© Libro N° 13918. La Búsqueda De La Dignidad. Lispector, Clarice. Emancipación. Junio 7 de 2025
Título Original: © La
Búsqueda De La Dignidad. Clarice Lispector
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Dignidad. Clarice Lispector
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Clarice Lispector
La Búsqueda
De La Dignidad
Clarice Lispector
LA BÚSQUEDA DE LA DIGNIDAD
Clarice Lispector
La señora de Jorge B. Xavier simplemente no sabía
decir cómo había entrado. Por la puerta principal no fue. Le parecía que
vagamente soñadora había entrado por una especie de estrecha abertura en medio
de los escombros de la construcción en obras, como si hubiera entrado de
soslayo por un agujero hecho solo para ella. El hecho es que cuando se dio
cuenta, ya estaba adentro.
Y cuando se dio cuenta, advirtió que estaba muy,
muy adentro. Caminaba interminablemente por los subterráneos del estadio de
Maracaná, o por lo menos le parecían cavernas estrechas que daban a salas
cerradas y, cuando se abrían, las salas solo tenían una ventana que daba al
estadio. Este, a aquella hora oscuramente despierto, reverberaba al extremo sol
de un calor inusitado para aquel día de pleno invierno.
Entonces siguió por un corredor sombrío. Este la
llevó igualmente a otro más sombrío. Le pareció que el techo de los
subterráneos era bajo.
Y he aquí que este corredor la llevó a otro que la
llevó a su vez a otro.
Dobló el corredor desierto. Y entonces cayó en otra
esquina. Que la llevó a otro corredor que desembocó en otra esquina.
Entonces continuó automáticamente entrando en
corredores que siempre daban a otros corredores. ¿Dónde estaría la sala
principal? Pues con esta encontraría a las personas con quienes fijara la cita.
La conferencia quizás ya habría comenzado. Iba a perderla, justamente ella que
se esforzaba en no perder nada de cultural porque así se mantenía joven por
dentro, ya que por fuera nadie adivinaba que tenía casi setenta años, todos le
daban unos cincuenta y siete.
Pero ahora, perdida en los meandros internos y
oscuros de Maracaná, ya arrastraba pies pesados de vieja.
Fue entonces cuando súbitamente encontró en un
corredor a un hombre surgido de la nada y le preguntó por la conferencia que el
hombre dijo ignorar. Pero ese hombre pidió información a un segundo hombre que
también surgió repentinamente al doblar el corredor.
Entonces este segundo hombre informó que había
visto cerca de los asientos de la derecha, en pleno estadio abierto, a «dos
damas y un caballero, una de rojo». La señora Xavier dudaba que esas personas
fueran al grupo con el que ella debía encontrarse antes de la conferencia y, en
realidad, ya había olvidado el motivo por el cual caminaba sin parar. De
cualquier modo siguió al hombre rumbo al estadio, donde se detuvo ofuscada en
el espacio hueco de luz ancha y mudez abierta, el estadio desnudo desventrado,
sin balón ni fútbol. Además, sin gente. Había una multitud que existía por el
vacío de su ausencia absoluta.
¿Las dos damas y el caballero ya habrían
desaparecido por algún corredor?
Entonces, el hombre dijo con un desafío exagerado:
-Pues voy a buscarlas para usted y encontraré a
esas personas de cualquier manera, no pueden haber desaparecido en el aire.
Y, en efecto, ambos las vieron de muy lejos. Pero
un segundo después volvieron a desaparecer. Parecía un juego infantil en que
carcajadas amordazadas se reían de la señora de Jorge B. Xavier.
Entonces entró con el hombre en otros corredores.
Hasta que el hombre también desapareció en una esquina.
La señora desistió ya de la conferencia que en el
fondo poco le importaba. Lo que quería era salir de aquella maraña de caminos
sin fin. ¿No habría puerta de salida? Entonces sintió como si estuviera dentro
de un ascensor descompuesto entre un piso y otro. ¿No habría puerta de salida?
Fue entonces cuando súbitamente se acordó de las
palabras informativas de la amiga, por teléfono: «Queda más o menos cerca del
estadio de Maracaná». Frente a ese recuerdo comprendió su engaño de persona
tonta y distraída que solo escucha las cosas por la mitad, y la otra queda
sumergida. La señora Xavier era muy distraída. Entonces, pues, no era en
Maracaná el encuentro, era cerca de allí. Entretanto, su pequeño destino la
tenía perdida en el laberinto.
Sí, entonces la lucha recomenzó peor todavía:
quería salir por fuerza de allí y no sabía cómo ni por dónde.
Y de nuevo apareció en el corredor aquel hombre que
buscaba a las personas y que otra vez le aseguró que las encontraría porque no
podían haber desaparecido en el aire. Él dijo:
-¡La gente no puede desaparecer en el aire!
La señora informó:
-No hay necesidad de que se incomode buscando,
¿sabe? Gracias, igual. Porque el lugar donde debo encontrar a esa gente no es
Maracaná.
El hombre dejó de andar inmediatamente y la miró,
perplejo:
-Entonces, ¿qué hace usted por aquí?
Ella quiso explicar que su vida era así mismo, pero
ni siquiera sabía qué quería decir con «así mismo», ni con «su vida», de modo
que nada respondió. El hombre insistió en la pregunta, entre desconfiado y
cauteloso: ¿qué estaba haciendo allí? Nada, respondió solo con el pensamiento
la mujer, ya a punto de caer de cansancio. Pero no le respondió, le dejó creer
que estaba loca. Además, ella nunca se explicaba. Sabía que el hombre la creía
loca -y quizás lo fuera-, pues sentía aquella cosa que ella llamaba «aquello»
por vergüenza. Aunque también tenía la llamada salud mental tan buena que solo
podía compararla con su salud física. Salud física ahora destrozada, pues
arrastraba los pies de muchos años de camino por el laberinto. Su vía crucis.
Estaba vestida de lana muy gruesa y sofocada y sudada con el inesperado calor
de un auge de verano, ese día de verano que era un vicio de invierno. Le dolían
las piernas, le dolían con el peso de la vieja cruz. Ya estaba resignada de
algún modo a no salir nunca del Maracaná y a morir allí con el corazón exangüe.
Entonces, como siempre, solo después de desistir de
las cosas deseadas, estas ocurrían. Lo que se le ocurrió de repente fue una
idea: «Soy una vieja loca». ¿Por qué en vez de continuar preguntando por las
personas que no estaban allí, no buscaba al hombre y le preguntaba cómo se
salía de los corredores? Porque lo que quería era solo salir y no encontrarse
con nadie.
Encontró finalmente al hombre, al doblar una
esquina. Y le habló con la voz un poco trémula y ronca por el cansancio y el
miedo de que la esperanza fuera vana. El hombre, desconfiado, estuvo de acuerdo
rápidamente con que ella se fuera a su casa y le dijo, con cuidado:
-Parece que usted no está muy bien de la cabeza,
quizás sea el calor extremo.
Dicho esto, el hombre simplemente entró con ella en
el primer corredor y en la esquina aparecieron dos largos portones abiertos.
¿Solo eso? ¿Era tan fácil?
Tan fácil.
Entonces ella pensó que solo para ella se había
vuelto imposible hallar la salida. La señora Xavier estaba un poco asustada y
al mismo tiempo, acostumbrada. En cierto sentido, cada uno tenía su propio
camino a recorrer interminablemente, formando esto parte del destino, en el que
ella no sabía si creía o no.
Pasó un taxi. Lo mandó detenerse y dijo,
controlando la voz que estaba cada vez más vieja y cansada:
-Oiga, no sé bien la dirección, la olvidé. Pero sé
que la casa queda en una calle (solo recuerdo que se llama «Guzmán») y que hace
esquina con una calle que si no me equivoco se llama Coronel no sé qué.
El conductor fue paciente como con una niña:
-Pues entonces no se preocupe, vamos a buscar
tranquilamente una calle que tenga Guzmán en el medio y Coronel en el fin
-dijo, volviéndose hacia atrás con una sonrisa y guiñándole un ojo de
complicidad que parecía indecente. Partieron con una sacudida que le estremeció
las entrañas.
Entonces, súbitamente, reconoció a las personas que
buscaba y que se encontraban en la acera de enfrente, junto a una casa grande.
Era como si la finalidad fuese llegar y no escuchar la conferencia que a esa
hora estaba olvidada, pues la señora Xavier había olvidado su objetivo. Y no
sabía por qué había caminado tanto.
Estaba cansada más allá de sus fuerzas y quiso
irse, la conferencia era una pesadilla. Entonces le pidió a una mujer
importante y vagamente conocida que tenía auto con chofer que la llevara a su
casa porque no se sentía bien con aquel calor tan raro. El chofer llegaría
dentro de una hora. Entonces se sentó en una silla que había en el corredor, se
sentó muy tiesa con su cinturón apretado, lejos de la cultura que se
desarrollaba enfrente, en la sala cerrada. De la cual no salía sonido alguno.
Poco le importaba la cultura. Allí estaba, en los laberintos de sesenta
segundos y de sesenta minutos que la conducirían a una hora.
Entonces la mujer importante vino y le dijo que el
auto estaba en la puerta, pero que le informaba que, como el chófer había
avisado que iba a tardar mucho, en vista de que la señora no lo estaba pasando
bien, paró al primer taxi que vio. ¿Por qué ella no había tenido la idea de
llamar un taxi, en lugar de estar dispuesta a someterse a los meandros del
tiempo de espera? Entonces, la señora de Jorge B. Xavier se lo agradeció con
extrema delicadeza. Ella siempre era muy delicada y educada. Ya en el taxi, dijo:
-Leblon, por favor.
Tenía la cabeza hueca, le parecía que su cabeza
estaba en ayunas.
Al poco notó que andaban y andaban pero que otra
vez terminaban por regresar a una misma plaza. ¿Por qué no salían de allí?
¿Otra vez no había camino de salida? El conductor acabó confesando que no
conocía la zona Sur, que solo trabajaba en la zona Norte. Y ella no sabía cómo
enseñarle el camino. Cada vez le pesaba más la cruz de los años y la nueva
falta de salida solo renovaba la magia negra de los corredores de Maracaná. ¡No
había modo de librarse de esa plaza! Entonces el chofer le dijo que tomara otro
taxi, y hasta llegó a hacerle una señal a otro que pasó a su lado. Ella se lo
agradeció comedidamente, era ceremoniosa con la gente, aun con los conocidos.
Era muy gentil. En el nuevo taxi, dijo tímidamente:
-Si no le incomoda, vamos a Leblon.
Y simplemente salieron enseguida de la plaza y
entraron en nuevas calles.
Fue al abrir con la llave la puerta del apartamento
cuando tuvo el deseo, ganas, mentalmente y con la imaginación, de sollozar en
voz alta. Pero no era persona de sollozar ni de protestar. De paso le avisó a
la criada que no iba a atender el teléfono. Fue directamente a su habitación,
se quitó toda la ropa, tragó una pastilla sin agua y esperó a que diera
resultado.
Mientras tanto, fumaba. Se acordó de que era el mes
de agosto y pensó que agosto daba mala suerte. Pero septiembre llegaría un día
como puerta de salida. Y septiembre era por algún motivo el mes de mayo: un mes
más leve y más transparente. Pensando en eso, la somnolencia finalmente llegó y
se adormeció.
Cuando despertó, horas después, vio que llovía una
lluvia fina y helada, hacía un frío de lámina de cuchillo. Desnuda en la cama
se congelaba. Le pareció muy curiosa la idea de una vieja desnuda. Se acordó de
que había planeado la compra de un chal de lana. Miró el reloj: todavía podía
encontrar la tienda abierta. Cogió un taxi y dijo:
-Ipanema, por favor.
El hombre le dijo:
-¿Cómo? ¿Al Jardín Botánico?
-Ipanema, por favor -repitió ella, bastante
sorprendida. Era el absurdo del desencuentro total: ¿qué había en común entre
las palabras «Ipanema» y «Jardín Botánico»?
Pero otra vez pensó vagamente que «su vida era así».
Hizo la compra rápidamente y se vio en la calle
oscura sin tener nada que hacer. Pues el señor Jorge B. Xavier había viajado a
Sao Paulo el día anterior y solo volvería al día siguiente.
Entonces, otra vez en la casa, entre tomar una
nueva píldora para dormir o hacer alguna otra cosa, optó por la segunda
hipótesis, pues se acordó de que ahora podría volver a buscar la letra de
cambio perdida. Lo poco que entendía era que aquel papel representaba dinero.
Hacía dos días que la buscaba minuciosamente por toda la casa, y hasta por la
cocina, pero en vano. Ahora se le ocurrió: ¿y por qué no debajo de la cama?
Quizás. Entonces se arrodilló en el suelo. Pero después se cansó de estar solo
apoyada en las rodillas y se apoyó también en las dos manos.
Entonces advirtió que estaba a cuatro patas.
Permaneció un tiempo así, quizás meditando, quizás
no. Quién sabe, es posible que la señora Xavier estuviera cansada de ser un
ente humano. Era una perra de cuatro patas. Sin ninguna nobleza. Perdida la
altivez última. A cuatro patas, un poco pensativa, tal vez. Pero debajo de la
cama solo había polvo.
Se levantó con bastante esfuerzo, con las
articulaciones desencajadas, y vio que no tenía más remedio que considerar con
realismo -y era un esfuerzo penoso ver la realidad-, considerar con realismo
que la letra estaba perdida y que seguir buscándola sería no salir de Maracaná.
Y como siempre, cuando había desistido de buscar,
al abrir un cajón de sábanas para sacar una encontró la letra de cambio.
Entonces, cansada por el esfuerzo de haber estado a
cuatro patas, se sentó en la cama y comenzó sin darse cuenta a llorar
mansamente. Aquel llanto parecía una letanía árabe. Hacía treinta años que no
lloraba, pero ahora estaba muy cansada. Si aquello era llanto. No lo era. Era
otra cosa. Finalmente se sonó la nariz. Entonces pensó lo siguiente: que ella
forzaría el «destino» y tendría un destino mayor. Con la fuerza de la voluntad
se consigue todo, pensó sin la menor convicción. Y eso de estar presa de un destino
le ocurría porque ya había empezado a pensar sin querer en «aquello».
Pero sucedió entonces que la mujer también pensó lo
siguiente: era demasiado tarde para tener un destino. Pensó que bien podría
hacer cualquier tipo de cambio con otro ser. Entonces se dio cuenta de que no
había con quién cambiarse: que fuese quien fuese, ella era ella y no podía
transformarse en otra única. Cada uno era único. La señora de Jorge B. Xavier
también.
Pero todo todo lo que le ocurría era todavía
preferible a sentir «aquello». Y aquello vino con sus largos corredores sin
salida. «Aquello», ahora sin ningún pudor, era el hambre dolorosa de sus
entrañas, la necesidad de ser poseída por el inalcanzable ídolo de la
televisión. No se perdía un solo programa suyo. Entonces, ya que no podía
evitar pensar en él, la cosa era entregarse y recordar el rostro aniñado de
Roberto Carlos, mi amor.
Fue a lavarse las manos sucias de polvo y se miró
en el espejo del lavabo. Entonces, la señora Xavier pensó: «Si lo deseo mucho,
pero mucho, él será mío por lo menos una noche». Creía vagamente en la fuerza
de voluntad. De nuevo se enamoró, con el deseo retorcido y estrangulado.
Pero, ¿quién sabe? Si desistiera de Roberto Carlos,
entonces las cosas entre él y ella ocurrirían. La señora Xavier meditó un poco
sobre el asunto. Entonces, expertamente, fingió que desistía de Roberto Carlos.
Pero bien sabía que el abandono mágico solo daba resultado positivo cuando era
real, no un truco cómodo de conseguir algo. La realidad exigía mucho de ella.
Se examinó en el espejo para ver si el rostro se volvía bestial bajo la
influencia de sus sentimientos. Pero era un rostro quieto que ya hacía mucho
tiempo había dejado de representar lo que sentía. Además, su rostro nunca
expresaba más que buena educación. Y ahora era solo la máscara de una mujer de
setenta años. Entonces, su cara levemente maquillada le pareció la de un
payaso. La mujer forzó una sonrisa desganada para ver si mejoraba. No mejoró.
Por fuera -vio en el espejo- ella era una cosa seca
como un higo seco. Pero por dentro no estaba seca. Parecía, por dentro, una
encía húmeda, blanda como una encía desdentada.
Entonces buscó un pensamiento que la
espiritualizara o que la secara de una vez. Pero nunca fue espiritual. Y a
causa de Roberto Carlos ella estaba envuelta en las tinieblas de la materia,
donde era profundamente anónima.
De pie en la bañera era tan anónima como una
gallina.
En una fracción de fugitivo segundo casi
inconsciente vislumbró que todas las personas son anónimas. Porque nadie es el
otro y el otro no conoce al otro. Entonces, entonces cada uno es anónimo. Y
ahora estaba enredada en aquel pozo hondo y mortal, en la revolución del
cuerpo. Cuerpo cuyo fondo no se veía y que era la oscuridad de las tinieblas
malignas de sus instintos vivos como lagartos y ratones. Y todo fuera de época,
fruto fuera de estación. ¿Por qué las otras viejas nunca le habían avisado que
eso podía ocurrir hasta el fin? En los hombres viejos había visto miradas
lúbricas. Pero en las viejas no. Fuera de estación. Y ella vivía como si
todavía fuera alguien, ella, que no era nadie.
La señora de Jorge B. Xavier era nadie.
Entonces quiso tener sentimientos bonitos y
románticos en relación a la delicadeza del rostro de Roberto Carlos. Pero no lo
consiguió: la delicadeza de él solo la llevaba a un corredor oscuro de
sensualidad. Y la condena era la lascivia. Era hambre baja: ella quería comerse
la boca de Roberto Carlos. No era romántica, ella era grosera en materia de
amor. Allí en la bañera, frente al espejo del lavabo.
Con su edad indeleblemente marcada.
Sin siquiera un pensamiento sublime que le sirviera
de lema o que ennobleciera su existencia.
Entonces empezó a deshacer el rodete de los
cabellos y a peinarlos lentamente. Necesitaban un nuevo tinte, las raíces
blancas ya asomaban. Enseguida, pensó lo siguiente: en mi vida nunca hubo un
clímax como en las historias que se leen. El clímax era Roberto Carlos.
Meditativa, concluyó que iba a morir secretamente, así como secretamente había
vivido. Pero también sabía que toda muerte es secreta.
Desde el fondo de su futura muerte imaginó ver en
el espejo la figura deseada de Roberto Carlos, con aquellos suaves cabellos
rizados que tenía. Allí estaba, presa del deseo fuera de estación, igual que el
día de verano en pleno invierno. Presa de los enmarañados corredores de
Maracaná. Presa del secreto mortal de las viejas. Solo que ella no estaba
habituada a tener casi setenta años, le faltaba práctica y no tenía la menor
experiencia.
Entonces dijo en voz alta y sin testigos:
-Robertito Carlitos.
Y agregó: «Mi amor». Oyó su voz con extrañeza como
si estuviera por primera vez haciendo, sin ningún pudor o sentimiento de culpa,
la confesión que sin embargo debería ser vergonzosa. Pensó que posiblemente
Robertito no iba a aceptar su amor porque ella tenía conciencia de que este
amor era ridículo, melosamente voluptuoso y dulzón. Y Roberto Carlos parecía
tan casto, tan asexuado.
Sus labios levemente pintados, ¿serían todavía
besables? ¿O acaso era enojoso besar boca de vieja? Examinó bien de cerca e
inexpresivamente sus propios labios. Y todavía inexpresivamente cantó en voz
baja el estribillo de la canción más famosa de Roberto Carlos: «Quiero que
usted me caliente este invierno y que todo lo demás se vaya al infierno».
Fue entonces que la señora de Jorge B. Xavier
bruscamente se dobló sobre la pila como si fuera a vomitar las vísceras e
interrumpió su vida con una mudez hecha pedazos: ¡tiene! ¡que! ¡haber! ¡una!
¡puerta! ¡de salida!
FIN

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