© Libro N° 13076. El Legado Antiimperialista
De Lenin. Katz, Claudio. Emancipación. Octubre 19 de
2024
Título original: ©
El Legado Antiimperialista De Lenin. Claudio
Katz
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Antiimperialista De Lenin. Claudio Katz
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
EL LEGADO ANTIIMPERIALISTA
DE LENIN
Claudio Katz
El Legado
Antiimperialista De Lenin
Claudio
Katz
Lenin
propició la convergencia de las luchas nacionales y sociales para unificar la
acción de los asalariados con los oprimidos
El
agravamiento de la opresión nacional fue un rasgo destacado por Lenin en su
teoría del imperialismo.
Claudio Katz1
Estimó
que esa sumisión era un efecto de la disputa que libraban las grandes potencias
por el dominio del mercado mundial. Para acaparar el botín de la periferia
recortaban la soberanía de los países dependientes o impedían el logro de esa
meta.
El líder
bolchevique expuso ese diagnóstico en un libro que inspiró numerosos estudios
(Lenin, 2006). La dimensión económica y geopolítica de ese escrito fue
detalladamente estudiada, pero su análisis de la problemática nacional quedó
relegado. Ese ámbito involucraba un terreno decisivo de la estrategia concebida
por Lenin para erradicar el capitalismo.
Para el
fundador de la URSS la resistencia al despojo imperial de la periferia podía
apuntalar la lucha por el socialismo, si convergía con la dinámica
revolucionaria del proletariado. Por eso promovía el empalme de los oprimidos
de las regiones dependientes con los explotados del centro. Auspiciaba
estrategias para que los asalariados -agrupados en su época en organizaciones
socialistas- coincidieran en una misma acción, con los sujetos embarcados en
defender (o construir) los Estados nacionales de la periferia.
Lenin
deducía la lógica de ese acople de la propia naturaleza del capitalismo, que no
sólo nutre su funcionamiento de la plusvalía extraída los asalariados. La
reproducción de ese sistema multiplica diversas formas de opresión (género,
raza, edad, cultura, religión), que agravan los padecimientos de las minorías.
De esa dominación emergen identidades políticas en recurrente conflicto con el
capitalismo, que el dirigente comunista propiciaba encauzar hacia un desemboque
socialista.
A
principio del siglo XX, el avasallamiento de los derechos nacionales era más
gravitante que las sujeciones de género, raza o cultura. Por esa razón, Lenin
centró su acción política en ese plano. Describió cómo se retroalimentaba la
conciencia nacional y social de los pueblos, cuando los trabajadores forjaban
lazos de unidad con los sectores comprometidos en la lucha por la soberanía
(Day; Gaido, 2012). Propuso distintas tácticas para apuntalar esos vínculos, a
fin de superar las tensiones que obstruyen la coexistencia de distintas
lenguas, tradiciones y costumbres. Resaltó que la tarea primordial de los
socialistas era contrarrestar la enemistad entre los pueblos que fomentan los
imperios (Lenin, Ed. 1920).
AUTODETERMINACIÓN
EN EUROPA DEL ESTE
Lenin
dedujo inicialmente su tesis de convergencia de la lucha nacional y social de
lo ocurrido en Europa Oriental. La desintegración de tres grandes imperios
(austro-húngaro, ruso y otomano) inducía a muchos pueblos de esa región a
exigir el reconocimiento de sus mancillados derechos nacionales. Anhelaban
forjar sus propios Estados y esperaban lograr la aceptación internacional de
esos organismos.
Lenin
propuso convalidar esa demanda y avaló el derecho de secesión de todas las
naciones que reclamaban esa independencia. Identificó esa petición con un
legítimo deseo de autodeterminación de los conglomerados nacionales. Remarcó la
validez de esa pretensión para los pueblos oprimidos y distinguió ese anhelo
del nacionalismo imperante en las potencias dominantes. Con esa mirada resaltó
el significado contrapuesto del concepto de ¨Patria¨ en las dos situaciones.
Contrastó la connotación emancipatoria del primer caso con el propósito opresor
del segundo. Situó la dinámica progresista de la resistencia antiimperialista,
en las antípodas del curso reaccionario de sus contrincantes.
Pero
Lenin adoptó esa postura de apoyo a las naciones oprimidas con muchas
prevenciones. Situó ese sostén en una perspectiva socialista, impugnando el
apoyo a esas causas con otros propósitos. Advirtió que la lucha por gestar
nuevos Estados nacionales -manteniendo o reforzando el escenario capitalista-
entrañaba crecientes frustraciones para los desposeídos. Señaló que la
conquista de la soberanía sin erradicar al capitalismo, perpetuaba un sistema
de explotación adverso para las mayorías populares.
Lenin
conceptualizó la autodeterminación como un derecho condicional y no absoluto.
Asignó relevancia a esa meta cuando apuntalaba la unidad de la clase obrera con
los pueblos oprimidos. Pero resaltó la inconveniencia de esa demanda cuando
obstruía esa convergencia. Ese obstáculo era especialmente motorizado por las
grandes potencias, para generar enfrentamientos entre pueblos con demandas
nacionales exacerbadas o artificiales.
En esos
casos, en lugar de facilitar la convergencia de luchas contra el enemigo
imperialista, el reclamo en juego reforzaba el poder imperial y la fractura del
campo popular. Por estas razones, Lenin señaló que la defensa genérica del
principio de autodeterminación, no equivalía a su aprobación indistinta.
Cada circunstancia exigía una evaluación política concreta.
El líder
bolchevique remarcó que la aceptación del derecho a la separación nacional no
implicaba apoyar cualquier cisma. Recordó que la concreción del ideal
socialista no transitaba por la multiplicación de Estados nacionales, sino por
un proceso opuesto de convergencias federativas. Destacó que la fuerza del
reclamo estribaba en su incentivo a la lucha y no en la meta de incrementar el
número de Estados existentes. Por eso observó que en pocos casos los
socialistas debían apoyar la separación.
Ese
rechazo a las escisiones era más contundente en la propia esfera de la clase
trabajadora. Lo que Lenin aceptaba para el ámbito general de las naciones
oprimidas, lo objetaba en forma categórica para el propio campo de la clase
obrera. En ese terreno no avalaba la segmentación por parentescos idiomáticos o
culturales. Polemizó con la intención de una influyente corriente judía de
conformar organizaciones autónomas, dentro de la propia estructura socialista
(Bund). Lenin señaló, que en ese campo correspondía apuntalar los principios
cohesionadores del internacionalismo proletario.
. Toda la
política del dirigente comunista se sostenía en dos pilares: un diagnóstico de
proximidad de la revolución y una expectativa de construcción acelerada del
socialismo. El primer cimiento lo inducía a debatir en forma enfática con todos
sus compañeros, que observaban con desconfianza (o rechazo) a los movimientos
nacionales. Destacaba que, en el torbellino revolucionario esas organizaciones
operaban como aliados, en una batalla común contra las grandes potencias. Por
el segundo basamento, objetaba cualquier introducción de modalidades
separatistas dentro de la clase trabajadora. Entendía que afectaban el proyecto
de una sociedad igualitaria centrada en la superación de las disparidades
nacionales.
Cuando
estalló la Primera Guerra Mundial, Lenin redobló su apuesta revolucionaria,
avizorando la perspectiva inmediata del socialismo. Por eso reforzó su sostén
de las demandas nacionales, con pocas prevenciones frente a la eventual
utilización imperialista de esas exigencias. Conectó el derecho a la
autodeterminación nacional con el derrotismo revolucionario y alentó en Europa,
una batalla unificada contra guerra de los pueblos contra todas las potencias.
En esa
confrontación apostó a un devenir anticapitalista, acelerado por la
convergencia de las luchas nacionales y sociales.
EL GIRO A
ORIENTE
El
continente asiático fue el segundo campo de aplicación de la estrategia
leninista. Esa localización fue coherente con la potencialidad revolucionaria,
que el líder bolchevique siempre asignó a esa región. En 1908 ponderó la
intensa lucha en Turquía, India e Irán (Persia) y en 1912 resaltó la revuelta
democrática de China (Rodríguez, 1970). En 1913 evaluó que la revolución
avanzaba en Asia a un ritmo más acelerado que en Europa y cuando estalló la
guerra, destacó el efecto estimulante de la conflagración sobre las
sublevaciones en Oriente. Desde ese momento sustituyó su tradicional atención
de la problemática nacional al interior del imperio ruso, otomano o
austrohúngaro por la dinámica de esa temática en Asia.
Este
cambio se verificó en los cuatro Congresos de la III Internacional que
sucedieron a la victoria bolchevique. En el primer evento (1919) se mantuvo la
vieja sugerencia de un proceso de liberación de las colonias en Oriente, como
simple consecuencia del éxito socialista en Europa. Luego de la victoria en
Rusia se apostaba a una sucesión de triunfos en Occidente encabezados por el
proletariado alemán. Pero en el Segundo Congreso (1920), la batalla contra el
capitalismo fue significativamente extendida al continente asiático. Allí
emergió la tesis de un proceso combinado de iniciativas de la clase obrera en
el Viejo Continente, con arremetidas de los pueblos de Oriente.
El
diagnóstico de un próximo fin del capitalismo se mantuvo invariable, pero esa
erradicación comenzó a vislumbrarse como un resultado mixturado de batallas
anticapitalistas en el Este y luchas antimperialistas en el Oeste. En los dos
Congresos posteriores, Lenin registró el alejamiento de la perspectiva
revolucionaria en Europa y el traslado de ese horizonte al continente asiático.
Su creciente valoración de las revueltas en las colonias sucedió a esa
constatación.
Pero no
sólo registró la mudanza de la cuestión nacional a Oriente. También formuló una
concepción más elaborada del antiimperialismo contemporáneo (Munck, 2010),
evaluando distintas modalidades de convergencia del nacionalismo con el
socialismo. Tendió a reemplazar la noción de autodeterminación nacional
utilizada en Europa Oriental por el concepto más contemporáneo de liberación
nacional (Ortega, 2017). Elaboró, además, nuevas ideas en los debates de la
Internacional, mediante frutíferos intercambios con el dirigente comunista M.N.
Roy de la India.
Una
reflexión inicial giró en torno a la intensidad y el alcance de los movimientos
revolucionarios en Oriente. Lenin respondió con cautela al diagnóstico de Roy,
que asignaba a esa irrupción una proyección sustitutiva del protagonismo
europeo, en la batalla por el socialismo.
Para el
líder bolchevique, la nueva relevancia del antiimperialismo asiático completaba
la continuada centralidad del proletariado europeo. Pero coincidía con su
interlocutor, en destacar que la potencialidad revolucionaria de Oriente había
sido minusvalorada por la socialdemocracia. La vieja idea que Europa exportaría
hacia la periferia el éxito del socialismo quedó desechada.
El sujeto
social de la revolución fue el segundo tema de evaluación conjunta. Roy destacó
la gravitación de los sectores medios y el significativo protagonismo de los
campesinos, desafiando el fuerte precepto de invariable liderazgo proletario.
Lenin prefirió insistir en la retroalimentación conjunta de ambos sectores,
señalando que una variedad de sectores oprimidos tendía a ocupar un lugar
preeminente, en las regiones con reducido desarrollo de la clase obrera.
Esa
atención fue a su vez coherente, con los primeros señalamientos del rol de
otros segmentos oprimidos en los países centrales. La sujeción racial padecida
por los afroamericanos en Estados Unidos fue especialmente considerada, en los
debates que buscaban clarificar las dinámicas revolucionarias que
complementaban la acción de la clase obrera (Anderson K, 2010).
TIPOS DE
NACIONALISMOS
Bajo la
directa inspiración de Lenin, los primeros Congresos de la III Internacional
establecieron una estratégica diferenciación entre distintos tipos de
nacionalismos (VVAA,
1973).
Destacaron, ante todo, el abismo que separa a los embanderados con esa causa en
las potencias centrales y en los países periféricos. Contrastaron el
nacionalismo de opresión prevaleciente en el primer grupo con el nacionalismo
de resistencia predominante en el segundo. Ese contrapunto quedó ratificado
como punto de partida para cualquier evaluación del antiimperialismo. Esa
caracterización clarificó la total oposición del sentido que asume el
patriotismo en ambos tipos de países.
Pero el
principal avance en esas deliberaciones no giró en torno a ese presupuesto,
sino a la distinción observada dentro de los movimientos de los países
dominados. El nacionalismo conservador promovido por los grupos capitalistas
locales fue contrastado con su equivalente radicalizado de los sectores
oprimidos. La tónica conciliatoria de los segmentos acomodados fue contrapuesta
con el ímpetu combativos de las organizaciones populares.
Para
precisar esa diferenciación se generalizó el uso de dos términos -nacionalismo
democrático-burgués y nacionalismo revolucionario- que ilustraban el
comportamiento disímil de esas dos vertientes. Los dos ejemplos más
representativos de ambas modalidades en esa época, eran la revolución por
arriba que lideró Kemal Atatürk en Turquía y la revolución por abajo que
motorizaron Zapata y Villa en México.
También
esos conceptos emergieron de la interlocución de Lenin con Roy, con diferencias
de matices en el significado de ambas nociones. Mientras que el dirigente de la
India omitía la colaboración de los comunistas con las corrientes
nacionalistas, el líder bolchevique sugería explorar alianzas para la batalla
contra el opresor imperial. El debate derivó en una síntesis plasmada en la
convocatoria a forjar el frente único antiimperialista, en todos los países
sometidos a la sujeción imperial.
Los
textos aprobados en esos encuentros apuntaron a incentivar convergencias con el
nacionalismo revolucionario y a promover cautelosos acuerdos con su par
democrático burgués. Destacaron que la distinción entre ambas vertientes nunca
estaba predefinida y debía clarificarse en la propia lucha. Los auspiciantes
del antiimperialismo socialista propusieron distintas guías de acción, para
concretar esa política frente a sus potenciales aliados, socios o rivales del
nacionalismo.
Lenin y
Roy convergieron en postular el apoyo a los movimientos de liberación nacional
que exhibieran un perfil efectivamente revolucionario. También resaltaron que
ese sostén no implicaba la fusión o disolución de los comunistas, que debían
consolidar su propio perfil.
El
respeto de esa autonomía fue visto como el gran test del movimiento
nacionalista. La aceptación de esa condición quedó asociada con la impronta
revolucionaria de esa formación y su rechazo con la inclinación
democrático-burguesa. Con una estrategia centrada en esa distinción se esperaba
concretar la conversión de las débiles corrientes comunistas en fuerzas
protagónicas, al cabo de ese proceso de confluencia autónoma con los aliados.
Con esa estrategia la III Internacional apostaba a construir en Oriente
formaciones marxistas del mismo porte alcanzado en Occidente.
La
prioridad asignada al antiimperialismo en la lucha por el socialismo, la
política de frentes con los movimientos nacionales y la distinción entre
vertientes conciliatorias y radicales de esos agrupamientos fueron las tres
principales innovaciones estratégicas que maduró Lenin.
Esas
conclusiones signaron posteriormente el rumbo seguido por la izquierda en Asia,
África y América Latina durante todo el siglo XX. Su aplicación derivó en
grandes éxitos y tormentosas tragedias. Lenin fue profético en la percepción de
la nueva centralidad de la periferia y ofreció una brújula por los seguidores
de su pensamiento.
VARIEDAD
DE CONFLUENCIAS
El
universo musulmán fue otro ámbito de experimentación de la estrategia de
confluencia con el nacionalismo. La III Internacional ensayó esa aproximación
desde su Primer Congreso, al organizar en 1920 el emblemático cónclave en Baku
con representantes de los pueblos asiático-musulmanes, que conformaban la sexta
parte de la población de la URSS. Lenin había registrado en el curso de la
guerra civil la importancia de respetar esas creencias y valores. El ejército
rojo logró sumarlos a sus contingentes cuando supo sintonizar con esa
sensibilidad (Ridell, 2018a).
En el
evento de Baku fueron anticipados varios lineamientos del frente
antiimperialistas. Allí se debatió la forma de construir alianzas con las
formaciones nacionalistas, para expulsar al imperialismo británico de sus
posesiones de Asia.
Esa lucha
exigía establecer nexos entre los Partidos Comunistas y los movimientos de
naciones integradas a las URSS o emparentados con sus vecinos de Irán-Persia,
Afganistán, Siria, Turquía, Egipto, Cáucaso y Azerbaiyán. Lenin resaltó esos
vínculos y buscó conectar los principios emancipadores del marxismo, con los
derechos religioso-culturales del inmenso conglomerado islámico.
En las
resoluciones de Baku, los términos de la batalla contra el imperialismo
británico fueron expuestos en un lenguaje afín a las tradiciones de ese
universo (Ridell, 2020). De la misma manera que Lenin resignificó en forma
positiva el concepto de Patria para las naciones oprimidas, el enviado del
Comintern a ese encuentro convalidó el uso de las palabras ¨guerra santa¨ para
confrontar con el colonialismo inglés. En esa exploración emergió un
laboratorio de los procesos de descolonización de la segunda mitad del siglo
XX.
GEOPOLITICA
SOCIALISTA
El
triunfo de la revolución socialista en Rusia permitió transformar la cautelosa
aprobación del derecho a la autodeterminación nacional, en una impetuosa
estrategia ofensiva de frente único antimperialista. La expectativa en una
acelerada secuencia de victorias contra el capitalismo y la esperanza en un
rápido proceso de construcción socialista fueron determinantes de ese giro. La
centralidad del primer rumbo en Europa del Este estuvo mediada por la Primera
Guerra Mundial y la gravitación del segundo en Oriente, quedó determinada por
el despertar anticolonialista en Asia.
Pero el
triunfo bolchevique introdujo también grandes modificaciones en la aplicación
del principio de soberanía nacional al interior de la naciente URSS. Lenin no
dudó en aceptar la vigencia de los criterios de autodeterminación, en el debut
de la nueva federación soviética. Convalidó que Finlandia pudiera implementar
la concreción de su objetivo independentista, a pesar de los duros efectos de
esa separación para la seguridad fronteriza de la nueva articulación
socialista.
El
dirigente comunista avaló esa costosa soberanía finlandesa con la mira puesta
en un acelerado contagio europeo del ímpetu revolucionario. Esperaba afianzar
el prestigio internacional del bolchevismo, con esa concesión a la voluntad
nacional de Finlandia. Estaba convencido que el grueso de los movimientos de
autodeterminación nacional, adoptarían un perfil favorable al socialismo a
partir de ese antecedente.
Con esa
misma convicción contemporizó con la recuperación de las identidades
culturales, en todas las naciones integradas a la nueva URSS. Ese despertar
incluyó el reconocimiento de las lenguas locales y numerosas iniciativas de
“acción afirmativa”, para superar la antigua opresión del zarismo gran ruso.
Las
naciones de Asia Central identificadas con el universo musulmán fueron
particularmente impactadas por ese torbellino. Pero el reconocimiento pleno de
la autodeterminación nacional chocó en esos territorios, con las exigencias de
autodefensa de la URSS. Lenin convalidó distintas iniciativas para garantizar
el respeto de la religión y de la autonomía cultural de esos pueblos, pero al
mismo tiempo concertó acuerdos fronterizos con las potencias lindantes.
El
principal tratado fue suscripto en 1920 con Atatürk, que estaba forjando el
nuevo Estado nacional de Turquía sobre las cenizas del imperio otomano, en un
serio conflicto con el colonialismo británico y francés. El convenio incluyó
compromisos militares y diplomáticos para salvaguardar el petróleo del Cáucaso
y la navegación en el Mar Negro. Ese acuerdo no atenuó el virulento
autoritarismo represivo del kemalismo y el consiguiente asesinato de militantes
comunistas (Claudín, 1978: 118-133). El convenio fue decisivo para salvaguardar
la victoria de la URSS, pero implicó un daño a la militancia revolucionaria en
Turquía.
La
diplomacia soviética también ensayó una tregua con Inglaterra en la región
asiática, luego de suscribir un tratado comercial que puso fin a las
hostilidades entre ambos países. Ese acuerdo fue firmado, en coincidencia con
el contrapuesto impulso al frente antiimperialista que promovía la III
Internacional. Tenía serias implicancias para los choques del ejército rojo con
el enemigo británico y también sobre dos conflictos claves de la región: la
experiencia de una república soviética en el norte de Irán y la resistencia
anticolonial en la India (Ridell, 2018b). El convenio fue propuesto cuando
Inglaterra intentaba manejar la continuidad de su debilitado imperio,
mixturando la represión con ciertas concesiones a la soberanía formal de Irak y
Egipto (Machover, 2016).
En sus
últimos años, Lenin debió confrontar con la disyuntiva que posteriormente
afrontaron otros procesos revolucionarios. Tuvo que ensayar caminos para
articular la expansión del internacional del socialismo, con una variedad de
compromisos con el enemigo. Esa mixtura supuso el desarrollo de una geopolítica
socialista, que combinó la preservación fronteriza con el avance del horizonte
anticapitalista a escala global.
Lenin no
llegó a esbozar una estrategia para lidiar con ese dilema. Pero luego del
acuerdo de Brest-Litvosk con las potencias centrales -para sustraer a Rusia de
la Primera Guerra Mundial- dejó establecidas las pautas de una combinación de
la batalla antiimperialista con la defensa del debut socialista en su país.
Esa
mixtura implicó ciertos cambios en la efectivización del principio de la
autodeterminación nacional. La entusiasta aceptación inicial de ese criterio
con Finlandia perdió peso y la expectativa que las separaciones nacionales
dentro de la URSS no tendrían consecuencias fue revisado. El supuesto que las
mismas naciones volverían a reencontrarse rápidamente en otras federaciones
socialistas fue reconsiderado.
Ese
replanteo se acentuó, cuando la dinámica revolucionaria en Europa comenzó a
refluir y el derecho de las nacionalidades no rusas a decidir su futuro se
transformó en un estandarte contrarrevolucionario. Como el propio Lenin había
subrayado, el carácter condicional de esa autodeterminación fue replanteado en
el escenario que sucedió al fin de la guerra civil.
En esa
coyuntura la soberanía ucraniana no fue aceptada, luego de una conflictiva
secuencia de peticiones, donde las fuerzas rojas y blancas levantaron el mismo
estandarte de los derechos nacionales. Tampoco la separación de Georgia fue
convalidada y en 1921 las tropas de Moscú ingresaron en esa región para
garantizar su permanencia en el conglomerado soviético.
A partir
de esas experiencias, el ¨derecho a la separación¨ perdió primacía frente al
“derecho a la unión”, a veces en forma amigable y en otros casos impuesto con
procedimientos compulsivos. Se ha citado con gran frecuencia la oposición de
Lenin al resurgimiento del opresivo nacionalismo gran ruso que observó en
Stalin. Hay muchas pruebas de ese descontento y de sus advertencias a las
purgas que consumó su sucesor, avasallando los derechos nacionales con el uso
del terror (Pastor, 2024).
Pero esa
denuncia de la pesadilla stalinista, no elimina el conflicto que supone
compatibilizar un proyecto internacional de expansión revolucionaria, con la
defensa del propio territorio mediante negociaciones con el enemigo. Es un
error soslayar el análisis de esa legitima geopolítica socialista que esbozó
Lenin, con la simple critica a las brutalidades de Stalin. Con ese
procedimiento se rehúye evaluar los dilemas reales que han afrontado todos los
procesos socialistas.
Esa
reconsideración permite un análisis más realista de la aplicación del principio
de autodeterminación nacional. Su validez no depende tan sólo de la legitimidad
histórica de una demanda, sino también de quién la instrumenta en cada
circunstancia. Esa petición se torna negativa, cuando es motorizada por
sectores reaccionarios para socavar un proyecto revolucionario (como fue la
URSS) o para agredir a los regímenes progresistas de la actualidad.
La propia
mirada de Lenin sobre las aspiraciones nacionales atravesó distintos momentos y
estuvo sujeta a significativos cambios de escenario. Esas modificaciones
incluyeron considerar con más detenimiento el papel que cumple esa demanda en
situaciones contrapuestas. Puede apuntalar o socavar la continuidad de un
gobierno anticapitalista o antiimperialista. Lo que Lenin insinuó para la URSS
tuvo una enorme vigencia en la centuria que sucedió a su fallecimiento.
PADRINAZGO
SOCIALDEMÓCRATA
La
batalla antiimperialista de Lenin se desenvolvió durante mucho tiempo dentro de
la II Internacional. Ahí confrontó con los sectores que criticaban las luchas
populares en la periferia. Las vertientes más conservadoras de ese espectro
(Bernstein, Van Kol, David) rechazaban esos levantamientos, observándolos como
reacciones primitivas y adversas a la civilización.
El líder
bolchevique elaboró su estrategia socialista para las regiones dependientes en
frontal rechazo a esas posturas. Objetó el eurocentrismo, denunció las
tropelías imperiales y se opuso a la distinción entre modalidades regresivas y
benévolas de la dominación colonial, que la derecha socialdemócrata realzaba
para justificar su aval al colonialismo.
Lenin
compartió esa conducta con varios integrantes de la izquierda (Mehring,
Luxemburg), que subrayaban la importancia de la acción solidaria con los
pueblos despojados. Esas iniciativas sumaban fuerzas a la lucha común contra el
enemigo imperial y facilitaban la maduración de la conciencia socialista entre
los trabajadores metropolitanos. Esa movilización conjunta apuntalaba los
intereses de todos los oprimidos sin distinción de nacionalidades.
La
polémica con las vertientes pro colonialistas de la II Internacional incluyó
también críticas al embellecimiento socialdemócrata del libre-comercio. Más
categóricos fueron los cuestionamientos a la idealización de un modelo
modernizador de Occidente, que ocultaba el virulento despotismo de los
administradores coloniales (Losurdo, 2010).
En estos
debates, Lenin comenzó a enjuiciar el viejo postulado socialista que concebía
la liberación de las colonias, como un corolario de la erradicación del
capitalismo en las metrópolis. Destacó la creciente gravitación de la lucha
populares en la periferia y señaló que el devenir socialista emergería de
éxitos revolucionarios en ambos polos.
Cuando
estalló la Primera Guerra Mundial, el líder bolchevique subrayó la enorme
incidencia de la lucha antiimperialista, en la derrota de los gobiernos
comprometidos con la masacre bélica. Destacó que los movimientos de liberación
nacional socavaban la supremacía de todas las potencias involucradas en el
conflicto. Realzó esa connotación positiva del nacionalismo antiimperialista,
en su confrontación con el regresivo nacionalismo de los centros. Con esa
mirada ponderó -en 1916-1917- los levantamientos en Irlanda, China, Irán,
Turquía y la India y profundizó su elaboración del antiimperialismo socialista.
INTERNACIONALISMO
ABSTRACTO
Lenin
buscaba superar la simplificada acepción del internacionalismo que prevaleció
hasta principio del siglo XX. Esa visión contraponía el interés común de los
trabajadores (¨proletarios del mundo uníos¨) con todas las variedades del
nacionalismo. Remarcaba el carácter avanzado del primer planteo, frente a la
estrechez del segundo y reivindicaba a los asalariados emancipados del
patriotismo, frente a la perdurable rivalidad de cada burguesía con sus
competidores de otros territorios.
Lenin
objetó ese reductivo contrapunto entre el internacionalismo y el nacionalismo,
que impedía distinguir las fuerzas políticas progresivas y regresivas en
confrontación en cada escenario. Señaló que ese reconocimiento era
indispensable para apuntalar la intervención socialista.
El
forjador de la URSS cuestionó las formulaciones internacionalistas genéricas
(“abajo las fronteras”) de las vertientes más radicales del antinacionalismo
(Piatakov, Pannekoek, Strasser). Esas posturas descalificaban cualquier óptica
nacional subrayando la invariable superioridad del análisis de clase (Galissot,
1987). Lenin planteó que esas posturas impedían la intervención política de los
socialistas, deteriorando las chances de la izquierda para forjar frentes
impulsores del proceso revolucionario. (Kohan, 2011: 309-313).
La
principal discusión en este campo, opuso al líder bolchevique con su principal
aliada contra el conservadurismo socialdemócrata. La coincidencia de Lenin con
Luxemburg en esa batalla contrastó con las disidencias que los separaban en la
cuestión nacional. La pensadora polaca rechazaba todas las variedades de
separatismo nacional, argumentando que introducían divisiones en la clase
obrera y fracturaban la unidad del sujeto protagónico de la transformación
socialista. Señalaba que aceptar las demandas nacionales implicaba convalidar
fracturas del proletariado, amoldadas al diseño fronterizo y a la consiguiente
gestión estatal de las clases dominante (Luxemburg, 1977).
Lenin
coincidía en contrarrestar las divisiones por nacionalidad de los trabajadores,
con una política internacionalista de organización inclusiva en los partidos,
que omitiera la diversidad de orígenes. Pero también señaló que la aceptación
de las demandas nacionales era indispensable para establecer alianzas con otros
sectores oprimidos. Subrayó que la convalidación de esa petición era decisiva
para empalmar las luchas nacionales y sociales, en una convergencia de los
oprimidos con los explotados.
El líder
bolchevique destacó el caso de la secesión noruega de Suecia (1905) -objetada
Luxemburg- para ejemplificar, como la fraternidad obrera entre ambos países
había facilitado una resolución pacífica del anhelo de independencia (Lenin,
1974a). Remarcó también la convivencia en Suiza, como un ejemplo de respeto
entre comunidades, práctica del plurilingüismo y compatibilidad de acciones
comunes de la clase obrera.
El
principal argumento que contrapuso Luxemburg, giraba en torno a la
imposibilidad práctica de las separaciones nacionales en un estadio avanzado
del capitalismo. Ejemplificaba esa inviabilidad con el caso de Polonia,
afirmando que la burguesía de ese país estaba económicamente integrada a Rusia
y que la ruptura de ese entrelazamiento no entrañaba beneficios de ningún tipo.
Rosa
estimaba que el Estado nacional ya no era indispensable para el desarrollo
burgués que adoptaba formas supranacionales, dejando atrás las anacrónicas
modalidades del capitalismo nacional. Por eso entendía que demandar el derecho
a la autodeterminación era un desliz metafísico, propio de la intelectualidad
pequeñoburguesa. Muchos teóricos socialistas compartían esa crítica a las ¨
micro nacionalidades¨ resaltando su inviabilidad práctica (Radek, Bujarin,
Görter), mientras que otros dirigentes mantenían cierta ambigüedad frente al
tema (Trotsky).
Lenin se
distanció de esa senda postulando la inconsistencia de presagiar lo que
resultaba posible o imposible en ese plano. Aceptó que la nueva dimensión
económica de los procesos de acumulación afectaba la multiplicación de los
Estados nacionales. Pero también destacó que esa limitación no definía cuán
factible era la concreción de la soberanía en esas formaciones. Remarcó que sus
oponentes confundían ambas dimensiones, sin notar qué el avance de un proceso
revolucionario, exige alcanzar conquistas que abran escenarios de
radicalización ulterior. Subrayó la importancia de desenvolver dinámicas de
emancipación social a partir de las conquistas nacionales.
El
dirigente bolchevique recordó también, que ninguna nación tiene derecho a
oprimir a otra y que ese principio de igualdad debía guiar la política
socialista. Resaltó que al segmento más consciente de los trabajadores puede
resultarle indiferente la nacionalidad de su explotador, pero que ese
desinterés no es extiende a todo el proletariado y menos aún al resto de los
oprimidos. Observó que el desconocimiento de esa sensibilidad refuerza el
comando burgués de los movimientos nacionales. Evaluó escenarios específicos,
definió tácticas con el barómetro general de la lucha contra la opresión y
convocó a evitar los razonamientos que reducen la política a un mero reflejo de
tendencias económicas (Lenin, 1974b).
Lenin
atribuyó los errores de Luxemburg a su unilateral involucramiento en batallas
políticas locales contra el nacionalismo polaco. Estimó que esa confrontación
le impedía notar cuán desacertada era una postura que colocaba a los
socialistas en bandos afines al opresor imperial ruso. Observó que ese
posicionamiento era el más negativo de todos los posibles (López, 2010).
El
dirigente bolchevique polemizó con su interlocutora subrayando la contradicción
de promover la lucha antiimperialista en la periferia y negarla en la cercanía
europea. Destacó el contrasentido de apuntalar la independencia de dos colonias
británicas (India y Egipto) y objetar el mismo anhelo para dos naciones
agobiadas por la opresión del zarismo (Ucrania, Finlandia). Para superar esa
inconsistencia convocó a razonar con un criterio político uniforme de batalla
contra la opresión.
AUTONOMÍA
CULTURAL
Lenin
desenvolvió una tercera polémica con la vertiente austro-marxista, que encaró
el problema nacional en el peculiar escenario de un imperio austro-húngaro,
integrado por numerosas naciones, lenguas y culturas (italianos, eslavos,
rumanos, polacos, rutenos, etc). Los principales teóricos socialistas de esa
región reconocían la legitimidad de las demandas de esas formaciones y
rechazaban la objeción de Luxemburg a esos anhelos.
Pero a
diferencia del líder bolchevique, los austro-marxistas no convalidaban el
simple derecho a la autodeterminación. Propiciaban favorecer la integración de
esa diversidad de pueblos en una federación, para preservar en forma voluntaria
los enlaces que el decadente imperio mantenía por la fuerza. Bauer proponía una
organización multinacional contrapuesta a la separación en conglomerados
nacionales diferenciados (Bauer, 1986: tercera y cuarta parte).
Este
planteo apuntalaba la autonomía cultural en el marco del viejo imperio, negando
la autodeterminación efectiva que convalidaba Lenin. Era un planteo muy
emparentado con la singular articulación de naciones que imperaba en ese
territorio. La idea de preservar esos enlaces nunca prosperó, porque la
eventual federación se diluyó con la misma celeridad que colapsó toda
configuración austro-húngara, en el escenario bélico de principios del siglo
XX.
Lenin
consideraba que la propuesta de autonomía cultural soslayaba la disyuntiva real
de aprobar o rechazar las demandas de autodeterminación. Con esa abstención no
se definía la progresividad o regresividad de los proyectos en juego y los
socialistas quedaban a la defensiva frente a sus activos rivales del
nacionalismo.
El líder
bolchevique entendía que, para disputar la conducción de esos movimientos la
izquierda debía asumir una decidida actitud de sostén de la soberanía. La
autonomía cultural no resolvía los problemas en debate y aportaba una
insuficiente guía para aportar soluciones a los dilemas en juego. Soslayaba de
hecho la distinción entre el legítimo nacionalismo de los oprimidos y el
asfixiante nacionalismo de sus opresores.
Lenin
resaltó una y otra vez, que la validez del primero y la ilegitimidad del
segundo no derivaba de los fundamentos étnicos, idiomáticos o culturales
expuestos por ambas partes. Situó esa diferenciación en la función política de
dominación o emancipación, que encarnaban ambas vertientes en los escenarios
políticos de su época. Por eso realzó la importancia de esclarecer los
intereses en disputa, clarificando las fuerzas sociales subyacentes en esas
confrontaciones.
Señaló
que la mera enunciación de pertenencias patrióticas no permitía definir cuáles
eran los campos que apuntalaban dinámicas liberadoras o padecimientos
capitalistas.
El
fundador de la URSS asignó una relevancia primordial a la conexión de las
batallas nacionales con los procesos socialistas, en las áreas de mayor
fragilidad del sistema. Observó que esa endeblez se verificaba en eslabones
débiles que afrontaba el capitalismo en la periferia. Al confirmar este
diagnóstico en la vitalidad de la lucha popular en las colonias, también
resaltó la gravitación de distintos sujetos oprimidos en los procesos
revolucionarios.
Lenin no
abandonó el principio del liderazgo proletario, pero asignó creciente
incidencia a los segmentos populares que encabezaban las revueltas en el mundo
colonial. Su flexibilidad política quedó corroborada en este plano (Katz,
2024). Fue el primer teórico marxista en anticipar la enorme centralidad que
tendrían los movimientos nacionales radicales en los ensayos socialistas de la
centuria pasada.
CONFIRMACIONES
DEL SIGLO XX
El
antiimperialismo articuló grandes batallas populares en África, Asia, América
Latina y Medio Oriente. Lo que Lenin avizoraba como una tendencia se transformó
en un pilar de la descolonización que trastocó el mapa geopolítico del planeta.
En esa secuencia numerosos países conquistaron su independencia y varios
emprendieron las transformaciones socialistas que auguró el líder bolchevique.
La
descolonización demolió a los viejos imperios europeos, que no aceptaron la
pérdida de sus posesiones de ultramar. Gran Bretaña, Francia, Holanda, Bélgica
y Portugal resistieron esa amputación con operativos armados, negociaciones
forzadas o frustrados intentos de cogobernar con las elites locales.
Inglaterra
se embarcó en las guerras coloniales de Malasia, Kenia, Chipre y Adén. Francia
intentó la misma escalada en Indochina y Argelia. Holanda apenas resistió en
Indonesia y Portugal desgastó sus menguadas fuerzas en Mozambique y Angola. Con
victorias contundentes o compromisos intermedios, los movimientos de liberación
nacional impusieron el desmantelamiento total de las antiguas configuraciones
coloniales.
Esa
secuencia también incluyó la resistencia antiimperialista contra la ocupación
alemana (Yugoslavia) y la opresión japonesa (China). En todos los casos se
verificó la estrecha conexión de la lucha nacional y social que Lenin había
presagiado. Los fuertes vínculos entre esas dos dimensiones que despuntaron en
la Primer Guerra Mundial, alcanzaron una impensada magnitud luego de la segunda
conflagración planetaria.
La
posguerra fue la era clásica del antiimperialismo en toda la periferia. La
gravitación política de los países dependientes afloró en ese período con
inédita centralidad. La demanda de independencia que Lenin proponía apuntalar,
alcanzó una preminencia sin precedentes en África y Asia. Las exigencias
complementarias de autonomía productiva, desarrollo industrial y modernización
educativa cobraron la misma fuerza en los países latinoamericanos, que ya
contaban con el acervo de la soberanía. Esta segunda dimensión cualitativa del
antiimperialismo complementó las tesis leninistas con un novedoso debate sobre
la dependencia.
Esa
discusión puso de relieve que la obtención de la independencia formal
constituye tan sólo el punto de partida de las mejoras sociales, que el grueso
de la población imaginaba como un corolario de la soberanía. Esta segunda meta
exigió desenvolver procesos anticapitalistas que sólo se verificaron en algunos
casos.
La
descolonización implicó una seria derrota del imperialismo y una consiguiente
pausa en la polarización económica mundial (Amin, 2001). Pero la preservación
del capitalismo y la consiguiente frustración popular corroboró las
advertencias de Lenin, sobre la insoslayable conexión de las luchas
antiimperialistas con los desemboques socialistas. Solo ese resultado permite
traducir el logro de la independencia en una emancipación efectiva.
La
descolonización consagró el desmoronamiento de los viejos imperios coloniales
bajo el signo del antiimperialismo propiciado por el último Lenin. No siguió la
pauta de la extinción de los imperios multinacionales de Europa Oriental,
considerada en los debates previos de la autodeterminación nacional. Los
movimientos de liberación nacional de posguerra adoptaron el perfil anticipado
por primeros Congresos de la III Internacional.
En esas
formaciones fue muy visible la diferenciación establecida por Lenin entre
distintos tipos de nacionalismos. Las organizaciones antiimperialistas se
ubicaron en las antípodas del soberanismo reaccionario de las metrópolis.
Reclamaron el derecho a gestionar sus propios territorios en contraste con la
preservación de la administración colonial. Todos los mitos sobre la supremacía
de la civilización occidental quedaron demolidos con la derrota de los
imperios.
CORROBORACIONES
EN LA PERIFERIA
En la
descolonización se verificó, también, la acertada distinción que propuso Lenin
entre el nacionalismo democrático-burgués y su par revolucionario. La
diferencia que en las primeras décadas del siglo XX se observaba entre
transformaciones por arriba y conquistas por abajo, se extendió al grueso de
las experiencias de la segunda mitad de esa centuria.
La
impronta conservadora fue muy visible en el predominio burgués de la India y en
la sustitución de las elites blancas por sus equivalentes de color en África.
Esos sectores acomodados convalidaron la demarcación colonial de fronteras
legadas por las administraciones europeas, vulnerando los derechos de autonomía
de numerosas étnicas o naciones en formación. Ese avasallamiento creó las
condiciones para los sanguinarios conflictos que estallaron en todo el
continente, al poco tiempo de conquistada la independencia (Hobsbawm, 1991: cap
5)
Las
advertencias de Lenin sobre el giro reaccionario que podían asumir las
conducciones nacionalistas ante un peligro de la radicalización popular,
tuvieron una primera y dramática confirmación en la masacre de comunistas
chinos que perpetró Chan Kai Shek en los años 20. Ese antecedente se repitió en
todas las ocasiones que las vertientes derechistas de los movimientos
anticoloniales avizoraron el peligro de un gran avance de la izquierda.
Esa
amenaza alcanzó un pico en 1960-70, cuando el nacionalismo radical que Lenin
había detectado en Asia se extendió a Latinoamérica y África. En ese período
cobró fuerza el internacionalismo tercermundista que alimentaron las
iniciativas de Bandung, la OLAS y la Tricontinental. En ese universo el
nacionalismo quedó pintado de rojo por su intensa asociación con las
tradiciones de la izquierda.
Pero el
principal impacto de Lenin se registró en las propias filas de las
organizaciones comunistas de la periferia, que adoptaron sus tesis como
principios estratégicos ordenadores. La confluencia con el nacionalismo para
consumar revoluciones socialistas, no dio frutos en China en la década del 20
cuando la III Internacional esbozó esos principios. Pero tuvo una exitosa
aplicación veinte años después.
Vietnam
fue un caso de enorme corroboración de las sugerencias de Lenin. Ho Chi Minh
siempre recordó que su lectura de las ¨Tesis sobre las cuestión nacional y
colonial” iluminó los pasos seguidos en la prolongada batalla por la
independencia, la unificación y el socialismo en su país (Fernández Retamar,
1970).
El líder
bolchevique aportó la guía para varios procesos liberadores, al señalar que en
los escenarios bélicos de la periferia el antiimperialismo tenía mayor
centralidad que la crisis económica capitalista, como detonante del proceso
revolucionario. Esa previsión dotó a sus seguidores de un diagnóstico magistral
para protagonizar los grandes hitos del siglo XX.
VERIFICACIÒN
EN AMÉRICA LATINA
Las tesis
de Lenin tuvieron otra confirmación mayúscula en un área de dominación directa
de Estados Unidos. La primera potencia exhibía ese indiscutido control sobre
todos los pueblos del continente americano. Por esa razón la batalla contra
esta opresión fue un dato central del siglo XX.
Esa lucha
estuvo presente con mayor contundencia, en las regiones de Centroamérica y del
Caribe por su proximidad con el poder imperial. Allí se generó una gran
tradición de liderazgos y programas antiimperialistas. Ese acervo fue primero
alimentado por combates contra el colonialismo español y se afianzó en las
confrontaciones con el nuevo imperialismo estadounidense (Soler Ricaurte, 1980:
33-54). En ese escenario, las contraposiciones entre el nacionalismo
conservador y radical fueron más visibles y el patriotismo revolucionario
desbordó los formatos de otras zonas.
Como el
grueso de la región conquistó durante el siglo XIX en forma muy anticipada su
independencia formal, el antimperialismo latinoamericano nunca quedó
restringido a reclamos de soberanía política efectiva. Siempre incluyó un
contenido más significativo de demandas sociales y económicas. Ese perfil y la
gran centralidad de la confrontación con Estados Unidos fueron dos rasgos
perdurables del nacionalismo progresista en toda la región.
Los
pensadores de ese espacio adoptaron a Lenin como un referente central. El líder
bolchevique influyó sobre el peruano Haya de la Torre, el boliviano Fausto
Reinaga, el mexicano Lázaro Cárdenas, el colombiano José Consuegra y el
venezolano Rómulo Betancourt. Todos encontraron en el teórico ruso un ancla
para conceptualizar su propia estrategia antiimperialista.
Pero el
proceso político que más conectó a Lenin con América Latina fue la revolución
cubana. Esa familiaridad provino de la enorme aplicación de las tesis
elaboradas por el líder bolchevique, a una isla que combinó la lucha
anticolonial, antiimperial y social en una forma muy próxima a sus enunciados.
Desde
fines del siglo XIX Martí encarnó una mirada del nacionalismo jacobino muy
abierta a las ideas socialistas, que anticipó el tipo de convergencias
concebidas por Lenin. Ese antecedente fue completado por la dinámica de la
primera revolución socialista que triunfó en América Latina. El acontecimiento
que trastocó al continente se desenvolvió cumpliendo todas las pautas
auspiciadas por el artífice del bolchevismo.
En Cuba
se consumó una inigualada convergencia del nacionalismo revolucionario con el
socialismo. La conversión del movimiento 26 de Julio en una organización
explícitamente comunista se efectivizó al compás de la radicalización de esa
fuerza. Su propia experiencia de lucha la condujo a asumir el sendero
anticapitalista, como el único rumbo afín al logro de sus objetivos. Esa
concatenación fue a su vez posible porque siempre acogió a la militancia de
izquierda. La aceptación de las banderas socialistas -que para Lenin constituía
el gran test del perfil nacionalista- estuvo siempre presente en el movimiento
cubano y esa apertura devino en un mayor empalme posterior.
Esa
convergencia pavimentó la radicalización socialista de la revolución, que
desencadenó la defensa contra las agresiones estadounidenses. Esa lucha
incentivó, a su vez, el intento guevarista de extender a toda la región el
proceso de transformación socialista. También aquí fue llamativa la sintonía
con la concepción leninista de la revolución, como un proceso internacional
concatenado.
El gran
parentesco político de Fidel con Lenin ha sido estudiado por numerosos autores
(Ortega, 2024). Las comparaciones abarcan muchas áreas, pero el principal punto
de encuentro se ubica en el abordaje de la lucha antiimperialista, como un
campo de batalla central para el proyecto socialista en la periferia. En el
próximo texto analizaremos las múltiples dimensiones de ese escenario.
8-10-2024
RESUMEN
Lenin
propició la convergencia de las luchas nacionales y sociales para unificar la
acción de los asalariados con los oprimidos. Alentó el derecho a la
autodeterminación en Europa Oriental en un escenario de revoluciones y
expectativas socialistas. Clarificó con las sublevaciones de Asia una
estrategia antiimperialista de centralidad de la periferia y protagonismo
popular. Posteriormente maduró la distinción entre vertientes conciliatorias y
radicales del nacionalismo e introdujo la geopolítica socialista para incluir
la defensa de la URSS. Rechazó el padrinazgo de la socialdemocracia, el
internacionalismo abstracto del antinacionalismo y las insuficiencias del
austro-marxismo. La descolonización confirmó sus previsiones, que tuvieron gran
corroboración en América Latina.
__________________________
1Economista,
investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web
es:
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Fuente:
https://katz.lahaine.org/b2-img/ELLEGADOANTIIMPERIALISTADELENIN.pdf

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