© Libro N° 13075. Gobernadores Del Rocío. Roumain, Jacques. Emancipación.
Octubre 12 de 2024
Título original: ©
Gobernadores Del Rocío. Jacques Roumain
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Del Rocío. Jacques Roumain
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Guillermo Molina Miranda
GOBERNADORES
DEL ROCÍO
Jacques Roumain
Gobernadores
Del Rocío
Jacques Roumain
GOBERNADORES
DEL ROCÍO
Jacques Roumain
GOBERNADORES DEL ROCÍO
SELECCIÓN, TRADUCCIÓN
NOTAS Y BIBLIOGRAFÍA
Michaelle Ascencio
CONSEJO DIRECTIVO
Humberto Mata
Presidente (E)
Luis Britto García
Freddy Castillo Castellanos
Luis Alberto Crespo
Gustavo Pereira
Manuel Quintana Castillo
© Jacques Roumain
Gobernadores del rocío, 1936
© Biblioteca Ayacucho, 2004
Colección Clásica, No 215
Apartado Postal 14413 Caracas -
Dirección editorial: Oscar Rodríguez Ortiz
Jefa Departamento Editorial: Clara Rey de
Guido
Asistencia editorial: Gladys García Riera
Jefa Departamento Producción: Elizabeth
Coronado
Asistencia de producción: Henry Arrayago
Corrección de textos: Samuel González
Concepto gráfico de colección: Juan Fresán
Actualización gráfica de colección: Pedro
Mancilla
Diagramación: Roberto Pardi L.
Impreso en Venezuela/Printed in Venezuela
GOBERNADORES
DEL ROCÍO
GOBERNADORES DEL ROCÍO
I
NOS MORIREMOS todos... –y hunde su mano en el polvo: la vieja Délira
Délivrance dice: nos moriremos todos: los animales, las plantas, los
cristia-nos, ay, Jesús-María, Virgen Santa; y el polvo se cuela entre sus
dedos. El mismo polvo que el viento abate con aliento seco sobre el campo
devastado de mijo, sobre la alta barrera de cactus roída de cardenillo, sobre
los árbo-les, esos cujíes herrumbrosos.
El polvo sube de la carretera y la vieja Délira, en cuclillas delante de
su choza, no levanta los ojos, mueve lentamente la cabeza, su pañoleta resba-ló
hacia un lado y deja ver un mechón gris empolvado, se diría, del mismo polvo
que se cuela entre sus dedos como un rosario de miseria: entonces repite: nos
moriremos todos –y llama a Dios. Pero es inútil porque hay tal cantidad
muchísima de pobres criaturas que llaman a Dios con todas sus fuerzas que se
siente un gran ruido molestoso y Dios lo oye y grita: ¿Qué carajo es todo ese
ruido? Y se tapa los oídos. Esa es la verdad y el hombre está abandonado.
Bienaimé, su marido, fuma su pipa, la silla calada contra el tronco de
un taparo. El humo o su barba algodonada vuela al viento.
—Sí, dice, de verdad el negro es una pobre criatura.
Délira parece no oírlo.
Una bandada de cuervos se abate sobre los candelabros1. Su graznido
1. En el original chandelier,
especie de cactus en forma de candelabro, común en zonas áridas de la Española,
llamado cayuco o cardón de cayuco en Santo Domingo.
1
ronco desgarra el oído, luego se dejan caer de una sola vez sobre el
campo calcinado, como pedazos de carbón dispersos.
Bienaimé llama: ¿Délira? ¡Delira, ho!
No responde.
—Mujer –grita.
Ella alza la cabeza.
Bienaimé esgrime su pipa como un signo de interrogación:
—El Señor es el creador, ¿verdad? Contesta: el Señor es el creador del
cielo y de la tierra, ¿verdad?
Ella dice: sí, pero de mala gana.
—Bueno, la tierra está en el dolor, la tierra está en la miseria,
entonces el Señor es el creador del dolor, es el creador de la miseria.
Unas chupaditas triunfantes y lanza un largo chorro de saliva sibilante.
Délira le lanza una mirada llena de cólera:
—No me atormentes, maldito. ¿No tengo ya bastantes preocupacio-nes? Yo
la miseria me la conozco. Me duele todo el cuerpo. Mi cuerpo en-tero pare la
miseria, sí señor. No necesito que, además, me echen la maldi-ción del cielo y
del infierno.
Después, con una tristeza muy grande y los ojos llenos de lágrimas,
di-ce tiernamente:
—Ay, Bienaimé, mi negro...
Bienaimé tose bruscamente. Tal vez quisiera decir algo. La desgracia
trastorna como la bilis, se sube a la boca y entonces las palabras son amargas.
Délira se levanta a duras penas. Es como si hiciera un gran esfuerzo
pa-ra ajustar su cuerpo. Todas las tribulaciones de la existencia han ajado su
ca-ra negra, como un libro abierto en la página de la miseria. Pero sus ojos
tie-nen una luz de manantial y por eso Bienaimé desvía la mirada.
Délira dio algunos pasos y entró en la casa.
Más allá de los cujíes, un vapor se eleva, en el que se pierde, como en
un dibujo nublado, la línea medio borrosa de los cerros lejanos. El cielo no
tie-ne ni una fisura. No es sino una plancha de zinc ardiente.
Detrás de la casa, la colina redondeada parece la cabeza de una negri-ta
con los cabellos como granos de pimienta: una maleza escasa, esparci-da en
manojos, a ras del suelo; más lejos, como un hombro oscuro contra
2
el cielo, se alza otro cerro recorrido por zanjones centelleantes; las
erosio-nes han puesto al desnudo largos ríos de rocas: han sangrado la tierra
has-ta el hueso.
Por supuesto que hicieron mal en cortar los árboles. En vida todavía del
difunto Josaphat Jean Joseph, padre de Bienaimé, los árboles crecían tupi-dos
allá arriba. Incendiaron el bosque para hacer conucos: sembrar los
fri-joles-congo sobre la planicie, el maíz en la ladera del cerro, trabajaron
duro como negros consecuentes, como trabajadores de la tierra que saben que no
podrán llevarse un pedazo a la boca si no lo extrae del suelo una labor vi-ril.
Y la tierra había respondido: es como una mujer que al principio se re-siste,
pero la fuerza del hombre es la justicia, entonces dice: goza...
En ese tiempo, vivíamos todos en armonía, unidos como los dedos de la
mano y el cumbite2 reunía al vecindario para la cosecha o para desbrozar la
tierra.
Bienaimé se levanta, camina con pasos indecisos hacia el campo. Una
hierba seca como estopa invadió el canal. Hace tiempo que los altos tallos de
caña se doblaron mezclados con la tierra. El fondo del canal se resque-brajó
como una loza vieja, verdosa de materias vegetales podridas. Antes, el agua
corría libremente al sol: su murmullo y su luz eran como risa dulce de
cuchillos. El mijo crecía apretado, disimulando la choza desde la carretera.
“Ah, esos cumbites”, recuerda Bienaimé... Desde el amanecer estaba allí,
como jefe de escuadrón, serio, con sus hombres, todos campesinos de mucho
valor: Dufontaine, Beauséjour, el primo Aristhène, Pierrilis, Dieudonné, el
cuñado Mérilien, Fortuné Jean, el compadre Boirond, y el Simidor3 Antonio: un
negro hábil para el canto, capaz de remover con su lengua más malicias que diez
comadres juntas, pero sin mala intención, só-lo para divertir, ¡palabra de
honor!
2. Palabra procedente del
español “convite”, el cumbite es una especie de cooperativa en la que los
miembros de la “sociedad” se comprometen voluntariamente y sin remuneración
alguna a realizar trabajos agrícolas. El beneficiario tiene la única obligación
de suministrar comida y bebida abundante a los trabajadores convidados. Este
tipo de asociaciones de ayuda mutua se conoce bajo nombres diversos en toda
América. En Venezuela: cayapa.
3. Simidor: Personaje popular de
los campos. Anima las fiestas, los velorios y la reunio-nes cantando, tocando
tambor y contando cuentos. Durante el cumbite el Simidor ritma con su canto y
al son del tambor el trabajo agrícola colectivo.
3
¡Entrábamos en la hierba de Guinea! (los pies descalzos en el rocío, el
cielo pálido, la frescura, el repiquetear de las gallinetas a lo lejos...).
Poco a poco, los árboles ennegrecidos, su follaje todavía cargado de jirones de
sombra, retomaban su color. Un aceite de luz los bañaba. Un pañolón de nubes
azufradas ceñía la cima de los cerros elevados. El país emergía del sueño. En
el patio de Rosanna, el tamarindo lanzaba de repente, como un puñado de
guijarros, un torbellino chillón de cornejas.
Casamajor Beaubrun, su mujer Rosanna y sus dos varones los saluda-ban.
Decían: gracias, hermano; por pura cortesía, porque un favor se hace con gusto:
hoy, yo trabajo tu campo, tú, mañana, el mío. La ayuda mutua es la amistad de
los desgraciados, ¿no es verdad?
Un rato después llegaban Siméon y Dorisca por su lado, con una vein-tena
de negros gallardos.
Dejábamos a Rosanna afanarse a la sombra del tamarindo, alrededor de sus
calderos y de sus grandes recipientes de hojalata, de los que subía ya el
burbujeo voluble del agua que hierve. Délira y las otras vecinas vendrían más
tarde a darle una mano.
Los hombres se alejaban, la azada al hombro. El conuco que debían
limpiar estaba a la vuelta del sendero, protegido por un cerco de bambúes
entrecruzados. Lianas con flores moradas y blancas se agarraban en mano-jos
desordenados; en los capullos dorados de los cundeamores se abría una pulpa
roja como terciopelo de mucosas.
Apartaban los listones móviles de la empalizada. A la entrada del
conuco, el cráneo de un buey blanqueaba sobre un poste. Medían ahora el trabajo
con la mirada: ese cuadrado4 de hierbas locas mezcladas con matas rastreras.
Pero era tierra buena: la entregarían tan lisa como la su-perficie de una mesa
recién pulida. Beaubrun quería probar este año con las berenjenas.
¡En fila! gritaban los jefes de escuadrón.
El Simidor Antoine pasaba por sus hombros las correas de su tambor.
Bienaimé ocupaba su puesto de comandante delante de la hilera de sus
4. En el original carreau,
antigua medida francesa de superficie de las tierras equivalente a 1,32 ha.
4
hombres. El Simidor preludiaba un breve toque, en seguida el ritmo
crepi-taba bajo sus dedos. Con un impulso unánime levantaban las azadas en el
aire. Un resplandor de luz golpeaba el hierro: esgrimían por un segundo, un
arco de sol.
La voz del Simidor subía ronca y fuerte:
—Abajo…
De un solo golpe, las azadas se abatían con un ruido sordo, atacando el
pelaje malsano de la tierra.
La mujer dice: señor no se atreva
a tocarme no se atreva 5.
Los hombres avanzaban en línea. Sentían el canto de Antoine en sus
brazos, las pulsaciones precipitadas del tambor como una sangre más ardiente.
Y de repente, el sol estaba allí, se esponjaba como espuma de rocío
so-bre el campo de hierbas. Honor y respeto, señor sol, sol naciente. Más
acariciador y cálido que el plumón de un polluelo sobre la espalda redon-da del
cerro, todo azulado, todavía un instante, en el frío del amanecer. Estos
hombres negros te saludan con un balanceo de azadas que arranca al cielo
astillas vivas de luz. Y el follaje recortado de los árboles del pan, remendado
de azul, y el fuego del flamboyant, largo tiempo cobijado ba-jo la ceniza de la
noche y que ahora estalla en un bucán de pétalos en el lin-dero de los cujíes.
El canto obstinado de los gallos alternaba de un conuco a otro.
La línea movediza de los campesinos retomaba el nuevo refrán en una sola
masa de voz:
Abajo
Yo pregunto quién
quien está en la casa
mi compadre responde:
yo con mi cuñada
¡zafrisco!6
5. En créole en el original:
Femme-là dit, mouché, pinga/ ou touché mouin, pinga-eh.
6. En créole en el original: A
tè/ M’ap mandé qui moune / Qui en de dans caille là/ Compè répond:/ C’est mouin
avec cousine mouin/ Assez-é.
5
Esgrimiendo las azadas, completamente enmangadas, coronadas de
resplandor y dejándolas caer con una violencia precisa:
Ya yo estoy adentro
¡Arriba ho!
No hay más toro
Que el toro
¡Arriba ho!7
Una circulación rítmica se establecía entre el corazón batiente del
tam-bor y los movimientos de los hombres: el ritmo era como una corriente
po-tente que penetraba hasta en lo profundo de sus arterias y alimentaba sus
músculos con un vigor renovado.
El canto llenaba la mañana inundada de sol. El viento lo llevaría más
allá de las colinas hacia la meseta de Bellevue, y la comadre Francilla (está
delante de su choza, bajo el cobertizo de uva salvaje, en medio del batir de
alas y del picoteo de las aves a las que lanza granos de maíz) y digo: que mi
comadre Francilla se voltearía hacia el rumor de la llanura: –sí que lo haría,
es la época buena– y levantaría la cabeza para ver el cielo sin una escama de
nube, mostrar, como un bol de porcelana volcado, que no contiene ni una sola
gota de lluvia.
El canto tomaría el camino de las cañas, a lo largo del canal,
remontaría hasta la fuente encerrada en el hueco de la axila del cerro, en el
pesado olor de los helechos y de las malangas maceradas en la sombra y en el
rezumar secreto del agua.
Ojalá que una de las muchachas del vecindario: Irézile, Thérèse,
Georgina... termine de lavar sus taparas. Cuando sale de la corriente,
bra-zaletes de frescura se deshacen alrededor de sus piernas. Las coloca en una
cesta de mimbre que equilibra sobre su cabeza. Camina en el sendero hú-medo. A
lo lejos el tambor libera una colmena de sonidos zumbadores.
“Iré más tarde, piensa. Fulano estará alla” (es su enamorado).
Un calor la invade, una languidez feliz. Se apresura a grandes pasos,
los brazos balanceados. Sus caderas ruedan con dulzura maravillosa. Sonríe.
7. En créole en el original:
Mouin en dedans déjà/ En l’ai-oh/ Nan point taureau/ Passé taureau/En l’ai, oh.
6
Encima de los cujíes flotan retazos de humo. En los claros, los
carbone-ros aplanan la tierra donde se ha quemado a fuego lento la leña.
Un árbol está hecho para vivir en paz en el color del día y la amistad
del sol, del viento, de la lluvia. Sus raíces se hunden en la fermentación
grasosa de la tierra, aspirando los zumos elementales, los jugos
fortifi-cantes. Parece siempre perdido en un gran sueño tranquilo. El oscuro
subir de la savia lo hace gemir en los atardeceres calientes. Es un ser vivo
que conoce el curso de las nubes y presiente las tormentas porque está lleno de
nidos de pájaros.
Estinval se limpia con el dorso de la mano los ojos enrojecidos. Del
ár-bol mutilado no queda sino el esqueleto calcinado de las ramas esparcidas en
la ceniza: una carga de carbón que su mujer irá a vender en el pueblo de Croix
des Bouquets.
Lástima que no pueda responder a la invitación del canto. El humo le ha
resecado la garganta. Su boca está amarga como si hubiera rumiado una pas-ta de
papel. Claro que le haría bien una bebida de canela, no: de anís, es más
refrescante, un trago largo hasta el fondo mismo del estómago.
—Rosanna, mi amor... diría.
Ella conoce sus debilidades y riéndose le serviría la medida de tres
de-dos en abanico.
Escupe grueso y se pone de nuevo a remover el montón de tierra mez-clada
con ceniza.
* * *
Hacia las once, el mensaje del cumbite se debilitaba: ya no era el
bloque macizo de voces sosteniendo el esfuerzo de los hombres; el canto
vacilaba, se elevaba sin fuerzas, las alas roídas. Se reponía a ratos, horadado
por el si-lencio, con un vigor decreciente. El tambor tartamudeaba todavía un
poco, pero ya no le quedaba nada de su llamado alegre, cuando al alba, el
Simidor lo martilleaba con sabia maestría.
No era sólo la necesidad del reposo: la azada se volvía cada vez más
pe-sada de manejar, el yugo de la fatiga sobre la nuca rígida, el
recalentamien-to del sol; es que el trabajo terminaba. Y eso que apenas
habíamos inte-
7
rrumpido para tragar un sorbo de tafia8 y aflojar los riñones –lo más
recalci-trante que hay en el cuerpo son los riñones–. Pero estos campesinos de
monte y de llanura, por más que los burgueses de la ciudad los llamen, para más
burla, negros-pata-en-el-suelo, negros-descalzos, negros-dedos-de-los-pies
(demasiado pobres que son para comprarse zapatos), no importa y mierda con
ellos, porque en cuanto al coraje para el trabajo, somos irrepro-chables, y
cuenten con nosotros, nuestros grandes pies de trabajadores de la tierra, se
los meteremos un día por el culo, puercos.
Habían cumplido con una tarea ruda. Raspar, rastrillar, limpiar la faz
es-pesa del campo; la mala hierba cubría el suelo. Beaubrun y sus hijos la
reco-gerían para prenderle fuego. Lo que había sido hierba inútil, espina,
mato-rral, leña enredada de bejucos rastreros se convertiría en ceniza
fertilizante en la tierra removida. Beaubrun estaba bien contento.
Gracias vecinos, repetía Beaubrun.
—A la orden, vecino, le respondíamos nosotros. Pero rápido: no había
tiempo para cortesías. La comida esperaba. Y qué comida, qué comilona. Rosanna
no era una negra pichirre, había que reconocerlo. Todos los que por despecho
habían hablado mal de ella; porque era una mujer hecha y derecha a la que no se
le debía intentar siquiera faltar el respeto, una atre-vida a la que no se le
podía tomar el pelo, hacían su mea culpa. Y es que a la vuelta del sendero, un
olor venía a su encuentro, los saludaba positiva-mente, los envolvía, los
penetraba, les abría en el estómago el agradable va-cío de las ganas de comer.
Y el Simidor Antoine, que anteayer no más, en respuesta a una broma
vulgar, había recibido de Rosanna detalles de una precisión sorprendente sobre
el desenfreno de su propia madre, suspiró con solemne convicción, aspirando con
toda la nariz el humo de las viandas:
Beaubrun, hermano, tu señora es una bendición.
En los calderos, cacerolas, coladores, se apilaba el cochino frito
condi-mentado picando que daba gusto, el maíz molido con bacalao, y si querías
arroz, había también: arroz-sol con frijoles rojos revuelto con tocino y
plá-tanos, batatas, ñames para regalar.
8. Véase la nota de la p. 35. (N. del E.)
8
* * *
Bienaimé da unos pasos y está al borde de la carretera, se apoya contra
los listones móviles entrecruzados de la empalizada. Del otro lado, el mismo
des-aliento: el polvo sube, forma remolinos espesos y se abate sobre los
candela-bros, la hierba mala y esparcida, roída a ras del suelo, como una
pelambre.
Antaño, en esta época, desde la mañana el cielo se ponía gris, las nubes
se reunían hinchadas de lluvia, no una lluvia grande, no, suficiente, no cuando
las nubes reventaban como sacos demasiado llenos, sino una lloviz-nita pequeña
pero persistente, con algunos claros de sol. No bastaba para saciar la tierra,
pero la refrescaba, la preparaba para los grandes aguaceros, lustraba los
retoños del maíz y del mijo: el viento y la luz ayudando. Las ra-mas del palo
de campeche9 soltaban a cada rato bandadas de hortelanos y al Ángelus las
gallinetas salvajes venían friolentas a beber a lo largo de los charcos en los
linderos del camino, y si uno las espantaba huían pesadamen-te embotadas e
hinchadas de lluvia.
Después, el tiempo comenzaba a cambiar: hacia el mediodía, un calor
grasoso envolvía los campos y los árboles agobiados; un vapor fino danza-ba y
vibraba como un enjambre en el silencio que sólo interrumpía el chilli-do agrio
de los grillos.
El cielo se disgregaba en lívidas hinchazones que, hacia el atardecer,
os-curecían y se movían pesadamente por encima de los cerros, atravesados de
relámpagos y de rugidos sordamente repetidos. El sol no aparecía en los po-cos
descosidos de las nubes sino como un resplandor lejano, de una palidez plomiza
y que lastimaba la vista.
Al fondo del horizonte subía, de repente, un rumor confuso y cre-ciente,
un soplo enorme y rabioso. Los campesinos que volvían retarda-dos de los campos
apresuraban el paso, la azada al hombro; repentinamen-te, los árboles se
doblegaban; una cortina de lluvia acudía violentamente agitada por el ladrido
incesante de la tormenta. La lluvia ya estaba aquí: primero unas cuantas gotas
calientes y precipitadas, luego, traspasado de
9. Árbol originario de México de
cuya madera, dura y compacta, se extraen bellos tintes negro y violeta. El
campeche se conoce en otras partes de América como Palo de Brasil.
9
relámpagos, el cielo negro se abría al aguacero, al chaparrón, a la
avalan-cha, al torrente.
Sobre la estrecha veranda cerrada por una balaustrada y protegida por el
saliente del techo de cañas, Bienaimé contemplaba su tierra, su buena tie-rra,
sus matas chorreando agua, sus árboles balanceándose en el canto de la lluvia y
del viento. Sería una buena cosecha. Había trabajado de sol a sol lar-gos días.
Esta lluvia era su recompensa. La veía con amistad caer en hilitos apretados,
la escuchaba chapotear sobre las baldosas de piedra delante del cobertizo.
Tanto y tanto de maíz, tanto de frijoles-congo, el cochino ceba-do: eso
equivaldría a una nueva chaqueta10, una camisa y tal vez la yegua ba-ya del
vecino Jean-Jacques, si accedía a rebajarle el precio.
Se había olvidado de Délira.
—Caliente el café, mujer.
Sí, le compraría un vestido y un pañolón.
Llenó su pipa de arcilla. Eso era lo que se llamaba llevarse bien con la
tierra.
Pero todo eso pertenecía al pasado. De ese pasado no quedaba sino el
sabor amargo. Ahora estábamos muertos en este polvo, en esta ceniza tibia que
recubría lo que en otro tiempo había sido vida, ay, no una vida fácil, por
cierto que no, pero teníamos ánimo y después de habernos peleado con la tierra,
después de que la habíamos abierto, volteado y revuelto, mojado de sudor,
preñado como a una hembra, venía la recompensa: las plantas y los frutos y
todos los granos.
Se había acordado de Jean-Jacques y mira que viene por el sendero, tan
viejo ahora y tan inútil como él, llevando un burro flaco y dejando que la
cuerda se arrastre en el polvo.
—Hermano, saludó.
Y el otro le respondió lo mismo. Jean-Jacques pregunta por su comadre
Délira. Bienaimé dice: “¿cómo está mi comadre Lucía?” Y se dan las gracias.
10. Vareuse: camisa de tela gruesa
que, por ordenanza real, llevaban los esclavos en la colonia de Saint-Domingue
(Haití).
10
El burro tiene una llaga enorme en la espalda que se estremece con las
picadas de las moscas.
—Adiós, pues, dice Jean-Jacques.
—Adiós, mi negro, dice Bienaimé.
Y mira a su vecino que se va con su asno al bebedero, esa charca de agua
estancada, ese ojo de barro cubierto por una mancha verdosa donde todos beben,
hombres y animales.
* * *
Hace tanto tiempo que se fue, debe estar muerto ahora, piensa. La vieja
Délira piensa en su hijo. Manuel, así se llama, ido hace años a cortar caña en
Cuba. Debe estar muerto ahora, en país extranjero, se repite. Le dijo una
última vez: mamá... Lo abrazó. Tuvo en sus brazos a ese joven robusto que era
suyo desde lo profundo de su carne y de su sangre, que salió de ella, de su
carne y de su sangre, y que se convirtió en el hombre al que ella murmuraba a
través de las lágrimas: “váyase, mi hijo, la Virgen de Altagracia lo proteja”;
y volteó al codo del camino y desapareció, ay hijo de mi vientre, dolor de mi
vientre, alegría de mi vida, pesar de mi vi-da, mi hijo, mi único hijo.
Deja de moler el café acuclillada en el suelo. No tiene ni una lágrima
pero le parece que su corazón se le endureció en el pecho y que se vació de
toda vida, salvo de este tormento incurable y que le hace un nudo en la
garganta.
Debía regresar después de la zafra11, como llaman esos españoles a la
co-secha, pero no había regresado. Lo esperó, pero no había llegado.
A veces se le ocurría decirle a Bienaimé:
—Me pregunto por dónde andará Manuel.
Bienaimé no respondía. Dejaba que su pipa se apagara y se iba a los
campos.
Más tarde le decía otra vez:
—Bienaimé, papá, ¿por dónde anda nuestro hijo?
Respondía rudamente:
11. En español en el original.
11
—Cállate. Pero se apiadaba de sus manos que temblaban.
Vació la gaveta del molino, echó más granos, le dio a la manivela. No
era una tarea pesada, pero se sentía agotada, a punto de quedarse allí sin
movi-mientos, su cuerpo viejo usado abandonado a la muerte se confundiría al
fin con este polvo, en una noche eterna y sin memoria.
Se puso a canturrear. Era como un gemido, una queja del alma, un
repro-che infinito a todos los santos y a esas divinidades sordas y ciegas de
África que no la habían oído, que se habían apartado de su dolor y de sus
tribulaciones.
Ay Virgen Santa, en nombre de los santos de la tierra, en nombre de los
santos de la luna, en nombre de los santos de las estrellas, en nombre de los
santos del viento, en nombre de los santos de las tempestades, protege, te lo
ruego, por favor, a mi hijo en país extranjero, Señor de las Encrucijadas,
ábrele un camino sin peligros. Amén.
No oyó a Bienaimé llegar. Se sentó a su lado. En la espalda del cerro se
veía un rubor confuso. Pero el sol estaba ausente. Se tambaleaba ya detrás de
los árboles. Pronto llegaría la noche, envolviendo en el silencio esta tie-rra
amarga, ahogando en la sombra apaciguadora del sueño a estos hom-bres
abandonados a la desgracia, y después, el alba llegaría con el canto ron-co de
los gallos, comenzaría un día semejante al otro y sin esperanza.
II
“Deténgase“ dijo al chofer del camión.
El chofer lo miró sorprendido pero aminoró la marcha. Ni una choza a la
vista: estábamos en el medio de la carretera. No había sino una llanura de
cujíes, de cauchos y de matorrales regada de cactus. La línea de las mon-tañas
corría al este, no muy alta y de un gris violáceo que se desteñía en la lejanía
y se confundía con el cielo.
El chofer hundió el freno. El extranjero bajó, haló un saco que echó
so-bre sus hombros. Era un tipo grande, negro, vestido con chaqueta aboto-nada
y con unos pantalones de gruesa tela azul, metidos en unas polainas de cuero. A
un lado le colgaba en su vaina un largo machete. Tocó el ancho borde de su
sombrero de paja y el camión arrancó.
Con la mirada, el hombre saludó una vez más el paisaje recobrado: por
12
supuesto que reconoció bajo el macizo de enebros el sendero apenas
visi-ble entre el conjunto de rocas del que brotaban los tallos de los sisales
en-galanados con un racimo de flores amarillas.
Respiró el olor de los enebros exaltado por el calor: su recuerdo del
lu-gar estaba hecho de este olor pimientoso.
El bulto era pesado pero no sentía la carga. Ajustó la correa que lo
su-jetaba a su espalda y se internó en el monte.
Si uno es de un país, si uno nació allí, como quien dice: nativo-natal,
bueno, uno lo lleva en los ojos, la piel, las manos, con la cabellera de sus
ár-boles, la carne de su tierra, los huesos de sus piedras, la sangre de sus
ríos, su cielo, su sabor, sus hombres y sus mujeres: es una presencia
imborrable en el corazón, como la mujer que uno ama: conocemos el manantial de
su mirada, el fruto de su boca, las colinas de sus senos, sus manos que se
de-fienden y se entregan, sus rodillas sin misterios, su fuerza y su debilidad,
su voz y su silencio.
—¡Hoo! –dijo– (un gato salvaje atravesó el sendero de un salto, se
en-grifó bruscamente y desapareció en un ruido de hojas revueltas).
No, no se había olvidado de nada y ahora otro olor familiar venía a su
en-cuentro: el relente del humo enfriado del carbón cuando, de la carbonera, no
queda en el claro del monte sino un montón de tierra dispersada en círculo.
Un quebrada angosta y poco profunda se abría delante de él. Estaba seca
y matorrales y toda clase de hierbas picosas invadían su lecho.
El hombre levantó la cabeza hacia ese pedazo de cielo empañado de va-por
caliente, sacó un pañuelo rojo, se esponjó el rostro y pareció reflexionar.
Bajó por el sendero, apartó algunos guijarros, raspó la arena ardiente.
Raíces muertas se desmoronaron en sus dedos cuando consultó al borde del zanjón
la tierra granulosa, inconsistente y que se deslizaba como polvo.
—Carajo12, exclamó.
Remontó lentamente la otra ladera, el rostro inquieto, pero no por mucho
tiempo. Estaba demasiado contento hoy. El agua cambia, a ve-ces, de curso, como
un perro de amo. Quién sabe por dónde se colaría ahora, la vagabunda.
12. En español en el original.
13
Tomó el camino de una loma coronada de palmas. Sus abanicos ajados
colgaban inertes: no había un soplo de brisa para abrirlos, para liberarlos en
el juego descabellado de luz reluciente. Para el extranjero esto suponía un
desvío pero quería, desde lo alto, abrazar el país, la llanura extendida y
entre los claros de los árboles, los techos de paja, las manchas irregulares de
los campos y de los conucos.
Su cara se endureció chapada en sudor: lo que veía era una extensión
quemada, de un color sucio roído, en ninguna parte la frescura que espe-raba, y
aquí y allá las chozas dispersas como hongos.
Dominaba completamente el pueblo, el cerro descarnado, desfigurado por
largos jirones blanquecinos, allí donde la erosión había desnudado sus flancos
hasta la propia roca. Trató de acordarse de los robles altos y de la vida
agitada en sus ramas, de las palomas golosas de sus bayas negras, los caobos
bañados por una luz oscura, los frijoles-congo cuyas vainas secas zumbaban con
el viento, los cerros alargados de los sembradíos de batatas: todo eso lo había
lamido el sol, borrado de un solo soplo con su lengua de fuego.
Se sintió abatido y como traicionado. El sol pesaba en sus espaldas
co-mo un fardo. Bajó la cuesta, retomó el sendero alargado. Entraba en una
sabana donde erraba, entre matorrales espinosos y como buscando una hierba
escasa, un ganado enflaquecido. Sobre los altos cactus se posaban bandadas de
cuervos que al acercárseles, huían en un negro alboroto de graznidos
interminables.
Fue allí donde la encontró. Tenía un vestido azul recogido en la cintura
con un chal. Las puntas anudadas de un pañuelo blanco que le ataba el pe-lo
cubrían su nuca. Llevando en la cabeza un cesta de mimbre, caminaba rá-pido,
sus caderas robustas se movían al compás de sus largos pasos.
Al ruido de sus pasos, volteó sin detenerse, dejando ver su rostro de
per-fil y respondió a su saludo con un “buenos días señó” tímido y algo
inquieto.
Le preguntó, como si la hubiera visto ayer, –pues había olvidado las
costumbres–, cómo estaba.
—Con el favor de Dios, sí, respondió.
Le dijo:
—Yo soy de por aquí: de Fonds-Rouge. Hace mucho que me fui del
país, espera: en Semana Santa hará quince años. Estaba en Cuba.
14
—Ah... sí, dijo ella, calladito. No se sentía tranquila con la presencia
de ese extranjero.
—Cuando me fui, no había esta sequía. El agua corría en la quebrada, no
mucha, para decir la verdad, pero siempre lo necesario hasta, a veces, si la
lluvia caía en los cerros, bastante como para una pequeña crecida.
Miró a su alrededor.
—Parece13 una verdadera maldición.
No dijo nada. Había aminorado la marcha para dejarlo pasar, pero él le
dio paso a su vez y caminaba a su lado.
Disimuladamente, le echó una mirada furtiva.
“Es mucho atrevimiento” pensaba, pero no osaba decir nada.
Como él caminaba sin mirar por donde iba, se dio contra una roca gruesa
que afloraba y que se deshizo en brinquitos ridículos.
—¡Ago!, exclamó ella estallando en risa.
Se dio cuenta, entonces, de que tenía unos dientes blancos, bellos, ojos
muy francos y la piel negra muy fina. Era una negra alta y fuerte y le sonrió.
—¿Hoy es día de mercado? Le preguntó él.
—Sí, en la Croix-des-Bouquets.
—Es un mercado grande. En mis tiempos, los campesinos venían de todas
partes para ir el viernes a ese pueblo.
—Hablas de los tiempos de antes como si ya fueras un hombre mayor.
Se asustó, ahí mismo, de su osadía.
Le respondió, arrugando los párpados como si viera desplegarse un largo
camino ante él:
—No es tanto el tiempo lo que cuenta para la edad, son las
tribulacio-nes de la existencia: quince años que pasé en Cuba, quince años
tumban-do caña, todos los días, sí, todos los días, desde el amanecer hasta el
atar-decer. Al principio uno siente los huesos de la espalda retorcidos como un
trapo. Pero hay algo que te hace aguantar14 que te permite soportar. ¿Sabes lo
que es, dime: sabes lo que es?
Hablaba con los puños cerrados:
13. En español en el original.
14. En español en el original.
15
—La rabia. La rabia que te hace apretar las quijadas y ajustarte el
cin-turón contra la piel del estómago cuando tienes hambre. La rabia es una
gran fuerza. Cuando hicimos la huelga15, cada hombre se preparó, cargado como
un fusil, con su rabia hasta los dientes. La rabia era su derecho a la
justicia. Nadie puede contra eso.
Comprendía mal lo que decía, pero era toda oídos a esa voz sombría que
acompasaba las frases mezclándolas de vez en cuando con el brillo de una
palabra extranjera.
Suspiró:
—Jesús María Virgen Santa, para nosotros, los desgraciados, la vida es
un tránsito sin misericordia en la miseria. Sí, hermano, así es: no hay
consuelo.
—Pues sí hay un consuelo, te lo voy a decir: es la tierra, tu pedazo de
tierra hecho para el valor de tus brazos; con tus árboles frutales alrede-dor,
tus animales en el pasto, todas tus necesidades al alcance de la mano y la
libertad que no tiene más límites que la estación buena o mala, la llu-via o la
sequía.
—Dices la verdad, contestó ella, pero la tierra ya no da nada y cuando
por suerte le has arrancado algunas batatas, algunos granos de mijo, los
ví-veres no valen nada en el mercado. Entonces la vida es una penitencia, eso
es lo que es la vida hoy.
Bordeaban ahora los primeros cercados de cactus-candelabros. En los
claros entre cujíes se agazapaban las chozas miserables. Sus techos ajados
cubrían una delgada mezcla de bahareque y de cal resquebrajada. Delante de una
de ellas, una mujer trituraba unos granos con la ayuda de un largo pilón de
madera. Se detuvo, el gesto suspendido, para verlos pasar.
—Comadre Saintèlia, buenos días, sí, gritó desde la carretera.
—Eh, buenos días cuñada Annaïse, ¿cómo está tu gente, mi negra bella?
—Todos bien, mi comadre, ¿y tú?
—Ahí vamos, no, menos mi marido que está acostado con fiebre. Pero se le
va a pasar.
—Sí, se le va a pasar, mi amor, con el favor de Dios.
Caminaron un rato.
15. En español en el original.
16
—Entonces, dijo él, tu nombre es Annaïse.
—Sí, Annaïse es mi nombre.
—Yo me llamo Manuel.
Se cruzaron con otros campesinos con los que ella intercambió largos
saludos, y a veces se detenía para pedir y dar noticias, porque en Haití es
costumbre de buena vecindad.
Por fin, llegó frente a una empalizada. Se veía la choza al fondo del
pa-tio, a la sombra de los campeches.
—Aquí mismito vivo yo.
—Yo no voy muy lejos tampoco. Te doy las gracias por la presentación.
¿Nos volveremos a ver?
Ella apartó la cabeza sonriendo.
—Porque vivo, como quien dice, puerta con puerta contigo. —¡Verdad!, ¿y
dónde?
—Allá, a la vuelta del camino. Seguro que conoces a Bienaimé y a Délira:
soy su hijo.
Casi le arrancó la mano de la suya, la cara alterada por una especie de
cólera dolorosa.
—¡Eh!, ¿qué pasa?16, le gritó.
Pero ya ella traspasaba la empalizada y se alejaba rápidamente, sin
voltear. Permaneció algunos segundos clavado en el suelo: “una mujer rara,
compadre, se dijo, sacudiendo la cabeza; un momento te sonríe con sim-patía y
luego, en un parpadeo, te deja sin siquiera un hasta luego. Lo que
ocurre en la mente de las mujeres ni el diablo mismo lo sabe”.
Para no perder la compostura prendió un cigarrillo y aspiró
profunda-mente el humo acre que le recordaba a Cuba, la inmensidad extendida de
un horizonte al otro, de los campos de caña, el batey del Central azucare-ro,
la barraca maloliente donde, al caer la noche, después de una jornada
agotadora, se acostaba revuelto con sus compañeros de infortunio.
Al entrar al patio un perrito arisco saltó hacia él ladrando con rabia.
Manuel hizo como si se agachara, como si recogiera y le lanzara una
piedra.
El perrito huyó con la grupa gacha y gimiendo sin parar.
16. En español en el original.
17
—Paz, paz, decía la vieja Délira saliendo de la choza.
Se protegió los ojos con la mano para ver mejor al extranjero. Venía
ha-cia ella y en la medida en que avanzaba, una luz deslumbradora se elevaba en
su alma.
Sintió el impulso de ir hacia él, pero sus brazos cayeron a lo largo de
su cuerpo y vaciló, la cabeza echada hacia atrás.
La apretaba contra él.
Los ojos cerrados, apoyaba la cara contra su pecho y con la voz más
dé-bil que un soplo, murmuraba:
—Hijito, ay hijito mío.
Las lágrimas corrían de sus párpados marchitos. Se abandonaba
com-pletamente a la lasitud de interminables años de espera, sin fuerzas ni
pa-ra la alegría ni para la amargura.
De la sorpresa, Bienaimé dejó caer su pipa. La recogió y la limpió
cui-dadosamente con su chaqueta.
—Dame la mano, muchacho, dijo. Te quedaste largo tiempo por fue-ra. Tu
mamá rezó mucho por ti.
Contempló a su hijo, la mirada nublada por las lágrimas y agregó en
to-no hosco:
—De todos modos, hubieras podido avisar que llegabas, enviar un ve-cino
delante con el recado. Por poco se muere la vieja de pasmo. De ver-dad, no
tienes consideración, hijo.
Sopesó el bulto.
—Estás más cargado que un burro.
Trató de quitarle el bulto a Manuel, se dobló con el peso y el bulto
ca-si que se le cae. Manuel lo agarró por las correas.
—Deje, papá, este bulto es muy pesado.
—¿Pesado? Protestó Bienaimé, confuso. A tu edad yo cargaba bultos y
mucho más considerables. La juventud está echada a perder, no tiene fuerzas. La
juventud no vale nada, lo digo yo.
Buscó en su bolsillo con qué llenar su pipa.
—¿Tienes tabaco? Dicen que del país de donde vienes, el tabaco cun-de
como el monte en nuestros cerros. De todas maneras, la maldición les caiga a
esos españoles. Se llevan a nuestros hijos por años y cuando los de-
18
vuelven no tienen consideración para con sus viejos. ¿De qué te ríes?
¡Ahora se ríe este sinvergüenza!
Indignado tomaba a Délira como testigo.
—Pero papá, dijo Manuel, conteniendo la risa.
—Nada de pero papá; te pregunté si tenías tabaco. Me has podido
res-ponder, ¿no?
—Es que no me diste tiempo, papá.
—¿Qué quieres decir con eso?, que hablo todo el tiempo, ¿verdad?, ¿que
las palabras se me salen de la boca como agua por un colador?, ¿quie-res
faltarle el respeto a tu propio padre?
Délira trató de calmarlo con un gesto, pero el viejo se hacía el furioso
y eso le gustaba:
—Y además se me quitaron las ganas de fumar: me has contrariado
de-masiado y el día de tu llegada, para colmo.
Pero como Manuel le ofrecía un cigarro, lo agarró, lo olió con
venera-ción, hizo un gesto fingido como de asco:
—Me pregunto si es bueno. A mí me gustan los cigarros fuertes, sí señor.
Fue a buscar un tizón en el cobertizo cubierto de hojas secas de palma
que hacía de cocina.
—No le hagas caso, dijo Délira, tocando la cara de su hijo con ademán de
tímida adoración. Él es así, es la edad, pero tiene buen corazón, sí.
Bienaimé volvió. Tenía su cara de buen tiempo.
—Gracias, hijo mío, por el cigarro. Es un cigarro de verdad, verdad. Eh
Délira, ¿por qué te da por pegártele al muchacho como bejuco trepador?
Aspiró una bocanada profunda, contempló el cigarro con admiración,
escupió un largo salivazo.
—Sí, carajo, es un verdadero cigarro; merece su nombre. Vamos a to-mar
alguito contra las emociones, hijo.
Manuel volvió a encontrar la casa fiel de su memoria: la veranda
estre-cha con la balaustrada, el suelo apisonado, empedrado, los muros vetustos
de bahareque en los que transparentaba la paja.
Recobró su antigua mirada, una mirada en la que se desvaneció la ola
amarga de los campos de caña y la tarea que cumplir cada día para el can-sancio
sin fin del cuerpo agobiado.
19
Se sienta; está en su casa, con los suyos, devuelto a su destino: esta
tie-rra rebelde y su barranco alterado, sus campos devastados, y, sobre su
co-lina, la crin arisca de las plantas alzadas contra el cielo intolerable como
un caballo encabritado.
Toca la vieja despensa de roble: buenas, buenos días y volví; sonríe a
su madre que limpia los vasos; su padre está sentado, las manos en las rodillas
y lo mira: se olvida de fumar su pipa.
—La vida es la vida, dijo al fin, sentenciosamente.
—“Sí, es verdad, piensa Manuel, la vida es la vida: por más que tomes
por el atajo, des un largo desvío, la vida es un continuo retorno. Los
muer-tos, dicen, vuelven a ella en Guinea y la muerte misma no es sino otro
nom-bre para la vida. El fruto se pudre en la tierra y alimenta la esperanza
del nuevo árbol”.
Cuando bajo la golpiza de los Guardias Rurales sentía sus huesos
quebrarse, una voz inflexible le soplaba: estás vivo, estás vivo, muer-de tu
lengua y tus gritos porque eres un hombre de verdad, con lo que hace falta en
donde hace falta. Si caes, serás sembrado para una cose-cha invencible.
Haitiano maldito, negro de mierda17 gritaban los Guardias. Los golpes ni
siquiera le dolían ya. A través de una neblina atravesada de golpes
fulguran-tes, Manuel oía, como una fuente de sangre, el rumor inagotable de la
vida.
—¿Manuel?
Su madre le servía de beber.
—Tienes un aire distraído, como quien ve espantos en pleno día, di-jo
Bienaimé.
Manuel bebió el vaso de un solo trago.
El alcohol perfumado de canela le lamió el hueco del estómago con una
lengua ardiente y su ardor se precipitó en sus venas.
—Gracias mamá. Es un buen clerén18 y calienta bastante.
Bienaimé bebió a su vez, después de haber vertido algunas gotas en el
suelo.
17. En español en el original.
18. En el original clairin:
aguardiente de caña fabricado en instalaciones rudimentarias.
20
—Olvidaste las costumbres, lo regañó. No tienes consideración para con
los muertos; ellos también tienen sed.
Manuel se ríe.
—Oh, no tienen que temerle a un resfriado. Yo sudé y mi garganta es-taba
seca de escupir polvo.
—No es insolencia lo que te falta y la insolencia es el don de los
tontos. Bienaimé empezaba a disgustarse de nuevo pero Manuel se levantó y
le puso la mano en el hombro:
—¿Como que no estás contento de volverme a ver?
—¿Yo?, ¿quién dijo eso?
De la emoción, el viejo tartamudeaba.
—No, Bienaimé, dijo Délira calmándolo, nadie dijo eso. No, querido papá,
tu tienes tu alegría y tu satisfacción. Aquí está nuestro hijo. Dios nos dio la
bendición y el consuelo. Ay gracias Jesús María Virgen Santa, gracias mis
santos, les doy las gracias tres veces.
Lloraba; sus hombros se movían débilmente.
Bienaimé se aclaró la voz:
—Voy a avisar al vecindario.
Manuel rodeó a su madre con sus largos brazos musculosos:
—Ya está bueno de tristeza, te lo ruego, mamá. Desde el mismo día de
hoy, me quedo aquí mismito para el resto de mi vida. Durante todos esos años
pasados, yo era como una raíz arrancada en la corriente del río; deam-bulé por
países extranjeros; vi la miseria cara a cara; me debatí con la exis-tencia
hasta encontrar de nuevo el camino de mi tierra y para siempre.
Délira se limpió los ojos:
—Anoche estaba sentada aquí donde tú me ves; el sol se había acosta-do,
la negra noche estaba ya allí; había un pájaro en el monte que gritaba sin
parar; tenía miedo de una desgracia y pensaba: ¿Me voy a morir sin vol-ver a
ver a Manuel? Es que estoy vieja, mi hijo; tengo dolores, el cuerpo no anda
bien y la cabeza peor. Y después, la vida es tan difícil. El otro día le decía
a Bienaimé, le decía: ¿Bienaimé, cómo vamos a hacer? La sequía nos invadió;
todo muere: los animales, las plantas, los cristianos. El viento no empuja las
nubes, es un viento maldito que arrastra el ala a ras de la tierra como las
golondrinas y que levanta una humareda de polvo: mira esos re-
21
molinos sobre la sabana. Del levante al poniente no hay ni un solo grano
de lluvia en todo el cielo: entonces, ¿es que acaso Dios nos abandonó?
—Dios no tiene nada que ver con esto.
—No digas locuras, hijo. No blasfemes.
La vieja Délira, aterrada, se persignó.
—No hablo mal, mamá, están los asuntos del cielo y los asuntos de la
tierra: son dos, pero no son la misma cosa. El cielo es el jardín de los
ánge-les; son felices; no tienen que molestarse por la comida y la bebida. Y
segu-ro que hay ángeles negros para hacer el trabajo pesado de lavar las nubes
o barrer la lluvia y limpiar el sol después de la tormenta, mientras los
ángeles blancos cantan como ruiseñores todo el santo día o tocan trompeticas
co-mo aparece en las imágenes que uno ve en las iglesias.
Pero la tierra es una batalla día a día, una batalla sin descanso:
desbro-zar, sembrar, escardar, regar, hasta la cosecha y entonces, tú ves tu
campo maduro, acostado cada mañana delante de ti, bajo el rocío, y dices: “yo,
Fulano, gobernador del rocío”, y el orgullo penetra en tu corazón. Pero la
tierra es como una mujer buena, a fuerza de maltratarla, se rebela: vi que
talaron los cerros, la tierra toda está desnuda y sin protección. Son las
raí-ces las que hacen amistad con la tierra y la retienen: son los mangos, los
ro-bles, los caobos, que le dan las aguas de lluvia para su enorme sed y su
som-bra contra el calor del mediodía. Es así y no de otro modo, si no, la
lluvia descarna la tierra y el sol la escalda: no quedan sino las rocas.
Digo la verdad: no es Dios que abandona al hombre, es el hombre que
abandona la tierra y recibe su castigo: la sequía, la miseria y la
desolación.
—No quiero oírte más, dijo Délira, moviendo la cabeza. Tus palabras se
parecen a la verdad y la verdad es tal vez un pecado.
El vecindario llegaba. Eran los campesinos: Fleurimond Fleury,
Dieuveille Riché, Saint-Julien Louis, Laurélien Laurore, Joachin Eliacin,
Lhérisson Célhomme, Dorélien Jean-Jacques, el Simidor Antoine y las co-madres
Destine, Clairemise y Mérillia.
—Primo, dijo uno, te quedaste mucho tiempo por allá.
—Hermano, dijo el otro, estamos contentos de verte.
Y un tercero lo llama: cuñado, y todos le toman la mano entre sus
gran-des manos rugosas de trabajadores de la tierra.
22
Destine lo saludó con una reverencia:
—No es por reprocharte, pero a Délira se le roía la sangre, la pobre. Y
Clairemise lo abraza: somos parientes. Délira es mi tía. El otro día le
contaba un sueño: veía un hombre negro, un hombre de mucha edad. Estaba
plantado en la carretera, allí en el cruce del camino de las palmas y me dijo:
busca a Délira. No entendí lo demás. Los gallos cantaban, me des-perté. Tal vez
era Papá Legbá19.
—O era yo, dijo el Simidor: soy viejo y negro, pero le sigo gustando a
las mujeres. Saben que con los bastones viejos se hace mejor camino. Hasta me
ven en sueños.
—Cállate ya, dijo Clairemise. Tienes un pie en la tumba y todavía vives
en el desorden.
El Simidor se rió un buen rato.
Estaba todo doblado ahora y se bamboleaba como un árbol podri-do en la
raíz, pero afilaba su lengua todo el día con la piedra de las repu-taciones y
te contaba una cantidad de cuentos y de chismes sin ahorrar saliva.
Miró a Manuel con un destello de malicia por el rabillo del ojo y
des-cubriendo sus pocos dientes descarnados:
—Con permiso, el refrán dice: piedra movediza no cría moho20, pero mal
rayo me parta si no eres un negro bien plantado.
—¡Está siempre diciendo tonterías en sociedad!, le espetó Destine ¡Y
ahora maldiciendo otra vez! ¡Maleducado, eso es lo que es usted!
—Sí, dijo Bienaimé con orgullo. Es un negro fuerte. Reconozco mi ra-za;
los años me han encogido, pero en mi juventud le llevaba una cabeza.
—Délira, interrumpió Mérillia, Délira querida, te voy a preparar un té
contra el pasmo. Tuviste suficientes emociones hoy.
Pero Délira contemplaba a Manuel, su frente dura y pulida como una
piedra negra, su boca con un pliegue terco que contrastaba con la expre-
19. Legba: dios de la mitología
vodú, equivale a Eleguá en la santería cubana. Legba es el intérprete de los
dioses y por esto es invocado en primer lugar en toda ceremonia. Guardián de la
puerta que separa el mundo místico del mundo de los hombres es, por ex-tensión,
protector de los caminos y de los senderos.
20. En créole en el original:
Pissé qui gaillé pas cumin. Lit.: orín regado no fermenta.
23
sión velada y como lejana de sus ojos. Una alegría algo dolorosa se
movía en su corazón como un niño.
—Bueno, comenzó Laurélien Laurore, –era un campesino rechoncho, de
movimientos y hablar lentos; cuando hablaba cerraba los puños como pa-ra
retener el hilo de las palabras–, bueno; dicen que en Cuba hablan una len-gua
distinta a la de nosotros, como quien dice una jerga. Dicen también que
conversan tan rápido que puedes abrir enorme el pabellón de la oreja y no
entiendes nada de nada, como si montaran cada palabra sobre las cuatro ruedas
de una carretilla a toda velocidad. ¿Tú la hablas, esa lengua?
—Claro, respondió Manuel.
—Y yo también, gritó el Simidor. Acababa de tragar, uno tras otro dos
vasos de clerén. Pasé la frontera varias veces: esos dominicanos son gente como
nosotros, pero tienen un color más rojo que los negros de Haití y sus mujeres
son unas mulatas de larga crin. Conocí a una de esas pícaras, esta-ba bien
sabrosa, para decir la verdad. Antonio me llamaba, así era como me llamaba. Y
bueno, en cuestión de comparación con las mujeres de por aquí, no le faltaba
nada. Tenía todo y de buena calidad. Podría jurarlo, pe-ro Destine me
insultaría después. Destine, mi amor, la lengua no es lo que cuenta, no, es lo
demás, créeme.
Ahogó la risa en una tosecita.
—Yo no soy tu amor y tú eres un vagabundo, un hombre sin palabra.
Destine estabas fuera de sí, pero todos se pusieron a reír. Este Antoine,
francamente...
La botella de clerén circulaba. Manuel bebe pero observa a los
campe-sinos, descifrando en las arrugas de sus rostros la escritura implacable
de la miseria. Se mantienen a su alrededor; están descalzos y por los rotos de
sus trapos remendados se les ve la piel seca y terrosa. Todos llevan el
ma-chete a un lado, por costumbre, sin duda, porque ¿qué trabajo se ofrece
ahora a sus brazos desempleados? Cortar un poco de monte para reparar las
cercas de los conucos, tumbar algunos cujíes para el carbón que sus mu-jeres
van a vender sobre el lomo de un burro hasta el pueblo. Es con eso que deberán
prolongar sus existencias hambrientas, agregando la venta de las aves y, por
aquí y por allá, una novilla flaca cedida a bajo precio en el mercado de Pont
Beudet.
24
Pero, por los momentos, parecían haber olvidado su suerte:
envalen-tonados por el alcohol se reían con el parloteo incansable de Antoine:
Caramba, que lo digo yo, –¿tengo la costumbre de decir mentiras? Digo
que esa negrita, esa señorita Hèloïse se redondea cada día más. Eso es lo que
pasa cuando uno se pone a jugar gárgaro21 con los muchachos del vecindario. En
mis tiempos esos asuntos de muchachas eran un pro-blema y una dificultad. Había
que maniobrar, disimular, hablar francés, en fin, todas las payasadas, todos
los simulacros y al final de cuentas, te encontrabas colocado22 de verdad y
para decirlo como es, amarrado co-mo un cangrejo, con una casa por construir,
muebles por comprar, sin contar la vajilla.
Me acuerdo de Mélie. La diabla esa hubiera podido prenderle fuego a un
confesionario. Una piel negra sin reproches, gracias a Dios, ojos con ce-jas de
seda y largas como cañas al borde de un estanque, dientes hechos a propósito
para la luz del sol y con aquello bien redondito, bien gordito co-mo a mi me
gusta. La mirabas y un sabor de pimienta se te subía a la boca. Caminaba con un
contoneo sabroso: era una danza para la perdición del alma. De verdad te
trastocaba hasta los tuétanos.
Una tarde me encuentro con Mélie que regresaba de la fuente, cerca del
conuco de maíz del compadre Cangé. El sol se iba a acostar: era casi el
anochecer. El camino no era transitado.
Conversa que te conversa, le agarro una mano a Mélie; ella baja los ojos
y dice solamente: “Antoine, ho, eres atrevido, sí, Antoine”. En esos tiem-pos
éramos más cultos que ustedes negros de hoy, teníamos instrucción: comienzo
entonces en mi francés-francés: “Señorita, desde que yo la he visto, en el
porche de la casa parroquial, tuve una transportación de amor por ti. Ya corté
palos y paja para construir esa casa de usted. El día de nues-tro matrimonio,
las ratas saldrán de sus ratoneras y los cabritos de Mi-nnaine vendrán a
berrear delante de nuestra puerta. Entonces, para asegu-
21. En el original: Jouer à qui
l’aura: se refiere probablemente al juego de niños y adoles-centes denominado
gárgaro.
22. En el original: Placé
(colocado). El “Plaçage” es, en su origen, una unión poligámica, importada de
África que se criollizó. Esta unión que corresponde a un matrimonio,
repre-senta para la mayoría de la población haitiana la forma de fundar un
hogar.
25
rar nuestro compromiso de amor, pido permiso, Señorita, para una
peque-ña sinvergüencería”.
Pero Mélie me quita la mano, sus ojos relampaguean y me responde: “no
señor, cuando los mangos florecen y los cafés maduros, cuando el cumbite
atraviesa el río al son de los tambores, entones, si usted es un hom-bre serio,
usted irá a conocer mi papá y mi mamá”.
Para comer hay que sentarse a la mesa, para tener a Mélie tuve que
ca-sarme. Era una buena mujer, está muerta hace tiempo ya. Descanso eterno para
ella. Así sea.
Y se empujó de un solo trago un pocillo de clerén. Los campesinos se
echaron a reír.
—Ah, la canalla, murmuró Destine torciendo su boca con desprecio. Pero
Laurélien Laurore con una especie de paciente dedicación en su
rostro plácido, interrogaba a Manuel:
—Bueno: te pregunto otra vez, ¿tienen agua?
—En cantidad, viejo23. El agua corre de un lado a otro de las
plantacio-nes y es una caña hermosa la que crece allí y de mejor rendimiento
que nuestra caña criolla.
Todos escuchaban ahora.
—Podrías caminar de aquí a la ciudad sin ver más nada sino la caña, la
caña por todos lados, salvo a ratos, una palmera sin importancia, como una
escoba olvidada.
—Entonces dices que tienen agua, dijo Laurélien Laurore como pensativo.
Y Dieuveille Riché preguntó:
—¿Y de quién es esa tierra y toda esa agua?
—De un blanco americano, Mister Wilson se llama, y la fábrica tam-bién y
todos los alrededores son de su propiedad.
—Y los campesinos, ¿hay campesinos como nosotros?
—¿Quieres decir con un pedazo de tierra, aves, algunos animales con
cuerno? No; solo trabajadores para cortar la caña a tanto y tanto. No tie-nen
sino el valor de sus brazos, ni un puñado de tierra, ni una gota de agua,
23. En español en el original.
26
sino su propio sudor. Y todos trabajan para Míster Wilson y ese Míster
Wilson, durante todo el tiempo está sentado en el jardín de su bella casa, bajo
un parasol, o juega con otros blancos, a lanzar y lanzar una pelota blanca con
una especie de paleta de lavar.
—Eh... dijo el Simidor, amargamente esta vez, si el trabajo fuera
bue-no, hace ya tiempo que los ricos se lo hubieran acaparado.
—Bien dicho, Simidor, aprobó Saint-Julien Louis
—Dejé miles y miles de haitianos del lado de Antilla. Viven y mueren
como perros: Matar a un haitiano o a un perro24 es la misma cosa, dicen los
tipos de la policía rural, verdaderos animales feroces.
—Es una insolenciatez, exclamó Lhérisson Celhomme.
Manuel permaneció un rato silencioso.
Se acordaba de aquella noche. Iba camino a la reunión clandestina. Se
preparaba la huelga25. ¡Alto!26, gritó una voz. Manuel se echó a un
lado, adosándose a las tinieblas. A pesar del rumor tembloroso del
viento en las cañas, percibía no lejos de él, una respiración excitada.
Invisible, contraído, las manos listas, esperaba. Alto, alto, repetía
nerviosamente la voz. Un débil reflejo rasgó la noche. De un salto, Manuel se
apoderó del re-vólver, quebró el puño del guardia. Rodaron por el suelo, el
hombre quiso gritar socorro, Manuel con un golpe de cacha le partió los dientes
y golpeó cada vez más fuerte hasta hundirle el arma en los tuétanos.
Sonrió con satisfacción al recordarlo.
—Sí, dijo el Simidor, así es y es una injusticia. Los desgraciados
traba-jan al sol y los ricos gozan en la sombra, unos siembran, los otros
cosechan. La verdad, nosotros, el pueblo, somos como el caldero, es el caldero
el que cocina toda la comida, es él el que conoce el dolor de estar sobre el
fuego, pero cuando la comida está lista, le decimos al caldero: tú no puedes
venir a la mesa, ensuciarías el mantel.
—Es la pura verdad, gritó Dieuveille Riché.
Una tristeza pesada caía sobre los campesinos. La segunda botella de
24. En español en el original.
25. En español en el original.
26. En español en el original.
27
clerén estaba vacía. Habían vuelto a su condición y a los pensamientos
que los atormentaban: la sequía, los campos devastados, el hambre.
Laurélien Laurore tendió la mano a Manuel.
—Me voy hermano. Descansa después de ese largo camino. Me gusta-ría
hablar contigo otra vez sobre ese país, Cuba. Entonces te digo: adiós, sí.
—Adiós compadre27.
Uno tras otro lo saludaron, salieron de la choza repitiendo: —Délira ,
prima, adiós, sí, Bienaimé, hermano, adiós, sí. —Adiós vecinos, respondían los
viejos, gracias por la cortesía.
En la puerta, Manuel los veía desaparecer por los senderos que, a
tra-vés del monte, los conducían a sus chozas.
—Debes tener hambre, le dijo su madre. Te voy a preparar de comer:
no hay gran cosa, tú sabes.
Bajo el cobertizo de hojas de palma se acuclilló delante de las tres
pie-dras ennegrecidas, prendió el fuego y avivó pacientemente la llama
nacien-te aventándola con la palma de la mano.
Hay luz en su frente, pensaba con éxtasis.
El sol declinaba en el cielo: no faltaba mucho para el Ángelus, pero un
vaho de calor espeso de polvo persistía en el horizonte de los cujíes.
III
Debe estar amaneciendo, piensa Manuel. Sobre la puerta trepaba con un
ligero frío, la claridad neblinosa del alba. Oía en el patio el canto
expre-sivo de los gallos, el batir de alas y el picoteo afanoso de los pollos.
Abrió la puerta. El cielo bañado por la noche palidecía al levante,
pe-ro el monte, todavía dormido, reposaba en una masa de sombra.
El perrito lo recibió de mala gana y mostrando los dientes con rabia, no
dejaba de gruñir:
—Pero qué perro tan fastidioso, perro odioso, gritaba la vieja Délira,
alejándolo con su voz y con sus gestos.
Se ocupaba ya en calentar el café.
27. En español en el original.
28
—Te levantaste muy temprano, hijo mío, ¿dormiste bastante? —Buenos días
mamá, papá te doy los buenos días, sí. —¿Cómo estás hijo?, respondió Bienaimé.
Mojaba un pedazo de casabe en el café.
Délira le ofreció a Manuel un pocillo de agua fresca. Se lavó la boca y
los ojos.
—No dormí, se quejaba Bienaimé, no dormí bien. Me desperté en mi-tad de
la noche y no hice sino dar vueltas y vueltas hasta el amanecer.
—Es, tal vez, la alegría que te picaba, subrayó Délira sonriendo. —¿Cuál
alegría? retrucó el viejo. Seguro que eran las pulgas. Mientras Manuel bebía su
café, un rubor subía poco a poco y se alar-
gaba por encima del cerro. La sabana y su maleza encrespada con la luz
se apoderaba del espacio, se extendía hasta el borde indeciso donde el alba se
soltaba lentamente del abrazo confuso de la noche.
En el monte, las gallinetas salvajes lanzaban su llamado vehemente. Y
sin embargo, la tierra es buena, pensaba Manuel. El cerro se perdió,
es verdad, pero la llanura puede dar todavía su buena cantidad de maíz,
de mijo y de víveres de toda clase. Lo que haría falta es el riego.
Veía como en un sueño el agua corriendo en los canales como por una red
de venas que transportaban la vida hasta lo profundo de la tierra, los plátanos
inclinados bajo la caricia cuidadosa del viento, las espigas barbu-das del
maíz, los cuadrados de patatas alineados en los huertos, toda esta tierra
quemada renovada con los colores del verdor.
Se dirigió a su padre:
—¿Y la fuente Fanchon?
—¿Qué, la fuente Fanchon?
Bienaimé desmigajaba en su pipa lo que le quedaba de la colilla de la
víspera.
—Hablo del agua.
—Seca como la palma de mi mano.
—¿Y la fuente Lauriers?
—Eres porfiado, hijo. Ni una gota tampoco. No queda sino el claro Zombi
pero es una charca de mosquitos: un agua podrida como una cule-bra muerta
enroscada, un agua espesa y sin fuerzas para correr.
29
Manuel guardó silencio; un pliegue terco le contraía la boca. Bienaimé
arrastró su silla hasta el taparo y se sentó apoyándola contra
el tronco. Miraba hacia el camino por donde pasaban los campesinos
con-duciendo sus asmáticas bestias de carga.
—“Eh, burro, eh”, sus gritos agrios se elevaban en la calma matinal.
—Mamá, ¿cómo van a vivir ustedes? —Con el favor de Dios, murmuró Délira.
Agregó tristemente:
—Pero no hay misericordia para los desgraciados.
—La resignación no sirve para nada.
Manuel movió la cabeza con impaciencia:
—La resignación es traidora, es casi tan parecida al desaliento. Te
par-te los brazos; uno espera los milagros y la Providencia con el rosario en
la mano, sin hacer nada. Uno pide por la lluvia, uno pide por la cosecha, uno
reza las oraciones de los santos y de los loas28, pero la Providencia, déjame
decirte, es el propio deseo del hombre de no aceptar la desgracia, de do-mar
todos los días la mala voluntad de la tierra, de someter el capricho del agua a
su necesidad, entonces la tierra lo llama: mi amo querido, y el agua lo llama:
mi amo querido, y no hay otra Providencia sino su trabajo de cam-pesino serio,
ni otro milagro sino el fruto de sus manos.
Délira lo miró con una ternura inquieta.
—Tienes la lengua hábil y viajaste en país extranjero. Aprendiste cosas
que sobrepasan mi entendimiento. Yo no soy sino una pobre tonta. Pero tú no le
ha-ces justicia a Dios. Él es el Señor de todas las cosas; tiene en sus manos
el cambio de las estaciones, el hilo de la lluvia y la vida de sus criaturas.
Él es el que le da la luz al sol, y el que alumbra la candela de las estrellas,
sopla sobre el día y se hace noche oscura, dirige los espíritus de las fuentes,
del mar y de los árboles. Papá Loko29, dice, Señor Agoué30 dice, ¿me oyen? y
Loko-Atisou responde: Hágase tu voluntad , y Agoueta-Woyo responde: amén. ¿Ya
te olvidaste de estas cosas?
28. Loa: nombre genérico de los
dioses de la mitología vodú.
29. Loko: dios de la vegetación en
la mitología vodú, dios de la curación y protector de los cu-randeros, Loko es
el que confiere a las plantas sus propiedades curativas y sus virtudes
rituales.
30. Agoueta-Woyo: dios del mar, de
su fauna y de su flora en la mitología vodú. Los barcos que navegan en el mar y
los que viven de sus recursos están bajo su protección.
30
—Hace tiempo que no las oía, mamá.
Manuel sonreía y Délira desconcertada, suspiró:
—Ay, hijo mío, es que es la verdad, sí.
Había amanecido completamente. El sol, de un rojo colérico abraza-ba la
cresta de los cerros. Las erosiones se avivaron con una luz cruda y los campos
aparecieron en toda su desnudez. En la sabana, los bueyes hosti-gados por los
tábanos mugieron largamente. La humareda de los bucanes de las carboneras
flotaba por encima de los cujíes.
Manuel fue a buscar su machete.
—Voy a dar una vuelta por el monte, mamá.
—¿Y por dónde?
—Por ahí.
Hizo un gesto vago hacia la colina.
—Te estaré esperando, no te quedes demasiado por el camino, hijo mío.
Mirándolo irse hacia el monte, Bienaimé masculló:
—No ha llegado y ya se pone a vagabundear.
Manuel atravesaba el monte todavía ensombrecido y los ramajes se
in-clinaban sobre el sendero bordeado de cactus. Pero se acordaba: después de
unas curvas y de unos cruces, el sendero desembocaría en el vallecito es-trecho
donde Bienaimé hace tiempo había desbrozado un pedazo de tie-rra para sembrar
algodón, y después por la escotadura del cerro, subiría hasta el manantial.
Se topó con una bandada de gallinetas que volaron ruidosamente a través
de una espesura de palos de campeche: “podría tratar de agarrar a la gavilana,
pero las gallinetas son más astutas que las tórtolas y los hortela-nos”. Se
sentía lleno de alegría, a pesar del pensamiento obstinado que lo atormentaba.
Tenía ganas de cantarle un saludo a los árboles: plantas, oh mis plantas, les
digo: honor. Ustedes me responderán: respeto, para que yo pueda pasar. Ustedes
son mi casa, ustedes son mi país. Plantas, digo: lianas de mis montes, yo estoy
sembrado en esta tierra, estoy ligado con esta tie-rra: plantas, oh mis
plantas, les digo: honor. Respóndanme: respeto, para que yo pueda pasar.
Volvió a tomar ese paso alargado y casi negligente, pero que tiene el
garbo de los negros de la llanura, limpiando a veces su camino con un ma-
31
chetazo rápido y canturreaba todavía cuando llegó a un claro. Un
campe-sino preparaba su carbonera. Era un negro espeso y como prensado en un
pilón. Sus manos enormes pendían al final de sus brazos como paquetes de
raíces. Su cabello le llegaba hasta la frente terca en pequeñas breñas
enro-lladas y esparcidas.
Manuel lo saludó pero el otro lo miraba sin contestar: bajo el saliente
de sus cejas su mirada se agitaba como un animal desconfiado en una ma-driguera
cubierta de maleza. Por fin, dijo:
—¿Tú eres el negro que regresó ayer de Cuba?
—Yo mismo soy.
¿Tú eres el hijo de Bienaimé?
—Yo mismo soy.
Con la mirada afilada hasta no ser más que un carboncillo ardiente, el
campesino midió a Manuel, después, con una lentitud calculada, volteó la
cabeza, escupió y se puso a preparar su carbón.
Manuel se debatía entre la sorpresa y la rabia. Un segundo más de ese
vuelo rojo sobre los ojos y le hubiera metido al desconocido su insolencia en
el cráneo a machetazo limpio pero se dominó.
Siguió su camino remachando su cólera y su malestar: El hijo de
pu-ta...31 ¿pero qué pasa? Se acordó del cambio brusco de actitud de Annaïse.
“Hay algo que no está claro en todo esto”.
El vallecito se extendía al pie del cerro, las aguas rodando desde lo
al-to lo habían zanjado y por la pendiente, la tierra rodada había ido a
perder-se a lo lejos. Los huesos de las piedras perforaban su piel y las tunas
que son, entre las plantas, como arañas velludas de espinas, lo habían
invadido.
Manuel tomó el flanco del cerro. Subía en la llamarada del sol. Echó un
vistazo hacia la llanura, su color enfermo, la crin grisácea de sus cujíes, la
quebrada mostrando al sol la larga hilera de las piedras. Volteó en el sen-dero
que descendía en la curva hacia la falla donde en otro tiempo corría la fuente
Fanchon.
Las losas de las piedras alisadas por el agua sonaron bajo sus pasos.
Las había conocido venosas de musgo húmedo; se acordaba del agua pura con su
31. En español en el original.
32
fraseo largamente desahogado, sin comienzo ni fin y el soplo del viento
roto por los gritos del aire como ropa mojada. Venía de lejos, la fuente,
recordaba Manuel, venía de los riñones mismos del cerro, caminando
secretamente, fil-trándose con paciencia en lo oscuro, para aparecer por fin,
en la brecha de la colina, limpia de limo, fresca y clara como la mirada de un
ciego.
No quedaba de ella sino una cicatriz de grava y de maraña, y más le-jos,
allí donde comenzaba la parte llana del vallecito, bloques de rocas que habían
rodado del cerro, reposaban como ganado apacible alrededor de un arenal.
Había querido cerciorarse, y bueno, ahora sabía, y con la fuente
Lau-riers debía ser parecido: un hueco de barro cuajado y eso era todo;
entonces había que resignarse a empeorar lentamente, a hundirse sin remedio en
la arena movediza de la miseria y decirle a la tierra: “adiós, renuncio”. No,
de-trás de los cerros, había otros cerros, y que un rayo lo parta si no
excavaba las venas de sus barrancos con sus propias uñas hasta encontrar el
agua, hasta sentir su lengua húmeda sobre la mano.
—¿Compadre, no viste una yegua rucia por estos parajes?
Era la voz de Laurélien.
—La maldita rompió la cuerda.
Bajó pesadamente la pendiente hacia Manuel.
—Así que vuelves a conocer tu país, hermano.
—Oír y ver son dos, respondió Manuel, para eso vine aquí desde
tem-pranito. Me decía a mí mismo, me decía: tal vez quede un hilito escondido.
A veces pasa que el agua se pierde en el colador de la arena y después se
es-curre hasta encontrar lo duro y hace su camino en el fondo de la tierra.
Extrajo un terrón con su machete, lo estrelló contra una piedra. Es-taba
lleno de ramitas y de detritus de raíces secas que se desmoronaban en los
dedos.
—Mira, no hay más nada, el agua se secó desde las entrañas del cerro.
No vale la pena buscar más lejos porque es inútil.
Y con una cólera repentina:
—Pero por qué, carajo, cortaron los árboles: los robles, los caobos y
todo lo que crecía allá arriba. Qué negros tan irresponsables, negros sin
comedimiento.
33
Laurélien luchó un momento con las palabras:
—Qué querías hermano... clareamos por la leña, cortamos para cons-truir
y reparar las chozas, reparamos las cercas de los conucos, no sabía-mos, la
ignorancia y la necesidad van juntas, ¿no es verdad?
El sol raspaba la espalda despellejada del cerro con uñas rutilantes, la
tierra jadeaba en su barranca alterada, y el campo horneado en la sequía,
comenzaba a calentarse.
—Se hace tarde, dijo Laurélien... Mi yegua debe estar corriendo por ahí;
está en celo y me da miedo que la desgraciada se haga cubrir por el ala-zán
cojo del compadre Dorismond.
Treparon juntos la cuesta.
—¿Vienes mañana, si Dios quiere, a la gallera?
—Si me provoca, dijo Manuel.
Estaba preocupado por una sola cosa de la que no sacaba sino rabia.
Laurélien se dio cuenta confusamente y guardó silencio. Llegados al lugar donde
el sendero se bifurca en una subida y una bajada, Manuel se detuvo.
—Laurélien, dijo, te voy a hablar franco, compadre. Óyeme, te ruego,
óyeme bien. Este asunto del agua es de vida o muerte para nosotros, la
sal-vación o la perdición. Pasé parte de la noche con los ojos abiertos: no
tenía sueño ni reposo de tanto pensar. Yo, Manuel, calculaba cómo salir de esta
miseria. Mientras más examinaba la cosa en mi cabeza, más veía que no ha-bía
sino un solo camino y derechito: hay que encontrar el agua. Cada quien tiene
sus convicciones, ¿no es verdad? Bueno. Juré: yo encontraré el agua y la
llevaré a la llanura, con la cuerda de un canal al cuello. Soy yo quien lo
dice, yo mismo, Manuel Jean-Joseph.
Laurélien le miraba los ojos agrandados:
—¿Y cómo vas a hacer?
—Espera y verás. Pero por el momento, confianza por confianza, es un
secreto entre los dos.
—Que la Virgen de Altagracia me reviente los ojos si digo una palabra.
—Bueno, y si te necesito, ¿puedo contar contigo? —Puedes estar seguro, juró
solemnemente Laurélien.
Se dieron la mano.
—¿De acuerdo?, dijo Manuel.
34
—De acuerdo.
—¿De verdad?
—De verdad, tres veces.
Mientras bajaba la loma, Laurélien le gritó todavía:
—Compadre Manuel, ho.
—Señor, sí, compadre Laurélien.
—Puedes apostar mañana por mi gallo: no hay uno mejor.
Manuel bordeó el monte, el último desmonte lo había roído en sus
lin-deros aunque retomaba ahora sus derechos con el crecimiento tenaz de los
cactus arborescentes, erizados de agujas, sus largas hojas carnosas,
insen-sibles al movimiento del aire, espesas y lustrosas como la piel de los
caima-nes.
Cuando llegó a su casa, el cielo que se había vuelto gris plomo, pesaba
como una tapa ardiente sobre la abertura de los árboles. La choza apoya-da
contra el cobertizo parecía abandonada desde una época sin años. Bienaimé
dormitaba bajo el taparo. La vida se había descompuesto, para-lizada en su
curso, el mismo viento barría los campos con ráfagas de polvo; más allá de la
sabana, el mismo horizonte cortaba la vista a toda esperanza y zurciendo un
vestido mil veces usado, la vieja Délira repasaba, como en un tormento, los
pensamientos de todos los días: la reserva de víveres dis-minuía, estábamos
reducidos a unos puñados de mijo y de frijoles-congo, ay Virgen María, no era
culpa suya, había cumplido con su deber y toma-do las precauciones según la
sabiduría de los ancianos. Antes de sembrar el maíz, al amanecer, frente al ojo
rojo y vigilante del sol, le había dicho al Señor Jesucristo, dirigiéndose
hacia el levante, a los ángeles de Guinea, di-rigiéndose hacia el sur, a los
muertos, dirigiéndose hacia el poniente, a los santos, dirigiéndose hacia el
norte, les había dicho, dejando caer los granos en las cuatro direcciones
sagradas: Jesús Cristo, los ángeles, los muertos, los santos: he aquí el maíz
que les doy, denme en cambio el ánimo para tra-bajar y la satisfacción de la
cosecha. Protéjanme contra las enfermedades y a mi familia también: Bienaimé,
mi hombre, y mi hijo en país extranjero. Protejan este conuco contra la sequía
y los animales voraces, es un favor que les pido, por favor, por la Virgen de
los Milagros, amén, y gracias.
Alzó sus ojos cansados hacia Manuel:
35
—¿Ya regresaste hijo?
—Tengo algo que preguntarte mamá, pero primero me voy a lavar. Vertió
agua de la jarra y llenó una ponchera. Torso desnudo, detrás de
la choza, su piel, frotada con vigor, tenía una luz lustrosa y sus
músculos se estiraban con soltura como lianas hinchadas de savia.
Volvió refrescado y puso el banco debajo del cobertizo. Su madre se
sentó a su lado. Le contó su extraña aventura en el monte.
—Dime, ¿cómo era ese negro? preguntó Bienaimé que se había des-pertado.
— Es un negro, negro, chaparro, membranoso, con los cabellos como granos
de pimienta.
—¿Y los ojos hundidos, profundos? —Sí.
—Es Gervilen, declaró Bienaimé, ah, el maldito, el perro, el vagabun-
do.
—Y ayer, caminaba con una muchacha y conversábamos amistosa-mente, pero
cuando le dije quién era me dio la espalda.
—¿Qué tipo de negra era?
—De buena estatura, con ojos grandes, dientes blancos, la piel fina. Me
dijo su nombre: Annaïse se llama ella.
—Es la hija de Rosanna y del difunto Beaubrun: una caña para pescar
imbéciles, con ojos de vaca lechera; en cuanto a su piel, me importa poco, y en
cuanto a sus dientes, nunca me he reído con ella como para darme cuenta.
Bienaimé hervía de cólera y las palabras se le enredaban en los copos de
su barba.
—¿Por qué somos enemigos? preguntó Manuel. Sin contestar, Bienaimé fue a
buscar su silla.
Bajo el cobertizo había un juego de sombra que venía del follaje de la
palma que lo cubría.
—Es, comenzó el viejo, una historia antigua pero no olvidada. Para esa
época tu estabas en Cuba.
Mascó el tubo de su pipa. —La sangre corrió.
36
—Cuente papá, lo escucho, dijo Manuel con cortesía.
—Bueno, mi hijo, cuando el difunto Johannes Lonjeannis murió, –lo
llamábamos General Lonjeannis porque hizo la guerra con los cacos32 tu-vimos
que repartir las tierras. Era un verdadero don33, si tienes memoria, ese
General Lonjeannis, un hombre de muchos modales, un patriarca: ahora ya no hay:
botaron el molde. A través de él, por decirlo de un modo, éramos todos
parientes. Había hecho montones de hijos. Con mi propia tía-abuela había tenido
a Dorisca, el papá de ese Gervilén, la maldición del infierno sobre su cabeza
sarnosa. Un reparto se hace con grandes discusio-nes, es verdad, pero se trata
de la familia, ¿verdad? y uno termina ponién-dose de acuerdo. Uno dice
¿entiendes, compadre Fulano? y un compadre Fulano contesta: entiendo y cada uno
toma su parte de tierra. La tierra no es una sábana, hay puesto para todos,
pero Dorisca se pone sordo como una mula reacia y un buen día llega con su
familia y una escolta de seguido-res y toma posesión. Nosotros, los otros,
vamos a ver lo que pasa. Ya Dorisca y su banda estaban en pleno cumbite y no
habían regateado el cle-rén. Mi hermano, el difunto Sauveur Jean-Joseph, Dios
tenga piedad de su alma, no era capón, se acerca el primero: Compadre Dorisca,
le dice, no es-tás en tu derecho. Pero Dorisca responde: Quítate de mi tierra o
te corto en pedacitos que hasta los perros van a vomitar. Entonces me insultas,
di-jo el difunto Sauveur. Mierda, responde Dorisca y tu mamá esto y tu mamá lo
otro. No has debido decir eso, dice Sauveur y saca su machete antes que el otro
y lo tiende tieso, muerto.
Entonces la batalla comenzó. Hubo heridos en cantidad. Yo mismo...
Bienaimé se levantó la camisa34 y señaló con el dedo la huella de una
ci-catriz entre los pelos blancos de su pecho.
—Y Sauveur murió en prisión, era mi hermano menor y era un hom-bre
bueno.
Bienaimé se limpió una lágrima con el puño cerrado.
32. Durante la ocupación americana
en Haití (1919-1934) se designó con el nombre de ca-cos a los campesinos
revolucionarios que lucharon contra esta ocupación.
33. Don: palabra proveniente del
español que designa en créole a los personajes influyentes y prestigiosos de
una comunidad.
34.Véase nota 10 del capítulo I.
37
—Te escucho, dijo Manuel.
—Terminamos por separar la tierra con la ayuda de un juez de paz, pero
compartimos también el odio. Antes éramos una sola familia. Se acabó aho-ra.
Cada uno guarda su rencor y alimenta su rabia. Estamos nosotros y están los
otros y entre los dos: la sangre. No se puede saltar por encima de la sangre.
—Ese Gervilen es un hombre lleno de maldades, murmuró Délira, y cuando
bebe, el clerén le echa a perder la mente.
—Es un negro sin conciencia, agregó Bienaimé.
Cabizbajo, Manuel oía. Así que un nuevo enemigo se alzaba en el ca-serío
y lo dividía tan netamente como una frontera. Era el odio y su rumiar amargo
del pasado ensangrentado, su intransigencia fratricida.
—¿Qué dices? preguntó Bienaimé.
Manuel se había levantado. Delante de sus ojos, los techos de las
cho-zas aparecían entre los árboles y en cada choza se maceraba el veneno
ne-gro de la venganza.
—Digo que es una lástima.
—No te entiendo, hijo.
Pero Manuel se alejaba lentamente hacia el campo, caminaba en el sol,
pi-soteaba las matas secas y encorvaba un poco la espalda como si llevara un
fardo.
IV
Unos días más tarde, Manuel reparaba el cobertizo. Remplazaba un
travesaño carcomido por un tronco joven de palo de campeche. Lo había podado,
desvestido de su corteza y puesto a secar, pero la madera transpi-raba un poco
de humedad roja.
—Está bien que lo arregles, dijo su madre.
—Estaba podrido, respondió Manuel distraídamente.
Su madre esperó un poquito.
—Porque ya le avisé a Dorméus.
—¿Dorméus?
—El houngan35, hijo.
35. Hougan: sacerdote de la religión vodú.
38
Manuel aseguró el travesaño.
—¿Me oyes, hijito?
—Te oigo, sí.
Hundía los clavos en la carne tierna del palo de campeche.
—Será para pasado mañana, si Dios quiere, dijo Délira.
—Si Dios quiere, repitió Manuel.
—Bienaimé fue a buscar hojas nuevas para tapar el cobertizo. Es un gran
deber que debemos cumplir.
Manuel se bajó del banco. Había terminado.
—Es él, Papá Legba, el que te abrió el camino de regreso. Clairemise lo
vio en sueños, Atibon-Legba, Señor de las Encrucijadas. Tenemos que
agradecerle. Ya invité a la familia y al vecindario. Mañana irás al pueblo a
comprar cinco galones de clerén y dos botellas de ron.
—Iré, respondió Manuel.
En la noche de pasado mañana, los campesinos esperaban bajo el
co-bertizo recién reparado. Pedazos de vela sujetados al poste ardían con un
olor acre y según el batir de alas del viento, lamían la sombra con una len-gua
humeante.
Un rumor de voz en el camino anunció la llegada de Dorméus. Bienaimé lo
esperaba ya en la empalizada. El hougan se adelantó, era un negro grande,
rojizo, con la seriedad en cada uno de sus movimientos. Lo seguía la teoría de
sus hounsi36, peinadas y vestidas de blanco inmaculado, llevando en sus manos
ramitas de pino encendido. Precedían al La Place37, encargado del ce-remonial,
los abanderados, los tocadores de tambor y de gong.
Haciendo una reverencia, Bienaimé le ofreció a Dorméus un cántaro de
agua. El houngan lo recibió con gravedad, lo levantó lentamente con sus dos
manos juntas hacia los cuatro puntos cardinales. Sus labios murmuraban
pa-labras secretas. Regó luego el suelo, trazó un círculo mágico, enderezó su
al-ta figura y se puso a cantar acompañado de todos los asistentes.
36. Hounsi: hombre o mujer que ha
pasado por los ritos de iniciación, y que asiste al houn-gan (sacerdote) o a la
mambo (sacerdotisa) de la religión vodú, durante las ceremonias.
37. La Place: título que lleva en
una cofradía vodú el maestro de ceremonias. Armado de una espada o de un
machete, conduce las procesiones, rinde los honores a los loas y asiste al
oficiante. Su título proviene de “comandante general de la plaza’’.
39
Papá Legba, ábrenos la empalizada, ago ye
Atibon Legba, oh, ábrenos la empalizada para poder pasar Al llegar
daremos gracias a los Loas
Papá Legba, Señor de las tres Encrucijadas, Señor de los tres caminos,
Señor de las tres cunetas
Ábrenos la empalizada para que podamos entrar Al entrar, daremos gracias
a los Loas38.
—Pase, papá, pase, dijo Bienaimé cediendo humildemente el paso al
houngan.
Dorméus se adelantó seguido de su gente. Las antorchas lanzaban una luz
furtiva sobre los vestidos blancos de las hounsi, sacaban chispas a las
lentejuelas doradas de las banderas. El resto avanzaba en un movimiento más
espeso que la noche.
Y Legba ya estaba allí, el viejo Dios de Guinea. Bajo el cobertizo había
tomado la forma de Fleurimond pero lo había remodelado a su imagen ve-nerable,
de acuerdo con su edad inmemorial: los hombros encorvados y apoyado, jadeante
de agotamiento, sobre el bastón de una rama torcida.
Los campesinos abrieron el camino del respeto frente al houngan. Los
abanderados balancearon por encima del poseso un palio de banderas desplegadas.
Dorméus dibujó el vêvê39 mágico a sus pies, plantó en medio una vela encendida.
—Tus hijos te saludan, le dijo a Legba. Te ofrecen este servicio en
agra-decimiento y en acción de gracias.
Señaló un saco de mimbre que colgaba del poste central:
—Ahí está tu mochila, con los víveres que necesitarás en tu viaje de
re-greso: la mazorca de maíz tostado, rociada de sirop y de aceite de oliva,
to-cinos, tortas y el licor para tu sed.
38. En créole en el original: Papa
Legba, l’ouvri barrié-a pou nous, ago yé! / Atibon Legba, ah l’ouvri barrié-a
pou nous, pou nous passer / lo n’a rivé, n’a remercié loa yo / Papa Legba,
mait’e trois carrefours, mait’e trois chemins, mait’trois rigoles / L’ouvri
barrié-a pou nous, pou nous entrer / Lo n’a entré, n’a remercié loa yo.
39. Vêvê: dibujo simbólico que
representa los atributos del dios y que el houngan traza en suelo al comienzo
de la ceremonia vodú con harina de maíz, ceniza, borra de café o con el polvo
de ladrillos pilados, para convocar la presencia del dios en cuestión.
40
—Gracias, dijo el loa con voz apagada. Gracias por la comida y la
be-bida. Veo que las cosas van mal con esta sequía. Pero va a cambiar, va a
pa-sar. El bien y el mal forman una cruz. Yo, Legba, soy el Señor de esa
Encrucijada. Haré que mis hijos criollos vayan por el buen camino. Saldrán del
sendero de la miseria.
Un coro de plegarias lo rodeó.
—Hazlo por nosotros, papá, te ruego, ay, papá querido, por favor. La
penitencia es muy grande y sin ti estamos indefensos. Piedad, piedad,
mi-sericordia.
El poseso asintió con un movimiento senil. Su mano temblaba sobre el
bastón y pronunció algunas palabras aún, jadeantes e ininteligibles.
Dorméus hizo una señal: el batir entrecortado de los tambores prelu-dió,
se amplificó en un volumen oscuro, percutido, que rompía la noche y el canto
unánime subió, apoyado en el ritmo ancestral y los campesinos se pusieron a
bailar su súplica, doblando la rodillas, con los brazos abiertos.
Legba, hazles ver eso
Alegba-sé, somos los dos40.
Sus padres habían implorado a los fetiches de Whydah41 bailando este
Yanvalou42, y en sus días de infortunio se acordaban de él, con una fideli-dad
que resucitaba de la noche de los tiempos el poder tenebroso de los viejos
dioses dahomeyanos:
Somos los dos, Kataroulo
Valiente Legba, somos los dos
Las hounsi giraban alrededor del poste central mezclando la espuma de
sus vestidos en la ola agitada de los campesinos vestidos de azul y Délira
baila-
40. En créole en el original:
Legba, fais leur voir ça / Alegba-sé, c’est nous deux.
41. Templo de la costa africada
dedicado al culto del dios-serpiente Damballah.
42. Yanvalou: danza consagrada al
dios Damballah que imita los movimientos de una serpiente.
41
ba también, el rostro recogido, y Manuel, vencido por la pulsación
mágica de los tambores en lo más secreto de su sangre, bailaba y cantaba con
los demás.
Griten abobo43, Atibon Legba
Abobo Kataroulo, Valiente Legba.
Dorméus agitó su asson, la maraca ritual, hecha con una calabaza
va-ciada, adornada con un hilo ensartado de vértebras de culebra y perlas de
vidrio de colores entrelazadas. Los tambores callaron. En medio del vêvê, el La
Place había depositado un gallo color de llama sobre una servilleta blanca a
fin de concentrar todas las fuerzas sobrenaturales en un solo nu-do viviente,
en una zarza ardiente de plumas y de sangre.
Dorméus agarró el gallo y lo sacudió abanicándolo por encima de los
sacrificantes.
Mérilia y Clairemise vacilaron temblorosas, el rostro descompuesto.
Bailaban ahora, debatiéndose por los hombros en el abrazo furioso de los loas
que las poseían en carne y en espíritu.
Santa Maria Gratia
Los campesinos entonaron la acción de gracias, pues era el signo
visi-ble de que Legba aceptaba el sacrificio.
De una torsión violenta, Dorméus arrancó la cabeza del gallo y presen-tó
el cuerpo a los cuatro puntos cardinales.
Abobo
Ulularon las hounsi.
El houngan volvió a hacer el mismo gesto de orientación y dejó caer tres
gotas de sangre en tierra.
Sangra, sangra, sangra
43. Abobo: grito de júbilo religioso.
42
Cantaron los campesinos.
Durante todo el tiempo Délira se mantenía arrodillada al lado de
Bienaimé, las manos juntas, a la altura de su rostro. Buscaba a Manuel con los
ojos, pero él, en ese momento, bebía en la choza un vaso de aguardien-te con
Laurélien y Lhérisson Célhomme.
—Ah, hay que servir a los viejos de Guinea, sí, decía Laurélien.
—Nuestra vida está en sus manos, respondió Lhérisson.
Manuel vació su vaso. El martilleo rauco de los tambores sostenía la
exaltación del canto.
—Vamos44, vamos a ver qué está pasando, dijo.
La sangre del gallo goteaba, alargando un círculo rojo en el suelo.
El houngan, las hounsi, Délira y Bienaimé se mojaron el dedo y se
persignaron.
—Te busqué por todos lados, dijo la vieja con un reproche en la voz.
Apenas lo oyó: en un torbellino frenético, las hounsi bailaban y canta-
ban alrededor del animal sacrificado y al pasar le arrancaban las plumas
por puñados hasta desplumarlo completamente.
Antoine recibió la víctima de manos del houngan. Ya no era el Simidor
pícaro erizado de malicia como un cactus espinoso: ceremonioso y compe-netrado
de su importancia, representaba ahora a Legba-viejos-huesos en-cargado de
cocinar, sin ajo ni grasa de cochino, lo que ya no era un gallo or-dinario sino
el koklo del loa, revestido con ese nombre ritual y con la santidad que le
confería su muerte sagrada.
—Cuidado, compadre, le dijo a un campesino que lo empujaba.
Ahí mismo se calló aterrorizado. Porque ya no era Duperval. Jean Louis
ese hombre que saltaba salvajemente, el rostro convulsionado: era Ogoun, el loa
temible, dios de los herreros y de los hombres de sangre y gri-taba con una voz
de trueno:
—Soy yo, soy yo, soy yo, Negro Olicha Baguita Wanguita.
Dorméus se le acercó, blandiendo el asson. Recorrido por grandes
temblores, el poseso gritaba:
—Soy yo, soy yo, soy yo, Negro Batala, Negro Ashadé Bokó.
44. En español en el original.
43
Entre las manos del houngan, el asson sonaba con seca autoridad. —Papá45
Ogoun46, dijo Dorméus, no seas entrometido: este servicio
no es para ti, con todo el respeto. Un día viene, un día va, tu turno
será pa-ra la próxima. Déjanos continuar con esta ceremonia.
El poseso echaba espuma, dando saltos violentamente a la derecha y a la
izquierda, haciendo retroceder el círculo de campesinos que se encon-traban a
su alrededor.
—No seas insistente, continuaba Dorméus, pero con menos seguri-dad ya,
porque no había nada que hacer. Ogoun se empeñaba, no se iría, reclamaba su
parte en los homenajes y el La Place le presentó su sable que besó, y las
hounsi le anudaron un pañuelo rojo alrededor de la cabeza, le ataron otros en
el brazo y Dorméus dibujó un vêvê en el suelo para permi-tirle la entrada al
loa. Le trajeron una silla y se sentó, una botella de ron y se la bebió a
grandes sorbos, un cigarro y se puso a fumar.
—Ah, dijo, el Manuel ese volvió. ¿Dónde está el Manuel ese?
—Estoy aquí, sí, dijo Manuel.
—Contéstame: sí papá.
—Sí papá.
—Como que eres impertinente, ¿no es verdad?
—No
—Contéstame: no papá.
—No papá.
El poseso se levantó de un salto, empujó bruscamente a las hounsi y se
puso a bailar mientras cantaba.
Bolada Kimalada, oh kimalada
Vamos a cavar el canal, ago
Vamos a cavar el canal, digo: tengan cuidado
La vena se abre, la sangre corre
45. El creyente del vodú llama
Papá a los dioses en señal de respeto y de cariño. En una religión basada en el
culto a los ancestros, padres, abuelos, ancianos y dioses (ancestros
religiosos) merecen el mayor respeto y veneración.
46. Ogoun: dios de la guerra en la
mitología vodú.
44
La vena se abre, la sangre corre, ho
Bolada kimalada, oh kimalada47.
Se balanceaba hacia adelante y hacia atrás, en una danza Nago, solo, en
medio de los campesinos confusos, después fue disminuyendo con so-bresaltos,
soplando todavía pero ya más débilmente, pues el loa se iba, y bajo la máscara
guerrera de Ogoun, reaparecía lentamente el rostro em-brutecido de Duperval.
Algunos pasos indecisos, unas sacudidas espas-módicas con la cabeza y Duperval
se derrumbó: el loa se había ido. Manuel, ayudado por Dieuveille Riché, levantó
al hombre y lo puso apar-te. Estaba pesado e insensible como el tronco de un
árbol.
—Bienaimé, dijo Délira, Bienaimé, mi negro, no me gusta lo que can-tó
Papá Ogoun, no. Se me puso pesado el corazón. No sé lo que me pasa.
Pero Dorméus continuaba el servicio de Legba con la ceremonia del
asogwé. Bienaimé, Délira y Manuel juntaron sus manos alrededor de la mochila y
la presentaron sucesivamente a los cuatro puntos cardinales. El hougan plantó
las plumas del gallo alrededor del poste central, trazó un nuevo vêvê, prendió
una vela en el centro.
Las banderas ondulaban, el llamado sordo del tambor disminuyó,
precipitando el canto con un nuevo impulso, la voz de las mujeres surgía desde
lo bajo horadando la espesa masa coral:
Legba-si, Legba sangra, sangra
Abobo
Valiente Legba
Los siete Legba kataroulo
Valiente Legba
Alegba-se somos nosotros dos
Ago ye48.
47. En créole en el original:
Bolada Kimalada, o Kimalada / N’a fouillé canal la, ago / N’a fouillé canal la,
mouin dis: ago yé / Veine l óuvri, sang couri / Veine l’ouvri, sang coulé, ho /
Bolada Kimalada, o Kimalada.
48. En créole en el original:
Legba-si, Legba saigné, saigné / Abobo / Vaillant Legba / Les sept Legba
Kataroulo / Vaillant Legba, c’est nous deux / Ago yé.
45
Manuel se abandonaba a la resaca del baile, pero una tristeza singular
se deslizaba en su espíritu. Se encontró con la mirada de su madre y le
pa-reció ver que le brillaban las lágrimas.
El sacrificio a Legba había terminado; el Señor de los Caminos había
regresado a su Guinea natal por las vías misteriosas que recorren los loas.
Sin embargo, la fiesta continuaba. Los campesinos olvidaban su mise-ria;
el baile, el alcohol los anestesiaban, arrastrando y ahogando sus con-ciencias
naufragadas en esas regiones irreales y turbias donde acechaba la sinrazón
salvaje de los dioses africanos.
Y cuando vino el alba, los tambores sonaban todavía como un corazón
inagotable en el insomnio de la llanura.
V
La vida comenzaba de nuevo pero no cambiaba: seguía el mismo ca-mino, el
mismo surco, con una indiferencia cruel. Nos levantábamos justo al amanecer;
por las resquebrajaduras del cielo oscuro pasaban y se derra-maban las primeras
claridades confusas. Más tarde, se dibujaba la línea del cerro, con franjas de
una luz pálida. Justo cuando el sol tocaba el monte, lo suficiente como para
alumbrar, a través de los cujíes, los senderos entre-cruzados, Manuel se iba.
Abatía los árboles, preparaba en el claro la carbo-nera donde la leña se
quemaría a fuego lento. Después, tomaba el camino del monte. Volvía de su
recorrido empapado en sudor y con las manos lle-nas de tierra. Délira le
preguntaba dónde había estado. Respondía con evasivas. Tenía ese pliegue terco
en las comisuras de los labios.
Todos los sábados, Délira cargaba el carbón sobre los burros y se iba a
la ciudad. Volvía al caer la noche con algunas provisiones miserables y unas
pocas monedas. Se sentaba en la choza, agotada, bajo el peso de una inmensa
fatiga. Bienaimé reclamaba su tabaco y nunca le parecía suficien-temente
fuerte.
—A veces, la vieja contaba sus contrariedades. Los inspectores de los
mercados, apostados en las inmediaciones de la ciudad, se abatían sobre los
campesinos y les robaban sin piedad.
—Viene y me pide que pague, le muestro que ya pagué. Se pone furio-
46
so y comienza a insultarme. Mira, le digo, si no tienes vergüenza, mira
mis cabellos blancos. ¿No tienes mamá para tratarme así? Cierra la jeta, grita
–eso es lo que grita– o te arrastro hasta la cárcel por rebelión y escándalo
público. Tuve que darle el dinero. No, no hay consideración para nosotros los
desgraciados.
Manuel apretaba los puños hasta reventar. —Bandido, negro sin perdón,
gruñía Bienaimé. Más tarde decía:
—Anda a dormir, mi vieja. Se te cierran los ojos. Hiciste un largo
camino. Délira desenrollaba su estera, la extendía en el suelo. A pesar de las
protestas de Manuel, se empeñaba en que ocupara, en el otro cuarto, la ca-
ma de caoba.
A veces, venía Antoine en el transcurso de la mañana.
Se acuclillaba al lado de Bienaimé.
—Ah, simidor, simidor, decía el viejo, ¿qué miseria es esta? El Simidor
movía la cabeza.
—Esto no se ha visto nunca y agregaba con voz ahogada, mirando con
tristeza los campos quemados:
—No me llames simidor. Llámame Antoine; ese es mi nombre. Mira compadre,
cuando dices simidor, me acuerdo de los viejos tiempos; esos recuerdos son
amargos, amargos como la hiel.
En las tardes, Manuel tejía en la veranda sombreros de palma. Se
ven-derán bien a treinta centavos la pieza en el pueblo vecino. La ceremonia
vodú había devorado el poco dinero que trajo de Cuba. Dorméus sólo cos-tó
cuarenta piastras.
A menudo, Laurélien venía a verlo. Se sentaba en el banco; sus gran-
des manos retorcidas hechas para manejar la azada reposaban sobre sus
rodillas; decía en voz baja:
—¿Y el agua esa?
—Todavía no, todavía no, contestaba Manuel, pero le estoy siguiendo la
pista.
Sus dedos hábiles iban y venían mientras sus pensamientos volaban hacia
Annaïse. Varias veces la había apercibido en el pueblo. Cada vez, ella se
apartaba; se alejaba con ese paso indolente y balanceado.
47
Laurélien pedía de nuevo:
—Háblame de Cuba.
—Es un país cinco veces, no, diez, no, veinte veces quizás más grande
que Haití. Pero tu sabes, yo estoy hecho de esto, yo.
Tocaba el suelo y acariciaba los terrones.
—Yo soy esto, esta tierra y la llevo en la sangre. Mira mi color, parece
que la tierra hubiera desteñido sobre mi, sobre ti también. Este país es el
lote de los negros y cada vez que tratan de quitárnoslo, hemos extirpado la
injusticia a machetazos.
—Sí, pero en Cuba hay más riqueza, se vive más cómodo. Aquí hay que
pelearse duro con la existencia, y ¿de qué sirve? No hay ni siquiera con qué
llenarse la barriga y uno no tiene ningún derecho contra los abusos de las
au-toridades. El juez de paz, la policía rural, los agrimensores, los
especulado-res de víveres viven de nosotros como pulgas. Pasé un mes preso con
toda una partida de ladrones y asesinos porque bajé al pueblo sin zapatos. ¿Y
de dónde hubiera sacado el dinero?, te pregunto compadre. Entonces, ¿qué es lo
que nosotros somos, los campesinos, los negros-pata-en-el-suelo, despre-ciados
y maltratados?
—¿Lo que somos?, si eso es una pregunta, te voy a contestar: bueno,
somos este país y él no es nada sin nosotros, nada de nada. ¿Quién siem-bra,
quién riega, quién cosecha el café, el algodón, el arroz, la caña, el ca-cao,
el maíz, los plátanos, los víveres y todos los frutos si no lo hacemos
nosotros?, ¿quién los hará crecer? y con eso, somos pobres, es verdad; somos
desgraciados, es verdad, somos miserables, es verdad. Pero ¿sa-bes por qué,
hermano? a causa de nuestra ignorancia: no sabemos toda-vía que somos una
fuerza, una sola fuerza: todos los campesinos, todos los negros de la llanura y
de los cerros reunidos. Un día, cuando hayamos comprendido esta verdad, nos
levantaremos de un extremo al otro del país y reuniremos la asamblea general de
los gobernadores del rocío, el gran cumbite de los trabajadores de la tierra
para deshierbar la miseria y sembrar la vida nueva.
—Son palabras consecuentes, sí, dijo Laurélien.
Estaba como ahogado siguiendo a Manuel. Una arruga marcaba sobre su
frente el esfuerzo de la reflexión. En el lugar más retirado e inarticulado
48
de su mente acostumbrada a la lentitud y a la paciencia, allí donde las
ide-as de resignación y de sumisión se habían formado con una rigidez
tradi-cional y fatal, una cortina de luz empezaba a levantarse. Alumbraba una
es-peranza repentina, todavía oscura y lejana, pero tenaz, cierta y verdadera
como la fraternidad.
Lanzó un chorro de saliva entre los dientes.
—Lo que dices es claro como el agua que corre al sol.
Estaba de pie y sus manos se cerraban como para tratar de retener el
hilo huidizo de las palabras.
—¿Ya te vas?
—Sí, no hacía sino pasar antes de ir por los animales. Voy a pensar en
tus palabras; tienen peso, eso es seguro. Entonces adiós, jefe.
—¿Por qué me llamas jefe?, dijo Manuel extrañado.
Laurélien bajó la cabeza, reflexionó:
—No lo sé, dijo.
Se fue con su paso tranquilo y sólido y Manuel lo siguió con la mirada
hasta el lugar donde desapareció entre los árboles.
Un solo resplandor ciego abrazaba la superficie del cielo y de la
tierra. El gorgojeo quejoso de una tórtola se oía. No se sabía de dónde venía.
Rodaba en medio del silencio con notas opresivas. El viento se había
apa-ciguado, los campos estaban tendidos bajo el peso del sol, con su tierra
se-dienta, sus plantas agobiadas y roídas. Sobre la loma lejana, dominando la
extensión enmarañada de los cujíes, las hojas de palmas pendían inertes como
alas rotas.
Delante de cada choza, a la sombra de los pocos árboles que la sequía
había perdonado, los campesinos contemplaban su desgracia. Las quere-llas
explotaban sin motivo aparente, el parloteo de las mujeres se agriaba y se
convertía fácilmente en pelea. Los niños se mantenían alejados de los
pescozones, pero la prudencia no les servía de nada. Se oía una voz irrita-da
que decía:
—Philogène, ho? Señorito Philogène, ¿no oye que lo estoy llamando? Y el
susodicho se acercaba con la muerte en el alma y recibía su mere-
cido en plena calabaza, porque así sonaba.
—Es que las cosas tomaban un mal cariz, el hambre se hacía sentir de
49
verdad, el precio del gros-bleue49 subía en el pueblo, entonces
remendába-mos la ropa en vano; en algunos el trasero, con el perdón, aparecía
en los bostezos del pantalón como un cuarto de luna negra en las rasgaduras de
las nubes, lo que no era honorable, no, había que confesarlo.
El domingo en la gallera, el clerén de canela, de limón o de anís se les
subía rápido a la cabeza a los campesinos, sobre todo a los perdidosos y hu-bo
momentos en que los garrotes entraban en el juego, gracias a Dios, la cosa no
iba más lejos de ahí, no hasta el machete, felizmente y algunos días después
nos reconciliábamos pero no era muy seguro de que no guardára-mos en el fondo
un resto de rencor tenaz.
—Manuel, dijo Bienaimé, ¿si fueras a ver por dónde se fue la becerra
pinta, si te fijaras?
Manuel dejó su trabajo, desató la cuerda que colgaba de un clavo y
mi-dió su resistencia.
—Amárrala a una estaca pero déjale cuerda para que no se enrede. —¿Por
qué no esperas a que crezca, dijo Délira, que para un ternero
para venderlo más tarde en su lugar?
—¿Y de qué viviremos de aquí a allá? Tendremos tiempo de comernos
nuestros propios dientes hasta las encías, replicó el viejo.
Como las cercas de los conucos la rodeaban y la alambrada de made-ra la
cerraba al poniente, la sabana servía para encerrar el ganado. Los campesinos
sacaban de las vacas un poco de leche de mala calidad. Pero en general, las
bestias vivían en libertad salvaje y no se las capturaba sino para marcarlas
con el hierro al rojo o para venderlas en el mercado de Pont-Beudet cuando
apremiaba la necesidad de tener algunas piastras en la mano.
Una especie de gramínea corta y seca crecía allí en pequeños manojos
como el pelo malo de las verrugas y salvo bajo la sombrilla de algunos pa-los
de campeche, el sol ejercía allí su dominio sin límites. “Con el riego, veo
todo esto espeso de hierba de Guinea”, pensaba Manuel.
Divisó la becerra: se destacaba en la sabana con su pelaje rojizo y
blan-co. Hizo un nudo con la cuerda para agarrarla por el lado más corto, cor-
49. Gros-bleue: tela gruesa de color azul con la que los campesinos
confeccionan sus trajes.
50
tarle la retirada y empujarla contra el cerro de cactus-candelabros que
bor-deaban el conuco de Saint-Julien.
Ella se dio cuenta de la maniobra y comenzó a trotar a lo largo. Manuel
se precipitó dando grandes zancadas y la enlazó en plena carrera. Lo arras-tró,
pero él se apostaba firme tironeando la cuerda, tranquilizándola
impe-riosamente con la voz.
—Oh turbulenta, oh, bandolera, oh mi vaca linda, oh...
Logró enlazar la punta de la cuerda alrededor de un tronco. La bece-rra
se debatió, dando cornadas por todos lados, pero al fin, tuvo que darse por
vencida. Manuel esperó un rato y después la condujo a un palo de cam-peche y la
ató a su sombra. “Vas a cambiar de amo, le dijo, acariciándole el hocico. Vas a
dejar la gran sabana. Así es la vida, qué quieres”.
La becerra lo miró con sus grandes ojos lacrimosos y mugió. Manuel le
acarició el lomo y los flancos con la palma de la mano. “Parece que no eres muy
gorda, uno te toca y siente los huesos. No harás mucho dinero, no, se-guro que
no”.
El sol se deslizaba ahora por la pendiente del cielo que, bajo el vapor
diluido y transparente de las nubes tomaba el color del añil en el agua
ja-bonosa. Pero allá, por encima del monte, una empalizada alta flameante
lanzaba flechas de azufre en la sangría del poniente.
Manuel volvió a la carretera y atravesó el pueblo. Las chozas se
alinea-ban al azar de los caminos, en el desorden de los senderos. Algo más que
los árboles, los conucos, los setos, las separaba. Una rabia sorda y conteni-da
que una chispa haría estallar en violencia y que la miseria exacerbaba, dando a
cada campesino esa boca cosida, esa mirada evasiva, esa mano siempre lista
contra el vecino.
Pareciera que el pasado no estuviera enterrado desde hace años con
Dorisca y Sauveur. Lo refrescaban sin cesar como se aviva con la uña una llaga
mal cerrada.
Las mujeres eran las más rabiosas. Estaban completamente desenfre-nadas.
Es que eran las primeras en saber que no había nada que poner al fuego, que los
niños lloraban de hambre, que empeoraban, los miembros flacos y nudosos como
madera seca, la barriga enorme. A veces, se ponían mal de la cabeza y se
insultaban a la menor ocasión con palabras que no es-
51
taban permitidas. Pero los insultos de las mujeres no tienen
consecuen-cias, no es sino ruido hecho con el viento. Lo más grave era el
silencio de los hombres.
Manuel pensaba en todo eso, caminando por el pueblo. Había algu-nos que
saludaba: Adiós hermano, decía; eh, adiós Manuel, respondía el otro. ¿Y el
ánimo?, preguntaba Manuel. Peleando con la vida, respondía aquél. Pero algunos
se apartaban o miraban derecho a través de él, como si fuera de humo.
Sin embargo, los conocía bien. ¿No estaban allí Pierrilis, Similien,
Mauléon, Ismaël, Termonfis, Josaphat? Había crecido con ellos en medio de esos
montes, compartido sus juegos, puesto trampas en la sabana a los hor-tolanos,
robado juntos las mazorcas de maíz. Más tarde, habían mezclado su voz y su
fuerza de negros gallardos en los cumbites. ¡Ah! cómo habían lim-piado ese
conuco del hermano Mirville, y eso que ese día habían bebido más de la cuenta,
pero sí, se acordaba, y de todo, no había olvidado nada.
Le daban ganas de adelantarse y decir: eh, primos, no me reconocen, soy
yo, Manuel, Manuel Jean-Joseph, el mismo y no otro.
Pero sus rostros eran como murallas negras y sin luz.
No, no había justicia ni razón en esta historia. Había que dejar a los
muertos reposar en la paz del cementerio bajo las amapolas. No tenían na-da que
hacer en la existencia de los vivos, esos aparecidos de a plena luz del día,
esos fantasmas ensangrentados y obstinados.
Y además, si encontraba el agua, haría falta el concurso de todos. No
sería un asunto fácil llevar el agua hasta la llanura. Habría que organizar un
gran cumbite con todos los campesinos y el agua los uniría de nuevo, su aliento
fresco dispersaría el olor maligno de la rabia y del odio; la comuni-dad
fraternal renacería con las plantas nuevas, los campos cargados de fru-tos y de
espigas, la tierra colmada de vida simple y fecunda.
Sí, iría a verlos y les hablaría: tenían entendimiento, comprenderían.
Delante de la puerta, Hilarion, el oficial de policía rural, jugaba al tres
y siete50 con su adjunto.
Por encima de sus barajas miró de reojo a Manuel.
50. Tres y siete: juego de cartas que consiste en reunir 21 puntos para
ganar.
52
—Hola, dijo. Tenía ganas de hablar justamente contigo, quédate un
momento, tengo algo que decirte.
Y a su adversario:
—Diez de diamante, dame tu as.
—No tengo ases.
—Dame ese as, gritó Hilarion amenazador. El adjunto puso el as.
—Tramposo, usted es un impertinente, dijo triunfante Hilarion. Recogió las
barajas en un paquete en el hueco de su mano y se volteó
hacia Manuel.
—Como que te la pasas conversando con los campesinos, ¿no es verdad?
Manuel esperaba.
—Hablas de muchas cosas, según parece. Un resplandor malintencio-nado
pasó por sus ojos fruncidos.
—Bueno, no son del gusto de las autoridades, son palabras de rebelión.
Desplegó sus cartas en abanico.
—No dirás que no te previne.
Manuel sonrió.
—¿Es todo?
—Es todo, respondió Hilarion, la cabeza metida en sus cartas. Diez de
trébol, nueve de trébol, dame tu as.
—Pero no tengo ases, gimió el otro desesperado.
—Dame ese as, en seguida.
El adjunto puso el as de trébol.
—¡Idiota!, fanfarroneó Hilarion, creías que ibas a poder con Hilarion
Hilaire, esto te enseñará, pillo.
Su risotada se inflaba todavía cuando Manuel se alejaba. No estaba
in-quieto. Había conversado con Laurélien, Saint-Julien, Riché y con los
de-más. Por supuesto que no habían soplado nada, sino sólo discutido y
repe-tido sus palabras y éstas habían llegado a los oídos peludos de ese
Hilarion como una mosca se prende a una telaraña. En el fondo era buen signo:
la cosa se extendía.
Los niños seguían su porte, fascinados. Para ellos era el hombre que
había atravesado el mar, que había vivido en ese país extraño, Cuba; esta-ba
rodeado de misterio y de leyenda.
53
Manuel alzó a uno por los brazos; era un negrito todo negro, los ojos
redon-dos y pulidos como metras. Le acarició el coco pelado como culo de
botella.
—¿Cómo es tu nombre?
—Monpremier, sí.
Pero una voz de mujer gritó con rabia:
—Monpremier, ven acá.
El muchacho salió en carrera hacia la choza; en su precipitación los
ta-lones le martilleaban las nalgas desnudas.
Manuel se fue con el corazón intranquilo. Dejó tras él las últimas
cho-zas. Los cardones dorados cubrían con sus soles minúsculos los declives del
camino. Un reflejo de luz oblicua se arrastraba sobre la llanura, pero la
sombra se anidaba ya en los árboles y manchas moradas se extendían en las
laderas de las colinas. Lo que a la luz era áspero y hostil, se apaciguaba y
re-conciliaba con el final del día.
En la prolongación de la carretera la vio venir. La reconoció en
segui-da por su vestido oscuro, su pañoleta blanca y porque era alta y
solamente ella tenía ese movimiento puro y ágil de sus piernas y ese balanceo
suave de caderas, y porque la esperaba.
Caminó lentamente hacia ella:
—Te doy las buenas tardes, sí, Annaïse.
Estaban separados por unos pasos.
—Quítate de mi camino.
Respiraba con fuerza; su pecho se levantaba.
—Cuéntame lo que te hice y dime por qué somos enemigos.
Se sustraía a su mirada.
—No tengo que darte explicaciones. Estoy apurada, déjame pasar.
—Respóndeme primero. No quiero molestarte Annaïse. Te tengo sim-
patía, créeme, es verdad.
Ella suspiró.
—Ay, Dios mío, qué hombre tan terco, como que no tiene orejas para oír.
Te digo que me dejes seguir mi camino, sí.
Se veía que hacía un esfuerzo por acabar con su paciencia y disgustarlo.
—Te busqué por todas partes, pero tú te escondías como si yo fuera el
propio diablo. Quería hablarte porque sé que tú puedes ayudarme.
54
—¿Ayudarte yo?, ¿y cómo?, dijo ella sorprendida.
Por primera vez lo miró y Manuel vio que no había rabia en sus ojos,
sino sólo una gran tristeza.
—Te lo diría si quisieras escucharme.
—La gente nos va a ver, murmuró débilmente.
—Nadie vendrá y aun si... ¿No estás cansada, Annaïse, a estas alturas,
de todo este odio entre nosotros?
—Ya tenemos bastante con esta existencia, es verdad, ¡ah, es que la
vi-da se ha vuelto difícil, Manuel!
Se contuvo rápidamente:
—Déjame, déjame que me vaya, por la gracia de Dios. —Entonces no se te
había olvidado mi nombre. Respondió con voz apagada: —Te ruego, no me
atormentes.
Le tomó la mano. Quiso retirarla pero no tenía fuerzas.
—Se ve que eres una buena trabajadora.
—Sí, dijo con orgullo, mis manos están gastadas.
—Tengo que conversar largo contigo, sabes.
—No tendremos tiempo; se acerca la noche, mira.
El camino se borraba, los árboles ennegrecían y se fundían en la
som-bra. El cielo no tenía sino un resplandor dudoso, ensombrecido y lejano.
Sola, en lo más bajo del horizonte, una nube roja y negra se disolvía en el
vértigo del crepúsculo.
—¿Me tienes miedo Annaïse?
—No sé, respondió en un soplo oprimido.
—Mañana, hacia el final de la tarde, cuando el sol esté al pie del
cerro-te esperaré en la loma de las palmas, ¿vendrás?
—No, no.
Su voz era baja y apagada.
—Anna, dijo
Sintió su mano temblar en la suya.
—¿Vendrás, verdad Anna?
—Ah, no me atormentes; es como si hubiera perdido mi ángel de la guarda,
¿por qué me atormentas, Manuel?
55
Vio sus ojos llenos de lágrimas, y entre sus labios que suplicaban, el
resplandor húmedo de sus dientes.
Soltó su mano.
—Llegó la noche, Anna, vete en paz, ve a descansar, mi negra. Ya no
estaba allí, sus pies descalzos no hacían ruido al irse. Le dijo otra vez
—Te voy a esperar, Anna.
VI
Bajo las palmas había un poco de frescura: un suspiro del viento ape-nas
exhalado se deslizaba sobre las hojas en un largo murmullo ajado y un poco de
luz plateada las alisaba con un ligero temblor, como a una cabelle-ra
desenredada.
En la carretera, las campesinas conducían sus asnos cansados. Los
ani-maban con la voz y el eco debilitado de sus gritos monótonos llegaba has-ta
Manuel. Las perdía de vista por el capricho de una cortina de cujíes, pe-ro
aparecían más lejos: era día de mercado y regresaban teniendo todavía por
delante un largo trayecto antes de que el sol se acostara. A esta distan-cia no
podía reconocerlas, pero sabía que eran las comadres de su propio pueblo,
Fonds-Rouge; de Ravine Sèche que se encontraba más lejos, en el hundimiento del
Cerro Crochu, y de los caseríos de las llanuras de Belle-vue, Mahotière y
Boucan Corail.
Iban en fila casi ininterrumpida en el polvo que se levantaba, y a veces
una de ellas corría detrás de su bestia que se apartaba y la hacía volver a la
fila, con gran cantidad de maldiciones y fuetazos.
Separada de las demás, venía una campesina montada en un caballo alazán.
A Manuel la sangre le golpeó en el corazón con latidos precipitados y
ardientes. Se detuvo ella, volvió la cabeza varias veces hacia atrás y se
in-ternó en un sendero de lado. “Toma el camino de la quebrada, llegará por la
curva de la loma”. Prestó oídos y percibió el ruido de los cascos sobre las
piedras, era un trote dudoso que se ahogaba en una pisada más rápida cuando el
caballo encontraba arena. El terreno inclinaba su maleza raquí-tica hacia la
quebrada. “Por aquí va a pasar, entre estos olmos; saldré y me
56
verá”. Oía ahora el choque y el rebote seco sobre los guijarros, piedras
que rodaban por la pendiente. Apareció por el sendero estrecho. El caballo
alargaba el cuello y resoplaba con fuerza. Llevaba un vestido de algodón con
flores y un sombrero grande de paja agarrado por una cinta. ¡Huie!, decía,
animando su bestia con el talón, ¡huie!
Manuel dejó su retiro y ella lo vio. Se paró y con un movimiento vivo de
caderas saltó de su montura.
El alazán espumaba, sus flancos jadeaban, se veía que Annaïse lo había
obligado a un trote considerable a pesar de las rocas y de la subida. Lo
con-ducía por las riendas y lo amarró en la horquilla de un árbol.
Avanzaba hacia él con su paso ágil y parejo, su pecho alto y lleno y
ba-jo el desplegar de su vestido, sus piernas se adelantaban noblemente,
des-plazando el dibujo floreciente de su cuerpo joven.
Hizo una reverencia delante de él.
—Te saludo Manuel.
—Te saludo, Anna.
Tocó la punta de los dedos de su mano tendida. Bajo el ala de su
som-brero un pañuelo de seda azul apretaba su frente. Anillos de plata
brilla-ban en sus orejas.
—Entonces viniste.
—Ya ves, vine, pero no he debido.
Bajó la frente y apartó la mirada.
Luché toda la noche, toda la noche dije no, pero en la mañana me ves-tí
con el canto del gallo y fui al pueblo, cosa de tener una excusa para salir.
—¿Tuviste buena venta en el mercado?
—Ay, Dios, no, hermano, un poquito de maíz, eso fue todo.
Permaneció un rato silenciosa, después:
—Manuel, ho.
—Te escucho, sí, Anna.
—Soy una mujer seria, tú sabes, ningún varón me ha tocado. Vine por-que
estoy segura de que tu no abusarás.
E interrogándose ella misma, pensativamente:
—¿Por qué tengo confianza en ti, por qué te escucho?
—La confianza es casi un misterio. No se compra y no tiene precio. No
57
puedes decir: véndeme confianza por tanto de dinero. Es como se dice,
una complicidad de corazón a corazón: viene natural y verdaderamente, con una
mirada quizás, y el tono de la voz, con eso basta para conocer la verdad o la
mentira. Desde el primer día, óyeme Anna, vi que no tenías na-da falso, que
todo era claro en ti y limpio como una fuente, como la luz de tus ojos.
—No empieces con las galanterías. No te sirve de nada y no es
nece-sario. Yo también, después de nuestro encuentro en el camino, me de-cía:
no es como los otros y se ve bien sincero, pero, ¡cómo habla!, ¡Jesús María y
José!, es demasiado profundo para que una infeliz como yo lo entienda.
—No empieces con los cumplidos. No te sirve de nada y no es necesa-
rio.
Rieron los dos. La risa de Annaïse rodaba en su garganta echada hacia
atrás y sus dientes se mojaban con una blancura resplandeciente.
—Te ríes como las tórtolas, dijo Manuel.
—Y como ellas voy a volar si continúas con tus piropos.
Su rostro negro se aclaraba con una hermosa sonrisa.
—¿No quieres sentarte? Aquí no te ensuciarás el vestido.
Se sentó a su lado, apoyada en el tronco de una palma, su vestido
des-plegado a su alrededor y juntó las manos sobre sus rodillas.
La llanura se extendía frente a ellos cernida por las colinas. De aquí
veían la maraña de los cujíes, las chozas distribuidas en sus claros, los
campos abandonados a los estragos de la sequía y en la reverberación de la
sabana, el movimiento disperso del ganado. Sobre esta desolación pla-neaba el
vuelo de los cuervos. Regresaban a los mismos circuitos, se po-saban sobre los
cactus y alertas por no se sabe qué, arañaban el silencio con sus graznidos
chirriantes.
—¿Cuál es esa gran conversa que me debías, y quisiera saber cómo yo,
Annaïse, podrá ayudar a un hombre como tú?
Manuel se quedó un rato sin contestar. Miraba hacia adelante con una
expresión tensa y lejana.
—Mira el color de la llanura, dijo, parece paja en la boca de un horno
en llamas. La cosecha se perdió, no hay esperanza. ¿Cómo viven uste-
58
des? Sería un milagro si viven, pero lo que están haciendo es muriéndo-se
lentamente. ¿Y qué han hecho ustedes contra eso? Una sola cosa: gri-tarles su
miseria a los loas, ofrecerles ceremonias para que hagan caer la lluvia. Pero
todo eso son tonterías y necedades. Eso no vale nada, es in-útil y es un gasto.
—Entonces, ¿qué es lo que vale, Manuel? ¿Y tú no tienes miedo de
fal-tarle el respeto a los viejos de Guinea?
—No, respeto las costumbres de los viejos, pero la sangre de un gallo o
de un cabrito no puede cambiar las estaciones, cambiar el curso de las nubes e
inflarlas de agua como vejigas. El otro día, en ese servicio a Legba, bailé y
canté con todas mis ganas. Soy negro, ¿verdad?, y me divertí como negro
verdadero. Cuando los tambores suenan, me pega en el hueco del estómago, siento
una comezón en mis caderas y una corriente en mis pier-nas, tengo que meterme
en la rueda. Pero es todo.
—¿Es en ese país de Cuba donde agarraste esas ideas?
—La experiencia es el bastón de los ciegos y aprendí que lo que cuen-ta,
ya que me preguntas, es la rebeldía y saber que el hombre es el panade-ro de la
vida.
—Ah, a nosotros es la vida la que nos amasa.
—Porque ustedes son una masa resignada, eso es lo que son. —¿Pero qué
podemos hacer, acaso no estamos sin recursos y sin reme-
dio frente a la desgracia? Es la fatalidad, ¿qué quieres tú?
—No, hasta que uno no esté privado de sus brazos y uno tenga el de-seo
de luchar contra la adversidad. ¿Qué dirías tú, Anna, si la llanura se pintara
de nuevo, si en la sabana la hierba de Guinea creciera alta como un río en
crecida?
—Diría gracias por el consuelo.
—¿Qué dirías tú si el maíz creciera en la frescura?
—Daría gracias por la bendición.
—¿No ves los racimos de mijo y los mirlos pillos que hay que espantar?
¿Ves las mazorcas?
Cerró los ojos:
—Sí, las veo.
—¿Ves los plátanos inclinados por el peso de los racimos?
59
—Sí.
—¿Ves los víveres y los frutos maduros?
—Sí, sí.
—¿Ves la riqueza?
Abrió los ojos.
—Me haces soñar. Veo la pobreza.
—Y sin embargo, es lo que sería, ¿si hubiera qué, Anna?
—La lluvia, pero no una lloviznita, grandes, enormes lluvias seguidas.
—¿O el riego, verdad?
—Pero la fuente Fanchon está seca y la fuente Lauriers también. —Supón,
Anna, supón que descubra el agua, supón que la traiga has-
ta la llanura.
Alzó hacia él una mirada embelesada:
—¿Harías eso Manuel?
—Se agarraba a cada uno de sus rasgos con un intensidad extraordina-ria,
como si lentamente él se le revelara, como si por primera vez, ella lo
re-conociera.
Dijo con una voz ensordecida por la emoción:
—Sí lo harás. Tú eres el hombre que encontrará el agua, tú serás el amo
de las fuentes, caminarás en el rocío y en medio de tus plantas. Siento tu
fuerza y tu verdad.
—Yo sólo no, Anna. Todos los campesinos tendrán su parte, todos go-zarán
del beneficio del agua.
Dejó caer sus brazos con desaliento.
—Ay, Manuel, ay hermano, todo el día se la pasan afilando sus dientes
con amenazas; uno detesta al otro, la familia está en desacuerdo, los ami-gos
de ayer son los enemigos de hoy y cogieron dos cadáveres como ban-deras y hay
sangre sobre esos muertos y la sangre no está seca todavía.
—Yo sé, Anna. Pero óyeme bien: será un gran trabajo llevar el agua hasta
Fonds-Rouge. Se necesitará del concurso de todo el mundo y si no hay
reconciliación, no será posible.
Te voy a contar: al principio, en Cuba, estábamos indefensos y sin fuer-
zas: este se creía blanco, aquél era negro y no había acuerdo entre
nosotros;
estábamos regados como la arena y los patronos caminaban sobre esa
arena.
60
Pero cuando reconocimos que éramos todos iguales, cuando nos reuni-mos
para la huelga...51
—¿Qué palabra es esa: la huelga?
—Ustedes dicen más bien: paro.
—Tampoco sé lo que quiere decir.
Manuel le enseñó su mano abierta:
—Mira este dedo lo flaco que es y este otro tan débil y este otro no muy
valiente y este desgraciado no muy fuerte tampoco y este último solito y por su
cuenta.
Cerró el puño:
—Y ahora, ¿no es bien sólido, bien macizo, bien agarrado? Parece que sí,
¿verdad? Bueno, la huelga es eso: un NO de mil voces que no ha-cen sino una y
que se abate sobre la mesa del patrón con el peso de una roca. No, te digo: no
y es no. No al trabajo. No a la zafra52, ni una sola briz-na de hierba cortada
si no nos pagan el precio justo del valor y del dolor de nuestros brazos. Y el
patrón, ¿qué puede hacer el patrón? Llamar a la policía, eso es. Porque los dos
son cómplices como la piel y la camisa, y acabe usted con esos bandidos. No
somos bandidos, somos trabajado-res, proletarios, así es como se llama, y nos
quedamos en fila, tercos bajo la tormenta; algunos caen pero el resto aguanta,
a pesar del hambre, la policía, la prisión y durante ese tiempo, la caña espera
y se pudre de pie, el Central espera con los dientes de su molino desocupados,
el patrón es-pera con sus cálculos y con todo lo que había contado para llenar
sus bol-sillos y al fin del fin, tiene que conversar. Entonces qué, dice, ¿no
pode-mos conversar? Claro que podemos conversar. Hemos ganado la batalla. ¿Y
por qué? porque estamos soldados en una sola línea como los hom-bros de las
montañas y cuando la voluntad del hombre se hace alta y du-ra como las montañas
no hay fuerza sobre la tierra o en el infierno que pueda moverla y destruirla.
Miró a lo lejos, hacia la llanura, hacia el cielo alzado como un
acantila-do de luz:
51. En español en el original.
52. En español en el original.
61
—Ves, la cosa mejor del mundo es que todos los hombres son herma-nos,
que tienen el mismo peso en la balanza de la miseria y de la injusticia.
—Ella dijo humildemente:
—¿Y yo, cuál es mi papel?
—Cuando haya desenterrado el agua, te haré saber y comenzarás a
ha-blarle a las mujeres, es lo más irritable, no lo niego, pero lo más sensible
también y llevadas por el corazón, a veces, tú sabes, el corazón y la razón, es
igualito. Tú les dirás: Prima Fulana, ¿supiste la noticia? ¿Cuál noticia?,
responderá. Como que el hijo de Bienaimé, ese negro que se llama Manuel
descubrió una fuente. Pero dice que es un trabajo traerla a la llanura, que
habría que hacer un cumbite general, y como estamos disgustados no es posible y
la fuente se quedará allá donde está sin provecho para nadie. Y después enfilas
la conversación hacia la sequía, la miseria y cómo los niños se debilitan y se
enferman y que de todos modos si hubiera el riego eso cambiaría completamente,
y si parece que todavía te oye, dirás entonces que esta historia de Dorisca y
de Sauveur ya ha vivido quizás su tiempo, que el interés de los vivos va antes
que la venganza de los muertos. Tú le ha-ces la ronda a las comadres con esta
conversa, pero ve con precaución y prudencia, ve con “es una lástima, sí; y sin
embargo, quizás a pesar de to-do”. ¿Entiendes mi negra?
—Entendí y te obedeceré, mi negro.
—Si prende, las mujeres no le darán reposo a sus hombres. Los más
re-calcitrantes se van a cansar de oírlas machacar todo el santo día, sin
contar la noche: agua, agua, agua... va a ser una maraquita sin parar en sus
oídos: agua, agua, agua... hasta el momento en que sus ojos van a ver realmente
el agua correr en los conucos, las matas crecer solitas, entonces dirán: bueno,
sí, mujeres, está bien, aceptamos.
Por mi lado, yo respondo por mis campesinos, les hablaré como se de-be y
comprenderán. Estoy seguro y convencido y veo llegar el día cuando los dos
partidos estén frente a frente:
“Entonces, hermanos, dirán unos, es que no somos hermanos”.
“Sí, somos hermanos, dirán los otros”.
“Sin rencor”.
“Sin rencor”.
62
“De verdad”.
“De verdad”.
“Adelante con el cumbite”.
“Adelante con el cumbite”.
—Ah, dijo ella con una sonrisa maravillada, qué malicioso eres. No tengo
ingenio qué va, pero soy astuta también, sí; tú verás.
—¿Tú? tú eres muy viva y como prueba vas a responder a esta pregun-ta.
Es una adivinanza.
Señaló la llanura con la mano estirada.
—¿Ves mi choza? Bueno53. Ahora sigue por la izquierda, traza una lí-nea
derechita a partir del cerro hasta ese emplazamiento en el lindero del monte.
Bueno54. Es un buen emplazamiento, ¿no? Se podría construir una casa allí, con
una balaustrada, dos puertas y dos ventanas y quizás una pe-queña escalinata,
¿no? Las puertas, las ventanas, la balaustrada, las veo pintadas de azul. Se ve
limpio el azul. Y delante de la casa se sembrarán lau-reles, no son muy útiles
los laureles, no dan sombra ni frutos, pero no es si-no por el placer de la
decoración.
Pasó su brazo alrededor de sus hombros y ella se estremeció. —¿Quién
será la dueña de la casa?
—Déjame, dijo con voz ahogada, tengo calor. —¿Quién será la dueña del
jardín? —Déjame, déjame, tengo frío.
Se soltó de su abrazo y se levantó. Había bajado la cabeza, no lo
miraba.
—Es tiempo de que me vaya.
—No respondiste a mi pregunta, no.
Comenzó a bajar la pendiente y él la siguió. Desató la rienda del
caballo.
—No respondiste a mi pregunta.
Se volvió hacia Manuel.
Una luz iluminó su rostro, no era un rayo de sol poniente, era una
ale-gría grande.
—Oh, Manuel.
53. En español en el original.
54. En español en el original.
63
Mantenía abrazada la cálida y profunda dulzura de su cuerpo. —¿Es sí,
Anna?
—Es sí, mi amor. Pero déjame ir. Te lo ruego.
Oyó su ruego y ella se deslizó de sus brazos.
—Entonces adiós, mi señor, dijo con una reverencia.
—Adiós, Anna.
Con un impulso ágil saltó sobre su montura. Le sonrió por última vez y
luego espoleando el caballo con el talón, bajó hacia la quebrada.
VII
La noche comenzaba a envolver las cercanías de Fonds-Rouge, pero el
alazán, por haberlo hecho tantas veces a esta hora, conocía el camino. Su paso
acompasado adormecía los pensamientos de Annaïse; estaba todavía alterada por
la languidez que se había apoderado de ella, esa sorpresa des-lumbradora de su
carne, ese movimiento giratorio de los árboles y del cie-lo delante de su
mirada perdida y al que se hubiera entregado, si su volun-tad no se hubiera
asido a un pánico oscuro, rota y entregada en los brazos de Manuel.
“Había perdido su alma, ay Dios, Dios bendito, ¿qué era este
sortile-gio? Algunos desgraciados, hago la señal de la Cruz, protégeme, Virgen
de Altagracia, conocen los conjuros que transforman a un hombre en animal, en
planta o en roca, en un momentico, es verdad, sí. Y yo no soy la misma, qué es
lo que me pasa, es una dulzura que casi me hace daño, es un calor que quema
como hielo, cedo, me abandono. Oh Dueño del Agua, no hay mala magia en ti, pero
tú conoces todas las fuentes, incluso la que dormía en el secreto de mi
vergüenza, la has despertado y me arrastra, no puedo resistir, adiós, aquí
estoy. Tomarás mi mano y te seguiré, tomarás mi cuer-po en tus brazos y te
diré: “tómame y te dará placer y cumpliré tu voluntad. Es el destino”.
El caballo tropezó bruscamente. Alguien o algo acababa de saltar en el
camino.
—¿Quién está allí?, gritó alarmada. Hubo una risa socarrona enmohecida:
—Buenas tardes, prima.
64
—¿Quién está ahí, cuál es tu nombre?
—¿No me reconoces?
—¿Cómo quieres que te reconozca en estas tinieblas?
—Soy yo, Gervilen.
Caminaba a su lado, una sombra encogida, apenas diferente de la no-che,
y ella sentía una vaga amenaza con su presencia.
—Como que te tardaste en el pueblo.
—Sí, el maíz no se vendía y no se qué le ha dado a este caballo por
an-dar tan lento hoy. Es una ruina este caballo.
—¿Y no temes llegar después de la oscurecida?
—No, no hay malhechores en este camino.
—Los bandidos de la carretera no son los más peligrosos.
Y con la misma risa siniestra:
—Están, sobre todo, los malos espíritus, los demonios, los diablos, una
cantidad de Luciferes.
—Pido perdón a Dios, Santiago, San Miguel, ayúdenme, murmuró aterrada.
—¿Tienes miedo?
—La sangre se me puso helada.
Gervilen se calló un momento y en ese silencio Annaïse sentía una
an-gustia insoportable.
—Dicen que hay uno por estos parajes.
—¿Y por dónde?
—¿Quieres saber?
—Sí, dime rápido.
Silbó entre los dientes:
—Sobre la loma de las palmas.
Comprendió ahí mismo que Gervilen los había sorprendido, el malhe-chor,
el Judas.
Dijo con una indiferencia fingida:
—A lo mejor no es verdad.
—Y de todas maneras, tú no pasas por ahí, ¿verdad? No es tu camino.
—No.
—Mientes.
65
Haló tan violentamente la rienda que el alazán se encabritó y caraco-leó
los cascos en el aire.
Habría gritado; pero su voz se había quedado en el fondo de su
gar-ganta, ronca e hinchada de rabia. Ella respiró un aliento envenenado de
aguardiente.
—Mientes, desvergonzada. Los vi con mis propios ojos.
—Suelta esa rienda, estás borracho, estoy apurada.
—¿Borracho? ¿Vas a decir que no me fijé que te puso sus patas enci-ma y
que no hiciste nada por impedirlo?
—Y aunque fuera verdad, ¿con qué derecho te metes en mis asuntos?
¿Qué autoridad tienes sobre mi?
—Es mi asunto, carajo. Somos de la misma familia; ¿acaso Rosanna no es
la propia hermana de la difunta Miranise, mi mamá?
—Hueles a tafia, dijo con asco. Me mareas.
—Eres bien despreciativa, pero te comportas como una cualquiera y, ¿con
quién?, con un inútil que vagabundeó en países extranjeros como un perro sin
amo, el hijo de Bienaimé, el sobrino de Sauveur, para decirlo de algún modo, el
peor enemigo entre los enemigos.
Hablaba con una ávida vehemencia, pero en voz baja, como si la no-che
escuchara.
Iban al encuentro de las luces vacilantes. Los perros se pusieron a
la-drar. En los patios, las sombras de los campesinos se movían alrededor del
rubor de las cocinas al aire.
—¿Annaïse, ho?
No respondió.
—Te estoy hablando, sí, Annaïse. —¿No has terminado de recriminarme? —Es
que estaba furioso. —Entonces dime: excúsame.
Murmuró como si cada palabra le fuera arrancada con tenazas:
—Digo: excúsame.
Retenía el caballo por la rienda todavía.
—Annaïse, ¿te has olvidado de lo que te hablé el otro día?
—En cuanto a eso, jamás.
66
—¿Es tu última palabra?
—La última.
—¿No necesito mandar a Dorismé, mi tío, para que te pida a Rosanna? —No,
es inútil.
Dijo lentamente y con un esfuerzo ronco, como si se ahogara:
—Te arrepentirás Annaïse, y lo juro: que el rayo me reduzca a cenizas y
la Virgen me reviente los ojos, si no me vengo.
Adivinaba en la oscuridad su rostro convulsivo.
—No me das miedo.
Pero la inquietud se apoderó de su corazón.
—Soy un hombre de palabra, acuérdate bien de lo que te digo: ese ne-gro
se arrepentirá de haber cruzado el camino de Gervilen Gervilis. Maldito.
—¿Qué es lo que pretendes hacer?
—Maldito, repito. Un día comprenderás esta frase y te morderás los puños
hasta el hueso.
—¡Huu!, gritó bruscamente al caballo, pegándole en la grupa con ra-bia
con la palma de la mano.
El alazán partió al galope y Annaïse tuvo dificultad en dominarlo.
Cuando llegó a su casa, Rosanna la esperaba. Era una negra de forma-
to grande: ocupaba todo el marco de la puerta.
—¿Por qué llegas tan tarde?
—Annaïse bajó del caballo y Giles, su hermano, se adelantó para
desensillarlo.
—Le hablo a esta muchacha, y ¿es que no me oye?, dijo Rosanna furiosa.
—Buenas noches, hermana, dijo Giles. Te preguntan por qué llegas tarde.
—Ah, gimió extenuada, si supieran lo cansada que estoy.
VIII
—Estás inquieto, tú crees que no me doy cuenta, sí estás, te pregunto
por qué y no me contestas, no está bien, mi hijo, no, no está bien. ¿Será que
no me tienes confianza? Desde chiquito eras así: resbaloso y cerrado como una
muralla cuando uno se te acercaba, pero a veces, ay Dios, parece que fuera ayer
y sin embargo, ha pasado tanto tiempo, venías en la tarde a mi
67
lado: mamá, cuéntame un cuento, y yo fingía estar ocupada y tú decías:
ma-má, por favor. Estábamos sentados en este mismo sitio, cuando caía la no-che
yo comenzaba ¿Cric? Crac55 y al final tú dormías con la cabeza en mis rodillas,
así era mi hijo, te lo dice tu vieja mamá.
Délira puso un pedazo de ñame en el plato de Manuel, es todo lo que
había para comer hoy, con un poco de mijo.
—Estás chocha, mujer, dijo Bienaimé.
—Tal vez, tal vez que estoy chocha. Es que entre el tiempo pasado y el
tiempo presente no hay mucha diferencia; no te enojes Manuel, si la vieja se
descarrila: para mí, ya ves, eres siempre mi hijito y cuando estabas per-dido
en el extranjero y yo te esperaba, tenía un peso en el corazón como si todavía
te llevara en mi vientre, la carga de las penas, ay Manuel, qué tris-teza
tenía, y ahora has vuelto y no estoy tranquila, no, y desde hace unas no-ches,
tengo malos sueños.
Manuel comía en silencio. Su madre sentada a sus pies en un taburete lo
miraba, los ojos bañados de tristeza.
—No tengo nada, mamá, no estoy enfermo, ¿verdad? No te atormentes.
—Claro que no estás enfermo, intervino Bienaimé. ¿Quién ha visto un negro más
robusto? Délira, ¿no vas a dejarlo en paz, por fin? ¿Y si me pu-siera a hablar
yo también? Diría: ¿quién le enseñó a manejar la azada y el machete, a
deshierbar, a sembrar e incluso a hacer trampas para cazar pá-
jaros? No terminaría nunca.
Prendió su pipa con un tizón.
—¿Terminaste de comer?, preguntó Délira.
—Sí, estoy hasta aquí.
Mentira; el hambre le perforaba el estómago, pero la vieja no había
probado bocado todavía y no quedaba gran cosa en la olla.
Como siempre, arrastró su silla hasta el taparo y la recostó mirando
ha-cia la carretera. El sol trepaba por sus pies, pero tenía la cabeza en la
fres-cura de la sombra.
Délira tocó humildemente el brazo de Manuel.
55. ¿Cric? Crac: fórmula
tradicional para contar cuentos y adivinanzas. El contador dice cric y los
asistentes contestan crac, y comienza a contar.
68
—Perdón, mi hijo, te digo: perdón por todas esas quejas. No tienen
sentido, pero me he preocupado tanto por ti que mi cabeza continúa trabajando
en el vacío, da vueltas y vueltas: es un verdadero molino de inquietudes.
Cuando te vas por esos montes, ¿qué es lo que buscas? Es un misterio: te veo
desaparecer detrás de los cujíes y de repente mi cora-zón se para: ¿Y si no
vuelve, si se va para siempre? Sé muy bien que no es posible pero le rezo a mis
ángeles y a mis santos como si tuvieras un peligro encima y en la noche me
despierto, abro la puerta de tu cuarto y te veo acostado: duerme, respira, está
aquí, gracias, Virgen de los Milagros.
Es que hijo mío, tú eres mi único bien sobre esta tierra, junto con mi
viejo, con todo y lo desagradable que es, pobre Bienaimé.
Manuel le acarició la mano. Estaba profundamente conmovido. —No te
preocupes por mí, ¿oyes mamá?, y pronto te daré una gran
noticia, ¿sabes, mi amor? Parezco inquieto porque todos los días espero
el acontecimiento y estoy impaciente.
—¿Cuál noticia, cuál acontecimiento, pero de qué estás hablando Manuel?
—Es demasiado pronto para decirlo. Pero será una alegría. Tu verás.
Délira lo miró desconcertada, después una sonrisa tierna borró lo que
quedaba de ansiedad sobre su rostro:
—¿Escogiste una muchacha? Ay Manuel ya es hora de que te establez-cas y
con una negra seria y trabajadora, no una de esas cualquiera como las que hay
en el pueblo. Cuántas veces me he dicho: ya no tengo mucha vida, ¿me moriré sin
ver los hijos de mi hijo? Dime su nombre, porque, adiviné, ¿no es verdad?
Espera: ¿es Marielle, no? entonces: Célina, la hija de la co-madre Clairemise,
es buena muchacha también.
—Ni la una ni la otra, mamá, y esa no es la noticia, es decir... —¿Es
decir?
—Pero podría ser y hasta es seguro; las dos cosas están ligadas como el
bejuco y la rama, pero no me preguntes, mamá; con todo el respeto que te tengo,
es todavía un secreto, a causa de ciertas circunstancias.
—Y a esta hora tú tienes secretos con tu propia mamá.
Estaba decepcionada y algo mortificada.
69
—¿Y cómo es esa muchacha, no es una de esas impertinentes, al menos? —Es
una negra que no tiene comparación en todo el país.
—¿De qué color es?, ¿es negra negra o más bien, digamos, bachaca56?
—Negra, negra. Pero no me vas a preguntar si tiene los ojos grandes o no, una
nariz así o asao y esto otro: cuánto mide, si es gorda o flaca, si es una negra
con trenzas largas o con el pelo corto, porque tendrías su retrato co-
mo si estuviera delante de ti.
Se rió:
—Ah mamá, eres tramposa, sí.
—Bueno, bueno, dijo Délira como si estuviera enfadada, digo: cállate
boca, no quiero saber nada, no me meto en nada. Váyase señor. Tengo que lavar
estos platos.
Pero se veía que la aventura la intrigaba y le encantaba. Y Manuel le
pasó los brazos alrededor del cuello y se rieron los dos; la risa de Délira era
extremadamente joven, es que no tenía la costumbre de hacerla oír, la vida no
es lo suficientemente alegre como para eso: no, no había tenido jamás el tiempo
de usarla mucho: la había conservado fresquecita, como el canto de un pájaro en
un nido viejo.
—¿No parecen novios?, exclamó Bienaimé. Sus brazos levantados to-maban
al cielo por testigo.
—Ahorita se estaba quejando y ya se está riendo. ¿Qué comedia es es-ta
caramba? Las mujeres cambian como el tiempo. Pero ese es un refrán que no es
verdad, porque ya quisiera yo que una buena lluvia cayera des-pués de toda esta
sequía.
Fumó su pipa.
—Una época maldita como ésta, jamás he visto igual.
El cielo color pizarra ofrecía una superficie desnuda nublada por un
duro resplandor solar. Los pollos abrumados buscaban la sombra. El pe-rrito
dormía, la cabeza entre las patas. Se le podían contar los huesos: si los
cristianos no tenían casi nada que comer, vaya usted a saber los perros.
56. En el original rougeâtre,
rojiza. Lo hemos traducido por “bachaca”, ya que la piel rojiza y el pelo
chicharrón corresponden al tipo físico de personas denominadas bachacos en
otras partes de América.
70
Bienaimé cerró los ojos, agarraba todavía su pipa apagada pero su
ca-beza le colgaba de lado; se deslizaba en ese sopor que lo tomaba ahora a
to-da hora del día y que repetía el mismo sueño: un campo de maíz hasta el
in-finito, las hojas rutilantes de rocío, las mazorcas tan hinchadas que
rompían sus envolturas con hileras de granos que parecían reír.
Délira lavaba los platos y cantaba, era una canción semejante a la vida,
quiero decir que era triste: no conocía otra. No cantaba en voz alta y era una
canción sin palabras, con la boca cerrada y que se quedaba en la gar-ganta como
un gemido y, sin embargo, su corazón se había apaciguado desde que habló con
Manuel, pero no conocía otro lenguaje sino esa que-ja dolorosa, entonces, qué
quiere usted, ella cantaba como las negras; es la vida la que le enseñó a las
negras a cantar como ahogando una lágrima y es una canción que termina y vuelve
a empezar porque es parecida a la mise-ria, y dígame, ¿es que la miseria
termina alguna vez? Si Manuel oyera sus pensamientos, la regañaría; él ve las
cosas bajo una luz alegre, una luz roja; dice que la vida está hecha para que
los hombres, todos los hombres, ten-gan su satisfacción y su alegría; quizás
tenga razón: un día va y otro día ven-drá que traerá esta verdad, pero
mientras, la vida es un castigo, eso es lo que es la vida.
Durante un buen rato, todo pareció adormecerse y sólo el canto mecía el
silencio que es el sueño del ruido.
Pero la voz exaltada del Simidor despertó a Bienaimé.
—Bienaimé, ho Bienaimé. Hay noticias, dijo.
El viejo bostezó, se frotó los ojos, botó las cenizas de su pipa.
—Chismes que me vienes a contar. Si tus piernas se movieran como tu
lengua, irías de aquí a Puerto Príncipe en un parpadeo.
—No, lo que te digo es la verdad, por Dios Santo: Saint-Julien se fue y
el compadre Loctama también.
—Bueno, ya volverán. El caballo conoce la medida de su cuerda. —Pero se
fueron en serio. Erzulie, la señora de Saint-Julien dice que
van a pasar la frontera por los lados de Grand Bois para ver si
consiguen trabajo en República Dominicana. La desgraciada llora y se lamenta.
Dentro de poco no le quedará ni una sola gota de agua en el cuerpo.
Saint-Julien la dejó con seis negritos chiquitos. Qué quieres, esta sequía
desani-
71
ma y hay algunos que no se resignan a morir; prefieren dejar la tierra
de sus abuelos para buscar la vida en países extranjeros. Y Caridad, la hija de
la comadre Sylvina se fue también.
—No me digas.
—Sí, así es, y otras la seguirán, seguramente. Se fue a la ciudad. ¿Tú
sa-bes como va a terminar? En el pecado y en las malas enfermedades. Pero más
vale feo que muerto, dice el refrán, y nos vamos todos a morir si esto
continúa. Yo no pido otra cosa: estoy viejo, ya cumplí. ¿Y para qué vivir si ya
no puedo colgarme un tambor y dirigir el cumbite cantando y bebiendo mi ración
de clerén después? Nací para eso, con dedos como varitas y en lugar de cerebro,
una nidada de pájaros músicos. Entonces, te pregunto. ¿por qué sigo viviendo?
Mi papel ha terminado.
Había bebido un poco, el Simidor, y ahora, tenía la resaca amarga.
—Jesús y la Virgen, suspiró Délira. Si los jóvenes se van, ¿quién ente-
rrará nuestros viejos huesos para que el día del Juicio sean convocados
en-tre Satán y el Padre Eterno?
—No me fastidies Délira, gruñó Bienaimé. Y Dios se va a cansar de oír su
nombre por un sí y por un no.
Se dirigió a Antoine:
—Hay que impedir que se vayan. Esta tierra nos ha alimentado du-rante
generaciones. Todavía es buena, no pide sino un poco de agua. Diles que la
lluvia vendrá, que tengan un poco de paciencia. No. Yo mismo voy a hablarles.
Sabrá Dios si los campesinos oirán a Bienaimé. Estaban cebados por la
miseria, no podían más. Los más razonables perdían la cabeza, los más fuer-tes
vacilaban. En cuanto a los débiles, se abandonaban, que venga lo que venga,
decían. Se los veía acostados, tristes y silenciosos sobre sus esteras,
de-lante de sus chozas, rumiando su pena, perdida toda voluntad. Otros
gasta-ban sus últimos centavos en comprar clerén en casa de Florentine, la
mujer del oficial de policía rural, o lo compraban a crédito, lo que tarde o
tempra-no les jugaría una mala pasada. El alcohol les daba un aire de vigor,
una bre-ve ilusión de esperanza, un olvido momentáneo. Pero se despertaban con
la cabeza atormentada, la boca seca; la vida adquiría un sabor a vómito y no
te-nían ni siquiera un pedazo de tocino para rehacerse el estómago.
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Fonds-Rouge se iba en pedazos y esos pedazos eran esos campesinos de
bien, esos negros consecuentes y de mucho coraje con la tierra, ¿por más que
sea, no es lamentable?
—Manuel, ¿dónde está ese Manuel? –gritó Bienaimé.
—Salió, respondió Délira.
—Siempre salió, siempre afuera, siempre corriendo por esos cerros.
Un verdadero cimarrón tu hijo, Délira.
—Es tu hijo también, Bienaimé.
—No me contradigas. Esas tendencias debió cogerlas del lado tuyo.
—Sí, porque tú no tienes defectos.
—No te respondo porque sería jactancia.
—Hay, dijo el Simidor, los que tienen el trasero livianito como los
pa-pagallos, no se quedan quietos, no es su culpa.
Pero Délira estaba disgustada. Cuando eso sucedía, y era raro,
ende-rezaba su cuerpo descarnado y parecía muy grande, su voz no se alzaba,
permanecía calmada y reposada, pero las palabras eran como un hilo cortante.
—Así es: fui una vagabunda, no trabajé para ti todos los días de mi
existencia, desde el amanecer hasta la noche negra. Me la pasé cantando y
bailando. La miseria no me aruñó la cara, mira mis arrugas, la miseria no me
lastimó, mira mis manos, la miseria no me sangró, si sólo pudieras mi-rar en mi
corazón.
En cuanto a ti, tú eres un hombre sin defectos, un negro sin igual, un
negro sin comparación. Gracias, mi Dios, que una persona con tan pocos méritos
sea la mujer de un hombre como él.
—Bueno, basta, digo: basta, mujer, suficiente para mis oídos. Com-padre
Antoine, vamos a ver lo que pasa.
Délira mirándolos alejarse, movió la cabeza y sonrió; su ira había
pasado.
—Ay Bienaimé, ah, mi pobre negro, murmuró.
Su pensamiento volvió en seguida hacia Manuel: “¿Qué es lo que pue-de
andar buscando por esos cerros? ¿Quizás un tesoro?” La idea le vino en seguida:
los blancos franceses vivieron por estos lados, se veía todavía por aquí y por
allá las huellas de sus añilerías, y ¿no contaban que un campesi-no de Boucan
Corail había encontrado por azar cavando en su conuco una
73
tinaja llena de monedas de plata? ¿Cómo es que se llamaba ese campesino?
Ah, bah, se me olvidó, pero no importa, la cosa era verdad y Bienaimé vio una
de esas morocotas, era así de grande y pesada; un italiano de la ciudad lo
compró todo por una buena suma y ese campesino, ¿pero cuál era, pues, su
nombre? Ciriaque, eso es; Ciriaque compró tierras del lado de Mirabelais y se
convirtió en un gran propietario.
Pero dicen que para tener un tesoro hay que tener compromisos con el
diablo. Manuel no será capaz, en cuanto a eso, seguro que no.
...Esa meseta de Chambrun donde se encontraba Manuel se eleva-ba en
medio de una pequeña llanura que la apartaba, como una isla, del movimiento de
las colinas circundantes. Desde allí, la mirada abarcaba en redondo todo el
país: al levante, ese promontorio inclinado de don-de subían humaredas era
Bellevue, esas chozas en contrabajo, Boucan Corail, y más allá, en el azul de
la distancia, escalonada sobre una pen-diente suave, Mahotière y la hermosa
avenida de sus conucos a la som-bra de los mangos y de los aguacates. Sus
campesinos tenían la suerte de tener una fuente de agua buena para beber que
alcanzaba también para lavar. Surgía en una garganta donde crecían malangas,
berros e in-cluso yerbabuena. Es allí donde se aprovisionaban los de
Fonds-Rouge, pero les quedaba lejos, y de regreso, las taparas llenas pesaban
bastante en el camino.
Es lo que llamaban las Tierras Frías, en contraste con la llanura. Sus
campesinos eran más recios que nosotros y tenían una manera de arrastrar el
trasero al caminar: Negros Congo les decíamos pero nos llevábamos bien con
ellos.
Más arriba de Mahotière, a una jornada, llegábamos al cerro
Ville-franche; los bosques de pino comenzaban en sus flancos, con largas
estelas de neblina, jirones húmedos como la lluvia, penetrantes hasta la médula
de los huesos. Es una montaña a pique, desgarrada por precipicios a los que no
se les ve el fondo, coronada de picos que se pierden en el cielo turbado; los
árboles allí son negros y severos, el viento se queja noche y día en sus
ra-mas, porque son sensibles y cantores, los pinos.
Oi decir que la meseta daba un buen pasto y que el ganado engordaba que
daba gusto, pero no fui nunca más lejos de Les Orangers donde vive
74
mi comadre –Finélia la llaman– y ya, allí, hace un frío que no podemos
so-portar nosotros, negros de la llanura.
Ante la mirada de Manuel, la línea de los cerros corría hasta el
ponien-te en una sola ola de un azul mustio y tierno; si a veces el hundimiento
de un valle la rompía, como con esa meseta de Chambrun, retomaba pronto, en un
nuevo oleaje, otros cauchos rojos, otros robles y la misma maleza confusa de
donde se entrelazaban las palmeras.
Un movimiento de aire rápido y sedoso le hizo levantar la cabeza hacia
un vuelo de palomas. “Son palomas salvajes”57. Siguió su estela cenicienta
hasta que se zambulleron dispersas en un cerro vecino.
De pronto una idea lo golpeó y lo hizo ponerse de pie: “las palomas
prefieren el fresco. Caramba58, ¿si fuera como quien dice una señal del
cie-lo?”. Bajó el cerro casi corriendo. El corazón le latía con fuerza. “¿Qué
te pasa, ah Manuel?” se decía. “Pareciera que vas a tu primera cita con una
mujer. Te hierve la sangre.” Una angustia especial le anudaba la garganta.
“Tengo miedo de que sea como las otras veces, una equivocación y una de-cepción
y siento que si no la encuentro esta vez, tendré una gran desilu-sión. Tal vez
hasta diré: y bueno, no importa. No, no es posible. ¿Puede uno desertar de la
tierra, puede uno darle la espalda, puede uno divorciar-se de ella, sin perder
también la razón de existir y el uso de sus manos y el gusto por vivir? Claro
que volvería a buscar, lo sabía, era su misión y su de-ber. Esos campesinos de
Fonds-Rouge, esos cabeza dura, esos cabeza de chorlito, necesitaban esa agua
para volver a encontrar la amistad entre her-manos y rehacer la vida como debe
ser: una ayuda de buena voluntad en-tre hombres igualados por la necesidad y el
destino”.
Atravesó el corredor de la llanura, iba rápido, estaba apurado, estaba
impaciente y le parecía que la sangre se le atascaba y trataba de escapárse-le
por ese alboroto sordo en el medio de su pecho.
“Es allí donde las palomas se posaron59. Un cerro lleno de árboles, hay
57. En el original millet, nombre
dado en lenguaje popular a una paloma salvaje, de tamaño grande y de plumaje
sedoso color gris-pizarra. Para el campesino el millet anuncia la abun-dancia
pues siempre está donde hay agua y granos.
58. En español en el original.
59. En créole en el original: C’
est là que les ramiers ont jouqué. Jouquer: posarse en las ramas.
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hasta caobos y ese follaje gris que se vuelve plateado al sol, no me
equivo-co: son de verdad yagrumos y naturalmente, no faltan los cauchos, pero
¿de qué lado voy a entrar?”
Más que la vista, su oído lo guiaba. Cada vez que limpiaba a mache-tazos
la maraña de plantas y de lianas, esperaba el vuelo espantado de las palomas.
Se abría camino hacia un lado, hacia lo más tupido del cerro. Se había
dado cuenta ya de ese rincón, de ese asentamiento sombreado donde los árboles
se recogían en una luz espesa.
Una falla abrupta se abría ante él. Descendió por ella agarrándose a los
arbustos. Las piedras que rodaban delante suscitaron rápidamente un ba-tir
múltiple de alas, las palomas se desprendían de las ramas y por los rotos del
follaje las vio dispersarse a todos los vientos.
“Estaban más arriba: estaban sobre ese matapalo, allá”.
Manuel se encontraba bajo una especie de quebrada angosta recubier-ta
por las lianas que caían de los árboles en paquetes desenrollados. Una
corriente de frescura circulaba y era quizás la razón de que las plantas
vo-lubles y desordenadas crecieran tan tupidas y apretadas. Subió hacia el
matapalo, sentía ese hálito bienhechor que le secaba el sudor, caminaba en un
gran silencio, entraba en una penumbra verde y un último machetazo le reveló el
cerro contenido alrededor de una plataforma ancha y el matapa-lo gigante se
alzaba allí con un impulso de torso poderoso; sus ramas car-gadas de musgo
flotante cubrían el espacio con una sombra venerable y sus raíces monstruosas
extendían una mano autoritaria sobre la posesión y el secreto de ese rincón de
la tierra.
Manuel se detuvo. Apenas creía lo que sus ojos veían y una especie de
debilidad se apoderó de sus rodillas. Es que percibía malangas, tocaba in-cluso
una de sus largas hojas lisas y heladas, y las malangas son plantas que viven
en compañía del agua.
Su machete se hundió en el suelo, cavaba con furia y el hueco no era
to-davía profundo y ancho, cuando de la tierra blanca como la tiza, el agua
co-menzó a subir.
Recomenzó más lejos, atacaba las malangas con frenesí, las deshierba-ba
por brazadas, arrancándolas por puñados con las uñas: cada vez había
76
un burbujeo que se esparcía en un pequeño charco y se convertía en un
ojo claro una vez que reposaba.
Manuel se extendió en el suelo. Lo abrazaba con todo el cuerpo:
“Está aquí, la dulce, la buena, la fluida, la cantarina, la fresca, la
bendi-
ción, la vida”.
Besaba la tierra con sus labios y reía.
IX
—¿Te has fijado en Manuel? Desde hace dos días anda como si se hu-biera
caído en un hormiguero. Anda por aquí, anda por allá, pero nunca en el mismo
sitio. Se va a la carretera, se sienta en la veranda, se levanta de pronto. Lo
llamas, no oye, lo vuelves a llamar, parece salir de un sueño; ¿ah, sí? dice,
pero te das cuenta de que no te oye. En la noche lo oigo dan-do vueltas sobre
su colchón y se agita y se debate, busca el sueño y no lo consigue. Esta mañana
oí que se reía solo y por su cuenta mientras se lava-ba detrás de la choza.
¿Estará en su sano juicio nuestro hijo? Bienaimé, mi hombre, contéstame,
Bienaimé.
—¿Qué quieres que te diga?, dijo el viejo de mal humor. No estoy en su
pellejo, no estoy en su cabeza. Es un negro intranquilo, ese Manuel, un negro
acelerado. Eso es todo. Algunos son lentos por naturaleza, otros vivos como el
rayo. ¿Qué le ves de raro o de preocupante? Tú, tú quisieras tenerlo todo el
tiempo en los pliegues de tu camisola como un niñito y que él te cuente: mamá
tengo esto, mamá tengo aquello, como si no hubiera crecido, como si no fuera un
hombre con toda su concien-cia y con toda su razón. Ya déjalo, déjale, pues, su
libertad: los potros es-tán hechos para galopar en la sabana. Dame un pedazo de
carbón para prender mi pipa.
—¿No eras tú el que te quejabas el otro día de que estaba todo el día
dando carreras?
—¿Yo, cuándo?
El viejo se hacía el sorprendido. —¿Quieres pelearte conmigo, Délira?
—¿Y esa pala que fue a comprar ayer al pueblo, me dirás para qué la ne-
77
cesita, y por qué se fue esta mañana con ella para el cerro y también
que a su regreso estaba llena de una tierra blanca como no hay por estos
parajes?
—¿Pero cómo quieres tú que yo te conteste a todos esos por qués?
Pregúntame de una vez la razón de por qué la luna ciertos días parece un pedazo
de melón de España, y otros se pone redonda como un plato. Es que tú eres una
mujer rezongona, sí, Délira. ¿Qué es lo que te da por pelliz-carme las
costillas con tus preguntas todo el santo día? En tu juventud, eras más bien
poco habladora, se te sacaba difícilmente una palabra. Para de-cirte la verdad,
lamento esos tiempos de antes.
Se clavó en su silla, gruñón y disgustado, los labios apretados en el
tu-bo de su pipa.
Las preocupaciones se acumulaban. Cuando un hombre está empa-vado60,
dicen que hasta la leche cuajada puede romperle la cabeza. La be-cerra pinta se
había enredado en su cuerda y torcido una pata. Dorméus la trató por tres
piastras, el sinvergüenza, pero tardaba en sanar y Bie-naimé tendría que
esperar todavía antes de irla a vender. Lhérisson se fue a trabajar por los
lados de la Croix des Bouquets en una cuadrilla de Trabajos Públicos. Otros
soñaban con seguir su ejemplo e incluso con dejar Fonds-Rouge de una vez por
todas. Y ahora este Manuel que se comportaba como si le fuera a dar mal de San
Vito, cuándo, caramba, por las barbas del Espíritu Santo, perdón, Dios mío, he
blasfemado, no lo haré más, mea culpa, ¿cuándo, caramba, terminarán todas estas
preo-cupaciones?
Y mira que llega la comadre Destine. Cómo hará ella para conservar toda
esa grasa, se pregunta Bienaimé. Su cara gorda, negra, brilla como un cuero
bien pulido.
—Pasé para saludarte, comadre Délira. Compadre Bienaimé, buenos días,
sí.
—Buenas querida, responde el viejo.
Y después hace como si durmiera. No tiene ganas de hablar.
60. En el original: avoir du
guignon: prácticamente, cada país de la América española tiene un nombre para
la mala suerte. En Venezuela se le llama “pava” o “pavita” (en desuso), por
atribuir su anuncio al silbido de un ave así llamada.
78
Délira le alargó el taburete a Destine. Ella se queda de pie. Destine se
acomoda y se desborda por todos lados.
—Cómo va la vida, dice.
—La penitencia continúa, suspira Délira.
Con un movimiento de cabeza señala los campos y alza los ojos hacia el
cielo implacable.
Estamos en el momento más caluroso del día y no es mediodía, es más bien
como las dos de la tarde cuando la tierra comienza a soltar un vapor que sube y
baila y arruga los párpados, de tanto que enceguece.
Hay en los cujíes un arrullo triste de tórtola y el macho responde con
un acento rauco, llamando. Pero su diálogo no interrumpe el silencio, lo
acompaña y lo vuelve más pesado y más presente.
—Me voy yo también, declara Destine.
—No me digas, exclama Délira aterrada.
—Sí, querida, así es. Vamos a dejar la tierra de los viejos, mi negro
Joachim y yo. Tenemos familia por los lados de Boucan Corail, es familia lejana
pero quizás nos hagan la caridad de un pedazo de tierra, de algo pa-ra
construir una choza y sembrar un conuquito. Con la gracia de Dios, Délira, pero
qué dolor tan grande.
Lloraba: las lágrimas trazaban sucios surcos en sus mejillas.
La vida se había secado en Fonds-Rouge. No había sino que oír ese
si-lencio para escuchar la muerte, dejarse llevar por ese sopor para sentirse
amortajado. El golpe regular y repetido de los pilones en los morteros se había
callado, no había ni un grano de mijo y qué lejos estaba el tiempo de los
cumbites, del canto viril y alegre de los hombres, el balanceo resplan-deciente
de las azadas al sol, los tiempos felices cuando bailábamos el mi-nuet bajo los
cobertizos y las voces despreocupadas de las muchachas sur-gían como una fuente
en la noche, adiós, digo adiós al tiempo de la gracia y de la misericordia,
adiós, adiós, nos vamos, se acabó. Oh loas, mis loas de Guinea, no midieron
bien el trabajo de nuestras manos y nuestra ración de miseria, la balanza de
ustedes tiene pesas falsas y por eso morimos sin so-corro y sin esperanza, ¿es
justo?, respóndanme, no, de verdad, no es justo.
Délira habla y su voz es tranquila:
—El día de Todos los Santos, limpié las tumbas de mis muertos. Todos
79
están enterrados aquí: me esperan. Mi día empieza a terminarse, mi noche
se acerca. Yo no me puedo ir.
Destine lloraba todavía:
—Tengo dos hijos en el cementerio.
Délira le tocó el hombro:
—Ten valor, Destine, volverás, prima, volverás con la lluvia y la bue-na
estación.
Destine se limpió los ojos con el dorso de su mano grasa, blanda y co-mo
deshuesada.
—Esta mañana había una culebra enrollada en la techumbre de la cho-za,
Joachim se subió en la mesa y le partió la cabeza de un machetazo. Joachim, le
dije, con tal de que no nos traiga una desgracia, ¿me oyes Joachim? Pero alzó
los hombros sin decir una palabra; lo roe, a Joachim, es-ta situación, lo roe
por dentro como una enfermedad, entonces, ahora, ape-nas si abre la boca. Y
Florentine le reclama el dinero de su clerén con ame-nazas y palabras que no
pueden repetirse, la escandalosa, hembra de policía.
Se levantó:
—Nos volveremos a ver, Délira querida. No me voy antes del fin de esta
semana. Me encontré con Manuel en el camino: ese sí es un negro bien plan-tado.
Tienes suerte prima, yo, mis dos varones están en el cementerio, pero es la
vida, no se puede hacer nada contra la desgracia, hay que resignarse.
Cuando se fue, Bienaimé abrió los ojos; basculó su silla hacia adelante
y golpeó el piso con rabia:
—Ah negros ingratos que son, gritó. Esta tierra les dio de comer, día
tras día, durante años y ahora la dejan con unas lamentaciones para guar-dar
las apariencias y un poco de agua en los ojos a guisa de lavado para la mala
conciencia y el remordimiento. Cuerda de hipócritas. En cuanto a nosotros, nos
quedamos. ¿Verdad Délira? ¿Verdad mi vieja?
—¿Y, a dónde podríamos ir? respondió Délira.
* * *
Por fin, después de dos días de impaciencia, Manuel pudo encontrar-la.
Caminaba hacia la carretera a la vista de las chozas. Pero le sopló al pa-
80
sar, cruzándola sin detenerse, así como entre los dientes: espérame
delan-te de la cerca del compadre Lauriston, bajo el tamarindo.
Y ahora la llevaba a la fuente. Le costaba seguirlo por lo rápido que
iba, tenía miedo también de que la hubieran visto, pero Manuel aseguraba que
no: el lugar estaba abandonado desde hacía tiempo, era un antiguo campo de
algodón en el flanco de los cujíes, mira: está lleno de hierbas y de espinas
ahora.
Se internaron en el monte. El sol pasaba por el tamiz de los árboles y
se agitaba en el sendero con el movimiento del viento en las ramas altas.
—¿Tú crees que haya agua suficiente?, preguntó Annaïse.
—Excavé hasta aquí.
Trazó con la mano una línea a la altura de su cintura.
—Y no un hueco solamente. Varios. A todo lo largo de la plataforma.
Está lleno. Un estanque grande, te digo.
Estaba sin aliento, menos por la caminata rápida que por el recuerdo.
—Si no hubiera tapado los huecos, creo que el agua se habría desbor-
dado, tanta hay.
—Eres fuerte, sí Manuel.
—No, pero tengo fe.
—¿Fe en qué?
—Fe en la vida, Anna, fe en que los hombres no pueden morir.
Ella reflexionó un instante.
—¿Qué quieres decir? Es como con el agua, hay que cavar profundo en tus
palabras para encontrarles el sentido.
—Ah, claro que un día todo hombre vuelve a la tierra, pero la vida
mis-ma es un hilo que no se rompe, que no se pierde, ¿sabes por qué? Porque
cada hombre durante su existencia hace un nudo: es el trabajo que ha cum-plido
y es lo que hace que la vida viva durante siglos y siglos: la utilidad del
hombre sobre la tierra.
Lo miró con fervor:
—Jesús-María-La Virgen, qué sabio eres, y todas esas ideas, ¿vienen de
tu cabeza?
Se echó a reír:
—¿No te duele la cabeza a veces?
81
—Ajá, te estás burlando.
La tomó por el brazo y en seguida el rostro de Annaïse se alteró, la luz
vaciló en sus ojos y dijo con una voz ahogada, porque el corazón le latía en la
garganta:
—Llévame a la fuente.
El monte se aclaraba, los árboles se esparcían; al final del sendero se
abría el espacio libre de la llanura.
—¿Ves ese cerro? dijo Manuel, ese no, el otro, lleno de árboles, el azul
oscuro porque está justo bajo una nube. Allí es. Espera. Voy a ver si viene
alguien.
Salió del monte, echó una ojeada alrededor. Le hizo una señal y ella lo
alcanzó.
—Vamos rápido, Manuel. Me da miedo que nos vean.
No le dijo que desde que se encontraron en la loma de las palmas,
Gervilen la espiaba. A la vuelta de un camino aparecía bruscamente. No decía
nada pero sus ojos rojizos tenían un resplandor siniestro. Hoy había ido al
pueblo, lo sabía porque su hermano Gille tenía que acompañarlo co-mo testigo
delante de un juez de paz, por un asunto de una mula robada o perdida, ya no se
acordaba.
Gille le había preguntado:
—¿Tuviste un problema con el primo Gervilen? Anoche cuando vino a verme
te miraba muy raro.
No había respondido.
—Parece que estuvieras soñando, dijo Manuel, no dices nada, mi negra.
—Me gustaría haber llegado. Esta llanura es larga de atravesar, siento
en mi espalda que me miran, son como puntas de cuchillo.
Manuel volteó la cabeza para todos lados.
—No seas miedosa. No hay nadie. Pronto no tendremos que escon-dernos.
Todo el mundo sabrá para quien voy a construir esa casa. Tres pie-zas tendrá,
tres; ya calculé, los muebles los voy a hacer yo mismo, hay bue-na caoba por
aquí, soy un poco carpintero.
Y habrá también un cobertizo con una enredadera para la sombra.
Podríamos probar con la uva, ¿te parece? Con una buena cantidad de bo-rra de
café en la raíces, prende, ¿no es verdad?
82
—Será como tú quieras, murmuró ella.
“Sí, yo seré la dueña de tu casa. Yo sembraré tus campos, y te ayudaré
en la cosecha. Saldré en el rocío, cuando se levante el sol, a cortar los
frutos de nuestra tierra; iré en el sereno de la tarde a ver si los pollos
reposan en las ra-mas de los árboles, si la bestia salvaje y voraz no se los
llevó. Llevaré al merca-do nuestro maíz y nuestros víveres. Esperarás mi
regreso en el umbral de la puerta. La luz de la lámpara se hallará detrás de
ti, sobre la mesa, pero oiré tu voz: ¿tuviste una buena venta, mujer? Y yo te
responderé de acuerdo con la buena o mala suerte del día. Te serviré de comer y
me quedaré de pie mientras tú comes y me dirás: gracias, mi negra y te
responderé: a tus órdenes, mi señor, porque yo seré la servidora de la casa. En
la noche me tenderé a tu lado, tú no dirás nada, pero a tu silencio, a la
presencia de tu mano responderé: sí, mi hombre, porque yo seré la servidora de
tu deseo. Habrá un canal de agua en nuestro jardín y cañas y laureles en sus
orillas. Me lo prometiste. Y habrá ni-ños que yo te daré, soy yo quien lo
promete, en nombre de los santos que es-tán en la tierra, en nombre de los
santos que están en las estrellas”.
Su rostro se había vuelto grave, a semejanza de su alma.
—Tienes las cejas fruncidas, dijo Manuel extrañado; tus ojos miran a lo
lejos. Dime lo que te pasa, mi negra.
Le sonrió, su boca temblaba.
—¿De qué lado está la fuente, Manuel?
—Llegamos. Dame la mano. Hay una subida que no es nada fácil. Siguieron
el camino despejado por el machete de Manuel en el sofoca-
miento de las plantas.
Manuel bajó primero por la falla. Ella vaciló, resbaló un poco y él la
re-cibió en sus brazos. Sintió el peso y el calor de su cuerpo contra el suyo.
Pero ella se soltó.
—Se siente el fresco, dijo ella, se siente el viento y lo húmedo.
Las palomas batían el ala, se abrían paso en las hojas hacia el cielo.
Levantó la mirada hacia las ramas que se cerraban en el silencio.
—Hay sombra, qué sombra hay. No parece que afuera haya ese solazo. Aquí
se filtra gota a gota, el sol, oigo, no oigo ningún ruido, estamos como en una
isla, estamos lejos, Manuel estamos en el fin del mundo.
—En el comienzo del mundo, quieres decir. Porque en el comienzo de
83
los comienzos había una mujer y un hombre como tú y yo; a sus pies
corría la primera fuente y la mujer y el hombre entraron en la fuente y se
bañaron en la vida. Le tomó la mano:
—Ven.
Apartó las lianas. Él penetró en el misterio del matapalo61.
—Es el guardián del agua, murmuró ella, con una especie de terror
sa-grado.
—Es el guardián del agua.
Contempló sus ramas cargadas de musgo plateado y flotante.
—Tiene muchos años.
—Tiene muchos años.
—Su cabeza no se ve.
—Su cabeza está en el cielo.
—Sus raíces son como patas.
—Agarran el agua.
—Enséñame el agua, Manuel.
Cavó en la tierra:
—Mira.
Se arrodilló, mojó su dedo en el charco, hizo la señal de la Cruz.
—Yo te saludo, agua bendita, dijo.
—Y aquí, mira: hay agua por todas partes.
—La veo, dijo.
Apoyó la oreja contra la tierra.
61. En el original figuier-maudit,
“higuera maldita”. La descripción del árbol en el texto po-dría corresponder a
los árboles silvestres conocidos en Venezuela por los nombres higue-rón,
matapalo y copey. El descubrimiento del agua en la novela se halla impregnado
del sim-bolismo religioso de la higuera: fue con hojas de higuera que Adán y
Eva cubrieron su desnudez, después de haber comido del fruto de aquel árbol
(Génesis, III, 7). Sabemos, además, que con el olivo, la vid y la granada, la
higuera es símbolo de abundancia y fertili-dad (Deut. VIII, 8). El texto de
Paul Claudel: “Soy yo, la higuera, el alimento de Israel cu-yas hojas salen de
todas partes y son como dedos alargados” (P. Claudel, Tobías y Sara, 1940, II,
7, p. 1255) recuerda la descripción que hace J. Roumain en las páginas 108-109
de esta edición. Aunque en Gobernadores del rocío la atmósfera de la novela
destaca la simbo-logía fasta del “figuier-maudit” el símbolo incluye también su
parte funesta contenida en la parábola de la higuera estéril, maldita por Jesús
(Mat., 21, 19).
84
—La oigo.
Escuchaba, el rostro recogido, alumbrado por un éxtasis infinito.
Estaba a su lado.
—Anna.
Sus labios se tocaron.
—Mi negro, suspiró.
Cerró los ojos y él la tumbó. Estaba tendida sobre la tierra y el rumor
profundo del agua arrastraba en ella una voz que era el tumulto de su san-gre.
No se defendió. Su mano tan pesada le arrancaba una dulzura intole-rable, me
voy a morir. Su cuerpo desnudo ardía. Desató sus rodillas y ella se abrió a él.
Entró en ella una presencia desgarradora, y exhaló un queja herida, no, no me
dejes o me muero. Su cuerpo iba al encuentro del suyo en una ola afiebrada, una
angustia indecible nacía en ella, una delicia terri-ble que tomaba el
movimiento de su carne, un lamento anhelante le subía a la boca, y ella se
sintió deshacer en la liberación de ese largo sollozo que la dejó anonadada en
el abrazo del hombre.
X
—El sol se levanta, dijo Délira.
—Está en el cerro, respondió Bienaimé.
Los pollos picaban, inquietos. Esperaban que les echaran maíz pero los
campesinos no tenían nada más que comer o casi nada. Guardaban los últimos
granos, los aplastaban con el pilón y preparaban un caldo espeso y pesado, pero
llenaba, le daba consistencia al estómago.
Los gallos se enfrentaban, una gorguera de plumas erizadas alrededor de
sus cuellos. Intercambiaban picotazos, espuelazos.
—Chhhh... y Bienaimé daba palmadas. Se separaban para alzarse más lejos
y pregonar su reto a voz en cuello.
Y en cada corral era igual. El día empezaba así, con una luz que no se
de-cide, los árboles entumecidos y la humareda que sube detrás de las chozas,
pues es el momento del café y no está mal mojar un pedazo de galleta si el
ca-fé está bien endulzado con melado de caña, por supuesto, porque el azúcar,
incluso el rojo, el barato, ya no hay con qué, por los tiempos que corren.
85
—Manuel dijo que iba a buscar a Laurélien.
—Eso fue lo que dijo.
—¿Pero qué es lo que pasa, Bienaimé?
—Pregúntame, no te contestaré.
—Hace tiempo que no escucho una palabra amable de tu boca.
Bienaimé tragó un sorbo de café. Se sintió apenado.
—Es que mis reumatismos empiezan, dijo como excusa. ¿Si me frota-ras con
un poco de aceite? Es en las coyunturas donde me agarra.
—Pondré a calentar el aceite con sal. Entrará mejor en el mal.
El viejo prendió su pipa. Acarició su barba blanca.
—¿Délira, ho?
—Sí, Bienaimé.
—Te voy a decir una cosa.
—Te escucho, sí, Bienaimé.
—Eres una buena mujer, Délira.
Volteó la mirada y se aclaró la voz.
—Te voy a decir otra cosa.
—Sí, querido.
—Soy un negro desagradable.
—No Bienaimé, oh no, mi hombre, tú tienes solamente tus días difíci-les,
la culpa es de toda esta miseria. Pero desde el tiempo en que camina-mos juntos
por la vida, y hace ya un largo camino, con ay Dios, muchos ma-los pasos y
tribulaciones en cantidad, tú me has protegido siempre, me has sostenido, me
has socorrido, me he apoyado en ti y he estado protegida.
Pero el viejo insistía:
—Te digo que soy un negro desagradable.
—Conozco el fondo de tu corazón, no hay mejor que tú.
—Eres respondona, sí Délira, palabra, nunca he visto mujer más terca que
tú.
—Bueno, Bienaimé, está bien.
—¿Está bien, qué?
—Eres un negro desagradable.
—¿Yo?, dijo Bienaimé sorprendido y furioso.
Délira emitió su risita clara.
86
—Eres tú quien lo dice.
—Pero no es necesario que lo repitas. Todo el vecindario lo va a oír:
Bienaimé es un negro desagradable, Bienaimé es un... y bueno, sí, ¿y
después?
La rabia era la única savia que le quedaba en las venas, y hacía gran
uso de ella.
Manuel y Laurélien llegaban a grandes pasos. Salían del monte. Se re-ían
y Laurélien generalmente tan calmo, le daba cada golpe en el hombro a Manuel
como para estropear un buey.
—La encontró, gritaba desde lejos, la encontró.
—¿Qué dice ese Laurélien, está loco, no?, refunfuñó Bienaimé y míra-lo
como brinca, como si caminara sobre espinas. ¿No habrá bebido ya, tan de
mañana?
Délira fue a buscar sillas.
—Servidor, dijo Laurélien, llevándose la mano a la frente.
—Saludo, hijo, respondió el viejo.
Lo miró con desconfianza.
—El ajenjo, dijo, no hay que abusar. Un vaso para despertar el
estóma-go, no lo niego, pero no más.
—Estoy borracho, es la verdad, dijo Laurélien. Retorcía sus grandes
manos y se reía.
—Pero no he tomado ni una gota, eso sí. Délira, ¿cómo va la vida?, ay
comadre, va a cambiar, la vida, desde el día de hoy, va a cambiar.
Se volteó hacia Manuel. Su rostro se tornó serio.
—Habla, jefe. Explícales el asunto.
—Se trata del agua, dijo Manuel.
Respiró profundamente. Cada palabra tenía su peso de emoción.
—Desde mi regreso a Fonds-Rouge, la busco.
Abrió los brazos, su rostro estaba lleno de sol, casi gritó.
—La encontré. Una fuente grande, un estanque lleno hasta el borde, capaz
de regar la llanura. Cada quien tendrá para sus necesidades y sus gastos.
Bienaimé saltó sobre sus pies. Su mano temblorosa se colgó de la cami-sa
de Manuel.
—¿Hiciste eso?, ¿encontraste el agua?, ¿es verdad?
87
Se reía con una mueca extraña, una voz que se quebraba y las lágrimas
rodaban por su barba blanca.
—Mis respetos, mi hijo, tu papá te dice: mis respetos, porque tú eres un
negro grande. Sí, me quito el sombrero delante de ti, Manuel Jean-Joseph.
Délira oíste, mi hijo encontró el agua. Él solo, con sus propias ma-nos.
Reconozco mi sangre, reconozco mi raza. Así somos en la familia: ne-gros
emprendedores y no es inteligencia lo que nos falta.
No soltaba a Manuel. Tartamudeaba, los ojos anegados:
—Ah muchacho, muchacho.
Délira apretaba sus manos sobre su corazón. Miraba a Manuel. No de-cía
nada. Se sentía tan débil como aquel día cuando vino al mundo: desyer-baba en
el conuco cuando la sorprendieron los dolores. Se arrastró hacia la choza.
Había mordido sus gritos en la carne de sus brazos y él nació con un inmenso
desgarramiento de su ser. Había cortado el cordón ella misma, lavado y acostado
al niño en sábanas limpias antes de dejarse hundir hasta el fondo de ese pozo
negro de donde vinieron a sacarla más tarde la voz de Bienaimé y el parloteo de
las comadres. Y hoy, estaba delante de ella, este hombre tan grande, tan
fuerte, con esa luz en su frente y que conocía el misterio del sueño del agua
en las venas de los cerros.
Estaba cerca de ella. Su brazo rodeaba sus hombros. Le preguntaba:
—¿Estás contenta, mamá?
Oyó una voz que respondía, lejana, lejana y que era la suya, sin
embargo:
—Estoy contenta por nosotros, estoy contenta por la tierra, estoy con-
tenta por las plantas.
El mundo daba vueltas a su alrededor: la choza, los árboles, el cielo.
Tuvo que sentarse.
Bienaimé presionaba a Manuel con preguntas: —Cuenta, hijo mío, ¿donde
está esa agua?, ¿cómo es? Y con brusca inquietud:
—¿Pero no es una agüita, al menos, un arroyito, justo para beber? —No,
dijo Manuel, es un agua consecuente. Hay que ver el lugar: una
terraza grande de tierra blanca como la tiza, esa clase de tierra se
bebe fá-cilmente el agua, pero el agua ha debido encontrar más lejos la roca
dura, alguna resistencia y entonces se infló. Seguro que en algunos años habría
88
reventado por sí sola. Entonces, lo que hay que hacer es, primero,
sembrar una hilera de postes, pero pegados, para que agarren la tierra, porque
si se comienza a cavar en pleno estanque, será como si se rajara una jarra y el
agua se perdería sin guía. Después, trazaremos un canal principal, atrave-sando
el llano y por los cujíes y en cada conuco cada quien construirá su ca-nal para
el riego. Cuando el gran canal y los otros estén listos, abriremos el estanque
y será bueno también nombrar un síndico de confianza de todos los campesinos
para la distribución del agua según las necesidades de ca-da quien, en fin,
como ustedes ven, es un trabajo enorme.
—El síndico serás tú, jefe, dijo Laurélien. Ya está votado.
—¿Lo oyes Délira?, exclamó Bienaimé con un inmenso orgullo. Ya calculó
todo en su cabeza y lo que dice es la pura razón.
Pero un pensamiento pareció de pronto ensombrecerlo:
—Dijiste: todos los campesinos. No estarás contando con... los otros.
Manuel se esperaba esa pregunta:
—¿Puedo hablar claro y de acuerdo con la verdad?, dijo. Y ustedes,
¿ustedes me escuchan, mamá? ¿Compadre Laurélien?
—Oímos, sí, Manuel.
—Bueno, ¿cuántos del lado nuestro son negros válidos? Espera.
Contó con sus dedos:
—Catorce. Y los otros, los herederos y los partidarios del difunto
Dorisca, deben ser más o menos lo mismo. Papá, mamá, consideren bien; compadre
Laurélien, reflexiona. Solos, no terminaremos nunca ese trabajo: cortar los
postes, transportarlos, sembrarlos; un canal bastante largo por la llanura y
aclarar el monte para que pueda pasar y después, el agua no es pro-piedad de
nadie, no se mide, no se marca en el papel del notario, es el bien común, la
bendición de la tierra. ¿Qué derecho tendríamos nosotros...
Bienaimé no lo dejó terminar:
—El derecho de que tú la encontraste, gritó, el derecho de que los
ene-migos no tienen derecho.
Hizo un esfuerzo por dominarse:
—Pero dime con franqueza lo que quieres hacer.
—Ir a buscar a los otros. Compadres, diré, es verdad lo que repiten, sí
compadres. Encontré una fuente que puede regar todos los conucos de la
89
llanura, pero para traerla hasta aquí, hace falta el concurso de todo el
mun-do, un cumbite general, eso es lo que hace falta. Lo que una mano no es
ca-paz, dos pueden hacerlo. Démonos la mano. Vengo a proponerles la paz y la
reconciliación. ¿Qué ventaja tenemos siendo enemigos? Si necesitan una
respuesta, miren a sus hijos, miren sus plantas: la muerte está sobre ellos, la
miseria y la desolación destrozan Fonds-Rouge. Entonces dejen que hable la
razón. La sangre corrió entre nosotros, yo sé, pero el agua la-vará la sangre y
la cosecha nueva crecerá sobre el pasado y madurará sobre el olvido. No hay
sino un medio de salvarnos, uno solo, no dos: volver a for-mar la buena familia
campesina, rehacer la asamblea de los trabajadores de la tierra entre hermanos
y hermanos, compartir nuestra pena y nuestro tra-bajo entre camaradas y
camaradas...
—Cierra la jeta, charlatán, rugió Bienaimé. No quiero oírte más. Y si
sigues, te voy a moler a palos con el bastón.
Quebró su pipa y la tiró violentamente al suelo y se fue al monte a
dar-le aire y espacio a su rabia.
La furia de Bienaimé sorprendió a los otros como un torrente. Guar-daron
silencio. Délira suspiró, Laurélien levantaba sus pesadas manos y las miraba
como útiles extraños. Manuel tenía ese pliegue obstinado en las co-misuras de
la boca.
—Mamá, dijo por fin, ¿qué piensas tú de todo esto?
—Ay mi hijo, es que me pides que escoja entre tú y Bienaimé. —No, entre
la razón y la sinrazón, es una cuestión de vida o muerte. Délira luchaba con
ella misma, se le notaba en su rostro irresuelto, las
palabras se detenían en sus labios, sus dedos atormentaban el
cordoncillo de su escapulario.
Pero tuvo que responder ciertamente:
—Dorisca y Sauveur son ya polvo y ceniza, hace años que reposan en paz;
el tiempo pasa, la vida continúa. Guardé mucho luto por Sauveur, era mi cuñado
y un hombre de bien, pero nunca hubo lugar para el odio en el corazón de Délira
Délivrance, Dios me oye.
—¿Y tú Laurélien?
—Estoy contigo, jefe. La reconciliación es la única manera de salir de
esta situación. Y los otros aceptarán también, si les hablas como se debe, y
90
nunca he visto un hombre con una lengua más hábil que tú. Seguro que sí.
Bienaimé estaba apoyado contra la empalizada. Les daba la espalda:
les demostraba su rechazo.
Manuel dijo:
—Se sentía la podredumbre desde hace tiempo en Fonds-Rouge; el odio le
da al alma un aliento envenenado, es como una marisma de barro verde, de bilis
cocida, de humores rancios macerados. Ahora que el agua va a regar la llanura,
que va a correr en los conucos, lo que era enemigo se volverá amigo, lo que
estaba separado se va a unir y el campesino no será más un perro rabioso para
el campesino. Cada hombre va a reconocer en su semejante, su igual y su prójimo
y aquí está el valor de mis brazos si te hace falta para trabajar tu conuco y
golpeas a mi puerta: honor y respondo: respeto, hermano, entra y siéntate, mi
comida está lista, come, es un placer.
Sin la concordia la vida no tiene sabor, la vida no tiene sentido.
—Es palabra cierta, aprobó Laurélien.
Conozco a mis negros, continuó Manuel, tienen el entendimieno más duro y
recalcitrante que mijo bajo el pilón, pero cuando un hombre no ra-zona con su
cabeza, reflexiona con su estómago, sobre todo si está vacío. Es allí donde los
voy a tocar: en el lugar sensible de sus intereses. Voy a ir a verlos y a
hablarles uno a uno. No puede uno tragarse un racimo de uvas de un solo golpe,
sino grano a grano. Es fácil.
—Pero quedan los otros, dijo Délira con inquietud.
—¿Las gentes del difunto Dorisca?
—Sí, hijo mío.
Manuel sonrió:
—Dices “los otros” como si fueran una escolta de demonios. Bueno, mamá,
te lo digo con toda confianza, no está lejos el día en que no habrá más ni “los
otros” ni “nosotros”, sino únicamente los buenos campesinos unidos para el gran
cumbite del agua.
—No sé cómo vas a hacer, pero toma tus precauciones, sí. Anteayer, en la
noche, oí un ruido en el patio, me levanté y entreabrí la puerta. Era luna
llena. El hombre debió oír la llave morder en la cerradura, porque ya se iba,
no le vi sino la espalda, pero era Gervilen, su tamaño, su caminar. Podría
jurarlo si no fuera pecado.
91
Manuel se encogió de hombros con indiferencia.
—A lo mejor estaba borracho. Se perdió. Eso es todo.
Una sola vez le había hablado a Gervilen, en el monte de los cujíes, al
día siguiente de su regreso a Fonds-Rouge. Desde entonces, Manuel no había
tenido nada que ver con él. Salvo que últimamente, en la gallera, aquel lo
ha-bía mirado fijamente de una manera extraña con sus ojos de brasa roja, pero
se veía que estaba lleno de clerén como una damajuana, el pobre huevón.
—Manuel tiene razón, dijo Laurélien. Ese Gervilen es un negro
borra-chón, el tafia ha debido confundirle la mente y se perdió en el patio
como un ladrón de gallinas.
Pero Délira no parecía muy convencida. El hombre que ella vio no
va-cilaba. Caminaba derecho y rápido hacia la empalizada.
Laurélien le estrechó la mano a Manuel:
—Voy a dar la noticia, pero para ese asunto de reconciliación, te toca a
ti hablarles.
—Bueno62, dijo Manuel, los veré más tarde.
—Servidor, Délira, saludó Laurélien.
—Adiós, ho, Laurélien, respondió la vieja.
Hizo un esfuerzo, un movimiento para levantarse. “¿Qué es lo que me
pasa? Es como si me hubieran molido. No tengo fuerzas”.
Manuel la retuvo:
—Espera un momentico.
—Dime hijo.
—El otro día querías saber el nombre de esa muchacha, ¿verdad? Bueno, te
lo voy a decir: es Annaïse.
—La hija de Rosanna, exclamó Délira.
—Ella misma. Pero pareces contrariada.
—Es que no es posible, Manuel. Piensa, somos enemigos. —En unos días, no
habrá más enemigos en Fonds-Rouge. —¿Y Bienaimé, tú crees que él estará de
acuerdo?
—Seguro. Por supuesto, se va a poner primero furioso, pero es él quien
llevará la carta de petición a Rosanna. Mañana voy a comprarla en el
62. En español en el original.
92
pueblo, y también el pañuelo de seda verde para envolverla, obedeciendo
a las costumbres de la gente honesta. Falta buscar la persona que la escri-ba.
Yo no soy muy bueno en eso. ¿Tienes una idea?
—A la izquierda de la iglesia del pueblo, en la plaza del mercado, hay
una casa con una pieza alta cubierta de teja. Pregunta por el señor Paulma, de
parte de su comadre Délira. Es un mulato gordo que tiene una quinca-llería. Lo
encontrarás detrás del mostrador. Conoce de escrituras.
Sonrió casi soñando:
—Ay Manuel, escogiste una linda muchacha, y seria y trabajadora, según
lo que he oído. La vi crecer y antes de esta historia de Dorisca y de Sauveur
me ayudaba a cargar mis taparos de regreso de la fuente. Tiíta, me llamaba, así
es como me llamaba. Era una negrita muy respetuosa, esa Annaïse.
Me pondré de rodillas, si hace falta, delante de mi negro Bienaimé para
suplicarle de no llevar la contraria y le rezaré a la Virgen de los Milagros.
Virgen de los Milagros, diré, socorre a mis hijos, pon tu mano sobre sus
ca-bezas para protegerlos contra la desgracia y guía sus pasos en la vida,
porque la vida es difícil y la miseria es grande para nosotros, pobres
campesinos.
—Gracias mamá, querida mamá, dijo Manuel.
Bajó la cabeza para esconder su emoción.
—Cuando hayas terminado de complotar con él, Délira, me vas a com-prar
otra pipa a casa de Florentine.
Era Bienaimé que regresaba. No parecía tranquilo, Bienaimé. Se nota-ba
por su manera de masticar las palabras.
—Sí, Bienaimé, se apuró Délira, sí papá, voy ahora mismo.
* * *
Antes del mediodía, el barullo de que Manuel había descubierto una
fuente se extendió por todo el pueblo. Tenemos una palabra para eso, nos-otros,
los negros de Haití: el radio-bemba decimos, y no hace falta sino eso para que
una noticia, buena o mala, verdadera o falsa, agradable o malin-tencionada,
circule de boca en boca, de puerta en puerta y pronto le ha da-do la vuelta al
país, y uno se asombra de lo rápido que va.
93
Y como Fonds-Rouge no era muy grande, corrió tan rápido como el fuego de
un bucán en la hierba seca y a la hora en que el sol da de lleno so-bre la
llanura, los campesinos no hablaban sino del acontecimiento, unos asegurando
que era verdad, otros que no, algunos llegaban incluso a afir-mar que el Manuel
ese había traído un bastón de Cuba que descubría las fuentes y hasta los
tesoros, en fin, cada quien agregaba un poco de sal y sa-zonaba la noticia a su
gusto.
Annaïse había cumplido bien la misión que Manuel le había encarga-do.
Había ido de casa en casa, a conversar con las comadres. Algunas se mostraban
reticentes, pero la mayoría, con suspiros y con Ah Dios, Dios mío, se pusieron
a calcular el cambio y el beneficio que el riego traería y cuánto de maíz
podría dar el conuco, cuánto de mijo y de víveres, y qué precio tendría en el
mercado y necesito unas varas de tela para un vestido y mi hombre un pantalón y
una camisa63, en cuanto a los niños, no hay ni qué hablar, vivían todos casi
desnudos que era una vergüenza y un pecado, más todavía, pues a pesar de la
miseria crecían altos como la mala hierba. (Es rebelde para morir el negro. Es
duro como ninguno.)
En cuanto a los hombres, no sabíamos. Algunos se habían reunido en casa
de Larivoire, un hombre de edad, un notable reputado por sus bue-nos consejos.
Incluso que habían visto a Similien, su hijo, salir de la casa de Florentine
con una botella de clerén, porque, se sabe, el aguardiente vuel-ve la lengua
ligera y las ideas más flexibles.
Antoine se vino renqueando tan rápido como pudo a casa de Bie-naimé.
Resplandecía. No tenía sino la palabra cumbite en la boca, pre-tendía componer
para Manuel una canción que, de memoria de hom-bre, nunca se hubiese escuchado
una más bella ni que animase más en el trabajo.
Pero Bienaimé lo mandó al diablo. Eso no echó a perder el humor de
Antoine. Ahora, sentado frente a su puerta, apretaba las cuerdas de su tam-bor
para darles un buen temple, para que los sonidos pudieran llegar lejos y zumbar
en toda la llanura el mensaje de la buena vida que comenzaba.
63. Vareuse en el original: camisa
de tela gruesa que llevaban los esclavos de Saint-Domingue (Haití).
94
—Eh, el Simidor se decía a sí mismo. A ver si no estás oxidado, a ver si
tus dedos no están entumecidos, a ver si tu cabeza tiene tantas canciones como
un panal de miel.
Probaba el tambor, prestaba oído, su boca desdentada reía a todo lo
ancho.
Pronto conduciría la escuadra de campesinos, tambor al hombro, al
amanecer.
Ya las palabras comenzaban a injertarse en la cadencia de un son
naciente.
General Manuel, salú ho, salú ho
Su voz dirigía el retumbar de las azadas:
Salú ho
Salú ho
Los niños acudieron para oírlo, lo rodearon, pero despachó a esos
ne-gritos: quería estar solo y que nada lo molestara mientras el canto
madura-ba en el batir del tambor.
XI
Manuel atacó a los campesinos uno por uno. Durante años, el odio fue
para ellos una costumbre. Les había servido de objetivo y de blanco a su ira
impotente contra los elementos. Pero Manuel había traducido en buen créole el
lenguaje exigente de la llanura sedienta, la queja de las plantas, las promesas
y todos los espejismos del agua. Los paseó por adelantado a tra-vés de sus
cosechas: sus ojos brillaban, sólo de oírlo. Había solamente una condición: la
reconciliación y, ¿qué les costaba?, un gesto, algunos pasos como para saltar
un puente y se dejaba detrás los malos días de miseria, se entraba en la
abundancia. Ah, compadre, ¿qué piensas? El otro, los pies descalzos en el
polvo, los trapos rotos, enflaquecido y hambriento, escu-chaba en silencio. Es
cierto que estábamos cansados de esa vieja historia. ¿Para qué serviría a fin
de cuentas? ¿Y si hiciéramos cantar una misa por
95
Dorisca y Sauveur, al mismo tiempo, para el descanso de sus almas? Eso
los reconciliaría a ellos también en la tumba y dejarían tranquilos a los
vivos. Porque los muertos descontentos fastidian, es hasta peligroso. Lo que
era cierto y seguro es que no nos podíamos dejar morir. ¿Entonces? Entonces, si
es así, estamos de acuerdo, pero, ¿quién le hablará a los otros? Yo, res-pondía
Manuel.
... Los otros se habían reunido en casa de Larivoire. La noticia era
gra-ve, necesitaba consejo. Larivoire acariciaba los pocos pelos de su barba de
chivo. Su mirada era tranquila y astuta, su boca prudente: lo que vía lo
me-día, lo que decía lo había ya sopesado según el pro y el contra. Su
avanza-da edad le había enseñado esa sabiduría. En el conflicto sangriento que
di-vidía a Fonds-Rouge había tomado partido por razones de parentesco pero lo
había hecho con moderación, cuidándose de no exaltar los ánimos, calmándolos si
era necesario. Su palabra era escuchada y respetada, su consejo tenía valor de
sentencia.
—Así que van a tener el agua, dijo Mauléon.
No dijo más. Su mirada iba más allá de la carretera, hacia su conuco,
abrumado por el sol. Debía quince piastras a Florentine. Hilarion recla-maba su
yegua baya en pago. Un animal tan bueno y que valía cuatro veces más. Y Cía, su
mujer, acostada con esa fiebre que la roía, y todas las medi-cinas no habían
servido de nada para detenerla. Dorméus pretendía que un malhechor le había
hechado un muerto encima64, pedía una gran canti-dad de dinero para liberarla,
el rapaz, para liberarla. Sí, las preocupacio-nes sobraban, había que
reconocerlo.
El sol atravesaba las hojas de palma del cobertizo y dibujaba sobre el
suelo una estera rayada. Una botella de clerén y unos pocillos esmaltados
estaban sobre la mesa mal pulida.
Pierrilis se sirvió, echó algunas gotas en el suelo y se mandó el resto
de un solo trago.
64. El “envío de muertos” o
“expedición” es la más temible operación de magia haitiana. La persona que ha
sido presa de uno o varios muertos “enviados sobre él” adelgaza, escu-pe sangre
y muere rápidamente. El desenlace de esta brujería es siempre fatal, a menos
que un houngan muy hábil diagnostique el mal a tiempo y pueda lograr que los
muertos suelten a su presa.
96
—¿Y si era cierto?, preguntó.
Se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Sí, repitió, si es cierta la noticia.
Larivoire columpió su silla hacia atrás, apoyando el espaldar contra un
poste del cobertizo. Arruga los párpados. En la sabana, la luz presentaba una
danza de agujas calentadas al rojo: era insoportables.
—La mentira, dijo, es como el dinero colocado a interés. Tiene que
pro-ducir. ¿Qué interés tendría ese Manuel en mentir? ¿Qué beneficio le
traería?
—Entonces, van a poder regar sus conucos, suspiró Termonfis. —Y nosotros
nos quedaremos mirando, el pico seco, dijo Ismaël. Acuclillado sobre sus
talones, Gervilen no decía nada. Sus ojos pequeños,
hundidos bajo el amparo de sus cejas, alimentaban un fuego inquietante.
—Tienen suerte, los malditos, murmuró Josaphat.
Acababa de juntarse con una negra joven de Mahotière. Desde hacía dos
día, no vivían sino de galletas rancias mojadas en un poco de melado. No se
quejaba Mariana, pero estaba silenciosa como una sombra. Era pe-or que todos
los reproches.
—No, gritó Nérestan.
Dejó caer el puño con todas sus fuerzas sobre la mesa.
—Digo: no.
Su pecho espeso jadeaba. El sudor bañaba su rostro.
—¿No qué?, preguntó Larivoire halando los pelos de su barba.
Nérestan se sentó de nuevo.
El discurso jamás fue su fuerte. De allí su violencia de toro salvaje.
Lo que no podía explicar con las palabras, te lo ponía delante de tus narices
con el puño. Sus manos eran como paletas de lavar, capaces de azulear a un
hombre, sin necesidad de añiles.
Hubo un silencio. El gallo de pelea de Larivoire batió sus alas y cantó.
Otros gallos al fondo de los patios vecinos le respondieron.
—Mejor dejar Fonds-Rouge, dijo Josaphat, que quedarse mirándolos gozar
de la vida, mientras nosotros continuamos comiendo miseria.
—¿Te vas a ir entonces por las carreteras pidiendo la caridad de puer-ta
en puerta?, se burló Louisemé Jean-Pierre.
—Mi conuco daba treinta sacos de maíz bien contados, dijo Ismaël.
97
En cuanto a las batatas, había suficiente para engordar a los cochinos.
La tierra está siempre allí, una tierra buena que sólo espera un poco de agua.
Desde cuándo no cae la lluvia, me pregunto.
—Todo eso son habladurías inútiles, lo interrumpió Mauléon. ¿Qué vamos a
hacer?
—No hay nada que hacer, dijo Josaphat, alzando los hombros con
des-aliento.
—¿Ustedes son hombres o perros?
Gervilen había saltado. Una rabia enorme lo sacudía. Sus ojos lanza-ban
chispas en el carbón de su cara. Un poco de espuma le blanqueaba la boca.
—Sentados allí como solteronas desgranando el rosario de sus mise-rias.
Ni un solo negro valiente hay entre ustedes.
Escupió con desprecio:
—Cuerda de capones.
Nérestan se levantó. Le llevaba una talla a Gervilen.
—No tienes derecho, no, no hay derecho, tartamudeaba.
—Siéntate65, vociferó Gervilen.
Al asombro de los otros, Nérestan obedeció. Se balanceaba en su silla
como un oso, la cabeza metida entre los hombros.
—Les voy a decir lo que vamos a hacer.
La voz de Gervilen era ahora acre y rechinaba como un rallo. Las
pa-labras pasaban con dificultad entre sus dientes apretados:
—Cogeremos el agua, la cogeremos por la fuerza.
—Cómo es la cosa, muchacho, exclamó Nérestan.
Un tumulto se elevó. Cada quien quería hacerse oír. Las mujeres se
asomaron a la empalizada a ver lo que ocurría.
Larivoire levantó los brazos.
—Hablo, dijo.
Esperó que el alboroto se calmara.
—Hablo. Y ustedes harían bien en escucharme si evitar una desgracia. Tú,
Gervilen, heredaste del difunto Dorisca una sangre demasiado calien-
65. En créole en el original: chita, “siéntate”.
98
te. No es por reprocharte, pero desde que eras un tipo joven, dejabas
ver ya ese carácter. Mi comadre Miramise, tu mamá, tendría que haberte
fus-tigado, pero al mono nunca le parece que su hijito es feo, sea dicho sin
que-rer disgustarte. Hablas de tomar el agua por la fuerza, pero la fuerza está
siempre del lado de la ley. Terminarán todos en la cárcel.
Hay otra noticia, es importante. Annaïse vino a ver a mi señora no más
tarde que esta mañana.
Al oír el nombre de Annaïse, a Gervilen le tembló todo el cuerpo y sus
rasgos se fijaron como tallados en una roca negra.
—Vino, pues, Annaïse y parece que, según lo que ha oído, para traer el
agua hasta la llanura se necesitaría un cumbite con todos los campesinos de
Fonds-Rouge, porque es una tarea grande, un trabajo demasiado difícil y la
gente de Manuel no podrá hacerlo sola. Entonces, si no hay reconcilia-ción, el
agua se quedará allí donde está. Forzosamente.
Gervilen estalló en carcajadas. Su risa aterraba al oírla. Era como si
uno rompiera una teja oxidada.
—Pero es que no ven, gritó, que Manuel y Annaïse son cómplices.
—Cuidado, dijo Gille, estás hablando de mi hermana.
—Cierra la jeta, imbécil, gritó Gervilen.
—Primo...dijo Gille, con una voz lenta y como adormecida.
Su mano agarró bruscamente el mango del machete.
—¿Ustedes están locos?
Larivoire se lanzó entre los dos.
—Negros sin respeto, ah, negros maldecidos. Quieren, pues, que co-rra la
sangre en mi casa, sin respetar mis canas.
—Perdón, dijo Gille. Fue él que insultó a mi hermana.
—Dije la verdad, replicó Gervilen, y si sabe a sangre la verdad, me
im-porta, me importa poco.
—Tú Gervilen, ponte allá; Gille, siéntate aquí, ordenó Larivoire.
Se dirigió a los campesinos:
—Los oídos escucharon. ¿Qué dicen?
—Hermanos, gritó Gervilen, los quieren comprar, quieren cambiar sus
conciencias contra un poco de agua.
—Silencio, dijo Larivoire. Deja hablar a los demás.
99
Pero los campesinos callaban. Sentían en sus rostros la mirada de
Gervilen roer el camino hasta el fondo de sus pensamientos.
El agua. Su estela asoleada en la llanura, su chapoteo en el canal del
co-nuco, su rumor cuando en su curso encuentra cabelleras de hierba; el
refle-jo diluido del cielo envuelto en la imagen huidiza de las cañas; las
negras lle-nando en las fuentes sus taparos rutilantes y sus cántaros de
arcilla roja; el canto de las lavanderas; las tierras saciadas, las altas
cosechas madurando.
Se debatían contra la tentación.
—Eso merece reflexión, murmuró Ismaël.
—Hay negros sin sentimientos, como los perros, dijo Gervilen
amar-gamente.
Ismaël no respondió: “treinta sacos de maíz, pensaba, y las batatas, los
víveres”.
Y los otros campesinos calculaban también el posible beneficio de sus
conucos y hacían proyectos y contaban el porvenir. Pero no osaban decir nada.
La presencia de Gervilen los molestaba. Estaba plantado en medio de ellos. Su
mirada corría de uno a otro como una rata furiosa.
Larivoire se dio cuenta de la irresolución de ellos:
—Bueno; no hay apuro. Al contrario, habrá que examinar este asunto con
la cabeza fría. Mañana, si Dios quiere, nos reuniremos para tomar una decisión.
Los campesinos se levantaron. Fiero, Gervilen se fue primero sin
salu-dar a nadie, ni siquiera a Larivoire.
En la empalizada, Nérestan lo alcanzó y con esa voz humilde que usan los
gigantes para hablar con los hombres pequeños que los dominan:
—Compadre Gervilen, tengo que decirte algo.
—Vete a la mierda, contestó el otro sin voltearse.
XII
Por su parte, Bienaimé se mostraba intratable. Apenas si le dirigía la
palabra a Manuel y sólo para darle órdenes: “haz esto, haz lo otro; tráeme la
becerra pinta: la voy a vender yo mismo en Pont Beudet”.
Por Annaïse, Manuel se enteró de lo que pasó en casa de Larivoire.
100
Gille regresó ahogándose de rabia contra Gervilen y no hablaba sino de
cortarle la cabeza a ras del culo para curarlo de su insolencia. La gorda
Rosanna que ya veía a su hijo en manos de la policía sufrió un pasmo. Se
desmayó, lo que asustó a Gille hasta más no poder y al mismo tiempo lo calmó.
Pero se declaraba partidario de la reconciliación; se había puesto en campaña
para persuadir a los otros, los jóvenes, y había logrado con-vencer más o menos
a Mauléon, Ismaël, Termonfils y Pierrilis. Larivoire los alentaba en sordina.
En contra verdaderamente no estaban sino Gervilen y Nérestan. Los otros dudaban
todavía, pero cada vez más débil-mente, porque lo que Manuel había previsto,
había ocurrido: las negras comenzaron a volverles la vida imposible. Los
hostigaban sin piedad, zum-bándoles los oídos con mil preguntas y cantidad de
quejas; eran peores que avispas. En vano escapaban para tragar un poco de aire
o un grog66 en la tienda de Florentine, cuando volvían los esperaban en la
empalizada o ba-jo el dintel de la puerta y las recriminaciones volvían que daba
gusto.
Louisimé Jean Pierre se había impacientado y había hecho incluso el
ges-to de imponer silencio al alboroto de su mujer con una buena cachetada,
pe-ro aquella había amenazado con gritarle: “asesino” y por miedo al escándalo,
Louisimé se abstuvo, lo que le dejó una comezón en el hueco de la mano.
Entonces aquella, viendo su triunfo, se puso a fastidiarlo con toda
cla-se de refranes como que los dientes podridos no tienen fuerza sino para los
plátanos maduros, lo que quería decir que él la trataba así porque era una
mujer débil y sin defensas; continuó con ese tono durante un buen rato, de tal
manera que, al fin, Louisimé no pudo contenerse y le lanzó su mereci-do
directamente en medio de su molino de palabras, y en lugar de agitar al
vecindario, se deshizo en lágrimas, lo que ablandó el corazón de Louisimé y lo
puso todo avergonzado y arrepentido.
Hasta Marianna, la mujer de Josaphat, salió de su mutismo:
—En Mahotière, decía, tenemos agua, nosotros. Pero para los conu-cos el
riego ni siquiera hace falta. La frescura basta, el rocío de la mañana. Cuando
uno se levanta, todo está brillante y mojado. Hay que ver eso: es como una
espuma de sol.
66. Grog: bebida hecha de agua caliente azucarada y de aguardiente o
ron.
101
Suspiró:
—Sí señor, la vida es fácil en Mahotière, gracias a Dios.
Josaphat le preguntaba:
—¿Qué opinas tú de esa historia de la reconciliación?
—Ustedes son los amos, ustedes los hombres. Será como ustedes digan.
Estaban en la choza. La atrajo hacia él, su joven negra, la apretó en
sus brazos.
—Josaphat, mi amor, dijo, desde hace varios días quería decírtelo. Estoy
embarazada, mi amor. Pero no tendré fuerzas para llegar con este hi-jo hasta el
final si seguimos viviendo en esta miseria.
Josaphat la soltó, la frente surcada por una arruga:
—Entonces tú crees que...
—Sí, dijo ella, firmemente.
Pareció reflexionar, luego su rostro se aclaró:
—El es el que manda, ese negrito. Voy a decirle que sí a Gille.
—La vida es la que manda, dijo Marianna, y el agua es la respuesta de la
vida.
... De tal manera que las cosas parecían arreglarse y tomar por el buen
camino. Gervilen se daba perfecta cuenta y se desbordaba en imprecacio-nes.
Además, desde el día de la reunión en casa de Larivoire no paraba de beber,
Nérestan le hacía compañía. Pero, contrariamente a Gervilen, el ta-fia
predisponía a Nérestan a ver el lado alegre de las cosas. No le quedaba nada de
su violencia. Se volvía manejable como un barrilito. No había sino que
empujarlo por la pendiente y rodaba hasta el fondo de una borrache-ra
beatífica. Gervilen había tratado de animarlo. Nada que hacer. El otro abría su
bocaza y se reía. ¿De qué? De una historia que le habían contado hace tiempo.
La había olvidado pero estaba seguro de que era cómica. Al final, Gervilen lo
había insultado y Nérestan se había ido muy enojado, in-clinado bajo el efecto
de los tragos como el mástil de un velero por una gran borrasca y repitiendo a
todo el que se encontraba que sólo su buen ca-rácter le había impedido a él,
Nestor Nérestan, aplastar a Gervilen como a una pulga.
Naturalmente que todo este asunto había llegado a los oídos de
Hi-larion. No le había gustado nada. El Manuel ese echaba a perder sus pla-
102
nes y de qué manera. Si los campesinos llegaban a regar sus tierras,
rehusa-rían cederlas en pago de las deudas y de los préstamos con intereses
usura-rios que se acumulaban en casa de Florentine. Había que poner a Manuel
bajo llave en la cárcel del pueblo y hacerle confesar dónde estaba la fuen-te.
Teníamos la forma de hacerlo hablar. Después, dejaríamos a los campe-sinos
secarse en la espera y cuando perdieran todo ánimo y toda esperan-za, él,
Hilarion, les robaría sus conucos y se convertiría en propietario de algunos
buenos cuadrados de tierra bien regada. Lo malo era que había que compartir con
el teniente y el juez de paz. Eran voraces, pero Hilarion se las arreglaría
para sacar la mejor parte.
Lo primero que había que hacer era arrestar a Manuel. De todos mo-dos
era un elemento malo, un negro peligroso que hablaba de rebelión a los
campesinos.
—Cumplirás con tu deber, le dijo Florentine, una vieja putona de la
Croix des Bouquets que Hilarion había recogido en el arroyo y que la am-bición
del dinero devoraba con una fiebre maligna, ese Manuel está contra la ley y el
orden establecido, está contra el Gobierno.
—Con la mano en el corazón, juró Hilarion, y cubrió con su ancha pa-ta
peluda la placa de oficial de policía rural que brillaba en su pecho, –la mano
en el corazón y la verdad sea dicha, es mi deber.
... ¿Quién diría que la vida iba a renacer pronto en Fonds-Rouge? En el
llamear de la tarde, el cerro se alzaba con sus flancos sangrados
al rojo por la colada de las rocas. Los árboles de pan, enfermos de
sequía, servían de percha a los cuervos. Cuando sus graznidos vehementes se
cal-maban por un instante, se oía el grito jadeante de las gallinetas en los
cují-es. El pantano Zombi exhalaba un olor caliente y descompuesto que el
viento abatía sobre el pueblo con nubes de zancudos.
—¿Está bien cinchada?, gritó Bienaimé.
—Sí, respondió Manuel, halando un poco más la correa.
Délira alzó la cabeza hacia el sol.
—Llegarás antes de que caiga la noche.
Suspiró. Había hecho todo para disuadirlo de ese viaje.
El alazán cojo que Dorismond le había prestado para la ocasión espe-raba
bajo el taparo. Bienaimé puso el pie en el estribo y se montó en la silla
103
con un poco de esfuerzo. Esa silla de montar era el último esplendor que
le quedaba. Pero faltaba la manta. Un saco la reemplazaba.
—Adiós, Délira, dijo Bienaimé.
Y a Manuel:
—Desata la bestia. Dame la cuerda. Anda a abrir la empalizada.
—Adiós mi hombre, dijo Délira.
Bienaimé chasqueó la lengua y empujó al alazán con un talonazo. La
becerra seguía dócilmente.
Manuel quitó los gruesos bambúes que hacían de empalizada.
—Que tengas buen viaje, sí, papá, le dijo.
—Gracias, respondió Bienaimé secamente, sin mirarlo.
Manuel regresó a la choza. Las lagartijas arrastraban sus vientres
gra-sos y blancos en el polvo del sendero y se alargaban persiguiéndose bajo la
cerca de los cactus en el conuco abandonado a los carbones.
—De que es terco, es terco, se quejaba la vieja. Como si tú no hubieras
podido ocuparte de esa venta en su lugar. ¿Es que no se da cuenta de su edad?,
y mira que ahora se va a ver obligado a pasar la noche en Beudet, en una
veranda cualquiera y el frescor de la noche no es bueno para sus reu-matismos.
Sin contar que mañana por la tarde tendrá que reanudar todo ese largo camino.
De verdad que Bienaimé es un hombre sin juicio.
A pesar de que Manuel hubiera querido evitarle a su padre las fatigas de
ese viaje, no había insistido mucho en persuadirlo a renunciar. Quería
aprovechar de su ausencia para asistir a la reunión que tendría lugar esa misma
noche en casa de Larivoire, sorprender a los campesinos con su pre-sencia
inesperada, no darles tiempo de reponerse y convencerlos de que no había otra
salida a su situación, sino la reconciliación.
Para mitigar su impaciencia, se puso a tejer un sombrero de palma. Su
madre se sentó a su lado en la veranda.
—Esta mañana, dijo, me encontré con Annaïse. Iba seguramente a Mahotière
a lavar; llevaba una cesta llena de trapos. Me dio los buenos dí-as; buenos
días mamá, me dijo.
Los dedos diligentes de Manuel tejían y tejían la palma.
—¿Y sabes lo que le contesté? Buenos días nuera, así le contesté. Me
mostró sus dientes con una sonrisa. Y mira qué bellos dientes blancos, mi-
104
ra qué ojos tan grandes y una piel negra, fina como la seda, y además,
es una negra con trenzas largas; me fijé por el mechón de pelo que sobrepasaba
de su pañuelo. La verdad es que Dios la adornó con sus propias manos.
Pero fíjate, lo que cuenta en realidad no es tanto una linda figura,
sino las buenas costumbres y esta Annaïse es como debe ser, no se puede decir
lo contrario. En estos días eso no se encuentra fácilmente, no. Hay dema-siadas
jóvenes que han perdido el respeto por las costumbres de los viejos. La ciudad
les trastornó la cabeza. Parece que les hubieran frotado la plan-ta de los pies
con ají. No se quedan quietas, las desvergonzadas. La tierra ya no les sirve,
prefieren irse a trabajar como cocineras en casa de los mu-latos ricos. Como si
eso fuera un trabajo.
La vieja hizo una mueca de desprecio:
—Un pecado, digo que es un pecado, es lo que yo misma digo.
* * *
—¿Compadre, tú no conoces la fuente de Mahotière? Es que no eres de por
aquí, hermano. En la entrepierna del cerro es donde corre esa fuen-te. Dejas
las chozas y los conucos y por lo fácil de la pendiente, llegas al zan-jón. Es
un zanjón fresco a causa de un acantilado escarpado y de las ramas de un
ciruelo que le dan sombra. Helechos hay dondequiera que rezuma la humedad y una
estera de berros y de yerbabuena se remoja en la corrien-te lenta. Bajo las
rocas se pescan camarones, no de los grandes, y son del co-lor del agua
asoleada, para que uno los vea menos, animales tramposos, pe-ro se cogen por
canastos y con arroz es una comida rica, puedes creerme.
Parece que el sol se complaciera en jugar sobre las piedras y el agua es
un palabreo continuo que se mezcla con el chasquido de las paletas de la-var de
las lavanderas sobre la ropa mojada, y forma un rumor inagotable, un murmullo
reidor que acompaña el canto de las negras.
No, no se pueden quejar los de Mahotière. Tienen todo lo que necesi-
tan: una tierra roja y grasa escalonada en capas, buena para toda
cosecha.
Los aguacates y los mangos protegen las casas contra los ardores del día
y
en las cercas corren esos racimos de campanillas rosadas, ¿cómo es que
se
llaman esas plantas, pues?, bellísima, así es como se llaman.
105
Pero la gran suerte de estos campesinos es la fuente. No hay en los
al-rededores agua mejor ni más clara para beber y hacia Plaissance, en la
cur-va abierta de la quebrada, alcanza lo plano de la llanura, allí donde los
ne-gros del lugar la han repartido para sus arrozales.
Los viejos de Mahotière cuentan así como así que la Dueña del Agua es
una mujer mulata. A medianoche sale de la fuente y canta y peina su lar-ga
cabellera que chorrea haciendo una música más suave que los violines. Es un
canto de perdición para el que lo escucha: no hay señal de la cruz ni en el
nombre del Padre que puedan salvarlo, su maleficio lo agarra como a un pez en
una red y la Dueña del Agua lo espera al borde de la fuente y can-ta y le
sonríe y le hace una señal para que la siga al fondo de las aguas de donde no
volverá jamás.
Annaïse puso sus trapos a secar sobre las piedras: sus vestidos, sus
pa-ñuelos azules, violetas, rojos, en fin, todas sus cosas, los pantalones de
Gille, su hermano, con anchos remiendos allí donde sería una vergüenza si
faltaran, los fondos con volante de encaje de Rosanna, como los que usan las
personas mayores y los pañuelos blancos que habrá que almidonar bien con los
que se toca su madre para ir al pueblo con su chal negro.
Inclina la cabeza sobre la ropa, sus manos activas exprimen la ropa y
hacen chorrear el jabón. Parece una reina de Guinea, Annaïse, con sus ca-deras
arqueadas, sus senos desnudos, duros y levantados, su piel tan negra y lisa. Su
prima Rosélia lava a su lado. Habla sin parar, cuenta los chismes de
Fonds-Rouge, los que son de verdad y los que inventa. Es una lengua pi-cante,
esa Rosélia. Pero Annaïse la escucha sin oírla. Sus pensamientos van hacia
Manuel.
“Manuel, mi amor”, dice, y una ola de calor la invade, un
desfalleci-miento tan dulce que quisiera cerrar los ojos como anoche cuando él
la ha-bía acariciado y ella se sentía ir a la deriva de una corriente ardiente
en la que cada ola era un estremecimiento de su cuerpo, y él la cubrió toda
ente-ra, se mezcló con ella y ella no apartaba su boca sino para gritar ese
canto desgarrador de su sangre que surgía del secreto de su carne y se abría en
una queja feliz y liberadora.
“Soy su mujer” piensa y sonríe. “Tenías que hacer todo ese largo ca-mino
de Cuba hasta aquí para encontrarme. Es una historia que co-
106
mienza como un cuento: había una vez, pero es un cuento que termina
bien: soy tu mujer, porque ay Dios, hay unos que están llenos de muerte y de
desastres”.
—Ya no trabajas, ¿estás cansada? le pregunta Rosélia.
Annaïse mueve la cabeza como si saliera de un sueño. No, prima,
con-testa. Agarra la paleta de lavar y golpea la ropa. El añil se destiñe en la
co-rriente y sigue el curso del agua.
Rosélia tiene ya cuatro hijos. Su pecho está seco y ajado. Mira con
en-vidia los senos hinchados de Annaïse, sus puntas moradas como uvas.
—Deberías casarte, dice.
—¿Yo?, dice Annaïse, tengo todo el tiempo por delante.
Ahoga una risita que la otra toma como timidez de muchacha, pero es una
risa que quiere decir: una sorpresa, será una sorpresa cuando me vean en mi
choza con mi hombre, Manuel, y habrá laureles en nuestro jardín y cañas a lo
largo del canal.
* * *
... El día llegó a su final con la tarde, el cielo se nubló, el cerro se
borró, el monte entró en la sombra, una delgada navaja de luna se puso a viajar
por las nubes y llegó la noche.
Una tras otra se apagaron las hogueras de las cocinas; se oye una voz de
mujer descontenta que llama a su hijito que se ha retardado en el patio por una
necesidad, a pesar del miedo enorme al coco; un perro ulula, otro le responde y
de puerta en puerta un concierto de ladridos se organiza.
La hora del reposo ha llegado, cada quien va a acostarse en su estera,
cerrar los ojos, tratar de olvidar la miseria en el sueño.
Fonds-Rouge duerme en la noche; no hay una sola luz, salvo en casa de
Larivoire; un cabo de vela plantado en medio de la mesa bajo el cobertizo, y
algunos campesinos ya están allí; el dueño de la casa, Similien su hijo, Gille,
Josaphat, Ismaël, Louisimé. Los demás llegarán sin tardar.
Manuel lo sabe y espera.
—Dime Manuel, ¿duermes Manuel?, pregunta su madre desde el cuarto de al
lado.
107
Sentado en la cama, no contesta; finge. Sola, se quema débilmente
de-lante de la imagen de un santo, la mecha mojada en el aceite de palma
ben-dita de la lámpara perpetua. Un soplo de aire bajo el batiente mal cerrado
de la ventana mueve la llama y aviva los colores desteñidos. Es la imagen de
Santiago y al mismo tiempo es Ogoun, el dios dahomeyano. Tiene el aire fiero
con su barba erizada, su sable en ristre y la llama que lame el rojo
abi-garrado de su vestido: parece sangre fresca.
En el silencio, Manuel oye a su madre darse vuelta sobre el colchón de
paja, buscar su acomodo para el sueño. Murmura palabras que él no en-tiende,
una oración, quizás, una última plegaria: es una persona que se tra-ta de tú a
tú con los santos, Délira.
El tiempo pasa y al final, Manuel se impacienta. Va hacia la puerta y
escucha.
—Mamá, llama suavemente.
Una respiración calmada le llega. La vieja se durmió.
Manuel abre la ventana con mucha precaución. Los goznes oxidados
chirrian un poco. Se desliza en la noche. El perrito lo reconoce sin ladrar y
trota un rato tras sus talones. Está oscuro como la casa del diablo. Menos mal
que un hilito de luna se cuela en el sendero. Los cactus forman un mu-ro de
tinieblas a lo largo del conuco. Los grillos gritan en la hierba, Manuel salta
por encima de las esteras de la tranca. Está en la carretera.
No es muy lejos la casa de Larivoire. La luz le hace señas y lo guía.
Pasa delante de la casa de Annaïse. “Buenas noches, mi negra”, piensa. Se la
imagina acostada, la cara sobre su brazo replegado, y un gran deseo de ella se
apodera de él. Esta semana, Bienaimé y Délira llevarán a Rosanna la car-ta de
petición. Qué bonitas palabras escribió ese señor Paulma. Se las leyó en voz
alta a Manuel, pasándose la lengua por los labios de puro gusto, co-mo si el
melado le colara por la boca. Y después le ofreció ron, un ron fino de verdad.
Siempre había lamentado Manuel no conocer la escritura. Pero cuando la
existencia, gracias al riego, se vuelva mejor, pediremos al Magistrado comunal
del pueblo, que instale una escuela en Fonds-Rouge. Propondría a los campesinos
construir, con la ayuda de todos, un rancho para albergarla. Es necesaria la
instrucción, ayuda a comprender la vida. Prueba, ese compañero de Cuba que le
hablaba de política cuando la huel-
108
ga. Sabía cosas, el hijo de... su madre67 y las situaciones más
enmarañadas, te las desenredaba que era una maravilla; veías frente a ti cada
asunto ali-neado en el hilo de su razonamiento, como la ropa enjuagada tendida
al sol para secarse; te explicaba la cuestión tan claro que la podías agarrar
con la mano como un pedazo de pan. Te la ponía como quien dice a tu alcance. Y
si el campesino iba al colegio, por supuesto que no iban a poder engañarlo tan
fácilmente, aprovecharse de él y tratarlo como a un burro.
Llega delante de la empalizada de Larivoire. La noche lo envuelve. Los
campesinos forman un círculo debajo del cobertizo. Gervilen habla. Los demás
escuchan. Larivoire mueve la cabeza, hace un gesto para interrum-pir pero
Gervilen continúa. Bate el aire con los brazos, golpea con los pies.
—Honor, grita Manuel.
—Respeto, contesta Larivoire.
Manuel se adelanta rápidamente. Los campesinos lo reconocen cuan-do
llega a la luz. Algunos se levantan, otros se quedan clavados en sus sillas,
boquiabiertos, petrificados de estupor.
—Vine, hermanos, dice Manuel.
—Adelante, con respeto, vuelve a decir Larivoire.
—Les doy las buenas noches, hermanos.
Algunos responden de mala gana, otros no.
Larivoire le ofrece su silla.
—Con tu permiso, dice Manuel, me quedo de pie frente a tus canas.
Larivoire sonríe con la comisura de sus labios. Conoce las costum-
bres, Manuel.
Manuel apoya el hombro contra un poste del cobertizo.
—Vengo con la paz y la reconciliación.
—Habla, dice Larivoire, te escuchamos.
—Es verdad, sí, lo que se repite –lo juro por mi vieja madre– descubrí
una fuente grande.
—Mentira, gruñe Nérestan.
—Juré compadre Nérestan y no tengo por costumbre la falsedad. Acuérdate
cuando éramos jóvenes, no más altos que esto, te acusaron un
67. En español en el original.
109
día de robar el maíz en el conuco de Dorismond y me presenté para
confe-sar que fui yo, aunque mi papá me arrancó la piel de la espalda a fuete.
—Es verdad, exclamó Nérestan, palabra, tienes buena memoria.
Se reía ahora con toda su bocaza y se daba palmaditas en los muslos
co-mo para espachurrar la cabeza de un cristiano.
—Cierra el pico, rechinó Gervilen furibundo.
—Esas mazorcas de maíz me las robé para asarlas en el monte con Josaphat
y Pierrilis. En ese tiempo compartíamos.
(Es un negro astuto, piensa Larivoire con admiración. Desvió la
tor-menta.)
—Me fui a los países extranjeros, continuó Manuel y cuando volví,
encon-tré Fonds-Rouge devastado por la sequía y hundido en una miseria sin
igual.
Hizo una pausa:
—Y encontré a los campesinos dispersados por el desacuerdo.
El malestar recomenzaba. Los rostros de los campesinos estaban
contraídos.
Manuel fue derecho al asunto.
—Hay un modo de salir de la sequía y de la miseria: es terminar con el
desacuerdo.
—Jamás se podrá terminar con la sangre, gritó Gervilen. La sangre
co-rrió, la sangre de Dorisca. Era mi papá. ¿Lo olvidaron?
—Y Sauveur murió en prisión, dijo Larivoire. La venganza se cumplió.
—No, porque no fui yo el que lo mató, con estas manos, con mis pro-
pias manos.
Una mueca frenética torció la cara de Gervilen. Agitaba sus manos co-mo
arañas enormes.
—Compadre Gervilen... comenzó Manuel —No me llames compadre. No soy nada
tuyo.
—Todos los campesinos son iguales, dijo Manuel, todos forman una sola
familia. Es por eso que se llaman entre ellos: hermano, compadre, pri-mo,
cuñado. Uno necesita al otro. Uno perece sin la ayuda del otro. Es la verdad
del cumbite. Esa fuente que encontré necesita el concurso de todos los
campesinos de Fonds-Rouge. No digan que no. Es la vida la que man-da y cuando
la vida manda, hay que responder: presente.
110
—Bien dicho, dijo Gille.
“La vida manda”, ¿no es la misma frase de Marianna? Josaphat se
le-vanta: presente, dijo, estoy de acuerdo.
—Dime, ¿hay agua suficiente? pregunta Ismaël, porque mi conuco, hace
tiempo, daba treinta sacos de maíz bien llenos.
—Cada quien tendrá para sus necesidades y sus gustos.
—Carroña, escupió Gervilen, volteándose con un movimiento tan brutal
hacia Ismaël que este tanteó su machete.
—Ay, compadre Gervilen, dijo moviendo lentamente la cabeza, pero con la
mirada vigilante– cuidado con tu boca. No respetas a tus semejan-tes. Lo
lamentarás un día, sí.
—Pero qué negro tan fastidioso, murmuró Mauléon.
—Ya veo, todos están en contra mía.
Gervilen hablaba como si salivara una bilis viscosa. —Vendieron sus
conciencias por unas gotas de agua. —La venderías bien, tu conciencia, si fuera
clerén Gervilen fingió no haber oído a Gille.
—En cuanto a ti, Larivoire, defendiste muy bien a la familia. Gracias.
Te digo: gracias, porque por consideración a tu edad, no te diré, como a es-ta
cuerda de cochinos, lo que yo pienso de ti.
—Pero, se impacientó Larivoire, ¿es que no puedes reflexionar un
momento, es que la razón no puede entrar en tu cabeza?
—No, carajo, no quiero.
Caminó hacia Manuel. Se detuvo a dos pasos de él. Lo miró de arriba a
abajo como si lo estuviera midiendo y le dijo con una sonrisa que le des-garró
la boca:
—Dos veces te cruzaste en el camino de Gervilen Gervilis. Una sola vez
ya era demasiado.
Y desapareció en la noche.
Los campesinos se sintieron liberados con la ida de Gervilen.
Res-piraron más a sus anchas.
—Parece que un espíritu malo atormenta a ese Gervilen, dijo Louisimé
Jean Pierre.
—Es una ruina, ese negro, agregó Pierrilis.
111
Manuel no se había movido de su puesto. Apartó a Gervilen de sus
pensamientos como se aparta a un mosquito. Esperaba la decisión de los
campesinos.
Por supuesto que aceptarían, los campesinos, pero no podían respon-der
así, tan rápido. Parecerían demasiado apurados. De todos modos, no había que
dejar que Manuel creyera que había ganado la partida tan fácil-mente. Y uno
tenía su dignidad, ¿verdad?
Astuto como era, Larivoire entendió el camino que tomaban las cosas:
—Viniste con honestidad y te hemos escuchado. Pero todavía es muy pronto para
decir sí o no. Espera hasta mañana, si Dios quiere. Te llevaré
yo mismo la respuesta.
—Ya yo estoy de acuerdo, dijo Gille.
—Yo respondí: presente, dijo Josaphat.
—No estoy en contra, dijo Pierrilis.
—Yo tampoco, dijo Ismaël.
Pero los demás guardaron silencio.
—Ves, dijo Larivoire. Hay algunos que todavía no se han decidido. Dicho
sea sin quererte echar: tenemos que examinar el asunto entre nos-otros. Gracias
por tu visita, hermano.
—Dijiste palabras gratas al oído, Larivoire. Yo también les doy las
gra-cias, hermanos campesinos. Y si ese Gervilen vuelve por aquí, díganle, por
favor, que no le tengo malos sentimientos, que aquí está mi mano y que es una
mano bien abierta para la paz y la reconciliación.
Nérestan se levantó, avanzó pesadamente hacia Manuel. Su cabeza ca-si
que llegaba a la techumbre del cobertizo, sus espaldas tapaban la vista a
cuatro campesinos. Qué leñador se necesitaría para cortar y abatir tamaño
hombre, pensaba Manuel mirándolo venir.
—Compadre Manuel, dijo Nérestan, me había olvidado de esa histo-ria del
maíz. El negro no es ingrato; gracias a Dios, Nestor Nérestan no es ingrato.
Ofrecía su mano gigantesca. Manuel la apretó. Una fuerza terrible dormía
en esos dedos espesos y rugosos como la corteza.
—Salud, dijo Manuel.
—Salud, respondió Nérestan.
112
Con el mismo gesto, se llevaron la mano a la frente:
—Servidor, dijo Nérestan.
—Servidor, respondió Manuel.
Y Larivoire le tocó el hombro:
—Adiós, hijo, eres un negro bueno. Me verás mañana antes del mediodía.
—Entonces, adiós Larivoire, dijo Manuel.
—Toma este pedazo de pino. Te alumbrará el camino.
Larivoire le tendió la esquirla ardiente cuya llama humeaba y esparcía
un olor a resina.
—La cortesía es grande, agradeció Manuel. Entonces, primos, adiós, sí.
Esta vez todos lo saludaron; sus voces no dudaban más, expresaban un
son de amistad.
Manuel atravesó la empalizada; caminaba en la carretera, la antorcha de
pino echaba un poco de luz a su alrededor, un pedazo de cerca salía de la
oscuridad, un cochino sorprendido, revolcado en el cardón, escapó gru-ñendo;
Manuel iba con el corazón ligero. Un conuco de estrellas se desli-zaba en el
cielo y era la luna, tan brillante y afilada, que las estrellas deberí-an caer
como flores sesgadas.
“Estoy seguro de que mañana Larivoire traerá una buena respuesta.
Cumpliste con tu deber, llenaste tu misión, Manuel: la vida va a comenzar de
nuevo en Fonds-Rouge, y ahora podrás construir esa casa, tres puertas tendrá,
repito, dos ventanas, una veranda con balaustrada y una pequeña escalinata. El
maíz crecerá tan alto que no la verán desde la carretera”.
Atravesaba la hilera de cactus-candelabros de Annaïse.
“Así será, mi negra, y verás que tu hombre no es un vago, sino un ne-gro
dispuesto, despierto cada día con el primer canto del gallo, un trabaja-dor de
la tierra, sin reproches, un verdadero gobernador del rocío”.
La choza dormía en el fondo del patio, bajo los árboles. Se detuvo un
momento. Respiró el olor de las flores del campeche y una gran alegría, cal-ma
y grave, penetró en él. “Descansa, Anna, descansa, mi amor, hasta que salga el
sol”.
Un ruido de hierba ajada lo obligó a voltearse. No tuvo tiempo de
de-tener el golpe. La sombra bailó delante de él y lo golpeó otra vez. Un sabor
de sangre le subió a la boca. Vaciló y se desplomó. La antorcha se apagó.
113
XIII
Volvió en sí y la claridad lejana de las estrellas zozobraba en un lento
vértigo. Un dolor agudo lo clavaba en el suelo. “El desgraciado...68 Me voy a
morir”. Trató de levantarse. Cayó de bruces. “Me voy a morir; en la ca-rretera;
como un perro”. Alcanzó a levantarse sobre los codos y se arrastró un poco. Se
sentía demasiado débil para pedir socorro. ¿Quién lo hubiera oído en esta noche
abandonada al silencio y al sueño? Con un esfuerzo in-menso, el costado y el
hombro rotos por las puñaladas, se puso de pie, va-cilando como un hombre
ebrio, las rodillas temblorosas, los pies de plo-mo. Y seguía ese balanceo del
cielo, esa náusea horrorosa. Titubeando dio algunos pasos. Cada movimiento le
ocasionaba una punzada terrible en sus heridas. Se limpió la boca de donde
corría sangre. Con las manos ten-didas hacia adelante como un ciego que se abre
paso en las tinieblas, atra-vesó la carretera. Pero se le fueron los pies en la
cuneta y se desplomó. Agarrándose con las uñas a los cardones y a las hierbas,
se arrastró hasta la cerca y se levantó de nuevo con una tensión de voluntad
desesperada. Jadeaba y un sudor helado mojaba su cara. Sus dedos crispados
seguían la cerca, iba en una noche atravesada de relámpagos, la cabeza
colgando, tro-pezando contra las piedras. Una debilidad nauseabunda,
proveniente del vómito de una cosa espesa, coagulada, hacía que le flaquearan
las piernas. Con el brazo, se abrazaba a un poste, pero su peso inerte lo
arrastraba, ro-daba por el suelo. Se despertaba cada vez más débil, pero el pensamiento
inflexible de llegar a la tranca de su casa resucitaba sus últimas fuerzas.
Avanzaba sobre su vientre, se alzó hasta la cerca. El cielo había palidecido y
hacia el levante, una franja de luz anunciaba tal vez la aurora cuando lle-gó a
la empalizada. Se deslizó bajo los bambúes. El sendero corría delante de él
como un arroyo bajo el reflejo de la luna. El perrito acudió ladrando alarmado,
asustado de ese hombre que caminaba sobre las manos y las ro-dillas hacia la
choza.
Se abatió con todo su cuerpo contra la puerta.
—¿Quién está allí?, gritó la vieja.
68. En español en el original.
114
—Mamá, gimió.
El perro aullaba.
—Pregunto quién está allí, repitió la vieja.
Se levantó, prendió la lámpara. Una angustia mortal la hizo temblar.
Detrás de la puerta, en lo oscuro, una queja entrecortada:
—Te lo ruego, mamá, apúrate.
—¿Manuel? Jesús-María-José.
Estaba postrado frente a ella. Haló con sus pobres brazos ese cuerpo
grande hasta su cuarto. Entonces se dio cuenta de la sangre y lanzó un grito:
—Yo sabía, yo sabía, lo asesinaron, mataron a mi hijo. Socorro, ami-gos,
socorro.
—Calla, mamá, calla, dijo Manuel en un soplo. Cierra la puerta y
ayú-dame a acostar, mamá.
Lo cargó casi hasta la cama. ¿De dónde sacaba fuerzas, la vieja Délira?
La idea de que él se iba a morir la enloquecía. Lo desvistió. Dos pequeñas
llagas negras perforaban su costado y su espalda. Rompió una sábana, ven-dó las
heridas, fue a alumbrar el fuego para hervir hojas de taparo.
Manuel estaba acostado, los ojos cerrados, respirando con dificultad. La
lámpara perpetua ardía bajo la imagen de Ogoun. El dios blandía su sa-ble y su
manto rojo lo envolvía como una nube de sangre.
Délira se sentó a su lado enceguecida por las lágrimas. Los labios de
Manuel se movieron:
—Mamá, ¿estás allí, mamá? quédate al lado mío, mamá.
—Sí, hijito, sí, mi amor, estoy aquí.
Le acariciaba la mano, besaba su mano sucia de tierra.
—Dime el nombre de ese asesino para avisarle a Hilarion.
Se agitó:
—No, no.
Su voz débil suplicaba:
—De nada servirá. El agua, hay que salvar el agua. Las palomas baten el
ala en las ramas, las palomas. Pregúntale a Annaïse por el camino que conduce
al matapalo, el camino del agua.
Su mirada extraviada brillaba. Ella le esponjaba la frente bañada por un
sudor grueso. Su pecho parecía levantar un peso aplastante.
115
Se calmó poco a poco y se durmió. Délira no se atrevía a dejarlo. Mi
Dios, mis Santos, la Virgen, mis Ángeles, les ruego, les ruego, les ruego,
ha-gan que viva, porque si se muere, qué va a hacer sobre la tierra esta vieja
Délira, díganme, qué va a hacer ella sobre la tierra, solita, sin el consuelo
de su vejez, sin la recompensa por toda la miseria que ha soportado durante su
existencia. Tú, la mamá de Jesús al pie de la Cruz, oh Virgen de los Milagros,
te pido la gracia, piedad, misericordia por mi hijo, llévame me-jor, ya cumplí
mi tiempo, pero él, él está todavía en la flor de la juventud, pobrecito,
déjalo vivir, oyes, mi vida, oyes mi mamaíta, mi santa, mi queri-da mamaíta, me
oyes, ¿verdad?
Un sollozo la destrozó. Cayó de rodillas, los brazos en cruz. Besó la
tie-rra, tierra, Santa Tierra no te bebas su sangre, en el nombre del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo, amén. Lloraba y rezaba, pero para qué sirven las
plegarias y las oraciones cuando llega esta última hora de la que habla El
Libro; cuando la luna se apaga y las estrellas se apagan y la cera de las
nu-bes esconde el sol y el negro corajudo dice: estoy cansado y la negra deja
de pilar el maíz porque está cansada y hay un pájaro que se ríe en el monte
co-mo una matraca oxidada y las que cantan están sentadas en rueda sin ha-blar
y las que lloran recorren la calle mayor del pueblo y gritan: socorro,
ayúdennos, enterramos hoy nuestro negro y él se va al cementerio, se va a la
tumba, se va al polvo.
El día entraba por el batiente mal cerrado de la ventana. Los pollos
piaban como siempre.
Manuel abrió los ojos. Atrapaba el aire a sorbos jadeantes.
—Te despertaste, mi hijo, dijo Délira. ¿Cómo te sientes?, ¿cómo sien-tes
el cuerpo?
Murmuró:
—Tengo sed.
—¿Quieres un poco de café?
Hizo señas de que sí con un batir de párpados.
Délira fue a calentar el café y volvió con la infusión tibia de hojas de
taparo.
Lavó las heridas. Muy poca sangre había corrido.
—Tengo sed, repitió.
116
La vieja trajo el café. Sostuvo a Manuel en sus brazos y él bebió con
es-fuerzo. Su cabeza cayó en la almohada.
—Abre la ventana, mamá.
Contempló esa claridad de luz que se agrandaba en el cielo. Son-rió
débilmente:
—Se levanta el día, cada día amanece. La vida comienza de nuevo. —Dime,
Manuel, insistió Délira, dime el nombre de ese bandido para
que le avise a Hilarion.
Sus manos se agitaron sobre la sábana, las uñas eran de un blanco
es-camoso. Habló, pero tan bajo que Délira tuvo que inclinarse hacia él.
—Tu mano, mamá, tu mano. Caliéntame. Siento un frío en las manos. Délira
lo contempló desesperada. Los ojos se le agrandaron en el fon-do de sus
órbitas, una ojera verdosa se extendió sobre sus mejillas huecas.
Se va, piensa, mi hijo se va, tiene la muerte encima.
—¿Me oyes mamá?
—Te oigo, sí, Manuel.
Se nota que reúne sus fuerzas para hablar. A través de una neblina de
lágrimas, Délira mira ese pecho que se levanta, que lucha.
—Si le avisas a Hilarion, será otra vez la misma historia de Sauveur y
Dorisca. El odio, la venganza entre los campesinos. El agua se perderá.
Ofrecieron sacrificios a los loas, ofrecieron la sangre de los pollos y
cabri-tos para que caiga la lluvia, eso no sirvió de nada. Porque lo que cuenta
es el sacrificio del hombre. Es la sangre del negro. Busca a Larivoire. Dile la
voluntad de la sangre que corrió: la reconciliación, la reconciliación para que
la vida comience de nuevo, para que el día se levante sobre el rocío.
Agotado, murmuró todavía:
—Y canten mi luto, canten mi duelo con un canto de cumbite.
—Honor, grita una voz desde afuera.
—Respeto, responde maquinalmente Délira.
La cabeza malévola de Hilarion se encuadra en la ventana.
—He, buen día, Délira.
—Buenos días, sí.
Se fija en el cuerpo acostado.
—¿Qué es lo que tiene ése?, ¿enfermo?
117
Sus ojos sospechosos van turbiamente hacia Manuel.
Délira duda, pero siente la mano de Manuel apretar la suya.
—Sí, dijo, trajo de Cuba las malas fiebres.
—¿Duerme?, pregunta Hilarion.
—Duerme, sí.
—Es una contrariedad, porque el teniente pregunta por él. Tiene que
presentarse a la caserna en cuanto pueda levantarse.
—Está bien, se lo diré.
Oye los pasos que se alejan y se voltea hacia Manuel. Un hilo de sangre
negra le corre por la boca y sus ojos la miran pero no la ven más. Tiene su
mano agarrada todavía: se lleva su promesa.
* * *
La vieja Délira cerró los ojos de su hijo. Enterró la sábana
ensangren-tada debajo de la cama. Ahora puede aullar como animal herido. El
vecin-dario la oye y los campesinos acuden, los hombres y las comadres. El
acon-tecimiento les cae como una piedra en la cabeza. Están aplastados. Un
negro tan bueno. Apenas ayer le decía a Manuel: compadre Manuel... no esto no
es natural, no, no es natural69. Pero a todas las preguntas, Délira responde:
la fiebre, las malas fiebres de ese país de Cuba. Y después lanza ese grito
terrible, y abre los brazos y su cuerpo viejo tiembla, crucificado.
Laurélien llegó. Mira el cadáver. Le prendieron una vela a la cabeza y a
los pies. Hay luz en la frente de Manuel y su boca conservó hasta la muer-te
ese pliegue obstinado.
—Entonces, jefe, ¿te fuiste jefe?, ¿te fuiste? Dos lágrimas gruesas
co-rren por sus rostro endurecido.
—Ay, la miseria, dice la comadre Destine.
—Ay, la vida, suspira la comadre Mérilia.
—Tiíta, dice Clairemise, te voy a ayudar a lavarlo.
Pero Délira responde: no, gracias.
—Espero, dice.
69. Para el campesino haitiano la muerte, en principio, es causada por
algo sobrenatural.
118
—¿A quién esperas?
—Espero, repite la vieja.
Destine le trae una taza de infusión. La rechaza. Se columpia en su
si-lla como si meciera el dolor de todo su cuerpo. Los demás la sostienen y la
consuelan, pero todo eso son palabras, ni siquiera las oye, y se lamenta co-mo
si le arrancaran el alma con tenazas de hierro.
Y los otros también saben la noticia. Se llegan hasta la casa de
Larivoire. Larivoire está sentado bajo su cobertizo. Se hala los pelos de su
barba. No responde a las preguntas. ¿Acaso no saben? claro que lo saben. La
puerta de la casa de Gervilen está cerrada y no se le ve por ninguna parte.
Las mujeres se reúnen delante de la puerta de sus casas. Qué de
tras-tornos, dice una. Y la otra contesta: verdad, verdad. En cuanto a Isménie,
la mujer de Louisimé Jean Pierre, ella pretende que es la venganza de la Dueña
del Agua. Es que es peligroso, sí, mi comadre, los espíritus de las fuentes.
—Pero, replica la vecina, se dice, por ahí, que Manuel trajo las malas
fiebres de Cuba. Eso le comía la sangre. —Dicen, dicen, ¿qué es lo que no
dicen?, comenta la incrédula70.
Hilarion olfatea el aire como un perro que busca una pista. Husmea el
misterio. Manda a su adjunto para que se informe. Pero por todas partes, la
boca cosida. O el estupor sin fingimientos ni disimulos.
Mejor, piensa Hilarion. Manuel era una incomodidad, un negro rebel-de, y
ahora podré tener las tierras de esos cerdos de campesinos. Es la mis-ma
opinión de Florentine, la insaciable esa.
Lo que Délira esperaba llega. Annaïse corre, perdió el juicio. La gente
dirá lo que quiera, le da igual. Lo sabrán, pues sí, lo sabrán. ¿Y después?
Manuel, Manuel, ay mi hermano, mi hombre, mi amor. Serás la dueña de la casa,
decía, y habrá cañas y laureles en nuestro jardín. Y la había hecho suya en la
fuente y el rumor del agua había entrado en ella como una co-rriente de vida
fecunda. ¿Se muere uno así, como un soplo de aire apaga una vela, como un
cuchillo extrae la hierba, como un fruto cae del árbol y
70. En la edición que hemos
utilizado para la traducción, este diálogo pertenece al párrafo anterior.
Atendiendo al estilo de la novela, lo hemos separado.
119
se pudre, cuando uno es un hombre tan fuerte y tan valeroso? Y entonces,
la cosecha madurará y él no la verá, el agua cantará en el canal y él no la
oi-rá, y yo, Annaïse, tu mujer, ¿te llamaré y no me responderás? No, mi Dios,
no, no es verdad, no es posible, porque sería una injusticia.
Los campesinos que la ven pasar mueven la cabeza. Caray, se extrañan,
¿será que la hija de Rosanna habrá perdido a su ángel de la guarda?
Cuando entró en el patio la miraron estupefactos. Antonio que estaba
llegando se quedó con la mandíbula colgando y Jean-Jacques masculló: qué es lo
que quiere esa atrevida; y la comadre Destine avanzó, los puños en las caderas,
con un aire hostil.
Pero Délira se había levantado. Había tomado a Annaïse de la mano, la
había abrazado y ahora lloraban juntas con grandes gemidos. Entonces todos
comprendieron y Clairemise que tenía buen corazón murmuró: po-bre, pobre
muchacha, y Antonio dijo: la vida es una comedia, eso es lo que es la vida.
Escupió: tiene un gusto amargo la cochinada.
Annaïse se arrodilló delante de Manuel. Tomó su mano ya helada. Lo
llamó: Manuel, ¿Manuel ho?, con una voz tierna y mojada en lágrimas y después,
con un grito horrible, se fue hacia atrás, los brazos levantados, el rostro
transfigurado por el dolor: No, mi Dios, no eres bueno, no, no es verdad que
eres bueno, es mentira. Te gritamos para que nos socorras y tú no oyes. Mira
nuestro dolor, mira nuestra pena tan grande, mira nuestras tribulaciones.
¿Duermes, mi Dios, es que estás sordo, Dios mío, es que eres ciego, mi Dios, es
que no tienes entrañas, mi Dios? ¿Dónde está tu jus-ticia, dónde está tu
compasión, dónde está tu misericordia?
—Silencio, Annaïse, dijo Délira. Blasfemas...
Pero Annaïse no la oía: por más que recemos nosotros los pobres, po-bres
negros, y pidamos la gracia y pidamos perdón, tú nos aplastas como el mijo bajo
el pilón, nos pisas como polvo, nos reduces, nos trastornas, nos destruyes.
—Sí, hermanos, suspiró Antonio, es así: desde la Guinea, el negro camina
en la tormenta, la tempestad y el tormento. Dios es bueno, dicen. Dios es
blanco, eso es lo que habría que decir. Y tal vez sea exactamente lo contrario.
120
—Basta, Antonio, ya hay suficientes maldiciones sobre esta casa.
Délira levantó a Annaïse.
—Junta todo tu valor, hija. Vamos a bañarlo.
Los campesinos salieron del cuarto y Délira cerró la puerta,
—Se llevó el dedo a la boca:
—No grites.
Volteó dulcemente el cuerpo.
—No grites, le dijo.
Alzó la camisa y dos pequeñas llagas más negras que la piel
aparecie-ron, dos pequeños labios de sangre coagulada.
—Señor, gimió Annaïse.
Délira hizo la señal de la Cruz sobre la primera llaga.
—No viste nada.
Hizo la señal de la Cruz sobre la segunda llaga.
—No sabes nada.
Miró a Annaïse con severidad.
—Era su última voluntad. Me agarraba la mano y se fue con mi prome-sa.
Jura que guardarás el secreto.
—Lo juro, sí, mamá.
—En nombre de la Virgen de Altagracia.
—En nombre de la Virgen de Altagracia.
No era Manuel ese enorme cuerpo frío, insensible y rígido. No era si-no
su apariencia en piedra. El verdadero Manuel caminaba por los cerros y los
montes, bajo el sol. Hablaba con Annaïse: mi negra, decía. La toma-ba en sus
brazos, la envolvía en su calor. El verdadero Manuel trazaba el paso del agua
en los conucos, caminaba en las cosechas futuras en el rocío del amanecer.
—No tengo valor, mamá, murmuró Annaïse, aterrada.
—Era tu hombre, dijo la vieja. Cumple con tu deber.
Annaïse bajó la cabeza: sí mamá, cumpliré con mi deber.
Cuando las dos mujeres terminaron su tarea fúnebre, cuando Manuel estuvo
vestido con su traje azul de tela burda, Délira prendió las velas de nuevo.
—Ponle su machete al lado, dijo, era un buen campesino.
121
* * *
Hacia el final de la tarde, volvió Bienaimé. Traía la becerra de vuelta,
que no había podido vender. El animal extenuado cojeaba de nuevo.
—¿Qué reunión es esa en mi patio?, gritó percibiendo a la muche-dumbre
de campesinos.
Laurélien le abrió la empalizada.
—Tengo un hijo, dijo Bienaimé disgustado, y tiene que venir un veci-no a
abrirme la empalizada. Gracias de todos modos, Laurélien.
Quiso continuar su camino. Laurélien retuvo el caballo por la brida.
—Compadre Bienaimé, comenzó.
En ese momento, Délira salió de la casa. Avanzó lentamente, grande y
seca en su vestido negro, la cabeza envuelta en un pañuelo blanco.
—Papá, dijo, apéate del caballo y dame la mano.
—¿Qué es lo que pasa?, tartamudeó el viejo.
—Dame la mano, papá.
Pero las fuerzas la abandonaron y se echó contra el pecho de Bienaimé
sacudida por amargas lágrimas.
En la casa, el coro de plañideras se alzó. La gorda Destine daba vueltas
sobre sí misma, palmoteando y gritando como si hubiera perdido la razón.
—Ay Dios grande, aquí está Bienaimé, vecinos, aquí está Bienaimé.
—¿Manuel?, dijo el viejo con una voz sin timbre.
Délira se le colgó desesperada.
—Sí, papá, sí Bienaimé, papá querido, nuestro hijo, nuestro único hi-jo,
el consuelo de nuestra vejez.
Los campesinos se apartaron a su paso. Las mujeres gritaban. —Uno no
invita a la desgracia, dijo Antoine, y ella viene y se sienta a la
mesa sin permiso y come y no deja sino los huesos.
Bienaimé contempló el cadáver. No lloraba, el viejo Bienaimé, pero los
más fuertes apartaban los ojos de su rostro y tosían ásperamente. De re-pente,
vaciló. Los campesinos se apresuraron.
—Déjenme, dijo, apartándolos.
Salió de la casa. Se sentó en un escalón delante de la veranda, se
desplomó como si le hubieran triturado los hombros. Sus manos temblaban en el
polvo.
122
... El sol se va a ocultar; el día tendrá que terminarse: nubes
vehe-mentes navegan en el horizonte hacia el crepúsculo, todas las velas
in-cendiadas. Un rebaño de vacas adquiere en la sabana una inmovilidad mineral.
Los pollos baten ya el ala en los taparos.
Algunos campesinos llegan, otros se van. Es que hay que ocuparse de los
negritos que se quedaron en la casa, ir a comer algo. Volverán para el velorio.
Ya instalaron unas mesas y algunas sillas prestadas del vecindario en el patio.
Un olor a café y a infusión de canela se esparce. Laurélien pres-tó dos
piastras, todo lo que tenía, para comprar clerén. Délira tiene el di-nero justo
para pagar al Padre Sabana71 que vendrá a decir los rezos y ben-decir el
cuerpo. No tenemos con qué para un entierro en la iglesia. Es muy caro y la
iglesia no da crédito a los desgraciados, no es una tienda, es la ca-sa de
Dios.
Los lamentos se apaciguaron. La noche está aquí con su peso de sombra
y de silencio. De vez en
cuando, una mujer suspira. Ay, Jesús-María-la Virgen, pero sin mucha
convicción; al final uno se cansa hasta de la tristeza.
Délira está sentada al lado de Manuel. No le quita la vista y, a veces,
pa-rece hablarle en voz baja. Nadie escucha lo que dice.
Annaïse se fue. Habrá que explicarle las cosas a Rosanna. No será fácil.
Bienaimé se quedó en el mismo lugar; su cabeza entre los brazos reple-
gados, reposa sobre sus rodillas. ¿Duerme?, no se sabe. No lo molestan.
Laurélien se ocupa de la urna. Delante de su choza serrucha, clava.
Anselme, su hermano menor, le alumbra con una antorcha.
No es un trabajo grande: tres tablas y una tapa para enterrar al que
ha-bía sido su amigo.
¡Qué hombre, piensa, qué campesino! No había mejor en todo el país. Pero
la muerte selecciona como un ciego escoge mangos en el mercado: tan-tea hasta
encontrar los buenos y deja los malos. Es la verdad y no es justo.
—Pásame los clavos, le dice a Anselme.
71. En el original Père-Savane “Padre Sabana”: representante de la
iglesia católica en el se-no del vodú. Encargado de los ritos –bautizos,
comuniones, matrimonios, funerales– que deberían ser celebrados por un cura.
Los Padres Sabana fueron antes sacristanes que apren-dieron los rezos y
canciones litúrgicas en latín y en francés con los correspondientes gestos
y entonaciones requeridas.
123
Sus gestos se repetían sobre la pared de la choza como enormes som-bras
deformadas.
Anselme apenas comienza a ser un hombre. Si le contara lo que decía
Manuel, posiblemente no comprendería. Lo veía tejer esos sombreros, sus dedos
corrían en la palma y decía: “un día vendrá... haremos el gran cum-bite de
todos los trabajadores de la tierra para deshierbar la miseria y sem-brar la
nueva vida”. No verás ese día, jefe, te fuiste antes, pero nos dejaste la
esperanza y el valor.
Otro clavo, otro más, acerca la luz Anselme, otro. La urna está lista,
la tapa ajusta. Terminé y para decir la verdad, compadre Manuel, es un favor
que no necesita las gracias.
Contempla su obra: una caja larga, toda simple. Es de una madera
de-masiado fina, demasiado tierna, la tierra se la comerá en un momentico. Si
hubiera podido tener, al menos, unas planchas de caoba, y quizás algunos
herrajes, como los que vende el señor Paulma en el pueblo, pero son caros,
fuera del alcance.
—Comenzaron con las cantigas, dijo Anselme.
—Oigo, dice Laurélien.
El canto se eleva tristemente en el corazón de la noche. Po’ cuál exceso
de bondá tomó el peso de nuestro crimen, sufrió muerte cruel pa’ salvanos de la
muerte.
Cuando flaquea, una voz de mujer, alta y vibrante, algo cascada, lo
re-toma, reúne las otras voces y el cántico se expande de nuevo con un impul-so
unánime.
Ya es tiempo de ir al velorio.
En la primera pieza de la casa, Délira dispuso, sobre un mantel blan-co,
un crucifijo, velas encendidas y flores, las que pudieron encontrarse en esta
sequedad: es decir, no muchas.
Es ahora Señó que dejas ir en paz a tu servidó, según tu desinio...
Los campesinos entonan sus cánticos delante de este altar. Están
pega-dos los unos a los otros y la luz de las velas desliza reflejos brillantes
sobre sus rostros negros sudorosos.
Menos mal que hay clerén para refrescarse y se ve que Antoine ya ha
abusado más de la cuenta. No se está muy firme sobre sus piernas y canta a
124
pleno pulmón. Cuando infla su voz ronca y poderosa cubre la de los
de-más. Destine haciéndose la distraída le lanza un codazo en la boca del
es-tómago y por poco lo ahoga un hipo.
—La escandalosa, dice al rato en el patio, ni siquiera tiene respeto por
el difunto Manuel.
Y con tono amenazador:
—Ya verá, le compondré una canción que, carajo...
Pero recordó que estaba en un velorio y se traga la enorme obscenidad
que le pesaba en la lengua.
En cada mesa colocaron un cabo de vela formando islas de luz en el
pa-tio. Los campesinos están sentados alrededor y juegan tres y siete.
Man-tienen sus barajas en abanico y parecen absortos. ¿Acaso se olvidaron ya de
Manuel? Ay no, no hay que creer eso. Sólo que nosotros, no nos pode-mos poner a
gritar como las mujeres. A las mujeres eso las alivia. Un varón tiene más
coraje para soportar en silencio. Y además, es costumbre jugar cartas en los
velorios. Nueve de diamante, pico.
Bienaimé anda como cuerpo sin alma. Entra en el cuarto donde repo-sa
Manuel. Lo mira un rato, los ojos vacíos, apagados. Va al patio, pasa cer-ca de
las mesas, le hablan, no contesta.
Délira, a fuerza de ruegos y de súplicas, le hizo tomar un poco de
cal-do. Dejó casi todo en el plato.
—Es un hombre fulminado, dice Antoine. Está acabado.
Annaïse regresó. Le explicó a Rosanna. Rosanna lanzó gritos, la llamó
con todos los nombres posibles.
—¿No te da vergüenza?, dijo.
—No, respondió Annaïse.
—Qué atrevida, gritó Rosanna, una sin conciencia, una desvergonzada.
—No, respondió Annaïse, soy su mujer. Era el mejor hombre de la tie-rra. Era
honesto, era bueno. No me tomó por astucia o a la fuerza. Fui yo
la que quise.
—¿Pero cómo hiciste para encontrártelo, enemigos que somos? —Me amaba y
yo lo amaba. Nuestros caminos se cruzaron.
Se quitó sus zarcillos de plata. Se puso un vestido negro. Se peinó con
un pañuelo blanco.
125
—No vas a salir.
Rosanna se puso en la puerta.
—Estoy triste, mamá, dijo Annaïse.
—Me importa: te digo que no vas a salir.
—Tengo pena, mamá, dijo Annaïse.
—Me oíste. No lo voy a repetir tres veces.
Golpearon a la puerta. Es Gille. Gille entró. Se dio cuenta de lo que
pasaba.
—Gervilen tenía razón, insistió. El difunto Manuel y tú eran cómplices.
Hizo una pausa.
—Desde esta mañana, Gervilen se fue de Fonds-Rouge.
Annaïse no dijo nada. Se acordó de su juramento.
—¿Sabes dónde está el agua?, preguntó Gille.
—Sé donde está, respondió Annaïse.
—Déjala ir, mamá, dijo Gille.
Annaïse salió.
Hay que dejar que el tiempo pase en los velorios. Las barajas, los
cán-ticos y el aguardiente no bastan. La noche es larga.
Cerca de la cocina, Antoine, con la taza de café en mano, propone
adivi-nanzas. Son, sobre todo, jóvenes los que lo rodean. No es que a los
campesi-nos más viejos no les guste, pero no es cosa muy seria y uno mantiene,
verdad, su reputación de hombre serio y severo. Podría suceder que por una de
esas malicias inesperadas de Antoine, uno se vea obligado a reírse. ¿Entonces?
Entonces esos jóvenes no tendrán más respeto por uno: están siempre listos para
creer que uno es su igual o su compinche, los carajitos esos.
Antoine comienza:
—Al entrar en la casa, todas las mujeres se quitan la ropa.
Los demás buscan. Hurgando en la imaginación, ah, bah, no dan.
—¿Qué es?, pregunta Anselme.
—Las goletas cargan las velas al entrar al puerto, explica Antoine.
Tragó un sorbo de café:
—Voy a casa del rey. Encuentro dos caminos, ¿los tomo los dos? —El
pantalón, grita Lazare.
—Eso es, pero ésta, dejo de llamarme Antoine si adivinan: la niña
126
María se pone la mano en la cintura y pregunta: ¿soy una señorita? Es
difícil, sí, es difícil.
—Ustedes no son lo bastante inteligentes, cuerda de negros cabeza dura
que son.
Y positivamente, por más que se esfuercen, es en vano, no adivinan.
Antoine gana:
—La taza.
Agarra la suya por el asa y se la muestra y se ríe de contento.
—Otra, tío Antoine, otra, por favor, reclaman en coro.
—Chhh...no hagan tanto ruido, verdad que son insaciables.
Finge para que le rueguen, pero lo que quiere es continuar. En toda la
llanura, no hay uno más famoso por sus cuentos y sus canciones.
—Bueno, dice. Se las voy a facilitar: redonda como una pelota, larga
como el camino real.
—El pabilo.
—Me quemo la lengua y doy mi sangre para darle gusto a la sociedad.
—La lámpara.
—Mi saco es verde, mi camisa blanca, mi pantalón rojo, mi corbata negra.
—La patilla.
Anselme, hijo mío, dice Antoine, ve a llenar esta taza de clerén pero
hasta el borde, ¿me oyes?, no se ahorra aguardiente en un velorio, hay que
rendirle honor al difunto. Si la comadre Destine tiene la botella, le dices que
es para Laurélien. Por precaución, hijo, por precaución. Porque Des-tine y yo
nos llevamos como la leche y el limón. Nos mareamos en cuanto nos miramos.
Así continuó el velorio entre las lágrimas y la risa, como en la vida,
compadre; sí, igualito a la vida.
Un grupito se formó aparte: el viejo Dorélien Jean-Jacques, Fleuri-mond
Fleury, Dieuveille Riché y Laurélien Laurore.
—Para mí que esta muerte no es natural, dijo Dorélien. —Lo mismo pienso
yo, aprobó Fleurimond. Laurélien no era de ese parecer:
—Délira dice que fue por las malas fiebres. Si ella lo dice, es que es
así. Ella no tendría interés. Y hay fiebres que te roen y no parece. Uno está
co-
127
mo un mueble que parece muy sólido, muy lleno pero las termitas ya se
pu-sieron a la obra y un buen día, caes hecho polvo.
—Quizás, dice Fleurimond, pero no parece muy convencido.
Y Dieuveille Riché toma la palabra:
—Al mediodía atraviesas el río a pie. Seco. Ni una gota de agua:
pie-dras y rocas. Pero la lluvia cayó a chorros en los cerros, y en la tarde el
agua baja como una desencadenada y arrasa con todo a su paso, la rabiosa. Es
así como viene la muerte. Sin que uno la espere y uno no puede nada con-tra
ella, hermanos.
—Y hablando del agua, dice Laurélien, a saber si el difunto Manuel le
confió a alguien adonde está la fuente. Yo era su amigo, pero no tuvo tiem-po
de mostrarme el lugar.
—Es posible que Délira sepa.
—Más seguro esa hija de Rosanna.
—Porque eso sería el colmo de la mala suerte si se hubiera ido con el
secreto.
—Habría que recorrer todo el país, buscar en los mínimos rincones de los
cerros y las quebradas.
—Y no es seguro de que la encontremos.
—Nos hicimos la ilusión. Veíamos de antemano todos esos campos re-gados.
Sería una lástima.
—Por mala suerte, eso sería mala suerte. Yo calculaba ya que sembra-ría
frijoles en la orilla. Hoy día los frijoles se venden bien en el mercado.
—Y los plátanos podrían crecer a lo largo del canal.
—Yo, dice Dieuveille, iba a probar con los ajo porros y las cebollas
mo-radas en mi pedazo de tierra.
El viejo Dorélien suspiró.
—Así como así, cada quien tenía su plan. Uno decía: haré esto, el otro
decía: haré aquello, y durante todo el tiempo, la desgracia se reía en
sordi-na. Esperaba en ese recodo del camino que llaman la muerte.
Ah, es que me voy, amigos míos, me voy, sí: no tengo mucho tiempo por
delante, pero me hubiera gustado ver una vez más los campos de maíz y las
cosechas cubrir los conucos.
Marchemos al combate, a la glo-ri-a.
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Son persistentes, los cantadores de cánticos, no pierden el aliento
fá-cilmente. La gorda Destine, aplastada por la fatiga, se desplomó en una
si-lla. Su cabeza dormita sobre sus hombros, sus ojos están cerrados y sigue el
ritmo con su pie descalzo y canta con una voz de falsete doliente y como
dormida.
—Ah, la fea esa, murmura Antoine, con una mueca de asco.
La botella de aguardiente está sobre una de las mesas, alarga la mano
pero Destine abre un ojo, uno solo pero fijo, y Antoine hace como si apa-gara
una vela.
—Se gasta la cera, dice.
Y se retira, los hombros bajos y maldiciendo entre los dientes cosas que
no se pueden repetir.
Marchemos al combate, a la glo-ri-a.
Entona Destine, pero esta vez con voz clara y triunfal que reanima el
coro como un leño nuevo alumbra un bucán y el cántico se va en el ala
tem-blorosa del alba y los campesinos que se levantan temprano en Fonds-Rouge
lo oyen: “ah, sí, dicen, el entierro será para hoy”, y los que dormían bajo el
cobertizo, con la frente sobre la mesa, se despiertan y piden el café y Délira
no ha dejado a Manuel un instante, Annaïse tampoco, la pobre, y Bienaimé se
arremolinó en un rincón: es el último cántico, el último por-que viene el día
con sus árboles negros y friolentos contra el cielo pálido y los campesinos
comienzan a despedirse. Volverán más tarde, desaparecen por los senderos bajo
los cujíes y las gallinetas salvajes bajan de las ramas y se reúnen en los
claros, los gallos se desgañitan de patio en patio, un potro joven relincha
nerviosamente en la sabana. “Adiós, Délira”, dice Lauré-lien. Duda: “Adiós,
Annaïse”; ellas le responden con voz débil, han llora-do demasiado, no tienen
más fuerzas, y la aurora entra por la ventana, pe-ro Manuel no la verá más,
duerme por siempre y para siempre. Amén.
* * *
Hacia las diez, Aristomène, el Padre Sabana, hace su entrada en el
pa-tio. Monta una burrita que se dobla bajo su peso y los pies del buen hom-bre
se arrastran en el polvo. Está retrasado y el animal es reacio, Aris-
129
tomène le hunde los talones en los flancos con tal vigor que lo levanta
casi del suelo.
Viste una levita que debió ser negra en su tiempo, pero vista su edad
venerable, tira ahora al brillo lustroso de los pechos de las palomas.
Con gesto untuoso, se quita el sombrero y deja ver un cráneo calvo y
brillante.
—Buenos días a todos.
Y los campesinos lo saludan con cortesía.
Le ofrecen asiento y Délira, en persona, le presenta una taza de café.
Aristomène bebe lentamente, está consciente de su importancia. El
murmullo de las conversaciones zumba a su alrededor como un homenaje y
su cara rojiza, picada de viruelas, suda una satisfacción abundante.
En el cuarto acostaron a Manuel en la urna. Dos velas se consumen: una a
su cabeza, la otra a sus pies. Bienaimé contempla a su hijo. No llora, pero su
boca no deja de temblar. No es seguro de que haya visto a Annaïse. Las manos de
Anna cubren su cara, las lágrimas ruedan entre sus dedos y se queja como un
niño que tiene un dolor.
De vez en cuando, una comadre: Clairemise, Mérilia, Destine, Cé-lina,
Irézile o Georgina u otra, lanza un grito estridente y, en seguida, todas la
acompañan y el coro de plañideras llena la casa de alaridos en-sordecedores.
Los hombres permanecen en el patio o en la veranda. Hablan en voz baja,
muerden el tubo de sus pipas.
Pero Laurélien está en el cuarto mortuorio.
“Adiós, jefe, no tendré otro amigo como tú; adiós, hermano, adiós mi
camarada”.
Se limpia los ojos con el dorso de la mano. No es común ver llorar a un
hombre, pero es más fuerte que él y no le da vergüenza.
Délira volvió a tomar su puesto al lado de la urna. Abanica el rostro de
Manuel con uno de esos sombreros de palma que él tejía en las tardes en la
veranda, lo protege de las moscas, de las moscas grandes que sólo se ven en los
entierros, y la llama movediza de la vela alumbra la frente de Manuel: “había
luz en tu frente el día de tu regreso de Cuba y ni la muerte la puede borrar,
te vas a las tinieblas con ella. Que esta luz de tu alma te guíe en la
130
noche eterna, para que encuentres el camino del país de Guinea donde
re-posarás en paz con los antepasados de tu raza”.
—Vamos a empezar, dice Aristomène.
Hojea su libro, se moja el dedo para voltear las hojas:
—Oración por los difuntos.
Las mujeres caen de rodillas. Délira abrió sus brazos en cruz, los ojos
alzados hacia algo que sólo ella ve.
—Del fondo del abismo, te llamé, Señor, Señor escucha mi voz.
Que los oídos estén atentos a la voz de mi plegaria.
Lee a toda velocidad, Aristomène, se traga las palabras sin masticar,
es-tá apurado. Su compadre Hilarion le propuso venirse a tomar un trago después
de la ceremonia y por estas desdichadas dos piastras y cincuenta céntimos que
va a cobrar, no es necesario, no, de verdad no vale la pena es-forzarse tanto.
—Que descansen en paz. Amén.
—Amén, responden los campesinos.
Aristomène se esponja el cráneo, la cara y el cuello con un ancho
pa-ñuelo de cuadros.
A pesar de su prisa, se regodea con las palabras latinas que va a
pro-nunciar, esos vobiscum, saeculum y dominum que suenan como un repi-que de
tambor y que provocan un murmullo de admiración en esos cam-pesinos ignorantes.
“Caray, es competente, sí, ese Aristomène”.
Su voz se eleva con el canturreo quejoso, nasal y solemne de los cu-ras.
No es por nada que fue sacristán durante años y si no fuera por ese asunto
lamentable con el ama del Padrecito, ayudaría todavía en la mi-sa del pueblo. Y
eso no fue su culpa, el Padrecito hubiera debido tomar para su servicio a una
mujer de edad en vez de esa negra redonda y relle-nita como una gallina
ponedora. No nos hagas caer en la tentación, dice la oración.
Si las palabras tuvieran huesos, atragantarían a Aristomène, tal es su
apuro. Las páginas vuelan por sus dedos y pasa varias a la vez.
—Pero qué negro tan desconsiderado, piensa Antoine que lo observa de
cerca.
Délira no escucha ese lenguaje precipitado, ese farfulleo sagrado si-
131
no como un rumor lejano e incomprensible. Está al lado de Manuel, no lo
ve sino a él y se balancea en su silla como si no pudiera ya sostener es-te
peso de dolor, está como una rama en la tormenta, abandonada a la noche amarga
y sin fin. Piedad, piedad, pido piedad y la liberación, Señor, llévame, porque
estoy cansada, la vieja Délira está tan, tan cansa-da, Señor. Déjame acompañar
a mi hijo en la gran sabana de la muerte, déjame cruzar con él, el río del país
de los muertos: lo llevé durante nue-ve meses en mi vientre, durante toda la
existencia en mi corazón, no lo puedo dejar.
Manuel, ay Manuel, tú eras mis dos ojos, tú eras mi aliento, tú eras mi
sangre: veía por tus ojos como la noche mira por las estrellas, respiraba por
tu boca y mis venas se abrieron cuando tu sangre corrió, tu herida me hizo
daño, tu muerte me mató. No tengo más nada que hacer sobre la tierra. No me
queda sino esperar en un rincón de la vida como un harapo olvidado al pie de
una muralla, como una pobre desgraciada que tiende la mano: há-game la caridad,
por favor, dice, pero la caridad que pide es la muerte. Dios te salve, María,
la Virgen de Altagracia, haz que ese día llegue, que llegue mañana, que llegue
hoy mismo. Ay, mis santos, ay mis loas, vengan a soco-rrerme: Papá Legba, te
llamo, San José, papá, te llamo, Dambala Siligoué, te llamo, Ogoun Shango, te
llamo, Santiago el Mayor, te llamo, ay Loko Atisou, papá, ay Guédé Hounsou, te
llamo, Agoueta Royo Doko Agoué72 , los llamo, mi hijo está muerto, se va, se va
a cruzar el mar, se va para Gui-nea, adiós, adiós, le digo adiós a mi hijo, no
volverá más, se fue para siem-pre, ay tristeza, ay dolor, ay miseria, ay dolor.
Levanta los brazos al cielo, el rostro desfigurado por el llanto y el
gran sufrimiento, los hombros sacudidos por ese embrujo desesperado y las
co-madres la sostienen y le murmuran: “Valor, Délira, valor, querida” pero ella
no las oye, no oye a Aristomène que salmodia cada vez más, cada vez más rápido,
tan apurado como está en terminar...santae Trinitatis. Per Christum Dominum
nostrum. Amén. Y saca de las profundidades de su le-vita una botellita, le
quita el corcho con los dientes; rocía el cuerpo y en ese momento, Laurélien
avanza con la tapa de la urna; no, no, grita Annaïse,
72. Délira invoca aquí a los dioses más importantes del panteón vodú.
132
debatiéndose en los brazos de Clairemise, pero Laurélien se acerca con
la tapa: Déjenme verlo por última vez, grita Délira, pero Laurélien clava la
ta-pa y a cada golpe de martillo, Délira tiembla como si los clavos se le
hun-dieran en la sangre de su alma, se acabó, se acabó, sí, se acabó. Joachim,
Dieuveille, Fleurimond y Laurélien levantan la urna y ahora es cuando hay
lamentos, gemidos y voces que gritan: apiádate de mí, mi Dios, esos hom-bres se
llevan la urna, se llevan a su hermano a la tierra que tanto amó, que de
verdad, murió por ella.
Caminan lentamente hacia el lindero de los cujíes y el cortejo de
cam-pesinos los sigue: las mujeres lloran y los hombres van en silencio.
Cavaron la tumba a la sombra de un palo de campeche y una pareja de
tórtolas se va volando con un temblor de alas asustadas y se pierde por en-cima
del campo en la luz del mediodía.
—Bájenlo con cuidado, dice Laurélien.
La urna se desliza y reposa al fondo del hueco.
—Pobrecito, dice Antoine. Murió en su mejor época y era un negro bueno,
ese Manuel.
Laurélien y Florimond agarran las palas. Una piedra rueda y golpea
contra la urna. La tierra cae en el foso. La urna comienza a desaparecer. Se
oye un llanto ahogado y el choque sordo de los terrones de tierra endure-cidos
por la sequía. El hueco se llena.
Una mujer gime:
—Dios mío, te pedimos fuerza y valor, consuelo y resignación. “Manuel no
era partidario de la resignación, piensa Laurélien. Las se-
ñales de la cruz, las genuflexiones y los Dios es bueno, decía que no
serví-an para nada, que el hombre está hecho para la rebeldía. Y aquí estás
muerto ahora, jefe, muerto y enterrado. Pero tus palabras no las olvidare-mos y
si un día en el camino de esta dura existencia, el cansancio nos tien-ta con
sus: ¿Para qué? y sus: no vale la pena, oiremos tu voz y recuperare-mos valor.
Laurélien se seca con la mano el sudor que le baña la cara; se apoya con
las dos manos sobre el mango de la pala: la fosa está llena.
—Bueno, se acabó, dice Antoine. Reposo para ti, hermano Manuel en la
eternidad de la eternidad.
133
—En la eternidad, responden los demás.
El círculo de campesinos se rompe: regresamos a la casa para decirle
adiós a Délira y a Bienaimé y, entonces, con este sol tan grande, nos dio sed,
vamos a bebernos alguito, no nos puede caer mal un último vaso de aguar-diente,
¿no es así vecino?
Pero Laurélien se quedó. Levanta un montículo de tierra encima de la
fosa. Lo rodea de piedras. Cuando tengamos bastante dinero, construirá una
tumba de ladrillos con un nicho donde se prendan las velas del recuer-do y
sobre una placa de cemento fresco, Antoine escribirá, porque sabe, con una
letra trabajosa y torpe.
AQUÍ YACE MANUEL JAN-JOSEF
XIV
La noche misma del entierro, Délira fue a ver a Larivoire.
Tocó a su puerta.
—¿Quién es?, preguntó Larivoire.
Estaba acostado.
—Soy yo, yo misma, Délira.
El tiempo de prender la lámpara y Larivoire le abrió.
—Con respeto, vecina, dijo. Pase, por favor. Délira se sentó. Aco-modó
los pliegues de su vestido de luto a su alrededor. Está derecha y severa.
—Me esperabas, Larivoire.
—Te esperaba.
Hay un silencio entre los dos.
—Gervilen, dijo Larivoire, sin mirarla.
—Yo sé, respondió Délira. Pero nadie sabrá. Quiero decir: Hilarion, las
autoridades.
—¿No quiso?
—No. No, decía y se debatía en la agonía: hay que salvar el agua,
repetía. Agarraba mi mano.
Larivoire subió la mecha de la lámpara.
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—Vino aquí mismo la noche de la desgracia. Se mantenía de pie bajo el
cobertizo en medio de los campesinos. Hablaba; yo lo miraba, lo escu-chaba. Me
conozco a los hombres. Era un negro de buena calidad.
—Está muerto, dijo Délira.
—Tienes bastantes sufrimientos, mi comadre.
—El dolor es grande, dijo Délira.
Larivoire se rascó el mentón, haló los pelos de su barba.
—¿Te confió una misión?
—Sí, y por eso estoy aquí. Ve a buscar a tu gente, Larivoire.
—Es tarde, dijo.
—Mis palabras necesitan la noche. Ve a buscar a tu gente, Larivoire.
Larivoire se levantó, dio algunos pasos indecisos por el cuarto. —¿Es el
difunto Manuel quien te pidió hablarles?
—Sí, es él, pero también por mí, yo quiero: tengo mis razones.
Larivoire tomó su sombrero.
—Hay que respetar la voluntad de los muertos, dijo.
Entreabrió la puerta:
—No tendrás que esperarme mucho. Voy a pasar por mi hijo Simi-lien. El
le avisará a algunos y yo a otros. Si la luz baja, sube la mecha. No es una
lámpara mala, pero ese kerosén que vende Florentine no sirve pa-ra nada.
Délira se quedó sola, su cabeza se inclinó sobre su pecho y juntó sus
manos. La luz vacilaba. El cuarto se llenaba de sombras. Cerró los ojos. “Estoy
acabada, esta vieja Délira está acabada, no puedo más, caramba”.
La fatiga la arrastraba en un remolino lento e irresistible como una
náusea, hacia los límites del desvanecimiento. Pero el recuerdo de Manuel la
sostenía. “Tengo que hablar con esos campesinos. Después me acostaré. Dormir,
ah, dormir y si el día se levanta sin mí, será, para decir la verdad verdad, un
día de misericordia”.
—¿Te quedaste todo ese tiempo en lo oscuro?, se extrañó Larivoire. La
lámpara se había apagado. Tanteó en la oscuridad y terminó por
encontrar los fósforos.
—Están afuera, sí, dijo.
—Acerca la lámpara. Quiero verles la cara.
135
El cuarto se aclaró: la mesa, una damajuana sobre el aparador de ro-ble,
la estera enrollada en un rincón, y sobre las paredes de bahareque blanqueadas
con cal, las imágenes de los santos, un almanaque viejo.
—Hazlos entrar, dijo Délira.
Los campesinos entraron en la casa con una extraña timidez, torpes y
confusos en sus movimientos, y Nérestan no sabía dónde ponerse con su enorme
cuerpo, tan apretados y arrinconados que estaban los unos contra los unos en
esta pieza estrecha.
Délira se levantó en su largo vestido de luto.
—Cierren la puerta, dijo.
Louisimé Jean-Pierre cerró la puerta.
Délira los examinaba lentamente: parecía que los contara uno por uno y
cuando su mirada triste y severa los fijaba, ellos bajaban la cabeza.
—No veo a Gervilen. Digo que no veo a Gervilen Gervilis. Pregunto dónde
está Gervilis.
En el silencio, se oía claramente, la respiración pesada de los
campe-sinos.
—Porque me hubiera gustado repetir a Gervilen Gervilis las pala-bras de
mi hijo.
Me dijo, he aquí lo que Manuel mi hijo, me dijo: ofrecieron sacrificios
a los loas, ofrecieron la sangre de los pollos y de los chivos para hacer caer
la lluvia, todo eso fue inútil. Porque lo que cuenta es el sacrificio del
hom-bre, la sangre del negro.
—Son palabras importantes, sí, dijo Larivoire, moviendo la cabeza
gravemente.
—Me dijo también: “Ve a buscar a Larivoire. Dile la voluntad de mi
sangre que corrió: la reconciliación, la reconciliación (lo repitió dos veces)
para que la vida comience de nuevo, para que amanezca sobre el rocío...” y yo
quería avisarle a Hilarion, pero me agarraba la mano. No, no, decía y la sangre
negra le corría por la boca: el agua se perdería, hay que salvar el agua.
—Délira, dijo Larivoire, con voz ronca, y se limpió los ojos con su puño
cerrado: hace setenta y siete años que el agua no había corrido en mis ojos,
pero te digo, de verdad, verdad, tu hijo era un negro de
136
verdad, un campesino hasta la raíz del alma, no se verá uno igual tan
rápido.
—Mamá, dijo Nérestan, con una voz singularmente tierna, qué pena tan
grande tuviste, mamá.
—Sí, mi hijo, respondió Délira, y te agradezco tus buenos sentimien-tos,
pero no vine aquí para contarles mis penas, vine para traerles la últi-ma
voluntad de mi hijo. Era a mí a quien hablaba pero se dirigía a todos ustedes:
“canten mi luto, dijo, canten mi luto con un canto de cumbite”.
Se canta el luto, es la costumbre, con los cánticos de los muertos, pero
él, Manuel, escogió un cántico para los vivos: el canto del cumbite, el canto
de la tierra, del agua, de las plantas, de la amistad de los campe-sinos,
porque quiso, ahora comprendo, que su muerte sea para ustedes el comienzo de la
vida.
Son duros los campesinos, y rudos: la existencia les curtió el cora-zón,
pero está grueso y mal tallado sólo en apariencia. Hay que conocer-los, no hay
más sensible en lo que hace que un hombre tenga verdade-ramente el derecho de
llamarse hombre: la bondad, el coraje, la frater-nidad viril.
Y Larivoire habló por todos cuando se acercó a Délira, la mano ten-dida
y temblorosa de emoción.
—Toma esta mano, Délira, y nuestra promesa y nuestra palabra de honor
con ella.
Se dirigió a los campesinos:
—Ustedes también, ¿no es verdad?
—Sí, respondieron los campesinos.
—La paz y la reconciliación.
Y Nérestan se adelantó:
—Mamá, yo mismo abriré el canal de tu conuco.
—Sembraré para ti, Délira, dijo Josaphat.
—Cuenta conmigo también, dijo Louisimé.
—Y yo, yo sacaré la mala hierba cuando haga falta, dijo Similien.
—Estaré allí, dijo Gille.
—Estaremos todos, dijeron los demás.
Un reflejo de dulzura pasó por el rostro de Délira:
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—Gracias, mis negros, por este consuelo. Mi hijo los oye en la tumba:
así era como había querido, la familia de los campesinos reunida en la
concordia. Mi papel llegó a su fin.
—Sólo –y recuperó su severidad– sólo que somos cómplices a partir de
hoy: no vine aquí, ¿me oyen? y son las fiebres las que mataron a Ma-nuel, ¿me
entienden? Háganse la señal de la cruz en la boca.
Obedecieron.
—Juren.
Los campesinos se golpearon tres veces el pecho del lado del cora-zón y
levantaron la mano para el juramento.
—Juramos, dijeron.
Délira contempló por un momento sus rostros. Sí, eran de buena pasta,
los campesinos, simples, francos, honestos.
—Larivoire, mi compadre, dijo ella, deja pasar una semana más. Hay que
cumplir con el luto y luego vendrás con ellos a la casa de Laurélien después de
que amanezca. Mis gentes los esperarán. Y después, Annaïse, mi nuera, los
llevará a todos a la fuente. Ella conoce el lugar. Las palo-mas baten el ala en
las ramas. Ah, pues, ahora me pongo a divagar. Es que estoy tan cansada,
amigos, esta vieja Délira, así como ustedes la ven, no tiene más fuerzas, no,
ni una pizca. Entonces les doy las buenas no-ches, sí.
Louisimé Jean-Pierre le abrió la puerta.
—Espera, dijo Larivoire, Similien te va a acompañar.
—Pero no, Larivoire, pero no: no es necesario, gracias por la corte-
sía: hay luna, hay estrellas. Veré mi camino.
Y salió en la noche.
138
EL FIN Y EL COMIENZO
BIENAIMÉ cabecea bajo el taparo. El perrito está echado delante de la
cocina, la cabeza entre las patas. De vez en cuando entreabre un ojo y atrapa
una mosca. Délira remienda un vestido. Agarra la tela cerquita de sus ojos: le
falla la vista. El sol sigue su curso, alto en el cielo, y es un día que
transcurre como los otros. Las cosas han vuelto a su lugar, han recuperado su
curso. Cada semana Délira va a vender su carbón al mer-cado. Laurélien corta el
monte y le prepara la carbonera. Es un buen muchacho, ese Laurélien. Bienaimé
ha cambiado tanto que no se le reconoce. Antes, hervía a la menor contrariedad,
estaba siempre listo para la pelea y para la rabia, siempre preparado para la
respuesta: un verdadero gallo de pelea. Ahora, se le partió un resorte. Dice
que sí a todo, como un niño. Sí y está bien. Délira lo sorprendió varias veces
en el cuarto de Manuel. Su mano acariciaba el lugar vacío de la cama y las
lágrimas corrían por su barba blanca. Cada mañana se dirige a su tumba, en el
lindero de los cujíes. La protegieron con un pequeño cobertizo de hojas de
palma. Se acuclilla cerca de ella y fuma su pipa, la mirada vaga, ausente. Se
quedaría horas si Délira no viniera a buscar-lo para llevarlo a la sombra del
taparo. La sigue dócilmente. Duerme mucho y eso le ocurre en cualquier momento
del día. Antoine tiene razón: es un hombre fulminado.
El viento arrastra desde lejos una ráfaga de voces y el batir
infatiga-ble del tambor. Desde hace más de un mes, los campesinos trabajan en
cumbite. Han abierto un canal, una zanja grande, desde la fuente hasta
139
Fonds-Rouge a través de toda la llanura estrecha y los cujíes; lo han
lle-vado hasta sus conucos mediante acequias.
La furia casi ahoga a Hilarion. Ah, no se puede decir que no lo roía la
preocupación y ahora Florentine lo abruma y lo envenena desde la ma-ñana hasta
la noche, como si fuera culpa suya, con toda clase de reproches. ¿Acaso podía
prever que Manuel se iba a morir? Por supuesto que lo habría arrestado a tiempo
y lo habría obligado a confesar, no faltaban los recursos, dónde estaba la
fuente. El teniente lo había tratado de imbécil y ahora esta Florentine... se
oía su voz de matraca en todo Fonds-Rouge. Cuando no podía más, Hilarion le
hacía sentir el peso de la gruesa hebilla de cobre de su cinturón. Eso la
calmaba más o menos, la maldita.
Quizás, pensaba, quizás, podría pedirle al doctor Sainville, el
magis-trado comunal, que decretara un impuesto sobre el agua. Haría las
re-caudaciones y cogería mi parte. Ya se verá (sí, ya se verá si los
campesi-nos se dejan). En estos últimos días trabajan en la fuente, en el
corazón del agua, como dicen ellos. Siguieron punto por punto las indicaciones
de Manuel. Está muerto, Manuel, pero sigue siendo el guía.
Alguien entra en el patio de Délira, una negra alta, una negra bella:
es Annaïse.
La vieja la mira llegar y su corazón se alegra.
—Buenos días, mamá, dice Annaïse.
—Buenos días, mi hija, responde Délira.
—Se te van a debilitar más los ojos, dice Annaïse. Déjame remendar ese
vestido.
—Es que es una ocupación, hija mía. Coso, coso y ato el tiempo pasado
con los días de ahora. Si sólo se pudiera remendar la vida, Anna, retomar el
hilo roto, ay Dios, no es posible.
—Manuel me decía, todavía lo oigo como si fuera ayer, me decía: la vida
es un hilo que no se rompe, que no se pierde nunca, y ¿sabes por qué?, porque
cada hombre hace un nudo durante su existencia: es el tra-bajo que ha cumplido
y eso es lo que vuelve la vida viva por los siglos de los siglos: la utilidad
del hombre sobre esta tierra.
—Mi hijo era un hombre que pensaba profundo, dijo Délira con orgullo.
140
Pedazos de canto les llegaban, algo así como un hoho ehhé oh-koen-hého y
el tambor jubilaba, tartamudeaba a fuerza de contento: Antoine lo manejaba con
más habilidad que nunca.
—Gille me dijo que iban a soltar el agua en el canal hoy. ¿Y si
fué-ramos a ver, mamá? Es un gran acontecimiento, sí.
—Como quieras, mi amor.
Délira se levantó, sus hombros estaban algo curvados y se había vuel-to
más seca aún.
—El sol está caliente. Voy a ponerme el sombrero.
Pero ya Annaïse corría a buscárselo en la casa.
—Eres muy atenta, mi hija, agradeció Délira.
Y sonrió con esa sonrisa que había conservado la gracia de la juven-tud
a pesar de la pequeña cicatriz de tristeza que la vida le había dejado en las
comisuras de los labios para marcar su huella.
Entraron en el monte por ese sendero que Manuel había atravesado al día
siguiente de su llegada. Los cujíes olían a la humareda enfriada de las
carboneras. Caminaron en silencio hasta llegar al vallecito inundado de luz.
Los cactus arborescentes se alzaban con sus anchas hojas carno-sas de un verde
tierno y polvoriento.
—Mira, dijo Annaïse, si no hay razón de llamarlas “orejas de burro”;
tienen un aire arisco, reacio y de mala voluntad, las matas esas.
—Las plantas son como los cristianos. Hay de dos clases: los buenos y
los malos. Cuando ves uno de esos naranjos, con todos esos soles chi-quitos
colgados de las ramas, sientes como una alegría, son lindos y ser-viciales los
naranjos. Mientras que una mata con espinas como esa... pero no hay que
maldecir, porque es Dios quien creó todo.
—Y el taparo, dice Annaïse, se parece a la cabeza de un hombre y
envuelve una cosa blanca como el cerebro, y sin embargo, es un fruto tonto: no
se puede comer.
—Pero qué maliciosa eres, sí, dijo Délira asombrada. Vas a hacer reír a
esta vieja Délira a pesar de ella.
Subieron por la loma de Fanchon. Délira iba lentamente a causa de la
edad. Annaïse caminaba detrás de ella. El sendero era bastante empi-nado, menos
mal que daba vueltas.
141
—No voy hasta la planicie, dijo Délira. Mira una piedra grande he-cha
como a propósito, parece un banco.
Las dos mujeres se sentaron. La llanura estaba acostada a sus pies en el
abrazo del mediodía. A su izquierda, percibían las chozas de Fonds-Rouge y la
mancha roída de sus conucos entre las cercas. La sabana se extendía como una
explanada de luz violenta. Pero a través de la llanu-ra corría la sangría del
canal hacia los cujíes aclarados a su paso. Y si uno tenía buenos ojos, podía
ver en los conucos, la línea de las acequias pre-parada.
—Allí están, dijo Annaïse, tendiendo el brazo hacia un cerro arbola-do.
Allí es donde trabajan.
El tambor exultaba, sus latidos precipitados zumbaban en la llanu-ra y
los hombres cantaban:
Manuel Jean-Joseph, ho negro valiente, enhého!
—¿Oyes mamá?
—Oigo, dijo Délira.
Pronto esta llanura árida se cubrirá de un alto verdor; en los conu-cos
crecerán los bananos, el maíz, las batatas, los ñames, los laureles rosados y
los laureles blancos y será gracias a su hijo.
El canto se paró de repente.
—¿Qué es lo que pasa?, preguntó Délira.
—Yo no sé, no.
Y luego surgió un clamor enorme.
Las mujeres se levantaron.
Los campesinos salían del monte, corriendo, lanzaban sus sombre-ros al
aire, bailaban, se abrazaban.
—Mamá, dijo Annaïse, con una voz extrañamente debilitada. Aquí está el
agua.
Una lágrima de plata delgada, avanzaba en la llanura y los campesi-nos
la acompañaban gritando y cantando.
Antoine iba a la cabeza y batía su tambor con orgullo.
—Ah, Manuel, Manuel, Manuel, ¿por qué estás muerto?, gimió Délira. —No,
dijo Annaïse y sonreía a través de las lágrimas, no, no está
muerto.
142
Y tomó la mano de la vieja y la apretó dulcemente contra su vientre
donde se movía la vida nueva.
México, 7 de julio de 1944.
143
CRONOLOGÍA
CRONOLOGÍA
Vida y obra de Jacques Roumain
1907 (4 de junio) Nace en Puerto Príncipe (Haití) Jacques Roumain, el
prime-ro de los once hijos de una familia de la alta burguesía. “Nació en cama
rica. Todo conspiraba en él para convertirlo en uno de esos mulatos que forman
la aristocracia haitiana –el negro es pueblo menospreciado– y que hallan en la
cominera política nacional o en los negocios a la sombra del imperialismo
norteamericano, medios adecuados para alcanzar buen éxi-to. Nieto de un
ex-presidente, joven, instruido, de maneras agradables y atrayente figura, el
pequeño mundo de su país y de su clase estaba a sus pies” (Nicolás Guillén,
Prólogo a la edición de Gobernadores del rocío).
1914- “¿Mi infancia? Tumultuosa. Me gustaba pelearme con los más guapos
del 1919 barrio. A los 16 años: Suiza, Instituto Grunau. Después Zurich. Me
apa-siona Heinrich Heine. Hacía versos alemanes, y también toda clase de
deportes: boxeo, carreras. Más tarde, viajé a España donde iba a conti-nuar mis
estudios de agronomía. Mejor, de zootecnia, me interesaban sobre todo las
corridas de toros. Me encantaba el luminoso sol de las tar-des de toros. Eso se
corresponde al exceso de vida que llevo en mí. Fue también durante esa época
cuando conocí a Montherlant. Sus ‘Bestiarios’ me impresionaron a un punto que
usted no se imagina. Sentí un poeta con el que tenía ciertas afinidades”. A.
Vieux, “Entre Nous”... (entrevis-
ta a Jacques Roumain).
1927 Regresa a Haití a los 20 años, funda con otros jóvenes artistas la
Revue Indigène, órgano del Movimiento Indigenista haitiano. Publica en esa
re-vista y también en La Trouée sus primeros poemas. “Al lado del deportis-ta
que le he mostrado, exuberante de vida, hay en mí un lado melancóli-co, el
elegante aburrimiento de Byron. Estos dos hombres se chocan en mi actuación. En
Suiza éramos alegres estudiantes, amantes del placer y sin retroceder, a veces,
delante de una niña alegre. Guardaba, sin embar-
145
go, accesos de tristeza profunda. La nostalgia del país. Otras cosas que
no sé definir. Es lo que explica sin duda mi amor por Heine” A. Vieux, “En-tre
Nous...” (entrevista a Jacques Roumain). Es uno de los dirigentes más activos
de la lucha contra la ocupación americana (1919-1934) de su país. Publica
numerosos artículos y panfletos en periódicos como Le Petit Impartial,
Haïti-Journal. A partir de 1928 Roumain participa cada vez más intensamente en
la lucha contra la ocupación. Asume el cargo de “geren-te-responsable” de Le
Petit Impartial. En diciembre del año 1928 J. Roumain, G. Petit y G. Guérin son
arrestados por “delito de prensa” y condenados a cuatro meses de prisión.
1929 En libertad, colabora con el periódico La Presse. Nombrado
presidente de la Liga de la Juventud Patriótica Haitiana. Se casa con Nicole
Hibbert, hija del conocido novelista haitiano Fernand Hibbert.
1930 Primera publicación de La Proie et l’ombre. Designado en junio jefe
del Servicio del Interior, renuncia a los tres meses.
1931 Publica Les fantoches y La Montagne ensorcelée.
1934 Funda con otros compañeros el Partido Comunista Haitiano. Publica
Analyse Schématique 32-34. Roumain es designado secretario general del PCH.
Perseguido y arrestado es juzgado, en diciembre de este mismo año, por una
corte militar y condenado a tres años de prisión, acusado de actividades
subversivas contra el gobierno. Puesto en libertad a los dos años, salió de la
prisión muy quebrantado de salud. Según los críticos, Roumain comenzaría a
escribir en la cárcel la novela Le Champ du potier que quedaría inconclusa.
Esta novela trata de la lucha política. Fin de la ocupación americana en Haití.
1936 Por decreto del 19 de noviembre el PCH es declarado ilegal. En
agosto, Roumain parte al exilio con su mujer y su hijo. De Bruselas pasó a
París. Allí publicó artículos y poemas en las revistas francesas Commune,
Regards y Les Volontaires.
1937 (16-17 de julio) Participa en
el II Congreso de los Escritores por la De-fensa de la Cultura. Conoce a
Nicolás Guillén. En septiembre deja Bru-selas y se instala en París. Estudia
antropología en el Instituto de Paleon-tología Humana, es asistente del Prof.
Paul Rivet en el Museo del Hombre.
146
Forma parte de la Sociedad Americanista de París. El 2 de octubre,
20.000 trabajadores haitianos son masacrados por el ejército dominicano... El
18 de noviembre aparece el artículo “La tragédie haïtienne” en la revista
fran-cesa Regards, sus redactores fueron arrestados por “ultraje a un jefe de
estado extranjero”, y puestos en libertad bajo fianza.
1939 Es invitado por Nicolás Guillén a Cuba. Durante su estadía en La
Haba-na trabaja como periodista. Viaja a Estados Unidos donde es recibido por
los intelectuales Alain Locke, Langston Hughes, Richard Wright, entre otros; da
conferencias y participa en la vida literaria de los poetas y escri-tores
negros del país. Asiste a los cursos de antropología en la Uni-versidad de
Columbia. “Griefs de homme noir”, un ensayo de interpreta-ción marxista sobre
la condición del negro norteamericano, aparece publicado en una colección
titulada L’ Homme de couleur, París.
1941 Elie Lescot es nombrado Presidente de Haití. Roumain regresa a
Haití. Surge con el antropólogo Alfred Métraux la idea de fundar un Instituto
de Etnología en Haití. Realiza numerosos trabajos de campo. Funda el Bureau
d’Ethnologie y es nombrado director. Publica en la prensa nume-rosos artículos
contra la campaña antisupersticiosa decretada por el clero y por el gobierno de
Lescot.
1942 Publicación de A propos de la campagne antisuperticieuse, y de
Contri-bution à l’ étude de l’ethno-botanique précolombienne des Grandes
An-tilles. Es nombrado por el presidente Lescot encargado de negocios en
México.
1943 Publicación de Le sacrifice du tambour assotor.
1944 Retorna a Haití donde morirá un poco después. “Yo lo vi a Roumain,
la última vez, unos días antes de morir, a su paso por La Habana, donde había
vivido en 1939. Venía de México, ya restablecido del súbito mal que tanto hizo
temer por su vida. Nada presagiaba un próximo fin. Almorzó en mi casa ‘algo que
tuviera ñame’, como me pidió. Al partir, puso en mis manos una copia
mecanografiada de la novela y una libreta en que había muchas hojas
manuscritas. ‘Son tus poemas’, me dijo. Luego me explicó que había trabajado en
la traducción de ellos, en México, y que ya los tenía a máquina para
publicarlos en Haití. No lo iba a permitir el destino. Su vida se apagó el 18
de agosto de aquel mismo año, un viernes a la diez
147
de la mañana” (Nicolás Guillén, op. cit., p. 11). Todavía en México, aún
en 1943, Roumain sufrió un ataque serio –no está claro qué tipo de ata-que fue–
y regresó a Haití. Volvió a su trabajo, pero al año siguiente sufrió otro
ataque. Murió a la edad de 37 años. Las circunstancias de su muerte permanecen
inciertas. Algunos dicen que fue envenenado, víctima de la intriga política.
Otros atribuyen su muerte a una esclerosis del hígado e indican que Roumain
tenía un problema alcohólico. Esta es la razón más aceptada, pero otros la
rechazan como causa de su muerte. Aparen-temente, el certificado de defunción
indica como causa de la muerte una inflamación de la vesícula biliar (C.
Fowler, A Knot in the Thread, p. 225 y nota a pie de página).
148
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(Port-au-Prince, Haiti) Nº 3 (1927).
Este volumen, el CCXV de la Biblioteca Ayacucho, se terminó de imprimir
el mes de diciembre de 2004, en los talleres de Kiss Producciones, Caracas,
Venezuela. En su diseño se utilizaron caracteres roman, negra y cursiva de la
familia tipográfica Simoncini Garamond, tamaños 9, 10, 11 y 12.
En su impresión se usó papel Hansmate 60 gr.
La edición consta de 2.000 ejemplares (1.000 empastados y 1.000 en
rústica)
MICHAELLE ASCENCIO
Profesora e investigadora de la Universidad Central de Venezuela,
especializada en lingüística y dialectología hispanoamericana; doctorada en
París con una tesis sobre
la visión antropológica de la literatura haitiana, es autora de los
libros Del nombre
de los esclavos (1985), Lecturas antillanas (1990), Entre Santa Bárbara
y Shangó
(2001), así como de la novela Amargo y dulzón (2002).
Portada: Detalle de Les cultivateurs,
de Ernest Jean Louis, 60 x 120 cm.
Tomado de: Le primitivisme haïtien. The Haitian Primitivism. El
primitivismo haitiano (Edition en trois langues). Eugenio Fernández Méndez.
Barcelona: Galerie Georges S. Nader, 1972, p. 77.
Jacques Roumain
JACQUES ROUMAIN (Haití, 1907-1944) es la figura emblemática de la
cultura haitiana moderna. Etnólogo, militante político perseguido por sus
ideas, fue un líder intelectual en el que se combinaba la formación europea con
el conocimiento pro-fundo de las realidades de Haití. Su obra representa en
buena medida los méritos de una literatura nacional, enraizada en los
conflictos y aspiraciones del pueblo. En el presente volumen, el primero que
Biblioteca Ayacucho dedica al Caribe franco-parlante, se privilegia la obra
literaria de Roumain por encima de sus otros trabajos. De esta manera se ofrece
aquí el trayecto completo de su desarrollo narrativo, en primer lugar con el
libro de relatos La presa y la sombra (1930), en el que hace una aguda crítica
del mundo burgués y urbano de Puerto Príncipe, y la novela corta La montaña
embrujada, publicada en 1931. En este libro la aguda percepción, cono-cimiento
y sensibilidad del autor hicieron posible expresar la vida campesina, las
costumbres y sistemas de creencias del vodú, transfigurados en elementos
plena-mente estéticos. No podía faltar la novela Gobernadores del rocío (1944),
que da nombre a este volumen, donde la tierra reseca y agotada por el mal uso y
la mala distribución se convierte en metáfora de las dificultades que tienen
los campesinos para solucionar por sí mismos sus problemas, superando egoísmos
y rivalidades gru-pales. Esta edición de Biblioteca Ayacucho, recoge
ampliamente por primera vez en lengua española la obra poética de Roumain en
sus distintos registros: simbolista, surrealista, negrista. La mayoría de la
obra literaria del autor haitiano ha sido espe-cialmente traducida para esta
edición, y se le han incorporado notas lingüísticas, etnológicas e históricas a
fin de que este libro sea un instrumento útil para los lec-tores
hispanoparlantes

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