© Libro N° 13563. El Sueño De Evangelina. Almira Picazo, Carlos. Emancipación.
Marzo 1 de 2025
Título Original: ©
El Sueño De Evangelina. Carlos Almira Picazo
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El Sueño De Evangelina. Carlos Almira Picazo
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Carlos Almira Picazo
EL SUEÑO DE
EVANGELINA
Carlos Almira Picazo
El Sueño De
Evangelina
Carlos Almira
Picazo
Hay en algunas ciudades pequeñas, sobre todo en el sur, personajes que
parecen sacados del siglo XIX. Evangelina Campanario era uno de ellos:
alta, dura, enteca, en perpetuo luto, el bolso negro atiborrado de rosarios y
estampas benditas, cruzaba la calle furtiva, mirando de través a las parejas, a
los obscenos solitarios, incluso a los que, como ella, se dirigían a misa. El
mundo, obra del Diablo, parecía diseñado expresamente para ponerla a ella a
prueba.
Por su edad (que nunca supe con exactitud), le correspondían debilidades
sencillas y perdonables: los pasteles, el café, el licor, algún abalorio. Pero
Evangelina vivía torturada día y noche por una única pasión: los negros. Aunque
no los hubiera en su parroquia, le bastaba con saber que existían para que un
escalofrío le recorriera el cuerpo de arriba a abajo. El Diablo, con aquellos
ojazos y aquellas manos suaves, blancas por las palmas, debía ser negro.
Por otra parte, el no haber visto nunca uno más que de lejos y de pasada
en la calle, o en la televisión en casa de alguna amiga, acicateaba su
fantasía. Evangelina no deseaba a ninguno en concreto, no se imaginaba un
rostro, un cuerpo, una voz que pudiese identificar con nadie. Al igual que
Platón, vivía aterrorizada, obsesionada por un ser ideal, que se representaba
más o menos así: un negro alto, recio; de cabeza redonda, cuello ancho, pelo
como el ébano ensortijado; tórax caballuno; cintura estrecha, muslos y
pantorrillas musculosos, y pies pequeños y ágiles. El sexo, habida cuenta que
sus únicas relaciones con los hombres se remontaban a ciertos nebulosos
toqueteos allá en su primera adolescencia, se lo pintaba enorme y
desproporcionado, rematado en una protuberancia redonda como el badajo de una
campana. Esta obsesión, lejos de retroceder y enfriarse, crecía hasta
desbordársele del sueño e invadir la realidad.
Se figuraba que aquel negro la abordaba en la calle, incluso en la
iglesia; la agarraba del brazo y la arrastraba entre zalamerías y tacos a una
lóbrega habitación; allí, sobre una cama revuelta y rechinante, hacía con ella
lo que quería. Sólo muy entrada la noche, ya saciado, con una sonrisa blanca
casi fosforescente, se apartaba, se vestía lentamente y se iba por las calles
desiertas.
Evangelina no habría sabido qué hacer si un negro de verdad la hubiese
asaltado. Por otra parte, habiendo tantas mujeres, ¿por qué iba a fijarse en
ella? Esto la aliviaba pero también la enfurecía, pues en tiempos ella había
tenido su atractivo aunque no lo prodigara. Por otra parte de unos años a esta
parte también su ciudad se estaba llenando de inmigrantes, muchos de ellos
africanos. De modo que era casi imposible pasar, sobre todo por el centro,
donde ella vivía, sin toparse con alguno de ellos ante su manta o su
maleta-expositor de abalorios, siempre pendiente del intrincado código de
señales que gobernaba la calle, atento a la más mínima señal de aparición de la
policía. No es verdad, pues, que Evangelina no viese a muchos negros al día,
aunque procuraba no mirarlos.
Un día, al traspasar la puerta de los Belenitas (convento venido a menos
entre altos edificios), le llegó un perfume desde el claustro recóndito. Dio,
pues, un rodeo, apresurándose para llegar a la lectura del Evangelio, como si
hiciera algo prohibido. Antes de entrar en la pequeña iglesia oscura,
arruinada, que arrinconaba aquel tesoro, se sentó junto al pozo, al cabo de sus
fuerzas. Ya había perdido la cuenta de las noches que llevaba sin dormir o mal
durmiendo por culpa de la maldita obsesión que la tenía consumida, como si
fornicase cada noche con el dichoso negro. «No puedo más», suspiró.
De la puerta que comunicaba el claustro con la capilla donde se
celebraba la misa, le llegó la voz que en ese momento leía en el Evangelio de
Marcos el pasaje de las Bienaventuranzas. Evangelina se acercó muy despacio,
sin hacer ruido, y sin abandonar el jardín se puso a escuchar desde allí.
Sin percatarse, se fue tumbando en el escalón que separaba la arcada de
la galería del jardín, hasta quedar tendida del todo, usando el bolso como
almohadón. La sobresaltó un zumbido de mosquitos.
Sobre ella, en el techo desconchado y manchado de lamparones y humedad,
una panameña removía el aire caliente y pegajoso esparciéndolo por la
habitación en penumbra.
Un brazo fuerte, negro, rematado en una mano gigantesca y suave, la
acarició, y una voz le dijo:
—Arrímate, negra...
Evangelina se incorporó con un respingo. La voz había dejado paso a un
canturreo monótono, quejumbroso. Un jilguero o un canario enjaulado en algún
balcón vecino lanzaba su trémolo invisible.
Repasó todo lo que había hecho, lo que había comido aquel día, y no
encontró nada que justificase aquel desvarío, aquel desmayo. El claustro, sobre
el que ya se extendían las primeras sombras del mediodía, parecía empeñado por
su parte en apaciguarla. Y enseguida volvió a resonar la voz de barítono de
padre Ángel.
En verdad hacía calor. Enjambres de mosquitos gigantescos la
acribillaban al amparo de la oscuridad.
Edelmiro, el negro, daba palmadas desesperadas sin lograr ahuyentarlos.
«¡Bólidos del diablo!» Ella tuvo el impulso mecánico de persignarse.
—¿Qué haces, mi negra?
—Edelmiro...
—¿Qué te notas?
El negrazo la acercó revolviendo las sábanas con una mano como una pala.
En el antebrazo de circo lucía un tatuaje:
—No lo sé, no me encuentro bien.
Ensanchando la sonrisa ya enorme, Edelmiro rebuscó en la mesita y
extrajo una botella de ron:
—Bebe —dijo con tono doctoral.
Al cabo de un rato el jilguero o el canario enmudeció. Una sombra
movediza, temblorosa, ocupaba ahora el pozo, reproduciendo fiel la silueta de
los naranjos que lo rodeaban. La misa había acabado hacía rato y Evangelina
seguía echada en el escalón. Cuando el padre Ángel (que no era negro, pero sí
muy atractivo), la vio, corrió pensando que se había desmayado. La sotana le
bailaba sobresaltada por la insólita carrera.
De la calle aplastada por el sol de plomo ascendían ruidos fatigados de
autos. Más allá ronroneaba la Habana entera en una mezcla de tráfico viejo;
voces desganadas y untuosas de vendedores ambulantes; renquear de inverosímiles
autobuses; y el tañido anacrónico, malévolo, de las campanas del ruinoso
convento de Santa Clara, cuyas internas hacía tiempo que habían dejado de hacer
pasteles para fabricar ron para los turistas y las autoridades, etiqueta negra.
Signo de los tiempos extensible a otras órdenes: jesuitas, dominicos,
franciscanos, artesanos de los famosos puros.
—Padre, quiero confesarme.
—¡Mi negra!
—Cálmate, ¿te has caído?
—No hago más que soñar con negros.
—Yo te quiero, mi negra, bebe otro sorbo.
—No hables, Evangelina, voy a por un vaso de agua.
—Edelmiro, ¿quién es esa mujer de negro?
—¡Zape, no mientas a la Muerte!
—No me deje sola, padre.
—Enseguida vuelvo.
La sombra abarcaba ya casi todo el claustro. Del otro lado de los muros
ruinosos se colaba el rumor extraño de la ciudad. «Padre Ángel, padre».
Edelmiro saltó de la cama, deslizándose de entre las sábanas y fue a abrir la
ventana. Al ver aquel culo prieto, puntiagudo, Evangelina estuvo a punto de
desmayarse con un hipido, y se tapó la cara.
Una tromba de claridad penetró y se desparramó al instante por toda la
habitación provocando la estampida de decenas de cucarachas y tijeretas entre
pequeños montones de desperdicios. Apenas un fragmento de la calle, flanqueada
de fachadas de estilo colonial comidas por el salitre, el tiempo y el
cardenillo, copó de inmediato el rectángulo relampagueante de la ventana.
—No abras tanto, Edelmiro.
El negro, meloso, entornó un poco la ventana y volvió a la cama con dos
puros largos y estrechos, de los que llaman «señoritas», sonriendo.
Evangelina entretanto logró sentarse, apoyó la espalda contra el muro
del que arrancaban las columnas, a la vez esbeltas y pesadas, cubiertas de
figuras retorcidas y desnudas, y se limpió la cara con un pañuelo. El gesto de
asco sorprendió a Edelmiro que por primera vez pareció perder la paciencia:
—No tienes humor, me voy.
—Padre, necesito confesarme.
Mientras se vestía renegando por lo bajini, el negrazo reclamaba no sé
qué dinero.
—Bebe un poco.
—Ya he esperado bastante: mis cincuenta dólares.
—¿Y la excursión al Callao?
—Cuando estés de humor, ya sabes dónde buscarme, negra.
Evangelina se incorporó aún más y trató de atraerlo con brazo inseguro.
Al sentirse aferrado por la mujer, el padre Ángel soltó el vaso que se hizo
añicos en el suelo y le empapó la sotana.
Edelmiro se desasió del abrazo. Ya vestido, se aflojó la correa, y contó
el dinero que él mismo sacó del bolso junto a la ventana. La mujer seguía
desnuda entre las sábanas. Volvió hasta allí y la besó en la frente y en la
mejilla.
—No te vayas.
Un matiz de desesperación, de juego desesperado, vibró en la voz.
—Vamos adentro —dijo el padre Ángel.
En el forcejeo se había derramado un resto de ron. El murmullo de La
Habana era ahora un zumbido roto a intervalos por un entrechocar metálico como
de platillos de cobre. Poco a poco las sombras volvían a los rincones de la
habitación y velaban, por puro hábito, suciedad y desorden. De los otros
cuartos del hotel llegaban voces destempladas, empañadas aún por el sueño;
ruidos de grifos recién abiertos; y portazos.
El padre Ángel abrió la puerta en el momento en que Evangelina, saltando
de la cama, estrellaba el bolso contra el espejo haciéndolo añicos. Rehusó la
última mirada desesperada, y salió al corredor incierto y dudoso, apretando los
cincuenta dólares en el bolsillo. Edelmiro se sacudió los vidrios del vaso que
le habían arañado las manos y, con un desconcierto íntimo cuyos orígenes
prefirió no indagar, dejó a aquella loca en la galería. El malecón donde, en
otro tiempo, soñaba que arribaba una radiante mañana de verano.

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