© Libro N° 12363.
Vigía De La Habana. Pérez
Rivero, Pedro. Emancipación. Marzo 30 de 2024
Título original: ©
Vigía De La Habana. Pedro Pérez Rivero
Versión Original: © Vigía De La Habana. Pedro Pérez Rivero
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reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Pedro Pérez Rivero
Vigía De
La Habana
Pedro
Pérez Rivero
Ernest Hemingway
a la
memoria del cubano sato, en su cumpleaños 110.
La
atención deparada en Cuba a la vida y obra de Ernest Hemingway (1899-1961),
debe de ser una de las más devotas y profusas, por derecho propio. Más allá de
su permanencia en la Isla, lo cubano en este americano del mundo ha contado acá
con una exploración antagónica —digo yo— de la técnica narrativa que por
excelencia hace reconocible al escritor, el iceberg: textos como los
ensayísticos-biográficos de Mary Cruz y Norberto Fuentes demuestran cuán en lo
profundo se localiza la marca de cubanía, apenas distinguible en la superficie,
en el dueño de la finca Vigía; y la narrativa nuestra que le rinde tributo,
lejos de abocetar para la sugerencia, clava el escalpelo.
Menos
fervor se registra en calibrar lo contrario, aunque también exista con intenso
registro: el autoreconocimiento de cuánto de yanquis tenemos los cubanos
gracias a Hemingway. En este sentido no sólo sería válido decantar influencias
del autor de El viejo y el mar en nuestros escritores hasta el
presente —fuerte herencia universal, por cierto, en la literatura
contemporánea—. Valdría la pena, además, intentar encontrarnos en el modelo
intelectual hemingwayano, y en esta tarea aparecerá la Vigía exactamente como
lo predica su nombre.
Entre mis
escarceos juveniles en el quehacer literario, recuerdo con un aprecio muy
peculiar, las tertulias que desarrollaba en Finca Vigía espontáneamente Miguel
Barnet, sin vínculo alguno con el Museo Hemingway, cerrado en aquellos años
para uno de sus tantos remozamientos. A veces éramos muy pocos contertulios, y
Miguelito podía llevarnos a San Francisco de Paula en su carro o regresarnos a
todos al centro de La Habana; gran privilegio que una tarde me permitió
escuchar la primera lectura de Claves por Rita Montaner, luego
publicada en un modesto folleto, que el propio Barnet nos obsequió otra tarde
allí mismo, en Vigía.
Además
del gustazo de evocar aquellos gratos momentos, los coloco aquí para llamar a
reflexión en torno a algo que por evidente apenas se reconoce: Finca Vigía, más
que lugar de culto, se convirtió desde el instante en que pasó a ser Casa
Museo, en meca habanera de escritores y artistas. Estar un rato allí
significaba sentirse elegido, ostentar un sentido de partencia a la
intelectualidad en grande, aquella que era capaz de saltar al mundo desde
Norteamérica y su reducto habanero. No en balde Desnoes y Titón tomaron la
Vigía como hito para entablar desarrollo-subdesarrollo. 1 El
influjo del sitio sería desde entonces imparable para constatar una
sensibilidad, multiplicada con el orgullo si se llegaba a pertenecer al círculo
de los hemingwayanos.2 Confieso que al margen de reconocer la
grandeza de otros filmes de Fernando Pérez, para mí sigue siendo Hello,
Hemingway (1990) la película suya que prefiero. Cada vez que la
disfruto, me siento en la Vigía, viva y a la vez en la habitada por duendes,
que pude conocer.
Precisamente,
con este pequeño estudio pretendo acercarme a la mirada puesta por tres
narradores de distintas generaciones, en tan especial patrimonio de Hemingway
en esta Habana mía.
Aparentemente
trasgresora de la línea realista en que suele hacerse sentir la narrativa de
Alberto Guerra Naranjo (Ciudad de La Habana, 1963), se construye en “Finca
Vigía” la presencia fantasmagórica de Hemingway, quien se vincula “amistoso y
cordial” con un visitante a su casa, ya convertida en museo: “Si no fuera por
estos raticos y por esos rayos del sol, no sé qué sería de mí. ¿Viste cómo
iluminaban al venado?”3
Una
pareja de turistas hacen volver la mirada del visitante a los puntos más
significativos de la vivienda, luego rehúsa subir con ellos a la torre: “Quedé
solo para conversar con el maestro, hambriento, nervioso, con el cansancio de
las calles de La Habana en mis pies.”4
No sólo
la caminata ha sido molesta. Guerra nos ubica en los años finales del pasado
siglo aludiendo a uno de los más feos contratiempos del Período Especial: los
privilegios a los extranjeros, con tal de sacar de sus bolsillos las divisas
que tanto necesita el país, en detrimento de compatriotas que reciben a cada
paso insolencia y desprecio, si deciden pasear con los visitantes. El
restaurante Floridita y el hotel Vedado obligan al personaje a reflexión: “Fui
observado por el custodio y por algunas carpeteras, como si fuera un pobre
diablo. No hay quien sienta más desdén por un pobre diablo, que un pobre diablo
con uniforme, recordé haber leído.”5
Luego las
vicisitudes de los balseros en el 94, incluida la muerte, y “esas muchachas que
piden botella en Quinta Avenida (…) Es una historia que mejor no le cuento,
maestro”,6 vuelven a dar noticia de una Habana sacudida por
demoledoras contingencias.
El
personaje –un joven escritor de cuentos- “llevaba cinco años, ese mismo día,7 escuchando
(decir a Hemingway) esta vez navegarás con más suerte.” Ambos hablan de una
premiación más del concurso que “lleva su nombre (recuerda el joven), eso lo
hace importante.”8
Las
impresiones que intercambian los personajes en torno a la creación literaria
ocupan un buen espacio del texto, no dudo que obstaculizando el ritmo de la
trama, como el segmento que sigue, traído a colación para hacer notar las
posibles influencias de Hemingway en los narradores cubanos, antes aludidas:
“Demasiados
escritores del país malograron sus buenas ideas tratando de alcanzar la
economía hemingwayana, en una tierra completamente barroca. Muchos cuentos
influidos por la técnica del iceberg quedaron como bodrios imprecisos, de tanto
que ocultaban sus dos terceras partes bajo el agua. (…) A su vez, en los
llamados escritores de primera línea, esa lógica (poco funcional para nosotros
si se tomaba al pie) había lacerado por más de treinta años.”9
El
concurso de cuentos del que se ocupa Guerra en su texto, desde que fue
inaugurado en 1989 despertó un interés creciente en los escritores habaneros, y
hasta algunas de sus ediciones han recibido y premiado autores de otras
provincias. Celebrar en la Vigía el cumpleaños de Hemingway ha constituido un
buen detonante para tanto entusiasmo. De un modo u otro: competidores y
jurados, el certamen enrola a varias generaciones de narradores. El propio
Guerra fue uno de los galardonados; también, en 2007, Javier Rabeiro Fragela
(Matanzas, 1978) con “Hemingway Museum”.
Como
indica el título, la visita a Finca Vigía sirve de centro a otro cuento, esta
vez de alguien que acude al sitio “por puro aburrimiento”, a pesar de que le
advierten: “esta casa, boy, nunca perderá el magnetismo de su historia.”10
También
vuelven a ser presentados los iconos fundamentales del entorno, los curiosos
turistas, las celosas veladoras, y en esta ocasión los personajes suben a la
torre-mirador desde donde creen ver “como un espejo del pasado, imágenes del
escritor en La Habana gastada y renovada”, las cuales describen profusamente
reconociendo al gran escritor hasta “en sus juegos al cubilete en el bar Dos
Hermanos” de la Avenida del Puerto, o más lejos aún: en el busto instalado en
Cojímar.11
Los
objetos que exhibe el museo arrancan las mismas emociones alzadas por Guerra
como mito. Pero el visitante de Rabeiro les da otro matiz cuando considera: “El
buen gusto de la casa se iba intercalando en mi animadversión; ahora
contemplaba la mesurada opulencia de ese literato sin cánones que se oponía a
la imagen del escritor sedentario y aburrido”.12
La
sequedad heminwayana, incompatible con el barroquismo cubano, constituye otra
coincidencia entre ambos cuentos presentados, que tiende a la Intertextualidad
de homenaje en el más reciente al anterior. Y con los comentarios también
coincidentes sobre El viejo y el mar, se percibe el orgullo de que
semejante portento haya dependido de esta Isla en el trópico:
“Un
hombre puede ser destruido, pero no vencido. ¿Has oído eso, muchacho? Es como
un lema para los luchadores”, aparece en el texto de Guerra, y en el de Rabeiro
se considera “más que un suceso cultural o histórico, fue un hallazgo para la
memoria afectiva de la humanidad.”13 Ambos autores parecen unir
voces incorporados en el llamado hipertexto que conforma la propia creación
literaria en su devenir.
Tampoco
iba a faltar la Mulata si de Hemingway se trata. El símbolo más persistente de
nuestra identidad étnica, tan digna, como en el cuento de Guerra, para
conformarse mirándole los muslos, reaparece en el de Rabeiro. Pero esta segunda
Mulata atraviesa el portón de lo posmoderno: “Solía llamarme Ro-ber-to, dijo,
pero ahora soy Re-be-ca (…) El Mulato- eso era exactamente-, me sonrió burlón,
amanerada.” No obstante, la sensualidad vence cualquier escrúpulo de “género”:
“Después, entre asustado y curioso, me sometí a las caricias borrosas, ahora
comprometedoras, del hemingwayano ferviente.”14
El
formato de novela corta en Adiós, Hemingway (2001) de Leonardo
Padura Fuentes, permite un mayor regodeo para estar en la Vigía, que los
cuentos anteriormente presentados. Holgura que no se limita al inventario de
objetos y anécdotas hemingwayanos, bien justificado por “una encarnizada relación
de odio-amor”,15 que dice Padura tener con el cubano sato.
El primer
reencuentro de los lectores con el Teniente Mario Conde después de su renuncia
a la Policía, se produce precisamente cuando aparece un cadáver en Finca Vigía.
Una tormenta veraniega “se había ensañado con la antigua casa habanera de
Hemingway (…) salieron a la luz los primeros huesos de lo que los peritos
identificaron como un hombre (…) muerto entre 1957 y 1960 a causa de dos
disparos.”16
Más que
pretexto para pesquisas policiales, el fenómeno atmosférico le permite al Conde
reconstruir aquel museo que “le sabía a escenografía calculada en vida para
cuando llegara la muerte”,17 arrebatarlo a los fantasmas
insuflándole vida.
Dos
planos temporales albergan, respectivamente, el relato de cuando ocurre el
asesinato y la actualidad de su detección. Pudo sospecharse que la resurrección
insinuada por mí, recaiga en la trama más vieja. Sin embargo, creo percibirla
con un alcance literario más rico y profundo en la otra, que tiene como
pórtico recuerdos del propio Conde:
“Más de
veinte años llevaba sin visitar aquel lugar al cual, decenas de veces, había
ascendido en casi solemne procesión: eran los tiempos ya remotos en que soñaba
también él ser un escritor (…) / La casa, con todas las puertas y ventanas
cerradas, sin turistas ni curiosos ni aprendices de cuentistas asomados a la
intimidad detenida del escritor, le pareció al Conde un fantasma blanco, salido
del mundo de los muertos.”18
El primer
método para dar vida a la morada que alguna vez estuvo habitada por vivos, que
se le ocurre al Conde resulta “un sacrilegio museográfico: se descalzó de sus
propios zapatos y metió los pies en los viejos mocasines del escritor”.
Desencadena así una serie de acciones que concluye echado “en la cama del
cuarto de Mary Welsh”.19
La otra
línea de tiempo, a finales de los cincuenta, comienza con el ritual de las
cenas entre amigos todos los miércoles, por entonces muy disminuido. Una
atmósfera de presagios cunde en el ambiente.
La ronda
que antes de acostarse solía hacer el propio Hemingway armado, sustancial en la
trama del asesinato, estampa la sólida visión que del entorno tiene Padura.
Cada plano transitado trae datos de una historia evocada desde la incertidumbre
y el miedo a un desgaste final, de muerto en vida, tras una desorbitada
existencia.
Entre los
recuerdos aparece un primer encuentro con aquel “lugar, bueno para escribir,
también podría ser un buen sitio para morir (…) Pero sin sus árboles, la finca
no valía nada.”20
En este
mismo recorrido, el personaje Hemingway “al observar a lo lejos las luces de La
Habana”, ofrece sus impresiones de la ciudad:
“Inabarcable
y profunda, empeñada en vivir de espaldas al mar, y de la cual él sólo conocía
jirones, quizás los menos verdaderos. Algo sabía de su miseria y de su lujo;
mucho de sus bares y vallas de gallos; bastante de sus pescadores y de su mar;
lo indispensable de su dolor y de su vanidad.”21
Un dato
que pudo aparecer en preliminares, pues se consigna en las primeras páginas de
la novela, cabe mejor al cierre. Antes de la construcción de la casa, en 1905,
había en aquellos terrenos una centenaria mata de mangos, ahora arrancada por
la tormenta veraniega. De sus raíces fundacionales ha sabido catapultar
Leonardo Padura a la Finca Vigía al futuro, como legado indiscutible del
patrimonio habanero.
EL CUPLÉ
DE LA HABANA PROFUNDA
Antes de
pasar al escrutinio del próximo objeto de estudio, debo advertir que
Rogelio Riverón (Placetas, 1964) ha creado para las peripecias de sus
personajes de Bailar contigo el último cuplé (2008), una
Habana. Pareciera que el novelista llevara a la praxis el marco teórico
propuesto por Jorge Enrique Adoum cuando reconoce que la novelística
contemporánea “ya no fue solo reflejo de la realidad sino realidad inventada:
el novelista como fundador de ciudades y no como cronista.”22
La
pertinencia de dedicar un estudio puntual en este volumen a la novela de
Riverón se redondea en la posibilidad que brinda para destacar un factor
siempre inquietante: la contradicción aparente. El aferramiento a una mismidad
hace caer instintivamente en el error de obviar la confluencia sincrónica en
individuos y grupos sociales de un conjunto de identidades, como si la
condición —digamos— de haber nacido en La Habana descartara toda traza de
hábitos rurales, o el hecho de ser homosexual confeso impidiera abrazar
determinada fe religiosa o una militancia política.23 Precisamente,
las confluencias identitarias contrastantes matizan de manera especial este
sugerente texto, con sobradas aristas ideoestéticas para incitar al ejercicio
del criterio.
Por
tanto, aunque situemos el down town habanero de hoy en La
Rampa, también lo percibimos en La Habana Vieja de la novela. Tampoco importa
que sea imposible transitar de Prado a Aguiar pasando por Trocadero 166;
sabemos que los personajes con este rumbo han pasado frente a la casa de Lezama.
Braceros
que duermen al mediodía sobre la comida que transportan, patinadores acróbatas
en medio del Prado, “exotismo en el relato y en los nombres de los personajes”24 —acota
Alberto Ajón León—, procuran el asombro del lector desde una pupila que va
dotando de autenticidad lo pintoresco en la codificación de esta Habana:
“(…) y
ello le ofrecía una vista inédita de Monte (…) apenas un pavimento ilusorio
hecho a base de cables del tendido eléctrico, y de los espinazos de anuncios
lumínicos, desde mucho tiempo atrás fuera de uso.”25
No se
trata pues de La Habana profunda en el sentido que le imprimen los sociólogos
ateniéndose a asimetrías no exhibidas a los turistas, sino del afianzamiento,
por inusitadas vías, a la esencia de una mismidad. Sin embargo, el respaldo de
lo simbólico —para lo cual el lenguaje juega un papel primordial— tampoco
intenta la desintegración de lo concreto en pos de un universo desasido de la
realidad.
Así sigue
siendo “uno de los sitios de cacería más vulgares de La Habana: el Parque de la
Fraternidad”26 y existen “calles de pocos autos, de gente que
se comporta en la vía como si estuviera en un parque: niños jugando a la
pelota, hombres aferrados al dominó, ancianos al fresco de la tarde”.27
Al
avanzar por Águila pueden verse vendedores ambulantes de:
“(…)
camisetas que falseaban con tosquedad las grandes marcas deportivas,
medias sacadas con subrepticia repetición de distantes almacenes, cintos,
flores sintéticas más ridículas cuanto más suplantaban la condición natural,
baterías, madejas de hilo, zapatos, discos piratas (…) perfumes que ignoraban
su propia fragancia.”28
Como se
supone que no podían existir en Cuba socialista semejantes vendutas en el
momento en que se desarrolla la trama de la novela, resultan válidas para
provocar una gran sorpresa en La Habana; sin significación alguna, talvez, si
se tratara de merolicos en México o buhoneros en Venezuela.
Los
primeros contactos con La Bella y La Cupletista, protagonistas de la novela, de
inmediato me trajeron a la mente otro dúo aparentemente semejante: Cálida y
Gélida, quienes en Sibilas en Mercaderes (1999) de Pedro de
Jesús, inician desde La Habana Vieja el más hiperbólico periplo de la novela
contemporánea cubana.
Una
diferencia raigal separa una pareja de otra. La de Pedro de Jesús está
construida desde lo andrógino, mientras que La Bella y La Cupletista no son
otra cosa que travestidos, como otros muchos ya instalados en la posmodernidad
habanera. Se trata de hombres dispuestos a ostentar atributos genéricos de
mujer el mayor tiempo posible, aunque en la intimidad y al conversar con otros
personajes, manifiestan un trato indistintamente como varones u hembras.
Para
estigmatizar esa conducta, suele diferenciarse del transformismo criollo,
atribuido a quienes se “disfrazan” de mujeres para asumir la escena. Los
travestidos de Riverón mantienen un pragmático uso de sus caracterizaciones
mujeriles, incluso compatible con las tareas delictivas en que se desenvuelven.
Mucho
menos usual, prácticamente improbable, sería la existencia en nuestros predios
de un ghost-writer que pudiera ganarse la vida con ese oficio.
Esta clase de vendedores de talento debe de abundar en países donde prima la
literatura de fácil compra-venta, uncida a fórmulas manidas de lenguaje u otros
esquemas, ajena por completo a los intereses editoriales de la Cuba de hoy,
siempre atentos al hecho artístico a partir de parámetros de “calidad” que las
mismas casas editoras imponen.
Al
respecto creo distinguir una sutura del novelista checo Milán Kundera, en
cuanto al alter ego explícito que declara personajes escritores manipulando sus
propios entes de ficción. Pero en la realidad de la novela de Riverón se
instala bien el sujeto en cuestión; y de él depende en gran medida la
fabulación de otra Habana, no por ello menos fidedigna y sugestiva.
Otra
figura importante, también inmersa en las aparentes contradicciones de
identidad que interesan en este estudio, es la extranjera residente en
Marianao. ¿Por qué no en Miramar, reclamarían los amantes a toda costa de la
verosimilitud? Un impreciso pasado, reforzado por brumas de misterio, la
hace atractiva al ghost-writer, quien se pregunta: “esa mujer al
fondo de la barra, ¿es literatura?”, “hechizado por aquel modo suyo de beber en
soledad”.29
Sin
embargo, para Rítzar, el ghost-writer, Anazabel “era su más costosa
paradoja”. La joven licenciada en Letras, conforma la costilla del
Adán-escritor en el sentido de la sensibilidad otra, abocada al consumo de lo
literario y hasta a la psicología del creador que con tanto ahínco perfila Reítzar
para sí mismo; no en balde es capaz de comprender: “—Es que tú lees al
novelista y yo leo al hombre”. La obsesiva adhesión de ella a la
novela Hombres sin mujer de Carlos Montenegro, cuyas
referencias a los ojos de Reízar “blandía como amuleto”,30 no
llega a tener una explicación concreta ni simbólica (¿mujeres sin hombre?
¿hombres-mujeres sin género, sin presencia humana detrás de ese atributo?), o
tal vez se procura el entendimiento en la apertura a cuanta lectura gane el
texto.
Como
complemento de la pasarela de seres reales-fantásticos se presenta el muy
simpático retrato de Carmencita la Coja, newyorkina amiga de José Martí,
evidencia de los abigarrados matices mágicos en las creencias espiritistas
cubanas.31 Esta protectora espiritual hace de Yamilé, su
protegida, un personaje perfectamente vivo en el barrio de Santos Suárez, ahora
mismo, desde las coordenadas que enuncian lo extraordinario en la novela:
“el misterio de las patrañas impresas, el misterio oficial de la escritura”.32
Con
semejantes involucrados no es raro asistir a una confabulación final para dar
por cierto que la sumisión y su poderío demarcan mejor la condición humana que
los rasgos, siempre externos y engañosos, de clasificación genérica. Tampoco
acaban con la vida “males violentos, sino los males sordos, los insistentes,
los tolerables, aquellos que forman parte de nuestra rutina y nos minan
meticulosamente, como el Tiempo”. Mientras, vale más mantenerse a resguardo, no
desafiar a La Habana “pues algún instinto le decía que el mar aquella noche
había enfocado la ciudad con su lado siniestro”.33
LA HABANA
EN PANTUFLAS
La
caracterización de La Habana republicana y su gente en la narrativa de las
primeras décadas del pasado siglo se corresponde, en buena medida, con la
intención de refrendar el marco psicosocial de toda la nación cubana. Tan
fuerte resulta el rango de la capital como principal emblema del país,
que hasta nuestros días suele hablarse de lo cubano a partir de lo habanero,
sobre todo si se trata de lo plenamente urbano.34
Ese afán
de particularización que evidencia el orgullo de haber nacido en la capital
cubana,35 puede que encuentre en Miguel de Marcos
(1894-1954) a su primer gran epígono, en volúmenes de su cosecha como la
novela Papaíto Mayarí (1946). Pues, como afirmara Imeldo
Álvarez (1928-2011), este texto “es un desfile de personajes de segunda fila y
de subtramas que dibujan La Habana de la época que presenta”.36
Se trata
de un dibujo que no se traza simplemente desde lo pintoresco, porque tras las
propias aspiraciones de los personajes salta la evolución de la ciudad, centro
hegemónico de una república crispada por una dependencia neocolonial, que no
obstante construye un permanente desarrollo en la tipicidad de mega-metrópolis.
A
continuación presentaremos otros chispazos, no menos contentivos de la
idiosincrasia habanera, que “bajo el nombre de Fábula de la Vida
Apacible, reunieron los textos humorísticos subtitulados Cuentos
pantuflares, en una tirada de mil ejemplares, impresa en 1943”.37
El
humorismo generalizador del volumen evidentemente ha dependido de una intensa
tarea previa a la escritura: sustraer de la cotidianidad situaciones y
comportamientos hilarantes. Debe haber incidido en tan fatigosa empresa, la
profesión de reportero periodístico que también desempeñó con vigor Miguel de
Marcos. Gracias a ese humor espontáneo los tonos locales rebasan un
costumbrismo epidérmico.
Buscar el
chiste, la arbitrariedad digna de sátira, disfrutar del ridículo o transformar
dramatismo —muchas veces mortuorio— en jocosidad, lanzó a de Marcos a sitios
habaneros, disímiles desde la insignificancia al icono. Será extenso enumerar
al menos una porción llamativa de ellos: un tren de lavado, un expendio de
guarapo, el juzgado de guardia; Mazorra, el Hospital de Emergencias y una casa
de socorro en Los Pinos; El Templete, la Plaza del Vapor, el Capitolio, el
Observatorio Nacional, Tallapiedra con su sirena de alarma antiaérea; el Export
and Import Bank y los palacios en Miramar. Andando por ahí, por esas
calles habaneras, también puede encontrarse la maravilla-realidad que hace
palidecer al visitante; sin embargo, olvidada por quienes a diario la perciben.
Preferimos que la propia palabra del cronista impere en su presentación:
“Allá
abajo se alzaban las dos filas de palmas de la Avenida de los Presidentes, con
sus plumeros desguarnecidos, semejantes a soldados rígidos que exhibieran una
greña incorrecta. / Teodomiro residía en un entresuelo de la Calzada de Monte y
de su balcón fúnebre38 al pavimento acogedor y blando sólo
mediaban dos metros veinticinco centímetros. / Gervasio entre Águila y Blanco,
que es pestilencial hasta lo infinito / ¿Confundió la calle Concordia, vía de
nombre afable, con Amargura, que tiene un sentido desapacible? / un circo en un
solar yermo de la calle Belascoaín / Infanta y San Lázaro, donde la competencia
es dura. Allí, entre alaridos, pululan los mercaderes ambulantes: vendedores de
billetes, de lápices, de maní, de navajitas de afeitar, de llaveros, de
periódicos. / un fonducho siniestro de la calzada de Galiano.39
Flora y
fauna también exhiben sus relieves: el marañón porque aprieta la boca, las
yerbas medicinales apasote, tomillo, mejorana, hierbabuena; un manatí que voló
sobre el mar, o el chichipó que ya no existe en la tierra cubana.
Uno de
los corolarios más simpáticos de la savia dicharachera se localiza en los
nombres propios, rebuscados siempre para llamar la atención o abiertamente
criollos en la construcción de apodos no menos cómicos. Juan Nepomuceno Papiol,
Sinforiano Pérez, Atanagildo Bonilla, Perico Galán, Canuto Trujillo, Papaíto
Torroella, Tin-Tín Mantilla, y hasta la expresión Arroz con Mango, con la que
han bautizado a un ser humano.
Las
comidas nutren profusamente el jolgorio identitario, tanto en platos populares
como de etiqueta; estos últimos no se salvan de la burla que suscitan gustos
extranjerizantes: “Exaltación del ajiaco vitaminado” se titula uno de los
cuentos. “El cerdo de Navidad era color de miel, escueto, ligero, firme, sin
grasas ociosas y suplementarias”, se retrata en otro texto. “Soy tan sólo un
vendedor de dulces. Pero en mi vejez serena, entre dos boniatillos o
entre dos matagallegos, me consagro a leer a Freud”.40
“Un
almuerzo compacto, protocolar y erudito” constituye una espléndida descripción,
deliciosamente adobada con sutilezas humorísticas, tan caras a de Marcos para
enfatizar contrastes identitarios que fraguan alianzas entre el canapé de
caviar y el de anchoas, el Martini y “el clásico y patriótico Daiquirí “o
“las salchichas homeopáticas que paramentaban la toronja”.41
Hasta es
creada la leyenda del exquisito comelón: “_Mira, muchacho, enfila a la cocina y
pídeme otra dosis de langostinos. Dile al cocinero que son para Bernabé, lo
cual significa que debe escoger los de carne más tierna y cubrirlos con una
mayonesa nutricia y densa”.42
Igualmente
sucede con los juegos, enraizados en las clases sociales que los practican. El
palo ensebado en unos actos de destreza junto a La Chorrera, “un dominó que
tenía el doble nueve turbiamente marcado”, las apuntaciones a la bolita, el
cubilete, las siete y media; y para otro tipo de gentes, la canasta o
aquellas opciones observadas desde la ironía: “Pero no es hombre que cultive el
ocio o que le aporte a la pereza una jerarquía. Se consagra a trabajos ásperos
que tienen nombres extranjeros: pocker, squash, golf, cocktail camp-fire”.43
Mención
aparte amerita el cuento “La lección de baile”, que somete a un Ministro
Plenipotenciario de una nación amiga al “secreto milagroso de los ritmos
cubanos.” Portador de excelencias para la comicidad, el cuento nos permite ver
al señor ministro sufriendo cuando “no penetraba certeramente en esa conga de
Eliseo Grenet, en que la voz se hace imperativa y litúrgica, para aclamar como
una admonición del más allá: quítate de la acera, mira que te tumbo”.
“—Yeyo
bien amado, sé caritativo. Colócate, Yeyo, a la altura de las circunstancias.
Tenemos en esta fiesta deliciosa un diplomático insigne que ama los ritmos
cubanos. Construye, Yeyo querido, con pulcritud, con elevación, sin
contaminaciones ni escorias, El golpe de bibijagua.
Sin
embargo, el excelentísimo señor “estimulado por un compás electrógeno —en fin,
por lo que se llama el montuno— derivó rápidamente hacia lo montaraz y lo
breñal. No era un plenipotenciario. Era Tarzán, cuando se traslada de árbol en
árbol.44
Bailar
bien se reafirma en esta divertida estampa como baluarte de lo cubano, devenido
por su pujanza estereotipo de lo nacional en, y para, el mundo.
Y la
situación del transporte público, desgracia habanera que parece más añeja y
crónica de lo que podríamos suponer, obsesiona a de Marcos, si juzgamos por la
cantidad de páginas que dedica al tópico.45
Admitirían
muchos más comentarios que llamen a sorpresa, estos cuentos para leer en
pantuflas, pero por el momento preferimos despedirlos desde la típica esquina
habanera, que con tanta gracia nos presenta de Marcos:
“Esta
esquina de la ciudad es vertiginosa. Entre dos columnas cuya pintura envejece,
hay un sillón de limpiabotas. (…) El limpiabotas tiene un espíritu letrado, es
decir, adiciona su magistratura con la venta de periódicos. (…)En la calle,
junto a la acera de esta esquina dinámica, hay algo más: un pequeño carro del
que brota un relente sápido. (…) En fin, loado sea Dios, es un establecimiento
para fritas”.46
Muchas
veces, tras las huellas de otros narradores a lo largo del pasado siglo y hasta
nuestros días, volveremos a los amados sitios de Miguel de Marcos, a pie
achicharrados bajo el sol, o en atestadas guaguas, no importa.
NOTAS
1.
En el notable filme Memorias del
subdesarrollo (1968), basado en la novela homónima.
2.
Leonardo Padura en Adiós, Hemingway se
refiere a esta especie de cofradía.
3.
En Blasfemia del escriba, p. 11. Todas
las citas del texto se corresponden con esta edición.
4.
P. 12.
5.
P. 21-2.
6.
P. 25 y 26.
7.
Se hace referencia al 21 de julio, fecha del
natalicio de Hemingway.
8.
P. 14, 13 y 15, respectivamente.
9.
P. 17.
10. En fuente
que consigna el corpus ficcional involucrado, p. 53. El resto de las citas del
texto se corresponde con esa fuente.
11. P. 56.
12. P. 54.
13. P. 18 y
54, en sus respectivas fuentes.
14. Ambas en
p. 56.
15. En nota
de presentación de Padura, p. 8. Todas las citas del texto se corresponden con
la fuente consignada en corpus ficcional involucrado.
16. P. 19.
17. P. 22.
18. P. 31 y
33.
19. P. 37-39.
20. P. 67.
21. P. 48
22. Jorge
Enrique Adoum (1997): La ciudad, escenario y personaje de la novela,
sin paginar.
23. Al
respecto puede consultarse el capítulo “Identidades múltiples” en Héctor
Díaz-Polanco (2008): Elogio a la diversidad.
24. Alberto
Ajón León (2009): “El afinado músico del último cuplé”, p. 13.
25. Rogelio
Riverón (2008): Bailar contigo el último cuplé, p. 60.
26. Se alude
al flirt homosexual que caracteriza a este parque.
27. Ibidem,
pp. 53 y 92.
28. Ibidem,
pp. 174-75.
29. Ibidem,
pp. 148 y 181.
30. Ibidem,
pp. 183, 177 y 176 (por orden de aparición).
31. La
presencia de este credo en Cuba ha ganado en los últimos años un alto
reconocimiento, aunque tácito, cuando los medios masivos recomiendan cambiar a
menudo el agua de los vasos espirituales para combatir al mosquito
causante del dengue y otros peligrosas enfermedades.
32. Ibidem,
p. 147.
33. Ibidem,
pp. 173-74 y 216.
34. Textos de
reflexión como los de Jorge Ibarra, Marcelo Pogolotti y José Antonio Ramos,
consignados en la bibliografía, así lo manifiestan.
35. Será
consignado el lugar de nacimiento de los narradores por si se desea comparar
las percepciones de lo habanero en nacidos o no en La Habana
36. Imeldo
Álvarez (1980): La novela cubana en el siglo XX, p. 42.
37. Datos en
prólogo de Pedro Ángel González a la edición de Cuentos
pantuflares consignada en corpus ficcional involucrado, p. 5. En
cuanto al estilo pantuflar, autoatribuido por el propio de Marcos, Max
Henríquez Ureña considera que provenía de “escribir siempre de prisa, sin
disciplina y sin detenerse a pulir ni revisar lo que producía”.
38. Porque el
personaje muere al lanzarse desde allí.
39. Miguel de
Marcos (1979): Cuentos pantuflares, pp . 25, 88, 110, 114, 117,
242, 311.
40. Ibidem,
p. 103.
41. Ibidem,
p. 38
42. Ibidem,
p. 64
43. Ibidem,
pp. 191 y 57.
44. Ibidem.,
pp. 236-237.
________________
Pedro
Pérez Rivero. La Habana, 1952
Licenciado
en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad de La Habana. Profesor
Principal e Investigador Auxiliar del Centro de Superación para la Cultura
Félix Varela y Morales. Profesor Auxiliar de la Universidad de La Habana.
Miembro de la Asociación de Escritores de la UNEAC. Entre sus premios más
recientes figuran: Ateneo de la Crítica, en el género de Artículo, 2005 y el
Eliseo Diego, en Ensayo Literario, 2010. Ha publicado los libros de
ensayo: De Sodoma vino un ángel (Editorial Oriente, 2004); Porque
yo soy habanero (Ediciones Extramuros, 2010) y Hoy La Habana (Ediciones
Ávila, 2010). Investiga desde hace más de una década la identidad cultural
habanera, con introducción de resultados, además de los dos últimos libros
mencionados, en las revistas especializadas Catauro, Temas, La
Gaceta de Cuba, Extramuros y otras.

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