© Libro N° 13920. La Cuestión
Salarial – Antes Y Hoy. Edit. edición “GegenStandpunkt” 2-07. Emancipación.
Junio 7 de 2025
Título Original: © La Cuestión Salarial – Antes Y
Hoy. Edit. edición “GegenStandpunkt” 2-07
Versión Original: © La Cuestión Salarial – Antes Y Hoy. Edit. edición GegenStandpunkt” 2-07
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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LA CUESTIÓN SALARIAL –
ANTES Y HOY
Edit. edición
“GegenStandpunkt” 2-07
La Cuestión
Salarial – Antes Y Hoy
Edit.
edición “GegenStandpunkt” 2-07
La cuestión
salarial – antes y hoy. Análisis de la edición “GegenStandpunkt” 2-07
El capital financiero. Análisis de la edición
“GegenStandpunkt” 3-08
¿Cuál es el origen del racismo y cómo funciona?
Análisis de la edición “GegenStandpunkt” 1-95
Análisis de la edición “GegenStandpunkt” 2-07
De La Lucha De Clases Que Amenaza La Seguridad Del
Estado Al Ritual Sindical
La Cuestión Salarial – Antes Y Hoy
I.
En otro tiempo los miembros de aquella clase que
tiene que vivir de un salario luchaban por él. Se negaban –en acciones
espontáneas y aisladas, pero en algún que otro lugar también organizados en
sindicatos– a trabajar en las condiciones en las que los dueños de las fábricas
los empleaban a sueldo valiéndose de su fuerza productiva, porque con estas
condiciones no podían sobrevivir. Se agrupaban, una que otra vez, contra el
poder de la propiedad para obligarles por la fuerza a los capitalistas, a
quienes conocían como explotadores y que también solían llamar así, a que
respetaran sus intereses más elementales: si los dueños de las fábricas querían
seguir haciendo uso de su fuerza productiva, este uso también tenía que tener
límites. Del salario del que tenían que vivir también queríanpoder vivir. Desde
esta posición emprendían –de manera más o menos resuelta, con más o menos
éxito– una incesante lucha guerrillera por salario y términos del tiempo
laboral; contra capitalistas que reclamaban con la mayor naturalidad a cambio
del salario que pagaban el derecho de hacer uso de la fuerza productiva para
cuanto tiempo y cuan excesivamente como les pareciera útil; capitalistas que a
la inversa conocían y hacían valer múltiples razones para aplicar retenciones
salariales o para negarse a pagar el salario; capitalistas para quienes
obviamente no eran más que el material humano cuya explotación productiva les
servía para enriquecerse, consiguiendo esta meta tanto más cuanto menos
respetaban hasta las más inmediatas necesidades vitales de sus obreros.
Capitalistas, pues, que trataban el sustento de la clase como lo que era para
ellos: una reducción del beneficio, lo único que les interesaba.
Sin embargo en esta lucha por seguir existiendo los
dueños de las fábricas desde el principio no eran los únicos enemigos de los
obreros. El poder estatal se enfrentaba a ellos, haciéndoles sentir de esta
manera el carácterpolítico de la relación de producción en el que estaban
previstos para desempeñar el papel de un personal de servicio obediente y
chantajeable a voluntad, barato y dispuesto, de una clase capitalista que se
servía de ellos para que creciera su riqueza. Por los que se levantaron contra
el salario que se les pagaba, el Estado inmediatamente se vio retado a sí
mismo, declarando abiertamente de esta manera su razón estatal: la fuerza
pública ve como su tarea primordial y su objetivo principal proteger el orden
económico y social dentro del cual todo se centra en que una clase de
propietarios se enriquezca con el mayor éxito posible del trabajo que efectúa
una clase de proletarios sin propiedad. Contra los obreros que dependían del
salario y que luchaban por él, el Estado se enfrentaba inmediatamente en su
calidad de fuerza policial, como soberanía que actúa al servicio de los
explotadores, que prohíbe los sindicatos y que condena a los obreros a ser la
clase de personas sin derechos, completamente a merced de estos explotadores y
sin protección alguna.
El Estado tomó el asunto mucho más fundamental que
quienes lo habían planteado y que luchaban por su supervivencia en el sistema
del trabajo asalariado. Con su procedimiento demostró de forma práctica que la
cuestión salarial toca la esencia del sistema. Sin embargo, los que aprendieron
esta lección solo formaban una minoría dentro del movimiento obrero: los
comunistas, quienes criticaban la lucha por más salario y mejores condiciones
laborales como el desesperadamente contradictorio y por lo tanto equivocado
intento de querer obligar al sistema de la explotación capitalista a que sea
compatible con los intereses vitales de los explotados, y quienes por su parte
rechazaban el sistema existente. Intentaban convencer a sus hermanos de clase
de que sin abolir el sistema de la propiedad, que condena los obreros a ser las
víctimas permanentes, nunca saldrían adelante. Como es sabido, no consiguieron
ni generalizar ni poner en práctica esta convicción. El Estado los persiguió y
acabó con ellos. ¿Y qué fue de la cuestión salarial?
II.
Algunas décadas más tarde y durante algunas décadas
–nos situamos en la Alemania Federal del milagro económico con su Estado
social, para poner un ejemplo– la cosa realmente se ve bien distinta. Parece
como si la cuestión salarial fuera encauzada en caminos en que los trabajadores
ya no tienen que temer ni luchar por su existencia. Ya hace tiempo que dejaron
de ser personas sin derechos y entregadas a merced de sus dueños de las
fábricas sin protección alguna. Más bien gozan ahora de numerosos defensores de
sus intereses que siempre pueden consultar cuando vean razones de descontento o
se sientan tratados injustamente.
En la empresa tienen un comité de empresa que les
apoya en todos los asuntos en los que vean menoscabados justos derechos suyos o
se sientan confrontados con exigencias laborales improcedentes. Este les
endereza sus entuertos a medida que está en su poder conforme a la ley de
régimen de empresa según la pauta de unalegislación laboral y social que obliga
a los empresarios en su trato comercial con el material humano a cierto respeto
que garantiza su aprovechabilidad duradera. Por supuesto que en todos estos
casos también pueden acudir a la magistratura de trabajo. Ya no hace falta que
ellos mismos luchen por su respectiva petición. A esto se dedican instancias
superiores, dotadas de competencias estatales – a quienes naturalmente también
ceden la decisión de lo que será de su petición y hasta qué punto es legítima.
Así el poder estatal está incluido por principio en cualquier cuestión
fundamental discutida sobre salario y rendimiento laboral, y define cuánto
respeto merecen según la voluntad general las necesidades del sustento de
obreros; en general y en cada caso particular. Se hametido en el antagonismo de
clases, que antaño corría peligro de degenerar en una carga explosiva para la
sociedad de clases, para encauzarlo en vías pacíficas. Lo codificó legalmente
arrebatando también así a los proletarios en buena parte la defensa de su
interés.
Los sindicatos ya no están prohibidos, sino que se
reconocen prácticamente como corporaciones de derecho público con mandato
social del Estado. Los trabajadores les pagan una cuota de socio, y la
contraprestación de su asociación es admirable: ya no tienen que preocuparse
del salario que merecen, ni de su aumento continuo conforme al crecimiento
económico. En negociaciones colectivas el sindicato toma en su lugar todas las
decisiones necesarias, y el Estado hasta garantiza con su autoridad que el
resultado de la negociación tenga vigor legal. Este inmenso progreso de que
ahora se busca el consenso de la sociedad entera en la lucha por el salario se
debe a decisivos procesos de aprendizaje en ambos lados, tanto por parte del
Estado de clases moderno como por parte de los sindicatos: el Estado se da
cuenta de que son útiles las asociaciones obreras que regulan correctamente las
cuestiones de poder y chantaje que nacen con necesidad de la lucha salarial,
concediéndoles por tanto el rango de organizaciones de utilidad pública y
dotándolas de los correspondientes derechos y limitaciones hasta el derecho de
huelga y sus reglamentaciones, para que desempeñen la función prevista. Los
sindicatos por su parte aprenden de sus experiencias con el Estado burgués la
misma lección desde la perspectiva complementaria: si quieren ser reconocidos
como órganos representativos del interés obrero y ser autorizados oficialmente
a la lucha salarial, tienen que desprenderse de todos los caprichos de la lucha
de clase y adaptarse a los reglamentos legales de cómo les está permitido
servir al interés de la gente a la que representan. En la medida que consiguen
esto, tienen derecho a hacer lo que el Estado quiere que hagan, acordando con
los empresarios lo que tendrá vigor en la nación en cuanto al nivel social de
salarios.
La representación obrera moderna trabaja por el
objetivo superior de una distribución justa de la riqueza que crean los
obreros. Para justificar sus ideas al respecto, alega criterios tan
interesantes como la ‘ganancia’ que el trabajo proporcionó a sus explotadores,
y la ‘productividad aumentada’ con la que se explota – para delimitar con tales
referencias al pasado y futuro éxito del capital los “márgenes” que según ella
sí existen para la redistribución de riqueza hacia la clase representada por
ella. Como un tercer bando entre las clases se esfuerza así por moderar el
antagonismo entre las dos, presentando el salario como materia de negociación
sobre la cual ambos lados, capital y trabajo, tienen que llegar a un
compromiso, lo cual a su parecer no puede ser difícil si hay buena voluntad.
Por lo menos sus esfuerzos constructivos –aunque de vez en cuando consideren
necesario “presionar” con huelgas– no impiden ninguna solución de común acuerdo
para la cuestión salarial en el país, así que reina la justicia salarial entre
las clases: una de ellas siempre obtiene como medios para su sustento lo que la
otra considere compatible con su interés en una explotación rentable. El
salario es la suma de dinero con la que los trabajadores tienen que
arreglárselas para vivir – pero lo que necesitan para ello no es ningún
criterio cuando la representación obrera moderna se dedica a su lucha salarial,
acordando la magnitud decisiva para la vida de las masas.
Quien padece necesidad debida a desempleo,
enfermedad o vejez, ya no acaba en el arroyo en la Alemania moderna: puede
acudir a la oficina de empleo y al departamento de asistencia social donde la
institucionalizada Seguridad Social se ocupa de sus intereses. También en este
ámbito el Estado burgués con su larga tradición se muestra capaz de aprender,
sacando una conclusión del hecho de que la molesta ‘cuestión salarial’ no deja
de plantarle problemas de orden público. No quiere que haya en la Alemania de
la posguerra tantaincompatibilidad con el sustento de las masas trabajadoras
como para que grandes cantidades de míseros inútiles vuelvan a venir a menos en
los patios y el orden interior vuelva a estropearse como en los tiempos antes
de que los nazis llegaran al poder. Por lo tanto el Estado toma en sus manos el
aseguramiento de la existencia de su clase pobre y procura la paz social; en
este último asunto puede aprender algo importante de la actuación –aún muy
presente– del régimen antecesor: tanta violencia directa como éste creía
necesaria no hace falta para pacificar con éxito a una sociedad capitalista de
clases. Mientras que los fascistas con su asistencia social desarticularon
todas las organizaciones de la representación de intereses de los trabajadores,
sustituyéndolas por funcionarios estatales y forjando un ”frente del trabajo“
nacional en la que incluso hubo sitio para asegurar la existencia de
compatriotas que carecían de utilidad capitalista –bajo el lema de ‘trabajo y
pan’ eran destacados al Servicio Social del III Reich–, la nación democrática
guarda la miseria de sus trabajadores, reconocida como inalterable, en el
gigantesco aparato burocrático de su Estado social. Organiza un sistema
autogestionado de seguridad social que se financia con cuotas obligatoriamente
retenidas del salario total que gana la clase entera, y que mantiene con estas
finanzas a los notoriamente pobres en los inevitables altibajos de su vida
proletaria. Ampliado así, bien es verdad que el salario de la clase obrera tampoco
garantiza una vida satisfactoria a sus miembros, pero a ellos en conjunto sí
que les garantiza la subsistencia, así que la clase puede sobrevivir en su
pobreza e incluso proporcionar futuras generaciones de pobres útiles.
Los indigentes del proletariado ya no tienen, por
tanto, motivo alguno para sentirse de alguna manera ‘desamparados’ o excluidos
de su comunidad nacional. Los miembros de la clase disponen todos de derechos
pasivos, son mantenidos en definidas situaciones de miseria y necesidad por las
cajas de la seguridad social, teniendo incluso –en cuanto a las dimensiones de
las asistencias– la suerte de presenciar una situación histórica: su Estado se
está formando como el país vanguardista contra el Este comunista y se esfuerza
por tanto con decisión en comprobar que para los trabajadores la colaboración
en el sistema libre demócrata del mando sobre sus servicios productivos rinde
muchísimo más que una vida en el ‘socialismo real’. Por esto organiza las dos
cosas: una ilegalización del Partido Comunista por un lado, y por el otro una
‘economía de mercado’ expresamente ‘social’, en la que incluso hay esfuerzos
por que los pobres vayan tirando con prestaciones complementarias al salario.
Frente a su clase trabajadora, el gobierno ya no se
presenta como estado autoritario. Ha sido elegido democráticamente, también por
la parte trabajadora de su pueblo, que desde luego tiene un derecho de voto.El
Estado aprendió lo útil que es el principio de asegurarse de la continua
lealtad política y del reconocimiento del orden capitalista convocando
periódicamente a todo su pueblo a elegir por quién quiere ser gobernado. Este
procedimiento de autorización presenta sus ventajas particularmente en el caso de
aquella clase cuyos servicios productivos estima altamente, pero en cuyo caso
el servir equivale a sacrificios: también entre la gente que con miras a sus
experiencias prácticas acumula descontentos con la reglamentación política de
sus necesidades, sigue vigente el principio de bronce de que sobre las
condiciones sociales –y por lo tanto también las individuales– dispone una
autoridad competente según la razón estatal; y el mismo principio indica un
camino sumamente constructivo al inevitable y permanente descontento proletario
con estas condiciones de vida: la elección de un gobierno mejor, ¡a esto sí que
tienen derecho también los trabajadores!
Este derecho lo disfrutan a tope. Donde el poder se
ejerce sólo en nombre del pueblo, los poderosos no solo quieren declarar su
alto deber moral de comprometerse única y exclusivamente en los intereses que
se manifiestan en la sociedad. Aceptan el resultado de la propaganda acogedora
a favor de su persona y de su arte de gobernar, hasta arriesgan ser destituidos
del poder por un voto negativo, y para que esto no suceda, las asociaciones
electorales competidoras se dirigen a sus electores de modo correspondiente:
también los trabajadores, el ‘pueblo llano’, deben tener la impresión de ser
bien atendidos en sus intereses particulares por la política de partidos, que
son partidos de todo el pueblo. Deben interpretar sus notorios descontentos con
sus condiciones de vida comonegligencias que han cometido los políticos – y
procurar con su voto que el Estado se gestione mejor. De esta manera la
‘cuestión social’ se ha politizado con éxito, por haberse traducido
completamente en un mandato de ‘gobernar mejor’ la comunidad nacional con su
inamovible agenda política, y por lo tanto está a buen recaudo en las manos de
quienes luchan por el mandato de llevar a cabo esta misión.
Quien piensa que su gobierno es antisocial, aunque
el partido gobernante se llame ‘popular’ y supuestamente represente a todo el
pueblo, puede votar por la oposición y depositar allí su descontento:
encontrará un partido socialdemócrata listo para tomar las riendas del gobierno
con particular respeto al ‘aspecto social’. Bien es verdad que, debido a que
tiene su origen en el movimiento obrero o en otra parte cualquiera del ‘campo
de izquierdas’, este partido tiene que luchar desde el principio de su carrera
parlamentaria con la sospecha de no estar muy a favor del capitalismo – algunos
de sus líderes principales no logran deshacerse en toda su vida de la
recriminación de ser ‘la quinta columna de Moscú’ en la capital alemana. Pero
como muy tarde desde las primeras pruebas de que no solo es ‘una oposición
fuerte’, sino también ‘capaz de gobernar’ en todos los sentidos, la sospecha
pierde su fundamento y la clase obrera tiene con los socialdemócratas la oferta
permanente de una alternativa electoral que puede las dos cosas a la vez:
administrar el bien común capitalista según todas las necesidades sistémicas –
y aparte de esto seguir guardando sin escrúpulos las apariencias de que el
único objetivo del partido es el ‘bienestar del pueblo llano’. Esta asociación
política está cultivando el sello de identidad de ser la única patria verdadera
de todos los que son pobres o que se sienten desamparados, se presenta como el
abogado para ayudarles a los asalariados a conseguir ‘sus derechos’ – y una vez
asumido el poder da prueba en la práctica de que la mejor manera de satisfacer
estos derechos es el éxito de la nación que ella sabe alcanzar mejor que sus
competidores. De esta manera la clase trabajadora se echa la costumbre de
identificar su propio progreso con el avance del conjunto forzoso nacional en
el que prestan sus servicios, puede por lo tanto a la inversa abonar los éxitos
de este en su propia cuenta, y verse bien atendida al compás de los éxitos de
la nación.
Y hay otro defensor poderoso que el trabajador
moderno tiene a su lado: también con respecto a sus intereses laPrensa libre
cumple su función democrática de control, convirtiendo cualquier injusticia en
un escándalo público. Sea que descubran a un directivo responsable de organizar
la explotación cotidiana haciendo algo prohibido, sea que reprochen a un
servidor político de la justicia social de no cumplir con sus deberes: la
prensa está por todos lados acusando a alguien entre ‘los de arriba’ de falta de
respeto hacia los apuros del hombre del pueblo. Para estos tienen el oído fino.
También saben siempre qué postura hay que tomar hacia ellos, impartiendo a su
público la debida orientación mental cómo ir tirando en el día a día de la
sociedad de clases. Incluso mentalmente se les quita de la mano su interés a
los trabajadores – con artículos y comentarios para forjar las opiniones sobre
las condiciones de vida en el Estado de clases, proporcionando toda una serie
de lecciones para comprender su inalterabilidad, y por lo tanto también en la
falta de consecuencias prácticas del propio refunfuñar sobre ellas. Han probado
su eficacia las lecciones sobre la aplicación de la técnica de la comparación.
Es verdad: un paraíso puede que no sea la vida del trabajor normal; pero si la
comparamos con circunstancias en las que antaño tenía que arreglárselas, tendrá
que admitir que ha tenido suerte con su patria democrática y social:
socialmente asegurado, participando en el crecimiento económico y formando
parte de una sociedad de bienestar, casi le va demasiado bien.
*
De este modo el trabajador moderno queda
perfectamente asimilado en la comunidad capitalista. Por ningún lado hay razón
para él de levantarse por su interés en contra de nadie, porque literalmente
está rodeado de defensores que actúan en su nombre administrando sus intereses:
hasta sus explotadores están para servirle, proporcionando empleo. No caben
dudas: el Estado logró desactivar la carga explosiva que estableció con su
clase trabajadora; la clase se dejó deshabituar de la lucha.
III.
Hoy empero –estamos en la época de una
‘globalización’– la cosa se presenta de nuevo bien distinta. La cuestión
salarial es tan actual que no pasa ni un solo día que no se busquen respuestas
adecuadas para ella. Su forma actual no es la lucha de la clase trabajadora por
asegurarse un sustento, sino el afán de reformas por parte de los capitalistas
que se afanan por perfeccionar las condiciones de la explotación. Por el
servicio que prestan a sus empleados –los emplean– exigen más trabajo por menos
dinero y la libre disposición de la fuerza laboral según la necesidad de su
empresa e independientemente de las necesidades de la vida de los asalariados.
A los sindicatos reclaman que firmen las reglamentaciones de los horarios
laborales y los recortes salariales que ellos les dicten – con la amenaza de
excluir completamente a sus interlocutores sociales de las negociaciones y la
elaboración de un consenso. Los acuerdos empresariales que ya extorsionaron de
sus plantillas muestran el avance que ya consiguieron al respecto.
El guardián político del bien común capitalista
apoya la lucha de sus empresarios. A los ‘logros sociales’ con los que la
Alemania occidental solía probar la perfecta compatibilidad de la explotación
capitalista con el sustento de las masas, se los fustiga hoy como un error
fundamental: precisamente el rápido aumento de receptores de asistencia social
da la prueba de que los ”rendimientos“ de hasta ahora son insostenibles. A la
condena le sucede la práctica, y poco a poco se van liquidando como una ‘carga
incosteable’ los fundamentos de la existencia proletaria a la que los
trabajadores durante medio siglo podían acostumbrarse. Pero no vuelven a estar
privados de derechos, como era su situación de antaño. El Estado social los
mantiene bajo custodia – empleando todos los instrumentos del derecho social
que hace tiempo servían y se usaban para pacificar a la clase, como palancas
para recortar su sustento. La paz que mantiene la clase, se supone y se
reclama.
Todo esto se complementa por una labor de la
opinión pública que también lucha: contra la opinión errónea de que un salario
que uno obtiene con su trabajo ha de ser suficiente para vivir – y por la
comprensión de que a partir de ahora tiene que ser al revés: el hecho de poder
tener un ‘empleo’ remunerado equivale para los trabajadores a un acto de
caridad; el hecho de ser usados y explotados con éxito es el primer provecho
que pueden esperar para sí mismos. Más pretensiones no pueden tener, ni mucho
menos tienen derecho a oponer resistencia contra cualquier vejación. Cuando el
Estado y el capital les explican detalladamente cómo y dónde piensan recortar
el medio de su sustento, solo se les ofrece la misma alternativa con la que
antaño sus iguales eran forzados a la miseria: encontrar a alguien que les
explote, al precio que sea.
*
La incompatibilidad entre el éxito del crecimiento
capitalista y el sustento de sus productores, razón por la cual antaño los
trabajadores se manifestaban, es hoy el programa oficialmente declarado y
practicado. ¿Y qué es lo que hace la clase maltratada? ¿Vuelve por razones
obvias a la práctica nada superflua de la lucha salarial? No. Sigue con la
costumbre de dejar que sus intereses sean representados por otros, quienes
saben lo que se puede esperar – y sigue como espectador de lo que será de ella.
Análisis de la edición “GegenStandpunkt” 3-08
El capital financiero
AL PRIMER CAPÍTULO→
En un sentido, la banca es un negocio capitalista
como otro cualquiera: en ella también se trata de transformar una cantidad de
dinero en más dinero, aprovechando para ello la demanda y la oferta “del
mercado”. Pero allí se acaba lo que tiene en común con los demás sectores
económicos. De hecho no hay quien no vea la posición privilegiada que tiene la
banca en la economía capitalista. Su “mercado” es el comercio con dinero: no
con una mercancía cualquiera o cualquier servicio materialmente útil, sino con
la riqueza abstracta, que se pretende adquirir en todos los sectores económicos
de esta economía. El dinero, medio de disposición universal, no lo usan los
bancos como todas las demás empresas, que compran con él medios de producción,
que crean con él fábricas industriales o grandes almacenes, foros de internet o
tabernas y que pagan con él su mano de obra, a fin de sacar al final de su
clientela más dinero. Los bancos prestan dinero para que otros emprendan con él
algo productivo de esta índole y reembolsen más de lo que tomaron prestado. Su
interés y su colaboración en los sucesos económicos se refieren única y
directamente al objetivo capitalista de éstos. Sin crear valor de cambio y
“realizarlo” en la venta, es decir convertirlo en dinero, o sea sin pasar por
un proceso propio de valorización, el capital bancario transforma una cantidad
de dinero en una cantidad mayor.
A todo el mundo, este milagro le parece lo más
normal del mundo; por lo menos mientras funcione. Tanto más merece una
explicación.
Índice:
I. La base
del sistema crediticio: El arte de prestar dinero
1. La
notoria escasez de dinero en el mundo empresarial capitalista y cómo la supera
y aprovecha la primera igualación del capital financiero:
En su calidad de capital, el dinero se convierte en
mercancía y por esta vía en capital-dinero.
2. La
creación de crédito y dinero mediante la segunda igualación fundamental de la
banca:
Deudas actúan como capital y generan solvencia.
3. El
continuo esfuerzo por la creación de seguridad en el sector crediticio mediante
la tercera igualación del sector financiero:
La liquidez crea confianza, la confianza crea
liquidez.
4. La
certificación de las creaciones de crédito y dinero del capital financiero
mediante la igualación que el poder estatal añade como “banco de los bancos” a
las otras tres:
Lo que en el servicio de pagos de las instituciones
financieras funciona como dinero es un sustituto equivalente del
dinero-“mercancía” de curso legal.
II. El
capital financiero desarrolla su poder crediticio: La acumulación del capital
“ficticio”
1. Del
negocio prestamista al mercado de capitales
2. El
mercado de capitales y sus artículos: empréstitos, acciones y otros “productos”
3. El
proceso de valorización del capital financiero en el mercado de capitales:
carteras de valores y su gestión lucrativa
4. La
Bolsa, la “economía real” y el capital social global
5. La
especulación con la especulación: el negocio con derivados
6. La
susceptibilidad del capital financiero a la crisis
III. La
relevancia “sistémica” del negocio financiero y el poder público
1. Poca
consideración se concede a la naturaleza propia de los negocios que
caracterizan a los institutos financieros como empresas capitalistas –su obrar
apunta al beneficio propio, aumentar su cifra de negocios y su ganancia es su
objetivo–. Esto se debe a que se estiman tanto los servicios que presta el
sector financiero para que funcione la economía de mercado: facilita a “los
mercados” el dinero, y a las empresas de todos los sectores, el capital.
Al parecer, los negocios financieros no solo dotan
a quienes los emprenden de balances impresionantes; además los hacen capaces de
cumplir tareas centrales en la sociedad capitalista. El negocio lucrativo con
dinero y crédito es la condición imprescindible y el impulsor del
crecimientocapitalista, o sea del aumento de riqueza monetaria. Constituye la
base del poder del capital-dinero sobre los rendimientos económicos en todos
los sectores de la economía de mercado, lo cual garantiza al sector financiero
–y no sólo en tiempos de crisis– una atención particular por parte del Estado.
2. En su
calidad de legislador, el poder político atiende al interés privado de bancos
etc., igual que al de otras empresas también. A la vez se hace valer la
importancia de estos negocios para el funcionamiento de la economía en su
totalidad: su “relevancia sistémica”, que se popularizó en la crisis, se tiene
en consideración cuando se trata de autorizar las actividades creadoras de
crédito y delimitar las libertades correspondientes.
3. Para el
Estado en su calidad de gerente de un presupuesto, el crecimiento capitalista
es la fuente de los medios financieros con los que se paga la soberanía
política. El gobernar apunta a cuidar del éxito de su economía de mercado, y en
relación con este objetivo, justamente el empleo eficaz del poder estatal se
convierte en un gasto. Las necesidades de éste, financiadas mediante impuestos
y deudas, son por tanto objeto de continua ponderación, que bajo circunstancias
democráticas degeneran en espectáculos justificativos. Sin embargo, siempre
terminan por aprovisionar la Hacienda pública conforme al capitalismo: el
sector financiero de la economía es el instrumento de la economía estatal, lo
cual no obstante no perjudica a la banca; más bien sus servicios de los que se
vale el Estado hacen que aumente, otra vez más, su poder.
4. En
distinguidos ámbitos, el Estado se dedica al propósito de acreditarse como
patrocinador de una economía prosperante, en vez de ser una carga para el
crecimiento capitalista: con las políticas fiscal y económica, coyuntural y
monetaria intenta asegurar el éxito al crecimiento económico nacional. Este
propósito le lleva a hacer consideraciones de índole especial sobre la relación
coste-beneficio. Su realización práctica sucede utilizando la industria
financiera, contraponiéndose permanentemente a cuestiones presupuestarias, y
abriendo nuevos negocios para los bancos – y pone definitivamente en claro la
relación entre el poder estatal y el negocio financiero.
IV. El
negocio financiero internacional y la competencia de las naciones
1. ‘Monedas
convertibles’ – todo un programa político-económico: los Estados
internacionalizan las bases del negocio financiero, jurídicas y en materia de
la política monetaria, para que el poder financiero del Estado beneficie del
crecimiento transnacional.
2. El
negocio con el intercambio de monedas y la creación de los tipos de cambio: del
servicio al comercio mundial a la modificación de los resultados de la
competencia internacional y la definición de condiciones nacionales de la
competencia.
El balance del comercio exterior: de las cuentas y
la transferencia internacional de la riqueza a la competencia de los Estados
por el rendimiento capitalista de sus países.
3. La
propiedad capitalista como mercancía del comercio internacional: la exportación
y la importación de capitales y el mercado financiero global.
La competencia de las naciones por la dignidad de
crédito de su nación y su dinero; el divorcio de las monedas de crédito
nacionales en 'monedas de reserva' y monedas de segundo rango.
4. El
crecimiento del negocio especulativo mundial y sus autoproducidos límites:
quiebras estatales y crisis financieras.
Las medidas preventivas de los Estados para que
funcione el sistema financiero global; la clasificación de las naciones según
los criterios del capital financiero; la política de las potencias económicas
mundiales en tiempos de crisis.
5. El
régimen global del capital financiero: obra y fuerza productiva del régimen
político de la superpotencia estadounidense sobre el mundo.
http://www.gegenstandpunkt.com/espanol/origen-del-racismo.html
Análisis de la edición “GegenStandpunkt” 1-95
¿Cuál es el origen del racismo y cómo funciona?
A ciudadanos con sentido de la responsabilidad no
les cabe duda: el racismo es una aberración ajena a la democracia, a los
sentimientos y al modo de pensar de la fuerte mayoría. Izquierdistas advierten
contra el abuso de los valores que todos nosotros, aleccionados por el nacismo,
tenemos el compromiso de combatir desde los principios, mientras que los
derechistas y máxime si son funcionarios públicos proclaman la incompatibilidad
de racismo y democracia, erigiéndose al mismo tiempo en defensores de nación y
patriotismo contra sus feas secuelas. Insisten en la diferencia que hay sea
como fuere entre el miedo comprensible a “la infiltración extranjera” y la
detestable “depuración étnica” que fue posible en tiempos pasados u otras
partes del mundo; y el paso al racismo con su persecución de extranjeros
–declarado como completamente inexplicable durante décadas después de la
Segunda Guerra Mundial– lo quisieran sustraer a cualquier intento de
explicación. Según ellos el que busca las razones por qué la caza de extranjeros
y los campos de concentración les parecen justificables a ciudadanos normales y
honrados, no se da cuenta suficientemente de la extrema inmoralidad de tales
sucesos. Con su “racionalismo” provoca la sospecha de considerar comprensible
la inhumanidad, de estar a punto, por fin él mismo, de ejecutar la
exterminación masiva.
No tienen razón ni los unos ni los otros. Pues
darse cuenta del origen del racismo es la condición previa para combatirlo
desde los principios en vez de espantarse de su paso siguiente –imaginable por
lo visto– y considerar natural la normalidad del estado mental de los
ciudadanos. Y tal explicación no puede fracasar ante las reglas de lamoralidad,
pues lo que aclara, la conexión entre esta y sus aberraciones es justamente su
tema.
1. El patriotismo común y corriente es la base del
racismo
La aversión de los racistas, cuya consecuencia
extrema es la selección según criterios raciales, se dirige contra los que no
forman parte del “propio” Estado o del “propio” pueblo. Lo que los defensores
de la moral oficial no quieren aceptar es en el fondo bastante simple: la
aversión contra los extranjeros que no forman parte de “nosotros” supone la
idea de formar parte de una identidad colectiva que no sólo consiste en estar
sometido a un Estado particular, a su sistema económico etc.
a) Quien vive en Alemania, Francia, España o donde
sea, se encuentra sometido a las más diversas obligaciones y ‘necesidades’
económicas en las que uno tiene que apañárselas prestando sus servicios: si
tiene poco dinero se ve obligado a trabajar por otros, lo que no le enriquece;
en todo caso, por el dinero que gana le exigen el pago de impuestos; el
descontento previsible predestina a acudir a las urnas lo que hace más fácil
para los partidos elegir el personal gobernante; de vez en cuando hay que cuadrarse
como soldado y morir por la patria, porque la defensa de estas magníficas
condiciones de vida no la puede llevar a cabo la minoría que verdaderamente
sale beneficiada de ellas. Y claro está que todo ello resulta en que haya cosas
que la gente tenga en común, igual que diferencias y oposiciones, como
consecuencia de sus respectivos intereses. Pero es igualmente obvio que esta
incorporación de los ciudadanos a una asociación forzada, y predeterminada
económica, jurídica y políticamente no genera ni un extraordinario sentimiento
de “identidad nacional” ni el deseo de excluir a otros del “propio” rebaño. La
idea nacional supone interpretar los deberes reales que impone un Estado
capitalista –y que uno cumple porque la propia existencia depende de ello– como
deberes morales que uno asume consciente de su propia responsabilidad, como
contribución a una obra común universal.
b) Claro, la existencia de tal integridad superior
a la que los diferentes grupos desde el Estado y la economía hasta el hombre
común todos prestan sus servicios más o menos honorables sólo se revela a la
óptica moral. Pero aun prescindiendo de que sin tales exaltaciones la relación
entre servicios y provecho reales aparecería tan miserable como es –para
participar en los engranajes de la vida burguesa es entonces imprescindible la
falsa consciencia– la idea de una “comunidad nacional” o de un “bien común” es
terriblemente productiva.
Esta idea justifica todas las obvias oposiciones
entre los diferentes intereses sociales, las diferencias en la relación entre
prestación y retribución que dependen de la propiedad de la que uno dispone, y
justifica también la jerarquía de las profesiones y rentas: en esta visión
moral son contribuciones y contribuyentes que la comunidad necesita para que la
obra común funcione bien. Aunque personalmente uno considere injusta su propia
posición social, queda fuera de dudas que la comunidad nacional debe procurar
un orden en el cual cada uno debe ser insertado. Con ello, ya no interesan los
medios de los que disponen las diferentes clases de ciudadanos y que
causandependencias muy particulares: se interpretan y reconocen como partes
integrantes de un orden –uno de derechos y deberes– que necesita una comunidad
para que funcione. Un orden del que no sólo la autoridad debe ocuparse, sino al
que encima cada miembro de la comunidad, sea cual sea su posición social y su
importancia, tiene derecho.
2. Los diferentes tipos de racismo
El estar consciente de este derecho origina una
clasificación del mundo.
a) Una vez aprobadas por principio las
“diferencias” entre ricos y pobres, empresarios y trabajadores, propietarios y
vagabundos, “el destino” que coloca a unos aquí y a otros allí quizás cometa
algún que otro fallo, pero en general proporciona a cada uno el sitio que le
corresponde – por lo menos debería ser así, lo cual no cambia la idea: según
esta convicción, la selección y distribución de la gente para la jerarquía
preexistente desde “muy abajo” hasta la “élite” no es lo que es, sino que emana
de la pretensión de designar a cada uno lo suyo. Todas las excepciones
confirman la regla de que en una buena comunidad popular cada uno debe ser, y
definitivamente será, lo que ya es. Para esta convicción no hace falta haber
descubierto los genes responsables por el éxito de millonarios, panaderos o
políticos (¡ya basta con que la locura de que exista tal cosa siempre encuentre
un interés afirmativo!). El estar de acuerdo con el resultado lleva a la
“conclusión” de que los individuos han tenido las disposicionescorrespondientes–
así que al final el capitalismo entero aparece como el exhaustivo cumplimiento
de la diversidad natural de los talentos.
Este es el primer tipo de racismo: interpretar los
roles sociales como subespecies del género humano determinadas por la
naturaleza.
b) A pesar de ser algo parecido al orden natural de
cosas e individuos, el mundo social aún dista de ser perfecto. A la comunidad
en principio armónica le falta por todas partes la armonía: empresarios y
sindicatos se pelean; todos se quejan de algo; los partidos políticos se
enfrentan en vez de ponerse de acuerdo – ¿qué pasa aquí? El hombre bueno ya
conoce la respuesta antes de hacer la pregunta: a través de todas las clases y
profesiones la gente se distingue según su carácter moral, según su conciencia
del deber con la que los individuos contribuyen al bien común. Por todos lados
hay buenos que sirven a la comunidad y que la mantienen viva, y malévolos que
alteran la paz social con su egoísmo. La pregunta inútil por qué existen los
malévolos, ya ha encontrado su respuesta en el hecho de que existen: igual que
la disposición a ser carpintero o genio de las matemáticas, el carácter reside
en la sangre. El crimen resulta de la energía criminal; y uno o la tiene o no.
A diferencia de otros talentos, el talento al crimen no se acepta: la
subespecie de los individuos indecentes –esta distinción es el segundo tipo de
racismo– hay que forzarla a someterse al orden o aislarla.
c) Sin embargo, como heces genéticas incluso los
malévolos forman parte de “nosotros”, de la comunidad popular organizada en
principio de forma armónica y que proporciona a cada uno su sitio. Es diferente
con “los otros” que el fiel compañero de la comunidad nacional distingue con
regularidad tanto en la prensa o televisión o al visitar playas exóticas, como
aquí entre “nosotros” porque el Estado concede también a personas extranjeras
el derecho a quedarse aquí. El atributo de “foráneos” no lo tienen los foráneos
por cultivar en sus lugares de origen relaciones sociales que fuesen tan
diferentes a las “nuestras”, o por hacer aquí algo fuera de lo normal, sino
porque su pasaporte pone de manifiesto que pertenecen a otro pueblo. Por tanto
tienen obligaciones respecto a aquellacomunidad y sus valores, no a la
“nuestra”; allí reciben lo que les corresponde – y lo que les corresponde es
enteramente diferente a lo que “nuestra” comunidad les debe a sus miembros
honorables, aunque al fin y al cabo todo se centre igualmente en el dinero:
incluso respecto a la riqueza en su forma abstracta la distinción nacionalista
entre “nuestro” y “su” dinero hace que pierda importancia el aspecto de quien
la posee. Tan fundamental es la frontera imaginaria entre “nosotros” y aquellos
que –sean pobres o ricos, buenos o malévolos– simplemente no pintan nada aquí.
Es tan fundamental que es preciso recordar su razón
verdadera. Al que se imagine la nación como una comunidad ética ya no se le
ocurre pensar en que la única razón de la distinción entre compatriotas y
extranjeros es el alcance limitado del poder estatal. Aceptar esta verdad
significaría “poner de pie” a todas las perspectivas moralistas de la
conformidad con la nación y su “orden” social, es decir, renunciar a tal
idiotez. Con ser miembro de un colectivo forzado, el buen ciudadano se cree en
la posición privilegiada de ser un socio honorario en una asociación llamada
“pueblo”, la cual nadie ha fundado nunca – en su perspectiva es al revés: es el
pueblo el que dota de sentido y proyectos al acto social llamado Estado. Entre
otros, del proyecto de hacer provechoso el contacto con pueblos forasteros, que
por su parte son igualmente total e inexplicablemente “diferentes” –como máximo
a algunos de sus miembros se les concede “asimilarse” y al final incluso
convertirse en parte de “nosotros”; preferiblemente no antes de la segunda o
tercera generación–. Porque a un individuo así hay que identificarle ante todo
como extranjero; y la perspectiva opuesta, identificarle al extranjero como
individuo, tampoco le convierte en un paisano – esto no le correspondería ni a él
ni a su naturaleza étnica...
Este es el tercer tipo de racismo, su tipo más
fundamental: ya antes de la clasificación en los subespecies de los diferentes
talentos y de buenos y malévolos, el pertenecer a un pueblo divide al género
humano en varias especies, unidas en las diferentes naciones. Ser miembro de
dicha especie caracteriza a cada individuo, como disposición principal que uno
tiene por nacimiento, igual que el pelo rizado o lo que sean los criterios
según los cuales el antropólogo distingue a los individuos.
d) La discriminación y el desprecio a los foráneos
son cosas que también les molestan a personas que no ven nada criticable en la
idea de la comunidad moral – lo que les molesta a ellos es que algo así altere
la buena imagen de la comunidad. Son partidarios de distinciones “sensatas” y
rechazan distinciones “injustas”, lo cual hace su crítica del racismo muy
relativa en todos los aspectos.
En la retrospectiva cuenta por ejemplo entre las
objeciones significativas contra la persecución de los judíos por los nazis
alemanes que en aquel tiempo eran precisamente las partes más hábiles y más
fieles del pueblo alemán las que fueron expulsadas y exterminadas porque no se
aceptaban como partes del pueblo. La élite del ingenio alemán–físicos, autores,
empresarios, veteranos de la Primera Guerra Mundial con un modélico orgullo
nacional– perdida por pura “presunción racista”: ¡extremamente criticable! ¿Qué
objeciones tendrían estos mismos críticos, si entre los judíos hubiera habido
menos “alemanes modelos”?
También las personas modernas que ponen énfasis en
el derecho de ciertos extranjeros a quedarse aquí –dado que se comporten bien y
que hagan los trabajos basura que rechazan los nativos– y aunque desechen el
“prejuicio” según el cual los foráneos merecen por principio la desconfianza de
si tienen las habilidades requeridas e intenciones aceptables, no critican el
racismo, sino que distinguen entre una segregación injusta y otra justificada
que ellos tampoco quieren criticar.
Al final la crítica se reduce a las más abstractas
frases hechas: los extranjeros también son seres humanos, respectivamente
“Somos todos extranjeros, casi en todas partes”. Este argumento seguramente
convencerá a aquellos que identifican en el ser humano al extranjero, y sobre
todo en los lugares que no son suyos. E incluso las mismas frases hechas
suponen que “nosotros” y los extranjeros formamos colectivos diferentes cuando
afirman que esto no tiene importancia porque se puede encontrar “algo” bastante
abstracto que tenemos en común.
3. El racismo de los ciudadanos
El racismo es el punto de vista político-moral que
traduce la segregación y organización de la humanidad por parte de poderes
estatales en caracteres nacionales y morales. Es la imagen del hombre creada
por el espíritu patriótico, inherente en la consciencia cívica; por lo tanto,
el mismo racismo es producto de la asociación política forzada que el ciudadano
se niega a concebir como tal. Lo que con esta perspectiva se percibe y qué
importancia se le atribuye, se modifica cuando se acumulan motivos para el descontento
nacional; a medida que esta postura encuentre indicios para su descontento, el
civismo revela su calidad polémica.
a) El patriotismo siempre escoge sus frases
programáticas actuales del catálogo de las condiciones de vida con las que uno
se muestra descontento; y es este descontento que lo sostiene: no es el
materialismo satisfecho el que convierte a la gente en patriotas convencidos.
Considerando esta base del patriotismo, es inmediatamente evidente que el
insistir en que se cumplan los deberes y las normas de la moral es una posición
exigente que incita a la acción: la falta de éxito de buenos ciudadanos y los
tormentos que sufren los buenos patriotas en medio de la propia comunidad
dedicada al bienestar del pueblo – esta “injusticia” sólo encuentra explicación
en la existencia deculpables que alteran la cooperación en el fondo provechosa
entre gobierno y gobernados, inversiones y disposición a trabajar, escuela y
casa paterna...
b) Las figuras que así se inventa el patriotismo
ofendido, también las encuentra. Al examinar de forma crítica su propia
comunidad étnica, este patriotismo descubre en muchos lugares un egoísmo que
falsifica y desbarata la justa colocación de la gente, que se apropia de
prestaciones de la comunidad sin merecerlas y sin darle a la comunidad los
servicios que reclama a cambio – mientras los miembros buenos, todos los
honestos, resultan engañados. Ninguna clase social es ofendida – los egoístas
los hay en todas partes: entre los millonarios hay especuladores parasitarios e
inversores que crean puestos de trabajo, entre los sin techo hay los que están
en la miseria sin culpa suya, e individuos depravados...
Sin embargo, tales diferencias se esfuman frente al
descubrimiento que los miembros del colectivo nacional deben hacer
continuamente: entre “nosotros” hay quienes no son de aquí para nada y que
molestan. “Se arrellanan”, no porque se arrellanen más que los demás, sino
porque por muy modestos que sean molestan ya con su merapresencia. Desde este
punto de vista son culpables de todo lo que molesta al ciudadano descontento:
son ellosquienes le quitan el puesto de trabajo, la mujer y la vivienda; son
ellos quienes traen el caos, la corrupción moral, las drogas y el crimen; son
ellos quienes obtienen subsidios estatales que un buen ciudadano o no pediría
nunca o para los cuales tendría que hacer cola mucho tiempo... Ni hace falta
siquiera que esta gente viole una ley –si lo hacen, es lo que el buen ciudadano
siempre sabía– para que sean acusados de incumplir el deber civil fundamental:
el de ser un miembro responsable de la comunidad popular. Sin carnet de socio,
es decir, sin derecho alguno de estar presente, los extranjeros están aquí y
molestan ya con su presencia la armonía de los que forman una comunidad unida
sin tener que compartir un interés común.
Es una ventaja que el nativo sensibilizado sea
capaz de “reconocer” inmediatamente a los extranjeros por los “rasgos raciales”
en el sentido banal de casuales aparencias físicas, aunque éstas no tienen nada
que ver con el contenido político-moral del racismo –el clasificar a la gente
en comunidades nacionales– aparte de que permiten identificar a los foráneos
que “no pueden ser de aquí”. Por eso tampoco es trágico que de vez en cuando se
equivoque el “sexto sentido” del nacionalista.
c) De este modo, buscar a quienes son moralmente
responsables de condiciones inconvenientes de la santísima patria es el punto
central del racismo cívico. Claro que el patriotismo descontento sabe hacer la
diferencia entre criminales nativos y personas extranjeras. Pero cuando se
trata de la comunidad intacta (así percibe el ciudadano a su nación), se nota
en seguida qué deslinde es el más fundamental: una cosa son los perversos que
hay entre “nosotros” como en cualquier asociación y que deben tratarse por tanto
de la manera que les corresponde; y otra cosa son aquellos que ni en sus
ejemplares más nobles cumplen el requisito fundamental: formar parte de
“nosotros”. Y mirando en detalle a los nativos que nos molestan, por lo menos
aquellos que alteran la armonía nacional, ¿acaso no son también foráneos? ¿Y no
es verdad que los extranjeros en nuestra nación serán siempre como tales un
factor de disturbio – aunque quizás no se lo pueda reprochar personalmente?
d) Lo que de todas formas se tiene que reprochar al
Estado es permitir a los extranjeros que causen molestias, en vez de satisfacer
el deseo de armonía en su pueblo descontento haciendo una selección precisa.
Quien no quiera tolerar este escándalo, tiene dos alternativas: o beber algunas
copas para cobrar ánimo y entonces encargarse personalmente del asunto que el
Estado deja sin resolver, poniendo así de manifiesto quiénes son los que mandan
y que los extranjeros no tienen derecho a vivir aquí. Sin embargo, este
accionismo es una violación del monopolio de fuerza estatal, como tal es una
infracción de la ley y por tanto no es cosa de todo el mundo. La otra
alternativa es dedicarse a la política – puesto que el poder particular nunca
llegará a ser tan eficaz como el poder estatal.
e) El paso a la práctica xenófoba suscita de nuevo
una crítica que quiere negarle su necesidad. Pero los críticos de la práctica
xenófoba no critican las razones por las que los racistas queman o los
políticos echan fuera a los extranjeros, sino que le contraponen una
alternativa dentro de la imagen político-moral de la nación.
La polémica contra la “extranjerización” que a los
nativos les hace difícil la experiencia de una comunidad popular intacta y por
tanto la vida, también se puede poner al revés. Ciudadanos críticos propagan la
imagen de unasociedad multicultural y a la estrechez de miras de la xenofobia
le contraponen su imagen de que el encuentro con costumbres, comidas...
extranjeras le enriquece a la comunidad nacional. Desgraciadamente, el mero
contrario de un error es por si mismo un error: quien considera posible e incluso
especialmente interesante (por sus increíbles diferencias) la coexistencia
pacífica de diferentes caracteres nacionales, cree en el cuento de la
“identidad étnica” al igual que los racistas xenófobos cuyos resentimientos
considera completamente desacertados.
El mismo argumento vale para la variante del ideal
multicultural que convierte a algunos contemporáneos enamigos de los
extranjeros. Puede que los individuos tengan características que uno considere
más simpáticas, otras menos; de todas formas, ser extranjero –al igual que ser
nativo– no figura entre ellas. Quien diga que sí, sólo demuestra una vez más
que no le da igual en absoluto, sino que le parece muy importante la diferencia
entre extranjeros y nativos. No por los motivos personales que se ha inventado,
sino porque ni los inter-nacionalistas aguantan imaginarse la nacionalidad, la
propia como la ajena, de otra forma que como un compromiso con un carácter
moral modélico.
Lo que tienen en común las dos variantes del
patriotismo alternativo es que interpretan al racismo de forma errónea como un
“prejuicio” sin fundamento alguno y del cual los críticos quieren librarse en
el nombre de otros. Que falle su objeto es la última cosa que se puede
reprochar a un racista, quien no se deja engañar para nada por las
características individuales de sus víctimas cuando busca los culpables y los
intrusos ajenos al pueblo. El error no está en que los racistas “generalicen”
de forma errónea o en que se equivoquen, así que sólo necesiten experiencias o
un conocimiento erudito de las costumbres extranjeras para corregir su error.
Incluso las teorías del racismo –poco normales en los juicios de exclusión
contra los extranjeros– ya presuponen el juicio nacionalista de que extranjeros
y nativos son inconciliables, y no lo deducen. Si hay algo que falla su objeto,
son entre otros ejemplos los resultados de la investigación antropológica,
citados con mucho gusto por los antirracistas, según los cuales no existen
siquiera diferencias biológicas algunas entre las razas humanas.
4. El racismo del Estado
No es que el poder estatal derive su política de la
interpretación que sus ciudadanos con su moral afirmativa hacen de ella; pero
sí que la legitima con esta interpretación y moldea con ella el “sentido común
popular” en su forma actual. Ningún político rechazará jamás a quien no tiene
otra exigencia frente al poder estatal que la de que éste afirme la convicción
de que la suprema misión estatal es imponer la armonía en la comunidad nacional
–si hace falta, con fuerza–; al contrario. El racismo del ciudadano no es sólo
producto de la asociación nacional impuesta por la fuerza, con su espíritu
comunitario político-moral, sino que además es un credo oficialmente fomentado
por el Estado. Y tal y como el ciudadano descontento se siente animado a
cometer actos patrióticos, un Estado asume cuando le parece oportuno una
práctica racista que a su vez da razón al racismo de sus ciudadanos y lo
agudiza según sus necesidades.
a) Con la xenofobia que resulta de su parcialidad
patriótica, el ciudadano descontento halla benévola acogida por parte de los
políticos. Ellos entienden, y con razón, nada más que el eco de sus promesas de
aumentar el provecho de su propio pueblo; por tanto comprenden el racismo de
sus ciudadanos aunque lo frenen. Porque, en rigor, la ocasión y el empuje del
descontento en el pueblo nace y se orienta por los “temas” que dominan la
opinión pública nacional; y respecto a ésta, no hay nadie que manifieste tanta
insistencia en definirla como los políticos. En general, se puede confiar en
que el sentido cívico active su racismo a medida de que éste se convierta en la
opinión pública – y no al revés.
b) La importancia que tienen los argumentos
racistas en la opinión pública y la medida en que resultan en una acción
política –o cuánto consigue un ciudadano que anime a los partidos gobernantes o
que funde su propio partido reprochando a los políticos que desatiendan al
pueblo– se decide según los éxitos y tormentos de la nación, tal y como dan
cuenta de ellos los políticamente responsables. Si éstos constatan que la
sociedad está en crisis y mandan que su pueblo la supere, redefinen las
condiciones de vida de las diferentes clases y estamentos en el pueblo,
destruyen técnicas habituales de cómo arreglárselas, redefinen los niveles de
vida y producen descontento en el pueblo. Precisamente por ello los políticos
abastecen ampliamente de ideología a los ciudadanos en estas situaciones: sobre
todo en “tiempos difíciles” el clima social en la nación no se debe estropear
por conflictos que nacen siempre que haya extranjeros en la nación, y no se
tolera que la relación entre el pueblo y sus líderes sufra bajo la provocación
que representa inevitablemente un “problema con los extranjeros” que ha quedado
sin resolver. Cuanto más deciden los líderes de la nación “arreglar” una
situación de emergencia basándose en la moral del pueblo del que exigen
sacrificios materiales, tanto más claramente subrayan la exclusividad del
“nosotros” nacional maltratando y echando fuera a los extranjeros salvo
aquellos cuyos servicios son imprescindibles. Un Estado en una situación de
emergencia debe poder fiarse de la indudable “solidaridad” en la comunidad de
su pueblo; por eso la limpia de los factores de disturbio – como si el mito de
las incompatibles especies humanas nacionales fuese de hecho verdad. En este
sentido el Estado practica, cuando lo considera oportuno, el racismo con el
cual los ciudadanos se imaginan este mismo poder estatal como su propia
“identidad”; de manera teórica el Estado nunca para de cultivar intensamente
este racismo.
c) Que el pueblo sea un pueblo sólo porque en él
los individuos de una determinada naturaleza están unidos en una unión
indestructible que corresponde a su naturaleza común – esta idea forma una
parte obligatoria de cualquier doctrina estatal, así como la conclusión que
exige consecuencias prácticas: que una nación sólo sea fuerte y logre superar
el “reto” de “los tiempos difíciles” si su pueblo se decide a atenerse a esta
virtud fundamental.
Cultivar esta idea del “pueblo” no tiene que llegar
hasta el punto de edificar monumentos en el arte y en la ciencia a la “raza
aria”. Forma, sin embargo, parte fundamental del pensamiento político la
“conciencia histórica” con su particular doctrina de que ningún ciudadano libre
puede escapar de las necesidades, obligaciones y deberes que resultan del
pasado. Esta conciencia puede existir sin conocimientos, pero no sin
aniversarios, actos conmemorativos etc., que glorifican la cronología nacional
de explotación y guerra como la historia de una comunidad ética llamada
“pueblo” que continúa viva generación tras generación. Esta figura es el punto
de referencia de cualquier ideología nacional que proclama como el inalienable
derecho histórico de este ficticio individuo colectivo todos los proyectos
actuales que se plantea el poder estatal. Cuanto más militante el proyecto,
tanto más se trata por lo menos de una “misión histórica”.
Y tanto más, de forma complementaria al imagen del
propio pueblo benevolente, se especifica en qué rasgos son diferentes los
extranjeros. Muchas veces es que tienen la mala suerte de ser un obstáculo para
el “resurgimiento nacional”; sea porque están aquí y no en su lugar de origen,
sea porque su Estado a su vez se plantea intolerables “misiones históricas”. Al
instante se sabe qué tipo de individuos mediocres se tienen que segregar para
que el pueblo esté bien limpio. Para proyectos fuera del territorio nacional,
bien es verdad que un Estado siempre tenga sus razones estratégicas reales para
la enemistad contra otros Estados; pero con su carácter abstracto, el
pensamiento estratégico ya determina el contenido completo de lo que la imagen
del enemigo fabrica de ella: una “lucha fatalista” entre la libertad y la
barbarie socialista, entre la moralidad europea y el odio étnico
balcano-eslavo, entre el occidente y el terrorismo islámico...
___________
http://www.gegenstandpunkt.com/espanol/origen-del-racismo.html

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