© Libro N° 13262. Poder Y Política: Las
Máscaras Del Sometimiento. Carpintero, Enrique;
Vainer, Alejandro; Rozitchner, León. Emancipación. Diciembre 7 de 2024
Título Original: ©
Poder Y Política: Las Máscaras Del Sometimiento. Enrique Carpintero,
Alejandro Vainer, León Rozitchner
Versión Original: © Poder Y Política: Las Máscaras Del
Sometimiento. Enrique Carpintero, Alejandro Vainer, León Rozitchner
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Las Máscaras Del Sometimiento
Enrique Carpintero, Alejandro Vainer, León
Rozitchner
PODER Y POLÍTICA:
Las Máscaras Del Sometimiento
Enrique
Carpintero, Alejandro Vainer, León Rozitchner
PODER Y
POLÍTICA:
LAS
MÁSCARAS DEL SOMETIMIENTO
Enrique
Carpintero, Alejandro Vainer, León Rozitchner
Seminario
organizado por Enrique Carpintero y Alejandro Vainer en el VI Congreso
Internacional de Salud Mental y Derechos Humanos en la Casa de las Madres de
Plaza de Mayo el 16 de noviembre de 2007. En esta clase contamos con la
presencia de León Rozitchner. Reproducimos este texto inédito en homenaje a los
100 años del nacimiento de Rozitchner.
Las
máscaras del terror también existen en el campo psicoanalítico, esas teorías
que ustedes estudian. También ahí tienen algo que ver las madres, y algo que
ver también los hombres que hacen las teorías sobre las madres
Todos los
datos que aparecen en las exposiciones y en el currículo de los expositores
corresponde a la fecha del seminario.
León
Rozitchner*
Yo voy a
hablar de las máscaras de aquello que oculta el sometimiento, voy a hablar de
las máscaras del terror
Bueno me
toca a mí. El título de esta mesa era Las máscaras del sometimiento.
Ustedes ya han desarrollado algunos aspectos de esas máscaras, yo voy a hablar
de las máscaras de aquello que oculta el sometimiento, voy a hablar de las
máscaras del terror. Creo que algún sentido tiene, estando sobre todo en este
ámbito, en la Universidad de las Madres. No es extraño que justamente sea en
este recinto, en este ámbito abierto por las Madres en la lucha contra el
terror, que fue el último nivel donde la verdad del terror encontró la
resistencia y al mismo tiempo su capacidad de desciframiento. Y esto lo digo
comparando el distinto lugar que tiene, -y vamos a verlo enseguida las teorías
psicoanalíticas también-, ¿qué pasa con las madres? ¿Qué pasa no ya con las Madres
de Plaza de Mayo que son unos íconos y al mismo tiempo una realidad que el
símbolo expresa, de la resistencia, de los cuerpos materno-femeninos, qué pasa
frente a estos cuerpos materno-femeninos en una cultura donde domina el terror?
Es decir, ¿no tendrá que ver el terror, justamente, con acallar y volver a
marcar nuevamente los cuerpos allí donde la castración no fue suficiente para
impedir que empuje lo materno que está presente en cada cuerpo, y sobre todo
también en cada cuerpo del hombre pueda aparecer como un producto de
resistencia?
Las
máscaras del terror también existen en el campo psicoanalítico, esas teorías
que ustedes estudian. También ahí tienen algo que ver las madres, y algo que
ver también los hombres que hacen las teorías sobre las madres
Creo que
es fácil decir que la evidencia se muestra claramente: mientras que, en los
cuarteles, donde estaban justamente aquellos que torturaban los cuerpos
femeninos y masculinos, secuestraban, mataban a los embriones, a los nonatos, a
los niños, madres y mujeres; en esos cuarteles imperaba una concepción de
madre, una cierta existencia imaginaria de madre, que era la Virgen María. La
Virgen María es la patrona del ejército. Entonces podríamos tratar de
comprender qué tipo de madre es aquella en la cual se apoya el terror para
imponer, en última instancia, a aquellas madres que no son como la Virgen, sino
que son las madres en las cuales podemos reconocer el cuerpo gestador,
viviente, el cuerpo placentero, el cuerpo de placer entero, y que es aquél que
vamos a ver en la cultura occidental y cristiana a la cual nosotros
pertenecemos. Esa cultura se ha dedicado ferozmente a encubrir como ninguna
otra lo ha hecho el lugar de lo materno y de lo femenino.
Daría dos
o tres ejemplos para traer el problema sobre las máscaras del terror. Las
máscaras del terror también existen en el campo psicoanalítico, esas
teorías que ustedes estudian. También ahí tienen algo que ver las madres, y
algo que ver también los hombres que hacen las teorías sobre las madres. Y
habría que preguntarse en cada caso cuál es el origen -hay que hacer también en
última instancia, por qué no, el psicoanálisis (aunque sea imaginariamente
todos lo hacemos) desde la estructura personal de aquél que hace
psicoanálisis-. Quién no habrá en algún momento pensado, en función de los
pocos datos de la biografía, pocos o muchos los tenemos de Freud mismo, qué es
lo que le lleva a él a concebir su propio Edipo. Y de la misma manera podemos,
más allá de toda resistencia que lo simbólico nos oponga como un látigo, pensar
también qué pudo haberle pasado a quien formula una teoría. Parecería que todas
las teorías que elabora son fondo de un puro campo de concepto, donde el sujeto
que lo elabora no tendría -en este caso justamente que trata de este tema, cómo
la teoría tiene que ver con el sujeto-, justamente en el caso de la teoría
psicoanalítica, no se aplica esa concepción. Porque es necesario comprender
necesariamente, y esto formaría parte como supuesto inescindible de toda teoría
psicoanalítica, incluir el psicoanálisis o los elementos necesarios para que el
sujeto que elaboró la teoría esté presente en la misma.
¿Por qué
Lacan dice que Freud tiene un aspecto de pensamiento materno? ¿Y él qué? Habría
que pensar, ¿no será que está en él presente lo materno, aunque no lo confiese,
es decir, que haya una contradicción entre ambos y que el fundamento de esta
contradicción, insisto, esté dado por el problema del terror? El problema de
cómo encubrir al terror con diversas máscaras.
El
cristianismo existió hace dos mil años, en ese día aciago de la muerte, de la
condena, del martirio de Cristo, y continúa hasta nuestros días. Esta cultura
cristiana evidentemente no deja de estar en el capitalismo, que existe sobre el
fondo de su huella. Tanto es así que no podemos concebir, y es una hipótesis,
que no es extraño que en este momento del terror que amenaza al mundo, del
terror no solamente que está en las relaciones de producción, sino en el modo
en que se sigue reproduciendo el mundo, lo terrenal, la naturaleza, los
hombres, y aún el aspecto físico de la tierra, que está siendo violentamente
destruido hasta niveles nunca concebidos, y estas dos formas de pensamiento,
una religiosa y otra conceptual, sean justamente aquéllas que coinciden, y que
terminan, por decirlo de alguna manera, triunfando juntas en ese momento; el
cristianismo del Imperio “bushiano” y de Europa. El cristianismo en sus dos
vertientes, católica y capital. Lo estamos viendo en la televisión, en ese
lenguaje fétido hablando de Cristo todos los días, y de alguna manera
contrarrestar y compensar un poco la estupidez hormonal de los católicos que no
se animan a enfrentar el cuerpo que los protestantes de alguna manera ponen en
juego en el dolor vivo.
El
problema al que quería referirme es el siguiente. Tomemos dos momentos de la
teoría, tanto lacaniana como freudiana. Me parecería, insisto, que allí el
terror no tiene nada que ver. Éste, el de las madres, al que las madres le
vinieron a poner un límite, al que enfrentaron ante las amenazas de muerte y
enfrentaron algunas de ellas la muerte, pero apareció un límite, el de las
madres, el límite no en los cuarteles sino en las calles, en la plaza. Creo que
hay que volver a encontrar ese tema no como algo exterior y perteneciente al
campo de la política, sino al de la teoría. Sino terminamos sin poder
unificarnos, y pensar solidariamente en nosotros mismos como una unidad de
vida, de pensamiento imaginario, afectivo y racional. Vayamos al complejo de
Edipo. El complejo de Edipo de Freud es un Edipo judío, porque a pesar que él
lo llama griego, tomando la figura de la tragedia griega, sin embargo, tiene
características que no coinciden exactamente con lo griego. En el complejo de
Edipo de la tragedia griega no hay que preguntarse solamente qué hace Edipo con
la madre y con el padre, hay que ver primeramente la tragedia, no solamente
aquello en lo cual culmina sino en el origen que se pasa habitualmente en
silencio. ¿Quién mandó al muere al hijo? Y ahí no es el padre el que lo manda
al muere, es la madre que entrega al hijo a la muerte y lo deposita en brazos
del esclavo, porque esta era también una decisión política: los augurios habían
señalado que ese hijo iba a matar al padre que era el poder político, el tirano
en Tebas. Entonces ¿qué hace? Es para preservar el poder político que el hijo
va al muere. Ese aspecto de la tragedia de Edipo está dejado de lado porque lo
que se acentúa no es el lugar de la madre gestadora, es el lugar de la madre
real, la madre existente, con la cual el hijo va a convivir como nosotros
sabemos. Lo que podemos llamar el Complejo de Edipo griego, es diferente a lo
que podemos llamar con la misma concepción el complejo parental judío. Éste es
el que creo aparece en Freud en su propio complejo de Edipo. Porque él habla
claramente y señala tres aspectos del triángulo. Una parte es la madre. Por
otra el padre que está elevado al poder supremo, ustedes recuerdan como Freud
señala que Dios no es más que una figura del padre, y esto también aparece en
el Antiguo Testamento, tiene un carácter antropomórfico. Y por otra está el
hijo que tiene que enfrentar la represión del padre frente al deseo que lo liga
a la madre, y seguramente a la madre también con el hijo. Porque siempre es
preferible una figura nueva a una figura antigua, ya gastada como es la del
padre. En fin, en última instancia vemos acá otro aspecto de la cuestión: la
madre está conservada como madre genitora, la madre es una madre que quiere
tener al hijo y de alguna manera imponer algo sobre él a lo cual el padre se
opone. Nosotros pensamos en la figura habitualmente llamada erótica, la
posesión sexual de la madre, esto va, creo, incluso más allá; toda posesión
implica un acompañamiento, que también podríamos calificar de simbólico. La
madre en su lenguaje sensual, sensible, también significa cosa, a pesar de que
el lenguaje paterno no las contenga ni las atrape. Pero esto vamos a verlo un
poco después si podemos.
Lo que
vemos en el Edipo griego, tal como vimos antes, sería una madre que manda al
muere al hijo, el padre que es político, y en última instancia el hijo que va a
retornar porque conserva, conscientes, -por decirlo de alguna manera- estas
marcas de una madre destructiva, pero a la cual al mismo tiempo quiere. Vemos
que la solución de este Edipo es muy particular porque corresponde a la cultura
griega. Tanto es así que las interpretaciones sobre el Edipo griego llenan
volúmenes, hay múltiples variantes del mito de Edipo griego. Hay autores como
Vladimir Propp, un lingüista ruso, que ha analizado y considerado las múltiples
variantes de este mito de Edipo, una de cuyas variantes toma Freud para
ejemplificar la neurosis. Entonces, vemos que hay un Edipo que corresponde a la
cultura griega, y vemos el Edipo de Freud, y nos preguntamos si este Edipo de
Freud corresponde a la cultura cristiana.
Porque si
vamos a la cultura cristiana y analizamos el mito que funda la cultura
cristiana, que difiere del mito que funda la cultura judía, encontramos que los
personajes de la madre, el padre y del hijo, son radicalmente heterogéneos con
aquellos que aparecen tanto en el mito de Edipo como en el mito judío. En el
mito judío, al que Freud recurre, que es el mito histórico de Moisés, la madre
salva al hijo de la muerte que el poder político del faraón quería imponerle. Y
recurre a una estratagema que la narración describe, en el cual la hija del
faraón recibe la cestilla que la madre para salvar al hijo había preparado y
bajado al río. Ella retira del agua, se queda con el niño, y la sierva de la
hija del faraón le sugiere encontrar un ama de leche que lo nutra, y a quién va
a buscar, justamente, a la madre de Moisés que había arrojado al niño al
cestillo, y se constituye en una trinidad femenino-materna, en la cual las tres
mujeres, están al servicio de la salvación del niño. Y acá no aparece ninguna
figura masculina salvo la del faraón, que es la figura amenazante. Este es el
mito judío. La madre tiene una predominancia fundamental en este mito abarcando
los tres extremos de un triángulo imaginario.
En el
mito cristiano la cuestión pasa de otro modo. En el mito cristiano aparece en
el Nuevo Testamento, con la existencia de José enamorado de María. Ustedes
recuerdan eso, todos lo sabemos. Y cuenta que María está preñada, y ahí aparece
una disyuntiva, si tomarla o no a María como mujer. ¿Qué es lo más terrible que
podía pasarle? Al dormir, Dios le revela, a través de los arcángeles que María
no fue inseminada por ningún hombre; que en última instancia ese hijo es el
hijo de Dios mismo. José acepta esto y se convierte por lo tanto en el padre
putativo, digamos, simbólico, de un hijo que no es de su propio cuerpo. Vean
ustedes en qué queda constituido el triángulo en el Edipo cristiano. La madre
es una madre virgen, que por lo tanto excluyó de sí misma todos los caracteres
sensuales, sensibles, acogedores, placenteros, húmedos, fragantes, olorosos de
su cuerpo en relación con un hijo que primero fue concebido porque existió una
relación carnal con un hombre que la penetró, en cuyo abrazo se fundieron y en
una síntesis biológico-histórica aparece la nueva criatura. Entonces Edipo no
es solamente el símbolo de la existencia de lo infinito-paterno, de lo divino.
Es también la expresión inmediata del amor humano que está presente en los
cuerpos como punto de partida. La madre ocupa ese lugar donde lo materno
desaparece como materno sensual y corporal. El padre es un Dios padre que no
tiene contenido ninguno, es un padre abstracto, es un Dios abstracto
completamente, a diferencia del Dios judío, y mucho más de los griegos. Y el
hijo es un niño, es un hombre, es un muchacho, un ser que para realizar este
deseo que pusiera la madre en él, por decirlo de alguna manera. Va a enfrentar
la muerte, va a poner en juego su propio cuerpo despreciado, ya en el acto
mismo del enfrentamiento por la madre, para creerse, en tanto hijo de Dios,
condenado a la eternidad. Y por lo tanto desaparece como hijo vivo. Ustedes
conocen la circunstancia: la crucifixión tampoco es moco de pavo en el modo de
desaparecer del mundo humano.
Podemos
suponer que en el triángulo judío era neurótico, pero en este triángulo nuevo
de la cultura cristiana encontramos un triángulo psicótico porque en lo
absoluto no hay nada de carnal fundante que esté presente en los tres extremos.
Ni en la madre, ni en el hijo que se cree hijo de Dios, ni del Dios padre que
es un ser abstracto que no tiene ningún contenido y por lo tanto puede contener
todas nuestras elaboraciones conceptuales para justificar cualquier acto.
Vieron ustedes que cuando hablaba de las madres que el problema de las madres
no está tan presente en el complejo de Edipo que el psicoanálisis analiza. El
problema del terror sólo aparece en uno de ellos y no en el otro. Extrañamente,
la máscara del terror está encubierta soberanamente en Lacan, pero está
presente en Freud. Cuando Freud habla del Edipo dice claramente la amenaza de
castración, en la que el padre aparece imponiéndole, niñera mediante siempre en
esas épocas, como una amenaza que lo despoja de lo que tiene de varón, por lo
tanto, es el primer desmembramiento que aparece como amenaza referida al
cuerpo, y ahora hablaremos de los desmembramientos siguientes. A partir de este
desmembramiento imaginario, al cual aparece sometido el niño por el padre,
Freud dice lo siguiente: que el niño no se somete a la amenaza por más terrible
y cruel que sea, sino que, por el contrario, regresando de lo que llamaría la
etapa fálica, en los tres años, actualizando en sí una experiencia previa
primera, la experiencia feliz con la madre, por lo tanto, en la etapa oral, en
la cual ambos estaban confundidos en la simbiosis. Esto permite en última
instancia que el otro esté dentro de uno y uno pueda gozar o destruirlo al
otro. El niño, acudiendo a esta estrategia de guerra, en la etapa oral, le hace
al padre lo que el padre quería hacerle a él. Claro, es la disimetría que
aparece entre el poder real del padre y el poder imaginario del niño para
vencerlo. De lo cual resulta que en Freud está la resistencia del niño. En
Freud está la amenaza de muerte, pero está también la resistencia contra la
amenaza de muerte y la astucia que el niño alcanza a construir para
enfrentarla. Pero también el amor al padre lleva a que, dice Freud en este
caso, después de darle muerte, el hijo, también recurriendo al mismo poder omnipotente
de la oralidad, le vuelve a dar vida al padre muerto dentro de sí mismo. Se
cagó para siempre. Porque a partir de allí él podrá retener la sumisión al
padre, y acá aparece una nueva conciencia, y esta nueva conciencia no está
señalada por la teoría lacaniana. Porque Freud a partir de aquí dice, acá
aparece una nueva conciencia, no es la conciencia anterior. Por lo tanto, si
existía conciencia anterior existía unidad sentida, vivida, elementalmente en
el niño. Acá, dice Freud, aparece una nueva conciencia que es la conciencia
determinada por el orden del superyó paterno, la ley, por lo tanto, y en última
instancia también lo que aparece allí es la conciencia moral, donde los
mandamientos de la ley del padre imponen no solamente un modo de ser con el otro,
sino también un modo de pensamiento. Por eso Freud dice que esta conciencia que
emerge del complejo de Edipo, es esa conciencia que está cercada por tres
angustias. La angustia ante el superyó, que es la ley del padre en este caso.
La amenaza del terror, la amenaza de muerte que siente aparecer el niño cuando
emergen las pulsiones que de alguna manera tienen su empuje y nos llevan a
querer satisfacerlas. Y por otro lado también la amenaza que aparece ante la
realidad exterior, donde todo el poder político, económico, etc., también tiene
y presenta a la amenaza de muerte, al terror como un límite.
Entonces
en Freud claramente el terror es el fundamento de la cultura psíquica. Y cuando
hablamos del terror, evidentemente también para vencerlo, para hacer posible la
vida, porque sólo es posible hacer posible la vida si previamente se ha
mostrado claramente el obstáculo. Un obstáculo desde el cual las formas que nos
impusieron una modalidad de ser donde existe luego la apariencia de ser alguien
cercenada en su fundamento porque está presente allí la marca del terror que
impuso un límite a todo el desarrollo de nuestra corporeidad y por lo tanto de
nuestro aspecto y nuestro pensamiento. Esto que les digo define claramente la
teoría freudiana. Aunque Freud después se ponga del lado del padre, del lado de
la ley, Freud es taxativo; no hay ley sin violencia, dice él. La violencia es
el fundamento de la ley.
Por lo
tanto, lo que luego va a tomar Lacan como ley simbólica, esa ley no tiene
fundamento en el terror; el único fundamento que tiene es que se desliga del
fundamento materno para ser como puro significante desde el vacío, que es la
madre alejada, a la madre negada. En Lacan lo que aparece es el padre como un
ser apaciguador, un ser que le permite al niño introducirse en la cultura sin
mayores contrariedades y apoya la posibilidad de que se incluya como un ser que
va a estar determinado por el acatamiento a la ley, y por eso es fundamental la
castración en Lacan de una manera distinta que es fundamental en el caso de
Freud. En Lacan, la castración es diferente. Es como si los lacanianos se
volvieran locos y dijeran, “cástrenlos por favor, porque si no los castran
perdemos esto poco que tenemos conquistado como hombres en el mundo en el cual
nosotros nos movemos”. Y lo extraño es que hasta las mujeres hablan de
castración. Hablan de castrarse a sí mismas, es horrible, porque la castración
no es moco de pavo, no es joda; es evidentemente la presencia del terror del
cuerpo. Entre los judíos, en el antiguo testamento, no existía la castración,
existía la circuncisión, que era una forma de señalar, a través de cortarle al
niño el prepucio a los ocho días, como un acto que solamente contenía la
presencia de los hombres, las mujeres miraban desde arriba qué hacían con su
propio hijo, y de alguna manera le decían: con la madre no, pero quedaban
disponibles, como vemos en el antiguo testamento, todas las otras mujeres. No
se olviden que los reyes y los profetas tenían también mujeres y hasta hijos
con sacerdotisas del templo. Antes, cuando las mujeres estaban presentes
también como diosas para los judíos, de las cuales poco a poco se fueron
desprendiendo. En el cristianismo esto ha desaparecido radicalmente. Porque
donde aparece la castración, aquella castración a la que se refiere Lacan, esa
es la castración del corazón, que es lo que dice San Agustín. Cuando San
Agustín habla de castrar, ya no se refiere a la piel fibrosa de un pene que hay
que recortar en su punta extrema sin dañarlo, liberándolo para su vida futura.
En el caso del cristianismo, en San Pablo, lo que aparece es la castración del
corazón y por eso se ven las imágenes de Cristo con el corazón ardiendo, y
Cristo tiene al mismo tiempo una corona de espinas que ciñe el corazón. Y el
corazón es lo materno que tiene el hombre, es el fundamento femenino, materno
de nuestra propia carnalidad como hombres. Fíjense en la profundidad en la cual
se penetra la concepción de la castración. Y esto lo podemos ver en algo
fundamental; en el estadio del espejo, la diferencia que hay entre el caso de
Lacan y el caso de Freud. En el caso de Lacan el estadio del espejo penetró
como una especie de teoría salvadora sobre la infancia. Para muchas
psicoanalistas, lo han tomado como una expresión de “por fin entendemos algo”.
Claro, entendemos algo, ya vamos a ver por qué se entiende algo allí. Porque
Lacan, en ese estadio del espejo, proyecta el despedazamiento corpóreo, la falta
de unidad del cuerpo como fundamento de lo que luego va a ser el lugar donde lo
simbólico se inserta a partir de la unificación que aparece dada por este
espejo de este estadio, es decir por la figura que despierta la alegría del
niño al verse como una unidad entera. Pero miren ustedes el desfasamiento de
los miembros separados, todo lo que Lacan pone, lo trae de la psicosis y de la
neurosis, pero sobre todo de la histeria y también de los delirios de los
pacientes adultos. Y se lo enchufa al niño. Es decir, va a buscar los
resultados en las psicosis adultas para hacer que esos resultados, producto
evidentemente del desarrollo de la infancia en una cultura determinada apoyada
por la presencia de la castración como amenaza, incluye esto en la infancia
misma del niño. Por eso deja de lado el mito de Edipo y dice “el mito de Edipo
es “el mito de Freud”. Nosotros vamos a referirnos al enfrentamiento entre
discordia y la armonía del filósofo de Éfeso. Claro, está hablando de
Heráclito. Dos figuras metafísicas; la discordia y la armonía fue el fundamento
con el cual explicar el fundamento del hombre a la vida. Este retorno a la
fantasía griega en su expresión metafísica le va a permitir a Lacan destruir
algo fundamental que Freud plantea, que es el hecho de dónde viene el poder que
hace que el hombre dominado en sí mismo. Y Freud dice, a partir del superyó,
como el hombre ya no se anima a dirigir la fuerza hacia afuera, la violencia la
dirige hacia sí mismo. Es decir, el poder utiliza nuestra propia resistencia, para
doblegarnos a nosotros mismos. Esto está claramente señalado por Lacan como
despreciable en su artículo sobre la agresión.
En Freud
encontramos el despedazamiento no al comienzo, donde aparece el narcisismo, la
simbiosis con la madre, ahí no hay despedazamiento, la locura no existe en ese
sentido en la infancia. Freud tiene muy claro, dice que hay que tener cuidado
de no proyectar sobre esa etapa de la infancia los propios delirios teóricos.
Porque ningún niño puede desdecirlo, y parece que todo puede ser aceptado. Hay
que andar con sumo cuidado. Cuidado que evidentemente no tuvo Lacan en
proyectar la locura adulta, la psicosis adulta sobre la primera infancia del
niño. Eso es cristianismo también. Porque esas pulsiones maternas,
desorganizadoras según piensan, son pulsiones también de muerte, es necesario
después, a través de la castración reorganizarlas por medio de la racionalidad
cristiana.
Entonces,
que pasa con Freud. Recuerdan que tiene un trabajo que se llama “Lo
deshogareño” que normalmente está traducido horriblemente como “Lo ominoso”,
que no tiene un carajo que ver con lo deshogareño que es claramente la palabra
alemana. Y que la traducción más próxima es “Lo siniestro”, calificando un
aspecto de esa experiencia de “deshogareñamiento”. Freud ubica esta experiencia
donde vuelven a aparecer los miembros dislocados, separados del cuerpo, que
aparecen cuando en el seno de lo hogareño ya adulto vuelve a aparecer algo que
lo niega, que niega lo hogareño. ¿Qué es lo que aparece negando lo hogareño
materno? Es justamente el terror, que despedaza. Este terror que despedaza no
antes del Edipo, sino posteriormente al Edipo. Lo pone formando parte de una
experiencia social adulta. Y es ahí donde aparece el despedazamiento. El
lacanismo se impone simbólicamente para ocultar la presencia real de la amenaza
del terror que en Freud aparece muy claramente expresada: el despedazamiento
viene del poder político, del poder social, del poder histórico. En la madre,
en lo familiar, en lo hogareño, en lo materno, ahí no había posibilidad de
poder pensar el desmembramiento de los cuerpos tal como lo pone Lacan en sus
comienzos.
Yo creo
que esto es fundamental para ir descubriendo que las teorías, -que aparecen
racionales, perfectas, con gran acopio de citas, de ventas de ejemplares, de
cofradías nuevas que se organizan, de un lenguaje de secta, - deben ser
analizadas nuevamente. Por lo cual tendríamos que volver a preguntarnos qué
carajo pasa con el terror cuando estamos en la Casa de las Madres de Plaza de
Mayo para tratar de comprender lo que se planteó en la mesa hoy, ¿Cómo
es posible que los dominados acepten la dominación? La aceptan
porque siempre van a aparecer teorías, otra vez máscaras, que encubren el
terror que está en el fundamento del sistema, y en este retorno aparece otra
vez la teoría de la ratificación tenebrosa de las máscaras del cristianismo
presentes en el psicoanálisis mismo. Nada más.
Enrique
Carpintero*
Quisiera
desarrollar brevemente que propone el poder de las clases dominantes para
mantener su hegemonía desde nuestra subjetividad. Es decir, como el poder está
inscripto en nuestra subjetividad
Quisiera
desarrollar brevemente que propone el poder de las clases dominantes para
mantener su hegemonía desde nuestra subjetividad. Es decir, como el poder está
inscripto en nuestra subjetividad. Debo decir que esta idea de trabajo fue
inaugurada en la Argentina por León Rozitchner en el libro publicado en la
década de los `70 Freud y los límites del individualismo pequeño
burgués. Para comenzar voy a leerles un titular de la revista
Barcelona donde se pregunta: “Por qué la clase media porteña prefiere tener en
su vereda excrementos de perro antes que personas sin hogar tomando vino.” Para
responderla debemos entender que la cultura dominante establece modelos
socioculturales que se inscriben en la subjetividad como una forma de relación
con uno mismo y con los otros. Esta situación nos lleva a trabajar sobre la
construcción de una subjetividad construida en la fragmentación de las
identidades individuales y colectivas cuya consecuencia es un individualismo
que impide generar espacios solidaridad.
Para
responder a algunos de estos interrogantes vamos a ver como el poder de la
cultura se refleja en nuestra subjetividad como un espacio de contradicción y
lucha.
Es aquí
donde el poder juega su lucha por el sometimiento haciéndonos creer libres
cuando en realidad nos somete desde nuestro interior. De allí la vigencia de
esa pregunta que realizaba el filósofo Baruch Spinoza en el siglo
XVII ¿Por qué los hombres apoyan a quienes los someten?
Para
comenzar creo necesario explicar como entiende Freud la subjetividad. La noción
de subjetividad se ha tornado compleja porque no es un dato dado, no se hereda.
Tampoco se limita al campo de la conciencia. El sujeto debe dar cuenta de un
aparato psíquico sobredeterminado por el deseo inconsciente. Pero este aparato
psíquico se construye en la relación con un otro humano en el interior de una
cultura. Es decir, hablar de subjetividad implica un cuerpo que se encuentra
con otros cuerpos en el interior de una determinada cultura.
De esta
manera entendemos que toda producción de subjetividad es corporal en el
interior de una determinada organización histórico-social. Es decir, toda
subjetividad da cuenta de la historia de un sujeto en el interior de un sistema
de relaciones de producción.
Es aquí
donde el poder juega su lucha por el sometimiento haciéndonos creer libres
cuando en realidad nos somete desde nuestro interior. De allí la vigencia de
esa pregunta que realizaba el filosofo Baruch Spinoza en el siglo XVII ¿Por
qué los hombres apoyan a quienes los someten?
Esto no
lleva a la cuestión del poder. Para Freud la cultura consistió en un proceso al
servicio del Eros que a lo largo de la historia fue uniendo a la humanidad
toda. A este desarrollo se opuso -y se opone- como malestar, la pulsión de
muerte que actúa en cada sujeto. Es por ello que la cultura crea lo que
denominamos un espacio-soporte donde se desarrollan los
intercambios libidinales. Este espacio ofrece la posibilidad de que los sujetos
se encuentren en comunidades de intereses, en las cuales establecen lazos
afectivos y simbólicos que permiten dar cuenta de los conflictos que se
producen. Es así como este espacio se convierte en soporte de los efectos de la
pulsión de muerte. De esta manera, podemos establecer una hipótesis:
que el poder es consecuencia de este malestar en la cultura. Por ello las
clases hegemónicas que ejercen el poder encuentran su fuente en la fuerza de la
pulsión de muerte que, como violencia destructiva y autodestructiva, permite
dominar al colectivo social. Esta queda en el tejido social produciendo efectos
que impiden generar una esperanza para transformar las condiciones de vida del
conjunto de la población. Estos efectos los podemos encontrar en el
predominio en la actualidad de nuestra cultura de formaciones psicopatológicas
como la depresión, el suicidio, las adicciones, etc. En definitiva, el aumento
de la violencia destructiva y autodestructiva cuyo resultado es un individuo
solo y aislado. Este es el objetivo del poder. Un individuo atrapado por un
sentimiento de culpa que cree que su situación es producto de su incapacidad
personal ya que en un mundo que sólo reconoce a los triunfadores las victimas
son sospechosas. Un individuo sumido en la desesperanza de que nada puede ser
cambiado. A lo sumo votar a un político del poder sabiendo que todo va a seguir
igual. O, para seguir a Lampedusa, “Que algo va a cambiar para que todo siga
igual”.
En este
sentido, es importante distinguir un poder que represente los intereses de una
minoría de otro en manos de la mayoría de la población que permitirá desplazar
los efectos de la pulsión de muerte. Esta situación es producto de condiciones
económicas, políticas y sociales. Sin embargo, desde que el mundo es mundo, a
excepción de breves períodos históricos y en determinados países, existe una
empresa dirigida desde el poder por los sectores dominantes para organizar el
sometimiento de los pobres. Este hecho fue ocasionando contradicciones y
tensiones que se han resuelto de diferentes maneras en cada momento histórico.
El objetivo es controlar la libertad y la condición pulsional del ser humano.
Este poder no se agota en los aparatos del Estado, los grupos económicos, los
partidos políticos y las instituciones sociales sino también -deberíamos decir
fundamentalmente- se encuentra en cómo se relacionan los sujetos en la
sociedad. Es aquí donde la visibilidad del poder se hace invisible. Es decir,
como plantea Marx: “El capitalismo es una relación social” y para que esta
funcione el poder ejerce su dominación generando formas de control social cuyas
características depende de cada etapa histórica.
Podríamos
citar muchos ejemplos Tomé un eje, es decir: cómo el espacio público se ha
privatizado. Voy a relatar una anécdota.
Los que
habitamos la ciudad de Buenos Aires sabemos que la opinión de los taxistas
representa un sector importante de la clase media porteña. Viajaba en un taxi
hacia el centro de la ciudad en un típico día de mucho tránsito cuando el
chofer comenzó a quejarse:
- Esta
ciudad es un desastre. La culpa la tienen los piqueteros. Hay una manifestación
en el Ministerio de Educación que esta cortando el tránsito.
Le aclaro
que los piqueteros son obreros desocupados y esta manifestación es de maestros.
El taxista no me escucha e insiste:
- Son
todos iguales. Todos son piqueteros. Que vayan a trabajar y no molesten.
Con
bronca le digo que debe ser oyente de Radio 10 y seguramente
voto a Macri.
Me
responde:
- Por
supuesto.
La
conversación derivó en una discusión donde, por supuesto no logré que
entendiera sobre los derechos de los ciudadanos a manifestarse en la vía
pública.
Evidentemente
el chofer del taxi no hacía más que expresar lo que la mayoría de los medios de
comunicación transmiten todos los días. Quizás sin saberlo su posición era
avalada por el centenario diario La Nación en un editorial titulado: La
calle es de todos. Un eufemismo ya que cuando se refiere a “todos”
esta hablando de todos los que tienen plata. Allí se sostiene que En
casi todo el mundo el derecho de uno a reclamar termina donde comienza el
derecho del otro a transitar. Esa es, quizás la diferencia principal entre el
fenómeno piquetero argentino, parecido al cocalero boliviano, y otras formas de
expresar disconformidad, o fiel a su origen, de exigir medidas que faciliten el
empleo. Y continúa planteando que el método de reclamo: comenzó
a ser imitado por sectores no necesariamente identificados con los piqueteros,
como los estudiantes, los docentes y miembros de otros gremios. El
editorialista no tiene ninguna duda en equiparar los reclamos de los obreros
desocupados y ocupados, los estudiantes y los docentes con la necesidad de
circular tranquilamente por la ciudad. Por ello finaliza pidiendo al gobierno
de Macri que haga cumplir el Código Contravencional de la Ciudad de Buenos
Aires y el Código Penal. Claro, el lector puede quedar sorprendido al querer
igualar dos órdenes de problemas tan diferentes. Es como comparar manzanas con
leones. Sin embargo, tiene la lógica liberal capitalista que se expresa en la
clásica frase: La libertad de uno termina donde empieza la del otro.
En esta perspectiva todos tenemos las mismas obligaciones, pero no los mismos
derechos ya que estos provienen del sector social a que cada uno pertenece. Los
derechos a la salud, al trabajo, la educación y la vivienda, garantizados por
la Constitución Nacional, se transforman en un simple enunciado para los
sectores de menores recursos. Mientras los ricos tienen sus asociaciones para
presionar al Estado los pobres deben esperar que las cosas mejoren ya que, al
judializarse la protesta, la manifestación de sus reclamos son limitados por el
poder. Por ello la mitad de la población de nuestro país que vive en la pobreza
y sufre necesidades, a pesar de las estadísticas oficiales del INDEC, no debe
ser un obstáculo para que los autos circulen libremente por las calles de
nuestra ciudad.
Me
refería recién a Baruch Spinoza. Spinoza nos permite sostener una ética
diferente, una ética donde el derecho de los individuos tiene un límite en el
derecho de la comunidad.
La
filosofía de Spinoza plantea un proceso de liberación individual y colectiva
que permite entender como pasar de la servidumbre a la libertad y de la
impotencia al poder. La liberación individual y por lo tanto ética, debe ser
colectiva y política. Por ello dice: nada es más útil al hombre que el
hombre mismo. No formula una ética del “deber ser” sino una ética
materialista del “poder ser” donde obrar éticamente consiste en desarrollar el
poder del sujeto y no en seguir un deber dictado desde el exterior. El ser de
Spinoza es poder y potencia, no deber. Este se realiza a través del
conocimiento de las propias pasiones para realizar una utilización de éstas que
las conviertan de pasiones tristes –él llama tristes al odio, el egoísmo, la
violencia, etc.- en pasiones alegres, es decir el amor y la solidaridad. De
esta manera el objetivo de la liberación ética individual y colectiva es pasar
de las pasiones tristes a las pasiones alegres.
Hay un
texto de Spinoza que se llama el Tratado político. Allí
establece que la democracia es el régimen en que la potencia colectiva no está
paralizada en un individuo o grupo particular, sino permanece en manos de la
comunidad, la cual es sujeto y objeto del poder político. Este es el único
estado absoluto: sólo en él se suprime la escisión entre gobierno y pueblo,
entre poderosos e impotentes. Pero esta democracia debe estar basada en los
principios de libertad, igualdad y solidaridad. En este sentido Spinoza
no habla de alienar derechos sino de componer potencias. Aquí la condición
política tendrá por sujeto a la multitudu (que podríamos
traducir como el colectivo social) cuya potencia en virtud de una concordancia
de derechos es en sí misma constitutiva y conflictiva. Se trata de una
comprensión de la política donde se inscribe positivamente la solidaridad entre
sus miembros ya que los hombres componen sus potencias para aumentarlas e
intervienen solidariamente en las circunstancias desfavorables de sus semejantes. En
este sentido la política es un ámbito natural formado por un
juego dinámico de pasiones, de razones, de conflictos y de concordancias. Es
decir, una composición de potencias que se despliegan a partir de pasiones y
nociones comunes que son la sustancia misma de la comunidad. De allí que
afirma: quien no es movido ni por la razón ni por la conmiseración a
ser solidario con otros, merece el nombre de inhumano que se le aplica.
En este
sentido, organizar una política desde la izquierda que pretenda transformar el
conjunto de las relaciones sociales y económicas debe pensar que una buena
teoría política ha de partir de que los seres humanos nunca pueden ser
plenamente racionales, guiándose por sus opiniones y pasiones comunes.
Por ello
debe entender las causas de las situaciones que pretende enfrentar, pero la
eficacia como teoría y conocimiento capaz de orientar las acciones políticas
dependerá no de su verdad o de la fuerza de sus demostraciones sino del
contexto institucional y pasional que le permita transformarse en una guía para
la acción potenciando la fuerza del colectivo social contra el poder que la
limita.
Para
finalizar quiero recordar una frase de José Saramago que dice: nunca se
utilizó tanto la palabra para ocultar lo que verdaderamente se piensa…Nadie
dice la verdad. La palabra se usa para disfrazar el propio pensamiento y
manipular los mensajes. Vivimos en una situación de verdad secuestrada. De
allí la importancia de rescatar la actualidad del pensamiento de Spinoza que
nos remite a un mundo donde el capitalismo se disfraza de democracia. A él
debemos oponerle la cautela de una razón apasionada que encuentra su potencia
en la fuerza del colectivo social. Nada más muchas gracias.
Alejandro
Vainer
La clase
del jueves estuvimos trabajando sobre el tema Locura y Poder. Por qué
siguen los manicomios. Allí planteaba como uno de los ejes era el
sometimiento subjetivo. Cómo el poder actúa desde dentro de nosotros a través
de sus máscaras. Esta idea continúa por la línea que abrió León Rozitchner
con Freud y los límites del individualismo burgués, quien hoy
nos acompaña en esta presentación. Y es un buen preludio para lo que expondré
sobre el poder y la política.
el
pensamiento único quiso decretar el final de los grandes relatos, el marxismo y
el psicoanálisis fueron y son sus blancos predilectos. Y que el marxismo y el
psicoanálisis con sus cruces han quedado para los libros de historia
Qué
podemos hacer para este desenmascaramiento?
Para
esto, como TSM necesitamos recurrir a los cruces entre marxismo y
psicoanálisis. Pero aquí tenemos un problema porque el pensamiento único quiso
decretar el final de los grandes relatos, el marxismo y el psicoanálisis fueron
y son sus blancos predilectos. Esta hegemonía, que aún persiste, lleva a pensar
que este capitalismo es el único mundo posible. Y que el marxismo y el
psicoanálisis con sus cruces han quedado para los libros de historia.
Sin
embargo, el mundo se ha convertido en una catástrofe, ya que, habiendo
alimentos y trabajo para el conjunto de la población mundial, los bienes
materiales y no materiales cada vez están concentrados en menos manos. A la
vez, y aunque parezca una paradoja, se condenan a la protesta, la rebelión y la
revolución y no el actual imperio del capitalismo.
La
cuestión más importante es el sometimiento subjetivo a este orden de cosas. No
sólo en gran parte de la población, sino en la mayoría de los intelectuales,
que en otros tiempos condenaban la situación en que se vivía. Hoy,
muchos se han acomodado a este mundo, investigando sobre lo que proponen las
agendas del poder, que es quien brinda los subsidios y becas para poder
subsistir. Así se producen y reproducen papers, jornadas y
congresos. Las modas intelectuales, con sus dictados desde el poder, también organizan
agendas y autores. En el camino van quedando, por estar fuera de estas modas,
teorizaciones que pueden ayudarnos no sólo a interpretar el mundo, sino también
a transformarlo.
Es
entonces que creo necesario rescatar la fecundidad de autores que durante el
siglo XX investigaron la problemática de la subjetividad y el sometimiento al
capitalismo con diversos entrecruzamientos entre el psicoanálisis y el
marxismo.
Lo cual
plantea una serie de problemáticas que detallaré a continuación.
1- La
descalificación de todo intento de cruce de Marxismo y Psicoanálisis.
Este
grupo de autores fue catalogado como “freudomarxista”. Desde hace muchos años
que cualquiera que sea psicoanalista y a la vez marxista es señalado como
“freudomarxista”, o bien con su derivado bastardo, “psicobolche”.
Pero
nadie se reconoció como participante de una corriente “freudomarxista”. Aún
más, nunca existió en el mundo una “corriente”, “escuela” o “línea de
pensamiento” que se identificara como “freudomarxista”. Mucho menos de
“psicobolche”, expresión acuñada en la Argentina desde la década del ‘70.
Mi
hipótesis sigue siendo que el “freudomarxismo” nunca existió. El nombre
“freudomarxista” fue el que el poder utilizó para desautorizar a los
psicoanalistas que a su vez eran marxistas
Siempre
fueron y son nominaciones que provinieron de otros.
¿Qué es
un “freudomarxista” para el imaginario general? Es quien hace un
entrecruzamiento de poca consistencia teórica y clínica entre marxismo y
psicoanálisis. En ese pastiche supuestamente se psicoanaliza mal la política y
se politiza peor a los pacientes. Un “freudomarxista” es alguien impresentable
para el campo científico e intelectual.
Esta
concepción sobre el “freudomarxismo” es hegemónica. Aparece así en varios
libros y hasta en diccionarios de nuestro campo. Desde el de Elisabeth
Roudinesco y Michel Plon hasta libros enteros donde se asume que solamente se
emplea esta denominación por “motivos prácticos”, ya que no hay ninguna
homogeneidad entre los autores mencionados para denominarlos como
“freudomarxistas”, aunque se sigue empleando el nombre.
Si los
primeros autores psicoanalistas y marxistas se autodenominaron izquierda
freudiana, ¿Qué sucedió para que se haya impuesto la descalificación
que aún hoy circula?
Mi
hipótesis sigue siendo que el “freudomarxismo” nunca existió. El
nombre “freudomarxista” fue el que el poder utilizó para desautorizar a los
psicoanalistas que a su vez eran marxistas.
Este
poder, en el campo del psicoanálisis, tiene un nombre y apellido: la Asociación
Psicoanalítica Internacional (IPA). La IPA, a lo largo de su historia, siempre
intentó desacreditar todas las desviaciones bajo la consigna de que “eso no es
psicoanálisis”. Es cierto, no era el psicoanálisis de ellos, que
pretendieron tener el monopolio del mismo. Por eso la izquierda
freudiana fue perseguida por el establishment psicoanalítico, que
en su estrategia nominante se propuso desacreditar al conjunto de psicoanalistas
comprometidos con los cambios sociales. Se los conjugó en este supuesto
movimiento que nunca fue tal con dicho nombre. Sólo hubo un movimiento: izquierda
freudiana. Desde ese momento y hasta hoy hubo distintos psicoanalistas
que intentaron encontrar algunos puntos de contacto entre el psicoanálisis y el
marxismo, sin la pretensión de totalidad y síntesis utópica que expresa
“freudomarxismo”. Es por eso que “se llegará a esta imagen nada unitaria ni
coherente de esta problemática entidad que ha recibido el
nombre de freudo-marxismo.”
Pero el
poder no sólo era el establishment psicoanalítico de la IPA.
También encontramos el poder del stalinismo, que intentó desacreditar a todos
los psicoanalistas marxistas en todos los lugares del mundo. Es
desde esta perspectiva que el propio Georges Politzer escribió
en 1933 un texto llamado “Psicoanálisis y Marxismo. Un falso
contrarrevolucionario: el ‘Freudomarxismo’.” Este texto es una de las primeras
menciones del nombre “freudomarxista” en la historia. Es interesante señalar el
acto fallido que encierra el título, ya que pertenece al período stalinista de
Politzer. La doble negación anula su deseo conciente de acusarlo de
contrarrevolucionario. En todo caso debiera haber escrito un “falso
revolucionario”. O bien un “contrarrevolucionario” a secas. Pero si el
“freudomarxismo” es un “falso contrarrevolucionario”, sería finalmente
“revolucionario”.
Estas
descalificaciones continúan a derecha y a izquierda del campo intelectual. Sólo
algunos ejemplos:
En Trotsky
y el psicoanálisis, Jacquy Chemouni intenta demostrar que
Trotsky tenía un conocimiento superficial sobre el psicoanálisis al cual
denomina con un neologismo: freudomarxismo pavloviano”. Término que jamás
Trotsky utilizó, al igual que el “freudomarxismo”. Chemouni considera que todo
marxismo es totalitario, porque “vehiculizaba una suerte de prohibición
de pensar” y que “los historiadores pusieron claramente en evidencia
la represión del pensamiento y de la libertad que aparece desde los comienzos
de la Revolución de octubre de 1917” -o sea Lenin, Trotsky y Stalin serían lo
mismo para estos “historiadores”. Y que “la complementariedad entre marxismo
bolchevique y psicoanálisis, por su naturaleza misma, estaba condenada al
fracaso”. Para que no queden dudas sobre lo monstruoso del “freudomarxismo”,
termina el libro con la acusación de que las actitudes de Trotsky como padre
contribuyeron al suicidio de su hija Zina.
Las
descalificaciones sobre los intentos de articular marxismo y psicoanálisis
parecen no necesitar demostración. En breves líneas se pretende arrojar al
olvido a toda una serie de autores.
Pero
vayamos a un listado incompleto de autores que jamás pueden ser considerados
como dentro de un solo movimiento, por sus diferencias.
Esta
serie incluye más diversidad que homogeneidad. La izquierda freudiana: Wilhelm
Reich, Otto Fenichel, Sigfried Bernfeld, Vera Schmidt. Luego Erich Fromm y
Herbert Marcuse. Y en nuestro país podemos tomar una línea que va de Enrique
Pichon Rivière, José Bleger, Marie Langer y creo que termina con León
Rozitchner y Enrique Carpintero, sentados aquí en esta mesa.
Para mí
es imposible pensar en la problemática del sometimiento sin estos autores. ¿Por
qué?
Porque el
sometimiento no es voluntario ni conciente, sino que el poder utiliza
estrategias inconcientes para hacerlo y aquí es insoslayable considerar los
cruces del marxismo y el psicoanálisis para entenderlo y transformarlo.
La
derecha para someter no tiene dudas de utilizar todo lo que venga a su mano. Lo
ha hecho en EEUU con el psicoanálisis y los medios de comunicación. Lo sigue
haciendo con la publicidad para poder manejar nuestros deseos, nuestro sadismo,
nuestra voracidad para sus propios objetivos. No tiene ningún problema en
utilizar teorías y dispositivos para avanzar en como someternos.
Una vez
salteada la descalificación y con la convicción que es necesario el intento
tenemos varios puntos.
2- El
problema teórico. Los marxismos y los psicoanálisis.
Tenemos
que tomar en cuenta que marxismos y psicoanálisis son plurales, con lo cual sus
intersecciones son aún más plurales. Si por un minuto me siguen en este
razonamiento, debemos ver que los posibles cruces pueden ser varios teniendo en
cuenta estos posibles puntos de contactos que además modifican las propias
teorizaciones.
No
podemos hacer como hacía Bleger, que consideraba que tenía la verdad acerca de
lo que era el psicoanálisis y el marxismo y afirmar en “Psicoanálisis y
marxismo” que “las relaciones que se pueden establecer entre psicoanálisis y
marxismo son múltiples, y que la falta de discriminación conduce con gran
frecuencia a superposiciones y confusiones lamentables”. Él consideraba al
marxismo como una concepción del mundo y que era un error de
elevar el psicoanálisis (considerado por él como una teoría científica) a ese
nivel podía llevar a una integración o injerto entre marxismo y psicoanálisis,
y que “para todos estos casos se debe reservar el nombre de intentos o
desviaciones ‘freudomarxistas’; denominación que se emplea con frecuencia muy
displicentemente para ahorrarse el trabajo de profundización.” Estas eran las
versiones blegerianas del marxismo y del psicoanálisis. No podemos categorizar
que el psicoanálisis es una teoría científica (con todo el proyecto
cientificista de Bleger de la unidad de la psicología) y al marxismo una
concepción del mundo.
Dentro de
esta pluralidad, tenemos que avanzar.
¿Y
cómo? Más que hacer una “ensalada rusa” creo que es importante ver
núcleos de problemáticas que nos lleven luego a reformulaciones en el interior
de la teoría.
Esta
serie de problemáticas tendrán sus consecuencias para el marxismo y para el
psicoanálisis. Estas exceden, como verán, la clase de hoy, pero vale dejarlas
mencionadas.
Consecuencias
para el interior del marxismo y para el interior del psicoanálisis, si dichos
espacios se pudieran considerar compartimentos estancos.
a-El
sometimiento subjetivo. Cómo el poder construye desde adentro.
Temática trabajada primero por León Rozitchner y continuada por Enrique
Carpintero. Esto ya está esbozado en Wilhelm Reich. ¿Por qué el
sometimiento? Lo que es necesario explicar –sostiene allí Reich-
no es que el hambriento robe o que el explotado se declare en huelga, sino por
qué la mayoría de los hambrientos no roban y por qué la mayoría de los
explotados no van a la huelga- Psicología de masas del fascismo.
¿De qué
se vale el capitalismo para poder someternos? De nuestras propias pulsiones.
Desde niños. Las publicidades infantiles ya organizan a los futuros
consumidores que piden a sus padres más y más. Se libidiniza la voracidad hacia
los objetos. Seguramente Enrique y León profundizarán sobre esta problemática.
b-El peso
de la pulsión de muerte. Una cierta visión marxista del hombre sigue
vigente. De forma simplificada se sostiene que el sujeto es bueno y el
capitalismo lo vuelve malo. Esto atravesó a muchos autores que intentaron
cruces entre marxismo y psicoanálisis. Para Reich, el capitalismo no dejaba la
liberación sexual. Y así en adelante con Fromm o Marcuse. Creo que la inclusión
de la pulsión de muerte con todas sus consecuencias nos permite tomar
consecuencias para la política, considerando la destructividad de lo mortífero
y como luchar.
c-Hay
consecuencias hacia el interior del psicoanálisis. Solamente
enumeraré algunas porque no es el problema de este seminario. A-La
imposibilidad de la neutralidad del psicoanalista, la formulación de Nuevos
dispositivos Psicoanalíticos. Aquí me detengo, porque la mayoría de
los autores que entrecruzaron marxismo y psicoanálisis, al contrario de lo que
quizá muchos suponen escribieron sobre la práctica clínica. Reich sobre la
cuestión del carácter y la técnica. Fenichel sobre técnica psicoanalítica.
Fromm tiene algunos escritos sobre técnica (y atendió pacientes hasta su
muerte).
IV-
Consecuencias políticas. Cómo construir una política de transformación
política, luchando contra el sometimiento, teniendo en cuenta todo esto.
Podemos
pensar en retomar cuestiones de Reich, la izquierda era superyoica y no
apuntaba a los deseos, mientras que los nazis apuntaban a los deseos. (Psicología
de las masas y el fascismo). Podría continuar con todo lo trabajado en
grupos por Enrique Pichon Rivière (¿por qué me parece que mucho de lo grupal se
lo ha apropiado la derecha?). O bien retomar cuestiones que plantea León
en La izquierda sin sujeto y Enrique en La alegría de
lo necesario.
Creo que
tomar todo esto nos hará formular líneas teóricas con consecuencias políticas.
Porque de
lo que se sigue tratando no es sólo de interpretar el mundo, sino en
transformarlo.
*León
Rozitchner. Dr. en filosofía. Recién llegado de doctorarse en Francia participa de
la mítica revista “Contorno” en 1955. Desde esa época no ha dejado de
protagonizar confrontaciones fundamentales en los últimos 50 años de nuestra
historia. Es autor de una extensa obra. Entre otros libros publicó: Moral
burguesa y revolución (1963), Ser judío (1963), Freud y los límites del
individualismo burgués (1972), Perón: entre la sangre y el tiempo. Lo
inconsciente y la política. Dos tomos (1985), Las Malvinas: de la guerra
“sucia” a la guerra “limpia” (1985), Freud y el problema del poder (1987), La
cosa y la cruz. Cristianismo y capitalismo (En torno a las Confesiones de San
Agustín) (1997)
*Enrique
Carpintero. Psicoanalista. Dr. en Psicología. Director de la
revista Topia, publicación de psicoanálisis, sociedad y cultura.
Autor de varios libros, entre ellos: Registros de lo negativo. El
cuerpo como lugar del inconsciente, el paciente límite y los nuevos
dispositivos psicoanalíticos (1999), La alegría de lo necesario. Las pasiones y
el poder en Spinoza y Freud (2ª edición en 2007). Compilador de Produciendo
realidad. Las empresas comunitarias (2002). Coautor de Las
huellas de la memoria. Psicoanálisis y Salud Mental en la Argentina de los 60 y
70. Tomo I: 1957-1969 (2004). Tomo II: 1970-1983 (2005).
*Alejandro
Vainer. Lic. en Psicología (UBA). Psicoanalista. Ex-jefe de Residentes del
Hospital José T. Borda. Docente y supervisor de residentes de Salud Mental.
Coordinador General de la revista Topía, publicación de
Psicoanálisis, Sociedad y Cultura. Autor de la Sección “Memorias para el
Futuro” en Clepios, una revista de residentes de Salud
Mental (también en www.topia.com.ar). Autor
de numerosos trabajos sobre la especialidad. Coautor de Las huellas de
la memoria. Psicoanálisis y Salud Mental en la Argentina de los 60 y 70. Tomo
I: 1957-1969 (2004). Tomo II: 1970-1983 (2005).

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