© Libro N° 12369.
La Cuestion Del Poder En Marx. Sánchez
Vázquez, Adolfo. Emancipación. Marzo 30 de
2024
Título original: ©
La Cuestion Del Poder En Marx. Adolfo
Sánchez Vázquez
Versión Original: © La Cuestion Del Poder En Marx. Adolfo Sánchez
Vázquez
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reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Adolfo Sánchez Vázquez
La
Cuestion Del Poder En Marx
Adolfo
Sánchez Vázquez
LA CUESTION DEL PODER EN
MARX
Adolfo Sánchez Vázquez
La
cuestión del poder en Marx es una de las más debatidas de su pensamiento desde
una perspectiva o retrospectiva actual. Antes de abordarla, no será superfluo
adentrarse en el terreno más general de la naturaleza del poder. Siguiendo un
viejo uso conceptual, digamos primero lo que, a nuestro juicio, no es el poder.
No es una cosa o la cualidad de un objeto en sí que se conquista, posee o
mantiene. Tampoco es la cualidad o capacidad de un sujeto en sí, ya que éste
sólo dispone de ella en virtud de un conjunto de condiciones o circunstancias
que hacen posible su poder. Y esto puede documentarse tanto con el ejemplo de
personalidades históricas excepcionales (un César, un Napoleón o un Lenin) o el
de un individuo francamente mediocre como Luis Bonaparte, que, de acuerdo con
el retrato que de él trazó Marx en El 18 brumario…, parecía negado
personalmente para alcanzar el poder que efectivamente alcanzó. Así pues, el
poder no es propio de un objeto ni de un sujeto en sí. Sólo existe en relación
con lo que está fuera de él: circunstancias históricas, condiciones sociales,
determinadas estructuras, etcétera. El poder no es inmanente. Algo exterior a
él lo hace posible, necesario y lo funda. Pero el poder no sólo se halla en
relación sino que él mismo es relación. ¿Entre qué y qué?; no entre los hombres
y las cosas, aunque el dominio de aquellos sobre éstas, sobre la naturaleza,
determina ciertas relaciones de poder entre los hombres. El poder es una
peculiar relación entre los hombres (individuos, grupos, clases sociales o
naciones) en la que los términos de ella ocupan una posición desigual o
asimétrica. Son relaciones en las que unos dominan, subordinan, y otros son
dominados, subordinados. En las relaciones de poder, el poder de unos es el no
poder de otros. Dominación y sujeción se imbrican necesariamente. En la
dominación se impone la voluntad, las creencias o los intereses de unos a
otros, y ello independientemente de que la sujeción se acepte o se rechace, de
que se obedezca o desobedezca interna o externamente, o de que la desobediencia
externa adopte la forma de una lucha o resistencia. La aceptación o el rechazo
de la dominación, la desobediencia o la resistencia a ella, caracterizan modos
de asumir las relaciones de poder, pero ni en un caso ni en otro se escapa a su
inserción en ellas, o a sus efectos desiguales y asimétricos. Las relaciones de
poder no sólo se dan en una esfera exclusiva de la realidad humana (económica,
política e ideológica) ni se localizan o centralizan en un solo punto (el
Estado), sino, que se diseminan como ha puesto de relieve Foucault en Vigilar
y castigar por todo el tejido social. Pero esto no significa que los
poderes así diseminados (en la familia, la escuela, la fábrica, la cárcel, el
cuartel, etcétera) no se relacionen con ciertos centros de poder y que, a su
vez, entre aquellos y éstos, y entre los centros mismos, no se dé cierta
relación e incluso una jerarquización en sus fundamentos y consecuencias. De
acuerdo con esta concepción general del poder, el poder político, por importante
que pueda parecer, no es sino una forma, modalidad o tipo de poder. Ahora bien,
este tipo de poder es para nosotros, en este momento, la pieza en el tablero en
que ha de jugarse la partida anunciada: Marx y el poder. Pues bien, ¿qué
encontramos de fecundo o infecundo en Marx: para una teoría del poder,
entendido éste como poder político o poder estatal, dos expresiones marxianas
con razón o sin ella intercambiables?.
¿EXISTE
UNA TEORÍA DEL PODER EN MARX?
Pero
antes de adentramos en dicha teoría, hay que tomar conciencia del carácter
problemático con que se nos presenta, ya que, fuera y dentro del marxismo, se
ha puesto en cuestión que exista en Marx, o en el marxismo clásico, una teoría
del Estado o del poder político. Así, fuera del marxismo, Foucault ve en Marx
ante todo al teórico de la explotación y niega que haya elaborado una teoría
del poder. Norberto Bobbio subraya que, al centrar Marx su atención en el
sujeto del poder, deja a un lado como consecuencia el problema de cómo se
ejerce el poder. Asimismo, al partir de una concepción negativa del Estado no
prestaría atención a las formas de gobierno ni delinearía un Estado
alternativo, socialista, frente al Estado representativo, burgués, puesto que
en definitiva todo poder estatal sería transitorio y estaría destinado a
desaparecer. Este problema y el de su conquista estarían en el centro de su
atención. De ahí derivarían las insuficiencias de la concepción de Marx del
poder, al que, por otra parte, no dedicaría ninguna obra expresamente. Desde
dentro del marxismo se ha cuestionado asimismo la existencia de una teoría
política marxiana, y especialmente del Estado. Así lo entiende Lucio Colletti
al reducirla a los principios roussonianos de la crítica del Estado
representativo, a la democracia directa y a la desaparición del Estado, aunque
esta crítica la suaviza en su «Entrevista» de New Left al
reconocer que no es válida «en el campo de la estrategia
revolucionaria», y al afirmar no tanto la inexistencia de una teoría
política marxista como su debilidad, en virtud de que «tanto Marx como
Lenin consideraron la transición al socialismo y la realización del comunismo a
escala mundial como un proceso extremadamente fácil y próximo» . Por
su parte, el marxista inglés Perry Anderson ha sostenido que «Marx no
dejó una teoría política de la estructura del Estado burgués o de la estrategia
y la táctica de la lucha socialista revolucionaria por un partido obrero para
derrocarlo», semejante puntualiza Anderson a la «teoría coherente y
elaborada acerca del modo de producción capitalista» . Anderson
considera asimismo reafirmando lo que Bobbio critica que lo fundamental, como
subraya Lenin, es la conquista del poder, con respecto a la cual corresponde
precisamente a Lenin la creación de Ios conceptos y los métodos» para llevarla
a cabo. Por ello, concluye con la mirada puesta en Marx : «Antes de
Lenin el dominio político propiamente dicho estaba prácticamente inexplorado
dentro de la teoría marxista». Finalmente, Louis Althusser, aunque no niega
abiertamente la existencia de una teoría política marxista, señala en ella una
laguna teórica «o la falta en Marx de un análisis de cómo el Estado
asegura su dominación de clase, así como el silencio de su teoría sobre el
Estado, la política y las organizaciones de clase en virtud de un límite
teórico «con el cual Marx se habría tropezado como si estuviera paralizado
por la representación burguesa del Estado, de la política, etcétera, hasta el
punto de repetirla bajo una forma absolutamente negativa. No todas estas
críticas dan en el blanco, como tendremos ocasión de ver al ocuparnos de los
conceptos políticos fundamentales de Marx relativos al poder estatal. Sin
embargo, hay que reconocer de entrada: a) con Foucault, que Marx es ante todo
el teórico de la explotación y no del poder; b) con Bobbio, que en Marx falta
una teoría alternativa del Estado socialista; c) con Colletti, que Marx
consideró la transición al socialismo y al comunismo «corno un proceso
extremadamente fácil y próximo»; d) con Anderson, que no hay en Marx una teoría
del poder burgués y de las vías para derrocarlo, semejante a su teoría del modo
de producción capitalista, y, finalmente, e) con Althusser, que falta en Marx
el análisis de cómo asegura el poder estatal su dominación de clase. Ahora
bien, no obstante este reconocimiento, sigue en pie no sólo la cuestión
apuntada de por qué las críticas mencionadas no dan en el blanco sino también
la del porqué de las debilidades, limitaciones o insuficiencias y para algunos
la inexistencia de su teoría política, como teoría del poder. Queda en pie,
sobre todo, la cuestión fundamental de en qué consiste el viraje del
pensamiento de Marx, ignorado, silenciado o negado en estas y otras críticas,
en la esfera del poder, de la política. Las dos cuestiones pendientes que acabo
de formular la del desnivel teórico entre el pensamiento político y el
económico de Marx y la del viraje que imprime en la teoría política y, más
precisamente, en la teoría del poder se hallan íntimamente relacionadas, pues
justamente este viraje explica a su vez el lugar que lo económico y lo político
ocupan en su pensamiento.
LUGAR
TEÓRICO DE LO ECONÓMICO Y LO POLITICO EN MARX
En una
primera fase de su actividad teórica la atención del joven Marx se concentra en
el Estado, en el poder político. En la sociedad moderna, el Estado separado de
la sociedad civil, así como la política, tienen para él un carácter negativo,
como esfera de la enajenación del hombre real y, por tanto, opuesta a la
emancipación humana. Lo «político» en expresiones como «hombre político»,
«Estado político», «emancipación política» tiene justamente ese carácter o, al
menos, un alcance limitado. De ahí la necesidad de superar la negación del
Estado, que no sea la simple inversión o cambio de contenido, a que se refiere
Althusser. El descubrimiento de lo que Hegel mistifica, a saber: las verdaderas
relaciones entre Estado y sociedad civil, conduce a Marx al hallazgo del
fundamento real del Estado en la esfera social, dividida, desgarrada bajo el
imperio de la propiedad privada. Con ello se revelan a Marx los límites
teóricos de la teoría hegeliana del Estado y la necesidad de pasar a la crítica
del fundamento real de la división social y del poder político, o sea: la
economía. Y esta crítica balbuciente aún en los Manuscritos del 44 culmina
en su obra inconclusa El capital, que no es una obra puramente
económica, desvinculada de la política. Y no sólo no lo es porque explica el
fundamento real de la política, sino también porque ésta debía encontrar un
lugar propio en su crítica de la economía. Así lo demuestra su prólogo
a la Contribución a la crítica de la economía política (1859), donde
al trazar el plan general de El capital el Estado forma parte
de su examen de la economía burguesa. Y lo demuestra asimismo un texto
posterior (su carta a Engels del 30 de abril de 1868) en el que se ve que su
proyecto inicial dejaba un espacio no cubierto en su obra inconclusa a la teoría
política, a la lucha de clases «a donde viene a desembocar todo el
movimiento [ …]» Pero, no obstante los planes teóricos de Marx, lo
cierto es que, al realizarlos, su atención se concentra en la crítica de la
economía política, aunque ésta haya sido precedida de una crítica de la
política, y aunque Marx nos haya dejado ciertos conceptos políticos
fundamentales y algunos textos propiamente políticos. Es innegable, pues, que
en Marx no hallamos una teoría política y, dentro de ella, una teoría del
poder, comparable como apunta Anderson con su teoría económica. El lugar
teórico del Estado, del poder, de la política en Marx responde al lugar que
ocupan para él en la vida real. Si lo político se funda en lo social, cuya
anatomía es lo económico, no puede haber una crítica autónoma de la política,
sino crítica política fundada en la crítica de la economía. Pero, esta relación
entre lo político y lo económico en la sociedad no excluye el papel activo de
la política, o como dice Engels en carta a Schmidt del 27 de octubre de
1890 «[ … ] de la nueva potencia política que aspira a la mayor
autonomía posible y que, una vez constituida, está dotada de un movimiento
propio[…]». Así, pues, si la atención de Marx se concentra en el modo
de producción capitalista como clave de la sociedad burguesa, esto no excluye
para él la importancia dadas su autonomía y especificidad del Estado, del poder
político, aunque se trate de instancias que no se fundan ni se bastan a sí
mismas. Ahora bien, la importancia de la política y por tanto de la teoría
correspondiente reside no sólo en su autonomía relativa dentro del todo social,
sino también en su existencia como práctica, como lucha de clase que aspira
-como dice Engels «a la mayor autonomía posible» en la
conquista, el mantenimiento, transformación y desaparición del poder político.
Este poder es precisamente el objetivo de la práctica política, o con palabras
de Marx: «El movimiento político de la clase obrera tiene como objetivo
final la toma del poder político» (carta a Bolte, 29 de noviembre
de 1871). Pero, si en la relación entre lo político y lo económico como
instancias del todo social, la atención principal como clave explicativa la
concentra Marx en la base económica y no en la supraestructura política, cuando
se trata de la conquista del poder determinado económicamente, la primacía
corresponde a la práctica política, a la lucha política de clase sobre otras
formas de lucha de clase: la económica y la ideológica. Ahora bien, si esta
práctica política es esencial y prioritaria, ello se debe a que el poder
político como instancia social, contra lo que sostiene una interpretación
economicista de Marx, no es un simple epifenómeno de la base económica sino que
tiene una autonomía relativa. Ciertamente, la práctica política sería
innecesaria si la toma del poder o su transformación se dedujera mecánicamente
de los cambios en la base económica, aunque éstos no pueden ser ignorados.
CONCEPTOS
POLÍTICOS FUNDAMENTALES
De este
modo, si por un lado la teoría económica es decisiva y la teoría política se
presenta fundada en ella, por otro, la teoría política del poder y de la
práctica para conquistarlo o transformarlo también lo es. Marx, por
consiguiente, no podía ignorar la necesidad de una teoría del poder y de la
práctica que hace de él su objetivo. Y de ahí que haya dejado una serie de
conceptos y tesis, relativos a uno y otro aspecto, aunque no bastan para
constituir una teoría semejante, como subraya Anderson, por su coherencia y
elaboración, a la que dejó acerca del modo de producción capitalista. En
consecuencia, contra lo que Anderson afirma también, lo político no es en Marx
un dominio virgen e inexplorado. Veamos, pues, esos conceptos o tesis
fundamentales que, después de la clarificación y crítica necesarias, podrían
servir de base, en, la medida en que sigan siendo válidos, a una verdadera
teoría política marxista. De acuerdo con la doble vertiente de la política que
hemos señalado, tienen que ver con el origen, naturaleza, función y destino
final del poder político, as! como con la estrategia destinada a conquistarlo,
transformarlo y extinguirlo. A grandes rasgos, esos conceptos medulares son los
siguientes:
Necesidad
del poder político
El
primero se refiere a la naturaleza del poder político, o poder del Estado.
Engels la expresa en los siguientes términos:
[ … ] es
un producto de la sociedad cuando llega a un grado de desarrollo determinado;
es la confesión de que esa sociedad se ha enredado en una irremediable
contradicción consigo misma y está dividida por antagonismos irreconciliables,
que es impotente para conjurar. Pero a fin de que estos antagonismos, estas
clases con intereses económicos en pugna, no se devoren a sí mismas y no
consuman a la sociedad en una lucha estéril, se hace necesario un poder situado
aparentemente por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el choque, a
mantenerlo en los límites del «orden»[ … ]
Aquí se
encuentran varias ideas que Marx y Engels subrayarán y enriquecerán en otros
textos: a) que el poder político se hace necesario en la sociedad dividida por
antagonismos irreconciliables; b) que el poder político es el lugar del orden,
de la conciliación de esas contradicciones que, de no resolverse, conducirían a
la destrucción de las fuerzas en pugna, y c), que el poder llamado a cumplir
esta función, sólo aparentemente, se sitúa por encima de la sociedad, de las
fuerzas en conflicto. En estas tres ideas no todo en ellas es original. La
primera o sea la idea de que el poder se constituye necesariamente en una
sociedad dividida por intereses opuestos recorre el pensamiento político
burgués de Maquiavelo a Hegel pasando por Hobbes. Ya sea porque se considere
que «el hombre es el lobo del hombre» (Hobbes) o porque la
sociedad es un «campo de batalla» o «la guerra de
todos contra todos», como sostienen Adam Smith y Hegel, el poder es
necesario para poner «orden», conciliar o equilibrar los intereses opuestos. La
originalidad de Marx está en haber señalado el carácter de clase de las fuerzas
en pugna y de los intereses opuestos. Y consiste asimismo en haber señalado que
el orden, equilibrio o solución de las contradicciones sólo en apariencia
tienen un carácter universal; es decir, se halla situado por encima de los
intereses particulares, de clase. Marx acepta, pues, la idea que recorre el
pensamiento político burgués de la necesidad del poder en una sociedad
dividida, pero con el correctivo fundamental de que la función de «orden»,
«amortiguamiento» o «conciliación» de los intereses antagónicos no la cumple
ese poder universalmente sino en interés de una de las fuerzas o clases en
pugna. De aquí el segundo concepto medular que queremos subrayar.
Naturaleza
de clase del poder político
El poder
político, estatal, no tiene un carácter universal como sostiene sobre todo
Hegel sino particular, de clase. ¿De qué clase? De la clase dominante. Esta
tesis básica del marxismo clásico se formula inequívocamente, con respecto a la
sociedad burguesa, en el pasaje del Manifiesto comunista que
dice así: «El gobierno del Estado moderno no es más que una junta que
administra los negocios comunes de toda la clase burguesa». Si pasamos por
alto y por ahora el carácter limitativo y simple de ese «no es más que» y
atendemos a su contenido fundamental, veremos que para Marx el poder estatal no
existe para administrar o velar por el interés de toda la sociedad sino por el
de una parte o clase social de ella. Existe para velar por sus negocios comunes
o interés fundamental de toda la clase. El poder político es, pues, el poder de
toda la clase y, por implicación, no de esta o aquella fracción de esa clase o
de un burgués en particular. Así, pues, la naturaleza del poder reside en su
vinculación con la clase a la que sirve administrando sus intereses o
«negocios» comunes. No reside, por tanto, en el personal gobernante o los
administradores estatales que lo ejercen directamente. La clase que en la
sociedad moderna, burguesa, da su coloración política al poder es la misma que
domina material, económicamente. Y su dominación política está destinada, en
definitiva, a mantener y reproducir las condiciones generales en que se lleva a
cabo su explotación económica; es decir, las relaciones capitalistas de
producción. Cualesquiera que sean las formas del poder político burgués cuya
diversidad admite Marx, aunque, como subraya Bobbio, no se haya ocupado
especialmente de ellas , no puede darse una contradicción de fondo entre el
poder político y la estructura económico social correspondiente. O, dicho en
otros términos, la clase que, desde el poder, domina políticamente, no puede
volverse contra la dominación económica que ejerce por el lugar que ocupa en
las relaciones de producción.
LÍMITES
DE LA AUTONOMÍA DEL PODER POLÍTICO
Cabe
preguntarse entonces: ¿qué margen de autonomía queda al poder político? En
términos marxianos, no hay margen de autonomía absoluta, entendida como propia
de un poder que actuara contra los intereses de la clase dominante, puesto que,
en definitiva, el poder se ejerce en el marco de determinada estructura social,
de clase. La autonomía estatal absoluta o estructural contra los intereses de
la clase dominante o por encima de la estructura social, de clase, existente,
es inconcebible en términos marxianos. Pero sí hay cierto margen de autonomía,
o autonomía relativa, que, lejos de excluir, supone el carácter de clase del
poder, en una de estas dos formas que se desprenden claramente de los textos de
Marx. Primera: autonomía como posibilidad de adoptar diversas formas de poder o
de gobierno que históricamente van desde las más autoritarias a las más
democráticas burguesas para servir mejor, en condiciones históricas y sociales
determinadas, a los intereses de la clase dominante. Segunda: autonomía respecto
de la clase. La experiencia histórica del régimen bonapartista en la Francia de
mediados del siglo pasado lleva a Marx a concebir esta forma de autonomía en la
que se pone de manifiesto una relación más compleja entre el poder político y
la clase dominante. Las reflexiones de Marx sobre el hecho histórico del
bonapartismo francés vienen a reafirmar su tesis básica del carácter de clase
del poder estatal, pero reafirman a su vez la idea que Marx no ha desarrollado
de que la clase no ejerce el poder directamente sino a través de sus
administradores o representantes. Y con base en esta experiencia histórica
comprende asimismo que la clase dominante no es un bloque monolítico,, sino que
se halla dividida en fracciones que tienen sus propios intereses, no obstante
su interés común, fundamental, de clase. Puede ocurrir es lo que le hace ver la
sociedad francesa de mediados del siglo Xix , que esas fracciones impulsadas y
cegadas por sus intereses particulares luchen entre sí y pierdan de vista su
interés común. Surge entonces la necesidad de un poder político que, sin dejar
de ser de clase o justamente por ello, se autonomice respecto de la clase
dominante, o, con más exactitud, respecto de sus fracciones y representantes, y
sirva a los intereses de la burguesía contra los burgueses mismos. Cuando la
burguesía se muestra incapaz de defender sus intereses a través de sus
instituciones y partidos, dado su fraccionamiento interno, surge un poder
político con cierta autonomía pero como subraya Marx «dentro de la
sociedad burguesa» , y, por tanto, sin trascender sus límites
estructurales de orden económico y social. Se trata, pues, de una autonomía
relativa, o apariencia de autonomía, ya que el carácter de clase del poder se
mantiene no obstante que éste como en el caso del bonapartismo francés se
presenta como independiente y neutral con respecto a las distintas fuerzas de
la sociedad civil. Ciertamente, en este caso como en el anterior, Marx tiene en
cuenta la forma de autonomía del poder político en las condiciones del capitalismo
europeo, maduro, de su época el que correspondía a su visión eurocéntrica de la
historia y la sociedad. No podía por ello tener presente una forma de autonomía
estatal que se daría posteriormente en el capitalismo no europeo, periférico,
en el que el poder político se autonomiza al aliarse con clases subordinadas
obreros y campesinos y sectores progresistas de los intelectuales y
profesionales sin rebasar los límites del contexto capitalista en que dicho
poder se ejerce. Es el tipo de autonomía que encontramos en los años treinta en
México bajo el gobierno del general Lázaro Cárdenas, experiencia que arroja
nuevas luces sobre las condiciones sociales que facilitan la autonomía estatal
y sobre SUS límites, aunque confirman la tesis marxiana nacida de experiencias
históricas anteriores de que, dado el carácter de clase del poder, se trata de
una autonomía relativa.
Un pasaje
muy conocido del Manifiesto comunista nos permite subrayar
otro rasgo del poder político relacionado con la forma en que se ejerce: «El
poder político, hablando propiamente, es la violencia organizada de una clase
para la opresión de otra”. Este pasaje y otros semejantes en la obra de
Marx constituyen uno de los blancos favoritos de críticas llevadas a cabo por
las interpretaciones instrumentalistas de su concepción del poder político. Y
no les falta razón si la violencia se entiende sólo como función represiva y,
además, exclusiva. Pero no se trata en este pasaje del ejercicio de la
violencia como función exclusiva o entre otras, sino de lo que está en la
entraña misma del poder. El poder político es ya antes se ha dicho dominación
de clase y ahora se especifica este ser suyo como dominación violenta. Es
violencia organizada en el sentido de que, independientemente de cómo se ejerza
en mayor o menor grado, efectiva o potencialmente e incluso aunque no se ejerza
, existe una relación intrínseca entre poder y violencia, pues todo poder
político descansa en la fuerza. Tampoco aquí Marx está inventando nada, salvo
que la violencia o el poder del que es inseparable tiene un carácter de clase.
Ya Maquiavelo había visto que el poder es fuerza, y después de Marx, un teórico
burgués contemporáneo, Max Weber, introduce este elemento en la definición
misma del Estado, al caracterizarlo por el monopolio de la violencia legítima.
Ciertamente, porque la fuerza, la violencia, está en la entraña misma del poder
político, Marx ha podido caracterizar a todo Estado como dictadura, y no sólo
esto sino conjugar lo que para el pensamiento político moderno, atenido al
concepto de dictadura como poder despótico, no sujeto a ninguna ley, es
inconjugable o inconciliable: dictadura y democracia. Y, en términos marxianos,
se conjugan tanto en el poder democrático burgués como en el Estado de
transición del capitalismo al comunismo que Marx llama «dictadura del
proletariado».
¿CONQUISTA
VIOLENTA O PACÍFICA?
Otro
aspecto importante de la concepción marxiana del poder político tiene que ver
con su conquista, ya que la transformación radical de la sociedad pasa
forzosamente por ella. Sólo una lectura economicista de Marx puede menospreciar
su necesidad e importancia y, con ella, la de la estrategia que hay que seguir
para dicha conquista del poder político. Aunque ciertamente éste es uno de los
terrenos menos cultivados por Marx, no se puede ignorar que traza una línea
general estratégica congruente con su concepción del poder como dominación
violenta. Al conquistar lo que se asienta en la violencia aunque con diferentes
grados de aplicación de acuerdo con las condiciones históricas , no se puede
prescindir de la violencia, trátese de la violencia efectiva o potencial e
incluso de la amenaza de la violencia. A esta tesis Marx y Engels no renuncian
nunca, aunque no pueden ignorarse sus referencias escasas en el primero a la
posibilidad de una conquista no violenta del poder. Ahora bien, en aparente
contradicción con ella, Engels, al final de su vida, en lo que se conoce como
su “Testamento político” impresionado por los éxitos
electorales de la socialdemocracia alemana, habla de la entrada en acción
de «un método de lucha […] totalmente nuevo», a diferencia
del «método de las barricadas». Pero aunque Bernstein vio en este
texto la piedra angular de la estrategia reformista, de lucha legal, pacífica,
Engels no descarta en él la lucha violenta, impuesta no por el proletariado
sino por la burguesía, ya que ésta sería la primera en romper la legalidad
conquistada recurriendo a la violencia. Sin embargo, lo que ha dominado durante
largos años en el pensamiento marxista revolucionario es la tesis de la
conquista violenta del poder aunque sin descartar la vía pacífica. Tal es la
tesis fundamental adoptada por Lenin y la III Internacional frente a la tesis
opuesta de la II Internacional. Ahora bien, la aplicación de una y otra
estrategia vendría a mostrar que, donde se ha conquistado violentamente el
poder no se ha instalado un verdadero poder socialista y donde la
socialdemocracia lo ha alcanzado pacíficamente, esta conquista ha servido para
apuntalar el capitalismo, lo cual ha hecho innecesaria para la clase dominante
el recurso a la violencia de que hablaba Engels. Corresponde a Gramsci el
mérito de haber intentado elaborar una estrategia tendente a superar los viejos
dilemas de reforma o revolución, asalto al poder o irrupción en su tejido
complejo, coerción o consenso. Sin embargo, después de Gramsci, pese a los
intentos teóricos y prácticos como el del eurocomunismo de escapar a las vías
muertas de las estrategias de la IIy la III Internacional, el problema sigue en
pie. En definitiva, el problema sigue siendo el de elaborar una estrategia que
abra nuevos espacios en la conquista del poder, a la legalidad, al consenso,
sin ignorar la naturaleza del poder como “Violencia organizada” (Marx)
o «monopolio de la violencia legítima» (Weber).
LA
FISONOMÍA MARXIANA DEL NUEVO PODER
Un nuevo
problema se plantea cuando se trata no ya de lo que el poder es, o ha sido,
sino de lo que ha de ser aquello que sustituya al poder burgués. Ahora bien, si
el antiutopismo reiterado de Marx le lleva a ser muy parco al caracterizar a la
nueva sociedad, más parco aún se vuelve al diseñar la fisonomía del futuro
poder conquistado. No obstante, de sus textos se desprenden tres rasgos
fundamentales del nuevo poder estatal: 1). Su carácter de clase corno el de
todo poder político; poder de la clase que lo ha conquistado: el proletariado;
poder que, al abolir la propiedad privada sobre los medios de producción, pugna
porque la propiedad tenga un carácter social. 2). Su carácter democrático. Marx
lo ha subrayado sin dejar lugar a dudas en su análisis de la primera
experiencia histórica, aunque limitada en el espacio y el tiempo, de poder
político de la clase obrera. Las medidas de la Comuna que él suscribe
revocabilidad de los elegidos o subordinación a los electores lejos de suprimir
el principio de la representatividad tratan de hacerlo efectivo, dándole un
contenido democrático más real y profundo, en contraste con el limitado que
tiene en el parlamentarismo burgués. Y muerto Marx, Engels en su Crítica
del Programa de Erfurt (1891) afirma rotundamente que «la
clase obrera sólo puede llegar al poder bajo la forma de la república
democrática» y que ésta «es la forma específica para la
dictadura del proletariado», afirmación que no puede sorprendernos después
de nuestras precisiones anteriores sobre el modo como el marxismo clásico
identifica poder estatal y dictadura. El carácter democrático del poder
político como ya había señalado Marx en su texto juvenil sobre la filosofía
política de Hegel, y reafirma en su escrito sobre la Comuna de París es
inseparable de la supresión del cuerpo extraño y parasitario la burocracia que
ejerce el poder como si fuera su propiedad privada. Tercer rasgo fundamental
del nuevo poder: su carácter transitorio, puesto que es el poder político el
Estado que corresponde al periodo de transición del capitalismo al comunismo,
poder y periodo que Marx y Engels han llamado en algunas ocasiones no muchas
«dictadura del proletariado». El carácter transitorio del nuevo poder no lo
entiende Marx como simple antítesis del poder burgués que dejará paso a otro
poder, sino como un proceso de devolución a la sociedad de lo que el poder
estatal le había usurpado y absorbido, proceso que habría de conducir al
desmantelamiento sucesivo del poder estatal en cuanto tal. Se trata de un nuevo
poder (la Comuna en su ejemplo histórico) que se vuelve no sólo contra una
forma de poder sino contra el poder estatal mismo, o como dice Marx con un
acento libertario en sus notas preparatorias del texto definitivo de La
guerra civil en Francia de «una revolución contra el Estado» .
Y con esto entramos en uno de los conceptos más debatidos y para muchos más
vulnerables de la concepción marxiana del poder: el de la extinción del Estado.
¿Estamos ante un Marx abiertamente libertario, anarquista y, por tanto,
utópico? Veamos.
EL
PROBLEMA DE LA EXTINCIÓN DEL ESTADO
Al
trazarse el objetivo final de la desaparición del Estado, Marx imprime, en
verdad, una marca libertaria a su pensamiento. Ahora bien, el camino que
concibe para llegar a ella la democratización cada vez más profunda del nuevo
poder y el correspondiente proceso de devolución cada vez mayor de las
funciones usurpadas por el Estado a la sociedad misma lo aleja del anarquismo
si se piensa que, en términos marxianos, ese proceso de extinción del poder
como medio o instrumento de dominación pasa necesariamente por el poder. El
poder estatal sólo puede desaparecer si tiene por motor de su propia extinción
a él mismo. No puede desaparecer desde fuera, como desaparición impuesta por
otro poder, pues en este caso sólo tendríamos la sucesión de un poder por otro.
Ahora bien, si el nuevo poder no se plantea como tarea vital su propia
extinción posibilidad ciertamente que Marx no se planteó lo que tendremos, como
demuestra la experiencia histórica del llamado «socialismo real», es su
reforzamiento, que aunque la necesidad de este reforzamiento se proclame en
interés de la clase como hizo Stalin al considerar agotada o actual la tesis
extincionista del Estado del marxismo clásico , se volverá contra la clase
misma que dice representar . Ciertamente, Marx no entrevé esta posibilidad ya
que establece una relación intrínseca, necesaria, entre la desaparición de los
antagonismos de clase y la desaparición del poder político, ya que éste se hará
innecesario al ser innecesaria la dominación de clase. Y así lo afirma inequívocamente: “En
el transcurso de su desarrollo, la clase obrera sustituirá la antigua sociedad
civil por una asociación que excluya las clases y los antagonismos; y no
existirá ya un poder político propiamente dicho, pues el poder político es la
expresión oficial del antagonismo de clase dentro de la sociedad civil”.
Este pasaje es importante por la relación que establece entre la desaparición
de las condiciones sociales de los antagonismos de clase, que hacen necesaria
la dominación, y la desaparición del poder en cuanto instrumento de dominación,
lo que Marx llama poder político propiamente dicho en el texto citado, o
«Estado político» en el texto juvenil antes mencionado. Pero ¿significa esto
para Marx la desaparición de todo poder estatal, o de todo Estado? Al hacer la
pregunta, se está poniendo en cuestión la tesis extincionista misma tantas
veces atribuida a Marx, o al menos, se está exigiendo no sólo problematizarla
sino precisarla. Tratemos de responder a la cuestión planteada, reafirmando con
base en el pasaje antes citado que lo que desaparece es el poder político como
instrumento de dominación. Al desaparecer las diferencias y los antagonismos de
clase y, con ello, su función de dominación de clase, ese poder perderá su
carácter político. Pues bien, esto es aunque haya escapado a tantas lecturas de
Marx- lo que Marx: y Engels dicen literalmente en el Manifiesto: «Una
vez que en el curso del desarrollo hayan desaparecido las diferencias de clase
y se haya concentrado toda la producción en manos de los individuos asociados,
el poder público perderá su carácter político”. Lo que para un buen
entendedor significa: si el poder público pierde su carácter político,
subsistirá el poder público, sin ese carácter. Por tanto, la desaparición de la
que se habla en este pasaje o la extinción de que se hablará más tarde en otros
se referirán a un poder político propiamente dicho que no es todo el poder
(público). Esta idea de la no extinción del poder estatal sin más, explicaría
que Marx en sus últimos años y en uno de los pocos textos (Crítica del
Programa de Gotha) en que se ocupa de la nueva sociedad no haya hablado de
la «extinción del Estado» y se pregunte, en cambio: [
…] ¿qué transformación sufrirá el Estado en la sociedad comunista? O, en otros
términos, ¿qué funciones sociales, análogas a las funciones actuales del Estado,
subsistirán entonces?» Marx no da una respuesta concreta, pero queda
claro en la pregunta misma que el Estado subsistirá con ciertas funciones
sociales que por supuesto, no se identifican con las propias del Estado como
poder político o instrumento de dominación. Si consideramos en la problemática
marxiana de la extinción del Estado, aún reducida a la del poder político,
extinción que tiene por base como acabarnos de ver la superación, la división
de la sociedad en clases, fundada en la propiedad privada sobre los medios de
producción, y el papel que corresponde al nuevo poder político como sujeto y
objeto de esa extinción, veremos que Marx tiene, una concepción demasiado
optimista acerca del destino final del nuevo poder estatal. Tan optimista que ni
siquiera se plantea la posibilidad de que dicho poder en lugar de proceder a
desmantelarse se refuerce, y que, en vez de diluirse cada vez más en la
sociedad, se separe de la clase que representa y se vuelva contra la sociedad
misma. Tal es la posibilidad que históricamente encontramos realizada en las
sociedades del “socialismo real”. Fue Engels más que Marx el que admitió la
posibilidad de un «socialismo de Estado» que, al reforzarse en jugar de
extinguirse, vendría a redoblar la explotación de los trabajadores como
explotación a la vez económica y política. Ahora bien, si la experiencia
histórica demuestra que no hasta abolir la propiedad privada y la constitución
de un nuevo poder político para iniciarse el proceso de extinción del Estado,
previsto por Marx, esto significa que hay que corregir el excesivo optimismo
marxiano en este punto el “dogmatismo extincionista” de que habla Elías Díaz ,
sin caer en dogmatismos de signo opuesto, ya que el problema puede replantearse
legítimamente en relación con otras condiciones que hasta ahora no se han dado:
nuevas condiciones históricas y sociales para la construcción del socialismo.
Pero, ciertamente, mientras esas condiciones no se den, la tesis marxiana no
deja de tener un ingrediente utópico, pero no dogmático.
LOS OTROS
PODERES
Aunque
nuestra atención se ha concentrado sobre todo en el poder político, como forma
específica de la dominación de clase, esto no significa que Marx no se haya
ocupado también de otras formas de dominación, o de poder social. En la obra de
Marx ocupa un lugar central (particularmente en El capital) la
dominación económica en la sociedad capitalista como explotación del obrero,
oculta o enmascarada por una relación formal, jurídica, entre iguales, lo que
excluye por ello la necesidad de la coerción en que descansa en última
instancia el poder político. Esta forma de dominación, o poder económico,
entraña una relación entre clases antagónicas: la clase explotada que vende su
fuerza de trabajo y la explotadora, capitalista, que la compra. Es, por tanto,
real, efectiva no jurídicamente, una relación desigual, y la desigualdad
estriba en el hecho de que la clase explotada, domina da, se ve forzada a
vender su fuerza de trabajo dada su desposesión con respecto a los medios de
producción sin que para ello la clase que domina económicamente tenga que
recurrir a la fuerza, a la coacción física. Cuando se opone dominación
atribuyéndola sólo a su forma política a explotación, porque en ésta se halla
ausente la coacción física, no se hace sino ocultar la naturaleza específica de
la dominación en el terreno económico. Ciertamente, no estamos aquí ante el
poder político sino ante el poder económico del que dispone el capitalista
frente al no poder del obrero, sin que éste pueda sustraerse a esa forma de
dominación o explotación, aunque ésta no descanse en la violencia propia del
poder político. Así, pues, si partimos de una definición general del poder
social como dominio de una clase sobre otra, de unos hombres sobre otros, es
legítimo hablar en términos marxianos de poder económico. Y es legítimo afirmar
también que, frente a la tradición del pensamiento político burgués, que,
arrancando de Maquiavelo, absolutiza el poder político, Marx es ante todo el
teórico de esta forma de poder o de dominación que es el poder económico o la
explotación, sin que ignore por ello la importancia de otros poderes sociales,
como el político y el ideológico, aunque sin absolutizarlos y poniéndolos en
relación con el poder económico. En términos marxianos, puede hablarse del
poder específico que se ejerce en el terreno propio de las ideologías o de las
ideas, pero a condición de no absolutizar tampoco ese poder considerando como
los jóvenes hegelianos que las ideas tienen de por sí un poder efectivo, sobre
lo real mismo, que rebasa su esfera propia. O con la condición también de no
caer en el extremo opuesto al considerar que las ideas carecen de poder, o son
simples epifenómenos de la organización material de la sociedad (como se ha
hecho decir en más de una ocasión a Marx) . Hay para Marx un poder propio de la
ideología en cuanto que contribuye a mantener el poder político así como los
fundamentos económicos y sociales en que se sustenta. La ideología tiene poder
en cuanto que por su capacidad para movilizar las conciencias contribuye a forjar
un consenso en torno al poder político, a legitimarlo, y aceptar las
condiciones generales en que se da la explotación. Sin embargo, ni en Marx ni
en Engels encontrarnos una concepción del modo como la ideología se relaciona
con el poder político ni de cómo se integra en éste o cómo se ejerce este poder
ideológico, tarea que se echará sobre sus hombros el marxismo contemporáneo,
particularmente con Gramsci y Althusser.
PALABRAS
FINALES
Llegamos
así a la conclusión como un reconocimiento de que Marx es ante todo el teórico
de la explotación, del poder económico, y, ciertamente, no del poder, si éste
se entiende sólo como dominación política. Es verdad que no hay en Marx una
teoría de la dominación política, comparable a su teoría de la explotación.
Pero esto no significa que esté por completo ausente en su pensamiento. Hemos
señalado los conceptos suyos que podrían ser piedras angulares de una teoría
del poder político. Y hemos señalado también sus limitaciones e insuficiencias.
No puede negarse, sopesando unos y otros aspectos, que en el pensamiento de
Marx hay una aportación fecunda a la teoría política y, en particular, a la
teoría del poder. Esto es, al menos, lo que hemos intentado sustentar.

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