© Libro N° 13919. La Cámara De
Los Tapices. Scott, Walter.
Emancipación. Junio 7 de 2025
Título Original: © La Cámara De Los Tapices. Walter
Scott
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Tapices. Walter Scott
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LA CÁMARA DE LOS TAPICES
Walter Scott
La Cámara De
Los Tapices
Walter Scott
LA CÁMARA DE LOS TAPICES
Walter Scott
(1829)
Hacia finales de la guerra norteamericana, cuando
los oficiales del ejército de Lord Cornwallis que se rin-dieron en la ciudad de
York, y otros, que habían sido hechos prisioneros durante la imprudente y
desafortu-nada contienda, estaban regresando a su país a relatar sus aventuras
y reponerse de las fatigas, había entre ellos un oficial con grado de general
llamado Browne. Era un oficial de mérito, así como un caballero muy considerado
por sus orígenes y por sus prendas. Ciertos asuntos habían llevado al General
Browne a hacer un recorrido por los condados occidentales, cuando, al concluir
una jornada matinal, se encontró en las proximidades de una pequeña ciudad de
provin- cias que presentaba una vista de incomparable belleza y unos rasgos
marcadamente ingleses. El pueblo, con su antigua y majestuosa iglesia, cuyas
torres daban testimonio de la devoción de épocas muy pretéritas, se alzaba en
medio de praderas y pequeños campos de cereal, rodeados y divididos por hileras
de setos vivos de gran tamaño y edad. Había pocas se- ñales de los adelantos
modernos. Los alrededores del lugar no delataban ni el abandono de la
decadencia ni el bullicio de la innovación; las casas eran viejas, pero estaban
bien reparadas; y el hermoso riachuelo fluía libre y rumoroso por su cauce, a
la izquierda del pue-blo, sin una presa que lo contuviera ni ningún camino que
lo bordease para remolcar. Sobre un suave pro-montorio, casi una milla al sur
del pueblo, se distin-guían, entre abundantes robles venerables y el
enma-rañado matorral, las torretas de un castillo tan antiguo como las guerras
entre los York y los Lancaster, pero que parecía haber sufrido importantes
reformas du-rante la época isabelina y la de los reyes siguientes. Nunca debió
ser una plaza de grandes dimensiones; pero cualesquiera que fuesen los
alojamientos que en otro tiempo ofreciera, cabía suponer que seguirían
disponibles dentro de sus murallas; al menos eso fue lo que dedujo el General
Browne observando el humo que se elevaba alegremente de algunas de las chimeneas
talladas y festoneadas. La tapia del parque corría a lo largo del camino real
durante doscientas o trescientas yardas; y desde los distintos puntos en que el
ojo vislumbraba el aspecto del bosque interior, daba la sensación de estar muy
poblado. Sucesiva- mente, se abrían otras perspectivas: una íntegra de la
fachada del antiguo castillo y una visión lateral de sus muy especiales torres;
en éstas abundaban los recar-gamientos del estilo isabelino, mientras la
sencillez y solidez de otras partes del edificio parecían indicar que hubiera
sido erigido más con ánimo defensivo que de ostentación. Encantado con las
vistas parciales del castillo que captaba entre los árboles y los claros que
rodeaban la antigua fortaleza feudal, nuestro viajero castrense se decidió a
preguntar si merecía la pena verlo más de cerca y si albergaba retratos de
familia u otros obje- tos curiosos que pudieran contemplar los visitantes; y
entonces, al alejarse de las inmediaciones del parque, penetró en una calle
limpia y bien pavimentada, y se detuvo en la puerta de una posada muy
concurrida. Antes de solicitar los caballos con los que proseguir el viaje, el
General Browne hizo preguntas sobre el propietario del palacio que tanta
admiración le había despertado, y le sorprendió y complació oír por res- puesta
el nombre de un aristócrata a quien nosotros llamaremos Lord Woodville. ¡
Qué suerte la suya! Buena parte de los primeros
recuerdos de Browne, tanto en el colegio como en la universidad, estaban
vinculados al joven Woodville, el mismo que, como pudo cer- ciorarse con unas
cuantas preguntas, resultaba ser el propietario de aquella hermosa finca.
Woodville había ascendido a la dignidad de par al morir su padre po- cos meses
antes y, según supo el general por boca del posadero, habiendo concluido el
tiempo de luto, ahora estaba tomando posesión de los dominios paternos, en la
alegre estación del festivo otoño, acompañado por un selecto grupo de amigos
con quienes disfrutaba de todo lo que ofrecía una campiña famosa por su abun-
dante caza. Estas noticias eran deliciosas para nuestro viajero. Frank
Woodville había sido el colegial que le hizo de asistente en Eton y su íntimo
amigo en la Iglesia de Cristo; sus placeres y sus deberes habían sido los
mis-mos; y el honrado corazón del militar se emocionó al encontrar al amigo de
la juventud en posesión de una residencia tan encantadora y de una hacienda,
según le aseguró el posadero con un movimiento de cabeza y un guiño, más que
suficiente para sostener y acre-centar su dignidad. Nada más natural para este
viajero que suspender el viaje, que no corría la más mínima prisa, para rendir
visita al antiguo amigo en tan agra- dables circunstancias. Por lo tanto, los
caballos de refresco sólo tuvieron la breve tarea de acarrear el carruaje del
general al castillo de Woodville. Un portero le abrió paso a una moderna logia
gótica, construida en un estilo a juego con el del castillo, y al tiempo tocó
una campana para advertir de la llegada del visitante. En apariencia, el sonido
de la campana debió suspender la partida del grupo, dedicado a diversos
entretenimientos ma-tinales; pues, al entrar en el patio del palacio, había
varios jóvenes en ropa de recreo repantigados y mi-rando, y criticando, los
perros que los guardabosques tenían dispuestos para participar en sus
pasatiempos. Al apearse el General Browne, el joven lord salió a la puerta del
vestíbulo y durante un instante estuvo ob-servando como si fuera un extraño el
aspecto de su amigo, en el que la guerra, con sus penalidades y sus heridas,
había producido grandes cambios. Pero la in- certidumbre sólo perduró hasta que
hubo hablado el visitante, y la alborozada bienvenida que siguió fue de esas
que sólo se intercambian entre quienes han
pasado juntos los días felices de la despreocupada
infan- cia y la primera juventud. -Si algún deseo hubiera podido yo tener, mi
querido Browne -dijo Lord Woodville-, hubiera sido el de tener- te aquí, a ti
mejor que a nadie, en esta ocasión, que mis amigos están dispuestos a convertir
en una especie de vacaciones. No te creas que no se te han seguido los pasos
durante los años en que has estado ausente. He ido siguiendo los peligros por
los que has pasado, tus triunfos e infortunios, y me ha complacido saber que,
tanto en la victoria como en la derrota, el nombre de mi viejo amigo siempre ha
merecido aplausos El general le dio la pertinente réplica y felicitó a su amigo
por su nueva dignidad y por poseer una casa y una finca tan hermosas. -Pero si
todavía no has visto nada -dijo Lord Woodvi- lle-; y cuento con que no pienses
en dejarnos hasta haberte familiarizado con todo esto. Cierto es, lo con-
fieso, que el grupo que ahora me acompaña es bastan- te numeroso y que la vieja
casa, como otros lugares de este tipo, no dispone de tantos alojamientos como
prometen las dimensiones de la tapia. Pero podemos proporcionarte un cómodo
cuarto a la antigua; y me aventuro a suponer que tus campañas te habrán habi-
tuado a sentirte a gusto en peores condiciones. El general se encogió de
hombros y se echó a reír. -Presumo -dijo- que el peor aposento de tu palacio es
notablemente mejor que el viejo tonel de tabaco donde me vi obligado a alojarme
por la noche cuando estuve en la Maleza, como le llaman los virginianos, con el
cuerpo expedicionario. Allí me tumbaba, como el propio Diógenes, tan satisfecho
de protegerme de los elementos que, aunque en vano, traté de llevarme conmigo
el barril a mi siguiente acuartelamiento; pero el que a la sazón era mi
comandante no consintió tal lujo y hube de decir adiós a mi querido barril con
lágri- mas en los ojos. -Pues muy bien. Puesto que no temes a tu alojamien- to
-dijo Lord Woodville-, te quedarás conmigo por lo menos una semana. Tenemos
montones de escopetas, perros, cañas de pescar, moscas y material para
en-tretenernos por mar y tierra: no es fácil divertirse, pero contamos con
medios para conseguirlo. Y si prefieres las escopetas y los pointers, yo mismo
te acompañaré y comprobaré si has mejorado la puntería viviendo en-tre los indios
de las lejanas colonias. El general aceptó de buena gana todos los puntos de la
amistosa invitación de su amigo. Después de una mañana de viril ejercicio, el
grupo se reunió a comer y Lord Woodville se complació en poner de relieve las
altas cualidades de su recobrado amigo, recomen-dándolo de este modo a sus
invitados, muchos de los cuales eran personas muy distinguidas. Hizo que el
General Browne hablara de las escenas que había pre- senciado; y, como en cada
palabra se ponía de mani- fiesto por igual el oficial valeroso y el hombre
pruden- te, que sabía mantener el juicio frío frente a los más inminentes
peligros, el grupo miraba al soldado con general respeto, como a quien ha
demostrado ante sí mismo poseer una provisión de valor personal poco común, ese
atributo que es, entre todos, el que todo mundo desea que se le reconozca. El
día concluyó en el castillo de Woodville como es ha- bitual en tales mansiones.
La hospitalidad se mantuvo dentro de los límites del orden; la música, en la
que era diestro el joven lord, sucedió a las copas; las cartas y el billar
estuvieron a disposición de quienes preferían estos entretenimientos; pero el
ejercicio de la mañana requería madrugar, y no mucho después de las once
comenzaron a retirarse los huéspedes a sus respecti- vas habitaciones. El señor
de la casa en persona condujo a su amigo, el General Browne, a la cámara que le
había destinado, que respondía a la descripción que había hecho, pues era
confortable pero a la antigua. El lecho era de esos imponentes que se
utilizaban a finales del siglo XVII y las cortinas de seda descolorida estaban
profusa- mente adornadas con oro deslustrado. En cambio, las sábanas, los
almohadones y las mantas le parecieron una delicia al soldado, que recordaba su
otra mansión, el barril. Había algo tenebroso en los tapices que, con los
ornamentos desgastados, cubrían las paredes de la reducida cámara y ondulaban
brevemente al colarse la brisa otoñal por la vieja ventana enrejada, la cual
daba golpes y silbaba al abrirse paso el aire. También el lavabo, con el espejo
rematado en turbante, al estilo de principios de siglo, con su peinador de seda
color morado y su centenar de estuches de formas extravagantes, previstos para
tocados en desuso desde hacía cincuenta años, tenía un aspecto vetusto a la vez
que melancólico. Pero nada hubiera podido dar una luz más resplandeciente y
alegre que las dos grandes velas de cera; y si algo podía hacerles la competen-
cia eran los luminosos y flamantes haces de leña de la chimenea, que irradiaban
a la vez luz y calor por el acogedor cuarto. Éste, no obstante lo anticuado de
su aspecto general, no carecía de ninguna de las como- didades que las
costumbres modernas hacen necesa- rias o deseables. -Es un dormitorio a la
antigua, general -dijo el joven anfitrión-, pero espero que no encuentres
motivos para echar de menos tu barril de tabaco. -No soy yo muy exigente con
las habitaciones -replicó el general-; no obstante, por mi gusto, prefiero esta
cámara, con mucha diferencia, a las alcobas más mo-dernas y vistosas de la
mansión de tu familia. Ten la seguridad de que cuando veo unidos este ambiente
de confort moderno con su venerable antigüedad, y re-cuerdo que te pertenece,
mejor alojado me siento aquí de lo que estuviera en el mejor hotel de Londres.
- Confío, y no lo dudo, en que te sentirás tan cómodo como yo te lo deseo, mi
querido general -dijo el joven aristócrata; y volviendo a desearle las buenas
noches a su huésped, le estrechó la mano y se retiró. El general volvió a mirar
en derredor y, congratulán- dose para sus adentros de su retorno a la vida
pacífica, cuyas comodidades se le hacían más sensibles al re- cordar las
privaciones y los peligros que últimamente había afrontado, se desnudó y se
dispuso a pasar una noche de sibarítico descanso. Ahora, al contrario de lo que
es habitual en el género de cuentos, dejaremos al general en posesión de su
cuarto hasta la mañana siguiente. Los huéspedes se reunieron para desayunar a
una hora temprana, sin que compareciese el General Browne, que parecía ser, de
todos lo que lo rodeaban, el invitado que más interés tenía en honrar Lord Wo-
odville. Más de una vez expresó su sorpresa por la au- sencia del general y,
finalmente, envió un criado a ver qué pasaba. El hombre volvió diciendo que el
general había estado paseando por el exterior desde primera hora de la mañana,
a despecho del tiempo, que era ne- blinoso y desapacible. -Costumbres de
soldado -dijo el joven aristócrata a sus amigos-; muchos de ellos se habitúan a
ser vigilantes y no pueden dormir después de la temprana hora en que por regla
general tienen la obligación de estar alerta. Sin embargo, la explicación que
de este modo ofreció Lord Woodville a sus invitados le pareció poco satis-
factoria a él mismo, y aguardó silencioso y abstraído el regreso del general.
Éste se apersonó una hora después de haber sonado la campanilla del desayuno.
Parecía fatigado y febril. Tenía el pelo -cuyo empolva- miento y arreglo
constituían en aquella época una de las ocupaciones más importantes de la
jornada diaria de un hombre, y decía tanto de su elegancia como en los tiempos
actuales el nudo de la corbata o su ausen- cia-despeinado, sin rizar, falto de
polvos y mojado de rocío. Llevaba las ropas desordenadas y puestas de cualquier
modo, lo cual llamaba la atención en un mi- litar, entre cuyos deberes diarios,
reales o supuestos, suele incluirse el cuidado de su atavío; y tenía el sem-
blante demacrado y hasta cierto punto cadavérico. -Te has ido de marcha a
hurtadillas esta
¿ mañana, mi querido general -dijo Lord Woodville-; o acaso no has encontrado el lecho tan de tu
gusto ¿como yo espera- ba y tú dabas por supuesto? Cómo ¡ has dormido esta
noche? - Oh, de mil
maravillas!
¡Estupendo! No he dormido mejor en mi vida -dijo
rápidamente el General Browne, pero con un aire de embarazo que era evidente
para su amigo. Luego, a toda prisa, se tragó una taza de té y, desatendiendo o
rechazando todo cuanto se le ofrecía, pareció sumirse en sus pensamientos. -Hoy
saldrás con la escopeta, general -dijo el amigo y anfitrión, pero hubo que
repetir dos veces la propuesta antes de recibir la abrupta respuesta: -No,
señor; lo siento, pero no puedo aceptar el honor de pasar otro día en tu mansión;
he pedido mis caba- llos de posta, que estarán aquí dentro de muy poco. Todos
los presentes demostraron su sorpresa y Lord Woodville replicó inmediatamente:
- Caballos de posta, mi buen amigo! ¿Para qué vas a necesitarlos si me
prometiste permanecer tranquila- mente conmigo durante una semana? -Tal vez
-dijo el general, visiblemente turbado-, con la alegría del primer momento, al
volverme a encon- trar contigo, tal vez dijera de permanecer aquí algunos días;
pero posteriormente he caído en la cuenta de que me es imposible. -Esto es
increíble -dijo el joven aristócrata-.
Ayer parecías no tener ninguna clase de compromisos
y no es posible que hoy te haya convocado nadie, pues no ha venido el correo
del pueblo y, por lo tanto, no has podi- do recibir ninguna carta. Sin ninguna
otra explicación, el general musitó algo sobre un asunto inaplazable e insistió
en la absoluta necesidad de su marcha, en unos términos que aca- llaron toda
oposición por parte de su amigo, que com- prendió que había tomado una decisión
y se abstuvo de ser impertinente. -Pero, por lo menos -dijo-, permíteme, mi
querido Browne, puesto que quieres o debes irte, que te mues- tre el panorama
desde la terraza, pues la niebla se está levantando y pronto será visible.
Abrió una ventana de guillotina y salió a la terraza mientras hablaba. El
general lo siguió mecánicamen- te, pero parecía atender poco a lo que iba
diciendo su anfitrión mientras, de cara al amplio y espléndido panorama,
señalaba distintos motivos dignos de con- templarse. De este modo fueron
avanzando hasta que Lord Woodville hubo conseguido el propósito de aislar por
completo a su amigo del resto de los huéspedes; entonces, dándose media vuelta
con gran solemnidad en el porte, se dirigió a él de este modo: -Richard Browne,
mi viejo y muy querido amigo, ahora estamos solos. Permíteme que te conjure a
contestar- me bajo palabra de amigo y por tu honor de soldado. Cómo has pasado,
en realidad, la noche? -Verdaderamente, de un modo penosísimo, señor -respondió
el general, con el mismo tono solemne-; tan penoso que no querría correr el
riesgo de una se- gunda noche semejante, ni por todas las tierras que
pertenecen a este castillo ni por todo el campo que es- toy viendo desde este
elevado mirador. -Esto es todavía más extraordinario -dijo el joven lord como
si hablara para sí-; entonces debe haber algo de verdad en los rumores sobre
ese cuarto-. Dirigiéndose de nuevo al general, dijo-: Por Dios, mi querido
amigo, sé honrado conmigo y cuéntame cuáles han sido las molestias concretas
que has padecido bajo un techo donde, por voluntad del propietario, no hubieras
debi- do hallar más que bienestar. El general dio la sensación de angustiarse
ante el re- querimiento y tardó unos momentos en contestar: -Mi querido señor
-dijo al cabo-, lo que ha sucedido la pasada noche es de una naturaleza tan
peculiar y desagradable que me costaría entrar en detalles in- cluso contigo,
si no fuera porque, independientemente de mi deseo de complacer cualquier
petición tuya, creo que mi sinceridad puede conducir a alguna explicación sobre
una circunstancia no menos dolorosa y miste- riosa. Para otros, lo que voy a
decir pudiera ser motivo de que se me tomara por un débil mental, un loco
su-persticioso que sufre a consecuencia de que su propia imaginación lo engaña
y confunde; pero tú me conoces desde que éramos niños y jóvenes, y no sospechas
que yo haya adquirido, en la madurez, sentimientos y fla- quezas de que estaba
libre cuando tenía menos años. Aquí hizo una pausa y su amigo le replicó: -No
dudes de mi absoluta confianza en la veracidad de lo que me participes, por
extravagante que sea; conoz- co muy bien tu firmeza de carácter para sospechar
que pudieras ser embaucado, y sé muy bien que tu sentido del honor y de la
amistad te impediría asimismo exagerar en nada lo que hayas presenciado. -Pues
entonces -dijo el general- te contaré mi historia tan bien como sepa hacerlo,
confiando en tu equidad; y eso pese a tener la convicción de que preferiría en-
frentarme a una batería mejor que repasar mental- mente los odiosos recuerdos
de esta noche. Se detuvo por segunda vez y, luego, viendo que Lord Woodville se
mantenía en silencio y en actitud de es- cuchar, comenzó, bien que no sin
manifiesta contra- riedad, la historia de sus aventuras nocturnas en la cámara
de los tapices. -Me desnudé y me acosté, tan pronto me dejaste solo anoche;
pero la leña de la chimenea, que casi estaba enfrente del lecho, ardía
resplandeciente y con vive-za, y esto, junto con el centenar de excitantes
recuer-dos de mi infancia y juventud que me había traído a la cabeza el
inesperado placer de encontrarme contigo, me impidió rendirme en seguida al
sueño. Debo decir, no obstante, que las reverberaciones del fuego eran muy
agradables y acogedoras, con lo que durante un rato dieron pie a la sensación
de haber cambiado los trabajos, las fatigas y los peligros de mi profesión por
un disfrute de una vida apacible y la reanudación de aquellos lazos amistosos y
afectivos que habían des- pedazado las rudas exigencias de la guerra. “Mientras
me iban pasando por la cabeza estos gratos pensamientos, que poco a poco me arrullaban
y adormecían, de repente me espabiló un ruido parecido al fru-fru de un vestido
de seda y a los pasos de unos za- patos de tacón, como si una mujer estuviera
paseando por el cuarto. Antes de que pudiese descorrer la cortina para ver qué
era lo que pasaba, cruzó entre la cama y la chimenea la figura de una
mujercita. La silueta estaba de espaldas a mí, pero pude observar, por la forma
de los hombros y del cuello, que correspondía a una anciana vestida con un
traje a la antigua, de esos que, creo, las damas llaman un saco; es decir, una
especie de bata, completamente suelta sobre el cuerpo, pero recogida por unos
grandes pliegues en el cuello y los hombros, que llega hasta el suelo y termina
en una especie de cola. “Pensé que era una intrusión bien extraña, pero ni por
un momento se me ocurrió la idea de que lo que veía fuese otra cosa que la
forma mortal de alguna anciana de la casa que tenía el capricho de vestirse
como su abuela y que, puesto que su señoría mencionó que andaba bastante escaso
de habitaciones, habiendo sido desalojada de su cuarto para mi acomodo, se
había olvidado de tal circunstancia y regresaba a las doce a su sitio de
costumbre. Con este convencimiento, me removí en la cama y tosí un poco, para
hacer saber al intruso que yo había tomado posesión del sitio. Ella fue dándose
la vuelta despacio, pero, santo cielo!, señor, qué semblante me mostró! Ya no
cabía la menor duda de lo que era ni cabía pensar en absoluto que fuese una
persona viva. Sobre el rostro, que presentaba las facciones rígidas de un
cadáver, llevaba impresos los rasgos de la más vil y repugnante de las pasiones
que la habían animado durante la vida. Parecía que hubiera salido de la tumba
el cuerpo de algún atroz criminal y se le hubiera devuelto el alma desde el
fuego de los condenados, para, durante un tiempo, aunarse con el viejo cómplice
de su culpa. Yo me incorporé en la cama y me senté derecho, sosteniéndome sobre
las palmas de las manos, mientras miraba fijamente aquel ho- rrible espectro.
Ella avanzó con una zancada rápida, o eso me pareció a mí, hacia el lecho donde
yo yacía, y se acuclilló, una vez arriba, precisamente en la mis- ma postura
que yo había adoptado en el paroxismo del horror, adelantando su diabólico
semblante hasta ponerlo a menos de medio metro del mío, con una mueca que
parecía expresar la maldad y el escarnio de un demonio colorado”.
Al llegar allí, el General Browne se detuvo y se
enjugó el sudor frío que le había perlado la frente al recordar la horrible
visión. -Señor -dijo-, yo no soy cobarde. He pasado por todos los peligros de
muerte propios de mi profesión y en verdad puedo presumir de que ningún hombre
ha visto a Richard Browne deshonrar la espada que luce; pero, en estas
horribles circunstancias, ante aquellos ojos y, por lo que parecía, casi
apresado por la encarnación de un espíritu maligno, toda firmeza me abandonó,
toda mi hombría se derritió dentro de mí como la cera en un horno, y sentí
ponérseme de punta todos los pelos de mi cuerpo. Dejó de circularme la sangre
por las venas y me hundí en un desvanecimiento, más víctima del te- rror y del
pánico que lo haya sido nunca una moza de aldea o un niño de diez años. Me es
imposible conjetu- rar durante cuánto tiempo estuve en ese estado. “Pero me
despertó el reloj del castillo al dar la una, con tanta fuerza que tuve la
impresión de que sona- ba dentro del cuarto. Transcurrió algún tiempo antes de
que osara abrir los ojos, no fuesen a encontrar de nuevo la horripilante
visión. No obstante, cuando reuní valor para mirar, la mujer ya no se veía. Mi
primera idea fue tocar la campanilla, despertar a los criados y trasladarme a
un desván o un henil, con tal de estar seguro de no recibir una segunda visita.
Pero, he de confesar la verdad, mi decisión se vio alterada, no por la
vergüenza de ponerme en evidencia, sino por el miedo que me daba de que, al ir
hasta la chimenea, junto a la cual colgaba el cordón de la campanilla, volviera
a interponérseme la diabólica mujer, que, me imaginaba yo, debía seguir al
acecho en cualquier rincón de la alcoba. “No intentaré describirte qué
paroxismos de calor y de frío me atormentaron durante el resto de la noche, en
medio de las cabezadas, las vigilias penosas y ese estado incierto que es la
tierra de nadie que los separa. Parecía que un centenar de objetos terribles me
rondaran; pero había una gran diferencia entre la visión que te he descrito y esas
otras que siguieron, de modo que yo me daba cuenta de que las últimas eran
supercherías de mi imaginación y de mis nervios. “Por fin clareó el día, y me
levanté de la cama, con el cuerpo enfermo y el espíritu humillado. Estaba aver-
gonzado de mí mismo, como hombre y
como soldado, más aún al percibir mis vivísimos
deseos de huir del cuarto embrujado, deseos que, no obstante, se imponían sobre
todas las demás consideraciones; de manera que, echándome encima las ropas a
toda pri-sa, sin el menor cuidado, escapé de tu mansión para buscar en el aire
libre algún alivio a mis nervios, que estaban perturbados por el horrible
encuentro con el visitante del otro mundo, pues no otra cosa creo que fuese
aquella mujer. Ahora conoces las causas de mi desasosiego y de mi repentino deseo
de abandonar tu hospitalario castillo. Confío en ¡que podremos vernos a menudo
en otros lugares; pero Dios me libre de pasar jamás una segunda noche bajo este
techo! Aunque el relato del general era extravagante, había hablado con tal
tono de profunda convicción que no daba pie a los comentarios que suelen
despertar tales historias. Lord Woodville no le preguntó ni una sola vez si
estaba seguro de que la aparición no había sido un sueño ni propuso ninguna de
las explicaciones en boga para justificar las apariciones sobrenaturales, como
las excentricidades de la imaginación o los engaños de los nervios ópticos. Por
el contrario, se mostró profun-damente impresionado por la veracidad y
autenticidad de lo que acababa de oír; y, luego de un largo silencio, se dolió,
con abiertos visos de sinceridad, de que aquel amigo de la juventud lo hubiese
pasado tan mal en su casa. -Lamento tanto más tu malestar, mi querido Brow-ne
-dijo-, cuanto que la desgracia es consecuencia, aunque imprevisible, de un
experimento mío. Debes saber que, al menos en los tiempos de mi padre y de mi
abuelo, la habitación que te asigné anoche estuvo cerrada por los rumores de
que allí ocurrían ruidos y visiones sobrenaturales. Cuando tomé posesión de la
hacienda, hace pocas semanas, pensé que el castillo no ofrecía suficientes
aposentos a mis invitados como para permitir que los habitantes del mundo
invisible retuvieran para sí una alcoba tan confortable. Por eso hice que
abrieran la cámara de los tapices, que es como la llamamos; y sin destruir su
ambiente vetusto, hice que le agregaran el mobiliario que imponen los tiempos
modernos. Pero, como la idea de que el cuarto estaba embrujado seguía
firmemente arraigada en- tre los criados, y también era conocida en el
vecindario y por muchos de mis amigos, temí que los prejuicios del primer
ocupante de la Cámara de los Tapices reavivaran la mala fama de que es objeto,
frustrándose así mis intenciones de convertirla en parte útil de la casa. Debo
confesarte, mi querido Browne, que tu llegada de ayer, tan de mi agrado por
otras mil razones, me pareció la ocasión ideal para acabar con esos desagra-
dables cuentos sobre tal cuarto, puesto que tu valor estaba fuera de toda duda
y tu entendimiento libre de todo temor preconcebido. En consecuencia, no hubie-
ra podido elegir mejor sujeto para mi experiencia. -Por mi vida -dijo el
General Browne, con algo de precipitación-, que te quedo infinitamente
obligado, ver- daderamente reconocido. Es muy probable que durante algún tiempo
recuerde las consecuencias del experimento, según gustas denominarlo. -No,
ahora estás siendo injusto, mi querido amigo -dijo Lord Woodville-. Bastará con
que reflexiones un mo- mento para convencerte de que yo no podía prever la
posibilidad de exponerte a las angustias que desgra- ciadamente has sufrido.
Ayer por la mañana yo era ab- solutamente escéptico en cuanto a las apariciones
so- brenaturales. Pero estoy seguro de que si te hubieran hablado de la
habitación, esos mismos rumores te ha- brían impulsado, por tu propio gusto, a
elegirla como dormitorio. Ese ha sido mi revés, quizás mi error, pero que de
verdad no puede calificarse de falta:
haber dado¡ lugar a que tú hayas sufrido de un modo
tan increíble. - Verdaderamente increíble! -dijo el general, recuperando el
buen humor-. Y reconozco que no tengo derecho a estar ofendido contigo por
haberme tratado tal y como yo acostumbro a considerarme a mí mismo: un hombre
firme y valiente. Pero veo que han llegado mis caballos de posta, y no quiero
interrumpir tus di- versiones. -Pero, viejo amigo -dijo Lord Woodville-, ya que
no te es posible permanecer con nosotros ni un día más, lo cual, desde luego,
no tengo derecho a exigirte, concédeme al menos otra media hora. A ti te
gustaban los cuadros, y yo tengo una galería de retratos, algunos de ellos de
Van Dyke, que representan a los antepasados a quienes per- tenecieron esta
hacienda y este castillo. Creo que varios de ellos te impresionarán por su gran
mérito. El General Browne aceptó la invitación, aunque no de muy buena gana.
Era evidente que no respiraría con libertad y a sus anchas hasta haber dejado a
sus es-paldas el castillo de Woodville. No obstante, no podía rechazar la
invitación de su amigo; y mucho menos
cuanto que estaba un poco avergonzado por el mal
humor que había mostrado a su bienintencionado an-fitrión. Así pues, el general
siguió a Lord Woodville por varias salas hasta la galería donde estaban
expuestos los cuadros, que este último fue señalando a su huésped, diciéndole
los nombres y contándole algunas cosas sobre los sucesivos personajes cuyos
retratos con-templaban. Al General Browne le interesaban muy poco los
pormenores de los que se le iba informando. Los cuadros, de hecho, eran muy del
estilo de todos los que se ven en las antiguas galerías familiares: un
caballero que había arruinado su hacienda al servicio del rey, una hermosa dama
que la había restaurado contrayendo matrimonio con un acaudalado puritano, un
caballero galante que se había arriesgado a man- tener correspondencia con la
corte exiliada de St Ger- main, otro que había tomado las armas en favor de Wi-
lliam Cromwell durante la revolución, y otro que había volcado alternativamente
su peso en el platillo de los whig y en el de los tory. Mientras Lord Woodville
atiborraba con estas palabras los oídos de su huésped, como se ceba a los pavos,
al- canzaron el centro de la galería. De pronto, el general se sobresaltó y
adoptó una actitud casi de asombro, no sin algo de temor, al recaer sus ojos,
súbitamente atraídos por el cuadro, sobre el retrato de una anciana dama
vestida según lausanza de la moda de finales del siglo XVII. - Ésta es! -
exclamó-. Ésta es, por el tipo y por los ras- gos, aunque la expresión no
llegue a ser tan demoníaca como la de la detestable mujer que me visitó anoche.
-Si es así -dijo el joven aristócrata-, ya no queda ningu- na duda sobre la
horrible realidad de la aparición. Este retrato es de una desdichada antepasada
mía sobre cuyos crímenes se conserva una siniestra y espantosa relación en una
historia de mi familia que guardo en mi escritorio. Enumerarlos sería demasiado
horrible; basta decir que en tu funesto dormitorio se cometió un incesto y un
asesinato perverso. Lo devolveré al aislamiento al que lo habían confinado
quienes me precedieron; y nadie, mientras yo pueda impedirlo, se expondrá a que
se repitan los horrores sobrenaturales capaces de hacer vacilar un valor como
el tuyo. Así que los dos amigos, que con tanto regocijo se ha- bían encontrado,
se despidieron con muy distintos ánimos: Lord Woodville pensando en ordenar que
la cámara de los tapicesfuese desmantelada y cegada la puerta; el General
Browne decidido a buscar, en algún paraje menos hermoso y con algún amigo menos
en- cumbrado, el olvido de la deplorable noche que había pasado en el castillo
de Woodville.

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