© Libro N° 14005. Estación De
Tormentas. Sapkowski,
Andrzej. Emancipación. Julio 5 de
2025
Versión Original: © Estación De Tormentas. Andrzej Sapkowski
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
https://ww3.lectulandia.com/book/estacion-de-tormentas/
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un
medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los
contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la
circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría
corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son
estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los
autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
https://i.pinimg.com/736x/03/55/49/035549cc4344b972fd6d65d4d700e679.jpg
Portada E.O. de Imagen:
https://ww3.lectulandia.com/book/estacion-de-tormentas/
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Andrzej Sapkowski
Estación De
Tormentas
Andrzej Sapkowski
Poco sabía el brujo
Geralt de Rivia lo que le esperaba al acudir a la villa costera de Kerack.
Primero fue acusado injustamente de desfalco, luego fue misteriosamente
liberado bajo fianza, y finalmente descubrió que sus preciadas espadas, dejadas
en depósito al entrar en la ciudad, habían desaparecido. Demasiadas
casualidades, en efecto, y máxime cuando tras ellas está la atractiva hechicera
Lytta Neyd, llamada Coral. De esta manera, Geralt de Rivia se encuentra de
nuevo implicado en los escabrosos asuntos de los magos, y ni la fiel (aunque
ocasionalmente engorrosa) compañía del trovador Jaskier, ni el recuerdo de su
amada Yennefer, ni toda su fama como implacable cazador de monstruos podrán
evitar que se vea cada vez más envuelto en una oscura trama. Más bien al
contrario.
Andrzej Sapkowski
Estación de
tormentas
Geralt de Rivia - 0
ePub r1.4
libra 21.10.15
Título original:
Sezon burz
Andrzej Sapkowski,
2014
Traducción:
Fernando Otero Macías & José María Faraldo
Ilustraciones:
Alejandro Colucci & Alejandro Terán
Editor digital:
libra
ePub base r1.2
De los fantasmas,
de los condenados,
de los monstruos de
largas patas
y de todo lo que
golpea en la noche,
¡líbranos, buen
Dios!
Oración de súplica
conocida como The
Cornish Litany,
datada en los siglos XIV-XV
Dicen que el
progreso deshace las tinieblas.
Pero siempre,
siempre existirá la oscuridad. Y
siempre estará el
mal en la oscuridad, siempre
habrá en la
oscuridad colmillos y garras,
crímenes y sangre.
Siempre habrá criaturas
que golpean en la
noche. Y nosotros, los brujos,
estaremos para
romperles la crisma.
Vesemir de Kaer
Morhen
Capítulo primero
Quien con monstruos
lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo.
Cuando miras largo
tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.
Friedrich
Nietzsche,
Más allá del bien y
del mal
Contemplar el
abismo me parece una estupidez supina. Hay en el mundo un montón de cosas mucho
más dignas de contemplar.
Jaskier, Medio
siglo de poesía
Vivía sólo para
matar.
Estaba tumbado al
sol, en la arena caliente.
Percibía unas
vibraciones, transmitidas por las antenas peludas y las sedas pegadas al suelo.
Aunque las vibraciones aún estaban alejadas, Idr podía sentirlas con claridad y
precisión, basándose en ellas era capaz de determinar no sólo la dirección y el
ritmo del movimiento de la víctima, sino también su peso. Para la mayoría de
las fieras que cazan de esa manera, el peso de la presa tiene una importancia
primordial: la aproximación furtiva, el ataque y la persecución implican una
pérdida de energía que tiene que ser compensada por el valor energético del
alimento. La mayoría de los depredadores semejantes a Idr renunciaban al ataque
cuando la captura era demasiado pequeña.
Pero Idr no. Idr no
existía para alimentarse y preservar la especie. No había sido creado con ese
fin.
Vivía para matar.
Desplazando
cuidadosamente las extremidades, salió de la cepa del árbol caído, se arrastró
por el tronco carcomido, con tres saltos dejó atrás los árboles tumbados,
atravesó el calvero a toda prisa, como un fantasma, fue a parar a una zona de
monte bajo, cubierta de helechos, se introdujo en la espesura. Se movía deprisa
y en silencio, lo mismo echaba a correr que brincaba como un enorme
saltamontes.
Cayó en unos
matorrales, pegó a tierra el segmentado caparazón del abdomen. La vibración del
suelo se iba volviendo más clara. Los impulsos de las vibrisas y los pelillos
de Idr configuraron una imagen. Un plan. Idr ya sabía por dónde abordar a la
víctima, en qué lugar tenía que cortarle el paso, cómo obligarla a huir, cómo
caer sobre ella por la espalda con un largo salto, a qué altura golpear y
cortar con sus mandíbulas afiladas como cuchillas. Las vibraciones y los
impulsos ya estaban llenándolo de la alegría que solía sentir cada vez que una
presa se agitaba bajo su peso, de la euforia que le proporcionaba el sabor de
la sangre caliente. Del placer que experimentaba cuando un grito de dolor
rompía el aire. Se estremecía levemente, abriendo y cerrando las pinzas y los
pedipalpos.
Las vibraciones en
el suelo eran ya muy claras, y además se habían diferenciado. Idr ya sabía que
había más de una presa, probablemente tres, tal vez cuatro. Dos de
www.lectulandia.com
- Página 6
ellas sacudían el
suelo de una forma corriente, el temblor de la tercera indicaba una masa y un
peso menores.
Por su parte, la
cuarta —si es que efectivamente había una cuarta presa— generaba una vibración
irregular, débil e insegura. Idr se quedó inmóvil, se puso en tensión y
extendió las antenas sobre la hierba, para analizar los movimientos del aire.
Los temblores del
suelo indicaron por fin lo que estaba esperando Idr. Las presas se habían
separado. Una, la menor, se había quedado atrás. Y la cuarta, la menos clara,
había desaparecido. Se trataba de una señal falsa, de un eco engañoso. Idr la
despreció.
La presa pequeña se
alejó aún más de las otras. El suelo empezó a estremecerse con fuerza. Y a muy
poca distancia. Idr tensó las patas traseras, tomó impulso y saltó.
La niña gritó
aterrorizada. En lugar de huir, se quedó paralizada en el sitio. Y no paraba de
gritar.
El brujo se lanzó
hacia ella, sacando la espada a medida que corría. E inmediatamente se dio
cuenta de que algo no iba bien. De que le habían engañado.
El hombre que
tiraba del carro cargado de leña soltó un grito y voló ante la vista de Geralt,
elevándose a una altura de tres varas, mientras despedía sangre a chorros y
salpicaba por todas partes. Cayó, para volver a elevarse de inmediato,
convertido esta vez en dos porciones sanguinolentas. Ya no gritaba. La que
gritaba ahora de un modo penetrante era la mujer, inmóvil como su hija y
paralizada de terror.
Aunque no creía que
pudiera conseguirlo, el brujo logró salvarla. Saltó hacia ella y de un fuerte
empujón sacó a la mujer rociada de sangre del sendero y la lanzó hacia el
bosque, entre los helechos. Y al instante comprendió que también esa vez se
trataba de un engaño. De un ardid. Y es que una forma gris, plana, de múltiples
patas e increíblemente veloz se estaba alejando del carro y de su primera
víctima. Corría hacia la segunda. Hacia la niña que no paraba de chillar.
Geralt se lanzó en su dirección.
Si la chiquilla
hubiera seguido clavada en el sitio, Geralt no habría llegado a tiempo. Pero
mostró presencia de ánimo y echó a correr a la desesperada. De todos modos, el
monstruo gris le habría dado alcance rápidamente, sin el menor esfuerzo: le
habría dado alcance, la habría matado y habría vuelto para acabar también con
la mujer. Así habría ocurrido de no estar allí el brujo.
Alcanzó al
monstruo, dio un salto, aplastando con el tacón una de sus patas traseras. De
no haber saltado otra vez de inmediato, habría perdido la pierna: el engendro
gris se revolvió con una agilidad increíble y sus pinzas falciformes se
cerraron, fallando por un pelo. Antes de que el brujo recobrara el equilibrio,
el monstruo se elevó desde el suelo y atacó. Geralt, con un golpe de espada
irreflexivo,
www.lectulandia.com
- Página 7
amplio y bastante
caótico, se defendió y repelió a la criatura. No le infligió ninguna herida,
pero recuperó la iniciativa.
Saltó, cayó encima
del monstruo, tajando desde la oreja, golpeando el caparazón que cubría el liso
cefalotórax. Antes de que la aturdida criatura se rehiciera, con un nuevo
espadazo le amputó la mandíbula izquierda. El monstruo se lanzó contra él,
agitando sus garras, intentando embestirlo como un toro con la mandíbula sana.
El brujo también se la amputó. Con un rápido tajo en sentido inverso le magulló
uno de los pedipalpos. Y de nuevo acuchilló en el cefalotórax.
Por fin Idr se dio
cuenta de que estaba en peligro. De que tenía que huir. Tenía que huir, huir
lejos, ocultarse en algún sitio, buscar un escondrijo. Vivía únicamente para
matar. Para matar, tenía que regenerarse. Tenía que escapar… Escapar…
El brujo no le dejó
escapar. Lo alcanzó, le aplastó el segmento posterior del tórax, cortó de
arriba abajo, con ímpetu. En esta ocasión el caparazón del cefalotórax cedió,
al estallar brotó y se derramó una sangre espesa y verdosa. El monstruo
forcejeó, sus extremidades golpeteaban frenéticamente la tierra.
Geralt tajó con la
espada, esta vez separó por completo la cabeza plana del resto del cuerpo.
Jadeaba.
Tronó a lo lejos.
El viento racheado y el cielo que se estaba cubriendo a toda prisa anunciaban
la inminente tormenta.
Desde que lo vio
por primera vez, Geralt asoció a Albert Smulka, el flamante zalmedina
municipal, con un bulbo de nabo: era rechoncho, desaseado, sin la menor finura
y, en términos generales, escasamente interesante. En otras palabras, apenas se
distinguía de los demás funcionarios de rango municipal a los que había tenido
ocasión de tratar.
—Así pues, es
cierto —dijo el zalmedina—. Que para un apuro nada como un brujo.
»Jonas, mi
predecesor —prosiguió después de unos instantes, sin esperar ninguna reacción
por parte de Geralt—, de alabarte no se cansaba. Figúrate que yo por un
embustero le había. Vamos, que no acababa de fiarme de él. Sé que tales cosas
van engrosando hasta que se convierten en cuentos. Sobre todo entre el vulgo
ignorante, ésos están todo el rato nomás que hablando de milagros y prodigios,
cuando no de no sé qué brujo de poderes sobrehumanos. Y mira por dónde, resulta
que no es más que la misma verdad. Allá, en el bosque, tras el riachuelo, ni se
sabe la de gente que habrá muerto. Mas como por acá el camino a la villa es más
corto, lo toman, los muy
www.lectulandia.com
- Página 8
patanes… Derechitos
a su perdición. Sin hacer caso de amonestaciones ni consejos. Más vale en estos
tiempos no andar deambulando por desiertos lugares, ni conviene vagar por los
bosques. Por todos lados hay monstruos, fieras comehombres. En Temeria, en el
Piedemonte de Tukai, ha muy poco que ocurriera algo terrible, un fantasma del
bosque ha matado a quince personas en un pueblo de carboneros. Las Cornamentas
se llamaba esa colonia. Seguro que lo habrás oído. ¿No? Pues que la palme si la
verdad no digo. Pues a lo visto, hasta los hechiceros llevaron a cabo pesquisas
en Las Cornamentas. Mas basta de cháchara. Ahora aquí en Ansegis estamos a
salvo. Gracias a ti.
Sacó un cofre de
una cómoda. Desplegó sobre la mesa una hoja de papel, mojó la pluma en el
tintero.
—Prometiste que
matarías a ese espantajo —dijo, sin levantar la cabeza—. Y el caso es que no
fue un farol. Eres hombre de palabra, para ser un vagamundos. Y a esas personas
les salvaste la vida. A la moza y a la chiquilla. ¿Te habrán dado las gracias a
lo menos? ¿Se han echado a tus pies?
No se han echado a
mis pies, el brujo apretó las mandíbulas. Porque todavía no han vuelto en si
del todo. Y yo me largaré de aquí antes de que vuelvan en sí. Antes de que
caigan en la cuenta de que las utilicé como cebo, convencido, en mi vana
arrogancia, de que sería capaz de defender a los tres. Me iré antes de que a la
niña se le ocurra pensar, antes de que comprenda que por mi culpa ahora es
medio huérfana.
Se sentía mal.
Seguramente era el efecto de los elixires consumidos antes de la lucha.
Seguramente.
—Aquel monstruo —el
zalmedina espolvoreó de arena el papel, tras lo cual sacudió el papel en el
suelo— era realmente escalofríante. Contemple su carroña cuando la trajeron.
¿Qué demonios era?
Geralt no estaba
seguro al respecto, pero no pensaba traicionarse.
—Un aracnomorfo.
Albert Smulka movió
los labios, intentando inútilmente repetirlo.
—Uf, vaya
nombrecito, que se llame como le dé la gana. ¿Lo cosiste a tajos?
¿Con esa espada?
¿Se puede echar un vistazo?
—No se puede.
—Ya, seguro que es
una hoja encantada. Y cara tiene que ser… Una cosa exquisita… Bueno, nosotros
aquí venga a platicar, y el tiempo que vuela. Cumpliste lo acordado, toca ahora
pagar. Mas primero las formalidades. Echa una firma en la factura. Quiero decir,
pon una cruz o alguna otra señal.
El brujo cogió la
cuenta que le tendió, se volvió hacia la luz.
—Lo que hay que
ver. —El zalmedina sacudió la cabeza, poniendo mala cara—.
Pues si resulta que
sabe leer.
Geralt puso la hoja
encima de la mesa, la empujó hacia el funcionario.
—Se ha deslizado
—dijo con calma, en voz baja— un pequeño error en el documento. Acordamos que
serían cincuenta coronas. La factura asciende a ochenta.
www.lectulandia.com
- Página 9
Albert Smulka juntó
las manos, apoyó en ellas la barbilla.
—No es un error.
—Bajó también la voz—. Más bien es una prueba de reconocimiento. Has matado a
un terrible engendro, de seguro que no ha sido un trabajo ligero… Así que a
nadie le sorprenderá el importe…
—No entiendo.
—No me digas. No te
hagas el inocentón. No querrás que me crea que Jonas, cuando mandaba aquí, no
te presentaba esta clase de facturas. Me juego la cabeza a que…
—¿A qué? —le cortó
Geralt—. ¿A que engordaba las facturas? Pero la diferencia, con la que hacía
mermar el tesoro real, la repartía conmigo a medias.
—¿A medias? —El
zalmedina torció el gesto—. Sin exagerar, brujo, sin exagerar. Cualquiera diría
que eres tan importante. De la diferencia te quedarás con un tercio. Diez
coronas. De todos modos, para ti es un sobresueldo de categoría. Y a mí me
corresponde más, aunque sólo fuera en virtud de mi cargo. Los funcionarios del
estado tienen que ser ricos. Cuanto más rico sea un funcionario del estado,
mayor es el prestigio del dicho estado. Pero bueno, ¿qué sabrás tú de eso? Esta
charla ya me aburre. ¿Firmas o no firmas la factura?
La lluvia
tamborileaba en el tejado, fuera llovía a cántaros. Pero ya no tronaba, la
tormenta se alejaba.
www.lectulandia.com
- Página 10
Interludio
Dos días después
—Adelante,
adelante, honorable dama. —Belohun, rey de Kerack, hizo una señal imperiosa—.
Os lo ruego. ¡Criados! ¡Una silla!
La bóveda de la
estancia estaba adornada con un plafón, un fresco que representaba un velero
rodeado de olas, tritones, hipocampos y criaturas que recordaban a bogavantes.
En cambio, el fresco en una de las paredes era un mapa del mundo. Un mapa, como
hacía ya tiempo que había advertido Coral, totalmente fantástico, que tenía
poco que ver con la ubicación real de tierras y mares. Pero era bonito y
elegante.
Dos pajes sacaron a
rastras una pesada silla curul toda labrada. La hechicera se sentó, colocando
las manos en los brazos de la silla de modo que sus brazaletes con
incrustaciones de rubí quedaran bien a la vista y no pasaran desapercibidos.
Lucía además una diadema de rubíes en su cabellera rizada, y un collar de
rubíes en su profundo escote. Todo pensado especialmente para la audiencia
real. Quería causar impresión. Y la causó. El rey Belohun puso los ojos como
platos, no se sabe si por los rubies o por el escote.
Belohun, hijo de
Osmyk, era, podría decirse, rey de primera generación. Su padre había reunido
un notable patrimonio merced al comercio marítimo y, por lo visto, también
había pillado algo gracias a la piratería. Tras acabar con la competencia y
monopolizar la navegación de cabotaje en la región, Osmyk se proclamó rey. El
acto de coronación del usurpador, en principio, no hizo más que formalizar el
statu quo, por lo que no suscitó mayores reservas ni dio lugar a protestas.
Previamente, por medio de guerras y guerritas privadas, Osmyk había zanjado las
querellas fronterizas y jurisdiccionales con sus vecinos, Verden y Cidaris. Se
llegó a saber dónde empezaba Kerack, dónde terminaba y quién mandaba allí. Y,
dado que mandaba, se trataba de un rey, y le correspondía ese título; Según el
orden natural de las cosas, título y poder se transmiten de padres a hijos, así
que a nadie le extrañó que a la muerte de Osmyk su hijo, Belohun, se sentara en
el trono. La verdad es que Osmyk tenía más hijos, por lo menos otros cuatro,
pero todos renunciaron a sus derechos a la corona, uno de ellos incluso
voluntariamente. De ese modo Belohun llevaba gobernando en Kerack desde hacía
más de veinte años, obteniendo beneficios, de acuerdo con la tradición
familiar, de la industria de los astilleros, el transporte, la pesca y la
piratería.
Pero ahora, en el
trono, en el estrado, con su kalpak de marta, con el cetro en la mano, el rey
Belohun celebraba audiencia. Mayestático como un escarabajo pelotero en una
boñiga de vaca.
www.lectulandia.com
- Página 11
—Nuestra amada y
respetada señora Lytta Neyd —la saludó—. Nuestra hechicera predilecta Lytta
Neyd. Ha tenido a bien visitar nuevamente Kerack. ¿Y una vez más, acaso, por
una larga temporada?
—Los aires marinos
me sientan bien. —Coral cruzó las piernas provocativamente, exhibiendo unos
zapatos a la moda, con tacones de corcho—. Con el amable permiso de su
majestad.
El rey paseó la
mirada por sus dos hijos, sentados a sus flancos. Ambos eran largos como palos,
en nada recordaban a su padre, huesudo, fibroso, pero de una altura que no
imponía demasiado. Tampoco parecían hermanos. El mayor, Egmund, negro como un
cuervo; Xander, algo más joven, rubio casi albino. Ambos miraban a Lytta sin
simpatía. Era evidente que se sentían irritados por un privilegio en virtud del
cual los hechiceros podían sentarse en presencia de los reyes, y se les daba
audiencia en una silla. No obstante, tal privilegio tenía validez universal y
nadie que quisiera pasar por civilizado podía ignorarlo. Los hijos de Belohun
tenían muchas ganas de pasar por tales.
—Contáis —declaró
despacio Belohun— con nuestro amable permiso. Con una reserva.
Coral levantó una
mano y se puso a examinarse las uñas ostentosamente. Quería así dar a entender
que las reservas de Belohun se las pasaba por cierto sitio. El rey no supo
interpretar su señal. Y, si la supo interpretar, lo disimuló hábilmente.
—Ha llegado a
nuestros oídos —jadeó enfurecido— que a las mujeres que no desean tener hijos
la honorable señora Neyd les facilita una decocción mágica. Y a las que ya
están embarazadas las ayuda a expulsar el fruto de su vientre. Y aquí, en
Kerack, ese proceder lo tenemos por inmoral.
—Aquello a lo que
la mujer tiene derecho natural —repuso secamente Coral— no puede ser inmoral
ipso facto.
—La mujer —el rey
puso en tensión en el trono su magra figura— tiene derecho a esperar del hombre
únicamente dos presentes: en verano un embarazo, y en invierno unas albarcas de
corteza fina. Tanto el primer presente como el segundo tienen la finalidad de
anclar a la mujer en la casa. Así pues, la casa es el lugar que le corresponde
a la mujer, aquél al que está destinada por su naturaleza. Una mujer con una
gran barriga y una progenie aferrada a sus sayas no se aleja de su casa y no se
pone a pensar en tonterías, sino que es una garantía de tranquilidad para el
espíritu del hombre. El hombre que tiene tranquilidad de espíritu puede
trabajar duro con vistas a la multiplicación de sus riquezas y la prosperidad
de su señor. Al hombre que trabaja con denuedo y hasta la extenuación, al
hombre que está tranquilo con su rebaño, tampoco se le ocurre hacer tonterías.
Pero si alguien persuade a la mujer de que puede parir cuando quiera, y que si
no quiere no tiene por qué hacerlo, si para colmo alguien le sugiere el método
y le facilita los medios, entonces, honorable dama, entonces el orden social
empieza a tambalearse.
—Así es —terció el
príncipe Xander, que llevaba ya un buen rato pendiente de
www.lectulandia.com
- Página 12
una ocasión para
terciar—. ¡Ni más ni menos!
—La mujer poco
inclinada a la maternidad —prosiguió Belohun—, la mujer que no asocia el hogar
al vientre, la cuna y las criaturas, sucumbe de inmediato a la concupiscencia,
eso es algo evidente e ineludible. Entonces el hombre, a su vez, pierde la paz
interior y el equilibrio espiritual, algo de pronto rechina y apesta en lo que
hasta entonces era armonía, mejor dicho, resulta que ya no queda nada de la
armonía y el orden. En concreto, de ese orden que permite la brega diaria. Y
que yo me aproveche de los resultados de esa brega. Y de esa clase de
pensamientos a la agitación sólo hay un paso. Sólo hay un paso a la sedición,
el motín, la revuelta. ¿Lo has entendido, Neyd? Quien da a las mujeres medios
que previenen el embarazo o que permiten interrumpirlo destruye el orden
social, incita a los disturbios y la rebelión.
—Así es —terció
Xander—. ¡Verdad!
Lytta tenía en nada
las ínfulas de autoridad y poderío de Belohun, sabía perfectamente que como
hechicera era intocable, y que lo único que podía hacer el rey era parlotear.
Pero se abstuvo de hacerle ver con claridad que su reino chirriaba y apestaba
desde hacia mucho, que el orden que había en él era una mierda pinchada en un
palo y que la única armonía de la que tenían noticia sus moradores era la
musical. Y que meter en eso a las mujeres, la maternidad o su ausencia no sólo
conduce a la misoginia, sino también al cretinismo.
—En tu larga
exposición —dijo en lugar de eso— has vuelto una y otra vez al argumento de la
multiplicación de la riqueza y la prosperidad. Te entiendo a la perfección,
pues también mi propio bienestar me es extraordinariamente querido. Y bajo
ningún concepto renunciaría a nada de lo que me garantiza mi prosperidad.
Considero que la mujer tiene derecho a parir si quiere y a dejar de parir si no
quiere hacerlo, pero no vamos a entrar en disputas al respecto, al fin y al
cabo todo el mundo puede opinar lo que le parezca. Únicamente haré notar que
por la ayuda médica que presto a las mujeres recibo una paga. Es una fuente de
ingresos bastante considerable. Tenemos una economía de libre mercado, rey. No
te metas con mis fuentes de ingresos, te lo ruego. Porque mis ingresos, como
bien sabes, son también ingresos del Capítulo y de toda la cofradía. Y la
cofradía reacciona rematadamente mal ante cualquier intento de reducir sus
ingresos.
—¿Acaso pretendes
amenazarme, Neyd?
—¡Ni mucho menos!
No sólo eso, declaro mi ayuda y colaboración de largo alcance. Que sepas,
Belohun, que si como consecuencia de la explotación y la rapiña que practicas
se producen disturbios en Kerack, si prende aquí, hablando ampulosamente, la
tea de la rebelión, si se presenta la turba revoltosa para sacarte de aquí a
rastras, destronarte y colgarte acto seguido de una rama seca… entonces puedes
contar con mi cofradía. Con los hechiceros. Vendremos en tu ayuda. No
permitiremos las revueltas ni la anarquía, porque a nosotros tampoco nos
convienen. Así pues, gana y multiplica tus riquezas. Multiplícalas
tranquilamente. Y no impidas
www.lectulandia.com
- Página 13
que otros las
multipliquen. Te lo ruego encarecidamente y te lo aconsejo buenamente.
—¿Aconsejas? —Xander, rojo de ira, se levantó de su silla—. ¿Tú aconsejas? ¿A
mi padre? ¡Mi padre
es el rey! Los reyes no escuchan consejos, ¡los reyes ordenan! —Siéntate, hijo
—Belohun torció el gesto—, y estate callado. Y tú, hechicera,
presta atención.
Tengo algo que decirte.
—¿Y bien?
—Voy a tomar una
nueva mujercita… Diecisiete años… Una cerecita, créeme.
Una cerecita con
nata.
—Enhorabuena.
—Lo hago por
razones dinásticas. Preocupado por la sucesión y el orden en el estado.
Egmund, que había
callado hasta entonces, levantó la cabeza.
—¿Por la sucesión?
—gruñó, y el brillo maligno en sus ojos no le pasó inadvertido a Lytta—. ¿Qué
sucesión? ¡Tienes seis hijos y ocho hijas, bastardos incluidos! ¿Te parece
poco?
—Ya lo ves.
—Belohun sacudió su huesuda mano—. Ya lo ves, Neyd. Tengo que ocuparme de la
sucesión. ¿Debería dejar el reino y la corona a alguien que se dirige a su
padre de este modo? Por suerte aún vivo y gobierno. Y tengo intención de
gobernar mucho tiempo. Como te he dicho, voy a casarme…
—¿Y?
—Si… —El rey se
rascó detrás de una oreja, miró a Lytta por debajo de sus párpados entornados—.
Si ella… si mi nueva mujercita, o sea… si acudiera a ti en relación con esos
métodos… te prohíbo que se los des. ¡Porque soy contrario a tales métodos!
¡Porque son inmorales!
—Podemos llegar a
un acuerdo. —Coral puso una sonrisa cautivadora—. A tu cerecita, si acude a mí,
no se los facilitaré. Lo prometo.
—Ya veo. —Belohun
se relajó—. Hay que ver lo bien que nos entendemos. Sobre la base de la mutua
comprensión y el respeto recíproco. Hay que saber discrepar.
—Así es —terció
Xander.
Egmund se
enfureció, maldijo entre dientes.
—En el marco del
respeto y la comprensión —Coral se enrollaba un rizo en un dedo, miraba hacia
lo alto, al plafón—, así como en virtud de la preocupación por la armonía y el
orden en tu estado… dispongo de cierta información. Una información fiable. Me
repugna la delación, pero el engaño y el latrocinio me repugnan aún más. Se
trata, mi rey, de una descarada malversación financiera. Hay quienes pretenden
desvalijarte.
Belohun se inclinó
en el trono, y torció la cara con un gesto lobuno.
—¿Quiénes?
¡Nombres!
www.lectulandia.com
- Página 14
Capítulo segundo
Kerack, ciudad en
el reino norteño de Cidaris, en la desembocadura del río Adalatte. En otro
tiempo capital del reino independiente de K., el cual a consecuencia del
malgobierno y de la extinción de la línea sucesoria gobernante desapareció,
perdió importancia y fue dividido y absorbido por los vecinos. Tiene un puerto,
algunas fábricas, un faro y más o menos 2000 habitantes.
Effenberg y Talbot,
Encyclopaedia Maxima Mundi,
tomo VIII
El golfo estaba
erizado de mástiles y lleno de yates, blancos y multicolores. Los barcos
mayores estaban en fila junto a un embarcadero protegido con un rompeolas. En
el mismo puerto, junto a los muelles de madera, anidaban los más pequeños y los
ínfimos. Casi cada espacio libre sobre las playas lo ocupaban los barcos. O los
restos de barcos.
Al final del
embarcadero, batido por las blancas olas de la marea, se alzaba un faro de
ladrillos blancos y rojos, una reliquia restaurada de tiempos de los elfos.
El brujo golpeó con
las espuelas el costado de la yegua. Sardinilla alzó la testa, abrió los
ollares, como si también ella se alegrara del olor del mar traído por el
viento. Apremiada, avanzó por las dunas. Hacia la ciudad que ya estaba cerca.
La ciudad de
Kerack, la metrópolis principal del reino del mismo nombre, situada en las dos
orillas de la desembocadura del rio Adalatte, estaba dividida en tres zonas
distintas, claramente diferenciadas.
A la orilla
izquierda del Adalatte se localizaba el complejo portuario, los muelles y la
parte industrial y comercial, que comprendía los astilleros y los talleres, así
como las factorías, los almacenes y depósitos, los mercados y lonjas.
La orilla
contraria, un terreno llamado Palmira, estaba ocupada por los chamizos y las
chozas de los menesterosos y de la clase obrera, las casas y puestos de
pequeños artesanos, carnicerías, mataderos, así como muchos locales y negocios
que sólo revivían después del atardecer, puesto que Palmira era también el
barrio de los esparcimientos y los placeres prohibidos. Como bien sabía Geralt,
tampoco era difícil allí el perder la bolsa o recibir una puñalada bajo una
costilla.
Más lejos del mar,
a la orilla izquierda, detrás de una alta empalizada de gruesos maderos, estaba
situado el verdadero Kerack, un barrio de angostas callejas entre las casas de
los ricos mercaderes y banqueros, las factorías, los bancos, los montepíos, las
zapaterías y sastrerías, las tiendas y las tiendecillas. Se alzaban allí
también tabernas y locales de esparcimiento de mejor categoría, que ofertaban
en tales chiscones exactamente lo mismo que en Palmira, aunque a precios
significativamente más elevados. El centro del barrio lo componían una plaza
cuadrangular, la sede del ayuntamiento, el teatro, el juzgado, las aduanas y
las casas de la élite local. En mitad del ayuntamiento había una estatua llena
de cagadas de gaviota del fundador de la
www.lectulandia.com
- Página 15
villa, el rey
Osmyk. Se trataba de una trola garrafal, puesto que la villa marinera existía
desde mucho antes de que Osmyk llegara allí desde el diablo sabía dónde.
Más arriba, en la
colina, se alzaba el castillo y palacio real, de forma y perfiles bastante poco
habituales, puesto que se trataba de un antiguo santuario, reconstruido y
extendido después de que lo hubieran dejado los sacerdotes, irritados por la
falta de interés por parte de la población. Había quedado del santuario hasta
el campanil, es decir, un campanario con una gran campana que el rey
actualmente reinante en Kerack, Belohun, había ordenado tocar a diario a
mediodía y —de seguro para molestar a sus súbditos— también a medianoche.
La campana sonó
cuando el brujo cruzó por entre las primeras chozas de Palmira. Palmira olía a
pescado, a colada y a olla. Había una monstruosa muchedumbre en las callejas,
al brujo le costó mucho tiempo y paciencia el atravesarlas. Suspiró cuando por
fin llegó al puente y cruzó a la orilla izquierda del Adalatte. El agua
apestaba y traía una capa de espuma consigo, efecto de las tenerías situadas en
lo alto del río. De allí ya no andaba muy lejos el camino que conducía a la
ciudad rodeada de
su muralla.
Dejó el caballo en
los establos delante de la ciudad, pagando dos días por adelantado y añadiendo
una buena mordida para asegurarse el cuidado adecuado para Sardinilla. Dirigió
sus pasos hacia la aduana. A Kerack sólo se podía llegar a través de la aduana,
después de someterse a los controles y a los poco agradables procedimientos que
les acompañaban. Esta obligación le irritaba algo al brujo, pero entendía su
objetivo: a los habitantes de la villa detrás de la empalizada no les alegraba
demasiado la visita de gentes del puerto palmireño, sobre todo si lo hacían
bajo la forma de los muchos marineros de países extraños que bajaban allí a
tierra.
Entró en la aduana,
una construcción de madera hecha a base de troncos, que albergaba, eso sabía,
el cuerpo de guardia. Pensaba que sabía lo que le esperaba. Se equivocaba.
Había visitado en
su vida numerosos cuerpos de guardia. Pequeños, medianos y grandes, en rincones
del mundo cercanos y muy lejanos, en regiones más civilizadas, menos o en
absoluto. Todos los cuerpos de guardia del mundo apestaban a moho, a sudor, a
cuero y orina, así como a hierro viejo y sus líquidos conservantes. En el
cuerpo de guardia en Kerack era parecido. O mejor, lo habría sido si el clásico
hedor cuerpoguardiano no hubiera estado subsumido por una peste a pedo pesada,
asfixiante y que llegaba hasta el techo. En el menú de la guarnición, no podía
haber duda, dominaban las plantas leguminosas fanerógamas de semilla gruesa,
como el garbanzo, la haba o la judía pinta.
Por su parte la
guarnición era por completo femenina. Se componía de seis mujeres. Que estaban
sentadas tras la mesa y engullían su comida de mediodía. Todas las señoras
sorbían con fruición de un cuenco de arcilla algo que nadaba en una rala salsa
de pimiento.
La más alta de las
guardianas, a todas luces la comandanta, apartó de sí el cuenco
www.lectulandia.com
- Página 16
y se levantó.
Geralt, que siempre había considerado que no existen las mujeres feas, se
sintió obligado de pronto a revisar esta opinión.
—¡Las armas sobre
el banco!
Como todas las
presentes, la guardiana estaba rapada al cero. Sin embargo, sus cabellos habían
empezado ya a crecer, formando sobre su cabeza pelada un cepillo irregular. De
por debajo de su chalequillo abierto y su camisa desanudada asomaba una tripa
carnosa que daba la sensación de un gran solomillo atado para el horno. Los
bíceps de la guardiana, para seguir con las metáforas carniceras, tenían el
tamaño de jamones de cerdo.
—¡Que pongas las
armas en el puto banco! —repitió—. ¿Tas sordo?
Una de sus
subordinadas, aún inclinada sobre su cuenco, se incorporó un tanto y lanzó un
cuesco, sonoro y penetrante. Sus camaradas se rieron a carcajadas. Geralt se
abanicó con el guante. La guardiana miraba sus espadas.
—¡Eh, mozas!
¡Venirsus pacá!
Las «mozas» se
alzaron con bastante poca gana, estirándose. Todas, como advirtió Geralt, se
vestían en un estilo bastante libre y de poca ropa, que servía sobre todo para
que se extendiera su musculatura. Una llevaba puestos unos cortos pantalones de
cuero, con las costuras abiertas para que cupieran los muslos. Y como vestido
de cintura para arriba servían unas correas cruzadas.
—Un brujo —afirmó—.
Dos espadas. De acero y de plata.
Otra, alta y ancha
de hombros como todas, se acercó, abrió la camisa de Geralt sin ceremonias,
aferró la cadena de plata, sacó el medallón.
—Tié la señal
—confirmó—. Un lobo con los piños fuera. Paece que sí es un brujo. ¿Lo dejamos?
—El regelamiento no
lo prohíbe. Dio las espadas…
—Cierto. —Geralt se
unió a la conversación con voz tranquila—. Las di. Las dos quedarán, imagino,
en un depósito vigilado, ¿no? ¿Con un recibo para su recogida? ¿El cual me
daréis ahora?
Las guardianas,
sonriendo, lo rodearon. Una le empujó, como sin quererlo. Otra se tiró un
sonoro pedo.
—Aquí tiés tu
recibo —bufó.
—¡Un brujo! ¡Cazaor
de moustros de alquiler! ¡Y va y da las espadas! ¡Al punto!
¡Obediente como un
crío!
—Y hasta la polla
te daría si lo mandas.
—¡Pos mandárselo,
coño! ¿Qué, chochetes? ¡Que la saque de los pantaladrones!
—¡Vamos a
almiralnos de cómo tien la polla los brujos!
—Porque tú lo digas
—ladró la comandanta—. A tomal pol culo, chochos. ¡Gonschorek, ven pacá!
¡Gonschorek!
De un cuartucho al
lado salió un individuo calvorota y no precisamente joven, con un jubón gris y
una boina de lana. Nada más entrar se echó a toser, se quitó la boina y empezó
a abanicarse con ella. Sin decir palabra tomó las espadas, que estaban
www.lectulandia.com
- Página 17
envueltas en las
correas, le hizo una señal a Geralt de que le siguiese. El brujo no dudó. En la
mezcla de gases que llenaba el cuerpo de guardia los gases intestinales
comenzaban a prevalecer.
El cuarto al que
entraron estaba separado por una sólida reja de hierro. El tipo del jubón se
afanó en la cerradura con una gran llave. Colgó las espadas en un perchero
junto a otras espadas, sables, escramasax y alfanjes. Abrió un desgastado
cuaderno, rasgueó en él mucho tiempo y con lentitud, tosiendo sin parar y
respirando con esfuerzo. Al final le tendió a Geralt un recibo firmado.
—¿He de entender
que mis espadas están seguras aquí? ¿Bajo llave y con rejas? El tipo gris,
respirando con dificultad y ronquera, cerró la reja, le mostró la llave.
A Geralt aquello no
le convencía. Toda reja se podía forzar y los efectos sonoros de la flatulencia
de las señoras de la guardia eran capaces de sofocar los ruidos de cualquier
intento de robo.
Sin embargo, no
tenía otra salida. Tenía que solucionar en Kerack aquello por lo que había
venido. Y dejar la ciudad lo más pronto posible.
La posada o también
—como ponía en el letrero— la hostería Natura Rerum se alojaba en un edificio
de madera de cedro no demasiado grande pero de buen gusto, cubierto con un
tejado empinado del que surgía una alta chimenea. El frente del edificio lo
adornaba un porche al que conducían unas escaleras, con retorcidos aloes en
macetas de madera. Del local llegaban olores de cocina, principalmente de
carnes asadas a la parrilla. Los olores eran tan tentadores que al brujo le
pareció de pronto que Natura Rerum era el Edén, un jardín de las delicias, una
isla de la felicidad, un país bienaventurado donde fluía leche y miel.
Pronto resultó que
aquel Edén, como todos los Edenes, estaba custodiado. Tenía su cancerbero, su
guardián con espada llameante. Geralt tuvo ocasión de observarlo en acción. El
cancerbero, un mozo bajo pero de fuerte constitución, expulsó en su presencia del
jardín de las delicias a un joven delgaducho. El jovenzuelo protestó, gritó y
gesticuló, lo que pareció alterar al cancerbero.
—Tienes prohibida
la entrada, Muus. Y bien lo sabes. Así que largo. No lo repetiré.
El jovenzuelo
retrocedió por las escaleras lo suficientemente deprisa como para no ser
empujado. Era, como advirtió Geralt, un calvo prematuro: los cabellos rubios,
largos y ralos le comenzaban a crecer a las alturas de la coronilla, lo que le
otorgaba un aspecto más bien horrible.
—¡Que os den por
culo a vosotros y a vuestra prohibición! —gritó el jovenzuelo desde una
distancia segura—. ¡Ni que me hicierais un favor! ¡No sois los únicos, me iré a
la competencia! ¡Chulos! ¡Nuevos ricos! ¡Mucho cartel dorado, pero estiércol en
las botas! ¡Y eso es lo que sois para mí, estiércol y nada más! ¡Y la mierda
siempre será mierda!
www.lectulandia.com
- Página 18
Geralt se inquietó
un tanto. El jovenzuelo calvo, aunque de horrible apariencia, tenía un aspecto
señorial, puede que no demasiado lujoso, pero en cualquier caso elegante. Así
que si la elegancia era el criterio a juzgar…
—¿Y tú adónde vas,
te digo? —La gélida voz del cancerbero interrumpió el hilo de sus pensamientos.
Y confirmó sus temores—. Éste es un local exclusivo —siguió el cancerbero al
tiempo que bloqueaba las escaleras con su mole—. ¿Entiendes lo que significa la
palabra? Es como decir que cerrado. Para algunos.
—¿Y por qué para
mí?
—El hábito no hace
al monje. —El cancerbero, que estaba dos escalones más arriba que el brujo,
podía mirar a Geralt desde lo alto—. Eres, extranjero, una ilustración viviente
de este dicho popular. Tu hábito no te cambia ni una mica. Puede que tengas otros
objetos ocultos que te adornen, no voy a andar registrándote. Repito que éste
es un local exclusivo. No toleramos aquí a nadie vestido de bandido. Ni armado.
—No voy armado.
—Pero tienes la
pinta de estarlo. De modo que ten la bondad de dirigir tus pasos a otro lado.
—Detente, Tarp.
Un hombre bronceado
y con un jubón de terciopelo apareció en la puerta del local. Tenía las cejas
muy pobladas, la mirada penetrante y una nariz de águila. Y no precisamente
escasa.
—Claramente —el
nariz de águila le dio lecciones al cancerbero— no sabes con quién te las ves.
No sabes quién ha venido a visitarnos.
El largo silencio
del cancerbero demostraba que efectivamente no lo sabía. —Don Geralt de Rivia.
Un brujo. Conocido por proteger a las personas y
salvarles la vida.
Como hace una semana, en los alrededores, en Ansegis, donde salvó a una madre y
su hija. O unos meses antes, en Cizmar, de lo que se habló mucho, cuando mató a
una leucrota devoradora de hombres, y donde fue herido él mismo. ¿Cómo negarle
el acceso a mi local a alguien que se dedica a un menester tan noble? Al
contrario, estoy contento de tal huésped. Y tengo por un honor el que haya
querido visitarnos. Don Geralt, la hostería Natura Rerum os da la bienvenida a
sus umbrales. Me llamo Febus Ravenga, propietario de este modesto local.
La mesa a la que le
sentó el maître estaba cubierta con un mantel. Todas las mesas en Natura Rerum
—en su mayoría ocupadas— estaban cubiertas con manteles. Geralt no recordaba
cuando fue la última vez que había visto un mantel en una posada.
Aunque sentía
curiosidad, no miró a su alrededor para que no le consideraran un patán ni un
provinciano. Una observación delicada mostró sin embargo una decoración
elegante y opulenta. Opulenta —aunque no siempre elegante— era también la
clientela, en su mayoría, por lo que podía apreciar, mercaderes y artesanos.
Había capitanes de barcos, barbados y quemados por el sol. No faltaban señores
de la aristocracia suntuosamente vestidos. También había olores agradables y
www.lectulandia.com
- Página 19
opulentos: a carnes
asadas, ajo, comino y mucho dinero.
Sintió sobre sí una
mirada. Sus sentidos brujeriles le advertían de inmediato si era observado.
Miró con el rabillo del ojo y discretamente.
La observadora
—también de forma muy discreta e imposible de advertir para el común de los
mortales— era una joven de cabellos rojos como un zorro. Fingía estar
completamente absorta en la comida, algo que tenía un aspecto delicioso e
incluso desde lejos tentadoramente oloroso. El estilo y el lenguaje de su
cuerpo no dejaban duda alguna. No para el brujo. Podía apostar a que se trataba
de una hechicera.
Con un carraspeo,
el maître le arrancó de sus pensamientos y de una súbita nostalgia.
—Hoy —anunció
festivamente y no sin orgullo— proponemos pierna de ternera en verduras, con
setas y judías; solomillo de cordero asado con berenjena; tocino de cerdo en
cerveza, servido con ciruelas en almíbar; paleta de jabalí asada, servida con
mermelada de manzanas; pechuga de pato a la sartén, servida con col roja y
arándanos; calamares rellenos de achicoria con salsa blanca y uvas; rape a la
parrilla en salsa de nata, servido con peras secas. Y por supuesto, nuestras
especialidades: muslo de ganso en vino blanco, con una selección de frutas
asadas a la parrilla, y rodaballo en tinta de sepia caramelizada, servido con
patas de cangrejos.
—Si te gusta el
pescado —Febus Ravenga apareció en la mesa sin saber cuando ni cómo—, te
recomiendo ardientemente el rodaballo. Pescado por la mañana, se entiende.
Orgullo y loa de nuestro jefe de cocina.
—Pues entonces
rodaballo en tinta. —El brujo luchó contra su deseo irracional de pedir de una
vez varios platos, consciente de que habría sido de mal gusto—. Gracias por el
consejo. Ya comenzaba a sentir los tormentos de la indecisión.
—¿Qué vino
—preguntó el maître— desea el señor?
—Por favor, elige
algo adecuado. Poco sé de vinos.
—Pocos son los que
saben —sonrió Febus Ravenga—. Y poquísimos los que lo reconocen. Sin miedo,
señor brujo, elegiremos el tipo y la añada. No molesto más, te deseo buen
provecho.
El deseo no se iba
a cumplir. Geralt no tuvo tampoco ocasión de convencerse del tipo de vino que
le elegían. El sabor del rodaballo en tinta también habría de seguir siendo un
enigma para él aquel día.
La mujer pelirroja
dejó de pronto de ser discreta y encontró su mirada. Sonrió. Él no pudo evitar
la sensación de que lo hacía con malignidad. Sintió un escalofrío.
—¿El brujo llamado
Geralt de Rivia?
La pregunta la
lanzó uno de los tres individuos vestidos de negro que se habían acercado a la
mesa con sigilo.
—Soy yo.
—Quedas arrestado
en nombre de la ley.
www.lectulandia.com
- Página 20
Capítulo tercero
¿Por qué habría de
temer castigo,
si nada hice que no
fuera justo?
William
Shakespeare,
El mercader de
Venecia
La abogada de
oficio que le había correspondido a Geralt evitaba mirarle a los ojos. Se
dedicaba con un afán digno de mejor causa a repasar su expediente documental.
No había muchos documentos en él. Para ser exactos, sólo dos. La abogada se los
debía de haber aprendido ya de memoria. Geralt albergaba la esperanza de que
fuera para poder brillar con su discurso de defensa. Pero era una esperanza
vana, se temía.
—Durante tu arresto
—la abogada alzó por fin la vista—, golpeaste a otros dos prisioneros. ¿Tengo
que saber el porqué?
—Primo, rechacé sus
avances sexuales, no quisieron entender que no significa no.
Secundo, me gusta
pegar a la gente. Tertio, es mentira. Ellos mismos se golpearon.
Con la pared. Para
echarme las culpas.
Hablaba despacio y
con indiferencia. Al cabo de una semana en la prisión le daba todo igual.
La defensora cerró
el expediente. Para volver a abrirlo al punto. Tras lo que se arregló su
monísimo peinado.
—Los golpeados
—suspiró— no van a poner una denuncia, por lo que parece. Concentrémonos en la
acusación. El asesor del tribunal te acusa de un crimen importante, castigado
con una dura pena.
Cómo podría ser de
otro modo, pensó, contemplando la belleza de la abogada. Se preguntó cuántos
años tendría cuando llegara a la escuela de hechiceras. Y a qué edad habría
dejado la escuela.
Ambas escuelas de
hechiceros —la de Ban Ard, masculina, y la de Aretusa en la isla de Thanedd,
para mujeres— además de licenciados y licenciadas producían también fracasos.
Pese a la densa red de exámenes de acceso, que permitían pescar y expulsar
desde el principio a los casos desesperados, sólo durante el primer semestre se
tenía la posibilidad de seleccionar y descubrir a aquéllos que habían sabido
camuflarse. A aquéllos a los que pensar resultaba una experiencia desagradable
y peligrosa. A los idiotas ocultos, a los vagos e inútiles mentales de ambos
sexos que no tenían nada que buscar en las escuelas de magia. El problema
radicaba en que por lo general se trataba de herederos de personas acaudaladas
o consideradas importantes por otros motivos. Después de ser expulsada de la
escuela había que hacer algo con aquella juventud descarriada. Por lo general
con los mozos expulsados de la escuela de Ban Ard no había problema: acababan
en la diplomacia, les esperaba el ejército, la flota y la policía, los más idiotas
se hacían políticos. Por su lado, los fracasos mágicos en forma del bello sexo
eran, sólo en apariencia, más difíciles de colocar. Aunque
www.lectulandia.com
- Página 21
expulsadas, las
damiselas habían cruzado el umbral de la escuela de magia y de algún modo
habían probado lo que era la magia. Y la influencia de las hechiceras sobre los
gobernantes y todas las esferas de la vida político-económica era demasiado
poderosa como para dejarlas al pairo. Se les aseguraba una plaza fija. Iban al
sistema judicial. Se hacían abogadas.
La defensora cerró
el expediente. Y lo volvió a abrir.
—Recomiendo
reconocer la culpabilidad —dijo—. Entonces podemos contar con una pena más
suave…
—¿Reconocer qué?
—le interrumpió el brujo.
—Cuando el juez
pregunte si te declaras culpable, responderás afirmativamente.
El reconocimiento
de la culpa será entendido como circunstancia atenuante.
—¿Y entonces cómo
piensas defenderme?
La abogada cerró el
expediente. Como si cerrara una tumba.
—Vamos. El juez
está esperando.
El juez estaba
esperando. Porque estaban sacando precisamente entonces de la sala de juicios
al delincuente que le precedía. No demasiado contento, por lo que pudo
comprobar Geralt.
En la pared había
colgado un escudo cagado de moscas con las armas de Kerack, un delfín celeste
nageant. Bajo el escudo estaba la mesa del tribunal. Había tres personas
sentadas a ella. Un escribano secucho. Un zalmedina provecto. Y la señora
jueza, una dama de aspecto y perfil señorial.
El pupitre a la
derecha de los jueces lo ocupaba un asesor del tribunal que cumplía las
funciones de fiscal. Tenía un aspecto serio. Tan serio como para tener cuidado
de no encontrárselo en una calle oscura.
Al lado contrario,
a la izquierda del equipo judicial, estaba el pupitre de los acusados. El lugar
que le estaba reservado.
Enseguida se
pusieron a ello.
—Geralt, llamado
Geralt de Rivia, de profesión brujo, se te acusa de malversación, de robo y
enajenación de bienes pertenecientes a la corona. Actuando en acuerdo con otras
personas a las que corrompiera, el acusado alzó la cantidad de las facturas
dispuestas por sus servicios con intenciones de apropiarse de tales superávits.
Lo que ocasionó pérdidas al tesoro del estado. La prueba es la denuncia,
notitia criminis, que la acusación ha adjuntado al acta. Tal denuncia…
El aspecto aburrido
del rostro y la mirada perdida de la jueza atestiguaban a todas luces que la
señorial dama tenía sus pensamientos puestos en otra parte. Y que los ocupaban
otros asuntos y problemas completamente distintos: la ropa a lavar, los niños,
el color de las cortinas, la masa del pastel puesta a reposar y las estrías en
el culo que preconizaban una crisis matrimonial. El brujo aceptó con
tranquilidad el hecho de que era menos importante. De que no podía competir con
algo como aquello.
—El crimen cometido
por el acusado —siguió sin emoción el fiscal— no sólo
www.lectulandia.com
- Página 22
arruina el país,
sino que mina y debilita el orden social. El orden jurídico exige que… —La
denuncia adjuntada al acta —le interrumpió la jueza— debe ser tratada por el
tribunal como probatio de relato, una prueba proveniente de lo que dice una
tercera
persona. ¿Tiene la
acusación otras pruebas?
—Faltan otras
pruebas… de momento. El acusado es, como ya se ha dicho, un brujo. Un mutante
que vive fuera de la sociedad humana, desprecia el derecho humano y se pone por
encima de él. En su profesión criminógena y sociopática se relaciona con
elementos criminales y también con inhumanos, entre ellos las razas
tradicionalmente enemigas del género humano. El brujo posee en su naturaleza
nihilista la tendencia a saltarse la ley. Señores del tribunal, la falta de
pruebas es la mejor prueba… La prueba de la perfidia y…
—¿Acaso el acusado
—a la jueza a todas luces no le interesaba qué más podía probar la falta de
pruebas— se declara culpable?
—No me declaro.
—Geralt no hizo caso de las señales desesperadas de su abogada—. Soy inocente.
No he cometido ningún crimen.
Ya había tenido
algunos juicios, no era la primera vez que se enfrentaba al sistema judicial.
Conocía también por encima algo de la bibliografía sobre el tema.
—Se me acusa a
causa de los prejuicios…
—¡Protesto! —gritó
el asesor—. ¡El acusado está pronunciando un discurso! —No la acepto.
—… A causa de los
prejuicios contra mi persona y profesión, es decir a causa praeiudicium,
praeiudicium por su parte implica desde el principio la falsedad. Además, se me
acusa sobre la base de una denuncia anónima. Y para colmo de una sola.
Testimonium unius non valet. Testis unus, testis nullus. Ergo, no se trata de
una acusación sino de una presunción, es decir praesumptio. Y una presunción
significa por tanto una duda.
—¡In dubio pro reo!
—se alzó la defensora—. ¡In dubio pro reo! ¡Señores del tribunal!
—El tribunal —la
jueza golpeó con su martillo, despertando al provecto zalmedina— pone una
fianza de una cantidad de quinientas coronas de Novigrado.
Geralt suspiró.
Sentía curiosidad por saber si sus dos colegas de celda estarían ya conscientes
y si habrían extraído alguna lección de los hechos acaecidos. O si iba a tener
que golpearlos y patearlos de nuevo.
www.lectulandia.com
- Página 23
Capítulo cuarto
¿Qué es una ciudad,
si no sus gentes?
William
Shakespeare,
Coriolano
En el mismo confín
del bazar atestado había un puesto formado por tablillas mal pegadas, servido
por una abuelilla viejísima tocada con un gorro de paja, una mujer redondita y
mofletuda como el hada buena del cuento. Sobre la abuelilla se veía un letrero:
«Suerte y felicidad, sólo aquí. Un pepinillo gratis». Geralt se detuvo, rebuscó
en su bolsillo una monedilla de cobre.
—Échame medio
cuartillo de suerte, abuela —pidió, sombrío.
Aspiró aire, bebió
con ímpetu, espiró. Se limpió las lágrimas que le había hecho saltar el orujo.
Estaba libre. Y
enfadado.
De que estaba libre
se había enterado, cosa curiosa, gracias a una persona a la que conocía. De
vista. Era aquel jovenzuelo de calvicie prematura que habían expulsado ante sus
ojos de las escaleras de la hostería Natura Rerum. Y que resultó ser un plumífero
judicial.
—Estás libre —le
comunicó el tal jovenzuelo calvorota, abriendo y cerrando unos dedos delgados y
manchados de tinta—. Han pagado la fianza.
—¿Quién la ha
pagado?
La información
resultó ser secreta, el plumífero calvorota se negó a darla. Se negó también —y
haciendo hincapié en ello— a devolverle a Geralt la bolsa que le habían
requisado. Y que contenía entre otras cosas el dinero y los cheques bancarios.
Las posesiones mobiliarias del brujo, le explicó no sin mala fe, habían sido
requeridas por el poder como cautio pro expensis, un pago a cuenta de los
costes judiciales y las multas previstas.
Pelearse con él no
tenía sentido ni posibilidades de éxito. Geralt tenía que estar contento de que
al salir le dieran por lo menos las cosas que tenía en sus bolsillos cuando le
habían detenido. Algunas pertenencias personales y dinero suelto. Tan suelto
que nadie había querido robarlo.
Contó los reales
que le quedaban. Y sonrió a la viejecilla.
—Otro medio
cuartillo de alegría, por favor. Sin pepinillo.
Tras el orujo de la
abuelilla el mundo se hizo mucho más hermoso. Geralt sabía que aquello se le
iba a pasar enseguida, de modo que aceleró el paso. Tenía asuntos que
solventar.
Por suerte
Sardinilla, su yegua, había escapado de la atención del juzgado y no había
entrado dentro de la cautio pro expensis. Seguía allí donde la había dejado, en
su cuadra del establo, bien cuidada y alimentada. El brujo no podía dejar pasar
algo así sin recompensa, independientemente del estado de sus finanzas. El mozo
de
www.lectulandia.com
- Página 24
establo recibió de
inmediato algunas de entre el puñado de monedas salvadas en un bolsillo oculto
en la silla del caballo. Mozo el cual se quedó sin aliento ante tamaña
generosidad.
El horizonte sobre
el mar se oscurecía. A Geralt le pareció que veía allí las chispas de unos
rayos.
Antes de entrar al
cuerpo de guardia tomó con ahínco aire fresco en sus pulmones. No le sirvió de
nada. Las señoras guardianas debían de haber comido aquel día más judías que de
costumbre. Muchas, muchas más. Quién sabe, puede que fuera domingo.
Unas —como de
costumbre— comían. Otras estaban ocupadas jugando a los dados. Al verlo se
alzaron de la mesa. Y lo rodearon.
—El brujo, mirailo
—dijo la comandanta, de pie muy cerca de él—. Visto y no visto.
—Me voy de la
ciudad. He venido a recobrar mis propiedades.
—¿Y qué coño
sacamos —una de las guardianas le golpeó con el codo como por casualidad— si te
las damos? ¡A comprarlas, macho, a comprarlas! ¡Eh, mozas! ¿Qué le pedimos que
haga?
—¡Que nos bese a ca
una en el culo!
—¡Con lametones! ¡Y
chupetones!
—¡Y una polla! ¡Pa
que nos pegue algo!
—Pero tié que
darnos algún gustillo, ¿no? —le atacó una clavándole unos pechos duros como una
piedra.
—Que nos cante
algún cantar. —Otra se tiró un sonoro pedo—. ¡Y que coja la musiquilla de este
tono mío!
—¡O del mío! —Otra
se peyó aún más fuerte—. ¡Que el mío suena mejor! Las demás se partían de risa.
Geralt se abrió
camino, intentando no usar de una fuerza excesiva. En aquel momento se abrieron
las puertas del almacén y apareció en ellas el individuo de la boina y el jubón
gris. El fiduciario, Gonschorek, creía. Al ver al brujo abrió la boca de par en
par.
—¿Vos? —balbuceó—.
¿Cómo puede ser? Vuestras espadas… —Cierto. Mis espadas. Las requiero.
—Mas… mas…
—Gonschorek se atragantó, se apretó el pecho, aspiró aire con esfuerzo—. ¡Mas
yo no tengo esas espadas!
—¿Qué?
—No las tengo… —El
rostro de Gonschorek enrojeció. Y se apretó, como en un paroxismo de dolor—.
Pues si fueron recogidas…
—¿El qué? —Geralt
sintió cómo le embargaba una rabia fría.
—Reco… gidas…
—¿Cómo que
recogidas? —Aferró al fiduciario por las solapas—. ¿Quién cojones las ha
recogido? ¿Qué significa esto, su puta madre?
www.lectulandia.com
- Página 25
—El recibo…
—¡Pues eso! —Sintió
sobre el hombro una mano de acero. La comandanta de la guardia lo apartó de
Gonschorek, que se ahogaba—. ¡Eso! ¡Enseña el recibo!
El brujo no tenía
el recibo. El recibo del depósito de armas se había quedado en su bolsa. Y su
bolsa había sido requisada por el juez.
Como pago a cuenta
de los costes judiciales y las multas previstas.
—¡El recibo!
—No lo tengo. Pero…
—No hay recibo, no
hay depósito —la comandanta no le dejó terminar—. Ya recogieron las espadas,
¿no has oído? Igual tú mismo las cogiste. ¿Y montas aquí un pollo? ¿Nos quiés
sacar alguna perra? De eso na, lárgate daquí.
—No me iré
mientras…
La comandanta, sin
aflojar su garra, empujó a Geralt y le dio la vuelta. Con el rostro hacia la
puerta.
—A tomar por culo.
Geralt tenía
escrúpulos en pegar a una mujer. No tenía, sin embargo, ningún problema
respecto a algo que tenía hombros de luchador, tripa como un solomillo y
pantorrillas como un discóbolo, y para colmo se tiraba pedos como una mula.
Empujó a la comandanta y le golpeó en la mandíbula con todas sus fuerzas. Con
su querido gancho de derecha.
Las otras se
quedaron paradas, pero sólo un segundo. Antes incluso de que la comandanta se
cayera sobre la mesa, salpicándolo todo de judías y salsa de pimiento, ya las
tenía encima. A una le aplastó la nariz sin pensárselo, a otra le golpeó de tal
forma que le crujieron los dientes. A dos las saludó con la Señal de Aard.
Volaron como muñecas hacia un puesto con alabardas, derribando todas con un
estampido y una explosión.
Recibió un trompazo
de la comandanta, toda cubierta de salsa. Otra guardiana, la del busto tieso,
lo agarró por detrás con un abrazo de oso. La golpeó con un codo hasta que se
puso a gritar. Empujó a la comandanta contra la mesa, la tumbó con un enérgico
gancho. A la de la nariz aplastada le asestó en el plexo solar y la derribó a
tierra, escuchó cómo vomitaba. Otra, golpeada en la sien, se dio un trompazo
con su afeitado cráneo en un poste, se desvaneció, sus ojos se cubrieron de
niebla de inmediato.
Pero había cuatro
todavía que se tenían en pie. Y su ventaja puso punto final a todo. Le dieron
en la parte de atrás de la cabeza, de inmediato en la oreja. Y luego en los
lomos. Una de ellas le puso la zancadilla, cuando cayó dos se echaron sobre él,
lo inmovilizaron, zumbándole con los puños. Las otras no ahorraron patadas.
Un golpe de su
frente en el rostro de una de sus aprisionadoras la eliminó, pero de inmediato
se unió otra. La comandanta, reconoció gracias a la salsa que goteaba de ella.
Con un golpe desde arriba le dio en los dientes. Le escupió sangre a los ojos.
—¡Un cuchillo!
—gritó, al tiempo que agitaba su cabeza afeitada—. ¡Dadme un
www.lectulandia.com
- Página 26
cuchillo! ¡Que le
corto los güevos!
—¡Pa qué quiés un
cuchillo! —aulló otra—. ¡Se los arranco a mordiscos!
—¡Quietas! ¡Firmes!
¿Qué significa esto? ¡Firmes, digo!
Una voz estentórea
y que obligaba a escuchar calmó a las guardianas. Soltaron a Geralt. Éste se
alzó con esfuerzo, algo dolorido. La visión del campo de batalla le mejoró un
poco el humor. No sin satisfacción comprobaba ahora sus éxitos. La guardiana
que yacía junto a la pared iba abriendo ya los ojos, pero seguía todavía sin
ser siquiera capaz de incorporarse. Otra, encogida, escupía sangre y se tocaba
los dientes con los dedos. Una tercera, la de la nariz aplastada, intentaba
alzarse, pero caía una y otra vez, se resbalaba en un charco de sus propios
vómitos judiales. De todo el sexteto sólo la mitad se tenía en pie. De modo que
el resultado podía ser considerado como muy satisfactorio. Incluso a la luz del
hecho de que, de no haber sido por la intervención exterior, él mismo habría
recibido unas mutilaciones de importancia y no sabía si habría sido capaz de
levantarse por sus propios medios.
Por su parte, el
que había intervenido era un hombre de rasgos nobles, excelentemente vestido y
que irradiaba autoridad. Geralt no sabía quién era. Conocía sin embargo
perfectamente a su acompañante. El fanfarrón tocado con el gorrillo de fantasía
con una pluma de garza clavada en él, de cabellos rubios planchados que le
llegaban a los hombros. Que llevaba un doblete de color de vino tinto y una
camisa con chorreras de encaje. Con su inseparable laúd y su inseparable
sonrisa picara en los labios.
—¡Hola, brujo!
¡Vaya pinta tienes! ¡Con todos los morros rotos! ¡Me parto el culo!
—Hola, Jaskier. Yo
también me alegro de verte.
—¿Qué pasa aquí?
—El hombre de nobles rasgos se puso en jarras—. ¿Y? ¿Qué os pasa? ¡Parte
oficial! ¡De inmediato!
—¡Éste fue! —La
comandanta se rascó de las orejas los restos de salsa y señaló acusadoramente a
Geralt—. ¡Él es el culpable, noble señor instigator! Montó un pollo y un
rifirrafe y luego se lió a pegamos. Y todo por no sé qué espada del depósito de
la que ni recibo tenía. Gonschorek lo pué confirmar… Eh, Gonschorek, ¿qué coño
haces ahí encogío en el rincón? ¿Tas cagao? ¡Menea el culo, levántate y dile al
noble señor instigator…! ¡Eh! ¿Gonschorek? ¿Te pasa algo?
Bastó con mirar
atentamente para adivinar qué le pasaba a Gonschorek. No hacía falta tomarle el
pulso, bastaba con mirarle a la cara blanca como la tiza. Gonschorek estaba
muerto. Simple y llanamente se había muerto.
—Abriremos la
investigación, señor de Rivia —dijo Ferrant de Lettenhove, instigator del
tribunal real—. Puesto que habéis puesto denuncia y queja formal, tenemos que
abrirla, como manda la ley. Interrogaremos a todos aquéllos que durante el
arresto y en los juzgados tuvieron acceso a vuestras cosas. Arrestaremos a los
sospechosos…
www.lectulandia.com
- Página 27
—¿A los habituales?
—¿Qué?
—Nada, nada.
—Bueno. El asunto
será aclarado con toda seguridad y a los culpables del robo de la espada se les
requerirán sus responsabilidades. En el caso de que realmente se tratara de un
robo. Prometo que aclararemos el enigma y la verdad saldrá a la luz. Pronto o
tarde.
—Preferiría pronto.
—Al brujo no le gustaba demasiado el tono de voz del instigator—. Mis espadas
son mi existencia, no puedo realizar mi trabajo sin ellas. Sé que mi profesión
es vista por muchos como algo malo y que mi persona padece de las consecuencias
de una percepción negativa. Que surge de las prevenciones, los prejuicios y la
xenofobia. Cuento con que este hecho no vaya a tener influencia en la
investigación.
—No la tendrá
—respondió secamente Ferrant de Lettenhove—. Puesto que aquí rige la justicia.
Cuando los pajes
sacaron el cuerpo del difunto Gonschorek, se realizó, a órdenes del instigator,
una revisión del almacén de armas y de todo el recinto. Como es fácil adivinar,
no había ni rastro de las espadas del brujo. Y la comandanta de la guardia, aún
enojada con Geralt, le mostró una tabla con un pincho en el que el difunto
clavaba los recibos realizados en el depósito. Entre aquellos recibos se halló
el del brujo. La comandanta revisó el registro para, al cabo, rebozárselo por
la nariz.
—Mira qué bien
—señaló con aires de triunfo—. El recibo de haberlo recogío. Firma: Gerlando de
Rybla. Pues no dije yo que el brujo anduvo acá y él mismo recogió sus espadas.
¡Y ahora el gitanazo este va y quiere agarrar alguna compensación! ¡Y por su
culpa que Gonschorek dobló el ala! ¡Del mismo sofoco que se le anegó la tripa y
le partió un rayo!
Sin embargo, ni
ella ni ninguna otra de las guardianas se decidieron a asegurar que habían
visto de verdad a Geralt en el momento de la recogida del arma. Siempre
andurrea por aquí alguno, rezaba la aclaración, y ellas estaban ocupadas
comiendo.
Sobre el tejado del
edificio de los juzgados revoloteaban unas gaviotas, chillando agudamente. El
viento empujaba hacia el sur las nubes tormentosas del mar. Salió el sol.
—Quisiera al mismo
tiempo advertir —dijo Geralt— de que mis espadas están protegidas por fuertes
hechizos. Sólo las pueden tocar brujos, a otros les retiran las fuerzas
vitales. Sucede esto principalmente a través de la desaparición de las
potencias viriles. Es decir, produciendo impotencia sexual. Completa y
permanente.
—Prestaremos
atención a esto. —El instigador meneó la cabeza—. De momento, sin embargo, os
pediría que no dejarais la ciudad. Estoy dispuesto a cerrar un ojo ante el
incidente del cuerpo de guardia, al fin y al cabo tienen lugar allí incidentes
con toda regularidad, las señoras guardianas se dejan llevar por las emociones
con bastante fácilidad. Mas puesto que Julian… es decir, don Jaskier, os avala,
seguro
www.lectulandia.com
- Página 28
estoy que también
vuestro pleito en los tribunales habrá de resolverse en el buen sentido.
—Mi pleito —el
brujo entrecerró los ojos— no es otra cosa que vejaciones. Chicanas que surgen
de prejuicios y odio…
—Se investigarán
las pruebas —le cortó el instigator—. Y sobre su base se actuará. Así lo
requiere la ley. La misma gracias a la cual estáis en libertad. Con fianza, es
decir, condicionalmente. Debéis, señor de Rivia, respetar estas condiciones.
—¿Quién pagó la
fianza?
Ferrant de
Lettenhove rechazó con displicencia el revelar la identidad del benefactor del
brujo, se despidió y con la asistencia de sus pajes se dirigió en dirección a
la entrada al juzgado. Jaskier sólo estaba esperando aquello. Apenas dejaron el
mercado y entraron en una calleja, le explicó todo lo que sabía.
—Una verdadera
cadena de casualidades desafortunadas, amigo Geralt. Y de incidentes
malhadados. Y si se trata de la fianza, te la pagó una tal Lytta Neyd, entre
los suyos conocida como Coral, del color del pintalabios que usa. Es una
hechicera que sirve a Belohun, el rey local. Todos le dan vueltas a la cabeza
intentando adivinar por qué lo hizo. Porque no fue otra sino ella misma la que
te enviara entre rejas.
—¿Qué?
—Lo que te digo.
Que Coral te denunció. Esto precisamente no le asombró a nadie, de todos es
sabido que las hechiceras te la tienen jurada. Y de pronto, he aquí una
sensación: la hechicera sin venir a cuento va y paga tu fianza y te saca de la
trena en la que te habían metido por su propia mano. Toda la ciudad…
—¿De todos? ¿Toda
la ciudad? ¿Qué coño es lo que relatas, Jaskier?
—Utilizo metáforas
y perífrasis. No finjas que no sabes, pues bien me conoces. Por supuesto que no
es «toda la ciudad», sino los pocos bien informados entre los que están cerca
de los círculos gobernantes.
—¿Y tú estás
también entre los que están cerca?
—Lo has adivinado.
Ferrant es mi primo, hijo del hermano de mi padre. Pasé por aquí de visita,
como pariente. Y me enteré de tu asunto. De inmediato me puse de tu lado, no
creo que lo dudes. Di fe de tu honradez. Les hablé acerca de Yennefer…
—Muchas gracias.
—Ahórrate el
sarcasmo. Tuve que hablar de ella para hacer consciente a mi primo de que la
maga local te ataca y calumnia por celos y envidia. Que toda esa acusación es
falsa, que tú nunca te rebajas a chanchullos financieros. Como resultado de mi
actuación con respecto a Ferrant de Lettenhove, el instigator real, el más alto
rango de ejecutor de la ley, está ya convencido de tu inocencia…
—No percibí tal
impresión —afirmó Geralt—. Antes al contrario. Sentí que no me creía. Ni en el
asunto de mi presunta malversación, ni en el asunto de la desaparición de las
espadas. ¿Has oído lo que dijo de las pruebas? Las pruebas son para él un
fetiche. Así que la prueba de la estafa será la denuncia y la prueba de la
mentira del robo de las espadas la firma de Gerlando de Rybla en el registro. Y
para
www.lectulandia.com
- Página 29
colmo ese gesto
cuando me advirtió de no dejar la ciudad…
—Lo juzgas
injustamente —dijo Jaskier—. Lo conozco mejor que tú. El que yo dé fe de ti
vale para él mucho más que mil estúpidas pruebas. Y te advirtió acertadamente.
¿Por qué piensas que ambos, él y yo, nos apresuramos a ir al cuerpo de guardia?
Para detenerte y que no hicieras ninguna tontería. ¿Que alguien, dices, te
incrimina, fabrica pruebas falsas? Pues no le des a ese alguien pruebas
inexcusables. Y una huida así lo sería.
—Puede que tengas
razón —admitió Geralt—. Pero el instinto me aconseja otra cosa. Debiera tomar
las de Villadiego antes de que me jodan del todo aquí. Primero el arresto,
luego la fianza, después esto de las espadas… ¿Qué será lo próximo? Joder, sin
espadas me siento como… un caracol sin concha.
—Te preocupas
demasiado, en mi opinión. ¿Acaso hay pocas tiendas aquí? Despídete de aquellas
espadas y cómprate otras.
—¿Y si a ti te
robaran tu laúd? ¿Conseguido, por lo que recuerdo, en circunstancias bastante
dramáticas? ¿No te habrías preocupado? ¿Le dirías adiós? ¿Y habrías pasado a
comprarte algo a la tienda de la esquina?
Jaskier apretó las
manos sobre el laúd inconscientemente y pasó una mirada asustada a su
alrededor. Sin embargo, ninguno de los peatones tenía el aspecto de un ladrón
de instrumentos ni parecía que tuviera un interés malsano por su excepcional
laúd.
—Bueno —suspiró—.
Entiendo. Tal como mi laúd, tus espadas también son únicas en su género e
insustituibles. Y además… ¿cómo dijiste? ¿Hechizadas? Que producen impotencia
mágica… ¡Joder, Geralt! ¿Y ahora me lo dices? ¡Pues si yo he estado a menudo
contigo, he tenido esas espadas al alcance de la mano! ¡Y a veces más cerca!
Ahora todo está claro, ahora lo entiendo… Últimamente he tenido, joder, ciertas
dificultades…
—Tranquilízate. Lo
de la impotencia es una trola. Me lo inventé al paso, contando con que el rumor
se extendería. Que los ladrones se cagarían…
—Como se caguen
igual echan las espadas a un estercolero —constató seco el bardo, aún levemente
pálido—. Y no las recuperaras nunca. Fíate más de mi primo Ferrant. Es
instigator aquí desde hace años, tiene todo un ejército de sheriffs, de espías
y confidentes. Encontrarán al ladrón en un pispás, ya verás.
—Si todavía sigue
aquí. —El brujo rechinó los dientes—. Puede habérselas pirado cuando yo estaba
en el maco. ¿Cómo has dicho que se llama esa hechicera por la que acabé allí?
—Lytta Neyd,
llamada Coral. Me imagino lo que estás pensando, colega. Pero no sé si es una
buena idea. Es una hechicera. Hechicera y mujer en una sola persona, en una
palabra, un género alienígena, que no es posible conocer racionalmente, que
funciona según mecanismos y principios completamente ininteligibles para los
hombres normales. Qué te voy a decir que no sepas. Al cabo posees en este
aspecto una amplia experiencia… ¿Qué es ese ruido?
www.lectulandia.com
- Página 30
Como habían estado
vagabundeando por las calles sin objetivo alguno, habían acabado por dar con
una placita en la que resonaba incansable el golpeteo de los martillos. Había
aquí, como se enteraron, un gran taller de tonelería. En la misma calle, bajo
un tejadillo, se apilaban regulares montones de duelas secadas al aire. De
allí, llevadas por rapaces descalzos, las duelas iban a parar sobre una mesa en
la que las sujetaban a unos caballetes especiales y las trabajaban con
cuchillos de empate. Las duelas elaboradas iban a otros artesanos que las
terminaban en largos bancos de cepillado, a horcajadas sobre ellos y con
virutas hasta los tobillos. Las duelas ya listas pasaban a manos de los
toneleros que las colocaban en montones. Geralt contempló durante unos momentos
cómo bajo la fuerza de la presión de hábiles pinzas y tensores de tuercas
surgía el perfil de un barril, de inmediato fijado con ayuda de aros de hierro
que lo abrazaban a base de golpes. La calle parecía bullir con el vapor de
grandes calderos en los que se escaldaban los barriles. Desde el interior del
taller, de un patio, les llegaba el olor de la madera tostada al fuego: allí se
endurecían los toneles con un nuevo tratamiento.
—Siempre que veo un
barril —anunció Jaskier— me entran ganas de beber cerveza. Vente al rincón. Sé
que allí hay un tugurio simpaticón.
—Ve tú. Yo voy a
visitar a la hechicera. Resulta que sé cuál era, yo ya la he visto. ¿Dónde la
puedo encontrar? No pongas esa cara, Jaskier. Ella es, por lo que parece, la
fuente originaria y original de mis problemas. No voy a esperar al desarrollo
de los acontecimientos, me acercaré y le preguntaré directamente. No puedo
seguir aquí ahogándome en este pueblo. Aunque no sea más que por la razón de
que ando tieso de dinero.
—A esto —dijo con
orgullo el trovador— le encontraremos un remedio. Te daré apoyo financiero…
¿Geralt? ¿Qué pasa?
—Vuelve a la
tonelería y tráeme una duela.
—¿Qué?
—Tráeme una duela.
Rápido.
Tres fuertes
gañanes de jetas patibularias, sin afeitar y sin lavar cerraron la calleja.
Uno, tan grueso que parecía cuadrado, llevaba en la mano un garrote afilado,
gordo como el palo de un cabestrante. Otro, vestido con una zamarra con los
pelos para afuera, llevaba un machete y en el cinturón portaba un hacha de
abordaje. El tercero, atezado como un marinero, iba armado con un cuchillo
largo y de aspecto horrible.
—¡Eh, tú, apestoso
rivio! —empezó el cuadrado—. ¿Cómo te sientes sin espadas en los lomos? Como
con el culo al aire, ¿no?
Geralt no retomó su
discurso. Esperó. Escuchaba cómo Jaskier se peleaba con los toneleros por la
duela.
—Ya no tienes
colmillos, mutante, reptil venenoso, brujo —siguió el cuadrado, que a todas
luces era el más versado en el arte de la oratoria de todo el trío—. ¡Culebra
sin dientes no pica! Porque es lo mismito que una gusana u otra lamprea
www.lectulandia.com
- Página 31
resbaladiza. A
estas mierdas las cogemos nosotros y las hacemos papilla bajo nuestras botas.
Pa que no se atrevan nunca más a venir a nuestras ciudades, por entre la gente
decente. ¡Tú, besugo, no vas a mancillar nuestras calles con tus babas! ¡Dadle
caña, muchachos!
—¡Geralt! ¡Toma!
Agarró la duela al
vuelo, retrocedió ante el golpe del palo, le pegó al cuadrado a un lado de la
cabeza, giró, aporreó al de la zamarra en un codo, el bellaco gritó y dejó caer
el machete. El brujo le sacudió en la rodilla y lo hizo caer, tras lo que se deslizó
a su lado y le emplastó la duela en la sien. Sin esperar a que el bellaco
cayera al suelo y sin interrumpir su movimiento, volvió a esquivar el palo del
cuadrado y le aplastó los dedos que lo aferraban. El cuadrado aulló de dolor y
dejó caer el palo, mientras Geralt le volvía a golpear en la oreja, en las
costillas y en la otra oreja. Y luego le dio una patada en las ingles con
ímpetu. El cuadrado cayó y se hizo una bola, arrastrándose, encogiéndose y
tocando la tierra con la cabeza.
El atezado, el más
ágil y rápido de los tres, bailoteó alrededor del brujo. Lanzando con habilidad
su cuchillo de una mano a otra, atacó con las rodillas flexionadas, tajando en
cruz. Geralt esquivó el tajo sin esfuerzo, retrocedió, esperó a que alargara el
paso. Y cuando esto tuvo lugar, con un potente golpe de duela le aplastó la
nariz, rodeó con una pirueta al atacante y le golpeó en el occipucio. El del
cuchillo cayó de rodillas y el brujo le asestó un golpe en el riñón derecho. El
truhán aulló y se estiró y entonces el brujo le golpeó con la duela por debajo
de la oreja, en el nervio. Que es conocido de los médicos como plexo parotídeo.
—Ay, madre —dijo,
de pie junto al hombre que se retorcía, tosiendo y ahogándose del propio
grito—. Esto ha debido de doler…
El bellaco de la
zamarra sacó su hacha del cinturón, pero no se levantó de su posición de
rodillas, inseguro y sin saber qué hacer. Geralt deshizo sus dudas pegándole un
trompazo con la duela en la nuca.
Por la Calleja,
dispersando a los mirones allí reunidos, fueron llegando los corchetes de la
ronda municipal. Jaskier los calmó apoyándose en sus conexiones, explicó con
pasión quién era el agresor y quién actuó en defensa propia. El brujo llamó al
bardo con un gesto.
—Cuida —le ordenó—
de que a estos rufianes los encierren en el trullo. Recomienda al primo
instigator que los amarre bien. Pues o bien ellos mismos tienen algo que ver
con el robo de las espadas o alguien los ha contratado. Sabían que estaba
desarmado, por eso se atrevieron a atacar. Devuelve la duela a los toneleros.
—Me vi obligado a
comprar la duela esta —reconoció Jaskier—. Y creo que hice bien. Por lo que he
visto, no manejas mal la tablilla. Debieras usarla siempre.
—Voy a ver a la
hechicera. De visita. ¿Voy a tener que llevar la tablilla? —Indudablemente
haría falta algo más fuerte para una hechicera. —El bardo
frunció el ceño—.
Como por ejemplo una estaca. Cierto filósofo conocido mío me dijo: si vas a ver
a una mujer, no olvides llevar contigo…
www.lectulandia.com
- Página 32
—Jaskier.
—Vale, vale, te
explicaré cómo ir a casa de la maga. Pero antes, si me permites darte un
consejo…
—¿Qué?
—Ve a los baños. Y
al barbero.
www.lectulandia.com
- Página 33
Capítulo quinto
Guardaos de los
desencantos, porque engañan las apariencias. Tal como aparentan ser, son las
cosas raramente. Y jamás las mujeres.
Jaskier, Medio
siglo de poesía
El agua en el
estanque de la fuente giraba y espumeaba, salpicando gotitas doradas. Lytta
Neyd, llamada Coral, hechicera, extendió la mano, salmodió un hechizo
estabilizador. El agua se calmó como si le vertieran aceite, tembló lanzando
destellos. La imagen, al principio confusa y velada, cobró contraste y dejó de
temblar. Aunque algo deformada por el movimiento del agua, era clara y legible.
Coral se inclinó. Veía en el agua el Mercado de Especias, la plaza principal de
la ciudad. Y un hombre de cabellos blancos que cruzaba a grandes pasos la
plaza. La hechicera miró con detenimiento. Observó. Buscaba pistas. Cualquier
detalle. Datos que permitieran una evaluación adecuada. Y que permitieran
prever lo que sucediera, lo que iba a pasar.
Lytta tenía una
opinión clara, construida a lo largo de años de experiencia, de lo que era un
hombre de verdad. Sabía distinguir a un hombre de verdad de las imitaciones más
o menos certeras. No tenía siquiera para ello que lanzarse al contacto físico,
forma de probar la masculinidad que, al cabo, como la mayoría de las
hechiceras, tenía no sólo por trivial, sino también por engañosa, que llevaba a
un callejón sin salida. La degustación directa, como había confirmado tras
algunas pruebas, puede que sirviera para probar de alguna manera el gusto, pero
demasiado a menudo dejaba un gustillo desagradable. Indigestión. Y ardor de
estómago. Y a veces hasta vómitos.
Lytta sabía
reconocer a un hombre de verdad incluso desde lejos, mediante señales vagas y
en apariencia insignificantes. Un hombre de verdad, había aprendido la
hechicera, se apasiona por la pesca, pero solamente con mosca artificial.
Colecciona soldaditos de plomo, grabados eróticos y modelos de veleros
construidos con su propia mano, entre otros, los que están metidos en botellas,
y botellas vacías de bebidas caras no faltaban nunca en su hogar. Sabe cocinar
estupendamente, consigue realizar verdaderas obras de arte culinarias. Bueno, y
por lo general, sólo con verlo ya se tienen ganas.
El brujo Geralt,
del que la hechicera había oído hablar mucho, del que había reunido mucha
información y al que estaba observando precisamente entonces en el agua del
estanque, aparentaba cumplir sólo una de las condiciones arriba expresadas.
—¡Mozaïk!
—Aquí estoy,
maestra.
—Vamos a tener un
invitado. Todo ha de estar listo y bien preparado. Pero primero tráeme un
vestido.
—¿El rosa té? ¿O el
aguamarina?
—El blanco. Él
suele vestir de negro, le vamos a proponer el yin y el yang. Y
www.lectulandia.com
- Página 34
zapatos, elígeme
algo que pegue, pero que el tacón sea por lo menos de cuatro dedos.
No puedo permitir
que me mire demasiado desde arriba.
—Maestra… El
vestido blanco es…
—¿Sí?
—Es que es tan…
—¿Modesto? ¿Sin
adornos ni encajes? Ay, Mozaïk, Mozaïk. ¿Es que no vas a aprender nunca?
En la puerta le dio
una bienvenida silenciosa un rechoncho y tripudo gañán con la nariz rota y ojos
de cochinillo.
Repasó a Geralt de
los pies a la cabeza y luego otra vez al revés. Después de lo cual se echó a un
lado, dando señal de que podía pasar.
En el zaguán le
esperaba una muchacha de cabellos lisos, casi planchados. Sin decir palabra,
con un gesto lo invitó a entrar.
Salió directamente
a un patio lleno de flores con una fuente cantarina en el centro. En el medio
de la fuente había una estatua de mármol que mostraba a una muchacha desnuda
bailando, o más bien a una niña por lo escasamente desarrollados que tenía los
atributos de su género. Aparte de estar cincelada con maestría, la estatua
llamaba la atención todavía por un detalle; estaba unida a su pedestal sólo por
un punto: el dedo gordo del pie. El brujo juzgó que en ningún caso se habría
podido estabilizar una estructura así sin ayuda de la magia.
—Geralt de Rivia.
Bienvenido. Entra.
Para que se la
pudiera considerar una belleza clásica, la hechicera Lytta Neyd tenía los
rasgos demasiado agudos. El color en tonos de cálido melocotón, del que estaban
delicadamente cubiertas sus mejillas, aligeraba esa agudeza, pero no la
ocultaba. Los labios, acentuados con un color de coral, eran sin embargo tan
ideales que hasta eran demasiado ideales. Pero no era eso lo que importaba.
Lytta era
pelirroja. Una pelirroja clásica y natural. El armonioso rojo claro de sus
cabellos despertaba reminiscencias de la piel veraniega de un zorro. Si —Geralt
estaba completamente convencido de ello— se capturara a un zorro rojo y se le
situara junto a Lytta, los dos mostrarían el mismo pelaje, imposible de
distinguir. Y cuando la hechicera movía la cabeza, se encendían entre los rojos
tonos aún más claros, amarillentos, idénticos a los del pelaje de un zorro. A
este tipo de cabellos pelirrojos los acompañaban por lo general pecas, y esto
en sobreabundancia. Sin embargo, no se podía decir que esto le ocurriera a
Lytta.
Geralt sintió una
desazón, olvidada y adormecida, pero que de pronto se despertaba allá, en su
interior. Tenía una preferencia en origen extraña y difícil de explicar hacia
las pelirrojas, más de una vez esta pigmentación de los cabellos le había
impulsado a cometer tonterías. De modo que había que tener cuidado y el brujo
se lo propuso con firmeza. En cualquier caso esta tarea era más fácil.
Precisamente
www.lectulandia.com
- Página 35
acababa de
cumplirse el año desde que cometer este tipo de estupidez dejara de
atormentarle.
El pelo rojo,
eróticamente estimulante, no era el único atributo atractivo de la hechicera.
Su vestido blanco como la nieve era modesto y sin efectismos, lo que tenía un
objetivo, un objetivo acertado logrado y sin la menor duda también buscado. La
sencillez no desviaba la atención del observador, haciéndola concentrarse en la
estupenda figura. Y en su larguísimo escote. Hablando en plata, en el Buen
Libro del profeta Lebioda, en su edición ilustrada, Lytta Neyd podría posar con
éxito para el grabado que precediera al Capítulo «Acerca del deseo impuro».
Hablando aún más
claro, Lytta Neyd era una mujer con la que sólo un completo idiota podría
querer relacionarse más de dos noches. Lo curioso es que justo tras este tipo
de mujeres solían correr los hombres con tendencia a relacionarse muchísimo
tiempo.
Olía a freesia y
albaricoque.
Geralt hizo una
reverencia, tras lo que fingió que más que por la figura y el escote de la
hechicera se interesaba por la estatua en la fuente.
—Por favor —repitió
Lytta, señalando la mesa con tablero de malaquita y dos mimbreras. Esperó a que
él se sentara y al sentarse ella hizo gala de sus esbeltos muslos y zapatos de
piel de salamandra. El brujo fingió que toda su atención la consumía una garrafilla
y una patera de frutas.
—¿Vino? Es un
Nuragus de Toussaint, en mi opinión más interesante que el Est Est, que es
demasiado alabado. También hay Cöte-de-Blessure, si prefieres el tinto.
Sírvele, Mozaïk.
—Gracias. —Tomó la
copa de manos de la atusada muchacha, le sonrió—.
Mozaïk. Bonito
nombre.
Vio miedo en sus
ojos.
Lytta Neyd puso su
copa sobre la mesa. Con un golpe que había de llamarle su atención.
—¿Qué es lo que
—movió la cabeza y los rizos pelirrojos— trae al famoso Geralt de Rivia a mi
humilde morada? Me muero de la curiosidad.
—Has pagado mi
fianza —dijo, conscientemente áspero—. Es decir, la garantía. He salido del
arresto gracias a tu generosidad. De un arresto en el que me encontré gracias a
ti. ¿No es cierto? ¿No es por ti por lo que he pasado una semana en la celda?
—Cuatro días.
—Cuatro días con
sus noches. Me gustaría, si es posible, conocer los motivos que te movieron a
ello. Los dos.
—¿Los dos? —Alzó
las cejas y la copa—. Sólo hay uno. Y todo el tiempo el mismo.
—Ajá. —Geralt hizo
como que prestaba toda su atención a Mozaïk, que deambulaba por la parte
contraria del patio—. ¿Por el mismo motivo por el que me denunciaste y me
metiste en la trena, me sacaste luego de ella?
www.lectulandia.com
- Página 36
—Bravo.
—Te pregunto: ¿por
qué?
—Para demostrarte
que puedo.
Él bebió un sorbito
de vino. En verdad que era muy bueno.
—Demostraste —meneó
la cabeza— que puedes. En realidad me lo podías simplemente haber dicho, aunque
no fuera más que en un encuentro fortuito en la calle. Te habría creído. Lo
quisiste de otro modo y más expresivamente. Así que te pregunto: ¿y ahora qué?
—Lo estoy pensando
—le lanzó una mirada de depredadora por debajo de las pestañas—. Pero dejemos
que las cosas sigan su curso. De momento diremos que actúo en nombre y en
oficio de algunos de mis camaradas. Hechiceros que tienen ciertos planes en
relación contigo. Esos hechiceros, a los cuales no les son ajenos mis talentos
diplomáticos, consideraron que soy la persona adecuada para informarte de sus
planes. Esto es lo único que puedo revelarte por el momento.
—Es muy poco.
—Tienes razón. Pero
de momento, da vergüenza decirlo, yo misma no sé mucho más, no me esperaba que
aparecieras tan pronto, que tan pronto descubrieras quién había pagado la
garantía. Que tenía, como se me aseguró, que mantenerse en secreto. Cuando sepa
más te lo explicaré. Sé paciente.
—¿Y lo de mis
espadas? ¿Es también un elemento de este juego? ¿De esos misterioso planes de
los hechiceros? ¿Acaso también se trata de una nueva prueba de que puedes?
—Nada sé de lo de
tus espadas, sea lo que sea que quiera significar y a quien quiera que ataña.
Él no la creyó del
todo. Pero no profundizó en el tema.
—Tus camaradas
hechiceros —dijo— se superan últimamente en mostrarme su antipatía y enemistad.
Se salen de sus casillas para molestarme y hacerme la vida más difícil. En cada
aventura perniciosa con la que me encuentro, puedo ver las huellas de sus húmedos
dedos. Una madeja de coincidencias desafortunadas. Me meten en la cárcel, luego
me liberan, luego me comunican que tienen planes con respecto a mí. ¿Qué es lo
que van a idear ahora tus camaradas? Hasta me da miedo sospecharlo. Y tú, gran
diplomática, lo reconozco, me pides que tenga paciencia. Pero si no tengo
salida. De cualquier forma, tengo que esperar hasta que el caso producido por
tu denuncia llegue a la vista.
—Pero al mismo
tiempo —sonrió la hechicera— puedes usar en pleno de tu libertad y gozar de sus
bienes. Darás testimonio ante el juzgado como hombre libre. Si se llega a la
vista, lo que no es tan seguro. E incluso si fuera así, no tienes, créeme,
motivos para preocuparte. Confía en mí.
—En lo de la
confianza —le respondió con una sonrisa— puede haber problemas. Las acciones de
tus camaradas en los últimos tiempos han perturbado en exceso mi confianza.
Pero lo intentaré. Y ahora me voy. Para confiar y esperar pacientemente.
www.lectulandia.com
- Página 37
Se os saluda.
—No saludes
todavía. Sólo un momento. Mozaïk, vino.
Cambió su posición
en la butaca. El brujo continuaba tercamente fingiendo que no veía la rodilla
ni el muslo que sobresalían por la abertura del vestido.
—En fin —dijo al
cabo—, no hay por qué ponerlo entre algodones. Los brujos no han sido nunca muy
queridos en nuestro ambiente, pero bastaba con ignoraros. Así ha sido hasta
hace algún tiempo.
—Hasta el tiempo
—estaba harto de enigmas— en que me relacioné con Yennefer.
—Para nada, te
equivocas. —Clavó en él unos ojos del color del jade—. Y por dos veces. Primo,
no fuiste tú quien se relacionó con Yennefer, sino ella contigo. Secundo, esta
relación no escandalizó a nadie, no son tales extravagancias las que son raras
entre nosotros. El momento del cambio fue vuestra separación. ¿Cuándo tuvo
lugar esto? ¿Hace un año? Ah, cuán rápido pasa el tiempo.
Hizo una pausa
efectista, contando con su reacción.
—Hace justo un año
—continuó, cuando estuvo claro que no habría reacción—. Una parte de los
nuestros… no muy grande, pero influyente… se sirvió prestarte atención. Lo que
había pasado entre vosotros no había estado claro de inmediato para todos.
Algunos de nosotros consideraban que había sido Yennefer quien, recobrando su
conciencia, había roto contigo y te había mandado a freír gárgaras. Otros se
atrevían a suponer que habías sido tú quien, abriendo los ojos, mandaste al
cuerno a Yennefer y te largaste al culo del mundo. En efecto, como he dicho, te
convertiste en objeto de interés. Y, como bien adivinaste, de antipatía. Es
más, hasta hubo quien quiso castigarte. Por suerte para ti, la mayoría
consideró que no valía la pena el esfuerzo.
—¿Y tú? ¿A qué
parte de los tuyos pertenecías?
—A aquélla —Lytta
frunció los labios— a la que tu asunto amoroso, imagínate, simplemente le
divertía. A veces me hacia gracia. A veces me permitía unas distracciones
verdaderamente azarosas. Personalmente te debo un considerable flujo de dinero,
brujo. Se apostó a ver cuánto durabas con Yennefer, las apuestas fueron
bastante altas. Yo fui quien, por lo que resultó, aposté con mayor suerte. Y me
quedé con todo.
—En tal caso mejor
será que me vaya. No debiera visitarte, no debiéramos ser vistos juntos. Alguno
pensará que hicimos tongo.
—¿Te importa lo que
piense alguno?
—Poco. Y que hayas
ganado me alegra. Pensaba devolverte las quinientas coronas que diste en
garantía. Pero puesto que te quedaste con todo al apostar por mí, no siento
ninguna necesidad. Quedemos pues en paz.
—¿La mención de la
devolución de la garantía —en los ojos verdes de Lytta Neyd apareció un brillo
maligno— no significa, espero, la intención de largarse y perderse? ¿Sin
esperar a la vista del juzgado? No, no, tal intención no tienes, no la
www.lectulandia.com
- Página 38
puedes tener. Pues
sabes bien que tal intención te enviaría de nuevo al trullo. Lo sabes, ¿verdad?
—No me tienes que
probar que lo puedes.
—Preferiría no
tener, lo digo con la mano en el corazón.
Puso la mano sobre
su escote, con la clarísima intención de atraer su vista. Fingió no advertirlo,
de nuevo sus ojos se dirigieron hacia Mozaïk. Lytta carraspeó.
—En lo que se
refiere a quedar en paz, o sea, a repartirse lo ganado en la apuesta —dijo—,
efectivamente tienes razón. Te lo mereces. No me atrevo a ofrecerte dinero…
¿Pero qué le dices a un crédito ilimitado en Natura Rerum? ¿Durante toda tu
estancia? Por mi causa tu anterior visita a la hostería terminó antes de
empezar, de modo…
—No, gracias.
Valoro en lo que vale la voluntad y la intención. Pero gracias, no. —¿Estás
seguro? En fin, sin duda lo estás. No debiera haberte recordado… lo de
mandarte al trullo.
Me provocaste. Y me embaucaste. Tus ojos, esos ojos mutantes y extraños, que
son en apariencia tan sinceros, mienten sin cesar… Y embaucan. No eres sincero,
oh no. Sé, sé que en los labios de una hechicera esto es un cumplido. Eso es lo
que ibas a decir, ¿verdad?
—Bravo.
—¿Y te puedes
permitir la sinceridad? ¿Si te lo exigiera?
—Si lo pidieras.
—Ah, pues así sea.
Lo pido entonces. ¿Qué es lo que ocasionó que fuera precisamente Yennefer?
¿Ella y no otra? ¿Lo sabrías definir? ¿Denominar?
—Si se trata de
otra apuesta…
—No es otra
apuesta. ¿Por qué precisamente Yennefer de Vengerberg?
Mozaïk apareció
como una sombra. Con una nueva damajuana. Y con pastelillos.
Geralt la miró a
los ojos. Y de inmediato ella volvió la cabeza.
—¿Por qué Yennefer?
—repitió, con la mirada fija en Mozaïk—. ¿Por qué precisamente ella? Responderé
con sinceridad: yo mismo no lo sé. Existan tales mujeres… que basta una mirada…
Mozaïk abrió los
labios, agitó con delicadeza la cabeza. En forma de negación y con terror.
Sabía. Y rogaba que lo dejara. Pero el juego había ido demasiado lejos.
—Hay mujeres
—siguió paseando la mirada por la figura de la muchacha— que atraen. Como un
imán. De las que no se pueden apartar los ojos…
—Déjanos, Mozaïk
—en la voz de Lytta se podía escuchar el chirrido de un bloque de hielo rozando
con el hierro—. Y a ti, Geralt de Rivia, adiós y gracias. Por la visita. Por la
paciencia. Y por la sinceridad.
www.lectulandia.com
- Página 39
Capítulo sexto
La espada de un
brujo (fig. 40) se significa por ser como la conjunción de otras espadas,
quintaesencia verdadera de lo que en otras armas mejor fuera. Aventájalas en su
acero y en la forja, pues las fraguas de los enanos y sus yunques otórganle a
la hoja ligereza y flexibilidad portentosa. El afilamiento es consumado además
en la espada brujeril en forma y modo propio de los enanos, forma, habremos de
añadir, misteriosa, misterio el cual para siempre lo será, pues los montañeses
son entes muy celosos de sus secretos. Mas una hoja que fuera afilada por los
enanos capaz es de partir por medio un pañuelo de seda arrojado al aire. Tales
proezas, y bien lo sabemos a causa de testimonios de quienes estuvieron
presentes, eran también capaces de hacer los brujos con las sus espadas.
Pandolfo
Forteguerra, Tratado de las armas blancas
La breve tormenta
matutina y la lluvia habían refrescado un rato el ambiente, después el pestazo
a basura, a grasa requemada y a pescado medio podrido que traía la brisa de
Palmira había vuelto a hacerse insoportable.
Geralt había pasado
la noche en la posada de Jaskier. El cuartito que tenía alquilado el bardo era
muy coqueto y acogedor. Tanto que para llegar a la cama había que arrimarse
estrechamente contra la pared. Por suerte en la cama había sitio para dos y se podía
dormir en ella, a pesar de que rechinaba de un modo infernal, y el jergón lo
habían batido hasta dejarlo medio tieso los mercaderes foráneos, célebres por
su afición al sexo extramarital más intenso.
Geralt, a saber por
qué, soñó aquella noche con Lytta Neyd.
Fueron a desayunar
al mercado vecino, a un puesto donde, según había podido averiguar el bardo,
servían unas sardinas espectaculares. Invitaba Jaskier. Geralt no se opuso. Al
fin y al cabo, a menudo era al revés: Jaskier, sin blanca, solía disfrutar de su
generosidad.
Así que se sentaron
a una mesa de madera basta y se concentraron en unas sardinitas fritas, bien
crujientes, que les habían traído en una fuente de madera, grande como la rueda
de una carretilla. Jaskier, advirtió el brujo, cada dos por tres miraba alrededor,
aprensivo. Y se callaba cada vez que tenía la sensación de que algún transeúnte
lo miraba con demasiada insistencia.
—Pienso —murmuró
finalmente— que sería mejor que te hicieras con un arma. Y que la llevaras a la
vista. Convendría sacar alguna enseñanza del incidente de ayer, ¿no te parece?
Ah, mira, ¿ves esos escudos y esas cotas de malla que están ahí expuestos? Es una
armería. Seguro que también tienen espadas.
—En esta ciudad
—Geralt mordisqueó la raspa de una sardina y escupió una aleta
— están prohibidas
las armas, a los forasteros se las quitan. Parece que aquí sólo los bandidos
pueden ir por ahí armados.
—Puede ser. —El
bardo señaló con la cabeza a un jayán que pasaba por allí, armado con un enorme
bardiche—. Pero en Kerack quien promulga las prohibiciones,
www.lectulandia.com
- Página 40
cuida que sean
respetadas y castiga su infracción es Ferrant de Lettenhove, que, como sabes,
es primo mío. Y dado que el nepotismo es ley sagrada de la naturaleza, ambos
podemos ignorar las prohibiciones locales. Por la presente, declaro que estamos
autorizados a tener y portar armas. Acabamos de desayunar, y nos vamos a
comprarte una espada. ¡Mesonera! ¡Excelentes estas sardinas! ¡Anda, ponnos diez
más!
—Comeré de esas
sardinas —Geralt dejó la raspa mordisqueada—, y diré de paso que la pérdida de
las espadas no es sino el castigo por mi glotonería y esnobismo. Por habérseme
antojado darme un lujo. Me había salido trabajo por la zona, de modo que se me
ocurrió pasarme por Kerack y darme un banquete en Natura Rerum, hostería de
renombre mundial. Más me habría valido tomarme en cualquier sitio unos callos,
un repollo con guisantes o una sopa de pescado…
—Por cierto
—Jaskier se relamía los dedos—, que el Natura Rerum, aunque su cocina es
justamente famosa, no es más que un sitio entre muchos. Hay locales donde dan
de comer igual de bien, y puede que mejor. Por ejemplo, Azafrán y Pimienta, en
Gors Velen, o Hen Cerbin, en Novigrado, donde elaboran su propia cerveza. O el
mismo Sonatina, en Cidaris, no queda lejos de aquí, y tienen el mejor marisco
de toda la costa. Rivoli, en Maribor, con ese urogallo al modo de Brokilón,
asado en manteca, para chuparse los dedos. La Muela, en Aldersberg, y su
célebre solomillo de liebre con colmenillas à la roi Videmont. Hofmeier en
Hirundum, oj, vale la pena ir en otoño, por Saovine, a probar el ganso asado en
salsa de peras… O Dos Lochas, algunas millas más allá de Ard Carraigh, un mesón
corrientucho en un cruce de caminos, pero dan el mejor codillo que he probado
en mi vida… ¡Ja! Mira quién nos está haciendo señas. ¡Ni más ni menos! Hola,
Ferrant… quiero decir, hum… señor instigator…
Ferrant de
Lettenhove se acercó en solitario, ordenando con un gesto a sus pajes que se
quedaran en la calle.
—Julian. Señor de
Rivia. Os traigo noticias.
—No oculto —replicó
Geralt— que ya me estaba impacientando. ¿Han confesado los malhechores?
¿Aquéllos que me atacaron ayer, aprovechando que estaba desarmado? Hablaron de
ello en voz alta, sin ningún disimulo. Prueba de que habían tenido parte en el
robo de mis espadas.
—Por desgracia, no
hay pruebas de eso. —El instigator se encogió de hombros—. Los tres detenidos
no son más que unos gañanes, y encima de escasas luces. Se decidieron a
atacarte, eso es verdad, envalentonados por saberte desarmado. La noticia del
robo se había difundido con una rapidez insólita, mérito, según parece, de las
señoras del cuerpo de guardia. Y enseguida apareció gente con ganas de… Algo
escasamente sorprendente, por lo demás. No eres una persona especialmente
apreciada… Y no te desvives por ganar simpatías y popularidad. Estando
detenido, te permitiste pegar a tus compañeros de celda…
—Está claro. —El
brujo asintió con la cabeza—. Todo es culpa mía. Los de ayer también acabaron
mal. ¿No se habrán quejado? ¿No habrán pedido una
www.lectulandia.com
- Página 41
indemnización?
Jaskier se rió,
pero se calló enseguida.
—Los testigos del
incidente de ayer —dijo Ferrant de Lettenhove con acritud— han declarado que a
esos tres los sacudieron con una duela. Y que se emplearon con ellos con
especial saña. Tanta que uno de ellos… se lo hizo encima.
—De la emoción,
seguramente.
—Fueron golpeados
—al instigator no se le alteraba la expresión de la cara— incluso cuando ya
habían sido inmovilizados y no constituían ninguna amenaza. Y eso implica ir
más allá de los límites de la legítima defensa.
—Pues a mí no me
dan miedo. Tengo una buena abogada.
—¿Una sardinilla?
—Jaskier rompió el pesado silencio.
—Debo informar
—declaró por fin el instigator— de que la investigación sigue abierta. Los
detenidos de ayer no están implicados en el robo de las espadas. Se ha
interrogado a varios individuos que podían haber tomado parte en el delito,
pero no se han encontrado pruebas. Los informantes no han sido capaces de
proporcionar ninguna pista. Se sabe, no obstante… y esta es la razón principal
por la que estoy aquí… que entre el hampa local los rumores sobre las espadas
ha causado revuelo. También se han presentado forasteros ansiosos de medirse
con el brujo, especialmente si está desarmado. Así pues recomiendo vigilancia.
No puedo descartar nuevos incidentes. Tampoco estoy seguro, Julian, de que en
esta situación la compañía del señor de Rivia…
—En compañía de
Geralt —le intenumpió con energía el trovador— he estado en lugares mucho más
peligrosos, y me he visto en atolladeros que dejarían a los truhanes de aquí a
la altura del betún. Si así lo estimas conveniente, primo, puedes
proporcionamos una escolta armada. Para que tenga un efecto disuasorio. Porque
si Geralt y yo zurramos la badana a otros gañanes, luego van a quejarse de que
si hemos ido más allá de los limites de la legítima defensa.
—Si es que de
verdad se trata de gañanes —dijo Geralt—. Y no de matones a sueldo, contratados
por alguien. ¿La investigación también ha tomado esto en consideración?
—Se han considerado
todas las eventualidades —repuso Ferrant de Lettenhove
—. Las
investigaciones van a continuar. Os proporcionaré una escolta. —Nos alegramos.
—Adiós. Y buena
suerte.
Sobre los tejados
de la ciudad chillaban las gaviotas.
La visita al
armero, visto lo visto, se la podían haber ahorrado perfectamente. A Geralt le
bastó echar una ojeada a las espadas expuestas. Cuando se informó de los
precios, se encogió de hombros y abandonó la tienda sin decir palabra.
—Creía —Jaskier le
dio alcance en la calle— que nos habíamos puesto de
www.lectulandia.com
- Página 42
acuerdo. Se trataba
de que compraras cualquier cosa, con tal de no parecer que vas desarmado.
—No voy a malgastar
el dinero en cualquier cosa. Ni aunque sea tu dinero. Eso era una birria,
Jaskier. Espadas primitivas fabricadas en masa. Y espadines cortesanos de pega,
de los que uno lleva a un baile de disfraces si quiere ir de espadachín. Eso
sí, a unos precios que son para partirse de risa.
—¡Ya encontraremos
otra tienda! ¡O algún taller!
—Va a ser igual en
todas partes. Aquí venden todo tipo de armas baratas, que sirven para un solo
combate decente. Y que ya no le vuelven a servir al que ha salido victorioso:
recogidas en el campo de batalla, ya no tienen la menor utilidad. Y también venden
esos adornos relucientes con los que desfilan los petimetres. Y con los que no
se corta ni el salchichón. Si acaso la sobrasada.
—¡Ya estás
exagerando como siempre!
—En tus labios eso
es un elogio.
—¡Involuntario!
Entonces, cuéntame dónde piensas encontrar una buena espada. ¿Una que no sea
peor que las que te han robado? ¿O mejor?
—No faltan,
naturalmente, maestros armeros. Es posible que entre ellos se encuentre alguna
hoja decente. Pero yo necesito una espada que se ajuste a mi mano. Forjada y
fabricada por encargo. Eso lleva algunos meses, a veces un año. No dispongo de
tanto tiempo.
—Con todo, tienes
que hacerte con alguna espada —le hizo ver el bardo con serenidad—. Y, en mi
opinión, con cierta urgencia. ¿Qué opciones nos quedan? Como no sea… —Bajó la
voz, miró a su alrededor—. Como no sea… ¿Como no sea Kaer Morhen?, allí con
seguridad…
—Con toda seguridad
—le interrumpió Geralt, apretando los dientes—. Y tanto. Allí siempre ha habido
hojas en abundancia, una amplísima oferta, de plata incluso. Pero está muy
lejos, y casi no hay día sin chaparrones y tormentas. Los ríos están muy crecidos,
los caminos están intransitables. El viaje me llevaría como un mes. Y aparte de
eso…
Enrabietado, le dio
una patada a un cestillo de corteza agujereado que alguien había tirado al
suelo.
—Me he dejado
robar, Jaskier, me he dejado timar y robar como el mayor de los pardillos.
Vesemir se habría mofado de mí sin compasión, y mis camaradas, de haber estado
justo entonces en la fortaleza, también se habrían descojonado, se estarían
cachondeando de mí durante años. No. De eso ni hablar, maldita sea. Tengo que
buscar otra solución. Yo solo.
Oyeron una flauta y
un tambor. Se asomaron a la plazoleta donde estaba instalado el mercado de
verduras, y había un grupo de goliardos dando una función. Era un repertorio
matutino, es decir, de una estupidez primitiva y nada divertido. Jaskier
recorrió los puestos, y con un criterio digno de elogio, aunque inesperado en
un poeta, se puso rápidamente a apreciar y degustar los pepinos, remolachas y
manzanas
www.lectulandia.com
- Página 43
que brillaban en
los puestos, enredándose a cada paso en discusiones y flirteos con las
tenderas.
—¡Chucrut!
—proclamó, cogiendo el producto anunciado de un barril con ayuda de unas pinzas
de madera—. Prueba, Geralt. ¿Delicioso, verdad? Este chucrut es exquisito, y
sienta divinamente. En invierno, cuando hay escasez de vitaminas, previene el
escorbuto. Aparte de eso, es un magnífico antidepresivo.
—¿Y eso?
—Te zampas un cazo
de chucrut, te tomas otro de leche agria… y de inmediato la depresión se vuelve
la menor de tus preocupaciones. Te olvidas de la depresión. A veces por mucho
tiempo. ¿A quién estás mirando? ¿Quién esa chica?
—Una conocida.
Espérame aquí. Cambio dos palabras con ella y vuelvo.
La chica a la que
había mirado era Mozaïk, la que había conocido en casa de Lytta Neyd. La tímida
pupila de la hechicera, con el pelo alisado. Llevaba un vestido sencillo pero
elegante de color palisandro. Y coturnos de corcho, con los que se movía con mucha
gracia, teniendo en cuenta los resbaladizos restos de frutas que cubrían el
empedrado irregular.
Geralt se dirigió
hacia ella, sorprendiéndola junto a un puesto de tomates, que estaba metiendo
en la cesta que llevaba colgada del brazo.
—Hola.
La chica palideció
ligeramente al verle, y eso que ya era pálida de tez. Y de no haber sido por el
tenderete habría reculado un paso o dos.
Hizo un gesto como
si quisiera esconder el cesto en la espalda. No, el cesto no. El brazo. Trató
de ocultar el antebrazo y la mano, cuidadosamente envueltos en un pañuelo de
seda. Geralt no dejó de advertir la señal, y un impulso inexplicable le ordenó
actuar. Le agarró el brazo a la muchacha.
—Déjame —susurró
ella, intentando zafarse.
—Enséñamelo.
Insisto.
—Aquí no…
Se dejó llevar
hasta un lugar alejado del mercado, donde pudieran estar relativamente solos.
Geralt le quitó el pañuelo. Y no pudo contenerse. Soltó una maldición. Larga y
obscena.
La mano izquierda
de la muchacha estaba vuelta del revés. Retorcida a la altura de la muñeca. El
pulgar apuntaba hacia la izquierda, el dorso se orientaba hacia abajo. Y la
palma hacia arriba. La línea de la vida es larga y regular, juzgó el brujo de
forma instintiva. La línea del corazón es clara, aunque punteada y discontinua.
—¿Quién te ha hecho
esto? ¿Ha sido ella?
—Tú.
—¿Qué?
—¡Tú! —Retiró la
mano de un tirón—. Me has utilizado para reírte de ella. No iba a dejar algo
así sin castigo.
—No podía…
www.lectulandia.com
- Página 44
—¿Preverlo? —Le
miró a los ojos. Geralt no había sabido valorarla: no era ni pusilánime ni
asustadiza—. Podías y debías. Pero has preferido jugar con fuego. Por lo menos,
¿ha merecido la pena? ¿Te has quedado satisfecho? ¿Ha mejorado tu autoestima?
¿Has podido presumir de algo en la taberna delante de los colegas?
El brujo no
contestó. No encontraba palabras. Pero Mozaïk, para su sorpresa, sonrió de
repente.
—No te guardo
rencor —dijo con desenvoltura—. A mí también me divertía tu juego, si no
tuviera tanto miedo, me reiría. Devuélveme el cesto, llevo prisa. Aún tengo que
hacer algunas compras. Y tengo una cita con el alquimista…
—Espera. Esto no
puede quedar así.
—Por favor —a
Mozaïk le cambió ligeramente la voz—. No te entrometas. Sólo vas a empeorar las
cosas… Y yo no he salido —añadió después de un momento— tan mal parada. Me ha
tratado benignamente.
—¿Benignamente?
—Podía haberme
retorcido las dos manos. Podía haberme retorcido los pies, dejarme los talones
vueltos hacia delante. Podía haberme intercambiado los pies, el izquierdo por
el derecho y viceversa, he visto cómo se lo hacia a una persona.
—¿Te ha…?
—¿Que si me ha
dolido? Poco tiempo. Porque casi al instante perdí el sentido. ¿Por qué me
miras de ese modo?, así ocurrió. Y tengo la esperanza de que me pase lo mismo
cuando me vuelva a colocar bien la mano. En unos días, cuando ya se haya
sentido vengada.
—Iré a verla. Ahora
mismo.
—Mala idea. No
puedes…
Geralt la
interrumpió con un rápido gesto. Oyó el rumor de la multitud, vio cómo se hacia
a un lado. Los goliardos interrumpieron su actuación. El brujo vio a Jaskier
haciéndole desde lejos unas señales impetuosas y desesperadas.
—¡Tú! ¡Peste
brujeril! ¡Te reto a un duelo! ¡Vamos a combatir!
—Mal rayo me parta.
Retírate, Mozaïk.
Un tipo bajo y
achaparrado, con una máscara de cuero y una coraza de cuir bouilli reforzada
con piel de toro, se adelantó de entre el gentío. El tipo blandía un tridente
en la mano derecha, y con un súbito movimiento del brazo izquierdo extendió en
el aire una red de pescador, la agitó y la sacudió.
—¡Soy Tonton Zroga,
llamado Retiarius! Te desafío, bru…
Geralt levantó el
brazo y le golpeó con la Señal de Aard, poniendo en ella tanta energía como fue
capaz. La muchedumbre soltó un grito. Tonton Zroga, llamado Retiarius, salió
volando por los aires y, agitando las piernas, enredadas en su propia red, se llevó
por delante un puesto de rosquillas, se derrumbó estrepitosamente y embistió,
con un sonoro tintineo, la estatuilla de hierro colado de un gnomo en
cuclillas, que habían plantado, a saber por qué, delante de una tienda que
ofrecía complementos de sastrería. Los goliardos acogieron el vuelo con una
sonora ovación.
www.lectulandia.com
- Página 45
Retiarius yacía en
el suelo, vivo, aunque daba unas señales de vida más bien débiles.
Geralt, sin prisa,
se acercó hasta él y cogiendo impulso le pateó en la zona del hígado.
Alguien le agarró
de una manga. Mozaïk.
—No. Por favor. Por
favor, no. Eso no se puede hacer.
Geralt habría
seguido pateando al reciario, porque sabía de sobra lo que se puede hacer y lo
que no, y lo que hay que hacer. Y en esos asuntos no acostumbraba a hacer caso
a nadie. Sobre todo a personas a las que nunca habían pateado.
—Por favor
—insistió Mozaïk—. No te vengues en él. De mí. De ella. Y de haberte perdido tú
solo.
Le hizo caso. La
cogió de los hombros. Y la miró a los ojos.
—Voy a ver a tu
maestra —le comunicó con crudeza.
—No está bien.
—Sacudió la cabeza—. Traerá consecuencias.
—¿Para ti?
—No. Para mí no.
www.lectulandia.com
- Página 46
Capítulo séptimo
Wild nights! Wild
nights!
Were I with thee,
Wild nights should
be
Our luxury!
Emily Dickinson
So daily I renew my
idle duty
I touch her here
and there - I know my place
I kiss her open
mouth and I praise her beauty
And people call me
traitor to my face.
Leonard Cohen
La cadera de la
hechicera estaba adornada con un esmerado tatuaje, fantásticamente coloreado,
que representaba con todo detalle un vistoso pez rayado.
Nil admirari, pensó
el brujo. Nil admirari.
—Qué ven mis ojos
—dijo Lytta Neyd.
De que ocurriera lo
que ocurrió, de que el resultado fuera el que fue, el único culpable fue él y
nadie más que él. De camino a la villa de la hechicera, Geralt pasó por delante
de un jardín y no pudo resistir la tentación de arrancar una de las freesias
que crecían en un parterre. Recordaba el olor predominante en los perfumes de
ella.
—Qué ven mis ojos
—repitió Lytta, de pie en la puerta. Salió a recibirlo personalmente, no estaba
el robusto portero. Igual tenía el día libre—. Deduzco que has venido a echarme
la bronca por lo de la mano de Mozaïk. Y me traes una flor. Una freesia blanca.
Pasa, antes de que esto se convierta en una gran noticia y toda la ciudad se
llene de rumores. ¡Un hombre con flores en mi puerta! Ni los más viejos del
lugar recuerdan algo semejante.
Llevaba un vestido
negro, suelto, que combinaba la seda y el chiffon, muy lino, que ondulaba cada
vez que se movía el aire. El brujo se quedó parado, mirándola fijamente, con la
freesia en la mano tendida, deseando sonreír, pero sin conseguirlo por nada del
mundo. Nil admirari, repitió en su pensamiento aquella máxima que recordaba de
Oxenfurt, de la universidad, de la cartela que había sobre la entrada a la
cátedra de filosofía. Durante todo el camino a la villa de Lytta no había
dejado de repetirse mentalmente aquella máxima.
—No me regañes. —La
hechicera cogió la freesia de sus dedos—. En cuanto aparezca, le arreglaré la
mano a la muchacha. Sin hacerle daño. Puede que incluso le pida disculpas.
También a ti te las pido. Pero no me regañes.
Geralt sacudió la
cabeza e intentó sonreír otra vez. No hubo suerte.
—Me pregunto —Lytta
se acercó la freesia a la cara y clavó en Geralt sus ojos de jade— si conoces
el simbolismo de las flores. ¿Y su lenguaje secreto? ¿Sabes lo que
www.lectulandia.com
- Página 47
dice esta freesia y
me transmites conscientemente su mensaje? ¿No será la flor una mera casualidad,
y el mensaje… subconsciente?
Nil admirari.
—Pero no tiene
importancia. —Se acercó más a él—. O bien me estás indicando a las claras,
consciente y deliberadamente, lo que deseas… o bien ocultas el deseo que delata
tu subconsciente. En ambos casos debo darte las gracias. Por la flor. Y por lo
que la flor dice. Gracias. Y tengo que corresponderte. Yo también voy a hacerte
un presente. Oh, mira esta cintita. Tira de ella. Sin miedo.
¿Qué coño estoy
haciendo?, pensó el brujo, tirando de la cinta. La cintita trenzada fue
saliendo suavemente de los ojales bordados. Hasta el último. Y en ese momento
el vestido de seda y chiffon se desprendió del cuerpo de Lytta como si fuera
agua, depositándose blandamente alrededor de sus tobillos. Él cerró los ojos un
momento, la desnudez de la hechicera lo fulminó como un resplandor repentino.
¿Qué estoy haciendo?, pensó, abrazándole el cuello. ¿Qué estoy haciendo?,
pensó, saboreando el gusto del carmín coralino en los labios. Lo que estoy
haciendo no tiene ningún sentido, pensó, llevándola delicadamente hacia una
cómoda que había en el patio y sentándola en el tablero de malaquita.
Olía a freesia y a
albaricoque. Y a alguna cosa más. Puede que a mandarina. Tal vez a vetiver.
Duró un rato, y al
final la cómoda traqueteaba enérgicamente. Coral, aunque lo abrazaba con
fuerza, no soltó la freesia en ningún momento. El aroma de la flor no ahogaba
su propio aroma.
—Tu entusiasmo me
halaga. —Ella apartó los labios de los labios de él, y sólo entonces abrió los
ojos—. Y me hace muy feliz. Pero tengo una cama, ¿sabes?
En efecto, tenía
una cama. Enorme. Espaciosa como el puente de una fragata. Lo condujo hasta
allí, y él la siguió, sin cansarse de mirarla. Ella no se volvió. No tenía
ninguna duda de que él iba detrás. De que iría sin vacilar a donde ella lo
llevara. Sin apartar la mirada.
La cama era enorme,
con baldaquino, sábanas de seda y colcha de satén. Aprovecharon el lecho, sin
exagerar, en su totalidad, cada pulgada de él. Cada palmo de sábana. Y cada
pliegue de la colcha.
—Lytta…
—Puedes llamarme
Coral. Pero ahora no digas nada.
Nil admirari. Aroma
a freesia y albaricoque. Cabellos pelirrojos sueltos sobre la almohada.
www.lectulandia.com
- Página 48
—Lytta…
—Puedes llamarme
Coral. Y puedes volver a hacerme lo mismo.
La cadera de la
hechicera estaba adornada con un esmerado tatuaje, fantásticamente coloreado,
que representaba con todo detalle un vistoso pez rayado que debía su forma
triangular a sus grandes aletas. Esos peces, conocidos como escalares, solían
encontrarse en los acuarios y estanques de los nuevos ricos, opulentos y
esnobs. Por ese motivo, Geralt —y no sólo Geralt— siempre había asociado esos
peces al esnobismo y la ostentación pretenciosa. Por eso mismo le sorprendió
que Coral hubiera elegido justamente ese tatuaje y no otro. La sorpresa duró
sólo un momento, enseguida llegó la explicación. Lytta Neyd tenía, desde luego,
una apariencia y un aspecto muy juveniles. Pero el tatuaje procedía de sus años
de genuina juventud. De unos tiempos en que los peces escalares, importados de
allende los mares, eran una verdadera rareza, no había tantos ricachones, los
advenedizos aún estaban por advenir y pocos eran quienes podían permitirse un
acuario. De modo que ese tatuaje viene a ser como una partida de nacimiento, pensó
Geralt, acariciando el escalar con las yemas de los dedos, lo raro es que Lytta
lo lleve todavía, en vez de haberlo borrado valiéndose de la magia. Bueno,
pensó, desplazando las caricias a otras regiones más alejadas del pez, los
recuerdos de los años juveniles son algo entrañable. No es fácil deshacerse de
un memento semejante. Por muy pasado de moda y patéticamente banal que resulte.
Se incorporó sobre
un codo y empezó a observar su cuerpo atentamente, en busca de otros recuerdos
igualmente nostálgicos. No encontró nada. No contaba con ello, se conformaba
con mirar. Coral suspiró. Aburrida, al parecer, de las abstractas y escasamente
resolutivas peregrinaciones de la mano del brujo, se la agarró y la dirigió con
decisión a un sitio muy concreto, el único que, en su opinión, se veía que
valía la pena. Y qué bien, pensó Geralt, atrayendo hacia sí a la hechicera y
hundiendo el rostro en sus cabellos. El pez a rayas, ya ves tú. Como si no
hubiera cosas más reales que fueran dignas de prestarles atención. Dignas de
pensar en ellas.
A lo mejor también
los veleros en miniatura, pensaba Coral caóticamente, controlando a duras penas
la respiración entrecortada. A lo mejor también los soldaditos de plomo, a lo
mejor la pesca con mosca. Pero lo que cuenta… lo que de verdad cuenta… es la manera
que tiene de abrazarme.
Geralt la abrazaba.
Como si fuera para él el mundo entero.
www.lectulandia.com
- Página 49
La primera noche
apenas pegaron ojo. Incluso cuando Lytta se quedó dormida el brujo tuvo
problemas para conciliar el sueño. Ella lo tenía agarrado por la cintura con
tanta fuerza que a Geralt le costaba respirar, y además le había echado una
pierna por encima de los muslos. La segunda noche fue menos posesiva. No lo
sujetó ni lo abrazó tan fuerte como la noche anterior. Se notaba que ya no
temía que se fugara al alba.
—Has estado dándole
vueltas a algo. Tienes una expresión demasiado sería y varonil. ¿Por qué
motivo?
—Me da que pensar…
hum… el naturalismo de nuestra relación.
—¿Qué cosa?
—Ya te lo he dicho.
El naturalismo.
—¿Me ha parecido
que usabas la palabra «relación»? La verdad, asombra la amplitud semántica de
este concepto. Además, por lo que te estoy oyendo, sufres tristeza postcoital.
De hecho, es un estado natural, afecta a todas las criaturas superiores. A mi,
brujo, también me asoma una extraña lagrimilla… Ánimo, alegra esa cara. Estaba
bromeando.
—Me has seducido…
como a un macho.
—¿Cómo?
—Me has seducido.
Como a un insecto. Con tus feromonas mágicas de freesia y albaricoque.
—¿Lo dices en
serio?
—No te enfades. Por
favor, Coral.
—No me enfado. Al
contrario. Pensándolo bien, debo darte la razón. Sí, esto es naturalismo en su
forma más genuina. Pero ha sido justo al revés. Has sido tú el que me ha
encandilado y seducido. A primera vista. De forma naturalista y animalística
has ejecutado delante de mí, como un macho, tu danza nupcial. Brincabas,
pateabas, levantabas la cola…
—No es verdad.
—Levantabas la cola
y sacudías las alas como un urogallo. Cantabas y cacareabas…
—No cacareaba.
—Sí cacareabas.
—Que no.
—Que sí. Abrázame.
—¿Coral?
www.lectulandia.com
- Página 50
—¿Que?
—Lytta Neyd… Ése
tampoco es tu auténtico nombre, ¿verdad?
—Mi auténtico
nombre era complicado de usar.
—¿Y eso?
—Prueba a decir de
corrido: Astrid Lyttneyd Ásgeirrfinnbjornsdottir.
—Comprendo.
—Lo dudo.
—¿Coral?
—¿Ajá?
—¿Y Mozaïk? ¿De
dónde le viene ese apodo?
—¿Sabes una cosa
que no me gusta, brujo? Las preguntas acerca de otras mujeres. Y ya no digamos
si el que pregunta está conmigo en la cama. Y hace preguntas, en lugar de
concentrarse en lo que tiene en ese momento entre manos. No te atreverías a
hacer algo así si estuvieras en la cama con Yennefer.
—Pues a mí no me
gusta que me mencionen ciertos nombres. Y ya no digamos en un momento en que…
—¿Tengo que
callarme?
—Yo no he dicho
eso.
Coral lo besó en un
hombro.
—Cuando vino a
parar a la escuela, su nombre era Aïk, el apellido no lo recuerdo. No sólo
tenía un nombre raro, sino que además sufría de pérdida del pigmento cutáneo.
Tenía las mejillas sembradas de manchas claras, de hecho recordaba a un
mosaico. La curaron, como es natural, al acabar el primer semestre: una
hechicera no puede tener ningún defecto. Pero desde el principio se le quedó
aquel apodo malicioso. Y pronto dejó de ser malicioso. Ella misma se aficionó.
Pero basta de hablar de ella. Háblame a mí y de mí. Venga, ya.
—¿Ya qué?
—Habla de mí. De
cómo soy. Guapa, ¿verdad? ¡Venga, di algo!
—Guapa. Pelirroja.
Y pecosa.
—No soy pecosa. Me
quité las pecas con la ayuda de la magia.
—No todas. Te
olvidaste de algunas. Me he fijado en ellas.
—¿Dónde las…? Ah.
Sí, claro. Es verdad. Así pues, soy pecosa. ¿Y qué más soy?
—Dulce.
—¿Cómo?
—Dulce. Como una
oblea con miel.
—¿No te estarás
quedando conmigo?
—Mírame. A los
ojos. ¿Acaso ves en ellos aunque sea una sombra de falsedad? —No. Y eso es lo
que más me preocupa.
www.lectulandia.com
- Página 51
—Siéntate al borde
de la cama.
—¿Y eso?
—Quiero
corresponderte.
—Dime.
—Por las pecas que
viste donde estuviste mirando. Por tus desvelos y tu minuciosa… exploración.
Quiero corresponderte y agradecértelo. ¿Puedo?
—Naturalmente.
La villa de la
hechicera, como prácticamente todas en aquella zona de la ciudad, disponía de
una terraza desde la que se disfrutaba de las vistas del mar. A Lytta le
gustaba pasarse allí las horas observando los barcos en la rada, para lo cual
se servía de un potente catalejo apoyado en un trípode. Geralt no compartía su
fascinación por el mar y por todo aquello que surcaba sus aguas, pero le
gustaba acompañarla en la terraza. Se sentaba muy cerca de ella, con el rostro
pegado a sus rizos pelirrojos, gozando del aroma a freesia y albaricoque.
—Aquel galeón que
está echando el ancla, fíjate —le indicaba Coral—. Con una cruz azul en la
bandera. Es el Orgullo de Cintra, probablemente con rumbo a Kovir. Y aquella
coca es la Alke, de Cidaris, seguramente lleva un cargamento de pieles. Y allí,
ah sí, la Tetyda, una urca de transporte, local, cuatrocientas toneladas de
carga, se dedica a la navegación de cabotaje entre Kerack y Nastrog. Allí,
fíjate, está llegando a la rada en este momento la goleta de Novigrado Pandora
Parvi, una preciosidad de barco. Mira por el ocular. Verás…
—Veo sin el
catalejo. Soy un mutante.
—Ah, es verdad. Se
me había olvidado. Oh, allí, es la galera Fucsia, treinta y dos remos, puede
cargar en sus bodegas con ochocientas toneladas. Y aquel elegante galeón de
tres mástiles es el Vértigo, viene de Lan Exeter. Y allí, más lejos, el de la
bandera amaranto, es el galeón Albatros, de Redania: tres mástiles, ciento
veinte pies de eslora… Oh, allí, mira, mira, está largando velas y haciéndose a
la mar el clíper correo Eco, conozco al capitán, suele comer donde Ravenga
cuando atraca aquí. O fíjate también en ese galeón de Poviss, va a toda vela…
El brujo apartaba
los cabellos de la espalda de Lytta. Despacio, uno a uno, desabrochaba los
corchetes, retiraba el vestido de los hombros de la hechicera. Tras lo cual
dedicaba sus manos y su atención a un par de galeones, a toda vela. Unos
galeones sin igual en todas las rutas marítimas, radas, puertos y registros de
almirantazgos.
Lytta no
protestaba. Y no levantaba el ojo del ocular del catalejo.
—Te comportas —dijo
en cierta ocasión— como un quinceañero. Como si fuera la primera vez que los
ves.
—Para mí siempre es
la primera vez —admitió a regañadientes—. Y yo nunca fui un auténtico
quinceañero.
www.lectulandia.com
- Página 52
—Soy de Skellige
—le contó más tarde Lytta, ya en la cama—. Llevo el mar en la sangre. Y me
entusiasma.
»A veces sueño
—prosiguió, viendo que Geralt no decía nada— con navegar. En solitario. Largar
la vela y hacerme a la mar… Lejos, lejos, más allá del horizonte. Sólo el agua
y el cielo a mi alrededor. Salpicada por la espuma salada de las olas, el
viento huracanado me revuelve los cabellos con auténtica ternura varonil. Y yo
estoy sola, completamente sola, infinitamente abandonada a mi suerte en medio
de un elemento extraño y hostil. ¿No sueñas con algo así?
No, no sueño con
algo así, pensó Geralt. Lo tengo a diario.
Llegó el solsticio
de verano, y con él la noche mágica, la más corta del año, cuando florecía en
los bosques la flor del helecho, y frotándose con ofioglosa las muchachas
danzaban desnudas en los calveros empapados de rocío.
Una noche breve
como un parpadeo.
Una noche loca y
luminosa por los relámpagos.
Al alba, después
del solsticio, se despertó solo. En la cocina le esperaba el desayuno.
Y algo más.
—Buenos días,
Mozaïk. Hace bueno, ¿verdad? ¿Dónde está Lytta?
—Hoy tienes el día
libre —respondió sin mirarle—. Mi incomparable maestra estará ocupada. Hasta
tarde. En este tiempo que ha dedicado a… los placeres se le han acumulado las
pacientes.
—Las pacientes.
—Cura la
esterilidad. Y otras dolencias femeninas. ¿No lo sabías? Bueno, pues ya lo
sabes. Que tengas un buen día.
—No te marches
todavía. Querría…
—No sé lo que
querrías —le interrumpió—. Pero seguro que es una mala idea. Habría sido mejor
que no te hubieras dirigido a mí. Que hubieras hecho como si yo no estuviera.
—Coral ya no te va
a hacer nada malo, te lo prometo. Además, no está aquí, no nos ve.
—Ella ve todo lo
que quiere ver, le basta para ello con una serie de conjuros y de artefactos. Y
no te engañes pensando que tienes alguna influencia sobre ella. Para eso hace
falta algo más que… —Con un movimiento de cabeza señaló el dormitorio—. Por favor
te lo pido, no menciones mi nombre en su presencia. Ni aunque sea como por
descuido. Porque me lo echará en cara. Aunque sea dentro de un año, me lo
echará en cara.
www.lectulandia.com
- Página 53
—Ya que te trata de
ese modo… ¿no podrías marcharte sin más?
—¿Adónde? —saltó—.
¿A un taller textil? ¿Como aprendiz de un sastre? ¿O directamente al lupanar?
No tengo a nadie. Yo no soy nadie. Y así seguiré. Sólo ella puede cambiar mi
situación. Aguantaré lo que haga falta… pero no me pongas peor las cosas, si
puedes.
»En la ciudad —lo
miró, después de unos instantes— me he encontrado con tu colega. Con ese poeta,
Jaskier. Ha preguntado por ti. Estaba intranquilo.
—¿Lo has
tranquilizado? ¿Le has aclarado que no corro ningún riesgo? ¿Que nada me
amenaza?
—¿Por qué iba a
mentir?
—¿Cómo dices?
—Aquí no estás
seguro. Tú estás aquí, con ella, pero añoras a la otra. Incluso cuando estás
muy cerca de ella, sólo piensas en aquélla. Ella lo sabe. Pero juega a este
juego, porque le resulta divertido, y tú disimulas maravillosamente, eres
diabólicamente convincente. Pero ¿has pensado en lo que pasará cuando te
delates?
—¿También hoy vas a
pasar la noche con ella?
—Sí —afirmó Geralt.
—Ya llevas casi una
semana, ¿lo sabías?
—Cuatro días.
Jaskier deslizaba
los dedos por las cuerdas del laúd, en un efectista glissando. Paseó la vista
por la taberna. Dio un trago de la jarra, y se limpió la espuma de la nariz.
—Ya sé que no es
asunto mío —dijo, en un tono duro y rotundo, raro en él—. Ya sé que no debería
meterme donde no me llaman. Ya sé que no te gusta cuando alguien se entromete.
Pero ante ciertas cosas, amigo Geralt, no debe uno callar. Coral, por si te interesa
mi opinión, es una de esas mujeres que deberían llevar, de forma permanente y
en sitio bien visible, un cartel de advertencia. Que dijera: «Se ve, pero no se
toca». Parecido al que cuelga en el terrario de la casa de fieras, donde tienen
a los crótalos.
—Lo sé.
—Esa mujer juega
contigo y se divierte a tu costa.
—Lo sé.
—Y tú, del modo más
común y corriente, te resarces de Yennefer, a la que no puedes olvidar.
—Lo sé.
—Entonces, por qué…
—No lo sé.
www.lectulandia.com
- Página 54
Por la tarde salían
a dar una vuelta. Unas veces al parque, otras veces al promontorio que dominaba
el puerto, otras sencillamente paseaban por el Mercado de Especias.
Acudieron juntos a
la hostería Natura Rerum. Varias veces. Febus Ravenga no cabía en si de gozo,
siguiendo sus instrucciones, los camareros los atendían lo mejor que podían.
Geralt descubrió al fin el sabor del rodaballo en tinta de sepia. Y después el
del muslo de ganso en vino blanco y el de la pierna de ternera en verduras.
Sólo al principio —y brevemente— le turbó la curiosidad molesta y descarada de
los demás clientes en la sala. Después, siguiendo el ejemplo de Lytta, no les
hacía ni caso. El vino de una bodega local le sirvió de mucha ayuda.
Regresaban tarde a
la villa. Coral se quitaba el vestido en el mismo vestíbulo y en pelota picada
conducía a Geralt hasta la alcoba.
Él iba detrás.
Mirándola. Le encantaba mirarla.
—¿Coral?
—¿Qué?
—Corre el rumor de
que siempre puedes ver lo que deseas. Sólo precisas de algunos conjuros y
artefactos.
—Al rumor ese —se
apoyó en un codo, lo miró a los ojos— habría que volver a retorcerle alguna
articulación. Para que aprenda el rumor a no irse de la lengua.
—Te pido por favor…
—Era una broma —le
cortó.
No había en su voz
ni la más mínima señal de chanza.
—¿Y qué es
—prosiguió, viendo que Geralt callaba— lo que te gustaría ver? ¿O que te
profetizaran? ¿Cuánto vas a vivir? ¿Cuándo y cómo vas a morir? ¿Qué caballo va
a ganar el Gran Premio de Tetrogor? ¿Quién será elegido jerarca de Novigrado
por el colegio de electores? ¿Con quién está ahora Yennefer?
—Lytta.
—¿Se puede saber lo
que te pasa?
Geralt le habló del
robo de las espadas.
Un relámpago. Y
enseguida llegó el trueno, con un rugido.
La fuente
chapoteaba suavemente, el estanque olía a piedra mojada. La muchacha de mármol,
empapada y brillante, estaba petrificada en un paso de baile.
—La estatua y la
fuente —se apresuró a explicar Coral— no están pensadas para satisfacer mi
afición al kitsch más pretencioso ni son expresión de mi sometimiento a modas
esnobs. Sirven para fines muy concretos. La estatua me representa. En
miniatura. Cuando tenía doce años.
—Quién habría
supuesto entonces que acabarías siendo tan hermosa.
—Se trata de un
artefacto mágico estrechamente unido a mí. La fuente, en
www.lectulandia.com
- Página 55
cambio, y más
concretamente el agua, me sirve para la videncia. ¿Sabrás, me imagino, qué es
la videncia y en qué se basa?
—A grandes rasgos.
—El robo de tus
armas tuvo lugar hace unos diez días. Para la lectura y análisis de los
acontecimientos pasados, incluso los más remotos, lo mejor y más seguro es la
oniromancia, pero para eso se necesita un talento especial para soñar, muy poco
común, y que yo no poseo. Los sortilegios, o sea, la cleromancia, no creo que
nos sirvan de ayuda, al igual que la piromancia o la aeromancia, que son más
eficaces cuando se trata de adivinar el destino de las personas, y se requiere
disponer de algo que pertenezca a esas personas… cabellos, uñas, prendas de
vestir y cosas así. Para los objetos, en nuestro caso las espadas, no se
emplean.
»Así pues —Lytta se
apartó un rizo pelirrojo de la frente—, nos queda la videncia. La cual, como
sin duda sabes, permite ver y predecir acontecimientos futuros. Nos ayudarán
los elementos, porque la estación se ha presentado en verdad tormentosa. Vamos
a combinar la videncia con la ceraunioscopia. Acércate. Coge mi mano y no la
sueltes. Inclínate y mira fijamente al agua, pero no se te ocurra tocarla bajo
ningún concepto. Concéntrate. ¡Piensa en tus espadas! ¡Piensa intensamente en
ellas!
Geralt oyó cómo
salmodiaba un conjuro. El agua del estanque reaccionaba: con cada frase de la
fórmula recitada, espumeaba y ondulaba con fuerza creciente. Unas enormes
burbujas empezaron a ascender desde el fondo.
El agua se alisó y
se volvió turbia. Y después se aclaró totalmente.
Unos ojos oscuros,
violeta, miran desde el fondo. Unos rizos negros como ala de cuervo caen en
cascada sobre los hombros, brillan, reflejan la luz como las plumas de los
pavos reales, enredándose y ondulando cada vez que se mueven…
—En las espadas —le
recordó Coral, hablando en voz baja y con malicia—.
Tenías que pensar
en las espadas.
El agua empezó a
girar, la mujer de negros cabellos y ojos violeta se desvaneció en el remolino.
Geralt suspiró en silencio.
—En las espadas
—bisbiseó Lytta—. ¡No en ella!
Salmodió el conjuro
en el resplandor de un nuevo relámpago. La estatuilla de la fuente brilló con
luz lechosa, y el agua volvió a serenarse y aclararse. Y en ese momento la vio.
Su espada. Unas
manos la estaban rozando. Dedos ensortijados.
… de un meteorito. Extraordinariamente
equilibrada, el peso de la hoja iguala con precisión al de la empuñadura…
La segunda espada.
De plata. Las mismas manos.
… la espiga de acero guarnecida en plata… Por
toda la hoja hay grabadas runas… —Las veo —susurró vivamente, apretando la mano
de Lytta—. Veo mis
espadas… De veras…
—Calla —respondió
con un apretón más fuerte—. Calla y concéntrate.
www.lectulandia.com
- Página 56
Las espadas
desaparecieron. En su lugar veía un bosque negro. Una gran extensión rocosa.
Unas peñas. Una de las peñas, enorme, dominándolo todo, alta y esbelta… Las
ráfagas de huracán azotan su silueta grotesca…
Brevemente, el agua
se llena de espuma.
Un hombre con el
pelo gris, de rasgos nobles, con un caftán de terciopelo negro y un chaleco
bordado en oro, apoya ambas manos en un púlpito de caoba. Lote número diez,
anuncia en voz alta. Una verdadera rareza, un hallazgo insólito, dos espadas de
brujo…
Un gran gato negro
se revuelve en el sitio, intenta alcanzar con una garra el medallón que se
balancea sobre él, colgado de una cadena. En el óvalo dorado del medallón, un
esmalte con un delfín celeste nageant.
Un río fluye entre
los árboles, bajo el baldaquino de ramas y copas que cuelgan sobre el agua. En
una de las ramas hay una mujer inmóvil con un vestido largo y ceñido.
Brevemente, el agua
se llena de espuma, y casi de inmediato vuelve a alisarse.
El brujo ve un mar
de hierbas, una llanura sin límites, que se extiende hasta el horizonte. La
está viendo desde arriba, como a vista de pájaro… o como desde la cumbre de una
colina. Una colina por cuya ladera desciende una columna de figuras borrosas. Cuando
vuelven la cabeza, Geralt alcanza a ver unos rostros inmóviles, unos ojos
ciegos, como muertos. Están muertos, comprende de repente. Es una procesión de
cadáveres…
Los dedos de Lytta
volvieron a apretar su mano. Con la fuerza de unas tenazas. Un resplandor. Un
soplo repentino de viento les agitó los cabellos. El agua del
estanque se
removió, empezó a borbotear, se cubrió de espuma, se alzó formando una ola alta
como un muro. Y cayó encima de ellos. De un salto, ambos se retiraron de la
fuente, Coral trastabilló, Geralt la sostuvo. Retumbó un trueno.
La hechicera gritó
su conjuro, agitó un brazo. Se encendieron las luces de toda la casa.
El agua del
estanque, un maelstrom hirviente hacía apenas un momento, estaba ahora alisada,
serena, apenas alterada por el chorro de la fuente que caía perezosamente. Y
ellos dos, a pesar de que acababa de caerles encima una auténtica ola, no
tenían ni una gota de agua.
Geralt suspiró
profundamente. Se puso de pie.
—Lo del final…
—musitó, mientras ayudaba a levantarse a la hechicera—. Esta última imagen… La
colina y la columna de… de gente… No me sonaban de nada… No tengo ni idea de
quiénes podrían ser…
—Ni yo —contestó
Lytta con una voz extraña—. Pero no ha sido una visión tuya.
Esa imagen estaba
dirigida a mí. Yo tampoco tengo ni idea de lo que podía significar.
Pero algo me dice
que no era nada bueno.
Cesaron los
truenos. La tormenta se alejaba. Tierra adentro.
www.lectulandia.com
- Página 57
—Toda esa videncia
suya no es más que charlatanería —insistió Jaskier, apretando las clavijas del
laúd—. Imágenes fraudulentas para aprovecharse de los pardillos. La fuerza de
la sugestión, y nada más. Pensaste en las espadas, y viste las espadas. ¿Qué más
se supone que viste? ¿Una procesión de cadáveres? ¿Una ola espantosa? ¿Una peña
con una forma grotesca? ¿Con forma de qué?
—Algo así como una
llave enorme —dijo el brujo, después de reflexionar—. O una cruz heráldica de
dos travesaños y medio…
El trovador se
quedó pensativo. Después mojó un dedo en la cerveza. Y trazó unas líneas en la
mesa.
—¿Se parecía a
esto?
—Ajá. Y tanto.
—¡Que el diablo me
lleve! —Jaskier rasgueó con fuerza las cuerdas, llamando la atención de toda la
taberna—. ¡Que me patee un ganso! ¡Ja, ja, amigo Geralt! ¿Cuántas veces me
habrás sacado de un apuro? ¿Cuántas veces me habrás ayudado? ¿Cuantos favores
te debo? ¡Incontables! Bueno, pues ahora me toca a mí. Puede que gracias a mí
recuperes tus famosas armas.
—¿Eh?
Jaskier se puso de
pie.
—Doña Lytta Neyd,
tu más reciente conquista, ante la que ahora mismo me inclino como excelsa
vidente e impar profetisa, en su videncia, de forma palmaria, clara e
inequívoca, ha señalado un lugar que conozco. Vamos a ver a Ferrant. Ahora
mismo. Tiene que facilitarnos una audiencia, por medio de sus contactos
secretos. Y proporcionarte una autorización para salir de la ciudad, de manera
oficial, a fin de evitar confrontaciones con esas hetairas del cuerpo de
guardia. Vamos a hacer una pequeña excursión. En realidad, no hay que ir muy
lejos.
—¿Adónde?
—He reconocido la
peña de tu visión. Técnicamente, es lo que se conoce como un cerro kárstico.
Pero los lugareños lo llaman el Grifo. Es un punto muy característico, y además
sirve como indicador en el camino que lleva a la residencia de cierta persona que,
de hecho, puede saber algo de tus espadas. El lugar al que vamos se llama
Revellín. ¿Te dice algo ese nombre?
www.lectulandia.com
- Página 58
Capítulo octavo
No tan sólo la
ejecución ni la artesanal maña acuerdan el valor de la espada del brujo. Tal
que las enigmáticas hojas de los elfos, o las de los gnomos, cuyo secreto
hállase ya perdido, la espada brujeril unida está mediante una potencia
misteriosa al brazo y los sentidos del brujo que la posee. Y gracias a los
arcanos de la magia es justamente aquélla tan segura contra los Poderes
Oscuros.
Pandolfo
Forteguerra, Tratado sobre las armas blancas
Voy a revelaros un
secreto. Sobre las espadas de los brujos. Es un bulo eso de que tienen no sé
qué poder secreto. Y que tan extraordinarias son sus armas que no las hay
mejores. Todo eso no es más que una ficción, inventada para aparentar. Lo sé de
fuentes totalmente fiables.
Jaskier, Medio
siglo de poesía
Reconocieron
enseguida la peña conocida como el Grifo, bien visible desde la distancia.
El lugar al que se
dirigían estaba situado más o menos a mitad de camino entre Kerack y Cidaris,
ligeramente retirado de la carretera que unía ambas ciudades, la cual
serpenteaba entre bosques y páramos rocosos. Tardaron un buen rato en llegar, y
mataron el tiempo a base de cháchara, a cargo sobre todo de Jaskier.
—Dice la voz
popular —decía el poeta— que las espadas que usan los brujos tienen propiedades
mágicas. Descartando esa patraña relativa a la impotencia sexual, algo tiene
que haber de cierto. Las vuestras no son unas espadas corrientes. ¿Algo que
comentar?
Geralt sujetó a su
yegua. Aburrida de la larga estancia en las cuadras, a Sardinilla cada dos por
tres se le antojaba lanzarse al galope.
—Pues claro que
tengo algo que comentar. Las nuestras no son unas espadas corrientes.
—Se afirma —Jaskier
hizo como si no hubiera captado la ironía— que la fuerza mágica de vuestras
espadas brujeriles, letal para los monstruos a los que os enfrentáis, reside en
el acero con el que son forjadas. Del propio material, o sea, de la mena procedente
de meteoritos caídos del cielo. ¿Cómo es eso? Al fin y al cabo, los meteoritos
no son mágicos, son un fenómeno natural, explicado científicamente. ¿De dónde
les vendría esa supuesta magia?
Geralt miró al
cielo, cada vez más oscuro por el norte. Parecía que se estaba preparando otra
tormenta. Y que les esperaba una buena mojadura.
—Si no recuerdo mal
—respondió con una pregunta—, ¿tú habías estudiado las siete artes liberales?
—Y me saqué el
diploma Summa cum laude.
—Dentro del
programa de astronomía, que forma parte del quadrivium, ¿asististe
www.lectulandia.com
- Página 59
a las clases del
profesor Lindenbrog?
—¿De Lindenbrog el
Viejo, llamado el Pabilo? —Jaskier se echó a reír—. ¡Pues claro! Me parece que
lo estoy viendo rascándose el culo y señalando con el puntero en mapas y
globos, mientras recita monótonamente. Sphera Mundi, eeeh, subdividitur en
cuatro Planos Elementales: Plano de la Tierra, Plano del Agua, Plano del Aire y
Plano del Fuego. La Tierra forma con el Agua la esfera terrestre, la cual está
rodeada por todas partes, eeeh, por el Aire, esto es, el Aer. Por encima del
Aire, eeeh, se extiende el Aether, el Aire Ardiente vel el Fuego. Por encima
del Fuego se sitúan los Sutiles Cielos Siderales, el Firmamentum de naturaleza
esférica. En éste se localizan las Erratica Sydera, las estrellas errantes, y
las Fixa Sydera, las estrellas fijas…
—No sé —refunfuñó
Geralt— qué admiro más, si tu talento para imitar como una mona o tu memoria.
Pero, volviendo a la cuestión que nos ocupaba: los meteoritos, que nuestro
honorable Pabilo definía como estrellas cadentes, Sydera Cadens, o algo por el
estilo, se desprenden del firmamento y vuelan hacia abajo para venir a hundirse
a nuestra vieja y buena tierra. Pero por el camino atraviesan los restantes
planos, es decir, las capas de elementos, así como de paraelementos, pues
también éstos, por lo visto, existen. Elementos y paraelementos están
saturados, como es sabido, de una poderosa energía, fuente de toda clase de
magia y de fuerza sobrenatural, y el meteorito, al atravesarlos, absorbe esa
energía y la retiene. El acero que se puede extraer del meteorito, al igual que
la hoja que se consigue forjar con dicho acero, contiene en si la fuerza de los
elementos. Es mágica. La espada, en su totalidad, es mágica. Quod demostrandum
est. ¿Lo has comprendido?
—Pues claro.
—Olvídalo. Es un
camelo.
—¿Qué?
—Que es un camelo.
Un invento. Uno no encuentra meteoritos así como así. Más de la mitad de las
espadas usadas por los brujos han sido fabricadas con acero de menas de
magnetita. Yo mismo las he utilizado. Son igual de buenas que las de siderita,
caída del cielo después de haber atravesado los elementos. No hay ninguna
diferencia en absoluto. Pero guárdatelo para ti, Jaskier, por favor te lo pido.
No se lo digas a nadie.
—¿Y eso? ¿Que me
calle? ¡No puedes exigirme eso! ¿Qué sentido tiene saber algo si uno no puede
fardar de lo que sabe?
—Por favor.
Prefiero que me tengan por una criatura sobrenatural armada con una espada
sobrenatural. En calidad de tal me contratan y en calidad de tal me pagan. Lo
corriente, por contra, se equipara a lo insignificante, y lo insignificante a
lo barato. Por eso, te ruego que mantengas el pico cerrado. ¿Me lo prometes?
—Como quieras. Te
lo prometo.
Reconocieron
enseguida la peña conocida como el Grifo, bien visible desde la
www.lectulandia.com
- Página 60
distancia.
Efectivamente, con
un poco de imaginación podía identificarse con una cabeza de grifo, asentada
sobre un largo cuello. No obstante, recordaba aún más —como señaló Jaskier— al
mástil de un laúd o de cualquier otro instrumento de cuerda.
El Grifo, por lo
visto, era un cerro que dominaba una gigantesca resurgencia. Aquella
resurgencia —Geralt se acordó de la historia, era conocida como la Fortaleza de
los Elfos, en razón de su forma, bastante regular, que hacía pensar en las
ruinas de una antiquísima construcción, con sus muros, sus torres, sus
bastiones y todo lo demás. No obstante, allí nunca había habido una fortaleza,
ni élfica ni de ningún otro tipo, la forma de la resurgencia era obra de la
naturaleza, una obra, había que reconocerlo, fascinante.
—Ahí, más abajo
—señaló Jaskier, poniéndose de pie en los estribos—. ¿Lo ves? Pues ésa es
nuestra meta. Revellín.
Y el nombre no
podía ser más acertado: unos cerros kársticos demarcaban la silueta de un gran
triángulo, asombrosamente regular, que se adelantaba desde la Fortaleza de los
Elfos a modo de bastión. En el interior de ese triángulo se alzaba una
construcción que recordaba a un fuerte. Rodeado por algo que parecía un
campamento amurallado.
Geralt se acordó de
los rumores que circulaban en torno a Revellín. Y en torno a quien allí
residía.
Se apartaron del
camino.
Varias entradas
permitían atravesar la primera empalizada, todas estaban vigiladas por
guardianes armados hasta los dientes. Por sus ropajes abigarrados y variopintos
era fácil identificarlos como soldados de fortuna. Ya el primer centinela les
dio el alto. Aunque Jaskier anunció a voz en grito que tenían concedida una
audiencia y subrayó expresamente sus buenas relaciones con el mando, les
hicieron apearse de los caballos y esperar. Mucho tiempo. Geralt empezaba ya a
impacientarse cuando por fin apareció un soldado con pinta de galeote, que les
mandó que le siguieran. Enseguida se dieron cuenta de que aquel jayán los
estaba llevando, dando un rodeo, hasta la parte posterior del complejo, de cuyo
centro les llegaban ruidos de voces y los ecos de la música.
Cruzaron un pequeño
puente. Enseguida se encontraron con un hombre tendido en el suelo,
prácticamente inconsciente, palpando a su alrededor. Tenía la cara cubierta de
sangre, tan hinchada que casi no se le veían los ojos en medio de la hinchazón.
Le costaba respirar, y cada vez que echaba aire le salían pompas de sangre por
la nariz partida. El jayán que los guiaba no le prestó la menor atención, de
modo que tanto Geralt como Jaskier hicieron también como si no lo hubieran
visto. Se hallaban en un territorio donde no convenía mostrar excesiva
curiosidad. No era aconsejable meter la nariz en los asuntos de Revellín: por
lo que se sabía, no era raro que en Revellín las narices entrometidas se
separasen de su dueño y acabasen quedándose en el lugar de su entrometimiento.
www.lectulandia.com
- Página 61
El soldado los
condujo a través de la cocina, donde se afanaban los cocineros. Borbollaban los
calderos, en los que, como pudo ver Geralt, estaban preparando cangrejos,
bogavantes y langostas. En las tinas se retorcían las anguilas y las morenas,
hervían en las cazuelas los mejillones y las almejas. La carne chisporroteaba
en las enormes sartenes. El servicio recogía las bandejas y platos cargados con
las viandas ya listas y se los llevaba por un pasillo.
Las siguientes
estancias estaban impregnadas, para variar, del aroma de los perfumes y
cosméticos de las damas. Frente a una hilera de espejos, cotorreando sin
tregua, una decena larga de mujeres, en diversos grados de desnudez incluyendo
a algunas que del todo lo estaban, retocaban su aspecto. También aquí Geralt y
Jaskier mantuvieron el semblante pétreo y no dejaron que sus ojos bailotearan
más de la cuenta.
En el siguiente
cuarto los sometieron a un registro exhaustivo. Quienes lo realizaron eran
tipos de aspecto serio, actitud profesional y actuación resolutiva. El estilete
de Geralt fue objeto de confiscación. A Jaskier, que nunca portaba armas, le
quitaron un peine y un sacacorchos. Pero —después de pensárselo dos veces— le
dejaron el laúd.
—Delante de su
eminencia hay unas sillas —les explicaron finalmente—. Tenéis que sentaros en
ellas. No tenéis que levantaros en tanto su eminencia no lo ordene. No le
interrumpáis al hablar. No habléis hasta que su eminencia haga alguna
indicación de que podéis. Y ahora pasad. Por esta puerta.
—¿Eminencia?
—farfulló Geralt.
—En tiempos fue
cura —replicó el poeta, en un susurro—. Pero no temas, no tomó los hábitos. En
todo caso, algún tratamiento tenían que darle sus subordinados, y él no soporta
que le llamen jefe. Nosotros no tenemos por qué tratarle de ningún modo.
Nada más entrar,
algo les salió al paso. Algo que era grande como una montaña y olía a almizcle
que tiraba de espaldas.
—Qué pasa, Mikita
—saludó a la montaña Jaskier.
El gigante llamado
Mikita, sin duda guardaespaldas del eminente jefe, era un mestizo, fruto del
cruce de un ogro y un enano. El resultado era un enano calvo que sobrepasaba
ampliamente los siete pies de altura, sin rastro de cuello, con barba rizada,
unos colmillos prominentes como los de un jabalí y unas manos que le llegaban a
la altura de las rodillas. No era frecuente ver un cruce así: se suponía que
las dos especies eran genéticamente muy diferentes, así que un ser como Mikita
no podía haber surgido de forma natural. Era inconcebible sin la ayuda de una
magia extraordinariamente poderosa. Una magia prohibida, dicho sea de paso.
Corrían rumores de que muchos hechiceros hacían caso omiso de las
prohibiciones. Geralt tenía delante de los ojos una prueba de la veracidad de
tales rumores.
Se sentaron, de
acuerdo con el protocolo vigente, en sendas sillas de mimbre. Geralt miró a su
alrededor. En el rincón más alejado de la sala, en una gran chaise-
www.lectulandia.com
- Página 62
longue dos
damiselas desvestidas se ocupaban la una de la otra. Mientras daba de comer a
un perro, un hombre bajito, anodino, encorvado e insignificante, que vestía una
amplia túnica bordada de flores y un fez con borla, observaba a las mujeres.
Una vez que le dio al perro el último bocado de bogavante, el hombre se frotó
las manos y se giró.
—Salud, Jaskier
—dijo, sentándose enfrente de ellos en algo que era clavadito a un trono, sólo
que de mimbre—. Mis respetos, don Geralt de Rivia.
Su eminencia Pyral
Pratt, considerado —no sin fundamento— el jefe del crimen organizado de toda la
región, tenía pinta de mercader de paños retirado. En un picnic de mercaderes
de paños retirados no llamaría la atención y nadie lo identificaría como persona
ajena al gremio. Al menos desde cierta distancia. Una observación más cercana
permitía detectar en Pyral Pratt algo de lo que los mercaderes de paños solían
carecer. Una vieja y pálida cicatriz en un pómulo, huella de una cuchillada. Un
gesto feo y siniestro en los finos labios. Unos ojos claros, amarillentos,
fijos como los de una pitón.
Durante un buen
rato nadie rompió el hielo. Desde detrás de la pared les llegaba la música, se
podía oír el rumor de las voces.
—Me alegro de veros
y de daros la bienvenida a los dos —dijo por fin Pyral Pratt. En su voz podía
detectarse una antigua y pertinaz afición a los alcoholes baratos y
deficientemente destilados—. Me alegro especialmente de verte a ti, cantor. —Su
eminencia sonrió a Jaskier—. No nos habíamos visto desde la boda de mi nieta,
cuando nos honraste con tu actuación. Precisamente me estaba acordando de ti,
porque otra de mis nietas se nos casa muy pronto. Confío en que esta vez
tampoco te negarás, gracias a nuestra vieja amistad. ¿Qué? ¿Cantarás en la
boda? ¿No te harás tanto de rogar como la otra vez? ¿No habrá que… convencerte?
—Cantaré, cantaré
—se apresuró a confirmar Jaskier, poniéndose algo pálido. —Y hoy —continuó
Pratt—, ¿te has dejado caer por aquí para preguntar por mi
salud, me imagino?
Pues de puto culo, así es como va mi salud.
Jaskier y Geralt no
hicieron el menor comentario. El enanogro apestaba a almizcle. Pyral Pratt
suspiró profundamente.
—Padezco —informó—
de una úlcera de estómago y de inapetencia, de modo que los placeres de la mesa
ya no son para mí. Se me han diagnosticado problemas de hígado y me han
prohibido la bebida. Tengo discopatía, tanto de vértebras cervicales como
lumbares, adiós al disfrute de la caza y de otros deportes extremos. En curas y
medicamentos se me va el dinero a espuertas, un dinero que antes solía gastar
en juegos de azar. El pajarito, hombre, digamos que aún se me levanta, pero
¡hay que ver lo que me cuesta! Hacerlo causa más fatigas que alegrías… ¿Qué es
lo que me queda? ¿Eh?
—¿La política?
Pyral Pratt se
partió de la risa, haciendo que le bailara la borla del fez.
—Bravo, Jaskier.
Como de costumbre, has dado en el clavo. Pues sí, la política,
www.lectulandia.com
- Página 63
eso si que me va
ahora. Al principio no me sentía inclinado. Primero pensé en dedicarme al
puterío e invertir en mancebías. Me moví entre políticos, conocí a unos
cuantos. Y me convencí de que es preferible tratar con las putas, porque las
putas por lo menos tienen su honor y algunos principios. Pero, por otra parte,
es más difícil gobernar un burdel que un ayuntamiento. Y mandar me apetecía, ya
que no en el mundo, como suele decirse, si al menos en una provincia. Como dice
ese viejo proverbio, si no puedes vencerlos, únete a ellos…
Hizo una pausa y
echó un vistazo a la chaise-longue, estirando el cuello. —¡Nada de fingir,
chicas! —gritó—. ¡No actuéis! ¡Más entusiasmo, más! Hum…
¿De qué estábamos
hablando?
—De política.
—Ah, sí. Pero la
política es la política, y a ti, brujo, te han robado tus famosas espadas. ¿No
es ésa la razón a la que debo el honor de darte la bienvenida?
—Ni más ni menos.
—Te han robado las
espadas. —Pratt sacudió la cabeza—. ¿Una pérdida dolorosa, imagino? Es evidente
que resulta dolorosa. E irreparable. Ja, siempre he dicho que Kerack es una
cueva de ladrones. Los de allá, en cuanto tienen ocasión, roban cualquier cosa que
no esté cerrada a cal y canto. Y, si se trata de cosas bien cerradas, siempre
llevan encima una palanqueta.
»Espero que haya
una investigación abierta —prosiguió después de una pausa—. ¿Se ocupa Ferrant
de Lettenhove? Permitidme que os diga la verdad a la cara, señores. Por parte
de Ferrant no hay que esperar milagros. Sin ánimo de ofender, Jaskier, pero tu
pariente estaría mejor de contable que de instructor. Lo único que maneja son
libros, códigos, párrafos, reglamentos, para él sólo cuentan las pruebas, las
pruebas y otra vez las pruebas. Como en la historia esa de la cabra y el
repollo. ¿No la sabéis? Un día dejaron encerrada en un corral a una cabra con
una cabeza de repollo. A la mañana siguiente no hay ni rastro del repollo, y
resulta que la cabra caga verde. Pero no había pruebas ni testigos. Total, que
el asunto fue archivado: causa finita. No quisiera ser un mal profeta, brujo
Geralt, pero el asunto del robo de tus espadas puede tener un desenlace
parecido.
Tampoco en esta
ocasión hizo Geralt ningún comentario.
—La primera espada
—Pyral Pratt se frotó la barbilla con una mano ensortijada
— es de acero. De
acero de siderita, de material procedente de un meteorito. Forjada en Mahakam,
en las forjas de los enanos. De una longitud de cuarenta pulgadas y media, la
hoja en si tiene veintisiete pulgadas y cuarto de largo. Extraordinariamente equilibrada,
el peso de la hoja iguala con precisión al de la empuñadura, el peso total del
arma está por debajo de las cuarenta onzas. La ejecución de la empuñadura y del
gavilán es simple, pero elegante.
»La segunda espada,
de parecido peso y longitud, es de plata. En parte, evidentemente. La espiga de
acero guarnecida en plata, los filos igualmente son de acero, la plata pura es
demasiado blanda para afilarla como es debido. Sobre el
www.lectulandia.com
- Página 64
gavilán y por toda
la hoja hay runas y glifos, según mis peritos es imposible descifrarlos, pero
indudablemente son mágicos.
—Una descripción
muy precisa. —Geralt tenía la cara de piedra—. Ni que hubieras visto las
espadas.
—Es que las he
visto. Me las trajeron y me las ofrecieron. Como representante de los intereses
del actual propietario, el intermediario, un individuo con una reputación
intachable y a quien yo ya conocía en persona, garantizaba que las espadas
habían sido adquiridas legalmente, que procedían de un hallazgo en Fen Cam, una
antigua necrópolis en Sodden. En Fen Cam han sido excavados incontables tesoros
y artefactos, así que en principio no había razón para dudar de su veracidad.
No obstante, yo tenía mis sospechas. Y no compré las espadas. ¿Me estás
escuchando, brujo?
—Con toda atención.
Estoy esperando a la conclusión. Y a los detalles.
—La conclusión es
la siguiente: una cosa por otra. Los detalles cuestan dinero. La información
lleva una etiqueta con el precio.
—Pero escucha…
—protestó Jaskier—. He venido aquí a verte por nuestra vieja amistad, con un
amigo en apuros…
—Los negocios son
los negocios —le interrumpió Pyral Pratt—. Ya he dicho que la información de
que dispongo tiene un precio. ¿Qué quieres averiguar algo sobre la suerte de
tus espadas, brujo de Rivia? Pues tienes que pagar.
—¿Qué precio figura
en la etiqueta?
Pratt sacó de
debajo de la túnica una gran moneda de oro y se la dio al enanogro. Éste, sin
aparente esfuerzo, la partió con los dedos, como si fuera una galleta. Geralt
sacudió la cabeza.
—Una banalidad
digna de un teatrillo de feria —dijo entre dientes—. Me das media moneda, y
alguien, un buen día, puede incluso que dentro de unos años, se presenta con la
otra mitad. Y pretende que se satisfagan sus exigencias. Las cuales he de
cumplir sin condiciones. De eso nada. Si ese es el precio, entonces no hay
trato. Causa finita. Vámonos, Jaskier.
—¿No estás
interesado en recuperar las espadas?
—No hasta ese
punto.
—Lo sospechaba.
Pero no costaba nada probarlo. Te haré otra oferta. Esta vez no la podrás
rechazar.
—Vámonos, Jaskier.
—Saldrás —Pratt
hizo una señal con la cabeza—, pero por otra puerta. Por ésa.
Después de haberte
desnudado. En paños menores.
Geralt pensaba que
tenía controlada la expresión de su cara. Debía de estar equivocado, porque el
enanogro soltó de repente un bramido de advertencia y se adelantó hacia él,
alzando sus garras y soltando un pestazo tremendo.
—¡Esto es una
burla! —proclamó bien alto Jaskier, bravucón y deslenguado, como siempre que
estaba junto al brujo—. Nos tomas el pelo, Pyral. De modo que te
www.lectulandia.com
- Página 65
decimos adiós y nos
vamos. Y por la misma puerta por la que hemos venido. ¡Acuérdate de quién soy
yo! ¡Me voy!
—No lo creo. —Pyral
Pratt sacudió la cabeza—. Ya quedamos en cierta ocasión en que no eres
particularmente listo. Pero si eres lo bastante listo como para no intentar
salir ahora.
Para subrayar el
peso de las palabras de su jefe, el enanogro les mostró el puño cerrado. Grande
como una sandía. Geralt callaba. Llevaba ya un rato mirando al gigante,
buscando algún punto sensible para una patada. Porque aquello no tenía pinta de
solucionarse sin una patada.
—Muy bien. —Pratt
con un gesto amansó al guardaespaldas—. Cederé un poco más, os daré una muestra
de mi buena voluntad y de mi deseo de alcanzar un compromiso. Hoy está aquí
reunida toda la élite local de la industria, el comercio y las finanzas, los
políticos, la nobleza, el clero, hasta hay un príncipe de incógnito. Les tengo
prometido un espectáculo como no han visto en su vida, y seguro que nunca han
visto a un brujo en gayumbos. Pues nada, rebajaré mis exigencias: saldrás
desnudo de cintura para arriba. A cambio obtendrás la información prometida, y
de forma inmediata. Aparte de eso, como prima… —Pyral Pratt cogió una hoja de
la mesa—. Como prima, doscientas coronas novigradas. Para el fondo de pensiones
del brujo. Toma, aquí tienes un cheque al portador, de la banca Giancardi,
puedes hacerlo efectivo en cualquiera de sus sucursales. ¿Qué dices a esto?
—¿Para qué
preguntas? —Geralt frunció los ojos—. Me parece que ya has dado a entender que
no puedo rechazar tu oferta.
—Y te parece bien.
He dicho que era una oferta que no podías rechazar. Pero creo que es
beneficiosa para ambos.
—Jaskier, coge el
cheque. —Geralt se desabrochó y se quitó la chaqueta—.
Habla, Pratt.
—No lo hagas.
—Jaskier palideció más aún—. ¿Cómo sabes lo que te espera detrás de esa puerta?
—Habla, Pratt.
—Como ya he dicho
—Su eminencia se repantigó en el trono—, rechacé la oferta de aquel
intermediario que me vendía las espadas. Pero, dado que se trataba, como ya he
dicho, de una persona a la que conocía bien y en la que confiaba, le sugerí
otros métodos, perfectamente viables, para sacar dinero por ellas. Le aconsejé
que su actual propietario las ofreciese en subasta. En la casa de subastas de
los hermanos Borsody, en Novigrado. Se trata de la mayor y más reputada subasta
para coleccionistas, allí se da cita gente de todo el mundo aficionada a las
rarezas, a las antigüedades, a las obras de arte singulares, a las piezas
únicas y a toda clase de chifladuras. Con tal de incorporar alguno de esos
fenómenos a sus colecciones, esos majaretas pujan como locos, las
excentricidades más exóticas se pueden encontrar en Casa Borsody, a menudo por
sumas exorbitantes. En ningún otro sitio se puede vender algo por más dinero.
www.lectulandia.com
- Página 66
—Habla, Pratt. —El
brujo se quitó la camisa—. Te escucho.
—Las subastas en la
Casa Borsody se celebran una vez al trimestre. La próxima tendrá lugar en
julio, el día 15. Seguro que el ladrón se presenta allí con tus espadas. Con
una pizca de suerte conseguirás quitárselas antes de que salgan a subasta.
—¿Y eso es todo?
—No está nada mal.
—¿Identidad del
ladrón? ¿O del intermediario?
—La identidad del
ladrón la desconozco —le cortó Pratt—. Y la del intermediario no la voy a
revelar. Así son los negocios, se rigen por una serie de leyes, de reglas y, no
menos importante, de usos. Perdería la cara. Ya te he revelado bastante, más
que suficiente para lo que te exijo a cambio. Acompáñalo a la pista, Mikita. Y
tú, Jaskier, ven conmigo, no nos lo podemos perder. ¿A qué esperas, brujo?
—¿Es que tengo que
salir sin armas? ¿No basta con tener que salir con el torso desnudo? ¿También
tengo que salir indefenso?
—He prometido a mis
invitados —explicó Pratt, despacio, como si estuviera
hablándole a un
niño— algo que no han visto en su vida. Un brujo armado es una
cosa muy vista.
—Vale.
Geralt apareció en
una pista de arena, en medio de un círculo delimitado por unos postes de madera
clavados en el suelo, iluminado por los destellos de incontables faroles que
colgaban de unas barras de hierro. Oía los gritos, los vivas, los bravos, los silbidos.
Veía los rostros situados por encima de la pista, las bocas abiertas, las
miradas de excitación.
Enfrente de él, en
el extremo opuesto de la pista, algo se movió. Y saltó.
Geralt apenas tuvo
tiempo de formar con los antebrazos la Señal del Heliotropo.
El encantamiento
detuvo y rechazó el ataque de la bestia. La audiencia gritó a coro.
El lagarto de dos
patas recordaba a un viverno, pero era más pequeño, del tamaño de un dogo
grande. Tenía, eso sí, una cabeza bastante mayor que la del viverno. Unas
fauces dentadas mucho mayores. Y una cola mucho más larga, con una punta fina
como un látigo. El lagarto agitó con fuerza la cola, barrió con ella la arena,
fustigó los postes. Con la cabeza gacha, embistió nuevamente al brujo.
Geralt estaba
preparado, lo golpeó con la Señal de Aard y lo rechazó. Pero el lagarto
consiguió azotarlo con el extremo de la cola. La audiencia volvió a gritar. Las
mujeres chillaban. El brujo notó cómo le salía en el hombro desnudo y se le iba
hinchando un bulto alargado, gordo como un salchichón. Ya sabía por qué le
habían ordenado desvestirse. También había identificado a su adversario. Era un
vigilosaurio, un lagarto mutante criado a propósito de forma mágica, empleado
en tareas de vigilancia y protección. La cosa no pintaba nada bien. El
vigilosaurio trataba la pista como un sitio cuya defensa le habían encomendado.
Geralt, por contra, era un intruso al que había que reducir. Y, si hacía falta,
eliminar.
El vigilosaurio
bordeó la pista, muy pegado a los postes, siseando con furia. Y
www.lectulandia.com
- Página 67
atacó, muy deprisa,
sin darle tiempo a armar una Señal. El brujo saltó ágilmente, fuera del alcance
de las fauces dentadas, pero no pudo evitar un nuevo azote con la cola. Sintió
cómo le empezaba a salir una nueva hinchazón, al lado de la anterior.
La Señal del
Heliotropo volvió a bloquear el ataque del vigilosaurio. El lagarto sacudió la
cola con un silbido. Geralt captó un cambio en el tono del silbido, lo detectó
un segundo antes de que el extremo de la cola le alcanzara en mitad de la
espalda. El dolor le cegó, mientras la sangre le corría por la espalda. La
audiencia estaba enloquecida.
Las Señales se
volvían más débiles. El vigilosaurio lo rodeaba tan deprisa que el brujo apenas
tenía tiempo de responder. Consiguió evitar dos nuevos latigazos con la cola,
pero el tercero no lo pudo esquivar, recibió una nueva sacudida en un omóplato,
también esta vez con la afilada punta. La sangre le caía a chorros por la
espalda.
La audiencia rugía,
los espectadores se desgañitaban y daban saltos. Uno de ellos, con intención de
ver mejor, se inclinó por encima de la balaustrada, apoyándose en una de las
barras de hierro de las que colgaban los faroles. La barra se partió y cayó a
la pista con el farol. La barra se clavó en la arena, pero el farol fue a parar
a la cabeza del vigilosaurio, y se prendió. El lagarto se lo quitó de encima,
sembrando una cascada de chispas a su alrededor, y empezó a sisear, al tiempo
que se frotaba la frente contra los postes de la pista. En ese momento Geralt
vio una oportunidad. Arrancó la barra de la arena, cogió carrerilla, dio un
salto y ensartó con ímpetu el hierro en la cabeza del lagarto. La barra lo
atravesó de parte a parte. El vigilosaurio empezó a agitarse, sacudiendo
caóticamente las garras delanteras, trataba de librarse como fuera del hierro
que le trepanaba los sesos. Después de una serie de saltos descoordinados acabó
golpeándose contra un poste e hincando los dientes en la madera. Durante un
tiempo sufrió convulsiones, mientras escarbaba la arena con las garras y daba
latigazos con la cola. Finalmente se quedó inmóvil.
Los muros se venían
abajo con la ovación.
Geralt abandonó la
pista por la escalerilla que le tendieron. Los entusiasmados espectadores lo
rodearon por todas partes. Alguien le dio unas palmadas en el hombro hinchado,
apenas pudo aguantarse las ganas de partirle la cara. Una mujer joven le besó en
la mejilla. Otra, aún más joven, le limpió la sangre de la espalda con un
pañuelo de batista, e inmediatamente lo extendió para mostrárselo triunfante a
sus amigas. Otra, mucho más vieja, se quitó un collar del cuello marchito y
quiso dárselo a Geralt. El brujo le puso tal cara que la mujer prefirió
perderse entre la multitud.
Empezó a apestar a
almizcle: a través de la muchedumbre, como un barco a través de los sargazos,
se acercó el enanogro Mikita. Protegió con su cuerpo al brujo y lo acompañó.
Llamaron a un
médico, que examinó a Geralt y le puso unos puntos. Jaskier estaba muy pálido.
Pyral Pratt, tan tranquilo. Como si tal cosa. Pero de nuevo la cara del brujo
tuvo que ser muy elocuente, porque Pratt se lanzó a dar explicaciones.
—Por cierto —dijo—,
que esa barra, previamente serrada y afilada, ha caído en la
www.lectulandia.com
- Página 68
pista por
indicación mía.
—Gracias por darte
tanta prisa.
—Los invitados
estaban en el séptimo cielo. Hasta al alcalde Coppenrath se le veía contento,
incluso radiante, y mira que es difícil contentar a ese hijoputa, sólo sabe
arrugar la nariz, serio como un burdel un lunes por la mañana. El cargo de
edil, ja, lo tengo en el bolsillo. Y aún puede que llegue más alto, si… ¿No
volverías a actuar dentro de una semana, Geralt? ¿Con un espectáculo parecido?
—Sólo en el caso
—el brujo movió el hombro, que le dolía a rabiar— de que en lugar de un
vigilosaurio estés tú en la pista, Pratt.
—Qué bromista, ja,
ja. ¿Has visto, Jaskier, qué bromista está hecho?
—Sí, ya lo he visto
—confirmó el poeta, mirando la espalda de Geralt y apretando los dientes—. Pero
no era una broma, lo ha dicho completamente en serio. También yo, con la misma
seriedad, te comunico que la fiesta del casamiento de tu nieta no la voy a honrar
con mi actuación. Por haber tratado a Geralt como lo has tratado, ya te puedes
ir olvidando. Y lo mismo digo de otras eventuales ocasiones, incluidos bautizos
y entierros. El tuyo, entre ellos.
Pyral Pratt lo
miró, y hubo un brillo en sus ojos reptilianos.
—No muestras
respeto, cantor —dijo entre dientes—. Otra vez que no muestras respeto. Te
estás ganando una lección. Un buen escarmiento…
Geralt se acercó,
se paró delante de él. Mikita suspiró ruidosamente, levantó el puño, soltó un
pestazo a almizcle. Pyral Pratt lo calmó con un gesto.
—Pierdes la cara,
Pratt —dijo pausadamente el brujo—. Hicimos un trato, al estilo clásico, según
las reglas y los usos, no menos importantes que aquéllas. Tus invitados están
satisfechos con el espectáculo, tú has ganado prestigio y han mejorado tus perspectivas
de hacerte con algún cargo en el ayuntamiento. Yo he, conseguido la información
requerida. Una cosa por otra. Ambas partes están satisfechas, así que ahora
toca separarse sin rencor y sin rabia. En lugar de eso, te permites amenazarme.
Pierdes la cara. Vámonos, Jaskier.
Pyral Pratt
palideció levemente. Tras lo cual, les habló dándoles la espalda. —Tenía la
intención —soltó por encima del hombro— de invitaros a cenar. Pero
por lo visto tenéis
prisa. Así que adiós. Y alegraos de que os deje salir de Revellín intactos. Las
faltas de respeto acostumbro a castigarlas. Pero no os detendré.
—Muy razonable.
Pratt se volvió.
—¿Cómo?
Geralt le miró a
los ojos.
—Aunque te guste
creer otra cosa, no eres particularmente listo. Pero sí eres lo bastante listo
como para no intentar detenerme.
Acababan de dejar
atrás la resurgencia y habían alcanzado los primeros álamos al
www.lectulandia.com
- Página 69
borde del camino
cuando Geralt detuvo al caballo y aguzó el oído.
—Nos vienen
siguiendo.
—¡Me cagüen! —A
Jaskier le castañetearon los dientes—. ¿Quiénes? ¿Los bandidos de Pratt?
—No importa
quiénes. Venga, a toda castaña hasta Kerack. Escóndete en casa de tu primo. A
primera hora acércate al banco con el cheque. Después nos vemos en El Cangrejo
y la Anguila.
—¿Y tú?
—No sufras por mí.
—Geralt…
—Déjate de
cháchara, y espolea al caballo. ¡Vamos, vuela! Jaskier obedeció, se inclinó en
la silla y puso al caballo al galope. Geralt se dio la vuelta, esperó tan
tranquilo. Unos jinetes salieron de las sombras. Seis jinetes.
—¿El brujo Geralt?
—Yo mismo.
—Ven con nosotros
—dijo con voz ronca el más cercano—. Sin majaderías, ¿estamos?
—Suelta las
riendas, o lo lamentarás.
—¡Sin majaderías!
—El jinete retiró la mano—. Y nada de violencia. Gente de ley y orden somos. Y
no unos facinerosos. Por orden del príncipe venimos.
—¿De qué príncipe?
—Ya lo verás. Tras
nuestro.
Echaron a andar. Un
príncipe, recordó Geralt, entre los invitados en Revellín había un príncipe de
incógnito, según Pratt. Las cosas no iban por buen camino. Los contactos con
príncipes no solían ser placenteros. Y casi nunca terminaban bien.
No fueron muy
lejos. Sólo hasta un cruce de caminos, hasta una posada con las ventanas
iluminadas, en la que olía a humo. Entraron en la sala principal, casi vacía,
salvo por unos cuantos mercaderes, entretenidos con la cena. La puerta de un
reservado estaba custodiada por dos soldados con capas azules, de idéntico
corte y color a las que llevaba la escolta de Geralt. Entraron.
—Alteza…
—Salid. Y tú
siéntate, brujo.
El hombre que
estaba sentado a la mesa llevaba una capa parecida a la de sus soldados, aunque
más ricamente bordada. Una capucha le tapaba el rostro. No hacía falta. El
candil que había en la mesa sólo alumbraba a Geralt, el misterioso príncipe se
ocultaba en las sombras.
—Te he visto en la
pista, en casa de Pratt —dijo—. Ha sido un espectáculo en verdad impresionante.
Ese salto y ese golpe de arriba abajo, apoyándote con todo el peso del cuerpo…
El hierro, y eso que no era más que una especie de barra, le atravesó los sesos
al dragón como si fueran mantequilla. Creo que de haberse tratado,
www.lectulandia.com
- Página 70
no sé, de una
rogatina de combate o de una pica, habría podido taladrar una cota de malla,
puede que incluso una coraza… ¿Qué piensas?
—Es de noche, ya es
tarde. No hay forma de pensar cuando el sueño se apodera de uno.
Desde la sombra, el
hombre soltó una carcajada.
—No perdamos el
tiempo, en tal caso. Y vayamos al grano. Te necesito. A ti, brujo. Para un
trabajo de brujo. Y resulta, sorprendentemente, que tú también me necesitas a
mí. Puede que incluso más.
»Soy Xander,
príncipe de Kerack. Ardo en deseos de convertirme en Xander I, rey de Kerack.
En este momento, para pesar mío y para desgracia de mi país, el rey de Kerack
es mi padre, Belohun. El viejo esta en plena forma, aún puede reinar, lagarto,
lagarto, otros veinte años más. No tengo ni tiempo ni ganas de esperar tanto.
¡Ni de lejos! Aunque esperase, ni siquiera estoy seguro del éxito, en cualquier
momento el viejo puede nombrar otro sucesor al trono, tiene una buena colección
de descendientes. Justamente se dispone a engendrar al siguiente: para el día
de Lammas están anunciadas las bodas reales, con una pompa y esplendor que el
país no se puede permitir. Un roñica como él, que sale a hacer sus necesidades
al parque para no desgastar el esmalte del orinal, va a invertir en el banquete
una montaña de oro. Dejando el tesoro exhausto. Yo seré mejor rey. La pega es
que quiero serlo ya mismo. Lo antes que pueda. Y para eso me haces falta.
—Entre los
servicios que presto no se incluye la ejecución de revueltas palaciegas. Ni el
regicidio. Y es muy posible que el príncipe tenga en mente algo así.
—Quiero ser rey.
Para ello, mi padre tiene que dejar de serlo. Y mis hermanos tienen que ser
eliminados de la sucesión.
—Regicidio más
fratricidio. No, noble príncipe. Debo renunciar. Lo lamento.
—No es verdad
—gruñó el príncipe en la sombra—. No lo lamentas. Todavía no.
Pero lo lamentarás,
te lo prometo.
—El príncipe
debería saber que amenazarme con la muerte no conduce a nada. —¿Quién ha
hablado de muerte? Soy príncipe, hijo de rey, no un asesino. Hablo
de una elección. O
mi favor o mi disfavor. Haz lo que te pido y disfrutarás de mi favor. Y créeme
que te va a ser muy necesario. Ahora que te espera un proceso y una sentencia
por estafa. Los próximos años los vas a pasar, se dice, remando en una galera.
¿Pensabas, por lo visto, que ya te habías librado? ¿Que tu causa había sido
sobreseída? ¿Que esa maga de Neyd, que te deja cepillártela para darse un
capricho, iba a retirar la acusación y santas pascuas? Estás equivocado. Albert
Smulka, el zalmedina de Ansegis, ha confesado. Y su confesión te incrimina.
—Esa confesión es
falsa.
—Será difícil
demostrarlo.
—Hay que demostrar
la culpabilidad. No la inocencia.
—Buen chiste. De lo
más divertido. Pero yo no me reiría si estuviera en tu pellejo. Echa un
vistazo. Éstos —el príncipe arrojó sobre la mesa un legajo de
www.lectulandia.com
- Página 71
papeles— son los
documentos. Declaraciones autentificadas, relatos de testigos. La localidad de
Cizmar, el brujo contratado, la leucrota muerta. En la factura constan setenta
coronas, realmente se pagaron cincuenta y cinco, la diferencia dividida a medias
con un funcionario local. La aldea de Sotonin, una araña gigantesca. Muerta,
según la factura, por noventa, en realidad por sesenta y cinco, según ha
reconocido el alcalde. En Tiberghien mató a una arpía, se facturaron cien
coronas, en la práctica se pagaron setenta. Y tus proezas y fraudes anteriores:
el vampiro del castillo Petrelsteyn, que nunca existió y le costó al burgrave
mil ducados, en números redondos. El licántropo de Guaamez, que por cien
coronas habría sido desencantado y curado mágicamente, un asunto de lo más
sospechoso, pues se antoja demasiado barato para semejante desencantamiento. El
echinops, o más bien algo que le llevaste al alcalde de Martindelcampo y que tú
llamabas echinops. Los gules del cementerio a las afueras de Zgraggen, que le costaron
al concejo ochenta coronas, aunque nadie vio los cuerpos, ya que fueron
devorados por, ja, ja, otros gules. ¿Qué tienes que decir a todo eso, brujo?
Eso son pruebas.
—Me atrevo a decir
que el príncipe se equivoca —repuso Geralt con calma—. Eso no son pruebas. Son
calumnias inventadas, y además inventadas sin tino. Nunca me han contratado en
Tiberghien. De la aldea de Sotonin no he oído hablar siquiera. Cualquier factura
de ese sitio es por lo tanto una falsificación evidente, no será difícil
demostrarlo. Y los gules que maté en Zgraggen fueron, desde luego, devorados,
ja, ja, por otros gules, pues ésas, y no otras, ja, ja, son las costumbres de
los gules. Y desde entonces los muertos que entierran en aquel cementerio se
convierten en polvo sin que nadie los moleste, pues los gules que sobrevivieron
se largaron de allí. Los demás disparates que figuran en esos papeles no tengo
ganas ni de comentarlos.
—Sobre la base de
estos papeles —el príncipe puso la mano en los documentos— se sigue un proceso
contra ti. El cual va a durar mucho tiempo. ¿Serán verdaderas las pruebas?
¿Quién puede saberlo? ¿Cuál será finalmente el veredicto? ¿Y a quién le
importa? Eso es lo de menos. Lo importante es el hedor que va a desprender todo
esto. Y que te acompañará hasta el final de tus días.
»Algunas personas
—prosiguió— te encontraban repugnante, pero se veían obligadas a tolerarte por
ser un mal menor, como matador de los monstruos que los amenazaban. Otras no te
soportaban, por ser un mutante, sentían asco y abominación de una criatura no
humana. Otras te tenían pánico y te odiaban por culpa de su propio terror. Todo
eso caerá en el olvido. Tu fama de asesino competente y tu mala reputación como
brujo también se las llevará el viento, como una pluma, el asco y el miedo
serán olvidados. Te recordarán únicamente como ladrón insaciable y como
defraudador. Aquél que ayer sentía temor de ti y de tus conjuros, que apartaba
la mirada, que al verte escupía o se llevaba la mano al amuleto, mañana soltará
una risotada y le dará con el codo al compañero. Mira, por ahí va el brujo
Geralt, ¡ese miserable falsario, ese embustero! Si no aceptas el encargo que
quiero encomendarte, brujo, te voy a destruir. Arruinaré tu reputación. A menos
que me sirvas. Tú decides.
www.lectulandia.com
- Página 72
¿Sí o no?
—No.
—No vayas a creerte
que te van a ayudar tus contactos, Ferrant de Lettenhove o tu querida hechicera
pelirroja. El instigator no va a poner en peligro su propia carrera, y el
Capítulo prohíbe a una bruja implicarse en una causa criminal. Nadie te va a
ayudar cuando la maquinaria judicial te triture con sus engranajes. Te ordeno
que te decidas, ¿sí o no?
—No.
Definitivamente no, noble príncipe. Ya puede salir ése que está escondido en la
cámara de al lado.
El príncipe, para
sorpresa de Geralt, se echó a reír. Y dio un manotazo en la mesa. Rechinó una
puerta, y de la cámara vecina asomó una figura. Conocida, a pesar de la
oscuridad.
—Has ganado la
apuesta, Ferrant —dijo el príncipe—. Dirígete mañana a mi secretario para
reclamarle lo convenido.
—Agradezco vuestro
favor, príncipe —repuso con una ligera inclinación Ferrant de Lettenhove,
instigator real—, pero la apuesta la he realizado, exclusivamente, en un plano
simbólico. Para subrayar hasta qué punto estoy seguro de mis razones. No se
trataba del dinero…
—El dinero que has
ganado —le interrumpió el príncipe— también para mí es solamente un símbolo,
como lo es la marca de la ceca de Novigrado que está grabada en él o el perfil
del actual jerarca. Debes saber, debéis saber los dos, que yo también he ganado.
He encontrado algo que creía perdido para siempre. En concreto, la fe en las
personas. Te diré, Geralt de Rivia, que Ferrant estaba completamente seguro de
tu reacción. Debo confesar que a mí me parecía una ingenuidad. Estaba
convencido de que acabarías inclinando la cabeza.
—Todos habéis
ganado algo —constató Geralt con acritud—. ¿Y yo?
—Tú también —dijo
muy serio el príncipe—. Habla, Ferrant. Explícale de qué iba todo esto.
—Su alteza aquí
presente, el príncipe Egmund —aclaró el instigator—, ha tenido a bien hacerse
pasar por un rato por su hermano menor, Xander. Y también, simbólicamente, por
sus otros hermanos, pretendientes al trono. El príncipe sospechaba que Xander o
cualquier otro miembro de la familia podía intentar, con el fin de conquistar
el trono, hacerse con los servicios de algún brujo que estuviera disponible. De
ahí que decidiéramos… escenificar algo parecido. Y ahora sabemos que si algo
así hubiera ocurrido en realidad… si alguien, efectivamente, te hubiera hecho
una proposición deshonesta, tú no te habrías dejado engatusar con el cuento del
favor del príncipe. Y no te habrías plegado a la amenaza ni al chantaje.
—Entiendo. —El
brujo asintió con la cabeza—. E inclino la frente ante el talento. El príncipe
se ha identificado con el personaje a la perfección. Cuanto ha tenido a bien
decir de mí, las opiniones que sobre mí ha vertido, no las he percibido como
una actuación. Al contrario. Me han parecido sumamente sinceras.
www.lectulandia.com
- Página 73
—La mascarada tenía
un objetivo —dijo Egmund, rompiendo un incómodo silencio—. Lo he conseguido, y
no pienso darte más explicaciones. Pero tú también vas a sacar un beneficio.
Económico. De hecho, tengo intención de contratar tus servicios. Y de remunerártelos
generosamente. Habla, Ferrant.
—El príncipe Egmund
—dijo el instigator— teme que se produzca un atentado contra la vida de su
padre, el rey Belohun, algo que podría tener lugar durante las bodas previstas
para el día de Lammas. El príncipe estaría más tranquilo si en esa ocasión se
ocupara de la seguridad del rey… Alguien como el brujo. Sí, si, no me
interrumpas, ya sabemos que los brujos no son guardaespaldas ni guardias
pretorianos, que su razón de ser es la defensa de la población ante la amenaza
que representan los monstruos mágicos, sobrenaturales y aberrantes…
—Eso es lo que
dicen los libros —le cortó el príncipe, impaciente—. En la vida real ha habido
de todo. A los brujos los contrataban para proteger caravanas que viajaban a
través de parajes inhóspitos y remotos, infestados de monstruos. Pero no era
raro que, en lugar de monstruos, fueran simples bandoleros los que atacaran a
los mercaderes, y los brujos no se negaban a sacudirles. Tengo motivos para
temer que durante las bodas del rey pueda haber ataques de… basiliscos. ¿Te
ocuparías de defendernos frente a los basiliscos?
—Eso depende.
—¿De qué depende?
—De si aún continúa
la función. Y no estoy siendo objeto de una nueva provocación. Por parte de
algún otro hermano, por ejemplo. Tengo la impresión de que talento para actuar
no falta en la familia.
Ferrant protestó.
Egmund dio un puñetazo en la mesa.
—No te pases de
listo —gruñó—. Y no te olvides. Te he preguntado si te ibas a ocupar de eso.
¡Contesta!
—Podría —asintió
Geralt— ocuparme de la defensa del rey frente esos hipotéticos basiliscos. Por
desgracia, en Kerack me han robado las espadas. Los servidores del rey siguen
sin dar con el rastro del ladrón y probablemente no están haciendo demasiado al
respecto. Sin mis espadas yo soy incapaz de defender a nadie. Así pues, debo
declinar el ofrecimiento por razones objetivas.
—Si se trata tan
sólo de las espadas, entonces no va a haber ningún problema. Las encontraremos.
¿Verdad, señor instigator?
—Sin sombra de
duda.
—Ya lo ves. El
instigator real lo afirma sin sombra de duda. ¿Y ahora? —Primero he de
recuperar mis espadas. Sin sombra de duda.
—Mira que eres
testarudo. Pero sea, tú ganas. Quiero hacer constar que serás debidamente
compensado por tus servicios, y te aseguro que no te pareceré avaro. En lo
tocante a otras ventajas, algunas las vas a disfrutar de inmediato, como un
anticipo, en prueba de mi buena voluntad. Tu causa en el juzgado puedes darla
ya por cerrada. Habrá que cumplir con una serie de formalidades, y la
burocracia no sabe lo que son
www.lectulandia.com
- Página 74
las prisas, pero ya
puedes considerarte una persona libre de sospechas y con libertad de
movimientos.
—Enormemente
agradecido. ¿Y qué hay de las declaraciones y de las facturas?
¿La leucrota de
Cizmar, el licántropo de Guaamez? ¿Qué hay de los documentos?
¿Aquellos que el
príncipe tuvo a bien utilizar como… parte del atrezo teatral?
—Los documentos
—Egmund le miró a los ojos— de momento se quedan conmigo. En un lugar seguro.
Sin sombra de duda.
Cuando volvía, la
campana del rey Belohun daba las doce en punto.
Coral, hay que
decirlo en su honor, viendo su espalda conservó la calma y la presencia de
ánimo. Supo controlarse. Ni siquiera le cambió la voz. Apenas.
—¿Quién te ha hecho
esto?
—Un vigilosaurio.
Una especie de lagarto…
—¿Estos puntos te
los ha puesto un lagarto? ¿Has dejado que te cosiera un lagarto?
—Los puntos me los
ha puesto un médico. El lagarto…
—¡Al diablo el
lagarto! ¡Mozaïk! ¡Escalpelo, tijeras, pinzas! ¡Aguja y catgut! ¡Elixir
pulchellum! ¡Esencia de aloe! ¡Unguentum ortolani! ¡Tampón y gasa esterilizada!
¡Y prepara un sinapismo de mostaza y miel! ¡Muévete, muchacha!
Mozaïk se
desenvolvía a un ritmo digno de admiración. Lytta se puso manos a la obra. El
brujo sufría en silencio.
—A los médicos que
no dominan la magia —maldecía la hechicera, al tiempo que cosía— habría que
prohibirles ejercer. Enseñar en una facultad, bueno. Recoser los cadáveres
después de las disecciones, vale. Pero no deberían dejar que se acercaran a los
pacientes vivos. Aunque no es que confíe mucho en que eso vaya a pasar, todo va
en el sentido contrario.
—La magia no es lo
único que cura —se aventuró a dar una opinión Geralt—. Y alguien tiene que
curar. Sólo hay un puñado de magos especializados en curaciones, los hechiceros
corrientes no quieren curar. No tienen tiempo, o piensan que no vale la pena.
—Y hacen bien. Las
consecuencias de la superpoblación pueden ser fatales. ¿Qué es eso con lo que
estás jugando?
—El vigilosaurio
estaba marcado con esto. Lo tenía fijado a la piel. —¿Se lo arrancaste como si
fuera un trofeo que te habías ganado? —Se lo arranqué para enseñártelo.
Coral examinó
aquella placa ovalada de latón, del tamaño de una mano de niño. Y la marca
grabada en ella.
—Un curioso cúmulo
de circunstancias —dijo, aplicándole el sinapismo a la espalda—. Teniendo en
cuenta que te dispones a ir hacia allá.
—¿Que yo me
dispongo? Ah, si, es verdad, lo había olvidado. Tus cofrades y sus
www.lectulandia.com
- Página 75
planes
concernientes a mi persona. ¿Se han concretado ya esos planes?
—Desde luego. Me ha
llegado un mensaje. Piden que acudas al castillo de Rissberg.
—Me lo piden, es
conmovedor. Al castillo de Rissberg. Sede del famoso Hortulano. Una petición,
deduzco, a la que no puedo negarme.
—No te lo
aconsejaría. Piden que acudas urgentemente. Teniendo en cuenta tus
magulladuras, ¿cuándo podrás ponerte en camino?
—Teniendo en cuenta
mis magulladuras, dímelo tú. Médica.
—Te lo diré. Más
tarde… Ahora, en cambio… Vas a estar fuera una temporada, te voy a echar de
menos… ¿Cómo te encuentras ahora? Podrás… Eso es todo, Mozaïk. Vete a tu cuarto
y no nos molestes. ¿Qué se supone que significa esa sonrisita, muchacha? ¿Voy a
tener que dejártela congelada en los labios para siempre?
www.lectulandia.com
- Página 76
Interludio
Jaskier, Medio
siglo de poesía
(fragmento de un
borrador que nunca
ha formado parte de
la edición oficial)
En verdad, el brujo
tenía mucho que agradecerme. Cada día que pasaba, más.
La visita a Pyral
Pratt en Revellín, concluida, como sabéis, de forma accidentada y sangrienta,
le reportó, no obstante, ciertos beneficios. Geralt dio con la pista del ladrón
de sus espadas. En parte, fue obra mía, pues fui yo quien, gracias a mi ingenio,
encaminé a Geralt hacia Revellín. Y al día siguiente fui yo, y no otro, quien
le proporcionó una nueva arma a Geralt. No podía verlo yendo por ahí desarmado.
¿Decís que un brujo nunca está indefenso? ¿Que es un mutante adiestrado para
todo género de combates, dos veces más fuerte y diez veces más rápido que un
individuo normal? ¿Que derriba a tres rufianes armados en un santiamén, con una
duela de roble? ¿Que para colmo domina la magia, merced a sus Señales, que como
arma no están nada mal? Cierto. Pero una espada es una espada. Cuántas veces no
me habrá repetido que sin espada se siente desnudo. Total, que le proveí de una
espada.
Pratt, como ya
sabéis, nos había mostrado su agradecimiento, al brujo y a mí, con una suma de
dinero, no es que fuera demasiado esplendido, pero menos da una piedra. Al día
siguiente por la mañana, siguiendo instrucciones de Geralt, acudí corriendo con
el cheque a la sucursal de los Giancardi. Presenté el cheque para hacerlo
efectivo. Mientras esperaba, eché un vistazo a mi alrededor. Y vi que alguien
me estaba mirando atentamente. Una mujer, no muy mayor, aunque tampoco joven,
con ropas de buen gusto y elegantes. No es raro que una mujer me mire
fascinada, mi arrebatador encanto varonil muchas mujeres lo encuentran
irresistible.
De pronto la mujer
se me acerca, se me presenta como Etna Asider y dice que me conoce. Es algo
increíble, todo el mundo me conoce, la fama me precede allá adonde voy.
—Me han llegado
noticias, poeta —dice—, de la desgracia que ha sufrido tu camarada, el brujo
Geralt de Rivia. Sé que ha perdido sus armas y que necesita urgentemente una
nueva. También sé lo difícil que es hacerse con una buena espada. El caso es
que dispongo de una espada así. Es una herencia de mi difunto marido, que Dios
lo tenga en su gloria. Precisamente había venido al banco para obtener algo de
dinero por esa espada, pues, ¿de qué le sirve una espada a una viuda? El banco
me ha tasado la espada y quieren que se la deje en depósito. Yo, en cualquier
caso, necesito dinero urgentemente, pues tengo que pagar deudas de mi marido,
si no los acreedores se me van a comer viva. Así que…
Dicho lo cual,
levanta la mujer un envoltorio de damasco y descubre una espada.
www.lectulandia.com
- Página 77
Un prodigio, debo
decir. Ligera cual pluma. La vaina bonita, elegante, la empuñadura de piel de
lagarto, el gavilán dorado, un jaspe en el pomo como un huevo de paloma. La
saco de la vaina y no doy crédito a mis ojos. En la hoja, muy cerca del
gavilán, una marca de orfebre con forma de sol. Y justo al lado, una
inscripción: «No la desenfundes sin motivo, no la enfundes sin honor». O sea,
un arma forjada en Nilfgaard, en Viroledo, ciudad célebre en todo el mundo por
sus forjas de espadas. Acaricio el filo con la yema del pulgar: como una navaja
de afeitar, os digo.
Como no soy ningún
pardillo, hago como si nada, miro con aire indiferente a los empleados del
banco ocupándose de sus cosas, y a una señora mayor que está sacando brillo a
los picaportes de latón.
—La banca Giancardi
—dice la viuda— ha tasado la espada en doscientas coronas. Dejándosela en
depósito. Pero, si alguien me pone el dinero encima de la mano, se la vendo por
ciento cincuenta.
—Oh, oh —respondo—.
Ciento cincuenta es un dineral. Da para una casa.
Siempre que sea
pequeña. Y en las afueras.
—Ay, don Jaskier.
—La pobre mujer ya no sabía qué hacer, se le saltaban las lágrimas—. Os burláis
de mí. Sois un hombre cruel, pues que abusáis de esa manera de una viuda. Mas
no tengo otra salida, sea como queréis: os la vendo por cien.
Y de ese modo,
queridos míos, resolví el problema del brujo.
Corrí a El Cangrejo
y la Anguila, Geralt ya estaba allí, zampándose unos huevos con beicon, ja,
seguro que la bruja pelirroja había vuelto a ponerle queso fresco con cebollino
para el desayuno. Me acerco, y ¡catacrac!: la espada encima de la mesa. Se quedó
mudo. Suelta la cuchara, desenfunda el arma, la mira detenidamente. Tenía la
cara de piedra. Pero yo ya estoy habituado a esas mutaciones suyas, sé que no
es capaz de expresar la menor emoción. Por muy entusiasmado y contento que
esté, nunca lo da a entender.
—¿Cuánto has dado
por esto?
Quise replicarle
que no era asunto suyo, pero recordé justo a tiempo que había pagado con su
dinero. Así que se lo dije. Me estrechó la mano, sin decir ni palabra, sin
inmutarse. Así es él. Sencillo, pero franco.
Y me dice que se
marcha. Solo.
—Querría —se
anticipó a mis protestas— que te quedaras en Kerack. Y que tuvieras los ojos y
los oídos bien abiertos.
Me contó lo
ocurrido el día anterior, su charla nocturna con el príncipe Egmund. Y no
paraba de distraerse con la espada viroledana, como un niño con un juguete
nuevecito.
—No entra en mis
planes —concluyó— servir al príncipe. Ni tomar parte en las bodas reales de
agosto como miembro de la guardia pretoriana. Egmund y tu primo están seguros
de que van a atrapar pronto al ladrón de mis espadas. No comparto su optimismo.
Lo cual me viene bien, en el fondo. Si se hiciera con mis espadas, Egmund me
tendría pillado. Prefiero encontrar yo al ladrón, en Novigrado, en julio,
www.lectulandia.com
- Página 78
antes de la subasta
en Casa Borsody. Recupero las espadas y no vuelvo a dejarme ver en Kerack. Y
tú, Jaskier, ten el pico cerrado. Nadie tiene que enterarse de lo que nos contó
Pratt. Nadie. Incluido tu primo el instigator.
Le prometí que
sería una tumba. Pero él me miraba de una forma extraña. Como si no me creyera.
—Y como pueden
pasar muchas cosas —continuó—, he de tener un plan alternativo. Para eso, me
gustaría saber el máximo posible de Egmund y de sus hermanos y hermanas, de
todos los eventuales pretendientes al trono, del propio rey, de toda la familia
real. Me gustaría saber qué se proponen y qué traman. Quién se entiende con
quién, qué facciones son más activas y todo eso. ¿Queda claro?
—Deduzco que a
Lytta Neyd —repuse— no la quieres implicar en esto. Y considero que haces bien.
La bella pelirroja sin duda está bien informada de las cuestiones que te
interesan, pero tiene demasiados vínculos con la monarquía local como para
decidirse por una doble lealtad, eso en primer lugar. En segundo, no le
comuniques que vas a desaparecer próximamente y no piensas volver. Porque su
reacción puede ser muy violenta. A las hechiceras, como ya has tenido ocasión
de comprobar, no les gusta que alguien desaparezca.
»En cuanto a lo
demás —le prometí—, puedes contar conmigo. Tendré los oídos y los ojos bien
abiertos y orientados en la dirección adecuada. A la familia real de aquí ya la
he tratado y me he aburrido de oír cotilleos sobre ella. Su majestad el rey
Belohun se ha asegurado una copiosa progenitura. Ha cambiado frecuente y
fácilmente de mujer, en cuanto le echaba el ojo a una nueva, la vieja se iba al
otro barrio muy oportunamente: por un raro capricho del destino contraía una
repentina enfermedad ante a la cual la medicina se revelaba impotente. De ese
modo, a día de hoy, el rey tiene cuatro hijos legítimos, cada uno de una madre
distinta. No cuento a las numerosas hijas, pues ésas no pueden aspirar al
trono. Tampoco cuento a los bastardos. Baste con señalar que en Kerack todos
los cargos y oficios de importancia son detentados por los esposos de las
hijas. Mi primo Ferrant es una excepción. Los hijos naturales están al frente
del comercio y la industria.
El brujo, según
veo, me escucha con toda atención.
—Los cuatro hijos
legítimos —sigo contándole— son, por orden de edad, los siguientes. El
primogénito no sé cómo se llama, en la corte está prohibido mencionarlo,
después de una pelea con su padre y no hay ni rastro de él, nadie ha vuelto a
verlo. Al segundo, Elmer, lo tienen encerrado, es un enfermo mental y un
borracho. Se supone que es un secreto de estado, pero en Kerack lo sabe todo el
mundo. Los verdaderos pretendientes son Egmund y Xander. Se odian, y Belohun lo
explota hábilmente, y tiene a los dos siempre en vilo. En la cuestión sucesoria
también se las arregla de vez en cuando para favorecer ostentosamente y hacer
concebir con sus promesas falsas ilusiones a alguno de los bastardos.
Últimamente se murmura por los rincones que ha prometido que la corona será
para el hijo que conciba con su nueva mujercita, precisamente con la que va
casarse oficialmente en
www.lectulandia.com
- Página 79
Lammas.
»Mi primo Ferrant y
yo —sigo diciendo— creemos, no obstante, que no son más que promesas que se
lleva el viento, con ayuda de las cuales ese viejo pellejo piensa predisponer a
la jovencita para que se lo monte bien en la cama. Que Egmund y Xander son los
únicos candidatos reales al trono. Y que si hiciera falta un coup d’état, lo
llevaría a cabo uno de los dos. He conocido a los dos, por mediación de mi
primo. Ambos son… esa impresión me han dado… resbaladizos como la mierda con
mayonesa. No sé si sabes lo que quiero decir con eso.
Geralt aseguró que
sí lo sabía, que él mismo se había llevado una impresión parecida cuando había
hablado con Egmund, sólo que no había sabido expresarlo de una forma tan
bonita. Tras lo cual se quedó profundamente pensativo.
—Regreso pronto
—dice por fin—. Y tú ocúpate aquí de todo y estate muy atento.
—Antes de
despedirnos —le digo—, sé un buen amigo y cuéntame algo de la pupila de tu
maga. La del pelo planchado. Es un auténtico capullo de rosa, sólo hay que
trabajársela un poquitín y florecerá prodigiosamente. Así que he pensado en
dedicarme a ella…
Entonces le cambió
la cara. Y descargó tal puñetazo en la mesa que las jarras pegaron un salto.
—Tus garras, lejos
de Mozaïk, musicucho. —Así se dirigió a mí, sin una pizca de respeto—.
Quítatela de la cabeza. ¿No sabes que las pupilas de las hechiceras tienen
estrictamente prohibido hasta el flirteo más inocente? Por la más pequeña
infracción de esa clase Coral la considerará una alumna indigna y la echará de
la escuela, y eso para una pupila es una humillación terrible y una deshonra,
he oído hablar de suicidios con ese trasfondo. Y con Coral no hay bromas que
valgan. No tiene sentido del humor.
Me entraron ganas
de aconsejarle que probara a hacerle cosquillas con una pluma de gallina en la
raja del culo, una medida como ésa alegra hasta a las tías más cenizas. Pero no
dije nada, porque lo conozco. No soporta que le hablen despreocupadamente de sus
mujeres. Ni siquiera de las de una sola noche. Así que juré por mi honor que
quedaba borrada del orden del día la inocencia de la adepta del pelo planchado
y que ni siquiera iba a hacerle la corte.
—Si tanto te ha
molestado —replicó, más animado ya, en el momento de despedirse—, que sepas que
he conocido en el juzgado local a una señora abogada. Parecía bien dispuesta.
Prueba a ligártela.
Pues vale. No sé,
¿es que tengo que tirarme a la administración de justicia? Aunque, por otra
parte…
www.lectulandia.com
- Página 80
Interludio
Muy respetable
señora Lytta Neyd
Kerack, Ciudad Alta
Villa Ciclamen
Castillo de
Rissberg,
1 de julio de 1245
p. R.
Querida Coral:
Confío en que mi
carta te encuentre bien de salud y de ánimos. Y en que todo se esté
desarrollando en consonancia con tus previsiones. Me apresuro a comunicarte que
el brujo conocido como Geralt de Rivia se presentó por fin en nuestro castillo.
Nada más llegar, en un lapso de tiempo inferior a una hora, se mostró tan
irritantemente insoportable que fue capaz de granjearse la animadversión de
todo el mundo sin excepción, incluida la del honorable Hortulano, alguien que
pasa por ser la personificación de la amabilidad y la buena disposición con
cualquiera que se le acerca. Las opiniones que circulan en relación con el
mencionado sujeto no resultan, como he tenido ocasión de comprobar, mínimamente
infundadas, y la antipatía y hostilidad con que es acogido allá donde va
parecen sólidamente fundadas. Dicho todo lo cual, es justo reconocerle sus
méritos, y yo voy a ser el primero en hacerlo, sine ira et studio. Este
individuo es un profesional de la cabeza a los pies, y en lo tocante a su
oficio es digno de toda confianza. Llevará a cabo la misión encomendada o
perecerá en el intento, de eso no cabe la menor duda.
Así pues, podemos
dar por logrado el objetivo de nuestra empresa, fundamentalmente gracias a ti,
querida Coral. Debemos agradecerte tus desvelos, y ese agradecimiento será
permanente. Cuentas, muy especialmente, con mi personal gratitud. Como viejo
amigo tuyo, y recordando cuanto nos ha unido en el pasado, soy más consciente
que nadie de tu abnegación. Me doy cuenta de cómo has tenido que sufrir la
cercanía de ese individuo, que constituye un conglomerado de todos los vicios
que más aborreces. Su cinismo, nacido de profundos complejos, su naturaleza
recelosa e introvertida, su falta de sinceridad, su mentalidad primitiva, su
escasa inteligencia, su arrogancia monstruosa. Para no irritarte, mi querida
Coral, pues sé de sobra cómo odias estas cosas, no haré mención a sus manos
horribles y sus uñas descuidadas. Pero, como queda dicho, ya han llegado a su
fin tus sufrimientos, problemas y turbaciones, ya nada te impide dar por
terminada tu relación con ese sujeto e interrumpir todo contacto con él.
Poniendo así punto final y zanjando de una vez por todas esas insidias
propaladas por esas malas lenguas que se afanan por presentar como un vulgar
romance lo que no ha sido, por parte tuya, sino fingida y aparente gentileza
con el brujo. Pero basta ya de esto, no vale la pena detenerse en este asunto.
Sería el más feliz
de los hombres, querida Coral, si quisieras venir a visitarme a Rissberg. No
tengo que añadir que bastaría una sola palabra tuya, un gesto, una sonrisa,
para que acudiera corriendo a tu encuentro.
Con el más profundo
de los respetos, siempre tuyo,
Pinety
P. S.: Las malas
lenguas a las que hacía referencia suponen que tu buena disposición hacia el
brujo ha sido fruto del deseo de molestar a nuestra cofrade Yennefer, que
presuntamente seguiría interesada en el brujo. En verdad es patética la
ingenuidad e ignorancia de tales intrigantes. Es de todos sabido que Yennefer
mantiene una fogosa relación con un joven empresario del gremio de los joyeros,
y que el brujo y sus fugaces amoríos la inquietan tanto como las nieves de
antaño.
www.lectulandia.com
- Página 81
Interludio
Muy respetable
señor Algemon Guincamp
Castillo de
Rissberg
Ex urbe Kerack,
die 5. mens Jul.
Anno 1245 p. R.
Querido Pinety:
Gracias por tu
carta, hacía mucho que no me escribías, vaya, se ve que no tenías nada que
contarme y que tampoco había surgido la ocasión.
Es conmovedora tu
preocupación por mi salud y mi estado de ánimo, así como por saber si todo se
está desarrollando de acuerdo con mis previsiones. Puedo decirte con
satisfacción que todo me está yendo como tiene que ir, a ello le dedico mucho
esfuerzo, y cada uno, como es sabido, es timonel de su propia nave. Mi nave,
debes saberlo, la gobierno con mano firme entre borrascas y arrecifes, alzando
la cabeza cada vez que la tormenta ruge a mi alrededor.
En cuanto a mi
salud, lo cierto es que no puedo estar mejor. Físicamente, como de costumbre, y
también psíquicamente, desde hace no mucho, desde que tengo algo que durante
mucho tiempo me había faltado. Sólo he sabido hasta qué punto me faltaba cuando
ha dejado de faltarme.
Me alegro de que
vuestra empresa, que exige la intervención del brujo, esté encaminada al éxito,
estoy orgullosa de mi modesta participación en ella. No obstante, en vano te
afliges, querido Pinety, si crees que ha estado acompañada de renuncias,
sufrimientos, problemas y turbaciones. No ha sido para tanto. Es verdad que
Geralt es todo un conglomerado de vicios. Pero también he descubierto en él
—sine ira et studio— algunas virtudes. Virtudes importantes, te lo aseguro, y
más de uno, si llegara a enterarse, se quedaría desconcertado. Y más de uno
sentiría envidia.
En cuanto a los
rumores, medias palabras, murmullos e intrigas a las que haces referencia,
querido Pinety, todos estamos ya acostumbrados y sabemos cómo vivir con esas
cosas, y el consejo es bien sencillo: ignorarlos. Seguro que recuerdas aquellos
dimes y diretes acerca de ti y de Sabrina Glevissig, en una época en que se
supone que teníamos una relación. Yo nos les hice ni caso. Ahora te aconsejo
que tú hagas lo mismo.
Bene vale,
Coral
P. S.: Estoy de
trabajo hasta arriba. Un eventual encuentro nuestro no me parece posible en un
futuro próximo.
www.lectulandia.com
- Página 82
Capítulo noveno
Yerran por
distintas tierras, mas sus antojos et su humor non consienten subjeción. Quiere
ello dezir que non reconoscen poder alguno, divino óhumano que sea, que non
respetan drechos ni reglas, que a nada ni a nadie non se someten, teniéndose
por impunes. Falsarios por naturaleza, viven de las profecías con que embaucan
a los nescios, sirven de espías, espenden amuletos contrafechos, remedios
engañosos, bebediços et narcóticos, et son asimesmo aveçados rufianes,
traficando con moças disolutas para el gozo deshonesto de quienes pagan. Et si
caen en pobreza, no fazen ascos a la mendicidad, ni al simple robo, mas trampas
y artimañas son más de su sabor. Engañan a las almas cándidas, faziéndoles
creer que defienden a las gentes et matan a los monstruos por su seguridad, mas
todo ello no son sino patrañas: desde ha mucho tiempo es cosa sabida que actúan
ansi por su propio deleyte, pues no hay para ellos diversión como el crimen.
Quando se preparan para sus fazañas, executan algún conjuro bruxeril, que no es
sino un engaño de los ojos de aquéllos que miran. Piadosos sacerdotes han
puesto al descubierto, con toda presteça, tanta simulación y superchería, para
desconcierto de aquestos lacayos del maligno que se dizen bruxos.
Anónimo, Monstrum o
descripción de los bruxos
No tenía Rissberg
un aspecto inquietante, ni siquiera imponente. Un castillito como otro
cualquiera, ni grande ni pequeño, elegantemente integrado en la escarpada
ladera de la montaña, al borde de un precipicio, con una muralla clara que
contrastaba con el verdor perenne del bosque de coníferas y dos torres
rectangulares, una más alta que otra, cuyos tejados dominaban las copas de los
arboles. La muralla que rodeaba el castillo no era, como pudo advertir desde
cerca, demasiado alta, y no estaba coronado por almenas, y las torres situadas
en las esquinas, por encima del portón, tenían un carácter más decorativo que
defensivo.
Había en el camino,
que serpenteaba en torno al cerro, huellas de un intenso tráfico. Pues no
faltaba tráfico, y bien intenso que era. A cada paso tenía el brujo que
adelantar carros, carretas, jinetes solitarios y peatones. Se cruzó asimismo
con numerosos viajeros que venían en sentido contrario, desde la parte del
castillo. Geralt supuso que iban en peregrinación. Y supuso bien, como pudo
comprobar nada más salir del bosque.
La cima llana del
cerro, al pie de la cortina de la muralla, estaba ocupaba por una pequeña
ciudad, construida a base de madera, cañas y paja: todo un complejo de
edificios, grandes y pequeños, y de tejadillos, rodeado por una empalizada y
por una serie de establos para los caballos y el ganado. Llegaba de allí mucho
alboroto y había un vivísimo ajetreo, como sólo podía haber en un mercado o una
feria. Pues en efecto era aquello una feria, un bazar, un gran mercado, sólo
que allí no se comerciaba con aves, pescados u hortalizas. La mercancía que se
ofrecía al pie del castillo de Rissberg era la magia: amuletos, talismanes,
elixires, opiáceos, decocciones, extractos, destilados, cochuras, inciensos,
perfumes, siropes, polvos y ungüentos, así como todo tipo de objetos prácticos
protegidos por conjuros,
www.lectulandia.com
- Página 83
equipamiento para
el hogar, adornos y hasta juguetes para niños. Todo ese surtido atraía a una
multitud de compradores. Había demanda, había oferta, y los tratos parecían
cerrarse sin pausa.
El camino se
bifurcaba. El brujo tomó el ramal que conducía al portón del castillo,
considerablemente menos concurrido que el otro, el que llevaba a los clientes a
la plaza del mercado. Atravesó el portal empedrado, entre la doble hilera de
menhires allí colocados con toda intención, en su mayoría bastante más altos
que él a lomos de su yegua. Pronto se encontró con una puerta, más propia de un
palacio que de una fortaleza, con pilastras y frontón ornamentados. El medallón
del brujo tembló con vigor. Sardinilla relinchó, golpeó el empedrado con la
herradura y se detuvo en seco.
—Identidad y
propósito de la visita.
Geralt levantó la
cabeza. Una voz áspera y profunda, como un eco, pero inequívocamente femenina,
parecía llegarle desde la boca muy abierta de la cabeza de una arpía
representada en el tímpano. El medallón temblaba, la yegua bufó. Geralt notaba
una extraña presión en las sienes.
—Identidad y
propósito de la visita —volvió a sonar por el agujero del relieve.
Algo más fuerte que
antes.
—Geralt de Rivia,
brujo. Me esperan.
La cabeza de la
arpía emitió un sonido que recordó a un trompetazo. La magia que bloqueaba el
portal se disipó, la presión en las sienes cesó al instante, y la yegua echó a
andar sin que hubiera que arrearla. Los cascos golopeaban en las piedras.
Geralt salió del
portal y apareció en un cul-de-sac rodeado por una galería. Inmediatamente
salieron corriendo a su encuentro dos criados, dos muchachos con ropa de un
funcional color pardo. Uno de ellos se ocupó de la yegua, el otro le sirvió al
brujo de guía.
—Por aquí, señor.
—¿Siempre está esto
así? ¿Con tanto movimiento? ¿Allí, al pie del castillo? —No, señor. —El criado
le dirigió una mirada recelosa—. Sólo los miércoles.
Los miércoles hay
mercado.
En la coronación
del siguiente portal, en forma de arco, había una cartela, y en ella un nuevo
bajorrelieve, sin duda también mágico. Representaba las fauces de un amfisbén.
El portal estaba protegido por una reja decorativa, de aspecto sólido, la cual,
sin embargo, se abrió ligera y suavemente al ser empujada por el criado.
El segundo patio
tenía una superficie considerablemente mayor. Y sólo desde allí se podía
apreciar cabalmente el castillo. El aspecto que tenía desde lejos se reveló muy
engañoso.
Rissberg era
bastante mayor de lo que parecía a primera vista. Y es que se adentraba
profundamente en la pared de la montaña, se introducía formando un complejo de
edificios, de construcciones severas y feas, de un tipo que no suele darse en
la arquitectura de los castillos. Tales edificios parecían fábricas, y es
posible que lo
www.lectulandia.com
- Página 84
fueran. Pues de
ellas salían, elevándose hacia lo alto, chimeneas y conductos de ventilación.
Olía a humillo, a azufre y amoniaco, y además se apreciaba una ligera vibración
en el suelo, prueba del funcionamiento de algún tipo de máquinas subterráneas.
El criado carraspeó
para apartar la atención de Geralt del complejo fabril. Les correspondía ir en
otra dirección: hacia la torre del homenaje, la más baja, que contrastaba con
el resto de las construcciones por su carácter más clásico, más palaciego. El
interior también era clásicamente palaciego: olía a polvo, a madera, a cera y a
vejez. Estaba iluminado, bajo el techo, aletargadas como peces en un acuario,
flotaban unas bolas mágicas envueltas en aureolas de luz, la iluminación usual
en las residencias de los hechiceros.
—Bienvenido, brujo.
Quienes lo
saludaron resultaron ser dos hechiceros. Conocía a ambos, aunque no
personalmente. A Harlan Tzara se lo había señalado Yennefer una vez, Geralt se
acordaba de él, porque probablemente era el único con la cabeza rapada al cero.
A Algemon Guincamp, llamado Pinety, lo recordaba de Oxenfurt. De la Academia.
—Te damos la
bienvenida a Rissberg —le saludó Pinety—. Nos alegra que hayas querido venir.
—¿Me tomas el pelo?
No estoy aquí por mi propia voluntad. Para obligarme a venir, Lytta Neyd hizo
que me metieran en el trullo…
—Pero más tarde te
sacó de allí —le cortó Tzara—. Y te retribuyó generosamente. Te recompensó las
incomodidades con gran, hum, devoción. Se dice que desde hace una semana, por
lo menos, tienes con ella muy buenas… relaciones.
Geralt, con gran
esfuerzo, consiguió vencer la tentación de partirle la cara. Pinety tuvo que
darse cuenta.
—Pax. —Levantó la
mano—. Pax, Harlan. Dejémonos de discusiones. Vamos a ahorrarnos las peleas a
base de pullas y sarcasmos. Sabemos que Geralt está mal predispuesto contra
nosotros, se nota en cada palabra que pronuncia. Sabemos a qué se debe, sabemos
cómo le ha deprimido la historia con Yennefer. Y cuál ha sido la reacción del
entorno ante esa historia. Pero Geralt es un profesional, sabrá estar por
encima de todo eso.
—Sabrá —admitió con
amargura Geralt—. La pregunta es si querrá. Vayamos de una vez al grano. ¿Por
qué estoy aquí?
—Nos haces falta
—dijo Tzara secamente—. Precisamente tú.
—Precisamente yo.
¿Debo sentirme honrado? ¿O tengo que empezar a asustarme?
—Eres famoso,
Geralt de Rivia —dijo Pinety—. Hay un consenso generalizado en admitir que tus
actos y proezas son espectaculares y dignos de admiración. Con la nuestra, como
podrás comprender, no puedes contar especialmente, no somos amigos de mostrar
admiración, sobre todo a alguien como tú. Pero sabemos reconocer el
profesionalismo y respetar la experiencia. Los hechos hablan por si solos.
Eres, me
www.lectulandia.com
- Página 85
atrevería a
afirmar, un destacado… hum…
—¿Qué?
—Eliminador.
—Pinety encontró la palabra fácilmente, era evidente que ya la tenía pensada de
antemano—. Alguien que elimina a las bestias y monstruos que nos amenazan.
Geralt no hizo
ningún comentario. Se quedó a la espera.
—Además, nuestro
objetivo, el objetivo de los hechiceros, es el bienestar y la seguridad de la
gente. Así pues, cabe hablar de una comunidad de intereses. Los malentendidos
ocasionales no deben ocultarlo. Hace no mucho nos lo hizo entender el amo de
este castillo. Quien había oído hablar de ti. Y quería conocerte en persona.
Ése era su deseo.
—Hortulano.
—El archimaestre
Hortulano. Y sus colaboradores más cercanos. Serás presentado. Más tarde. El
criado te mostrará tus aposentos. Querrás refrescarte después del viaje.
Reposar. En breve mandaremos a alguien a buscarte.
Geralt pensaba.
Recordó todo lo que había oído en alguna ocasión sobre el archimaestre
Hortulano. Que era, como quería el consenso generalizado, una leyenda viva.
Hortulano era una
leyenda viva, una persona con méritos nada comunes para el arte de la
hechicería.
Su obsesión era la
popularización de la magia. A diferencia de la mayoría de los hechiceros,
consideraba que los beneficios y ventajas que se derivaban de los poderes
sobrenaturales deberían ser propiedad comunal y servir para incrementar el
bienestar general, el confort y la felicidad de todos. Todo el mundo, soñaba
Hortulano, debería tener garantizado el acceso gratuito a los remedios y
elixires mágicos. Los amuletos y talismanes de los hechiceros y toda suerte de
artefactos tendrían que estar al alcance de todo el mundo. Que la telepatía, la
telequinesia, la teletransportación y la telecomunicación fueran privilegio de
todos. Para lograrlo, Hortulano siempre estaba descubriendo algo. Es decir, que
hacía descubrimientos. Algunos de ellos tan legendarios como él mismo.
La realidad había
corregido dolorosamente las ilusiones del viejo mago. Ni uno solo de sus
descubrimientos, que se suponía que iban a extender y democratizar la magia,
había ido más allá de la fase de prototipo. Todo lo que inventaba Hortulano, y
que supuestamente iba a ser sencillo, resultaba monstruosamente complicado. Lo
que tenía que ser masivo resultaba endiabladamente caro. Pero Hortulano no se
desanimaba: los fiascos, en vez de abatirlo, lo incitaban a seguir con sus
intentos. Que conducían a nuevos fiascos.
www.lectulandia.com
- Página 86
Se sospechaba —al
propio Hortulano, naturalmente, esa idea nunca se le pasó por la cabeza— que el
fracaso de los descubrimientos a menudo obedecía sencillamente al sabotaje. No
se trataba en este caso —al menos, no únicamente— de la habitual envidia de la
cofradía de los hechiceros, de su falta de voluntad de popularizar un arte que
los magos preferían ver en manos de una élite, o sea, en sus propias manos.
Recelaban sobre todo de los inventos de carácter militar y letal. Con motivo.
Como todo inventor, Hortulano tenía periodos de fascinación por los materiales
explosivos e incendiarios, por las bombardas, por los carros acorazados, por
los mosquetes y trabucos y por los gases venenosos. La condición necesaria de
la prosperidad, argumentaba el anciano, es la paz universal entre los pueblos,
y a la paz se llega por medio del armamento. El método más seguro para evitar
las guerras consiste en amedrentar con armas aterradoras, y cuanto más
aterradoras sean las armas más firme y duradera será la paz. Dado que Hortulano
no tenía la costumbre de atender a razones, unos saboteadores infiltrados entre
su grupo de inventores se dedicaban a torpedear los hallazgos peligrosos.
Prácticamente ninguno vio la luz del día. La excepción fue su célebre
lanzabalas, que fue objeto de infinidad de chistes. Era una especie de
arbalesta telequinética con un gran recipiente lleno de balas de plomo. El
lanzabalas —de ahí su nombre— tenía que lanzar las balas hacia su blanco, y
además en serie. El prototipo salió, oh sorpresa, de los muros de Rissberg, y
hasta fue puesto a prueba en alguna escaramuza. Aunque con un resultado
lamentable. El tirador que hizo uso del invento, interrogado acerca de la
efectividad del arma, no tuvo más remedio que responder, al parecer, que el
lanzabalas era igual que su suegra. Pesado, feo y completamente inútil. No
valía para nada, sólo para cogerlo y hundirlo en el río. El viejo hechicero ni
se inmutó cuando le fueron con el cuento. El lanzabalas no es más que un
juguete, parece que dijo, él ya tenía encima de la mesa otros proyectos mucho
más avanzados, aptos para ataques masivos. Él, Hortulano, estaba decidido a
traerle a la humanidad el bien de la paz, aunque para ello tuviera que acabar
primero con la mitad de la población.
La pared de la
estancia a la que le condujeron estaba cubierta con un enorme paño, obra
maestra del arte de la tapicería, una arcádica verdure. El tapiz estaba
desfigurado por una mancha mal lavada que recordaba hasta cierto punto a un
gran calamar. Alguien, juzgó el brujo, ha debido de vomitar hace bien poco
tiempo encima de esta obra maestra de la tapicería.
Había siete
personas sentadas detrás de una larga mesa que ocupaba el centro de la
habitación.
—Maese Hortulano
—Pinety hizo una leve reverencia—, permite que te presente.
Geralt de Rivia. El
brujo.
A Geralt no le
sorprendió el aspecto de Hortulano. Se suponía que era el más viejo de los
hechiceros vivos. Puede que fuera verdad o puede que no, pero
www.lectulandia.com
- Página 87
indudablemente se
trataba del hechicero con más pinta de viejo. Lo raro del caso es que
justamente él, y no otro, era el inventor de una célebre decocción de raíz de
mandrágora, un elixir que los magos empleaban con el fin de detener el proceso
de envejecimiento. El propio Hortulano, cuando dio finalmente con una fórmula
realmente eficaz para aquella sustancia mágica, no le sacó mucho partido,
porque para entonces ya era un anciano provecto. El elixir prevenía el
envejecimiento, pero no rejuvenecía en absoluto. De ahí que Hortulano, aunque
usara el remedio hacía ya tiempo, no dejara de parecer un abuelete, sobre todo
si se le comparaba con sus cofrades: unos venerables hechiceros con aspecto de
hombres en la flor de la edad y unas hechiceras que habían vivido ya lo suyo
pero estaban hechas unas mozas. Aquellas hechiceras resplandecientes de
juventud y de encanto y aquellos hechiceros que apenas peinaban canas, cuyas
auténticas fechas de nacimiento se perdían en la noche de los tiempos,
guardaban el secreto del elixir de Hortulano como la niña de sus ojos, y a
veces negaban su misma existencia. Pero a Hortulano lo tenían engañado y le
hacían creer que el elixir estaba al alcance de todo el mundo, gracias a lo
cual la humanidad era prácticamente inmortal y, por lo mismo, totalmente
dichosa.
—Geralt de Rivia
—repitió Hortulano, estrujándose un mechón de las barbas grises—. Y cómo no, y
cómo no, hablar de ti hemos oído. El brujo. El baluarte, como dicen, el
protector que a la gente trae la salvación del mal. Digno preservativo y
antídoto contra toda suerte de males monstruosos.
Geralt adoptó una
expresión humilde y se inclinó.
—Y cómo no, y cómo
no… —prosiguió el hechicero, tirándose de la barba—. Ya sabemos, ya. Según la
evidencia toda, con tal de proteger a la gente esfuerzo ninguno escatimas,
muchacho, no escatimas. Y es en verdad digno de estima tu proceder, digno de
estima tu oficio. Te damos la bienvenida a nuestro castillo, encantados de que
los hados te hayan traído hasta aquí. Porque, aunque puede que tú mismo no lo
sepas, estás de vuelta, como el pájaro aquel a su nido… Digo bien, como el
pájaro aquel. Nos alegramos de verte y confiamos en que tú también te alegrarás
de vernos. ¿Eh?
Geralt estaba en un
apuro, no sabía cómo dirigirse a Hortulano. Los hechiceros no observaban las
formas de cortesía y tampoco las esperaban de los demás. Pero no sabía si eso
regía también con aquel anciano de cabellera y barbas grises, que además era una
leyenda viva. Así que en lugar de contestar volvió a inclinarse ante él.
A continuación
Pinety le presentó a los hechiceros que estaban sentados a la mesa. A algunos
Geralt ya los conocía. De oídas.
Axel Esparza, más
conocido como Axel el Caracañado, tenía de hecho la frente y las mejillas
cubiertas de marcas de viruela, no se las había quitado, según decían, por
simple ir a contracorriente. Myles Trethevey, con sus cuatro canas, y Stucco
Zangenis, algo más canoso, observaban al brujo con moderado interés. El interés
de Biruta Icarti, una rubia relativamente atractiva, parecía algo mayor. Tarvix
Sandoval, un tipo cuadrado, con pinta de caballero más que de mago, miraba
hacia un lado, al
www.lectulandia.com
- Página 88
tapiz, como si
acabara de fijarse en la mancha y se estuviera preguntando cómo había salido y
quién podía ser el culpable.
El sitio más
próximo a Hortulano lo ocupaba el que parecía ser el más joven de todos los
allí presentes, Sorel Degerlund, de largos cabellos y, en parte por eso, con
una clase de belleza un tanto feminoide.
—También nosotros
—tomó la palabra Biruta Icarti— damos la bienvenida al célebre brujo, defensor
de la gente. Nos alegramos de tenerlo entre nosotros, pues aquí, en este
castillo, bajo los auspicios del archimaestre Hortulano, hacemos todo lo
posible para que la vida de la población sea más segura y más fácil. También
para nosotros el bienestar de las personas es un objetivo primordial. La edad
del archimaestre no permite prolongar en exceso la audiencia. Así pues,
pregunto como corresponde: ¿tienes algún deseo, Geralt de Rívia? ¿Hay algo que
podamos hacer por ti?
—Le doy las gracias
—Geralt volvió a inclinarse— al archimaestro Hortulano. Y a vosotros,
honorables señores. Pero, ya que me animáis con vuestra pregunta… Si, hay algo
que podríais hacer por mí. Podríais explicarme… esto. Esta cosa. Lo arranqué de
un vigilosaurio que maté.
Depositó encima de
la mesa la placa ovalada, del tamaño de una mano de niño.
Con unas marcas
grabadas.
—RISS PSREP Mk IV/
002 025 —leyó en voz alta Axel el Caracañado, y le pasó la placa a Sandoval.
—Esa mutación se ha
creado aquí, entre nosotros, en Rissberg —dijo Sandoval, con mal tono—. En la
sección de pseudorreptiles. Un lagarto centinela. Modelo cuarto, serie segunda,
ejemplar vigésimo quinto. Está obsoleto, hace tiempo que producimos otros modelos
mejorados. ¿Qué más hay que explicar?
—Dice que ha matado
al vigilosaurio. —Stucco Zangenis torció el gesto—. Así que no se trata de
pedir explicaciones, sino de protestar. Las reclamaciones, brujo, únicamente
las aceptamos y las tomamos en consideración cuando proceden de compradores
legales, y sólo si se presenta alguna prueba de la adquisición. Exclusivamente
sobre esa base prestamos asistencia técnica y reparamos las averías…
—La garantía para
ese modelo ha expirado hace tiempo —añadió Myles Trethevey—. En todo caso,
ninguna garantía cubre las averias surgidas como consecuencia de un uso
inadecuado del producto o que no se ajuste a las instrucciones de mantenimiento
del mismo. Si no se ha utilizado debidamente el producto, Rissberg no asume
ninguna responsabilidad. Ninguna responsabilidad.
—¿Y por esto
—Geralt se sacó del bolsillo y arrojó sobre la mesa otra placa— asumís alguna
responsabilidad?
La segunda placa
era parecida por su forma y tamaño a la anterior, pero estaba oscurecida y
cubierta de una pátina. Había suciedad incrustada en la inscripción. Pero las
marcas aún eran legibles:
www.lectulandia.com
- Página 89
IDR UL Ex IX 0012
BETA
Hubo un largo
silencio.
—Idarran de Olivo
—dijo por fin Pinety, en voz sorprendentemente baja y sorprendentemente
insegura—. Un discípulo de Alzur. No creí que…
—¿De dónde has
sacado esto, brujo? —Axel el Caracañado se inclinó por encima de la mesa—.
¿Cómo lo has conseguido?
—Preguntas como si
no lo supieras —replicó Geralt—. Lo arranqué del pellejo de un monstruo que
maté. Y que antes había acabado por lo menos con veinte vecinos de la zona. Por
lo menos, porque creo que fueron muchos más. Yo diría que llevaba un año matando.
—Idarran… —masculló
Tarvix Sandoval—. Y antes de él Malaspina y Alzur… —Pero no hemos sido nosotros
—dijo Zangenis—. No hemos sido nosotros. No
ha sido Rissberg.
—El noveno modelo
experimental —añadió Biruta Icarti, pensativa—. Versión beta. Duodécimo…
—Duodécimo ejemplar
—le cortó Geralt, no sin malicia—. ¿Y cuántos había en total? ¿Cuántos se
fabricaron? Una respuesta a mi pregunta sobre la responsabilidad no la voy a
obtener, eso está claro, porque no es cosa vuestra, no es cosa de Rissberg,
vosotros estáis limpios y pretendéis que yo me lo crea. Pero al menos confesad
una cosa, porque seguro que sabéis cuántos de esos ejemplares andan por los
bosques matando gente. Cuántos de ésos habrá que encontrar. Y a cuántos habrá
que cargarse. He querido decir: eliminar.
—¿Qué es eso?, ¿qué
es eso? —Hortulano se animó de repente—. ¿Qué tenéis ahí? ¡Enseñádmelo! Ah…
Sorel Degerlund se
inclinó hasta el oído del viejo, estuvo un buen rato susurrándole algo. Myles
Trethevey, mostrándole la placa, también le susurraba por el otro lado.
Hortulano se mesaba las barbas.
—¿Que lo ha matado?
—soltó de pronto un gallo—. ¿El brujo? ¿Ha destruido la obra genial de Idarran?
¿Lo ha matado? ¿Ha acabado con él así porque si?
El brujo ya no
aguantaba más. Resopló. Perdió de repente todo respeto a la edad provecta y a
las canas. Volvió a resoplar. Y después se echó a reír. Abiertamente y sin
reparos.
Los semblantes
atónitos de los hechiceros que estaban sentados detrás de la mesa, en lugar de
cohibirlo, lo pusieron aún más contento. Qué diablos, pensó, ya no me acuerdo
de cuándo fue la última vez que me reí con tantas ganas. Puede que en Kaer
Morhen, recordó, sí, en Kaer Morhen. Cuando, estando en la letrina, a Vesemir
se le rompió la tabla que tenía debajo.
—¡Y encima se ríe,
el mocoso! —gritó Hortulano—. ¡Como burro que rebuzna! ¡Jovenzuelo insensato!
¡Pensar que yo te defendiera cuando otros te difamaban! ¿Qué importancia
tendrá, decía yo, que haya caído en amores de la pequeña Yennefer? ¿Y que la
pequeña Yennefer le quiera? El corazón a razones no atiende, decía yo,
www.lectulandia.com
- Página 90
¡dejadlos en paz a
los dos!
Geralt paró de
reírse.
—Y tú, ¿qué es lo
que has hecho, el más necio de los matasietes? —Al anciano se lo llevaban los
demonios—. ¿Qué has hecho? ¿Acaso no te das cuenta de qué clase de obra
maestra, qué milagro de la genética arruinaras? ¡Mas qué va a entender un
profano como tú! ¡Qué vas a entender con tu razón limitada! ¡Cómo habrás tú de
entender las ideas de los genios! ¡Tales como el propio Idarran, o como Alzur,
su maestro, dotados de arte y talento extraordinarios! Los cuales inventaron y
crearon grandes obras que habían de servir al bienestar de todos, y no lo
hicieron pensando en sus ganancias, ni en el vil metal, ni en placeres ni
deleites, sino en el progreso y en el bien común. Pero, ¿acaso aprehenderás
algo de todo esto? ¡Nada, nada, ni pizca aprehenderás!
»Y ademas te diré
—Hortulano se ahogaba— que con este imprudente asesinato has deshonrado la obra
de tus propios padres. Pues fueron Cosimo Malaspina, y después de él su
discípulo Alzur, precisamente Alzur, quienes crearon a los brujos. Ellos
idearon la mutación que ha permitido engendrar a los que son como tú. Gracias a
la cual existes, gracias a la cual vas por el mundo, ingrato. ¡Deberías haber
respetado a Alzur, a sus continuadores y a sus obras, en vez de destruirlas!
Ay… Ay…
El viejo hechicero
se calló de repente, puso los ojos en blanco y soltó un profundo gemido.
—Que me lo hago
encima —anunció quejoso—. ¡Que me lo hago encima ya mismo! ¡Sorel! ¡Mi buen
muchacho!
Degerlund y
Trethevey se levantaron de un salto, ayudaron al viejo a ponerse de pie y lo
sacaron de la estancia.
Enseguida se
levantó Biruta Icarti. Dirigió al brujo una mirada de lo más elocuente, tras lo
cual salió sin decir palabra. Detrás de ella, sin dignarse mirar a Geralt,
marcharon Sandoval y Zangenis. Axel el Caracañado se puso de pie, se cruzó de
brazos. Estuvo un buen rato observando a Geralt. Un buen rato y con cara de
pocos amigos.
—Ha sido un error
invitarte —dijo por fin—. Lo sabía. Pero me engañé a mí mismo, pensando que te
controlarías aunque sólo fuera para guardar las apariencias.
—El error ha sido
aceptar vuestra invitación —replicó Geralt con fríaldad—. También yo lo sabía.
Pero me engañé a mí mismo, pensando que responderíais a mis preguntas. ¿Cuántas
obras maestras numeradas hay todavía en libertad? ¿Cuántos más prodigios como
ése han fabricado Malaspina, Alzur e Idarran? ¿Cuántos ha creado el venerable
Hortulano? ¿Cuántos monstruos con vuestras placas tendré que matar todavía?
¿Yo, el brujo, preservativo y antídoto? No he obtenido una respuesta y he
aprehendido perfectamente por qué. En cuanto a lo de guardar las apariencias,
que te den, Esparza.
El Caracañado dio
un portazo al salir. Tan fuerte que se desprendió el enlucido del
www.lectulandia.com
- Página 91
estucado.
—Me parece —comentó
el brujo— que no se han llevado muy buena impresión de mí. Pero tampoco contaba
con ello, así que no estoy decepcionado. Pero no creo que esto sea todo, ¿no?
Tanto esfuerzo para arrastrarme hasta aquí… ¿y esto iba a ser todo? Bueno, en
ese caso… ¿Hay por aquí cerca algún local donde se pueda beber algo? ¿Puedo
irme ya?
—No —respondió
Harlan Tzara—. No puedes irte.
—Porque eso no ha
sido todo, ni mucho menos —confirmó Pinety.
La habitación a la
que le condujeron no era la tipica estancia en la que los hechiceros solían
recibir a sus clientes. Por lo general —Geralt ya había tenido ocasión de
familiarizarse con esa costumbre— los magos concedían audiencia en salas con
una decoración muy formal, a menudo severa y oprimente. No era concebible que
un hechicero recibiera a nadie en sus aposentos privados, personales, algo que
podría dar información sobre el carácter, los gustos y las preferencias del
mago, en particular sobre la clase y especialidad de magia por él practicada.
En esta ocasión era
bien distinto. Las paredes de la habitación estaban adornadas por numerosos
grabados y acuarelas, todos sin excepción de carácter erótico o abiertamente
pornográfico. En las estanterías había unos hermosos modelos de barcos que
alegraban la vista con la precisión de sus detalles. Las minúsculas naves de
las botellas hinchaban con orgullo las diminutas velas. Las muchas vitrinas,
grandes y pequeñas, estaban llenas de soldaditos de plomo, de infantería y de
caballería, de toda clase de ejércitos. Enfrente de la puerta, detrás de un
cristal, colgaba una trucha disecada. De grandes dimensiones, para ser una
trucha.
—Siéntate, brujo
—dijo Pinety. Desde el primer momento quedó claro que él era allí el amo.
Geralt se sentó,
sin dejar de observar la trucha disecada. En vida, el pez debía de haber pesado
sus buenas quince libras. Si es que no era una imitación de yeso.
—Frente a las
escuchas —Pinety agitó una mano en el aire— nos protege la magia. Así que
podemos charlar libremente y ocuparnos por fin de las verdaderas razones por
las que te hemos hecho venir hasta aquí, Geralt de Rivia. Esa trucha que tanto
te interesa fue pescada con mosca en el río Cinta, pesó catorce libras y nueve
onzas. Fue liberada viva, lo que hay en la vitrina es una copia suya realizada
mágicamente. Y ahora concéntrate, te lo ruego. En lo que voy a decir.
—Estoy preparado.
Para cualquier cosa.
—Nos gustaría saber
cuál es tu experiencia con demonios.
Geralt levantó las
cejas. Para eso no estaba preparado. Y eso que hasta hacia muy poco estaba
convencido de que nada podía sorprenderle.
—¿Y qué es un
demonio? ¿A vuestro juicio?
Harlan Tzara torció
el gesto y se agitó impetuosamente. Pinety lo aplacó con la
www.lectulandia.com
- Página 92
mirada.
—En la Academia de
Oxenfurt —dijo— hay una cátedra de fenómenos sobrenaturales. Los maestros de la
magia suelen acudir como invitados a dar cursos. Que tratan, entre otros temas,
también de los demonios y el demonismo, atendiendo a los muchos aspectos de
este fenómeno, incluidos el físico, el metafísico, el filosófico y el moral.
Pero a lo mejor no hace falta contártelo, porque tú has asistido a esos cursos.
Me acuerdo de ti, a pesar de que, en calidad de oyente libre, solías sentarte
en la última fila del aula. Así que te repito la pregunta sobre tu experiencia
con demonios. Ten la bondad de responder. Sin dártelas de listo, a ser posible.
Y sin fingir sorpresa.
—En mi sorpresa
—replicó secamente Geralt— no hay ni una gota de fingimiento, es tan sincera
que hasta me duele. Cómo no va a sorprenderme el hecho de que se le pregunte
por su experiencia con demonios a alguien como yo, un simple brujo, un simple
preservativo y un antídoto aún más simple. Y que las preguntas las hagan unos
maestros de la magia, los cuales imparten lecciones en la universidad sobre el
demonismo y sus distintos aspectos.
—Responde a la
pregunta que se te ha formulado.
—Soy brujo, no
hechicero. Y eso quiere decir que, en lo tocante a demonios, mi experiencia no
se puede comparar con la vuestra. He asistido a tus cursos en Oxenfurt,
Guincamp. Lo más importante nos llegaba hasta la última fila del aula. Los
demonios son criaturas de otros mundos, distintos al nuestro. De otros planos
elementales… de otras superficies, de otras dimensiones del espacio-tiempo o
como quiera que se llame. Para tener alguna experiencia, del tipo que sea, con
un demonio, es necesario invocarlo, esto es, sacarlo a la fuerza del plano en
el que está. Eso sólo se puede lograr con ayuda de la magia…
—No de la magia,
sino de la goecia —le interrumpió Pinety—. La diferencia es fundamental. Y no
nos expliques lo que ya sabemos. Responde a la pregunta que se te ha formulado.
Te lo pido por tercera vez. Asombrado de mi propia paciencia.
—Respondo a la
pregunta: sí, he tenido que ver con demonios. En dos ocasiones me han
contratado para… eliminarlos. He tenido que vérmelas con dos demonios. Con uno
que se había introducido en un lobo. Y con otro que tenía poseído a un hombre.
—Y te las
arreglaste.
—Me las arreglé. No
fue fácil.
—Pero fue factible
—intervino Tzara—. A pesar de lo que se dice. Y lo que se dice es que no hay
manera de liquidar a un demonio.
—No he dicho que
haya liquidado nunca a un demonio. Maté a un lobo y a un hombre. ¿Os interesan
los detalles?
—Mucho.
—En el caso del
lobo, que antes había mordido y despedazado a once personas, actué de acuerdo
con un sacerdote, la magia y la espada triunfaron juntas, en
www.lectulandia.com
- Página 93
comandita. Cuando
tras librar un duro combate maté finalmente al lobo, el demonio que habitaba en
él salió libre en forma de una gran esfera brillante. Y destruyó una buena
porción del bosque, derribando un árbol tras otro. Al sacerdote y a mí no nos
hizo ni caso, fue descepando la espesura en dirección contraria. Y luego se
perdió de vista, seguramente volvió a su dimensión. El sacerdote insistía en
que había sido mérito suyo, que con sus exorcismos había enviado al demonio al
otro mundo. Yo creo más bien que el demonio se fue porque estaba aburrido, sin
más.
—¿Y el otro caso?
—Fue más curioso.
»Maté al hombre
poseído —prosiguió sin que lo apremiaran—. Y ya está. Nada de espectaculares
efectos secundarios. Nada de esferas, ni de resplandores, ni de relámpagos, ni
de tomados. Ni siquiera olía a nada. No tengo ni idea de qué fue del demonio.
Al muerto lo examinaron sacerdotes y magos, cofrades vuestros. No encontraron
nada y no llegaron a ninguna conclusión. Quemaron el cuerpo, porque el proceso
de descomposición se presentó con plena normalidad, y hacía mucho calor…
Se calló. Los
hechiceros intercambiaron miradas. Con los rostros imperturbables. —Así pues, a
mi entender —dijo por fin Harlan Tzara—, ése va a ser el único método adecuado
con un demonio. Matar, acabar con el energúmeno, o sea, con el hombre poseído.
Con el hombre, subrayó. Conviene matarlo cuanto antes, sin más esperas ni
deliberaciones. Atravesarlo con la espada, con todas las fuerzas. Y listo.
¿Ése es el método
del brujo? ¿La técnica del brujo?
—Qué mal se te da,
Tzara. No sabes. Para vilipendiar a alguien, no basta con desearlo
ardientemente, no basta con el entusiasmo ni el empeño. Es imprescindible la
técnica.
—Pax, pax
—nuevamente zanjó la discusión Pinety—. Se trata simplemente de aclarar los
hechos. Nos has dicho que mataste a un hombre, son tus propias palabras. Se
supone que el código de los brujos os prohíbe matar a personas. Aseguras que
mataste a un energúmeno, a un hombre poseído por un demonio. Después de ese
hecho, es decir, de haber dado muerte a un hombre, y vuelvo a citarte, no se
observó ningún efecto espectacular. Entonces, cómo puedes estar seguro de que
no era…
—Basta —le
interrumpió Geralt—. Basta ya, Guincamp, estas alusiones no llevan a ninguna
parte. ¿Quieres hechos? Pues mira, son los siguientes. Maté, porque no había
más remedio. Maté para salvar la vida de otras personas. Y además contaba
entonces con una dispensa legal. Me la concedieron con carácter urgente, y a
pesar de eso fue formulada en términos grandilocuentes. Estado de extrema
necesidad, circunstancias eximentes de responsabilidad penal, sacrificio de un
bien con el fin de preservar otro bien, amenaza efectiva e inminente. En
efecto, era efectiva y era inminente. Es una pena que no vierais a aquel poseso
en acción, que no vierais lo que hizo, de lo que era capaz. Poco sé de los
aspectos filosóficos y metafísicos de los demonios, pero su aspecto físico es
en verdad espectacular. Es capaz de asombrar al más pintado, creed lo que os
digo.
www.lectulandia.com
- Página 94
—Te creemos
—aseguró Pinety, cambiando una nueva mirada con Tzara—. Y tanto que te creemos.
Porque también hemos visto lo nuestro.
—No lo dudo. —El
brujo frunció los labios—. Tampoco lo dudaba en Oxenfurt, en tus conferencias.
Se veía que dominabas el tema. De hecho, la base teórica me vino muy bien
entonces, con aquel lobo y con aquel sujeto. Sabía de qué iba aquello. Ambos
casos tenían el mismo fundamento. ¿Cómo dijiste antes, Tzara? ¿Método?
¿Técnica? Pues allí había un método hechiceril y una técnica igualmente
hechiceril. Algún hechicero, con sus conjuros, había invocado al demonio, lo
había sacado a la fuerza de su plano, con la intención evidente de utilizarlo
para sus propios fines mágicos. En eso se basa la magia demoníaca.
—La goecia.
—En eso se basa la
goecia: invocar al demonio, utilizarlo y después liberarlo. Eso es lo que dice
la teoría. Porque en la práctica ocurre que el hechicero, en vez de liberar al
demonio después de utilizarlo, lo encierra mágicamente en el cuerpo de algún portador.
En el cuerpo de un lobo, por ejemplo. O de una persona. Porque a los hechiceros
como Alzur y como Idarran les gusta experimentar. Observar lo que hace el
demonio en la piel de otro, cuando se le deja en libertad. Porque un hechicero
como Alzur es un enfermo, un depravado, que está feliz y se divierte
contemplando los crímenes cometidos por el demonio. Eso es lo que ha pasado,
¿verdad?
—Han pasado tantas
cosas —dijo despacio Harlan Tzara—. Generalizar es una idiotez, y reprochar una
bajeza. ¿Tengo que recordarte a esos brujos que no han resistido la tentación
de robar? ¿Que no han vacilado en ofrecer sus servicios como asesinos a sueldo?
¿Tengo que recordarte a los psicópatas que llevaban medallones con una cabeza
de gato y que también se divertían con los crímenes que se cometían a su
alrededor?
—Señores. —Pinety
levantó una mano, conteniendo al brujo, que se disponía a darle la réplica—.
Esto no es un pleno del ayuntamiento, no hay por qué competir en achacar
defectos y patologías. Seguramente lo más sensato es reconocer que nadie es
perfecto, que todos tenemos nuestros defectos, y ni siquiera las criaturas
celestiales están libres de patologías. Digo yo. Concentrémonos en el problema
que nos ocupa y que requiere una solución.
»La goecia
—prosiguió Pinety tras una larga pausa— está prohibida, pues se trata de un
procedimiento extremadamente peligroso. En si misma, la invocación al demonio
no exige, lamentablemente, ni unos conocimientos excepcionales ni unas
capacidades mágicas extraordinarias. Basta con estar en posesión de alguno de
los grimorios nigrománticos, y de éstos se encuentran en abundancia en el
mercado negro. No obstante, sin conocimientos y sin capacidades es difícil
dominar al demonio invocado. El goeta de andar por casa puede darse con un
canto en los dientes si el demonio invocado se limita a revolverse, liberarse y
escapar. Muchos han acabado hechos picadillo. Por eso, la invocación de
demonios y otras criaturas semejantes de los planos de elementos y paraelementos
fue objeto de prohibición,
www.lectulandia.com
- Página 95
bajo la amenaza de
severas penas. Existe un sistema de control que garantiza que se respete la
prohibición. Pero hay lugares que han quedado excluidos de ese control.
—El castillo de
Rissberg. Naturalmente.
—Naturalmente.
Rissberg no se puede controlar. El sistema de control de la goecia, del que te
hablaba, fue creado precisamente aquí. Como consecuencia de los experimentos
que se llevaban a cabo. Gracias a las pruebas que aquí se realizan el sistema
no ha dejado de perfeccionarse. También se desarrollan otras investigaciones,
se efectúan otros experimentos. De muy diversas clases. Se investiga todo tipo
de cosas y fenómenos, brujo. No siempre legales y no siempre morales. El fin
justifica los medios. En nuestro portal de entrada se podría colgar una
inscripción como ésa.
—Aunque debajo
—añadió Tzara— habría que añadir: «Lo que ha surgido en Rissberg, en Rissberg
se queda». Aquí los experimentos se realizan bajo control. Todo está
monitorizado.
—Es evidente que no
todo —aseguró Geralt con acritud—. Porque algo se os ha escapado.
—Algo se nos ha
escapado. —Pinety impresionaba con su tranquilidad—. Actualmente en el castillo
trabajan dieciocho maestros. A eso hay que añadir más de medio centenar de
discípulos y adeptos. A la mayoría de estos últimos sólo les falta alguna
formalidad para alcanzar el grado de maestros. Estamos inquietos… Tenemos
motivos para suponer que a alguien, dentro de ese grupo tan nutrido, le ha dado
por divertirse con la goecia.
—¿No sabéis a
quién?
—No lo sabemos.
—Harlan Tzara no pestañeó. Pero el brujo sabía que estaba mintiendo—. En mayo y
a comienzos de junio —el hechicero prosiguió sin esperar nuevas preguntas— ha
habido en la comarca tres matanzas masivas. En las proximidades, o sea, aquí
mismo, en el Piedemonte la más cercana a doce, la más alejada a unas veinte
millas de Rissberg. En todos los casos se trataba de colonias aisladas, aldeas
de leñadores y de otros trabajadores de los bosques. En las aldeas asesinaron a
todos sus moradores, no quedó nadie vivo. El examen de los restos nos convenció
de que el crimen tenía que ser obra de un demonio. Más exactamente, de un
energúmeno, de un poseído por un demonio. Un demonio que había sido invocado
aquí, en el castillo.
»Tenemos un
problema, Geralt de Rivia. Debemos solucionarlo. Y contamos con que tú nos
ayudes.
www.lectulandia.com
- Página 96
Capítulo décimo
Transportar la
materia es tarea delicada, refinada y sutil, por eso antes de emprender el
teletransporte se recomienda encarecidamente aliviarse y vaciar la vejiga.
Geoffrey Monck,
Teoría y práctica del empleo de los portales de teletransporte
Sardinilla, como de
costumbre, resopló y se resistió en cuanto vio la gualdrapa, en sus bufidos
resonaron el temor y la protesta. No le gustaba cuando el brujo le envolvía la
cabeza. Y todavía le gustaba menos lo que venía justo a continuación. A Geralt no
le chocaba la conducta de la yegua. Porque a él tampoco le gustaba. No le daba,
evidentemente, por resoplar ni bufar, pero no se abstenía de expresar su
desaprobación de otra manera.
—La verdad es que
sorprende —se sorprendió una vez más, y ya iban no sé cuántas, Harlan Tzara— tu
aversión al teletransporte.
El brujo no se puso
a soltar un discurso. Eso si que no se lo esperaba Tzara. —Llevamos
transportándote —siguió diciendo— ya más de una semana, y tú
cada vez pones una
cara como si te llevaran al patíbulo. De la gente normal lo puedo entender,
para ellos el transporte de la materia no deja de ser una cosa aterradora e
inconcebible. Pero creía que tú, brujo, estarías más familiarizado con los
temas de magia. ¡No estamos ya en los tiempos de los primeros portales de
Geoffrey Monck! Hoy el teletransporte es cosa común y totalmente segura. Los
teleportales son seguros. Y los teleportales que yo he abierto están patentados
de forma segura.
El brujo suspiró.
Más de una vez y más de dos había tenido ocasión de comprobar los efectos del
funcionamiento de los teleportales seguros, también había intervenido en la
segregación de los restos de personas que habían utilizado los teleportales.
Por eso sabía que las declaraciones relativas a la seguridad de los portales de
teletransporte se podían meter en el mismo saco que las afirmaciones del tipo:
pero si mi perro no muerde, mi hijo es un pedazo de pan, este guiso está recién
cocinado, mañana mismo como muy tarde te devuelvo el dinero, he pasado la noche
en casa de una amiga, lo único que me mueve es el bien de la patria, o
respóndenos a unas cuantas preguntas y enseguida te dejamos libre.
Pero no había otra
salida ni alternativa. De acuerdo con el plan trazado en Rissberg, la misión de
Geralt consistía en patrullar diariamente una zona determinada del Piedemonte,
con los asentamientos, colonias, aldeas y alquerías que hubiera en ella, lugares
en los que Pinety y Tzara se temían que pudiera ocurrir el próximo ataque del
energúmeno. Esa clase de poblaciones estaban diseminadas por todo el
Piedemonte, a veces bastante alejadas unas de otras. Geralt debía reconocer y
aceptar el hecho de que sin ayuda de la magia teletransportadora habría sido
imposible una labor eficaz de patrullaje. Con fines conspirativos, los portales
de Pinety y de Tzara se habían construido al final del complejo de Rissberg, en
un local enorme, vacio y
www.lectulandia.com
- Página 97
que pedía a gritos
una reforma, donde olía a moho, donde las telarañas se pegaban a la cara y las
cagaditas secas de ratón crujían al pisarlas. Una vez activado el
encantamiento, en una pared cubierta de churretones y de restos de algo que
recordaba al cieno aparecía el dibujo brillante, como de fuego, de una puerta
—más bien de un portalón—, detrás de la cual se acumulaba una luminiscencia
opaca y opalescente. Geralt obligaba a la yegua cubierta a dirigirse a la
entrada de esa luminiscencia, y en ese momento se notaba una sensación
desagradable. Se producía un resplandor en los ojos, tras lo cual se dejaba de
ver, de oír y de sentir nada, aparte de frío. Eso era lo único que se sentía en
el interior de aquella nada negra, entre el silencio, la ausencia de formas y
de tiempo: los restantes sentidos los desconectaba y apagaba la teleportación.
Por fortuna, sólo era una fracción de segundo. Pasada la cual, el mundo real
resplandecía en los ojos, y la yegua, bufando aterrada, golpeaba con sus
herraduras el duro suelo de la realidad.
—Que el caballo se
espante es comprensible —comentó Tzara una vez más—.
Pero tu miedo,
brujo, es totalmente irracional.
El miedo nunca es
irracional, se abstuvo de corregirle Geralt. Dejando de lado las alteraciones
psíquicas. Ésa era una de las primeras cosas que enseñaban a los jóvenes
brujos. Está bien tener miedo. Si tienes miedo, eso quiere decir que hay algo
que temer, así que estate atento. No hay que vencer el miedo. Basta con no
rendirse a él. Y vale la pena aprender de él.
—¿Hoy adónde?
—preguntó Tzara, abriendo la caja lacada donde guardaba la varita—. ¿A qué
zona?
—A Peñas Secas.
—Antes de la puesta
del sol procura llegar hasta Los Arcillos. Allí te recogeremos, o Pinety o yo.
¿Listo?
—Para lo que haga
falta.
Tzara movió en el
aire el brazo con la varita, como si estuviera dirigiendo una orquesta. A
Geralt le dio la sensación incluso de estar oyendo música. El hechicero formuló
el encanto melodiosamente. Era largo y sonaba como la recitación de un verso.
Resplandecieron en la pared unas líneas flamígeras, que se unieron en un vivo
dibujo rectangular. El brujo maldijo entre dientes, calmó el medallón, que
estaba pulsando, golpeó a la yegua con los talones y la obligó a introducirse
en la nada lechosa.
Negrura, silencio,
ausencia de formas, ausencia de tiempo. Frío. Y de repente un resplandor y una
sacudida, el traqueteo de los cascos en la dura tierra.
Aquellos crímenes
que, de acuerdo con las sospechas de los hechiceros, eran obra de un
energúmeno, del portador de un demonio, habían sido cometidos en las
www.lectulandia.com
- Página 98
proximidades de
Rissberg, en unas tierras despobladas conocidas como el Piedemonte de Tukai,
una franja de cerros cubiertos por un bosque ancestral que separan Temeria de
Brugge. El nombre de la franja procedía, según algunos, de un héroe legendario
llamado Tukai, pero otros afirmaban que tenía un origen bien distinto. Como
eran los únicos cerros en la región, la gente solía referirse a la zona como el
Piedemonte, sin más, y ese nombre abreviado figuraba igualmente en muchos
mapas. El Piedemonte formaba una franja que se extendía a lo largo de unas cien
millas, con una anchura de entre veinte y treinta millas. Era objeto, sobre
todo en su parte occidental, de un intenso uso y explotación forestal. Se
producía una tala de árboles a gran escala, y se desarrollaban las industrias y
actividades artesanas asociadas a la madera y al bosque. En parajes hasta
entonces despoblados surgían asentamientos, colonias, caseríos y campamentos de
personas que se dedicaban a tareas forestales, duraderos o provisionales, organizados
con criterio o al tuntún, grandes, medianos, pequeños o diminutos. En el
momento presente, según estimaciones de los hechiceros, en todo el Piedemonte
había medio centenar de asentamientos de esa clase.
En tres de ellos
habían tenido lugar aquellas masacres de las que nadie había salido vivo.
En el extremo oeste
del Piedemonte, Peñas Secas, un grupo de colinas calcáreas de escasa altura
rodeadas por frondosos bosques, era la frontera occidental de la región
patrullada. Geralt ya había estado allí, conocía el terreno. En la linde del
bosque habían construido una gran calera, un horno destinado a la calcinación
de las rocas. El producto final de la calcinación era la cal viva. Cuando
estuvieron allí juntos, Pinety le había explicado para qué sirve la cal viva,
pero Geralt no le había escuchado con atención y no había tardado en olvidarlo.
La cal —de cualquier tipo— se encontraba muy lejos de su esfera de intereses.
Pero junto al horno se había establecido una colonia de individuos para los que
dicha cal era la base de su existencia. Le encomendaron la protección de esos
individuos. Y eso era lo único importante.
Los caleros lo
reconocieron, uno le saludó agitando el sombrero. Geralt le devolvió el saludo.
Hago mi trabajo, pensó. Hago lo que tengo que hacer. Por eso me pagan.
Dirigió a
Sardinilla hacia el bosque. Le esperaba una media hora de marcha por un camino
forestal. Alrededor de una milla le separaba del siguiente asentamiento.
Conocido como el Claro del Podenco.
En el curso de un
día el brujo solía recorrer una distancia de entre siete y diez millas:
dependiendo de la
zona, eso suponía visitar desde unos pocos hasta cerca de una
www.lectulandia.com
- Página 99
veintena de lugares
poblados, antes de presentarse en el punto acordado, desde donde alguno de los
hechiceros lo teletransportaba antes de la puesta de sol y lo llevaba de vuelta
al castillo. Al día siguiente se repetía el esquema, pero patrullando otra zona
del Piedemonte. Geralt elegía las regiones al azar, tratando de evitar la
rutina y la repetición de un esquema fácilmente predecible. Pero, por lo demás,
el trabajo resultaba bastante monótono. No obstante, al brujo la monotonía no
le molestaba, estaba habituado a ella en su oficio, en la mayoría de los casos
sólo la paciencia, la tenacidad y la diligencia garantizaban el éxito en la
caza al monstruo. Además, hasta entonces —y aquello no carecía de importancia—
nunca nadie había tenido a bien pagarle por su paciencia, tenacidad y
diligencia tan generosamente como los hechiceros de Rissberg. Así que no podía
quejarse, tenía que realizar su trabajo.
Aunque no tuviera
demasiada fe en el éxito de su empresa.
—Nada más llegar a
Rissberg —hizo ver a los hechiceros— me presentasteis a Hortulano y a todos los
magos de rango superior. Aun suponiendo que el responsable de la goecia y de
las masacres no estuviera entre ellos, la noticia de la presencia de un brujo en
el castillo tuvo que correr por ahí. El criminal, si es que existe, se daría
cuenta en un santiamén de qué iba la cosa, de modo que habrá decidido
ocultarse, renunciando a sus acciones. Definitivamente. A menos que esté
esperando a que yo me vaya, y entonces las reanudará.
—Podemos
escenificar tu marcha —repuso Pinety—. A partir de ese momento tu estancia en
el castillo será un secreto. No te preocupes, hay una magia que garantiza el
secreto de aquello que tiene que mantenerse en secreto. Confía en nosotros,
sabemos cómo valernos de esa clase de magia.
—Entonces, a
vuestro juicio, ¿tienen sentido las patrullas diarias? —Si lo tienen. Dedícate
a lo tuyo, brujo. De lo demás no te preocupes.
Geralt prometió
solemnemente no preocuparse. Pero tenía sus dudas. Y no acababa de fiarse de
los hechiceros. Abrigaba algunas sospechas.
Pero no tenía
intención de manifestarlas.
En el Claro del
Podenco las hachas golpeaban con brío y rechinaban las sierras, olía a madera
fresca y a resina. El que se dedicaba allí al aclarado frenético del bosque era
el leñador Podenco con su numerosa familia. Los miembros de más edad se
dedicaban a cortar y serrar, los que eran algo más jóvenes limpiaban de ramas
los troncos derribados, los más bisoños transportaban la leña. Podenco vio a
Geralt, hincó el hacha en un tronco, se rascó la frente.
—Salud. —El brujo
se acercó—. ¿Qué tal? ¿Todo en orden? Podenco lo observó detenidamente, con
aire sombrío. —Mal andamos —dijo finalmente.
www.lectulandia.com
- Página 100
—¿Y eso?
Podenco tardó mucho
en responder.
—Robaron una sierra
—gruñó finalmente—. ¡Una sierra nos robaron! ¿Y ahora qué, eh? Y vos señor, por
los linderos cabalgáis, ¿no? Y Torquil con su gente, que tanto andurrean por
los bosques, ¿para qué? ¿Vigilando estábais, eh? ¡Pues nos roban las sierras!
—Me ocuparé de eso
—mintió con soltura Geralt—. Me ocuparé de ese asunto.
Adiós.
Podenco soltó un
gargajo.
En el siguiente
claro, en este caso el del Abubilla, todo estaba en orden, nadie había
amenazado a Abubilla y aparentemente no le habían robado nada. Geralt ni
siquiera hizo detenerse a Sardinilla. Se dirigió hacia el próximo asentamiento.
Llamado El Recocho.
El desplazamiento
entre los distintos poblados se veía facilitado por los caminos forestales,
hollados por las ruedas de los vehículos. A menudo Geralt se topaba con carros,
tanto cargados de madera como vacíos, que iban a recoger su cargamento. También
se encontraba con grupos de caminantes, había un tráfico sorprendentemente
intenso. Hasta en las profundidades del bosque era raro que no hubiera nadie.
Por encima de los helechos, como si se tratase del lomo de un narval emergiendo
entre las olas del mar, asomaba de vez en cuando el trasero de una aldeana que
estaba recolectando a cuatro patas bayas y otros tesoros del bosque. A veces,
entre los árboles se movía con paso rígido algo que por su tipo y su rostro
recordaba a un zombi, pero que en realidad no era más que un abuelete que
estaba buscando setas. Otras veces se oía el chasquido de una rama seca en
medio de un griterío diabólico: eran unos niños, retoños de leñadores y
carboneros, armados con unos arcos fabricados con unos palitroques y unas cuerdas.
Sorprendía comprobar todo el daño que eran capaces de infligirle a la
naturaleza unos críos con ayuda de tan primitivos utensilios. Y daba miedo
pensar que algún día esos críos se harían mayores y dispondrían de utensilios
profesionales.
El poblado de El
Recocho, donde también reinaba la calma, donde nada estorbaba el trabajo ni
amenazaba a los trabajadores, debía su nombre —cuánta originalidad— a la potasa
que allí se cocía, un material muy preciado en la industria del vidrio y de los
jabones. La potasa, como le explicaron a Geralt los hechiceros, se obtenía de
las cenizas del carbón vegetal que se quemaba en los alrededores. Geralt ya
había visitado —y tenía intención de volver a visitarlos ese día— los poblados
vecinos de
www.lectulandia.com
- Página 101
carboneros. El más
próximo se llamaba El Robledo y el camino hasta él discurría de hecho junto a
una notable concentración de gigantescos robles centenarios. Incluso a
mediodía, incluso a pleno sol, en un día despejado, bajo los robles había
siempre una espesa sombra. Fue allí precisamente, en medio de aquellos robles,
hacía menos de una semana, donde Geralt se había encontrado por primera vez con
el constable Torquil y su partida.
Cuando salieron al
galope del robledal y le rodearon por todas partes, vestidos con uniformes
verdes de camuflaje, con arcos largos al hombro, Geralt al principio los tomó
por Forestales, miembros de la célebre formación paramilitar de cazadores, que
se daban a sí mismos el nombre de Guardianes de Despoblados y se dedicaban a
dar caza a los inhumanos, sobre todo a los elfos y a las dríadas, y a matarlos
con rebuscamiento. Solía ocurrir que a quienes viajaban por los bosques los
Forestales los acusaban de colaborar con los inhumanos o de comerciar con
ellos, ya fuera por lo uno o por lo otro uno corría el riesgo de ser linchado,
y demostrar la inocencia era difícil. Así pues, aquel encuentro en medio del
robledal se anunciaba drásticamente violento, por eso, Geralt respiró aliviado
cuando los jinetes verdes resultaron ser unos defensores de la ley que actuaban
en cumplimiento de su deber. El jefe, un tipo con el rostro atezado y una
mirada penetrante que se presentó como constable al servicio del bailío de Gors
Velen, exigió bruscamente y sin miramientos a Geralt que se identificara y, una
vez que supo quién era, deseó ver alguna señal que lo acreditara como brujo. El
medallón con las fauces de lobo no sólo fue aceptado como una prueba
satisfactoria, sino que además despertó una evidente admiración en el defensor
de la ley. La estima, por lo que se vio, se extendió al propio Geralt. El
constable desmontó del caballo, le pidió a Geralt que hiciera otro tanto y le
invitó a charlar unos momentos.
—Soy Frans Torquil.
—El constable se quitó la máscara de burócrata rudo y se mostró como un tipo
tranquilo y juicioso—. Y tú eres el brujo Geralt de Rivia. El mismo Geralt de
Rivia que ha poco más de un mes, en Ansegis, libró de la muerte a una mujer y a
una niña, matando a un monstruo comehombres.
Geralt frunció los
labios. Felizmente, ya se había olvidado de Ansegis, del monstruo con una chapa
y del hombre que había perecido por su culpa. Durante mucho tiempo se había
estado reconcomiendo, finalmente había conseguido convencerse a sí mismo de que
había hecho todo lo que había podido, de que había salvado a dos personas, de
que aquel monstruo ya no iba a matar a nadie. Ahora todo regresaba.
Probablemente Frans
Torquil no se percató de la sombra que cubrió la cara del brujo a raíz de
aquellas palabras suyas. Y, si se percató, no le dio mayor importancia.
—Parece, brujo
—prosiguió—, que los dos andamos por estas frondas por las mismas razones.
Malas cosas empezaron a pasar en primavera en el Piedemonte de
www.lectulandia.com
- Página 102
Tukai, acá se han
visto sucesos horribles. Y hora es ya de poner término a eso. Después de la
matanza en Los Arcos aconsejé a los magos de Rissberg que contrataran a un
brujo. Se ve que me han hecho caso, y eso que no les gusta hacer caso a nadie.
El constable se
quitó el sombrero y sacudió las agujas y las semillas. Llevaba el mismo tipo de
sombrero que Jaskier, sólo que el fieltro era de peor calidad. Y en lugar de
una pluma de garza lo adornaba una timonera de faisán.
—Largo ya tiempo
ando velando por la ley y el orden en el Piedemonte — continuó, mirando a
Geralt a los ojos—. Sin ánimo de pavonearse, más de un malhechor he agarrado,
con más de uno adorné alguna rama seca. Mas lo que está pasando últimamente…
Para eso hace falta, por añadidura, alguien como tú. Alguien que entienda de
hechizos y sepa de monstruos, alguien que no se tiemble ante endriagos,
fantasmas ni dragones. Y bien está, podremos aguaitar y amparar juntos a la
gente. Yo, por mi salario de mierda, tú por el dinero de los hechiceros. Y por
cierto, ¿mucho te pagan por este trabajo?
Quinientas coronas
novigradas, transferidas por adelantado a mi cuenta bancaria, cosa que Geralt
no tenía ninguna intención de revelar. Por esa cantidad han adquirido mis
servicios y mi tiempo los hechiceros de Rissberg. Quince días de mi tiempo. Y
pasados esos quince días, con independencia de lo que pueda ocurrir, otra
transferencia por idéntica suma. Pagan generosamente. De forma más que
satisfactoria.
—Bueno, de seguro
que mal no pagan. —Frans Torquil no tardó en comprender que la respuesta no iba
a llegar—. Pueden permitírselo. Y a ti te diré únicamente: en esto ningún
dinero es mucho. Porque es éste un asunto muy feo, brujo. Muy feo, oscuro y
antinatural. El mal que aquí ha hecho tantos estragos ha llegado de Rissberg,
me apuesto la testa. Claro está que los hechiceros la cagaron en algo de esa
magia suya. Porque su magia es como un saco de víboras: por muy fuerte que lo
ates, al final siempre algo venenoso se escapa.
El constable miró a
Geralt de reojo, le bastó esa ojeada para comprender que el brujo no le iba a
dar ninguna pista de su acuerdo con los magos.
—¿Te han informado
de todos los detalles? ¿Te han contado lo que pasó en Los Tejos, en Los Arcos y
en Las Cornamentas?
—Más o menos.
—Más o menos
—repitió Torquil—. Tres días después de Belleteyn, poblado de Los Tejos, nueve
leñadores asesinados. Mediados de mayo, un caserío de aserradores en Los Arcos,
doce muertos. Principios de junio, Las Cornamentas, una colonia de carboneros.
Quince muertos. Así andan más o menos las cosas a día de hoy, brujo. Porque
esto no ha acabado. Me apuesto la testa a que no ha acabado.
Los Tejos, Los
Arcos, Las Cornamentas. Tres asesinatos en masa. Y no había sido un accidente
de trabajo, no se trataba de un demonio que se hubiera liberado y se hubiera
escapado por culpa de un goetista chapucero que no lo había sabido controlar.
www.lectulandia.com
- Página 103
Era algo
premeditado, una acción planeada. Alguien había introducido tres veces a un
demonio en un portador, y tres veces lo había enviado a asesinar.
—Yo ya he visto
muchas cosas. —Al constable le empezaron a temblar los músculos de las
mandíbulas—. Más de un campo de batalla, más de un despojo y más de dos.
Ataques, saqueos, asaltos de bandidos, sangrientas venganzas familiares y
ajustes de cuentas, hasta una boda que se saldó con seis fallecidos, el novio
incluso. ¿Mas eso de andar cortando tendones para después acuchillar a los que
se han quedado cojos? ¿Para arrancarles el cuero cabelludo? ¿Darles mordiscos
en la garganta? ¿Abrirlos vivos en canal para sacarles los intestinos de las
tripas? ¿Y al cabo hacer una pirámide con las cabezas cortadas? ¿Con quién, te
pregunto, nos las vamos a tener que ver aquí? ¿Los hechiceros no te lo han
contado? ¿No te han explicado para qué querían a un brujo?
¿Para qué querían a
un brujo los hechiceros de Rissberg? ¿Hasta el punto de que habían tenido que
recurrir al chantaje para obligarlo a colaborar? Porque podían habérselas
arreglado perfectamente ellos solos con cualquier demonio y con cualquier
endemoniado, y sin mayor dificultad. Fulmen sphaericus, sagitta aurea: con esos
dos sortilegios, sin ir más lejos, podían haber tratado al energúmeno desde una
distancia de cien pasos, y es dudoso que hubiera sobrevivido al tratamiento.
Pero no, los magos preferían un brujo. ¿Por qué? La respuesta no podía ser más
sencilla: el energúmeno era un hechicero, un cofrade, un colega. Algún
compañero de oficio invoca a unos demonios, deja que entren en él y va
corriendo a cargarse a alguien. Ya lo ha hecho tres veces. Pero los hechiceros
son incapaces de atinar a su colega con un rayo esférico o de atravesarlo con
una flecha de oro. Para ocuparse del colega hace falta un brujo.
Ni podía ni quería
decirle eso a Torquil. Ni podía ni quería decirle lo que les había dicho a los
hechiceros en Rissberg. Algo a lo que habían reaccionado con desdén. Un desdén
más propio de alguna banalidad.
—Seguís haciendo lo
mismo. Os seguís divirtiendo con eso que llamáis goecia. Invocáis a esos seres,
los sacáis de su dimensión, al otro lado de la puerta cerrada. Y siempre con la
misma canción: los controlaremos, los dominaremos, haremos que nos obedezcan,
que trabajen duro para nosotros. Y con idéntica justificación: descubriremos
sus secretos, los obligaremos a revelar secretos y arcanos, gracias a lo cual
multiplicaremos la fuerza de nuestra magia, podremos curar y sanar,
eliminaremos las enfermedades y las catástrofes naturales, lograremos que el
mundo sea mejor y que el hombre sea feliz. E invariablemente resulta que es
falso, que únicamente os preocupa vuestro poder y vuestro dominio.
Tzara, era
evidente, se moría por responder, pero Pinety le frenó.
—Por lo que
respecta a esos seres que están al otro lado de la puerta cerrada — prosiguió
Geralt—, a los que, por comodidad, llamamos demonios, seguramente
www.lectulandia.com
- Página 104
sabéis lo mismo que
nosotros, los brujos. Y es algo que comprobamos hace ya tiempo, y está escrito
en los protocolos y en las crónicas de los brujos. Los demonios nunca, jamás de
los jamases, os revelarán ningún secreto, ningún arcano. Nunca consentirán que
los obliguen a trabajar duro. Dejan que los invoquen y los traigan a este mundo
con un solo objetivo: quieren asesinar. Porque les gusta. Vosotros lo sabéis
tan bien como yo. Pero les dais esa posibilidad.
—De la teoría —dijo
Pinety después de un rato muy largo de silencio— podemos pasar a la práctica.
Creo que en los protocolos y en las crónicas de los brujos también se dice algo
al respecto. Y lo que esperamos de ti, brujo, no son ni mucho menos tratados
morales, sino precisamente soluciones prácticas.
—Gusto ha sido el
conocerte. —Frans Torquil le dio la mano a Geralt—. Y ahora al tajo, a
patrullar. A vigilar, a defender a la gente. Para eso estamos aquí.
—Para eso.
Una vez que montó
en el caballo, el constable se inclinó.
—Me apuesto lo que
quieras —dijo en voz baja— a que lo que te vaya a contar ahora tú ya lo sabes
de sobra. Mas voy a contártelo de todos modos. Ten cuidado, brujo. Estate
atento. De esto departir no quieres, mas yo sé lo que sé. Lo cierto es que los
hechiceros te han contratado para que arregles el desaguisado que ellos mismos
causaran, para que barras la mugre que han echado. Eso sí, como algo no vaya
bien, se buscarán un chivo expiatorio. Y tú tienes todas las papeletas para
ello.
El cielo empezaba a
oscurecer por encima del bosque, una ráfaga de viento silbó en las copas de los
árboles. Resonó un trueno distante.
—Cuando no es una
tormenta, es un chaparrón —constató Frans Torquil cuando volvieron a
encontrarse—. Un día si y otro también, truena y llueve. Y el resultado es que
todas las huellas, da igual donde las busques, las borró la lluvia. Oportuno,
¿cierto? Ni hecho de encargo. Huele todo esto también a nigromancia, a Rissberg
más concretamente. Se dice que los hechiceros pueden influir en el tiempo.
Suscitar un viento mágico o dominar uno natural, para que sople cuando ellos
quieran. Ahuyentar las nubes, traer lluvia o granizo, y hacer que la tormenta
se desate a voluntad. Cada vez que les convenga. Para borrar huellas, por
ejemplo. ¿Qué tienes que decir, Geralt?
—Cierto que los
magos pueden hacer muchas cosas —contestó—. Han gobernado el tiempo desde
siempre, desde el primer desembarco, el cual, por lo visto, sólo gracias a los
conjuros de Jan Bekker no acabó en catástrofe. Pero culpar a los magos de todas
las desgracias y desastres me parece una exageración. Al fin y al
www.lectulandia.com
- Página 105
cabo, estás
hablando de fenómenos naturales, Frans. Sencillamente, es la estación en la que
estamos. La estación de las tormentas.
Azuzó a la yegua.
El sol declinaba ya hacia el oeste, Geralt tenía intención de visitar algunos
poblados más antes del ocaso. El más próximo era una colonia de carboneros,
situada en un claro conocido como Las Cornamentas. Cuando estuvo allí por
primera vez, le acompañó Pinety.
El escenario de la
masacre, para sorpresa del brujo, lejos de ser un paraje perdido y siniestro,
era un lugar lleno de gente que estaba trabajando animadamente. Los carboneros
—que se llamaban a sí mismos cisqueros— estaban trabajando precisamente en la construcción
de una nueva carbonera, con la que se obtenía el carbón vegetal. La carbonera
consistía en una pila de leña en forma de cúpula, no se trataba ni mucho menos
de amontonar los maderos sin más, sino de colocarlos cuidadosa y metódicamente.
Cuando Geralt y Pinety se presentaron en el claro del bosque, los carboneros
estaban envolviendo aquella pila con musgo y cubriéndola de tierra
meticulosamente. Otra carbonera, construida con anterioridad, ya funcionaba,
esto es, humeaba de lo lindo. Todo el claro estaba cubierto de un humo que
irritaba los ojos, un intenso olor a resina atacaba las fosas nasales.
—¿Hace cuánto…? —El
brujo carraspeó—. ¿Hace cuánto, según me dijiste, ocurrió…?
—Hace justo un mes.
—¿Y la gente está
aquí trabajando, como si tal cosa?
—La demanda de
carbón vegetal —le explicó Pinety— es enorme. Tan sólo el carbón vegetal
permite alcanzar, durante su combustión, una temperatura que hace posible la
fundición de los metales. Los hornos de fundición en Dorian y Gors Velen no
podrían funcionar sin carbón, y la metalurgia es la más importante y avanzada
de las ramas de la industria. Gracias a esa demanda, la carbonería es una
ocupación próspera, y la economía, brujo, es como la naturaleza, que aborrece
el vacío. Los cisqueros asesinados fueron enterrados allí, mira, ¿no ves ese
túmulo? Aún amarillea la arena reciente. Y en su lugar han llegado otros
nuevos. La carbonera humea, la vida sigue su curso.
Desmontaron. Los
cisqueros no les prestaron atención, estaban demasiado ocupados. Si acaso
alguien se interesó por ellos, fueron las mujeres y los niños, algunos de los
cuales correteaban entre las cabañas.
—Y tanto. —Pinety
adivinó la pregunta antes de que el brujo se la hiciera—. Entre los sepultados
bajo el túmulo niños también había. Tres. Tres hembras. Nueve entre varones y
mozos. Ven conmigo.
Pasaron entre unas
pilas de madera que se estaban secando.
www.lectulandia.com
- Página 106
—A algunos hombres
—dijo el hechicero— los mataron de inmediato, les abrieron la cabeza. A los
demás los desarmaron e inmovilizaron, cortándoles los tendones de los pies con
un objeto afilado. A muchos, entre ellos a todos los niños, les partieron
además los brazos. Una vez desarmados, los asesinaron. Los degollaron, les
rajaron el vientre, les abrieron la caja torácica. Les desollaron la espalda,
les arrancaron el cuero cabelludo. A una de las mujeres…
—Basta. —El brujo
observó las negras manchas de sangre, aún visibles en los tocones de abedul—.
Basta, Pinety.
—Merece la pena que
sepas con quién… con qué tenemos que vérnoslas.
—Ya lo sé.
—Entonces sólo los
últimos detalles. No se han encontrado todos los cuerpos. A todas las víctimas
las decapitaron. E hicieron una pirámide con las cabezas, aquí mismo, en este
lugar. Había quince cabezas, y trece cuerpos. Dos de los cuerpos han desaparecido.
»Siguiendo un
esquema prácticamente idéntico —prosiguió el hechicero tras una breve pausa—,
procedieron con los habitantes de los otros dos poblados, Los Tejos y Los
Arcos. En Los Tejos mataron a nueve personas, en Los Arcos a doce. Mañana te
llevaré allí. Hoy vamos a pasarnos por Nueva Peguera, no está lejos. Conocerás
cómo funciona la producción del alquitrán vegetal y de la pez. La próxima vez
que se te ocurra embadurnar algo con pez, ya sabrás de dónde lo sacan.
—Tengo una
pregunta.
—Dime.
—¿De verdad teníais
que recurrir al chantaje? ¿No confiabais en que acudiera a Rissberg por mi
propia voluntad?
—Había distintos
pareceres.
—Hacer que me
metieran en la cárcel en Kerack, que me soltaran después, pero sin dejar de
presionar al juez, ¿de quién fue la idea? ¿A quién se le ocurrió? A Coral,
¿verdad que sí?
Pinety lo miró.
Mucho tiempo.
—Cierto —reconoció
por fin—. Fue idea suya. El plan es suyo. Encerrarte, soltarte, presionar. Y
conseguir al final que la causa fuera sobreseída. Lo solucionó apenas irte tú,
ahora tu expediente en Kerack está limpio como una patena. ¿Tienes más preguntas?
¿No? Vamos entonces a Nueva Peguera, a echar un vistazo a la pez. Después
abriré el teleportal y volveremos a Rissberg. Esta tarde me gustaría darme una
vuelta por mi riachuelo con la mosca. Está plagado de cachipollas, las truchas
se van a poner las botas… ¿Has pescado alguna vez, brujo? ¿No te atrae la
pesca?
—Pesco cuando me
apetece pescado. Siempre llevo una cuerda encima.
Pinety estuvo un
buen rato callado.
—Una cuerda —dijo
finalmente en un tono chocante—. Un sedal, cargado con un pedazo de plomo. Con
muchos anzuelos. En los que se ensartan lombrices.
—Sí. ¿Y qué?
www.lectulandia.com
- Página 107
—Nada. Era por
preguntar.
Se dirigía a
Pinares, el siguiente asentamiento de carboneros, cuando de repente en el
bosque se hizo el silencio. Los arrendajos se callaron, cesaron como cortados
con un cuchillo los gritos de las urracas, se interrumpió bruscamente el
golpeteo del pájaro carpintero. El bosque se quedó paralizado, presintiendo el
peligro.
Geralt lanzó la
yegua al galope.
www.lectulandia.com
- Página 108
Capítulo
decimoprimero
La muerte es
nuestra eterna compañera. Siempre está a nuestra izquierda, al alcance de
nuestra mano. Es la única consejera sabia con la que puede contar el guerrero.
Si le parece que todo le está saliendo mal y que está a punto de ser
aniquilado, el guerrero se puede volver hacia la muerte y preguntarle si es
cierto. La muerte le responderá entonces que está equivocado, que lo único que
cuenta es que ella le toque. «Y yo aún no te he tocado», le dirá.
Carlos Castaneda,
Viaje a Ixtlán
La carbonera de
Pinares la habían construido en las proximidades de un claro de bosque, los
carboneros aprovechaban los restos de madera que quedaban después de la tala.
No hacía mucho que se había iniciado aquí la combustión: de la parte superior
de la cúpula, como del cráter de un volcán, emergía una columna de humo
amarillento que desprendía un fuerte olor. El olor del humo no tapaba el
pestazo a muerte que flotaba sobre el calvero.
Geralt saltó del
caballo. Y agarró la espada.
Vio el primer
cadáver, sin cabeza ni pies, al lado mismo de la carbonera. La tierra que
cubría el montículo estaba rociada de sangre. Algo más lejos yacían los tres
siguientes cuerpos, masacrados hasta volverse irreconocibles. La sangre había
empapado la arena permeable del bosque, formando unas manchas negruzcas.
Hacia el centro del
claro, cerca de una hoguera rodeada de piedras, había otros dos cadáveres: un
hombre y una mujer. Al hombre lo habían degollado, rajándole de tal modo el
gaznate que se le veían las vértebras del cuello. La mujer tenía medio cuerpo
metido en la hoguera, entre las cenizas, y estaba manchada con las gachas que
se habían vertido de una cazuela volcada.
A cierta distancia,
junto a un montón de leña, yacía un chiquillo, tendría unos cinco años. Estaba
partido por la mitad. Alguien —o, más bien, algo— lo había cogido de los dos
pies y había tirado hasta desgarrarlo.
Geralt contempló el
siguiente cadáver, tenía el vientre rajado y las tripas fuera. En toda su
extensión, esto es, como un par de varas de intestino grueso y más de seis de
delgado. Los intestinos formaban una línea recta, brillante, entre rosa y
azulada, que iba desde el cadáver hasta una choza de ramas de pino,
desapareciendo en su interior.
Allí dentro, en un
tosco camastro, yacía boca arriba un hombre delgado. Era evidente que algo allí
no encajaba. Tenía los costosos vestidos completamente empapados de sangre.
Pero el brujo no vio que la sangre borboteara, chorreara o goteara de ninguno de
los vasos sanguíneos principales.
Lo reconoció a
pesar de tener el rostro cubierto de sangre reseca. Era Sorel Degerlund, aquel
guaperas de largos cabellos, delgado y un tanto afeminado, que le habían
presentado durante la audiencia con Hortulano. En aquella ocasión, como los
demás magos, llevaba una capa engalanada y un jubón bordado, estaba sentado a
la mesa entre sus cofrades y al igual que ellos miraba al brujo con mal
disimulada
www.lectulandia.com
- Página 109
animadversión. Y
ahora estaba allí tendido, inconsciente, cubierto de sangre, y tenía enrollados
en el puño derecho los intestinos de un tipo. Extraídos del vientre rajado de
un cadáver que yacía escasamente a diez pasos de él.
El brujo tragó
saliva. ¿Me lo cargo, pensó, ahora que está inconsciente? ¿Será eso lo que
esperan Pinety y Tzara? ¿Matar al energúmeno? ¿Eliminar al goetista que se
dedica a invocar a los demonios?
Un gemido lo sacó
de sus cavilaciones. Al parecer, Sorel Degerlund estaba volviendo en sí.
Levantó la cabeza, gimió, volvió a derrumbarse en la yacija. Se incorporó, echó
un vistazo a su alrededor con la mirada perdida. Al ver al brujo, abrió la
boca. Se fijó en su propio vientre ensangrentado. Levantó la mano. Vio lo que
tenía en ella. Y empezó a gritar.
Geralt observó la
espada, aquella adquisición de Jaskier con el gavilán dorado.
Miró el delgado
cuello del hechicero. Con aquella vena hinchada.
Sorel Degerlund se
despegó los intestinos de la mano y se deshizo de ellos. Dejó de gritar, ahora
se limitaba a gemir y temblar. Se levantó, primero a cuatro patas, acto seguido
se puso de pie. Salió de la choza, miró a su alrededor, chilló y echó a correr.
El brujo lo agarró del cuello del jubón, lo inmovilizó y le obligó a ponerse de
rodillas.
—Qué… aquí…
—farfulló Degerlund, sin dejar de temblar—. Qué es… ¿Qué es lo que ha pa…
pasado aquí?
—Creo que lo sabes.
El hechicero tragó
saliva ruidosamente.
—Cómo he… ¿Cómo he
venido a parar aquí? No… No me acuerdo de nada… ¡No me acuerdo de nada! ¡De
nada!
—La verdad es que
no me lo creo.
—La invocación…
—Degerlund se llevó las manos a la cara—. Lo invoqué… Apareció. En el
pentagrama, en el círculo de tiza… Y entró. Entró en mí.
—Parece que no es
la primera vez, ¿no?
Degerlund gimoteó.
De forma algo teatral, esa sensación le dio a Geralt. El brujo lamentaba no
haber podido pillar al energúmeno antes de que el demonio lo abandonara. Su
pesar, se daba perfecta cuenta, era escasamente racional: sabía muy bien lo
peligroso que podía ser verse las caras con un demonio, debería estar contento
de que el enfrentamiento no hubiera tenido lugar. Pero no estaba contento.
Porque, en ese caso, al menos habría sabido qué hacer.
Por qué me habrá
tocado a mí, pensó. Por qué no se ha presentado aquí Frans Torquil con su
partida. El constable no habría tenido reticencias ni escrúpulos. Con sangre
hasta las cejas, pillado con los entresijos de la víctima en el puño, le habría
colocado al hechicero un lazo en el cuello en un santiamén y éste ahora estaría
bamboleándose en cualquier rama de por aquí. Las dudas y las vacilaciones no
habrían frenado a Torquil. No se habría parado a pensar que aquel hechicero de
apariencia femenil y un tanto enclenque no habría sido capaz, ni de lejos, de
despachar horriblemente a tanta gente, y menos en un plazo tan breve que sus
ropas
www.lectulandia.com
- Página 110
manchadas de sangre
no habían tenido tiempo de secarse ni de ponerse tiesas. Que no habría podido
partir a un niño por la mitad valiéndose tan sólo de sus manos desnudas. No,
Torquil ni se lo habría planteado.
Pero yo sí.
Pinety y Tzara
estaban seguros de que no me lo habría planteado.
—No me mates…
—imploró Degerlund—. No me mates, brujo… Yo ya nunca… Nunca más…
—Cierra el pico.
—Te juro que nunca…
—Que te calles.
¿Estás suficientemente espabilado como para hacer uso de la magia? ¿Para llamar
a los hechiceros de Rissberg y hacerlos venir hasta aquí?
—Tengo mi sello…
Puedo… puedo teleportarme a Rissberg.
—Pero solo no.
Conmigo. Sin truquitos. No intentes ponerte de pie, sigue de rodillas.
—Tengo que
levantarme. Y tú… para que la teleportación funcione, tienes que estar cerca de
mí. Muy cerca.
—¿Cómo? Venga, ¿a
qué esperas? Saca ese amuleto.
—No es un amuleto.
Ya te he dicho que es un sello.
Degerlund se
desabrochó el jubón ensangrentado y la camisa. Tenía un tatuaje en el pecho
escuchimizado: dos círculos entrecruzados. Los círculos estaban sembrados de
puntos de distintos tamaños. Recordaba hasta cierto punto al esquema de las
órbitas de los planetas que Geralt había visto en su día en la Academia de
Oxenfurt.
El mago recitó un
encantamiento melodioso. Los círculos se iluminaron en azul, los puntos en
rojo. Y empezaron a girar.
—Ahora. Acércate a
mí.
—¿Que me acerque?
—Más todavía.
Pégate bien a mí.
—¿Qué has dicho?
—Pégate bien a mí y
abrázame.
—A Degerlund le
cambió la voz. Sus ojos, llorosos hacía un momento, se encendieron de un modo
horrible y los labios se le retorcieron de un modo desagradable.
—Sí, así está bien.
Con fuerza y con sentimiento, brujo. Como si yo fuera esa Yennefer tuya.
Geralt comprendió
lo que estaba pasando. Pero no tuvo tiempo ni de apartar a Degerlund de un
empujón, ni de sacudirle con el pomo de la espada, ni de golpearle con la hoja
en el cuello. Sencillamente, no tuvo tiempo.
Una luminiscencia
opalescente brilló en sus ojos. En una fracción de segundo se hundió en la nada
negra. En un frío penetrante, en el silencio, en la ausencia de formas y de
tiempo.
www.lectulandia.com
- Página 111
Aterrizaron en
duro, fue como si un suelo de losas de piedra les saliera al encuentro. El
impulso hizo que se separaran. Geralt no alcanzó ni a ver bien dónde estaba.
Notó un fuerte olor, olor a suciedad mezclado con almizcle. Unas descomunales y
poderosas garras lo agarraron de los sobacos y del cuello, unos toscos dedazos
se cerraron sin mayor dificultad sobre sus bíceps, unos pulgares duros como el
acero se aferraron dolorosamente a los nervios del plexo braquial. Paralizado,
dejó caer la espada de su mano impotente. Vio delante de él a un jorobado con
una boca espantosa, cubierta de úlceras. Apenas tenía en la cabeza unos cuantos
mechones de pelo acerado. El jorobado, con las piernas arqueadas muy separadas,
le apuntaba con una gran ballesta, o más exactamente con una arbalesta de dos
arcos de acero, colocados uno por encima del otro. Las dos puntas piramidales
de los virotes, que apuntaban contra Geralt, tenían cada una sus dos buenas
pulgadas de anchura y estaban afiladas como navajas de afeitar.
Sorel Degerlund
estaba parado delante de él.
—Como seguramente
ya habrás deducido —dijo—, no has ido a parar a Rissberg. Has ido a parar a mi
asilo y lugar de retiro. A un sitio donde, junto con mi maestro, llevamos a
cabo experimentos de los que no tienen noticia en Rissberg. Soy, como sin duda
sabes, Sorel Albert Amador Degerlund, magister magicus. Soy, cosa que aún no
sabes, quien te va a traer el dolor y la muerte.
Habían
desaparecido, como llevados por el viento, los fingidos terrores y el afectado
pánico, habían desaparecido todas las falsas apariencias. Allí, en el claro de
los carboneros, todo había sido fingido. Delante de Geralt, que estaba atrapado
en una llave paralizante por las ásperas garras, había un Sorel Degerlund
radicalmente distinto. Un Sorel Degerlund triunfal, rebosante de orgullo y
arrogancia. Un Sorel Degerlund que enseñaba los dientes en una sonrisa
maliciosa. Una sonrisa que hacia pensar en escolopendras colándose por las
rendijas de debajo de la puerta. En tumbas profanadas. En gusanos blancos
retorciéndose entre cadáveres. En tábanos metiendo las patas en un plato de
sopa de verduras.
El hechicero se
acercó más hacia Geralt. Tenía en la mano una jeringa de metal con una larga
aguja.
—Te he engañado
igual que a un crío, allí, en el claro —dijo entre dientes—. Igual que un crío,
has resultado ser un pardillo. ¡Brujo Geralt de Rivia! Aunque el instinto no le
ha engañado, no me ha matado por no estar seguro. Por ser un buen brujo y una buena
persona. ¿Hace falta decirte, buen brujo, quiénes son las buenas personas? Son
aquéllas a las que el destino les ha escatimado las ocasiones de disfrutar de
las ventajas de ser malos. O aquéllas que si han dispuesto de tales ocasiones,
pero han sido demasiado estúpidas para aprovecharlas. No importa en cuál de
esos dos grupos te incluyas tú. Te has dejado engañar, has caído en la trampa,
y te garantizo que no vas a salir de ella vivo.
Levantó la jeringa.
El brujo sintió un pinchazo, y a continuación un dolor abrasador. Un dolor
penetrante que nublaba la vista, que ponía en tensión todo el
www.lectulandia.com
- Página 112
cuerpo, un dolor
tan atroz que Geralt tuvo que hacer un enorme esfuerzo para reprimir un grito.
El corazón le empezó a latir de forma enloquecida, y dado su pulso ordinario,
cuatro veces más lento que el de una persona normal, aquélla fue una sensación
extraordinariamente desagradable. Los ojos se le nublaron, el mundo empezó a
dar vueltas, perdió los contornos y se disolvió.
Se lo llevaron a
rastras, el resplandor de las bolas mágicas bailaba en las severas paredes y en
los techos. Pasó por delante de una pared llena de manchas de sangre, de la que
colgaban distintos tipos de armas: vio anchas cimitarras ensangrentadas, grandes
hoces, bisarmas, hachas, mazas. Todas tenían huellas de sangre. Eso es lo que
han usado en Los Tejos, en Los Arcos y en Las Cornamentas. Con eso han
masacrado a los carboneros en Pinares.
Se quedó
completamente paralizado, dejó de sentir nada, ni siquiera sentía el fortísimo
apretón de las garras que lo sujetaban.
—¡Buueh-hhhrrr-eeeehhh-bueeeeh!
¡Bueeh-heeh!
Tardó en comprender
que lo que estaba oyendo era una risotada alegre.
Evidentemente, la
situación les parecía divertida a los que tiraban de él.
El jorobado de la
ballesta, que iba por delante, soltó un silbido.
Geralt estaba a
punto de perder el sentido.
Brutalmente, lo
sentaron en un sillón de respaldo alto. Por fin podía ver a quienes lo había
conducido hasta allí, destrozándole los sobacos con sus zarpas.
Se acordó del
enorme enanogro Mikita, guardaespaldas de Pyral Pratt. Aquellos dos le
recordaban un poco, en un momento dado podrían pasar por parientes cercanos.
Medían más o menos lo mismo que Mikita y apestaban igual que él. Como Mikita,
no tenían cuello, igual que a Mikita, les asomaban del labio inferior unos
colmillos de jabalí. No obstante, Mikita era calvo y barbudo, aquellos dos no
tenían barba, sus labios de mono estaban cubiertos de una pelusilla negra, y
algo que parecía estopa enmarañada adornaba las cumbres de sus ahuevadas
cabezas. Tenían unos ojillos diminutos inyectados en sangre, y unas enormes
orejas puntiagudas y horriblemente peludas.
Había restos de
sangre en sus ropas. Y su aliento era tan pestilente que cualquiera habría
dicho que llevaban muchos días alimentándose tan sólo a base de ajos, mierda y
pescado podrido.
—¡Bueeeeh!
¡Bueeh-heeh-heeh!
—Bue, Bang, basta
de risas, a trabajar los dos. Pasztor, sal de aquí. Pero no te alejes mucho.
Los dos gigantes se
marcharon, atronando con sus enormes pies. El llamado Pasztor, el jorobado,
salió corriendo detrás de ellos.
Ante los ojos del
brujo apareció Sorel Degerlund. Con ropa limpia, lavado, peinado y afeminado.
Acercó un sillón, se sentó enfrente de Geralt, a su espalda había una mesa
llena hasta arriba de libros y grimorios. Miró al brujo con una sonrisa
desagradable. A todo esto, no paraba de jugar con un medallón, balanceándolo en
una
www.lectulandia.com
- Página 113
cadena dorada que
se le iba enrollando en el dedo.
—Te he administrado
—dijo con indiferencia— un extracto de veneno de escorpiones blancos. Es
molesto, ¿verdad? ¿No puedes mover ni un brazo, ni una pierna, ni un dedo
siquiera? ¿Ni pestañear, ni tragar saliva? Pues eso aún no es nada. Muy pronto
empezarán los movimientos incontrolados de los globos oculares y la alteración
de la visión. Después notarás los calambres musculares, calambres realmente
intensos, es posible que lleguen a romperse los ligamentos intercostales. No
podrás dominar el rechinar de dientes, se te partirán algunos dientes, eso
seguro. Empezarás a salivar con fuerza, y vendrán los problemas para respirar.
Si no te aplico el antídoto, te ahogarás. Pero no te preocupes, te lo aplicaré.
Vas a sobrevivir, por ahora. Aunque creo que pronto lamentarás haber
sobrevivido. Te explicaré de qué se trata. Tenemos tiempo. Pero antes me
gustaría ver un poco más cómo te pones azul.
»Te estuve
observando —siguió tras una pausa— entonces, el último día de junio, en la
audiencia. Galleabas delante de nosotros con tu arrogancia. Delante de
nosotros, personas cien veces más valiosas que tú, personas a las que no les
llegas a la altura del zapato. Vi cómo te divertía y te excitaba jugar con
fuego. Ya entonces decidí demostrarte que el que juega con fuego siempre acaba
quemándose, y que entrometerse en cuestiones de magia y de magos también trae
consecuencias dolorosas. Muy pronto te darás cuenta.
Geralt quiso
moverse, pero no pudo. Tenía las extremidades, como el resto del cuerpo,
insensibilizadas e inmóviles. Notaba un fastidioso hormigueo en los dedos de
pies y manos, la cara la tenía completamente rígida, los labios como cosidos.
Cada vez veía peor, una especie de mucosidad turbia le cubría los ojos,
cegándole.
Degerlund se cruzó
de piernas, hizo balancearse el medallón. Había en él una marca, un emblema, un
esmalte azul. Geralt no pudo identificarlo. Cada vez veía menos. El hechicero
no le había mentido, la alteración de la visión iba a más.
—El caso, como
puedes ver —siguió con desgana Degerlund—, es que tengo intención de llegar muy
alto en la jerarquía de los magos. En mis proyectos y en mis planes me apoyo en
la persona de Hortulano, al que conoces de tu visita a Rissberg y de aquella memorable
audiencia.
Geralt tenía la
impresión de que la lengua se le había hinchado hasta ocupar toda la cavidad
bucal. Temía que fuera algo más que una impresión. El veneno de escorpión
blanco era mortal. Nunca hasta entonces se había visto expuesto a su acción, no
sabía qué consecuencias podía tener para el organismo de un brujo. Se inquietó
seriamente, mientras luchaba con todas sus fuerzas contra la toxina que lo
estaba destruyendo. La situación no pintaba nada bien. Nada hacía pensar que
pudiera llegarle la salvación de ninguna parte.
—Hace algunos años
—Sorel Degerlund seguía recreándose en su tono de voz— me convertí en asistente
de Hortulano, el Capítulo me designó para ese puesto, y lo ratificó el grupo de
investigación de Rissberg. Al igual que mis predecesores, tenía que espiar a
Hortulano y sabotear sus ideas, cada vez más peligrosas. Mi designación
www.lectulandia.com
- Página 114
no obedecía
únicamente a mi talento mágico, sino a mi atractivo y encanto personal.
El Capítulo solía
asignarle al viejo la clase de asistentes que a él le gustaban.
»Puede que no lo
sepas, pero durante la juventud de Hortulano cobró fuerza entre los hechiceros
la misoginia y la moda de la amistad varonil, la cual muy a menudo se convertía
en algo más, e incluso en mucho más. Pero un discípulo joven o un adepto muchas
veces no tenían elección, estaban obligados a obedecer a sus superiores también
en ese aspecto. A algunos no les hacía ninguna gracia, pero lo sobrellevaban a
beneficio de inventario. Pero a otros les gustaba. Entre éstos estaba, como
seguramente ya habrás adivinado, Hortulano. El mozalbete, al que por aquel
entonces le sentaba bien su sobrenombre de pájaro, después de una experiencia
con su preceptor, fue ya para toda la vida, como dicen los poetas, un
entusiasta partidario de las nobles amistades varoniles y de los nobles amores
varoniles. La prosa, como sabes, lo define de un modo más breve y más conciso.
Contra la
pantorrilla del hechicero vino a frotarse, ronroneando sonoramente, un gran
gato negro con la cola erizada como un cepillo. Degerlund se inclinó, acarició
al gato, agitó delante de él el medallón. El animal apartó con desgana el
medallón de un zarpazo. Se volvió, dando a entender que le aburría el juego, y
se dedicó a lamerse el pelo del pecho.
—Como sin duda
habrás observado —continuó el hechicero—, tengo un encanto irresistible, las
mujeres me llaman efebo. Las mujeres me gustan, por supuesto, pero en principio
tampoco tenía nada contra la homosexualidad. Ni tenía ni tengo. Con una
condición: ya puestos, tiene que ayudarme a hacer carrera.
»Mi afecto varonil
por Hortulano no suponía un sacrificio excesivo, el viejo ya había cruzado
hacía tiempo la frontera de la edad en que se puede, y también de esa otra en
que se quiere. Pero yo me esforcé para que se pensara lo contrario. Para hacer
creer que había perdido la cabeza por mí. Que no podía negar nada a su bello
amante. Que yo conocía sus códigos, que tenía acceso a sus libros secretos y
sus anotaciones privadas. Que me obsequiaba con unos artefactos y talismanes
que nunca antes le había mostrado a nadie. Y que me estaba enseñando conjuros
prohibidos. La goecia entre ellos. Y, si hasta poco antes eran muchos en
Rissberg los que me menospreciaban, de pronto empecé a cobrar importancia,
crecí ante sus ojos. Creían que yo haría aquello con lo que ellos soñaban. Y
que tendría éxito.
»¿Sabes lo que es
el transhumanismo? ¿Lo que es la especiación? ¿La especiación radiactiva? ¿La
introgresión? ¿No? No tienes por qué avergonzarte. Yo tampoco es que sepa
demasiado. Pero todos creen que sé mucho. Que bajo la mirada y los auspicios de
Hortulano estoy desarrollando una investigación sobre el perfeccionamiento de
la especie humana. Con el laudable objetivo de corregir y mejorar. Mejorar la
condición de la gente, eliminar las enfermedades y las discapacidades, eliminar
el envejecimiento y bla, bla, bla. Ése es el objetivo y la tarea de la magia.
Seguir la senda de los grandes maestros de la antigüedad, de Malaspina, de
Alzur y de Idarran. Maestros de la hibridación, de la mutación y de la
www.lectulandia.com
- Página 115
modificación
genética.
Anunciándose con un
maullido, el gato negro volvió a aparecer. Saltó a las rodillas del hechicero,
se estiró, ronroneó. Degerlund lo acarició rítmicamente. El gato ronroneó con
más fuerza, sacando unas garras que eran enteramente del tamaño de las de un tigre.
—Seguro que sí
sabes lo que es la hibridación, porque no es más que otro modo de llamar a los
cruces. Al proceso de obtención de cruzamientos, de híbridos, de bastardos,
llámalo como quieras. En Rissberg experimentan activamente en este campo, han
producido un sinfín de rarezas, espantajos y monstruosidades. Para muchos de
ellos se han encontrado muy diversas aplicaciones prácticas, como, por ejemplo,
el parazeugel, destinado a la limpieza de residuos urbanos, el parapico, que
combate las plagas de los árboles, o la gambusia mutante, que devora las larvas
de los mosquitos de la malaria. O el vigilosaurio, lagarto guardián, de cuya
muerte te jactaste durante la audiencia. Pero todo eso lo consideran naderías,
productos secundarios. Lo que de verdad les interesa es la hibridación y
mutación de personas y humanoides. Algo semejante está prohibido, pero Rissberg
se mofa de las prohibiciones. Y el Capítulo hace la vista gorda. O, más
verosímilmente, sigue sumido en una plácida y estúpida ignorancia.
»Malaspina, Alzur e
Idarran, y eso es algo que está documentado, partieron de criaturas pequeñas y
vulgares para hacer de ellas seres gigantes, como aquellos miriápodos suyos,
aquellas arañas, el diablo sabrá qué más cosas. ¿Qué puede impedirnos, se preguntaron,
coger a un pequeño y vulgar hombrecillo y convertirlo en un titán, en un
forzudo, capacitado para trabajar veinte horas al día, alguien a quien no
afecten las enfermedades, alguien que aguante en plena forma hasta los cien
años? Se sabe que tenían intención de hacerlo, es probable que lo hicieran, es
probable que tuvieran éxito. Pero el secreto de sus híbridos se lo llevaron
consigo a la tumba. Ni siquiera Hortulano, que ha dedicado su vida al estudio
de sus trabajos, ha conseguido averiguar demasiado. Bue y Bang, los que te han
traído hasta aquí, ¿te has fijado en ellos? Son híbridos, cruces mágicos de
ogro y de troll. ¿El diestro arquero Pasztor? No, éste en concreto es,
digámoslo así, por su figura y su aspecto, el resultado perfectamente natural del
cruce de una moza más fea que un dolor y un palurdo que daba miedo verlo. Pero
Bue y Bang, ah, ésos salieron directamente de las probetas de Hortulano.
Preguntarás: ¿quién coño necesita a esos engendros? ¿Para qué demonios crear
algo así? Ah, hasta hace bien poco yo tampoco lo sabía. Hasta que vi cómo se
las gastaban con los leñadores y los carboneros. Bue, de un solo zarpazo, es
capaz de separar la cabeza del cuello, Bang parte en dos a una criatura como si
fuera un pollo asado. ¡Pues dales tú un instrumento cortante, ja! Te montan una
escabechina que es para verla. Hortulano, cuando le preguntan, cuenta que la
hibridación es la vía para la eliminación de las dolencias hereditarias, te
suelta un rollo sobre la mejora de la resistencia contra las enfermedades
infecciosas y todas esas chorradas seniles. Pero a mí no me engaña. Y a ti
tampoco. Los ejemplares como
www.lectulandia.com
- Página 116
Bue y como Bang, o
como esa cosa a la que le arrancaste la placa de Idarran, sólo sirven para una
cosa: para matar. Lo cual está muy bien, porque a mí justamente lo que me
hacían falta eran instrumentos para matar. A ese respecto, no acababa de
confiar del todo en mis propias habilidades y capacidades. Injustamente, la
verdad sea dicha, como se ha podido ver después.
»Eso sí, los
hechiceros de Rissberg siguen cruzando, mutando y modificando genéticamente sin
parar, se pasan así todo el santo día. Y han obtenido muchos éxitos, han
producido unos híbridos que son para quitar el hipo. Todos, en su opinión,
híbridos beneficiosos, pensados para facilitarle la vida a la gente y hacérsela
más agradable. De hecho, están a un paso de crear una mujer con la espalda
completamente plana, para que uno pueda tirársela por detrás, teniendo al mismo
tiempo un sitio donde depositar la copa de champán y hacer un solitario.
»Pero volvamos ad
rem, o sea, a mi carrera científica. Como no podía presumir de éxitos
incontestables, tuve que fingir que los había obtenido. No fue difícil.
»¿Sabes que existen
otros mundos distintos del nuestro, y que la conjunción de las esferas nos
impide el acceso a esos mundos? ¿Qué hay universa que llamamos planos de
elementos y de paraelementos? ¿Habitados por seres llamados demonios? Se suelen
explicar los logros de Alzur et consortes porque precisamente lograron acceder
a esos planos y a esos seres. Porque consiguieron invocar a esas criaturas y
someterlas, porque atrajeron a los demonios y se hicieron con sus secretos y
conocimientos. Creo que eso no es más que una trola y una invención, pero todo
el mundo está convencido. ¿Y qué podía hacer yo, si esa creencia estaba tan
arraigada? Para hacerles creer que estaba muy cerca de descubrir el secreto de
los antiguos maestros, no tenía más remedio que convencer a Rissberg de que soy
capaz de invocar a los demonios. Hortulano, quien de hecho había logrado en
tiempos practicar la goecia con éxito, no quería instruirme en esta disciplina.
Se permitió dar una valoración humillantemente baja de mis destrezas mágicas y
me recomendó que fuera consciente de dónde estaba mi sitio. De acuerdo, por el
bien de mi carrera seré consciente de eso. Por ahora.
El gato negro,
aburrido de tanta caricia, saltó de las rodillas del hechicero. Dirigió al
brujo una fría mirada con sus ojos dorados y muy abiertos. Y se alejó, con la
cola levantada.
A Geralt cada vez
le costaba más respirar, sentía que le recorría el cuerpo un temblor y que no
tenía modo de controlarlo. La situación no pintaba nada bien, y tan sólo dos
circunstancias anunciaban algo bueno, las dos permitían abrigar alguna
esperanza. En primer lugar, seguía vivo, y mientras hay vida hay esperanza,
como solía decir Vesemir, su preceptor en Kaer Morhen.
La otra
circunstancia propicia era el ego exagerado y la confianza excesiva de
Degerlund. Aparentemente, el hechicero se había enamorado de sus propias
palabras en la flor de la juventud, y sin duda aquél era el amor de su vida.
—Así que, como no
pude convertirme en goetista —siguió contando el hechicero,
www.lectulandia.com
- Página 117
dándole vueltas al
medallón, mientras seguía recreándose en su propia voz—, tuve que dármelas de
goetista. Fingir que lo era. Se sabe que a menudo los demonios invocados por
los goetistas se escapan y van sembrando por ahí la destrucción. Pues yo la he
sembrado. Varias veces. He sembrado la destrucción en una serie de poblados. Y
ellos se han creído que se trataba de un demonio.
»Te sorpendería ver
lo ingenuos que son. Una vez decapité a un aldeano que había capturado y luego
le cosí con sutura biodegradable la cabeza de un gran macho cabrío, disimulando
los puntos con yeso y pintura. Después de lo cual se lo presenté a mis sabios
colegas como un teriocéfalo, resultado de un experimento extraordinariamente
complicado en el campo de la creación de seres humanos con cabezas de animales,
experimento que, desgraciadamente, habría tenido un éxito sólo parcial, pues
dicho resultado no había sobrevivido. Se lo tragaron, figúrate. ¡Crecí todavía
más a sus ojos! Cuentan con que cree algo perdurable. Yo les reafirmo en esa
opinión, cosiendo cada dos por tres una cabeza de animal a un cadáver
decapitado.
»Pero eso ha sido
una digresión. ¿De qué estaba hablando? Ajá, de los poblados masacrados. Tal
como esperaba, los maestros de Rissberg pensaron que era obra de demonios o de
energúmenos poseídos por ellos. Pero cometí un error, me pasé de la raya. Nadie
se habría preocupado por una aldea de leñadores, pero aniquilamos unas cuantas.
El trabajo corría sobre todo a cargo de Bue y Bang, aunque yo también
colaboraba en la medida de mis posibilidades.
»En la primera
colonia, en Los Tejos, o algo por el estilo, no anduve demasiado fino. Cuando
vi lo que hacían Bue y Bang, vomité: me puse toda la capa perdida. Tuve que
tirarla. Una capa de lana de la mejor calidad, rematada con visón plateado, me
había costado cerca de cien coronas. Pero luego cada vez me fue mejor. En
primer lugar, empecé a vestirme de una manera adecuada, con ropa de faena. En
segundo lugar, le cogí el gustillo a esas acciones. Me di cuenta de que era una
gozada cortarle una pierna a un tío y ver cómo la sangre sale a borbotones del
muñón. O sacarle los ojos a alguien. O enganchar de un vientre abierto en canal
un buen puñado de callos calentitos… Voy a resumir. Con las de hoy, va casi ya
medio centenar de personas de ambos sexos y de distintas edades.
»Rissberg
comprendió que había que ponerme freno. Pero, ¿cómo? Seguían creyendo en mi
poder como goetista y temían a mis demonios. Y no se atrevían a enfurecer a
Hortulano, enamorado como estaba de mí. Así que tú ibas a ser la solución. Un
brujo.
Geralt respiraba
superficialmente. E iba recobrando el optimismo. Veía ahora mucho mejor, los
temblores iban remitiendo. Estaba inmunizado contra la mayoría de las toxinas
conocidas: afortunadamente, el veneno de escorpión blanco, letal para el común
de los mortales, no había sido una excepción. Los efectos, inquietantes al
principio, se habían ido debilitando con el paso del tiempo y estaban
desapareciendo, el organismo del brujo era capaz, por lo visto, de neutralizar
bastante deprisa la ponzoña. Degerlund lo ignoraba o, en su excesiva confianza,
no lo había tenido en
www.lectulandia.com
- Página 118
cuenta.
—Me enteré de que
querían mandarte contra mí. No te oculto que sentí un ligero temor, había oído
tanto de los brujos, y sobre todo de ti. Fui corriendo a ver a Hortulano:
Sálvame, amado maestro. Mi amado maestro al principio me puso a caer de un
burro, diciendo que no había estado nada bien lo de cargarme a aquellos
leñadores, que era una cosa muy fea y que fuera la última vez. Pero después me
dio algunos consejos para engañarte y tenderte una trampa. Me dijo cómo podía
capturarte, utilizando el sello de teleportación que él mismo me había tatuado
un par de años atrás en mi torso varonil. Pero me prohibió matarte. No te vayas
a creer que lo hizo movido por sus buenos sentimientos. Necesita tus ojos. Más
concretamente, se trata del tapetum lucidum, la capa de tejido que recubre el
interior de tus globos oculares, un tejido que aumenta y refleja la luz
dirigida hacia los fotorreceptores, gracias a lo cual, como los gatos, puedes
ver de noche y en la oscuridad. La más reciente idée fixe de Hortulano es dotar
a toda la humanidad de la agudeza visual de los gatos. En el marco de los
preparativos para tan noble fin, tiene intención de implantarle tu tapetum
lucidum a algún nuevo mutante que piensa crear, aunque, eso sí, es necesario
transplantar el tapetum de un donante vivo.
Geralt movió con
mucho cuidado los dedos y la mano.
—Hortulano, mago
ético y compasivo, después de quitarte los globos oculares, en su inagotable
bondad, tiene intención de perdonarte la vida. Es de la opinión de que es
preferible estar ciego que muerto, y además le repugna la idea de hacer sufrir
a tu amada Yennefer de Vengerberg, por la que siente un afecto tan grande como
insólito en él. Por otra parte, Hortulano anda ya cerca de elaborar una fórmula
mágica regeneradora. Dentro de unos años podrás acudir a él, y te devolverá los
ojos. ¿Te alegras? ¿No? Haces bien. ¿Cómo? ¿Quieres decir algo? Habla, te
escucho.
Geralt fingió que
movía los labios con dificultad. El caso es que tampoco tuvo que fingir que lo
hacía con dificultad. Degerlund se levantó del asiento, se inclinó sobre él.
—No entiendo nada
—dijo contrariado—. En realidad, me importa un comino lo que quieras decir. Yo,
en cambio, si que tengo algo más que añadir. Debes saber que entre mis
múltiples talentos está también el de la clarividencia. Veo con toda claridad
que cuando Hortulano te devuelva la libertad, después de haberte cegado, Bue y
Bang te estarán esperando. Y en esa ocasión vendrás a parar a mi laboratorio, y
en esa ocasión será con carácter definitivo. Pienso viviseccionarte. Sobre todo
por diversión, aunque también siento alguna curiosidad por lo que tienes
dentro. Y una vez que haya terminado, por decirlo en el lenguaje de los
carniceros, procederé al troceado de la pieza en canal. Tus restos los iré
enviando a Rissberg por partes, como advertencia, para que vean lo que les
espera a mis enemigos.
Geralt reunió todas
sus fuerzas. No eran demasiadas.
—Por lo que
respecta a la susodicha Yennefer —el hechicero se inclinó un poco más, el brujo
pudo sentir su aliento mentolado—, a mí, a diferencia de Hortulano, la
www.lectulandia.com
- Página 119
idea de hacerla
sufrir me alegra enormemente. Por eso mismo, cortaré el fragmento que más
apreciaba en ti y se lo mandare a Vengerb…
Geralt formó con
los dedos la Señal y alcanzó el rostro del hechicero. Sorel Degerlund se quedó
sin aliento, se desplomó en el sillón. Resolló. Los ojos se le hundieron en las
profundidades del cráneo, la cabeza le colgó como muerta sobre un hombro. La cadena
del medallón se le escurrió de los dedos inertes.
Geralt se puso de
pie, o más bien lo intentó, lo único que consiguió fue caer al suelo desde el
sillón: su cabeza fue a parar justo a los pies de Degerlund. Delante mismo de
sus narices estaba el medallón que se le había escapado al hechicero. En el
óvalo dorado, un esmalte con un delfín celeste nageant. El escudo de Kerack. No
tenía tiempo para sorprenderse ni para pararse a pensar. Degerlund había
empezado a roncar con fuerza, era evidente que estaba a punto de despertarse.
La Señal de Somne había funcionado, pero débilmente y con brevedad, el brujo
estaba demasiado debilitado por el veneno.
Se levantó
agarrándose de la mesa, tirando libros y manuscritos.
Pasztor irrumpió en
la estancia. Geralt ni siquiera intentó recurrir a las Señales. Cogió un
grimorio encuadernado en piel y latón que había encima de la mesa y atizó al
jorobado en el cuello. Con la sacudida, Pasztor cayó al suelo de culo y soltó
la arbalesta. El brujo volvió a atizarle. Y habría repetido, pero el grimorio
se le escapó de los dedos entumecidos. Agarró una garrafa que había encima de
unos libros y se la estampó en la cabeza a Pasztor. El jorobado, aunque
empapado en sangre y vino tinto, no daba su brazo a torcer. Se lanzó contra
Geralt, sin sacudirse siquiera de los párpados los fragmentos de cristal.
—¡Bueee! —gritó,
agarrando al brujo por las rodillas—. ¡Baaang! ¡A mí! ¡A m…!
Geralt cogió otro
grimorio de la mesa, uno pesado, con fragmentos de cráneo humano incrustados en
las tapas. Sacudió al jorobado con tantas ganas que salieron volando esquirlas
de hueso.
Degerlund
carraspeó, intentaba levantar una mano. Geralt se dio cuenta de que quería
lanzar un conjuro. El pesado traqueteo de unos pasos cada vez más próximos
indicaba que Bue y Bang se estaban acercando. Pasztor se incorporó como pudo,
palpó a su alrededor buscando la ballesta.
Geralt vio su
espada encima de la mesa, la cogió. Se tambaleó, a punto estuvo de caerse
redondo. Cogió a Degerlund del cuello del jubón, le puso en la garganta el filo
de la espada.
—¡Tu sello! —le
gritó al oído—. ¡Telepórtanos lejos de aquí!
Bue y Bang, armados
con cimitarras, se estorbaron mutuamente en la puerta y allí se quedaron
atascados, completamente inmovilizados. A ninguno de los dos se le ocurrió que
podía ceder el paso al otro.
El marco de la
puerta tembló.
—¡Telepórtanos!
—Geralt agarró a Degerlund de los pelos, le echó la cabeza
www.lectulandia.com
- Página 120
hacia atrás—.
¡Ahora! ¡O te rebano la nuez!
Bue y Bang salieron
despedidos de la puerta, llevándose el marco por delante.
Pasztor encontró la
ballesta y la alzó.
Degerlund se
desabrochó la camisa con mano temblequeante y gritó un conjuro, pero antes de
que los envolviera la oscuridad consiguió separarse del brujo y le dio un
empujón. Geralt le cogió de la puñeta de una manga y trató de tirar de él, pero
en ese momento el portal entró en funcionamiento y todos sus sentidos, incluido
el del tacto, se desvanecieron. Sintió cómo lo aspiraba una fuerza elemental,
zarandeándolo y haciéndole girar como en un remolino. El frío lo dejó
paralizado. Una fracción de segundo. Una de las fracciones de segundo más
largas e ingratas de toda su vida.
Se golpeó contra el
suelo, con tanta fuerza que retumbó. Quedó tendido boca arriba.
Abrió los ojos. A
su alrededor reinaba la oscuridad más negra, unas tinieblas impenetrables.
Estoy ciego, pensó. ¿Habré perdido la vista?
No la había
perdido. Sencillamente era una noche muy oscura. Su tapetum lucidum —como lo
había llamado científicamente Degerlund— empezó a funcionar, captó toda la luz
que se podía captar en aquellas circunstancias. Un momento después ya pudo
reconocer a su alrededor las siluetas de algunos troncos, arbustos y
matorrales.
Y por encima de la
cabeza, cuando se abrieron las nubes, vio las estrellas.
www.lectulandia.com
- Página 121
Interludio
Al día siguiente
Había que
reconocérselo: los constructores de Findetann sabían hacer su trabajo y no
escurrían el bulto. A pesar de que a lo largo del día ya los había visto varias
veces en acción, Shevlov observaba con interés cómo instalaban una vez más el
martinete. Montaban una borriqueta uniendo tres vigas, y colocaban encima una
rueda. Sobre la rueda tendían una cuerda, a la que aseguraban un enorme madero
chapado en metal, técnicamente llamado mazo. Gritando rítmicamente, los obreros
tiraban de la cuerda y levantaban el mazo justo hasta la altura de la parte
superior de la borriqueta, para soltarlo de inmediato. El mazo caía con fuerza
sobre un poste plantado en un hoyo, clavándolo bien hondo en la tierra. Bastaba
con tres, cuatro golpes a lo sumo, con el mazo, para que el poste quedara bien
firme. En un abrir y cerrar de ojos los obreros desmontaban el martinete y
cargaban las piezas en un carro, mientras uno de ellos trepaba por una escalera
de mano hasta lo alto del poste, y allí clavaba una placa esmaltada con el escudo
de Redania: un águila de plata en campo de gules.
Gracias a Shevlov y
a su compañía libre —y también gracias a los martinetes y al servicio que
prestaban—, la provincia de Ribera, que formaba parte del reino de Redania,
ensanchaba su territorio. Notablemente.
El capataz se
acercó, enjugándose la frente con la gorra. Estaba empapado en sudor, y eso que
no había hecho nada, salvo cagarse en la puta constantemente. Shevlov sabía lo
que le iba a preguntar el capataz, porque lo preguntaba cada dos por tres.
—¿El siguiente
dónde, mi capitán?
—Ya os lo indico.
—Shevlov hizo volverse al caballo—. Seguidme.
Los carreteros
aguijaron a los bueyes, las carretas de los obreros echaron a andar lentamente
por la cumbre de la colina, el suelo estaba bastante pesado después de la
tormenta de la víspera. Pronto se vieron junto al siguiente poste, adornado con
una placa negra pintada de lila. El poste ya estaba caído, lo habían arrastrado
hasta unos arbustos, la compañía de Shevlov ya se había ocupado de eso
previamente. Otra victoria del progreso, pensó Shevlov, otro triunfo del
pensamiento técnico. El poste de Temeria, plantado manualmente, se arranca y se
derriba en un santiamén. El poste de Redania, clavado con el martinete, no es
tan fácil sacarlo del suelo.
Agitó la mano,
señalándoles una dirección a los obreros. A algunas leguas hacia el sur. Pasada
la aldea.
A los habitantes de
la aldea —si es que unas cuantas cabañas y chozas eran merecedoras de ese
nombre— los jinetes de la compañía de Shevlov los habían reunido en una
explanada próxima. Rápidamente los rodearon, levantando nubes de
www.lectulandia.com
- Página 122
polvo, los
arrinconaron con los caballos. Escayrac, siempre impulsivo, no escatimó
zurriagazos. Otros rondaban por las casas. Los perros ladraban, las mujeres
gemían, los niños chillaban.
Tres jinetes se
acercaron a Shevlov al trote. Yan Malkin, llamado Atizador, flaco como una
astilla. Prospero Basti, más conocido como Sperry. Y Aileach Mor-Dhu, llamada
Fryga, en una yegua gris.
—Reunidos, como
ordenaste —dijo Fryga, echándose hacia atrás el kalpak de lince—. Todo el
poblado.
—Que los hagan
callar.
Callaron a los
reunidos, no sin ayuda de nagaikas y bastones. Shevlov se acercó.
—¿Cómo se llama
este villonio?
—Villanueva.
—¿Otra vez
Villanueva? Esta chusma no tiene ni pizca de imaginación. Acompaña a los
obreros, Sperry. Indícales dónde tienen que clavar el poste, no vayan a
confundirse otra vez.
Sperry silbó, el
caballo echó a andar. Shevlov se aproximó a los reunidos. Fryga y Atizador se
situaron a ambos lados.
—¡Habitantes de
Villanueva! —Shevlov se puso de pie en los estribos—. ¡Atentos a lo que tengo
que deciros! Por orden de su graciosa majestad, nuestro rey y gobernante
Vizimir, os anuncio que desde el día de hoy esta tierra, hasta los postes
fronterizos, pertenece al reino de Redania, y su majestad el rey Vizimir es
vuestro monarca y señor. A él le debéis respeto, obediencia y tributos. ¡Y ya
os estáis retrasando con la contribución y los impuestos! Por orden del rey
tenéis que saldar vuestra deuda de manera inmediata. Ahí está el recaudador,
ahí está el cofre.
—¿Lo qué? —protestó
alguien entre la multitud—. ¿Pero que pagos ni qué leches? ¡Si nusotros ya
habemos pagado!
—¡Si ya los diezmos
nos los sacaron!
—Os han sacado los
diezmos los recaudadores de Temeria. Ilegalmente, porque esto no es Temeria,
sino Redania. Mirad dónde están los postes.
—¡Pero si no más
ayer mismo —clamó uno de los lugareños— esto era Temeria! ¿Cómo puede ser?
Pagamos, tal y como nos mandaron…
—¡No tenéis
derecho!
—¿Quién? —bramó
Shevlov—. ¿Quién ha dicho eso? ¡Claro que tengo derecho! ¡Traigo una orden
real! ¡Somos soldados del rey! Y os digo: ¡los que quieran quedarse aquí
trabajando la tierra tendrán que pagar hasta el último céntimo de sus
impuestos! ¡Los que se opongan serán expulsados! ¿Habéis pagado a Temeria? ¡Eso
es que os consideráis temerios! ¡Pues entonces largo de aquí, marchaos allá,
atravesad la frontera! ¡Pero tan sólo con lo que os quepa en las dos manos,
porque las tierras y los aperos son propiedad de Redania!
—¡Un robo! ¡Esto es
un robo a mano armada! —gritó, adelantándose, un gran mocetón con el pelo
alborotado—. ¡Vosotros soldados del rey no sois, sino bandidos!
www.lectulandia.com
- Página 123
No tenéis dere…
Escayrac se acercó
y le sacudió un zurriagazo al protestón. El protestón cayó al suelo. A los
demás los aplacaron con las astas de las picas. La compañía de Shevlov sabía
cómo arreglárselas con los aldeanos. Habían cruzado la frontera hacia una
semana y ya habían pacificado más de un poblado.
—Se aproxima un
jinete. —Fryga señaló con la nagaíka—. ¿No será Fysh?
—El mismo. —Shevlov
se cubrió los ojos con la mano—. Manda que saquen a la chiflada esa del carro y
que la traigan aquí. Y tú coge a un par de hombres, echad un vistazo por ahí.
Hay colonos aislados en los calveros y desmontes, también ellos tienen que saber
a quién les toca pagar ahora la contribución. Y, si alguno protesta, ya sabéis
lo que hay que hacer.
Fryga sonrió con
una sonrisa lobuna, le brillaron los dientes. Shevlov lo sintió por los colonos
que fueran a recibir su visita. Aunque su suerte le traía sin cuidado.
Miró al sol. Hay
que darse prisa, pensó. Antes de mediodía convendría derribar unos cuantos
postes más de Temeria. Y erigir algunos nuestros.
—Tú, Atizador,
sígueme. Vamos a recibir a unos invitados.
Los invitados eran
dos. Uno llevaba un sombrero de paja, y tenía el mentón muy pronunciado y una
barbilla prominente y renegrida. Toda la cara la tenía renegrida por la barba
de tres días. El otro era un tipo muy fornido, un verdadero gigantón.
—Fysh.
—Mi sargento.
Shevlov puso mala
cara. Javil Fysh —no sin un motivo— había aludido a su antigua relación, que
venía de los tiempos en que ambos habían servido en el ejército regular. A
Shevlov no le gustaba que le recordaran aquellos tiempos. No quería tener que
acordarse ni de Fysh, ni del servicio, ni de la mierda de paga de suboficial.
—La compañía libre
—Fysh hizo un gesto en dirección a la aldea, de donde seguían llegando gritos y
llanto— está trabajando, por lo que veo… Una expedición de castigo, ¿no? ¿Vais
a quemar todo esto?
—Eso es cosa mía.
No vamos a
quemarlo, pensó. Disgustado, porque le gustaba incendiar aldeas, a la compañía
también le gustaba. Pero no se lo habían ordenado. Le habían ordenado modificar
la frontera, y recaudar tributos entre los aldeanos. Expulsar a los que se
resistieran, pero sin tocar sus bienes. Servirían a los nuevos pobladores que
estaban por venir. Procedentes del norte, donde hay gente de sobra hasta en los
yermos.
—He cogido a la
chiflada esa y aquí la tengo —anunció—. Según lo acordado. Está atada. No ha
sido nada fácil, si lo hubiera sabido, habría exigido más. Pero quedamos en
quinientas, así que quinientas serán.
Fysh hizo un gesto,
se acercó el gigantón, le entregó dos saquitos. Tenía en el antebrazo un
tatuaje de una víbora, formando una ese alrededor de la hoja de un estilete.
Shevlov conocía ese tatuaje.
Se presentó un
jinete de la compañía con la prisionera. La chiflada tenía la cabeza
www.lectulandia.com
- Página 124
metida dentro de un
saco que le llegaba hasta las rodillas, asegurado con una cuerda que también le
inmovilizaba los brazos. Por debajo del saco asomaban las piernas desnudas,
flacas como palillos.
—¿Qué es esto?
—Señaló Fysh—. ¿Mi querido sargento? Quinientas coronas novigradas, demasiado
caro por un gato metido en un saco.
—El saco es gratis
—replicó Shevlov con fríaldad—. Igual que un buen consejo.
No la desates ni
mires lo que hay dentro.
—¿Y eso?
—Es peligroso.
Muerde. Y puede lanzar embrujos.
El gigantón tiró de
la cautiva y la depositó en el arzón de la silla. La chiflada, tranquila hasta
ese instante, empezó a revolverse, a patalear, a aullar por debajo del saco. No
consiguió nada, el saco estaba atado a conciencia.
—¿Cómo puedo saber
—preguntó Fysh— que de verdad se trata de la persona por la que he pagado? ¿Y
no la primera moza que pasaba por ahí? ¿Puede que una de este mismo villorrio?
—¿Estás diciendo
que miento?
—No, no, qué cosas
tienes. —Fysh reculó, a ello le ayudó ver cómo Atizador acariciaba el mango del
hacha que colgaba de la silla—. Yo a ti te creo, Shevlov. Sé que tu palabra no
es humo. Nos conocemos, ¿o no? En los viejos buenos tiempos…
—Llevo prisa, Fysh.
Me llama el deber.
—Cuídate, sargento.
—Qué curioso
—comentó Atizador, viendo cómo se alejaban—. Qué curioso, para qué la querrán.
A esa chiflada. No se lo has preguntado.
—No se lo he
preguntado —admitió Shevlov fríamente—. Esas cosas no se preguntan.
Sentía cierta
compasión de la chiflada. Su suerte le preocupaba poco. Pero suponía que no le
iría muy bien.
www.lectulandia.com
- Página 125
Capítulo
decimosegundo
En un mundo donde
la muerte está al acecho, no hay tiempo para remordimientos de conciencia ni
para vacilaciones. Sólo hay tiempo para decisiones. Es indiferente de qué
decisiones se trate, ninguna tiene más o menos peso que las demás. En un mundo
donde la muerte está al acecho, no hay decisiones trascendentales o
intrascendentes. Sólo hay decisiones tomadas por el guerrero a la vista de su
inevitable destrucción.
Carlos Castaneda,
La rueda del tiempo
Había una señal en
el cruce, un poste con unas tablas clavadas que indicaban los cuatro puntos
cardinales.
El alba le
sorprendió en el punto en que había caído, arrojado por el portal: sobre la
hierba empapada de rocío, entre unos matorrales cercanos a una ciénaga o una
laguna infestada de aves que, graznando y parpando, lo habían despertado de un
sueño profundo y agotador. Por la noche había ingerido un elixir brujeril,
siempre lo llevaba consigo por si acaso, en un tubito de plata que llevaba
oculto, cosido al cinturón. El elixir, llamado Oropéndola, era considerado una
panacea especialmente eficaz contra toda clase de intoxicaciones e infecciones,
así como contra el efecto de distintos venenos y toxinas. Gracias a la
Oropéndola, Geralt se había salvado más veces de las que podía recordar, pero
el consumo del elixir nunca había tenido tantos efectos como en esta ocasión.
Después de tomarlo, se pasó una hora luchando con los calambres y con unas
bascas increíblemente fuertes, consciente de que no podía permitirse vomitar.
De resultas de lo cual, aunque había ganado la batalla, cayó rendido en un
profundo sueño. El cual, por lo demás, también podía deberse a la combinación
del veneno de escorpión, el elixir y la teleportación.
En lo tocante al
viaje, no estaba seguro de lo que había pasado, de cómo y por qué el portal
abierto por Degerlund lo había dejado justamente allí, en aquella paramera
pantanosa. Parecía dudoso que hubiera obedecido a una acción deliberada del
hechicero, más probablemente se habría tratado de la típica avería en la
teleportación, cosa que llevaba temiendo toda la semana. Era algo de lo que
había oído hablar muchas veces, y de lo que había sido testigo en alguna
ocasión: que el portal, en lugar de enviar al pasajero a donde debía, lo
lanzara a un sitio bien distinto, totalmente al azar.
Cuando volvió en
sí, tenía la espada en la mano derecha, y en la izquierda agarraba con fuerza
un retazo de tela, que a la luz del día identificó como la puñeta de una
camisa. La tela estaba cortada limpiamente, como con un cuchillo. Pero no tenía
huellas de sangre, así que el telepuerto no le había cortado el brazo al
hechicero, sino tan sólo la camisa. Geralt lamentó que sólo hubiera sido la
camisa.
La peor avería de
un portal de la que había sido testigo, y que había hecho de el
www.lectulandia.com
- Página 126
un detractor de la
teleportación para los restos, había tenido lugar al comienzo de su carrera
como brujo. Entre los nuevos ricos, los señoritos y la dorada juventud de
aquellos días se había puesto de moda transportarse de un sitio para otro, y
algunos hechiceros facilitaban esa diversión a cambio de sumas fabulosas. Un
día —el brujo justamente estaba presente— un amante de la teleportación
apareció en el portal, después del transporte, cortado con toda precisión por
la mitad a lo largo del plano vertical. Parecía la funda abierta de un
contrabajo. Acto seguido, se desmoronó y se disolvió. La fascinación por la
teleportación declinó notablemente después de aquel incidente.
En comparación con
algo así, pensó, aterrizar en un barrizal es un verdadero lujo. No había
recobrado todas sus fuerzas, pero seguía sintiendo náuseas y le daba vueltas la
cabeza. Pero no había tiempo para descansar. Sabía que los portales dejaban
huellas, los hechiceros tenían medios para seguir la ruta de una teleportación.
Aunque si se trataba, como sospechaba, de un defecto del portal, el rastreo de
la ruta era poco menos que imposible. De todos modos, quedarse demasiado tiempo
en las
inmediaciones del
lugar de aterrizaje tampoco era sensato.
Echó a andar a buen
paso, con ánimo de entrar en calor y desentumecerse. Todo había empezado con
las espadas, pensó, mientras chapoteaba por medio de los charcos. ¿Cómo lo
había llamado Jaskier? ¿Una cadena de casualidades desafortunadas y de
incidentes malhadados? Primero perdí las espadas. Apenas han pasado tres
semanas y he perdido el caballo. A Sardinilla, que se ha quedado en Pinares, si
antes no la encuentra alguien y se la lleva, seguro que se la comen los lobos.
Las espadas, el caballo. ¿Qué más? Da miedo pensarlo.
Después de una hora
recorriendo terrenos pantanosos llegó a una zona seca, y tras otra hora
adicional alcanzó una carretera firme. Y al cabo de media hora de marcha por la
carretera llegó al cruce.
En aquel cruce de
caminos había una señal, un poste con unas tablas clavadas que indicaban los
cuatro puntos cardinales. Estaban cubiertas de excrementos de aves migratorias
y acribilladas de agujeros dejados por los virotes. Por lo visto, cualquiera
que pasaba por allí se sentía obligado a tirar a la señal con su ballesta. Así
que para leer las indicaciones había que acercarse mucho.
El brujo se acercó.
Y descifró las direcciones. La tabla que apuntaba hacia el este —de acuerdo con
la posición del sol— tenía escrito el nombre de Chippir, la contraria señalaba
hacia Tegmond. La tercera tabla indicaba el camino a Findetann, y la cuarta no
se sabía adónde, porque la inscripción estaba emborronada con alquitrán. A
pesar de lo cual, Geralt ya se había hecho una idea aproximada de dónde se
encontraba.
La teleportación lo
había depositado en el interfluvio que formaban los dos brazos del río Pontar.
El brazo meridional, en virtud de sus dimensiones, se había hecho
www.lectulandia.com
- Página 127
acreedor a un
nombre propio entre los cartógrafos: figuraba en muchos mapas como el Embla.
Mientras que el país —o, más bien, el paisillo— que se extendía entre los dos
brazos se llamaba Emblonia. Es decir, se había llamado así alguna vez, hacia
mucho tiempo. Y hacía mucho tiempo que había dejado de llamarse así. El reino
de Emblonia había dejado de existir hacía como medio siglo. Y había razones
para ello.
En la mayoría de
los reinos, ducados y otras formas de organización del poder y de las
relaciones sociales existentes en las tierras conocidas por Geralt, los
problemas —básicamente, había que reconocer que era asi— se resolvían
razonablemente bien. Es verdad que el sistema renqueaba de vez en cuando, pero
funcionaba. En la mayor parte de las comunidades sociales la clase gobernante
gobernaba, y no se limitaba exclusivamente a practicar el robo y los juegos de
azar, en alternancia con el libertinaje. Sólo un pequeño porcentaje de la élite
social estaba integrado por gente que creía que higiene era el nombre de una
prostituta y que la gonorrea es un pájaro de la familia de las alondras. La
clase trabajadora y campesina sólo en una mínima parte estaba formada por
cretinos que vivían al día, pendientes de su vodka diario, incapaces de captar
con sus cortas entendederas algo tan difícil de captar como el día siguiente y
la vodka del día siguiente. Los sacerdotes en su mayoría no se dedicaban a
desplumar al pueblo y a corromper a los menores, sino que frecuentaban los
templos, consagrándose sin descanso a tratar de resolver los irresolubles
misterios de la fe. Los psicópatas, los majaretas, los bichos raros y los
idiotas no hacían carrera en la política y ocupaban cargos importantes en el
gobierno y la administración, sino que se dedicaban a la destrucción de su vida
familiar. Los tontos de los pueblos se estaban quietecitos en sus pueblos,
detrás de los graneros, sin dárselas de tribunos de la plebe. Así en la mayoría
de los países.
Pero el reino de
Emblonia no formaba parte de la mayoría de los países. Era de la minoría en
todos los aspectos antes mencionados. Y en muchos más.
Por eso vino a
menos. Y finalmente desapareció. De ello se encargaron sus poderosos vecinos,
Temeria y Redania. Emblonia, a pesar de su fracaso como entidad política,
disponía de ciertas riquezas. Pues se hallaba situado en la llanura aluvial del
río Pontar, el cual depositaba allí desde hacía siglos los sedimentos
transportados por la corriente. Así se habían formado unos limos
extraordinariamente fértiles y productivos para la agricultura. Bajo el
gobierno de los soberanos de Emblonia aquellas tierras fértiles no tardaron en
transformarse en terrenos baldíos llenos de charcas, en los que poco se podía
plantar y menos aún cosechar. Mientras tanto, Temeria y Redania experimentaron
un significativo incremento de la población y la producción agrícola se convirtió
en una cuestión vital. Los limos de Emblonia eran tentadores. Así pues, los dos
reinos, separados por el río Pontar, se repartieron Emblonia sin más
miramientos, y borraron el nombre de los mapas. La parte anexionada por Temeria
pasó a llamarse Pontaria y la parte unida a Redania se convirtió en Ribera.
Masas de colonos fueron enviados a las tierras de aluvión. Bajo la vigilancia
de diligentes administradores, gracias a un razonable sistema de rotación
www.lectulandia.com
- Página 128
de cultivos y de
mejora de las tierras, el área, a pesar de su pequeña extensión, pronto se
volvió un verdadero cuerno de la abundancia agrícola.
Tampoco tardaron en
surgir las disputas. Tanto más enconadas cuanto más abundantes cosechas daban
las vegas del Pontar. El tratado de demarcación de la frontera entre Temeria y
Redania contenía cláusulas que permitían las más diversas interpretaciones, y
los mapas adjuntos al tratado no valían para nada, porque los cartógrafos
habían hecho una mierda de trabajo. El propio río también hizo su aportación:
después de un prolongado periodo de lluvias, cambió su curso, desplazándose dos
o tres millas. De ese modo el cuerno de la abundancia se volvió manzana de la
discordia. Se fueron al garete los planes de enlaces dinásticos y de alianzas,
comenzaron las notas diplomáticas, las guerras aduaneras y las retorsiones
comerciales. Los conflictos fronterizos cobraron más fuerza, el derramamiento
de sangre parecía inevitable. Y al final se produjo. Y a partir de entonces se
reprodujo con regularidad.
En sus peregrinajes
en busca de faena Geralt tenía la costumbre de evitar aquellos territorios en
los que había frecuentes enfrentamientos armados, porque en tales lugares se
hacia difícil trabajar. Los campesinos que habían tenido que vérselas un par de
veces con tropas regulares, mercenarios o desertores se convencían de que un
licántropo que pudiera rondar por ahí, una estrige, un troll que te sale de
debajo de un puente o un vicht surgido de un túmulo no suponen en el fondo un
gran problema y constituyen una amenaza menor, y no vale la pena gastarse los
cuartos en un brujo. Que hay asuntos más urgentes, como la recostrucción, sin
ir más lejos, de la choza incendiada por los soldados o la compra de nuevas
gallinas que reemplacen a las que han robado y se han zampado los combatientes.
Por esas razones, Geralt apenas conocía las tierras de Emblonia, o más bien, de
acuerdo con los mapas modernos, de Pontaria y Ribera. En particular, no tenía
ni idea de cuál de las localidades que figuraban en los indicadores podría ser
la más próxima ni por dónde le interesaría tirar a partir del cruce para dejar
lo antes posible aquellas parameras y encontrarse con alguna forma de
civilización.
Geralt se decidió
por Findetann, o sea, por el norte. Más o menos en esa dirección se hallaba
Novigrado, hasta allí tenía que ir, y además, si quería recuperar sus espadas,
tenía que llegar necesariamente antes del 15 de julio.
Después de una
hora, más o menos, de marcha a buen paso, fue a darse de narices con lo que
tanto quería evitar.
En las
inmediaciones de un calvero había un redil, una choza con el techo de paja y
algunos chamizos. De que allí estaba pasando algo daban noticia unos fuertes
ladridos y el cacareo nervioso de unas aves de corral. Los berridos de un niño
y el llanto de una mujer. Unas imprecaciones.
Geralt se acercó,
maldiciendo en el alma tanto su mala suerte como sus
www.lectulandia.com
- Página 129
escrúpulos.
Unas plumas
flotaban en el aire, uno de los soldados estaba atando a su silla unos pollos
que acababa de afanar. Otro daba de latigazos a un aldeano que se retorcía en
el suelo. Un tercero se peleaba con una mujer con la ropa hecha jirones y con
un crío que se aferraba a la mujer.
Geralt llegó hasta
ellos. Sin ceremonias ni presentaciones agarró la mano con el látigo, alzada en
el aire, y la retorció. El soldado soltó un alarido. Geralt lo empujó hacia la
pared del gallinero. Cogió al segundo del cuello de la camisa y lo apartó de la
mujer, lanzándolo contra un vallado.
—Largo de aquí
—ordenó escuetamente—. Pero ya.
Rápidamente sacó la
espada, como señal de que había que tratarlo como correspondía, dada la
importancia de la situación. Y de que debían tener muy presentes las posibles
consecuencias de un comportamiento inadecuado.
Uno de los soldados
se rió sonoramente. Otro le imitó, agarrando el puño de la espada.
—¿Sabes con quién
te estás metiendo, vagabundo? ¿Buscas la muerte? —Largo de aquí, he dicho.
El que estaba
atando los pollos al caballo se dio la vuelta. Y resultó ser una mujer.
Guapa, a pesar de
los ojos, entrecerrados de un modo antipático.
—¿No tienes en nada
tu vida? —Por lo visto, la mujer sabía retorcer los labios de un modo aún más
antipático—. ¿No será que eres un poco retrasado? ¿Que no sabes contar? Te voy
a ayudar. Tú eres sólo uno, nosotros somos tres. O sea, que nosotros somos más.
O sea, que deberías darte la vuelta ahora mismo y salir de aquí cagando leches,
moviendo esas piernas. Mientras tengas piernas.
—Largo. No pienso
repetirlo.
—Ajá. Vamos, que
tres son poca cosa para ti. ¿Y una docena?
Unos cascos
retumbaron a su alrededor. El brujo se volvió. Diez jinetes armados.
Lanzas y rogatinas
apuntando hacia él.
—¡Tú! ¡Mentecato!
¡Deja la espada en el suelo!
No obedeció.
Retrocedió de un salto hacia el gallinero, para tener al menos las espaldas
cubiertas.
—¿Qué pasa, Fryga?
—El aldeano ese,
que se ha puesto farruco —bufó la mujer llamada Fryga—. Va y nos suelta que no
piensa pagar sus impuestos, que ya ha pagado una vez y bla, bla, bla. Así que
estábamos haciendo entrar en razón al muy palurdo, y de pronto ha llegado este
canoso, como salido de la nada. Por lo visto, tenemos aquí a un noble
caballero, defensor de los pobres y oprimidos. Venía solo, pero no veas qué
humos traía.
—¿Este saltarín?
—graznó uno de los jinetes, azuzando al caballo contra Geralt y amenazándole
con la lanza—. ¡Veamos cómo salta al pincharlo!
—Suelta la espada
—ordenó un jinete con plumas en el birrete, que parecía el
www.lectulandia.com
- Página 130
comandante—. ¡La
espada al suelo!
—¿Lo atravesamos,
Shevlov?
—Déjalo, Sperry.
—Shevlov miró al brujo desde lo alto de la silla—. No vas a soltar la espada,
¿verdad? —valoró—. ¿Tan valiente te crees? ¿Tan duro? ¿Te tomas las ostras con
la concha? ¿Y bebes trementina? ¿No te arrodillas ante nadie? ¿Y sólo sales en
defensa de los que han sido humillados sin razón? ¿Tan sensible eres ante las
injusticias? Ahora veremos. ¡Atizador, Ligenza, Floquet!
Los esbirros
captaron al vuelo la indicación de su jefe, se veía que tenían experiencia al
respecto, ya habían ensayado el protocolo. Desmontaron de un salto. Uno de
ellos le puso un cuchillo en el cuello al aldeano, otro agarró de los pelos a
la mujer, el tercero cogió al niño. El niño se puso a gritar.
—La espada en el
suelo —dijo Shevlov—. Pero ya. Si no… ¡Ligenza! Rebánale el cuello al
campesino.
Geralt arrojó la
espada. Inmediatamente se echaron encima de él, lo aplastaron contra las
tablas. Lo amenazaron con las armas.
—¡Ajá! —Shevlov se
bajó del caballo—. ¡Ha funcionado!
»Estás en un buen
lío, defensor de los paletos —añadió secamente—. Te has metido donde no te
llamaban y has saboteado a los servidores del rey. Por ese motivo, estoy
autorizado a detenerte y a llevarte ante un juez.
—¿Detenerlo?
—protestó el llamado Ligenza—. ¿Y crearnos problemas? ¡Un lazo al cuello y que
cuelgue de una rama! ¡Con eso basta!
—¡O atravesarlo en
el sitio!
—Pues yo —dijo de
pronto uno de los jinetes— ya lo he visto antes. Es un brujo. —¿Un qué?
—Un brujo. Un mago
que se dedica a matar monstruos por dinero.
—¿Un mago?
¡Lagarto, lagarto! ¡Matadlo, antes de que nos eche un conjuro! —Cierra la boca,
Escayrac. Habla, Trent. ¿Dónde lo has visto y en qué
circunstancias?
—Fue en Maribor.
Donde el corregidor de allí, que había contratado a éste para que matara a no
sé qué criatura. No recuerdo cuál. Pero de él sí que me acuerdo, con esos
cabellos blancos.
—¡Ja! Entonces, si
nos ha atacado, es porque alguien le ha contratado para que venga contra
nosotros.
—Los brujos son
para los monstruos. Sólo de los monstruos defienden a la gente. —¡Ajá! —Fryga
se echó para atrás el kalpak de lince—. ¡Ya decía yo! ¡Un defensor! Ha visto
cómo Ligenza le daba una lección al campesino con el látigo,
mientras Floquet se
disponía a violar a la mujer…
—¿Y ha dado en el
clavo al clasificaros? —dijo Shevlov con soma—. ¿Como monstruos? Entonces
habéis tenido suerte. Bromeaba. Porque la cosa, a mi modo de ver, es bien
sencilla. Yo, cuando serví en el ejército, escuché de los brujos algo
completamente distinto. Se prestaban a lo que fuera, a espiar, a proteger, a
matar a
www.lectulandia.com
- Página 131
traición si hacía
falta. Decían de ellos: son gatos. A éste de aquí Trent lo vio en Maribor, en
Temeria. Eso quiere decir que está a sueldo de Temeria, que lo han contratado
para que se ocupe de nosotros, a propósito de esos postes fronterizos. Me
advirtieron en Findetann de los agentes temerios, me prometieron una recompensa
por los que pudiera cazar. Así que nos lo llevamos a Findetann atado a una
soga, se lo entregamos al comandante y la recompensa es nuestra. Venga, ya lo
estáis amarrando. ¿Qué hacéis ahí parados? ¿Os da miedo? No va a presentar
resistencia. Sabe lo que les haríamos entonces a esos aldeanos.
—¿Y quién coño va a
tocarlo? ¿Siendo un hechicero?
—Quita, quita,
¡lagarto, lagarto!
—¡Estúpidas
gallinas! —rugió Fryga, desatando las correas de las alforjas—. ¡Pellejos de
liebre! ¡Ya lo haré yo, en vista de que aquí no hay nadie con un par de huevos!
Geralt se dejó
amarrar. Había decidido ser obediente. De momento.
Por el camino
procedente del bosque asomaron dos carros tirados por bueyes, cargados con
postes y piezas para alguna clase de construcciones de madera.
—Que vaya alguien a
hablar con los carpinteros y con el recaudador de impuestos —ordenó Shevlov—.
Decidles que se den la vuelta. Ya hemos clavado suficientes postes, basta por
esta vez. Vamos a hacer una parada. Echad un vistazo por ahí, a ver si hay con
qué alimentar a los caballos. Y algo para comer nosotros.
Ligenza recogió la
espada de Geralt y la examinó. La adquisición de Jaskier.
Shevlov se la quitó
de las manos. La sopesó, la agitó, hizo un molinete.
—Habéis tenido
suerte —dijo— de que hayamos llegado tantos justo a tiempo. Os habría hecho
picadillo, a Fryga, a Floquet y a ti. Hay muchas leyendas sobre las espadas de
los brujos. El mejor acero, plegado y martillado muchas veces, plegado y
nuevamente martillado. Y, por si fuera poco, protegido por conjuros singulares.
Dotado por ello de una fuerza insólita, de una elasticidad y agudeza sin par.
Las espadas de los brujos, os lo digo yo, atraviesan corazas y cotas de malla
como si fueran briales de lino, y parten en dos las otras hojas como quien
parte un macarrón.
—No puede ser
—repuso Sperry. Como casi todos los demás, tenía los bigotes empapados de nata
agria que habían encontrado en la cabaña y que habían apurado hasta el fondo—.
Cómo va a ser como un macarrón.
—Yo tampoco lo veo
—añadió Fiyga.
—Cuesta —terció
Atizador— creerse algo así.
—¿Sí? —Shevlov
adoptó una postura de esgrimista—. ¿Alguien quiere comprobarlo? ¿Qué? ¿Ninguno
está dispuesto? ¿Y bien? ¿Por que estáis ahora tan callados?
—Vale. —Se adelantó
Escayrac y sacó su espada—. Yo mismo. Qué más da. A ver qué pasa… Vamos a
darle, Shevlov.
—Venga. Un, dos…
¡tres!
Las espadas
chocaron con un
chasquido. El metal
resquebrajado gimió
www.lectulandia.com
- Página 132
penosamente. Fryga
se encogió cuando un fragmento suelto de espada le pasó silbando junto al oído.
—Su puta madre
—dijo Shevlov, mirando incrédulo la hoja, partida algunas pulgadas por encima
del gavilán dorado.
—¡Y la mía está
intacta! —Escayrac levantó la espada—. ¡Je, je, je! ¡Ni una melladura! ¡Ni una
marca siquiera!
Fryga se echó a
reír como una chiquilla. Ligenza baló como un carnero. Los demás estallaron en
una carcajada.
—¿La espada del
brujo? —se burló Sperry—. ¿Como quien parte un macarrón? Tú si que estás hecho
un puto macarrón…
—Esto… —Shevlov
apretó los labios—. Esto es una especie de chatarra, me cago en la puta. Esto
es una chapuza… Y tú…
Arrojó lo que
quedaba de la espada, miró con cara de odio a Geralt y lo señaló con un gesto
acusador.
—Eres un embustero.
Un estafador y un embustero. Te las das de brujo, pero tamaño fraude… ¿Cómo
cojones puedes llevar esa mierda en lugar de una espada decente? ¿A cuánta
gente honrada has embaucado, si se puede saber? ¿A cuántos infelices has
desplumado, timador? ¡Uyuyuy, ya confesarás tus pecados en Findetann, ya verás
cómo te hace hablar el estarosta!
Jadeó, escupió, dio
una patada en el suelo.
—¡A los caballos!
¡Nos largamos de aquí!
Se marcharon,
riendo, cantando y silbando. El aldeano y su familia los vieron alejarse con
gesto sombrío. Geralt se fijó en que estaban moviendo los labios. No era
difícil adivinar qué destino y qué vicisitudes les desearían a Shevlov y a su
compañía.
Ni en sus mejores
sueños podía esperar el aldeano que sus deseos se fueran a cumplir hasta la
última coma. Y que ocurriera tan pronto.
Llegaron a un
cruce. La carretera que iba hacia el oeste, que discurría por medio de una
rambla, presentaba huellas de ruedas y cascos: por allí, al parecer, habían
tirado los carros de los carpinteros. La compañía tomó esa misma dirección.
Geralt iba a pie, detrás del caballo de Fryga, atado con una soga al arzón de
su silla.
El caballo de
Shevlov, que iba en cabeza, relinchó y se puso de manos.
En uno de los
taludes de la rambla hubo un destello repentino, algo se iluminó y se convirtió
en una opalescente esfera lechosa. La esfera se desvaneció, y apareció en su
lugar un pintoresco grupo. Varias figuradas abrazadas y entrelazadas.
—¿Qué diablos?
—maldijo Atizador y se acercó a Shevlov, que trataba de calmar a su caballo—.
¿Qué es eso?
El grupo se
dividió. En cuatro individuos. Un hombre delgado, con el pelo largo y un tanto
afeminado. Dos gigantes de largos brazos y piernas arqueadas. Y un enano
jorobado con una enorme arbalesta con dos arcos de acero.
www.lectulandia.com
- Página 133
—¡Buueh-hhhrrr-eeeehhh-bueeeeh!
¡Bueeh-heeh!
—¡A las armas!
—gritó Shevlov—. ¡A las armas, compañía!
Zumbó la primera,
muy poco después la segunda cuerda de la gran arbalesta. Shevlov, alcanzado en
la cabeza, murió en el sitio. Atizador, antes de caer de la silla, se miró por
un momento el vientre, atravesado de parte a parte por un virote.
—¡A ellos! —La
compañía, como un solo hombre, desenfundó las espadas. —¡A ellos!
Geralt no tenía
intención de esperar de brazos cruzados el desenlace del encuentro. Hizo con
los dedos la Señal de Igni, quemó la soga que le ataba las manos. Enganchó a
Fryga de la cintura, la derribó. Saltó a la silla.
Hubo un brillo
cegador, los caballos empezaron a relinchar, sacudiendo y pateando el aire con
los cascos de las patas delanteras. Algunos jinetes cayeron por tierra,
chillaron al ser arrollados. La yegua gris de Fryga también se espantó antes de
que el brujo hubiera podido hacerse con ella. Fryga se levantó de un salto, se
agarró de las bridas y las riendas. Geralt la apartó de un puñetazo y se lanzó
al galope.
Pegado al cuello
del animal no vio cómo Degerlund, con un nuevo relámpago mágico, asustaba a los
caballos y cegaba a los jinetes. Ni cómo caían sobre ellos, bramando, Bue y
Bang, uno con un hacha, el otro con una ancha cimitarra. No vio la sangre
salpicando, no oyó los gritos de las víctimas.
No vio morir a
Escayrac, y justo tras él a Sperry, abiertos como peces por Bang. No vio cómo
Bue derribaba a Floquet junto con su caballo y cómo lo sacaba después de debajo
de éste. Pero los aullidos desgarradores de Floquet, su voz de gallo degollado,
aún los pudo oír bastante tiempo.
Hasta que se desvió
de la carretera y se adentró en el bosque.
www.lectulandia.com
- Página 134
Capítulo
decimotercero
La sopa de patata
al estilo de Mahakam se prepara de este modo: cogemos unos rebozuelos, si es
verano, o unas setas de los caballeros en otoño. En invierno o a comienzos de
primavera podemos usar en su lugar un buen puñado de setas deshidratadas.
Llenamos una cazuela de agua y dejamos las setas en remojo toda la noche, por
la mañana añadimos sal, media cebolla y lo hervimos. Una vez hervido, lo
colamos todo, y reservamos el caldo en un recipiente aparte, con cuidado de que
no caigan los posos que pudiera haber en el fondo de la cazuela. Hervimos unas
patatas y las cortamos en dados. Tomamos un buen pedazo de panceta, lo
troceamos y lo freímos. Cortamos la cebolla en juliana y la incorporamos a la
panceta fundida, hasta que quede bien frita. Cogemos un puchero grande,
introducimos todo en él, sin olvidarnos de las setas, una vez cortadas. Echamos
el caldo de las setas, completando con agua, la que nos pida, y añadimos sopa
agria al gusto (en otro apartado tenemos la receta de esta sopa). Lo ponemos a
cocer, sazonamos con sal, pimienta y mejorana, según las preferencias de cada
cual. Añadimos manteca de cerdo. Cubrir o no con nata agria es cuestión de
gusto, pero ojo: a diferencia de lo que acostumbramos los enanos, los humanos
prefieren añadir nata agria a esta sopa.
Eleonora
Rhundurin-Pigott, La perfecta cocinera de Mahakam. Exposición detallada de los
distintos métodos de cocción y cocinado de platos de carne, pescado y verduras,
así como de preparación de las más diversas salsas, horneado de masas,
confección de confituras, elaboración de ahumados, conservas, vinos y
aguardientes, con toda clase de secretos prácticos para cocinar y preservar los
alimentos, imprescindibles para toda ama de casa cumplida y hacendosa
Como la inmensa
mayoría de las casas de postas, también aquélla estaba situada en una
bifurcación, en un cruce de caminos. Un edificio cubierto de tejas de madera,
una arcada sustentada en unos postes, unas caballerizas adosadas, una leñera,
todo ello rodeado de abedules blancos como la nieve. Ni un alma. No parecía
haber huéspedes ni viajeros.
La yegua gris,
exhausta, trastabillaba, marchaba rígida y titubeante, bajando la cabeza casi
hasta tocar el suelo. Geralt tiró de ella hasta la casa, le entregó las riendas
al mozo de cuadras. El mozo tendría a ojo unos cuarenta años, y estaba bastante
encogido por el peso de esos cuarenta años. Le acarició el cuello a la yegua,
se miró la mano. Recorrió con la mirada a Geralt de pies a cabeza, tras lo cual
le escupió a los pies. Geralt sacudió la cabeza, suspiró. No le extrañaba.
Sabía que la culpa era suya, que se había excedido con la galopada, en un
terreno abrupto para colmo de males. Quería alejarse lo más rápido posible de
Sorel Degerlund y sus lacayos. Sabía que eran excusas muy pobres, él mismo no
tenía muy buena opinión de la gente que lleva a las cabalgaduras a semejante
estado.
El mozo se marchó,
tirando de la yegua y murmurando entre dientes, no era difícil adivinar lo que
iría murmurando, lo que pensaría. Geralt suspiró, empujó la puerta, entró en la
casa de postas.
Había un olor
agradable allí dentro, el brujo reparo en que llevaba más de un día
www.lectulandia.com
- Página 135
en ayunas.
—Caballos no hay.
—El maestro de postas se adelantó a su pregunta, apareciendo por detrás del
mostrador—. Y el próximo correo aún tardará dos días en llegar.
—Comería algo.
—Geralt miró hacia arriba, a las cumbreras y vigas de las altas bóvedas—.
Pagaré.
—Si no tenemos
nada.
—Pero bueno, señor
maestro de postas —la voz venía de un rincón de la estancia
—. ¿Qué maneras son
ésas de tratar a un viajero?
En el rincón,
sentado a una mesa, había un enano. Con cabellos y barba de lino,
vestía un blusón
con dibujos bordados de color burdeos, adornado con botones de latón en la
pechera y en los puños. Tenía unas mejillas sonrosadas y una nariz imponente.
De vez en cuando Geralt veía en el mercado patatas poco corrientes de un color
ligeramente rosáceo. El color de la nariz del enano era idéntico. Y la forma.
—Me habías ofrecido
una sopa de patata. —El enano le dirigió al maestro de postas una mirada severa
por debajo de sus cejas enmarañadas—. No me irás a decir que tu mujer prepara
un solo plato. Me apuesto lo que quieras a que hay suficiente para el recién
llegado. Siéntate, viajero. ¿Tomarás cerveza?
—Gracias, con mucho
gusto. —Geralt tomó asiento y se sacó una moneda que llevaba escondida en el
cinturón—. Siempre y cuando se me permita invitarte, mi buen señor. A pesar de
las falsas apariencias, no soy un lumpen ni un vagabundo. Soy brujo. Haciendo mi
trabajo, de ahí mis ropas fatigadas y mi aspecto descuidado. Que sabréis
disculpar. Dos cervezas, maestro de postas.
La cerveza apareció
en la mesa a la velocidad del rayo.
—Enseguida os sirve
la sopa mi mujer —farfulló el maestro de postas—. Y no os ofendáis. He de tener
comida preparada a todas horas. Por si algún magnate que va de camino, unos
mensajeros reales o unos correos… Si no tuviera qué ofrecerles…
—Está bien, está
bien… —Geralt levantó su jarra. Conocía a muchos enanos, sabía lo mucho que les
gusta beber y cómo se debe brindar con ellos—. ¡Por el éxito de la causa justa!
—¡Y por el fracaso
de los hijoputas! —respondió el enano, chocando su jarra con la de Geralt—. Da
gusto beber con alguien que conoce las costumbres y el protocolo. Soy Addario
Bach. En realidad, Addarion, pero todos me llaman Addario.
—Geralt de Rivia.
—Brujo Geralt de
Rivia. —Addario Bach se limpió la espuma del bigote—. Ese nombre me dice algo.
Se ve que eres un hombre viajado, no es de extrañar que conozcas nuestras
costumbres. Pues yo aquí, ya lo ves, he venido de Cidaris con el correo. La
diligencia, como la llaman en el sur. Y estoy esperando para conectar con el
correo que va de Dorian a Redania, a Tretogor. Bueno, aquí está por fin la sopa
de patata. Vamos a probar qué tal. La mejor sopa de patata, debes saberlo, es
la que preparan nuestras mujeres en Mahakam, en ningún otro sitio se toma otra
igual. Con ese caldo espeso de pan negro y harina de centeno, con sus setas,
con su cebollita
www.lectulandia.com
- Página 136
bien dorada…
La sopa de patatas
de la casa de postas estaba exquisita, no le faltaban ni sus rebozuelos ni su
cebollita bien dorada, si en algo se veía superada por la de Mahakam, la que
preparaban las enanas, Geralt se quedó sin averiguar en qué, porque Addario
Bach se la comió con ganas, en silencio y sin hacer comentarios.
De repente el
maestro de postas miró por la ventana, su reacción animó a Geralt a mirar él
también.
Había dos caballos
delante de la casa, los dos en un estado aún peor que el del caballo que había
conseguido Geralt. Y eran tres los jinetes. De ambos sexos. El brujo estudió la
estancia con mucha atención.
Rechinó la puerta.
Fryga irrumpió en la sala. Y tras ella Ligenza y Trent. —Caballos… —El maestro
de postas se quedó sin palabras cuando vio la espada
en la mano de
Fryga.
—Has acertado
—continuó ella—. Caballos es justo lo que nos hace falta. Tres.
Así que muévete, ya
puedes traérnoslos deprisa.
—Caballos no…
Tampoco esta vez
acabó la frase el maestro de postas. Fryga se plantó a su lado de un salto y le
puso la espada delante de los ojos.
Geralt se levantó.
—¡Eh!
El trío se volvió
hacia él.
—Eres tú —dijo
Fryga entre dientes—. Tú. Maldito vagabundo.
Tenía un moratón en
la mejilla, justo donde Geralt le había sacudido.
—Todo por tu culpa.
—Escupió—. Shevlov, Atizador, Sperry… Todos la han palmado, todo el grupo. Y a
mí, cacho cabrón, me tiraste de la silla y me robaste el caballo, y luego
huiste como un cobarde. Así que ahora voy a ajustar las cuentas contigo.
Era más bien baja y
menuda de complexión. Lo cual no engañó al brujo. Era consciente, por su propia
experiencia, de que en la vida, como en el servicio postal, hasta las cosas más
terribles nos llegan a veces en envoltorios que no están nada mal.
—¡Esto es una casa
de postas! —se oyó decir al maestro de postas desde detrás del mostrador—.
¡Bajo amparo real!
—¿Habéis oído?
—dijo Geralt con calma—. Una casa de postas. Marchaos de aquí.
—Tú, puto canoso,
veo que sigues siendo un desastre con las cuentas —siseó Fryga—. ¿Tengo que
ayudarte otra vez a calcular? Tú eres uno, nosotros somos tres. O sea, que
somos más.
—Vosotros sois tres
—los recorrió con la mirada—, y yo soy uno. Pero de ninguna manera sois más. Es
una de esas paradojas matemáticas y una excepción a la regla.
—¿Y eso qué quiere
decir?
www.lectulandia.com
- Página 137
—Quiere decir que
salgáis de aquí echando leches. Ahora que todavía estáis a tiempo de salir.
Advirtió el brillo
en los ojos de Fryga, supo enseguida que era una de esas raras personas que en
un combate saben golpear en un sitio totalmente distinto de aquél al que miran.
Pero no debía de llevar demasiado tiempo practicando el numerito, porque Geralt
esquivó su golpe artero sin la menor dificultad. La confundió con medio giro en
corto, de una patada le barrió la pierna izquierda, la lanzó contra el
mostrador. Cayó con estrépito en las tablas del suelo, retumbó.
Ligenza y Trent
tenían que haber visto ya antes a Fryga en acción, porque su fiasco los dejó de
piedra, se quedaron paralizados y boquiabiertos. Un tiempo lo suficientemente
largo como para que el brujo pudiera acercarse a un rincón a coger una escoba
en la que ya se había fijado anteriormente. Trent fue el primero en llevarse un
golpe en toda la jeta con las ramillas de abedul, después en la mollera con el
palo. Geralt le colocó la escoba debajo de la pierna, y lo derribó de una
patada en la corva.
Ligenza reaccionó,
sacó la espada, se arrojó sobre el brujo, tajando de arriba abajo. Geralt
esquivó el golpe dando media vuelta, giró sobre si mismo, sacó el codo,
Ligenza, con el impulso que llevaba, fue a darse con la tráquea en el codo del
brujo, empezó a toser y cayó de rodillas. Antes de caer, Geralt le arrancó la
espada de los dedos y la lanzó hacia arriba, en vertical. La espada se clavó en
una viga y allí se quedó.
Fryga atacó por
debajo, Geralt apenas tuvo tiempo para una finta. Sujetó el brazo de la espada,
lo agarró por el hombro, lo retorció, le segó las piernas a la muchacha con el
palo de la escoba y la arrojó contra el mostrador. Retumbó.
Trent se echó
encima del brujo, Geralt le sacudió en la cara con la escoba, una vez, dos
veces, tres veces, muy seguido. Después con el palo, en una de las sienes, en
la otra sien y en el cuello, de revés. Le metió el palo entre las piernas, lo
trabó, le agarró de un brazo, se lo retorció, le arrebató la espada, la lanzó
hacia arriba. La espada se clavó en una viga y allí se quedó. Trent reculó,
tropezó con un banco y cayó patas arriba. Geralt se dio cuenta de que ya no
había manera de seguirlo maltratando.
Ligenza estaba de
pie, pero inmóvil, de brazos caídos, mirando pasmado hacia arriba, a las
espaldas clavadas en las vigas, muy altas, fuera de su alcance. Fryga se lanzó
al ataque.
Hizo un molinete
con la espada, realizo una finta, tajó en corto, de revés. Era una técnica
propia de las riñas tabernarias, en lugares angostos y pobremente iluminados.
Al brujo no le molestaba ninguna clase de luz, tampoco su ausencia, y conocía
muy bien esa técnica. La hoja de Fryga cortó el aire, y ella en su finta giró
de tal modo que acabó con el brujo a sus espaldas. Grito cuando él le pasó por
debajo del brazo el palo de la escoba y le retorció el codo. Le sacó la espada
de los dedos, y a ella la apartó de un empujón.
www.lectulandia.com
- Página 138
—Tenía intención
—examinó la hoja— de quedarme con ésta. Como compensación por el esfuerzo. Pero
me lo he pensado mejor. No quiero llevar encima armas de bandidos.
Lanzó la espada
hacia arriba. La hoja se clavó en una viga, tembló. A Fryga, pálida como un
pergamino, le brillaron los dientes por detrás de los labios retorcidos. Se
agachó, con un movimiento rápido se sacó una navaja de la caña de la bota.
—Ésa, en concreto
—comentó el brujo, mirándola a los ojos—, es una idea de lo más estúpida.
Se oyó ruido de
cascos en el camino, bufidos de caballos, tintinear de armas. De buenas a
primeras había un montón de jinetes a la puerta de la casa de postas.
—Yo que vosotros
—dijo Geralt al trío— me sentaría en un banco en un rincón.
Y haría como si yo
no estuviera.
La puerta resonó
con estrépito, rechinaron las espuelas, irrumpieron en la estancia unos
soldados con gorros de zorro y casacas negras cortas con cordones plateados.
Estaba al frente un bigotudo con una banda escarlata en la cintura.
—¡Servicio real!
—anunció, apoyando el puño en la maza que llevaba al cinto—. Sargento Kovacs,
segundo escuadrón, primera bandera, de las fuerzas armadas de su majestad el
rey Foltest, señor de Temeria, Pontaria y Mahakam. ¡Persiguiendo a una banda de
redanos!
En su rincón,
sentados en un banco, Fryga, Trent y Ligenza se miraban con mucho detenimiento
las puntas de las botas.
—Un grupo
independiente de bandidos redanos, de ladrones a sueldo y maleantes, ha
atravesado la frontera —siguió diciendo el sargento Kovacs—. Esos maleantes
echan abajo los postes fronterizos, incendian, roban, maltratan y asesinan a
los súbditos de su majestad. Derrotados de forma humillante en su lucha contra
las tropas del rey, ahora tratan de levantar cabeza, ocultándose en los
bosques, al acecho de una ocasión para cruzar la línea fronteriza y poner
tierra de por medio. Algunos de ésos han podido asomar por esta zona. Se
advierte de que prestarles ayuda, proporcionarles información o cualquier otra
clase de apoyo será considerado traición. ¡Y la traición se castiga con la
horca!
»¿Alguien ha visto
por la casa de postas a algún forastero? ¿Gente recién llegada? ¿O sea,
sospechosos? He de decir también que hay una recompensa por delatar a un
malhechor o colaborar en su captura. Cien orenes. ¿Maestro de postas?
El maestro de
postas se encogió de hombros, agachó la cabeza, farfulló algo, se puso a pasar
un trapo por el mostrador, bajando mucho la cabeza.
El sargento miró a
su alrededor, se acercó a Geralt haciendo tintinear sus espuelas.
—¿Tú quién…? ¡Ja! A
ti me parece que ya te he visto. En Maribor. Lo deduzco por esos cabellos
albinos. Tú eres brujo, ¿a que sí? Cazador y matador de toda clase de
monstruos. ¿Verdad?
—Eso es.
www.lectulandia.com
- Página 139
—Entonces esto no
va contigo, y he de decir que tu profesión es digna de respeto —proclamó el
sargento, al tiempo que calibraba con la mirada a Addario Bach—. El señor enano
también está libre de toda sospecha, ningún enano ha sido visto entre los
malhechores. Pero es mi obligación preguntar: ¿qué haces en esta casa de
postas?
—He venido en
diligencia de Cidaris, y estoy esperando una conexión. Hay mucho tiempo por
delante, así que aquí estamos conversando con el señor brujo y transformando la
cerveza en orina.
—Una conexión, ya
veo —repitió el sargento—. Entiendo. ¿Y vosotros dos? ¿Quiénes sois? ¡Sí,
vosotros, os estoy hablando!
Trent abrió la
boca. Pestañeó. Y balbuceó algo.
—¿Qué has dicho?
¿Cómo? ¡Ponte de pie! Te he preguntado que quién eres. —Déjelo tranquilo,
oficial —dijo con calma Addario Bach—. Es un criado mío,
está a mi cargo. Es
tonto, es un idiota integral. Una carga para la familia. Ha sido una gran
suerte que sus hermanos menores hayan salido ya normales. Al final su madre
entendió que estando preñada no conviene beber de los charcos delante de un
hospital de infecciosos.
Trent abrió más aún
la boca, dejó caer la cabeza, gimió, farfulló. Ligenza también farfulló, hizo
ademán de levantarse. El enano le puso una mano en el hombro.
—Siéntate,
muchacho. Y calla, calla. Conozco la teoría de la evolución, sé de qué criatura
desciende el hombre, no hace falta que me lo estés recordando a todas horas.
Tampoco le haga caso, mi comandante. También es criado mío.
—Bueno… —El
sargento no dejaba de mirarlos con suspicacia—. Así que criados. En ese caso…
¿Y ella? ¿Esa jovencita con ropas de hombre? ¡Eh! ¡Levántate, que quiero verte
bien! ¿Quién eres tú? ¡Contesta cuando se te pregunta!
—Ja, ja, mi
comandante —se rió el enano—. ¿Ella? Es una fulana, o sea, una moza casquivana.
Contraté sus servicios en Cidaris, por aquello del fornicio. Con hembra
placentera el camino se hace menos triste, cualquier filósofo os lo puede
confirmar.
Le dio un buen
azote a Fryga en el culo. Fiyga, enrabietada, se puso pálida, le rechinaron los
dientes.
—Vale. —El sargento
torció el gesto—. El caso es que no la había identificado de primeras. Pero se
nota. Es medio elfa.
—Medio lo será tu
nabo —refunfuñó Fryga—. ¡Medio de uno que pase por normal!
—Calma, calma
—trató de tranquilizarla Addario Bach—. No os enfadéis, mi coronel. Nos ha
salido peleona la putilla.
Entró un soldado en
la sala, dio novedades. El sargento Kovacs se irguió.
—¡Han localizado a
la banda! —informó—. ¡Vamos tras ellos sin demora!
Disculpad las
molestias. ¡El servicio!
Salió, y los
soldados con él. Un momento después se oyó un ruido de cascos en el patio.
www.lectulandia.com
- Página 140
—Lamento —les dijo
tras una breve pausa Addario Bach a Fryga, Trent y Ligenza— el espectáculo,
perdonad las palabras espontáneas y los gestos sin malicia. La verdad es que no
os conozco, me preocupáis bien poco y no me gustáis demasiado, pero las escenas
de ahorcamiento aún me gustan menos, la visión de las piernas de los colgados
agitándose en el aire me deprime. De ahí mis frivolidades de enano.
—A las frivolidades
de este enano les debéis la vida —añadió Geralt—. Convendría que se lo
agradeciérais. Os he visto en acción, allí, en la granja del aldeano aquel, sé
qué clase de pájaros sois. Yo no habría movido un solo dedo en vuestra defensa,
no habría querido, ni habría sabido, representar una escena como la del señor
enano. Y a estas horas estaríais colgando los tres. De modo que largaos de
aquí. Os sugeriría que tomárais la dirección contraria a la del sargento y su
destacamento de caballería.
»De eso nada
—sentenció, viendo que sus miradas se dirigían hacia las espadas clavadas en
las vigas—. Os habéis quedado sin ellas. Así estaréis menos tentados de robar y
extorsionar. Fuera.
—Qué nervios —se
desahogó Addario Bach en cuanto la puerta se cerró detrás del trío—. La leche,
todavía me tiemblan las manos. ¿A ti no?
—No. —Geralt
sonreía recordando ciertas cosas—. En ese sentido tengo… mis limitaciones.
—Para algunos eso
es bueno. —El enano enseñó los dientes—. Algunas limitaciones resultan
perfectas. ¿Otra ronda?
—No, gracias.
—Geralt sacudió la cabeza—. Ya va siendo hora de ponerme en marcha. Me he visto
involucrado, cómo decirlo, en una situación en la que lo más aconsejable es
darse prisa. Y no conviene quedarse demasiado tiempo en el mismo sitio.
—Ya me había dado
cuenta. Y no haré preguntas. Pero, ¿sabes qué, brujo? Creo que se me han pasado
las ganas de quedarme dos días más de brazos cruzados en esta casa de postas
esperando al correo. Lo primero, porque el aburrimiento acabaría conmigo. Lo segundo,
porque esa damisela a la que has derrotado en el duelo con la escoba se ha
despedido de mí con una mirada un tanto extraña. Vaya, igual he exagerado una
pizca en mi entusiasmo. Puede que no sea de las que dejan pasar sin castigo que
le den una palmada en el culo y que la llamen putilla. Si está dispuesta a
volver, preferiría que no me hallara aquí. ¿Qué tal si nos ponemos los dos
juntos en camino?
—Encantado. —Geralt
volvió a sonreír—. Con un buen compañero el camino se hace menos triste,
cualquier filósofo lo puede confirmar. Siempre que llevemos la misma ruta. Yo
voy a Novigrado. Tengo que estar allí antes del día 15.
Tenía que estar en
Novigrado el 15 de julio como muy tarde. Lo había dejado claro cuando los
hechiceros le contrataron, comprando dos semanas de su tiempo. Ningún problema,
Pinety y Tzara lo miraron con aire de superioridad. Ningún
www.lectulandia.com
- Página 141
problema, brujo.
Para cuando te quieras dar cuenta, ya estarás en Novigrado. Te teleportaremos
directamente a la calle principal.
—Antes del día 15,
ja. —El enano se atusó la barba—. Hoy estamos a 10. No queda mucho tiempo,
tenemos un buen trecho. Pero siempre habría un medio de llegar allí dentro del
plazo.
Se levantó, cogió
de una percha un sombrero puntiagudo de ala ancha y se lo encasquetó en la
cabeza. Se echó un saco de viaje a la espalda.
—Te explicaré una
cosa por el camino. Llevamos la misma senda, Geralt de Rivia. Porque esa
dirección me va que ni pintada.
Marchaban a buen
ritmo, puede que demasiado incluso. Addario Bach resultó ser el típico enano.
Los enanos, aunque en caso de necesidad o por su comodidad podían recurrir a
toda clase de vehículos y de bestias de monta, de tiro o de carga, preferían de
largo la marcha a pie, eran andarines por vocación. Un enano estaba capacitado
para recorrer una distancia de treinta leguas en un solo día, lo mismo que un
hombre a caballo, y eso cargando con un bulto que un hombre corriente sería
incapaz de mover. A un enano libre de equipaje un hombre jamás podría seguirle
el paso. Tampoco un brujo. Geralt era consciente y al cabo de un rato no tuvo
más remedio que pedirle a Addario que aflojase un poco el ritmo.
Marchaban por
senderos forestales, y en ocasiones campo a través. Addario conocía la ruta, se
orientaba perfectamente en aquel terreno. En Cidaris, aclaró, residía su
familia, tan numerosa que cada dos por tres se celebraba allí alguna fiesta
familiar asociada a diversas circunstancias, como bodas, bautizos, entierros o
banquetes funerarios. De acuerdo con las tradiciones de los enanos, la ausencia
de una celebración familiar sólo podía justificarse mediante la presentación de
un certificado de defunción acreditado notarialmente, los miembros vivos de la
familia no podían excusar su asistencia a tales celebraciones. Así pues,
Addario se conocía al dedillo la ruta de ida y vuelta a Cidaris.
—Nos dirigimos a la
colonia de Wiaterna —explicó, según caminaba—, situada en las marismas del
Pontar. En Wiaterna hay un pequeño embarcadero, allí atracan a menudo gabarras
y barcas. Con un pelín de suerte puede que tengamos ocasión de abordar alguna.
Yo voy a Tretogor, de modo que desembarcaré en la Isleta de la Grulla, tú
puedes seguir ruta y en tres o cuatro días estarás en Novigrado. Fíate de mi,
es la mejor solución.
—Me fío de ti. Más
despacio, Addario, por favor. Apenas puedo seguirte. ¿Acaso tienes un oficio
que te obliga a estar siempre caminando? ¿Eres buhonero?
—Soy minero. En una
mina de cobre.
—Bueno, claro.
Todos los enanos son mineros. Y trabajan de picadores allá en las minas de
Mahakam. Siempre están con un pico en la galería, arrancando negro carbón.
www.lectulandia.com
- Página 142
—Te dejas llevar
por los estereotipos. Dentro de nada dirás que los enanos son unos malhablados.
Y que cuando llevan unas copas de más se lanzan sobre la gente con un hacha.
—No pienso decir
eso.
—Mi mina no está en
Mahakam, sino en Medzianka, cerca de Tretogor. No me dedico a picar, sino que
toco la trompa en una orquesta de viento de mineros.
—Qué curioso.
—Lo curioso —el
enano se echó a reír— es más bien otra cosa. Se trata de una coincidencia
graciosa. Una de las piezas más señaladas de nuestra orquesta se titula «La
marcha de los brujos». Suena así: Tara-rara, bum, bum, unta-unta,
rim-chin-chin, paparara-tara-rara, tara-rara, bum-bum-bum…
—¿De dónde demonios
habéis sacado ese título? ¿Es que habéis visto alguna vez marchar a un brujo?
¿Dónde? ¿Cuándo?
—A decir verdad
—Addario Bach se turbó un poco—, no pasa de ser una ligera adaptación de «El
desfile de los forzudos». Pero todas las orquestas de viento de mineros
interpretan cosas como «El desfile de los forzudos», «La aparición de los
atletas» o «La marcha de los viejos camaradas». Queríamos ser originales.
¡Tara-rara, bum, bum!
—¡Más despacio, que
echo el bofe!
No había un alma en
aquellos bosques. A diferencia de las praderías y dehesas próximas, por las que
pasaban a menudo. Aquí la actividad era incesante. Segaban el heno, lo
rastrillaban y lo amontonaban en hacinas y almiares. El enano saludaba a los
segadores dando gritos alegres, y ellos le respondían. O no.
—Esto me recuerda
—Addario señaló a los que estaban faenando— otra de las marchas de nuestra
orquesta. Se titula «Los segadores». La interpretamos a menudo, sobre todo en
verano. Y también se canta. Tenemos un poeta en la mina que ha compuesto unos
versos muy majos, se pueden cantar incluso a capella. Dicen así:
Los mozos siegan la
hierba,
las mozas cargan el
heno,
con temor de que
nos llueva
miramos todos al
cielo.
En lo alto de la
colina,
esperando el
aguacero,
nos meneamos la
polla
y las nubes vuelan
lejos.
»¡Y da capo! ¡No me
dirás que no se marcha bien a este son!
—¡Más despacio,
Addario!
—¡No es posible ir
más despacio! ¡Es una canción de marcha! ¡Con el ritmo y la métrica perfectos
para la marcha!
www.lectulandia.com
- Página 143
En lo alto de la
colina destacaban los restos de un muro blanco, también eran visibles las
ruinas de un edificio y una torre muy característica. Gracias a esa torre,
justamente, Geralt identificó el templo: no recordaba a qué divinidad estaba
consagrado, pero había oído hablar mucho de aquel sitio. Antiguamente había
sido la morada de unos sacerdotes. Se contaba que había llegado un momento en
que su codicia, su depravación desenfrenada y su libertinaje se habían vuelto
insoportables, y los habitantes de la comarca expulsaron a los sacerdotes, que
se vieron obligados a adentrarse en las profundidades del bosque, donde se
dedicaron a predicar a los gnomos. Con magros resultados, por lo visto.
—El viejo Erem
—precisó Addario—. No nos hemos apartado de la ruta y vamos bien de tiempo. A
la caída de la tarde llegaremos a la Represa del Bosque.
El riachuelo que
habían ido siguiendo, que en su curso más alto resonaba entre peñas y
torrentes, en su parte más baja se desbordaba, inundando extensos terrenos. La
causa era una represa de tierra y madera que frenaba la corriente. Junto a la
represa había unas obras, se afanaba un grupo de personas.
—Estamos en la
Represa del Bosque —dijo Addario—. Esa construcción que ves allí abajo es la
misma represa. Se utiliza para el transporte de troncos procedentes de las
talas. El río, como verás, no es propiamente navegable, es poco profundo.
Gracias a la represa el agua se embalsa y se van acumulando los troncos, hasta
que en un momento dado se abren las compuertas. Se forma una gran ola que
posibilita el transporte fluvial. De este modo se transportan los materiales
necesarios para la producción de carbón vegetal. El carbón vegetal…
—Es imprescindible
para fundir el hierro —acabó Geralt—. Y la metalurgia es la rama de la
industria más importante y más desarrollada. Lo sé. Hace muy poco me lo explicó
un hechicero. Que entiende de carbón y de metalurgia.
—Raro sería que no
entendiera —dijo con sorna el enano—. El Capítulo de los hechiceros posee la
mayoría de las acciones en las compañías del complejo industrial de Gors Velen,
y algunas acerías y forjas le pertenecen en su totalidad. Los hechiceros obtienen
pingües beneficios de la metalurgia. También de otros sectores. Tal vez se lo
merezcan, al fin y al cabo ellos han desarrollado buena parte de la tecnología.
No obstante, podrían dejarse de hipocresías y reconocer que la magia no es
caridad, no es una labor filantrópica al servicio de la sociedad, sino una
industria orientada a la obtención de beneficios. Pero no sé por qué te cuento
todo esto, tú ya lo sabes. Ánimo, allí hay una posada, vamos a descansar un
rato. Y puede que también nos toque pernoctar, porque está empezando a caer la
tarde.
Aquello de posada
sólo tenía el nombre, pero eso tampoco tenía nada de extraño. Allí
www.lectulandia.com
- Página 144
se atendía a los
leñadores y almadieros de la represa, a los que les daba igual dónde beber, con
tal de beber. Un chamizo con una cubierta de paja llena de agujeros, sustentada
en unas pértigas, unas cuantas mesas y unos bancos hechos con tablones mal cepillados,
un hogar de piedra: la sociedad local ni exigía ni esperaba mayores lujos, se
contentaba con la cerveza que el posadero tiraba de unos barriles apostados
detrás de un tabique y con alguna salchicha ocasional que la posadera, siempre
que tuviera ganas y estuviera de humor, se prestaba a freír a la brasa,
cobrando por ello un recargo.
Geralt y Addario
tampoco se mostraron demasiado exigentes, sobre todo porque la cerveza estaba
fresca, salida de un barril recién abierto, y bastaron unos cuantos cumplidos
para que la posadera se animara a freír y servirles una cazuela de morcilla con
cebolla. Después de una larga jornada de marcha por los bosques a Geralt
aquella morcilla le supo igual de bien que la pierna de ternera en verduras, la
paleta de jabalí, el rodaballo en tinta y otras exquisiteces del chef de la
hostería Natura Rerum. Aunque, a decir verdad, algo si echaba de menos la
hostería.
—Dime una cosa
—Addario llamó con un gesto a la posadera, le pidió otra cerveza—, ¿qué sabes
de la vida de ese profeta?
Antes de sentarse a
la mesa, se habían fijado en una roca cubierta de musgo que había al pie de un
roble secular. Unas letras grabadas en la superficie del monolito informaban de
que en aquel preciso lugar, en la festividad de Birke del año 1133 post Resurrectionem,
el profeta Lebioda había pronunciado un sermón ante sus discípulos. En cuanto
al propio obelisco en honor de ese acontecimiento, lo había sufragado y mandado
erigir en el año 1200 Spirydon Apps, maestro pasamanero de Rinde, tenemos
tienda propia en el Mercado Menor, excelente calidad, precios asequibles, no
deje de visitarnos.
—¿Conoces —Addario
apuró los restos de morcilla de la cazuela— la historia de ese Lebioda, el
llamado profeta? Me refiero a la historia real.
—No la conozco. —El
brujo rebañó la cazuela con un cacho de pan—. Ni la historia real ni la
inventada. Nunca me ha interesado.
—Pues escucha. Los
hechos ocurrieron hace ciento y pico años, no mucho después, al parecer, de la
fecha grabada en esa roca. Hoy en día, como bien sabes, casi no se ven
dragones, si acaso en alguna montaña inaccesible, en zonas despobladas. En
aquellos tiempos eran más frecuentes y podían resultar bastante molestos.
Habían aprendido que los pastos llenos de ganado equivalían a enormes
merenderos donde podían comer hasta hartarse sin mayor esfuerzo. Por suerte
para los campesinos hasta los bichos más grandes se conformaban con uno o dos
banquetes al trimestre, pero zampaban tanto que podían poner en riesgo la
ganadería, sobre todo si alguno de ellos se ensañaba con una comarca en
particular. Un dragón gigantesco la tomó con una aldea de Kaedwen. Llegaba allí
volando, se zampaba unas cuantas ovejas, dos o tres vacas y de postre pillaba
un puñado de carpas en algún estanque. Para terminar, exhalaba fuego, quemaba
un granero o un pajar y se largaba
www.lectulandia.com
- Página 145
volando. —El enano
le dio un sorbo a la cerveza, soltó un regüeldo—. Los lugareños intentaron
ahuyentar al dragón, probaron con todo tipo de trampas y tretas, todo en vano.
Dio la casualidad de que en el curso de sus peregrinaciones había llegado a Ban
Ard, que no quedaba lejos de allí, el tal Lebioda con sus discípulos. Por aquel
entonces Lebioda ya era un profeta venerado y contaba con un gran número de
adeptos. Los campesinos le pidieron su ayuda, y él, para sorpresa de todos, no
se la negó. Así pues, cuando el dragón apareció volando, Lebioda lo esperó en
unos prados y empezó a exorcizarlo. El dragón primero lo torró con su fuego,
como a un pato. Y después se lo zampó. Así, sin más. Y se marchó volando a las
montañas.
—¿Y así termina la
historia?
—No. Escucha. Los
discípulos del profeta lloraron compungidos, pero después contrataron a unos
cazadores. Unos de los nuestros, o sea, unos enanos, que estamos muy puestos en
el tema de los dragones. Anduvieron meses detrás del dragón. Como es de rigor en
estos casos, iban siguiendo los cagarros que dejaba el bicho por ahí. Y los
discípulos ante cada boñiga caían de hinojos y se ponían a hurgar en la mierda,
llorando amargamente, e iban recogiendo los restos de su maestro. Al final,
recuperaron el cuerpo en su totalidad, o más bien lo que ellos tuvieron por
tal, pues en realidad era una colección bastante caótica de huesos, no muy
limpios, humanos, bovinos y ovinos. Todo eso está hoy depositado en un
sarcófago en un templo de Novigrado. Como reliquia milagrosa.
—Reconócelo,
Addario. Te has inventado esta historia. O la has adornado mucho. —¿A qué
vienen esas suspicacias?
—A que tengo mucho
trato con un poeta. Y éste, cuando puede elegir entre la versión auténtica de
unos hechos y una versión más atractiva, siempre elige la segunda, a la que
añade todo tipo de detalles pintorescos. Todos los reproches que se le hacen al
respecto los refuta con un sofisma: si algo no se corresponde con la verdad,
eso no quiere decir, ni mucho menos, que sea mentira.
—Ya sé de qué poeta
hablas. Es Jaskier, naturalmente. Pero la historia tiene sus normas.
—La historia —el
brujo se sonrió— es el relato mayormente falso de unos acontecimientos
mayormente inexistentes que nos transmiten unos historiadores mayormente
idiotas.
—También en este
caso adivino quién es el autor de la cita. —Addario Bach enseñó los dientes—.
Vysogota de Corvo, filósofo y ético. Y asimismo historiador. En cuanto al
profeta Lebioda… Bueno, la historia, como se ha dicho, es la historia. Pero he
oído que en Novigrado los sacerdotes sacan en ocasiones los restos del profeta
del sarcófago y se los dan a besar a los fieles. Si yo estuviera allí presente,
la verdad es que me abstendría de besarlos.
—Me abstendré de
besarlos —prometió Geralt—. Y ya que hablamos de Novigrado…
—Tranquilo —se
anticipó el enano—. Llegarás a tiempo. Si nos levantamos al
www.lectulandia.com
- Página 146
rayar el alba,
llegaremos muy pronto a Wiaterna. Aprovecharemos la ocasión y estarás a tiempo
en Novigrado.
Ojalá, pensó el
brujo. Ojalá.
www.lectulandia.com
- Página 147
Capítulo
decimocuarto
Los hombres y los
animales pertenecen a distintas especies, pero los zorros viven entre los
hombres y los animales. Los vivos y los muertos marchan por distintos caminos,
pero los zorros avanzan entre los vivos y los muertos. Los dioses y los
monstruos caminan por distintos senderos, pero los zorros caminan entre los
dioses y los monstruos. Las vías de la luz y de la oscuridad nunca se enlazan
ni se cruzan, pero los espíritus de los zorros vigilan entre ellas. Los
inmortales y los demonios se adentran por sus propias sendas, pero los
espíritus de los zorros se sitúan en medio.
Ji Yun, sabio de la
época de la dinastía Qing
Aquella noche hubo
tormenta.
Descansados,
después de dormir entre el heno en el altillo del granero, se pusieron en
camino al rayar el alba, en una mañana fría pero soleada. Siguiendo la senda
trazada, atravesaron fragas, turberas inundadas y praderas encharcadas. Tras
una hora de marcha forzada llegaron a unos edificios.
—Wiaterna —indicó
Addario Bach—. Éste es el puerto del que te hablé.
Se acercaron al
río, los envolvió un viento vivificante. Se dirigieron a un muelle de madera.
Aquí el rio formaba una extensa ciénaga, grande como un lago, a duras penas se
distinguía la corriente, perdida en la lejanía. Desde la orilla colgaban hacia
el agua ramas de sauces, salgueros y alisos. Nadaban por todas partes,
emitiendo sus distintos cantos, las aves acuáticas: patos, cercetas, ánades
rabudos, colimbos y zampullines. Confundida con el paisaje, sin espantar a toda
aquella turbamulta de plumíferos, surcaba con gracia las aguas una pequeña
embarcación. De un mástil, con una vela grande en la popa y varias triangulares
en la proa.
—Cuánta razón tenía
aquél que lo dijo —comentó Addario Bach, concentrado en el cuadro—. Cuáles son
los tres espectáculos más bellos que hay en el mundo. Un barco a toda vela, un
caballo al galope y, bueno… una mujer desnuda retozando.
—Una mujer
danzando. —El brujo esbozó una sonrisa—. Danzando, Addario. —Vale —asintió el
enano—, que sea desnuda danzando. Y ese barquito, ja, no me
dirás que no queda
bonito surcando así las aguas.
—Eso no es un
barco, sino un pequeño velero.
—Es un sloop —le
corrigió, acercándose, un tipo regordete, con una pelliza de alce—. Un sloop,
señores míos. Se reconoce fácilmente por las velas. Una cangreja de vela mayor,
una trinquetilla y dos foques en los puntales. Un clásico.
El pequeño velero
—el sloop— se aproximó tanto al muelle que pudieron admirar el mascarón de
proa. La escultura, en lugar de la habitual mujer tetona, de una sirena, un
dragón o una serpiente marina, representaba a un anciano calvo de nariz
aguileña.
—Leches —gruñó
entre dientes Addario Bach—. ¿Es que el profeta la ha tomado con nosotros o
qué?
—Sesenta y cuatro
pies de longitud —siguió describiendo aquel tipo chaparro con
www.lectulandia.com
- Página 148
una voz henchida de
orgullo—. En conjunto, la superficie de las velas es de tres mil trescientos
pies. Se trata, señores míos, del Profeta Lebioda, un moderno sloop del estilo
de Kovir, construido en los astilleros de Novigrado, botado hace menos de un año.
—Ya se ve —Addario
Bach carraspeó— que conocéis bien ese sloop. Es mucho lo que de él sabéis.
—Lo sé todo sobre
él, pues no en vano soy el armador. ¿Veis la bandera en el mástil? En ella
figura un guante. Es el emblema de mi compañía. Permitid que me presente: soy
Kevenard van Vliet, empresario del sector de la marroquinería.
—Encantados de
conoceros. —El enano estrechó la diestra que se le ofrecía, examinando al
empresario con una atenta mirada—. Y os felicitamos por la nave, tan hermosa
como veloz. Se hace raro verla aquí, en Wiaterna, en estas marismas, lejos del
canal de acceso del Pontar. También se hace raro que, estando la nave en el
agua, se encuentre aquí en tierra el propietario, en este lugar de mala muerte.
¿Habéis sufrido acaso algún percance?
—No, no, nada de
eso, ningún percance —replicó el empresario del sector de la marroquinería, con
excesiva presteza, a juicio de Geralt, y excesivo énfasis—. Estamos cargando
provisiones, eso es todo. Y en cuanto a lo de venir a este sitio, bueno, no es
que así lo hayamos querido, ha sido una compleja necesidad la que nos ha traído
hasta aquí. Porque, cuando uno corre a salvar a alguien, no repara en la ruta.
Y la nuestra es una expedición de salvamento…
—Señor Van Vliet
—le interrumpió, acercándose, uno de los tipos cuyos pasos habían hecho temblar
de pronto el muelle—. No entréis en los detalles. No me parece a mí que a estos
señores les interesen. O que deban interesarles.
Eran cinco los
tipos que habían irrumpido en el muelle procedentes de la aldea. El que había
hablado, tocado con un sombrero de paja, destacaba por su mandíbula bien
marcada, ensombrecida por la barba de varios días, y por su prominente barbilla
partida, que parecía un culo en miniatura. Le acompañaba un gigantón, un
verdadero coloso, si bien, a juzgar por su rostro y su mirada, no tenía pinta
de ser ningún idiota. El tercero, un retaco muy moreno, era un marino de pies a
cabeza: no le faltaban detalles como la gorra de lana y el aro en una oreja.
Los otros dos, marineros sin duda, transportaban un cajón con provisiones.
—No me parece a mí
—prosiguió el de la barbilla— que estos señores, sean quienes sean, tengan por
qué saber nada de nosotros, de lo que estamos haciendo aquí, y de otros asuntos
particulares nuestros. Indudablemente, estos señores se harán cargo de que nuestros
asuntos privados no le interesan a nadie, y menos a unas personas con las que
nos hemos topado por casualidad y que son unos perfectos desconocidos.
—A lo mejor no son
tan desconocidos —terció el gigante—. Al señor enano, efectivamente, no lo
conozco, pero los cabellos albinos de este otro sujeto delatan quién es.
¿Geralt de Rivia, supongo? ¿El brujo? ¿Me equivoco?
www.lectulandia.com
- Página 149
Me estoy haciendo
famoso, pensó Geralt, cruzando los brazos sobre el pecho. Demasiado famoso. ¿Y
si me tiño el pelo? ¿O si me afeito la cabeza, como Harlan Tzara?
—¡Un brujo! —Era
evidente el entusiasmo de Kevenard van Vliet—. ¡Un brujo de verdad! ¡Qué
coincidencia! ¡Señores! ¡Nos viene como caído del cielo!
—El célebre Geralt
de Rivia —insistió el gigante—. Qué suerte hemos tenido al encontrárnoslo justo
ahora, en nuestra situación. Puede ayudarnos a salir del apuro… —Estás hablando
de más, Cobbin —le interrumpió el de la barbilla—. Y con
excesiva ligereza.
—Pero qué decís,
señor Fysh —protestó el marroquinero—. ¿No veis la oportunidad que se nos
presenta? La ayuda de alguien como un brujo…
—¡Señor Van Vliet!
Dejad esto en mis manos. Yo tengo más experiencia en el trato con esta gente.
Se hizo el
silencio, mientras el tipo de la barba media al brujo con la mirada. —Geralt de
Rivia —dijo por fin—. Cazador de monstruos y criaturas
sobrenaturales.
Cazador, diría yo, legendario. Lo diría si creyese en las leyendas.
¿Mas dónde están
vuestras célebres espadas de brujo? El caso es que no las veo.
—No es raro —repuso
Geralt— que no las veas. Porque son invisibles. ¿Acaso no conoces la leyenda de
las espadas de los brujos? Los demás no pueden verlas. Se vuelven visibles si
pronunció un conjuro. En caso de necesidad. Sólo en ese caso. Porque también sé
arreglármelas bien sin espada.
—Os creo. Soy Javil
Fysh. Dirijo en Novigrado una empresa que presta servicios varios. Éste es mi
socio, Petru Cobbin. Y aquél es el señor Pudlorak, capitán del Profeta Lebioda.
Y ya conocéis al honorable Kevenard van Vliet, armador de este barco.
»Observo, brujo
—prosiguió Javil Fysh, después de fijarse bien—, que estás aquí parado en este
muelle, en la única población que hay en un radio de veintitantas leguas. Para
llegar desde aquí a alguna ruta civilizada hay que viajar mucho tiempo por los
bosques. Tengo la sensación de que prefirirías largarte de este lugar de mala
muerte en barco, a bordo de cualquier cosa que se mantenga a flote. Y el
Profeta, justamente, se dirige a Novigrado. Y admite pasajeros. Podría llevaros
a ti y al enano que te acompaña. ¿Te interesa?
—Seguid hablando,
señor Fysh. Os escucho atentamente.
—Como puedes ver,
nuestro barco no es una vulgar chalana, hay que pagar el pasaje, y no es nada
barato. No me interrumpas. ¿Estarías dispuesto a darnos protección con tus
espadas invisibles? Podemos incluir el precio del pasaje como parte del pago
por tus valiosos servicios como brujo, esto es, por la vigilancia y protección
a lo largo del viaje, desde aquí hasta la misma rada de Novigrado. Por cierto,
¿en cuánto valoras tus servicios como brujo?
Geralt se quedó
mirándole.
—¿Con
descubrimiento o sin él?
www.lectulandia.com
- Página 150
—¿Cómo dices?
—En vuestra
proposición —dijo tranquilamente Geralt— tiene que haber cláusulas ocultas y
todo tipo de pegas. Si voy a tener que descubrirlas por mí mismo, cobraré más
caro. Saldré más barato si os decidís a hablar con franqueza.
—Tu desconfianza
—replicó Fysh con fríaldad— despierta algunas sospechas. Cree el ladrón que
todos son de su condición. Ya se sabe: quien se pica ajos come. Queremos
contratarte como escolta. Es una tarea sencilla, sin mayores complicaciones.
¿Qué cláusulas ocultas quieres que haya?
—Lo de la escolta
no es más que un cuento. —Geralt no apartó la mirada—.
Improvisado sobre
la marcha, y de lo más burdo.
—¿Eso es lo que
piensas?
—Eso es lo que
pienso. Porque hace un momento el fabricante de guantes estaba haciendo alusión
a no sé qué expedición de salvamento, y tú, señor Fysh, le hiciste callar sin
miramientos. Poco después tu colaborador va y se refiere a una situación
apurada de la que es necesario salir. Así pues, si vamos a cooperar, dime sin
más rodeos, te lo ruego: ¿qué clase de expedición es ésta y a quién se propone
socorrer? ¿A qué viene tanto secreto? ¿Qué apuros son ésos de los que hay que
salir?
—Os lo explicaremos
—se apresuró a decir Van Vliet, adelantándose a Fysh—. Os explicaremos todo,
señor brujo…
—Pero ya en el
puente —terció con voz ronca el capitán, que había callado hasta entonces—. No
hay razón para entretenerse más tiempo en este embarcadero. El viento es
propicio. Partamos de aquí, estimados amigos.
Con las velas
hinchadas por el viento, el Profeta Lebioda surcaba veloz las extensas aguas de
la bahía, dirigiendo su rumbo hacia el canal de acceso principal, sorteando los
islotes. Crujían las jarcias, chirriaba la botavara, ondeaba con brío la
bandera del guante en el mástil.
Kevenard van Vliet
cumplió lo prometido. En cuanto el sloop zarpó del embarcadero de Wiaterna,
llamó a proa a los interesados y se prestó a darles explicaciones.
—Hemos emprendido
esta expedición —empezó, mirando cada dos por tres a Fysh, que tenía cara de
pocos amigos— con la misión de rescatar a una niña que ha sido raptada. A
Ximena de Sepúlveda, hija única de Briana de Sepúlveda. Seguro que os dice algo
este nombre. Curtidurías, talleres de remojo y prensado, también peleterías.
Una enorme producción anual, muchísimo dinero. Si veis a una dama con un abrigo
bello y caro, seguro que la piel es de esta empresa.
—Y han raptado a su
hija. ¿Han pedido un rescate?
—El caso es que no.
No os lo vais a creer, pero… A la niña se la ha llevado un monstruo. Una
raposa. Es decir, una cambiante. Una vixena.
—Tenéis razón —dijo
el brujo con fríaldad—. No me lo creo. Las raposas, o sea,
www.lectulandia.com
- Página 151
las vixenas, o
aguaras, para ser más exactos, únicamente raptan criaturas élficas. —Claro,
claro, totalmente de acuerdo —farfulló Fysh—. Pero ocurre que, aunque
se trate de algo
insólito, la mayor peletería de Novigrado la regenta una no humana. Breairme
Diarbhail ap Muigh, elfa de pura sangre. Viuda de Jacobo de Sepúlveda, de quien
ha heredado todos sus bienes. La familia no ha conseguido invalidar el
testamento, ni que se declare la nulidad del matrimonio mestizo, por más que
vaya contra la costumbre y contra las leyes divinas…
—Al grano —le cortó
Geralt—. Al grano, os lo ruego. Entonces, ¿me estáis diciendo que esa peletera,
elfa de pura sangre, os ha encargado que le encontréis a la hija raptada?
—¿Te estás quedando
conmigo? —Fysh puso mala cara—. ¿Es que pretendes pillarme en un renuncio? De
sobra sabes que los elfos, si una raposa les arrebata a una criatura, jamás
hacen nada por recuperarla. La tachan con una cruz y la dan por perdida.
Consideran que estaba destinada a la raposa.
—Briana de
Sepúlveda —terció Kevenard van Vliet— al principio también disimuló. Se
lamentaba, pero al modo élfico, a escondidas. De cara al exterior, el rostro
imperturbable, los ojos secos… Va’esse deireadh aep eigean, va’esse eigh
faidh’ar, repetía, que en su lengua quiere decir…
—Algo termina, algo
comienza.
—Eso es. Pero no es
más que palabrería élfica, nada termina, ¿qué tendría que terminar, y por qué?
Briana vive desde hace mucho entre los hombres, observando nuestras leyes y
costumbres, es verdad que es de sangre no humana, pero en su corazón es casi un
ser humano. Las creencias y supersticiones de los elfos son poderosas, sin
duda, puede que ante los demás elfos Briana se muestre serena, pero en secreto
añora a su hija, eso salta a la vista. Daría cualquier cosa por recuperar a su
hija única, de la raposa o de lo que fuera… Estáis en lo cierto, señor brujo,
ella no ha pedido nada, no ha solicitado ayuda. A pesar de lo cual, hemos
decidido ayudarla, no podíamos verla tan desesperada. El gremio de mercaderes
al completo se ha volcado de forma solidaría y ha financiado la expedición. Yo
he ofrecido el Profeta y mi participación personal, lo mismo ha hecho el
mercader Parlaghy, a quien no tardaréis en conocer. Pero, dado que somos gente
de negocios, y no buscadores de aventuras, solicitamos la ayuda del respetable
Javil Fysh, que tiene fama entre nosotros de ser un hombre juicioso y
resolutivo, que no teme el riesgo, curtido en difíciles empresas, célebre por
su saber y experiencia…
—El respetable
Fysh, célebre por su experiencia —Geralt miró al mentado—, se ha abstenido de
informaros de que una expedición de rescate no tiene sentido y está condenada
de antemano al fracaso. Se me ocurren dos explicaciones. Primera: el respetable
Fysh no tiene ni idea de en la que os ha metido. Segunda, más verosímil: el
respetable Fysh ha recibido un anticipo lo suficientemente generoso como para
teneros dando tumbos durante un tiempo y regresar después con las manos vacías.
—¡Sois muy rápido
lanzando acusaciones! —Kevenard van Vliet detuvo con un
www.lectulandia.com
- Página 152
gesto a Fysh,
dispuesto a replicar con furia—. También os apresuráis a predecir el fracaso.
Pero nosotros, los mercaderes, siempre pensamos en positivo…
—Se os felicita por
pensar así. Pero en este caso no sirve de ayuda.
—¿Por qué?
—Cuando una aguara
se lleva a una criatura —explicó Geralt con calma—, ya no hay manera de
recuperarla. Es totalmente imposible. Ya no se trata tan sólo de que no sea
posible dar con la criatura porque las raposas tienen un estilo de vida
extraordinariamente reservado. Ni tampoco de que la aguara no vaya a permitir
que se la arrebaten, y eso que no es precisamente un rival al que se pueda
menospreciar en el combate, tanto si se presenta en su forma zorruna como si lo
hace en forma humana. Se trata de que la criatura raptada deja de ser lo que
era antes. Las chiquillas capturadas por las aguaras experimentan cambios. Se
transforman y ellas mismas se convierten en raposas. Las aguaras no se
reproducen. Para preservar la especie, capturan y transforman a las criaturas
de los elfos.
—Esa raza zorruna
—Fysh ya no se pudo aguantar más— debería desaparecer. Todos esos licántropos
deberían desaparecer. Es verdad que las raposas pocas veces se meten con las
personas. Se limitan a raptar cachorros élficos y sólo hacen daño a los elfos,
lo cual en sí mismo es positivo, porque, cuanto mayores sean los perjuicios
para los no humanos, mayores serán los beneficios para las auténticas personas.
Pero las raposas son monstruos, y hay que acabar con los monstruos, hacer que
desaparezcan, que perezca toda su raza. Tú vives de eso, brujo, contribuyes a
esa tarea. Por eso mismo, espero que no te tomarás a mal que otros nos
dediquemos también a la destrucción de los monstruos. Me parece, no obstante,
que estas divagaciones son estériles. Querías explicaciones, ya las tienes. Ya
sabes para qué se te contrata y de quién… de quién tienes que defendernos.
—Vuestras
explicaciones —comentó tranquilamente Geralt—, sin ánimo de ofender, son tan
turbias como el pis de una vejiga con cistitis. Y los nobles fines de vuestra
expedición tan discutibles como la virtud de una doncella a la mañana siguiente
de una fiesta de pueblo. Pero eso es asunto vuestro. Lo que es asunto mío es
haceros ver que el único medio de defenderse de una aguara es mantenerse lejos
de una aguara. ¿Señor Van Vliet?
—¿Sí?
—Volved a casa.
Esta expedición no tiene sentido, ya es hora de asumirlo y desistir. Es todo lo
que puedo aconsejaros como brujo. El consejo es gratis.
—Pero no vais a
desembarcar, ¿no es cierto? —balbuceó Van Vliet, poniéndose algo pálido—.
¿Señor brujo? ¿Os quedaréis con nosotros? Y si… Y si ocurriera algo, ¿nos vais
a defender? Decid que sí… Por todos los dioses, decid que si…
—Dirá que sí —dijo
Fysh con malicia—. Vendrá con nosotros. ¿Quién si no iba a recogerlo en este
lugar de mala muerte? Que no cunda el pánico, señor Van Vliet. No hay de qué
temer.
—¡Cómo que no!
—gritó el marroquinero—. ¡Eso sí que es bueno! Nos habéis
www.lectulandia.com
- Página 153
metido en este
enredo, ¿y ahora os las dais de tipo duro? ¡Yo quiero volver sano y salvo a
Novigrado! Alguien tiene que defendemos en estos momentos, cuando estamos en
apuros… Cuando nos amenaza…
—Nada nos amenaza.
No os pongáis a temblar como una mujer. Bajad a los camarotes, con vuestro
compañero Parlaghy. Bebeos un ron mano a mano, y enseguida os volverá el
coraje.
Kevenard van Vliet
se puso colorado, después palideció. Después se encontró con la mirada de
Geralt.
—Ya está bien de
darle tantas vueltas —dijo con rotundidad, pero con calma—. Ya es hora de
confesar la verdad. Señor brujo, ya tenemos a esa joven raposa. Está en la
cabina de popa. El señor Parlaghy la está vigilando.
Geralt negó con la
cabeza.
—No me lo creo.
¿Habéis recuperado a la hija de la peletera? ¿A la pequeña Ximena? ¿Se la
habéis quitado a una aguara? Fysh escupió por la borda. Van Vliet se rascó la
coronilla.
—No ha sido así
—balbuceó por fin—. Por un error, ha caído otra en nuestras manos… También es
una joven raposa, pero se trata de otra… Y había sido raptada por otra vixena,
una totalmente distinta. El señor Fysh pagó un rescate por ella… A unos
soldados que le habían arrebatado la chiquilla a una raposa valiéndose de una
treta. De entrada pensamos que se trataba de Ximena, sólo que ya transformada…
Pero Ximena tenía siete años, y era rubia, ésta en cambio tendrá como doce y es
morena…
—Aunque no sea la
que andábamos buscando —Fysh se adelantó al brujo—, el caso es que nos la hemos
traído. ¿Qué sentido tendría que esa cría élfica se convirtiera en un monstruo
aún más terrible? En cambio, en Novigrado siempre se la podremos vender a una
casa de fieras, al fin y al cabo es una rareza, un ser salvaje, medio raposa,
criada en el bosque por una raposa… La casa de fieras pagará un buen dinero por
ella…
El brujo le dio la
espalda.
—¡Capitán, poned
rumbo a la orilla!
—Más despacio, más
despacio —gritó irritado Fysh—. Mantén el rumbo, Pudlorak. Aquí tú no das las
órdenes, brujo.
—Señor Van Vliet
—Geralt lo ignoró—, apelo a vuestro buen sentido. Hay que soltar de inmediato a
esa chica y desembarcarla en la orilla. En caso, contrario daos por perdidos.
La aguara no va a renunciar a la niña. Seguramente ya os estará siguiendo el rastro.
El único modo de detenerla es devolverle a la chiquilla.
—No le hagáis caso
—dijo Fysh—. No os dejéis asustar. Estamos surcando un río, el lecho es ancho.
¿Qué puede hacernos esa zorra?
—Y tenemos a un
brujo que nos puede defender —apuntó con ironía Petru Cobbin—. ¡Armado con
espadas invisibles! ¡El famoso Geralt de Rivia no se va a amilanar ante una
raposa!
www.lectulandia.com
- Página 154
—No sé qué hacer,
no sé qué hacer —balbuceó el marroquinero, mirando sucesivamente a Fysh, a
Geralt y a Pudlorak—. ¿Don Geralt? En Novigrado os recompensaré con
generosidad, os pagaré con creces el trabajo… Si os decidís a defendemos…
—Os defenderé, vaya
que sí. De la única manera posible. Capitán, a la orilla. —¡No te atreverás!
—Fysh palideció—. ¡No des un solo paso hacia la cabina de
popa, o lo
lamentarás! ¡Cobbin!
Petru Cobbin quiso
agarrar del cuello a Geralt, pero no fue capaz, porque se entrometió Addario
Bach, tranquilo y callado hasta entonces. El enano le soltó un patadón en la
corva a Cobbin, que cayó de rodillas. Addario Bach saltó hasta él, aprovechó el
impulso para hundirle el puño en los riñones, y repitió el golpe en una sien.
El gigante se derrumbó en la cubierta.
—¿De qué le sirve
ser tan grande? —El enano recorrió a los demás con la mirada
—. Hace más ruido
al caer.
Fysh se llevó la
mano a las cachas de su cuchillo, pero la retiró en cuanto Addario
Bach reparó en él.
Van Vliet se había quedado paralizado, con la boca abierta. Lo mismo que el
capitán Pudlorak y el resto de la tripulación.
Petru Cobbin gimió
y levantó la frente de las tablas de cubierta.
—Tú sigue ahí
quietecito —le aconsejó el enano—. No me impresiona ni tu corpulencia ni el
tatuaje de Sturefors. Otros más grandes que tú y que han estado en cárceles más
duras ya han tenido que vérselas conmigo. Así que no intentes levantarte.
Procede, Geralt.
»Por si alguien
tiene alguna duda —se dirigió a los demás—, lo que estamos haciendo el brujo y
yo es salvaros la vida a todos vosotros. Capitán, a la orilla. Y arriad un
bote.
El brujo bajó por
la escalerilla, abrió de golpe una puertecilla, después otra. Y se quedó de
piedra. A su espalda Addario Bach soltó una maldición. Lo mismo que Fysh. Van
Vliet suspiró. La muchacha delgada, tendida inerte en una litera, tenía los
ojos vidriosos. Estaba medio desnuda, de cintura para abajo completamente
desnuda, abierta de piernas de un modo obsceno. El cuello lo tenía retorcido de
una manera nada natural. Y más obscena aún.
—Señor Parlaghy…
—dijo a duras penas Van Vliet—. ¿Qué…? ¿Qué habéis hecho?
Sentado encima de
la chica, aquel tipo calvo los estaba mirando.
Movía la cabeza
como si no los hubiera visto, como si estuviera haciendo un esfuerzo por
localizar el punto de donde le llegaba la voz del marroquinero.
—¡Señor Parlaghy!
—Ha gritado…
—farfulló el tipo aquel, temblando con su doble barbilla y soltando un pestazo
a alcohol—. Ha empezado a gritar…
—Señor Parlaghy…
—Quería que se
callara… Sólo quería que se callara.
www.lectulandia.com
- Página 155
—La ha matado —Fysh
constató el hecho—. ¡La ha matado como si nada! Van Vliet se llevó las manos a
la cabeza. —¿Y ahora qué?
—Ahora —le explicó
el enano con objetividad— si que estamos bien jodidos.
—¡Os digo que no
hay razones para ponerse nerviosos! —Fysh descargó un puñetazo en la regala—.
Estamos en el rio, en mitad de las aguas. La orilla está lejos. Aunque la
raposa, y esto es muy dudoso, hubiera dado con nuestro rastro, en el agua no
representa ninguna amenaza.
—¿Señor brujo? —Van
Vliet levantó la mirada con temor—. ¿Qué decís a esto? —La aguara dará con
nuestro rastro —insistió pacientemente Geralt—. De eso no
puede haber ninguna
duda. Si hay algo dudoso, ese algo son los conocimientos del señor Fysh, a
quien, visto lo visto, pediría que guardase silencio. La cuestión es la
siguiente, señor Van Vliet: si hubiéramos liberado a la joven raposa y la
hubiéramos dejado en tierra, habríamos tenido alguna posibilidad de que la
aguara nos hubiera dejado marchar. Pero ha pasado lo que ha pasado. Y ahora
nuestra única salvación es la huida. Es un milagro que la aguara no os haya
dado alcance hasta ahora, una vez más se comprueba que todos los tontos tienen
suerte. Pero ya no podemos seguir tentando a la fortuna. Largad las velas,
capitán. Todas las que haya.
—También se podría
—comentó con calma Pudlorak— desplegar la gavia. El viento es favorable…
—Pero en caso de
que… —le interrumpió Van Vliet—. ¿Señor brujo? ¿Estaréis dispuesto a
defendemos?
—Seré sincero,
señor Van Vliet. De buena gana os abandonaría. En compañía de ese Parlaghy, que
sólo de pensar en él se me revuelven las tripas. Alguien que se pone ahí abajo
a beber hasta caer redondo sobre el cadáver de una chiquilla a la que acaba de
asesinar.
—Yo también sería
partidario de eso —intervino, mirando hacia arriba, Addario Bach—. Porque,
parafraseando las palabras del señor Fysh sobre los no humanos: cuanto mayores
sean los perjuicios para los idiotas, mayores serán los beneficios para las
personas sensatas.
—Os dejaría, junto
con Parlaghy, a merced de la aguara. Pero mi código me lo prohíbe. El código de
los brujos me impide actuar de conformidad con mis propios deseos. No puedo
dejar abandonados a su suerte a quienes están amenazados de muerte.
—¡La nobleza de los
brujos! —protestó Fysh—. ¡Como si nadie hubiera oído hablar de vuestras
villanías! No obstante, apoyo la idea de escapar a toda prisa. Larga todos los
trapos, Pudlorak, hay que llegar al canal de acceso y salir a escape.
El capitán dio las
órdenes, los marineros se afanaban con los aparejos. Pudlorak se dirigió a la
proa, después de pensárselo un momento, Geralt y el enano fueron tras
www.lectulandia.com
- Página 156
él. Van Vliet, Fysh
y Cobbin se quedaron discutiendo en la cubierta de popa. —¿Señor Pudlorak?
—¿Ajá?
—¿De dónde ha
salido el nombre del barco? ¿Y ese mascarón tan raro? ¿Se trataba de recabar el
patrocinio de los sacerdotes?
—Botaron este sloop
con el nombre de Melusina. —El capitán se encogió de hombros—. Con un mascarón
que le iba bien al nombre y alegraba la vista. Más tarde cambiaron las dos
cosas. Unos decían que era, en efecto, cuestión de patrocinio. Otros, que los
sacerdotes de Novigrado no paraban de acusar al señor Van Vliet de herejía y
blasfemia, de modo que él quiso meterse en su… Quiso caerles en gracia.
La proa del Profeta
Lebioda cortaba las olas.
—¿Geralt?
—¿Qué, Addario?
—Esa raposa… o
aguara… según tengo entendido, puede cambiar de forma. Puede presentarse como
una mujer, pero también puede adoptar el aspecto de una zorra. O sea, ¿algo
parecido a un hombre lobo?
—Es diferente. Los
hombres lobo, los hombres oso, los hombres rata y otros semejantes son
teriántropos, personas con la capacidad de transformarse en animales. La aguara
es un anterion. Un animal, o más bien una criatura, capacitada para adoptar una
forma humana.
—¿Y sus poderes? He
oídos unas historias increíbles… Por lo visto, la aguara es capaz de…
—Tengo la esperanza
—le interrumpió el brujo— de llegar a Novigrado antes de que la aguara nos
demuestre de lo que es capaz.
—Pero en caso de
que…
—Más vale que no
nos veamos en ese caso.
Se había levantado
el viento. Aleteaban las velas.
—El cielo se
oscurece —señaló Addario Bach—. Y me ha parecido oír un trueno lejano.
El oído no había
engañado al enano. Unos momentos después volvió a tronar.
Esta vez lo oyó
todo el mundo.
—¡Se nos echa
encima la tormenta! —gritó Pudlorak—. ¡En aguas abiertas nos levantará la
quilla! ¡Tenemos que escapar, buscar amparo, protegemos del viento! ¡A las
velas, muchachos!
Apartó al timonel,
él mismo se hizo con el timón.
—¡Agarrarse!
¡Agarrarse todos!
En la orilla
derecha el cielo se volvió granate oscuro. De improviso se encontraron con un
torbellino que sacudió el bosque en la ribera, zarandeándolo. Las coronas de
los árboles más grandes empezaron a balancearse, los más pequeños se doblaron
por la mitad ante la embestida. Se formó un remolino de hojas y ramillas, y
hasta de ramas grandes. Hubo un brillo cegador, y prácticamente en ese mismo
www.lectulandia.com
- Página 157
instante se oyó el
penetrante chasquido del trueno. Después de él, casi de inmediato, estalló un
segundo trueno. Y un tercero.
Al cabo de unos
momentos, se oyó un murmullo creciente, y enseguida empezó a jarrear. Detrás
del muro de lluvia ya no se veía nada. El Profeta Lebioda se balanceaba y
bailaba en las olas, inclinándose con fuerza a cada instante. Y para colmo
rechinaba. Rechinaba, según le pareció a Geralt, cada tabla. Cada tabla tenía
vida propia y se movía, o esa impresión daba, independientemente de las demás.
Cundió el temor de que el mástil fuera a partirse sin más. El brujo se dijo a
sí mismo una vez más que era imposible, que la construcción del barco prevé
travesías por aguas más agitadas, que al fin y al cabo estaban en un río, no en
el océano. Se lo dijo una vez más, escupió agua y se agarró frenéticamente de
unos cabos.
Habría sido difícil
calcular cuánto duró aquello. Pero al final las sacudidas cesaron, el viento
dejó de azotar el barco y escampó el violento aguacero que agitaba las aguas,
dejando paso a la lluvia y después al chirimiri. En ese momento comprobaron que
la maniobra de Pudlorak había tenido éxito. El capitán había conseguido situar
el sloop al amparo de una isla elevada y boscosa, donde los embates del
vendaval no eran tan violentos. Parecía que la nube de tormenta se alejaba, la
tempestad se iba calmando.
La neblina se
alzaba de las aguas.
El agua caía del
gorro de Pudlorak, completamente empapado, chorreándole por toda la cara. A
pesar de eso, el capitán no se quitaba el gorro. Probablemente no se lo quitaba
nunca.
—¡Mil rayos! —Se
enjugó las gotas de la nariz—. ¿Adónde nos ha arrastrado la tormenta? ¿Estamos
en algún brazo del río? ¿O tal vez en un galacho? Parece agua estancada…
—Pero nos lleva la
corriente. —Fysh escupió al agua y observó el gargajo. Ya no llevaba puesto el
sombrero de paja, debía de habérselo arrebatado el vendaval—. La corriente es
débil, pero nos arrastra —insistió—. Estamos en un estrecho entre islas. Mantén
el rumbo, Pudlorak. Seguro que al final nos lleva hasta el canal de acceso.
—El canal de acceso
—el capitán se inclinó sobre la brújula— parece que está en dirección norte. En
ese caso, tenemos que tomar el brazo de la derecha. No el de la izquierda, sino
el de la derecha…
—¿Dónde ves tú esos
brazos? —preguntó Fysh—. Sólo hay una vía. Mantén el rumbo, te digo.
—Hace un momento
había dos brazos —insistió Pudlorak—. Pero puede que me haya entrado agua en
los ojos. O tal vez sea la neblina. Pues nada, que nos arrastre la corriente.
Sólo que…
—¿Qué pasa ahora?
—La brújula. La
dirección no es la adecuada… No, no, está bien. Lo estaba
www.lectulandia.com
- Página 158
viendo mal. Era
cosa del cristal, que le había goteado agua del gorro. Seguimos navegando.
—Pues naveguemos.
La niebla tan
pronto se abría como volvía a cerrarse, el viento se había calmado por
completo. Empezaba a hacer mucho calor.
—El agua —señaló
Pudlorak—. ¿No lo notáis? Apesta, pero es un olor diferente. ¿Dónde estamos?
La niebla se
levantó, pudieron ver entonces la orilla cubierta de vegetación, llena de
troncos putrefactos. En lugar de los pinos, abetos y tejos, que crecían en las
islas, ahora abundaban los arbustos de abedul de agua y los altos cipreses de
pantano, de base cónica. Las trompetas trepadoras abrazaban sus troncos, sus
flores intensamente rojas eran el único acento vivo en medio de la vegetación
verde parduzca de las ciénagas. La superficie estaba cubierta de lentejuelas de
agua e infestada de algas que el Profeta iba apartando con la proa y
arrastrando como si fuera la cola de un vestido. Del fondo turbio emanaba, en
efecto, un olor repugnante, como a podrido. Unas enormes burbujas ascendían
hasta estallar en la superficie. Pudlorak seguía al timón.
—Por aquí puede
haber bancos de arena. —Se inquietó de repente—. ¡Eh! ¡Que venga uno a proa con
la plomada!
Navegaban, llevados
por la débil corriente, siempre en medio de aquel paisaje pantanoso. Y del olor
a podrido. El marinero que había acudido a proa gritaba monótonamente,
informando de la profundidad.
—Señor brujo
—Pudlorak se inclinó sobre la brújula, le dio unos toques al cristal —, echad
un vistazo.
—¿A qué?
—Pensaba que el
cristal se había empañado… Pero, si la aguja no se ha vuelto loca, estamos
navegando hacia el este. O sea, que estamos volviendo. Al lugar de donde
partimos.
—Pero es imposible.
Nos lleva la corriente. El río… Se calló de repente.
Colgaba por encima
del agua un árbol gigantesco, parcialmente arrancado de raíz. En una de las
ramas desnudas había una mujer con un vestido largo y ceñido. Estaba mirándolos
inmóvil.
—El timón —dijo en
voz baja el brujo—. El timón, capitán. Hacia aquella orilla.
Lo más lejos
posible de ese árbol.
La mujer había
desaparecido. Pero un enorme zorro se deslizó por la rama, se ocultó
rápidamente en la espesura. El animal parecía negro, sólo el extremo del rabo
peludo era blanco.
—Nos ha encontrado.
—También Addario Bach se había percatado—. La raposa nos ha encontrado…
—Por todos los
diablos…
—Callaos los dos.
No sembréis el pánico.
www.lectulandia.com
- Página 159
Navegaban. Desde
los árboles secos de las orillas los observaban los pelícanos.
www.lectulandia.com
- Página 160
Interludio
Ciento veintisiete
años más tarde
—Ahí mismo, detrás
de esa colina —señaló con el látigo el mercader—, eso ya es Ivalo, jovencita.
Media legua, no más, te plantas en un santiamén. Yo me desvío aquí en el cruce,
voy para el este, a Maribor, así que toca despedirse. Cuídate, que los dioses
te guíen y te protejan en tu camino.
—Y que también a
vos os protejan, buen señor. —Nimue se bajó de la carreta, cogió su hatillo y
el resto del equipaje, tras lo cual hizo una torpe reverencia—. Mil gracias por
haberme traído en el carro. Entonces, en el bosque… Mil gracias…
Tragó saliva al
recordar el negro bosque, hasta cuyo corazón la había conducido el camino hacia
dos días. Al recordar los árboles enormes de copas retorcidas que se
entrelazaban formando un techo sobre el camino desierto. Un camino en el que se
había visto sola de repente, más sola que la una. Al recordar el horror que la
había envuelto en aquellos momentos. Y el deseo de darse la vuelta y salir
corriendo. De regresar a casa. Renunciando a su absurda idea de recorrer en
solitario el mundo. Quitándose esa absurda idea de la cabeza.
—Quita, quita, no
me des las gracias, no hay por qué darlas. —El mercader se echó a reír—. Nada
más humano que ayudarse en el camino. ¡Adiós!
—Adiós. ¡Y buen
viaje!
Nimue se quedó un
momento parada en el cruce, mirando el poste de piedra, azotado por las lluvias
y los vendavales hasta quedarse suave y liso. Tiene que llevar aquí mucho
tiempo, pensó. ¿Quién sabe, puede que más de cien años? ¿A lo mejor este poste
conmemora el Año del Cometa? ¿Los ejércitos de los reyes del norte,
dirigiéndose a Brenna, a la batalla contra Nilfgaard?
Como hacía a
diario, recitó la ruta que se había aprendido de memoria. Como una fórmula
hechiceril. Como un encantamiento.
Wyrwa, Guado,
Sibell, Brugge, Casterfurt, Mortara, Ivalo, Dorian, Anchor, Gors Velen.
El pueblo de Ivalo
ya desde cierta distancia se hacía notar. Por el ruido y el mal olor.
El bosque acababa a
la altura del cruce, a partir de ahí, hasta los primeros edificios, todo era
desmonte, con la tierra pelada y los tocones en pie, extendiéndose más allá del
horizonte. Por todas partes se elevaban columnas de vapor, se sucedían las hileras
de humeantes barriles de hierro, las retortas para la quema del carbón vegetal.
Olía a resina. Según se acercaba al pueblo, el ruido iba en aumento, se oían
unos extraños chasquidos metálicos que hacían que la tierra temblara
sensiblemente bajo los pies.
www.lectulandia.com
- Página 161
Nimue llegó al
pueblo y fue tal su sorpresa que se quedó sin aliento. El origen de aquel
estruendo y de los temblores del suelo era la máquina más disparatada que nunca
habían visto sus ojos. Un enorme y panzudo caldero de cobre con una rueda
gigantesca, que al girar ponía en movimiento un émbolo que brillaba engrasado.
La máquina siseaba, humeaba, escupía agua hirviendo y despedía vapor, y en un
momento determinado soltó un silbido, un silbido tan espantoso y aterrador que
Nimue se quedó paralizada. No tardó en reponerse, e incluso se acercó y,
llevada por la curiosidad, examinó las correas con las que los engranajes de la
máquina infernal impulsaban aquellas sierras mecánicas que cortaban los troncos
con un ritmo increíble. Habría seguido observando, pero ya le empezaban a doler
los oídos por culpa del estruendo y el chirrido de las sierras.
Cruzó una pasarela,
el riachuelo bajaba turbio y olía a rayos, llevaba virutas, cortezas y pegotes
de espuma. El pueblo de Ivalo como tal, adonde justo acababa de llegar,
apestaba como una enorme letrina, una letrina en la que, para colmo de males,
alguien se había empeñado en asar a la brasa un pedazo de carne pasada. A
Nimue, que llevaba una semana en medio de praderas y bosques, empezaba a
faltarle el aire. Se había imaginado que el pueblo de Ivalo, donde acababa una
de las etapas de su ruta, podría ser un sitio adecuado para descansar. Ahora
sabía que no se entretendría aquí más de lo estrictamente imprescindible. Y que
no guardaría un buen recuerdo de Ivalo.
En el mercado —como
de costumbre— vendió una cesta de setas y unas raíces medicinales. No se
entretuvo mucho, ya había adquirido soltura, conocía lo que la gente demandaba
y sabía a quién ofrecer su mercancía. Se hacía la tonta a la hora de negociar,
gracias a lo cual no tenía problemas para vender: los comerciantes se peleaban
por timar a la retrasada. Ganaba poco, pero rápido. Y el tiempo era importante.
La única fuente de
agua pura en los alrededores era un pozo en una angosta plazoleta, y para
llenar su cantimplora Nimue tuvo que esperar lo suyo en una larga cola. Más
fácil fue hacerse con provisiones para el camino. Atraída por el olor, compró
también en un puesto unos bollitos rellenos, los cuales, vistos más de cerca,
le parecieron sospechosos. Se sentó en una lechería a tomarse los bollos, ahora
que todavía parecían relativamente comestibles sin mayores riesgos para la
salud. Aunque no tenía pinta de que fueran a aguantar mucho tiempo en ese
estado.
Enfrente estaba la
taberna La Verde…, al cartel le faltaba la tabla de abajo, lo cual hacía del
nombre un misterio y un reto intelectual. No tardó Nimue en perderse en sus
intentos de adivinar qué más cosas podían ser verdes, aparte de las ranas y las
lechugas. La ruidosa discusión de unos parroquianos en las escaleras de la
taberna la arrancó de sus reflexiones.
—El Profeta
Lebioda, os digo —peroraba uno de ellos—. Ese velero de leyenda. Un barco
fantasma, que hace más de cien años desapareció sin dejar rastro, con toda la
tripulación. Que a partir de entonces aparecía en el río cada vez que iba a
ocurrir
www.lectulandia.com
- Página 162
alguna desgracia.
Aparecía con espectros en cubierta, muchos pudieron verlos. Se temía que
siguiera apareciéndose hasta que alguien encontrara los restos. Y al final los
encontraron.
—¿Dónde?
—En Boca de Río, en
un galacho, en medio de las aguas pantanosas, en el corazón mismo del estero,
una vez que lo desecaron. Estaba todo cubierto de plantas acuáticas. Y de
musgo. Cuando rascaron las algas y el musgo, apareció la inscripción: Profeta
Lebioda.
—¿Y tesoros?
¿Encontraron algún tesoro? Tenía que haber algún tesoro en la bodega. ¿No
encontraron nada?
—Ni idea. Según se
dice, los sacerdotes se quedaron con los restos. Como una especie de reliquia.
—Vaya una chorrada
—hipó el otro parroquiano—. Os tragáis esos cuentos, sois como niños.
Encuentran una vieja barcaza, y hala: un barco fantasma, tesoros, reliquias.
Todo eso, os lo digo yo, es una mierda pinchada en un palo, leyendas de
cagatintas, cotilleos estúpidos, patrañas de viejas. ¡Eh, tú! ¡Muchacha! ¿Y tú
quién eres? ¿De quién eres tú?
—De mí misma.
—Nimue ya tenía práctica y sabía cómo responder.
—¡Retírate el pelo
y enseña esa oreja! ¡Porque pareces de la piel de los elfos! ¡Y a los mestizos
élficos aquí no los queremos!
—Dejadme, no os
estoy molestando. Y enseguida me pongo en camino. —¡Ja! ¿Y adónde?
—A Dorian. —Nimue
había aprendido que siempre tenía que mencionar como destino exclusivamente su
siguiente etapa, y no revelar nunca, pero nunca, la meta última de su
peregrinaje, porque eso sólo despertaba un regocijo salvaje.
—¡Jo, jo! Te espera
un largo camino.
—Por eso salgo ya.
Pero antes quiero deciros, nobles señores, que el Profeta Lebioda no
transportaba ningún tesoro, la leyenda no cuenta nada de eso. El barco se
perdió y se convirtió en un barco fantasma porque estaba maldito, y su capitán
no quiso escuchar un sabio consejo. Un brujo que viajaba con él le aconsejó que
dieran la vuelta, que no se adentrara por un brazo del rio hasta que no hubiera
levantado la maldición. He leído algo de eso…
—Tan joven —comentó
el primer parroquiano—, ¿y ya eres tan sabia? Tú a lo que tienes que dedicarte,
chiquilla, es a barrer las estancias, a vigilar la olla y a lavar los calzones,
y a nada más. Nos ha salido una marisabidilla, ¿habéis visto?
—¡Un brujo! —se
burló un tercero—. ¡Nada, nada, sólo son cuentos!
—Ya que eres tan
lista —intervino el siguiente—, seguro que has oído hablar del Bosque del
Arrendajo. ¿A qué sí? Te diré: en ese bosque duerme algo maligno. Pero cada
pocos años se despierta, y entonces pobre de aquél que atraviesa el bosque. Y
tu camino, si de verdad piensas ir a Dorian, va derechito al Bosque del
Arrendajo.
—¿Es que todavía os
queda algún bosque? Si habéis talado toda la comarca, no
www.lectulandia.com
- Página 163
hay más que
desmontes.
—Fijaos, qué
listilla, labia no le falta a la muchacha. ¿Para qué sirve el bosque, si no es
para talarlo? Hemos talado lo que hemos talado, y hemos dejado lo que hemos
dejado. Pero lo que es al Bosque del Arrendajo no se atreven a ir ni los
leñadores, tal es el horror que despierta. Tú ya lo verás cuando estés allí.
¡Te vas a mear de miedo!
—Bueno, mejor me
voy.
Wyrwa, Guado,
Sibell, Brugge, Casterfurt, Mortara, Ivalo, Dorian, Anchor, Gors Velen.
Soy Nimue verch
Wledyr ap Gwyn.
Me dirijo a Gors
Velen. A Aretusa, la escuela de hechiceras en la isla de Thanedd.
www.lectulandia.com
- Página 164
Capítulo
decimoquinto
En otros tiempos
podíamos hacer mucho más. Crear la ilusión de islas mágicas, mostrar
muchedumbres enormes de dragones danzando en el cielo. Podíamos evocar la
visión de un poderoso ejército acercándose a las murallas de una ciudad, y
todos los habitantes veían ese ejército como si fuera real, hasta en los más
pequeños detalles del equipamiento y las figuras de los estandartes. Pero eso
sólo estaba al alcance de aquellas raposas sin par de los tiempos más remotos,
que para salvar la vida hubieron de renunciar a su poder como hechiceras. Desde
entonces las habilidades de nuestra especie se han ido degradando, seguramente
como consecuencia de nuestra prolongada convivencia con los seres humanos.
Viktor Pelevin, El
libro sagrado del licántropo
—¡La has hecho
buena, Pudlorak! —se enfureció Javil Fysh—. ¡Nos has metido en un buen lío!
¡Llevamos una hora dando vueltas por todos estos entrantes! He oído hablar de
estos pantanos, ¡y no es nada bueno lo que he oído! ¡Aquí se pierde gente y se
pierden barcos! ¿Dónde está el río? ¿Dónde está el canal de acceso? ¿Por qué…?
—¡Cerrad el pico,
por todos los diablos! —El capitán perdió los nervios—. ¡Dónde está el canal,
dónde está el canal! ¡En el culo, ahí es donde está! ¿No erais tan listo? ¡Os
lo ruego, ahora tenéis ocasión de demostrarlo! ¡Otra bifurcación! ¿Por dónde
tengo que tirar, so listillo? ¿Por la izquierda, siguiendo la corriente? ¿O
acaso ordenáis por la derecha?
Fysh soltó un
bufido y le dio la espalda. Pudlorak mantuvo el rumbo y condujo el sloop por el
brazo izquierdo.
El marinero de la
plomada gritó. Un momento después, bastante más alto, gritó Kevenard van Vliet.
—¡Fuera de la
orilla, Pudlorak! —bramó Petru Cobbin—. ¡A estribor! ¡Más lejos de la orilla!
¡Más lejos de la orilla!
—¿Qué hay?
—¡Serpientes! ¿No
lo ves? ¡Serpienteees!
Addario Bach soltó
un juramento.
La orilla izquierda
estaba plagada de serpientes. Los reptiles se enroscaban alrededor de los
juncos y de las plantas de la orilla, trepaban por los tocones medio
sumergidos, colgaban siseantes de las ramas que se extendían por encima del
agua. Geralt identificó mocasines de pantano, serpientes de cascabel,
yararacas, boomslangs, daboias, víboras cornudas, víboras bufadoras, arietes,
mambas negras y otras que no conocía.
Toda la tripulación
del Profeta se alejó despavorida de la borda de babor, chillando con voces
destempladas. Kenevard van Vliet corrió hasta la popa, se quedó encogido,
temblando de pies a cabeza, detrás del brujo. Pudlorak dio un golpe de timón,
el sloop empezó a virar.
Geralt le puso una
mano en el hombro.
www.lectulandia.com
- Página 165
—No —le dijo—.
Mantén el rumbo. No te aproximes a la orilla derecha.
—Pero las
serpientes… —Pudlorak señaló una rama a la que se iban acercando, infestada de
siseantes serpientes—. Van a caer en cubierta…
—¡No hay ninguna
serpiente! Mantén el rumbo. Lejos de la orilla derecha.
Los obenques del
palo mayor se engancharon con la rama. Algunas serpientes se enroscaron en las
sogas, algunas, entre ellas dos mambas, cayeron en cubierta. Levantándose y
silbando, atacaron a quienes se apelotonaban a estribor. Fysh y Cobbin
corrieron a proa, los marineros, chillando despavoridos, se lanzaron hacia la
popa. Uno de ellos saltó al agua, donde desapareció sin tiempo para gritar. La
sangre se arremolinó en la superficie.
—¡Un girador! —El
brujo señaló la ola y una forma negra que se alejaba—.
Verdadero, no como
esas serpientes.
—Odio los reptiles…
—gemía Kevenard van Vliet, encogido junto a la borda—. Odio las serpientes…
—No hay ninguna
serpiente. Ni las ha habido. Es una ilusión.
Los marineros
gritaban, se frotaban los ojos. Las serpientes habían desaparecido.
Lo mismo las que
estaban en cubierta que las que había en la orilla. Ni rastro de ellas.
—¿Qué ha…?
—balbuceó Petru Cobbin—. ¿Qué ha ocurrido? —Una ilusión —repitió Geralt—. La
aguara nos ha dado alcance. —¿Qué?
—La raposa. Crea
ilusiones para desorientarnos. Me pregunto desde cuándo. Lo más probable es que
la tempestad haya sido real. Y había dos brazos de río, el capitán estaba en lo
cierto. La aguara ocultó uno de ellos mediante una ilusión. Y falseó las señales
de la brújula. También ha sido obra suya la ilusión de las serpientes.
—¡Cuentos de
brujos! —se burló Fysh—. ¡Prejuicios élficos! ¡Supersticiones! ¿Cómo iba a
tener un zorro la capacidad de hacer todo eso? ¿Ocultar un brazo de río,
estropear una brújula? ¿Hacer que veamos unas serpientes donde no las hay?
¡Bobadas! ¡Pues yo os digo que son estas aguas! ¡Nos han intoxicado los
vapores, los gases venenosos del pantano y las miasmas! De ahí las
alucinaciones y los portentos…
—Son ilusiones que
crea la aguara.
—¿Nos tomas por
tontos? —gritó Cobbin—. ¿Ilusiones? ¿Qué ilusiones son ésas? ¡Eran víboras
auténticas! Todos las habéis visto, ¿no? ¿No habéis oído el silbido? ¡Yo hasta
he percibido su olor!
—Ha sido una
ilusión. Las serpientes no eran verdaderas.
De nuevo los
obenques del Profeta se engancharon en las ramas de la orilla. —Entonces, ¿eso
es una alucinación? —dijo uno de los marineros, señalando con
la mano—. ¿Una
visión? ¿Esa serpiente tampoco es verdadera?
—¡No! ¡Alto!
Un ariete enorme
que colgaba de una rama, tras emitir un silbido que helaba la sangre en las
venas, atacó como un rayo, hundiendo los colmillos en el cuello del
www.lectulandia.com
- Página 166
marinero. Una vez,
después otra vez. El marinero soltó un grito desgarrador, dio algunas vueltas,
se desplomó y empezó a sufrir convulsiones, golpeando rítmicamente las tablas
de la cubierta con la nuca. Le salía espuma por la boca, tenía los ojos inyectados
en sangre. Murió antes de que nadie acudiera en su auxilio.
El brujo cubrió el
cuerpo con una tela.
—¡Al diablo,
señores! —dijo—. ¡Mucha precaución! ¡No todo son visiones! —¡Cuidado! —gritó un
marinero desde la proa—. ¡Cuidadooo! ¡Un remolino
delante de
nosotros! ¡Un remolino!
El galacho volvía a
bifurcarse. El brazo de la izquierda, adonde los llevaba la corriente, estaba
todo agitado y se revolvía formando un violento remolino. En aquel círculo
giratorio la espuma subía como si fuera sopa hirviendo en la cazuela. Daban
vueltas en el remolino, tan pronto sumergidos como saliendo a flote, tocones y
ramas, y hasta un árbol entero con la copa hendida. El marinero de la plomada
se apartó de la proa, los demás empezaron a chillar. Pudlorak conservaba la
calma. Con un golpe de timón hizo virar el sloop hacia el brazo de la derecha,
donde las aguas estaban sosegadas.
—Uf. —Se enjugó la
frente—. ¡Justo a tiempo! Mal lo habríamos pasado si nos hubiera atrapado el
remolino. Si, habríamos volcado…
—¡Remolinos! —gritó
Cobbin—. ¡Giradores! ¡Caimanes! ¡Sanguijuelas! No se necesita ninguna ilusión,
estos pantanos están plagados de criaturas atroces, de reptiles, de toda clase
de bichos venenosos. Qué horror, qué horror, haber venido a parar a este sitio.
Aquí son incontables…
—Los barcos
naufragados —acabó la frase Addario Bach, señalando algo—. Eso parece.
Corroído, en estado
ruinoso, hundido hasta la borda, recubierto de plantas acuáticas, envuelto en
lianas y musgo, apareció en la orilla derecha un barco naufragado, atrapado en
las aguas pantanosas. Pudieron contemplarlo mientras el Profeta se deslizaba por
su lado, llevado por la débil corriente.
Pudlorak le dio un
ligero toque a Geralt con el codo.
—Señor brujo —le
avisó en voz baja—. La brújula sigue desnortada. Según la aguja, hemos
abandonado el rumbo este, y ahora nos dirigimos hacia el sur. Si no se trata de
un nuevo engaño de la raposa, son malas noticias. Nadie ha estudiado a fondo
estos pantanos, pero se sabe que están situados al sur del canal de acceso. De
modo que estamos siendo arrastrados hacia el corazón mismo de las marismas.
—El caso es que
vamos a la deriva —advirtió Addario Bach—. No hay viento, nos lleva la
corriente. Y la corriente nos conducirá hasta el río, hasta el canal de acceso
del Pontar…
—No necesariamente.
—Geralt sacudió la cabeza—. He oído hablar de estos galachos. En ellos la
corriente del agua cambia de sentido. Dependiendo de que la marea suba o baje.
Y no os olvidéis de la aguara. También puede tratarse de una ilusión.
www.lectulandia.com
- Página 167
En las orillas,
igual que antes, seguían abundando los cipreses de pantano, y también se veían
los exuberantes tupelos de agua gruesos por la base, como cebollas. Muchos
árboles estaban resecos, muertos. De los tocones y ramas cadavéricos colgaban
densos festones de claveles de aire brillando al sol con destellos plateados.
En las ramas se agazapaban las garzas, que estudiaban al Profeta con ojos
inmóviles.
Un marinero gritó
desde la proa.
En esta ocasión la
vieron todos. Una vez más se había apostado en una gruesa rama que colgaba por
encima del agua, erguida e inmóvil. No hubo que insistir a Pudlorak para que
virara, acercando el sloop a la orilla izquierda. Pero de pronto la raposa soltó
un ladrido, sonoro y penetrante. Volvió a ladrar cuando el Profeta pasó cerca.
Un enorme zorro
recorrió la rama precipitadamente y fue a ocultarse en la espesura.
—Eso ha sido un
aviso —dijo el brujo, una vez que cesó el griterío en cubierta—. Un aviso y un
reto. O más bien una exigencia.
—De que soltemos a
la chica —añadió Addario Bach con lucidez—. Está claro.
Pero no podemos
soltarla, porque no está viva.
Kevenard van Vliet
gimió, llevándose las manos a las sienes. Empapado, sucio y muerto de miedo, ya
no recordaba al mercader que podía permitirse tener un barco propio. Recordaba
a un mozalbete al que han pillado mangando unas ciruelas.
—¿Qué podemos
hacer? —se lamentaba—. ¿Qué podemos hacer?
—Yo sé lo que hay
que hacer —declaró de improviso Javil Fysh—. Atamos el cuerpo de la chiquilla a
un barril y lo arrojamos por la borda. La raposa se detendrá para llorarla. Y
así ganaremos tiempo.
—Qué vergüenza,
señor Fysh —la voz del marroquinero se endureció repentinamente—. No hay que
tratar así a los muertos. Es algo inhumano.
—¿Es que era un ser
humano? Era una elfa, y para colmo a medio transformar en una fiera. Insisto en
que lo del barril es una buena idea…
—Esa idea —dijo
Addario Bach, arrastrando las palabras— sólo se le puede ocurrir a un redomado
idiota. Y supondría nuestra perdición. Si la vixena se da cuenta de que hemos
matado a la chica, estamos acabados.
—¡Nosotros no hemos
matado a la cachorra! —intervino Petru Cobbin, antes de que Fysh, rojo de ira,
tuviera tiempo de replicar—. ¡No hemos sido nosotros! Ha sido Parlaghy. Él es
culpable. Nosotros estamos limpios.
—Eso es —asintió
Fysh, sin dirigirse ni al brujo ni a Van Vliet, sino a Pudlorak y a los
marineros—. Parlaghy es el culpable. Que la raposa se vengue de él. Lo metemos
en un bote en compañía del cadáver y que se los lleve la corriente. Y nosotros
mientras tanto…
Cobbin y algunos
marineros acogieron la idea con gritos de aprobación, pero
www.lectulandia.com
- Página 168
Pudlorak los hizo
callar de inmediato.
—No lo voy a
consentir —dijo.
—Ni yo. —Kevenard
van Vliet palideció—. Puede que el señor Parlaghy sea culpable, puede que
merezca un castigo por su acción. Pero, ¿arrojarlo así, entregarlo a una muerte
segura? Eso sí que no.
—¡Es su muerte o la
nuestra! —exclamó Fysh—. ¿Qué más podemos hacer?
¡Brujo! ¿Nos
defenderás cuando esa raposa se lance sobre el barco?
—Os defenderé.
Se hizo el
silencio.
El Profeta Lebioda
marchaba a la deriva entre las aguas pestilentes, donde no cesaban de estallar
las burbujas, arrastrando tras de si una cola de algas. Desde las ramas los
observaban garzas y pelícanos.
El marinero de proa
dio un grito de aviso. Un instante después todo el mundo estaba gritando. Al
ver los restos corroídos del barco, cubiertos de lianas y maleza. Los mismos
restos naufragados que habían visto una hora antes.
—Vamos navegando en
círculo —constató el enano—. Estamos atrapados. La raposa nos ha tendido una
trampa.
—Sólo hay una
salida. —Geralt señaló el brazo de la izquierda y el remolino que daba vueltas
en él—. Pasar por allí.
—¿Por medio de ese
géiser? —bramó Fysh—. ¿Has perdido el juicio? ¡Nos hará pedazos!
—Nos hará pedazos
—asintió Pudlorak—. O nos volcará. O nos hundirá en el barro, y acabaremos como
ese barco. Mirad cómo arrastra los árboles el oleaje. Se ve que el remolino
tiene una fuerza terrible.
—Eso mismo. Se ve.
Porque probablemente sea una ilusión. Creo que es otra nueva ilusión de la
aguara.
—¿Probablemente?
¿Eres un brujo y no puedes distinguirlo?
—Distinguiría una
ilusión más débil. Éstas son extraordinariamente fuertes. Pero me parece…
—Te parece. ¿Y si
estás confundido?
—No hay otra salida
—balbuceó Pudlorak—. O por el remolino, o seguiremos navegando en círculo…
—Hasta la muerte
—completó Addario Bach—. Y vaya una muerte de mierda.
Girando en el
remolino, el árbol sacaba una y otra vez una gruesa rama por encima de la
superficie, como si se tratara de un náufrago levantando los brazos. Las aguas
se agitaban, estallaban, rompían y espumaban. El Profeta dio una sacudida y
aceleró de pronto, absorbido por el remolino. Zarandeado por las aguas, el
árbol golpeó con
www.lectulandia.com
- Página 169
estrépito el
costado de la nave, se produjo una lluvia de espuma. El sloop empezó a
balancearse y a dar vueltas, cada vez más rápido, cada vez más rápido.
Todos chillaban con
distintas voces.
Y de repente
sobrevino la calma. Las aguas se aquietaron, lisas como un espejo.
El Profeta Lebioda
avanzaba despacio entre las márgenes llenas de tupelos.
—Tenías razón,
Geralt. —Addario Bach se aclaró la garganta—. No era más que una ilusión.
Pudlorak miró
detenidamente al brujo. Sin decir nada. Por fin se quitó el gorro.
Resultó que tenía
la cabeza calva como un huevo.
—Me pasé a la
navegación fluvial —dijo finalmente con voz ronca—, porque mi mujer me lo
pidió. El río, decía, es más seguro. Más seguro que el mar. Así no estaré con
el alma en vilo, decía, cada vez que embarques.
Volvió a
encasquetarse el gorro, sacudió la cabeza, sujetó con fuerza el timón.
—¿Ya está? —llegó
desde la cabina la voz gimoteante de Kevenard van Vliet—.
¿Ya estamos a
salvo?
Nadie respondió a
su pregunta.
Las algas y las
lentejuelas espesaban el agua. En la vegetación ribereña empezaban a predominar
con claridad los cipreses de pantano, en el barro y las aguas someras de la
orilla se alzaban con frecuencia sus neumatóforos, sus raíces aéreas, algunas
de las cuales alcanzaba casi dos varas de altura. En los islotes de vegetación
se calentaban las tortugas. Croaban las ranas.
En esta ocasión,
antes de verla, pudieron oírla. Aquellos ladridos intensos, cortantes, como una
amenaza rítmica o una advertencia. Apareció en la orilla en su forma zorruna,
sobre un tronco seco derribado. Ladró, con la cabeza bien alta. Geralt captó unas
notas extrañas en su voz, comprendió que había en ella una orden, además de una
amenaza. Pero la orden no iba dirigida a ellos.
De pronto, debajo
del tronco el agua se llenó de espuma, y emergió un monstruo gigantesco, todo
recubierto de motivos verdes y pardos de escamas abombadas. Borboteó, chapoteó,
en respuesta a la orden de la raposa echó a nadar, agitando las aguas, derecho
hacia el Profeta.
—¿Eso también…?
—Addario Bach tragó saliva—. ¿Eso también es una ilusión? —Más bien no —negó
Geralt—. ¡Es un vodianói! —les gritó a Pudlorak y a los marineros—. ¡La raposa
ha embrujado aun vodianói y lo lanza contra nosotros! ¡Los
bicheros! ¡Agarrad
los bicheros!
El vodianói emergió
al lado de la nave, dejando ver la cabeza aplastada, recubierta de algas, los
ojos saltones de pez, los dientes cónicos de sus grandes fauces. El monstruo
golpeó con furia la borda, una vez, otra vez, hasta que todo el Profeta tembló.
Cuando acudieron los marineros armados con los bicheros, se sumergió para salir
poco después con un chapoteo por detrás de la popa, justo al lado
www.lectulandia.com
- Página 170
de la pala del
timón. La atrapó entre los dientes, y empezó a dar tirones hasta agrietarla.
—¡Va a arrancar el
timón! —exclamó Pudlorak, tratando de pinchar al monstruo con un bichero—. ¡Va
a arrancar el timón! ¡Coged unas drizas, levantadle la aleta! ¡Alejad a ese
diablo del timón!
El vodianói mordía
y daba tirones del timón, ignorando los gritos y los puyazos de los bicheros.
El timón se partió, y entre los dientes del monstruo quedó un pedazo de madera.
Ya fuera porque consideró que así era suficiente o porque el conjuro de la raposa
se había debilitado, el caso es que se zambulló y se perdió de vista.
Se oyeron los
ladridos de la aguara en la orilla.
—¿Qué más? —chilló
Pudlorak, manoteando—. ¿Qué más puede hacernos? ¡Señor brujo!
—Dioses… —se
lamentaba Kevenard van Vliet—. Perdonadme por no haber creído en vosotros…
¡Perdonadnos por haber matado a esa muchacha! ¡Dioses, salvadnos!
De repente
sintieron un soplo de viento en la cara. La vela cangreja del Profeta, que
hasta entonces colgaba tristemente, se hinchó con un chasquido, chirrió la
botavara.
—¡Se va abriendo!
—gritó Fysh desde proa—. ¡Allí, allí! Hay un tramo mas ancho, ¡sin duda ése es
el río! ¡Navega hacia allí, capitán! ¡Hacia allí!
En efecto, el cauce
empezaba a ensancharse, por detrás de una pared verde de cañas se adivinaba
algo que parecía un estuario.
—¡Lo hemos
conseguido! —proclamó Cobbin—. ¡Ja! ¡Hemos vencido! ¡Hemos salido de las
ciénagas!
—¡Primera marca!
—avisó el marinero de la plomada—. ¡Primera marcaaa! —¡Todo a babor! —ordenó
Pudlorak, apartando al timonel y ejecutando él mismo
su propia orden—.
¡Un banco de arena!
El Profeta Lebioda
viró, enfilando la proa hacia el brazo de río donde crecían los neumatóforos.
—¡Adónde vamos!
—estalló Fysh—. ¿Qué haces? ¡Sigue hacia el estuario! ¡Por allí! ¡Por allí!
—¡No se puede! ¡Hay
un banco de arena! ¡Encallaremos! Llegaremos al estuario por este brazo, ¡aquí
es mas profundo!
Otra vez oyeron
ladrar a la aguara. Pero no la veían.
Addario le tiró de
la manga a Geralt.
Petru Cobbin asomó
por las escalerillas de la cabina de popa, sujetando a Parlaghy, que apenas se
tenía en pie, del cuello de la camisa. El marinero que venía tras él llevaba a
la muchacha envuelta en una capa. Otros cuatro se situaron a los lados, formando
una muralla, haciendo frente a Geralt. Iban armados con hachuelas, lanzas de
pesca, ganchos de hierro.
—No hay más
remedio, amigos —dijo el más alto, con voz ronca—. Queremos
www.lectulandia.com
- Página 171
vivir. Ya va siendo
hora de hacer algo.
—Dejad a la niña
—dijo Geralt de mala gana—. Suelta al mercader, Cobbin. —No, señor. —El
marinero negó con la cabeza—. El cadáver, y este mercader,
van por la borda,
eso hará detenerse al monstruo. Y entonces podremos escapar. —Más vale —dijo
otro, también ronqueando— que no os metáis en esto. No
tenemos nada contra
vosotros, pero no tratéis de interponeros. Porque será peor para vosotros.
Kevenard van Vliet
se acurrucó junto a la borda, empezó a gimotear, volviendo la cabeza. También
Pudlorak se retiró con una mirada de resignación, apretando los labios:
resultaba evidente que no iba a oponerse al motín de su tripulación.
—Eso es, bien
hecho. —Petru Cobbin empujó a Parlaghy—. Sacar de la nave al mercader y a la
raposa muerta, ésa es nuestra única salida. ¡A un lado, brujo! ¡Adelante,
muchachos! ¡Al bote con ellos!
—¿A qué bote?
—preguntó con calma Addario Bach—. ¿No será a ése?
Bastante alejado ya
del Profeta, inclinado en el banco del bote, remaba Javil Fysh, en dirección al
estuario. Remaba con brío, las palas de los remos hendían la superficie del
agua y apartaban las algas.
—¡Fysh! —le llamó
Cobbin—. ¡Serás mal nacido! ¡Cabrón hijo de puta!
Fysh se volvió, le
hizo un corte de mangas y le mandó a tomar por culo. Después de lo cual volvió
a coger los remos.
Pero no fue muy
lejos remando.
Ante la vista de la
tripulación del Profeta, la barca salió despedida en medio de un géiser de
agua. Todos vieron la cola golpeando como un martillo y las fauces erizadas de
dientes de un gigantesco cocodrilo. Fysh voló fuera de la barca y echó a nadar,
dando gritos, en dirección a la orilla, hacia los bajíos donde crecían los
cipreses de pantano con sus raíces aéreas. El cocodrilo fue tras él, aunque la
barrera de neumatóforos entorpeció la persecución. Fysh alcanzó la ribera, se
dejó caer, boca abajo, en una roca aislada. Pero no era una roca.
Una colosal tortuga
lagarto abrió las mandíbulas y atrapó a Fysh por un brazo, por encima del codo.
Fysh soltó un alarido, se revolvió, pataleó, salpicando el cieno. El cocodrilo
emergió del agua y le agarró de una pierna. Fysh bramó.
Por un momento no
se sabía cuál de los dos reptiles se apoderaría de Fysh: si la tortuga o el
cocodrilo. Pero al final los dos se llevaron algo. En las mandíbulas de la
tortuga se quedó el brazo, con el hueso blanco en forma de maza asomando entre
un amasijo sanguinolento. El resto de Fysh fue para el cocodrilo. En la
superficie turbia del agua se formó una gran mancha roja.
Geralt aprovechó el
estupor de la tripulación. Le arrebató a un marinero el cuerpo de la chiquilla
muerta, se retiró hacia la proa. Addario Bach no se apartaba de su lado, armado
con un bichero.
Pero ni Cobbin, ni
ninguno de los marineros, intentaron hacerles frente. Al contrario, todos
huyeron precipitadamente hacia la popa. A la carrera. Por no decir,
www.lectulandia.com
- Página 172
presa del pánico.
Kenevard van Vliet, acurrucado junto a la borda, gimoteando, escondió la cabeza
entre las rodillas y se la cubrió con ambas manos.
Geralt miró a su
alrededor.
Ya fuera porque
Pudlorak había errado en sus cálculos, o porque el timón, maltratado por el
vodianói, ya no funcionaba bien, el caso es que el sloop se había metido por
debajo de unas ramas que colgaban sobre el agua, y había acabado encallando
entre unos troncos caídos. La aguara no desaprovechó la ocasión. Saltó a la
proa, ágil, ligera, silenciosa. En forma de raposa. Geralt la había visto antes
sobre el fondo del cielo, y en ese momento le había parecido negra, negra como
la pez. Pero no era así. Aunque tenía el pelaje oscuro, y el rabo peludo
terminaba en un mechón blanco como la nieve, predominaban, sobre todo en la
cabeza, los matices grisáceos, más propios de un zorro de la estepa que de un
zorro plateado.
Cambió de forma,
creció, se convirtió en una mujer alta. Con cabeza de zorra. Con las orejas
puntiagudas y el hocico alargado. Donde, al abrirlo, brillaron los colmillos.
Geralt se agachó,
depositó lentamente el cuerpo de la muchacha en la cubierta, se retiró. La
aguara emitió un aullido estremecedor, chasqueó con la dentadura, avanzó hacia
el brujo. Parlaghy chilló, agitó los brazos desesperadamente, se soltó de
Cobbin y saltó por la borda. Se fue derecho al fondo.
Van Vliet lloraba.
Cobbin y los marineros, siempre pálidos, se apelotonaron alrededor de Pudlorak.
Pudlorak se quitó el gorro.
El medallón que
colgaba del cuello del brujo tembló con fuerza, vibró de un modo irritante. La
aguara se inclinó sobre la chica, produciendo unos extraños sonidos, entre
ronroneos y siseos. De pronto alzó la cabeza, enseñó los colmillos. Soltó un
ladrillo sordo, una llama destelló en sus ojos. Geralt no se movía.
—Somos culpables
—dijo—. Todo ha salido mal. Pero que no empeore aún más.
No puedo permitir
que hagas daño a estas personas. No lo permitiré.
La raposa se puso
de pie, levantando a la chica. Paseó por todos ellos la mirada.
Por último miró a
Geralt.
—Te has cruzado en
mi camino —dijo como ladrando, pero con claridad, pronunciando despacio cada
palabra—. Para defenderlos.
Geralt no
respondió.
—Tengo a mi hija en
mis brazos —concluyó la aguara—. Eso es más importante que vuestras vidas. Pero
has sido tú quien ha salido en su defensa, albino. Ya volveré a por ti. Algún
día. Cuando ya te hayas olvidado. Y no te lo esperes.
Saltó ágilmente a
la regala, de ahí a un tronco caído. Y se perdió en la espesura.
Se hizo el
silencio, roto únicamente por los sollozos de Van Vliet.
Se calmó el viento,
empezaba a hacer bochorno. Impulsado por la corriente el
Profeta Lebioda se
liberó de las ramas, avanzó a la deriva por medio del brazo de río.
Pudlorak se enjugó
con el gorro los ojos y la frente.
Gritó el marinero
de proa. Gritó Cobbin. Gritaron los demás.
www.lectulandia.com
- Página 173
Por detrás de la
masa de cañas y de arroz salvaje se divisaron de pronto los techos de paja de
unas cabañas. Todos pudieron ver las redes puestas a secar en unos postes. La
arena amarillenta de una playa. El embarcadero. Y más lejos, detrás de los
árboles del cabo, el ancho curso del río bajo el cielo azul.
—¡El río! ¡El río!
¡Por fin!
Gritaba todo el
mundo. Los marineros, Petru Cobbin, Van Vliet.
Sólo Geralt y
Addario Bach no se unieron al coro.
También callaba
Pudlorak, manteniendo el rumbo.
—¿Qué haces? —le
gritó Cobbin—. ¿Adónde vamos? ¡Vira hacia el río! ¡Por allí!
¡Hacia el río!
—No es posible
—dijo el capitán, con voz desesperada y resignada—. Hay calma chicha, la nave
apenas obedece al timón y la corriente cada vez es más fuerte. Vamos a la
deriva, nos arrastra, nos conduce nuevamente al brazo de antes. De vuelta a los
pantanos.
—¡No!
Cobbin maldijo. Y
saltó por la borda. Y nadó hacia la playa.
Siguiendo su
ejemplo se lanzaron al agua los marineros, todos ellos, Geralt no consiguió
detener a ninguno. Addario Bach agarró con firmeza a Van Vliet, que se disponía
a saltar, y lo inmovilizó.
—El cielo azul
—dijo—. Las arenas doradas de la playa. El río. Demasiado bonito para ser
verdad. O sea, que no es verdad.
Y de repente la
imagen se desvaneció. De buenas a primeras, allí donde hacía un momento se
veían unas cabañas de pescadores, una playa dorada y la corriente del rio mas
allá del cabo, el brujo vio por un segundo la maraña de lianas que colgaban de
las ramas de los árboles moribundos y bajaban hasta el agua. Las orillas de las
ciénagas, donde se sucedían los neumatóforos de los cipreses de los pantanos.
Las pozas llenas de burbujas. El mar de algas. El laberinto interminable de
entrantes y salientes.
Por un segundo vio
lo que había ocultado la última ilusión de la aguara.
Los que nadaban
empezaron de improviso a dar chillidos y a agitarse en el agua.
Y a desaparecer en
ella, uno detrás de otro.
Petru Cobbin salió
a la superficie, atragantándose y dando gritos, cubierto todo él de
sanguijuelas sinuosas, rayadas, gordas como anguilas. Después se ocultó bajo el
agua y ya no volvió a aparecer.
—¡Geralt!
Addario Bach acercó
con el bichero la barca, que había aguantado el encuentro con el cocodrilo. Y
ahora la deriva la había llevado junto a la borda del barco. El enano saltó al
bote, tomó a Van Vliet, que seguía trastornado, de manos de Geralt.
—¡Capitán!
Pudlorak agitaba el
gorro en señal de despedida.
—¡No, señor brujo!
Yo no abandono el barco, ¡lo conduciré a puerto, cueste lo
www.lectulandia.com
- Página 174
que cueste! Y si
no, yaceré en el fondo con él. ¡Adiós!
El Profeta Lebioda
siguió navegando sereno y mayestático, se adentró en un brazo de río, y allí se
perdió de vista.
Addario Bach se
escupió en las palmas de las manos, se inclinó hacia delante, cogió los remos.
La barca se deslizó sobre las aguas.
—¿Adonde?
—Allí está el
estuario, detrás del banco de arena. Ahí está el río. Estoy seguro. Iremos a
parar al canal de acceso, ya nos encontraremos con algún barco. Y, si no,
iremos en este bote hasta la mismísima Novigrado.
—Pudlorak…
—Sabrá lo que tiene
que hacer. Si es que ése es su destino.
Kevenard van Vliet
se echó a llorar. Addario remaba. El cielo se iba oscureciendo. Se oyó un
trueno lejano y prolongado.
—Va a haber
tormenta —dijo el enano—. Nos vamos a mojar, maldita sea. Geralt resopló. Y
después empezó a reírse. Con una risa cordial y sincera. Y
contagiosa. Porque
enseguida ya estaban riéndose los dos.
Addario remaba con
paladas fuertes y regulares. La barca surcaba las aguas como una flecha.
—Remas —comentó
Geralt, enjugándose las lágrimas debidas a la risa— como si no hubieras hecho
otra cosa en toda tu vida. Creía que los enanos no sabíais ni navegar ni nadar…
—Te dejas llevar
por los estereotipos.
www.lectulandia.com
- Página 175
Interludio
Cuatro días más
tarde
La casa de subastas
de los hermanos Borsody estaba situada en una plazoleta junto a la calle Mayor,
que era de hecho la mayor arteria de Novigrado y unía la plaza del mercado con
el templo del Fuego Eterno. Los hermanos, que en los inicios de su carrera se
habían dedicado a la compraventa de caballos y ovejas, sólo podían permitirse
en aquellos tiempos un tenducho en los arrabales. Cuarenta y dos años después
de su fundación, la casa de subastas ocupaba un imponente edificio de tres
plantas en el barrio más representativo de la ciudad. Seguía en manos de la
familia, pero lo que se subastaba en la actualidad eran exclusivamente piedras
preciosas, principalmente diamantes, así como obras de arte, antigüedades y
objetos de coleccionista. Las subastas se celebraban una vez al trimestre,
invariablemente en viernes. Hoy en la sala de subastas no cabía un alfiler.
Habría, según calculó Antea Derris, sus buenas cien personas.
Se acallaron el
ruido y las voces. El director de la subasta ocupó su lugar detrás del atril.
Abner de Navarette.
Abner de Navarette,
como de costumbre, tenía un aspecto imponente con su caftán de terciopelo negro
y su chaleco de brocado dorado. Sus nobles rasgos y su fisonomía eran la
envidia de príncipes, y sus gestos y modales la envidia de aristócratas. Era un
secreto de Polichinela que Abner de Navarette era un verdadero aristócrata,
apartado del clan familiar y desheredado por su inclinación a la bebida, el
despilfarro y la disipación. De no haber sido por los Borsody, Abner de
Navarette habría tenido que mendigar. Pero los Borsody necesitaban un director
de subastas con aspecto de aristócrata. Y ningún otro candidato podía, desde el
punto de vista de su aspecto, igualarse a Abner de Navarette.
—Muy buenas tardes,
señoras, muy buenas tardes, caballeros —empezó a hablar con una voz tan
aterciopelada como su caftán—. Les damos la bienvenida a la Casa Borsody con
ocasión de la subasta trimestral de obras de arte y antigüedades. Hoy será
objeto de subasta la colección que los señores han podido admirar en nuestra
galería, y que constituye un conjunto único, procedente en su totalidad de
propietarios particulares.
»La inmensa mayoría
de los presentes, según puedo constatar, son invitados y clientes habituales
nuestros, y ya están familiarizados con las normas de nuestra casa y con el
reglamento por el que se rigen nuestras subastas. A todos los aquí presentes se
les ha hecho entrega de un folleto con dicho reglamento. Entiendo entonces que
todos están debidamente informados de nuestras normas y son conscientes de las
consecuencias de su infracción. Empecemos, pues, sin más dilación.
www.lectulandia.com
- Página 176
»Lote número uno:
estatuilla grupal de nefrita, representando a una ninfa… hum… con tres faunos.
Realizada, según nuestros expertos, por gnomos, tiene una antigüedad de en
torno a cien años. El precio de partida es de doscientas coronas. Veo
doscientos cincuenta. ¿Eso es todo? ¿Alguien ofrece más? ¿No? Adjudicada al
caballero con el número treinta y seis.
Dos empleados que
ocupaban el atril vecino anotaron diligentemente el resultado de la venta.
—Lote número dos:
Aen N’og Mab Taedh’morc, recopilación de leyendas y parábolas versificadas de
los elfos. Profusamente ilustradas. Magnífico estado. El precio de partida es
de quinientas coronas. Quinientas cincuenta, el señor mercader Hofmeier. El
señor concejal Droffus, seiscientas. Señor Hofmeier, seiscientas cincuenta.
¿Eso es todo? Adjudicada por seiscientas cincuenta coronas al señor Hofmeier de
Hirundum.
»Lote número tres:
un utensilio de marfil, con forma… hum… redondeada y alargada… hum… seguramente
es para darse masajes. Procedencia ultramarina, se desconoce su antigüedad. El
precio de partida es de cien coronas. Veo ciento cincuenta. Doscientas, la señora
de la máscara con el número cuarenta y tres. Doscientas cincuenta, la señora
del velo con el número ocho. ¿Nadie da más? Trescientas, la señora boticaria
Vorsterkranz. ¡Trescientas cincuenta! ¿Ninguna de las señoras da más?
Adjudicada por trescientas cincuenta coronas a la señora con el número cuarenta
y tres.
»Lote número
cuatro: Antidotarius magnus, un tratado médico sin par, publicado por la
universidad de Castell Graupian en los comienzos de su existencia como centro
de enseñanza. El precio de partida es de ochocientas coronas. Veo ochocientas
cincuenta. Novecientas, el señor doctor Ohnesorg. Mil, la honorable Marti
Sodergren. ¿Eso es todo? Adjudicado por mil coronas a la honorable Sodergren.
»Lote número cinco:
Liber de naturis bestiarum, un mirlo blanco, cubiertas de tablillas de haya,
ricamente iluminado…
»Lote número seis:
Niña con gato, retrato en trois quarts, óleo sobre lienzo, escuela de Cintra.
El precio de partida…
»Lote número siete:
campanilla con mango, realizada en latón, trabajo de enanos, la datación de la
pieza es difícil de establecer, pero se trata sin duda de un objeto antiguo.
Presenta en el borde una inscripción en la escritura rúnica de los enanos que reza:
«¿Para qué coño llamas, capullo?». El precio de partida…
»Lote número ocho:
óleo y témpera sobre lienzo, artista desconocido. Una obra maestra. Les ruego
que presten atención al insólito cromatismo, al juego de los colores y a la
dinámica de las luces. La atmósfera en penumbra y el magnifico colorido de la
naturaleza boscosa majestuosamente reflejada. Y en su parte central, en un
enigmático claroscuro, les pido que se fijen en la figura principal de la obra:
el ciervo en berrea. El precio de partida…
»Lote número nueve:
Ymago mundi, también conocido con el título de Mundus
www.lectulandia.com
- Página 177
novus. Es un libro
excepcionalmente raro, en posesión de la universidad oxenfurtiense hay
únicamente un ejemplar, unos cuantos ejemplares se encuentran en manos
privadas. Cubiertas en piel de cabra de cordobán. Magnífico estado. El precio
de partida es de mil quinientas coronas. Honorable Vimme Vivaldi, mil
seiscientas. Reverendo padre Prochaska, mil seiscientas cincuenta. Mil
setecientas, la señora del fondo de la sala. Mil ochocientas, señor Vivaldi.
Mil ochocientas cincuenta, reverendo Prochaska. Mil novecientos cincuenta,
señor Vivaldi. Dos mil coronas, bravo, reverendo Prochaska. Dos mil cien, señor
Vivaldi. ¿Alguien da más?
—Es un libro impío,
¡contiene elementos heréticos! ¡Habría que quemarlo!
¡Quiero comprarlo
para quemarlo! ¡Dos mil doscientas coronas!
—¡Dos mil
quinientas! —resopló furioso Vimme Vivaldi, alisándose su atildada barba
blanca—. ¿Lo superas, beato incendiario?
—¡Es un escándalo!
¡Aquí Mammón triunfa sobre la rectitud! ¡Los enanos paganos reciben mejor trato
que las personas! ¡Pienso presentar una queja ante las autoridades!
—Adjudicado el
libro por dos mil quinientas coronas al señor Vivaldi —anunció tranquilamente
Abner de Navarette—. Por otra parte, le recuerdo al reverendo Prochaska que la
Casa Borsody se rige por una serie de normas y reglas.
—¡Me voy!
—Adiós. Los señores
sabrán disculparnos. En ocasiones la singularidad y riqueza de la oferta de la
Casa Borsody suscita emociones. Continuamos. Lote número diez: una verdadera
rareza, un hallazgo excepcional, dos espadas de brujo. La casa ha decidido no ofrecerlas
por separado, sino en conjunto, en homenaje al brujo al que sirvieron durante
años. La primera espada es de acero procedente de un meteorito. La hoja ha sido
forjada y afilada en Mahakam, la autenticidad de la marca de forja de los
enanos ha sido confirmada por nuestros expertos.
»La segunda espada
es de plata. Sobre el gavilán y por toda la hoja hay grabadas runas y glifos,
que confirman su originalidad. El precio de partida es de mil coronas por las
dos. Mil cincuenta ofrece el señor con el número diecisiete. ¿Eso es todo? ¿Nadie
da más? ¿Por semejantes rarezas?
—Eso es una mierda,
no es dinero —rezongó Nikefor Muus, funcionario municipal, que estaba sentado
en la última fila y que, presa de los nervios, tan pronto se estrujaba en el
puño los dedos manchados de tinta como se alisaba con ellos sus ralos cabellos—.
Ya sabía yo que no valían nada…
Antea Derris le
chistó para hacerlo callar.
—Mil cien, señor
conde Horvath. Mil doscientas, el señor con el número diecisiete. Mil
quinientas, el honorable Nino Cianfanelli. Mil seiscientas, el señor de la
máscara. Mil setecientas, el señor con el número diecisiete. Mil ochocientas,
el señor conde Horvath. Dos mil, el señor de la máscara. Dos mil cien, el
honorable Cianfanelli. Dos mil doscientas, el señor de la máscara. ¿Eso es
todo? Dos mil quinientas, el honorable Cianfanelli… El señor con el número
diecisiete…
www.lectulandia.com
- Página 178
Al señor con el
número diecisiete lo cogieron de pronto por los sobacos dos imponentes gorilas
que habían entrado inadvertidamente en la sala.
—Jerosa Fuerte,
llamado el Pincho —dijo entre dientes un tercer gorila, dándole golpes con una
porra en el pecho al detenido—. Asesino a sueldo, declarado en búsqueda y
captura. Estás detenido. Lleváoslo.
—¡Tres mil! —gritó
Jerosa Fuerte, llamado el Pincho, agitando el cartel con el número diecisiete—.
Tres… mil…
—Lo lamento —dijo
con fríaldad Abner de Navarette—. Son las reglas. La detención del licitante
anula su oferta. La oferta válida son dos mil quinientas, del honorable
Cianfanelli. ¿Alguien da más? Dos mil seiscientas, el conde Horvath. ¿Es todo?
Dos mil setecientas, el señor de la máscara. Tres mil, el honorable
Cianfanelli. No veo más ofertas…
—Cuatro mil.
—Ah. El honorable
Molnar Giancardi. Bravo, bravo. Cuatro mil coronas. ¿Alguien da más?
—Las quería para mi
hijo —refunfuñó Nino Cianfanelli—. Y tú, en cambio, sólo tienes hijas, Molnar.
¿Para qué quieres esas espadas? Pues nada, allá tú. Me rindo.
—Adjudicadas las
espadas —anunció De Navarette— al honorable señor Molnar Giancardi por cuatro
mil coronas. Continuamos, estimadas señoras, estimados señores. Lote número
once: capa de piel de mono…
Nikefor Muus,
encantado, enseñando los dientes como un castor, le dio unas palmaditas en la
espalda a Antea Derris. Con viveza. Antea, haciendo un gran esfuerzo, se
abstuvo de sacudirle en todos los morros.
—Nos vamos
—susurró.
—¿Y el dinero?
—Una vez que haya
terminado la subasta y se hayan resuelto todas las formalidades. Va a llevar un
tiempo.
Sin hacer caso de
las protestas de Muus, Antea se dirigió hacia la puerta. Notó una mirada
desagradable, y ella misma miró a hurtadillas. Una mujer. Morena. Llevaba un
vestido blanco y negro. Con una estrella de obsidiana en el escote.
Sintió un
estremecimiento.
Antea estaba en lo
cierto. Las formalidades tardaron lo suyo. Sólo dos días más tarde pudieron
dirigirse al banco. A la sucursal de uno de esos bancos de los enanos, que
olían, como todos los bancos, a dinero, a cera y a boiserie de caoba.
—La suma a pagar es
de tres mil trescientas treinta y seis coronas —anunció el empleado—. Una vez
deducida la comisión del banco, que asciende al uno por ciento.
—Los Borsody el
quince, el banco el uno —gruñó Nikefor Muus—. ¡Todo el mundo se lleva un
porcentaje! ¡A cuál más ladrón! ¡Venga la pasta!
www.lectulandia.com
- Página 179
—Un momento —lo
detuvo Antea—. Primero tenemos que arreglar lo nuestro, lo tuyo y lo mío. A mí
también me corresponde una comisión. Cuatrocientas coronas.
—¡Pero bueno!
—estalló Muus, atrayendo las miradas de los otros empleados y clientes del
banco—. ¿Cómo que cuatrocientos? De los Borsody sólo he recibido tres mil y
poco más…
—Según lo acordado
me corresponde un diez por ciento de lo obtenido en la subasta. Los costes son
cosa tuya. Y sólo a ti te conciernen.
—Pero qué me estás…
Antea Derris le
miró. Fue suficiente. Entre Antea y su padre no había un gran parecido. Pero
Antea tenía una mirada idéntica a la de su padre. A la mirada de Pyral Pratt.
Muus se arrugó ante esa mirada.
—De la cantidad a
pagar —Antea aleccionó al empleado—, le ruego que emita un cheque bancario por
cuatrocientas coronas. Ya sé que el banco se lleva una comisión, la acepto.
—¡Y mi dinero en
efectivo! —El funcionario municipal señaló un gran morral de piel que había
llevado consigo—. ¡Pienso llevármelo a casa y guardarlo bien! ¡Ningún banco de
ladrones me va a sacar ninguna comisión!
—Es una suma
considerable. —El empleado se levantó—. Les ruego que esperen. Al retirarse del
mostrador el empleado entreabrió una puerta que daba a un cuarto trasero, fue
sólo un instante, pero Antea habría jurado que por un momento había
visto a la mujer
morena vestida de blanco y negro.
Sintió un
estremecimiento.
—Gracias, Molnar
—dijo Yennefer—. No olvidaré este servicio.
—Gracias, ¿por qué?
—dijo con una sonrisa Molnar Giancardi—. ¿Qué es lo que he hecho? ¿Cómo te he
servido? ¿Comprando en una subasta el lote señalado? ¿Pagando por él con un
dinero de tu cuenta privada? ¿O a lo mejor ha sido volviéndome, hace un
momento, cuando lanzaste un conjuro? Me volví, porque estaba mirando por la
ventana a aquella comisionista mientras se alejaba, meneando con gracia lo uno
y lo otro. Una damisela de mi gusto, no lo niego, aunque las mujeres humanas no
me tiran. Y tu conjuro, ¿también a ella… le va a traer problemas?
—No —le cortó la
hechicera—. A ella no le va a pasar nada. Se ha llevado un cheque, no oro.
—Claro. Las espadas
del brujo me imagino que te las llevarás enseguida, ¿no? Porque para él lo son…
—Todo —concluyó
Yennefer—. Está unido a ellas por el destino. Lo sé, vaya si lo sé. Me lo ha
dicho. Yo incluso empezaba a creerle. No, Molnar, hoy no me voy a llevar esas
espadas. Pueden quedarse aquí en depósito. Pronto mandaré a alguien para que
las recoja en mi nombre. Hoy mismo dejo Novigrado.
www.lectulandia.com
- Página 180
—Y yo. Voy a
Tretogor, a supervisar también la sucursal de allí. Después me vuelvo a casa, a
Gors Velen.
—Bien, gracias una
vez más. Adiós, enano.
—Adiós, hechicera.
www.lectulandia.com
- Página 181
Interludio
A las cien horas
justas de la retirada del oro
del banco Giancardi
en Novigrado
—Tienes prohibida
la entrada —dijo el gorila Tarp—. Lo sabes de sobra. Apártate de las escaleras.
—¿Tú has visto
esto, escoria? —Nikefor Muus sacudió una abultada talega de dinero, haciéndola
tintinear—. ¿Habías visto en tu vida tanto dinero junto? ¡Abrid paso, que viene
un señor! ¡Un señor muy rico! ¡Aparta, palurdo!
—¡Déjale que pase,
Tarp! —Febus Ravenga asomó del interior de la hostería—. No quiero aquí
broncas, los clientes se ponen nerviosos. Y tú ándate con ojo. Me engañaste una
vez, no va a haber una segunda vez. Más vale que ahora tengas con qué pagar,
Muus.
—¡Señor Muus! —El
funcionario apartó a Tarp de un empujón—. ¡Señor! ¡A ver cómo te diriges a mí,
posadero!
»¡Vino! —exigió,
sentándose a una mesa y poniéndose cómodo—. ¡Del más caro que haya!
—El más caro —se
atrevió a replicar el maître— cuesta sesenta coronas… —¡Puedo pagarlo! ¡Una
jarra entera, rápido!
—Más bajo —le
reprendió Ravenga—. Más bajo, Muus.
—¡No intentes
hacerme callar, sacacuartos! ¡Timador! ¡Rastacuero! ¿Quién te crees tú que eres
para hacerme callar? ¡Mucho cartel dorado, pero estiércol en las botas! ¡Y la
mierda siempre será mierda! ¡Mira esto! ¿Habías visto en tu vida tanto dinero
junto? ¿Lo habías visto?
Nikefor Muus cogió
la talega de dinero, sacó un puñado de monedas doradas y con un gesto decidido
las arrojó sobre la mesa.
Las monedas se
deshicieron, formando una plasta parduzca. Alrededor se expandió un repugnante
olor a excrementos.
Los clientes de la
hostería Natura Rerum se levantaron rápidamente de las mesas y corrieron hacia
la salida, atragantándose y tapándose la nariz con las servilletas. El maître
se arqueó en un reflejo espasmódico, a punto de vomitar. Alguien gritó, alguien
soltó un taco. Febus Ravenga no pestañeó. Se quedó quieto como un poste, con
los brazos cruzados sobre el pecho.
Muus, atónito,
sacudió la cabeza, se frotó los ojos, abiertos como platos, mirando embobado el
montón hediondo que había sobre el mantel. Por fin reaccionó, se llevó la mano
a la talega. Y la sacó llena de una plasta espesa.
—Tienes razón, Muus
—dijo con voz gélida Febus Ravenga—. La mierda siempre será mierda. Al patio
con él.
www.lectulandia.com
- Página 182
El funcionario no
opuso la menor resistencia cuando lo sacaron a rastras, estaba demasiado
atónito ante lo ocurrido. Tarp lo condujo a las letrinas. A una señal de
Ravenga los criados retiraron la tapa de madera de la fosa séptica. Al ver
aquello, Muus reaccionó, empezó a dar voces, a revolverse y a patalear. Tarp lo
arrastró hasta la zanja y lo arrojó al interior. El jovenzuelo chapoteó en la
materia fecal. Pero no se hundió. Extendió los brazos y las piernas y no se
hundió, retenido en la superficie de aquella masa viscosa por todo lo que había
allí tirado: puñados de paja, trapos, palitos y hojas arrugadas, arrancadas de
los más diversos libros sesudos y piadosos.
Febus Ravenga cogió
una horca de madera, hecha de una sola pieza, que colgaba de la pared del
chamizo.
—La mierda ha sido,
es y será mierda —dijo—. Y al final siempre se junta con la mierda.
Se apoyó en la
horca y hundió a Muus. Hasta la cabeza. Con un chapoteo, Muus consiguió salir a
flote, bramando, tosiendo y escupiendo. Ravenga le permitió aclararse un poco
los pulmones y tomar aire, tras lo cual lo sumergió de nuevo. En esta ocasión
bastante hondo.
Tras repetir la
operación unas cuantas veces más, Ravenga soltó la horca.
—Dejadlo ahí
—ordenó—. Que salga como pueda.
—No va a ser fácil
—comentó Trap—. Y le va a llevar un tiempo.
—Pues que le lleve
un tiempo. No hay prisa.
www.lectulandia.com
- Página 183
Capítulo
decimosexto
A mon retour, hé!
je m’en désespère,
tu m’as reçu d’un
baiser tout glacé.
Pierre de Ronsard
En ese momento
enfilaba la rada a toda vela la goleta Pandora Parvi, de Novigrado, un barco
bonito de verdad. Bonito y rápido, pensó Geralt, bajando por la rampa a la
animada ribera. Había visto esa goleta en Novigrado, sabía que zarpaba de
Novigrado dos días después de la galera Stinta, en la que él se había
embarcado. A pesar de lo cual habían llegado a Kerack prácticamente a la misma
hora. A lo mejor tendría que haber esperado y haber viajado en la goleta,
pensó. Dos días más en Novigrado, quién sabe, ¿le habrían permitido recabar
alguna información?
Vanas divagaciones,
decidió. A lo mejor, quién sabe, puede… A lo hecho, pecho, eso ya no tiene
remedio. Y no hay que darle más vueltas.
Dirigió una mirada
de despedida a la goleta, al faro, al mar y al horizonte, oscurecido con nubes
de tormenta. Tras lo cual se dirigió a la ciudad con paso resuelto.
En ese preciso
instante, unos porteadores estaban sacando a alguien de la villa en litera, una
delicada estructura con visillos de color lila. Tenía que ser martes, miércoles
o jueves. En esos días Lytta Neyd atendía a sus pacientes, y las pacientes, generalmente
señoras importantes de las altas esferas, solían moverse en esa clase de
literas.
El portero le dejó
pasar sin decir ni palabra. Mejor así. Geralt no estaba de muy buen humor y
seguramente habría replicado con una palabra de más. Si no eran dos o tres.
El patio estaba
desierto, el agua de la fuente susurraba suavemente. En una mesa de malaquita
había una garrafa y unas copas. Geralt se sirvió sin ceremonias.
Al levantar la
cabeza vio a Mozaïk. Con una bata blanca y un delantal. Pálida.
Con el pelo
alisado.
—Eres tú —dijo—.
Has vuelto.
—Soy yo con toda
seguridad —asintió Geralt secamente—. He vuelto con toda seguridad. Y este
vino, con toda seguridad, está un poco picado.
—Yo también me
alegro de verte.
—¿Coral? ¿Está? Y,
si está, ¿dónde está?
—Hace un momento
—se encogió de hombros— la he visto entre las piernas de una paciente. Con toda
seguridad ahí seguirá.
—Efectivamente, no
tienes otra salida, Mozaïk —repuso Geralt tranquilamente, mirándola a los
ojos—. Tienes que convertirte en hechicera. De verdad que tienes una
www.lectulandia.com
- Página 184
enorme
predisposición y talento. Tu agudeza no sería debidamente apreciada en un
taller textil. Y ya no digamos en un lupanar.
—Estudio y hago mis
progresos. —Le aguantó la mirada—. Ya no lloro en un rincón. Ya he llorado todo
lo que tenía que llorar. Esa etapa ya ha quedado atrás.
—No, no es cierto,
te engañas. Aún tienes mucho por delante. Y el sarcasmo no te va a proteger.
Sobre todo si es falso y es una mala imitación. Pero basta de todo esto, no soy
yo quién para darte lecciones de vida. Te preguntaba dónde está Coral.
—Aquí. Sé
bienvenido.
La hechicera asomó
como un fantasma por detrás de una cortina. Al igual que Mozaïk llevaba puesta
una bata blanca de médico, y tenía la cabellera pelirroja recogida y cubierta
por una gorrita de tela que a Geralt, en circunstancias normales, le habría parecido
ridícula. Pero las circunstancias no eran normales y la risa estaba fuera de
lugar. Geralt necesitó un segundo para comprenderlo.
Coral se acercó,
sin decir nada le besó en una mejilla. Tenía los labios fríos. Y ojeras.
Olía a medicinas. Y
a algo más, que usaba como desinfectante. Era un olor molesto, enfermizo, que
echaba para atrás. Un olor que inspiraba temor.
—Mañana nos vemos
—le advirtió—. Mañana me lo cuentas todo.
—Mañana.
Ella lo miró, pero
fue una mirada muy lejana, desde más allá del abismo de tiempo y
acontecimientos que los separaba. Geralt necesitó un segundo para comprender
cómo de profundo era ese abismo y hasta qué punto los habían separado los
acontecimientos.
—Mejor pasado
mañana. Ve a la ciudad. Vete a ver al poeta, estaba muy preocupado por ti. Pero
ahora vete, te lo ruego. Tengo que ocuparme de una paciente.
Cuando Coral salió,
Geralt miró a Mozaïk. Sin duda de un modo elocuente, porque ella no tardó en
ofrecerle explicaciones.
—Esta mañana hemos
tenido un parto —dijo, y la voz se le alteró levemente—.
Complicado. Ha
optado por el fórceps. Y todo lo que podía ir mal ha ido mal.
—Entiendo.
—Lo dudo.
—Hasta la vista,
Mozaïk.
—Has estado fuera
mucho tiempo. —Levantó la cabeza—. Mucho más de lo que me esperaba. En Rissberg
no sabían nada, o pretendían que no sabían nada. Algo ha ocurrido, ¿verdad?
—Sí. Algo ha
ocurrido.
—Entiendo.
—Lo dudo.
Jaskier le
impresionó por su clarividencia. Constatando un hecho cuya evidencia
www.lectulandia.com
- Página 185
Geralt seguía sin
asumir plenamente. Y sin aceptar del todo.
—¿Qué? ¿Se acabó?
¿Se lo llevó el viento? Bueno, claro, los hechiceros y ella te necesitaban, ya
has hecho tu trabajo, puedes largarte. ¿Y sabes qué? Me alegro de que haya
terminado. Alguna vez tenía que acabarse este disparatado romance, y cuanto más
durase más peligrosas serían sus consecuencias. También tú, si quieres saber mi
opinión, tendrías que estar contento de habértelo quitado de la cabeza y de que
haya sido tan sencillo. Así que deberías alegrar esa cara en lugar de poner ese
gesto tan deprimente y tan sombrío que, hazme caso, no te favorece nada en
absoluto. Cualquiera diría, viéndote esa cara, que llevas una resaca de
espanto, que encima te has intoxicado con los aperitivos y que no recuerdas
cuándo ni cómo te has roto un diente ni a qué se deben esos rastros de semen en
los pantalones.
»¿O a lo mejor
—prosiguió el bardo, nada sorprendido de la ausencia de reacción por parte del
brujo— tu depresión tiene otro origen? ¿Procede, por ejemplo, del hecho de que
te han puesto de patitas en la calle, mientras que tú tenías previsto un final
de los tuyos? ¿Uno de ésos con fuga al amanecer y flores en la mesilla? Ja, ja,
en el amor como en la guerra, amigo, y tu querida ha actuado como un consumado
estratega. Se te ha anticipado mediante un ataque preventivo. Seguro que ha
leído la Historia de las guerras del mariscal Pelligram. Pelligram aporta
numerosos ejemplos de victorias alcanzadas gracias a semejante añagaza.
Geralt seguía sin
reaccionar. Se diría que Jaskier no esperaba su reacción. Se acabó su cerveza,
le hizo un gesto al tabernero para que le pusiese otra.
—En vista de todo
lo cual —siguió diciendo, mientras apretaba las clavijas del laúd—, yo soy
partidario, en principio, del sexo en la primera cita. De cara al futuro te lo
recomiendo en cualquier caso. Así se prescinde de la obligación de tener nuevas
citas con la misma persona, lo cual suele ser aburrido y latoso. Y, ya que
estamos, tu admirada abogada ha resultado digna del esfuerzo. No te vas a
creer…
—Me lo creo —el
brujo no se pudo aguantar, y le interrumpió con notable brusquedad—. Me lo creo
sin necesidad de que me lo cuentes, así que te lo puedes ahorrar.
—Muy bien —constató
el bardo—. Deprimido, irritado y devorado por la pena, por eso estás tan
susceptible y tan borde. No es sólo una mujer, me parece a mí. Aquí hay algo
más. Ya sé lo que es, qué demonios. Y lo veo. ¿No te ha ido bien en Novigrado?
¿No has recuperado las espadas?
Geralt suspiró, a
pesar de que se había prometido a si mismo no suspirar.
—No las he
recuperado. Llegué tarde. Hubo complicaciones, pasaron muchas cosas. Nos
sorprendió una tempestad, después nuestra barca empezó a anegarse… Y después un
marroquinero cayó gravemente enfermo… Bah, no quiero aburrirte con los
detalles. En resumidas cuentas, no llegué a tiempo. Cuando llegué a Novigrado,
ya se había celebrado la subasta. En Casa Borsody me despacharon en cinco
minutos. Las subastas están protegidas por el derecho de confidencialidad, que
ampara tanto a la parte vendedora como a la compradora. La empresa no facilita
ninguna
www.lectulandia.com
- Página 186
información a
terceras personas, bla, bla, bla, ha sido un placer, señor. No he averiguado
nada. No sé si se han vendido las espadas, y en ese caso quién las compró. Ni
siquiera sé si el ladrón llegó a ofrecer las espadas en subasta. Pudo desdeñar
el consejo de Pratt, pudo presentársele otra opción. No sé nada.
—Mala suerte.
—Jaskier sacudió la cabeza—. Una cadena de casualidades desafortunadas. Las
pesquisas de mi primo Ferrant también se encuentran, me parece a mí, en punto
muerto. Y ya que estamos, mi primo Ferrant no para de preguntar por ti. Que
dónde estás, que si tengo alguna noticia de ti, que cuando regresas, que si
estarás de vuelta para las bodas reales y que si no te has olvidado de la
promesa que le hiciste al príncipe Egmund. Evidentemente no le he dicho ni
palabra ni de tus historias ni de la subasta. Pero la fiesta de Lammas, te
recuerdo, cada vez está más cerca, apenas faltan diez días.
—Ya lo sé. Pero, ¿y
si ocurre algo en este plazo? ¿Algo venturoso, digamos? Después de esa cadena
de casualidades desafortunadas no vendría mal algún cambio.
—No digo que no.
Pero si…
—Lo pensaré y
tomaré una decisión. —Geralt no dejó que el bardo terminara la frase—. Además,
en principio nada me obliga a participar en las bodas reales como
guardaespaldas, ni Edmund ni el instigator han recuperado mis espadas, y ésa
era la condición. Pero no excluyo en absoluto que vaya a satisfacer los deseos
del príncipe. Aunque sólo fuera por consideraciones materiales. El príncipe se
jactaba de que no iba a reparar en gastos. Y todo apunta a que voy a necesitar
unas espadas nuevas, hechas de encargo. Y eso cuesta lo suyo. Pero basta de
cháchara. Vamos a comer algo. Y a beber.
—¿Vamos a donde
Ravenga, a Natura?
—Hoy no. Hoy me
apetece algo sencillo, natural, sin complicaciones y auténtico.
No sé si me
entiendes.
—Claro que sí.
—Jaskier se levantó—. Vamos a la costa, a Palmira. Conozco un sitio. Ponen
arenques, vodka y una sopa de un pescado que llaman gallineta. ¡No te rías! ¡En
serio que se llama así!
—Que se llame como
quiera. Vamos.
El puente sobre el
Adalatte estaba bloqueado, en ese momento se arrastraba por él una columna de
carros cargados y un grupo de jinetes que conducían a unos caballos sin
ensillar. Geralt y Jaskier tuvieron que esperar y hacerse a un lado. Cerraba la
marcha un jinete solitario montado en una yegua baya. La yegua sacudió la
cabeza y saludó a Geralt con un largo relincho.
—¡Sardinilla!
—Salud, brujo. —El
jinete se quitó la capucha dejando el rostro al descubierto—.
Precisamente iba a
verte. Aunque no esperaba dar contigo tan pronto.
—Salud, Pinety.
www.lectulandia.com
- Página 187
Pinety desmontó de
un salto. Geralt advirtió que iba armado. Era algo bastante extraño, los magos
casi nunca llevaban armas. Del cinturón del hechicero, con herrajes de latón,
colgaba una espada con una vaina profusamente decorada. También había un estilete,
sólido y ancho.
Geralt tomó las
riendas de Sardinilla de manos del hechicero, le acarició a la yegua los
ollares y la cruz. Pinety se quitó los guantes y se los encajó en el cinturón.
—Te pido que me
disculpes, maestro Jaskier —dijo—, pero querría quedarme a solas con Geralt. Lo
que tengo que decirle está destinado exclusivamente a sus oídos.
—Geralt —se jactó
Jaskier— no tiene secretos conmigo.
—Lo sé. Muchos
detalles de su vida privada los he conocido por tus baladas. —Pero…
—Jaskier —le cortó
el brujo—. Vete a dar una vuelta.
»Te lo agradezco
—le dijo a Pinety cuando se quedaron a solas—. Te agradezco que me hayas traído
el caballo, Pinety.
—Ya me había dado
cuenta —contestó el hechicero— que estabas muy unido al animal. Así que cuando
lo encontramos en Pinares…
—¿Estuvisteis en
Pinares?
—Sí. Nos avisó el
constable Torquil.
—Visteis…
—Sí que lo vimos
—le interrumpió bruscamente Pinety—. Lo vimos todo. No consigo entenderlo,
brujo. No consigo entenderlo. ¿Cómo no te lo cargaste entonces? ¿Alli mismo, en
el sitio? No actuaste, permíteme que te lo diga, con mucha sensatez.
Lo sé, se abstuvo
de reconocer el brujo. Lo sé, y tanto que lo sé. Fui demasiado estúpido como
para aprovechar la ocasión que me brindaba el azar. Total, no me podía
perjudicar, un cadáver más en la cuenta. Qué importancia tiene para un asesino
a sueldo. ¿A lo mejor me repugnaba ser un instrumento en vuestras manos? Pero
si yo siempre soy el instrumento de alguien. Debería haber apretado los dientes
y haber hecho lo que había que hacer.
—Seguramente te
sorprenderá —Pinety le miró a los ojos—, pero inmediatamente corrimos en tu
auxilio, Harlan y yo. Supusimos que esperabas ayuda. Atrapamos a Degerlund al
día siguiente, cuando se las estaba viendo con una banda cualquiera.
—Lo atrapasteis,
—se abstuvo de repetir el brujo—. ¿Y sin mediar palabra le retorcisteis el
pescuezo? ¿Habéis sido más sensatos que yo, no habéis cometido el mismo error
que yo? De eso nada. De ser así, no tendrías ahora esa cara, Guincamp.
—No somos asesinos.
—El hechicero se ruborizó, tartamudeó—. Lo trasladamos a Rissberg. Y se armó un
escándalo… Todos se pusieron en contra nuestra. Hortulano, cosa rara, se mostró
prudente, y eso que nos temíamos lo peor de su parte. Pero Biruta Icarti, el
Caracañado, Sandoval, incluso Zangenis, que hasta entonces nos había apoyado…
Escuchamos discursos interminables sobre la solidaridad en el seno de la
comunidad, sobre la hermandad, sobre la lealtad. Descubrimos que sólo unos
www.lectulandia.com
- Página 188
canallas pueden
mandar a un asesino a sueldo en persecución de un cofrade, que hace falta caer
muy bajo para contratar a un brujo que actúe contra uno de nuestros hermanos.
Movidos por unas razones miserables. Por la envidia del talento y el prestigio
de nuestro colega, por celos de sus logros científicos y de sus éxitos.
De nada habría
servido mencionar los incidentes en Piedemonte, con aquellos cuarenta y cuatro
cadáveres, se abstuvo de comentar el brujo. Sólo para que se encogieran de
hombros. Y, seguramente, para que respondieran con una prolija charla sobre la
ciencia, que requiere de víctimas. Sobre el fin que justifica los medios.
—Degerlund
—prosiguió Pinety— compareció ante una comisión y se llevó una severa
reprimenda. Por practicar la goecia, por toda la gente que había asesinado el
demonio. Se mostró altivo, contaba sin duda con la mediación de Hortulano. Pero
Hortulano parecía haberse olvidado de él, entregado por completo a su nueva
pasión: la fabricación de un abono universal, de una eficacia sin par, llamado
a revolucionar la agricultura. Abandonado a su suerte, Degerlund adoptó otro
tono. Un tono lloroso y lastimero. Se presentó como alguien agraviado. Como la
víctima, en la misma medida, de su ambición y de su talento mágico, gracias al
cual había invocado a un demonio tan poderoso que resultaba imposible
controlarlo. Juró que renunciaría al ejercicio de la goecia, que jamás volvería
a tocarla. Que se iba a consagrar exclusivamente al estudio de la mejora del
género humano, el transhumanismo, la especiación, la introgresión y la
modificación genética.
Y le creyeron, se
abstuvo de comentar el brujo.
—Le creyeron.
Influyó en ello Hortulano, que de pronto se presentó ante la comisión entre
efluvios de abono. Dijo que Degerlund era un jovenzuelo adorable que,
ciertamente, había cometido algunos errores, pero, ¿quién no comete algún
error? No albergaba la menor duda de que el jovenzuelo se corregiría, y dijo
que respondía por él. Pidió que la comisión atemperase su ira, que mostrase
compasión y no condenase al jovenzuelo. Finalmente declaró a Degerlund su
heredero y sucesor, a quien confiaba sin reservas la Ciudadela, su laboratorio
privado. Pues él, declaró, ya no necesitaba laboratorio alguno, habiendo
resuelto trabajar y ejercitarse a cielo abierto, entre surcos y caballones. A
Biruta, al Caracañado y al resto les pareció adecuado. Siendo de difícil acceso,
la Ciudadela podía servir eficazmente como lugar de aislamiento. Degerlund
había caído en su propia trampa. Se encontraba en arresto domiciliario.
Y barrieron el caso
debajo de la alfombra, se abstuvo el brujo.
—Sospecho —Pinety
le miró fugazmente— que también influyó en esto la opinión que tienen de ti, de
tu persona y de tu reputación.
Geralt frunció el
ceño.
—Vuestro código
brujeril —prosiguió el hechicero— al parecer os prohíbe matar a la gente. Pero
de ti dicen que no muestras el debido respeto por ese código. Que ha habido de
todo, que un puñado de personas, al menos, han perdido la vida por tu culpa.
Biruta y los demás estaban aterrados. De que volvieras a Rissberg a acabar el
www.lectulandia.com
- Página 189
trabajo, y de que
ellos, ya de paso, también se llevaran su merecido. Y la Ciudadela es un
refugio seguro al cien por cien, es una antigua fortaleza de los gnomos
adaptada para servir de laboratorio, y actualmente protegida por la magia.
Nadie puede acceder a la Ciudadela, no hay forma de hacerlo. Así pues,
Degerlund no sólo está aislado, sino que también está a salvo.
Rissberg también
está a salvo, se abstuvo el brujo. A salvo del escándalo y el descrédito. Con
Degerlund aislado, ya no hay caso. Nadie va a enterarse de que un listillo, un
arribista, ha engañado y se la ha dado con queso a los hechiceros de Rissberg,
que se consideran y se proclaman la élite de la hermandad de los magos. De que,
aprovechándose de la candidez y la estupidez de esa élite, un psicópata
degenerado haya podido asesinar a cuarenta y tantas personas sin mayor
impedimento.
—En la Ciudadela
—el hechicero seguía sin apartar la vista de él— Degerlund estará en vigilancia
y observación. No invocará a más demonios.
Nunca ha habido
ningún demonio. Y tú, Pinety, lo sabes muy bien.
—La Ciudadela —el
hechicero volvió la mirada, observó los barcos que había en la rada— se
localiza en una roca en el monte Cremora, a cuyos pies yace Rissberg. Cualquier
intento de llegar hasta allí equivaldría a un suicidio. Y no sólo gracias a la
protección mágica. ¿Recuerdas lo que nos contaste en aquella ocasión? ¿De un
poseído que mataste una vez? ¿En un estado de extrema necesidad, preservando un
bien a costa de otro, quedando así a salvo de cualquier responsabilidad penal?
Seguramente entenderás que ahora las circunstancias son totalmente diferentes.
Aislado, Degerlund no constituye una amenaza efectiva e inminente. Si, a pesar
de todo, le pones un dedo encima, estarás cometiendo una acción prohibida y
contraria a la ley. Como intentes matarlo, irás a juicio por tentativa de
asesinato. Algunos de los nuestros, de eso estoy seguro, tienen la esperanza de
que lo intentes, a pesar de todo. Y de que acabes en el patíbulo. Por eso, te
doy un consejo: déjalo. Olvídate de Degerlund. Que las cosas sigan su curso.
»No dices nada
—constató Pinety—. Te abstienes de cualquier comentario. —Porque no hay nada
que comentar. Sólo tengo una curiosidad. Tzara y tú. ¿Os
vais a quedar en
Rissberg?
Pinety se rió. Con
una risa seca y falsa.
—A ambos, a Harlan
y a mí, nos han solicitado que renunciemos, a petición propia, alegando motivos
de salud. Hemos dejado Rissberg, ya nunca volveremos allí. Harlan tiene
intención de ir a Poviss, para entrar al servicio del rey Rhyd. Yo, en cambio,
me propongo emprender un viaje más largo. En el Imperio de Nilfgaard, por lo
que he oído, tienen un trato con los magos utilitario y no especialmente
respetuoso. Pero les pagan bien. Y hablando de Nilfgaard… Ya se me olvidaba.
Tengo para ti un regalo de despedida, brujo.
Se soltó el tahalí,
lo enrolló alrededor de la vaina y le entregó la espada a Geralt. —Esto es para
ti —se anticipó a lo que el brujo pudiera decir—. Es un regalo de
www.lectulandia.com
- Página 190
cuando cumplí
dieciséis años. De mi padre, que no podía soportar que yo hubiera decidido
ingresar en una escuela de magia. Pensaba que el regalo influiría en mi, que
estando en posesión de un arma así me sentiría obligado a prolongar la
tradición familiar y elegiría la carrera militar. Qué se le va a hacer,
decepcioné a mi progenitor. En todo. No me gustaba la caza, prefería la pesca.
No me casé con la hija única de su más querido amigo. No me hice guerrero, y la
espada se cubrió de polvo en un armario. Yo no la quiero para nada. A ti te
será más útil.
—Pero… Pinety…
—Tómala, no seas
tan remilgado. Sé que tus espadas han desaparecido y necesitas una.
Geralt agarró la
empuñadura de lagarto, sacó la hoja de la vaina hasta la mitad. Una pulgada por
encima del gavilán había una marca de forja en forma de un sol con los
dieciséis rayos alternativamente rectos y ondulados que simbolizan en heráldica
el brillo del sol y el calor del sol. Dos pulgadas más allá del sol, empezaba
una inscripción con una caligrafía bellamente estilizada, el célebre emblema de
la casa.
—Una espada de
Viroledo —constató Geralt—. Esta vez auténtica.
—¿Cómo dices?
—Nada, nada. Es
admirable. Pero sigo sin saber si puedo aceptarla…
—Puedes aceptarla.
Básicamente, ya la has aceptado, la tienes en tus manos. Qué diablos, ya te he
dicho que no seas remilgado. Te doy la espada con simpatía. Para que entiendas
que no todos los magos son tus enemigos. Y a mí me van más las cañas de pescar.
En Nilfgaard hay unos ríos preciosos y cristalinos, rebosantes de truchas y
salmones.
—Gracias. ¿Pinety?
—¿Sí?
—Me regalas esta
espada únicamente por simpatía.
—Por simpatía,
claro que sí. —El hechicero bajó la voz—. Aunque puede que no sólo por eso. En
fin, ¿qué más me da a mi lo que pueda pasar aquí, o para que puedas servirte de
esa espada? Me despido de estas tierras, jamás regresaré. ¿Ves ese espléndido
galeón en la rada? Es el Euryale, matriculado en el puerto de Baccalá. Zarpamos
pasado mañana.
—Has venido con
bastante antelación.
—Sí… —se turbó
ligeramente el mago—. Quería estar aquí con cierta antelación… Para despedirme
de alguien.
—Suerte. Gracias
por la espada. Y por el caballo, nuevamente. Adiós, Pinety.
—Adiós. —Sin
pensárselo dos veces, el hechicero estrechó la mano tendida—.
Adiós, brujo.
Geralt encontró a
Jaskier, cómo no, en una taberna del puerto, sorbiendo una sopa de pescado.
www.lectulandia.com
- Página 191
—Me marcho —le
comunicó sin preámbulos—. Ya mismo.
—¿Ya mismo?
—Jaskier se quedó con la cuchara a medio camino—. ¿Ahora? Creía que…
—Da igual lo que
creyeras. Parto de inmediato. Tranquiliza a tu primo instigator.
Estaré de vuelta
para las bodas reales.
—¿Y qué es eso?
—¿Y a ti qué te
parece?
—Una espada, está
claro. ¿De dónde la has sacado? Te la ha dado el hechicero, ¿verdad? ¿Y la que
yo te conseguí? ¿Dónde está?
—Se perdió. Vuelve
a la ciudad alta, Jaskier.
—¿Y Coral?
—¿Qué pasa con
Coral?
—Qué tengo que
decirle, si pregunta…
—No va a preguntar.
No va a tener tiempo para eso. Tiene que despedirse de alguien.
www.lectulandia.com
- Página 192
Interludio
SECRETO
Illustrissimus et
reverendissimus
magnus magister
Narses de la Roche
Presidente del
Capítulo del Talento y las Artes
Novigrado
Datum ex castello
Rissberg,
die l5 mens. Jul.
Anno 1245 post Resurrectionem
Re:
Maestro en artes
mgr mag
Sorel Albert Amador
Degerlund
Honoratissime
archimaestro:
Sin duda habrán
llegado a oídos del Capítulo los rumores relativos a ciertos incidentes
acaecidos durante el verano anno currente en los confines occidentales de
Temeria, de resultas de los cuales perdieron la vida, según se estima,
alrededor de cuarenta personas —no es posible determinar con exactitud la
cifra—, en su mayoría trabajadores forestales no cualificados. Dichos
incidentes están relacionados, para nuestro pesar, con la persona del maestro
Sorel Albert Amador Degerlund, miembro del grupo de investigación del complejo
de Rissberg.
El grupo de
investigación del complejo de Rissberg se une al dolor de las familias de las
víctimas de dichos incidentes, con independencia de que las víctimas, que
ocupaban un lugar ínfimo en la jerarquía social, abusaban del alcohol y
llevaban una vida inmoral, muy probablemente no tuvieran vínculos familiares.
Deseamos recordar
al Capítulo que el maestro Degerlund, discípulo y pupilo del archimaestro
Hortulano, es un eminente científico, especialista en el campo de la genética,
a quien se deben brillantes logros, de una trascendencia incalculable, en el
ámbito del transhumanismo, la introgresión y la especiación. Las
investigaciones que desarrolla el maestro Degerlund pueden resultar cruciales
para el desarrollo y la evolución de la raza humana. Como es sabido, la raza
humana va a la zaga de otras razas no humanas en relación con numerosos rasgos
físicos, psíquicos y psicomágicos. Los experimentos del maestro Degerlund,
basados en la hibridación y la combinación del acervo genético, tienen como
objetivo, en una primera fase, la equiparación de la raza humana con las razas
no humanas, y en una segunda fase —mediante la especiación— la dominación sobre
ellas y su completo sometimiento. Seguramente no será necesario explicar la
importancia capital que tiene esta cuestión. Sería imperdonable que por culpa
de un pequeño incidente se viera impedido o frenado el progreso de los trabajos
científicos ya mencionados.
Por lo que respecta
al propio maestro Degerlund, el grupo de investigadores del complejo de
Rissberg asume toda la responsabilidad en lo que concierne a su atención
médica. Al maestro Degerlund ya le habían sido diagnosticados anteriormente
tendencias narcisistas, falta de empatía y desórdenes emocionales leves. En el
periodo que precedió a la comisión de los actos que se le atribuyen ese estado
se agravó, llegando a aparecer síntomas de trastorno afectivo bipolar. Se puede
afirmar que, en los momentos en que realizó los hechos de que se le acusa, el
maestro Degerlund no controlaba sus reacciones emocionales y tenía disminuida
su capacidad para distinguir el bien y el mal. Podemos admitir que el maestro
Degerlund se hallaba non compos mentis, eo ipso había perdido transitoriamente
la cordura, de modo que no es posible exigirle responsabilidades penales por
los hechos que se le atribuyen, dado que impune est admittendum quod per
furorem alicuius accidit.
El maestro
Degerlund ha sido confinado ad interim en un lugar cuya localización es un
secreto, donde recibe tratamiento y prosigue sus investigaciones.
Dando el asunto por
concluido, deseamos llamar la atención del Capítulo sobre la persona del
constable Torquil, que lleva a cabo la investigación del caso de los incidentes
de Temeria. El constable Torquil, subordinado del bailío de Gors Velen,
presuntamente valorado como un funcionario concienzudo y un celoso defensor de
la ley, ha demostrado un evidente exceso de celo en relación con los incidentes
en las poblaciones antes aludidas y está llevando la investigación por unos
derroteros que, desde nuestro punto de vista, son claramente inaceptables.
Convendría acudir a sus superiores, a fin de que atemperase un tanto su celo.
Y, en caso de que eso no surtiese efecto, merecería la pena revisar el
expediente del
www.lectulandia.com
- Página 193
constable, de su
mujer, sus padres, sus abuelos, sus hijos y demás miembros de su familia, de su
vida privada, de su pasado, de sus antecedentes penales, de su situación
patrimonial y de sus preferencias sexuales. Sugerimos que se contacte con el
despacho de abogados Codringher y Fen, a cuyos servicios recurrió el Capítulo
hace tres años, si se me permite recordarlo, con el objeto de desacreditar y
comprometer a los testigos en un asunto conocido como «el caso del grano».
Item, deseamos
llamar la atención del Capítulo sobre el hecho de que en el asunto que nos
ocupa se ha visto implicado, lamentablemente, el brujo llamado Geralt de Rivia.
El cual fue testigo presencial de los incidentes ocurridos en las aldeas, y
tenemos además razones para suponer que vincula tales hechos a la persona del
maestro Degerlund. Convendría hacer callar a este brujo en el supuesto de que
empezara a ir demasiado lejos en la investigación del asunto. Hay que advertir
que la actitud antisocial, el nihilismo, la inestabilidad emocional y la
personalidad caótica de dicho brujo pueden llevar a que las meras advertencias
resulten non sufficit, y que haya que recurrir inevitablemente a las medidas
más extremas. El brujo está sometido a nuestra permanente vigilancia y estamos
preparados para adoptar esa clase de métodos, siempre y cuando, naturalmente,
el Capítulo lo apruebe y lo recomiende.
Confiando en que
las anteriores explicaciones hayan bastado al Capítulo para poder cerrar el
caso, bene valere optamus y expresamos nuestro más alto respeto en nombre del
grupo de investigación del complejo de Rissberg semper fidelis vestrarum bona
amica
Biruta Anna
Marquette Icarti
manu propria
www.lectulandia.com
- Página 194
Capítulo
decimoséptimo
Devuelve golpe por
golpe, desprecio por desprecio, muerte por muerte, ¡y devuélvelo con un elevado
interés! Ojo por ojo, diente por diente, ¡multiplicado por cuatro, multiplicado
por cien!
Anton Szandor
LaVey, Biblia satánica
—Justo a tiempo
—dijo Frans Torquil en tono lúgubre—. Has llegado, brujo, justo a tiempo para
el espectáculo. Esta a punto de empezar.
Estaba tumbado boca
arriba en la cama, pálido como una pared enjalbegada, con los cabellos
empapados en sudor y pegados a la frente. Apenas llevaba una tosca camisa de
lino, que Geralt inmediatamente asoció con la camisa de un condenado a muerte.
El muslo izquierdo, desde la ingle hasta la rodilla, estaba envuelto en un
vendaje ensangrentado.
En mitad de la
estancia habían dispuesto una mesa, cubierta con una sábana. Un tipo bajito con
un caftán negro sin mangas iba colocando uno por uno los instrumentos en la
mesa. Cuchillos. Tenazas. Cinceles. Sierras.
—Sólo lamento una
cosa. —A Torquil le rechinaban los dientes—. No haber
podido atrapar a
esos hijos de puta. Así lo han querido los dioses, no estaba escrito…
Y ya no va a poder
ser.
—¿Qué ha pasado?
—Lo mismo, maldita
sea, que en Los Tejos, en Las Cornamentas, en Pinares. Sólo que esta vez ha
sido algo distinto, en la misma linde del bosque. Y no ha sido en un claro,
sino en un camino. Atacaron a unos viajeros. Mataron a tres, y se llevaron a
dos niños. Dio la casualidad de que yo estaba con mi gente muy cerca de allí,
rápidamente fuimos tras ellos, pronto los tuvimos a la vista. Dos jayanes como
dos toros de grandes y un jorobado repelente. Y fue el jorobado el que me dio
con la ballesta. —El Constable apretó los dientes, con un breve gesto señaló el
muslo vendado—. Ordené a mis hombres que me dejaran allí y que siguieran
persiguiéndolos. No me hicieron caso, los muy zopencos. Así que se nos
escaparon. ¿Y yo? ¿De qué me sirve que me hayan salvado? ¿Si ahora mismo me van
a amputar una pierna? Habría preferido, me cago en la puta, palmarla allí
mismo, viendo cómo esos tipos pataleaban en el aire con una soga al cuello,
antes de cerrar los ojos. No obedecieron mi orden esos mentecatos. Míralos
ahora, muertos de vergüenza.
Los subordinados
del constable, todos con la misma cara inexpresiva, estaban sentados en un
banco pegado a la pared. Los acompañaba una vieja llena de arrugas que
desentonaba con esa gente. Llevaba en la cabeza una corona de flores que no
pegaba ni con cola con sus cabellos grises.
—Podemos empezar
—dijo el tipo del caftán negro—. Tumbad al paciente en la mesa, apretadle bien
las correas. Que los demás abandonen la estancia.
—Que se queden
—balbuceó Torquil—. Que sepa que están mirando. Así me
www.lectulandia.com
- Página 195
dará vergüenza
gritar.
—Un momento.
—Geralt se puso firme—. ¿Quién ha decidido que la amputación es imprescindible?
—Yo lo he decidido.
—El tipo de negro también se puso firme, pero para mirar a Geralt a la cara
tuvo que echar de todos modos la cabeza hacia arriba—. Soy messer Luppi, médico
de cámara del bailío de Gors Velen, he sido enviado expresamente. He explorado
al paciente, y he comprobado que la herida está infectada. He de amputar la
pierna, es la única forma de salvarle.
—¿Cuánto cobras por
la operación?
—Veinte coronas.
—Aquí tienes
treinta. —Geralt desató una talega y sacó tres monedas de diez coronas—. Guarda
el instrumental, recoge tus cosas y vuélvete con el bailío. Si te pregunta, di
que el paciente se encuentra mejor.
—Pero… Debo
protestar…
—Recoge tus cosas y
vuélvete. ¿Cuál de estas palabras es la que no comprendes? Y tú, abuela, ven
aquí. Retirale el vendaje.
—Este hombre —la
vieja señaló al médico— me ha prohibido tocar al herido.
Dice que soy una
curandera y una bruja. Ha amenazado con denunciarme.
—Ni caso. Además,
ya se iba.
La mujer, a quien
Geralt no había tardado en identificar como una herborista, le obedeció. Le
quitó el vendaje con todo cuidado, a pesar de lo cual Torquil no paró de
sacudir la cabeza, de soltar silbidos y de quejarse.
—Geralt…
—protestó—. ¿Qué ocurrencia es ésta? Ha dicho el médico que no había otra
solución… Mejor es perder la pierna que la vida.
—De eso nada. No es
mejor ni de coña. Y ahora cierra el pico.
La herida tenía una
pinta horrible. Pero Geralt las había visto peores.
Sacó de su bolso un
estuche con unos elixires. Messer Luppi, que ya había recogido sus cosas, miró
detenidamente, meneó la cabeza.
—De nada sirven
aquí las decocciones —sentenció—. De nada sirve la falsa magia ni la
curandería. Pura charlatanería. Como médico que soy, he de protestar…
Geralt se volvió,
le miró. El médico salió. A toda prisa. Trastabillando en el umbral.
—Vosotros cuatro,
venid aquí. —El brujo le quitó el tapón a un frasco—.
Sujetadle. Aprieta
los dientes, Frans.
El elixir vertido
sobre la herida espumeó intensamente. El constable gimió de un modo
desgarrador. Geralt aguardó un momento, vertió un segundo elixir. Éste también
espumeó, y además chisporroteó y humeó. Torquil gritó, agitó con violencia la
cabeza, tensionó el cuerpo, puso los ojos en blanco y se desvaneció.
La vieja sacó un
tubito de su morral, tomó de él un pegote de una masa verde, untó una gruesa
capa en un pedazo de tela doblada, la aplicó a la herida.
—Consuelda —supuso
Geralt—. Un emplasto de consuelda, árnica y caléndula.
www.lectulandia.com
- Página 196
Bien, abuela, muy
bien. También irían bien el corazoncillo, la corteza de roble… —Habrase visto
—le interrumpió la anciana, sin apartar la vista de la pierna del
constable—. Me va a
dar éste a mí lecciones de herbolaria. Yo, hijo, ya sanaba con hierbas cuando
tú todavía le vomitabas la papilla a la niñera. Y vosotros, zagalones,
apartarse que me quitáis la luz. Y soltáis un tufo que no hay quien lo aguante.
Hay que cambiarse los peales. Cada cierto tiempo. Venga, fuera de aquí, ¿es que
no me oís?
—Habrá que
inmovilizar la pierna. Convendría entablillarla…
—Y dale, ya te he
dicho que no necesito lecciones. Y salte tú también al patio. ¿Qué haces aquí
todavía? ¿A qué estás esperando? ¿A su agradecimiento por haber empleado tan
generosamente tus remedios mágicos? ¿A la promesa de que no lo olvidará
mientras viva?
—Quiero preguntarle
una cosa.
—Júrame, Geralt
—habló Frans Torquil de forma totalmente inesperada—, que les darás alcance.
Que no tendrás compasión…
—Voy a darle algo
para que duerma y le baje la fiebre, porque está delirando. Y tú, brujo, sal.
Espera delante de la cabaña.
No tuvo que esperar
mucho tiempo. La anciana salió, se estiró la falda, se arregló la corona de
flores, que llevaba torcida. Se frotó un pie con el otro pie. Los tenía
extraordinariamente pequeños.
—Duerme —informó—.
Y es posible que viva si no pasa nada malo, toquemos madera. El hueso se le
soldará. Le has salvado la pata con tus encantamientos brujeriles. Se va a
quedar cojo para siempre, y para mi que ya no va a poder montar a caballo, pero
en cualquier caso dos piernas no es lo mismo que una, je, je.
Se metió la mano
entre las ropas, por debajo del corpiño bordado, lo que hizo que el olor a
hierbas fuera aún más intenso. Sacó una cajita de madera, la abrió. Tras un
instante de vacilación, se la pasó a Geralt.
—¿Te metes?
—No, gracias. No
consumo fisstech.
—Pues yo… —La
herborista se llevó el narcótico a la nariz, primero a una fosa, después a la
otra—. Pues yo sí, de vez en cuando. Sienta de puta madre. Es bueno para
aclarar las ideas. Para la longevidad. Y para el atractivo. Mírame a mí si no.
Geralt la miró.
—Te doy las gracias
—la anciana se enjugó un ojo lloroso, sorbió por la nariz— por los remedios
brujeriles que le has dado a Frans, no lo olvidaré. Sé con cuánto celo guardáis
esas decocciones vuestras. Y tú las has gastado en él sin pensártelo dos veces.
A pesar de que, por eso mismo, pudieras llegar a echarlo en falta en caso de
necesidad. ¿No te da miedo?
—Sí que me da.
La mujer torció la
cabeza, mostrándole su perfil. En verdad tenía que haber sido una bella
muchacha alguna vez. Pero hacia de eso la tira de tiempo.
www.lectulandia.com
- Página 197
—Y ahora —se
volvió— dime. ¿Qué querías preguntarle a Frans?
—No tiene
importancia. Está dormido, y ya va siendo hora de que me ponga en marcha.
—Habla.
—El monte Cremora.
—Haber empezado por
ahí. ¿Qué quieres saber de esa montaña?
La cabaña estaba
bastante alejada de la aldea, justo en la linde del bosque. El bosque empezaba
al lado mismo del cercado del jardín, que estaba lleno de manzanos rebosantes
de fruto. El resto no se apartaba del clásico marco aldeano: un granero, un
cobertizo, un gallinero, algunas colmenas, un huertecillo, un montón de
estiércol. Salía por la chimenea una cinta de humo blanco, que olía que daba
gusto.
Las pintadas que
correteaban cerca de la valla fueron las primeras en verlo, alertaron al barrio
con su cacareo infernal. Tres criaturas que andaban dando vueltas por el patio
echaron a correr hacia la cabaña. Una mujer se asomó a la puerta. Alta, rubia,
con un mandil por encima de una falda sencilla. El brujo se acercó, desmontó.
—Salud —saludó—.
¿Está el señor en casa?
Las criaturas,
niñas las tres, se aferraron a la falda y el mandil de su madre. La mujer miró
al brujo, y habría sido una pérdida de tiempo buscar simpatía en aquella
mirada. No tenía nada de extraño. No se le había escapado la empuñadura de la
espada que asomaba por encima del hombro del brujo. Ni el medallón en el
cuello. Ni las tachuelas plateadas en los guantes, que el brujo no trataba en
absoluto de ocultar. Al contrario, las iba mostrando abiertamente.
—El señor
—repitió—. Es decir, Otto Dussart. Tengo un asunto que tratar con él.
—¿Qué clase de
asunto?
—Personal. ¿Es
aquí?
La mujer lo miraba
fijamente, en silencio, con la cabeza ligeramente ladeada. Era el suyo, a
juicio del brujo, un atractivo al estilo rústico, de modo que podía tener entre
veinticinco y cuarenta y cinco años. Una evaluación más precisa, como solía
ocurrir tratándose de aldeanas, no era posible.
—¿Está?
—No está.
—En ese caso,
esperaré —el brujo echó las riendas de la yegua por encima de un poste— hasta
que vuelva.
—Puede tardar
mucho.
—Aguardaré. Aunque,
a decir verdad, preferiría hacerlo dentro de la casa que pegado a esta valla.
Por un instante la
mujer midió con la mirada al brujo. Y también a su medallón. —Un huésped en
casa es como dios en casa —dijo finalmente—. Bienvenido. —Acepto la invitación
—respondió con la fórmula acostumbrada—. No faltaré a
www.lectulandia.com
- Página 198
la hospitalidad del
anfitrión.
—No faltarás —dijo
la mujer despacio—. Pero llevas una espada.
—Así es mi
profesión.
—Las espadas
hieren. Y matan.
—También la vida.
¿Qué pasa al final con esa invitación?
—Adelante.
Se entraba, como
suele ocurrir en esa clase de moradas, a través de un zaguán, oscuro y lleno de
trastos. La sala resultó bastante amplia, clara y limpia, únicamente las
paredes más próximas a la cocina y la chimenea exhibían restos de hollín, en el
resto de la casa alegraban la vista con su blancura y sus telas coloristas,
también colgaban por todas partes distintos utensilios domésticos, manojos de
hierbas, trenzas de ajos, ristras de guindillas. Una cortina de tela separaba
la sala del dormitorio. Olía a cocina. Es decir, a repollo.
—Te ruego que te
sientes.
La mujer se quedó
de pie, estrujándose el mandil. Las niñas se sentaron alrededor de la estufa,
en un banco bajo.
Vibraba el medallón
en el cuello de Geralt. Con fuerza y sin parar.
Se agitaba bajo la
camisa, como un pájaro atrapado.
—Esa espada
—observó la mujer, dirigiéndose a la cocina— tenías que haberla dejado en el
zaguán. No está bien sentarse a la mesa con armas. Eso sólo lo hacen los
bandidos. ¿Acaso eres un bandido?
—Sabes bien lo que
soy —le cortó—. Y la espada está bien donde está. Como un recordatorio.
—¿De qué?
—De que las
acciones precipitadas suelen tener consecuencias peligrosas. —Aquí no hay
ningún arma, así que…
—Vale, vale —la
interrumpió sin contemplaciones—. No nos engañemos, mi querida anfitriona. La
casa y las dependencias de un campesino son un arsenal, más de uno ha caído
víctima de las azadas, por no hablar de mayales y bieldos. Oí hablar de uno al
que mataron con el batidor de una mantequera. Si uno se lo propone, puede hacer
daño a quien quiera. O a quien tenga que hacérselo. Y, ya que estamos, deja
tranquilo ese puchero con agua hirviendo. Y apártate de la cocina.
—No pretendía hacer
nada —replicó rápidamente la mujer, mintiendo de manera evidente—. Y aquí no
hay agua hirviendo, sino borsch, sopa de remolacha. Quería ofrecerte…
—Gracias. Pero no
tengo hambre. De modo que no toques el puchero y apártate del horno. Siéntate
ahí, con las niñas. Y vamos a esperar tranquilamente al señor.
Esperaron en
silencio, un silencio interrumpido únicamente por el zumbido de las moscas. El
medallón vibraba.
—Hay una cazuela
con repollo en el horno, que ya casi debe estar —la mujer rompió el incómodo
silencio—. Hay que retirarla, removerla, no se vaya a quemar.
www.lectulandia.com
- Página 199
—Ella —Geralt
señaló a la más pequeña de las niñas— puede hacerlo.
La chiquilla se
levantó despacio, mirando al brujo por debajo del flequillo castaño. Cogió una
horquilla con un mango largo, se inclinó hacia la portezuela del horno. Y de
repente saltó sobre Geralt como una gatita. Pretendía clavarle el cuello a la
pared con la horquilla, pero él se apartó, agarró el mango de la horquilla,
tiró de él con fuerza, arrojó a la niña al piso de tierra. La niña empezó a
transformarse antes de llegar al suelo.
La mujer y las
otras dos niñas ya habían tenido tiempo de transformarse. Tres lobos —una loba
gris y dos lobeznas— se echaron encima del brujo con los ojos inyectados en
sangre y los colmillos afilados. Mientras saltaban se separaron, como hacen los
lobos, atacando por todos los lados. El brujo se apartó de un salto, empujó el
banco contra la loba, se quitó de encima a las lobeznas a base de puñetazos con
los guantes con tachuelas de plata. Las lobeznas gañían, aplastadas contra el
suelo, enseñando los colmillos. La loba aulló salvajemente, volvió a saltar.
—¡No! ¡Edwina! ¡No!
Cayó sobre el
brujo, arrinconándolo contra la pared. Pero ya con forma humana. Las niñas,
nuevamente transformadas, escaparon rápidamente, se agazaparon junto al horno.
La mujer se quedó arrodillada, junto a las rodillas del brujo, mirando
avergonzada. Geralt no sabía si estaba avergonzada de haberlo atacado o de
haber fracasado.
—¡Edwina! ¿Cómo es
posible? —bramó, con los brazos en jarras, un barbudo de considerable altura—.
¿Pero qué haces?
—¡Es un brujo!
—dijo con rabia la mujer, que aún seguía de rodillas—. ¡Un malhechor con una
espada! ¡Ha venido a buscarte! ¡Asesino! ¡Apesta a sangre!
—Calla, mujer. Lo
conozco. Disculpad, don Geralt. ¿Os ha ocurrido algo? Disculpad. Mi mujer no
sabía… Creía que, siendo un brujo…
Se calló de pronto,
miró inquieto. La mujer y las niñas estaban muy juntas, al lado del horno.
Geralt habría jurado que oía unos débiles gruñidos.
—No ha pasado nada
—dijo—. No tengo ninguna queja. Pero has aparecido justo a tiempo. No podías
haber llegado en mejor momento.
—Lo sé. —El barbudo
se estremeció visiblemente—. Lo sé, don Geralt. Sentaos, sentaos a la mesa…
¡Edwina! ¡Saca unas cervezas!
—No. Salgamos,
Dussart. Un par de palabras.
Había un gato pardo
en medio del patio, nada más ver al brujo salió pitando y se escondió entre
unas ortigas.
—No quiero poner
nerviosa a tu mujer ni asustar a las niñas —aclaró Geralt—. Aparte de eso, se
trata de un asunto del que preferiría hablar cara a cara. Se trata, verás, de
cierto favor.
—Lo que queráis.
—El barbudo se puso firme—. En cuanto me digáis. Haré todo lo que deseéis,
siempre que esté en mi mano hacerlo. Tengo una deuda con vos, una deuda enorme.
Gracias a vos aún puedo pasearme por el mundo. Porque en aquella
www.lectulandia.com
- Página 200
ocasión me
perdonasteis. Os debo…
—A mí no. A ti
mismo. A que incluso en forma de lobo seguías siendo un hombre y nunca hiciste
daño a nadie.
—No hice daño,
cierto es. ¿Y de qué me sirvió? Mis vecinos, en cuanto sospecharon algo, se
buscaron a un brujo para acabar conmigo. Aunque eran unos muertos de hambre,
ahorraron como hormiguitas para poder contrataros.
—Consideré la
posibilidad —admitió Geralt— de devolverles el dinero. Pero eso podía haber
despertado sospechas. Les había dado mi palabra de brujo de que te había
librado del embrujo licantrópico y te habías curado por completo de ese mal, y
te habías convertido en el hombre más normal del mundo. Semejante hazaña tiene
un precio. Si la gente paga por algo, hay una cosa que se cree a pie juntillas:
que lo que han pagado es algo auténtico y legal. Y más, cuanto más caro.
—Me entran
escalofríos cuando me acuerdo de aquel día. —Dussart palideció, a pesar de lo
atezado de su piel—. Por poco no me muero de miedo cuando os vi con aquella
espada de plata. Creí que había llegado mi hora. No había oído historias yo ni
nada. De brujos asesinos, que se regodean con la sangre y las torturas. Pero
vos resultasteis ser un hombre justo. Y bueno.
—No exageremos.
Pero hiciste caso de mi consejo, y te marchaste de Guaamez. —No tuve más
remedio —dijo Dussart en tono lúgubre—. En Guaamez, por lo
visto, se tragaron
que me había desencantado, pero teníais razón, un antiguo lobizón no lo tiene
fácil viviendo entre la gente. Era tal como decíais: para los hombres tiene más
importancia quién ha sido uno que quién es. No tuve más remedio que marcharme
de allí, viajar a tierras extranjeras donde nadie me conociera. Las vueltas que
habré dado… Hasta que por fin vine a parar a este sitio. Y aquí conocí a
Edwina…
—No es frecuente
—Geralt sacudió la cabeza— que dos teriántropos se emparejen. Y aún menos
frecuente es que tengan descendencia. Has tenido suerte, Dussart.
—Pues debéis saber
—el lobizón enseñó los dientes— que las niñas son un verdadero encanto, van a
ser unas señoritas preciosas. Y Edwina y yo estamos hechos el uno para el otro.
Voy a estar con ella hasta el fin de mis días.
—Enseguida se ha
dado cuenta de que yo era un brujo. Y estaba decidida a defenderse. No te lo
vas a creer, pero tenía intención de agasajarme con borsch hirviendo. Seguro
que se ha hartado de oír cuentos de ésos de lobizones sobre brujos sanguinarios
que disfrutan haciendo sufrir.
—Perdonadla, don
Geralt. Y ahora mismo probamos ese borsch. Edwina prepara un borsch excelente.
—Seguramente será
mejor —el brujo negó con la cabeza— no imponerles mi presencia. No quiero
asustar a las niñas, y menos aún poner nerviosa a tu señora. Para ella sigo
siendo un bandido con una espada, no podemos esperar que vaya a aceptarme así
de repente. Ha dicho que apesto a sangre. En un sentido figurado,
www.lectulandia.com
- Página 201
entiendo.
—No tanto. Sin
ánimo de ofender, señor brujo, pero apestáis a sangre que tiráis de espalda.
—No he tenido
contacto con sangre desde hace…
—Desde hace un par
de semanas, diría yo —completó la frase el hombre lobo—.
Es sangre reseca,
sangre muerta, tocasteis a alguien que estaba cubierto de sangre.
También hay otra
sangre más antigua, de hace un mes. Sangre fría. Sangre reptiliana.
También vos mismo
habéis sangrado. Sangre que brotaba de una herida, sangre viva.
—Estoy
impresionado.
—Nosotros, los
lobizones —Dussart se irguió con orgullo— tenemos el olfato un pelín más fino
que el de los hombres.
—Ya lo sé —se
sonrió Geralt—. Ya sé que el sentido del olfato del hombre lobo es un auténtico
prodigio de la naturaleza. Precisamente por eso he venido a pedirte un favor.
—Musarañas —venteó
Dussart—. Musarañas, o séase, musgaños. Y topillos. Muchos topillos. Estiércol.
Mucho estiércol. Sobre todo de garduña. Y de comadreja. Nada más.
El brujo suspiró, y
luego escupió. No ocultaba su decepción. Ya era la cuarta cueva en la que
Dussart no husmeaba nada que no fueran roedores y alimañas que cazaban
roedores. Y mierda en abundancia, de los unos y de las otras.
Llegaron al
siguiente agujero abierto en la pared rocosa. Las piedras se desprendían a su
paso, rodaban ladera abajo. Había mucha pendiente, costaba mucho avanzar,
Geralt empezaba a encontrarse cansado. Dependiendo del terreno, Dussart se
transformaba en lobo o conservaba su forma humana.
—Una osa. —Se asomó
a una nueva gruta, aspiró—. Con sus crías. Estuvo, pero se marchó, ya no está
aquí. Lo que hay son marmotas. Musarañas. Murciélagos. Muchos murciélagos. Un
armiño. Una garduña. Un glotón. Mucho estiércol.
La siguiente
caverna.
—Un hurón, una
hembra. Está en celo. También hay un glotón… No, dos. Una pareja de glotones.
»Un manantial
subterráneo, agua levemente sulfurosa. Gremlins, todo un grupo, como unos diez
individuos. Algún anfibio, puede que salamandras… Murciélagos… En un saliente
de la roca, situado en lo alto, alzó el vuelo un águila enorme, se puso a dar
vueltas por encima de ellos, chillando. El lobizón levantó la cabeza, miró
las cumbres de los
montes. Y los negros nubarrones que se arrastraban por detrás. —Se acerca una
tormenta. Menudo veranito, casi no ha habido un día sin
tormentas… ¿Qué
hacemos, don Geralt? ¿Al siguiente agujero?
—Al siguiente
agujero.
Para llegar al
siguiente agujero tuvieron que atravesar una cascada que caía de un
www.lectulandia.com
- Página 202
despeñadero, no
demasiado grande, pero suficiente para dejarlos calados hasta los huesos. Las
peñas, cubiertas de musgo, eran escurridizas como jabón. Dussart, para poder
seguir, se transformó en lobo. Geralt, después de varios peligrosos resbalones,
se resignó, se puso de rodillas y recorrió un trecho complicado a cuatro patas.
Menos mal que no está aquí Jaskier, pensó, lo habría descrito en una balada.
Delante un licántropo en forma de lobo, detrás de él un brujo a cuatro patas.
No le iba a sacar punta la gente ni nada.
—Es un agujero
grande, señor brujo —dijo Dussart, husmeando—. Grande y profundo. Aquí hay
trolls de montaña, cinco o seis trolls adultos. Y murciélagos. Montones de
guano de murciélago.
—Sigamos. Al
siguiente.
—Trolls… Son los
mismos trolls que en el de antes. Las grutas están comunicadas.
»Un oso. Joven. Ha
estado aquí, pero se ha marchado. No hace mucho.
»Marmotas.
Murciélagos. Portahojas.
De la siguiente
espelunca el lobizón se retiró como escaldado.
—Una gorgona
—susurró—. En lo más hondo de la caverna hay una enorme gorgona. Duerme. No hay
nada más, aparte de ella.
—No es de extrañar
—balbuceó el brujo—. Vámonos de aquí. Sin hacer ruido. No vaya a despertarse…
Se alejaron,
mirando inquietos a sus espaldas. A la siguiente gruta, bastante alejada, por
suerte, del cubil de la gorgona, se aproximaron muy despacio, conscientes de
que ninguna precaución estaba de más. No estuvo de más, pero se reveló
innecesaria. Las siguientes cavernas no ocultaban nada en su seno, aparte de
murciélagos, marmotas, ratones, topillos y musarañas. Y capas y más capas de
estiércol.
Geralt estaba
cansado y resignado. Dussart también, era más que evidente. Pero mantenía el
tipo, había que reconocérselo, no dejaba escapar ni una sola palabra, ni un
solo gesto de desaliento. No obstante, el brujo no se llamaba a engaño. El
hombre lobo dudaba del éxito de la operación. Según había oído decir Geralt en
alguna ocasión, y según le había confirmado la herborista, la vertiente
oriental, la más abrupta, del monte Cremora estaba agujereada como un queso,
horadada por incontables cavernas. Cavernas, desde luego, habían encontrado sin
cuento. Pero era evidente que Dussart no confiaba en que lograran, a base de
husmear, dar precisamente con aquélla que servía de acceso subterráneo al
interior del complejo de la Ciudadela.
Para colmo de males
relampagueó. Tronó. Y empezó a llover. Geralt estuvo a punto de escupir, soltar
un taco y anunciar el final de la intentona. Se reprimió.
—En marcha,
Dussart. Un agujero más.
—Como deseéis, don
Geralt.
Y súbitamente, en
la siguiente abertura en la roca, se produjo —exactamente igual
www.lectulandia.com
- Página 203
que en una mala
novela— un giro inesperado en la acción.
—Murciélagos
—informó el lobizón, husmeando—. Murciélagos y… y un gato. —¿Un lince? ¿Un gato
montés?
—Un gato —Dussart
se mostró firme—. Un gato doméstico normal y corriente.
Otto Dussart
contempló con curiosidad las botellitas con los elixires, vio cómo se los bebía
el brujo. Observó los cambios que se producían en el semblante de Geralt, y los
ojos se le pusieron a cuadros del asombro y el terror.
—No me ordenéis
—dijo— que entre con vos en esa galería. Sin ánimo de ofender, pero no pienso
entrar. Me da tanto miedo lo que allí pueda haber que se me eriza la
pelambrera…
—No se me ha pasado
por la cabeza pedirte una cosa así. Vuélvete a casa, Dussart, con tu mujer y
tus hijas. Me has prestado un gran servicio, has hecho lo que te he pedido, no
puedo exigirte más.
—Esperaré —protestó
el lobizón—. Esperaré hasta que salgáis.
—No sé —Geralt se
colocó la espada a la espalda— cuando voy a salir de ahí. Ni siquiera es seguro
que vaya a salir.
—No habléis así.
Esperaré… Esperaré hasta que anochezca.
El fondo de la
cueva estaba cubierto por una gruesa capa de guano de murciélago. Los propios
murciélagos —de los llamados orejudos, con una buena panza— colgaban
arracimados de los techos, como adormilados, girándose y chillando de vez en
cuando. Al principio el techo quedaba muy por encima de la cabeza de Geralt,
éste podía moverse cómodamente y bastante rápido por el fondo llano. Pero muy
pronto se acabó lo cómodo: primero tuvo que empezar a agacharse, cada vez más y
más bajo, hasta que ya no le quedó más remedio que avanzar a cuatro patas. Y
finalmente le tocó reptar.
Llegó un momento en
que se detuvo, decidido a regresar, aquello era tan angosto que corría el
riesgo de quedarse atascado. Pero oyó el rumor del agua, y notó en la cara algo
parecido a un soplo de aire fresco. Consciente del peligro que afrontaba, se
coló como pudo por una grieta, y respiró aliviado cuando empezó a ensancharse.
De improviso el pasadizo se convirtió en una rampa, por la que descendió recto
hasta el lecho de un riachuelo subterráneo, el cual surgía de debajo de una
roca y se sumergía bajo otra situada enfrente. De lo alto se filtraba una luz
débil y también desde allí — de mucho más arriba— llegaban las frías
corrientes. La hoya en la que desaparecía el riachuelo parecía estar
completamente inundada de agua. Al brujo, aunque sospechaba que pudiera haber
allí un sifón, no le hacia gracia bucear. Prefirió remontar el riachuelo, yendo
a contracorriente, por una rampa que le llevó hacia arriba. Durante el ascenso
por esa rampa hasta una amplia sala, se caló hasta los
www.lectulandia.com
- Página 204
huesos y se
embadurnó de limo de los sedimentos calcáreos.
Era una sala
enorme, toda llena de majestuosos espeleotemas: coladas, banderolas,
estalactitas, estalagmitas y columnas. El arroyo corría por el fondo,
profundamente excavado por un meandro. También aquí se filtraba la luz desde lo
alto y se percibía una débil corriente. Y también se percibía otra cosa. La
nariz del brujo no podía competir con el olfato del lobizón, pero ahora ya
podía apreciar lo mismo que éste había apreciado antes: un tenue olor a meado
de gato.
Se detuvo un
momento, miró a su alrededor. La corriente de aire le indicaba la salida, una
abertura parecida al portal de un palacio, flanqueada por unas imponentes
columnatas de estalagmitas. Muy cerca vio un hoyo relleno de arena menuda. En
ese preciso instante un gato se alejaba de ese hoyo. En la arena se advertían
numerosas huellas de pisadas de gato.
Se colgó a la
espalda el arma, que había tenido que quitarse antes, en las estrecheces de la
brecha. Y se metió entre las estalagmitas.
La galería, que
ascendía suavemente, tenía un alto techo abovedado y estaba seca. El fondo
estaba cubierto de rocas, pero se podía avanzar. Y el brujo fue avanzando.
Hasta que se encontró con una puerta que le cerraba el paso. Una puerta sólida
y con un cerrojo.
Hasta ese momento
no estaba seguro de si estaba yendo por el buen camino, no tenía ninguna
garantía de que se hubiera metido en la caverna adecuada. Aquella puerta
parecía confirmarle que era así.
En la puerta, justo
por encima del suelo, había una pequeña abertura, que parecía haber sido
practicada muy recientemente. Una gatera.
Empujó la puerta:
nada. Lo que sí pasó fue que vibró —muy levemente— el amuleto del brujo. Era
una puerta mágica, protegida por un conjuro. No obstante, la débil vibración
del medallón indicaba que no se trataba de un conjuro potente. Acercó el rostro
a la puerta.
—Un amigo.
La puerta se abrió
sin hacer ruido sobre sus goznes bien engrasados. Como bien había supuesto
sobre la débil protección mágica, producida en serie, con una clave que venía
de fábrica y un equipamiento estándar, nadie se había propuesto —por suerte
para él— instalar algo más sofisticado. Su única función era la de aislar del
entramado de cuevas, manteniendo alejadas a unas criaturas que no eran capaces
de servirse ni de la magia más elemental.
Al otro lado de la
puerta —que aseguró con una piedra, por si acaso— terminaban las cuevas
naturales. Empezaba un pasillo excavado a pico en la roca.
Pero, a pesar de
tantos indicios, seguía sin estar totalmente seguro. Hasta el momento en que
vio una luz delante de él. La luz vacilante de una antorcha o un candil. E
inmediatamente oyó una risa que conocía de sobra. Una carcajada.
—¡Buueh-hhhrrr-eeeehhh-bueeeeh!
La luz y la
carcajada, por lo que pudo ver, procedían de una amplia estancia,
www.lectulandia.com
- Página 205
iluminada por una
antorcha encajada en un soporte de hierro. Junto a la pared había montones de
cofres, cajas y barriles. Al lado de uno de los cofres, sentados en sendos
barriles, estaban Bue y Bang. Jugando a los dados. La risa era de Bang, que
acababa de hacer una buena tirada.
Encima del cofre
había una damajuana de aguardiente. Con la tapa correspondiente.
Una pierna humana
asada.
El brujo desenvainó
la espada.
—Buenos días,
paisanos.
Bue y Bang se
quedaron como pasmados, mirando boquiabiertos al brujo por unos segundos. Tras
lo cual soltaron un bramido, se levantaron de un salto y, volcando los
barriles, se lanzaron a por sus armas. Bue una guadaña, Bang una ancha
cimitarra. Y atacaron al brujo.
Le sorprendieron,
aunque él ya contaba con que no sería cosa fácil. Pero no se esperaba que
aquellos desgarbados gigantones fueran tan rápidos.
Bue segó por bajo
con la guadaña. De no haber saltado hacia arriba, Geralt habría perdido ambas
piernas. Y esquivó por los pelos el ataque de Bang, la cimitarra sacó chispas
de la pared de piedra.
El brujo sabía
apañárselas con las personas rápidas. También con las grandes.
Rápidas o lentas,
grandes o pequeñas, todas tenían puntos sensibles al dolor.
Y no tenían ni idea
de lo rápido que puede ser un brujo después de haberse tomado sus elixires.
Bue aulló, herido
en un codo. Herido en una rodilla, Bang aulló aún más fuerte. El brujo lo
engañó con un rápido giro, saltó por encima de la hoja de la guadaña, con el
extremo de la espada pinchó a Bue en una oreja. Bue bramó, agitó la cabeza,
blandió la guadaña, atacó. Geralt juntó los dedos y le golpeó con la Señal de
Aard. Bue, sacudido por el embrujo, cayó al suelo de culo, se oyó el chasquido
de sus dientes.
Bang alzó la
cimitarra. Geralt se deslizó ágilmente por debajo de la hoja, de paso alcanzó
al gigante en la otra rodilla, se giró, saltó hasta Bue, que intentaba ponerse
de pie, le lanzó un tajo a los ojos. Bue, sin embargo, pudo desviar a tiempo la
cabeza, el ataque erró su objetivo, la espada alcanzó el arco de las cejas, en
un instante la sangre cubrió la cara del ogrotroll. Con un rugido, Bue se
levantó, se arrojó a ciegas sobre Geralt, éste se retiró de un salto, Bue cayó
sobre Bang, chocó con él. Bang se lo quitó de encima y bramando con furia se
abalanzó sobre el brujo, dando reveses con la cimitarra. Geralt esquivó la hoja
con una finta veloz, seguida de media vuelta, y acuchilló dos veces al
ogrotroll, en ambos codos. Bang bramó, pero no soltaba la cimitarra, volvió a
blandirla, intentó un tajo amplio, ya sin ton ni son. Geralt se alejó del
alcance del arma. Con una nueva finta, se situó a la espalda de Bang, no podía
desaprovechar la ocasión. Volvió la espada y atacó desde abajo, en vertical, justo
entre las dos posaderas. Bang se llevó las manos al trasero, aulló, chilló como
un
www.lectulandia.com
- Página 206
cerdo, pataleó,
dobló las rodillas y se meó.
Bue, cegado,
levantó la guadaña. Golpeó. Pero no al brujo, que se escabulló con una pirueta.
Golpeó a su camarada, que seguía sujetándose el trasero. Y le segó la cabeza de
los hombros. El aire salió de la tráquea seccionada con un estruendoso silbido,
la sangre brotó de la arteria como la lava del cráter de un volcán, llegando
muy alto, hasta el techo. Bang seguía de pie, vertiendo sangre, como una
estatua decapitada en una fuente, estabilizado en posición vertical gracias a
sus enormes pies planos. Hasta que por fin se inclinó y cayó como un tronco.
Bue se limpió la
sangre que le tapaba los ojos. Empezó a bramar como un búfalo cuando al fin
descubrió lo ocurrido. Pateó repetidamente, con la guadaña en alto. Se puso a
dar vueltas en el sitio, buscando al brujo. No dio con él. Porque lo tenía a su
espalda. Herido en un costado, Bue soltó la guadaña, se arrojó sobre Geralt con
las manos desnudas, la sangre volvió a cubrirle los ojos, y se estampó contra
la pared. Geralt lo alcanzó de un salto, tajó.
Evidentemente, Bue
no sabía que tenía varias arterias seccionadas. Y que hacía ya un rato que
debería haber muerto. Bramaba, se giraba en el sitio, agitaba los brazos. Hasta
que le fallaron las piernas y cayó de rodillas en medio de un charco de sangre.
Arrodillado, aún seguía bramando y haciendo aspavientos, aunque cada vez con
menos energía, de forma menos ruidosa. Para terminar de una vez, Geralt se
acercó y le hincó la punta de la espada en el esternón. Fue un error.
El ogrotroll gimió
y agarró con fuerza la hoja, el gavilán y la mano del brujo. La vista ya se le
nublaba, pero no soltaba la presa. Geralt le puso la bota en el pecho, se
resistió, forcejeó. Aunque le chorreaba sangre de las manos, Bue no se rendía.
—Tú, estúpido
hijoputa —farfulló, irrumpiendo en la caverna, Pasztor, mientras apuntaba al
brujo con su arbalesta de dos arcos—. Has venido hasta aquí para morir. Tú lo
has querido, engendro diabólico. ¡Sujétalo, Bue!
Geralt intentaba
zafarse. Bue gemía, pero no le soltaba. El jorobado enseñó los dientes y apretó
el gatillo. Geralt se agachó para esquivar el tiro, las remeras pasaron
rozándole el costado, el pesado virote se clavó en la pared. Bue soltó la
espada, tumbado boca abajo agarró al brujo de las piernas, lo inmovilizó.
Pasztor graznó triunfalmente y preparó la ballesta.
Pero no llegó a
disparar.
Entró corriendo en
la caverna, como un proyectil gris, un lobo enorme. Atacó a Pasztor al estilo
lobuno, en las piernas, por detrás, desgarrándole los ligamentos popliteos y
las arterias. El jorobado soltó un grito, cayó al suelo. Al caer, la cuerda de
la arbalesta chasqueó. Bue resolló. El virote le había acertado en todo el
oído, hundiéndose hasta las remeras. Y la punta le salia por el otro oído.
Pasztor aullaba. El
lobo abrió sus terribles fauces y lo agarró de la cabeza. El aullido se
transformó en un estertor.
Geralt se sacudió
de las piernas al ogrotroll, muerto al fin.
Dussart, ya con
forma humana, se levantaba sobre los restos de Pasztor,
www.lectulandia.com
- Página 207
limpiándose los
labios y la barbilla.
—Después de
cuarenta y dos años de existencia como lobizón —dijo, encontrándose con la
mirada del brujo—, por primera vez he tenido que morder a alguien.
—Tenía que venir
—se justificaba Dussart—. Sabía, don Geralt, que estaba obligado a advertiros.
—¿De ésos? —Geralt
limpió la espada, señaló los cuerpos inmóviles.
—No sólo.
El brujo entró en
la estancia que le indicó el licántropo. Y se echó para atrás de manera
instintiva.
El suelo de piedra
estaba negro de la sangre reseca. En medio de la estancia se abría un boquete
negro revestido de ladrillo. Al lado se amontonaban los cadáveres. Desnudos y
mutilados, amputados, descuartizados, algunos desollados. Era difícil calcular cuántos.
Del interior del agujero llegaba con toda claridad un ruido de chasquidos, de
crujidos de huesos machacados.
—Antes no pude
apreciarlo —musitó Dussart, con la voz llena de aversión—. Sólo cuando habéis
abierto aquella puerta, he podido ventearlo desde allí abajo… Deberíamos
marchamos de aquí, señor. Alejamos de este depósito de cadáveres.
—Aún tengo unas
cuentas que ajustar aquí. Pero tú vete. Te agradezco enormemente que hayas
venido en mi ayuda.
—No deis las
gracias. Estaba en deuda con vos. Me alegro de haber podido pagarla.
Unas escaleras de
caracol llevaban hacia arriba, serpenteando en el interior de un pozo
cilíndrico excavado en la roca. No era sencillo determinarlo con precisión,
pero Geralt calculó que, de haber sido aquéllas unas escaleras normales de una
torre, habría subido ya hasta la primera planta, tal vez hasta la segunda.
Había contado sesenta y dos escalones cuando se topó con una puerta.
Como en la de
abajo, también en esta habían practicado una gatera. Como la puerta de abajo,
estaba cerrada, pero aquí la cerradura no era mágica, y se abrió sin problemas
accionando el picaporte.
Entró en una
estancia sin ventanas y muy débilmente iluminada. Del techo colgaban varias
esferas mágicas, pero sólo una de ellas estaba activa. Apestaba horriblemente a
productos químicos y a toda clase de guarrerías. Le bastó un simple vistazo
para descubrir lo que había. Tarros, botellas y frascos en los estantes,
retortas, recipientes y tubos de cristal, instrumentos y aparatos de acero, en
definitiva, un laboratorio, no había error posible.
Junto a la entrada,
en un anaquel, vio una hilera de tarros grandes. El más
www.lectulandia.com
- Página 208
próximo estaba
lleno de ojos humanos, flotando en un líquido amarillo, como si fueran ciruelas
en compota. En el segundo tarro había un homúnculo, muy chiquitito: no era
mayor de dos puños juntos. En el tercer…
En el tercer tarro
flotaba en el líquido una cabeza humana. No era fácil reconocer los rasgos de
la cara, deformada por los cortes, las tumefacciones y la alteración del color,
y escasamente visible a través del turbio fluido y el grueso cristal. Pero no
había un solo pelo en la cabeza. Sólo uno de los hechiceros se rapaba la cabeza
al cero.
Por lo visto,
Harlan Tzara no había llegado a Poviss.
En los demás tarros
también había cosas nadando, toda clase de horrores azules y pálidos. Pero no
había más cabezas.
El centro de la
sala lo ocupaba una mesa. Una mesa de acero, fina y alargada, con un sistema de
drenaje.
En la mesa yacía un
cadáver desnudo. Un cadáver pequeño. Los restos de una criatura. De una niña
rubita.
El cadáver estaba
destripado, con un corte en forma de Y. Los órganos internos, extraídos,
estaban colocados a ambos lados del cuerpo, a la misma altura, bien dispuestos,
con pulcritud. Parecía talmente una lámina de un atlas de anatomía. Sólo
faltaban los símbolos. Fig. 1, fig. 2, y cosas así.
Con el rabillo del
ojo el brujo detectó un movimiento. Un gran gato negro pasó corriendo pegado a
la pared, lo miró, soltó un bufido, salió por la puerta entreabierta. Geralt
fue tras él.
—Señor…
Se detuvo. Y se
volvió.
En un rincón había
una jaula, baja, como un pequeño gallinero.
Geralt miró los
finos dedos aferrados a los barrotes de hierro. Y después los ojos. —Señor…
Salvadme…
Un niño, no tendría
más de diez años. Un niño acurrucado y tembloroso. —Estate callado. Ya no hay
ningún peligro, pero aguanta un poco más. Enseguida
vuelvo a buscarte.
—¡Señor! ¡No os
vayáis!
—Silencio, te he
dicho.
Primero había una
biblioteca donde olía a polvo. Después una especie de salón. Y luego un
dormitorio. Una cama grande con un baldaquino negro con soportes de ébano.
Oyó un susurro. Se
dio la vuelta.
Sorel Degerlund
estaba en la puerta. Estaba peinado con esmero, vestía un manto gris bordado
con estrellas doradas. Junto a Degerlund había algo no muy grande,
completamente gris y armado con un sable zerrikano.
—Tengo preparado un
tarro con formol —dijo el hechicero—. Para tu cabeza, mutante. ¡Mátalo, Beta!
www.lectulandia.com
- Página 209
Degerlund aún
estaba terminando la frase, deleitándose con su propia voz, cuando se lanzó al
ataque aquella criatura gris, aquel espectro gris increíblemente veloz, aquella
rata gris ágil y silenciosa, entre el silbido y el fulgor del sable. Geralt
esquivó dos acometidas ejecutadas al estilo clásico, en cruz. Con la primera
sintió junto a un oído el movimiento del aire cortado por la hoja, con la
segunda un ligero roce en una manga. Paró el tercer golpe con su espada, por un
momento se quedaron trabados. El brujo pudo ver el rostro de la criatura gris,
los grandes ojos amarillos con las pupilas verticales, las estrechas ranuras en
lugar de nariz, las orejas puntiagudas. El monstruo no tenía boca.
Se separaron. El
monstruo se giró ágilmente, atacó de inmediato, con un leve paso de danza, otra
vez en cruz. Otra vez de forma previsible. Era de una rapidez sobrehumana, de
una ligereza increíble, de una gracilidad infernal. Pero estúpido.
No tenía ni idea de
lo rápido que puede ser un brujo después de haberse tomado sus elixires.
Geralt sólo le
permitió una nueva intentona, que esquivó con una maniobra. Después pasó al
ataque. Con un movimiento ensayado y cien veces practicado. Rodeó a la criatura
gris con media vuelta rápida, ejecutó una finta desconcertante y tajó en la
clavícula. No había empezado siquiera a brotar la sangre cuando el brujo volvió
la espada y se la hincó al monstruo en la axila. Y reculó de un salto,
preparado para insistir. Pero no hizo falta insistir.
El monstruo, por lo
que pudo verse, tenía boca. Le recorría de lado a lado el rostro gris como una
herida abierta, pero su tamaño no llegaba a la media pulgada. Aquel ser no dejó
escapar ni una voz, ni un sonido. Cayó de rodillas, después de costado. Tembló
por un momento, agitó los brazos y las piernas, como un perro que estuviera
soñando. Después murió. En silencio.
Degerlund cometió
un error. En lugar de escapar, levantó las manos y empezó a salmodiar un
conjuro, con la voz irritada, henchida de rabia y de odio, como ladrando.
Alrededor de sus manos se arremolinó una llama, formando una bola de fuego.
Recordaba un poco al algodón de azúcar. Incluso olía parecido.
Degerlund no llegó
a completar la bola. No tenía ni idea de lo rápido que puede ser un brujo
después de haberse tomado sus elixires.
Geralt se lanzó
sobre él, tajando en la bola y las manos del hechicero. Se oyó un ruido sordo,
como si de repente se hubiera encendido un horno, brotaron unas chispas.
Degerlund, chillando, soltó la esfera de fuego de las manos sangrantes. La bola
se apagó, llenando la estancia de olor a caramelo quemado.
Geralt arrojó la
espada. Golpeó a Degerlund en la cara, con la mano abierta, de un fuerte
manotazo. El hechicero soltó un grito, se encogió, se volvió de espaldas. El
brujo lo agarró, lo inmovilizó con una llave, le rodeó el cuello con su
antebrazo. Degerlund chillaba, empezó a patalear.
—¡No puedes!
—bramó—. ¡No puedes matarme! No te está permitido… Yo soy… ¡Yo soy un hombre!
www.lectulandia.com
- Página 210
Geralt le apretó el
cuello con el antebrazo. Al principio no demasiado fuerte. —¡No he sido yo!
—aullaba el hechicero—. ¡Ha sido Hortulano! ¡Era Hortulano
el que me lo
ordenaba! ¡Me obligaba! ¡Y Biruta Icarti estaba al corriente de todo!
¡Ella! ¡Biruta!
¡Fue idea suya, este medallón! ¡Ella me ordenó que lo hiciera!
El brujo aumentó la
presión.
—¡Auxiliooo!
¡Alguieeen! ¡Auxiliooo!
Geralt aumentó la
presión.
—Alg… Ayuuu… Nooo…
Degerlund soltó un
estertor, soltó muchas babas. Geralt apartó la cabeza.
Aumentó la presión.
Degerlund perdió el
conocimiento, quedó colgando inerte. Más fuerte. Se chascó el hueso hioides.
Más fuerte. Se partió la laringe. Más fuerte. Todavía más fuerte.
Crujieron y se
desplazaron las vértebras cervicales.
Geralt sujetó a
Degerlund unos instantes más. Después le dio un fuerte tirón de la cabeza hacia
un lado, para mayor seguridad. Entonces lo soltó. El hechicero se derrumbó en
el suelo, suavemente, como una tela de seda.
El brujo se limpió
la manga babeada con una cortina.
El gran gato negro
apareció como de la nada. Se frotó contra el cuerpo de Degerlund. Le lamió la
mano yerta. Maulló, gimió tristemente. Se tumbó junto al cadáver, apretado
contra su costado. Miró al brujo con sus ojos dorados, muy abiertos.
—He tenido que
hacerlo —dijo el brujo—. No había más remedio. Allá cada quien, pero tú
deberías entenderlo.
El gato entornó los
ojos. En señal de que lo entendía.
www.lectulandia.com
- Página 211
Capítulo
decimoctavo
¡Por Dios!
Sentémonos en el suelo, a contar
tristes historias
sobre el fin de los monarcas.
Unos fueron
destronados, otros cayeron en combate, a éstos los atormentaron los fantasmas
de quienes destronaron, a ésos los envenenaron sus mujeres, a aquéllos los
mataron mientras dormían: todos acabaron asesinados.
William
Shakespeare, Ricardo II
El día de las bodas
reales, ya desde el amanecer, lucia el sol, el azul del cielo sobre Kerack no
se veía empañado por una sola nubecilla. Desde bien temprano hacia bastante
calor, y la brisa que llegaba del mar aliviaba el bochorno.
Desde primera hora
en la ciudad alta reinaba un continuo ajetreo. Calles y plazoletas fueron
barridas diligentemente, las fachadas de las casas se decoraron con cintas y
guirnaldas, los estandartes eran izados en los mástiles. Desde por la mañana
una columna de proveedores recorría el camino que conducía al palacio real,
carros y carretas cargados se cruzaban con aquellos otros que regresaban
vacíos, iban y venían repartidores, artesanos, comerciantes, recaderos y
mensajeros. Algo más tarde, el camino estaba atestado de porteadores que
trasladaban a palacio a los invitados. No va a ser mi boda un casorio de
birria, parecía querer dejar claro el rey Belohun, mi boda tiene que quedar
grabada en la memoria de la gente y sonar por todo lo largo y ancho de este
mundo. El rey había dispuesto que las celebraciones comenzasen muy temprano y
se prolongasen hasta bien entrada la noche. En todo ese tiempo atracciones
nunca vistas esperaban a los invitados.
Kerack era un reino
pequeño y, en definitiva, no demasiado importante, así que Geralt tenía serías
dudas de que el mundo se fuera a preocupar en exceso por las nupcias de
Belohun, y aunque éste había ordenado que hubiera bailes durante toda la
semana, y el diablo sabría qué novedades se le habrían ocurrido, lo cierto es
que resultaba muy improbable que a nadie que viviera a más de cien leguas le
llegara ninguna noticia relativa al acontecimiento. Pero todos sabían que para
Belohun la ciudad de Kerack era el centro del mundo, y el mundo no pasaba de
ser un círculo de un limitado radio en torno a Kerack.
Tanto Geralt como
Jaskier se habían ataviado con toda la elegancia de que eran capaces, Geralt se
enfundó incluso, para la ocasión, una chaqueta nuevecita de cuero, por la que
había pagado lo suyo, al parecer. En cuanto a Jaskier, proclamó desde el primer
momento que las bodas reales se la traían al fresco y que no pensaba tomar
parte en ellas. Y es que figuraba en la lista de invitados, pero en calidad de
pariente del instigator real, no como poeta y bardo de renombre mundial. Y no
le habían propuesto que actuara. Jaskier se lo tomó como una muestra de
desprecio y se enfadó. Como era habitual en él, el enfado no le duró demasiado,
medio día escaso como
www.lectulandia.com
- Página 212
mucho.
A lo largo de todo
el camino de palacio, que serpenteaba colina arriba, habían plantado unos
mástiles de los que colgaban, indolentemente movidos por la brisa, unos
gallardetes amarillos con el escudo de Kerack, un delfín nageant azur con
aletas y cola de gules.
Delante de la
entrada al recinto palaciego los esperaba el pariente de Jaskier, Ferrant de
Lettenhove, en compañía de varios guardianes vestidos con los colores del
delfín heráldico, esto es, de azul y de rojo. El instigator saludó a Jaskier y
llamó al paje que debía asistir al poeta y guiarlo hasta el lugar de la fiesta.
—En cuanto a vos,
mi señor don Geralt, hacedme el favor de venir.
Recorrieron la
alameda de un parque lateral, pasando por delante de una zona evidentemente
servil, pues de allí les llegaron ruidos de cazuelas y otros utensilios de
cocina, así como los groseros insultos que los jefes de cocina dedicaban a los
pinches. De todos modos, había un grato y apetitoso olor a comida. Geralt sabía
cuál era el menú, sabía con qué iban a deleitar en el banquete a los invitados
al enlace nupcial. Un par de días antes había visitado en compañía de Jaskier
la hostería Natura Rerum. Febus Ravenga, sin disimular su orgullo, se jactó de
que, en comandita con otros restauradores, iba a encargarse de organizar el
banquete y de confeccionar la lista de platos, cuya elaboración correría a
cargo de la élite de los chefs locales. De desayuno, les contó, se servirían
ostras, erizos de mar, gambas y cangrejo sauté. De almuerzo, gelatina de carne
y un surtido de patés, salmón ahumado y marinado, pato en áspic, quesos de
oveja y de cabra. De comida habrá caldo de pescado o de carne ad libitum, además
de albóndigas de carne y de pescado, callos con higadillos, rape a la parrilla
dorado a la miel y perca de mar con azafrán y clavo.
Después, recitó
Ravenga, modulando la respiración como un orador experimentado, se servirán
piezas de carne con una salsa blanca de alcaparras, huevos y mostaza, muslos de
cisne con miel, capones envueltos en panceta, perdices con confitura de
membrillo, palomas asadas, así como pastel de hígado de cordero y gachas de
cebada. Un amplio surtido de ensaladas y verduras. Después dulces, turrón,
pastelillos rellenos, castañas asadas, confituras y mermeladas. Los vinos de
Toussaint, se entiende, se servirán sin tasa y a todas horas.
La descripción de
Ravenga era tan gráfica que a los dos se les hizo la boca agua. Pero Geralt
tenía sus dudas de que pudiera llegar a probar bocado de tan extenso menú. Él
no se contaba entre los invitados a aquella boda, ni mucho menos. Estaba en
peor situación que los ajetreados pajes, que siempre se las arreglan para
pillar algo de las fuentes que vienen y van o, por lo menos, para meter el dedo
en la nata, en la salsa o en el paté.
El escenario
principal de la celebración era el parque de palacio, en otros tiempos huerto
de un templo, reconstruido y reformado por los reyes de Kerack a base de
columnatas, cenadores y templetes. Ese día, entre los árboles y las
construcciones, se habían dispuesto, adicionalmente, numerosos pabellones de
brillantes colores, y unas
www.lectulandia.com
- Página 213
telas extendidas
sobre pértigas proporcionaban protección frente al ardiente sol. Ya se había
congregado un gran número de invitados. Tampoco iban a ser demasiados, un par
de centenares en total. La lista, según las malas lenguas, la había
confeccionado el rey en persona, sólo un grupo de elegidos, la verdadera élite,
estaba llamado a recibir su invitación. En esa élite, por lo que se pudo ver,
Belohun incluía sobre todo a allegados y parientes. Además, se invitó a la alta
sociedad y la crema local, a los funcionarios clave de la administración, a los
vecinos más acaudalados y a hombres de negocios extranjeros, así como a
representantes del cuerpo diplomático, o lo que es lo mismo, a algunos espías
de países vecinos que se hacían pasar por agregados comerciales. La lista se
completaba con un nutrido grupo de pelotas, arribistas y otros maestros en el
arte de lamerle el culo al monarca.
Delante de una de
las entradas laterales a palacio esperaba el príncipe Egmund, ataviado con un
caftán negro con ricas bordaduras de oro y plata. Le acompañaban unos jóvenes.
Todos llevaban los cabellos largos y trenzados, todos iban vestidos a la última
moda, con jubones guateados y calzas ajustadas, que presentaban unas coquillas
genitales exageradamente prominentes. No le hicieron mucha gracia a Geralt. No
sólo por las miradas burlonas que dirigieron a sus ropas. Le recordaron en
exceso a Sorel Degerlund.
Al ver al
instigator y al brujo, el príncipe hizo retirarse de inmediato a su escolta.
Sólo permaneció a su lado un individuo. Llevaba el pelo corto y vestía unas
calzas normales. Pero a Geralt tampoco le gustó.
Tenía unos ojos
raros. Con los que miraba de un modo desagradable.
Geralt se inclinó
ante el príncipe. El príncipe, como es natural, no se inclinó ante Geralt.
—Entrégame la
espada —le dijo a Geralt después de los saludos—. No puedes pasearte armado por
aquí. No te preocupes, aunque no veas la espada, estará a tu permanente
disposición. He dado órdenes. Si ocurriera algo, te devolverán inmediatamente
la espada. De eso se ocupará el capitán Ropp, aquí presente.
—Y, ¿qué
probabilidades hay de que ocurra algo?
—Si no hubiera
ninguna o fueran escasas, ¿te daría tanto la lata? ¡Oooh! — Egmund se fijó en
la vaina y en la espada—. ¡Una espada de Viroledo! Esto no es una espada, sino
una obra de arte. Lo sé, porque en tiempos tuve una parecida. Me la robó mi
hermano por parte de padre, Viraxas. Cuando mi padre lo desterró, antes de
marcharse se apropió de muchas cosas ajenas. De recuerdo, seguramente.
Ferrant de
Lettenhove carraspeó. Geralt recordó unas palabras de Jaskier. No estaba
permitido pronunciar el nombre del primogénito desterrado en la corte. Pero
estaba claro que Egmund no hacia mucho caso de aquella prohibición.
—Una obra de arte
—repitió el príncipe, sin dejar de admirar la espada—. No te pregunto de qué
modo la has conseguido, pero en todo caso te felicito por la adquisición.
Porque me resisto a creer que las que te robaron fueran mejores que ésta.
—Cuestión de gusto, de inclinación y de preferencia. Yo habría preferido
www.lectulandia.com
- Página 214
recuperar las
robadas. El príncipe y el señor instigator dieron su palabra de que
descubrirían al autor del robo. Ésa era, me permito recordarlo, la condición
con la que acepté el encargo de proteger al rey. Una condición que,
evidentemente, no se ha cumplido.
—Evidentemente, no
se ha cumplido —admitió con fríaldad Egmund, entregándole la espada al capitán
Ropp, el tipo de la mirada desagradable—. Por eso, me siento en la obligación
de compensarte. En lugar de las trescientas coronas con las que me proponía remunerarte
por tus servicios, recibirás quinientas. Añado de paso que la investigación
relativa a tus espadas no se ha dado por cerrada, y aún puedes recobrarlas. Al
parecer, Ferrant tiene ya un sospechoso. ¿No es verdad, Ferrant?
—Las
investigaciones —informó secamente Ferrant de Lettenhove— apuntan
inequívocamente a la persona de Nikefor Muus, funcionario municipal y judicial.
Ha huido, pero su captura es sólo cuestión de tiempo.
—No mucho tiempo,
en mi opinión —dijo irritado el príncipe—. No cuesta tanto atrapar a un
funcionario manchado de tinta. Al que, además, seguro que de estar siempre
sentado en su escritorio le habrán salido unas hemorroides que le tendrían que
complicar la huida, lo mismo a pie que a caballo. ¿Cómo se las habrá arreglado
para escapar?
—Nos las vemos
—gruño el instigator— con un hombre escasamente previsible. Y probablemente no
muy normal. Antes de desaparecer, montó un espectáculo repugnante en el local
de Ravenga, algo, perdonad, a base de excrementos humanos… Tuvieron que cerrar
el local por un tiempo, porque… Os ahorro los detalles más escabrosos. En el
registro que se llevó a cabo en casa de Muus no aparecieron las espadas
robadas, pero en cambio se encontró… perdonad… un morral de piel, lleno hasta
arriba…
—No sigas, no
sigas, ya me imagino qué. —Egmund torció el gesto—. Sí, efectivamente dice
mucho del estado psíquico de ese personaje. Dadas las circunstancias, brujo, lo
más probable es que tus espadas haya que darlas por perdidas. Aunque Ferrant lo
capture, no va a sacarle nada a ese chiflado. A ésos ni siquiera merece la pena
someterlos a tortura, cuando los torturan se limitan a delirar sin ton ni son.
Y ahora disculpadme, mis obligaciones me reclaman.
Ferrant de
Lettenhove acompañó a Geralt hasta la entrada principal del recinto palaciego.
Enseguida se encontraron en un patio cubierto con baldosas de piedra, donde los
senescales recibían a los invitados según iban llegando, y guardias y pajes los
acompañaban al interior del parque.
—¿Qué puedo
esperarme?
—¿Cómo?
—Que qué puedo
esperarme hoy aquí. ¿Cuál de estas palabras no se entiende? —El príncipe Xander
—bajó la voz el instigator— se ha jactado en presencia de
testigos de que
mañana será rey. Aunque ya lo había dicho otras veces, y siempre en estado de
embriaguez.
www.lectulandia.com
- Página 215
—¿Está capacitado
para llevar a cabo un golpe de estado?
—No demasiado. Pero
tiene su camarilla, sus allegados y sus favoritos. Éstos están más capacitados.
—¿Qué hay de cierto
en eso de que Belohun va a proclamar hoy mismo heredero al trono al hijo
engendrado en su nueva consorte?
—Bastante.
—Y Egmund, que va a
perder sus opciones al trono, mira tú por dónde, contrata a un brujo para que
proteja y defienda a su padre. Un amor filial digno de admiración.
—Déjate de divagar.
Has aceptado una tarea. Realízala.
—La he aceptado y
la estoy realizando. Aunque es tremendamente oscura. No sé a quién tendría
enfrente en caso de que ocurriera algo. Creo que debería saber quién me va a
apoyar si pasa algo.
—Si fuera
necesario, la espada, como te ha prometido el príncipe, te la daría el capitán
Ropp. Él también te apoyaría. Y yo te ayudaría, en la medida de mis fuerzas.
Porque te deseo lo mejor.
—¿Desde cuándo?
—¿Cómo?
—Hasta ahora nunca
habíamos hablado a solas. Siempre estaba Jaskier delante, y no quería sacar el
tema en su presencia. Informes detallados por escrito sobre mis presuntas
estafas. ¿De dónde los ha sacado Egmund? ¿Quién los ha pergeñado? Porque no ha
sido él personalmente. Ha sido cosa tuya, Ferrant.
—No he tenido nada
que ver con eso. Te lo aseguro…
—Mientes muy mal
para ser un guardián de la ley. No me imagino cómo has podido pillar ese cargo.
Ferrant de
Lettenhove apretó los dientes.
—Tuve que hacerlo
—dijo—. Cumplía órdenes.
El brujo lo miró
largamente.
—No te creerías
—dijo finalmente— la de veces que he oído algo parecido. Es un consuelo que
fuera casi siempre en boca de gente a la que iban a colgar.
Lytta Neyd estaba
entre los invitados. La identificó sin problemas. Y es que llamaba la atención.
El vestido, muy
escotado, en crêpe de Chine, de un jugoso color verde, estaba adornado por
delante con un bordado en forma de estilizada mariposa, y brillaba con sus
diminutas lentejuelas. Estaba rematado con volantes. Los volantes en el atuendo
de una mujer de más de diez años solían despertar en el brujo un sentimiento de
compasión irónica, pero en el vestido de Lytta armonizaban perfectamente con el
conjunto, y de un modo más que atractivo.
El cuello de la
hechicera estaba envuelto en un collar de esmeraldas talladas.
Ninguna era menor
que una almendra. Una de ellas era sensiblemente mayor.
www.lectulandia.com
- Página 216
Sus cabellos
pelirrojos eran como un incendio en un bosque.
Al lado de Lytta se
encontraba Mozaïk. Con un vestido negro sorprendentemente atrevido de seda y
chifón, completamente transparente en hombros y mangas. El cuello y el escote
de la muchacha estaban cubiertos por una especie de gola de chifón, con unos pliegues
de fantasía, cosa que, en combinación con los largos guantes negros, le añadía
a la figura un aura de extravagancia y misterio.
Las dos llevaban
zapatos de tacones de cuatro pulgadas. Lytta de piel de iguana, Mozaïk de
charol.
Por un momento
Geralt dudó de si debía acercarse. Pero sólo por un momento. —Salud —Lytta lo
recibió sin inmutarse—. Mira quién está aquí, me alegro de
verte. Mozaïk, has
ganado, los zapatos blancos son para ti. —Una apuesta —supuso Geralt—. ¿A
propósito de qué?
—De ti. Estaba
convencida de que ya no nos íbamos a ver, y aposté a que no ibas a aparecer por
aquí. Mozaïk aceptó la apuesta, porque no compartía mi opinión.
Le obsequió con una
profunda mirada de jade, esperando sin duda un comentario.
Unas palabras. Las
que fueran. Geralt no dijo nada.
—¡Salud a estas
hermosas damas! —Jaskier apareció, como salido de la tierra, un auténtico deus
ex machina—. Me inclino profundamente, rindo homenaje al encanto. Mi señora
Neyd, doncella Mozaïk. Disculpad que me presente sin unas flores.
—Estás disculpado.
¿Qué hay de nuevo en el arte?
—Como es habitual
en el arte, todo y nada. —Jaskier cogió de la bandeja de un paje que pasaba por
allí unas copas de vino y se las ofreció a las damas—. La fiesta es un pelin
sosa, ¿no creéis? Pero el vino es bueno. Est Est, a cuarenta la pinta. El tinto
tampoco está mal, lo he probado. Pero ni se os ocurra tomar hipocrás, no saben
prepararlo. Y siguen llegando invitados, ¿habéis visto? Como suele ocurrir en
las altas esferas, hay esas carreras a la inversa, esas galopadas à rebours, en
las que gana y se lleva la palma quien llega el último. Haciendo una bonita
entrada. Creo que estamos asistiendo al final. Acaban de cruzar la línea de
meta el propietario de una red de serrerías y su señora, siendo derrotados por
la máxima autoridad portuaria y su esposa, que hacen su entrada justo detrás de
ellos. Pero, a su vez, caen derrotados ante un dandy que ignoro quién es…
—Es el jefe de la
representación comercial de Kovir —explicó Coral—. Con la mujer. La mujer de
quién, me pregunto.
—Al selecto grupo
de cabeza se une, fijaos, Pyral Pratt, el viejo bandido. Con una acompañante
que no está nada mal… ¡Leches!
—¿Qué te ha pasado?
—Esa mujer que está
con Pratt… —Jaskier se atragantó—. Es… es Etna Asider… La viuda que me vendió
la espada…
—¿Fue con ese
nombre como se te presentó? —dijo Lytta con sorna—. ¿Etna Asider? Un vulgar
anagrama. Esa mujer es Antea Derris. La hija mayor de Pratt. No es la viuda de
nadie, porque nunca se ha casado. Se rumorea que no le gustan los
www.lectulandia.com
- Página 217
hombres.
—¿Hija de Pratt?
¡No es posible! Estuve en su casa…
—Y allí no la viste
—se le adelantó la hechicera—. No tiene nada de raro. Antea no se lleva
demasiado bien con la familia, ni siquiera usa el apellido, utiliza un
pseudónimo formado por dos nombres. Con el padre sólo tiene contacto por
cuestión de negocios, a los que, por cierto, se dedican con fruición. Lo que me
sorprende es verlos aquí juntos.
—Algún negocio se
traerán entre manos —comentó secamente el brujo.
—Da miedo pensar de
que tipo. Antea oficialmente se dedica a la mediación comercial, pero su
deporte favorito es el timo, el fraude y el trapicheo. Poeta, tengo que pedirte
un favor. Tú tienes experiencia, y Mozaïk no. Échale una mano con los
invitados, acompáñala, preséntasela a quien merezca la pena conocer. Indícale a
quiénes no merece la pena conocer.
Tras proclamar que
los deseos de Coral eran órdenes para él, Jaskier le ofreció el brazo a Mozaïk.
Geralt y Lytta se quedaron a solas.
—Ven —ella rompió
un silencio que se prolongaba en exceso—. Vamos a otro sitio. Allí, a esa
colina.
Desde lo alto de la
colina, desde un templete, la vista abarcaba la ciudad, Palmira, el puerto y el
mar. Lytta se protegió los ojos con la mano.
—¿Qué barco es ése
que se acerca a la rada? ¿Y echa el ancla? Una fragata de tres palos con un
aspecto curioso. Con las velas negras, ja, no se ve todos los días…
—Dejémonos de
fragatas. Jaskier y Mozaïk se han marchado, estamos solos y apartados.
—Y tú —Lytta se dio
la vuelta— te preguntas por qué. Estás esperando que te comunique lo que tenga
que comunicarte. Esperando la pregunta que voy a hacerte. ¿Y si yo sólo quiero
contarte los últimos cotilleos? Del ambiente de los hechiceros. Ah, no, no temas,
no tienen que ver con Yennefer. Tienen que ver con Rissberg, un sitio que, por
lo demás, tú ya conoces. Últimamente ha habido allí muchos cambios… El caso es
que no detecto en tus ojos el menor brillo de interés. ¿Quieres que continúe?
—Sí, por favor.
—Empezaron con la
muerte de Hortulano.
—¿No vive ya
Hortulano?
—Murió hace menos
de una semana. Según la versión oficial, sufrió una intoxicación letal con unos
abonos con los que estaba trabajando. Pero se rumorea que fue un infarto
cerebral, causado por la noticia de la muerte repentina de uno de sus pupilos,
el cual había fallecido como consecuencia de un experimento fallido y sumamente
sospechoso. Me refiero a un tal Degerlund. ¿Te suena? ¿Lo conociste cuando
estuviste en el castillo?
—No lo descarto.
Conocí a mucha gente. No todos eran dignos de recordar. —Por lo visto Hortulano
culpó de la muerte de su pupilo a toda la dirección de
www.lectulandia.com
- Página 218
Rissberg, se
enfureció y sufrió un ataque. Era realmente anciano, tenía desde hacía años la
tensión alta, tampoco era ningún secreto su adicción al fisstech, y el fisstech
y la tensión alta son una mezcla explosiva. Pero algo tuvo que haber en
cualquier caso, porque en Rissberg se han producido cambios profundos en el
personal. Ya antes de la muerte de Hortulano habían surgido conflictos: entre
otros, se había visto obligado a largarse de allí Algemon Guincamp, más
conocido como Pinety. Seguro que te acuerdas de él. Porque, si había alguien
digno de recordar, ése era él.
—Cierto.
—La muerte de
Hortulano —Coral lo miró de reojo— suscitó la rápida reacción del Capítulo, a
cuyos oídos ya habían llegado anteriormente algunas noticias inquietantes,
relativas a los excesos del difunto y de su pupilo. Curiosamente, aunque en
nuestros tiempos sea cada vez más característico, una pequeña piedrecilla fue
la causa del alud. Un insignificante hombre del común, un sheriff o un
constable, que ha mostrado un celo excesivo. Éste obligó a actuar a su
superior, el bailío de Gors Velen. El bailío, a su vez, remitió las acusaciones
a sus superiores y de ese modo, escalón a escalón, el asunto ha llegado hasta
el Consejo del Reino, y de ahí al Capítulo. Para no extenderme más: se
determinó que habían sido culpables de falta de vigilancia. Se ha visto obligada
a dejar la dirección Biruta Icarti, que ha regresado a la escuela, a Aretusa.
También lo han dejado Axel el Caracañado y Sandoval. Ha conservado el puesto
Zangenis, obtuvo la gracia del Capítulo denunciando a los otros y cargando
sobre ellos todas las culpas. ¿Qué piensas tú de todo esto? ¿Tienes algo que
decirme?
—¿Qué quieres que
te diga? Son vuestros asuntos. Y vuestros escándalos.
—Un escándalo que
estalló en Rissberg poco después de tu visita.
—Me sobrevaloras,
Coral. A mí, y a mi capacidad real.
—Jamás sobrevaloro
nada. Y rara vez infravaloro.
—Mozaïk y Jaskier
volverán en cualquier momento. —Geralt la miró a los ojos, desde cerca—. Por
alguna razón les habrás pedido que se alejen. Di de una vez de qué se trata.
Ella le aguantó la
mirada.
—Sabes muy bien de
qué se trata —repuso—. Así que no ofendas mi inteligencia rebajando a propósito
la tuya. No estuviste conmigo más de un mes. No, no pienses que ansío un
melodrama empalagoso o unos gestos patético-sentimentales. No espero nada de
una relación cuando termina, salvo conservar un buen recuerdo.
—Has empleado, me
parece, la palabra «relación»… La verdad es que asombra su amplitud semántica.
—Nada —Coral hizo
como si no le hubiera oído, pero no bajó la mirada—, salvo conservar un buen
recuerdo. No sé cómo será en tu caso, pero a mí, si te soy sincera, no me ha
ido demasiado bien al respecto. Debería esforzarme más en ese sentido. Creo que
no hace falta mucho. No sé, algo pequeño, pero bonito, un acorde final
agradable, que deje un grato recuerdo. ¿Te prestarías a algo así? ¿Querrás
venir a verme?
www.lectulandia.com
- Página 219
Al brujo no le dio
tiempo a responder. La campana del campanario empezó a tañer
ensordecedoramente, hubo diez toques en total. Después resonaron las trompetas,
en una fanfarria estruendosa, metálica y un tanto cacofónica. Los guardias, con
sus uniformes azules y rojos, separaron a la masa de invitados, formando un
pasillo. En el pórtico de entrada al palacio apareció el mariscal de la corte,
con una cadena dorada al cuello y un bastón, grande como un poste, en la mano.
Tras el mariscal venían los heraldos, tras los heraldos los senescales. Detrás
de éstos, con un kalpak de marta en la cabeza y un cetro en la mano, desfilaba
la figura huesuda y nervuda de Belohun, rey de Kerack. A su lado marchaba una
rubita flacucha tocada con un velo, que no podía ser sino la prometida del rey,
llamada a convertirse en un futuro inmediato en su esposa y reina. La rubita
llevaba un vestido blanco como la nieve, e iba hasta arriba de brillantes, en
una exhibición más bien excesiva, propia de nuevos ricos y de escaso gusto. Paseaba
sobre los hombros, al igual que el rey, un manto de armiño, que sostenían por
detrás unos pajes.
A continuación de
la pareja real, si bien como a una docena de pasos de los pajes que sostenían
el armiño, avanzaba la familia real. Entre ellos estaba, como es natural,
Egmund, que tenía a su lado a un sujeto muy rubio, casi albino, que no podía
ser más que su hermano Xander. Por detrás de los hermanos marchaba el resto de
la parentela, varones y hembras, acompañados de un grupo de niños y
adolescentes, que constituían, evidentemente, tanto la progenitura legítima
como la extraconyugal.
Avanzando entre los
invitados que saludaban con una reverencia y las damas que hacían una profunda
genuflexión, la comitiva real llegó a su meta: una plataforma que, por su
estructura, recordaba más bien a un patíbulo. En la plataforma, cubierta con un
baldaquino, adornada con gobelinos en los laterales, habían erigido dos tronos.
En ellos se sentaron el rey y la joven doncella. Al resto de la familia se le
ordenó permanecer de pie.
Por segunda vez las
trompetas hirieron los oídos con su estruendo de latón. El mariscal, agitando
las manos como un director de orquesta, animaba a los invitados a gritar,
vitorear y brindar. Por todas partes se oían y se repetían sumisamente los
deseos de salud duradera, de felicidad, de fortuna, de todo lo mejor, de una
larga vida, de una larga, larguísima y requetelarga vida, cortesanos e
invitados rivalizaban entre sí. Al rey Belohun no le cambiaba la expresión de
la cara, enfurruñada y altiva: su satisfacción ante los parabienes,
felicitaciones y peanes en su honor y en honor de su amada la mostraba
únicamente mediante leves movimientos del cetro.
El mariscal pidió
silencio a los invitados y empezó a pronunciar un discurso, estuvo largamente
hablando, pasando con fluidez de la grandilocuencia a la pomposidad y vuelta.
Geralt consagró toda su atención a la observación de la muchedumbre, porque lo
que es del discurso no se enteraba de la misa la media. El rey Belohun,
proclamaba a los cuatro vientos el mariscal, agradece sinceramente la presencia
de tan nutrida concurrencia, a la que se alegra de dar la bienvenida, y en día
tan señalado desea a sus invitados lo mismo que éstos le desean a él. La
ceremonia
www.lectulandia.com
- Página 220
nupcial se
celebrará por la tarde, que hasta ese momento los invitados coman, beban y
disfruten de las numerosas atracciones planificadas con esta ocasión.
El resonar de las
trompetas anunció el final de la parte oficial. La comitiva real empezó a
abandonar los jardines. Entre los huéspedes, Geralt pudo detectar a algunos
grupos que se comportaban de un modo harto sospechoso. Uno en particular no le
gustó nada, pues no se inclinaban tan profundamente como otros ante la
comitiva, y además intentaban abrirse paso hacia las puertas del palacio. El
brujo se desplazó ligeramente hacia el pasillo formado por los soldados
uniformados en rojo y azul. Lytta iba a su lado.
Belohun marchaba
mirando fijamente al frente. La joven doncella iba pendiente de todo, de vez en
cuando inclinaba la cabeza a los invitados que la saludaban. Un soplo de viento
le levantó el velo fugazmente. Geralt vio unos grandes ojos azules. Vio cómo esos
ojos encontraban de pronto en medio de la muchedumbre a Lytta Neyd. Y cómo
brillaban de odio esos ojos. Un odio límpido, claro, destilado.
Fue cosa de un
segundo, después resonaron las trompetas, la comitiva siguió adelante, los
guardias empezaron a marchar. El grupillo con un comportamiento sospechoso no
tenía más objetivo, al parecer, que una mesa con vino y entrantes, la cual
asaltó y saqueó, adelantándose a otros invitados. En una serie de estrados
improvisados, levantados en distintos sitios, dieron comienzo las actuaciones:
tocaban orquestas de guzlas, zanfonas, flautines y caramillos, cantaban coros.
Los juglares actuaban después de los volatineros, los forzudos cedían el sitio
a los acróbatas, los funambulistas reemplazaban a las bailarinas con pandereta
ligeras de ropa. La cosa se iba animando. Las mejillas de las señoras empezaban
a ruborizarse, las frentes de los caballeros a brillar sudorosas, las voces de
unas y de otros iban subiendo de volumen. Y se volvían ligeramente
estropajosas.
Lytta arrastró al
brujo, llevándolo detrás de un pabellón. Ahuyentaron a una pareja que se había
ocultado allí con evidentes propósitos sexuales. La hechicera ni se inmutó,
casi no se dio ni cuenta.
—No sé lo que se
está tramando aquí —dijo—. No lo sé, aunque ya me imagino por qué estás tú
aquí. Pero ten los ojos bien abiertos y todo lo que hagas hazlo con juicio. La
prometida del rey es ni más ni menos que Ildiko Breckl.
—No te pregunto si
la conoces. He visto esa mirada.
—Ildiko Breckl
—insistió Coral—. Así es como se llama. La echaron de Aretusa en el tercer año.
Por pequeños hurtos. Por lo que veo, no le ha ido mal en la vida. No llegó a
hechicera, pero en unas horas será reina. Una cerecita con nata, y unas
narices. ¿Diecisiete años? Viejo chocho. Ildiko tiene sus buenos veinticinco.
—Y te aprecia más
bien poco.
—El sentimiento es
mutuo. Es una intrigante por naturaleza, allá adonde va siempre hay problemas.
Y eso no es todo. Esa fragata con las velas negras que ha arribado al puerto.
Ya sé qué barco es ése, he oído hablar de él. Es el Aquerontia. Tiene muy mala
fama. Allí donde aparece, suele pasar algo.
www.lectulandia.com
- Página 221
—¿Como qué, por
ejemplo?
—Lleva una
tripulación de mercenarios, a quienes, por lo visto, se puede contratar para
cualquier cosa. ¿Y para qué, en tu opinión, se puede contratar a unos
mercenarios? ¿Para trabajos de albañilería? —Tengo que irme. Disculpa, Coral.
—Ocurra lo que
ocurra —dijo despacio, mirándole a los ojos—. Pase lo que pase, yo no puedo
verme implicada en eso.
—Descuida. No tengo
intención de pedirte ayuda.
—No me has
entendido bien.
—Con toda
seguridad. Disculpa, Coral.
Justo detrás de una
columnata cubierta de hiedra, Geralt se topó con Mozaïk, que estaba de vuelta.
Sorprendentemente tranquila y fría en medio del calor, el bullicio y el
ajetreo.
—¿Dónde está
Jaskier? ¿Te ha dejado sola?
—Pues sí —suspiró—.
Pero se ha excusado amablemente, también ha rogado que le perdonéis. Le han
requerido para una actuación en privado. En los aposentos de palacio, para la
reina y su camarera. No ha podido rehusar.
—¿Quién se lo ha
pedido?
—Un hombre con
aspecto de soldado. Y una extraña expresión en los ojos.
—Tengo que irme.
Disculpa, Mozaïk.
Detrás de un
pabellón que se distinguía por sus cintas de colores, se había congregado la
multitud, allí servían comida: pasteles, salmón y pato en áspic. Geralt se
abrió camino como pudo, buscando al capitán Ropp o a Ferrant de Lettenhove. En
su lugar, se dio de frente con Febus Ravenga. El restaurador parecía un
aristócrata. Vestía un jubón de brocado, y hermoseaba su cabeza un sombrero
adornado con un penacho de orgullosas plumas de avestruz. Le acompañaba la hija
de Pyral Pratt, distinguida y elegante en un negro atuendo varonil.
—Oh, Geralt —se
alegró Ravenga—. Permite, Antea, que te presente: Geralt de Rivia, el famoso
brujo. Geralt, ésta es doña Antea Denis, intemediaria. Tómate un vino con
nosotros…
—Perdonad —se
disculpó—, pero tengo prisa. Además, ya conocía a doña Antea, aunque no en
persona. Si yo estuviera en tu lugar, Febus, no le compraría a ella nada.
Algún eminente
lingüista había decorado el pórtico por el que se accedía al palacio con una
pancarta que decía: CRESCITE ET MULTIPLICAMINI. Y Geralt tuvo que detenerse
ante las astas cruzadas de unas alabardas.
—Está prohibido el
paso.
—Tengo que ver
urgentemente al instigator real.
—Está prohibido el
paso. —Por detrás de los alabarderos apareció el jefe de la guardia. Llevaba un
espontón en la mano izquierda. Un dedo sucio de la derecha se lo
www.lectulandia.com
- Página 222
plantó a Geralt en
toda la nariz—. Prohibido, ¿qué es lo que no entiende el señor? —Si no apartas
el dedo de mi cara, te lo romperé por varios sitios. Eso es, así está
mejor. ¡Y ahora
llévame hasta el instigator!
—Cada vez que te
encuentras con un guardia, se arma el lio —dijo Ferrant de Lettenhove a
espaldas del brujo, debía de haber estado buscándolo—. Es un grave defecto de
tu carácter. Podría traerte consecuencias indeseables.
—No me gusta que me
prohíban el paso.
—Para eso están los
vigilantes y los guardianes. No serían necesarios si estuviera permitido el
acceso a todas partes. Dejadle pasar.
—Tenemos órdenes
del rey en persona. —El jefe de la guardia frunció el ceño—. ¡No dejar pasar a
nadie sin registrarlo!
—Pues entonces
registradlo.
El registro fue
exhaustivo, los guardianes no remolonearon, miraron a fondo, no se limitaron a
un toqueteo apresurado. No encontraron nada, el estilete que Geralt solía
llevar en la caña de las botas no lo había llevado a las bodas.
—¿Satisfechos? —El
instigator miró al jefe de la guardia de arriba abajo—.
Apartaos pues y
dejadnos pasar.
—Su señoría me
sabrá disculpar —dijo de mala gana el jefe de la guardia—. La orden del rey era
muy clara. Afecta a todo el mundo.
—¿Cómo dices? ¡No
te confundas, muchacho! ¿Sabes con quién estás hablando? —Nadie sin registrar.
—El jefe les hizo un gesto a los guardianes—. La orden era clara. Espero que su
señoría no nos ponga las cosas difíciles. Para nosotros… y para
su señoría.
—¿Qué está pasando
hoy aquí?
—A ese respecto,
ruego a su señoría que se dirija a mis superiores. A mí me han ordenado que
registre a todo el mundo.
El instigator
maldijo entre dientes, se sometió al registro. No llevaba encima ni un
cortaplumas.
—Me gustaría saber
qué significa todo esto —dijo cuando por fin se adentraron por el pasillo—.
Estoy muy preocupado. Muy preocupado, brujo.
—¿Has visto a
Jaskier? Se supone que lo han llamado a palacio para un recital.
—No sé nada de eso.
—¿Y sabes que ha
arribado al puerto el Aquerontia? ¿Te dice algo ese nombre? —Y tanto. Y aumenta
mi preocupación. Con cada minuto que pasa. ¡Vamos
rápido!
En el vestíbulo —en
otros tiempos, atrio del templo— rondaban los guardianes armados de partesanas,
también se veían uniformes azules y rojos en las galerías. De los pasillos
llegaba un rumor de pasos y voces.
—¡Eh! —el
instigator se dirigió a uno de los soldados con los que se cruzó—. ¡Sargento!
¿Qué está pasando aquí?
—Disculpad,
señoría… Corro a cumplir una orden…
www.lectulandia.com
- Página 223
—¡Alto, te digo!
¿Qué pasa aquí? ¡Exijo explicaciones! ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está el príncipe
Egmund?
—Don Ferrant de
Lettenhove.
En la puerta, bajo
unos pendones con el delfín azur, escoltado por cuatro fornidos pretorianos
ataviados con casacas de cuero, estaba el mismísimo rey Belohun. Se había
despojado de los atributos reales, de modo que no parecía un monarca. Parecía
un aldeano cuya vaca acaba de parir. Trayendo al mundo un precioso ternerito.
—Don Ferrant de
Lettenhove. —En la voz del rey también resonaba la alegría por el
alumbramiento—. Instigator real. O sea, mi instigator. ¿O tal vez no es mío?
¿Tal vez es de mi hijo? Te presentas, a pesar de que no te he llamado. En
realidad, estar aquí en estos momentos es una de las obligaciones de tu cargo,
pero el caso es que no te he llamado. Que se divierta Ferrant, pensé, que coma,
que beba, que se pille a alguna pelandusca y se la cepille en un cenador. No
voy a llamar a Ferrant, no lo quiero aquí. ¿Sabes por que no te quería aquí?
Porque no estaba seguro de a quién servías. ¿A quién sirves, Ferrant?
—Sirvo —el
instigator hizo una profunda reverencia— a vuestra majestad. Y estoy entregado
por entero a vuestra majestad.
—¿Lo habéis oído
todos? —El rey miró a su alrededor en un gesto teatral—. ¡Ferrant está
entregado a mí! Bien, Ferrant, bien. Ésa era la respuesta que esperaba,
instigator real. Puedes quedarte, eres de mi agrado. Ahora mismo pienso
abrumarte con toda clase de tareas propias de un instigator… ¡Vaya! ¿Y éste?
¿Quién es éste? ¡Un momento, un momento! ¿No será el brujo ese que ha cometido
un fraude? ¿El que nos señaló la hechicera?
—Ha resultado ser
inocente, la hechicera fue inducida a error. Hubo una denuncia…
—No se denuncia a
los inocentes.
—Así lo ha decidido
el tribunal. La causa se ha archivado por falta de pruebas. —Pero hubo una
causa, vamos, que algo olía mal. Las decisiones y las sentencias
de los tribunales
no se basan en las fantasías y los caprichos de los funcionarios judiciales,
sino que malos olores se desprenden del meollo del asunto. Basta de esto, no
pienso perder el tiempo con una conferencia sobre jurisprudencia. En el día de
mi boda puedo mostrarme magnánimo, no voy a ordenar que lo encierren, pero que
este brujo desaparezca de mi vista inmediatamente. ¡Y no quiero volver a verlo!
—Majestad… Estoy
preocupado… Al parecer, ha llegado al puerto el Aquerontia. En esta situación,
las consideraciones relativas a la seguridad nos imponen, con vistas a
garantizar vuestra protección… El brujo podría…
—¿Qué es lo que
podría? ¿Cubrirme con su pecho? ¿Hacer frente a los atacantes con sus
encantamientos brujeriles? ¿Ésa fue la misión que le encomendó Egmund, mi
afectuoso hijo? ¿Defender a su padre y proporcionarle protección? Bueno, haz el
favor de venir conmigo, Ferrant. Ah, qué diablos, ven tú también, brujo. Os voy
a enseñar una cosa. Vais a ver cómo me preocupo por mi propia seguridad y cómo
me
www.lectulandia.com
- Página 224
protejo a mí mismo.
Fijaos bien. Escuchad. A lo mejor aprendéis algo. Y descubrís algo. Sobre
vosotros mismos. ¡Venga, seguidme!
Echaron a andar,
apremiados por el rey y escoltados por los pretorianos con casacas de cuero.
Llegaron a una sala grande. En una tarima, bajo un plafón pintado con olas y
monstruos marinos, había un trono, y en él se sentó Belohun. Enfrente, bajo un
fresco que representaba un mapa estilizado del mundo, sentados en un banco,
escoltados por otro grupo de pretorianos, estaban los hijos del rey. Los
príncipes de Kerack. Egmund, negro como un cuervo, y Xander, rubio casi albino.
Belohun se
arrellanó en el trono. Miró a sus hijos de arriba abajo, con la mirada de un
triunfador ante quien se arrodillan, implorando piedad, los enemigos derrotados
en la batalla. No obstante, en los cuadros que Geralt había visto antes, los
triunfadores solían exhibir en sus rostros un aire de gravedad, de dignidad, de
nobleza y de respeto por los vencidos. Habría sido inútil buscar algo de eso en
el rostro de Belohun. En él se reflejaba únicamente el escarnio más ponzoñoso.
—Mi bufón de corte
—declaró el rey— se puso ayer malo. Tiene cagalera. Mala suerte, pensé, nos
quedamos sin chistes, nos quedamos sin facecias, nos quedamos sin risas. Me
equivoqué. Hay risas. Para partirse. Porque vosotros, vosotros dos, hijos míos,
sois ridículos. Patéticos, pero ridículos. Durante años, os lo aseguro, con mi
mujer en el lecho, después de los juegos y los torneos de amor, cuantas veces
nos acordemos de vosotros dos, de este día, vamos a reímos hasta que se nos
salten las lágrimas. Al fin y al cabo, no hay nada más divertido que un tonto.
Xander, no era
difícil advertirlo, estaba asustado. No paraba de pasear los ojos por la sala y
sudaba intensamente. Egmund, por el contrario, no daba muestras de temor.
Miraba directamente al padre a los ojos, con idéntica acritud.
—Dice la sabiduría
popular: espera lo mejor y prepárate para lo peor. Así pues, estaba preparado
para lo peor. Porque, ¿qué puede haber peor que la traición de tus propios
hijos? Entre vuestros conmilitones de mayor confianza he infiltrado a agentes
míos. Vuestros colaboradores os han traicionado a las primeras de cambio, en
cuanto he ejercido la menor presión sobre ellos. Vuestros factótums y favoritos
han huido sin más de la ciudad.
»Sí, hijos míos.
¿Pensabais que soy ciego y estúpido? ¿Que estoy viejo y oxidado, que soy un
incapaz? ¿Pensabais que no me daba cuenta de que los dos aspirabais al trono y
a la corona? ¿Que los deseáis como el cerdo desea las trufas? El cerdo, en
cuanto husmea una trufa, se vuelve idiota. De deseo, de avidez, de ganas y de
apetito salvaje. El cerdo enloquece, gruñe, chilla, no hace caso de nada, sólo
le preocupa llegar hasta las trufas. Para quitárselo de encima, hay que darle
una manta de palos. Y vosotros, hijos míos, habéis resultado unos cerdos. En
cuanto olisqueasteis un hongo, os volvisteis locos de ganas y de apetito. Pero
vais a conseguir una mierda, nada de trufas. Y también, claro está, vais a
saborear el palo. Habéis actuado contra mí, hijos, os habéis rebelado contra mi
poder y contra mi persona. La salud de la gente que actúa contra mi suele
sufrir repentinos empeoramientos. Es un hecho confirmado por
www.lectulandia.com
- Página 225
la ciencia médica.
»Ha echado el ancla
en el puerto la fragata Aquerontia. Ha venido hasta aquí obedeciendo órdenes
mías, yo he contratado al capitán. El juicio se celebrará mañana por la mañana,
antes de mediodía se habrá dictado sentencia. Y a mediodía los dos estaréis en
ese barco. Sólo os permitirán abandonar la nave una vez que haya dejado atrás
el faro de Peixe de Mar. Lo que en la práctica significa que vuestro nuevo
lugar de residencia será Nazair. Ebbing. Maecht. O Nilfgaard. O el mismísimo
fin del mundo y la antesala del infierno, si tenéis el capricho de viajar hasta
allí. Porque lo que es aquí, a estas tierras, no volveréis nunca más. Nunca
más. Si en algo apreciáis vuestras cabezas.
—¿Pretendes
desterrarnos? —estalló Xander—. ¿Igual que desterraste a Viraxas?
¿También prohibirás
pronunciar nuestros nombres en la corte?
—A Viraxas lo
desterré en un arrebato de ira y sin que mediara una sentencia. Lo cual no
quiere decir que no vaya a ordenar ejecutarlo en caso de que osara volver. A
vosotros dos os condenará a destierro un tribunal. Legalmente y conforme a
derecho.
—¿Tan seguro estás?
¡Veremos! ¡Veremos lo que dice el tribunal ante tamaña arbitrariedad!
—El tribunal sabe
qué clase de fallo espero, y ése será el fallo que emita. Por unanimidad. Sin
un solo voto particular.
—¡Seguro que por
unanimidad! ¡En este país los tribunales son independientes! —Los tribunales
sí. Pero los jueces no. Mira que eres tonto, Xander. Tu madre era
más simple que un
chupete, tú has salido a ella. Seguro que este golpe tampoco lo has tramado tú
solito, todo lo ha planeado alguno de tus favoritos. Pero en definitiva me
alegro de que te haya dado por conspirar, estoy encantado de librarme de ti. El
caso de Egmund es distinto, sí, Egmund tiene talento. Un brujo contratado por
el hijo concienzudo para proteger al padre, ¡ay!, con cuanta inteligencia lo
guardaste en secreto, de tal modo que todos llegaran a saberlo. Y luego ese
veneno por contacto. Qué cosa más astuta, ese veneno: la comida y las bebidas
las doy a catar, pero, ¿quién iba a reparar en el mango del atizador de la
chimenea de los aposentos reales? ¿Un atizador que no usa nadie más que yo y
que no dejo tocar a nadie? Muy astuto, muy astuto, hijo. Sólo que tu
envenenador te traicionó, así son las cosas, los traidores traicionan a los
traidores. ¿Cómo es que estás tan callado, Egmund? ¿No tienes nada que decir?
Los ojos de Egmund
miraban con fríaldad, seguía sin haber en ellos ni sombra de temor. La
perspectiva del destierro no le asusta lo más mínimo, comprendió Geralt, no
está pensando en el exilio ni en su vida en el extranjero, no está pensando en
el Aquerontia, no está pensando en Peixe de Mar. Entonces, ¿en qué estará
pensando?
—¿No tienes
—insistió el rey— nada que decir, hijo?
—Sólo una cosa
—dijo Egmund de mala gana—. Una de esas sentencias populares que tanto te
gustan. No hay nada más estúpido que un viejo estúpido. Recuerda mis palabras,
querido padre. Cuando llegue la hora.
www.lectulandia.com
- Página 226
—Agarradlos,
encerradlos y vigiladlos —ordenó Belohun—. Ésa es tarea tuya, Ferrant, es
misión del instigator. Y ahora que vengan el sastre, el mariscal y el notario,
todos los demás fuera de aquí. Y tú, brujo… Hoy has aprendido algo, ¿a que sí?
¿Has descubierto algo sobre ti mismo? ¿En concreto, que eres un pardillo y un
ingenuo? Si lo has comprendido, ya habrás sacado algo positivo de tu visita de
hoy. Visita que finaliza ahora mismo. ¡Eh, ahí, que vengan dos hombres!
Conducid al brujo aquí presente hasta las puertas de palacio y ponedlo de
patitas en la calle. ¡Y cuidad que no pille por el camino alguna pieza de plata
de la cubertería!
En el pasillo,
pasado el vestíbulo, les cortó el paso el capitán Ropp. En compañía de otros
dos individuos, de parecidos ojos, ademanes y actitud. Geralt se habría
apostado algo a que los tres habían servido alguna vez en la misma unidad. De
pronto comprendió. De pronto cayó en la cuenta de que sabía lo que iba a pasar,
sabía cómo se iban a desarrollar los acontecimientos. Por tanto, no le
sorprendió que Ropp declarara que él se hacía cargo de la vigilancia del
escoltado, ni que ordenara darse la vuelta a los guardias. Sabía que el capitán
le iba a mandar que le acompañara. Tal y como esperaba, los otros dos
individuos marcharon por detrás de ellos, a sus espaldas.
Ya se imaginaba con
quién se iba a encontrar en el cuarto adonde entraron. Jaskier estaba pálido
como un cadáver y visiblemente asustado. Pero no daba la
impresión de que
hubiera sufrido ningún daño. Estaba sentado en una silla de alto respaldo.
Detrás de la silla había un tipo flaco, con los cabellos peinados y recogidos
en una trenza. Tenía en la mano un estilete con la hoja alargada, fina y de
sección cuadrangular. El arma estaba pegada al cuello del poeta, por debajo de
la mandíbula, oblicuamente y apuntando hacia arriba.
—Nada de tonterías
—advirtió Ropp—. Nada de tonterías, brujo. Un solo movimiento precipitado,
aunque no sea más que un ligero titubeo, y el señor Samsa degüella al músico
como a un cerdo. Sin vacilar.
Geralt sabía que el
señor Samsa no iba a vacilar. Porque los ojos del señor Samsa eran aún más
desagradables que los de Ropp. Eran unos ojos con una expresión muy particular.
Personas con unos ojos como ésos se podían encontrar, de vez en cuando, en los depósitos
de cadáveres y en las salas de disección. No trabajaban allí para ganarse el
pan, ni mucho menos, sino para disfrutar de la posibilidad de satisfacer sus
pasiones más ocultas. Geralt ya entendía por qué estaba tan tranquilo el
príncipe Egmund. Por qué miraba sin temor al futuro. Y a los ojos de su padre.
—Se trata de que
seas obediente —dijo Ropp—. Si eres obediente, los dos salvaréis el pellejo.
»Si haces lo que te
ordenemos —siguió mintiendo el capitán—, os dejaremos libres a ti y al
cagaversos. Que te resistes, os mataremos a los dos.
—Estás cometiendo
un error, Ropp.
www.lectulandia.com
- Página 227
—El señor Samsa
—Ropp no hizo ni caso de la advertencia— se quedará aquí con el músico.
Nosotros, o sea, tú y yo, vamos a dirigirnos a los aposentos reales. Allí
estará la guardia. Tengo tu espada, como puedes ver. Te la entregaré, y tú te
ocuparás de la guardia. Y de cualquiera que pudiera venir en ayuda de la
guardia si es que ésta consigue dar la voz de alarma antes de que la liquides.
Al oír el alboroto, el ayuda de cámara guiará al rey por una salida secreta,
donde le esperarán los señores Richter y Tverdoruk. Los cuales alterarán en
alguna medida la sucesión al trono local y la historia de la monarquía local.
—Estás cometiendo
un error, Ropp.
—Ahora —dijo el
capitán, acercándose mucho—. Ahora me vas a confirmar si has comprendido cuál
es tu tarea y la vas a cumplir. Si no lo haces, antes de que yo cuente
mentalmente hasta tres el señor Samsa le atravesará al músico el tímpano del
oído derecho, y yo seguiré contando. Si no surte el efecto deseado, el señor
Samsa le pinchará en el otro oído. Y después le sacará un ojo al poeta. Y así
hasta el final, que será un pinchazo en los sesos. Empiezo a contar, brujo.
—¡No le hagas caso,
Geralt! —Jaskier, de forma milagrosa, consiguió que la voz le saliera de la
garganta contraida—. ¡No se atreverán a ponerme la mano encima! ¡Soy famoso!
—Me parece —juzgó
fríamente Ropp— que no nos está tomando en serio. Señor Samsa, el oído derecho.
—¡Quieto! ¡No!
—Mejor así. —Ropp
asintió con la cabeza—. Mejor así, brujo. Confirma que has entendido cuál es tu
cometido. Y que lo vas a cumplir.
—Primero el
estilete lejos del oído del poeta.
—Ah —bufó el señor
Samsa, levantando el arma por encima de la cabeza—. ¿Así vale?
—Sí, así vale.
Con la mano
izquierda Geralt cogió a Ropp de la muñeca y con la derecha agarró el puño de
su espada. De un fuerte tirón atrajo hacia sí al capitán y le propinó un
violento cabezazo en toda la cara. Se oyó un chasquido. Antes de que Ropp
cayera al suelo, el brujo desenvainó la espada, con un suave movimiento,
haciendo un giro en corto, le seccionó al señor Samsa la mano levantada con el
estilete. Samsa soltó un bramido, cayó de rodillas. Richter y Tverdoruk se
abalanzaron sobre el brujo armados con sendos estiletes, pero él, dando media
vuelta, saltó en medio de los dos. Sobre la marcha acuchilló a Richter en el
cuello, la sangre ascendió hasta la lámpara de araña que colgaba del techo.
Tverdoruk atacó, saltando y fintando con el arma, pero se tropezó con Ropp,
tendido en el suelo, y perdió el equilibrio por unos momentos. Geralt no le
permitió recuperarlo. Con una rápida acometida le hirió desde abajo en una
ingle, y otra vez, desde arriba, en la carótida. Tverdoruk cayó, se encogió en
un ovillo.
El señor Samsa
desconcertó a Geralt. Sin la mano derecha, perdiendo sangre por
www.lectulandia.com
- Página 228
el muñón, encontró
con la izquierda el estilete caído en el suelo. Y armado con él se lanzó sobre
Jaskier. El poeta chilló, pero exhibió presencia de ánimo. Se tiró de la silla
y se protegió tras ella de su atacante. Y Geralt ya no le permitió nada más al
señor Samsa. La sangre volvió a salpicar el techo, la araña y los restos de las
velas que estaban encajadas en la araña.
Jaskier se puso de
rodillas, apoyó la frente en la pared y vomitó generosamente, poniéndolo todo
perdido. Ferrant de Lettenhove irrumpió en el cuarto, en compañía de algunos
guardianes.
—¿Qué está pasando
aquí? ¿Qué es todo esto? ¡Julian! ¿Estás bien? ¡Julian! Jaskier levantó una
mano, dando a entender que respondería en breve, porque en
ese preciso momento
no tenía tiempo. Tras lo cual volvió a vomitar.
El instigator mandó
salir a los guardias, cerró la puerta tras de ellos. Examinó los cadáveres, con
cuidado de no pisar la sangre derramada y de que la sangre que goteaba de la
araña no le manchara el jubón.
—Samsa, Tverdoruk,
Richter —los identificó—. Y el capitán Ropp. Hombres de confianza del príncipe
Egmund.
—Cumplían órdenes.
—El brujo se encogió de hombros, mirando su espada—.
Lo mismo que tú, se
atuvieron a las órdenes recibidas. Y tú no sabías nada de esto.
Confírmalo,
Ferrant.
—Yo no sabía nada
de esto —se apresuró a asegurar el instigator, y se echó para atrás, con la
espalda apoyada en la pared—. ¡Lo juro! No sospecharás… No creerás…
—Si lo creyera, ya
no vivirías. Te creo. No ibas a poner así en peligro la vida de Jaskier.
—Hay que informar
de esto al rey. Me temo que para el príncipe Egmund puede significar una
enmienda y un anexo al acta de acusación. Ropp aún vive, me parece. Confesará…
—Dudo que pueda
hacerlo.
El instigator
observó al capitán, que yacía rígido en medio de un charco de orina, babeando
en abundancia y tiritando sin parar.
—¿Qué tiene?
—Esquirlas de los
huesos nasales en el cerebro. Y seguramente algunos fragmentos en los globos
oculares.
—Le has sacudido
demasiado fuerte.
—Así es como he
querido. —Geralt limpió la hoja de la espada con un mantelillo que quitó de una
mesa—. Jaskier, ¿qué tal? ¿Todo bien? ¿Puedes ponerte en pie?
—Todo bien
—farfulló Jaskier—. Ya estoy mejor. Mucho mejor… —Nadie diría que estás mejor.
—¡Qué diablos,
acabo de librarme por poco de la muerte! —El poeta se levantó, apoyándose en
una cómoda—. La leche, no he tenido tanto miedo en mi vida… He tenido la
sensación de que me estallaba el fondo del culo. Y de que todo lo de dentro
www.lectulandia.com
- Página 229
salia volando hacia
abajo, incluidos los dientes. Pero en cuanto te vi supe que me ibas a salvar.
Es decir, no es que lo supiera, pero desde luego contaba con ello… Ostras,
cuánta sangre hay aquí… ¡Qué mal huele! Me da que voy a volver a potar…
—Vamos a ver al rey
—dijo Ferrant de Lettenhove—. Dame tu espada, brujo… Y límpiate un poco. Tú,
Julian, quédate…
—Sí, claro. Yo no
me quedo aquí solo ni un momento. Prefiero pegarme bien a Geralt.
El acceso a las
antecámaras reales estaba controlado por unos guardianes, no obstante,
reconocieron al instigator y le permitieron pasar. En cuanto al acceso a los
aposentos propiamente dichos, la cosa no fue tan fácil. Un heraldo, dos
senescales y su escolta, integrada por cuatro pretorianos, constituía una
barrera infranqueable.
—El rey —informó el
heraldo— se está probando el atuendo nupcial. Ha prohibido que se le moleste.
—¡Venimos por un
asunto muy importante y que no admite demora!
—El rey ha
prohibido categóricamente que se le moleste. Además, al señor brujo se le había
ordenado, si no me equivoco, que abandonara el palacio. ¿Qué hace aquí todavía?
—Se lo explicaré al
rey. ¡Os rogamos que nos dejéis pasar!
Ferrant apartó al
heraldo, dio un empujón al senescal. Geralt siguió sus pasos. Pero de ese modo
consiguieron llegar únicamente hasta el umbral de los aposentos reales, por
detrás de una serie de cortesanos que se habían congregado en ese punto. A
partir de ahí fueron los pretorianos con casacas de cuero quienes les cortaron
el paso, arrinconándolos contra la pared a una orden del heraldo. Mostraron muy
poca delicadeza, si bien Geralt siguió el ejemplo del instigator y no ofreció
resistencia.
El rey estaba de
pie sobre un taburete bajo. Un sastre con alfileres en la boca le arreglaba las
calzas. A su lado estaba el mariscal de la corte y un tipo vestido de negro,
probablemente el notario.
—Inmediatamente
después de la ceremonia nupcial —decía Belohun— anunciaré que el heredero al
trono será el hijo que me dé la que hoy se convierte en mi esposa. Esta
decisión debería asegurarme su favor y obediencia, je, je. También me
proporcionará un poco de tiempo y de paz. Pasaran como veinte años antes de que
el mocoso alcance la edad en que uno empieza a intrigar.
»Pero —el rey hizo
una mueca y le guiñó el ojo al mariscal—, si me da la gana, puedo desdecirme y
nombrar sucesor a cualquier otro. Al fin y al cabo, éste es un matrimonio
morganático, y los hijos de tales matrimonios no heredan los títulos, ¿no es
así? ¿Y quién está en condiciones de prever cuánto voy a aguantar con ella? ¿O
es que no hay otras mozas en el mundo, más guapas y más jóvenes que ella? Así
pues, habrá que redactar los correspondientes documentos, unas capitulaciones o
algo por el estilo. Espera lo mejor y prepárate para lo peor, je, je, je.
www.lectulandia.com
- Página 230
El ayuda de cámara
le entregó al rey una bandeja con abundantes joyas. —Llévate esto —se enfadó
Belohun—. No pienso cargarme de pedrería como un
pisaverde o un
nuevo rico. Sólo voy a ponerme esto. Es un regalo de mi amada. Pequeño, pero de
buen gusto. Un medallón con el escudo de mi país, conviene que lleve este
escudo. Son palabras suyas: el escudo del país en el cuello, el bien del país
en el corazón.
Transcurrió algún
tiempo antes de que Geralt, arrinconado contra la pared, pudiera atar cabos.
El gato, golpeando
con la zarpa un medallón. Un medallón de oro con una cadena. Un esmalte
celeste, un delfín. D’or, dauphin nageant d’azur, lorré, peautré, oreillé,
barbé et crêté de gueules.
Era demasiado tarde
para reaccionar. A Geralt ni siquiera le dio tiempo a gritar, a avisar. Vio
cómo la cadena dorada se contraía de pronto, cerrándose sobre el cuello del rey
como un garrote. Belohun se puso rojo, abrió la boca, no consiguió ni tomar aire
ni gritar. Se agarró el cuello con las dos manos, tratando de arrancarse el
medallón o, cuando menos, de introducir los dedos por debajo de la cadena. No
fue capaz, la cadena se hundió profundamente en su cuello. El rey cayó del
taburete, bailó, empujó al sastre. El sastre se trastabilló, se ahogó, por poco
no se traga sus alfileres. Se echó encima del notario, los dos fueron a parar
al suelo. Mientras tanto Belohun se puso azul, con los ojos en blanco, se
derrumbó, sacudió varias veces las piernas, se quedó rígido. E inmóvil.
—¡Socorro! ¡El rey
se ha desmayado!
—¡Un médico!
—clamaba el mariscal—. ¡Avisad a un médico! —¡Por todos los dioses! ¿Qué ha
pasado? ¿Qué le ha pasado al rey? —¡Un médico! ¡Rápido!
Ferrant de
Lettenhove se llevó las manos a las sienes. Tenía una expresión extraña. La
expresión de alguien que poco a poco empieza a comprender.
Colocaron al rey en
un diván. El médico reclamado lo estuvo examinando detenidamente. A Geralt no
le dejaron acercarse, no le permitieron observarlo. No obstante, sabía que
había habido tiempo para que la cadena recobrase su forma anterior antes de la
llegada del galeno.
—Apoplejía
—dictaminó, incorporándose, el médico—. Causada por la asfixia. Unos vapores
aéreos malignos se han introducido en el cuerpo y han intoxicado los humores.
La culpa es de estas incesantes tormentas, que aumentan el calor de la sangre.
Nuestro buen y amado rey ya no vive. Ha dejado este mundo.
El mariscal daba
gritos, se cubrió el rostro con las manos. El heraldo se agarró el bonete con
ambas manos. Algún cortesano empezó a gimotear. Varios se arrodillaron.
En el pasillo y el
vestíbulo resonó de pronto el eco de unos pasos recios. En la puerta apareció
un gigante, un tío que mediría siete pies de altura, tal cual. Con el uniforme
de la guardia, pero con distintivos del más alto rango. Acompañaban al gigante
unos hombres con pañuelos en la cabeza y aretes en las orejas.
www.lectulandia.com
- Página 231
—Señores —dijo el
gigante en medio del silencio—, tengan la gentileza de dirigirse a la sala del
trono. De inmediato.
—¿A qué sala del
trono? —protestó el mariscal—. Y, ¿para qué? ¿No os dais cuenta, señor De
Santis, de lo que acaba de pasar aquí? ¿De la desgracia que ha ocurrido? No
entendéis…
—A la sala del
trono. Son órdenes del rey.
—¡El rey ha muerto!
—Viva el rey. A la
sala del trono, os lo ruego. Todos. De inmediato.
En la sala del
trono, bajo el plafón con tritones, sirenas e hipocampos, se había reunido como
una docena de hombres. Algunos llevaban pañuelos de colores en la cabeza, otros
sombreros de marinos con cintas. Todos estaban bronceados, todos llevaban aretes
en las orejas.
Mercenarios. No era
difícil de adivinar quiénes eran. La tripulación de la fragata Aquerontia.
En el trono, sobre
la tarima, se había sentado un hombre de cabello oscuro y ojos igualmente
oscuros, con una nariz prominente. También él estaba bronceado. Pero no llevaba
ningún arete en la oreja.
A su lado, en una
silla que le habían acercado, se sentaba Ildiko Breckl, con el mismo vestido
blanco como la nieve y los mismos brillantes de antes. La que hacía nada era la
prometida y amada del rey contemplaba al hombre de cabello oscuro con una mirada
henchida de admiración. Geralt, desde hacía ya un buen rato, estaba tratando de
adivinar tanto el desarrollo de los acontecimientos como sus causas,
relacionando unos hechos con otros y atando cabos. Pero ahora, en ese preciso
instante, hasta alguien muy corto de entendederas tenía que ver y darse cuenta
de que Ildiko Breckl y el hombre de cabello oscuro ya se conocían, y muy bien.
Y seguramente desde hacía mucho tiempo.
—El príncipe
Viraxas, hijo del rey, hasta hace un momento heredero del trono y de la corona
—anunció el gigante, De Santis, con sonora voz de barítono—. Y ahora mismo rey
de Kerack, legitimo soberano del país.
El primero que se
inclinó ante él, haciendo a continuación una genuflexión, fue el mariscal de la
corte. Después le rindió pleitesía el heraldo. Siguió su ejemplo el senescal,
inclinando profundamente la cabeza. El último en inclinarse ante él fue Ferrant
de Lettenhove.
—Su majestad.
—Por ahora basta
con «su alteza» —le corrigió Viraxas—. El título de majestad me convendrá tras
la coronación. Coronación que, por otra parte, tampoco debemos demorar. Cuanto
antes mejor. ¿No es verdad, señor mariscal?
Reinaba un completo
silencio. Se podía oír cómo a alguno de los cortesanos le sonaban las tripas.
—Mi añorado padre
ya no vive —proclamó Viraxas—. Ha ido a reunirse con sus gloriosos antepasados.
Mis dos hermanos menores, algo que no me sorprende, han
www.lectulandia.com
- Página 232
sido acusados de un
delito de alta traición. El proceso se celebrará de conformidad con lo
dispuesto por el difunto rey, mis dos hermanos serán declarados culpables y en
cumplimiento de la sentencia del tribunal abandonarán Kerack para siempre. A
bordo de la fragata Aquerontia, que yo mismo he fletado… junto a mis poderosos
amigos y protectores. Sabemos que el difunto rey no ha dejado ningún testamento
válido ni otras disposiciones oficiales referentes a la sucesión. Respetaría la
voluntad del rey en caso de existir tales disposiciones. Pero no existen. Por
tanto, el derecho a la sucesión a la corona recae sobre mí. ¿Hay alguien de los
aquí presentes que desee oponerse?
No había nadie
entre los allí presentes. Todos los allí presentes estaban suficientemente
dotados de sentido común y de instinto de conservación.
—Entonces, pido que
empecemos con los preparativos de la coronación, y que se ocupen de ello las
personas competentes. La coronación va a ir unida al casamiento. Pues he
decidido revitalizar una antigua tradición de los reyes de Kerack, una norma
establecida hace ya siglos. Según la cual, si el novio fallece antes de que
llegue a celebrarse el enlace nupcial, la prometida está obligada a casarse con
el pariente más próximo que no esté casado.
Ildiko Breckl, se
le notaba en la cara radiante, estaba dispuesta a acatar desde ya esa antigua
tradición. El resto de los allí reunidos callaban, intentando sin duda recordar
quién, cuando y con ocasión de qué había instaurado dicha tradición. Y cómo era
posible que aquella tradición hubiera sido introducida hacía siglos, cuando el
reino de Kerack no contaba ni con cien años de existencia. No obstante, las
frentes de los cortesanos, contraídas en el esfuerzo intelectual, pronto se
relajaron. Todos, como un solo hombre, llegaron a la conclusión adecuada. Pues,
si bien todavía no se había sustanciado la coronación y de momento sólo era su
alteza, Viraxas ya era de hecho el rey, y al rey siempre se le debe obediencia.
—Desaparece de
aquí, brujo —susurró Ferrant de Lettenhove, poniéndole a Geralt su espada en la
mano—. Llévate de aquí a Julian. Desapareced los dos. No habéis visto nada, no
habéis oído nada. Que nadie os asocie con todo esto.
—Soy consciente
—Viraxas paseó la mirada por todos los cortesanos allí reunidos— y puedo
comprender que para algunos de los aquí presentes la situación es sorprendente.
Que para algunos se están produciendo unos cambios demasiado inesperados y
repentinos, que los acontecimientos se suceden con excesiva celeridad. Tampoco
puedo excluir que para algunos de los aquí presentes las cosas no estén
ocurriendo como ellos tenían pensado y la situación no sea de su agrado. El
coronel De Santis no ha tardado en adoptar la decisión correcta y me ha jurado
lealtad. Lo mismo espero de todos los demás.
»Empecemos —hizo un
gesto— por el fiel servidor de mi añorado padre. Ejecutor, asimismo, de las
órdenes de mi hermano, quien atentó contra la vida de mi padre. Empecemos por
el instigator real, don Ferrant de Lettenhove.
El instigator hizo
una reverencia.
—No te vas a librar
de una investigación —anunció Viraxas—. Que aclare qué
www.lectulandia.com
- Página 233
papel has
desempeñado en la conjura de los príncipes. La conjura ha sido un fiasco, cosa
que descalifica a los conjurados, por incompetentes. Podría perdonar el error,
pero no la incompetencia. No en un instigator, en un guardián de la ley. Pero
eso luego, vamos a empezar por las cuestiones más básicas. Acércate, Ferrant.
Queremos que muestres y demuestres a quién sirves. Queremos que nos rindas la
debida pleitesía. Que te arrodilles a los pies del trono. Y que beses nuestra
mano real.
El instigator se
dirigió obediente hacia la tarima.
—Vete de aquí —aún
tuvo tiempo de susurrar—. Vete cuanto antes, brujo.
En los jardines
seguían pasándoselo en grande.
Lytta Neyd no tardó
en fijarse en la sangre que había en el puño de la camisa de Geralt. Mozaïk
también se dio cuenta, y a diferencia de Lytta se puso pálida.
Jaskier pilló dos
copas de la bandeja de un paje que pasaba por allí, las vació de un trago, una
detrás de otra. Pilló otras dos, se las ofreció a las damas. No quisieron.
Jaskier se bebió una, la otra se la dio a Geralt, a regañadientes. Coral,
entornando los ojos, miró fijamente al brujo, con una evidente tensión.
—¿Qué ha pasado?
—Ahora mismo te vas
a enterar.
La campana del
campanario empezó a tañer. En un tono tan siniestro, tan fúnebre y quejumbroso
que los invitados, que estaban festejando, se callaron.
El mariscal de la
corte y el heraldo subieron a la plataforma que recordaba a un patíbulo.
—Embargados por el
dolor y la aflicción —declaró el mariscal en medio del silencio—, nos vemos
obligados a trasladar una luctuosa noticia a los presentes. El rey Belohun I,
nuestro amado, bondadoso y benevolente soberano, señalado por la mano cruel del
destino, ha fallecido de forma repentina, abandonando este mundo. ¡Pero en
Kerack no mueren los reyes! ¡El rey ha muerto, viva el rey! ¡Que viva su
majestad el rey Viraxas! ¡El hijo primogénito del finado rey, el sucesor
legítimo al trono y a la corona! ¡Rey Viraxas I! ¡Tres veces viva! ¡Viva el
rey! ¡Viva!
Un coro de
aduladores, pelotilleros y lameculos secundó el grito. El mariscal los acalló
con un gesto.
—El rey Viraxas
está sumido en el pesar, al igual que toda la corte. El banquete ha sido
suspendido, se ruega a los invitados que abandonen el recinto del palacio. El
rey tiene intención de celebrar en breve sus propias nupcias, entonces tendrá
lugar un nuevo banquete. Para que los alimentos no se echen a perder, el rey ha
dado orden de que se trasladen a la ciudad y se ofrezcan en la plaza del
mercado. También serán obsequiados con alimentos los habitantes de Palmira. ¡Se
avecinan tiempos de felicidad y bienestar para Kerack!
—Vaya —comentó
Coral, arreglándose el pelo—. Cuanta verdad hay en la afirmación de que la
muerte del novio puede entorpecer seriamente la fiesta nupcial.
www.lectulandia.com
- Página 234
Belohun tendría sus
defectos, pero tampoco era tan malo, así pues, descanse en paz, y que la tierra
le sea leve cual pluma. Vámonos de aquí. De todos modos, empezaba a resultar
aburrido. Y, como hace un día precioso, podemos ir a pasear por las terrazas, a
ver el mar. Poeta, ten la amabilidad de ofrecer el brazo a mi pupila. Yo voy
con Geralt. Porque tiene que contarme algo, si no me equivoco.
Era primera hora de
la tarde. Todavía. Costaba creer que hubieran pasado tantas cosas en tan poco
tiempo.
www.lectulandia.com
- Página 235
Capítulo
decimonoveno
Un guerrero muere
con dificultad. Para llevárselo, la muerte tiene que entablar combate con él; Y
el guerrero no se rinde fácilmente ante la muerte.
Carlos Castaneda,
La rueda del tiempo
—¡Eh! ¡Mirad!
—avisó de pronto Jaskier—. ¡Una rata!
Geralt no
reaccionó. Conocía al poeta, sabía que solía asustarse de cualquier cosa, que
se entusiasmaba fácilmente y que buscaba sensaciones allí donde no había nada
sensacional.
—¡Una rata!
—Jaskier no se daba por vencido—. ¡Oh, la segunda! ¡La tercera!
¡La cuarta!
¡Maldición! ¡Mira, Geralt!
Geralt suspiró y
miró.
Al pie del
acantilado, por debajo de la terraza, había montones de ratas. El terreno
situado entre Palmira y la colina estaba vivo, se movía, oscilaba y chillaba.
Centenares, o puede que millares, de roedores huían de la zona del puerto y la
desembocadura del río, corrían monte arriba, a lo largo de la empalizada, hacia
los cerros y los bosques. Otros viandantes también se habían dado cuenta del
fenómeno, se oían por todas partes gritos de sorpresa y de terror.
—Las ratas huyen de
Palmira y del puerto —advirtió Jaskier—, ¡porque están asustadas! ¡Ya sé lo que
ha pasado! ¡Seguro que ha llegado a puerto un barco de desratizadores!
Nadie tenía ganas
de hacer comentarios. Geralt se enjugó el sudor de los párpados, el bochorno
era monstruoso, el aire abrasador impedía respirar normalmente. El brujo miró
al cielo cristalino, sin una sola nube.
—Se avecina
tormenta —Lytta dijo en voz alta lo mismo que había pensado él—.
Una tormenta
potente. Las ratas lo notan. Y yo también lo noto. Lo noto en el aire.
Y yo también, pensó
el brujo.
—Va a haber
tormenta —insistió Coral—. Y va a llegar desde el mar.
—¿Cómo que
tormenta? —Jaskier se abanicaba con un sombrerillo—. ¿De dónde? El tiempo
parece salido de un cuadro, el cielo está despejado, no sopla el viento. Y es
una pena, porque con este calor no vendría nada mal algo de vientecillo. La
brisa marina…
Sin haber terminado
la frase, saltó el viento. Una ligera brisa traía el olor del mar,
proporcionaba un grato alivio, refrescaba. Y rápidamente cogió fuerza. Los
gallardetes de los mástiles, que hacia sólo un momento colgaban flácidos y
tristes, se agitaron, empezaron a ondear.
Se oscureció el
cielo en el horizonte. Crecía la fuerza del viento. El leve susurro dejó paso a
un murmullo, el murmullo se convirtió en silbido.
Los gallardetes los
mástiles zumbaban y aleteaban con violencia en los mástiles. Rechinaban las
veletas en tejados y torres, chirriaban y tintineaban los sombreretes
www.lectulandia.com
- Página 236
metálicos en las
chimeneas. Volaban nubes de polvo.
En el último
momento Jaskier se sujetó el sombrerillo con las dos manos, de otro modo se le
habría volado.
Mozaïk se agarró el
vestido, un soplo repentino le levantó mucho el chifón, casi hasta las caderas.
Antes de que pudiera dominar la tela sacudida por el viento, Geralt se fijó con
agrado en sus piernas. Ella sorprendió su mirada. No apartó los ojos.
—La tormenta…
—Coral, para poder hablar, tuvo que darse la vuelta, el viento soplaba con
tanta fuerza que ahogaba las palabras—. ¡La tormenta! ¡Se nos echa encima la
tempestad!
—¡Por todos los
dioses! —exclamó Jaskier, que no creía en ningún dios—. ¿Qué está pasando? ¿Ha
llegado el fin del mundo?
El cielo se
oscurecía muy deprisa. Y el horizonte, antes granate, se estaba volviendo
negro.
El viento creció,
silbando salvajemente.
En la rada, más
allá del cabo, el mar se iba picando cada vez más, las olas azotaban el
malecón, la blanca espuma salpicaba por todas partes. Crecía el estruendo del
mar. Todo se volvió oscuro, como si fuera de noche. Entre las embarcaciones que
había en la rada se apreciaba movimiento. Algunas, entre ellas el clíper correo
Eco y la goleta de Novigrado Pandora Parvi, largaban las velas a toda prisa,
con intención de poner rumbo a alta mar para tratar de huir de la tempestad.
Los demás barcos arriaban velas y echaban anclas. Geralt se acordaba de
algunos, los había observado desde la terraza de la villa de Coral. El Alke, la
coca de Cidaris. El Fucsia, no recordaba de dónde. Y los galeones: el Orgullo
de Cintra, con una cruz azul celeste en la bandera. El Vértigo, de tres
mástiles, de Lan Exeter. El Albatros, de Redania, con sus ciento veinte pies de
eslora. Y algunos más. Como la fragata Aquerontia, con las velas negras.
El viento había
dejado de silbar. Aullaba. Geralt vio cómo en el barrio de Palmira se elevaba
hacia el cielo la primera cubierta de paja, cómo se deshacía en el aire. La
segunda no se hizo esperar. Ni la tercera. Ni la cuarta. Y el viento cada vez
era más fuerte. El aleteo de los gallardetes dio paso a un estruendo incesante,
traqueteaban las contraventanas, se derrumbaban tejas y canalones, las macetas
se hacían pedazos contra el pavimento. Zarandeada por el torbellino, empezó a
repicar la campana en el campanario, con un tañido entrecortado, medroso,
ominoso.
Y el viento
soplaba, soplaba cada vez más fuerte. Y lanzaba contra la orilla olas cada vez
mayores. El rumor del mar no cesaba de crecer, cada vez era más atronador. Dejó
muy pronto de ser un rumor. Se convirtió en un zumbido sordo y monocorde, como
el retumbar de una máquina diabólica. Las olas crecían y, coronadas por la
blanca espuma, se precipitaban contra la orilla. La tierra temblaba bajo los
pies. El viento ululaba.
El Eco y el Pandora
Parvi no habían logrado escapar. Regresaron a la rada y echaron anclas.
www.lectulandia.com
- Página 237
Los gritos de la
gente que se agolpaba en las terrazas eran cada vez más potentes, y estaban
henchidos de asombro y terror. Las manos extendidas señalaban hacia las aguas.
Una gran ola
avanzaba por el mar. Una colosal pared de agua. Que parecía alzarse tan alto
como los mástiles de los galeones.
Coral tenía al
brujo agarrado del brazo. Decía algo, o más bien intentaba decirlo, porque el
torbellino la amordazaba con toda eficacia.
—… capar. ¡Geralt!
¡Tenemos que escapar de aquí!
La ola se desplomó
sobre el puerto. La gente gritaba. Bajo el gran peso de la masa de agua el
muelle se hizo añicos y astillas, volaron vigas y tablones. Se derrumbó la
dársena, las grúas se partieron y cayeron junto con sus soportes. Las barcas y
barcazas que estaban junto a la orilla volaron por los aires como juguetes
infantiles, como esos barquitos de corcho que guían los golfillos en los
sumideros. Las cabañas y los cobertizos que había junto a la playa fueron
sencillamente barridos por el viento, no quedó ni rastro de ellos. La ola se
adentró en el estuario, convirtiéndolo en un instante en un hervidero infernal.
La multitud trataba de escapar de las calles inundadas de Palmira, corriendo en
su mayoría hacia la ciudad alta, en dirección a la atalaya. Éstos se salvaron.
Otros eligieron la orilla del río como vía de escape. Geralt vio cómo se los
tragaban las aguas.
—¡Otra ola! —avisó
Jaskier—. ¡Otra ola!
Cierto, llegó la
segunda ola. Y luego la tercera. La cuarta. La quinta. Y la sexta. Las paredes
de agua avanzaban hacia la rada y el puerto. Las olas golpeaban con gran fuerza
los barcos anclados, que eran zarandeados en sus cadenas, y Geralt vio a algunos
hombres caer por la borda. Los barcos, con el viento de cara, se defendían lo
mejor que podían. Por un tiempo. Perdieron los mástiles, uno detrás de otro.
Después las olas empezaron a cubrirlos. Se hundían en la espuma y después
emergían, se hundían y emergían.
El primero que dejó
de emerger fue el clíper correo Eco. Desapareció sin más. Poco después, ésa fue
también la suerte del Fucsia, la galera simplemente se desintegró. El casco del
Alke rompió la cadena del ancla, muy tirante, y la coca se hundió en los abismos
en un santiamén. La proa y el castillo de proa del Albatros estallaron ante el
embate de las aguas, el barco, hecho pedazos, se fue al fondo como una piedra.
El Vértigo perdió el ancla, el galeón empezó a bailar sobre la cresta de una
ola, volcó y acabó estampado contra el malecón.
El Aquerontia, el
Orgullo de Cintra, el Pandora Parvi y dos galeones que Geralt no conocía
levaron anclas, y las olas los empujaron hacia la orilla. En apariencia se
trataba de una solución desesperadamente suicida. Pero los capitanes tenían que
elegir entre una destrucción segura en el fondeadero o una maniobra arriesgada
para adentrarse en el estuario.
Los galeones
desconocidos no tuvieron ninguna posibilidad. Ninguno de ellos consiguió
siquiera orientarse adecuadamente. Los dos se estrellaron contra el
www.lectulandia.com
- Página 238
espigón.
Tampoco el Orgullo
de Cintra ni el Aquerontia pudieron controlar el rumbo. Se embistieron y se
quedaron trabados, las olas los aplastaron contra el embarcadero y los
destrozaron. El agua se llevó los restos.
El Pandora Parvi
bailaba y brincaba sobre las olas como un delfín. Pero mantenía el rumbo,
derecho hacia el estuario del Adalatte. Geralt oía los gritos de la gente,
animando al capitán.
Coral gritó,
haciendo una señal con la mano.
Venía la séptima
ola.
Las anteriores, tan
altas como los mástiles de los barcos, tendrían, a juicio de Geralt, como diez
o doce varas, de treinta a cuarenta pies. La que ahora estaba atravesando el
mar, ocultando el cielo con su masa, era el doble de alta.
La gente que huía
de Palmira, amontonada al pie de la atalaya, se puso a dar gritos. Fueron
azotados por el torbellino, aplastados contra el suelo, lanzados contra la
empalizada.
La ola cayó sobre
Palmira. Y la pulverizó como si tal cosa, la borró de la faz de la tierra. En
un instante, el agua llegó hasta la empalizada, tragándose a la gente que allí
se agolpaba. Montones de maderos que arrastraba la ola se precipitaron sobre la
barrera, partiendo los postes. La atalaya se derrumbó y se la llevó la
corriente.
El ariete del agua,
irrefrenable, golpeó el acantilado. La colina tembló de tal manera que Jaskier
y Mozaïk cayeron al suelo, y Geralt a duras penas consiguió mantener el
equilibrio.
—¡Tenemos que
escapar! —exclamó Coral, aferrada a la balaustrada—. ¡Geralt! ¡Vámonos de aquí!
Se acercan más olas.
Una ola se abalanzó
sobre ellos, los cubrió. La gente que estaba en la terraza y que no había
salido corriendo antes salió corriendo en ese momento. Trataban de escapar
entre gritos, ascendiendo cada vez más, colina arriba, en dirección al palacio
real. Pocos fueron los que se quedaron allí. Entre ellos, Geralt reconoció a
Ravenga y a Antea Derris.
La gente chillaba,
hacia señas con la mano. Las olas arrasaron los acantilados que había a su
derecha, al pie del barrio residencial. La primera villa se derrumbó como un
castillo de naipes y se deslizó ladera abajo, derecha al hervidero. Detrás de
la primera fue la segunda, detrás la tercera y la cuarta.
—¡La ciudad se está
desmoronando! —clamó Jaskier—. ¡Se desintegra! Lytta Neyd levantó las manos.
Salmodió un conjuro. Y desapareció. Mozaïk se aferraba al brazo de Geralt.
Jaskier chillaba.
Las aguas habían
llegado ya justo debajo de ellos, al pie de la terraza. Y había gente en esas
aguas. Desde arriba les alargaban pértigas, bicheros, les lanzaban cables,
intentaban tirar de ellos. No muy lejos, un individuo de fuerte complexión
saltó al remolino, acudió nadando en auxilio de una mujer que estaba a punto de
ahogarse.
www.lectulandia.com
- Página 239
Mozaïk soltó un
grito.
Geralt divisó,
bailando sobre una ola, parte del tejado de una cabaña. Y unos niños agarrados
al tejado. Tres niños. El brujo se quitó el arma que llevaba a la espalda.
—¡Sujeta, Jaskier!
Se desprendió de la
chaqueta. Y saltó al agua.
No era aquél un
chapuzón corriente, y las técnicas corrientes de natación allí no servían de
nada. Las olas le arrastraban hacia arriba, hacia abajo y hacia los lados,
chocaban con él las vigas, las tablas y los muebles que daban vueltas en el
remolino, grandes maderos se abalanzaban sobre él, amenazando con hacerle
picadillo. Cuando por fin alcanzó el tejado y se pudo agarrar a él, estaba
machacado. El tejado daba tumbos y giraba sobre la ola como un trompo. Las
criaturas chillaban aterradas.
Tres, pensó. Es
imposible que pueda llevarme a los tres.
Sintió en su hombro
el roce de otro hombro.
—¡Dos! —Antea
Derris escupió agua, cogió a uno de los críos—. ¡Coge tú a dos! No era tan
sencillo. Agarró a un chiquillo y se lo colocó debajo del brazo. Una niña,
presa del pánico, estaba aferrada al caballete con tanta fuerza que al brujo le
llevó un buen rato hacerse con ella. Le ayudó una ola que cayó sobre ellos,
cubriéndolos. Al hundirse, la niña se soltó del caballete, y Geralt se la metió
bajo el otro brazo. Y después los tres empezaron a hundirse. Los críos
gorgoteaban y se
agitaban.
Geralt luchaba.
No sabría decir
cómo, pero salió a flote. La ola le empujó contra el muro de la terraza,
impidiéndole respirar. No soltó a los niños. La gente gritaba desde arriba,
intentaba ayudar, acercarles algo a lo que pudieran agarrarse. No había manera.
El remolino tiraba de ellos y los alejaba. Geralt se golpeó con alguien, era
Antea Derris, que cargaba con la otra chiquilla. Luchaba con todas sus fuerzas,
pero Geralt veía que estaba al borde de la extenuación. Apenas podía mantener
fuera del agua la cabeza de la niña y la suya propia.
Muy cerca se oyó un
chapoteo, una respiración entrecortada. Mozaïk. Le cogió una de las criaturas a
Geralt, se alejó nadando. El brujo vio cómo la golpeaba una de las vigas que
transportaba la ola. Dio un grito, pero no soltó al crío.
Una vez más la ola
los lanzó contra el muro de la terraza. En esta ocasión la gente de arriba
estaba preparada, incluso se habían hecho con unas escaleras de mano, colgaban
por encima de ellos con los brazos extendidos. Les cogieron a los niños. Geralt
vio cómo Jaskier agarraba a Mozaïk y tiraba de ella hasta la terraza.
Antea Derris miró
al brujo. Tenía unos ojos preciosos. Sonreía.
La ola cayó sobre
ellos con una gran masa de maderos. Grandes estacas arrancadas de la
empalizada.
Una de esas estacas
acertó en Antea Derris y la aplastó contra la terraza. Antea escupió sangre.
Mucha sangre. Después la cabeza le colgó sobre los hombros y
www.lectulandia.com
- Página 240
desapareció bajo la
superficie del agua.
A Geralt le
golpearon dos estacas, una en un hombro, otra en la cadera. Los impactos lo
dejaron paralizado, por un momento se quedó completamente rígido. Tragó agua y
se fue para el fondo.
Alguien lo sujetó.
Con un agarrón férreo, doloroso, tiró de él hacia arriba, hacia la claridad de
la superficie. Geralt alargó el brazo, palpando se encontró con un bíceps
poderoso, duro como una roca. El forzudo trabajó con las piernas, surcó el agua
como un tritón, con la mano libre iba apartando los maderos que flotaban a su
alrededor y los ahogados que giraban en aquel cáos. Emergieron justo al lado de
la terraza. Les llegaron de arriba los gritos, las ovaciones. Las manos
tendidas.
Un segundo después
Geralt estaba tumbado en un charco de agua, tosiendo, escupiendo y salpicando
en las baldosas de piedra de la terraza. A su lado, de rodillas, estaba
Jaskier, pálido como una hoja. Al otro lado vio a Mozaïk. Igual de descolorida.
Y con las manos trémulas. Geralt se incorporó como pudo.
—¿Antea?
Jaskier negó con la
cabeza, volvió la cara. Mozaïk hundió el rostro entre las rodillas. Geralt veía
cómo le temblaba el cuerpo por el llanto.
Muy cerca estaba su
salvador. El forzudo. Mejor dicho, la forzuda. Un cepillo irregular sobre la
cabeza rapada al cero. La tripa como un gran solomillo atado para el horno.
Hombros de luchador. Pantorrillas como un discóbolo.
—Te debo la vida…
—Qué dices… —La
comandanta del cuerpo de guardia sacudió la mano, como quitándole importancia—.
De eso mejor ni hablar. Pero eres un capullo, y las mozas y yo te la tenemos
guardada, de la pelea aquella. Así que mejor no te dejes ver, si no quieres que
te demos por culo. ¿Queda claro?
—Queda claro.
—Pero hay que
reconocer —la comandanta escupió con energía, se sacudió el agua del oído— que
eres un capullo valiente. Un capullo valiente, Geralt de Rivia.
—¿Y tú? ¿Cómo te
llamas?
—Violetta —dijo la
comandanta, y de repente se entristeció—. ¿Y ésa? La que… —Antea Derris.
—Antea Derris
—repitió ella, torciendo el gesto—. Qué lástima.
—Qué lástima.
La terraza se fue
llenando, la gente se apretujaba. Ya había pasado el peligro, había aclarado,
el torbellino se había calmado, los gallardetes estaban caídos. El oleaje había
perdido fuerza, las aguas se retiraban. Dejando desolación y ruina. Y cadáveres,
por los que ya empezaban a trepar los cangrejos.
Geralt se levantó
con dificultad. Cada vez que hacia un movimiento y cada vez que respiraba hondo
un dolor sordo se despertaba en su costado. Las rodillas le dolían a rabiar.
Tenía arrancadas las dos mangas de la camisa, no recordaba dónde las había perdido.
La piel del codo izquierdo, del hombro derecho y seguramente del omóplato
www.lectulandia.com
- Página 241
la tenía
desgarrada, en carne viva. Sangraba a través de numerosos cortes superficiales.
En definitiva, nada serio, nada por lo que tuviera que preocuparse.
El sol se abrió
paso a través de las nubes, reflejándose en el mar, que se iba serenando.
Brilló la cubierta del faro desde la punta del cabo, un faro de ladrillos
blancos y rojos, una reliquia de los tiempos élficos. Una reliquia que ya había
sobrevivido a más de una tormenta como ésa. Y que parecía que aún iba a
sobrevivir a algunas más.
Dejando atrás las
aguas ya tranquilas, aunque atestadas de basura flotante, del estuario, la
goleta Pandora Parvi enfiló la rada a toda vela, como en un desfile naval. La
multitud vitoreaba.
Geralt ayudó a
levantarse a Mozaïk. La muchacha también se había quedado casi sin ropa.
Jaskier le dio su capa para que se cubriera. Y carraspeó con toda intención.
Ante ellos estaba
Lytta Neyd. Con un maletín médico colgado del brazo.
—He vuelto —dijo,
mirando al brujo.
—No —la desmintió—.
Te marchaste.
Ella le miró. Con
ojos fríos, ajenos. Y enseguida concentró la mirada en algo mucho más lejano,
situado en la distancia, por detrás del hombro diestro del brujo.
—Así que quieres
terminar así —constató con fríaldad—. Dejando este recuerdo. Bueno, como
quieras, es tu elección. Aunque podías haber optado por un estilo menos
patético. Entonces, adiós. Voy a prestar ayuda a los heridos y necesitados.
Está claro que tú no necesitas mi ayuda. Ni me necesitas a mí. ¡Mozaïk!
Mozaïk negó con la
cabeza. Cogió a Geralt del brazo. Coral soltó un bufido. —¿Conque ésas tenemos?
¿Eso es lo que quieres? ¿De este modo? Bueno, como
quieras. Es tu
elección. Adiós.
Se dio la vuelta y
se alejó.
Entre la multitud
que empezaba a congregarse en la terraza apareció Febus Ravenga. Debía de haber
participado en las acciones de salvamento, porque las ropas empapadas le
colgaban hechas jirones. Algún factótum servicial se acercó y le dio su
sombrero. O, más bien, lo que quedaba de él.
—¿Y ahora qué?
—preguntó alguien de la muchedumbre—. ¿Ahora qué, señor concejal?
—¿Ahora qué? ¿Qué
vamos a hacer?
Ravenga los miró.
Estuvo mirándolos mucho tiempo. Después se incorporó, estrujó el sombrero y se
lo puso en la cabeza.
—Enterrar a los
muertos —dijo—. Ocuparse de los vivos. Y ponerse a reconstruir.
Resonó la campana
del campanario. Como si quisiera dejar constancia de que había
www.lectulandia.com
- Página 242
sobrevivido. De
que, aunque hubieran cambiado muchas cosas, hay ciertas cosas que nunca
cambian.
—Vámonos de aquí.
—Geralt se sacó unas algas empapadas del cuello de la camisa—. ¿Jaskier? ¿Dónde
está mi espada?
Jaskier se
atragantó, señalando un sitio al pie de la pared donde no había nada. —Hace un
momento… ¡Hace un momento estaban aquí! ¡Tu espada y tu
chaqueta! ¡Las han
robado! ¡Serán cabrones! ¡Las han robado! ¡Eh, vosotros! ¡Aquí había una
espada! ¡Haced el favor de devolverla! ¡Vosotros! ¡Ah, seréis hideputas! ¡Que
os parta un rayo!
De repente el brujo
se encontró mal. Mozaïk lo sujetó. Mala cosa, pensó él. Mala cosa si me tienen
que sujetar las muchachas.
—Ya estoy harto de
esta ciudad —dijo—. Harto de todo lo que es esta ciudad. Y de lo que
representa. Vámonos de aquí. Cuanto antes. Y lo más lejos posible.
www.lectulandia.com
- Página 243
Interludio
Doce días más tarde
La fuente
chapoteaba suavemente, el brocal olía a piedra mojada. Olían las flores, olía
la hiedra, que trepaba por los muros del patio. Olían las manzanas en un
frutero que había encima de una mesa de malaquita. Dos copas sudaban, llenas de
vino helado.
Dos mujeres
charlaban junto a la mesita. Dos hechiceras. Si por un casual se hubiera
encontrado por allí cerca alguien con suficiente sensibilidad artística,
imaginación pictórica y capacidad para la alegoría lírica, no habría tenido
ningún problema para representarlas. Lytta Neyd, de cabellos rojos como el
fuego, con su vestido verde y cinabrio, era como una puesta de sol en
septiembre. Yennefer de Vengerberg, morena, vestida con una composición de
negro y blanco, hacía pensar en un amanecer de diciembre.
—La mayoría de las
villas vecinas —rompió el silencio Yennefer— yacen derrumbadas a los pies del
acantilado. Y la tuya está intacta. No se le ha caído ni una teja. Eres una
suertuda, Coral. Te recomiendo que vayas pensando en comprar un décimo de
lotería.
—Los sacerdotes —se
sonrió Lytta Neyd— no llamarían a esto suerte. Dirían que se ha debido a la
protección de las divinidades y de las fuerzas celestiales. Los dioses
extienden su protección sobre los justos y defienden a los virtuosos. Premian
la virtud y la justicia.
—Está claro. Las
premian. Si se les antoja y resulta que andan cerca. A tu salud, amiga.
—A tu salud, amiga.
Mozaïk. Sirve a doña Yennefer. Tiene la copa vacía.
»Y en cuanto a la
villa —Lytta despidió a Mozaïk con la mirada—, está disponible. La vendo,
porque… porque tengo que trasladarme. El aura de Kerack ha dejado de servirme.
Yennefer levantó
las cejas. Lytta no se hizo esperar.
—El rey Viraxas
—dijo en un tono sarcástico apenas perceptible— ha empezado su gobierno con una
serie de edictos auténticamente reales. Primo, el día de su coronación se
declara en el reino de Kerack dia de fiesta nacional, no laborable. Secundo, se
ha proclamado una amnistía… para los criminales, los presos políticos seguirán
en prisión y ademas sin derecho a visitas ni correspondencia. Tertio, se
incrementan en un cien por cien las tarifas aduaneras y las tasas portuarias.
Quarto, en el plazo de dos semanas deberán abandonar Kerack todos los no
humanos y mestizos, que suponen un perjuicio para la economía del estado y
privan de trabajo a las personas de sangre pura. Quinto, se prohíbe en Kerack
la práctica de cualquier
www.lectulandia.com
- Página 244
tipo de magia sin
contar con la autorización del rey y no se permite a los magos la posesión de
tierras y de bienes inmuebles. Los hechiceros residentes en Kerack están
obligados a desprenderse de sus propiedades y a obtener una licencia. O a
abandonar el reino.
—Una magnífica
muestra de agradecimiento —dijo Yennefer con sorna—. Y mira que se dice que
fueron los hechiceros quienes pusieron a Viraxas en el trono. Que organizaron y
financiaron su regreso. Y que le ayudaron en la toma del poder.
—Y se dice bien.
Viraxas ha de pagar generosamente al Capítulo por todo eso, precisamente por
ese motivo ha elevado las tarifas aduaneras y cuenta con la confiscación de los
bienes de los no humanos. El edicto me atañe personalmente, no hay en Kerack
más hechiceros que posean una casa. Se trata de una venganza de Ildiko Breckl.
Y una revancha por la ayuda médica prestada a las mujeres locales, que los
consejeros de Viraxas han declarado inmoral. El Capítulo podría ejercer alguna
presión en mi caso, pero no lo va a hacer. Al Capítulo no le basta con los
privilegios comerciales, así como con las acciones de astilleros y compañías
marítimas, que ha obtenido de Viraxas. Las negociaciones prosiguen, y no tiene
intención de ver debilitada su posición. Así que a mí, habiendo sido declarada
persona non grata, me toca emigrar en busca de nuevos pastos.
—Cosa que, a mi
parecer, harás sin lamentarlo en exceso. Con los actuales dirigentes, yo diría
que Kerack no tiene demasiadas oportunidades en el concurso para ser elegido el
lugar más agradable bajo el sol. Vendes esta villa, y te compras otra. Aunque sea
en Lytta, en las montañas. Ahora están de moda las montañas de Lyria. Muchos
hechiceros se han mudado allí, porque es un sitio muy bonito y los impuestos
son razonables.
—No me gusta la
montaña. Prefiero el mar. No te preocupes, encontraré un refugio sin mayor
dificultad, dada mi especialidad. En todas partes hay mujeres y todas me
necesitan. Bebe, Yennefer. A tu salud.
—Me animas a beber,
pero tú apenas te mojas los labios. ¿Qué pasa? ¿Que no te encuentras bien? No
tienes muy bien aspecto.
Lytta suspiró
teatralmente.
—Los últimos días
han sido duros. El golpe de palacio, esa terrible tempestad, ay… Y luego estas
náuseas mañaneras… Ya lo sé, se pasan después del primer trimestre. Pero aún
faltan dos meses completos…
En el silencio que
se instaló se podía oír el zumbido de las avispas que giraban alrededor de una
manzana.
—Ja, ja —rompió el
silencio Coral—. Era broma. Qué pena que no puedas ver la cara que has puesto.
¡Has picado! Ja, ja.
Yennefer miró para
arriba, al borde del muro, cubierto de hiedra. Y estuvo mucho rato mirándolo.
—Has picado
—prosiguió Lytta—. Y apuesto a que enseguida has puesto a trabajar tu
imaginación. Desde el primer momento habrás asociado, admítelo, mi
www.lectulandia.com
- Página 245
estado interesante
a… No pongas esa cara, no pongas esa cara. Han tenido que llegarte noticias,
los cotilleos se extienden como las ondas en el agua. Pero estate tranquila, en
esos rumores no hay ni una pizca de verdad. Tengo tantas probabilidades de quedarme
embarazada como tú, en ese sentido no ha cambiado nada. Y a tu brujo sólo me
unían los negocios. Asuntos profesionales. Nada más.
—Ah.
—La plebe es la
plebe, le encantan los cotilleos. Ven a una mujer con un hombre, y enseguida lo
convierten en un lio amoroso. El brujo, lo confieso, visitó mi casa con mucha
frecuencia. Y, desde luego, nos vieron juntos en la ciudad. Pero se trataba, te
repito, únicamente de negocios.
Yennefer dejó la
copa, apoyó el codo en la mesa, unió las puntas de los dedos formando un tejado
con las manos. Y miró a la hechicera pelirroja a los ojos.
—Primo —Lytta tosió
levemente, pero no apartó la mirada—, nunca le haría nada semejante a una
amiga. Secundo, tu brujo no estaba en absoluto interesado en mí.
—¿No lo estaba?
—Yennefer levantó las cejas—. ¿De verdad? ¿Cómo te lo explicas?
—¿A lo mejor —Coral
esbozó una sonrisa— han dejado de interesarle las mujeres de edad avanzada? ¿Al
margen de cuál sea su presencia actual? ¿A lo mejor prefiere a las jovencitas
auténticas? ¡Mozaïk! Haz el favor de venir un momento. Tú mírala, Yennefer. Está
en la flor de la edad. Y hasta hace muy poco era inocente.
—¿Ella? —estalló
Yennefer—. ¿Él con ella? ¿Con tu pupila?
—A ver, Mozaïk, por
favor. Cuéntanos de tu aventura amorosa. Te escuchamos con atención. Adoramos
los romances. Las historias de amores infelices. Cuanto más infelices, mejor.
—Doña Lytta… —La
muchacha, en lugar de ruborizarse, se quedó pálida como un cadáver—. Te lo
ruego… Ya me has castigado por eso… ¿Cuántas veces se puede castigar a alguien
por la misma falta? No me ordenes…
—¡Cuenta!
—Déjala en paz.
—Yennefer hizo un gesto con la mano—. No la tortures.
Además no me
interesa en absoluto.
—Eso sí que no me
lo creo. —Lytta Neyd sonrió maliciosamente—. Pero vale, voy a dejar a la chica.
Efectivamente, ya la he castigado, le he perdonado sus culpas y he permitido
que prosiguiera sus estudios. Y han dejado de divertirme sus balbuceantes confesiones.
Te las resumo: perdió la cabeza por el brujo y huyó con él. Y el, cuando se
aburrió, la dejó del modo más vulgar. Una buena mañana se despertó sola. Las
sábanas donde dormía el amado se habían enfríado y se había borrado su huella.
Se había marchado porque tenía que marcharse. Se desvaneció como el humo. Se lo
llevó el viento.
Aunque parecía
imposible, Mozaïk se puso aún más pálida. Las manos le temblaban.
—Dejó unas flores
—dijo Yennefer en voz baja—. Un ramito de flores. ¿Verdad?
www.lectulandia.com
- Página 246
Mozaïk levantó la
cabeza. Pero no contestó.
—Unas flores y una
carta —insistió Yennefer.
Mozaïk callaba.
Pero el color iba volviendo poco a poco a su rostro.
—Una carta —dijo
Lytta Neyd, mirando a la muchacha con aire inquisitivo—. No me habías hablado
de ninguna carta. No lo habías mencionado.
Mozaïk frunció la
boca.
—Y por eso fue
—Lytta prosiguió con aparente tranquilidad—. Por eso volviste, a pesar de
podías esperarte un castigo severo, mucho más severo del que al final se te ha
impuesto. Fue él quien te ordenó volver. Si no, no habrías vuelto.
Mozaïk no
respondió. Yennefer también callaba, enrollándose un rizo negro en un dedo. De
repente levantó la cabeza, miró a la muchacha a los ojos. Y sonrió.
—Te mandó que
volvieras conmigo —dijo Lytta Neyd—. Te ordenó volver, aunque podía imaginarse
lo que por mi parte te podías encontrar. Algo que, por su parte, lo confieso,
no me podía esperar.
La fuente
chapoteaba, olía a piedra mojada. Olían las flores, olía la hiedra. —Con eso me
sorprendió —insistió Lytta—. No me esperaba eso de su parte. —Porque no le
conocías, Coral —comentó tranquilamente Yennefer—. No le
conocías en
absoluto.
www.lectulandia.com
- Página 247
Capítulo vigésimo
What you are I
cannot say;
Only this I know
full well
When I touched your
face today
Drifts of blossom
flushed and fell.
Siegfried Sassoon
El mozo de cuadra
se había ganado la media corona que le habían dado la víspera, los caballos
aguardaban ensillados. Jaskier bostezaba y se rascaba el cogote.
—Por todos los
dioses, Geralt… ¿De verdad hace falta salir tan temprano? Si todavía es noche
cerrada…
—Qué va a ser noche
cerrada. Es la hora ideal. De aquí a una hora, como mucho, ya habrá amanecido.
—De aquí a una
hora. —Jaskier se encaramó a la silla del castrado—. Pues habría preferido
dormir esa hora…
Geralt montó de un
salto, después de pensárselo le entregó al mozo otra media corona.
—Estamos en agosto
—dijo—. Hay catorce horas de luz. Me gustaría recorrer la mayor distancia
posible en ese tiempo.
Jaskier bostezó. Y
aparentemente no fue hasta entonces cuando se fijó en la yegua torda, sin
ensillar, que se quedaba en el establo, en su compartimento. La yegua sacudió
la cabeza, como queriendo llamar la atención.
—Un momento —reparó
el poeta—. ¿Y ella? ¿Mozaïk?
—Ella ya no sigue
con nosotros. Aquí nos separamos.
—¿Y eso? No
comprendo… Serías tan amable de explicarme… —No. Ahora no. En marcha, Jaskier.
—¿Estás seguro de
que sabes lo que haces? ¿Eres plenamente consciente?
—No. Plenamente no.
Ni una palabra más, ahora no quiero hablar de eso.
Vámonos.
Jaskier suspiró.
Arreó al castrado. Echó la vista atrás. Y volvió a suspirar. Era poeta, así que
tenía derecho a suspirar cuantas veces le viniera en gana.
La posada Secreto y
Susurro estaba espectacular sobre el fondo de la aurora, con las primeras luces
brumosas del alba. Así, sumergida entre malvas, envuelta en hiedra y
campanillas, hacia pensar en el palacio de las hadas, en el santuario de un
amor secreto, en mitad del bosque. El poeta se sumió en sus reflexiones.
Suspiró, bostezó,
tosió, escupió, se arrebujó con la capa, arreó al caballo. Durante esos
momentos de meditación se había quedado rezagado. Apenas alcanzaba a ver a
Geralt entre la bruma.
El brujo cabalgaba
deprisa. Y no volvía la vista.
www.lectulandia.com
- Página 248
—Muy bien, aquí
tenéis la bebida. —El posadero depositó en la mesa una jarra de loza—. Sidra de
Rivia, como habíais pedido. Me ha dicho mi mujer que os pregunte cómo han
encontrado el cerdo los señores.
—Rebuscando entre
las gachas —respondió Jaskier—. De vez en cuando. No tan a menudo como nos
habría gustado.
La posada a la que
habían llegado al final de la jornada se llamaba, según proclamaba un colorido
cartel, El Jabalí y el Ciervo. Ahora bien, ésa era la única carne de caza que
ofrecía el establecimiento, en el menú no había noticia de ella. El plato de la
casa eran gachas con unos tropezones de cerdo grasiento y una espesa salsa de
cebolla. Jaskier, de entrada, arrugó la nariz ante una comida en exceso plebeya
para su gusto. Geralt no dijo ni pío. Al cerdo no se le podía acusar de casi
nada, la salsa era pasable y las gachas estaban demasiado hechas, aunque estas
últimas, en particular, no se les daban especialmente bien a los cocineros de
la mayoría de las posadas. Podía haber sido peor, sobre todo teniendo en cuenta
que no había mucho donde elegir. Geralt se había empeñado en recorrer la mayor
distancia posible en aquella jornada, y no había querido detenerse en otros
establecimientos con los que se habían topado anteriormente.
Al parecer, no sólo
para ellos era la posada del Jabalí y el Ciervo la meta de la última etapa de
aquella jornada. Uno de los bancos junto a la pared estaba ocupado por unos
mercaderes. Mercaderes modernos, que a diferencia de los tradicionales no
despreciaban a sus criados y no consideraban un desdoro comer con ellos en su
misma mesa. La modernidad y la tolerancia tenían sus límites, como no podía ser
de otra manera: los mercaderes ocupaban uno de los extremos de la mesa, los
criados el otro, y era fácil detectar la línea de demarcación. Y lo mismo
pasaba con los platos. Los servidores tomaban gachas con cerdo, especialidad de
la cocina local, y bebían una cerveza ligera. Los señores mercaderes se
zamparon cada uno un pollo y se bebieron varias frascas de vino.
En la mesa de
enfrente, bajo una cabeza disecada de jabalí, cenaba una pareja: una muchacha
rubia y un hombre mayor. La muchacha vestía ropas caras, muy rigurosas,
impropias de una chica joven. El hombre tenía pinta de funcionario, aunque no
del más alto rango, ni mucho menos. Estaban cenando juntos, y mantenían una
charla bastante animada, pero se habían conocido hacia poco, y de un modo más
bien casual, como se desprendía del comportamiento del funcionario, que se
empeñaba en encandilar a la muchacha con la evidente esperanza de obtener algo
más, pretensión que ella acogía con una amable, aunque evidentemente irónica,
reserva.
Uno de los bancos
más cortos lo ocupaban cuatro sacerdotisas. Sanadoras ambulantes, fácilmente
reconocibles por sus túnicas grises y sus cabellos cubiertos por unas capuchas
ceñidas. El alimento que estaban consumiendo era, según pudo advertir Geralt,
singularmente modesto, una especie de gachas de cebada perlada sin manteca. Las
sacerdotisas jamás reclamaban un pago por sus tratamientos, curaban
www.lectulandia.com
- Página 249
gratis a todo el
mundo, si bien era costumbre que les ofrecieran a cambio, cuando así lo
solicitaban, hospitalidad y alojamiento. El posadero del Jabalí y el Ciervo
conocía la costumbre, pero estaba claro que tenía intención de sortearla del
modo más barato posible.
En el banco de al
lado, bajo una cornamenta de ciervo, se repantigaban tres lugareños, dando
buena cuenta de una botella de aguardiente, que sin duda no era la primera.
Habiendo satisfecho, mal que bien, la necesidad cotidiana, buscaban diversión.
No tardaron en dar con ella, desde luego. Las sacerdotisas no estaban de
suerte. Aunque seguramente ya estarían acostumbradas a esa clase de cosas.
En un rincón de la
sala un huésped solitario se sentaba a una mesa. Oculto entre las sombras, como
la propia mesa. El huésped, según pudo advertir Geralt, no estaba comiendo ni
bebiendo. Permanecía inmóvil, con la espalda apoyada en la pared.
Los tres lugareños
no daban su brazo a torcer, las bromas y groserías que dedicaban a las
sacerdotisas se iban tornando cada vez más vulgares y obscenas. Las
sacerdotisas conservaban una calma estoica, y no les prestaban la menor
atención. Eso empezaba a irritar a los lugareños de un modo más que evidente,
especialmente a medida que iba bajando el nivel de aguardiente en la botella.
Geralt puso a trabajar más rápido la cuchara. Había decidido darles una lección
a los borrachuzos, pero no por ello quería tener que comerse las gachas frías.
—El brujo Geralt de
Rivia.
En el rincón, entre
las sombras, hubo de pronto un destello.
El huésped
solitario alzó una mano sobre la mesa. Unas ondeantes lenguas de fuego salieron
disparadas de sus dedos. El hombre acercó la mano al candelabro que había en el
tablero y fue encendiendo una tras otra las tres velas. Dejándose ver con
claridad.
Tenía el pelo gris
como la ceniza, y en las sienes se le mezclaba con mechones blancos como la
nieve. La tez era de una palidez cadavérica. La nariz ganchuda. Y los ojos de
un tono amarillo claro, con las pupilas verticales.
En el cuello, por
fuera de la camisa, le brillaba a la luz de las velas un medallón de plata.
Una cabeza de gato
enseñando los dientes.
—El brujo Geralt de
Rivia —repitió aquel hombre en medio del silencio que se había hecho en la
sala—. ¿De camino a Wyzima, supongo? ¿En busca de la recompensa prometida por
el rey Foltest? ¿De los dos mil ducados? ¿Me equivoco?
Geralt no contestó.
No movió un solo músculo.
—No te pregunto si
sabes quién soy, pues sin duda lo debes saber.
—Ya no quedáis
demasiados —replicó con calma Geralt—. Así que es fácil llevar la cuenta. Eres
Brehen. También conocido como Gato de Iello.
—Vaya, vaya
—ironizó el hombre con el medallón del gato—. El famoso Lobo Blanco se digna
conocer mi nombre. Es todo un honor. Que estés decidido a birlarme la
recompensa, ¿también he de considerarlo un honor? ¿He de aceptar tu
www.lectulandia.com
- Página 250
superioridad,
hacerme a un lado, inclinarme ante ti y pedir disculpas? ¿Como en una manada de
lobos, apartarme de la presa y esperar, meneando la cola, a que el jefe de la
manada se sacie? ¿A que tenga la gentileza de dejarme los restos?
Geralt callaba.
—No voy a aceptar
tu superioridad —siguió diciendo Brehen, llamado Gato de Iello—. Y no tengo
intención de compartir ese dinero. No llegarás a Wyzima, Lobo Blanco. No me
birlarás la recompensa. Dicen que Vesemir ha dictado sentencia contra mí. Ahora
tienes la ocasión de ejecutarla. Sal de la posada. Vamos a la plazuela.
—No pienso luchar
contigo.
El hombre del
medallón del gato se levantó de la mesa con un movimiento tan rápido que los
ojos no alcanzaron a distinguirlo. Brilló la espada al cogerla de la mesa. El
hombre agarró de la capucha a una de las sacerdotisas, la sacó del banco, la
obligó a arrodillarse y le puso la hoja en el cuello.
—Vas a luchar
conmigo —dijo con fríaldad, mirando a Geralt—. Saldrás a la plazuela antes de
que cuente hasta tres. En caso contrario la sangre de la sacerdotisa salpicará
las paredes, el techo y los muebles. Y después degollaré a las demás. Una tras
otra. ¡Que nadie se mueva! ¡Que nadie pestañee siquiera!
Se hizo el silencio
en la posada, un silencio sordo y absoluto. Todos se quedaron paralizados.
Mirando embobados, con la boca abierta.
—No pienso luchar
contigo —repitió Geralt con calma—. Pero como hagas daño a esa mujer morirás.
—Uno de nosotros
dos morirá, eso es seguro. Ahí fuera, en la plazuela. Pero es improbable que
sea yo. Te han robado, según se rumorea, tus famosas espadas. Y, por lo que
veo, no has tenido la precaución de hacerte con unas nuevas. Hay que ser, en
verdad, muy presuntuoso para querer birlarle a nadie una recompensa sin haberse
armado primero. ¿O acaso el Lobo Blanco es tan bueno que no precisa del acero?
Rechinó una silla
al retirarla. La muchacha rubia se levantó. Cogió de debajo de la mesa un bulto
alargado. Lo depositó delante de Geralt y se volvió a su sitio, en compañía del
funcionario.
Geralt sabía lo que
era. Antes de soltar la correa y desenrollar la arpillera. Una espada de acero
de siderita, de una longitud total de cuarenta pulgadas y media, la hoja en si
media veintisiete pulgadas y cuarto. Un peso de treinta y siete onzas. La empuñadura
y el gavilán simples, pero elegantes.
La segunda espada,
de parecido peso y longitud, era de plata. En parte, evidentemente, la plata
pura es demasiado blanda para afilarla como es debido. Sobre el gavilán, unos
glifos mágicos, por toda la hoja había grabadas unas señales rúnicas.
Los peritos de
Pyral Pratt no habían sabido descifrarlas, demostrando de ese modo el bajo
nivel de sus conocimientos. Las antiguas runas formaban un mensaje. Dubhenn
haern am glandeal, morc’h am ihean aiesin. Mi brillo atraviesa las tinieblas,
mi claridad deshace las sombras.
www.lectulandia.com
- Página 251
Geralt se levantó.
Sacó de su vaina la espada de acero. Con un movimiento sereno y uniforme. No
miraba a Brehen. Miraba la espada.
—Suelta a la mujer
—dijo con calma—. Ahora mismo. En caso contrario morirás. La mano de Brehen
tembló, un hilillo de sangre corrió por el cuello de la
sacerdotisa. A ésta
no se le oyó ni un quejido.
—Estoy necesitado
—susurró Gato de lello—. ¡Esa recompensa ha de ser para
mí!
—Suelta a la mujer,
te he dicho. En caso contrario te mataré. No en la plazuela, sino aquí mismo,
en el sitio.
Brehen se encogió.
Respiraba con dificultad. Había en sus ojos un brillo siniestro, hizo con los
labios un gesto repulsivo. Los nudillos de los dedos que aferraban la
empuñadura de la espada se le habían puesto blancos. Repentinamente soltó a la
sacerdotisa, se la quitó de encima de un empujón. Se sobresaltó la gente que
había en la taberna, fue como si hubiera despertado de una pesadilla. Volvieron
los suspiros y los resoplidos.
—Llegará el
invierno —dijo Brehen, haciendo un esfuerzo—. Y yo, a diferencia de otros, no
tengo dónde invernar. ¡El cálido y acogedor Kaer Morhen no es para mí!
—No —contestó
Geralt—. No es para ti. Y sabes bien cuál es la causa.
—Kaer Morhen sólo
es para vosotros, para los buenos, para los rectos y justos, ¿verdad?
Hipócritas cabrones. ¡Sois tan asesinos como nosotros, no os diferenciáis en
nada!
—Vete —dijo
Geralt—. Abandona este lugar y sigue tu camino.
Brehen enfundó la
espada. Se irguió. Mientras cruzaba la estancia, sus ojos se transformaron. Las
pupilas ocuparon todo el iris.
—No es verdad —dijo
Geralt cuando Brehen pasó por delante de él— que Vesemir haya dictado sentencia
contra ti. Los brujos no luchan entre sí, no cruzan sus espadas. Pero si alguna
vez se repite lo que pasó en Iello, si llego a enterarme de algo así… entonces
haré una excepción. Te buscaré y te mataré. Tómate en serio esta advertencia.
Bastantes segundos
después de que la puerta se hubiera cerrado detrás de Brehen aún reinaba en la
sala un profundo silencio. Los suspiros de alivio de Jaskier llamaban la
atención en medio de aquel silencio. Poco después empezaba el trasiego. Los
bebedores locales se largaron discretamente, sin acabarse siquiera el
aguardiente. Los mercaderes se quedaron, aunque pálidos y en silencio. Eso sí,
mandaron a sus criados que se levantaran de la mesa, con el cometido evidente
de estar muy pendientes de carros y caballos, que corrían peligro en tanto
anduviera por la zona gente de esa catadura. Las sacerdotisas curaron la herida
en el cuello de su hermana, le dieron las gracias a Geralt inclinando en
silencio la cabeza y se retiraron a descansar, probablemente al granero, pues
era dudoso que el posadero hubiera puesto a su disposición unos lechos en los
dormitorios.
Con una inclinación
y un gesto Geralt invitó a su mesa a la rubia gracias a la cual
www.lectulandia.com
- Página 252
había recobrado sus
espadas. La joven aceptó de buena gana la invitación, abandonando sin reparos
al que había sido su acompañante hasta ese momento, el susodicho funcionario, a
quien se le puso una cara de lo más mohína.
—Soy Tiziana Frevi
—se presentó, ofreciéndole la mano a Geralt y estrechándosela como un hombre—.
Me alegro de conocerte.
—Lo mismo digo.
—Qué nervios, ¿no?
Las veladas en estas posadas de camino suelen ser aburridas, pero hoy ha estado
interesante. Incluso en un momento dado he empezado a asustarme. Aunque no sé
yo, ¿no habrá sido simplemente un reto entre machos? ¿Un duelo de testosterona?
¿O una competición a ver quién la tiene más larga? ¿Ha habido un peligro real?
—No, no lo ha
habido —mintió Geralt—. Gracias sobre todo a las espadas, que he recuperado por
mediación tuya. Te estoy agradecido. Lo que no acabo de entender es lo que
hacían en tus manos.
—Se supone que iba
a ser un secreto —empezó a explicar con desenvoltura—. Me dieron instrucciones
de entregarte las espadas discretamente y a escondidas, y desaparecer después.
Pero las condiciones han cambiado inopinadamente. No he tenido más remedio, porque
la situación así lo exigía, que entregarte las armas a la vista de todo el
mundo, con el rostro descubierto, como suele decirse. Negarte ahora las
explicaciones no sería apropiado. Por eso no voy a negártelas, y asumiré la
responsabilidad por haber desvelado el secreto. Las espadas me las ha dado
Yennefer de Vengerberg. Ocurrió en Novigrado, hace ahora dos semanas. Soy una
dwimveandra. Conocí a Yennefer por casualidad, en casa de una maestra con la
que acababa de terminar mis prácticas. Cuando se enteró de que me dirigía hacia
el sur, y en vista de que mi maestra respondía por mí, doña Yennefer me
encomendó esta misión. Y me dio una carta de recomendación para una conocida
maga de Maribor, con la que me propongo hacer prácticas ahora.
—Cómo… —Geralt
tragó saliva—. ¿Cómo está? ¿Yennefer? ¿Le va todo bien? —Muy bien, diría yo.
—Tiziana Frevi le miró por debajo de las pestañas—. Tiene
un aspecto como
para dar envidia. Y yo la envidio, para ser sincera.
Geralt se levantó.
Se acercó al posadero, que a punto había estado de desmayarse del susto.
—Pero si no hacía
ninguna falta… —dijo modestamente Tiziana cuando poco después el posadero les
sirvió una frasca de Est Est, el blanco más caro de Toussaint. Y algunas velas
adicionales, metidas en el cuello de unas botellas vacías—. Demasiadas molestias,
la verdad —añadió, cuando un momento después les llevaron a la mesa unas
bandejas, una de ellas con lonchas de jamón curado, otra con trucha ahumada, la
tercera con un surtido de quesos—. Te vas a dejar una fortuna, brujo.
—Hay motivo. Y la
compañía es excelente.
Ella se lo
agradeció con un gesto de la cabeza. Y con una sonrisa. Una sonrisa preciosa.
www.lectulandia.com
- Página 253
Al acabar la
escuela de magia, cada hechicera tenía que elegir. Podía quedarse en la
academia como ayudante de una maestra preceptora. Podía pedir a alguna de las
maestras independientes que la acogiera en su casa en calidad de aprendiz
estable. O podía optar por hacerse dwimveandra.
Ese sistema lo
habían adoptado de los gremios. En muchos de ellos los pupilos que obtenían el
grado de aprendices estaban obligados a emprender un peregrinaje, en el curso
del cual realizaban trabajos esporádicos, en distintos talleres, con distintos
maestros, hoy aquí y mañana allí, hasta que, transcurridos varios años,
regresaban para someterse a un examen y obtener la maestría. Con todo, había
algunas diferencias. Forzados a deambular de acá para allá, los aprendices, sin
un trabajo estable, muy a menudo las pasaban canutas, y el peregrinaje acababa
siendo una odisea. Una dwimveandra lo era por su propia voluntad y deseo, y el
Capítulo de los hechiceros había instituido para las magas ambulantes un fondo
de becas específico, el cual, según había oído Geralt, no estaba nada mal.
—Ese tipo
patibulario —se sumó a la conversación el poeta— llevaba un medallón parecido
al tuyo. Era uno de los Gatos, ¿verdad?
—Sí, es verdad. No
quiero hablar de eso, Jaskier.
—Los desacreditados
Gatos —el poeta se dirigió a la hechicera—. Son brujos, pero fallidos.
Mutaciones fallidas. Lunáticos, psicópatas y sádicos. El nombre de Gatos se lo
han dado ellos mismos, pues son de hecho como los gatos: agresivos, crueles,
imprevisibles e impredecibles. Pero Geralt, como de costumbre, le quita
importancia para tranquilizarnos. Porque peligro si que hubo, y serio. Fue un
milagro que no hubiera una escabechina, con sangre y cadáveres. Habría sido una
masacre, como la de Iello, hace cuatro años. Me temía que en el momento menos
pensado…
—Geralt ha pedido
que no hablemos de eso —le cortó Tiziana Frevi, cortesmente, pero con
determinación—. Vamos a respetarlo.
El brujo la miró
con simpatía. Le parecía agradable. Y guapa. Puede que demasiado guapa.
A las hechiceras,
como él ya sabía, les potenciaban el atractivo, el prestigio de la profesión
requería que la maga despertara admiración. Pero el embellecimiento nunca era
perfecto, siempre quedaba algo. Tiziana Frevi no era una excepción. En la
frente, justo por debajo de la línea del cabello, había unas marcas, apenas
visibles, de viruela, que se remontaban seguramente a su infancia, cuando aún
no estaba inmunizada. El perfil de los hermosos labios estaba mínimamente
afeado por una pequeña cicatriz ondulante por encima del labio superior. Como
tantas y tantas veces, a Geralt le dio rabia, rabia de su mirada, de sus ojos
que le obligaban a fijarse en tantos detalles insignificantes, minucias que no
tenían la menor importancia en comparación con el hecho de que Tiziana estaba
sentada a la mesa con él, bebiendo Est Est, comiendo trucha ahumada y
sonriéndole. Realmente, el brujo no había visto ni había conocido a demasiadas
mujeres cuya belleza pudiera considerarse intachable, y en cuanto a la
probabilidad de que alguna de ellas le sonriese tenía razones para
www.lectulandia.com
- Página 254
calcular que era
igual a cero.
—Ha hablado de una
recompensa… —Cuando a Jaskier le daba por un tema, era difícil hacer que se
rindiera—. ¿Alguno de vosotros sabe a qué se refería? ¿Geralt?
—No tengo ni idea.
—Pues yo sí lo sé
—presumió Tiziana Frevi—. Y me sorprende que no hayáis oído hablar de eso,
porque es un asunto que está en boca de todo el mundo. Foltest, rey de Temeria,
ha ofrecido una recompensa. Para aquél que libere a su hija de un hechizo. Se
pinchó con un huso y duerme un sueño eterno, corren rumores de que yace en un
ataúd en un castillo cubierto de espino. Según otras versiones, el ataúd es de
cristal y lo han colocado en la cumbre de una montaña de cristal. Otros dicen
que la princesa se ha transformado en un cisne. O en un monstruo terrible, en
una estrige. Como consecuencia de una maldición, porque la princesa era el
fruto de una relación incestuosa. Al parecer, esas habladurías se las ha
inventado y las ha difundido Vizimir, rey de Redania, que mantiene litigios
territoriales con Foltest, está siempre peleándose con él y hace todo lo que
puede para amargarle la existencia.
—Efectivamente,
parece una invención —comentó Geralt—. Basada en una fábula o en una leyenda.
Una princesa hechizada y transformada, una maldición como castigo por un
incesto, una recompensa para quien la libere del hechizo. Clásico y banal. El
que se lo haya inventado no se lo ha currado mucho.
—El asunto —añadió
la dwimveadra— tiene un evidente trasfondo político, por eso el Capítulo ha
prohibido a los hechiceros intervenir en él.
—Fábula o no, el
caso es que el propio Gato se lo había creído —observó Jaskier
—. Es evidente que
tenía prisa por llegar a Wyzima, y más concretamente por llegar hasta esa
princesa encantada, para deshacer el embrujo y hacerse con la recompensa
prometida por el rey Foltest.
Le entró la
sospecha de que Geralt también se dirigía hacia allí y de que quería
adelantársele.
—Estaba en un error
—repuso Geralt secamente—. No me dirijo a Wyzima. No tengo intención de meter
los dedos en ese avispero político. Eso es tarea precisamente para alguien como
Brehen, que, como él mismo ha dicho, está muy necesitado. Yo no estoy necesitado.
He recuperado las espadas, no voy a tener que gastarme el dinero en unas
nuevas. Tengo medios de subsistencia. Gracias a los hechiceros de Rissberg…
—¿El brujo Geralt
de Rivia?
—En efecto. —Geralt
midió con la mirada al funcionario de la cara mohína, que estaba de pie a su
lado—. ¿Y quién lo pregunta?
—Eso es lo de
menos. —El funcionario levantó la cabeza y frunció los labios, intentando darse
aires de grandeza—. Lo importante es la demanda judicial. De la que por la
presente os hago entrega. En presencia de testigos. Conforme a derecho.
El funcionario le
entregó a Geralt un papel enrollado. Tras lo cual se retiró, sin privarse de
obsequiar a Tiziana Frevi con una mirada llena de desprecio.
Geralt rompió el
sello, desplegó el rollo de papel.
www.lectulandia.com
- Página 255
—Datum ex Castello
Rissberg, die 20 mens. Jul. Anno 1245 post Resurrectionem —leyó—. Para el
Juzgado de Primera Instancia de Gors Velen. Parte demandante: Complejo de
Rissberg, Sociedad Civil. Demandado: Geralt de Rivia, brujo. Demanda de:
devolución de la cantidad de mil, en letras, mil coronas novigradas.
Solicitamos: Primo: instar al demandado Geralt de Rivia a la devolución de la
cantidad de mil coronas novigradas, junto con los correspondientes intereses.
Secundo: requerir al demandado el pago en beneficio de la parte demandante de
las costas procesales, de conformidad con la normativa vigente. Tertio:
disponer la ejecución inmediata de la sentencia. Motivación: el demandado
defraudó al Complejo de Rissberg, Sociedad Civil, la cantidad de mil coronas novigradas.
Pruebas: copia de las transferencias bancarias. Dicha cantidad constituía el
pago del anticipo a cambio de unos servicios que el demandado nunca prestó y
que, actuando de mala fe, no tenía intención de prestar… Testigos: Biruta Anna
Marquette Icarti, Axel Miguel Esparza, Igo Tarvix Sandoval… Qué hijos de puta.
—Te he devuelto las
espadas. —Tiziana bajó la mirada—. Y a la vez te he traído problemas. Ese ujier
me ha seguido. Esta mañana ha oído cómo preguntaba por ti en el embarcadero. Y
justo después se me ha pegado como una lapa. Ahora ya se por qué. Esta demanda
es culpa mía.
—Te va a hacer
falta un abogado —aseguró Jaskier en tono sombrío—. Pero no te recomiendo a
cierta abogada de Kerack. Ésa se desenvuelve mejor fuera de los tribunales.
—El abogado me lo
puedo ahorrar. ¿Te has fijado en la fecha que figura en la demanda? Me juego el
cuello a que ya han celebrado el juicio y han fallado en mi ausencia. Y que ya
me han embargado la cuenta.
—No sabes cuánto lo
siento —dijo Tiziana—. Es culpa mía. Perdóname.
—No hay nada que
perdonar, no tienes culpa de nada. ¡Que les parta un rayo, a Rissberg y a los
tribunales! ¡Posadero! ¡Otra frasca de Est Est, si es posible!
Muy pronto eran los
únicos huéspedes en la sala, muy pronto el posadero les dio a entender, con un
ostentoso bostezo, que ya iba siendo hora de terminar. La primera en retirarse
fue Tiziana, y poco después la siguió Jaskier.
Geralt no se
dirigió al cuarto que ocupaba con el poeta. En lugar de eso, llamó suavemente a
la puerta de Tiziana Frevi. Ella le abrió de inmediato.
—Te estaba
esperando —balbuceó, tirando de él hacia el interior del cuarto—.
Sabía que ibas a
venir. Y, de no haber venido, habría ido yo a buscarte.
Tuvo que dormirlo
mágicamente, si no se habría despertado de todas todas al salir ella. Y tuvo
que irse antes de que amaneciera, cuando aún estaba oscuro. Dejando detrás su
perfume. Un delicado olor a iris y bergamota. Y a algo más. ¿A rosa?
www.lectulandia.com
- Página 256
En la mesilla,
encima de sus espadas, había una flor. Una rosa. Una de las rosas blancas de la
maceta que había delante de la posada.
Nadie recordaba qué
lugar era aquél, quién lo había construido, a quién había servido ni para qué.
Más allá de la posada, en una hondonada, estaban las ruinas de una antiquísima
construcción, lo que en su tiempo fue un complejo de gran tamaño y seguramente
de gran riqueza. De los edificios prácticamente no quedaba nada: restos de
cimientos, fosas donde crecían los arbustos, algunos bloques de piedra
desperdigados. Todo lo demás había sido desmontado y saqueado. Los materiales
de construcción eran caros, no había derecho a desperdiciar nada.
Pasaron por debajo
de los restos de un pórtico destrozado, en su día un arco imponente, ahora
recordaba a una horca. La impresión se veía reforzada por la hiedra que colgaba
como una soga cortada. Recorrieron una alameda delimitada por árboles. Eran
unos árboles resecos y tullidos, con un aspecto grotesco, como doblados por el
peso de una maldición que hubiera caído sobre aquel lugar. La alameda
desembocaba en un jardín. O más bien en algo que fue un jardín en otros
tiempos. Los parterres de agracejos, retama y rosas trepadoras; sin duda
vistosamente podados en el pasado, formaban ahora una salvaje y caótica maraña
de ramas, tallos espinosos y matorrales resecos. En aquella maraña sobresalían
los restos de estatuas y tallas, en su mayoría de cuerpo entero. Los restos
eran tan insignificantes que ni acercándose mucho había manera de determinar a
quién —o qué— representaban. Tampoco tenía aquello mayor trascendencia. Las
estatuas eran el pasado. No se habían preservado, por tanto, habían dejado de
ser importantes. Quedaba la ruina, y ésta parecía llamada a perdurar, las
ruinas son eternas.
Ruinas. Monumentos
a un mundo destruido.
—¿Jaskier?
—¿Sí?
—Últimamente, todo
lo que podía salir mal ha salido mal. Y tengo la impresión de que no hago más
que meter la pata. Todo lo que he tocado se ha ido al garete.
—¿Eso crees?
—Sí, eso creo.
—Entonces seguro
que es así. No esperes comentarios. Estoy aburrido de hacer comentarios. Y
ahora compadécete de ti mismo en silencio, si puedo pedirte ese favor. En estos
momentos estoy componiendo, y tus lamentos me desconcentran.
Jaskier se sentó en
una columna caída, se echó el sombrerillo hacia atrás, cruzó las piernas,
apretó las clavijas del laúd.
Tiemblan las velas,
la llama es escasa,
se siente el helado
soplo del viento…
De hecho sopló el
viento, un viento brusco y repentino. Y Jaskier dejó de tocar. Y
www.lectulandia.com
- Página 257
suspiró
ruidosamente.
El brujo se volvió.
Estaba parada en la
entrada a la alameda, entre el zócalo ruinoso de una estatua irreconocible y el
ramaje enmarañado de un cornejo seco. Alta, con un vestido ceñido. En la cabeza
exhibía un pelaje grisáceo, más propio de un zorro de la estepa que de un zorro
plateado. Tenía las orejas puntiagudas y el hocico alargado.
Geralt no se movió.
—Te dije que
volvería. —En el hocico de la raposa brillaron los colmillos—.
Algún día. Hoy es
ese día.
Geralt no se movió.
Sentía en la espalda el peso familiar de sus dos espadas, un peso que venía
echando de menos desde hacía un mes. Un peso que por lo general le
proporcionaba calma y seguridad. Hoy, en ese preciso instante, ese peso no era
más que peso.
—He venido… —A la
aguara le resplandecían los colmillos—. Ni yo misma sé a qué he venido. Quizá
para despedirme. Quizá para permitirle a ella que se despida de ti.
Por detrás de la
raposa asomó una chiquilla delgada con un vestido entallado. Su rostro pálido,
de una rigidez nada natural, era todavía a medias humano. Pero es posible que
tuviera ya más de zorro que de persona. Los cambios se estaban sucediendo con
rapidez.
El brujo sacudió la
cabeza.
—La has curado… ¿La
resucitaste? No, eso es imposible. Entonces, tenía que estar viva en el barco.
Estaba viva. Fingió que había muerto.
La aguara ladró
fuerte. Geralt tardó unos momentos en caer en la cuenta de que había sido una
risa. De que la raposa se estaba riendo.
—¡En otros tiempos
podíamos hacer mucho más! Ilusiones de islas mágicas, dragones danzando en el
cielo, visiones de un poderoso ejército acercándose a las murallas de una
ciudad… En otros tiempos, hace ya mucho. Ahora el mundo ha cambiado, nuestras
habilidades han disminuido… y nosotras hemos degenerado. Tenemos más de raposas
que de aguaras. Pero hasta la raposa más pequeña, hasta la más joven, es capaz
de engañar a vuestros primitivos sentidos humanos.
—Por primera vez en
mi vida —dijo Geralt después de un momento—, me alegro de haber sido engañado.
—No es verdad que
hayas hecho todo mal. Y como premio puedes tocarme la cara.
El brujo carraspeó,
mirando los afilados dientes.
—Hum…
—Las ilusiones son
las cosas que piensas. Las que temes. Y las que sueñas. —¿Cómo?
La raposa ladró
suavemente. Y se transformó.
Los ojos oscuros,
violeta, ardiendo en un pálido rostro triangular. Los rizos negros
www.lectulandia.com
- Página 258
como un cuervo,
ondeantes como una tempestad, cayendo en cascada sobre los hombros, brillando y
reflejando la luz como las plumas de un pavo real, enredándose y ondulando con
cada movimiento. Los labios de una finura prodigiosa, pálidos bajo el carmín. Una
cinta de terciopelo en el cuello, y en la cinta una estrella de obsidiana,
destellando y despidiendo millares de reflejos…
Yennefer sonrió. Y
el brujo le acarició una mejilla.
Y en ese momento el
cornejo seco floreció.
Y después sopló el
viento, sacudió el arbusto. El mundo desapareció tras una cortina de blancos
pétalos arremolinados.
—Ilusión —se oyó la
voz de la aguara—. Todo es ilusión.
Jaskier dejó de
cantar. Pero no guardó el laúd. Estaba sentado en un fragmento de una columna
caída. Miraba al cielo.
Geralt estaba
sentado a su lado. Meditando sobre diversos asuntos. Había puesto en orden una
serie de ideas. O, más bien, estaba intentando ponerlas en orden. Había trazado
planes. En su mayoría completamente irreales. Se había prometido a si mismo
varias cosas. Con serías dudas de si sería capaz de mantener alguna de sus
promesas.
—La verdad es que
—observó de pronto Jaskier— nunca me felicitas por mis baladas. Con todas las
que habré compuesto e interpretado para ti. Y tú nunca me has dicho: «Qué
bonita. Quiero que la toques otra vez». Nunca has dicho eso.
—Tienes razón.
Nunca te he dicho que quiera. ¿Te gustaría saber por qué?
—¿Por qué?
—Porque no quiero.
—¿Tan difícil es
para ti? —el bardo no se rendía—. ¿Tanto te cuesta? Decir:
«Tócala otra vez,
Jaskier. Toca: “Mientras el tiempo pasa”».
—Tócala otra vez,
Jaskier. Toca: «Mientras el tiempo pasa».
—Lo has dicho sin
ninguna convicción.
—¿Y qué más da? Si
la vas a tocar igual.
—No lo sabes tú
bien.
Tiemblan las velas,
la llama es escasa,
se siente el helado
soplo del viento…
Mientras se van los
días,
mientras el tiempo
pasa
en el silencio
gris, sin un lamento.
Sigues aquí a mi
lado, y en la brasa
vive el calor de
nuestro arrobamiento,
y así se van los
días,
mientras el tiempo
pasa
en el silencio
gris, sin un lamento.
Queda el recuerdo
del camino a casa
indestructible como
un juramento,
aunque se van los
días,
www.lectulandia.com
- Página 259
mientras el tiempo
pasa
en el silencio
gris, sin un lamento.
Por eso, amada mía,
se acompasa
otra vez la canción
al sentimiento:
así se van así los
días,
mientras el tiempo
pasa
en el silencio
gris, sin un lamento.
Geralt se levantó.
—Ya es hora de
ponerse en camino, Jaskier.
—¿Sí? ¿Y adónde?
—¿Acaso no da lo
mismo?
—En el fondo da lo
mismo. Vamos.
www.lectulandia.com
- Página 260
Epílogo
En la colina se
veían los restos blanquecinos de unos edificios, convertidos en ruinas hacia ya
tanto tiempo que estaban totalmente cubiertos de vegetación. La hiedra envolvía
los muros, los arbolillos jóvenes se abrían paso a través de los suelos cuarteados.
Había sido —Nimue no podía saberlo— un templo en otros tiempos, la residencia
de los sacerdotes de alguna deidad olvidada. Para Nimue no pasaba de ser una
ruina. Un montón de piedras. Y un indicador. La señal de que iba por el buen
camino.
Porque justo detrás
de la colina y las ruinas el camino se bifurcaba. Una pista se dirigía hacia el
oeste, a través de un brezal. La otra, que iba hacia el norte, se introducía en
un bosque denso y oscuro. Se adentraba en la negra espesura, se hundía en las
sombrías tinieblas, perdiéndose en ellas. Y ése era el camino que debía seguir.
Al norte. Por medio del Bosque del Arrendajo, de infame reputación.
Nimue no se había
tomado demasiado en serio las historias con las que habían tratado de asustarla
en Ivalo, a lo largo de su peregrinación había tenido que enfrentarse a esas
cosas en más de una ocasión, cada comarca tenía su folklore aterrador, peligros
y horrores locales que servían para atemorizar a los viajeros. A Nimue ya la
habían asustado con las náyades en los lagos, con las ondinas en los ríos, con
los vichts en los cruces de caminos y con los fantasmas en los cementerios. La
mitad de los puentes servían de escondrijo a algún troll, la mitad de las
salcedas daban cobijo a una estrige. Al final Nimue se acostumbró, los terrores
continuos dejaban de ser terrores. Pero no era capaz de dominar la extraña
inquietud que se apoderaba de ella cada vez que se adentraba en un bosque
sombrío, recorriendo los estrechos caminos entre túmulos hundidos en la niebla
o los senderos envueltos en vapores pantanosos. Ahora, delante de la pared
oscura de aquel bosque, sentía ese mismo nerviosismo, que le subía como un cosquilleo
por la nuca y le resecaba los labios.
Es un camino muy
transitado, se repetía en su pensamiento, está lleno de rodadas de carros, de
huellas de los cascos de caballos y bueyes. Qué importa que tenga un aspecto
tan inquietante, éste no es un lugar de mala muerte, ésta es la trillada ruta
de Dorian, que atraviesa el último retazo de bosque que se ha salvado de las
hachas y las sierras. Son muchos los que pasan por aquí, a pie o a caballo.
También yo voy a cruzar. No tengo miedo.
Soy Nimue verch
Wledyr ap Gwyn.
Wyrwa, Guado,
Sibell, Brugge, Casterfurt, Mortara, Ivalo, Dorian, Anchor, Gors Velen.
Volvió la vista
para comprobar que nadie venía detrás. Sería más seguro, pensó, andar en
compañía. Pero por el camino, ni hecho aposta, justo ese día, justo a esa hora,
no quería pasar nadie. No se veía un alma.
No había más
remedio. Nimue carraspeó, se acomodó el hatillo al hombro, agarró
www.lectulandia.com
- Página 261
con fuerza el
bastón. Y se adentró en el bosque.
Entre los árboles
predominaban los robles, los olmos y unos viejos carpes que crecían muy juntos,
también había pinos y alerces. A sus pies crecía un tupido sotobosque, donde se
entrelazaban espinos, avellanos, prunos y madreselvas. Por lo general, en ese
sotobosque abundaban las aves del bosque, sin embargo, en aquella floresta
reinaba un silencio ominoso. Nimue caminaba con la vista clavada en la tierra.
Respiró aliviada cuando en cierto momento, en la espesura, empezó a repiquetear
un pájaro carpintero. Bueno, aquí hay un ser vivo, pensó, no estoy
completamente sola.
Se detuvo y se
volvió bruscamente. No pudo ver nada ni a nadie, pero por un momento estuvo
segura de alguien iba detrás de ella. Sentía que la observaban. Que la seguían
a escondidas. El miedo le apretó la garganta, un escalofrío le recorrió la
espalda.
Apresuró el paso.
Le pareció que el bosque empezaba a clarear, se iba volviendo más luminoso y
más verde, porque en el arbolado iban predominando los abedules. Una revuelta,
dos revueltas más, pensaba febrilmente, un poco más y habré salido del bosque.
Dejaré atrás el bosque, junto con eso que me sigue a escondidas. Y seguiré mi
camino.
Wyrwa, Guado,
Sibell, Brugge…
Ni siquiera oyó el
murmullo, captó un movimiento con el rabillo del ojo. Desde unos helechos salió
disparada una forma gris, plana, de múltiples patas e increíblemente veloz.
Nimue soltó un grito al ver las pinzas castañeteantes, grandes como guadañas. Las
garras erizadas de espinas y pelillos. Los múltiples ojos que rodeaban la
cabeza como una corona.
Sintió una fuerte
sacudida que la levantó del suelo y la empujó violentamente. Cayó de espaldas
sobre unos brotes flexibles de avellano, se agarró a ellos, lista para
levantarse de un salto y huir. Se quedó paralizada al observar la danza salvaje
que estaban ejecutando en el camino.
El monstruo de
múltiples patas saltaba y giraba, con una rapidez inverosímil, agitando las
garras y chasqueando con sus aterradoras mandíbulas. Y alrededor de él, aún más
rápido, tan rápido que los ojos no alcanzaban a verlo, danzaba un hombre.
Armado con dos espadas.
Ante los ojos de
Nimue, paralizados por el terror, volaron por los aires, primero una, después
otra, después una tercera garra amputada. La espada estoqueó en el cuerpo
plano, del que brotaron unos hilos de pringue verde. El monstruo forcejeaba y
se revolvía, por fin se lanzó con un salto salvaje en dirección al bosque,
tratando de huir. No llegó muy lejos. El hombre le dio alcance, lo pisó,
tomando impulso lo clavó al suelo con la punta de las dos espadas a la vez. El
monstruo estuvo mucho tiempo pataleando, por fin se quedó inmóvil.
Nimue se apretó el
pecho con las manos, intentando sosegar de ese modo el corazón desbocado. Vio
cómo su salvador se inclinaba sobre el monstruo muerto,
www.lectulandia.com
- Página 262
cómo le separaba
algo del caparazón valiéndose de un cuchillo. Cómo limpiaba el filo de las
espadas y las introducía en las vainas que llevaba a la espalda.
—¿Todo bien?
Pasó un tiempo
antes de que Nimue cayera en la cuenta de que la pregunta iba dirigida a ella.
Aunque de todos modos era incapaz tanto de articular palabra como de levantarse
del avellano. Su salvador no se dio mucha prisa en ayudarla a incorporarse del
arbusto, al final tuvo que apañárselas ella sola. Le temblaban tanto las
piernas que apenas se tenía en pie. La sequedad de la boca no se le iba con
nada.
—Mala idea la de
esta excursión en solitario por el bosque —dijo el salvador, acercándose más.
Se retiró la
capucha, los cabellos blancos como la nieve brillaron en medio de la penumbra
del bosque. Nimue estuvo a punto de soltar un grito, en un acto reflejo se
llevó el puño a la boca. Es imposible, pensó, es totalmente imposible. Debo de
estar soñando.
—Pero a partir de
ahora… —siguió diciendo el albino, examinando la placa metálica que tenía en la
mano, ennegrecida y cubierta de una pátina—. A partir de ahora se podrá
transitar por aquí sin correr ningún riesgo. A ver qué tenemos aquí. IDR UL Ex
IX 0008 BETA. ¡Ja! Tú eras el que me faltaba en la cuenta, número ocho. Ahora
las cuentas ya están cuadradas. ¿Cómo te encuentras, muchacha? Ah, disculpa. La
boca como un desierto, ¿verdad? ¿La lengua como una estaca? Ya sé, ya sé. Toma,
echa un trago.
Nimue cogió con
mano trémula la cantimplora que le ofrecía.
—¿Y adónde te
diriges?
—A D… A Do…
—¿A?
—A… Dorian. ¿Qué
era eso? ¿Eso… de ahí?
—Una virguería. La
obra maestra número ocho. De todos modos, lo importante no es lo que era. Lo
importante es que ya ha dejado de ser. Y tú, ¿quién eres? ¿Adónde te diriges?
Sacudió la cabeza,
tragó saliva. Y se decidió. Sorprendida de su propia decisión. —Soy… Soy Nimue
verch Wledyr ap Gwyn. Después de Dorian iré a Anchor, de
ahí a Gors Velen. A
Aretusa, la escuela de hechiceras en la isla de Thanedd. —Ajá. ¿Y de dónde
vienes?
—De la aldea de
Wyrwa. Pasando por Guado, Sibell, Brugge, Casterfurt… —Conozco esa ruta —la
interrumpió—. La verdad es que te has recorrido medio
mundo, Nimue hija
de Wledyr. En Aretusa deberían tenértelo en cuenta para el examen de ingreso.
Aunque seguro que no te lo tienen en cuenta. Te has impuesto una meta
ambiciosa, muchacha de la aldea de Wyrwa. Muy ambiciosa. Ven conmigo.
—Buen… —Nimue
seguía moviendo las piernas con rigidez—. Buen señor… —¿Sí?
—Gracias por
salvarme.
www.lectulandia.com
- Página 263
—Es a ti a quien
habría que dártelas. Desde hace bastantes días estaba esperando que apareciera
alguien como tú. Todos los que pasaban por aquí lo hacían en grupos numerosos,
ruidosos y armados, de modo que nuestra obra maestra número ocho no se decidía a
atacar, no asomaba la nariz de su escondrijo. Tú la has hecho salir. Desde
bastante lejos habrá sabido reconocer a una presa fácil. A alguien que viaja
solo. Y no muy grande. Sin ánimo de ofender.
El extremo del
bosque estaba, por lo que se pudo ver, allí mismo. Más allá, junto a un grupo
de árboles aislados, esperaba el caballo del albino. Una yegua baya.
—Hasta Dorian —dijo
el albino— habrá desde aquí como cuarenta leguas. Para ti tres días de camino.
Tres y medio, contando lo que queda de hoy. ¿Eres consciente de eso?
Nimue sintió una
euforia repentina, que compensó el aturdimiento y otras consecuencias del
susto. Es un sueño, pensó. Seguramente estoy soñando. Porque esto no puede ser
real.
—¿Qué te pasa? ¿Te
encuentras bien?
Nimue se armó de
valor.
—Esa yegua… —Casi
no podía articular, de los nervios—. Esa yegua se llama Sardinilla. Porque
todos tus caballos se llaman así. Porque tú eres Geralt de Rivia. El brujo
Geralt de Rivia.
Él la miró
largamente. Callaba. Nimue también callaba, con la mirada clavada en el suelo.
—¿En qué año
estamos?
—En el mil
trescientos… —Levantó los ojos asombrados—. En el mil trescientos setenta y
tres después del Renacimiento.
—En ese caso —el
albino se frotó la cara con la mano enguantada—, Geralt de Rivia hace ya mucho
que no vive. Murió hace ciento cinco años. Pero creo que estaría contento si…
Estaría contento si supiera que después de ciento cinco años la gente le
recuerda. Que recuerda quién era. Que recuerda incluso el nombre de su caballo.
Sí, creo que estaría contento… si pudiera saberlo. Ven. Te acompañaré.
Caminaron largo
rato en silencio. Nimue apretaba los labios. Avergonzada, había decidido no
hacer más comentarios.
—Delante de
nosotros —rompió el tenso silencio el albino— hay un cruce y una carretera. El
camino a Dorian. Llegarás sin peligro.
—¡El brujo Geralt
de Rivia no ha muerto! —soltó de improviso Nimue—. Sólo se ha marchado, sólo se
ha marchado al País de los Manzanos. Pero regresará… Regresará, pues así reza
la leyenda.
—Leyendas.
Tradiciones. Cuentos. Fábulas e historias. Debería habérmelo imaginado, Nimue
de la aldea de Wyrwa, tú, que te diriges a la escuela de hechiceras en la isla
de Thanedd. No te habrías lanzado a tan insensato viaje de no haber sido por
las leyendas y cuentos con los que has crecido. Pero no son más que cuentos,
Nimue. Sólo cuentos. Con todo lo que te has alejado ya de tu casa, tendrías que
www.lectulandia.com
- Página 264
entenderlo.
—¡El brujo
regresará del otro mundo! —No daba su brazo a torcer—. Regresará para proteger
a la gente cuando de nuevo reine el mal. Mientras exista la oscuridad, serán
necesarios los brujos. ¡Y la oscuridad sigue existiendo!
Él estuvo largo
rato callado, mirando hacia un lado. Finalmente, volvió la cara hacia ella. Y
se sonrió.
—La oscuridad sigue
existiendo —aseguró—. A pesar de los logros del progreso, el cual, como se nos
manda creer, tiene que iluminar las tinieblas, eliminar las amenazas y
ahuyentar los temores. Aunque hasta ahora el progreso no ha cosechado
demasiados éxitos en este terreno. Hasta ahora, el progreso no ha hecho más que
inculcarnos la idea de que la oscuridad son sólo supersticiones que ocultan la
luz, y no tenemos nada que temer. Pero eso no es verdad. Si hay de qué temer.
Porque siempre, siempre existirá la oscuridad. Y siempre estará presente el mal
en la oscuridad, siempre habrá en la oscuridad colmillos y garras, crímenes y
sangre. Y siempre serán necesarios los brujos. Y ojalá siempre aparezcan justo
allí donde hacen falta. Allí donde se escucha un grito de socorro. Allí donde
los llaman. Ojalá que cada vez que alguien los llama se presenten con una
espada en la mano. Una espada cuyo brillo atraviese las tinieblas, cuya
claridad deshaga las sombras. Bonito cuento, ¿verdad? Y termina bien, como
tienen que terminar todos los cuentos.
—Pero… —farfulló
Nimue—. Pero entonces, cien años… ¿Cómo es posible que…? ¿Cómo es posible?
—Esas preguntas —la
interrumpió, sin dejar de sonreír— no puede hacerlas una futura adepta de
Aretusa. De una escuela donde enseñan que no hay nada imposible. Porque todo lo
que hoy es imposible mañana se volverá posible. Ese lema debería colgar a la
entrada de ese centro de enseñanza, que pronto será el tuyo. Buen viaje, Nimue.
Adiós. Aquí nos separamos.
—Pero… —Ella sintió
un alivio repentino, y un torrente de palabras empezó a brotar de sus labios—.
Pero yo querría saber… Saber más cosas. De Yennefer. De Ciri. De cómo acabó de
verdad aquella historia. He leído… Conozco la leyenda. Lo sé todo. Sobre los
brujos. Sobre Kaer Morhen. ¡Hasta me sé el nombre de todas las Señales de los
brujos! Cuéntame, por favor…
—Aquí nos separamos
—la interrumpió con suavidad—. Ante ti está el camino que lleva a tu destino. A
mí me aguarda una ruta muy distinta. El cuento se alarga, la historia nunca
termina. Y en cuanto a las Señales… Hay una que no conoces. Se llama Somne. Mira
mi mano.
La miró.
—Ilusión —aún
alcanzó a oír Nimue, desde muy lejos—. Todo es ilusión. —¡Eh, moza! ¡No te
duermas, que te roban!
Nimue alzó la
cabeza. Se frotó los ojos. Y se levantó del suelo.
—¿Me adormilé?
¿Estaba dormida?
—¡Y tanto! —La
mujer corpulenta que conducía el carro se echó a reír en el
www.lectulandia.com
- Página 265
pescante—.
¡Requetedormida! ¡Como un tronco! Dos veces te llamé a gritos, y tú nada. Ya me
iba a tirar del carro… ¿Estás sola? ¿Qué andas catando? ¿Acaso buscas a
alguien?
—A un hombre… de
pelo blanco… Estaba aquí mismo… Aunque puede que… Ya no estoy segura…
—A nadie viera por
estos pagos —repuso la mujer. A su espalda, por detrás de una lona, asomaban
las cabecitas de dos niños—. Veo que estás por los caminos. — La mujer indicó
con los ojos el hatillo y el bastón de Nimue—. Yo a Dorian voy. Si gustas, te
llevo. En siendo que tú también vayas hacia aquesta parte.
—Gracias. —Nimue se
encaramó al pescante—. Mil gracias.
—¡Arre! —La mujer
sacudió las bridas—. ¡Vayamos pues! Mejor en carro que no fatigando las patas,
¿a que sí? Uy, me supongo que no podrías con tus huesos para quedarte así
transida en mitad del camino. Dormías, ya te digo…
—Como un tronco
—suspiró Nimue—. Ya lo sé. Estaba agotada y me quedé dormida. Y además he
tenido…
—¿Sí? ¿Qué tuviste?
Volvió la vista.
Detrás quedaba el negro bosque. Delante la aguardaba el camino entre hileras de
sauces. El camino a su destino.
El cuento se
alarga. La historia nunca termina.
—He tenido un sueño
muy raro.
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario