© Libro N° 14006. Blanca Jenna.
Yolen, Jane.
Emancipación. Julio 5 de 2025
Título Original: © White Jenna
Versión Original: © Blanca Jenna. Jane Yolen
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Jane Yolen
Blanca Jenna
Jane Yolen
Jane Yolen
Blanca Jenna[LT1]
Título original: White Jenna
PRESENTACIÓN
Poco hay que añadir aquí
a lo que ya dije en la introducción de hermana luz, hermana
sombra, a la que remito al lector. BLANCA JENNA continúa directamente la narración allí iniciada sobre el entrañable mundo de los Valles, las
Congregaciones de adoradoras de la
Gran Diosa Alta y la profecía contenida en el Libro de Luz en torno a la Reina Blanca, la Anna, la
esperada liberadora de las
altitas y sus hermanas sombra procedentes del mundo de la oscuridad.
El presente libro
mantiene la multiplicidad de lecturas que era posible encontrar en la primera parte y
justifica ampliamente el comentario laudatorio de Tom Whitmore en el famoso fanzine LOCUS que ya cité
entonces y que no me resisto a repetir de nuevo:
Yolen ha realizado un maravilloso trabajo de equilibrio en esta obra: luz y sombra, historia y
folklore, ironías sobre el
mundo académico y una brillante narración; todo ello entretejido para configurar un relato tan
complejo y bello como la trenza más elaborada. El relato se lee muy
bien a muchos niveles: como una absorbente aventura de mujeres enérgicas que cambian su propio mundo,
como una condena de los
académicos que no pueden ver más allá
de su propia nariz, como una lección objetiva de cómo se alteran los hechos cuando son narrados de
nuevo, y cómo una alegoría sobre las mujeres que han de esconder
parte de sí mismas para estar en el
mundo de hoy y deben asumir esa misma
parte para poder convertirse en seres completos. Uno de mis libros favoritos de la década.
Esa múltiple lectura
procede de las varias interpretaciones posibles y de los distintos puntos de vista desde los
que se nos narra la historia: los mitos religiosos, la leyenda creada por el
paso de los
años, las canciones que la cultura popular ha construido sobre dichos mitos y leyendas,
el relato de los hechos que realmente acontecieron en el mundo imaginado en la obra y,
también en un curioso
contrapunto, la visión histórica de los eruditos que parece menospreciar la única
interpretación que realmente se corresponde con los hechos que se nos narran.
Cabe destacar también la
intención subyacente en el diseño de esa cultura exótica y a la vez coherente. Las
adoradoras de la Gran Diosa Alta, al llegar a la adolescencia, aprenden a convocar a sus
hermanas sombra desde las profundidades del espejo a la tierra de la luz y de las sombras.
Las hermanas luz disponen así de unas compañeras íntimas capaces de existir tan sólo en la
sombra del claro de luna o gracias a la temblorosa luz de una candela. El mismo Whitmore destaca que no
resulta arriesgado ver en ello «una alegoría de cómo las mujeres han de esconder parte de
sí mismas para estar en el mundo de hoy y deben asumir esa misma parte para poder convertirse en
seres completos».
Situado el entorno en que
transcurren los hechos en HERMANA LUZ, HERMANA SOMBRA, el presente libro, BLANCA JENNA, aborda con mayor detalle el
elemento aventurero implícito en la historia y narra la compleja forma en que se cumple el
destino que la profecía reserva para Jenna. Pero también se mantiene la estructura que entrecruza mitos,
relatos, leyendas, canciones y ensayos para componer una narración a la vez compleja y prístina
que dice mucho de la habilidad
narrativa y literaria de Yolen.
De nuevo quisiera
recordar al lector la atención que cabe prestar a detalles como la música de las canciones de
los Valles. Recomiendo
a quien pueda hacerlo que intente entonarlas o hacerlas sonar en cualquier
instrumento musical. No en vano Yolen es una gran especialista en música popular y ello se deja
notar en esas composiciones.
No es inútil comentar
aquí que, en las más recientes convenciones de ciencia ficción, es frecuente
encontrar también grupos de trabajo sobre la música. Se trata de la llamada filk music
(filk, que no folk), que viene a
ser un curioso ejemplo de música popular que no procede de nuestra propia historia, sino
de la imaginación de autores y autoras
que completan sus mundos imaginarios con
las canciones y las rimas que puedan haber nacido en dichos mundos. Un ejemplo evidente es la cinta que
acompañaba la edición original en
inglés de EL ETERNO REGRESO A CASA (1985) de Úrsula K. Le Guin y que contenía canciones,
narraciones y poesías de la cultura de los kesh. Ese casete se perdió en la
edición en castellano, pero en el caso que ahora nos ocupa, la presencia
de la música en forma de partituras
hace que sea más fácil su conservación
y su posible apreciación por el lector español.
Y la mención de Úrsula K.
Le Guin no es ociosa ni vana. Otros autores han comparado la riqueza estilística y
narrativa de Yolen con la de Le Guin. Así lo hace, entre otros, la famosa
autora Marión Zimmer Bradley al
comentar las novelas de Yolen:
Una encantadora y convincente fantasía. No he
leído nada tan original en mucho tiempo.
Diría que pertenece al mismo
estante que Úrsula K. Le Guin y Patricia McKilip.
Pero, comparaciones al
margen, también conviene recordar aquí la fama de la propia Jane Yolen como autora de
literatura fantástica para niños y adolescentes, así como la multiplicidad de galardones que ha recibido entre los que se incluye, no
podía ser menos, el Premio Mundial de
Fantasía.
Hablando de premios,
cuando escribo esto (enero 1991), BLANCA JENNA se halla ya en la lista de posibles
candidatos (Preliminary
Ballot) al premio Nébula de 1991. Lo obtenga o no, cabe reconocer, como dice también Whitmore, que la
historia narrada en hermana luz, hermana sombra y blanca
jenna es «uno de los mejores
títulos de fantasía de la década». Un comentario con el que resulta fácil estar de acuerdo ante esta
maravillosa historia que ha
servido para la presentación en España de una autora de gran fama e interés.
miquel barceló
A Beth y Tappan,
y nuestros inicios.
SINOPSIS
Durante años, el
nacimiento de una niña en los Valles no había sido causa de gran regocijo. Después de la
primera de las Guerras
Garunianas, cuando las tribus patriarcales del continente se embarcaron para
conquistar las islas y masacrar a sus hombres, había habido un excedente de mujeres en los Valles.
Forzadas a la poligamia o a abandonar a las recién nacidas en las colinas, la
suerte de las mujeres no era
nada envidiable. Sin embargo, desde un principio, algunas de ellas habían comenzado a recorrer
las colinas, recogiendo
a las criaturas para salvarlas y criarlas en pequeñas comunidades amuralladas
llamadas Congregaciones.
Pasaron los siglos y
nadie alteró la paz de las Congregaciones. Con el tiempo llegó a haber diecisiete de estas
comunidades llenas de mujeres, adoradoras de Gran Alta, la Diosa que otrora había sido la deidad imperante
de todos los Valles, antes de ser suplantada por el panteón Garuniano de
dioses. Cuando la población recuperó su equilibrio, las Congregaciones se
convirtieron en refugios para las mujeres disidentes.
Las Altitas, como se las
llamaba, continuaron adoptando a las pocas niñas que les eran entregadas, pero con el
fin de que su población
no mermase, abandonaban con frecuencia los muros para procrear, dejando a los
bebés varones con sus padres y llevándose consigo a las niñas de regreso a la Congregación.
Las mujeres de las Congregaciones también salían en calidad de diestras
guerreras mercenarias
y peleaban algunos años en los ejércitos del rey. De ese modo, pulían su propia pericia
y aprendían las novedades en cuestiones de tácticas y de armamentos. Sin embargo y en la
medida de lo posible,
a las niñas se las mantenía alejadas del exterior hasta que alcanzaban la pubertad y
llegaba su año de misión, durante el cual viajaban a otras Congregaciones como parte de su
educación.
Lo que ocurría tras los
muros de las Congregaciones era un misterio, tanto para el vulgo de los Valles como para
sus amos Garunianos.
Aunque la gente común todavía hablaba de Alta y la adoraba como consorte de
Lord Gres, sombrío dios guerrero de los Garunianos, y como diosa del
alumbramiento y de las virtudes hogareñas, el
único culto puro de Alta era el de las Congregaciones, hasta el punto de que, por más que los habitantes
de los Valles mencionaran a Alta en sus plegarias, ni siquiera
sospechaban el secreto con que Ella
había dotado a sus mujeres. Entrenadas desde la niñez con ejercicios respiratorios especiales;
memorizando las palabras de su Diosa
tal como estaban escritas en el Libro de Luz, las Altitas habían
aprendido a invocar a sus hermanas sombra, sus almas gemelas, cuando alcanzaban la pubertad. A partir de entonces, estas hermanas sombra aparecían con la
luna, o bien a la luz de las
velas o de la lumbre y, a la par de sus equivalentes luminosas, caminaban, hablaban, luchaban y hacían el
amor.
Había profecías, rumores y mitos persistentes
respecto a una niña de cabellos
blancos que nacería de tres madres, todas las cuales morirían al darle la vida. Esta Criatura Blanca, como era llamada, se convertiría en una reina guerrera, una
diosa, conocida como la Blanca o la Anna, un antiguo término de los Valles que
significaba «blanco». La profecía,
con sus típicos errores nómicos, decía que la niña sería a la vez blanca y negra, luz y sombra. Conquistaría
al buey, al sabueso, al oso y al puma, y con ello señalaría el final de una vieja era y el nacimiento de una nueva.
Los Garunianos, quienes
habían cruzado el mar con una profecía
similar, temieron que este fenómeno se convirtiese en una amenaza para su reinado y por ello, para confundir
a los lugareños, denominaron a sus
tiranos el Toro, el Sabueso, el Oso y el Puma. En forma de canciones, los habitantes de los
Valles solían narrar fábulas
respecto a la llegada de la Blanca. Y las sacerdotisas de Alta tenían una misión muy clara: criar a la Criatura
Blanca y avisar a las otras
Congregaciones cuando hubiese nacido.
Así, cuando la esposa de
un granjero alumbró a una niña de cabellos blancos, ojos oscuros y aptitudes aparentemente inexplicables, muriendo al dar a luz, se inició la
historia de Hermana Luz, Hermana
Sombra. Enloquecido por la congoja, el granjero pidió a la
comadrona que se llevase a la niña a la Congregación Selden, aquella que se encontraba más cerca de su pueblo.
En la travesía, la comadrona
misma fue muerta por un puma que, a su vez, encontró la muerte a
manos de una pareja de hermanas de la Congregación
Selden, quienes habían salido de cacería. Ellas se llevaron a la niña
para adoptarla, pero era la primera vez que esta pareja en particular se hacía cargo de una criatura. Se iniciaron las
reyertas entre ambas, situación
que con el tiempo condujo al exilio de la hermana luz y, luego, a la muerte de
pareja. Tres madres, todas muertas,
a causa de la extraña niña de cabellos blancos.
Esa niña, Jo-an-enna,
llamada Jenna, fue adoptada por toda la Congregación Selden, ya que la sacerdotisa,
Madre Alta, sospechaba que la pequeña era
la realización de la profecía y deseaba participar
en la gloria.
La joven Jenna creció
amada por todas las de su comunidad, con excepción de la desconfiada y celosa Madre
Alta. En lugar de elegir convertirse en sacerdotisa, Jenna decidió seguir el camino
de las cazadoras/guerreras y realizó su entrenamiento
junto a Marga, su mejor amiga, a quien todas llamaban Pynt. Se decía que la
pequeña Pynt de cabellos negros era la sombra de Jenna; y sin duda ambas eran inseparables.
A los trece años, Jenna
no comprendió la hostilidad de la sacerdotisa
ni el hecho de que la enviase a una Congregación diferente para iniciar su año
de misión. Resentida, furiosa y sola por primera
vez en su vida, se vio obligada a emprender un camino distinto y a
abandonar a sus amigas. Se dirigió hacia la Congregación Nill, al otro lado del Mar de Campanas, un prado cubierto con lirios del valle.
Pero a pesar de las órdenes recibidas, Pynt
abandonó a Selinda y a Alna, las otras dos niñas con quienes debía cumplir su
año de misión, y siguió el rastro de
Jenna. Las dos se encontraron a mitad de camino de la Congregación
Nill, envueltas por la densa niebla que
se posaba casi a diario sobre el Mar de Campanas. Alarmadas por un extraño sonido y temiendo que se tratase del
Demonio de la Niebla, personaje
que habían oído mencionar en los cuentos, permanecieron espalda
contra espalda, con las espadas desenvainadas.
Con el extraño sonido
apareció ante ellas un joven que resultó ser el tercer hijo del rey. Este muchacho apenas
tenía unos años más que ellas y era un estudiante llamado Carum
Longbow. Carum imploró merci,
utilizando la antigua fórmula. De este modo, ellas se vieron obligadas a protegerlo y, en medio
de la niebla, Jenna mató al hombre
que le venía persiguiendo, uno de los temibles guerreros del usurpador Lord Kalas, conocido como
el Sabueso.
Después de enterrar al
Sabueso, con el yelmo sobre el cuerpo, los tres atravesaron el bosque rumbo a la
Congregación Nill. Era un extraño trío: Pynt estaba celosa de la forma en que
se cortejaban Carum y Jenna, Carum
estaba fascinado con la joven alta y de cabellos blancos, y Jenna se sentía aturdida por
sus propios sentimientos
conflictivos.
Los hombres no tenían
permitida la entrada en las Congregaciones, por lo que Carum debió disfrazarse.
Como aún carecía de barba y, aunque era alto, sus músculos no estaban muy
desarrollados, el disfraz tuvo
cierto éxito a pesar de sus protestas. Los tres fueron conducidos escaleras arriba hasta la habitación
de la sacerdotisa, una extraña y poderosa Madre Alta que era ciega, lisiada y
con seis dedos en cada mano.
Ella pudo reconocer a Jenna como la Anna de la profecía, pues ella misma había sido
considerada tal prodigio alguna vez. Madre Alta le explicó a Jenna que ya había
dado cumplimiento al comienzo de
la profecía: tenía el cabello blanco, una compañera morena, había enterrado a tres madres y
«doblegado al Sabueso». Jenna era la única que aún no estaba convencida.
Como las niñas habían
prometido llevar a Carum a salvo hasta uno de los refugios amurallados, santuarios que ni
siquiera Lord Kalas se atrevía a violar, Jenna, Pynt y Carum abandonaron la Congregación. Pero, cuando
aún no se habían alejado de sus muros, sufrieron una emboscada de los hombres de Lord
Kalas, quienes habían
seguido su rastro desde el sepulcro del Sabueso.
Pynt fue gravemente herida y Carum la condujo de
vuelta a la Congregación. Mientras
cubría su retirada, Jenna cortó la mano de uno de los hombres de Kalas. Cuando
regresó a la Congregación con su
espeluznante trofeo, Carum reconoció el anillo de la mano como perteneciente al Toro. Jenna había
«doblegado» también al toro-buey.
Ahora, sin duda, debía admitir que era la Blanca; pero Jenna no quería saber nada de ello e insistía en que era una muchacha común envuelta en acontecimientos
extraordinarios.
Dejó a Pynt bajo los
cuidados de la enfermera y, con instrucciones para llegar a la posada siguiendo el río,
Jenna y Carum saltaron
desde el segundo piso de la Congregación, directamente a las aguas traicioneras que corrían debajo, unidos
por una soga.
A punto de ahogarse,
lograron llegar hasta la costa y, desde allí, seguir hasta la Posada Bertram. Por ser mujer,
Jenna no tenía acceso a la casa y hubo de separarse de Carum frente al portal. Él la besó con dulzura,
prometiéndole todo en ese único beso, y Jenna regresó a la Congregación por vía terrestre.
Pero era una Congregación
silenciosa. Demasiado silenciosa. Y cuando Jenna estuvo más cerca pudo comprender la
razón. Todas las mujeres habían
sido asesinadas y muchas de ellas yacían junto a los hombres que ellas mismas habían matado. El
patio, las escaleras
y los corredores estaban cubiertos de cadáveres. Jenna corrió desesperadamente,
tratando de descubrir a alguien con vida y de encontrar a su amiga herida Pynt.
Al fin llegó al lugar donde las valerosas mujeres de la Congregación Nill habían
presentado su última batalla: la habitación de la sacerdotisa. Todas las
mujeres estaban
muertas y las niñas, incluyendo a Pynt, habían desaparecido.
Desgarrada por el dolor,
Jenna dedicó todo el día a acarrear los cuerpos de las mujeres a la cocina y al Gran
Vestíbulo, para tenderlas una junto a otra con espacio suficiente entre ellas para
sus hermanas sombra. Regresó
después a la habitación de la sacerdotisa para bajar el gran espejo enmarcado en madera.
Pero, antes de hacerlo, Jenna se detuvo frente a él y, sin saberlo, recitó
parte del ritual
de la Hermandad que convocaba a las hermanas sombra. Aunque aún le faltaba un año
y todavía no se había ejercitado en los ritos, la urgencia y el fervor de Jenna hicieron
que su propia hermana
sombra, Skada, abandonara el mundo del espejo para presentarse ante ella.
Skada, cuyo cabello era
tan oscuro como claro el de Jenna. Skada, quien hablaba de las cosas que Jenna nunca se había
atrevido a mencionar.
Skada, que alentaba a Jenna para que realizase las cosas que nunca había osado soñar.
Jenna y Skada intentaron
alzar el espejo para llevarlo escaleras abajo y colocarlo en la pira funeraria.
Pero al moverlo activaron el mecanismo de una puerta secreta que se abrió junto a los pies de Jenna
para dejar al descubierto un pasadizo donde las niñas de la Congregación Nill habían
sido ocultadas de los saqueadores.
Pynt también se
encontraba allí, todavía postrada y en una condición lamentable, pero estaba con vida.
Jenna, Skada y la joven
Petra, quien se entrenaba para el sacerdocio, encendieron la pira funeraria.
Luego, con las bebés en brazos de sus hermanas mayores, condujeron al grupo de niñas a lo largo del
Mar de Campanas y a través de los bosques hasta llegar a la Congregación Selden.
Al llegar allí, contaron la historia de sus
aventuras y Jenna reclamó el título de Diosa Blanca; no porque creyera en ello,
sino porque consideraba que sería útil para la causa: las otras Congregaciones debían ser puestas sobre aviso. Por
temor a las consecuencias, la
sacerdotisa negó a Jenna su título; pero con la ayuda de Petra, que inventó una profecía improvisada, Jenna
convenció a las demás de que
realmente era la Anna, aquella de quien se había escrito que era el comienzo y el final.
Acompañada por Skada, por Petra y por las hermanas
guerreras Catrona y Katri, enemigas de la
Madre Alta de Selden, Jenna salió a los caminos.
PROFECÍA
Y el profeta dice que una
criatura blanca con ojos negros nacerá de una virgen en el invierno del año. El buey en el campo, el sabueso ante el hogar, el
oso en la cueva, el puma en el árbol, todos, se inclinarán frente a ella cantando:
«.Bendita, bendita, la más bendita de las hermanas, quien es a la vez blanca y negra, sombra y luz, tu venida es el
comienzo y es el final.» Tres veces morirá su madre y tres veces quedará huérfana y será apartada
para que todos la reconozcan.
LIBRO PRIMERO
MENSAJERAS
EL MITO:
Entonces, Gran Alta posó
la mirada sobre sus mensajeras, a quienes había separado de su lado para mantenerlas aún más ligadas a ella. Posó la mirada sobre la hermana blanca y
la oscura, la joven y la vieja.
«No os hablaré para que
me oigáis. No me presentaré ante vosotras para
que me veáis. Porque una niña debe quedar en libertad para ir en busca de su propio destino, incluso aunque este destino sea el que su madre ha vaticinado.»
Y Gran Alta hizo que el camino recto se, tornase
serpenteante y el serpenteante, recto.
Dispuso para ellas trampas y precipicios que las ayudarían a
escapar. Así, recordarían su amorosa bondad y se regocijarían con ella.
LA LEYENDA:
Fue en el pueblo de
Slipskin, en la actualidad Nuevo Moulting, apenas comenzada la primavera, cuando tres
jovencitas, entre las cuales se hallaba Blanca Jenna, llegaron montadas sobre un
gran caballo tordo.
Su lomo era ancho como la puerta de un granero y
resultaba imposible abarcar su cruz.
Cada casco producía fuego en el camino.
Donde pisaban sus patas, los caminos serpenteantes se enderezaban, las montañas se aplanaban, se formaban
precipicios y las hondonadas se
recortaban en las colinas.
Según dicen algunos pobladores de Nuevo Moulting,
en realidad no se trataba de un caballo,
sino de una bestia enviada por la
propia Alta para transportarlas. Aún hay huellas de pisadas junto al viejo camino de Slipskin, talladas en la
misma piedra. Y río abajo, en el pueblo de Selden, hay tres grandes
costillas del animal colocadas sobre la
puerta de la iglesia para que todos puedan verlas.
EL RELATO:
El camino era una cinta
gris a la luz de la luna, entretejido entre los árboles. Allí se hallaban detenidas cinco
mujeres, escuchando el lamento ululante a sus espaldas.
Dos de ellas, Catrona y
Katri, eran de edad madura, como evidenciaban las arrugas que surcaban sus
frentes. Tenían el cabello muy corto y
llevaban las espadas con una informal autoridad.
La más joven, Petra, se
hallaba con la espalda muy erguida en actitud algo desafiante, pero había suavidad en su
mirada y se humedecía
los labios con nerviosismo.
Jenna era una joven extremadamente alta, aún no una
mujer a pesar de que su cabello era
blanco como la luz de la luna. Más blanco, ya que no tenía sombras. La otra
muchacha, algo más baja y un poco más delgada, era Skada.
—Extrañaré el sonido de
sus voces —dijo Jenna.
—Yo no —respondió Skada—.
Las voces tienen el poder de una atadura y nosotras debemos mirar hacia delante.
Ahora somos mensajeras,
no podemos detenernos a recordar.
—Y nos aguarda un largo
camino —intervino Catrona—. Con muchas Congregaciones a las que debemos prevenir.
—Extrajo un mapa
de su faltriquera de cuero y lo extendió en el suelo. Con la ayuda de Katri, alisó el
pergamino y señaló un punto negro—. Nos encontramos aquí, en la Congregación Selden. El
camino más rápido es éste, a lo largo del río y cruzando el puente hacia el
pueblo mismo. Luego seguiremos
el río de espaldas a El Viejo Ahorcado, sin perder de vista jamás sus cumbres gemelas.
Señaló las líneas en el
mapa.
—El Seno de Alta —exclamó
Skada.
—Has aprendido bien tus
lecciones —la felicitó Katri.
—Lo que sabe Jenna, lo sé
yo.
Catrona continuó
deslizando el dedo a lo largo de su itinerario.
—El camino hasta esta Congregación continúa sin
bifurcarse. —Su dedo dio dos golpecitos
en el mapa y Katri la imitó.
—La Congregación Calla's
Ford —comentó Jenna—. Donde Se-linda y Alna han iniciado su año de misión. Será bueno verlas. Las he extrañado...
—Pero no mucho —murmuró Skada.
—¿Es el mejor lugar para
comenzar? —preguntó Jenna—. ¿No deberíamos seguir un poco más y acercarnos a la
corte del rey?
Catrona
sonrió.
—Las Congregaciones se
encuentran formando un gran círculo. Mira aquí. —Mientras señalaba en el mapa, fue diciendo uno tras otro los nombres de las Congregaciones como si
se tratase de un largo poema—. Selden,
Calla's Ford, El Cruce de Wilma, Josstown, Calamarie, Carpenter,
Krisston, Valle Occidental, Annsville, Crimerci, La Fuente de Lara, Sammiton,
James del Este, John del Molino, El
Rastro de Cárter, Arroyo Norte y Nill. La corte del rey se encuentra en el centro.
—Por lo tanto, nadie se
quejará si primero visitamos Calla's Ford —concluyó Katri posando el dedo, al igual que Catrona, sobre la última Congregación—, ya que es la más
cercana.
—Y puesto que las niñas de nuestra propia
Congregación se encuentran
allí —agregó Catrona.
—Pero debemos apresurarnos —les recordó Jenna.
Catrona y Katri se levantaron simultáneamente y
Catrona plegó el antiguo mapa. Volvió a
colocarlo en la faltriquera de cuero y se lo entregó a Petra.
—Aquí tienes niña, por si acaso nos separamos.
—Pero yo soy la que menos
importa —protestó Petra—. ¿No debería ser Jenna...?
—Ahora que Jenna ha visto
el mapa una vez, lo recordará para siempre. Es una guerrera entrenada en el juego del
Ojo Mental y ahora mismo podría
recitarte los nombres y los lugares. ¿Estoy en lo cierto, Jenna?
Jenna vaciló unos
momentos y volvió a ver el mapa tal como había estado extendido bajo las manos de Catrona.
Comenzó a recitar lentamente pero con completa confianza, al tiempo que movía el pie sobre el polvo del camino
para señalar las distintas Congregaciones.
—Selden,
Calla's Ford, El Cruce de Wilma, Josstown...
—Te creo —la detuvo Petra
alzando una mano—. Yo llevaré el mapa.
—Y amarró los cordones de la faltriquera alrededor
de su cinturón.
Las cinco comenzaron a andar por el camino con paso
firme; cada una, a un brazo de
distancia de la otra. Catrona marchaba a la derecha y Jenna a la
izquierda, vigilando con atención los lados
del camino. Sólo la joven Petra, quien iba en el medio, parecía algo inquieta. En una o dos ocasiones se volvió
para mirar atrás, hacia el lugar
donde había resonado el lamento largo y profundo con que las despidiera la Congregación Selden.
LA CANCIÓN:
Anna en el recodo
Gris bajo la luna, verde
bajo el sol,
Sombra por la noche, luz
en el albor,
La extensa pradera se
extiende en su largor.
Y Anna en cada recodo.
Dulce en primavera, agria
en otoño,
El invierno y la nieve
extienden su blanco paño;
En verano es el paso más
corto del año,
Y Anna en cada recodo.
Ved las praderas y ved
las colinas,
Ved el río con sus aguas
cristalinas,
Ved al labriego que sus
tierras aún cultiva;
Porque Anna está
retornando.
EL RELATO:
Sólo se detuvieron una
vez en el bosque y fue para dormir bajo un endrino junto al río. Cada una realizó su turno
de guardia y dejaron
a Petra el lapso más corto y cercano al amanecer, cuando de todos modos se hubiese
despertado. Además, les recordó Catrona, con la luna vigilaban en parejas, mientras que
Petra estaba sola.
No hubo nada que perturbase su descanso, excepto el
lamento de las aves nocturnas y el
murmullo constante del agua. En un momento
de la guardia de Jenna y Skada hubo un movimiento entre las malezas.
—Una liebre —susurró
Jenna a su hermana sombra, alerta a la espera de otro sonido.
—Una liebre —coincidió Skada.
Ambas se relajaron. Un poco.
Para el atardecer del día
siguiente habían atravesado ya las granjas de las afueras de Slipskin, con sus tierras
cultivadas por generaciones de labriegos. Cada acre estaba cubierto por un delicado
manto verde, y en un campo
había veinte caballos pastando.
—Un hombre que vende
caballos —observó Catrona—. Probablemente
abastece al rey. Podríamos tomar prestados uno o dos y jamás lo notaría.
Petra negó con la cabeza.
—Teníamos caballos y
rebaños en nuestra Congregación. Puedes creerme, nuestras pastoras conocían cada animal por su nombre.
Catrona hizo una mueca.
—Ya lo sé, niña, sólo os ponía a prueba.
—Yo no volveré a montar a caballo —afirmó Jenna—.
Con una vez
ha sido suficiente.
—De todos modos dudo
mucho que podamos montarlo las tres —respondió Catrona—.
Pero si tuviéramos un animal, una de nosotras podría adelantarse. Necesitamos ganar tiempo a toda costa.
Muy a su pesar, Jenna no tuvo más remedio que
asentir.
—Dejad que hable yo
—agregó Catrona—. He pasado mucho tiempo entre hombres y sé qué decir.
—Yo no he estado nunca entre ellos —admitió Petra.
Jenna no dijo nada, pero se llevó una mano a los
labios. Se alegraba de que aún fuese de día y Skada no estuviese allí para
recordarle lo que había dicho
—y lo que había callado— cuando Carum la
besara. Ella había conocido a dos hombres: a uno lo había besado y al otro lo había matado.
Sabía tan poco como Petra.
—Sí, habla tú —le dijo a Catrona—. Nosotras
aguardaremos detrás de ti.
—Pero de todos modos
intentad parecer atractivas —les recomendó Catrona.
—¿Atractivas? —preguntó Jenna, verdaderamente
confundida.
—A los hombres les gusta
eso. —Catrona echó la cabeza hacia atrás y rió con ganas.
Aunque ni Jenna ni Petra
sabían bien a qué se había referido Catrona con «atractivas», ambas sonrieron al
labriego cuando abrió la puerta de madera oscura. El hombre las miró unos momentos como inseguro de lo que
estaba viendo. Después se volvió hacia el interior de la casa y gritó:
—Martine, Martine, ven rápido.
—¿Qué ocurre? —preguntó
una voz desde la habitación a sus espaldas.
El hombre no volvió a
hablar hasta que su esposa, una mujer gigantesca y sonrosada que le llevaba una cabeza a
su calvo marido,
se acercó a él.
—Allí, mujer, mira a la muchacha alta.
Ella observó a su vez.
—Pertenecemos a Alta
—comenzó Catrona, pero se detuvo al notar que no le prestaban ninguna atención sino que
ambos tenían los ojos fijos en
Jenna. Entonces volvió a hablar, esta vez más fuerte—. Mi nombre es Catrona, de la Congregación Selden. Mis hermanas y
yo...
—Santo cielo Geo, tienes
razón, ¿quién más podría ser? —exclamó la esposa del labriego con las mejillas
al rojo vivo—. Con excepción de su cabello, es la imagen viva de mi pobre difunta hermana.
De pronto Catrona comprendió.
—¿Creen que Jenna
pertenece a su familia? De todas las casas, justamente hemos tenido que detenernos aquí.
—No, no —negó el labriego
sacudiendo la cabeza—. Ella tiene once hermanas y son todas iguales. Hace menos de cincuenta años las
laderas hubiesen estado llenas de ellas. Pero ahora las niñas escasean por aquí, así que si desean quedarse
yo podría proporcionarles unos buenos esposos. —El hombre volvió a
sacudir la cabeza—. Bueno, tal
vez a la sobrina y a la pequeña que está allí. Necesitamos reproductoras, ya saben. Por eso todas las hermanas
de Martine se han casado muy jóvenes. Buena carnada. De este lado de la colina no hay una casa que no
albergue a alguna de ellas.
Sería más difícil perder alguna que encontrarla, como dicen de los mirlos en bandada. Sería...
Martine apartó a su
esposo y pasó frente a Catrona para acercarse a Jenna. Viéndolas juntas, el parentesco era evidente.
—Tiene la altura de
Dougal y los ojos de Hiat. Recuerda, Geo, cuando me cortejabas decías que yo tenía los ojos
oscuros de un manantial. Mi hermana Ardeen tuvo el cabello blanco antes de cumplir los quince, y mi
hermana Jarden antes de los veinte. Dale un abrazo a tu tía, niña.
Jenna no se movió. Su
mente era un torbellino.
—Su madre la llevaba con
nosotras para entregarla en adopción cuando un puma la mató —les contó Catrona—. Mis propias hermanas sepultaron a la
suya y pronunciaron algunas palabras en su nombre. Su madre adoptiva a muerto; de no ser
así, le hablaría a ella de usted.
—¡Tonterías! —rechazó
Martine volviéndose hacia Catrona—. Su madre murió al darle la vida. Quedó allí
tendida, desangrándose
como un cerdo listo para el mercado mientras la partera se llevaba a la niña. Si su
hermana la adoptó, entonces...
—La mujer se detuvo un minuto y
contó con los dedos—. Una, mi pobre difunta hermana; dos, la partera; y tres, su hermana.
¡Oh, bendita sea!
—De pronto cayó de rodillas y se cubrió la boca con
las manos—. ¡La Blanca, la niña de
tres madres! Y una ha sido de mi propia sangre. ¿Quién lo hubiese
imaginado?
Su esposo se hincó más
lentamente y ocultó el rostro entre las manos.
Jenna entornó los ojos y
suspiró. A sus espaldas oyó la suave exclamación de Petra y su voz de sacerdotisa.
Niña de tres
madres, Bendita seas.
—Cállate —le espetó a la joven en voz baja.
Martine, quien había
escuchado sólo a Petra, alzó las manos, con las palmas unidas, y exclamó:
—Sí, eso es. Oh, Blanca,
¿qué podemos hacer? ¿Qué podemos decir?
—En cuanto a lo que
pueden hacer —respondió Catrona rápidamente—, pueden darnos tres buenos caballos ya
que nos encontramos en una gran
misión sagrada y no sería bueno que La Blanca tuviese que caminar. Y en cuanto
a lo que pueden decir, pueden decimos sí a. nosotras y no a cualquier hombre
que les pregunte.
—Sí, sí —volvió a
exclamar Martine y, al ver que su esposo no respondía lo suficientemente rápido, le propinó un
codazo.
El se levantó sin volver a mirar a Jenna y murmuró:
—Sí, sí, les daré tres
caballos. Y serán buenos. Cualquiera que diga que Geo Hosfetter no proporciona
buenos caballos es... —El hombre partió sin dejar de hablar y se oyeron sus
pasos que se alejaban
corriendo.
—Iré para ayudarle a escoger —dijo Catrona.
—Permita que La Blanca se
quede un momento más —le rogó Martine—.
Ella lleva mi propia sangre... deje que ella misma me cuente su historia. Tengo té y pasteles. —La
mujer señaló la cocina limpia y
bien iluminada.
Jenna abrió la boca para aceptar, pero Petra le
susurró al oído:
—Allí aparecerán las
hermanas sombra. Déjame hablar a mí. —Jenna cerró la boca y adoptó una expresión severa.
—La Blanca no come con
otras personas. Ha hecho votos de ayuno y de silencio hasta que la misión esté
cumplida. Yo soy Su sacerdotisa y Su boca.
Jenna volvió a entornar
los ojos, pero guardó silencio.
—Por supuesto, por
supuesto —aceptó Martine mientras se limpiaba las manos en el delantal.
—Mejor dígale todo lo que
usted sabe para que Ella pueda evaluar su importancia.
—Por supuesto, por supuesto —repitió Martine—. ¿Qué
debo contar? Que mi hermana,
la madre de La Blanca, era alta y pelirroja y, según creímos todos, propensa a los partos
fáciles al igual que el resto de nosotras. Pero algún designio cambió las cosas allá arriba. Murió al dar a luz. Y
luego esa malvada partera robó a la niña y se la llevó antes de que ninguno de nosotros
pudiera verla. Supimos que era una niña porque le dijo a su propia hija que la llevaría a una de las..., ya
saben..., de las Comunidades.
—Congregaciones —le corrigió Petra automáticamente.
—La que se encuentra más
cerca. Camino arriba entre las montañas.
—La Congregación Selden —apuntó Petra.
Pero la mujer sólo podía contar la historia a su
manera.
—Para vender el bebé,
probablemente. Algunas parteras son así, ustedes ya lo saben. —De pronto temió haberles
ofendido y
agregó con rapidez—: No me refiero a que ustedes compren niñas, claro.
—Recogemos nuestra
cosecha en las colinas; no pagamos a los sembradores —sentenció Petra.
—Eso he querido decir.
Eso mismo. —Martine se restregó las manos.
—¿Y el padre?
—Murió antes de cumplirse
el año. Tenía el corazón destrozado. Había perdido una esposa y una hija a la
vez. Enloqueció. Veía mujeres de Alta por todas partes. En la granja, ante el fogón, en su cama. Siempre de dos
en dos. Estaba doblemente loco. —La mujer sacudió la cabeza—. Pobre hombre.
—Pobre hombre —repitió
Petra con voz suave y tranquilizadora.
Jenna se mordió el labio.
Su madre. Su padre. Trataba de creerlo, pero no podía.
Su madre no había vivido
bajo aquella acogedora techumbre de paja ni murió con los muslos cubiertos de
sangre. Sus madres eran muchas y vivían en la Congregación Selden. Y ellas no morirían desangradas si podía
evitarlo. Jenna se volvió bruscamente y dejó a Martine, quien seguía restregándose las
manos, para que Petra la consolase. Con paso rápido, atravesó el corral en
dirección a la granja.
El cielo tenía un color
azul acerado, y detrás de la granja y los campos el horizonte estaba teñido de rosa. Cuando
el sol se deslizara bajo el borde del
mundo, quedaría una hora más antes de que
oscureciese. Y entonces llegaría la luna. Con la luna, reaparecerían las hermanas sombra Skada y Katri. Petra
había tenido razón al advertirle
que no entrase en la cocina iluminada con velas. La luz del fogón o de las velas también hacía surgir
a las hermanas. No había necesidad de atemorizar a aquellos pobres extraños. ¡Extraños! Jenna trató de obligarse a pensar en
ellos como su tío y su tía.
Imposible, no había lazos de sangre entre ellos. Ninguno en absoluto.
Se trataba de un error,
eso era todo. Pero un error que les proporcionaría tres caballos. ¡Caballos! Ella no
quería volver a montar sobre aquellas bestias tan incómodas para sus asentaderas.
Justo mientras pensaba en
ello, Catrona apareció por detrás de la granja conduciendo tres yeguas: dos de
pelo rojizo y una casi completamente blanca. El labriego venía detrás y parecía aliviado. Al ver a Jenna, Catrona
sonrió, pero cambió de inmediato su expresión adoptando una actitud más respetuosa.
—¿Apruebas mi elección,
Blanca? —le preguntó.
Jenna asintió con la
cabeza. La yegua color nieve echó atrás la cabeza y relinchó.
—La blanca es tuya, Anna
—dijo Catrona—. El hombre insiste en ello. —Le tendió las riendas—. Y no quiere aceptar ningún dinero a cambio.
Jenna inspiró
profundamente haciendo un esfuerzo para que le agradase el animal. Tomó las riendas, tiró con
suavidad y lo hizo avanzar unos pasos hacia ella para darle unas palmadas en el cuello. La yegua le olfateó
la oreja y Jenna esbozó una sonrisa vacilante.
—¿Lo ve, Blanca? —dijo
Geo Hosfetter sin mirarla directamente—. La yegua sabe que es suya. —Asintió con la cabeza—. Su nombre es...
—Su viejo nombre no tiene
importancia —intervino Petra de pronto, detrás de Jenna—. Tendrá uno nuevo. Como
usted sabe, ya está dicho en la profecía:
La Blanca, la Anna,
Cabalgará, cabalgará,
Y sus hermanas con Ella;
Ninguna se apartará.
La yegua que monte
A horcajadas,
Tendrá por nombre... ¡DEBER!
—Oh, sí, sí —confirmó
Martine corriendo hacia ellas—. la sé. Deber es su nombre. Por supuesto. Deber.
—¡Deber! —se burló Jenna,
riéndose, cuando se hubieron alejado de la
granja
¿Qué clase de nombre es ése?
—Fue lo mejor que se me
ocurrió en ese momento —admitió Petra—. Me disculpo por esa sexta línea. Me ha
salido un poco... un poco
dudosa.
—¿Quieres decir que te lo
has inventado! —Catrona sacudió la cabeza.
Petra asintió con energía
y sonrió.
—Es una habilidad
especial que tiene —explicó Jenna—. Era famosa por ello en la Congregación Nill. Poesías y
profecías al instante.
Pero, Petra... ¡Deber!
—No tiene importancia
—respondió Petra—. Se lo contarán a sus vecinos y la historia comenzará a crecer.
Para cuando vuelvas a escucharla, irás montada en Saber o en Vencer, y le
habrán agregado que La Blanca, bendita sea, cabalgaba con los bolsillos
llenos de monedas, seguida por
cien hombres que le clamaban su amor.
Jenna se retorció la
trenza derecha.
—¿Por qué me has escogido
una yegua blanca, Catrona? No tendremos tiempo para mantenerla limpia.
—El insistió en ello. «La
blanca para La Blanca —me dijo—. Y una pareja de bayas para sus criadas.»
—¡Criadas! —gritó Petra.
Ante el sonido de su voz
la pequeña yegua baya dio un respingo. Petra intentó sujetarla y necesitó de un fuerte tirón de las riendas para controlarla. Miró a sus amigas y se alzó
de hombros.
—Yo no contaría con ese
animal para una batalla —dijo Jenna.
—Pero es probable que
corra como el viento —señaló Catrona—. Mira sus patas. Y tal como dicen en los Valles, el
caballo regalado es el más ligero.
—Entonces que lo
demuestre —concluyó Jenna—. Ya no tenemos tiempo para continuar hablando.
Catrona asintió con la
cabeza.
Las tres pusieron sus monturas al trote.
Acababan de atravesar el pueblo de Selden, con sus
pequeñas casas a lo largo de los
senderos de guijarros, y se disponían a cruzar el nuevo puente cuando se elevó la luna. Bajo su
luz reaparecieron Skada y Katri, montadas detrás de sus respectivas
hermanas luminosas.
Jenna supo que Skada se
encontraba allí al sentir la familiar respiración a sus espaldas; la yegua lo
supo antes por el peso que se había sumado. El animal aminoró el trote para acostumbrarse al segundo cuerpo, pero
no se acobardó.
—Buen caballo —susurró
Skada en el oído de Jenna.
Ésta volvió un poco la
cabeza.
—¿Qué sabes tú de
caballos?
—Es posible que sepa poco, pero al menos no les
tengo antipatía sin ningún motivo.
—¡Ningún motivo!
—protestó Jenna—. Pregúntale a mi trasero y a mis piernas cuáles son los
motivos. —Pero no continuó hablando y concentró toda su atención en el largo puente que atravesaban.
Cuando estuvieron al otro
lado, Catrona les hizo una seña para que se detuviesen. Desmontaron y dejaron que los caballos pastasen junto al camino.
—¿Por qué nos detenemos?
—preguntó Petra.
A la luz de la luna, su
rostro parecía cincelado. El cabello se le había desatado y ahora llevaba las trenzas
sueltas sobre la espalda. Tenía círculos negros bajo los ojos, pero Jenna no sabía con certeza si eran de fatiga o de pena. Rodeó los hombros
de la niña con su brazo y, como un
paréntesis, Skada la tomó por el otro lado.
—Al igual que los
humanos, los caballos necesitan descansar
—le recordó Jenna—. No tendría sentido matarlos el primer día.
—Ni a nosotras mismas
—añadió Catrona mientras se estiraba—. Hacía mucho tiempo que no cabalgaba. Éstos son músculos que no ejercito
con reguralidad. —Se inclinó y apoyó las palmas sobre el suelo; Katri hizo lo mismo.
—Mi yegua no está cansada
—señaló Petra.
—Es que lleva a una sola.
Las nuestras tendrán que llevar a dos durante toda una noche de luna —le explicó Skada—.
Por desgracia nadie ha entrenado a los caballos para que
convoquen a sus sombras.
—¿Hay caballos en el
lugar de donde vienes? —preguntó Petra.
—Tenemos lo que tenéis
vosotras —contestó Katri—. Pero lo dejamos atrás para venir aquí.
Catrona acarició el
hocico de su caballo y éste le respondió olfateándola.
—Continuaremos unas horas
más y luego dormiremos. —Sostuvo la cabeza del animal entre sus manos y le sopló con suavidad en los ollares—. Sólo nos
hemos detenido para respirar un poco.
—Y para descansar los
traseros —añadieron al unísono Jenna y Skada.
Petra se echó a reír,
pero Catrona y Katri alzaron la vista al cielo.
—Mirad —dijo Katri—.
¿Veis cómo la luna se encuentra posada sobre la frente del Viejo Ahorcado?
Las demás alzaron la
vista. Los peñascos parecían coronados por la luna y unas nubes tenues comenzaban a cruzar por
su faz.
—Creo que pronto estará
cubierta —observó Catrona.
—Eso nos convendría
—afirmó Katri.
—Pero entonces tú y
Skada... —comenzó Jenna.
—... desaparecerían
—concluyó Catrona—. Pero como no nos encontramos en una batalla sino que tan sólo cabalgamos, resultará más sencillo para los caballos.
—Y para nosotras —agregó
Skada.
—Para vuestros traseros
—se rió Jenna.
—Para nuestros tra...
—empezó a decir Skada; pero en ese momento la nube cubrió la luna y ella desapareció.
—Montad —les indicó
Catrona saltando sobre su caballo.
A Jenna y a Petra les
resultó un poco más difícil subir sobre los suyos. Finalmente Jenna sostuvo las riendas de la baya mientras Petra montaba, y luego le entregó las de su
propia yegua.
—Mantenía quieta —dijo
Jenna.
—¿Hablas con tu criada?
—preguntó Petra.
—Por favor.
—El Deber te aguarda
—bromeó Petra—. ¡Vamos, Jenna, cumple con tu Deber
—Ya es suficiente —se
impacientó Jenna.
Cuando al fin estuvo
arriba y tomó las riendas entre sus manos, se volvió hacia el camino. Catrona ya se
encontraba en el primer recodo y Petra estaba hacia la mitad. Jenna clavó los talones en los flancos de Deber y el animal comenzó a
trotar. Apretó los dientes, la espoleó
y esta vez la yegua se lanzó al galope. A sus espaldas se elevó una nube de
polvo que oscureció la silueta del Viejo Ahorcado.
LA CANCIÓN:
Balada de las doce hermanas
Había doce hermanas junto
a un río, Romero y endrino, cardo y
laurel.
Un donoso marinero a una
llevó
consigo Y un bebé nació en el día
aquel.
El donoso marinero casó
con una de
ellas, Romero y endrino, cardo y
laurel.
Las otras hermanas
quisieron verla
muerta El día en que naciera el
bebé aquel.
«Danos la mano, hermana
querida», Romero y endrino, cardo y
laurel.
Pidieron las once a la
escogida
El día en que naciera el
bebé aquel.
Colina arriba la
llevaron,
Romero y endrino, cardo y
laurel, Y por la fuerza a su bebé
le quitaron
El día en que naciera el
bebé aquel.
La dejaron en la ladera
fría,
Romero y endrino, cardo y
laurel,
Convencida de que su bebé
no
vivía El día en que naciera el bebé aquel.
Lloró lágrimas grises,
lloró lágrimas rojas,
Romero y endrino, cardo y
laurel,
Lloró hasta morir tendida
entre las hojas
El día en que naciera su bebé.
El corazón del marinero
en dos se
partió, Romero y endrino, cardo y
laurel;.
Por todo lo hecho cada
hermana lloró
Desde el día en que naciera el bebé aquel.
Brezos y rosas de sus
tumbas
crecieron, Romero y endrino, cardo y
laurel;
Alto, muy alto y muy
juntos subieron
Desde el día en que naciera el bebé aquel.
EL RELATO:
—Lo siento —se disculpó
Jenna—. Me he estado comportando mal desde que dejamos la Congregación. Es como si
no hubiese conexión
entre mi cerebro y mi boca. No comprendo qué me hace actuar de esta forma.
Se habían detenido para
pasar la noche a unos trescientos metros del camino, en un pequeño claro que no
era mucho más grande
que una habitación. Había un prado que era como una alfombra, rodeado por enormes
robles cuyas ramas se entrelazaban formando un techo protector. No obstante, Catrona
no les permitió encender fuego por miedo a que éste llamase la atención
de algún transeúnte.
En silencio, se comieron
el pan moreno y lo último que les quedaba de queso. Cerca de ellas, las yeguas
pastaban con satisfacción. Cuando desmontaron, Catrona les había enseñado cómo atarles las patas delanteras con
tallos de enredadera, lo bastante fuerte para impedir que escapasen y lo suficientemente suelto
para que no tropezasen.
Después de pensarlo
bastante, Jenna decidió que el avance lento y crepitante de los animales era un sonido
tranquilizador, algo que no le
molestaba. Sin embargo, lo que sí le molestaba era su propia conducta de los días pasados. Era necesaria una
disculpa y por tanto la ofreció.
—¿Qué hay que disculpar? —preguntó Catrona—. Has
dormido poco y has visto demasiado en estas
últimas dos semanas. Has sido arrancada del mundo que conocías. A pesar de ser
tan joven tu vida ha cambiado
por completo.
—Hablas de Petra, no de
mí —protestó Jenna sacudiendo la cabeza—. En cambio, ella aún se muestra alegre.
—¿Cómo dicen en los
Valles Inferiores? Un cuervo no es una gata y tampoco pare gatitos. Si tú fueras Petra,
permanecerías alegre
a pesar de todo. Es su forma de ser. Pero tú eres Jenna, descendiente de Selna... —dijo
Catrona.
—No soy descendiente de
Selna —la interrumpió Jenna—. No lo soy.
Consternada por el gemido
de su voz, ocultó el rostro entre las manos, tanto por vergüenza como por dolor.
—Vaya. Así que era eso.
—Catrona rió—. Blanca Jenna, la Anna, la gran guerrera que ha matado al Sabueso y cortado
la mano del Toro,
tal como estaba escrito en las profecías; la que ha salido junto a sus compañeras para
salvar el mundo de las Congregaciones... ¿Cómo puede ser que haya nacido entre los muslos de
una mujer como ésa? —Movió la
cabeza indicando la dirección de la cual venían—.
Pero lo que cuenta es la crianza, no la sangre. Tú eres una verdadera hija de las Congregaciones. Al igual
que yo.
—¿Tu conoces a tu madre?
—preguntó Jenna con suavidad.
—A diecisiete generaciones de ellas —respondió
Catrona plácidamente—. Igual que tú.
Recuerdo haberte escuchado recitarlas
sin vacilar.
Petra intervino por
primera vez en la conversación.
—Y yo también conozco mi
ascendencia, Jenna, aunque mi madre me dejó ante la puerta de la Congregación, cuando todavía me amamantaba, con una
nota que decía: Mi hombre no tolerará otra de éstas.
—Lo sé —aceptó Jenna con
voz compungida—. Conozco todas las historias. Sé que la mitad de las hijas de las Congregaciones llegan allí abandonadas, traicionadas o ambas
cosas. Y hasta ahora nunca me había
molestado.
—Hasta que esa tonta mujer y su esposo, más tonto
aún, te reconocieron como perteneciente a su familia —dijo Petra mientras se acercaba a Jenna para acariciarle el
cabello—. Pero sus palabras son agua
y tú eres piedra. El agua fluye sobre la piedra y continúa su camino. Pero la piedra permanece en su
sitio.
—Ella tiene razón, Jenna —secundó Catrona—. Y te
equivocas al preocuparte por semejante
tontería. Tienes más madres de las
que puedes contar y, sin embargo, tomas en cuenta esa historia más que todo el resto.
—Ya no lo haré más —Jenna
se puso en pie, se sacudió los restos de queso y las migas de pan y se estiró—. Yo haré la primera guardia.
Alzó la vista hacia las
ramas entrelazadas de los robles y la pequeña abertura por la cual se veía el cielo
nublado. Suspiró y se miró las
manos. El anillo de su dedo meñique, el que la sacerdotisa le había entregado para que lo utilizase como identificación,
era un recordatorio de su tarea.
Debía pensar en eso y no en aquella tontería.
Al menos, pensó, Skada no
se encuentra aquí para burlarse de mí.
Pero la vigilia pareció
más larga sin la compañía de Skada y, a pesar de la promesa de no pensar en Martine y Geo
Hosfetter —sus
nombres eran tan tontos como sus maneras—, no podía pensar en ninguna otra cosa. De haber permanecido con su
auténtica madre, sin duda hubiese sido tan desagradable como ellos. Pasó
toda la guardia trenzando y
destrenzando su larga cabellera blanca mientras reflexionaba sobre una vida que nunca había vivido.
La mañana comenzó con una
ruidosa fanfarria de trinos producidos por distintas especies de aves: dulces y chillones, suaves y vocingleros. Jenna se
sentó y, por un momento, no hizo más que escuchar, tratando de distinguir uno de otro.
—Currucas —le susurró
Catrona—. ¿Puedes distinguirlas?
—Conozco a la que Alna
llamaba Salli, la que está allí. —Señaló el lugar de donde provenía un gorjeo melodioso y
aislado.
—Bien. —Catrona asintió
con la cabeza—. ¿Y qué hay de ese otro, el que termina en un brrrrrrup?
—Tal vez sea una
rabadilla amarilla —aventuró Jenna.
—Bien. Al tercer acierto,
admitiré que eres mi igual en los bosques —dijo Catrona—. Allí... ¡ése! —El gorjeo era
más débil y abrupto
que los otros dos.
—Otra curruca... no,
aguarda, es un... —Jenna sacudió la cabeza—. Creo que aún no soy tan buena como tú.
—Es un silbido de Marget,
el pájaro por el cual Amalda dio el nombre a tu mejor amiga. Me alegra saber que aún
soy necesaria en los bosques.
—Catrona sonrió—. Despierta a Petra mientras yo veo qué puedo encontrar para unas viajeras
hambrientas. —Desapareció
detrás de un gran roble.
Petra, quien había
efectuado la segunda guardia, se hallaba acurrucada en su manta con el rostro cubierto por la
cascada de cabello
oscuro. Jenna la sacudió con suavidad.
—Vamos, topo, abre los
ojos a la luz. Aún nos espera un largo viaje.
Petra se estiró y, después de trenzarse el cabello
rápidamente, se levantó.
Luego miró a su alrededor
en busca de Catrona.
—Comida —le indicó Jenna
señalándose la boca.
Como convocada por la
palabra, Catrona regresó, pero su aparición fue tan silenciosa que ni siquiera los
caballos la notaron. Traía consigo
tres huevos.
—Uno para cada una; y hay
un arroyo cerca de aquí. Después llevaremos los caballos y llenaremos nuestras
cantimploras. Si nos apresuramos, llegaremos a la Congregación hacia el mediodía. Entregó un huevo a cada una
y conservó el más pequeño.
Jenna tomó el cuchillo
que guardaba en su bota y perforó el huevo. Luego le entregó el cuchillo a Petra y
comenzó a comer. La sustancia se deslizó en su boca y el hambre hizo que no se preocupara en absoluto por su
consistencia.
—Yo llevaré los caballos
—dijo Catrona—. Vosotras recoged el resto de nuestras cosas y haced lo posible para que no puedan seguirnos el rastro. Llevando caballos eso es muy
difícil, ya lo sé.
Catrona partió con los animales. Jenna y Petra la
siguieron de inmediato, utilizando
ramas como escobas. No había que ocultar los restos de ningún fuego, pero resultaba imposible borrar por completo las huellas de los caballos. No obstante,
las señales sí podían confundirse y Jenna hizo cuanto pudo. Un rastreador
incompetente pensaría que una
manada de ciervos había estado pastando en el lugar.
Al llegar al arroyo se lavaron rápidamente, no
tanto por higiene como por costumbre. Jenna
llenó las cantimploras de cuero mientras
Petra vigilaba los caballos. Catrona se adelantó a ellas para asegurarse de que nadie notase su regreso al camino.
Cuando volvió, sacaron a
los renuentes caballos del agua, montaron con más destreza que gracia y se
pusieron en marcha con Catrona de nuevo a la cabeza.
El sol se hallaba muy alto y aún no se habían
encontrado con nadie en el camino. El único pequeño pueblo que atravesaron estaba peculiarmente desierto. Ni siquiera había
gente en el molino junto al
río, aunque el agua hacía que las aspas girasen por su cuenta.
«Qué extraño», había sido
el único comentario de Catrona.
Los pensamientos de Jenna
eran más sombríos ya que la última vez que
había visto un espectáculo semejante había sido en la Congregación Nill, cuando regresó para encontrar
a la muerte como único ocupante. Sin embargo, en ese pueblo no
había cuerpos sin vida ni sangre que
se escurriera por el canal del molino. Jenna comenzó a respirar de forma lenta y pausada.
El rostro de Petra era indescifrable y Jenna no
dijo nada, más preocupada por el
silencio de su amiga que por el del pueblo.
Continuaron cabalgando
hasta llegar a un vado. Al otro lado del río había una balsa atada a la orilla opuesta
con una soga, pero el balsero no estaba a la vista. Catrona y Jenna tiraron juntas de la cuerda y la balsa se
desplazó lentamente por la superficie del agua. Cuando se detuvo, embarcaron a los caballos
en silencio. A pesar de la carga, la barcaza flotó por el río,
Está construida para más
que esto, pensó Jenna. El silencio era tan opresivo que decidió no expresar su pensamiento en voz alta. Pero mientras tiraba de la cuerda húmeda junto con
Catrona, no dejó de preguntarse si los veintiún caballos del
escuadrón del rey podrían cruzar en una
embarcación semejante. Veinte hombres y el Oso. O el Puma. O Lord Kalas en persona.
La pequeña embarcación
atravesó el río rápidamente y encalló con un crujido en la costa. Los caballos bajaron
con menos exhortaciones de las que
habían necesitado para subir. Esta vez, tanto Petra como Jenna montaron con agilidad.
Jenna instó a Deber para
que tomase la delantera y la yegua se lanzó al galope por el camino. Detrás, las bayas
de Carroña y de Petra aceptaron el
desafío. Al oír el ruido de sus cascos, Jenna esbozó una pequeña sonrisa. Por un momento no existió nada más que el viento en su cabello, el sonido de los
animales galopando y el ardiente sol primaveral sobre su cabeza.
Si pudiera capturar este
momento, pensó. Si pudiera retener este instante para siempre, todas estañamos a
salvo.
Y entonces vio lo que
había temido: una delgada espiral de humo que, como una advertencia, se recortaba contra
el cielo.
—¡La Congregación!
—exclamó.
Eran las primeras
palabras que una de ellas pronunciara en una hora.
Las otras dos vieron el
humo y se sintieron invadidas por el mismo miedo. Se inclinaron sobre los cuellos de sus
yeguas y éstas, sin necesidad de más apremio, aceleraron su carrera hacia el fuego
ignoto.
En el último recodo, el
camino comenzaba a ascender abruptamente. Los caballos avanzaron con dificultad, respirando de forma agitada. Jenna podía
sentir que su propio corazón latía al ritmo de la respiración de Deber. Llegaron a la cima y pudieron ver la
Congregación delante de ellas. Los grandes portales de madera estaban destrozados y los muros de piedra
derrumbados.
Ante el espectáculo, Petra tiró de las riendas y
lanzó una pequeña exclamación mientras se
llevaba una mano a la boca. Pero Jenna
alcanzó a ver un movimiento detrás de los muros y, alzándose en los
estribos, trató de distinguirlo. Tal vez era parte de la batalla, tal vez no
habían llegado demasiado tarde. Desenvainó la espada, la levantó sobre su cabeza y le gritó a Petra:
—Quédate aquí. Tú no
tienes arma.
Catrona ya se había lanzado al galope. Sin pensar
siquiera en las consecuencias, Jenna dirigió a Deber hacia el muro derrumbado y, con un fuerte puntapié, la impulsó para que
saltase sobre las piedras caídas.
Había una mujer y tres
hombres inclinados. Todos se dispersaron ante la embestida de Deber. Un hombre alto y
desgarbado como
un ave acuática de patas largas, se volvió para mirarla. Jenna le gritó sonidos
que no formaban ninguna palabra, y estaba a punto de atacarlo cuando la
mujer se interpuso entre ellos con las manos levantadas.
—Merci —exclamó con una
fuerza nacida de la desesperación-¡En el nombre de Alta, ich crie merci
Las palabras penetraron
en la furia de Jenna y lentamente bajo la espada. El brazo le temblaba tanto que tuvo que
sujetárselo con la otra mano. Fue entonces cuando notó lo que debía haber notado antes: el hombre alto y parecido a una cigüeña
no iba armado la mujer tampoco.
—Aguarda, Catrona —gritó
Jenna.
—Aguardo —respondió
Catrona.
—Por favor —imploró la
mujer—, si pertenecen a Alta deben ayudarnos.
—Así es —confirmó Jenna—.
¿Pero quiénes son ustedes? qué ha ocurrido aquí? —Mientras hablaba miró a su
alrededor esperando descubrir
cadáveres, pero no había ninguno. Sin embargo, los portales y los muros estaban derrumbados,
destrozados como si hubiesen sufrido una gran explosión.
Había armas esparcidas
por todo el patio: varios
arcos, docenas de espadas, algunos cuchillos e incluso trozos de madera que debían de haber
servido como garrotes.
La mujer se restregó las
manos.
—Somos de Callatown. Al
sur... si han venido por allí.
—Hemos pasado —dijo
Catrona—. Y no hemos encentra» a nadie que nos recibiera. Tampoco en el vado.
—Mi esposo Harmon es el
balsero del vado. Él y yo y todos nuestros vecinos hemos estado aquí dos días, asándonos
vivos.
El hombre alto, su
esposo, le colocó las manos sobre los hombros y se dirigió a Jenna.
—Lo que Grete dice es
cierto, muchacha. Había salido a trabajar cuando llegó un escuadrón de caballería del rey. A mí me ataron pero, gracias a Dios, Grete estaba en el
sótano haciendo la limpieza de
primavera. Oyó sus groseras palabras y se mantuvo escondida, aguardando a que se fuesen.
Grete lo interrumpió.
—No hubiese servido de
nada que saliera a pelear.
—Tienes razón. —Harmon
había retirado las largas manos de los hombros de su esposa para quitarse la gorra y
empezar a retorcerla—.
Ella subió después, cuando los hombres ya se habían embarcado, y cortó las
cuerdas. Mira, aún tengo las marcas en las muñecas. —El hombre alzó una mano pero, si había
alguna marca allí, Jenna no alcanzó
a verla.
—Eran cien o más
—intervino un segundo hombre mientras se acercaba—.
Eso es lo que ha dicho
Harmon. Cien o más.
—Ellos son Jerem, el
molinero, y su hijo —dijo Grete mientras los señalaba
Dieron grano para los
caballos del escuadrón y por eso los dejaron ir.
—Pero a los demás aldeanos los mataron o los
dejaron atados —continuó Jerem—. Con
excepción de las muchachas. A ellas se las llevaron. Esa noche mi hijo se ocultó para ver que ocurría.
—Mai —dijo el hijo de
Jerem. Lo dijo con suavidad, pero sus ojos oscuros aparecían desafiantes bajo las greñas
rubias.
—Mai es su novia —les
explicó Grete—, y se la llevaron con el resto. Estaban comprometidos.
—Y ustedes ¿por qué están
aquí! —Era Petra, que había desmontado al oír las voces. Había conducido a su caballo entre el laberinto de piedras
caídas—. Tenían sus propios problemas. ¿Han venido en busca de ayuda?
—¿De ayuda? —repitió
Grete sacudiendo la cabeza.
—Bendita seas, niña —le
aclaró Jerem—. Vinimos aquí para ayudar nosotros. Ellas son nuestras madres,
nuestras hermanas, nuestras sobrinas, nuestras tías. Venían a nosotros para darnos hijos.
Harmon agregó:
—Jerem molía su grano y
ellas le pagaban bien, con cultivos y con trabajo. Y cuando el año pasado caí
enfermo, dos de ellas trabajaban
todo el día tirando de la barcaza por mí. Y venían cuatro por las noches. Otra
me traía medicinas y dos más me asistían después
del atardecer.
—-Y no aceptaban ninguna
paga por ello. Jamás. Era su forma de ser, ya saben. —La voz débil de Grete subía y
bajaba de un modo singular.
—Así que vinimos en
cuanto pudimos, en cuanto nos enteramos de lo que había ocurrido en el pueblo.
—Las manos de Hamon
seguían retorciendo su sombrero.
—Pero llegamos tarde —se
lamentó Jerem—. Por cuestión de horas. Todas están muertas o se las han llevado.
—Pero ¿dónde...? —comenzó Jenna. Sus manos aún
temblaban sobre la espada y las riendas.
Con un movimiento de cabeza, Grete señaló el
edificio central de la Congregación.
—Las hemos llevado al
Vestíbulo. Mis hijos nos han ayudado, aunque resulte extraño que haya hombres trabajando
allí dentro. Eso nunca estaba
permitido.
Nosotras las mujeres sí solíamos venir. Para ayudar en H cosecha o para que nuestras
niñas recibiesen alguna clase de entrenamiento. Pero los muchachos
querían hacer algo por las hermanas colocándolas una junto a otra. La
anciana, esa Madre A, aún estaba con
vida cuando llegamos aquí, aunque se desangraba rápidamente. Ella nos dijo lo
que debíamos hacer. «Una junto a
otra», nos dijo.
Jenna asintió con la
cabeza lentamente. Eso explicaba por qué los cuerpos de las mujeres no estaban
esparcidos por el patio.
—¿Y... y los hombres?
—preguntó finalmente—. Sin duda debe de haber algunos muertos y heridos.
—No puede haber sido de
otro modo en una batalla semejante —agregó Carroña.
—Se llevaron a sus
heridos. O los mataron en el acto —explicó Harmon—. Había unos treinta hombres muertos y los quemamos allí. —Señaló al otro lado del muro caído, lejos
del camino—. Parecían extranjeros.
Tenían la piel oscura y los ojos grandes.
—Jóvenes —concretó
Grete—. Demasiado jóvenes para morir. Demasiado jóvenes para matar.
—Pero de todos modos
estaban muertos —recalcó su esposo mientras volvía a colocarse la gorra—. Y, como dicen, al soldado lo mata la espada, al verdugo la horca y al rey
la corona. —Se volvió hacia Jenna—.
Agradeceremos su ayuda.
Jenna asintió con la
cabeza, pero fue Petra la que habló con voz temblorosa.
—Ayudaremos.
—Pero debemos partir enseguida —le objetó Catrona a
Jenna por lo bajo—.
Las otras deben ser
advertidas.
Jenna volvió a asentir, pensando que, por lo fácil
que su cabeza subía y bajaba, debía de pender
de un hilo. Respondió:
—Pero seguramente una
hora no importará. Busquemos a Se-linda y a Alna para darles nuestro adiós.
—Una hora puede salvar
una vida —se resistió Catrona—. Es algo que hemos aprendido muchas veces en el
ejército. —De todos modos accedió—. Por Alna y por Selinda. Una hora. Eso es todo.
Tal como Grete había
asegurado, las hermanas de Calla's Ford yacían una junto a otra en la penumbra del Vestíbulo. Jenna recorrió las filas una y otra vez, inclinándose a
cada poco para colocar un mechón
de cabello o para cerrar un par de ojos fijos. Había tantas mujeres que resultaba imposible contarlas, pero
aún así se negó a llorar.
Junto a la puerta, Petra
lloraba por ambas.
—Ésta es la última —informó Jerem señalando a una
anciana con vestido largo y delantal,
tendida junto a la puerta del fondo.
—¿Las hemos colocado bien? —le preguntó Grete a
Catrona.
—Están bien. Pero ahora será mejor que nos dejen
solas para que podamos ofrecerles los
ritos apropiados.
Grete asintió con la
cabeza y se volvió para hablar con el resto de los aldeanos, quienes se habían reunido para aguardar en silencio
junto a la entrada. Grete movió las manos para ahuyentarlos como a gallinas.
Ella fue la última en salir, pero antes de hacerlo susurró:
—Esperaremos.
Jenna atravesó el
Vestíbulo. Bajo la penumbra gris, los cuerpos de las mujeres parecían tallados en piedra. Aunque
los aldeanos habían limpiado la sangre de manos y rostros, las camisas, delantales, faldas y pantalones estaban manchados. En la
oscuridad, la sangre parecía negra y no roja. Los cuerpos yacían sobre
manojos de verbena y rosas secas, pero
el inconfundible olor acre de la muerte superaba al perfume de las flores.
—¿Enciendo las antorchas
ahora? —preguntó Petra en voz tan baja que Jenna tuvo que hacer un esfuerzo para oírla—. Así sus hermanas sombra podrán acompañarlas.
Sin aguardar respuesta,
fue hacia el pasillo que conducía a la cocina, regresó con una vela encendida y
procedió a prender las velas y antorchas colocadas en las paredes.
Lentamente, entre los cadáveres, los cuerpos de las
hermanas sombra comenzaron a tomar
forma y muy pronto la habitación estuvo
atestada de ellas. Parecía una gran alfombra de muerte de pared a pared.
Extrañas, pensó Jenna. Y
sin embargo no me resultan ajenas. Son mis hermanas.
—Ahora debemos prender
fuego a la Congregación —anunció Catrona—. Y después partiremos.
—Pero Alna y Selinda no
se encuentran aquí —protestó Jenna—. Ni
está ninguna de las más jóvenes. Es posible que estén ocultas como las niñas de
la Congregación Nill. No podemos encender el
fuego antes de encontrarlas.
—Se las han llevado —dijo
Catrona con brusquedad—. Ya has oído a Grete y a su esposo. Se las han llevado como
a las muchachas de Callatown. Como a
la novia del chico.
—Mai —pronunció Petra de pronto, mientras
continuaba encendiendo las antorchas.
—¡No! —Jenna sacudió la
cabeza con violencia y su voz resonó en la habitación—. ¡No! No podemos estar seguras. ¿Por qué iban a querer a las niñas. Para qué las necesitarían?
Debemos buscar.
Catrona extendió una mano
hacia Jenna justo cuando Petra colocaba la vela en un candelabro cerca de
ellas. Katri apareció a su lado y también extendió la mano.
—Siempre quieren mujeres
—terció Katri—. Así son esa clase de hombres.
—No tienen suficientes.
—Era la voz de Skada junto al oído derecho de Jenna—. Eso es lo que dijo Geo
Hosfetter.
Jenna no se volvió para
saludarla. En lugar de ello insistió:
—Debemos registrar la Congregación. Nunca nos lo
perdonaríamos si no lo hiciésemos.
Necesitaron una hora de búsqueda para convencer a
Jenna de que las niñas no estaban allí.
Incluso le dieron la vuelta al espejo de la habitación de la sacerdotisa, arrancaron los tapices y golpearon
en todas las paredes con la esperanza de encontrar un pasaje secreto. Pero no había ninguno.
Al final, Jenna debió
reconocer que las niñas no estaban. En esta ocasión no preguntó el motivo.
—¿Y qué hacemos con el
Libro —preguntó Petra con la mano sobre el gran volumen de la habitación de la sacerdotisa—. No podemos dejarlo aquí para que alguien lo lea.
—No tenemos tiempo de enterrarlo —dijo Jenna—. Por
tanto deberá ser quemado con el resto.
Petra sujetó el Libro
entre sus brazos y lo llevó hasta el Vestíbulo para colocarlo entre la
sacerdotisa y su hermana sombra. Puso las manos rígidas de las mujeres sobre el volumen, con las palmas hacia
arriba para que fuera visible la marca azul de Alta, y ató las muñecas con las cintas de sus cabellos. Después,
con una voz misteriosamente familiar,
comenzó a recitar:
En nombre de la caverna
de Alta,
El oscuro y solitario
sepulcro,
Donde moramos entre la
luz y la luz...
No lloraré, se prometió Jenna. No por causa de la
muerte. Ni siquiera por causa de la
muerte. Sacudió la cabeza con violencia para apartar las lágrimas, Skada hizo lo mismo.
Ninguna de las dos lloró.
LA LEYENDA:
Eran doce hermanas que
moraban en Callatown, junto al vado, cada una más hermosa que la anterior. Pero la mas
bella de todas era la más joven, Rubia Jennet.
Jennet era alta, su
cabello tenía el color de la espuma del Calla y sus ojos eran azules como un cielo primaveral.
Cierto día los propios
hijos del rey llegaron al pueblo. Eran doce jóvenes apuestos, pero el más apuesto era el más
joven, Gallardo Colm. Colm era alto, su cabello tenía el color del amanecer y sus ojos eran oscuros como la
corteza.
Doce y doce. Deberían de
haber formado buenas parejas. Pero el hijo de un rey es como un cuclillo: toma el
placer cuando lo desea, y luego lo abandona para volver a amar.
Cuando los hijos del rey
hubieron partido, once de las hermanas se arrojaron al Calla, sobre el vado. La
última, Rubia Jennet, se quedó para enterrarlas y después viajó hasta el palacio del
rey. Cantó sus penas ante la
mesa real, antes de subir la escalera hasta la torre más alta. Una vez allí, se lanzó en brazos
del viento. Al caer, su grito fue el grito de la coalla llamando a su pareja.
Colm la oyó y salió
corriendo. Estrechó su pobre cuerpo quebrado entre los brazos, cantándole la canción que
ella había entonado
ante el festín de su padre:
Once hermanas una junto a
otra, Todas habían sido novias
en
deshonra. Desposaron con la
menguante
marea, Y yo me he unido con el
viento.
Al final de la canción,
Rubia Jennet abrió los ojos y pronunció el nombre de Colm. El la besó en la frente y
entonces ella murió.
—Yo soy el viento
—susurró Colm desenvainando la espada para clavársela en el pecho. Se tendió junto a Jennet y murió.
Se dice que cada año, al
comenzar la primavera, los habitantes de Callatown encienden una gran fogata. Su luz
mantiene alejados
los espíritus de las once que se elevan como bruma sobre las olas del Calla para
intentar matar a los hombres con su canción.
Y se dice que Colm y
Jennet fueron enterrados en una sola tumba cuyo montículo se eleva más alto que las ruinas de la torre del rey. En ese sitio, y en ninguna otra parte de
los valles, crece la flor conocida como Lamento de Colm, Es una
flor tan clara como el cabello de
Jennet, con un ojo negro como los de él, y sus pétalos caen como lágrimas durante los largos días de primavera.
EL RELATO:
El fuego ardió
rápidamente y la larga columna de humo fue el epitafio de las hermanas escrito contra el cielo primaveral. Catrona y Jenna permanecieron con los ojos secos,
observando la espiral de humo. Pero
Petra ocultó el rostro entre sus manos y sollozó dulcemente. Los aldeanos
lloraban ruidosamente. Sólo el muchacho
de Jerem permanecía inmóvil, con la vista fija en el oeste, donde el cielo estaba despejado.
Finalmente Jenna se
volvió y fue hacia Deber, que le había aguardado con paciencia junto al muro
caído. Acarició el hocico del caballo con gran concentración, como si sus suaves ollares fuesen lo único que importaba en el mundo. Inhaló el
penetrante olor del animal.
Catrona se acercó y le
colocó una mano sobre el hombro.
—Ahora debemos irnos. Y
rápido.
Jenna no apartó la vista
del caballo.
—¿Van a luchar?
Era la voz del hijo de Jerem, quien se había
acercado por detrás de ellas. El joven, pequeño y de aspecto fuerte, tenía una
expresión apasionada e intensa.
Catrona se volvió.
—Pondremos sobre aviso a
las otras Congregaciones —respondió bruscamente.
—-Y lucharemos si es
necesario —Jenna habló con suavidad, dirigiéndose tanto al caballo como al muchacho.
—Permítanme ir con ustedes —suplicó él—. Debo ir.
Por el bien de Mai. Por mí mismo.
—Tu padre te necesitará
—dijo Catrona.
—Ahora que han quedado
tan pocos no tendrá mucho que hacer —respondió él—. Y si no me permiten ir con ustedes,
iré de todos modos.
Seré su sombra. Cada vez que vuelvan la cabeza, me verán siguiéndolas.
Sin quitar la mano del
hocico de Deber, Jenna lo miró. Los ojos verdes del muchacho se clavaron en los de ella.
—Lo hará —le aseguró a
Catrona con suavidad—. He visto antes esa
expresión.
—¿Donde?
—En su espejo —afirmó
Petra reuniéndose con ellas.
—Y en los ojos de Pynt
—agregó Jenna.
Catrona no dijo nada más,
pero fue hasta su caballo y montó con un rápido movimiento, tiró de las riendas y condujo a su yegua hacia las puertas caídas de la Congregación.
El caballo de Petra
permaneció inmóvil mientras ella montaba, con un ligero temblor en la cruz,
como ondas en la superficie de un estanque.
Jenna deslizó la mano
lentamente por el cuello de Deber, se aferró de repente al cuerno de la montura y
trepó con agilidad.
—¡Hmmmmmm! —fue el único
comentario de Catrona ya que se había
vuelto para mirar cómo montaban; pero una sonrisa curvó sus labios unos instantes antes de desaparecer para dejar lugar a un ceño fruncido.
Permanecieron sentadas e
inmóviles sobre las monturas durante varios segundos. Entonces Jenna se inclinó y le
ofreció su mano al muchacho. El se acomodó rápidamente como si hubiese estado acostumbrado a viajar de ese
modo.
—Jareth, hijo, ¿dónde
vas? —Jerem corrió hacia ellos y sujetó al muchacho por la rodilla.
—Vendrá con nosotras
—respondió Jenna.
—No puede. No debe. Es
sólo un niño.
—¡Un niño! —se rió Catrona—. Estaba prometido en
matrimonio. Si es lo suficientemente hombre como para casarse, también lo es para luchar. ¿Qué edad piensas que
tienen estas niñas?
Su voz sólo llegó a los
oídos de Jerem. De pie sobre los estribos, fue Petra quien de dirigió a los demás
aldeanos.
—Viajamos con la Anna, La
Blanca. La que ha tenido tres madres y ha quedado huérfana tres veces.
La gente de Calla's Ford
se reunió para escucharla. Grete y su esposo se hallaban frente a los demás y Jerem aún
estaba junto a la rodilla de su hijo. En silencio, todos miraban a Jenna.
—Nosotras la seguimos —continuó Petra señalando
dramáticamente—, pues Ella ya ha doblegado
tanto al Toro como al Sabueso. ¿Quién
se atrevería a no reconocerla? —Se detuvo.
Jenna sintió que era su
turno para hablar, desenvainó la espada y la alzó por encima de su cabeza. Por un momento se preguntó si estaría ridícula, aunque esperaba mostrarse
imponente.
—Yo soy el final y soy el
comienzo —exclamó—. ¿Quién vendrá
conmigo?
Detrás de ella, Jareth
gritó:
—Yo iré contigo, Anna.
—¡Y yo! —Era un muchacho
de cabello opaco y piernas largas.
—¡Y yo! —A su lado, había
otro que podía haber sido su gemelo.
-¡Y yo!
-¡Y yo!
-¡Y yo!
El último fue Harmon
quien, conmovido por el momento, se había quitado la gorra para arrojarla al aire haciendo que el caballo de Petra retrocediera con nerviosismo. La
conmoción permitió que Grete
tuviera tiempo de apretar con fuerza el hombro de su esposo, y él retrocedió
contra ella con la cabeza descubierta.
Al final, tres muchachos
se ofrecieron corno voluntarios. Jareth recibió la bendición de su padre y los dos hijos de
Grete y Harmon tomaron prestado el caballo capón de su padre. Montaron juntos y
siguieron a las yeguas en dirección al Este.
EL MITO:
Entonces Gran Alta dijo:
«Viajaréis hacia el Norte y viajaréis hacia el Sur, viajaréis hacia el Este y viajaréis
hacia el Oeste. Y tres grandes ejércitos se alzarán junto a vosotras. Junto a vuestras compañeras, enfrentaréis
espada contra espada y fuerza contra fuerza hasta que la sangre derramada lave
el estigma dejado por la indiferencia de los hombres.»
LIBRO SEGUNDO
LA LARGA CABALGATA
EL MITO:
Y entonces Gran Alta
buscó en el sumidero de la noche y extrajo a tres bebés varones: uno era rubio y dos
eran morenos: y ¿os tres eran muy frágiles ante el sol de su rostro.
—Y vosotros creceréis,
creceréis y creceréis —proclamó Gran Alta— hasta convertiros en gigantes de
esta tierra. Cabalgaréis por todo el mundo desafiando al mal.
Y entonces Gran Alta les
tiró del cabello y de los pies hasta que fueron altos como torres, hasta que fueron
gigantes en la tierra. Los
depositó junto al vado y les roció la frente con agua y los pies con ceniza para que pudiesen resistir
mejor la larga cabalgata.
LA LEYENDA:
Tres héroes partieron
desde el Este. Uno era rubio como el día, otro brillante como el cénit y el tercero oscuro
como la noche. Y sus caballos estaban enjaezados del mismo modo: uno en plata como el amanecer, otro en oro
como el mediodía y el tercero en ébano como la noche. Llevaban puestos corona, cuello y
anillo.
A su paso, las espadas
brillaban y en los bosques resonaba su canción de batalla.
Servimos a la reina de la
luz, Servimos a la reina de la
noche En la larga cabalgata.
Por donde pasaban,
proporcionaban la muerte a los enemigos de La Blanca, la Anna. Y eran conocidos como Los
Tres.
El tapiz de la sala
cuatro, en el Ayuntamiento del Cruce de Calla (representado arriba) pertenece al Gran
Renacimiento en el Período de las Tejedoras, Según la leyenda, fue terminado una semana después de que pasaran
Los Tres, cosa absolutamente imposible. Con frecuencia, estos tapices tardaban años en
tejerse. Nótese en especial la representación de tres caballeros con toda su
armadura, alzando
las espadas, cabalgando directamente hacia el espectador. Uno tiene una armadura
plateada y monta sobre un caballo gris; otro lleva una coraza negra con un animal del mismo
color, el tercero
está enfundado en dorado y el pelaje de su corcel es como el oro viejo. Sus viseras
están levantadas y se pueden ver sus ojos. Parecen estar riendo.
EL RELATO:
La noche cayó muy pronto
y sólo habían avanzado unos pocos kilómetros por el camino, pero Catrona los detuvo a
todos con una señal de su mano.—¡Tú, muchacho! —le gritó al hijo de Jerem.—Jareth —le recordó Jenna
antes de que él pudiera responder.
—Jareth entonces —dijo Catrona—. Desmonta del
caballo de la Anna y deja descansar un
poco a ese pobre animal. Durante un rato será mejor que cabalgues con Petra.
El muchacho bajó por las
ancas del caballo, aterrizó con tanta suavidad como un gato y se dirigió hacia la yegua
de Petra. Esta se inclinó para ayudarle, pero él rechazó su mano, fue por detrás del animal, echó una pequeña carrera y saltó sobre
las ancas con una sonrisa en el rostro.
—He tenido mucho trato
con caballos —explicó tímidamente—, cuando sus dueños venían a moler el grano. Uno de ellos me dijo que el
caballo convertía en gigante a un hombre pequeño. Entonces fue cuando supe que debía montar.
Catrona asintió y Jenna
se acercó a ella y le dijo en voz baja:
—¿Por qué hacerle cambiar
de caballo ahora? Deber no está cansada.
Catrona alzó la vista
hacia el cielo oscuro y respondió también en voz baja:
—Pronto saldrá la luna y
nuestras hermanas sombra estarán aquí. No hay necesidad de atemorizar a los
muchachos o de sobrecargar a Deber.
—Lo había olvidado.
—-Jenna se mordió el labio—. Alta, ¿cómo puedo haberlo olvidado?
Catrona sonrió.
—Sólo hace algunos días que tienes una hermana
sombra que comparte tu vida. E incluso yo, que he vivido junto a Katri durante treinta años, en ocasiones lo olvido. No a Katri
y el hecho de que existe, pero
hay veces en que olvido estar preparada para ella. Siempre es una sorpresa, aunque representa mi
mejor parte.
—Debemos avisar a los
muchachos. ¿Qué les diremos?
—Lo mismo que siempre les
decimos, en el ejército o en la cama, ya que un hombre escucha y ve lo que desea. No te
preocupes. En
los Valles Inferiores dicen que los ojos del hombre son mayores que su estómago y menores
que su cerebro.
Se echó a reír y dirigió
su caballo hacia Petra y el capón que montaban los hijos de Grete y de Harmon, con las
piernas colgando.
—Pronto nos reuniremos
con dos hermanas de la noche —comenzó con voz de autoridad—. Son unas amigas que viajarán con nosotros. Pero
vienen y van cuando lo desean y no les agrada la luz del día. Mientras decidan permanecer con
nosotros serán nuestras mejores aliadas, nuestras constantes compañeras de viaje. —Miró con atención a
los muchachos—. ¿Comprendido?
Los jóvenes asintieron
con la cabeza. Jareth de inmediato y los otros dos con cierta cautela, como si necesitasen un poco más de tiempo para comprender lo que Catrona quería
decirles.
—Ya hemos visto antes a
esas hermanas nocturnas —afirmó Jareth—. Una
vez ayudaron a mi padre en el molino y, en otra ocasión, al padre de Sandor y Marek con la barcaza. Estaban allí cuando
las necesitábamos, pero nunca venían cuando las llamábamos.
Sandor y Marek asintieron
con la cabeza.
—Bien. Entonces no os
sentiréis asustados o confundidos cuando aparezcan estas dos. Sus
nombres son Katri y Skada. Katri es la mayor. —Esbozó una sonrisa—. Incluso es mayor que yo.
—¡Carroña! —Era Petra,
que parecía escandalizada.
Catrona sonrió con
picardía.
—Bueno, tal vez sólo un
poco mayor.
—No nos sentiremos ni
confundidos ni asustados —dijo Jareth con solemnidad—, ya que nos encontramos en
presencia de la Anna.
Sandor asintió y Marek le
imitó. Pero aparte de eso no se
movieron y permanecieron
mirando a Jenna con ojos reverentes.
—Desmontemos para que los
animales puedan comer. Y nosotros
también.
—Catrona bajó de su caballo.
—Pero no tenemos comida
—reparó Sandor.
—No hay nada —agregó
Marek.
Jenna emitió una risita.
—Los bosques son nuestra
despensa —les explicó—. Así que nunca moriremos de hambre.
LA CANCIÓN:
La larga cabalgata
Cruzan el valle,
cabalgan, cabalgan, Cruzan el prado y la cañada también, Cruzan las sombras a la luz de la
luna, Cruzan el bosque donde el enemigo se oculta, Cabalgan, cabalgan, hay
Tres que cabalgan, Hacia la boca del infierno.
Cruzan la aldea,
cabalgan, cabalgan, Cruzan congregaciones de dulces mujeres, Cruzan posadas de hombres que aguardan, Cruzan el bosque donde el enemigo se oculta Cabalgan, cabalgan, hay Tres que cabalgan, Hacia la boca del infierno.
EL RELATO:
Mostraron a los muchachos
cómo registrar los bosques en busca de comida y Jareth descubrió el nido de un ave que
contenía tres huevos. Los otros dos jóvenes regresaron con las manos vacías,
pero Jenna halló un manojo de
sabrosas setas y Catrona un arroyo en cuyas márgenes crecía el berro. Petra,
que había aguardado junto a los caballos, fue quien obtuvo la mayor cosecha: un manojo de ortigas que irritaron el
dorso de sus manos. Aún se quejaba de ello cuando Jenna reapareció, seguida por Jareth.—¡Ortigas! —exclamó Jenna—. Podremos preparar el té.
—Pero no podemos encender
fuego, Anna —le recordó Jareth.
—Sí si es pequeño y lo
ocultamos en un túnel profundo. Será suficiente para calentar un poco de agua siempre y
cuando tus amigos
encuentren algunas hojas lo suficientemente secas.
Comieron ensalada de
berro con huevos duros, setas y té. Un festín.
—Guardaré lo que queda
del té en mi cantimplora —avisó Catrona mientras ocultaba el túnel donde habían encendido el fuego—. El té de ortigas
es tan bueno frío como caliente... y tengo una sorpresa.
Hurgó en su morral de
cuero y extrajo un paquete envuelto con una gruesa tela. Lentamente, desenvolvió un
gran trozo de pastel.
—¿Dónde...? —comenzó
Petra.
—En la cocina de la
Congregación —dijo Catrona con suavidad—. Ellas hubieran querido que lo tomásemos. Cualquier viejo soldado sabe que en medio
de la batalla se debe tomar lo que se pueda y reservar los lamentos para cuando llegue la mañana.
Uno tras otro, todos
asintieron con la cabeza y extendieron la mano para recibir su porción.
Las hermanas sombra no
aparecieron ya que había luna nueva y, sin fuego, la luz débil de las estrellas no era
suficiente para convocarlas. Jenna se tendió sobre su manta y observó las
configuraciones estelares, recitando sus nombres en silencio con la esperanza de que esto le ayudase
a dormir: la Osa de Alta, el Cuerno de la Congregación, el Puma, el Gran Sabueso. Pero no
pudo dormir y
finalmente se levantó para caminar descalza hasta donde descansaban la yegua
blanca y sus compañeras bayas. Cuando colocó la mano sobre el hocico suave de
Deber, el animal emitió un leve soplido por los ollares, un sonido a la vez extraño y tranquilizador.
—¿Anna? —Era una voz suave.
Jenna se volvió. Jareth
se estaba acercando a ella.
—Anna, ¿eres tú?
—Sí.
Él se detuvo, cuidando que la cabeza del caballo se
interpusiese entre ambos.
—Me encontraba de guardia
y te he oído. ¿Ocurre algo?
—No. Sí. No podía dormir.
—¿Has estado pensando en
la Congregación Calla's Ford?
Ella vaciló un momento y
luego asintió con la cabeza.
—Pensaba en todas las
congregaciones, Jareth. Pero no es por eso por lo que estoy inquieta.
—¿Puedes contarme, Anna?
—Por el amor de Alta, no
me llames de ese modo —le rogó ella con cierta ira en la voz.
—¿Llamarte cómo?
—Anna. Ese no es mi
nombre. Me llamo Jo-an-enna. Mis amigos me llaman Jenna.
Jareth guardó silencio un
momento.
—Pero pensé que eras...
quiero decir, ella ha dicho que eras... que...
—Parece que lo soy. O al menos es posible. Pero
sólo se trata de un título, de algo que
me han endilgado. No es lo que soy en realidad.
Jareth pensó en ello un
minuto y luego susurró:
—¿Y quién eres en
realidad?
—Sólo una chica. Y la
hija de muchas madres.
—Eso es lo que dicen de
Anna. Que ha tenido tres madres.
—También yo.
—Y cabellos blancos.
—También yo los tengo.
—Y que el sabueso y el
buey...
—Así ha sido. Pero como,
igual que tú. Y tengo gases si hay habas en la marmita. Y cuando bebo demasiado, debo
buscar un lugar
en el bosque para...
—Anna —Jareth puso la
mano sobre su brazo—. Nadie ha dicho que Anna no sea humana. Nadie ha dicho que sea una diosa sin líquidos ni gases.
Ella es... es lo esencial, el eje, lo que une al viejo carro con una rueda nueva.
—Pero los ejes están
hechos por humanos, no por Alta.
—Exactamente. Es la profecía lo que pertenece a la
Diosa.
Jenna guardó silencio un
largo rato, pensando en lo que el joven acababa
de decir. Al fin, suspiró.
—Gracias, Jareth. Creo... creo que ahora podré
dormir.
—De nada —respondió él mientras se colocaba frente
al caballo—. Pero me temo que aún no
podrás dormir. Es tu turno de
guardia. —Se echó a reír y extendió la mano—. Jenna.
Ella le estrechó la mano.
El apretón fue firme como el de Catrona. O el de Skada.
Antes del amanecer,
abandonaron el bosque y cruzaron tres pueblos sucesivos donde aún no había ninguna lámpara
encendida y el
único sonido era el de los cascos de los caballos. Al final del último pueblo, Jenna, Petra
y Catrona aguardaron en los límites mientras los muchachos iban en busca de comida, ya que
Jareth tenía unos
primos allí.
En una ocasión, se
detuvieron para lavarse el rostro en un pequeño arroyo. Cinco o seis veces frenaron la marcha
para hacer sus necesidades y dejar pastar a los caballos. Durmieron por
intervalos durante
una noche de lluvias intermitentes, y amanecieron empapados a pesar de que
trataron de protegerse bajo los árboles. Aparte de ello, cabalgaron durante todo ese día y el
siguiente.
—Huelo a caballo —se
quejó Petra suavemente al despertar.
—Tu olor no es diferente
del de un caballo —-le corrigió Jenna.
Todos rieron de buena
gana sus palabras, y fue el primer momento de verdadera alegría después de que
encontraran devastada
la Congregación. A partir de entonces su humor mejoró un poco, a pesar de que les
dolían los músculos y tanto Marek como Sandor tenían llagas causadas por la fricción de la silla.
Al anochecer del segundo
día, subieron a una pequeña colina a cuyos pies se extendía un inmenso bosque. A ambos
lados de un
camino sinuoso había kilómetros y kilómetros de bosque ininterrumpido.
—Es el Paso del Rey
—anunció Catrona señalando el camino—. No hay otra forma de atravesar esta selva. El Cruce
de Wilma se encuentra
del otro lado.
—Pero ¿no es peligroso
permanecer...? —comenzó Sandor mientras pasaba
los dedos por su cabello enmarañado.
—¿... en el Paso del Rey?
—terminó su hermano.
—Existen menos peligros
en el camino que fuera de él. Muy pocos conocen estos bosques, y ésos son los
Hombrecillos Verdes. —Catrona se escupió las manos—. Y no creo que ellos nos ayuden. Más bien
es probable que nos corten la cabeza. O los dedos. Les gustan los huesos
pequeños. Los llevan colgando de las orejas.
Marek y Sandor se miraron
con nerviosismo, pero Jareth se echó a reír.
—Mi padre habla con
frecuencia de los Hombrecillos Verdes. Los Grenna, los llama él. No ha dicho nada respecto
a eso de los huesos.
Viven aislados, pero eso es todo.
Catrona le sonrió.
—Es cierto, viven
aislados. Dicen que este bosque les pertenece y no les agradan los intrusos.
—¿Y lo de los huesos?
—preguntó Jenna.
—Era una broma —la tranquilizó Catrona.
Jenna sacudió la cabeza.
—No me parece gracioso.
—Cuéntanos más sobre los
Hombrecillos Verdes y sobre este camino —pidió Petra, y rápidamente agregó—: Pero
basta de bromas. Nos asustas
inútilmente.
Catrona asintió con la
cabeza.
—Cuando la bondadosa
reina Wilma construyó este camino, mucho antes de que los Garunianos asolaran
nuestras tierras, hizo un pacto de paz con el concejo de los Hombrecillos
Verdes. Ellos no tienen
ni reinas ni reyes.
—Lo cual probablemente
sea mejor —murmuró Jenna.
Catrona la ignoró para
continuar su explicación, mientras su caballo temblaba de inquietud debajo de ella.
—El pacto era el siguiente: el bosque quedaría para
los Hombrecillos Verdes si ellos nos dejaban
el camino.
Jareth se inclinó hacia
delante con ansiedad.
—Mi padre nunca me habló
de eso. ¿Con qué sellaron el pacto?
—Wilma les ofreció
hierro, acero u oro, pero ellos no lo aceptaron.
—¿No? —exclamaron al
mismo tiempo Marek y Sandor.
Después, el último
agregó:
—¿Qué otra cosa podían
querer?
—Se sentaron en un gran
círculo sobre la colina más alta y...
—¡Bah! No hay ninguna colina —interrumpió Jenna—.
Sólo son cuentos.
—Señaló de este a oeste
con la mano—. No veo ninguna colina, sólo bosque.
—Mira las cosas de
soslayo, Jenna —la aconsejó Petra—. Eso es lo que mi Madre Alta me ha enseñado. De soslayo.
—Es lo que dice la historia, Jenna —continuó
Catrona—. La cuento tal como la
conozco. Se sentaron sobre la gran colina... esa que Jenna no puede ver... y juntos comieron pan y
juraron que el pacto estaba
grabado en sus corazones y en sus bocas. Ellos transmiten toda su historia de forma oral, ya que no
poseen la letra escrita.
Catrona se alzó sobre los
estribos y miró adelante. Los demás copiaron su movimiento como hermanas sombra.
—Es un pacto muy
arriesgado. En especial ahora, cuando los últimos tres reyes Garunianos han puesto nuevo nombre al camino y han prometido construir fortalezas y posadas a
su vera.
—No veo ningún edificio
—replicó Jenna.
—Aún no. Pero pronto los
habrá. —Catrona volvió a sentarse—. Se hablaba con frecuencia de ello cuando yo estaba
en el ejército. Todos los
hombres estaban de acuerdo. Colócate en el camino de una carreta, decían, y en tu rostro quedarán
marcadas las ruedas.
—Es algo terrible —dijo
Jenna—. Quebrar un pacto cuando el otro lo ha cumplido.
—Si yo fuera rey...
—comenzó Jareth.
—Y si los caballos
pudieran volar... —dijo Petra riéndose—, podríamos atravesar el bosque y llegar al Cruce de Wilma antes del anochecer.
—Pero no podemos volar.
—El rostro de Catrona estaba serio—.
No podemos correr el riesgo de internarnos por ese
camino con la sola protección de las
estrellas. Busquemos un sitio para acampar durante la noche y
salgamos antes del amanecer. Será una larga cabalgata, ya sea que nos encontremos con alguien o no.
LA HISTORIA:
Los Hombrecillos Verdes,
los Hombrecillos Buenos, los Grenna, los Paire son tocios nombres con los que se conoce en los
valles al equivalente de los
duendes o enanos Garunianos. Aunque los arqueólogos e historiadores como Magon tratan
desesperadamente
de probar que eran una raza de pigmeos que ocupaban el Viejo Bosque sobre el río
Whilem, las frecuentes excavaciones en la zona no han dado ningún resultado. (Ver mi monografía
«Habitantes o
supuestos habitantes de los bosques: Una investigación en las Excavaciones del Cruce del
río Whilem», Editorial Passapatout, Vol. 19.)
Los estudios de Carbón
han demostrado sin lugar a dudas que los restos de campamentos hallados en la
región eran al menos mil años más antiguos que las Guerras Genéricas. En lugar de estar
sepultados en montículos, los pocos huesos humanos se hallan esparcidos, demostrando que
las tribus cazadoras eran tan primitivas que no tenían ninguna creencia en la vida
después de la muerte.
Aquellas tribus debieron de haber desaparecido mucho antes de la época del reinado
de Langbrow.
Sin embargo, la
persistencia de las leyendas ha hecho que incluso investigadores tan ilustres como Temple y
Cowan considerasen
esas posibilidades. En los pueblos industriales del valle del río Whilem, existen legiones
de leyendas sobre la generosidad de los Hombrecillos Verdes hacia los seguidores de la
Diosa Blanca. Sin duda el trabajo de Doyle sobre los nombres del Whilem («Verde como la hierba: El
predominio antinatural de los nombres de color a lo largo del Whilem.», Hanser College Press),
con la sugerencia
de que cualquier comunidad del bosque tendría una preponderancia de apodos con
referencias al verde, es persuasivo. Magon afirma lo contrario, aunque esto último tiene más sentido que
decir que había una pequeña raza protohumana de duendes, viviendo en un
esplendor sin cultura escrita, apoyando a su candidata para reina con magias y misterios y efectuando
ritos en las inexistentes Colinas
Whilem.
EL RELATO:
El Paso del Rey estaba
bien hollado, como si los recientes viajeros hubiesen sido muchos y las recientes lluvias
pocas, pero el bosque crecía a la vera del camino. Zarzas, ortigas, brezos y
matorrales competían por el espacio entre las
innumerables variedades de árboles.
Durante las primeras
horas forzaron a los caballos en forma despiadada, pero cuando el capón estuvo a punto de
arrojar a Sandor y a Marek al pisar en un hoyo oculto, Catrona decidió que era hora de detenerse.
Desmontaron, condujeron a
los animales hasta el borde del camino y Catrona alzó la pata izquierda delantera del capón.
—No creo que se haya
hecho daño —comentó después de examinarlo cuidadosamente unos momentos.
—Tal vez debamos dejarlo
descansar —opinó Petra—. Sólo por las dudas.
—Y comer algo —sugirió
Jareth.
Los otros muchachos
asintieron con la cabeza.
—No —se opuso Jenna—.
Debemos continuar. Es necesario que lleguemos al Cruce de Wilma antes de... —Vaciló un
instante y decidió no decir lo que
todos estaban pensando—. Además, tengo la
extraña sensación...
—¿De que hemos sido
vigilados? —preguntó Catrona en voz baja.
—Algo así —contestó
Jenna.
—¿Y desde hace varios kilómetros?
Jenna asintió con
expresión sombría.
Montaron rápidamente,
ignorando sus estómagos vacíos, y, como si hubiesen percibido el peligro, los caballos
respondieron de inmediato.
El capón se adelantó al galope, demostrando que estaba en condiciones. Catrona
logró darle alcance, pero Jenna permaneció detrás para cuidar la retaguardia.
Cuando giraba con la cabeza no veía más que bosque verde, pero en determinado momento le pareció oír
el sonido de unos tambores acompañado por un silbido agudo. Pasaron casi dos kilómetros antes de que
comprendiera que
lo que oía eran los cascos de los caballos y el silbido del viento en sus oídos. Sólo eso... y nada más.
Alternando el paso y el
galope, cabalgaron varias horas más antes de que Catrona volviera a indicarles que se
detuviesen. Esta vez, alejaron a los caballos del camino y se ocultaron bajo unos álamos
temblorosos.
—No me gusta esto
—susurró Catrona a Jenna—. En todo el trayecto no nos hemos cruzado con nadie.
—Pensé que eso era mejor
—respondió Jenna.
—Este suele ser un camino
muy transitado. Carretas, carros, jinetes solitarios, incluso caminantes. No nos
hemos encontrado con nadie.
—Debemos decírselo a los
demás.
Catrona posó una mano
sobre su brazo.
—No. Aguarda. ¿Para qué
preocuparlos antes de que llegue el problema?
—En la Congregación Nill
se me dijo que no saber es malo, pero no querer saber es peor. Ellos son nuestros
amigos, nuestros compañeros. Debemos confiarles nuestras espaldas.
—No son buenos
combatientes —replicó Catrona con fatiga—. Sólo os confío mi espalda a Katri y a ti.
—Son todo lo que tenemos —insistió Jenna.
Catrona suspiró.
—Así es; locas que
estamos. —Se llevó los dedos a la boca y silbó para llamar a los demás.
Reunidos en círculo,
escucharon mientras Catrona les transmitía sus temores. Jareth tenía el ceño fruncido con
una expresión de concentración, pero Sandor y Marek se mecían de atrás para delante como si el movimiento les ayudase a
comprender lo que ella estaba diciendo.
Petra permanecía inmóvil y respiraba lentamente, utilizando la técnica
latani. Jenna comenzó a seguirle el ritmo, hálito por hálito, y pronto sintió el aligeramiento familiar de su verdadero
ser que se liberaba de su cuerpo para flotar por encima de él.
La voz de Catrona era como un zumbido de insectos
mientras Jenna deambulaba sobre ellos.
Sus manos translúcidas bajaron para tocar a cada uno en el centro de su mente, donde latía el pulso bajo el frágil escudo de piel y hueso.
Ante ese contacto, como
ya le había ocurrido antes, Jenna se sintió atraída hacia el interior de cada uno de sus
compañeros. Catrona
era un fuego intenso cuyo punto más ardiente se hallaba en el centro. Petra era un manantial de aguas frías
sobre un lecho rocoso. Los hermanos eran
tibios, como leche recién ordeñada. Pero Jareth le recordó a Carum ya que parecía tener partes de fuego e hielo,
zonas de un extraño calor, aunque no se sentía conmovida por ellas
como cuando se había concentrado en el joven príncipe.
Se apartó de ellos para
volver a elevarse y de pronto vio unas pequeñas luces en círculo alrededor de ellos.
Entonces descendió
hacia su propio cuerpo y se deslizó en él como en un traje conocido.
—De espaldas a mí —gritó.
Ante la señal, Catrona
desenvainó la espada y se colocó espalda contra espalda con Jenna. Jareth
comprendió casi de inmediato.
—¡Los cuchillos! —les
gritó a Marek y a Sandor.
Ellos sacaron sus
cuchillos y permanecieron con Petra en medio de ambos, aguardando. Durante un largo minuto
no oyeron nada;
ni el crujido de una ramita ni un movimiento del pasto. Era como si el bosque entero
hubiese dejado de respirar.
De pronto, Jenna alzó la
cabeza bruscamente.
—¡Allí!
Todos miraron a su alrededor. Al principio no había
nada que ver. Y después... lo hubo. Un círculo de unos treinta
hombrecillos los rodeaban. Estaban
vestidos de verde, chaqueta y calzón, y parecían haberse metamorfoseado
de los árboles o de las malezas. Tenían
la mitad del tamaño de un hombre, con un reflejo algo verdoso en la piel, como una capa translúcida, sobre
huesos delicados. Sin embargo, no
daban la impresión de fragilidad. Era como si la Tierra misma se
hubiese reducido a su esencia al otorgar la forma humana.
Deber relinchó con
nerviosismo, seguida por las bayas. Sólo el capón permanecía en silencio, escarbando la tierra una y otra vez con un sonido apagado.
Uno de los observadores
verdes avanzó rompiendo el círculo, y se detuvo a menos de un metro de Jenna. Ella
podría haberse inclinado para tocarle
la cabeza, pero no se movió. El alzó la mano como en un saludo y habló en una lengua
extraña y melodiosa.
—Av Anna regens; av Anna
quonda e futura.
—Habla de modo que podamos comprender —exclamó
Jareth con la voz quebrada, como la de
un niño.
—-Yo lo comprendo —dijo
Petra con suavidad—. Mi Madre Alta exigió que aprendiera las antiguas lenguas, dice:
Salud Rema Blanca; salud Blanca,
ahora y para siempre.
Jenna emitió un gruñido,
pero Marek habló:
—Entonces está bien. Mi
padre suele decir: Si un hombre te llama amo, confía en él por un día; si te llama
amigo, confía en él por un año; si te llama hermano, confía en él hasta el fin.
—Fue el discurso más largo que
cualquiera de ellos le había oído decir.
—Pero no me ha llamado de
ninguna de esas formas —replicó Jenna—. Me ha llamado Anna. Según tu padre,
¿hasta dónde puedo confiar en él?
Marek se dispuso a
responder, pero el hombrecillo alzó la mano y el joven se paralizó.
—Hasta donde se extiende
el bosque, Anna —aseguró, hablando de pronto su idioma sin más que un leve acento.
—Pero... —comenzó a decir
Jareth.
Jenna le hizo una seña
para que guardase silencio.
—Hasta donde se elevan
los cielos —continuó el hombrecillo—. Te hemos aguardado desde los comienzos de estos
tiempos. Tu nacimiento ha sido narrado
alrededor de muchos fuegos; tu reinado, bajo
muchas estrellas. Primero la Alta y finalmente la Anna; de el modo que el círculo puede cerrarse.
—Desde los comienzos de
estos tiempos... —murmuró Jenna para sí misma—. Y el círculo que se cieña... ¿
Qué significa eso?
—En voz alta dijo—: Me
has llamado por un título, pero mis amigos me llaman Jenna. ¿Tú eres mi amigo?
El hombrecillo esbozó una
amplia sonrisa. Sus dientes blancos y uniformes brillaron contra el verdor de
su rostro. Con una reverencia respondió:
—Somos tus hermanos.
—¡Hasta el fin! —dijo
Marek triunfante.
—Puede que sí —susurró
Jareth—. Y puede que no.
El hombrecillo los ignoró
y se dirigió sólo a Jenna.
—A éste podéis llamarle
Sorrel. No es su verdadero nombre, pero vuestras bocas no serían capaces de
pronunciarlo ni vuestros corazones podrían oír su sonido.
—Comprendo —aceptó
Jenna—. Yo también tengo un nombre secreto. Y bien Sorrel, ¿eres tú el rey de este pueblo verde?
—No tenemos rey ni
capitán. Sólo tenemos el círculo.
—Entonces, ¿cómo es que
hablas en nombre de tu... círculo? —intervino Catrona.
—En esta ocasión, éste
tiene la palabra primero con permiso del círculo —explicó Sorrel.
Jenna asintió con la
cabeza y envainó su espada.
—En esta ocasión, pues,
depongo mi arma. Lo mismo hará mi hermana, Catrona.
Catrona alzó una ceja y,
muy lentamente, guardó su propia espada.
—Y mis hombres guardarán
sus cuchillos —agregó Jenna. Se mordió el labio superior, única señal de su
nerviosismo.
Con el ceño fruncido,
Jareth deslizó el cuchillo dentro de su bota. Al ver que Marek y Sandor vacilaban, les
gruñó:
—Vamos. Vamos.
—Lo hacemos —siguió Jenna
lentamente— porque vosotros no esgrimís armas contra nosotros.
Una extraña risita corrió
por el círculo de hombrecillos. Sorrel volvió a inclinarse.
—En verdad debemos
decirte, Anna, que jamás portamos armas; con excepción de éstas. —Alzó sus manos. Tenía unos dedos extremadamente largos
cuyas uñas eran de un verde pálido.
—¿Y cuan potentes son?
—preguntó Petra con demasiada amabilidad—. Potentas manís qui?
La risa del hombrecillo
fue como el gorjeo de un pájaro.
—Trez. Mucho, Pequeña
Madre. Muy potentes por cierto.
De pronto, extendió la mano y arrancó una varilla
del bosque, la peló y la retorció
convirtiéndola rápidamente en un lazo. Sin dejar de sonreír, arrojó lejos el lazo.
Carroña emitió un sonido de admiración y Jenna se
volvió hacia ella.
—Éstos son nuestros hermanos, Catrona. Por el
momento.
Catrona asintió con la
cabeza lentamente, sin dejar de mirar las manos de Sorrel.
—Con nuestras hermanas, nuestras manos serán como
la hierba dulce, el malvavisco, suave y
sedante —afirmó Sorrel—. Mirad. —Con un movimiento fluido se situó
junto a Deber y acarició su hocico. El
animal suspiró profundamente con un extraño sonido y se reclinó en sus manos.
—¿Por qué nos habéis
seguido desde tan lejos? —preguntó Catrona de pronto, sin que su mano abandonara la
empuñadura de la espada.
Sobresaltado, Sorrel alzó
la vista, pero con la misma velocidad volvió a bajar los ojos.
—Oh sí —manifestó Catrona
satisfecha de haberlo sorprendido—. Vosotros no sois los únicos capaces de leer las señales del bosque. Nosotras, las
hermanas de las Congregaciones, somos conocidas por ello.
—Hemos oído eso —admitió
Sorrel—. Es algo que nos acerca aún más. Hermano con hermana.
—Volveré a preguntarlo
—dijo Catrona con énfasis—. De hermana a hermano: ¿Por qué seguirnos como si fueseis nuestros enemigos cuando, según
decís, sois nuestros amigos?
—No somos amigos.
¡Hermanos! —respondió Sorrel—. Debemos vigilar y saber quiénes son los que cabalgan por nuestros bosques.
Debemos estar seguros de que se trata de la Anna. Las estrellas nos indican que ha
llegado el momento de que se cierre el círculo, pero hay muchos que transitan nuestro camino. Debemos estar seguros antes de dar la bienvenida a la
Anna.
Hubo un murmullo entre el resto de los Hombrecillos
Verdes, como confirmando su frase.
Petra y los muchachos
miraron a su alrededor. El sonido parecía rodearlos desde todas partes, como un lazo.
—¿Por qué nos rodeáis? —preguntó Petra, girando
lentamente para mirarlos uno por uno.
—¿No es el círculo la
forma perfecta, Pequeña Madre? —preguntó Sorrel—. Perface. En él nadie es más alto. Nadie es más
bajo. Nadie es el primero.
Nadie es el último.
—¿No eres tú primero en
este círculo? —preguntó a su vez Jenna bajando la voz para no resultar ofensiva. Repitió
su extraña frase—: En esta ocasión, éste tiene la palabra primero... —Cruzó los brazos frente al pecho—. ¿Qué otro del círculo habla,
con excepción de ti? —Jenna sonrió.
Petra susurró en la
antigua lengua:
—Quis voxen?
—La pregunta no cuadra contigo, Anna. Ni contigo,
Pequeña Madre. Preguntas semejantes son
más apropiadas para la boca de la
Vieja Gata o para sus jóvenes Felinos —señaló a Catrona y a los muchachos.
Como ante una señal, Catrona habló en voz bien alta
utilizando las palabras de Petra.
—Quis voxen? —Su
pronunciación era abominable.
—Este es quien habla hoy.
Mañana será otro. El círculo no se detiene.
Jenna se acercó al
hombrecillo. A pesar de que era muy alta para él, en forma instintiva supo que no debía
hincarse. Ello los degradaría
a ambos. Sólo inclinó un poco la cabeza, como único indicio de la diferencia de altura.
—¿Y nosotros formamos
parte de tu círculo más amplio, Sorrel?
El asintió con la cabeza.
—Al igual que el resto de
la vida.
—Sin embargo me has señalado como diferente. Me has
llamado Anna, y también reina.
—Regens —susurró Petra—.
¡Buena pregunta, Jenna!
—Te hemos estado
aguardando desde el comienzo —aseguró Sorrel—. Tu llegada es parte del círculo, Tú
anuncias el final.
Unió sus índices y
pulgares formando un anillo. Jenna notó que sus dedos largos y delgados contaban con un nudillo
de más.
—¿Qué final? —preguntó—.
¿Qué final anuncio yo?
—El final de lo que
conocemos —respondió Sorrel—. Estos tiempos.
—¿Se referirá al final de
lo que él y los Hombrecillos Verdes conocen? —preguntó Marek, evidentemente confundido.
—¿O al final de lo que
conocemos nosotros?—agregó Sandor mirando a su hermano.
—Nos iremos. Vosotros
vendréis con nosotros —decidió Sorrel.
—No —dijo Jareth. Se
inclinó para volver a extraer el cuchillo de su bota—. La Anna va en rescate de sus hermanas. Y nosotros estaremos con ella. No iremos contigo. Mi padre me
ha dicho: «Quien se va con los
Grenna permanece con ellos.» Dentro de muchos años, cuando regresemos, todas las personas que conocemos estarán muertas y el pasto crecerá sobre sus
tumbas.
—Jareth —Jenna extendió
una mano hacia él—. Esas son sólo historias.
—De todos modos...
—continuó Jareth—, no debemos olvidar a las hermanas.
—La mano con que sostenía
el cuchillo comenzó a temblar y él mismo la sujetó cogiéndose la muñeca.
Jenna miró a Sorrel.
—El tiene razón, lo
sabes.
Sorrel sacudió la cabeza.
—Has llegado demasiado tarde para ayudar a estas
hermanas. La única forma es el
círculo. Te irás más fuerte de lo que has llegado.
—¡Demasiado tarde! —la
voz de Jenna se quebró. Para calmarse y ayudarse a pensar, realizó tres profundas respiraciones latani y trató de concentrarse en seguir el ritmo con que
respiraba Sorrel, hálito por hálito. Sin embargo sus espiraciones
eran tan lentas que comenzó a sentirse
invadida por un mareo. Cerró los ojos y reflexionó sobre esas palabras: Demasiado tarde para ayudar a estas hermanas. Sabía que lo que él decía era verdad, pero
había quince Congregaciones más, incluyendo la suya. Catorce que
debían ser puestas sobre aviso. No
podía permitir que las cogiesen desprevenidas. Jenna abrió los ojos y miró a Sorrel. Sus ojos verdes como el bosque estaban fijos en ella.
—Es demasiado tarde para
todas ellas, Anna —dijo él, como si le hubiese leído los pensamientos—. Malas
propas.
Jenna alzó el mentón.
Mientras hacía girar el anillo en su mano izquierda, recordó lo que Madre Alta le había dicho
al entregárselo: El momento del
final es inminente. En ese instante tomó su decisión.
—Iremos con los Grenna.
—Pero Jenna... —comenzó
Jareth.
Petra le tocó el hombro.
—Iremos sin discutir ya
que nosotros somos pocos y ellos muchos.
—Puede que sean muchos
—replicó Jareth—, pero son pequeños. Son
más pequeños que yo; y además tengo un cuchillo. No tengo miedo de morir por la Anna.
—Yo tengo una espada
—agregó Carroña—. Y nunca he tenido miedo de morir por mis hermanas.
—Desenvainó la espada produciendo un furioso sonido metálico.
—Iremos con Sorrel
—repitió Jenna—. Ingresaremos en su círculo. No permitiría que ninguno de vosotros muriese
por mí. Sorrel me ha llamado hermana y reina. Y me promete fuerzas. Las necesitaremos en gran medida
para los próximos días. Confío en él.
—¿Durante cuánto tiempo? —susurró Jareth en voz
ronca—. ¿Durante cuánto tiempo
confiarás en él? ¿Un día? ¿Un año? ¿Hasta el fin? ¿O hasta que otro de los del círculo tenga la palabra?
—Confío en él hasta que este asunto esté concluido,
lleve el tiempo que lleve. ¿Estás
conmigo, Jareth? Si es así, habla.
El guardó silencio, pero
Marek y Sandor respondieron al unísono.
—Estamos contigo, Anna.
—Y yo, regens —afirmó
Petra.
Después de unos momentos,
Catrona habló con voz tan baja que Jenna tuvo que esforzarse para oírla:
—Y yo. —No envainó su
espada.
Finalmente Jareth exhaló
un profundo suspiro.
—Sólo iré porque tú lo
pides, Jenna. Tú... no ellos. —Señaló por encima del hombro al círculo de hombrecillos
verdes.
Jenna asintió con la
cabeza y se volvió hacia su caballo. Tomó las riendas y llevó consigo a la yegua, agradecida
de que, al menos, no tuviera
que discutir con ella. Caminó tras la espalda verde de Sorrel, asombrada de que no se le perdiese entre
la miríada de verdes del bosque.
Podía oír que los demás
la seguían de cerca, y el sonido de sus pasos era como un eco que repetía: Es demasiado
tarde para ayudar...
EL CUENTO:
Había una vez una niña
llamada Jenny que caminaba por la pradera tras de sus ovejas. Cuando éstas se
detuvieron a pastar, la pequeña Jenny trenzó una corona de margaritas y se la colocó sobre la
cabeza. Pero pensando que las margaritas eran demasiado sencillas, tomó una rosa
silvestre y estaba a punto de colocarla en la corona cuando, sin que el cielo estuviese nublado, se descargó un relámpago,
Jenny se levantó de un salto. Ante ella había un
apuesto joven vestido de verde.
—¿Quién eres tú? —exclamó ella.
—Soy el rey de la pradera. He venido respondiendo a
tu llamada.
—Pero yo no te he
llamado.
—Has arrancado la rosa, y
ésa es la señal que me hace acudir desde el reino verde.
El joven la tomó con su mano verde y fría y la
condujo debajo de la colina. Allí
cantaron y bailaron hasta que el atardecer se tornó oscuro y las estrellas cayeron como nieve a sus espaldas. Entonces Jenny exclamó:
—Debo regresar con mis ovejas.
El la dejó ir y ella
volvió cruzando la larga pradera. Pero todas las ovejas estaban ahora desperdigadas y algunas
habían desaparecido.
Tristemente, Jenny regresó a su casa para informar
sobre lo que había ocurrido. Pero al
llegar a la aldea, descubrió que ésta estaba muy cambiada. Se
detuvo en la primera casa y golpeó la puerta.
—¿Quién eres? —le
preguntó el anciano que le abrió.
—Soy Jenny, hija de
Dougal y de Ardeen. ¿Se encuentran ellos aquí?
—¡Ay de mil —exclamó el
anciano—. Yo soy el único descendiente de Dougal. Y en cuanto a Jenny, esa pobre niña provocó la muerte de su madre,
Ardeen muñó de pena después de que Jenny desapareciera con sus ovejas y no regresara jamás a
casa. Ya han pasado
cien años o más de aquello.
Jenny sacudió la cabeza y se lamentó:
Rey de la pradera, rey de
la
pradera; Cien años atrás conmigo
desposaba. En un solo día cien años
pasaban; Cantando y bailando mi
vida dejaba.
Entonces desapareció
nuevamente colina arriba y nunca volvieron a verla.
Este cuento proviene del
Valle del Whilem y ya han sido reunidas veintisiete versiones.
EL RELATO:
Siguieron a los Grenna durante largas horas, hasta
que el sol descendió e incluso las
sombras parecieron verdes. Nadie hablaba. Era como si el bosque los hubiese vaciado de palabras, con excepción de las que se repetían una y otra vez en la
cabeza de Jenna: Demasiado
tarde,.,, demasiado tarde para todas ellas.
Jenna se preguntaba si
sería demasiado tarde para advertirles lo que ocurriría o para ayudarlas; si se refería a
que era demasiado tarde para las hermanas mayores que morirían sin que nadie les diese sepultura, o para
las más jóvenes llevadas lejos de allí; si hablaba sólo de las hermanas del Cruce de Wilma o de todas las que habitaban el territorio. Pero no preguntó nada.
Tenía miedo de conocer la respuesta. No saber es malo, pero no
querer saber es peor. Estaba cansada de tanta sabiduría inventada para momentos
menos trascendentes. Estaba cansada de predicciones enigmáticas y de señales
que debían ser leídas de soslayo. Sólo deseaba volver a sentir el viento en su cabello... y la boca de
Carum sobre la suya. Cerró los
ojos y caminó haciendo eses en medio de la oscuridad, esperando haber tomado la decisión correcta.
—¡Jenna!
Su nombre ¡a trajo de regreso al bosque; abrió los
ojos y miró a su alrededor. Habían llegado a una gran abertura negra que
conducía directamente hacia un risco. Había
unas puertas redondeadas de roble que se encontraban entreabiertas y que
parecían las tapas de un barril,
abiertas por el medio.
—¡Jenna, mira las
puertas!
Era Petra quien le había
hablado.
Jenna miró.
Las puertas estaban talladas con formas
intrincadas: río, manzana, bayas, flor,
piedra, pájaro, luna creciente, arco iris, árbol, pez. Todos signos familiares. Jenna los tocó uno por
uno.
—El Ojo Mental —susurró.
La voz de Catrona fue un
eco de la suya:
—¿Por qué aquí?
El círculo de los Grenna desapareció al otro lado
de las puertas, dejando sólo sombras a sus
espaldas. Deber relinchó con suavidad
y el sonido pareció deslizarse por la abertura negra deteniéndose abruptamente como cortado por un hacha.
Jenna y Catrona vacilaron ante las puertas y los
demás se reunieron alrededor de ellas.
—Podríamos volvernos
atrás —susurró Jareth—. Tú, Catrona y Petra cabalgaríais hacia la Congregación mientras
Marek, Sandor y yo mantendríamos las puertas cerradas.
Los otros dos muchachos
asintieron con la cabeza.
—¿Durante cuánto tiempo?
—preguntó Catrona con sorna—. ¿Un día? ¿Un año? ¿Hasta el fin, Jareth?
El no respondió, pero
hizo una mueca y la miró con furia.
—¡Vieja Gata!—susurró
Marek a Sandor con aprobación en la voz.
—Malas propas —recordó
Petra con suavidad—. Eso es lo que Sorrel dijo: malas propas. Significa demasiado
tarde. Pero también significa desfavorable, poco propicio, mala suerte.
—Debemos crear nuestra
propia suerte —afirmó Catrona—. Y tres jovencitos inexpertos no tienen la suerte ni
las fuerzas para defender dos puertas en contra de todos los Hombrecillos
Verdes. Además, no sabemos si no existen otras entradas a este lugar. Podrían ser como los hurones. Si los encierras por
aquí, salen como una tromba por allí. —Señaló a la derecha de las puertas—. O
por allá. —Señaló a la izquierda.
Lentamente, Jenna tocó a
cada uno de ellos: a Petra en la mejilla, a Catrona en el hombro, a Marek y a Sandor
sobre la cabeza, a Jareth en la mano. Allí permaneció un largo momento y él
le sonrió.
—Sólo nos tenemos los
unos a los otros —dijo Jenna—. No podemos separarnos ahora. ¿Tenemos miedo de
confiar? ¿Tenemos miedo a la oscuridad? Vamos, dadme vuestras manos. Entraremos juntos en este hueco
negro y juntaremos nuevas fuerzas para el viaje. Eso nos han prometido los
Grenna.
Catrona colocó la mano directamente sobre la de
Jenna. La de Petra vino después. Finalmente llegaron las de Marek y
Sandor. Jenna inspiró profundamente y
transmitió el aliento a la mano de Jareth, que aún permanecía bajo la suya. Después, reconfortados por el contacto, avanzaron hacia la oscuridad
como una sola persona.
No se trataba de una
oscuridad negra sino verde; la luz provenía de unos fragmentos fosforescentes sobre los muros de piedra. Durante
un buen rato, no hubo alternativas respecto a la dirección en la cual caminar.
Había un solo túnel que los conducía inexorablemente
hacia abajo, demasiado estrecho para cambiar de idea y hacer girar los caballos.
Nadie hablaba; la oscuridad imposibilitaba toda
conversación. Hasta los caballos
estaban en silencio con excepción del sonido apagado de sus cascos sobre la piedra. Jenna encontraba cierto consuelo en su ritmo regular; era como el latido de un
corazón.
De pronto, el túnel se
bifurcó en tres pasajes más anchos. Confundidas, Jenna y Catrona se detuvieron y los demás las imitaron. Sus murmullos rápidos regresaban en forma de eco,
dificultando la comprensión.
Finalmente Catrona señaló
a la derecha.
—Sólo ése tiene los
fragmentos verdes.
En silencioso acuerdo,
todos se volvieron para continuar descendiendo por el túnel de la derecha.
En cierta ocasión Jenna
posó la mano sobre la pared, pero ésta era resbaladiza y fría. No le agradó la sensación.
Era como el interior de algo muerto, de un pescado, una culebra o un tritón.
Cuando era pequeña, había pasado una vez la noche en el
bosque con Pynt y había tratado de
comer un tritón. La experiencia no le había resultado agradable. Con un
estremecimiento, se limpió la mano en la manga, pero incluso
después de ello podía sentir la pared como si ésta se hubiera grabado en su palma, como si le hubiera dejado una marca que perduraría para siempre.
De pronto, uno de los
caballos bufó. En los confines del túnel el sonido retumbó con tanta fuerza que
todos dejaron escapar pequeñas exclamaciones de alarma... Todos excepto Catrona, cuyo bufido sonó igual que el de
su yegua. Por un momento, la explosión de sonidos y ecos fue ensordecedora. Entonces Jenna los hizo callar señalando con el dedo.
Más adelante, el túnel
descendía abruptamente, ampliándose al final hacia un extraño resplandor verde claro.
—Yo iré primero —susurró
Catrona—. Petra, sujeta mis riendas.
Antes de que Jenna
pudiera decirle que no, avanzó con pasos silenciosos por el declive y después subió hasta el
mismo borde de la luz verde, con la espada en la mano. Vieron su silueta
claramente recortada por la luz,
un verde aún más pálido que producía un halo alrededor de su cuerpo. Catrona
alzó la espada como en un desafío o un saludo, y luego desapareció en un instante. No había saltado por el borde ni
había muerto atravesada por una espada ni se había caído... simplemente había
desaparecido.
—¡Catrona! —gritaron
juntos Marek y Sandor. Las paredes devolvieron el nombre multiplicado por cien. Volvieron a llamarla, pero no parecían capaces de moverse.
Fue Jareth, gritando
mientras corría, quien siguió a Catrona hacia la luz verde. Y, al igual que con ella,
durante un momento se vio su
silueta rodeada por un halo y, al siguiente, se desvaneció en un millón de partículas de luz.
—¡Esperad! —La voz de
Jenna era más suplicante que autoritaria—. Esperad. —Extendió una mano hacia los otros—. Debemos pensar.
Pero uno tras otro,
Petra, Marek y Sandor avanzaron llevando a los caballos como atraídos por la luz. Y uno tras
otro, frente a los ojos de Jenna, se transformaron en pequeñas motas de polvo brillantes que eran
tragadas por el todo.
Jenna posó delicadamente
la mano sobre el hocico de Deber y sopló en sus ollares.
—Oh Deber —dijo—. Mi
deber es estar con ellos. No puedo ordenarte que me sigas ya que no sé dónde voy. —Se
volvió y caminó hacia la luz.
Al acercarse al borde,
comenzó a oír una hermosa canción dentro de su cabeza. La luz la encandiló. Podía oír
vagamente las pisadas de Deber a sus espaldas, pero no lograba apartar la vista para despedirla. Sólo estaba la
luz que parecía llamarla, impulsarla hacia delante; en ese momento no existía ningún otro
lugar del mundo donde hubiese deseado estar. Y entonces llegó a la cima de la pendiente. Se balanceó allí
unos momentos, aferrándose con los pies, y de pronto se encontró envuelta por la luz. Era
cálida y fresca a la vez; suave y cristalina; con el aroma dulce de las flores y el
olor acre de las coles del
pantano. Cerró los ojos para saborearlo todo y, cuando los volvió a abrir, estaba flotando sobre
un prado verde brillante moteado de lirios y margaritas. Flotando.
Después, estaba apoyada
con las rodillas y las manos sobre el pasto suave, como si acabara de caer desde un sitio
muy alto. Cuando se giró, Deber se encontraba a su lado, pastando con satisfacción. No había ningún arrecife
ni caverna a la vista. Sólo un prado que se extendía hasta una colina en el
horizonte lejano, interrumpida cada tanto por pequeños grupos de árboles. Era un lugar de una paz elegante y eterna.
Del bosquecillo más
cercano se elevaba una delgada espiral de humo contra un cielo azul verdoso.
Jenna se levantó y caminó
hacia los árboles, lentamente, como moviéndose en un sueño.
Al llegar a los primeros
árboles, vio a Petra y a Catrona a la derecha, con los muchachos a la
izquierda, todos aguardando para entrar.
—Tú irás primero, Anna
—dijo Marek.
—Nosotros iremos después
—agregó Sandor.
Había árboles de todas
clases en ese bosquecillo, como si hubiesen sido plantados uno por uno: álamos y
abedules, alerces, álamos blancos, espinos, serbales, fresnos, sauces y robles.
Todos se alzaban
bien alto, como columnas en un salón, e hicieron que Jenna recordase la Canción de
los árboles que solía cantar en la Congregación cuando era una niña. Según se decía era la
misma Alta quien la había
compuesto; y el estribillo decía:
Con verdes justillos y
verdes vestidos,
Los árboles del bosque
llevan la corona,
Los árboles del bosque
son cuna y salón,
Los árboles del bosque lo
más bello son.
Con una larga lista de árboles como estrofa.
Jenna los fue nombrando
uno por uno mientras caminaba y se sorprendió al ver que coincidían completamente
con la canción. Si éste era
un sueño, se dijo... Pero entonces se detuvo ya que, en el centro del bosquecillo, desde donde había
emergido la delgada espiral de humo, alguien estaba entonando la misma canción
con una voz baja y lírica.
Jenna alzó una mano y
todos se detuvieron para escuchar.
Fue Catrona la primera en
hablar.
—Esa voz... —y se detuvo.
Jenna se volvió y los
reunió a su alrededor.
—No es la voz de un
Grenna —susurró.
Uno tras otro asintieron
con las cabezas.
—¿Conoces esta canción?
—le preguntó Catrona a Jareth.
—Se parece a una nana que
mi madre me cantaba —respondió él—. Se parece... y no se parece —dijo, y continuó en un susurro—:
Con verdes justillos y
verdes vestidos,
Es mi pequeño Jareth
quien lleva la corona...
Al menos mi madre cantaba Jareth. Otra hubiese
dicho...
—Marek —completó Marek—.
Y Sandor, cuando mi hermano nació.
Sandor asintió con la
cabeza.
—Y ambos cuando los dos
juntos contrajimos la erupción.
—¿Qué debemos hacer —le
preguntó Jenna a Catrona.
—Yo sé cómo pelear y cómo
vivir en los bosques —respondió Catrona—. Soy una buena compañera y una buena
proveedora. Pero esto escapa
a mis conocimientos. Es trabajo para una sacerdotisa.
Petra sacudió la cabeza.
—Conozco esa canción de
la Congregación y mi Madre Alta me enseñó el significado de cada árbol de la lista,
ya que se encuentra
escrito en el Libro de Luz. El fresno simboliza el recuerdo, el abedul es la convalecencia, el alerce es la
luz, y todo lo demás. Pero, en cuanto a dónde
nos encontramos y quién está cantando, no lo sé. Tal vez sólo la
misma Anna sea quien lo sepa.
—La misma Anna se
encuentra tan confundida como tú —replicó Jenna, y murmuró—: A menos que yo no sea
la Anna.
—Lo eres —afirmó Jareth—.
Hasta los Grenna te llaman así.
—Entonces, ¿quién...?
—-Jenna se mordió el labio.
—Sólo hay una forma de
averiguarlo —Catrona alzó la espada.
Jenna posó una mano sobre
la de ella.
—Quienquiera que sea,
entona una canción conocida por las hermanas y también por ellos. —Señaló a Jareth, a
Marek y a Sandor—.
Quiere indicarnos que es a la vez madre y hermana para nosotros.
—Para todos —agregó
Petra.
—¿Y quién podría ser sino
la misma Alta? —se preguntó Jenna.
—Dije que tú lo sabrías.
—Petra sonrió.
—Es sólo una conjetura
—respondió Jenna—. Dejad que vaya primero y lo veremos.
—Iremos juntos —replicó
Jareth.
Y eso hicieron,
abriéndose paso entre las malezas seguidos por los caballos.
A medida que avanzaban,
los árboles parecían subir y alcanzar el cielo, formando una bóveda verde a través de la
cual se filtraban los rayos del sol. Los troncos se convirtieron en columnas de
mármol veteado con unos nervios verde oscuro que
bajaban desde la cima. Bajo sus pies, el suelo se transformó en una alfombra
que conservaba el dibujo de los pastos,
pétalos y hojas.
En el centro del salón había un gran fogón con una
cuna verde delante. Meciendo la cuna,
una mujer con un vestido de seda verde. El dobladillo de su falda estaba
adornado con hojas de un verde más intenso
y lucía en el corpiño unas enredaderas doradas. Su cabello era del blanco más
puro y lo llevaba en dos trenzas. Tenía puesta una corona de brezos, una muñequera de rosas silvestres y un collar de cardos entretejido con anillejos de
oro. Sus pies estaban descalzos.
—Es... es tu madre, Anna
—susurró Marek.
—Tiene tu cabello y tus
ojos —agregó Sandor—. Y tu boca.
Jenna sólo la miró.
Pero Petra ya se había
hincado frente a la mujer, mostrando sus palmas que aún no llevaban grabadas las marcas
azules de las sacerdotisas.
Catrona también se había
puesto de rodillas, depositando su espada junto a los pies desnudos de la mujer. Jenna sacudió la cabeza.
—No. No, tú no eres mi
madre. Yo nunca he sido acunada en eso.
Se acercó a la cuna verde
y apartó el velo de enredaderas. La cuna estaba vacía.
—Yo he nacido bañada en
sangre entre los muslos de una mujer de Slipskin. Fui robada por la partera y
rescatada por unas hermanas de la Congregación Selden. Hasta ahí puedo creer. Hasta ahí puedo
aceptar. He matado a un hombre llamado el Sabueso, más por accidente que por
intención. Y he cortado la mano de uno llamado el Toro. Si eso coincide con la
profecía, que así sea. Pero no me pidáis que crea en esta... falsedad. —Podía sentir que la piel se tensaba sobre
sus pómulos. Estaba demasiado furiosa para llorar.
La mujer sonrió
lentamente, se inclinó y alzó a Petra y a Catrona. Luego colocó a la primera a
su derecha y a la segunda a su izquierda. Después posó sus ojos en Jenna.
—Bien, bien. Me hubiese
sentido decepcionada si hubieses aceptado todo esto. —Agitó una mano a su alrededor con
lo cual el salón
volvió a convertirse en un simple bosquecillo—. Si lo hubieses aceptado sin poner
nada en duda.
Jareth exhaló un profundo
suspiro.
—¿Dudas? Tengo cientos de dudas —se quejó Jenna—.
Pero no sé qué preguntar primero. ¿Quién eres? ¿Dónde nos encontramos? ¿Por qué
estamos aquí? ¿Donde están ahora los Hombrecillos
Verdes? Y...
—¿Y qué hay de tus
hermanas? —preguntó la mujer.
—Eso antes que nada
—añadió Jenna.
—Ven, siéntate y te diré
todo lo que pueda.
—¿Pero cómo debemos
llamarte? —preguntó Jareth.
—Podéis llamarme Alta.
El sacudió la cabeza.
—No. Al igual que la
Anna, no creo que...
Ella sonrió.
—De veras —dijo
encogiéndose de hombros—. Ése es mi nombre. —Se sentó en el suelo e hizo una señal para
que los demás la imitasen—. Por supuesto, me bautizaron así en honor de la
Diosa, al igual que a tantas
niñas de mi época.
—¿Cuál ha sido tu época? —preguntó Jenna apartando
a Deber que se había acercado a ella para frotarle el hocico contra la oreja. La yegua sacudió la cabeza vigorosamente y
se alejó para colocarse frente al
fuego.
—Tendrás que olvidar tu
desconfianza, Jenna —le aconsejó Alta.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—¿Cómo lo sabían los
Grenna?
Jenna guardó silencio.
Arrancó una brizna de pasto y se la llevó a la boca, de un modo ausente.
—Yo soy aquella Alta que
recorrió las colinas y fundó el sistema de las Congregaciones. Yo escribí el
Libro de Luz. Yo fui quien enseñó a las Congregaciones el arte de la respiración, el juego
del Ojo Mental y el misterio
de las hermanas sombra.
—Entonces no eres otra
que Gran Alta —susurró Catrona.
—No, no, mi Gata. Yo no
bailo sobre el arco iris ni puedo caminar sobre un puente de luz. He sido una mujer casada con un rey e
incapaz de concebir un hijo. Por ese motivo él me abandonó para tomar otra esposa. Y luego otra. En mi
aflicción, comencé a recoger las niñas
abandonadas en las colinas de los Valles. Fabriqué unas pequeñas carretas que arrastraba detrás de mí, más como una locura que con algún propósito en mente.
»Los Grenna me encontraron vagando enajenada,
arrastrando siete carretas de bebés
llorosos y malolientes, y nos trajeron hasta aquí, al Reino Verde. Me enseñaron cómo cuidar de
las niñas, cómo jugar a las
varillas y ver en los bosques. Me enseñaron lo que ocurriría en el mundo del futuro. Me mostraron cómo
controlar mi respiración y cómo
convocar a mi gemela. Y cuando hubieron hecho todo eso, nos enviaron de regreso a los Valles. Pero no había pasado
un día o un mes. Ni siquiera un año. Eran cien. Y mi desaparición de los Valles se había convertido en una
leyenda, un cuento para
atemorizar a los niños frente al fuego: Sé bueno o Alta vendrá a por ti.
»Cuando regresamos, comenzó una nueva historia y
las mujeres indeseables —las estériles, las
feas y las solitarias— vinieron en busca de nuestra ayuda. Primero construimos la Congregación que se encuentra cerca de aquí.
—El Cruce de Wilma —dijo
Petra.
—Sí, el Cruce de Wilma, Y el resto vino después. Escribí todo lo que los Hombrecillos
Verdes me habían enseñado, o al menos lo que recordaba de ello, entremezclado, supongo, con la sabiduría de los Valles. A lo que había escrito lo
denominé Libro de Luz. Y
entonces...
Suspiró profundamente.
—¿Y entonces regresaste
aquí? —preguntó Jenna.
—Eso fue mucho después, cuando mi trabajo estuvo
concluido y me sentí lista para morir. Siguiendo mis instrucciones, mis mujeres
me condujeron hasta la puerta de la caverna y me dejaron allí. Cuando se fueron, bajé hasta el fondo y he
estado aquí desde entonces.
Marek enderezó la espalda
—Pero Alta, eso
ocurrió...
—Hace cientos de años
—terminó Sandor.
—El tiempo transcurre de forma diferente aquí —Alta
se quitó la corona de brezos y la dejó a un
lado—. Y debía aguardar a que
llegase la Anna.
—¿Han venido otros antes
que nosotros? —preguntó Jareth.
—Algunos. Vieron el salón
y la cuna. Escucharon la canción. Comieron mi pan y bebieron mi vino. Y partieron
para descubrir que se encontraban solos en la colina, que sus seres queridos habían sido sepultados hacía mucho tiempo. Pero no
llegaron a conocerme. Sólo conocían sus
propios sueños. —Se quitó el collar de cardos y lo apoyó sobre la corona.
—¿Por qué yo? —preguntó
Jenna—. ¿Por qué nosotros? ¿Por qué ahora?
—Porque lo que yo he comenzado ahora debe
finalizar. Del núcleo a la corteza, de
la corteza al núcleo. Los Grenna lo llaman la cáscara del mundo.
Ocurre cada varios
cientos de años.
—¿Varios cientos?
Jenna estaba a la vez
sorprendida e indignada. Alta sonrió
—¿Crees que los
habitantes de los Valles somos lo único que existe en el mundo? No somos más que una manzana en
un inmenso árbol. Un árbol en un inmenso bosque. Un bosque en... —Señaló más
allá de Jenna.
Recordando los otros
bosques en el prado que se extendía hasta el horizonte, Jenna susurró con voz ronca.
—... en un inmenso prado.
—Sí, Jenna. Tú deseas ser
y no ser la Anna. Pero existen muchas Annas. Han existido. Volverán a existir.
Oh, no todas serán llamadas Anna. Tendrán una multitud de nombres diferentes. —Alta tocó la boca de Jenna con su dedo. Estaba
frío—. Pero tú eres la Anna para este
recodo. Y aún tienes muchas cosas que aprender. —Se puso de pie y habló con una voz que, a pesar de ser suave, no
permitía que la contradijesen—. Ven. —Echó a andar llevándose consigo el collar y la corona.
Todos la siguieron hacia
el fuego. Jenna a su lado y los demás, en fila, detrás. A medida que se acercaban, el fuego parecía retroceder.
—Así ocurre con el tiempo
aquí —comentó Alta mientras continuaba avanzando hacia las llamas. Finalmente se detuvo e hizo un ademán a su alrededor.
Jenna miró con atención y vio que se encontraban en
una acogedora cocina, muy parecida a la de la Congregación Selden. En cualquier momento hubiese podido esperar ver a
Donya. a Doey y a sus ayudantes
entrar por la puerta como una tromba. Sobre las paredes había candelabros metálicos cuyas velas de sebo esparcían
una luz brillante, y en un asador un trozo de carne se cocía lentamente, Sin embargo, por más que la imagen
central era nítida, los bordes eran
suaves e indefinidos, como las cosas que se ven por el rabillo del ojo. Y a pesar de lo acogedor
del lugar, Jenna se sintió
invadida por una extraña inquietud y respiró profundamente tres veces. Después de ello habló.
—Esto tampoco es real. No
más que la cuna; no más que el salón.
—¿No es real? —preguntó
Marek con una voz que mostraba se decepción—. Pero se parece a la casa de nuestro padre.
—Exactamente igual
—agregó Sandor.
—Sólo en apariencia
—replicó Jenna—. Mirad las velas. Mirad el fuego. No hay sombras aquí.
—Ni hermanas sombra
—observó Catrona.
—Tienes razón. —Alta
asintió con solemnidad—. Tienes razón en cierto sentido. Y también te equivocas. Es verdad que sólo se trata
de una apariencia, pero está construida con vuestros recuerdos, vuestros deseos y vuestros sueños. Su
propósito no es seduciros o
perturbaros, sino confortaros.
—Es demasiado extraño
—Jenna sintió un estremecimiento—. No me siento confortada, sino invadida por
un vacío muy peculiar.
—Deja que penetre en ti
—dijo Alta—. Siéntate... y ábrele espacio en tu corazón.
Petra fue la primera en
sentarse, y para ello acercó una silla de aspecto sólido, con paneles de madera
incrustados. La silla era tan grande que
cuando se apoyó en el respaldo, sus pies apenas si tocaban el suelo. Sólo llegaban a rozar los juncos que habían sido
perfumados con rosas secas y verbena.
Jenna aspiró ese aroma
tan familiar, recordando. Así olía el Gran vestíbulo de su Congregación. Exactamente igual.
Sacudió la cabeza
con energía y permaneció de pie.
De pronto los muchachos
se tendieron boca abajo junto al fuego, como cachorros después de una larga carrera. Sandor tomó una ramita y comenzó a atizar el fuego, mientras que
Marek miraba las llamas con
expresión soñadora. Jareth apoyó el mentón sobre los brazos, pero sus ojos continuaron moviéndose
con nerviosismo por la
habitación.
Con un profundo suspiro,
Carroña se sentó en un mullido sillón y extendió las piernas hacia el fuego. Echó la cabeza hacia
atrás y miró al techo con una
sonrisa.
Jenna deslizó los dedos
por el respaldo del sillón. Allí estaba grabada la marca de Alta: el círculo con los dos
picos que casi se encontraban en una cruz. Era demasiado perfecto, pensó.
Desconfiaba de la perfección.
En los Valles decían: La perfección es el fin del crecimiento. En otras palabras, la muerte. Yo no los he traído aquí para que murieran con comodidad. Y en voz
alta dijo:
—Nos has dicho que aún
teníamos muchas cosas que aprender. Enséñanos... y luego déjanos ir.
Alta sonrió.
—De las cosas que tengo
para enseñarte hay muchas que tú ya sabes, Jenna. El juego del Ojo Mental te ha entrenado para los bosques. El juego de las varillas te ha adiestrado
para el uso de la espada. Y has convocado a tu hermana antes de
llegar a tu primera menstruación. Amas tanto
a mujeres como a hombres y eso también te prepara para lo que vendrá.
Pero aún eres una niña, Jenna, Jo-an-enna. Le temes a tu destino. Le tienes miedo al poder.
Te asusta ir más allá de tu
propio corazón.
—Yo no le temo a eso.
Después de todo, me encuentro aquí.
Cambió su peso de un pie
al otro, con inquietud.
—Annuanna. —La voz de
Alta sonó con dureza.
Jenna se paralizó. Era su
nombre secreto, el que sólo conocían sus difuntas madres adoptivas y la
sacerdotisa de la Congregación Selden. Sintió que comenzaba a temblar; no por fuera, sino por dentro; no con miedo,
sino con una especie de estado de alerta, como un puma tras su presa.
—Cuando hayas salido al
mundo más allá de este prado, deberás recordar cómo mi fuego siempre va adelante, expandiéndose hasta
donde yo se lo permita, siempre fuera del alcance, y, sin embargo, junto a mi mano.
Así deben ser tus sueños y tus deseos.
El temblor interno se
detuvo para ser reemplazado por una fría calma.
Acertijos, pensó Jenna
con ira, y después, pronunció la palabra en voz alta:
—Acertijos.
—No son acertijos —dijo
Alta sacudiendo la cabeza—. Pero al igual que la sabiduría de los Valles, que tanto
os gusta citar a ti y a tus compañeras, se trata de una herramienta útil que
ayuda a la comprensión. Para
recordar. Lo más importante que debes hacer es recordar, Jenna. Recuerda mi fuego. Recuerda
el reino verde. —Agitó una
mano sobre la mesa y de pronto ésta se cubrió de tazones, fuentes y platos.
Como despertando de un profundo sueño, Petra,
Catrona y los muchachos se acercaron a
la mesa y comenzaron a comer ruidosamente
y con deleite.
Había pastel de paloma, ensalada de berro y
bandejas con frutas. Había jarras con vino
tinto, blanco y el rosado que era el preferido de Jenna.
—¿Y todos estos alimentos
imaginarios nos nutrirán? —preguntó Jenna con brusquedad mientras tomaba una rodaja de
pan para enseñársela
a Alta.
—Así es. Al igual que mi
fuego os proporciona calor y mis sillas brindan descanso a vuestras piernas.
Después de vaciar una segunda copa de vino, Catrona
agregó:
—Al igual que este vino
fortalece mi corazón.
—Este vino... —comenzó Jenna apoyando una mano
sobre el brazo de Catrona— no te hace ningún bien. Sabes bien que perjudica tu estómago.
—Este vino no le hará
daño —aseguró Alta—. La fortalecerá para la batalla que se avecina.
Jareth se apartó de la
mesa con tanta fuerza que su copa se volcó, derramando el vino sobre la
superficie de madera. A la luz vacilante de las velas, el líquido adquirió el
color del roble y parecía como sangre seca en un hilo dorado.
—¿De qué batalla se
trata? —preguntó con dureza—. Tú sabes más que nosotros. Dilo por fin.
—Es la batalla que
comenzó en mi época y debe acabar en la vuestra. —Su voz era tan suave que todos debieron
esforzarse para escucharla—. Es la batalla que prosigue en este círculo, la que
unirá la luz con la
oscuridad. La batalla que unirá a hombres con mujeres.
—Y si la ganamos
—preguntó Jenna con la misma suavidad—, ¿habremos vencido para siempre?
—Una manzana en un
inmenso árbol, Jenna —le recordó Alta—. Un árbol en un inmenso bosque.
—Un bosque en un inmenso prado —completó Jenna—.
Lo recuerdo. Lo recuerdo pero no me
alegra. —Se puso de pie y los demás
se levantaron con ella—. ¿Hay algo más que debamos saber?
—Sólo esto. —Alta se
quitó la muñequera de rosas y la colocó sobre la mesa junto al collar y la corona—. Toma la
corona, joven Marek.
Cuando él la tuvo cuidadosamente entre las palmas,
Alta posó sus manos sobre las de él.
—Y tú coronarás al rey.
Volvió a mirar los
objetos sobre la mesa.
—Sandor, toma la
muñequera.
El se inclinó y obedeció, sosteniendo el adorno en
su palma derecha. Alta cubrió su mano
con la de ella.
—Y tú guiarás el brazo
derecho del rey.
Alta misma recogió el
collar de la mesa y lo sostuvo un largo momento sin hablar, mirando a Jareth como si
sopesase sus palabras.
Jenna sintió que en su interior algo se tornaba
caliente y luego frío. Se mordió el
labio. Si Marek debía coronar al rey, quienquiera que éste fuese, y
Sandor guiaría su brazo, ¿qué podía significar el collar? ¿Ser un esclavo de ese rey sin nombre? ¿O un lazo alrededor de su cuello?
Jareth no, pensó. Mi buen amigo, no. Extendió una
mano para detener las palabras de Alta.
—¡No! No se lo entregues
a él. Si ha de significar su muerte, entrégamelo a mí en su lugar.
Alta alzó la vista y
sonrió con tristeza.
—Lo que debéis hacer
Catrona, Petra y tú se encuentra escrito en vuestros corazones. Lo aprendisteis
en el Libro de Luz cuando erais niñas. Lo lleváis en vuestro interior. Pero los hombres que
aún no lo comprenden necesitan estas señales. Y el
collar ha estado aguardando al último
de los héroes. Debo dárselo a él, Jenna. Debo hacerlo.
—No me importa, Anna —afirmó Jareth con los ojos
fijos en los suyos—. Y no tengo miedo.
Te he seguido y me has conducido ya
a un destino más extraño que el que hubiese conocido de otra manera,
si hubiese permanecido en el molino junto a mi viejo padre. Para mí es suficiente saber que la Anna estaría dispuesta a
dar la vida por mí.
No Anna... Jenna, hubiese
querido decir ella. Pero comprendió que, para mostrar tanto coraje, debía ser
la Anna para él. Por lo tanto, guardó silencio.
Alta colocó el collar
alrededor del cuello del joven y lo convirtió en una cinta del verde más puro.
—No volverás a hablar
hasta que la corona esté en su sitio y la mano derecha del rey haya ganado la guerra. Después, todo lo que digas será recibido con grandes honores. Pero
si este collar se rompe antes de tiempo, lo que digas podría
destruir la camaradería, hacer que se
pierda el trono; y el círculo permanecería abierto para siempre. Porque con
este collar, podrás leer los corazones de los hombres y las mentes de las mujeres y nadie desea que otro le
recuerde lo que piensa y siente.
Jareth se llevó una mano
a la garganta y se volvió lentamente para mirar a cada uno de sus compañeros. Sus ojos
se tornaron primero grandes y luego
pequeños, como dos lunas. Al fin se volvió hacia Jenna hasta que ella bajó la vista, perturbada bajo su
intensa inspección.
—Oh, mi pobre Jareth
—susurró, y extendió una mano hacia él.
Jareth abrió la boca como
para hablar, pero en lugar de palabras sólo emitió un sonido estrangulado. Tampoco tomó su mano y, en lugar de eso, se
apartó para colocarse hombro a hombro con los otros muchachos.
—Y ahora —habló Alta—,
debéis partir. Os daré pan y vino para el viaje, ya que de aquí a mañana
tendréis una larga cabalgata. Y si habláis de lo que habéis visto y oído en este reino
verde, no os creerán más que si
hablarais con la voz de Jareth. Adiós.
Alzó su mano y, como
respondiendo a una orden, los caballos trotaron hasta ella. Alta tomó las riendas y se las ofreció.
Uno tras otro, Jenna y
sus compañeros se acercaron a sus cabalgaduras.
Jenna fue la primera en
montar. La siguió Catrona, con su espada desenvainada en la mano. Jareth subió
a la yegua baya y se inclinó para ayudar a Petra. En último lugar, Marek y Sandor saltaron sobre su caballo.
—¿Volveremos a verte? —le
preguntó Jenna a Alta.
Alta sonrió.
—Volverás a verme al
final de tu vida. Ven a las puertas y éstas se abrirán para ti... Para ti y para alguien más.
—¿Alguien más? —Jenna
susurró la pregunta.
Al ver que no había
respuesta, hizo dar la vuelta al caballo y se dirigió en la dirección indicada por Alta, rumbo
al horizonte lejano.
Los otros la siguieron.
Al principio avanzaron
lentamente, como si no quisieran abandonar el prado de Alta. Más tarde, de uno en uno,
fueron llevando
sus caballos al galope. Primero descendió el sol, y luego aparecieron las
estrellas como nieve a sus espaldas. Sin embargo no era ni de día ni de noche,
sino una especie de eterno atardecer. A medida que cabalgaban, el verano siguió
a la primavera y el invierno al
otoño; y, no obstante, el camino siguió siendo el mismo. Continuaron su marcha hacia el lugar donde se unían la
tierra y el cielo. Una vez Jenna se volvió para mirar atrás. Vio a Alta de pie
junto a su bosquecillo, en un círculo de Grenna. Cuando miró nuevamente, Alta, los hombrecillos y el bosque habían
desaparecido.
EL MITO:
Y entonces Gran Alta
dijo: «La corona será para la cabeza, ya que se debe gobernar con sabiduría. Y
la muñequera será para la destreza de la mano. Pero en cuanto al collar que
rodea el cuello, será para la lengua,
ya que sin lengua no somos humanos. ¿De qué otra forma podríamos contar el
relato que es historia? ¿Cómo cantaríamos himnos y villancicos? ¿ Cómo haríamos para maldecir o gritar? El obsequio más elevado de todos es el
collar.-»
LIBRO TERCERO
COMPAÑERAS PARA TODO
EL MITO:
Entonces Gran Alta apartó
su cortina de cabellos y les enseñó las praderas de la guerra. En el lado
derecho estaban los ejércitos de la luz. En el lado izquierdo estaban los ejércitos de la noche. Sin
embargo, al descender el sol y elevarse la luna ambos fueron uno solo.
—Son compañeros para todo
—manifestó Gran Alta—, Son escudo y espada, luz y sombra. Haré que aprendáis acerca de la guerra para que podáis
vivir en paz.
Y entonces los depositó
sobre la planicie ensangrentada para que iniciasen su instrucción.
LA LEYENDA:
En el centro de los
Valles existe una planicie árida donde sólo crece una especie de flor, la Rosa Otoñal. El poco
pasto que hay es bastante seco, y la poca agua no resulta apta para beber; sólo hay polvo, grava y la
Rosa Otoñal.
Se dice que alguna vez la
planicie fue un bosque con grandes árboles, tan altos que parecían atravesar el cielo.
Y allí vivían en armonía el
puma y el conejo.
Pero cierto día se
encontraron dos gigantes en aquella planicie. Tenían las cabezas cubiertas por un yelmo,
pero sus cuerpos estaban al descubierto. Durante tres días y tres noches
lucharon entre
sí. Sus poderosos pies hollaron la tierra hasta convertirla en polvo. Sus poderosas
manos arrancaron los árboles del suelo para utilizarlos como si
fuesen garrotes. Y, finalmente, cuando los dos yacían agonizantes, uno junto al otro, se arrancaron los
yelmos sólo para descubrir que eran idénticos, que podían haber
sido gemelos.
La sangre de la batalla nutrió la tierra desolada,
y con cada gota creció una Rosa
Otoñal, un capullo rojo sangre con un rostro blanco grabado en cada
pétalo; todos los rostros exactamente iguales.
EL RELATO:
Cuando emergieron de un
último grupo de árboles al final del enorme prado, había luna llena sobre sus
cabezas.
—¿La luna? —Jenna estaba
confundida—. Cuando partimos no era época de luna.
—Ha pasado más de una
luna desde que salisteis, hermana —susurró una voz en su oído.
Al volverse, Jenna vio que Skada se hallaba sentada
a sus espaldas. Su rostro parecía bastante más delgado de lo que ella recordaba. Y algo mayor.
—Pero ¿cuantas lunas...?
—comenzó Jenna y entonces su mirada se posó sobre el resto de sus compañeros.
Sobre la yegua baya, Catrona y Katri también la
miraron. El cabello corto de Catrona había encanecido y lo mismo ocurría
con el de su hermana. Jareth, con su
cinta verde ajustada al cuello, tenía
un aspecto más delgado y Marek lucía un bigote suave sobre el labio. En las mejillas de Sandor había una
barba incipiente. Pero quien más
había cambiado era Petra. Ya no era una niña sino que se había
convertido en una joven mujer cuyos senos se curvaban bajo la túnica.
Jenna se llevó una mano
al rostro en busca de algún cambio, pero sus dedos no retenían ningún recuerdo.
—¡Míranos! ¡Mira! —La voz
de Marek retumbó en medio de la noche.
—Yo... —comenzó Sandor y
entonces, como sorprendido por la profundidad de la sílaba, se detuvo.
Jareth abrió la boca y trató de emitir un sonido,
Al ver que no podía, volvió a cerrarla sacudiendo la cabeza. Al principio
lentamente. Luego más y más rápido mientras se golpeaba los muslos con los puños.
Fue Petra quien habló por
todos ellos.
—Las leyendas de los
Grenna eran ciertas. Arrullados por el tiempo, dicen los Grenna. Pero no dijeron cuánto
tiempo pasaría. Cuánto... —No pudo continuar.
Jenna bajó del caballo
seguida por Skada. Se volvió hacia su hermana sombra y preguntó:
—¿Cuántas lunas han
pasado, Skada?
—No lo sé. Muchas.
Después de un tiempo, perdí la cuenta.
—Sin embargo no hemos
comido ni dormido —observó Catrona—. No tenemos ningún recuerdo de ese paso del tiempo. ¿Cómo puede ser eso?
—Es a causa de Alta
—afirmó Petra.
—Y de los Grenna —agregó
Catrona.
—Es a causa de la Anna —dijeron juntos Marek y
Sandor.
Todos desmontaron y los muchachos fueron
rápidamente presentados a Katri y a Skada. Pero la llegada de las hermanas sombra sólo fue un misterio pequeño y familiar en
medio de todo aquello. Lo que los consumía en ese momento era la
cuestión del tiempo.
—¿Se trata de un año
o...? —Catrona vaciló.
—¿O de cientos? —terminó
Katri por ella.
—¡Cientos! —Marek pareció
sorprendido ante esa posibilidad—. No puede ser. ¿Qué habría ocurrido con nuestra
madre entonces?
—¿Y con nuestro padre?
—¿Qué hay de nuestras
hermanas? —preguntó Petra—. ¿Y las advertencias?
Jenna hizo girar el
anillo de la sacerdotisa en su dedo meñique. Ella no había olvidado a las hermanas, pero debía saber primero dónde se encontraban..., en qué tiempo y en
qué lugar. Mirando a Jareth
susurró:
—No habéis mencionado a
su Mai.
No agregó sus propios
nombres: Pynt, A-ma y todas las hermanas de la Congregación Selden. ¿De qué les servirían esas preguntas cuando se
encontraban tan perdidos? Ni siquiera se permitiría pensar en Carum, no evocaría su rostro en ese
momento. Pero Skada lo sabía. Tendió una mano para tocar la de Jenna.
No se sentían cansados,
pero consideraron que sería mejor descansar esa noche. A la luz del día podrían
descubrir el camino, reconocer algún sitio familiar y, además, los caballos avanzarían
más rápido sin el peso de las
hermanas sombra. Y todos necesitaban pensar.
—Para poner las cosas en
orden.
Catrona utilizó las
mismas palabras y el mismo tono que Jenna recordaba de sus días en la
Congregación Selden, cuando su hermana mayor le enseñara cómo sobrevivir en los bosques.
Y como parte de ello,
enseñaron a los muchachos a respirar con ellas, hálito por hálito, alrededor de un pequeño
fuego. Catrona consideró que, a pesar del peligro, era imprescindible que tuviesen luz. Les contó a los
muchachos la historia de las cinco bestias que, después de mucho discutir, descubrieron que el
aliento era la
parte más importante de la vida. Jenna recordó a Madre Alta narrando la historia, y lo pesada que siempre le
había resultado al escucharla de su
boca amarga. El relato de Catrona fue mucho más animado. Los muchachos rieron
cuando hubo terminado; incluso
Jareth, aunque su risa fue silenciosa.
Después de la historia,
Marek y Sandor les deleitaron con unos versos que su padre les había enseñado,
todos referidos a la barcaza que cruzaba las aguas. Versos de enseñanza los llamó Catrona.
—Cada oficio y cada
comunidad tiene sus versos —explicó Catrona—. El panadero, el pastor, el molinero...
Jareth la interrumpió
posando su mano sobre la de ella, y se señaló a sí mismo.
—Un molinero..., un
molinero —murmuró Katri.
Todos guardaron un
embarazoso silencio hasta que Petra comenzó a entonar una canción de cuna, y lo hizo con
una voz tan dulce que muy pronto
estuvieron frotándose los ojos.
—Nos levantaremos con el
sol —dijo Jenna.
—Antes que el sol
—corrigió Catrona.
LA CANCIÓN:
La nana de las hermanas
Duerme y calla,
Calla y sueña,
Los muros te dan su
amparo
Aquí en la Congregación.
Nada turbará tu
sueño. Nosotras te
hechizaremos Con la dulce canción que
entona El nocturno ruiseñor.
Las fuertes
hermanas Tu cuna han de
guardar, Las altas
hermanas El camino han de velar.
Las hermanas
todas Te
han de
custodiar, Hasta que cuando
amanezca Comiences a despertar.
Duerme y
calla, Calla y
sueña, Alta
vigila Allá arriba en el cielo.
Te
alabaremos, Te
elevaremos, Luz y
sombra Con Alta y su amor.
EL RELATO:
Uno tras otro se fueron
durmiendo hasta que las únicas que permanecieron despiertas fueron Jenna y
Skada, tendidas juntas sobre la manta de Jenna.
—Te he extrañado —dijo
Skada—. Y también este mundo, tan brillante y ensordecedor.
—¿A quién has extrañado
más?
—A ambos por igual. —Skada se rió y luego susurró—:
Pero ha sido difícil para ti.
—Ha sido más difícil para
los demás. Y la culpa...
—... No es tuya, querida hermana. Este es un
momento en que el círculo se cierra.
Que tú seas el broche no es una culpa, sólo un accidente de tiempo.
—Jareth dijo que yo era
como un eje.
—Extrañaremos la claridad
de su voz.
Jenna pensó en sus
palabras. Era lo que había estado sintiendo, pero no se había atrevido a decirlo.
—Yo...
—Nosotros. ¿Te resulta
tan difícil aceptar que no estás sola? ¿Que todos compartimos la carga?
De pronto, Jenna recordó
las palabras de Alta: Tú deseas ser y no ser la Anna.
Qué fácil le había
resultado a Alta decirlo. Qué difícil era aceptarlo.
Ella deseaba ser el centro, el broche, el eje, pero
no quería soportar el enorme peso que ello
significaba. Sin embargo no podía tener lo uno sin lo otro. Cuánto más sencillo
era compartirlo. No yo sino nosotros.
Extendió una mano y la
puso sobre la de Skada. No volvieron a hablar, sólo permanecieron allí, con las manos
unidas, hasta que, finalmente, se quedaron dormidas.
—¡Jenna! ¡Jenna!
La voz parecía distante,
una moribunda cascada de sonido. Jenna despertó sobresaltada en medio de un día brillante
y lleno de trinos.
Catrona la sacudía por el hombro. Jenna se sentó, casi renuente a abandonar el consuelo
del sueño. Al mirar a su alrededor, vio que los caballos pastaban junto
a un camino trillado mientras los demás
continuaban durmiendo.
—Catrona, he tenido un
sueño de lo más extraño. Había una inmensa pradera y...
Se detuvo.
El cabello de Catrona
estaba encanecido y las arrugas de su frente eran más profundas de lo que ella recordaba.
—No ha sido un sueño,
pequeña Jenna. La pradera, el bosque, el fuego y el salón. A menos que dos personas puedan soñar lo mismo.
Jenna se levantó
lentamente. Era posible que las dos hubiesen tenido un sueño parecido, pero eso no explicaba el
envejecimiento de su rostro. Ni tampoco el hecho de que Deber, que acababa de levantar la cabeza,
tuviese unos mechones de pelo blanco sobre el hocico. O que Jareth, quien comenzaba a moverse,
llevase una cinta verde alrededor del cuello.
—No ha sido un sueño
—admitió Jenna—. Pero si todo es cierto, entonces ¿dónde nos encontramos? ¿Y cuándo!
—En cuanto al lugar —dijo
Catrona—, ahora lo sé. Es el camino que conduce a la Congregación Cruce de Wilma. No ha cambiado mucho en los treinta años transcurridos desde
la última vez que estuve aquí.
—¿Treinta? —preguntó Jenna.
—De niña vine aquí en mi
año de misión —le explicó Catrona—. Fue mi última parada; y un desafío.
—¿Por qué un desafío?
—preguntó Jenna.
—Porque se encontraba muy
lejos de mi propia Congregación. Además, porque estaba cerca del famoso bosque de los Grenna y era la primera de las Congregaciones que visitaba.
Y yo había alardeado demasiado
diciendo que no tenía miedo de venir.
—¿Y lo tenías?
Catrona se rió.
—Por supuesto que sí. Podía ser un poco
jactanciosa, pero no era ninguna tonta.
No vi a ningún Grenna, por supuesto, y dudaba de que existieran, pero sí me encontré con lugares llenos de
niebla y de hombres. En cuanto a ellos... bueno, salí de algunos
encuentros con un ojo negro pero conservé intacta mi doncellez y pude llegar al Cruce de Wilma. —Volvió a reírse.
—Y...
—Y ellas se rieron de mí,
me dieron un baño caliente y me contaron las verdades de la vida de una mujer, esas
que, por algún motivo, me había negado a escuchar al ser impartidas por mi Madre Alta. A la semana
siguiente tuve mi primera menstruación y estuve con un hombre en el camino de regreso a mi
propia Congregación. Katri nunca me
perdonó por no haberla esperado.
Jenna se ruborizó furiosamente, —Sí, éste es el camino al Cruce de Wilma. A
partir de allí se interna en el bosque. —Señaló un largo sendero desierto—. Y
allí están los Alfileres de
Alta. —Le indicó un par de colinas onduladas, dos dunas cubiertas de pastos que se extendían por casi dos kilómetros—. No hay nada parecido en todos los
Valles.
—Treinta años —reflexionó
Jenna.
Después de peinarse con
los dedos se hizo una trenza que ató en la punta con una cinta oscura.
—Treinta... o más —añadió
Catrona.
—¿Cuántos más?
—Si lo supiera te lo
diría, niña. He pasado toda la noche pensando en ello. —Le dio a Jenna un abrazo rápido y
firme y agregó—: En cuanto a ese sueño que ambas hemos tenido, recuerdo que también había algo de comer
en él. —Fue hasta su propia manta y tomó las alforjas que había utilizado como
almohada. Después de abrir una, hurgó en su interior—. Sí, aquí está. Vaya un sueño
para poder proporcionarnos
todo esto. —Extrajo dos hogazas de un pan trenzado junto con una cantimplora de cuero—. Ven,
niña, que según
solíamos decir en el ejército, quien primero se levanta, primero come. —Cortó
una punta del pan y se la entregó—. En realidad quien primero se levanta, mejor come. Si mal
no recuerdo siempre
has preferido la punta, incluso cuando eras un bebé.
Jenna tomó el pan con
gratitud y comenzó a comer. Al primer mordisco, su boca se vio invadida por el sabor
intenso de alguna hierba dulce. Jenna suspiró.
Con una sonrisa, Catrona
bebió un largo sorbo.
—El tinto. Nos ha dado
del tinto. Bendita sea.
Al escucharla, Jenna se
echó a reír.
—Sólo tú bendecirías a alguien por el vino
—comentó.
Pero ella también tomó la cantimplora y bebió un
sorbo. Se cuidó bien de no mencionarle
a Catrona que el vino no era tinto sino el suave rosado que a ella tanto le gustaba y prefería. O
bien Catrona estaba perdiendo
el discernimiento o estaban en presencia
de una extraña magia. De cualquier modo no valía la pena mencionarlo.
Los demás se levantaron
poco después y terminaron con ambas hogazas de pan y con el contenido de la
cantimplora. Aunque nadie hizo ninguna observación al respecto, ésta
proporcionó leche para Petra y una especie de líquido oscuro, que a Jenna le pareció té, para los muchachos.
Ensillaron los caballos y
se pusieron en marcha justo cuando el sol asomaba entre las colinas que Catrona había
llamado Alfileres
de Alta.
—Según recuerdo —les dijo
Catrona—, la Congregación se encuentra a pocas horas de aquí.
—Entonces llegaremos
pronto con los caballos descansados —afirmó Jenna.
Siguiendo a Catrona,
avanzaron en fila entre las dos colinas y atravesaron un prado pantanoso lleno de flores
silvestres, blancas, amarillas y azules.
Pronto vieron las ruinas
de varios edificios, recortadas contra la pizarra clara del cielo.
—Demasiado tarde —susurró
Jenna para sí misma, mientras se acercaban a la derruida Congregación—. Demasiado tarde para todas ellas.
Su voz adoptó el acento
de Sorrel y Jenna se maldijo, tanto a sí misma como a sus compañeros, por haber perdido
todo ese tiempo en el bosque de Alta.
Después de desmontar
frente al portal derrumbado, comenzaron a vagar entre las ruinas silenciosas.
Las piedras estaban
cubiertas de enredaderas y las malezas habían echado raíces en las grietas. A lo largo de
los senderos, las florecillas silvestres se mecían con la brisa. Pero no se veían cuerpos ni huesos por ninguna
parte.
—Esto rió ocurrió ayer
—observó Marek con cautela, atusándose su nuevo bigote.
—Ni tampoco hace dos días
—agregó Petra. Arrancó una flor amarilla y la apretó en su palma—. ¿Cuánto hace...? —No pudo terminar la frase.
Catrona se puso en cuclillas y pasó la mano por la
superficie áspera de lo que había sido
una pared lateral.
—Un año. O dos. O tal vez
más. Se requiere al menos una estación para
que la linaza, la hierba lombriguera y las demás malezas echen raíces en un lugar abandonado. Y lo mismo para que las enredaderas comiencen a trepar por las paredes.
Sandor abrió los ojos de
par en par.
—Y mirad lo alto que
llegan.
Jareth midió las enredaderas y comprobó que tenían
cinco veces el tamaño de su mano, del
meñique al pulgar. Extendió la mano y contó en silencio.
Cinco.
Jenna se sentó sobre una
gran piedra y realizó una profunda inspiración latani. Cuando finalmente habló, trató
de hacerlo con calma.
—Debemos averiguar en qué
año estamos. Si sólo ha pasado uno o...
—Mirando a Jareth, cuya
mano aún medía las enredaderas en silencio, completó su pensamiento—. O cinco. Debemos averiguar cuánto tiempo hace
que partimos.
—Y así saber qué ha
ocurrido con las Congregaciones —concretó Petra.
Jenna asintió con la
cabeza.
—Y entonces...
—¡Shhh! ¡Callad! —Catrona
se arrojó al suelo y apoyó en él la oreja para escuchar. Por un momento guardó
silencio, y después se sentó bruscamente—. Jinetes! —susurró.
—Nuestros caballos...
—exclamó Jenna, pero se arrojó boca abajo y oyó los golpes sordos en el suelo.
Los jinetes se
encontraban cerca. Sin decir más, desenvainó la espada y permaneció allí tendida, aguardando. Toda
su ira, su desdicha y su miedo se concentraron en lo que sin duda sería una violenta batalla.
El sonido indicaba que se
acercaban muchos hombres.
Petra y los muchachos
también se arrojaron al suelo, y estos últimos extrajeron sus cuchillos.
Jenna podía ver a través
de una estrecha grieta que dejaban dos piedras caídas. Al principio sólo pudo divisar los
árboles al otro lado del
camino, pero después apareció una nube de polvo levantada por los cascos de los caballos. Lentamente comenzaron a aparecer
los primeros jinetes y Jenna pudo ver que uno de los que venían a la cabeza era gris.
—¡Un tordo! —le gritó a
Catrona, tratando de que ésta la oyese por encima del estruendo—. Una compañía
de caballos del rey.
Catrona asintió con la
cabeza.
Jenna pudo sentir que un
estremecimiento le corría por la espalda, como si algo frío se hubiese escurrido hacia su cuello. Sacudió la cabeza y la
sensación desapareció. Miró a los demás y asintió en silencio. Los
muchachos respondieron con el mismo gesto, pero los ojos de Petra estaban abiertos de par en par y
parecían no ver nada. Jenna comprendió que estaba rezando.
Una plegaria no estaña de
más, pensó tratando de recordar alguna. Pero el sonido de los cascos, el polvo que se levantaba, el sol sobre su cabeza y el
miedo a que sus amigos muriesen por causa suya hicieron que olvidase toda plegaria, con
excepción de una sola palabra: ahora... ahora... ahora...
Catrona se levantó de un
salto con la espada en alto, y Jenna la siguió descargando su miedo con un grito a la
tropa que se acercaba al galope. Podía
sentir que el rostro le ardía mientras el vino rosado amenazaba con abandonar su estómago y comenzaba a latirle una vena en el ojo derecho.
Y entonces el primero de los caballos, un capón
negro, se detuvo bruscamente cuando su jinete
tiró de las riendas. Detrás de él, el tordo y todos los demás se
abrieron como un abanico. Eran más de
veintiuno. Muchos más.
La mano con que Jenna
sostenía la espada comenzó a temblar. Con la izquierda, se sujetó la muñeca derecha para detenerla. Oyó un extraño sonido que provenía del lugar donde se
encontraba Catrona, pero no alcanzó a
distinguirlo y se volvió para echar una rápida mirada.
Catrona reía y bajaba la
espada. ¡Reía!
El hombre del caballo
negro también reía.
—Vaya, vaya, vaya,
Catkin. Como un viejo cobre, reapareces en las manos más extrañas.
Sonrió mostrando sus dientes desiguales. Tenía una
frondosa barba blanca y negra y unos
ojos pequeños color azul intenso como un frío día de primavera. Su acento resultaba extraño a los oídos de Jenna.
Catrona envainó la
espada.
—No son pocas las veces
que he reaparecido en tus manos, Piet.
Piet desmontó. Era un
hombre robusto, de carnes firmes que comenzaban a acumular cierta gordura; pero
de todos modos se movía con una gracia felina.
—Hace mucho tiempo que no
te tengo en mis manos, muchacha.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Catrona casi con
indiferencia.
Jenna contuvo el aliento.
Piet entrecerró los ojos
y sonrió. Su cautela no le había engañado.
—¿Buscando cumplidos a tu edad, mi Catkin? ¿O se
trata de otra cosa? —Se echó a reír.
Jenna había esperado un sonido frío y calculador, pero resultó una risa cálida y vivaz—. ¿Y dónde está esa hermana morena y audaz que tienes?
—Por ahí anda.
Catrona le tendió la mano y él la tomó. Pero en
lugar de estrecharla, simplemente la sostuvo en la suya. Jenna se sorprendió al
ver que Catrona permitía que su mano quedase aprisionada de ese modo.
—Te he extrañado, muchacha. Nadie me ha hecho
embriagar como tú, después de una
buena batalla. Y nadie como tú con quien compartir mi manta, ¿eh?
Catrona emitió una risita
alegre y ligera, un sonido que Jenna nunca antes le había oído.
Aclarándose la garganta,
Jenna se acercó a ella. Petra avanzó para colocarse a su lado, Los tres muchachos, sin
soltar los cuchillos,
se pusieron uno junto al otro.
—Los gatitos están
inquietos —dijo Piet finalmente soltando su mano—. Preséntanos a esta carnada que tienes.
Ante una seña de Catrona,
todos se aproximaron como niños obedientes, aunque a Jenna no le agradó nada la
idea.
—Los muchachos son de
Callatown. Como puedes ver, Sandor y Marek son hermanos. Y el pequeño es Jareth
Piet tendió la mano a
cada uno de ellos, pronunciando sus nombres en voz alta. Sandor y Marek respondieron a su
saludo, pero el
silencio de Jareth preocupó al hombre.
—Es mudo —le explicó
Catrona.
—¿De nacimiento?
—preguntó Piet—. ¿Puede expresarse por señas?
—Por designio de la Diosa
—le informó Petra que dio un paso adelante—. Y es reciente.
—Ah, el collar —señaló
Piet como si comprendiera—. Y tú, niña, ¿cuál es tu nombre?
—No soy ninguna niña sino una futura sacerdotisa.
Me llamo Petra.
Alzó la cabeza y lo miró
a los ojos.
—Para mí igual eres una niña, aunque hables con los
dioses todos los días. Pero sé
bienvenida, Petra. Me agradan las niñas... y también las sacerdotisas. Todas hablan con acertijos. Hacen que un
hombre grande como yo se sienta pequeño. —Piet le sonrió y ella no pudo evitar responderle del mismo modo—.
¿Y esta belleza? —preguntó volviéndose
hacia Jenna.
—Cuida tu lengua —le
advirtió Catrona—, si no quieres que ella te la corte.
Es la mejor de todos
nosotros. Es el motivo por el cual nos encontramos aquí.
Ante su tono de voz, él
dejó de sonreír.
—Qué quieres decir con
eso, muchacha.
—Es Jo-an-enna. Es La Blanca. La Anna.
Durante un largo momento,
Piet estudió a Jenna atentamente. Después sacudió la cabeza y se echó a reír
con ganas. Al fin se detuvo y volvió a mirarla.
—¿La Blanca? ¿Has perdido
el juicio, Catrona? Nunca antes te había oído decir un disparate semejante. ¡La
Blanca! No es más que una niña.
—No obstante... —comenzó
Catrona.
En ese momento el hombre del tordo desmontó y se
acercó a ellos cojeando en forma
acentuada a causa de su pierna derecha que no se flexionaba.
—¿Jo-an-enna, dices? ¿No
tienes otro nombre? ¿Un apodo o uno de familia?
Era evidente que su rostro estaba consumido por el
sufrimiento y la fatiga, pero a Jenna le
pareció que había algo terriblemente familiar en sus mejillas, en sus largas
pestañas y en el cabello.
—Jenna —susurró ella—.
Mis amigos me llaman Jenna.
El hombre cojo se parecía
a Carum y al mismo tiempo no era como él. Pero ¿cuántos años habían pasado? Era más
alto y moreno y al mirarlo Jenna no sentía más que una vaga
reminiscencia. Nada más. ¿Cómo podía
ser?
—¿Eres la Blanca Jenna de
Carum, entonces? —pregunto él.
Su rostro había adoptado
la expresión de un zorro, furtiva, calculadora, cautelosa y salvaje. Carum nunca había tenido ese aspecto.
Jenna respiró lentamente.
Hasta ese momento no había notado que estaba conteniendo la respiración.
—Tú no eres Carum —le
dijo, pero fue casi una pregunta.
El sonrió, pareciéndose
más a un lobo que a un zorro.
—¿Yo... Carum? Vaya cosa
que tendré que decirle la próxima vez que lo vea. Pasan cinco años y la joven que ama lo confunde con su hermano mayor...
—¡Su hermano mayor! —Fue
una explosión de alivio—. Con razón te pareces a él. Tú debes de ser... —Buscó en su memoria y logró dar con su
nombre—.
Tú debes de ser Pike.
—Pike... Hace dos años
que no me llaman de ese modo.
Piet los interrumpió.
—El es Gorum. El rey
Gorum, ahora soberano en exilio. Será mejor que lo recuerdes.
—Entonces ¿has pasado
cinco años en el exilio? Tenemos mucho de qué hablar, Piet —intervino Catrona.
—Y mucho tiempo antes de que oscurezca para poder
hacerlo —respondió Piet—. Después del
atardecer... bueno, también tendremos
tiempo suficiente para eso, ¿eh?
Catrona le dio un
golpecito en la mano.
—Pero ¿por qué llamáis a
esta niña La Blanca? —quiso saber Piet—. ¿Qué pruebas tienes de ello? ¿Precisamente
tú, Catrona?
Los cuarenta y tantos
hombres desmontaron, reuniéndose alrededor de ellos bulliciosamente.
Catrona los miró y emitió
un bufido.
—Lo diré cuando los
caballos estén pastando y hayamos compartido una botella con un poco de pan. —Le sonrió
a Piet—. ¿Traéis pan? ¿Y una botella?
—¿Qué ejército no los
lleva consigo?
—¿Es éste un ejército?
—replicó Catrona—. ¿Una muchedumbre con apenas un escudo cada tres? No tenéis yelmos ni escudos... Le ruego me perdone, Su
Majestad.
Hizo una reverencia
rápida y casi burlona.
—Forma parte de uno
—admitió Piet.
—¿Y el resto?
—En una incursión. Con su
hermano.
—¿Su hermano? —De pronto
Jenna comenzó a sentir un extraño dolor en el estómago.
—Al que llaman Longbow
—respondió Piet.
—¿Longbow? ¿Carum en una
incursión? No puede ser. El es un estudioso, no un luchador —protestó Jenna.
—Tal vez lo haya sido
cuando no había guerra, niña. Tal vez haya aprendido en sus libros cómo disparar una flecha. Ahora tiene buena puntería, aunque aún no le gustan las
espadas —dijo Piet. Dirigió a
Jenna otra mirada penetrante y luego se volvió hacia Catrona—. Entremos en la Congregación. Todo está hecho escombros,
pero la cocina permanece en pie. Tenemos botellas bien escondidas. Y pan. Y un par de venados colgando.
—Bien, bien, bien —murmuró Catrona—. Cuando no
salís de incursión, tenéis una cocina
bien provista. —Dio una palmada en el vientre de Piet—. Esto no ha crecido sólo en cinco años. Piet se echó a reír y posó su mano sobre la de
ella.
—Como bien sabes, este vientre ha tardado más de
cinco años en crecer. Y en estos
últimos meses he adelgazado. Pero tú tampoco te has convertido en una belleza. Ahora hay canas en tu cabello.
—Al menos tengo todo el
cabello.
—Yo tengo suficiente
—respondió él riéndose.
Jenna apretó los labios y
entrecerró los ojos.
—¿Habrá guardias?
—Somos los dueños del
camino —respondió el rey con cierto malhumor.
—No son lo bastante
buenos —susurró Petra—. No habían notado nuestra llegada.
—¿Qué te hace pensar eso?
—preguntó Piet.
—Simplemente, no os
consideramos un problema —dijo el rey.
—No son lo bastante
buenos —la secundó Jenna—, a juzgar por lo ocurrido con las hermanas que moraban aquí.
—Eso es una vieja
historia —se evadió Piet sin soltar la mano de Catrona—. Y nada bonita. Esta es una nueva.
—Cuéntanos —le exigió
Jenna—. Cuéntanos la historia. ¡Ahora!
—¿Cómo es que no la sabe
—preguntó una voz entre el gentío— si es la Anna?
—¿Y dónde habéis estado
todos estos años? —preguntó otro hombre, con una cicatriz alrededor del ojo derecho
como una máscara—.
¿Bajo la colina o algo así?
Jareth se llevó una mano
al cuello y Sandor emitió un pequeño sonido penetrante, como el de una corneja asustada.
—Sí —dijo Catrona
lentamente, pronunciando la palabra mientras retiraba su mano de la de Piet. Se volvió
hacia el hombre que había formulado la pregunta—. Ahí es exactamente donde hemos estado. Debajo de la colina.
Piet emitió una risita.
—Nunca has sido buena
para contar cuentos, muchacha. Y hasta este momento, hubiese dicho que eras la guerrera
más cabeza dura que jamás había conocido. Pero ahora... —Sacudió la cabeza—. Has desaparecido durante
cinco años. Fui a buscarte a esa Congregación tuya. Necesitábamos combatientes. Y nadie te
había visto el pelo. Ahora apareces contando un cuento de niños y nos pides que te creamos.
—Ella dijo que no nos
creerían —murmuró Sandor, dirigiéndose tanto al suelo como a los hombres que lo rodeaban.
—Y tiene razón —dijo el
rey—. Debajo de la colina. ¿Quién de nosotros creería en algo semejante?
—Creedlo. —Jenna
pronunció la palabra con ira—. Creedlo. Aunque nosotros mismos apenas sí podemos darle
crédito.
No diría nada más.
Cuando los caballos
estuvieron desensillados y pastando al otro lado de los muros, se reunieron en la cocina
descubierta donde una chimenea entera se alzaba hacia el cielo. Encendieron el fuego y
pusieron a cocer marmitas con guisado. Fue entonces cuando Pike, el rey-en-exilio según lo
llamaban los hombres, comenzó con el relato.
LA HISTORIA:
Las llamadas Guerras
Genéricas tuvieron lugar en un período no menor de cinco años y no mayor de veinte,
suponiendo que el Libro de Batallas sea fidedigno. La disparidad numérica se debe al
hecho de que los Garunianos contaban los años según los reinados en lugar de hacerlo
en forma consecutiva. Como no consideraron los años en que el usurpador Kalas estuvo en el
trono, no se sabe con exactitud cuál fue la duración de la batalla. El
imperio del
rey en exilio (o Rey en las Colinas, según la traducción de Doyle) es consecutivo o
simultáneo con el reinado de Kalas. Disponemos de muy poca información que se
refiera, aún en forma ambigua, a lo que ocurría en los Valles durante ese período. Fue como si un gran manto de
niebla hubiese caído sobre el reino de las islas. Si el propio Kalas escribió alguna reseña, es
probable que ésta haya sido quemada por sus enemigos. La historia siempre la escriben los vencedores.
Por supuesto que Magon es
quien marca las mayores diferencies numéricas, citando leyendas y cuentos populares referidos a un extraño paso del
tiempo «.bajo la colina», en un reino de fantasía. Pero, así como estos lapsos son moneda
corriente (cf. «El tiempo en el reino de la fantasía», de Magon, Diario de Folklore
Internacional, Vol. 365, N.° 7), tales divagaciones colaboran muy poco con nuestras
investigaciones sobre las terribles y devastadoras guerras de los Valles.
Lo que es bastante cierto
es el hecho de que éstas fueron guerras de sucesión y no de hombres contra mujeres, a pesar de la denominación con que han
llegado hasta los tiempos modernos. En el Libro de Batallas vemos listas de ambos sexos
luchando codo a codo. Esta no fue una gran guerra sino una serie de pequeñas escaramuzas
desarrolladas a lo largo de varios años, durante los cuales un rey tras otro ocuparon
el precario trono.
Las semillas de esta
anarquía tan particular habían sido sembradas cuando los Garunianos, una sociedad
patriarcal del continente, conquistaron el matriarcado formado por las devotas de
Alta. Pero, a lo largo de los
cuatrocientos años de conquista, la crueldad fue mermando ya que los Garunianos sólo contraían
matrimonio con
mujeres pertenecientes a sus reducidos clanes y casi nunca se mezclaban con las clases más bajas que
conquistaban. Estos clanes comenzaron a rivalizar por el poder
después de que un rey Garuniano cometiera
el error de casarse en segundas nupcias con una mujer de los Valles, nombrando como legítimo
heredero al hijo de ambos. El
jefe de un poderoso clan del norte, un astuto guerrero llamado Kalas,
logró orquestar un sangriento golpe. Como hereditariamente
era jefe del ejército de los clanes (los Caballeros del Rey) y
gobernador provincial, poseía una amplia base de poder. Como suele ocurrir con estos líderes respaldados
por el ejército, gobernaba con manos
de hierro. O, tal como se dice en el Libro de Batallas, «su mano nunca se extendía en un gesto
de amistad, sino de ira». Por
supuesto que el libro fue escrito por un miembro del partido opositor, y por ello debemos leer
cuidadosamente entre líneas, tal como han hecho primero Doyle y después Cowan.
(En particular, ver el
fascinante trabajo de Cowan: «La Controversia Kallas», Diario de las Islas, Historia IV, 7.)
Existe una leyenda
popular conocida como «El Rey Bajo la Colina», hallada en unas treinta y tres variantes
tanto en los Valles Superiores como en los Inferiores, en la cual el rey es asesinado y sus
tres hijos escapan de la provincia. Uno es muerto por la espalda, otro resulta
gravemente herido y el tercero, llamado «soberano-en-exilio», vive bajo la colina con los
Hombrecillos Verdes hasta que sus tropas se reúnen y vuelven a hacerlo salir. Magon se ha esforzado mucho tratando
de justificar la leyenda con la historia que ha podido reconstruirse. Pero gran parte de sus
verificaciones descansan sobre su propia y discutida tesis respecto a una figura histórica a la que llama
La Blanca, la Anna o la Diosa Blanca, quien lucha codo a codo junto al rey. Magon mezcla
generosamente folklore
con historia, y como resultado obtiene una sopa que carece tanto de la sustancia proporcionada por las
investigaciones fehacientes como del sabroso condimento que otorga lo popular.
Por otro lado, Cowan se atiene a la
historia y nos recuerda que en los libros continentales del período
sólo se menciona a un hijo, no a tres, y que probablemente éste sea el bastardo
de la mujer de los Valles, la segunda
esposa del rey Garuniano. Además, también nos convendría recordar que el tres es un número muy
poderoso y popular en el folklore.
Según Cowan, las luchas
por el trono no sólo incluían a los derrocados Garunianos sino también a muchos
habitantes de los Valles. Después de cuatrocientos años de incuestionable sumisión
ante los invasores, las
poblaciones nativas (pastores y pescadores de los Valles Superiores, artesanos
y aldeanos de los Inferiores) ya habían tenido suficiente. Unos jóvenes llamados
jennisarios (denominados así por un líder que había resultado muerto, según la brillante
hipótesis de Cowan), comenzaron a hacer incursiones por el territorio destruyendo los
pueblos y las Congregaciones que consideraban Garunianas. En el Valle del Wilhelm, aún hoy
pueden verse las
ruinas de una de estas correrías. Según Cowan —y no puedo menos que estar de
acuerdo con ella—, no fue demolida y cubierta de pasto como las demás porque se
había convertido en un santuario.
Dice la leyenda que fue allí donde martirizaron ajen y coronaron al rey.
Una de las pocas cosas en
que concuerdan Cowan y Magon es en el hecho de que los jóvenes jennisarios se rindieron ante el
rey Garuniano con la condición de que
éste se casara con una de sus mujeres.
En el Libro de Batallas, está escrito que: «Y así se ha prometido que el
rey sombra contraerá matrimonio con la reina luz, llevando el día y la noche al
interior del círculo, para que el pueblo
mismo pueda gobernar».
Sin embargo, gran parte
del Libro de Batallas sigue siendo poco claro. Por ejemplo, hay muy poco que pueda decirse
de la evocación final:
Ved dónde ha ido la
reina,
Dónde florecen sus pasos,
Pues conducen a la
colina,
Conducen debajo de la
colina,
Donde aguarda su llamada,
Donde aguarda a su rey,
Donde aguarda a sus
luminosas compañeras.
Ni Doy le ni Cowan pueden
ofrecer ninguna solución fácil para este acertijo final. Y sin duda debemos rechazar la
ridícula propuesta de Magon según la
cual la poesía significa exactamente lo que dice: que cierta reina (presumiblemente
proveniente de los Valles) permanece ni viva ni muerta debajo de la colina, aguardando la llamada para
participar en una batalla que aún no se ha iniciado.
EL RELATO:
—Mi padre —contó el
rey-en-exilio— era un hombre bondadoso y gentil. Pero también era un hombre directo, propenso a
decir lo que tenía en mente.
Esto es buena costumbre para un granjero, pero no para un rey. Tenía poco talento para el
solapado ejercicio de la política y no comprendía las componendas. Iba donde lo conducía su corazón. El rostro de Pike se suavizó ante el
recuerdo. —Su esposa... —lo instó el
hombre con la cicatriz en el ojo.
Alguien atizó el fuego en
el hogar.
—Su primera esposa, mi
madre, murió al darme luz. Había tenido problemas en el parto de mi hermano mayor,
Jorum, y los doctores le advirtieron que no debía tener más hijos. Pero los reinos necesitan herederos.
Uno no es número suficiente. Por ello fui concebido en ese territorio en ruinas y la maté al
dejarla.
Pike hablaba con
frialdad. Evidentemente, había contado su historia muchas veces y esto la había drenado de
toda emoción.
—Yo maté a mi madre de la
misma manera —comentó Jenna en voz baja. Después de vacilar un momento agregó—:
A mi primera madre.
El hombre que se
encontraba más cerca de ella comenzó a murmurar, dando vueltas y vueltas a esa información, y
otro repitió en
voz alta:
—Su primera madre.
Gorum pareció no escuchar
y continuó con la vista fija en el fuego. Entonces sufrió un fuerte estremecimiento y
siguió con su relato:
—La comadrona era una
encantadora mujer de los Valles, pequeña y morena. Entonaba canciones de cuna
con una voz parecida a
la de una tórtola algo alocada. Me cuidó durante todo ese primer año en que mi padre no podía pensar en los
bebés sin ponerse furioso.
—Mi segunda madre fue una
comadrona —estalló Jenna—. Murió teniéndome en sus brazos.
Algunos de los hombres asintieron con la cabeza,
como reconociendo algo que aún no había sido
dicho, pero Gorum simplemente miró a
Jenna durante unos momentos para luego regresar al fuego y a su relato.
—El día en que abandoné
sus brazos para dar mis primeros pasos hacia mi padre, él me perdonó. Tal como ella me había enseñado con tanto esmero, lo llamé papá; y él
comenzó a llorar, llamándome su buen
hijo. Al final de ese año se casó con ella más por gratitud que por amor. Su verdadero amor se
hallaba enterrado en la tumba de mi
madre. Y cuando tres años después ella dio a luz a un saludable
bebé conservando todas sus fuerzas, mi padre anunció el matrimonio y proclamó a la criatura como un heredero.
—¿Ese fue Carum?
—preguntó Jenna.
Gorum le sonrió, la
primera sonrisa generosa que ella obtuviera de él.
—Ése fue Carum. Era pequeño como su madre por lo
cual, a diferencia del resto de
nosotros, aprendió el arte de las componendas.
—¡Eh, no es tan pequeño!
—exclamó un hombre bajo y delgado entre la multitud—. Me saca una cabeza. Eso no es ser pequeño.
—Es posible que sea
pequeño —añadió otro—, pero no en vano lo llaman Longbow **.
Los hombres rieron ante
sus palabras. Incluso Sandor y Marek esbozaron una sonrisa.
Jenna se ruborizó, aunque
no estaba segura de cuál era el motivo. Catrona, que se hallaba sentada a su lado, posó una mano sobre la de ella.
—No les prestes atención. Tendrás que acostumbrarte
a ello. Cuando los hombres se reúnen
siempre hablan con vulgaridad. No significa
nada —susurró.
—Significa menos que nada
para mí —respondió Jenna—, ya que no sé lo que quieren decir.
—Entones, ¿por qué te has ruborizado como una
doncella virginal en un baile de la corte?
—preguntó Catrona.
Jenna se miró las manos e hizo girar el anillo de
la sacerdotisa en su dedo meñique.
—No estoy segura. ¡Ni
siquiera sé lo que es un baile de la corte!
El rey-en-exilio se rió
junto con sus hombres y luego bebió un largo sorbo de vino.
—El matrimonio fue el error que Kalas había estado
esperando. Un error que podía utilizar
directamente en contra del rey. Sólo fue una excusa, por supuesto. De no haber sido eso hubiese encontrado otra cosa. Comenzó a esparcir rumores y
éstos iniciaron pequeñas rebeliones: riñas en las tabernas, piedras
contra los portales del rey. Lo que Kalas
prometía era la pureza de los clanes contra la mezcla de sangre con gente de los Valles. ¡Pureza! ¡Cómo si durante cuatrocientos años no hubiésemos estado
procreando bebés a lo largo de
los Valles! Eso ha ocurrido desde los primeros días en que nuestros antepasados pusieron un pie en
estas islas.
»Yo he criado caballos y
hay algo que sé muy bien: si la raza no se renueva, se debilita la estirpe. Los huesos
tienden a quebrarse y
la sangre se aclara. La gente de los Valles fortalece a los clanes. Mi tío, Lord Kalas,
terminará por descubrirlo.
—¡Por el rey! —gritaron
dos de los hombres en forma espontánea, alzando sus tazones.
—¡Por el reino! —replicó
Gorum, levantando el suyo.
—¡Por los Valles! —brindó
Jenna mientras se ponía de pie. Bajo el sol de la tarde, su cabello blanco parecía
rodeado por un halo de luz, electrizado por el viento misterioso.
Los demás hombres se
levantaron de un salto.
—¡Por los Valles!
—gritaron. Sus voces retumbaron de forma extraña contra las paredes rotas y las piedras
rajadas—. Los Valles.
Levantaron sus tazones y
bebieron el resto del vino en medio de un resonante silencio.
Y en medio de éste comenzó
a insinuarse un sonido, unos golpes bajos e
insistentes.
—¡Caballos!
—gritó Catrona.
Rápidamente, echó mano a la espada, pero Piet fue
más veloz.
—Son nuestros —le aclaró,
al tiempo que posaba una mano sobre la de ella.
—¿Cómo puedes saberlo?
—preguntó Jenna mientras se acercaba a él.
—Nuestros guardias nos
hubiesen dado aviso.
—¡Los guardias! —se burló
Jenna—. No os dieron aviso de nuestra llegada.
—No lo necesitábamos: dos
jóvenes guerreras y una sacerdotisa, junto con tres muchachos desarmados.
—¿Y si matan a los
guardias? Eso ha ocurrido en una de las Congregaciones... —Jenna vaciló,
recordando a las jóvenes degolladas en Nill—. En ese caso, nadie daría aviso.
—Tú no conoces a los
caballos, niña. Los ojos de un hombre pueden engañarse, pero el olfato de un caballo
jamás. —Se apoyó un dedo en la nariz—. Sus animales han sido alimentados con avena y los nuestros con pasto.
Un caballo puede oler la diferencia. ¡Pero mira! —Señaló a los animales que pastaban
tranquilamente al otro lado de los muros—. Parecen contentos.
—¡Oh!
A Jenna no se le ocurrió ninguna otra respuesta.
Piet sonrió y le dio una palmada en la
espalda.
—Como podrías conocer a
los caballos si has pasado la vida encerrada en una Congregación. En cambio yo... fui
educado por un hombre rudo, llamado Parke. Con frecuencia sentía el peso de
su mano, pero me enseñó
muchas cosas que me han mantenido con vida a lo largo de todos estos años.
Hablaba en forma brusca y
jovial, pero cuando hubo terminado lo que tenía que decir, se volvió y abandonó la cocina sin que su mano se alejase jamás de la espada.
Como si su movimiento
hubiese sido una señal, el resto de los hombres fueron rápidamente a lo que parecían
lugares prefijados, y siete de ellos se colocaron alrededor del rey-en-exilio.
Jenna habló rápidamente
con sus muchachos.
—Ved cómo esos siete
custodian al rey. Haced lo mismo con Petra.
—Yo no necesito custodios
—protestó Petra.
—¡Hacedlo! —ordenó Jenna.
Los muchachos
obedecieron, Jareth con el cuchillo en la mano. Jenna regresó junto a Catrona.
—No me habías contado lo
de Piet —susurró Jenna.
—No me lo habías
preguntado.
—No sabía cuál era la
pregunta.
—Entones no merecías
ninguna respuesta.
Jenna asintió con la
cabeza. Catrona había sido su maestra, su guardiana, su hermana, y una de las
muchas madres que había tenido en la Congregación Selden. Pero de pronto
comprendía que sabía muy poco, que no sabía nada, sobre ella. Y era cierto que nunca había preguntado.
—Y tú ¿por qué nunca me
has dicho nada sobre este Longbow que te llama Blanca Jenna y te ha amado durante
cinco años? —preguntó
Catrona.
—No me lo has preguntado.
Además... no hay nada que decir.
—¡Por ahora! —se rió
Catrona. Luego, su voz adoptó un extraño tono de seriedad—. ¿Alguna vez Amalda tuvo
ocasión de explicarte
lo que ocurre entre un hombre y una mujer? ¿O lo ha hecho Madre Alta cuando te
preparaba para tu misión? Aunque... —Emitió un sonido explosivo que se suponía debía
ser una risa pero
que sonaba demasiado amarga para serlo—. Aunque supongo que ésa no sabe nada al respecto. Sólo se quiere
a sí misma... y a su hermana sombra. Tal vez debería hablarte de ello... —Miró a Jenna que se ruborizó.
—Ya sé lo que necesito
saber.
Catrona asintió con la cabeza.
—Sí, supongo que sí. Y el
resto podrás aprenderlo. Pero recuerda el dicho, dulce Jenna la experiencia no
suele ser un maestro bondadoso.
El polvo de los jinetes
que se acercaban hizo que Jenna debiese enjugarse las lágrimas de los ojos. Cuando pudo volver a ver, había unos cien
caballos oscuros al otro lado de los muros y, a cada poco, alguno entraba por las puertas rotas.
Su olor era abrumador.
Jenna vio un solo caballo
tordo entre la tropa. Si el rey cabalgaba sobre uno, pensó que Carum podía hacerlo con
otro. ¡Carum! Comenzó a
abrirse paso hacia el tordo.
Utilizando los hombros, apartó primero un caballo y
luego otro. Cada tanto, se veía
empujada por un lomo oscuro o por un anca.
Sin duda terminaré
aplastada, pensó. Debo oler como un caballo. De pronto se preguntó en qué estado se
encontrarían su cabello
y las ropas con las que había dormido durante días. Además, su rostro debía de haber
cambiado en los cinco años —¡cinco años!— desde que él la viera por última vez. Pensó en la
posibilidad de volverse atrás, pero los caballos la mantuvieron como rehén de su primer impulso.
Y entonces el tordo
estuvo frente a ella. Descubrió que le temblaba la mano cuando la puso sobre el
cuello del caballo. A su alrededor, los hombres desmontaban y se maldecían con
afabilidad. De
pronto, Jenna no se atrevió a mirar.
El único que permanecía
en su montura era el hombre del tordo. Finalmente, ella alzó el rostro para
mirarlo. Montado sobre el caballo, parecía enorme. Con una frondosa barba y el cabello atado en siete trenzas, él
también la miró. Cada una de las trenzas estaba atada con un hilo carmesí. Y, muy tirante
sobre la frente, llevaba una faja roja y dorada, manchada con polvo y con sangre. Sobre el ojo derecho
tenía un corte profundo. Al mirar a Jenna, su boca se curvó en una extraña sonrisa. Fue
entonces cuando ella notó que tenía las manos atadas a la espalda.
Cuando se disponía a
volverse, Jenna oyó su risa bronca.
—Por lo que veo —le dijo
él—, algunas de las furcias guerreras de Alta siguen con vida.
Jenna se detuvo y sintió
que sus manos se tornaban húmedas y frías. Realizó tres profundas inspiraciones
latani y se obligó a apartarse de él sin responder. Quienquiera que fuese, estaba herido. Y atado. Pero tenía los
ojos tan húmedos como las palmas y se recordó a sí misma: «Con ira; no con pena ni con
miedo». Cegada por las
lágrimas, chocó contra uno de los hombres.
—Lo siento —susurró.
—Yo no.
La voz era profunda, más
profunda de lo que ella la recordaba, como si el tiempo o el sufrimiento la
hubiese desgastado. Llevaba un chaleco sin camisa y sus brazos musculosos estaban bronceados. Alrededor de su
cuello, en una tirilla de cuero, había un anillo con un timbre. No tenía yelmo en la cabeza y su
cabello castaño
claro, que le llegaba ahora casi hasta los hombros, estaba enredado por el viaje.
Sus pestañas eran tan largas como ella las recordaba y, si habían sido hermosas en el
muchacho, eran aún más llamativas en el hombre. Había una ligera cicatriz que bajaba de su ojo izquierdo y le otorgaba un aspecto
algo sensual. Sus ojos serán tan
azules como las verónicas. Tenía exactamente la misma altura que ella.
—Carum —susurró sorprendida de que el corazón no le
hubiese estallado en el pecho.
—Dije que volveríamos a
vernos, mi Blanca Jenna.
—Dijiste ... muchas cosas
—le recordó Jenna—. Y rió todas han sido fieles a la verdad.
—Yo sí he sido fiel
—replicó él—, a pesar de que según me habían dicho estabas muerta. Pero me era imposible
creerlo.
—Y a mí me han dicho que
no te llaman Longbow por nada.
Jenna se mordió el labio
tratando de recordar las palabras.
Por un momento él pareció
sorprendido, pero luego sonrió.
—Disparo bien, Jenna, eso es todo. Los cuentos
alimentan la mente cuando el estómago no
está lleno.
Jenna se sentía enfadada
con ambos por el intercambio. Carum le
acarició un mechón de cabello que le había caído sobre la frente.
—¿Nos hemos encontrado
para reñir? Nos habíamos separado con un beso.
—Han ocurrido muchas
cosas desde entonces. Te dejé a salvo para regresar a una Congregación llena de hermanas
muertas.
—Lo sé. No podía
descansar allí después de escuchar las noticias de Pike sobre las otras Congregaciones. Temía
desesperadamente por ti, pero no podía abandonar a mi hermano herido. Hablé con los demás y les conté
todo. Les dije que eras La Blanca de la profecía, la Anna, y que tanto el Buey como el Sabueso se habían doblegado
ante ti. Estaban dispuestos a amar la figura en que te habías convertido.
—¿Y tú?
—Yo ya te amaba. Tal como eras.
—Tú no sabías nada de lo
que era. Ni de lo que soy.
—Sé todo lo que necesito
saber, Jenna.
Esbozó una sonrisa tímida y, aunque ella pudo ver
al niño tras el rostro del hombre, no
pudo evitar continuar provocándole.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Mi corazón lo sabe. Lo
supo desde el primer momento en que te vi y te supliqué merci. Vuelvo a decirlo.
Aquí. Ahora.
Jenna sacudió la cabeza.
—Has aprendido bastante
en estos años. Eso es exactamente lo que debe decir un príncipe que dispara bien.
—¡Carum! Has regresado a
salvo. —Era el rey. Echó los brazos alrededor del cuello de su hermano—. Siempre me
preocupo, ya lo sabes. —Sonrió a
Jenna—.
No olvido que es mi hermano pequeño.
—No sólo he regresado a salvo, Gorum, sino que
también he sorprendido y matado a una
tropa de la compañía del usurpador, capturando al hombre del tordo.
Se volvió hacia su propia
montura y desató algo de la alforja. Era un yelmo que enseñó a su hermano.
Jenna sintió frío. Ya
había visto antes un yelmo como ése... lo había sostenido entre sus manos para arrojarlo luego a una tumba
abierta. Miró el objeto en las manos de Carum. Era oscuro y estaba cubierto de un cuero velludo. En la parte
superior tenía dos orejas tiesas
y más abajo se vía un hocico y una boca con colmillos ensangrentados.
—¡El Oso! —susurró Jenna.
—¡Por los cabellos de
Alta! —gritó Gorum—. Has atrapado al infame Oso. Bien hecho, hermano. —Tomó el
yelmo de las manos de Carum y lo alzó por encima de su cabeza—. ¡El Oso! —gritó—. ¡Tenemos al Oso!
El nombre fue repetido
por todo el campamento y los hombres que habían estado aguardando se reunieron con los jinetes festejando la captura.
LA BALADA:
El rey Kalas y sus hijos
El rey Kalas cuatro hijos
tenía Y cuatro hijos eran los
de
él; A la ventura andaban por
la vida
En el norte del país aquel.
Y a la ventura andaban
por la vida,
Sin tener preocupación
alguna,
Tanto el Sabueso como el
Toro,
Tanto el Oso como el
Puma.
El Sabueso cazador
era, El Sabueso era un
espía, El Sabueso en pleno
vuelo A un pájaro derribar podía.
El Sabueso de cacería
andaba Cuando derribado fue
él, Mientras solo
deambulaba Por el norte del país
aquel.
El rey Kalas tres hijos
tenía
Y tres hijos eran los de él;
A la ventura andaban por
la vida
En el norte del país aquel.
Y a la ventura andaban
por la vida
Sin tener preocupación
alguna.
Y ellos eran el Toro,
Y tanto el Oso como el Puma.
El Toro su espada
empleaba,
El Toro un caballero era,
y un hombre que nunca en
su vida
Eludiría una pelea.
El Toro en combate estaba
Cuando derribado fue él,
Mientras solo deambulaba
Por el norte del país
aquel.
El rey Kalas dos hijos
tenía
Y dos hijos eran los de él;
A la ventura iban por la
vida
En el norte del país aquel.
Y a la ventura andaban
por la vida
Sin tener preocupación
alguna.
Y los nombres que
llevaban
Eran el Oso y el Puma.
El Puma una sombra
era, El Puma era una
celada, A veces uno no
sabía Si el Puma allí se
encontraba.
El Puma bien oculto
estaba Cuando derribado fue
él. Mientras solo
deambulaba Por el norte del país aquel.
El rey Kalas un hijo tenía
y un hijo tenía él;
A la ventura andaba por
la vida
En el norte del país aquel.
Y a la ventura andaba por la vida,
Sin preocuparse por nada.
Y el nombre al cual
respondía
Era el del Oso de Kalas.
El Oso era un
pendenciero, El Oso era un
fanfarrón, Por su boca
desbordaban Los alardes del bravucón.
El Oso jactándose
estaba Cuando derribado fue
él, Mientras solo
deambulaba Por
el norte del país aquel.
El rey Kalas ningún hijo
tenía, Y ningún hijo tenía
él A la ventura por la
vida En el norte del país
aquel.
Aunque, tarde por las
noches, Se
ven los fantasmas que deambulan:
El del Sabueso y el del
Toro, El del Oso y el del Puma.
EL RELATO:
Cuando los caballos
estuvieron desensillados, cepillados y puestos a pastar, los hombres se reunieron para comer
en la cocina sin techo de la Congregación. Jenna escuchó los relatos de lo
ocurrido en batalla, de pie junto
a Carum. El parecía tan cómodo con los hombres,
intercambiando chanzas y pequeñas pullas sin vacilar, que ella se preguntó qué
habría ocurrido con el muchacho tímido y estudioso que había conocido.
Lo que le ha ocurrido es
la guerra, pensó de pronto. Y algo más. Que este algo más fuese el paso del tiempo
resultó un pensamiento
traicionero que Jenna se esforzó por apartar.
Se habían encontrado con
la compañía a caballo cerca de un pequeño pueblo. Karenton, había oído Jenna que
decía un hombre. Karen's Town, según
otro. La sorpresa y el número
habían estado a su favor. Los
sanguinarios hombres del usurpador no habían podido hacer nada. Algunos de
ellos llegaron a suplicar, pidiendo
que se les otorgase la rendición, pero no les habían dado cuartel. Exceptuando al Oso. Longbow había
insistido en llevarlo encadenado
y entregarlo al rey-en-exilio.
Cuando hablaban del Oso,
las bocas de los hombres se ensuciaban con su nombre y sus hazañas. Los hombres llamaban al Oso «asesino
de mil mujeres» y «carnicero de la Posada Bertram»; pero a pesar de que hablaban
de esos horrores, a Jenna le pareció que también había cierta admiración en sus voces. Los
detalles de sus despiadados asesinatos más bien parecían cuentos destinados a asustar a los niños. Jenna fue hasta el árbol donde se
encontraba atado para ver si llevaba
grabada en el rostro alguna marca de su crueldad.
Una de sus trenzas se
había deshecho en tres mechones ensortijados pero, aparte de ello, parecía igual que cuando estaba montado
sobre su caballo: grande, peludo y lascivo, pero no más bestial que el resto de los hombres.
A su lado había dos
guardias con las espadas envainadas.
—Será mejor que no te acerques —le dijo uno
limpiándose la nariz con la manga.
—Es un tramposo —añadió
el otro, el hombre de la cicatriz en el ojo.
—Está atado —señaló Jenna—. ¿Qué podría hacerme con
las manos y las piernas sujetas?
El Oso echó la cabeza
para atrás y emitió una risa que pareció un rugido.
Después se volvió hacia
el primer guardia.
—Ella quiere saber qué
puedo hacer sin manos ni piernas. ¿Queréis decírselo... o lo hago yo?
El guardia le propinó un
golpe con el reverso de la mano, partiéndole el labio inferior de tal modo que su boca se llenó de sangre.
—No le hables de ese modo
a La Blanca.
—¿La Blanca?
—La Anna. La que ha
doblegado a tus hermanos, el Sabueso y el Toro.
El Oso se chupó el labio hasta que dejó de sangrar,
y miró a Jenna con una sonrisa. Sus
dientes estaban manchados.
—Así que tú eres esa
niña, la que perdió su muñeca junto a la tumba del Sabueso. La que cortó la mano del Toro, por lo que sufrió una muerte larga y horrible cuando contrajo
la enfermedad verde. Esa niña.
Tendré algo especial para ti, más adelante.
Esta vez fue el hombre de la cicatriz en el ojo
quien le golpeó.
El Oso volvió a reír.
—Matar no me ha producido
ningún placer —afirmó Jenna.
—Bueno... a mí sí. Y
también otras cosas me producen placer.
Si Jenna había esperado
obtener perdón o comprensión, no recibió nada parecido. Ni del Oso ni de los
guardias, quienes la miraban confundidos.
—Matar a esos dos fue una
bendición —protestó el hombre de la cicatriz en el ojo.
—La muerte es una extraña
clase de bendición —observó Jenna—. El viejo proverbio está en lo cierto: Mata una vez y para siempre llorarás.
Jenna se alejó de allí.
La voz del Oso retumbó a sus espaldas:
—Nosotros le hemos
añadido: ¡Mata dos veces y no llorarás jamás!
A Jenna le pareció oír
otra bofetada seguida por la risa, pero no se volvió para mirar.
Carum se encontraba con su hermano, con Piet y con
Catrona, lejos de los hombres que
narraban batallas y contaban historias obscenas. Al ver que Jenna se acercaba, se apartó de ellos para ir a su
encuentro. Ambos se detuvieron. A pesar de que sólo los separaban unos escasos centímetros, no se tocaban.
—Jenna... —comenzó él,
vaciló y bajó la vista.
—Una vez me dijiste que
hay cierta gente, no recuerdo su nombre, que cree que amor es la primera palabra memorizada por Dios —susurró Jenna consciente
de los hombres que los rodeaban.
—Los Carelianos
—respondió Carum, también en un susurro y todavía sin mirarla.
—He pensado al respecto.
He tratado de comprenderlo. Creí haberlo entendido cuando lo dijiste, pero ahora no sé lo que significa.
Carum asintió con la
cabeza y alzó la vista.
—Hay demasiado tiempo
entre nosotros.
—Y demasiada sangre
—agregó ella.
—¿Ha desaparecido?
A pesar de ser fuerte, en
su voz había una pizca de angustia. Ella extendió la mano para tocar un mechón de cabello que le había caído sobre la frente, recordando su caricia
similar.
—Tú has vivido los
últimos cinco años, Carum Longbow. Pero yo no.
—¿A qué te refieres?
—Si te lo digo no me
creerás.
—Dímelo. Te creeré.
Ella habló de los Grenna,
de la caverna y del bosque. Le describió a Alta con su vestido verde y dorado. Le contó
sobre el collar, el brazalete y la corona.
Durante todo el relato él
negaba con la cabeza, como si no pudiera creerlo.
—Te dije que no me
creerías.
Carum tomó sus manos
entre las de él. Hizo girar lentamente el anillo de la sacerdotisa en su dedo meñique, y
luego entrelazó sus dedos con los de ella.
—En mi clan solemos decir que si no tienes carne,
entonces come pan. Lo que dices es
increíble, Jenna, pero no tengo ninguna explicación mejor. Sé que no me
mentirías. Has desaparecido durante
cinco años. Lo único que he sabido de ti son rumores e historias. Dices que has vivido bajo la colina de
los Hombrecillos Verdes y con Alta. Dices que los cinco años no han
sido más que un día y una noche. Carne o
pan. Tú me ofreces pan. Qué otra cosa
puedo hacer, sino tomarlo.
Le sostuvo las manos
contra el pecho, y ella pudo sentir los latidos del corazón bajo el chaleco de cuero.
—Tú tienes diecisiete más
cinco años. Has vivido cada año. Yo tengo trece más cinco, y sin embargo aún me siento
de trece.
Él se inclinó y le besó
en la frente.
—Tú... tú nunca has
tenido trece, Jenna. Eres eterna. Pero yo tengo la paciencia de un árbol. Aguardaré.
—¿Cuánto tiempo?
—¿Cuánto tiempo aguarda un alerce? ¿Y un roble?
Él le soltó las manos,
pero ella aún podía sentir su contacto, como si su piel se hubiese amoldado exactamente a la suya.
Uno junto al otro,
regresaron a donde les aguardaban el rey, Piet y Catrona.
El sol se hallaba bajo en
el horizonte, tiñendo el cielo de rojo. Un viento suave y fresco soplaba entre los muros
rotos, levantando remolinos de polvo alrededor de sus botas. Al otro lado del camino, los
pájaros piaban sus canciones nocturnas y adornaban el rumor más profundo de las voces de los hombres.
Petra y los muchachos
vieron a Jenna y la siguieron. Luego, se colocaron en círculo, hombro con hombro, mientras
el rey les hablaba
en tono bajo y apremiante.
—Hemos aguardado mucho
tiempo por ti, Jenna... o por algo como tú. Los hombres han luchado duro, pero hemos
estado muy solos.
—Éste es todo nuestro
ejército —le interrumpió Piet—. Son buenos hombres, valientes y leales. No los hay
mejores. Pero son todos.
Catrona movió la cabeza
como contando.
Jenna también asintió con
la cabeza, y agregó:
—Pero ¿qué podemos hacer?
No somos más que seis. De todos modos estamos dispuestos a ayudar si con ello
ayudamos a las hermanas.
Piet se aclaró la
garganta como si se preparase para hablar, pero fue el rey quien lo hizo.
—Los hombres ya están
hablando de ti. La Blanca. La Anna. La que ha doblegado al Toro y al Sabueso.
Han estado narrando viejas
historias durante toda la tarde.
—Son buenos hombres
—añadió Piet—, pero no muestran cautela en sus creencias.
—Tú no crees que yo sea
la Anna.
Jenna pareció aliviada y
algo fastidiada a la vez.
—La fe es un peno viejo
con un collar nuevo —manifestó Piet.
—Están las señales
—intervino Carum alzando la mano para contar con los dedos—: Las tres madres,
el cabello blanco, el Toro y el Sabueso, el...
—No tienes que
convencerme a mí, hermanito —se defendió el rey—. Yo sé cuánto la necesitamos. Al igual que
Piet. Pero, en cuanto a los hombres...
—Si tuviéramos a la Anna
—completó Piet—, piensa cuántos más se unirían a nosotros sólo para marchar junto a
ella.
—Pero yo soy el final
antes de ser el principio —señaló Jenna—. Recuerda que eso también se encuentra en la
profecía.
—Ya hemos tenido
suficientes finales —dijo el rey dándose golpecitos en su pierna mala—. Mi padre está
muerto. Fue asesinado. Mi madrastra también. Mi hermano mayor fue vilmente asesinado mientras se bañaba y
su sangre se mezcló con el agua jabonosa. Pero ese miserable de Kalas se encuentra sentado en el trono,
envenenando hasta el aire que respira mientras nosotros nos vemos forzados a vivir en estas ruinas y a utilizar una
roca por trono.
Su voz se había ido
endureciendo a medida que hablaba; sus ojos brillaban con intensidad. Jenna volvió a
pensar que se parecía a un lobo, o a un perro que había andado suelto demasiado tiempo en los bosques.
—Tú también has pasado
por muchos finales —le recordó Carum a Jenna, con suavidad.
Al pensar en las mujeres, con sus túnicas y
delantales ásperos por la sangre, tendidas una junto a la otra en las
Congregaciones devastadas, Jenna se
estremeció.
—Sí —agregó Gorum—. La
absurda masacre de mujeres en diez Congregaciones. La violación de sus hijas.
—Pronunció las palabras
lentamente, articulándolas con cuidado, pero su voz volvió a tornarse ronca al final—. ¿Es ése un final
suficiente para ti, Anna?
—¿Diez? —Era Catrona—.
Diez Congregaciones. —Sus ojos miraban sin ver.
—No lo sé —susurró
Jenna—. No sé lo que es suficiente.
Extendió una mano para
tocar el hombro de Catrona. Gorum esbozo una sonrisa lobuna.
—Será suficiente para estos hombres. Suficiente
para que estén dispuestos a seguir a su rey. Y a su reina. Ya que eso
también se encuentra en la profecía.
—¡No! —gritó Carum siendo
el primero en comprender.
—Debe de haber alguna señal —dijo el rey
lentamente, como si hablase con un niño—, alguna señal para los hombres que
se encuentran aquí. Qué mejor que una
boda. Mi padre se casó con una
mujer de los Valles. Yo también puedo hacerlo.
—Jamás! —volvió a gritar
Carum—. No puedes ni siquiera pensar en ello.
—Pienso en lo que es
necesario, hermano. Pienso en lo que es mejor para nuestro reino. Eso es lo que
hace un rey. Lo que debe hacer. Es por eso por lo que tú serías un pésimo rey y por lo que es una suerte para los
Valles que yo aún esté con vida.
—De todos modos no la
obligarás —se obstinó Carum.
—Haré lo que deba
hacerse. —Gorum ya no sonreía—. Y tú también. Y ella.
Por unos momentos todos
guardaron silencio, tanto que el canto de los pájaros pareció un grito de batalla. Después
habló Jenna.
—¡Nunca! Aquí no hay nada
para ti. —Se golpeó el pecho con el puño.
Gorum se inclinó hacia
ella.
—Mi querida niña —dijo con suavidad—, la primera
lección que mi padre me enseñó es la
siguiente: En el concilio de los reyes,
el corazón tiene poco que decir. —El también se golpeó el pecho con el puño—. Aquí tampoco hay nada para ti.
Sólo te amo a través de los ojos de mi hermano menor. Pero la gente
te amará por tus cabellos blancos y por
tu historia. La monarquía se basa en símbolos y en señales.
—¡No! No puedes
obligarme. Si lo haces, no serías mejor que ese miserable en el trono, a pesar de que tu
respiración sea más dulce. De qué sirve un reinado si el corazón no puede hablar en voz alta?
—Tiene razón —la apoyó
Catrona—. Y a pesar de que has hablado mucho conmigo en la última hora, no habías dicho nada respecto a ninguna boda.
—Las bodas de los reyes
no son asuntos que te conciernan, mujer de los Valles —le espetó Gorum volviéndose
bruscamente hacia ella.
Antes de que Catrona
pudiera responder, Petra avanzó hacia el centro del círculo y habló con el tono extraño
de las sacerdotisas:
—Mientras los hombres se
dirijan a las mujeres de ese modo, el final no habrá sido alcanzado, aunque haya
desaparecido una Congregación, diez o todas.
—¡Cierto! —gritó Marek.
—Esta lucha es tan
nuestra como tuya, Majestad —defendió Catrona—. En realidad, ha sido nuestra primero.
—¿Antes de que Kalas
robase el trono? ¡Imposible!
—Comenzó cuando los
Garunianos robaron nuestras tierras —afirmó Sandor, tan sorprendido como los demás por
su interrupción.
Jareth se llevó una mano
al cuello y trató de hablar, pero no pudo pronunciar palabra.
—Primeros o últimos
—declaró Carum con la mano sobre el hombro de Jenna—, nuestro reinado no será vuelto a
comprar con una
moneda semejante.
—M¿ reinado, hermano. No
es el tuyo. No lo olvides. Será mío hasta que muera.
Y después pertenecerá a
mis herederos.
—No me casaré con el rey
—proclamó Jenna—. Ni le daré herederos. No importa lo que diga la profecía.
Petra intervino con la
misma extraña voz de oráculo:
—De soslayo... Entre
líneas... Las profecías siempre deben leerse entre líneas. Si no lo hacemos así, nos equivocamos
en su interpretación.
—Sin embargo, debe
existir una señal. —El rey trató de recuperar el impulso junto con el poder—. Y esta
señal...
—Yo sé cuál es la señal de la que han hablado los
hombres —interrumpió Piet de pronto—.
No es una boda lo que piden. —Se
apartó del círculo y les gritó a los demás—: Venid. Venid a presenciar el retorno de La Blanca.
Con gran ansiedad, los
hombres formaron un círculo más grande alrededor de ellos.
Piet se acercó a un
hombre y le susurró algo al oído. El hombre asintió con la cabeza y, sin sonreír, se abrió paso
para salir del círculo.
—Cuéntales —se dirigió
Piet al rey, con suavidad—. Cuéntales quién es ella. De todos modos, muy pronto lo sabrán.
El rey alzó la mano y
hubo un silencio inmediato. A Jenna le pareció milagroso que tantos
hombres pudiesen permanecer tan quietos.
—Ya habéis oído hablar de
Ella —comenzó el rey—. Y también habéis hablado de Ella.
Sin pensarlo, Jenna enderezó la espalda y los
hombros, con la cabeza en alto.
—Es La Blanca.
La voz suave de Petra se
elevó para que todos pudieran escucharla:
—Y el profeta dice que
una criatura blanca con ojos negros nacerá de una virgen en el invierno del año. El Buey
en el campo, el
Sabueso ante el hogar, el Oso en la cueva, el Puma en el árbol, todos e inclinarán frente
a ella cantando...
Los hombres que eran Garunianos se unieron a ella,
cantando con la misma cadencia.
—... Bendita, bendita, la
más bendita de las hermanas, quien es a la vez blanca y negra, sombra y luz, tu venida
es el comienzo y es el final.
Petra completó sola la
profecía.
—Tres veces morirá su
madre y tres veces quedará huérfana y será apartada para que todos la reconozcan.
—Ella es blanca y oscura
—exclamó un hombre de entre la multitud.
—Y la he oído hablar de
tres madres —gritó otro.
—Y... —añadió el rey— fue
su espada la que mató al Sabueso, arrojándolo a una tumba solitaria para rescatar al príncipe Carum.
Hubo un momento de
silencio; entonces, todos los hombres gritaron al unísono:
—El Sabueso.
—Y su espada cortó la
mano del Toro, el hijo predilecto de Kalas. Y más tarde murió consumido por la enfermedad verde
—continuó el
rey.
Esta vez no hubo
silencio.
—¡El Toro! —gritaron todos.
En ese momento, el hombre
con quien Piet había hablado se abrió paso entre el gentío conduciendo al prisionero por la pechera de la camisa.
Piet susurró apresuradamente en el oído del rey y
éste esbozó una sonrisa.
A Jenna no le agradó esa
sonrisa.
—La profecía dice que el
buey y el sabueso, el oso y el puma se inclinarán frente a ella cantando...
El rey alzó en alto su
mano.
—Abajo. Abajo. Abajo
—comenzaron a recitar los hombres mientras Piet obligaba al Oso a hincarse frente al
rey, abriéndole la camisa
de tal modo que su mata de vello negro quedase al descubierto.
—Canta maldito —gritó el
rey—. Canta.
El Oso alzó la vista y
escupió en la mano derecha del rey, silenciando a los hombres. Piet desenvainó la espada. El
Oso le sonrió. Piet asintió dos veces y luego se volvió para entregar la espada a Jenna.
—Mátalo. Mátalo ahora,
niña. ¡Así te seguirán para siempre y podrás casarte con quien desees!
Jenna tomó la espada con
ambas manos. Era dos veces más pesada que la suya. Se acercó al hombre hincado frente al rey y lo miró.
—¿Qué tienes que decir?
—le susurró.
—Digo que eres una perra
de Alta —respondió él—. Y no eres mejor que esos perros a los que sigues cuando estás
caliente. Mátame
ahora ya que no tendrás otra oportunidad.
Jenna alzó la espada por
encima de su cabeza, realizó tres profundas inspiraciones latani y comenzó a recitar los
cien cánticos para calmarse. Antes de llegar al décimo, volvió a sentir el extraño aligeramiento y abandonó su cuerpo para observar la
escena que se desarrollaba abajo. Estaba el prisionero arrodillado, riéndosele
en la cara. A su espalda, estaban Piet,
Carum y el rey; y frente a él sus
amigos con el resto del ejército. Más allá, olfateando la excitación del ambiente, los caballos se movían con inquietud.
Jenna se sintió atraída
hacia los tres hombres a espaldas del Oso, apartados del gentío. Sus dedos translúcidos
bajaron para tocarlos, de uno en uno, en el centro de sus mentes. Piet era una fuerte llama blanca, de colores
invariables. El rey era un cilindro de hielo blanco azulado que quemaba al contacto. Y Carum...
Vaciló antes de tocar a
Carum. Recordó cómo tiempo atrás, en la Congregación Nill, se había sentido atraída hacia él; cómo había pasado por cavidades llenas de paz y por
otras cavidades invadidas de un ardor salvaje. Había vuelto a elevarse
por el aire agradeciendo no haber sido
consumida por sus pasiones.
Pero ahora era más
fuerte. Jenna extendió la mano para tocarlo y se dejó caer.
Parecía más profundo que
antes, con más recovecos. Había unos pacíficos, otros inquietos y otros llenos de unos
objetos extraños y cautivadores que ella desconocía. El ardor aún se encontraba
allí; pero, por algún motivo,
ahora no le producía temor. Jenna descendió más y más, como si pudiera explorarlo
eternamente.
Eternamente. No disponía
de una eternidad. Le dolían los brazos. De pronto recordó la espada que sostenía. Volvió a introducirse en su propio cuerpo y observó el rostro
malicioso del Oso.
—Mátalo... Mátalo... Mátalo...
El cántico era
implacable. Jenna sintió que le temblaban los brazos. Lentamente bajó la espada. Cuando su punta
estuvo apoyada sobre el pecho del Oso, justo a la altura del
corazón, Jenna frunció el ceño.
De pronto los hombres guardaron silencio. Los ojos
del Oso estaban abiertos de par en
par, preparados para encontrar la muerte. El claro entero pareció contener el aliento y aguardar.
—No... No puedo matarlo
de este modo —susurró Jenna.
Dio un paso atrás y bajó
la espada hacia el suelo.
El Oso echó la cabeza hacia atrás y emitió un
rugido que se transformó en una
carcajada. Después miró a Jenna.
—Yo no sería tan tonto,
perrita. ¿Qué te hará ahora tu jauría?
—Harán lo que deban hacer
—respondió Jenna con suavidad—. Pero si yo no soy mejor que tú, entonces sin duda
será el final. Sin ningún nuevo comienzo después.
Dejó caer la espada y se
alejó.
Carum la siguió, y los
hombres se apartaron para dejarle pasar. Sólo Jareth sonreía.
En silencio, pasaron los
muros derrumbados, cruzaron el camino y se introdujeron en el bosque. Jenna se
apoyó contra el grueso tronco de un roble y se mordió el labio inferior. Carum trató de tocarle el hombro, pero
ella se apartó de su mano.
—No —susurró.
—Comprendo.
—¿Cómo puedes comprender
cuando yo misma no logro hacerlo?
—Jenna, aún tienes trece
años. ¿Cómo podrías matar a un hombre desarmado?
—El no es ningún hombre.
Es un monstruo.
—Es un asesino de mujeres
y de niños. No tiene ninguna posibilidad de salvación. —La voz de Carum era firme—. Pero es un hombre.
—¿Y yo no soy más que una
mujer?
—No..., tú eres la Anna.
Eres mejor que él. Mejor que Gorum. Mejor que todos nosotros.
—No, yo soy sólo
yo. Jenna. Jo-an-enna. Una mujer de las Congregaciones. No me
conviertas en más de lo que soy. Una vez mi Madre Alta dijo que era un árbol que proyectaba sombra sobre las flores... pero no es verdad.
Carum sonrió lentamente.
Su rostro era el del muchacho que ella recordaba.
—Para mí no eres ni un árbol, ni una flor ni una
diosa. Eres Jenna. Te he besado una vez y lo sé. Pero para todos ellos eres
la Anna. Y cuando te colocas Su manto,
eres más que simplemente Jenna.
—Haga lo que haga la
Anna, Jenna no podría matar a un hombre atado.
—Jenna, la Anna es tu
mejor parte. Ella tampoco lo hubiese matado de ese modo.
Jenna se inclinó y lo
besó rápidamente en la boca.
—Gracias, Carum. Tu
hermano se equivoca: tú deberías ser el rey.
Y, antes de que él
pudiera emitir más que un leve sonido, se volvió y cruzó nuevamente el camino.
Carum tuvo que correr
para alcanzarla.
El gran círculo de
hombres se había disgregado en varios más pequeños que discutían en voz alta. El prisionero
no estaba a la vista. Jenna encontró a Catrona en el centro de uno de los
grupos más bulliciosos, moviendo
las manos con rapidez en medio de una discusión.
—¡Catrona! —la llamó
Jenna.
Los hombres se volvieron
y, al verla, retrocedieron dejándola sola frente a frente con Catrona.
—Una estocada, Jenna
—dijo ésta—. Una estocada y los hubiésemos tenido. Te he enseñado esa estocada con esta mano. —Alzó su mano derecha—. Y ahora
todo ese entrenamiento para nada.
—También me has enseñado
que en el Libro de Luz está escrito que matar no es sanar. También se refiere a matar un hombre que se encuentra atado.
—No me cites el Libro
como si fueras una despreciable sacerdotisa. Allí también se dice: Una estocada
puede salvar aun vástago. Como todas las divagaciones de las sagradas escrituras, el
Libro puede decir lo que tú quieras que diga. —Estaba
temblando de ira—. Jenna, debes pensar.
Piensa. Necesitamos estos hombres. Necesitamos este ejército. Necesitamos este rey. No quiero que te cases con él para conseguir a sus seguidores, pero
Piet tenía razón. Había otra
forma mejor. Y, tarde o temprano, el Oso será asesinado... esta gente lo hará. Si lo hubieses hecho
tú, fríamente y con grandes ademanes, hubiera coincidido con la
historia.
—Yo no soy ninguna
historia, —exclamó Jenna—. Ninguna fábula. Soy real.
Siento. Sufro. Sangro. No
puedo matar desoyendo mi conciencia.
—Un guerrero no tiene
conciencia hasta después de que ha terminado la guerra —sentenció Catrona.
Jenna ocultó el rostro
entre las manos y lloró.
Catrona se alejó.
La luna pálida se alzó
sobre las ruinas de la Congregación, trepando hasta coronar la chimenea de la cocina. Jenna
se mantenía apartada
mientras, alrededor de todo el campamento, continuaban las enardecidas discusiones.
—Tenías razón —oyó una
voz a sus espaldas.
Jenna se volvió lentamente y vio a Skada.
—Y te has equivocado
—continuó ésta.
—¿Cómo pueden ser ambas
cosas?
—No debías matarlo, pero
podías haber pronunciado las palabras que, de todos modos, les hubiesen hecho creer en ti.
—¿Qué palabras?
—Podías haber dicho: El Toro fue
doblegado, pero no fue necesario que mis
manos lo mataran.
Jenna asintió con la
cabeza.
—Y podría haber dicho que
la luna es negra, pero no lo hice.
Skada también asintió y
se echó a reír.
—No, no lo hiciste. Y
ahora mi querida Anna, quien es a la vez blanca —la señaló— y negra —se señaló a sí
misma—, te encuentras
en un aprieto.
—Ambas lo estamos —le
corrigió Jenna.
—¡Así que ahora somos
ambas! ¡Finalmente me incluyes, compartes la carga, repartes las culpas!
La boca de Skada se curvó
con una expresión risueña.
—¿Cómo puedes reír en un
momento semejante?
—-Jenna, siempre hay
tiempo para reír. Y una parte tuya ya lo está haciendo, por lo tanto puedo
hacerlo yo. No soy otra persona. Soy tú.
—Bueno, yo no siento
deseos de reír —dijo Jenna con todo apesadumbrado.
—Pues yo sí.
Skada echó atrás la
cabeza y lanzó una sonora carcajada. Sin poderlo evitarlo, Jenna la imitó.
—Bien —dijo Skada—. ¿Te sientes mejor?
—En realidad no.
—¿Para nada?
—Estás imposible —la
acusó Jenna sacudiendo la cabeza.
Skada la imitó.
—No, no estoy imposible.
Estoy hambrienta. Busquemos algo que comer.
Cogidas del brazo, se
dirigieron hacia la cocina.
Jareth las detuvo a mitad
del camino. Trató de hablar con las manos y de ese modo expresarles sus preocupaciones.
Sus gestos desesperados transmitían
complicados mensajes, pero todo lo que Jenna
pudo comprender fue una advertencia.
—El Puma... —dijo Jenna.
—El Toro... —agregó Skada.
Los ojos de Jareth imploraban y su cuello estaba
tenso por el esfuerzo que hacía para
hablar.
—Tendremos cuidado —le prometió Jenna—. No te
preocupes. Tu advertencia nos ha servido de
mucho.
Cuando estuvieron lejos de él, Jenna susurró:
—Cortaría ese collar de
su cuello y le permitiría hablar.
—¿A pesar de las
consecuencias?
—A pesar de las
consecuencias. —El rostro de Jenna estaba tenso de ira—. ¿Cómo es posible que la magia de Alta sea buena cuando castiga por igual a Sus seguidores y a Sus
enemigos? Diez Congregaciones han
desaparecido. Jareth condenado al silencio. Nos convertimos en asesinos y monstruos en Su nombre.
—Y en héroes —puntualizó
Skada.
Jenna se volvió hacia
ella.
—Mira a tu alrededor,
hermana. Mira con atención. ¿Ves a algún héroe aquí?
Juntas observaron. Frente
a la chimenea de la cocina, estaba el rey con un tazón en la mano. Con expresión
sombría, miraba el interior como si allí estuviese escrito un desdichado futuro. A su lado había dos
guardias con túnicas color pardo y calzones desgarrados. Uno de ellos pulía su
espada con la manga. En el campamento había varios fuegos alrededor de los
cuales los hombres bebían y
contaban historias. Cerca de la puerta, una pequeña fogata iluminaba los rostros sucios de Petra y de los
muchachos. Ella describía algo con las manos. En un rincón apartado,
donde aún quedaban en pie cinco peldaños de
lo que había sido una escalera, se
hallaba sentado Piet. A un lado estaba Catrona y al otro Katri. Ambas
susurraban en sus oídos. Con una sonrisa, él extendió los brazos para estrecharlas a las dos. Se levantaron
juntos y se alejaron por el camino
bajo la luz de la luna.
—¿Qué aspecto tiene un
héroe? —preguntó Skada en voz baja—.
¿Tiene un yelmo brillante, una túnica limpia, una cabellera limpia y una boca llena de dientes blancos?
—No... no es así. De
ninguna manera —respondió Jenna.
Skada sacudió la cabeza.
Fue como si una brisa soplara sobre el rostro de Jenna.
—Te equivocas hermana.
Todos somos héroes aquí.
EL CUENTO:
Había una vez un tirano de quien se profetizó que
sólo sería derrocado cuando un héroe
que no hubiera nacido de mujer alguna,
que no cabalgara ni caminara, que no portara lanza ni espada, lograse
conquistarlo.
Largo tiempo reinó el
tirano y muchos fueron los hombres, mujeres y niños que cayeron bajo su sangrienta
cólera.
Un día, en una pequeña aldea, nació una niña. El
cuchillo de la comadrona la arrancó
del vientre de su madre muerta. La niña fue puesta a mamar de la
teta de una cabra, criándose junto a los demás
cabritos.
A medida que la niña
crecía, también lo hacían los cabritos, uno de los cuales era macho y el otro hembra,
jugaban juntos como si todos hubiesen sido de la misma familia, y la niña creció alta y hermosa a pesar de sus
humildes orígenes.
Pasaban los años y el
tirano continuaba reinando. Pero se tornó un hombre viejo y avinagrado. Anhelaba incluso que llegase su muerte.
La profecía se cumplía y
no había ningún héroe, ni siquiera entre los mejores soldados, que lograse darle muerte... aunque muchos lo habían intentado.
Un día, la niña y sus
cabras llegaron a la capital. Como era su costumbre, cabalgaba un rato sobre una y un rato
sobre otra, arrastrando
los pies por el suelo.
El tirano había salido a
dar un paseo cuando vio a la niña, quien a pesar de ir a horcajadas no cabalgaba ya que sus
pies tocaban el
suelo. El tirano la detuvo y le preguntó:
—Niña, ¿cómo fue tu
nacimiento?
—Yo no nací, sino que fui
arrancada de mi madre muerta.
—Ah —dijo el tirano—. ¿Y
cómo es que cabalgas?
—Yo no cabalgo, ya que
éste es mi hermano. Y ésta es mi hermana. Sólo se trata de un juego entre nosotros.
—Ah. Debes casarte
conmigo, ya que tú eres mi destino.
Así fue cómo se casaron y
él murió, sonriendo, en su noche de bodas, conquistado por su amor. Así fue cómo se cumplió la profecía. Y según dicen las leyendas, un héroe no se
reconoce fácilmente, pues quién
hubiese dicho que una niña, montada sobre dos cabras, podía ser un héroe cuando muchos hombres con espada no lo eran.
EL RELATO:
—Jenna! —exclamó Carum,
Jenna se volvió y, perfectamente al unísono, Skada
también se volvió con ella.
Carum miró primero a una
y luego a la otra.
—Es cierto entonces. No
se trata de gemelas, sino de hermanas luz y
sombra.
Nunca me atreví a creerlo.
—Es cierto —respondieron
juntas.
—¿Todo el tiempo?
—Antes has hablado
conmigo a solas —le recordó Jenna.
—La luna —agregó Skada—.
O un buen fuego. Entonces aparezco yo.
Carum tenía una expresión
preocupada, pero no dijo nada.
—O una vela junto a la
cama —se burló Skada—. Tu frente parece una alberca donde se ha arrojado una piedra,
Carum. Sopla la vela y habré
desaparecido.
—Yo no permitiría que te
fueras, hermana —afirmó Jenna tomando la mano de Skada.
—Hay veces en que lo
harás —insinuó Skada en voz baja—. Y otras veces en que no. —Se dirigió a Carum con
suavidad—. Conozco
su mente y su corazón, ya que también son los míos. Camina entre los árboles, joven príncipe, donde las
ramas no permiten que se filtre la
luna. Allí no podrá aparecer una hermana sombra.
—Pero de todos modos
sabrás...
Ella se alzó de hombros.
—Jenna es lo que es. La
has amado antes. Y la has besado sabiendo.
—No lo sabía.
—Soy lo que soy —dijo
Jenna—. Y eso lo sabías.
Él sacudió la cabeza con
pesar, pero finalmente admitió:
—Lo sabía. Y no lo sabía.
¿ Y ahora? Skada formuló
la pregunta en un susurro, pero él la escuchó de todos modos.
—Vamos al bosque, Jenna.
Así podremos hablar. A solas.
Jenna miró a Skada quien
asintió con la cabeza. Jenna le respondió con
el mismo movimiento. Entonces los tres cruzaron el camino bajo la brillante luz de la luna. Cuando llegaron al borde del
bosque, Skada comenzó a temblar como una hoja movida por la brisa, a pesar de que la noche era cálida. Se
oía el insistente croar de las
ranas en un estanque cercano. Skada esbozó una sonrisa trémula y cuando los tres entraron en el bosque
osciló como una sombra durante un
momento más, y luego desapareció.
—Skada... —dijo Jenna
volviéndose.
La mano de Carum se posó
sobre su brazo.
—No regreses —le rogó—.
No la traigas de vuelta. No en este momento.
Los dos continuaron
internándose en la oscuridad, pero no volvieron a tocarse.
Jenna nunca había hablado
tanto tiempo y en forma tan intensa con otra persona. Se relataron sus vidas enteras el uno al
otro. Jenna le contó a Carum cómo había sido crecer en
una Congregación y, a su vez, él le habló de
forma conmovedora sobre la vida en la corte Garuniana. Ella recordó
canciones y cuentos que compartió con él;
Carum le narró historias del Continente, historias que habían ido cambiando
después de cuatrocientos años en los Valles. Hablaron de todo excepto del futuro. Primero debían encargarse del pasado y de todo el tiempo
transcurrido sin que se conociesen. Al
principio hablaban de un modo vacilante, como si cada relato de sus
vidas fuese un obsequio que podía ser rechazado. Pero pronto las palabras
comenzaron a surgir precipitadamente, y se
interrumpían el uno al otro con ansiedad.
«Eso también se me ocurrió a mí», decía Jenna
cuando un recuerdo de Carum despertaba otro
de ella.
«Yo sentía lo mismo»,
afirmaba Carum después de uno de los relatos de Jenna.
De pronto sus vidas
parecían entrelazarse en ese bosque oscuro tan lejos del hogar.
En medio de un relato de
Carum sobre su padre, un hombre que no había permitido que el reinado
interfiriese en su propio corazón, se oyeron unos gritos horribles que provenían de las ruinas de la Congregación,
junto con una estampida de caballos. Jenna y Carum se levantaron de inmediato,
aunque no alcanzaban a comprender las palabras ni los gritos.
—Algo terrible...
—comenzó Jenna.
—... ha ocurrido
—concluyó Carum tomándola de la mano para correr juntos hacia el lugar de donde provenían los
gritos.
La luna ya había
descendido hasta la copa de los árboles detrás de la Congregación, y apenas estuvieron en el camino apareció la tenue figura de Skada.
—¿Qué ha ocurrido? —le
preguntó Jenna mientras corrían.
—No sé más que tú
—respondió Skada con voz débil.
Después de transponer las puertas rotas, se
dirigieron hacia el grupo de hombres
furiosos reunidos junto al fuego. Carum se abrió paso entre ellos, seguido por Jenna y Skada.
—¿Es el rey? —gritó
Carum.
Se oyeron varias
respuestas, pero ninguna fue clara.
—¡El Oso! —dijo alguien.
—Se soltó —añadió otro.
—Ese maldito la mató.
—Ha desaparecido. —Era de
nuevo el primer hombre.
—No, Henk lo tiene.
—Eso no es cierto. Tiene
su caballo. También tiene al rey.
—No.
—¡El rey! —Carum tomó por el hombro al sujeto que
había mencionado a su hermano—. ¿Le ha
hecho daño? ¿Ha herido a Pike? ¿Ha herido al rey?
—No a él —respondió el
hombre sacudiendo la cabeza con tanta fuerza que su cabello negro le cubrió el ojo
derecho—. ¡Mira! —señaló.
Los hombres se apartaron
y Jenna pudo ver que el rey y Petra se hallaban inclinados sobre algo, aunque
en la oscuridad no podía distinguir de qué se trataba. Entonces vio que era
Piet, sentado en el suelo junto a la
escalera rota, estrechando un cuerpo entre sus brazos. Cuando Jenna se acercó y pronunció
su nombre, él
alzó la vista. Su boca de dientes desiguales se abrió y cerró como la de un pez; sus ojos
color de cielo estaban nublados.
Jenna se arrodilló a un
lado de él y Carum al otro. En aquel rincón oscuro, Skada había desaparecido. Jenna extendió la mano para
tocar el cuerpo que Piet sostenía y fue incapaz de pronunciar su nombre.
Carum lo susurró.
—Catrona.
Catrona abrió los ojos y trató de sonreír a Jenna.
Había sangre en su túnica y en su brazo
derecho.
—Estábamos tan ocupados... no oímos... no vimos...
he pasado por alto el hilo, Jenna.
—¿A qué se refiere con lo
de que ha pasado por alto el hilo? —preguntó Carum.
—Ella me enseñó el juego del Ojo-Mental —susurró
Jenna, recordando—. Es un juego para
adiestrar los sentidos. Había un hilo.
Yo lo vi y ella no. Todo ocurrió hace mucho tiempo.
—Jenna... el hilo... —se
esforzó Catrona.
—Calla, muchacha, calla
—susurró Piet—. Hablar te quita aliento.
Jenna tomó la mano
derecha de Catrona y la sostuvo entre las suyas. Recordó cuando Catrona le enseñara por
primera vez cómo dar una
estocada, con una espada demasiado pesada para ella porque su propia obstinación no le había permitido rendirse. Tu mano es tu
fuerza, le había dicho Catrona, pero es el corazón quien propina el golpe.
—¿Qué ha ocurrido?
—susurró Jenna.
El rey le explicó.
—El Oso, a quien tu mano
debió haber matado, logró liberarse. Estranguló a los guardias. Se apoderó de sus espadas. Cuando iba en busca de un caballo, se topó con Piet y con su
compañera. Atacó a Catrona por la
espalda y estuvo a punto de ensartar a Piet también. Luego se escapó. Algunos
hombres han ido tras él, pero dudo que lo encuentren en la oscuridad.
Recitó los hechos como si
los leyese, con muy poca emoción en la voz.
Jenna miró al suelo. A
quien tu mano debió haber matado.
Él tenía razón y no había
ninguna disculpa lo suficientemente fuerte. Sacudió la cabeza.
—¿De qué me sirves,
Blanca Jenna? Has causado la muerte de tres buenos guerreros. Ahora nadie te seguirá. —Su
voz fue tan baja
que sólo aquellos que estaban inclinados pudieron escucharla.
Catrona trató de sentarse.
—No, ella es... ella es
la señalada. De soslayo... Entre líneas. Escuchad a la sacerdotisa. Entre... líneas. Se dejó
caer, exhausta por el esfuerzo.
—Oh Catrona, mi gatita,
no te vayas —exclamó Piet y comenzó a sollozar en silencio.
—No permitiré que muera
—afirmó Jenna.
Piet la miró, luchando
por contener el llanto.
—Es demasiado tarde. Ya
está muerta.
—No cosas la mortaja
antes de que haya un cadáver —dijo Catrona de pronto—. ¿No es eso lo que dicen en los
Valles? —Tosió y un hilo de sangre roja apareció en su boca.
—La llevaré al bosque de
Alta. Allí no morirá —susurró Jenna—. Alta dijo que podía llevar a alguien. Será Catrona.
Deslizó los brazos bajo
el cuerpo de su hermana y trató de apartarla de Piet. El movimiento hizo que Catrona
lanzase una exclamación
de dolor y más sangre manó de su boca.
—Déjame morir aquí Jenna,
en los brazos de Piet. No hay sombras en el bosque de Alta. No hay sombras. No quiero vivir para siempre sin Katri. Eso no
sería vivir.
—Sonrió y miró al rostro
de Piet—. Eres muy bueno, mi
Piet. Para ser un hombre.
—Siempre te he amado sólo
a ti, muchacha. Desde aquella primera vez. Primera para ti y para mí. Éramos niños entonces. Pensaba ir a
buscarte cuando el rey estuviese en el trono. Para envejecer contigo, mi niña.
Para envejecer...
Se inclinó para
susurrarle algo al oído. Ella volvió a sonreír y cerró los ojos. Por unos
momentos Piet no se movió, sólo permaneció con la boca junto al oído de
Catrona. Después posó su mejilla contra la de ella. Nadie más se movió.
Finalmente enderezó la espalda.
—Eso es todo. Es el
final.
Sus ojos estaban secos,
pero había una expresión sombría en su semblante.
Petra se inclinó sobre el cuerpo de Catrona y puso
una palma sobre su frente. Comenzó a
recitar en voz baja y tranquila:
En nombre de la caverna
de Alta,
El oscuro y solitario sepulcro
Y todos quienes están
suspendidos
Entre la luz y la luz,
Gran Alta,
Lleva a esta mujer,
Lleva a esta guerrera,
Lleva a esta hermana
Ante tu presencia.
Envuélvela en tus
cabellos
Y, cobijada allí,
Permite que vuelva a ser
una criatura.
Los hombres guardaron
silencio hasta que hubo terminado con la oración, y después comenzó a levantarse un
murmullo de voces: sonidos furiosos y apasionados.
Algunos maldijeron a Jenna llamándola «Perra
insensible» y «compañera de Kalas».
Petra se volvió
lentamente y los miró. Alzó las manos pidiendo silencio y, en forma inexplicable, ellos la
obedecieron.
—Idiotas —gritó—. Todos
sois unos idiotas. ¿No comprendéis lo que esto significa? Catrona misma lo ha dicho: debéis interpretar esta muerte de forma oblicua, entre líneas.
Una voz anónima gritó:
—¿Qué quieres decir?
—¿Quién ha muerto aquí? Catrona. Una guerrera de
las Congregaciones. También conocida como
Gata. ¡Gata! ¿Y no es el puma una clase de gato? De este modo ha
muerto el Puma; y todo porque la Anna
decidió no matar al Oso primero**
—¡Pero no se trata de ese
Puma! —protestó el hombre de la cicatriz en el ojo, abriéndose paso entre los
demás.
—¿Y cómo sabes a qué Gato
se refería Alta? —preguntó Petra—. ¿O cuál es el que mencionan las profecías
Garunianas?
—Pero yo pensé...
—comenzó él.
—No debes pensar una profecía. Cuando se cumple,
simplemente lo sabes. —Petra tenía el rostro encendido de sentimientos. Su voz se tornó más fuerte—. Catrona... ella misma
nos lo recordó antes de morir.
Dijo: Ella es la señalada. La que ha doblegado al Sabueso, al Toro y ahora al Puma.
—¡No! —gritó Jenna
golpeando el puño contra el suelo—. La muerte de Catrona no estaba escrita.
Pero su protesta se
perdió entre los gritos de los hombres.
—¡La Anna! ¡La Anna! ¡La
Anna! —El coro era ensordecedor y con los puños cerrados en alto, Petra lo
conducía—. ¡LA ANNA! ¡LA ANNA!
¡LA ANNA!
¡No!, pensó Jenna. No por
esto. No me aceptéis por esto.
Pero los gritos
continuaron.
—Los hombres en masa...
son algo imposible de predecir. Cambian con mucha facilidad —murmuró el rey. Con una sonrisa, tomó a Jenna por los codos para colocarla a su lado—. En
un momento eres un villano y al siguiente un santo. Ahora no es necesario
que te cases con el rey, niña. Tú eres
la Anna. Ellos lo han dicho. Por ahora,
lo eres.
La Anna por esta
circunstancia. Sin voluntad, Jenna permaneció a su lado mientras los cánticos continuaban.
—¡ANNA! ¡ANNA! ¡ANNA!
Detrás de ellos, el
horizonte estaba teñido con las primeras luces.
Incapaces de competir con
los gritos de los hombres, los pájaros habían echado a volar y el cielo estaba cubierto de ellos.
Hasta Carum se había unido al
coro que retumbaba contra las paredes en ruinas. Sólo Jareth, quien no podía emitir
sonidos, y Piet, que aún
sostenía el cuerpo de Catrona contra su pecho, guardaban silencio.
LA BALADA:
Muerte de la Gata
Altos crecían los árboles
Y en el oeste estaba el
viento
Cuando un cazador apuntó
su flecha
Hacía la Gata y su ancho
pecho.
Y ella murió, murió
Contra el seno de su amado
Y la tendimos en la
tierra
Tan estrecha y larga.
Era temprano, tan
temprano, Apenas
si despuntaba el alba, Cuando cantamos de esos
días Antes de que naciera la
Gata. Y cómo de brazos de su
madre Fue tan rápido
arrancada, Mientras la tendíamos en la
tierra Tan estrecha y larga.
Venid a mí, jóvenes
guerreros, Escuchad lo que digo por
su
bien, No
dediquéis vuestros
afectos A una joven que tan libre
es, Pues ella recibirá la
mortal
herida que vosotros debisteis
padecer Y la tenderéis en la
tierra Tan estrecha y larga.
EL RELATO:
Enterraron a los dos guardias junto a los portales
rotos, pero Jenna y Petra insistieron
en que el cuerpo de Catrona debía yacer con gran ceremonia entre dos fuegos hasta que pudieran encontrar la caverna sepulcral de la Congregación.
Piet estuvo de acuerdo. Cuando la segunda fogata estuvo encendida, el
cuerpo de Katri apareció junto al de
Catrona y Marek, que no había llorado antes, irrumpió en unos sollozos desconsolados que ni
siquiera su hermano pudo detener.
Cuando llegó la noche los
muchachos habían encontrado la caverna, y condujeron a Jenna, a Petra y a Carum quienes llevaban el cuerpo de Catrona en un féretro de madera. El
rey y Piet permanecieron en el campamento,
brindando por los guerreros muertos junto al resto de los hombres.
—Brindan por Lord Cres,
el Dios de las Buenas Batallas —les explicó Carum, mientras subían la colina con su amarga carga.
Recordando lo que él le había dicho una vez
respecto a aquellos brindis, Jenna agregó:
—Que beban sus fuertes vinos y coman su carne
eternamente.
—Y que arrojen los huesos
por encima del hombro para los Perros de la Guerra —finalizó Carum.
Petra se estremeció.
—Qué plegaria tan
horrible.
—Por eso yo prefiero no
decir ninguna —dijo Carum.
Depositaron el féretro
ante la entrada de la caverna, y Jenna se adelantó para encender las antorchas de la
pared. La caverna era fresca y seca, y estaba llena de cuerpos amortajados. Jenna tuvo que mirar muy bien dónde
pisaba. Cuando encendió las grandes antorchas, aparecieron los cuerpos de las hermanas
sombra en sus mortajas, llenando aún más la caverna.
Salió al aire libre e
inspiró profundamente. Los huesos amortajados de las hermanas muertas no la habían
atemorizado. Había presenciado ceremonias sepulcrales en su propia Congregación y sabía que los cuerpos sólo eran las viejas moradas
de las mujeres que ahora se hallaban cobijadas en el seno de Alta. Pero
aquéllos no eran más que huesos y lo
que yacía a sus pies en el féretro, bien envuelta en una camisa
rota y en una manta, era Catrona: su hermana, su maestra, su amiga. Y la
víctima de su propia conciencia.
Se hincó y posó la mano
sobre el pecho del cadáver.
—Te lo juro, Gata, el Oso
conocerá mi venganza. Y te juro que también morirá el Puma. No sé si eso está escrito o no en alguna profecía, pero está escrito claramente en mi
corazón.
Jenna se levantó.
—Sólo Petra y yo la
llevaremos al interior de la caverna. Es un lugar sagrado y un momento sagrado.
—Lo comprendemos —dijo
Carum.
Los otros muchachos
asintieron con la cabeza.
Jenna levantó el cuerpo de Catrona y, seguida por
Petra, entró.
Cuando volvieron a salir
ya estaba oscuro y no había luna.
Con las primeras luces del amanecer abandonaron la
Congregación en ruinas. Eran un ejército
silencioso. Petra montaba el caballo de Catrona, con lo cual sólo Marek y
Sandor viajaban en la misma
montura y esto no parecía molestarles.
El rey, Carum y Piet
cabalgaban a la cabeza de la tropa, pero Jenna se negó a ocupar un lugar al frente y
prefirió viajar en medio de los hombres. Estos sonrieron al verla a su lado,
pensando que
lo hacía por amor, sin comprender que sólo lo hacía para apartar el recuerdo de la mano
inerte de Catrona entre las suyas.
Una estocada, Jenna. Oía la voz de Catrona en cada
recodo. Una estocada... y ahora todo
ese entrenamiento para nada. Su rostro
estaba ensombrecido por el recuerdo. Tomaba la muerte de Catrona como la
muerte de su propia inocencia. ¿Qué importaba que ya hubiese matado a un hombre y mutilado a otro en el ardor de la batalla? ¿Qué importaba que hubiese enterrado a
cien hermanas muertas? Era esta
muerte la que la torturaba y la consumía. Sentía que estaba envejeciendo, que los años pasaban como un río helado e impetuoso y que era incapaz de detener su
corriente.
Jenna no habló con nadie
mientras avanzaban inexorablemente por el camino, pero su mente repasaba lo que
había ocurrido. Una estocada... una estocada, continuaba reprochándole Catrona. Una estocada.
Mientras galopaba, Jenna flexionó la mano derecha y
volvió a sentir el pomo de la espada apretado contra su palma. Ansiaba
recuperar ese momento para, sin vacilación alguna, atravesar el pecho musculoso del Oso. Cuánta satisfacción le
proporcionaría ahora sentir la punta
afilada al introducirse en la carne y clavarse en el corazón. Una
estocada. Podía sentir la sangre del Oso impregnar la espada y alzarse y entrar en su puño, deslizarse por las ramas
azules de sus venas y correr por los músculos de su antebrazo hasta serpentear
bajo su seno derecho para alojarse en su propio corazón.
Alzó el brazo y,
fascinada, miró como si realmente pudiera ver la sangre del Oso deslizándose
por su piel hasta penetrar en su corazón. Luego, dejó caer el brazo. Una
estocada. Sin embargo, ella no era así. No era una asesina. Ni siquiera para
recuperar a Catrona mataría a un hombre
maniatado. No podía. La Anna no podía. Y ella era la Anna. Ya no le cabía
ninguna duda. No era la profecía lo que la
había convencido. Ni la apasionada fe de Carum. Ni la suave persuasión de Alta en el bosque de los
Grenna. Ni la taimada insistencia del rey. Ni todos los gritos de
los hombres. Era simplemente esto: la sangre que corría de la mano al corazón
rechazaba el odio salvaje por el Oso y sus hermanos. Ella era la Anna. La de
estos tiempos, la de estas circunstancias, la de este ahora.
Hizo que Deber acelerase
el paso. Los otros jinetes se abrieron para dejarla pasar y ella galopó hasta la primera
fila y ocupó su lugar entre el rey y Carum, sólo un poco más adelante.
EL MITO:
Entonces Gran Alta hizo subir a las guerreras
muertas por la escala de su cabello; a
la guerrera sombra por la parte dorada y a la luminosa por la negra.
Las
colocó junto a su seno diciendo: —Vosotras sois mis queridas criaturas, mi propia y
dulce sangre. Ahora sois mis
radiantes compañeras.
LIBRO CUARTO
LAS GUERRAS DEL GÉNERO
EL MITO:
Y Gran Alta golpeó a la
hermana luminosa en ambas mejillas, primero en una y después en la otra, por las muertes que había causado. Luego la
golpeó en la espalda por las muertes que no había causado. Entonces la volvió hacia el sol y
dijo:
—Ahora deberás realizar
un largo y difícil viaje hasta que vuelvas a iniciar lo que ha finalizado aquí.
Colocó a la hermana
luminosa sobre un gran caballo tordo y sopló un viento a sus espaldas para que su travesía
tuviese velocidad y
ningún recuerdo doloroso.
LA LEYENDA:
Fue en Altenland, en una
aldea llamada El Cruce Alto, donde se encontró esta historia. Fue contada a Jenny Bardling por una vieja cocinera conocida como Madre Consuelo.
—Mi tía abuela, que era
la hermana de la madre de mi madre, era una guerrera. Luchó en el ejército como
compañera de la última gran guerrera de las montañas, aquella a quien se
conocía por el
nombre de Hermana Luz. Según decía mi tía abuela, medía más de metro ochenta y
llevaba unas largas trenzas blancas recogidas sobre la cabeza. Eran como una corona. Allí
ocultaba un arma adicional y, cuando era necesario, estrangulaba al adversario
con sus trenzas.
Luchaba como un Demonio de la Niebla, toda silencio y torbellinos.
»Se decía que nadie podía
vencerla en una batalla, ya que en la espalda llevaba un gran morral
de cuero dentro del que estaba su Hermana
Sombra, una sombra que parecía exactamente como ella pero dos veces mayor. Cada vez que la Hermana Luz
estaba perdiendo, cosa que no
ocurría con frecuencia, tomaba su morral para dejar en libertad a la sombra. La Hermana Sombra
se movía más rápido de lo que
alcanza a ver el ojo y era silenciosa como el pasto al crecer. De ella solía decirse:
Profunda como un
hechizo Brutal como el
destino Fría
como un
pozo Dura
como el odio.
Así era la Hermana
Sombra.
»Por supuesto que sólo
utilizaba esa sombra cuando estaba desesperada porque al hacerlo se consumía, de adentro
afuera. Era como con todas esas
magias. De adentro afuera. A mi tía abuela nunca le pareció correcto. A nadie le parecía bien. Pero todos conocían a la Hermana Sombra.
«Bueno, finalmente la
Hermana Luz murió en una gran batalla. Había pasado un mes y el sol todavía se negaba a brillar. ¿ Y dónde
se encuentra una sombra sin el sol? Sólo podía salir de ese morral cuando el sol
brillaba bien alto en el cielo. ¿Me había olvidado de decirte eso?
»Cuando hubo pasado ese
mes, alguien descubrió el morral sobre los huesos blanqueados que habían pertenecido a la
Hermana Luz. También
eran largos sus huesos, según decía mi tía abuela. Esa persona abrió el morral,
sin duda buscando algún tesoro, y dejó escapar a la sombra. Esta miró a su alrededor con ojos
oscuros y llenos de odio. La tierra estaba devastada; lo que había sido verde ahora era polvo. Y de la
Hermana Luz no quedaban más que huesos. La sombra echó la cabeza atrás y aulló, un sonido que, según dicen, aún puede oírse en la desolada planicie.
»Mi tía abuela me contó
antes de morir que algunas veces, cuando el sol castiga a la tierra en todo su esplendor, aún puede
verse a la Hermana Sombra. Busca a su
compañera, tal vez. Busca a alguna
otra persona que la lleve. Alguien por quien pueda luchar y a quien consumir.
»Debes tener cuidado allá
en las tierras altas, especialmente al mediodía. De allí proviene el dicho: Nunca te hagas
compañera de
una sombra. Si pueden, te consumirán.
EL RELATO:
El primer día de la larga
cabalgata los agotó a todos salvo a Jenna, que viajaba con la implacable voz de Catrona
en su oído. El camino atravesó
pequeños bosques de abedules y de alisos, alternando
con viejos robles, subió y bajó varias colinas cubiertas de pasto y en dos ocasiones se vio interrumpido por
un arroyo. A ambos lados de los
vados, había estanques más profundos y con grandes piedras de granito entre las que nadaban las truchas. Sin embargo, el rey no les permitió detenerse. Como no
había ningún viento que barriese el polvo que levantaban los caballos,
durante un largo trecho su
marcha pudo leerse como una oración gris contra el azul del cielo. Cuando finalmente se detuvieron para dejar descansar
a los animales y para cocinar algo rápido en pequeñas fogatas, el rey envió a tres exploradores para que
se adelantasen.
—Catrona hubiese
descansado antes —les murmuró Jenna a Petra y a los muchachos.
—Y también hubiese
enviado antes a los exploradores —agregó Marek sacudiendo la cabeza.
Era evidente que no tenía una gran opinión sobre la
experiencia del rey en el bosque.
Pero una hora después,
los tres hombres regresaron con pocas novedades. Según dijeron, no se veían
soldados de Kalas en el camino y en
las pequeñas granjas no había ningún rumor de guerra. Y un pastor que acababa de regresar del gran
mercado de New Steading, a un día de viaje hacia el norte, les informó de que
incluso la acostumbrada tropa del rey había partido antes de que él abandonara
la ciudad. Si el Oso había regresado con su señor, seguramente no había viajado en esa dirección. De otro modo no les hubiesen permitido partir de allí.
El rey se lo agradeció
con un trago de su propia cantimplora de cuero y con un abrazo que, según Jenna
pudo notar, fue dado estrictamente con los brazos. Sus ojos y su boca no sonreían. De regreso al grupo donde se
encontraban Jenna, Carum, Piet, Petra y los muchachos, el rey frunció los labios.
—Espero que Kalas decida
aguardar, escogiendo el Valle de Gres para una batalla final. Es el acceso al castillo y,
con su superioridad numérica,
podría vencernos en campo abierto. —Permaneció con las manos en la espalda y el ceño fruncido—. Aguardará, sabiendo que,
si pretendemos ganar algo, debemos ir hacia él. No derrochará sus fuerzas extendiéndolas por todo el Valle.
Piet asintió con la cabeza. Se hallaba en cuclillas
frente a una pequeña fogata, con la
vista fija en las llamas. No había comido nada. Simplemente miraba
el fuego como si allí se ocultase alguna
clase de sabiduría.
—Sería un tonto si nos
aguardara durante tanto tiempo —opinó Carum, pasándose las manos por el cabello—. De ese
modo nos permitiría reunir fuerzas. Podrían pasar años antes de que fuéramos hacia él.
—Estoy de acuerdo
—coincidió Jenna—. Seguramente nos atacará mientras esté seguro de que nos supera en número. No puede ganar nada permitiendo que reclutemos más hombres y
mujeres para la batalla. No es
ningún tonto.
—Estoy de acuerdo con eso
—manifestó el rey—. Sin embargo, él cree
que una tropa de caballería suya puede vencer a mis hombres con independencia
de cuántos sean. Los hombres de los Valles
carecen de entrenamiento.
—Pero acaban de vencer al
Oso con esas fuerzas sin entrenamiento...
—comenzó Petra.
—Y por eso, querida mía,
es por lo que viajamos tan rápido, deteniéndonos sólo para impedir que soldados
y caballos se subleven... o
mueran. Para reunir tantos reclutas como podamos mientras conservamos nuestro señuelo.
—¿El señuelo? —se extrañó
Sandor.
—La Anna, mi joven amigo
—aclaró el rey señalándola con indiferencia—.
¡La Anna!
—¡Yo! —exclamó Jenna al
mismo tiempo, con el puño cerrado sobre el corazón.
—¿Y luego marcharemos
hacia el Valle? —preguntó Marek, ansioso por entrar en batalla.
—¡No! —contestó Piet.
Por primera vez, se
levantó y los miró a todos.
—Piet tiene razón —dijo el rey con suavidad—.
Formaremos un gran círculo alrededor
del Valle, reclutando a más y más hombres bajo el estandarte de la Anna. Y
cuando seamos lo suficientemente poderosos, marcharemos sobre Kalas por todos
lados y nos cerraremos como un lazo alrededor de su despreciable
cuello. — Cerró el puño lentamente.
—Y mientras aguardamos
nuestra oportunidad, Kalas matará a más mujeres e incendiará al resto de las
Congregaciones. —La voz de Jenna era amarga, como si Carroña hablase por su boca—. No podemos esperar. No
debemos esperar.
—Por salvar a unos pocos,
podríamos perder a la mayoría —le advirtió el rey.
Eres demasiado joven para
comprenderlo.
—Tengo casi tu misma edad
—replicó Jenna.
—Ni por diez años... ni
por cien —respondió el rey—. La guerra significa que algunos deben morir para que otros puedan vivir. Un
rey no tiene edad, ya que debe tomar todas esas terribles decisiones. El rey; no su esposa ni su hermano, ni su
jefe de guerra ni su amigo. Viajaremos
al norte hasta New Steading para iniciar nuestro reclutamiento.
Jareth agarró el brazo de Gorum y le hizo dar la
vuelta. Jenna debió sujetar el brazo de
Piet para impedir que éste golpease al muchacho. De la garganta de Jareth surgían sonidos ahogados, más parecidos
a los de un animal que a los de un hombre. Cuando resultó evidente que nadie le comprendía, trató de transmitir el
mismo mensaje tirando con furia
de la manga del rey.
—El sabe algo —le susurró
Jenna a Piet—. Debemos escucharle.
—No dice nada —refunfuñó
Piet apartándose de ella.
El rey empujó a Jareth.
—No sabe nada y dice
menos.
—Sabe que no podemos
permitir que muera más gente sólo por ganar una discusión. —La voz de Carum era
apasionada.
Con la sonrisa socarrona
que Jenna había llegado a temer, Gorum dijo—Hermano
mío, no hay ninguna discusión. Sólo está la decisión del rey. Has estudiado demasiados textos
antiguos. Yo he estudiado
los corazones de los hombres. Iremos de pueblo en pueblo reuniendo un gran ejército y el rumor llegará
hasta Kalas. Tratará de intimidarnos
asesinando más gente. Se volverá aún más brutal.
Sin duda hará que más hombres quieran unirse a la Anna. Y cuando hayamos igualado su número...
Carum miró a su hermano.
—¿No te importa cuántas
personas más puedan morir o de qué horrible manera?
—Me parece mejor así. ¿Te
escandaliza eso, hermano? —El rey volvió a adoptar una expresión sombría—. Como dicen
en los Valles, Longbow, no puedes
cruzar el río sin mojarte los pies.
—Tú no eres mejor que
Kalas —le acusó Petra.
Se volvió y miró a los pequeños grupos de hombres
que conversaban tranquilamente a lo largo del
camino.
—Soy mucho mejor que Kalas porque hago lo que hago
para imponer el bien. El sólo se
preocupa de sí mismo, me debo a mi pueblo. —La voz del rey era muy suave—. Mi pueblo, no el suyo.
Carum se aclaró la
garganta.
—Gorum, en esos textos
que tanto desprecias hay muchas historias en
las que los ejércitos pequeños vencen a los grandes por medio de la astucia. No olvides la fábula del gato
y el ratón que mi madre nos
contó el día en que ese bruto de Barnoo hizo sangrar tu nariz.
El rey volvió a sonreír.
—Barnoo está muerto.
—Y fue Jenna quien lo
mató.
—Y yo estoy vivo. Yo soy
el que sabe utilizar la astucia, querido hermano, no tú. No lo olvides. Esas historias de
los pequeños que vencen a los grandes son sólo manifestaciones de deseos
inventados por los pueblos conquistados. Tu madre era nativa de los Valles. Tú llevas su sangre
y la de nuestro padre. Yo soy completamente Garuniano.
—Tú eres... —comenzó
Carum con ira.
—No, hermano, tú eres... un libro abierto. Cuando
yo haya recuperado el trono podrás ser mi
filósofo de la corte, mi narrador de
historias, mi bufón, y de ese modo dispensar toda tu erudición y
sabiduría. Entonces podrás recordarme las fábulas que nos contaba tu madre de los Valles y las que se
encuentran en tus bonitos libros, adornadas con dibujos de ratones y gatitos.
Pero ahora somos soldados. Las historias que queremos escuchar son las de nuestras grandes victorias. —Le dio una palmada
a Carum en el hombro, como
regañando a una mascota o a un niño. Luego, se volvió y llamó a sus hombres—.
A montar. A montar. Continuaremos hasta New
Steading y mostraremos a la Anna. —Agitó la mano derecha.
—¡LA ANNA! ¡LA ANNA!
—gritaron los hombres, siguiendo el ritmo de su brazo hasta que el rey estuvo satisfecho.
Después, asintió con la
cabeza y le guiñó un ojo a Carum como subrayando su autoridad sobre los hombres. Luego
dejó caer el brazo y todos
montaron.
El último de todos fue
Carum, que apenas si podía contener su ira. Jenna hizo virar el caballo y lo acicateó
con las rodillas.
—Tiene razón en una cosa,
¿sabes? —susurró—. Tu rostro es una pizarra en blanco sobre la cual están escritos
todos tus pensamientos.
—Para él soy un inútil —le respondió Carum,
apesadumbrado—. Y se ocupa de que todo el
mundo lo sepa. Incluso tú.
—No, tú tienes razón. Se
está convirtiendo en un ser tan monstruoso como el miserable que se encuentra en el trono. Pero debes contarme esa historia.
—¿Qué historia?
Ella posó la mano sobre
el cuello de su caballo, sintiendo la piel sedosa bajo sus dedos.
—La del gato y el ratón.
Si es verdad que un ejército pequeño puede vencer a uno grande, me agradaría saber cómo
antes de intentarlo.
Él le sonrió lentamente.
—Antes de que ambos lo
intentemos.
Acariciando el cuello del
caballo, Jenna aguardó.
Carum le relató la fábula
en unas pocas frases breves y, cuando ella asintió con la cabeza para indicarle que había
comprendido, él hizo avanzar su caballo hacia la primera fila con un
silencioso y
enérgico puntapié.
Al día siguiente, casi por la noche, llegaron a New
Steading desde el sur. Era día de mercado y los puestos aún estaban abiertos, exponiendo frutas, panes y sedas sin ningún
orden visible. Las calles empedradas estaban llenas de compradores, y por todas
partes se oían los pregones de los
mercaderes. A pesar del ruido de los
caballos, Jenna podía escuchar el extraño parloteo.
—Bacalao fresco,
bacalao... pan CALIENTE salido del... sanguinaria recién cortada... compren mis tejidos,
compren mis brillantes
tejidos...
Jenna nunca antes había
estado en medio de semejante gentío y se volvió para mirar a sus amigos con inquietud.
Los ojos de Petra
estaban abiertos de par en par por el asombro. Junto a ella, Marek y Sandor comentaban
y señalaban en todas direcciones. Sólo Jareth parecía tranquilo, como cobijado en su
propio silencio.
Cabalgaron en una fila ordenada a lo largo de la
calle principal. Aunque algunos miraban de
soslayo a los estrechos callejones con sus hileras de casas, nadie se atrevió a
quedar rezagado. El rey estaba
complacido: complacido con el gentío, complacido con sus hombres y
complacido con su entrada al pueblo. Su rostro lo demostraba.
En la primera fila de
jinetes, Deber comenzó de pronto a efectuar un cabrioleo que Jenna no pudo controlar. Era como si, al
enfrentarse con la audiencia, el animal hubiese recordado algún entrenamiento previo. Jenna se aferró a las riendas
y tiró con fuerza. Deber bajó la cabeza y arqueó el cuello hasta tocarse el
pecho con el mentón. Jenna apretó las rodillas y los muslos hasta que le pareció que atravesaría los flancos del caballo, pero
esto resultó ser una seña
especial. Como respuesta, Deber alzó las patas en un cabrioleo aún más pronunciado.
Jenna se sintió una
tonta, brincando de un lado a otro del ancho lomo del animal frente a la encantada
muchedumbre. Pero los
clientes del mercado vitoreaban las travesuras del caballo y el rey esbozaba
una amplia sonrisa. Nadie parecía considerarlo tonto o peligroso, con excepción
de Jenna que se aferraba a las riendas con
los muslos tan apretados que le temblaban por el esfuerzo.
A lo largo de toda la calle principal, Deber
bailoteó mientras Jenna luchaba para
mantener a la vez su equilibrio y su dignidad. A sus espaldas, los jinetes iniciaron el cántico de
su nombre:
—¡LA ANNA! ¡LA ANNA! ¡LA
ANNA!
El sonido retumbaba
contra las fachadas de piedra de las casas. Jenna no podía creer que estuviese oyendo un eco semejante hasta que comprendió que había gente en las ventanas,
agitando las manos y gritando con los
jinetes.
—¡LA ANNA! ¡LA ANNA! ¡LA
ANNA!
No quedaba claro que
supieran lo que estaban gritando, ni tampoco si en realidad gritaban algún nombre
distinguible. Pero el sonido era
ensordecedor y algunos de los caballos comenzaron a ponerse nerviosos, dando respingos o emitiendo
bufidos. Los jinetes tiraron de las riendas y uno o dos llegaron a
utilizar sus fustas, lo cual perturbó aún más a los animales. Sólo Deber
parecía disfrutar con su actuación para el
público.
La calle principal
terminaba en una amplia escalinata que conducía a un edificio palaciego. Deber posó las patas delanteras sobre el
primer escalón y se detuvo bruscamente, con lo cual Jenna estuvo a punto de
volar por encima de su cabeza. Jenna le respondió con un último tirón furioso
de las riendas, levantándole la cabeza. Deber emitió un relincho, se encabritó
y alzó las patas delanteras por el aire.
Jenna logró permanecer en la montura. Los niños que se habían reunido en la escalinata para
observar comenzaron a gritar su
admiración.
Cuando Deber volvió a
posar las patas en el suelo, Jenna desmontó temblando y le entregó las riendas a uno de
los niños. Le dolían las
piernas y, por un momento, temió no poder permanecer en pie. Entonces, se mordió el labio casi hasta
hacerse sangre y se obligó a
enfrentarse a la multitud.
El rey también desmontó
y, a pesar de sus ropas sucias y andrajosas, algunas personas lo reconocieron de
inmediato.
—Es el hijo del antiguo
rey —gritó alguien.
—Es el nuevo rey,
entonces —dijo una mujer enorme.
—¡Gorum!
Quien pronunció su nombre
por primera vez fue un joven de cabellos negros, y después sus amigos lo repitieron rápidamente.
—Es Pike, el hijo del rey
—agregó otro.
El rumor de su llegada hizo que más habitantes de
New Steading se fuesen acercando, y muy
pronto el lugar estuvo atestado de
aldeanos que juraban haber reconocido al rey desde el primer momento.
Gorum permitió que el
nerviosismo creciese más y más, y Jenna no pudo menos que admirar cómo recibía la
atención de todos, volviéndose lentamente mientras asentía con la cabeza. A
medida que crecía la multitud, comenzó a subir la
escalinata con Jenna a su derecha,
Carum a su izquierda y Piet detrás suyo. Al fin estuvieron frente al palacio, con los hombres
alineados a los costados formando
una uve invertida cuya punta la constituían el rey y Jenna. Ésta se preguntó si Gorum y sus hombres
habrían planeado semejante
maniobra, ya que se movían con completa precisión. O quizás los reyes naciesen sabiendo cómo hacer
tales cosas. Jenna se volvió
hacia Carum, quien sacudió la cabeza dos veces pero no dijo nada.
El rey alzó las manos y
todos guardaron silencio; no ocurrió de inmediato, sino que fue como una oleada, desde la punta de la uve hacia abajo. Cuando se hubo logrado un
silencio total, comenzó a
hablar con grandilocuencia.
—Vosotros me conocéis,
querido pueblo.
De pronto, el silencio se llenó de vítores.
—¡EL REY! ¡EL REY!
Aguardó a que se apagasen
las voces y luego sonrió.
—No el rey Kalas. No ese
miserable, usurpador y asesino. No él.
La gente rió y aplaudió
cada frase.
—Yo soy el legítimo rey.
Gorum, hijo de Ordrum y de Jo-el-ean.
Aguardó el murmullo de
aprobación antes de continuar.
—El rey se apropió de un
trono dejado vacante por los asesinatos de mi pobre padre y su esposa, vuestra hermana de los Valles.
Como si acabaran de
enterarse de los asesinatos, la gente gimió.
Gorum aguardó hasta que
el gemido hubo desaparecido y agregó:
—Y el cobarde crimen de
mi hermano, Jorum el Santo, quien debía suceder a mi padre como rey.
Todos volvieron a gemir.
Jenna notó que Carum sacudía levemente la cabeza, aunque no supo si se debía a la habilidosa manipulación del rey o a la
mención de su hermano mayor como un santo.
—Pero aquí me encuentro
por vosotros, buena gente. Y como podéis ver, no estoy solo.
Esta vez, nadie emitió un
sonido. A Jenna le pareció que el rey estaba complacido, aunque no comprendía por qué.
—Aquí está Ella. Ya la
conocéis. Ya la habéis llamado por su nombre. —Extendió la mano derecha hacia Jenna.
El niño que sostenía las
riendas de Deber gritó con una voz aguda y penetrante que se oyó por toda la plaza:
—¡La Blanca!
Atrapada por la ridiculez
del momento, Jenna tomó de pronto la mano del rey y se acercó a él. La palma de Gorum
estaba fría como el hielo y sus dedos tenían la fuerza del hierro. Al comprender lo que acababa de
hacer Jenna trató de soltarse, pero él no se lo permitió. No podía retirar su mano sin hacer una
escena desagradable, así que permaneció muy quieta con el rostro transformado en una máscara.
—Sí —continuó el rey con
calma, como si le resultase fácil retener la mano de Jenna en la suya—. Ella es
La Blanca, buena gente. La que hemos aguardado. Ha tenido tres madres y todas ellas están
muertas. Ha matado al Sabueso para salvar a mi hermano, Carum.
Señaló a su hermano con
la mano izquierda, pero éste ni se movió ni asintió con la cabeza, y Jenna se sintió
agradecida por aquella muestra de tranquila dignidad.
—Y mutiló al Toro para
salvar a su propia hermana. Tenemos este anillo como prueba.
Abrió la mano izquierda,
como aguardando que Carum dejase caer el anillo sobre su palma. Al ver que éste no se movía, el rey vaciló sólo un
segundo, soltó la mano de Jenna y fue hacia su hermano para tomar la tirilla de cuero que pendía
alrededor de su
cuello. De ella colgaba un pesado anillo de sello. De repente Jenna recordó la
mano amputada que lo llevara puesto por última vez. Balanceando el anillo frente a la gente, el
rey sonrió. La multitud comenzó a vitorear.
Dejó caer el anillo sobre
el pecho de Carum y se volvió. Los gritos continuaron unos momentos más y luego el rey
los detuvo con
un brusco movimiento de la mano.
—Y, a causa de La Blanca,
una mujer llamada Gata, o Puma, fue asesinada hace sólo dos días.
Aguardó las objeciones que sabía que vendrían.
—No se trataba de ese
Puma —gritó la mujer enorme—. El Puma de las profecías aún está con vida. Y bebe su
leche de la mano de Kalas.
El rey se volvió
lentamente hacia ella, con una actitud amable, pero firme.
—Y tú, mi buena mujer,
¿Sabes cómo leer una profecía? ¿Eres un sacerdote Garuniano? ¿O una sacerdotisa de las Congregaciones de Alta?
Ella lo miró
desconcertada.
—Yo sé lo que sé
—murmuró.
—Entonces debes saber
algo más, mujer. Las profecías no pueden interpretarse de forma literal. ¡Deben leerse
de soslayo!
Rugió sus últimas palabras para que todos pudieran
escucharle. Luego, bajó tres peldaños hasta
llegar al medio de la uve, el centro de todas las miradas.
—La profecía sólo habla
de un Puma. No dice que sea este Puma o el otro. ¡Menciona a un Puma! Y un Puma fue
asesinado. Con eso van tres. —Alzó la mano, contando lentamente con los dedos—. Uno, el Sabueso. Dos, el Toro. Tres, el Puma. Todos
muertos por La Blanca, tal como está
escrito en la profecía. La Anna, a quien hemos aguardado durante tanto tiempo. Y sólo nos queda uno para que
termine de cumplirse la profecía, el Oso. Porque es Ella quien señala el final del falso reinado y el comienzo
del nuevo. La Anna. —Señaló a
Jenna con su mano derecha.
—Lo que llamas nuevo
alguna vez ha sido viejo —murmuró la mujer enorme, pero quedaba claro que ya había
sido derrotada en la discusión. En un último intento, habló lo suficientemente alto como para que
pudiesen oírle quienes estaban cerca de ella—. Además, eso de que las mujeres anden vestidas como
hombres, jugando a la guerra... no
es... no es natural. Todos lo hemos dicho.
Pero su voz fue ahogada
por los vítores; primero de los niños y luego de todos. Y lo que gritaba la gente eran
los nombres de la Anna, del rey y de Carum.
LA CANCIÓN:
Corazón y corona
Llegaron ellos al
pueblo El trece de
primavera. Ella le entregó su
mano Cuando él su anillo le
diera. Ella
le entregó su
corazón Y
él su corona
brillante, Pero nunca, a pesar de
todo, Se tendieron como
amantes.
El caballo de ella era
blanco Y él un tordo
montaba. Ella quería
alejarse, Pero él pidió que se
quedara. Ella
le entregó su
corazón Y
él su corona
brillante, Pero
nunca, a pesar de
todo, Se tendieron como
amantes.
Ella tenía ojos
negros Y azules eran los de
él. Ella lo quería
fuerte Y él la quería
fiel. Ella
le entregó su
corazón Y
él su corona
brillante, Pero nunca, a pesar de
todo, Se tendieron como
amantes.
Venid, rubias
doncellas, Venid y escuchad mi
voz; Si
queréis que vuestro amor
sea Fuerte y libre como un
dios, Entregad sólo el
corazón Y
recibid la corona
brillante, Pero nunca, a pesar de
todo, Os
tendáis con él como amantes.
EL RELATO:
Cenaron en el patio
interior del gran palacio del pueblo, con los miembros del concejo de New
Steading. Fue un banquete impresionante; en particular, considerando lo rápido que había sido improvisado por la gente del pueblo.
Aunque Jenna se sentía
aprensiva, muy pronto descubrió que nadie esperaba que hablase. En realidad, su
presencia en la cena hacía sentirse incómodos a la mayoría de los aldeanos, y nadie se acercaba a ella. Sin
embargo, la observaban moverse entre las mesas, con ojos cautelosos y
fascinados. Parecía que querían memorizar cada detalle de ella en esa cena,
para volcarlos luego en leyendas y baladas. Jenna le comentó a Petra con ironía:
—Y cantarán sobre «El día
en que la Anna comió manzanas» o «Cómo La Blanca se lavaba las manos».
Petra se echó a reír y de
inmediato improvisó una rima:
Cuando Jenna comía
manzanas,
Con sus dientes las
semillas mordía,
Tomaba un trozo de pan
Y en queso fundido lo
sumergía,
Comía tallos de apio,
Bebía té sin parar
Y después de eso buscaba
Un lugar donde...
—Basta —susurró Jenna—. Basta.
Se llevó una mano a la
boca para no reír en voz alta. Pero cuando se sentó a la cabecera de la mesa al lado del rey,
descubrió que no tenía apetito. El esfuerzo que había realizado con los cabrioleos de Deber, el recuerdo de
la mano fría de Gorum y del entierro de Catrona, las miradas de los aldeanos; todo
conspiraba contra el apetito que había tenido. Aunque le colocaron un plato delante, no comió nada,
limitándose a empujar los vegetales y la carne con su cuchillo.
Los concejales notaron
que no comía y algunos de ellos preguntaron
cuál era el motivo.
El rey les respondió en voz baja, pero lo
suficientemente fuerte como para que los que
se encontraban más cerca pudieran oír.
—Por lo general, los
dioses no comen nuestra comida.
Sus palabras pasaron de
boca en boca alrededor de toda la mesa, como él había esperado. Algunos incluso las
creyeron.
Petra también las oyó,
pero no pasó el mensaje del rey. Apenas si pudo contener la risa y le susurró a Jenna:
—Y después de eso
buscaba...
Jenna bajó la vista y no
notó que Petra guardaba un trozo de pollo, un gran trozo de pan de maíz y un puerro dentro de su servilleta.
Pero Jareth, sentado a su lado, sí lo notó y agregó
varios hongos blancos junto con una hogaza de pan negro al tesoro de Petra.
Después de la cena el rey
volvió a hablar, instando a los concejales a que reclutasen hombres para su ejército.
—Para luchar contra el
miserable —les dijo.
Ellos no necesitaron
grandes apremios; en especial, al estar sentados como estaban bajo la mirada de la Anna, con
siete u ocho copas de vino tinto en el
estómago. Incluso llegaron a firmarle un papel
donde le prometían doscientos jóvenes armados.
El rey besó a cada uno en
la mejilla derecha por tanta generosidad y les prometió que tanto ellos como
New Steading serían recordados.
Jenna aguardó hasta que el escrito estuvo
terminado. Pero, durante las
congratulaciones, se levantó. En el momento en que estuvo de pie, cesaron todos los demás movimientos.
Hasta las criadas se detuvieron con las pesadas bandejas en las manos. Jenna
se preguntó qué podía decirles.
Al rey le surgían con
mucha facilidad las palabras, pero ella no tenía ninguna. De pronto sintió que lo
envidiaba. Abrió la boca para dejarles al menos su agradecimiento y descubrió
que no tenía nada que decir; cerró la
boca bruscamente para no sonar estúpida en
el intento.
Al otro lado de la larga
mesa, Carum se levantó de un salto.
—Hemos tenido una larga cabalgata y debemos
continuar por la mañana. Hasta una encarnación de la Diosa debe descansar.
El cuerpo humano se fatiga, aunque sólo
se trate del atuendo que recubre
a un gran espíritu.
Se acercó a Jenna y tomó
su mano. Lentamente la alzó hacia su boca y besó sus nudillos con formalidad.
Su mano y su boca eran cálidas.
Jenna sonrió. Luego, muy lentamente y con gracia,
retiró su mano.
—Gracias —les dijo
simplemente a los aldeanos—. Por todo.
Saludó con un movimiento
de cabeza al rey, a Piet, a Petra y a los muchachos y se dio la vuelta. Carum la
siguió.
—No te preocupes —le
susurró cuando llegaron a la puerta—. Estoy detrás de ti.
Equivocaron la dirección
en los oscuros pasillos y tuvieron que retroceder.
—Esto es peor que la
Congregación —se quejó Carum.
Recordando a qué Congregación se refería y lo que
había encontrado allí a su regreso, Jenna no
dijo nada. Ninguna de las puertas del
pasillo le resultaba familiar.
Cualquiera de ellas me
servirá, pensó. Lo único que quería era alejarse de todos aquellos ojos que la miraban.
—¡Ésa! —dijo de pronto,
señalando una.
Traspusieron la puerta y
se encontraron dentro de una gran habitación. A través de las ventanas que se
asomaban a la gran escalinata, se filtraba un poco de luz. Jenna comprendió que se encontraban en uno de los
salones del concejo, ya que había una mesa de madera rodeada por muchas sillas. A ambos lados
del salón había más sillas y varios
sillones. Jenna se sentó en uno de ellos y suspiró profundamente.
—¿Qué haría sin ti,
Carum?
—Espero que nunca llegues
a averiguarlo —respondió él rápidamente.
—No me respondas con
juegos de palabras. No soy uno de tus seguidores Garunianos ni tampoco un mercachifle de
New Steading.
—Yo no juego contigo,
Jenna.
—Todos vosotros los
Garunianos lo hacéis. Tu hermano es el peor de todos.
—¿Y tú no lo haces? —Su
acostumbrada voz suave se había endurecido.
—No. Nunca.
—Entonces cuéntame qué
juego no estabas jugando esta tarde cuando fuiste hacia mi hermano.
Ella alzó la vista. El
sólo era una sombra oscura que se alzaba sobre ella en la habitación. No podía ver su
rostro.
—No fui hacia él
—protestó Jenna, mientras volvía a sentir esa mano fría bajo la suya, la dureza de hierro de sus
dedos.
—Yo te vi.
—Me obligó. No me soltaba.
—Hace poco, en el
comedor, no te resultó tan difícil retirar tu mano de la mía.
—Tú me lo permitiste. No
me forzaste.
—Yo nunca te forzaría.
—Entonces, ¿por qué estamos discutiendo? —Jenna
estaba verdaderamente confundida, pero
recordó algo que él le había dicho
cuando se conocieron... semanas, meses, años atrás... y comprendió lo que ocurría—. Estás celoso. De eso se
trata. Son celos. —Esperaba que
él lo negase.
Carum se sentó a su lado
en el sillón.
—Es verdad. Lo admito. Me
siento terriblemente celoso. —Su voz había vuelto a ser suave.
—¿Y qué hay de ese roble?
—bromeó Jenna—. ¿Qué hay de ese abedul? ¿Los árboles que aguardan sienten celos?
El también se rió.
—De cada soplo de brisa.
De cada pájaro que pasa volando. De cada ardilla en una rama y de cada zorro en su
cueva. De cualquier
cosa capaz de acercarse a ti.
Jenna extendió la mano en la oscuridad hasta hallar
su rostro. Aun sin verlo, pudo sentir
que tenía el ceño fruncido. Su expresión
era aquella que adoptaba cuando estaba pensando. Jenna le masajeó la frente con dos dedos.
—¿En qué piensas?
—En cuánto te amo a pesar de las muertes que se
interponen entre nosotros.
—Calla —susurró ella—. No
ensucies tu boca con esas muertes. No pienses en el Sabueso. No pienses en el Toro. No recuerdes a Catrona ni a las
mujeres de las Congregaciones. No debemos permitir que su sangre se interponga entre nosotros.
Comprendió que no había
dicho nada respecto a la otra palabra, amor, y se preguntó si él también lo habría notado.
—He visto muchas más
muertes que tú, Jo-an-enna. No puedo evitar
pensar en ellas. No puedo evitar pensar en mi participación en ellas.
Y se calló para
entregarse a sus caricias.
Durante un largo momento,
los dedos de Jenna sobre su frente fueron el único contacto entre ambos. Luego,
él alzó las manos y encontró
su rostro en la oscuridad. Lentamente, comenzó a soltarle el cabello. Jenna no se movió hasta que su larga cabellera
cayó como una cascada sobre sus
hombros, esparciendo el olor del viento
y del camino.
Jenna debió hacer un
esfuerzo para acordarse de respirar y, entonces, de alguna manera, estuvo junto
a él y sus bocas se unieron en un beso.
Se hallaban tendidos en el sillón, envueltos en su cabellera.
Ella sintió que debía
entregarle algo, un obsequio especial, pero no pudo pronunciar la palabra amor.
—Mi verdadero nombre
—susurró al fin—, es Annuanna. Annuanna. Nadie lo sabe con excepción de mi Madre Alta, de mi hermana sombra y de ti.
—Annuanna —murmuró él con
dulce aliento en su boca.
Después, labio con labio y lengua con lengua, sin
jamás pronunciar la palabra amor, aprendieron
sobre él mucho más de lo que
Jenna había oído o Carum había descubierto en sus libros. Y lo aprendieron juntos durante gran parte de la
noche.
LA HISTORIA:
Los tabúes sexuales de
los antiguos Garunianos y de los habitantes de los Valles difieren tanto que resulta muy
difícil encontrar
alguna coincidencia. Los Garunianos tenían una sociedad sofisticada y habían
hecho suyas las costumbres sexuales de sus vecinos del Continente, tanto las heterosexuales como
las homosexuales.
Para la época en que conquistaron el reino isleño de los Valles, habían pasado por varios
períodos barrocos, alternando modas orgiásticas y célibes.
En el Continente existen
fuentes que nos proporcionan gran evidencia sobre esto.
(Ver primer trabajo de
Doyle, su tesis de doctorado: ¿Prácticas Amatorias, Votos Obligatorios», que más tarde se
convertiría en el conocido libro Yo lo hago, nosotros lo hacemos: O lo que hacían los Garunianos.)
Pero después de la
conquista de los Valles, sabemos muy poco, por lo cual debemos conformarnos con
suposiciones. Con gran sensatez, Doy
le presume que practicaban el concepto de matrimonio grupal, tan popular en el Continente por aquellas
épocas, y que lo llevaron
consigo al atravesar la Bahía de Todas las Almas. Nuevamente, con
notable sensatez, plantea la hipótesis de que la poligamia permitía a los
nobles Garunianos casarse con su propia jerarquía
y con las clases superiores de los Valles: un rey podía tener cinco esposas de
ambas sin violar el estricto código de ética sexual vigente en los
Valles.
Como en aquellas épocas
los habitantes de los Valles eran matriarcales
(ver el brillante trabajo de Cowan: Madre e hijo: Cómo se transmitían los títulos en el linaje de los
Valles» Anuario demográfico, ediciones de la Universidad de Pasden, n°.
58), todo el dinero, tierras y títulos se
heredaban por línea materna, por lo que la conquista de los patriarcales Garunianos debe de haber significado todo un desafío. Incluso existen pruebas de
que los habitantes de los Valles no comprendían el papel del hombre en la creación de los niños y de que creían en alguna extraña
forma de clonación femenina,
«.Las gemelas del espejo» que a Magon tanto le agrada investigar, (Diana Burrow-Jones descubre esta actitud en su capítulo «La confusión del padre», en la
Enciclopedia de los Valles.)
Por más difícil que haya
resultado el cambio en la psiquis de los Valles, es evidente que las cosas se
desarrollaron con una relativa fluidez durante cuatrocientos años. Los reyes Garunianos tomaban esposas de los Valles, manteniendo con ellas
una cuidadosa abstinencia, pero
logrando de este modo un lazo con las tribus de los Valles. Las esposas de los Valles recibían el
título de sacerdotisas y se
constituían en madres honorarias; o Madres Alta, según afirman Sigel y Salmón,
a pesar de que sus pruebas son bastante fragmentarias.
Por supuesto que Magon,
con sus habituales saltos en el vacío, trata de probar que muchos de los últimos reyes (en
especial Oran, padre de Langbrow, y el mismo Langbrow) mantenían relaciones sexuales
con sus esposas de los Valles, produciendo descendencia. Como prueba, cita algunas
rimas antiguas y bastante rudimentarias, incluyendo la conocida:
Cuando Langbrow su lezna
introdujo Para un bebé de madera
tallar Que de abedul y de
roble Hecho estaba sin dudar.
Al igual que la amorosa
dedicatoria escrita a mano (por la mano de quién es algo que desconocemos) en la única
copia existente que poseemos del Libro de Batallas de Langbrow: Este librito es para ti, Annuanna, mi
amor, mi luz.»
Pasando por alto el hecho
de que la esposa Garuniana de Langbrow se llamaba Jo-el-ean (la escandalosa Jo-el-ean que se negó a sentarse junto a su
esposo, provocando de este modo la caída de su reino y el oprobio), el nombre Annuanna, a
pesar de su terminación femenina, ha
sido considerado desde hace mucho como
nombre masculino, una abreviación de Annuannatan. Si la dedicatoria fue realmente escrita por
Langbrow, tiene más sentido que dedicara el Libro de Batallas a un amigo varón;
Annuannatan sólo puede ser su amante
homosexual, su compañero del ejército.
Si el doctor Magon hubiese realizado una investigación más
profunda, ahora no estaría haciendo un papel ridículo en los círculos eruditos.
EL RELATO:
Pasaron dos días antes de
que abandonaran New Steading, ya que se
necesitó todo ese tiempo para reunir y equipar a doscientos jóvenes. En
realidad fueron doscientos treinta y siete, entre ellos el hijo mayor del
alcalde. Y se repartieron ropas nuevas entre los hombres que ya seguían al rey,
al igual que docenas de lanzas y
espadas donadas por los religiosos del pueblo. Carum estaba espléndido con su justillo y su calzón color
vino, además de la vistosa
camisa blanca con adornos dorados. El traje del rey era completamente
dorado. Hasta Piet estaba resplandeciente, a pesar de que había elegido ropas
verdes y pardas «para confundirse con el
bosque», según había murmurado, y agregó:
—El oro está bien para las ceremonias, mi señor,
pero la guerra es algo completamente
diferente.
Gorum se había echado a
reír:
—Dondequiera que esté el
rey, hay una ceremonia.
—Dondequiera que esté el
rey, hay una guerra —intervino Carum, pero ellos lo ignoraron.
Jenna había rechazado las
ropas nuevas, ya que sólo le ofrecían faldas de mujer y corpiños con adornos
bordados. Sabía que le resultaría
difícil cabalgar con faldas y suponía que las cuentas del corpiño se engancharían en las malezas y dejarían
un rastro fácil de seguir. En lugar de ello cepilló sus viejas
prendas y pidió aguja e hilo para remendar algunas roturas. No necesitaba estar
elegante. En la guerra, se necesitaba
contar con el equipo apropiado. Tal como Catrona le recordara
durante su entrenamiento: En Batalla, cualquier
cosa es una espada.
Sin embargo, lo que sí aceptó fue el ofrecimiento
de tomar un baño, y pasó más de una
hora dentro de la tina. Su único pesar al sumergirse en el agua
tibia fue que, con la primera enjabonada, desapareció el olor de Carum sobre su piel; aunque, cuando cerraba los ojos, podía recordar su aroma profundo y
penetrante. Pensaba que podría reconocerlo en cualquier parte, sólo
por ese olor. De todos modos, Jenna se
entregó a la tibieza del agua que la envolvía. Durante el viaje debía
conformarse con los arroyos y, a pesar de
que estaba acostumbrada al agua helada y de que se lavaba concienzudamente cada
vez que tenía ocasión, extrañaba los baños calientes de su Congregación. En realidad era el único aspecto de la civilización que realmente extrañaba.
¿Cuándo había tomado su
último baño caliente? Parecía que había pasado una eternidad desde que ella y Petra lo hicieran juntas en la Congregación. En los Valles se decía:
Una eternidad no es distancia en absoluto.
Pero Jenna sabía que la distancia existía. Sin duda
algo había cambiado en Petra... y en
Jenna. Ella y Carum habían salido de la sala de reuniones juntos de
la mano, pero al trasponer la puerta principal, se habían soltado rápidamente y
habían bajado a la plaza del pueblo
completamente apartados el uno del otro.
Encontraron a Petra
apoyada contra una pared, mordisqueando un trozo de pollo y con los ojos cerrados.
—¡Petra! —susurró Jenna.
Petra abrió los ojos
lentamente, casi con renuencia.
—¿Y dónde estabais vosotros dos?
Carum se volvió y se
marchó de pronto, sin siquiera intentar una explicación. Jenna se negó a seguirlo con la
mirada.
—Vi que no comías —continuó Petra como si Carum
nunca hubiese estado allí, como si no
lo hubiera incluido en su acusación inicial— y guardé varias cosas en mi
servilleta para que comieras más tarde; a pesar de que no me
resulta fácil robar. Estoy entrenada para ser una Madre Alta. Y luego no pude
encontrarte por ningún lado.
—Estaba... —comenzó
Jenna, pero comprendió que no podía decirle nada a Petra. Nada.
Petra aún era una niña y,
después de todo, ella ya no lo era. Los cambios se habían producido, de forma lenta y
precipitada a la vez. Y Petra no los había compartido. Jenna se extrañó de
que el cambio no se le notase
a simple vista... en las mejillas, en los ojos, en la boca suavizada todavía por tantos besos. Extendió la mano y tomó el trozo de pollo.
—Gracias —le dijo—. Estoy
muerta de hambre.
—No me extraña. Si los dioses no comen nuestra
comida, están destinados a pasar hambre.
—Por lo general, no comen —corrigió Jenna—. El dijo
que por lo general.
Petra le ofreció el
puerro, pero Jenna sacudió la cabeza, así que ella misma se lo comió.
—Quieren que me quede
aquí.
—¿Quiénes?
—Todos. El alcalde...
—vaciló.
—Tal vez debieras hacerlo —aventuró Jenna
lentamente, horrorizada ante la idea.
—Dicen que las mujeres no
deben ir a la guerra, que no somos fuertes como los hombres. Los aldeanos dicen eso.
—¿Y qué hay de mí? ¿Qué
pasa con la Anna?
—Tú eres una diosa. Eso
es diferente.
—Las mujeres de Alta
deben estar donde deseen. Estamos entrenadas tanto para la guerra como para la paz.
—Sabía que dirías eso
—Petra sonrió—. Y eso fue lo que les dije, eso y que la sacerdotisa de Alta debe
cabalgar junto a la Anna. Después de todo, muchas mujeres han muerto para que tú puedas continuar tu viaje y yo
contigo.
—No es por eso por lo que
han muerto.
—Sabes a lo que me
refiero.
—Continúa con tus rimas,
eres más clara de ese modo.
Jenna se mordió el labio.
¿Cómo podía haber dicho algo tan cruel? Pero Petra se rió, sin comprender o sin
prestar ninguna atención a su crueldad.
—Tienes razón, por
supuesto. Si he de ser tu sacerdotisa, será mejor que hable de un modo claro... o completamente
oscuro. ¡Pero de cualquier forma debo ser justa! —Le dio un abrazo a Jenna.
—¡Vaya! —dijo Jenna—. Si insistes en comerte esos
puerros, tu aliento será tan fuerte
como el de cinco hombres aunque tu brazo no lo sea.
Ambas se rieron, amigas
otra vez, y entraron en el Ayuntamiento del pueblo.
La partida de New
Steading hacia el este fue acompañada por el aliento de los aldeanos. Jenna
había recibido instrucciones de uno de los hombres para controlar a Deber e
impedir que comenzase a hacer cabriolas.
Cabalgaba al lado de Carum, pero esto era lo más cerca que habían llegado a estar desde que él se alejó de las preguntas de Petra. A partir de entonces,
ambos estuvieron demasiado ocupados,
siempre rodeados de hombres.
Por encima del ruido
producido por los caballos y los vítores de la gente, Jenna le preguntó:
—¿Todavía... lo...?
Se detuvo. ¿Cómo gritar
esa palabra cuando otros podían oírla? El esbozó una sonrisa y le guiñó un ojo con
expresión seductora.
—Por supuesto que lo
recuerdo, si ésa es la palabra que querías decir. Recuerdo cada movimiento, cada... cosa.
—Le dirigió una amplia sonrisa—. Un roble no olvida, ¿Y tú?
Ella también sonrió.
—Jo-an-enna significa
amante de abedules blancos.
-¿Qué?
El ruido no le había
permitido oír su respuesta. Ella la repitió, Y agregó:
—Si tú eres un árbol, yo
soy un árbol.
—Yo soy un hombre —dijo
él—. No un árbol.
—Lo sé —susurró Jenna—.
Eso es algo que sé con certeza.
Empujados por aquellos
que los seguían, los caballos se lanzaron al galope por el camino sinuoso impidiendo toda
conversación.
Se detuvieron en dos pueblos más pequeños en el
camino y sumaron una docena de hombres
a sus fuerzas. El rey exhibía a Jenna como si se tratase de alguna
especie de animal exótico, importado del
Continente. Carum se quejaba en voz alta, pero hasta él debía admitir que el sistema parecía funcionar.
Piet no estaba tan
complacido.
—Doce hombres cuando
necesitamos mil doscientos —se lamentó—. Cuando doce mil no serían demasiados.
—Entonces, ¿por qué no
reclutamos mujeres? —preguntó Jenna. Se habían detenido para descansar, y los
muchachos nuevos estaban
siendo presentados mientras los caballos pastaban a ambos lados del camino—. Seguramente nos encontramos
cerca de alguna Congregación. —Se
detuvo y agrego en voz baja—: Debe de quedar alguna Congregación en
pie por aquí. Dijisteis que habían desaparecido
diez, pero eran... —su voz se quebró— diecisiete.
Piet emitió un gruñido; no quedó claro cuál había
sido su respuesta. Pero el rey sacudió la
cabeza.
—Éstos no son soldados
regulares acostumbrados a las compañeras de la Congregación. Son muchachos que salen de las granjas o de las tiendas de sus
padres. Las jóvenes que ellos conocen saben cocinar y coser. Si queremos que se concentren en
el uso de sus nuevas espadas...
—Las mujeres de las
Congregaciones saben cómo esgrimir la espada. Y tienen un motivo para...
—Sólo hay una Congregación cerca de aquí —intervino
Carum de pronto. Hurgó dentro de su alforja y extrajo un mapa. Lo extendió sobre el flanco del caballo y deslizó el
dedo a lo largo de una línea
negra—. Nos encontramos en alguna parte por aquí...
—¡Aquí! —señaló Piet
posando el índice sobre el mapa.
Carum asintió con la
cabeza.
—Y allí... —Indicó un
extraño sombreado de marcas—. Eso es la Congregación M'dorah.
—¿M'dorah?
Jenna repasó la lista que
Catrona le enseñara al iniciarse su fatal travesía: Selden, Calla's Ford, El Cruce de
Wilma, Josstown, Calamarie, Carpenter, Krisston, Valle Occidental, Annsville, Crimerci, La Fuente de Lara,
Sammiton, James del Este, John del Molino, El Rastro de Cárter, Arroyo Norte, Nill... Al
recordar Nill, apretó los dientes. Pero Catrona no le había mencionado M'dorah.
—Nunca he oído hablar de
ella.
Carum alzó la vista con
expresión ausente.
—Es un lugar extraño,
Jenna. No se trata de una Congregación común, al menos eso es lo que dicen los
libros. Se apartaron de la primera Alta y
construyeron su Congregación en la cima de
un peñasco inaccesible. La única forma de subir es utilizando una escala de soga. No mantienen ninguna relación
con los hombres. Jamás han enviado
guerreras al ejército. Y nunca han enviado...
—M'dorah —murmuró Petra—.
Nunca envían misioneras. Mi Madre Alta
siempre nos amenazaba diciendo que, si no nos comportábamos bien, nos enviaría
a M'dorah en nuestra misión: Una Congregación
en lo alto de tina fortaleza donde ni siquiera anidan las águilas. Pensé que sólo se trataba de un
cuento.
—Tal vez lo sea —admitió
Carum—. Pero se supone que está cerca de aquí.
—Déjanos ir —dijo Jenna
de pronto—. Si es verdad que existe, traeremos de vuelta a muchas mujeres guerreras para unirse a tus filas. Y serán
mujeres que no mantendrán ninguna relación con los hombres, por lo cual no inquietarán a tus
muchachos.
El rey se rió.
—¡Tú no comprendes a los
muchachos! Pueden sacar una mujer de las flores, de los árboles, de los sueños. Sus cuerpos
huelen a primavera durante todo
el año.
Jenna se ruborizó furiosamente.
—No hay nada allí. Nadie
—gruñó Piet—. Eso significa perder el tiempo por una simple fábula.
—Tal vez no —replicó
Carum—. Las fábulas deben comenzar en alguna parte.
—Ésta se inició como una
broma después de beber demasiado vino —refunfuñó Piet—. Y de ver a demasiado pocas
mujeres.
—Según el mapa —insistió
Jenna—, parece estar a menos de un día de viaje desde aquí. Has dicho que
necesitabas más soldados y debes
ganar tiempo. Déjame ir. Yo las persuadiré.
—¡Persuadirás a las
águilas! —se obstinó Piet.
—Eres demasiado preciosa
para dejarte ir.
El rostro del rey estaba
pensativo.
—Yo iré con ella —se
ofreció Carum—. Regresaremos.
Mirando el mapa con
atención, el rey recorrió el camino desde M'dorah. Finalmente se volvió hacia Jenna.
—Acamparemos aquí para
pasar la noche. —Señaló el sitio desde el cual se desviaba el camino a M'dorah—. Tendréis
hasta la mañana. No podréis dormir,
pero como dicen en el Continente: Sin duda vale la pena dormir poco para cumplir un
sueño. —Se rió en
silencio—. Piet irá contigo. Carum, tú permanecerás aquí.
Lo sabe, pensó Jenna.
Sabe lo nuestro. El pensamiento primero la avergonzó y, luego, la enfadó, como si Gorum
los hubiese ensuciado
por saberlo.
Carum comenzó a
protestar, pero Jenna lo interrumpió, asintiendo rápidamente con la cabeza.
—Piet —aceptó—. Y Petra.
Necesitaré a mi sacerdotisa si quiero convencerlas para que se unan a nosotros.
—Piet para proteger y la
niña para convencer. Una pareja desigual. —El rey sonrió.
—Yo puedo protegerme sola
—se irritó Jenna.
Gorum asintió en silencio
con solemnidad y extendió la mano.
—Promete que regresarás.
—Tienes mi palabra.
Además, aquí están quienes más quiero en el mundo. Señaló a Jareth, a Marek y a Sandor.
Su mano no incluyó
a Carum para demostrarse a sí misma que no estaba siendo completamente veraz
con el rey. Después de todo, tampoco había mencionado a Pynt, a A-ma o a las
demás mujeres de la Congregación Selden. Sin duda, ellas eran sus seres más queridos.
Si el rey notó su omisión
no lo mencionó, e insistió en mantener la mano extendida hacia ella. Jenna se vio forzada a tomarla y volvió a sentir la
frialdad de su palma mientras sellaban la promesa.
En realidad el camino a
M'dorah no era un camino, sino un sendero cubierto de malezas donde los árboles se
ensanchaban de pronto. Fue Piet quien reconoció el lugar donde nacía aunque,
interrogado más tarde por Marek, no pudo explicar cómo lo había sabido.
El rey ordenó que se
detuviesen y la gran compañía acampó alrededor del prado. Algunos hombres fueron
enviados en busca de agua y para explorar la continuación del camino principal. Pero Piet, Petra y Jenna se internaron por el estrecho
sendero.
Jenna se volvió sólo una
vez con la esperanza de ver a Carum, pero él no estaba a la vista. Se internó entre los
árboles, pensando en la perfidia de los hombres, en cómo el amor, al igual que la memoria, podían ser
falsos, y consciente del ancho lomo de Deber debajo de ella.
Los árboles eran altos y
frondosos, un bosque de gran variedad. Jenna identificó la haya, el roble y el alerce sin
problemas, pero había muchos árboles que nunca antes había visto. Unos
tenían cortezas manchadas, otros
hojas en forma de aguja y algunos unas raíces que se retorcían unas entre otras como una
trenza mal hecha.
A su paso los pájaros gorjeaban alarmados y luego se alejaban volando en ruidosa
confusión. Si había alguna señal de animales mayores, Jenna no la notó, ya que Piet avanzaba
rápidamente, guiándoles
entre los árboles del sendero siempre en subida, como si supiese adonde se dirigía.
Después de un par de horas, el sendero se hizo de
pronto más estrecho y tuvieron que desmontar. Cien metros más allá, el sendero desapareció por completo y se vieron
forzados a dejar atados los
caballos y continuar a pie. La dirección escogida por Piet subía en un ángulo aún más empinado, y muy pronto todos
estuvieron respirando con
agitación. Jenna sentía un ligero dolor debajo del esternón, pero no quiso decir nada al respecto.
Era evidente que Piet
conocía la espesura de los bosques. Sabía cómo mirar bien antes de pisar. Pero Petra, con las faldas que le habían entregado las aldeanas de New Steading, se
encontraba con grandes problemas para escalar. Sus ropas quedaban
enganchadas entre las malezas y los
tres debían perder un tiempo precioso para soltarlas. Jenna chasqueó la lengua contra el paladar en señal de fastidio
y se alegró de que al menos ella hubiese conservado sus ropas de cuero para el viaje.
Al fin, el bosque ascendente se tornó menos denso y
pudieron divisar un claro más adelante. Cuando lo alcanzaron, se encontraron ante una gran planicie sin árboles. Estaba
cubierta por lo que parecía ser
un bosque de rocas gigantescas; algunas afiladas como agujas, otras más anchas como espadas y otras más
como enormes torres de piedra,
tan altas que tuvieron que estirar el cuello para ver sus cimas.
—Es cierto entonces —comentó Petra cuando hubo
recuperado el aliento.
—Al menos los peñascos lo
son —admitió Piet—. En cuanto a la Congregación...
—¡Mirad! —señaló Jenna.
En la cima de uno de los mayores peñascos, bastante
lejos de ellos en dirección al norte, había una especie de edificio. A medida
que se fueron acercando, lograron divisarlo mejor. Tenía galerías de madera,
sostenidas por andamies en voladizo y un techo parecido a una serie de hongos gigantescos. Jenna no logró ver ningún camino recortado en la roca.
—Debe de haber peldaños
por el otro lado —susurró para sí misma, pero los otros la oyeron.
—Iremos a ver —decidió
Piet.
Necesitaron dos horas
más, hasta bien entrado el atardecer, para rodear el peñasco, pero no encontraron nada.
—¿Cómo hace la gente para
subir? —preguntó Petra.
—Tal vez vuelen como
águilas —sugirió Piet.
—Tal vez excaven como topos —agregó Jenna.
Todavía estaban
ofreciendo sugerencias cuando, a menos de diez metros de ellos, se oyó el sonido de algo que caía
por la ladera. Era una escalera hecha de soga y de madera.
—Hay alguien allí arriba
—observó Petra mientras miraba protegiéndose los ojos con la mano.
—Alguien que sabe que nos
encontramos aquí —añadió Piet y se dispuso a desenvainar su espada.
Jenna posó una mano sobre
su brazo.
—Aguarda. Es una mujer.
Una hermana.
Piet alzó la vista.
Alguien descendía por la escalera de soga. Volvió a envainar la espada, pero no retiró la mano de la empuñadura.
En la penumbra del
atardecer, resultaba difícil distinguir a la figura que bajaba. La sombra era robusta y su cuerpo parecía padecer
alguna clase de malformación en la parte superior. Jenna se preguntó si sólo
las mujeres desfiguradas... o trastornadas... se retirarían a un lugar como aquél. Recordó a la Madre Alta de la Congregación
Nill: ciega, torcida y con seis dedos en cada mano; ella no había necesitado un santuario apartado de las
demás.
Las mujeres cuidamos de
las nuestras, pensó. Existe otra razón para esta Congregación vedada.
La sombra terminó de
bajar la escalera y se acercó a ellos. Era una mujer, de eso no cabía duda por el corpiño tejido que llevaba puesto. Pero la extraña joroba de su espalda era...
—¡Un bebé! —exclamó
Petra.
En ese momento, la
criatura atada a la espalda de la mujer emitió un grito de alegría y agitó su única mano libre.
—Yo soy Iluna. ¿Quiénes
sois vosotros? —preguntó la mujer, de un modo brusco.
—Yo soy Piet, teniente
primero de...
Ignorándolo abiertamente,
Iluna se volvió hacia las muchachas y le dio la espalda. Al ver su espesa barba, el
bebé dejó de reír y apretó el bracito contra el pecho.
—¿Quiénes sois vosotras?
—volvió a preguntar Iluna.
—Yo... yo soy Petra
—comenzó ésta—, de la devastada Congregación Nill, futura sacerdotisa.
—¿Y tú?
—Yo soy Jo-an-enna, de...
—Ella es La Blanca, la
Anna, la ungida por la Gran Alta —dijo Petra. Es aquella que se menciona en las profecías.
—¡Tonterías! —Iluna se
acomodó el bebé.
-¿Qué?
Era evidente que Petra
estaba sorprendida; pero, en ese instante, Jenna decidió que le agradaba Iluna.
—He dicho tonterías. Es una mujer. Como tú. Como
yo. Eso puedo verlo a pesar de las
sombras. Pero es una mujer con un mensaje.
—Ya lo sabes... —comenzó Petra.
—De otro modo no estaría
aquí. Ni tú. A menos que esté perdido, nadie viene a M'dorah sin un mensaje o
una pregunta. —Se volvió hacia el peñasco y colocó la mano sobre la escala—. Venid. Cuando yo haya llegado a la mitad, sujetad los
peldaños con las manos y subid. El
barbudo se queda aquí.
—Yo iré con ellas
—protestó Piet.
Iluna se volvió, con el
rostro inescrutable en la oscuridad.
—Si subes por la escala, la cortaremos cuando te
encuentres cerca de la cima. Caerás
desde treinta metros de altura y dejaremos
tus huesos allá abajo. Ningún hombre entra en M'dorah y continúa con vida. Si
tienes hambre al pie de nuestra fortaleza, te arrojaremos comida. Si estás herido, enviaremos a
alguien para que te cure. Pero,
sí subes por la escala, te haremos caer sin vacilar. Puedes creerlo.
—Te creemos —dijo Petra
rápidamente.
—Regresaré, Piet. Te lo
juro sobre la tumba de Catrona. Regresaré contigo —le prometió Jenna.
Cuando Iluna había alcanzado la mitad de la escala,
Petra comenzó a subir, aferrándose a las
sogas temblorosas con las manos húmedas.
Para cuando llegó el turno de Jenna, ya estaba completamente oscuro y el
cielo se hallaba tachonado de estrellas que no proporcionaban ninguna luz. Se aferró a la escala y fue hallando peldaño a peldaño por puro tacto. Una brisa ligera
movía unos mechones sueltos sobre sus ojos. Jenna comenzó a practicar la
respiración de la araña, aconsejada
para escalamientos difíciles, y pronto sintió que sus brazos y piernas se movían con más fluidez. Cuando la escala dejó de moverse, comprendió que Petra
había alcanzado la cima. Veinte
peldaños más y comenzó a oír unas voces que la alentaban desde arriba. Los últimos peldaños
fueron los más fáciles de subir, ya
que la madera se hallaba afirmada a la roca con trabas de hierro.
—Bienvenida hermana —saludó una mujer.
Jenna alzó la vista hacia
el farol que ésta sostenía. Iluminaba la escala con una fuerte luz.
—¡Más bien debería decir:
bien venidas hermanas!
—Gracias —dijo una voz de
pronto junto a Jenna—, aunque en la oscuridad no he tenido que trepar demasiado.
—¡Skada! —Jenna se
volvió, sorprendida al ver que su hermana oscura subía por otra escala a su lado.
—Bueno, Jen, ¿y qué has
estado haciendo en estos últimos días, eh?
A la luz del farol, su
sonrisa traviesa era inconfundible. Sin saber por qué, Jenna se ruborizó.
—No tienes que sonrojarte
por mí, hermana —susurró Skada—. Su aroma es realmente dulce.
—¡Ssssskada! —exclamó
Jenna.
Emitió una risita
incómoda: por supuesto que Skada lo sabía todo.
Como si le hubiese leído
la mente, Skada también se rió.
—No todo, hermana. Al fin
y al cabo, estaba muy oscuro en esa habitación y no encendisteis ninguna vela. Sólo
tengo tus recuerdos...
—¡Nunca encenderé velas!
¡Carum no lo permitirá!
—Hmmmmm. ¿Se lo has
preguntado?
Se echó a reír ante la
turbación de Jenna, y ésta rió con ella.
—Venid, hermanas —les
llamó la mujer—. Las escalas no son buen lugar para conversar. Compartid nuestra
comida. Es un festín sencillo, pero hay
suficiente para tres más.
—¿Un festín? —dijo
Skada—. ¡Me muero de hambre!
Subieron los últimos peldaños y la mujer las
condujo hacia el edificio. Bajo la luz
suave que oscilaba con cada brisa, se veía que la Congregación estaba hecha en madera y piedra,
construida de tal forma que se adaptaba a las diversas superficies del
peñasco, a todos los cortes y grietas que ofrecía la naturaleza. El
resultado era un edificio muy extraño, pensó Jenna, con habitaciones en todos los niveles imaginables.
El comedor se hallaba en
tres niveles diferentes, todos dictados por la piedra. En el superior había una gran mesa
rodeada por más de veinte sillas. En el siguiente, media docena de mesas más pequeñas,
con entre cuatro y ocho sillas cada una. En el nivel más bajo estaban las mesas cubiertas de alimentos.
Cuando se acercaron, Jenna notó que las
mesas y las sillas no estaban hechas de una sola pieza, sino que habían sido armadas.
En la cena había muchos alimentos familiares:
huevos hervidos en su cáscara, hortalizas del bosque, hongos, liebre dorada
y aves asadas. Pero había también una
especie de bayas que Jenna no
conocía, y varios pasteles cuyas frutas tenían un color extraño. No había vino, sólo agua y una leche de color algo
azulado.
—¿Qué hay de Piet allá
bajo? —preguntó Jenna.
—Los hombres pueden
pastar como el ganado —respondió una mujer.
—Si se estuviera muriendo
de hambre, le arrojaríamos comida —dijo otra—. Pero, según Iluna, no tiene el aspecto
de un hombre famélico.
—Se colocó una mano delante del vientre y se echó a reír.
Las otras también rieron
mientras llevaban sus platos colmados hacia la gran mesa. Cuando todas estuvieron sentadas, se presentaron una tras otra, pronunciando sus nombres tan
rápido que ni siquiera Jenna
logró comprenderlos todos.
—Y vosotras tres
—preguntó Fellina, la mujer que había sostenido el farol y uno de los pocos nombres que Jenna
había entendido—, ¿qué mensaje
traéis?
—Yo soy... —comenzó
Petra, pero Jenna y Skada la detuvieron con una mano sobre su brazo.
—Somos hermanas de
diferentes Congregaciones, pero traemos el mismo mensaje —habló Jenna—. Y es un mensaje de
guerra. —Se
quitó el anillo del dedo meñique—. Esto me fue entregado por la Madre de la
Congregación Nill.
—Mi Congregación —precisó
Petra en voz baja.
—Antes de que ella y todas las mujeres de allí
fuesen cruelmente asesinadas —agregó Skada—.
Por hombres.
—Hombres de Kalas
—especificó Jenna. Las mujeres estaban tan silenciosas que continuó—: Madre Alta dijo que
debía ir de una Congregación a otra
con la siguiente advertencia: El momento
del final es inminente. Dijo que las Madres de las Congregaciones sabrían qué hacer. Pero vosotras sois... —Su
voz se quebró. De pronto Jenna se sintió abrumada por los recuerdos
y bajó la vista hacia su plato.
—Nosotras somos qué...
continúa pequeña —la animó Fellina con suavidad.
Curiosamente confortada
por el apelativo, Jenna miró a las mujeres alrededor de la mesa. Los rostros
eran diferentes y, sin embargo, en su preocupación parecían similares a los de
la Congregación Selden. Realizó una profunda inspiración latani y contó hasta diez en silencio. Finalmente
habló.
—Hasta el momento, ésta
es la única Congregación que he encontrado en pie aparte de la mía.
—¿En cuántas has estado?
—En dos. Pero...
—Pero tenemos informes de que diez han sido
destruidas por completo —completó
Petra.
—¿Diez entre cuántas?
—Diecisiete —respondió
Jenna.
—Dieciocho si contamos
M'dorah —agregó Skada.
—Nunca nadie cuenta
M'dorah —dijo Iluna mientras desataba al bebé de su espalda con la ayuda de su hermana sombra. Comenzó a mecer a la niña
lentamente entre sus brazos.
—Hasta ayer nunca había
oído hablar de M'dorah —admitió Jenna.
—Yo sí; pero pensé que se
trataba sólo de un cuento —agregó Petra.
—Diez. Completamente
destruidas. Diez.
El número pareció dar la
vuelta a la mesa y bajar hasta las mujeres sentadas en el siguiente nivel. Lentamente,
éstas subieron los cuatro peldaños para permanecer de pie junto a sus hermanas.
Jenna y Skada miraron a
su alrededor, aguardando hasta que todas estuvieron en silencio. Después, Jenna
habló, y articuló sus palabras
como lo hiciera el rey en la gran escalinata de New Steading. Ese era su pueblo. Debía hablar ahora.
—He sido llamada La
Blanca, la Anna, aunque en realidad yo no lo he afirmado. Ya sea que lo creáis o no, lo
que voy a deciros es verdad: vengo con un mensaje. Hay una guerra. Hombres contra mujeres; hombres
contra hombres, con lo cual las mujeres sufrirán grandemente. Algo está finalizando, tal
como rezan las profecías.
No sé si se trata del mundo, pero sin duda el mundo de las Congregaciones está
siendo destruido.
—Por completo —murmuró Petra—. Continúa, Jenna.
—No podemos permitir que
ese mundo desaparezca sin luchar para
conservar algo de lo que significa. Algo debe permanecer de las enseñanzas de Gran Alta. Debemos asegurarnos de que en el nuevo mundo habrá espacio para las
hermanas, codo a codo.
—Codo a codo —repitió
Iluna, y la frase corrió alrededor de la mesa.
—¿Qué quieres que
hagamos? -—preguntó la mujer sentada junto a Iluna.
—Bajad de esta
Congregación oculta, abandonad vuestro refugio secreto y unios a nosotras. Luchad conmigo,
codo a codo, como dicen las viejas rimas. No permitáis que los hombres luchen solos por
nosotras. Porque, cuando los hombres luchan solos, la victoria también les pertenece sólo a ellos.
—¿Quieres que abandonemos
este refugio secreto para morir entre extraños? ¿Entre hombres? —gritaron varias
voces, y a continuación
se respondieron—: ¡No!
—¡No!
La palabra la repitió
furiosamente alguien de la mesa. Jenna no alcanzó a determinar quién había hablado.
—Habla por nosotras, Maltia —gritó alguien.
Al otro extremo de la
mesa, una mujer y su hermana sombra se pusieron de pie. Ambas eran altas, con una
cabellera negra que acababa en trenzas grises. Ambas miraron a Jenna desde el otro lado de la larga mesa.
—Yo soy la Legítima
Oradora de esta Congregación —habló una de ellas al fin—. Y ésta es Tessia, mi hermana sombra.
Jenna las saludó con un
movimiento de cabeza y lo mismo hizo Skada.
—Nosotras no tenemos
ninguna Madre Alta como vosotras —continuó Maltia—. Nadie nos gobierna. Yo soy la
Legítima Oradora, pero, aparte de
eso, no dispongo de ningún poder. Así es cómo nos hemos apartado, hace tantos años, de las
falsas enseñanzas de Alta. Hemos venido
a este sitio de águilas y aire puro para adorar solamente a la verdadera Alta.
La que aguarda en el salón verde, donde se ha dicho que cada final es un
comienzo y también que nadie es más alto
cuando todos se encuentran juntos.
—Jenna —susurró Petra—,
eso es lo que enseñan los Grenna.
Jenna frunció los labios
y se levantó junto a Skada.
—Comprendemos más de lo
que crees, Legítima Oradora. Hemos estado en el bosque de Alta con los Hombrecillos Verdes. Hemos sido incluidas en su
círculo. Hemos visto la cuna y el salón.
—¡Ahhhh! —exclamaron las
mujeres alrededor de la mesa.
—Pero... —continuó Jenna, y vaciló unos momentos
para lograr más efecto— no fuimos mujeres
solas allí. Éramos mujeres y hombres.
Petra, y yo... —Esta vez no estaba buscando el efecto.
—¿Y tu hermana sombra?
—preguntó Tessia, con una expresión de astucia que el rostro de Maltia no mostraba.
—No hay sombras en el
bosque —reconoció Jenna, en voz baja—, aunque hayas tratado de confundirme para que
diga lo contrario.
—¡Ahhhh!
—¿Qué hombres estaban
allí contigo? —preguntó Iluna de pronto.
—¡Iluna! —la reconvino
Tessia con dureza—. Tú no eres la Legítima Oradora.
Iluna pareció contraerse y estrechó al bebé contra
su pecho, a modo de un escudo.
—¿Quiénes eran esos
hombres? —preguntó Maltia como si no hubiese habido ninguna interrupción—. ¿El barbudo
del vientre abultado
estaba entre ellos?
Por un momento, Jenna
consideró la posibilidad de mentir y responder que sí, ya que ello podría ayudar a Piet,
ayudar a su causa. Pero desechó la idea por considerarla indigna; indigna de la audiencia y del mismo Piet.
Después de todo estaba hablando con la Legítima Oradora. Sus propias palabras también debían ser legítimas. Si hacía lo contrario estaría actuando como
el rey.
—No —habló con la mirada
fija en Maltia—. No eran hombres maduros sino tres muchachos. Alta obsequió a uno una corona, a otro una muñequera y al tercero... —Se llevó
la mano a la garganta y, por unos
momentos, no pudo seguir.
—¿Al tercero le entregó
el collar? —preguntó Maltia.
—¡Sí! —balbuceó Jenna—. Y
a causa de él ya no puede hablar.
—No querrías escuchar sus
terribles verdades —le explicó Tessia—, no traerían más que la ruina. Los humanos no podrían soportar oír tantas verdades, aunque sólo serían
una sombra de las palabras del Heraldo.
—Lo sabes... —comenzó Skada.
—Se trata de los Tres
—siguió Maltia—. los Jóvenes Heraldos. Los Mensajeros. Lo sabemos. Pero lo que aún no
comprendemos es
cómo pueden saberlo las seguidoras de la falsa Alta. Solamente está escrito en el
Segundo Libro de Luz.
—¿El segundo Libro? —la
interrumpió Petra—. No existe ningún segundo Libro.
—Es el Libro de M'dorah
—afirmó Maltia—, escrito por la misma Alta cuando abandonó el bosque y vino a este peñasco para construir un santuario, un refugio donde ni
siquiera las águilas se atreven a
anidar.
—Donde ni siquiera las
águilas se atreven a anidar... —susurró Petra—. Jenna, Alta dijo que otros habían estado en
el bosque.
Maltia y Tessia se
dejaron caer en sus sillas.
—Debemos pensar en esto.
—¡No tenéis tiempo para
pensar! —rugió Skada, y golpeó el puño contra la mesa—. Sólo hay tiempo para actuar.
Debemos bajar y regresar con nuestro ejército antes del amanecer.
—¡ Skada! —la reprendió Jenna, aunque su hermana
sólo había dicho lo que ella misma había
temido decir.
Pero Maltia y Tessia
parecían hallarse muy lejos. Se habían cubierto los ojos con las manos y estaban profundamente concentradas, practicando la respiración latani,
Con el bebé todavía
apretado contra el pecho y su hermana oscura junto a ella, Iluna se levantó bruscamente y
exclamó:
—Yo iré aunque nadie más
lo haga.
-¡Y yo!
Dos jóvenes de rostro
alargado se pusieron de pie.
—¡Y yo!
Una mujer madura con
profundas arrugas en el rostro se levantó lentamente. A su lado se alzó otra mujer cuyas arrugas parecían sombras.
Maltia alzó la vista.
—¡Esperad! —gritó—. Es posible que no formemos
parte de este final, y tampoco de este
comienzo. No os apresuréis: Si te levantas demasiado temprano, el rocío
cubrirá tu piel. No ahoguéis a M'dorah
en esto.
—¿Qué hay de las otras
señales? —agregó Tessia—. Sólo tenemos una, y puede estar compuesta por nuestros propios anhelos.
—Has hablado con la
verdad —dijo la mujer madura—, como corresponde a la hermana sombra de la Legítima
Oradora. Pero La Blanca sabe
lo de los Tres Heraldos. No hay duda de que eso es señal suficiente.
—Uno no es multitud. Está
dicho claramente en el Libro. —La voz de Maltia era grave.
—¿Qué otras señales?
—preguntó Skada—. Decidnos cuáles son.
Tessia se rió.
—Si necesitas preguntar
es porque no las conoces.
—¿Qué señales, Legítima
Oradora? —Petra estaba de pie—. Hemos visto muchas, pero ¿cómo saber cuáles deseáis que os revelemos sin
un indicio? Os las daremos todas, pero vosotras tenéis que darnos algo.
Jenna jamás le había oído
hablar con tanta fuerza, ni siquiera cuando lo hizo en la Congregación Selden.
—¿Quién la ha ungido para
la tarea? —susurró Maltia.
Tessia bramó la misma
pregunta.
—¿Quién ha ungido a La
Blanca para la tarea?
Petra cerró los ojos por
un momento y Jenna casi pudo ver cómo los recuerdos se agolpaban en su frente. Luego
abrió los ojos y miró a la ventana, más allá de Maltia.
—Mi Madre la ha ungido.
Mi Madre, quien tenía seis dedos en cada mano. La que veía sin ojos. La que se
alzaba sin...
—... sin pies. —La voz de
Maltia tembló—. Quien hablaba sin voz. La que...
—¿La que hablaba sin voz?
—le susurró Jenna a Skada—. En nombre de la Gran Diosa, ¿qué significa eso?
—De soslayo, Jenna —dijo
Skada—. Calla. Ya las tenemos.
Ahora todas las mujeres
estaban de pie, recitando junto con Maltia su letanía de lo imposible. Hacia el final
de la plegaria, Jenna pudo sentir el aire electrizado por la excitación.
—... nacida sin padre.
Ella ungirá a La Blanca. —Maltia extendió su mano hacia Jenna. Tessia hizo lo mismo—. Tú
eres la Señalada. Perdónanos por no
haberte reconocido.
Jenna asintió con la
cabeza. Si hubo más alivio que perdón en su gesto, no permitió que se notase.
—Estamos listas —anunció
Maltia—. M'dorah finaliza esta noche, tal como estaba profetizado en el Libro. Y lo que se inicia, lo escribiremos entre
todas.
Les llevó el resto de la
noche recoger las cosas que necesitarían: espadas, escudos de madera, cuchillos, paquetes de
alimentos.
Sólo había, tres bebés,
recogidos en un sitio distante al que llamaban Mercado, e iban atados a las
espaldas de sus respectivas madres.
—¿Dónde se encuentra el
ejército? —preguntó Maltia mientras llenaba una canasta.
—En el lugar donde se une
el camino de M'dorah con el de New Steading —contestó Jenna.
Al ver que nadie parecía
comprender, se puso de rodillas y trazó un mapa en el suelo con el dedo.
—Ah, New Steading —comprendió Iluna—. Es lo que nosotras
llamamos Mercado. —Alzó la vista—. Sólo las más jóvenes de nosotras van allí, para traer aquellas cosas de
las que no podemos abastecernos
solas.
—¿De qué podéis
abasteceros, aquí es estas alturas? —preguntó Petra.
—Cazamos. Criamos aves.
Tenemos huertos —respondió Maltia.
—¿Dónde? No hemos visto
nada de eso.
—Se encuentran ocultos. —Tessia sonrió.
—¿Y New Steading... Mercado... es el lugar de
donde tomáis a las niñas?
—Sólo tomamos a las
abandonadas, las rechazadas, las maltratadas —explicó Iluna.
Como yo, pensó Jenna.
—Como mi Scillia —añadió
Iluna—, a quien le falta un brazo.
A mino me faltaba nada,
pensó Jenna, y, sin embargo, fui abandonada.
—La gente sabe que
nosotras nos llevaremos lo que ellos no desean —dijo Tessia—. Por tanto, junto
a las criaturas dejan dinero o semillas. Si dejan vino no lo tomamos, el Libro dice
claramente: La uva produce una muerte
lenta.
—Y nunca hablan de
M'dorah —les explicó Maltia—, pues nosotras nos llevamos sus vergüenzas. Dicen que no
existimos. Para ellos M'dorah sólo es un cuento. Las mujeres solas no son algo natural.
—Nos niegan pero a la vez
nos dejan las espigas de sus malas cosechas —agregó Tessia.
Skada se rió.
—Es igual con las otras
Congregaciones. ¿Qué es tan diferente con vosotras, hermanas, para que os recluyáis aquí
arriba?
—Nuestra Alta nos
prohibió todo trato con los hombres hasta la llegada de Los Tres; vuestra Alta andaba entre
los hombres y mantenía
relaciones con ellos. La nuestra se sentaba en el círculo; la vuestra se sienta en un
trono. La nuestra... —fue enumerando Maltia.
—Alta tiene muchos
rostros —la interrumpió Petra con suavidad—; sin embargo, al final todas volveremos a
ser bebés contra su seno. ¿No es así?
—Al final y al principio,
sí —reconoció Maltia—. Y vuestra llegada nos indica el final. Por eso es por lo que abandonamos M'dorah, este sitio alto y
sagrado. —Su rostro estaba privado de toda felicidad.
Jenna miró a su
alrededor.
Todas las mujeres,
concentradas en sus últimos preparativos, tenían la misma expresión de dolor.
Están de luto, pensó, no
por la muerte de una persona, sino por la de M'dorah.
Cada una con su antorcha,
para compartir el final por igual, prendieron fuego a la Congregación. Su tarea fue
acompañada por un cántico:
Dejamos el fuego
Y el bosque dejamos,
También el deseo
Por el alto peñasco.
Volvemos al juego
Y el bosque rehacemos,
El corazón y el deseo
Con amor descendemos.
Después, impulsadas por
la furia de la dura conflagración, arrojaron una docena de escalas por el lateral del
peñasco e iniciaron el descenso.
Al trasponer el borde, privadas de las sombras
producidas por el fuego,
desaparecieron Skada y las demás hermanas sombra, con lo cual el número de mujeres se redujo a la mitad.
Jenna no se había sentido tan
sola en varios días.
Abajo, Piet las aguardaba
con los brazos cruzados. Tenía el aspecto de haber estado esperando durante toda la noche en la misma posición.
—¿Qué es ese fuego? —preguntó cuando Jenna estuvo
en el suelo—. Todo el cielo se ha
iluminado. Cuando lo vi quise subir a buscaros, pero no he podido encontrar ninguna escala.
—Es el final de M'dorah
—le explicó Jenna—. No te diré nada más. Ahora tenemos cien guerreras que se sumarán al ejército de Pike.
—No alcanzo a contar más
que cincuenta —refunfuñó Piet.
—Cuando salga la luna...
—comenzó Jenna.
—Pasarán días antes de
que haya luna.
—... las fuerzas se
duplicarán.
Él asintió con la cabeza.
—Pero ¿y ahora?
—Ahora vendrán con
nosotros. No queda nadie en ese nido de águilas.
Piet volvió a asentir y
se dispuso a dirigirse hacia ellas. Jenna puso una mano sobre su brazo.
—Aguarda, Piet. No
aceptarán indicaciones de nadie, tan sólo las mías.
—Al rey no le agradará
eso —murmuró Piet.
—El rey tendrá que
aceptarlo.
Se volvió y, ante un
movimiento de su mano, las mujeres la siguieron abriéndose paso con cautela
entre las malezas. Piet jamás había
oído hablar de un ejército que fuese más silencioso. Ni siquiera los bebés, fajados y atados a las
espaldas de sus madres, emitían
el menor sonido.
Cuando llegaron al sitio
donde estaban atados los caballos, Piet montó, pero Jenna y Petra continuaron a pie.
—Adelántate, Piet, y
avisa al rey Gorum que nos acompañan cincuenta mujeres.
—Se supone que no debo
dejarte —objetó Piet.
—Si no te vas ahora, él
no lo sabrá a tiempo.
Piet asintió con la
cabeza.
—Y, mi leal Piet —añadió
Jenna, mientras se acercaba a él y le colocaba una mano sobre la pierna—, tengo
un mensaje especial
que es sólo para ti, no para el rey.
Piet se inclinó, y sujetó el caballo con las
riendas en su mano derecha.
Jenna le susurró al oído:
—Piet, estas mujeres no han venido porque creen en
mí, sino por una extraña profecía
respecto a tres heraldos, tres mensajeros
de su propia Alta. Esos mensajeros llevan corona, brazalete y collar.
—Los muchachos... —Piet
se detuvo y asintió con la cabeza.
—Díselo a ellos. Debes
poner sobre aviso a los muchachos.
—Lo haré.
—Y algo más. —Jenna
vaciló—. Dile a Carum que yo...
—Lo sabe, muchacha.
—¿Lo sabe?
—Y yo también. Todos lo
sabemos. Tenemos ojos. Catrona lo supo incluso antes que tú.
—Nadie lo supo antes que
yo.
Piet sonrió.
—La primera vez es la más
difícil. Y la más amada. Y la mejor.
Había una especie de
indulgencia en sus ojos, pero desapareció con la misma velocidad con que había aparecido.
Piet volvió a asentir
con la cabeza, se enderezó, tiró de las riendas y se alejó al
galope.
Durante un largo rato,
Jenna pudo oír el sonido de su caballo en la noche.
Con tantas mujeres
necesitaron varias horas más para llegar a la espesura del bosque. Jenna podía distinguir el
lugar por donde Piet había pasado y, para cuando el sol comenzó a asomarse entre las ramas, supuso que él
ya se encontraría con el rey. Al volverse hacia las mujeres que la seguían, notó el rastro clarísimo que habían dejado a su paso.
—Un ejército no puede
moverse con facilidad en el bosque —le murmuró a Petra.
—No dejamos un rastro
sino un camino real —respondió ésta.
—¿Qué importa lo que
dejamos atrás? —intervino Iluna—. Es lo que aguarda delante lo que importa. —Sus ojos
brillaban de excitación.
—Lo que aguarda delante
—señaló Jenna— es la guerra. Y eso significa que algunas de nosotras moriremos. —Sin pensarlo, flexionó los dedos de la mano derecha, recordando la
sensación de la espada al atravesar la carne humana. Se
estremeció—. Muchas de nosotras
moriremos.
Petra tomó la mano de
Jenna y la apretó.
—Pero algunas de nosotras viviremos, Jenna. Debes
recordar que después del final llega el
comienzo. Así reza la profecía.
—De soslayo Petra.
Debemos interpretar la profecía de soslayo, al menos eso se me ha dicho con frecuencia
—recordó Jenna.
Continuaron caminando.
Habían atravesado la
mitad del bosque, siguiendo el rastro claro de Piet, cuando Jenna alzó una mano. Las mujeres se
detuvieron de
inmediato mientras ella se esforzaba por escuchar.
—¿Oyes eso? —preguntó al
fin.
Petra sacudió la cabeza.
—¿Oír qué? Oigo pájaros y
el viento entre los árboles. Y... —esbozó una sonrisa—, y un bebé que ríe.
Iluna pasó un dedo por encima del hombro y el bebé
se lo metió en la boca.
—La niña se ha callado
—dijo Petra—. Y los pájaros también.
—No. Es otro sonido. Más
profundo. Algo anormal.
—Oigo algo. —Iluna se
acercó a Jenna—. Pero no es sólo un sonido. Son varios. Algunos agudos y otros graves. No pertenecen a los bosques. Venía aquí con frecuencia para
cazar, por eso lo sé.
Maltia y varias otras
mujeres se acercaron también a Jenna, pisando en silencio sobre las hojas
caídas. Sólo se quebró una ramita, y el
sonido pareció excesivamente fuerte en medio de la quietud. Formaron un círculo cerrado alrededor de Jenna, Petra, Iluna y los caballos, y allí permanecieron en actitud de
escuchar.
Después de un largo
momento, Jenna dijo:
—Allí está. ¿Lo oís?
—Sí —contestó Maltia.
Las demás asintieron con
la cabeza.
Jenna inspiró
profundamente.
—¿Sabéis lo que
significa? Me temo que yo sí. Es el sonido de una espada contra otra y los gritos de los hombres.
Han entrado en
batalla... y yo no me encuentro con ellos. Debo ir. —Posó la mano sobre el lomo de
Deber.
—Yo iré contigo, Jenna
—decidió Petra.
—No, tú no eres diestra
con la espada, y estas mujeres te necesitan.
—No para mostrarles el
camino, Jenna. Conocen estos bosques mejor que yo.
—Tú conoces el mundo,
Petra. Ese es el camino que debes mostrarles. Ven en cuanto puedas. Y toma esto. —Se
quitó el anillo de la sacerdotisa y lo depositó suavemente en la mano de Petra—. Tienes
el mapa de las Congregaciones y, ahora, el anillo. Si algo ocurriera, llevarás la
advertencia y a las mujeres de M'dorah contigo.
—Nada ocurrirá —susurró
Petra—. Tú eres la Anna.
—Antes soy Jo-an-enna, y
a ella puede ocurrirle cualquier cosa.
Montó sobre su caballo.
—No puedes ir sola a una
batalla —insistió Petra.
—No estaré sola. Los
hombres ya están luchando y pronto llegarás tú. Además, sólo tenemos dos caballos y
¿quién sabe montar aparte de ti? —Tomó las riendas de Deber.
—¡Yo! —exclamó Iluna—. Al
menos he estado sobre un caballo una vez. Una única vez. —Se volvió hacia Petra—. Dame las sogas.
—¿Las sogas?
—Se refiere a las riendas —le explicó Jenna. Tiró
de las suyas y, de pronto, Deberse
encabritó casi arrojándola al suelo—. Y quita a la niña de su espalda.
—No me separaré de mi
Scillia. ¿No es así con las hermanas de tu Congregación?
Jenna asintió con la cabeza y calmó a Deber
mientras Maltia, Petra y otras dos mujeres ayudaban a Iluna a montar. Cómo montar no era algo que Iluna hubiese aprendido en su
breve lección de equitación.
Pero, una vez que estuvo arriba, se mantuvo con la clase de calma
necesaria, aunque Jenna no supo si se debía al miedo o a la habilidad. Volvió a
tirar con fuerza de las riendas y, mientras
Deber viraba hacia la derecha, Jenna se dirigió a todas.
—Seguidme tan rápido como
podáis. Sin duda, vuestras espadas serán bien venidas. El rey esperaba
enfrentarse a fuerzas similares, pero aún cuenta con un ejército demasiado pequeño. Esta batalla es una sorpresa desagradable. Su hermano y
yo habíamos esperado convencerle para que utilizase la astucia: el ingenio
del ratón contra las uñas del gato.
Esperemos que todavía queden algunos ratones.
Maltia puso la mano sobre
el cuello de Deber.
—Pero, si son todos
hombres, ¿cómo sabremos a cuáles atacar?
Aquella pregunta tan simple aturdió a Jenna. ¿Qué
responder? Para esas mujeres, todos los
hombres eran el enemigo. En medio de
una batalla, ¿cómo distinguir a unos de otros?
Petra sonrió.
—Si un hombre te ataca, Legítima Oradora, es tu
adversario. Nuestros hombres serán los
que acogerán tu ayuda.
Jenna asintió con la
cabeza, aunque una parte de ella aún se resistía a aquella respuesta sencilla. En su mente
volvió a oír a la mujer de
New Steading protestando: Mujeres vestidas como hombres, jugando a la güeña... no es natural. Todos lo hemos dicho. Pero en voz alta sólo pronunció palabras
tranquilizadoras.
—Petra tiene razón. Los
hombres que os darán la bienvenida serán aquellos a quienes debéis ayudar.
Golpeó a Deber con los
talones y el caballo se alejó por el sendero.
Detrás de ella, el
caballo de Iluna comenzó a trotar, con la mujer aferrada a sus riendas. Sacudiéndose alegremente,
el bebé a sus espaldas
agitó la mano a las mujeres que las seguían.
No les llevó demasiado tiempo atravesar el resto
del bosque, guiadas por el sonido de la
batalla. Jenna se maldijo por la cena en M'dorah, las discusiones necesarias y la lenta caminata por el bosque. Todo había conspirado para impedir que
estuviese presente al iniciarse
la batalla. Sabía que ella sólo era una espada más; pero si esa espada podía mantener a Jareth, a Marek o a
Sandor con vida... No se permitió
pensar en Carum. En su mente lo llamaba Longbow, sólo otro guerrero en las tropas del rey. —Jenna estimuló a Deber con un fuerte golpe de los talones.
Salieron del bosque como una tromba y el sonido de
la batalla estalló alrededor de ellas.
Jenna se detuvo al ver la campiña que alguna vez había sido un
espectáculo agradable. A su lado, Iluna también
tiró de las riendas.
A la izquierda del prado,
bajo un grupo de árboles, tres hombres luchaban contra uno, que se defendía con
una gran espada, manteniéndolos
a raya. Más adelante, unos treinta hombres se encontraban en plena lucha, sin sus espadas, golpeando con los puños
y los pies. Hacia la derecha, donde algunos caballos pastaban desconsolados, había un círculo de doce hombres
con las espadas apuntadas hacia
fuera y, en el interior del círculo, yacían varios camaradas caídos. Uno de ellos se hallaba apoyado
sobre un codo y era atendido por
un hombre grande como un oso. El resto del campo estaba cubierto de cuerpos, algunos de uniforme y otros no. Jenna escudriñó con nerviosismo en busca de un
justillo de color del vino. Le
pareció que había varios, pero se encontraba demasiado lejos para estar segura.
Soltó las riendas de
Deber y susurró:
—Demasiado tarde. Otra
vez es demasiado tarde. Tal como dijeron los Grenna.
Dejó caer las manos y se
sintió invadida de pronto por una extraña apatía.
Pero Iluna, alzó la
espada, clavó los talones en su caballo y se abalanzó sobre los tres hombres que luchaban contra
uno al grito de:
—¡M'dorah!
Los tres hombres se
dispersaron ante su ataque. Iluna dejó caer las riendas, bajó del caballo y se volvió para
decirle algo al hombre que había
rescatado. Ante los ojos de Jenna que miraba desde lejos, éste alzó su espada y la clavo en el pecho de Iluna. Ella
cayó, girando hacia un costado en
el último momento para salvar a la niña a sus espaldas. El hombre se subió encima del cuerpo de ella y echó la cabeza hacia atrás con un rugido. Jenna
pudo oírle desde el otro lado
del campo.
De pronto, la calidez de
la apatía dio paso a una oleada de fuerza, fría como el hielo. Pronunciando el nombre de Iluna como un grito de batalla, Jenna clavó los talones una y
otra vez en el flanco de Deber y
se lanzó al galope hacia los árboles.
El hombre la esperó con
una sonrisa. Ella aún no había recorrido la mitad del trayecto cuando alcanzó a
reconocerlo. El hielo que había invadido su cuerpo se transformó en algo al rojo vivo que ocupaba
su cabeza. Recordó las palabras de Alta en el bosque: Lo más importante que
debes hacer es recordar. Recordó el fuego en la cima del peñasco, y éste se transformó en un río ardiente que corría por sus venas. Podía sentir el sudor sobre
su frente y debajo de sus
brazos.
Justo antes de llegar a los árboles, saltó del lomo
de Deber. El caballo viró hacia la
derecha, Jenna rodó hacia la izquierda y luego se levantó con la
espada en alto. Le extrañó que el hombre no se quemase con su ardor.
—Bueno, perra de Alta,
¿crees que ahora tendrás el coraje para hacer lo que no hiciste antes? Recuerda
que esta vez tengo las manos libres.
Alzó la espada con ambas
manos y la hizo girar por encima de su cabeza. La hoja cortaba el aire produciendo
un horrible zumbido.
La espada era mucho más pesada que la de ella y aún estaba manchada con la sangre de
Iluna, pero si su peso lo fatigaba era algo que Jenna no podía saber. En un enfrentamiento
directo no tenía
ninguna posibilidad de derrotarlo. Tendría que enfriar su fuego y utilizar la astucia, la
astucia del ratón.
Hubo un sonido a sus
espaldas, pero Jenna no se volvió. Debían de ser los tres que se habían dispersado ante
el caballo de Iluna.
Fueran quienes fuesen, si habían estado luchando contra el Oso debían de ser de los
suyos.
—Vuestros nombres —les
gritó con los ojos fijos en el Oso.
—Anna, soy Marek.
—Y Sandor.
El sonido ahogado del
tercero le indicó que se trataba de Jareth. ¡Estaban vivos... los tres!
—Bendita sea —murmuró, y
luego alzó la voz—: ¡Buenos muchachos!
—Ya lo creo que son
muchachos —bramó el Oso—. ¡Cachorros! Ni tres perros adultos son capaces de
derribarme. Ni tres perros adultos con su perra madre. —Se echó a reír.
Jenna oyó que uno de los muchachos lanzaba una
exclamación y avanzaba.
—¡No! —gritó—. Dejad que desperdicie su aliento
alardeando. No os acerquéis a él. Su espada
tiene un largo alcance.
—Muy largo —dijo el Oso—. Y cuando me haya ocupado
de los cachorros, le enseñaré una
lección a la perra. Una lección que recordarás mucho tiempo. Al menos durante lo que te quede de vida. —Volvió a reír—. Que no será mucho, después
de todo.
—Anna... —Era Sandor.
—No. Cuando esto haya
terminado, os contaré una historia que Ca... que Longbow me ha contado. Respecto a un gato
y un ratón. Por
ahora, quiero que recordéis a los Grenna y cómo gobiernan.
—¿Qué quieres decir...?
¡Oh!
Alguien le había
propinado un codazo a Sandor. Probablemente Jareth. Jareth debió de ser el primero en
comprender.
Los muchachos se abrieron
en un amplio círculo; ninguno más alto ni más bajo, ninguno más lejos ni más cerca, bajo la tutela silenciosa de Jareth. Igual que en el círculo de
los Grenna.
Entonces Jenna oyó otro
sonido, aunque en ningún momento apartó los ojos del Oso. Por la expresión en el
rostro de éste sospechó que finalmente había acabado la lucha de los hombres que ocupaban el centro del campo. O el círculo de
espadas había acabado con varios guerreros.
Comprendió que el número de hombres alrededor del Oso se había duplicado
y supuso que a ninguno de ellos le
quedarían flechas, ya que de otro modo él estaría muerto.
—Seguid las indicaciones
de Jareth. No os coloquéis al alcance de la espada del Oso.
—Venid cachorros, venid
aquí perritos —los desafió el Oso—. Uno de vosotros debe hacer el primer movimiento. Uno de vosotros debe
ser lo bastante valiente para mostrar a los demás cómo morir, —No dejaba de dar
vueltas moviendo su espada de derecha a
izquierda—. ¿Quién será? ¿Tú, el de la bonita cinta verde alrededor del cuello? ¿O tú, el de las piernas largas? ¿O
será la ramera de Alta, cuya
trenza cortaré para colgarla de mi yelmo?
Continuó girando mientras
se dirigía a todos, pero la advertencia de
Jenna los mantuvo lo suficientemente lejos, de tal modo que, incluso cuando avanzaba, se encontraban
fuera de su alcance.
—Dejad que se canse —les
aconsejó Jenna—. No permitáis que su espada nos quite a nadie más.
—Yo no me canso
—bravuconeó él—. Os sobreviviré a todos.
Si Jenna esperaba
instigarlo para que hiciese un mal movimiento, él era demasiado listo y experimentado para caer en
ello. Continuó rodeando el cuerpo de Iluna, sin tropezar nunca con él, dándole algún puntapié cada poco
como para subrayar su certeza de que los mataría a todos, uno por uno.
Jenna comenzó a sentir su
ritmo. Catrona le había enseñado eso: cómo observar el ritmo particular de un animal en el bosque. ¿Cómo se mueve? ¿Qué trayectos repite? Había sido
una lección constante en el
bosque, la única forma de asegurarse el éxito de una cacería.
Y esto no es más que otra
cacería, pensó Jenna. La cacería del Oso.
¿Qué movimientos eran los
que repetía el Oso, entonces? Amago, amago, amago, estocada: amago, amago, estocada. Pero siempre, justo antes de la estocada, había un ligero
movimiento en su hombro derecho que señalaba el ataque de la espada. Jenna lo
observó unos minutos más para estar segura y les indicó a los hombres que aguardasen. Era evidente que la espera
los estaba fatigando, pero
fatigaría al Oso también.
Cuando por un instante él le dio la espalda, ella
se inclinó rápidamente y extrajo el cuchillo de su bota. Al otro lado del círculo, varios hombres la vieron y uno de ellos alzó
las cejas. Esto fue un indicio
para el Oso, pero no alcanzó a saber exactamente qué significaba. Al volverse hacia Jenna más alerta
que antes, vio el cuchillo y esbozó una sonrisa. El Oso movió el hombro derecho
pero, engañándolo, Jenna lanzó primero una estocada con la espada,
tal como solían hacer en el juego de
las varillas en la Congregación.
Por un momento, el Oso se
sobresaltó y apartó la espada con la suya, pero en cuestión de segundos estuvo otra vez en guardia. En ese instante, Jareth, atento a cada movimiento
de Jenna, también atacó con su
espada. El nunca había jugado a las varillas y no comprendía el equilibrio de una espada, cómo
compensar la pesada empuñadura. El arma se escapó de su mano y el mango golpeó
el pecho del Oso; éste la agarró con su mano izquierda, riéndose.
Pero, en el mismo
momento, Jenna saltó por el aire. Antes de que el Oso pudiera levantar alguna de las dos espadas, ella estaba sobre él, clavándole el cuchillo entre los ojos.
El Oso cayó de espaldas con Jenna encima. Al retorcer el cuchillo hacia
la derecha, pudo sentir el crujido del hueso. El Oso alzó la mano derecha con
la espada, más como un reflejo que como un ataque. A sus espaldas uno de los muchachos lanzó una fuerte
exclamación, pero nada ocurrió.
Jenna observó el rostro
del Oso y sus ojos vidriosos. Había algo horriblemente familiar en esa sensación del
cuchillo contra el hueso y en los
ojos agónicos del hombre que la miraban. No podía recordar dónde había visto antes algo semejante.
—¡Por Catrona! —le susurró en la boca abierta—. Por
Iluna. Por todas las mujeres que has
matado.
Debajo de ella, pudo
sentir cómo el cuerpo del hombre temblaba levemente, se ponía rígido y, luego, se relajaba. La única respuesta del Oso fue exhalar un suspiro ácido a
través de sus labios rígidos.
Jenna se levantó
lentamente con las manos ensangrentadas. Aún con más lentitud, se las limpió en
el chaleco. Cuando se volvió temblaba de forma incontrolable, como si le hubiese subido de pronto la
fiebre. Jareth la rodeó con sus brazos tratando de calmarla, pero ella no dejaba de
temblar.
Y entonces oyó un llanto
débil y extraño que fue haciéndose cada vez más fuerte.
—¡Scillia! —Jenna se
volvió hacia la niña. Su temblor desapareció por completo ante aquella llamada—. Pobrecita
niña. Ahora eres
mía.
Desató a la niña de la
espalda de Iluna y la estrechó con fuerza, pero el bebé no tenía consuelo. Sus extraños
sollozos sin lágrimas
continuaban.
—Dejadla llorar —rogó
Jenna—. En un solo día ha perdido madre y hogar. Si no puede llorar por eso, no podrá
llorar por nada durante el resto de su vida.
—Debe de tener hambre
—apuntó Sandor con sensatez.
—O estará mojada —comentó
alguien.
Jenna los ignoró,
meciendo a la criatura en su brazo izquierdo mientras los conducía a todos a través del campo,
donde yacían los agonizantes y los muertos.
A medida que caminaba,
Jenna les miraba los rostros. En su mayoría eran los muchachos de New Steading, quienes
habían muerto con sus ropas
brillantes y sus espadas nuevas, todavía sin desenvainar. Había pocos rostros familiares entre
los muertos y, por algún motivo, eso la entristecía aún más. Aquellos jóvenes habían muerto siendo unos
extraños para ella, sin una palabra de consuelo. Se había prometido no llorar
por la muerte, pero no podía evitarlo. Lloró en silencio para que nadie la viera con el rostro bañado en lágrimas. Al verla, el
bebé dejó de llorar y extendió su mano para tocar una lágrima, con fascinación.
Jenna besó esa pequeña mano.
Ninguno de los muertos en
el campo era Carum. Jenna se aseguró de ello antes de dirigirse hacia el
círculo de soldados, ahora tranquilos y en actitud de espera. Cuando se acercó, hubo uno que salió a su encuentro.
Jenna lo reconoció de inmediato. Era Gileas, el de la cicatriz en el ojo.
El se llevó la mano a la
frente en una especie de saludo.
—Anna, debes venir rápido. Es el rey. Se está
muriendo.
—¿Y su hermano? —preguntó
ella en voz baja, tomando conciencia de que dentro del círculo había más cuerpos tendidos—. Carum Longbow. ¿Qué hay
de él?
—Lo han hecho prisionero,
junto a varios más. Proclamaron su victoria soplando sus trompetas, se llevaron lo que
pudieron y partieron
rápidamente. Atrás dejaron a sus muertos y a los que todavía luchaban.
¡Prisionero! La mente de
Jenna no lograba aceptarlo. Se lo repitió una y otra vez y aún no podía. ¡Prisionero!
Gileas la condujo hasta
Gorum, que yacía contra las rodillas de Piet. Había una mancha de sangre seca
alrededor de su boca. No sonreía. ¡Cuánto hubiese dado ella por ver esa sonrisa de lobo ahora!
—Pike —susurró, al tiempo que descubría lo fácil
que podía resultar el perdón.
Se arrodilló a su lado.
La criatura en sus brazos extendió la mano hacia él. Aún sin sonreír, Gorum alzó la mano y
tocó los dedos de la niña.
—Jenna —le dijo en voz
baja—. Debes encontrarlo. Encuentra a Carum. Tráemelo. Debo decírselo. Pronto será rey.
Jenna alzó la vista sorprendida.
—¿Nadie se lo ha dicho?
Piet sacudió la cabeza.
—¿Decirme qué? —El antiguo fuego retornó a su voz y
luego se apagó.
—Que Carum...
Piet se llevó un dedo a
los labios.
—Que Carum... todavía se
encuentra luchando. Con coraje. Bien. No sólo con el arco, sino también con la
espada.
—Entonces estaba
equivocado. Será un buen rey.
Cerró los ojos por un
momento y volvió a abrirlos.
—Tú eres el rey —susurró
Jenna—, mientras tengas vida. Y aún no estás muerto. Vivirás mucho tiempo. Lo sé.
—Tú eres una profecía
niña, no una profetisa. Yo ya estoy muerto. Un rey... —Tosió y escupió una bocanada de sangre
roja que volvió a tragar con esfuerzo—. Un rey sabe más que una niña. Es por
eso por lo que soy yo el rey.
—Esta vez logró sonreír—. Serás una buena rema, Jenna. Tenía razón respecto a eso aunque me equivoqué sobre lo otro.
—¿Lo otro?
—Calla, no desperdicies
tus fuerzas —le advirtió Piet.
—No tiene importancia, y ahora no te conviertas en
una niñera tonta —replicó el rey—. Debo
decírselo. —Trató de sentarse un poco más derecho y cayó hacia atrás en brazos
de Piet—. Estaba equivocado. No
teníamos las tuerzas suficientes para ir contra Kalas. Aún no. Nunca las tendremos. Recuerda la
historia del gato y del ratón que mi madre... ¿Te la ha contado? No
tengo fuerzas para hacerlo ahora.
—Me la ha contado.
—Recuerda... —su voz era
apenas audible.
—Lo recordaré.
—Realmente eres el final.
Al menos, eres mi final.
Sus ojos se cerraron.
—He matado al Oso
—murmuró Jenna segura de que hablaba con un hombre muerto.
—Por supuesto —dijo el
rey sin abrir los ojos—. Estaba escrito.
No volvió a moverse.
Permanecieron sentados durante varios minutos
mientras Piet estrechaba al rey entre
sus brazos. Nadie hablaba, aunque a cada poco una tos quebraba el silencio. La niña se había dormido y,
con sumo cuidado, Jenna la
colocó junto a Gorum.
Piet alzó la vista.
—Ha muerto —admitió
finalmente.
Muerto. La palabra retumbó en la cabeza de Jenna.
El rey se había ido y Carum se había
ido. Uno muerto; el otro prisionero. Pero los dos se habían ido.
Estaba a punto de hablar cuando Sandor
gritó:
—¡Atención! Un ejército.
Entre los árboles.
—Nada de atención —dijo
Jenna—. Son mujeres. Las hermanas de M'dorah. ¿No veis a Petra a la cabeza?
—¡Mujeres, bah! —exclamó
un muchacho.
Otros le hicieron eco.
—Callad vuestras
estúpidas bocas —se irritó Piet—. ¿Nunca habéis visto luchar a una mujer? Yo sí. Codo a codo
conmigo. Y son mejores que
nosotros. Sin duda mejores que tú, chaval. Y la Anna es la mejor de todos. ¿No
acaba de matar al Oso? ¿Qué tienes que chillar ahora?
—Nada.
El muchacho bajó la
vista. Los que le habían apoyado guardaron silencio.
—Id a darles la
bienvenida entonces. Levantad vuestras malditas voces y saludadlas. A las mujeres les gusta
eso.
Todos comenzaron a gritar
con un sonido que era mezcla de pena y de saludo, mientras agitaban sus brazos.
Las hermanas atravesaron el campo
bañado en sangre hasta llegar a ellos.
Enterraron a sus hombres en una fosa común y a los
de Kalas en otra. El rey e Iluna
tuvieron tumbas separadas. Sobre la del rey colocaron una señal con
su nombre y una corona tallada por Sandor,
quien tenía cierta habilidad para ello. También talló una señal para Iluna, copiando el signo de la diosa del
anillo de Petra.
Las hermanas de M'dorah
eran buenas enfermeras y vendaron a aquellos hombres que todavía podían montar. A
instancias de Piet, los demás heridos fueron enviados de regreso a New Steading. Hizo que los hombres
improvisasen unos trineos hechos con ramas y mantas, arrastrados por caballos. Tres de las
mujeres mayores, que de todos modos no eran guerreras, se ofrecieron para
guiar los caballos por el
camino e informar sobre lo ocurrido.
—Los bebés también irán
—decidió Jenna—. Si esto es realmente un final, una de las cosas que termina aquí es la costumbre de llevar a las niñas al
combate.
—Pero se ha hecho siempre
—protestó Maltia.
A su alrededor, todas las
mujeres asintieron con la cabeza.
—Siempre —murmuraron.
—En el Libro se dice que
una lealtad necia puede ser el mayor peligro. Quien me ungió me hizo recordar esto.
Supongo que vosotras
no os opondréis.
Hubo varias miradas entre
las mujeres, y Jenna estuvo segura de que no a todas les resultaba sencillo acceder.
—Uno puede ser igualmente
necio con su lealtad hacia las costumbres antiguas que hacia las personas.
—Sí. —La voz de Jenna era
firme—. Y esta costumbre finaliza aquí. Hoy. Estoy segura de que, en el futuro,
cantaremos sobre ello. —Entregó a la pequeña Scillia a la Legítima Oradora. La niña gimió al pasar de una mano
a otra—. Pero yo regresaré para hacerme cargo de esta niña.
—Nos pertenece a
nosotras, Anna —protestó Maltia—. Pertenece a M'dorah.
—M'dorah ya no existe —le
recordó Jenna con suavidad—. Cuando la retiré de la espalda de Iluna, mis manos aún estaban rojas con
la sangre de su asesino. Ella es mía. Le daré todo mi amor.
—La cuidaré hasta que
regreses —prometió Maltia—. Después, podrás decirme, sin los vientos de la batalla en tu
boca, cuánto la
amas.
Jenna asintió con la
cabeza.
Los otros dos bebés
fueron entregados a las hermanas, con muchos susurros de despedida. Las mujeres
se abrazaron, no una vez, sino varias. Cuando las niñas estuvieron atadas a sus espaldas,
Maltia y las otras dos mujeres
tomaron las riendas de los caballos y los condujeron con sus trineos rumbo a New Steading.
—¡Montad! —gritó Piet
cuando casi hubieron desaparecido de la vista.
—No sabemos montar
—exclamó una mujer.
—Aprenderéis con la
práctica —les aseguró Jenna alegremente—, como me ha pasado a mí.
—¡Caballos! —rezongó una
joven de mejillas sonrosadas, y escupió—. Son una abominación.
—Pero una abominación
rápida y necesaria —bromeó Petra—. Si la Anna ha podido aprender a montar, todas
podréis. —Esbozó una sonrisa.
Después de varios
resbalones y de una desastrosa caída sufrida por una mujer mayor con rostro rechoncho y boca
decidida, finalmente las hermanas
estuvieron montadas.
—¿Hacia dónde iremos
ahora? —le preguntó Jenna a Piet.
—Hacia el norte. Ellos
fueron en esa dirección y sospecho que se dirigen a las tierras de Kalas. Con prisioneros
y, en especial, con el joven príncipe, no se quedarán en el palacio del antiguo
rey. Allí aún
quedan demasiados partidarios suyos. Además, Kalas siempre ha tenido los mejores
calabozos.
Jenna digirió esa información y preguntó:
—¿Y no regresarán aquí para terminar lo que han
iniciado?
Piet esbozó una sonrisa
amarga.
—Creen que ya está
terminado. Y a mí me lo pareció también, hija. El Oso mató al rey. Se llevaron
al príncipe Longbow y a dos docenas más de nuestros guerreros. Confiaban en que
el Oso acabaría con los que
quedaban y que luego los seguiría.
—¿Realmente crees eso?
—Apuesto mi vida por ello
—Acabas de hacerlo
—afirmó Jenna—. Y la mía también. Se volvió y les indicó a todos que la siguiesen. De tres en tres, cabalgaron en dirección al norte.
EL CUENTO:
Había una vez un nido de
siete ratones que vivían detrás de la pared de la cocina. Antes de que la madre
desapareciera, les había dicho que, cuando fuesen lo suficientemente grandes para abandonar el nido, lo
hiciesen con gran cuidado y tocios juntos, no de uno en uno.
—Pues, si salís de uno en
uno, el gran gato que vive junto a la estufa os comerá. Si puede hacerlo, El os
atrapará.
Los pequeños ratones la
escuchaban, pero ella no dijo nada más. ¿ Y cómo tener miedo de un El al que nunca habían visto? Uno a uno, cuando fueron lo suficientemente grandes,
comenzaron a salir del agujero.
Y uno a uno desaparecieron dentro de la boca de El. Hasta que al fin sólo quedó el más pequeño
de los ratones, llamado
Trocito.
Llegó el turno de Trocito
en un brillante día de primavera. Pero había oído los dientes y las uñas de El fuera del
agujero. Y, aunque
Trocito era pequeño, también era astuto. Espió fuera y allí estaba el monstruoso El,
roncando junto a la estufa, con un ojo abierto.
«Esto requiere un plan»,
se dijo, así que registró todo el agujero y el interior de los tablones hasta
dar con los materiales necesarios para llevar a cabo su plan. Trabajó durante muchos días hasta bien entrada la noche, ya
que para los planes se requiere tiempo y paciencia, pero al fin terminó. Contempló su
obra: un ejército de veinte ratones hechos con palillos y algodón gris, con pasas
por ojos y cordeles por
colas. Los ató unos con otros y, al final, ató su propia cola con un nudo
especial.
—¡Toda la casa para
nosotros! —gritó lo más alto que pudo para alertar al gato—.
¡Vamos, muchachos!—Y
salió corriendo del agujero,
empujando a aquellos ratones de juguete.
Bueno, El se levantó de
un gran salto, seguro de que le aguardaba un banquete. Primero, atacó al ratón de la punta: uno, dos, tres... Pero estaban pegados entre sí. Las colas
se enredaron en sus uñas. El
maulló de ira y se metió dos en la boca, ¡Puaj! ¡Puajjj!
Trocito pudo escapar
cuando el nudo de su cola se deshizo. Al llegar a la puerta de la cocina, se
detuvo por un momento y cantó:
Un trocito sólo
soy, Mas
lo he engañado y ya me
voy. Zarpas
voraces y vientre
glotón, Sus grandes uñas un nudo
son.
Después salió corriendo
al prado primaveral para buscar a su mamá.
EL MITO:
Al fin Gran Alta sacudió su cabello y de él cayó un
obsequio a la tierra. El obsequio era
una niñita en cuya mano derecha había una estrella de la más pura plata. Su
mano izquierda estaba oculta detrás de ella.
—La estrella de plata es
tuya, a pesar de que no has nacido con ella. Y una estrella de oro hay en tu mano
izquierda. Tu decidirás
cuál de ellas habrá de ser la más brillante. La estrella será a la vez tu guía y tu
desgracia. Será a la vez tu luz y tu perdición. Será tu íntima compañera.
La niña arrojó la
estrella de plata al cielo nocturno con una sonrisa. Allí rutiló e iluminó los caminos de toda la
tierra.
Ante esto la niña sacó la mano izquierda y la
abrió: no había ninguna estrella.
Y entonces Gran Alta sonrió. Se trenzó el cabello,
el lado oscuro y el lado luminoso, y se
sujetó las trenzas sobre la cabeza como una corona: una estrella dorada brillaba en el centro.
—Has escogido y así será. Bendita seas.
LIBRO QUINTO
LA
TORRE OSCURA
EL MITO:
Y entonces Gran Alta
colocó una columna de oscuridad a un extremo de la planicie, Y colocó al otro una
columna de fuego. Y abrió un delgado sendero en el medio como el borde de un cuchillo y tan cortante como él.
—Aquella que pueda
caminar por el sendero y capturar ambas torres será la más amada por mí —habló Gran Alta—.
Pero desdichada la mujer cuyo pie
sea pesado en el sendero o cuyo corazón sea ligero en la torre, pues fracasará y su fracaso
traerá la ruina eterna sobre la tierra.
LA LEYENDA:
Existe una extraña
planicie no lejos de Nuevomercado, donde no crecen ni el pasto ni los árboles. Sólo hay
docenas de peñascos, grandes torres de piedra que se elevan vanas decenas de
metros por el aire. Los más altos tienen casi sesenta metros y uno de ellos se encuentra al
norte y el otro al sur.
El peñasco del extremo
norte parece haber sido arrasado por el fuego. El peñasco del sur lleva la marca del
mar.
Sobre la Roca de fuego,
hay extraños restos: maderas quemadas, puntas de huesos, y el mango tallado de un cuchillo con un círculo y media cruz
grabados en el interior. Sobre la Roca del Mar no hay nada en absoluto.
Los habitantes de
Nuevomercado dicen que, en un tiempo, vivieron dos hermanas en esas torres de piedra; una
morena sobre la Torre
de Fuego y una de cabellos blancos en la Roca del Mar. No se habían
hablado en cincuenta años. Habían olvidado ya el motivo de su disputa, pero la ira continuaba viva.
Cierto día llegó un niño
cabalgando por la planicie en un gran caballo tordo. El niño era hermoso, con el cabello
dorado y el rostro
como el de la misma Gran Alta.
Ambas hermanas miraron
hacia abajo y desearon al niño. Bajaron de sus torres y trataron de embaucarlo.
—Te daré oro —dijo la hermana oscura.
—Te daré joyas —dijo la luminosa.
—Te daré una corona —dijo la primera.
—Te daré un collar —dijo la otra.
El niño negó con la
cabeza tristemente.
—Si me hubierais ofrecido
amor —les dijo— me hubiese quedado sin pedir más que piedras para comer y una roca por almohada.
La ira que sentían las
hermanas entre sí volvió a bullir, y el deseo que ambas habían concebido por el niño hizo que aumentara. La hermana oscura tomó al niño por la mano derecha
y la luminosa por la izquierda. Tiraron en una y otra dirección hasta
que el niño se dividió en dos. Entonces
cada una de ellas regresó a su roca solitaria con la mitad del niño en sus brazos y entonaron
canciones de cuna al bebé
muerto hasta que ellas mismas murieron de pena.
Sus lágrimas y la sangre del niño humedecieron las
cimas de las torres, haciendo crecer
una flor adorable. Dividida, es como llaman los habitantes de
Nuevomercado a la flor, y también Sangre del
Bebé. Sirve para calmar los dolores del parto cuando se hierve en una tisana.
EL RELATO:
Como no tenía necesidad
de ocultar su rastro, el ejército de Kalas resultó fácil de seguir. —Al norte,
al norte y al norte —señaló Jenna. —Al castillo —agregó Piet.
—Y al calabozo —murmuró
Jenna con expresión sombría—. Seguramente
no será tan terrible como dices.
—Peor, muchacha. Lo
llaman el Agujero de Kalas y no es más que eso: un agujero en el suelo.
Piet puso especial
cuidado en que pasaran desapercibidos para los pocos aldeanos que se cruzaran a
lo largo del camino. Para ello hizo que los jinetes viajasen en grupos más pequeños, aunque las mujeres de M'dorah se
negaban a cabalgar junto a los hombres. Marek, Sandor y Gileas se habían adelantado y, a
cada poco, regresaban
para informar de las novedades. Aunque Jenna se sentía frustrada por el lento
avance, estaba de acuerdo con Piet en que la velocidad llama la atención.
A pesar de ser un grupo
tan grande, se abastecieron en el bosque sin mayores problemas. Las mujeres de M'dorah
eran buenas cazadoras,
y como era primavera había muchos helechos, hongos y bayas comestibles.
Durante la mitad del trayecto siguieron el curso de un río, y las
cantimploras de cuero estuvieron llenas de agua fresca. Incluso cuando el río torció su curso en
otra dirección, nunca se encontraban lejos de alguna laguna o de algún arroyo. Los peces eran abundantes.
Un hombre enfermó por
comer bayas moradas y, una noche, desertaron siete de los muchachos de New Steading.
A dos mujeres de M'dorah se les
produjeron terribles lastimaduras en los muslos por cabalgar. El hombre se recuperó, a pesar de que
durante todo un
día hubiese preferido morir. Los muchachos no regresaron jamás, pero no hubo
más deserciones. Las dos mujeres no pudieron continuar viajando y se quedaron en una granja,
bajo los cuidados de una anciana que las recibió con cierta reticencia, pero
prometió tratarlas
bien.
De este modo, quedaron
aproximadamente cien jinetes, aunque estaban bien abastecidos con espadas, cuchillos, arcos y escudos.
Jenna nunca había estado tan al norte, y estaba
sorprendida del cambio en los bosques.
Acostumbrada a la compañía del alerce,
del olmo y del roble, reconocía cada vez menos árboles a excepción del robusto pino que esparcía olorosos lechos
de agujas que cubrían el suelo. Cuando acamparon por primera vez, Jenna se
lo hizo notar a Petra:
—Si no hubiera tal necesidad de seguir adelante,
tal vez pudiéramos disfrutar de todo esto.
—Puedes disfrutarlo —dijo
Petra, apoyada en un codo—. Mejor que lo disfrutes, ya sabes que es sangre lo que nos espera al final
del camino.
Al día siguiente, Jenna
meditó las palabras de Petra mientras cabalgaban. Se preguntó si Petra estaba en lo cierto y, si será
así, qué significaba ello para su
propia forma de ser. ¿Cómo podía disfrutar
de un viaje que acabaría, sin ninguna duda, bañado en sangre? ¿Cómo podía admirar unos parajes que iban a
ser la tumba de tantos hombres y mujeres bondadosos? ¿Cómo podía
dejar que las perfumadas agujas del pino se deslizaran por entre sus
dedos, cuando el hombre al que amaba más
que a ningún otro yacía en una hedionda mazmorra? ¿Cómo podía, incluso, darse
cuenta de la diferencia en los
prados y los bosques cuando se trataban de posibles campos de batalla? Su mente bullía como un puchero de sopa con todas esas preguntas. Pero el camino no
ofrecía respuestas y el balanceo del paso uniforme de Deber la acercaba cada
vez más al sangriento final que
había anunciado Petra.
El viaje duraría dos
días.
—Cuatro —explicó Piet—, si no hay que tomar
precauciones.
—Tres —añadió Jenna—, si
vamos tú y yo solos. Y no dormimos.
—Sería bueno, muchacha,
poder reducir ese tiempo. Pero si lo hacemos, también reduciremos nuestras oportunidades. El castillo cíe Kalas es casi inexpugnable. Es todo de
piedra y rocas con sólo un gran portal y tres puertas interiores de hierro.
También está bien guardado. Lo construyeron justo encima del
acantilado para que no pudiera ser atacado por detrás. De hecho, crearon otro
risco en la parte frontal.
—Tenemos una ventaja.
—¿Cuál?
—Las mujeres de M'dorah
saben cómo escalar la roca.
—Había pensado en eso, sí. —Por primera vez hubo
aprobación en su voz.
—Podrían ser los ratones
atados a mí... —reflexionó Jenna en voz alta.
—Para que el gato los
ataque primero. —Piet se rió. Al ver que Jenna parecía sorprendida, le explicó—: Es un viejo cuento de mi
familia. Mi madre nos lo contó a mi hermana menor y a mí, y nosotros se lo contamos a los hijos de mi hermana.
—Los hijos... —Jenna
apenas si podía creerlo. Finalmente estalló—: ¿Eres... eres tío del rey?
Él se echó a reír.
—¿lío del rey? Oh no,
muchacha. Ellos son Garunianos y yo pertenezco por completo a los Valles. No hay mezcla
de sangre en mí.
Pero mi hermanita y la madre de Carum eran amigas de la infancia. —Se frotó un
dedo contra la barba—. Conocí a esos muchachos cuando Carum tenía cinco años. El niño más
bonito que jamás
había visto. El favorito de la corte. Y listo como...
—Entonces no eres el tío
de Carum.
Por algún motivo se
sentía decepcionada.
—Acababa de regresar del
Continente. Un lugar horrible. Lleno de
extranjeros —dijo Piet echando atrás la cabeza con una carcajada
—¿Así que los has
conocido a todos? ¿Incluso a Jorum el Santo?
—¿Jor... un santo? ¿Quién te ha dicho eso? Era
travieso como el que más.
Siempre con problemas. Siempre corriendo
escaleras arriba para echarle la culpa
a algún otro. Y Carum siempre dispuesto
a cubrirlo. Si había un santo en esa familia... Pero no soy su tío, no. A pesar de que han sido buenos reyes,
no se han ocupado mucho de la gente de los Valles. Los Garunianos
estaban primero, y los de los Valles debían
sacrificarse. Así eran ellos. Aunque han sido buenos conmigo y con mi
familia. Y Carum, siendo medio de los
Valles, es el mejor.
—¿Estaría...? —Jenna lo
interrumpió de repente—. ¿Estaría mal si llevase conmigo a las demás, si las sacrificase
para llegar al castillo y sacar a Carum?
—Eso no es ningún
sacrificio, muchacha. Es un ardid. —Volvió a frotarse la barba y la miró de un modo extraño—.
Ahora el joven Carum es el rey. Todos debemos tomar parte en su liberación y es probable que algunos
mueran. Así de sangrienta es la guerra.
Continuaron cabalgando.
Los días eran más cálidos
que nunca, pero a medida que avanzaban hacia el norte las tardes eran más frescas y las noches eran verdaderamente frías. El clima del norte no era
respetuoso con la primavera. Los
hombres se veían obligados a compartir sus mantas con otros hombres, y las mujeres con mujeres.
La primera vez que Jenna
y Petra se acostaron juntas, con una manta en el suelo y otra encima, Jenna no pudo dormir. Permaneció
mirando el cielo durante mucho tiempo, contando las estrellas y la respiración serena de Petra. Llegó a contar
hasta mil antes de tomar la
decisión.
Finalmente, apartó la manta y se levantó con
cuidado para no despertar a Petra. Les
hizo una seña a los hombres que efectuaban guardia y caminó hasta el borde del bosque. Había alguien allí
antes que ella; Jenna reconoció
a una de las mujeres de M'dorah, una joven cuyo nombre nunca había oído o al menos no recordaba.
—¿Tú tampoco podías dormir?
La joven gruñó una respuesta y entonces, como si la
pregunta hubiese liberado algo en su
interior, comenzó a hablar en un susurro mientras hacía y deshacía una de las
doce delgadas trenzas en su cabello.
—¿Dormir? ¿Cómo podría
dormir? Estoy apenada. Iluna era mi amiga. Mi mejor amiga, aún más que mi hermana
sombra. Y
ahora se ha ido. Se ha ido a un lugar donde no puedo seguirla.
Jenna asintió con la
cabeza ya que no se le ocurría ninguna palabra de consuelo que ofrecerle. Sabía
que algunas veces, expresar en voz alta una pena hacía que ésta fuese más fácil de soportar.
—No lo comprendo —continuó la joven—. En un
momento todas nos sentíamos tan...
tan... —Vaciló buscando la palabra adecuada
mientras sus manos se ocupaban de otra trenza—. Felicidad... desdicha...
Esas palabras no tenían ningún significado en nuestra roca. Nos sentíamos...
—Se dio un fuerte tirón de la trenza al encontrar
la palabra que buscaba—. Satisfechas. Estábamos satisfechas. Y entonces llegas
tú, una profecía que muchas de nosotras nunca habíamos oído y que otras, simplemente, no creíamos. La palabra se hace carne. —Se volvió un poco con el
rostro en sombras. Era como si
hablase una máscara.
—Yo creía... —comenzó
Jenna—. Creía que habíais recitado la profecía todas juntas y que eso había sido lo que os convenció.
—¡Palabras! —dijo la
joven con voz quebrada—. No eran más que eso: palabras. Pero Iluna era real. Carne de mi carne y sangre de mi
sangre. Juramos amarnos para siempre. De niñas, cortamos incluso nuestros dedos para mezclar nuestra
sangre. Mira.
Se volvió y extendió una mano hacia Jenna. Jenna
observó la mano de la joven corno si
allí hubiese estado escrita su historia, pero sólo era una mano. Como la suya. Nada más.
—Las palabras son para
las ancianas. Iluna y yo habíamos planeado dejar juntas M'dorah. Para ver qué más había en el mundo. Y cuando hubiésemos comprobado que no había nada,
entonces regresaríamos. Pero
juntas. Juntas, Y ahora ella está... está...
Comenzó a sollozar,
llevándose la mano a la boca como para ahogar el sonido. Jenna asintió con la cabeza.
—Comprendo. Querrás a la
niña después.
—¿La niña?
—Scillia.
—Oh no. Le había dicho a Iluna que ella no debía
venir con nosotras. Fue por lo único
que discutimos jamás. No, Blanca, puedes
quedarte con la niña. Yo sólo quiero... —Los sollozos volvieron a comenzar—. Sólo quiero a Iluna —terminó con
amargura.
Jenna colocó los brazos
alrededor de la joven y la dejó llorar. Pero no podía calmar sus propios pensamientos. ¿Y si Carum decía lo
mismo cuando ella le hablase de la niña? ¿Exclamaría: Sólo te quiero a tí Y de ser así, ¿ella se quedaría de
todos modos con la pequeña de un solo brazo? Se mordió el labio con
fuerza para recordarse que esa
conversación sólo tendría lugar si encontraba a Carum con vida. Tomó a la joven por los hombros y
la sacudió.
—¡Ya basta! Iluna no
querría que llorases por ella. Querría que la recordases con coraje.
La muchacha se apartó de
Jenna y asintió con la cabeza. Tomó el borde de su camisa para enjugarse las
lágrimas y sonarse la nariz.
Después se alejó como avergonzada de que Jenna hubiese tenido que consolarla.
Por un momento, Jenna
consideró la posibilidad de seguirla; pero se encogió de hombros y regresó al campamento. Jareth, que se encontraba de guardia, la miró con una mano
sobre la garganta.
—Sólo son nervios por la
batalla, supongo —comentó Jenna mientras se apartaba un mechón de cabello del
rostro. Luego se quejó—: Oh Jareth, estoy tan cansada de esto.
Quiero estar en casa. Quiero... —Lo miró—. Quiero poder hablar
contigo. Antes era un consuelo tan
grande para mí...
Jareth la miró unos momentos más y se quitó la mano
del cuello. Estaba desnudo.
—Jareth... el collar...
¿dónde?
Él representó el corte de una espada. De pronto
Jenna recordó la exclamación que había
oído a sus espaldas cuando enterró el cuchillo entre los ojos del Oso.
—Así que ¿ahora puedes
hablar? ¿Lo has hecho en estos últimos días?
El sacudió la cabeza
vigorosamente y se señaló la boca.
—¿No puedes? ¿El collar
ha desaparecido y aún no puedes hablar? ¿Era todo una mentira entonces? ¿Como la cuna y el salón? ¿Catrona está muerta,
Carum capturado y todos ésos enterrados en el campo por una mentira?
Extendió una mano y la
puso sobre el brazo del joven, pero oyó un sonido a sus espaldas y se volvió. Allí
estaban Marek y Sandor.
—Puede hablar pero no
quiere hacerlo, Anna —le explicó Sandor—. No se atreve a hablar por miedo a romper
la camaradería.
—¿Qué camaradería?
—preguntó Jenna con sarcasmo—. ¿Mujeres que
no hablan con los hombres y hombres que se ríen de las mujeres? ¿Una guerrera de los Valles que me culpa
con justicia por la muerte de
su amada, y tres muchachos que creen que una joven asustada e incompetente es una especie de diosa?
—Te olvidas de Petra
—apuntó Sandor con suavidad.
—Una sacerdotisa que
inventa rimas y que, sin duda, no podrá matar sin vomitar por ello.
—Somos todo eso —admitió
Marek—. ¿Te sientes mejor por decirlo?
—No —respondió Jenna
apesadumbrada.
—Bueno, de todos modos
somos camaradas —la animó Sandor.
—Así es —agregó Marek con
una sonrisa.
—¿Pero y si son mentiras?
¿Y si son todo mentiras?
—De todos modos no hablará, Anna, porque él sí cree
—le reprochó Marek.
—Y yo —añadió Sandor—.
Hasta que el rey sea coronado y su mano derecha gane la guerra.
—Tu, eres tú su mano
derecha —le recordó Marek.
—Y Carum, el rey. Me alegra eso —concluyó Sandor.
—Oh, sois valientes y
leales —reconoció Jenna—. Mucho más valientes y leales que yo.
Los muchachos la
abrazaron. Los cuatro pensaron en lo que había ocurrido y en lo que sin duda habría de ocurrir.
Jenna, Sandor y Marek susurraron sus recuerdos, como contándose a sí mismos una historia
maravillosa, pero lo hicieron en voz muy baja para no perturbar el sueño de los
demás. Y cuando finalmente se separaron con los rostros congestionados por las lágrimas sin
derramar, cada uno quedó recortado contra el cielo nocturno. Para Jenna era como si los tres muchachos
hubiesen sido coronados de estrellas.
Regresó a la manta con la
que ahora Petra se había envuelto por completo. Para no despertarla, se tendió
en el suelo a su lado y se obligó a dormir.
LA CANCIÓN:
Mucho antes de la
batalla, hermana
Mucho antes de la batalla, hermana, Cuando las estrellas
brillan en el
cielo, Cuando el mundo está
libre de
heridos Y las cicatrices no
cubren el suelo.
Mucho antes de la
batalla,
hermana. Cuando, satisfechas con lo
conocido, Cantamos
las hermosas
baladas De un tiempo que ya se ha ido.
EL RELATO:
Para cuando llegaron a
los límites de las tierras de Kalas, por un sendero que según Piet estaba teñido de sangre
—a pesar de que
no había huesos ni armaduras rotas ni sepulturas—, la luna volvía a estar
llena. Eso duplicó el número de mujeres por la noche, haciendo que hasta Piet se sintiese incómodo. Los hombres trataron de averiguar de dónde habían salido
tantas mujeres.
—De los bosques —les dijo
Gileas a los muchachos de New Steading—. Nos han estado siguiendo todo el tiempo.
—Tal vez vivan por aquí
cerca —sugirió un joven.
A los demás les pareció una idea bastante tonta, y
lo expresaron en voz alta.
—No —explicó Piet—. Son
amigas de nuestras muchachas. Sus primas, probablemente; ya veis cómo se parecen unas
a otras.
Fue la explicación que
más les convenció.
Pero significaba que, al
menos por la noche, era un ejército difícil de ocultar.
Piet conocía bien el
territorio, ya que había servido un año en el norte, y trataba de que se internasen
lo más posible en el
bosque, hasta donde se lo permitían los caballos. Bajo los frondosos árboles, su número volvía a reducirse a
la mitad. Si a los hombres eso les llamaba la atención, lo
mantenían en silencio.
Dejaron a los caballos en una pequeña cañada y
recorrieron a pie el último kilómetro
hasta el castillo de Kalas, en fila india y sin hablar. Al final del bosque, Piet les hizo una seña para que se detuviesen y todos se abrieron en abanico,
colocándose cada uno detrás de
un árbol.
Bajo la luz de luna, el
castillo de Kalas era un gran buitre negro que proyectaba su sombra sobre la planicie. Contaba con dos alas de
piedra con muros almenados. Una única torre se elevaba como el cuello del ave.
Y en la única ventana, parecida a un ojo, brillaba una luz. No había ninguna otra luz visible en el lugar.
—Allí —señaló Piet—. Las
muchachas treparán por las piedras mientras yo llevo a los hombres hasta la reja. Gritaremos y haremos
ruido con las espadas. Si bajan la reja para atraparnos, algunos lograremos pasar. Si permanece cerrada, la
escalaremos.
Jenna asintió con la
cabeza.
—Dos filas de ratones son
mejor que una contra este gato —agregó
Piet.
—¿Y el calabozo?
—Sólo se puede entrar por
el interior. Por eso debes subir a la torre.
Señaló un lugar donde la roca parecía surgir de la
misma tierra, formando un muro impenetrable.
—¡La torre de Kalas!
—susurró Jenna.
—¿Cómo lograrás subir
hasta allí? —preguntó Petra.
Donde finalizaba la roca, se elevaba un alto
cilindro de ladrillos. No era como el cuello
de un buitre, pensó Jenna, sino como una lanza clavada en el cielo.
—Lentamente —respondió—,
y con grandes dificultades. Pero de todos modos subiré.
—Si alguien puede hacerlo
eres tú —le animó Petra en su oído—. La profecía lo sabe: Alta se ocupará de ello.
Jenna miró fijamente a la
torre. Tenía al menos treinta metros de alto. Para sus adentros, rezó pidiendo
que Alta tuviese un brazo muy largo.
—Cuando llegue a la
alcoba de Kalas —dijo con firmeza—, le pondré el cuchillo en el cuello y haré que me
lleve personalmente
al calabozo para liberar al rey. Si esta noche se derrama alguna sangre, será la de
Kalas.
Habló con la firmeza que
había aprendido de Gorum, pero mientras tanto el corazón le latía con fuerza. Ni remotamente se sentía tan segura como
parecía.
—Contaremos con la
sorpresa esta vez —observó Piet con expresión sombría—. Creen que estamos todos muertos.
—La razón también se
encuentra de nuestro lado —agregó Marek.
—Ah, muchacho, en el
Continente suelen decir: Es posible que el ratón tenga la razón, pero el gato tiene las zarpas. Aparte de los cuentos, ¿cuándo la razón ha garantizado la
victoria? —Piet contempló el
castillo—. No contéis con la razón. El rey Gorum lo hizo y tuvimos que enterrarlo. No quiero tener que
enterraros a vosotros también.
—Ni nosotros a ti, Piet
—le dijo Jenna.
Aguardaron hasta que una
nube cubrió la luna, y, entonces, las mujeres corrieron hacia las rocas mientras los
hombres se dirigían
a la reja.
Jenna partió rápidamente, evitando la mirada de
Petra. Si pensaba en ella o en todos los que
podían morir en el intento de penetrar el castillo de Kalas, sabía que
se paralizaría y no podría escalar. Se
obligó a no pensar en otra cosa que no fuesen las rocas que tenía delante.
Cuando llegó a las
escarpadas rocas, se sintió abrumada por su tamaño. Sobre ella y a ambos lados,
no había otra cosa que piedra, como un muro interminable. En la oscuridad no podía ver ningún lugar
donde sujetarse. De pronto apareció la luna y Skada estaba allí señalando el camino.
—¡Por allí! Y allí.
—Extraño saludo —se quejó
Jenna mientras se echaba la trenza hacia atrás.
—No tenemos tiempo para
bromas —refunfuñó Skada acomodándose su propio cabello—. Y tú ya respiras de forma agitada aún antes de haber comenzado
a escalar.
—Si pudiera aparecer y desaparecer como tú —replicó
Jenna con irritación—, ni siquiera
tendría necesidad de respirar.
Pero, de todos modos, le
vino bien recordar que la primera lección que Madre Alta le enseñó mucho tiempo atrás
fue respirar de un modo apropiado. Se
obligó a pensar en la meticulosa respiración de la araña para trepar. Y al
hacerlo, oyó cómo la respiración de Skada se
sincronizaba con la suya.
Lentamente, una mano tras
otra y colocando los pies en los pequeños rebordes, comenzaron a escalar. Cada poco se detenían juntas, respiraban juntas, reunían fuerzas y
continuaban subiendo. El cuero suave de las botas estaba desgarrado, y había un
agujero en la rodilla derecha de sus
polainas. Sin embargo continuaron trepando.
De pronto otra nube cubrió la luna y Skada
desapareció, pero Jenna estaba tan
concentrada que ni siquiera lo notó.
Un minuto después la luna
volvió a salir y Skada reapareció, aferrada a la piedra como Jenna.
—Te cuesta respirar,
hermana —le hizo notar Skada.
—Ya basta. Dices esto
sólo para fastidiarme. Le pido a Alta que te detengas.
—Pero volvió a calmar su
respiración y descubrió que le resultaba más fácil escalar.
La pared oscura era
engañosa para la mano y para el ojo. Lo que parecía una grieta podía ser sólido. Lo que
parecía sólido, un puñado de tierra. Los errores les costaban preciosos minutos y las tomaban por sorpresa a
ambas por igual. Jenna se preguntó si los demás habrían logrado sus objetivos: las mujeres
que escalaban el otro lado del castillo y los hombres ante la reja. Pero cuando
pensó en ellos, su mano derecha resbaló y tuvo que aferrarse desesperadamente a las piedras. En
la palma tenía un profundo corte. Jenna lanzó una maldición y oyó que Skada respondía con
otra. Con gran concentración, halló otro sitio en el cual sujetarse y Skada suspiró.
Encima de ellas, todavía
lejos, estaba la ventana iluminada. Jenna sabía que debían llegar allí antes del amanecer
porque necesitaba a Skada, tanto por la espada que podía esgrimir como por el consuelo que podía
brindarle. Expresó sus pensamientos en voz alta.
—Gracias —susurró Skada—,
pero continúa trepando.
Hubo un momento en que
Jenna se detuvo y se llevó la mano a la boca para lamer la sangre del corte. Skada
hizo lo mismo, casi como una burla. Ninguna de las dos sonrió. Luego, Jenna volvió a posar la mano sobre la
roca y comenzó a trepar nuevamente.
Cada centímetro les
llevaba minutos. El muro parecía resistirse y sus propios cuerpos se convertían en sus peores
enemigos. Los ligamentos sólo podían extenderse hasta determinado punto, y hasta el brazo o la pierna más
fuerte acababa por cansarse. Finalmente, la mano de Jenna se aferró al borde superior de la
pared.
—La base de la torre...
Pero la luna volvía a
estar cubierta y no había nadie con quien hablar.
—¡Por los cabellos de
Alta! —murmuró Jenna, utilizando una maldición que raras veces se permitía.
Hizo fuerza con ambos
brazos para terminar de subir. Ni siquiera el cuero era suficiente protección
contra el muro. A través de él podía sentir la dureza de la piedra.
Cuando estuvo de
rodillas, se encontró mirando un par de grandes botas.
—Alza la vista lentamente
—le dijo una voz—. Quiero ver la sorpresa en tu rostro antes de arrojarte
abajo. Eres hombre muerto.
Desde su posición, Jenna
levantó el rostro. Lentamente, sin dejar de rezar para que apareciese un rayo de luna.
Cuando finalmente posó los ojos sobre
el guardia, sus súplicas se cumplieron y una luna brillante iluminó su rostro.
Jenna le sonrió.
—Por Gres, tú no eres
ningún hombre.
Por una fracción de segundo, se relajó y él también
sonrió.
Jenna bajó los ojos de un
modo evasivo, maniobra que había visto efectuar a una de las criadas de New
Steading, y extendió la mano.
Automáticamente, el
soldado se inclinó.
—¡Ahora! —gritó Jenna.
Alarmado, él dio un paso
atrás. Pero se sobresaltó aún más cuando otra mujer, de rodillas, lo atacó por detrás. El hombre cayó y estaba muerto incluso antes de que la hoja
abandonara su corazón.
Jenna levantó el cuerpo
sobre su hombro y lo arrojó al vacío. No aguardó para oírlo caer. Cuando se volvió para
hablar con Skada,
ésta parecía aturdida.
—¿Qué ocurre? —preguntó
Jenna.
—Yo... nunca antes había matado a un hombre
—murmuró Skada—. El cuchillo no hizo
más que entrar y salir, y ya estaba muerto.
—Pero hemos matado al
Sabueso. Y al Oso. Y cortamos la mano del Toro, lo cual le llevó a la muerte.
—No, Jenna, tú has hecho
eso.
—Tú eres mi hermana
sombra. Sientes lo que siento yo. Sabes lo que sé yo.
—No... es...
exactamente... lo... mismo —Skada pronunció cada palabra con gran
dificultad.
—No —dijo Jenna al fin—.
Tienes razón. Por este guardia desconocido no
siento lo mismo que por los demás. Mi mano no recuerda su muerte de la misma manera.
Se tocaron las manos un
momento.
—Será mejor que subamos a
esa torre. Esto no es más que la primera parada. Y si hay otros guardias...
—Skada asintió con la cabeza—. Y cuando llegue la luz del día, ya no estarás aquí. Y si muero...
Skada sonrió con
tristeza.
—No tienes que recordármelo. Cada hermana sombra
conoce las reglas de la vida y de la
luz. Vivo cuando tú vives, muero cuando
tú mueres. Sube por esa pared. No puedo comenzar sin ti.
Jenna comenzó a escalar
la pared de la torre. Los ladrillos eran más nuevos que las piedras del muro, pero los
vientos del norte los habían desgastado. Algunos trozos caían bajo sus manos.
Al iniciar el nuevo
ascenso, continuaron hablando en susurros para no despertar a los guardias. A cada poco,
lanzaban una maldición;
éstas parecían darles coraje y recordarles que la ira les sería útil cuando les faltase
el ánimo.
Jenna fue la primera en
llegar a la ventana de la torre, pero sólo por cuestión de segundos. Tenía una uña rota bajo la cual se escurría la sangre. Le dolía el corte en la
palma. Sus piernas comenzaban a
temblar por el esfuerzo. Entre ambos hombros tenía un nudo de dolor. Lo ignoró todo, concentrándose en
el antepecho de la ventana y en la luz que se filtraba por ella. Con un
último esfuerzo de sus músculos, se subió
al alféizar. Este era ancho pero sus pies patearon la cabeza de Skada. Lo único
que Jenna sintió fue alivio por haber
llegado e irritación con su hermana.
—Quítate de ahí.
—La culpa es de tus
piernas —replicó Skada, irascible—. Mi cabeza sólo se mueve en una dirección limitada.
Jenna trató de girar, con
lo que ambas cayeron al interior, arrastrando consigo el farol del alféizar. La caída
pareció eterna, pero finalmente llegaron al suelo.
Las voces rodearon a
Jenna en la oscuridad.
—Ya lo tengo —gritó
alguien, sujetándola por los brazos.
No le serviría de nada
luchar, así que Jenna se relajó y aguardó de rodillas.
—Encended las antorchas,
idiotas —se oyó una voz suave y autoritaria a la vez.
Alguien encendió una
antorcha y la sostuvo sobre la cabeza de Jenna. Un extraño sonido en un rincón hizo que la
voz añadiese desde
la oscuridad:
—Hay otro más, idiotas.
Llevad la antorcha allí.
Dos hombres, uno con la antorcha y otro con la
espada desenvainada, corrieron hasta el rincón. Pero la fuerte luz dispersó
toda sombra. Tan sólo contra la pared opuesta, donde nadie miraba con excepción de Jenna, hubo una pierna flexionada y un
rápido giro de cabeza.
—No hay nadie, Lord
Kalas.
—Es sólo un efecto de la
luz —mintió Jenna con suavidad—. ¿Me hubieseis capturado con tanta facilidad de
haber venido acompañada?
He venido sola. Siempre estoy sola, es... —Vaciló unos momentos, buscando la
palabra que lo convenciese—. Es mi mayor orgullo.
Los hombres regresaron
hasta Jenna e iluminaron su rostro con la antorcha.
—Es La Blanca, Lord Kalas
—la reconoció el hombre de la antorcha—. Si la tenemos a ella además del príncipe, la rebelión habrá acabado por completo. Según dicen...
—Dicen demasiadas cosas
—replicó Kalas—. Dejadme verla. Pero si es poco más que una niña —se rió—. Pensé
que era una mujer adulta. No es más que una mozuela de piernas largas y cabello
blanco.
Mientras tanto, Jenna lo
miraba al resplandor de la antorcha. Carura y Piet le habían dicho muchas cosas sobre
él, ninguna de ellas buena. Pero este jactancioso con la barba y el cabellos
teñidos de
rojo, artificio que sólo enfatizaba las bolsas bajo sus ojos, ¿podía ser el infame Lord
Kalas de las Tierras del Norte? ¿Cómo podía ser él el miserable a quien todos odiaban y temían
tanto?
—No estoy interesado en
lo que se dice por ahí, pero a ti te fascinaría saber lo que el tan llorado príncipe
Carum, que no comprendo por qué se hace
llamar Longbow, decía sobre ti.
Jenna controló su lengua
y pensó rápidamente que Kalas había hablado de Carum en tiempo pasado. Pero el guardia no.
¿Estaría muerto?
No era posible. Ella lo hubiese sabido, hubiese sentido algo si él hubiera
muerto. ¿Llorado? Tal vez Kalas se refería a su título de príncipe. A los Garunianos les gustaba
jugar con las palabras. Se permitió sonreír a su captor, ocultando lo que
sentía en realidad.
—¿Y quieres que yo te
diga lo que el difunto y nada llorado Oso ha dicho sobre ti? Que eres un arrogante teñido de rojo.
—Ah —susurró Kalas—, no
es una niña entonces. Es una mujer con toda la astucia de las mujeres. Debí de haber sabido que hasta
habías cambiado el color de tu cabello. La Diosa Blanca de Longbow.
Dijo que tu boca se abría casi tan rápido como tus piernas, al igual que ocurre con la mayoría de las
mujeres de los Valles.
—Carum nunca... —Jenna
cerró la boca, sintiéndose una niña por haber caído en semejante trampa.
—Un hombre dice muchas
cosas en el potro, querida.
—Y pocas de ellas son
ciertas —agregó Jenna.
Kalas se inclinó sobre
ella y posó la mano suavemente sobre su cabeza, como si fuese a acariciarla. En lugar de
ello, le sacó la trenza de debajo de la camisa y tiró de ella.
—Las niñas que juegan a
ser mujeres tienen cierto encanto. Las mujeres que juegan a ser niñas, también. Pero las
mujeres que juegan
a ser guerreras me aburren. —Esbozó una sonrisa que descubrió sus dientes
amarillentos—. Y para ser una niña tan bonita, tú lo haces muy mal. Tu príncipe se encuentra en el
calabozo, no en
mi alcoba, por lo cual todo tu esfuerzo no ha servido para nada...
—Le dio unos golpecitos
en la rodilla derecha con la espada—. Excepto para fortalecer esas bonitas piernas.
—Por los cabellos de
Alta... —comenzó Jenna, y esperó que la maldición la ayudase a ocultar mejor sus sentimientos.
—Los cabellos de Alta son
grises y demasiado cortos como para mantenerla abrigada —respondió la voz suave y
burlona del rey—. Pero, si insistes en jugar a ser un hombre, te trataremos como
tal. En lugar de entibiar mi
cama, lo que harías sin duda con poca gracia, a pesar de que la juventud,
incluso la de los Valles, tiene ciertas ventajas, te congelarás con los otros en mi calabozo.
Jenna se mordió el labio
y trató de parecer asustada, cuando en realidad el calabozo era exactamente el lugar
donde deseaba estar. Aunque quería estar allí con su espada y su daga.
—Ah, veo que has oído
hablar de él. ¿Cómo lo llaman?
Volvió a tirarle de la
trenza, pero esta vez la enroscó en su mano y acercó su rostro al de ella. Por
un momento Jenna temió que fuese a besarla. Su aliento era repugnante. La sola idea
de sentir esa boca en la suya
le producía deseos de vomitar.
—Lo llaman... el Agujero
de Kalas —susurró Jenna.
—Disfrútalo —dijo él
apartando el rostro—. Otros lo han hecho.
Se volvió tan rápido que
su capa de piel de lagarto silbó como un látigo alrededor de los tobillos. Y entonces desapareció.
Los guardias empujaron a
Jenna escaleras abajo y descendieron rápidamente.
Mucho más rápido,
reflexionó ella, que la trabajosa subida.
Tenía las manos tan fuertemente atadas a la espalda
que pronto dejó de sentir los dedos. El
único consuelo era el hecho de que el hombre con la antorcha iba delante y, de ese modo, las sombras de
sus cuerpos quedaban detrás. De haber estado a su espalda, hubiese visto a otra mujer maniatada, con una trenza
oscura sobre la espalda, un
agujero en las polainas y una cabeza dolorida.
Jenna se prometió no hacer nada que pudiese
provocar que los guardas se volviesen
hacia Skada; no la delataría con una observación o con un movimiento.
La escalera de la torre
descendía dando vueltas y vueltas. Cuando dejó de girar, Jenna supo que se había acabado la
torre y estaban en el
edificio principal del castillo. A medida que bajaban, el aire se tornaba más frío y húmedo. A ambos lados, había
grandes puertas de madera con
ventanas provistas de barrotes. Al pasar, Jenna pudo ver unas manchas pálidas en las ventanas, pero
justo al llegar a la tercera,
comprendió que se trataba de rostros. Después de eso levantó la cabeza para que
quienes se encontraban dentro pudiesen reconocerla. No sería enterrada en secreto.
Al final de la escalera,
una pesada puerta de madera cerraba el paso. Se necesitaron tres llaves para abrirla,
pero finalmente Jenna fue empujada al interior y la puerta estuvo cerrada nuevamente. Nadie había pronunciado
una palabra durante todo el descenso.
Sin duda el calabozo hacía honor a su nombre. El
Agujero de Lord Kalas era oscuro,
húmedo y olía como un buey con diarrea. A pesar de que nunca había visto uno, Jenna conocía el olor.
Para contener las
náuseas, se volvió y les gritó a los guardias:
—Que os cuelguen de los
cabellos de Alta. Que Ella enrosque vuestras tripas en Sus trenzas y use vuestros
cráneos...
—Nunca antes te había
oído maldecir —le interrumpió una voz casi desconocida por la fatiga—. Pero, al
menos, podrías buscar
algo más original.
—¡Carum! —Jenna se giró para tratar de encontrarlo
en la oscuridad—. Qué extraño que nos
hayan puesto en la misma celda.
—Oh, ésta es especial, señora —dijo otra voz en la
oscuridad—. La peor.
No estaba completamente oscuro. Por la ventanilla
de la puerta entraba una luz tenue. Después de unos momentos, Jenna pudo
distinguir algunas sombras, aunque no estaba segura de cuál pertenecía a Carum y cuáles a los otros prisioneros.
De Skada no había ninguna señal,
aunque, con ese pequeño rayo de luz, tampoco esperaba verla. Y
además no deseaba que su hermana sombra sufriese
ese dolor en las muñecas.
Sintió que alguien le
tocaba los hombros y luego bajaba por su trenza y comenzaba a desatarle las manos.
—Me encanta tu cabello
—susurró Carum en su oído—. Nunca te lo cortes. Algún día volveré a soltártelo bajo el sol.
El tenía problemas con
las cuerdas que rodeaban las muñecas, y
Jenna permaneció absolutamente quieta aunque, de pronto, le temblaron las piernas. No olía como el Carum
que había conocido, pero
sospechaba que ella tampoco debía de oler muy bien.
Finalmente, él logró
deshacer los nudos y le masajeó las muñecas en silencio.
—Listo. ¿De qué me sirve mi mano derecha si se
encuentra atada?
—De qué te sirvo de cualquier manera —preguntó
Jenna con fatiga—, si he sido
atrapada. Al menos sé que estás con vida. Había esperado hundir mi cuchillo en
la boca de Kalas y perforar sus dientes
amarillentos.
—¿Lo has visto? —De
pronto la voz de Carum se tornó cautelosa.
—¿Verlo? Ese miserable me
atrapó. Tan fácil como un niño atrapa una lagartija.
—¿El te...? —Se detuvo,
inspiró y exhaló el aire, al decir—: ¿Te ha tocado?
Sus brazos la rodearon protectores. Con mucha
suavidad, ella se giró dentro de ellos.
—Dijo que si yo jugaba a
ser hombre, él me trataría como tal.
—Bendita sea tu Alta por
eso.
—¿Su cama podría ser peor
que su calabozo? —bromeó Jenna.
Carum no respondió, pero
alguien en la oscuridad lo hizo.
—Mucho peor para las
jóvenes de los Valles. Kalas sólo venera a las mujeres Garunianas. Sólo ellas están exentas
de sus malos tratos.
Jenna emitió un largo
silbido a través de sus labios secos.
Carum volvió a susurrarle, pero en voz tan baja que
nadie salvo ella pudo escucharlo:
—¿Te encuentras sola?
—Estoy aquí, en la oscuridad —respondió Jenna,
también en voz baja.
—No me refería a Skada.
Sé que desaparece sin la luz. Pero ¿y los demás? ¿No estarán todos... ?
—¿Muertos? No. Aunque tu
hermano... Oh, Carum, ahora eres el rey. Lo siento.
La poca luz sobre su rostro permitió que él viera
cuan sincero era su pesar.
—Ya lo esperaba. Kalas lo
había insinuado. Y lo siento, Jenna, pero estaba escrito en la profecía. Tú serás la
esposa del rey y yo no hubiese permitido que nadie más se casara contigo. No
estoy sorprendido.
—No serás el rey si nos
encontramos en un calabozo. Y, por desgracia, he perdido tanto mi espada como mi...
—Hurgó en su bota
y buscó la daga, pero ésta también había desaparecido—. Oh, lo siento, no puedo
pensar en la oscuridad.
—No puedes pensar con las
manos atadas —rectificó Carum en voz alta—. Pero lo haces muy bien en la oscuridad.
Por un momento, se sintió furiosa con él por
bromear con sus cuestiones íntimas.
Pero, cuando oyó las risas suaves a su alrededor, como agua fría sobre piedras secas, comprendió que era la primera vez en varios días que aquellos hombres
reían. Era un sonido extraño en sus bocas, pero era una risa. De un
modo instintivo, Jenna supo que, al
enfrentar un peligro, los hombres necesitaban la risa para derrotar esa sensación de impotencia
que, al final, conspiraría en su
contra.
—Longbow, tú tampoco te
las arreglas mal en la oscuridad. Pero ¿por qué está todo tan negro? ¿Por qué no hay nada
de luz?
Hubo un ligero sonido y
una sombra se movió. Uno de los hombres se puso de pie.
—Una costumbre de Lord
Kalas, Anna. Es un verdadero Garuniano. Dice que es mejor tener al enemigo en la oscuridad.
A Jenna aún le dolían las
muñecas donde le habían cortado las cuerdas, y se las frotó tratando de aliviar
el ardor.
—¿Cuándo nos dan de
comer? ¿También lo hacen en la oscuridad?
—Una vez al día —le
respondió Carum—. Por la mañana, creo, aunque día y noche tienen poco significado aquí.
—Yo he llegado por la
noche —dijo Jenna, y agregó como sin darle importancia—: Y había luna llena.
Carum asintió en silencio
y susurró:
—¿Skada?
—Pero entonces, ¿traen
antorchas? —preguntó Jenna en lugar de responder.
—Sólo una, Anna —le
contestó una voz junto a su hombro.
Otro añadió:
—La colocan en la pared,
junto a la puerta.
—Para lo que nos sirve. Muestra lo mucho que hemos
llegado a degradarnos en tres cortos días. —Carum emitió una risita breve y furiosa—. O dos. O diez. ¿No es irónico lo que
un poco de suciedad, oscuridad y
humedad pueden hacer con un pordiosero?
—Carum, por como hablas
no pareces tú —se quejó Jenna con ira.
—Por como me veo tampoco, Jenna. Oh Jen, he hecho
un real embrollo con todo esto. —Rió su propia broma—. Y no hubiese querido que me vieras de este modo.
—Te he visto de muchas
maneras, Carum Longbow. Y no en todas eras el más apuesto. ¿Recuerdas al muchacho que escapaba del Buey, asustado y curioso al mismo tiempo? ¿O
al joven en la Congregación, vestido con faldas y con un pañuelo? ¿O al que chapoteaba en el río Halle?
—Si mal no recuerdo, tú
eras la que chapoteaba y yo quien te rescató —replicó Carum con voz casi normal.
Luego volvió el desánimo—. ¿Cómo pude haber permitido que Gorum me convenciera para... ?
Uno de los hombres puso
una mano sobre el brazo de Jenna.
—Echaron algo en su
comida, Anna. Cierta clase de bayas, que minan la voluntad de un hombre. De todos modos
debemos comer. Cada uno de nosotros tiene sus momentos de
desesperación. No te guíes por sus
respuestas. Todos estamos así: animados un momento y deprimidos el
siguiente. Muy pronto sentirás la corrosión.
Somos nuestros peores torturadores.
Jenna se volvió y posó
una mano sobre la mejilla de Carum.
—Todo irá mejor. Te lo
prometo.
—Las promesas de las
mujeres... —comenzó él antes de que su voz se desangrara como una vieja herida abierta.
—¿A qué te refieres?
—Es un antiguo dicho del
Continente —Le respondió otra voz—. Olvídalo.
—No, decídmelo —insistió
Jenna.
—No, Anna.
—Carum, ¿a qué te
refieres?
De pronto su antigua voz
regresó.
—Es algo que a Kalas le
agrada repetir: Las promesas de las mujeres son agua sobre piedra: húmedas, prontas y escurridizas.
—Agua sobre piedra...
—reflexionó Jenna—. Oí eso hace mucho tiempo, ser agua sobre piedra. Significaba algo bastante diferente.
—No me prestes atención,
Jen —le suplicó Carum.
—Yo cumplo mis promesas,
y tú lo sabes bien. Todo lo que necesito es esa luz.
Carum estaba a punto de
hablar cuando intervino otro de los hombres.
—No te servirá de nada, Anna. A ninguno nos sirve
de nada. Iluminan ese agujero de la
puerta y nos hacen tender a todos en el suelo, unos sobre otros.
—¿Unos sobre otros? —se
interesó Jenna.
—Es un acto cruel y
humillante —le explicó Carum—. Lo hacen en los
calabozos del Continente. Una invención del Castillo Michel Rouge, de donde provienen casi todos los
instrumentos de tortura. Kalas
tiene unos primos allí.
—Vaciló unos momentos
y al final admitió—: Y yo
también.
—Nos cuentan en voz alta
antes de abrir la puerta. Y, después de cerrarla, otra vez.
—Mejor aún —aprobó Jenna
en forma misteriosa.
—Si tienes un plan,
dímelo. —La voz de Carum había vuelto a ser fuerte.
—Cuéntanos —repitió una
docena de hombres.
Jenna sonrió en la
oscuridad, pero como estaba de espaldas a la única luz que entraba por la puerta, nadie pudo
verla.
—Sólo aseguraos de que yo
quede encima de todos.
Los hombres emitieron
unas risitas forzadas pero, como si hubiese comprendido, Carum agregó:
—No podríamos dejar que la Anna, la Diosa Blanca,
quedase debajo.
Jenna se rió con ellos y
siguió con la broma:
—Aunque hay veces que no
me disgusta ese lugar...
Se alegró de que nadie pudiese ver su rostro
furiosamente ruborizado. Si Carum continuaba
con esa broma, lo mataría antes de
que Kalas pudiese acercársele. Pero él percibió su desesperada vergüenza
y no añadió nada. Los hombres estaban tan animados como era posible esperar.
Jenna levantó la mano hacia el rayo de luz
y, al ver que la mano de Skada aparecía levemente sobre la pared
opuesta, la agitó en forma de saludo y se alegró cuando Skada le respondió del mismo modo.
—¿Todo listo? —preguntó a
la pared.
Pensando que se dirigía a
ellos, los hombres exclamaron:
—Por supuesto, Anna.
—Para cualquier cosa que
pidas —agregó Carum.
Pero Jenna sólo tenía
ojos para la mano de la pared. Formó un círculo con el pulgar y el índice, el signo de la diosa. Por
primera vez sintió motivos para albergar
esperanzas.
Jenna se obligó a dormir sobre las piedras frías y
permitió así que su cuerpo se
recuperase de la larga ascensión. Se acurrucó junto a Carum y respiró
lentamente, siguiendo el ritmo de su aliento. Cuando finalmente se durmió, sus sueños estuvieron llenos de pozos, cavernas y otros sitios húmedos y oscuros.
El sonido metálico de una
espada contra los barrotes de la puerta los despertó a todos.
—Recuento —dijo una voz—.
Arriba.
Los prisioneros se
arrastraron hasta la pared y armaron una penosa pirámide. Ultima en subir, Jenna observó que
los seis más robustos, entre ellos
Carum, se tendían en el suelo. Otro trepó sobre ellos y luego otro hasta que dos hombres esqueléticos, que estaban
encerrados desde hacía mucho por otros crímenes contra Kalas, ocuparon sus
puestos y distribuyeron su peso con todo el cuidado posible. Resultaba fácil
ver todo esto a causa de la antorcha que
brillaba a través de la apertura de la puerta.
El guardia comenzó a
contar.
—Uno, dos, tres...
—¡Aguarda!
Era una nueva voz la que
asumía el mando. No se trataba de la de Kalas, lo cual fue una decepción pero no una
sorpresa para Jenna.
Después de todo, ¿por qué iba a acudir Kalas en
persona a supervisar una celda llena de
prisioneros?
La voz era como un suave
ronroneo.
—Ahí falta alguien —dijo
con ironía—. No nos neguéis la mejor parte. Su Majestad, el rey Kalas, ha hablado de la
dama en unos términos
conmovedores. ¿No hay espacio arriba para ella?
—Hay espacio —admitió
Jenna en voz tan baja que el hombre tuvo que acercarse a la puerta para oírle.
Jenna no alcanzó a ver
más que una sombra pequeña, casi del tamaño de un muchacho.
—Siempre hay espacio
—ironizó la voz ronroneante—. Porque una pirámide es una forma agradable.
Jenna adivinó.
—¡El Puma!
Él se echó a reír.
—Las mujeres listas son
un fastidio. Pero, por lo que tengo entendido, no debo temer nada de ti. Ya has matado a
una gata. Y yo
tengo varias vidas, ¿no es así?
Sus hombres se rieron.
—Suba, señora. Ascienda a
su trono.
—¿Por qué iba a hacerlo?
—Pregúntaselo a los
hombres sobre cuyas espaldas deberás trepar —ronroneó el Puma.
—Tratamos de negarle el
placer de vernos en pirámide —le aclaró Carum— y, simplemente, se negaron a alimentarnos
hasta que obedecimos.
Jenna asintió con la
cabeza y se quitó las botas. Luego, apoyó el pie derecho con cuidado sobre las nalgas de alguien y comenzó a subir. Cuando llegó arriba, se tendió
delicadamente y trató de distribuir
su peso de forma equilibrada.
—¿Ahora traerán la luz?
—le susurró Jenna a uno de los hombres que estaban debajo de ella.
—Sí. Mira, allí viene.
Dos hombres, uno de ellos
con una antorcha, entraron en la celda. Sin preocuparse por desenvainar la espada,
el Puma entró tras ellos.
Era un hombre pequeño y delgado que parecía complacido consigo mismo, como un gatito sobre un tazón de crema.
El que portaba la
antorcha se detuvo frente a la pila de cuerpos y volvió a contarlos en voz alta. El segundo fue hasta un rincón, envainó la espada, dejó caer al suelo la
bolsa que llevaba sobre los hombros
y vació su contenido. Jenna alcanzó a ver un montón de panes duros y arrugó la nariz. Después alzó la
vista hacia la pared junto a la
puerta, donde se movían las sombras proyectadas por la antorcha.
—¡Ya! —gritó y saltó de
la pila.
Calculó que, al rodar,
caería sobre los hombros del guardia frente a la pirámide. La antorcha voló por
el aire, iluminando a otro cuerpo que pareció saltar de la pared opuesta. Skada se
abalanzó sobre el Puma justo cuando éste desenvainaba la espada.
Jenna tomó el arma del
guardia mientras Skada hacía lo mismo con la del Puma y, después de rodar de
idéntica manera, se levantaron con un rápido movimiento.
En el mismo instante, Carum y los otros prisioneros
deshicieron la pirámide.
Los más fuertes se
levantaron de un salto, rodearon al guardia que traía el pan y le quitaron tanto la espada como el cuchillo de la bota.
Carum alzó la antorcha y lanzó una carcajada.
—Alguien ha de morir
aquí, mi querido Puma.
—Tal vez —aceptó el Puma
con una sonrisa—. Pero disculpadme por un momento y permitidme preguntarle algo a esta joven. ¿Por qué,
según el recuento de ayer, había veinte prisioneros en esta celda? Sin embargo, hoy, aunque tenía que
haber una pirámide perfecta de veintiuno, había uno de más. ¿De dónde ha
salido?
Skada se rió a espaldas
de él.
—De un agujero tan oscuro como jamás llegarás a
conocer, Puma.
Jenna siseó y de
inmediato Skada guardó silencio. Pero el Puma sonrió
—¿Podría ser... ?
—aventuró, con los ojos entrecerrados—. ¿Podría ser que fuesen ciertas esas historias de que
vosotras las brujas convocáis demonios negros de los espejos? Los magos mienten, pero las imágenes...
Skada hizo una reverencia
burlona.
—La verdad posee muchos
ojos. Debes creer lo que tú mismo ves.
Jenna también se inclinó.
Cuando volvió a enderezarse, el Puma se había llevado un dedo a los labios con expresión
pensativa.
—Veo hermanas que podéis
haber tenido la misma madre, pero diferentes padres. —Retiró el dedo—. Se sabe que las mujeres de las montañas suelen encontrar placer en estar con
muchos hombres.
—Algunas —puntualizó
Skada— no encuentran placer en estar con ningún hombre.
El Puma se echó a reír y,
al mismo tiempo, se inclinó hacia delante y
derribó la antorcha de la mano de Carum. Al contacto con las piedras húmedas, comenzó a apagarse y, sin la
luz, Skada desapareció dejando caer la suelo la espada del Puma. Éste se
inclinó rápidamente y la recogió.
—Mis ojos pueden ver muy
bien en la oscuridad. —Su espada chocó contra la de Jenna.
—Con luz o sin ella —gritó Jenna—, lucharé contra
ti. Apártate, Carum. Que nadie se interponga en mi camino. ¡Y no os movaís!
Debido a su tamaño, el
Puma no era tan fuerte como el Oso, pero era un excelente espadachín, rápido y astuto.
En dos ocasiones su espada le abrió una pequeña herida; una en la mejilla y
otra en el brazo izquierdo.
Pero contaba demasiado con su capacidad para ver en la oscuridad, considerándolo una ventaja. Lo que no sabía
era que Jenna, lo mismo que todas las guerreras de las Congregaciones, habían aprendido esgrima y el juego
de las varillas tanto en
habitaciones iluminadas como oscuras. Aunque no podía ver tan bien como él, había aprendido a confiar en sus
oídos al igual que en sus ojos. Podía distinguir el movimiento de una estocada
por el sonido producido en el aire; podía oír cada momento de incertidumbre por la respiración. Jenna pudo oler
el miedo del Puma, el cambio
producido en el olor de su sudor al comprender que no dominaba por completo la situación.
Jenna calmó su propia
respiración para conseguir la fuerza y la firmeza necesarias, y con
un último giro de muñeca logró arrancarle
la espada de la mano.
—¡Luz! —gritó Jenna.
Carum recogió la antorcha
y la levantó por encima de su cabeza. Al dejar la piedra fría, la llama volvió a cobrar vida.
El Puma se hallaba con
ambas manos extendidas, casi como si se rindiese con humor, pero no engañaba a nadie
con su actitud. La espada de Jenna continuaba sobre su vientre. Detrás de él,
Skada apuntaba a su espalda.
—Si te mueves —le susurró
Skada—, te ensartaré como un cordero en el asador. Y te haré girar muy, muy lentamente.
Él se encogió de hombros
pero con exagerada cautela.
—Tienes razón en el hecho
de que Jenna y yo somos hermanas —continuó Skada—. Y en que no somos del todo
iguales. Yo aún no tengo tu sangre en mi espada, aunque es ella quien ha jurado darte muerte.
Jenna se volvió hacia
Carum.
—Mantén la antorcha en
alto, mi rey. Y encabeza nuestra partida. Skada y yo iremos al final.
Dejaron al Puma y a sus
dos hombres encerrados en el calabozo, sin
ninguna luz en absoluto, y comenzaron a subir la escalera. Carum sostenía la antorcha con la mano izquierda
y, en la derecha, llevaba la espada
de uno de los guardias. Tras él, venían sus hombres. Detrás de
todos, avanzaba Jenna, cuyas heridas ya comenzaban a cerrarse, pero todavía
ardían. Y, cuando la luz era la apropiada,
Skada la seguía.
A medida que avanzaban iban abriendo las puertas
con las llaves que habían tomado del
cinturón del Puma. Carum saludó a cada
uno de los prisioneros, tanto a aquellos que habían cabalgado con él como a los que estaban en el Agujero de
Kalas por otros delitos.
En total, abrieron ocho
calabozos y reunieron casi a un centenar de hombres, casi todos todavía en
condiciones de pelear, a pesar de que sus únicas armas eran tres espadas y nueve antorchas. Ni
siquiera había una silla o una mesa que pudiesen romper para formar garrotes.
—Mi señor Carum —exclamó
una voz débil.
Jenna se esforzó por
identificar al que hablaba bajo la trémula luz. Carum lo hizo primero, le entregó la antorcha a otro y extendió su mano hacia el que había hablado. El hombre
era tan débil como su voz; tenía las manos demasiado grandes para
sus muñecas, y una nariz enorme sobre un
rostro huesudo.
—¿Qué ocurre? —preguntó
Carum.
—Conozco bien este castillo, señor. He servido aquí
durante toda mi vida; primero como criado, luego como ayudante de cocina y, ahora, como cocinero.
Alguien se rió.
—¿No dicen que hay que
medir a un cocinero por su vientre Éste no es más que huesos.
El hombre sacudió la
cabeza.
—He estado en el calabozo
cuatro o cinco semanas. Eso adelgaza a cualquiera.
—Tal vez menos —gritó
alguien—, si no puede recordarlo.
—Es un espía —chilló
otro.
Carum alzó la mano para
que guardasen silencio.
—Dejadlo hablar.
—Si no lo recuerdo
exactamente —se defendió el cocinero—, es porque el tiempo no tiene ningún sentido aquí.
El día es la noche,
la noche es el día.
—Eso es cierto —lo apoyó
un hombre de barba rubia.
—Al grano —lo apuró
Carum.
—Conozco cada pasaje de
este castillo, cada pasillo y cada escalera.
Jenna se acercó y posó la
mano sobre el brazo del cocinero. Este tembló ligeramente ante el contacto. Skada lo tomó
por el otro brazo.
El temblor aumentó.
—Entonces dinos adonde
conduce este pasaje.
—Fuera del Agujero,
señora.
—Es un espía —repitió una
voz.
—Debe decirnos más —opinó
otro.
—¿Y a dónde da esa
puerta? —insistió Jenna.
Sospechaba que era la
clase de hombre que no decía las cosas directamente, sino que había que sonsacárselas.
—A una colgadura, señora.
—¿Qué significa eso?
—preguntó alguien.
—Significa una cortina.
Una colgadura es una cortina —le explicó Carum.
—¡Es un espía! ¡Matadlo!
Jenna apretó el brazo del
cocinero.
—Estos hombres se están
impacientando y ni Longbow ni yo podremos controlarlos si no hablas con claridad.
—No, escuchadme —se
apresuró a decir el cocinero—. Este pasaje conduce a una puerta abierta en la Gran Sala de Kalas, y se encuentra cubierta por una colgadura.
Los hombres guardaron
silencio.
—Así está mejor —-Jenna
le soltó el brazo.
—Mucho mejor —Skada,
desde el otro lado, se mostró de acuerdo.
Pero ahora que había comenzado a hablar, el
cocinero parecía no poder detenerse.
—Es una colgadura muy pesada, una de las mejores
del castillo. Un tapiz dedicado a Lord Gres. Se encuentra en un festín
con sus héroes y todos...
—Arrojan huesos por
encima del hombro para los perros de la guerra —le susurró Skada a Jenna.
El cocinero no la oyó y
continuó con su voz débil:
—Pero con frecuencia el
rey Kalas...
Los hombres comenzaron a
murmurar otra vez, con un sonido furioso como el de las abejas. Carum los silenció
con un movimiento de la mano.
—Quiero decir Lord Kalas.
Cuando cena hace correr las colgaduras para escuchar los gritos que provienen del Agujero. Dice que es el condimento de su
comida.
Carum apretó los labios
pero se limitó a asentir en silencio.
—Últimamente Lord Kalas
se encontraba de viaje, pero regresó precipitadamente hace unos días. Después de recibir el mensaje de uno de sus jefes.
—¡El Oso! —exclamó un
hombre, que se volvió para mirar a Jenna.
—No, ¿cómo podría saber
él todo eso? —preguntó otro.
—Me lo dijeron los
guardias —respondió el cocinero rápidamente—. Para jactarse de ello. Mi sufrimiento es su placer, y mi único alimento son sus
rumores.
—No me gusta, señor. Es demasiado simple —le
advirtió uno de los hombres a Carum.
Varios más estuvieron de
acuerdo.
—Pero tiene sentido
—murmuró Jenna.
—¿Quién custodia ese
tapiz? —interrogó Carum con dureza—. ¿Cuántos son?
—Es una puerta abierta,
señor. Kalas se jacta de que nadie escapa entero del Agujero. Algunas veces enseña esa
puerta a las mujeres,
sólo para atemorizarlas un poco.
—¿Qué mujeres? —preguntó
Jenna casi sin respirar.
—Las que logra capturar.
Las que obliga a compartir su cama. Apenas unas jovencitas algunas de ellas, no más que
niñas.
Jenna se estremeció al
pensar en Alna y en Selinda, en la Mai de Jareth, en las niñas de la Congregación Nill.
—¿Quieres decir que no
hay nadie custodiándola?
—Quiero decir que se abre directamente al Gran
Salón, siempre lleno de soldados; en
especial, cuando Kalas se encuentra en la casa.
Los hombres murmuraron
sus opiniones y se embarcaron en una discusión.
—Entonces no sirve.
—Estamos perdidos.
—Mejor morir de una vez
que hacerlo lentamente allí abajo.
—Esperad. —Era Skada.
Ahora que las antorchas estaban juntas, había recuperado su forma completa—. Escuchad. Hay algo que no sabéis.
Jenna asintió con la
cabeza.
—Cien mujeres armadas han estado trepando los muros
y deben de haber llegado ya arriba.
—Y cincuenta hombres
armados están peleando en la puerta.
El cocinero se rió con
amargura.
—Hay tres rastrillos
entre la reja y el castillo. No lograrán entrar.
—Entren o no —los alentó
Skada—, eso hará que se mantengan distraídos.
—Son los ratones —le
gritó Jenna a Carum.
—¡Y nosotros ya tenemos
al gato! —replicó él.
—Escuchad, tenemos pocas
armas pero contamos con las antorchas —los instigó Skada.
—¿Te propones hacerlo
salir incendiando el lugar? —preguntó alguien.
—Confiad en mí —siguió
Skada—. Prended fuego a todo lo que podáis. Si es día y las mujeres han logrado
entrar, pelearán mejor cerca del fuego.
—Mejor una mujer caliente
que una cena fría —dijo alguien.
Se rieron y siguieron subiendo, pero guardaron
silencio en el siguiente recodo ya que
la salida se encontraba muy cerca.
Jenna y Skada les
hicieron una seña para que continuasen y, considerando la cantidad de hombres
que había, subieron los últimos peldaños en medio de un sorprendente silencio.
Carum, Jenna y otro
hombre iban delante por ser los únicos que tenían espadas. Con su arma de
sombra, Skada los seguía de cerca.
Cuando llegaron al último
peldaño, Carum apartó lentamente la pesada cortina con su espada y buscó una salida. Finalmente, Jenna se arrodilló y trató de levantar el tapiz.
Era una tela muy pesada y estaba cargada con más peso en la parte
inferior. Jenna hizo un movimiento de
cabeza para que viniesen en su ayuda. Dos de los hombres desarmados se acercaron para alzar la cortina, y
Jenna pasó por debajo junto con
Skada.
Al otro lado del tapiz
era pleno día y Jenna parpadeó frenéticamente, tratando de que sus ojos se acostumbrasen a la luz repentina. Se volvió para hablar con Skada pero
ésta había desaparecido. Sintió una terrible
soledad, como si hubiese sido abandonada, aunque sabía que no era más que un
truco del sol. Skada regresaría por la noche; si aún estaban con vida para
entonces.
De pronto Jenna notó que,
para tratarse de la sala central del castillo, el lugar se hallaba demasiado tranquilo.
Miró a su alrededor
lentamente, pero no había nadie.
—Vacío —susurró por fin
contra el tapiz.
La cortina fue alzada y el resto de los prisioneros
traspusieron la puerta y parpadearon
mientras miraban confundidos a su alrededor. Si habían esperado algo, no
era esto. El Gran Salón estaba completamente
desierto.
—No comprendo... —comenzó
Carum.
—Yo sí —dijo Jenna—.
¡Escuchad!
Y entonces todos oyeron
los gritos que provenían del exterior, donde se estaba llevando a cabo una batalla.
—Debemos ayudarlos —gritó
alguien.
—Primero incendiemos esta
sala —ordenó Jenna—. Tú, el tapiz... y tú, las cortinas de la otra pared.
—Y romped esas sillas.
Por fin tendremos garrotes con los que luchar —gritó Carum.
Los tapices ardieron
lentamente al principio, negándose a prender del todo, hasta que, de repente, una sección
comenzó a arder y en cuestión de minutos Gres y sus héroes eran consumidos
por el fuego. Los hombres se
armaron con las patas de las sillas y de las mesas, y algunos tomaron cojines de los
sillones para utilizarlos como escudos. Apilaron el resto de los muebles en el medio del salón y los incendiaron.
Cuando las llamas estuvieron bien altas, Skada apareció por unos momentos junto a Jenna.
—Te seguiré siempre que
pueda —le dijo.
—Lo sé —susurró Jenna y
saludó en el aire con la mano mientras seguía a Carum y a los hombres hacia un ancho pasillo.
Avanzaron rápidamente por
el pasillo, siguiendo las indicaciones del cocinero, y se encontraron con dos
guardias que les hicieron frente, pero Carum y tres hombres más los desarmaron y los ataron sin mayores
problemas. Dos de los hombres se llevaron las espadas de los guardias, así como una daga que encontraron en la bota de uno de ellos.
—Yo me llevaré eso —dijo
el cocinero señalando el cuchillo—. Y al próximo lo cortaré en pedacitos. —Emitió una
risita.
—Tú llévanos afuera —le
gritó Carum—, y podrás despedazar a quien quieras.
El cocinero los condujo
hasta una amplia escalera de piedra flanqueada por dos magníficas barandas lustradas. Al
pie de la escalera,
los aguardaban unos veinte guardias del castillo, armados con espadas y
escudos.
—¿Qué haremos ahora?
—preguntó Jenna—. No tenemos más que cinco espadas y un cuchillo.
—Aguardemos a que suban
por nosotros —propuso Carum—. Les resultará más difícil mantener el equilibrio en la escalera, aunque daría cualquier cosa
por tener una arco en este momento. De todos modos, nosotros somos más y tenemos garrotes.
Como si hubiesen
adivinado la estrategia de Carum, los guardias permanecieron abajo sin moverse. Pasaron unos largos minutos.
Finalmente, Jenna se
impacientó:
—No podemos seguir
aguardando.
—Si bajamos de uno en
uno, nos atraparán uno a uno. Y si tratamos de atacarlos con las armas que tenemos,
será una carnicería.
—Entonces debemos
engañarlos con una fila de falsos ratones.
—Demasiado tarde. Nos han
visto y saben cuántas armas tenemos. El tiempo está a su favor —determinó Carum.
—Cocinero —dijo Jenna de
pronto—. ¿Qué hay en esas puertas a ambos lados del pasillo? ¿Existe alguna
forma de escapar por allí?
—Son armarios, señora. Se guardan platos y sábanas
y ...
—¡Ah! —Jenna se volvió
hacia Carum—. ¡Tendremos nuestros ratones! Tú... —Tocó a uno de los hombres en el
brazo—. Llévate mi espada. Y tú... toma la de Carum. —Al ver que vacilaban, le entregó su espada a uno
de ellos y tomó la de Carum y se la dio al otro—. Y vosotros tres... —Señaló a algunos de
los hombres que parecían más débiles—. Venid con nosotros.
Carum escogió a un hombre
delgado y de barba rubia para que estuviese al mando en su ausencia y luego corrió
para alcanzar a Jenna.
—¿Adonde vamos?
—A fabricar nuestros
ratones.
Jenna abrió la primera
puerta de un puntapié y vació los estantes de tejidos de lana y lino, de estandartes y toallas.
—Llevaos todo —les
ordenó.
El segundo armario
guardaba copas, bandejas y, lo mejor de todo, cuchillos de trinchar.
Un tercer armario no
quiso abrirse a pesar de los frenéticos puntapiés. Lo dejaron y volvieron rápidamente a la
escalera con sus tesoros. Los guardias esperaban todavía abajo con la calma estudiada de los animales de
presa, pero los hombres en lo alto de la escalera no habían sido tan
pacientes. Algunos habían bajado varios peldaños. Uno había tratado ya de pasar
y su cuerpo ensangrentado daba testimonio de lo inútil de su actitud
—No era uno de los
nuestros, señor, sino un prisionero de Kalas de los de antes. No tenía nuestro entrenamiento
—informó el hombre
de la barba rubia.
—De todos modos, debemos
contarlo como uno de los nuestros —manifestó Carum en voz baja—. Lo han matado las espadas de Kalas.
—Esto es lo que quiero
que hagamos. —Jenna les enseñó a atar los estandartes y las sábanas con los tazones, las
copas y las bandejas,
intercalados.
—Ardides de mujer —se
quejó uno de los hombres.
—De ratón —le corrigió
Carum con una leve sonrisa—. Escuchadla.
Al principio los soldados
se mostraron curiosos pero, ante una orden de su capitán, volvieron a guardar silencio
con las espadas en alto.
Les llevó unos preciosos
minutos completar los pequeños ratones, como Jenna denominaba a la extraña
colección de objetos. Los hombres
cambiaron sus garrotes por cuchillos de trinchar y agregaron los trozos de madera a la colección. Jenna dio las órdenes finales en voz baja y le indicó a cada uno su
lugar.
—La señal será: ¡Por
Longbow!
Se situó junto a una de
las barandas y ató a su cintura un extremo de las telas. Carum se colocó al otro lado
con la cintura atada de forma similar. Cada uno sostenía una espada. A sus
espaldas se
encontraba el resto de la tela, los hombres, los cuchillos, las antorchas y tres espadas
dispuestas.
—¡Por Longbow! —gritó
Jenna y, ante la señal, tanto ella como Carum montaron sobre las barandas y tensaron la
tela entre ambos como una extraña
cortina de pesados objetos. Luego se deslizaron
escaleras abajo. En medio de un gran alboroto, los hombres bajaron tras ellos. Los atónitos guardias
observaron su avance.
La fila de ratones golpeó
a los guardias a la altura del cuello, entrampándolos el tiempo suficiente para que Jenna
y Carum desatasen
los nudos de sus cinturas. Para cuando los guardias se liberaron de la tela, los
hombres de Carum estaban ya sobre ellos, demasiado cerca para permitirles utilizar las
espadas. Los cuchillos de trinchar, con sus puntas afiladas para la carne de venado, encontraron poca
resistencia en los tiernos cuellos humanos.
En cuestión de minutos todo
había pasado, y sólo uno de los hombres de Carum resultó herido, al
tropezar él mismo con la tela y cortarse el mentón con una copa rota.
Rápidamente, despojaron a los guardias de sus armas
y escudos y corrieron hacia la puerta
principal siguiendo las nerviosas indicaciones
del cocinero. Un pesado tablón de madera trababa la puerta, pero lograron quitarlo. Cuando abrieron los
portones, la escena que se
desarrollaba en el patio era una verdadera algarabía.
Superadas en número, pero
luchando con determinación estaban las mujeres de M'dorah; únicamente las hermanas luz bajo el brillante sol de la
tarde. No había señales de Piet ni de sus hombres.
—Aún se encuentran detrás
de la reja —gritó Jenna.
—O han quedado atrapados entre los rastrillos
—agregó Carum—. Debemos elevar esa reja.
—Yo lo haré, mi señor
—chilló el hombre de la barba rubia—. Me llevaré a varios conmigo.
Partió a toda prisa y Jenna estuvo segura de que
tendría éxito, pues caminaba con paso firma evitando a los guardias que luchaban, y los hombres que le rodeaban lo protegían
para que nada le ocurriese.
—¿Y dónde está Kalas?
—vociferó Carum—. ¿Dónde está ese miserable? No logro verlo.
Jenna se percató de que
ella tampoco lo había visto.
—Se encuentra oculto en un agujero, mi señor, como
miserable que es —les contestó el cocinero.
Sonrió y Jenna pudo ver que sus
dientes eran tan amarillos como los del mismo Kalas.
—¿Dónde? —quiso saber
Carum.
—En su refugio. Esperará
allí hasta que su victoria sea firme.
—¿Estás seguro! —le
preguntó Jenna mirando sus dientes con fascinación.
El cocinero asintió con
la cabeza y comenzó a escarbarse los dientes con el cuchillo.
—¿Y sabes dónde se
encuentra ese refugio? —insistió Carum.
—Por supuesto, señor. ¿No
le he llevado siempre sus comidas allí?
—¡La torre! —exclamó
Jenna de pronto.
—Llévame —le ordenó
Carum—. Tengo algunas cuentas que ajustar con él.
—Llévanos a los dos —dijo
Jenna—. Ambos hemos perdido a más de un miembro de nuestras familias.
Lo siguieron otra vez
escaleras arriba, a lo largo del pasillo y nuevamente a través del Gran Salón. El fuego se
había apagado y una pared de tapices estaba sólo parcialmente quemada. Aún había mucho humo en el
aire y, protegiéndose el rostro con el brazo, Jenna y Carum siguieron al cocinero hasta una puerta junto a la
abertura que conducía a los calabozos.
—Por aquí. —El cocinero
abrió la puerta y señaló la escalera que subía como un caracol.
—Tú primero —dijo Carum—.
Confío más en ti si te tengo por delante que si estás a mi espalda.
—No ha hecho nada malo,
Carum —lo defendió Jenna, aunque ella también se sentía inquieta.
—Lo mismo que mis
hombres, siento que las cosas han resultado demasiado fáciles hasta ahora. Y, tal como
decían en la Congregación Nill: El
momento de ponerse en marcha...
—... no es el momento de
iniciar los preparativos —completó Jenna—: Mejor a salvo que enterrados, decimos en
nuestra Congregación. El irá
delante.
El cocinero comenzó a
subir la escalera. Esta ascendía más y más, sin ventanas ni rellanos, y les parecía aún
más oscura porque acababan de salir de la luz. Avanzaban a puro tacto, posando los pies donde la piedra
estaba desgastada por tantas pisadas.
—Si tuviéramos una
antorcha ahora... —susurró Carum.
—Skada nos lo agradecería
—terminó Jenna—. Y, sin duda, nos vendría bien una espada más.
Al dar la última vuelta,
un rayo de luz anunció una puerta entreabierta. Jenna apartó al cocinero y pegó
el ojo a la rendija. Lo único que se veía era una grieta de luz sobre un suelo
de madera lustrada, pero pudo escuchar oír la voz de Kalas, que hablaba en un
tono dulzón. Después de haber oído esa voz durante unos breves minutos la noche
anterior, aún no podía olvidarla. Era a la vez débil y poderosa, llena de oscuras promesas y de
secretos aún más oscuros.
—Ven, querida —estaba
diciendo Kalas—. No será tan malo después de todo. Una vez hecho, no tendrás que
volver a hacerlo. Al menos, no
conmigo.
Jenna respiró lentamente.
Así que estaba solo, sin más compañía que la de una muchacha.
Hubo un silencio y luego
se oyó la voz de una joven, jadeante y dolorosamente familiar.
—Déjame —le rogó—. Por
favor.
—¡Alna!
La boca de Jenna formó el
nombre sin emitir ningún sonido. Esa voz parecía pertenecer a su compañera de
Congregación. Alna, quien fuera secuestrada cuando se dirigía hacia Calla's Ford en su año de misión. Pero
habían pasado semanas, años en el tiempo real, desde la última vez que oyó a Alna. No podía
estar segura sin
verla. Sin embargo, sentía un ardor en las mejillas y en el estómago, como si
su cuerpo creyese ya lo que su mente se negaba a aceptar. Se volvió hacia
Carura y susurró:
—Kalas se encuentra solo
con una muchacha. Yo podré manejar esto.
Será mejor que te vayas con los demás.
—No. No me iré sin ti.
—La espada es mi arma, no
la tuya. Ésta es mi batalla. Quien se encuentra en esa alcoba es mi compañera de
Congregación.
—Es mi batalla también.
Kalas ha asesinado a mi familia.
—No discutiré contigo.
Pero, si te quedas y tus hombres van a unirse con Lord Cres porque tú no estabas allí para conducirlos...
Él la besó en la mejilla
y se marchó, con pasos tan ligeros que Jenna no lo oyó bajar la escalera. Al
darse de nuevo la vuelta, vio que el
cocinero golpeaba la puerta.
—¡No! —gritó la mujer en
el interior, y entonces tosió con violencia.
Jenna empujó la espalda
del cocinero y éste cayó contra la puerta, abriéndola de par en par.
—¡Es una trampa! —gritó
la mujer, pero ya era demasiado tarde.
Jenna estaba ya dentro.
Delante de ella, se encontraba Alna, con las manos atadas a la espalda y tendida sobre
una gran cama con dosel. A su derecha, Kalas estaba agazapado en un sillón.
Frente a él, había siete hombres
muy fornidos. Muy fornidos, pensó Jenna. Siete contra ella, con poco espacio
para maniobrar al cerrarse la puerta a su espalda. La espada que sostenía era
más ligera que la que solía usar
y la empuñadura le resultaba incómoda.
Sabía que debía ganar tiempo... y también silenciar
al cocinero que les había traicionado.
Dio medio paso a un lado y pateó la cabeza del
hombre caído, lo suficientemente fuerte
para silenciarlo una hora o dos, no lo bastante como para matarlo. Pero su mirada nunca abandonó a Kalas y a su hombres.
—Jenna! —logró decir Alna—. Eras tú. No estaba
segura de que no fuese sólo otra
mentira.
—¡Alna!
No podía dirigir otra
mirada a su antigua amiga, ni siquiera por el rabillo del ojo, aunque la había reconocido
de inmediato. Estaba
más delgada que cuando se separaran el día en que se inició su año de misión. ¡Y
pensar que a ella le había parecido que aquél era el peor día de su vida, cuando tuvo que separarse de sus mejores amigas y continuar sola hacia una Congregación
extraña!
—Solos otra vez, Blanca
Jenna —dijo Kalas lentamente, como si hubiese podido leer sus pensamientos—. Se ha
convertido en una costumbre
para ti. Siempre llegas de improviso a mi pequeña alcoba en la torre.
—Tal vez no haya sido completamente de improviso
—dijo Jenna—. Creo que me habías
enviado una invitación por medio de
este hombre.
Volvió a patear al
cocinero pero esta vez en las costillas. El no se movió.
—Ah, has descubierto mi
pequeña trampa. Es una pena que no lo hayas hecho antes.
—¿Era al menos un buen
cocinero? —preguntó Jenna.
—Pésimo, pero tenía otros
usos.
—Lo que no alcanzo a comprender es por qué nos has
dejado escapar. ¿Por qué no nos mataste
en los calabozos?
—Hubiesen sido muertes
muy aburridas, ¿no te parece? Según el estudio que he hecho de la muerte, no sirve
matar a la gente de frente. —Se echó a reír, por lo que volvió a exhibir sus
dientes amarillos,
y se pasó una mano por los escasos cabellos rojos, cuyas raíces parecían más
oscuras—. Además, supuse que ni siquiera tú, la Diosa Blanca del príncipe
Longbow, te atreverías a desafiar sola el castillo. Te necesitaba como señuelo para el
temible rey Pike, que ahora mismo debe de encontrarse ante mi puerta.
Jenna abrió los ojos de
par en par, pero no permitió que nada más delatase su sorpresa. Así que Kalas no sabía
que Carum era el rey; no
sabía que Gorum estaba muerto. Se guardaría esa información para sí misma.
Él volvió a sonreír y
Jenna recordó a su Madre Alta, cuando ésta tenía alguna noticia particularmente
devastadora que comunicar.
—No creí que escaparais bajo la vigilancia de mi
Puma. Eres una ratoncita fascinante.
Pero ya le he cortado las uñas al Puma. No volverá a cometer ese error.
Jenna asintió con la
cabeza.
Haz que continúe
hablando, se dijo.
—Pero ¿cómo supiste que
habíamos salido?
—Oh, niña, yo lo sé todo. Este castillo está minado
de pasajes y de trampas.
No puedes ir de un nivel
a otro sin que yo lo sepa.
—¿Entonces no podríamos haber salido sin que tú lo
permitieras?
—Ni en cien años
—contestó Kalas—. Ni en cien años.
A juzgar por el sol que
la entibiaba, se hallaba de espaldas a la única ventana de la torre. Como último recurso
siempre podía saltar, pero, después de haber escalado hasta allí la noche anterior,
sabía que, hasta llegar al muro, sufriría una caída larga y fatal. Eso dejaría a Alna a merced
de Kalas; y al resto, sin su Anna.
Tampoco recibiría ninguna
ayuda de Skada. El sol aún se hallaba alto
en el cielo, por lo que Kalas no tenía encendida ninguna antorcha. Ella misma había enviado a Carum abajo,
y ya no podría estirar más la conversación.
—¡Atrapadla! —ordenó
Kalas a sus guardias sin cambiar el tono de voz.
Los hombres avanzaron
hacia ella, pero Jenna se movió rápidamente y se colocó al otro lado de la cama. Cuando tres de ellos fueron en su busca, saltó sobre Alna y los
rechazó con veloces movimientos de
su espada. Luego, con la misma rapidez, cortó el dosel de la cama y los pesados cortinajes de brocado
cayeron sobre los hombres.
Mientras ellos luchaban
para liberarse, sus compañeros fueron en su ayuda, proporcionándole
a Jenna sólo un momento. No necesitó más. Su espada se clavó en el pecho de uno
de los guardias y ensartó el
brazo de otro que se encontraba debajo.
Jenna saltó sobre la cama
y se sujetó a la barra que había sostenido el dosel, se balanceó una vez y saltó hacia la
puerta.
—¡A por ella! —gritó
Kalas.
Pero antes de que los
guardias pudieran liberarse de las cortinas, Carum y dos mujeres de M'dorah
entraron como una tromba con las espadas en la mano. Tras ellos venía otra
mujer que, además
de la espada, portaba una antorcha que arrojó sobre la cama.
Las sábanas se
encendieron de inmediato y, con un movimiento más rápido que el que Jenna hubiese esperado de
ella, Alna rodó
de la cama y pasó por encima de los guardias para agazaparse contra la pared opuesta.
Jenna rodeó la cama y se
colocó entre Kalas y las llamas. Ella estaba desarmada, mientras que él aún tenía un
espadín en una mano; la otra descansaba sobre un tapiz detrás del sillón.
—¡Mi espada, Jenna!
—gritó Carum, listo para arrojársela.
Ella sacudió la cabeza
con una sonrisa. No había nada dulce en aquella sonrisa.
—No necesito espada, mi
rey. —Jenna acentuó las dos últimas palabras para estar segura de que Kalas
había comprendido, y luego agregó—: ¿Recuerdas a esa tribu del este de la que me hablaste hace tanto tiempo?
Con un rápido movimiento,
Kalas corrió el tapiz que cubría una abertura en la pared, pero Jenna tomó su trenza
blanca y la estiró
entre las manos, como una soga. A su espalda, la cama encendida proyectaba sus
enloquecidas sombras contra la pared. Una de esas sombras, enmarcada en la abertura detrás de
Kalas, tenía la forma de una mujer que tensaba entre sus manos una trenza negra.
Jenna alzó los brazos y
se inclinó hacia delante. Kalas esbozó una sonrisa triunfante hasta que, de pronto, sintió
la trenza negra alrededor de su cuello. Dejó caer el espadín y trató de soltarse,
pero Skada y Jenna lo
estrangulaban con sus trenzas a un mismo tiempo.
El rostro de Kalas adoptó
un extraño color oscuro. Al final, dejó caer las manos a los costados y sus pies golpearon
por última vez sobre el
suelo de madera.
—¡Alaisters! —exclamó
Carum de repente—. ¡Alaisters era el nombre de la tribu! Ellos nunca...
—Ellos nunca estaban
desarmados porque tenían sus cabelleras— terminó Skada mientras soltaba el lazo del cuello de Kalas.
—Prometedme que nunca os
cortaréis la trenza —dijo Carum.
Ambas asintieron en
silencio, pero ninguna sonrió.
LA BALADA:
La balada de Langbrow
Cuando Langbrow fue
ungido rey,
Proclamado por todos sus
hombres,
Una buena esposa tomó
Y Agraciada Jen era su
nombre.
Una buena esposa tomó
Y Dulce Ann era su
nombre,
Blancos sus cabellos y
largas sus piernas;
Y Langbrow era su nombre,
Y Langbrow era su nombre.
Cuando Langbrow fue
ungido rey, Por sus pares
proclamado, Abrió de la prisión el
portal Que por años estuviera
cenado. Abrió de la prisión el
portal Con una pequeña llave tan
sólo Y los hombres condenados
dentro Liberados fueron
todos. Liberados
fueron todos.
Cuando Langbrow fue
ungido
rey, Mató a los guardias
malvados Que torturaban mujeres
Y no a pocos habían
matado. Que torturaban
mujeres Y en deshonra las hacían
caer, Hasta que Langbrow
llegó Para su buen nombre
devolver, Para
su buen nombre devolver.
Cuando Langbrow fue
ungido rey,
El pueblo estalló
alborozado,
Cantaron loas al rey,
Bebieron vino rosado.
Cantamos loas al rey
Y a su agraciada Jen
Y a los hombres que lo siguieron
Y a las mujeres también,
¡ Y a las mujeres
también!
EL RELATO:
Carum llevó el cuerpo de
Kalas escaleras abajo hasta el patio, donde lo arrojó sobre las piedras. Jenna permaneció a su derecha, con las manos unidas, mirando.
En cuanto el cuerpo de
Kalas tocó el suelo, se hizo un extraño silencio. Los soldados, la mayoría de los cuales
había sido contratada en el Continente, arrojaron sus armas. Los que eran de origen Garuniano se postraron de
rodillas y entregaron sus espadas.
Carum ignoró tal muestra
de lealtad y habló como si ésta siempre le hubiese pertenecido.
—Yo soy el legítimo rey,
ya que mi hermano Gorum ha muerto.
Y aquí —señaló el cadáver
a sus pies—, aquí se encuentra el que ha pretendido dividirnos. Ni siquiera Lord Cres
lo querrá, pues sólo los héroes comparten su mesa.
Los hombres se pusieron
de pie y envainaron las espadas. Detrás de ellos, sobre los almenados muros del castillo, la luna se elevó lentamente. Jenna la
vio y sonrió.
Carum se quitó la tira de cuero que llevaba al
cuello y alzó el anillo, para que todos
pudiesen verlo.
—Aquí se encuentra el
sello del Toro y pertenece al sitio donde había jurado colocarlo: sobre el cuerpo de su
amo muerto.
El anillo rebotó sobre el
pecho de Kalas y cayó al suelo a su lado. Mientras observaban en silencio, todos
aguardaron las siguientes palabras de Carum.
Pero, en lugar de hablar,
tomó la mano izquierda de Jenna y besó su palma con solemnidad. Luego volvió a mirar a los hombres y a las mujeres antes de continuar. Como
escogiendo las palabras con sumo
cuidado, al fin habló:
—A mi lado se encuentra
la que nos estaba prometida, La Blanca de la profecía. Nacida de tres madres, nacida para conducirnos al final de una era y al comienzo de otra, es a la vez
luz y...
En ese mismo instante,
como si hubiese calculado el tiempo con exactitud, la gran luna llena apareció completa sobre los muros almenados. Brillante como agua y luz de
estrellas, Skada se corporizó junto a Jenna, y acentuó las palabras de
Carum con su cabello negro y sus ojos
oscuros.
Hubo una fuerte
exclamación entre los hombres, quienes ni siquiera notaron que lo mismo ocurría con todas las
mujeres que había a su lado. Sólo Carum y Piet, que se encontraba junto a
su rey, vieron que, por cada
mujer de M'dorah, ahora había dos.
Carum volvió a alzar la
mano y hubo un completo silencio.
—Ella es a la vez luz y
sombra, y gobernará conmigo. Ha doblegado al Sabueso, al Toro, al Puma y al
Oso. Ella misma ha matado a Kalas, y con ello ha puesto fin a este terrible reinado.
Por un momento, sus
palabras parecieron retumbar en el patio. Entonces, Petra subió dos peldaños y se colocó
frente a Carum y a Jenna. Inclinó la cabeza ante él con solemnidad, y luego se volvió hacia Jenna y alzó las manos con las palmas
hacia delante.
—Bendita, bendita, la más
bendita de las hermanas —recitó.
Los hombres la imitaron.
—Bendita, bendita, la más
bendita de las hermanas.
Petra se volvió y llamó a
Marek y a Sandor con una seña, y éstos subieron y se situaron junto a ella.
—Y Alta ha dicho que éste
coronaría al rey —exclamó Petra.
—¡El primer Heraldo! —gritó una de las mujeres.
Marek hurgó bajo su camisa y extrajo la corona de
brezo, que milagrosamente se encontraba intacta, y la colocó sobre la
cabeza de Carum.
La multitud estalló en
vítores y aplausos.
Petra levantó una mano y
todos volvieron a guardar silencio.
—Y Alta ha dicho que éste
guiaría la mano derecha del rey.
Sandor se quitó del brazo
la muñequera de escaramujo y la colocó en la muñeca de Jenna.
Un griterío aún más fuerte, iniciado por Piet, se
produjo entre hombres y mujeres.
Petra habló por encima
del clamor y todos callaron de inmediato.
—Y Alta ha dicho que él
sería el Legítimo Orador para todos, aunque no debía decir nada hasta que el rey fuese coronado, bajo riesgo de quebrar la camaradería. ¿Ahora puedes
hablarnos con la verdad, Legítimo
Orador?
Jareth se abrió paso
entre la multitud, mostró en alto el trozo de cinta verde que había sido su collar y habló con
una extraña voz
quebrada:
—El rey vivirá mucho
tiempo y más aún vivirá la reina. Contaremos con ellos siempre que los necesitemos.
—¡Larga vida al rey!
—gritó Piet.
La multitud le respondió:
—¡Larga vida al rey!
—¡Y a su reina, Jenna!
—chilló una mujer.
—¡Larga vida a la reina!
—respondió el gentío.
Petra volvió un poco la
cabeza y le guiñó un ojo a Skada, quien le devolvió el guiño. Después, como entonando un
antiguo cántico
en el tono de las sagradas profecías de Alta, su voz resonó por encima de los vítores:
Entonces, Longbow rey
será
Y la reina será Jenna,
Mientras salga la luna
han de reinar,
Mientras el bosque verde
sea.
Bendita. Bendita. Bendita.
—¿Y en qué se convertirá esa rima? —susurró Jenna.
—En alguna balada que se
cantará en las tabernas con acompañamiento de flauta nasal —le respondió Skada—. Se llamará Cuando Langbrow fue
ungido rey o Cómo la guerrera Jenna quebró cabezas o algo parecido.
—Pero —agregó Carum con
una sonrisa— será cantada con amor.
LA HISTORIA:
A los
directores de la Sociedad Histórica de los Valles.
Señores:
Aunque he sido un miembro
de importancia durante veintisiete años, ex presidente y secretario general durante dos períodos, me
resulta imposible continuar como miembro ahora que la Sociedad ha entregado su más
alta condecoración
a ese embacaudor, el doctor «Mago» Magon.
Al distinguir de ese modo
al doctor Magon se ha dado crédito a sus teorías sobre las hermanas luz y
sombra, a sus desvaríos izquierdistas respecto al círculo de los Grenna y a la superioridad
cultural de las poblaciones autóctonas de los Valles.
La historia debe ser
imparcial y, sin duda, las leyendas, los mitos, las baladas y el folklore son
falsedades culturales que nos cuentan la verdad desde un punto de vista increíble. Creerla sin
enfocar la lente, tal como hace el doctor Magon, sólo nos proporciona una
historia falsa y un historiador falso.
El hecho de que ahora
esta Sociedad acepte semejante historia y premie a semejante historiador me obliga
a presentar mi renuncia hasta
que la historia misma demuestre que yo soy el profeta y Magon, el farsante.
Atentamente,
LO VENIDERO:
Carum Longbow gobernó los
Valles durante cincuenta años, hasta que
su cabello fue tan blanco como el de Jenna y su espalda se encorvó por la edad.
Jenna no siempre se
encontraba a su lado, ya que se refería al trono como «una silla incómoda», y siempre se
sentía fastidiada por las ceremonias. Con frecuencia realizaba largas travesías acompañada por su hija Scillia,
de un solo brazo, y por alguno de sus dos hijos.
En aquellas ocasiones,
algunas veces regresaba al sur de los Valles, pasando por El Viejo Ahorcado y por El Seno
de Alta, para visitar a
antiguos amigos. La Congregación Selden, donde vivían las últimas mujeres de Alta, siempre fue un hogar
para ella.
En Selden no había ya
sacerdotisas; la última, La Madre Alta original de Jenna había muerto veinte años atrás.
Las mujeres de M'dorah que se habían establecido en Selden, escogieron a una solitaria sin hermana sombra para que fuese su
Legítima Oradora. Su nombre era Marget, aunque Jenna aún la llamaba Pynt, y
ayudó a que las mujeres de la Congregación aprendiesen una nueva forma de vida; pero eso es otra historia.
Cuando Jenna se
encontraba en la corte, sus mejores amigos eran Petra y Jareth, quienes se habían casado después de un largo período de duelo por la muerte de Mai. Petra
demostró ser una bondadosa
madrastra con las cinco niñas de Jareth, la mayor de las cuales se llamaba Jen.
Pero Jenna no permanecía
mucho tiempo ni en la corte ni en la Congregación. Siempre se encontraba
recorriendo los bosques y los campos, las pequeñas hondonadas y los grandes valles, en
busca de algo. No hubiese
podido decir qué era aunque, si alguien le hubiera preguntado a Skada, ésta habría respondido
que buscaba otra gran aventura. Y tal
vez Skada, que la conocía mejor que nadie,
tenía razón. Cada vez que regresaba, Carum la recibía con los brazos abiertos y con una sola pregunta: ¿la gente
se encuentra bien y es feliz?
Y estaban felices y bien. Carum se aseguraba de que
todo su pueblo, nativos de los Valles y
Garunianos por igual, tuviese casa, alimentos y protección contra los saqueadores. Con Piet a la cabeza del ejército, las costas de los Valles estaban
bien patrulladas y se mantenía
la paz. Marek permaneció en la corte y llegó a ser uno de los consejeros de Carum; pero Sandor en cambio
regresó a casa para hacerse cargo de la balsa de su padre y
escribir la historia de sus aventuras en
un pequeño manuscrito que legó a sus hijos.
Habían pasado cincuenta años y una semana desde la
coronación, cuando Jenna regresó de una de
sus travesías por las colinas. Se
había sentido inquieta todo el tiempo, aunque no hubiese podido decir el motivo. Salió sola de viaje, sin
llevar otra cosa en su morral
que una cantimplora de vino y una hogaza de pan. Consiguió abundante caza y no faltó la comida. Estaban
en luna nueva y Skada no había
aparecido en las dos últimas noches, salvo en una velada en que Jenna puso la manta junto al fuego.
Mantuvieron una breve discusión sin ningún motivo. Skada estaba tan
inquieta como ella, por lo que no se sintió abatida cuando se apagó el fuego y su hermana desapareció.
Jenna tomó la decisión de
regresar al castillo y puso fin a su viaje, ya que presentía que Carum podía
necesitarla. Con frecuencia conocían sus respectivos pensamientos sin necesidad de pronunciar una palabra, como le
ocurría con Skada, aunque con Carum provenía de vivir con él tantos años tranquilos.
Jenna recorrió el largo
camino sinuoso sobre su caballo blanco, uno de los bisnietos de Deber, que tenía el galope más suave y la boca más dulce que ella jamás hubiese visto en un
caballo. Ante su llegada, se
abrieron las grandes puertas y un jinete salió a su encuentro. Jenna reconoció a su hija Scillia de
inmediato.
Ambas se saludaron desde
lejos.
—Rápido mamá —grito
Scillia—, se trata de papá. Está enfermo y los doctores temen por su vida. Iba a
buscarte.
Jenna asintió con la
cabeza y su inquietud desapareció. Ahora conocía el motivo de su desdicha. Juntas cabalgaron
al galope hacia el castillo.
Carum se hallaba tendido
en la cama rodeado por sus dos hijos, los
doctores y Petra, cuyo rostro estaba tan pálido como el de Jenna. Tras pedirles que se fuesen, se sentó en la
cama junto a Carum y no habló hasta
que él abrió los ojos.
—Has regresado a tiempo
—susurró Carum.
—Siempre llego a tiempo.
—Ich crie merci.
—Te lo proporcionaré, mi
amor. —Sostuvo sus manos entre las de ella—. Te llevaré al bosque. Alta dijo que podía
llevar a alguien conmigo. Y viviremos allí, jóvenes otra vez, hasta el final de los
tiempos.
—No puedo abandonar el
reino.
—Tonterías. Nuestros
hijos te han estado ayudando a gobernar los últimos veinte años. Los has educado bien para ello.
—Y tú para andar por el
bosque.
—Entonces...
Él esbozó aquella lenta
sonrisa suya. La cicatriz bajo su ojo desapareció entre las arrugas.
—Entonces... nunca he
creído del todo en el bosque de Alta.
—Créelo —susurró ella. Le
besó las manos y luego se inclinó y le besó la frente antes de levantarse—. Será un
viaje corto, Longbow,
y lo harás con comodidad.
Un carruaje con una cama
trasladó a Carum hasta el Paso del Rey, donde el bosque, a ambos lados, seguía siendo impenetrable.
—Ya casi llegamos, mi
amor —le susurró Jenna cuando se detuvieron—. Ahora viene la parte difícil. Deberás
dejar tu cómoda cama y seguir en
trineo.
—Siempre que estés cerca
de mí, mi Jen —dijo él con una voz apenas audible entre el fuerte gorjeo de los
pájaros.
Ella despidió a los
hombres y a las mujeres que les habían acompañado y luego se volvió hacia Scillia.
—Debes asegurarte de que
todos regresen al castillo. Nadie... —Se detuvo y repitió—: nadie debe seguirnos.
—¿Sabes lo que estás
haciendo, madre? —preguntó Scillia.
Jenna extendió la mano y
le acarició un mechón de cabello que se había soltado en el viaje.
—Oh, sí. Y también lo
sabéis tú, Jem y Corrie. Ahora pertenecéis al presente y vuestros hijos al
futuro. Es un nuevo recodo.
—¡Acertijos! Sabes que odio esas cosas.
—Ah, Scillia, hace años aprendí que los acertijos
guardan su propia verdad. Y la verdad
es que tu padre y yo hemos sido el comienzo,
pero...
—¿Volveré a verte alguna
vez?
—Cuando mires al espejo,
niña. Cuando hables con tus hijas y con tus hijos. Ahora, bésame. Estaré contigo
cuando más me necesites.
Se abrazaron y Scillia se alejó antes de que Jenna
pudiese ver sus lágrimas, y reunió a
los demás a su alrededor. Jenna los observó hasta que desaparecieron de la vista, y después, se ató las
trenzas sobre la cabeza como una
corona. Tomó los extremos del trineo al que estaba atado Carum, y
tiró de él por el camino y por el pasto.
Los Grenna salieron a su
encuentro hacia la mitad de la pradera. Ella no hubiese podido decir si eran
los mismos que vio entonces. Parecían los mismos: sin edad y con la piel verde y
traslúcida sobre
unos huesos delicados. Formaron un círculo con Jenna y Carum en el centro, pero no
se ofrecieron a tirar del trineo. Carum los contempló fascinado y, a cada poco, se sentaba
hasta que el movimiento
lo dejaba exhausto.
En tres ocasiones, el círculo se detuvo para que
Jenna pudiese acomodar mejor a Carum y darle de beber un sorbo de agua. Durante
un rato él trató de hacerlos hablar, pero ellos permanecieron en silencio. Cuando la extraña procesión llegó a
los bosques, donde incluso las sombras
eran verdes, uno de los Grenna dijo:
—Aquí.
Esa fue toda su
conversación. Ante la voz del Grenna, Carum cayó en una especie de sueño ligero.
La luna comenzó a
elevarse, pero Jenna sólo podía verla de vez en cuando entre las ramas de los árboles, y no fue hasta llegar al claro
que acababa en el risco cuando Skada apareció. En el momento en que fue
visible, los Grenna desaparecieron entre los árboles. Pero Skada sólo esbozó una sonrisa irónica y se inclinó
para tomar una vara del trineo.
Este se movió con más facilidad y muy pronto se encontraron frente
a la entrada negra de la caverna, enmarcada
por las puertas de roble.
Jenna tocó una de las
entalladuras y Skada otra.
—Manzana —susurró Jenna—.
Pájaro.
—Piedra, flor, árbol
—replicó Skada—. Jenna, debes elegir.
—Lo sé, no he pensado en
otra cosa desde el inicio de este viaje.
—Alta dijo que podías
llevar a una persona más al bosque. A una.
—Y dentro no hay sombras.
—Jenna dudó—. No sé cómo terminará esto.
Carum gimió y abrió los
ojos.
—¿Se han ido los Grenna,
Jen? ¿Ya estamos allí?
—Casi —le respondió
Skada.
—Bien, tú también te
encuentras aquí, Skada. Los tres debemos permanecer unidos —susurró Carum.
—Con vela junto a la cama o sin ella, sé que
también me has amado, rey —dijo Skada,
—Te he amado más que nada
por las verdades de tu boca.
—¡Has estado escuchando!
—le acusó Jenna.
—Privilegio del rey.
—Trató de acomodarse en el trineo y volvió a gemir—. El viaje ha sido largo, pero no me lo
hubiese perdido.
Jenna, tú no tienes que escoger entre nosotros. Yo ya estoy muerto. Que las historias cuenten lo que quieran.
Nuestros hijos sabrán reinar con
sabiduría. —Volvió a cerrar los ojos.
Y lo que hagamos aquí no tendrá
importancia. Son las historias que se cuenten al respecto lo que perdurará.
Jenna sonrió.
—Ya lo sé, mi amor. Pero de todos modos debemos
hacer lo que nos indica el corazón.
¿Hermana? ¿Estas lista?
Extendió los brazos.
Skada sonrió y también extendió los brazos.
—Lista, hermana.
LA LEYENDA:
Existen dos historias
respecto a Blanca Jenna y a cómo regresó a la caverna de Alta, Una la cuentan las mujeres y la otra, los hombres.
La de los hombres habla
de un trineo que, años atrás, cuando el Valle del Wilhelm era recorrido en busca de oro,
fue descubierto ante la entrada de una caverna. En el trineo, descansaban los
largos huesos de un hombre, atados con tiras de cuero y oro. Sin embargo, según dicen los
hombres, en las noches de luna puede verse a dos mujeres corriendo desnudas por el
claro, mujeres hechas
de agua y luz de estrellas. Corren a través del claro, pasan por el risco, pasan sobre los
largos huesos y desaparecen en la caverna justo al amanecer.
Pero las mujeres cuentan
una historia diferente. Dicen que Blanca Jenna llevó en brazos a su amante, el rey
Longbow, al interior de la caverna. Al llegar al bosque Alta salió a su encuentro. Y
allí volvieron a ser jóvenes y
saludables. Aún aguardan, junto a sus brillantes compañeros, comiendo y bebiendo hasta que
el mundo vuelva a necesitarlos.
EL MITO:
Y entonces Gran Alta bajó
su caballo, el lado dorado y el negro, y elevó, a la hermana luz y a la hermana
sombra, de los abismos del mundo diciendo:
—Habéis llegado al final
de este recodo. Avancéis o retrocedáis, hacia la izquierda o hacia la derecha, subáis o bajéis, el
final es el comienzo. Cada
historia, un círculo; cada vida, una historia. El final es el comienzo y sólo yo soy el verdadero
final; y sólo yo puedo volver a iniciar el círculo.
Aquí finaliza el segundo
libro: Blanca Jenna
LA SABIDURÍA DE LOS
VALLES
El corazón no es una rodilla que pueda ser doblada.
Contar una historia es
mejor que vivirla.
Los peces no son la mejor
autoridad en el agua.
Cuando cae un árbol seco, permite que nazca uno
nuevo.
La madera puede
permanecer veinte años en el agua, pero jamás se convertirá
en pez.
Si tu boca se transforma
en un cuchillo, cortará tus propios labios.
Los milagros son para los
ingenuos.
Agua derramada es mejor
que una vasija rota.
No existe medicina para
curar el odio.
¿El conejo logra alcanzar
al gato?
Las palabras no son más
que la interrupción del aliento.
El sol se mueve
lentamente, pero cruza la tierra.
Debes colocar la trampa
antes de que pase la rata, no después.
Mejor tener al puma bajo tus talones que sobre tu
garganta.
Nada de rastros, nada de
problemas.
Tres es mejor que uno
cuando se trata de problemas.
Cabeza suave y espina
aguda / De sus raíces comerás segura.
El hambre es el mejor condimento.
Una lealtad imprudente
puede ser el mayor peligro.
Las lenguas insidiosas
traen esposas insidiosas.
Quienes ríen más viven
más.
El sueño sirve para
desenmarañar los nudos.
No saber es malo, pero no
querer saber es peor.
El momento de ponerse en
marcha no es el momento de iniciar los preparativos.
No hay que coser la mortaja antes de que haya un
cadáver.
Para el fugitivo, la
Posada.
Mejor en la Posada que en
la batalla.
El que corre por delante
de su inteligencia suele tropezar.
Las hermanas pueden ser
ciegas.
El sueño es la hermana menor de la muerte.
El corazón puede ser un
amo cruel.
Un puma que alardea una
vez es un puma que alardea con demasiada frecuencia.
Nada de culpa, nada de
vergüenza.
Es una necia la que
anhela el final, y una mujer sabia la que anhela el comienzo.
Es mejor comer cuando tienes la comida delante que
pasar hambre cuando la comida está a tus
espaldas.
En una bandada de mirlos,
sería más difícil perder uno que encontrarlo.
El caballo regalado es el más ligero.
Un cuervo no es una gata
y tampoco pare gatitos.
Al soldado lo mata la
espada, al verdugo la horca y al rey la corona.
Una hora puede salvar una
vida.
Los ojos del hombre son
mayores que su estómago y menores que su cerebro.
En la güeña, uno toma lo
que puede y reserva los lamentos para la mañana.
Colócate en el camino de
una carreta y en tu rostro quedarán marcadas las ruedas.
Si un hombre te llama
amo, confía en él por un día; si te llama amigo, confía en él por un año; si te
llama hermano, confía en él hasta el fin.
La perfección es el fin
del crecimiento.
Quien primero se levanta,
primero come.
Quien primero se levanta,
mejor come.
La experiencia no suele
ser un maestro bondadoso.
Los cuentos alimentan a
la mente cuando el estómago no está lleno.
Mata una vez y llorarás
para siempre, (Mata dos veces y no llorarás jamás.)
Si no tienes carne,
entonces come pan.
La fe es un perro viejo
con un collar nuevo.
En el concilio de reyes,
el corazón tiene poco que decir.
Matar no es sanar.
Una estocada puede salvar a un vástago.
No puedes cruzar el río
sin mojarte los pies.
Un guerrero no tiene
conciencia hasta después de que ha finalizado la guerra.
En batalla, cualquier
cosa es una espada.
Una eternidad no es
distancia en absoluto.
Vale la pena dormir poco
para cumplir un sueño.
Todo final es un
comienzo.
Nadie es más alto cuando
todos están juntos.
Si te levantas demasiado
temprano, el rocío cubrirá tu piel.
Uno no es una multitud.
La uva produce una muerte
lenta.
Los ratones pueden tener
la razón, pero el gato tiene las zarpas.
Las promesas de una mujer
son agua sobre piedra: húmedas, prontas
y escurridizas,
A un cocinero se le mide
por el vientre.
Mejor a salvo que
enterrado.
LA MÚSICA DE LOS VALLES
The Ballad of Langbrow
With a lilt
When Lang-brow first was
made the king, Pro-claimed by all his
»-!
men,. He took
to him_ a good-ly wife Whose name was Whit-som
Jen He took to him_ a good-ly wife, Her name
it was Sweet
Ann,_ And_ light her hair, and long her limb,
And
Lang-brow
was her man,
And Lang-brow was_
her man
When Langbrow first was
made the king,
Proclaimed by all his
peers,
He opened up the prison
gates
That had been closed for
years.
He opened up the prison
gates
With just one little key
And all the men condemned
within
Straightways were all set free,
Straightways were all set free.
When Langbrow first was
made the king,
He killed the callous crew
That tortured many a fine
woman
And slaughtered not a few.
That tortured many a fine
woman
And brought them many a
shame
Till Langbrow carne to
rescue them
Returning their good name,
Returning their good name.
When Langbrow first was
made the king,
The country did rejoice
And sang the praises of the
king
With cup and wine and
voice.
We sang the praises of the
king
And of his Whitsom Jen
And of the men who followed
him,
And also the women,
And also the women!
La balada de Langbrow
Cuando Langbrow fue ungido rey, / Proclamado por
todos sus hombres, / Una buena esposa tomó /
Y agraciada Jen era su nombre. / Una buena esposa tomó / Y Dulce Ann era su nombre, / Blancos sus cabellos y largas sus
piernas; / Y Langbrow era su nombre, / Y Langbrow era su nombre.
Cuando Langbrow fue
ungido rey, / Por sus pares proclamado, / Abrió de la prisión el portal / Que por años
estuviera cerrado. / Abrió de la prisión el portal / Con una pequeña llave tan sólo / Y los hombres condenados dentro /
Liberados fueron todos, / Liberados fueron
todos.
Cuando Langbrow fue
ungido rey, / Mató a los guardias malvados / Que torturaban mujeres / Y no a pocos habían
matado. / Que torturaban mujeres / Y en deshonra las hacían caer, / Hasta que
Langbrow llegó / Para su buen nombre devolver, / Para su buen nombre devolver.
Cuando Langbrow fue
ungido rey, / El pueblo estalló alborozado, / Cantaron loas al rey, / Bebieron
vino rosado. / Cantamos loas al rey / Y a su agraciada Jen / Y a los
hombres que
lo siguieron / Y a las mujeres también, / ¡Y a las mujeres también!
Anna at the Turning
With emotion
Gray in the moon-light, and green in the sun,
Dark ¡n the ev- e-ning,
bright in the dawn, Ev-er the mead-ow goes
|
|
|
end-less -
ly on, And An
- na at_each turn - ing |
Sweet in the springtide,
sour in fall, Winter
casts snow, a white velvet caul. Passage in summer is swiftest of all And Anna at each turning.
Look to the meadows and
look to the hills, Look to the rocks where the swift river spills, Look to the farmland the
farmer stills tills For Anna is returning.
Anna en el recodo
Gris bajo la luna, verde
bajo el sol, / Sombra por la noche, luz en el albor, / La extensa pradera se extiende en su
largor. / Y Anna en cada recodo.
Dulce en primavera, agria
en otoño, / El invierno y la nieve extienden su blanco paño; / En verano es el paso
más pronto del año, / Y Anna, en cada recodo
Ved las praderas y ved las colinas, / Ved el río
con sus aguas cristalinas, / Ved al labriego que sus tierras aún cultiva: / Porque Anna está retomando.
Ballad of the Twelve
Sisters
Hauntingly
There were twelve sis - ters by a lake,
Rose-ma-ry,
bay-ber-ry, this-tle and thorn, A hand-some sail-or
one did take, And that day a child was born
2. A handsome sailor one did wed,
Rosemary, bayberry, thistle
and thorn,
The other sisters wished
her dead
On the day the child was
born.
3. «Oh, sister. give me your right hand.»
Rosemary, bayberry, thistle
and thorn,
Eleven to the one demand
On the day the child was
born.
4. They laid her down upon the hill,
Rosemary, bayberry, thistle
and thorn.
And took her babe against
het will
On the day the child was
born.
5. They left her on the cold hillside,
Rosemary, bayberry, thistle
and thorn,
Convinced that her new babe
had died
On the day the child was
born.
6. She wept red tears, and she wept gray.
Rosemary, bayberry, thistle
and thorn,
Till she had wept her life
away,
On the day her child was
born.
7. The sailor's heart it broke in two,
Rosemary, bayberry, thistle
and thorn,
The sisters all their act
did rue
From the day the child was
born.
8. And from their graves grew rose and briar,
Rosemary, bayberry. thistle
and thorn,
Twined till they could grow
no higther,
From the day the child was
born.
Balada de las doce
hermanas
Había doce hermanas junto
a un río, / Romero y endrino, cardo y laurel. / Un donoso marinero a una llevó
consigo / Y un bebé nació en el día aquel.
El donoso marinero casó con una de ellas, / Romero
y endrino, cardo y laurel. / Las otras hermanas,
quisieron verla muerta / El día en que naciera el bebe aquel.
«Danos la mano, hermana
querida», / Romero y endrino, cardo y laurel. / Pidieron las once a la escogida / El día en
que naciera el bebé aquel.
Colma arriba la llevaron,
/ Romero y endrino, cardo y laurel, / Y por la fuerza a su bebé le quitaron / El día en
que naciera el bebé aquel.
La dejaron en la ladera
fría, Romero y endrino, cardo y laurel, / Convencida de que su bebé no vivía / El día en
que naciera el bebé aquel.
Lloró lágrimas grises,
lloró lágrimas rojas. / Romero y endrino, cardo y laurel, / Lloró hasta morir tendida entre las
hojas / El día en que naciera su bebé.
El corazón del marinero
en dos se partió, / Romero y endrino, cardo y laurel; / Por todo lo hecho cada hermana
lloró / Desde el día en que naciera su bebé.
Brezos y rosas de sus
tumbas crecieron, / Romero y endrino, cardo y laurel. / Alto, muy alto y muy juntos
subieron / Desde el día en que naciera el bebé aquel.
The Long Riding
With a rocking motion
1. In-to the val-ley, come
rid-ing, come rid-ing, In-to the mead-ow and
2. In-to the vil-lage, come
rid-ing, come rid-ing, In-to the names where the
|
|
|
|
In-to
the for-est where en - e - mies hid -
ing, Rid -ing, rid – ing
Three
come a - rid - ing In -
to the mouth of hell.
Three
come a - rid - ing In -
to the mouth of hell.
La larga cabalgata
Cruzan el valle,
cabalgan, cabalgan, / Cruzan el prado y la cañada también, / Cruzan las sombras a la luz de la luna, / Cruzan las sombras a
la luz de la luna, / Cruzan el bosque donde
el enemigo se oculta, / Cabalgan, cabalgan, hay Tres que cabalgan, / Hacia la
boca del infierno.
The Trees in the Forest
With building emotton
|
|
The trees in the for -
est they all bear the
crown,
|
|
The trees in the for
- est are era -
die and hall,
The trees in the for
- est are fair -
est of all._
Los árboles del bosque
Con verdes justillos y
verdes vestidos, / Los árboles del bosque llevan la corona, / Los árboles del bosque son cuna y
salón, / Los árboles del bosque lo más bello son.
La nana de las hermanas
Duerme y calla. / Calla y
sueña, / Los muros te dan su amparo / Aquí en la Congregación.
Nada turbará tu sueño. /
Nosotras te hechizaremos / Con la dulce canción que entona / El nocturno ruiseñor.
Las fuertes hermanas / Tu
cuna han de guardar, / Las altas hermanas / El camino han de velar.
Las hermanas todas / Te
han de custodiar, / Hasta que cuando amanezca / Comiences a despertar.
Duerme y calla, / Calla y sueña, / Alta vigila /
allá arriba en el cielo. Te alabaremos, / Te elevaremos, / Luz y sombra / Con
Alta y su amor.
King Kalas and his Sons
The Hound was a hunter,
The Hound was a spy,
The Hound could shoot down
Any bird on the fly.
The Hound was out hunnng
When brought down was he
Alone as he rambled
The northern countrie.
King Kalas had three
sons. And three sons had
he, And
they rambla around In
the northern countrie. And
they rambled around Without ever a
care. And they were the
Bull And the Cat and the Bear.
The Bull was a gorer.
The Bull was a knight.
And never a man who would
Run from a fíght.
The Bull was out fightmg
When brought down was he
Alone as he rambled
The northern countrie.
King Kalas had two
sons, And two sons had
he. And
they rambled
around In
the northern
countrie. And
they rambled around Without ever a
care. And
the names they were
called Were the Cat and the Bear.
The Cat was a
shadow, The Cat was a
snare, Sometimes
you knew not When the Cat was right
there. The Cat was out
hiding When
brought down was
he Alone
as the
rambled The northern countrie.
King Kalas had one
son, And one son had
he. And
he rambled
around In the northern
countrie. And he rambled
around Without ever a
care. And the name he went
under Was Kala's Bear.
The Bear was a
bully, The Bear was a
brag, His
mouth was brimmed
over With bluster and
swag. The
Bear was out
boasting When brought down was
he Alone as he
rambled The
northern countrie.
King Kalas had no
sons, And no sons had
he, To ramble
around In the northern
countrie. Thought
late m the evening The ghosts are seen
there Of the Hound and the
Bull And
the Cat and the Bear.
El rey Kalas y sus hijos
El rey Kalas cuatro hijos tenía / Y cuatro hijos
eran los de él, / A la ventura andaban por la vida / En el norte del país aquel. / Y a la ventura andaban por la
vida, / Sin tener preocupación alguna,
/ Tanto el Sabueso como el Toro, / Tanto el Oso como el Puma,
El Sabueso cazador era, /
El Sabueso era un espía, / El Sabueso en pleno vuelo / A un pájaro derribar podía. /
El Sabueso de cacería andaba / Cuando derribado fue él, / Mientras solo deambulaba /
Por el norte del país aquel.
El Rey Kalas tres hijos
tenía / Y tres hijos eran los de él; / A la ventura andaban por la vida / En el norte del
país aquel. / Y a la ventura andaban por la vida / Sin tener preocupación alguna. / Y ellos
eran el Toro, / Y tanto el Oso como el Puma.
El Toro su espada
empleaba, / El Toro un caballero era, / Y un hombre que nunca en su vida / eludiría una pelea, / El Toro en combate
estaba / Cuando derribado fue él, / Mientras
solo deambulaba / Por el norte del país aquel.
El rey Kalas dos hijos
tenía / Y dos hijos eran los de él; / A la aventura andaban por la vida / En el norte del país aquel. / Y a la ventura
andaban por la vida / Sin tener preocupación
alguna. / Y los nombres que llevaban / Eran el Oso y el Puma.
El Puma una sombra era. /
El Puma era una celada, / A veces uno no sabía / Si el Puma allí se encontraba. / El Puma bien oculto estaba /
Cuando derribado fue él, / Mientras deambulaba
solo / Por el norte del país aquel.
El rey Kalas un hijo
tenía / Y un hijo tenía él; / A la aventura andaba por la vida / En el norte del país aquel.
/ Y a la aventura andaba por al vida, / Sin preocuparse por nada, / Y el nombre al cual
respondía / Era el del Oso de Kalas.
El Oso era un pendenciero, / El Oso era un
fanfarrón, / Por su boca desbordaban / Los alardes del bravucón. / El Oso jactándose estaba / Cuando derribado fue
él, / Mientras solo deambulaba /
Por el norte del país aquel.
El rey Kalas ningún hijo
tenía, / Y ningún hijo tenía él / A la ventura por la vida / En el norte del país aquel; / Aunque, tarde por las
noches, / Se ven los fantasmas que deambulan:
/ El del Sabueso y el del Toro, / El del Oso y el del Puma.
Death of the Cat
With great emotion
The_
trees were grow- ing high_ And the wind was
in the west
When a hun - ter aimed
his ar - row_ In - to
the Cat's broad chest.
And
she di - ed,
she di - ed A
- gainst her lov-er's breast
And
we laid her in the earth So long and nar-row.
It was early, so early
In the graying of the morn,
When we sang of the days
Before the Cat was born.
And how from her mother
She was so swiftly torn,
As we laid her in the earth
So long and narrow.
Come all ye young fighting
men
And listen unto me.
Do not place your
affections
Upon a gilt so free.
For she'll take the mortal
wound
Another meant foot thee,
And you'll lay het in the
earth
So long and narrow.
Muerte de la gata
Altos crecían los árboles / Y en el oeste estaba el
viento / Cuando un cazador apuntó su flecha
/ Hacia la Gata y su ancho pecho. / Y ella murió, murió / Contra el seno de
su amado / Y la tendimos en la
tierra / Tan estrecha y tan larga.
Era temprano, tan temprano. / Apenas si despuntaba
el alba, / Cuando cantamos de esos días / Antes de que naciera la Gata. / Y
cómo de brazos de su madre / Fue tan rápido arrancada, / Mientras la tendíamos en la tierra / Tan estrecha y larga.
Venid a mí, jóvenes guerreros, / Escuchad lo que
digo por su bien, / No dediquéis vuestros afectos / A una joven que tan libre
es, / Pues ella recibirá la mortal henda / Que vosotros debisteis padecer / Y la tenderéis en la tierra /
Tan estrecha y larga.
The Heart and the Crown
Steadily
They rode in
- to town On the thir
- teenth of Spring.
She gave him her hand And he gave her his ring.
She gave him her
heart And he gave her his
crown,
Butthey nev-er, no nev-er
Wentdown der-ry down der-ry down.
|
|
2. Her horse was pure white
And his horse was gray.
She wanted to go
But he asked her to stay.
She gave him her heart
And he gave her his crown,
But they never, no never
Went down derry down derry
down.
3. Her eyes were pure black
And his eyes were so blue.
She wanted him strong
And he wanted he true.
She gave him her heart
And he gave her his crown
But they never, no never
Went
down derry down derry down.
4. Come all ye fair maidens.
And listen to me,
If
you want your young man
To
be strong and free
Just
give him your heart
And he'll give you his
crown
Just as long as you never
Go down derry down derry
down.
Corazón y cotona
Llegaron ellos al pueblo
/ El trece de primavera. / Ella le entregó su mano / Cuando él su anillo le diera. /
Ella le entregó su corazón / Y él su corona brillante, / Pero nunca, a pesar de todo, / Se
tendieron como amantes.
El caballo de ella era
blanco / Y él un tordo montaba. / Ella quería alejarse, / Pero él pidió que se quedara. / Ella le
entregó su corazón / Y él su corona brillante, / Pero nunca, a pesar de todo, / Se
tendieron como amantes.
Ella tenía ojos negros /
Y azules eran los de él. / Ella lo quería fuerte / Y él la quería fiel. / Ella le entregó
su corazón. / Y él su corona brillante, / Pero nunca, a pesar de todo, / Se tendieron como
amantes.
Venid rubias doncellas, /
Venid y escuchad mi voz; / Si queréis que vuestro amor sea / Fuerte y libre como un
dios, / Entregad sólo el corazón / Y recibid la corona brillante, / Pero nunca, a pesar de
todo, / Os tendáis con él como amantes.
Well Before the Battle,
Sister
Emotionally
Well before the battle,
sister, When the sky is
crowned with stars,
And the world is clean of
wounded,
And the ground is free of
scars.
Well before the battle,
sister, When
content
with what we know,
We will
sing
the lovely ballads.
From the long and long a
go.
Mucho antes de la
batalla, hermana
Mucho antes de la
batalla, hermana, / Cuando las estrellas brillan en el cielo, / Cuando el mundo está libre de
heridos / Y las cicatrices no cubren el suelo.
Mucho antes de la
batalla, hermana, / Cuando, satisfechas con lo conocido, / Cantamos las hermosas baladas / De
un tiempo que ya se ha ido.
Libros
Tauro
* En
inglés, Arco Largo (N. Del T.)
* * Juego de palabras con
«Cat» (gato) y Catrona. En la traducción se ha usado «Puma» para traducir el
«Cat» del original y conferirle un sentido de mayor peligro. (N. del E.)

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