© Libro N° 14004. El Loco De
Los Balcones. Vargas Llosa,
Mario. Emancipación. Julio 5 de
2025
Título Original: © El Loco De Los Balcones. Mario
Vargas Llosa
Versión Original: © El Loco De Los Balcones. Mario Vargas Llosa
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Mario Vargas Llosa
El Loco De
Los Balcones
Mario Vargas Llosa
La obra de teatro
«El loco de los balcones», (1993) de Mario Vargas Llosa, es una tragicomedia
donde se privilegia el aspecto cómico que es invariablemente irónico; pero
donde también se detectan elementos trágicos.
El loco de los
balcones es un personaje de la estirpe del licenciado Vidriera, es decir, en
último término un personaje de raigambre quijotesca. Fascinado por el paisaje
virreinal de Lima, el anciano profesor Aldo Brunelli, en esta pieza inédita de
Mario Vargas Llosa, emprende una singular apología y cruzada en favor de los
balcones mudéjares o barrocos de madera de la antigua ciudad de los reyes.
Entre lo visionario, lo patético y lo grotesco, la singular peripecia terminará
momentáneamente en un fuego purificador, mas no por ello la gesta habrá
concluido. El loco de los balcones es un apólogo moral y una reflexión sobre la
dinámica entre presente y pasado, entre arte y vida: es también, por encima de
todo, una muestra singularmente poética de la fecunda imaginación creadora de
Mario Vargas Llosa.
Mario Vargas Llosa
El loco de los
balcones
Teatro
ePub r1.0
Big Bang 08.12.14
Título original: El
loco de los balcones
Mario Vargas Llosa,
1993
Diseño de cubierta:
Ripoll Arias
Editor digital: Big
Bang
ePub base r1.2
A Ricardo Blume[1]
PERSONAJES
PROFESOR ALDO
BRUNELLI, anciano
ILEANA, su hija
INGENIERO CÁNEPA
DIEGO, su hijo
Un BORRACHO
DOCTOR ASDRÚBAL
QUIJANO
TEÓFILO HUAMANI
Los cruzados:
DOÑA
ENRIQUETA
DOÑA ROSA
MARÍA
RICARDO
PANCHÍN
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EL VIEJO ESPLENDOR
El Rímac, en la
Lima de los años cincuenta.
El barrio, corazón
de la vida virreynal en el siglo XVIII, es ahora un distrito popular, de viejas
casas convertidas en tugurios y conventillos que parecen hormigueros. Hay
cantinas violentas, llenas de borrachos y gentes de mal vivir, y placitas
recoletas y desmoronadas donde cuchichean las beatas y dormitan mendigos que
huelen a pis. Las esquinas hierven de vagos y los faroles han sido pulverizados
por pedradas de palomillas. Entre el presente de muros leprosos y fachadas
descoloridas, aceras rotas y techos a medio encofrar, asoman, aquí y allá,
huellas del extinto explendor[2]: iglesitas cuarteadas por los temblores, de
altares churriguerescos; ventanas de hierro forjado; balcones con celosías;
torrecillas moriscas; calles de piedras sin desbastar y esqueletos de mansiones
convertidas en mercados, pensiones o comisarías cuyos huertos han degenerado en
descampado y muladar.
El Rímac es un
barrio forajido, ruinoso, mosquiento, promiscuo, muy vital. En sus arrabales se
confinaron los esclavos libertos en el siglo XIX y fue, entonces, famoso —como,
antes, por sus palacios, carrozas, alamedas y conventos— por sus fiestas de ritmos
africanos, sus brujerías y supersticiones, sus hábitos morados, sus
procesiones, sus orgías, sus duelos a cuchillo, sus serenatas y sus lenocinios.
Aquí nació el criollismo y la mitología pasadista de Lima. Y, también, el vals
criollo de guitarra, palmas y cajón; la replana, esotérica jerga local, la
variante zamba de la marinera y la lisura, en sus dos acepciones de palabra
malsonante y gracia de mujer.
Al Rímac vienen
todavía, huyendo de la respetabilidad, los burgueses de la otra orilla del río
hablador, a pasarse una noche de rompe y raja con morenos y mulatas. Cantan
valses de la guardia vieja, bailan marineras, beben mulitas de pisco, pulsan la
guitarra y tocan el cajón. En octubre, durante la feria, los domingos y otros
días de corrida, no sólo la plaza de Acho, todo el barrio recobra por unas
horas su protagonismo y tradición.
Ahora es el
amanecer y el Rímac duerme, en una oscuridad tranquila, interrumpida por
maullidos de gatos rijosos. Humedece el aire esa lluviecita invisible de Lima,
la garúa.
Mal alumbrado por
el farol de la esquina, dando prestancia a un muro encanallado de
inscripciones, hay un balcón. En él, entregado a extrañas manipulaciones, se
divisa a un viejecillo enteco y ágil, vestido a la manera de otros tiempos.
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Al fondo de la
calle, andando despacio para no perder el equilibrio, aparece la silueta de un
borracho.
Se acerca,
canturreando.
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I. AL PIE DE UN
BALCÓN MUDEJAR
BORRACHO
¡Ayayayay! ¡Caaanta
y no llooores! Porque, cantaaando… Jesús, qué es esto. ¡Los diablos azules!
Pero si sólo nos tomamos una botellita con mis primos. ¿O serían las mezclas de
cerveza y pisco? Me habían dicho que uno ve ratas y cucarachas y esto parece
más bien un viejito. Oiga, usted no es una pesadilla sino un cristiano de carne
y hueso ¿cierto?
PROFESOR BRUNELLI
Buenas noches,
amigo.
BORRACHO
¿Qué busca trepado
en ese balcón, se puede saber? Esas travesuras se hacen de muchacho, no a sus
años. Usted está subido ahí ¿no? ¿O son los diablos azules?
PROFESOR BRUNELLI
Es una percepción
exacta de la realidad. Estoy en la barandilla de este balcón, efectivamente.
Trepé aquí sin ayuda de nadie.
BORRACHO
Estará usted más
borracho que yo, entonces.
PROFESOR BRUNELLI
El último trago que
tomé fue una copita de Chianti Classico, un vinito de mi tierra, hace la
friolera de cuarenta años. Desde entonces, sólo agua y jugos de fruta.
BORRACHO
¿Se puede saber qué
hace ahí? ¿Para qué amarra esa soga? No me diga que se va a robar a una
muchacha, descolgándose con ella en sus brazos.
PROFESOR BRUNELLI
Ya veo que ha leído
Romeo y Julieta.
BORRACHO
Leído, no. Vi la
película. (Pausa). Ese balcón estará comido por las polillas.
Ahorita se viene
abajo y quedará usted como mazamorra, don.
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PROFESOR BRUNELLI
Es fuerte como una
roca, a pesar de los doscientos diecisiete años que acaba de cumplir. De madera
de cedro, traída a Lima desde Nicaragua. Nos puede resistir a los dos juntos.
¿Quiere hacer la prueba?
BORRACHO
Ni de vainas.
Estaré borracho pero de tonto no tengo un pelo. ¿Tiene doscientos diecisiete
años ese vejestorio?
PROFESOR BRUNELLI
Y algunos meses,
aunque no podría precisar cuántos. El modelo vino de Sevilla. Del taller del
maestro Santiago de Olivares y Girondo, cuyos dibujantes diseñaron la mayoría
de balcones coloniales de Lima. Y los de Arequipa, Trujillo, Ayacucho,
Huancavelica, Cusco y Cajamarca. Pero, permítame aclararle algo, amigo.
BORRACHO
Diga, nomás.
PROFESOR BRUNELLI
Aunque los planos
venían de allá, usted buscaría en vano, en Sevilla o en toda Andalucía, un
balcón parecido a éste.
BORRACHO
¿Está burlándose de
mí? ¿A qué viene ese discurso?
PROFESOR BRUNELLI
A que este balcón,
aunque concebido en España, es más peruano que usted y más limeño que santa
Rosa de Lima. ¿Se da cuenta?
BORRACHO
Usted parece más
loco de lo que creí. ¿De qué tendría que darme cuenta?
PROFESOR BRUNELLI
De que lo esencial
no fueron los planos, ni los arquitectos sevillanos, sino los ejecutantes. Los
carpinteros, los ebanistas, los talladores de aquí. Ellos lo crearon, con sus
manos, con su espíritu y, sobre todo, con su amor.
BORRACHO
Debo tener diablos
azules, sí. Son las cinco de la mañana, hay neblina, no queda un perro suelto
en las calles. Y usted, trepado en ese balcón ¡hablando
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del espíritu de los
carpinteros!
PROFESOR BRUNELLI
Los esclavos
africanos y los artesanos indios que cortaron, labraron, pulieron y clavaron
estas maderas en el XVII, en el XVIII, en el XIX, volcaron en ellas lo mejor
que tenían. Y su espíritu quedó impregnado en las tablas.
BORRACHO
(Tratando de hacer
un chiste para disimular su confusión).
¿Impregnado como el
olor a pipí que me quedó en el cuerpo de esa cantina muerta de hambre a la que
me arrastraron mis primos?
PROFESOR BRUNELLI
Probablemente, ni
se daban cuenta. No advertían que, al materializar esos dibujos sevillanos, los
alteraban. Cambiándoles el semblante y la personalidad.
BORRACHO
¡Jajajá! ¡El
semblante y la personalidad de los balcones! Esto se pone chistoso, don.
PROFESOR BRUNELLI
Infundiéndoles una
vida propia.
BORRACHO
¿Los balcones, una
vida propia?
PROFESOR BRUNELLI
Quien tiene ojos
para ver, lo puede ver. Yo lo veo. Cuando descubro los mensajes que los
peruanos de entonces nos dejaron en estas tablas, me parece dialogar con ellos.
Verlos, estrecharles la mano.
BORRACHO
¡Ya sé! Usted es un
rosacruz. Conocí a uno, hace tiempo. Veía mensajes en las nubes, en las
piedras. Se las pasaba hablando con las almas. ¿Es usted un rosacruz, don?
PROFESOR BRUNELLI
Soy profesor de
historia del arte. Y he dado, también, clases de italiano.
BORRACHO
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Bueno, bueno, siga
con su cantaleta. ¿Qué mensaje dejaron esos fulanos en los balcones?
PROFESOR BRUNELLI
Su cultura. Lo
hicieron con tanta astucia que sus amos no se dieron cuenta. No lo habrían
permitido. Y mucho menos los inquisidores, si hubieran adivinado que en estos
balcones quedaban huellas de las idolatrías que creían haber extirpado.
BORRACHO
Me está dando usted
todo un sermón. ¿Y para qué amarra ahí esa soga, se puede saber?
PROFESOR BRUNELLI
¿Un sermón? No, una
charla. Di decenas, en colegios, iglesias, clubs, casas particulares. Enseñando
a la gente que el pasado es tan importante como el futuro, para un país.
Decenas de decenas. Mis oyentes solían quedarse como usted. Cierre la boca,
amigo, no se vaya a tragar una mosca.
BORRACHO
La verdad es que
ando despistado, don. ¿Es usted sabio o le falta un tornillo? Yo sólo veo unas
tablas despintadas, llenas de telarañas.
PROFESOR BRUNELLI
Hay que mirar a los
balcones con el mismo amor con que fueron fabricados. Entonces, las yemas de
los dedos, acariciando su superficie, identifican las creencias de sus
constructores. Los peces y las conchas que insinuaron los artesanos del
litoral. Las escamas de serpientes, los colmillos de pumas, los espolones y
picos de cóndores que incrustaron en sus pilastras y dinteles los ebanistas de
la sierra. Los cuernos, medialunas, soles radiantes, estelas, tótems que
escondieron en sus molduras los esclavos nostálgicos del África.
BORRACHO
¿Hay todas esas
cosas en los balcones cochambrosos de Lima?
PROFESOR BRUNELLI
Sugeridas,
aludidas. Basta un poco de sensibilidad para notarlo. ¿No se han ganado por
ello el derecho a la existencia?
BORRACHO
Por qué grita,
abuelo.
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PROFESOR BRUNELLI
¿No tenemos la
obligación de defenderlos? ¿De atajar a esos especuladores sin cultura y sin
moral que quieren destruirlos?
BORRACHO
Vaya, ahora me
riñe. ¿Yo qué le hice, caballero?
PROFESOR BRUNELLI
Me exalté un poco.
Le pido disculpas.
BORRACHO
¿Sabe que habla
como si los balcones fueran personas?
PROFESOR BRUNELLI
Están vivos. Ni más
ni menos que usted y yo.
BORRACHO
¿Me puede decir
ahora qué amarra ahí? No estará pensando en ahorcarse, ¿no?
PROFESOR BRUNELLI
No se preocupe por
mí.
BORRACHO
¿No tiene frío ahí
arriba? Un catarro a sus años podría ser fatal, don.
PROFESOR BRUNELLI
Estoy bien
abrigado, gracias.
BORRACHO
Yo, en cambio, me
muero de frío y de sueño. Así que, a casita, a enfrentarse a la Gertrudis.
¿Puedo hacer algo por usted?
PROFESOR BRUNELLI
Nada, gracias. Pero
por este balcón y sus hermanos, puede. Alertar la conciencia pública. Explicar
que destruirlos es una traición a esos ancestros que, desde el fondo de los
siglos, nos miran y nos juzgan. Hágale ese servicio a su país, amigo.
BORRACHO
No quiero que me
tiren piedras ni que me pongan una camisa de fuerza. Un
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consejo, antes de
irme. No se ahorque. A pesar de todo, la vida vale la pena. Se lo dice alguien
con el que esta ciudad de mierda ha sido muy ingrata. Y, sin embargo, aquí
estoy, sacando el pecho y dando la pelea. Adiós, don.
Se aleja, con andar
vacilante, en el amanecer todavía sin luz. En el tenue silbido del viento se
insinúa el estribillo del Himno de los Balcones. Sus compases y algunos
ladridos de perros madrugadores quedan como música de fondo, mientras el
profesor Brunelli, distraído un momento del nudo que hace en la soga, fantasea,
recuerda y dialoga con una ciudad fantasma.
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II. LA LIMA QUE SE
FUE
PROFESOR BRUNELLI
Lima, Lima ¿has
sido también ingrata conmigo? Sí, pues me voy de tus calles más pobre de lo que
llegué. Se terminó el noviazgo, putanilla. Cuarenta y pico de años. Quedas
libre de ir a corromperte por ahí con gentes como el doctor-doctor Asdrúbal
Quijano o el ingeniero Cánepa. Te comprarán abrigos de concreto armado, joyas
de plexiglás, vestidos de acero y sombreros de vidrio esmerilado. ¡Pobre de ti!
¡La ciudad de los reyes! Así te llamaban cuando el joven Brunelli desembarcó en
el puerto del Callao, hambriento de exotismo. ¡Lima, la morisca! ¡Lima, la
sevillana! ¡Lima, la sensual! ¡Lima, la andaluza! ¡Lima, la mística!
Coqueterías de putanilla para seducir al joven florentino enamorado del arte y
de la historia. Eras la capital de una república, pero la vida colonial seguía
viva. Cómo te deslumbraba ese pasado que era aquí presente, Aldo Brunelli.
Cuando iba a dar mis clases a las niñas de sociedad, todo me maravillaba de ti.
¡Qué espectáculo! Las calles trazadas a cordel, por los conquistadores. Los adoquines
pulidos por las herraduras de las bestias. Los aguateros y afiladores
pregonando sus servicios y los párrocos llevando la extremaunción, entre
campanillas y zahumerios, a los moribundos del barrio. ¡Adónde viniste a parar,
Aldo Brunelli! Era octubre. Allí pasaban los negros y mulatos, vestidos de
morado, en la procesión del Señor de los Milagros, o bebiendo y zapateando como
en una saturnal. Fue un amor a primera vista, putanilla. A pesar de lo
maltratada que estás, todavía te amo. Aún pienso en ti como en mi novia. «A lo
único que le tengo celos es a Lima», decía mi pobre mujer, que en paz descanse.
Ni a ti ni a Ileana les di la vida que se merecían, esposa, es verdad. ¡Ileana,
hijita querida! Ahora recibirás tu recompensa por tantas privaciones. ¿Te alegra
que nuestra hija se haya casado con ese muchacho, esposa? Claro que te alegra.
A mí también, te lo juro. «Pero, Aldo, ¿me quieres explicar qué le ves a
Lima?». «Le veo el alma, amor mío». Anticuada, pintoresca, multicolor,
promiscua, excéntrica, miserable, suntuosa, pestilente. Así eres, putanilla. Mi
mujer no podía entender que tú y yo fuéramos novios. Ileana tampoco, por lo
visto. Pero a ti y a mí nos daba lo mismo que ellas no lo entendieran ¿cierto?
Nos hemos llevado bien. Pronto hubiéramos cumplido nuestras bodas de oro. Te
están matando a poquitos y yo ya no estaré aquí para entonar los responsos.
Hasta ha contribuido a tu desaparición, buena amiga. Hice lo que tenía que
hacer. Tú lo apruebas, lo sé. ¡Adiós, iglesias barrocas cargadas de exvotos! ¡Adiós
conventos de osarios macabros y huertos fragantes! Parecías haber escapado a la
usura del tiempo, por una distracción divina. Pero ya llegaron los ingenieros
Cánepas con sus escuadras y sus plomadas a incrustarte en la cronología. Tú no
fuiste ingrata
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conmigo, putanilla.
Me has dado lo mejor que tenías. Tu garúa, la lluvia que no es lluvia. Tu
neblina, la niebla que no es niebla. Tus teatinas, ni techos ni ventanas sino
techos-ventanas. Tus zaguanes donde retumba la historia. Y tus balcones, tan
amados. No me guardas rencor ¿verdad, putanilla? Hubiera sido peor que cayeran
en manos de los ingenieros Cánepas de este mundo, ¿no es cierto? Ah, los
ingenieros Cánepas…
En su recuerdo se
materializa una escena no lejana, de incalculables consecuencias. A los pies
del balcón se ilumina el despacho, lleno de planos y maquetas, del ingeniero
Cánepa. Y allí está, también, Diego. Padre e hijo miran asombrados al
inesperado y resuelto visitante que tienen al frente.
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III. MAGIA,
MISTERIO, RATAS Y ELECTRICIDAD
INGENIERO CÁNEPA
¿De balcones, dice
usted?
PROFESOR BRUNELLI
Sí, ingeniero
Cánepa, eso digo.
INGENIERO CÁNEPA
¿De eso viene a
hablarme?
PROFESOR BRUNELLI
Ellos dan a Lima un
sello de distinción y originalidad entre todas las ciudades del mundo. Esos
balcones que usted se ha empeñado en echar abajo con sus bulldozers, monstruos
que parecen salidos de una pesadilla de Hieronymus Bosch. Pero, claro, usted no
sabrá quién es El Bosco.
INGENIERO CÁNEPA
En cambio, sé quién
es usted. ¡Por supuesto! Usted es…
PROFESOR BRUNELLI
El loco de los
balcones. En efecto, señor demoledor. Usted y yo seremos siempre enemigos. Pero
lo cortés no quita lo valiente. Profesor Aldo Brunelli, a sus órdenes.
INGENIERO CÁNEPA
Mucho gusto. Éste
es Diego, mi hijo. Otro demoledor en ciernes, pues acaba de recibirse de
arquitecto.
PROFESOR BRUNELLI
Hola, joven.
DIEGO
Encantado,
profesor.
INGENIERO CÁNEPA
Mi hijo es uno de
sus admiradores. Lo cree un Quijote moderno.
DIEGO
¿Le vas a decir lo
que tú piensas de él, papá?
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INGENIERO CÁNEPA
Claro que sí. Yo le
decía a Diego que usted no es un idealista sino un romántico.
PROFESOR BRUNELLI
¿Es incompatible
ser idealista y romántico?
INGENIERO CÁNEPA
En mi opinión, sí.
Un idealista quiere cambiar las cosas para mejor, perfeccionar la vida, elevar
la condición de los hombres y de la sociedad. Yo soy un idealista, profesor. Un
romántico es un iluso. Un soñador retorcido e impráctico, que sueña imposibles,
como erigir casas en las nubes. Las casas se construyen en la tierra firme,
profesor Brunelli.
PROFESOR BRUNELLI
Los balcones están
en el aire, cerca de las nubes.
INGENIERO CÁNEPA
Me gusta que tenga
sentido del humor. Yo también tomo las cosas con alegría. Bien, ya lo ve, aquí
no nos sobra el tiempo. ¿Puedo saber el motivo de su visita?
PROFESOR BRUNELLI
Lo sabe de sobra:
la casa de la calle de Espaderos. Una de las pocas sobrevivientes del XVII. Por
esa mansión que usted ha comenzado a pulverizar pasaron virreyes, oidores,
arzobispos, magistrados. Y parece que en ella escondieron sus amores el
libertador Simón Bolívar y una mulata vivandera.
INGENIERO CÁNEPA
¡Pasaron, tuvieron!
Tiempo pretérito. Ahora, esa mansión es un cuchitril subdividido con tabiques y
esteras. Sin agua y sin luz. Donde los inquilinos se disputan el espacio con
ratas y cucarachas. ¿Ha venido a pedirme que no eche abajo ese monumento a la
mugre?
PROFESOR BRUNELLI
He venido a pedirle
compasión para sus dos balcones. Están bien conservados. La celosía del que
mira al poniente se halla intacta. Y la del otro, aunque dañada, se puede
restaurar. Destruirlos sería un crimen de lesa cultura. No puede hacer
semejante cosa a la ciudad que lo vio nacer.
INGENIERO CÁNEPA
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Le voy a hacer un
bien. Un edificio de doce pisos, moderno e higiénico. Donde los limeños vivirán
y trabajarán en condiciones decentes, como hombres y mujeres del siglo XX. Su
cruzada es simpática, lo admito. Pero usted no puede exigir que, por unos cuantos
balcones, Lima renuncie al progreso.
PROFESOR BRUNELLI
Sólo le pido que no
cometa un suicidio histórico. ¿No estamos rodeados de desiertos por el norte y
el sur? Erupcione esos arenales de rascacielos. ¿Por qué levantar sus edificios
precisamente donde, para construir el futuro, tiene que borrar trescientos años
de pasado? Usted y sus colegas están robándole el alma a Lima. Matando su
magia, su misterio.
INGENIERO CÁNEPA
Estamos dotándola
de electricidad, de agua potable, de desagües. De viviendas y oficinas para
esos limeños que se multiplican como conejos. Para vivir, se necesitan cosas
concretas, profesor. De magias y misterios no vive nadie. Ya sé que no lo voy a
convencer. Sepa, pues, que tengo todos los permisos. Municipales y
ministeriales. Y el visto bueno de la Dirección de Conservación del Patrimonio
Artístico y Monumentos Históricos.
PROFESOR BRUNELLI
¡La Dirección de
Conservación del Patrimonio Artístico y Monumentos Históricos! Tamaño nombre
para ese cubil de burócratas. ¿Le digo cuánto le costó el permiso? Conozco las
tarifas del doctor-doctor Asdrúbal Quijano, historiador y arqueólogo que, bien
remunerado, autorizaría la demolición de la catedral de Lima.
INGENIERO CÁNEPA
No sea tan severo.
También los arqueólogos y los historiadores deben alimentarse y el Estado paga
mal. Bueno, mucho gusto de haberle conocido, profesor.
PROFESOR BRUNELLI
No me voy todavía.
Ya veo que he fracasado en mis exhortaciones. Hablemos de negocios, entonces.
INGENIERO CÁNEPA
¿De negocios?
PROFESOR BRUNELLI
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¿Cuánto quiere por
esos balcones? Véndamelos.
INGENIERO CÁNEPA
Son suyos. Se los
regalo. ¿Qué va a hacer con ellos?
PROFESOR BRUNELLI
Por lo pronto,
salvarles la vida. Después, restaurarlos de las inclemencias del tiempo y de
los bárbaros. Luego, ya se verá.
INGENIERO CÁNEPA
¿Sabe que, aunque
sus ideas me parecen anacrónicas, eso que hace me impresiona? A lo mejor tengo
un alma romántica yo también.
PROFESOR BRUNELLI
Entonces, hágame el
favor completo. ¿No podría, uno de los monstruos rodantes de su empresa,
llevarme los balcones a mi corralón, en el Rímac?
DIEGO
Se los llevaré yo
mismo, profesor. Le prometo descolgarlos de la fachada sin que sufran un
rasguño.
INGENIERO CÁNEPA
¿Tiene usted un
cementerio de balcones, allá, en el Rímac?
Pero el profesor
Brunelli ya no lo escucha. Desconectado del recuerdo, sumido de nuevo en su
monólogo, ha emprendido el retorno al viejo balcón
PROFESOR BRUNELLI
(Escalando
ágilmente el muro, volviendo a manipular la soga).
Cementerio de
balcones, cementerio de ilusiones, de sueños, de esperanzas. ¿No, Ileana?
INGENIERO CÁNEPA
(Hablando a un
invisible interlocutor, con voz que se desvanece al igual que su persona y su
despacho, en las sombras del olvido).
Eso sí, profesor
Brunelli. Nos estamos despidiendo como amigos, ¿verdad? Entonces, no se le
ocurra organizarme una manifestación con cartelitos, en la obra de Espaderos.
Mi compañía tiene un plazo y no puedo permitir interrupciones, porque me
multan. Si sus viejitas y sus niños románticos
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vienen a molestar,
mis obreros los correrán a palos. Por lo demás, muy amigos, y aquí me tiene
para lo que se le ofrezca.
El derredor se
ilumina con una luz de mediodía, veraniega. Aparece el cementerio de los
balcones, donde el profesor Brunelli ha ido acumulando los objetos antiguos que
rescata. Los balcones se apiñan, unos sobre otros, en increíble desorden. Hay
varias decenas, de todos los estilos y épocas, en distinto estado de
conservación. Un grupo de señoras y jóvenes se afanan entre los balcones,
limpiándolos, barnizándolos y clasificándolos, en un ambiente risueño y
entusiasta. En un rincón del descampado, medio aplastada entre los trastos, se
divisa la modesta casita donde vive el profesor con su hija Ileana. Desde lo
alto del balcón rímense en el que ha decidido ahorcarse, el profesor Brunelli
contempla el espectáculo, en su memoria, enternecido: ahí está Ileana, recibiendo
a Diego Cánepa, que llega al descampado trayendo los dos balcones de la calle
de Espaderos.
PROFESOR BRUNELLI
¡Adiós, viejitas!
¡Adiós, doña Enriqueta Santos de Lozano, alma noble, colaboradora eximia!
¡Adiós, doña Rosa María de Sepúlveda, matrona generosa, de la casta de las
santas y las heroínas! ¡Adiós, caro Ricardo! ¡Adiós, queridísimo Panchín!
Románticos como ustedes hicieron Machu Picchu y el Taj Mahal, los Uffizi y el
Louvre. ¡Adiós, Ileana Brunelli, flor inocente cuya juventud sacrifiqué sin
darme cuenta!
Parece que fuera a
ponerse la soga en el cuello. Pero lo que ocurre a sus pies, en el cementerio
de los balcones, captura su atención. Curioso, entretenido, observa.
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IV. EL CEMENTERIO
DE LOS BALCONES
ILEANA
Eres Diego Cánepa,
¿no?
DIEGO
Hola. Traigo estos
balcones para el profesor Brunelli.
ILEANA
Los de la calle de
Espaderos. Mi papá me había prevenido. (A los cargadores). Pónganlos donde
encuentren un hueco. (A Diego). Soy Ileana, la hija del profesor. Mi papá
volverá ahorita.
DIEGO
Mucho gusto.
ILEANA
Despierta, vuelve a
la tierra.
DIEGO
Es que nunca me
hubiera imaginado un lugar así, en este barrio. Como el escenario de un cuento
de hadas.
ILEANA
De brujas, dirás.
DIEGO
Bueno, tal vez.
Todos esos balcones y amontonados de esa manera. Una ciudad de fantasmas, una
pesadilla gótica. No sé con qué compararlo, la verdad. ¿Cuántos balcones hay
aquí?
ILEANA
Setenta y seis.
Setenta y ocho, con los que acabas de traer. Todo está tan desordenado por la
falta de espacio. Ya no caben, tenemos que ponerlos unos sobre otros. Nos han
ido acorralando. Apenas podemos respirar mi papá y yo, en ese rinconcito.
DIEGO
¿Ustedes viven
aquí?
ILEANA
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En el Rímac no sólo
hay negros y cholos. También blancos muertos de hambre, como nosotros.
DIEGO
Era una simple
pregunta. ¡Setenta y ocho balcones! Parece mentira. ¡Todo el virreinato!
Trescientos años de historia en un corralón de Bajo el Puente.
PROFESOR BRUNELLI
(Reflexionando,
dentro del recuerdo).
Cuatrocientos.
Había, también, balcones republicanos de principios, de mediados y de finales
del XIX. Hubiera podido ser el museo más original del mundo. «Cuatro siglos de
Lima a través de sus balcones». No se te ocurrió, mi querido Diego, a ti que se
te ocurrían tantas cosas.
DIEGO
¿Y esos muchachos y
esas señoras?
ILEANA
Son los cruzados.
DIEGO
Caramba.
ILEANA
A mi padre le
gustan las grandes palabras y los símbolos, como buen italiano.
Tiene un sentido
operático de la vida.
DIEGO
Eso parece: un
decorado de ópera, Vaya, encontré la comparación que buscaba. ¿Eres italiana,
también?
ILEANA
No, yo soy limeña.
Como mi mamá.
DIEGO
¿También tiene ella
la pasión de los balcones?
ILEANA
Murió cuando yo era
de este tamañito. No la conocí, en realidad. Sólo por fotos. Y por una carta.
Me la escribió cuando sintió que se moría, para que la leyera de grande.
Pidiéndome que ayudara a mi papá. «Un hombre tan bueno
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pero sin ningún
sentido práctico», me decía. Eso es lo que soy: el ancla de mi padre en este
mundo. Sin mí, empezaría a levitar y desaparecería entre las nubes, de puro
bueno que es.
DIEGO
Lo vi apenas un
minuto, pero me bastó para saber que era un ser íntegro. ¿Y qué hacen los
cruzados?
ILEANA
Ya lo ves:
trabajan. O, como diría mi padre…
PROFESOR BRUNELLI
¡Libran la batalla
de la cultura! ¡Quiebran lanzas por el ideal!
ILEANA
Porque los
demoledores son sólo parte del problema. También quieren acabar con ellos las
polillas y la humedad. Los curamos con un preparado de alcohol y alcanfor que
mata los bichos sin dañar la madera y los barnizamos con una cera que los
proteje[3] contra la corrosión.
DIEGO
Como a bebitos con
resfrío, ni más ni menos. Una gota en cada agujerito. En ese balcón, que parece
un colador, la pobre señora se va a tardar un año.
ILEANA
Somos apenas un
puñado. No llegamos a veinte, cuando vienen todos, lo que ocurre rara vez.
DIEGO
(Bajando la voz).
¿Todos voluntarios?
Quiero decir…
ILEANA
¿Crees que podemos
pagar sueldos? Lo que gana mi papá, y los pocos donativos, se van en rescatar
esos balcones de las manos de los atilas.
DIEGO
¡Los atilas! ¿Así
lo llaman a mi viejo?
PROFESOR BRUNELLI
No todos eran tan
generosos como el ingeniero Cánepa, lo admito. Los otros
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no nos regalaban
los balcones. Había que comprárselos, regateando centavo a centavo. ¡Adiós,
fenicios insensibles!
ILEANA
¿No te llama la
atención que entre los cruzados sólo haya viejas y jovencitos?
DIEGO
Ya lo sabía. He
visto fotos de las manifestaciones que hacen ustedes, cuando van a tumbar una
casa antigua.
ILEANA
Mi padre dice que,
en este país, el idealismo sólo se da en la primera y la tercera edad. Y que a
nuestra generación el egoísmo no la deja ver más allá de sus narices.
PROFESOR BRUNELLI
¡Más allá de sus
carteras, más bien!
DIEGO
Bueno, tú eres la
excepción a la regla. La que salva el honor de la gente de nuestra edad.
ILEANA
Como hija del
profesor Aldo Brunelli, qué me queda. Estoy condenada a ser idealista.
DIEGO
¿Sabes que estoy
conmovido? Con todo esto, quiero decir. Con tu padre, sobre todo. Eso se llama
tener convicciones, principios. Puede ser una quimera, pero lo que ustedes
hacen es admirable.
ILEANA
Vaya, vaya. ¿No
será que el hijo del atila número uno de la Lima antigua es también un
idealista?
DIEGO
¿Podría echarles
una mano en mis ratos libres?
ILEANA
De mil amores.
Necesitamos voluntarios. Porque, además de curarlos y barnizarlos, hay que
estudiarlos, clasificarlos, fotografiarlos. Y escudriñarlos milímetro a
milímetro, pues cada uno de ellos es…
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Profesor Brunelli e
Ileana
(A coro).
¡Un cofre de
tesoros! ¡Un arca de maravillas! ¡De enseñanzas, de sugerencias, de
reminiscencias y perfumes históricos!
DIEGO
No parece que lo
creyeras. Lo dices como burlándote.
ILEANA
¡Te equivocas! Yo
creo todo lo que cree mi padre. Muchos piensan que está chocho. ¿No le han
puesto los periódicos «el loco de los balcones»? En realidad, es el hombre más
lúcido y más cuerdo, además del más generoso que hay en esta ciudad. ¿Es de
veras, lo de venir a ayudarnos?
DIEGO
Me gustaría mucho.
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V. LOS CRUZADOS
El profesor
Brunelli, como a pesar de sí mismo, es atraído por lo que ocurre.
Suelta la soga,
desciende del balcón, se desliza entre los cruzados.
ILEANA
Magnífico, Diego.
¡Muchachos, señoras! Otro voluntario para la cruzada. Les presento a Diego
Cánepa. ¡Un aplauso de bienvenida! (Los cruzados se aproximan a los dos
jóvenes, con un rumor entusiasta. Hay exclamaciones — ¡Bravo! ¡Bienvenido!— y
un prolongado aplauso). Aquí llega mi papá. Se va a llevar una sorpresa. ¡Hola,
papá! Mira quién está aquí. Diego Cánepa, hijo del que ya sabes.
DIEGO
El atila número
uno… Cómo está, profesor.
ILEANA
Trajo los dos
balcones de Espaderos… Y, cáete de espaldas, va a trabajar con nosotros como
voluntario. ¡Qué te parece!
PROFESOR BRUNELLI
Estupendo, Ileana.
Déme esa mano, Diego. Ya me pareció ver en sus ojos un brillo inteligente, de
hombre sensible. ¿Así que nos ayudará? Es una buena noticia. Compensa en algo
la mala que les traigo.
Los cruzados lo
rodean, inquietos.
DOÑA ENRIQUETA
¿La casa del
Corsario, la de la calle de la Pelota?
PROFESOR BRUNELLI
Sí, doña Enriqueta.
DOÑA ROSA MARÍA
La echarán abajo,
¿entonces?
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PROFESOR BRUNELLI
La Dirección de
Preservación del Patrimonio Artístico y de Monumentos Históricos autorizó la
demolición. Con los pretextos de siempre.
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VI. EL DESPOTISMO
ILUSTRADO
En un rincón del
escenario aparece, detrás de su escritorio, la cara iracunda del doctor
Asdrúbal Quijano, jefe de la Dirección de Preservación del Patrimonio Artístico
y de Monumentos Históricos
DOCTOR QUIJANO
Estado ruinoso.
Techos agujereados y podridos por la humedad. Vigas carcomidas por polillas y
roídas por roedores. Entretechos ocupados por murciélagos. Suelos
desembaldosados por los ladrones. Paredes desajustadas por los temblores y
descascaradas por el tiempo y la incuria. Puertas y ventanas desaparecidas y
sustituidas por cartones. Cañerías y desagües inexistentes. Tragaluces tapiados
por nidos de gorriones y madejas de telarañas. Ventilación nula. Pestilencia y
putrefacción. Aguas servidas, alimañas volantes y reptantes en pasillos y
habitaciones. Salvo el baño: porque no lo hay, ni nada que se le parezca, ni
siquiera una simple letrina o pozo higiénico. Ése es el colmenar de inmundicias
y aberraciones arquitectónicas por cuyo anacronismo usted se interesa. Que,
además, y para terminar, se halla en peligro inminente de desmoronarse y
aplastar a los inquilinos. ¿Está usted satisfecho, señor Brunelli?
PROFESOR BRUNELLI
(Se ha ido
acercando al escritorio del burócrata, imantado por su voz).
Todos esos
argumentos son falsos, señor director. Exageraciones y distorsiones para
engañar a la opinión pública.
DOCTOR QUIJANO
¿Se atreve usted a
llamarme, a mí, Asdrúbal Quijano, director del Patrimonio Artístico y
Monumentos Históricos, un falsario?
PROFESOR BRUNELLI
Y también un
insensible a la Historia.
DOCTOR QUIJANO
Si no fuera por sus
canas, le respondería como es debido. Tengo dos doctorados, para que se entere.
Uno en Arqueología y otro en Ciencias Sociales. A propósito, ¿tiene usted algún
título académico?
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PROFESOR BRUNELLI
Sólo el
Bachillerato. Pero, no me cambie de tema. En esa casa que está entregando a los
demoledores, pasó una noche el corsario Morgan, luego de arrasar el puerto del
Callao y la ciudad de Lima.
DOCTOR QUIJANO
¿Y quiere que
gastemos los escasos recursos del Estado en conservar una pocilga de
tuberculosos porque en ella durmió un pirata asesino y truhán, depredador de
bienes muebles e inmuebles y espanto de todas las vírgenes del Continente
Austral? Se nota que es usted un extranjero sin patria, ciego y sordo a los
intereses del país que le brinda hospitalidad.
PROFESOR BRUNELLI
En esa casa de la
calle de la Pelota vivió también el Pico della Mirándola peruano: don Pedro de
Peralta y Barnuevo, comediógrafo, erudito, filósofo, políglota y poeta. Sus
huesos deben crujir de indignación oyendo sus historicidios, doctor doctor.
DOCTOR QUIJANO
Que crujan. Estoy
demasiado preocupado por los vivos, para perder mi tiempo con los muertos. Y
tengo mi conciencia tan limpia como el agua de nuestros manantiales serranos.
¿Puede usted decir lo mismo, bachiller?
PROFESOR BRUNELLI
Esa casa se
menciona en varias crónicas coloniales. En el siglo XVIII tuvo un pequeño
escenario, donde la Perricholi, amante del Virrey Amat, representó muchas
comedias. Se debe restaurar, convertir en un teatrín de cámara.
DOCTOR QUIJANO
¡Contésteme lo que
le he preguntado! ¿Tiene usted la conciencia tan nívea y transparente como la
tengo yo?
PROFESOR BRUNELLI
He venido a que
hablemos de la casa del Corsario, no a comparar nuestras conciencias. Doctor
doctor.
DOCTOR QUIJANO
¿Está usted
asustado, bachiller?
PROFESOR BRUNELLI
Nunca lo he estado
en mi vida. ¿De qué lo estaría?
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DOCTOR QUIJANO
De su pasado. De
estas preguntas: ¿Quién es usted? ¿De dónde vino? ¿Por qué llegó hasta aquí?
¿Huyendo de quién, de qué?
PROFESOR BRUNELLI
De nada ni de
nadie. Me embarqué hacia esta tierra por espíritu de aventura. El nombre del
Perú se asociaba en mi imaginación juvenil con lo fabuloso y lo mítico. No con
burócratas prevaricadores.
DOCTOR QUIJANO
¿Huyendo de la
policía, a lo mejor? ¿O de los tribunales de justicia? ¿De algún Comité de
Depuración, tal vez? ¿No figurará el apellido Brunelli en los archivos de la
magistratura italiana mezclado a hechos de sangre? ¿A estafas? ¿A proezas
mafiosas? Basta que yo mueva el dedo meñique para que los diarios que
controlamos conviertan esas suposiciones en verdades axiomáticas. Ríase. Yo sé
que tras esa risa se oculta el pánico.
PROFESOR BRUNELLI
Me río de sus
tácticas intimidatorias, doctor doctor. No tengo prontuario alguno. Ninguna
amenaza me va a callar ni poner fin a mi campaña en defensa del patrimonio de
este país, que quiero como mío. Eso lo sabe usted muy bien.
DOCTOR QUIJANO
Yo sé que es usted
un expatriado. Un inmigrante. Un sujeto sin títulos. Un apátrida. Un revoltoso.
Un decrépito. Un atrabiliario. Que está aquí gracias a la benevolencia de
nuestro gobierno. Al que sus intromisiones en los asuntos públicos comienzan a
irritar.
PROFESOR BRUNELLI
Yo no me meto con
el gobierno. Yo sólo irrito a los funcionarios que no cumplen con su deber.
Usted y yo tendríamos que ser aliados, no enemigos. ¿No se da cuenta?
DOCTOR QUIJANO
Su permiso de
residencia es temporal y puede ser revocado en cualquier momento. Aténgase a
las consecuencias de sus chocheras, bachiller Brunelli.
PROFESOR BRUNELLI
¿Cuánto le pagaron
esta vez los atilas por la casa del Corsario?
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DOCTOR QUIJANO
Moveré cielo y
tierra para que sea expulsado del Perú, de manera ignominiosa. Por indeseable.
Por escupir en la mano que le ha dado de comer todos estos años. ¡Fuera de
aquí!
PROFESOR BRUNELLI
¡Director del
Patrimonio Artístico y Monumentos Históricos! ¿No se le cae la cara al oír este
título? ¡Doctor usurpador! ¡Doctor impostor!
DOCTOR QUIJANO
(Avanzando hacia él
en forma amenazadora).
¡Fuera de aquí, he
dicho! ¡Viejo payaso! ¡Fuera, bachiche! ¡Fuera, apátrida! ¡Fuera, extranjero!
¡Te prohíbo que vuelvas a ensuciar mi despacho con tu ridícula presencia!
La cara exasperada
y el cuerpo trémulo del doctor Quijano se borran en la sombra. El profesor
Brunelli se junta otra vez con los cruzados.
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VII. LOS CRUZADOS
Ricardo Santurce
¿No se puede apelar
al ministerio?
PROFESOR BRUNELLI
El ministerio ya
dio su visto bueno, Ricardo. Legalmente, no hay nada que hacer. A menos de un
milagro, la casa del Corsario será demolida.
DOÑA ENRIQUETA
¿Y nos vamos a
quedar con los brazos cruzados?
DOÑA ROSA MARÍA
¿Vamos a ser
cómplices de una nueva puñalada contra la pobre vieja Lima?
PROFESOR BRUNELLI
(Reponiéndose,
dándose ánimos).
Por supuesto que
no. Vamos a salir a la calle. Con nuestros carteles. A aullar como los perros a
la luna, hasta que los sordos escuchen y los ciegos vean. ¡Ea, amigos, ahora
mismo! ¡Ea, de una vez! ¡Los carteles! ¡El himno! ¡A la casa del Corsario!
Denunciemos el crimen. Que el pueblo dé su veredicto. ¡Ea, ea, a la calle! ¡A
desfilar!
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VIII. EL DESFILE
Una explosión de
alegría sumerge sus palabras. Azuzándose mutuamente con exclamaciones de
¡Vamos!, los cruzados enarbolan carteles y se lanzan a la calle. Diego Cánepa,
contagiado, se suma a ellos. Desfilan por los pasillos y recovecos del teatro,
mudados en las callecitas de la vieja Lima. Por sobre el tráfago callejero y
los ronquidos y bocinas de los automóviles, vibrantes, míticas, resuenan las
notas de su himno.
LOS CRUZADOS
¡Los balcones son
la historia
la memoria
y la gloria
de nuestra ciudad!
Son las voces del
ayer
que nos piden
—día y noche,
noche y día—
conservar nuestra
ciudad.
ILEANA
Canta, Diego,
canta.
DIEGO
Es que no sé la
letra. A ver, cómo es.
LOS CRUZADOS
¡Los balcones
son la historia
la memoria
y la gloria de
nuestra ciudad!
Son los sueños
que debemos
realizar.
Los ideales
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que tenemos
que encarnar.
Ellos vienen
de muy lejos:
de la India
y de Egipto
y de Córdoba
y Granada
y de Esmirna
y de Bagdad.
Pero son
pero son
pero son
más limeños
que la niebla
la garúa
santa Rosa
y san Martín.
PROFESOR BRUNELLI
(Discreto,
distraído, se va apartando de los cruzados y vuelve a encaramarse en el balcón
del Rímac).
Cuántos desfiles
tratando de despertar la conciencia de los apáticos y de los indiferentes. En
todas las calles del centro quedó sentada nuestra protesta contra los
urbanicidios y los historicidios. ¿De qué sirvió? Fuimos unos ingenuos y unos
ciegos. Nos creíamos la chispa que movilizaría a los generosos, a los buenos, a
los sensibles y a los idealistas, contra la barbarie. En verdad, fuimos un
grupito de extravagantes que, de cuando en cuando, entretenía un rato a los
transeúntes.
LOS CRUZADOS
¡Los balcones
son la historia
la memoria
y la gloria
de nuestra ciudad!
Los balcones
tienen gracia
—fantasía, poesía—
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y misterio de
conjuro
y de adulterio
y alegría
de función de
carnaval.
DIEGO
Si mi padre me
viera desfilando aquí con ustedes…
ILEANA
¿Te desheredaría?
DIEGO
Diría que he
confirmado una de sus predicciones. La de tener un corazón bohemio, impráctico.
De chico me decía el nefelíbata.
ILEANA
¿Qué es eso?
DIEGO
El que anda por las
nubes. Es lo que estoy haciendo ahora con ustedes ¿no?
DOÑA ENRIQUETA
¿Y no es lindo,
acaso, andar por las nubes? Me llamo Enriqueta Santos de Lozano. Tengo setenta
y un años pero un corazón de chiquilla desde que formo parte de los cruzados
del profesor Brunelli. Mucho gusto, Diego, y bienvenido a la buena causa.
DIEGO
Gracias, señora.
PROFESOR BRUNELLI
No todos se reían
de nosotros, cuando manifestábamos ante las casas condenadas. Algunos nos
aplaudían, nos animaban. En el fondo, estaban con la cruzada, pero el
escepticismo y la abulia prevalecían. ¡Adiós, incautos! ¡Adiós, limeños
perezosos!
LOS CRUZADOS
¡Los balcones
son la historia
la memoria
y la gloria
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de nuestra ciudad!
Son altares
de ilusión.
¡Un balcón
es una rosa!
Miradores
de esperanzas.
Y crisoles de culturas y de razas
y de tiempos. ¡Un
balcón es un gorrión! ¡Es una niña! ¡Es un varón!
ILEANA
Todas esas viejitas
andan enamoradas de mi padre. Ahora, se enamorarán de ti.
DIEGO
¿Siempre dices las
cosas así, con un poquito de ácido?
Panchín
Choca esos cinco,
Diego. Soy Francisco Andrade, pero me dicen Panchín. El próximo año terminaré
el colegio. Antes dedicaba mi tiempo libre a los boy scouts. Pero esto es más
divertido. Qué bueno que seas de los nuestros. Ah, y ojalá seamos amigos.
DIEGO
Ya lo somos,
Panchín.
PROFESOR BRUNELLI
¡Adiós, falsos
modernistas! ¡Adiós, ávidos! ¡Adiós, balconicidas sin moral ni corazón!
LOS CRUZADOS
¡Los balcones
son la historia
la memoria
y la gloria
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de nuestra ciudad!
Los balcones
nos vigilan
y nos juzgan.
Nos animan
a soñar. Nos ayudan
a vivir.
Los balcones
son el tiempo:
el pasado
en el presente
y el porvenir.
¡Los balcones
no pueden morir!
¡No deben morir!
¡No van a morir!
ILEANA
¿Te parece que
hablo con amargura?
DIEGO
Sí, a veces. ¿Te
importa que te lo diga?
ILEANA
No, no me importa.
DIEGO
A lo mejor es por
mí. ¿Te caigo antipático?
ILEANA
No me caes
antipático. Tu papá, sí, pese a que nunca le he visto la cara.
DIEGO
El atila número
uno.
ILEANA
Donde pone el ojo,
cae un balcón.
DIEGO
Y surge un edificio
o una vivienda moderna. Ésa es la otra cara de la moneda.
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ILEANA
Si tu padre supiera
cuánto hace sufrir al mío cada vez que sus bulldozers arremeten contra las
viejas casas. Me lo imagino frío, calculador, interesado en amasar mucho
dinero. ¿Es así?
DOÑA ROSA MARÍA
Permíteme
estrecharte la mano, Diego. Soy Rosa María de Sepúlveda y te tuteo porque
podría ser tu abuela, a quien, por lo demás, conocí mucho. Por la cruzada he
renunciado a mis juegos de canasta, pero lo hago feliz, porque, si París vale
una misa, Lima vale un balcón.
DIEGO
Mucho gusto, doña
Rosa María.
ILEANA
¿Es el ingeniero
Cánepa como me lo imagino?
DIEGO
Insensible a la
historia y al arte, tal vez lo sea. Pero no se trata de un mercader sin
escrúpulos, ni mucho menos. También quiere a Lima, a su manera. Le horroriza
verla tan arruinada y miserable. La quisiera próspera, limpia, flamante, llena
de edificios modernos y avenidas relucientes. Es un constructor, en todo el
sentido de la palabra. Le gusta ganar dinero, por supuesto. Pero se lo gana
trabajando.
ILEANA
Derribando casas
antiguas.
DIEGO
Sólo cuando están
tan decrépitas que, a su juicio, no tienen compostura. Él piensa que el país
carece de medios para reconstruir esas ruinas. Que nuestros pocos recursos
deben emplearse en hacer esta ciudad más vivible para los limeños de hoy y de
mañana.
Ricardo Santurce
Encantado de que
estés con nosotros, Diego. Ricardo Santurce, a tus órdenes. Estudio en la
Escuela de Arte de la Católica. Me gusta mucho la fotografía. He fotografiado
todos los balcones de Lima que quedan en pie. Cuando quieras ver mis fotos, te
las enseño.
DIEGO
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Gracias, Ricardo.
LOS CRUZADOS
Son antiguos
y modernos. Son hispanos
y son árabes
y son indios e indostanos
y africanos.
Son peruanos
y limeños
y limeños
y limeños. ¡Y los vamos a salvar!
¡Y los vamos a
salvar!
¡A salvar! ¡A
salvar!
¡Los balcones
son la historia
y la memoria
y la gloria
de nuestra ciudad!
ILEANA
Bueno, ya está, ya
eres de la familia. ¡Diego Cánepa, cruzado de los balcones! Qué bien suena.
DIEGO
Si fuera vanidoso
creería que estás coqueteando conmigo, Ileana Brunelli.
ILEANA
A lo mejor lo estoy
haciendo, Diego Cánepa, cruzado de los balcones, jajajá.
Las voces de los
jóvenes se pierden, al igual que las notas del himno. La oscuridad creciente
sumerge el cementerio de los balcones, la vieja Lima. Sólo queda visible el
balcón del Rímac, en la húmeda madrugada, con el profesor Brunelli trepado en
él, acariciando la soga con la que piensa ahorcarse.
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IX. FANÁTICOS
PROFESOR BRUNELLI
El romance debió
comenzar ese primer día que se vieron. Mientras desfilábamos hacia la casa del
Corsario (que en paz descanse). Sería también un amor a primera vista. Como el
nuestro, putanilla. Me alegro, desde luego. Ileana es una magnífica chica y Diego
un buen muchacho. Ella lo quiere, por más que dijera lo que me dijo. Espero que
se lleven bien y sean muy felices. (Como segregado por la memoria del profesor
Brunelli, la silueta de Teófilo Huamani se perfila al pie del balcón). Pensaba
lo mismo cuando enamorabas a mi hija, Teófilo Huamani. Tú no lo creíste nunca,
ya lo sé. Se te había metido en la cabeza que te indisponía con Ileana. ¡Falso
de toda falsedad! Siempre estuviste equivocado, Teófilo Huamani. Nunca pedí a
Ileana que rompiera contigo. Más bien lo lamenté, cuando ocurrió. Te tenía
simpatía, pese a nuestras desavenencias. Tus ideas iconoclastas y tu furor me
asustaban, cierto. Pero me parecías un joven puro. Cómo te alegraría verme en
este balcón, con una soga al cuello.
TEÓFILO HUAMANI
No me alegraría.
Tampoco me apenaría, profesor Brunelli. Simplemente, tomaría nota del hecho. Ha
sido usted derrotado. Se lo advertí, en nuestra última charla. No se puede
remar contra la Historia, detener la marcha del camarada Cronos. Los que lo
intentan, se hacen trizas. Eso le ha pasado a usted. Vencido por declarar una
guerra perdida de antemano. Lo ocurrido tenía que ocurrir.
PROFESOR BRUNELLI
Qué extraordinaria
seguridad. Es algo que siempre he envidiado en gente como tú. La certeza de
tener a la Historia de su lado. En cambio, yo he vivido perplejo ante lo que
iría a pasar. ¿Sabes a quién me recordabas? A un paisano mío, del siglo XV. Él
creía de su parte al cielo, a la verdad divina. Hubiera quemado todos los
cuadros y los libros y los palacios de Florencia si lo hubieran dejado, pues
los consideraba un obstáculo para la salvación de los florentinos. A él lo
quemaron, más bien. No creo que a ti te quemen, como a ese frailecillo
fanático. Pero mucho me temo que mueras fusilado o asesinado, Teófilo Huamani.
TEÓFILO HUAMANI
Usted no debería
hablar de fanáticos, profesor.
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PROFESOR BRUNELLI
¿Por qué no
debería?
TEÓFILO HUAMANI
Porque usted es la
encarnación del fanático. Más todavía que su paisano Savonarola o que yo. Haga
un examen de conciencia, ahora que nadie lo ve ni lo oye, ahora que está solo
ante su Dios. Porque usted cree en Dios, me imagino.
PROFESOR BRUNELLI
Sí, creo en Dios.
Mejor dicho, creo que creo en Dios. Ni siquiera de eso estoy totalmente seguro,
figúrate.
TEÓFILO HUAMANI
Entonces, ahora que
está solo ante este balcón, su tótem, su ídolo. ¿Es o no es un fanático?
PROFESOR BRUNELLI
No lo sé. Espero
que no.
TEÓFILO HUAMANI
En un momento así,
un hombre tiene la obligación de ser honesto consigo mismo. ¿Es usted un
fanático, a su manera, sí o no?
PROFESOR BRUNELLI
Bueno, a mi manera,
tal vez lo sea.
TEÓFILO HUAMANI
Claro que lo es.
¿Se lo digo por qué?
PROFESOR BRUNELLI
¿Por qué lo soy?
TEÓFILO HUAMANI
Por su escala de
valores pervertida. En ella, la primera prioridad han sido unos balcones
enmohecidos. En vez de cosas mucho más importantes.
PROFESOR BRUNELLI
¿Cuáles, por
ejemplo?
TEÓFILO HUAMANI
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- Página 43
Su hija, por
ejemplo.
PROFESOR BRUNELLI
Ileana…
TEÓFILO HUAMANI
Reconozca que la
sacrificó a un sueño: esas limeñas del siglo XVIII, tapadas con mantillas,
espiando a sus galanes detrás de unas celosías. ¿La sacrificó por ese
espejismo, sí o no?
PROFESOR BRUNELLI
No fue mi
intención.
TEÓFILO HUAMANI
Importan los
resultados, no las intenciones, profesor. El precio de su capricho por esas
tablas podridas fue la infelicidad de su hija.
PROFESOR BRUNELLI
Siempre creí que
Ileana compartía mi amor y mi angustia por los balcones de Lima. Siempre la vi
tan entregada, tan entusiasta…
TEÓFILO HUAMANI
Usted no le dejó
escapatoria. La obligó a seguirlo, mediante un chantaje moral. Sabiendo muy
bien que, en su fuero íntimo, Ileana nunca creyó en esa causa perdida.
PROFESOR BRUNELLI
No, no lo sabía.
TEÓFILO HUAMANI
Lo sabía. Yo se lo
dije. Confiésese la verdad, profesor.
PROFESOR BRUNELLI
Sí, me lo dijiste.
Baja la cabeza,
apesadumbrado. Pero, un presencia, en el cementerio de balcones, saludándose.
momento después, lo
atrae la de Ileana y Diego, que están
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X. COQUETERÍAS
ILEANA
Felicitaciones,
señor articulista.
DIEGO
Ah, leíste mi
artículo.
ILEANA
Dos veces. Una, en
voz alta, para mi papá. Quedó conmovido con lo que dices de él.
DIEGO
Es lo que pienso.
Los peruanos y, sobre todo, los limeños, debemos estarle eternamente
agradecidos. El profesor Brunelli es un héroe civil.
ILEANA
A mí no tienes que
convencerme.
DIEGO
Ya lo sé. Aunque a
veces…
ILEANA
¿A veces, qué?
DIEGO
A veces no estoy
seguro de qué piensas sobre estos balcones. Sobre nada, en realidad.
ILEANA
O sea que te
parezco… misteriosa.
DIEGO
Todo lo dices de
esa manerita medio burlona, medio irónica. Nunca sé a qué atenerme contigo,
Ileana.
ILEANA
¿No estaré
haciéndome la enigmática para que te enamores de mí?
DIEGO
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Tú sabrás.
PROFESOR BRUNELLI
(Divertido con sus
recuerdos).
Tan coqueta como su
madre. Así me fuiste tendiendo la trampa, esposa. Con jueguitos idénticos a los
de tu hija. Y, como caí yo, caerás tú también, incauto Diego.
ILEANA
¿Qué dijo el atila
número uno de tu artículo? ¿Que te habías pasado al enemigo?
DIEGO
Me dijo: «¿Sabes
que estoy celoso, Diego? Me gustaría que sintieras por mí la admiración que
tienes al viejito romántico de los balcones». A propósito, ¿no está el
profesor? Le traigo un proyecto.
ILEANA
No tardará. Ha ido
con doña Enriqueta y doña Rosa María a ver al señor de la plazuela de San
Agustín, para que nos venda el balcón. Van a demoler la casa en cualquier
momento, pues ya sacaron a los inquilinos.
DIEGO
¡Otra más! Habrá
que hacer algo, entonces.
ILEANA
¿Una manifestación?
DIEGO
Por ejemplo.
ILEANA
No sirven de nada.
DIEGO
Claro que sirven.
Hacemos bulla, se habla del asunto y alguna gente abre los ojos.
ILEANA
Has aprendido la
lección. Y, como mi papá, no aceptas la evidencia.
DIEGO
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¿Cuál es la
evidencia?
ILEANA
Que nuestras
manifestaciones no hacen ninguna bulla. Ya nadie habla de ellas. Al principio,
sí. Era algo pintoresco. El viejo profesor y su coleta de excéntricos,
desfilando y cantando por unos balcones. Divertía a la gente. Ya no. Ya no es
novedad.
DIEGO
No te desmoralices,
Ileana. Así no se ganan las guerras.
ILEANA
Ésta, la hemos
perdido, Y, si no, mira el campo de batalla, sembrado de cadáveres. ¿Ha habido,
acaso, un solo artículo sobre las últimas manifestaciones?
DIEGO
El mío, en El
Comercio.
ILEANA
Es verdad. Bueno,
no debí hablarte así. Olvídate, por favor.
DIEGO
¡Fttt! Borrado y
olvidado. ¿Te puedo decir una cosa?
ILEANA
Me puedes decir dos
y hasta tres.
DIEGO
Sin que te burles.
ILEANA
¿Qué cosa?
DIEGO
Que eres muy
bonita.
ILEANA
Ya está, ya me lo
dijiste.
DIEGO
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Y que, hoy, estás
más bonita que otros días.
ILEANA
¿Algo más?
DIEGO
Que me gustas
mucho. No necesitas hacerte la misteriosa. Porque ya me he enamorado de ti.
ILEANA
No, no me beses.
DIEGO
Está bien, perdona.
¿Te has enojado?
ILEANA
No quiero hablar de
eso ahora. No creo que estés enamorado de mí. Tú te has enamorado de éstos, más
bien.
DIEGO
También de ellos.
Pero no del mismo modo. A los balcones no sueño con besarlos, ni con…
ILEANA
¿Podemos cambiar de
tema?
DIEGO
Déjame preguntarte
algo, entonces. ¿Por qué estás así? Tan abatida. ¿Ha pasado algo?
ILEANA
Ya me cansé, creo.
Para ti, para doña Enriqueta, o doña Rosa María, o los chiquilines, ésta es una
aventura de un día por semana, de una tarde al mes. ¡Convertir en realidad los
sueños del profesor Brunelli! Para mí, es la vida de todos los días. Después de
barnizarlos, curarlos, matarles las polillas, ustedes se van. Yo me quedo en
este corralón. En este barrio.
DIEGO
Lo comprendo,
Ileana. Es un gran sacrificio para ti. Y para el profesor.
ILEANA
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Él tiene sus
compensaciones. Es preferible una vejez como la suya ¿no?, llena de excitación,
combatiendo por algo en lo que cree, a la de un jubilado que no sabe qué
hacerse con su tiempo, salvo esperar la muerte. Vivir pobremente, para él no es
problema, pues, como dice, siempre fue pobre. En realidad, mi padre está
pasando una vejez feliz.
PROFESOR BRUNELLI
(Iniciando el
descenso del balcón).
No sospechaba que
con ello te hacía daño, hijita. Que una vejez feliz para mí significaba, para
ti, una juventud desdichada.
DIEGO
A ver si te levanto
un poco el ánimo, Ileana.
ILEANA
¿Cómo?
DIEGO
Con mi proyecto. Lo
he pensado y repensado y creo que tendrá éxito. Una gran campaña para darles
unos padres a estos huérfanos. Una campaña titulada: «¡Adopte un balcón!».
PROFESOR BRUNELLI
(Integrándose al
diálogo de los jóvenes).
¡Magnífico, Diego!
¡Una gran idea! Bravísimo. Claro que tendrá éxito, los limeños la apoyarán.
«¡Adopte un balcón!». Cómo no se le ocurrió a nadie hasta ahora.
DIEGO
Debemos planearlo
todo con mucha maña, profesor. Lanzar una moda. Que adoptar un balcón dé
prestigio social. Si llega a surgir una competencia entre la gente acomodada,
entre las empresas, a ver quién adopta más balcones para que hablen de ellos en
las páginas sociales, la victoria es nuestra.
PROFESOR BRUNELLI
(Entusiasmado).
Sí, sí. Que se
lleven todos los balcones que hemos salvado. Que los restauren, que los
resuciten en casas y oficinas. Que Lima vuelva a ser la ciudad de los balcones,
como la llamó el barón de Humboldt.
DIEGO
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En vez de cobrar
por los balcones adoptados, haremos un pacto. Por cada balcón que se lleven de
aquí, los padres adoptivos se comprometen a rescatar algún balcón amenazado del
centro de Lima.
PROFESOR BRUNELLI
¡Mataremos dos
pájaros de un tiro!
ILEANA
¿Quedarán bien los
balcones coloniales en las construcciones modernas?
DIEGO
En edificios de
vidrio o en rascacielos de concreto armado, no. Pero en otro tipo de viviendas,
por supuesto.
PROFESOR BRUNELLI
Basta que un
arquitecto de talento, con imaginación, diseñe unos modelos que incorporen
estos balcones de una manera funcional. Entonces, la gente comprenderá que,
además de bellos, pueden ser utilísimos.
DIEGO
He hecho algunos
proyectos. Tengo una maqueta terminada. No se olvide que soy arquitecto,
profesor. Le gustará.
PROFESOR BRUNELLI
Seguro que sí,
Diego. Cada uno de estos balcones está embebido de las aventuras, los secretos,
las tragedias de esta ciudad a lo largo de tres siglos. Quienes los adopten,
harán algo más que decorar con ellos sus viviendas. Fundarán una genealogía.
Tenderán un puente espiritual con los limeños de ayer y los de antes de ayer.
Esa continuidad es la civilización. Qué hermoso sería ver a estos balcones
encaramarse de nuevo sobre las paredes de Lima, otear otra vez desde lo alto la
vida y milagros de la ciudad. ¿No, Ileana?
ILEANA
Sí, papá.
Una melodía
melancólica, sutil, que evoca tiempos idos y una existencia irreal, baña el
ambiente. El lugar se ha ido recubriendo de una luminosidad fantástica. Las
voces de los personajes se transforman también, a medida que fantasean y se
divierten, jugando a resucitar balcones.
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XI. LA FANTASÍA DE
LOS BALCONES
DIEGO
Ya estoy viendo a
éste, rejuvenecido, reluciente, con sus celosías rehechas y sus travesaños
reforzados. ¿Dónde lo veo? En una casa de Barranco. Domina un jardín con
floripondios, madreselvas y crotos. Acaba de empezar su segunda vida. ¿Se
imagina cómo fue la primera, profesor?
PROFESOR BRUNELLI
Estaba junto a la
parroquia de la Buena Muerte. Detrás de sus maderas olorosas a naranja, veo una
muchacha tan linda como Ileana, tímida y soñadora, destinada por sus padres al
convento. Está escribiendo. ¿Qué escribe? ¡Una carta de amor, en endecasílabos
rimados! ¿Y a quién? Al poeta de moda en todo el mundo hispánico. ¿Quién es esa
muchacha? Pues Amarilis, la misteriosa amante de Lope de Vega.
Diego e Ileana
aplauden.
DIEGO
A este pobrecito,
tan viejito, lleno de lunares y jorobas, lo veo enderezarse y ponerse de pie,
como un ave fénix, como un lázaro. Ahora parece uno de esos viejos espléndidos
e inmortales de las pinturas de Rembrandt. Sobrevuela olímpicamente un patio de
adoquines y un jardincillo seco, de arenilla y piedra, como el de un monasterio
budista zen. Ha iniciado una nueva existencia. En los locales de una compañía
minera, nada menos. ¿Quién puede decirme cómo fue su existencia anterior? ¿Tú,
Ileana?
ILEANA
Nació en la alameda
de los Descalzos, en el taller de unos carpinteros mulatos, famosos en el
barrio por su manera frenética de bailar el candomblé. Durante dos siglos vio
desfilar a sus pies las carrozas de los virreyes y las andas de las
procesiones. El más ilustre de sus dueños fue un inquisidor, que, sentado en
él, tomando el fresco de la tarde, escribió con una pluma de ganso la sentencia
de muerte por fuego de cinco herejes limeños.
El profesor y Diego
aplauden.
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PROFESOR BRUNELLI
A éste, ni
aristocrático ni plebeyo, de una mansión de medianías, allá por la plaza del
Cercado, lo veo ahora desafiando al mar, en una casa de La Magdalena. En los
amaneceres con neblina, los pescadores lo tomarán por el mascarón de proa de
uno de los veleros del corsario Morgan que vino a naufragar en los acantilados
limeños. ¿Será muy distinta su vida de la que tuvo en el pasado?
DIEGO
Muy distinta.
Porque ahora verá la espuma de las olas, el vuelo de las gaviotas y oirá el
chillido de los pelícanos. En el siglo XIX, en cambio, oyó pasar, reventando
tiros, a todas las montoneras de las guerras civiles. Y un caudillo de opereta,
uniformado de paño rojo, arengó a sus secuaces trepado en su baranda.
ILEANA
A éste, tan
pequeñito y desvalido que parece de juguete —nos costó sólo diez soles, ¿te
acuerdas, papá?— lo veo en una guardería de niños, en uno de esos barrios
nuevos que están surgiendo allá por La Molina. Hay a su alrededor sauces,
laureles, ficus, un estanque con peces, pasto con trampolines, subibajas y
columpios. Los niños brincan y se oyen silbatos. El balconcito mira y escucha
esa vida joven, aturdido y feliz.
PROFESOR BRUNELLI
En su primera edad
no conoció nada de eso. Se hallaba en un convento de clausura y sólo veía
hábitos talares y caperuzas cenicientas. Cuando llamaban a recreo, el celador,
escondido entre sus tablas, espiaba a los novicios, a ver si todos respetaban
la consigna de estricto silencio.
ILEANA
¿Ya éste, tan
enorme, dónde lo ves, Diego?
DIEGO
En la fachada de
una Facultad de Derecho. ¿No tiene, con todos esos laberínticos adornos y
tortuosos labrados, algo de forense, de jurídico, de procesal?
ILEANA
Tienes razón. Pues,
mira, has hecho que se me fuera el abatimiento. Ahora, tengo ganas de reír. De
cantar, de bailar.
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El profesor,
discretamente, se retira hacia su balcón. Los jóvenes siguen jugando, olvidados
de él.
DIEGO
Sigamos, entonces.
¿En qué muro empotramos a éste?
ILEANA
En un prostíbulo,
naturalmente. ¿No ves sus curvas exageradas, esos bultos voluptuosos que exhibe
con tanta desvergüenza?
DIEGO
No es de extrañar.
En el siglo XVIII adornaba la casa peor afamada de Lima. A su sombra, una
alcahueta sin escrúpulos negoció la virtud de muchas doncellas. Y, también, la
de respetables matronas de la mejor sociedad.
ILEANA
Con éste me quedaré
yo. Es mi engreído. Yo misma lo limpio, lo vacuno, lo barnizo, y, cuando nadie
nos ve, le cuento mis secretos. Porque yo lo descubrí, abandonado en un muladar
del puente del Ejército. Lo traje aquí, lo limpié y mira cómo quedó. ¿No te
gusta?
DIEGO
Sí. Y también me
gustas tú, Ileana.
ILEANA
No es muy antiguo,
parece. Republicano, de mediados del XIX, según mi papá. A mí me impresiona por
su sobriedad. Por esa elegancia austera que tiene, sobre todo de perfil. Y el
airecillo arrogante con que mira el mundo.
DIEGO
Se parece a ti. A
mí también me impresiona tu sobriedad, tu elegancia austera y tu airecillo
arrogante.
ILEANA
¿De veras estás
enamorado de mí?
DIEGO
De veras.
ILEANA
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¿Más que de estos
balcones?
DIEGO
Más.
ILEANA
Puedes seguir
enamorado, también de ellos. No les tengo celos.
DIEGO
¿Eres celosa?
ILEANA
Un poquito
DIEGO
¿Ahora sí te puedo
besar?
ILEANA
Ahora sí.
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XII. DESERCIONES
Mientras se besan,
la melodía se va extinguiendo y, lentamente, vuelve la luz de la realidad. Se
escucha, acercándose, el cuchicheo de doña Enriqueta y doña Rosa María.
PROFESOR BRUNELLI
¿«No hay mal que
por bien no venga» o «No hay bien que por mal no venga»? Nunca fui bueno para
recordar refranes. En mi caso ha sido «No hay mal que por bien no venga». ¿No
es verdad, putanilla? Una ley inexorable de la vida, al parecer. Cuando el
romance de Ileana y Diego; cuando la campaña «Adopte un balcón», en la que
pusimos tantas esperanzas, ya todo había empezado a desmoronarse.
Los jóvenes han
desaparecido. La atención del profesor se concentra en las dos señoras, que
conversan a sus pies.
DOÑA ENRIQUETA
¿Cómo se lo vamos a
decir, Rosa María?
DOÑA ROSA MARÍA
Me muero de pena,
Enriqueta. Pero tenemos que armarnos de valor y decírselo, qué remedio.
TEÓFILO HUAMANI
Va a ser una gran
decepción para él. Es tan viejito, le podría dar un soponcio.
PROFESOR BRUNELLI
(Bajando del
balcón, sin prisa).
Por ahí nos íbamos
en edad, mis amigas. Pero yo no me quitaba los años, como ustedes.
DOÑA ROSA MARÍA
Tenemos que
hacérselo saber con mucha delicadeza. Ya se lo adelanté a Ileana.
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DOÑA ENRIQUETA
¿Y cómo lo tomó?
DOÑA ROSA MARÍA
Lo comprendió.
¿Sabes el comentario que me hizo? «Si yo pudiera, haría lo mismo, doña Rosa
María».
DOÑA ENRIQUETA
¿Eso dijo Ileana?
DOÑA ROSA MARÍA
Calla, calla, ahí
está.
PROFESOR BRUNELLI
Buenos días, buenos
días, doña Enriqueta. ¿Se encuentra ya bien? Precisamente vengo de su casa. No
sabe qué mortificado estoy por lo que le ocurrió. Cuánto lo siento, querida
amiga.
DOÑA ENRIQUETA
Bah, no fue nada,
profesor. Más susto que otra cosa.
DOÑA ROSA MARÍA
No digas eso,
Enriqueta, no es verdad. Tiene resentida la cadera con el golpe que le dio el
ladrón. Ah, si me sucede a mí no sé qué hubiera hecho. ¡Quedarme tiesa del
terror!
DOÑA ENRIQUETA
Pero si soy más
miedosa que tú. La verdad es que me transformé ante el peligro. Yo misma no me
reconocía cuando lo estaba rasguñando.
PROFESOR BRUNELLI
¿Lo rasguñó usted
al ladrón, doña Enriqueta?
DOÑA ENRIQUETA
Lo dejé sangrando,
imagínese. Pobre, espero que no se le infectaran los rasguños.
PROFESOR BRUNELLI
Fue una imprudencia
suya el defenderse. ¿Se llevó muchas cosas ese bandido?
DOÑA ENRIQUETA
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No tenía nada de
valor encima, felizmente. Nunca traigo aquí reloj, aretes ni collares. Lo justo
para el taxi, porque el Rímac ya no es de fiar. La pena es que en la cartera
llevaba mi san Judas Tadeo.
DOÑA ROSA MARÍA
¿Tu san Judas
Tadeo? Ahora sé por qué te pusiste a trompearte con el ladrón.
DOÑA ENRIQUETA
Una estatuita muy
milagrosa, profesor. Nunca me había separado de ella, desde joven. Cuando vi
que se la llevaba, me dio una furia. Me le prendí y comencé a arañarlo. Hasta
le dije lisuras, creo.
PROFESOR BRUNELLI
Usted diciendo
palabrotas, imposible.
DOÑA ROSA MARÍA
No se fíe de las
apariencias, profesor. Enriqueta le tiene mucho respeto y delante de usted no
se suelta. Pero, entre amigas, nos cuenta unos chistes que nos ponen como
camarones.
DOÑA ENRIQUETA
La sorpresa que se
habrá llevado cuando abrió mi cartera y en vez de plata se encontró con mi san
Judas. Bueno, a lo mejor el santo lo convierte en un hombre de bien.
PROFESOR BRUNELLI
No me sorprendería
que Dios la eligiera como instrumento para redimir a un pecador, doña
Enriqueta. Me siento culpable, sabe. Sí, sí, le ocurrió ese mal trance por
venir a ayudarme, con ese entusiasmo suyo por las buenas causas.
DOÑA ENRIQUETA
Ayudarlo en la
cruzada ha sido la cosa más bonita que he hecho en la vida, profesor. Por eso,
me da mucha, mucha pena decirle que no podré venir más.
PROFESOR BRUNELLI
¿Nunca más, doña
Enriqueta? Claro, me doy cuenta. Después de lo que le pasó…
DOÑA ENRIQUETA
No se trata de mí,
sino de mi marido. Siempre estaba advirtiéndome: «En este barrio, cualquier día
te llevarás el gran susto». Ha puesto el grito en el cielo y
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me hizo prometer
que no volvería.
DOÑA ROSA MARÍA
Tampoco yo podré
volver, profesor. Se lo digo con lágrimas en los ojos, míreme. Pero mis hijos,
desde que supieron lo de Enriqueta…
PROFESOR BRUNELLI
Qué le vamos a
hacer, doña Rosa María. Entiendo muy bien a sus hijos. Es cierto, el Rímac se
ha vuelto peligroso. Es que hay mucha pobreza. Y el alcohol, esas cantinas
siempre repletas. En fin, no se preocupen. Le estoy enormemente reconocido. Y
estos balcones, también. Las van a echar de menos.
DOÑA ENRIQUETA
Y yo a ellos.
Mucho.
DOÑA ROSA MARÍA
Seguiremos
ayudándole en lo que podamos.
DOÑA ENRIQUETA
Escribiendo cartas,
haciendo colectas.
PROFESOR BRUNELLI
Por supuesto.
Trabajo no va a faltar.
DOÑA ROSA MARÍA
Estamos afligidas
de causarle esta pena, profesor.
PROFESOR BRUNELLI
Lo sé, doña Rosa
María. No todo en la vida es de color de rosa. Hay decepciones, reveses. Lo
importante es no descorazonarse y seguir luchando por lo que uno cree justo. Y
la cruzada lo es.
DOÑA ENRIQUETA
Por supuesto que lo
es.
DOÑA ROSA MARÍA
Hasta un ciego se
daría cuenta de todo lo que usted ha hecho por Lima, profesor.
PROFESOR BRUNELLI
Entonces, éste debe
ser un país de ciegos. Permítanme un pequeño desahogo.
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No me suelo
desmoralizar fácilmente. Pero, la verdad, no comprendo por qué nuestra campaña
«Adopte un balcón» no tiene el menor eco. ¡Pobrecillos! Nadie quiere
adoptarlos.
DOÑA ENRIQUETA
Yo tampoco lo
entiendo. He hablado por lo menos con una docena de amigas, tratando de
convencerlas.
DOÑA ROSA MARÍA
Y yo con otras
tantas. Ninguna se anima. Eso de poner un balcón antiguo en una casa nueva, les
parece una cursilería. Tendrán el gusto extraviado, pues.
PROFESOR BRUNELLI
Carecen de gusto,
más bien. No se atreven a tener un gusto propio. Pero ¿y ustedes? ¡Usted, doña
Rosa María! ¡Usted, doña Enriqueta! ¿No podrían dar el ejemplo? Basta que
alguien se anime a hacerlo y las timoratas seguirán la corriente.
DOÑA ENRIQUETA
Ya se lo he
explicado, profesor. Vivo en el décimo piso de un edificio. ¿Dónde quiere usted
que ponga un balcón colonial?
DOÑA ROSA MARÍA
Yo sí podría, en mi
casa. Lo intenté, créame. Hasta le elegí un sitio: mi dormitorio, mirando al
jardín. Quería adoptar ése, el de las celosías que parecen un encaje. Pero mis
hijos no lo consintieron. Ellos son los dueños de la casa, profesor. Para mis hijos
todo lo que es viejo es feo.
Doña Enriqueta y
doña Rosa María desaparecen. El profesor Brunelli se pasea, melancólico, entre
los balcones.
PROFESOR BRUNELLI
No se puede obligar
a nadie a cambiar de modo de pensar de la noche a la mañana, desde luego. Habrá
que buscar otra manera, entonces. No teman, buenos amigos. Ya les encontraremos
padres adoptivos. Han resistido terremotos, saqueos, guerras, la incuria y la
ingratitud de la gente. Pese a todo, han sobrevivido. Pueden esperar un poco
más ¿no es cierto?
La presencia de su
hija interrumpe su divagación.
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XIII. ARTE,
HISTORIA Y CALABAZAS
ILEANA
Ha venido Teófilo,
papá. Quiere hablar a solas contigo.
PROFESOR BRUNELLI
Dile que pase.
ILEANA
¿Lo tratarás bien,
papá?
PROFESOR BRUNELLI
Pero, qué
recomendación es ésa. ¿Lo he tratado mal alguna vez, acaso? Adelante, adelante,
Teófilo, cómo le va.
Ileana se retira.
TEÓFILO HUAMANI
Bien, profesor
Brunelli. Buenos días.
PROFESOR BRUNELLI
¿Quería usted
hablar a solas conmigo?
TEÓFILO HUAMANI
Sí. Ya sé que usted
no me tiene simpatía.
PROFESOR BRUNELLI
¿Y por qué se le
ocurre eso?
TEÓFILO HUAMANI
Porque yo no apoyo
su campaña. Porque, para mí, los balcones representan la opresión.
PROFESOR BRUNELLI
¿Se puede saber a
quién o a qué oprimen estos pobres balcones?
TEÓFILO HUAMANI
Antes de que
llegaran aquí los forasteros que los trajeron, en el Perú había una
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gran civilización,
profesor.
PROFESOR BRUNELLI
La de los incas, lo
sé muy bien. Y, antes, habían los chimús, los nazcas, los tiahuanacos, muchos
más. A esa gran civilización inca se añadió la española, Huamani, que también
era grande. Y de ambos resultó el país en el que vivimos usted y yo. Los balcones
son, como los retablos de los altares, las fachadas de las iglesias o las
pinturas cusqueñas, una expresión de ese matrimonio.
TEÓFILO HUAMANI
Concubinato, querrá
decir. Es lo que existe entre amos y esclavos. Los balcones representan a los
dueños, no a los siervos.
PROFESOR BRUNELLI
Se equivoca. En el
diseño, sí, decidían los amos. Pero en la ejecución, en los adornos, las
víctimas volcaron su propio mundo, de manera sutil. Esos balcones son mestizos,
es decir, peruanísimos. (Pausa). Cuando lo oigo hablar con esa amargura de la
conquista, pienso que es usted quien vive en el pasado. Han corrido cuatro
siglos, Huamani.
TEÓFILO HUAMANI
Los hijos de los
conquistadores siguen despreciando a los hijos de los conquistados.
Cuatrocientos años después, los abusos de la conquista continúan. Para que esto
cambie, tenemos que sacudirnos de encima ese pasado. ¡Tenemos que quemar estos
balcones, profesor!
PROFESOR BRUNELLI
Habría que quemar
también los conventos, entonces. Las pinturas coloniales. Prohibir el
castellano, la religión católica. Resucitar el culto a Viracocha, el sol, la
luna y los sacrificios humanos. ¿Es posible eso?
TEÓFILO HUAMANI
No. Ni deseable.
Pero tampoco podemos revivir el virreynato, que es lo que a usted le gustaría.
Ni el incario ni la colonia. Algo nuevo, un país distinto, sin ataduras con el
pasado. Por lo demás, eso de quemar fue una metáfora. No soy un incendiario.
PROFESOR BRUNELLI
Ya lo sé. Está en
un error, Huamani. Preservar las obras de arte no es negarse al progreso. Un
país debe avanzar apoyándose en todo lo bueno que produjo.
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Así se da contenido
a la vida, sustento a la civilización. Eso es la cultura.
TEÓFILO HUAMANI
Para que este país
progrese, hay que acabar con esa mentalidad según la cual todo tiempo pasado
fue mejor. Y eso es lo que usted inculca a la gente con su campaña.
PROFESOR BRUNELLI
Lo único que quiero
es que no se destruya algo bello. Yo también estoy por el progreso.
Sacrificando los viejos balcones no habrá más justicia en el Perú.
TEÓFILO HUAMANI
Hay que canalizar
las energías del pueblo en la buena dirección, no dilapidarlas en empresas de
dudoso contenido ideológico. E, incluso, estético.
PROFESOR BRUNELLI
¿No le parecen
bellos estos balcones?
TEÓFILO HUAMANI
Son imitaciones de
imitaciones. Terceras, cuartas o quintas versiones de los modelos originales de
El Cairo, Marrakech o de Córdoba. No puedo admirar un arte parasitario.
PROFESOR BRUNELLI
Todo nace de
mezclas y tradiciones múltiples, Huamani. La originalidad consiste en integrar
lo diverso, añadiéndole experiencias y matices nuevos. Ésa es la historia de
estos balcones.
TEÓFILO HUAMANI
Bueno, nunca nos
vamos a poner de acuerdo sobre este tema. Yo, más bien, venía a hablarle de su
hija.
PROFESOR BRUNELLI
Sí, Teófilo.
TEÓFILO HUAMANI
¿Por qué se opone a
que yo salga con ella? ¿Es por mis ideas? ¿O porque soy pobre?
PROFESOR BRUNELLI
Si de pobres se
trata, por ahí nos vamos usted y yo. ¿Sabe cuál es todo mi capital en el mundo?
Estos fantasmas que usted tanto desprecia.
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- Página 63
TEÓFILO HUAMANI
Si no es porque soy
pobre, será porque me llamo Huamani y porque soy un indio. Será porque alguien
nacido en una comunidad campesina, que tuvo que luchar con uñas y dientes para
educarse, no es un buen partido para su hija.
PROFESOR BRUNELLI
Déjeme contarle
algo que ni siquiera Ileana sabe. Mis padres eran también campesinos, como los
suyos. Mi madre nunca aprendió a leer. Yo le leía las cartas… No tengo
prejuicios contra nadie, Teófilo. Si Ileana no quiere salir con usted es cosa
de ella, yo no se lo he prohibido.
TEÓFILO HUAMANI
Ella me ha dicho
que…
PROFESOR BRUNELLI
Es un pretexto ¿no
se da cuenta? No habrá querido ofenderlo. Ella sabe lo susceptible que es,
Huamani. Ella sabe que todo lo resiente y lo ofende, que vive viendo enemigos
por todas partes.
TEÓFILO HUAMANI
Este país me ha
hecho así.
PROFESOR BRUNELLI
Seguramente. En
fin, compréndalo. Si mi hija no le hace caso, es asunto de ella. Yo no le elijo
los pretendientes. Ileana es una mujercita hecha y derecha y tengo confianza en
su juicio. Si no ha sabido conquistarla, lo siento mucho.
TEÓFILO HUAMANI
Es que… ella me ha
dicho que si no fuera por usted, mejor dicho, por estos malditos balcones,
aceptaría ser mi compañera.
PROFESOR BRUNELLI
Ileana no puede
haberle dicho semejante cosa.
TEÓFILO HUAMANI
Me lo dijo con
todas sus letras:
ILEANA
(Ha aparecido junto
a Huamani).
Si no fuera por
estos malditos balcones, me iría contigo, Teófilo. Pero no puedo hacerle eso a
mi padre. Y tampoco a mi madre, a quien se lo he jurado.
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Ileana desaparece.
PROFESOR BRUNELLI
Eso se llama
levantar falso testimonio, Huamani.
TEÓFILO HUAMANI
Ileana no quiere
defraudarlo. Ella vive bajo el hechizo de esa carta que le escribió su esposa
antes de morir. Es la única razón por la que sigue aquí. Usted la está
sacrificando a una obsesión, señor Brunelli.
PROFESOR BRUNELLI
¿Ha perdido el
juicio? Quién es usted para hablarme de ese modo.
TEÓFILO HUAMANI
Ileana no cree en
su misión, en su cruzada. Ella se da cuenta que es la manía de un anciano, una
excentricidad sin pies ni cabeza.
PROFESOR BRUNELLI
¡Cállese! ¡Cómo se
atreve!
TEÓFILO HUAMANI
Usted ha encontrado
una manera de divertirse, de sobrellevar los años. Los periódicos lo
entrevistan, las radios hablan de usted, las gentes lo reconocen en la calle. Y
usted se siente un héroe. Pero ¿y su hija? ¿Cree que a Ileana le gusta este
corralón, pasarse los años entre restos de balcones? ¿En vez de estudiar, de
trabajar, de tener su propia vida?
PROFESOR BRUNELLI
Me alegro que
Ileana no le haya hecho caso. No se merece una muchacha como ella. Usted es un
resentido, Huamani.
Teófilo Huamani
Tal vez lo sea.
Pero, esto, se lo tenía que decir. ¿Sabe por qué? Porque a Ileana yo la quiero.
No sé si conmigo ella sería feliz. Tal vez no. Pero, con usted, es desgraciada.
PROFESOR BRUNELLI
Váyase, Huamani. No
quiero verlo más por aquí.
TEÓFILO HUAMANI
Está bien,
profesor, usted manda en su casa. Quisiera dejarle dos adivinanzas.
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- Página 65
La primera. ¿Tomará
en serio Ileana a esas señoras y a esos niñitos de sociedad que juegan a los
cruzados los fines de semana?
PROFESOR BRUNELLI
Basta ya.
(Abrumado). ¿Y la segunda adivinanza?
TEÓFILO HUAMANI
¿No se dará cuenta
Ileana de lo absurdo que es dedicar la vida a rescatar balcones viejos en un
país donde la gente se muere de hambre, de falta de trabajo, de falta de salud,
de falta de educación, de falta de todo? (Pausa). Ahora, me puedo ir. Algún día
se acordará de esta conversación, profesor.
El recuerdo de
Teófilo se desvanece.
PROFESOR BRUNELLI
(Retornando,
despacio, a su balcón).
Me acuerdo muy bien
de ella, Teófilo Huamani. Todavía te veo vibrando de indignación y de rencor.
Es verdad, me previniste de todo esto. No sé si me he arrepentido. Si tuviera
que empezar de nuevo, creo que haría lo mismo. Será que no sirvo para otra cosa.
Me diste un gran disgusto, muchacho. ¡Bah! Estabas dolido. Ileana te había dado
calabazas y yo pagué los platos rotos. Esa niña coqueta debió ponerte de vuelta
y media, igual que al arquitecto…
Se escuchan,
aproximándose, los gritos del ingeniero Cánepa. Trepado ya en su balcón, el
profesor lo observa consternado.
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XIV. CHAMUSQUINA
INGENIERO CÁNEPA
¡Profesor Brunelli!
¡Profesor Brunelli! ¿Está usted bien? Vaya, gracias a Dios, menos mal que lo
encuentro sano y salvo. Está usted sano y salvo, ¿no? (Acompañado por el
invisible profesor, recorre a trancos, con expresión de espanto, lo que queda
del cementerio de los balcones). Caramba, cómo quedó todo esto. Y el olor… Se
mete hasta las entrañas y parece, no sé qué parece. El olor del infierno, la
pestilencia de los condenados. Apenas puedo respirar. ¿De veras se encuentra
bien? Quiero decir, físicamente. Me imagino lo que significa para usted. Y lo
siento mucho. Ya sé que discrepamos sobre cómo remodelar el centro de Lima;
pero que no tengamos las mismas ideas sobre arquitectura y urbanismo nunca ha
impedido que lo aprecie y respete. Más ahora, que somos consuegros. Quién lo
hubiera dicho, ese día que cayó por mi oficina a protestar por los dos balcones
de Espaderos. El hijo del atila de Lima casado con la hija del loco de los
balcones. Vaya sorpresas que tiene la vida. ¿No le maravillan las cosas
inesperadas, las casualidades, las coincidencias, los imponderables que deciden
los destinos? Estaba terminando de afeitarme cuando oí la radio… ¡Me pegué un
susto! Salí a la carrera, temiendo que usted… Bueno, menos mal que no le pasó
nada, profesor. Vine apretando el acelerador; casi choco, en la avenida
Arequipa. Y aquí, al salir del Puente de Piedra. «Si al profesor le sucedió
algo, qué les digo a los recién casados, cómo interrumpo su luna de miel,
apenas llegaditos a Roma». Qué alivio no tener que pasar por ese mal rato. Me
alegra encontrarlo entero, profesor. Y, además, tan sereno. Sabía que era un
hombre de carácter, capaz de enfrentarse a la adversidad. Lo importante es que
a usted no le haya pasado nada. Lo de los balcones no es tan grave. Bueno,
bueno, ya sé que le importa mucho. Desde su punto de vista, este incendio es
una tragedia nacional, ¿no? Quiero decir, todavía hay balcones viejos, por ahí,
en los conventillos, en las tapias ruinosas de tantas callejuelas del centro.
Puede usted recomenzar su tarea, rescatarlos y, en un par de añitos, esto
volverá a ser el gran cementerio… bueno, lo que era. ¿Se sabe cómo ocurrió? Un
cigarrillo mal apagado, me imagino, el fósforo de algún incauto. ¿No habrá sido
un sabotaje? Imposible, usted es tan buena persona, quién querría hacerle daño.
Uno de esos malvados que andan sueltos, tal vez. Un loquito que quería
divertirse viendo el fuego. Aunque, cuesta imaginar que haya alguien tan
retorcido como para ensañarse, porque sí, con unos balcones inservibles. No lo
tome a mal, lo decía por decir algo. La verdad, estoy incómodo, no sé por qué.
Incómodo y apenado. Como lo oye. Sé muy bien lo que siente. Así me sentiría yo
si un edificio construido por mí, en el que se ha invertido trabajo, dinero y
desvelos, de pronto, se hace
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humo. ¿Se lo va a
contar a Diego e Ileana de inmediato? Todavía no, mejor. Bien pensado,
consuegro. Para qué estropearles la luna de miel a los tortolitos. Son jóvenes,
que se diviertan mientras puedan. Éste será el mejor momento de su vida, tal
vez. El que recordarán más tarde con nostalgia, al que volverán los ojos cuando
sean viejos como nosotros. Espero que nos den pronto un nietecito. O una
nietecita.
Mi mujer preferiría
una niña; yo, un varón. ¿Y usted, profesor? Ileana es una espléndida chica y
ella y Diego se llevan como el manjarblanco y el almíbar. ¿No lo cree? Aunque,
su hija es una mujercita de carácter ¿no? Diego, en cambio, un poco blando. Le
voy a confesar un secreto. Yo estaba celoso de usted. Por ese verdadero lavado
de cerebro que le hizo a Diego, mi querido consuegro. Se lo ganó para su causa,
pues. Tuvimos tremendas discusiones, él y yo, por los benditos balcones. «Este
Brunelli me ha quitado a mi hijo, no hay derecho». Si Diego hasta llegó a
manifestar con ustedes ante una de mis obras. ¿Se ha visto cosa igual? Mi hijo
manifestando con esas señoras y esos niños ante la empresa de la que es
subgerente. ¿No es de locos? «Diego, Diego, no te reconozco. Todo joven debe
tener sus rebeldías, hacer unas cuantas locuras. Eso es sano. Tú has sido
demasiado serio y me alegra que, por fin, te dé alguna ventolera. ¡Pero ya está
bien, hijito! No puedes ir contra tus intereses, contra los de tu padre, contra
los de tu propia compañía, en nombre de una quimera». Bueno, bueno, perdóneme,
profesor, ya sé que no es el momento. No he dicho nada y usted no ha oído nada.
Venga, deme el brazo, acompáñeme hasta mi auto, que dejé estacionado a la
diabla. (Toma del brazo al fantasma del profesor Brunelli y camina con él).
Usted y yo de consuegros, qué cosas. Le voy a decir algo que le va a
sorprender. Creo que, a Diego, el capricho de los balcones y las casas viejas
se le está pasando. Y espero que, cuando regresen de Italia, se dedique a lo
que debe dedicarse un constructor. A construir. No a frenar el desarrollo de la
ciudad sino a impulsarlo. A dar la batalla del futuro, no la del pasado. Un
joven debe mirar adelante, a alguien que se volvió a mirar atrás ¿no cuenta la
Biblia que Dios lo convirtió en estatua? ¿Fue así? Usted sabe más que yo de
esas cosas. ¿Por qué creo que a Diego se le está yendo la ventolera de los
balcones? Tápese los oídos, consuegro. ¡Por Ileana! Sí, por ella. Está muy bien
parada sobre la tierra, pese a ser la hija de un soñador. Me di cuenta apenas
la conocí, por mil detalles. Soy buen observador ¿sabe? En fin, mejor me callo,
no quiero causarle otra contrariedad, y menos en este momento. Eso sí: Ileana
es la mejor esposa que podía haber elegido Diego. Mi mujer piensa lo mismo. ¿Le
gusta oírlo, consuegro? Bueno, ahora me marcho. Cuenta con mi solidaridad y mi
afecto. ¿Ha decidido qué va a hacer? No puede seguir viviendo en esta mugre,
entre tiznes y tablas chamuscadas. ¿Tiene adonde ir? Puede quedarse
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en mi casa hasta
que encuentre otra vivienda, desde luego. Tenemos un cuarto de huéspedes y mi
mujer estará encantada de alojarlo. También puedo facilitarle algún dinero, si
le hace falta. Un préstamo sin intereses, por supuesto. En fin, a sus órdenes
para lo que le haga falta. A cualquier hora del día o de la noche, consuegro.
Se va,
despidiéndose de la sombra con la que ha dialogado. Desde su balcón, el
profesor Brunelli, quien lo ha observado y escuchado con una cara contrita, lo
ve alejarse y desaparecer. Mientras monologa, con gran pesadez y dificultad,
como si hubiera perdido la fuerza vital, inicia el descenso hacia el pasado.
Ahí está el cementerio de los balcones, antes del fuego que lo destruyó.
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XV. PADRE E HIJA
PROFESOR BRUNELLI
Hombre servicial,
después de todo. Y, en el fondo, de buenos sentimientos. Un realizador. Si
alguien como él se hubiera dedicado a salvar la Lima antigua, con su energía y
sus dotes de empresario, quizá lo hubiera conseguido. Yo no fui apto para la
tarea. Es verdad, putanilla. Fracasé contigo. Y, lo peor, con Ileana. ¡Ileana!
¡Ileana! ¿Dónde estás? Vaya, por fin llegas. ¿Saliste con Diego? Traigo una
gran noticia, hijita.
ILEANA
¿Cuál, papá?
PROFESOR BRUNELLI
Adivina.
ILEANA
No sé, papá.
PROFESOR BRUNELLI
¡Un milagro,
Ileana! La Dirección de Preservación del Patrimonio Artístico y Monumentos
Históricos… ¿Adivinas, ahora?
ILEANA
No.
PROFESOR BRUNELLI
¡Declaró monumento
histórico la casita de la plaza de la Buena Muerte!
ILEANA
Me alegro por ti.
PROFESOR BRUNELLI
Por Lima, dirás.
Por el Perú, por la cultura, por los artesanos que erigieron esa joya del arte
mudejar. Monumento histórico. Inalienable, intocable. Sí, señor. Ya no podrán
echarla abajo, nunca.
ILEANA
¿Por qué te
ilusionas, papá? Sabes que apelarán al ministerio, al poder judicial, y que,
tarde o temprano, la resolución será derogada. ¿No ha sido
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siempre así?
PROFESOR BRUNELLI
No siempre. En
algunos casos, hemos triunfado. Que apelen. Daremos la pelea en todas las
instancias. Ganaremos, ya verás. A la casita de la plaza de la Buena Muerte,
con su acequia de lajas, su verja de lanzas, sus ventanas teatinas, la veremos
un día restaurada y dando prestancia a todo el barrio. Un barrio que… bueno, tú
ya sabes esa historia. Creí que lo tomarías con más entusiasmo, hijita.
ILEANA
Yo también tengo
que darte una noticia.
PROFESOR BRUNELLI
¿Ah, sí?
ILEANA
Diego me ha pedido
que me case con él.
PROFESOR BRUNELLI
¿Se van a casar?
¡Pero, Ileana, qué gran cosa! Felicitaciones, hijita. Me alegro muchísimo, por
los dos. ¿Sabes que es la mejor noticia que podías darme? Y yo, hablándote de
la casa de la Buena Muerte… Pero, vamos a ver, noviecita, cómo es posible que
esté usted tan seria al comunicarle a su padre una nueva semejante. Deberías
estar rutilando, cantando. ¿Me lo has dicho todo, Ileana?
ILEANA
Diego y yo nos
iremos de viaje. A Italia.
PROFESOR BRUNELLI
A la tierra de tu
padre, de tus abuelos. ¡Magnífico!
ILEANA
Por un año, papá.
Diego ha conseguido una beca.
PROFESOR BRUNELLI
¡Un año! Es mucho
tiempo, claro. Te voy a echar de menos. Y a él, por supuesto. Sin ustedes, la
cruzada quedará disminuida. La cruzada voy a ser yo solo, en realidad. Porque,
desde que doña Enriqueta y doña Rosa María ya no vienen, los chiquilines también
comienzan a faltar. Bueno, nada de eso importa. Ya me las arreglaré para
matarles las polillas e irlos barnizando, de a pocos. Un año se pasa pronto.
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ILEANA
Papá.
PROFESOR BRUNELLI
Estoy muy contento
de que te cases con Diego, Ileana. Y de que conozcas la tierra de tus
ancestros. Les voy a hacer un itinerario de paseos que tú y Diego me lo
agradecerán toda la vida. Y, a través de ustedes, haré una visita yo también a
Italia.
ILEANA
Papá.
PROFESOR BRUNELLI
Sí, hijita.
ILEANA
Yo animé a Diego a
pedir una beca al gobierno italiano.
PROFESOR BRUNELLI
Será una buena
experiencia para su carrera. La vieja Italia tiene mucho que enseñar a un
arquitecto. Hiciste muy bien, animándolo.
ILEANA
No lo hice por él,
papá. Lo hice por mí.
PROFESOR BRUNELLI
Hijita, no eres la
de todos los días. ¿Qué tratas de decirme? Te vas a casar con un gran muchacho,
vas a vivir un año en Europa, podrás visitar tantos sitios bellos. Deberías
sentirte feliz. ¿Por qué estás tan seria, tan triste?
ILEANA
Lo hice para salir
de aquí. Por librarme de este lugar. Por librarme de ti, papá.
PROFESOR BRUNELLI
¿Por librarte de
mí?
ILEANA
De tu fantasía. De
la ilusión en la que vives y en la que me has tenido prisionera. No aguanto
más, papá.
PROFESOR BRUNELLI
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¿Te refieres a la
cruzada?
ILEANA
Sabes muy bien que
no hay ninguna cruzada. Pero te niegas a ver la realidad y prefieres seguir
fingiendo, engañándote. Hasta ahora te he seguido, simulando yo también. No
puedo más. No quiero vivir más en la ficción. Tengo veintisiete años. Quiero
vivir en la realidad, papá.
PROFESOR BRUNELLI
¿Qué te lo impide?
¿Qué me estás reprochando? ¿Te he hecho algún daño, acaso?
ILEANA
Te lo has hecho tú
mismo. Y, de paso, me lo has hecho a mí.
PROFESOR BRUNELLI
Habla claro. ¿Qué
me reprochas?
ILEANA
Haberme hecho vivir
en este cementerio. Haberme hecho creer que estos balcones iban a resucitar.
Los dos sabíamos que era una quimera y, sin embargo, hemos vivido como pobres
diablos, gastando todo lo que ganabas en estos cadáveres. No sólo invertiste en
ellos tus suelditos de profesor. También, la niñez que no tuve. La carrera que
no pude estudiar. El trabajo que me hubiera hecho independiente.
PROFESOR BRUNELLI
Tú nunca me dejaste
adivinar…
Ileana
Quise ser una buena
hija. Como me pidió mi mamá, en esa carta, cuando se sintió morir. Yo no tenía
que hacértelo adivinar. Tú tenías que darte cuenta. No podías sacrificar tu
vida y…
PROFESOR BRUNELLI
No he sacrificado
mi vida. No haber tenido éxito no significa que aquello por lo que lucho no sea
noble y generoso. El éxito no decide la justicia de una causa.
ILEANA
No debías haber
sacrificado mi vida, entonces.
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PROFESOR BRUNELLI
No te pude dar las
comodidades que tenían otros, es cierto.
ILEANA
No te reprocho eso.
Sino haberme hecho perder diez años, quince años, los mejores de la vida, en
una empresa imposible.
PROFESOR BRUNELLI
¡No era una empresa
imposible! Algo hemos conseguido. La Dirección de Preservación del Patrimonio
Artístico y Monumentos Históricos ha declarado inalienable e intangible la
casita de la plaza de la Buena Muerte. ¿No te das cuenta? Esta vez hemos
vencido a Asdrúbal Quijano.
ILEANA
Imposible, irreal,
absurda. Una empresa en la que no cree nadie, salvo tú.
PROFESOR BRUNELLI
¿Te desmoralizó el
fracaso de la campaña «Adopte un balcón»? No quiere decir nada, Ileana.
Inventaremos otra fórmula, otros métodos para convencer a la gente.
ILEANA
Una empresa
inmoral.
PROFESOR BRUNELLI
¿Por qué inmoral?
ILEANA
Dedicar su vida a
luchar por los balcones coloniales en un país donde la miseria y la injusticia
son tan grandes, es una inmoralidad.
PROFESOR BRUNELLI
¿Por qué es una
inmoralidad?
ILEANA
Porque en la vida
hay cosas importantes y cosas que no lo son. Y en un país como éste lo más
importante no pueden ser las casas viejas, como lo han sido siempre para ti.
PROFESOR BRUNELLI
¿Eres tú, Ileana?
Es tu voz, pero me parece estar oyendo a Teófilo Huamani.
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ILEANA
Te reprocho no
haberme ido con Teófilo, papá.
PROFESOR BRUNELLI
Era un resentido.
Un muchacho lleno de odio.
ILEANA
Pero, con los pies
bien puestos sobre la tierra. Sus fantasías, al menos, tenían que ver con la
justicia. Las tuyas, no.
PROFESOR BRUNELLI
¿Estabas enamorada
de Huamani, entonces?
ILEANA
Sí. Estaba
enamorada de él.
PROFESOR BRUNELLI
Yo no te prohibí
que te fueras con él.
ILEANA
Tú nunca me has
prohibido nada, papá. Te reprocho también eso: tu bondad. Ella me ató a ti más
que la carta que me escribió mi mamá pidiéndome que te cuidara. Si no hubieras
sido tan bondadoso, estaría ahora con Teófilo.
PROFESOR BRUNELLI
Tu vida con él
hubiera sido…
ILEANA
¿Sacrificada? Tal
vez. Pero no me habría dejado en la boca el sabor de tiempo malgastado que
ahora tengo.
PROFESOR BRUNELLI
Te vas a casar con
alguien que vale muchísimo más, Ileana.
ILEANA
Te reprocho el
tener que casarme con Diego para escapar de aquí.
PROFESOR BRUNELLI
¿No lo quieres,
entonces?
ILEANA
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No.
PROFESOR BRUNELLI
Ahora comprendo por
qué estás tan agresiva y tan sombría, hijita. No es para menos. Tienes que
haber sufrido mucho, odiado mucho este lugar, estos balcones, cuando, sólo para
huir de aquí, te vas a casar con alguien que no quieres. He sido un avestruz,
en efecto. Me has partido el alma, Ileana.
ILEANA
Tenía que
decírtelo. Voy a empezar otra vida. Otro barrio, otras ideas, otras
ocupaciones, otras ambiciones. No quiero ver un balcón nunca más en mi vida.
PROFESOR BRUNELLI
Lo entiendo muy
bien.
ILEANA
Me gustaría que te
sacudieras de la cabeza ese ensueño. Esa Lima tuya ya no tiene salvación.
Desapareció, murió. Sólo existe en tu fantasía. Quisiera que tú también cambies
de vida, papá.
PROFESOR BRUNELLI
Estoy un poco viejo
para eso, Ileana.
ILEANA
Puedes vivir muchos
años todavía. Enseñando, escribiendo esos libros que nunca terminaste por la
cruzada. Tener una vejez tranquila, sin desilusiones. Puedes vivir con
nosotros. Diego está de acuerdo. Yo también quiero que vivamos juntos. Con una
sola condición.
PROFESOR BRUNELLI
No necesitas
decirme cuál, hijita.
Le da la espalda,
cabizbajo, y se dirige hacia los balcones encaramados unos sobre otros.
ILEANA
(Desvaneciéndose en
el recuerdo del profesor Brunelli).
Te mandaré postales
con todas las obras maestras de la pintura y de la
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arquitectura de
Italia.
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XVI. EL ESPECTÁCULO
El profesor
Brunelli empieza a rociar los balcones con una invisible sustancia, yendo de un
lado a otro, moviendo las manos con movimientos enérgicos, como si estuviera
regando un jardín.
PROFESOR BRUNELLI
(Sigue esparciendo
chorros de queroseno a diestra y siniestra, discurriendo entre los balcones,
que relucen en la noche con una luz azulina, tétrica).
Cumplirá su
promesa, sin la menor duda. Ya debe haber alguna postal cruzando el Atlántico,
con el Coliseo, el Foro romano o el Castello Sant’Angelo. No sabes lo que te
pierdes, hijita querida. Y tú, mi flamante yerno. ¡Un espectáculo fuera de
serie! La gran victoria del profesor Aldo Brunelli contra las polillas. Contra
las cucarachas. Contra los ratones. Contra los perros vagabundos. Contra los
gorriones, los gallinazos y los murciélagos depredadores. Contra los borrachos
meones. Contra todos los parásitos que querían medrar en ellos, alimentarse de
sus tiernas entrañas o vejarlos y descuartizarlos, degradándolos a la condición
de cuevas, nidos, dormideros, urinarios y cagaderos. ¡Un espectáculo comparable
al que provocó mi compatriota Nerón en Roma, aquella vez, por amor a la poesía!
Ustedes han sido para mí la poesía, pobrecillos. Hijitos míos. Nietecitos míos.
No me guardarán rencor, ¿no es verdad? En el cielo de los balcones, serán
recibidos como mártires y héroes, después de tanta humillación y sufrimiento.
¡Basta ya! Hay un límite más allá del cual no es posible vivir sin deshonrarse.
¿Estamos de acuerdo, no es cierto? (Ha terminado de esparcir el queroseno.
Enciende un fósforo. Se le apaga. Enciende otro. Lo arroja. Con los ojos muy
abiertos, ve elevarse a su alrededor un cerco de llamas). No queremos vivir sin
dignidad, sin el mínimo respeto a que tenemos derecho, como seres humanos o
como obras artísticas. Hemos resistido. Nos han derrotado. Aceptamos la
derrota. Pero no la indignidad ni la vejación. ¡Cómo arden los nobles, los
dignísimos amigos! Mira, hijita. Qué elegante despedida. Cómo danzan, cómo se
abrazan. Mira esos corazones azules, en el centro de sus llamas. Se extinguen
sin un reproche, sin un lamento, con sobriedad espartana. ¡Así mueren los
héroes! ¡Adiós, buenos hermanos! ¡Adiós, carísimos! ¡Hasta muy pronto! Hice lo
que pude. Sé que ustedes prefieren acabar de esta manera. Los peruanos de hoy
no están a la altura de aquellos que los construyeron. No los merecen a
ustedes. Que se queden con sus casas
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muertas, con sus
edificios sin alma. Esta ciudad ya no es la nuestra. ¡Vámonos con la música a
otra parte, pues!
Echa a caminar,
encogido, súbitamente abrumado. Va hacia el balcón del Rímac, que ha quedado
intacto. Canturrea, a media voz, el estribillo del Himno de los Balcones:
¡Los balcones
son la historia
la memoria
y la gloria
de nuestra ciudad!
Se trepa al balcón.
Bueno, Brunelli. Va
siendo hora de terminar con este trámite.
Se oyen los pasos
asimétricos del borracho y su voz agitada, de hombre que ha corrido.
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XVII. NUEVAS
AMISTADES
BORRACHO
Vaya, don, ahí está
usted todavía. O sea que no lo soñé. No fue una alucinación, producto de esas
mezclas asesinas que les gustan a mis primos: pisco con cerveza, cosas así. ¡No
se las recomiendo a nadie que tenga úlceras!
PROFESOR BRUNELLI
¿A qué ha vuelto?
BORRACHO
A ver si usted
estaba aquí o si eran los diablos azules.
PROFESOR BRUNELLI
Ya lo comprobó.
Váyase, ahora. Lo que tengo que hacer, debo hacerlo solo.
Con dignidad y sin
testigos.
BORRACHO
La calle es también
mía, por si acaso. Además, quería decirle que ya me acordé de usted. El viejito
que hace mítines en las casas que van a tumbar. Es usted, ¿no?
PROFESOR BRUNELLI
Sí.
BORRACHO
Claro que es usted.
Su foto estaba en Última Hora el otro día. ¿Cierto que le quemaron todos esos
balcones que tenía en un corralón del Rímac? El periódico decía que lloró usted
como un niño. ¿De veras, don?
PROFESOR BRUNELLI
Yo no he llorado
jamás. Por lo menos, para el público. Cuando lloro, lo hago para adentro y
nadie lo ve.
BORRACHO
Llora con los ojos
del alma, entonces. Como dice el vals.
PROFESOR BRUNELLI
Falso también que
me los quemaran. Los quemé yo. Les eché queroseno y los prendí, con estas
manos.
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BORRACHO
¿Por qué lo hizo?
¿No era usted, más bien, el salvador de los balcones?
PROFESOR BRUNELLI
Le ruego que siga
su camino, amigo. Debo hacer algo grave y no quiero testigos.
BORRACHO
¿Por qué quiere
usted matarse, se puede saber?
PROFESOR BRUNELLI
Los maté porque ésa
era una muerte más digna para ellos que irse pudriendo, lentamente, ahora que
no tendrán quien los cuide.
BORRACHO
¿Se refiere a los
balcones?
PROFESOR BRUNELLI
Preferible acabar
en un gran acto ceremonial, purificador, que a poquitos, comidos por polillas y
ratones, roídos por la humedad, sirviendo de meadero a perros y a borrachos.
Morir en un holocausto tiene grandeza. Ir desapareciendo entre la incuria y el desprecio
de la gente, es innoble.
BORRACHO
¿Para eso se va a
matar? ¿Para tener un final de película?
PROFESOR BRUNELLI
A los condenados a
muerte se les concede la última voluntad. Sea generoso:
váyase.
BORRACHO
No puedo irme.
Estoy un poco asustado ¿sabe? No me gusta esto de saber que se quiere matar. Me
siento cómplice de un crimen.
PROFESOR BRUNELLI
Diga más bien que
no se va por morboso. Quiere verme morir.
BORRACHO
A lo mejor es por
eso.
PROFESOR BRUNELLI
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¿Piensa usted
pillar mi cadáver? Se llevará una decepción. No tengo nada encima, salvo este
terno raído y estos zapatones cansados.
BORRACHO
Me enojaría si no
fuera usted el viejito que es, don. Y el mal rato que debe estar pasando para
querer matarse. Soy más honrado que cualquiera. No he visto morir a nadie hasta
ahora. ¿Será por simple curiosidad, que no puedo irme? No. Por compasión, más bien.
Aunque, quién sabe, hay tantas cosas torcidas en la cabeza humana… ¡Jajajá!
¿Sabe de qué me río? Me acabo de acordar. En alguna parte leí, o alguien me
dijo, que a los ahorcados, en el instante de morir, cuando la soga se les
cierra en el pescuezo, se les para la… Bueno, que tienen una erección, para
decirlo en educado. La despedida de la virilidad, o algo así. Aunque, usted, a
sus años ¡jajajá! Disculpe, ya sé que no está para bromas. No sé por qué me
río, ni por qué digo estas cosas. Estoy nervioso. Me pone usted raro, no sé qué
hacer. No puedo irme. Por qué no me hace un favor. Bájese de ese balcón y
vayamos a tomarnos un caldito de gallina, aquí nomás, al mercado del Rímac. Lo
invito. ¿Me oye? Oiga, oiga, pero qué es esto. ¡Profesor, profesor! ¿Se ha
ahorcado usted? ¿Eso hacía mientras yo bromeaba? Dios mío, qué pesadilla.
¡Socorro, policía! ¡Ayuda! (Se oye crujir el balcón, amenazadoramente). Padre
nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre… (Lo interrumpe el
estrépito con que se vienen abajo el balcón y el hombre colgado en él. Es un
sonido aparatoso, monumental, de tablas y tablillas que se desparraman por todo
el derredor entre una gran nube de polvo). ¡Dios mío! Perdóname mis pecados,
Santa Madre del Señor.
PROFESOR BRUNELLI
(De entre las
tablas, su voz suena remota y adolorida).
Déjese de rezo y
ayúdeme a salir de aquí. Me siento una rata aplastada.
BORRACHO
Sí, sí, por
supuesto. ¿Está usted bien? ¿Ningún hueso roto? No, no, menos mal que no le
pasó nada. Déjeme sacudirlo, parece un fantasmón con todo ese terral encima.
Bueno, bueno, ahora sí que se me quitó la borrachera ¡Qué emociones, para
comenzar el día! ¡Pa su diablo! ¿No le duele el pescuezo? Y usted que decía que
este balcón nos resistiría a los dos juntos.
PROFESOR BRUNELLI
Me salvaron la vida
las polillas. ¿Se ha visto algo más ridículo? Ríase nomás, no es para menos.
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BORRACHO
Me alegro de lo que
pasó. No me hubiera gustado ser testigo de su muerte, don. Me pegó un sustazo,
sabe, cuando lo vi ahí, colgando.
PROFESOR BRUNELLI
Yo quería terminar
de una manera dramática, con un gran gesto simbólico.
Para el presente y
para la posteridad. Y todo ha terminado en una payasada.
Pero lo peor no es
eso. ¿Sabe qué es lo peor, mi amigo?
BORRACHO
¿Qué?
PROFESOR BRUNELLI
Que he destruido
una de las maravillas barrocas del siglo XVIII. Yo, yo mismo la he pulverizado.
BORRACHO
Ésa es una manera
de verlo. Podría haber otra, don.
PROFESOR BRUNELLI
¿Cuál otra?
BORRACHO
Que el balconcito
se sacrificó para que usted se salvara. ¿No habla usted de esos balcones como
si estuvieran vivitos y coleando? Entonces, cabe mi explicación. Cuando el
balcón sintió su peso, reflexionó: «Ni de a vainas, yo no permito que el
defensor de mis hermanos acabe así». Y prefirió desintegrarse para que usted
viviera.
PROFESOR BRUNELLI
¿Sabe que esa
explicación me gusta?
BORRACHO
A mí también.
PROFESOR BRUNELLI
¿Qué más pensó el
balcón, antes de hacerse añicos para que yo me salvara?
BORRACHO
Bueno, mi cabeza ya
produjo una genialidad. No producirá otra hasta el próximo año.
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PROFESOR BRUNELLI
Pensó: «Ese viejo
debe vivir para seguir batallando. Hay todavía muchas casas nobles, muchos
balcones ilustres por salvar».
BORRACHO
¿Y eso es lo que va
a hacer ahora?
PROFESOR BRUNELLI
No me queda
alternativa. ¿Iba en serio eso del caldito de gallina en el mercado del Rímac?
BORRACHO
Espéreme, déjeme
ver si me alcanzan los solcitos. Porque, anoche, mis primos me hicieron pagar a
mí todas esas mezclas asesinas de cerveza y pisco. Sí, alcanza. Mire, ya hay
luz. Nada como un caldito de gallina sustancioso para comenzar el día.
PROFESOR BRUNELLI
Vamos, pues. Y,
luego, me acompañará usted a mi corralón a recoger un par de carretillas, que
se salvaron de la quema. Y volveremos aquí.
BORRACHO
¿Volveremos?
PROFESOR BRUNELLI
Venga, deme el
brazo que ando un poco magullado. Volveremos a llevarnos esas tablas, mi amigo.
Las vigas, molduras, adornos. Hasta las astillas. Porque, aunque nos tomará
algún tiempo, a este primor barroco lo vamos a resucitar.
BORRACHO
¿Me podría decir
por qué habla en plural?
PROFESOR BRUNELLI
Porque usted será
mi ayudante. Mi brazo derecho.
BORRACHO
Ah, caramba. Ya
veo, es usted de esos a los que se les da la mano y se trepan hasta el codo.
PROFESOR BRUNELLI
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Mientras nos
tomamos ese caldito de gallina, se lo explicaré. Ya verá, salvar balcones
viejos es mucho más que un servicio público. Ya verá qué aventura entretenida y
exaltante puede ser.
BORRACHO
A este paso me voy
a arrepentir de que se viniera abajo el balconcito, don. Ya me veo convertido
en el loco de los balcones bis.
PROFESOR BRUNELLI
La cruzada ha
experimentado una merma, con la partida de mi hija y de mi yerno. Y con ese
malhadado incendio. Habrá que recomenzar desde cero. Usted y yo seremos la
semilla. La cruzada rebrotará como los árboles luego de la poda: más fuerte que
antes. Creceremos, formaremos un ejército de soñadores. Devolveremos a Lima la
gracia y la majestad que le corresponden por tradición y por historia…
Mientras se alejan,
tomados del brazo, en el amanecer azulino, comienzan a oírse los compases del
Himno de los Balcones.
BORRACHO
Lo peor de todo es
que, con esa labia maldita, usted es capaz de convencerme. Ya nos estoy viendo
a los dos encerrados en un manicomio y con camisa de fuerza, don.
Sus voces se
pierden, sumergidas por el himno, cantado a voz en cuello por invisibles
cruzados, mientras cae el
TELÓN
Berlín, 13 de
febrero de 1992
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JORGE MARIO PEDRO
VARGAS LLOSA. (Arequipa, Perú, 28 de marzo de 1936). Escritor, político y
periodista peruano. Premio Nobel de Literatura 2010. Pasa su infancia entre
Bolivia y Perú y al terminar sus estudios primarios colabora en los diarios La
Crónica y La Industria. En 1952 escribe una obra de teatro titulada La huida
del Inca, que se estrena en un teatro de Lima. Estudia Letras y Derecho en la
Universidad Nacional Mayor de San Marcos y empieza a colaborar profesionalmente
en periódicos y revistas, siendo editor de los Cuadernos de Composición y la
revista Literatura. En 1958 le conceden la beca de estudios «Javier Prado» en
la Universidad Complutense de Madrid, donde obtiene el título de Doctor en
Filosofía y Letras. Un año más tarde se traslada a París, y allí trabaja en
diferentes medios hasta que logra entrar en la Agencia France Press y, más
tarde, en la Radio Televisión Francesa, donde conoce a numerosos escritores
hispanoamericanos.
En 1965 se integra
en la revista cubana Casa de las Américas como miembro de su consejo de
redacción y permanece en ella hasta 1971. En esos años actúa varias veces como
jurado de los premios Casa de las Américas.
Posteriormente
viaja a Nueva York, invitado al Congreso Mundial del PEN Club, e instala su
residencia en Londres, donde trabaja como profesor de Literatura
Hispanoamericana en el Queen Mary College.
Durante este
periodo trabaja además como traductor para la UNESCO en Grecia, junto a Julio
Cortázar; hasta 1974 su vida y la de su familia transcurre en Europa,
residiendo en París, Londres y Barcelona.
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En 1975 inicia una
serie de trabajos cinematográficos, y en marzo de ese año es elegido Miembro de
Número en la Real Academia Peruana de la Lengua. En 1976 es elegido presidente
del PEN Club Internacional, cargo que ocupa hasta 1979.
En Perú presenta el
programa televisivo La Torre de Babel y en 1983 preside la Comisión
Investigadora del caso Uchuraccay, dedicado a resolver el asesinato de ocho
periodistas. A finales de los ochenta entra en el mundo de la política en Perú
y en 1990 regresa a Londres, donde retoma su actividad literaria.
En marzo de 1993
obtiene la nacionalidad española, sin renunciar a la peruana.
Colabora en el
diario El País y con la revista cultural Letras Libres.
En 1994 es nombrado
miembro de la Real Academia Española y ese mismo año gana el Premio Miguel de
Cervantes; posteriormente es reconocido doctor honoris causa en numerosas
universidades. Su obra ha sido traducida a más de 30 idiomas.
Notas
[1] Ricardo Blume es un conocido actor peruano de
teatro y televisión, que ha trabajado en su país, en España y en México.
<<
[2] Nota del editor digital: Así en la edición en
papel, y no «esplendor» que sería lo correcto. <<
[3] Nota del editor digital: Así en la edición en
papel y no «protege» que sería lo correcto. <<
FIN

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