© Libro N° 13916. Conceptos
Para Explicar La Transición Hegemónica. Katz, Claudio.
Emancipación. Junio 7 de 2025
Título Original: © Conceptos Para Explicar La
Transición Hegemónica. Claudio Katz
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Original: © Conceptos Para
Explicar La Transición Hegemónica. Claudio Katz
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CONCEPTOS PARA EXPLICAR LA
TRANSICIÓN HEGEMÓNICA
Claudio Katz
Conceptos
Para Explicar La Transición Hegemónica
Claudio Katz
CONCEPTOS PARA EXPLICAR LA TRANSICIÓN HEGEMÓNICA
Claudio Katz1
La llegada de Trump
a una segunda presidencia de Estados Unidos confirma el drástico cambio en el
escenario mundial. El avance de la derecha, la intensificación de las guerras
de Ucrania y Medio Oriente y la proximidad de dramáticos conflictos comerciales
entre las principales potencias acentúan las convulsiones de los últimos años.
Para evaluar esta
traumática coyuntura en función de las grandes mutaciones subyacentes, algunos
analistas del espectro progresista utilizan dos términos muy en boga: la
transición hegemónica y la reconfiguración del Norte y el Sur Global. Ambas
nociones han ganado centralidad para retratar la época actual2.
La transición
hegemónica tiene cierto parentesco con la tesis del auge y caída de los
imperios, que concibe la historia contemporánea como una secuencia de
liderazgos seculares y sustitutos desde el siglo XVI. Recuerda que las ciudades
italianas fueron seguidas por Holanda, que posteriormente irrumpió Gran Bretaña
y más tarde se impuso Estados Unidos. Contraponen ese listado de potencias
victoriosas con el agrio destino sus decaídos rivales (Portugal, España,
Alemania, Japón).
La actualización de
esta mirada recurre al concepto de sucesiones hegemónicas, para indagar el
cambio en curso. Postula que China obtendrá la conducción del sistema mundial
haciendo valer su primacía económica, su incidencia territorial, su gravitación
militar o su astucia geopolítica.
Pero la novedad de
este reemplazo podría también radicar en cierta distribución del poder global.
Una gestión multipolar concertada sustituiría al excluyente predominio unipolar
del pasado. La transición hegemónica involucraría en ese caso, una reversión
del mando que ejerce el Norte global sobre sus pares del Sur. El nuevo
protagonismo de Oriente incluiría consensuadas modalidades de globalización
inclusiva.
Ese histórico
despegue del Sur en desmedro del Norte es interpretado en un sentido económico
o político y no geográfico. Contrapone grados de desarrollo y no localizaciones
en el mapa planetario y por esa razón Australia es situada en el Norte y
Marruecos en el Sur.
Esta nueva dualidad
entre ambos polos reemplaza el esquema precedente del Primer, Segundo y Tercer
Mundo. En esa divisoria se inscribía a los países capitalistas desarrollados, a
las naciones ubicadas en el denominado campo socialista y a los conglomerados
de la periferia. La implosión de la URSS provocó un reordenamiento de ese
trípode, en torno a dos articulaciones globalizadas del Norte y del Sur que
reconfiguran el escenario internacional.
¿Pero alcanzan esos
dos ensambles para comprender la mutación en curso? ¿Es suficiente el concepto
de transición hegemónica para esclarecer esa transformación? ¿O se requieren
otras nociones para dar cuenta del viraje actual? La evaluación de estos interrogantes
exige varias precisiones en el terreno económico, geopolítico y prospectivo.
1Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del
EDI. Su página web es:
2Las referencias, la
bibliografía y el sustento teórico de los conceptos analizados en este texto
pueden consultarse en: Katz, Claudio. La crisis del sistema imperial,
Edición virtual, septiembre 2023 Jacobin, Buenos Aires, https://jacobinlat.com/2023/09/29/la-crisis-del-sistema-imperial-2
1
CONTRASTE DE RUMBOS
En el plano
económico la transición hegemónica es un proceso muy visible en el declive de
Estados Unidos y sus socios occidentales. Ese descenso está determinado por el
retroceso económico de la primera potencia, que en las últimas décadas ha sido
el epicentro de agudas crisis financieras.
Esas turbulencias
complementan la regresión competitiva de la industria estadounidense, que está
muy afectada por su decreciente productividad. Por esa razón se afianza en la
Casa Blanca la tendencia a recrear el proteccionismo y a rehuir la suscripción de
nuevos tratados de libre comercio. Washington sabe que en esos convenios
perderá frente a Beijing.
El retroceso
industrial norteamericano ha incrementado la tradicional tensión entre los
sectores globalistas de las costas y los segmentos americanistas del interior
del país. Esa división de las clases dominantes se acentúa junto a la pérdida
de preeminencia económica de la primera potencia.
La misma fractura
era gestionada en el pasado con periódicos reequilibrios que renovaban el
predominio estadounidense. Pero el declive se arrastra desde hace décadas y no
fue contenido con el globalismo de Clinton, el expansionismo de Bush, la
sintonía neoliberal de Obama, el proteccionismo del primer Trump y el fallido
neo keynesianismo de Biden.
Esa regresión no
equivale a un ocaso en flecha de la economía estadounidense, que continúa
protagonizando periódicas recomposiciones. La primera potencia usufructúa del
señoreaje del dólar, la centralidad de Wall Street, la gravitación de las
empresas digitales y la relevancia internacional del complejo
industrial-militar. Pero su crisis de largo plazo erosiona la primacía que
exhibió durante mucho tiempo.
La transición
hegemónica en el plano económico se verifica también en el polo opuesto de
China, que ha logrado impactantes avances en las últimas décadas. Esos
resultados se explican por estrategias asentadas en cimientos socialistas,
complementos mercantiles y parámetros capitalistas.
China quedó
enlazada con grandes réditos a la globalización, porque retuvo el grueso del
excedente generado en el país. Desenvolvió un modelo que prescinde de las
adversidades del neoliberalismo y la financiarización. Ese desarrollo no habría
sido factible si el capitalismo hubiera sido restaurado en su plenitud. En el
gigante asiático se forjó una importante clase capitalista, que no logró hasta
el momento el control del Estado y esa obstrucción facilitó el despegue de la
nueva potencia.
Ese ascenso derivó
también en una relación muy desigual con el grueso de las economías
periféricas. China acumula beneficios a costa de ese segmento, absorbiendo
plusvalía y renta de las regiones más relegadas del mundo.
LA LÓGICA DE LAS
ASIMETRÍAS
El ascenso de China
y el declive de Estados Unidos están condicionados por la dinámica del
capitalismo neoliberal que enlaza a ambas potencias. Las dos operan en torno al
modelo globalizado, precarizado, financiarizado y digital, que en las últimas
décadas sustituyó al esquema keynesiano previo.
El modelo actual
confirma la vigencia de una nueva etapa de funcionamiento diferenciado del
capitalismo que genera enormes desequilibrios. El colapso financiero del 2008
2
ilustró esa
dimensión y ha dejado una secuela de agudo temor, que reaparece ante cada
desplome significativo de Wall Street. Esas tensiones agravan el resurgimiento
de la inflación y el descontrol de la deuda pública, en un modelo que introdujo
desigualdades sociales sin precedentes en la última centuria.
Como ese esquema
exacerbó además la competencia por el lucro, la tragedia del cambio climático
se intensifica con sus terribles secuelas de sequías, inundaciones e incendios.
Ninguna de esas calamidades será resuelta con las fantasiosas expectativas que ha
despertado la Inteligencia Artificial. Ese dispositivo se desenvuelve rodeado
de un gran peligro de sobreinversión y consiguientes burbujas tecnológicas.
Los neoliberales
ignoran esos desequilibrios y sus adversarios heterodoxos los perciben,
atribuyendo su impacto a la ausencia de regulaciones. Pero se quedan sin
palabras cuando esas intervenciones no aminoran las tensiones que pretendían
erradicar. A diferencia del marxismo, no reconocen que esas crisis son
inherentes al capitalismo actual. Este sistema erosionó la norma de consumo
estable con la precarización y el desempleo y acentuó la sobreproducción con
inmanejables presiones competitivas. Tampoco notan que el propio capitalismo
induce el decrecimiento porcentual de la tasa de ganancia con aumentos de la
inversión y potencia la hipertrofia financiera, con sus devastadoras secuelas
de especulación.
Pero lo más
relevante de esas contradicciones para la transición hegemónica es su impacto
sobre el epicentro estadounidense del capitalismo neoliberal. Ese efecto supera
la incidencia de las mismas tensiones sobre el modelo de gestión regulada que
impera en China. Por esta diferencia, el gran cambio de política económica que
sucedió a la crisis del 2008 se localizó en Washington y no en Beijing.
El neoliberalismo persiste en Occidente luego del rescate estatal de los
bancos en quiebra, pero convive con una renovada presencia del Estado. Dentro
de la misma etapa neoliberal se ha introducido un giro hacia el
intervencionismo, el proteccionismo y la promoción de la inversión pública.
Ninguna de estas tendencias modifica el declive productivo de Estados Unidos
frente al avance chino.
Los cambios de la
última década tampoco alteraron el patrón económico general de bajo crecimiento
de Occidente, ascenso de Oriente y reducida expansión global. Ese trípode
persiste en una etapa neoliberal más signada por la turbulencia que por el
estancamiento.
En los últimos
cuatro decenios no se ha registrado una Onda Larga ascendente, ni tampoco otra
descendente. Predominó una mixtura de desenvolvimiento, que contrasta con el
postulado de repetición regular y tónicas uniformes que sugieren los ciclos
Kondrátiev. La hipótesis de una onda ascendente quedó desmentida por el magro
comportamiento económico de Estados Unidos, Europa y Japón y el pronóstico
inverso de una secuencia descendente ha chocado con el intenso crecimiento de
China y sus vecinos.
Lo ocurrido hasta
ahora en la economía mundial más bien corrobora la dinámica del desarrollo
desigual y combinado, con sus componentes discontinuos a la vista y sus
verificables amalgamas en varias regiones del mundo. La mixtura más impactante
fue protagonizada por China, que consumó el típico salto de las nuevas
potencias que adoptan las tecnologías desarrolladas por sus antecesores.
El gigante oriental
copió esas innovaciones ahorrando el costo solventado por los gestores de esos
instrumentos. Las potencias precursoras cargaron, por el contrario, con la
adversidad de su reducida adaptación al nuevo escenario. El desarrollo desigual
y combinado es la dinámica subyacente en la monumental transformación que
registró la relación chino-americana.
3
LOS CONCEPTOS
FALTANTES
El declive
económico estadounidense es el principal indicio, pero no el único de la
transición hegemónica. El mismo retroceso se extiende a Europa y Japón y por
consiguiente a toda la Tríada, que motorizó la recomposición del capitalismo en
la posguerra del siglo XX. Esa regresión de los puntales de Norte Global no es
uniforme, puesto que Estados Unidos descarga gran parte de su crisis sobre sus
socios, utilizando el dólar, las finanzas, el Pentágono y las empresas
digitales.
La asimetría está
muy presente también en el Sur Global, puesto que China no afronta socios
equivalentes dentro de ese entramado. Al contrario, el gigante asiático se ha
distanciado de ese vecindario para convertirse en una potencia del centro, que
disputa supremacía con Estados Unidos.
Otros países
gravitantes del Sur Global permanecen en el status inferior de semiperiferias.
Conforman el grupo de economías intermedias articuladas en torno a los BRICS,
que exhiben relevancia en la provisión de energía o en la supervisión de rutas
comerciales. Con ese sustento apuntalan dinámicas de desdolarización y
modalidades crediticias autonomizadas del FMI y el Banco Mundial.
Rusia mantiene el
gran desarrollo de su complejo industrial-militar, pero opera como una economía
asentada en la exportación de materias primas. India protagoniza un elevado
crecimiento, pero preserva espeluznantes niveles de subdesarrollo. Brasil y
Sudáfrica exhiben los clásicos desequilibrios de las economías dependientes.
Si los socios
intermedios de China no comparten el despegue de la nueva potencia, el resto
del Sur Global desconoce por completo ese horizonte. Están fuera del círculo
gestor de los BRICS y persisten en África, Asia o América Latina, como el
típico segmento de economías desposeídas. Son víctimas y no partícipes de la
transición hegemónica. Mantienen el viejo perfil del Tercer Mundo, ocupando el
escalón inferior de la división internacional del trabajo. El concepto que
sintetiza su estatus no es Sur global, sino capitalismo dependiente. Son
economías sujetas a un proceso de sistemática degradación.
Su condición
subdesarrollada se perpetúa mediante intensas secuencias de transferencia de
valor. Por esa razón afrontan una brecha creciente con las economías que
receptan el excedente drenado de sus fronteras. Esa transferencia se consuma
mediante dispositivos productivos asentados en la baratura de la fuerza de
trabajo, mecanismos del intercambio desigual en el comercio y convenios de
endeudamiento externo que multiplican la hemorragia financiera. La teoría
marxista de la dependencia expone detalladamente esa sucesión de apropiaciones
que padece la periferia.
Las corrientes de
pensamiento que desconocen (u objetan) ese drenaje, no logran explicar el
continuado relegamiento que sufre América Latina, África, Europa Oriental y el
grueso de Asia. Desconocen que la acumulación mundial de capital está sujeta a
una apropiación del excedente de un polo en desmedro del otro. Esa confiscación
impide achicar la brecha que separa a ambas zonas. Con la excepción clave de
China (y en otro sentido de Corea del Sur), el capitalismo neoliberal ha
estabilizado esa asfixiante jerarquía.
Es obvio que le
economía latinoamericana se ubica en el espectro desfavorecido del orden
capitalista actual. En las últimas décadas consolidó esa localización con el
agravamiento de la pobreza, el desempleo y la desigualdad. Las políticas
neoliberales potenciaron la
4
primarización
extractiva, la remodelación regresiva de la industria y la vieja pesadilla de
la deuda.
El escenario
económico contemporáneo incluye, por tanto, numerosas aristas que no encajan en
el simple mote de una transición hegemónica, signada por el retroceso del Norte
y el despunte del Sur Global. Los importantes elementos de veracidad de esa
afirmación, sólo cobran significación si son enmarcados en conceptos más
determinantes de la época actual.
La acepción
marxista de cinco nociones de ese tipo resulta indispensable para esa
comprensión. Esas categorías son: capitalismo neoliberal, desarrollo desigual y
combinado, centro-semiperiferia-periferia, capitalismo dependiente y
transferencia de valor. Sin esos cimientos teóricos resulta muy difícil asignar
a la transición hegemónica y al Norte o Sur Global, un contenido específico que
esclarezca la mutación en curso.
AGRESORES Y
DEFENSORES
En el plano
geopolítico, la presentación habitual de la transición hegemónica remarca el
contraste entre la agresividad militarista del Norte y la disposición pacifista
del Sur Global. Ese contrapunto tiene una sólida base en el registro de la
reacción estadounidense frente a su declive. La primera potencia intenta
contrarrestar ese retroceso con incursiones militares y exigencias de
alineamiento. Con esa actitud el Pentágono ha sido el impulsor, responsable y
causante de las grandes tragedias humanitarias de las últimas décadas.
Pero esa política
belicista exacerba los gastos improductivos, perpetúa el protagonismo de los
proveedores de armas y agrava las trampas de la hipertrofia militar. Aunque el
remedio elegido es peor que la enfermedad, a Estados Unidos no le queda otra
opción para preservar su primacía internacional.
La primera potencia
perpetró una desgarradora intervención en el Gran Medio Oriente para manejar el
petróleo, doblegar las rebeliones populares y someter a sus rivales. Comandó el
desangre de la Primavera Árabe, facilitó el terrorismo yihadista y consumó la
demolición de tres Estados (Irak, Libia, Afganistán).
En la actualidad es
el principal sostén de las masacres que implementa su socio israelí. La Casa
Blanca financia y apuntala la limpieza étnica de los palestinos, para reforzar
su control del Medio Oriente, mediante el esquema sionista de anexiones y Apartheid.
Estados Unidos fue
también el gestor de la guerra de Ucrania, desde que intentó sumar a Kiev a la
red de misiles de la OTAN que rodea a Rusia. Para afectar la estructura
defensiva de su rival promovió la revuelta del Maidán, incentivó al
nacionalismo contra Moscú y apuntaló las hostilidades en el Donbass. Buscó
entrampar a su adversario, en un conflicto destinado a imponer la agenda del
rearme en toda Europa.
Los resultados de
esa dinámica militarista han sido invariablemente adversos. El fracaso en Irak
y la derrota en Afganistán abrieron el camino para las ventajas que tiende a
lograr Rusia en la guerra de Ucrania. En el prolongado enfrentamiento de
trincheras, la supremacía de tropas y recursos de Moscú desgasta a Kiev.
En el otro
escenario bélico del momento, Israel no puede lidiar con la variedad de frentes
abiertos. Intenta desenvolver una interminable guerra en Gaza, Cisjordania y el
Líbano, provocando a Yemen, atacando a Siria y amenazando a Irán. Pero el
descontento interno, el malestar con el alistamiento y el derrumbe de la
legitimidad internacional corroen a la sociedad israelí. En todos los
conflictos, Occidente afronta la misma dificultad con poblaciones
desacostumbradas del servicio militar obligatorio y reacias a cargar con los
costos del belicismo.
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Las adversidades de
la OTAN en los campos de batalla afectan con especial dureza a los socios de
Estados Unidos, que receptan la monumental factura del gasto militar. Europa
está sufriendo con inusitada gravedad ese impacto y Alemania es la principal
afectada por esa subordinación. La guerra de Ucrania privó a su aparato
productivo de la energía barata provista por Rusia y el encarecimiento de ese
abastecimiento deterioró la competitividad del principal motor de la Unión
Europea.
En el otro rincón
del planeta, Japón tiende a sufrir un efecto semejante con la OTAN del
Pacífico, que el Pentágono auspicia para hostilizar a Beijing en el Mar de
China. Washington transfiere nuevamente a Tokio y a Berlín los costos del
armamentismo. Tiene una larga experiencia en esa descarga, desde que sostuvo su
moneda en los años 70 con la inconvertibilidad del dólar y con los acuerdos
Plaza en el decenio posterior. El amoldamiento del yen y del marco a las
necesidades del billete norteamericano fue un recurso que la Reserva Federal
renueva en el siglo XXI.
EL NORTE IMPERIAL.
El comando
estadounidense continúa definiendo la geopolítica del Norte Global. ¿Pero cuál
es la dinámica orientadora de ese proceso? También aquí los conceptos de
transición hegemónica y Norte-Sur Global resultan insuficientes. Para
comprender lo que sucede hay que recurrir al concepto general de imperialismo.
Ese dispositivo es utilizado por la primera potencia para garantizar el
funcionamiento del capitalismo y expropiar a la periferia a favor del centro.
Ese instrumento
opera a pleno en América Latina. En esa región Estados Unidos disputa un botín
de materias primas que necesita controlar. No puede ejercer predominio global
sin exhibir primacía en su Patio Trasero. Por esa razón retoma
la doctrina Monroe, despliega tropas con el pretexto de erradicar el
narcotráfico y exige el alineamiento diplomático contra Rusia y los palestinos.
Pero también allí
prevalece la ausencia de resultados. Estados Unidos no impone el sometimiento
del pasado y no logra disuadir la presencia de China en la región. Frente al
avance de la Ruta de la Seda, Washington intentó erigir una
muralla defensiva con el proyecto competidor de América Crece. Al
cabo de varios años esa iniciativa no despunta y se mantiene a años luz de
la Alianza para el Progreso, que Estados Unidos impulsó en los
60 para contener la revolución cubana.
El imperialismo
explica la política seguida por Estados Unidos, pero ese concepto no es
pertinente en cualquier acepción. Importa su variedad contemporánea, que es muy
diferente a las modalidades precedentes. Se distingue nítidamente de los
imperios precapitalistas de Antigüedad, del imperio informal británico del
siglo XIX y del imperialismo clásico de la centuria pasada, signado por la
guerra mundial entre potencias que disputaban primacía. Tampoco es apropiada la
imagen del imperio global de clases y estados transnacionalizados que algunos
teóricos difundieron en los años 90.
Lo que prevalece
desde la segunda mitad del siglo XX es un sistema imperial jerárquico bajo el
estricto comando de los Estados Unidos. Es una estructura con socios europeos,
que mantienen cierta autonomía alterimperial en su viejo entorno colonial y con
apéndices coimperiales, que cumplen con el mandato del Pentágono en distintas
regiones del mundo (Israel, Australia, Canadá). Esta alianza controla el orden
mundial y sus integrantes zanjan divergencias internas con procedimientos
económicos, financieros o diplomáticos, sin recurrir nunca al dispositivo
militar.
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El sistema imperial
situado en el epicentro del Norte Global hostiliza con gran agresividad a sus
enemigos, adversarios y víctimas. Esa belicosidad refuerza, a su vez, la
transición hegemónica que genera la crisis del sistema imperial. La
equivalencia entre el poder económico y militar que detentaba Estados Unidos a
mitad del siglo pasado se ha diluido. La primera potencia perdió supremacía
económica, pero mantiene el liderazgo militar e intenta infructuosamente
utilizar ese instrumento para sostener su conducción del orden global.
EL SUR DISTANTE DEL
ANTIIMPERIALISMO
La presentación del
Sur Global como un conglomerado defensivo es genéricamente cierta. Esa
configuración resiste las agresiones de su contraparte. En las tremendas
sangrías de Yugoslavia, Irak, Afganistán, Ucrania o Palestina, Washington
arrastró a sus aliados del Norte, frente a las posturas no beligerantes del
otro campo. La nueva guerra fría se desenvuelve siguiendo la misma secuencia.
Pero esa
constatación no esclarece lo que está en juego, porque el Sur global es una
articulación geopolítica muy heterogénea. El comando imperial que prevalece en
el Norte no tiene contrapartida simétrica en su anverso. El Sur es hostilizado
por el militarismo de la OTAN, pero no es ajeno a otras modalidades de la
dominación externa.
A China no le cabe
hasta el momento ningún epíteto imperial. Captura los excedentes de la
periferia aprovechando sus ventajas productivas e impone su dominación
económica sin recurrir a la fuerza. Esa modalidad de supremacía la ubica fuera
del casillero de las potencias imperialistas.
El gigante asiático
no despacha tropas al exterior, evita involucrarse en conflictos militares y
mantiene una gran prudencia en su política exterior. En todos los campos
desenvuelve una estrategia defensiva, en las antípodas de su virulento rival
estadounidense. Privilegia el agotamiento económico de su competidor y su única
intervención militar relevante frente a Taiwán, apunta a resguardar sus
fronteras.
Pero ese status
alejado de la tentación imperial no se extiende a Rusia, que algunos analistas
sitúan en el Sur, otros en el Norte y muchos en el limbo. Moscú afronta la
hostilidad externa haciendo valer su poderío militar en todo el espacio pos
soviético. Desenvuelve un doble papel de acosador y acosado, utilizando
amenazas, disuasiones e incursiones directas.
Rusia se ubica
fuera del sistema imperial, no integra la escudería del belicismo occidental y
debe lidiar con la presión norteamericana. Pero no limita su reacción a la mera
defensa. Apuntala los intereses de grupos dominantes internos con acciones que
desbordan sus fronteras, enviando tropas a Siria y mercenarios al África. Fue
amenazada por la OTAN en Ucrania y respondió con una injustificada invasión.
Esa reacción ilustra los rasgos de un imperio en gestación, fuera del radio
hegemónico del Norte global.
Variedades menores
del mismo comportamiento exhiben las potencias intermedias, que bordean el
sistema imperial, sin integrarlo y sin confrontar con él. Esas formaciones
priorizan su acción en el entorno próximo con acciones subimperiales, para
disputar primacía con sus rivales de la zona. Es el caso de Turquía (y
probablemente de la India), pero no de Brasil o Sudáfrica, que se mantienen
alejados de la tentación bélica. Las numerosas situaciones de mandantes
regionales que atropellan a su propia periferia (Rusia a Ucrania, Turquía al
Kurdistán, Arabia Saudita al Yemen) retrata la ausencia de un mero bloque
defensivo y enemistado con el Norte.
En el mismo
conglomerado del Sur Global se ubica también el grueso de la periferia
atropellada por Estados Unidos y sus socios. América Latina comparte ese
destino con África y
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la mayor parte de
Asia. Los integrantes de ese espacio, no cuentan con las vallas defensivas
construidas por sus pares intermedios para contener los avasallamientos
imperiales.
Esta diversidad de
situaciones en el Sur Global no sólo difiere con el comando que ejerce el
Pentágono en el Norte. También evidencia la ausencia de un contraste entre
actores imperialistas y antiimperialistas. El belicismo de la OTAN no confronta
con una contraparte decidida y simétrica.
Aquí radica otra
diferencia del Sur Global con su antecesor del Tercer Mundo. Los BRICS no
guardan el menor parentesco con Bandung, los No Alineados o la Tricontinental.
La gestación de organismos que retomen esa plataforma antiimperialista es una
asignatura pendiente, que apenas despunta con iniciativas como el ALBA. Esta
carencia determina, a su vez, la preponderancia actual de una transición
hegemónica divorciada de los intereses populares.
EL NORTE
INVARIABLEMENTE UNIPOLAR
La mirada
convencional presenta la transición hegemónica como un proyecto político en
disputa entre dos adversarios: el Norte unipolar y el Sur multipolar. El primer
contrincante se desenvuelve concentrando el poder mundial en torno a la
supremacía estadounidense. El mandato de Bush y la alianza occidental que lo
acompañó para demoler Irak es la imagen más acabada de esa centralización.
Luego del colapso de la URSS, esa matriz parecía un dato definitivo de un
escenario mundial signado por el ¨fin de la historia¨.
Los fracasos
posteriores de la Casa Blanca demostraron las falencias de esa creencia,
desmentida por la profunda crisis del sistema imperial. La imagen del proyecto
unipolar como un destino inexorable perdió preeminencia, pero la pretensión
norteamericana de dominación global persiste. Como esa meta se asienta en la
simbiosis del capitalismo actual con el resguardo yanqui, la perspectiva
unipolar reaparece una y otra vez.
El invariable
liderazgo norteamericano es objetado y relativizado por los autores próximos al
liberalismo crítico, que advierten contra la dinámica autodestructiva del
belicismo estadounidense. Proponen contrarrestarlo con estrategias de
autocontención y repliegue negociado, siguiendo el sendero que transitó
Inglaterra en el siglo pasado.
Pero esa propuesta
omite la conducción norteamericana de un sistema imperial que Gran Bretaña
nunca gestionó. Desconoce la carencia de un sustituto para la custodia del
capitalismo global. Como el traspaso a Europa o a Japón no es factible, la
primera potencia no tiene a quién pasarle el mando.
El enfoque que propone alivianar la protección que ejerce el Pentágono
del sistema mundial, relativiza también la gravitación de la violencia en el
sostenimiento del capitalismo. Por eso rehúye el término de imperialismo, que
es habitualmente identificado con el uso de la fuerza. Opta por la noción más
vaga de hegemonía, que prioriza la incidencia de la ideología en la
perpetuación del orden actual.
La propuesta de administrar el declive de Estados Unidos se asienta en
la lógica general de las sucesiones hegemónicas y en su cimiento histórico, que
es la tesis del auge y declive de las potencias. Como presupone la
inevitabilidad de ese curso, promueve atemperarlo con una sabia gestión del
ocaso. En algunas versiones esta mirada es inscripta en los procesos históricos
de recambio del poder de una potencia a otra, que determinan los cambios en los
ciclos sistémicos de acumulación. Se supone que esos períodos han regido la
dinámica del capitalismo desde la gestación de ese régimen en el siglo XVI.
8
El postulado básico
de esta visión es muy controvertido. Asigna al desenlace del comando mundial
entre potencias competidoras una gravitación dominante de todos los
acontecimientos históricos, en desmedro de otros determinantes de ese devenir.
Le atribuye además al capitalismo un pasado de cinco centurias, que omite la
presencia, combinación o primacía de otros modos de producción (tributarios,
feudales, esclavistas) en ese prolongado período.
Esta evaluación de la dinámica histórica privilegiando el reemplazo de
potencias rectoras en el sistema mundial, recobra periódica influencia como
explicación del curso geopolítico. Tuvo gran incidencia en los años 80, cuando
el resurgimiento económico de Japón fue percibido como una amenaza a la
preeminencia de Estados Unidos. El nacimiento de la Unión Europea suscitó una
impresión del mismo tipo e instauró durante cierto tiempo la imagen de un nuevo
competidor en Bruselas de la supremacía de Washington.
Las dos
expectativas se disiparon confirmando la centralidad unipolar del comando
imperial norteamericano. Pero esa constatación es ahora revisada en contrapunto
con el desafiante chino y el despunte general del Sur Global.
MULTIPOLARIDADES
OPRESIVAS
La tesis de la
transición hegemónica incluye dos dimensiones complementarias. Por un lado, es
una interpretación del devenir geopolítico en curso y por otra parte, en su
acepción progresista es una propuesta de gestación de un orden mundial más
auspicioso.
Frente a la
despótica perspectiva de un dominante yanqui, fomenta una alternativa
multipolar que incluya la dispersión consensuada del poder global. Alienta con
esa mirada una novedosa propuesta histórica, puesto que el sistema mundial
nunca fue coordinado con esa modalidad de contemporizaciones y renuncias a
ejercer la primacía.
Esta iniciativa
sugiere la factibilidad también de una administración de los recursos
económicos que resulte conveniente para todas las partes. Propone instaurar
formas de negociación que generen solo ganadores. Con esa modalidad. la
traumática mundialización actual quedaría transformada en una globalización
inclusiva y provechosa. Esta agraciada variedad de la multipolaridad sería muy
diferente a todas las coyunturas de equilibrio del poder, que en el pasado
sucedieron o antecedieron a los desenlaces bélicos entre las potencias
competidoras.
Pero estas
convocatorias a forjar un modelo de convivencia pacífica mundial eluden
explicar cómo podría gestionarse ese esquema, con los mismos cimientos
capitalistas que destruyen esa armonía. Las normas actuales de competencia por
ganancias surgidas de la explotación impiden esa coexistencia y corroen todas
las aspiraciones de consenso global.
Si se toma en
cuenta la persistencia de esos cimientos, lo que podría emerger en esas
condiciones como contraparte de la prolongada crisis del Norte Global, es un
entramado del Sur con pilares semejantes a su rival. La performance efectiva de
esa configuración sería en los hechos muy distante de los augurios
propagandizados por sus auspiciantes.
Esa variante
consagraría en los hechos el surgimiento de una multipolaridad opresiva. Esa
modalidad consolidaría su amoldamiento al capitalismo neoliberal, bajo el
control de clases dominantes que afianzarían sus privilegios, privando a las
mayorías populares de mejoras sociales y derechos democráticos. Esa distopía ya
se avizora en la tónica derechista que impera en muchos gobiernos del Sur
Global.
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Esas
administraciones son afines a la oleada reaccionaria que actualmente salpica a
todo el planeta. Esa marea ha logrado gran sustento electoral y consiguió
canalizar a su favor gran parte del descontento popular con la crisis
económica, la degradación social y el corrompido sistema político.
Los derechistas
aprovechan la gran penetración de la ideología neoliberal. Amoldaron además su
retórica y su forma de comunicación a las transformaciones de la era actual,
aprovechando los resultados adversos de la lucha de clases y la continuada
debilidad de la izquierda. Su expansión no implica un retorno al fascismo
clásico, pero introduce formas de autoritarismo reaccionario que pueden
desembocar en procesos de fascistización.
Esta marea
derechista ha penetrado en todos los intersticios de la multipolaridad. No se
circunscribe al Norte y atraviesa en forma transversal a numerosos países del
Sur Global. Es cierto que el centro de la hoguera marrón se localiza en las
grandes potencias, bajo la conducción de Trump con el concurso de Le Pen y
Meloni. Pero la misma zaga se verifica con Modi, Milei, Bolsonaro u Orban en la
otra franja.
La esperada
divisoria entre un Norte Global reaccionario y un Sur Global progresista es
puramente imaginaria. Y la inexistencia de esa polarización socava la
expectativa de forjar una multipolaridad amistosa, inclusiva y avanzada. Salta
a la vista la imposibilidad de construir ese modelo con furiosos mandatarios de
la ultraderecha.
También en este
terreno se verifica otra diferencia con la era de los No Alineados. En los años
de mayor protagonismo político del Tercer Mundo, los proyectos de ese
conglomerado presentaban un inequívoco perfil antiimperialista y de izquierda.
Esa fisonomía no se verifica actualmente entre los gestores oficiales de la
multipolaridad.
PROTAGONISMO
POPULAR
Un proyecto
emancipador, alternativo y popular no puede circunscribirse a promover la
transición hegemónica, mediante el genérico despunte del Sur Global. Tiene que
ir más allá de esos enunciados para fundarse en otros pilares, utilizando
también otras denominaciones.
Existe por ejemplo
una tesis que promueve propuestas pluripolares, objetando la ilusión multipolar
de alcanzar transformaciones progresistas por medio de exclusivas pulseadas con
las potencias de Norte. Auspicia combinar esa dimensión geopolítica con la lucha
de los pueblos, asignando un protagonismo central a los sujetos involucrados en
esta última acción.
Esa mirada rechaza
los abordajes de la realidad social focalizados en las formas de gestión
estatal, que predominan en las Ciencias Políticas convencionales. Esos enfoques
omiten por completo las luchas desde abajo. Suelen indagar cómo gobiernan las
clases dominantes articulando consenso, dominación y hegemonía. Limitan sus
observaciones a combinar dos lógicas (una económica y otra geopolítica) para
desentrañar la evolución de la sociedad, desconociendo la gravitación de la
movilización popular.
Para superar esta
falencia hay que introducir una tercera lógica de análisis de los procesos
sociales centrada en la dinámica de esas protestas. La historia contemporánea
es un enigma incomprensible si se omite el impacto de las resistencias, las
rebeliones y las revoluciones en curso de los acontecimientos.
La atención a ese
protagonismo permite, a su vez, concebir otros senderos futuros. Esa
trayectoria no se limitaría a sustituir la unipolaridad capitalista por la
multipolaridad capitalista. Auspiciaría acciones populares para revertir el
opresivo escenario actual, imponiendo conquistas que apuntalen una des
mercantilización de los recursos básicos, con reducción de la jornada de
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trabajo,
nacionalización de los bancos y socialización de las plataformas digitales, a
fin de crear las bases de una economía igualitaria.
La evaluación de la
lucha popular introduce, además, otra mirada de la transición hegemónica.
Indaga las variantes de ese curso como escenarios en disputa derivados de la
confrontación social.
Con ese enfoque,
puede también evaluarse el contexto actual como un resultado de irrupciones
populares fallidas. Primero se consumó la trágica derrota de la Primavera
Árabe, con represión, dictaduras, destrucción de países y preeminencia de la
brutalidad del yihadismo. Luego se verificó un reflujo de las protestas de
indignados españoles, militantes griegos y chalecos amarillos franceses.
Finalmente emergieron las obstrucciones a la continuidad de los movimientos
globales del feminismo y el ambientalismo.
En todo el Sur
Global despuntaron una y otra vez rebeliones periódicas, que no desenvolvieron
cursos revolucionarios. A diferencia de lo ocurrido en la segunda mitad del
siglo XX, la dinámica de estas revueltas no derivó en construcciones paralelas
al Estado, asentadas en la expansión del poder popular.
En estos desenlaces
influyó la segmentación social generada por la precarización y la disminución
del protagonismo del proletariado. También impactó la pérdida de gravitación
del ideario socialista entre los trabajadores y la consiguiente penetración ideológica
de la derecha en las capas populares.
Ninguna de esas
negativas tendencias es definitoria, en la medida que la resistencia popular ha
permitido contrapesar la ofensiva del capital. La secuencia de luchas y
conquistas resurge con periódica intensidad en distintos rincones del planeta.
Actualmente se
verifica una gran recomposición de las movilizaciones salariales en Estados
Unidos y Europa con victorias democráticas, como la obtenida con la liberación
de Assange. La extraordinaria fuerza del movimiento de solidaridad con
Palestina sienta las bases de una Intifada global, que rememora las grandes
batallas contra la guerra de Vietnam y el Apartheid de
Sudáfrica. La acción popular definió el curso de la historia pasada y
determinará el signo de cualquier transición futura.
HORIZONTES
SOCIALISTAS
La primacía
asignada al sujeto popular introduce un razonamiento despejado y ajeno a todo
fatalismo, a la hora de considerar el eventual devenir del Norte y el Sur
Global. Ese criterio diverge de los enfoques estructuralistas, guiados por los
rígidos parámetros del razonamiento inspirado en los ciclos sistémicos. Con una
visión crítica, ya no cabe tan solo esperar la llegada próxima o tardía de una
transición hegemónica predeterminada. Están abiertos otros escenarios,
derivados del carácter multiforme e imprevisible de los desenlaces históricos.
Esta mirada
contrapuesta a cualquier inexorabilidad se inspira en la lógica del desarrollo
desigual y combinado, que estudia las complejas contradicciones del capitalismo
en estrecha sincronía con la acción popular, resaltando el impacto recíproco de
ambos procesos. Este principio inspiró incluso algunas ambiciosas teorías de la
revolución contemporánea.
Es un enfoque que
propone abordajes distintos a las Ondas Largas y a las sucesiones hegemónicas.
Realza la centralidad de los sujetos sociales y la consiguiente gravitación de
la lucha de clases, en el desenlace de cada disyuntiva afrontada por la sociedad.
Pone el acento en las tensiones internas del capitalismo y no en la predicción
del futuro de ese sistema.
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Este enfoque es muy
pertinente para estudiar una región tan condicionada por el protagonismo
popular, como es América Latina. El primer ciclo de rebeliones iniciado en 1989
(Venezuela, Bolivia, Ecuador, Argentina) fue sucedido por una segunda oleada
comenzada en el 2019 (Bolivia, Chile, Colombia, Perú, Haití, Guatemala).
Ninguno de los dos procesos desembocó en triunfos de envergadura histórica,
pero tampoco derivó en derrotas de la magnitud padecida en los años 70.
Los levantamientos
de los últimos años contuvieron la restauración conservadora y tuvieron efectos
electorales progresistas. En el negativo contexto generado por la degradación
social, esos triunfos confrontan ahora con una intensa contraofensiva de la derecha.
En este caso
latinoamericano es muy visible la imposibilidad de comprender los
acontecimientos, omitiendo la centralidad de la movilización popular. En ese
cimiento se asienta también la formulación de un proyecto de emancipación, que
presenta aristas de convergencia con la transición hegemónica, sin amoldarse a
la versión más corriente de esa mutación.
América Latina
necesita ante todo batallar contra la dominación de Estados Unidos, porque no
podrá encarar ningún proyecto avanzado, sin conquistar la soberanía política
que sofocan las embajadas, las bases militares y las presiones del Departamento
de Estado. La Casa Blanca veta cualquier rumbo regional diferente a su hoja de
ruta y por esa razón, en este terreno existe un total empalme con las
transiciones concebidas en choque frontal con el Norte Global.
Pero América Latina
también requiere una renegociación económica en bloque con China, para superar
las ruinosas consecuencias económicas del status quo. El gigante asiático
aprovecha la fragmentación de sus clientes para obtener mayores réditos y el
resultado está a la vista en la primarización, la ausencia de transferencias
tecnológicas y la inversión en áreas no prioritarias. En este plano se
verifican tensiones que podrían superarse dentro del propio del Sur Global, si
se reconocen las contradicciones y disputas que afectan a ese entramado.
El tercer pilar de
un proyecto de izquierda para la América Latina es la integración regional.
Este sendero es insoslayable para erradicar el subdesarrollo y la desigualdad,
forjando la soberanía financiera, energética y alimentaria que necesita la
región. También aquí aparece una singularidad de la zona que la distingue como
bloque especifico. Podría converger como en la época del Tercer Mundo con
alianzas más extendidas, pero ese empalme no será indistinto, ni uniforme con
todo el Sur Global.
La comprensión de
estas singularidades exige superar la presentación corriente de la transición
hegemónica, como un simplificado contrapunto entre el Norte y el Sur Global.
Esos términos son útiles y fructíferos, si quedan enmarcados en nociones más
ordenadoras de la época actual.
El punto de partida
de esa conceptualización son las contradicciones inherentes al capitalismo que
ha potenciado la era neoliberal. La drástica modificación de las relaciones
económicas internacionales que genera el desarrollo desigual y combinado es un corolario
indispensable de esa evaluación. A su vez, el agravamiento de todos los
desequilibrios del capitalismo dependiente (que la periferia padece como
consecuencia de las transferencias de valor) es otro proceso decisivo del
período en curso.
El contraste entre
el Norte y el Sur global sólo asume un contenido efectivo, si es enmarcado en
la lógica del imperialismo y del sistema imperial, en los jerarquizados
escenarios del centro, la semiperiferia y la periferia.
Finalmente, la
transición hegemónica no es un destino inexorable del futuro. Al igual que el
ascenso del Sur Global puede asumir un curso provechoso u otro agobiante para
las mayorías
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populares. Depende
del perfil que adopte ese camino, como trayectoria de convalidación o reversión
de la opresión capitalista.
El primer sendero augura nuevas versiones de las pesadillas que afrontan
los desposeídos. El segundo rumbo abre las compuertas para el viejo sueño del
bienestar popular, la igualdad social y la convivencia política. Ese curso
cobraría fuerza con proyectos pluripolares, dinámicas antiimperialistas y
horizontes socialistas, que aportarían un renovado ideal a la transición
protagonizada por el Sur Global.
18-11-2024
RESUMEN
La mutación
histórica en curso es frecuentemente asociada con la transición hegemónica y el
despunte del Sur en desmedro del Norte global. La crisis del capitalismo
neoliberal efectivamente potencia el declive económico de Estados Unidos y el
ascenso de China. Pero la comprensión de ese viraje exige el uso de otros
conceptos de raíz marxista.
El fracasado
belicismo del Pentágono ilustra la crisis del sistema imperial, frente a la
ausencia del antiimperialismo en el heterogéneo Sur Global. La carencia de
sustituto recrea la fallida unipolaridad sin contrapartes multipolares
definidas, en un marco de oleadas derechistas que no tienen fronteras y socavan
la armonización de la gestión global.
La acción popular
determinará el signo de cualquier transición futura. El desconocimiento de esa
centralidad es un defecto tan frecuente, como la omisión de un giro histórico
entrelazado con el socialismo.

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