© Libro N° 9920. El Anciano Terrible. Lovecraft, H.P. Emancipación. Mayo 14 de 2022.
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El Anciano Terrible. H.P. Lovecraft
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H.P. Lovecraft
El
Anciano Terrible
H.P.
Lovecraft
«EL
ANCIANO TERRIBLE»: H.P. LOVECRAFT; RELATO Y ANÁLISIS
El anciano terrible (The Terrible Old Man) es un relato de terror del
escritor norteamericano H.P. Lovecraft (1890-1937), compuesto en enero de 1920
y publicado originalmente en la edición de julio de 1921 de la revista Tryout,
y luego reeditado en por Arkham House en la antología de 1939: El extraño y
otros (The Outsider and Others) [ver: No te metas con el viejo ermitaño:
análisis de «El Anciano Terrible»]
El anciano terrible es el primer relato de H.P. Lovecraft que se
desarrolla en Nueva Inglaterra, más concretamente en Kingsport, un pueblo
ficticio; y tal vez uno de sus cuentos de terror que favorecieron la opinión
general de que H.P. Lovecraft era un xenófobo con especial rechazo por los
inmigrantes que arribaron a Norteamérica a finales del siglo XIX para engrosar
la maquinaria industrial.
El anciano terrible no recuerda su juventud. Vive en una vieja casa en
Water Street, Kingsport. Sus vecinos creen que antiguamente fue capitán de una
embarcación, lo cual le permitió acumular una gran cantidad de joyas raras. Por
las ventanas de su propiedad pieden verse extrañas colecciones de piedras
asombrosas y algo aún más curioso: frascos y botellas con los cuales el capitán
conversa cotidianamente.
Angelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva encarnan a los inmigrantes que
tanto detestaba H.P. Lovecraft. Son ellos quienes intentan asaltar el domicilio
del anciano, sólo para descubrir que entre sus secretos se hallan cosas mucho
más espeluznantes que sus colecciones de piedras preciosas.
El viejo que protagoniza El anciano terrible vuelve a aparecer en otro
cuento de H.P. Lovecraft: La extraña casa en la niebla (The Strange High House
in the Mist), aunque en un rol mucho menos diabólico.
Algunos vinculan El anciano terrible con los mismos tópicos acerca de la
vejez que reaparecerían en: El caso de Charles Dexter Ward (The Case of Charles
Dexter Ward), así como la idea de que ciertos objetos pueden aprisionar a los
espíritus y entidades mágicas, por ejemplo, en un pedazo de metal, tema sobre
el que H.P. Lovecraft insistió en: El horror de Dunwich (The Dunwich Horror).
EL
ANCIANO TERRIBLE
LOVECRAFT
(1890-1937)
Fue la idea de Ángelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva hacer una visita
al Terrible Anciano.
El anciano vive solo en una casa muy antigua de la Calle Walter cercana
al mar, y se le conoce por ser un hombre fantásticamente rico, y por tener una
salud excesivamente delicada; lo cual constituye un atractivo para hombres con
la profesión de los señores Ricci, Czanek y Silva, pues su profesión era el
latrocinio.
Los vecinos de Kingsport dicen y piensan muchas cosas acerca del
Terrible Anciano, cosas que, generalmente, lo protegen de las atenciones de
caballeros como el señor Ricci y sus colegas, a pesar de la casi absoluta
certidumbre de que oculta una fortuna de incierta magnitud en algún rincón de
su mohosa y venerable mansión. En verdad, es un ser muy extraño, que al parecer
fue capitán de barco en las Indias Orientales. Es tan decrépito que nadie
recuerda cuándo fue joven, y tan taciturno que pocos conocen su nombre real.
Entre los nudosos árboles del jardín delantero de su vieja y nada
descuidada residencia conserva una extraña colección de grandes rocas,
singularmente agrupadas y pintadas de forma que semejan los ídolos de algún
lóbrego templo asiático. Semejante colección ahuyenta a la mayoría de los niños
que disfrutan burlándose de su barba y cabello, largos y canosos, o romper los
cristales de pequeño marco de su vivienda con traviesos proyectiles. Pero hay
otras cosas que atemorizan a las gentes mayores y de talante curioso que en
ocasiones se acercan sigilosamente hasta la mansión, para escudriñar el
interior a través de las ventanas cubiertas de polvo. Estas gentes dicen que
sobre la mesa de una desnuda habitación del piso bajo, hay muchas botellas
extrañas, cada una de las cuales tiene en su interior un trozo de plomo
suspendido de una cuerda, como si fuese un péndulo. Y dicen que el Anciano
Terrible dialoga con las botellas, llamándolas por nombres tales como Jack,
Cara Cortada, Tom el Largo, Joe el Español, Peters y Mate Ellis, y que siempre
que habla a una botella, el péndulo de plomo que lleva dentro emite unas
vibraciones precisas a modo de respuesta.
A quienes han visto al alto y enjuto Anciano Terrible en una de esas
singulares conversaciones no se les ocurre volver a verlo más. Pero Ángelo
Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva no eran naturales de Kingsport. Pertenecían a
esa nueva y heterogénea estirpe extranjera que queda al margen del atractivo
círculo de la vida y tradiciones de Nueva Inglaterra, y no vieron en el Anciano
Terrible otra cosa que un viejo decrépito y prácticamente indefenso, que no
podía andar sin la ayuda de su cayado, y cuyas escuálidas y frágiles manos
temblaban de modo lastimoso. A su manera, se compadecían mucho del solitario e
impopular anciano, a quien todos rehuían y a quien no había perro que no
ladrase con especial virulencia.
Pero los negocios, y, para un ladrón entregado de lleno a su profesión,
siempre es tentador y provocativo un anciano de salud enfermiza que no tiene
cuenta abierta en el banco, y que para subvenir a sus escasas necesidades paga
en la tienda del pueblo con oro y plata españoles acuñados dos siglos atrás.
Los señores Ricci, Czanek y Silva eligieron la noche del 11 de abril
para realizar su visita. El señor Ricci y el señor Silva se encargarían de
hablar con el pobre y anciano caballero, mientras el señor Czanek se quedaba
esperándolos a los dos y a su presumible cargamento metálico en un coche
cubierto, en la Calle Ship, junto a la verja del alto muro posterior de la
finca de su anfitrión. El deseo de eludir explicaciones innecesarias en caso de
una aparición inesperada de la policía aceleró los planes para una huida sin
apuros.
Tal como lo habían proyectado, los tres aventureros se pusieron manos a
la obra por separado con objeto de evitar cualquier malintencionada sospecha a
posteriori. Los señores Ricci y Silva se encontraron en la Calle Walter junto a
la puerta de entrada de la casa del anciano, y aunque no les gustó cómo se
reflejaba la luna en las piedras pintadas que se veían por entre las ramas en
flor de los retorcidos árboles, tenían cosas en qué pensar más importantes que
dejar volar su imaginación con manidas supersticiones. Temían que fuese una
tarea desagradable hacerle soltar la lengua al Anciano Terrible para averiguar
el escondite de su oro y plata, pues los viejos lobos marinos son
particularmente testarudos y perversos. En cualquier caso, se trataba de
alguien muy viejo y endeble, y ellos eran dos personas que iban a visitarlo.
Los señores Ricci y Silva eran expertos en el arte de volver dóciles a los
tercos, y los gritos de un débil y más que venerable anciano no son difíciles
de sofocar. Así que se acercaron hasta la única ventana alumbrada y escucharon
cómo el Anciano Terrible hablaba en tono infantil a sus botellas con péndulos.
Se pusieron sendas máscaras y llamaron con delicadeza en la descolorida puerta
de roble.
La espera le pareció muy larga al señor Czanek, que se agitaba inquieto
en el coche aparcado junto a la verja posterior de la mansión del Anciano
Terrible en la Calle Ship. Era una persona más impresionable de lo normal, y no
le gustaron nada los espantosos gritos que había oído en la casa momentos antes
de la hora fijada para iniciar la operación. ¿No les había dicho a sus
compañeros que trataran con el mayor cuidado al pobre y viejo lobo de mar?
Presa de los angustia, observaba la estrecha puerta de roble en el alto muro de
piedra cubierto de hiedra. No cesaba de consultar el reloj, y se preguntaba por
los motivos del retraso. ¿Habría muerto el anciano antes de revelar dónde se
ocultaba el tesoro, y habría sido necesario proceder a un registro completo?
Al señor Czanek no le gustaba esperar a oscuras en semejante lugar. Al
poco, llegó hasta él el ruido de unas ligeras pisadas o golpes en el paseo que
había dentro de la finca, oyó cómo alguien manoseaba desmañadamente, aunque con
suavidad, en el herrumbroso picaporte, y vio cómo se abría la pesada puerta. Y
al pálido resplandor del único y mortecino farol que alumbraba la calle aguzó
la vista en un intento por comprobar qué habían sacado sus compañeros de
aquella siniestra mansión que se vislumbraba tan cerca.
Pero no vio lo que esperaba. Allí no estaban ni por asomo sus
compañeros, sino el Anciano Terrible que se apoyaba con aire tranquilo en su
nudoso cayado y sonreía malignamente. El señor Czanek no se había fijado hasta
entonces en el color de los ojos de aquel hombre; ahora podía ver que era
amarillos.
Las pequeñas cosas producen grandes conmociones en las ciudades
pequeñas. Tal es el motivo de que los vecinos de Kingsport hablasen a lo largo
de toda aquella primavera y el verano siguiente de los tres cuerpos sin
identificar, horriblemente mutilados (como si hubieran recibido múltiples
cuchilladas) y horriblemente triturados (como si hubieran sido objeto de las
pisadas de muchas botas despiadadas) que la marea depositó en tierra. Y algunos
hasta hablaron de cosas tan triviales como el coche abandonado que se encontró
en la Calle Ship, o de ciertos gritos inhumanos, posiblemente de algún animal
extraviado o de un pájaro ignoto, escuchados durante la noche por los vecinos
que no podían conciliar el sueño.
Pero el Anciano Terrible no prestaba la menor atención a los rumores que
corrían por el pacífico pueblo. Era reservado por naturaleza, y cuando uno es
anciano y se tiene una salud delicada, la reserva es doblemente marcada.
Además, un lobo marino tan anciano debe haber presenciado multitud de cosas
mucho más emocionantes en los lejanos días de su ya casi olvidada juventud.
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H.P Lovecraft (1890-1937)

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