como la sangre.
—¿Qué hay de rojo en ella? —preguntó Carum.
—¿Debo saberlo todo? El lenguaje de las profecías
es el lenguaje de los acertijos, de los enigmas, de los sueños. Su significado
no siempre es literal. Con frecuencia alcanzamos la comprensión mucho después
de que han ocurrido los eventos. Tal vez el rojo era la sangre del Sabueso. Tal
vez sea la primera menstruación de Jenna. Pero al igual que los Garunianos,
vemos claramente que ella será la reina por encima de todo y que iniciará
un mundo nuevo. La gran tarea que descansa sobre las Madres de cada Congregación
es ésta: aguardarla, buscarla, buscar a la criatura blanca, la Anna.
—La Anna —murmuró Carum—. La criatura blanca, la
gran diosa blanca.
Asintiendo con la cabeza, Madre Alta continuó:
—Muchos pensaron que yo misma era la Anna, ya que
de la noche a la mañana mi cabello se tornó blanco cuando tenía dieciocho años.
Y con sólo mirarme se tenía la certeza de que había sido tocado por la mano de
Alta. Aguardamos mucho tiempo y nada ocurrió, hasta que finalmente mis hermanas
me compadecieron por ser una rareza, una monstruosidad. Sin embargo, yo misma
nunca perdí la esperanza de formar parte de la profecía. Si no era la propia
Anna, al menos ser su heraldo, su guía, aquella que cantara sus loas. Bendita,
bendita, bendita. Y ahora la Anna está aquí.
—No, Madre. No está. No soy yo —exclamó Jenna—. No
soy la criatura blanca. Sólo soy Jenna, de la Congregación Selden. Cuando tengo
un resfriado, se humedece mi nariz. Cuando tengo hambre, mi estómago hace
ruidos. Cuando hay habas en el guisado, emito malos olores. No soy la Anna.
Solamente soy una niña.
—Las señales no pueden ser ignoradas, querida —dijo
Madre Alta—. Por más que tú quieras hacerlo. Aunque es cierto que ya ha habido
antes niñas con tres madres. Y también bebés blancos con el cabello del color
de la nieve y ojos como el vino. Pero el Sabueso fue doblegado. Eso no puede
olvidarse... el Sabueso fue doblegado.
—No se doblegó, Madre. Murió —dijo Jenna—. Con mi
espada en la garganta y el cuchillo de Pynt en el muslo.
—¿Y qué mayor deferencia? —preguntó Madre Alta.
—Bien podría haber dicho que la criatura de
cabellos blancos se tornaría pelirroja —dijo Jenna con pesar—. O que una cabra
y un caballo se inclinarían ante ella.
—Bien podría —murmuró Pynt.
Madre Alta rió con un sonido bajo y acariciante.
—Las profecías nos hablan sesgadamente, niña.
Debemos leerlas con los ojos entrecerrados.
—Léelas tú —dijo Jenna—. Yo no lo haré.
Carum, quien había estado escuchando con una
expresión distante en los ojos, se volvió repentinamente hacia la sacerdotisa.
—Madre Alta —dijo lentamente—, la profecía también
dice que la criatura blanca iniciará un mundo nuevo. Allí está el sentido de
todo, ¿verdad? Pero para hacerlo, primero uno debe... uno debe... —vaciló.
—¡Dilo, muchacho!
—Primero uno debe destruir el viejo, y no imagino a
Jenna haciendo eso.
—Ah, Longbow, ¡sesgadamente! Debes ver el mundo
sesgadamente...
—murmuró y se durmió con una extraña sonrisa en el
rostro, tan rápida y silenciosamente como un bebé durmiendo una siesta.
Todos se miraron y, como ante una señal, se
pusieron de pie, abrieron la puerta con cuidado y salieron al pasillo oscuro.
Armina se hallaba al otro lado de la puerta.
—Bueno, ¿qué es lo que ha dicho? ¿Aún está dormida?
—Nos... nos interrogó sobre nuestras vidas. Quiénes
éramos. Y... sí, está dormida. Pero dijo que debíamos... que debíamos hallar
refugio para mí.
Jenna y Pynt no dijeron nada, conspirando con él en
su silencio.
Armina pareció confundida por un momento. Infló de
aire las mejillas haciendo resaltar la cicatriz. Entonces sonrió.
—Refugio. Por supuesto. Pero primero debemos comer.
El viaje será largo. Os llevaré de vuelta a mi habitación y os serviré comida.
Nadie más debe conocer nuestros planes. Saldremos cuando oscurezca, y de ese
modo Darmina podrá acompañarme. Es la última noche antes de la luna llena.
Los tres la siguieron escaleras abajo. Su sombra se
proyectaba sobre las paredes y nadie pronunció palabra en todo el trayecto.
Sintiéndose como conspiradores, entraron en la alcoba de Armina, se sentaron
sobre la cama y la miraron con culpa. Ella les sonrió desde la puerta.
—Volveré pronto. Con comida. —Entonces cerró la
puerta y de inmediato se oyó un sonido metálico.
Jenna corrió hacia ella tratando de abrirla, pero
al fin se volvió hacia sus compañeros con expresión afligida.
—La ha atrancado. Ha atrancado la puerta. No se
abrirá. —Entonces se volvió nuevamente hacia la puerta y la golpeó gritando—:
Armina, ¿qué haces? Déjanos salir.
La voz de Armina llegó hasta ellos a través de la
gruesa puerta de roble.
—No me habéis dicho la verdad, hermanas. Madre Alta
nunca os enviaría a otra parte en busca de asilo. No sin decírmelo. Hablaré con
ella cuando despierte. Hasta entonces, guardad silencio. Esto es un refugio.
Nadie os hará daño aquí.
Jenna se volvió de espaldas a la puerta y miró a
sus amigos.
—¿Y qué haremos ahora?
Al final no hicieron nada. La puerta era
infranqueable y la única ventana, a pesar de ser lo suficientemente ancha para
Pynt, era demasiado estrecha para que pasasen Carum o Jenna. Además, estaba muy
alta para ellos, a pesar de que ataron todas las sábanas y polainas de Armina
que lograron hallar. Lo que parecía ser el primer piso era en realidad el
cuarto, ya que la parte trasera de la Congregación estaba construida sobre un
despeñadero que caía abruptamente sobre un río de corriente rápida.
Ninguna de las dos muchachas sabía nadar.
Ya hacía bastante que había oscurecido y la luna
les sonreía a través de la ventana cuando Armina regresó. Ella y su hermana
sombra abrieron la puerta y la aseguraron con sus espadas, deslizando la
bandeja de comida con los pies antes de hablar.
—La Madre aún duerme —dijo Armina—. La veréis a
primera hora de la mañana. Vuestra visita la ha fatigado. Por lo tanto, comed
bien y descansad.
Sarmina les sonrió.
—La cama es lo suficientemente ancha para dos... o
tres, si lo deseáis.
Armina observó la ventana, donde todavía estaban
atadas las ropas de cama y las polainas. Echó a reír.
—Veo que habéis utilizado bien vuestro tiempo.
Cuando era pequeña, solía descolgarme por la ventana para pender sobre el río.
Era lo que todas hacíamos antes de que nos permitieran
jugar a las varillas. Pero en aquellos días nuestro
cuarto estaba en un piso más bajo y la caída no era tan mortal. Aunque...
Sarmina continuó con el relato.
—Aunque hubo una niña tonta llamada Mará, que tenía
las manos húmedas y el corazón débil.
—Se soltó y cayó. No dejó de gritar hasta que el
agua le cubrió la boca. —Armina se pasó una mano por el cabello.
—No sabía nadar —agregó Sarmina.
Ambas terminaron juntas.
—Y su cuerpo nunca fue encontrado.
—¿Otra de vuestras historias de fantasmas?
—preguntó Carum.
—Llámala una historia de advertencia —respondió
Armina—. Además, están las guardias.
—¿Por qué, Armina? —preguntó Pynt—. ¿Por qué
simplemente no nos dejáis seguir nuestro camino?
—Esta noche, los caballeros del rey han estado dos
veces ante nuestros portones preguntando por Longbow. Le llamaron por su nombre
y lo describieron por varias marcas de nacimiento.
Carum se ruborizó.
—Las dos veces los despachamos sin decir nada
—continuó Armina—. No tienen nada en particular con nosotras. Están formulando
las mismas preguntas en todas las aldeas. Pero Longbow nos clamó mera, así que
debemos protegerlo.
—¡Nos clamó a nosotras! —dijo Jenna.
—Y de ese modo nos comprometió a todas —dijo
Sarmina—. ¿No fue eso lo que nos dijo Madre Alta?
—Pero tú... tú no estabas esta tarde cuando habló
con nosotros
—comenzó Carum mirando primero a una y luego a la
otra—. O al menos me pareció que eras tú. —Señaló a Armina, quien sonrió.
Sarmina reiteró esa sonrisa y le respondió.
—¿Aún no has comprendido, estudioso, que lo que
sabe mi hermana luz lo sé yo?
Armina bajó su espada una fracción de centímetro.
—Aguardamos que despierte la Madre. Ella nos dirá
lo que debemos hacer. Mi madre, Callilla, dice que existe un pasaje secreto
para salir de aquí. Que atraviesa la habitación de la
sacerdotisa y bordea el río. Pero sólo Madre Alta
conoce el camino.
—Entonces, por nuestro bien, o por el bien de Alta,
o por el bien de la Congregación —exclamó Carum—, despertadla.
Ambas hermanas sacudieron la cabeza.
—No podemos —dijo Sarmina—. La Madre se encuentra
exhausta. Si la despertamos antes de tiempo, estará aturdida y no conseguiremos
nada de ella. Y muy pronto amanecerá. —Apuntó su espada hacia la ventana, donde
la luna ya había desaparecido—. Así que, dormid. Y dormid bien.
Mañana habrá mucho que hacer.
Con esas palabras las hermanas salieron, cerraron
la puerta y volvieron a colocar la pesada tranca.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Pynt.
—¿Qué podemos hacer? —dijo Carum.
—¡Podemos comer! —dijo Jenna—. Y preocuparnos más
tarde.
Los tres se sentaron alrededor de la bandeja y,
después de los primeros bocados, se relajaron lo suficiente para comer
lentamente saboreando el humeante pastel de paloma, los huevos en salmuera y el
vino rosado.
Cuando no quedaban más que unos pocos huesos y los
alhelíes que decoraban la bandeja, se detuvieron.
Pynt eructó con disimulo y se tendió sobre la cama.
Jenna se acomodó a su lado. Carum observó con anhelo el lado que quedaba vacío,
pero luego se tendió en el suelo bajo la ventana y se cubrió con una parte de
la manta anudada. Escuchaba el sonido sereno y firme de la respiración de las
muchachas. El suelo estaba duro bajo su cuerpo. Le pareció sentir un clavo algo
salido entre los tablones. Justo cuando se había resignado a una noche de
insomnio, fue quedando atrapado en las imágenes de un sueño.
Éste estaba referido a Jenna, que se hallaba atada
a una silla. Su larga cabellera blanca flotaba alrededor de su rostro como
movido por un viento marino. Ella lo llamaba, pero su voz era la de una
criatura... aguda, desesperada, incomprensible y débil.
No fueron despertados por el resplandor de la
mañana a través de la ventana sino por la voz de Armina.
—Madre Alta está despierta y pregunta por vosotros.
Es una buena señal. Lo recuerda todo. Venid.
Los tres se levantaron rápidamente y tanto Pynt
como Jenna se peinaron con el peine de Armina. Ella les había llevado agua en
un cántaro y una jofaina. El líquido perfumado sirvió para refrescar sus
rostros. De espaldas a ellas, Carum aguardó hasta que hubieron terminado y
luego les ordenó que salieran.
—Los hombres parecen tardar una eternidad para
lavarse —observó Pynt mientras aguardaban.
—¿Tendrán más para lavar? —murmuró Jenna.
Armina rió.
—Por lo que veo, habéis pasado una noche tranquila.
—Hemos dormido —dijo Jenna.
Con el rostro limpio y el cabello peinado, Carum
salió al pasillo.
—Cuánto daría por un verdadero baño —dijo.
—Eso puede arreglarse —respondió Armina—. ¿A la luz
del día o por la noche?
—Siempre y cuando haya bastante agua caliente, no
me importa la hora.
—¿No te importa? —Armina rió con ganas—. Oh, eres
muy inocente respecto a las costumbres de Alta, muchacho.
Pynt y Jenna rieron y Carum se ruborizó
intensamente.
—Pero no tenemos tiempo para baños ni... para otras
cosas. La Madre quiere vernos ahora. —Armina los condujo rápidamente hacia la
escalera trasera.
La puerta de Madre Alta estaba abierta y la anciana
les aguardaba.
—Entrad, entrad, rápido. Debemos hablar sobre el
futuro de Jenna.
—¿Pero y qué hay de mi futuro, Madre? —preguntó
Pynt sentándose a sus pies—. ¿Y el de Carum?
Madre Alta extendió la mano hacia ella y Pynt se
echó hacia atrás.
—Niña, si Jenna es quien yo digo que es, entonces
su futuro es el nuestro. Ella es un río torrentoso y nosotros somos llevados
por la corriente. Pero tú, querida niña, debes aprender a pensar antes de
hablar.
Utiliza tu cabeza antes que tu corazón, de otro
modo no tendrás ningún futuro en absoluto.
Pynt frunció los labios y se encogió de hombros.
—Pynt —comenzó Jenna—, no te sientas herida. Esto
no es más que lo que A-ma siempre te ha dicho.
—Y tú, Anna —dijo Madre Alta moviéndose un poco en
su sillón—. Debes aprender a escuchar las reflexiones de tu propio corazón, a
prolongarte en tu propia sombra. Lo mejor siempre es que la cabeza y el corazón
funcionen al unísono.
—Madre, por última vez, no soy la Anna. He pensado
en ello durante toda la noche, rezándole a Alta para que me brindase su
consejo. Y...
—¿Y? —La anciana se inclinó hacia adelante en su
sillón.
—Y no he hallado ninguna grandeza en mí misma. Sólo
los recuerdos de una niñez ordinaria.
—¿Y qué piensas que debía haber tenido la Anna?
—preguntó Madre Alta—. ¿Truenos y relámpagos ante su nacimiento? ¿Un animal de
los bosques que la amamantase?
—Algo —suplicó Jenna—. Algo fuera de lo común.
—Y si esto tan extraordinario te ocurriera,
Jo-an-enna, ¿tú lo reconocerías? ¿O le encontrarías alguna explicación que
concordase con tu vida ordinaria? No te preocupes. Mucho después de que tú y yo
hayamos muerto, habrá poetas y narradores que se encargarán de obsequiarte
semejante nacimiento.
Jenna bajó la vista para no mirar esos ojos de
mármol. Trató de concentrarse en las palabras de la sacerdotisa, pero sentía un
terrible dolor en el estómago, casi como de hambre. Y un furioso zumbido en los
oídos. Entonces comprendió que el zumbido provenía de la ventana y se volvió
hacia allí.
Madre Alta también se había detenido para escuchar.
Al notar su atención, Pynt fue hasta la ventana y
se alzó de puntillas para mirar afuera.
—¿De qué se trata, niña?
—Un grupo de hombres y caballos, Madre, frente al
portón. Están gritando, aunque no alcanzo a comprender sus palabras. Las
guardianas de encima del portón les responden. Un hombre se encuentra sobre un
caballo gris y...
Carum saltó y corrió hasta la ventana.
—¡Oh, por Dios! ¡Caballeros del rey! Y ése es el
Toro en persona.
—El Toro tiene una lanza y la está agitando frente
a las guardianas —dijo Pynt.
—Hay algo en la punta de la lanza —agregó Carum.
—¡Lo veo! ¡Lo veo! —dijo Pynt con excitación—. ¡Oh,
por los ojos de Alta!
—Se volvió lentamente con una expresión extraña en
el rostro. Entonces buscó sus morrales donde los habían dejado la noche
anterior y vació el suyo en el suelo. Hurgando entre sus escasas posesiones,
emitió un grito horrorizado.
—¿Qué ocurre, Marga? —preguntó Madre Alta.
Jenna corrió hacia la ventana. Lo suficientemente
alta para ver sin esforzarse, observó la escena de abajo.
—Lo veo. Veo al Toro. ¿Qué es eso? ¡Oh, Pynt, no!
—Se volvió—. Es mi muñeca. La que te di al despedirnos.
La voz de Pynt era una agonía.
—No puedo encontrarla, Jenna. Debe haberse caído de
mi morral.
—¿Cuándo, Pynt, cuándo?
—No logro recordarlo. La tenía... la tenía cuando
iba tras de ti. Dormí con ella en mis brazos.
Jenna no dijo nada, recordando vividamente cómo
había pasado la noche en el árbol abrazada a la muñeca de Pynt.
—Y nunca volví a sacarla, sólo la coloqué encima de
todo. Entonces nos encontramos con Carum y... —Pynt se detuvo con el horror
escrito en el rostro. Llevándose las manos a la cabeza, se estremeció.
Aunque los ojos de Madre Alta no podían leer el
rostro de Pynt, la anciana comprendió su repentino silencio.
—Has recordado, niña.
Pynt alzó la vista.
—En la lucha contra el Sabueso, tropecé con mi
morral y lo volqué. Recogí todas mis cosas después de que lo hubimos enterrado.
Al menos eso pensé. Debo haber dejado la muñeca en la niebla.
—¡Oh, vaya tonta! —dijo Carum con disgusto.
—Silencio, Longbow —dijo Sarmina—. Estaba luchando
por tu causa.
Jenna continuó el relato con voz suave.
—No podíamos soportar la idea de dormir tan cerca
de la tumba, así que avanzamos un poco y no regresamos para mirar por la
mañana. —Vaciló.
—Sí, eso es lo que debe haber ocurrido —dijo Madre
Alta asintiendo con la cabeza—. Estos hombres siguieron el rastro de Carum y
llegaron hasta la tumba encontrando una muñeca. ¿Quién si no una joven de las
Congregaciones tendría una muñeca en medio del bosque? ¡Sin duda no pertenecía
al muchacho que estaban buscando! Nill es la Congregación más cercana, así que
por supuesto vinieron aquí.
—Madre, lo siento... —comenzó Pynt.
—No existe ninguna culpa, hija —dijo Madre Alta—.
Ninguna culpa.
Simplemente juegas tu papel en la profecía. Lo que
será, ha sido escrito mucho antes de que tú nacieras.
Pynt comenzó a llorar.
—Ahora escuchadme, mis niños. Está claro que habrá
una batalla. Estos hombres no están de humor para ser engañados. Y no son
ningunos tontos. Debemos tratar de ganar un poco de tiempo. A la luz del día
contamos con la mitad de nuestras fuerzas...
Carum la interrumpió.
—¿No querrá decir que las hermanas sombra realmente
no aparecen hasta la noche?
Armina rió.
—¿Por qué vosotros, los hombres, tenéis tantos
problemas para creer en eso?
—Sólo es una superstición. Existen otras tribus,
allá en los Valles, que creen que sus madres son inundadas por el dios del río
y dan a luz con la creciente. Y los Besarmianos dicen que el hijo de su dios
baja a la Tierra una vez por mes con la forma de una abeja para...
—Sarmina no es ninguna superstición. Es real. Tú la
has visto. Has hablado con ella, has...
—Niños, no tenemos tiempo para esto. Carum creerá
lo que desee. Así ha sido a lo largo de los años. Los hombres ven y no
comprenden. Sus mentes desmienten a sus oídos y a sus ojos. Ahora ven, Armina;
necesito que bajes y le digas a Zeena que mantenga el portón cerrado a toda
costa. Y trae aquí a las más pequeñas. —Madre Alta se detuvo y deslizó sus
extrañas manos por sus ojos. Cuando la puerta se hubo cerrado tras Armina,
la anciana exclamó repentinamente—: Oh, mi ceguera nos ha traído hasta aquí. De
haberlo sabido antes podría... podría haber... soy vieja, mis niños.
Y ciega. E impotente. —Dos grandes lágrimas se
deslizaron por sus mejillas. Entonces alzó la vista hacia ellos con sus ojos de
mármol—. No... no tan impotente. Ya que la Anna se encuentra aquí. Por lo
tanto, el fin ha comenzado. Pero también es el comienzo.
Jenna y Pynt se miraron sacudiendo la cabeza. Carum
se llevó las manos a las sienes.
—Ven aquí, Jo-an-enna —le ordenó Madre Alta.
Jenna volvió a mirar a sus compañeros y luego se
acercó a la sacerdotisa, que le tomó las manos.
—Escucha con cuidado ya que si éste es en verdad el
final, debes comprender lo que nos aguarda. La profecía dice que serás una
reina sin serlo, y que darás a luz a tres criaturas.
—Madre, apenas si tengo trece años —dijo Jenna.
—Y aún no te has convertido en mujer, sospecho
—dijo Madre Alta inclinando la cabeza hacia un costado, como si tratase de
escuchar el asentimiento silencioso de Jenna.
—Aún no —susurró ella ruborizándose intensamente.
—Pero si has de ser una reina, debes conocer a un
rey. Y sospecho que tu encuentro con este joven príncipe Longbow no es ninguna
coincidencia sino una prueba más.
—Madre —murmuró Jenna con vehemencia—. Él sólo
tiene unos quince años. —Retiró sus manos de las de la anciana.
Carum se aclaró la garganta.
—Tengo diecisiete, Jenna.
—¿Él te mira?
Jenna guardó silencio, avergonzada.
—Me dices que sí con tu silencio.
—Yo pertenezco a Alta.
La anciana rió.
—Yo también. Al igual que todas en este lugar. Sin
embargo hay bebés en sus cunas, y no todos han sido adoptados. Las jóvenes
bajan al pueblo algunas noches. El mundo sigue girando y el sol se mueve de
este a oeste. Una reina sin ser una reina. ¿Qué puede significar esto, sino que
parirás los hijos de un rey pero no te sentarás en el trono? Algunas veces las
profecías son sencillas de descifrar. Algunas veces.
—Pero la batalla, Madre. ¿Qué debemos hacer?
—Debéis sacar al muchacho de aquí. Los caballeros
del rey no pueden encontrarlo ante la puerta de Alta. Será mejor que no
sospechen que eres aquélla de quien se ha hablado en su propia profecía,
aquella que doblegó al Sabueso, al Buey, al Oso y al Puma. Lleváoslo de aquí,
tú y tu hermana sombra.
—¿Pynt? ¿Quieres decir que Pynt también figura en
la profecía? —-Jenna se aferró a las manos de la anciana, agradecida.
Pero Madre Alta volvió la cabeza como si estuviese
escuchando, y Jenna la imitó. Afuera, los sonidos eran más fuertes y furiosos.
—Rápido, mi niña, toma este anillo. —Se quitó el
gran anillo de ágata de su diminuto sexto dedo. Apenas si cupo en el meñique de
Jenna—. Debes ir de Congregación en Congregación y ponerlas sobre aviso. Diles
esto: El momento del final es inminente. Díselo a las Madres. Ellas sabrán lo
que hacer. Repítelo.
En voz débil, Jenna dijo:
—El momento del final... oh, Madre Alta, yo no soy
quien piensas que soy.
—¡Dilo!
—El momento del final es inminente —susurró ella.
—Bien. Hay un mapa de todas las Congregaciones.
¿Sabes leer un mapa?
—Ambas sabemos —dijo Pynt.
Madre Alta la ignoró y se dirigió sólo a Jenna.
—Ve al espejo —le indicó señalándolo con la mano—.
Toca el signo de la Diosa y gíralo hacia la izquierda. Se abrirá un pequeño
cajón y allí encontrarás el mapa. Cada Congregación está marcada en rojo.
Fue Pynt quien saltó primero hacia el espejo. Un
rayo de luz matinal acariciaba el lienzo que lo cubría. Al quitarlo dio un paso
atrás, sorprendida ante su propio reflejo pálido. Entonces halló el signo
tallado de la diosa y lo movió hacia la izquierda. Hubo un ruido ligero y el
signo se abrió descubriendo un pequeño compartimento oscuro. Pynt introdujo la
mano y halló un trozo de pergamino.
—Ya lo tengo, Madre —dijo.
—Entrégaselo a la Anna.
Pynt se lo dio a Jenna y ésta lo abrió. Era un mapa
trazado con tinta negra. Los nombres de diecisiete Congregaciones estaban
escritos en rojo.
Jenna volvió a plegarlo por las profundas dobleces
y lo guardó en su túnica.
—Que nadie lo tenga —dijo Madre Alta—. Nadie.
—¿Ni siquiera Pynt? Tú has dicho que era mi hermana
sombra.
—Sólo si estás muriendo. Sólo entonces.
—Sólo entonces —susurró Jenna, aunque no lograba
asimilarlo del todo.
¿Morir? ¿Cómo podía pensar en ello? Incluso cuando
luchaba contra el Sabueso, no había pensado en la posibilidad de la muerte,
sólo en lo que se sentiría si resultaba herida—. Sólo entonces —volvió a
susurrar.
—Ahora marchaos.
—¿Qué hay de ti, Madre?
—Mis niñas cuidarán de mí. Y yo, de ellas. Así que
ahora marchaos. El tiempo se acaba.
Jenna asintió con la cabeza y se volvió hacia la
puerta.
—Las bendiciones de Alta, Madre —dijo mirando por
encima del hombro y llamó a los demás con una seña.
—Aguarda —dijo Carum—. Según Armina, existe un
pasadizo secreto. Podríamos salir por allí.
—No existe tal cosa —dijo Madre Alta—. A Armina
siempre le gusta contar estas... pequeñas historias. Son sus propias fantasías.
—Ya lo hemos notado —dijo Carum.
—¿Volveremos a encontrarnos, Madre? —preguntó
Jenna.
—Seguramente volveremos a encontrarnos en la
Caverna —dijo la anciana.
Y fue su única bendición.
Jenna abandonó la habitación y los demás la
siguieron. Mientras bajaban la escalera, pudieron escuchar la voz aguda de
Madre Alta cantando la canción sepulcral.
En nombre de la caverna de
Alta El
sombrío y solitario sepulcro...
Se encontraron con Armina en el rellano. Llevaba un
bebé en cada brazo y había dos pequeñas aferradas a su jubón. Detrás de
ella venían unas doce niñas que habían pasado la edad de la Primera Elección,
cada una con un bebé dormido entre los brazos. Más allá les seguían cinco niñas
mayores, y ellas también llevaban bebés un poco más grandes.
Jenna, Pynt y Carum se colocaron de espaldas a la
pared para dejar paso a la procesión.
Armina sonrió.
—Madre Alta desea bendecirlas —dijo al pasar—. Y
ponerlas a salvo de cualquier batalla.
Las niñas pasaron el rellano en silencio y
continuaron subiendo. Una pequeña de cabellos dorados, en brazos de la
penúltima, los saludó con la mano. Jenna le respondió del mismo modo.
—Nunca he visto niñas tan silenciosas —observó
Carum.
—Las criaturas de Alta son siempre así —dijo Pynt.
Después del último recodo llegaron al Gran
Vestíbulo, un salón alto y luminoso con grandes aristas abovedadas que
sostenían el cielo raso. De las vigas pendían largas cadenas con candelabros
que se mecían ligeramente.
El salón estaba lleno de mujeres que trabajaban con
sus armas. Un grupo de ellas se hallaban sentadas en semicírculo en el suelo,
afilando sus cuchillos rítmicamente y cantando. A un lado, en un pequeño
gabinete cubierto de arcos, diez mujeres probaban las cuerdas y ajustaban las
flechas. Hablaban suavemente entre ellas y una reía con la cabeza echada hacia
atrás. Junto al gran hogar, pequeños grupos de tres o cuatro mujeres
conversaban con vehemencia mientras trenzaban sogas.
—Tendremos una verdadera batalla esta vez —observó
Pynt.
—¿La muerte del Sabueso no ha sido suficiente para
ti?
—le preguntó Jenna.
—Tú sabes a qué me refiero.
—Bueno, yo no —dijo Carum—. La sangre es la sangre.
Pynt se volvió hacia él.
—¿No lo sabes? Pensé que los estudiosos lo sabían
todo. Hablo de las hermanas codo a codo, tal como dice en la balada. —Comenzó a
recitar los primeros versos de la misma:
Yo canto la canción de la
flecha, El
sonido ansioso y
sibilante, Canto
la afilada melodía de la
espada, Y
de las hermanas codo a codo...
—Tú eres como esa flecha —dijo Carum—. Demasiado
ansiosa.
—¿Qué sabes tú de ello, tú que pierdes tu magra
cena por una muerte?
Jenna colocó una mano sobre el hombro de Pynt.
—Él tiene razón —le dijo—. No deberíamos estar tan
ansiosas por matar. Quién sabe... tal vez seamos nosotras las que resultemos
muertas.
—¿Y qué si es así? —preguntó Pynt—. Entonces iremos
directamente a la gruta de Alta. —Miró a Carum con furia.
—Donde arrojaréis los huesos por encima del hombro
para los Perros de la Guerra, supongo —replicó él.
—Cállate, estudioso —dijo Pynt—. Sólo digo lo que
todas decimos antes de una batana.
—Entonces lo decís porque tenéis miedo. No porque
creáis en la belleza de las batallas.
—Por supuesto que todas tenemos miedo —dijo Jenna—.
Seríamos estúpidas si no. Y es de eso de lo que se trata todo este asunto. Pero
la batalla no es nuestra. Ambos habéis escuchado a la Madre. Debemos sacarte de
aquí, Carum, y cuando estés a salvo, nuestra tarea será iniciar un largo camino
para advertir a todas las Congregaciones.
Pynt apartó la cabeza y miró el suelo.
—Si se tratase de nuestra propia Madre Alta,
volvería a desobedecerla. Pero ésta no es ninguna Boca de Serpiente, ¿verdad?
—No, Pynt, no lo es. Y Carum nos clamó...
—... merci, lo sé. ¿Pero no podríamos llevarlo a su
refugio y regresar aquí para la batalla?
Jenna sacudió la cabeza.
—Entonces haremos lo que dice Madre Alta. Pero de
todos modos siento que estaremos en lo más reñido de ella y que cantarán acerca
de nosotras mucho después de que nos hayamos ido —dijo Pynt.
Carum hizo una mueca.
—¡Esto te encantaría! La batalla de Pynt y la
Blanca Jenna, acompañado por flauta nasal y tembala.
—No, estudioso, creo que se llamará Cómo la
guerrera sombra Marga salvó el pellejo insignificante de un príncipe.
—Yo misma escribiré una —dijo Jenna—, aunque no
tengo dotes para la música, la llamaré El día en que Jenna cortó cabezas.
Carum echó a reír y, para su sorpresa, Pynt hizo lo
mismo. Cuando él extendió la mano, ella la tomó.
—¿Pero por dónde nos iremos? —preguntó Pynt.
Mientras consideraban la cuestión, una mujer alta y
de nariz larga se acercó a ellos.
—Yo soy Callilla —les dijo—, la madre de Armina.
Hay una puerta trasera que Madre Alta desea que conozcáis.
En el rellano, Armina se volvió hacia las pequeñas.
Frunció los labios y silbó una vez, deteniéndolas a todas.
—Pronto Madre Alta hablará con vosotras y deberéis
escucharla sin hacer comentarios. Tendréis que hacer lo que ella diga... como
siempre. Las mayores, ayudad a las más pequeñas. Es posible que nos aguarden
momentos sombríos y temibles. Pero pertenecemos a Alta. No debemos tener miedo.
—Las miró asintiendo con la cabeza.
Las niñas le respondieron del mismo modo, con
solemnidad.
Armina las condujo hasta la puerta tallada y la
abrió con el pie.
Las niñas entraron en la habitación. Entonces
Armina también entró y cerró de un puntapié.
—Estamos listas, Madre —dijo.
Madre Alta sonrió a las niñas, que aguardaban sus
instrucciones. La anciana alzó los brazos.
—Sentaos, mis bebés, y os contaré una historia.
Ellas se sentaron a sus pies.
—Una vez, hace mucho tiempo, antes de que vosotras
nacierais, la primera Madre Alta de la Congregación Nill tuvo un sueño en el
que se le decía que vendría una gran batalla. Soñó que todas las niñas se
salvaban porque vivían como pequeñas criaturas en una madriguera. Y así fue
cómo hizo construir un túnel secreto para ese momento. —Volvió a sonreír y
se llevó un dedo a los labios.
Algunas de las niñas más pequeñas imitaron su
gesto.
—Hoy es un día especial —dijo Madre Alta—, ya que
iremos en busca de ese túnel secreto. Armina os conducirá hasta allí, y allí
deberéis aguardar.
En los estantes se ha almacenado comida y
permaneceréis en vuestra madriguera comiendo cuando tengáis hambre y durmiendo
cuando no sea así. Algunas de vosotras seréis pequeñas conejitas, ¿quiénes?
Sólo siete de las niñas alzaron sus manos.
—Bien —dijo Madre Alta como si las hubiese contado
con sus ojos ciegos—. Y también necesitamos unos pequeños topos.
Dos niñas alzaron sus manos con cautela.
—¿Y algunos ratoncitos saltarines?
Otras manos se elevaron.
—Y vosotras, las niñas mayores, seréis zorras y
erizos para mantener a raya a las pequeñas. ¿Habéis comprendido?
Ellas asintieron con la cabeza y la anciana pudo
oír el movimiento del aire.
—Cuando se haya acabado la comida, una a una las
zorras irán emergiendo para ver si todo está seguro. De no ser así, regresad a
la madriguera hasta recibir la llamada. Una os salvará. La reconoceréis por sus
cabellos blancos. Ella es la Anna, enviada por la Gran Alta.
—Pero, Madre —replicó una de las niñas de cuatro
años, la pequeña de cabellos dorados con el rostro risueño—. Ya hemos visto a
la Anna. Estaba en la escalera.
—Volveréis a verla —le prometió Madre Alta—. Vendrá
por vosotras con una espada de fuego y un corazón encendido.
—¿Y tú también vendrás? —insistió la niña.
—La madriguera sólo es para criaturas pequeñas.
—Pero tú eres pequeña —dijo la niña.
Armina siseó entre dientes para hacerla callar.
Madre Alta volvió a sonreír.
—No entraré en vuestra madriguera, pero custodiaré
la entrada.
Las niñas asintieron con la cabeza.
Madre Alta se inclinó hacia delante en su sillón.
—Armina, forma a las niñas frente a mi espejo.
Las niñas no tardaron más de un minuto en estar
alineadas.
—Ahora toca el signo de la Diosa y gíralo hacia la
derecha.
Ante el movimiento de Armina hubo un sonido fuerte
y crujiente y el suelo bajo las patas talladas del espejo se abrió descubriendo
una escalera oscura.
—Mirad el espejo de Madre Alta una vez más. Allí es
donde alguna vez encontraréis a vuestras hermanas sombra. Luego bajad la
escalera.
Armina os conducirá e iluminará el camino.
Armina tomó la lámpara de la pared, la encendió, y
después de mirar el espejo guió a las niñas escaleras abajo. Cuando la última
de ellas hubo desaparecido, Madre Alta suspiró y se enjugó las lágrimas que se
habían agolpado en los ojos de mármol.
LA LEYENDA:
Una vez, en el cruce de Nilhalla, había una anciana
tonta que tenía tantas niñas que las mantenía en una madriguera subterránea
como si fueran conejos o ratones. Nadie sabía que las niñas se encontraban
allí, ni siquiera lo sospechaban, ya que la mujer era más fea que la primavera
temprana y dos veces más tempestuosa.
Un día la anciana murió. De una enfermedad, dijeron
algunos; de pura mezquindad, dijeron otros. Cuando los centinelas fueron en
busca de su cuerpo para el funeral, hallaron la entrada de la madriguera y
alzaron la gran puerta de madera que la ocultaba.
Treinta y siete niñas famélicas de todas las edades
salieron de dentro, pero habían vivido tanto tiempo bajo la tierra, como
animales, que estaban todas ciegas. Y sus largos cabellos desgreñados se habían
tornado blancos. Desde entonces, el cruce de Nilhalla ha sido conocido como el
Hogar de las Niñas Blancas.
Ésta es una historia verdadera. Fue contada por
Salla Wilmasdarter, cuyo bisabuelo había sido centinela en el cruce hacia la
época en que fue descubierta la madriguera.
EL RELATO:
Callilla los condujo a través del Gran Vestíbulo,
abriéndose paso entre las mujeres hasta llegar a la cocina, la cual era tres
veces más grande que la de la Congregación Selden.
Pynt lanzó una exclamación al verla, pero Jenna
mantuvo los ojos fijos en la espalda de Callilla. Carum las siguió.
—Jenna —susurró Pynt—, están calentando grandes
tinas de aceite.
—Y de agua —dijo Jenna.
—Ni siquiera has mirado.
—De soslayo, Pynt. Debes utilizar tus ojos del
bosque en todas partes.
—No me sermonees, Jo-an-enna.
—Entonces no seas estúpida, Marga.
—Y no me llames estúpida.
De pronto, Callilla giró a la derecha y se detuvo
frente a una puerta.
—Es aquí —les dijo.
Los tres la rodearon.
—Esta puerta se abre a un sendero angosto y
empinado que baja hasta el Halla.
—Ése es el río —dijo Carum.
Callilla asintió con la cabeza.
—El Halla es rápido e implacable, así que debéis
tener cuidado.
—Yo no sé nadar —dijo Pynt.
—Ni yo —admitió Jenna.
—Bueno, yo sí —dijo Carum.
—Nadie necesita nadar en el Halla —dijo Callilla—,
aunque desde pequeñas enseñamos a nuestras niñas a atravesarlo en sus puntos
más calmos. El sendero puede ser empinado, pero está bien hollado. Nuestras
guardianas lo patrullan diariamente. Nadie más lo conoce. Una vez que lleguéis
al río, sólo debéis seguir su curso hasta llegar a un bosque de abedules. Girad
hacia el este y en un día de viaje llegaréis a la posada Bertram.
—Mi refugio —agregó Carum.
—¿Y realmente se encontrará a salvo allí? —preguntó
Jenna.
—Bertram era un gran santo de su religión, un
guerrero que renunció a la batalla. Sus santuarios nunca son violados por los
Garunianos, por ningún motivo. Son gente extraña y sus dioses son sangrientos,
pero son rectos en ello. Sin embargo, las mujeres no son admitidas en los
salones de su santuario, así que deberéis dejarlo allí y continuar con vuestra
misión. Será un año difícil para vosotras si esto no es más que el comienzo.
—Ahora tenemos una misión más grande —dijo Pynt.
Jenna se tocó la túnica sobre el pecho y pudo
sentir el mapa que crujía debajo, pero no dijo nada.
—¿Qué hay de la comida? —preguntó Carum.
—Encontraréis en los bosques lo que necesitéis
—dijo Callilla—. No tenemos tiempo para suministraros más provisiones. —Se
inclinó y tomó tres botas llenas de vino del suelo—. También os he traído un
poco de queso de cabra con pan. —Hurgando en el profundo bolsillo de su túnica,
extrajo un paquete envuelto en cuero y se lo entregó a Carum—. Sólo será un día
de viaje. ¿Cuánta hambre podéis llegar a tener? En todo caso...
—Lo sabemos —dijo Carum—. Nueces, setas y raíces.
Nada de bayas.
Callilla sonrió de mala gana.
—Bien. Entonces no os faltará nada. —Abrió la
puerta—. Que Alta os bendiga.
Las niñas asintieron con la cabeza y salieron, pero
Carum se volvió hacia ella.
—Que los ojos de Morga te vigilen por mucho tiempo
y que sus aletas esparzan el agua sobre tu espalda.
Callilla lo miró sin comprender.
Carum sonrió.
—Una bendición de los Morganianos. Ellos viven en
la costa sur del continente y sólo comen lo que llega del mar con la marea
baja. Gente extraña. Una dieta desagradable. ¡Pero honrada! —Se volvió y
desapareció detrás de las muchachas.
La risa de Callilla lo siguió.
El sendero comenzaba ante la puerta, y había poco
espacio entre la pared de la Congregación, a la derecha, y la bajada hasta
el Halla a la izquierda. Caminaron con sumo cuidado, escuchando los sonidos del
río, que se agitaba furiosamente entre sus márgenes.
De pronto Pynt pisó unos guijarros sueltos y cayó
de espaldas lastimándose la muñeca. Se levantó rápidamente y se sacudió la ropa
con irritación a pesar del dolor.
Por un momento pudieron escuchar la lluvia de
tierra y piedras que caían, pero luego el sonido del río volvió a ser más
fuerte.
Al dejar atrás la empinada muralla de la
Congregación, el sendero se ensanchaba un poco, aunque aún había un pequeño
despeñadero a la derecha. Entonces el camino giró abruptamente y se toparon con
un abeto retorcido que les cortaba el paso. Sus raíces se hundían en el
despeñadero como dedos de una mano artrítica, y las ramas en forma de abanico
oscurecían el camino más adelante.
—¿Por arriba o por abajo? —preguntó Jenna.
Pynt se asomó por debajo del árbol.
—Por debajo. Hay espacio suficiente.
Desenvainando la espada, Pynt la introdujo bajo el
árbol y luego la siguió, arrastrándose boca abajo. Jenna fue tras ella y Carum
al final, con el paquete de comida en la mano. Cuando se disponía a levantarse,
Pynt tendió una mano.
—Silencio. Espera. Oigo algo.
—Es sólo el río —dijo Carum.
—Yo también lo oigo —susurró Jenna—. ¡Shhh! —Sacó
la espada de su vaina. A la luz del sol, pareció prenderse fuego.
—Probablemente sean las centinelas de la
Congregación —respondió Carum—. Callilla dijo que nadie más conocía el sendero.
Se levantó y comenzó a sacudirse la ropa.
—Colócate detrás de mí —dijo Pynt con suavidad.
—Ya me encuentro detrás de ti —murmuró Carum—. Lo
he estado todo el... —Pero no llegó a terminar la frase, ya que una flecha pasó
silbando junto a su hombro para clavarse en el árbol.
—¡Allí están! —se oyó un grito—. Otras tres rameras
de Alta.
—Eso no son guardianas —dijo Carum—. Son...
Otra flecha voló hacia ellos, pero esta vez
atravesó su camisa clavándolo al árbol.
—¡Maldición! —gritó Carum desgarrando la tela para
liberarse.
—¡Abajo! —gritó Pynt mientras empujaba a Carum
hacia el árbol. Él se agachó bajo el tronco rugoso y luego se volvió. Pynt
había logrado meter la espada y el brazo, pero se había detenido. Carum tomó su
mano y la atrajo hacia sí, sorprendido por su peso muerto. Cuando logró sacarla
por el otro lado, vio la flecha clavada en su espalda, partida por la mitad.
—¡Pynt! —exclamó acercándola a él.
Ella no respondió.
Carum tomó su espada y aguardó.
Primero una espada y luego una mano emergieron por
debajo del árbol.
Él se dispuso a atacar, pero entonces vio que se
trataba de Jenna y se detuvo. Ella pasó al otro lado del árbol.
—Es Pynt —exclamó Carum—. Está herida. Una flecha
bajo el hombro izquierdo.
—Por los Cabellos de Alta —susurró Jenna y se
inclinó junto a Pynt—.
¿Está muy mal?
—No lo sé. Pero no se mueve.
—Oh, Pynt, dime algo —le rogó Jenna.
Pynt gimió.
—Necesita agua —dijo Carum—. Y hay que sacarle esa
flecha. Y...
—Necesita volver a la Congregación.
—No pesa mucho. Podría cargarla.
—Llévala allí —dijo Jenna—, y yo cubriré tu
retirada.
—No... llévala tú. Yo cubriré tu retirada.
—Yo soy mejor con una espada —dijo Jenna.
—¿Y piensas que yo soy mejor para emprender la
retirada?
—¿Por qué estamos discutiendo? —exclamó Jenna.
—No quiero que te ocurra nada.
—Yo podré cubrirme con el árbol —dijo Jenna—. Tú
lleva a Pynt. Si muere, nunca te lo perdonaré.
Carum se colocó a Pynt sobre la espalda. Ella
emitió un gemido y luego permaneció quieta. Oyendo los gritos de los hombres al
otro lado del árbol, Carum volvió a subir por el sendero lo más rápido que
pudo. Pynt parecía más pesada a cada paso, pero él siguió corriendo. Los
guijarros se deslizaban bajo sus pies y caían por el despeñadero. Corrió
hasta llegar a la puerta de la Congregación y golpeó con ambos puños mientras
balanceaba a Pynt sobre su espalda. Una mirilla se abrió, se cerró, y entonces
la puerta comenzó a moverse. Carum y su carga cayeron al interior.
Alguien quitó a Pynt de su espalda y cuando Carum
volvió a levantarse la puerta estaba cerrada.
—Pero Jenna está allí afuera —gritó—. Abrid.
Nadie se movió, así que Carum corrió hasta la
puerta y trató infructuosamente de abrirla.
—¡Abrid esta maldita puerta! —gritó.
Callilla jugó unos momentos con la cerradura y
abrió. Jenna cayó sobre Carum arrastrando la espada, con algo sangriento y
horrible aferrado en su mano izquierda.
—No sé... —comenzó tratando de recuperar el
aliento—, no sé si ésta fue la mano que disparó la flecha a Pynt, pero es una
mano que no hará más daño a las seguidoras de Alta. —La dejó caer con los ojos
desorbitados—.
Fue tan tonto como para introducirla primero
mientras trataba de pasar debajo del árbol.
Callilla empujó la mano con el pie.
—No tan tonto quizá. ¡Podría haber sido su cabeza!
Carum observó la mano. Con el vello oscuro en el
dorso y los dedos retorcidos, parecía una criatura extraña y sangrienta. En el
dedo mayor había un gran anillo con una K grabada en el medio. Carum alzó la
vista y observó a Jenna con el rostro desencajado.
—Es el anillo del Toro, Jenna, con el timbre de
Kalas. Me han dado muchas bofetadas con él. El Toro era mi maestro de esgrima
antes de unirse a sus hermanos al servicio de Kalas. {Sabes lo que esto
significa? Ahora el Buey y el Sabueso han sido doblegados. El Buey y el
Sabueso.
Madre Alta tiene razón. La profecía debe ser
cierta. Tú eres la Criatura Blanca, la Anna.
Las mujeres comenzaron a murmurar, pero Jenna las
ignoró y se arrodilló junto a Pynt. La enfermera, baja y robusta, con el
cabello canoso y arrugas en la frente, ya estaba observando la herida.
—Es profunda —dijo sin dirigirse a nadie en
particular—. Y está en un mal sitio. Cerca del corazón.
—¿Morirá? —preguntó Jenna con la voz quebrada.
La enfermera la miró como si se hubiese sorprendido
al descubrir que había estado hablando con alguien.
—No puedo decirlo con certeza. Pero por ahora debo
subirla a la enfermería y limpiarle la herida. Hay que quitar la punta de la
flecha.
Después de eso podré evaluar mejor su estado.
Pynt tosió y gimió casi al mismo tiempo. Trató de
sentarse pero la enfermera la detuvo con mano suave y firme.
—Ahora eres tú la que está siendo estúpida, Jenna
—susurró Pynt con voz ronca—. No moriré. ¿Cómo podría? Estarías perdida sin tu
sombra.
Entonces entornó los ojos y quedó inmóvil.
—¿Está muerta? —gritó Jenna.
—Sólo se ha desvanecido —dijo la enfermera—. El
dolor es grande y ésta es la forma que tiene la naturaleza para calmarlo. Ahora
debe ir arriba y... —miró a Jenna—, no recibirá visitas. Confía en mí, niña, no
puedes servirle de ayuda en este momento.
Ante una señal de la enfermera, tres de las mujeres
más jóvenes alzaron a Pynt y se la llevaron. Entonces la enfermera se volvió y
señaló la mano que aún yacía en el suelo.
—Sacad de aquí esa cosa. Pronto entrará en
descomposición y podría asustar a las niñas. Nosotras, las herederas de Alta,
no conservamos semejantes prendas sangrientas.
Carum se inclinó y quitó el anillo de la mano
rígida.
—Lo conservaré hasta que pueda arrojarlo a los pies
de Kalas. A diferencia de vosotras, nosotros, los Garunianos, sí conservamos
estas prendas. —Guardó el anillo en su bolsillo y se apartó rápidamente,
esperando que nadie hubiese notado la palidez que le había producido el
contacto con la mano muerta.
Pero Jenna lo había visto. Posó una mano sobre su
espalda y susurró:
—Carum, no te avergüences por tu repugnancia. De no
haber estado tan enloquecida, jamás hubiese traído esa mano hasta aquí. Pero me
dominó la fiebre de la batalla. Hice lo que hice sin pensar. Tú, sin embargo...
tú piensas demasiado.
El se volvió con el rostro más calmo, pero antes de
que tuviera tiempo de responder, alcanzó a ver a Callilla detrás de ella, con
el rostro invadido de ira y de miedo.
—Debemos hablar. Y rápido. Antes de que esos
hombres reúnan valor y derriben esta puerta.
—La puerta está bien defendida —dijo Carum.
—Puede ser —admitió Callilla—. Pero ¿la dejamos
lista para que pueda ser abierta por nuestras centinelas o la cerramos con una
barricada?
—No vimos centinelas —respondió Jenna.
—Tampoco cuerpos —agregó Carum.
Callilla asintió con tristeza.
—El Halla ya ha recibido a otras mujeres de Alta.
—Los hombres que nos persiguieron gritaron: Otras
tres... —Carum se detuvo.
—... rameras de Alta —finalizó Jenna.
Callilla se volvió hacia dos mujeres que se
hallaban cerca.
—¿Quiénes montaban guardia hoy?
—Mona —dijo una.
—Y Yerna.
—Oh, dulce Alta, sálvalas —murmuró Callilla—. Y
Verna acaba de cumplir diecisiete primaveras. Sus madres deben saberlo. Temo lo
peor.
Las dos mujeres asintieron solemnemente y
partieron.
—¿Cuántos hombres?
Carum se alzó de hombros.
—No aguardamos para contarlos.
—Eran al menos tres —dijo Jenna—. Y ahora uno de
ellos se encuentra malherido.
—Él era quien estaba al mando —agregó Carum—. Esto
podría detenerlos un poco.
—O provocarles más. No hay forma de saberlo, así
que debemos prepararnos para un ataque rápido. —Callilla miró más allá de ellos
y gritó—: Clea, Sari, Brenna... venid.
Las jóvenes se acercaron corriendo.
—¿Es cierto, Callilla? Lo de Verna... —preguntó
una.
Ella asintió con la cabeza.
—Calla, Clea. No preguntes más —dijo la mayor de
las tres muchachas.
Callilla habló con suavidad.
—Recordad lo que nos dice Alta, en su gran
sabiduría. No saber es malo, pero no querer saber es peor.
Las muchachas bajaron la vista y aguardaron.
—Ahora debéis hacer lo siguiente. Sari y Brenna,
levantad una barricada contra la puerta y montad guardia aquí hasta que seáis
relevadas. Clea, tú debes avisar a las centinelas que se acerca una gran
batalla. Todas sabemos qué hacer. —Canilla las despidió con un movimiento de su
mano y se volvió hacia Jenna—. En el Libro está escrito que: Sin duda el
momento de ponerse en marcha no es el momento de iniciar los preparativos.
Encontrarán bien preparada a esta Congregación.
—Ya lo veo —dijo Jenna.
—Entonces también debemos preparar otra ruta de
escape para vosotros dos. Cuando Armina regrese de ver a Madre Alta, la enviaré
con vosotros. Esta noche saldréis por un camino que nadie podrá adivinar ni
seguir. La oscuridad será nuestra compañera.
—La luna está casi llena, Canilla —dijo Sari por
encima del hombro mientras forcejeaba junto a Brenna para colocar un gran baúl
frente a la puerta.
—Entonces tendréis a la vez luz y oscuridad como
ayudantes. —Se volvió hacia Jenna—. Mientras tanto, vosotros dos podéis
ayudarnos con nuestra fortificación.
Trabajaron durante toda la tarde sin cesar,
ayudando a levantar barricadas contra las puertas y a clavar maderas contra las
estrechas ventanas de la planta baja. Carum dedicó varias horas a preparar
nuevas flechas mientras Jenna ayudaba a subir agua del pozo.
—Si hay fuego —le explicó a Carum—, la Congregación
estará bien preparada.
Sólo una vez intentaron visitar a Pynt en su
habitación del primero piso, pero la enfermera los detuvo en la puerta.
—Está dormida —les informó—. Pero he extraído la
punta de flecha y, afortunadamente, no estaba envenenada. Le he preparado una
tisana que la ayudará a sudar la fiebre producida por la herida. Ésta ha sido
tratada con una cataplasma de escrofularia, a la cual hemos denominado
CuraTodo. Podéis creer que he hecho todo lo que está en mis manos para que se
sienta cómoda.
—¡Cómoda! —dijo Carum—. Eso fue lo que dijo el
médico de mi madre durante el mes que ella tardó en morir.
—¿Morirá Pynt? —preguntó Jenna.
—Todos moriremos al fin —respondió la enfermera—.
Pero no midáis la mortaja antes de que exista un cadáver. Vuestra amiga se
encuentra en las manos suaves y bondadosas de Alta, las mismas manos que
sostienen al polluelo y ayudan en el alumbramiento del cervatillo. —Mientras
hablaba, las arrugas de su frente se hicieron más profundas.
—Espero —susurró Carum a Jenna mientras se
alejaban—, que sea más original con sus medicinas que con sus palabras.
Se aferró con fuerza a la mano de Jenna, lo cual
les trajo consuelo a ambos.
En la cocina había una cena temprana que se servía
por turnos. Jenna y Carum comieron en la segunda vuelta, sentándose con Armina
y dos de sus amigas. Armina terminó el muslo de ave que tenía en el plato y
apartó los huesos. Dando la espalda a sus amigas, se dirigió a Jenna y le habló
con vehemencia.
—Cuando se inicie el ataque o caiga la noche, sea
lo que fuere lo que llegue primero, os llevaré escaleras arriba. Hay otra
salida. Por supuesto que es más difícil que el sendero, pero sin duda allí
nadie os descubrirá.
Carum la interrumpió.
—¿Por qué no hemos comenzado por allí?
—Ya lo veréis.
Jenna empujó su porción de ave alrededor del plato.
—La batalla no te produce hambre —comentó Armina—.
A mí me vuelve famélica.
—Mi estómago argumenta en ambos sentidos —dijo
Carum.
Se disponía a tomar otra ala cuando se oyeron
gritos en el Gran Vestíbulo y el sonido de golpes sobre el portón.
—Ya han llegado —dijo Armina poniéndose de pie—.
Estarán ocupados en el frente durante un buen rato. Aquellas puertas tienen al
menos treinta centímetros de espesor y hay filosas púas sobre las murallas.
—¿Vienes, Armina? —preguntó una de sus amigas.
—Debo ocuparme de estos dos —respondió ella
señalándolos con la cabeza.
—Que Alta te acompañe, entonces.
—A ti también.
—Sabes —murmuró Carum—, los caballeros del rey
tienen arietes. Y una gran honda para arrojar piedras. Los portones no se
sostendrán ante semejante equipo de guerra.
—Lo sabemos —dijo Armina—. Varias de nuestras
mujeres han servido en los ejércitos del rey. Su manera de luchar no es
desconocida para nosotras.
—¡Las Compañeras de Manta! —dijo Carum.
—Mi madre, Callilla, fue una de ellas. Yo soy el
resultado. —Armina esbozó una sonrisa—. Pero las murallas nos proporcionarán un
poco de tiempo. Y aunque logren derribarlas, los hombres descubrirán que no
somos presa fácil. —Se puso de pie.
—Pero las niñas... —dijo Carum—. Y las que se
encuentran heridas.
—Tenemos un lugar para ellas. No temáis. Venid.
Salieron con ella de la cocina, atravesaron el Gran
Vestíbulo v subieron la ancha escalera que conducía al primer piso. Armina giró
a la derecha, luego a la izquierda y luego otra vez a la derecha.
—Estoy perdido otra vez —le susurró Carum a Jenna.
Ella no respondió.
Armina se detuvo, abrió una puerta y entró. Ellos
la siguieron pisándole los talones y se sorprendieron al encontrarse en una
especie de sala de juegos, con juguetes infantiles esparcidos por todo el
suelo.
—No tenemos nada como esto en la Congregación
Selden —murmuró Jenna observando las pequeñas varillas, las cuerdas para
saltar, los aros y las pelotas.
—Las ventanas no están cubiertas con tablones —dijo
Carum—. ¿Eso no es peligroso? Los hombres de Kalas podrían entrar por aquí.
—¿Eso crees? ¡Entonces mira! —le ordenó Armina.
Ambos se asomaron. Era un precipicio de unos
treinta metros que caía directo sobre el Halla.
—Oh, no —dijo Jenna de inmediato—. Yo no sé nadar.
—Yo sí —dijo Carum.
—Os ataré con una cuerda —les explicó Armina
mientras unía cuatro de las cuerdas para saltar, probando cada nudo con un
fuerte tirón—. Éstas son muy fuertes. Y cada uno tendrá un flotador.
—¿Un flotador?
Armina fue hasta un guardarropa, abrió las puertas
y hurgó en el estante superior. Entonces regresó con dos piezas de madera, con
la forma de una cabeza de pala pero el doble de grandes.
—Los utilizamos para que nuestras pequeñas aprendan
a nadar. Se sujetan así. —Tomando el borde plano, alzó el flotador por encima
de su cabeza—. Y luego patalead con todas vuestras fuerzas. La madera flotará,
y si no la soltáis impedirá que os hundáis.
—Yo me hundiré —dijo Jenna.
—Aunque eso ocurra, recuerda que estarás atada a
Longbow y él sabe nadar.
—Un poco —admitió Carum—. En albercas tranquilas y
en los baños del palacio. Nunca lo he intentado en un río tormentoso. Un río
implacable.
—Debéis saltar —dijo Armina—. No hay otro camino.
Carum se volvió hacia Jenna.
—Tiene que salir bien. La profecía no habla de que
la Anna vaya a morir.
Se convertirá en reina y...
—Por amor de la Diosa, yo no soy ninguna Anna —dijo
Jenna con ira—.
Pero soy una guerrera de Gran Alta. Y he jurado
cuidar de tu seguridad.
—Inspiró profundamente y miró a Armina con
firmeza—. Saltaremos.
—Primero debemos preparar las cuerdas que llevaréis
atadas a la cintura. Carum, tú sube a aquella ventana y yo iré a la otra —dijo
Armina—.
Entonces te arrojaré un extremo por fuera.
Carum subió al antepecho de la ventana y se asomó
hacia afuera cogiéndose al barrote metálico. Mientras tanto, Armina había
subido a la otra y le arrojó la cuerda. Se necesitaron tres intentos antes de
que pudiera atraparla pero, finalmente, Carum logró introducirla y la aseguró
de forma suelta al barrote. Armina hizo lo mismo con su extremo y bajó de un
salto.
—Ahora debemos asegurarte bien la espada, Jenna. El
río podría arrebatártela.
—Yo lo haré —dijo Jenna, y tomando otra cuerda,
comenzó a enroscarla alrededor de su cuerpo y de la espada para, finalmente,
anudarla con fuerza.
Armina cogió las tablas flotadoras y colocó una
junto a cada ventana.
—En realidad no existe mucho peligro en esto. Es
más el miedo que produce que otra cosa. Como una prueba de valor, nosotras, las
muchachas mayores, solemos venir y saltar al Halla. Sin los flotadores.
—Eso nos has dicho. Y también nos has hablado sobre
la joven que nunca fue encontrada —dijo Carum.
—Eso fue sólo un cuento. Para asustaros.
—Lo has logrado.
—El único verdadero peligro —dijo Armina— sería que
no lograseis salir del río a tiempo. Después de un trecho comienzan los
rápidos.
—¿Rápidos? —preguntó Jenna.
—Aguas turbulentas, grandes remolinos y
contracorrientes. Y existe una cascada. Debéis aseguraros de salir a tiempo, y
por la margen derecha.
—¿Y cómo sabremos cuándo se están acercando los
rápidos? —preguntó Jenna.
—Lo sabréis.
—Entonces será mejor que nos vayamos —dijo Carum.
Miró a Jenna, quien asintió con la cabeza.
—Estoy lista —dijo, y entonces agregó—: Creo.
—El tiene razón. Debéis apresuraros. Carum, sube tú
primero y ata la cuerda a tu cintura. Luego tú harás lo mismo, Jenna. Os
entregaré las tablas y contaré hasta tres. Entonces, saltaréis juntos. Oh, y
debéis hacerlo al mismo tiempo ya que si no, uno arrastrará al otro. —Armina
pensó durante unos segundos—. Hay otra cosa.
—Dinos —le instó Carum.
—No saltéis en línea recta hacia abajo u os
golpearéis contra los rocas. Impulsaos hacia delante.
—¿Algo más? —preguntó Carum mientras subía y pasaba
por encima del barrote.
—No gritéis. Podríais alertar a los hombres. Está
oscureciendo y no se encuentran lo suficientemente cerca para veros saltar,
¿pero para qué correr el riesgo? Y que Alta os proteja entre sus cabellos.
Jenna asintió con la cabeza y trepó al antepecho.
—A ti también, Armina. Y a todas las de esta
Congregación. Que luchéis con valentía y pueda volver a veros. —Se volvió, pasó
por encima del barrote, desató la cuerda y se la aseguró a la cintura con un
doble nudo.
Armina les entregó las tablas y comenzó a contar.
—Uno... dos...
Jenna sintió algo ardiente y duro en el estómago, y
un sabor salado en la boca. Sabía que la mujer de una profecía jamás sentiría
tanto miedo.
—...¡tres!
Jenna saltó un poco antes que Carum, pero no tanto
como para que la cuerda se tensara entre ambos. Sintió el viento contra los
oídos y un grito extraño escapó de su boca. Hubo un ligero eco de ese grito y,
sólo al caer en el agua helada, Jenna comprendió que Carum también había
gritado.
Esperaba que no los hubiesen escuchado.
Repentinamente, su boca se inundó de agua y la
tabla saltó de sus manos como un objeto enloquecido. Sacudiendo brazos y
piernas, trató de volver a la superficie, pero con los ojos cerrados estaba
completamente confundida. Entonces, pensado que estaba acabada, inspiró y tragó
una bocanada de agua y a partir de ese momento todo se transformó en una
oscuridad llena de burbujas frías. De pronto su cabeza estuvo en el aire y
Carum le colocaba una tabla entre las manos. Como a una gran distancia, oyó sus
gritos:
—Respira, Jenna, por favor, respira.
Jenna aspiró y tosió agua casi al mismo tiempo.
Entonces se apoyó sobre la tabla, consciente de su firmeza debajo de ella, pero
se sentía demasiado débil y confundida para patalear. Carum colocó el brazo
alrededor de ella y lo hizo por ambos.
Después de un rato, Jenna pudo abrir los ojos y
ver. Aunque el corazón aún le golpeaba con fuerza, ya no latía tan rápido y el
miedo había aflojado un poco en su garganta y sus entrañas. Inspirando
profundamente gritó con voz ronca:
—¡Estamos... estamos vivos!
—Por supuesto que estamos vivos —respondió Carum—.
Te dije que sabía nadar. Ahora patalea, Jenna. —Él se apartó y, de pronto, ella
tomó conciencia de que su cuerpo no se hallaba junto al suyo—. ¡Patalea, te
digo!
Jenna obedeció y la tabla se movió silenciosamente
a través del agua.
—¡Funciona! —exclamó girando la cabeza hacia él.
Carum nadó a su lado con la gracia de un cerdo al
contonearse, pero no se apartó de ella en ningún momento. Su avance era ayudado
por la fuerza del río, y las márgenes parecían moverse con vertiginosa
velocidad. Apenas si habían alcanzado a divisar una posible señal cuando ya se
habían alejado de ella.
—¿Cómo sabremos cuándo nos estemos acercando a los
rápidos? —gritó Jenna.
—Armina dijo que lo sabríamos —replicó él.
El estruendo del río era tal que apenas si
alcanzaban a comprender una palabra de cada tres, pero después de varios
intentos más, lograron hacerse entender. Entonces giraron por un recodo y de
pronto el ruido pareció hacerse mucho más fuerte mientras el agua hervía a su
alrededor formando espuma.
—Creo que lo hemos encontrado —gritó Carum.
-¿Qué?
—Creo que lo hemos encontrado.
-¿Qué?
Con un esfuerzo, nadó hacia ella, la tomó por el
hombro y la hizo girar hacia la derecha.
—Sólo ve hacia allí.
Se hallaban más cerca de la margen izquierda que de
la derecha, la del este, pero de todos modos lucharon para alcanzarla con las
últimas fuerzas que les quedaban. El río los arrastraba hacia delante. De
pronto Carum fue arrancado del lado de Jenna y la cuerda se tensó entre ambos.
Él dio varias vueltas en un profundo remolino hundiéndose y emergiendo como un
corcho hasta que finalmente la cuerda volvió a conducirle al lado de Jenna.
Justo cuando él había logrado hacer pie en las
rocas, Jenna fue atrapada en el mismo remolino y la tabla se deslizó de sus
manos. Esta saltó por el aire y fue a caer a escasos centímetros de la cabeza
de Carum. Él se agachó, estuvo a punto de volver a caer en el río y
entonces recuperó el equilibrio para tirar de la cuerda que sostenía a Jenna.
Ella estaba tan exhausta que Carum prácticamente tuvo que arrastrarla hasta la
costa.
Ambos se dejaron caer sobre el césped, respirando
con agitación. Jenna tosió agua dos veces sin alzar la cabeza del suelo.
Entonces se sentó abruptamente, volvió un rostro verdoso hacia Carum y vomitó
sobre la hierba. Luego se tendió nuevamente, incapaz de moverse.
—Allí... tienes... —dijo Carum entre jadeos—,
ahora... estamos... a... mano... por... mi... vomitada... en... los... bosques.
A Jenna le llevó todo un minuto responder.
—No... me... parece... divertido —murmuró.
—Sólo trato de reír y vivir más tiempo —respondió
él.
Esta vez, Jenna no se tomó la molestia de
responder.
Carum se sentó lentamente y miró a su alrededor.
Entonces subió gateando por la pequeña cuesta. Más adelante había un extenso
prado cubierto de pensamientos amarillos y azules. A la derecha había un
bosquecillo con árboles de corteza blanca, casi fantasmales bajo la penumbra.
—¡El bosque de abedules! —gritó Carum a Jenna—. ¡El
que mencionó Callilla!
Jenna se sentó y trató de escurrirse el agua de las
trenzas, pero sus manos aún no habían recuperado la fuerza.
—Podríamos haber pasado cientos de bosques
semejantes mientras nos ahogábamos —le dijo.
—¿Tienes una mejor idea de dónde nos encontramos?
—En absoluto.
—Entonces supongamos que nos hallamos a un día de
viaje de la posada Bertram, porque de ese modo dormiremos más tranquilos.
Jenna sacudió la cabeza.
—¿Cómo dormir tranquilos sabiendo que Armina podría
morir, que la Congregación se encuentra en peligro, que no tenemos ni idea de
dónde nos encontramos y que podríamos ser hallados por los caballeros del rey
en cualquier momento?
—No lo sé, Jenna —dijo Carum—. Pero voy a
intentarlo.
Ella asintió con la cabeza, demasiado cansada como
para discutir, y en pocos minutos ambos estaban dormidos a orillas del río, a
plena vista de cualquier transeúnte.
LA HISTORIA:
Las prácticas religiosas de los Garunianos están
mucho mejor documentadas que las de cualquier otro grupo residente en los
Valles durante el mismo período. Existen dos razones para esto. Primero, el
linaje continental de los Garunianos nos proporciona una amplia base desde la
cual los exploradores de la historia religiosa pueden realizar sus incursiones
teóricas. Después de todo, aunque en las excavaciones de los Valles sólo han
sido encontrados dos documentos Garunianos calificados como auténticos, existen
al menos veinte de ellos (incluyendo un libro de proverbios gnómicos)
descubiertos por la doctora Allysen J. Carver durante sus veinte años de
trabajo en los pueblos fronterizos del continente. Segundo, de los dos
documentos de los Valles, uno es el famoso ensayo «Profecías Oblicuas» (o,
según Magon insiste en denominarlo de un modo bastante coloquial: «Profecías
Sesgadas», rebajando de este modo su considerable poder) del rey-estudioso
Langbrow II, en el cual se menciona el sistema de refugios o posadas.
Estos monasterios amurallados, que en parte eran
refugios religiosos, en parte santuarios y en parte prisiones, eran
considerados sacrosantos por los Garunianos, y al parecer muchos hombres
buscados se ocultaron en ellos posiblemente (aunque no probablemente) durante
años. Langbrow cita un número de proverbios, algunos demasiado vagos para
admitir un análisis gramatical, pero hay dos que parecen lo suficientemente
claros: Para el fugitivo, la posada, y Mejor en la posada que en la batalla.
Por una vez, Magon y Temple se han puesto de acuerdo en su significado, que
tanto los criminales como los desertores aprovechaban la inmunidad ofrecida por
las posadas. La hipótesis de Magon, un poco aventurada considerando que el
documento sólo posee tres páginas, dice que una vez que un hombre entraba en
una posada, solía permanecer allí de por vida.
EL RELATO:
En realidad se hallaban a menos de un día de viaje
ya que, después de dormir siete horas, se pusieron en marcha iluminados todavía
por la luna. Siguieron el curso del sendero, pero a unos metros de distancia,
impulsados por el viejo hábito de la cautela.
Apenas pasado el mediodía, con el sol encima de sus
cabezas, alcanzaron la cima de una pequeña loma y divisaron la posada Bertram
en el valle. La posada estaba compuesta por una serie de edificios bajos hechos
en piedra formando una cruz. A su alrededor se extendían prolijos jardines y
plantaciones de frutales, todo ello rodeado por una doble muralla. A pesar de
ser mucho más pequeña que la Congregación Nill, la posada seguía siendo más
grande que Selden.
—¡Allí está! —dijo Carum—. Todas las posadas están
construidas de esa forma, como una cruz. —Se dispuso a levantarse, y Jenna lo
detuvo cogiéndole por el faldón de la camisa.
—¡Aguarda! —le dijo—. Siempre decimos: El que corre
por delante de su inteligencia, suele tropezar. Observemos unos momentos.
Él volvió a arrodillarse y, mientras vigilaban, una
tropa de jinetes salió de los bosques del oeste y se detuvo frente a la
entrada. Varios minutos después, y ante una señal, los jinetes dieron la vuelta
y se alejaron hacia la cuesta donde estaban agrupados.
Jenna tomó a Carum por el brazo y lo llevó hasta
una zona de vegetación más tupida, cuidando de no dejar ningún rastro. Un poco
más allá llegaron a un pequeño peñasco con una cueva diminuta y oscura.
Entraron en ella a presión, ya que apenas era lo suficientemente grande para
los dos. Estaba llena de deshechos animales y tenía un olor rancio, pero
permanecieron allí hasta que la oscuridad cayó sobre los bosques, y los
jinetes, quien quiera que fuesen, partieron con otro rumbo.
Había luna llena y el valle se veía completamente
iluminado.
—Bien podríamos haber cruzado de día —dijo Carum—,
ya que esa luna es tan brillante como un sol.
Pero a pesar de ello, atravesaron corriendo el
prado abierto. La suerte los acompañó. Si había centinelas, se habían quedado
dormidos en sus puestos.
Las murallas de la posada eran más altas de lo que
habían parecido desde la colina, tan altas que se hubiese necesitado una
escalera para treparlas. Estaban coronadas por púas de aspecto despiadado.
—Un lugar acogedor —comentó Jenna.
—Recuerda que debe proteger a los que están dentro
—dijo Carum.
—Pensé que tu gente respetaba el santuario.
—Mi gente no es toda la gente —respondió Carum.
Los portalones eran de madera y estaban empotrados
en las murallas con marcos de hierro. Eran buenos, sólidos y sin ningún adorno.
La única decoración era una mirilla que había en la mitad.
Carum golpeó con ambas manos mientras Jenna, con la
espada desenvainada, montaba guardia. Durante un buen rato nada ocurrió.
—No están muy dispuestos a ayudar a aquellos que
los necesitan si no abren sus puertas —dijo Jenna.
—Es medianoche —respondió Carum—. Deben de estar
dormidos.
—¿Todos? ¿No hay centinelas?
—¿Por qué iba a haberlos? Nadie en los Valles se
atrevería a violar una posada.
—Yo hubiera pensado que nadie se atrevería a violar
una Congregación llena de mujeres y niñas. Pero Pynt tiene una flecha en la
espalda, Verna y la otra hermana han desaparecido y nosotros hemos tenido que
nadar en un río implacable.
—Eso era una Congregación y esto es una posada
—dijo Carum.
—Y tú eres el hijo de un rey que debe clamarme mera
porque le persiguen los de su propia clase.
Carum bajó la vista.
—Lo siento, Jenna. Tienes razón. Lo que he dicho es
una tontería. Una cosa vil e irre...
—¿Irreflexiva?
—Irreflexiva. Y debería haber alguien levantado. O
deberíamos poder hacer que alguien se levante. —Se volvió y golpeó nuevamente
la puerta.
Al fin hubo un sonido metálico y la mirilla se
abrió. Pudieron ver un solo ojo que los miraba. Carum se colocó frente a Jenna
y gritó a ese ojo:
—Buscamos asilo: yo por el tiempo que sea necesario
y mi acompañante por el resto de la noche.
La puerta se abrió lentamente y un anciano, con
profundas arrugas que rodeaban su boca como un paréntesis, se interpuso en su
camino.
—¿Quién llama?
—Soy Carum Longbow, el hijo...
—Ah, Longbow. Nos preguntábamos si lograríais
llegar hasta aquí.
Carum lo miró.
—¿Cómo lo supisteis?
El anciano movió lentamente la cabeza a un lado y
al otro.
—Vuestro hermano Pike, quien yace aquí dentro,
tenía esperanzas. Y hace sólo unas horas vinieron unos caballeros del rey
preguntando por vos. Por supuesto que los despachamos de inmediato.
—¿Pike aquí? Y dices que yace. ¿Está dormido... o
herido?
—Herido, pero no corre peligro.
Jenna dio un paso adelante.
—Por favor, déjelo entrar. Pueden continuar
hablando con los portones cerrados.
El anciano la miró con atención.
—¿Ésta es la acompañante de la cual hablabais?
—Sí.
—Pero es una mujer.
—Es una guerrera de Alta que se comprometió por mi
salvación.
El anciano chasqueó la lengua.
—Alteza, vos sabéis que no se admiten mujeres aquí.
Carum enderezó la espalda.
—Ella se queda. Soy el hijo del rey.
—Pero aún no sois el rey, ni tampoco lo seréis a
menos que
muera vuestro hermano. Y sólo el rey puede hacer
esa petición. No es posible que ella entre aquí. Es la ley. —Su cabeza volvió a
moverse en señal de impotencia.
Jenna posó una mano sobre el brazo de Carum.
—Entra, y rápido. Mi promesa está cumplida, Carum
Longbow. Ahora te encuentras a salvo y yo estoy libre de mi compromiso.
—Libre del compromiso, pero no libre de mí, Jenna.
—Calla, Carum —dijo ella—. Tenemos otras misiones
que cumplir ahora, yo con mis hermanas y tú con tu hermano. Fuimos compañeros
porque el peligro nos unió con lazos tan fuertes como las cuerdas que nos
unieron en el Halla.
—No te dejaré partir tan pronto. No de este modo.
—Carum...
—Al menos dame un beso de despedida.
—¿Por qué?
—¿Por qué no?
—Porque... porque nunca antes he besado a un
hombre.
—Dijiste que era sólo un muchacho.
—Nunca antes he besado a un muchacho.
—Ésa no es una razón lo suficientemente buena. Yo
nunca había comido raíces amargas antes de conocerte. Tú nunca habías nadado en
un río antes de conocerme. —Carum sonrió y extendió las manos.
Ella asintió de forma imperceptible y se dejó
llevar por sus brazos. Los labios de Carum se posaron sobre los de ella con
suavidad, y cuando Jenna se dispuso a apartarse, él la retuvo de tal modo que,
sin proponérselo, ella se acercó aún más hasta que estuvo apretada contra su
cuerpo y comenzó a temblar. Se echó un poco hacia atrás y apartó sus labios de
los de él.
—¿Qué es esto? —susurró.
Carum esbozó una sonrisa triste.
—Yo lo llamaría amor.
—¿Ésa... ésa es la definición de un estudioso,
Carum?
—Es una suposición —dijo él—. Nunca antes había
besado a una joven. Pero por lo que he leído...
—¿Qué es lo que has leído? —La voz de Jenna todavía
era un susurro.
—Que los Carolianos, quienes sólo profesan su
religión a cielo abierto, dicen que amor fue la primera palabra memorizada
por Dios.
—Qué dios tan extraño.
—No más extraño que esto —dijo Carum volviendo a
besarla sin tocarle en ninguna otra parte que no fuesen los labios. Entonces
dio un paso atrás—. Volveremos a vernos, mi Blanca Jenna.
—Oh —susurró Jenna incapaz de decir nada más hasta
que el portal se hubo cerrado entre ellos. Y entonces todo lo que pudo hacer
fue susurrar su nombre.
Sólo cuando llegó a la linde del bosque y extrajo
el mapa de su túnica, descubrió que había quedado arruinado por el agua. Como
el único camino que conocía para llegar a una Congregación era el que ya había
recorrido, supo que debería regresar al río y desandar sus pasos. En la
Congregación Nill le entregarían otro mapa o al menos le darían instrucciones
para ponerse en marcha.
Sin Carum, no sintió la necesidad de apartarse del
sendero. Una persona sola, razonó, podría desaparecer rápidamente en el bosque.
Una persona alerta, se convenció, podría oír una legión que se acerca por el
camino.
Jenna avanzó rápidamente, casi sin detenerse,
recogiendo todos los comestibles que crecían junto al sendero. Sólo durmió unas
pocas horas con un sueño que le brindó poco descanso, ya que soñó con Carum que
caía de rodillas gritando: «Bendita, bendita, bendita», y se negaba a su
abrazo.
Para media mañana volvió a encontrarse junto al
abeto que cruzaba el sendero como una mano desfigurada. Una pequeña mancha
oscura bajo el árbol era el único recuerdo de la violencia ocurrida allí. Jenna
se arrastró por debajo conteniendo el aliento, ya que temía por lo que pudiese
aguardarle al otro lado. Pero cuando logró pasar, descubrió que se encontraba a
solas.
Había un extraño silencio, sólo interrumpido por el
rumor del río, aunque en su mente volvió a escuchar los gritos y lamentos que
la habían acompañado por última vez en ese lugar. Aquellas voces la
atemorizaron, y corrió rápidamente hasta la puerta trasera de la Congregación.
Al empujarla comprobó que no se movía y aunque eso le produjo un gran
alivio —significaba que los caballeros del rey no habían logrado entrar por
allí— no golpeó por si acaso el enemigo se encontraba dentro.
En lugar de ello regresó por el sendero, volvió a
pasar bajo el árbol y siguió adelante hasta donde el peñasco era más bajo.
Lentamente trepó por la roca mientras la espada se balanceaba contra sus
piernas y amenazaba trabarla con cada movimiento. Le llevó un buen rato llegar
a la cima, donde se tendió jadeante sobre la hierba hasta que logró calmar su
respiración. Entonces avanzó muy despacio, boca abajo entre las hierbas altas
hacia el frente de la Congregación, consciente de que podía ser vista desde la parte
superior de las murallas.
Mientras avanzaba, notó que, con excepción de la
hierba que la rodeaba, todo estaba quieto. Demasiado quieto. En medio de tanto
silencio debería haberse oído el sonido de voces, el canto de los gallos o el
balido de las cabras. El miedo le hizo temblar y por un momento no se atrevió a
moverse.
Para calmarse, realizó tres profundas respiraciones
latani, tarea nada sencilla estando boca abajo, y luego se puso de rodillas. En
aquella posición agazapada corrió hasta la muralla y colocó la mano sobre la
piedra. Su misma solidez le brindó coraje.
Al doblar la esquina con sumo cuidado, sintió un
nudo en el estómago y un extraño sabor metálico invadió su boca. Los portones
tallados estaban hechos pedazos y la muralla, derrumbada. Desparramadas como
frutas de un cuenco, las pesadas piedras mostraban sus oscuras caras ocultas al
sol.
Jenna aguardó casi sin atreverse a respirar,
tratando de oír algún sonido. Pero era como si una mortaja lo hubiese cubierto
todo. Otras tres profundas respiraciones latani y al fin avanzó, pisando con
cuidado entre las piedras caídas.
Había cuerpos esparcidos por todo el patio: hombres
con armaduras de batalla, mujeres con pieles de guerreras. Jenna se detuvo
junto a cada cuerpo, apartando las moscas con impaciencia en la esperanza de
encontrar a alguien, a algo que estuviese con vida.
Por todas partes, pensó aturdida. Están por todas
partes.
Dio vuelta a las mujeres que habían muerto boca
abajo, buscando a alguna conocida... Armina, Callilla o la misma sacerdotisa.
Cerca del pozo y con la mano en el rostro, como
protegiéndose del sol, yacía una mujer joven. Había un pequeño hueco en su
garganta. Jenna la miró.
Una apertura tan pequeña para dejar entrar a la
muerte, para dejar salir a la vida, pensó.
Jenna se arrodilló, y al apartar la mano reconoció
a Brenna, aunque sólo la había visto una vez.
—Que Alta tenga misericordia de ti —murmuró
preguntándose por qué esa piedad había sido tan escasa horas antes. De pronto
sintió más por ese cadáver que por todos los demás—. Te lo juro, Brenna, te
daré sepultura si logro que alguien me indique dónde se encuentra la gruta de
tu Congregación.
Se levantó y continuó su búsqueda por el patio. Su
sombra bailaba en forma extraña junto a ella, hasta que comprendió que avanzaba
con singulares movimientos espasmódicos. Esa fue la primera vez que tomó
conciencia de que era capaz de asimilarlo todo... el angustioso horror de lo
que estaba viendo. Era simplemente demasiado, demasiada muerte. Y también
comprendió que le aterrorizaba la idea de entrar en la Congregación.
Se obligó a arrodillarse y respirar profundamente,
a pesar de que el aire estaba invadido por un olor dulce y punzante. Bañada por
el sol empezó a entonar los cien cánticos, tratando de calmarse para los
horrores que le aguardaban. Mientras cantaba, volvió a sentir aquella extraña
ligereza y salió lentamente de su cuerpo para flotar sobre el patio. Desde una
gran altura observó su propia figura que se mecía ligeramente entre los
cadáveres. Pero cuando descendió para tocar un cuerpo tras otro no pudo hallar ninguna
entrada, ningún ser vivo por el cual dejarse atraer.
Finalmente bajó y bajó en espiral hacia su cuerpo,
que entonaba el último cántico.
Volviendo a ponerse de pie, caminó con decisión
hacia la puerta derrumbada de la Congregación.
Halló a Callilla en la cocina. Tenía la garganta
cortada y había cinco hombres muertos a su alrededor. Armina yacía en la
escalera principal con una flecha en la espalda y una espada rota a sus pies.
Detrás había tres hombres con los rostros marcados por sus uñas y los cuellos
cortados con un cuchillo.
Jenna se sentó sobre el escalón, junto a la cabeza
de Armina y acarició la cresta de su cabello.
—Quien ríe más, vive más —susurró con voz ronca.
Y entonces las lágrimas se agolparon en sus ojos y
brotaron junto con profundos sollozos. Lloró de forma incontrolable, no sólo
por Armina sino por todas ellas, por sus hermanas desconocidas que habían
muerto defendiéndose de los caballeros del rey. Los caballeros del rey, quienes
querían a Jenna por la muerte del Sabueso, y a Carum por... De pronto
comprendió que ni siquiera sabía por qué buscaban a Carum. Sólo sabía que era
así. Y tanto querían hallarlo que habían degollado a toda una Congregación de mujeres
por ello. Por lo tanto, todo ese horror era su culpa, de Carum y de ella. Tal
como había dicho Madre Alta: ella era el final. Una Congregación entera había
desaparecido.
¡Una Congregación entera! ¡Y Pynt también! Jenna se
levantó de un salto y subió la escalera saltando los peldaños de dos en dos,
tratando desesperadamente de recordar dónde estaba la habitación de la
enfermera. Sólo sabía que se encontraba en alguna parte del primer piso. No
podía creer que los hombres matasen a una niña herida tendida en la cama de una
enfermería.
Abrió puerta tras puerta, saltando sobre los
cadáveres de las mujeres y sus atacantes, quienes las superaban en número.
Un hombre alto y barbudo, con el rostro arrugado
como una corteza y la garganta ensangrentada, yacía contra una puerta cerrada.
Jenna lo apartó de un puntapié.
—¿Estás arrojando huesos por encima del hombro para
esos perros horrendos? —preguntó—. Ojalá que vuelvan a destrozarte el cuello.
—Abrió la puerta y vio que era la enfermería. Tres mujeres muertas yacían sobre
las camillas y otra, con los ojos vendados, estaba bajo una mesa. Ninguna de
ellas era Pynt—. ¡Pynt! —gritó Jenna, y el nombre resonó en la habitación, pero
no hubo respuesta.
Jenna salió como una tromba, saltó sobre el hombre
muerto y corrió por el pasillo abriendo todas las puertas y gritando
enloquecida en cada habitación. Una puerta ya se hallaba entreabierta. Al
asomarse vio que se trataba de la sala de juegos desde la cual, dos días antes,
había saltado al río helado junto
con Carum. Se acercó a las ventanas y observó el
Halla, que fluía imperturbable entre sus márgenes. Al volverse, los objetos del
suelo le parecieron cadáveres de juguetes.
Lentamente, algo fue introduciéndose en su mente,
algo que iba más allá del horror y la sangre.
—¡Las niñas! —susurró—. ¡No he visto niñas muertas!
Apoyada contra el marco de la ventana, trató de
recordar qué era lo que Armina le había dicho con respecto a las niñas. Pero
cuando trataba de imaginarla hablando, sólo podía ver su cuerpo tendido en la
escalera.
—Debo pensar —dijo en voz alta—. Debo recordar. —Se
obligó a pensar en la cena y en aquellos golpes fatales sobre la puerta. Había
sido entonces cuando Armina le había dicho algo con respecto a las niñas. ¿Pero
qué?
Y entonces lo recordó: «...Un lugar para ellas. No
temas.» Las niñas y las heridas, le había dicho. Jenna se mordió el labio.
Había visto a las heridas muertas en sus camillas.
—Pero seguramente no eran todas las heridas —dijo
en voz alta—. En una batalla de esta magnitud, las cosas deben haberse
prolongado durante horas. Por lo tanto debe haber otras que hayan partido
antes. Al lugar mencionado por Armina. ¡Si tan sólo hubiese dicho dónde! —Tal
vez Pynt también se encontraba allí, pensó de pronto.
Jenna se permitió albergar una pequeña esperanza y,
dejando la sala de juegos, terminó de registrar el primer piso. Entonces halló
la escalera trasera y subió al segundo.
Allí había menos cuerpos, como si la batalla no
hubiese llegado tan lejos. O como si ya hubiesen quedado menos para luchar,
pensó con expresión sombría. Y entonces llegó a la puerta tallada de Madre
Alta. Había sido partida por la mitad y estaba destrozada. Jenna entró con
cautela.
Era allí donde parecía haber terminado todo. Las
últimas hermanas heridas se hallaban a los pies de Madre Alta, casi apiladas,
con los vendajes empapados de sangre más fresca. La enfermera, que también
tenía la cabeza envuelta con un lienzo blanco, había caído sobre la falda de la
sacerdotisa. Los dedos de Madre Alta se hallaban entrelazados con los de ella,
y el único que estaba extendido era el sexto. Los ojos de mármol de la anciana
estaban fijos y abiertos.
Pero Pynt y las niñas habían desaparecido. Entonces
Jenna comprendió. Los hombres debían habérselas llevado... seguramente las
niñas habían gritado y llorado y... Allí se detenía su imaginación. Simplemente
no podía comprender qué harían aquellos hombres con varias docenas de niñas,
algunas todavía tenían que ser llevadas en brazos.
Jenna pasó el resto del día llevando los cuerpos de
las mujeres a la cocina y al Gran Vestíbulo. Las transportó de forma reverente,
como si de ese modo hubiese podido aliviar su culpa. Las tendió una junto a la
otra, dejando espacio para sus hermanas sombra. Por último bajó a Madre Alta,
cuyo cuerpo pequeño y encorvado pesaba menos que el de una niña.
Sabía que no podría llevarlas a todas a la caverna,
incluso aunque hubiese sabido dónde se encontraba. En lugar de ello, pensaba
incendiar la Congregación. Le parecía un acto conmemoratorio adecuado para la
valerosa batalla.
Ya era bien avanzada la noche cuando bajó a Madre
Alta, depositándola suavemente sobre la mesa de la cocina y acomodando sus
piernas torcidas.
Besó cada uno de sus doce dedos antes de cruzarle
las manos sobre el pecho. Los ojos de Jenna se habían acostumbrado a la
penumbra. Sólo encendía las lámparas en los recodos, ya que de otro modo
hubiese tenido que cargar también con las hermanas sombra. Pero en cuanto hubo
acomodado el cuerpo de Madre Alta, encendió una vela y la colocó a la cabeza de
la sacerdotisa, observando con serena satisfacción cómo aparecía el cadáver de
su hermana sombra, con las mismas manos de seis dedos que la anciana había tenido.
—Hermanas codo a codo —susurró Jenna.
Entonces encendió todas las lámparas de la cocina
antes de dirigirse al Gran Vestíbulo. Cuando estuvo segura de que todos los
rincones de la habitación estaban bien iluminados, observó cómo un cadáver tras
otro iba apareciendo junto al de las hermanas luz. Sin proponérselo, las
palabras de la oración sepulcral brotaron de sus labios.
En nombre de la caverna de
Alta El
sombrío y solitario sepulcro...
Y pensó que todas aquellas hermanas muertas no
estarían solas esa noche. El recuerdo de la última vez en que había oído las
palabras, vino a su mente: la voz aguda de Madre Alta siguiéndoles escaleras
abajo.
Al subir esa escalera por última vez, de pronto
Jenna tomó conciencia de lo exhausta que estaba. Se dirigió directamente a la
habitación de la sacerdotisa, porque ya había decidido bajar dos tributos
finales al coraje de las hermanas de Nill... el Libro de Luz y el espejo.
Deteniéndose frente a la puerta derrumbada, inspiró profundamente y entró.
Arrancó el lienzo del espejo y por un momento se
sobresaltó con su propio reflejo. Había hierba en su cabello y tenía las
trenzas casi deshechas. Bajo sus ojos había unas profundas ojeras negras. O
bien había perdido peso o estaba mucho más alta. Tenía la ropa manchada de
sangre y también la mejilla derecha. Era increíble que Carum hubiese querido
besarla.
Al recordarlo, Jenna se llevó un dedo a los labios,
como si algún rastro del beso aún permaneciese allí. Y él también se ha ido,
pensó. A un sitio donde no puedo entrar.
Jenna alzó las manos hacia el espejo como en una
súplica y susurró con voz ronca:
—Ven a mí. Ven a mí. —Era la única frase que podía
recordar de la Noche de Hermandad—. Ven a mí.
Se refería a Carum, a Pynt, a las niñas y a todas
las mujeres muertas de la Congregación. Se refería a su madre adoptiva A-ma, a
Selna y a su madre biológica muerta por un puma. E incluso a la Madre Alta de
Selden.
Incluso a ella. A todos los que habían formado
parte de su vida y ahora se encontraban lejos.
—Ven a mí. —Sabiendo que estaban muertas o
demasiado lejos para escucharla, Jenna continuó su llamada—. Ven a mí. —Las
lágrimas corrieron por sus mejillas, lavando las manchas de sangre—. Ven a mí.
Ven a mí.
La luna brilló a través de la ventana y una pequeña
brisa movió los cabellos de su frente y su cuello. En el espejo pareció
formarse una bruma, como si hubiese humedad en el aire, nublando el vidrio.
Pero con los ojos llenos de lágrimas, Jenna no lo notó.
—Ven a mí —susurró con vehemencia.
La bruma fue ocultando su reflejo lentamente y
Jenna continuó con su invocación, moviendo las manos como en una llamada.
—Ven a mí.
La imagen, imitando sus movimientos, le respondió:
—Ven a mí.
Como en un trance, Jenna avanzó hasta estar casi
encima del espejo.
Con las palmas hacia afuera, colocó las manos sobre
el vidrio pero, en lugar de tocar la superficie dura, se encontró con una piel
cálida, palma contra palma. Entrelazando sus dedos con los de la imagen, atrajo
a la otra del espejo.
—Te llevó bastante tiempo —dijo la imagen—. Podrías
haber venido hace días.
—¿Quién eres tú? —preguntó Jenna.
—Tu hermana sombra, por supuesto. Skada.
—¿Skada?
—Significa sombra en la antigua lengua.
—Pynt es mi sombra. —Al mencionar el nombre de
Pynt, Jenna sintió un nudo en la garganta.
—Pynt era tu sombra. Ahora lo soy yo. Y estaré más
cerca de ti de lo que Pynt jamás pudo estar.
—Tú no puedes ser mi hermana sombra. Te pareces muy
poco a mí. Yo no soy tan delgada, y mis pómulos no son tan prominentes. Y...
—Se pasó una mano por la trenza con nerviosismo.
Skada sonrió y tocó su propia trenza oscura.
—Ninguna de nosotras sabe cómo nos ven los demás.
Es una de las primeras advertencias que se enseñan en mi mundo: Las hermanas
pueden ser ciegas. Yo soy sombra donde tú eres luz. Y tal vez sea un poco más
delgada, pero eso cambiará.
—¿Por qué?
—En este mundo coméis mejor, por supuesto.
—¿Tu mundo es diferente al nuestro? —Jenna estaba
confundida.
—Es la imagen en espejo. Pero imagen no es lo mismo
que sustancia.
Debemos aguardar vuestra convocatoria para eso.
Jenna sacudió la cabeza.
—Esto es muy diferente de lo que esperaba. Tú eres
diferente de lo que esperaba.
Skada sacudió la cabeza como si se burlase de ella.
—¿Y qué esperabas?
—No lo sé. Alguien más suave, tal vez. Más
tranquila. Más dócil.
—Pero, Jenna, tú no eres suave, tranquila ni dócil.
Y aunque yo soy muchas cosas, no soy lo que tú no eres. Soy tú misma. Soy lo
que tú te impides a ti misma ser. —Skada sonrió y Jenna le respondió del mismo
modo—. Yo no hubiera aguardado tanto para permitir que Carum me besase.
—¿Has visto eso? —Jenna sintió que sus mejillas se
ruborizaban.
—No fue exactamente verlo. Pero ocurrió de noche
bajo la luna. Por lo tanto tus recuerdos de ello también me pertenecen.
Jenna se llevó la mano a los labios y Skada la
imitó.
—Y hay otras cosas que haría de un modo diferente
—dijo Skada.
—Tales como...
—Yo no hubiese vacilado en proclamar que soy la
Anna. Eso significa que una parte de ti también lo desea.
—¡No! —dijo Jenna.
—¡Sí! —respondió Skada.
—¿Cómo puedo creerte? —preguntó Jenna—. ¿Cómo sé
que no eres simplemente una mujer de la Congregación?
—¿Quieres que repita lo que te dijo Carum? ¿Cómo te
sacó del Halla?
Eso también ocurrió de noche. Compartiré contigo
las noches de luna, Jenna. Para siempre.
—¿Para siempre? —La voz de Jenna era apenas un
susurro—. ¿No te irás?
—No puedo irme —respondió Skada—. Tú me has
convocado y yo estoy aquí. Una hermana llamó a la otra. Una necesidad se ha
unido a la otra.
Jenna se dejó caer de rodillas y observó el suelo.
Skada hizo lo mismo.
—Mi necesidad... —murmuró Jenna. Entonces alzó la
vista hacia Skada
—Mi necesidad es encontrar el sitio a donde han
sido llevadas las niñas.
Y Pynt.
—Te ayudaré a dar cada paso iluminado por la luna.
—Entonces ayúdame primero a bajar el espejo. Y el
Libro. Quiero colocar el Libro a la cabecera de Madre Alta y el espejo a sus
pies. Pero por si acaso, primero romperé el cristal.
Ningún hombre debe descubrir jamás el secreto de
nuestra hermandad.
—Movió la cabeza en dirección a Skada.
Skada le respondió del mismo modo.
—Tú comienza con la tarea, hermana, y yo tendré
poco que decir al respecto.
Jenna esbozó una sonrisa triste.
—Lo había olvidado.
—Te llevará algún tiempo acostumbrarte —dijo
Skada—. A mí también. En mi propio mundo, con excepción del espejo o la laguna,
mis movimientos eran sólo míos.
Jenna la miró.
—¿Estás resentida conmigo por eso?
Skada le devolvió la mirada.
—¿Resentida? Tú me has hecho sentir... cómo
decirlo... completa. Sin ti no soy más que una sombra.
Jenna se levantó y tocó el lado izquierdo del
espejo. Skada tocó el derecho.
—Cuando te dé la señal, levántalo conmigo —dijo
Jenna.
Skada casi sonrió.
—Cuando tú lo levantes, eso será señal suficiente.
—Oh, ya comprendo. Es extraño... he visto hermanas
sombra durante toda mi vida, pero nunca he pensado mucho en ellas.
—Pronto tampoco pensarás en mí. Yo sólo seré
—respondió Skada—.
Levanta el espejo, Jenna. Hablas demasiado.
Jenna separó las piernas e inclinó la espalda para
la tarea, y Skada hizo fuerza con ella, pero el espejo no se movió. Parecía
clavado al suelo.
—Esto es extraño —dijo Skada.
—Muy extraño —respondió Jenna. Se levantó y volvió
a inclinarse con Skada siguiendo cada uno de sus movimientos—. Intentémoslo
otra vez.
—Al tratar de alzar el espejo, la mano de Jenna se
posó sobre el signo de la Diosa moviéndolo ligeramente hacia la derecha. Con un
fuerte ruido el suelo comenzó a moverse bajo sus pies. Jenna saltó hacia atrás
alarmada y Skada también. Entonces desenvainó la espada rápidamente y por un
momento quedó sorprendida por el reflejo de la espada de Skada. La luz de la
luna se posó sobre el metal y ambas espadas parecieron bañadas en un fuego
frío.
El suelo continuó separándose hasta descubrir una
escalera que bajaba.
Hubo un grito extraño desde abajo, y una niña se
asomó, parpadeando a la luz de la luna. Miró a su alrededor, primero a Skada y
luego a Jenna.
—La Anna —exclamó—. Madre Alta dijo que vendrías.
La niña se volvió y emitió un silbido agudo hacia
abajo, luego regresó y se arrojó en brazos de Jenna.
Las niñas emergieron del túnel como ratas de una
cueva, todas tratando de hablar al mismo tiempo. Hasta los bebés querían llamar
la atención. Jenna y Skada abrazaron a cada una por turno, y entonces las
reunieron en un gran semicírculo.
—¿Estáis todas aquí? —preguntó Jenna—. ¿No queda
ninguna oculta bajo esa oscura escalera?
—Sólo una, Anna —dijo una de las niñas mayores—.
Pero está demasiado enferma para subir sola.
Jenna contuvo el aliento.
—¿Cuan enferma?
—Mucho —respondió una niña de rostro sucio y
cabello enmarañado.
—¿Por qué ninguna de vosotras la ha subido?
—preguntó Skada.
—Es demasiado grande para que nosotras podamos
moverla
—respondió la misma niña.
—¡Demasiado grande! —murmuró Jenna. Tratando de no
alentar demasiadas esperanzas, se puso de pie—. Skada, ayúdame.
—Entonces alguien debe traer una lámpara —dijo
Skada.
La mayor de las niñas, una jovencita de doce años
con trenzas oscuras y un profundo hoyuelo en la mejilla, encendió una lámpara.
—Yo lo haré.
Bajaron la escalera y atravesaron una serie de
habitaciones oscuras con catres alineados contra las paredes. Por todas partes
había restos de comida. Los cuartos estaban mal ventilados y olían pésimamente.
—Demasiados bebés y muy pocos baños —susurró Skada.
Jenna arrugó la nariz pero no respondió.
Al llegar a la última habitación, la niña dijo:
—Allí está.
Había un camastro contra la pared y su ocupante
tenía el cabello oscuro, pero se hallaba de espaldas a ellas.
—Pynt
—susurró Jenna—. Pynt, ¿eres tú?
La muchacha del camastro se movió, pero
evidentemente sufría demasiado dolor para volverse. Jenna corrió hacia ella y
con la ayuda de Skada dio vuelta la cama.
—Hola, Jenna —dijo Pynt.
Sus ojos se veían hundidos y oscuros.
Jenna no pudo contener las lágrimas.
—Te dije que regresaría —murmuró—. Te lo dije con
mi corazón.
—Sabía que lo harías —dijo Pynt con una sonrisa.
Entonces se volvió hacia Skada.
Jenna notó su mirada.
—Pynt, ella es...
—Tu hermana sombra, por supuesto —dijo Pynt con voz
ronca—. Me alegro tanto por ti, Jenna. Tú no sirves para estar sola, y yo no
podré ser tu sombra por mucho tiempo. Por mucho tiempo. —Cerró los ojos y
permaneció muy quieta.
—No habrá... no habrá muerto —le susurró Jenna a
Skada.
Skada sonrió.
—Bueno, dicen que El sueño es la hermana menor de
la muerte. No es extraño que te confundas.
—Oh... duerme! —dijo Jenna y sonrió.
Después de alzar la cama con sumo cuidado, la
transportaron a través de las habitaciones oscuras y escaleras arriba,
depositándola frente al semicírculo de niñas.
—¿Pero dónde está Madre Alta? —preguntó la pequeña
de trenzas oscuras.
Jenna se agachó para quedar a la altura de las
niñas y Skada la imitó.
—Ahora escuchad, pequeñas; lo que encontraréis
abajo os destrozará el corazón si vosotras lo permitís. Pero recordad que ahora
vuestras madres se encuentran con Gran Alta, donde aguardan el día en que
podamos volver a estar todas juntas.
Dos o tres de las niñas comenzaron a llorar. La
jovencita de las trenzas oscuras emitió un extraño gemido.
LIBRO CUARTO
LA ANNA
EL MITO:
Entonces Gran Alta tomó los cabellos que la unían a
hermanas luz y hermanas sombra y, con una gran tijera, cortó la trenza. Ésta
cayó en el sumidero de la noche.
—Lo mismo que he hecho yo debéis hacer vosotras
—dijo Gran Alta—. Ya que una niña envuelta en los cabellos de su madre, una
niña que viste las ropas de su madre, una niña que vive en la casa de su madre,
seguirá siendo una niña para siempre.
Así fue que partieron la reina de las sombras y la
reina de la luz. Pero antes de hacerlo, cada una tomó un solo cabello de la
trenza y se lo ató a la muñeca como muestra de su amor.
LA LEYENDA:
El día en que Mairi Magoren estaba jugando a las
Fichas, alzó la vista y vio a una anciana que caminaba por el sendero moviendo
la cabeza de un lado al otro, así: tok-tok, tok-tok. Detrás de ella venía una
larga fila de niñas sucias y desagradables.
—Anciana, anciana —dijo Mairi—, ¿dónde vas tan de
prisa? —Pensaba que tal vez pudiese darle algo para beber, una silla para
mecerse o una palabra amable, y así dejar pasar a la pandilla de niñas.
Pero la anciana siguió caminando sin un sonido, su
cabeza blanca moviéndose de un lado al otro, tok-tok, tok-tok. Y aquellas niñas
harapientas la siguieron de cerca.
Entonces Mairi vio que las niñas estaban unidas
entre sí con cuerdas de cabello, y que a través de ellas podía ver los árboles
más allá.
Entonces fue cuando Mairi supo que había visto a la
Hanna Bucea, el Fantasma o Demonio Hanna, que robaba los niños traviesos de sus
cunas y camas y los obligaba a danzar detrás de ella hasta que sus ropas se
convertían en harapos, sus zapatos se hacían pedazos y sus madres hacía mucho
que se hallaban en sus tumbas.
EL RELATO:
Viajaron durante la noche, pero no porque fuese más
seguro. Ni siquiera la destreza de Jenna en los bosques podía ocultar el rastro
de treinta y tres niñas cuyas edades variaban entre la primera infancia y los
doce años. Pero anduvieron bajo la luz de la luna porque Skada podía estar allí
para ayudar a llevar la camilla de Pynt. Sin embargo, cuando estuvieron en la
espesura del bosque, Jenna no pudo contar con Skada y tuvo que solicitar la
ayuda de Petra, la jovencita de trenzas oscuras.
Petra parecía extraordinariamente serena para una
niña que estaba a punto de iniciar su misión, y Jenna no se sorprendió al
descubrir que había elegido seguir el camino de la sacerdotisa. Trató de pensar
en sí misma un año atrás, pero lo que más recordaba era el sonido de las
puertas que se cerraban con fuerza, las patas de las sillas al raspar contra el
suelo y los interminables exámenes de conciencia. Petra no parecía preocuparse
por nada de eso, y se sentía tan cómoda con los bebés como con Pynt, que aún
deliraba por la fiebre. También tenía una gran provisión de relatos y canciones
que recitaba con una voz que a Jenna le hacía recordar a la anciana Madre Alta
de seis dedos.
De la Congregación se habían llevado toda la comida
que habían podido cargar. Todas las niñas mayores portaban sacos o canastos
atestados de panes, quesos y frutos secos. Las más pequeñas llevaban bolsas de
cuero con brod, las galletas duras que habían dado fama a la Congregación Nill.
Jenna se había colgado seis odres de cuero a
la espalda, y pensaba llenarlos de agua cada vez que estuviesen cerca de un
arroyo.
—Aunque nunca lleguemos a la Congregación Selden
—había observado Skada—, no pasaremos hambre.
Entonces las niñas habían reído, y era el primer
sonido que emitían desde que habían abandonado la Congregación, pero Jenna las
había hecho callar rápidamente.
Iluminado por la luna, el Mar de Campanas parecía
un reino interminable de flores blancas y pastos oscuros. Jenna se sintió
aliviada al ver que no había niebla.
Ella y Skada condujeron a las niñas a través del
gran prado, sin preocuparse por el rastro que dejaban detrás. Las niñas
necesitaban cuidados maternales, Pynt necesitaba atención médica, y a pesar de
la broma de Skada, sólo había comida para unos pocos días más. Además, Jenna
tenía siempre presente la voz de Madre Alta, que le decía: Debes ir de
Congregación en Congregación. Diles esto: el momento del final es inminente. Y
cada repetición traía consigo el recuerdo de los horrores vividos en la
Congregación Nill, con los cuerpos en el patio y en la escalera, con el humo
que se elevaba de los fuegos funerarios como una madeja de almas que se
desenrollaba.
En la primera mañana comieron junto al borde este
del prado de lirios.
Los bebés, que habían dormido toda la noche en
brazos de sus portadoras, estaban bien despiertos. Pero las demás se
encontraban exhaustas y se quedaron dormidas sobre la hierba a pesar de los
alegres balbuceos de los bebés.
Jenna y Petra se turnaron para montar guardia
durante el día, aunque afortunadamente había poco que ver con
excepción de una familia de zorros que jugaba a unos trescientos metros
de distancia, y
una V de gansos salvajes que pasó volando con rumbo al norte.
Por la noche compartieron una cena de queso, pan,
agua y unas nueces que Jenna había encontrado durante uno de los turnos de
Petra en la guardia. Guardaron las frutas para repartirlas como golosina
durante el camino.
Después de la comida, Jenna hizo que todas se
levantaran diciendo:
—Vamos, mis guerreras. Vamos, mis mujeres del
bosque. Petra nos contará una historia y luego nos pondremos en marcha.
Petra comenzó a cantarles la siempre emotiva balada
de la Cabalgada de Krack a partir del estribillo:
¡Vamos! ¡Adelante! El rey Krack
cabalga, Y
con él, las hermanas una junto a otra.
Y todas las niñas se unieron a ella. Hasta las más
pequeñas parecían tomar parte, agitando los brazos junto con sus hermanas
mayores.
Jenna se arrodilló junto a Pynt.
—¿Y cómo te sientes, mi sombra? —preguntó.
Pynt logró alzar la cabeza.
—Creo que estoy sanando, Jenna. ¿Quién lo hubiese
creído? Rebotando en esta camilla entre tú y Skada, envuelta como el queso y el
broa. Pero la fiebre desapareció por la noche y la herida sólo duele un poco...
es como un dolor de muelas.
Jenna colocó la mano sobre su frente y descubrió
que estaba fresca aunque un poco húmeda. Entonces le acomodó las mantas con
suavidad mientras Petra terminaba la última estrofa de su poema.
Pynt susurró el estribillo junto con las niñas.
—Y con él, las hermanas una junto a otra. Es una
buena canción, Jenna.
Con ella las niñas marcharán rápidamente y sin
temor.
—Eso esperamos —dijo Skada materializándose junto a
Jenna.
Jenna se volvió hacia el horizonte y pudo ver que
la luna avanzaba lentamente. Asintió con la cabeza, casi como para sí misma, y
dijo en voz baja:
—Ya estás aquí. Ahora podemos irnos.
La luna ya no estaba llena, pero Skada parecía tan
enérgica como siempre y su risa atravesaba los momentos más sombríos de Jenna.
Por lo tanto, la primera vez en que ésta trató de silenciarla, Skada se negó.
—Si yo callara, Jenna, tú dirías las mismas cosas
pero en tu mente, y entonces no sería tan divertido. Admítelo.
—Calla, Skada, oigo algo —dijo Jenna mientras se
detenía con la cabeza inclinada hacia un lado. Skada se detuvo con la misma
actitud.
—Sólo Gran Alta sabe cómo puedes pretender oír algo
por encima de las pisadas de sesenta y seis pies menudos —le dijo.
—¿Quieres callarte?
—Estoy callada. Eres tú la que habla.
La hilera de niñas se detuvo detrás de ellas.
Cuando la última niña estuvo en silencio, todavía pudo oírse el eco de un
sonido, algo que crujía entre los árboles.
—¿Un puma? —susurró Pynt desde su camilla.
—Demasiado ruidoso.
—¿Un oso?
—No hace el ruido suficiente.
—¿Se supone que eso debe ser un consuelo?
—Se supone que... Oh, Pynt, ya hemos mantenido
antes esta conversación.
Pynt sonrió a pesar del miedo.
—¿Cómo puedes bromear en un momento como éste?
—preguntó Jenna.
Pynt se apoyó sobre los codos.
—Jenna, siempre me pides a mí que piense. Hazlo tú
esta vez. Piensa en la última vez en que escuchamos este sonido, en medio de la
niebla.
—Era Carum. —La voz de Jenna se suavizó de repente.
—Pero ahora no se trata de Carum. De todos modos,
ese sonido es producido por alguien igualmente humano. Un ser humano. Sin duda
somos muchas más que quien sea que esté allí.
Jenna asintió con la cabeza y desenvainó la espada.
Pynt hizo lo mismo.
Una voz les gritó desde las malezas.
—Baja tu espada, Jo-an-enna. Si hubiera querido
sorprenderte, jamás me habrías oído.
Pynt se sentó en la camilla. Su sonrisa ocultó el
dolor que le había costado el esfuerzo.
—¡A-ma! —exclamó.
Amalda salió de entre las sombras y, al hacerlo, su
hermana Sammor se materializó a su lado.
Jenna volvió a envainar la espada en silencio y
Pynt la imitó. Ambas se hicieron a un lado para que Amalda y Sammor pudieran
acercarse a la camilla.
—¿Qué te ha ocurrido, niña? —preguntó Amalda.
—Ma apresuré en hablar y avancé primero —dijo Pynt
con una mueca—.
Justo lo que me advertiste que no hiciera. Creo que
esta vez he aprendido la lección. Pero A-ma, ¿por qué estáis aquí?
Sammor sostenía la mano derecha de Pynt y Amalda,
la izquierda.
—Tú nos has traído, pequeña —dijeron al unísono.
—Cuando llegó un mensajero de Calla's Ford diciendo
que no habías llegado a la Congregación con las otras dos... —comenzó Amalda.
—Lo ves, Jenna —le interrumpió Pynt—, te dije que
llegarían por su cuenta.
Amalda continuó.
—No podíamos permanecer en casa sabiendo que habías
actuado de forma tan tonta, sabiendo que podías haber puesto su vida... y la de
las demás... en peligro. Marga, fuiste directamente contra las órdenes de la
Madre.
—Eran órdenes mal dadas... órdenes para hacer daño,
no para sanar
—dijo Pynt.
—Eran las órdenes de la Madre —respondió Amalda—,
no importaba lo que te dijese tu corazón. En los Valles se dice: El corazón
puede ser un amo cruel. Y ahora, mira lo cruel que ha sido contigo. —Ella y
Sammor apartaron el vendaje de su espalda.
—Aún más crueldad sufrieron las mujeres de la
Congregación Nill
—susurró Jenna señalando a las niñas que aguardaban
instrucciones en silencio.
Pynt se mordió el labio y bajó la cabeza.
—Nos preguntábamos quiénes eran —dijo Sammor—.
Tienen la actitud tranquila de los bebés de Alta.
—¿Dónde están sus madres? —preguntó Amalda.
—Muertas —dijo Jenna.
—¿Todas ellas?
Jenna no respondió.
—Todas. —Skada habló por primera vez.
Amalda y Sammor se volvieron para mirarla.
—Pero... pero tú eres...
Skada y Jenna asintieron con la cabeza y se
acercaron la una a la otra hasta que sus hombros se tocaron. Vistas de ese
modo, la hermandad no podía negarse.
—No lo comprendo —dijo Amalda colocándose frente a
ellas. Sammor la siguió—. Aún te falta al menos un año para tu Noche de
Hermandad. Las mujeres de la Congregación Nill no habrán tenido tiempo para
colocarte frente al espejo. No tenías ningún entrenamiento. Ni siquiera habías
visto los ritos.
Jenna se alzó de hombros.
—Sólo... sólo ocurrió —les dijo.
Skada se alzó de hombros de forma aún más generosa.
—Su necesidad convocó a la mía —les explicó—. Y yo
respondí.
Todas guardaron silencio durante un buen rato;
entonces una niña de cuatro años se apartó de las demás y fue a tirar de la
manga de Jenna.
—Anna —susurró con vehemencia—. Hemos oído toser a
un puma. Algunas de las pequeñas están asustadas.
—¿Y tú no lo estás? —preguntó Jenna arrodillándose
a su lado.
Skada fue con ella.
—No, Anna. Tú estás aquí.
—¿Por qué te llama Anna? —preguntó Sammor—. Ése no
es tu nombre.
—La Anna es... —comenzó Amalda.
—Yo sé quién es la Anna —dijo Jenna—. Lo que ya no
sé es quién soy yo.
—Rodeó a la niña con su brazo y Skada hizo lo mismo
del otro lado—.
Cuéntamelo otra vez, dulzura.
—Oímos un puma en los bosques. Tosía de este modo.
—La niña realizó una imitación notablemente buena de la voz del puma.
—El relato puede aguardar —dijo Sammor—. El puma,
no. Amalda y yo lo mataremos para ti y esta noche uno de tus bebés dormirá en
una piel más abrigada que la suya. —Sin decir más, ambas se alejaron del grupo.
—Cuéntaselo a las demás —dijo Jenna a la niña—.
Aguardaremos aquí hasta que regresen. Pero ya nadie debe preocuparse por el
puma. En nuestra Congregación decimos: Un puma que alardea una vez, es un puma
que alardea con demasiada frecuencia.
—Nosotras también tenemos ese dicho, Anna —dijo la
niña batiendo las palmas antes de regresar rápidamente al círculo de niñas. Una
vez allí, les dio el mensaje a todas y entonces se sentaron en el césped a
aguardar.
—El puma no es el problema —le dijo Jenna a Skada.
—Ni tampoco el recuento de lo ocurrido —agregó
Skada.
—El problema es el tiempo —dijo Pynt desde su
camilla—. Cada minuto que pasamos aquí es un minuto menos de luna para andar.
—Ya no importa la luna —dijo Skada—. Ahora A-ma
ayudará con la camilla. También podréis viajar de día si lo deseáis.
—Si sólo fuésemos Amalda, Pynt y yo, avanzaríamos
tanto de día como de noche. Pero las niñas están exhaustas. Poca comida y menos
sueño no es una dieta saludable.
—Son jóvenes. Se recuperarán —dijo Skada.
Jenna se volvió hacia los árboles, oscuros y
desaliñados a la luz de la luna.
—Quisiera que nos fuésemos de este lugar. Se
encuentra demasiado cerca de los malos recuerdos.
—Y de una mala tumba —agregó Pynt.
En menos de una hora, Arnalda y Sammor regresaron
trayendo la piel del puma entre ambas.
Jenna esbozó una sonrisa.
—Habéis tardado poco —les dijo.
—Era un puma pequeño —respondió Amalda—. La piel
apestará, pero la limpiaremos mejor cuando estemos en casa. Nos preocupaba
regresar lo antes posible.
—A nosotras también nos preocupaba lo mismo —les
contestó Pynt.
Dejaron caer la piel sobre los pies de Pynt y las
niñas se reunieron a su alrededor para tocarla, olvidando por el momento a sus
hermanas bebés entre la hierba.
—Tocadla una vez —les advirtió Petra—, y eso será
todo. Luego deberemos partir.
En silencio y con solemnidad, las niñas acariciaron
la piel del puma.
Entonces regresaron en busca de sus hermanas y
formaron dos filas rectas.
Amalda y Sammor señalaron al sur.
—Por ahí es más rápido. Además, evitaremos cierto
lugar.
—¿Qué lugar? —preguntó Jenna.
—Una tumba marcada por una cruz roja. Encima de la
cruz hay un yelmo con la forma de un perro enfurecido.
—Pero yo arrojé ese yelmo al sepulcro —exclamó
Jenna.
—Y quien sea que lo haya abierto primero decidió
darle sepultura siguiendo sus propios ritos —dijo Amalda.
—¿Primero? —preguntó Pynt con voz débil.
—Nosotras fuimos las segundas —dijo Sammor—. Os
seguimos con una facilidad que habla muy mal de vuestro entrenamiento.
Dejasteis un rastro de pisadas en círculo con frecuentes retrocesos.
—Había niebla —dijo Jenna.
Si se había propuesto dar una explicación, ni
Amalda ni Sammor lo tomaron de ese modo.
—Cuando seguimos vuestro rastro hasta el claro y
hallamos esa tumba recién cavada, temimos lo peor. Pero todo lo que encontramos
allí dentro fue a un hombre robusto y desagradable —dijo Sammor.
—Un hombre muerto dos veces —agregó Amalda—, a
juzgar por sus heridas. Una vez en el muslo y otra...
Jenna emitió un pequeño gemido.
—Por favor —dijo Skada—, Jenna no tiene estómago
para estas descripciones. Apenas si tuvo estómago para hacerlo.
—Hice lo que debía hacer —dijo Jenna—. Pero no me
produjo ningún placer, ni entonces ni ahora. Las niñas aguardan. ¿Podemos
partir?
Continuaron la marcha compartiendo con las niñas lo
último que les quedaba del brod y de las frutas. A los bebés les dieron agua
endulzada con la miel que Amalda y Sammor habían traído consigo.
A lo largo del camino, primero Pynt y luego Skada,
narraron los horrores ocurridos en la Congregación Nill. Lo hicieron de la
forma más breve posible y ateniéndose sólo a los hechos, de tal modo que el
rostro pálido de Jenna pudiese volver a recobrar su color. Amalda y Sammor no
interrumpieron el recuento en ningún momento para no hacerlo más largo. Y al
final, las cinco guardaron silencio ya que no había palabras que brindasen
consuelo después de semejante historia. Tuvieron cuidado de no permitir que las
niñas oyesen nada de ello, y las dejaron en manos de los alegres juegos de
Petra.
Al fin el camino del sur se introdujo en los
bosques y tanto Skada como Sammor desaparecieron, por lo que la camilla tuvo
que ser transportada entre Amalda y Jenna. Guardaron silencio hasta bien
entrada la mañana, cuando condujeron a las niñas bajo un peñasco en un gran
campamento circular, con la camilla de Pynt en el centro. Durmieron allí, al
pie de El Viejo Ahorcado, cuyo rostro ancho y rocoso las observó hasta el
atardecer.
Las niñas tenían hambre y una o dos se quejaban por
ello, a pesar de las advertencias de Petra y de las muchas canciones que les
hacía cantar. Todas estaban agotadas por la interminable caminata y al final
Jenna y Amalda permitieron que las más pequeñas se turnaran para viajar sobre
sus hombros. Pynt llevaba a varias de los bebés en su camilla, liberando a las
niñas mayores de la pesada carga. De este modo, el grupo de treinta y seis
mujeres y niñas llegó hasta los portales de la Congregación Selden, flanqueado
por dos silenciosas centinelas que no habían formulado preguntas para no
demorarlas más.
Los portones fueron abiertos de inmediato, ya que
las puertas de una Congregación nunca permanecían cerradas para las niñas, y
las mujeres de Selden bulleron a su alrededor alzándolas en sus brazos. Luego
las guiaron hasta la cocina para que comiesen algo.
Jenna sabía que en los baños de la Congregación el
agua se mantendría caliente durante toda la tarde, y ya podía sentirla sobre su
espalda y sus piernas fatigadas. Jenna rodeó a Petra con el brazo.
—Vamos, mi buena mano derecha, después de que comas
un poco de guisado y te des un buen baño, tú y yo tendremos que ir a hablar con
la Madre. —Lo dijo de forma despreocupada, aunque sintió un nudo en el estómago
ante la idea. Al mirar a Petra, notó con sorpresa que había lágrimas en sus
ojos.
—¿Estamos a salvo aquí, Anna? —preguntó la niña en
un susurro.
—Sí, Petra —respondió Jenna—. Y las niñas también
porque tú has sabido cuidarlas.
—La Diosa sonríe —dijo Petra. Su voz era como un
eco de la sacerdotisa de seis dedos.
Jenna se apartó un poco y murmuró para sí misma:
—La Diosa ríe, y no sé si me gusta el sonido.
—¿Qué has dicho? —preguntó Petra.
Sin responder, Jenna la guió hasta una silla en la
cocina. Donya colocó frente a ella dos cuencos de guisado y unos panes untados
con mantequilla y mermelada de frambuesa.
Amalda no permitió que nadie les formulara
preguntas mientras comían, y luego llevó a Pynt con la enfermera. Kadreen
revisó su hombro y su espalda mientras Pynt engullía otro cuenco de guisado.
—Un buen trabajo —dijo Kadreen con su seriedad
habitual—. No perderás el uso del brazo, lo cual suele ocurrir cuando la herida
atraviesa el músculo. Pero tendrás que ejercitarlo en cuanto te sea posible.
—¿Y eso cuándo será? —preguntó Pynt.
—Yo te lo diré —respondió Kadreen—, y será antes de
lo que tú o tu brazo querréis. Trabajaremos en ello las dos juntas.
Pynt asintió con la cabeza.
—Quedará una cicatriz muy visible —dijo Kadreen.
Amalda sonrió.
—Las cicatrices de una guerrera son el rostro de un
recuerdo, el mapa de su coraje.
Pynt vaciló unos momentos, y luego alzó la vista
hacia su madre.
—Ya no soy una guerrera, A-ma. He visto suficiente
muerte para veinte guerreras, a pesar de que mi mano sólo produjo
una herida y ésta fue en el muslo. Sin embargo, fui portadora de muerte,
como si hubiese llevado una especie de contagio.
El rostro de Amalda se tornó pálido.
—Pero...
—Me decisión está tomada, A-ma. Y no es para
avergonzarte. Pero en mi Noche de Hermandad, elegiré atender a las niñas como
Marna y Zo. Soy buena con ellas, y con tantas criaturas nuevas en la
Congregación, habrá necesidad de mí.
Amalda comenzó a hablar otra vez, pero Kadreen alzó
la mano.
—Escúchala, Amalda. Existen cicatrices que no
podemos ver, y ésas curan lentamente, si es que alguna vez lo hacen. Yo lo sé.
Yo misma las tengo.
Amalda asintió con la cabeza y volvió a mirar a
Pynt.
—Estás cansada, niña.
—Estoy cansada, madre mía. pero no es ésa la razón
por la cual digo lo que digo. Si las hubieses visto en el final, a todas las
mujeres hermosas y fuertes de la Congregación Nill: las hermanas una junto a
otra. Jenna llevó mi camilla al vestíbulo y a la cocina para que pudiéramos
despedirlas. Ella dijo... y lo llevaré conmigo para siempre... que debíamos
recordar. Porque si olvidamos, sus muertes no habrán tenido ningún significado.
Hermanas una junto a otra. —Bajó la vista y observó la camilla como si hubiese
podido ver algo allí. Entonces apartó el cuenco y lloró.
Amalda se sentó sobre la camilla y pasó la mano por
el cabello rizado de Pynt.
—Si ése es tu deseo, corazón de mi corazón. Si ése
es tu deseo, niña a quien he llevado en mi pecho, entonces eso es lo que será.
Siempre serás una pequeña obstinada. Calla. Calla y duerme. Estás a salvo aquí.
Pynt se volvió hacia ella y la miró con los ojos
todavía llenos de lágrimas.
—Pero A-ma, no lo comprendes. Nunca volveré a
sentirme segura. Eso es lo peor de todo. Sin embargo, dedicaré mi vida a la
seguridad de las pequeñas para que no tengan que volver a sentirse como
yo. Oh, A-ma...
—De pronto se sentó y la rodeó con sus brazos, sin
preocuparse por el dolor en su hombro y su espalda, y se estrechó contra ella
como si nunca fuese a dejarla marchar.
LA BALADA:
La Balada de Blanca Jenna
Partiendo de mañana y adentrándose en la
noche, Treinta
y tres cabalgaron dispuestas al
combate, Al
temible adversario harían huir al
galope, Guiadas
por la mano de Jenna.
Treinta y tres cabalgaron una junto a
otra, La
luz de la luna les proporcionaba
vigor. «Luchad
hermanas mías», les gritaba
Jenna, «Luchad
por la Gran Blanca Alta».
La sangre fluyó rápida, como un buen vino
tinto, Y
las hermanas formaron un frente de
combate. «Reclamaré
como mía la posesión de este
reino, ¡Y
lo haré por el corazón de Alta!»
Treinta y tres hermanas partieron ese
día, Para
acorralar al temible enemigo en la
bahía, Pero
nunca más recorrieron este camino, Guiadas
por la mano de Jenna.
Sin embargo, algunos dicen que, en las noches más
oscuras, Puede
oírse a las hermanas
luchar. Y
verás un reflejo de intensa
blancura: La
larga trenza blanca de Jenna.
EL RELATO:
El baño había sido un gran alivio y Jenna se durmió
en el agua caliente y perfumada. Libre del confinamiento de la trenza, la
cabellera se esparcía como un alga marina.
Petra cogió un mechón que flotaba sobre su pecho y
aguardó a que Jenna hablase. Al fin, incapaz de esperar más, preguntó:
—¿Cómo es vuestra Madre Alta? Deberé estudiar con
ella.
Jenna abrió los ojos y observó el cielo raso de
madera. Tardó un largo rato en responder, y el silencio se extendió entre ellas
como una cuerda tensa.
—Dura —dijo finalmente—. Inflexible. Una roca.
—Una Congregación debe ser construida sobre una
roca sólida —dijo Petra lentamente.
Jenna no respondió.
—Pero una puede hacerse daño contra una piedra
inflexible —continuó Petra con un pequeño suspiro—. Nuestra Madre siempre decía
que una sacerdotisa no debía ser de roca sino de agua. Que existe un flujo y un
reflujo en una Congregación. Nuestra Madre Alta...
—... está muerta —dijo Jenna con mucha suavidad—. Y
la culpa es mía.
Petra sacudió la cabeza.
—No, no Jo-an-enna. No existe culpable. Nada de
culpa, nada de vergüenza, decía siempre Madre Alta. Y ella me habló respecto a
la Anna.
Estudiar para ser una sacerdotisa es aprender las
profecías. Si tú eres la Anna...
—¿Lo soy?
Petra trató de sonreír.
—Yo creo que lo eres.
—¿Pero lo sabes?
—Lo sabré dentro de cien años —dijo Petra—. Lo
sabré mañana.
—¿Qué clase de respuesta es ésa? —preguntó Jenna
con disgusto—. Es la frase de una sacerdotisa, son sólo palabras sin
significado. —Golpeó el agua con la mano, salpicándolas a ambas.
Petra se enjugó el agua de los ojos y respondió:
—Eso es lo que nuestra Madre Alta decía. Se refería
a que debemos actuar para el momento en que vivimos, y dejar las respuestas
para aquellas que vendrán después. Y yo creo en ello.
Jenna se puso de pie y el agua le cubrió hasta las
caderas.
Con su cubierta de delicado cabello blanco, su
cuerpo parecía brillar en la penumbra de la habitación.
—Quisiera poder creerlo. Desearía saber en qué
creer.
Petra se alzó a su lado, con el agua más arriba de
la cintura.
—Jenna, una profecía sólo sugiere, no dice. Sólo
puede ser leída con exactitud mucho después. Nosotras, quienes las vivimos,
debemos leerlas sesgadamente, de soslayo.
—Ésas eran palabras de Madre Alta.
Petra sacudió la cabeza.
—No son tan sólo palabras, Jenna, sino el alma de
todo. Si tú eres la Arma, entonces tiene mucho por hacer. Si no lo eres, de
todos modos debes hacerlo, pues los hechos ocurrirán aunque creas o no en
ellos. Hay que avisar a las Congregaciones. —Colocó la mano sobre el brazo de
Jenna—. Y esta Congregación también debe ser puesta sobre aviso.
Jenna recogió su cabello con fuerza, lo trenzó
rápidamente y lo ató con una cinta. Entonces se echó la trenza hacia atrás y
esbozó una sonrisa.
—Había esperado demorar el momento.
—¿El momento de qué?
—De hablar con la roca.
—Yo estaré allí, Jenna. Y seré agua sobre piedra
para ti. Ya lo verás.
—Agua sobre piedra —murmuró Jenna—. Me gusta eso.
Se pusieron las ropas limpias que les habían dejado
preparadas y, cogidas del brazo, salieron al vestíbulo. Pero el agua caliente
les había quitado la poca fuerza que les quedaba después de la larga caminata
y, antes de que las llamaran a ver a Madre Alta, ambas se habían dormido
profundamente sobre la cama de Jenna. Ésta despertó una sola vez en el
transcurso de la tarde, cuando Amalda vino a buscarlas y en lugar de ello
acomodó a Petra en la antigua cama de Pynt.
Amalda estaba sentada, incómoda, en la habitación
de la sacerdotisa. Aguardaba a que la Madre hablase y hubiese querido que fuese
de noche para que Sammor estuviese a su lado. Le había explicado la fatiga de
las niñas y, tomando su lugar, le había narrado los hechos a Madre Alta. Su
relato había sido breve y sin interrupciones. Aunque había algunas cosas
que no sabía ni comprendía, lo había contado sin los adornos propios de las
guerreras, sabiendo que ése era el momento de la verdad y no el de las baladas.
Madre Alta la escuchaba con los ojos cerrados, una mala señal, moviendo la
cabeza en comentarios ilegibles. Amalda no sabía si estaba enfadada, triste o
complacida con la historia. Lo que era seguro es que estaba emitiendo un
juicio. Madre Alta siempre realizaba juicios privados, y las decisiones que
tomaba después parecían escritas en piedra. Amalda nunca había desafiado
aquellos juicios en voz alta, aunque algunas, como Catrona, solían intercambiar
palabras duras con la sacerdotisa.
Siguiendo el ritmo de la respiración de Madre Alta,
Amalda trató infructuosamente de concentrarse en un fragmento del cántico para
calmarse. Pero todo lo que venía a su mente era el rostro apenado de Pynt.
—¡Amalda! —La voz dura y autoritaria de Madre Alta
la trajo de vuelta al presente—. Esta noche oiremos la historia por las bocas
de las tres que la vivieron: Jo-an-enna, Marga y esa joven Petra. Escucharemos
para saber la verdad y para descubrir lo que, de forma inadvertida, puedes
haber dejado pasar.
Amalda asintió miserablemente, tratando de recordar
lo que podía haber omitido en la historia, y no pudo recordar una palabra de lo
que había dicho.
—Las demás... los bebés y las niñas —continuó Madre
Alta—, se irán a la cama y se cuidarán la una a la otra hasta que hablemos.
Todas deben conocer el horror y la vergüenza de esto. Todas.
El rostro de Madre Alta parecía haber adoptado un
aspecto feroz, y Amalda recordó a un zorro entre las gallinas. Cada vez se
sentía más incómoda. Deseaba discutir, pero, sin Sammor para respaldarla, se
sentía incapacitada para la tarea. Por lo tanto no dijo nada y aguardó alguna
señal que indicase que la sacerdotisa había terminado de hablar. Después de un
momento de silencio, Amalda se puso de pie.
Madre Alta la despidió con un movimiento de la mano
y Amalda abandonó la habitación, aliviada al poder estar fuera de los confines
de aquellas paredes.
En cuanto la puerta se hubo cerrado detrás de
Amalda, Madre Alta se puso de pie. Alisando su falda de lana, inspiró
profundamente y se volvió hacia el espejo. Apartó la tela que lo cubría y se
miró durante un largo momento. Una extraña familiar le devolvió la mirada.
—¿Debo creerle? —le preguntó al espejo—. ¿Por qué
iba a mentir?
—Sacudiendo la cabeza lentamente, consideró la
pregunta—. No, Amalda no miente. No tiene ingenio para eso. Sólo repite lo que
Jenna le contó, una vergonzosa historia. Pero ¿y qué hay si existe una mentira
en alguna parte del relato? ¿O un ocultamiento? El Libro es claro en que: Una
mentira puede arruinar mil verdades. (Aguardó, como si esperara que el espejo
le respondiera, y entonces extendió las manos hacia el cristal. La marca azul
se duplicó antes de quedar oculta, y alrededor de su palma el espejo se nubló
formando una huella fantasmal.)
»Oh, Gran Alta, tú que bailas de estrella en
estrella, yo creo y no creo.
Deseo ser la Madre de la Anna, pero temo al final
que viene con ella. He tenido una buena vida. He sido feliz aquí. Tal como tú
has dicho en el Libro: Es una necia quien anhela el final, y una mujer sabia la
que anhela el comienzo.
»Si la niego, ¿cometeré un error? Ella no es más
que una niña. La he visto crecer. Es cierto que he visto algo peculiar en
Jenna. ¿Pero dónde está la corona de gloria? ¿Dónde están las voces que gritan:
"bendita, bendita, bendita"?
»Elegir de forma equivocada es declararme a mí
misma una necia. Y al igual que la necia de la historia, que aprende a jugar
cuando todos los jugadores se han ido a casa, se reirán de mí si me equivoco.
Lo harán las mujeres que se encuentran bajo mis órdenes. Tú sabes, Gran Alta,
que no soy una necia.
Quitó las manos del cristal y observó cómo las
huellas de humedad se secaban lentamente.
Alzando la vista al techo, exclamó:
—He aguardado catorce años para recibir una señal
inequívoca de tu parte. Ahora, ahora es el momento. Dame esa señal.
Pero era un día claro y no hubo ni truenos ni un
arco iris, ni una voz proveniente del cielo. Si la Diosa le habló, lo hizo en
un susurro. Madre Alta se colocó las manos sobre los ojos y trató de llorar,
pero las lágrimas no brotaron.
Levantándose primero, Petra cepilló su larga
cabellera y, después de trenzarla, la recogió en una corona sobre su cabeza.
Tenía el vestido muy arrugado ya que había dormido con él, y su mejilla derecha
estaba marcada por la almohada. Sin embargo, se veía notablemente despejada y
alegre.
Por otro lado, Jenna se sentía como si alguien le
hubiese golpeado la cabeza y los hombros antes de arrojarla sobre el colchón.
La cama tenía un aspecto igualmente malo, con las mantas retorcidas a sus pies.
La muchacha fue despertándose lentamente.
—Amalda estuvo aquí, aunque tú no la oíste —dijo
Petra cuando Jenna comenzó a moverse—. Esta noche habrá una reunión durante la
cena y deberemos contar lo ocurrido.
—¿Madre Alta estará allí?
—Y Pynt. Y todas las mujeres.
—¿Y las niñas? No quisiera contar lo que ocurrió en
la Congregación Nill delante de ellas. Ya lo sabrán muy pronto, pero no de mis
labios —dijo Jenna.
—Se irán a la cama al cuidado la una de la otra.
—Petra fue a sentarse junto a Jenna en la cama—. Pero yo estaré en la reunión.
De ese modo podremos contárselo todo a las hermanas. Todo, Jenna.
Jenna se miró las manos y se preguntó por qué se
las estaría retorciendo de esa manera.
—No temas a tu destino, Anna —dijo Petra colocando
las manos sobre las de Jenna.
—No es al destino a quien temo —dijo Jenna con
brusquedad, apartando sus manos.
—-¿Entonces por qué estás enfadada?
—No lo estoy.
—Mira tus mantas —insistió Petra señalándolas—.
Mira tu boca.
Jenna se levantó y, yendo hasta el cántaro con
agua, se miró en la superficie cristalina. Sus ojos estaban rodeados por ojeras
oscuras y sus mejillas se veían hundidas. En la boca tenía una expresión
amarga. Mientras se tocaba los labios con la mano derecha, sintió de pronto
como si su boca lo hubiese olvidado todo, incluso el beso de Carum.
—Tengo el aspecto de nuestra Madre Alta —dijo.
—Agua sobre piedra —le recordó Petra. Jenna sonrió
y el rostro del cántaro le devolvió la sonrisa. Entonces se volvió hacia Petra.
—Estoy lista, creo. Petra extendió la mano. —Hermanas —dijo—. Una junto a otra.
LA HISTORIA:
En todas las religiones del mundo abundan los
cuentos populares y los mitos respecto a mujeres guerreras, o bien los avalares
de sus diosas o de las encarnaciones femeninas de la deidad. Según Herodoto,
los griegos sabían de tales mujeres, quienes, según él decía, vivían en la
costa norte de Asia Menor, en la ciudad de Themiscyra. La princesa hindú que
odiaba a los hombres, Layavati, era otro fenómeno semejante y conducía a un
grupo de mujeres de la misma mentalidad. En Brasil, el Makurap del río Guaporé
hablaba de una aldea de mujeres que mantenían a raya a los hombres. Y así
podríamos continuar. (Para una monografía más extensa sobre el tema, véase «La
Explosión amazónica» de J. R. R. Russ, Series Monográficas de la Universidad de
Pasden, N°. 347.)
Por lo tanto, no es extraño que la tradición de los
Valles Superiores e Inferiores haya conjurado a la Diosa Blanca, la Anna (lo
cual significa «blanca» en la antigua lengua, según Doyle), una heroína. Pero
esta guerrera amazona difiere en varios puntos importantes del mito clásico.
Por ejemplo, la Anna de los Altitas no era adorada
como una yegua ni asociada de ningún otro modo con los caballos, tal como
ocurre con su contraparte continental y oriental. En realidad, en los pocos
retazos de narrativa que han sido positivamente identificados como
pertenecientes al período de Anna (véase el capítulo del doctor Temple en
Nativas de Alta: «Bocas Cerradas en los Valles»), ésta se muestra temerosa de
los caballos, o al menos confundida por ellos. En una batalla confunde a un
caballo con un monstruo («... el demonio de dos cabezas salido de la niebla...»
es una estrofa de una moderna balada que, según los eruditos, proviene de
aquel período). En otra cae de una yegua torda en un barco, a los pies de su
amante humano. Las modernas canciones obre la Anna que encontramos hoy en los
Valles no son para lada heroicas, sino más bien burlonas o antiheroicas. En
algunos casos son directamente humorísticas. (Véase «La Batalla de Anna y el
Puma» y «Cómo la Guerrera Anna Cortó Cabezas».)
Por otro lado, Anna de Alta no odiaba en ningún
modo a los hombres.
Muchas de las baladas son canciones de amor que
detallan sus relaciones bastante sensuales con una sorprendente variedad de
ellos, siendo el más notable (y anacrónico) el rey Langbrow. Existe una canción
erótica homosexual respecto a su mejor amiga, Margaret, quien muere de amor por
ella mientras la Anna vuelve a lanzarse a la batalla.
Se puede decir, sin embargo, que la Anna de los
Valles no era un personaje histórico sino sólo una figura mítica popular.
Que haya existido una tal Anna o Jenna o Jo-hanna que se embarcaba en
batallas campales por el bien de sus hermanas guerreras (tal como dice
Magon en su sentimental ensayo «Anna de los Mil Años», Naturaleza e Historia, vol. 41), es un gran
disparate. Es cierto que la palabra historia también significa relato,
pero ningún estudioso confundiría las dos. Por lo tanto, debemos ir
más día para encontrar el verdadero significado de la Anna de los Valles.
Debemos hurgar en la misma psiquis de las islas
antes de empezar comprender qué necesidades hicieron aparecer a una
criatura con el poder de la Diosa Blanca Amazona durante las brutales y
devastadoras Guerras del Género.
EL RELATO:
Durante toda la cena hubo una tensión que no se
disipaba. Ni siquiera la charla de las niñas lograba cambiar el clima sombrío.
Todas sabían que Jenna, Pynt y Petra tenían mucho que contar. Pero desde la
habitación de Madre Alta había llegado la orden de aguardar. Aguardar hasta que
terminase la comida y
las niñas estuviesen en la cama; aguardar a que se
elevase la luna para que estuviesen presentes las hermanas sombra. Ya habían
escuchado tentadores fragmentos de la historia, procedentes de las niñas mismas
y de Amalda.
Donya y sus cocineras se habían esmerado. Por todas
partes había lonchas de venado, ensaladas de varias clases y los deliciosos
vinos que Donya guardaba del año anterior. Pero la carne, los vegetales y el
vino no produjeron su magia habitual. La tensión del comedor era tan palpable
como la niebla en el Mar de Campanas. Y las mujeres estaban tan silenciosas
como si en verdad un Demonio de la Niebla les hubiese tapado la boca.
Jenna y Petra se hallaban en una pequeña mesa
separadas de las demás. Jenna daba vueltas a la comida en su plato como un gato
jugando con su presa. Petra ni siquiera se molestó en intentarlo, y permaneció
con las manos sobre la falda observando en silencio el nerviosismo de Jenna.
Ante las tres largas mesas se hallaba reunido el
resto de las mujeres, y el único sonido que marcaba el paso del tiempo era el
de los cubiertos sobre los platos.
Pero al fin la comida terminó y Donya, disgustada
por lo poco que habían comido, indicó a sus muchachas que limpiasen las mesas,
mascullando respecto al desperdicio de comida.
—Es mejor comer cuando tienes la comida delante que
pasar hambre porque la comida se encuentra a tus espaldas —dijo.
Y era una porción de sabiduría que había aprendido
de uno de los hombres de los Valles. La utilizaba todo el tiempo y nadie le
prestaba ninguna atención.
Madre Alta había decidido comer en su habitación,
algo que solía hacer antes de las reuniones. Sabía cómo utilizar la tensión en
su propio provecho; cuándo entrar en el comedor y cuándo abandonarlo. Esta vez
calculó su entrada para el momento en que la luna comenzaba a elevarse y las
hermanas sombra empezaban a hacer su aparición.
De pie junto a la puerta, con su propia hermana
sombra y el cabello trenzado con flores primaverales, Madre Alta alzó las manos
en una bendición. Su hermana hizo lo mismo. El movimiento fue brusco y
autoritario, y todas las mujeres de la Congregación inclinaron la cabeza con
excepción de Jenna.
Ella fijó la vista en el rostro de la sacerdotisa,
y abría ya la boca para hablar, cuando Skada apareció a su lado delineándose
rápidamente bajo la luna y las flameantes antorchas.
La expresión en los ojos de Madre Alta fue de
completa sorpresa. Jenna comprendió que Amalda, fuera lo que fuese que le había
contado a Madre Alta, había dejado a Skada fuera de su relato. Entonces sonrió
y su hermana sombra hizo lo mismo.
La sacerdotisa apartó los ojos de ella y recitó la
bendición con una voz endurecida por la sorpresa.
—Gran Alta, tú que nos abrigas...
La respuesta resonó en el comedor.
—Con tu protección.
—Gran Alta, tú que nos envuelves...
—En tu abundante cabellera.
—Gran Alta, tú que nos reconoces...
—Como única familia.
—Gran Alta, tú que nos enseñas... —Y por primera
vez, la voz de la sacerdotisa vaciló.
Pero sólo Jenna pareció notarlo, ya que las mujeres
respondieron de inmediato:
—Cómo llamar a la hermana.
Recuperándose, Madre Alta finalizó la bendición:
—Gran Alta, danos la gracia.
—Gran Alta, danos la gracia.
Entonces las mujeres alzaron la vista con la
expectativa brillando en el rostro.
Al principio, sólo unas pocas notaron a Skada, pero
muy pronto todas murmuraban acerca de ello. Madre Alta avanzó con movimientos
lentos y majestuosos hacia su gran sillón junto al fuego, como si la aparición
de una nueva hermana no tuviese importancia. Su propia hermana se sentó en un
sillón un poco más pequeño junto al de ella. Con un ligero movimiento de las
manos, llamaron a las mujeres para que se acercasen a ellas.
Todas las mujeres de Selden se reunieron en un
semicírculo junto al hogar. Algunas se sentaron en el suelo mientras que otras,
como Marna y Zo, se apoyaron contra las piedras de la chimenea. Jenna condujo a
Petra hasta un lugar directamente opuesto al sillón de la sacerdotisa.
Skada las siguió. Todas aguardaron a que Madre Alta hablase.
Hubo otro murmullo de excitación cuando Pynt entró
en la sala escoltada por Kadreen. Se apoyaba pesadamente en el brazo de la
enfermera, pero caminaba erguida. Al ver a Jenna y a Skada, les guiñó un ojo.
Entonces Kadreen la condujo hasta el hogar y Amalda y Sammor le acercaron un
sillón con mullidos almohadones. Pynt se hundió en él con alivio.
Por unos momentos, sólo se oyó el crepitar del
fuego. Jenna observó todos aquellos rostros queridos y familiares y de pronto
las cabezas degolladas de las hermanas de Nill se deslizaron sobre ellas como
máscaras. Al igual que el yelmo sobre el rostro ensangrentado del Sabueso.
Jenna extendió la mano y entrelazó los dedos con los de su hermana. Sólo ese
contacto logró contener sus lágrimas.
Madre Alta comenzó a hablar en voz baja.
—Han pasado cuatro semanas desde que partieron
nuestras jóvenes hermanas, nuestras cuatro misioneras. Y en ese lapso de tiempo
han ocurrido cosas que sacudirán los cimientos de nuestra acogedora
Congregación. Pero no soy yo quien os narrará los sucesos. Deben ser contados
por aquellas que los conocen mejor: Jo-an-enna, Marga y Petra, de la
Congregación Nill. —Esbozó una sonrisa de serpiente y aunque pareció tratar de
otorgarle cierta calidez, Jenna no vio nada de eso allí.
Entonces Jenna comenzó el relato, partiendo de la
confluencia de los dos ríos donde ella, Selinda, Alna y Pynt se habían
despedido. Habló de forma conmovedora de sus sentimientos al alejarse de ellas,
y de cómo los bosques le habían parecido más hermosos a causa de la separación.
Cuando llegó al momento del relato en que había
sido hallada por Pynt, ésta la interrumpió.
—Desobedecí los deseos de la Madre —dijo Pynt—. Me
consideraba la hermana sombra de Jenna. Vosotras lo recordaréis... siempre me
llamasteis su sombra. Y llegué a convertirme en ella. No podía dejarla ir sin
mí. Pensé que lo que Madre Alta había pedido era un sacrificio demasiado
grande, así que seguí a Jenna. Si existe alguna culpa en todo esto, es sólo
mía.
Madre Alta esbozó una amplia sonrisa por primera
vez, y Jenna pudo ver sus dientes de lobo.
A su izquierda, Petra murmuró:
—Nada de culpa, nada de vergüenza.
Como si el comentario de Petra la hubiese
acicateado, Jenna retomó el relato. Les habló de la niebla y del extraño sonido
que había resultado ser el Sabueso persiguiendo a Carum. De forma deliberada,
no describió a Carum más allá de decir que se trataba de un príncipe. Si alguna
notó su omisión, nadie dijo nada. Pero durante esa parte de la narración, Pynt
bajó la vista y esbozó una sonrisa tonta.
Al llegar a la muerte de Barnoo, Jenna vaciló y fue
Pynt quien volvió a tomar la palabra. Rápidamente, tan rápido como un cuchillo
a través de una garganta, lo contó todo. Durante esa parte, Jenna miró el cielo
raso y recordó la sensación de la espada en sus manos y el espantoso sonido que
había producido al penetrar en el cuello del hombre. Entonces la voz de Pynt se
quebró y Jenna volvió a tomar el hilo de la historia en el entierro del
Sabueso.
Les habló de Armina y de Sarmina; las condujo con
el relato hasta los portales de la Congregación Nill y, cuando comenzó a hablar
de las inscripciones en los portales, Petra la interrumpió.
—Estábamos tan orgullosas de esos portales —dijo—.
Eran de puro roble. Y tallados hace más de cien años por... por... —No pudo
continuar. Mordiéndose el labio, se apretó las manos con tanta fuerza que sus
nudillos se tornaron blancos.
Mama y Zo se acercaron a ella de inmediato y la
rodearon con sus brazos. Ese acto de ternura terminó de desarmar a Petra y la
niña comenzó a llorar desconsoladamente. Con sus sollozos, las guerreras se
sintieron tan incómodas que no supieron adonde mirar. Aunque no hablaron entre
ellas al respecto, de pronto todas se encontraron mirando el cielo raso o los
juncos del suelo. De manera inexplicable, Madre Alta continuaba sonriendo.
Jenna pensó que si seguía con el relato todos la
mirarían a ella y Petra lograría controlar sus lágrimas. Por lo tanto,
describió rápidamente los edificios de la Congregación Nill. Aquellas que la
habían visitado durante su misión asintieron con la cabeza. Entonces Jenna les
habló sobre la escalera trasera y describió a la sacerdotisa de seis dedos que
regía la Congregación.
El resto de la historia salió rápidamente: la
herida de Pynt, la mutilación de la mano del buey y el gran salto al Halla,
donde ella y Carura habían estado a punto de morir. Mencionó todo con
excepción del beso de Carum, aunque sin pensarlo se posó los dedos sobre la
boca cuando les narró la despedida ante las murallas de la posada Bertram. Por
el rabillo del ojo notó que la mano de Skada permanecía sobre sus propios
labios un poco más de lo necesario.
Y luego les contó sobre su regreso a la
Congregación Nill y lo que había hallado allí. Para cuando terminó, algunas de
las guerreras estaban llorando, y las que no lo hacían, tenían el rostro como
de piedra o sacudían la cabeza lentamente, como si de ese modo hubiesen podido
creer que no era cierto.
Jenna dejó de hablar después de contar cómo había
bajado a la pequeña Madre Alta en sus brazos. Se oyó un profundo suspiro en la
habitación, pero la sacerdotisa no formó parte de él. Se inclinó hacia delante
en su sillón y su hermana sombra se movió con ella.
—Dime cómo has convocado a tu hermana sombra, cómo
alguien tan joven lo ha logrado. Acierto a comprender esto: pensaste que habías
perdido una sombra y necesitabas otra. Pero necesito saber cómo lo hiciste. Ya
que si tú puedes hacerlo, es posible que otras también. Es una brecha que debe
ser reparada.
Jenna contuvo el aliento. No lo había pensado de
ese modo... que habiendo perdido a Pynt y Carum necesitaba un reemplazo. ¿Skada
era sólo eso? ¿Una pobre sustituía? Pero de pronto Skada rozó su hombro y ella
se volvió un poco para mirarla de soslayo.
—Ten cuidado —susurró Skada—, o te harás daño
contra ese corazón inflexible.
Jenna asintió con la cabeza y su hermana hizo lo
mismo, con un movimiento tan ligero que nadie pudo haberlo notado.
—Yo llamé y ella respondió —dijo Jenna a la
sacerdotisa.
—Hubiese aparecido antes si ella me hubiera llamado
antes —agregó Skada.
Timonees Jenna habló sobre el hallazgo de Pynt y
las niñas, en las habitaciones ocultas. Contó cómo las había sacado de la
Congregación, atravesando los prados hasta llegar a casa.
Petra, que ya tenía los ojos secos, comenzó a
hablar.
—Jo-an-enna os ha dicho lo que ha ocurrido, pero no
quién
es ella. Mi Madre Alta la ha identificado. Ahora su
Madre debe decirle lo mismo.
Madre Alta volvió la cabeza girando todo el cuerpo
lentamente, como si una montaña hubiese girado. Observó a la niña con ira, pero
Petra mantuvo su mirada desafiante.
—¿A qué te refieres? —preguntó Donya.
Pero Catrona se volvió hacia la sacerdotisa.
—Dínoslo, Madre. —Había un extraño desafío en su
voz.
—Dínoslo —repitieron las otras mujeres.
Al notar que perdía el control sobre ellas, Madre
Alta se apoyó contra el respaldo del sillón y alzó las manos para que se viera
el signo azul de la Diosa. Su hermana la imitó, y las cuatro palmas mostraron
la poderosa señal ante la habitación silenciosa.
Cuando tuvo toda su atención, aguardó un momento
más y luego comenzó:
—Lo que la joven Petra quiere decir —respondió
acentuando la palabra joven—, es que existe una leyenda respecto a la Anna, la
encarnación blanca de la Diosa, que aún se cuenta en algunas de las
Congregaciones más atrasadas.
Petra sacudió la cabeza.
—Nill no era ninguna comunidad atrasada. Y la Anna
no es ninguna leyenda, Madre, tú bien lo sabes. Es una profecía. —Avanzó dos
pasos en el semicírculo, miró a las mujeres para atrapar su atención y comenzó
a recitar la profecía en aquella voz monótona que utilizaban las sacerdotisas:
La criatura blanca como la
nieve, Se
transformará en una alta
doncella, Al
buey y al sabueso doblegará, Al
oso y al puma hará
inclinar. Santa,
santa, santa.
Nadie se movió mientras Petra continuaba.
—¿No fue Jenna un bebé blanco transformado ahora en
una doncella muy alta? ¿No han caído ya ante ella el Toro y el Sabueso?
Hubo un murmullo de aprobación entre las mujeres,
pero antes de que se acallara por completo, Petra continuó:
Será ella quien anuncie el final,
Que a las amigas hará separar.
Todos los hermanos se habrán de doblegar,
Y así volveremos a comenzar.
Santa, santa, santa.
—¿Qué es ese verso? —preguntó Madre Alta—. Nunca lo
había escuchado.
—¿Crees que los he inventado? —preguntó Petra—. ¿Y
siendo tan joven?
Los murmullos bajos de las mujeres volvieron a
comenzar.
Petra se inclinó hacia la sacerdotisa y habló como
si sólo se dirigiese a ella, aunque su voz resonó en la habitación.
—Nunca ha existido un final más terrible que el de
la Congregación Nill, donde fueron separadas hermana de hermana, madre de hija.
—¡Lo rechazo! —rugió Madre Alta por encima de las
mujeres, que ahora discutían abiertamente—. Lo rechazo por completo. He pedido
a Gran Alta que me diese una señal y ella no me ha dado ninguna. Los cielos no
braman. La tierra no se estremece. Y todo esto se prometía en las escrituras.
—Miró a su alrededor con un gesto suplicante en las manos—.
¿No fui yo misma quien buscó la verdad en todo
ello? Fui yo quien hace catorce años siguió el rastro de Selna y de Marjo. Sí,
yo, una sacerdotisa.
En la aldea de Slipskin hallé a un granjero que
vomitó toda la historia entre mis brazos. Esta niña, esta criatura a quien
vosotras llamáis un milagro, era suya. Había nacido entre los muslos muertos de
su madre.
¿Ése es el acto de una encarnación de Alta? También
mató a la comadrona. Y fue quien causó la muerte de su madre adoptiva. Decidme,
todas vosotras habéis parido o adoptado a una niña, ¿es ésta la Señalada a
quien seguiríais?
—¿Quieres culpar a la criatura por la muerte de su
madre? ¿Quieres avergonzar a la inocente? Nada de culpa, nada de vergüenza...
está escrito en el Libro —dijo Petra.
Pero su voz, siendo aún la de una jovencita, fue
débil comparada con las modulaciones de Madre Alta.
La sacerdotisa se puso de pie y su hermana se
levantó con ella.
—¿Os negaría yo un milagro semejante? ¿Creéis que
os ocultaría a la salvadora? —Al ver que las mujeres vacilaban, aprovechó para
continuar
—¿Quién es ella? Yo os diré quién es. Es
Jo-an-enna, una niña de esta Congregación. La habéis visto escupir la papilla
cuando era un bebé.
Habéis cambiado sus ropas sucias. La habéis cuidado
cuando ha tenido fiebre y le habéis limpiado la nariz. Ella es vuestra hermana,
vuestra hija, vuestra amiga. ¿Qué más querríais que fuese?
Jenna observó lentamente el mar de rostros que la
rodeaban. No podía leer lo que estaba escrito en ellos. Concentrándose en sí
misma, comenzó con los cánticos respiratorios y una vez más sintió aquella
extraña ligereza. Abandonando las ataduras de su cuerpo, se elevó por el aire
para observar a aquellas que discutían abajo. En aquel otro estado, todo estaba
en silencio y ella podía ver a cada mujer en forma pura. Y lo que con más
claridad veía era a sí misma. Su cuerpo era como el de las demás, y sin embargo
en el núcleo había una diferencia, un punto blanco y sosegado.
¿La convertía eso en una salvadora, una
encarnación, la Anna? No lo sabía.
Pero lo que ahora parecía claro era que Petra tenía
razón. Los sucesos se producirían tanto si creía como si no creía en ellos.
Podía ser arrastrada, posiblemente ahogada como una niña en el Halla. O podía
cavar un canal para controlar las aguas como habían hecho los pobladores de
Selden con la inundación. Era así de simple.
Jenna volvió a deslizarse en su cuerpo y abrió los
ojos. Avanzando hasta el centro del semicírculo alzó la mano derecha. Skada
hizo lo mismo.
—Hermanas —comenzó con voz temblorosa—. Escuchadme.
¡Yo soy la Anna! Soy la mano derecha de la Diosa. Iré a advertir a las
Congregaciones que el momento del final, el momento del comienzo, es inminente.
Soy la Anna. ¿Quién irá conmigo?
Durante un largo momento todas guardaron silencio.
De pronto, Jenna temió que la sacerdotisa hubiese ganado quedando ella aislada
de todas, ahora y para siempre.
Entonces Pynt dijo:
—Si fuera capaz, iría contigo, Anna. Pero mi lugar
está aquí, ayudando con las niñas incluso mientras me curo.
—Yo iré contigo, Anna —exclamó Petra—, pues conozco
la profecía, aunque no sé cómo utilizar una espada.
—Y yo —dijo Catrona—. Junto con mi hermana.
Ésta asintió con la cabeza.
—Nosotras también iremos —dijeron Amalda y Sammor.
Jenna las miró y sacudió la cabeza.
—No, mis queridas madres. Vosotros debéis quedaros.
La Congregación Selden necesita prepararse para lo que vendrá pronto. El tiempo
del final.
Vuestros brazos son necesarios aquí. Yo iré con
Petra y con Catrona y, cuando haya luna, tendremos a nuestras hermanas sombra
con nosotras. Después de todo, somos mensajes, no una turba. —Entonces se
volvió hacia la sacerdotisa—. Marcharíamos con tu bendición, Madre, pero
partiremos con o sin ella.
Hundida en su sillón, de pronto Madre Alta pareció
vieja. Agitó la mano en una débil señal que pudo haber sido una bendición. El
movimiento de su hermana fue más débil aún. Ninguna de las dos habló.
—Conozco el camino a casi todas las Congregaciones
—dijo Catrona—. Y sé dónde hay un mapa.
—Y yo conozco todas las palabras que deben ser
dichas —agregó Petra.
Jenna rió.
—¿Qué más puede querer una salvadora?
—Una espada podría serle útil —dijo Skada—. Y tal
vez un cierto sentido del absurdo.
No se necesitó más de una hora para que estuvieran
armadas y aprovisionadas, y Donya se superó a sí misma con los fardos y
paquetes. Parecía dispuesta a alimentar a todo un ejército, pero nadie podía
decirle que no.
Skada se acercó a Petra mientras observaban cómo
envolvían la comida.
—¿No es extraño que Madre Alta no conociese esa
segunda parte de la profecía? —murmuró.
Petra sonrió.
—En absoluto. Yo misma la inventé. En la
Congregación Nill era famosa por recitar poemas improvisados.
Entonces abandonaron la Congregación y salieron al
camino que las inscribiría en la historia. Un camino iluminado por la luna
menguante en una noche clara donde brillaban cientos de miles de estrellas.
Cuando las cinco se alejaron por el sendero, las mujeres de la Congregación
Selden emitieron el largo sonido ululante que era en parte plegaria, en parte
canto fúnebre y en parte despedida.
EL MITO:
Entonces Gran Alta depositó sobre la tierra a la
reina de las sombras y a la reina de la luz ordenándoles que partiesen.
—Y vosotras dos llevaréis mi rostro —dijo Gran
Alta—. Hablaréis con mi boca. Y obedeceréis mis órdenes para siempre.
Donde una pisaba, se encendía el fuego y el suelo
quedaba abrasado bajo sus pies. Donde pisaba la otra, caía la lluvia anhelada y
crecían los capullos. Así fue y así será. Bendita sea.
Aquí finaliza el Libro I:
Hermana Luz, Hermana Sombra.
LA MÚSICA DE LOS VALLES
|
|
The
babe as white as snow, A maid
- en tall shall
|
|
grow, And ox and hound bow
low. And bear and cat al –
so Ho
–
ly, ho
– ly, ho
– ly.
Profecía
La criatura blanca como la nieve se transformará
en una alta doncella /Al buey y al sabueso doblegará. Al oso y
al puma hará inclinar / Santa, santa, santa.
Lord Gorum
Plaintively
O where have you been all day, Go -rum, my
son? The
|
|
bull, the bear___ ,
the cat and the
hound, (2.) I
|
|
Where have you been all day, my pret -
ty one? And the
broth - ers have pull -
ed me down.
1. I’ve
been far afoot, with my staff in my hand,
The bull, the bear, the cat, and the hound,
I have been out walking my dead father's land,
And the brothers have pulled me down.
2. I looked in the mountains, I looked
in the sea,
The bull, the bear, the cat, and the hound,
A-looking for someone a-looking for me,
And the brothers have pulled me down.
3.
What have ye
for supper, Lord Gorum, my son?
The bull, the bear, the cat, and the hound,
What have ye for supper, my pretty young one?
And the brothers have pulled me down.
4.
The nothing
for supper and nothing to rise,
The bull, the bear, the cat, and the hound,
But fed on the look in my own true love's eyes,
And the brothers have pulled me down.
5. What will ye leave to that true love, my son?
The bull, the bear, the cat, and the hound.
What will she leave you, my handsome young one?
And the brothers have pulled me down.
6.
My kingdom,
my crown, my name, and my grave,
The bull, the bear, the cat, and the hound,
Her hair, her heart, her place in the cave,
And the brothers have pulled me down.
Lord Gorum
¿Dónde has estado hoy, Gorum, hijo mío?/ El toro,
el oso, el puma y el sabueso, /Dónde has estado hoy, hermoso hijo?/ Y los
hermanos me han hecho caer.
Lejos me he marchado sosteniendo mi cayado, / El
toro, el oso, el puma y el sabueso, / He andado por las tierras de mi difunto
padre, / Y los hermanos me han hecho caer.
He buscado en las montañas, he buscado en el mar, /
El toro, el oso, el puma y el sabueso, / Buscando a alguien que me buscase a su
vez, / Y los hermanos me han hecho caer.
¿Qué has cenado esta noche, Lord Gorum, hijo mío?/
El toro, el oso, el puma y el sabueso, / ¿Qué has cenado esta noche, hermoso
pequeño mío?/ Y los hermanos me han hecho caer.
No he tomado nada en la cena, ni tampoco al
despertar, / El toro, el oso, el puma y el sabueso, / Pero me he nutrido en la
mirada de los ojos de mi amor verdadero, / Y los hermanos me han hecho caer.
¿ Y qué le dejarás a ese amor verdadero, hijo mío?
/ El toro, el oso, el puma y el sabueso, / ¿ Y qué habrá de dejarte ella a ti,
hermoso pequeño mío?/ Y los hermanos me han hecho caer.
Mi reino, mi corona, mi nombre, mi tumba, / El
toro, el oso, el puma y el sabueso, / Su cabello, su corazón, su
sitio en la gruta, / Y los hermanos me han hecho caer.
Canción de cuna para el bebé del puma
Calla, pequeño puma. / Duerme en tu cubil. / Yo
cantaré sobre tu madre, / que acunó a la hermosa Jen.
Yo cantaré sobre tu madre, / Que cubrió la piel
dejen. / Carne de tu carne, / Para que duerma la dulce Jen.
Duerme, pequeño gatito, / Acaso vayas a soñar / Con
conejos y faisanes / Y truchas en el arroyo.
Pero Jenna soñará / con las sombras y la luz. / Tu
madre la protegerá / De la noche fría.
The Ballad of White Jenna
With Spirit
Out of the morn - ing, in -
to the night, Thir - ty and
|
|
three rode off to
the fight To put the dread – ed
|
|
foe to flight
Led by the hand of Jen -na..
Thirty and three rode side by side,
And by the moonlight fortified.
"Fight on, my sisters," Jenna cried.
"Fight for the Great White Alta."
The blood flowed swift, like good red wine,
As sisters took the battle line.
"This kingdom
I will claim for mine And for the heart of
Alta!"
Thirty and three rode out that day
To hold the dreaded foe at bay,
But never more they passed this way,
Led by the hand of Jenna.
Yet still, some say, in darkest night,
The sisters can by heard to fight
And you will see a flash of white
The long white braid of Jenna.
La balada de la Blanca Jenna
Partiendo de mañana y adentrándose en la noche /
Treinta y tres cabalgaron dispuestas al combate. / Al temible adversario harían
huir al galope, / Guiadas por la mano de Jenna.
Treinta y tres cabalgaron una junto a otra. / La
luz de la luna les proporcionaba vigor. / «Luchad, hermanas mías», les gritaba
Jenna, / «Luchad por la Gran Blanca Alta».
La sangre fluyó rápida, como un buen vino tinto, /
Y las hermanas formaron un frente de combate. / «Reclamaré como mía la posesión
de este reino, / Y lo haré por el corazón de Alta!»
Treinta y tres hermanas partieron ese día, / Para
acorralar al temible enemigo en la bahía. / Pero nunca más recorrieron este
camino, / Guiadas por la mano de Jenna.
Sin embargo, algunos dicen que, en las noches
oscuras, / Puede oírse a las hermanas luchar. / Y verás un reflejo de intensa
blancura: / La larga trenza blanca de Jenna.
The Ballad of the Selden Babe
with great expression
A maiden went to Seldentown,
A maid no more was she,
Her hair hung loose about her neck,
Her gown about her knee,
A babe was slung upon her back,
A bonny babe was he.
"And will
ye have your way wi' me,
Or will ye cut me dead,
Or do ye hope to take from me
My long-lost maidenhead?
Why have ye brought me far from town
Upon this grass-green bed?"
He never spoke
a single word,
Nor gave to her his name,
Nor whence and where his parentage,
Nor from which town he carne,
He only thought to bring her low
And heap her high with shame.
She went into the clearing wild,
She went too far from town,
A man carne up behind her
And he cut her neck around,
A man carne up behind her
And he pushed that fair maid down.
But as he set about his plan,
And went about his work,
The babe upon the maiden's back
Had touched her hidden dirk,
And from its sheath had taken it
All in the clearing's mirk.
And one and two, the tiny hands
Did fell the evil man,
Who all upon his mother had
Commenced the wicked plan.
God grant us all such bonny babes
And a good and long life span.
La balada del bebé de Selden
No vayáis al claro, jóvenes doncellas / de vestidos
dorados, / No vayáis al claro, / de Seldentown. / Pues malvados son los hombres
que os aguardan /para derribaros sin piedad.
Una doncella fue a Seldentotun / y dejó de ser
doncella. / El cabello suelto alrededor del cuello, / el vestido en las
rodillas, / Un bebé pendía de su espalda, /era un hermoso y rollizo bebé.
Fue sola basta el claro; /se alejó demasiado del
pueblo. / Un hombre se le acercó por detrás / y de un tajo cortó su cuello. /
Un hombre se le acercó por detrás / y derribó a la hermosa doncella.
¿Y tú harás lo que quieras conmigo? / ¡O me matarás
de un tajo? / ¿O lo que esperas es quitarme / mi virginidad hace tiempo
perdida? / ¿Por qué me has traído tan lejos del pueblo / hasta este lecho de
hierbas verdes?
El no pronunció palabra, ¡jamás dijo su nombre, /
Tampoco habló de su origen, / ni del pueblo del que había venido. / Sólo
pensaba en derribarla /y arrastrarla en su vergüenza,
Ya presto a cumplir su plan, / y cuando comenzaba a
hacerlo, / El bebé a espaldas de la doncella / alcanzó la daga oculta / Y la
cogió de la vaina / en la oscuridad del claro.
Y una y dos, las pequeñas manos / derribaron al
hombre malvado / Que ya en el vientre de su madre / había concebido su
perfidia. / Dios nos conceda a todas bebés tan hermosos / y que nuestra vida
sea tan larga como dichosa.
Alta's Song
With great feeling
But from that mother I was torn,
Fire and water and all,
And to a hillside I was borne,
Great Alta take my soul.
And on that
hillside was I laid,
Fire and water and all,
And taken up all by a maid,
Great Alta save my soul.
And one and two and three we rode,
Fire and water and all,
Till others took the heavy load,
Great Alta take my soul.
Let all good
women hark to me,
Fire and water and all,
For fostering shall set thee free,
Great Alta save my soul.
La canción de Alta
Soy una niña, una niña única, / Fuego, agua y todo
lo demás, / En el seno de mi madre creada, / Gran Alta se lleve mi alma.
Pero de esa madre arrancada fui, /Fuego, agua y
todo lo demás, / A la ladera me condujeron, / Gran Alta se lleve mi alma.
Y en esa ladera me abandonaron, / Fuego, agua y
todo lo demás, / Donde me recogió una doncella, / Gran Alta salve mi alma.
Y una y dos y tres caminamos, /Fuego, agua y todo
lo demás, / Hasta que otras tomaron la pesada carga, / Gran A lía se lleve mi
alma.
Que me escuchen todas las buenas mujeres, / Fuego,
agua y todo lo demás, / Ya que la hermandad las hará libres, / Gran A lía salve
mi alma.
Venid vosotras, las mujeres
Venid vosotras, las mujeres de las islas, / Venid y
escuchad mi canción, / Ya que si sólo contáis trece años, / No hace mucho que
mujeres sois.
Y si tenéis tres veces veinte y diez más, / Ya no
sois mujeres a esa edad, / O al menos eso dicen los hombres alegres, / Que
cuentan con tanta crueldad.
Pero mujeres somos desde que nacemos, / Y lo
seremos hasta la muerte, /Nosotras contamos de otra forma / Para permitir a los
hombres mentir.
Venid vosotras, las mujeres de las islas, / Venid y
escuchad mi canto, / Ya que seremos mujeres toda la vida, /Donde la
vida y el amor duran tanto.

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