© Libro N° 13917. La Espada Del
Arcángel. Singh, Nalini.
Emancipación. Junio 7 de 2025
Título Original: © La Espada Del Arcángel. Nalini
Singh
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Original: © La Espada Del
Arcángel. Nalini Singh
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LA ESPADA DEL ARCÁNGEL
Nalini Singh
La Espada Del
Arcángel
Nalini Singh
LA ESPADA DEL ARCÁNGEL
Antes de isis
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
LA ESPADA DEL ARCÁNGEL
El Gremio de los Cazadores Nº4
Autor: Singh, Nalini
ISBN: 9788499897899
Generado con: QualityEbook v0.42
Antes de Isis
«—¡Papá! ¡Papá!
—Ufff, Misha. —Atrapó a su alborozado hijo, que
había bajado a la carrera el tosco camino rural, y se lo colocó sobre el brazo;
un brazo bronceado que el trabajo en los campos había llenado de músculos y
cicatrices
—: ¿Qué te da tu madre de comer?
El niño soltó una risita alegre, seguro de que su padre no lo dejaría caer.
—¿Me has traído algún dulce?
—Me ha entrado hambre de camino a casa —bromeó—. Me
temo que me lo
he comido.
La frente de Misha se llenó de arrugas, sus ojos se
entrecerraron... y luego volvió a reírse. Una risa profunda y estruendosa para
un niño tan pequeño.
—¡Papá!
Empezó a mirar en el bolsillo de la camisa de su
padre y dio un grito triunfal cuando encontró el pequeño paquete envuelto.
El hombre,
que no pudo reprimir una sonrisa ante la alegría de su hijo, levantó la mirada
y la vio en el umbral. A su esposa. Con su nueva hija en brazos. Su corazón le
dio un vuelco casi doloroso. En ocasiones tenía la impresión de que debería
avergonzarse por amar tanto a su esposa y a sus hijos,
porque los días que debía marcharse a los mercados
sentía una particular angustia... pero, a decir verdad, no le parecía
vergonzoso.
Cuando otros hombres se quejaban de sus esposas, él
se limitaba a sonreír y pensaba en la mujer de ojos rasgados y boca grande que
lo aguardaba. Ingrede detestaba su propia boca; habría preferido tener los
pequeños labios de la esposa del vecino que vivía al otro lado del llano, pero
a él le encantaba su sonrisa. Le encantaba el diente delantero torcido y la
forma en que empezaba a cecear cuando él la instaba a beber más de la cuenta
del brebaje que preparaba el hijo de ese mismo vecino.
En esos momentos, después de
dejar
el morral junto
a la puerta,
le cubrió la mejilla con la mano.
—Hola, esposa.
—Te he echado de menos, Dmitri.»
Capítulo 1
Agachado en el muelle de cemento, iluminado tan
solo por el mortecino resplandor amarillento de una farola parpadeante situada
a varios pasos de distancia, Dmitri hundió la mano en el cabello húmedo del
muerto sin molestarse en ponerse guantes e inclinó la cabeza hacia él. Elena no
aprobaría aquella violación del protocolo forense, pensó, pero la cazadora se
encontraba en Japón y no regresaría
a la
ciudad hasta dentro de tres días.
La cabeza de la víctima había sido separada del
cuerpo, todavía
desaparecido, con tajos bruscos. Probablemente el
arma utilizada fuese algún tipo de hacha pequeña. No era un trabajo limpio,
pero había cumplido su objetivo. La piel, que parecía haber sido blanca o
rosada en vida, estaba hinchada y reblandecida a causa del agua, pero el
río no
había tenido tiempo
de convertirla en limo.
—Tenía la esperanza —le dijo al ángel de alas
azules que se encontraba al otro lado del grotesco hallazgo— de poder disfrutar
de unas semanas de tranquilidad.
La reaparición de la arcángel Caliane, a quien se
había considerado muerta durante más de un milenio, había causado un revuelo
entre la población
de ángeles y vampiros. Los mortales también habían
notado algo, pero no estaban al tanto del sorprendente cambio en la estructura
de poder del Grupo de los Diez, los arcángeles que gobernaban el mundo.
Porque Caliane no era una arcángel cualquiera. Era
una anciana.
—La tranquilidad te aburre —dijo Illium mientras
jugueteaba con una fina daga entre los dedos.
Había regresado de Japón el día anterior, y
no tenía muy mal aspecto para tratarse de alguien que había
sido raptado y luego se había visto envuelto en una batalla entre arcángeles.
Dmitri sintió que sus labios se curvaban en una
sonrisa. Por desgracia,
aquel ángel con alas de color azul plateado y ojos
dorados tenía razón. Todavía no había
sucumbido al tedio que afectaba a tantos inmortales por la
sencilla razón de que jamás permanecía quieto. Por supuesto, algunos dirían que
se inclinaba demasiado hacia la otra dirección... En
compañía de aquellos que solo vivían para disfrutar del
lancinante placer de la sangre y el dolor, cualquier otra sensación que tuviera
era insignificante.
Aquella idea debería haberlo preocupado. Pero no
era el caso... y eso sí que lo preocupaba. No obstante, su descenso inexorable
hacia la seductora oscuridad rojo rubí no tenía nada que ver con la situación
de aquel momento.
—Tenía colmillos incipientes. — Los pequeños
caninos recientes eran casi traslúcidos—. Pero no es uno de
los nuestros. —Dmitri
conocía el nombre y el rostro de
todos los vampiros que vivían en
Nueva York y los alrededores—. Y
tampoco encaja con la descripción
de ninguno de los Convertidos desaparecidos en el territorio.
Illium balanceó la hoja sobre la yema de un dedo, y
el resplandor amarillento de la farola le arrancó un inesperado destello
de color
antes de que empezara
a pasársela entre
los dedos una vez más.
—Podría pertenecerle a otro. Seguramente intentó
romper su Contrato
y se metió en líos.
Puesto que siempre había algún idiota que intentaba
incumplir su parte del trato (cien años de servicio a los ángeles a cambio del
don de la casi inmortalidad), eso era muy posible. No obstante, resultaba
inexplicable que un vampiro
renegado acudiera a
Nueva York sabiendo que era el reino de un arcángel y que existía un
Gremio de cazadores dedicados a
atrapar a aquellos que decidían
huir.
—Lazos familiares —dijo Illium, que parecía haberle
leído el pensamiento—. Los vampiros
tan jóvenes siempre quieren estar cerca de sus raíces mortales.
Dmitri pensó en el esqueleto roto y
calcinado de una casa que había visitado día tras
día, noche tras noche, hasta que pasaron tantos años que ya no quedaba ninguna
señal de la pequeña cabaña que un día hubo allí. Tan solo quedaba la tierra,
cubierta de flores silvestres. Una tierra que le pertenecía. Que siempre le
pertenecería.
—Llevamos trabajando juntos demasiado tiempo,
Campanilla —dijo con la mente puesta en aquella llanura barrida por el viento
en la que una vez había bailado con una mujer sonriente mientras un
niño de ojos
brillantes tocaba las palmas.
—No
dejo de repetirlo
— respondió Illium—, pero Rafael se niega a librarse de ti. —La hoja
plateada se
movía
cada vez a más velocidad—.
¿Qué piensas de la tinta?
Tras ponerse en pie, Dmitri inclinó la cabeza
decapitada hacia el otro lado. El tatuaje que había en la parte superior
del pómulo izquierdo
del muerto (marcas negras
similares a las letras del alfabeto cirílico entremezcladas con tres frases
escritas en lo que podría ser arameo) resultaba complicado e inusual al mismo
tiempo. Y sin embargo, había algo en él que lo desconcertaba.
Había visto antes aquel tatuaje, o alguno similar,
pero había vivido casi un milenio, y el recuerdo era prácticamente una sombra.
—Debía servir para localizarlo sin problemas. —La
luz se reflejó en los
pequeños
colmillos y Dmitri comprendió algo que había pasado por
alto en un primer momento—. Si los colmillos no están maduros, todavía debía
estar en aislamiento.
Los primeros meses después de la Conversión,
mientras la toxina que transformaba a los mortales se abría camino hasta las
células, los vampiros eran criaturas descontroladas, poco más que animales.
Muchos decidían pasar la etapa de transición sumidos en un coma inducido del
que, por supuesto, debían despertar
de vez en
cuando. Dmitri había pasado los
meses siguientes a su violenta conversión atado con cadenas de hierro a un frío
suelo de piedra. Recordaba muy poco de aquel período
más
allá de la
gélida roca que
había bajo su cuerpo desnudo y el férreo aprisionamiento de los
grilletes que le rodeaban el cuello, las muñecas y los tobillos.
Sin embargo, lo que había ocurrido una vez que se
convirtió en inmortal... Eso nunca lo
olvidaría, ni aunque viviera diez mil años.
Dmitri atisbo un relampagueo azul. La luz
amarilla y parpadeante
de la farola daba
un tono estaño
a las brillantes hebras
plateadas de las plumas de Illium.
—El Gremio tiene una buena base de datos —dijo el
ángel, que plegó las alas y se
guardó la daga
al mismo tiempo.
—Sí. —Dmitri conocía formas de acceder a aquella
base de datos sin el consentimiento del Gremio y lo había hecho en muchas
ocasiones, pero tal vez fuera mejor involucrar a los cazadores en ese caso para
que lo mantuvieran al tanto de incidentes similares... Sin embargo, su
instinto, agudizado durante casi mil años de sangrienta supervivencia, le decía
que debía encargarse de aquel asunto solo, sin informar al Gremio—. ¿Dónde está
la bolsa?
Arqueó una ceja al ver la bolsa negra de basura que
le ofrecía Illium.
—Creí
que Elena te
habría enseñado algo a estas alturas.
El ángel lo miró con una
inesperada expresión solemne en sus ojos dorados
con pestañas de puntas azules, igual que su cabello.
—¿Crees que voy a caer otra vez, Dmitri? —Había
recuerdos en su voz, susurros de dolor—. ¿Que perderé mis alas?
A Dmitri no le sorprendió la pregunta. Illium
formaba parte de los Siete de Rafael,
el equipo compuesto por
ángeles y vampiros
que habían jurado lealtad
al arcángel, porque poseía una inteligencia de lo más
aguda. En esos momentos, el vampiro enfrentó su extraordinaria mirada.
—Nadie debería mirar a la mujer de un arcángel como
la miras tú.
Illium sentía debilidad por los
humanos,
y aunque Elena
era ya un ángel, poseía el corazón vulnerable de
los humanos y
aún se consideraba mortal.
El ángel de alas azules no dijo nada mientras
Dmitri metía la cabeza en el interior de la bolsa. No había ninguna otra prueba
que recoger, ya
que la cabeza había llegado
flotando por el Hudson e Illium la había recogido del río un momento antes de
que los últimos rayos de sol
desaparecieran en la negrura
de la noche.
Podría haber llegado desde
cualquier sitio.
—Ella me atrae —admitió el ángel al final—. Pero le
pertenece al sire, y pienso proteger esa relación con mi vida
—dijo tranquilo, apasionado, absoluto.
Dmitri podría haberlo dejado estar, pero allí había
algo más en juego que una simple atracción peligrosa.
—No es la traición lo que me preocupa, Illium, sino
tú.
Una caprichosa ráfaga de viento arrastró el cabello
de Illium hasta su cara.
—En Amanat —dijo, refiriéndose a la ciudad perdida
recién descubierta—, Elena dijo que me necesitaba para que la protegiera de ti.
—Esbozó una débil sonrisa—. Fue una
broma, pero le vendrá bien contar con alguien que esté
de su lado.
Dmitri
no discutió la
insinuación del ángel con respecto a sus propios sentimientos por la
cazadora del Gremio
a quien Rafael había elegido como
consorte.
—¿Estás convencido de que ella le salvó la vida
cuando atacó Lijuan?
El informe de Illium resultaba inverosímil, aunque
el propio Rafael había confirmado parte de lo que aparecía en él cuando
contactó con Dmitri poco después del despertar de Caliane.
—Solo Rafael conoce la verdad, pero yo sé muy bien
lo que vi —aseguró Illium, cuyos rasgos se tensaron al recordarlo—. Estaba
muriendo... y revivió de pronto. Y las llamas de sus manos tenían los tonos del
amanecer.
Los mismos colores suaves que mostraban algunas
partes de las alas de
Elena.
Dmitri seguía receloso. Elena era la más débil de
los ángeles, y su corazón mortal no era ni de cerca lo bastante fuerte para
sobrevivir en un mundo de arcángeles.
—Se ha convertido en una grieta permanente en la
armadura de Rafael. — Como segundo del
arcángel, Dmitri jamás aceptaría
eso, aunque había jurado protegerla y cumpliría ese
juramento hasta el fin, sin importar lo mucho que le costara.
—¿Es que ninguna mujer ha creado nunca una grieta
semejante en tu armadura? —Una de
las plumas de Illium cayó hacia el suelo, pero el viento
la arrastró al agua antes de que llegara a
tocar la superficie de cemento—. En todos los años
que te conozco, jamás has tenido una amante a la que hayas reclamado como tuya.
«Vigilaré los caminos por ti, Dmitri.»
Illium tenía poco más de quinientos años, mientras
que Dmitri tenía cerca de mil. El ángel no sabía nada de lo que había ocurrido
con anterioridad. Solo Rafael lo sabía.
—No —dijo Dmitri, una mentira con siglos de
experiencia—. La debilidad mata al hombre.
Illium dejó escapar un suspiro mientras se
acercaban a su Ferrari rojo fuego, que no podía conducir a causa de las alas.
—No pierdas tu humanidad, Dmitri
—dijo—. Es lo que te hace ser como eres.
Extendió aquellas alas de infinita belleza y se
elevó hacia el cielo con una elegancia y una fuerza que dejaban claro la clase
de ser que sería algún día.
Dmitri observó cómo el ángel se alzaba hacia
el cielo cuajado
de estrellas de Manhattan que despertaba al oscuro ritmo de la noche
hasta que no fue más que una sombra veloz sobre el negro brillante. Luego curvó
los labios en una sonrisa carente de alegría.
—Perdí la humanidad hace mucho tiempo, Campanilla.
Honor se encontraba en las profundidades
subterráneas del edificio principal de la Academia del Gremio, contemplando un
texto del siglo XIV atribuido a un tal Amadeus Berg, el legendario cazador y
explorador, cuando sonó el teléfono móvil. Dio un respingo ante el inesperado
sonido y cogió el teléfono del lugar de la mesa donde lo había dejado, junto a
las llaves.
—¿Sara? —preguntó, puesto que había reconocido
el número que aparecía en la pantalla como el teléfono
personal de la directora del Gremio.
—Hola, Honor. —Brusca. Sin tonterías. Era Sara—.
¿Dónde estás?
—En la sección de libros antiguos de la biblioteca
de la Academia.
La zona estaba poco iluminada, en deferencia a la
antigüedad de los libros allí almacenados, y se mantenía a una determinada temperatura
ambiente. Había llegado a
convertirse en un refugio para ella, ya que era un lugar en
el que pocos se aventuraban.
—Bien. No estás lejos. —Se oyó ruido de papeles—.
La Torre necesita un asesor, y
tú estás muy
bien cualificada. Cuando termines...
Honor no oyó lo que la directora dijo después,
ya que sus
oídos se llenaron de
las atronadoras palpitaciones del
flujo sanguíneo. Su rostro se calentó de tal forma que tuvo la sensación de que
la piel se le achicharraría y dejaría
expuesta la
carne.
—Sara —dijo de pronto mientras aferraba el
borde del escritorio
con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. La piel que un
día había mostrado un suave tono bronceado tenía ahora un aspecto pálido,
mortecino
—, ya sabes que no puedo. —El terror eliminaba cualquier
resquicio de orgullo.
—Sí, sí que puedes. —El tono de Sara era amable,
pero firme—. No permitiré que te
entierres en la Academia para siempre.
Honor apretó el móvil que sujetaba en la mano. El
corazón le latía de una forma tan errática y acelerada que resultaba doloroso.
—¿Y si quiero enterrarme aquí? — preguntó después
de encontrar el coraje para luchar en ese mismo miedo aterrador que había
dejado un reguero de sudor en su espalda.
—En ese caso tendré que ponerme dura y recordarte
que todavía tienes un contrato vigente como cazadora en activo.
A Honor se
le doblaron las rodillas, así que
tuvo que derrumbarse en la silla. El Gremio era el único hogar que conocía, y
sus compañeros, su única familia.
—Soy una instructora. —Era un último intento
por aferrarse a
aquel lugar.
—No, no lo eres. —Fue una
afirmación pronunciada con voz suave, pero
implacable—. No has dado ni una sola clase en todos los meses que llevas ahí.
—Yo...
—Honor. —Fue una única palabra final.
Honor apretó los dedos contra el escritorio
mientras contemplaba con la mirada perdida los extraordinarios tonos azules y
los rojos apasionados del volumen que había dejado caer con una sorprendente
falta de cuidado sobre la madera pulida.
—Cuéntame los detalles.
Sara dejó escapar un suspiro.
—Una
parte de mí
quiere envolverte entre algodones y mantenerte
calentita y a salvo en un lugar donde nadie pueda
hacerte daño —dijo con una fiereza
que revelaba el
generoso corazón oculto tras la fachada severa—, pero otra parte de mí
sabe que con eso solo conseguiría frenar tu recuperación, y me niego a dejar
que eso ocurra.
Honor sintió que se encogía. No porque las palabras
fueran duras, sino porque eran ciertas. No estaba completa. No había estado
completa en los últimos diez meses.
—No sé si me queda valor suficiente para seguir
adelante, Sara.
En ocasiones le daba la sensación de que aún seguía
encerrada en aquel foso de sangre, sudor y... otros fluidos corporales; de que
su vida actual no era
más que una
ilusión creada por
una mente destrozada.
El filo hiriente de las palabras de Sara fue una
clara confirmación de que aquello era la realidad. Porque si fuera una fantasía
ideada para escapar de la brutalidad del mundo real, no habría dejado que la
directora del Gremio se mostrara tan inflexible.
—Ransom y Ashwini no arriesgaron su vida para
salvarte solo para que tú pudieras esconderte y rendirte. —Tuvo un recuerdo de
las manos que habían desatado sus ataduras, de los brazos que la habían ayudado
a alzarse hacia el brillo doloroso de la luz
—. Encuentra la forma de recomponerte y volver a
unir tus fragmentos.
A esas alturas, el estómago de Honor se había
convertido en un nudo sólido, y su mano libre se cerraba y se abría de manera
compulsiva.
—¿Es ahora cuando debo saludarte y decir «Sí,
señora»? —Sus palabras no mostraban sarcasmo, porque recordaba haberse
despertado de vez en cuando en el
hospital y ver a Sara sentada a su lado, como una fuerza protectora y feroz.
—No —aseguró la directora del Gremio—. Tienes que
decirme que estás lista para meter el culo en un taxi. Solo son las
ocho y media,
así que no deberías
tener problemas para
coger uno.
Honor
sintió un escalofrío
en la espalda. El sudor cubrió su labio
superior.
—¿Tengo que reunirme con un ángel?
Di que sí, por favor, suplicó para sus adentros con
desesperación. Por favor.
—No, te reunirás con Dmitri.
Le vino a la cabeza la imagen de un vampiro con la
piel del color de la miel oscura y un rostro de belleza cruel.
—Es un vampiro. —Las palabras fueron casi un
susurro.
Y no un vampiro cualquiera. Era
«el
vampiro» en aquella
ciudad. Qué demonios, en todo el
país.
Sara
permaneció en silencio
un buen rato. Cuando se decidió a hablar, formuló una pregunta
devastadora.
—¿Eres feliz, Honor?
¿Feliz? Ya ni siquiera sabía lo que era la
felicidad. Quizá no lo hubiese sabido nunca, aunque suponía que había
presenciado algo parecido en los hijos biológicos de los hogares de acogida en
los que había vivido después de abandonar el orfanato a los cinco años.
Ahora...
—Existo.
—¿Y eso es suficiente?
Estiró los dedos con esfuerzo y contempló los
semicírculos rojos que las uñas habían grabado en las palmas.
El Gremio le
había pagado una terapeuta, y continuaría pagándosela
mientras ella la necesitara. Honor había asistido a tres sesiones antes de
darse
cuenta de que jamás iba a contarle nada a aquella
adorable y paciente mujer acostumbrada a tratar con cazadores de manera
habitual.
En lugar de eso, intentó permanecer despierta,
intentó no recordar.
«Colmillos que se hundían en sus pechos, en
la parte interna
de sus muslos, en su cuello.
Cuerpos excitados que se frotaban contra ella mientras gemía y suplicaba.»
Al principio se había mostrado fuerte, decidida a
sobrevivir y a hacer pedazos a aquellos cabrones.
Pero la habían mantenido cautiva dos meses.
En dos meses se le podían hacer muchas cosas
a una cazadora. A
una
mujer.
—¿Honor? —La voz de Sara tenía un matiz
preocupado—. Mira, buscaré a otra persona. No debería haberte presionado tan
pronto.
Un indulto. Sin embargo, al parecer todavía le
quedaba algo de orgullo... porque descubrió que su boca se abría y las palabras
salían sin pedirle permiso.
—Estaré en camino dentro de diez minutos.
Solo
después de colgar
se dio cuenta de que en algún
momento había cogido un bolígrafo y había escrito una y otra vez
el nombre de
Dmitri en la libreta que utilizaba para tomar notas.
Sus dedos se tensaron y soltó el bolígrafo.
Estaba empezando otra vez.
Capítulo 2
La
Torre, un gigantesco rascacielos lleno de luces desde
el que el arcángel Rafael gobernaba su territorio, dominaba el horizonte de
Manhattan. Después de pagar al taxista, Honor se colgó del hombro la bolsa del
ordenador portátil y alzó la vista hacia el cielo. Las alas de los ángeles que
entraban y salían del edificio se recortaban contra el cielo nocturno cuajado
de diamantes. No distinguía otra cosa que la belleza de sus siluetas, pero de
cerca resultaban unos seres tan hermosos como inhumanos... aunque en
el Gremio se comentaba que nadie veía nada inhumano
de verdad hasta que se encontraba cara a cara con Rafael.
Puesto
que poseían habilidades muy distintas que les deparaban
asignaciones también muy diferentes, Honor solo conocía a Elena de pasada, pero
no lograba entender cómo la otra cazadora había llegado a convertirse en la
amante de un arcángel. Por supuesto, en esos momentos ella preferiría
enfrentarse a Rafael que al hombre con quien debía reunirse... Esa criatura que
era a la vez una pesadilla y un sueño seductor y siniestro.
Se obligó a apartar la mirada del cielo, apretó los
dientes y clavó la vista al frente mientras
avanzaba hacia la
entrada
de la Torre,
que estaba protegida por un
vampiro ataviado con un traje negro y unas gafas de sol envolventes. En el
momento en que se detuvo frente a él, se le secó la garganta, se le hizo un
nudo en el estómago y unas motitas negras le enturbiaron la visión.
No. No. No se desmayaría delante de un vampiro.
Se
mordió la lengua
con tanta fuerza que se le
saltaron las lágrimas y volvió a colocarse la correa de la bolsa del portátil
antes de fijar la vista en aquellas gafas de sol que le mostraban su propio
reflejo.
—Debo reunirme con Dmitri. —Su voz había sonado
suave, pero no había temblado, y eso en sí mismo ya era una
victoria.
El vampiro estiró el musculoso brazo para abrirle
la puerta.
—Sígame.
Honor supo que estaba rodeada por inmortales desde
el momento en que
entró en la zona de seguridad que rodeaba
la Torre, pero
le había resultado más fácil
engañarse cuando no podía verlos. Eso ya no era una opción. El que tenía
enfrente, con los hombros cubiertos por la elegante chaqueta de un traje que le
sentaba como un guante y una piel canela propia del subcontinente indio, solo
era el más cercano. Había muchos merodeando por los rincones de aquel vestíbulo
de mármol dorado con vetas grises, como rápidos
depredadores al acecho. Y luego estaba la hermosa
mujer que ocupaba su puesto tras el mostrador de recepción a pesar de lo tarde
que era.
La recepcionista le dedicó una sonrisa, y sus ojos
almendrados de color castaño mostraron una expresión de bienvenida. Honor
intentó devolverle la sonrisa, ya que la parte racional de su cerebro sabía que
no todos los vampiros eran iguales, pero su cara parecía haberse paralizado.
En lugar de forzarse, se concentró en mantener la
compostura.
«—No responde a los estímulos. Está catatónica.
—¿Pronóstico?
—Es
imposible determinarlo. Sé
que no debería decir esto, pero una parte de mí
cree que estaría mejor muerta.»
Mientras yacía despierta contemplando la oscuridad
en un vano intento por evadirse del amargo horror que impregnaba sus sueños,
Honor había pensado a menudo que aquel doctor sin rostro estaba en lo cierto.
Sin embargo, en aquellos momentos el recuerdo
despertó otro tipo de emoción.
Furia.
Un sentimiento tenue y palpitante que la pilló
desprevenida.
Estoy viva, pensó. Lo he conseguido, joder. Nadie
tiene derecho a arrebatarme eso.
Tan desconcertada estaba por ese
sentimiento
de furia que
apenas se enteró del trayecto en
ascensor, donde permaneció atrapada en un pequeño recinto en compañía de un
vampiro vestido de Armani. Un vampiro envuelto por un aura poderosa que dejaba
bien claro que no se trataba de un guarda común y corriente.
Honor
contuvo el aliento
cuando las puertas se abrieron y dejaron a la vista un pasillo cubierto
por una gruesa moqueta negra y con paredes pintadas en ese mismo color. En
aquel lugar había un pulso sexual casi palpable. Las rosas, rojas como la
sangre, creaban un suntuoso contraste con el negro noche de las mesas en las
que estaban situados los jarrones;
la moqueta era
demasiado
lujosa para considerarse meramente funcional; y la
pintura tenía motas doradas.
La obra de arte colgada en una de las paredes era
un caos rojo que llamaba la atención por su ferocidad.
Sensual. Hermosa. Letal.
—Por aquí.
Honor sentía el intenso latido de la sangre en
sus venas, y
supo que no estaría
segura en compañía
de aquel tipo, así que lo siguió
a un par de pasos de distancia, preparada por si se daba la vuelta y
se le lanzaba
a la garganta. Tenía la
pistola guardada en la
cartuchera escondida bajo su sudadera
gris favorita, un cuchillo a plena vista en la
funda del muslo... y dos más ocultos en los antebrazos. No sería suficiente
para enfrentarse a un vampiro que, según su instinto y su experiencia, tendría
unos doscientos años, pero al menos le proporcionaría una buena lucha.
El tipo se detuvo junto a una puerta abierta, le
hizo una señal con la mano para indicarle que podía pasar y luego regresó al
ascensor.
Honor se adentró un paso en la estancia... y se
quedó paralizada.
Dmitri se encontraba al otro lado de un enorme
escritorio de cristal, con el brillante horizonte de Manhattan a la
espalda. Tenía la
cabeza agachada, y unos
cuantos mechones de
sedoso
cabello negro le acariciaban la frente
mientras examinaba el
papel que sujetaba en la mano. La
mente de Honor retrocedió en el tiempo. Antes... mucho antes, se había sentido
fascinada por aquel vampiro al que solo había visto de lejos o en la
televisión. Había llegado incluso a confeccionar un álbum de recortes con sus
movimientos, pero al final se sintió como una acosadora perturbada y lo quemó
todo.
Aunque quemar los recortes no la había librado de
la extraña atracción irracional que sentía por él desde que tenía uso
de razón. Nada
la había librado de aquello...
hasta que experimentó el terror en aquel sótano repugnante y húmedo. Lo
ocurrido allí lo
había
borrado todo. Sin
embargo, en esos momentos se
preguntó si no habría estado siempre un poco desquiciada, porque no era muy
normal obsesionarse con un desconocido que, según los rumores, sentía cierta
predilección por la crueldad sensual,
por el placer aliñado con dolor.
En aquel instante, el vampiro alzó la vista.
Y Honor se quedó sin respiración.
Dmitri vio a la mujer que había junto a la puerta
en un caleidoscopio de imágenes. Un cabello suave del
color del ébano que, aunque estaba recogido en la nuca, prometía una salvaje
mata de
rizos. Ojos hechizantes... o hechizados... de un
color verde oscuro y rasgados en las
comisuras. Piel morena clara que, sin
duda alguna, adquiriría
el tono cálido de la miel bajo el
sol.
—¿Eres
de Hawai? —preguntó. Una cuestión extraña para una
cazadora que había acudido allí como asesora.
Ella
parpadeó, y sus
largas pestañas ocultaron por un instante aquellos ojos que recordaban a
bosques lejanos y joyas ocultas.
—No. De un pueblo perdido muy lejos del océano.
Dmitri rodeó el escritorio de acero y cristal para
acercarse a ella. Por un instante creyó que la cazadora retrocedería y
huiría hacia el
pasillo,
pero ella enderezó la espalda de repente y se quedó
donde estaba.
Percibía el miedo agudo y amargo oculto en los ojos
de la mujer, pero aun así pasó a su lado para cerrar la puerta.
Cuando retrocedió para enfrentarse a ella una vez
más, la desagradable oleada de miedo estaba bajo control, aunque su respiración
era irregular y su mirada lo eludía.
—¿Cómo te llamas?
—Honor.
Honor. Dmitri saboreó el nombre y decidió que le
quedaba bien.
—¿Una cazadora nata? Ella negó con la cabeza.
No era de
extrañar. Seguro que
Elena le había contado a la directora del
Gremio que él tenía el don de utilizar esencias
exquisitas para seducir y hechizar a las cazadoras que habían nacido con la
capacidad de un sabueso para rastrear vampiros. Sara no le enviaría una
nueva presa. Pero
esa mujer, esa Honor... Deseaba envolverla con delicadas hebras de aroma
hasta tenerla ruborizada y dispuesta, hasta que su excitación adquiriera la
inconfundible fragancia del almizcle.
Fue el instinto lo que lo llevó a comprobar si ella
mentía o no. Emitió un embriagador
susurro de champán
y deseo fundidos como
el oro, de orquídeas
bajo la luz de la
luna, de fresas recubiertas de
chocolate besando la piel de una mujer. Honor sacudió un
poco la cabeza, un movimiento casi
imperceptible que encajaba
muy bien con las arrugas que se
le habían formado en la frente.
De modo que su habilidad no era lo bastante fuerte
para que ella se considerara una cazadora nata, ni para que el Gremio la
calificara como tal, pero sí poseía cierta susceptibilidad al encanto
del aroma. Aquello no lo sorprendió en absoluto. Había conocido a más de una
mujer como ella en los muchos siglos que habían pasado desde que desarrolló ese
talento. Parecían sentirse atraídas hacia el Gremio, ajenas al hecho de que llevaban
en su sangre una gota del
linaje de los
cazadores. Eso, por supuesto,
significaba que no
podría seducir a Honor con tanta facilidad como a
una auténtica cazadora nata... pero la esencia no era la única arma que poseía
para conseguir sexo.
La recorrió con la mirada una vez más y notó el
pulso acelerado de su cuello. Sin embargo, fue la piel que recubría aquella
zona la que llamó su atención.
—No sé a quién permitiste que se alimentara de ti
—dijo con un murmullo suave matizado con una pincelada de amenaza—, pero no fue
muy limpio. — Las cicatrices hablaban de un vampiro que había desgarrado y
destrozado.
La mujer cerró los dedos en torno a la correa de la
mochila del portátil mientras se encogía de hombros.
—Eso no es asunto tuyo.
Dmitri enarcó una ceja, desconcertado por el hecho
de que ella hubiese encontrado el coraje necesario para replicar a pesar del
absoluto terror que la embargaba.
—Sí, sí que lo es.
Se había acostado con muchas mujeres hermosas; a
algunas las había hecho gemir de placer y a otras les había mostrado cierta
perversidad sensual para
enseñarles a no volver a intentar jugar con él. Honor no era hermosa. Tenía
demasiado miedo. Dmitri apreciaba un poco de dolor en la cama, pero en la
mayoría de los casos prefería que sus compañeras también disfrutaran.
Aquella cazadora destrozada, cuyo
pánico llenaba de ácido el ambiente, temblaría y se
quebraría como el cristal ante el primer contacto con su boca. A pesar de todo,
Dmitri deseaba deslizar los dedos por aquella piel creada para dorarse bajo el
sol, recorrer las lujuriosas curvas de sus labios y la larga línea de su
cuello... Y la tentación era tan fuerte que resultaba en sí misma una
advertencia. La última vez que permitió que la polla gobernara su cerebro
estuvo a punto de acabar convertido en la mascota asesina de un arcángel.
Le dio la
espalda a Honor,
se acercó al escritorio y cogió la bolsa de basura que había en el
suelo.
—Doy por hecho que tendrás cierta experiencia con
los tatuajes.
Su frente se llenó de arrugas; unas líneas de
confusión que borraron por un instante la desagradable emoción que la había
consumido hasta el momento.
—No. Mi especialidad son las lenguas antiguas y la
historia.
Muy lista, la directora del Gremio.
—En ese
caso, cuéntame todo lo que sepas sobre esta marca.
Esta vez con guantes, Dmitri sacó la cabeza y la
colocó sobre la bolsa. El cuello se pegó al plástico con un sonido de succión.
La
cazadora se tambaleó
hacia atrás sin apartar la vista de aquella horrible prueba de
salvajismo. Cuando lo miró a los ojos, Dmitri vio furia en aquel rostro que
ya había demostrado
ser muy expresivo, y se preguntó si alguna vez
había ganado una partida de póquer en su vida.
—¿Te parece divertido?
—No. —Para nada—. Pero me ha parecido innecesario
guardarlo en la nevera cuando ya venías de camino.
El comentario había sido tan inhumano que
a Honor le
llevó un minuto asimilarlo,
restablecer sus parámetros mentales. Debía aceptar que, a pesar de su siniestra
belleza masculina y su lenguaje moderno, aquel tipo no era un ser humano. En
absoluto.
—¿Cuántos años tienes?
Las
especulaciones situaban su edad en unos seiscientos años, pero en
ese instante comprendió
que no eran
acertadas. Ni de lejos.
Dmitri esbozó una sonrisita que le puso los pelos
de punta.
—Soy lo bastante viejo para asustarte.
Era cierto. Había estado encerrada con vampiros
cuya única intención era hacerle daño, y tenía cicatrices que evidenciaban las
torturas que había sufrido, pero jamás había conocido a nadie que
le helara la
sangre con su mera presencia.
Dmitri era conocido como un grandísimo hijo de puta tan despiadado como una
daga afilada, pero se adaptaba bien al mundo humano y eso significaba que era
capaz de enmascarar la letal verdad cuando lo deseaba. Sin embargo, así
era bajo la
máscara
civilizada de aquel traje negro sobre negro que
llevaba: una criatura que contemplaba
una cabeza cercenada como si fuera una bola de jugar a
los bolos.
Con esa idea en mente, Honor dejó la bolsa del
portátil en el escritorio de cristal, ya que no había sillas en su lado, y se
obligó a inclinarse hacia la cabeza decapitada.
—¿Estaba en el agua?
La piel estaba empapada y blanda, se había
convertido en una capa blancuzca y arrugada. Un macabro recordatorio de horas
felices pasadas en la bañera.
—En el Hudson.
—Debería examinarla un
equipo
forense —murmuró ella mientras se esforzaba por
distinguir las líneas del tatuaje—. Necesito acceso al equipo de laboratorio
para poder...
Unas manos enguantadas entorpecieron su visión
cuando retiraron la cabeza para volver a guardarla en la bolsa de basura.
—Sígueme, conejita.
Honor
notó que el
calor le abrasaba la garganta y
hacía que le ardieran las venas antes de llegar a su rostro, pero cogió el
portátil e hizo lo que le ordenaban. Tenía delante una espalda fuerte y
musculosa y un cabello brillante que emitía preciosos destellos negros bajo las
luces. Al ver que no se situaba a su lado, Dmitri le dirigió una
mirada
divertida por encima
del hombro. Pero la sonrisa no llegó a sus ojos vigilantes
que habían vivido muchos siglos.
—Vaya, una mujer chapada a la antigua.
—¿Qué? —Debía concentrarse al máximo para respirar,
ya que su organismo estaba lleno de adrenalina.
—Es obvio que crees que las mujeres deben caminar
tres pasos por detrás de los hombres.
Honor sintió una abrumadora necesidad de sacar una
de las dagas. O quizá la pistola.
Dmitri sonrió, como si le hubiera leído el
pensamiento, y caminó hacia un ascensor
distinto del que
ella había
utilizado para subir hasta allí. Se quitó uno de
los guantes y colocó la palma sobre el escáner. La pantalla brilló unos
instantes antes de que las puertas se abrieran, y el vampiro le hizo un gesto
para que pasara. Honor se negó a entrar.
Seguramente no tendría ni la más mínima oportunidad
si una criatura tan antigua como él quisiera hacerle daño, pero la lógica no
tenía nada que ver con el instinto animal primario que la embargaba, el que
sabía que los monstruos hacían mucho más daño cuando uno no los veía venir.
—Eso me pasa por ser caballeroso
—señaló Dmitri con tono socarrón mientras se
adentraba en la cabina de acero.
Aguardó a que ella lo imitara para presionar algo
en el panel electrónico que había en uno
de los lados.
El ascensor comenzó a bajar a tal velocidad que
Honor sintió el estómago en la garganta, pero aquello no la asustó. Era el
vampiro que estaba dentro del ascensor quien la asustaba.
—Para ya —dijo al ver que él no dejaba de mirarla
con sus ojos castaño oscuro.
Sí, una vez había sentido fascinación por él, pero
de eso hacía mucho tiempo. Ahora que lo tenía tan cerca, se daba perfecta
cuenta de que no era seguro estar a solas con él. Dmitri disfrutaría haciéndola
pedazos con su voz sedosa... antes de comenzar a herirla
de verdad.
—Es evidente —murmuró el vampiro mientras fijaba la
mirada en su cuello una vez más— que tu amiguito no mostró contigo la
delicadeza que mereces.
Honor notó el burbujeo de una risotada histérica en
la garganta, pero se controló.
Dmitri debía de
haber percibido su miedo,
pero no le
daría nada más.
—¿Tú nunca dejas marcas, Dmitri? Él apoyó la
espalda en la pared del
ascensor.
—Todas las marcas que dejo son deliberadas. —El
tono era sensual y las palabras, provocativas. Pero había algo duro en sus ojos
mientras observaba la
carne desgarrada de su cuello.
La cicatriz no tenía tan mala pinta. Parecía la
marca de un vampiro que se había dejado llevar a la hora de alimentarse.
Y eso era, al fin y al cabo. Al principio habían
intentado mantenerla en las mejores condiciones posibles para que siguiera
proporcionándoles placer. Los peores habían resultado ser los vampiros
«civilizados» que habían sido casi delicados a la hora de alimentarse, de acariciarle
los pechos y la
entrepierna mientras ella permanecía desnuda y con los ojos vendados.
Y todavía seguían libres.
Sintió una ráfaga de aire fresco cuando se abrieron
las puertas.
No había apartado la vista de Dmitri, ni siquiera
cuando los recuerdos amenazaron con arrastrarla al pasado, y en esos momentos
salió del ascensor junto a él. Su atención se vio atraída hacia las paredes de
cristal que había a ambos lados. A través de ellas se veían oficinas, ordenadores... y
laboratorios de última tecnología.
—No sabía que tuvierais todo esto
aquí.
Dmitri
se adentró en uno
de los
laboratorios.
—Instalaciones nuevas. No digas nada al respecto o tendré que hacerte una visita a
medianoche, cuando estés acurrucada y calentita en tu cama.
A Honor
se le agarrotaron todos
los
músculos del cuerpo
al escuchar aquel despreocupado
comentario.
—No tengo por costumbre chismorrear.
—Empecemos.
El vampiro depositó la bolsa de basura y su
contenido en una mesa de acero. La horrible naturaleza del cometido debería
haber eliminado de un plumazo la atracción sexual que lo envolvía como una
segunda piel... para aquellas que apreciasen
el sexo sazonado con sangre y
dolor, entre las que Honor no se incluía. Pero no lo hizo. Dmitri siguió siendo
una criatura sofisticada y atractiva, una criatura a la que ella no querría ver
jamás en su dormitorio.
Los labios del vampiro se curvaron en una sonrisa,
como si le hubiera leído el pensamiento otra vez; el inferior era lo bastante grande para
llenar de fantasías pecaminosas
la cabeza de una mujer.
—¿Necesitas ayuda para retirar la
piel?
Capítulo 3
—No. —La reacción que había tenido arriba había
sido provocada por la falta de tacto de Dmitri. En realidad no le suponía
ningún problema trabajar sola con
aquella cosa gris—. Tomaré las mejores fotografías posibles,
dadas las condiciones de la víctima,
y trabajaré sobre todo
con eso. Pero quiero utilizar el microscopio para
observar el tatuaje y asegurarme de que no paso ningún detalle por alto.
Ya más tranquila, sacó la fina cámara digital que
llevaba guardada en el bolsillo lateral
de la bolsa
del
portátil.
—La cabeza debería ser examinada por un patólogo
antes de retirar la piel.
—Tomó una fotografía—. ¿Tienes a alguien que pueda
investigar los salones de tatuajes? —Con un poco de suerte, podría tomar una
buena foto con la que empezar a trabajar.
—Sí. —El vampiro se puso un guante para sustituir
el que se había quitado, sacó la cabeza de la bolsa y estiró la piel de la
mejilla mientras ella tomaba varias fotografías de alta resolución desde
diferentes ángulos.
—Con esto debería bastar por el momento.
Mientras él dejaba la cabeza en una bandeja y
se libraba de
la bolsa de
basura,
Honor encendió el
portátil y pasó las fotos al disco
duro.
Su
cuerpo permanecía atento
a todos los movimientos del vampiro: percibió cómo Dmitri metía la cabeza
en el frigorífico, se quitaba los guantes y se lavaba las manos. Así pues,
cuando apareció junto a su silla sin avisar, las emociones que despertó en ella
fueron tan aterradoras y despiadadas
que ciertas partes de su mente se bloquearon sin más. Y cuando le apartó
el pelo del cuello para acariciar la sensible piel de la nuca, ella...
Ruido. Un estallido de metales rotos. Palabras.
Lo siguiente que supo fue que se encontraba a
varios pasos de distancia
de Dmitri, con un taburete alto de patas
metálicas volcado en
el suelo entre ellos. La mejilla del vampiro mostraba
un reguero de sangre, pero sus ojos estaban clavados en la puerta que ella
tenía a la espalda.
—¡Fuera!
Solo cuando la puerta se cerró, Honor comprendió
que alguien había intentado intervenir. El sudor le humedecía las palmas y
formaba gotitas en su espalda.
Recuerda, se dijo ella, recuerda. Pero el momento
había pasado y en
su mente solo había un vacío negro impregnado de
pánico que le dejaba un sabor amargo en la lengua.
—Te he atacado.
Dmitri alzó la mano para pasarse un dedo por la
mejilla. La yema se le llenó de sangre.
—Por lo visto hay algo en mí que impulsa a las
mujeres a utilizar los cuchillos.
Ay, Dios...
Honor bajó la vista y se dio cuenta de que tenía
una daga en la mano, con la punta manchada.
—Supongo que no aceptarás mis disculpas. —Habló con
calma, ya que su mente estaba entumecida por el desconcierto.
—No —dijo Dmitri mientras se metía las manos en los
bolsillos—, pero podrás pagar por
tus crímenes más tarde. Ahora necesito saber todo lo que
puedas contarme sobre esto.
—Quiero consultar algunos libros de la biblioteca
de la Academia —dijo ella, obligando a su cerebro a funcionar a pesar de que
sus manos se negaban a soltar el cuchillo que al parecer había sacado de la
funda del muslo.
—Está bien. Pero recuerda, conejita, ni una palabra
a nadie. —Se acercó tanto a ella que el calor siniestro que emanaba de su
cuerpo la envolvió como una amenaza. Honor se sintió agradecida por tener el
cuchillo en la mano—. No soy un hombre agradable cuando me enfado.
Honor permaneció inmóvil en un desesperado intento
por borrar la humillación del ataque de pánico.
—Estoy casi segura de que nunca eres un hombre
agradable.
La respuesta del vampiro fue una sonrisa lánguida
que invitaba a compartir sábanas de seda, suspiros
eróticos y piel húmeda. Esa descarada insinuación hizo
que el corazón
de Honor martilleara contra sus costillas.
—No —dijo con voz ronca.
—Un desafío. —Ni siquiera la había tocado,
pero Honor sintió
la caricia de miles de cordones de visón, suaves, lujosos e
inconfundiblemente sexuales—. Acepto.
Dmitri realizó la llamada una hora después, ya
que había tenido
que
encargarse de otro asunto.
—Sara —dijo cuando la directora del Gremio
respondió al teléfono.
—Dmitri.
—Un saludo gélido—.
¿Qué necesitas?
—Necesito saber por qué la cazadora que has enviado
me ha abierto un tajo en la cara. —La herida ya había sanado, sin embargo le
parecía un movimiento excelente como estrategia inicial.
Sara ahogó una exclamación.
—Si le has hecho algo, te juro por Dios que cogeré
mi ballesta y te dejaré clavado en uno de los costados de la puta Torre.
A Dmitri le caía bien Sara.
—Un chófer la está llevando a casa
en estos mismos momentos. —La deuda de sangre era
algo entre Honor y él, y sería saldada en privado—. Le he ofrecido un conductor
humano.
Sara murmuró algo por lo bajo.
—Es la más cualificada para esa tarea.
Dmitri contempló el horizonte
iluminado de Manhattan.
—¿Quién le hizo eso en el cuello? El frío que le
recorría las venas era
una reacción desproporcionada a las cicatrices de
una mujer a quien no conocía y que sería una simple compañera de cama más
mientras le resultara divertida. Porque aunque lo intrigaba su resistencia, y
suponía una diferencia
interesante, estaba
convencido de que al final terminaría en su cama...
y de que estaría encantada de estar allí.
Cuando
Sara volvió a
hablar, el frío se convirtió en
hielo.
—Los mismos cabrones que la mantuvieron encadenada
en un sótano durante dos meses. —Era un resumen brutal—. Estaba medio muerta
cuando la encontramos. No dejaron de
practicar sus jueguecitos enfermizos con ella a pesar de que tenía tres
costillas rotas, hemorragias y fiebre a causa de las heridas que... —Sara se
quedó callada. Su ira era evidente, pero Dmitri no necesitaba oír nada más.
Recordaba el incidente. El Gremio había solicitado
ayuda a la Torre y esta
se la había proporcionado de inmediato. No obstante,
puesto que estaban inmersos en la reconstrucción de
Manhattan (que había salido muy mal parada de la batalla entre Uram y Rafael),
y más importante aún, en la vigilancia del territorio de Rafael mientras el
arcángel pasaba la mayor parte del tiempo en el Refugio aguardando a que su
consorte despertara, Dmitri no se había encargado personalmente de la
investigación. Y aquello estaba a punto de cambiar.
—¿Qué ha sido de sus atacantes?
—Ransom
y Ashwini mataron
a dos de los cuatro que encontraron en el escenario. Los
otros dos fueron
entregados a la Torre, pero seguro que no eran más
que matones a sueldo con permiso para... —Dio un suspiro entrecortado—. Los que
planearon esto eran más listos. No hay evidencias forenses, y Honor siempre
tuvo los ojos vendados. Pero los pillaremos. —Sus palabras eran gélidas—.
Siempre lo hacemos.
Dmitri
puso fin a
la llamada después de eso y
contempló la ciudad que todavía tardaría unas horas en dormirse. Todos los
atacantes de Honor morirían. De eso
no cabía la
menor duda. La única diferencia era que ahora que había sentido la daga
de la cazadora sobre la piel, ahora que había saboreado las horribles
profundidades de su miedo,
sería un placer exquisito para él extirpar los órganos
vitales de sus secuestradores y dejar que estos se
curaran en algún agujero... para poder repetirlo de nuevo.
A su conciencia no le molestaba la idea de una
tortura tan sádica.
«—No deberías ser tan testarudo, Dmitri. —Una
esbelta mano femenina bajó hasta cerrarse sobre su miembro flácido.
La ira resplandecía
en aquellos ojos de un brillante
tono similar al del bronce.
Cambió
la posición de
la mano para rodearle
los testículos y
apretó hasta que estuvo a punto de hacerle perder el
conocimiento. Los músculos
de Dmitri se tensaron contra las cadenas que
mantenían extendidas sus extremidades en medio de aquella estancia fría y
oscura situada en las profundidades del torreón. En esa posición, todas las
partes de su cuerpo eran
accesibles, tanto para
ella como para aquellos obligados a cumplir sus órdenes.
Aún
veía motitas negras
cuando ella lo besó. Acto seguido, le clavó las uñas en la mandíbula
mientras extendía las alas; unas
alas blancas como
la nieve, salvo por
las manchas carmesí que cubrían las plumas primarias.
—Me amarás.
El primer golpe llegó un segundo después, sin
que el beso
se
interrumpiera.
Cuando por fin decidió interrumpir el castigo, la
espalda de Dmitri se había convertido ya en un amasijo de carne y el aroma de
la sangre impregnaba el ambiente.
Sintió unos labios contra su oreja, como seda sobre
su piel.
—¿Me amas ahora, Dmitri?» Oyó un pitido.
Dmitri se dio la vuelta y descartó aquel recuerdo
que no había salido a la superficie
desde hacía muchos
siglos para responder la llamada interna.
—¿Sí?
—Señor,
solicitó que lo avisáramos si el patrón de
comportamiento de Holly
Chang
variaba.
Cuarenta minutos después, Dmitri se encontraba
junto a la pequeña casita residencial de Nueva Jersey donde vivían Holly Chang
y su novio, David Era una vivienda aislada de las casas vecinas por un generoso
jardín de cercas altas, y la chica no habría podido permitirse vivir
allí si la
Torre no hubiera ordenado que la
reubicaran... ya que el bloque de apartamentos donde vivía antes estaba
peligrosamente cerca de muchos mortales.
La humana acababa de cumplir veintitrés años cuando
fue raptada en la calle por un arcángel
demente. Había
presenciado el asesinato de sus amigas y cómo les
arrancaban los miembros uno a uno para luego volver a unirlos en una
especie de puzle
macabro. Cuando Elena la
encontró, estaba desnuda y cubierta de sangre seca perteneciente a sus
compañeras.
Holly había sobrevivido al horror, pero no había
salido intacta. Dejando a un lado que todavía quedaban algunas preguntas sin
respuesta con respecto a su cordura, estaba claro que Uram le había dado a
beber su sangre o le había inyectado deliberadamente la toxina que había provocado
su propia demencia. No lo sabían con seguridad, ya que
los recuerdos de Holly se habían nublado hasta límites insospechados a causa
del
terror; del mismo terror que la había
mantenido en silencio
durante varios días después de
que la encontraran. Lo que sí sabían era que la joven estaba... cambiando.
—Quédate
junto a la
cerca —le dijo al vampiro que lo
había llamado.
Salió de las sombras y se acercó al camino de
entrada de la casa, que estaba iluminada tan solo por el resplandor parpadeante
del televisor de la sala principal.
Holly, pequeña y en apariencia delicada, le abrió
la puerta antes de que llamara. Tenía sangre en la manga larga de la camisa y
alrededor de los labios. Alzó un brazo para limpiarse la boca con el dorso de
la mano, aunque solo
consiguió esparcir el líquido rojo.
—¿Has venido al limpiar el desastre, Dmitri? —Sus
furiosos ojos rasgados decían a las claras que ella lo sabía. Sabía que sería
Dmitri quien se encargaría de matarla
si perdía la batalla contra la parte de Uram que
llevaba dentro—. Era el hijo de un vecino. Tenía un sabor muy dulce.
—Ha sido una imprudencia por tu parte cazar tan
cerca de casa. —Le agarró la muñeca
izquierda con una mano y le retorció el brazo para subirle
la manga antes de que ella pudiera impedírselo. Tenía un vendaje bien apretado
en la parte superior—. Soy un vampiro, Holly. Percibo si la sangre es tuya o no
—murmuró antes de alzar la
mano para limpiarle una gota de sangre de la
comisura de los labios con el pulgar.
Ella dejó escapar un gruñido, tiró del brazo para
liberarse y se perdió en el interior de la casa con pasos furiosos. Dmitri
había estado allí muchas veces y conocía el trazado del edificio, pero en lugar
de seguirla hasta la cocina, donde podía oírla lavándose la sangre de la boca,
apagó el televisor y se aseguró de que estaban solos.
Cuando por fin entró en la cocina, iluminada ya por
una cegadora bombilla, vio a Holly secándose la cara con un paño, aunque
todavía no se
había quitado la camisa manchada de sangre.
—Muerte a manos de Dmitri —le
dijo él al tiempo que se apoyaba en el marco de la
puerta con una pose despreocupada que no habría engañado a nadie que lo
conociera—. ¿Es eso lo que buscas?
Recibió una mirada asesina de aquellos ojos que en
su día habían sido de color castaño claro y que ahora mostraban un ribete verde
brillante que se extendía cada vez más hacia el iris. Era el mismo verde que
tenían los ojos de Uram... pero no tan oscuro como el de la cazadora que lo
había atacado con un cuchillo aquella misma noche. La mirada de Honor poseía el
misterio de las profundidades prohibidas, de los secretos hechizantes
susurrados a altas horas de la madrugada. Los de Holly, en
cambio, solo mostraban una furia desgarradora y un
intenso desprecio por sí misma.
—¿No es ese tu trabajo? — preguntó—. ¿Ejecutarme
si demuestro ser un monstruo?
—Todos somos monstruos, Holly.
—Cruzó
los brazos mientras
la observaba caminar de un lado a otro en la pequeña
cocina—. La cuestión
es hasta dónde somos capaces de llegar.
De un lado a otro. De un lado a otro. Manos
enterradas en el pelo. Temblores descontrolados. Otra vez.
—David me ha dejado —soltó al final—. No pudo
soportar encontrarme despierta y observándolo con ojos brillantes cinco
noches seguidas. —
Soltó una risita nerviosa que no sirvió para
ocultar el terrible dolor que le rompía el corazón—. Y no le miraba la cara.
—¿Te has alimentado bien? — Holly no necesitaba
mucha sangre, y Dmitri se había asegurado de que se la proporcionaran.
Su respuesta fue darle una patada a la nevera, tan
fuerte que abolló la superficie blanca pulida.
—¡Sangre muerta! ¿Quién quiere eso? Creo que
buscaré un cuello dulce y suave en cuanto logre escapar de los putos guardias.
Dmitri se adentró en la cocina y se acercó a ella
para sujetarle las manos y detener los paseos. Luego le colocó su
propia muñeca junto a la boca.
—Bebe. —Su sangre era potente; saciaría cualquier
necesidad que pudiera tener.
Tal como esperaba, Holly se apartó y se dejó caer
en un rincón de la cocina. Se abrazó las rodillas con los brazos y empezó a
mecerse. A pesar de lo que había dicho, no quería ni acercarse a un donante
humano; no quería aceptar que había cambiado a un nivel tan profundo. Deseaba
ser la chica que era antes de Uram, la que acababa de asegurarse un codiciado
puesto en una casa de moda. Una chica a la que le encantaban los tejidos y los
diseños, que se reía con sus amigas mientras caminaban hasta el cine para ver
la última sesión.
Ninguna de esas amigas había sobrevivido.
Dmitri se volvió hacia la nevera, cogió una de las
bolsas de sangre que había enviado cada cierto tiempo y llenó un vaso antes de
agacharse al lado de la chica. Le apartó de la cara un mechón de brillante
cabello negro, recientemente teñido con reflejos rosa.
—Bebe —le dijo.
No fue necesario nada más. Holly sabía que no la
dejaría en paz hasta que el vaso estuviera vacío.
Un odio extraño le llenaba los ojos.
—Quiero matarte. Cada vez que entras por esa
puerta, me dan ganas de coger un machete y arrancarte la cabeza.
—Tragó la sangre y dejó el vaso vacío
en el suelo
con tanta fuerza
que se resquebrajó por uno de los
lados.
Dmitri utilizó un pañuelo de papel para limpiarle
la boca y luego lo tiró a la basura. Después se puso en pie y se apoyó en el
armario que había enfrente de ella.
—Una mujer me ha cortado la cara hoy —le
dijo—. Pero no
con un machete, sino con una
daga arrojadiza.
Los ojos de Holly recorrieron su piel sin marcas.
—Anda ya...
—Estoy seguro de que su objetivo era la yugular,
pero he sido demasiado rápido.
Y Honor se había movido con mucha más
elegancia de la que él la
había creído capaz antes de aquella pequeña demostración. La
mujer se había entrenado en
algún tipo de arte marcial. Se había
entrenado hasta el nivel necesario para dejar de ser una
víctima indefensa. Y aun así lo había sido.
—Pues es una lástima que fallara
—murmuró Holly antes de formular la pregunta que
flotaba en el aire desde el instante en que él había llegado a su casa—. ¿Por
qué no me dejas morir, Dmitri? —Sus palabras
eran una súplica.
No tenía claro por qué no la había matado en el
instante en que empezó a mostrar signos de un cambio letal, así que no
respondió. En lugar
de eso,
volvió a agacharse y le colocó los dedos bajo la
barbilla para alzarle la cara.
—Si se hace necesaria una ejecución, Holly
—murmuró—, no me verás venir. —Rápida y letal. Así sería su ejecución. No
permitiría que se adentrara en su última noche muerta de miedo.
«—Murió asustada, Dmitri. Si me hubieras dado lo
que te pedí, todavía estaría viva. —Oyó un suspiro y sintió unos dedos
elegantes acariciándole la mejilla mientras permanecía colgado de las esposas
de hierro que se le habían hundido
en la carne—.
¿Quieres lo mismo para Misha?»
—No me llames así. —La voz dura de Holly
desvaneció el espantoso
recuerdo de los albores de su existencia
—. Holly murió en aquel almacén. La que salió de
allí era otra cosa.
La joven intentaba borrarse del mapa, y Dmitri no
pensaba permitirlo... aunque no haría ningún daño si dejaba que estableciera
una nueva línea entre su pasado y el presente. Quizá entonces comenzara por
fin a vivir
esa nueva vida.
—¿Cómo quieres que te llame?
—¿Qué te parece Uram? —Era una pregunta amarga—. Al
fin y al cabo, él ya no necesita el nombre.
—No. —No estaba dispuesto a dejar que se hiciera
daño de aquella manera, con un
nombre que era venenoso en sí mismo—. Elige otro.
Holly le pegó un puñetazo en el pecho, pero su
furia estaba teñida de dolor, y Dmitri sabía que no discutiría con él por eso.
—Pesar —susurró ella después de un largo silencio—.
Llámame Pesar.
No era un nombre alegre ni lleno de esperanza,
pero, puesto que ya le habían robado tantas otras cosas, le permitiría adoptar
ese apodo.
—Pesar, entonces. —Se inclinó hacia delante para
darle un beso en la frente y notó
sus pestañas como abanicos de seda contra los labios, y
sus huesos frágiles y vulnerables bajo las manos.
En ese instante supo por qué no la había matado
todavía. Sin tener
en
cuenta la edad de Pesar, para él no era más que una
niña. Una niña peligrosa, pero una niña. Una niña asustada que hacía todo lo
posible por ocultarlo. Y asesinar a un niño... dejaba cicatrices en el alma que
nunca, jamás, podían borrarse.
Capítulo 4
Honor llegó a la Academia del Gremio pasada la
medianoche y dejó la bolsa del ordenador portátil sobre una mesita situada al
lado del armario de su dormitorio. La cama ocupaba casi todo el espacio
disponible. La habitación era aceptable,
y con eso bastaba.
La mayoría de los cazadores solo utilizaban aquellos cuartos cuando
necesitaban una breve e intensa sesión de instrucción en la Academia. Honor
llevaba allí desde el día que le permitieron salir del hospital.
No era que no pudiera permitirse
algo mejor. Dado el elevado sueldo que cobraban los
cazadores por la naturaleza peligrosa
de su trabajo
y debido al hecho de que no había tenido mucho tiempo
libre para gastarse ese dinero, había ahorrado una suma considerable antes de
que la secuestraran. Y tampoco había tocado nada durante la convalecencia, porque
el Gremio siempre corría con
todos los gastos médicos de sus cazadores.
La verdad era que podría trasladarse a un ático de
lujo si lo deseara. Sin embargo, hasta aquella noche no le había parecido que
la mudanza mereciera el esfuerzo.
Aquella noche, en cambio, la habitación le
parecía de repente
una
jaula. ¿Tan entumecida estaba que no había notado
lo claustrofóbica que resultaba? Darse cuenta de hasta dónde llegaba su apatía
fue como una bofetada; una bofetada que le dejó un ruido sordo en la cabeza...
pero no bastó para calmar la angustia provocada por las paredes que la
rodeaban.
Empezó a sudar, así que se quitó la sudadera y la
arrojó sobre la cama. Pero eso tampoco hizo nada por aliviar el sofoco.
Agua.
Unos
minutos después de
que la idea se le pasara por la
cabeza, estaba ataviada con un bañador y un albornoz. Los noctámbulos que se
encontró de camino a la piscina de la Academia se
detuvieron un instante para saludarla antes de
continuar con lo suyo... y Honor no tardó en sumergirse en las prístinas aguas
azules que prometían paz.
Brazada,
brazada, respirar. Brazada,
brazada, respirar.
Aquel ritmo era mejor que la meditación. Necesitó
diez largos, pero al final se calmó. Sin embargo, la sensación de agobio la
invadió de nuevo en cuanto regresó a la habitación. Ahora que se había
percatado de lo diminuta que era, no
podía quitárselo de la
cabeza. Y no sería capaz de dormir aunque se obligara a meterse en la cama. Sus
pesadillas (soñaba con cosas malévolas y llenas de garras) ya eran bastante
terribles sin añadir el pánico
claustrofóbico a la mezcla.
Puesto que se había duchado en la piscina, se puso
ropa limpia y cogió el portátil.
La biblioteca estaba tranquila a aquellas horas de
la noche, pero no desierta. Había un par de profesores trabajando con
documentos de investigación, y una
cazadora con aspecto de estar
inmersa en un caso.
A Honor le bastó con echar un vistazo al brillante
cabello oscuro y las botas viejas para esbozar una sonrisa alegre de sorpresa.
—¿Ashwini?
La alta cazadora de piernas largas dejó el libro
que estaba leyendo y se dio la vuelta. Su rostro mostró una sonrisa
que hizo que pasara de ser hermosa a deslumbrante.
Soltó un grito de alegría y recorrió a saltos la biblioteca para envolver a
Honor en un enorme abrazo. No
mostraba signos de
la pelea a cuchillo que le había causado graves
heridas poco tiempo antes.
Honor soltó una carcajada y le devolvió el abrazo.
Ash era una de las pocas personas con las que no le había costado trabajo
intimar, ni siquiera después del secuestro. Quizá se debiera a que la otra
cazadora era su mejor amiga... o quizá a que Ashwini fue quien le quitó la
venda de los ojos y quien rompió a tiros las cadenas que la mantenían atrapada
e indefensa, con el cuerpo hecho pedazos.
«Te tengo, Honor... Esos cabrones no volverán a
tocarte.»
—¿Qué estás haciendo aquí, chiflada? —preguntó.
Se concentró en el hecho de que sus amigos nunca
la habían dado
por perdida y no en el hedor pútrido de un recuerdo realmente horrible.
Ashwini le dio un sonoro beso en la mejilla antes
de apartarse.
—He venido a verte. Como no estabas en tu
habitación, he venido aquí a esperarte. —Echó un vistazo alrededor cuando uno
de los instructores
dijo
«Chist» en voz alta, y luego puso los ojos en
blanco—. Qué curioso, Demarco. ¿No llamaron a la policía
por exceso de ruidos en tu última fiesta?
El esbelto cazador, con el cabello rubio lleno de
reflejos típico de un hombre al que
le encantaba el
sol, sonrió y la apuntó con el dedo.
—Sabía que estabas allí, señorita
Mentirosa.
—Esto es una biblioteca, señores
—dijo el último hombre de la estancia, que tenía
las botas llenas de rozaduras apoyadas en la mesa y un libro encuadernado en
cuero delante de la cara.
Ash y Demarco soltaron un silbido. Porque Ransom
era la última persona a quien alguien esperaría encontrar en una biblioteca.
Eso sí que había que verlo para creerlo, pensó Honor. Ransom se colocó el libro
en el regazo y se reclinó
en la silla con los brazos cruzados por detrás de
la cabeza.
—Os hago saber que estoy dando un curso avanzado
sobre cómo enfrentarse a la Hermandad del Ala cuando es necesario.
Ashwini se acercó para juguetear con el maravilloso
cabello negro de Ransom, y le
deshizo la coleta
para poder jugar con él.
—¿Qué acondicionador utilizas, profesor Ransom?
Creo que voy a cambiar de marca.
—Que te jodan
—replicó el cazador bromeando
mientras echaba un vistazo a Demarco—. Tengo hambre.
El otro cazador se quedó callado un momento
y luego asintió
con
decisión.
—Sí, yo también.
Y, de pronto, Honor se encontró sentada en
un comedor desierto
con otros tres cazadores, hablando de tonterías. Era algo que no había
hecho desde hacía meses;
había llegado incluso a rechazar
las ofertas de Ash cuando su mejor amiga intentó que saliera, y ahora no
lograba entender por qué. Por primera vez desde que había escapado de aquel
agujero del infierno donde había estado a punto de morir, se sentía una persona
real y no una sombra olvidada, una ilusión traslúcida.
Deja de mentirte a ti misma, Honor. Se había
sentido muy real y muy
viva en la
Torre. Paralizada por un
miedo que le había cubierto la piel de un sudor
pegajoso y desconcertada por la fuerte atracción que sentía hacia el vampiro
que la había mirado con sexo en los ojos (sexo oscuro y siniestro)... pero viva
al fin y al cabo.
Apretó los dedos en torno al asa de la taza de
café. Ya se había comido un sándwich de queso tostado y un plátano, porque era
la primera vez en muchos meses que tenía hambre de verdad... a pesar del
riguroso plan de alimentación que
le había recomendado
la nutricionista del Gremio, cuyo objetivo era hacer que recuperara poco
a poco un peso saludable a lo largo del último semestre. No disfrutaba comiendo
ninguna de las cosas que aparecían en
él, pero había seguido el régimen porque le parecía
más fácil que discutir.
La mirada de Dmitri había dejado claro que le
gustaban sus curvas, que no le
importaba que su
cuerpo tuviese forma de
reloj de arena
y no se pareciera al de las modelos de los
desfiles. En opinión de Honor, el vampiro disfrutaría enormemente recorriendo
con las manos cada centímetro del cuerpo de una mujer... siempre que no tuviera
ganas de hacerle un poco de daño.
—¿Alguno de vosotros conoce a Dmitri? —preguntó
de pronto durante una pausa en la conversación.
Sabía que aquel vampiro no era bueno para ella,
pero a pesar de eso no
había podido apartar la vista de su labio inferior,
y eso la desconcertaba. Un capricho peligroso, una pequeña locura.
—Sí. —Ransom se tragó el trozo de Pop Tart que
tenía en la boca—. Lo conocí cuando Elena desapareció. Es un hijo de puta
impasible. No me gustaría encontrármelo en un callejón desierto.
«Un desafío. Lo acepto.»
Habría resultado fácil engañarse a sí misma
diciéndose que solo jugaba con ella,
que solo quería
divertirse a su costa.
Pero estaba bastante
segura de que ningún hombre
miraba a una mujer con aquella pasión en los ojos a menos que planeara tenerla
desnuda, indefensa y con las piernas abiertas para él.
—Oye... —Ashwini bajó un poco
la voz para no interrumpir la conversación que
mantenían Demarco y Ransom—. He oído que acudiste como asesora a la Torre. ¿Lo
pidió Dmitri?
—Le hice un corte en la cara — susurró Honor,
aunque el recuerdo era todavía un vacío negro en su memoria.
Ashwini esbozó una sonrisa feroz.
—Bien por ti. Seguro que ese cabrón se lo merecía.
Honor contempló a su mejor amiga y se echó a reír
por primera vez desde que Ash y Ransom la sacaran de aquel foso repugnante
magullada, violada y sangrando por tantos sitios a causa de los mordiscos que
los médicos habían tenido que sumergirla en un baño antiséptico para asegurarse
de no pasar
por alto ninguna herida.
Puesto que aquella noche no tenía ganas de dormir,
Dmitri se encontraba en la terraza sin barandilla de su habitación en la Torre
cuando la sombra nocturna de unas alas pasó sobre él.
El ángel que aterrizó a su lado le resultaba tan
familiar como desagradable.
—Favashi —dijo. Esperaba su visita, ya que habían
seguido sus movimientos desde que la divisaron una hora antes en la costa de
Boston—. ¿Has venido a reclamar el territorio de Rafael ahora que él se
encuentra en el Lejano Oriente?
El rostro sereno de Favashi no reveló nada mientras
plegaba las alas de un suave y exquisito color crema.
—Ambos sabemos que él es más fuerte que yo, Dmitri.
Y aunque no lo fuera, tú diriges a sus Siete. Sería una estupidez enfrentarse a
ti en una batalla.
Dmitri resopló, aunque ella tenía razón. Su fuerza
de vampiro, sumada a su inteligencia y su experiencia en situaciones de
combate, aseguraban que ninguna ciudad cayera cuando él estaba al cargo. ¿Y esa
ciudad? La había custodiado desde mucho antes de que se convirtiera en una joya
codiciada por muchos, y jamás permitiría que cayera en manos enemigas.
—Entonces ¿has venido para
halagarme? —ronroneó con un tono tan letal como el
filo de un escalpelo—. Es una lástima, pero prefiero que las manos que me
acaricien no sean las de una
zorra de sangre fría.
Tenía fuego en los ojos. Un atisbo de poder
depravado oculto tras la máscara de una adorable princesa persa, elegante y
benevolente.
—Sigo
siendo una arcángel, Dmitri. —Había un ramalazo de
arrogancia en el comentario, pero sus labios mostraban una sonrisa—. Fui una
estúpida, y esta
es mi recompensa.
¿Nunca perdonaréis la ambición de una joven?
Dmitri la miró fijamente. En otra época, aquella
arcángel le había hecho
creer
por un efímero
momento que podría arrastrarse
lejos del abismo y salir a la
luz una vez
más. Con el cabello castaño similar a la piel del
visón y los ojos del mismo color, una piel del cremoso tono dorado de Persia y
el cuerpo de una diosa, Favashi era una reina que interpretaba muy bien su
papel.
Los hombres habían luchado por ella, habían muerto
por ella, la habían adorado. Las mujeres veían en ella una elegancia que no
estaba presente en Michaela, la más hermosa de los arcángeles, y por eso la
servían con manos voluntariosas y corazones leales, sin darse cuenta de que
Favashi era tan despiadada como el
resto de sus
compañeros del Grupo.
—La ambición —dijo Dmitri—
tiene su precio.
Tras extender las alas, como si quisiera exponerlas
a la lánguida caricia de la noche,
Favashi volvió la
cara hacia el cielo nocturno de Manhattan, lleno de estrellas.
—Este es un lugar deslumbrante, pero despiadado. Mi
tierra es más amable.
—Un hombre podría convertirse en cenizas en tus
desiertos sin que nadie lo encontrara jamás.
No le cabía ni la menor duda de que Favashi había
enterrado muchos cadáveres bajo las dunas de arena. Eso no le suponía un
problema, ya que él
también había
enterrado unos cuantos. Lo que sí
le suponía un problema era que ella hubiera conseguido engañarlo, que hubiera
intentado ponerle la correa para convertirlo en su perro guardián y en su
asesino personal.
Pero había pasado tanto tiempo desde entonces que
parecía otra vida. Dmitri se había visto convertido en un objeto, pero no
volvería a serlo nunca más.
—¿Por qué estás aquí?
—He venido a verte. —Era una respuesta sencilla,
pero su voz tenía un matiz musical suave y exótico que la convertía en una
invitación—. Dejemos el pasado donde está. Podría enamorarte de nuevo.
—No. —Atrapó su muñeca cuando ella alzó
la mano para
acariciarle la cara, y la apretó
tan fuerte que habría fracturado los huesos de una mortal—. La última vez que
un ángel intentó cortejarme —susurró al tiempo que se inclinaba para rozar con
los labios la piel de su cuello—, acabó convertida en pedacitos con los que
alimenté a sus sabuesos.
Había sido él quien cortejó a Favashi la vez
anterior... o al menos ella le había hecho creer que era él quien llevaba la
voz cantante. Lo único bueno que había sacado de aquella experiencia era que
jamás volvería a
cometer el error de creer en las
dulces mentiras de una mujer.
Deslizó los labios por la curva sensible de su
oreja y la succionó con la delicadeza
que sabía que
a ella le gustaba mientras acariciaba el pulso de la
muñeca que aún tenía sujeta.
—Observé
cómo se alimentaban los perros —murmuró mientras
alzaba la mano libre para deslizar los dedos por la curva de sus alas en la más
íntima de las caricias—, y deseé haberme tomado más tiempo para mutilarla con
la daga.
Favashi liberó su muñeca y se apartó de él. Pero
daba igual: tenía las pupilas dilatadas y se había ruborizado. Dmitri sonrió y
colocó el dedo sobre la zona de su cuello donde se apreciaba el pulso
acelerado.
—Si quiere que la atiendan, la
cama no está lejos, mi señora Favashi.
No mostró reacción alguna ante el apelativo burlón.
Era una arcángel, después de todo. Sin embargo, su tono reveló cierta
preocupación que en su día lo habría llevado a creer que ella tenía
sentimientos.
—No eres el que eras, Dmitri. No aceptaré a un
hombre como tú en mi cama.
—Una lástima. Hay muchas cosas que me encantaría
hacerte. —Y ninguna de ellas estaba relacionada con el placer
—. Ahora cuéntame por qué estás aquí realmente
—dijo, harto ya de jueguecitos.
Un mechón de cabello visón oscuro revoloteó por
delante de la cara de la
arcángel y volvió a caer en cuanto se apaciguó el
viento.
—He dicho la verdad. —Mostró su perfil inmaculado
mientras contemplaba a un grupo de ángeles que se preparaban para aterrizar en
una terraza interior, con las alas ahuecadas hacia dentro para reducir la
velocidad del descenso—. Tanto Rafael como Elijah tienen consortes y son estables, a
diferencia del resto de los miembros del Grupo.
»He decidido que ha llegado el momento de unirme a
ellos... y tú eres la única elección aceptable. —La inmortal había hecho sus
fríos cálculos mentales
—. Puede que nunca llegue a confiar en ti en la
cama, pero la oferta sigue en pie.
—Tras esas palabras, extendió las alas
que Dmitri había acariciado en muchas ocasiones
mientras ella se arqueaba desnuda encima de él, y salió de la terraza.
Después de realizar una llamada para asegurarse de
que la siguieran hasta que saliera del
país, Dmitri alzó
el rostro para disfrutar de los fríos vientos nocturnos, cargados de los
olores del Hudson y el ritmo frenético de aquella ciudad salvaje
de acero, cristal
y pasión.
Favashi no lo entendía, y quizá nunca lo hiciera.
Elena era débil, quizá demasiado débil para ser la consorte de un arcángel,
pero Rafael la amaba de todas formas.
Aunque
como líder de
los Siete
Dmitri no podía aceptar semejante debilidad, el
mortal que había sido en su día, el que había amado a una mujer de boca grande
y ojos castaños rasgados... aquel hombre sí sabía que amar tan profundamente
era una especie de hermosa locura.
«Calor abrasador. Carne chamuscada. Gritos.
Palabras
que debería entender, pero que no entendía.
Un dolor angustioso e insoportable... superado tan
solo por el sufrimiento.»
—No, no, no.
Honor despertó de la pesadilla al oír el sonido de
su propia voz. Se tocó la cara y descubrió una única lágrima en su mejilla. Eso
la sorprendió. Cuando soñaba en el sótano, la mayoría de las veces despertaba
rígida de terror
y presa de las náuseas. En ocasiones despertaba furiosa, con las manos
agarrotadas en torno a un arma. Lo único que no hacía, que no había hecho desde
que la rescataron, era llorar. Ni dormida ni despierta.
Se frotó la cara con la manga para borrar la
evidencia de su pérdida de control y echó un vistazo a la biblioteca. Estaba
desierta, y cuando consultó el reloj supo por qué: eran las cinco de la
madrugada. Ashwini y
Demarco se
habían marchado los primeros; y recordaba haberle
dicho «Adiós» a Ransom cuando también él se fue a la cama alrededor de una hora
después.
Recogió el portátil y las fotocopias que había
hecho de algunos libros y se encaminó hacia su habitación... La pequeña y
agobiante celda que hacía las veces de dormitorio.
Exhausta o no, sabía con seguridad que no podría
dormir allí. Supuso que Ashwini estaría despierta, ya que se había marchado
tras recibir un
aviso para una caza local, así que la llamó al móvil.
—Honor, ¿qué necesitas?
—¿Puedes hablar?
—Sí, acabo de llegar a casa
después de atrapar al imbécil del
vampiro.
—¿Ya? —Seguro que había batido algún récord.
—El tipo tuvo la brillante idea de... no te lo
pierdas... esconderse en casa de su mami. Como si ese no fuera el sitio donde
se busca en primer lugar.
En ocasiones como aquella, Honor no podía
evitar recordar que
los vampiros habían sido humanos una vez. La humanidad podía tardar
décadas en desaparecer... pero estaba segura de que a Dmitri no le quedaba ni
una pizca.
—La última vez que estuviste aquí dijiste algo
sobre un apartamento libre en tu edificio —dijo, cabreada consigo misma por
no dejar de
pensar en la
criatura violenta y sensual que la había mirado con intenciones explícitas—.
¿Crees que aún lo estará?
—No. Porque ya lo he alquilado a tu nombre.
Honor se sentó en la cama.
—Lo sabías.
—Es muy espacioso
—dijo Ashwini en lugar de responder a la pregunta implícita—. Hay
cristal por todos lados y,
aunque eso podría suponer un
peligro para la seguridad, estarás en la planta treinta y uno. Es posible que
hubiera forzado el candado de tu almacén y trasladado tus cosas durante la
semana pasada, pero si se lo cuentas a alguien, juraré que lo hicieron los
duendes.
En cualquier otro momento, con cualquier otra
persona, Honor se habría puesto
furiosa. Pero aquella
era Ash, una mujer que había
entendido su necesidad de escapar antes incluso que ella misma.
—Te debo una.
—¿Quieres que vaya a recogerte? Todavía tengo el
coche que alquilé para la caza.
Honor echó un vistazo a su habitación.
—Dame un par de horas para recoger las cosas. —No
tenía muchas, pero una de las reglas tácitas era que había que quitar la ropa
de cama, pasar la aspiradora por el suelo y deshacerse de cualquier resto de basura antes de
marcharse—. Me reuniré contigo en la puerta
principal.
—¿Honor?
—¿Sí?
—Es un placer tenerte de vuelta.
Capítulo 5
Había mentido a Favashi.
Dmitri volvió a introducirse en Manhattan con el
Ferrari después de un corto viaje matutino al otro lado del río, hasta el
Enclave del Ángel, el hogar de Rafael.
Durante el tiempo que había permanecido encerrado,
en una ocasión había amenazado a Isis con entregarles su cadáver a los
sabuesos. Pero en realidad, después de que acuchillase el corazón del ángel
hasta que quedó reducido a una pulpa sanguinolenta, Rafael le arrancó la cabeza
con un único
y despiadado movimiento. Luego, ambos habían hecho
pedacitos a la zorra, pero no se los habían dado de comer a los perros. No, la
habían quemado hasta reducirla a cenizas en una hoguera situada en
medio del jardín.
A diferencia de los arcángeles, Isis carecía del poder necesario para
regenerarse después de aquello.
Dmitri jamás se había arrepentido de aquel acto de
brutalidad. Era necesario
asegurarse de que no
regresara nunca. Tan
solo habría deseado que durara
más, hacer que gritara, llorara y suplicara... como debía de haber hecho su
Ingrede. Sin embargo, Misha se había quedado solo y asustado en aquel lugar
frío y oscuro que había
bajo el torreón, y el niño era su
prioridad número uno.
«—¡Papá! ¡Papá! —Su hijo intentó arrastrarse sobre
el suelo de
piedra. Tenía las manitas
hinchadas y magulladas a causa de
los vanos intentos de quitarse el grillete que le rodeaba el cuello, aquella
cosa innombrable que ni Rafael ni él habían sido capaces de quitarle sin
hacerle daño.
—Calla, Misha. —Intentó que su voz sonara calmada,
que no se notara la agonía que lo embargaba al coger aquellas manos rotas en
las suyas y llevárselas a los labios—. No es más que un arañazo. Papá está
bien.
Utilizó la
llave que le había quitado a Isis
para abrir el grillete de
hierro que mantenía cautivo a Misha y luego lo
arrojó lejos.
—Ya estoy aquí. —Abrazó el cuerpecito febril de su
hijo mayor y lo estrechó con fuerza. Con mucha fuerza
—. Todo saldrá bien.»
Con el pecho lleno de un dolor que nunca se había
aplacado, Dmitri pulsó el botón
del mando a distancia para acceder a la extensa zona de
aparcamiento situada bajo la Torre. La puerta se abrió a la primera, rápida y
silenciosamente. El Ferrari ronroneó hasta llegar a su plaza habitual y un par
de minutos después el vampiro avanzaba hacia el ascensor, con los recuerdos
encerrados tras unas paredes que nadie había conseguido echar abajo jamás.
Justo cuando las puertas empezaron a abrirse,
sonó el móvil.
La recepcionista quería avisarle de la llegada de Honor. Una siniestra
expectación se adueñó de él... Una expectación tan intensa que hizo que Dmitri
supiera que no dejaría marchar a la cazadora hasta haber saciado su hambre.
—Yo la acompañaré —dijo antes de colgar.
En cuanto entró en el vestíbulo, la recepcionista
levantó la cabeza para mirarlo. Tenía una mueca tensa en su preciosa boca.
—Señor, hay...
—Dmitri. —Era una voz femenina, elegante y ronca.
Al darse la vuelta, encontró a una rubia voluptuosa
que se alejaba de la pared junto a la que, al parecer, lo había estado
esperando.
—Carmen
—dijo Dmitri, consciente de que
Honor se encontraba a unos veinte metros de distancia—. ¿Qué te trae por la
Torre?
Despidió con un gesto al guardia que se acercaba.
Carmen había conseguido acceso al vestíbulo porque era Dmitri quien debía
encargarse de ella.
Era una humana de belleza deslumbrante. Tenía el
cabello despeinado, como si acabara de salir de la cama... pero sus labios
estaban pintados a la perfección y sus enormes
ojos azules estaban perfilados con kohl. Apoyó una
mano en el pecho de Dmitri y empezó a juguetear con la solapa de la chaqueta.
—Tú
eres lo que
me trae a la
Torre. —Muy elegante a pesar de su tórrida sexualidad, la mujer ladeó la cabeza
ligeramente hacia la izquierda.
Dmitri no pasó por alto la invitación. Le sujetó la
muñeca y le apartó la mano con una delicadeza que ella malinterpretó como
interés... hasta que habló.
—Follamos una vez, Carmen. No volverá a ocurrir.
Su rostro se ruborizó y en sus ojos ardió una
emoción que no era furia, aunque resultaba igual de intensa.
—Dios, menudo cabrón... —La parte superior de sus
pechos, expuesta por el profundo escote del traje de ejecutivo que enfundaba su
cuerpo, también enrojeció—. Haré todo lo que tú quieras.
—Lo sé.
Aquella era en parte la razón por la que jamás
volvería a llevársela a la cama. Se había mostrado demasiado dispuesta desde el
principio... Y si bien Dmitri no tenía nada en contra de la buena disposición
(porque le gustaban las mujeres que le daban una bienvenida húmeda y dulce),
sabía que Carmen quería algo más que sexo.
Y él no. Con ella no. Con ninguna mujer, en
realidad.
—Vete a casa, Carmen.
En lugar de obedecer, se abalanzó sobre él para que
los pezones lo rozaran a través del vestido. Quería dejar claro que, tanto si
resultaba elegante como si no, no llevaba sujetador.
—Solo una vez más, Dmitri. —Su pulso denotaba una
necesidad intensa—. Quiero sentir cómo tus colmillos se clavan en mi piel. —El
estremecimiento que la recorrió fue
casi orgásmico—. Por favor, solo
una vez más.
—Cualquier vampiro te servirá, Carmen. Y ambos lo
sabemos. —Se había vuelto adicta al placer que proporcionaba el beso de los
vampiros, algo de lo que él no se había percatado hasta que se la llevó a la
cama—. Nunca
follo ni me alimento de la misma mujer.
—Era una norma inquebrantable.
Carmen se aferró a las solapas de la chaqueta.
—Haré cualquier cosa, Dmitri.
—No sabes lo que dices. — Permitió que el
depredador frío y siniestro que moraba en su interior saliera a la superficie,
que asomara a sus ojos mientras bajaba la voz para convertirla en
una suave amenaza—. Mis juegos no son agradables, y
jamás me detengo cuando me lo piden. —Alzó un dedo para tocarle la mejilla en
un gesto casi delicado, pero la violencia ardía con fuerza en su interior
debido a los recuerdos que habían empezado a aflorar—. ¿Quieres que te haga
daño?
Carmen se quedó pálida y no se resistió cuando,
tras una indicación de Dmitri, uno de los vampiros al cargo de la vigilancia la
agarró del brazo para acompañarla a la salida.
Después de verla marchar, Dmitri se volvió hacia
Honor.
—Ahora tú —murmuró. Percibía la rapidez de su
pulso, su respiración irregular, la sutil complejidad de su aroma—. A ti sí
quiero oírte decirme esas palabras.
Ella
soltó una exclamación ahogada.
—No me acuesto con hombres que disfrutan haciéndome
sangrar. —Esas palabras estaban cargadas de una furia amarga... y de
algo más antiguo,
más
intenso, más siniestro.
Una vez que estuvo a su lado, Dmitri esbozó una
sonrisa y supo, por la expresión de sus ojos, que había mostrado más de sí
mismo de lo que pretendía. Que había dejado que la violencia ardiera con
demasiada fuerza.
—Mejor —murmuró—. De ese modo será más dulce
poseerte.
Las mejillas de la cazadora se sonrojaron, aunque
Dmitri podía oír su corazón, que parecía una criatura atrapada, aterrada y
trémula.
—Yo no follo —señaló ella.
—A ti —dijo Dmitri, que deseaba colocar la boca
sobre su pulso y succionar—, no te follaría. Al menos no la primera vez.
A pesar de
las palabras que él
había elegido, Honor no tenía claro si Dmitri estaba hablando de sexo o no. Su
voz, tenebrosa y susurrante, era a la vez una
pecaminosa invitación y una
amenaza mortal. Había aterrorizado a Carmen con una advertencia serena y
calculada, y todos los demás vampiros de la ciudad lo temían... pero Honor no
se dejó intimidar, y su coraje procedía de una parte oculta de su interior que
ni siquiera ella comprendía del todo.
Quizá se convirtiera en una masa balbuceante en
cuanto estuviera a solas, pero no se derrumbaría delante de aquel vampiro que
había mirado a una antigua amante con el mismo desapego con el que se observa
un insecto.
—Si quieres saber lo que he descubierto, aléjate de
mi puñetero espacio vital.
Él no se movió.
—Es una lástima que no seas una de las sabuesos.
—Esencias —dijo, y contuvo el aliento al sentir una
tenue caricia de diamantes y pieles negras—. Sara me dijo que podías hechizar
con esencias.
—Eso hizo que se preguntara a cuántas cazadoras
habría tenido desnudas y dispuestas en su cama después de embriagarlas con
semejante don—. Yo no soy una cazadora nata —señaló, aunque acababa de dejar
claro que llevaba en su sangre parte de ese linaje.
Y Dmitri lo sabía.
Los hermosos labios del vampiro esbozaron una
levísima sonrisa cuando le señaló el ascensor con un gesto de la cabeza.
—Vamos, conejita.
Honor
apretó los dientes
y se obligó a seguirlo, a pesar
de que su corazón se desbocaba ante la idea de permanecer encerrada allí con
él. Por desgracia, escapar no era una opción. En aquella ciudad no había ningún
sitio donde él no pudiera encontrarla.
Y lo haría, porque tenía algo que él necesitaba. El
hecho de que quisiera acostarse con ella era un extra, una diversión añadida.
—¿Tu
gente ha descubierto
algo más sobre la
víctima? —preguntó. El
sudor
le empapaba la espalda cuando llegaron a la puerta del
ascensor.
—Es posible que muriera un día antes de que lo
encontráramos. —Tenía unos ojos oscuros, oscurísimos, que recorrían cada uno de
los planos y las sombras de su rostro—. Deberías aminorar tu pulso, Honor. De
lo contrario, lo tomaré
como una invitación. Y ambos
sabemos lo mucho que te gustarían mis colmillos.
A Honor se le hizo un nudo en el estómago.
—Carmen tenía razón. Eres un cabrón.
En el foso, uno de los vampiros había utilizado los
colmillos para inyectarle algo en el torrente sanguíneo
cuyo objetivo era provocarle placer. La había obligado a
alcanzar el orgasmo una y otra vez en una horrible
violación de sus emociones contra la que ella no había podido luchar.
Había vomitado una vez que el vampiro terminó, y
eso le desagradó tanto que le arrojó cubos de agua helada a modo de castigo.
—Preferiría comer clavos a dejar que te acercaras a
mí.
—Una extravagante analogía, pero yo nunca obligo a
nadie a servirme de alimento.
—Extendió el brazo
para evitar que las puertas del ascensor se cerraran y luego esperó—.
Como has podido ver, son ellas las que vienen suplicando a
mi puerta. —Siguió
sujetando las puertas cuando el aparato empezó a
pitar.
Honor no pensaba dejarle ganar aquel asalto de
ninguna manera.
Dmitri sonrió cuando ella entró en el ascensor y,
una vez más, su sonrisa era la de un depredador, sin rastro de calidez ni de
humanidad.
—Bueno, parece que a la conejita asustada aún le
queda algo de coraje.
Las puertas se cerraron con un susurro.
—¿Cómo tienes la cara? — preguntó Honor, que sentía
un hormigueo en los dedos provocado por el deseo de coger la daga.
Dmitri se volvió para que ella pudiera observar la
mejilla que le había
cortado. Su piel de color miel tenía un aspecto
suave y saludable. Una piel que invitaba a tocarla... si una olvidaba el
hecho de que el vampiro
era tan peligroso como una
cobra.
—El vampiro tatuado —dijo al tiempo que se apoyaba
despreocupadamente en la pared del ascensor. Su voz era una lánguida caricia—
acababa de ser Convertido. Tenía dos meses como máximo. Debería haber estado en
régimen de aislamiento.
Honor frunció el ceño y se mordió la parte interna
del labio.
—Por lo general, los cazadores no tienen problemas
con los vampiros tan jóvenes. Según he oído, son bastante débiles.
—Eso
se dice, sí.
—Echó un vistazo a las puertas
que se abrían e hizo un gesto con la cabeza para que ella saliera primero.
Honor se quedó donde estaba.
—Después de ti.
—Si quisiera abalanzarme sobre tu garganta, Honor
—dijo con aquella voz lánguida tan típica en él—, estarías aplastada contra la
pared sin haberlo visto venir.
Sí, eso lo sabía muy bien. Pero no cambiaba nada.
—Puedo
quedarme aquí todo
el
día.
Una vez más, Dmitri estiró el brazo
para evitar que se cerraran las puertas.
—¿Quién eras antes de que te
secuestraran?
El comentario hirió un orgullo que Honor ni
siquiera sabía que tenía. Le dolía que él supiera que la habían humillado,
que la
habían tratado peor que a un
animal, pero logró responder gracias a una furia que había crecido en silencio
desde el día que había salido del foso.
—Yo tengo otra pregunta. Dmitri enarcó una ceja.
—¿Por qué coño siguen libres los peores, los que lo
organizaron todo?
Ella, sin embargo, estaba atrapada en aquel cuerpo
incapaz de olvidar las magulladuras, los huesos rotos y, sobre todo, la
agonizante pérdida del derecho a
elegir, a decidir
si quería que la
tocaran o no.
Algo frío, gélido, apareció en los ojos oscuros de
Dmitri.
—Porque todavía no saben que ya están muertos. —Sus
palabras sonaron como si fuesen de hielo—. ¿Te gustaría ver cómo les hago
gritar?
A Honor se le heló la sangre en las venas.
Dmitri sonrió.
—¿Con qué fantaseas, conejita?
¿Quieres clavarles un puñal en los ojos y dejar que
se regeneren para volverlo a hacer, quizá? —Era un susurro terrible, sensual—.
¿Romperles los huesos con un martillo
mientras aún siguen conscientes? —Salió del ascensor sin esperar una respuesta.
Honor lo siguió y contempló la chaqueta negra del
traje que tan bien se ajustaba a sus hombros amplios, musculosos y esbeltos. No
había nada en Dmitri que no fuera sofisticado. Incluso su violencia lo era.
Pero lo cierto era que había estado muy cerca de adivinar lo que soñaba con
poder hacerles a sus atacantes cuando los tuviera a su merced... en una
estancia fría y oscura como en la que ella había estado encerrada.
—Lo sé —dijo él, como si le hubiese leído
la mente—, porque
una vez le corté la lengua a alguien que me había mantenido prisionero.
Algo que hasta ese momento había permanecido
dormido en el interior de
Honor
comenzó a desperezarse.
Algo que se había mantenido a la espera; algo antiguo que ansiaba la
respuesta de Dmitri a la pregunta que ella sentía la tentación de formular.
—¿Fue suficiente?
—No, pero sí satisfactorio. — Empujó la puerta de
su oficina y se acercó a las ventanas—. Los que dicen que la venganza te mina
por dentro se equivocan. No es
así, no si
lo haces bien. —Echó un vistazo
por encima del hombro y le dedicó una sonrisa afilada que resultaba fascinante
y aterradora al mismo tiempo—. Me aseguraré de enviarte una
invitación cuando los atrape.
—Pareces bastante seguro de que
los atraparás.
Dmitri
no respondió... como
si fuera obvio que solo era una cuestión de tiempo.
—Ven aquí, Honor. —Fue una orden matizada con un
sutil toque de una especia exótica que hizo que se le hincharan los pechos y se
le cortara la respiración.
Debía sentirse agradecida por no tener más que una
pizca de sangre del linaje de cazadores natos.
—Nunca he sido de las cazadoras que juegan con los
vampiros, ni siquiera antes del secuestro —dijo, clavándose las uñas en las
palmas. Aunque no tenía nada en contra de los compañeros que tomaban amantes
vampiros, se conocía
lo suficiente para saber que ella necesitaba cierto
compromiso que los inmortales no podían ofrecer. Sus vidas eran demasiado
largas; para ellos, el amor no era más que una diversión, y la fidelidad hacia
los mortales, una ridiculez—.
Servir de alimento
nunca me ha llamado la atención.
Dmitri
se volvió y apoyó la espalda en el cristal del ventanal que
daba a Manhattan. Su belleza masculina quedaba resaltada asombrosamente por la
intensa luz del sol.
—Una lástima, porque a mí me parece que serías un
bocado delicioso.
Dmitri observó a la cazadora que
estaba frente a él mientras ella dejaba la bolsa
del portátil en el escritorio antes de sacar el delgado ordenador. Tenía el
rostro sonrojado y sus pechos se apretujaban contra el tejido de la sudadera,
pero no había nada salvo una concentración inquebrantable en sus palabras.
—Podemos seguir con los jueguecitos todo el día,
pero preferiría enseñarte lo que he descubierto.
«Dmitri, deja ya los jueguecitos.» Eran unas
palabras pronunciadas en
una lengua antigua, tan conocida para él como la
luz del sol.
Aquel día su Ingrede estaba enfadada con él, pero al
final había logrado tumbarla en la cama, quitarle la ropa y besar cada
centímetro
de su pequeño y precioso cuerpo desnudo. Le
encantaba hundirse en ella, llenarse las manos con sus pechos, situarse entre
sus muslos, más suaves y llenos, mientras lamía y succionaba su boca y su
cuello. Fue aquel día cuando concibieron a Caterina. O eso había asegurado
siempre Ingrede.
«Por eso tu hija tiene tan mal carácter.»
—¿Dmitri?
Dmitri cerró los párpados y luchó por aferrarse a
un recuerdo que no contenía ni un gramo del dolor ni el horror que llegaría
después, pero se le escurrió entre los dedos.
—Te
escucho —dijo, mirando
a
Honor a los ojos.
Ella le devolvió la mirada y, por un instante,
Dmitri tuvo la desconcertante sensación de haber vivido ese momento antes. Sin
embargo, ella parpadeó, bajó la vista y el instante pasó.
—El tatuaje no aparece en nuestra base de datos. No
obstante, he investigado un poco en la red internacional de cazadores.
Dmitri también había buscado en la red de vampiros
de alto nivel que o bien trabajaban para la gente de las altas esferas o bien
formaban parte de ellas. La
cooperación a esos
niveles era mucho más común de
lo que la gente se pensaba. Las cosas solo se ponían problemáticas cuando había
asuntos territoriales o jerárquicos de por medio.
—¿Has tenido éxito descifrando las líneas del
texto?
Los ojos de Honor brillaron. Era la primera vez que
Dmitri veía una luz semejante en ellos. De pronto, se sintió fascinado por la
vida que ardía dentro de ella. Así, pensó, así había sido la cazadora antes de
que la destrozaran, antes de que aprendiera a saborear el miedo con cada
aliento. Sabía muy bien lo que era
estar destrozado; mucho mejor de lo que ella creía.
«—Mira, Dmitri.
—¡No! ¡No lo hagas! —Tiró de las cadenas hasta que
sus muñecas empezaron a sangrar—. Haré lo que desees... ¡me arrastraré a cuatro
patas!
Soltó una carcajada, hermosa y
mordaz.
—Lo harás de todas formas.
—¡No! ¡No! ¡Por favor!»
Capítulo 6
—El idioma es parecido al arameo, aunque no
demasiado. —La voz de
Honor interrumpió el recuerdo de uno de los momentos más dolorosos que había
experimentado en todos sus siglos de existencia—. Es como si alguien hubiera
tomado el arameo como base para escribir una lengua propia... —Dio un suspiro
que levantó los delicados mechones de cabello que habían escapado del pasador
de la nuca—. Yo diría que es un código. Las líneas son un código.
Atraído por su dulzura, Dmitri se
acercó
un poco y
vio que se
ponía rígida.
—¿Podrías descifrarlo?
—Será difícil con una muestra tan pequeña —dijo
ella, sin retroceder ni un ápice—, pero sí, creo que sí. Ya he empezado.
Estaba a punto de pedirle más detalles cuando sonó
el móvil. Dmitri consultó la pantalla y vio que era Jason, el jefe de espionaje
de Rafael y uno de los miembros de los Siete.
—Has descubierto algo —le dijo al ángel sin apartar
la vista de los rizos de Honor.
—En
cierto sentido... Llegaré dentro de cinco minutos para hablarlo
contigo.
Dmitri colgó el teléfono y echó un vistazo al cielo
a través del cristal en busca de las inconfundibles alas negras del ángel. No
las encontró... aunque eso no suponía una sorpresa, dada la habilidad de
Jason para volar
por encima de la capa de nubes y luego descender a toda velocidad.
Cuando volvió a mirar a Honor, descubrió que ella también lo miraba.
—Por lo general, cuando una mujer me mira así
—murmuró con un deliberado tono provocativo—, lo considero una invitación para
hacer lo que me venga en gana.
Honor
aferró con fuerza
el bolígrafo que tenía en la mano y se enderezó todo lo posible.
—Estaba pensando que pareces alguien capaz de
romperme el cuello con la misma calma inhumana con la que sujetas el móvil.
Dmitri se metió las manos en los bolsillos.
—Me preocuparía más perder el móvil —dijo para
desconcertarla, pero una parte de él no tenía claro si el comentario era cierto
o no.
Honor recorrió su rostro con la mirada. Sus ojos
verde bosque contenían secretos demasiado antiguos para una mortal... Pero
aquella mortal había vivido una eternidad en los meses que
había permanecido atrapada a
merced de unos tipos sin piedad.
—Todo el mundo
sabe que los
vampiros fueron una vez humanos —dijo
—. Pero no estoy segura de que tú lo fueras.
—Yo tampoco.
Era una mentira provocada por los últimos
recuerdos. Recuerdos que incitaban la misma rabia, horror y angustia que había
sentido tanto tiempo atrás, en esa época que casi era una leyenda para los
mortales. Sin embargo, Honor no tenía
derecho a saber
eso. Solo había desnudado su alma ante Ingrede, y su esposa había muerto
hacía muchísimo tiempo.
Dmitri.
Me reuniré contigo en la terraza, Jason.
Aunque sus campos de acción y sus
habilidades específicas eran muy diferentes, todos
los miembros de los Siete podían comunicarse mentalmente, lo que suponía una
enorme ventaja estratégica en ciertas situaciones.
—No te marches todavía, Honor. Preferiría no tener
que perseguirte.
Honor vio salir al vampiro por la pequeña puerta
que conducía a la
terraza. Un ángel con las alas tan negras como el corazón de la noche descendió
un instante después para aterrizar en el mismo borde del espacio abierto. Honor
contuvo el aliento al ver el tatuaje que le cubría la
mitad izquierda de
la cara: unas líneas espirales y
motas que se arqueaban a lo largo de las curvas para crear una
asombrosa obra de arte.
El
trazado, hermoso y hechizante, encajaba a la
perfección con el rostro en el que se encontraba. Un rostro que contenía la
fuerza irresistible del Pacífico mezclada con otras culturas que no lograba
identificar. El cabello
del ángel, recogido en una pulcra
coleta, caía entre sus omóplatos hasta la mitad de la espalda. Dmitri, con su
impecable traje negro combinado con una camisa azul eléctrico y el cabello de
la longitud justa para incitar a una mujer a enredar los dedos en
él, era tan
urbanita y sofisticado como tosco
era aquel ángel tatuado. Pero una cosa estaba clara: ambos eran como espadas
bien afiladas, sanguinarias y despiadadas.
Jason echó un vistazo a través de los cristales del
mirador.
—Honor St. Nicholas —dijo—. La abandonaron de
recién nacida en la puerta de una pequeña iglesia rural de Dakota del Norte. Le
pusieron el nombre de la monja que la encontró y del santo patrón de los niños.
No tiene familia conocida.
A
Dmitri no le
sorprendió que Jason supiera
tanto sobre ella. Por algo era considerado el mejor espía del Grupo.
—Doy por hecho que no has venido aquí a hablar de
Honor.
El
ángel plegó las
alas con más
fuerza
cuando una ráfaga
de viento barrió la terraza,
suspendida sobre el ritmo frenético de la ciudad.
—Hay algo en tu voz, Dmitri. Resultaba extraño que
a Jason se le
diera tan bien descubrir señales reveladoras en la
gente cuando él se guardaba todo para sí.
—A menos que tengas algún interés en Honor —señaló
Dmitri—, no es algo de lo que debas preocuparte.
Jason se quedó callado durante un momento en el que
no se oyó otra cosa que el susurro del viento entre sus alas.
—¿Sabes lo que le hicieron?
—Puedo
imaginarlo. —A diferencia de
Jason, conocía a la perfección la sed
de sangre de los
Convertidos. Dmitri había controlado la suya desde
el principio, quizá porque había descargado su furia con el cuerpo de Isis o
quizá porque se había jurado que jamás volvería a convertirse en esclavo de
nadie ni de nada... pero eso no significaba que esa sed no existiera
—. Es más fuerte de lo que parece.
—¿Estás seguro?
—¿Por
qué de repente
muestras tanta preocupación por una cazadora? — Jason lo veía todo, pero
prefería mantener las distancias con aquellos a los que vigilaba.
El ángel no respondió.
—Te traigo nuevas noticias del territorio de Neha.
La arcángel de la India era
poderosa y,
desde la ejecución de
su hija, estaba al borde de la demencia.
—¿Algo por lo que debamos preocuparnos?
—No. No parece relacionado con ninguno de los
asuntos que nos interesan.
—Siguió con la mirada a un helicóptero que aterrizó
en una azotea situada fuera del territorio de la Torre—. Por lo visto ha
desaparecido un ángel. Un pipiolo de dos años procedente del Refugio.
Dmitri frunció el ceño.
—Ella no puede saber nada acerca de eso. —Los
ángeles tan jóvenes solían estar en manos de otros ángeles o de vampiros
antiguos.
—No. El vampiro que lo tenía a su cuidado,
Kallistos, dijo que había dado
por hecho que el joven había regresado al Refugio.
Eso no era de extrañar. Un vampiro antiguo
perteneciente a la corte de un arcángel tenía mucho trabajo que hacer, y no era
inusual que los ángeles jóvenes burlaran la seguridad del fuerte secreto
angelical después de saborear por primera vez el mundo exterior.
—¿Has dado la alerta en el
Refugio?
—Aodhan y Galen están investigando —dijo el ángel
de alas negras, refiriéndose a
otros dos miembros de los Siete.
Dmitri hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
Cuando se trataba de cuidar de los jóvenes, los límites territoriales
carecían de importancia.
—Hablaré con los demás segundos al mando del Grupo
y veré si ellos pueden arrojar algo de luz sobre este asunto.
—Los ángeles no desaparecen sin
más.
—No, pero he conocido a más de
un joven que se vuelve un poco salvaje después de
salir por primera vez del Refugio. —Jason se relacionaba principalmente con los
ángeles más antiguos, entre los que se contaban los arcángeles, pero Dmitri
mantenía el contacto con los jóvenes porque le gustaba conocer a todo el mundo
que se introducía en el territorio de Rafael—. Una vez rastreé
a un ángel hasta
una
«isla fiestera» del Mediterráneo. — Negó con la
cabeza al recordarlo—. El chico estaba sentado en un árbol, contemplando a los
que disfrutaban de la fiesta. Por lo visto, ni siquiera sabía que existiera ese
nivel de hedonismo.
—La inocencia es así. —Jason se acercó al borde de
la terraza—. Ocurre alguna cosa con Astaad —comentó—. Maya no
ha podido darme
ningún detalle, pero continúa
trabajando en ello.
Astaad era el Arcángel de las islas del Pacífico,
alguien a quien no parecían gustarle los jueguecitos políticos.
—Creía que su comportamiento estaba relacionado con
el despertar de Caliane. —Siempre había
efectos
colaterales cuando un arcángel despertaba, y la
madre de Rafael era una de las más antiguas entre los ancianos.
—Puede que no sea nada, porque los rumores se
iniciaron en otro sitio. — Sin apartar los ojos de la ciudad, que resultaba
cegadora bajo la luz del sol, Jason añadió—: Tú eres mayor que yo, Dmitri.
—Solo trescientos años. —Era una broma entre dos
hombres que habían vivido más de lo que la mayoría podría llegar a imaginar.
—Le pregunté a Elena qué se sentía al ser mortal.
Me dijo que para ellos el tiempo es valioso de una forma que ningún inmortal
podrá comprender jamás.
—Es cierto. —Dmitri había sido ambas cosas, y si
pudiera retroceder en el tiempo, destruiría a Isis antes de que llegara a
acercarse a él y a los suyos. Lo haría sin pensárselo dos veces, aunque
ello significara que
él mismo moriría unas décadas después—. Sentí más
cuando era mortal
que en todos
los siglos que han transcurrido después.
«—¿Me amarás cuando esté gorda y torpe a causa de
nuestro bebé?
Puso la mano en el abultado vientre de su esposa y
acarició con los labios sus párpados, la punta de su nariz, su boca.
—Te
amaré incluso cuando
me haya convertido en polvo.»
Honor vio que Dmitri se acercaba al ángel
de alas negras
y soltó un gruñido al ver lo cerca que estaba del
borde sin barandilla. A diferencia del ángel, él no tenía alas que lo ayudaran
a ascender si caía, y aun así permanecía junto al abismo con una confianza que
decía a las claras que no le preocupaba lo más mínimo esa posibilidad.
Notó un cambio en el ambiente a su espalda.
Al volverse descubrió al vampiro de las gafas de
sol envolventes junto a la puerta.
—Dmitri está fuera.
El tipo se dirigió hacia la terraza
sin mediar palabra justo en el momento en que el
ángel de alas negras saltaba desde el borde. Aquellas alas increíbles
desaparecieron por un instante antes de elevarse a la velocidad del rayo. En
cualquier otro momento, Honor habría seguido la trayectoria de su vuelo, pero
aquel día su atención estaba concentrada en Dmitri... cuyo rostro se convirtió
en una máscara pétrea después de escuchar lo que tenía que decirle el otro
vampiro.
—Deja eso. Nos marchamos —dijo en cuanto entró.
Era
una orden arrogante,
pero Honor sintió la tensión del ambiente y sumó dos y dos.
—¿Habéis encontrado el resto del cuerpo? —Mientras
hablaba, sacó la
tarjeta de datos del portátil, por si no podía
regresar de inmediato para recuperarla.
—Sí.
El teléfono de Dmitri sonó cuando entraron en el
ascensor, pero no perdió la cobertura porque el vampiro mantuvo una
conversación rápida y breve.
Entretanto, el otro vampiro se volvió para mirarla.
No dijo nada, y las gafas de espejo hacían que resultara imposible saber qué
pensaba. Honor no quería centrarse en el hecho de que estaba encerrada en una
cabina de acero con dos depredadores letales, así que decidió decir algo.
—Llevar gafas de sol en la oscuridad fue
una moda que
pasó a
mejor
vida junto con las
permanentes del pelo.
El vampiro mostró los dientes en una sonrisa,
aunque no los colmillos.
—No te gustaría ver lo que hay detrás de los
cristales, encanto. —La última palabra era una mofa del término cariñoso que le
puso los pelos de punta.
—Veneno...
El vampiro volvió la vista al frente una vez más,
pero las comisuras de sus labios seguían curvadas en una sonrisa.
—¿Quieres que conduzca yo?
—No, iremos en el Ferrari. Coge otro coche por si
es necesario que te quedes allí.
—Podría ir más rápido a pie, y así tendría la
oportunidad de observar a la
gente sin que se diera cuenta.
—Adelante.
A Honor nunca le había parecido tan agradable salir
a la luz artificial de un garaje
subterráneo. Estaba casi segura de que si Dmitri no le hubiera
dado un toque de atención, Veneno le habría enseñado los colmillos en más de un
sentido.
—Ahora sé con certeza que ocupas un puesto muy
importante —dijo cuando vio que el Ferrari descapotado estaba aparcado en el
lugar más próximo al ascensor.
—Si has tardado tanto en darte cuenta, Honor, eres
más tonta de lo que pareces.
Para ser una puya no era muy
molesta, en especial porque estaba claro que Dmitri
no le estaba prestando mucha atención. La cazadora se acomodó en la suavísima
tapicería de cuero del asiento del
acompañante y luego
volvió la cabeza hacia el lugar
por el que Veneno había salido del garaje.
—¿A qué vienen las gafas de sol?
—¿No lo sabes todavía? Veneno lleva en la ciudad
bastante tiempo y ya se ha encontrado con unos cuantos cazadores.
—Yo no trabajaba mucho en este país... antes.
—Respiró hondo por primera vez después de lo que le habían parecido horas
mientras Dmitri salía de la zona de seguridad de la Torre y se sumergía de
lleno en la banda sonora de
Manhattan: el pitido de los cláxones, los insultos
a gritos y miles de conversaciones
telefónicas—. Y no tenía motivos
para interactuar con el personal de la Torre cuando visitaba la ciudad.
—En ese caso —señaló él con tono divertido—, dejaré
que Veneno te sorprenda.
Los ruidos de la ciudad subieron de volumen a
medida que se alejaban de la Torre. La primera vez que había estado allí,
recién salida de un autobús procedente de Dakota del Norte, Nueva York la había
dejado abrumada. Aquel no era su hogar, ningún lugar lo era realmente, pero al
menos el Gremio estaba allí. Ashwini y Sara vivían allí.
Y también Demarco, Ransom y Vivek. Amigos que la
habían buscado sin rendirse, que habrían muerto por ella de ser necesario.
Aquello era algo. Y le proporcionaba un punto de anclaje cuando el resto del
mundo giraba sin control.
—¿Dónde encontraron el cuerpo?
—En Times Square.
La
incredulidad vino seguida
de una súbita relación mental.
—¿En el mismo lugar donde Rafael castigó a aquel
vampiro?
Aquel incidente era una leyenda. El arcángel le
había roto al vampiro todos y cada uno de los huesos y después lo había dejado
en medio de Times Square durante
tres largas horas.
Frío,
calculado y brutal, había sido un castigo que nadie
olvidaría jamás.
En aquellas fechas, Honor había sentido lástima por
el vampiro escarmentado, pero ahora
sabía muy bien lo sádicos que
podían llegar a ser muchos inmortales. Sus mentes eran capaces de idear los más
depravados y deshumanizados
horrores. Ahora entendía que el
castigo de Rafael había sido una advertencia.
—Bastante
cerca. —Tras sortear un camión de reparto, Dmitri pasó por
alto las recriminaciones de un taxista (que se quedó con la palabra en la boca)
y observó a una ejecutiva trajeada que estaba a punto de cruzar la carretera
sin mirar. La mujer se quedó paralizada y
dejó caer el café al suelo sin darse cuenta—. Las
condiciones en las que se encuentran
las distintas partes corporales indican que no fue arrojado
desde el aire —señaló después de pasar volando junto a la mujer—, así que
alguien debió de acarrear los pedazos hasta allí.
Partes corporales. Pedazos.
No era de extrañar, teniendo en cuenta la cabeza
decapitada.
—¿Alguna imagen de las cámaras de vigilancia?
—preguntó Honor cuando entraron por fin en el maravilloso mundo de rótulos
brillantes y gente apretujada que formaba Times Square.
—Estamos en ello.
Aparcó en medio de la calle, que
había sido cortada. La multitud se agolpaba al otro lado del
cordón policial.
Cuando Dmitri salió del coche, todos los que se
encontraban a menos de un metro de distancia retrocedieron... y siguieron
haciéndolo mientras él avanzaba hacia el escenario del crimen.
Honor fue tras él y se percató de que la gente
observaba la daga que llevaba en el muslo. Las expresiones tensas
desaparecieron, sustituidas por sonrisas cautelosas. Por lo común, la
población general les
tenía cierto aprecio a los
cazadores, ya que sabían que si todo se iba a la mierda y los vampiros bañaban
las calles de sangre, sería el Gremio
quien acudiría al
rescate.
Incluso los vampiros
más débiles presentes entre la multitud la saludaron con expresión amable;
eran ciudadanos respetuosos con la ley que nada tenían que temer del Gremio.
Un minuto después, se agachó para pasar bajo la
cinta policial y empezó a examinar una escena más propia de un matadero que del
vibrante y caótico centro de una de las ciudades más importantes del mundo. La
rodeaban un millón de esencias: el sabor dulce y meloso del azúcar procedente
de la chocolatería que había al otro lado de la calle; el café, denso y amargo,
del negocio de la
esquina; el humo
de tabaco y de los coches mezclado con el penetrante hedor del sudor
humano. Sin
embargo, ninguno de aquellos olores podía ocultar
la húmeda pestilencia de la carne en descomposición.
Capítulo 7
La policía había dejado la mayoría de las partes
del cadáver en las grandes bolsas de deporte en las que habían sido
encontradas, pero bastaba echar un rápido vistazo a la mitad superior del torso
(que parecía haberse salido de la bolsa, gracias probablemente a algún
curioso) para saber
que el vampiro había
sido desmembrado con
los mismos tajos brutales que ella había apreciado en el cuello.
—O bien estaba muy furioso o bien no le importaba
un comino.
Dmitri se agachó junto al torso.
—No atribuyas motivos humanos a esto, Honor.
Acudieron a su mente recuerdos infantiles de
bofetadas que le habían partido el labio, de puñetazos cuidadosamente
propinados allí donde los
profesores y los
trabajadores sociales no pudieran ver los cardenales, del corte que
había realizado su cuchillo en cierta carne sebosa cuando la puerta del
dormitorio se abrió una vez en plena noche.
—Los humanos pueden ser muy crueles.
No se arrepentía de lo que había hecho de niña para
protegerse y proteger a otros. La primera vez que un «padre» de acogida la
había mirado de una forma
en la que ningún hombre debería mirar a una niña,
decidió que jamás sería una víctima indefensa.
Y nunca lo había sido... Hasta que estuvo atrapada
en aquel sótano en el que oía risas burlonas mientras unas manos elegantes y
bien cuidadas se deslizaban por su cuerpo desnudo.
«Que los jodan», había pensado, mientras la furia
que había despertado en su interior la noche anterior se hacía más intensa. Sin
importar lo que hubiera ocurrido, no pensaba darles a esos cabrones la
satisfacción de verla rendirse y morir.
—Sí—dijo Dmitri mientras ella permitía que ese
juramento calara en sus huesos—,
pero esto es
obra de un
inmortal.
Su cabello tenía un brillo negro azulado bajo la
luz del sol, una tentación sensual. Los dedos de Honor estaban a punto de
acariciarlo cuando se dio
cuenta de lo que estaba haciendo.
Con el rostro ruborizado, apartó la mano y la
apretó hasta convertirla en un puño.
¿Qué demonios le
pasaba? Dejando a un lado que tenían todo el público que se podía tener,
era evidente que aquel vampiro
sería capaz de hacerle cosas que harían que lo ocurrido
en el sótano pareciese un juego de niños.
—¿Has visto algo así antes? —le preguntó mientras
se reprendía mentalmente a fin de resistir el seductor impulso de tocarlo.
—El desmembramiento no es algo nuevo —dijo él con
el gélido pragmatismo de un hombre que había vivido las épocas más oscuras,
tanto humanas como inmortales—. Pero la cuestión no es cómo han destrozado el
cuerpo... Creo que esto no era más que una especie de ejercicio práctico.
De esa forma era más fácil transportarlo y dejarlo
en un lugar tan público.
—Todo para crear un espectáculo, entonces.
El gesto de asentimiento de Dmitri hizo que algunos
mechones de su cabello cayeran hacia la frente.
—Sí, pero también es un desafío —
añadió el vampiro—. ¿Por qué si no iba
a tomarse la molestia de dejar el cuerpo aquí, en
el corazón del territorio de Rafael?
Honor empezó a entenderlo todo en ese instante,
como si encajara
en su mente las piezas de una
lengua antigua para formar una frase perfecta.
—Pero
todo el mundo
sabe que
Rafael no está aquí, Dmitri. Pero tú sí.
El vampiro se quedó inmóvil, más de lo que un
humano podría estarlo jamás. Daba la sensación de que todas las partes de su
anatomía se habían paralizado. No respiraba. Ni siquiera parpadeaba.
—Muy bien, Honor. Parece que ha sido una buena idea
tenerte cerca.
Quizá fuera una burla. O quizá solo
se
tratase de la
arrogancia de una criatura casi inmortal que había vivido
durante siglos, que había presenciado el auge
y la caída de
los imperios, que había luchado
en sangrientos campos de batalla y había visto cómo se extinguían millones,
miles de millones, de vidas bajo el inexorable paso del tiempo. Resultaba
fascinante y desconcertante al mismo tiempo. Sin saber muy bien por qué la
perturbaba esa idea, Honor se incorporó para examinar otras partes del
cuerpo lo mejor
posible. No era patóloga forense, pero contaba con el
entrenamiento básico que recibían todos los cazadores.
La carne ya había empezado a
descomponerse y había gusanos en
algunos de los miembros.
—No ha estado refrigerado, aunque parece que
desmembraron el cuerpo poco después de su muerte —dijo—. Si
lo de dejarlo aquí fue algo planeado (y tuvo que serlo, porque de lo contrario
no habrían dejado tantos pedazos a la vez), lo lógico sería que el asesino o
los asesinos hubieran cuidado mejor del cadáver.
—¿Por
qué? —Tras ponerse
en pie, Dmitri se quitó los guantes que le había cogido a uno de los
policías—. El objetivo principal era crear un espectáculo. Estoy
bastante seguro de que los trozos de carne humana llenos de
gusanos han tenido el impacto deseado.
Tenía razón. No cabía duda que el
olor de la
carne en descomposición había sido clave para el
pronto descubrimiento de los restos... Y eso no hablaba de demencia, sino de
una avispada inteligencia.
—Me gustaría saber si los forenses encuentran algún
otro tatuaje. —Cuanto más texto tuviera para trabajar, más fácil resultaría el
proceso de decodificación.
—Me encargaré de que así sea. — Sacó el teléfono
móvil—. ¿Quieres la piel o te basta con las fotografías?
Era una criatura muy hermosa. Y
una pregunta despiadada.
—Con las fotografías bastará por ahora—respondió
ella al tiempo que se preguntaba si Dmitri, un ser creado para la seducción y
forjado en la sangre, aún
era capaz de sentir las profundas emociones
humanas—, pero me gustaría que conservaran la piel, si es posible.
—Lo harán.
Poco después, la acercó en coche hasta la Academia.
—¿Vives aquí?
Ella negó con la cabeza.
—Me he mudado esta mañana.
Otro paso que la alejaba del foso, otro «que os
jodan» para los cabrones que la habían destrozado.
La sonrisa de Dmitri fue lenta, peligrosa.
—Bien.
El cerebelo de Honor gritó a modo de advertencia,
aunque su abdomen se tensó en una respuesta sensual.
—El edificio tiene sistema de seguridad.
Dmitri enarcó una ceja.
Ya,
bueno, Honor tampoco
creía que aquello pudiera detenerlo.
Se apeó del vehículo y se fijó en el aspecto que
tenía el vampiro en aquel coche. Era una criatura deslumbrante y sexy, con la
piel besada por el sol y resaltada por el impactante azul de su camisa.
—Pareces un mujeriego rico. — Siempre que dicho
mujeriego fuera un tiburón.
—¿Y?
—Y los mujeriegos prefieren a las modelos
despampanantes, tanto en la cama como fuera de ella. Es una norma.
—Cuando estés en la biblioteca, busca un cuadro
titulado Dormidos de un artista llamado Gadriel —dijo él mientras se
ponía las gafas
de sol—. Esa es mi idea de la
mujer perfecta.
Por supuesto, fue lo primero que hizo Honor... y
sintió una corriente eléctrica que abrasó su sangre cuando el monitor le
mostró la imagen
de una pareja desnuda dormida en
la cama. El hombre yacía de
espaldas y tenía
la mano enterrada en el cabello negro de la mujer, que estaba tumbada encima
de él. Había un montón de sábanas arrugadas, pero ninguna de ellas cubría la
piel de color miel de la mujer. Sus grandes pechos se aplastaban contra el
torso del hombre, quien le aferraba
posesivamente el trasero con la otra mano, y todo
su cuerpo estaba lleno de curvas.
De no ser porque aquella mujer carecía del
desarrollo muscular que poseían todos los cazadores, podría haber sido su vivo
retrato.
Después de regresar a la Torre con la cabeza llena
de imágenes en las que Honor ocupaba el lugar de la modelo de Gadriel, Dmitri
se encaminó hacia su despacho.
—¿Qué has descubierto? —le preguntó a Veneno cuando
este regresó después de supervisar la retirada y el transporte de las partes
corporales. La
pregunta, sin embargo, no tenía nada que ver con el
descubrimiento de aquella mañana.
—Los vampiros que secuestraron a Honor eran listos
—respondió Veneno, quien se quitó las gafas y dejó al descubierto unos
ojos que ningún humano podría poseer jamás—.
Utilizaron a vampiros
jóvenes para hacer el trabajo
sucio, y fue a aquellos vampiros a quienes encontraron los cazadores cuando
entraron en el lugar.
Dmitri sabía que los dos supervivientes habían
recibido disparos y cortes a mansalva, pero seguían vivos. Sin embargo, de
acuerdo con el vampiro que se había encargado del caso hasta aquel momento, ninguno había
proporcionado información valiosa. El cerebro que
había organizado el secuestro los había mantenido en la inopia.
Dmitri decidió que los visitaría personalmente.
Aquella era ahora su caza.
—Sigue en ello.
La línea privada sonó justo cuando Veneno se
marchaba. Era Dahariel, el segundo de Astaad.
—¿Qué noticias hay de Caliane? —
le preguntó el ángel.
La pregunta no era sorprendente, dado que
la más antigua
de los arcángeles solo permitía
que Rafael y los suyos atravesaran el
escudo que había levantado
sobre la recién
descubierta ciudad de Amanat.
—Está
ocupada ayudando a su
gente a asimilar la transición del sueño a la vigilia. —Esa gente, en su
mayoría mortales aunque había también algunos inmortales, había dormido durante
más de un milenio junto a su diosa en una ciudad de piedra gris que ahora
brillaba bajo la luz de un sol desconocido.
A
juzgar por lo
que le había contado Rafael
en la última conversación que habían mantenido, los
residentes de Amanat se contentaban con recrear y vivir la época en la que se
habían quedado dormidos. Por lo visto, estaban llenando los jardines de flores
y las fuentes de agua. No querían ni oír hablar de modernidades y no sentían la
necesidad de explorar la nueva patria montañosa en
la que se encontraban, tan lejos de su antiguo hogar.
—Los
mantiene en trance
—le había dicho Rafael, refiriéndose a su madre—. Pero ya no les canta.
La devoción que le profesan es auténtica.
—¿Desea más territorio? — preguntó Dahariel
en un tono
que algunos habrían considerado carente de emociones. Dmitri, sin
embargo, lo tomaba como lo que era: gélidamente práctico.
—No. Según parece, el ansia de territorios no fue
el origen de la locura de Caliane. —La
arcángel había ahogado en el mar
a la población adulta de dos ciudades
florecientes para
proteger al mundo de la guerra, creando
«un silencio tan profundo que resonó en la
eternidad», como Jessamy había escrito en sus crónicas del reinado de Caliane.
—He hablado con Jessamy —dijo Dahariel con un tono
extraño—. Nunca ha habido un despertar como este.
Y por tanto
nadie conocía las reglas de combate.
—Somos inmortales, Dahariel. El tiempo no es
nuestro enemigo. —Sería mejor esperar, saber si Caliane estaba loca o no antes
de preparar una guerra que
inundaría el planeta
de sangre, teñiría los ríos de
rojo y convertiría el mar en un cementerio silente—. ¿Qué tal está Michaela?
—El segundo de Astaad
era el amante de Michaela, y aquello suponía un
choque de lealtades que Dahariel había superado de algún modo.
—Algunas mujeres —dijo Dahariel con ese mismo tono
duro desprovisto de todo rastro de humanidad— se meten bajo la piel de un
hombre y escarban hasta hacerles sangrar.
Dmitri colgó el teléfono, intrigado por la
violencia subyacente en el comentario de
Dahariel. Sabía lo que
era amar a una mujer, pero jamás había deseado
arrancarse a Ingrede
del corazón, sin importar el dolor que conllevaban sus recuerdos.
Favashi nunca había logrado llegarle tan hondo. Y Honor...
Sí, se le
estaba metiendo bajo la piel,
pero era una atracción que
acabaría en cuanto se la llevara a la cama. En
cuanto la tuviera desnuda y retorciéndose debajo de él.
Pero primero cumpliría su promesa y dejaría los
restos sangrantes de sus atacantes a sus pies. La venganza, tal como le había
dicho a ella, podía ser muy dulce.
«—Te
concederé la libertad
y jamás volveré a interponerme en tu camino. —Intentaba mostrarse regia,
aunque sus ojos no se apartaban de la hoja que él tenía en la mano—. Serás
dueño de riquezas inimaginables.
Lo que deseaba, Isis jamás podría devolvérselo.
—Lo único que quiero —susurró mientras rozaba con
la punta de la daga
la piel que cubría su corazón—, es oírte suplicar
por tu vida. Así que, venga, suplica.
El
cuchillo se clavó
hasta el fondo.»
Eran poco más de las ocho, y el frescor de
la oscuridad ya había
inundado el mundo. Ataviado con unos vaqueros, una camiseta y un largo abrigo
negro que tenía desde hacía años, Dmitri giró hacia la mansión del Enclave del
Ángel que pertenecía a un ángel llamado Andreas. Andreas se
había encargado del
interrogatorio y del castigo de los vampiros que habían dejado vivos los
rescatadores de Honor.
—Dmitri. —Las alas de Andreas, de color
ámbar veteado de gris,
emitieron destellos a
su espalda mientras recibía a
Dmitri frente a una casa con grandes paredes de cristal y con ángulos marcados,
algo inusual para un ángel antiguo—. ¿Por qué este súbito interés en esos dos?
Porque ahora es algo personal, pensó el vampiro.
—Charlaremos
después de que haya hablado con ellos.
Las líneas aristocráticas del rostro de Andreas no
mostraron ninguna expresión ofendida. El ángel era poderoso, pero Dmitri lo era
más aún. La única razón por la que el vampiro no gobernaba un territorio era
que prefería
trabajar en la Torre... y en las sombras. Hasta el
momento, su puesto como segundo al mando de Rafael nunca lo había aburrido.
Durante
la época que él
consideraba como su adolescencia, llena de furia y un dolor insoportable, había
trabajado una vez para Neha. En cuanto cumplió los términos del encargo que
había aceptado en su corte, Dmitri decidió regresar a lo que entonces eran los
cimientos de la primera Torre de Rafael, y a la arcángel de la India no le hizo ninguna
gracia. Pero al
final lo había aceptado con una
sonrisa.
«—Sois unos salvajes, los dos. — Mientras negaba
con la cabeza, sus oscuros ojos castaños
mostraban la
diversión de una arcángel que había vivido un
milenio—. No me extraña que mi corte te resulte demasiado remilgada. Márchate,
pues, Dmitri, pero si alguna vez deseas compañía civilizada, las puertas de
este palacio siempre estarán abiertas para ti.»
Por aquel entonces, Neha era una reina amable que
mantenía a su lado a Eris, su consorte,
y se mostraba benévola con lo que ella consideraba
la estupidez de la juventud. En la actualidad, hacía siglos que nadie había
visto a Eris, y la ejecución de su hija Anoushka había convertido a la Reina de
las Serpientes y de los Venenos en una criatura con la sangre tan fría como
los reptiles que
le servían como
mascotas.
—Por aquí. —Andreas avanzó por delante de él.
Cuando pasaron por el espacioso núcleo central de
la casa, Dmitri vio a un apuesto hombre de ascendencia asiática trabajando en
un pequeño escritorio del rincón. Entornó los párpados.
—¿Ese es Harrison Ling? Andreas se detuvo.
—Sí. ¿Lo conoces?
—Es el cuñado de Elena.
El muy imbécil había intentado incumplir su
Contrato, y había sido la propia Elena quien lo había arrastrado de vuelta a
casa. Dmitri estaba casi seguro de que Harrison no tenía ni la
menor
idea del enorme
favor que le había hecho Elena. Andreas no era conocido
por su benevolencia con aquellos que incumplían los Contratos. Cuanto más
tiempo hubiera pasado Harrison entre los desaparecidos, más alto habría sido el
precio que pagar.
—Harrison —dijo Andreas con un matiz siniestro
en la voz— ha hecho bien en aprender el significado de la
lealtad.
Ling alzó la vista en ese instante y el miedo que
asomó a sus ojos, un miedo denso y aceitoso, parecía tener vida propia. Dmitri
no sintió compasión alguna. A diferencia de él, Harrison había decidido
convertirse en vampiro por voluntad propia... y había tomado la
decisión sin saber aún si la mujer a la que decía
amar podría hacer lo mismo o no. Al final, Beth, la hermana de Elena y la
esposa de Harrison, resultó ser incompatible con la toxina que
transformaba a los
humanos en vampiros. Moriría, y
Harrison sería joven durante toda la eternidad.
—Los prisioneros —dijo al tiempo que desterraba de
su mente a aquel patético espécimen masculino.
Una vez estuvieron fuera, Andreas lo condujo hasta
una pequeña arboleda que había detrás de la casa. Las dos criaturas desnudas
que colgaban de las ramas de sendos árboles gimotearon aterrorizadas en
el instante en
que oyeron el susurro de sus alas.
Holly... No, «Pesar» había reaccionado de la misma
manera primitiva. A Dmitri
le gritaba e intentaba amenazarlo para tener una
mínima ilusión de
control, pero en cuanto entraba en una habitación con un
ángel se sumía en un estado catatónico. Se negaba a hablar de lo que le había
hecho Uram, pero Dmitri había visto la carnicería del almacén: los miembros
desgarrados y el
suelo cubierto de sangre, las bocas abiertas llenas de
órganos ensangrentados, los ojos ciegos de mirada perdida.
—¿Todavía
conservan la lengua?
—le preguntó a Andreas al darse cuenta de que ambos
habían sido convertidos en eunucos.
Les habían cortado el pene y los testículos, al
parecer con hojas romas. Pero eran vampiros, y esas partes se regenerarían... Y
en cuanto lo hicieran, Andreas ordenaría que volvieran a extirpárselas. Sin
anestesia.
—Mi plan era volver a cortársela mañana.
Dmitri no sintió desagrado alguno por la brutalidad
del castigo, no cuando podía hacerse una idea de los horrores que aquellos
tipos le habían infligido a Honor
mientras buscaban su
gratificación sexual.
—Déjalo por el momento. Puede que necesite
interrogarlos de nuevo.
Andreas inclinó la cabeza.
—¿Deseas privacidad?
—Sí.
Dmitri esperó a que el ángel desapareciera entre
los árboles y luego se acercó al
vampiro que tenía
más cerca.
—Bueno —murmuró—, así que te gusta apoderarte por
la fuerza de lo que no te pertenece, ¿eh?
Capítulo 8
El
gimoteo del hombre
se transformó en pánico cuando reconoció la voz de Dmitri. Puesto que no
tenía ojos (las cuencas eran dos enormes agujeros negros en su rostro), se
guiaba únicamente por los sonidos.
—¡No sé nada! ¡Te lo diría si lo supiera!
Dmitri lo creía... El vampiro era débil y habría
cantado al primer síntoma de dolor. Sin embargo, había una posibilidad de que
hubiese visto algo sin saberlo.
—Contádmelo
todo —les dijo a
ambos—. Desde el primer momento en que contactaron
con vosotros. Si sois útiles, quizá no continúe con vuestro castigo.
El terror los volvió incoherentes durante varios
minutos. Dmitri se limitó a esperar. Favashi le había dicho una vez que tenía
el corazón frío, pero, puesto que era una zorra que solo quería utilizarlo, no
les había prestado mucha atención a sus palabras. Aun así, la acusación era
cierta: su conciencia rara vez lo molestaba, y menos cuando castigaba a
aquellos que habían maltratado a mujeres o niños.
—Basta —soltó de pronto al ver que los sollozos y las súplicas no
terminaban.
Los
vampiros contuvieron el aliento
y se hizo
el silencio de inmediato. Casi medio minuto después, el
primero a quien se había dirigido empezó a hablar.
—Yo trabajaba como guardia de seguridad privada
cuando un día recibí una llamada. El tipo al otro lado de la línea dijo que me
había visto en una fiesta importante y que le había gustado mi forma de
trabajar. Me preguntó si quería ganarme un dinerillo extra libre de impuestos.
—¿En qué fiesta?
—No me lo
dijo, pero trabajábamos sobre
todo en grandes eventos. De vampiros ricos.
Aquello no le daba ninguna
información a Dmitri, pero pondría a alguien a
revisar las listas de invitados en
las que aquel
vampiro había trabajado.
—¿Y?
El vampiro estiró la pierna y luego se sacudió
violentamente cuando algo grande y negro aterrizó sobre su carne desnuda.
—Era muchísimo dinero, así que le dije que sí.
—Tragó saliva—. Luego le pregunté a Reg si quería unirse, puesto que el
cliente había dicho
que necesitaba a dos personas.
Reg, un tipo delgado y rubio, no había dejado de
llorar en silencio.
—Ojalá me hubiese negado, joder. Eso pensaba ahora,
se dijo Dmitri.
Pero no había pensado lo mismo cuando desgarró la
carne de Honor, cuando la tocó como ningún hombre debe tocar a una mujer sin su
consentimiento. Se acercó al rubio y le dio un bofetón con el dorso de la mano
con la fuerza suficiente para romperle
un hueso. Se oyó un sonoro crujido.
—¿De
verdad crees que me
importa una mierda? —preguntó en voz baja, contenida—. Ahora responde a mi
pregunta.
El tipo escupió
un diente y balbució unas cuantas palabras.
—El tipo se puso en contacto con
Leon. Yo solo hice lo que él me dijo.
Leon empezó a hablar antes de que
Dmitri
pudiera recordarle por
qué no
era una buena idea hacerlo esperar.
—Siempre por teléfono —señaló con voz ahogada—.
Jamás nos encontramos cara a cara. Depositaba el dinero en mi cuenta
bancaria y yo le daba su parte a
Reg.
Dmitri no dijo ni una palabra.
—El cliente —continuó Leon con palabras
entrecortadas— dijo que la chica era su novia, que ella tenía la estúpida
fantasía sexual de que la secuestraran y... —Su piel se crispó y su corazón
empezó a latir con más fuerza, como si de repente se hubiera percatado de lo
que Dmitri deseaba hacerle—. Él dijo que era cosa de la chica.
Dmitri detectó el temblor que yacía bajo el
irritante gimoteo.
—¿Y cuándo intuiste por primera vez que no era así?
Fue Reg quien respondió.
—¡Cuando le rompió la nariz a Leon! Le dije que
algo iba mal, pero estaba tan cabreado que le dio un puñetazo y la dejó sin
sentido.
Dmitri extendió la mano y flexionó los dedos.
—Tú eres el mayor, Reg. ¿Por qué no se lo
impediste? —preguntó con una voz
tan suave como
la nieve recién caída.
Reg empezó a sacudirse entre arcadas.
Dmitri no abrió la boca hasta que los espasmos se
detuvieron. Luego se acercó para acariciar
con la mano el
rostro del vampiro.
—Responde a mi pregunta.
El rubio, cuyas sienes presentaban regueros de
sudor, tragó saliva con fuerza.
—El dinero. Quería el dinero.
—Bien. —Le dio unas palmaditas en la mejilla al
vampiro y lo dejó temblando mientras se aproximaba a su compañero.
Leon trataba de liberarse de la cuerda que le
rodeaba las muñecas en un vano intento por escapar. Parecía una marioneta rota.
Dmitri buscó en el bolsillo de su abrigo, sacó un cuchillo y presionó el
metal frío contra
la piel nueva y rosada que tenía
delante de él.
—Cuéntame
el resto. —Hizo
un
tajo
profundo en mitad
del pecho de
Leon.
La sangre, roja y oscura, manó del corte mientras
el vampiro lloriqueaba.
—Se supone que no debíamos dejarle marcas, y yo le
había puesto el ojo morado, así que la atamos, la dejamos donde nos dijeron y
salimos de allí pitando.
—No os mantuvisteis
mucho tiempo alejados. —Hizo otro corte, esta vez horizontal y lo
bastante profundo para rozar los órganos internos.
Sin embargo, el vampiro no dejó de hablar, ya que
sabía que Dmitri podía hacerle cosas mucho peores.
—Siete semanas después, el cliente volvió a
llamarme, me dio una dirección
y dijo que quizá nos apeteciera unirnos a la
fiesta.
Dmitri retorció la hoja, la arrastró hacia arriba y
le perforó un pulmón.
—Sigue hablando. —Los vampiros de la edad de Reg no
necesitaban respirar... no muy a menudo, al menos.
—Fuimos allí—dijo entre desagradables intentos de
coger aire—, y no había nadie más que la cazadora, pero resultaba evidente que
más de un vampiro se había alimentado de ella. El cliente nos dejó una nota en
la que nos invitaba a disfrutarla. La nota desapareció. Me deshice de ella.
Dmitri sacó el cuchillo.
—¿Y qué hicisteis? ¿Os divertisteis? —Eran
preguntas retóricas.
Los habían encontrado con Honor alrededor de una
semana después, con la boca llena de su sangre—. Y también invitasteis a
algunos amigos, ¿no? —Los dos vampiros asesinados durante el rescate trabajaban
para la misma compañía de seguridad—.
¿A quién más?
—A nadie —respondió Leon—. Te lo juro. Solo
estuvimos los cuatro.
Estaban demasiado aterrorizados para mentir, así
que Dmitri aceptó su palabra al respecto.
—Bien.
Sus gritos finalizaron cuando les extirpó la
laringe. Sin embargo, los dejó con vida. Rafael le había dicho una cosa
hacía mucho, muchísimo tiempo. Algo
que le había dicho su madre, Caliane.
«Tres días en el transcurso de una vida mortal
pueden ser como tres décadas.»
Quizá
la madre de
Rafael se hubiese convertido en
una anciana demente, pero en
ese punto Dmitri estaba completamente de acuerdo con
ella. Se aseguraría de que Andreas supiera que no debía dejar morir a Reg y a
Leon. En cuanto a los demás... cuando los encontrara, desearían la muerte todas
las noches durante los próximos dos siglos.
Dos meses, después de todo, eran mucho más que tres
días.
Eran ya las nueve de la noche y
Honor no sabía por qué estaba allí.
—Siento haber cancelado el resto de nuestras
citas, y le agradezco
que haya venido a pesar de la hora que es.
Anastasia Reuben le dedicó una sonrisa. Tenía el
cabello gris recogido en un pulcro moño.
—Llevo trabajando con cazadores más de veinte años,
Honor. Sé muy bien que para vosotros acudir a un terapeuta es mucho
peor que una
extracción dental.
Honor se echó a reír. O más bien intentó hacerlo,
porque le salió un ruido ronco y torpe.
—Bueno, ¿cómo se hace esto?
—Aquí no hay presiones, ni reglas
—dijo la doctora Reuben con expresión amable—. Si
solo quieres hablar del último
episodio de La presa
del cazador, eso será lo que haremos.
A Honor le dio la sensación de que no era un
ejemplo hipotético.
—He venido porque... —Negó con la cabeza y se puso
en pie. Todas sus células estaban llenas de adrenalina—. Siento haberle hecho
perder el tiempo.
La doctora Reuben también se levantó.
—Me alegra que hayas venido. — Estiró el brazo
hacia la alacena y sacó un librito en cuya cubierta aparecían espirales blancas
y doradas—. Algunos cazadores nunca hablan, pero he descubierto que
les sirve de
ayuda
plasmar lo que piensan en el papel.
Honor cogió el diario, aunque no tenía intención de
usarlo.
—Gracias.
—Es solo para tus ojos. Quémalo después si quieres.
Honor asintió con la cabeza y salió del pequeño
y discreto despacho, situado a dos manzanas del cuartel
general del Gremio.
Solo una vez que estuvo de vuelta en su
apartamento, con el archivo del tatuaje abierto en el ordenador portátil, se
permitió pensar en los motivos por los que había acudido a la consulta. Quizá
había sido por el lento despertar de la furia en su interior, una emoción fría
y desconcertante llena de dientes y
garras afiladas. Quizá había sido porque se había
dado cuenta de que, fuera una estupidez o no, deseaba saborear el siniestro
pecado de los labios de Dmitri. O quizá había sido por las pesadillas.
Toda la vida había estado sola, desarraigada.
Aunque en esos momentos tenía amigos, fuertes y leales, había un enorme vacío
en su interior... como si hubiese perdido algo terrible y precioso. Cuando era
niña pensaba que lo que echaba en falta era a una gemela; estaba segura de
que su madre
se había quedado a una de sus
hijas y había abandonado a la otra. Sin embargo, ya de adulta, reconocía que la
sensación de pérdida se debía
a otra cosa,
a algo ajeno a ella. Y aquella
extraña e intensa
sensación de soledad siempre era mucho más aguda
después de una pesadilla... tanto dormida como despierta.
—Ya basta —murmuró—. Es hora de trabajar.
Y trabajó hasta que la ciudad empezó a latir a un
ritmo tranquilo, hasta que el cielo adquirió ese tono opaco impenetrable que
aparece entre la madrugada y el amanecer. No debería haber cedido al sueño,
pero estaba cansada y le escocían los ojos después de varias noches en vela,
así que la inconsciencia cayó sobre ella sin que se diera cuenta.
Despertó sobresaltada al oír los interminables y
desgarrados gritos de una mujer. Estaba hecha una bola en el
sofá, sacudida por los sollozos, y los alaridos de
angustia de la mujer aún le partían el alma. Incapaz de soportarlo, caminó con
torpeza hasta el cuarto de baño y se salpicó la cara con agua helada. Su rostro
era el de una mujer angustiada por un sufrimiento intenso. Nunca había
sentido nada parecido.
¿Cómo era posible? La habían torturado y
destrozado... pero aquella angustia procedía de otro lugar; de un lugar tan,
tan profundo que carecía de nombre.
Tragó saliva para aplacar el ardor de la garganta
y, antes de que la tristeza volviera a apoderarse de ella, se quitó la ropa
para meterse en la ducha. Solo eran las cinco de la madrugada, pero las
tres horas que
había dormido aquella
noche superaban con creces los sesenta minutos que
había descansado la noche anterior. Se enjabonó para quitarse los restos de
sudor y luego apoyó la cabeza en los azulejos para dejar que el agua cayera
libremente sobre ella.
Siempre
le había encantado
el agua. Parte de los motivos por los que había acabado en Manhattan era
que estaba rodeada de agua. Presentar la solicitud de ingreso a la Academia
había sido una decisión deliberada. Siempre había querido estudiar lenguas
antiguas, y sabía que el Gremio se encargaría de costearle los estudios si
firmaba un contrato por el que se comprometía a permanecer en activo durante al
menos cuatro años después de la graduación.
Los cuatro años ya habían pasado, pero jamás había
considerado la posibilidad de dejarlo. No solo porque los demás cazadores
habían llegado a convertirse en su familia, sino porque sus conocimientos sobre
lenguas y culturas antiguas eran requeridos continuamente en un mundo gobernado
por inmortales.
Aquella
idea llevó sus pensamientos de nuevo hasta la Torre,
hasta el vampiro que siempre había sido su más secreta y oscura debilidad.
Cerró el grifo de la ducha, salió para secarse y
obligó a su cerebro a concentrarse en la tarea que la había dejado con un
terrible dolor de cabeza la noche anterior. Fuera lo que fuese lo
que estaba tatuado en el rostro del vampiro (y en
la parte posterior de su hombro
derecho, de acuerdo
con las fotos que había recibido del forense), era tan peculiar que desafiaba
cualquier explicación lógica. Con todo, Honor sabía que había una explicación.
Porque, sin tener en cuenta cómo había llegado la cabeza a manos de Dmitri, el
cuerpo era un mensaje inconfundible.
Ataviada con unos vaqueros y una sencilla camiseta
blanca, se dirigió a la cocina conectada con la sala de estar para prepararse
un té. La visión desde aquella sección del apartamento era siempre la misma: la
Torre. Llena de luces, destacaba sobre el oscuro cielo del alba, y llamaba la
atención como la
estrella polar.
Se acercó a la zona de las ventanas con el té en
la mano y observó a un ángel solitario que aterrizaba. A aquella
distancia no se apreciaba más que su silueta, pero aun así, su elegancia
resultaba extraordinaria. No era uno de los ángeles «normales», pensó. Aquel se
parecía al ángel de alas negras con el que Dmitri había hablado en la terraza
de su despacho.
La llamada a la puerta fue tan inesperada que ni
siquiera se asustó; tan solo se limitó a mirarla fijamente. Cuando volvió a
sonar, dejó el té, sacó la pistola y caminó en silencio hasta la mirilla. El
vampiro que había al
otro lado era un esbelto depredador a quien
debería haber disparado de inmediato. En lugar de
eso, abrió la puerta.
—Dmitri.
Vestido con unos vaqueros negros, una camiseta
del mismo color
y un abrigo de suave cuero negro
que le llegaba a los tobillos, era la más pecaminosa fantasía que Honor hubiera
visto jamás. El tipo de fantasía que dejaba a las mujeres húmedas y dispuestas.
Respiró hondo para tranquilizarse y percibió vestigios de esencia que evocaban
placeres extraordinarios y sexo peligroso.
No eran aquellas esencias las que habían causado
su reacción, sin embargo, la excitación que añadían no la
ayudaba en nada. Menos mal que no era
una auténtica cazadora nata... porque el vampiro
era muy potente.
—¿Tienes por costumbre hacer visitas a estas horas?
—Pasaba por aquí. —Se apoyó en el marco
de la puerta
y alzó el gran sobre de manila que tenía en la mano.
Los matices intensos de su aroma se volvieron
letales y se abrieron paso hasta invadir los sentidos de Honor con un erotismo
mortífero. De pronto, lo único que lograba ver en los ojos de Dmitri era
una amenaza tan
sensual como una caricia en la oscuridad, tan letal como un estilete.
—¿Qué es lo que has hecho? —La pregunta iba más
allá de lo que se consideraba socialmente aceptable.
—Nada que no fuera necesario hacer. —Dmitri se
apartó del marco cuando ella dejó de sujetar la puerta y retrocedió para
permitir que entrara en el apartamento.
Honor
le arrebató el
sobre en cuanto la puerta estuvo
cerrada. Luego guardó la pistola y se permitió disfrutar de la maligna y
hermosa esencia del vampiro.
—¿Más fotos de los tatuajes de las víctimas? —le
preguntó.
—No.
La cazadora abrió el sobre y sacó varias hojas de
papel junto con unas cuantas ampliaciones fotográficas. Al principio no
entendía lo que estaba viendo, y cuando lo hizo, le hirvió la
sangre.
—Este es mi informe médico.
En especial, el del humillante examen que le habían
hecho después del rescate. El médico y la enfermera habían sido muy amables,
pero una vez que estuvo en la sala de reconocimiento ya no había forma de
fingir que aquello no había ocurrido, que no la habían convertido en...
Ahogada por el flujo de recuerdos, se concentró en
el presente, en la furia incandescente que le nublaba la visión.
—¿De dónde has sacado esto? — Le temblaban
las manos por la
necesidad de hacerle daño a aquel vampiro que la trataba como si fuera un
juguete.
Dmitri se acercó a la ventana junto a la que ella
había estado un momento antes.
—Esa no es la cuestión. No, no lo era.
—Cabrón... —dijo Honor antes de arrojarlo todo
sobre la mesita de café. El placer que había sentido en su presencia se
desvaneció bajo el hielo de la voz del vampiro, un implacable recordatorio de
que él no era humano, de que no tenía conciencia—. ¿Qué te da derecho a invadir
mi intimidad?
—Quiero las fotografías que te hicieron —dijo
Dmitri sin volverse.
A Honor se le hizo un nudo en el estómago.
—Sabía
que te gustaba
el dolor,
pero no me había dado cuenta de que te iba la
tortura.
Dmitri la miró un instante por encima del hombro.
—De las marcas de los mordiscos, Honor. —Su nombre
sonó como la más decadente de las tentaciones, matizada por una sensualidad que
era tan natural en él como respirar... incluso cuando estaba envuelto en una
capa de hielo que Honor reconoció como ira, atemperada y letal.
Las marcas de los mordiscos.
Su propia furia se calmó bajo el gélido estallido
de la de Dmitri. Cogió de nuevo el taco de papeles y empezó a pasar las hojas
hasta que encontró las páginas que enumeraban los mordiscos
presentes en su cuerpo, asociados con imágenes.
—De aquí no podrás sacar nada.
—Al fin y al cabo, la habían tratado como si fuera
un trozo de carne. Tenía cortes y desgarrones en todo el cuerpo.
—Te sorprenderías.
Dmitri se dio la vuelta, se quitó el abrigo y lo
lanzó hacia el respaldo de uno de los sofás. El vampiro tenía unos brazos musculosos
libres de armas, salvo por la finísima hoja curva que
llevaba en una vaina cruzada a la espalda. Por alguna razón, a Honor no le
resultó extraño que Dmitri prefiriera las espadas, aunque sabía que no tenía
problemas con las armas modernas y estaba
segura de que
también llevaba
una pistola en el tobillo.
No retrocedió cuando Dmitri se acercó a ella, pero
apretó la mandíbula con tanta fuerza que sintió un aguijonazo en el hueso. Se
acabó el miedo, se juró, aunque era consciente de que la cosa no sería tan
fácil. El núcleo animal de su cerebro le gritaba que huyera... o que
luchara. Que disparara,
cortara y pateara.
Sintió el calor que emanaba del cuerpo de Dmitri
mientras él le señalaba un conjunto de tres mordiscos pequeños separados por
distancias regulares. Aquellas marcas habían sobrevivido a la violencia
posterior a causa de su localización; lo único bueno era que habían sanado sin
dejar cicatrices, de
modo que no se veía obligada a recordar
constantemente cómo se
los habían hecho.
—La parte posterior de mi pierna izquierda...
—A unos centímetros por encima de la rodilla
—completó Dmitri.
Recordaba manos pequeñas y elegantes sobre su
cuerpo; colmillos delicados hundiéndose una y otra vez en esa única zona.
—Rubí de Sangre —susurró Honor
—. La vampira siempre olía a Rubí de Sangre. —El
perfume de moda había formado una jaula alrededor de sus sentidos y aún le
provocaba arcadas... Podía ser un desconocido en la calle, en una tienda, daba
lo mismo. En cuanto
percibía un atisbo de ese olor, la bilis se le
subía a la garganta y su cuerpo empezaba a sudar—. Solía soñar con rebanarle la
garganta y ver cómo se desangraba a mis pies mientras la ahogaba con esa mierda
de perfume.
Los ojos de Dmitri... oscuros, muy oscuros...
buscaron los suyos.
—¿Te gustaría hacerle una visita?
Capítulo 9
Silencio. En su mente. En su alma. Un sosiego
infinito.
—Ya la has
visto alimentarse antes. —Las
palabras hicieron añicos el silencio.
Los papeles que Honor sujetaba en la mano cayeron y
flotaron hasta el suelo con una extraña y serena elegancia.
—Tiene quinientos años... y hay ciertos hábitos que
es difícil dejar atrás. Alimentarse de la arteria femoral del muslo no es
inusual. —Hizo una pausa peligrosa—. No entre amantes, al menos
—se corrigió, y eso hizo que Honor se
preguntara cómo preferiría alimentarse él—. Pero
¿del dorso del muslo? Es una zona muscular.
—Duele —señaló Honor, sin saber muy bien por qué
había admitido algo así—. Por eso lo hizo. Siempre duele.
—Bajó
la vista hasta
la pistola que había aparecido en su mano una vez más
—. Si quisiera pegarle un tiro, ¿me detendrías?
—No. —No mostró ni el más mínimo titubeo—. Pero
quizá prefieras esperar hasta que acabe de interrogarla. Sería un fastidio
tener que aguardar a que se cure la herida de bala.
Una parte de ella no estaba segura de si Dmitri
bromeaba o no, pero podía ver la furia en los ojos del vampiro con
bastante
claridad. Y sabía
que dicha furia no tenía nada que
ver con ella. No, lo que hacía que Dmitri estuviera dispuesto a ejecutar el más
brutal de los castigos era el
hecho de que
una vampira antigua en quien probablemente confiaba había estado jugando
sucio a sus espaldas. A Honor le daba igual cuáles fueran sus motivos; lo único
que le importaba era poder matar a una de las criaturas que la habían
convertido en su «mascota de sangre» durante dos meses interminables.
Llegaron a la puerta de la verja de una propiedad
situada en Englewood Cliffs justo cuando el amanecer dibujaba
en el cielo
rayas de color melocotón, rosa y azul dorado. Dmitri había guardado su
ordenador portátil en el maletero del Ferrari y había bajado la capota. Honor
disfrutó de la sensación de
libertad que proporcionaba
la frescura del aire, y utilizó el tiempo que duró el trayecto en coche
para reforzar sus defensas, para prepararse para el aroma denso y nauseabundo
del perfume Rubí de Sangre.
Las puertas, altas, recargadas y cubiertas de
hiedra verde oscuro, se abrieron con elegancia en el instante en que el
guardia divisó el
coche. El camino estaba salpicado
de luces y sombras, originadas por la luz del sol que se
colaba entre las
hojas de los
robles que lo flanqueaban. La casa, que no tardó en
aparecer a la vista, era una mansión grande y ostentosa que parecía de otro
siglo.
—A esta vampira no le gusta avanzar con los
tiempos.
—No. —Dmitri detuvo el coche frente a la escalera
que conducía a la entrada—. En ciertas épocas, lo más frecuente era mantener a
tu «ganado» al alcance de la mano. Valeria sigue practicando esa costumbre,
aunque la mayoría de sus contemporáneos la consideren arcaica.
Valeria.
Honor sintió la tentación de coger el enorme
cuchillo de caza que llevaba en la funda del tobillo, cruzar la puerta y
destripar
a la vampiresa...
pero se obligó a esperar, a
pesar de que en su sangre solo se
oía una palabra: venganza.
—¿Y el «ganado» está aquí de manera voluntaria?
—Algunos sí.
Dmitri abrió su puerta y se puso en pie para
quitarse el abrigo, con lo que dejó
al descubierto la
camiseta de manga corta de suave
algodón negro.
Honor pensó en Carmen, la rubia que se
había humillado delante
de Dmitri, tanto que hasta ella misma sintió vergüenza ajena.
—Tú nunca has tenido problemas con eso.
Dmitri no respondió hasta que
ambos se encontraron en la parte delantera del coche.
—Hay
distintos tipos de problemas.
En ese instante, Honor vio algo inesperado en él,
algo tan silencioso y siniestro como dolorosa era la furia que a ella la
consumía por dentro.
—Dmitri... —empezó a decir, pero justo en ese
momento una doncella ataviada con un uniforme blanco y negro abrió la puerta de
la casa.
—Ha llegado la hora.
Al escuchar esas palabras, Honor sintió una oleada
de calor seguida de otra de frío, pero subió los tres amplios escalones al lado
del vampiro. La doncella se apartó a un lado cuando se
acercaron.
—La señora se encuentra en el salón matinal, señor.
Honor no tenía ni la menor idea de lo que era un
salón matinal, pero Dmitri asintió con la cabeza.
—No te necesitamos. Tómate el día libre. La Torre
se pondrá en contacto contigo mañana.
La doncella se quedó pálida.
—Sí, señor —se limitó a decir—. La cocinera también
está aquí.
—Pues dile que se marche. ¿Y el ganado de Valeria?
—En la casa de invitados.
—Sácalos de allí. Tienes cinco minutos.
—Sí, señor. —Tras inclinar la
cabeza, la doncella salió pitando hacia el pasillo.
Fue entonces cuando Honor se percató de que había
visto un atisbo de colmillos.
—Era una vampira —dijo.
Sin embargo, no sentía miedo. Era evidente que
la otra mujer era
mucho más débil que ella, a pesar de su condición de vampira.
—Es joven —respondió Dmitri al tiempo que cerraba
la puerta con delicadeza—. Aún está cumpliendo su Contrato. Yo diría que no
tiene ni diez años.
—Entonces no es extraño que parezca tan humana.
—Algunos de los más débiles
jamás
llegan a perder
ese núcleo de humanidad.
Sin más
palabras, Dmitri la
guió por el pasillo. El suelo estaba cubierto por una gruesa alfombra de
color borgoña, y el exquisito papel crema de las paredes tenía un sutil
relieve. La inmortalidad les daba a los Convertidos más tiempo
para acumular riquezas, pero Honor conocía a vampiros con
cientos de años que jamás habían conseguido ese poder adquisitivo. De modo que
o bien Valeria ya era rica cuando se convirtió, o había amasado su fortuna gracias
a una combinación de poder, ambición y despiadada determinación.
Dmitri, una sombra vestida de
negro, atravesó una puerta que había a la derecha.
—Dmitri, querido —dijo una voz ronca que aterrorizó
a Honor.
Un instante después, percibió en el aire el aroma
almizcleño de Rubí de Sangre. Paralizada, apretó la espalda contra la pared al
lado de la puerta e intentó controlar los temblores, aplacar las náuseas que
amenazaban con hacerle vomitar el té que había tomado como único desayuno.
—Valeria —dijo Dmitri mientras envolvía a Honor con
exquisitas vaharadas de chocolate y licor.
La potencia del aroma aniquiló el olor del perfume
almizclado de Valeria y la cazadora pudo respirar por fin.
Dmitri habló de nuevo antes de que la vampira
respondiera.
—¿Te he sacado de la cama? Una carcajada grave,
íntima.
—Eso es lo único para lo que siempre contarás con
mi permiso.
Honor
sintió otra oleada
de náuseas. No se le había ocurrido preguntar a Dmitri si se había
acostado con aquella vampira, y la enfureció tanto aquella desagradable
posibilidad que deseó clavarle un puñal en su musculosa espalda. Sin embargo,
la propia intensidad de la ira fue como una bofetada que la calmó de inmediato.
Se secó las palmas en los muslos y sacó la pistola.
Dmitri pareció percibir el instante
en que se recuperó, porque se enderezó y comenzó a
hablar.
—Te he traído una visita.
—¿Sí? —preguntó intrigada mientras Dmitri se hacía
a un lado para dejar que Honor pasara.
Valeria estaba recostada en una chaise—longue de
color crema situada frente a la ventana. Vestía una bata de satén carmesí que
acababa a la altura de los muslos, y
el cinturón estaba
tan suelto en la cintura que la curva de uno de sus pechos perfectos
quedaba a la vista. Inclinó la cabeza a un lado para asegurarse de que la luz
de la mañana incidiera en el ángulo ideal para resaltar sus rasgos, ya de por
sí deslumbrantes. El largo cabello
castaño dorado caía
por encima de los hombros hasta los pezones
endurecidos que se marcaban bajo el satén de la bata.
Como invitación, no podía ser más evidente...
Pero solo hasta el momento en que la mirada azul
oscuro de la vampira se despegó del cuerpo de Dmitri para clavarse en Honor.
Valeria se puso en pie a toda velocidad, con el rostro de piel cremosa rojo de
ira. Sin embargo, durante un efímero
instante, Honor atisbo un
apetito perverso bajo esa furia. Valeria
estaba recordando cómo
la había usado, cómo la había humillado. Y quería hacerlo de nuevo.
—Vaya... —En sus extraordinarios ojos, que
mostraban una belleza
inmortal, apareció una expresión calculadora—. Me
has traído un aperitivo. Siempre has sido un encanto.
Honor vio que Dmitri se tensaba y, sin pararse a
pensarlo, le acarició la espalda sin
que Valeria lo
viera. Todavía no, pensó. Notó su tensión concentrada y sus músculos
duros, pero aquel hermoso depredador con la muerte en los ojos no atacó.
—Esta es una habitación preciosa
—murmuró él
con aquella voz sedosa que Honor jamás querría escuchar en la oscuridad.
La frente suave de Valeria se llenó de arrugas.
—¿Qué?
—Aunque tiene las ventanas
pequeñas —continuó Dmitri, cuya espalda se
contrajo un poco
bajo la mano extendida de Honor.
Sorprendida al darse cuenta de que todavía lo estaba tocando, ella bajó la
mano—. Además
—añadió el vampiro—, solo hay una salida.
Honor siempre había sabido que Dmitri era
despiadado, pero cuando observó la neblina de miedo que oscureció los lagos
azules que Valeria tenía por ojos, comprendió exactamente en qué lugar de la
cadena alimenticia se encontraba el vampiro.
—No fue más que una pequeña diversión, Dmitri. Ya
sabes cómo es esto...
—Mmm... Cuéntamelo.
Valeria se tomó el lento ronroneo como un incentivo
para continuar.
—La vida se vuelve muy tediosa después de siglos de
excesos. Tener a una cazadora a nuestra disposición le añadió un toque picante
al asunto. — Mientras avanzaba, sus esbeltos muslos aparecían en provocativos
atisbos bajo el satén carmesí. Hizo caso omiso de Honor y acarició el pecho de
Dmitri con evidente placer.
Los dedos de Honor se cerraron en torno a la
pistola. Le costó un enorme esfuerzo
no meter una
bala entre aquellos hermosos ojos
azules, tan grandes y hechizantes.
Dmitri
se limitó a alzar
la mano para sujetar la de la
vampira.
—Un jueguecito fascinante —dijo en voz baja
mientras tiraba de Valeria hacia él. Los pechos de la vampira ya estaban
aplastados contra su torso cuando él pegó la boca a su oreja—.
Nunca habría imaginado que fueras tan creativa. —Cogió un puñado de cabello
castaño con la mano libre.
Valeria cerró los ojos y se estremeció visiblemente
ante el contacto del musculoso cuerpo de Dmitri.
—Me encantaría poder atribuirme el mérito —dijo en
un susurro ronco—, pero tú me descubrirías enseguida.
La risotada de Dmitri hizo que Honor sintiera ganas
de clavarle el cuchillo en las entrañas y luego huir lo más rápido posible.
Pero Valeria sonrió
y abrió los ojos.
—Recibí una invitación. —Le echó un vistazo goloso
a Honor—. Su miedo era ya muy potente cuando llegué allí, pero no gritó ni
suplicó. Tardó varias semanas en hacerlo.
Dmitri volvió la cara de Valeria hacia él con un
movimiento brusco.
—Conservas esa invitación,
¿verdad?
—Sí. Es una especie de recuerdo.
—Deslizó los labios por la mandíbula del vampiro—.
¿Has traído a la
cazadora para mí, Dmitri? ¿Puedo quedármela?
Una vez más, Honor apoyó la mano en la espalda de
Dmitri. No sabía por qué, pero tenía la sensación de que eso
serviría de algo, de que podría tranquilizar a
aquel vampiro tan poderoso y antiguo que daba miedo
pensarlo.
—Primero dime con quién la compartiste —susurró él,
ignorando el hecho de que Valeria se había desatado el cinturón
de la bata
para dejar expuesta su piel
cremosa enmarcada de rojo—. Quiero saber
quién más comparte tus gustos.
—Pero yo la quiero para mí sola
—dijo con petulancia.
—Valeria...
La vampira estuvo a punto de tener un orgasmo
al escuchar la
orden implícita en aquella voz llena de dagas y alaridos nocturnos.
—Dicen que tú haces que duela, Dmitri.
En respuesta, él tiró de su cabello y le echó la
cabeza hacia atrás con tanta fuerza que le arrancó lágrimas de los ojos.
Valeria se lamió los labios y no se molestó en ocultar el pezón rosa oscuro que
había asomado al moverse el tejido de satén.
—Tommy. Vi a Tommy allí una vez cuando me retrasé
en mi turno con ella.
Honor recordaba aquel día, recordaba la elegante
voz femenina que discutía con otra masculina más grave, intentando persuadirla
para que le permitiera quedarse.
«—Jugaremos juntos. —El sonido de la
ropa que se
rozaba entre sí, el
ruido húmedo de un beso lento—. Sabes que te gusta
cómo juego.»
El hombre, Tommy, al final había cedido. Y los dos
juntos... la habían hecho gritar.
Honor aferró la camiseta de Dmitri mientras él
rodeaba la garganta de Valeria con la mano.
—¿Solo Tommy?
—Había otros, pero nunca los vi. Cada uno teníamos
nuestro turno. —Sus pechos subían y bajaban, y sus labios estaban
entreabiertos.
—La invitación, Valeria. —Era una orden directa—.
Háblame de la invitación.
La vampira acarició los músculos duros de
su pecho con
unas manos
posesivas que Honor, deseó hacer añicos.
—Está
en mi dormitorio,
en el cajón superior de
la mesilla que
hay junto a la cama. —Sus dedos descendieron para subirle la camiseta y
dejar expuesta la piel cálida y bronceada—. Te la mostraré cuando subas. —Una
vez más, su mirada se clavó en Honor—. La deseo.
Fue entonces cuando Dmitri sonrió, arqueó el
cuello de Valeria
una vez más... y le rebanó la
garganta con la misma falta de emoción que un gato aniquilando a su presa. La
pesada hoja del cuchillo emitió un destello plateado bajo el sol de la mañana.
La
vampira se rodeó
la garganta
con las manos, pero él la sujetó por el cuello y la
estampó contra la pared sin retirar la daga.
—No la saques —ordenó cuando Valeria se disponía a
hacer justo eso—, o te cortaré las manos.
Honor
había desenfundado la pistola en cuanto se produjo el primer
corte, pero en esos momentos enfrentó la mirada de Dmitri, que la observaba con
una ceja enarcada. Ella negó con la cabeza.
—No puedo pegarle un tiro ahora. No cuando la vampira estaba
atrapada como un insecto. El satén rojo de la bata
tenía un tono húmedo y oscuro que resaltaba aún más el matiz cremoso de su
piel.
Cuando Dmitri se acercó a ella, Honor se dio cuenta
de que, a pesar de haber realizado un corte arterial, solo se había manchado de
sangre la mano con la que sujetaba el cuello a Valeria. Y eso la llevó a la
espeluznante conclusión de que ya había hecho aquello antes.
—Eres
demasiado humana—dijo él, que le
acarició la barbilla con los dedos de la mano limpia. Luego sacó las rosas de
un jarrón y utilizó el agua que contenía para lavarse la mano manchada de
sangre.
Sí, pensó Honor, y sintió una bienvenida
consternación, una confirmación de que había conservado su alma a pesar de los
horrores sufridos en aquel foso donde Valeria, Tommy y
sus grotescos amigos la habían utilizado hasta
hacer jirones su espíritu. Rodeó a Dmitri para enfrentarse a la vampira.
—¿Hay algo más que quieras compartir sobre mi
secuestro y tortura?
—le dijo al monstruo que la miraba con los ojos
azules desorbitados.
Dmitri
se sentó en
la chaise— longue y estiró el brazo para coger un bombón del cuenco de
cristal que había en una mesa cercana. Cuando Valeria le enseñó los dientes a
Honor y se negó a responder la pregunta, Dmitri le pegó un tiro en el muslo,
casi en el sitio exacto donde a la vampira le gustaba alimentarse.
Valeria dejó escapar un grito agudo y estridente.
Honor
entendía que los
castigos para mortales e inmortales no fueran los mismos, ya que los
últimos eran capaces de recuperarse de heridas muy graves. Sin embargo, nunca
había presenciado en primera fila lo despiadados que podían llegar a ser.
—¿Es que no te importa nada? —le preguntó a Dmitri
cuando los gritos de Valeria se transformaron en sollozos.
Él hizo un gesto de indiferencia, y sus hombros
musculosos se movieron con elegancia bajo la fina camiseta
de algodón.
—No. —Dejó la pistola al lado del cuenco de cristal
y añadió—: Valeria, compórtate como una buena anfitriona y responde a
la pregunta de
Honor —
añadió antes de meterse otro bombón en la boca.
—No sé nada más —gimoteó la vampira, que
tenía los ojos
rojos y llenos de lágrimas—.
So—solo lo de To
—Tommy.
—Bueno, no te preocupes —dijo Honor, que recordó
cómo Valeria había lamido sus lágrimas, lo mucho que se había reído cuando ella
gritaba hasta desgarrarse la garganta y quedarse afónica—, encontraremos a
Tommy.
Valeria debió de detectar algo en su voz, porque de
pronto la vampira la miró con una expresión atemorizada que Honor jamás habría
esperado en una criatura tan antigua y poderosa.
—Fue él quien lo
hizo todo, ¿lo
recuerdas?
—dijo Valeria, que,
en cuanto la herida comenzó a curarse, volvió a llevarse las manos a la
garganta para arrancarse el cuchillo de caza.
—Yo no lo haría. —Dmitri se comió otro bombón.
Valeria bajó las manos con un espasmo de miedo, y
continuó dirigiéndose a Honor con los ojos llenos de lágrimas.
—Fue él quien te hizo daño... Yo solo quería
alimentarme.
Sí, Tommy le había hecho daño como únicamente un
hombre puede hacérselo a una mujer. Pero solo porque Valeria lo
había animado a
hacerlo. Antes de aquello, sus ataques físicos habían sido mucho más
«leves», ya que
el cabrón disfrutaba con su sangre más que con
cualquier otra cosa. Valeria, sin embargo,
siempre se había
mostrado muy creativa cuando estaba a solas con Honor en la oscuridad.
«—Vaya, ¿eso te ha dolido? —dijo riendo en
susurros—. Qué mala soy... Pero es que las chicas como yo tenemos que
alimentarnos...»
—Dmitri —dijo Honor—, he cambiado de opinión.
Y un momento después atravesó el otro muslo de
Valeria con una bala.
Capítulo 10
A Honor le preocupaba un poco no haber titubeado
siquiera, pero aquella vampira, la misma que ahora gritaba porque era ella
quien sufría, la había torturado. Así que ¿cómo coño no iba a sentirse bien?
Sí, se había sentido muy bien al dispararle a Valeria.
—He acabado. —Aquella criatura patética nunca
volvería a atormentarla en sueños.
—Ve a ver si encuentras la invitación. —Dmitri se
puso en pie—. Valeria y yo tenemos que hablar en privado.
Honor guardó la pistola en la funda y se volvió
hacia él.
—No la mates.
Sería demasiado rápido. Insuficiente. A juzgar por
lo que Valeria le había hecho a ella, por su maestría a la hora de provocar
ciertos tipos de dolor, Honor sabía que no había sido la primera víctima de la
vampira.
Dmitri
esbozó una sonrisa indolente que le puso los pelos de
punta.
—Confía en mí.
Y lo extraño era que confiaba en él. Quizá eso la
convirtiera en una ilusa estúpida, pero así era. Lo dejó con la vampiresa
aterrorizada, que ya había empezado a sollozar en un intento por despertar la
compasión de un hombre al
que Honor sabía que ninguna mujer podría conmover,
y empezó a subir por la escalera.
La decoración opulenta y refinada estaba presente
en toda la
casa. Las obras de arte colgadas
de las paredes tenían marcos dorados aunque elegantes; las alfombras hechas a
mano poseían unos tonos que encajaban perfectamente con el entorno; y había un
exquisito pasamanos de madera tallada que bordeaba la escalera hasta la planta
superior. En el dormitorio había una gigantesca cama con cuatro postes de
madera oscura y cortinas recogidas en las esquinas. Las sábanas eran del mejor
algodón egipcio, y
seguían arrugadas tras el
temprano despertar de Valeria.
Justo en el momento en que Honor empezó a abrir el
cajón de la mesilla, el primer grito reverberó por toda la casa; un alarido tan
estridente que no quiso ni imaginarse lo que Dmitri le había hecho a la
vampira. Sintió un poco de compasión, pero apretó la mandíbula y siguió a lo
suyo. Sabía que si Dmitri demostraba piedad, los demás vampiros se rendirían a
sus instintos más oscuros y el mundo se cubriría de sangre.
Allí estaba.
La invitación era una tarjeta plateada doblada por
la mitad.
«El tedio es insoportable, ¿no te parece, Valeria?»
Palabras escritas a mano con trazos elegantes y
tinta negra. La letra podía
ser tanto de hombre como de mujer.
«He planeado una diversión que debería colmar
incluso tus hastiados apetitos.»
Bajo aquella frase había una dirección, una lista
de tres fechas con sus horas y una nota que decía:
«Si deseas darte el capricho, acude a las mismas
horas y los mismos días durante las próximas semanas.»
No había firma, y aunque Honor había manipulado la
tarjeta con cuidado, sabía que era muy probable que tampoco hubiese huellas
digitales. Aun así, bajó a la cocina mientras oía otro grito escalofriante, y
buscó una bolsa de plástico.
Encontró una sin
cierre zip, pero serviría. Metió
la tarjeta dentro y
se acercó de nuevo al salón matinal. Los pasillos
estaban impregnados de un silencio roto tan solo por los lloriqueos de Valeria.
Cuando
entró en la estancia,
vio que Dmitri no tenía ni una gota de sangre ni en la piel ni en la ropa.
Se fijó en los brazos bronceados del vampiro mientras este se guardaba la
pistola en la funda del tobillo con los movimientos lentos típicos de un hombre
que se tenía por la criatura más peligrosa
del lugar. Valeria, en cambio,
parecía un poco... menguada.
—La tengo —le dijo al vampiro.
—Bien. —Dmitri señaló con la cabeza el camino de
entrada—. Illium vigilará a Valeria hasta que lleguen los
hombres de Andreas.
Valeria soltó un gemido largo y grave justo en el
momento en que Honor miró por la ventana... y vio la sobrecogedora imagen de un
ángel con alas de color azul plateado aterrizando en la zona verde del césped.
—Es... —Se quedó sin aliento. Había visto fotos,
incluso imágenes
de televisión, que mostraban a aquel ángel de alas
azules, pero ninguna de ellas le hacía justicia. Nada podría hacérsela.
Resultaba
mucho más impactante de cerca. No le quitó la vista de
encima mientras se reunían
con él junto
al coche. Tenía los ojos del color del oro veneciano, el cabello negro
con matices
azules, y un rostro de una belleza tan pura qué
resultaba casi demasiado hermoso. Casi.
Era, sencillamente, la criatura más hermosa que
había visto en su vida.
—Soy Illium —dijo el ángel mirándola a los ojos.
Honor estuvo a
punto de esbozar una sonrisa al ver la curiosidad pintada en sus iris
dorados.
—Yo soy Honor.
Dmitri,
que había hecho
una llamada rápida por el teléfono móvil, abrió la
puerta del asiento
del conductor.
—Si Valeria intenta algo —le dijo a Illium—,
córtale los brazos.
El ángel de alas azules no se alteró
ni lo más mínimo ante semejante orden. Y eso,
sumado a la evidente confianza que Dmitri depositaba en él, dejó claro que,
hermoso o no, Illium no era solo un bonito adorno. Todo lo contrario, pensó
Honor al percibir la aguda inteligencia del rostro del ángel que hablaba con
Dmitri: aquel ser era muy capaz de utilizar
el impacto que
causaba su aspecto como ventaja.
—Elena y Rafael vienen de camino
—le dijo Illium al vampiro—. Aterrizarán alrededor
de las seis.
Dmitri asintió con un gesto brusco y se subió al
coche.
—Deja de comerte a Illium con los ojos, Honor. Eso
no hace más que aumentar su vanidad.
—Tiene razón. —Illium se acercó para abrirle la
puerta del asiento del acompañante—. Pero también soy un caballero, a
diferencia de otros.
Sus
miradas se encontraron mientras ella se subía al coche,
y Honor no pudo evitar
preguntarse qué había bajo su belleza y su encanto
deslumbrantes, quién era ese Illium de alas azules.
—Gracias.
Él le respondió con una mirada evaluativa... casi
amable.
—No eres como las otras.
—¿Qué?
Dmitri soltó un rugido antes de que Illium tuviera
oportunidad de responder. Cuando Honor volvió la vista, descubrió
que el ángel los observaba con una expresión pensativa
y las alas extendidas para atrapar el sol temprano
de la mañana. Las hebras plateadas lanzaban destellos, convirtiéndolo en un
espejismo viviente.
—Creía —le dijo a Dmitri una vez que Illium
desapareció de su vista— que los ángeles estaban un escalón por encima de los
vampiros en la cadena alimenticia.
—Y aun así,
Illium aceptaba las órdenes de Dmitri.
—Es un miembro de los Siete, la guardia de élite de
Rafael —respondió Dmitri mientras atravesaban las puertas de la verja—. Y yo
soy su jefe.
Era el segundo al mando de Rafael. De repente,
Honor entendió mucho
mejor la importancia de su puesto.
—Nunca había conocido a un ángel como Illium. —A
pesar de su extraordinario
aspecto, parecía más
«humano» que
cualquier otro inmortal que conociera.
Dmitri la miró con expresión severa.
—Coquetea con él si quieres, Honor, pero eres mía.
Aquel era un comentario desconcertante... y, al
mismo tiempo, no tanto.
—No sé qué es lo que hay entre nosotros —le dijo,
admitiendo el fuego oscuro que había
ardido entre ellos desde
el principio—, pero sí sé que, para
conservar mi salud mental, debo
mantenerme tan alejada de ti como me sea posible.
—Es una lástima —respondió con la misma falta de
emoción que había mostrado al dispararle a Valeria.
Aquello
la asustó. Era
una respuesta coherente. Lo que no era coherente era que ella deseara
estirar el brazo para acariciar el ángulo brutal de su mandíbula y suavizarlo
de algún modo. Imposible.
—Si fuera necesario, lucharía a muerte para
defender mi libertad —le dijo mientras disfrutaba del viento que agitaba su
cabello—. Nunca volveré a ser una prisionera, ni tuya ni de nadie.
—Era un juramento que se había hecho mientras yacía
como una muñeca rota en
la cama del hospital; una promesa que había sellado
con sangre.
Dmitri
movió la palanca
de cambios para aumentar la marcha con la facilidad de un hombre
acostumbrado al poder.
—No tengo intención de hacerte daño, Honor. —El
tono duro había sido sustituido por otro como seda negra, tan pecaminosa y
seductora como el intenso aroma a chocolate que parecía introducirse hasta sus
huesos—. Mi objetivo es seducirte.
Honor notó un estallido de calor en la parte baja
del vientre, un pulso de atracción que
nada tenía que ver con el comportamiento racional. Una obsesión contra la que
no podía luchar.
—¿Alguna mujer te ha dicho que no, Dmitri?
—Una vez. —Dobló una esquina con una sonrisa que
hizo que Honor deseara rodearle la cara con las manos y besar sus preciosos
labios—. Y me casé con ella.
Dmitri no tenía claro por qué le había contado
aquello a Honor; ya no hablaba de Ingrede con nadie. Solo Rafael lo sabía, y el
arcángel respetaba su decisión de guardar silencio en ese asunto, la
única herida que
no se le había curado jamás.
—Tommy —dijo para cambiar de tema cuando Honor
abrió la boca para
preguntarle sobre la única mujer que había
conquistado su corazón en sus casi mil años de existencia—, es en realidad
Thomas Beckworth Tercero.
Honor lo miró fijamente durante un instante, pero
captó la indirecta.
—Tommy es un nombre muy común.
—Valeria me lo ha confirmado. Cuando la vampira
comprendió que
los ruegos y las súplicas no le iban a servir de
nada, intentó callarse lo que sabía. Solo hizo falta romperle un par de huesos
para acabar con su voluntad. Además, Dmitri se aseguró de que aquellas
fracturas fueran las que había visto en las radiografías de Honor después del
rescate.
—Por favor, Dmitri —había suplicado Valeria—.
No te conviertas en un monstruo por culpa de una
mortal.
Aquello le había hecho gracia de verdad.
—Querida Valeria, yo ya era un monstruo antes de
que tú nacieras.
Se había convertido en un monstruo en el instante
en que había ardido la cabaña y el fuego se había llevado la mejor parte de su
vida con él.
—A juzgar por los resultados de la investigación
que le encargué a Veneno mientras estaba en la planta de arriba — dijo al
tiempo que apartaba el recuerdo que lo atormentaría durante toda la eternidad—,
parece que Tommy se ha escondido.
Percibió un rastro de aroma de flores silvestres
cuando Honor cambió de posición en el asiento.
—No es posible que sepa que vamos a por él.
Su esencia lo envolvía y lo acariciaba a un nivel
profundo al que no tenía acceso ninguna mujer.
—No —aseguró mientras apretaba el volante con
fuerza—, pero tiene muchas conexiones, y seguro que se ha enterado de que
trabajabas para mí.
Honor vio
las arrugas de tensión que rodeaban los labios de Dmitri y
tuvo que flexionar los dedos para reprimir el impulso de borrárselas. Esa
locura acabaría por matarla.
—Iremos a casa de Tommy
—
continuó Dmitri al ver que ella no lo interrumpía—,
y veremos qué podemos averiguar.
La casa demostró ser tan ostentosa como elegante
era la de Valeria. Tenía recargadas volutas en las molduras del techo; paredes
cubiertas con un papel horroroso,
adquirido debido a su
elevado precio y no a su estilo; muebles toscos tapizados con tejidos florales
espantosos, y por
lo que parecía
tan caros como el papel.
Sin embargo, el premio gordo se lo llevaba el
dormitorio.
—Vaya... —exclamó Honor mientras contemplaba
asombrada la enorme cama circular
cubierta de sábanas de satén rosa y un millón de
abultados
cojines de piel
blanca—. Creía que estas camas solo existían en los escenarios de las
pelis pomo. — Levantó la vista sin
poder evitarlo—. Un espejo en el techo.
Alucinante.
Dmitri se echó a reír. Fue una risa salvaje y
hermosa, pero acabó de una manera muy brusca.
—Honor, sal de la habitación. — Aquella orden
parecía estar cubierta de escarcha.
A la cazadora se le hizo un nudo en el estómago. Lo
más fácil habría sido darse la vuelta y dejar que el vampiro la protegiera...
porque aquello era lo que intentaba
hacer aquella criatura peligrosa que jamás volvería a ser
humana. Sin embargo, marcharse sería
rendirse ante
los cabrones que habían tratado de destruirla.
—Se acabó lo de huir —dijo, esforzándose por mantener un tono de voz tranquilo—. Dime lo
que pasa.
Se produjo un instante tenso mientras los
ojos oscuros la examinaban.
—Honor...
—Hay algunas batallas —señaló ella suavemente sin
apartar la mirada de aquellos ojos que
conocían secretos muy, muy
antiguos— que las mujeres deben librar solas.
—Detrás de ti —dijo Dmitri. De pronto, la piel de
su rostro se tensó.
La
ampliación fotográfica en blanco y negro cubría toda la pared que
había frente a la cama. Mostraba la imagen de una
mujer desnuda, colgada por cadenas que
le sujetaban las muñecas y
anclada al suelo con las piernas separadas gracias a los grilletes de los
tobillos. Mantenía la
cabeza gacha, y el cabello le cubría la cara. Tenía una hemorragia a un
lado del pecho, allí donde un vampiro se había alimentado.
Era Honor.
Se acercó a aquella imagen que amenazaba con
catapultarla de vuelta a una pesadilla, sacó la daga y comenzó a hacerla
pedazos lenta y metódicamente.
—No recordaba —dijo, tragándose la rabia que estaba
a punto de ahogarla
— que había hecho fotografías.
Clic. Clic.
El sonido del obturador de la cámara la había
humillado de nuevo en un momento en que se creía capaz de soportar todo lo que
le hicieran sus torturadores.
—Luego
comenzó a llevar
la cámara de vídeo.
Lo que significaba que había grabaciones suyas en
alguna parte; grabaciones en las
que intentaba no gritar
mientras Tommy le hacía
daño. Por eso no las recordaba, porque no podía soportar
la vergüenza de que
otros, quizá sus amigos, la vieran atrapada, indefensa y degradada. Pero, por
supuesto, en realidad nunca lo había olvidado.
—Encontraremos
las imágenes y las grabaciones originales. —Dmitri comenzó
a registrar la habitación, presa de una furia gélida. Arrancó cajones y vació
estanterías—. Seguro que las tiene escondidas,
porque sabe que
como salgan a la luz, lo encontraré y le cortaré el cuello.
—No puedes estar seguro de eso
—dijo
Honor. Sentía un
dolor en el pecho. Intenso. Agudo.
Dmitri se acercó para ayudarla a arrancar el último
trozo de fotografía y la observó en silencio mientras lo convertía en pedacitos
minúsculos.
—Sin importar lo que ocurra — dijo el vampiro
cuando los últimos pedazos flotaron hasta el suelo como un
millar de polillas blancas y negras—, esas imágenes jamás verán la
luz del día.
Honor vio en sus ojos una escalofriante profecía de
muerte.
Tommy no era un tipo muy listo. Encontraron
tarjetas de memoria con las fotos y los vídeos en una caja fuerte oculta en la
pared. Dmitri no dijo nada cuando ella desapareció en dirección al coche (y a
su portátil) para asegurarse de que las imágenes no contenían pistas que
pudieran llevarlos a identificar a alguno de los miembros de aquel grupito
enfermizo.
—Voy a destruir esto —le dijo a Dmitri cuando este
salió de la casa después de cerciorarse de que no había
nada más de utilidad en el dormitorio.
Las
pruebas siempre debían tratarse con mucho cuidado, pero
aquellas pruebas eran suyas. En ellas aparecía desnuda, atada y deshonrada. Tanto si
era racional como
si no, aquellas imágenes debían
desaparecer para que nadie las viera jamás.
Dmitri se acercó al maletero, lo abrió y sacó un
pequeño martillo de lo que resultó ser una caja de herramientas camuflada.
Honor lo utilizó para convertir en polvo las tarjetas de memoria, y luego cogió
los alicates que le ofreció el vampiro para cortar los componentes metálicos en
pedazos diminutos. Dmitri se limitó a observarla con calma durante todo el
proceso, pero
aquella
calma se había
reducido bastante para el momento en que terminaron de registrar la
casa. Tommy no había dejado pistas de su paradero.
—Honor...
Dmitri cambió de posición en el asiento para
tenerla de frente una vez que detuvo el Ferrari delante del cuartel general del
Gremio. La miró a los ojos y alzó una mano para apartarle un rizo suelto que
había escapado del pasador de la nuca, aunque tuvo mucho cuidado en no rozar
ninguna otra parte de ella.
—Eres tan suave... —añadió en un susurro—.
Femenina, hermosa e inquebrantable.
Honor aún sentía un nudo de dolor en el pecho, pero en ese momento le
habría encantado besarlo. No era humano; ni
siquiera era una buena persona,
pero le había
devuelto el orgullo que
la maldad de
Tommy le había arrebatado.
—Te llamaré en cuanto sepa algo
—le dijo, y casi pareció una promesa.
Guando entró en el edificio del Gremio, fue
directamente a los Sótanos en lugar de subir a ver a Sara. Las madrigueras subterráneas
tenían un doble propósito:
servían de escondrijo a los
cazadores cuando las
cosas se ponían demasiado feas y
daban cobijo a los sofisticados sistemas de vigilancia y recopilación de datos
del Gremio.
Y todos esos sistemas eran controlados por
una mente brillante
atrapada en un cuerpo inmovilizado a causa de un
accidente sufrido en la infancia. Vivek solo tenía sensibilidad por encima de
los hombros, pero si alguien había dado por sentado que eso le impediría ser el
mejor «analista de información» (espía, para abreviar) de todas las sedes del
Gremio a nivel mundial, estaba muy equivocado.
—Hola, Honor —la saludó cuando ella superó los
protocolos de seguridad necesarios para entrar en el bunker. Según los rumores
del Gremio, en aquel lugar se encontraban los ordenadores desde los que Vivek
gobernaba el mundo—. ¿Te persigue Dmitri o qué?
Capítulo 11
Sorprendida, Honor lo observó... y vio las arrugas
de preocupación de su rostro.
—No me estoy
escondiendo de
Dmitri.
—Ah, vale. Pero si lo cabreas mucho y va detrás de
ti, intenta no dispararle a plena luz del día. Sara aún no le ha perdonado a
Elena que lo hiciera.
Honor había oído hablar del incidente; incluso
había visto algún artículo en la red al respecto.
—Puede
que una bala
lo dejara
dolorido un buen rato, pero no creo que lo matara
ni aunque le diera en el corazón. Es demasiado antiguo para eso.
Vivek pareció encogerse.
—Vaya... Qué lástima que Elena no lo sepa. —Le dio
la vuelta a su silla de ruedas con una breve orden verbal y se acercó a los
paneles del ordenador principal para examinar una posible alerta—. Entonces
¿has venido para disfrutar de mi alegre compañía? —Era una pregunta
sarcástica, pero Honor había pasado la infancia en soledad y
entendía esa emoción mejor que nadie.
—Siento no haber venido a verte antes —dijo—.
Probablemente aún no habría salido de la Academia si Sara no me hubiera
obligado a hacerlo.
Le parecía imposible haberse convertido en una
criatura tan débil y patética, pero era cierto. Y no debía olvidarlo, porque
jamás volvería a serlo.
Vivek la miró fijamente.
—Es un lugar seguro, ¿verdad? La gente no suele
entender esa necesidad.
Honor pensó en él, encerrado allí en su búnker, a
salvo de un mundo que lo había despreciado cuando había dejado de ser perfecto.
Salvo que...
—Tú tienes mucho más coraje del que yo tendré
jamás, V.
Su familia lo había abandonado en una institución y
Vivek había salido adelante gracias a su testarudez, a su negativa a rendirse.
—Era un crío cuando me ocurrió esto —dijo con voz
ronca—. Tuve un montón de tiempo para superar la autocompasión mientras me
pudría en aquella cama de hospital, así que no me otorgues méritos que no
merezco.
Honor negó con la cabeza, pero guardó silencio.
Luego le explicó la razón por la que estaba allí, aunque el horror seguía
siendo una especie de ladrillo que le aplastaba el pecho desde dentro hacia
fuera.
—Necesito
que investigues un poco. —La furia, el pánico y las náuseas
se mezclaban en su estómago—. Quiero que busques imágenes o vídeos en los que
aparezca yo.
En los ojos de Vivek llameó una ira
tan intensa que habría sorprendido a Honor de no
saber que él era un cazador nato. Con la silla de ruedas o sin ella, aquel
cazador tenía los mismos instintos que
el resto de
los miembros del Gremio. En esos momentos se concentró en
sus ordenadores y comenzó a dar órdenes verbales a tal velocidad y en tantos
monitores que Honor fue incapaz de seguirlo.
Una gota helada se deslizó por su columna vertebral
cuando vio los resultados que aparecían
en las pantallas, unos encima de
otros. Tragó la bilis que le abrasaba la garganta y se obligó a esperar a que
Vivek completara la búsqueda.
—Muéstramelas.
Unas imágenes tras otras llenaron los monitores.
Honor examinó cada una de las páginas en las que
habían aparecido resultados mientras Vivek las repasaba.
—¿Esto es todo?
—Sí. He escarbado todo lo posible y he realizado
una amplia búsqueda de términos.
Estremecida, Honor se dejó caer en una silla.
—Solo están las fotos de archivo que salieron a la
luz cuando desaparecí o las que me hicieron después del rescate.
Vivek continuó hablando con sus ordenadores durante
diez minutos más, comprobando una y otra vez.
—La red está
limpia, Honor. Fueran cuales
fuesen las imágenes que tomaron esos cabrones, no las han publicado. —En sus
ojos apareció un brillo especial—. Me parece que le tienen demasiado miedo a la
Torre.
—No me extraña. —Debería sentirse feliz, pero
encontrar a Valeria y descubrir la identidad de Tommy no había hecho más que
recalcar el hecho de que todos los demás que la habían tratado como
a un trozo
de carne andaban sueltos por
ahí, disfrutando de la vida sin ningún temor—. No me detendré —aseguró con un
hilo de voz mientras se apretaba el puño contra el muslo—. Y Dmitri tampoco.
Por suerte, tenía de su
lado a
alguien mucho más peligroso e implacable que
cualquiera de los amiguitos enfermizos de Valeria.
«No tengo intención de hacerte daño, Honor. Mi
objetivo es seducirte.»
Por supuesto, ese alguien también deseaba darle un
mordisco. Y no un simple mordisquito. No, Dmitri no se sentiría satisfecho con
nada que no fuera una total y absoluta rendición carnal.
Habían pasado nueve horas desde que viera a Honor
por última vez, y la noche ya envolvía el mundo. Dmitri acababa de concluir
una conversación vía satélite con
Galen cuando Veneno entró en la sala.
—Pesar
ha escapado de los
guardias que la vigilaban. —El vampiro no había tenido ningún problema a la
hora de cambiar de nombre a Holly... quizá porque también él había abrazado una
nueva identidad—. Hace al menos una hora.
Dmitri reprimió un juramento.
—La encontraré.
También mantendría una charla con los guardias,
porque aunque Pesar era extremadamente inteligente y no del todo humana, era
una joven de menos de veinticinco años, y ellos tenían más de ciento cincuenta.
Veneno realizó un gesto negativo con la cabeza que
hizo que el pelo le cayera sobre la frente.
—Oye —empezó a decir con un movimiento impaciente
de la mano—, tú ya te encargas del otro asunto. Deja que yo...
—No. Ella es responsabilidad mía.
—Elena la había encontrado, pero fue él quien la
sacó de aquel
diminuto cobertizo en el que había permanecido escondida y cubierta de
sangre seca—. Sé qué lugares frecuenta.
Veneno se mantuvo en sus trece, aunque ese afán por
superar al resto de los miembros de los Siete era uno de los motivos por los
que lo habían aceptado en el grupo en primer lugar.
—Te estás encariñando demasiado, Dmitri. Si... —Las
pupilas negras del vampiro se contrajeron hasta formar dos
puntos negros en el interior del iris verde—. Si en
su interior tiene más de Uram que de humanidad, tal vez sea necesario
ejecutarla.
—Eso no supondrá un problema. Después de todo, le
había partido
el cuello a su propio hijo.
«—Todo irá bien, Misha. Te lo prometo. —Pronunció
la mentira con una sonrisa y le dio un beso en la frente
a su hijo, que tenía la piel cálida y suave de un bebé—. Papá hará que todo
salga bien.»
El Ferrari arrancó unos cuantos
«¡Madre mía!» a los muchachos que había en la acera
cuando lo aparcó en
una zona prohibida frente al pequeño y
repugnante edificio con
un cartel de neón que lo anunciaba como La Guarida
Sangrienta. Puesto que la placa de la matrícula dejaba bien claro que el coche
le pertenecía, no se molestó en hacer advertencias. Si
había alguien lo bastante estúpido para tocar su coche, se
merecía cualquier cosa que le ocurriera.
Un matón de ojos grandes que sobrepasaba en más de
noventa kilos el peso de Dimitri (y que no habría podido retenerlo ni un
segundo), le abrió la puerta del local antes de que llegara.
—Busco a una mujer de un metro sesenta y cinco de
estatura, de ascendencia asiática —le dijo al tipo de la cabeza
afeitada—. Pelo negro
con
mechones rosa, ojos castaños —por el momento, al
menos—, y piel clara. — Pesar evitaba el sol, pero no porque le hiciera daño,
sino porque se consideraba una criatura de la noche.
—Vi a una mocosa meterse en una de las cabinas con
un tío cuando entré a descansar —dijo el gorila—. Podría ser ella.
Dmitri se dirigió a la cabina que le había señalado
el matón y
abrió la puerta. Dentro había un
tipo blanco de veintipocos años con los pantalones por los tobillos. Rodeaba
con los dedos su pene erecto y se masturbaba con una mirada vidriosa.
Pesar,
sentada en el
banco que había enfrente,
le dedicó una
sonrisa
pintada de carmín.
—¿Vienes a unirte a la fiesta? — Era una pregunta
burlona que no tenía ningún matiz sexual, pese a que llevaba puesto un vestido
negro cortísimo y ajustado, con ligueros que le llegaban hasta los muslos y las
piernas cubiertas por unas botas de charol negras.
Dmitri abofeteó al hombre sin mediar palabra. El
tipo parpadeó, bajó la vista y volvió a subirla.
—¿Qué...?
—Fuera. —Dmitri le abrió la puerta.
La erección bajó de inmediato, así que el hombre se
subió los pantalones y salió a tropezones en su prisa por marcharse. Dmitri
apoyó la espalda en
la puerta después de cerrarla y observó a Pesar,
que echó la cabeza hacia atrás para engullir lo que parecía un enorme chupito
de tequila antes de dejar el vaso con un gesto de desagrado.
—¿Sabes que ni siquiera me puedo emborrachar como
es debido?
—Tu metabolismo está alterado. — Junto con muchas
otras cosas.
Soltó una risotada amarga.
—Ya, y soy capaz de lograr que los hombres se
saquen la polla y se masturben delante de mí. Menudos superpoderes, ¿eh?
Sí, en cierto sentido eran superpoderes. Junto con
el hipnótico anillo verde que rodeaba el iris de sus ojos y
quizá una demencia
mortífera,
Pesar había adquirido la habilidad de hechizar a la
gente durante cortos períodos de tiempo. Por ahora solo conseguía obligarlos a
hacer algo para lo que ya estaban predispuestos, sin embargo Dmitri
estaba convencido de que aquello
avanzaría. Desde que Uram la infectó, los cambios producidos en Pesar habían
progresado a una velocidad pasmosa.
Consciente de la frustración que le provocaba no
haber conseguido enfadarlo, Dmitri se limitó a observarla. Pesar se levantó de
su asiento con la gracia de un felino y se acercó para apretarse contra él.
—¿Por
qué no me
has follado nunca, Dmitri?
¿Por qué nunca
has
probado mi sangre? —Los ojos estaban
brillantes. Las palabras
eran duras—.
¿No soy lo bastante buena para ti?
—No me acuesto con niñatas.
Pesar apartó la cabeza de golpe y clavó en él unos
ojos excesivamente maquillados.
—No soy una niña.
Dmitri
no se molestó
en discutir ese punto. En lugar de eso, le cogió la mano y abrió la
puerta.
Ella se resistió.
—Yo...
—Basta —dijo el vampiro con un tono grave que se
alzó sobre el ritmo pulsante y estruendoso
de la música como si este no existiera—. Hoy le he
cortado pedacitos muy particulares a una
vampira. —Gracias a la bata que la cubría, Honor no
se había dado cuenta de que a
Valeria le faltaba
la mayor parte del corazón—. Y
planeo hacerle algo mucho peor a otro. Así que no me cabrees.
Pesar contuvo el aliento, pero no dijo ni una
palabra hasta que salieron a la
calle, donde el
frescor típico de finales de primavera le puso la piel de
gallina.
—¿Cuánto se tarda? —preguntó entonces con voz
trémula.
—¿Qué?
—¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que te
vuelvas... inhumano?
—Mi conversión se completó en tres meses. —Y ese
fue el tiempo que
Misha gritó y chilló encadenado frente a él, el
tiempo que las cenizas de Caterina y las de su madre estuvieron expuestas a los
elementos.
«—Lo siento, Ingrede. —Se encontraba de pie al lado
de los restos quemados de la cabaña, con la cabeza de su hijo muerto acunada
entre los brazos como si fuera la más preciosa de las cargas—. Perdóname.»
Caminó hasta el Ferrari y abrió la puerta del
acompañante.
—Entra.
Pesar obedeció. Su rebeldía había quedado aplastada
por la brutalidad del estado de ánimo de Dmitri. De pronto parecía
dolorosamente joven, pero él no estaba
dispuesto a concederle
más
tregua. Ya había tenido un año de eso.
—Utilizar las habilidades vampíricas con los
mortales sin su consentimiento puede acarrearte una sentencia de enterramiento.
—El castigo consistía en ser enterrado vivo dentro de un ataúd, y solo con la
sangre suficiente para sobrevivir.
El labio
inferior de la chica empezó a temblar.
—Mi
abrigo está en la
parte de atrás —le dijo Dmitri.
Pesar se volvió para cogerlo, se lo echó por encima
y se acurrucó en el asiento.
—¿Vas a enterrarme?
—No. Ese castigo en particular ha sido eliminado de
los libros. —Rafael
lo había hecho por Elena, un regalo del arcángel a
su consorte—. Me han encargado que busque otro que lo reemplace.
Pesar se envolvió mejor con el abrigo.
—Lo siento. —Pronunció aquellas palabras vacilante
y asustada, como la niña que Dmitri creía que era.
El
vampiro dejó escapar
un suspiro. Condujo junto al río Harlem y atajó por Manhattan para
atravesar el puente de George Washington. Detuvo el coche frente a un acantilado desde el que se veía la Gran Manzana. La ciudad
parecía un conjunto de joyas brillantes extendidas sobre el negro de la noche,
y las siluetas de
los ángeles pasaban a
toda velocidad por delante de ella.
—Voy a imponerte un Contrato, Pesar. —Era la única
forma de mantenerla bajo control—. Da igual que te convirtieran sin tu
consentimiento. No serás libre hasta que decida que no supones un peligro para
los demás.
Puesto que se había quitado las botas durante el
trayecto, la joven acurrucó los pies bajo su cuerpo en el asiento. Era
diminuta, así que
no le costó mucho esfuerzo.
—¿Me enseñarás lo que debo saber? —Era una súplica.
—No. Veneno se encargará de eso. Pesar empezaba a depender
demasiado de él.
«—Tengo frío.
—Lo sé, Misha. Eres un chico muy valiente.
—Hicieron daño a mamá y a Riña
—dijo
haciendo intrépidos esfuerzos por contener los sollozos—.
Hicieron daño a mamá y a Riña, papá.»
El sonido de los gritos de Misha aún lo
atormentaba. No debía, no podía añadir otra voz a aquellos gritos.
—Veneno también te enseñará a controlar tu
don. —Pesar aún no lo sabía, pero la capacidad de Veneno para
hipnotizar superaba con creces la de ella
—. Espero que sigas sus indicaciones.
—Lo haré. —Tras aquella breve afirmación, hubo
una pausa llena
de cosas sin decir—. ¿En qué me estoy convirtiendo? —preguntó al final.
Dmitri
podría haberle mentido, darle falsas esperanzas, pero eso
solo la llevaría a la muerte. Se dio la vuelta y estiró el brazo para meterle
tras la oreja un mechón negro azabache con reflejos rosa. Al ver que ella se
encogía, Dmitri supo que había sentido el gélido filo de su furia.
—Nadie lo sabe. Pero lo único que importa es que no
permitiré que te conviertas en un problema. ¿Lo entiendes?
La
garganta de Pesar
se convulsionó cuando tragó saliva.
—Sí —susurró, y luego inclinó la cabeza hacia la
mano que aún le acariciaba la mejilla—. Estoy asustada, Dmitri.
«—Estoy asustado, papá.»
Pesar no era Misha, un niño pequeño e
indefenso, pero podría haberlo sido. Así pues, aunque había jurado
mantener las distancias,
Dmitri no le dijo que tenía muchas razones para estar asustada, que casi
todo el mundo creía que sus
posibilidades de sobrevivir eran
muy limitadas. En lugar de eso, acarició su sedoso cabello negro y pensó en los
rizos oscuros que había sentido bajo la palma de la mano cuando el cuerpo de su
hijo se convulsionaba entre sus brazos.
—¡Por favor! ¡No! ¡Para!
Honor apartó las sábanas y se bajó
de la cama con el corazón desbocado. Echó un
vistazo al reloj y vio que no habían pasado ni tres horas desde que se
durmiera después de trabajar en el
asunto del tatuaje hasta después de medianoche. El problema era que no dejaba
de recordar lo que Valeria, Tommy y sus amigos le habían hecho.
Aunque aquella pesadilla... Habría jurado que no
tenía nada que ver con lo ocurrido en el sótano. Quizá fuera un recuerdo de los
terrores nocturnos que había sufrido de niña, el motivo por el que nunca la
habían adoptado a pesar de la
continua demanda de
niños. Al parecer, gritaba,
gritaba y gritaba hasta quedarse exhausta... y volvía a gritar en cuanto abría
los ojos. Los gritos cesaron
cuando cumplió los cuatro o cinco años, porque a
esa edad ya se despertaba en el instante en que comenzaban y pasaba el
resto de
la noche intentando
no dormirse.
Asuntos relacionados con el abandono, había dicho
un psicólogo infantil. Honor no estaba tan segura. Lo que sentía al despertar
de aquellas pesadillas infantiles era demasiado intenso, demasiado abrumador:
una oscuridad terrible que la llenaba de absoluta desolación. Y era lo mismo
que le cerraba la garganta en aquellos momentos; lo mismo que le aceleraba el
corazón hasta un punto rayano en el dolor. Se frotó el pecho con la mano en un
intento por borrar aquella sensación y
se encaminó a la ducha.
Después, vestida ya con ropa limpia, cogió el
teléfono y marcó un número que jamás habría esperado utilizar a las cuatro de
la madrugada de una fresca noche primaveral en la que el cielo tenía un tono
ahumado oscuro, interrumpido tan solo por las escasas luces de las oficinas de
los rascacielos.
Respondió una voz masculina que le pidió que dejara
un mensaje.
Honor colgó, se frotó la cara con las manos y
empezó a extender las ampliaciones fotográficas de los tatuajes sobre la
pequeña mesita que había junto a la ventana.
Había hecho un
gran avance, o eso le parecía, justo antes de caer inconsciente en la
cama. Puesto que
en esos momentos tenía la cabeza más despejada (a
pesar de las pesadillas), decidió seguir con aquella línea de pensamientos.
Sí, definitivamente esa era la clave. O una parte
de la clave.
No sabía cuánto tiempo llevaba trabajando, pero el
teclado estaba cubierto de varias
páginas de anotaciones cuando alguien llamó a la puerta. Echó un vistazo al
reloj de la pared con el ceño fruncido.
Las cuatro y media.
Su cuerpo se tensó con una extraña emoción,
consciente de que solo podía ser
una persona. Cogió
la pistola y acercó el ojo a la mirilla.
Capítulo 12
Guardó el arma (cosa extraña si se tenía en cuenta
a quién estaba a punto de dejar entrar) y abrió la puerta.
—¿Me has llamado?
Dmitri llevaba puesta una camisa blanca con
el cuello desabrochado
y unos pantalones negros de vestir. Tenía el cabello algo enredado, como
si se lo hubiera peinado con los dedos.
Honor tuvo que apretar los puños para resistir el
impulso de hacer lo mismo.
—Pasa —le dijo, con una imagen clara del aspecto
que debía de tener el
vampiro cuando estaba tumbado en la cama, lánguido
y satisfecho.
Aunque sabía que Dmitri sería uno de esos amantes a
los que les gustaba tener un control total en los momentos más íntimos, su
mente insistía en mostrárselo cómodo y relajado, tumbado de espaldas
con una sonrisa provocadora en la cara. Con el
aspecto que cualquier hombre tendría con su amante habitual.
La idea le resultaba tan tentadora que tuvo que
obligarse a rechazarla, a recordar que en realidad era un vampiro sofisticado
que había saboreado todos los pecados existentes... y que no permanecería con
una mujer más tiempo del que le
llevara satisfacer su
curiosidad.
«Me casé con ella.»
Al menos una mujer había despertado en él algo más
que una efímera atracción sexual. Honor sintió el incontrolable deseo de
saberlo todo sobre aquella mujer y de hacerle un millón de preguntas. No
obstante, había una para la que no necesitaba respuesta: era evidente que
Dmitri había pronunciado sus votos matrimoniales hacía mucho, muchísimo tiempo.
Aquel hombre ya no existía y muy probablemente no había existido desde hacía
siglos.
—Tengo algo que enseñarte —dijo, incapaz de
comprender el extraño dolor que sentía dentro.
El vampiro la siguió hasta la mesa y la escuchó en
silencio.
—Estoy casi segura —dijo después de explicarle el
proceso que la había llevado a aquella conclusión— de que esto es un nombre.
—Señaló un grupo de símbolos en particular—.
El ejemplo con el que tengo que
trabajar es tan pequeño que es posible que me equivoque, pero creo que suena
como Asis, o Esis, o algo parecido.
Dmitri se quedó muy, muy callado.
—Isis.
Honor sintió como si una mano esquelética se
cerrase sobre su garganta y apretase con fuerza.
—Háblame de ella.
El
rostro de Dmitri
se llenó de
marcadas arrugas, y sus ojos parecían distantes e
insondables.
—Dmitri...
De algún modo, su mano había acabado en el
antebrazo del vampiro. Sentía su piel caliente y los tendones tensos a través
del fino tejido de la camisa.
—No deberías tocarme en estos momentos, Honor
—señaló Dmitri con una expresión que no revelaba nada.
La cazadora apartó la mano a toda prisa, aunque
el miedo que
sentía no tenía nada que ver con
él. Era un miedo impregnado en sus huesos, un miedo que había aflorado a la
superficie tras la mención de un
nombre que no significaba nada...
y que aun
así
despertaba en ella no solo miedo, sino una cólera
que iba más allá de la furia, más allá de la ira.
—Cuéntamelo.
—Isis fue el ángel que me convirtió
—dijo con un extraño tono calmado—. Y por ese
motivo le clavé un puñal en el corazón y la corté en pedacitos.
Honor sintió un placer perverso y salvaje mezclado
con una atormentadora desesperación. Desconcertada, soltó el bolígrafo que
había utilizado para explicar sus razonamientos y se apartó con torpeza de la
mesa.
Dmitri no le quitó los ojos de encima mientras
ella se hundía
las manos en el cabello para soltar el prendedor de la nuca, al tiempo
que se
dirigía a la cocina a trompicones.
—Fui allí donde vi este código — añadió. Lo había
visto en el escritorio de Isis, al principio, cuando el ángel lo llevó a sus
aposentos—. Ella lo llamaba
«su pequeño secreto», pero sus cortesanos y
amigos debían de conocerlo, porque les escribía notas utilizando
ese código. —Demasiados inmortales para señalar un nombre, pero pondría en
marcha aquella línea de investigación.
En esos momentos, era Honor quien acaparaba su
atención.
La cazadora empezó a preparar té con los
movimientos mecánicos de quien ha realizado a menudo esa misma tarea... y, sin
embargo, ahora concentraba toda
su atención en cada paso del proceso. El tipo de
cosas que hacía Ingrede cuando necesitaba calmarse.
—¿Qué
sabes de Isis?
—le preguntó Dmitri en un susurro mientras se inclinaba
sobre el banco
que separaba la cocina de la zona del salón comedor.
Como el espacio estaba abierto a ambos lados, no
podría impedir que saliera, pero Honor, pese a lo esquiva que era, no parecía
querer huir de él. En esos momentos, mientras derramaba el agua hirviendo en
una tetera de cristal, los blancos nudillos se marcaban bajo la piel, como
si mantuviera una
intensa lucha consigo misma.
—Nada —respondió ella al tiempo
que soltaba la tetera caliente y dejaba en remojo
el té de color rojo anaranjado—. Aunque me gustaría bailar sobre su tumba.
La emoción que destilaba su voz se parecía mucho a
la que sentía Dmitri.
—No hay ninguna tumba —dijo él mientras observaba
aquellos ojos verde oscuro llenos de secretos—. Nos aseguramos de que no
quedara nada de ella. —Aunque daba
la impresión de que algo sí había
sobrevivido. Un trozo perverso que intentaba echar raíces.
—¿«Nos aseguramos»? ¿Quiénes? Dmitri no vio ningún
motivo para
no contarle la verdad. Nunca había sido un secreto.
—Rafael estaba conmigo. Matamos
a Isis juntos. —El vínculo que habían forjado en
aquella estancia bajo el torreón,
impregnada de dolor
y manchada con la sangre y las vísceras de Isis, no se rompería jamás.
Honor apoyó una mano en la encimera. Luego lo miró
con aquellos ojos que podrían haber sido los de una inmortal y formuló una
pregunta que jamás habría esperado de la mujer que había entrado por primera
vez en su despacho.
—¿Quién
eras antes de
Isis, Dmitri?
«—Lo rompí. —Un susurro desconsolado.
—Déjame ver.
—¿Se lo dirás a mamá?
—Será nuestro secreto. Mira, ya está arreglado.
—Misha, Dmitri, ¿qué estáis tramando?
—¡Es un secreto, mamá!
Risas dulces, femeninas y familiares, seguidas de
los pasos tranquilos de Ingrede. Con el vientre hinchado por el embarazo, besó
primero a su hijo y después a su sonriente esposo.»
—Era otro hombre —respondió, inquieto por la
poderosa atracción que sentía por Honor.
Sí, se había sumergido en una vida de depravación
cuando su mundo quedó reducido a cenizas; sí, había denigrado su alma y se
había entregado a todos los
vicios imaginables en un esfuerzo por mitigar el
dolor; pero nunca,
jamás, había traicionado a
Ingrede en lo que más importaba. Su corazón había permanecido intacto,
encerrado en piedra.
«—Te amaré incluso cuando me haya convertido en
polvo.»
Era improbable que aquella cazadora maltratada lo
tentara hasta el punto de hacerle romper esa promesa... pero no podía negarse
que Honor albergaba en su interior profundidades insondables. Profundidades que
él deseaba explorar.
—Disparas muy bien —dijo. Ella se encogió de
hombros.
—Practico bastante, y no se puede
decir que Valeria fuera un blanco móvil.
—Su frente se llenó de arrugas—. Debería sentirme
mal por haberme aprovechado de que estuviera clavada a la pared como una
mariposa, pero no es así. ¿En qué me convierte eso?
—En un ser humano. Imperfecto.
—Lo raro es que en realidad me siento mejor.
Estiró el brazo para abrir una de las alacenas
superiores y el movimiento tensó un poco la sudadera gris sobre sus pechos,
pero ni de lejos
lo suficiente para mostrar el
maravilloso cuerpo que Dmitri sabía que había debajo.
Mmm...
El vampiro se dio la vuelta y empezó a pasearse por
el apartamento.
—Ese es un lugar privado, Dmitri
—le
dijo Honor cuando
se encaminó hacia lo que suponía
era su dormitorio.
Dmitri no le hizo ni caso.
Y la oyó soltar una retahíla de maldiciones.
Sin embargo, ya estaba junto a su armario cuando
ella rodeó la encimera para seguirlo.
—¿Qué crees que estás haciendo?
—Ver
quién eras tú
antes de Valeria y de Tommy.
—Sacó un vestido rojo muy corto, con escote pronunciado y sin espalda—. Esto sí
que me gusta.
Honor le arrebató la percha con las mejillas tan
rojas como el vestido.
—Nunca me he puesto esto, si de verdad quieres
saberlo. Fue un regalo de
un amigo.
El entusiasmo de Dmitri se enfrió un poco.
—Es el tipo de vestido que compraría un hombre.
—O una amiga a quien le gusta presionarme un poco
—murmuró mientras volvía a guardar el vestido en el armario—. Vamos, lárgate de
aquí.
En lugar de hacerlo, Dmitri sacó otras prendas y
las arrojó sobre la cama. Camisas y tops sencillos en su mayoría, pero todos
ajustados. Nada parecido a las sudaderas y camisetas sin forma que solía llevar
ahora.
—Vístete como es debido y te enseñaré algo que
nunca has visto antes.
Honor lo fulminó con la mirada y
empezó a guardar la ropa.
—Resulta que estoy trabajando. El tatuaje no se
descifrará solo.
Una furia gélida recorrió las venas de Dmitri
ante aquel recordatorio
de Isis. Cerró las puertas del armario con deliberada delicadeza.
—Por lo que he podido ver —dijo con voz calmada—,
no has avanzado mucho.
Honor soltó un largo suspiro.
—Estoy a punto de descifrarlo. Lo tengo en la punta
de la lengua.
—Un descanso te ayudará.
Mientras
ella se vestía,
Dmitri haría unas cuantas llamadas, y una de ellas sería a Jason. Si
alguien intentaba revivir o rendirle
honores a Isis
de
alguna manera, él quería saberlo. Para poder
arrancar de raíz semejante obscenidad.
Hubo
movimientos. Honor se acercó al tocador para coger una brocha.
—¿Adónde vamos?
—Lo
averiguarás cuando lleguemos.
Ella lo miró con los ojos entrecerrados.
—Sal para que pueda vestirme.
—No tardes mucho.
El vampiro escapó de su mirada asesina y empezó a
hacer las llamadas. Jason no había oído nada relacionado con un ángel llamado
Isis, pero prometió alertar a su red de espionaje. Acto seguido, Dmitri se puso
en contacto con
Illium y le pidió que informara al resto de los
Siete. La última llamada fue para Rafael.
La respuesta del arcángel fue sencilla.
—¿Estás seguro?
—Sí —respondió él, que había entendido muy bien qué
le preguntaba—. Yo me encargaré de todo.
Isis era su pesadilla.
Después de colgar, se dedicó a contemplar
Manhattan, todavía inundada por el beso gris de la noche, y la Torre que se
erguía en el horizonte. De pronto, el aroma de las flores silvestres se hizo
más intenso. Ese aroma despertó ciertas emociones que había enterrado mucho
tiempo atrás y
le hizo recordar
al
hombre mortal que había sido en otra época. Habían
pasado tantos siglos desde entonces que, entretanto,
habían surgido y caído civilizaciones enteras.
—Vámonos.
Se
volvió para ver
a Honor ataviada con unos
vaqueros anchos y una camisa blanca holgada.
—Te he dicho
que te vistieras como es debido. —Sabía muy bien lo
que ella pretendía con aquella ropa tan suelta, y eso hizo que le hablara con
dureza—. El mero hecho de que los depredadores no puedan verte bien no
significa que no te consideren carne fresca.
La furia dibujó manchas rojas en sus mejillas.
—Que te jodan, Dmitri.
—¿Ahora?
—Le dedicó una sonrisa provocativa—. Entonces ven aquí,
encanto.
Vio que los dedos de la cazadora se flexionaban y
supo que luchaba contra el impulso de sacar la pistola para hacerle un agujero
en el corazón.
—¿Sabes una cosa? —preguntó Honor—. Creo que
prefiero estar sola. Lárgate.
—No seas patética, Honor — replicó, muy consciente
de las dolorosas teclas que estaba
apretando—. Si Valeria todavía
tuviera lengua, cosa que dudo mucho, se estaría mofando de lo que te hizo.
Honor se quedó inmóvil.
—Creo que estoy empezando a odiarte.
—Me da igual. —Había fuerza en el odio. Gracias a
esa fuerza había sobrevivido en la mazmorra de Isis—. Eso hará que tenerte
desnuda y húmeda para recibirme sea aún más dulce.
Sin mediar palabra, Honor regresó a toda prisa a su
habitación y cerró de un portazo. Diez largos minutos después volvió a
aparecer. En esa ocasión, se había recogido el cabello en una coleta tirante y
llevaba unos vaqueros muy ceñidos metidos dentro de unas botas negras que le
llegaban hasta la rodilla. El
broche final era
una camiseta ajustada negra sobre
la que se había puesto una cazadora de cuero del mismo
color.
Dmitri no se había equivocado. Tenía unos pechos
grandes y un cuerpo increíble.
Avanzó hasta que estuvo a escasos centímetros del
cuerpo de aquella mujer que casi temblaba de furia y estiró el brazo para
tocarla, presa de un impulso irrefrenable.
Una serie de movimientos rápidos, un codo en su
pecho, una patada de barrido en las piernas... y de repente se encontró tumbado
en el suelo, mirando a una Honor que no era en absoluto una víctima.
Dmitri se echó a reír.
Honor
no sabía qué
había esperado, pero desde
luego no era
aquella risa profunda, masculina y apasionadamente
real. Cuando el vampiro alzó una
mano hacia ella, Honor la ignoró... aunque le resultó
difícil, ya que deseaba sentarse a horcajadas sobre aquel hermoso cuerpo y
agacharse para besar aquellos labios sensuales que reían sin parar. Como si
Dmitri no acabara de darle una estocada con su afilada lengua...
La carcajada acabó en una sonrisa muy, muy
masculina.
—Ven aquí —le dijo él.
En lugar de hacer lo que le pedía, Honor se acercó
a la puerta... pero ya no estaba tan segura de poder ganar la batalla contra la
locura que moraba en su interior. Una
locura que llevaba
grabado el nombre de Dmitri.
Se quedó pasmada cuando Dmitri detuvo el coche en
la parte de atrás de un discreto edificio negro del Soho.
—Cabrón... —dijo con un hilo de
voz.
Erotique era el club predilecto de
los vampiros más importantes. Los que lo atendían,
en su mayoría humanos, aunque también había algunos vampiros de reciente
creación, habían sido entrenados
para relacionarse con
los más antiguos de los inmortales. En opinión de muchos, las bailarinas
que actuaban dentro de sus lujosas paredes eran las «geishas de Occidente».
Dmitri colocó la mano detrás de su asiento y la
miró con una expresión que parecía divertida... siempre que uno no se fijara en
sus ojos fríos y brutales.
—Hay altas probabilidades —dijo con una
voz que sonó
como si sus pechos rozaran satén negro— de que al
menos uno de los vampiros
que conozcas esta noche ya te haya probado.
«—Vamos, cazadora, grita un poco más. Tu sangre
sabe mejor cuando gritas.»
A Honor se le nubló la vista y se quedó sin
respiración. De pronto se dio cuenta
de que tenía
la pistola en la
mano, apuntando a la cabeza de Dmitri, y ni siquiera sabía cuándo la había
sacado de la funda del hombro.
—Me voy.
Dmitri se movió a la velocidad de la luz. Se
apoderó de la pistola y situó su rostro sensual a escasos centímetros del de
ella.
—Provócalos mostrándoles que sigues viva, Honor. O
huye como un conejo asustado. Lo que prefieras.
La violencia que sentía dentro necesitaba
liberarse. Quería golpear a Dmitri, maldito fuera.
—¿Y a ti qué más te da? —susurró con furia—. Solo
soy tu nuevo juguete.
—Es cierto. —El vampiro le acarició la mejilla con
el cañón de la pistola—. Pero no me resulta divertido jugar con alguien que ya
está medio muerto. —Le dejó el arma en el regazo,
abrió la puerta y salió del coche—. Es raro que
a veces me la recuerdes, porque no
tienes ni una
pizca de su coraje —murmuró mientras cerraba la
puerta.
Honor lo miró fijamente mientras se alejaba hacia
la entrada del club y la dejaba sola en el coche. Sintió el peso del arma
cuando volvió a guardarla en la funda. Las palabras de Dmitri estaban
destinadas a provocar una reacción, y lo habían conseguido. Con mucho éxito.
«—Ya no me diviertes, cazadora. Esperaba más
resistencia.»
Salió
disparada del vehículo
en pos de Dmitri. El vampiro echó un vistazo por encima del hombro y esperó
a que lo alcanzara.
—Intenta no dispararle a nadie — dijo en un lento
ronroneo que acarició los sentidos de
Honor con tanta intimidad y erotismo como la sinuosa
esencia de las rosas a medianoche—. Tenemos
que hablar con
varias personas.
En aquel momento llegaron a la puerta, que
el encargado ya
había abierto para ellos.
—Señor —lo saludó el tipo sin atreverse a mirar a
Honor.
—Parecía sorprendido —dijo la cazadora una vez que
estuvieron dentro del pasillo trasero—. ¿No vienes por aquí a menudo?
—No. —Mientras seguían la voz ronca de
una cantante de
jazz,
procedente
de algún lugar
a su izquierda, inclinó la cabeza
hacia ella y añadió—: Todos darán por sentado que me acuesto contigo.
Capítulo 13
Cuando estuvieron más cerca, la voz de la cantante
empezó a mezclarse con el sonido suave de las conversaciones. Las voces eran
elegantes, cultas... como las que había escuchado en el sótano.
—Lo sé —dijo, decidida a no dejar que aquello la
arrastrara de nuevo a la oscuridad—, pero como tienes fama de disfrutar del
dolor, estoy segura de que no se sorprenderán
si siento la necesidad de apuñalarte.
Los ojos del vampiro mostraron un brillo divertido,
pero él no dijo nada
mientras atravesaban la puerta en dirección a lo
que parecía un bar muy refinado. La cantante, situada en un pequeño escenario
que había a un lado, llevaba un vestido de lentejuelas verde. La luz ambiental
era suave; los grupos de mesas, íntimos; y la clientela iba engalanada con ropa
formal e inmaculada.
—Un poco temprano para cócteles.
—O muy tarde —replicó Dmitri—. Aquí el tiempo
carece de importancia.
Todos los hombres y mujeres que veía eran lo
bastante antiguos para que el vampirismo obrara su magia y perfeccionara su
hermosura hasta un nivel que rara vez poseía ningún mortal.
—Esperaba...
—A decir verdad,
nunca había pensado mucho en Erotique, pero casi
todos los comentarios
que había escuchado se concentraban en un aspecto que no parecía estar
presente allí—. ¿Y los bailarines?
—En otra sección —respondió Dmitri—. Hay otra
planta por debajo, y también otras cuantas
salas íntimas similares a esta.
—Dmitri. —Una mujer deslumbrante, ataviada con un
ceñido vestido negro largo que marcaba todos sus encantos con sensual
elegancia, se acercó a paso rápido—. No sabía que ibas a venir, de lo contrario
habríamos preparado una sala privada para ti y tu invitada.
—Prepáranos esa mesa del rincón,
Dulce. —Su voz era la de un hombre que esperaba
obediencia inmediata—. Champán. Y busca a Illium.
El rostro de proporciones perfectas de Dulce mostró
un levísimo matiz de... algo, pero ese algo desapareció enseguida.
—Sí, por supuesto.
Honor
vio que la
pareja que ocupaba la
mesa del rincón
se trasladaba a toda prisa al ver quiénes eran los
clientes que se
acercaban a ellos. Sus movimientos
denotaban miedo. Consciente de que los vampiros de cierta edad poseían
una capacidad auditiva sobrehumana, Honor se inclinó para hablarle a Dmitri al
oído. Con cualquier otro hombre,
con cualquier
otro vampiro, habría empezado a vomitar... Pero
fuera cual fuese la química inexplicable que había entre ellos, le permitía
respirar su esencia.
—¿Incitas su miedo de manera deliberada?
El vampiro le rozó la parte baja de la espalda con
la mano.
—Sería peor tener que ejecutar a unos cuantos.
Honor no dijo nada más hasta que se sentaron y
Dulce se marchó después de servir el champán.
—Dulce no es humana.
Los
ojos la habían
traicionado. Eran de un
color morado oscuro,
y resaltaban como joyas gracias al contraste con el cabello negro
azabache.
Ningún humano tenía los ojos de aquel color... y no
habían inventado lentes de contacto que pudieran imitar esa clase de belleza
sobrenatural.
—No. Ha dirigido Erotique durante los últimos diez
años. —Enarcó una ceja—. No creerías que iba a venir a recibirme alguien
de menor categoría que el encargado, ¿verdad, Honor?
Ella no mordió el anzuelo.
—¿Por qué estamos aquí?
—Mira hacia el rincón opuesto. Honor siguió su
mirada y vio a un
vampiro alto con el cabello rubio arena que tenía a
una curvilínea morena en el regazo. Ninguno de ellos se había percatado de la
llegada de Dmitri... y la razón era evidente. El vampiro tenía una
de sus manos de piel pálida sobre el vestido largo
plateado de la mujer, peligrosamente cerca de sus enormes pechos, y le
acariciaba el cuello con la nariz. Ambos se quedaron inmóviles un instante después,
cuando el tipo comenzó a alimentarse. Los músculos de
su garganta se contraían con cada trago mientras la morena echaba la cabeza
hacia atrás en un silencioso orgasmo.
Honor apretó con fuerza la copa de champán que
tenía delante. Examinó la sala y se dio cuenta de que había varios vampiros
alimentándose... y no todos ellos
eran hombres. Una
mujer de belleza etérea y rasgos
hispanos acariciaba el cabello de un hombre esbelto y rubio, y sus uñas
afiladas le
hicieron unos cuantos agujeros en la piel mientras
se agachaba para alimentarse de la zona palpitante de la garganta.
—Creía —dijo la cazadora, que sentía la garganta
seca—, que esto era un club, no una orgía de sangre.
La risa de Dmitri fue como una caricia para sus
sentidos.
—Algunos vampiros vienen aquí porque saben que
encontrarán un compañero dispuesto si lo necesitan, Un compañero que sabe
lo que debe esperar. Sin embargo, la mayoría son
amantes que disfrutan con un poco de exhibicionismo inofensivo.
Al ver que
Honor no dejaba
de mirar a la mujer, Dmitri continuó.
—Esa es Amalia.
Le gustan los
jóvenes... pero el chico ya es legalmente adulto,
así que tiene la edad suficiente para elegir. —Había algo oculto en ese
comentario, algo antiguo y furioso.
—Tú mirabas al vampiro que está con la morena
atractiva —comentó Honor, consciente de que si Dmitri conseguía llevársela a la
cama, ella solo conseguiría eso... sexo. Sexo erótico, perverso y peligroso,
pero aquello no era más que una relación física, al fin y al cabo. No
compartirían secretos, no se crearían vínculos—. ¿Por qué?
—Es Evert Markson. El mejo amigo de Tommy.
Honor levantó la cabeza al instante.
—¿Sabías que estaría aquí?
—Evert tiene la desagradable
costumbre de alimentarse en Erotique a menudo.
Resultaba difícil no mirar fijamente a Markson,
pero Honor concentró su atención en Dmitri.
—Acabas de decirme que los vampiros vienen aquí a
alimentarse.
—Solo de vez en cuando, cuando no tienen amantes o
donantes habituales, o quizá si estos no están en la ciudad. — Dejó la copa de
champán en la mesa—. El motivo por el que Evert necesita alimentarse en
Erotique es que les hace tanto daño a sus amantes que ni siquiera las más
fervientes seguidoras de los vampiros se atreven a acercarse a
él. Las mujeres que vienen aquí solo acceden a alimentarlo en público,
donde
pueden vigilarlo.
Con el corazón en la garganta, Honor volvió a mirar
a la morena que se encontraba en brazos de Markson y se percató de una cosa que
antes había pasado por alto: respiraba de manera superficial y había arrugas
tensas en torno a sus labios.
—No
está teniendo un
orgasmo,
¿verdad? —La necesidad de levantarse y separar al
vampiro de la mujer tensó sus músculos hasta un punto doloroso.
—Le está haciendo daño.
—Dmitri... —Honor decidió soltar el frágil tallo de
la copa antes de romperlo—, si ese
tipo es el
mejor amigo de Tommy...
—Sí. Exacto. —El vampiro dirigió
la mirada hacia la puerta—. Campanilla ya está
aquí.
La luz arrancó destellos a los filamentos plateados
de las alas
de Illium mientras este se acercaba. Las mujeres de la sala, y también
unos cuantos hombres, se quedaron inmóviles y lo observaron con los ojos llenos
de asombro y deseo.
Honor lo saludó a pesar de la furia intensa que le
recorría las venas.
—Hola, Illium.
El
ángel cogió una
silla de otra mesa y le dio la vuelta para sentarse
con los brazos apoyados en el respaldo, dejando que las puntas de sus
maravillosas alas rozaran el suelo.
—Hola, Honor St. Nicholas. —Su
ojos, aquellos preciosos ojos dorados enmarcados
por pestañas larguísimas, la miraron fijamente—. Da la impresión de que deseas
clavarle un cuchillo
a alguien y observar cómo brota la sangre.
—Así es —admitió ella—, pero tendré que esperar.
Illium le robó la copa de champán, dio un sorbo y
se estremeció.
—Nunca
me ha gustado
este brebaje. —Dejó la copa en la mesa y se volvió hacia Dmitri—. Según
los rumores, Tommy se
ha escondido porque tiene miedo
de alguien. Y lo hizo antes de que el Gremio asignara a Honor el cometido en la
Torre, así que no es por ti.
Los ojos de Dmitri no se apartaron
de Evert Markson.
—Hazme un favor. Vuela hasta la casa de Evert y
mira a ver si encuentras algo interesante.
El ángel de alas azules se marchó sin decir nada
más.
Dmitri esbozó una sonrisa gélida. Honor ya
sabía a quién
iba dirigida antes de volver la
cabeza y ver a Evert. El vampiro tragó compulsivamente mientras se quitaba a la
morena del regazo de un
empujón muy poco delicado y luego paseó la mirada entre
ellos dos. El reconocimiento que mostraron sus ojos al ver a Honor confirmó que
Tommy había compartido el jueguecito con su mejor amigo.
Al ver que
Dmitri no hacía nada
para
impedir que el
vampiro se marchara, Honor hizo
ademán de levantarse, pero él le sujetó la muñeca.
—Deja que se cueza en su propio miedo, Honor. —El
susurro fue como un roce de seda en sus sentidos—. Evert no es tan listo como
Tommy. Sé adónde se dirige.
A la cazadora le resultó difícil sentarse y ver
cómo uno de los hombres que la había torturado desaparecía de su vista.
—¿Y si te equivocas?
Dmitri deslizó el pulgar sobre su
piel.
—No me equivoco.
Honor bajó la vista y se sorprendió
al ver que la estaba tocando... y que no
sentía el impulso de apartarlo.
—¿Es solo por ese hechizo de esencias que haces,
Dmitri? —le preguntó cuando empezó a notar una lánguida calidez—. ¿O tienes
otras formas de influir en los demás?
—Dejaré que seas tú quien lo averigüe. —La acarició
una vez más y luego se puso en pie—. Vamos a jugar con nuestra presa.
Honor guardó silencio hasta que el coche empezó a
avanzar bajo el cielo calinoso y gris que presagiaba la noche. El viento era
fresco, con un matiz que anunciaba lluvia.
—No quiero volverme tan fría. — Temía perder
su humanidad—. No quiero
disfrutar con el
dolor de los
demás.
Tras cambiar de marcha con descuidada facilidad,
Dmitri se dirigió hacia el puente de Manhattan.
—Algunas veces no
se puede evitar.
La tenebrosidad de sus palabras pareció envolverla.
Honor sabía que era un hombre que jamás compartiría sus secretos, así que no
podía preguntar, no podía
averiguar lo que
había bajo aquella fachada
sofisticada y letal.
—¿Qué te hizo Isis? —El instinto primario y
visceral, le decía que aquello había dado origen al vampiro que tenía al lado,
al depredador dispuesto a atravesar casi todos los límites morales.
El cabello de Dmitri volaba lejos
de su cara cuando se adentraron en el puente. El
motor del coche ronroneaba de forma suave y peligrosa sobre el asfalto.
—No soy una criatura hermosa, como Illium, pero soy
uno de esos hombres a los que las mujeres quieren en su cama.
Sí, pensó Honor. Bastaba con ver a Dmitri para
pensar en sexo. Ojos penetrantes y oscuros,
cabello negro, piel de un
seductor tono entre miel y moreno, labios que evocaban placer y dolor... y un
cuerpo que se movía con una gracia letal, que incitaba fantasías sexuales, que
hacía que una se
preguntara si se movería igual con una mujer. O dentro de ella.
—Pero no eres de los que aceptan tener dueña.
—Intentar dominarlo sería estúpido y peligroso—. Te gusta elegir a tus amantes.
—Isis no pensaba lo mismo. —No cambió la
expresión—. Por aquel entonces era mortal, débil. Ella me deseaba, y cuando le
dije que no, se apoderó de mí por la fuerza.
«—Fuera quien fuese quien te atrapó, cazadora...
—notó un largo lametazo en la parte interna del muslo
—, debo darle las gracias.»
Honor apretó las manos hasta convertirlas en puños.
—Y te hizo daño. No hubo respuesta.
Unos veinte minutos después,
Dmitri detuvo el coche al final de una calle donde
había una casa moderna de dos plantas protegida por un pequeño seto. Estaba
pintada en lo que parecía un elegante color negro, y los marcos de las ventanas
y el tejado tenían un sorprendente tono rojo aun bajo las sombras
monocromáticas del amanecer.
—Esta
no puede ser
la casa de
Evert.
El vampiro llevaba puesto un reloj de platino de
una marca italiana. No era de los que se daban por satisfechos con una pequeña
casita moderna.
—Es el hogar de su antigua amante
—respondió Dmitri cuando salieron del coche para
dirigirse a la puerta principal—.
Evert piensa que
Shae
todavía siente cierta debilidad por él. — Sacó una
llave—. Pero se equivoca. — Abrió la puerta y entró en silencio.
Honor lo siguió y estiró el brazo hacia atrás para
cerrar la puerta. En el vestíbulo no había más luz que el tenue resplandor de
la lámpara de pared de la escalera, pero la casa no estaba tan silenciosa como
cabría esperar a esa
hora de la madrugada. Sacó la pistola y la mantuvo a un lado mientras subían la
escalera. Dmitri avanzaba con la elegancia de una pantera; ella, con pasos
letales.
—... Estoy segura —dijo una voz femenina
tranquilizadora—. Siéntate, Evert, querido.
—Me miraba fijamente. —Las
palabras de él eran jadeantes, entrecortadas—. ¡Y
la cazadora estaba con él!
Aquella voz... Honor la reconoció de inmediato.
Recordó exactamente lo que él le había hecho. Recordó su risita aguda, más
propia de una chica adolescente.
—¿Qué cazadora?
—Tommy me prometió que estaba acabada, que no era
nadie. Que no sabía nada, me dijo. El cabrón me mintió.
—Eso no puede ser cierto. Es tu mejor amigo.
—Oyeron ruidos susurrantes, como si Shae se hubiera puesto en pie—. ¿Por qué no lo llamas...?
—¿No crees que ya lo he
intentado? —dijo con un grito ronco seguido del
inconfundible sonido de carne contra carne.
La furia, incandescente y mortífera, nubló la
visión de Honor.
Shae, sin embargo, no parecía acobardada.
—Seguro que es un malentendido
—dijo—. Si Dmitri quisiera hacerte daño, el hecho
de estar en un lugar público no lo habría detenido.
—Sí, sí, tienes razón. —Alivio, estallidos de risa
infantil—. Quizá solo se esté tirando
a esa zorra.
Tiene un buen polvo.
Honor
le quitó el
seguro a la pistola. A su lado, Dmitri negó con la
cabeza y ella recordó que, a pesar de la
edad que tenía el vampiro, no había percibido ni
rastro de poder en Evert Markson. Un disparo en el pecho podría matarlo y,
por más satisfactorio
que fuese convertir el corazón de aquel cabrón en metralla, primero
necesitaban hablar con él. Se obligó a tranquilizarse y siguió en silencio a
Dmitri cuando este abrió la puerta del dormitorio.
Frente a la puerta vio a una mujer bajita con la
piel café con leche y una mata de rizos apretados; solo llevaba encima unas
braguitas rosa y una camiseta
blanca de bebé. En el instante en que los vio, la mujer corrió hacia el cuarto
de baño que había a su espalda y cerró la puerta, dejando a Evert sin la
posibilidad de servirse de un rehén. El
vampiro
se dio la
vuelta, soltó un alarido y se abalanzó hacia Dmitri con las
manos convertidas en garras.
Honor le pegó un tiro en la rodilla. Dmitri levantó
la vista cuando el
vampiro de piel pálida cayó al suelo en medio de
una nube de sangre y hueso.
—No necesitaba tu ayuda, cielo —
dijo con voz suave.
—Lo sé. —Markson le había provocado heridas
internas que los médicos habían tardado meses en curar. Verlo gritar no bastaba
para borrar aquellos recuerdos, pero ya era algo. Además... había intentado
hacer daño a Dmitri. Honor no lo permitiría. A Dmitri no—. Es probable que los
vecinos hayan oído algo.
—No, no han oído nada. Evert hizo que insonorizaran
la casa, ¿no es así, Evert?
—No sé nada, lo juro —dijo con palabras sollozantes
sazonadas con las secreciones que salían de su nariz.
Dmitri sonrió con la gentileza de una daga
deslizándose entre las costillas.
Y Evert se vino abajo.
—Tiene
una tosca cabaña
de madera en la parte norte del estado... en los Catskills. A nadie se
le ocurriría buscarlo en un lugar como
ese. —Se secó las lágrimas y se
esforzó por sentarse junto a la cama. Sus heridas empezaban a curarse—. Sin
embargo, no coge el teléfono.
—Dame el número.
Evert se lo dijo con voz entrecortada. Sus ojos
castaños, casi demasiado inocentes para
una criatura de su calaña, se
posaron en ella antes de regresar a Dmitri.
—Creí que estabas al tanto, Dmitri
—susurró el vampiro antes de limpiarse la nariz con
la manga de la chaqueta—. Creí que le habías dado el visto bueno al asunto.
Capítulo 14
Antes incluso de descubrir lo que Isis le había
hecho a Dmitri, Honor nunca, ni por un instante, había considerado aquella
posibilidad. Y tampoco lo hizo en esos momentos. Porque si había algo que había
sabido siempre era que Dmitri no compartía lo que era suyo.
—¿Por qué? —preguntó—. ¿Qué razón tenías para
pensar algo así?
—Cuando Tommy me invitó — respondió Evert, que ya
no respiraba de forma entrecortada pero aún tenía los ojos llenos de lágrimas—,
dijo que era
un juego nuevo al que jugaban «todos»
los vampiros más importantes.
—Si creíste que yo estaba en el ajo
—dijo Dmitri en un susurro—, ¿por qué has huido del
club?
Los ojos del vampiro se movían de un lado a otro y
sus lágrimas se mezclaban con el sudor que le corría por la cara.
No más palabras. No más mentiras. De repente, a
Honor le dio igual lo que le ocurriera. Era demasiado patético.
—Haz lo que tengas que hacer, Dmitri —le dijo, y
luego se acercó tanto a él que el jefe de los Siete tuvo que agacharse para que
ella pudiera hablarle al oído. La sensación de calor y peligro que emanaba
de él penetró
en los
pulmones de Honor y pasó a su sangre
—. Pero no merece un trozo de tu alma. No se lo
entregues.
Notó el aliento de Dmitri en la mejilla.
—¿Estás segura de que tengo alma?
—Las palabras fueron un murmullo que la envolvió
con la intimidad
de la lujuria e
hizo que se
sintiera extrañamente protegida... A salvo.
—Puede que esté magullada y llena de cicatrices,
pero está ahí. —Muchos la considerarían una estúpida por creer algo así, pero
no era racional en lo que a Dmitri se refería. Con él solo la guiaba el
instinto, un instinto primario e implacable—.
Así que no la
desperdicies con esta sanguijuela. —Se
apartó
de él, caminó
hasta el baño y
llamó a la puerta.
La ex amante de Evert la abrió de inmediato. Se
había puesto un albornoz blanco
de felpa y siguió
a Honor escalera abajo. Luego
tomó la delantera y la condujo hasta un pequeño patio adoquinado.
—Me llamo Shae.
—Yo soy Honor.
—Evert me
rompió la mandíbula una vez. —La hermosa mujer se sentó
en una de las
sillas de exterior
que rodeaban una mesa cuadrada de madera
—. Por pura diversión.
Honor eligió la silla que había enfrente y se fijó
en las feas marcas moteadas de la
piel de Shae,
por lo
demás impecable.
—¿Por qué te quedaste con él?
La otra mujer se encogió de hombros.
—Solo tenía setenta años cuando lo conocí.
Honor enderezó la espalda al darse cuenta de que
Shae, aquella mujer pequeña con ojos humanos amoratados, era una vampira.
—El encanto de los hombres mayores, ¿no? —dijo,
obligándose a permanecer tranquila.
Shae no suponía ninguna amenaza. Su poder estaba
tan menguado que resultaba casi inapreciable... Razón por la cual todavía no se
había curado de los daños causados por
la bofetada de
Evert.
—Sí. —Negó con la cabeza, y algunos de sus rizos
quedaron atrapados en el tejido de felpa—. Fui una estúpida, pero claro, todos
lo somos de vez en cuando. —Le lanzó una mirada penetrante—. Dmitri,
¿eh? No te ofendas, pero hablando de estupideces...
Sí, lo era. Probablemente fuera el mayor error de
su vida, pero alejarse no era una opción. Ya no. Y no sabía si lo había sido
alguna vez.
—Pareces muy segura de que estamos juntos.
—«Pofavó...», como diría mi sobrina. —Shae se pasó
las manos por el pelo. O bien estaba alterada por lo ocurrido, o bien le
resultaba imposible
estarse quieta.
A Honor le parecía joven y vulnerable, y era
curioso pensar algo así de una mujer
que le llevaba
más de medio siglo. Pero el
tiempo no lo era todo. Estaba segura de que Dmitri se había convertido
en una fuerza
para tener en cuenta poco después de ser convertido. Shae
siempre sería una presa, nunca un depredador.
La eternidad, pensó Honor, era demasiado tiempo
para ser una víctima.
—¿Qué sabes sobre Tommy?
—Es el amigo de Evert, un gilipollas. Tiene
cuatrocientos años y aún no ha perdido esa mirada zalamera y
sucia que te dice que un hombre está pensando en desnudarte... y no de una
forma agradable. —La vampira tiró del albornoz para
cubrirse mejor—. Evert ha dicho la verdad sobre la cabaña. Una vez me llevaron
allí. —Su silencio estaba cargado de secretos demasiado horribles para
pronunciarlos en voz alta.
Permanecieron calladas durante unos instantes en
los que solo se oyó el alegre gorjeo de los pájaros, que se reprendían entre sí
al comienzo del día.
—Mucho me temo —dijo Shae cuando los pájaros se
dispersaron. Sus labios estaban rodeados de líneas finas
— que yo también seré así cuando envejezca. Me
convertiré en una depravada que solo encontrará placer en la humillación y el
sufrimiento de otros.
—La miró con abierta preocupación—.
Incluso Dmitri... está a punto de cruzar esa línea.
Lo sabes, ¿verdad?
—Sí.
—No era ninguna
ingenua. Nunca lo había sido—. Cuéntame más cosas de Tommy.
—Se le da bien hacer dinero, así que goza
de mucho poder
financiero. Pero por lo demás, es bastante débil. — Sus dedos empezaron
a juguetear con las solapas del albornoz y luego descendieron para retorcer
las puntas del cinturón—. Les
gusta fingir que son peces gordos, pero no son más que borregos, tanto él como
Evert.
—Sí. —La voz grave de Dmitri sonó por detrás de
Honor. Acababa de salir de la cocina—. No eran más que peones en este juego.
Por primera vez desde que lo había conocido, Honor
no se dio la vuelta para mantenerlo en su campo de visión. En lugar de eso,
permitió que se le acercara por detrás, que colocara la mano en el respaldo de
la silla de madera que ella ocupaba y que deslizara el pulgar por la piel de su
nuca.
Sintió
un terror profundo
y visceral. Su corazón latía como un conejito asustado bajo las costillas.
Apretó los dientes y permaneció inmóvil. Era una
pequeña rebelión, una forma de recuperar
a la persona
que había sido antes del sótano.
—No se han oído gritos —dijo con voz ronca.
—Me dieron órdenes que cumplir.
—Dmitri siguió deslizando el pulgar por la piel,
ahora húmeda a causa del miedo, mientras
se dirigía a
la vampira—. Evert no volverá a
molestarte. Alguien vendrá a recogerlo dentro de veinte minutos.
Shae se estremeció.
—Yo... ¿Os quedaréis conmigo? —
preguntó mirando a Honor, no a Dmitri
—. Si se despierta...
—Sí —respondió la cazadora, aunque le parecía
irónico que Shae buscara la protección de una mujer que en esos momentos
luchaba por no ahogarse con el
sabor rancio de su
propio terror.
Dmitri tironeó de un pequeño rizo de su nuca.
—Mira hacia arriba, Honor.
Illium era una visión impresionante recortada sobre
el cielo del alba. Batía las alas en el aire con una elegancia que lo hacía
parecer un sueño prohibido. Cuando aterrizó en el patio, extendió las alas un
instante, y de inmediato se convirtió
en una criatura
masculina, tanto física como sexualmente, y en una fantasía
inalcanzable.
Honor nunca podría enamorarse de un hombre tan
guapo. No, al parecer le iban los tipos más siniestros, más rudos, más duros.
Sin embargo, podía admirarlo... y podía preguntarse por las sombras que
aparecían más allá del dorado, unas sombras que se identificaban con algo
oculto dentro de
ella.
—Campanilla —le dijo al recordar
cómo lo había llamado Dmitri en
Erotique—. Bonito nombre.
—Yo llamo a Dmitri Señor
Siniestro.
—Shae... —dijo Dmitri, y la vampira se levantó de
inmediato para dirigirse a la casa—. Ahora, Campanilla bonita —otra caricia
lánguida en la nuca
—, dile a tu Señor Siniestro lo que has
descubierto.
Con una sonrisa,
Illium se encaramó en la mesa de
madera. Una de sus alas quedó a escasos centímetros de Honor.
—He encontrado esto. —Le pasó un sobre
grueso de color
crema—.
Estaba en la mesilla, y lo había dejado allí la
doncella. Ha llegado esta noche.
Honor estiró el brazo para coger el sobre antes que
Dmitri y luego pasó el dedo bajo la solapa para abrirlo. Dentro solo había una
tarjeta con un mensaje muy corto.
«La segunda caza comienza pronto. Espero que
encontréis esta presa tan deliciosa como la primera... El Gremio tiene un
personal de lo más apetitoso.»
Honor
dejó la tarjeta
sobre la mesa. Al ver lo que
decía, Illium y Dmitri intercambiaron unas palabras, pero sus voces quedaron
ahogadas por el trueno ensordecedor que había estallado en su cabeza.
—Nadie más —susurró ella, y era
una promesa—. Esos cabrones no le harán lo mismo a
nadie más.
La respuesta de Dmitri fue breve.
—No, no lo harán. —Le rodeó el cuello con la
mano... y Honor no se apartó.
Diez minutos más tarde, justo cuando acabó de
hablar con uno de los hombres que había apostados en las vecindades de los
Catskills, Dmitri recibió una llamada de Pesar.
—Creo que he hecho algo, Dmitri. Unos instintos
adormecidos mucho
tiempo atrás despertaron al notar el miedo en su
voz. Dmitri los aplastó. No podía permitirse pensar en la joven de
la misma forma en que pensaba en
Misha y en Caterina.
—¿Dónde estás?
—En el parque que hay cerca de mi casa, al lado de
esa enorme fuente para los pájaros. —Palabras trémulas, un espíritu a punto de
quebrarse—. Siento haberme escapado. Solo quería dar un paseo, de verdad.
—Quédate donde estás —le dijo. Aquellos viejos
instintos enterrados intentaban aflorar de nuevo, torpes y débiles por
los siglos de
desuso—. Illium volará hasta donde te encuentras... pero no aterrizará
—añadió, porque sintió el pánico
de Pesar incluso
a través del teléfono. Y puede que fuera muchas cosas, pero no era tan
cabrón
para aterrorizarla de aquella manera—. Yo llegaré
justo después que él.
Illium se elevó hacia el cielo en cuanto Dmitri
terminó de darle los detalles. El vampiro llamó después a los guardias de Pesar
para decirles dónde localizarla.
—No os acerquéis —les advirtió.
—Shae... —dijo Honor en cuanto él colgó
el teléfono—. Está muy
asustada.
Dmitri vio compasión en sus ojos verde oscuro, y se
quedó desconcertado por la capacidad de la cazadora para sentir emociones
tiernas. Pero él no era como ella. Todo lo bueno que había en él se
había quemado mientras
el pequeño cadáver de su hijo ardía en las
ruinas de la cabaña que había construido para su
esposa. Misha había desaparecido
muy rápido. Increíblemente
rápido. Ni el chasquido de las llamas, ni el silbido del viento... nada había
ahogado el eco
de las últimas palabras que le
había dirigido su hijo.
«—No me sueltes, papá.»
—Bien —dijo mientras encerraba aquellos recuerdos
en una caja de acero que ya no servía para contenerlos—, el miedo impedirá que
cometa estupideces.
—Se
acercó a grandes
zancadas a la sala donde estaba Shae y le cogió la
barbilla—. Si dices una palabra de lo que has visto aquí esta noche, te unirás
a Evert como huésped de Andreas.
La vampira palideció.
—No... No—no lo haré. Nun—
nunca.
—Dmitri... —le advirtió la cazadora.
Dmitri liberó a Shae, pero solo porque sabía que
había captado la idea. Salió por la puerta justo en el momento en que
llegaba el equipo
de recuperación, con una Honor furiosa pisándole los talones.
—No hacía falta que la aterrorizaras.
La esencia de las flores silvestres lo golpeó con
fuerza mientras ocupaba el asiento del conductor del Ferrari, y echó sal a la
herida que se había abierto con el recuerdo de la pira funeraria de
Misha.
—Ella no es más que una víctima.
—Honor cerró la puerta de su lado con mucha fuerza.
Se sentía perverso, así que Dmitri no se
molestó en suavizar
lo que opinaba mientras tomaba
una curva.
—Esa mujer es débil, un parásito. Dentro de un año,
quizá menos, tendrá que encontrar a
otro Evert al
que sangrar.
—Estás hablando de una mujer que muestra todos los
síntomas de abuso — replicó Honor, testaruda, igual que otra mujer que en su
día también había luchado con él fiera y apasionadamente
—.
Tardará un tiempo
en romper el círculo.
Dmitri oyó lo que ella no había dicho: que ella
había tardado meses en arrastrarse lejos de aquel foso oscuro en el que la
habían arrojado.
—Shae —le dijo él mientras cambiaba la palanca de
posición para aumentar la marcha— ha tenido más tiempo del que dura la vida de
algunos mortales para encontrar valor. No lo tiene, y nunca lo tendrá.
Honor ahogó una exclamación.
—Eso ha sido una crueldad.
—Es una consecuencia lógica. — Había visto el
cadáver de una colegiala muerta hacía poco. Había colocado la sábana sobre su
pequeño e inocente rostro—. Los vampiros que no temen las represalias siempre
acaban en festines
sangrientos.
—Lo sé... no nací ayer. —Honor se enderezó en el
asiento para tensarse la coleta.
Dmitri sintió el impulso de enterrar la mano en
aquel precioso cabello negro y
besarla hasta que se le
pasara el enfado. La única mujer
a la que había intentado hacerle eso le había mordido con fuerza el labio
inferior y le había dicho que se lo merecía. Más tarde, cuando se le pasó el
arrebato de furia, se volvió hacia él en la cama y le dio un beso suave y
vacilante. Su flamante esposa era demasiado tímida para hacer el primer
movimiento.
Una caricia de flores silvestres. El pasado y el
presente se mezclaban muy a
menudo últimamente, desde que Honor entró en su
vida. Pero aquellos recuerdos... eran de los buenos.
—Cuéntamelo —le pidió a la cazadora, porque había
detectado una historia en su voz y
necesitaba saber todo lo
posible sobre Honor
St. Nicholas.
Hubo un silencio largo y frío.
Los labios de Dmitri se curvaron en una sonrisa que
ni él mismo esperaba.
—Illium ya te advirtió que no soy nada caballeroso.
Honor soltó un resoplido, pero después empezó a
hablar.
—Uno de mis primeros trabajos fue dar caza a un
vampiro antiguo. Ya no estaba atado al Contrato, de modo que
no lo perseguí por eso.
—¿Qué hizo? —preguntó Dmitri, intrigado, ya que la
infracción de un vampiro que ya había terminado su Contrato se consideraba un
asunto interno.
—Le robó algo a su ángel... un artefacto antiguo.
—Honor se metió un mechón suelto detrás
de la oreja,
un gesto tan habitual que a Dmitri le dio la sensación de que la había
visto hacerlo miles de veces—. El ángel no tenía a nadie cerca del pueblo donde
sabía que se había ocultado el vampiro, pero yo no estaba muy lejos, así que el
Gremio me pidió que lo vigilara hasta que llegaran los hombres del ángel.
Dmitri no dijo nada cuando ella se
quedó callada. Los matices oscuros de su voz
resultaban casi palpables, y suponían un marcado contraste con los tonos azules
y dorados que
teñían el cielo de la mañana después de que el breve chaparrón se
dirigiera hacia el Atlántico.
—Uno de sus amigos —continuó la cazadora— lo había
llamado para advertirle de que iban a darle caza. Descargó su furia con los
habitantes del pueblo. Cuando llegué, el suelo estaba pegajoso a causa de la
sangre, y el aire olía tanto a hierro que apenas se podía respirar. Había
descuartizado a todo el mundo:
hombres, mujeres, niños... incluso a los bebés. —Negó con la
cabeza—. Esa fue la primera vez que me
di cuenta de que los vampiros no eran humanos,
aunque hubieran nacido siéndolo.
Dmitri recordaba aquel incidente. No había ocurrido
en el territorio de Rafael, sino en el de Elijah, el arcángel que gobernaba en
Sudamérica.
—A ese vampiro
lo encontraron con varios tiros
en el corazón, y clavado al suelo con dagas. —Había sido un tipo poderoso, el
segundo en una de las cortes bajo el mando de Elijah.
—Yo no había llevado chips de control —señaló ella,
refiriéndose a las armas que inmovilizaban a los vampiros
—, y él ya iba de camino a otro pueblo cuando lo
localicé. La única forma de detenerlo era destrozarle el corazón, y
luego, cuando hubiera caído, clavarle tantos
cuchillos que no pudiera quitárselos todos antes de que llegara la ayuda. —Se
frotó la cara con las manos
—. Tuve que hacerlo cinco veces, primero porque
revivía antes de que le hubiese clavado suficientes dagas, y luego porque pensé
que podría sacárselas.
—Hermosa y letal —murmuró Dmitri mientras detenía
el coche junto al parque en el que lo esperaba Pesar—. Me parece una
combinación embriagadora.
Honor salió del vehículo y se situó a su lado
mientras caminaba hacia el parque.
—Todos los hombres que he visto
desde el secuestro se estremecían tras la mención
de algo que podía considerarse una indirecta, pero tú no dejas de decir cosas
como esa.
—Algunos sobreviven —dijo Dmitri—. Otros no. Tú lo
hiciste. — Sabía por experiencia propia lo que era estar en un lugar más allá
de la desolación.
Dmitri divisó un destello azul entre la trama de
hojas que había por delante de ellos, y sus prioridades cambiaron al instante.
Se adentró en el pequeño claro y examinó la zona a toda velocidad. Illium iba a
aterrizar sin que Pesar lo viera. La joven estaba sentada en un viejo tocón y
se rodeaba con los brazos sin querer mirar el cadáver que yacía
sobre la hierba frente a ella.
El hombre tenía la bragueta abierta, con los
genitales por fuera. El ángulo de su cuello indicaba que se lo habían partido
con fuerza, y su boca tenía una expresión similar a la de un pez globo.
—¿Qué ha ocurrido? —le preguntó a Pesar
mientras Honor se agachaba
junto al cuerpo.
—Estaba paseando —sus palabras eran rápidas,
aceleradas, como si las hubiese contenido hasta ese momento—, y lo siguiente
que recuerdo es que estaba aquí, observando cómo su cuerpo caía al suelo. —Sus
ojos, unos ojos que recordaban al arcángel
(al monstruo) que la había
convertido, se enfrentaron a los de Dmitri—.
Me estoy volviendo
como él. Una salvaje sanguinaria. —El matiz de
terror era inconfundible, pero aquella mujer que se había convertido en
Pesar no apartó la vista—. Tienes que hacerlo, Dmitri —susurró—.
Acaba conmigo.
Capítulo 15
—Todavía no.
Dmitri fijó la vista en el pene del hombre,
arrugado y encogido a causa de la
muerte. Un hombre
normal no se habría
paseado por ahí
con la polla fuera. Sin embargo, dado que Pesar no
recordaba nada, no había forma de saber si había hipnotizado al humano a fin de
que este se acercara lo suficiente para matarlo o si solo se había defendido.
Fue entonces cuando Honor se puso en pie con una
sonrisa en la cara.
—Creo que sé quién es. —Le pasó su Smartphone.
Dmitri lo cogió y echó un vistazo al artículo sobre
Rick Hernández, un violador en libertad condicional. La foto del arresto se
había publicado siguiendo la política del periódico de alertar a los vecinos
sobre los delincuentes sexuales que
rondaban por las cercanías.
Tras leer más a fondo el artículo, descubrió que lo habían condenado por
atacar a dos mujeres de
baja estatura y de ascendencia asiática.
Le pasó el teléfono a Pesar y vio que ella empezaba
a temblar.
—Yo me encargaré de esto — aseguró Dmitri. Acarició
con delicadeza el cabello de la joven y sintió que algo dentro de él se rompía
y volvía a recomponerse—. Veneno te
llevará a
casa.
—Veneno no está aquí y yo sí — dijo Honor—.
Dame las llaves
del coche.
—Pesar no es humana.
—El hecho de que le haya roto el cuello a un hombre
que le dobla el tamaño ya me lo ha dejado claro. — Cruzó los
brazos, pero no
había vestigios de agresividad en sus ojos llenos de misterio. Lo único
que Dmitri vio en ellos fue una fuerza serena y una inexplicable ternura que le
atravesaba el corazón y lo hacía sangrar—. Estoy armada, y ella es joven.
—Quédate con ella
hasta que llegue Veneno. —Dmitri
le arrojó las llaves del coche.
En lugar de esquivarlo rodeando el cadáver del asaltante de
Pesar por el otro lado, la cazadora se acercó tanto a
él que los dorsos de sus manos se rozaron. Era la primera vez que Honor hacía
un esfuerzo consciente por tocarlo.
El cuerpo de Dmitri estalló en llamas.
Honor no tardó mucho en llevar a
Pesar a casa.
—Vamos —le dijo a la joven, que permanecía sentada,
totalmente muda y abatida, como una marioneta con las cuerdas rotas.
Honor se veía reflejada en ella, en la persona que
era antes de que Sara la
llamara... antes de Dmitri. Aún sentía en la piel
el calor del
vampiro, y se preguntó si él sabía lo que significaba
para ella que la necesidad de tocarlo fuese más intensa que las cicatrices que
le había dejado el secuestro.
—Entremos
y tomemos un
té —
añadió mirando a la chica.
—No tengo té. —Hizo una pausa. La mirada triste y
vidriosa de Pesar se alzó un poco, como si luchara por librarse del shock—.
Pero tengo café.
—Eso servirá.
Los movimientos de Pesar todavía eran torpes y
descoordinados cuando comenzaron a avanzar hacia la casa. Una vez dentro,
aquella mujer que no era del todo humana empezó a preparar el café
con gestos breves y rápidos.
—Uram —dijo sin previo aviso—. Yo fui una de sus
víctimas. —Metió el café molido en la cafetera y llenó el recipiente del
agua—. Nos atrapó cuando íbamos al cine.
Según
los medios, el
arcángel Uram había acudido a Nueva York para intentar apoderarse del
territorio de Rafael. Sin embargo, si no le fallaba la memoria, se habían oído
rumores de que Uram tenía algo que ver con una serie de desapariciones
ocurridas en la ciudad en esa misma época. No obstante, aquellas especulaciones
murieron en el instante en que se
encontró un sospechoso más viable. Nadie quería creer que un arcángel pudiera
volverse tan loco.
—Fuiste la única superviviente —
conjeturó Honor.
—Sí. —Soltó una risa tan amarga como el café que
caía en el recipiente de cristal de la
encimera—. Aunque no tengo claro si a esto se le puede llamar
sobrevivir. No siempre fui Pesar. —La cafetera se apagó tras su enigmático
comentario. La joven sirvió una taza y la deslizó hasta
Honor antes de
ponerse otra para ella—. Nunca antes había matado a un hombre.
Honor dio un sorbo del líquido caliente antes de
responder. Se sentía muchísimo mayor que aquella chica, a pesar de que la
diferencia real no era de más de seis o siete años.
—Matar
te arrebata algo
—dijo,
porque sabía
que Pesar no
necesitaba mentiras—. Algo que nunca recuperas.
La primera persona a la que Honor había apuñalado había sobrevivido, pero nunca olvidaría la
sensación del cuchillo deslizándose a
través de la carne y la grasa, el intenso aroma del
hierro en el aire.
—Sin embargo —continuó—, a veces es necesario matar
a algunas personas. —Aquel hombre pretendía abusar de ella... Honor se había
percatado de sus intenciones al ver la sonrisa amarillenta que había esbozado
el tipo
en cuanto se
marchó la trabajadora social.
Su «padre» de acogida había tenido la poca
vergüenza de llamar después a
la policía exigiendo a gritos que la arrestaran.
Sin embargo, el detective, un fumador compulsivo, se había concentrado en
el hecho de
que la
«víctima» había
sido apuñalada a las
tres de la madrugada en el dormitorio de una niña. En ocasiones, el sistema
funcionaba.
Se oyó una
breve llamada a la
puerta seguida de unos pasos firmes que se adentraban en la casa. Era el
vampiro al que nunca había visto sin gafas de sol. Llevaba otro impecable traje
negro, aunque esta vez la camisa tenía un tono gris metálico.
—Así que estás aquí, Pesar. —Fue un comentario casi
amable, con tan solo un leve matiz
de burla—. Parece que
voy a tener que vigilarte más de cerca.
Tras guardar la pistola en la funda, Honor observó
al vampiro, que
se estaba quitando las gafas. Aquellos ojos de color verde intenso y de
pupilas rasgadas eran los de una víbora.
—Vale —dijo sin dejar de mirarlo fijamente—, esto
sí que no me lo esperaba.
Debían de ser auténticos, y de ahí que llevara
siempre las gafas. Pero aun así, a su cerebro le costó bastante asimilar lo que
veía.
El vampiro esbozó una sonrisa lánguida. Su
piel canela oscuro insinuaba una calidez que no encajaba
con sus ojos, pertenecientes a una criatura de sangre fría. Sin embargo, las
palabras que le dirigió a Pesar fueron despiadadas.
—La próxima vez que escapes de los guardias, te
buscaré una celda bonita y confortable en alguna parte. O quizá una jaula sea
lo mejor.
La joven frunció los labios en una mueca antes de
arrojar la taza de café a medio terminar hacia la cabeza del vampiro.
—Muérdete el culo, Veneno.
El vampiro sorteó el proyectil con un rapidísimo
movimiento reptiliano y soltó un siseo cuando la taza se estrelló contra la
pared y el café salpicó su perfecto traje. Honor ya lo estaba apuntando con la
pistola antes de que se incorporara tras agacharse para esquivar
la taza.
—Basta—dijo, dirigiéndose a ambos—. Pesar, limpia
todo ese estropicio. Veneno, lárgate de aquí.
En el rostro del vampiro, que en esos momentos
estaba cubierto en parte por varios mechones de cabello negro y que resultaba
asombrosamente atractivo a pesar de
su «peculiaridad», mostró una
sonrisa.
—Una pistola de juguete no te servirá de nada.
Honor ni siquiera lo vio parpadear, pero de pronto
Veneno se encontró delante de ella, y sus dedos, largos y fuertes, estuvieron
muy cerca de sus costillas.
Aquello fue demasiado.
Apretó el gatillo.
El ruido resultó ensordecedor en aquel reducido
espacio, y el grito de Pesar resonó en las paredes. Veneno se agachó
aferrándose el muslo. Tras guardarse la pistola en la funda, Honor cogió de
nuevo la taza de café, sorprendida por su propia calma.
—No se te ocurra tocarme. Jamás. El vampiro compuso una mueca y
apoyó la espalda en la pared, todavía
agachado, sin dejar
de aferrarse el muslo.
La sangre que
manaba de la herida
habría sido una
promesa de muerte para cualquier
mortal.
—¿Sabes cuánto cuesta este puto traje?
Al otro lado de la encimera, Pesar
se
inclinó sobre el
fregadero con las mejillas
sonrojadas.
—Quiero aprender a hacer eso — dijo con los ojos
clavados en Honor—. Quiero aprender a defenderme.
El vampiro, que ya había empezado a curarse, soltó
un resoplido.
—Según he oído, te has defendido muy bien hoy,
gatita. —El gruñido de Pesar reverberó en la estancia—. Deberías haberle
arrancado las pelotas antes de matarlo, ¿sabes? —dijo Veneno con tono
pensativo—. Eso duele una barbaridad.
Honor esbozó una sonrisa.
—Buen consejo. —Dejó la taza en la mesa mientras
Pesar limpiaba el café derramado.
La chica fulminó a Veneno con la mirada cuando
el vampiro cogió
un trozo de taza para dárselo.
—No estaba consciente —dijo la joven después de un
rato—. No sé cómo lo he hecho... No soy más que una niñata estúpida.
Ninguna mujer debería estar indefensa jamás, pensó
Honor. Una idea que surgió de un recóndito lugar de su mente.
—Yo te enseñaré —le dijo, y fue una decisión
que no le hizo falta meditar.
Veneno
se incorporó, aunque seguía sin apoyar mucho peso en la
pierna herida.
—¿Seguro que te merece la pena
malgastar tu tiempo? Lo más seguro es que Pesar
viva muy poco...
Tras tirar a la basura los pedazos rotos que había
recogido, la chica le dirigió a Veneno una mirada escalofriante. Una delgada
línea verde resplandecía alrededor del iris castaño de sus ojos.
—Algún día —dijo con una voz tan serena como un
lago de alta montaña— te romperé el cuello. Y luego te lo arrancaré con una
sierra, para poder disfrutar un buen rato.
Veneno esbozó una amplia sonrisa.
—Sabía que tenías agallas, gatita.
Dmitri se encargó del incidente de
Hernández, y ya estaba en su despacho cuando Honor
aparcó el Ferrari en el garaje de la Torre. Al verla entrar en la sala,
rebosante de poder femenino y fuerza seductora, casi no pudo recordar a la
mujer aterrada y
abatida que conoció el primer
día. Con todo, aquel terror aún vivía dentro de ella... Había percibido su
sabor rancio en el aire mientras le acariciaba la nuca aquella misma mañana.
—¿Y Pesar?
—Lo lleva mejor de lo que me esperaba. —Le dirigió
una mirada incisiva—. Veneno es increíblemente inteligente.
—Forma parte de los Siete por una buena razón.
—Dmitri extendió sobre el
escritorio unas cuantas impresiones a color y le
hizo un gesto para que se acercara—. Acabo de recibir un correo electrónico del
hombre a quien ordené investigar la cabaña de Tommy. —Las imágenes hablaban por
sí solas.
El cuerpo de Honor rozó el suyo cuando la cazadora
se situó de pie a su lado. Dmitri se preguntó si ella se habría atrevido a
acercarse tanto si supiera lo mucho que le costaba no inclinar la cabeza y
besar la delicada piel de su nuca. Estaba seguro de que sabría a sal y a flores
silvestres. Su feminidad era como el canto de una sirena para el hombre que se
ocultaba tras una fachada civilizada.
—Su atacante—dijo ella,
concentrada en la foto en la que aparecía la cabeza
de Tommy clavada
en la puerta principal de la
cabaña como si fuera un trofeo de caza— quería cerrarle la boca.
—Literalmente.
—Satisfecho con la idea de que
algún día sería suya, Dmitri apartó la mirada de la piel vulnerable que tenía
tan cerca y dio unos suaves golpecitos en la imagen con el dedo—. Le cortaron
la lengua.
El cuerpo de Honor se apretó un poco más
contra el suyo
cuando se inclinó para coger otra
fotografía.
—El lugar está cubierto de sangre. Envolverla con una voluta de
esencia tan intensa y embriagadora como el brandy
fue para él tan natural como
respirar.
—He enviado a un equipo a investigarlo.
—Dmitri... —lo riñó con voz ronca aunque calmada—.
Yo estoy lista, así que podemos ir cuando quieras...
—Estás agotada. —El vampiro se fijó en los
círculos negros que
había bajo sus ojos, en su palidez, y sintió una fría oleada
de ira—. Si
hoy te encontraras con alguno de
ellos, acabarías siendo su mascota de sangre otra vez.
Las mejillas de Honor se ruborizaron.
—Tal vez puedas darle órdenes a toda la gente que
te rodea, pero ni se te ocurra intentarlo conmigo.
A algunos hombres les gustaban las mujeres que se
sometían; a otros, las que se
rebelaban. Dmitri no
tenía preferencias en ese sentido. Lo contrario significaría que
le importaban las féminas más allá de una efímera relación
sexual. Sin embargo, a Honor quería desnudarla en más de un sentido,
desentrañar el misterio que suponía para él.
—Bastaría una llamada —murmuró sin apartar la vista
de las curvas llenas de sus labios en una provocación deliberada— para que Sara
te declarara incapacitada para este trabajo.
La boca que contemplaba se cerró con fuerza.
—¿Crees que eso me detendría?
—No. Pero sí el hecho de que no sabes dónde se
encuentra la cabaña de Tommy. —Esbozó una sonrisa al ver la expresión pensativa
de Honor. La cazadora tenía un rostro de lo más expresivo. Nunca
sería capaz de ocultarle nada al hombre que supiera cómo
interpretarlo—. Y no te molestes en pedirle a Vivek que lo descubra a menos que
quieras que se convierta en un invitado permanente de la Torre.
—¿Ahora me amenazas, Dmitri? — En cierto modo, era
una pregunta íntima, ya que había pronunciado su nombre de una forma tan
perfecta que casi parecía una caricia.
—Siempre has sabido que no soy un tipo agradable
—replicó él. Deseaba
escuchar
esa voz en
la cama, en el
cálido arrullo de una noche cuajada de placeres—. Vete a casa. Duerme. Sé una
buena chica —se acercó lo suficiente para que sus alientos se mezclaran, tanto
que habría bastado inclinar un poco la cabeza para besarla—, y te permitiré
acompañarme en el helicóptero mañana por la mañana.
—Si lo que me contaste sobre Isis no era una
patraña —dijo Honor, cuya voz vibraba con la fuerza de las emociones
contenidas—, sabes exactamente cómo me siento ahora. Lo sabes.
Dmitri no tuvo piedad al responder.
—También sé que si esos cabrones se te escapan
porque estás demasiado
débil, los remordimientos te arrancarán más sangre
que cualquier posible herida.
Honor cruzó los brazos y se acercó a la ventana.
—¿Tú podías dormir?
No era una
pregunta lógica. No tenía nada que ver con la razón.
—No —respondió el vampiro al tiempo que se situaba
tras ella. Era peligroso, musculoso, inamovible—. Pero yo no era mortal. —Su
voz carecía de emociones.
Isis, pensó Honor, le había hecho algo mucho
peor a Dmitri
que convertirlo y acostarse con él.
—He venido para decirte —sentía una cólera profunda
e inexorable que no tenía nada que ver con su pelea, y todo
con un ángel muerto hace mucho— que he descifrado
el tatuaje cuando regresaba de casa de Pesar.
Se dio la vuelta y clavó la vista en aquel rostro
sensual que la había atormentado desde la primera vez que lo vio. Sabía que no
había manera de protegerlo de aquello, pero sentía la desesperada necesidad de
intentarlo, tanto que era una agonía desgarradora en su interior.
—Dice: «Para recordar a Isis. U regalo de homenaje.
Para vengar a Isis. Un ensañamiento de sangre». Está claro que alguien quiere
vengar la muerte de un monstruo.
Honor no subió a su apartamento cuando llegó al
edificio. Sus emociones eran un caleidoscopio de pedazos rotos: furia, dolor,
irritación, una extraña y profunda desolación... y una necesidad que parecía
hacerse cada vez más fuerte. Pensó que era posible que Ashwini aún estuviera en
la ciudad, así que llamó a la puerta de la otra cazadora, que la invitó a tomar
un helado y a ver una película.
—Hepburn
—dijo Ashwini mientras hundía la
cuchara en el cubo de helado de menta
con pepitas de chocolate que habría defendido a muerte
si a
Honor se le
hubiese ocurrido mirarlo con ojos
codiciosos—. Un clásico.
Verse obligada a esperar para
continuar la caza hacía que la frustración la
reconcomiera por dentro, pero debía reconocer que Dmitri tenía razón. Estaba
agotada y tenía la mente embotada después de varias noches de pesadillas.
Así pues, cogió
del congelador el helado de vainilla y nueces pacanas, que
era su favorito, dejó las botas en la puerta y se acomodó en el confortable
sillón que su amiga tenía desde que la conocía.
—Esta ya la hemos visto.
—Me gusta.
—¿Por qué estás en pijama? —La otra cazadora
llevaba puesta una vieja camiseta gris y unos pantalones de felpa desgastados
con un estampado de ovejitas que bailaban—. Son las dos de
la tarde.
—Hoy estoy de vacaciones.
No se oía nada salvo los ruidos de disfrute del
helado y las conversaciones de los actores de la pantalla. Muchos se habrían
sorprendido al ver lo tranquilo que era pasar el rato con Ashwini. La gran
mayoría no la había visto nunca sin la espinosa armadura emocional que Honor
había identificado desde el principio, cuando se conocieron en un bar del
Gremio situado en Ivory Coast La gente no se daba cuenta de que era una persona
muy tolerante, de las más tolerantes que ella hubiese conocido jamás. Defectos,
cicatrices... nada asustaba a Ash.
—No te vas a creer lo que ha hecho
Janvier esta vez —dijo Ash mientras llenaba otra
cucharada de menta y chocolate.
—No puede ser muy malo, ya que no me has invitado a
su funeral.
Ashwini y el vampiro de dos siglos mantenían una
relación muy complicada.
Ash estiró el
brazo hasta el otro lado de la
mesa y cogió una cajita para pasársela a Honor. Contenía un asombroso colgante
con un zafiro
de talla cuadrada engastado en platino. El engaste estaba algo mellado,
y quizá un poco descentrado... como si la persona que lo hubiese enviado
supiera que las cosas demasiado perfectas no encajaban con Ash.
Un punto para ti, cajún, pensó
Honor.
—¿Piensas ponértelo?
—Con eso solo conseguiría darle
alas.
—Ah, entonces ¿te parece bien que
le pida una cita? —bromeó—. Está
como un tren, cher.
—Qué graciosa... —Ash la apuntó con la cuchara—.
Háblame de Dmitri.
Estaba claro que su mejor amiga lo había adivinado.
—Me siento como una polilla atraída por la luz del
fuego.
El contacto le dolería, podría resultar letal, pero
no podía detenerse. No sabía si era una obsesión o una compulsión; lo que sí
sabía era que acabaría en la cama de Dmitri antes de
que aquel asunto terminara... o uno de los dos
derramaría la más oscura de las sangres.
Capítulo 16
Cuando
Elena entró en la
biblioteca del hogar que compartía con Rafael en el Enclave del Ángel arrastrando
las puntas blanco doradas de sus alas por la alfombra, Dmitri la envolvió con
las esencias del whisky y las rosas florecidas a medianoche, ricas y
seductoras.
La cazadora del Gremio apretó la mandíbula y lo
miró con los ojos entrecerrados.
—Un intento patético, Dmitri.
Lo había sido. Estaba concentrado en otra mujer.
—Solo pretendía ser amable.
Elena era más sensible a su habilidad que ninguna
mujer que hubiera conocido, probablemente por la horrible masacre que había
puesto fin a su infancia.
Dmitri habría abrazado y protegido a la niña que
había sido, pero no podía (y no quería) apiadarse de la adulta... Porque él no
era el único vampiro capaz de encandilar con las esencias. Los demás miembros
del Grupo no vacilarían a la hora de utilizar ese punto
débil de Elena contra ella. Y Elena era el corazón de Rafael.
—Ya me he enterado de lo de Ho... De lo de Pesar.
—Su expresión era solemne y sus
palabras, tranquilas—.
¿Cómo está?
—Inquieta. —El futuro de la chica pendía de un hilo
que podía romperse con un único acto de brutalidad—. Hoy actuó en defensa
propia, pero parece incapaz de controlar o canalizar la violencia.
Elena volvió la cabeza hacia la puerta un instante
antes de que Dmitri percibiera la presencia de Rafael. Extendió las alas que
tenían los colores del alba y la medianoche y se acercó al arcángel para
ponerle la mano en el pecho. Rafael y su consorte intercambiaron algo
silencioso y lleno de poder.
A Dmitri todavía le resultaba incomprensible que
Elena, un ángel con
un
débil corazón mortal,
hubiese formado un vínculo tan fuerte
con su sire. Sin embargo, había jurado proteger aquel vínculo hasta su
último aliento.
—Sire —dijo cuando ellos se separaron un poco—,
tengo que hablar contigo.
Se trata de Isis, añadió mentalmente. No sabía qué
le había contado el arcángel sobre eso a su consorte.
Entiendo. Los ojos de Rafael, de un azul intenso e
infinito, se clavaron en los del vampiro antes de mirar a Elena.
—Discúlpanos, te lo ruego —dijo ya en voz alta.
Elena los miró a ambos con recelo.
—Tengo que
llamar a Evelyn —
dijo, refiriéndose a su hermana pequeña
—. Estaré en el solárium.
—Espera.
—Dmitri y Elena estaban de acuerdo en muy pocas cosas,
pero el vampiro jamás se había cuestionado
la lealtad de
la cazadora para con los suyos—.
Es posible que también quieras hablar con Beth. Parece que Harrison se ha visto
obligado a buscar un alojamiento alternativo. — Andreas se lo había mencionado
una vez que Dmitri terminó de hablar con Leo y Reg.
La boca de Elena se tensó.
—Me alegra que Beth lo haya echado de una patada en
el culo. —Hizo una pausa—. Gracias.
Dmitri
guardó silencio hasta
que
ella se marchó.
—Elena no lo sabe, ¿verdad?
No era de extrañar. Rafael ya había entrado en su
segundo milenio de existencia. Un ser tan antiguo tenía muchos recuerdos.
—Lo sabrá antes de que esta noche llegue a su fin.
No permitiré que el desconocimiento la deje en una posición vulnerable.
El arcángel paseó con él hasta la zona de césped
que conducía al acantilado. El atardecer teñía de tonos rojos y dorados la
corriente del Hudson.
Pero no le hablaré de lo que te corresponde a ti
contarle, añadió por vía telepática.
Lo sé, le aseguró Dmitri.
Estaba de acuerdo con la decisión de Rafael de
poner al tanto a Elena, porque aunque no soportaba que la cazadora fuese una
brecha en las defensas del
arcángel, entendía que cuando un hombre
reclamaba a una mujer, su obligación era protegerla.
Dmitri no había cumplido aquella obligación, le había fallado a su Ingrede, y
jamás se perdonaría ese fracaso.
—¿De verdad te salvó la vida cuando te enfrentaste
a Lijuan? — preguntó en un intento por apartar su mente de la agonía del pasado
y del recuerdo de una mujer con ojos rasgados castaños que le había confiado su
vida.
—No comprendo por qué estás tan contrariado,
Dmitri.
—Es
solo que me
parece imposible. —Pero era cierto, así que añadiría aquel hecho a lo
que ya sabía sobre Elena—. En cuanto a Isis... parece que dejamos un cabo
suelto. —Le contó al arcángel todos los detalles sobre el cadáver del vampiro
desmembrado y el tatuaje.
—Temerario y estúpido al mismo tiempo. —Las alas
blancas veteadas de dorado se extendieron un poco.
Dmitri dio un paso atrás para examinar las plumas.
—Tus alas... El dorado se está extendiendo. —Las
plumas primarias tenían un tono casi completamente metálico, y la luz del sol
arrancaba destellos a los filamentos de oro.
—Sí —confirmó Rafael mientras la brisa vespertina
le apartaba el cabello del rostro—. Empezó a notarse la noche posterior a
mi enfrentamiento con Lijuan. Elena cree que se trata de una
especie de evolución. Ya veremos.
La última vez que un arcángel evolucionó, había
despertado a los muertos. Sin embargo, Rafael jamás cometería las atrocidades
que habían ensuciado las manos de Lijuan, y era el hijo de dos arcángeles.
Nadie podría predecir su evolución.
—He hecho una lista de todos aquellos que fueron
leales a Isis hasta el final —dijo Dmitri, que ya había empezado a considerar
las ventajas tácticas de ocultar la auténtica razón por
la que las alas de Rafael habían cambiado de
color—. Jason está rastreando su paradero. —Hasta aquel momento y
por lo que
sabían, nadie había entrado en el
país, pero eso no significaba nada.
—Hablaré
con él. He
mantenido una discreta vigilancia sobre ciertas personas durante
siglos. —Le dirigió una mirada rápida con sus ojos de un
color azul inhumano—. Al igual que tú, Dmitri.
—Ninguna de ellas podría haber hecho esto. —Ya se
había asegurado de ello—. Sin embargo —añadió—, los juegos, por más perversos
que sean, son algo que puedo manejar sin problemas.
—Aun cuando aquellos juegos intentaran
despertar el fantasma de un ángel que no merecía la
muerte rápida que le dieron
—. Es el
otro asunto el
que se está volviendo más crítico.
Rafael escuchó en silencio mientras Dmitri le
contaba todo lo relacionado con la «caza» mortal.
—Esa tal Honor —dijo el arcángel con una voz
cargada de furia cuando Dmitri acabó de hablar—, ¿es competente?
—Sí. —Tenía una mente brillante, un corazón humano
y unos ojos antiguos.
—Elena es mejor rastreadora.
Eso era imposible negarlo, ya que Elena era una
cazadora nata, un sabueso capaz de
rastrear el olor
de los vampiros.
—Por el momento, no es necesaria esa habilidad. —Y
aquella era la caza de Honor, como la de Isis había sido siempre la suya—.
Estamos desenterrando serpientes, no persiguiéndolas.
—Una
analogía de lo más
adecuada. —Se oyó un susurro cuando Rafael apretó las alas contra su espalda.
Se volvió hacia Dmitri para mirarlo a los ojos—. Muchos pensarían que ese tipo
de depravación encaja a la perfección dentro de tus preferencias.
Dmitri lo sabía, y era consciente de que estaba muy
cerca de atravesar la línea que jamás debía cruzarse.
—Parece que todavía no estoy tan envilecido.
Tú nunca le harías daño a una mujer de esa forma,
Dmitri. La voz del arcángel en su mente poseía una pureza que resultaba
casi dolorosa. Ambos lo sabemos.
Por esa razón te permito presionar a Elena hasta extremos por los que
habría matado a
cualquier otro.
Algunos dirían que confías demasiado en mí, sire.
Y algunos dirían que es un desperdicio tenerte como
segundo al mando cuando podrías gobernar tu propio territorio.
Parece que a ninguno de los dos nos importa lo que
opinen los demás.
Caminaron juntos de vuelta a la biblioteca y
recorrieron el pasillo que
conducía a la entrada principal.
—Veneno tendrá que abandonar la ciudad muy pronto
—dijo Rafael—. Galen es fuerte, pero quiero tener a otro de los Siete en el
Refugio. Naasir debe permanecer en Amanat.
Dmitri dejó escapar un suspiro.
—¿Aodhan ha dicho en serio lo de venir a Nueva
York?
—Sí.
—Provocará un caos. —Con sus ojos de cristal roto y
sus alas con el brillo de los
diamantes, Aodhan resultaba extraordinario incluso
entre los inmortales.
—Es capaz de volar tan alto que los mortales solo
divisarán una sombra que refleja la luz.
Dmitri asintió. Aodhan sentía una extraña aversión
a que lo tocaran, y Dmitri lo entendía muy bien. Estaba en la Galena cuando
Rafael había entrado con el cuerpo sucio y demacrado del ángel en sus brazos y
lo había dejado en la camilla con muchísimo cuidado para no aplastar sus alas,
que no eran más que unos cuantos filamentos tendinosos colgando del hueso.
Aquella había sido la última vez que alguien había tocado a Aodhan,
pensó Dmitri.
—Pondré en marcha el traslado. — Se frotó la
mandíbula—. Necesito que alguien se quede con Pesar, y Aodhan no podrá hacerlo.
—Janvier.
—Sí. —El persuasivo cajún ya había cumplido
su contrato, pero
le había jurado lealtad a Rafael, y esa lealtad era auténtica—. Me
pondré en contacto con él cuando se acerque el momento del traslado.
—Dmitri.
—¿Sire?
—¿Te encuentras bien?
Dmitri sabía qué era lo que le preguntaba el
arcángel.
—Isis está muerta y enterrada. Este admirador no es
más que una molestia.
Los fantasmas que lo acosaban eran mucho más
dulces... y se le habían clavado a tal profundidad que la hemorragia interna no
cesaba nunca.
El sueño no había sido una pesadilla, y aquello
sorprendió tanto a Honor que estuvo
a punto de despertarse. Pero
el placer... Dios, aquel placer era irresistible.
«Un
cuerpo fuerte y
masculino sobre el suyo, una mano de piel gruesa en su garganta. La
estaban besando con una paciencia que se transformaría en exigencia sin avisar,
como ella muy bien sabía. Sin embargo, ese día él quería jugar. Y ella estaba
más que dispuesta a ser un juguete.
—Ábrelos —murmuró su amante, y ella separó los
labios y dejó que deslizara la lengua en el interior de su
boca.
Era un acto perverso y decadente, algo que ya le
había permitido hacer cuando iniciaron su cortejo. La resistencia que mostraba
ante él era tan débil como el humo, pero la recompensa por semejante pecado
había sido un placer que la había dejado sin aliento. Su sabor era una
adicción.
En
aquellos momentos, aquella boca hermosa exploraba la suya con
abierta posesividad. Su amante metió un muslo
entre los suyos
y lo alzó para frotar la parte más íntima de su cuerpo.
Ella gritó al sentir el vello crespo de su pierna,
la dureza de sus músculos. Estaba desnuda (él la había obligado a quitarse la
ropa lentamente mientras la
observaba,
mientras se la
comía con unos ojos que nunca la habían
visto así antes), así que no había una sola parte de su cuerpo a salvo de sus
caricias cálidas y posesivas.
Él bajó la mano desde la garganta hasta un seno que
se había vuelto más grande y pesado desde la primavera, y lo apretó, pero no
demasiado fuerte, porque era una zona muy sensible. Ejerció la presión justa.
—Por favor... —susurró ella, consciente de que
aquella noche él no tendría piedad.
Oyó una risa ronca que hizo vibrar su cuerpo.
—Acabamos de empezar.
Tiró
del pezón y
lo retorció un
poco. Ella arqueó la espalda, y notó que la piel
masculina estaba caliente y húmeda allí donde la tocaba.
Su amante bajó la mano y la acercó a su entrepierna, a
la zona donde
su carne estaba más inflamada.
—¿Es esto lo que quieres? —Notó un breve roce en la
cálida protuberancia situada entre sus muslos.
—¡Oh! —No pudo contener la exclamación cuando él
retiró los dedos después de haberlos deslizado entre los sensibles pliegues—.
Más.
Con una sonrisa en la oscuridad, su amante se
acercó esos mismos dedos a los labios y se los metió en la boca. Ella notó una
contracción en el
vientre, porque aquellos labios
libidinosos ya
habían chupado la zona más íntima de su cuerpo en otras
ocasiones, cuando estaba de humor.
Aquella
noche, sin embargo, parecía contentarse con mantenerla
inmovilizada en la cama y llevarla hasta un punto febril con aquellas manos que
conocían todos sus secretos, todas sus fantasías. Se las había susurrado al
oído el invierno anterior, mientras el mundo permanecía en silencio a su
alrededor. Y él le había contado las suyas.
Dejó escapar un gemido de alivio cuando la boca
masculina se cerró sobre la punta suave de su pecho. Él trazó un círculo con
la lengua alrededor
del pezón y lo mordió con delicadeza para recordarle quién
estaba al mando.
Y
luego lo succionó con tanta fuerza que ella empezó
a frotarse contra su muslo a un ritmo frenético. Ya no se mostraba tímida, no
podía. Justo cuando estaba a punto de llegar, de encontrar ese lugar secreto
que él le había mostrado por primera vez en un prado bañado por la luz del sol
tres veranos atrás, su compañero apartó el muslo.
Ella se estremeció.
—Bestia.
Había sido muy delicado con ella aquel primer día,
muy dulce, incluso mientras convencía a la mojigata que era entonces para que
se tumbara con él en la hierba. Luego la había acariciado por debajo del
vestido como nadie lo había hecho hasta ese momento.
Se había quedado pasmada ante el placer provocado
por aquellas manos bronceadas,
encallecidas y marcadas por una vida dedicada al trabajo de
la tierra. El lamió sus lágrimas, la acarició hasta que cesaron los
estremecimientos y luego le alzó el vestido para dejarla desnuda bajo la luz
del sol, bajo el beso de su mirada... y de su boca. Sí, era una bestia.
Su bestia.
En esos momentos, aún sonriente, agachó la cabeza
hasta el otro pecho y alzó al mismo tiempo su muslo fuerte para frotar la zona
más delicada de su cuerpo de una manera deliciosa. Ah, sí...
Ella
enterró las manos
en su cabello y
arqueó la espalda
para
acercarse a su boca mientras su cuerpo se
estremecía y estallaba en una explosión de calor líquido.
—Ya
está —dijo una
voz masculina junto a
sus labios cuando pudo abrir los ojos de nuevo, cuando
pudo oírlo de nuevo. No obstante, su pecho seguía subiendo y bajando
descontroladamente—. Ahora te portarás bien, ¿verdad?
Le acarició la barbilla, áspera por la barba
incipiente, y tiró de él para acercarlo.
—Bésame, esposo.»
—Esposo.
Honor se despertó con aquella palabra en los
labios. Las imágenes del sueño
eran tan vividas
como los
espasmos que aún sentía en la parte baja del vientre. Gimió al darse cuenta de que había llegado al orgasmo,
de que tenía los muslos apretados contra el almohadón. Sin embargo, en lugar de
apartarse, se frotó contra él en un intento por aferrarse a los vestigios de un
sueño más erótico que ninguna de las experiencias reales de su vida. Un sueño
que le había provocado un placer sexual que hasta ese momento había creído
imposible.
«Ya está. Ahora te portarás bien,
¿verdad?»
Se le endurecieron
los pezones hasta un punto
doloroso mientras los estremecimientos
de placer reverberaban entre sus
piernas.
—Ay, Dios...
Lo extraño era que jamás le habían atraído los
hombres dominantes en la cama, así que nunca habría podido imaginar que un
sueño asile resultaría tan delicioso... sobre todo después del secuestro. Creía
que si alguna
vez volvía a acostarse con alguien, sería con un hombre tierno y
paciente con sus miedos.
De repente apareció en su mente un rostro de
belleza brutal, con un filo de amenaza en los ojos oscuros.
Sí,
Dmitri no era
amable en ninguno de los sentidos
de la palabra, pero la tensión sexual que existía entre ellos era palpable.
Debía admitir que, muy probablemente,
el vampiro había
servido de inspiración para su amante de ensueño.
Apretó la sábana entre los dedos al recordar el peso de su amante sobre ella,
la sensación de sus manos callosas sobre el pecho, la perversa maestría de su
boca, el durísimo bulto de la erección que la presionaba.
Los músculos de su vientre se contrajeron, deseando
que aquella enorme muestra de pasión estuviera dentro de ella.
—Es hora de darse una ducha fría
—murmuró mientras apartaba las sábanas.
Fue entonces cuando descubrió que estaba desnuda.
Le entró el pánico y buscó el arma que guardaba
bajo la almohada... hasta
que vio las ropas esparcidas en el suelo, como si
se las hubiese quitado en algún momento de la noche. Se echó a reír.
—Menudo sueño... —dijo en voz
alta.
Un sueño que, para ser sincera, no
le importaría repetir. Ser atormentada hasta el
orgasmo por un hombre en el que podía confiar plenamente... sí, era mucho mejor
que recordar un foso negro lleno de dolor.
El
reloj confirmó que
había dormido muchísimo. Eran las cinco y media de
la madrugada, y
se había metido en la cama a las
seis el día anterior.
Se duchó, se vistió y se colocó las armas. Estaba a
punto de llamar a Dmitri
cuando sonó el móvil.
Lo cogió y descubrió que era Abel, el lugarteniente
de Sara, quien estaba al otro lado de la línea.
—Tenemos
una especie de incidente
en Little Italy
—le dijo—.
¿Podrías encargarte?
Una parte de ella deseaba acudir de inmediato a los
Catskills, pero era una cazadora, y eso significaba algo.
—La cobertura disminuirá en el ascensor —dijo—.
Te llamo cuando esté abajo.
En cuanto llegó a la planta baja se encaminó hacia
la calle.
—Bien, ¿me das los detalles?
—Claro, aunque no hay muchos —
dijo Abel—. La poli ya está allí. Nadie
sabe muy bien lo que ha ocurrido, pero si crees que
el caso es nuestro, llámame y se lo asignaré a alguien. Tu misión en la Torre
tiene prioridad. Esta es la dirección —dijo antes de leérsela.
—La tengo —dijo ella mientras subía al taxi que
había parado—. Te llamaré después de echarle un vistazo al escenario.
El taxista puso el coche en marcha.
—¿De caza?
Honor asintió con la cabeza y le dio la
dirección. Le pareció extrañamente reconfortante que la reconocieran
como cazadora, porque nunca lo habían hecho durante los meses anteriores al
secuestro.
—Tan rápido como pueda.
Los ojos del taxista la observaron un instante por
el espejo retrovisor.
—Oiga, ¿no es usted aquella cazadora desaparecida?
A Honor se le hizo un nudo en las entrañas.
—Sí.
Esta
vez, los ojos
que la observaron por el espejo
tenían un odioso brillo especulativo.
—Oí que llegó al hospital llena de mordiscos de
vampiro.
El Gremio había hecho todo lo posible por
silenciar los rumores después de su regreso, pero no pudieron
controlar al personal no corporativo que participó en su recuperación. Había
tenido que hacerse un montón de pruebas
para averiguar si los cabrones de sus
secuestradores le habían
dejado algo más que
moratones, mordiscos, un cuerpo al borde de la inanición, numerosas
fracturas óseas y más de una herida interna, así que habían sido muchas las
personas que la habían visto en su momento de mayor debilidad.
La
mayor parte de
ellas eran buenas y
amables. Otras eran
como aquel taxista.
Los ojos brillantes del conductor, que tenía los
labios entreabiertos, amenazaron con volver llevarla de regreso al sótano,
donde sus manos inquisitivas abusarían de ella hasta que no le quedara nada. Un
mes antes se habría acurrucado todo
lo posible y
habría guardado silencio. Pero un mes antes no
había disparado a dos de sus atacantes.
—La
lengua de los
vampiros — dijo mientras
sacaba con cuidado
la daga del muslo—
vuelve a crecer cuando la cortas. Con la de los
humanos, por desgracia, no ocurre lo mismo.
El taxista gimoteó y agachó la cabeza. El sudor
formaba un reguero en sus sienes cuando llegaron a su destino, y ni siquiera
pudo hablar para pedirle el dinero que marcaba el taxímetro. Honor sacó la
tarjeta de crédito, pagó y salió del coche.
Jamás volvería a permitir que alguien la arrastrara
de vuelta a la oscuridad.
Capítulo 17
—¡Nicholas!
Honor alzó la cabeza al escuchar su nombre y vio a
un enorme policía negro con una particular barba incipiente salpicada de canas
que parecía ser una de sus señas de identidad.
—Santiago —dijo. Había trabajado con él en un caso
un par de años antes, una de las pocas veces que le habían asignado un
trabajo en Manhattan—.
¿Qué tienes?
—Esto.
Pasó bajo la cinta amarilla del escenario del
crimen y se agachó junto a
un cadáver situado a caballo entre la acera y la
calle. Levantó la lona que cubría a la víctima y le hizo un gesto con la cabeza
para que ella se acercara a verlo.
—Parece que le haya atacado un perro —señaló Honor.
El cuerpo de la víctima, un hombre joven, parecía
desgarrado a mordiscos.
Santiago soltó un gruñido.
—Sí, pero da la casualidad de que los únicos
lugares donde lo han mordido son el cuello
y la parte
interna del muslo.
La
carótida y las
arterias femorales.
Honor
se inclinó más
para examinar ambas heridas.
La víctima
tenía los pantalones bajados hasta los tobillos,
pero todavía conservaba los calzoncillos,
así que el
ataque había sido por sangre.
Aunque su atacante había desperdiciado un montón, a juzgar por el charco
formado en torno al cadáver.
—No soy forense, pero me da la impresión de que la
herida es demasiado fea para asegurar que ha sido cosa de un vampiro.
Las marcas de colmillos se habían perdido en
medio de la carne
desgarrada.
—Un cazador nato podría determinar la
esencia de la
piel — añadió Honor un momento
después—, y ver si existe algún rastro vampírico. No
sé con seguridad si Elena está en la ciudad, pero
Ransom sí. Llamaré al Gremio para averiguar
si alguno de ellos puede pasarse por aquí. —Nada
encajaba en aquel escenario. Cualquier observación que pudiese realizar otro
cazador sería bienvenida—. Las salpicaduras de sangre indican claramente que
fue asesinado aquí — murmuró un instante después de realizar la consulta—.
Seguramente de noche.
—Sí,
pero los negocios
de esta calle abren casi todos de
día. No hay restaurantes, y tampoco bares —señaló Santiago, cuyas cejas canosas
habían formado un ceño pronunciado sobre sus ojos castaños—. El personal del
bar se marchó después de limpiar, sobre las
tres y media, según el gerente a quien acabo de
despertar. La lavandería que hay calle abajo abre a las seis y media. Dada la
hora a la que llamó nuestro testigo anónimo para denunciar la presencia del
cadáver, apostaría a que esto ocurrió entre las cuatro y las cinco.
—Antes de que amaneciera. — Honor asintió con la
cabeza—. De lo contrario, habría habido unas cuantas personas en el paso
subterráneo.
—Así es. Haré que mis hombres peinen la zona mañana
por la mañana, a ver si podemos detener a alguno de los transeúntes habituales.
—Levantó la vista para
contemplar las sombras que volaban sobre ellos.
Un instante después, un ángel
aterrizó cerca de donde se encontraban. Sus alas
poseían una maravillosa gama de tonos que empezaba por un negro extraordinario
y continuaba por el azul medianoche y el índigo, y luego se degradaba hasta
adquirir un color que a Honor le recordaba el del amanecer. Las últimas plumas
eran de un esplendoroso blanco dorado. Alta, con un cuerpo musculoso y esbelto,
Elena poseía la clase de elegancia que solo se adquiría cuando uno sabía cómo
enfrentarse a oponentes más grandes y más rápidos.
Honor había visto algunas fotos suyas, por
supuesto, pero comprobar que una de sus compañeras cazadoras tenía alas
resultaba surrealista.
—Sé que me he quedado mirándote
embobada, Elena... —dijo para romper el silencio—,
pero ¡es que tienes alas!
Elena se echó a reír. Sus ojos parecían plateados
bajo aquella luz, y su cabello platino estaba recogido en una trenza de espiga.
—Yo misma me sorprendo a veces cuando me despierto
—aseguró, aunque su expresión perdió la alegría cuando se volvió hacia
Santiago—. Comprobaré si hay alguna esencia.
Aquellas alas increíbles se extendieron sobre el
suelo sucio cuando se arrodilló sobre el asfalto, aunque Elena no pareció
preocuparse. Retiró la lona que cubría el cuerpo para examinar primero el
cuello y luego la herida del muslo.
—Ninguna de las esencias es vampírica. —Su voz
sonaba segura—. Me esperaba algo más fuerte, dado el tiempo que el atacante
pasó con la víctima. —Levantó la
vista para observar a Honor, y la
piel dorada de su frente se llenó de arrugas—. Este tipo es muy extraño. Un
humano con dientes afilados, ¿quizá?
Dientes afilados.
Era la pista
que el cerebro
de Honor necesitaba. Recordó
el artículo de un informativo del Gremio
que había leído mientras estaba en el hospital.
—Santiago,
¿podríamos moverlo un poco para
echarle un vistazo a la
parte de atrás del hombro derecho?
—Claro, no hay problema.
El detective metió las manos enguantadas por debajo
del cadáver y lo colocó de lado.
Elena se puso
los guantes a toda prisa para poder ayudar a sostener el cuerpo mientras
Honor le subía la camiseta. Ni el policía ni la cazadora alada
dijeron una palabra, pero Honor podía saborear la tensión
en el aire.
Decidió fingir que no había notado que tenían un
problema privado y desnudó el hombro de la víctima.
—Mierda, en realidad esperaba no encontrar esto.
Dos cabezas se acercaron para examinar su
descubrimiento. Era un pequeño tatuaje en el que aparecía una letra V dentro de
un anillo del que salían
un par de alas.
Elena frunció el ceño.
—No me suena de nada.
—La edición del noticiario del Gremio en la que
aparecía este tatuaje salió mientras a ti te crecían las alas.
—¿De verdad lees el noticiario? Creí que
la gente como
tú era una leyenda urbana.
—Digamos que solo le eché un rápido vistazo —dijo
Honor con una sonrisa auténtica—. Por
lo visto, este
«movimiento» —señaló el tatuaje con el dedo— se
originó en Londres. Y parece que ya ha atravesado el Atlántico.
Santiago
dejó el cadáver
en el suelo una vez más y se
incorporó. Sus articulaciones
crujieron como la
leña
seca.
—Háblame de esto.
Honor se puso en pie también mientras Elena plegaba
las alas a la espalda y la imitaba.
—Mi información está desfasada, pero se trata de un
grupo clandestino iniciado por adolescentes mayores y jóvenes de veintipocos.
Imitan el «estilo de vida vampírico». —Hizo un gesto negativo con la cabeza y
bajó la vista para contemplar el bulto que había bajo la lona, entristecida por
la pérdida de una vida que apenas acababa de empezar—. La mayoría lo utilizan
como excusa para practicar sexo.
—A esa edad,
cualquier excusa para eso es
buena —murmuró Santiago.
Honor nunca había sido tan joven, así que no podía
imaginarse lo que era ser tan inocente.
—Sí, debería ser algo inofensivo... pero algunos de
los miembros llevan las cosas más allá y
beben la sangre de otros compañeros.
—Me tomas el pelo... —dijo
Santiago.
—Me temo que no.
—Los vampiros pueden beber de los donantes
porque sus cuerpos eliminan sin
problemas cualquier posible
afección que haya en la sangre
—dijo Elena, cuyos ojos se habían oscurecido hasta
adquirir el tono de una tormenta—. Estos chicos se la están jugando con muchas
enfermedades.
—Si es que llegan a digerirla — señaló Honor,
incapaz de ver el
atractivo de una vida gobernada por la sangre.
Santiago echó hacia atrás los faldones de su
chaqueta para apoyarse las manos en las caderas.
—¿Me estáis diciendo que deberíamos buscar vómitos?
Fue Elena quien respondió.
—Depende
de cuánto bebieran, pero sí.
—Genial, eso les alegrará el día a los polis de
uniforme, seguro.
—Es posible que algunos de estos chicos empiecen a
creer que son vampiros de verdad —añadió Honor mientras Santiago llamaba a un
oficial
joven. El agente compuso una mueca al escuchar la
orden, pero empezó a investigar
alrededor del escenario—. Yo buscaría a los colegas de este
muchacho. Parece que jugaba a ser el donante de alguien y que las cosas se les
fueron de las manos.
—A juzgar por la localización de los mordiscos
—dijo Elena—, yo apostaría a que el sexo tenía un papel importante.
Santiago se frotó la cara con una mano y la barba
le raspó la palma.
—Sexo a la antigua usanza y violencia.
Honor estaba a punto de mostrar su acuerdo cuando
su móvil empezó
a vibrar para indicar
la llegada de un
mensaje.
—Perdonadme un momento. —Se alejó un poco, aunque
todavía podía oír a Santiago y a Elena.
—Conseguí el arnés —dijo el policía con un tono
brusco.
Elena guardó silencio un instante antes de
responder.
—Yo tampoco esperaba verte.
—Ya, bueno... —Se oyó el ruido del roce de la ropa
y de un zapato que era arrastrado sobre el asfalto—. Supongo que es cuestión de
adaptarse... Los perros viejos aún pueden aprender unos cuantos trucos.
La contestación de Elena fue muy tranquila.
—Gracias.
Hubo una larga pausa.
—Este caso es lo último que necesito —señaló
Santiago con su tono de voz normal—. El de ese asesino en serie nos está
dejando sin recursos.
—¿El tipo que busca mujeres jóvenes mestizas?
—Sí. No han aparecido los cadáveres, pero el
instinto me dice que están muertas.
Cuando
Honor volvió a
reunirse con ellos, la
tensión había sido sustituida por
una cautelosa familiaridad, la de
dos personas que han trabajado
muchas veces juntas intentando encontrar un nuevo punto de
equilibrio. Los miró a ambos antes de empezar a hablar.
—Tengo que ir a la Torre.
El
mensaje de Dmitri
era breve:
«Me he enterado de que ya estás despierta. Yo también. Vámonos».
Situada en medio de un bosque denso, la cabaña era
un edificio encantador construido con troncos que tenía la típica mecedora en
el porche. En esos momentos, la mecedora permanecía inmóvil, y el bosque estaba
muy silencioso, como si ni siquiera las hojas se atrevieran a moverse. Daba la
impresión de que hasta los árboles conocían
el horror que
había tenido lugar en aquella
preciosa casa sacada de una postal.
En otoño, pensó Honor, el suelo estaría cubierto de
hojas de todos los colores propios de la estación, pero estaban en plena
primavera y las hojas brillaban
verdes en lo
alto. El cielo tenía un tono dorado, pero las densas
copas de los árboles filtraban la luz, de modo que a la altura del suelo la
atmósfera tenía un siniestro matiz grisáceo.
—Cuando era niña —le dijo al vampiro que caminaba
junto a ella—, soñaba con ir de vacaciones a un lugar como este. Me parecía
algo típico de las familias.
Dmitri la miró un instante. Sus rasgos tenían un
aspecto más duro, más definido, bajo aquella luz.
—¿Alguna vez has intentado localizar a tus padres?
—No.
En la época en que había dispuesto por fin de los
recursos suficientes para llevar a cabo la búsqueda, Honor ya sabía que no
saldría nada bueno de ella, que no habría un final feliz. Sabía que no
descubriría nada que borrara la soledad de su infancia y eliminara todos
aquellos días de juegos y deportes escolares en los que había visto a los
padres de otros chicos aplaudir y animar mientras ella permanecía apartada y
fingía que no le importaba.
La decisión de no buscarlos no había llenado el
vacío que había en su interior, pero le había permitido vivir la
vida con libertad, sin atormentarse con ideas sobre
lo que podría haber sido.
—¿Tú recuerdas todavía a tus padres? —le preguntó
cuando llegaron a la cabaña.
Dmitri esquivó las manchas de sangre que alguien
había dejado al arrastrar el cuerpo
abatido de Tommy por la escalera, y echó
un vistazo a las manchas similares que mostraba la mecedora.
—Fuera quien fuese quien ejecutó a Tommy —murmuró—,
lo doblegó y lo interrogó después de dejar claro que cualquier tipo de rebeldía
seria recompensada con dolor.
Era lo que el propio Dmitri habría hecho con un
asno tan pomposo como
Tommy. Puede que el vampiro hubiera sobrevivido
cuatrocientos años, pero solo
porque se había
mantenido apartado de los depredadores y había jugado a ser el macho
alfa con su pandilla de amigos, tan inútiles como él.
—Eso me hace preguntarme qué lo convirtió en un
objetivo —añadió.
—Quizá incluyera a Evert en el juego sin permiso
—dijo Honor, que tenía la mirada fija en la puerta donde habían clavado la
cabeza de Tommy. Le habían metido en la boca un cuchillo largo que atravesaba
la parte posterior del cráneo—. Me da la sensación que ese jueguecito era solo
para los que recibían una invitación.
—De modo que, como esa segunda
invitación no existía, lo más probable es que le
hayamos salvado la vida a Evert.
—De todas formas, no creía que el vampiro se
sintiera agradecido por los largos
años que viviría
bajo los cuidados de Andreas—.
Tengo una imagen clara de mis padres, tan nítida como si los hubiese visto ayer
—dijo al tiempo que abría la puerta—. Quizá sea un efecto de la inmortalidad,
pero algunos rostros nunca se olvidan.
«—¡Dmitri! —Risas, manos que empujaban su pecho—.
¡Pórtate bien o despertarás a Misha y al bebé!»
Había unos ojos de color verde oscuro conectados a
los suyos mientras recordaba otros cálidos y castaños. El impacto fue mucho más
intenso de lo que
debería.
—Veo mucho dolor dentro de ti —
susurró Honor—, mucha pérdida.
Dmitri no era un hombre acostumbrado a que leyeran
sus emociones.
—No te engañes con respecto a mí, Honor —le dijo,
porque aunque su intención era acostarse con ella, no quería conseguirlo con
falsas promesas
—. La parte humana que había en mí murió hace
muchísimo tiempo. Lo que queda no se
diferencia mucho de Tommy.
Cruzó el umbral y se fijó en la sangre que cubría
las paredes, las alfombras y el suelo barnizado.
—Después de
interrogarlo —dijo
Honor a su espalda mientras recogía del suelo una
PDA que, al parecer, alguien había aplastado con el pie—, el atacante trajo a
Tommy aquí para jugar con él.
Para jugar, pensó Dmitri. Sí.
Si aquello hubiese sido una simple ejecución, la
cabaña no estaría llena de sangre oscura congelada. No habría rastros de manos
ensangrentadas, ni en las paredes ni en el suelo.
—Le permitió creer que podría escapar. —Seguro que
el pánico del vampiro se había
intensificado al ver que lo
torturaban de nuevo.
Dmitri aguardó para ver si sentía algún tipo de
compasión. No fue así.
—Toma. —Se sacó diminuto
estuche de plástico del bolsillo y se lo entregó a
Honor en cuanto esta dejó la PDA destrozada—. Es una copia de la tarjeta de
memoria. Mi gente la está analizando para revisar los datos.
La cazadora la cogió y se la guardó en el bolsillo
de los vaqueros.
—Yo también la examinaré. Mi cerebro tiene un don
para buscar patrones. —Examinó la estancia—. La violencia parece aleatoria,
pero su objetivo era causar el mayor terror posible.
—¿Observaste este tipo de comportamiento en alguno
de los vampiros que abusaron de
ti? — preguntó Dmitri mientras
observaba lo que parecía un clavo incrustado en la
pared.
Honor se dio la vuelta, salió fuera y bajó la
escalera que conducía hacia los árboles. Dmitri cerró la puerta de la cabaña y
la siguió más despacio hacia el agradable ruido del agua. Cuando llegó a la
orilla llena de
piedras de un pequeño arroyo, vio que Honor se
encontraba a un par de pasos a su izquierda.
Ese día llevaba una camiseta ajustada de
color caqui con mangas
hasta el codo, unos vaqueros ceñidos y unas
botas viejas. Se
veía sencilla, fuerte y hermosa.
Pero incluso las mujeres más fuertes sufrían pesadillas que no podían dejar
atrás en un día, ni tampoco en un año.
Dmitri
se agachó sobre
los guijarros sin decir nada, cogió uno y lo giró entre
los dedos. El
agua estaba clara y el aire
fresco e impregnado del aroma de las
hojas. El espacio despejado que había sobre el arroyo
era lo bastante amplio
para que la luz
llegara brillante y el cielo tenía un asombroso tono azul. Era un lugar
precioso en el que recordar la más horrible de las violencias.
—Isis
—dijo mientras accedía
a una zona de su memoria que se había vuelto polvorienta
por el desuso— estaba acostumbrada a que la
adoraran, a que la consideraran una de las mujeres más bellas del mundo.
Y lo era. Con una piel de exquisito
color crema, un cabello dorado como el sol y unos
hechizantes ojos broncíneos, Isis personificaba a la perfección la idea que los
mortales tenían sobre la raza angelical. Hombres y mujeres habían corrido a
verla cuando se detuvo en su pueblo. Aquella visita formaba parte de un
organizado plan de venganza contra Rafael,
pero Dmitri no lo descubrió hasta mucho más tarde.
«—¿Sabes cuál es mi crimen, Dmitri? —La voz de
Rafael resonó en la fría cámara de piedra situada bajo el torreón—. Me
oyeron decir que preferiría acostarme con una serpiente
que con Isis.»
Vanidosa, cruel y muy inteligente, Isis no
se había contentando
con
capturar y torturar a Rafael por aquel comentario
absurdo. No, había intentado corromper a sus amigos mortales para que se
sumaran a la causa contra el arcángel. Había elegido a Dmitri porque la amistad
de Rafael con su familia se remontaba varias generaciones atrás.
Y fue entonces cuando conoció a
Dmitri.
—Al principio se tomó con buen humor mi educado
rechazo. Pensó que solo estaba jugando, que quería que me cortejara. —Dejó caer
el guijarro, pero siguió en cuclillas—. Le encantaba que fuera un hombre tan
orgulloso. Era una novedad para ella. Día tras día, llegaban a mi pequeño
pueblo carnes exóticas, carísimas
especias y tapices
extraordinarios
que nadie había
visto jamás.
Capítulo 18
Honor había reducido la distancia que los separaba
y en esos momentos se encontraba a su lado, tan cerca que le rozaba el hombro
con la pierna.
—Los devolví todos —continuó Dmitri—, pero ella no
se ofendió. —Isis creyó que quería más, que se tenía en más alta estima—.
Al sencillo umbral del hogar de mi
granja comenzaron a llegar lingotes de oro puro, espadas enjoyadas... un
torrente de tesoros que habría hecho enorgullecerse a un dragón.
«—Ni siquiera sabía que había cosas tan hermosas,
Dmitri.
Él levantó la vista y atisbo miedo en los
entrañables ojos castaño oscuro de su mujer.
—Mi esposa eres tú, Ingrede, no Isis. —Lo enfurecía
que ella pudiera dudar, y eso endureció su tono de voz.
—Sé que no romperías tus votos matrimoniales,
esposo. —Colocó la manta que envolvía al bebé con manos temblorosas—. Pero
mucho me temo que esa ángel te poseerá de todas formas.»
Dimitri había hecho caso omiso a aquellas
preocupaciones de Ingrede porque él no era más que un granjero, un don nadie.
—Creí que al final se hartaría de mis rechazos y
seguiría con su vida. — Había sido un estúpido, un ingenuo, pero
eso solo lo veía ahora—. Pero, al igual que
Michaela —dijo, refiriéndose a la arcángel a quien muchísima gente consideraba
la mujer más hermosa del mundo—, Isis estaba acostumbrada a conseguir todo lo
que quería.
Los vampiros de Isis lo habían secuestrado cuando
regresaba a casa tras una visita a los mercados, con un
dulce para Misha en un bolsillo y un bonito lazo para su esposa en el otro.
Para la benjamina, que era muy pequeña, había comprado un trozo de madera
perfumada para hacerle un sonajero. Puesto que había visto acercarse a las
criaturas de Isis, tuvo tiempo de darle el dulce a Misha, de acariciar la suave
mejilla de su hija dormida y de darle un
beso de despedida a su preciosa y fuerte esposa.
Jamás olvidaría las palabras que ella le dijo aquel
día, el amor que le había demostrado a pesar de que sabía que pronto estaría en
la cama de otra mujer, traicionando los votos que había pronunciado una
brillante mañana de primavera antes
del nacimiento de Misha.
«—¿Podrás
perdonarme, Ingrede?
¿Me perdonarás lo que debo hacer?
—Libras una batalla. —Le acarició la mejilla con la mano—. Haces esto para protegernos. No hay
nada que perdonar.»
—Si hubiera aceptado desde el principio —dijo
en esos momentos,
tragándose la rabia y la angustia que nunca habían
desaparecido—, creo que Isis me habría
utilizado y luego
se habría desecho de mí. Podría haberme ido a casa. —Con la única mujer
a la que había amado, con su hijo, con su hija—. Pero como dejé claro que no la
deseaba, jugó conmigo como un gato con un ratón.
Al principio se lo había llevado a la cama, complacida con el hecho de que él no podía negarse.
«—Tienes unos hijos preciosos, Dmitri. Tan
jóvenes... tan fáciles de romper.»
Más tarde, cuando se hartó de él, hizo que lo
encerraran en las entrañas frías y mohosas
de su gran
castillo,
donde
lo convirtió con
metódico cuidado. Tan solo cuando la Conversión se hubo completado, una
vez su cuerpo se hubo fortalecido lo bastante para soportar los daños, lo
desnudaron y lo encadenaron con las extremidades extendidas para dejar todas
las partes de su anatomía expuestas.
—Empezó con un látigo coronado por una afilada
punta de metal.
—Basta, Dmitri. —Honor enterró la mano en su
cabello—. No puedo soportarlo.
Dmitri percibió sus lágrimas, y aquello lo dejó
atónito. Honor había estado a punto de morir en aquel agujero infernal en el
que la habían encerrado durante dos
meses interminables, pero
según los informes psiquiátricos, no había llorado
ni una sola vez en los meses que pasó en el hospital. Ni una vez. Los médicos
estaban intranquilos; les preocupaba la posibilidad de que explotara de alguna
forma si seguía interiorizando sus emociones.
Sin embargo, cuando se arrodilló sobre las piedras
a su lado y le cubrió el rostro con las manos (algo que no le había permitido
hacer a ninguna mujer en casi mil
años), sus ojos
estaban llenos de lágrimas.
Dmitri extendió el brazo y dibujó con el dedo el
reguero que una de ellas había dejado desde la mejilla hasta la mandíbula,
donde atrapó la gota y se la llevó
a la boca.
El sabor salado
le
resultó
extraño, desconocido. Él tampoco había llorado. No desde el día en
que le partió el cuello a su propio hijo.
—En mi época —dijo—, la gente creía en las brujas.
¿Eres una bruja, Honor? ¿Cómo consigues que te cuente todas estas cosas?
Le había hecho que volviera a abrir heridas que
habían conservado la costra durante tanto tiempo que habitualmente no recordaba
que existían.
La cazadora siguió sujetando su rostro con manos
dulces y tiernas mientras inclinaba la cabeza para apoyar la frente en la suya.
—No soy bruja, Dmitri. Si lo fuera sabría cómo
curarte.
Se
trataba de un
comentario extraño, ya que era ella quien había sufrido heridas.
Dmitri podría haberse enfurecido por su arrogancia,
pero lo que sentía por Honor no era fácil de entender.
—Cuéntamelo —le ordenó.
Ella bajó las manos, se puso en pie y caminó
hasta la orilla
del arroyo, donde el agua le
lamía las botas en su camino colina abajo entre la espesura del bosque. Dmitri
se incorporó también y se situó a su lado. Honor tardó un rato en empezar a
hablar, pero cuando
lo hizo, Dmitri recordó una época en la que había vivido solo para la
espada.
Había aprendido a luchar al lado de Rafael,
y había pasado
de ser un
sencillo labrador a un hombre que solo conocía la
siniestra caricia de la muerte. Ninguna
otra cosa había
aplacado la furia que lo había
embargado durante décadas, durante siglos. Lo único bueno era que había sido
Convertido en una época cuajada de sangrientas batallas entre inmortales, y que
por tanto su espada siempre tenía un sitio en el que hundirse. Aquella época
había quedado atrás hacía muchísimo tiempo, pero Dmitri no
había perdido su
destreza letal.
—Había un hombre —empezó Honor, que había fijado la
mirada en un punto por encima de las aguas, pero en realidad no veía el bosque
salpicado de luz dorada—. El que estaba al mando.
—Con los ojos vendados, solo había sido capaz de
percibir el aroma a pino de la loción para el afeitado... y su
desagradable presencia—. Me provocaba con la posibilidad de convencerlo
para que me soltara.
En lugar de callarse, tomó la decisión de seguir
hablando, porque la voz era la única arma que poseía.
—Cuando se marchó el primer día, me abofeteó tan
fuerte que me pitaron los oídos. —Se había quedado desconcertada ante aquel
golpe inesperado que le había hecho sangrar la parte interna del carrillo—. No
volví a verlo en todo un día. —Estaba desnuda y atada al suelo de cemento,
amarrada a un anillo metálico.
Furiosa
y decidida, se
había pasado todo el día intentando liberar una de sus manos. Había
llegado incluso a tomar la decisión
de romperse la muñeca para conseguirlo.
Pero las ataduras estaban demasiado apretadas, demasiado bien colocadas.
—Cuando regresó, se disculpó, aflojó las cadenas
después de volver a colgarme de los brazos y me dio algo para beber.
—Honor había tragado el líquido con ansia,
consciente de que necesitaría todas sus fuerzas si quería sobrevivir—. Quería
someterme hasta tal punto de que llegara
a agradecerle que
me dejara vivir. —Pero Honor
había superado el curso de guerra
psicológica de la
Academia, y estaba preparada para la posibilidad de
convertirse en una rehén.
Quizá el curso no hubiera sido suficiente, dada la
duración de su cautiverio, pero también se había criado en trece hogares de
acogida distintos: algunos buenos; la mayoría, pasables; otros, horrorosos. Y
aquella experiencia le había enseñado una cosa: siempre, siempre debía buscar
bajo la superficie para ver el verdadero rostro de una persona.
—No sé cuántos días continuó con esa táctica. Perdí
el sentido del tiempo muy rápido.
Puesto que únicamente se podía acceder a su prisión
mediante una escalera interior, no había podido ver
ninguna luz que la orientara cuando se abría la
puerta.
—Traté de seguirle el juego, pero él se dio cuenta
de que intentaba manipularlo.
Se obligó a contarle a Dmitri todo lo demás.
Era la primera
vez que hablaba de aquello con
alguien, y ese alguien era Dmitri... aunque tal vez siempre hubiera sido él.
—Se alimentó de mí, de mi garganta. Su mano... no
dejaba de tocarme. —Una asquerosa parodia de la caricia de un amante. El hecho
de que la tocara con dulzura no quería decir que no fuera una violación—.
Después me susurró que sabía que había sido el primero. —Y
era cierto. Siempre
le
había repugnado la idea de permitir que alguien se
alimentara de ella. Y no era solo desagrado, sino una profunda y nauseabunda
aversión de una intensidad inexplicable—. Creo que por eso me eligió.
—Tenía un plan —dijo Dmitri con un tono de voz
glacial—, y la paciencia necesaria para llevarlo a cabo. Si a eso le añades que
conocía los gustos de Valeria, Tommy
y los
demás, es evidente que buscamos a
un vampiro fuerte de al menos trescientos años. Nadie más joven habría podido
ganarse la confianza del resto.
—Sí. —Su tono práctico lo hacía todo más fácil.
Hacía que se sintiera una cazadora, y no una víctima—. Me dio la
impresión de que su acento... Era moderno casi
siempre, pero en ocasiones utilizaba palabras o expresiones
en desuso.
—¿Cómo iba vestido?
A Honor se le cerró la garganta al acordarse de la
sensación del cuerpo de su atacante pegado al suyo. Recordar la presión de su
erección hizo que lo poco que había comido se le subiera a la garganta.
—Trajes de chaqueta cruzada. — Aún podía sentir los
botones clavados en la piel.
—Eso eliminaría de la ecuación a algunos de los más
antiguos —la voz de Dmitri no tenía ni rastro de emoción—, pero no pienso
descartarlos todavía.
—Sí, es inteligente y podría haber alterado su
estilo habitual. —Honor vio a un gavilán de cola rayada que los sobrevolaba
aprovechando una corriente de aire caliente y siguió su avance por encima de
los árboles—. La casa donde me encontraron estaba en medio de un proyecto de
viviendas abandonado situado a una hora de Stamford.
—Leí el expediente.
Honor cambió de posición para mirarlo de frente...
y estuvo a punto de caerse hacia atrás al ver la rabia descontrolada que ardía
en sus ojos oscuros.
—Dmitri...
Él no respondió. Su cabello flotaba con la
brisa que discurría
entre los
árboles y dejaba expuestas las líneas brutales de
un rostro de tal sensualidad que Honor entendió por qué un ángel se había
obsesionado con conseguirlo. Sin embargo, aquella ángel, Isis, le había hecho
daño... y esa idea provocaba una cólera incendiaria en su alma, tan profunda
como si hubiera formado parte de ella desde el día en que nació.
—Tengo
que volver a
Manhattan
—dijo Dmitri al final antes de volver la cabeza en
dirección al claro donde los aguardaba el helicóptero.
En esos momentos parecía muy distante, un hombre
que no seguía más reglas que las suyas. Sin embargo, la esperó en la linde del
bosque y acortó las zancadas para acompasarlas a las de
ella. Honor no cometió el error de creer que eso
significaba que tenía algún derecho sobre él.
Fuera la que fuese la atracción que los unía, era
una emoción frágil, casi quebradiza. Y Dmitri era cualquier cosa menos
eso. Era un hombre forjado en ríos de
sangre.
Sin embargo, una vez había vivido en un pueblecito
donde se había ganado la vida trabajando la tierra. Una vida sencilla; una vida
por la que había rechazado las insinuaciones de Isis, un ángel de
renombrada belleza. La mayoría
de los hombres
habrían aceptado aquella invitación, aunque solo fuera para
disfrutar de la
novedad. Quizá él fuera demasiado orgulloso para
convertirse en el juguete de un ángel... o quizá ya
le hubiera entregado su corazón a otra.
Honor notó un escalofrío, una inconfundible
sensación de orgullo.
Sin embargo, se tragó la pregunta que tenía en la
punta de la lengua... La pregunta sobre la mujer cuyo recuerdo había puesto una
nota íntima en la voz del vampiro la única vez que la había mencionado. Y no
porque aquel no fuera el lugar o el momento apropiado para hacerlo, sino porque
fuera cual fuese la respuesta, no le
haría ningún bien. Dmitri era de los que caminaban solos
por la vida.
—¿Alguna
novedad sobre el tatuaje? —preguntó en cambio.
—Los
tres tatuadores expertos
a los que consultamos estuvieron de acuerdo en que, a pesar de la complejidad aparente,
el trabajo era obra de un aficionado.
—Mierda. —Eso significaba que sería mucho más
difícil dar con el autor
—. ¿Y sobre los que podrían serle fieles a Isis?
—El nombre de Isis parece muerto, olvidado. —Dmitri
se dio la vuelta para mirarla. Se había detenido a la sombra de un árbol con
ramas delicadas de las que colgaban hojas temblorosas, y la zona de alrededor
se hallaba relativamente
despejada—. Sea quien sea el que intenta resucitarla,
mantiene sus intenciones en secreto.
—¿Por devoción, tal vez? —Honor lo miró a los ojos,
y vio en ellos un millón de secretos envueltos por las sombras aterciopeladas
de la violencia y el dolor—. Si él, o ella, ha adorado a Isis tanto tiempo,
debe de considerarla su diosa. —Una deidad demasiado valiosa para ensuciarla
con el escrutinio de aquellos que
podrían mirarla con ojos envidiosos.
—Tal vez. —Dmitri le acarició la cara con la
mano sin romper la intimidad del contacto visual.
A Honor ya no le resultaba extraño, ni irritante,
sentir la calidez del vampiro sobre la piel. Se le aceleró el corazón, sí, pero
a cualquier mujer le habría pasado lo mismo ante la caricia de una
criatura tan increíblemente atractiva. Por
instinto, cubrió su rostro con las manos cuando el vampiro la envolvió con las
eróticas esencias del chocolate amargo y el oro líquido e inclinó la cabeza
para besarla.
Hubo un destello negro, vacío... y de pronto Honor
se encontraba al otro lado del claro.
Contempló el cuchillo que tenía
en la mano y luego a Dmitri... y contuvo un grito.
—¿Te he cortado
mucho? —Era una pregunta brusca,
matizada por la furia, la desesperación y una amarga sensación de fracaso.
El vampiro levantó una mano para mostrar el tajo
diagonal que tenía en la palma.
—Nada de importancia.
Esa misma herida en un humano podría haber supuesto
la inutilización de los nervios de la mano. Honor limpió el cuchillo con unas
cuantas hojas secas y volvió a guardárselo en el tobillo. Hundió los dedos en
su cabello suelto. Respiraba como si hubiera corrido una maratón.
—Bueno, eso lo dice todo, ¿no? — La distancia que
separaba los sueños de la realidad era un abismo insalvable.
Una gota de sangre recorrió los dedos de Dmitri
antes de caer al suelo en rojo silencio. El vampiro enarcó una ceja.
—Lo único que aclara es que tengo que ser más
rápido.
Honor soltó una risotada amarga.
—Eres muy rápido. —Un vampiro con su edad y su
fuerza podría romperle el cuello sin que lo viera venir—. Estás dejando que te
haga daño.
—No, Honor. Yo no permito que nadie me haga daño.
Lo que ocurre es que te estaba mirando la boca, y no la mano del cuchillo. La
próxima vez te quitaré primero todas las armas.
La arrogancia del comentario abrió una brecha en la
espinosa mezcla de emociones desagradables y le provocó una oleada de calidez.
—¿En serio? Bueno, en ese caso la próxima vez te
cortaré la mano —dijo, aunque la idea de derramar su sangre le provocaba una
aversión visceral,
instintiva.
—Acepto, siempre y cuando entiendas —se
acercó a ella
poco a poco y deslizó el dedo por
su labio inferior. La esencia del humo era tan palpable como la caricia de un
amante, y la tocó en lugares que la dejaron sin respiración— que
habrá una próxima vez.
Honor nunca llegaría a saber qué habría respondido
a aquel comentario, ya que en ese momento apareció un viento fuerte seguido
de un ángel con alas blancas y doradas, que aterrizó a
pocos pasos de distancia. A Honor se le aceleró el corazón. La mayoría de los
mortales
que conocían al arcángel
de
Nueva York acababan muertos.
Fue entonces cuando aquellos ojos de un azul
absoluto e implacable se posaron sobre ella. Unos ojos hermosos más allá
de toda descripción... y carentes de toda piedad. El
instante quedó suspendido en el tiempo, y Honor se dio cuenta de que estaba
siendo juzgada. Su muerte, pensó, significaría tan poco para el arcángel como
la de un insecto.
Madre de Dios...
¿Cómo era posible que Elena considerase a aquella
criatura su pareja y la aceptase en su cama?
—Rafael...
El arcángel centró su atención en
Dmitri mientras plegaba las alas.
—Ha
ocurrido un segundo incidente.
Honor cogió aire para aliviar la presión que sentía
en el pecho y levantó la cabeza de
golpe al escuchar
la pregunta de Dmitri.
—¿En otro lugar público?
—No. Dejaron a la víctima en un almacén dirigido
por un vampiro a quien todavía le faltan diez años para cumplir su Contrato.
—Para que la Torre se enterara de inmediato de la
aparición del cadáver.
—Dmitri hablaba con el arcángel con una familiaridad que dejaba
claro que su relación no era la de un siervo y su señor—. Podrías habérmelo
contado sin
volar hasta aquí.
Rafael echó un vistazo a Honor.
—Déjanos a solas.
Nadie le había hablado nunca en aquel tono.
—Podría... —dijo, sin saber muy bien de dónde había
sacado las agallas necesarias para enfrentarse a aquel ser que le ponía los
pelos de punta. Seguro que las había sacado de una parte de su cerebro que
carecía de sentido común
—... ayudar en algo.
El arcángel de Nueva York la miró durante un
largo y escalofriante momento.
—Quizá. Pero no es cosa tuya decidirlo.
Dmitri esbozó una leve sonrisa al
contemplar el rostro de la cazadora.
—Vete,
Honor. Me aseguraré
de que te permitan examinar el cadáver.
Resultaba exasperante verse despachada así, como si
fuera una niñata pretenciosa, pero era lo bastante lista para saber que no se
trataba de algo personal. Puede que Rafael hubiera aceptado a una cazadora como
su consorte, pero no era, ni
sería nunca, nada parecido a un
mortal.
Honor se dio la vuelta y se dirigió al arroyo una
vez más.
En lo que se refería a Dmitri... ya saldaría
cuentas con él más tarde.
Capítulo 19
Rafael siguió con los ojos la marcha de Honor.
—Ten cuidado, Dmitri. Esta tiene más coraje que
todas tus demás mujeres juntas.
Dmitri observó el cuerpo fuerte y esbelto que
desaparecía entre los árboles. La fortaleza de Honor resultaba
aún más atractiva por haber resurgido de entre las cenizas de la brutalidad.
—¿Crees que estoy en peligro,
sire?
—No. Pero claro, tampoco yo me
creía en peligro. —Dejó que sus alas
rozaran la alfombra de hojas caídas y retomó el
asunto que lo había llevado allí—. Esta vez el mensaje no estaba oculto.
Dmitri ya lo había supuesto.
—Cuéntame.
—La
víctima tenía un
glifo grabado. Una media luna oculta tras el sol.
«Ahora, amante mío, nunca me olvidarás.»
Dmitri notó que se le tensaban los músculos del
pecho.
—No hemos logrado identificar la identidad de la
víctima anterior —dijo, estrangulado por el recuerdo—. ¿Es uno de los nuestros?
—No —respondió el
arcángel en
voz alta.
Dmitri... añadió mentalmente.
Podré soportar la visión del cadáver. El recuerdo
era horrible, pero no lo dejaba incapacitado.
—¿Los colmillos? —le preguntó al arcángel de viva
voz.
—Casi transparentes.
—Esta mañana temprano recibí un informe del
laboratorio —dijo al tiempo que se volvía hacia el arroyo—. Ha habido un
problema con la muestra de sangre del primer vampiro.
Honor debería oír esto, dijo utilizando la conexión
mental.
Rafael caminó a su lado hacia la cazadora.
—Háblame sobre tu cazadora.
—Me da la sensación de que ya lo sabes todo.
Esbozó una leve sonrisa.
—Te muestras protector con ella. Dmitri pensó en la
última vez que
se había mostrado protector con una mujer. Había
sido un millón de años atrás. Tanto que no había reconocido la emoción hasta
que Rafael la había señalado.
—Eso parece. —No era una emoción bienvenida, ya que
hablaba de vínculos que iban más allá del simple sexo.
Hundirse en el cuerpo húmedo y cálido de una mujer,
jugar con ella hasta que gimiera y suplicara, resultaba divertido. El dolor y
el placer, el sexo o
la sangre... nada de aquello llegaba al núcleo
central de su corazón, donde continuaba honrando los votos que le había hecho a
su esposa.
—Puedo encargarme de esto, Dmitri.
—No. —Tal vez hubiesen matado a Isis juntos, pero
aquel ángel era su pesadilla—. El mensaje iba dirigido a mí. Encontraré a su
autor.
La silueta de Honor apareció un segundo después de
aquella afirmación. Estaba de pie, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia
ellos, como si hubiera percibido que se acercaban. Tenía una expresión
calculadora y fría.
—La sangre del primer vampiro —
le dijo Dmitri, intrigado al darse cuenta
de que ella planeaba una represalia
contra él— no era lo que debería ser.
—La sangre de vampiro es muy característica. —Su
frente se llenó de arrugas—. ¿Qué había de particular en esta?
Dmitri
no podía hablarle
de la toxina que se generaba en
el cuerpo de los ángeles y que se utilizaba para convertir a
los humanos en vampiros. Era algo tan secreto que Illium
había perdido las plumas por contárselo a una mortal, a una mujer enterrada
hacía ya muchísimo tiempo. Sin
embargo, sí podía hablarle de
los resultados.
—El proceso de conversión estaba incompleto.
Honor ladeó la cabeza y los
mechones caoba ocultos en su cabello brillaron bajo
la luz del sol.
—¿Un intento fallido de un aficionado?
Dmitri pensaba enterrar las manos en aquel cabello
cuando se hundiera en ella.
—Sí. —Se había tratado del intento de un ángel que
no sabía que la toxina de su sangre no había alcanzado la madurez necesaria
para una Conversión exitosa.
—Puedo hablar con los demás cazadores para
averiguar si han oído hablar de algún caso parecido. —Cruzó los brazos y bajó
la vista hasta los guijarros de la orilla—. Lo cierto es que la carnicería
que hicieron con el cadáver de
Times Square no es algo que
uno intenta en su primera vez. Tiene que haber
pruebas de ensayos anteriores.
—Estamos hablando de inmortales
—señaló Rafael—. Esos ensayos
podrían haber tenido lugar siglos atrás.
—Especialmente —puntualizó Dmitri— si el autor se
considera discípulo de Isis.
Dmitri no permitiría que ninguno de sus discípulos
siguiera con vida. Aquella zorra nunca volvería a la vida,
y tampoco sería recordada como una diosa.
—Ya, pero el hecho de que aún no domine el proceso
de conversión significa que es nuevo en ese aspecto, aunque no lo sea en la
violencia —dijo Honor, que mostraba una fuerza y una
serenidad que ya habían comenzado a fascinar al
vampiro.
—Es cierto. —Dmitri frunció el ceño al recordar
algo que le había dicho otro miembro de los Siete.
«—Sire, ¿puedes ponerte en contacto con Jason?
—No, está fuera de mi alcance.» Dmitri sacó
el teléfono móvil
y
echó un vistazo a Honor. Utilizó la mirada para
acariciar aquellos labios que deseaba corromper y pervertir.
—Intenta que no te maten mientras hago esta
llamada.
Los ojos de la cazadora ardieron, y aquello despertó
una parte de
él que creía enterrada en el
campo de flores donde yacían los restos de Ingrede y sus
hijos.
Honor atisbo la sombra que recorrió el rostro de
Dmitri antes de que el vampiro se alejara para hacer la llamada, y sintió una
necesidad compulsiva de acercarse a él para borrarla. Sin embargo, no solo no
tenía derecho a hacerlo, sino que además estaba
siendo examinada por
una criatura con un rostro tan perfecto que casi dolía mirarlo.
—Vi a Elena esta mañana —le informó, preguntándose
cómo era posible que su compañera
hubiera acabado con un arcángel.
—Mi
consorte tiene un don para
meterse en problemas. —El cabello de Rafael, negro
como la noche, brillaba incluso a la luz del bosque—. Dmitri te ayuda a
vengarte.
—Creo que me ayuda más bien porque esos vampiros
están rompiendo las normas. —Engañarse respecto a las motivaciones de Dmitri
solo conseguiría que la caída fuese más dura.
—Tal vez. —Rafael se situó junto a ella en la
orilla del agua. Sus alas estaban a escasos centímetros de distancia, y los
filamentos dorados resplandecían bajo la luz del sol—. El Gremio es importante
para mantener el equilibrio en el mundo. Los cazadores no deben convertirse en
presas.
—¿Y si hubiese sido otro mortal?
—le preguntó, aunque habría sido más seguro
callarse lo que pensaba—. ¿Y si hubiese sido alguien sin relación con el
Gremio?
—Los mortales también tienen su papel en el mundo.
Honor
no sabía cómo
interpretar las palabras de aquel ser letal capaz de romperle todos los
huesos a un hombre y exhibirlo después como una macabra marioneta rota. En ese
instante, vio que Dmitri regresaba. Siniestro y dotado de una inteligencia
letal, con un cuerpo labrado a fuego en la batalla y una brújula moral que sin
duda estaba estropeada, era tan inhumano como la criatura a la que llamaba
sire.
Quizá más aún.
Rafael se mostraba distante, lejos de la humanidad,
pero la violencia que formaba parte de Dmitri estaba latente justo por debajo
de su fachada de sofisticación. Sangre y dolor, pensó Honor; eso
era lo que
guiaba al vampiro. Así que no
entendía por qué se le formaba un nudo en el pecho cada vez que lo miraba.
El
cadáver se encontraba
en el suelo de
cemento del almacén.
Los brazos y las piernas del joven estaban en una posición totalmente
antinatural. Aún llevaba puestos los vaqueros, pero su torso estaba desnudo
para mostrar la marca grabada a fuego en un pecho con
músculos no del todo desarrollados.
Dmitri había
renegado de esa misma marca con una
violencia impregnada en sangre y un cuchillo que había cogido del hogar de
Isis.
«Era
el modo más
apropiado, pensó mientras se quitaba la camisa y apoyaba la espalda en
una de las vigas que había sobrevivido al incendio que se lo había arrebatado
todo.
La punta de la hoja estaba muy afilada y arrancó
una gota de sangre en el instante en que se la colocó sobre la piel.
Apretó los dientes y empezó a cortar, introduciendo
la hoja lo suficiente para extirpar el tejido cicatricial.
Ahora era un vampiro.
La
piel se curaría sin dejar marcas.
Pero los vampiros también sentían dolor.
La negrura lo envolvió cuando le quedaba menos de
un cuarto de marca por cortar. Cuando recuperó la conciencia, recogió el
cuchillo con las manos ensangrentadas y comenzó de nuevo. Otra vez. Y otra.
Hasta que no hubo ni el menor rastro de Isis en su cuerpo y su corazón quedó
tan débil que podía sentir la muerte susurrándole su dulce y oscura bienvenida.
Vio una sombra de alas, un destello azul abrasador.
—Dmitri, ¿qué has hecho?
—Déjame. —Fue lo único que tuvo fuerzas para decir.
—No. —Una muñeca apareció frente a él, y una mano
le alzó la cabeza sin contemplaciones—. Bebe.
Dmitri se resistió.
Con una maldición, Rafael utilizó su cuchillo para
abrirse las venas y apretó la carne
sangrante contra los labios de Dmitri sin previo aviso. Un
instante después de saborearla, el nuevo depredador que moraba en su interior
se apoderó de él.
Y se alimentó.»
No se había curado aquel día, ni los siguientes. Su
conversión era demasiado reciente, y por esa razón Rafael había podido
dominarlo. Pero al final se curó. Al menos por fuera.
—Era tan joven... —dijo Honor al
tiempo
que se arrodillaba
junto al hombre muerto. La tristeza
era evidente en su voz.
Hechizado
por aquel sonido, Dmitri observó cómo colocaba la mano
enguantada en la barbilla del vampiro recién creado y le abría la boca.
—Ya sabemos lo de los colmillos
—le dijo.
—No, estoy buscando otra cosa. — Se inclinó hacia
delante sin soltar la mandíbula de la víctima y se llevó el brazo libre a la
espalda para sacarse un tubito del cinturón—. ¿Me sujetas la linterna para que
pueda ver bien el interior de su boca?
Dmitri se acuclilló a su lado, pero estaba
concentrado en ella y no en el
cadáver que yacía sobre el cemento. Las líneas de
su rostro eran elegantes; sus ojos
no eran ni amargos ni
duros, a pesar de lo que había
sufrido. Había sobrevivido con el alma intacta y conservaba la capacidad de
sentir compasión por la pérdida de una vida.
Dmitri
no podía decir
lo mismo. Los harapientos
vestigios de su alma se habían hecho cenizas en la pira funeraria de su
hijo. Había enormes
llamas doradas alrededor de su chico; una hoguera gigantesca para un
niño tan pequeño. Parecía apropiado, había pensado Dmitri cuando se había roto
el último pedazo de su corazón. Parecía apropiado para su Misha, con la risa
grave y su afán explorador.
—Dmitri.
El vampiro levantó la vista y vio demasiada
sabiduría en los ojos verde oscuro que lo miraban, demasiada ternura.
—¿No sabes mantener las distancias, Honor? —Era
un depredador. Atacaría todos sus puntos débiles, aprovecharía cualquier
ventaja.
Ella
negó suavemente con la
cabeza, y algunos rizos escaparon de la trenza suelta.
—Creo
que es demasiado
tarde para eso. —Dejó de mirarlo a los ojos y añadió—: ¿Lo ves?
Dmitri siguió su mirada.
—Aún no tenía las muelas del juicio.
Aquello en sí mismo no era un indicador preciso de
la edad, pero si se tenía en cuenta también la cara de niño del cadáver, estaba
claro que alguien estaba creando vampiros
sin autorización. El Grupo había decretado mucho tiempo
atrás que estaba prohibido convertir a los mortales
cuya edad no superara el cuarto de siglo.
—Era
vulnerable —dijo Honor, que estiró el brazo para apartarle el
cabello de los ojos a la víctima con mucho cuidado—. Un objetivo fácil de
controlar una vez seducido por la idea de la inmortalidad.
Dmitri observó el rostro de la víctima una vez más.
No carecía por completo de corazón (le apenaba que los
jóvenes murieran), pero aquel hombre— niño tenía
edad suficiente para tomar sus propias decisiones. A esa edad, Dmitri trabajaba
los campos y cortejaba a una mujer con la luz del sol en la sonrisa y unos ojos
que le decían que era hermoso sin que ella abriese la boca.
—Déjalo ya —le dijo a Honor al tiempo que
se ponía en
pie—. No puedes hacer nada para
averiguar su identidad. —Los técnicos de la Torre le tomarían las huellas y
procesarían el cuerpo.
La cazadora no le hizo caso.
—¿Alguien le ha examinado la espalda?
—Carece de importancia. —Sin embargo, tiró
de los hombros
de la
víctima para apartarlo del suelo a fin de que ella
pudiera examinarla.
—Nada —señaló Honor, decepcionada—. Esperaba
encontrar otro tatuaje. Podría habernos dado más pistas.
Dmitri se incorporó y esperó a que ella hiciera lo
mismo.
No volvieron a hablar hasta que hubieron salido de
la estructura metálica del almacén. El sol de últimas horas de la tarde
resultaba cálido en comparación con la terrible oscuridad del interior.
—No necesitamos más marcas, Honor. El símbolo
grabado ya deja un mensaje bastante claro.
Honor percibió el tono glacial de
Dmitri, un látigo de sufrimiento que
podría azotar a cualquiera que se encontrara en las
cercanías, pero se lo preguntó de todos modos.
—¿Quieres hablarme de ello? — Porque estaba claro
que era demasiado tarde para mantener las distancias, para mostrarse racional.
—No. —Fue una única palabra pronunciada sin emoción
alguna. Un recordatorio de que la intimidad que habían compartido junto al
arroyo había sido una equivocación—. Creo que es hora de que te vayas a casa.
Debería haberlo dejado pasar, pero la reacción fue
instintiva, nacida en el mismo lugar salvaje y oscuro que los sentimientos que
albergaba por él.
—¿De
verdad crees que
puedes
dejarme a un lado sin más cuando me convierto en un
estorbo?
—Tienes que cumplir un contrato con la Torre, y
esto ha sido una orden.
—Tras esas palabras, se dio la vuelta y regresó al
interior del almacén.
Furiosa al darse cuenta de que la habían despachado
por segunda vez aquel día, Honor se volvió con la
intención de enfrentarse a él... pero entonces recordó la tarjeta de memoria
que tenía en el bolsillo. Seguro que la Torre contaba en su plantilla con los
mejores expertos informáticos... pero el Gremio tenía al mejor de los mejores
y, a diferencia del personal de la Torre, ni Vivek ni Honor se distraerían con
otras pruebas.
Cuando llegó Vivek estaba de mal humor. Le pidió de
malas maneras que metiera la tarjeta
en la ranura
y no volvió a abrir la boca en
veinte minutos.
—He descifrado el código. Los datos aparecerán en
la pantalla que está a tu izquierda.
Honor
giró la silla
para poder verla y empezó a
revisar la información. La mayor parte de los datos parecían relacionados con
asuntos de negocios, lo que dejaba claro que Tommy había trabajado un poco en
medio de sus jueguecitos
depravados. No mucho,
claro, pero aquello no era
necesariamente un dato importante.
Muchos de los vampiros más antiguos habían
acumulado tantas riquezas a lo largo
de su vida
que se pasaban
la mayor parte del tiempo ociosos.
Aquella idea le provocó un escalofrío desagradable.
¿Qué sentido tenía la inmortalidad si no se hacía nada bueno con ella?
—Es de buena educación — murmuró Vivek— darle las
gracias a alguien que te ha hecho un favor.
Honor parpadeó y, cuando alzó la vista, vio que
Vivek observaba lo que parecía una filmación llena de interferencias.
—¿Qué? ¡Ah, sí! Había pensado en prepararte una
cena cuando todo esto termine. —Cuando pudiera dejar atrás
las pesadillas y dormir sabiendo que sus
secuestradores no volverían a hacerle daño a nadie.
Vivek
cambió la posición
de su silla para fulminarla con
la mirada.
—Veo que te compadeces de los tullidos...
—No digas bobadas, V. —Puesto que ella tampoco
estaba de muy buen humor, le devolvió la mirada asesina—. Si nos ponemos a
comparar los motivos que tenemos para autocompadecernos, creo que saldrás
perdiendo.
—A mí me abandonó mi familia.
—Al menos tuviste familia durante un tiempo. A mí
me abandonaron casi en el mismo instante en que salí del vientre de mi madre.
—Yo no puedo andar.
—A mí me torturaron durante dos meses, y no puedo
soportar que los hombres me toquen con intenciones sexuales, ni siquiera cuando
me parecen increíblemente atractivos. —Paladeaba el sabor erótico y decadente
de Dmitri cada vez que respiraba—. No puedo evitarlo, por más que me esfuerzo.
—Se trata de Dmitri, ¿verdad? — Se oyó un zumbido
cuando Vivek acercó la silla de ruedas.
Honor volvió a concentrarse en los datos. Su
silencio hablaba por sí solo.
—Primero Elena y ahora tú. —Dio un largo
resoplido—. Quiero enseñarte algo. —Sin esperar respuesta, se acercó a otro
ordenador y puso un vídeo en el
enorme
monitor que había
frente a la mesa de control—. Mira.
Capítulo 20
Honor hizo lo que le pedía porque Vivek, estuviera
de mal humor o no, jamás le h perder el tiempo. No cuando sabía lo importante
que era aquello para ella.
Las imágenes procedían de un reportaje de tráfico
de una de las emisoras de televisión locales. De pronto, la efervescente
reportera rubia empezó a gritarle
al cámara que enfocara algo más de cerca.
Cuando el cámara lo hizo, lo primero que vio Honor
fue el brillante cabello platino de la mujer que corría
por la calle. Tenía las piernas largas y una
elegancia extraordinaria. Un instante después, el motivo del apremio de la
reportera se hizo evidente: había un hermoso espécimen masculino que perseguía
a la mujer con la rapidez y la ferocidad de una pantera. Su camisa estaba
salpicada de sangre.
Honor estaba fuera de la ciudad cuando tuvo lugar
aquella infame persecución por Manhattan, y aunque había leído algo sobre el
tema, nunca había llegado a ver el vídeo. En las imágenes siguientes Elena sacó
un arma y se volvió como si fuera a disparar a Dmitri... pero justo en ese
momento, una preciosa motocicleta negra frenó en seco a un par de pasos de
distancia.
La cazadora se subió a la moto y se agarró con
fuerza al conductor mientras se alejaban del peligro a toda velocidad. Dmitri,
cuyo pecho apenas se movía a pesar de la intensidad de la persecución, se quedó
en la acera... y le lanzó un beso a Elena.
—Ese —dijo Vivek con tono preocupado y serio— es el
tío que te pone cachonda. Ellie
me dijo que le
cortó el cuello y que a él le gustó.
A Honor se
le puso la
piel de gallina y notó un
escalofrío que recorrió su espalda de arriba abajo.
—En ocasiones —dijo mientras pensaba en la
violencia que había percibido en Dmitri, en su despreocupada crueldad—, la
lógica no
sirve de nada.
Vivek abrió la boca para replicar, pero al parecer
se pensó mejor lo que iba a decir.
—Limítate a tener mucho cuidado,
¿vale? Y si alguna vez necesitas desaparecer, lo
único que tienes que hacer es decírmelo. —Se acercó a otro de los ordenadores
antes de que ella pudiera
responder—. Estoy transfiriendo
los datos aquí también. Pondré en marcha algunos algoritmos de búsqueda para
revisar el archivo utilizando palabras clave mientras tú examinas los correos
electrónicos.
Pasaron
veinte minutos antes
de que Honor lo encontrara: una cadena de correos escondidos entre los
comerciales. El título del asunto parecía el nombre
de un proyecto inofensivo. La única razón por la que lo había mirado era que
estaba fechado al comienzo de su período de cautividad.
El primer mensaje decía: «¿Te han enviado una
invitación?».
La respuesta era sencilla: «Te llamaré».
Dos días después: «Hacía un siglo que no me sentía
tan vivo».
La respuesta: «Había olvidado lo que era dar caza a
mi presa».
Sin embargo, lo cierto era que aquellos cobardes no
habían cazado nada. Se habían limitado a aprovecharse de una mujer atrapada, a
merced de sus sucios placeres.
Con palpitaciones en las sienes, Honor comprobó la
dirección de correo del amigo de Tommy. No se sorprendió ni lo más mínimo al
ver quién era.
—Dieron por hecho que nadie miraría esto. —Después
de todo, se suponía que Honor no saldría viva de aquel foso. Jamás.
«—Leon y sus amigos no son tan sofisticados como
mis invitados. — Recibió un beso lento que le revolvió el estómago—. Será
interesante comprobar lo que queda de ti después de que se den un festín. Pero
antes...
Cayeron chorros de agua a presión helada en su
cuerpo, creando cardenales encima
de los que ya había.
El penetrante olor de la lejía impregnó la
sala de repente, y el chorro de agua cambió de
dirección y apuntó al suelo durante largos minutos. Alguien le abrió la boca a
la fuerza.
—Ahora vamos a lavarte bien. No querría que tu
cuerpo me traicionara cuando lo encuentren en la basura.»
Vivek no tardó más que un par de minutos en
conseguir una dirección física y
una biografía relacionada
a partir del correo electrónico que ella le había dado.
—Jewel Wan —dijo al tiempo que le mostraba una
fotografía de una mujer china.
Los
siglos de vampirismo habían
borrado todo rastro de humanidad y la habían convertido
en una estatua
de hielo cuyos ojos brillaban como los diamantes que llevaba alrededor
del cuello.
—Es un miembro de la alta sociedad —añadió Vivek—.
Pasa muchísimo tiempo en compañía de humanos.
«Sintió el tacto de un cabello brillante y
liso sobre su piel cuando unas manos de mujer le acariciaron las
costillas.
—Cuántos músculos, incluso ahora.
—Era una voz suave, muy femenina—. Los chicos son
muy rudos, ¿verdad? — La tocaba con una delicadeza que pretendía arrullarla—.
Yo me aseguraré
de que no te duela.» Pero había dolido.
Antes de lo ocurrido en el sótano, Honor no sabía
que era posible luchar contra el placer
causado por el mordisco de un vampiro, pero había
aprendido a hacerlo en aquella sala de tortura, después de las tres primeras
veces que el organizador de su secuestro le había provocado orgasmos que la
hicieron vomitar. Una violación no resultaba menos dolorosa por el hecho de que
se llevara a cabo a través de la sangre.
A Jewel Wan no le había gustado esa rebeldía.
«Se oían risas, suaves y perversas.
—Disfrutaré quebrando tu
voluntad.
Cuando acabe, me
llamarás
"ama" y me suplicarás que te acaricie.»
Algo frío, muy frío, se deslizó por
las venas de Honor y acabó instalándose en su
pecho.
—Dame su dirección. Vivek hizo girar su silla.
—Tiene cuatrocientos cincuenta años, Honor. —No se
molestó en ocultar la preocupación de su voz—. No es muy poderosa para tener
esa edad, pero tiene fuerza suficiente para partirte todos los huesos, a pesar
de su escasa estatura.
«Una
presión cortante en el
costado. Uñas que presionaban hasta hundirse en su piel. Dedos rodeándole una
costilla.
—Ahora... —un susurro malicioso
—, ¿quién es tu ama?»
Sintió un
pinchazo en la
costilla que Jewel Wan le había fracturado. El agujero que tenía en el
costado se había curado y la cicatriz era tan minúscula que apenas se notaba,
pero en esos momentos latía como si fuera enorme.
—La buscaré sin tu ayuda. —No sería difícil
dar con ella,
dada su elevada posición entre
los vampiros.
—No,
espera. Toma. —Vivek le dio la dirección—. Por favor, no
seas estúpida.
Su mente le gritaba que lo pensara mejor, pero
aquellos gritos quedaron enterrados bajo el abrumador recuerdo sensorial de
unas uñas afiladas, de un cabello como seda líquida. Tocándola.
Hiriéndola. Sintió la bilis en la garganta,
pero se
obligó a tragarla;
luego memorizó la dirección y se marchó. Vivek le gritó algo, pero ella
ya no le prestaba atención. El
rugido de su interior era como un trueno.
Jewel Wan vivía en una mansión situada en Hudson
Valley, lo que significaba que necesitaría
un coche para llegar allí. Sin
embargo, cuando subió al piso superior para solicitar uno, le dijeron que
acababan de cancelar su acceso a los recursos del Gremio.
Vivek.
Sin molestarse en discutir, salió del edificio, y
se fijó en el tráfico denso, aunque fluido, que había antes de la hora
punta. Paró un taxi en
cuestión de
segundos y le dio la dirección de la oficina de
alquiler de coches más cercana. Sacó la tarjeta de crédito, rellenó el papeleo
con impaciencia y quince minutos más tarde salía de la ciudad con un
todoterreno pequeño y manejable.
«Sé
racional, Honor. Si te
presentas allí, ella te matará.»
Apenas
había terminado de pensarlo cuando otra parte de su mente
dijo: «No antes de que le haga unos cuantos agujeros.»
«¿Y qué pasará con los demás?», preguntó esa
pequeña parte coherente que le quedaba. «¿Esos a los que no
podrás encontrar porque
estarás muerta?»
«¡A ella sí voy a encontrarla, joder!»
Las voces guardaron silencio, desconcertadas por la
neblina roja de la intensa furia que sentía en ese instante. Hasta ese momento,
Honor no sabía que era capaz de odiar con tanta fuerza.
Dos horas y un millón de llamadas perdidas después,
contempló la recta vacía de la
carretera que tenía
por delante y vio la silueta de un helicóptero que se interponía en su
camino.
—¡No! ¡No!
Frenó en seco, abrió la puerta y salió para
interceptar al hombre que caminaba hacia ella. Vestido de negro, parecía formar
parte de la oscura noche que se acercaba,
pero el pecho
que
subía y bajaba era muy real, y ella lo empujó con
las manos.
—¡Aparta ese artefacto de mi camino!
Los ojos de Dmitri estaban llenos de una furia
incandescente y serena.
—Creía que tenías cerebro, Honor.
—Ya, bueno, pues parece que no lo tengo. —Al ver su
expresión seria, se dio la vuelta para regresar al coche.
Había otras formas de llegar a la ostentosa casa de
Jewel Wan.
Pero Dmitri cerró la puerta del vehículo antes de
que ella llegara al coche.
—Jewel
tiene perros entrenados que corren libres por su
propiedad, y cuatro guardias de
seguridad bien
armados.
—Quita la mano de la puerta. — Sacó la pistola y
apretó el cañón sobre el pecho del vampiro con la fuerza suficiente para
dejarle un moretón—. Con esto —dijo mientras quitaba el seguro—, te
dejaré fuera de
combate unas horas.
—¿Qué tiene esta de especial? — Era una pregunta
tranquila que la hirió como un arma y destruyó la coraza de hielo que la
protegía hasta ese momento
—. Con Valeria conservaste una calma sobrehumana,
pero Jewel te ha vuelto loca.
Honor sintió un espasmo en los músculos. Apartó la
pistola antes de dispararle por accidente,
le puso el
seguro una vez más y volvió a la carretera por la
que había conducido apenas dos minutos
antes. Cuando Dmitri se situó a
su espalda, Honor supo que su intención era evitar que el piloto la viera. Ese
pequeño gesto acabó de destrozarla.
—Jewel no me hizo daño —dijo con un
susurro ronco—. No
hasta el final.
—Y aun así la odias hasta límites que rayan en la
demencia.
Dmitri le acarició los antebrazos con las manos, y
a Honor le sorprendió descubrir que no quería apartarse. Permitió que la
estrechara contra su pecho, que el
calor del vampiro
le calara hasta los huesos.
Eso no sirvió para disipar la sensación de
vergüenza y humillación que le había hecho un nudo en el estómago, pero
derritió los últimos fragmentos de hielo y la dejó expuesta, vulnerable.
—A excepción del organizador y sus jueguecitos
iniciales, los demás — dijo, temblando a causa de un frío que nada tenía que
ver con la temperatura ambiente—,
sin importar lo que
hicieran, solo intentaban obligarme a sentir placer con sus mordiscos.
Dmitri le frotó los brazos con las manos. Honor
sentía su aliento cálido en la sien.
—Todo lo demás —continuó, disfrutando del calor del
vampiro— era
una cuestión de poder, de control. —Al ver que
eso no conseguía acabar con ella, se habían divertido haciéndola
gritar—. Pero Jewel... me inyectó algo y luego me acarició. —Con mucha
delicadeza, con ternura. De una forma horripilante.
En esos momentos le resultaba casi imposible
introducir aire en los pulmones. Tenía la respiración entrecortada y su sangre
circulaba en estallidos erráticos. Pero pronunció las palabras, porque la
vergüenza era demasiado grande para guardársela dentro.
—Me hizo llegar al orgasmo. Una y otra vez. —La
traición de su cuerpo había roto algo dentro de ella y se había
llevado
consigo el último
vestigio de orgullo.
Las manos de Dmitri le apretaron los brazos.
—No solo los hombres —dijo con una voz tensa y
controlada— pueden excitarse en contra de su voluntad.
Honor se estremeció y entonces se dio la
vuelta entre sus brazos para apoyar
la cara sobre
su pecho. Sin contar los rápidos achuchones de Ash, era
la primera vez que permitía que alguien
la abrazara después
del secuestro, la primera vez que se veía capaz de soportarlo. Quizá
fuera porque la humillación que sentía era tan grande que no dejaba espacio
para el miedo. O tal vez porque él la comprendía como
nadie.
—La odio, Dmitri. —Y ese odio era un cuchillo duro,
dentado y afilado en sus entrañas—. Más que a todos los demás.
Dmitri le acarició el cabello y agachó la cabeza
para susurrarle una oscura promesa al oído.
—Puedo hacerle lo que te hizo a ti.
—Honor sintió algo parecido a una caricia de satén
negro—. No me costaría nada convertirla en un cascarón llorón y suplicante.
La reacción de Honor fue inmediata... y violenta.
—No. No tocarás a esa zorra. —Y acto seguido,
tal vez porque
estaba medio loca, añadió—: Si lo
haces, te
juro
que te volaré
las manos de un
disparo.
Él era suyo, y le daba igual si era la obsesión
quien hablaba. Le daba igual haberse prometido que no
lo diría en voz alta. Dmitri era suyo.
Sintió una vibración contra su pecho. La risa de
Dmitri.
Realizaron el resto del trayecto en coche. Si bien
el helicóptero habría sido mucho más rápido, decidieron aprovechar el tiempo
extra para que ella se calmara. Aquello resultó imposible, pero al menos
consiguió controlar sus emociones
para evitar un comportamiento impulsivo y estúpido en
la confrontación que tenían por delante.
Cuando recorrían el
último tramo de carretera (que carecía de farolas), el teléfono móvil
sonó de nuevo. Esta vez lo cogió.
—Vivek...
—Honor, ¿estás bien?
—¿Te refieres a si estoy bien aunque me hayas
echado a Dmitri encima?
Él soltó una risotada tensa.
—No es culpa mía que tengas amigos que dan miedo.
—Estoy bien. —Dmitri le había salvado la vida, y
sería una imbécil si no lo reconociera—. Gracias.
Vivek
intentó ocultar su
alivio, pero Honor lo percibió de todas formas.
—Ya, bueno, ahora me debes dos cenas. —Se oyó un
pitido—. Espera. — Luego dijo—: Jewel Wan se ha puesto en movimiento. Me he
colado en el sistema de su compañía de seguridad y he conseguido acceso a las
cámaras de la propiedad. Según parece, ha hecho el equipaje y se larga cagando
leches.
—¿Guardias?
—Dos
delante del coche
y otros dos con ella, por lo que puedo ver. La imagen no es demasiado
buena, así que podría haber más.
Honor colgó e informó a Dmitri.
—¿Esta es la única carretera que pasa por la
mansión de Wan?
Su respuesta fue una sonrisa escalofriante.
La cazadora siguió su mirada y vio los faros de un
coche que brillaban en la oscuridad antes de desaparecer cuando el vehículo
tomó una curva. Un segundo destello apareció justo después. No dijo nada
mientras Dmitri aparcaba el coche de alquiler bloqueando la carretera y lo
siguió en silencio fuera del vehículo.
Formaban parte de las sombras de los árboles que
había junto a la carretera cuando el primer coche se detuvo. Apareció una
pistola por la ventanilla.
—Yo no h eso —dijo Dmitri con una voz
tranquila que atravesó
el silencio nocturno.
La pistola vaciló, pero no se retiró, aunque era
evidente que el vampiro no sabía adónde apuntar.
—Te lo advertí. —Tras esas palabras, Dmitri
desapareció como una sombra en la oscuridad.
Mientras Honor lo cubría, Dmitri hizo añicos la
ventanilla del coche que tenía más cerca, metió el brazo y sacó al vampiro que
conducía. Lo arrojó
al suelo con tanta fuerza que se oyó el crujido del cráneo. El compañero
del chófer empezó a disparar. Por desgracia para él, Dmitri ya no estaba en el
lugar al que apuntaba. Mientras ella le quitaba la pistola de una patada al
conductor inconsciente, oyó el chasquido típico de un cuello al romperse.
Todo ocurrió tan rápido que ya tenían a los dos
primeros vampiros neutralizados cuando el segundo coche
metió la
marcha atrás para poder largarse a toda prisa. Tras recoger el arma que
había apartado de una patada, Honor apuntó a la resplandeciente limusina y
disparó, primero a los neumáticos y luego al parabrisas.
El cristal se hizo pedazos, empezó a salir
humo y el
coche se estrelló marcha atrás contra los árboles, que
se estremecieron a causa del impacto pero no llegaron a caerse.
Dmitri ya estaba encima del vehículo y
desgarró el techo
en un alarde de fuerza que dejó
bien patente que no era humano. Los guardias del interior, con el cuerpo lleno
de agujeros de bala, no hicieron el menor intento por defender a
su jefa. Dmitri
agarró a
Jewel Wan del pelo, tiró de ella hasta sacarla del
asiento trasero y luego la arrojó a la zona de carretera iluminada por los
faros de la limusina destrozada.
Capítulo 21
—Todo el que quiera salir de esto con vida —dijo
Dmitri en voz baja después de ordenarle
a Jewel que cerrara la boca—, que salga y espere en
la propiedad. Si queréis hacerme muy feliz, intentad huir.
Los guardas salieron a trompicones y, dicho sea en
su favor, fueron a comprobar cómo se
encontraban los otros dos.
Dejaron al que tenía el cuello roto, lo que quería decir que era demasiado joven
para recuperarse de una lesión semejante, pero arrastraron al
chófer con ellos. Y todo en
absoluto
silencio. Jewel Wan, entretanto, se arregló el
cabello con los dedos y se puso en pie con dificultad. Le sangraban las
rodillas bajo el vestido ceñido de seda negra, y tenía arañazos en las palmas
de las manos a causa de la caída.
Nada de eso paliaba su arrogante elegancia.
—Así que has venido —le susurró a Honor—. Qué
bocadito tan delicioso...
Honor deseaba tanto disparar que le temblaba todo
el cuerpo, pero no lo hizo.
—No te mataré. No te pondré las cosas tan fáciles
—dijo. Se obligó a avanzar y a sentarse en el capó de la limusina sin techo,
con los faros bajo las piernas—.
¿Dmitri? —El vampiro
se
acercó y apoyó la mano en el montante del techo
antes de inclinarse hacia ella
—: Ni un solo pedazo de tu alma —le dijo en un
susurro.
Dmitri estaba tan cerca de ella que Honor pudo
notar la piel áspera de su mejilla y ver su sonrisa... Y vio también el terror
que borró la
maltrecha elegancia de los rasgos de Jewel Wan. Pero la vampira era una
mujer de negocios.
—Puedo proporcionarte información.
—Lo dices como si tuvieras algo con lo que
negociar. —Dmitri apoyó la espalda en el coche. Los músculos de sus hombros se
movieron con fluidez, y Honor inhaló su pecaminosa esencia con
cada
respiración—. Ambos sabemos que
me contarás todo
lo que quiero saber antes de que esto acabe.
Jewel enseñó los colmillos.
—Soy
una vampira de cuatrocientos cincuenta años. ¿Pretendes
sacrificar semejante experiencia por...?
¿Por qué? ¿Para que esta mortal se divierta un
poco? Ya la he poseído, y te aseguro que no es tan...
Dmitri avanzó para darle una bofetada con el dorso
de la mano, tan fuerte y tan rápido que la vampira se estrelló contra un árbol
y cayó al suelo hecha un guiñapo, con la nariz ensangrentada y un corte
profundo en el labio.
—Ahora —dijo Dmitri con un tono
de voz tan racional que a Honor se le erizó el
vello de la nuca—, cuéntamelo todo.
Si te portas
bien, quizá no le
ordene a Andreas que te dedique una atención especial.
Se oyó una súplica sollozante de la vampira, que
parecía indefensa, frágil. Pero Honor sabía que no lo era. Jewel siempre sería
un monstruo. Un monstruo con un envoltorio
que parecía inofensivo. Mostrarle
piedad sería sentenciar a otra víctima al horror al que Honor había sobrevivido
a duras penas.
—Dmitri —dijo, porque aunque el vampiro era una
criatura peligrosa y letal, era suyo y lucharía por él—, ¿qué es lo que te he
dicho?
—Lo
siento. —Sonrió. Resultaba
increíble lo guapo que estaba a pesar del hedor
rancio del miedo y la sangre que los rodeaba—. Me he dejado llevar.
—Volvió
a concentrarse en
Jewel—:
¿Por qué no hablas? —le preguntó en un tono casi
desinteresado... Con el mismo tipo de desinterés que mostraría un león por la
presa que pensaba desgarrar en cuanto tuviese hambre.
—Recibí una invitación —dijo la vampira de
inmediato. Su boca
no dejaba de sangrar—. Está en el estudio de mi casa. En el escritorio.
—Alzó el brazo para limpiarse la sangre que goteaba desde su nariz, y el gesto
dejó un rastro rojo oscuro en su piel de porcelana—. Tommy era uno de ellos.
Insinuó algo en una fiesta e hice que lo
siguieran. Ese estúpido nunca tomaba precauciones.
Razón por la cual, pensó Honor, a Tommy le habían
retirado la invitación de por vida.
—No nos has contado nada que no sepamos ya —le dijo
Honor.
La vampira la fulminó con la mirada.
—Cierra el pico, mortal.
Dmitri retrocedió para apoyarse de nuevo en el
coche y echó un vistazo a Honor.
—¿No puedo tocarla ni un poquito?
—Cuando miró de nuevo a Jewel, su sonrisa era
puramente sexual... Si a uno le gustaba el sexo mezclado con mucho
dolor... o gritar
hasta destrozarse la
garganta—. Tu piel parece muy suave, Jewel...
—murmuró, y aunque no había nada amenazador en sus palabras, si le hubiera
hablado a Honor en ese tono, lo habría cosido a balazos y se habría largado a
toda velocidad.
Fue entonces cuando el vampiro sacó el cuchillo.
Jewel se apretó contra el árbol y empezó a
gimotear.
—Seguro que Evert sabe algo. Tommy y él lo hacían
todo juntos, pero no formaban parte del núcleo. El que organizó esto se aseguró
muy bien de ocultar su identidad, pero corre el rumor en ciertos
círculos de que
una vez trabajó en la Torre.
¿Cómo si no conocería los apetitos
de tantos
vampiros?
—En ciertos círculos... —dijo Honor, que puso la
mano en el hombro a Dmitri para recordarle que no merecía la pena perder otro
pedazo de alma por Jewel—. ¿Cuáles?
Bastó una sonrisa de Dmitri para que la vampira
dijera tres nombres.
Después de quince minutos más de interrogatorio,
quedó claro que no sabía nada más. Aunque
Dmitri no había vuelto a ponerle la mano encima, la
vampira estaba como petrificada; le castañeteaban los dientes y no paraba de
mover los ojos hacia los lados.
Por un instante,
Honor sintió lástima por ella.
—Basta, Dmitri.
El vampiro se movió a una velocidad sobrehumana y
le rompió el cuello a Jewel antes de que esta tuviera la oportunidad de coger
aire o gritar.
—No está muerta —dijo después de hacerlo—. Con su
fuerza, lo único que la mataría sería la decapitación. Veneno la llevará a casa
de Andreas en el helicóptero.
—Creí que la idea de que la torturaran haría que me
sintiera mejor — dijo Honor, desconcertada por la brutal rapidez del castigo—,
pero no es así.
—No podemos mostrar piedad. — Eran las palabras de
un ser que había contemplado el paso de muchos siglos y ríos de sangre
empapando la tierra—. Si se corriera la voz de que nos limitamos
a llevar a cabo ejecuciones limpias, los
Convertidos perderían el miedo que les impide hacer cosas como estas más a
menudo. —Envió un mensaje a Veneno mientras hablaba—. Para los antiguos, la
muerte no es una amenaza. Pero el dolor... Todo el mundo teme el dolor.
Honor lo entendía, y desde luego no sentía ningún
tipo de lealtad hacia Jewel, pero aun así...
—Me parece tan...
—¿Inhumano?
—Esbozó una sonrisa siniestra—.
Nosotros no somos mortales, Honor. Nunca lo seremos.
La
cazadora se preguntó
si le estaba haciendo una especie
de advertencia. Si ese era el caso, resultaba innecesaria.
—Siempre
te he visto
tal como eres, Dmitri. —Estaba
segura de que había algo más en él, pero aquella faceta de su oscuridad estaba
tan integrada en su naturaleza que resultaba imposible ignorarla.
En ese instante comenzó a oírse el ruido de las
aspas del helicóptero. Veneno aterrizó unos instantes después. El vampiro soltó
un silbido al ver la carnicería, pero no dijo nada. Se limitó a recoger el
cuerpo de Jewel Wan y a meterlo en el helicóptero con la misma delicadeza que
si se tratara de un saco de patatas.
—¿Queréis dar un paseo?
—No, iremos en el coche.
Veneno miró a Honor con
expresión valorativa, pero se subió al helicóptero
sin decir nada y se elevó en el aire.
Dmitri y ella dejaron las limusinas donde estaban y
regresaron juntos al coche de alquiler. Un par de llamadas más tarde, Dmitri
había arreglado la desaparición de los coches y de los guardias.
—¿Qué les pasará a ellos? —le preguntó la cazadora.
—Siempre que demuestren que no sabían lo que hacía
Jewel, a los dos que no me amenazaron con un arma no les pasará nada. El otro
sufrirá un castigo.
—Sus ojos se clavaron en ella durante un instante—.
Al desobedecerme, desobedeció a Rafael.
Y eso no se
puede permitir.
Si pasaran por alto cosas así, muchos de
los Convertidos romperían sus contratos, se rendirían a la
sed de sangre y comenzarían a cazar presas vivas.
—¿Conoces los tres nombres que te dio Jewel?
—Sí. Forman parte del mismo círculo social que ella
y los demás.
—Es tan zorra que podría haber incluido un nombre
que no esté involucrado solo por despecho.
—Lo
averiguaremos muy pronto. He dado órdenes de vigilarlos. Los
llevarán a la
Torre mañana por la
mañana para interrogarlos.
—Solo quiero acabar con esto —
dijo Honor después de un largo suspiro. Quería
seguir con la vida que había decidido vivir.
—Lo harás.
Sentada en el asiento del acompañante, Honor
contempló el paisaje que dejaban atrás
mientras Dmitri la consolaba con una esencia sensual e
irresistible a base
de chocolate y pieles. El movimiento del coche resultaba relajante, y la
arrulló hasta que se quedó dormida.
«—Eres mi esposa.
—Y tú eres un hombre celoso. — Se enterró las manos
en el pelo y soltó un suspiro—. Si hay alguien con motivos para tener celos soy
yo.
—Sabes que jamás tocaría a otra
mujer.
—¿Y crees que yo sí tocaría a otro hombre?
Silencio y un rostro lleno de sombras.
—Otros hombres te desean.
Ella sacudió la cabeza y extendió el brazo para
acariciarle la mejilla, cubierta de barba incipiente.
—No soy ninguna belleza.
Él le rodeó
la muñeca con
los dedos y le colocó la otra mano en la cintura.
—Tú no lo ves, pero yo soy un hombre y me doy
cuenta.
En ocasiones se preguntaba cómo era posible que él
la quisiera, aquella criatura tan hermosa a la que todas las
mujeres del pueblo miraban con admiración. Parecía
que supieran cómo se movía cuando estaba dentro de una mujer, cómo jugaba con
el cuerpo femenino hasta que una estaba dispuesta a hacer cualquier cosa que él
deseara. Pero estaba segura de que no lo sabían. Porque él la había esperado, a
pesar de que su cuerpo exigía satisfacción y sin duda había recibido ofertas de
mujeres que no honraban a sus esposos.
—Tú eres mi corazón —le dijo al tiempo que le cogía
la mano para colocársela sobre su órgano palpitante
—. Daría igual que otro hombre me hiciera un millar
de promesas, porque soy tuya.
—¿Para siempre?»
—Para siempre.
—Honor...
Hizo caso omiso de la voz masculina que intentaba
sacarla del mundo de los sueños y luchó con todas sus fuerzas para aferrarse a
él... porque la mujer que
era en aquel lugar neblinoso amaba y era amada con tal
intensidad que resultaba incluso aterrador.
—Honor... —Sintió una caricia de orquídeas y oro.
Decadente, exuberante, provocadora.
Se incorporó de golpe en el asiento y descubrió que
ya estaban en el garaje que había bajo su edificio.
—Me he quedado dormida.
En un coche. Con un hombre. No
con un vampiro.
—Estabas sonriendo.
—Solo era un sueño. —Uno tan vivido que casi podía
sentir la barba incipiente de la mandíbula de su amante en la palma de la
mano—. ¿Tú sueñas?
Dmitri
aparcó el todoterreno
y luego estiró el brazo para deslizar un dedo por las líneas que se le
habían marcado en la mejilla mientras dormía.
—En sueños, recuerdo cosas ocurridas hace muchísimo
tiempo.
Honor inclinó la cabeza hacia la mano que
la acariciaba. Tenía
una extraña sensación de déjà vu.
—¿Cosas buenas? —preguntó, pero la sensación se
desvaneció tan rápido como había aparecido.
Las densas pestañas negras del vampiro descendieron
un instante antes de alzarse de nuevo.
—Hay ocasiones en las que ni siquiera los buenos
recuerdos son bienvenidos. —Sus palabras parecían distantes, pero no rompió el
contacto.
Un instante después los faros de un coche
iluminaron el garaje, destruyendo la intimidad del momento... aunque ninguno de
ellos se movió.
—Sube conmigo.
Unas semanas atrás ni siquiera se habría planteado
formular una invitación así. Pero en
aquel entonces era
una mujer muy diferente.
Dmitri le acarició la barbilla con el pulgar antes
de apartar la mano, pero
Honor no necesitaba palabras para interpretar la
siniestra pasión que veía en sus rasgos. De pronto, los labios del vampiro
esbozaron una sonrisa sensual, erótica y tentadora.
Honor, que sentía el pulso descontrolado en la
garganta, salió del coche y lo guió hasta los ascensores, consciente en
todo momento de las
hebras de esencia que él tejía a su alrededor. Puesto que no era lo bastante
susceptible para que la obligaran a nada, se permitió disfrutar de la deliciosa
sensación.
El vampiro recibió una llamada justo antes de
entrar en el apartamento. Honor no consiguió enterarse de nada, pero él le
contó los detalles en cuanto
colgó.
—Veneno
me ha confirmado
que dos de los nombres que nos dio Jewel ya se encuentran bajo
vigilancia. Está rastreando al tercero. —Dejó el teléfono móvil en la mesita de
café y añadió—: Creo que por el momento será mejor que nos limitemos a
vigilarlos.
Por más satisfactorio que fuera precipitar las
cosas, lo de la vigilancia continuada tenía más lógica.
—Llamé a Sara para decirle lo que averiguamos sobre
una posible segunda víctima. Todo el
personal del Gremio está avisado.
También le había enviado un mensaje a Ashwini, y se
había quedado mucho más tranquila
al saber que su
mejor amiga trabajaba en un caso con Demarco. Sería
muy, muy difícil atrapar a dos cazadores.
Dmitri asintió con la cabeza.
—Me aseguraré de que Veneno mantenga informada a la
directora del Gremio. —Se acomodó en el sofá e hizo un gesto con el dedo
índice—. Ven aquí.
Honor se quitó el calzado y los calcetines y estiró
la espalda con languidez, tanto para aflojar la tensión de los músculos como
para complacer a Dmitri, que la observaba con abierta admiración. Una vez que
se estiró bien, le devolvió el
favor. Había muchas cosas deliciosas que admirar en él.
Vaqueros negros, un
cinturón sencillo con una hebilla
gastada, una sencilla
camiseta negra... aquel tono austero resaltaba aún
más su intensa sensualidad.
Ninguna mujer lo echaría a patadas de su casa, y
mucho menos de su cama, pensó Honor.
Avanzó por la alfombra para situarse entre sus
piernas.
—Perderé
los papeles —le
dijo. Le hería el orgullo admitir algo así, sin embargo la otra opción
era ocultarlo, y Honor no quería
volver a ser
una conejita asustada, como la llamaba Dmitri.
Él señaló la cartuchera del hombro y las fundas de
los cuchillos.
—Quítatelas.
Desde el secuestro, Honor llevaba
armas encima en todo momento, tanto despierta como
dormida: bajo la almohada, escondidas a un lado de la mesita de noche, en la
parte de atrás del cabecero... La idea de deshacerse deliberadamente de todas
ellas en compañía de un vampiro tan poderoso como Dmitri hizo que se le
desbocara el corazón, que se le secara la boca y que se le cerrara la garganta.
—¿Quieres conservar un cuchillo?
—preguntó él en un murmullo grave.
Honor lo pensó con seriedad mientras dejaba
la pistola y el arnés para dejarlos en la mesita de café. Los
siguientes fueron la funda del muslo, la linterna que llevaba a la espalda y la
afiladísima daga que
guardaba en el
cinturón. Lo dejó todo, incluido el cinturón, junto
a la pistola.
Dmitri la miró intrigado cuando
se llevó el brazo a la espalda y sacó un largo cuchillo de una vaina oculta; la
hoja tenía la anchura de la uña de su dedo meñique. La única daga que le
quedaba era la de la funda del brazo.
Al tocarla, miró a la criatura peligrosa y
sensual que estaba
en el sofá. Cuando pensó en
cortarlo de nuevo... notó una sensación de rechazo tan intensa que la habría
desconcertado de no ser porque con Dmitri ya había tenido un montón de
reacciones inexplicables.
—Nada de armas —dijo mientras dejaba el último
cuchillo en la mesa—.
Dame las tuyas.
Tanto si era un vampiro como si no, Honor sabía que
podría utilizar las armas de Dmitri contra él.
Él
empezó a entregárselas
y a Honor le llegó el turno de
contemplarlo. Una vez que ambos acabaron, el montón de cuchillos y pistolas que
había encima de la mesita
de café parecía
una armería.
—Creo que tenemos un problema, Dmitri.
—Todavía no he acabado. — Desabrochó la hebilla del
cinturón y empezó a quitárselo.
Honor bajó la mirada. Quizá fuera porque tenía los
ojos vendados mientras Tommy y los demás la torturaban, pero
no tenía problemas para admirar un buen cuerpo
masculino. Y el de Dmitri... Qué maravilla...
—¿Es como el mío? —preguntó mientras lo acariciaba
con la mirada. La camiseta negra se tensaba sobre unos abdominales duros como
piedras.
—Echa un vistazo.
Honor cogió el cinturón y vio el delgado alambre
incrustado en el cuero. Podría sacarlo de un tirón y utilizarlo como un
estrangulador letal.
—Muy listo.
—Me lo dio Illium hace un par de años.
—No me parece propio de él... — deslizó los
dedos por el cuero,
suavizado por el uso—, pero conozco a
muchos cazadores que también parecen inofensivos.
—Deja el cinturón, Honor. — Esbozó una
sonrisa sexy—. A menos
que pienses utilizarlo.
Con un nudo en el estómago, Honor soltó el cinturón
y volvió a situarse entre sus piernas abiertas.
—Creí que te gustaban las correas y las cuerdas.
Cuando se inclinó hacia delante y le subió la
camiseta, Dmitri no cambió de posición. Parecía un pachá esperando a que
lo sirvieran. La
piel de su abdomen tenía el mismo tono bronceado que
el rostro.
—¿Toda tu piel tiene el mismo tono?
—Solo hay una forma de que
averigües la respuesta.
Capítulo 22
Al alzar la vista, Honor vio unos ojos entrecerrados, unos
labios sonrientes satisfechos... y una
sensualidad tan letal como las armas que había encima de la mesa. No era de los
hombres que se mostraban dulces en la cama.
—Quítate la camiseta —le dijo. Dmitri lo hizo
rápidamente... y dejó
a la vista
unos hombros musculosos, unos abdominales que a Honor le
dieron ganas de lamer y una fina línea de vello que desaparecía bajo la
cinturilla de los vaqueros.
—¿Ya
empezamos con las órdenes?
—murmuró él mientras arrojaba la camiseta a
la alfombra—. Tal vez quieras
coger un látigo.
—Tal vez.
La obsequió con una sonrisa perversa.
Honor dio un paso atrás, le juntó las piernas y se
sentó a horcajadas sobre él. Dmitri la dejó hacer, y ella sabía muy bien por
qué. Si la quisiera tumbada de espaldas
en la alfombra,
estaría allí antes de darse
cuenta. Pero aquello no sería algo forzado
ni doloroso. Sería algo muy diferente. Honor no sabía muy
bien por qué, pero sí que era importante.
Dmitri era la encarnación de la masculinidad.
Muslos duros como rocas
y un calor corporal que la seducía lentamente, tan
despacio que ella ni siquiera se resistió...
a pesar de que
sabía que las cosas nunca eran tan sencillas con Dmitri. Porque el vampiro
era de
los que aprovechaban hasta la más mínima debilidad.
Comenzó a explorar con la yema de los dedos a
aquella misteriosa criatura sensual que debería haberle inspirado miedo y que,
sin embargo, hacía que se sintiera a salvo de una forma que no podía explicar,
aunque a veces
la aterrase su brutalidad. Por descabellado que fuera, confiaba en
Dmitri.
Cuando deslizó el dedo índice por la zona superior
de los músculos abdominales, él se
encogió. Solo un
poco, pero Honor lo notó. Así que lo hizo de
nuevo... y vio un minúsculo asomo de sonrisa, tan peligrosa como sensual.
—Cuánta paciencia... —le dijo mientras apoyaba los
antebrazos en su pecho y se inclinaba hacia delante—. Supongo que
la inmortalidad te da
tiempo de sobra para aprender muchas cosas.
La mirada del vampiro no se apartó de su boca.
—Bésame.
Honor trazó el contorno de sus labios con la punta
del dedo, demorándose un poco más en el inferior. Había visto su boca rígida
por la furia, curvada por la diversión y la burla. Y
siempre había deseado saborearla. Pero había un
problema.
—Ellos se alimentaron de mi boca. Sus ojos de color
chocolate negro
se volvieron negros y letales de repente. Sin
embargo, su respuesta fue breve.
—Ineficaz.
—Sí.
—Más que alimentarse,
lo que querían era desgarrarla con los colmillos, hacerle daño.
Dmitri se acomodó mejor y Honor sintió cómo se
contraían sus músculos. El vampiro tenía muchísima fuerza, pero una vez más
dejó que fuera ella quien hiciera el siguiente movimiento. Honor no cometió el
error de creer que eso era una muestra de ternura por su parte. No, Dmitri era
un depredador... y la estaba
acechando. De una forma lenta y
deliberada.
—No te muevas —le dijo antes de inclinarse hasta
que sus alientos se mezclaron.
El rostro del vampiro no revelaba nada. Honor
habría pensado que no lo afectaba ni lo más mínimo de no haber sentido la
tensión de su cuerpo... un cuerpo creado para la condenación de las mujeres.
El
primer contacto de sus
labios fue un mero roce. A Honor le latía el corazón a mil por hora, y no
a causa del miedo, así que succionó con delicadeza su labio superior antes de
liberarlo y pasar la lengua por el inferior, disfrutando de
aquel hombre que se
había convertido en su afrodisíaco personal.
El pecho masculino subía y bajaba bajo las manos a
un ritmo que ya no era regular. La parte más femenina de Honor se sintió muy
satisfecha. Tenía la certeza de que Dmitri había saboreado ya todos los
placeres sensuales existentes, todos los pecados del mundo... pero, aun así,
había reaccionado con ella. Y sabía que su reacción era auténtica. Dmitri no
era de los que se molestaban en fingir.
Con el pulso a flor de piel, Honor abrió la boca y
lo saboreó mientras alzaba las manos para rodearle la cara.
Siempre hacía eso, pensó Dmitri al
recordar cómo los dedos largos y fuertes de Honor
le habían acariciado la mejilla y la mandíbula durante el conato de beso del
bosque... y también antes, en el arroyo. Solo le había permitido ese tipo de
intimidad a una mujer.
«—¿Por qué me besas así, Ingrede?
¿Como si me fuera a romper?
Una risa ronca y familiar.
—No te estoy besando, esposo. Te estoy amando.»
Las manos de Honor lo apretaron con un
poco más de
fuerza mientras lamía el contorno
de sus labios y le introducía la lengua en la boca. Dmitri sintió que se le
contraían los músculos hasta un punto doloroso. Mostrarse pasivo en el sexo no
era tarea fácil para
un hombre acostumbrado a llevar la batuta. Sin
embargo, intentar aquello con Honor sería perderla... así que permaneció
inmóvil, paciente como un lobo a la caza. Sería suya muy pronto, y entonces
jugarían.
En ese momento, Honor rozó con la lengua uno de sus
colmillos.
Su pene, ya erecto, se puso insoportablemente
duro... y Honor se quedó paralizada.
—Quiero hacer cosas con tu boca
—murmuró Dmitri con un tono de voz ideado para
enredarla en fantasías tan perversas como las esencias con las que acariciaba
su cuerpo—, cosas que harán que te ruborices.
—Yo no me
ruborizo —aseguró
ella en un susurro suave, y un instante después,
sus músculos se relajaron.
—¿No? —Dmitri le expuso sus planes con
todo lujo de
detalles eróticos, excitándose tanto como ella.
La piel de la cazadora se calentó, pero no se
sonrojó.
—No quiero hacer eso. — Estremecida, lamió el otro
colmillo con deliberación. El cuerpo de Honor se tensó de nuevo, pero no tenía
los músculos rígidos, y cuando interrumpió el beso para tomar aliento, la
emoción que brillaba en sus ojos no tenía nada que ver con el miedo—. Tú...
—dijo con esa voz tranquila e íntima propia de los amantes— tienes un sabor
adictivo.
Dmitri
le puso una
mano en la
cadera.
—Puede
que eso compense
el hecho de que no seas tan susceptible al hechizo de las esencias como
deberías.
Una risa ronca que se enredó con sus recuerdos más
antiguos.
—Esa no sería una lucha justa. — Honor soltó un
gemido grave y profundo cuando él la acarició como si fuera una nube de pieles,
y lo sorprendió con un segundo beso sin titubeos.
Los senos de la cazadora quedaron apretados contra
su pecho, y Dmitri notó los pezones endurecidos que deseaba apretar con los
dientes mientras acariciaba su zona más íntima.
Para cuando puso fin al beso con un último chupetón
al labio inferior, Honor
respiraba
de manera entrecortada. Dmitri también estaba bastante
alterado, pero ya se lo
esperaba, dada la violencia del
deseo que sentía por ella desde el instante en que entró en su oficina. Aquella
mañana, si él hubiera tenido un poco menos de autocontrol o si Honor no hubiese
estado tan aterrada, le habría arrancado los vaqueros, la habría aplastado
contra la puerta de la oficina sin saber ni siquiera su nombre y se habría
hundido en ella con los colmillos clavados en el cuello.
Pronto, pensó.
Apoyó la cabeza en el respaldo del sofá cuando
Honor se inclinó para besarle la garganta. Resultaba agradable sentir su peso
sobre los muslos
y la
humedad de su boca en una parte extremadamente sensible
de su anatomía; sin embargo, era
algo que jamás les había permitido a sus amantes. No dejaba
que nadie acercara
los dientes a su carótida.
En ese momento, Honor jugueteó con la lengua en la
pequeña depresión de la base del cuello.
Dmitri le apretó la cadera con la mano.
Un instante después, ella se encontraba al otro
lado de la habitación, con un cuchillo que había logrado coger de la mesa de
alguna manera.
Lo enfureció ver tan asustada a la mujer fuerte y
sensual que lo había acariciado como si ya fueran amantes,
pero habló con un tono sereno cargado de lascivia.
—Es evidente que tendremos que poner las armas más
lejos la próxima vez.
Los ojos verde oscuro de Honor tardaron unos
segundos en librarse de la neblina de la pesadilla. Luego, al ver el cuchillo
que tenía en la mano, soltó un grito y lo arrojó hacia la pared para clavarlo
por encima de la cabeza de Dmitri.
—¿Te rindes tan pronto? —El vampiro volvió a
hacerle un gesto con el dedo índice para que se acercara.
Con una expresión que revelaba un millón de
terrores innombrables, Honor se acercó de nuevo y volvió a sentarse
encima de él. Su cuerpo lleno de curvas había sido
creado para seducir a los hombres... no, para seducirlo a él.
Cuando
intentó besarlo, Dmitri negó con la cabeza y alzó un dedo
para trazar la línea de su mandíbula, los tendones rígidos de su cuello.
—Hay veces
que las mujeres desean hacerme daño —dijo—, pero
ninguna me ha dicho jamás que besarme fuera un castigo. —Aunque podría convertirlo
en uno. La inmortalidad le había dado tiempo de sobra para perfeccionar la
habilidad de ser un cabrón.
—Malditos sean... —Honor se desplomó encima de él
después de ese breve comentario lleno
de ira—.
Detesto que Valeria y los demás me hayan convertido
en una criatura débil y patética.
—Su aliento le
rozaba el cuello, y le había
clavado las uñas en el hombro.
Sentir sus grandes senos apretados contra el pecho
despertó los instintos sexuales más perversos de Dmitri, pero la inmortalidad
también le había dado la capacidad de demorar la gratificación, de encontrar
placer en todos y cada uno de los pasos de la danza más íntima existente entre
hombres y mujeres. Además, la confianza de Honor era un bocado exquisito que
quería saborear lentamente.
Le acarició el cabello con la mano y se enrolló un
mechón suave en el dedo.
—Y a pesar de eso... —dijo mientras frotaba el
cabello entre las yemas—, estás en el regazo de un vampiro que se ha convertido
en la peor pesadilla de todos ellos.
Honor se quedó extrañamente inmóvil.
—Hay una parte de mí que cree que me has hechizado
de alguna manera — dijo—, porque no tiene sentido que confíe tanto en ti.
Dmitri soltó el rizo y volvió a enroscárselo en el
dedo.
—Al
principio, cuando descubrí que poseía el don de las esencias —
comentó—, me resultaba divertido seducir a las cazadoras natas. —La violencia
de la furia que lo embargaba
lo había vuelto más cínico—. Las envolvía con
aromas y luego los difuminaba hasta que no quedaba nada. Cuando por fin me las
llevaba a la cama, ellas daban por hecho que las había hechizado... y eso les
daba permiso para practicar sexo con un vampiro y fingir que no habían tenido
elección.
Honor tardó varios
segundos en responder.
—Todos los cazadores natos temen caer presa del
hechizo de las esencias.
—Pues ninguna se ha quejado. Honor no pasó por alto la
arrogancia del comentario. No obstante, el hecho de
que Dmitri hubiera compartido con ella aquella información significaba que el
vampiro sabía que,
poco o mucho, les había robado la posibilidad de
elegir a aquellas cazadoras natas, al menos al principio.
—¿Por qué dejaste de hacerlo? Dmitri seguía jugando con su
cabello de aquella manera relajada que hacía que
Honor deseara acurrucarse contra él y cerrarlos ojos.
—Era demasiado fácil. —Se encogió de hombros—.
Descubrí que la conquista no significa nada... sobre todo cuando algunas
cazadoras empezaron a acosarme.
—Como
si fueras una
droga. — Aún podía
saborear el siniestro erotismo de Dmitri en la lengua, y
su cuerpo estaba impregnado del satén, el champán y las pieles que conjuraban
las
esencias. Entendía muy bien la compulsión que había
empujado a aquellas cazadoras a buscarlo una y otra vez.
—El influjo de las esencias —dijo él— no es
adictivo.
No, pensó Honor. Lo adictivo era
él.
Dmitri soñó aquella noche con una mujer con la luz
del sol en su sonrisa y el amor en cada aliento.
«—Dmitri —pronunció con timidez mientras se alisaba
las faldas con las manos—. No deberías estar aquí.
Deseaba tocarla, besarla, adorarla. Pero no era
suya. Todavía no.
—Te he traído esto.
Sus ojos, unos ojos castaños ligeramente rasgados,
se llenaron de una alegría sincera al
ver las flores
que había recogido para ella. Había tenido que escalar la ladera de
una montaña para ello, y se había sentido como las cabras que
vagaban por aquellos mismos páramos. Sin embargo, si ella
le pidiera que recogiera más, lo haría sin rechistar. Porque aquella sonrisa
era la razón por la que su corazón seguía latiendo.
Cogió el ramo y sonrió con deleite.
—Gracias —dijo con una exclamación ahogada seguida
de una mirada de absoluta determinación.
Avanzó a
la carrera y le
dio un
beso
en los labios...
aunque pudo hacerlo solo porque él
ya se había agachado un poco.
Desconcertado, no le dio tiempo a alzar las manos
para sujetarla.
Un instante después ella ya se había alejado y las
faldas se agitaban contra sus piernas en un estallido de color. Su aroma era
una mezcla de rayos de sol y aquellas flores silvestres que tanto le gustaban.
Dmitri soñaba cada noche con tener derecho a apretar la nariz contra la
delicada curva de su cuello, con inhalar aquella esencia mientras paladeaba su
sabor salvaje y femenino.
No obstante, como solía pasar en los sueños, los
colores cambiaron sin previo aviso, y
de pronto ya
no se
encontraba en un tosco granero, sino en el interior
de la pequeña cabaña que había construido con sus propias manos. Delante de él,
con la espalda pegada a su torso, había una adorable mujer de cabello castaño,
tímida y vacilante. La acarició entre las piernas hasta que estuvo húmeda y
sonrojada; la besó allí a pesar de sus gritos escandalizados y luego lamió el
almizcle exquisito de su placer... pero jamás la había reclamado como deseaba.
Hacerlo sería deshonrarla.
—Ingrede. —Le colocó las manos en la parte superior
de los brazos y la estrechó contra su pecho—. ¿Tienes miedo?
Su respuesta fue un suspiro.
Temblaba tanto que Dmitri deseó acariciarla, lenta y dulcemente.
—Sí.
Besó la suave curva de su cuello justo en el lugar
que hacía que a Ingrede se le doblaran las rodillas. Luego presionó su cuerpo
excitado contra el de ella y estuvo
a punto de
perder el control. Lo recuperó a
duras penas y deslizó los labios por su piel.
—Yo nunca te haría daño. —Se arrancaría el corazón
antes de dejarle el más mínimo cardenal.
Ella
dejó escapar ese
gemido gutural que tanto le gustaba e inclinó la cabeza a
un lado para
permitirle un mejor acceso.
—Tú
sabes muchas cosas
—dijo
con la voz ronca—. Yo solo sé lo que tú me has
enseñado.
Dmitri
se estremeció cuando Ingrede se apretó contra él y perdió
el dominio de sí
mismo. Mordisqueó la zona donde el pulso era más evidente y
le pasó
un brazo por delante para cubrirle los pechos con una audacia que
nunca se había permitido por miedo que ella se asustara. Pero ahora... ahora
era su esposa, y aunque estaba ruborizada, no se apartó.
—Eres tan hermosa...
La acarició por encima del tejido de la ropa,
disfrutando de aquello con lo que había soñado durante años y que a menudo le
había hecho despertarse con una erección brutal.
—Y yo sé —añadió mientras le lamía la piel, cuyo
sabor le provocaba un placer abrasador—
solo lo que hemos aprendido juntos. —Ni siquiera se
había planteado tocar a otra mujer, a pesar de las muchas invitaciones que
había recibido—. Todo lo demás es simple imaginación.
Ingrede se echó a reír. Sus pechos se habían vuelto
cálidos y pesados bajo sus caricias.
—Tu imaginación es un peligro para las mujeres.
—Para ti —corrigió él—. Quiero verte, esposa.
—Apartó las manos de sus pechos con la intención de disfrutar
más de
ellos más tarde,
una vez la hubiera desnudado.
Comenzó a desatarle el vestido y notó que la
respiración de su esposa era cada vez más irregular. El pulso de Ingrede era
como un redoble de tambor.
Sin embargo, aquella mujer menuda de curvas maduras
que había colmado sus fantasías desde el día que la vio ayudando a su padre en
los campos y se dio cuenta de que ya no era un niño, ni ella tampoco, no alzó
la mano para detenerlo.
Cuando le bajó el vestido por los brazos, ella hizo
el resto, y con un suave susurro el tejido se amontonó en sus caderas.»
Capítulo 23
«Bastó un pequeño tirón para que quedara desnuda
delante de él, aún con la espalda contra su pecho. Temblando de pasión, Dmitri
le acarició los muslos, la suave curva del abdomen y de nuevo los pechos. Su
piel parecía muy suave bajo sus manos encallecidas.
Grandes, turgentes y coronados por pezones oscuros
(que ya había saboreado un caluroso día de verano en
el que la convenció para que le dejara bajarle la parte superior del vestido),
aquellos pechos le llenaron la mente de ideas
que, a buen
seguro, los más
ancianos
del pueblo encontrarían
del todo inaceptables. Le daba igual. Cualquier cosa con la que disfrutaran
Ingrede y él estaba bien.
—Sueño
—le susurró al
oído— con deslizarme entre tus pechos. —Tras alzarlos un poco con el
antebrazo, se chupó el dedo para humedecerlo y luego lo introdujo en el cálido
valle de sus senos para ilustrar lo que quería decir.
Su esposa se estremeció de arriba abajo y le aferró
el brazo con la mano.
—Mi madre me advirtió que no serías un marido
manejable. —Se dio la vuelta y se
puso de puntillas
para besarlo de esa forma que sabía que lo volvía loco.
Succionó su lengua y dio un
respingo cuando Dmitri bajó la mano hasta los
delicados rizos de su entrepierna, pero se negó a separar los muslos. Puesto
que ya habían jugado a ese juego íntimo antes, Dmitri insistió y frotó con el
índice la protuberancia carnosa endurecida que deseaba lamer. Ella le
había apartado la
cabeza la última vez que lo
intentó, incapaz de soportar el placer...
pero no podría volver a hacerlo si tenía las manos
atadas.
—Separa las piernas —le ordenó Dmitri cuando ella
interrumpió el beso para tomar aliento.
Ingrede, con las mejillas ruborizadas, negó con la
cabeza y apretó los muslos con más fuerza.
El pulso de Dmitri era como un rugido en sus venas.
Agachó la cabeza para meterse uno de sus pezones en la boca y luego lo succionó
con fuerza. Su esposa soltó un grito, enterró las manos en su cabello y separó
las piernas de manera instintiva para mantener el equilibrio.
—La victoria es mía —dijo él después de soltar el
pezón.
La
respuesta de Ingrede
tenía un tono perverso
que nadie más
que él había escuchado jamás.
—¿Me harás sufrir?
—Oh, sí, desde luego que sí.
Estaba húmeda y caliente... Hundirse en ella sería
el paraíso. Pero era posible que le hiciera daño. Había
introducido los dedos en su interior mientras
yacían a solas un soleado día de fiesta, y también en un rincón oscuro del
granero de su padre, así que sabía lo estrecha que era.
Su pene
se sacudió ante la
mera idea del placer que lo esperaba, pero no quería que a Ingrede le doliera.
—Túmbate en la cama.
La cogió en brazos antes de que pudiera protestar y
la dejó en el sencillo lecho que compartían. Luego, tras quitarse la ropa,
metió la cabeza entre sus muslos y se colocó las piernas de su esposa sobre los
hombros.
Ingrede aferró las sábanas con las manos, pero no
lo apartó cuando él separó los delicados pliegues carnosos
para besarla con una ferocidad que no se había
atrevido a mostrar antes del matrimonio. Ella gritó, se retorció, sollozó...
pero era el placer lo que teñía sus respuestas, lo que hacía que le tirase del
pelo con manos frenéticas.
En lugar de detenerse, Dmitri buscó el pequeño nudo
de carne que había descubierto la primera vez que le metió las manos entre las
faldas y lo chupó. Ingrede le tiró del pelo con más fuerza, pero él
continuó atormentándola hasta que
el dedo que había introducido en su interior estuvo empapado con el calor
líquido de su pasión.
—Ahora —murmuró mientras se alzaba sobre ella con
el pene completamente erecto— te haré mía. —
Se colocó en la entrada del orificio situado entre
los pliegues carnosos y le sujetó la cadera con la mano.
Hundirse en ella fue el placer más increíble que
había sentido jamás. Intentó detenerse cuando Ingrede gimió
de dolor, pero era demasiado joven. Su autocontrol se había hecho trizas y por
un instante lo aterrorizó la posibilidad de tomarla si ella no lo deseaba. Se
le congeló la sangre en las venas. Contrajo todos los
músculos de su
cuerpo e intentó recuperar
el dominio de
sí mismo.
Ingrede deslizó los dedos por su pecho hasta que
consiguió aferrarse a su hombro y luego tiró de él para poder besarlo.
—No te pares,
Dmitri. ¡No te pares!
Era lo único que necesitaba oír. Se hundió en ella
hasta el fondo y la besó mientras Ingrede le clavaba las uñas en los brazos.
Y no dejó
de besarla mientras se movía
dentro de la vaina húmeda y caliente que
lo aprisionaba con fuerza. Su
esposa no alcanzó de nuevo el máximo placer antes de que él, arqueando la
espalda, se derramara en su interior. Sin embargo, no se culpó por eso. No
cuando su sangre ardía con el fuego líquido del éxtasis. No cuando encontró
bajo su cuerpo a una mujer sonriente
que le cubría
la cara con manos amorosas.
—Ahora sí que me has pervertido
por completo, esposo —susurró.»
Dmitri abrió los ojos y vio las paredes de
su despacho en la Torre. Rara vez dormía; le parecía una
pérdida de tiempo, ya que necesitaba descansar muy poco para sobrevivir. Pero
cuando regresó del apartamento de Honor, se había sentado en el escritorio sin
poder alejar su mente de la cazadora que amenazaba con hacerle sentir cosas de
las que hacía siglos que ni se acordaba. Unos minutos después estaba dormido y
soñando con la única mujer que se había adueñado de su corazón.
Aunque
había esperado para hacerla
suya en la
noche de bodas,
Ingrede siempre le había pertenecido, ya que las
granjas de sus familias estaban la una al lado de la otra. Habían jugado juntos
en el barro cuando eran niños, se habían hinchado de tanto comer fruta madura
en los cálidos días veraniegos y se habían enseñado cosas mutuamente.
Cuando Ingrede le había sonreído aquel día de las
flores silvestres, había estallado en él una emoción incandescente. Una
emoción que se había mantenido inalterable con el paso
de los años, mientras crecían. Al volver la vista atrás, le parecía imposible
haber sido aquel chico inocente que se había levantado al alba para escalar la
ladera de una montaña, pero lo cierto era que el amor que
sentía por Ingrede
seguía
siendo igual de profundo, igual de
verdadero.
Oyó a una mujer con la risa ronca. Y no era la de
Ingrede.
Se apartó del escritorio y se acercó al ventanal
desde el que
se podía apreciar el silencio
típico de Manhattan a aquella hora entre la noche y el día, cuando los
edificios de acero parecían sombras grises y no baluartes resplandecientes.
Había vivido allí cientos de años, había visto la
ciudad alzarse de la nada hasta convertirse en un núcleo urbano con millones de
habitantes. Había pensado en marcharse algunas veces, y lo había hecho durante
su estancia temporal en la corte de
Neha, cuando
aún era joven y estaba lleno de una furia que no
encontraba salida. Y allí, por supuesto,
había encontrado a
Favashi. La dulce y
encantadora Favashi, una reina en ciernes con un hogar lleno de
música y calidez... La trampa perfecta para un hombre que había buscado solaz
durante siglos sin encontrarlo.
¿Por qué nunca me preguntaste acerca de
Favashi?, le preguntó
al ángel que se acercaba a la Torre. Sus inconfundibles alas de
filamentos dorados resplandecían a pesar de la escasez de luz.
La respuesta de Rafael fue brutalmente honesta.
Me dio la impresión de que preferías no hablar de
ese tema.
Al menos podrías haberme dicho que era
un estúpido, dijo
mientras Rafael aterrizaba en la terraza exterior, o haberme inculcado
algo de sentido común.
—No había necesidad —dijo el arcángel, que plegó
las alas a la espalda al entrar en la habitación—. Favashi era una buena pareja
para alguien con tu fuerza.
Favashi jamás había deseado una pareja.
—Siempre
que quisiera convertirme en su
matón personal.
—Ahora eres el mío, después de todo. —Había una
pequeña sonrisa en sus labios.
—Eso es un placer.
Mientras hablaban, Dmitri se dio cuenta de que
Rafael había cambiado en algo más que sus alas. El arcángel era su amigo desde
hacía siglos, pero en los últimos doscientos años se había vuelto más distante,
más frío.
Dmitri no le había prestado mucha atención a esa
transformación porque él mismo seguía aquel sendero. Pero ahora el azul de los
ojos de Rafael tenía un toque de humor, y hablaba con él como lo había
hecho una vez en un campo lejos de la civilización,
cuando eran dos hombres muy diferentes que habían encontrado un interés común.
—Favashi vino mientras estabas fuera —dijo,
preguntándose qué significado tenía que
no se hubiera
percatado del cambio de Rafael, aunque sí hubiese
respondido a él.
—Como
no está ni
herida ni muerta, doy por
sentado que te controlaste.
—Sin muchas dificultades.
Lo cierto era que, si bien su orgullo se había
resentido al descubrir que Favashi había jugado con él, la ira que sentía hacia
ella era algo frío. Si Honor le hiciera algo similar, si le contara perversas
mentiras de amor con aquella carita tan dulce, no habría nada frío en su
reacción, tan solo una furia incandescente y letal.
Se oyó un susurro de alas.
—Si vamos a hacer preguntas —
dijo Rafael—, yo tengo una. ¿Por qué
nunca me culpaste del interés de Isis por ti?
—Porque la locura de Isis no era culpa de nadie. Y
si tenías algo que pagar, lo pagaste con creces en aquella estancia bajo su
torreón.
Encadenado a la pared que había frente a Dmitri,
Rafael se había visto obligado a presenciar su violenta Conversión y las demás
atrocidades de Isis, a escuchar los alaridos desgarradores de Dmitri cuando el
ángel le contó en susurros lo que les había hecho a Ingrede y a Caterina.
Y había estado a su lado al final, como un guardián
silencioso, cuando Dmitri había cogido el diminuto cadáver de su hijo
en brazos y había llorado
hasta que se le agotaron las lágrimas, hasta que se
convirtió en un hombre vacío.
—Pensé que había muerto en aquel lugar —dijo
apretando los puños al recordar lo frágiles que habían sido los huesos de
Misha, lo fácil que había sido quebrarlos.
El arcángel guardó silencio durante un buen rato. Y
cuando habló, dijo algo totalmente inesperado.
—También yo lo creí.
Dmitri se enfrentó a aquellos ojos de un azul
despiadado.
—En ese caso, ¿por qué aceptaste a un muerto
viviente?
—Quizá porque sabía en qué te convertirías algún
día. —La respuesta
fría de un arcángel.
O quizá porque no fuiste el único que hizo un
juramento en aquel lugar lleno de horror.
Dmitri
se pasó una
mano por el
pelo.
—Deberías reírte de mí, Rafael. Te advertí sobre
los peligros de relacionarte con una cazadora y ahora me
encuentro en esa misma situación.
Honor se estaba volviendo demasiado importante para
él, una adicción que no era solo física o sexual.
—Contar
con una cazadora
a tu lado —dijo Rafael— no es
ningún calvario.
Sin embargo, Honor no era una simple cazadora. Era
la mujer que había
despertado recuerdos de una vida ocurrida hacía una
eternidad. La risa de Ingrede... había pasado mucho, muchísimo tiempo desde la
última vez que la había oído, pero al oír la risa de Honor tuvo la impresión de
que si estiraba el brazo podría acariciar a su esposa. Y
no tenía forma
de luchar contra aquella
extraña locura. Su corazón sufría una penosa necesidad que
había sobrevivido a la inmortalidad, a todas y cada una de sus perversiones.
Una necesidad que había sobrevivido a su voluntad.
—¿Has hecho que examinen su sangre? —La pregunta de
Rafael era de lo más pragmática—. Sería sencillo obtener una muestra, ya que el
Gremio
almacena un suministro de sangre para todos sus
cazadores.
Dmitri pasó por alto el dolor que sentía en el
pecho y miró al arcángel.
—¿Tan seguro estás?
Rafael no respondió, porque no hacía falta una
respuesta. No estarían manteniendo esa conversación si Honor no fuera
importante.
—No permitiré que pierdas a otra mortal —aseguró el
arcángel.
—A veces no hay elección.
Pensó en Illium, quien todavía se sentía atraído
por las mortales, a pesar de que había perdido a la humana que amaba y la había
visto casarse con otro hombre. El ángel de alas azules había vigilado a
su familia hasta
que ella
había muerto, y después había cuidado de sus hijos,
y de los hijos de sus hijos... hasta que estuvieron dispersos por el mundo y la
pequeña aldea de montaña donde había nacido su amor dejó de existir.
Siempre hay elección.
—No, Rafael —señaló Dmitri en respuesta al tono
gélido que había oído en su mente—.
He permanecido a tu
lado durante siglos, pero si la tocas, perderás mi lealtad.
Y haré todo
cuanto esté en mi
mano para matarte.
Un atisbo de una emoción innombrable apareció en
las profundidades de aquellos ojos inhumanos
que habían contemplado el
paso de más de un milenio.
—De modo que ella no es solo importante. Es tuya.
Dmitri se acercó más a los cristales y observó la
ciudad que comenzaba a adquirir un brillo plateado bajo la luz del sol.
—No sé lo que es.
Pero es compatible, añadió utilizando la conexión
mental.
Había obtenido una muestra de su sangre y había
hecho la prueba unos días antes, guiado por una necesidad desconocida. La
toxina que convertía a los mortales en
inmortales no la volvería loca; no convertiría a aquella
mujer irresistible y fascinante en un cascarón vacío.
Sabes que solo tienes que pedirlo. No habrá
Contrato para tu elegida.
Lo sé.
Rafael y él habían luchado juntos durante siglos y
habían forjado vínculos muy profundos que se habían vuelto más fuertes a medida
que envejecían, a medida que se volvían más inhumanos.
—El problema es que creo que lo último que querría
Honor sería convertirse en vampira —dijo de viva voz.
Otro
silencio entre dos
nombres que se conocían lo suficiente para no temerlo. Fue Dmitri quien
lo rompió.
—¿Qué ha dicho Naasir?
El vampiro, uno de los Siete, se encontraba en
la recién descubierta
ciudad de Amanat, que fue en su día la joya de la
corona de Caliane, y ahora se había convertido en su hogar.
—Que mi
madre lo trata como a una adorable mascota. —El tono de Rafael estaba
teñido de humor negro mezclado con algo más peligroso—. Según parece, ella ya
se ha dado cuenta de lo que es Naasir.
—No es ningún secreto. —Con todo, los orígenes y
las habilidades de Naasir no eran muy conocidos fuera de un pequeño
y selecto círculo—.
Al menos lo ha aceptado. —Lo que les proporcionaba un flujo constante de
información procedente de Amanat sin necesidad de que Rafael estuviera allí
—. ¿Y el ángel a quien Jason dejó en su
lugar?
—Caliane ignora a Isabel, lo que es de agradecer.
—Las alas del arcángel emitieron destellos bajo los primeros rayos de sol—.
Siempre has sido mi espada, Dmitri. Dime... ¿debería haberla matado?
Dmitri se enfrentó a aquellos ojos azules e
inhumanos con los
que compartía siglos de amistad y dolor.
—Tal vez —dijo, pensando en una mujer con la risa
ronca y una sonrisa que atormentaba su memoria—, sí que haya segundas
oportunidades.
Honor permaneció sentada junto a la pequeña mesa
del comedor después
de cerrar el cuaderno que le había dado la doctora
Reuben. El alba se alzaba en el
horizonte. Había unos
cuantos edificios que todavía tenían las luces de las oficinas
encendidas, pero el día ya despuntaba y el sol dejaba un resplandor cálido en
el este. La silueta de la Torre se recortaba sobre él, y bajo la luz extraña y
frágil del crepúsculo, parecía algo menos imponente, un poco más suave.
Dmitri pensó, jamás parecería suave.
Aún ardía a causa de sus besos, de sus caricias. Ni
siquiera el hecho de que hubieran llegado un poco más allá después de su
flashback podía aplacar el
impacto que aquello
le había
supuesto.
La sensualidad del
vampiro era una droga
potente, tosca y sofisticada
al mismo tiempo,
tan siniestra como paciente.
Algo que la atraía. Que la seducía. Honor sabía muy
bien que era él
quien llevaba la voz cantante en sus
encuentros. Intentaba acostumbrarla
a sus caricias, a sus besos, a su fuerza. No tenía nada en contra de
explorar su sensualidad con un
hombre que sabía más del placer de lo que ella podría
llegar a imaginar; y confiaba en él en la cama. No
obstante, pensó con
una sonrisa mientras se levantaba para prepararse el desayuno, no tenía
intención de dejar que Dmitri continuara dirigiendo aquella danza una vez que
se
convirtieran en amantes de verdad.
Acababa de terminarse el tazón de cereales y estaba
a punto de volverse a servir té cuando alguien llamó a la pared de cristal de
su apartamento. Se dio la vuelta mientras cogía la pistola que guardaba en la
parte trasera de los vaqueros... y vio unas alas azules recortadas contra el
sol del amanecer. Illium movió el pulgar por encima del hombro, en dirección a
la Torre.
Honor asintió con la cabeza y lo vio caer antes de
volver a alzarse sobre la ciudad en un asombroso espectáculo de color que
resultó aún más extraordinario sobre el cielo del alba. Cuando sus alas se
unieron con otras que tenían los colores de la medianoche y
del amanecer, Honor contuvo el aliento, aún
fascinada por la transformación de Elena. En lugar de flotar hasta donde se
encontraba la cazadora,
Illium realizó una caída en picado (que a Honor casi le causa un
infarto) antes de volver a elevarse, y luego voló hacia atrás a la misma
velocidad para trazar un círculo alrededor de Elena. Sus movimientos eran tan
juguetones que estaba claro que ambos eran amigos.
Ese era un dato que tendría que compartir con
Ashwini, pensó con una sonrisa mientras se dirigía a cambiarse la camiseta
por otra algo
menos andrajosa que la que se había puesto después de ducharse. Sin
embargo, cuando entró en el dormitorio descartó
las camisetas y se decidió por un top rojo muy
ceñido con manga
corta y cuello de pico. Le
permitía moverse con libertad y no tenía mucho escote, pero era lo
más sexy que se
había puesto desde el secuestro.
Y se sentía bien. Se puso un poco de maquillaje, se aplicó una ligera capa de
carmín en los labios, se recogió el pelo en una coleta y se enfundó las armas.
La
temperatura había subido durante la
noche y hacía
demasiado calor para ocultar la cartuchera del hombro con una chaqueta,
así que no se la puso.
Había un Ferrari descapotable rojo aparcado junto a
la acera cuando salió de su edificio.
—No sabía que hubiese contratado un servicio de
recogida —le dijo al vampiro que estaba sentado al volante.
Capítulo 24
Vestido
con una inmaculada camisa blanca
abierta en el
cuello y unos pantalones negros
de vestir, tenía el aspecto de
un alto ejecutivo
de camino a una reunión matinal. Llevaba los ojos cubiertos con unas
gafas de sol de espejo que Honor deseó quitarle para poder interpretar su
mirada.
—Todavía no he conseguido lo que quiero de ti.
Podía ser una broma... y también la verdad.
—¿Has
comido algo? —preguntó el vampiro mientras se adentraba en
el
tráfico.
—Sí. —Hablando del
desayuno...
—. ¿De quién te has alimentado tú?
—Cuidado, Honor. —Dio una entonación a sus palabras
que a ella no le gustó en absoluto—. Podría empezar a pensar que eres una mujer
celosa y posesiva.
Nunca lo había sido, pero claro, nunca se había
obsesionado con ningún otro hombre. A primera hora de aquella mañana, no había
soñado con su amante de ensueño sin rostro, sino con Dmitri, con sus manos
expertas y sus caricias indecentes.
—Sí —replicó, a sabiendas de que le estaba pidiendo
algo que quizá él no pudiera darle—. Creo que lo soy.
Dmitri viró para esquivar una limusina que
intentaba abrirse camino entre el horrible tráfico y se tomó un tiempo para
responder.
—Anoche se me ofreció una rubia particularmente
sensual. Me llamó cuando me marché de tu apartamento.
Honor se aferró a la puerta y apoyó el brazo sobre
el borde. Sabía que la estaba provocando a propósito (estaba de buen humor, eso
era evidente), pero aun así no fue capaz de reprimir una violenta reacción
posesiva.
—Creí que con Carmen ya habías aprendido una
lección sobre las rubias
—dijo con una serenidad deliberada.
Dmitri giró para dirigirse al túnel
Lincoln en lugar de a la Torre.
—Ya, pero el sabor dulce y cálido de la sangre
enmascara las cualidades menos atractivas. —Sin impacientarse con la retención
de coches que había a la entrada del túnel, se quitó las gafas y las guardó en
un compartimiento situado bajo el salpicadero—. Honor...
La furia ardía en las venas de la cazadora, pero
cuando se volvió hacia él contuvo el aliento. Su sensualidad resultaba
embriagadora. El sol del amanecer, el tráfico... nada de aquello atenuaba la
intensidad de sus ojos oscuros, de los rasgos marcados de su atractivo rostro.
—Yo
también soy posesivo, conejita —concluyó Dmitri con una
voz tan suave como
la seda—. Hasta
un
punto letal.
La ira de Honor se transformó en algo mucho más
visceral.
—Eso no me
asusta —dijo al tiempo que le ponía la mano en el muslo
para sentir cómo se contraía bajo la palma—. Pero ya he visto cómo se comportan
los vampiros de tu edad.
—¿No me digas? —Una pregunta convertida en un lento
ronroneo que le cortó la piel como un cuchillo.
—Estás gracioso hoy, ¿eh? —No hubo respuesta.
Dmitri se limitó a seguir avanzando con el coche—. Sé que los encuentros
sexuales son mucho más... relajados —añadió.
Una vez, durante una caza, se había encontrado por
casualidad en una
orgía... Miembros enredados en pleno abandono
sexual, cuellos arqueados esperando un mordisco y susurros en un ambiente
perfumado con el aroma del sexo. Fue una experiencia muy erótica, pero no
sintió ningunas ganas de unirse a la fiesta... ni siquiera cuando se lo propuso
una pareja formada por dos gemelos escandinavos rubios que parecían salidos de
una fantasía femenina.
—Yo no soy así—dijo, porque aunque esas fantasías
eran divertidas, lo cierto era que ella era partidaria de una fidelidad
absoluta—. Esto que hay entre nosotros ha sobrepasado la línea. —Una línea que
le daba derecho a exigir lo que estaba
a punto de
exigir—. Nunca
aceptaré que puedas tener otras amantes (ni por
sexo ni por sangre), y si esperas que lo haga, tendremos que dejar las cosas
aquí y ahora.
Separarse de Dmitri destruiría algo vital en su interior, pero sería mucho peor ver cómo acercaba la cabeza al
cuello de otra mujer.
—Mientras estemos juntos —y no era tan ingenua como
para creer que podría retener a un hombre como Dmitri para siempre—, la
relación tendrá que ser exclusiva.
Cuando intentó apartar la mano de su muslo, Dmitri
se la sujetó unos segundos.
—Parece
que las rubias
han perdido su atractivo —dijo, y aumentó
la velocidad cuando el tráfico empezó a ser más
fluido.
A Honor empezó
a dolerle el pecho, y solo entonces se dio cuenta de
que estaba conteniendo el aliento.
—Sé que no es
justo, porque tal vez no sea capaz de soportar que te alimentes de
mí—dijo tras soltar el aire.
Un vampiro le había dicho una vez que la sangre
obtenida de las venas era tan diferente de la sangre embolsada como una
estupenda tarta de chocolate de una galletita de arroz.
Dmitri se limitó a encoger aquellos hombros que
Honor deseaba ver desnudos otra vez.
—Me resulta bastante fácil conseguir sangre. —Salió
del túnel y se
dirigió a los barrios residenciales de las
afueras—. Pero me moriría sin sexo.
Honor le clavó las uñas en el muslo y soltó
una risotada. Al
ver que los labios de Dmitri se curvaban en una
sonrisa que hacía pensar en cosas perversas, decidió seguirle el juego. Subió
la mano y deslizó los dedos por la cremallera de los suaves pantalones negros.
Dmitri soltó una maldición, pero consiguió no dar un bandazo con el coche.
Le había provocado una erección con una simple
caricia, y eso hizo que Honor se mostrara más atrevida aún.
—Intenta no ponerte junto a un camión o una
furgoneta —dijo al tiempo que lo rodeaba
con los dedos
y lo
apretaba lo justo para que Dmitri tensara la
mandíbula— si no quieres que nos vean.
—Joder...
—El vampiro pulsó algún botón del salpicadero y la capota
del coche los cubrió con un zumbido electrónico en menos de medio minuto. Pulsó
otro botón y las ventanas se subieron y se volvieron opacas.
Dios mío..., pensó Honor.
—¿Cuánto cuesta este coche?
Dmitri
colocó la mano
sobre la suya y la instó a
aumentar el ritmo.
—No puedes quedártelo. No por un trabajito manual.
Quizá si usas la boca...
El deseo de Honor se convirtió de repente en una
entidad líquida y caliente dentro de su abdomen.
—No puedes correrte —le advirtió mientras subía y
bajaba la mano—, o tendrás que regresar para cambiarte.
Dmitri aferró el volante con fuerza y soltó un
suspiró.
—No olvidaré esto, Honor.
Era una amenaza. Una amenaza que le endureció los
pezones y los apretó contra el bonito sujetador de encaje que llevaba bajo la
camiseta. No obstante, lo cierto era que Honor ni siquiera se había planteado
parar. Quería hacerlo, vivir una experiencia que la mujer
destrozada que era antes de aceptar aquel trabajo ni siquiera se habría
planteado.
—Mira —dijo—, esa es la entrada de una especie de
parque. —Vio hierba verde y unas cuantas mesas de picnic.
Dmitri giró el volante y aparcó en una pequeña zona
de estacionamiento. A esa hora del día, era demasiado tarde para los paseadores
de perros y los corredores, y demasiado temprano para todos los demás. Honor se
quitó el cinturón de seguridad
sin apartar la mano del regazo del vampiro. Luego
desabrochó el de Dmitri
y se inclinó para mordisquearle
la oreja. Al ver que se estremecía, supo
que había encontrado otro de sus
puntos débiles.
—¿El
parabrisas no se
vuelve opaco también?
Sin mediar palabra, Dmitri estiró el brazo para
tocar algo en el salpicadero. El
parabrisas se volvió
negro un segundo después.
—¿Eso es legal? —Le lamió el lóbulo de la oreja y
acercó la mano libre al cuello abierto de la camisa para deslizar los dedos por
el hueco de la base del cuello. Notó cómo se tensaban los músculos de Dmitri.
—Los agravios se van acumulando.
—Eran palabras oscuras y peligrosas.
Unas palabras que hicieron que Honor apretara los
muslos mientras imaginaba los más eróticos castigos. Dmitri no
sería un amante
dulce. Al igual que el hombre sin
rostro de sus sueños, sería exigente, controlador y posesivo.
—Tú... —murmuró mientras utilizaba ambas manos para
desabrochar la hebilla del cinturón— eres el hombre
más sexy que he conocido jamás. —El vampiro le
hacía pensar en cosas malas solo con respirar.
Después de quitarle el cinturón y desabotonarle el
pantalón, le bajó la cremallera. Y luego metió la mano por dentro para rodear
la carne caliente y endurecida cubierta por una piel aterciopelada. Dmitri echó
la cabeza hacia atrás para poder apoyarla en el asiento; tenía una mano
aferrada al volante, y con la otra tiraba de la parte posterior de la camiseta
de Honor. La línea tensa de su garganta era una tentación irresistible. Honor
continuó acariciándolo con movimientos firmes que hacían que los tendones de su
cuello se volvieran blancos bajo la piel cálida,
y besó todos aquellos tendones... antes de
morderlo.
La mano de Dmitri se extendió un momento sobre
su espalda antes
de volver a cerrarse sobre el tejido de la camiseta. Un
instante después, se estaban besando. Y en esa ocasión no
fue un
mero roce ni un contacto
de tanteo. Fue un beso húmedo de lenguas y dientes. El beso de un hombre
que pensaba en una relación sexual potente, sudorosa y
sucia; de un
hombre que sabía lo que deseaba y
quería que ella lo supiera.
Honor interrumpió el beso, tomó aliento y
empezó a acariciarlo
más rápido y más fuerte. Una vez. Dos. Los ojos de Dmitri brillaban.
—Si no supiera que no es posible
—dijo—, pensaría que has estado tomando clases para
saber cómo complacerme.
—Después de este comentario, debería parar
ahora mismo... pero
te llevo en la sangre,
Dmitri. —Sin permitir que el miedo se desbocara, agachó la cabeza y se
introdujo su miembro en la boca.
—¡Joder! —Dmitri agarró su camiseta con
fuerza, pero no
hizo ademán de empujarla ni de dirigirle la cabeza, como si supiera que
ella caminaba sobre una cuerda muy floja.
Dmitri había saboreado todos los
placeres sexuales que existían. Se había
acostado con reinas
y emperatrices, había estado en
camas con más de una persona, había recibido placer a manos de las más
experimentadas cortesanas y las más disolutas inmortales. Durante un breve
instante de tiempo, la depravación le había servido para olvidar.
Luego se había convertido en un juego. Quería
averiguar hasta dónde podía llegar, cuántos excesos podía aguantar sin
destruirse del todo. Sin embargo, durante los últimos siglos ni siquiera la
sensualidad había llegado a satisfacerlo. Había jugado, sí, pero de un modo
frío y calculador, sin pasión. Ahora,
no obstante, no
recordaba siquiera haberse sentido aburrido jamás.
Le costaba muchísimo esfuerzo no enterrar la mano
en el pelo de Honor para mostrarle cómo le gustaba exactamente.
Mantener las manos donde las tenía fue un ejercicio
de máximo autocontrol. Ni siquiera se atrevía a bajar la vista; no quería ver
aquella boca maravillosa moviéndose con tanta confianza. En ese instante, Honor
contrajo la parte posterior de la garganta y Dmitri
arqueó la espalda mientras
su verga liberaba una cascada
brutal.
Ella no apartó la boca, y lamió el semen con tanta
sensualidad que Dmitri se preguntó quién había sido aquella mujer cuando estaba
entera, antes de que la torturaran. La habían roto, pensó, pero
ya no tenía brechas; tan solo finísimas cicatrices.
Su pecho subía y bajaba con fuerza cuando ella
apartó la boca con un último chupetón.
Honor apoyó las manos en su muslo y se incorporó
para mirarlo. Tenía las mejillas ruborizadas, un brillo apasionado en los ojos
verdes y los labios hinchados y enrojecidos. Dmitri le soltó
la camiseta y
la observó mientras ella lo
observaba a él. En el momento en que acabó de abrocharse el cinturón, ella
saltó por encima de la consola que había entre los asientos y se acurrucó en su
regazo. Le apoyó la cabeza en un hombro y trazó con los dedos los contornos del
otro por encima
del fino tejido de la camisa.
Dmitri la rodeó con un brazo y apoyó la mano libre
en su muslo.
—La última vez que lo hice en un coche, no existían
los coches.
Había sido en un carro lleno de verduras. De algún
modo consiguió convencer a su escandalizada y reciente esposa para que se
acostaran en la parte de atrás, donde se habían dado un revolcón de lo más
satisfactorio.
Sin embargo, su recuerdo favorito era el de Ingrede
tendida en el carro un día soleado, con una invitación en los ojos castaños que
nunca llegó a pronunciar en voz alta. No entonces, al menos. Más tarde, cuando
ya llevaban casados varios años
y Misha ya
caminaba,
a veces su
esposa le susurraba al oído
perversas insinuaciones.
Ahora, era otra mujer la que le mordisqueaba el
lóbulo de la oreja.
—Quiero sentir tu boca sobre mí, Dmitri —le dijo en
un susurro grave y ronco que casi era una caricia—. He soñado con eso, y me he
levantado con las sábanas enredadas en las piernas y la mano entre los muslos.
Dmitri subió la mano por su muslo y la acercó a la
entrepierna. Honor se estremeció, pero no protestó. En lugar de eso, hizo lo
que hacía siempre: después de rodearle el hombro con un brazo, utilizó
la mano libre
para sujetarle la barbilla y tiró
de él
para
acercarlo a ella.
Dmitri la besó muy despacio mientras presionaba con
la palma de la mano para apretar la costura de los vaqueros contra su clítoris.
Solo eso. Nada más. Una sencilla aunque inexorable presión que le aceleró la
respiración e hizo que empezara a restregarse contra él.
—¿Quieres que te frote, Honor? — preguntó al tiempo
que disminuía la presión—. Pues sé una buena chica y pídemelo.
Ella le mordió
el labio inferior. Con fuerza.
Sonriente,
Dmitri comenzó a frotarla con pequeños movimientos de arriba
abajo que la hicieron retorcerse.
El cálido aroma de su excitación impregnó el
ambiente del coche. Puesto que era muy sensible a las esencias, Dmitri sabía
que percibiría la suya durante días. Y estaba seguro de que tendría una
erección cada vez que eso ocurriera.
—Dmitri...
Honor le aferró el cuello con la mano y se puso
rígida.
Dmitri casi podía notar las oleadas de placer que
recorrían su cuerpo, y se prometió que la observaría cuando llegara al orgasmo
desnuda en la cama, muy pronto.
Cuando Honor se relajó entre sus brazos, apoyó la
espalda en la puerta y dejó que ella ocupara las dos butacas,
con una pierna flexionada en el asiento del
acompañante y la otra en el suelo. Sus pechos sonrojados subían y bajaban a un
ritmo frenético... el más potente de los afrodisíacos.
Al ver que tenía los ojos nublados por el placer,
Dmitri extendió la mano sobre su abdomen. No hubo respingos ni muestras de
miedo, así que
subió la mano para cubrirle un
pecho, pero lo hizo sin dejar de mirarla a los ojos, para que ella supiera que
era él y no otro quien lo hacía. Honor soltó un jadeo entrecortado y cerró la
mano con fuerza a un costado.
—Te gusta presionar, ¿eh?
—Si no lo hago —ronroneó Dmitri mientras se
inclinaba para besarla sin
dejar de acariciarle el pecho con aire posesivo—,
¿cómo podré llevarte a un punto en el que me permitas atarte y utilizar el
látigo contigo?
Capítulo 25
Honor le clavó las uñas en la nuca.
—¿Un látigo?
—Un látigo de terciopelo — murmuró él mientras le
besaba la mandíbula, pero sin acercarse a su garganta. Todavía no estaba
lista—. Lo sacudiré con suavidad sobre tu piel para proporcionarte la más
exquisita mezcla entre dolor y placer.
Los ojos verde bosque parecieron adquirir cierta
antigüedad de repente, llenos de una
sabiduría que ningún mortal podía poseer.
—Siempre has sido así, ¿verdad?
Fascinado por el enigma que entrañaba aquella
mujer, Dmitri la miró a los ojos mientras la acariciaba y la acostumbraba a su
contacto, a su cuerpo.
—¿Así... cómo?
—Alguien dispuesto a mezclar un poco de dolor con
el placer. —Dejó escapar un sonido gutural cuando él le frotó el pezón con el
pulgar—. No tiene nada que ver con el vampirismo.
Aquellas palabras despertaron otro recuerdo del
pasado; de un pasado que, al parecer, ya no podía mantener enterrado.
«—Dmitri... —Notó un temblor nervioso en la voz de
la mujer desnuda que yacía ante él.
Sus pechos eran grandes y tersos;
sus caderas, amplias; su cuerpo era un compendio de
curvas suaves y tentadoras... y sus manos estaban atadas a los postes de la
cama que él mismo había tallado para compartirla con su esposa.
—Chist. —Se tendió a su lado completamente vestido,
le cubrió el pecho con una mano y luego empezó a tironear de su pezón con la
experiencia que había adquirido
a lo largo
del cortejo y el matrimonio—. Yo nunca te haría daño.
—Lo sé. —La confianza absoluta de aquella respuesta
lo habría conquistado de por vida, pero lo cierto era que aquella mujer ya era
dueña de su alma—. Es solo
que... Nadie habla
nunca de estas cosas.
Dmitri bajó la mano hasta su entrepierna y
descubrió que los pliegues carnosos
ya estaban hinchados
y húmedos para él. La acarició muy despacio y notó cómo sus caderas
empezaban a moverse arriba y abajo.
—¿Me
estás diciendo que hablas de
nuestros juegos de
cama con las demás esposas? —le preguntó.
A Ingrede se le ruborizaron las mejillas, pero
siguió frotándose contra su mano, tan generosa en su sensualidad como lo era en
su corazón.
—Por supuesto que no. Ni siquiera sé si alguien me
creería.
Dmitri se echó a reír y besó a aquella mujer
dispuesta a complacerlo
con juegos que causarían ataques de histeria a
otras esposas. No obstante, él jamás
había deseado jugar
con nadie más. Solo con Ingrede.
Se apoderó de su lengua y apartó la mano de su
entrepierna un instante para propinarle un cachete suave y juguetón en aquella
misma zona delicada. Su esposa gimió... y alzó las caderas en busca de más.
Dmitri se lo dio. Le dio todo. Porque aunque fuera ella la que tenía las manos
atadas, en realidad el esclavo era él.
Era su esclavo.»
—Sí —dijo en respuesta a la pregunta de Honor
mientras le cubría el muslo con la mano—. El vampirismo solo me permitió
refinar esa inclinación
y elevarla a la enésima potencia.
Con el paso de las estaciones, mientras las ruinas
de la cabaña desaparecían en las nieblas del tiempo, los juegos sexuales se
habían teñido de una siniestra y profunda vena de crueldad.
Sus
compañeras de cama regresaban a menudo a casa con marcas de
latigazos, y siempre volvían a buscar más. A veces las torturaba en la cama
porque eso le complacía; otras, porque le divertía. Pero jamás había vuelto a
experimentar el placer arrebatador que sentía cuando ataba a su esposa a los
postes de su sencillo lecho, dentro de una cabaña situada en un prado olvidado
donde ahora había flores silvestres.
—¿Cómo se llamaba ella? — preguntó Honor con voz
ronca, como si hubiese atisbado en él una terrible desolación—. ¿Cómo
se llamaba la mujer que hizo que tus ojos brillen así?
—Ingrede. —La voz de Dmitri no revelaba nada, y eso
en sí mismo ya era una respuesta—. Tenemos que irnos.
La cazadora volvió a ocupar su asiento y alzó los
brazos para rehacerse la coleta.
—Ingrede —dijo, incapaz de dejar el tema—. Era tu
esposa, ¿no?
Dmitri
contempló el paisaje
a través del parabrisas, que ya había recuperado su transparencia, pero
lo que vio no tenía nada que ver con la hierba verde que había al otro lado.
—Sí. —Luego, cuando Honor ya creía que no diría
nada más, añadió—: Mi esposa... mortal.
Dmitri tardó solo unos minutos en solucionar los
asuntos que tenía con Pesar, pero a Honor le dio la sensación de que el vampiro
se preocupaba de la joven más que de ninguna otra cosa.
—No he olvidado las clases de autodefensa —le dijo
Honor a la chica cuando Dmitri se alejó un poco para hablar con Veneno.
—Puedo
esperar. —La expresión de Pesar era feroz. Sus ojos tenían
un brillante anillo verde—.
Ojalá encuentres a todos los cabrones que te
hicieron daño y puedas hacerles gritar.
Ya de vuelta en el coche, Honor se volvió hacia el
vampiro que estaba a su lado... el vampiro que había tenido una esposa. Una
esposa a la
que había amado con tanta
devoción que protegía su recuerdo con vehemencia incluso después de tantos
siglos. El rostro de Dmitri se había quedado vacío justo después de hablar
sobre la mortalidad de Ingrede. Estaba
claro que se arrepentía de haberle contado eso.
Tanta lealtad... la desconcertaba. Honor nunca
había amado así; ni
siquiera sabía que fuera posible.
—¿Veneno ha descubierto algo? — preguntó, consciente
de que él
no le diría nada
más sobre su
esposa. Al
menos por el momento.
—El primero de los vampiros a los que mencionó
Jewel —su voz había vuelto a ser la de la más sofisticada de las criaturas—,
tiene un amante masculino desde hace muchísimo tiempo y jamás ha mostrado
interés alguno en las mujeres. —Negó con la cabeza, y la luz del sol arrancó
destellos azulados a su brillante cabello
negro—. No sé cómo se me pasó, pero aparte de eso, el
vampiro es demasiado «aburguesado», como habría dicho Valeria, para recibir una
invitación.
—Traducción: el tipo es feliz con su amante y no
necesita maltratar a nadie para matar el aburrimiento.
Dmitri
realizó un breve gesto
de
asentimiento.
—El
segundo individuo no
hizo nada extraño mientras lo vigilaban, pero por lo
que sé de
sus hábitos, podría estar involucrado. He enviado a Illium
a interrogarlo.
—Illium parece demasiado guapo para resultar
peligroso.
La sonrisa de
Dmitri, en cambio, era afilada y siniestra.
—Nadie espera que saque una espada para cortarle
las pelotas —dijo el vampiro con un sarcasmo letal mientras conducía
hacia el puente George Washington—. Y eso también lo
hace con mucha elegancia.
Honor no se sorprendió. Aunque lo que había dicho
sobre Illium era cierto,
hacía mucho que había descubierto que las apariencias
podían resultar de lo
más engañosas.
—¿Tú cultivaste tu reputación a propósito?
El vampiro se echó a reír, y Honor sintió una
caricia de visón
en los pechos. Por lo visto, su
cuerpo era ahora más sensible al hechizo de las esencias.
—Estaba demasiado ocupado regando con
sangre los campos
de batalla y follándome a mujeres que se sentían atraídas por la
violencia para cultivar nada.
Honor ni siquiera se planteó dejar pasar el tema,
porque desde aquella mañana se pertenecían el uno al otro, aunque aquella
«pertenencia» fuera solo
algo temporal.
—Estás muy enfadado. —Su furia era una entidad
fría, profunda y muy afilada—. Dime por qué.
Hubo un largo silencio.
—Mis recuerdos son mi tormento, Honor. Compartirlos
carece de sentido.
—Yo nunca seré un adorno, ni una compañera de cama
que se contenta con ser solo eso. —No podría serlo, no cuando lo que sentía por
él era algo tan intenso y descabellado.
—Y yo nunca voy a ser... —dijo él, que extendió el
brazo para apretarle el muslo.
—Manejable —concluyó Honor en su lugar antes de
echarse a reír—. Supongo que no puedo decir que no lo
supiera.
Dmitri la observó con expresión extrañada cuando se
pararon frente a un semáforo en rojo.
—¿Por
qué has elegido
esa palabra?
—Me
parece apropiada. —Al darse cuenta de que él no revelaría
ninguna debilidad hasta que confiara en ella y que esa confianza necesitaría
tiempo, Honor decidió volver a retomar la conversación anterior—. ¿Qué pasa con
el tercer vampiro?
Tras otra mirada intrigada, Dmitri clavó la vista
en la carretera y avanzó con el Ferrari por el puente.
—A ella es a quien vamos a ver. Está en
Stamford —dijo, lo
que
explicaba por qué regresaban a Manhattan—. Parece
que lleva atrincherada en su casa al menos cinco días. Se alimenta de los
sangreadictos que llaman a su puerta.
—No conocía ese término. — Aunque sí había oído lo
de las «zorras de vampiros», un término utilizado para describir a los adictos
a los besos vampíricos.
—Los sangreadictos van en parejas
—explicó Dmitri—. Su única manera de excitarse lo
suficiente para mantener una relación sexual es que un vampiro se alimente de
ellos a la vez o por turnos. Así que en realidad siempre forman un trío... Muy
pocos de los Convertidos encuentran esa situación medianamente
atractiva.
Honor asintió.
—La mayoría de los mortales no se acerca jamás a la
belleza que alcanzan los vampiros.
—Lo extraño de esa situación es que el vampiro se
ve relegado a la posición de un mero intermediario. No es el centro de
atención.
Ningún vampiro antiguo disfrutaría con eso.
—La mujer a la que vamos a ver...
—Jiana. No sabíamos que le iban los sangreadictos,
pero está claro que últimamente se ha dado unos cuantos caprichitos —dijo
mientras avanzaba hacia el Bronx después de atravesar el puente—. Mira en la
guantera.
Honor abrió el compartimiento y encontró un sobre.
Dentro había unas cuantas fotografías grandes en blanco y negro.
—¿Cuándo las tomaron?
—Esta mañana temprano.
La primera mostraba a una pareja de rostro
juvenil, con el pelo liso y
rubio, que parecía sacada directamente de una audición para el programa de La
pareja perfecta. Lo
único que les faltaba era el perro. El cielo aún
estaba oscuro cuando subían de la mano la escalera de entrada de una elegante
casa antigua con los balcones cuajados de glicinias.
La siguiente fotografía mostraba a la pareja saliendo de la
casa. Ambos
estaban sonrojados, con los labios hinchados y el
cabello enmarañado. La camisa del hombre
estaba mal abrochada, y la mujer
había perdido el pañuelo floral que llevaba al cuello.
—¿Esto es algo que la esposa hace por su esposo y
viceversa?
—Tienen su propia subcultura — dijo Dmitri—.
Se casan ya dentro de ella, y eso hace que las cosas resulten
mucho más fáciles.
Honor dejó las fotos mientras intentaba hacerse a
la idea. Dmitri salió del Bronx y se internó en Westchester para dirigirse
a Connecticut. Fue mientras pasaban de Greenwich a Stamford
cuando la cazadora recordó algo sobre otra extraña subcultura que
tenía pensado mencionarle.
—Recibí un correo electrónico del detective Santiago
—dijo, y se dio
cuenta de que no sentía miedo a pesar de que la habían encerrado y torturado
muy cerca de allí. La zona era tan distinta que bien podrían estar en otro
planeta—. Ya han arrestado a alguien por el asesinato que tuvo lugar la mañana
de ayer.
—Al novio de la víctima y a otro miembro del club
—dijo Dmitri—. Intento mantenerme al tanto de la situación.
Honor sabía que esa subcultura recibiría pronto una
visita de aquel vampiro espeluznante.
—Según Santiago, el móvil fueron
el sexo y los celos. Unos motivos bastante
anticuados. —Por lo visto, los tres mantenían una relación sexual.
—Y una buena dosis de estupidez.
—Tras ese despiadado comentario, Dmitri giró para
atravesar las puertas de la verja que
conducían a un
largo camino serpenteante flanqueado por viejos sicómoros.
El Ferrari había llegado casi a la puerta cuando
esta se abrió para dejar a la vista a otra pareja. Honor dio un respingo.
Al verlo, Dmitri se echó a reír.
—Los apetitos no disminuyen con la edad, Honor. Ya
deberías saberlo.
—Es más fácil aceptar eso en los vampiros —murmuró mientras
contemplaba a la pareja de ancianos que se subía a
un viejo coche—. Siempre pienso en gente joven cuando se habla de la
prolongación de la adolescencia.
—Salió del coche en cuanto la pareja se alejó y
respiró hondo para llenarse los pulmones de aire puro—. Es un lugar muy bonito.
Había
más árboles detrás
de la casa, y el camino rodeaba
una delicada fuente. Había zonas ajardinadas a ambos lados que se perdían en la
lejanía, parterres de coloridas flores que se mecían al compás de la brisa.
—Michaela también tiene una mansión muy
elegante —dijo Dmitri, que rodeó el coche para reunirse con ella junto a la
fuente.
Honor
solo había visto
a la arcángel en los medios
informativos, pero era innegable que Michaela era hermosa y perversa a la vez.
—¿Y Favashi? —preguntó Honor, y gracias a que
estaba mirando a Dmitri pudo ver que
este apretaba la mandíbula.
—Esa tiene un aspecto suave y dulce, incluso
mientras aplasta a sus enemigos con la suela del zapato. —Un resumen brutal.
Poco tiempo atrás, Honor había descubierto que
Dmitri había tenido una esposa a la que
amaba. En esos momentos se dio cuenta de que también había sido el amante de
una arcángel.
—¿Una
separación dolorosa? —
Los celos convirtieron sus palabras en dardos
envenenados.
Dmitri enarcó una ceja.
—Qué perceptiva eres, conejita.
Sí, el vampiro sabía muy bien cuál era su punto
débil. Pero, por extraño que pareciera, ella también conocía los suyos.
—Supongo que el hecho de que te deje una arcángel
supone un duro golpe para el ego masculino.
—No sabía que las conejitas tuviesen garras. —La
puerta de la casa se abrió antes de que Honor respondiera a ese comentario
burlón. Cuando alzó la vista, vio a una vampira alta y delgada con la
estructura ósea de una supermodelo, los labios de una estrella
de las pantallas y una piel moca que resplandecía
bajo la luz del sol... Y todo ello
cubierto a la
perfección por una bata de encaje
y satén de un exquisito tono bronce que apenas le llegaba a medio muslo.
—¿Es que ninguna de estas mujeres tiene ropa?
—murmuró.
—Hemos interrumpido su desayuno
—dijo Dmitri en voz baja mientras subían la
escalera.
Jiana palideció al ver que se acercaban, pero no
estaba mirando a Dmitri... y la expresión de sus ojos era de lo más culpable.
—No lo sabía —dijo la vampira en un susurro
mientras se aferraba con fuerza al marco de la puerta—. Cuando
acepté la invitación, no lo sabía. Y cuando te vi
allí, no te hice daño. Por favor, tienes que recordarlo.
Honor puso la mano en el antebrazo de Dmitri para
impedir que avanzara.
—Ese
aroma... —Intenso, dulce. Un aroma que hablaba de riqueza—. Sí,
lo recuerdo.
«—Lo siento. Toma, ¿quieres un poco de agua?
Bebió porque su secuestrador, el que controlaba a
todos los demás, no se había molestado en darle comida ni agua en todo el día.
Bebió todo lo que pudo.
—Gracias.
—De nada. —Oyó sus sollozos apagados—. No puedo
ayudarte. Por favor, no me pidas que lo haga.
Honor percibió el temblor del pánico en su voz y
supo que aquellas manos esbeltas no la liberarían.
—¿De quién tienes miedo?»
—¿De quién tienes miedo? — preguntó de nuevo
mirándola a los ojos, negros como el ónice.
Jiana
pareció derrumbarse. Se rodeó con los brazos el cuerpo tembloroso
y retrocedió un paso a modo de invitación. Dentro, la casa era tan elegante
como armoniosos eran los terrenos de los alrededores. La decoración era
relativamente moderna: un ambiente en el que reinaba la luz, con paredes de
color crema.
Un retrato de Jiana colgaba de una de las paredes.
Era un desnudo, hermoso
en su erotismo, con un marco sencillo que centraba
toda la atención en la obra. La decoración era igual de sencilla en el pasillo
que conducía a la estancia a la que los condujo Jiana, donde los únicos
contrastes de color los aportaban los muebles.
Jiana se dejó caer en uno de los sofás con tonos
vivos, apoyó los codos en las rodillas y enterró la cara en las manos.
—No he dormido desde el día que te dejé allí.
Honor
experimentó la misma extraña mezcla de furia y compasión que
había sentido en el sótano.
—Era yo quien estaba atada, pero tú eras
más débil. —Incluso ahora le
parecía algo imposible. No obstante, cuando estaba
encerrada, le había provocado una risa histérica.
Dmitri se apoyó en el sillón donde se había sentado
Honor. Era un tigre sin más restricciones que las que él mismo se imponía. No
dijo nada, pero a juzgar por la expresión de Jiana, la vampira sabía muy bien a
lo que se enfrentaba.
—Siempre soy muy débil con él — susurró mientras
las lágrimas se deslizaban por sus rasgos perfectos. Su desesperación la hacía
parecer aún más femenina y vulnerable.
A Honor se le erizó el vello de la nuca. ¿Acaso
estaban jugando con ella?
¿O la sorprendente belleza de Jiana ocultaba realmente
el sufrimiento que
parecía desgarrarla?
—No
pude traicionarlo —añadió la vampira—, ni siquiera después de
ver lo que había hecho.
—¿De quién estás hablando? — preguntó Honor—. No
puedes seguir guardando el secreto, Jiana. Ese tipo planea hacerlo otra vez.
Jiana se estremeció con un sollozo.
—Lo sé. —Se secó las lágrimas y estiró el brazo
para abrir el cajón de una mesita,
de donde sacó un sobre
de textura muy familiar—. Me envió esto.
Honor sabía lo que descubriría, pero lo cogió y
sacó la tarjeta de todas formas.
Quizá
esta cita sea
más de tu
agrado. No se lo he dicho a los demás, pero esta
vez tendremos a una pareja, un hombre y una mujer. Eso te gustará,
¿verdad, madre?
Capítulo 26
—¿«Madre»? —repitió Honor con un hilo de voz.
Los vampiros eran fértiles hasta unos doscientos
años después de la Conversión, y los hijos que engendraban hasta ese momento,
mortales. Sin embargo, Jiana tenía al menos cuatrocientos años.
Fue Dmitri quien explicó cómo era posible que el
hijo de Jiana hubiera sobrevivido para perpetrar semejantes atrocidades.
—Jiana era una vampira joven, todavía atada al
Contrato, cuando dio a
luz a Amos. Su hijo fue Convertido por méritos propios.
Es muy inteligente, tanto que se esperaba que
acabara trabajando en la Torre.
A Honor se le heló la sangre. Las sospechas de que
Jiana fuera una actriz talentosa
murieron de inmediato.
El amor de una madre no era algo racional.
—Por favor, dime que no está allí. Dmitri le
acarició el cabello con
inesperada ternura.
—No.
—¿Siempre fue tan...? —Se tragó el término
que quería utilizar
al observar el vacío de los ojos de Jiana.
—Amos era... cambió mucho después de la Conversión.
Jiana soltó una risotada ronca.
—Se
volvió loco, Dmitri.
Como les pasa a algunos, a esos de los que nunca hablamos. —Se apartó de
la cara el cabello negro con finísimas mechas rojas y luego miró a Honor a los
ojos. De repente, su mirada estaba llena de furia—. ¿Sabías eso, cazadora? Una
pequeña minoría de los convertidos se vuelven locos durante la transformación.
Honor
había oído aquellos rumores, como
todos los cazadores, pero era la primera vez que se lo
confirmaban.
—Si eso fuera cierto, supongo que los ángeles se
habrían encargado ya de solucionar el problema.
La raza angelical no ostentaba el poder gracias a
su juego limpio.
La furia de Jiana se disipó tan rápido como había
aparecido y fue sustituida por un dolor intenso que llenó de arrugas sus
preciosos labios.
—La locura de Amos no es muy evidente. Es algo que
pasa desapercibido, algo sucio y perverso. Tenía más de cien años cuando empezó
a mostrar los primeros signos, y más de doscientos cuando ya no podían negarse.
—Se secó de nuevo las mejillas, ajena, al parecer,
al hecho de que la bata se había abierto y dejaba expuesta la parte interior de
sus pechos, tersos y firmes
—. Cuando cumplió trescientos años, supe que ya no
se podía hacer nada. Me dediqué a ocultar sus excesos para que no lo
ejecutaran.
Para sorpresa de Honor, Dmitri se agachó frente a
Jiana y tomó sus manos de dedos largos y elegantes.
—Es tu hijo. Lo protegiste. Pero él sabe que lo que
hace está mal y aun así sigue haciéndolo.
Un auténtico psicópata, pensó Honor al recordar
cómo había canturreado Amos después de darle un puñetazo en el estómago.
«—No deberías hacerme enfadar.
—Una mano se deslizó por su espalda en una horrible
imitación de caricia—. No te he traído aquí para hacerte daño.
—El vampiro movió los labios por su mandíbula, por
su garganta—. Así que compórtate como una perrita obediente y haz lo que te
dicen.»
En lugar de eso, Honor le había mordido la oreja
con tanta fuerza que le arrancó un pedazo. La respuesta del vampiro había sido
un violento puñetazo que la dejó sin sentido... y cuando despertó, estaba
sangrando.
—Es por la locura. —La voz trémula y
suplicante de Jiana interrumpió el horrible recuerdo—. Es
la locura lo que le lleva a hacer esas cosas.
Honor no estaba tan segura. Amos le había
parecido muy inteligente,
un tipo que, como muy bien había dicho Dmitri, había elegido disfrutar
con sus impulsos sádicos en lugar de intentar reprimirlos. Y no solo
eso, también había instigado esa
clase de perversidad
en otros.
—Hablamos con él cuando sus inclinaciones quedaron
claras —explicó Dmitri. Honor jamás le había visto utilizar un tono de voz tan
tierno—, y se le hizo una advertencia, además de ofrecerle ayuda. Fue él quien
decidió rechazar ambas cosas.
El labio inferior de Jiana no dejaba de temblar, y
cuando se arrojó a los brazos de Dmitri, sus sollozos eran tan intensos que
todo su cuerpo se sacudía, como si sus huesos estuvieran a punto de hacerse
pedazos. Honor se compadeció de ella, del dolor de una madre.
«Yo también soy madre, y entiendo muy bien lo que
es hacer todo lo posible por proteger a un hijo.»
La cazadora parpadeó, estremecida por aquella
escalofriante y familiar vocecita que había oído en su mente. Familiar, pero no
propia... Ella nunca había tenido hijos, nunca había dado cobijo a
una vida en su vientre. Con todo,
la reacción emocional
ante el dolor de Jiana era tan
fuerte que la desgarraba. No entendía de dónde salía.
Los
amplios hombros de
Dmitri eran rocas firmes mientras sujetaba a Jiana, y de repente lo
supo. Lo supo. Supo que Dmitri había tenido un hijo. No, no solo uno. Había
tenido varios hijos. Desconcertada ante
aquella furiosa corrección mental, se frotó las sienes, pero la idea se
negaba a desaparecer. Parecía tan acertada que no
podía quitársela de la cabeza.
—¿Dónde está, Jiana? —preguntó Dmitri cuando los
sollozos de la mujer se acallaron.
La preciosa vampira negó con la cabeza y el cabello
le cubrió la cara mientras se apartaba.
—Hace tres semanas que no lo veo. Ya ha
desaparecido otras veces, pero siempre se pone en contacto conmigo para decirme
dónde está. Esta vez no lo ha hecho. —Clavó la vista en el sobre
—.
Salvo por esto.
Llegó hace cinco días.
Por terrible que fuera, Honor entendía que los
instintos maternales de Jiana anularan todo lo demás... incluso la perversidad
de su hijo. No obstante,
había algo que no tenía sentido.
—¿Por qué permaneces encerrada?
—Se había recluido hasta tal punto que debía
alimentarse de sangreadictos—. Por lo que dice la tarjeta, parece que quiere
complacerte.
—Sí. —Una sonrisa tensa—. Detesto esto. Detesto
tener que prostituirme para mantenerme con vida.
Una vez más, la respuesta carecía de sentido.
Seguro que Jiana tenía contactos que podrían haber arreglado algo más
agradable.
Vaya...
—¿Te estás autocastigando?
Jiana esbozó una sonrisa trémula.
—Le pedí que se detuviera. Te encontraron poco
después, y creí que él
había tenido algo que ver con eso. Luego llegó la
tarjeta... —Tiró de las solapas de
la bata para cerrarla sobre
los pechos. Sus palabras se oían cada vez más lejanas, y sus ojos se
volvieron distantes—. Supongo que uno siempre se aferra a la esperanza. Aunque
no haya razón para hacerlo.
Estaban en la escalera de entrada a la elegante
casa de Jiana, y el cabello de Dmitri brillaba como la seda bajo la luz
del sol.
Honor sintió ganas
de acariciarlo.
—Puede que Jewel Wan te diera el nombre de Jiana,
pero tú sabías que no era ella —le
dijo al vampiro.
Dmitri
había tratado con cortesía a Jiana desde que
llegaron.
Al ver que no decía nada, Honor le aferró el brazo
con la mano.
—¿Desde cuándo sospechas de
Amos?
Los
ojos oscuros se
clavaron en ella de inmediato, pero no revelaban nada.
—¿De qué te habría servido saber a quién tenía en
mente?
—¡Deja de protegerme! ¡Ya no lo necesito!
La expresión de Dmitri cambió, y su mirada pétrea
se convirtió en la de una flecha afilada.
—¿Cuándo te he protegido yo?
—¿Qué?
«Sé que siempre cuidarás de mí.» Honor se
llevó las manos
a las
sienes.
—Esa voz... —Una voz recóndita de su interior.
—¿Honor? —Dmitri le puso la mano en la parte baja
de la espada y Honor sintió su aliento en los rizos de la sien cuando se
inclinó hacia ella—. Cuéntame lo que te pasa.
—No me pasa nada —aseguró ella, porque darle otra
respuesta habría sido reconocer que sufría de una alucinación auditiva—. Es
solo... el eco
de un sueño. —Un sueño que se
colaba en su vida normal—. Deberías habérmelo dicho.
—Tengo casi mil años. —Movió la
mano en
círculos lentos sobre
su espalda, pero sus palabras eran tan deliberadamente duras
como tiernas eran sus
atenciones—. Tú eres tan joven que casi da risa. No tienes ni fuerza ni derecho
para cuestionar mis decisiones.
Con aquellas palabras negaba el compromiso que
habían acordado poco antes. Quizá él no lo viera así, pero Honor no podía estar
con un hombre que pretendía mantener un abismo de distancia entre ellos.
—¿Sabes cómo encontrar a Amos?
—preguntó, decidida a ignorar lo dolida que se
sentía.
Era una emoción fuerte y desgarradora, pero
rendirse no era una opción. Sin embargo, necesitaba tiempo
para recomponerse, para averiguar si Dmitri estaría
preparado alguna vez para el tipo de relación que ella
necesitaba.
Pensar en que la respuesta podía ser no...
provocaba un penoso agujero negro en su alma.
—Ya he registrado sus refugios y guaridas habituales.
—Recorrió su rostro con la
mirada, como si pudiera leerle el pensamiento. Por suerte, no poseía esa
habilidad—. Al final aparecerá en escena. Entretanto, mis hombres seguirán
vigilando esta casa... Siempre ha mostrado
un apego enfermizo por su madre.
—Sí. —A ningún hijo en su sano juicio se le habría
ocurrido invitar a su
madre a un juego sexual ni intentar complacerla con
la elección de sus presas—. ¿Qué vas a hacer con ella?
—Eso es cosa tuya. Tú eres la víctima.
—No, Dmitri, soy una superviviente.
—Sí —dijo sin la más mínima vacilación—. Pero la
decisión sigue siendo tuya.
—Esa mujer piensa castigarse durante el resto de su
larga vida. Dejémoslo así.
—Hablaré con ella. —Dmitri se volvió de
nuevo hacia la
entrada—.
¿Vienes?
—No, creo que me quedaré aquí. Pero no lo hizo. Tan
pronto como
Dmitri desapareció en el interior de la casa, bajó
al camino y se sentó junto a la fuente. El agua caía en una relajante cascada
tras ella y la brisa le acariciaba la mejilla mientras intentaba comprender la
profunda e irracional intensidad de su angustia. Siempre había sabido que
Dmitri jamás sería humano en ningún sentido.
«Él no es mi Dmitri.»
Otra vez aquella voz que salía de lo más profundo
de su interior. Como si la que hablara fuera su propia alma. En esa ocasión, en
lugar de luchar contra ella, prestó atención.
«Siempre tan fuerte, tan protector... Pero nunca
hiriente. Conmigo no. Nunca.»
Fuera quien fuese aquella parte de su imaginación,
pensó Honor, vivía sin duda en un mundo de fantasía. Dmitri no era un príncipe azul, y si
le dolía la mera idea de pensar algo así, solo ella
tenía la culpa de eso. Porque Dmitri jamás le había mentido, nunca había
fingido ser algo que no era.
«No te engañes con respecto a mí, Honor. La parte
humana que había en mí murió hace muchísimo tiempo.»
—¿Adónde vamos? —preguntó cuando el Ferrari se
alejó de la propiedad de Jiana.
—Al
Enclave del Ángel.
Jiana tiene una casa allí. —Sus palabras eran
frías, prácticas, y Honor se preguntó si sabía
cuánto había dañado el frágil vínculo que los unía—. Está vacía, pero tengo a
hombres vigilándola desde hace un
tiempo. Creo que
ya es hora
de echarle un vistazo al interior.
Otra cosa que no le había contado. Otra muestra de
que aunque apreciaba sus habilidades en ciertas áreas, en lo que se refería a
tratarla como a una igual... Bueno, era cierto que esa idea podía resultar
irrisoria, o eso creía. Ella solo había vivido veintinueve años, que no eran
nada en comparación con los muchos
siglos de él.
Además, era mortal, y él, un
poderoso vampiro.
De todas formas, la lógica carecía de importancia,
y Honor estaba lejos de
comprender la violenta profundidad de sus emociones
para el momento en que Dmitri se adentró en el Enclave del Ángel, la exclusiva
urbanización situada junto a los acantilados del Hudson. La mayoría de
las casas estaban tan alejadas de la carretera que daba
la sensación de que recorrían una enorme extensión de tierra deshabitada. Los
árboles que flanqueaban el camino eran viejos colosos que cubrían casi por
completo el cielo.
Dmitri
se detuvo frente
a las puertas de una verja vigilada
por un vampiro al que Honor no conocía. La cazadora salió del coche y empujó
las recargadas puertas metálicas mientras Dmitri hablaba con el guardia.
Dentro,
el camino era relativamente corto. Empezó a caminar
sola y descubrió que las puertas desaparecían
de su vista poco después, cuando tomó una curva.
Era una tentación seguir adelante, descubrir la que podría ser la guarida
del monstruo que
la había torturado, pero no
sentía lo mismo
que había sentido con Jewel Wan.
Todavía era capaz de pensar, y entendía que seguir sin apoyo sería una locura.
—Honor.
Se volvió y vio que Dmitri se acercaba a ella. Y,
de pronto, el dique se rompió.
—Tengo
todo el derecho
del mundo —le dijo, refiriéndose al extraño vínculo que existía entre
ellos desde el
principio.
El vampiro ni siquiera parpadeó.
«Testarudo. Siempre tan testarudo. Tan seguro de
tener la razón.»
En eso coincidía con la vocecilla de su mente.
El suave viento que soplaba entre los árboles
sacudía el cabello de Dmitri mientras ella esperaba una respuesta de aquel
vampiro acostumbrado a no darle explicaciones a
nadie. Honor extendió los dedos y acortó la distancia que los separaba
para acariciar su sedoso cabello. Era un acto íntimo, uno para el que no había
pedido permiso. Y Dmitri era una criatura a la que nadie tocaba sin invitación.
Sin embargo, no se lo impidió; se
limitó a levantar la mano para trazar con el dedo
la línea de la mandíbula de Honor.
—Me pides que me comporte como un humano —dijo
después de aquel momento de intimidad
en el que el
tiempo parecía haberse detenido—. No soy humano. No lo he sido desde hace
muchísimo tiempo.
—Y tú —dijo ella mientras le acariciaba la nuca—,
me pides que crea que no eres capaz de sentir auténticas emociones cuando ambos
sabemos que eso no es cierto.
El corazón de Dmitri no estaba muerto, y su alma no
estaba del todo perdida, de eso estaba segura.
Dmitri le colocó la mano libre en
la espalda y presionó para acercarla a él.
—¿Quién eres, Honor St
Nicholas?
Era una pregunta extraña, pero lo cierto era que
Dmitri no esperaba una respuesta. Porque aquella mortal tenía el aroma de
las flores silvestres
que crecían en la ladera de una montaña perdida en el tiempo.
La cazadora negó con la cabeza y lo observó con sus
insondables ojos verde esmeralda.
—No lo sé.
Aquella
respuesta tenía sentido para él, aunque era algo imposible.
—Ven. Vamos a examinar la casa.
—Creí que ya lo habías hecho.
—Hice que mis hombres la registraran, pero tal vez
haya llegado el momento de examinarla más a fondo, teniendo en cuenta todo lo
que sabemos.
La mujer que caminaba a su lado poseía una belleza
elegante y sensual. Pero tenía también una faceta fuerte que por fin había
salido a la luz... y que resultaba embriagadora. Dmitri deseaba extender el
brazo para tocarla de nuevo, y esa necesidad constante iba más allá de la
simple lujuria. Sin
embargo, tendría que esperar. Percibía el deseo de Honor
de entrar en la casa,
de capturar a Amos, como si fuera un cosquilleo en la piel.
Dmitri
quitó el candado
de la puerta principal
y la empujó
para
abrirla. Al principio no percibió nada más que el
ligero olor a humedad de una casa que había permanecido cerrada durante bastante
tiempo. Pero luego captó un rastro del hedor pútrido de
la carne en descomposición.
Honor permaneció inmóvil a su lado, con la pistola
en la mano.
—Ahí dentro hay algo muerto —
dijo ella.
—Y lleva muerto el tiempo suficiente para haberse
podrido. —Lo que significaba que Amos había conseguido despistar a los guardias
y dejar un grotesco mensaje, o que allí estaba pasando algo más—. Aunque no
tanto para que
los que registraron la casa sospecharan.
—Dmitri...
Siguió la dirección que señalaba el brazo alzado de
Honor y vio que apuntaba hacia un televisor que había en la pared. El piloto de
conexión estaba apagado. Y cuando Honor presionó un interruptor de la luz, no
ocurrió nada.
—La electricidad está cortada. Quizá se haya
fundido un fusible.
—Es una casa antigua—dijo Dmitri mientras seguía el
rastro fétido—. Estas cosas ocurren.
El olor rancio no los llevó hacia el sótano, como
él esperaba, sino a una enorme estancia situada en la parte trasera de la casa.
No tenía cerrojo ni nada que la diferenciara del resto de las habitaciones del
pasillo.
La estancia en sí no tenía más muebles que una
estantería de madera llena de libros y revistas y un único sillón situado
frente a ella, como si lo hubieran dejado allí porque estaba demasiado viejo
para las zonas más utilizadas. Junto a él había una pequeña mesa con marcas de
quemaduras que tenía un vaso de cristal y una botella llena de un líquido rojo
oscuro. La alfombra del suelo estaba deshilachada.
Era una especie de refugio destartalado y acogedor
que un hombre crearía para conseguir un poco de paz y tranquilidad...
aunque si se observaba
con detenimiento, se
veía claramente que el sillón
estaba inclinado hacia un área
específica de la
pared. En
condiciones
normales no habría
nada que diferenciara esa zona del resto de la pared, razón por la cual
sus hombres lo habían pasado por alto, pero en aquellos momentos, el agua que
rezumaba por aquella sección empapaba la alfombra.
—Un frigorífico —susurró Honor
—. Ahí detrás hay un frigorífico.
Capítulo 27
—Yo me encargaré de esto —dijo Dmitri, porque
aunque Honor le había pedido que no
la protegiera, su necesidad de hacerlo era algo
profundamente arraigado en su interior.
Ella lo taladró con la mirada.
—Está bien.
La cazadora adoptó una posición que le permitía
vigilar la puerta y cubrirlo a él al mismo tiempo. Hizo un breve movimiento
negativo con la cabeza cuando sus
miradas volvieron a encontrarse, y Dmitri supo que nada de lo que
dijera conseguiría echarla
de
aquella habitación. Tenía fuerza más que suficiente
para obligarla a ceder, pero no podía utilizar la fuerza con aquella mujer.
Habría sido sencillo excusar su renuencia a hacerlo
como parte del plan para llevársela a la cama, pero esa mentira no le serviría
de nada... no cuando ella lo
entendía mejor que ninguna otra mujer. Ingrede, su dulce,
adorable y valiente Ingrede, no habría entendido la oscuridad que moraba en su
interior ahora, pero Honor sí.
Pensar algo así le parecía una especie de traición
al recuerdo de su esposa, pero era cierto.
—¿Estás segura?
Ella respondió sin vacilar.
—Sí.
Dmitri observó la pared y deslizó los dedos sobre
ella hasta que encontró una
pequeña muesca. En
cuanto la apretó, una sección
del muro se abrió para dejar a la vista un enorme arcón refrigerador. El charco
de agua que crecía por debajo ponía de manifiesto la falta de
electricidad. Intentando pasar por alto el hedor que pertenecía a
carne en estado de putrefacción, Dmitri alzó la tapa y la apoyó contra el muro.
Luego bajó la vista. Y vio los cuerpos.
El refrigerador era tan grande que Amos ni siquiera
había tenido que amputar las extremidades o cortar a las víctimas por la mitad.
Se había limitado
a colocar los cuerpos en posición fetal y a
apilarlos como si fuesen trozos de carne.
—El detective Santiago trabaja en el caso de los
secuestros de chicas mestizas altas y
delgadas en Nueva York,
¿no? Específicamente, mujeres con un progenitor de raza negra y
otro de raza blanca.
Honor se acercó para echar un vistazo al
refrigerador y su expresión se llenó de horror.
—Sí. Todo el mundo cree que se trata de un criminal
humano, ya que no hay rastros de sangre ni pruebas de mordiscos en
los escenarios. Las mujeres desaparecen sin más.
Dmitri recorrió con
la vista el
cadáver
que estaba más
cerca de la parte superior. A pesar de la
putrefacción, la estructura ósea era evidente, y había suficiente piel sana
para poder asegurar el color de su piel.
—Cuánto odio... —dijo mientras repasaba todo lo que
sabía sobre Jiana y Amos—. Hacia el único ser que siempre lo ha protegido.
—¿Estás seguro?
Dmitri había llevado a cabo una discreta
investigación cuando se hizo obvio el vínculo antinatural que compartían madre
e hijo, y se convenció de que aquellos lazos eran el resultado de la locura de
Amos, que Jiana solo hacía todo lo posible por proteger a su hijo. Sin
embargo, en aquellos
momentos se preguntaba si no habría pasado por alto
algo mucho más siniestro.
—Ya no estoy tan seguro como antes. —Bajó la tapa
del arcón.
—Llamaremos a Santiago para involucrar a la policía
en esto.
Todo el mundo asumiría que Amos se había vuelto
loco con la edad. Esa faceta de la longevidad era bien conocida, aunque
no intimidaba a ninguno de los que querían ser convertidos.
Doscientos años vividos como un vampiro cuerdo y joven superaban con creces la
esperanza de vida humana.
—Cuanta más gente lo busque, más probabilidades
habrá de atraparlo.
Honor asintió con la cabeza, pero no respiró con
normalidad hasta que salieron de nuevo al pasillo y cerraron la puerta.
—¿Por qué me eligió a mí? No encajo en el perfil.
La furia empezó a correr por las venas de
Dmitri al recordar
lo que Amos le había hecho a la
cazadora, pero meditó su pregunta con seriedad.
—Según parece, odia a su madre, pero también desea
complacerla.
Tuvo un recuerdo repentino. Jiana en una fiesta que
había ofrecido cuatro veranos atrás.
«—Me alegro mucho de que hayas venido, Dmitri. —Lo
obsequió con una sonrisa elegante y un beso en la mejilla
—. ¿Conoces a Rebecca? —En esta ocasión, la sonrisa
de sus labios tenía un toque de sensualidad.
—Es un placer —dijo él antes de inclinar la cabeza
para saludar a la belleza morena llena de curvas y piel dorada que parecía
pendiente de todo lo que Jiana decía.»
—Tú —le dijo a Honor— no eres su tipo, pero sí el
de Jiana.
—Eso es asqueroso... y si tenemos en cuenta todo lo
demás, surgen algunas preguntas. —Echó un vistazo a la puerta que revelaba la
sexualidad enfermiza de Amos—. Salgamos afuera para llamar a Santiago.
Dmitri dejó que lo precediera hasta la puerta de
atrás. El sol brillaba con
fuerza y el calor caía a plomo. Mientras la
observaba, Honor se acercó a la zona de césped y sacó el móvil para llamar al
policía que siempre conseguía cerrar los casos relacionados con inmortales.
Mientras estaba ocupada, Dmitri realizó también algunas llamadas, incluida una
a un vampiro antiguo que estaba bajo sus órdenes.
—Asegúrate de que Jiana no sale de la
casa —ordenó—. Tengo
que hablar con ella. —Colgó y esperó a que Honor regresara a su lado.
La cazadora se detuvo a un paso de distancia.
Dmitri avanzó ese paso y la estrechó
con fuerza, aunque
tuvo cuidado de no
aprisionarla. Sin embargo, ella
no se asustó; en lugar de
eso, se relajó y le devolvió el abrazo.
Permanecieron allí en silencio durante varios minutos, y lo único que percibía
Dmitri era el pulso firme de Honor, que atronaba en sus entrañas vampíricas.
La última vez que Dmitri había hecho aquello,
abrazar a una mujer porque le parecía
lo correcto, era todavía mortal.
—A mi esposa
—dijo, pronunciando unas palabras que nadie más había oído— le encantaba
el sol. Solía acompañarme a los campos, y mientras yo trabajaba ella... —«mecía
a nuestro bebé»— se ponía a coser. Siempre me rompía las camisas.
Honor soltó una suave risotada.
—Una
esposa maravillosa —dijo
con voz dulce.
—Lo era —continuó Dmitri, consciente de que aunque
el hombre al que amaba Ingrede era tan distinto de él como la noche y el día,
jamás había dejado de añorar la pérdida de su sonrisa—, pero a veces también me
volvía loco. Le
decía que arreglaría algo de la cabaña cuando regresara
a casa, y cuando volvía de los campos, ella ya lo había hecho y tenía varios
cardenales que lo demostraban. — Estuvo a punto de sufrir un infarto el día
que la
vio subida al
tejado—. Y no sabía cocinar.
Honor lo miró con un brillo especial en los ojos.
—¿Se lo dijiste alguna vez?
—Debes de tener mi inteligencia en muy poca estima.
—Se inclinó para unir su frente con la de ella—. Ella fingía que le encantaba
cocinar y yo fingía que me encantaba cómo cocinaba, pero los dos ansiábamos que
llegaran las fiestas del pueblo para poder comprar comida en los puestos.
La
carcajada de Honor
fue un sonido ronco y profundo
que se le metió en la sangre. Y por un momento... Dmitri fue feliz, feliz como
no lo había sido desde el día en que la cabaña quedó reducida a cenizas y el
fuego destruyó su corazón.
—Eres una bruja —le dijo antes de agachar la
cabeza para darle un beso que tenía la suavidad del
sol... y una
buena dosis de sexo animal—. En mi cama, Honor. Te
quiero en mi cama.
Ya estaba oscuro cuando llegaron a la Torre. Veneno
los estaba esperando.
—Esto ha llegado por correo hoy.
—Le pasó un sobre.
Dentro había una nota escrita con el mismo código
que el tatuaje por el que Honor acudió a la Torre la primera vez.
—Me marcho ya. Tengo que encargarme de la
vigilancia de Pesar dentro de quince minutos —dijo Veneno mientras Honor
examinaba la nota—.
¿Quieres que le encargue ese trabajo a otro y vaya
al Enclave del Ángel para vigilar a los polis?
—No. Illium ya está allí.
Honor, que ya había empezado a descifrar el código
en su mente, dejó de prestar atención a la conversación. No tardaría mucho en
traducir aquello, pensó, no después
de lo mucho
que había avanzado con el tatuaje.
Una hora más tarde, se incorporó en el sofá del
despacho de Dmitri y le pasó la traducción.
«Tú me arrebataste lo que más amaba. Ahora yo
te arrebataré tu tesoro.»
Honor
se frotó la
cara con las manos mientras Dmitri leía el mensaje en
silencio.
—Parece que sabe lo que te hizo
Isis, y aun así...
—Por lo visto, el amor es ciego — dijo Dmitri.
Soltó el trozo de papel y cogió el teléfono—.
Jason —dijo cuando el
espía respondió—, descríbeme a
Kallistos. —Una pausa—. Sí, sin lugar a dudas.
Honor esperó a que colgara el teléfono.
—¿Kallistos era el amante de Isis?
—Sí, aunque entonces tenía un nombre diferente. Era
muy joven, tanto que solo había cumplido unas décadas del Contrato. Cuando lo
encontramos, se estaba desangrando gracias a las atenciones de su «diosa».
—Dejarlo con vida había sido una decisión fácil—. Lo tomamos por otra de sus
víctimas.
Pero, al parecer, Kallistos amaba a
su dueña a pesar de su crueldad.
—Ha desaparecido un ángel joven en la corte de Neha
—dijo Dmitri, que escogió muy bien las palabras para no arriesgarse a que le
borraran la memoria a Honor, como había ocurrido con la amante mortal de
Illium—. Nadie sabe con seguridad cuándo desapareció. Pregúntame el nombre del
vampiro antiguo que estaba a cargo de él.
—Kallistos —dijo Honor, que dejó escapar un
suspiro—. Así es como está creando a esos protovampiros. —En sus ojos había una
pregunta—. Sé que no vas a contarme cómo es el proceso, ya que incluso a los
Candidatos les inducen el sueño durante
las etapas iniciales, pero todo el mundo sabe que son los
ángeles quienes crean a los vampiros. Siempre pensé
que eran los
de más edad.
Aunque los ángeles no negaban ese rumor, en
realidad eran los adultos más jóvenes los que acumulaban la toxina en sus
cuerpos con mayor rapidez. Los ángeles de más edad tenían un mayor nivel de
tolerancia... aunque ni siquiera los arcángeles eran inmunes, como había
demostrado Uram.
—Jason acaba de decirme que la última vez que
alguien vio a ese ángel (aparte de Kallistos), fue hace un año — dijo, aunque
eso no respondía a la pregunta implícita de Honor—. Si asumimos que lo raptaron
poco después y teniendo en
cuenta su edad,
podría
haber Convertido con éxito a un único vampiro.
—Kallistos intentó crear más — dijo Honor mientras
se acercaba al ventanal. La lluvia que había empezado a caer unos cuarenta
minutos antes había transformado la ciudad en una especie de espejismo
neblinoso—, y diluyó el efecto. —Volvió a
cruzar la alfombra con el ceño fruncido.
—Es muy probable. —No solo eso. Además, Kallistos
no había seguido el procedimiento adecuado, y de ahí que existiera una mutación
en las células sanguíneas de los cadáveres encontrados
—. Debería ser más fácil dar con él ahora que
tenemos un nombre
y un rostro.
Honor, que se había situado a su lado, se apoyó en
el escritorio y asintió con la cabeza. Sin embargo, tenía una expresión
preocupada.
—No puedo dejar de pensar en Jiana. Parecía tan
cariñosa, tan maternal...
—Todavía no tenemos nada que pruebe que
no lo sea.
Puede que la locura de Amos no sea culpa suya.
Sin embargo, Dmitri lo dudaba mucho, porque según
la experiencia que había adquirido en sus muchos años de existencia, aquella
extraña mezcla de odio y amor tenía origen en algo que jamás debería haber
ocurrido, en algo horrible
enterrado muy profundamente en el alma.
Unos ojos verde oscuro se enfrentaron a los suyos,
unos ojos que lo hechizaban y le prometían un sueño imposible.
—Tú no lo crees.
Dmitri
se acercó a
ella y le acarició la mandíbula con los dedos. La
suavidad de su piel era una tentación irresistible.
—¿Crees que sabes lo que pienso?
—Creo —dijo ella al tiempo que le sujetaba la
muñeca— que te conozco mucho mejor de lo que debería.
Sí. En demasiadas
ocasiones, Dmitri había visto una sabiduría en sus ojos que no debería
estar allí; había percibido cierta familiaridad en sus besos y
su risa le
hacía daño... Se
preguntó si no se estaría volviendo un poco loco él
también. Con todo, no conseguía alejarse de ella, distanciarse.
—Esta noche no podemos hacer nada más.
La llamada telefónica a Jason había puesto en
marcha la búsqueda de Kallistos, y en cuanto al hijo de Jiana, Dmitri ya había
puesto a toda la región en alerta.
A veces un hombre debía aprovechar el momento sin
tener en cuenta las consecuencias. Si lo dejaba pasar, podría no volver a
presentarse nunca.
«—Dmitri, ven a bailar conmigo.
—Me duelen los pies de trabajar en el campo,
Ingrede. ¿Te parece bien
que bailemos cuando regrese del mercado?
Mostró una sonrisa que iluminó la estancia, aunque
el miedo acechaba como un silencioso intruso en sus
ojos.
—Cuando vuelvas, entonces.»
Pero los hombres de Isis lo habían capturado en el
camino de regreso. En el último recuerdo que tenía de su esposa la veía
abrazando a sus
hijos e intentando no demostrar
el terror que había oscurecido sus cálidos ojos castaños hasta darles un tono
ébano imposible.
Nunca podría volver atrás, nunca bailaría con
Ingrede mientras Misha reía y la niña sacudía las piernecitas en el aire, pero
sí podía besar a esa mujer que
de algún modo se había convertido en parte de él. A
esa mujer con una mirada llena de misterios
que él estaba decidido a resolver.
—Ha llegado el momento, Honor. Al ver
la expresión tensa
de la
cazadora,
Dmitri supo que
ella temía que le entrara el pánico
y lo apuñalara en medio de un estallido de violencia, pero su respuesta fue
sencilla, poderosa.
—Sí.
Honor contempló los alrededores en silencio
mientras Dmitri la guiaba lejos de la planta adornada con tonos negros
siniestros y sensuales para dirigirse al nivel más alto de la Torre.
Dicho nivel tenía una moqueta blanca con hebras de
oro y paredes níveas con motas doradas. Las obras que lo adornaban eran una
extraña mezcla de lo antiguo y lo moderno: un colorido tapiz que mostraba
un paisaje de montaña en el que
las viviendas tenían puertas que se abrían al vacío; una resplandeciente espada,
tan afilada como una hoja de
afeitar, y un póster enmarcado de la ridícula serie de televisión La Presa del
Cazador, en el que aparecían un musculoso protagonista y su rebelde compañera
vampira.
—Illium lo compró para Elena — dijo Dmitri cuando
siguió su mirada—. Me habría encantado ver su reacción.
Honor esbozó una sonrisa.
—Son buenos amigos.
Una sombra atravesó el rostro de
Dmitri, pero lo único que dijo fue:
—Sí. —Y luego añadió—: Los aposentos de Rafael
ocupan la mitad de la planta y el resto se divide entre las habitaciones de
los Siete, aunque
las mías son el doble de grandes que las de los demás, ya que yo paso
mucho más tiempo en la ciudad.
Honor vaciló.
—¿No tienes otro hogar?
—Nunca me ha parecido necesario. Honor percibió un
montón de cosas implícitas en aquel comentario, y comprendió
que la idea
de tener un hogar le provocaba un dolor que jamás
querría revivir.
—No te preocupes —dijo Dmitri antes de que ella
pudiera abrir la boca
—. Los apartamentos tienen más metros cuadrados que
la mayoría de las casas, y las paredes están insonorizadas para garantizar una
total intimidad.
Honor no tenía nada en contra de aquel arreglo
entre ellos, y estaba bastante segura de que el
apartamento del vampiro era diez veces más grande que su casa. Pero...
—No, Dmitri. Aquí no.
—¿Por qué? —Formuló la pregunta con una fría
sofisticación que antes la habría intimidado, pero en esos momentos solo se
preguntaba por qué Dmitri había levantado tantos escudos, qué era lo que no
quería que ella viera.
—No me parece
bien. —Se mantuvo en sus trece.
La vocecita en su interior le susurraba que aquel instante era crítico, que
marcaría la opinión que Dmitri tenía de ella—. Me niego a ser una más de las
mujeres que acaban en tu cama.
Dmitri le frotó los nudillos con el pulgar. En su
rostro no había ni el menor rastro de emociones.
—¿Crees que es la cama lo que marca la diferencia?
Honor se dio cuenta de que Dmitri estaba furioso.
En esas condiciones, podría hacerle mucho daño si se largaba como si le
importara un comino.
—Puede que para ti no —susurró, consciente de que
ya era muy tarde para
intentar protegerse, para alejarse de él
—, pero para mí sí.
Hubo un silencio. Un silencio tan tenso y peligroso
como el cordón de acero incrustado en el cinturón del vampiro.
Capítulo 28
Fue el ruido
que hicieron las puertas del ascensor al abrirse lo que
pareció convencer a Dmitri.
—Sí, aquí es mucho más probable que nos
interrumpan.
Era una razón demasiado práctica, pero Honor estaba
más que dispuesta a aceptarla en esos momentos.
Dejaron la Torre y fueron en coche hasta el
edificio de apartamentos que, poco a poco, Honor estaba convirtiendo en su
hogar. Eso hacían los cazadores. El apartamento de Ashwini era un lugar lleno
de colores: cojines con bordados
de seda dorada, esculturas adquiridas aquí y allá,
postales de puestos de especias de mercados lejanos. El de Honor era menos
exuberante, pero ya había sacado sus recuerdos personales de las cajas (los que
Ash había dejado como estaban) y había empezado a desenvolverlos.
Ahora había fotos enmarcadas en una de las paredes
del salón (una abuela sonriente a la que había fotografiado durante una
caza en México; una tormenta de montaña en Colorado;
un alce en la nieve de Alaska), y su querida y vieja cámara estaba en la mesa
del comedor, lista para la revisión de rigor tras tanto tiempo de desuso.
También había empezado a decorar el dormitorio.
Las sábanas eran de un delicado algodón azul, y en
las paredes de color crema había más fotografías de su colección personal.
—Flores silvestres —dijo Dmitri, que se
detuvo en el
umbral—. No estaban aquí la
última vez.
A Honor le sorprendió que se hubiese fijado en las
fotografías cuando la tensión sexual entre ellos había alcanzado un punto
febril.
—Acabo de colgarlas. Hace unos años, mientras
rastreaba a un vampiro por toda Rusia, me encontré por casualidad con
este prado. —El recuerdo de aquel lugar la había
obsesionado durante meses, hasta que colgó las fotos en un sitio donde pudiera
verlas antes de cerrar los ojos y también al
despertarse.
Dmitri se situó delante del conjunto de fotografías
enmarcadas en negro y deslizó el dedo por una en particular que mostraba una
flor azul en el rincón.
—Aquí hubo ruinas una vez.
Honor sintió un cosquilleo en la espalda y se
acercó a él.
—Tuve
el extraño presentimiento de que ahí hubo algo en su
día, aunque no encontré ni el menor rastro. — También había tenido la molesta sensación
de que perturbaría algo precioso si atravesaba el límite trazado por las
diminutas flores azules que separaban
una pequeña sección
del prado del resto.
—¿Cómo
lo descubriste, Honor?
—Los ojos de Dmitri eran negros como piedras, y
hablaba con el mismo tono que había
utilizado con Valeria y con Jewel Wan.
Habían soltado las armas al entrar, ya que ninguno
de ellos deseaba una interrupción violenta, pero en esos momentos el
instinto de cazadora
la llevó a pensar
en cuánto tardaría
en coger el cuchillo que guardaba a un lado de la mesilla.
—Conducía por una zona casi deshabitada y me perdí
—dijo, reprimiendo sus impulsos.
Lo cierto era que se había desviado de la carretera
a propósito para seguir un camino
agreste sin ningún tipo de
indicaciones. Fue incapaz de reprimir el doloroso
impulso que la apremiaba a seguir adelante.
—Conduje durante horas... y me detuve aquí. —Se
encogió de hombros en un intento por restarle importancia a la experiencia que
la había marcado como un hierro al fuego. Había llorado durante horas después
de regresar a la civilización—. Jamás he visto un lugar tan hermoso. —Tan
inquietante, tan conmovedor.
Dmitri la miraba fijamente, y en sus ojos había
tanto peligro que a Honor le costó un verdadero esfuerzo quedarse donde estaba
y no lanzarse
hacia la cama para hacerse con el
cuchillo.
—¿Qué ves en las fotos? —le
preguntó al vampiro. Le daba la sensación de estar
al borde de un precipicio, de que su vida pendía de un hilo—. ¿Dmitri?
Con el rostro
desprovisto ya de toda sofisticación y transformado en el de
un depredador letal, Dmitri estiró el brazo para meterle unos mechones de pelo
por detrás de la oreja.
—Si esto es un juego, lo pagarás muy caro.
A Honor se le erizó el vello de la nuca. Esta vez
sí retrocedió, aunque no cogió el arma. No pudo. Tenía que confiar en él,
porque si no... Si no podía confiar
en él, su
mundo se haría pedazos.
—No me excitan las amenazas. —
No
hagas esto, por
favor..., pensó—. Lárgate y
llévate tu malhumor contigo.
En lugar de eso, Dmitri se acercó a ella muy
despacio y la acorraló en el rincón. El cuerpo que Honor ansiaba acariciar unos
momentos antes se había convertido en un muro rígido. Sin embargo, cuando el
vampiro agachó la cabeza y colocó la boca sobre la zona de su cuello donde
latía el pulso, ella no pudo soportarlo más.
Le clavó los dedos en la parte lateral del cuello
que quedaba expuesta.
O lo habría hecho si Dmitri no le hubiera sujetado
la muñeca con la efectividad de un grillete de acero.
¡No, no, no!
Aquella restricción la llevó de
vuelta al foso en el que había pasado tantas
semanas, al foso del que, como comprendió en esos momentos, jamás había logrado
escapar. No obstante, mezclada con el miedo había una aplastante sensación de
traición.
«Mi Dmitri no. Este no es él.»
Y un momento
después, se acabaron los
pensamientos.
Dmitri jamás se había sentido tan furioso como en
esos instantes. Lo único que deseaba era hacer daño a la mujer que tenía entre
los brazos. No sabía a qué juego estaba jugando Honor, pero le sacaría la
respuesta aunque para ello tuviera que convertirla en un millón de pedazos.
Aquel prado, lo que representaba, era intocable.
Le retorció la muñeca cuando ella empezó a
forcejear y se inclinó para acariciarla con los colmillos en un acto de
deliberada crueldad... porque estaba claro que ella había jugado con él desde
el principio. Era imposible que hubiera encontrado aquel prado por casualidad.
El prado donde habían muerto su esposa y su hija. El prado donde había llevado
a su
hijo más tarde,
para que no estuviese solo. El prado donde los había
llorado durante un año entero.
«—Mi
hermoso Dmitri... —Lo miró con sus ojos castaños llenos de
preocupación—. No dejes que ella te cambie. No permitas que te convierta en
alguien cruel.»
Las palabras de Ingrede no habían
impedido el cambio, no después de su muerte. Y nada
podría revenirlo. Así que lo
aprovecharía.
La cazadora que lo había tomado por un tonto
intentó escapar.
Dmitri
la inmovilizó contra
la pared sin esfuerzo.
Pero Honor no dejaba de luchar. Se retorcía con tanta
fuerza que, si no se detenía pronto, acabaría por romperse algo.
Cuando Dmitri le sujetó los brazos por encima de la
cabeza y utilizó su cuerpo para aplastarla contra la pared, ella le mordió el
cuello. Con la fuerza suficiente para hacerle sangre. Dmitri se apartó al
instante y cerró con más fuerza la mano que le sujetaba las muñecas.
—¿Ya empezamos con los
preliminares, Honor?
No hubo respuesta, tan solo un forcejeo brutal, a
pesar de que ella sabía que no podía escapar. No emitió ningún ruido y mantuvo
la respiración muy controlada.
Fue entonces cuando Dmitri se hundió en sus ojos
verdes llenos de misterios.
Allí no había nadie.
No había personalidad, ni el menor rastro de la
mujer alegre que con tanta confianza lo había llevado al orgasmo aquella misma
mañana. No había nada salvo el instinto
animal de supervivencia. Y supo
que ella estaba dispuesta a morir para liberarse.
«—Tengo miedo, Dmitri.
—Yo nunca te haría daño. Confía en mí.»
Temblando al escuchar el susurro de ese recuerdo,
un recuerdo que no pertenecía a Honor
y que aun
así hablaba de ella,
Dmitri le soltó
las manos y se apartó un poco. La cazadora se abalanzó sobre él hecha
una furia, le dio un codazo en la cara, un puñetazo en la laringe y una patada
en la rodilla.
Dmitri cayó de espaldas sobre la cama y bloqueó
algunos de los golpes más brutales, pero no hizo nada por detenerla. Honor
descargó su ira sobre él y le dejó la nariz y la boca ensangrentadas, además de
varios cardenales en el cuerpo que sanaron casi tan pronto como aparecieron.
—Cabrón... —Era lo primero que decía desde que la
acorraló en el rincón
—. Maldito
cabrón de mierda... —Le dio un puñetazo
brutal en la mandíbula que hizo que
le entrechocaran los dientes.
Bloqueó el siguiente golpe, la miró a los ojos... y
vio que Honor regresaba de nuevo a
su lado. El
color verde estaba cubierto por
una película húmeda y el ataque siguiente no fue tan fuerte como los
anteriores. Empezó a aporrearle el pecho con las dos manos una y
otra vez.
—¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio! — Era una furiosa
letanía que acabó en intensos
sollozos. Sollozos que revelaban una angustia inimaginable. Se
derrumbó contra su
cuerpo antes de susurrar de nuevo—. Te odio.
Y en ese instante Dmitri se odió a sí mismo.
Permaneció inmóvil hasta que ella dejó de moverse y
los desgarradores sollozos se convirtieron en lágrimas silenciosas contra su
pecho. En aquel momento se atrevió
a acariciarle los rizos
enmarañados. No sabía
qué decirle, cómo explicarle la furia que había despertado en él.
Pero en realidad solo podía decir una cosa, algo
que no le había dicho a una mujer desde hacía casi mil años.
—Lo siento, Honor. Perdóname.
Sentada
en el lavabo
del gran cuarto de baño de su
dormitorio, Honor observó en silencio
cómo Dmitri le ponía
desinfectante en los
nudillos, llenos de arañazos y moratones. El escozor estuvo a punto de arrancarle
una exclamación, pero la contuvo y posó la vista en el corte que él tenía en el
labio, en los cardenales de su rostro. Una parte de ella, horrorizada por su
propia violencia, deseaba cubrir aquel rostro tan masculino y atractivo con las
manos y besar cada
morado a modo
de disculpa. Sin embargo, el resto de su interior se había encogido
hasta formar una bola diminuta, recelosa y desconfiada.
La luz arrancó destellos a su
cabello negro mientras la curaba, y Honor recordó
lo suave y sedoso que era al tacto. También recordó la fuerza con la que le
había inmovilizado los brazos contra la pared.
—Te he
llenado de magulladuras
—dijo Dmitri mientras le acariciaba las muñecas. Su
piel parecía más oscura en contraste con la de ella... ahora llena de bandas
rosadas.
Puesto que quería ser justa, rompió el silencio.
—Lo mío ha sido peor. —Lo había golpeado con tanta
fuerza que, aunque era un vampiro muy antiguo, los cardenales tardarían al
menos una hora en desaparecer. Además, el corte del labio era
un tajo profundo
y los
desgarrones del hombro de la camisa dejaba
expuestas unas pálidas marcas rojas que ya casi se habían curado, pero en
conjunto...—. Yo he salido mejor parada que tú.
Los ojos negros de Dmitri se clavaron en los suyos.
—Las heridas físicas no son el problema, ¿verdad?
A Honor se le hizo un nudo en el estómago y sintió
el escozor amargo de la bilis en la garganta.
—Creo que todo lo que habíamos conseguido hasta
ahora —dijo con una voz ronca a causa de los sollozos previos—... ha
desaparecido.
Su personalidad se había derrumbado debido a la
conmoción y el
terror, que la habían transformado en un animal
furioso con garras y dientes, en una criatura atrapada convertida una vez más
en una víctima indefensa.
Dmitri se había mofado de la fuerza que tanto
le había costado
adquirir, había aplastado la confianza que tenía en sí misma y, lo más
importante, le había arrebatado el orgullo que había conseguido reconstruir
pedazo a pedazo... No estaba
segura de poder perdonarle aquello.
El
vampiro terminó de
curarle todos los arañazos y tiró a la basura la bola de algodón. Luego,
sin mediar palabra y poniendo mucho cuidado en no invadir su espacio vital,
salió del baño. Estremecida por una
sensación de
pérdida que la dejó vacía, como si hubieran borrado
toda su vida de un plumazo, la cazadora avanzó con torpeza hacia el salón,
hacia el ventanal desde el que se veía la ciudad azotada por la lluvia.
Las luces parecían apagadas y borrosas tras
la cortina de agua.
De pronto, tuvo la sensación de que estaba sola en el mundo, atrapada en
una jaula de cristal. Era una sensación que le resultaba de lo más familiar.
Los amigos y las relaciones que había forjado conseguían que la soledad
resultara tolerable, pero aquella extraña nostalgia siempre había estado allí,
dentro de ella. Era Dmitri quien
había llenado ese vacío,
pero también quien
lo había
hecho más grande.
Percibió un vestigio de la más oscura de
las esencias y supo
que él había entrado
en el salón
sin hacer ruido. Sin embargo, no
se acercó a ella, y un minuto después Honor oyó jaleo en la cocina. Echó un
vistazo a la zona, separada del salón por una encimera curva, y vio que Dmitri
cogía un plato para llevarlo a la mesa, donde lo dejó después de apartar la
cámara.
El vampiro rodeó la mesa para aproximarse un poco,
pero mantuvo las distancias, y eso hizo que el hielo del pecho de Honor se
enfriara aún más... Fue entonces cuando ella supo que se le había congelado el
corazón.
—Come, Honor —le dijo—. Hace
horas que no comes nada.
La voz de Dmitri tenía un matiz que no lograba
interpretar, un elemento que no había percibido nunca antes. Honor cambió de
posición para poder verle bien la cara, pero solo percibió los
escudos de una
criatura casi inmortal que
había vivido más tiempo del
que ella podía llegar a imaginar.
—Deberías marcharte.
No
podía soportar verlo
allí cuando había un abismo insalvable entre ellos. Era una idiotez
sentirse así por la pérdida de una relación que en realidad jamás había llegado
a comenzar, pero tenía la sensación
de que Dmitri
se había colado en su alma con el único fin de pisotearla.
Había una sombra apagada en aquellos ojos castaños
tan oscuros que parecían negros, unos ojos que habían visto un milenio.
—Me alejas de ti.
«¿Me alejarías de ti?»
Honor parpadeó ante ese extraño eco que resonó en
su mente y se concentró en el hombre que estaba tan cerca y a la vez tan lejos.
—Tengo que hacerlo. —Para sobrevivir, para
conservar los magullados restos de orgullo que le quedaban. Para recomponerse.
Él permaneció en silencio durante un rato. Lo único
que se oía era la melodía de la lluvia que golpeaba el cristal, un sonido que
siempre le había
parecido tranquilizador y que ahora le resultaba
enervante, demasiado irregular para sus sentidos hipersensibilizados. Cuando
Dmitri alzó una mano y luego la bajó, Honor sintió la pérdida como una puñalada
en el corazón, y comprendió que el vampiro podía hacerle aún más daño del que
ya le había hecho.
Sin embargo, Dmitri hizo algo que ella nunca,
jamás, habría esperado.
Sin dejar de mirarla a los ojos, acortó la
distancia que los separaba, se puso
de rodillas y alzó su
atractivo rostro lleno de cardenales para mirarla.
Cuando le rodeó la cintura con los brazos y apretó
la cara contra su abdomen, Honor empezó a llorar de nuevo, lenta y silenciosamente. Dmitri
no inclinaba la cabeza ante nadie, jamás cedía ni
se rendía. Pero en esos momentos estaba arrodillado delante de ella, expuesto a
las patadas, a las puñaladas en el cuello y al más violento de los rechazos.
—Ay,
Dmitri... —Temblando, Honor
enterró los dedos en el cabello de aquella criatura a la que habían hecho tanto
daño. Una criatura que había convertido la desconfianza en una respuesta
instintiva.
Ella sabía que el vampiro se había encolerizado al
ver las flores silvestres en el dormitorio, pero aún no tenía ni idea de por
qué. De todas formas, no era el mejor momento para preguntárselo. Ahora debía
decidir.
—Perdóname.
¿Podría hacerlo? ¿Tendría la fuerza necesaria para
perdonarle el horror que le había hecho
revivir justo cuando había comenzado a creer que había
vencido a sus torturadores? ¿Podría perdonarle el daño emocional y, sobre todo,
la humillación de verse reducida a un animal rabioso?
Honor apresó el cabello de Dmitri en el puño.
La
lluvia seguía cayendo
fuera, pero en su interior solo había silencio... y una absoluta
claridad de ideas. Sabía que la decisión que tomase en ese instante, sobre
aquel hombre, repercutiría, en el resto de su vida. Si se apartaba del
precipicio en el
que se
encontraba en esos momentos, quizá quedara
destrozada para siempre... o quizá encontrara el camino a casa.
Casa. Hogar.
Muchos dirían que aquella idea no era más que una
fantasía construida por su intensa e inexorable soledad. Pero ellos no
comprendían la inconcebible intensidad
de lo que
sentía por el hombre
que se había
arrodillado ante ella para darle
algo que no
le había dado jamás a nadie.
Honor
lo había buscado
durante toda la vida, incluso cuando aún no conocía su nombre. No era
quien ella se imaginaba... era una criatura mucho más letal, mucho más dura.
«Aún es el mío. Aún es mi Dmitri.
Herido, cambiado, pero no perdido. No lo daré por
perdido.»
Honor no luchó contra aquella voz que no era la
suya y que, aun así, salía de su alma. A esas alturas, ya se había convertido
en una locura familiar.
Dmitri extendió la mano en la parte baja de su
espalda.
—No acabes con esto.
—¿Te marcharías? —le preguntó ella, que aflojó la
mano para volver a acariciarle el sedoso cabello negro mientras se secaba las
lágrimas con la otra.
Hizo una pausa muy, muy larga.
—Sí. —Era una única y durísima palabra—. Si quieres
libertad, te la concederé.
Así que... la decisión era suya, y solo suya.
Capítulo 29
Al final no le resultó tan difícil tomar la
decisión, porque, en lo que a Dmitri se refería, no tenía instinto de
supervivencia. Y eso también era una locura, igual que la constante necesidad
de tocarlo, de abrazarlo... de amarlo.
—Quédate.
En cuanto lo dijo, notó el estremecimiento del
poderoso cuerpo del hombre que le
había ofrecido la libertad. Y aquello echó por tierra sus defensas.
Se arrodilló frente a él, le rodeó el cuello con
los brazos y enterró la cara
en la calidez de su piel. Dmitri la abrazó un
instante después. Honor esperaba la aparición del miedo, ese insidioso intruso,
esa sombra sigilosa... pero no hizo acto de presencia, como si la brutalidad de
su lucha con el vampiro lo hubiera extraído de su organismo, dejándola
magullada pero entera.
—Nunca más —susurró Dmitri contra su cabello.
Su voz sonaba sincera. Había bajado todos sus escudos
—. Te lo juro.
Honor le acarició la nuca con ternura, y ese gesto
los tranquilizó a ambos. Al hombre duro y peligroso que ya era suyo, y a la
chica destrozada y solitaria que moraba en su interior.
—Dime por qué. —Necesitaba
entenderlo, escudriñar las sombras de su corazón.
Dmitri cogió un puñado de su cabello.
—Es un
lugar de
entierro —dijo con una voz tan ronca que resultaba difícil entenderlo—.
Nadie más que Rafael conoce su existencia.
A Honor le dio un vuelco el corazón. Una enorme
avalancha de conocimientos invadió su mente, pero cuando intentó acceder a
ellos se le escaparon entre los dedos, como si fueran humo.
Lo dejó pasar por el momento y recordó aquellas
flores silvestres, de tantas formas y
colores, inclinándose para
saludarla cuando había salido del
coche que había aparcado a cierta distancia para no
aplastarlas. Aquel día había
caminado, a paso
lento pero seguro, a través de
aquel río de color, atraída hacia las
ruinas invisibles... como si su
cuerpo fuera una brújula y las ruinas el auténtico norte.
La
melancolía del lugar impregnaba el ambiente, pero le había
parecido oír también
el eco de las
risas... de la alegría de los niños.
—Es un lugar con memoria — susurró—. Pero no había
solo tristeza, Dmitri. Debes recordarlo. —Aquellas palabras no eran suyas, pero
ahí estaban
—. Debes hacerlo.
—Lo recuerdo todo. —El vampiro soltó una
risotada que sonaba
como
ruidos metálicos y cristales rotos—. A veces
desearía no hacerlo, pero esos recuerdos parecen grabados en piedra y jamás
podré olvidarlos.
Honor se preguntó cómo sería acarrear aquel
sufrimiento a lo largo de los siglos, llorar a alguien durante casi mil años, y
sentir un dolor tan grande que parecía no tener fin.
—Ella no habría querido esto para ti —dijo, tan
segura de ello que ni siquiera se paró a cuestionárselo—. Y tú lo sabes.
Honor tenía razón, pensó Dmitri. Ingrede se habría
horrorizado al ver en quién y en qué se había convertido; al ver cómo
se había envilecido
tras perder a su esposa y a sus hijos. Sin
embargo, también sabía otra cosa.
—Hay cosas que ningún hombre puede soportar.
Algunas pérdidas que ningún marido... —y ningún padre— puede olvidar jamás.
—Dmitri...
—No sé lo que puedo darte, Honor
—dijo, porque ella se merecía sinceridad—, pero sé
que no he sentido nada parecido desde el día que murió mi esposa.
Honor le cubrió la cara con las manos.
—No pasa nada. —Le dio el más dulce de los besos.
Dmitri no entendía que Honor lo consolara después
del daño que él le había hecho, pero su alma, fría durante
tanto tiempo, se regodeó en su calidez.
—Una vez le di de comer a Elena
—dijo Dmitri mucho rato después, mientras Honor
aceptaba el tenedor cargado de arroz
que él le
había acercado a la boca.
Le había permitido cuidar de ella como nunca antes.
La curiosidad transformó sus ojos verdes en dos
joyas resplandecientes.
—¿Había cuchillos de por medio?
—No, pero estaba atada en aquel momento. —Parecía
haber transcurrido una eternidad desde el día que había fastidiado a Elena
mientras ella permanecía inmovilizada por su propia
seguridad—. Le había disparado a Rafael. —Los demás
miembros de los Siete querían su sangre, pero Dmitri había jurado protegerla.
Honor se inclinó hacia delante con el ceño
fruncido.
—Había oído ciertos rumores al respecto... ¿De
verdad lo hizo?
Dmitri le contó la historia y entretanto consiguió
darle casi toda la comida. Se preguntó si ella se había percatado de que había
llevado fruta y miel a la mesa.
«—Tengo manos, esposo mío. Dmitri acercó una rodaja
de fruta a
aquellos hermosos labios mientras ella permanecía
sentada en su regazo, rodeándole el cuello con un brazo.
—Puedes utilizar esas manos para agradecerme que te
cuide tan bien.
Unos dientes blancos y pequeños mordisquearon la
fruta, y su esbelta garganta se contrajo al tragar la pulpa jugosa.
—¿Dmitri?
—¿Sí? —Deslizó la fruta por su cuello y luego lamió
el jugo.
Ella se estremeció.
—Espero estar sentada en tu regazo cuando sea una
anciana desdentada y tú te hayas convertido en un viejo arrugado.»
La cazadora dejó la copa de vino y se puso
en pie para
sentarse en su regazo. Y entonces, el recuerdo y la
realidad se mezclaron en
un
caleidoscopio
que lo volvió
loco. El roce de los labios de Honor
no hizo más que aumentar la grieta del tiempo: su sabor era dulce, cálido y
dolorosamente familiar... sin serlo. Dmitri le acarició la nuca y se obligó a
abrazarla con delicadeza mientras Honor abría la boca y le permitía explorarla
con pecaminosa languidez.
La ternura del momento lo destruyó por completo,
despertando algunas partes de sí
mismo que creía muertas. Su aroma a flores silvestres, sentirla bajo sus manos,
su risa... todo encajaba como una llave en su cerradura. Ingrede era muy
diferente por fuera (una mujer que adoraba
el hogar y
la tierra, que no
sabía cómo utilizar un cuchillo que no
fuera de cocina), pero su esposa tenía un corazón
de león.
Igual que Honor.
—Sí —dijo cuando ella puso fin al beso con un
lametón.
Honor inclinó la cabeza y lo miró con expresión
interrogadora.
Dmitri se sumergió en sus ojos del color de los
bosques envueltos en bruma y bajó la
mano para acariciarle
el pecho.
—Ahora, Honor.
Sintió los latidos acelerados del corazón femenino
bajo la palma.
—Las ventanas... —susurró ella. Tenía la voz ronca
a causa de la
tormenta que habían dejado atrás... y de la pasión. Una pasión
que enrojeció
tanto sus labios que Dmitri deseó morderla.
A esas alturas era imposible que alguien los
viera... salvo, por supuesto, las criaturas inmortales dotadas de alas.
—Baja las persianas. —Aquella orden susurrada
escapó de su boca sin previo aviso.
Los
labios de la
cazadora esbozaron una sonrisa.
—Como mi señor desee... Consciente de que
ella lo estaba
provocando y bastante contento de que lo hiciera,
Dmitri observó cómo
se ponía en pie y bajaba las persianas para dejarlos sumidos en la
intimidad creada por el sereno escudo de la lluvia tras el cristal.
—¿Qué necesitas? —preguntó cuando Honor se dio la
vuelta para mirarlo.
Era la primera vez en siglos que anteponía las
necesidades de una amante a las suyas. Por supuesto, jamás había dejado
insatisfecha a una compañera de cama (aunque a veces el placer que
proporcionaba fuera casi brutal en su intensidad), pero importarle... No, no se
había preocupado por una amante desde el día en que abandonó a su esposa con la
promesa de regresar.
Si Honor le pedía que se moderara, encontraría una
forma de hacerlo. Sin embargo, su respuesta fue de lo más inesperada.
—No voy a romperme.:—Y lo
decía en serio.
Dmitri recordó lo salvaje que se había vuelto
cuando la pesadilla atrapó su mente. Honor todavía tenía fracturas, y aquella
noche él las había aumentado un poco más con su comportamiento imperdonable.
Pero se curarían... porque Honor era una superviviente.
Dmitri se llevó la mano a la mandíbula y se frotó
el cardenal.
—Pues tú has estado a punto de romperme.
Le ofreció una sonrisa lánguida de belleza
arrebatadora.
—Te lo merecías. Dmitri sonrió.
—Sí. —Recorrió el cuerpo de la cazadora con
la mirada y añadió—:
Todavía quiero hacerte cosas perversas
—dijo en un deliberado intento por averiguar hasta
dónde le permitiría llegar.
—Por ahora, nada de cosas raras. Desconcertado por
el hecho de que
ella llegara a planteárselo después de lo que le
había hecho, Dmitri la miró a los ojos... y vio algo que lo dejó paralizado.
Honor sabía que tenía poder sobre él. No era
más que una débil mortal, pero aun así había conseguido
postrarlo de rodillas. A diferencia de él, no se había convertido en una cínica
después de vivir una experiencia que habría llevado a muchos
a la amargura y al odio, así que jamás utilizaría
ese poder con malicia... Pero
saber que podía
controlarlo le permitiría jugar a aquel juego con
él.
Bien.
Dmitri alejó la silla un poco y le hizo un gesto
con el dedo índice para que se acercara a él.
Ella se quitó las botas con los pies antes de
cruzar la alfombra y sentarse a horcajadas en su regazo. Luego alzó las manos
hasta los botones de su camisa.
—Me encanta el color de tu piel — murmuró al tiempo
que se inclinaba para darle un beso en el pecho.
Fue una caricia
muy dulce, tanto que Dmitri
enredó los dedos en su cabello e insistió en que la repitiera. Honor soltó una
carcajada y llenó su pecho de besos
mientras le
desabrochaba los botones hasta la cintura.
—Tienes una piel preciosa.
¿Cambia de tono alguna vez?
Dmitri tironeó del bajo de su camiseta y esperó a
que ella levantara los brazos para sacársela por la cabeza.
—Te lo dije.
Tendrás que esperar... —Tensó el
abdomen al verla
—... para averiguarlo.
Y entonces fue él quien se inclinó para besar
aquella piel dorada mientras le sujetaba las caderas con manos posesivas.
—Tengo cicatrices —susurró
Honor.
Los responsables de aquellas cicatrices lo pagarían
caro durante las
próximas décadas, porque Dmitri no se apiadaría de
ninguno de ellos. No por aquel crimen.
—Yo solo te
veo a ti. —Le dio otro beso lento
antes de apartarse—. Y tú eres mi adicción personal.
Se le hizo la boca agua al ver sus grandes pechos
cubiertos de encaje y deseó poder clavar los colmillos en aquella carne tan
dulce. Por supuesto, no lo haría hasta que ella le diera permiso, pero eso a su
miembro le daba igual. Estaba duro como una piedra, lleno de sangre palpitante, caliente y densa. Y eso que
aún no se
había permitido pensar en el
interior tenso y húmedo de Honor...
—Quiero estar dentro de ti. —Le
dio un chupetón en la curva superior del pecho y
luego lamió la marca roja—. Tan dentro que te sientas marcada para siempre.
Honor le clavó las uñas en la nuca.
—Haces que desee cosas que ninguna chica decente
debería desear.
Aquellas palabras terminaron de aflojar el nudo que
Dmitri tenía en el pecho.
—Yo no pienso detenerte, así que no te cortes,
—Apartó la cabeza, deslizó las
manos por la
curva de su cintura hasta las costillas y luego le
cubrió ambos pechos por
encima del fino encaje del sujetador, que tenía un
pequeño lazo rojo en la parte central—. Creí
que las cazadoras
eran más
prácticas. —Pasó los pulgares por los pezones,
endurecidos y tentadores.
—¿Alguna queja?
Como respuesta, Dmitri apretó las puntas enhiestas
y la besó con ferocidad.
Cuando liberó su boca, Honor echó la cabeza hacia
atrás, dejando expuesta la curva de su cuello. Dmitri clavó la mirada en el
pulso de su garganta y notó cómo se le aceleraba la sangre. Apretó los dientes
e intentó distraerse concentrándose en los pechos. Funcionó.
Eran deliciosos, quizá algo grandes para la
vida activa de una cazadora, pero perfectos para sus manos.
Deslizó los dedos por debajo de aquellas curvas
exquisitas y ya había inclinado la cabeza para disfrutar con
ellos cuando Honor le tiró del pelo.
—Bésame en el cuello —dijo con un susurro tan suave
como la brisa.
A Dmitri le temblaron las manos.
—Puede que eso no sea muy buena idea. —Estaba
hambriento de ella; todo su cuerpo palpitaba.
—Tienes edad suficiente para controlarte. —Era un
desafío sensual—. Soy muy sensible en esa zona. —Honor alzó una mano y se
acarició con los dedos el arco de la garganta.
El pene de Dmitri se sacudió con fuerza. Su mente
se llenó de imágenes decadentes que reflejaban
lo que deseaba que le hicieran
aquellos dedos fuertes.
—Detesto haber perdido la
capacidad de sentir placer a causa de lo que me
hicieron —dijo ella—. Quiero recuperarla.
En lugar de obedecer la orden, Dmitri le cubrió los
pechos con las manos una vez más. Los pezones eran puntas endurecidas bajo sus
palmas y pudo sentir el aumento de la cadencia de sus latidos, el ritmo
frenético de su respiración.
—Esta zona también es muy sensible, ¿verdad, Honor?
—Le apretó los pechos y agachó la cabeza para mordisquear uno de sus pezones,
consciente de que el roce del encaje contra la piel le provocaría un dolor
exquisito.
La cazadora dejó escapar un
gemido de frustración.
—Ese látigo tuyo... —dijo jadeando—, ¿lo has
sentido alguna vez en tu propio cuerpo?
Dmitri
liberó el pezón
con un último lengüetazo que
humedeció el encaje y aumentó la fricción, y luego levantó la vista.
—No. —Él siempre estaba al mando. Estaba en su
naturaleza. Pero...
—. Quizá podamos probar.
Ella lo miró con los ojos entrecerrados.
—Intuyo que tramas algo, pero no sé qué es.
En ese momento, Dmitri cambió de posición para
plantar un beso húmedo y apasionado
en la parte
lateral de su
cuello, y luego subió rápidamente hasta su
mandíbula. Honor se quedó paralizada, pero él dejó la boca donde estaba. Empezó
a acariciar su cuerpo del pecho a la cadera, de la cadera
al pecho, una y otra vez, mientras extendía la otra mano en la parte baja de su
espalda.
—Siente la humedad —susurró antes de soplar su piel
mojada.
Cuando Honor se estremeció, él la lamió de nuevo.
—Elige, Honor. Dime lo que te gusta. —Le estaba
costando un soberano esfuerzo mantenerse a raya con esa mujer—. Dímelo —repitió
mientras reprimía el impulso de posesión—. Tú llevas las riendas.
Ella deslizó los dedos por la nuca hasta su
garganta.
—Besos largos, húmedos.
No le resultaría
difícil complacerla. Podría darse un festín con cada centímetro de su
cuerpo y empezar de nuevo en cuestión de segundos. El cuerpo de Honor
permaneció rígido durante un tiempo, pero al final empezó a apretarle la nuca
con los dedos y su pulso se aceleró tanto que el de Dmitri empezó a entonar ese
mismo ritmo erótico.
—Más fuerte, Dmitri —dijo ella.
Le gustaba
oír cómo pronunciaba su nombre cuando
estaba medio desnuda encima de él, con el cuerpo relajado y dispuesto. Y le
gustaría aún más cuando
se hundiera dentro de ella. Sopló la zona de piel
que acababa de besar y disfrutó del temblor que recorrió el cuerpo de
Honor antes de hacer lo
que ella le había pedido: le dio besos largos e
intensos que le dejaron marcas rojas en el cuello mientras acariciaba sus
pechos grandes y cálidos. Pensaba dejar marcas allí también.
Cuando el vampiro apartó por fin la cabeza de su
garganta, los ojos de Honor se habían nublado de placer, y su cuerpo estaba
relajado. No había eliminado del todo
los terribles recuerdos de Honor,
pero aquella experiencia le proporcionaría a la cazadora un arma para luchar
contra sus pesadillas. Y Dmitri
estaba más que
dispuesto
a lamer su
glorioso cuerpo siempre que lo
necesitara.
—Quiero poner mi boca ahí — murmuró Dmitri
mientras se mecía contra ella para presionar la zona
cálida que había entre sus muslos—. ¿Será un problema?
Lo miró a los ojos, muy abiertos, llenos de una
saludable y decadente lujuria.
—No. Ellos... A nadie le interesó eso. Pero nada de
mordiscos en la parte interna de los muslos. Yo... Eso duele.
Dmitri se sintió invadido por una furia tan salvaje
y brutal que tuvo que agachar la cabeza un instante para que ella no la
descubriera. Pero cuando Honor empezó a mover las caderas en
círculos
e introdujo la
mano por el cuello de la camisa para acariciarle la
espalda, volvió a disfrutar del placer de estar con aquella mujer tan hermosa y
atractiva que ahora estaba a su merced.
—¿Las braguitas hacen juego con esto? —preguntó
mientras trazaba con el dedo el contorno del sujetador.
—Sí. —El pecho de Honor subía y bajaba a un ritmo
irregular—. Son rojas con un lacito negro.
—Bruja.
Ella se echó a reír, y aquella risa confirmó que
estaba jugando con él. Nadie lo había hecho desde hacía una eternidad.
—Quítate
la camisa, Dmitri
—le dio un suave
mordisco en la
zona
sensible del lóbulo de la oreja—, o la haré
pedazos.
Dmitri soltó un gemido y se quitó la camisa en un
instante antes de tirarla al suelo. Luego metió las manos entre sus cuerpos
para desabrocharse el cinturón. Sentía
el pene duro
como una piedra bajo los pantalones, apretado contra
el tejido. Retiró el botón para aliviarse un poco, pero resistió el impulso de
liberar la erección. Si lo hacía, todo terminaría demasiado rápido.
Y quería saborearlo.
«Ha pasado mucho tiempo...»
Esa idea se desvaneció casi antes de que pudiera
oírla, así que siguió el tirante del sujetador de Honor hasta la copa y la bajó
para dejar al descubierto
la
carne hinchada y
endurecida del pezón. Dejó el
borde de encaje justo por debajo y repitió la misma operación con el otro
pecho. Después se echó hacia atrás para ver a Honor tendida ante él como un
erótico festín.
Capítulo 30
La
respiración de Honor,
ya agitada, se volvió rápida y superficial mientras se acariciaba los
muslos con las manos. Y luego hizo algo de lo más inesperado: pegó los brazos
al cuerpo para realzar sus pechos y servírselos en bandeja. Dmitri soltó un
gruñido y agachó la cabeza para succionar uno de los pezones contraídos
mientras hacía girar el otro
entre las yemas
de los dedos.
Embriagado por el sabor de Honor, alternó entre un
pecho y el otro hasta que ella le tiró del pelo.
—¿Qué? —Sabía que la pregunta había sonado
arrogante, pero decidió que ella era lo bastante fuerte como
para soportarlo.
—No puedo respirar.
Con la cara sonrojada, el pulso errático, el pelo
enmarañado y los pezones calientes y húmedos a causa de las caricias, Honor era
una fantasía sexual hecha realidad.
—No pensarás meterme prisa,
¿verdad, Honor?
Rozó el pezón con el pulgar antes de alargar el
brazo hasta su espalda para desabrocharle el sujetador y dejar libres sus
preciosos pechos. El color dorado de su piel se volvía crema allí, más
delicado. Dmitri sabía que sus colmillos
dejarían dos perfectos y diminutos cardenales en
aquella carne... Era capaz de sanar un
mordisco por completo, pero como ya había demostrado
antes, no era capaz de controlarse con ella.
Quería que ella llevara aquella marca tan íntima,
pero todavía no estaba preparada. Sin embargo, había otras formas de marcar a
una mujer.
—Inclínate hacia atrás y apoya los codos en la
mesa. —Era otra orden.
Y ella obedeció.
La posición no solo la dejaba a su merced, también
elevaba sus pechos para que pudiera disfrutarlos a
placer.
—Quiero alimentarme de ti —dijo, y vio un terror
inmediato en sus ojos—, pero no lo haré. No hasta que me invites
a hacerlo de una forma clara y precisa, así que
quítate ese miedo de la cabeza.
—Observó sus ojos verdes hasta que el terror fue
sustituido por el alivio... y por una abrasadora sensualidad.
La sensualidad de una mujer que no se dejaría
intimidar en la cama, que devolvería caricia por caricia, beso por beso.
—¿Honor?
—¿Sí?
—Voy a hacerte ciertas cosas que ninguna chica
decente debería dejar que le hiciera un hombre.
El cuerpo de Honor se derritió al escucharlo.
Un instante después, Dmitri acercó su boca sensual
y peligrosa a la parte
superior del pecho y succionó con la fuerza suficiente
para dejarle un pequeño morado. Luego bajó la cabeza
para chuparle el
pezón con fuertes tirones que le provocaron
contracciones en el vientre. Si las caricias previas habían sido dolorosamente
tiernas, aquello era sexo puro y duro. Nada en su forma de tocarla indicaba que
la considerase una mujer débil, rota, y ella se sintió libre de un modo que
nunca habría creído posible.
Honor arqueó la espalda para acercarse más a
aquella boca experta y se vio recompensada con una caricia de la lengua
alrededor del pezón que le provocó cosas que ni siquiera sabía que existían.
Apretó el musculoso cuerpo de
Dmitri con los muslos y lo observó mientras él
alzaba la cabeza. El vampiro se lamió los labios antes de trasladarse al pecho
que había quedado desatendido.
Un beso con dientes.
«No hasta que me invites a hacerlo de forma clara y
precisa.»
Con aquella promesa en mente, Honor esquivó las
lanzas del miedo para sumergirse en la marea de placer.
—No pares —dijo cuando él levantó la cabeza.
Dmitri se inclinó hacia delante para besarle la
base del cuello. Sus ojos, oscuros como el pecado, tenían una expresión de
satisfacción que él no se molestó en disimular.
—¿Llegas a la miel?
Honor se retorció un poco, cogió el bote de miel
que él había llevado con la fruta y se lo pasó, aunque sabía que le acababa de
entregar un arma con la que pensaba atormentarla aún más.
El vampiro retiró el tapón y, sin dejar de mirarla
a los ojos, se agachó para lamerle el pezón... solo una vez, lo justo para
provocarla, para dejarla sin aliento. Luego colocó el bote de miel boca abajo y
lo apretó, pero el líquido viscoso no cayó sobre su cuerpo, como Honor
esperaba, sino en la mano. Cerró el tapón en cuanto acabó y volvió a pasarle el
bote.
Honor lo colocó de nuevo en la mesa sin quitarle la
vista de encima.
Tras hundir un dedo en el líquido dorado, Dmitri
le untó los
labios de miel. Honor se metió su
dedo en la boca y lo rodeó con la lengua como había hecho con su pene en el
coche. Los sensuales ojos del vampiro le
dijeron qué quería hacerle exactamente, pero la pasión ardía a fuego
lento, y Dmitri parecía tener leña para rato.
Era una suerte para ella.
—Sigue haciendo eso... —murmuró él con un tono de
voz que le acarició la piel como una estola de visón—, y te pondré de
rodillas entre mis
piernas para que chupes algo mucho más duro.
Honor atrapó el dedo entre los dientes a modo de
reprimenda por aquel comentario, que parecía más propio de
un bárbaro incivilizado.
—El suelo me haría daño en las rodillas —dijo
después de soltarlo. Se sentía sexy, maravillosamente femenina
—. La próxima vez que te chupe, quiero estar de
rodillas en un cómodo sofá.
—Me encargaré de que tus deseos se cumplan. —Dmitri
apartó el dedo húmedo de su boca, volvió a hundirlo en la miel y le untó los
pezones con pequeños toques, casi delicados. Luego empezó a trazar un
complicado dibujo sobre las curvas de los pechos—. No te muevas.
Era una tortura quedarse quieta mientras él la
acariciaba con movimientos lentos y
pegajosos del dedo. Sentía el
cuerpo de Dmitri grande
y duro bajo el suyo; su erección estaba tan cerca
que Honor fantaseaba con arrancarle los pantalones, sentarse sobre él e
introducir por fin
aquella carne rígida dentro de
ella.
Los
ojos de Dmitri
brillaban cuando sus miradas se encontraron, y Honor se preguntó qué
habría visto en ella.
—Pórtate bien, Honor, o tendré que castigarte.
«Notaba una mano grande y fuerte que la azotaba con
sensualidad entre las piernas. Los dedos masculinos se humedecieron con la
muestra física de su necesidad mientras ella tironeaba de las ataduras que la
sujetaban a la cama... y que le impedían defenderse.»
Honor se estremeció cuando la fantasía reapareció
en su mente.
—Quizá yo... —Tragó saliva mientras él dibujaba una
línea de miel hasta su ombligo y una espiral a medio centímetro de la
cinturilla de los vaqueros— disfrute con lo que tú consideras un castigo.
—Mmm... —Dmitri volvió a subir el dedo—. Pero
entonces no sería un castigo, ¿verdad? —Había una amenaza sensual en los ojos
de aquella criatura que sabía cómo
presionar todas las teclas
del cuerpo femenino—.
Ahora ven aquí. —Le rodeó el cuerpo con el brazo y extendió la mano
sobre su espalda.
Honor
ahogó una exclamación al
sentir la miel que cubría su piel.
—Estoy toda pegajosa.
—Acércate así, toda pegajosa. Puesto que no tenía
nada en contra
de
quedarse adherida a
su cuerpo, Honor aplastó
los pechos contra
su torso.
—Lo vamos a poner todo perdido.
—Honor
se apoderó de su boca
sin poder evitarlo. Aquella boca sexy y hermosa se estaba convirtiendo
en su mayor adicción.
Dmitri
dejó que lo
hiciera, dejó que succionara su
lengua y se frotara contra su pene, aunque el tejido de los vaqueros era tan
grueso que no le permitía sentirlo como deseaba. Cuando el vampiro le apretó
los muslos con las
manos en una orden silenciosa, Honor interrumpió el
beso, separó su cuerpo embadurnado de miel con un gemido ronco y se puso en
pie.
Se quitó el cinturón y lo arrojó a un lado. Luego,
mientras Dmitri la observaba, desabrochó el botón de la cinturilla de los
vaqueros y bajó la cremallera para dejar al descubierto las braguitas rojas.
Dmitri la agarró de las caderas para atraerla hacia él y acarició el pequeño
lazo negro. Honor deseó suplicarle que bajara la mano, que la frotara con más
fuerza. Pero...
—¿Y si...?
Dmitri
le dio un
beso en el ombligo, justo por encima de las
braguitas. Un beso apasionado y húmedo
que hizo que se le doblaran las rodillas. La única
razón por la que seguía erguida era que él la sujetaba.
—Después —dijo él, respondiendo a la pregunta que
ella no había llegado a formular— volveremos a intentarlo. Lo intentaremos toda
la noche, porque estoy decidido a apoderarme de lo que es mío.
Ella enterró los dedos en su sedoso cabello negro.
—Eres un poco posesivo, ¿no?
La sonrisa del vampiro tuvo un efecto letal. Honor
siempre había sabido que era peligrosamente vulnerable ante él, pero fue en ese
momento cuando comprendió que no podría negarle nada. Era una debilidad
terrible, pero estaba tan arraigada en
su cerebro que
era
inútil luchar contra ella o tratar de ignorarla.
«Mi Dmitri.»
Dio un paso atrás y se quitó los pantalones antes
de tirarlos a un lado. Sin embargo, cuando intentó volver a sentarse encima de
él, Dmitri hizo un gesto negativo con la cabeza y la empujó hacia la mesa.
Sonrojada de la cabeza a los pies, Honor se sentó en la brillante mesa de pino
con las rodillas juntas. El vampiro acercó la silla en la que estaba sentado y
deslizó las manos por sus muslos antes de acariciarle el dorso de las rodillas
y las pantorrillas, provocándole un placer estremecedor. Honor permitió que
aquellas manos expertas la tocaran, que le separaran las
rodillas y los muslos mientras Dmitri le apoyaba
los pies en la silla, a ambos lados de su cuerpo.
Se
sentía expuesta, desnuda,
a pesar de que aún conservaba las bragas.
—Dmitri...
Honor recogió un poco de la miel de su propio
cuerpo y trazó el contorno de los labios del vampiro con la yema del dedo.
Dmitri tensó la mandíbula cuando ella le sujetó la cara para darle un beso
dulce, lento y algo travieso, que acabó en un mordisco suave en el labio
inferior.
Él
subió las manos
hasta sus muslos y se los
apretó. Y luego le devolvió el mordisco.
Honor sintió una oleada de placer
que recorrió todo su cuerpo. Abrió los ojos como
platos y observó con detenimiento a aquella criatura, mucho más peligrosa que
ningún otro vampiro al que hubiera conocido jamás. Había dado por
sentado que se aterrorizaría ante cualquier cosa que se
pareciera a un mordisco... Tragó saliva y bajó la vista hasta sus manos.
—Hazlo —susurró—. En el muslo. Sin mediar palabra,
Dmitri recogió
un poco de la miel que le cubría el torso y trazó
una línea descendente
por la parte interna del muslo.
Aquello la hizo temblar, pero no de miedo. Todavía no. Sin embargo, en el
instante en que él agachó la cabeza hacia aquella zona, se quedó paralizada.
Dmitri no se detuvo y
acercó los dientes a su piel. El mordisco fue más
una caricia que otra cosa, sin rastro de colmillos.
—Hazlo otra vez —dijo ella, estremecida.
Dmitri la mordisqueó de nuevo. Y
luego otra vez.
Lo repitió hasta que su cuerpo no puedo aguantar la
tensión y se derritió bajo su contacto, bajo el hechizo de su seducción.
Lametones largos y lentos, mordiscos
juguetones, succiones
fuertes... le hizo
de todo. Pero
no le clavó los
colmillos; no le
arrancó sangre.
—Cuando me alimente de ti — murmuró él—, lo haré
sin prisas. Pienso saborear cada apasionado instante. —
Tiró de ella y alzó las manos para juguetear con
las delicadas cintas negras que había a los lados de las braguitas. Tenía los
labios algo hinchados por los besos, y los huesos se marcaban con dureza bajo
su piel cálida y hermosa—. Túmbate.
Temblorosa tras ese oscuro juego de seducción,
Honor respiró hondo y se inclinó para tumbarse en la mesa. Se echó a reír
cuando sintió en la espalda la calidez de la madera.
—Está pegajosa.
Dmitri le levantó las piernas para colocárselas
sobre los hombros y luego pasó el dedo por la parte central de sus bragas.
—Mmm... Sí.
El cerebro de Honor no pudo procesar el comentario,
ya que sus nervios se habían
cortocircuitado después de aquella
caricia. Una vez más, esperó la llegada del miedo. Y, una
vez más, no apareció. Fue entonces cuando
lo comprendió todo.
Aquello, con Dmitri, solo le proporcionaría placer.
«Perdóname.»
Jamás volvería a mostrarse cruel con ella. Lo sabía
en lo más profundo de su alma; lo había percibido en la cadencia de su voz en
el momento en que aquel hombre fuerte y orgulloso se arrodilló frente a ella.
Aquel instante había trazado una línea entre el pasado y el futuro.
Así que ahora solo sentiría placer. Durante el secuestro solo había
sentido dolor.
—¿Estás preparada, Honor?
Sí. Pero no tuvo ocasión de responder, porque
en ese momento Dmitri colocó la boca encima de sus
bragas.
—Dmitri...
Una parte de Dmitri deseaba arrancar aquella
última y delicada prenda y
hundirse en ella de una única embestida, reclamarla de la más primitiva de las
maneras. La otra parte de él anhelaba hacer uso de la destreza sexual que había
adquirido a lo largo de
los siglos para convertirla en su esclava.
Cuando Honor se echó hacia atrás, vio que las
bragas estaban adheridas a las curvas carnosas y sonrosadas de su parte más
íntima. Deslizó las
manos bajo aquellos absurdos lacitos que lo volvían loco y tiró. La
cazadora alzó las caderas para que
él pudiera bajarle aquel retazo de encaje por los
muslos. Un instante después, Dmitri se puso en pie para
quitarle las bragas
por completo y, cuando
volvió a mirarla, supo que había llegado al límite de
su paciencia. Se agachó y lamió la miel de sus pechos.
—Así
que solo soy
un plato servido en bandeja
—dijo Honor con una sonrisa que le llegó al corazón—.
Sabía que tenías motivos ocultos...
Dmitri se echó a reír (¿cuándo fue la última vez
que se había reído con una amante?) antes de dejar un reguero descendente de
besos hasta los rizos húmedos que había entre sus muslos. Y entonces descubrió
que, después de todo, aún le quedaba algo de paciencia.
Lo suficiente para colocarse bien, separarle las piernas y besarla lenta y apasionadamente,
pasando la lengua con infinito cuidado sobre aquella protuberancia carnosa de
su entrepierna.
Honor arqueó la espalda y clavó las uñas en la
madera.
—Dmitri...
Soltó un grito jadeante cuando él situó el pulgar
sobre la entrada húmeda
de su cuerpo y lo introdujo un poco mientras la
cubría con la boca una vez más. Con aquello bastó. Honor llegó al orgasmo en un
estallido especiado y femenino que asaltó sus sentidos.
Mientras ella se estremecía con los últimos
vestigios del placer, Dmitri se puso en pie, se quitó lo que le quedaba de ropa
y volvió a sentarse antes de colocarla al borde de la mesa.
—Te quiero encima de mí, Honor.
—No
puedo moverme —dijo
en una queja sin aliento.
Dmitri besó el hueso de su cadera y sintió su
estremecimiento. Tiró de ella un poco más. La cazadora cayó en sus brazos,
agotada y sin fuerzas tras el placer, con las piernas a ambos lados de
su cuerpo. Perezosa, lo besó antes de bajar la mano
para rodear su erección con dedos fuertes y expertos.
Dmitri soltó un gemido y le apartó las manos.
—Después. —La alzó utilizando su considerable
fuerza... y se hundió lentamente en su
interior, caliente y tenso.
Su mente se quedó en blanco por un instante.
—Vaya... —Honor dejó escapar un gemido largo y
jadeante—. Te siento tan...
La cazadora enterró las manos en su cabello
mientras se colocaba mejor y luego empezó a moverse en círculos y a
utilizar los músculos
internos para
apretar su erección.
Dmitri juró por lo bajo mientras se aferraba a sus
caderas. Al ver que ella no pensaba dejar esos movimientos sensuales que
amenazaban con hacer pedazos su autocontrol,
agachó la cabeza y succionó la
punta endurecida del pezón. Honor dejó escapar un grito y perdió el ritmo, lo
que le permitió recuperar un poco de cordura. Con un último lametón, Dmitri
metió la mano entre sus cuerpos para frotarle el clítoris con delicadeza
mientras comenzaba a moverse lentamente dentro de ella.
—Me vas a matar... —Tras esas palabras, Honor
cubrió su boca.
Perdido en la pasión del beso, Dmitri se
puso en pie
con ella y la
colocó en el borde de la mesa, con los cuerpos aún
unidos. Tenía sus piernas alrededor
de la cintura,
una de sus manos
en la mandíbula
y la otra enterrada en el pelo. Se sentía rodeado
por ella, adorado. Le resultaba sorprendente... pero agradable.
Cuando ella interrumpió el beso, Dmitri deslizó la
boca por su mandíbula y trasladó la mano hasta su cadera para colocarla en la
posición que más le gustaba. Y luego empezó a moverse. Se miraron a los ojos. Y
ninguno apartó la vista.
Los ojos de Honor eran como bosques
resplandecientes a medianoche. Solo gritó una cosa: su nombre. Dmitri se corrió
con ella y sintió un placer tan
estremecedor que le dio la impresión de haberse
roto en un millón de pedazos iridiscentes.
Capítulo 31
Después de una ducha de lo más erótica (porque
Dmitri era muy, muy imaginativo), Honor se acurrucó a su lado. Le resultaba
curioso pensar que estaba abrazada a un vampiro tan letal que la
mayoría de los
de su raza le tenían miedo.
—Eres un hombre muy inteligente. Él le
acarició la mejilla con los
dedos.
—Lo sé.
Honor
se echó a
reír. ¿Qué otra cosa podía hacer una mujer cuando el
hombre que la acompañaba en la cama
le había provocado tantos orgasmos que aún veía las
estrellas?
—Esa posición... en la que yo estaba arriba pero tú
lo controlabas todo... Estoy jugando en una liga sexual que está
muy por encima de mi
categoría, ¿verdad?
—No te preocupes.
—Dmitri enredó los dedos en su cabello—. Soy un entrenador excelente.
Sí, sí que lo era. Honor dejó un sendero ascendente
de besos en su
pecho y luego pegó la cara a su cuello para poder saborear su aroma. Se sentía
como en casa.
El despertar fue
tan duro como
placentero había sido el sueño. El cielo tenía un
color gris calinoso típico del alba cuando Dmitri recibió la llamada.
—Han localizado a Amos —le dijo el vampiro después
de colgar el teléfono móvil.
Amos ya no se encontraba en la propiedad de Jiana
en Stamford cuando ellos llegaron, pero se había dejado varias cosas
atrás: algunos de
sus órganos yacían en un montón brillante sobre la hierba, cubiertos de
gotas de la finísima lluvia que también les había empapado la ropa y el cabello
a Honor y a Dmitri. Unas gruesas estacas de acero manchadas de sangre revelaban
el lugar donde lo habían
clavado al suelo,
y había cinias moradas
y crisantemos
amarillos
aplastados y salpicados
de rojo oscuro allí donde la lluvia no había conseguido llegar.
—No sé qué le habría hecho yo, pero esto es peor
—le dijo Honor a Dmitri en un susurro.
Se encontraban en lo alto de la pequeña colina que
había frente al hogar de Jiana, y la brisa matinal cargada de humedad les
apartaba el cabello de la cara.
—Debía de haber algo que lo retenía, porque de lo
contrario habría escapado de esas estacas antes de que lo abrieran en canal
para sacarle los intestinos —comentó Dmitri sin apartar la vista de los restos
de carne y los cordones sangrientos, que parecían aún
más grotescos rodeados de aquellas flores que se
estiraban hacia un sol inexistente.
—O quizá no quiso escapar —dijo Honor al contemplar
a la mujer bañada en sangre que se mecía no muy lejos del lugar de la
carnicería. Por los brazos y las, piernas de Jiana corrían regueros rojos que
caían al suelo—. No hasta que comprendió que ella no se detendría.
Y aun así, el vampiro había sido incapaz de acabar
con la vida de su atacante, de aquella
mujer a quien amaba y odiaba a la vez.
Dmitri siguió la dirección de su mirada, pero
en sus ojos había una gélida consideración que no parecía
encajar con las circunstancias. Después
de todo, Jiana había intentado ejecutar a su hijo
de la manera
más brutal. La única razón por la que Amos no estaba
muerto era que,
al parecer, había logrado librarse de una de las estacas
y darle un golpe en la cara a Jiana lo bastante fuerte para dejarla inconsciente.
Le había roto el pómulo, y su piel de color moca presentaba un tajo profundo.
El vampiro se había marchado mucho tiempo antes de
que su madre alertara, a los guardas.
—Un castigo por sus crímenes — había susurrado
la vampira cuando Honor y Dmitri llegaron a la escena
del crimen.
Honor no se habría creído aquel violento cambio de
parecer de no ser
porque, además del corte que Amos le había hecho
durante su huida, Jiana tenía el rostro lleno de cardenales, algunas costillas
rotas y varios desgarrones en el elegante camisón de seda y encaje.
—Me miró —había añadido Jiana con ojos vidriosos—
de una forma en la que ningún hombre debería mirar a su madre.
Aquello, pensó Honor, fue lo que la había sacado
de sus casillas.
Por lo visto había cosas que ni
siquiera las madres más devotas podían soportar. No obstante, era evidente que
Dmitri veía las cosas de manera diferente.
Honor esperó a que el vampiro volviera a mirarla
para formularle la pregunta.
—¿Qué es lo que ves?
—No es lo que veo, sino lo que huelo.
En
lugar de pedirle
que se explicara, Honor consideró
los hechos y llegó a una conclusión.
—Había algún tipo de sedante o de tranquilizante en
su sangre.
Aunque diluida por la lluvia, había sangre más que
suficiente en los alrededores para realizar una comprobación.
Asintió con brusquedad.
—Este
no ha sido
un acto provocado por una furia
irracional. Fue un acto sereno,
frío y calculado.
— Clavó la vista en Jiana—. Sobre todo si se tiene en cuenta que, a
pesar de su
presunta cooperación previa, ella nunca mencionó el
sistema de alcantarillado que permite un acceso clandestino a esta propiedad.
—El
instinto maternal de protegerlo podría haber anulado su sentido
común —dijo Honor, representando el papel del abogado del diablo—. En cuanto a
los fármacos, podría haber mentido; es posible que él no solo dijera o hiciera
algo que ella no soportara, quizá llegó a abusar de ella. Y entonces,
traumatizada, Jiana puso algo en su bebida y esperó a que le
hiciera efecto, a que estuviese débil y desorientado, para hacerle esto.
Amos, aun drogado y poco lúcido, podría haberse
arrastrado después hasta
aquel lugar de la propiedad. Estaba a menos de
cien metros de
la casa, y puesto que el guarda de la puerta
principal estaba inconsciente y
los demás fuera del
perímetro, no había nadie
que pudiera refutar
aquella versión de los acontecimientos.
—Es posible. —Los ojos de Dmitri recorrieron la
pila de órganos.
El hecho de que aún conservaran su color rosado era
una prueba de su origen vampírico, y significaba que Amos se recuperaría
siempre que tuviera sangre fresca y un lugar en el que esconderse. Aunque a
Honor no le cabía en la cabeza cómo podía recuperarse alguien después de ser
destripado por su madre.
—Pero... —añadió Dmitri,
interrumpiendo las elucubraciones de la cazadora—,
ocurriera lo que ocurriese aquí,
no fue solo
una ejecución,
¿verdad?
Honor volvió a examinar el escenario y dejó a un
lado la teoría de que Jiana era una amante madre llevada al límite para
concentrarse tan solo en los hechos. Estaba claro que la cosa había llevado su
tiempo. Un tiempo considerable. Porque los órganos habían sido extraídos con
muchísima precisión, y estaban muy bien colocados en un montón.
Sintió un escalofrío al darse cuenta de aquello, y
estaba a punto de volverse hacia Dmitri para comentárselo cuando descubrió un
trozo de tela ensangrentado
que se encontraba a unos pasos de distancia.
—Lo amordazaron.
Y a juzgar
por la cantidad
de sangre atrapada en las arrugas en las que el agua no había penetrado,
el vampiro se había mordido la lengua y, muy probablemente, también los labios.
El terreno al que lo habían clavado estaba tan
empapado con esa misma sangre que parecía mucho más húmedo que la zona
circundante; y algunos de los crisantemos con el tallo roto tenían un tenue
brillo rosado.
La conclusión no era agradable, pero tenía que
expresarla.
—Ella disfrutó con esto.
—Eso es lo que parece. —Dmitri
se volvió para acercarse a Jiana.
El vampiro parecía una sombra escurridiza, vestido
todo de negro, con el vaquero, la camiseta y las botas que se había puesto
durante la breve parada que hicieron en la Torre.
Honor se obligó a seguirlo, aunque la atormentaba
pensar que una madre obtuviese placer al matar a su hijo, sin importar lo
diabólico que fuera este. Era algo que no alcanzaba a comprender, ya que el
instinto maternal que había en ella era de una fuerza asombrosa... y eso que
aún no tenía hijos.
Sacudió la cabeza en un intento por despejarse la
mente y se detuvo junto a Dmitri mientras este contemplaba la postura en
apariencia atormentada de
Jiana.
—Fuiste demasiado inteligente, Jiana —dijo el
vampiro en un ronroneo que cubrió de
hielo la garganta
de Honor.
Jiana no dejó de balancearse en la mecedora. El
camisón destrozado se pegaba a su
cuerpo esbelto y
los morados de su cara habían adquirido un tinte amarillento en los
bordes a medida que sanaban. Tenía un hoja dentada en la mano, una hoja con
sangre incrustada y seca que la lluvia no había podido eliminar.
En un estallido de movimientos que Honor no había
previsto, Dmitri se sacó un puñal de
caza de la
bota e hizo ademán de cortarle la cabeza a Jiana. La
vampira adoptó una pose defensiva en un abrir y
cerrar de ojos, y su cuchillo trazó un arco hacia Dmitri, pero este lo envió al
suelo de un solo golpe rapidísimo y, tras sujetar la muñeca de Jiana, la
inmovilizó colocándole el puñal en la garganta.
—Ahora —le dijo—, empieza a hablar.
Jiana desvió la mirada hacia
Honor.
—Ayúdame. —Sus ojos estaban llenos de dolor, de una
profunda angustia..., pero, por detrás de aquello se atisbaba
una perversidad insidiosa que la cazadora habría pasado por
alto si Dmitri no hubiera apretado un poco más
la hoja para
hacer que Jiana
abandonara por un instante la máscara de
sufrimiento.
—Tú lo creaste —dijo Honor, asqueada—. Sea cual sea
su locura, tú la aprovechaste para convertirlo en un ser aún más retorcido.
El rostro de Jiana se transformó. Su belleza frágil
se convirtió en algo desafiante y desdeñoso.
—Es mi hijo —señaló sin remordimiento alguno—.
Puedo hacer con él lo que me dé la gana.
En ese instante, Honor comprendió hasta qué punto
llegaban la inteligencia y la maldad de aquella mujer. Había jugado con ellos
desde el principio; su supuesta
penitencia con los sangreadictos no era más que una cortina
de humo creada por si alguien decidía curiosear. Y
sí eso no hubiera ocurrido hasta meses o años después, Jiana siempre habría
podido recordar aquella falsa
penitencia para poner
de manifiesto que su único pecado era el de ser una madre que amaba
demasiado a su hijo... Un hijo al que, sin lugar a dudas, siempre había estado
dispuesta a sacrificar.
Aun así, Honor tenía la certeza de que el
amor que Jiana
le había profesado a Amos no era
del todo falso. Algo había inclinado la balanza... quizá el hecho de que Amos
se hubiera librado de la correa
y hubiera empezado
a actuar por su cuenta, dejando así de ser su mascota.
Pero aquello había atraído una atención indeseada.
—Se
había convertido en un
estorbo —le dijo a la vampira en un susurro—, y podría haberte traicionado si
lo hubieran atrapado. —Al ver la carnicería que Jiana había creado, y
disfrutado, Honor tuvo la certeza de que solo Amos sabía lo malvada que podía
llegar a ser—. Tu hijo aprendió todo lo que sabe de ti.
El relampagueo de furia perversa que apareció en
los ojos negros como el ónice de la vampira, confirmó la suposición de Honor
antes incluso de que ella respondiese.
—Le habría perdonado que te secuestrara... Después
de todo, fuiste un
entretenimiento de lo más fascinante. — Eran unas
palabras como puñales—. Pero ese muchacho estúpido tenía planeado secuestrar
a otros dos cazadores a pesar de que le advertí que
debía desaparecer durante un tiempo.
Así que Jiana lo había torturado antes de
ejecutarlo. De haber
tenido éxito, la muerte de Amos habría sido mucho más dolorosa que
cualquier cosa que Honor pudiera
haber ideado... porque habría
muerto contemplando el rostro inmisericorde de la única mujer creada para
amarlo sin condiciones.
Una mujer que en esos momentos esbozaba una sonrisa
repugnante.
—Disfruté
muchísimo mostrándome
amable contigo en
el
sótano. Tenía planeado volver para ganarme tu
confianza, ya que así, cuando la emprendiera contigo, tu sufrimiento habría
sido mucho más dulce contigo.
—Basta —dijo Dmitri, interrumpiendo a Jiana al ver
que esta pensaba continuar—. ¿Dónde
está Amos?
—¿Crees que habría alertado a los guardas de
haberlo sabido? —Sin previo aviso, Jiana se abalanzó hacia la
hoja apretada contra su garganta, pero Dmitri fue más rápido y puso el puñal
fuera de su alcance.
—No tendrás una muerte rápida — dijo mientras
agarraba el cuello de la vampira para levantarla en vilo—. Le rendirás cuentas
a Rafael.
Jiana empezó a dar gritos y a patalear.
—¡Somos responsabilidad tuya, Dmitri! ¡Eres tú
quien debe castigarnos!
—Primero debemos averiguar todo lo que habéis
hecho. —Y tras esas palabras, hizo un movimiento brusco con la muñeca.
La cabeza de Jiana cayó hacia delante y su cuerpo
se quedó inmóvil. Honor se dio cuenta de que le había roto el cuello, igual que
a Jewel Wan.
—Será más fácil transportarla de esta manera —dijo
Dmitri al ver
que ella lo miraba fijamente.
La violencia del mundo vampírico la desconcertaba,
pero no era ninguna ingenua. Siempre había sabido, desde el
instante en que decidió cruzarse en su camino, que
el viaje con Dmitri no sería fácil. Pero eso no significaba que estuviese
dispuesta a aceptar todo tal como era.
—Habría ido de todas formas. Dmitri le pasó el
cuerpo inerte de
Jiana a otro vampiro y le dio órdenes de llevarla
hasta la Torre bajo vigilancia constante.
—Me
estaba hartando de
oír su
voz.
—Dmitri...
Una mirada oscura y perlas de agua
atrapadas en unas pestañas negras como la noche.
—¿Intentas domesticarme?
—Te acercas muchísimo al límite
—respondió ella, consciente de que la provocaba a
propósito—. Intento evitar que lo cruces sin darte cuenta. Todo lo que haces,
cada decisión que
tomas, tiene un efecto acumulativo.
Dmitri caminó hasta el borde de la cima y se
convirtió en una silueta negra contra el gris helado del cielo matutino. Tenía
los ojos puestos en la bonita casa que había más abajo.
—Tengo casi mil años, Honor.
—Eres
casi inmortal. —La cazadora se
acercó a él y le rozó los dedos—. Tienes otros mil años para alejarte de ese
límite.
Dmitri
la observó con
una expresión indescifrable, ocultando sus pensamientos.
—¿Puedes rastrear a Amos? Consciente de que no podría
convencerlo de que cambiara cuando su relación
apenas había comenzado, decidió dejar el tema por el momento.
—La sangre que hay aquí ha resistido, pero supongo
que la lluvia habrá diluido los rastros más débiles. No obstante, Amos sangraba
tanto que, si no consiguió un vehículo, existe la posibilidad de encontrarlo.
—No tiene por qué haber problemas, pero
llévate a alguien contigo de todas formas. —Dmitri alzó
una mano y, acto seguido, Honor sintió una ráfaga de viento por encima de su
cabeza cuando unas alas negras como el hollín se sacudieron antes de aterrizar
en
la colina—. Jason te hará compañía. Yo tengo un
asunto que atender.
A Honor no se le pasó por alto el tono afilado de
su voz.
—Dmitri...
—Voy a revisar personalmente la propiedad de Jiana
en el Enclave, y pondré a investigar al personal de la Torre para asegurarme de
que Amos no tiene ningún otro refugio que desconozcamos. Si existe algún
archivo en el que se nombre a los que aceptaron su invitación, lo encontraré.
Honor respiró hondo y echó un vistazo a las flores.
—Creo que hemos dado con todos.
—No había esencias ni cuerpos desconocidos en sus recuerdos.
Tampoco voces que no encajaran—. Gracias.
Dmitri
le acarició el
pelo un instante antes de marcharse
para dejarla con su tarea.
Honor
utilizó todas sus habilidades, incluso le pidió a Elena que
se pasara por allí para confirmarlo, pero sus instintos demostraron estar en lo
cierto: Amos había sangrado a lo largo del
canal de alcantarillado, pero
el rastro terminaba al final del túnel.
—Debió de coger un coche — convino Elena cuando
Honor le mostró los rastros. Sus palabras fueron bruscas a pesar
de los círculos
oscuros que había bajo sus ojos—.
No hay ningún vestigio de otras esencias. ¿Quieres que
pida al personal de la Torre que busque todos los
vehículos que están a su nombre?
—Es demasiado inteligente para utilizar algo que
pudiera llevarnos hasta él.
Amos había demostrado poseer una astucia diabólica.
Una única gota se deslizó por las plumas blancas y
doradas de Elena cuando ella estiró un poco las alas.
—Con los inmortales nunca se sabe... A veces los
ciega la arrogancia.
—Sí. —Honor volvió a fijarse en las sombras que
había bajo sus ojos, en las arrugas de tensión de su rostro—.
¿Una noche difícil?
Su compañera dejó escapar un
suspiro que levantó algunos de los mechones de
cabello que habían escapado de su trenza.
—Estuve levantada hasta las cinco de la madrugada
hablando con una de mis hermanas. Lo está pasando mal. — Negó con la cabeza—. A
veces el amor es como un puñetazo en el estómago.
Honor pensó en Dmitri, en su vulnerabilidad con
respecto a él, y
estuvo de acuerdo.
—Pero cuando va bien...
—Sí.
—Elena la miró
fijamente con aquellos ojos plateados que resplandecían a pesar de la
escasez de luz—. No estoy en posición de criticar las relaciones con los
hombres peligrosos, así que solo te diré una cosa:
vivir
en el mundo
de los inmortales puede llegar a ser brutal. Si
alguna vez necesitas algo, aunque sea ayuda para atar a Dmitri a fin de poder
atormentarlo con un tenedor, llámame.
Honor esbozó una sonrisa de inesperado alivio.
—Todavía no lo has perdonado por eso...
—No pienso perdonárselo en toda la eternidad. —Sus
ojos claros y sorprendentes
volvieron a la alcantarilla. Al ver el reguero de sangre,
su buen humor desapareció—. No soy madre, pero me parece que lo que hizo
Jiana...
—Sí.
Elena se marchó poco después, y
sus alas se convirtieron en una mancha brillante
contra el color acerado del cielo. Sin embargo, Honor todavía no quería
regresar a la ciudad. En lugar de eso,
se acercó a
Jason, que se encontraba a la sombra de un viejo
magnolio con hojas brillantes y oscuras.
—Me gustaría echarle un vistazo a la casa.
Notaba una extraña comezón en la nuca, como si
hubiera pasado algo por alto. Quizá hubiera visto algo que no había entendido
en su momento.
La casa era tan elegante como la última vez que
entró... salvo por las evidencias de una lucha violenta.
Agujeros en las paredes, huellas de manos
ensangrentadas, muebles rotos y cuadros torcidos o esparcidos por el suelo.
—Si Amos
estaba sedado —dijo
—, ¿cómo hizo todo esto? ¿Cómo pudo golpear a
Jiana?
Jason, siempre tan silencioso que a Honor casi la
sorprendía oír el más mínimo susurro de sus alas, habló por primera vez.
—Un
sedante de acción
lenta o poco potente podría
haberle permitido ser consciente de lo que ocurría... Lo bastante para intentar
luchar contra ello.
—Seguro que Jiana sabía cuál era la dosis adecuada
para el tamaño y la fuerza de su
hijo —murmuró ella—.
Después, solo tuvo que hacer algo para enfurecerlo.
Honor veía el patrón zigzagueante con toda
claridad. El vampiro se había estrellado
en cierto lugar
contra la pared, había torcido un
espejo ornamental, había volcado la delicada mesa de madera, había despejado el
camino a patadas y luego había hecho algo que había llenado la pared de sangre.
—Le dio un puñetazo en la boca a Jiana —dijo la
cazadora mientras observaba las salpicaduras.
—Lo sabremos con seguridad muy pronto —dijo Jason,
cuyas alas susurraron en la oscuridad mientras se adentraba en
una estancia que
comunicaba con el
vestíbulo principal
—. Rafael arrancará ese recuerdo de su mente.
Honor se estremeció al imaginarse semejante
violación.
—¿Cómo
soportas la idea, sabiendo que podría hacerte lo mismo a
ti? —preguntó. Era consciente de que se trataba de una pregunta muy íntima,
pero sintió la necesidad de formularla.
—Es cuestión de confianza. —El ángel la
miró por encima del hombro con una expresión indescifrable. Tenía
los ojos tan oscuros como las alas—. La misma clase de confianza que te permite
llevarte a Dmitri a la cama aun sabiendo lo
que es capaz
de hacerles a las
mujeres que lo sacan de sus casillas.
Asombrada por su respuesta, y por el hecho
de que Jason
se hubiera enterado de eso
aunque acababa de regresar a la ciudad, Honor examinó con más detenimiento
aquel rostro marcado por las líneas curvas de un tatuaje que debería impedir
que pasara desapercibido. Y aun así...
Las sombras, pensó la cazadora, parecían aferrarse
a Jason.
—Sea lo que sea lo que Dmitri siente por ti, Honor
—dijo el ángel con una voz tan profunda y serena como la medianoche—, no se
parece en nada a lo que lo acercó a Carmen y a las demás.
—Las abundantes pestañas negras cubrieron sus ojos
un instante antes de elevarse de nuevo.
Fascinada por aquel ángel que raramente hablaba
con aquellos a quienes no conocía, Honor acarició una
figurita rota y esperó, porque sabía que él tenía más cosas que decirle.
—No se deshará
de ti como
si fueras una molestia, y tampoco te dejará marchar. —Extendió las alas
para impedir que viera el resto de la estancia y la miró a los ojos—. Es
demasiado tarde para eso. Lo entiendes, ¿verdad?
Capítulo 32
Honor
siguió con los
ojos las líneas del
extraordinario tatuaje que le cubría la parte izquierda del rostro. La
tinta negra destacaba
sobre su cálida piel marrón. Jason, atractivo y
distante a un tiempo, tenía el pelo peinado hacia atrás y recogido en una
coleta.
—¿Intentas advertirme o quieres protegerlo a él?
—No tiene por qué ser una cosa o la otra.
—No necesito que me adviertan de lo peligroso que
es Dmitri, Jason—dijo, preguntándose si el ángel oscuro bajaba
la
guardia alguna vez—.
Lo veo tal como es. En cuanto a lo de protegerlo a
él... no es necesario.
Porque Dmitri era el dueño de su corazón.
Al igual que sus alas, los ojos de Jason parecían
no reflejar nada, a pesar de que la miraba directamente.
—Muchos se habrían abandonado a la muerte después
de vivir lo que tú viviste.
Era una observación muy íntima, pero había
respondido la pregunta.
—Estuve a punto de hacerlo —dijo ella, preguntándose
qué podría importarle su
respuesta a un
ángel... Pero algo en su interior le decía que a Jason le importaba—.
Está claro que el
rencor es una motivación increíble... y yo no
quería que esos cabrones ganaran.
Aunque
Honor tenía la
sensación de que a
él no le
habría importado seguir con
el tema, Jason
retomó el asunto que los había
llevado allí.
—Las cosas en este lugar están tal y como se
esperaba —dijo sin dejar de mirarla.
—Sí... No, espera. —Se dio la vuelta y regresó
hasta un cuadro que había enderezado al entrar. Era un desnudo de Jiana en la
cama, y en él la vampira contemplaba al artista con los ojos soñolientos de
quien mira a su amante—. Esto es lo que vi —susurró mientras seguía con el dedo
la letra «A» que aparecía en el rincón derecho. Las
náuseas la atacaron con fuerza al comprender lo que
significaba—. Amos pintó esto.
—Tal vez.
Honor asintió y levantó la vista.
—Tienes razón. No es concluyente. Sigamos buscando.
El ángel de alas negras fue una presencia
silenciosa a su lado mientras exploraba los pasillos cubiertos por alfombras de
color crema que conservaban su grosor y
su elegancia allí donde no las aplastaban muebles volcados ni presentaban
manchas de sangre. Cuanto más se adentraban en la casa, menos violenta parecía
la carnicería, hasta que llegaron al final de la segunda planta, donde todo
parecía
intacto.
Fue allí donde descubrieron la prueba que a Honor
le habría gustado no descubrir jamás. Las elegantes sábanas de la cama estaban
arrugadas y había una botella de aceite de masaje en la mesilla. En el suelo no
solo estaba la bata de satén y encaje color bronce que Honor reconoció de
inmediato, sino también la chaqueta y los zapatos relucientes de un hombre.
—Amos no llevaba puestos los zapatos. —Las
huellas ensangrentadas de sus
pies lo habían dejado bien claro.
Una de las alas de Jason le rozó la espalda cuando
el ángel las extendió, y Honor notó un peso cálido y sorprendente.
—Algunas
cosas no deberían ocurrir nunca.
—Cierto.
Amos, pensó, no había tenido ni la menor oportunidad.
Sin embargo, muchas personas en
el mundo habían superado los terribles crímenes cometidos contra ellas sin
necesidad de torturar a otros. Aun así, no pudo evitar imaginarse al hombre de
sus pesadillas como un niño asustado e indefenso.
—¿Tienes idea de cuándo pudo empezar esto?
—Amos y Jiana siempre han estado muy unidos...
hasta un punto que llamaba la atención. —Hizo una pausa—. Hace algún tiempo
llevamos a cabo una discreta
investigación, pero no
encontramos nada raro.
—Eran listos.
—Honor pensó en las lágrimas de Jiana, en lo convincente
que había resultado en su desesperación
—. ' Ella es muy inteligente. —Dio la espalda a la
silenciosa acusación de las sábanas arrugadas y añadió—: Si esto saliera a la
luz, ¿les impondrían un castigo muy severo?
De ser así, podría ser el móvil por el que Jiana
había intentado matar a su hijo.
—Sí...
un castigo eterno.
Incluso entre los más disolutos de los inmortales
—agregó Jason con un siniestro matiz en su voz que
Honor identificó como furia
—, hay algunas cosas que están
absolutamente prohibidas. Someter a un
niño a semejante depravación es algo que escapa a nuestra comprensión.
«—Tan dulce y suave... —Un tono escalofriante por
su dulzura—. He oído que esta sangre es una exquisitez.
Notó un soplo de aliento cálido sobre su mejilla.
—¡No, por favor! —gritó. Estaba inmovilizada,
indefensa.
Risas. Seguidas de un fuerte sonido húmedo y,
después, los gritos de su bebé.»
Honor regresó al presente con un grito de horror
atascado en la garganta. Apartó el ala de Jason, que parecía seda líquida, y
avanzó por los pasillos hasta que encontró la luz del sol. La lluvia había
pasado a toda prisa. La luz dorada
de la mañana se derramó sobre ella, un luminoso
contrapunto al dolor terrible que reconcomía sus entrañas.
Ese horrible pensamiento que había tenido en la
casa, aquellas palabras y aquellos ruidos espeluznantes, no le habían parecido
un sueño, sino un recuerdo. Un recuerdo suyo. Aunque jamás se había encontrado
en una situación parecida.
Le dolía tanto el corazón que no podía soportarlo.
Los gritos asustados de la niña le partían el alma en
pedazos.
—Honor.
Le costó un verdadero esfuerzo cerrar el abismo del
recuerdo que reverberaba en su mente para hablar con Jason.
aquí.
—No encontraremos nada más
Esperaba sentir alegría cuando la
caza de sus asaltantes llegara a su etapa final,
pero en lugar de eso, en su interior había un vacío en su interior, una
sensación de pérdida que aniquilaba una cosa
tan insignificante como
la venganza.
—Me voy al Gremio.
Jason extendió sus alas de medianoche, con un negro
tan puro que absorbía la luz del sol.
—Hay un coche esperándote junto a la verja.
—Dmitri... —murmuró Honor, a sabiendas de que era
él quien lo había ordenado.
Jason le dirigió una mirada penetrante.
—Es un vampiro muy antiguo. Proteger a su mujer es
algo instintivo en él.
Un momento después, el ángel se había elevado en el
aire y volaba fuerte y rápido sobre la capa de nubes, hasta que llegó un
momento en que Honor no pudo ver ni rastro de negro.
Sin embargo, le había dejado un fragmento crucial
de información para afrontar su relación con Dmitri.
Su mujer.
Estaba segura que Jason había elegido aquellas
palabras de forma deliberada, para darle una pista sobre cómo funcionaba el
cerebro de Dmitri.
Mientras se acercaba a las puertas de la verja,
meditó el asunto con detenimiento...
porque Dmitri era la
parte más importante de su vida y no estaba dispuesta a mentirse a ese
respecto.
Podía rechazar el coche y llamar a un taxi para
dejar claro que no pensaba permitir que la tratara como si fuera una mariposa
en un frasco. O podía aceptarlo... y aceptar el hecho de que su amante era un
vampiro de mil años, procedente de una época en la que semejante comportamiento
no causaba ninguna extrañeza.
Para ser del todo sincera, debía admitir que era
muy agradable sentirse deseada y mimada
después de pasar
toda una vida cuidando de sí misma. Aunque no podía
definir la relación que existía entre Dmitri y ella, sabía que él la protegería
con brutal ferocidad hasta que hubiese acabado.
Cuando llegó al lugar donde estaba el coche, se
subió sin vacilar. Tener un chófer en Nueva York era un chollo, y aceptarlo no
le haría ningún daño. Además, aquello permitiría que Dmitri hiciera lo que
necesitaba hacer: cuidar de ella.
Esbozó una sonrisa radiante, ya que se sentía
absurdamente feliz. Además, esa capitulación con respecto al coche le
daría una magnífica herramienta de negociación cuando se enfrentara a una
batalla mayor.
La estrategia. Esa era la clave para enfrentarse a
un hombre tan inteligente y práctico como Dmitri.
Mi Dmitri.
Dmitri miró a Rafael mientras permanecían en el
acantilado que había tras el hogar del arcángel, situado sobre las aguas
relativamente serenas del Hudson. Al otro lado, Manhattan ya se había
convertido en un espejismo brillante bajo el sol de la mañana.
—¿Me equivoqué? —preguntó, consciente de que Rafael
ya había hablado con Jiana.
Deseaba estar equivocado, y ese deseo procedía de
una parte de él que
creía que las madres siempre cuidaban de sus hijos;
la parte que sabía que Ingrede había intentado salvar a Misha y a Caterina
hasta su último aliento.
«—Tu esposa luchó para proteger a tu hija, Dmitri,
como a una diminuta muñeca de trapo.»
La voz de Rafael barrió el recuerdo del cruel
susurro de Isis y el horrible eco de sus gritos rotos.
—No, no te equivocaste. Y la información de Jason
también ha sido confirmada.
—¿Y Jiana?
—Yo me encargaré de ella.
Había un frío absoluto en sus palabras, un
recordatorio de que el arcángel de Nueva York no tenía piedad
con aquellos que cometían semejantes crímenes. A
pesar de que su consorte había despertado en él ciertos rasgos humanos que lo
debilitaban, seguía siendo un ser tremendamente poderoso.
—Jiana estaba en lo cierto... Eso debería ser una
de mis obligaciones.
Era un castigo que no le costaría nada aplicar
personalmente, porque Amos era lo que Jiana había hecho de él. Y Amos
había herido tanto a Honor que Dmitri no podía pensar en ello sin que la furia
le enturbiara la visión.
Honor nunca se enteraría, le dijo a Rafael. Si
aniquilo a Jiana, ella no lo sabría.
El arcángel tardó un rato en responder.
¿Estás seguro de que no quieres que tu cazadora te
conozca?
Desde la muerte de Ingrede, nadie conocía de verdad
a Dmitri, ni siquiera Rafael. Había ocultado su corazón desde el día que le
rompió el cuello a su hijo. De hecho, había llegado a creer que no lo tenía.
Pero saber que eso no era cierto... No estaba
seguro de lo que sentía al respecto. Solo había una cosa que estaba clara:
jamás renunciaría a Honor.
«—Si alguna vez me ocurre algo,
¿cuánto esperarás antes de volver a casarte? —Le
hizo la pregunta
entre risas mientras su esposa se apoyaba en su pecho desnudo—. Intenta
ser decente y espera al menos una estación.
Sabía que ella estaba bromeando, pero Dmitri no
podía reírse, no de aquello. Enterró la mano en su cabello, enredado tras la
sesión de amor, y tiró de su cabeza para darle un beso que le dejó la boca
magullada y los ojos abiertos por la sorpresa.
—Dmitri...
—Su voz era
una caricia mientras le tocaba los labios con los dedos.
—Nunca —respondió él—. Jamás volveré a casarme.
Ella le acarició la mejilla con la mano, su piel
era suave sobre la barba incipiente de esa mañana.
—No debes decir esas cosas.
Dmitri cerró los dedos en torno a su muñeca y se
llevó la palma a la boca
para besarla.
—¿Tienes pensado dejarme, Ingrede?
Era la dueña
de su cuerpo y su alma, su razón de ser.
—Jamás. —Un roce de nariz con nariz, una de las
cosas tontas que solía hacer, una de esas que siempre lo hacían sonreír—. Pero
no quiero que estés solo si alguna vez tenemos que separarnos. No soportaría
verte tan triste. —Antes de que él pudiera decir algo, añadió—: Pero no puedes
casarte con Tatiana. No me gusta su forma de mirarte.
Dmitri se echó a reír y la besó una vez más.
—Mujer
perversa... —Sin embargo, una vez
acabadas las risas, le
dijo la absoluta verdad—: Nunca albergaré a otra
mujer en mi corazón. — Le puso los dedos en los labios cuando la congoja
coloreó sus ojos—. Esperaré a que me encuentres de nuevo. Así que no tardes
mucho en hacerlo.»
Y ahora estaba a punto de romper esa promesa.
—¿La estoy traicionando?
—Creo —dijo Rafael, cuyas alas emitían destellos
dorados bajo el sol— que tu Ingrede era una mujer de corazón generoso.
Sí, pensó, lo era. Ingrede nunca había sido
posesiva (salvo en lo que se refería a Tatiana, quien ciertamente lo había
mirado con una invitación en los ojos impropia para un hombre casado).
El recuerdo lo hizo sonreír.
—También era celosa. Rafael se echó a reír.
—Me dedicó una mirada feroz cuando creyó que yo
intentaba seducirte.
Y después, recordó Dmitri, cuando Ingrede
comprendió que el ángel
solo era un amigo, lo invitó a cenar. Su Ingrede había sido muy amable,
pero le había hablado sin reparos a un inmortal mientras paseaban por el campo
recién sembrado, y dicho inmortal se había sentado a su humilde mesa.
—Creo que no hemos vuelto a reírnos tanto como lo
hicimos en aquella mesa.
—Un
recuerdo muy preciado
—
dijo Rafael—. Uno que nunca he
olvidado y que jamás se ha desdibujado.
Era un alivio saber que había alguien más que la
recordaba, pensó Dmitri. Que recordaba
a sus hijos. Misha y Caterina habían tenido unas
vidas muy breves, pero esas vidas se habían grabado a fuego en el alma de
Dmitri. Y ahora otro nombre empezaba a dejar su marca allí, el de una cazadora
que despertaba recuerdos de tiempos lejanos y que difuminaba la memoria de la
sonrisa de su esposa.
Perdóname, Ingrede.
—Kallistos —dijo Rafael después de largos minutos
de silencio. Tenía la mirada clavada en los ángeles que volaban sobre el río y
aterrizaban en el tejado de la Torre.
Dmitri apartó su mente de las dos mujeres (una
dulce y hogareña, y la otra una cazadora con las mismas manos tiernas) que
habían reclamado su corazón en sus casi mil años de
existencia.
—He alertado a toda la gente que tenemos en la
región. —Sabía que el vampiro estaba cerca porque las provocaciones habían sido
demasiado personales. Kallistos tenía que estar presente en Times Square si
quería ver la reacción de Dmitri—. Pero es viejo e inteligente. —No obstante,
el amante de Isis no lo
preocupaba tanto como
el ángel al que
había secuestrado—.
¿Sobrevivirá el chico a los abusos
constantes de Kallistos?
La expresión de Rafael era seria. Los huesos
de su rostro se
marcaban bajo la piel.
—Es joven, y aún vulnerable. No hay forma de saber
cuánto daño le ha causado Kallistos.
¿Tienes vigilada a tu cazadora?, añadió mentalmente
el arcángel.
Por supuesto.
Si de verdad Kallistos estaba lo bastante loco para
intentar cumplir su amenaza de venganza, Honor sería su objetivo principal, ya
que era una mortal y, por tanto, mucho más fácil de herir y matar. Su Ingrede
también había sido mortal.
—Esta vez no —dijo, y esas palabras eran un
juramento.
Capítulo 33
Honor pasó por la casa de Pesar un par de horas
después de regresar de la propiedad de Jiana, y la chica la recibió con una
sonrisa radiante. Se quedó encantada
cuando la cazadora
le dijo que había llegado el momento de empezar con la primera clase de
defensa personal.
—Iré a quitarme los vaqueros. Puesto que se había
detenido en su
apartamento para ponerse unos pantalones negros
holgados y una sencilla camiseta de tirantes verde
oscuro, Honor empezó a calentar en la
zona privada de césped que había en la parte
trasera de la casa mientras la chica corría al interior de la vivienda.
El vampiro que la vigilaba desde su cómodo
asiento en la escalera de atrás llevaba unas gafas de sol
envolventes, un traje negro con camisa blanca y el cabello peinado hacia atrás
en líneas perfectas.
De no saber
de quién se trataba, Honor lo habría considerado uno de esos clientes
habituales de los salones de la Quinta Avenida que no saben distinguir entre el
mango y el filo
de un cuchillo. Pero sabía que no era así. Había visto cómo
se movía
Veneno... con una elegancia que
los hombres solo tienen cuando bailan. Y no precisamente en un salón de
baile.
—¿Quieres un compañero? — preguntó el vampiro, que
se quitó las gafas y dejó a la vista sus extraños y asombrosos ojos—. Prometo
que me portaré bien.
Honor estaba casi segura de que ahora ya podía
soportar un contacto masculino desconocido, sobre todo en una situación de
combate, pero negó con la cabeza.
—Pesar saldrá enseguida.
Veneno
se inclinó hacia
delante para apoyar los codos en las rodillas. El sol besaba su piel
morena, que poseía una calidez que resultaba agradable de acariciar. No tanto
como la del extraordinario
vampiro que había
compartido la cama con ella recientemente, pero
Honor estaba segura de que, pese a lo extraño de sus ojos, Veneno no tenía
problemas para conseguir citas.
En esos momentos, el vampiro esbozó una leve
sonrisa.
—Siempre creí que Dmitri elegiría a alguien un poco
más... sofisticada.
Me toma el
pelo, pensó la cazadora. Aquel tipo de ojos viperinos la
estaba provocando para divertirse.
—Me recuerdas a un hermano de acogida de ocho años
que tuve una vez
—dijo ella, que continuó con los estiramientos—.
Solía tirarme bolas de barro cuando acababa de ducharme porque le
parecía divertidísimo. —
Jared no tenía maldad, y lo cierto era que se
habían mantenido en contacto durante un tiempo, hasta que se debilitó la
relación—. Dejó de parecerle tan gracioso cuando yo le metí una por la espalda.
Veneno adoptó una expresión
indignada.
—Te aseguro que yo no soy ningún niño.
Resultaba extraño... Ella era décadas, siglos más
joven que él, pero en ese momento deseó acortar la distancia que los separaba,
alborotarle el pelo y darle un beso afectuoso en la mejilla. Antes de que ese
sentimiento extraño llegara a desvanecerse, Pesar bajó la escalera a la carrera
ataviada
con unos pantalones similares a los de Honor y una
camiseta azul marino con el logotipo
de una famosa
taberna irlandesa.
—¿Nos enseñarás la polla para demostrarlo?
—preguntó la chica con falsa dulzura. Era evidente que había escuchado el
comentario de Veneno.
Las espeluznantes pupilas del vampiro se
contrajeron hasta convertirse en dos diminutos puntos.
—Guarda las garras, gatita, si no quieres que te
coman.
Pesar le respondió con un siseo de burla y
se reunió con Honor en el
césped.
—Dmitri debe de odiarme —
murmuró—. De todos los hombres a sus
órdenes, tiene que enviarme a Ponzoña...
—¿«Gatita»? —preguntó Honor. Pesar separó los labios para
mostrarle sus diminutos colmillos, de la mitad de
tamaño que los normales.
—Él dice que son dientes de gatita. Veneno, pensó
Honor al ver la furia
que brillaba en los ojos cambiantes de la chica, no
tenía ni la menor idea de con quién estaba jugando... o quizá sí.
—Empezaremos con los movimientos básicos —explicó,
aunque se prometió que le preguntaría a Dmitri si Veneno provocaba a la chica a
propósito para calibrar su nivel de autocontrol.
Pesar
se acercó a ella y bajó la
voz.
—¿Él tiene que estar ahí mirando?
—Si le pides que se marche, disfrutará aún más
quedándose.
En esos momentos
Veneno respondió a una llamada del teléfono móvil con una postura
perezosa que, Honor estaba segura, podía cambiar en un abrir y cerrar de ojos.
Uno de esos días se entrenaría con aquel vampiro... después de tomar unas
lecciones de Dmitri, por supuesto.
Se le tensaron los muslos ante la idea de combatir
con su atractivo y peligroso amante, al imaginarse sus cuerpos tensos y
sudorosos.
—Limítate a no hacerle ni caso — le dijo a Pesar
mientras volvía a concentrarse en el presente.
La chica respiró hondo.
—Está bien —dijo después de suspirar—. Enséñame.
Tras veinte minutos de una sesión de entrenamiento
relativamente fácil, la chica trastabilló y se desplomó en el suelo.
Veneno se acercó a ella a tal velocidad que Honor
se quedó sin aliento. El vampiro incorporó a la joven hasta dejarla
medio sentada y,
puesto que ya se había quitado la chaqueta, se subió el puño izquierdo
de la camisa.
—Bebe —le dijo con una voz que parecía un látigo.
Pesar
intentó empujarlo, pero estaba muy débil, preocupantemente
débil.
—Que te jodan. —Ni siquiera fue capaz de pronunciar
el insulto con claridad.
—Ponte a la cola, gatita. —Veneno le acercó su
muñeca a la boca—. Bebe o te inmovilizaré contra el suelo y derramaré mi sangre
en tu garganta. Y después de eso te llevaré a la Torre para que puedan
vigilarte las veinticuatro horas, que es lo que merece una niñata consentida
como tú.
Pesar le mordió la muñeca. Con fuerza, a juzgar por
el brillo malicioso que apareció en sus ojos ribeteados de verde. Sin embargo,
Veneno no mostró ninguna reacción. Al darse cuenta de que la joven había
permitido que sus reservas
energéticas se agotaran hasta un
punto peligroso, Honor guardó silencio hasta que
Pesar se quitó de encima el brazo de Veneno. Esta vez, el vampiro le permitió
interrumpir aquel beso sangriento.
—Supongo que vas a chivarte de esto —le
dijo Pesar después
de limpiarse la boca con el dorso de la mano.
Veneno utilizó un pañuelo para limpiar las
perfectas marcas de su muñeca antes de volver a abrocharse el puño de la
camisa.
—¿Quieres
que sea nuestro secreto? —Era una pregunta afilada, y
sus ojos quedaron ocultos tras las gafas de espejo un instante después—. Es una
pena que no tengas nada que me interese
para poder llegar a un acuerdo.
Honor habría pasado por alto la provocación, puesto
que ya se
había dado cuenta de la intención de Veneno, pero Pesar
soltó un alarido
y se abalanzó sobre el vampiro.
Veneno la apartó entre risas y se puso en pie con la fluidez típica
del reptil al que
recordaban sus ojos.
—Cuidado... —dijo mientras se sacudía la camisa y
la joven se levantaba—. Podrías herir mis sentimientos.
Pesar se quedó muy, muy quieta. Y
luego entró en acción de verdad.
Honor contuvo el aliento y se apresuró a sacar la
pistola de la bolsa de deporte, pero una vez que la tuvo en
la mano, no supo a quién de ellos debía apuntar...
ni si acertaría a su objetivo. Tenía
la sensación de
estar contemplando una danza letal entre gatos salvajes. Se movían tan
rápido que resultaba imposible seguirlos con la vista. Los ataques y
contraataques se sucedían uno tras otro con una elegancia sobrecogedora.
Sin embargo, mientras que Pesar luchaba siguiendo
un instinto nacido de una furia primitiva, Veneno parecía un depredador frío y
calmado jugando con su presa.
Honor los observó con los ojos entrecerrados, pero
no levantó la pistola.
Tanto si estaba jugando como si no,
el vampiro no hacía daño a la chica. Incluso le
permitía expresar la
ira terrible que la embargaba, una ira enraizada en algo mucho más
sádico que las puyas de Veneno. La joven lanzó patadas, intentó arañarlo y
darle puñetazos, incluso se elevó por los aires un par de veces, pero no logró
acertarle al vampiro, que
era como si
«desapareciera». Sus reacciones no eran humanas en
ningún sentido.
Resultaba hermoso. Hermoso y aterrador.
—¿Tú también puedes moverte tan rápido? —le
preguntó al hombre que se había situado a su lado con una siniestra elegancia
tan antigua como joven era el poder de Veneno.
Dmitri se metió las manos en los bolsillos del
pantalón de vestir gris. Su camisa blanca tenía el cuello abierto y dejaba
expuesta esa piel que Honor deseaba lamer, chupar y morder.
—Veneno tiene una forma muy particular de
moverse —murmuró con un tono de voz que era puro sexo, sin apartar la
vista de la
pelea—, que deriva del mismo
lugar que sus ojos.
A Honor le
resultaba difícil respirar con él
tan cerca. Además Dmitri estaba de buen humor y la envolvía con la esencia de
la miel tibia, el champán y promesas lujuriosas recubiertas de chocolate.
—Deja de esparcir feromonas sexuales.
El vampiro esbozó una pequeña sonrisa que prometía
todo tipo de actos decadentes e inmorales.
—Creo que deberíamos combatir, Honor. El ganador
podrá hacerle todo lo que quiera al perdedor.
Oh, oh.
—Tú eres casi inmortal—dijo ella, que se fijó en
que Pesar empezaba a reducir la velocidad—, y el segundo al mando de Rafael.
—Mantendré la velocidad humana.
—Honor sintió el beso de una especia exótica sobre
la piel—. Tú llevarás armas y yo pelearé con las manos desnudas.
Honor aceptó; sabía que era una estupidez, pero no
lograba sacarse de la
cabeza la imagen
de una lucha con
Dmitri.
—Está bien, tú ganas.
Fue entonces cuando Pesar empezó a trastabillar.
Veneno se retiró en ese mismo instante y, de
repente, dejaron de ser dos gatos
salvajes en acción para
convertirse en un vampiro asombrosamente atractivo sin gafas de sol, con el
pelo enredado y la camisa desgarrada, y una pequeña mujer de ascendencia
asiática cubierta de sudor que jadeaba sin resuello con las manos apoyadas en
las rodillas.
Honor se acercó a la joven y le habló sin
compasión.
—Te ha pateado el culo.
Pesar levantó la cabeza de golpe. Algunos de los
largos y sedosos mechones que habían escapado de su coleta se le habían pegado
a la cara.
—Yo...
—Calla. —Le hizo un gesto a
Veneno con la mano—. Y tú, lárgate.
Si el vampiro habría obedecido o no de no haber
estado presente Dmitri era una cuestión debatible, pero en aquel momento
inclinó la cabeza y se marchó sin rechistar.
Y Honor aprovechó la ocasión para dirigirse a
Pesar. Se había dado cuenta de que aquella chica necesitaba un tipo de
instrucción que ningún hombre podría enseñarle... no sin machacarle aún más el
orgullo.
—Si fueras una alumna de la Academia, ahora
estarías con el culo pegado al suelo, y sería tu instructor quien te habría
dejado así.
Honor
sabía mucho sobre
el orgullo, sobre lo que era aferrarse a los restos cuando a uno no le
quedaba nada más. Pero también entendía de supervivencia.
—Y luego tendrías que dar veinte vueltas al campo
de prácticas, corriendo o a gatas, antes de arrastrarte hasta la cama, solo
para dar otras veinte vueltas al despertar.
—Él...
—Te ha provocado, se ha burlado de ti. —La cazadora
enarcó una ceja—. Y tú has perdido el control. Esta falta de
autocontrol podría matarte algún día. — Pesar era
peligrosa, pero sin disciplina, su fuerza podía convertirse en un lastre
letal—. Antes de entrenar más, trabajaremos con tu disciplina.
Pesar tensó la mandíbula, pero consiguió contener
su temperamento.
Buena chica.
—¿Has practicado la meditación alguna vez?
La capacidad de poder disociar la mente de los
horrores que le habían infligido a su
cuerpo era una
de las cosas que había ayudado a
Honor a conservar la cordura después del secuestro.
Pesar asintió con rigidez.
—Me enseñó mi abuela. Ni
siquiera he vuelto a intentarlo después de...
—Pues creo que deberías hacerlo.
—Honor le puso la mano en el hombro
—. Quiero que entres en casa y te des un buen baño
caliente o cualquier otra cosa que
te sirva para
relajarte, para alegrarte.
Los ojos castaños de la chica, cada vez más verdes,
estaban vacíos. En ellos ya no quedaba ni rastro de rebeldía y, de repente,
parecía increíblemente joven.
—Ya no hay nada que sirva para
eso.
—Esfuérzate. —Las pesadillas no
desaparecían de la noche a la mañana, y Pesar había
sufrido alteraciones a niveles
muy profundos—. Siéntate
e
intenta meditar. La próxima vez que venga,
hablaremos de esto otra vez, porque ¿sabes una cosa, Pesar? No puedes
mantenerlo todo encerrado en tu interior. Lo sé por experiencia. —Ese cuaderno
que no pensaba utilizar nunca se
había vuelto muy
importante para ella, un alivio
catártico que drenaba el veneno de su sangre—. Encontraremos algo que te ayude
a sobrellevarlo.
Pesar tragó saliva.
—¿Crees que podré hacerlo?
—Sí. —La chica necesitaba que alguien tuviera fe en
ella—. Desde luego que sí, cielo.
—Elena quería venir a verme — soltó la joven sin previo aviso—. Sé que fue ella
quien me salvó, pero... es
que tiene alas. —Se estremeció de
arriba abajo—. No pude.
—Seguro que ella lo entiende. — Le dio un apretón
en el hombro y de pronto se le
ocurrió otra idea—.
¿Cuánto tiempo pasas a solas?
—Nunca estoy sola.
—Pesar...
—No es tan malo. Mi familia... — Le tembló el labio
y se lo mordió con tanta fuerza que dejó dos medias lunas rojas marcadas en la
delicada carne—. Mi familia no sabe lo de Uram; todos creen que me atacó un
humano loco y que me infectó con un virus peligroso. Creía que me habían
rechazado cuando los cambios empezaron a ser evidentes, pero siempre se han
portado muy bien
conmigo. Mamá vendría a verme todos los días si se
lo permitiera.
—En ese caso, permíteselo —dijo Honor al tiempo que
le acariciaba la mejilla—. La familia crea una base que te ayudará
a levantarte de
nuevo, a luchar. —Ella nunca
había contado con aquella base, con aquel apoyo, así que comprendía su valor de
un modo que Pesar no podía hacerlo.
La joven asintió con la cabeza y le dio un abrazo
impulsivo. Honor se lo devolvió, contenta de haber llegado a un punto en el que
semejantes acciones ya no la hacían regresar al sótano en el que Amos la había
encerrado. Mientras frotaba la espalda de la chica, sus ojos se encontraron
con los de
Dmitri y
ambos compartieron una emoción en silencio.
Pesar ya no era solo responsabilidad del vampiro.
Ahora era una responsabilidad compartida.
Fue
mientras se alejaban
en el coche del hogar de Pesar
cuando Dmitri recibió la llamada.
—Dmitri. —Era una tosca voz masculina que hizo
aflorar un antiguo recuerdo.
«—Por favor. —Vio una mano alzada y a un muchacho
con la espalda ensangrentada tras
una horrible sesión de latigazos.
—No pasa nada —dijo Dmitri,
incapaz de sentir lástima. Su corazón se había
convertido en piedra, pero era consciente de que aquel muchacho era otra víctima
y de que
no suponía amenaza alguna—. No
te haremos daño.
—¿Está muerta?
—Sí, la zorra está muerta.»
—Kallistos. —Dmitri detuvo el coche a un lado de la
carretera.
Soltó una carcajada oxidada y achacosa.
—Muy bien...
Hubo un silencio mortal durante varios segundos.
Dmitri aguardó, a sabiendas de que Kallistos se
impacientaría; según la gente
que Jason tenía en
la corte de Neha,
aquel vampiro, dotado
con un
cuerpo y un rostro que habían hechizado a hombres y a
mujeres por igual a lo largo de los siglos, jamás había
conseguido dominar su temperamento.
—Ahora soy yo quien lleva las riendas, Dmitri. —La
voz de Kallistos nunca sería suave, ya que su garganta había sufrido lesiones
durante un punto crítico de su Conversión, pero en esos momentos ya había
perdido la fina capa de sofisticación—. Harás lo que te diga si no
quieres que este precioso ángel sufra una muerte lenta y
dolorosa.
—Dime lo que quieres.
—Acabo de mandarte las indicaciones. Sigue
conduciendo. Si veo cualquier atisbo de alas, lo destriparé.
Las indicaciones llegaron
en un
correo electrónico en cuanto Dmitri colgó el teléfono.
—Esto es solo una parte de la ruta
—comentó después de hacerle a Honor un resumen de
la conversación.
—No quiere que ningún ángel te siga desde lo alto.
Dmitri consideró las opciones y llamó a Illium.
—Alerta a Rafael en cuanto vuelva a la ciudad. —El
arcángel volaba ya de regreso a la Torre después de una reunión—.
Tú eres demasiado llamativo y
Jason no está, y no confío en nadie más.
Illium soltó una maldición.
—Iré volando y encontraré a
Rafael a medio camino.
Dmitri colgó y se volvió hacia
Honor.
—¿Vas armada?
—Como siempre.
El vampiro pisó el acelerador y atravesó Nueva
Jersey a toda velocidad en dirección a Filadelfia. Llegaron más indicaciones
mientras conducía y, siete horas después, cuando el cielo comenzaba a
oscurecerse en ese instante entre el ocaso y el anochecer, estaba de vuelta en
Manhattan. Con una mueca sombría, cogió el teléfono en cuanto empezó a sonar.
—¿Te ha gustado el paseíto en coche? —Kallistos se
echó a reír, y la carcajada fue como el sonido chirriante de dos metales al
frotarse.
Dmitri guardó silencio, suponiendo que Kallistos
pensaría que hervía
de furia y que
no pensaba de
forma racional. No era el caso. El odio que sentía por Isis no lo
cegaba... ya no, no después de haberse dado un baño con su sangre.
—Te he dejado un regalo. — Kallistos reía de una
forma casi infantil
—. En una
de las propiedades
que posees en Nueva
York. —Tras decir eso, cortó la comunicación.
Después de contarle a Honor lo que había dicho el
otro vampiro, realizó un giro ilegal de ciento ochenta grados para dirigirse a
Englewood Cliffs.
Sire, le dijo mentalmente a Rafael, ya que
el arcángel estaba
justo por
encima
de ellos. Si Illium
y tú os encargáis de las tres primeras
direcciones, yo me encargaré de la cuarta. Le envió las direcciones utilizando
la conexión mental.
—Nos
dirigimos a la
propiedad más cercana —le
dijo a Honor—. Rafael e Illium llegarán a las demás
mucho más deprisa.
Kallistos
se habría marchado mucho antes de que llegaran, pensó.
—¿Qué posibilidades tenemos de que este sea el
lugar que buscamos?
Dmitri pensó en las vallas altas y en el
camino trasero, que
podía utilizarse para entrar en la propiedad sin ser visto.
—Está relativamente aislada, y es
lo bastante decadente para satisfacer las ansias
dramáticas que, por lo que hemos visto hasta ahora, posee Kallistos. — Aumentó
la velocidad y adelantó a unos sorprendidos motoristas.
Si el que estaba en peligro hubiera sido un ángel
antiguo, Dmitri no habría sentido la preocupación que lo embargaba en aquellos
momentos, pero el secuestrado era un ángel joven cuya inmortalidad no estaba
del todo desarrollada. Por supuesto, la mayoría de los mortales y los vampiros
serían incapaces de causarle una herida fatal, pero Kallistos era aún más viejo
que Dmitri. Poseía la fuerza y los conocimientos necesarios para matar a un
ángel tan vulnerable.
Capítulo 34
—Ya hemos llegado. —El pelo oscuro de Dmitri
flotaba hacia atrás mientras avanzaban por una calle vacía antes de girar hacia
las puertas abiertas de un deteriorado complejo de apartamentos.
—Supongo que lo que tiene valor es el terreno, ¿no?
—preguntó Honor.
—Vale millones.
Dmitri
paró el Ferrari
tras la barrera protectora de un
montón de escombros. Salió del coche y se acercó al maletero para sacar una
espada asombrosa, demasiado grande
para
llevarla oculta. Aquella arma era poderosa e intimidante.
Se
trataba de una
cimitarra, si Honor no estaba
equivocada. De todas formas no le dio
tiempo a verla bien antes de
que se aproximara
con la espada a un costado y una
expresión mortífera en los ojos.
—Mantente pegada a mi espalda, Honor. Lo
más probable es que
Kallistos se haya marchado ya, pero no podemos darlo por sentado.
—Te cubriré —dijo ella.
No pensaba discutir la orden, porque sabía muy bien
lo que era enfrentarse a sus propios monstruos, y Kallistos era el monstruo de
Dmitri.
—No,
permanece con tu
espalda
pegada a la mía. Un disparo no me haría mucho daño,
pero a ti podría matarte.
La idea de que Dmitri sangrara por ella hizo que
apretara la empuñadura de la pistola con una fuerza brutal, pero, una vez
más, guardó silencio,
a sabiendas de que el tiempo era un factor crucial.
—Vamos.
Dmitri era como una sombra escurridiza delante de
ella, una sombra que se aseguraba de que nunca quedara expuesta ante cualquiera
que pudiera vigilarlos desde el edificio. La cazadora ni siquiera se atrevió a respirar hasta que
atravesaron la zona abierta y llegaron a la puerta.
Dmitri entró en primer lugar, y ella
fijó la vista al frente mientras avanzaba de
espaldas detrás de él, con el arma apuntando hacia el exterior.
Lo
único que encontraron dentro fue silencio... y un ángel
roto. El niño (porque todavía era
un niño con un
rostro que, a pesar de su palidez mortal, aún
conservaba la dulzura
de la infancia) estaba tendido
boca abajo en el suelo del polvoriento vestíbulo. Sus alas marrones, con
manchas de sangre y suciedad, yacían inmóviles y arrugadas a los costados.
Algo iba mal. Había algo extraño en sus alas.
Estaban rotas.
Honor sintió náuseas. Aquella era la única forma de
transportar a un ángel
inconsciente sin utilizar un camión enorme que
atraería una atención indeseada.
—Honor.
—Te tengo cubierto.
Dmitri se agachó y entonces deslizó los dedos por
la mejilla del ángel.
—No está frío. —Bajó la cimitarra y giró el cuerpo
con extremo cuidado para no dañar más las alas del niño—. No hay latido
cardíaco. —Sin embargo, eso no significaba que ya no hubiese esperanzas.
Rafael, ¿estás cerca?, preguntó, ya que había
sentido el roce de la mente del arcángel mientras atravesaba las puertas de la
verja.
Llegaré en unos minutos.
Muéstramelo.
Dmitri abrió su mente lo suficiente para que Rafael
pudiera ver a través de sus ojos y evaluar los daños.
Dale tu aliento, Dmitri. De lo contrario, no
sobrevivirá.
Confiando
en que Honor mantuviera la guardia, Dmitri le hizo
el boca a boca al joven ángel y sintió cómo aquel pecho, con los músculos para
el vuelo bien desarrollados, subía y bajaba bajo su contacto. Rafael entró en
el edificio menos de
cinco minutos después. El
arcángel se arrodilló en el suelo sucio sin vacilar, arrastrando las alas por
el polvo acumulado y los escombros, para coger al niño en brazos... y sustituyó
a Dmitri en el boca
a boca.
El aliento de un arcángel contenía un increíble
poder.
Mientras Dmitri lo observaba, apareció un tenue
resplandor azul allí donde los labios de Rafael se unían a los del joven ángel.
Tras ponerse en pie, el vampiro cogió la cimitarra
y se volvió hacia Honor. La cazadora tenía una expresión dura y una pistola en
las manos que no dudaría en utilizar para proteger al muchacho indefenso... y,
sin embargo, poseía un corazón
capaz de sentir lástima por los abusos que su
secuestrador había sufrido de niño. Dmitri no poseía esa capacidad, pero la
aceptaba como una parte fundamental de
Honor,
una mujer compleja
con unos ojos verde oscuro llenos
de antigua sabiduría.
Dmitri le hizo un gesto con la cabeza para
indicarle que mantuviera la posición y empezó a examinar la zona para ver si
podía atisbar algo que les diera una pista sobre el paradero de Kallistos. No
había más que huellas de arrastre en el polvo allí donde el otro vampiro había
deslizado el cuerpo del joven ángel hasta el interior. Kallistos había salido
por el mismo lugar por donde había entrado, y no se había molestado en ocultar
sus pisadas.
¿Vivirá?, le preguntó a Rafael al ver que el arcángel interrumpía el
beso de la vida.
Los ojos de Rafael, de un azul sobrenatural, se
clavaron en los suyos.
Sí. Y se repondrá completamente. Pero necesitará
una clase de cuidados que el mundo de los mortales no puede proporcionar.
Dmitri asintió con la cabeza.
Organizaré
su traslado hasta
el
Refugio.
No, Dmitri. Debo llevarlo yo mismo. El arcángel se
puso en pie con el cuerpo inerte del ángel en sus brazos. Nos marcharemos en
tres días, una vez que haya recuperado
un poco de fuerza.
¿Y Elena?
Elena es mi corazón. Ella vendrá conmigo.
Dmitri no esperaba otra cosa.
Cuidaré de tu ciudad, sire.
Al ver que Rafael se marchaba, Honor dio un paso
adelante.
—Espera.
Se situó al otro lado del arcángel, como si no
acabara de darle una orden a la
criatura más poderosa
del país, y tomó la mano del joven ángel.
—Esconde algo en la palma. Rafael miró a Dmitri.
—Ábrele la mano.
Dmitri consiguió no romperle ningún hueso, pero
tuvo que magullar la piel del niño para separarle los dedos. Dejó al
descubierto dos hojas de arce canadiense, arrugadas pero aún reconocibles.
—No hay nada que las diferencie de otras hojas
similares —dijo mientras recogía los restos.
Honor cogió la mano del niño y se inclinó hacia
delante para examinarla.
—Tiene algo escrito en la palma.
—Eris —dijo Rafael, que poseía una vista
privilegiada—. La palabra es
«Eris».
Dmitri frunció el ceño.
—¿El consorte de Neha? Nadie lo ha visto desde hace
siglos. —Incluso mientras hablaba, sus ojos volvieron a posarse en las hojas de
arce—. Neha...
—dijo, y una idea cobró vida en su mente—. Neha no
posee propiedades en este territorio, pero a Eris le gustaba mucho antes de
recluirse.
Si ese aislamiento había sido voluntario o no era
cuestionable, pero según los rumores que habían llegado a oídos de Dmitri, el
consorte de Neha la había traicionado con otra mujer y había sido castigado por
ello durante los últimos trescientos años.
Era posible que la posición de Kallistos en la
corte de Neha le hubiera dado acceso a Eris y, sin importar en qué se hubiera
convertido, el amante de Isis había demostrado
ser muy inteligente. Quizá más
que Eris, que nunca había sido más que un bonito adorno al lado de Neha, un
pajarillo de hermoso plumaje adornado con sedas y joyas.
—Puede
que Kallistos utilice
la
propiedad de Eris como base de
operaciones.
—Ve —dijo Rafael, que acurrucó el cuerpo del ángel
contra su torso—. Llévate a todos los hombres que necesites.
—Sire...
No dejaré la ciudad en peligro. Todavía existe la
posibilidad de que Neha esté involucrada en esto. La arcángel odiaba a todos
los que habían colaborado en la ejecución de su hija, Anoushka, y Rafael se
contaba entre ellos. Esto podría ser una trampa.
Soy más que capaz de defender mi ciudad, Dmitri.
Y ella sería más que capaz de envenenar el
aire si eso
sirviera de
algo a sus propósitos. Iré solo. Soy lo bastante
fuerte para encargarme de Kallistos sin ayuda, aun cuando tenga a alguno de sus
protovampiros con él.
Los ojos de Rafael tenían un brillo implacable.
Te llevarás a Illium contigo.
No me ciega el pasado. Sus decisiones eran
racionales. Gélidamente racionales.
Eso carece de importancia. La expresión del
arcángel se suavizó un poco. No estoy dispuesto a perder a mi segundo al mando.
Dmitri inclinó la cabeza a modo de aceptación.
—Honor —dijo una vez que el arcángel salió con su
carga en brazos—,
voy a
coger el helicóptero
para ir a
Vermont...
Ella se acercó despacio sin dejar de mirarlo y le
dio un empujón en el pecho.
—Si crees que puedes dejarme a un lado, olvídalo.
Dmitri podría haberse mantenido firme con cualquier
otra mujer, pero con Honor... Ella le había clavado sus garras a tal
profundidad que la
parte más antigua e implacable de
sí mismo permaneció inmóvil, examinando la situación (y aquella súbita
vulnerabilidad) con fría concentración. Para
destruir aquel extraño
y maravilloso vínculo que
había entre ellos, solo eran
necesarias unas cuantas
palabras crueles.
Honor era inteligente, pero tenía un corazón tierno.
No sabía hasta
qué límites era capaz de llegar Dmitri, las heridas que
podía infligir. Podría hacerla sangrar sin mover un dedo.
—No soy un buen hombre, Honor
—dijo al
tiempo que le acariciaba la
mandíbula con los dedos.
En lugar de apartarse, ella inclinó la cara hacia
su palma.
—Eres mi hombre.
«Eres mi hombre.»
El eco de las palabras de Ingrede se mezcló con las
de Honor, pero, claro, su esposa también había tenido un corazón tierno. Él
había protegido su corazón con todas sus fuerzas... y sabía
que, a pesar de que ella era su mayor punto débil,
lo haría una vez más con Honor. Resultaba extraño sentir aquel tipo de ternura
una vez más, saber que era capaz de hacerlo.
—Vamos. Ha llegado la hora de desafiar al monstruo
en su guarida.
Veneno era uno de los que más a menudo pilotaban el
helicóptero que utilizaban los Siete, pero Dmitri también sabía hacerlo.
Se interesó por
ello cuando inventaron ese tipo de vehículos, y aunque le gustaba mucho
más conducir los coches, le pareció una habilidad útil. En aquellos momentos,
tras demorarse lo suficiente para cambiarse y coger las
armas, hizo despegar el aparato del helipuerto, que
no estaba en la azotea de la Torre, sino varias plantas más abajo, en una de
las terrazas del edificio.
—¿Illium? —La voz de Honor le llegó con claridad,
ya que ambos llevaban micrófonos y auriculares para protegerse del ruido de las
hélices.
—Ya está en camino. —El ángel de alas azules era
uno de los voladores más rápidos de su raza
y se reuniría
con ellos en Vermont—. Me he puesto en contacto con los Convertidos que
viven en las regiones colindantes a la propiedad de Eris.
—Yo llamé también a un par de cazadores que viven
cerca. —En el interior de la
cabina, la esencia
de
Honor lo envolvía como si se tratara de una
delicada cuerda. Una cuerda que él jamás rompería—. Ninguno de ellos había oído
nada.
—Tampoco mi gente... Pero Kallistos no es ningún
jovenzuelo inexperto. —No habría hecho nada que llamara la atención cerca de su
guarida
—. Sé que lo encontraremos allí.
—De una manera o de otra —dijo Honor, que extendió
el brazo para acariciarle la mandíbula—, esta noche acabaremos con esto.
—¿Cómo es posible que lo sepas?
¿Cómo era posible que supiera lo mucho que
lo angustiaba que ese pequeño trozo de Isis hubiera sobrevivido
cuando las cenizas
de su
familia se habían dispersado en el
viento tanto tiempo atrás?
Durante ese tiempo habían aparecido y desaparecido
civilizaciones enteras.
—Te
conozco, Dmitri —señaló ella, ya sin tocarlo. Se apoyó el
puño en el corazón y añadió con una voz suave cargada de emociones profundas—:
Te llevo aquí, tan dentro como si hubieses formado parte de mí desde el
instante en que nací.
Dmitri estiró el brazo y se llevó aquel puño a la
boca para darle un beso en los nudillos. Honor lo había dejado sin palabras.
Ahora era una vez más el hombre que había sido con su esposa; más duro, más
mortífero, pero capaz de
sentir
emociones hermosas y aterradoras. Derramaría sangre por la
mortal que tenía a su lado, se abriría las venas si ella se lo pidiera,
aniquilaría a demonios y a enemigos hasta que el mundo entero se estremeciera
ante la simple mención de su nombre.
Pero no la lloraría. Porque ningún hombre sobreviviría
dos veces a ese
tipo de pérdida.
Tras aterrizar lo bastante lejos de la casa para
que su llegada pasara desapercibida,
Dmitri alzó la
mirada para intentar localizar a Illium mientras avanzaba por los
bosques que conducían a la propiedad de Eris. No vio ni rastro de él en el
oscuro cielo nocturno sin estrellas,
pero cuando lo
llamó
mentalmente, la respuesta fue inmediata.
Illium.
Os tengo localizados. He echado un vistazo a la
casa... Está en silencio, pero no hay forma de saber si Kallistos se encuentra
dentro.
Aunque no esté ahora, regresará a su guarida tarde
o temprano.
Después de romper el contacto mental, le transmitió a
Honor las palabras del ángel.
Ella asintió mientras bajaba la pistola al costado. Dmitri prefería la espada.
La antigua cimitarra que llevaba era una de sus preferidas, y a menudo estaba expuesta en el hogar que Rafael
tenía en el Refugio. Sin embargo, la última vez que había estado en la
fortaleza del arcángel,
Dmitri
había sentido el impulso de cogerla y llevársela a
Nueva York.
—Esas runas de tu espada —dijo Honor mientras
avanzaban por aquel bosque espeso y silencioso donde lo único que se oía era el
susurro de las hojas—, ¿qué significan?
—Deberías saberlo —respondió él con una sonrisa
provocativa—. Después de todo, fue otra bruja quien las grabó para mí en la
hoja.
Lo miró de forma tan aguda como el filo de su
cimitarra.
—Ten cuidado... puede que decida convertirte en
sapo.
Al diablo con todo.
Dmitri la agarró por la nuca y tiró de ella para
besarla, porque hacía horas
que deseaba hacerlo. Disfrutó de la apasionada
danza de lenguas hasta que ella se estremeció y se apartó con los labios rojos
e hinchados.
—Cuando esto termine —dijo Honor mientras se pasaba
los dedos por la boca, húmeda a causa del beso—, voy a pasarme
todo un mes
encerrada contigo en el dormitorio.
Dmitri esbozó una sonrisa.
—Eso podemos arreglarlo. —Los juegos de dormitorio que
quería practicar con Honor iban más allá de la decadencia, más allá del
pecado—. La casa debería aparecer ante nuestros ojos dentro de nada.
—Allí está —susurró Honor un par de minutos más
tarde.
Oculta en medio de un montón de arces cuyas hojas
se mecían al compás de la brisa nocturna, la vivienda se encontraba aislada
y protegida del mundo exterior. Aunque ellos se habían
acercado por la parte de atrás, Honor tenía la certeza de que la parte que veía
reflejaba a la perfección la arquitectura general del edificio.
A pesar de su tranquilo emplazamiento, no
se trataba de una
casa de cuento de hadas, de un elegante retiro. Parecía más bien una bestia al
acecho, un monumento a los excesos góticos.
Dos gárgolas de rostro furioso protegían la
escalera de atrás enseñando sus colmillos y sus garras. Y a juzgar
por lo que distinguía en la oscuridad, ese era solo
el principio. Estaba segura de que había más gárgolas en el tejado, entre las
que se contaba una gigantesca figura con forma de murciélago cuya silueta se
recortaba contra el cielo nocturno.
La hiedra que cubría la mayor parte del edificio y
la alfombra de hojas que tapaba el suelo intensificaban la sensación de peligro
y decadencia. Daba la impresión de que los desperdicios del bosque se habían
acumulado durante décadas hasta cubrir por completo el suelo. Honor mantuvo la
pistola en la mano mientras avanzaba entre las hojas suaves propias
de aquella época
del año, un follaje verde
que ocultaba su
posición en lugar de revelarla. Dmitri avanzaba
delante de ella con zancadas tan silenciosas y seguras como las de un felino a
la caza, abriendo con su espada una oscura herida en la noche.
Honor le dio un toquecito en el brazo cuando
llegaron al pie de la escalera que conducía a un estrecho porche.
—Mira —dijo al tiempo que señalaba con el dedo.
En la parte central de los escalones de piedra
no había hiedra
ni musgo. Como si
aquella zona se
hubiera utilizado a menudo
recientemente. Cuando Honor se agachó y encendió con cuidado la linterna,
ocultando el haz de luz con la
palma, distinguió el
leve
rastro de un sendero entre la materia orgánica que
cubría lo que en su día había sido una zona de césped bien cuidado. Dmitri
asintió con la cabeza antes de que ella apagara la linterna, y ambos subieron
con pasos sigilosos hasta la puerta trasera de aquella
casa monstruosa.
Dmitri inclinó la cabeza hacia un
lado.
Resultaba
extraño (y maravilloso
en
cierto sentido) lo
bien que lo entendía. Honor se inclinó y caminó
agachada hasta la ventana más cercana. No pudo ver nada al otro lado, pero
siguió avanzando para
examinarlas todas.
Lo
único que vio
dentro fue una
oscuridad impenetrable. Aquello no significaba
nada, ya que la casa era gigantesca, pero se dio la vuelta y se enderezó lo
suficiente para hacerle un gesto negativo con la cabeza a Dmitri antes de pasar
por delante de él para examinar el otro lado. El vampiro vigilaba en silencio,
como un peligroso depredador oculto entre las sombras de la noche.
Cuando llegó a la tercera ventana, Honor lo vio.
Capítulo 35
Regresó junto a Dmitri y le susurró al oído lo que
había descubierto. El aroma del vampiro le resultaba familiar, muy agradable.
—He visto una luz hace apenas un segundo. Una luz
parpadeante, como la de una vela.
—Tenía un resplandor difuso que ninguna lámpara
eléctrica podía imitar—. Parecía estar en las profundidades de la casa.
Dmitri
alzó una mano...
para señalar una de las gárgolas del tejado.
Unas alas se extendieron e Illium voló en silencio
hacia la parte delantera,
preparado para evitar cualquier intento de fuga.
—Podría tratarse de una maniobra de distracción
—dijo ella. El corazón le latía a toda velocidad debido a la descarga de
adrenalina que le había causado aquella visión inesperada—. Quizá Kallistos nos
espere al otro lado de la puerta.
Dmitri hizo un gesto negativo con la cabeza.
—No huelo nada que indique eso, y mis sentidos son
muy agudos. — Extendió el brazo y giró el pomo de la puerta con mucho cuidado.
Cuando se abrió sin problemas, añadió—: Pues sí que es una trampa. —Esbozó una
sonrisa
—. Procura que no te hieran, Honor, o te
despertarás con colmillos.
Ella se quedó paralizada.
—No me han hecho las pruebas. Todos los Candidatos eran
sometidos a exámenes secretos durante el proceso de
aceptación. Los rumores sobre
dichas pruebas abarcaban todas las posibilidades, pero las
pruebas en sí eran obligatorias.
—La sangre —murmuró Dmitri— no es difícil de
conseguir, sobre todo cuando se trata de la de algún cazador en activo.
—¿Sabes siquiera lo que significa la palabra
«privacidad»? —masculló la cazadora entre dientes mientras él empujaba la
puerta y se colaba en el interior.
Honor lo siguió hacia la oscuridad impenetrable. La
luz que había atisbado quedaba oculta por la disposición de las paredes. Dmitri
avanzó con zancadas seguras hacia el pasillo. Honor se convirtió en su sombra y
se alzó de puntillas cuando él acercó los labios a su oreja.
—Mantente fuera de la vista. No hay razón para
hacerle saber que te he traído
conmigo. —Al ver
que ella asentía, añadió—: Y,
para que lo sepas, la privacidad es un concepto muy moderno.
Honor
decidió que ya
le gritaría más tarde y se
esforzó al máximo para intentar ocultar su presencia mientras avanzaba por
el pasillo. Dmitri
hizo
todo lo contrario: caminó con pasos ruidosos hasta
que la luz quedó
a la vista.
El resplandor procedía de una estancia que se
extendía desde el pasillo hasta la parte delantera de la casa y se había
reflejado en un espejo ornamental que había en la pared de enfrente.
Ese espejo, con un marco dorado tallado con racimos
de uvas y criaturas míticas, no mostraba nada más que la llama de
una vela cuando
Dmitri atravesó el umbral hacia la oscuridad. Honor apoyó
la espalda en la
pared, lista para entrar en cuanto fuera necesario.
—Dmitri —dijo una voz áspera, ronca y profunda.
—Parece que tu garganta nunca llegó a recuperarse.
—No debería haberla disgustado tanto. —Se oyó un
sonido que podría haber sido un suspiro.
—Tu ama no era famosa por su paciencia... ni por el
cuidado con el que trataba a sus juguetes.
A Honor se le erizó el vello de la nuca al escuchar
aquella conversación aparentemente civilizada. Sabía con seguridad que
escuchaba a dos depredadores que se estudiaban el uno al otro.
Solo uno de ellos sobreviviría aquella noche.
Kallistos no había perdido ni un ápice de su
belleza con el paso de los años, más bien todo lo contrario. Sus ojos del color
del cobre estaban enmarcados por una estructura ósea de extremada delicadeza, y
poseía unos labios tan suaves y bien formados que más de un ángel se había
quedado hechizado por su perfección. Su cuerpo también era hermoso: esbelto,
pero bien musculado; un cuerpo que parecía deslizarse a través del
aire y avanzar con los delicados pasos de un bailarín.
«Una criatura exquisita.» Así lo había definido
Isis el día que se llevó a Dmitri a la cama... y obligó a Kallistos a
observarlos.
—He sido un anfitrión lamentable.
—Kallistos hizo un gesto con la mano para señalar
una bandeja en la que había un decantador de cristal. El recipiente estaba
lleno de un líquido rojo sangre que
brillaba a la
luz de la
vela—. Somos dos hombres refinados, ¿no es así?
Dmitri se fijó en el rubor que teñía las mejillas
de Kallistos y en el brillo intenso de sus ojos cobrizos.
—¿Cuánto hace que no duermes?
El otro vampiro se apoyó en la pared que había
junto a la gigantesca chimenea. Se metió las manos en los bolsillos de unos
pantalones de vestir de un marrón tan oscuro que parecía negro, e inclinó la
cabeza para mostrar al máximo sus encantos. Dmitri sabía que
era un gesto automático, pero no inconsciente; él
mismo había aprendido a utilizar las esencias como un arma de ataque, y
Kallistos usaba su cuerpo y su rostro del mismo modo.
En esos momentos, el vampiro entreabrió un poco sus
labios perfectos.
—Hay una cama enorme arriba... lista para usar.
—Sus palabras estaban cargadas de sensualidad. Poseía el inconfundible aplomo
de una criatura que había sido capaz de hacer que se
postraran de rodillas hombres y mujeres durante siglos.
Incluso Isis, pensó Dmitri, se había mostrado
indulgente con él cuando no lo torturaba. No era de extrañar que los
jóvenes a los
que el vampiro
había
atraído a su guarida recibieran la muerte de una
manera tan dulce y le ofrecieran sus cuerpos para que él hiciera con ellos lo
que deseara.
—Fracasaste en tu intento de crear vampiros,
—Pensé en formar un ejército. — Tenía una sonrisa
diseñada para que la audiencia sonriera con él, para que lo viera como un
bonito adorno carente de peligro—. Una idea estúpida, como comprendí muy
pronto, pero ¿por qué no utilizar los esclavos que ya tenía? Fue divertido
dejarte regalos en el umbral.
Se
apartó de la
pared con expresión satisfecha y
rodeó el sofá con pasos elegantes hasta que ambos se encontraron a
escasos pasos de
distancia.
—Y de pronto me di cuenta de una cosa: no
necesitaba un ejército para destruirte. —Extendió las manos—. Lo único que
tenía que hacer era arrebatarte a alguien a quien amaras y obligarte a mirar
mientras la asesinaba.
Los
recuerdos, dolorosos y brutales, amenazaron con subir a la superficie,
pero Dmitri había tenido casi mil años para aprender a pensar aun con el dolor.
—Cuando te encontramos, nadabas en un charco
formado por tu propia sangre. —Era un recuerdo sereno, una buena elección—.
Ella te desolló la espalda con el látigo y luego te folló mientras gritabas.
La furia inundó los rasgos impecables del rostro de
Kallistos.
—Tú no la
entendías porque no eras más que un simple campesino.
—Y tú no eras más que un juguete bonito para
ella —señaló Dmitri
con una brutal sinceridad—, algo que quizá le habría
apenado romper, pero
solo hasta que encontrara una golosina nueva.
El
color cobrizo de
sus ojos se puso al rojo vivo, pero Kallistos no
atacó, no reaccionó.
—Ella rompió tu juguete, ¿no es cierto? —Esbozó una
sonrisa perversa
—. Según dijeron, tu esposa chilló como un cerdo
mientras la montaban.
La ira hizo
hervir la sangre
de
Dmitri, pero jamás le daría a Kallistos
la satisfacción de saber el sufrimiento que le
provocaba pensar en los
momentos finales de su dulce y amada Ingrede.
—¿Todavía la amas, Kallistos? Hubo un silencio
siniestro seguido
por una respuesta breve.
—Sí.
—En ese caso, no hay más que decir. —Dmitri atacó
con la cimitarra con la intención de decapitarlo.
Sin embargo, Kallistos ya no estaba allí. Con la
gracia animal de un felino, se había escudado tras el sofá.
—Ten cuidado —dijo el vampiro mientras sacaba una
espada oculta junto a un gran mueble—, o jamás descubrirás dónde está ella.
Dmitri respiró hondo y captó la esencia de Honor
junto a la puerta.
—No tienes nada.
Le ofreció una sonrisa burlona.
—No fue difícil
capturarla. Lo único que tuve que
hacer fue llamar por teléfono amenazando a sus hermanos pequeños. —Kallistos
estaba tan satisfecho consigo mismo que resultaba escalofriante—. Esa cosita
deliciosa esquivó a tus guardias y cayó directamente en mis brazos.
Honor no tiene hermanos pequeños. Pero Pesar sí.
Se le heló la sangre.
—Ríndete ahora —dijo Dmitri al captar inesperados
vestigios de una esencia que indicaba que Kallistos aún
tenía a unos cuantos protovampiros a sus órdenes—,
y te daré una muerte rápida.
—Honor estaba fuera sola, pero acercarse a ella
solo serviría para darle a su oponente un nuevo objetivo.
Kallistos se echó a reír. Era una carcajada áspera,
rota y lacerante.
—Me divierte saber que pasarás el resto de tu vida
sabiendo que tu amiguita murió de una forma lenta y dolorosa... después de
servirme hasta que me harté de ella. Es una lástima que no llegaras a casa una
hora antes. —Tenía una sonrisa diseñada
para arrancar sangre—.
Al final gritó tu nombre.
Dmitri atacó a Kallistos sin previo aviso,
empujando la furia ciega que lo embargaba hacia un rincón oculto de su
mente. Ya se encargaría de ella después. Una vez
que Kallistos estuviese muerto.
El otro vampiro
esquivó la estocada letal, se
retorció y casi voló por encima del sofá antes de aterrizar al otro lado.
—Neha —dijo Kallistos mientras Dmitri rodeaba el
diván para enfrentarse a él— es muchas cosas. Entre ellas, una experta en el
arte de la espada.
—Su habilidad no le sirvió para salvar a su hija
—lo provocó Dmitri, consciente de los ruidos en el pasillo. Los cuerpos se
amontonaban tras él en un intento por bloquearle la salida.
—Anoushka era muy arrogante. — Kallistos se acercó
a toda velocidad y trazó una línea en la camisa de Dmitri
que no tardó en teñirse de sangre—. Yo, por el
contrario, no me molesto en hacer alardes. Solo quiero causar dolor.
Dmitri lanzó una nueva estocada, pero resbaló con
una de las gruesas alfombras. Kallistos aprovechó la oportunidad para hacerle
un corte profundo en la espalda, donde la hoja se deslizó dolorosamente sobre
la columna.
—¿Qué
se siente al
ser el más débil, Dmitri? —Era una pregunta
sibilante—. Ella te suplicó que le perdonaras la vida. ¡Te lo suplicó!
Diez jóvenes protovampiros con pistolas. Ningún
otro ruido en
el pasillo.
—Era una zorra que se merecía morir.
Tras esas frías palabras, Dmitri aumentó el ímpetu
de sus movimientos, pero en lugar de dirigirse a Kallistos, corrió hacia los
límites de la estancia para atacar a los protovampiros que pensaban abatirlo
a disparos. Pero Dmitri era demasiado rápido. Su espada
hendió el aire y salpicó de sangre las paredes mientras Kallistos gritaba y se
abalanzaba sobre él.
De modo que el antiguo amante de Isis siente
una especie de
amor retorcido por sus criaturas, después de todo...
Dmitri se impulsó con el pie para apartarse de una
pared manchada de sangre, se volvió hacia Kallistos y se agachó para
esquivar la andanada
de
balas.
Sin embargo, una
de ellas le acertó en el brazo. Haciendo caso omiso
del dolor, lanzó una nueva estocada con la cimitarra y le amputó las piernas a
su oponente a la altura de las rodillas. El vampiro era
demasiado joven, demasiado
reciente para sobrevivir; sus alaridos fueron interminables.
Los supervivientes seguían disparando... pero sus
disparos se volvieron erráticos cuando alguien les destrozó los corazones desde
atrás. Una cazadora cuyos ojos verde oscuro tenían un brillo feroz.
Al alzar la cabeza, Dmitri vio que Kallistos se
lanzaba a por
Honor. Arrugó los labios
en una mueca
y cambió de posición para
bloquear al
otro vampiro. El estruendo metálico del acero
resonó en la sala e hizo vibrar su brazo herido, pero Dmitri ya había luchado
cuando le faltaban varias partes del cuerpo. Aquello no era nada.
Le dio una patada en las rodillas a Kallistos y lo
rozó con la espada mientras el otro
vampiro se retorcía para apartarse. Sin embargo, no
corrió hacia la puerta, sino hacia las antiguas ventanas de cristal grueso que
daban a los jardines. Sin aminorar el impulso de la carrera, Kallistos atravesó
el cristal y cayó a la hierba en medio del estrépito de los cristales rotos y
la sangre.
—¡Honor!
—¡Estoy bien! ¡Vete!
Dmitri
atravesó el agujero
de la
ventana y rodó por la hierba antes de incorporarse.
Estaba frente a Kallistos, cuyo rostro mostraba una sonrisa llena de sangre.
—Muy listo, Dmitri... Me has manipulado para que te
mostrara mis cartas... aunque tal vez te haya manipulado yo. —Se llevó dos
dedos a la boca y silbó.
Los ladridos llenaron el aire y, de repente, dos
perros negros como
la noche salieron del bosque en dirección a la parte delantera de la
casa. Tenían los colmillos afilados como cuchillos y su objetivo estaba claro.
Rodearon a Kallistos y se acercaron a Dmitri... pero no todos ellos. Una parte
de la manada se dirigió a la casa, como si los atrajera
la sangre derramada. O la esencia de Honor. Porque
Kallistos se reía, y la expresión de sus ojos decía a las claras que acababa de
jugar su última mano.
Al ver un destello azul con el rabillo del ojo,
Dmitri gritó:
—¡Dentro!
Al mismo tiempo, lanzó una estocada a los perros
que cortó sus musculosos cuerpos por la mitad. Pero seguían apareciendo más
entre los árboles. Si caía al suelo, lo harían pedazos, y al final conseguirían
decapitarlo, que era lo único que podría poner fin a su vida casi inmortal.
—Es una lástima que no haya podido matar yo mismo a
tu zorra — señaló Kallistos con tono despectivo—.
No obstante, disfrutaré igualmente
imaginando su cuerpo destrozado.
Dmitri se deshizo de varios de los perros. El
montón de cadáveres a su alrededor era cada vez más grande.
No te atrevas a morir, Honor.
Sabía que Illium haría todo lo que estuviese en su
poder para protegerla, pero lo angustiaba pensar que, una vez más, sería
incapaz de socorrer
a la mujer que amaba. Fue
entonces cuando oyó una serie rápida de disparos en el interior de la casa y
recordó que, aunque Honor lo acariciaba con la misma delicadeza que
Ingrede, era una cazadora
experta. No era
ninguna víctima.
Enseñó los dientes en una sonrisa
feroz.
Mi Honor.
Lanzó una estocada con la cimitarra mientras sacaba
la pistola con la otra mano, y acabó con tantos perros de una sola tacada que
los demás se volvieron cautelosos.
No lo bastante
para retroceder, pero sí para
vacilar.
Aprovechando su titubeo, Dmitri levantó la pistola
y le pegó un tiro en la cara a Kallistos.
Su oponente gritó y se puso de rodillas. Era obvio
que no había esperado el ataque de un arma moderna. Dmitri se abrió camino a
mandobles a través de la horda de perros y apoyó el arma en la sien de
Kallistos.
La demencia del vampiro tenía raíces demasiado
profundas; jamás se recuperaría.
Había
sido Isis quien
le había hecho aquello, de modo
que Dmitri se mostraría clemente.
Sin embargo, antes de que pudiera apretar el
gatillo, Kallistos lanzó un zarpazo que le arrebató el arma de las manos y
lo desequilibró lo
suficiente para hacerle caer al suelo.
Un instante después, Dmitri tenía el rostro
mutilado de Kallistos encima. Soltó la cimitarra, que no le serviría en la
batalla cuerpo a cuerpo, y luchó con las manos desnudas mientras Kallistos lo
cortaba y desgarraba con unos dedos que no eran humanos.
Al sentir el metal que destrozaba su carne, Dmitri
comprendió que el otro vampiro había ocultado algún tipo de arma que cubría sus
nudillos de hojas dentadas y afiladas. En esos momentos se comportaba como una
trituradora de papel y hacía trizas el pecho y un lado del cuello de Dmitri.
Dmitri bloqueó a Kallistos cuando el
vampiro medio ciego intentó
rodearle la garganta con la mano y, tras sacarse una daga corta del cinturón,
le rebanó el pescuezo a su oponente.
La sangre cálida le cayó en la cara, pero Kallistos
era dos décadas mayor que él y no se rindió. En lugar de eso, le aferró el
cuello con la mano
libre y lanzó una
nueva estocada con aquella
arma letal.
—Acabaré contigo. —La saliva burbujeaba alrededor
de su boca y formaba una delgada capa de espuma roja—. Como tú acabaste con
ella.
Dmitri
consiguió sujetarle la muñeca y detener el golpe. Fue entonces
cuando sintió los dientes de un perro en el pie, detrás de Kallistos, que se
había sentado a horcajadas sobre él.
Capítulo 36
Dmitri lanzó una patada y le acertó a un
cuerpo grande y sólido.
A continuación le soltó
el brazo a Kallistos,
dejando su rostro y su
garganta desprotegidos, a fin de utilizar todas sus fuerzas para empujar la
daga que ya había colocado justo por debajo del corazón de su enemigo. Se la
clavó con fuerza y tiró hacia arriba para cortar el corazón
de Kallistos justo
por la mitad.
La agonía lo abrasó por completo cuando las puntas
metálicas se clavaron en su rostro y se deslizaron hacia abajo,
pero el impacto del golpe disminuyó al final,
cuando Kallistos empezó a estremecerse mientras la sangre manaba de su pecho y
su garganta. Dmitri retorció la daga y
la clavó
aún más, hasta que el corazón del otro vampiro quedó reducido a una
pulpa carnosa. Luego lo empujó para quitárselo de encima y observó a los perros
con un gruñido.
Los animales se apartaron, pero no le quitaron los
ojos de encima a Kallistos, que se retorcía mientras intentaba curarse a sí
mismo. Dmitri sabía que, si no lo molestaban, volvería a levantarse. Los
vampiros con su poder y su fuerza no eran fáciles de matar. Sin embargo, si
Dmitri se alejaba,
los
perros despedazarían a Kallistos como si fuera un
trozo de carne.
«—Esta es mi mascota especial. — Isis esbozó una
sonrisa mientras deslizaba sus brillantes uñas sobre el cuerpo de un muchacho
esbelto que aún no se había
convertido en hombre. Aquel muchacho, atado a la cama, se
arqueó bajo sus caricias... y gritó como un loco cuando ella le clavó las uñas
en los testículos y se los arrancó.»
No,
pensó Dmitri. No
podía permitir que Kallistos sufriera... ni siquiera después de los
crímenes horrorosos que había cometido.
Pesar.
Se le encogió el corazón. La angustia y la ira se
le atascaron en la
garganta. Estuvo a punto de alejarse y
permitir que los
perros se dieran
un festín con el otro vampiro.
De repente le acudió a la cabeza un recuerdo
efímero en el que aparecía Kallistos al principio de su confinamiento.
«Notó un bálsamo calmante en la espalda.
—Ella puede ser muy exigente, lo sé, pero es una
buena ama.»
El joven vampiro había intentado facilitarle la
vida; había llegado incluso a distraer a Isis para evitar que esta le arrancara
un ojo a Dmitri en una etapa en la que podría no haberse curado.
«—Ayúdame.»
Kallistos le había pedido aquello
una vez, después de que Isis lo hiriera tanto que
no podía incorporarse para comer. Dmitri, encadenado, había sido incapaz de
ayudarlo en aquella ocasión, pero lo haría en esos momentos.
Recogió
la cimitarra y
apoyó la hoja en la garganta de
Kallistos. Bastó una estocada precisa para separar la cabeza del cuerpo, pero
Dmitri quiso asegurarse de que Kallistos no volviera a levantarse nunca y
utilizó una hoja más corta para extraer el dañado corazón del vampiro. Mientras
se volvía para dirigirse hacia donde se encontraba Honor, sin otro remedio que
dejar el cadáver de Kallistos a los perros, vio que ella salía corriendo de la
casa en compañía de Illium
sin dejar de
disparar.
Los perros no tuvieron ninguna oportunidad.
—Nadie
puede enterarse de
esto
—le dijo a Honor mientras examinaba los colmillos
incipientes de uno de los protovampiros que había en el interior de la casa.
Ya no le sorprendía en absoluto ver hasta dónde
estaban dispuestos a llegar algunos para conseguir la inmortalidad.
—Lo sé. —Ella
se agachó a su
lado con una mueca compasiva—. Si la gente empezara a pensar que los ángeles
son vulnerables, la estructura mundial de poderes se
tambalearía... y a
alguien
podrían ocurrírsele ideas extrañas.
—Sí.
Honor era muy inteligente y tenía las ideas muy
claras. Sería una ventaja tenerla a su lado, y además se moría por abrazarla,
por inhalar su aroma, por escuchar el latido vivo de su corazón. Pero primero
tenían que examinar la casa, habitación por habitación. No encontraron a
ningún habitante vivo, pero descubrieron varios cuerpos en
estado de descomposición enterrados en tumbas superficiales que había debajo de la casa; pruebas evidentes
del intento fallido de Kallistos de crear vampiros.
Sin embargo, aquel no fue el descubrimiento más
importante.
—¿Dmitri? —La voz femenina
interrogante salió del teléfono mientras exploraba
la casa en compañía de Illium y de
Honor, rodeado por
el siniestro olor de la muerte—.
No he oído tu llamada... Estaba en el recital musical de mi hermano.
La opresión del pecho se extendió por todo su
cuerpo.
—Estás a salvo... —dijo él.
—¿Va todo bien?
—Sí.
—Le pasó el
teléfono a Honor, ya que
necesitaba un minuto para reponer los escudos emocionales que se habían venido
abajo al escuchar la voz de Pesar.
No regresaron a Nueva York hasta el día siguiente,
después de asegurarse de que todo se procesaba y limpiaba a la
perfección para que nadie pudiera averiguar jamás
lo que había ocurrido en aquel tranquilo
lugar situado en medio del verdor de centenares de arces
canadienses. Sin embargo, no llevó el helicóptero hasta Manhattan y la Torre,
sino hacia un edificio abandonado cerca de la frontera entre Nueva York y Connecticut.
—¿Estás segura? —le preguntó a aquella mujer con
los ojos cargados de misterios que Dmitri
pensaba desentrañar cuando la tuviera sonriente y complacida en su cama.
—Sí —dijo Honor.
Había entendido por fin que Amos no era el monstruo
que la atormentaba.
Lo que la atormentaba era la jaula
en la que Amos la había encerrado.
Salió
del helicóptero y esperó
a que Dmitri estuviera a su lado para iniciar el camino hacia las entrañas
del infierno. El edificio estaba lleno de carteles de prohibido el paso, pero
ella siguió avanzando y atravesó una de las puertas del interior, la que
conducía a un sótano con el suelo de cemento.
—Me dijo —susurró mientras intentaba contener las
náuseas— que planeaba remodelar el lugar, convertirlo en un salón de estilo
retro al que solo tendrían acceso los más privilegiados, pero que primero debía
asegurarse de que todos sus
invitados tenían los apetitos adecuados. —Apetitos que habían
estado a punto de matarla antes
de que Amos
llegara a pintar
las paredes, reemplazar la alfombra deshilachada o
arreglar los tablones rotos del suelo.
Una mano masculina se cerró sobre el pomo de la
puerta.
—Yo entraré primero.
—Necesito...
—Enfrentarte a tus demonios. — Dmitri le apartó el
pelo de la cara con inesperada ternura—. Lo sé. Pero eso no significa que debas
hacerlo sola y desprotegida.
Al mirar aquel rostro que aún mostraba signos de
los cortes brutales que había recibido durante la lucha, Honor se dio cuenta de
que Dmitri necesitaba hacer aquello.
Necesitaba
protegerla. Y no podía fingir que aquella vena
protectora no era bienvenida. No allí. No con él. Pero...
—Lo haremos juntos. —Apoyó la mano sobre la suya—.
No pienso esconderme de nada, ni siquiera detrás de tus amplios hombros.
Se hizo un largo y tenso silencio antes de que el
vampiro asintiera y abriera la puerta que conducía a su infierno particular.
Sin embargo, mientras bajaba
los escalones con Dmitri a su lado, las náuseas fueron
sustituidas por una furia penetrante y abrasadora. Y luego, cuando se adentró
en la estancia oscura donde la habían maniatado y torturado durante dos largos
meses, por el orgullo.
Sobreviví a esto, se dijo.
La idea apenas había cruzado su mente cuando una
criatura de ojos rojos salió de la oscuridad enseñando los dientes y lanzando
zarpazos.
—¡No! ¡Ya lo tengo!—gritó ella cuando Dmitri hizo
ademán de adelantarse.
Honor empezó a disparar.
La criatura se acercó más y ella siguió disparando.
El estruendo resultaba
ensordecedor en aquel espacio tan reducido, pero al final la criatura cayó al
suelo entre gimoteos.
Honor sacó la linterna y, sin dejar de apuntarla con la pistola, dirigió
el haz de luz hacia la cosa que había convertido aquel lugar horrible en su
guarida.
—Tú... —Era una palabra pronunciada entre gorgoteos
de sangre.
El vampiro ya no parecía el mismo de las
fotos que le
había enseñado Dmitri. Su
elegancia había quedado enterrada bajo una necesidad animal. La piel de la boca
se había contraído y dejaba expuestos los colmillos y las encías. Su rostro
estaba demacrado, consumido. Y lo mismo podía decirse del cuerpo oculto bajo
los jirones de la camisa. Las fracturas
de las costillas aún no se habían sanado y tenía
varias zonas del torso
destrozadas por las balas.
—Eras mía —susurró Amos.
—No —dijo Honor una vez más, dirigiéndose a Dmitri.
—Honor...
—Ya no es peligroso. —Se acercó para ver de cerca
el cuerpo delgadísimo de Amos.
Estaba claro que el vampiro había logrado llegar
hasta allí de algún modo después del ataque de Jiana. Sin embargo, una
vez a salvo
no había tenido fuerzas
suficientes para salir a alimentarse, ni siquiera
cuando su cuerpo empezó utilizar
las reservas internas para sanar las heridas masivas.
Una criatura lamentable.
Aunque aún le quedaban fuerzas.
Se abalanzó hacia ella con un rugido. Sin perder la
calma, Honor le vació el cargador en el corazón y lo hizo trizas.
—¿Volverá a levantarse?
—No. Está demasiado débil. — Dmitri le acarició el
pelo con la mano
—. Se acabó.
Honor se volvió para contemplar la estancia llena
de humo y vio solo eso, una estancia.
—Sí. Se acabó.
Exhausta y emocionalmente agotada, no protestó
cuando Dmitri la llevó volando hasta la Torre y luego la subió en brazos hasta
su habitación.
—He encargado una cama nueva — le dijo el vampiro
mientras la arrastraba hasta la ducha y la ayudaba a desvestirse
—. Serás la única mujer que ha dormido
en ella.
Dmitri era el dueño de su corazón, a pesar de sus
cicatrices y su oscuridad.
—Ven aquí. —Honor le cubrió el rostro con las manos
y le frotó la nariz con la suya.
Por alguna razón que desconocía, Dmitri se quedó
rígido un instante antes de apoderarse de su boca con un beso posesivo. Un beso
lujurioso y decadente que ningún hombre
decente le daría jamás a su mujer. La ducha acabó en un
placentero y bienvenido interludio, pero el cuerpo de Honor se rindió en cuanto
se tumbó en la cama.
«Aquellos vampiros de ojos sucios
que recorrían su cuerpo con las manos mientras la
inmovilizaban contra la pared querían deshonrarla. Ella lo sabía,
lo entendía.
—Perdóname, Dmitri —susurró para sus adentros
mientras dejaba de luchar.
Ellos se echaron a reír.
—Mira, le gusta. Está claro que a las campesinas
les encanta abrirse de piernas para los hombres de verdad.
Unas manos rudas le subieron las faldas mientras
otras le estrujaban los pechos.
Ella se dijo que debía permanecer inmóvil, sin
luchar, a pesar de la vergüenza y la furia que la embargaban.
Sin embargo, un momento después
entró el tercer vampiro con Caterina en brazos.
—Es tan dulce y suave... — murmuró con un
escalofriante tono amable—. He oído que esta sangre es una exquisitez.
Tranquila, tranquila, se ordenó cuando la ira le
hizo hervir la sangre. Si protestaba, el monstruo sabría que tenía en sus manos
un trozo de su corazón y le haría aún más daño a Caterina. Sin embargo, el silencio no protegió a su hija.
—¡No! ¡Por favor! —gritó cuando el vampiro acercó
la cabeza al diminuto cuello de Caterina y empezó a desgarrarlo como un perro.
Los gritos aterrorizados de su bebé
llenaron el aire, penetraron el silencio y se le
clavaron como puñales.
Le dio un codazo en la nariz al vampiro que la
sujetaba y le clavó al otro el cuchillo de cocina que se había escondido en la
falda cuando los vio aparecer en su casa con aquella expresión tan perversa.
—¡Suéltala!
Puesto que no esperaban su rebeldía, logró soltarse
y coger a Caterina de los brazos del vampiro.
—No, no... Ay, no...
Su pobre hija había muerto. Su garganta no era más
que un amasijo de carne y su cuerpecito había empezado a enfriarse.
—¡No! —Gritó con un canto
fúnebre mientras los monstruos la atacaban de
nuevo, pero no soltó a Caterina. Ni siquiera cuando le rompieron las costillas,
la tumbaron en el suelo y le subieron las faldas. Le daba igual lo que le
hicieran mientras no tocaran a Caterina... y no descubrieran a Misha.
"No digas nada, Misha —suplicó mentalmente—.
Quédate quieto, muy quieto."
El pequeño estaba jugando en el reducido espacio
que había bajo el tejado, que era su escondite secreto, y ella le había gritado
que se ocultara cuando vio que se acercaban los vampiros. No había tenido
tiempo para esconder también a Caterina, pero había
albergado la esperanza de que no fueran tan
perversos para atacar a un bebé.
No sintió nada cuando la hirieron, ya que todo su
ser estaba concentrado en escuchar
a su hijo
y en mantener abrazada a su niña.
—No he podido protegerla, Dmitri
—susurró sin voz mientras los vampiros abusaban de
ella—. Lo siento.
Moriría allí, eso lo sabía. Y él no lo perdonaría.
Era tan testarudo que llevaría la herida en su corazón hasta su último aliento.
Su guapo y leal marido no había dejado de amarla nunca, ni siquiera cuando
aquella ángel empezó a cortejarlo.
Oyó un ruido susurrante.
Alzó la vista y vio que Misha se
asomaba desde su escondrijo. Le dijo con la mirada
que no abriera la boca, que se quedara quieto. Pero era el hijo de su padre.
Con un grito de furia, saltó sobre la espalda de uno de sus atacantes y clavó
los dientecillos en el cuello. El vampiro se quitó de encima al niño y lo
arrojó al suelo mientras ella luchaba por liberarse, por protegerlo.
—¡No!
Uno de los otros atrapó el cuerpecito vociferante
de Misha y lo encerró entre sus brazos.
—Ella
quiere que el
hijo mayor siga con vida. —Apretó
a su precioso hijo hasta que ella le suplicó que no le hiciera daño.
Sin embargo, el monstruo soltó una
carcajada y siguió apretando el cuerpo de Misha
hasta que el niño perdió el sentido.
Luego, una vez que acabaron con ella, le rompieron
la columna para que no pudiera escapar mientras la casa se llenaba de humo, de
llamas. Murió con su pequeña en los brazos, abrazándola hasta el último
momento. Pero su alma no encontró la paz, ya que su mente estaba llena de los
gritos de Misha, de las imágenes del cuello desgarrado de Caterina y
de las atormentadoras palabras que pronunció Dmitri
cuando los hombres de Isis fueron a buscarlo.
«¿Me perdonarás, Ingrede? ¿Podrás perdonarme lo que
debo hacer?»
Y así se había marchado su Dmitri
hacia la cama de un ser que solo lo veía como un
objeto que se podía utilizar. Y le había prometido que regresaría, costara lo
que costase. Pero ahora, ella ya no estaría esperándolo.
A su esposo se le rompería el corazón.»
—¡Honor! —Dmitri sacudió a la mujer que había
dormido a su lado durante la noche
para intentar despertarla.
Las lágrimas rodaban por sus mejillas y sollozaba sin
consuelo.
Cuando ella se volvió y enterró la cara en su
pecho, supo que ya estaba despierta. Sus lágrimas eran las de una mujer que
lo había perdido
todo.
Lágrimas
de absoluta devastación que no dejaban de brotar; y su
cuerpo se estremecía con tanta fuerza que Dmitri temió que se hiciera pedazos.
Ella no escuchaba sus palabras, no se dejaba
consolar, así que el vampiro se limitó a abrazarla más fuerte que nunca. Honor
no se debatió, no hizo otra cosa que llorar... hasta que el pecho de Dmitri
quedó empapado con su desolación y le
entraron ganas de romper algo. Sin embargo, no le pidió a
Honor que parase. La muerte de Amos, pensó, había sido el catalizador de todo
aquello, y si necesitaba llorar para terminar de curarse, que así fuera.
Así
pues, abrazó a
aquella cazadora de ojos verdes que lo aceptaba
tal como era y que lo conmovía como solía hacerlo
Ingrede. La cazadora que le hacía imaginar una verdad imposible.
La estrechó con tanta fuerza que Honor se convirtió
en una parte de su alma.
Capítulo 37
Honor se sentó al borde de la terraza sin
barandilla de la oficina de Dmitri, con las piernas colgando hacia fuera. Si
caía, el salto
sería terrible, pero suponía que
alguno de los ángeles que estaban abajo la atraparía. Por supuesto, no tenía
intención de comprobarlo... no tenía ningunas ganas de morirse pronto.
No después de lo mucho que le había costado
regresar la última vez.
Se le atascó
el aliento en la
garganta al aceptar conscientemente aquella
idea imposible... pero
cierta.
Era tan real como el horizonte de Manhattan que
tenía ante ella, con el brillo del acero
recortado contra el cielo azul veteado de blanco. Los
recuerdos se habían
sucedido en cascada desde que
despertara a primera hora de aquella mañana, llorando con tanta fuerza que aún
le dolían el pecho, los ojos y la garganta.
Es mi marido.
Quizá no legalmente, pero en opinión de su alma,
Dmitri le pertenecía.
Para siempre.
Cuando
la puerta corredera
se abrió a su espalda, echó un vistazo por encima del hombro esperando
ver al hombre que ocupaba sus pensamientos, pero no
lo era. Sonrió
al ver a la
cazadora que se sentó a su lado.
—¿Cómo has llegado hasta aquí?
—El sistema de seguridad era impenetrable.
Ashwini balanceó los pies.
—Me he ganado a Illium con zalamerías.
—No sabía que lo conocieras.
—No lo conocía, pero ahora sí. — Los ojos castaño
oscuro de Ash estaban llenos de una intensidad líquida concentrada en Honor—.
Ha dicho que necesitabas a una amiga. Yo ya lo sabía, pero me he hecho la
tonta. ¿Qué te pasa?
Honor
volvió la cara
hacia el viento para
dejar que le
echara el cabello hacia atrás y
lo enredara tanto como lo había hecho Dmitri en la cama.
—Nunca me creerías.
Se hizo un largo silencio antes de que Ashwini
hablara.
—¿Recuerdas el día que nos conocimos?
Lo
recordaba a la
perfección. Había sido en un ruidoso bar lleno de cazadores y
mercenarios. Habían reído, habían bebido y habían comido todo tipo de fritos,
enterrando las semillas de lo que acabaría siendo una profunda amistad. Y
luego, cuando salieron por la puerta...
—Me
dijiste que era
un alma antigua —susurró Honor—.
Un alma perdida.
—Pues sigues siendo un alma tan antigua que se me
encoge el corazón —
Ash se inclinó para que los hombros de ambas se
tocaran durante un instante—, pero ya no estás perdida.
Estremecida, Honor apoyó las palmas de las manos en
la rugosa superficie sobre la que estaban sentadas. Sabía muy bien que ya no
oiría más susurros de una vida pasada; ya no había necesidad, porque la barrera
entre el pasado y el presente se había desvanecido con la tormenta de lágrimas
y ahora por fin podía ver a la mujer que había sido con la misma claridad que a
la mujer que era en el presente.
Los recuerdos recién aflorados le causaban un
sufrimiento desgarrador. La idea de perder a Caterina y a Misha... no
podía soportarla. Pero
recordaba y
comprendía también algo mucho más hermoso. Amada.
Había sido amada. Y la amaban de nuevo, pensó al acordarse de los brazos que la
habían estrechado con fuerza aquella misma mañana. Quizá Dmitri no fuera capaz
de decirlo nunca, ya que su esposo se había convertido en una espada afilada y
letal, pero ella lo sabía.
Lo que no sabía era si su hermoso y malherido
Dmitri estaría dispuesto a escuchar lo que tenía que contarle.
Dmitri contempló a las dos mujeres sentadas en la
terraza y se aseguró por tercera vez de que los ángeles que esperaban abajo
estaban preparados
para cogerla si era necesario.
—Debería salir afuera y obligarlas a entrar —le
dijo a Rafael cuando el arcángel entró en la sala y se situó a su lado.
—Sí —dijo Rafael—. Sería una escena de lo más
divertida.
Dmitri miró al arcángel con expresión siniestra.
—Tu consorte es una mala influencia.
—Mi consorte acaba de reunirse con tu mujer.
Al volverse, Dmitri vio que Elena aterrizaba con
algo de torpeza aunque sin problemas en la terraza. La mujer alzó el puño en el
aire para expresar su triunfo antes de
sentarse junto a la
cazadora
de piernas largas
y ojos oscuros que era la mejor
amiga de Honor... y, según los informes que tenían sobre ella, una criatura
extremadamente dotada en cosas que la mayoría de los humanos no aceptaban. Los
inmortales, por el contrario, habían vivido demasiado tiempo para tomarse
aquellas cosas a guasa. Y por esa
razón, vigilaban a Ashwini.
—Janvier la corteja.
—Creo que ha llegado el momento de traerlo —dijo el
arcángel.
Le daré tiempo de sobra a Veneno para asegurar una
transferencia fácil.
Dmitri asintió con la cabeza. Sintió una paz
asombrosa al ver reír a Honor, cuyo cuerpo quedaba medio oculto tras
las alas extendidas de Elena.
—A Veneno le vendrá bien trabajar con Galen.
—El vampiro era
fuerte, pero joven, y podía llegar a ser impulsivo. Galen, en cambio,
era tan estable y firme como una roca.
—Estoy de acuerdo. —Las alas de Rafael emitieron un
leve susurro cuando el arcángel las sacudió para acomodarlas—. Hablé con
Aodhan... y no ha cambiado de opinión.
Dmitri pensó en el extraordinario ángel atormentado
y se preguntó si encontraría lo que buscaba en aquella ciudad descarada e
impetuosa, llena de vida.
—¿Crees que es el comienzo de su curación?
—Quizá. —Hizo una pausa serena
—. Nosotros seremos su escudo, Dmitri.
—Sí.
¿Y el joven ángel?
Descansando. Su voluntad es fuerte; esto no podrá
con él.
Bien.
Fuera, las mujeres seguían charlando mientras sus
melenas se enredaban por la acción del viento. Los mechones casi blancos de
Elena se entremezclaban con los brillantes mechones negros de Ashwini y los
rizos suaves de Honor. Formaban una imagen en la que cualquier hombre se
fijaría.
—No somos los que éramos hace dos años, Rafael.
—¿Lamentas ese cambio?
—No.
Aquella tarde, Honor desafió a Dmitri a una sesión
de entrenamiento y perdió. Esa misma noche, él se la llevó a la cama y la
obligó a tumbarse para deleitarse con ella.
—¿No habías dicho algo sobre un látigo de
terciopelo? —preguntó Honor con una voz
susurrante cargada de anhelo y excitación. Y un instante
después, le mordió el labio inferior.
Dmitri se apoderó de su boca con una necesidad
voraz y el aroma del deseo de Honor no tardó en impregnar el
ambiente.
Tras inspirar con fuerza para
llenarse de aquel
aroma, Dmitri la obligó a tenderse de espaldas y a
agarrarse con las manos a los barrotes del
cabecero. Luego besó
y saboreó cada centímetro de su
cuerpo, desde la suave calidez de su frente hasta el hueco de su garganta y la
punta arrugada de sus pezones, donde se demoró un momento hasta que estuvieron
húmedos y endurecidos. Desde allí se trasladó al ombligo, pasó por la trémula
protuberancia de su entrepierna, bajó hasta
la curva de
su rodilla y, finalmente, hasta
el elegante arco
del pie.
Honor, que respiraba con jadeos entrecortados, hizo
un gesto negativo con la cabeza, cuando él le pidió
que se
diera la vuelta.
—Honor... —Era una orden.
—No. —Lo miró con sus ojos hechizantes llenos de
una rebeldía que era en sí misma una invitación.
Su cuerpo estaba tan sensibilizado que cuando
Dmitri deslizó el dedo entre sus piernas, Honor se sacudió y cerró los ojos
y los muslos,
a punto de alcanzar el orgasmo.
—Dmitri...
—No —dijo él, que apartó el dedo y agachó la cabeza
para hablarle al oído
—. No pienso recompensar tu mal
comportamiento.
Sin el más mínimo arrepentimiento, ella empezó a
besarle la mejilla, la mandíbula. Lo llenó de besos suaves y
húmedos que hacían que su erección palpitara bajo
los pantalones negros de vestir que aún no se había quitado. Ella, sin embargo,
estaba desnuda; su piel era como la seda caliente y su sangre, cálida y
excitada, lo atraía como una erótica adicción que aún no podía permitirse.
—¿Sirven de algo los sobornos? —
preguntó ella antes de darle otro beso.
Dmitri presionó su abdomen con la mano para que
volviera a tumbarse de espaldas.
—Acabas de
romper otra regla...
—Le había ordenado que se tendiera y no se moviera.
—No te vas a apiadar de mí,
¿verdad? —preguntó con voz ronca cuando él se
levantó de la cama para
dirigirse al armario... Aunque mantuvo la promesa
que le había hecho al principio y se quedó en la cama.
—Deberías saber lo que puedes esperar de mí —dijo
él al tiempo que cogía un suave látigo de terciopelo que no había utilizado
nunca.
En realidad, jamás había utilizado nada de lo que
había en la habitación. Había hecho una cama para Ingrede y, de la misma forma,
había remodelado aquel dormitorio para Honor.
Acarició el látigo con la mano y sacudió los
extremos sobre el
brazo para asegurarse de que no le causaría dolor, tan solo el más
agonizante de los placeres. Cuando se volvió hacia ella, Honor contempló el
látigo y retorció las
caderas de una forma que indicaba que estaba muy
cerca del límite. Dmitri esbozó una sonrisa
y deslizó los extremos del látigo desde su pecho hasta
la pierna.
—¿Dónde
te gustaría que te
azotara? —murmuró. Rodeó los pechos con las trenzas—. ¿Aquí? —Luego las
bajó un poco,
hasta los muslos—.
¿Aquí? —Volvió a subir y deslizó el mango por los
pliegues de su zona más íntima—. ¿O quizá aquí?
Honor gritó, y Dmitri supo que estaba al borde del
precipicio. Se apartó un poco, volvió a coger el látigo por la empuñadura y lo
sacudió. Las colas de terciopelo besaron la piel sonrojada de sus muslos y los
gemidos de Honor se
transformaron en un lamento gutural.
—Sepáralos más —le ordenó.
Ella separó las piernas y lo miró a los ojos.
La siguiente caricia fue en la parte interna de los
muslos, y pudo ver la tormenta que se originaba en sus ojos verde bosque.
Volvió a sacudir el látigo con precisión... para que el terciopelo cayera sobre
los pliegues húmedos de su entrepierna.
Honor alcanzó el orgasmo con un grito y se aferró
con fuerza a las barras del
cabecero, con los pechos enrojecidos y la espalda arqueada.
Puesto que deseaba que lo disfrutara, que saboreara
hasta la última gota del éxtasis, Dmitri sacudió el látigo
una vez más, esta vez sobre sus pechos.
El placer la inundó por completo y la volvió más
hermosa aún. Dmitri dejó el látigo, se quitó la ropa, se situó entre sus muslos
y se hundió en su interior mientras ella bajaba de las alturas, todavía
estremeciéndose por el placer. Los
músculos de su
vagina se contrajeron a su
alrededor y estuvieron a punto de hacerle perder el control. Pero tenía siglos
de experiencia, y su
intención era prolongar los placeres de esa noche.
Con un gemido,
Honor lo sujetó con fuerza mientras él se mecía dentro
de ella con embestidas lentas y suaves que prometían pero nunca daban.
El sudor empapó sus cuerpos
después
de diez largos
minutos, y aquella mujer que ya
era su mujer, yacía de espaldas aferrada a las sábanas e intentaba obligarlo a
penetrarla hasta el fondo empujándolo con los tobillos que había enlazado tras
su espalda.
—Más rápido.
—Gané la sesión de entrenamiento
—le recordó Dmitri—. Puedo hacer lo que quiera. —Se
inclinó para lamer una gota de sudor que bajaba por su garganta
—. Y ahora mismo quiero poseerte lentamente, con
delicadeza.
Honor, que respiraba con mucha dificultad, trató de
meter la mano entre sus cuerpos. Dmitri se lo impidió y le sujetó la
muñeca por encima
de la cabeza antes de hacer lo
mismo con la
otra.
—Chica mala... —Sin dejar de
mirarla a los ojos, volvió a hundirse en ella muy
despacio y entonces la oyó gemir de frustración—. ¿Estás asustada?
—Lo
preguntaba en serio,
porque la tenía inmovilizada.
—No
—Honor se incorporó
un poco para morderle
la mandíbula—, pero tú deberías
estarlo.
Dmitri movió las caderas en círculos y la amó de
una forma que hizo que Honor cerrara los ojos y arqueara la espalda para
acercarle los pechos a la boca. El vampiro aprovechó la ocasión para succionar
sus pezones mientras seguía atormentándola con movimientos lentos de las
caderas. Cuando alzó la
cabeza para reclamar un beso, ella le chupó la
lengua... y luego hizo una cosa que siempre le había hecho perder el control,
incluso antes de la Conversión. Le
acarició el cuello
con la nariz
y apretó los dientes en la zona donde más se apreciaba el pulso antes de
lamerla con la lengua.
Con un gruñido, Dmitri le soltó las muñecas para
agarrarla del cabello y apartarla de su garganta con mucho cuidado. Un instante
después, se hundió en ella hasta el fondo.
Honor jadeó.
—Ay, Dios...
—¿Dónde has aprendido eso? — susurró él mientras le
levantaba una rodilla con la otra mano para separarle
más las piernas.
Era una caricia muy específica, una que había
descubierto con Ingrede. Desde entonces, otras mujeres,
incluida Favashi, habían intentado acercarse a su garganta, pero él jamás la
había dejado desprotegida.
Hasta ese momento.
—Te negaste a enamorarte de ninguna otra mujer,
Dmitri. —Era un susurro con el impacto de un disparo—. Así que he vuelto
contigo... esposo.
Todos los músculos del cuerpo de
Dmitri se contrajeron.
—No.
La respuesta de Honor a aquella dura palabra no fue
la que él había previsto.
—No
pasa nada. —Cubrió
su rostro con ternura y esbozó una sonrisa burlona. Sus ojos brillaban con
un amor tan profundo que Dmitri creyó ahogarse en un fulgor verde bosque—. No
hace falta que me creas, ni que me consideres cuerda. Solo permite que te ame.
Las siguientes palabras las pronunció en
una antigua lengua olvidada, el dialecto que habían hablado
en una
pequeña aldea convertida
en polvo muchísimo tiempo atrás. Un dialecto que solo Dmitri recordaba.
Sin embargo, la suave cadencia del idioma salía de los labios de Honor como si
ella se hubiese
criado en aquellos mismos campos y bailado bajo aquel
mismo sol brillante.
—Lo cierto es que siempre he sido algo alocada en
lo que a ti se refiere.
—No puedo... —empezó a decir Dmitri, porque lo que
ella le ofrecía era demasiado, un regalo demasiado doloroso.
—Shh... —Ella enterró los dedos en su cabello—. No
pasa nada.
—No. —Sí que pasaba. Y pasaría hasta que obtuviera
las respuestas que necesitaba.
—Siempre tan cabezota... —Honor lo besó lenta e
intensamente y le rodeó la cadera con las piernas para que no se alejara—.
Debería haberlo esperado del hombre que una vez escaló la ladera de una montaña
para traerme flores silvestres.
Dmitri
se estremeció de
arriba abajo por el peso de los conocimientos que había en aquellos ojos,
en sus caricias, en su voz. Todas las pequeñas cosas que Honor había hecho y
que habían despertado sus recuerdos, el eco de la alegría de Ingrede
rompiéndole el corazón cuando era Honor quien reía, lo mucho que lo conocía...
todo aquello desató el caos en su interior y le dejó tan solo una hambrienta
necesidad.
—Déjame darte lo que necesitas, esposo. He esperado
durante demasiado tiempo. —Eran palabras hechizantes mezcladas con un deseo
exquisito que lo abrasaba—. Bebe.
El último rastro de autocontrol se desvaneció.
Con un rugido, Dmitri se hundió en ella una vez, y
otra, y otra... Hasta que ella empezó a contraerse de nuevo a su alrededor y él
alcanzó un orgasmo tan satisfactorio que ni siquiera recordaba haberle clavado
los colmillos en el cuello. Un instante
después, el sabor acre y salvaje de su sangre lo atacó
con la ferocidad de
una tormenta y, de
pronto, sintió una nueva erección.
Honor se
quedó atónita al
notar que Dmitri comenzaba a moverse de nuevo. Sus colmillos parecían inyectar
placer líquido en
su organismo, un placer lánguido y persuasivo que sabía a
pecado y a
cosas deliciosamente
perversas... Un placer tan distinto al que había
experimentado en el sótano que el mero hecho de compararlo resultaba absurdo.
Soltó un gemido ante la enorme oleada de éxtasis
que recorría sus músculos y su cuerpo estremecido, y acogió la rígida embestida
de su esposo con entusiasmo.
—Dios, Dmitri...
La enorme erección acarició los tejidos internos
hinchados y le provocó demoledoras oleadas de placer un instante antes de que
él agachara la cabeza para alimentarse de su cuello. Honor lo agarró del pelo
para impedir que se apartara. La abrasadora sexualidad del momento estaba teñida
de una ternura embriagadora. Dmitri succionó con
fuerza y ella se estremeció de arriba abajo.
Con un profundo gruñido de satisfacción, Dmitri se
retiró un poco y volvió a hundirse en ella... para llevarla a un orgasmo que
parecía interminable.
Aún le temblaban los músculos cuando, tras
interrumpir el beso de sangre, Dmitri lamió las diminutas heridas, volvió a
chuparle la piel y alzó la cabeza.
—No hemos acabado —le susurró al oído al ver que
ella apartaba las piernas de su
espalda, demasiado agotada para
sostenerlas.
Dmitri metió la mano entre sus cuerpos y
le pellizcó el clítoris con
aquellos dedos que la conocían demasiado bien.
Honor
alcanzó de nuevo
el orgasmo. Un orgasmo intenso, casi demasiado intenso.
—No puedo más —dijo con un gemido.
—Embustera.
Dmitri realizó un movimiento circular con las
caderas y ella no pudo evitar acercarse a él, acariciarle el pecho, los
brazos...
Su esposo tenía una paciencia infinita y esta vez
no pensaba darle lo que deseaba. No hasta media hora después, cuando le chupó
la garganta, le arañó la espalda y lo amenazó con clavarle una espada. Solo
cuando oyó su
grito de frustración, salió de ella, le separó los
muslos y agachó la cabeza para succionarle el clítoris.
El impacto erótico fue tan intenso que abrasó sus
terminaciones nerviosas y la dejó extenuada. Estaba casi segura de que había
perdido la conciencia durante un instante. Cuando por fin alzó los párpados,
vio a su guapísimo y peligroso
Dmitri hundiéndose en
ella con una embestida animal y posesiva.
Capítulo 38
Después de ducharse, charlaron sentados en la cama.
Honor se recostó en el pecho de Dmitri. Su cuerpo
suave y cálido le pertenecía. Era total y absolutamente suyo.
—No podía ocultarte esto —dijo mientras Dmitri
le acariciaba el
pelo que él mismo le había secado mientras permanecía acurrucada contra
él, perezosa y saciada—, pero estaba preparada para que no creyeras ni una
palabra. Pensé que tardaría años en demostrártelo.
Dmitri
cogió su mano
y se la colocó encima del corazón.
—Una parte de mí lo supo desde el principio. —Ella
moraba en su interior. El alma de Honor había obligado a la suya a salir a la
superficie—. Lo que pasa es que
no estaba listo
para aceptarlo de manera consciente. — Honor era la valiente, la única
que había dado un salto de fe.
La cazadora cerró el puño.
—Sé que esto
te dolerá mucho, pero necesito que me respondas a una
pregunta. —Sus ojos brillaban a causa de las lágrimas, como joyas bajo la
lluvia—. Misha... ¿Qué le hicieron a Misha?
«Sintió un
ardor abrasador en el
pecho,
el aroma de
la piel y los
músculos quemados, los gritos silenciosos de su cuerpo. Sin embargo, mantuvo la
boca cerrada, aunque eso estuvo a punto de costarle el último vestigio de
cordura.
—Ya
está, amante mío.
Ahora nunca me olvidarás. —Los labios rojos de Isis besaron la carne rugosa
y abrasada antes de introducir la lengua en la herida, todavía dolorosa—.
Siempre me llevarás dentro. —Su rostro perfecto permaneció sereno mientras
cogía el hierro de marcar y lo apretaba contra la piel por segunda vez para
asegurarse de que sus palabras eran ciertas.
La negrura lo envolvió por fin y, cuando despertó,
su pecho estaba rígido
a causa de una cicatriz tan gruesa que pensó que
jamás podría eliminarla. Al alzar
la vista, vio que Rafael contemplaba la marca con una gélida
intensidad que hablaba de muerte. El ángel no dijo nada, pero cuando sus ojos
se encontraron tiró de la cadena que mantenía su mano izquierda anclada a la
pared. La mente nublada de Dmitri tardó un rato en ver con claridad, en
entender.
La piedra se estaba agrietando. Lo habían inmovilizado
durante un año, pero
Rafael había debilitado
sus ataduras lo suficiente
para poder librarse de
ellas. Ahora, Dmitri
solo tenía que sobrevivir,
recuperar las fuerzas una vez
más. Y eso fue lo que hizo, a pesar de que Isis había estado a
punto de acabar con él para siempre. Sin
embargo, no lo
hizo para matarla, aunque ese objetivo era una
necesidad febril en su sangre. Lo hizo para poder abrazar a su hijo una vez
más, el único miembro de su familia que le quedaba.
—Shh,
Misha —dijo con la
garganta destrozada cuando su hijo gritó y se sacudió. Su diminuto cuerpo
estaba sujeto a la pared por un grillete que le rodeaba el cuello—. Papá estará
contigo enseguida y lo solucionará todo.
Y había cumplido su promesa. Le había dado paz a su
hijo.»
La culpabilidad por lo que había hecho lo sacudió
con fuerza.
—Isis intentó convertirlo.
Ella soltó un gemido horrorizado.
—Era demasiado joven...
—Sí. —Dmitri no podía expresar su dolor con
palabras, pero cuando Honor le cubrió las mejillas con las manos, agachó la
cabeza y dejó que ella le besara los párpados, los labios.
—Lo entiendo. —Su voz era un susurro ronco—. No
pasa nada, Dmitri. Era lo único que podías hacer.
Dmitri no había llorado, no desde hacía casi
mil años. Pero
en ese momento recordó la agonía
que había sentido al acunar el cuerpo de su hijo, al mirar aquellos ojos
confiados y febriles, unos ojos cargados de sufrimiento y de una demencia
que había hecho
que Misha intentara devorar su propia carne. Recordó haber
mirado aquellos ojos
hasta el
final, hasta que acabó con la vida de su valiente y precioso hijo...
Y tras recordar todo aquello, un río de sufrimiento
se abrió paso dentro de él.
Se habría ahogado de no ser por la mujer que lo
abrazaba en medio de la tormenta y cuyas lágrimas se mezclaban con las suyas.
Una mujer cuyas manos le concedían el perdón por crímenes que él mismo jamás se
habría perdonado.
—Era su padre —dijo mucho rato después—. Caterina,
Misha... no pude protegerlos a ninguno de ellos. No pude protegerte a ti.
Honor negó con la cabeza.
—Luchaste por nosotros. Renunciaste a tu orgullo, a
tu cuerpo y a
tu libertad. Pero, sobre todo, nos amaste tanto que
ninguno de nosotros supo lo que era vivir sin que lo adoraran. — Cubrió su
rostro de nuevo y apoyó la frente en la suya—. Si yo he tenido una segunda
oportunidad, ¿no crees que nuestros hijos también la tendrán?
Aquel susurro no desvaneció el dolor de la pérdida,
pero lo conmovió con un atisbo de esperanza. Y el mero hecho de tener a esa
mujer entre los brazos era un regalo inimaginable.
—¿Honor o Ingrede? —Le daba igual, ya que la
esencia vital de su mujer estaba grabada a fuego en su alma.
—Ingrede vivió otra vida, era otra mujer. —Le dio
un beso en la mandíbula y a continuación frunció el ceño—. Soy
Honor, así que no empieces a pensar que voy a
ponerme faldas y a convertirme en un ama de casa.
—Puedes hacer todo lo que desees
—dijo él—. Siempre que no te alejes de mí. —Eso no
lo permitiría, no podría soportarlo—.
Te he esperado
durante casi un millar de años. No puedo concederte esa distancia.
Pasó un buen rato antes de que volvieran a hablar,
ya que su necesidad de ella era un pozo sin fondo que jamás se secaría.
—Dmitri... No siento ninguna necesidad de poner
distancia entre nosotros —aseguró Honor mientras le echaba el cabello hacia
atrás. Luego le acarició la mandíbula.
No dejaba de
demostrarle su amor—. El puesto de profesora de
lenguas antiguas en la Academia del Gremio
sigue libre. Pienso encargarme de
él.
—Bien. —Dmitri le cogió la mano y se la llevó a los
labios para besarle los nudillos—. Nos casaremos en cuanto despunte el alba.
—Su esposa llevaría su anillo, en todos los sentidos posibles.
—Qué anticuado... —Sus risas, nuevas y conocidas al
mismo tiempo, lo envolvieron y lo apresaron—. Espero que sepas que tú también
llevarás oro.
—He esperado una eternidad para volver a llevarlo.
—Ella era la dueña de su cuerpo y su alma—. Soy tuyo. Para siempre.
Los ojos de Honor se llenaron de
lágrimas.
—Te amo.
—¿Aunque ya no sea el hombre bueno que conociste
una vez? —No volvería a serlo jamás. Su alma estaba demasiado magullada,
demasiado tiznada de violencia y oscuridad.
—Ambos estamos un poco vapuleados... pero eso solo
hace que las cosas sean más interesantes.
Dmitri quería reír, pero sentía una opresión en el
pecho.
—¿Quieres Convertirte, Honor? — Si elegía la vida
efímera de un mortal, esa vez él moriría con ella. No había elección posible.
Honor se quedó inmóvil.
—No soportaría ser la esclava de
nadie, Dmitri. Jamás.
—Eso no supondrá
un problema.
—Y luego, puesto que aquella era su Honor, la
persona que lo conocía mejor que nadie en el mundo, añadió—: Solo me servirás a
mí.
—Hombre arrogante... —Se elevó para sentarse encima
de él y le frotó la nariz con la suya de aquella forma tan familiar—. En un
principio había pensado que jamás podría convertirme en uno de los monstruos.
Pero luego me he dado cuenta de que nosotros nunca hemos tenido una
oportunidad, Dmitri. Y quiero tenerla. Quiero vivir un centenar de vidas a tu
lado.
Dmitri
no le dio
ocasión de cambiar de parecer,
ansioso por
disfrutar de cada instante, de cada
segundo.
—Iniciaremos el proceso después de la ceremonia
matrimonial.
—¿Crees que el Gremio me aceptará de todas formas?
—Parecía preocupada—. La Academia nunca ha tenido prejuicios contra los
instructores vampíricos, pero... mis amigos...
—Si son tus amigos, estarán de tu lado.
Sí. Tenía fe en las amistades que había forjado.
Honor apoyó la cabeza en el pecho de Dmitri, consciente de que había luchado
con la misma muerte para volver a verlo.
—Dime lo que hiciste, lo que viste, después de que
yo muriera.
Una mano fuerte, posesiva y oscura la agarró del
pelo.
—He vivido muchísimos años.
—Da igual —replicó ella al tiempo que extendía los
dedos sobre su corazón
—. Tenemos toda la eternidad.
FIN

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