/* ELIMINACIÓN DE TEXTOS RESIDUALES EN EL MENÚ */ .label-size, .label-name, .label-count, .cloud-label-widget-content, .label-wrapper, .label-item, .label-head, .label-list, .feed-link, .show-more, .status-msg-wrap { display: none !important; visibility: hidden !important; height: 0 !important; font-size: 0 !important; /* Mata el texto aunque el contenedor no cierre */ margin: 0 !important; padding: 0 !important; } /* SI ES PUBLICIDAD DE ADSENSE MAL UBICADA */ ins.adsbygoogle[data-ad-status="unfilled"], .google-auto-placed { display: none !important; } /* ====== FORMATO FIJO PARA ENTRADAS ====== */ /* Títulos */ h1 { font-size: 2.2em; font-weight: bold; text-align: center; margin: 25px 0; color: #d32f2f; } h2 { font-size: 1.8em; font-weight: bold; margin: 20px 0; color: #333333; } h3 { font-size: 1.4em; font-weight: bold; margin: 15px 0; color: #555555; } /* Texto */ p { margin-bottom: 15px !important; line-height: 1.6; } strong { font-weight: bold; color: #002060; } em { font-style: italic; color: #444444; } /* Imágenes */ img { max-width: 100%; height: auto; display: block; margin: 15px auto; border-radius: 5px; /* opcional */ }

Menú

Slider

Libros Más Recientes

EMANCIPACIÓN DE YOUTUBE, OTRA MANERA DE VER LA ACTUALIDAD

Libros Más Leídos

Libro N° 13920. La Cuestión Salarial – Antes Y Hoy. Edit. edición “GegenStandpunkt” 2-07.

 


© Libro N° 13920. La Cuestión Salarial – Antes Y Hoy. Edit. edición “GegenStandpunkt” 2-07. Emancipación. Junio 7 de 2025

  

Título Original: © La Cuestión Salarial – Antes Y Hoy. Edit. edición “GegenStandpunkt” 2-07

 

Versión Original: © La Cuestión Salarial – Antes Y Hoy. Edit. edición  GegenStandpunkt” 2-07

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://es.gegenstandpunkt.com/cuestion-salarial.html

 

Licencia Creative Commons:

Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.

La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.  

Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores

No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales

No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

Fondo:

https://i.pinimg.com/736x/fb/87/c2/fb87c2afb122b9721d8d4e7a5aaf413b.jpg

 

Portada E.O. de Imagen original:

https://litci.org/es/wp-content/uploads/2024/11/a125ef90-46f5-4fc1-801a-e9f4a8bb77d0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.webp

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA CUESTIÓN SALARIAL – ANTES Y HOY

Edit. edición “GegenStandpunkt” 2-07

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Cuestión Salarial – Antes Y Hoy

Edit. edición “GegenStandpunkt” 2-07

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La cuestión salarial – antes y hoy. Análisis de la edición “GegenStandpunkt” 2-07

El capital financiero. Análisis de la edición “GegenStandpunkt” 3-08

¿Cuál es el origen del racismo y cómo funciona? Análisis de la edición “GegenStandpunkt” 1-95

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Análisis de la edición “GegenStandpunkt” 2-07

 

De La Lucha De Clases Que Amenaza La Seguridad Del Estado Al Ritual Sindical

La Cuestión Salarial – Antes Y Hoy

 

I.

En otro tiempo los miembros de aquella clase que tiene que vivir de un salario luchaban por él. Se negaban –en acciones espontáneas y aisladas, pero en algún que otro lugar también organizados en sindicatos– a trabajar en las condiciones en las que los dueños de las fábricas los empleaban a sueldo valiéndose de su fuerza productiva, porque con estas condiciones no podían sobrevivir. Se agrupaban, una que otra vez, contra el poder de la propiedad para obligarles por la fuerza a los capitalistas, a quienes conocían como explotadores y que también solían llamar así, a que respetaran sus intereses más elementales: si los dueños de las fábricas querían seguir haciendo uso de su fuerza productiva, este uso también tenía que tener límites. Del salario del que tenían que vivir también queríanpoder vivir. Desde esta posición emprendían –de manera más o menos resuelta, con más o menos éxito– una incesante lucha guerrillera por salario y términos del tiempo laboral; contra capitalistas que reclamaban con la mayor naturalidad a cambio del salario que pagaban el derecho de hacer uso de la fuerza productiva para cuanto tiempo y cuan excesivamente como les pareciera útil; capitalistas que a la inversa conocían y hacían valer múltiples razones para aplicar retenciones salariales o para negarse a pagar el salario; capitalistas para quienes obviamente no eran más que el material humano cuya explotación productiva les servía para enriquecerse, consiguiendo esta meta tanto más cuanto menos respetaban hasta las más inmediatas necesidades vitales de sus obreros. Capitalistas, pues, que trataban el sustento de la clase como lo que era para ellos: una reducción del beneficio, lo único que les interesaba.

Sin embargo en esta lucha por seguir existiendo los dueños de las fábricas desde el principio no eran los únicos enemigos de los obreros. El poder estatal se enfrentaba a ellos, haciéndoles sentir de esta manera el carácterpolítico de la relación de producción en el que estaban previstos para desempeñar el papel de un personal de servicio obediente y chantajeable a voluntad, barato y dispuesto, de una clase capitalista que se servía de ellos para que creciera su riqueza. Por los que se levantaron contra el salario que se les pagaba, el Estado inmediatamente se vio retado a sí mismo, declarando abiertamente de esta manera su razón estatal: la fuerza pública ve como su tarea primordial y su objetivo principal proteger el orden económico y social dentro del cual todo se centra en que una clase de propietarios se enriquezca con el mayor éxito posible del trabajo que efectúa una clase de proletarios sin propiedad. Contra los obreros que dependían del salario y que luchaban por él, el Estado se enfrentaba inmediatamente en su calidad de fuerza policial, como soberanía que actúa al servicio de los explotadores, que prohíbe los sindicatos y que condena a los obreros a ser la clase de personas sin derechos, completamente a merced de estos explotadores y sin protección alguna.

El Estado tomó el asunto mucho más fundamental que quienes lo habían planteado y que luchaban por su supervivencia en el sistema del trabajo asalariado. Con su procedimiento demostró de forma práctica que la cuestión salarial toca la esencia del sistema. Sin embargo, los que aprendieron esta lección solo formaban una minoría dentro del movimiento obrero: los comunistas, quienes criticaban la lucha por más salario y mejores condiciones laborales como el desesperadamente contradictorio y por lo tanto equivocado intento de querer obligar al sistema de la explotación capitalista a que sea compatible con los intereses vitales de los explotados, y quienes por su parte rechazaban el sistema existente. Intentaban convencer a sus hermanos de clase de que sin abolir el sistema de la propiedad, que condena los obreros a ser las víctimas permanentes, nunca saldrían adelante. Como es sabido, no consiguieron ni generalizar ni poner en práctica esta convicción. El Estado los persiguió y acabó con ellos. ¿Y qué fue de la cuestión salarial?

II.

Algunas décadas más tarde y durante algunas décadas –nos situamos en la Alemania Federal del milagro económico con su Estado social, para poner un ejemplo– la cosa realmente se ve bien distinta. Parece como si la cuestión salarial fuera encauzada en caminos en que los trabajadores ya no tienen que temer ni luchar por su existencia. Ya hace tiempo que dejaron de ser personas sin derechos y entregadas a merced de sus dueños de las fábricas sin protección alguna. Más bien gozan ahora de numerosos defensores de sus intereses que siempre pueden consultar cuando vean razones de descontento o se sientan tratados injustamente.

En la empresa tienen un comité de empresa que les apoya en todos los asuntos en los que vean menoscabados justos derechos suyos o se sientan confrontados con exigencias laborales improcedentes. Este les endereza sus entuertos a medida que está en su poder conforme a la ley de régimen de empresa según la pauta de unalegislación laboral y social que obliga a los empresarios en su trato comercial con el material humano a cierto respeto que garantiza su aprovechabilidad duradera. Por supuesto que en todos estos casos también pueden acudir a la magistratura de trabajo. Ya no hace falta que ellos mismos luchen por su respectiva petición. A esto se dedican instancias superiores, dotadas de competencias estatales – a quienes naturalmente también ceden la decisión de lo que será de su petición y hasta qué punto es legítima. Así el poder estatal está incluido por principio en cualquier cuestión fundamental discutida sobre salario y rendimiento laboral, y define cuánto respeto merecen según la voluntad general las necesidades del sustento de obreros; en general y en cada caso particular. Se hametido en el antagonismo de clases, que antaño corría peligro de degenerar en una carga explosiva para la sociedad de clases, para encauzarlo en vías pacíficas. Lo codificó legalmente arrebatando también así a los proletarios en buena parte la defensa de su interés.

Los sindicatos ya no están prohibidos, sino que se reconocen prácticamente como corporaciones de derecho público con mandato social del Estado. Los trabajadores les pagan una cuota de socio, y la contraprestación de su asociación es admirable: ya no tienen que preocuparse del salario que merecen, ni de su aumento continuo conforme al crecimiento económico. En negociaciones colectivas el sindicato toma en su lugar todas las decisiones necesarias, y el Estado hasta garantiza con su autoridad que el resultado de la negociación tenga vigor legal. Este inmenso progreso de que ahora se busca el consenso de la sociedad entera en la lucha por el salario se debe a decisivos procesos de aprendizaje en ambos lados, tanto por parte del Estado de clases moderno como por parte de los sindicatos: el Estado se da cuenta de que son útiles las asociaciones obreras que regulan correctamente las cuestiones de poder y chantaje que nacen con necesidad de la lucha salarial, concediéndoles por tanto el rango de organizaciones de utilidad pública y dotándolas de los correspondientes derechos y limitaciones hasta el derecho de huelga y sus reglamentaciones, para que desempeñen la función prevista. Los sindicatos por su parte aprenden de sus experiencias con el Estado burgués la misma lección desde la perspectiva complementaria: si quieren ser reconocidos como órganos representativos del interés obrero y ser autorizados oficialmente a la lucha salarial, tienen que desprenderse de todos los caprichos de la lucha de clase y adaptarse a los reglamentos legales de cómo les está permitido servir al interés de la gente a la que representan. En la medida que consiguen esto, tienen derecho a hacer lo que el Estado quiere que hagan, acordando con los empresarios lo que tendrá vigor en la nación en cuanto al nivel social de salarios.

La representación obrera moderna trabaja por el objetivo superior de una distribución justa de la riqueza que crean los obreros. Para justificar sus ideas al respecto, alega criterios tan interesantes como la ‘ganancia’ que el trabajo proporcionó a sus explotadores, y la ‘productividad aumentada’ con la que se explota – para delimitar con tales referencias al pasado y futuro éxito del capital los “márgenes” que según ella sí existen para la redistribución de riqueza hacia la clase representada por ella. Como un tercer bando entre las clases se esfuerza así por moderar el antagonismo entre las dos, presentando el salario como materia de negociación sobre la cual ambos lados, capital y trabajo, tienen que llegar a un compromiso, lo cual a su parecer no puede ser difícil si hay buena voluntad. Por lo menos sus esfuerzos constructivos –aunque de vez en cuando consideren necesario “presionar” con huelgas– no impiden ninguna solución de común acuerdo para la cuestión salarial en el país, así que reina la justicia salarial entre las clases: una de ellas siempre obtiene como medios para su sustento lo que la otra considere compatible con su interés en una explotación rentable. El salario es la suma de dinero con la que los trabajadores tienen que arreglárselas para vivir – pero lo que necesitan para ello no es ningún criterio cuando la representación obrera moderna se dedica a su lucha salarial, acordando la magnitud decisiva para la vida de las masas.

Quien padece necesidad debida a desempleo, enfermedad o vejez, ya no acaba en el arroyo en la Alemania moderna: puede acudir a la oficina de empleo y al departamento de asistencia social donde la institucionalizada Seguridad Social se ocupa de sus intereses. También en este ámbito el Estado burgués con su larga tradición se muestra capaz de aprender, sacando una conclusión del hecho de que la molesta ‘cuestión salarial’ no deja de plantarle problemas de orden público. No quiere que haya en la Alemania de la posguerra tantaincompatibilidad con el sustento de las masas trabajadoras como para que grandes cantidades de míseros inútiles vuelvan a venir a menos en los patios y el orden interior vuelva a estropearse como en los tiempos antes de que los nazis llegaran al poder. Por lo tanto el Estado toma en sus manos el aseguramiento de la existencia de su clase pobre y procura la paz social; en este último asunto puede aprender algo importante de la actuación –aún muy presente– del régimen antecesor: tanta violencia directa como éste creía necesaria no hace falta para pacificar con éxito a una sociedad capitalista de clases. Mientras que los fascistas con su asistencia social desarticularon todas las organizaciones de la representación de intereses de los trabajadores, sustituyéndolas por funcionarios estatales y forjando un ”frente del trabajo“ nacional en la que incluso hubo sitio para asegurar la existencia de compatriotas que carecían de utilidad capitalista –bajo el lema de ‘trabajo y pan’ eran destacados al Servicio Social del III Reich–, la nación democrática guarda la miseria de sus trabajadores, reconocida como inalterable, en el gigantesco aparato burocrático de su Estado social. Organiza un sistema autogestionado de seguridad social que se financia con cuotas obligatoriamente retenidas del salario total que gana la clase entera, y que mantiene con estas finanzas a los notoriamente pobres en los inevitables altibajos de su vida proletaria. Ampliado así, bien es verdad que el salario de la clase obrera tampoco garantiza una vida satisfactoria a sus miembros, pero a ellos en conjunto sí que les garantiza la subsistencia, así que la clase puede sobrevivir en su pobreza e incluso proporcionar futuras generaciones de pobres útiles.

Los indigentes del proletariado ya no tienen, por tanto, motivo alguno para sentirse de alguna manera ‘desamparados’ o excluidos de su comunidad nacional. Los miembros de la clase disponen todos de derechos pasivos, son mantenidos en definidas situaciones de miseria y necesidad por las cajas de la seguridad social, teniendo incluso –en cuanto a las dimensiones de las asistencias– la suerte de presenciar una situación histórica: su Estado se está formando como el país vanguardista contra el Este comunista y se esfuerza por tanto con decisión en comprobar que para los trabajadores la colaboración en el sistema libre demócrata del mando sobre sus servicios productivos rinde muchísimo más que una vida en el ‘socialismo real’. Por esto organiza las dos cosas: una ilegalización del Partido Comunista por un lado, y por el otro una ‘economía de mercado’ expresamente ‘social’, en la que incluso hay esfuerzos por que los pobres vayan tirando con prestaciones complementarias al salario.

Frente a su clase trabajadora, el gobierno ya no se presenta como estado autoritario. Ha sido elegido democráticamente, también por la parte trabajadora de su pueblo, que desde luego tiene un derecho de voto.El Estado aprendió lo útil que es el principio de asegurarse de la continua lealtad política y del reconocimiento del orden capitalista convocando periódicamente a todo su pueblo a elegir por quién quiere ser gobernado. Este procedimiento de autorización presenta sus ventajas particularmente en el caso de aquella clase cuyos servicios productivos estima altamente, pero en cuyo caso el servir equivale a sacrificios: también entre la gente que con miras a sus experiencias prácticas acumula descontentos con la reglamentación política de sus necesidades, sigue vigente el principio de bronce de que sobre las condiciones sociales –y por lo tanto también las individuales– dispone una autoridad competente según la razón estatal; y el mismo principio indica un camino sumamente constructivo al inevitable y permanente descontento proletario con estas condiciones de vida: la elección de un gobierno mejor, ¡a esto sí que tienen derecho también los trabajadores!

Este derecho lo disfrutan a tope. Donde el poder se ejerce sólo en nombre del pueblo, los poderosos no solo quieren declarar su alto deber moral de comprometerse única y exclusivamente en los intereses que se manifiestan en la sociedad. Aceptan el resultado de la propaganda acogedora a favor de su persona y de su arte de gobernar, hasta arriesgan ser destituidos del poder por un voto negativo, y para que esto no suceda, las asociaciones electorales competidoras se dirigen a sus electores de modo correspondiente: también los trabajadores, el ‘pueblo llano’, deben tener la impresión de ser bien atendidos en sus intereses particulares por la política de partidos, que son partidos de todo el pueblo. Deben interpretar sus notorios descontentos con sus condiciones de vida comonegligencias que han cometido los políticos – y procurar con su voto que el Estado se gestione mejor. De esta manera la ‘cuestión social’ se ha politizado con éxito, por haberse traducido completamente en un mandato de ‘gobernar mejor’ la comunidad nacional con su inamovible agenda política, y por lo tanto está a buen recaudo en las manos de quienes luchan por el mandato de llevar a cabo esta misión.

Quien piensa que su gobierno es antisocial, aunque el partido gobernante se llame ‘popular’ y supuestamente represente a todo el pueblo, puede votar por la oposición y depositar allí su descontento: encontrará un partido socialdemócrata listo para tomar las riendas del gobierno con particular respeto al ‘aspecto social’. Bien es verdad que, debido a que tiene su origen en el movimiento obrero o en otra parte cualquiera del ‘campo de izquierdas’, este partido tiene que luchar desde el principio de su carrera parlamentaria con la sospecha de no estar muy a favor del capitalismo – algunos de sus líderes principales no logran deshacerse en toda su vida de la recriminación de ser ‘la quinta columna de Moscú’ en la capital alemana. Pero como muy tarde desde las primeras pruebas de que no solo es ‘una oposición fuerte’, sino también ‘capaz de gobernar’ en todos los sentidos, la sospecha pierde su fundamento y la clase obrera tiene con los socialdemócratas la oferta permanente de una alternativa electoral que puede las dos cosas a la vez: administrar el bien común capitalista según todas las necesidades sistémicas – y aparte de esto seguir guardando sin escrúpulos las apariencias de que el único objetivo del partido es el ‘bienestar del pueblo llano’. Esta asociación política está cultivando el sello de identidad de ser la única patria verdadera de todos los que son pobres o que se sienten desamparados, se presenta como el abogado para ayudarles a los asalariados a conseguir ‘sus derechos’ – y una vez asumido el poder da prueba en la práctica de que la mejor manera de satisfacer estos derechos es el éxito de la nación que ella sabe alcanzar mejor que sus competidores. De esta manera la clase trabajadora se echa la costumbre de identificar su propio progreso con el avance del conjunto forzoso nacional en el que prestan sus servicios, puede por lo tanto a la inversa abonar los éxitos de este en su propia cuenta, y verse bien atendida al compás de los éxitos de la nación.

Y hay otro defensor poderoso que el trabajador moderno tiene a su lado: también con respecto a sus intereses laPrensa libre cumple su función democrática de control, convirtiendo cualquier injusticia en un escándalo público. Sea que descubran a un directivo responsable de organizar la explotación cotidiana haciendo algo prohibido, sea que reprochen a un servidor político de la justicia social de no cumplir con sus deberes: la prensa está por todos lados acusando a alguien entre ‘los de arriba’ de falta de respeto hacia los apuros del hombre del pueblo. Para estos tienen el oído fino. También saben siempre qué postura hay que tomar hacia ellos, impartiendo a su público la debida orientación mental cómo ir tirando en el día a día de la sociedad de clases. Incluso mentalmente se les quita de la mano su interés a los trabajadores – con artículos y comentarios para forjar las opiniones sobre las condiciones de vida en el Estado de clases, proporcionando toda una serie de lecciones para comprender su inalterabilidad, y por lo tanto también en la falta de consecuencias prácticas del propio refunfuñar sobre ellas. Han probado su eficacia las lecciones sobre la aplicación de la técnica de la comparación. Es verdad: un paraíso puede que no sea la vida del trabajor normal; pero si la comparamos con circunstancias en las que antaño tenía que arreglárselas, tendrá que admitir que ha tenido suerte con su patria democrática y social: socialmente asegurado, participando en el crecimiento económico y formando parte de una sociedad de bienestar, casi le va demasiado bien.

*

De este modo el trabajador moderno queda perfectamente asimilado en la comunidad capitalista. Por ningún lado hay razón para él de levantarse por su interés en contra de nadie, porque literalmente está rodeado de defensores que actúan en su nombre administrando sus intereses: hasta sus explotadores están para servirle, proporcionando empleo. No caben dudas: el Estado logró desactivar la carga explosiva que estableció con su clase trabajadora; la clase se dejó deshabituar de la lucha.

III.

Hoy empero –estamos en la época de una ‘globalización’– la cosa se presenta de nuevo bien distinta. La cuestión salarial es tan actual que no pasa ni un solo día que no se busquen respuestas adecuadas para ella. Su forma actual no es la lucha de la clase trabajadora por asegurarse un sustento, sino el afán de reformas por parte de los capitalistas que se afanan por perfeccionar las condiciones de la explotación. Por el servicio que prestan a sus empleados –los emplean– exigen más trabajo por menos dinero y la libre disposición de la fuerza laboral según la necesidad de su empresa e independientemente de las necesidades de la vida de los asalariados. A los sindicatos reclaman que firmen las reglamentaciones de los horarios laborales y los recortes salariales que ellos les dicten – con la amenaza de excluir completamente a sus interlocutores sociales de las negociaciones y la elaboración de un consenso. Los acuerdos empresariales que ya extorsionaron de sus plantillas muestran el avance que ya consiguieron al respecto.

El guardián político del bien común capitalista apoya la lucha de sus empresarios. A los ‘logros sociales’ con los que la Alemania occidental solía probar la perfecta compatibilidad de la explotación capitalista con el sustento de las masas, se los fustiga hoy como un error fundamental: precisamente el rápido aumento de receptores de asistencia social da la prueba de que los ”rendimientos“ de hasta ahora son insostenibles. A la condena le sucede la práctica, y poco a poco se van liquidando como una ‘carga incosteable’ los fundamentos de la existencia proletaria a la que los trabajadores durante medio siglo podían acostumbrarse. Pero no vuelven a estar privados de derechos, como era su situación de antaño. El Estado social los mantiene bajo custodia – empleando todos los instrumentos del derecho social que hace tiempo servían y se usaban para pacificar a la clase, como palancas para recortar su sustento. La paz que mantiene la clase, se supone y se reclama.

Todo esto se complementa por una labor de la opinión pública que también lucha: contra la opinión errónea de que un salario que uno obtiene con su trabajo ha de ser suficiente para vivir – y por la comprensión de que a partir de ahora tiene que ser al revés: el hecho de poder tener un ‘empleo’ remunerado equivale para los trabajadores a un acto de caridad; el hecho de ser usados y explotados con éxito es el primer provecho que pueden esperar para sí mismos. Más pretensiones no pueden tener, ni mucho menos tienen derecho a oponer resistencia contra cualquier vejación. Cuando el Estado y el capital les explican detalladamente cómo y dónde piensan recortar el medio de su sustento, solo se les ofrece la misma alternativa con la que antaño sus iguales eran forzados a la miseria: encontrar a alguien que les explote, al precio que sea. 

*

La incompatibilidad entre el éxito del crecimiento capitalista y el sustento de sus productores, razón por la cual antaño los trabajadores se manifestaban, es hoy el programa oficialmente declarado y practicado. ¿Y qué es lo que hace la clase maltratada? ¿Vuelve por razones obvias a la práctica nada superflua de la lucha salarial? No. Sigue con la costumbre de dejar que sus intereses sean representados por otros, quienes saben lo que se puede esperar – y sigue como espectador de lo que será de ella.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Análisis de la edición “GegenStandpunkt” 3-08

El capital financiero

  AL PRIMER CAPÍTULO→

 

En un sentido, la banca es un negocio capitalista como otro cualquiera: en ella también se trata de transformar una cantidad de dinero en más dinero, aprovechando para ello la demanda y la oferta “del mercado”. Pero allí se acaba lo que tiene en común con los demás sectores económicos. De hecho no hay quien no vea la posición privilegiada que tiene la banca en la economía capitalista. Su “mercado” es el comercio con dinero: no con una mercancía cualquiera o cualquier servicio materialmente útil, sino con la riqueza abstracta, que se pretende adquirir en todos los sectores económicos de esta economía. El dinero, medio de disposición universal, no lo usan los bancos como todas las demás empresas, que compran con él medios de producción, que crean con él fábricas industriales o grandes almacenes, foros de internet o tabernas y que pagan con él su mano de obra, a fin de sacar al final de su clientela más dinero. Los bancos prestan dinero para que otros emprendan con él algo productivo de esta índole y reembolsen más de lo que tomaron prestado. Su interés y su colaboración en los sucesos económicos se refieren única y directamente al objetivo capitalista de éstos. Sin crear valor de cambio y “realizarlo” en la venta, es decir convertirlo en dinero, o sea sin pasar por un proceso propio de valorización, el capital bancario transforma una cantidad de dinero en una cantidad mayor.

A todo el mundo, este milagro le parece lo más normal del mundo; por lo menos mientras funcione. Tanto más merece una explicación.

Índice:

I.     La base del sistema crediticio: El arte de prestar dinero

1.    La notoria escasez de dinero en el mundo empresarial capitalista y cómo la supera y aprovecha la primera igualación del capital financiero:

En su calidad de capital, el dinero se convierte en mercancía y por esta vía en capital-dinero.

2.    La creación de crédito y dinero mediante la segunda igualación fundamental de la banca:

Deudas actúan como capital y generan solvencia.

3.    El continuo esfuerzo por la creación de seguridad en el sector crediticio mediante la tercera igualación del sector financiero:

La liquidez crea confianza, la confianza crea liquidez.

4.    La certificación de las creaciones de crédito y dinero del capital financiero mediante la igualación que el poder estatal añade como “banco de los bancos” a las otras tres:

Lo que en el servicio de pagos de las instituciones financieras funciona como dinero es un sustituto equivalente del dinero-“mercancía” de curso legal.

II.    El capital financiero desarrolla su poder crediticio: La acumulación del capital “ficticio”

1.    Del negocio prestamista al mercado de capitales

2.    El mercado de capitales y sus artículos: empréstitos, acciones y otros “productos”

3.    El proceso de valorización del capital financiero en el mercado de capitales: carteras de valores y su gestión lucrativa

4.    La Bolsa, la “economía real” y el capital social global

5.    La especulación con la especulación: el negocio con derivados

6.    La susceptibilidad del capital financiero a la crisis

III.   La relevancia “sistémica” del negocio financiero y el poder público

1.    Poca consideración se concede a la naturaleza propia de los negocios que caracterizan a los institutos financieros como empresas capitalistas –su obrar apunta al beneficio propio, aumentar su cifra de negocios y su ganancia es su objetivo–. Esto se debe a que se estiman tanto los servicios que presta el sector financiero para que funcione la economía de mercado: facilita a “los mercados” el dinero, y a las empresas de todos los sectores, el capital.

Al parecer, los negocios financieros no solo dotan a quienes los emprenden de balances impresionantes; además los hacen capaces de cumplir tareas centrales en la sociedad capitalista. El negocio lucrativo con dinero y crédito es la condición imprescindible y el impulsor del crecimientocapitalista, o sea del aumento de riqueza monetaria. Constituye la base del poder del capital-dinero sobre los rendimientos económicos en todos los sectores de la economía de mercado, lo cual garantiza al sector financiero –y no sólo en tiempos de crisis– una atención particular por parte del Estado.

2.    En su calidad de legislador, el poder político atiende al interés privado de bancos etc., igual que al de otras empresas también. A la vez se hace valer la importancia de estos negocios para el funcionamiento de la economía en su totalidad: su “relevancia sistémica”, que se popularizó en la crisis, se tiene en consideración cuando se trata de autorizar las actividades creadoras de crédito y delimitar las libertades correspondientes.

3.    Para el Estado en su calidad de gerente de un presupuesto, el crecimiento capitalista es la fuente de los medios financieros con los que se paga la soberanía política. El gobernar apunta a cuidar del éxito de su economía de mercado, y en relación con este objetivo, justamente el empleo eficaz del poder estatal se convierte en un gasto. Las necesidades de éste, financiadas mediante impuestos y deudas, son por tanto objeto de continua ponderación, que bajo circunstancias democráticas degeneran en espectáculos justificativos. Sin embargo, siempre terminan por aprovisionar la Hacienda pública conforme al capitalismo: el sector financiero de la economía es el instrumento de la economía estatal, lo cual no obstante no perjudica a la banca; más bien sus servicios de los que se vale el Estado hacen que aumente, otra vez más, su poder.

4.    En distinguidos ámbitos, el Estado se dedica al propósito de acreditarse como patrocinador de una economía prosperante, en vez de ser una carga para el crecimiento capitalista: con las políticas fiscal y económica, coyuntural y monetaria intenta asegurar el éxito al crecimiento económico nacional. Este propósito le lleva a hacer consideraciones de índole especial sobre la relación coste-beneficio. Su realización práctica sucede utilizando la industria financiera, contraponiéndose permanentemente a cuestiones presupuestarias, y abriendo nuevos negocios para los bancos – y pone definitivamente en claro la relación entre el poder estatal y el negocio financiero.

IV.  El negocio financiero internacional y la competencia de las naciones

1.    ‘Monedas convertibles’ – todo un programa político-económico: los Estados internacionalizan las bases del negocio financiero, jurídicas y en materia de la política monetaria, para que el poder financiero del Estado beneficie del crecimiento transnacional.

2.    El negocio con el intercambio de monedas y la creación de los tipos de cambio: del servicio al comercio mundial a la modificación de los resultados de la competencia internacional y la definición de condiciones nacionales de la competencia.

El balance del comercio exterior: de las cuentas y la transferencia internacional de la riqueza a la competencia de los Estados por el rendimiento capitalista de sus países.

3.    La propiedad capitalista como mercancía del comercio internacional: la exportación y la importación de capitales y el mercado financiero global.

La competencia de las naciones por la dignidad de crédito de su nación y su dinero; el divorcio de las monedas de crédito nacionales en 'monedas de reserva' y monedas de segundo rango.

4.    El crecimiento del negocio especulativo mundial y sus autoproducidos límites: quiebras estatales y crisis financieras.

Las medidas preventivas de los Estados para que funcione el sistema financiero global; la clasificación de las naciones según los criterios del capital financiero; la política de las potencias económicas mundiales en tiempos de crisis.

5.    El régimen global del capital financiero: obra y fuerza productiva del régimen político de la superpotencia estadounidense sobre el mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

http://www.gegenstandpunkt.com/espanol/origen-del-racismo.html

Análisis de la edición “GegenStandpunkt” 1-95

¿Cuál es el origen del racismo y cómo funciona?

A ciudadanos con sentido de la responsabilidad no les cabe duda: el racismo es una aberración ajena a la democracia, a los sentimientos y al modo de pensar de la fuerte mayoría. Izquierdistas advierten contra el abuso de los valores que todos nosotros, aleccionados por el nacismo, tenemos el compromiso de combatir desde los principios, mientras que los derechistas y máxime si son funcionarios públicos proclaman la incompatibilidad de racismo y democracia, erigiéndose al mismo tiempo en defensores de nación y patriotismo contra sus feas secuelas. Insisten en la diferencia que hay sea como fuere entre el miedo comprensible a “la infiltración extranjera” y la detestable “depuración étnica” que fue posible en tiempos pasados u otras partes del mundo; y el paso al racismo con su persecución de extranjeros –declarado como completamente inexplicable durante décadas después de la Segunda Guerra Mundial– lo quisieran sustraer a cualquier intento de explicación. Según ellos el que busca las razones por qué la caza de extranjeros y los campos de concentración les parecen justificables a ciudadanos normales y honrados, no se da cuenta suficientemente de la extrema inmoralidad de tales sucesos. Con su “racionalismo” provoca la sospecha de considerar comprensible la inhumanidad, de estar a punto, por fin él mismo, de ejecutar la exterminación masiva.

No tienen razón ni los unos ni los otros. Pues darse cuenta del origen del racismo es la condición previa para combatirlo desde los principios en vez de espantarse de su paso siguiente –imaginable por lo visto– y considerar natural la normalidad del estado mental de los ciudadanos. Y tal explicación no puede fracasar ante las reglas de lamoralidad, pues lo que aclara, la conexión entre esta y sus aberraciones es justamente su tema.

1. El patriotismo común y corriente es la base del racismo

La aversión de los racistas, cuya consecuencia extrema es la selección según criterios raciales, se dirige contra los que no forman parte del “propio” Estado o del “propio” pueblo. Lo que los defensores de la moral oficial no quieren aceptar es en el fondo bastante simple: la aversión contra los extranjeros que no forman parte de “nosotros” supone la idea de formar parte de una identidad colectiva que no sólo consiste en estar sometido a un Estado particular, a su sistema económico etc.

a) Quien vive en Alemania, Francia, España o donde sea, se encuentra sometido a las más diversas obligaciones y ‘necesidades’ económicas en las que uno tiene que apañárselas prestando sus servicios: si tiene poco dinero se ve obligado a trabajar por otros, lo que no le enriquece; en todo caso, por el dinero que gana le exigen el pago de impuestos; el descontento previsible predestina a acudir a las urnas lo que hace más fácil para los partidos elegir el personal gobernante; de vez en cuando hay que cuadrarse como soldado y morir por la patria, porque la defensa de estas magníficas condiciones de vida no la puede llevar a cabo la minoría que verdaderamente sale beneficiada de ellas. Y claro está que todo ello resulta en que haya cosas que la gente tenga en común, igual que diferencias y oposiciones, como consecuencia de sus respectivos intereses. Pero es igualmente obvio que esta incorporación de los ciudadanos a una asociación forzada, y predeterminada económica, jurídica y políticamente no genera ni un extraordinario sentimiento de “identidad nacional” ni el deseo de excluir a otros del “propio” rebaño. La idea nacional supone interpretar los deberes reales que impone un Estado capitalista –y que uno cumple porque la propia existencia depende de ello– como deberes morales que uno asume consciente de su propia responsabilidad, como contribución a una obra común universal.

b) Claro, la existencia de tal integridad superior a la que los diferentes grupos desde el Estado y la economía hasta el hombre común todos prestan sus servicios más o menos honorables sólo se revela a la óptica moral. Pero aun prescindiendo de que sin tales exaltaciones la relación entre servicios y provecho reales aparecería tan miserable como es –para participar en los engranajes de la vida burguesa es entonces imprescindible la falsa consciencia– la idea de una “comunidad nacional” o de un “bien común” es terriblemente productiva.

Esta idea justifica todas las obvias oposiciones entre los diferentes intereses sociales, las diferencias en la relación entre prestación y retribución que dependen de la propiedad de la que uno dispone, y justifica también la jerarquía de las profesiones y rentas: en esta visión moral son contribuciones y contribuyentes que la comunidad necesita para que la obra común funcione bien. Aunque personalmente uno considere injusta su propia posición social, queda fuera de dudas que la comunidad nacional debe procurar un orden en el cual cada uno debe ser insertado. Con ello, ya no interesan los medios de los que disponen las diferentes clases de ciudadanos y que causandependencias muy particulares: se interpretan y reconocen como partes integrantes de un orden –uno de derechos y deberes– que necesita una comunidad para que funcione. Un orden del que no sólo la autoridad debe ocuparse, sino al que encima cada miembro de la comunidad, sea cual sea su posición social y su importancia, tiene derecho.

2. Los diferentes tipos de racismo

El estar consciente de este derecho origina una clasificación del mundo.

a) Una vez aprobadas por principio las “diferencias” entre ricos y pobres, empresarios y trabajadores, propietarios y vagabundos, “el destino” que coloca a unos aquí y a otros allí quizás cometa algún que otro fallo, pero en general proporciona a cada uno el sitio que le corresponde – por lo menos debería ser así, lo cual no cambia la idea: según esta convicción, la selección y distribución de la gente para la jerarquía preexistente desde “muy abajo” hasta la “élite” no es lo que es, sino que emana de la pretensión de designar a cada uno lo suyo. Todas las excepciones confirman la regla de que en una buena comunidad popular cada uno debe ser, y definitivamente será, lo que ya es. Para esta convicción no hace falta haber descubierto los genes responsables por el éxito de millonarios, panaderos o políticos (¡ya basta con que la locura de que exista tal cosa siempre encuentre un interés afirmativo!). El estar de acuerdo con el resultado lleva a la “conclusión” de que los individuos han tenido las disposicionescorrespondientes– así que al final el capitalismo entero aparece como el exhaustivo cumplimiento de la diversidad natural de los talentos.

Este es el primer tipo de racismo: interpretar los roles sociales como subespecies del género humano determinadas por la naturaleza.

b) A pesar de ser algo parecido al orden natural de cosas e individuos, el mundo social aún dista de ser perfecto. A la comunidad en principio armónica le falta por todas partes la armonía: empresarios y sindicatos se pelean; todos se quejan de algo; los partidos políticos se enfrentan en vez de ponerse de acuerdo – ¿qué pasa aquí? El hombre bueno ya conoce la respuesta antes de hacer la pregunta: a través de todas las clases y profesiones la gente se distingue según su carácter moral, según su conciencia del deber con la que los individuos contribuyen al bien común. Por todos lados hay buenos que sirven a la comunidad y que la mantienen viva, y malévolos que alteran la paz social con su egoísmo. La pregunta inútil por qué existen los malévolos, ya ha encontrado su respuesta en el hecho de que existen: igual que la disposición a ser carpintero o genio de las matemáticas, el carácter reside en la sangre. El crimen resulta de la energía criminal; y uno o la tiene o no. A diferencia de otros talentos, el talento al crimen no se acepta: la subespecie de los individuos indecentes –esta distinción es el segundo tipo de racismo– hay que forzarla a someterse al orden o aislarla.

c) Sin embargo, como heces genéticas incluso los malévolos forman parte de “nosotros”, de la comunidad popular organizada en principio de forma armónica y que proporciona a cada uno su sitio. Es diferente con “los otros” que el fiel compañero de la comunidad nacional distingue con regularidad tanto en la prensa o televisión o al visitar playas exóticas, como aquí entre “nosotros” porque el Estado concede también a personas extranjeras el derecho a quedarse aquí. El atributo de “foráneos” no lo tienen los foráneos por cultivar en sus lugares de origen relaciones sociales que fuesen tan diferentes a las “nuestras”, o por hacer aquí algo fuera de lo normal, sino porque su pasaporte pone de manifiesto que pertenecen a otro pueblo. Por tanto tienen obligaciones respecto a aquellacomunidad y sus valores, no a la “nuestra”; allí reciben lo que les corresponde – y lo que les corresponde es enteramente diferente a lo que “nuestra” comunidad les debe a sus miembros honorables, aunque al fin y al cabo todo se centre igualmente en el dinero: incluso respecto a la riqueza en su forma abstracta la distinción nacionalista entre “nuestro” y “su” dinero hace que pierda importancia el aspecto de quien la posee. Tan fundamental es la frontera imaginaria entre “nosotros” y aquellos que –sean pobres o ricos, buenos o malévolos– simplemente no pintan nada aquí.

Es tan fundamental que es preciso recordar su razón verdadera. Al que se imagine la nación como una comunidad ética ya no se le ocurre pensar en que la única razón de la distinción entre compatriotas y extranjeros es el alcance limitado del poder estatal. Aceptar esta verdad significaría “poner de pie” a todas las perspectivas moralistas de la conformidad con la nación y su “orden” social, es decir, renunciar a tal idiotez. Con ser miembro de un colectivo forzado, el buen ciudadano se cree en la posición privilegiada de ser un socio honorario en una asociación llamada “pueblo”, la cual nadie ha fundado nunca – en su perspectiva es al revés: es el pueblo el que dota de sentido y proyectos al acto social llamado Estado. Entre otros, del proyecto de hacer provechoso el contacto con pueblos forasteros, que por su parte son igualmente total e inexplicablemente “diferentes” –como máximo a algunos de sus miembros se les concede “asimilarse” y al final incluso convertirse en parte de “nosotros”; preferiblemente no antes de la segunda o tercera generación–. Porque a un individuo así hay que identificarle ante todo como extranjero; y la perspectiva opuesta, identificarle al extranjero como individuo, tampoco le convierte en un paisano – esto no le correspondería ni a él ni a su naturaleza étnica...

Este es el tercer tipo de racismo, su tipo más fundamental: ya antes de la clasificación en los subespecies de los diferentes talentos y de buenos y malévolos, el pertenecer a un pueblo divide al género humano en varias especies, unidas en las diferentes naciones. Ser miembro de dicha especie caracteriza a cada individuo, como disposición principal que uno tiene por nacimiento, igual que el pelo rizado o lo que sean los criterios según los cuales el antropólogo distingue a los individuos.

d) La discriminación y el desprecio a los foráneos son cosas que también les molestan a personas que no ven nada criticable en la idea de la comunidad moral – lo que les molesta a ellos es que algo así altere la buena imagen de la comunidad. Son partidarios de distinciones “sensatas” y rechazan distinciones “injustas”, lo cual hace su crítica del racismo muy relativa en todos los aspectos.

En la retrospectiva cuenta por ejemplo entre las objeciones significativas contra la persecución de los judíos por los nazis alemanes que en aquel tiempo eran precisamente las partes más hábiles y más fieles del pueblo alemán las que fueron expulsadas y exterminadas porque no se aceptaban como partes del pueblo. La élite del ingenio alemán–físicos, autores, empresarios, veteranos de la Primera Guerra Mundial con un modélico orgullo nacional– perdida por pura “presunción racista”: ¡extremamente criticable! ¿Qué objeciones tendrían estos mismos críticos, si entre los judíos hubiera habido menos “alemanes modelos”?

También las personas modernas que ponen énfasis en el derecho de ciertos extranjeros a quedarse aquí –dado que se comporten bien y que hagan los trabajos basura que rechazan los nativos– y aunque desechen el “prejuicio” según el cual los foráneos merecen por principio la desconfianza de si tienen las habilidades requeridas e intenciones aceptables, no critican el racismo, sino que distinguen entre una segregación injusta y otra justificada que ellos tampoco quieren criticar.

Al final la crítica se reduce a las más abstractas frases hechas: los extranjeros también son seres humanos, respectivamente “Somos todos extranjeros, casi en todas partes”. Este argumento seguramente convencerá a aquellos que identifican en el ser humano al extranjero, y sobre todo en los lugares que no son suyos. E incluso las mismas frases hechas suponen que “nosotros” y los extranjeros formamos colectivos diferentes cuando afirman que esto no tiene importancia porque se puede encontrar “algo” bastante abstracto que tenemos en común.

3. El racismo de los ciudadanos

El racismo es el punto de vista político-moral que traduce la segregación y organización de la humanidad por parte de poderes estatales en caracteres nacionales y morales. Es la imagen del hombre creada por el espíritu patriótico, inherente en la consciencia cívica; por lo tanto, el mismo racismo es producto de la asociación política forzada que el ciudadano se niega a concebir como tal. Lo que con esta perspectiva se percibe y qué importancia se le atribuye, se modifica cuando se acumulan motivos para el descontento nacional; a medida que esta postura encuentre indicios para su descontento, el civismo revela su calidad polémica.

a) El patriotismo siempre escoge sus frases programáticas actuales del catálogo de las condiciones de vida con las que uno se muestra descontento; y es este descontento que lo sostiene: no es el materialismo satisfecho el que convierte a la gente en patriotas convencidos. Considerando esta base del patriotismo, es inmediatamente evidente que el insistir en que se cumplan los deberes y las normas de la moral es una posición exigente que incita a la acción: la falta de éxito de buenos ciudadanos y los tormentos que sufren los buenos patriotas en medio de la propia comunidad dedicada al bienestar del pueblo – esta “injusticia” sólo encuentra explicación en la existencia deculpables que alteran la cooperación en el fondo provechosa entre gobierno y gobernados, inversiones y disposición a trabajar, escuela y casa paterna...

b) Las figuras que así se inventa el patriotismo ofendido, también las encuentra. Al examinar de forma crítica su propia comunidad étnica, este patriotismo descubre en muchos lugares un egoísmo que falsifica y desbarata la justa colocación de la gente, que se apropia de prestaciones de la comunidad sin merecerlas y sin darle a la comunidad los servicios que reclama a cambio – mientras los miembros buenos, todos los honestos, resultan engañados. Ninguna clase social es ofendida – los egoístas los hay en todas partes: entre los millonarios hay especuladores parasitarios e inversores que crean puestos de trabajo, entre los sin techo hay los que están en la miseria sin culpa suya, e individuos depravados...

Sin embargo, tales diferencias se esfuman frente al descubrimiento que los miembros del colectivo nacional deben hacer continuamente: entre “nosotros” hay quienes no son de aquí para nada y que molestan. “Se arrellanan”, no porque se arrellanen más que los demás, sino porque por muy modestos que sean molestan ya con su merapresencia. Desde este punto de vista son culpables de todo lo que molesta al ciudadano descontento: son ellosquienes le quitan el puesto de trabajo, la mujer y la vivienda; son ellos quienes traen el caos, la corrupción moral, las drogas y el crimen; son ellos quienes obtienen subsidios estatales que un buen ciudadano o no pediría nunca o para los cuales tendría que hacer cola mucho tiempo... Ni hace falta siquiera que esta gente viole una ley –si lo hacen, es lo que el buen ciudadano siempre sabía– para que sean acusados de incumplir el deber civil fundamental: el de ser un miembro responsable de la comunidad popular. Sin carnet de socio, es decir, sin derecho alguno de estar presente, los extranjeros están aquí y molestan ya con su presencia la armonía de los que forman una comunidad unida sin tener que compartir un interés común.

Es una ventaja que el nativo sensibilizado sea capaz de “reconocer” inmediatamente a los extranjeros por los “rasgos raciales” en el sentido banal de casuales aparencias físicas, aunque éstas no tienen nada que ver con el contenido político-moral del racismo –el clasificar a la gente en comunidades nacionales– aparte de que permiten identificar a los foráneos que “no pueden ser de aquí”. Por eso tampoco es trágico que de vez en cuando se equivoque el “sexto sentido” del nacionalista.

c) De este modo, buscar a quienes son moralmente responsables de condiciones inconvenientes de la santísima patria es el punto central del racismo cívico. Claro que el patriotismo descontento sabe hacer la diferencia entre criminales nativos y personas extranjeras. Pero cuando se trata de la comunidad intacta (así percibe el ciudadano a su nación), se nota en seguida qué deslinde es el más fundamental: una cosa son los perversos que hay entre “nosotros” como en cualquier asociación y que deben tratarse por tanto de la manera que les corresponde; y otra cosa son aquellos que ni en sus ejemplares más nobles cumplen el requisito fundamental: formar parte de “nosotros”. Y mirando en detalle a los nativos que nos molestan, por lo menos aquellos que alteran la armonía nacional, ¿acaso no son también foráneos? ¿Y no es verdad que los extranjeros en nuestra nación serán siempre como tales un factor de disturbio – aunque quizás no se lo pueda reprochar personalmente?

d) Lo que de todas formas se tiene que reprochar al Estado es permitir a los extranjeros que causen molestias, en vez de satisfacer el deseo de armonía en su pueblo descontento haciendo una selección precisa. Quien no quiera tolerar este escándalo, tiene dos alternativas: o beber algunas copas para cobrar ánimo y entonces encargarse personalmente del asunto que el Estado deja sin resolver, poniendo así de manifiesto quiénes son los que mandan y que los extranjeros no tienen derecho a vivir aquí. Sin embargo, este accionismo es una violación del monopolio de fuerza estatal, como tal es una infracción de la ley y por tanto no es cosa de todo el mundo. La otra alternativa es dedicarse a la política – puesto que el poder particular nunca llegará a ser tan eficaz como el poder estatal.

e) El paso a la práctica xenófoba suscita de nuevo una crítica que quiere negarle su necesidad. Pero los críticos de la práctica xenófoba no critican las razones por las que los racistas queman o los políticos echan fuera a los extranjeros, sino que le contraponen una alternativa dentro de la imagen político-moral de la nación.

La polémica contra la “extranjerización” que a los nativos les hace difícil la experiencia de una comunidad popular intacta y por tanto la vida, también se puede poner al revés. Ciudadanos críticos propagan la imagen de unasociedad multicultural y a la estrechez de miras de la xenofobia le contraponen su imagen de que el encuentro con costumbres, comidas... extranjeras le enriquece a la comunidad nacional. Desgraciadamente, el mero contrario de un error es por si mismo un error: quien considera posible e incluso especialmente interesante (por sus increíbles diferencias) la coexistencia pacífica de diferentes caracteres nacionales, cree en el cuento de la “identidad étnica” al igual que los racistas xenófobos cuyos resentimientos considera completamente desacertados.

El mismo argumento vale para la variante del ideal multicultural que convierte a algunos contemporáneos enamigos de los extranjeros. Puede que los individuos tengan características que uno considere más simpáticas, otras menos; de todas formas, ser extranjero –al igual que ser nativo– no figura entre ellas. Quien diga que sí, sólo demuestra una vez más que no le da igual en absoluto, sino que le parece muy importante la diferencia entre extranjeros y nativos. No por los motivos personales que se ha inventado, sino porque ni los inter-nacionalistas aguantan imaginarse la nacionalidad, la propia como la ajena, de otra forma que como un compromiso con un carácter moral modélico.

Lo que tienen en común las dos variantes del patriotismo alternativo es que interpretan al racismo de forma errónea como un “prejuicio” sin fundamento alguno y del cual los críticos quieren librarse en el nombre de otros. Que falle su objeto es la última cosa que se puede reprochar a un racista, quien no se deja engañar para nada por las características individuales de sus víctimas cuando busca los culpables y los intrusos ajenos al pueblo. El error no está en que los racistas “generalicen” de forma errónea o en que se equivoquen, así que sólo necesiten experiencias o un conocimiento erudito de las costumbres extranjeras para corregir su error. Incluso las teorías del racismo –poco normales en los juicios de exclusión contra los extranjeros– ya presuponen el juicio nacionalista de que extranjeros y nativos son inconciliables, y no lo deducen. Si hay algo que falla su objeto, son entre otros ejemplos los resultados de la investigación antropológica, citados con mucho gusto por los antirracistas, según los cuales no existen siquiera diferencias biológicas algunas entre las razas humanas.

4. El racismo del Estado

No es que el poder estatal derive su política de la interpretación que sus ciudadanos con su moral afirmativa hacen de ella; pero sí que la legitima con esta interpretación y moldea con ella el “sentido común popular” en su forma actual. Ningún político rechazará jamás a quien no tiene otra exigencia frente al poder estatal que la de que éste afirme la convicción de que la suprema misión estatal es imponer la armonía en la comunidad nacional –si hace falta, con fuerza–; al contrario. El racismo del ciudadano no es sólo producto de la asociación nacional impuesta por la fuerza, con su espíritu comunitario político-moral, sino que además es un credo oficialmente fomentado por el Estado. Y tal y como el ciudadano descontento se siente animado a cometer actos patrióticos, un Estado asume cuando le parece oportuno una práctica racista que a su vez da razón al racismo de sus ciudadanos y lo agudiza según sus necesidades.

a) Con la xenofobia que resulta de su parcialidad patriótica, el ciudadano descontento halla benévola acogida por parte de los políticos. Ellos entienden, y con razón, nada más que el eco de sus promesas de aumentar el provecho de su propio pueblo; por tanto comprenden el racismo de sus ciudadanos aunque lo frenen. Porque, en rigor, la ocasión y el empuje del descontento en el pueblo nace y se orienta por los “temas” que dominan la opinión pública nacional; y respecto a ésta, no hay nadie que manifieste tanta insistencia en definirla como los políticos. En general, se puede confiar en que el sentido cívico active su racismo a medida de que éste se convierta en la opinión pública – y no al revés.

b) La importancia que tienen los argumentos racistas en la opinión pública y la medida en que resultan en una acción política –o cuánto consigue un ciudadano que anime a los partidos gobernantes o que funde su propio partido reprochando a los políticos que desatiendan al pueblo– se decide según los éxitos y tormentos de la nación, tal y como dan cuenta de ellos los políticamente responsables. Si éstos constatan que la sociedad está en crisis y mandan que su pueblo la supere, redefinen las condiciones de vida de las diferentes clases y estamentos en el pueblo, destruyen técnicas habituales de cómo arreglárselas, redefinen los niveles de vida y producen descontento en el pueblo. Precisamente por ello los políticos abastecen ampliamente de ideología a los ciudadanos en estas situaciones: sobre todo en “tiempos difíciles” el clima social en la nación no se debe estropear por conflictos que nacen siempre que haya extranjeros en la nación, y no se tolera que la relación entre el pueblo y sus líderes sufra bajo la provocación que representa inevitablemente un “problema con los extranjeros” que ha quedado sin resolver. Cuanto más deciden los líderes de la nación “arreglar” una situación de emergencia basándose en la moral del pueblo del que exigen sacrificios materiales, tanto más claramente subrayan la exclusividad del “nosotros” nacional maltratando y echando fuera a los extranjeros salvo aquellos cuyos servicios son imprescindibles. Un Estado en una situación de emergencia debe poder fiarse de la indudable “solidaridad” en la comunidad de su pueblo; por eso la limpia de los factores de disturbio – como si el mito de las incompatibles especies humanas nacionales fuese de hecho verdad. En este sentido el Estado practica, cuando lo considera oportuno, el racismo con el cual los ciudadanos se imaginan este mismo poder estatal como su propia “identidad”; de manera teórica el Estado nunca para de cultivar intensamente este racismo.

c) Que el pueblo sea un pueblo sólo porque en él los individuos de una determinada naturaleza están unidos en una unión indestructible que corresponde a su naturaleza común – esta idea forma una parte obligatoria de cualquier doctrina estatal, así como la conclusión que exige consecuencias prácticas: que una nación sólo sea fuerte y logre superar el “reto” de “los tiempos difíciles” si su pueblo se decide a atenerse a esta virtud fundamental.

Cultivar esta idea del “pueblo” no tiene que llegar hasta el punto de edificar monumentos en el arte y en la ciencia a la “raza aria”. Forma, sin embargo, parte fundamental del pensamiento político la “conciencia histórica” con su particular doctrina de que ningún ciudadano libre puede escapar de las necesidades, obligaciones y deberes que resultan del pasado. Esta conciencia puede existir sin conocimientos, pero no sin aniversarios, actos conmemorativos etc., que glorifican la cronología nacional de explotación y guerra como la historia de una comunidad ética llamada “pueblo” que continúa viva generación tras generación. Esta figura es el punto de referencia de cualquier ideología nacional que proclama como el inalienable derecho histórico de este ficticio individuo colectivo todos los proyectos actuales que se plantea el poder estatal. Cuanto más militante el proyecto, tanto más se trata por lo menos de una “misión histórica”.

Y tanto más, de forma complementaria al imagen del propio pueblo benevolente, se especifica en qué rasgos son diferentes los extranjeros. Muchas veces es que tienen la mala suerte de ser un obstáculo para el “resurgimiento nacional”; sea porque están aquí y no en su lugar de origen, sea porque su Estado a su vez se plantea intolerables “misiones históricas”. Al instante se sabe qué tipo de individuos mediocres se tienen que segregar para que el pueblo esté bien limpio. Para proyectos fuera del territorio nacional, bien es verdad que un Estado siempre tenga sus razones estratégicas reales para la enemistad contra otros Estados; pero con su carácter abstracto, el pensamiento estratégico ya determina el contenido completo de lo que la imagen del enemigo fabrica de ella: una “lucha fatalista” entre la libertad y la barbarie socialista, entre la moralidad europea y el odio étnico balcano-eslavo, entre el occidente y el terrorismo islámico...

___________

http://www.gegenstandpunkt.com/espanol/origen-del-racismo.html

 

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Suscripcion

📚 Biblioteca Emancipación

Accede y recibe automáticamente cada nuevo libro publicado

Suscríbete gratis

📩 Contacto: emancipacionbiblioteca@gmail.com