© Libro N° 9900. El Adoptado. Kleist, Heinrich Von. Emancipación. Mayo 7 de 2022.
Título
original: ©
Der Findling, Heinrich Von Kleist
(1777-1811)
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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Heinrich Von Kleist
El
Adoptado
Heinrich
Von Kleist
Antonio Piachi, un acaudalado comerciante de terrenos asentado en Roma,
veíase de tanto en tanto obligado por sus negocios a realizar largas travesías.
Acostumbraba en tales casos a dejar a Elvira, su joven esposa, al cuidado de
los parientes de ésta. Uno de dichos viajes lo condujo en compañía de su hijo
Paolo, un muchacho de once años que le diera su primera esposa, a Ragusa.
Acababa precisamente de declararse allí una pestilencia que sembraba el terror
en la ciudad y sus aledaños. Piachi, a cuyos oídos no había llegado el hecho
hasta encontrarse ya de viaje, se detuvo en las inmediaciones de la ciudad para
recabar información sobre la naturaleza de aquélla.
Mas al tener noticia de que el mal se hacía día a día más preocupante y
se estaba pensando en clausurar las puertas, la inquietud por su hijo se
antepuso a todos los intereses mercantiles: tomó caballos y abandonó de nuevo
la ciudad. Una vez extramuros advirtió junto a su carruaje a un muchacho que
extendía las manos hacia él a modo de súplica y parecía ser presa de gran
agitación. Piachi mandó parar y, a la pregunta de qué se le ofrecía, respondió
el muchacho en su inocencia que estaba contagiado y los alguaciles lo
perseguían para conducirlo al hospital donde ya habían muerto su padre y su
madre; y le rogaba por todos los santos que lo llevara consigo y no lo dejase
perecer en la ciudad.
Diciendo esto tomó la mano del viejo y la estrechó, cubriéndola de besos
y lágrimas. Piachi estuvo a punto, en el primer arranque de espanto, de arrojar
al chico lejos de sí; mas en aquel preciso instante, al demudarse éste y caer
desvanecido al suelo, movió a compasión al buen anciano: echó pie a tierra con
su hijo, metió al muchacho en el coche y prosiguió viaje, por más que no
supiera qué diantres hacer con él. Aún andaba en el primer alto tratando con
los posaderos sobre el modo y manera en que podría desembarazarse nuevamente
del chico cuando, por orden de la policía, la cual algo había husmeado al
respecto, fue detenido y, bajo custodia, devueltos él, su hijo y Nicolo, pues
así se llamaba el muchacho enfermo, a Ragusa.
Todas las consideraciones por parte de Piachi sobre lo inhumano de tal
disposición de nada sirvieron: llegados a Ragusa fueron conducidos en el acto
los tres, bajo la vigilancia de un alguacil, al hospital, donde si bien él,
Piachi, permaneció sano y Nicolo, el muchacho, se recuperó nuevamente de su
mal, su hijo Paolo, con sólo once años, fue empero contagiado por aquél y murió
al cabo de tres días. Se abrieron entonces de nuevo las puertas y Piachi, tras
haber enterrado a su hijo, obtuvo licencia de la policía para emprender el
regreso. Según subía al carruaje embargado por el dolor y, a la vista del
asiento que quedaba vacío junto a él, sacaba el pañuelo para dejar correr sus
lágrimas, se aproximó Nicolo al coche, gorra en mano, y le deseó un feliz viaje.
Piachi se asomó por la portezuela y le preguntó, con la voz quebrada por
fuertes sollozos, si quería viajar con él.
El chico, apenas hubo comprendido al anciano, asintió y dijo:
—¡Oh, sí! ¡Encantado!
Puesto que los alcaides del hospital, al preguntar el tratante si le
estaba permitido al muchacho subir al coche, sonrieron y aseguraron que era
hijo de Dios y nadie lo echaría en falta, Piachi, muy conmovido, le ayudó a
subir y lo llevó consigo a Roma en lugar de su hijo. Ya en el camino real, ante
las puertas de la ciudad, el corredor de terrenos observó por primera vez con
atención al muchacho. Era de una rara belleza, algo hierática, sus negros
cabellos le caían sobre la frente en sobrios mechones, ensombreciendo un rostro
serio y avispado que jamás cambiaba de gesto. El anciano le dirigió varias
preguntas, a las cuales respondió empero muy escuetamente: permanecía taciturno
y ensimismado, sentado en el rincón aquel, las manos hundidas en los bolsillos
de los calzones, y observaba con huidizas miradas pensativas los objetos que
pasaban al vuelo ante el coche.
De hito en hito, con movimientos reposados y silenciosos, se sacaba un
puñado de avellanas del zurrón que llevaba consigo y, mientras Piachi se
enjugaba las lágrimas de los ojos, las tomaba entre los dientes y las cascaba.
En Roma lo presentó Piachi, tras una breve relación de lo sucedido, a
Elvira, su joven y excelente esposa, que si bien no pudo evitar llorar de
corazón al pensar en Paolo, su pequeño hijastro al que mucho había amado,
estrechó con todo a Nicolo contra su pecho por más ajeno y rígido que estuviera
plantado ante ella, le asignó como lecho la cama en la que aquél había dormido
y le hizo obsequio de todas sus ropas. Piachi lo envió a la escuela, donde
aprendió a escribir, a leer y a contar y, puesto que de manera fácilmente
comprensible había ido tomando al muchacho idéntico cariño como oneroso le
había resultado, con el beneplácito de la buena Elvira, la cual no podía
esperar descendencia del anciano, lo adoptó ya a las pocas semanas como su
propio hijo.
Más adelante despidió a un subalterno con quien estaba descontento por
algún que otro motivo y, como en su lugar hubiera empleado en la correduría a
Nicolo, tuvo la alegría de ver que éste administraba los amplios negocios en
que estaba embarcado del modo más diligente y ventajoso. Nada tenía el padre,
enemigo jurado de toda mojigatería, que censurar en él salvo el trato con los
monjes del monasterio de los Carmelitas, los cuales mostraban gran deferencia
al joven por mor de la considerable fortuna que un día había de corres-ponderle
como legado del anciano; ni tampoco la madre por su parte, de no ser una
inclinación por el sexo femenino que se agitaba en su pecho prematuramente,
según se le antojaba a ella.
Pues ya apenas cumplidos quince años, con ocasión de una de dichas
visitas a los monjes, había sido presa de la seducción de una tal Xaviera
Tartini, barragana de su obispo, y por más que, obligado por la estricta
conminación del anciano, hubiera roto con dicho contubernio, tenía sin embargo
Elvira algún que otro motivo para creer que su continencia en tan peligroso
terreno no era precisamente grande. Mas cuando Nicolo, con veinte años, desposó
a Constanza Parquet, una joven y encantadora genovesa sobrina de Elvira que se
había educado a su cuidado en Roma, pareció así atajado al menos el último mal
en su origen; ambos progenitores estuvieron de acuerdo en su satisfacción con
él y, como muestra de ello, le concedieron una magnífica dote, para lo cual
dejaron libre una considerable parte de su bella y amplia mansión.
En pocas palabras, al alcanzar Piachi los sesenta años hizo lo último y
lo máximo que podía hacer por él: le legó ante tribunal, con excepción de un
pequeño capital que se reservó para sí, toda la fortuna en que se basaba su
comercio de terrenos y se recogió al retiro con su fiel y excelente Elvira, que
pocos deseos tenía en este mundo. En el espíritu de Elvira había quedado un
mudo rasgo de tristeza a raíz de un conmovedor suceso ocurrido en su infancia.
Philippo Parquet, su padre, un tintorero acomodado de Genova, habitaba
una casa que, tal como exigía su oficio, limitaba en su parte posterior
directamente con la orilla del mar, cercado por sillares; unas grandes vigas
empotradas en el alero, de las que se colgaban los lienzos teñidos, sobresalían
varios codos por encima del agua. Cierta vez, una aciaga noche en que la casa
se había incendiado y, cual si estuviera construida con pez y azufre, se
elevaba el fuego a un tiempo en todas las estancias de las que se componía, iba
Elvira, a la sazón de trece años, huyendo espantada por las llamas de una
escalera a otra y, sin saber ella misma bien cómo, se encontró encaramada sobre
una de aquellas vigas.
La pobre niña, oscilando entre el cielo y la tierra, no sabía en
absoluto cómo salvarse; detrás suyo la fachada ardiendo, cuyas brasas, azotadas
por el viento, ya habían hecho presa en la viga, y debajo el mar, ancho, yermo,
aterrador. A punto estaba ya de encomendarse a todos los santos y, eligiendo de
entre dos males el menor, de saltar a las aguas, cuando de improviso un joven
genovés de la estirpe de los patricios apareció en el vano, arrojó su capa
sobre la viga, tomó a la muchacha en sus brazos y, con tanto valor como
destreza, descendió con ella resbalando por uno de los paños húmedos que
pendían de la viga hasta el mar.
Allí los recogieron las góndolas que flotaban en el puerto y los
condujeron, con gran júbilo del pueblo, hasta la orilla; mas el joven héroe, ya
al cruzar por dentro de la casa, había sido golpeado en la cabeza por una
piedra desprendida de una cornisa y sufrido una herida de gravedad que pronto,
privado de sus sentidos, lo derribó a tierra. Su padre el marqués, a cuyo
palacio fue conducido, como tardara en restablecerse hizo llamar a médicos de
todas las regiones de Italia que lo trepanaron una y otra vez y le extrajeron
varios huesos del cerebro; mas por una inescrutable providencia del cielo todos
los esfuerzos fueron inútiles: se levantaba sólo raramente de la mano de
Elvira, a quien su madre había mandado llamar para que lo cuidara, y al cabo de
yacer enfermo tres años en extremo dolorosos, durante los cuales la muchacha no
se apartó de su lado, le tendió dulcemente la mano una vez más y expiró.
Piachi, que mantenía relaciones comerciales con la casa de este
caballero y había conocido allí a Elvira cuando estaba a su cuidado, casándose
con ella dos años más tarde, se guardaba mucho de pronunciar delante suyo el
nombre de él, o de recordárselo del modo que fuere, pues sabía que afectaba en
grado sumo a su bello y sensible ánimo. El menor motivo que le recordara aún
sólo remotamente el tiempo en que el joven sufrió y murió por su causa la
conmovía siempre hasta las lágrimas, y no había entonces modo de consolarla ni
tranquilizarla; se marchaba del lugar donde estuviera y nadie la seguía, pues
ya se había comprobado que era inútil cualquier otro remedio que no fuera
dejarla llorar su dolor en silencio y soledad hasta el final.
Nadie aparte de Piachi conocía la causa de estos extraños y frecuentes
trastornos, pues jamás en toda su vida había salido de sus labios una sola
palabra alusiva a aquel acontecimiento. Se acostumbraba a culpar a una
hipersensibilidad del sistema nervioso, secuela de unas ardientes fiebres que
le habían sobrevenido inmediatamente después de sus desposorios, y poner así
fin a cualquier indagación sobre el origen de aquéllos. En cierta ocasión
Nicolo, a escondidas y sin conocimiento de su esposa, bajo el pretexto de estar
invitado a casa de un amigo, había acudido al carnaval con la tal Xaviera
Tartini, con quien no había abandonado nunca los amoríos pese a la prohibición
del padre, y regresaba a su casa a altas horas de la noche, cuando ya todos
dormían, ataviado con un disfraz de caballero genovés que había elegido al
azar.
Coincidió que al anciano le había sobrevenido repentinamente una
indisposición y Elvira, para asistirle a falta de criada, se había levantado y
dirigido al comedor para llevarle una botella de vinagre. Acababa de abrir un
armario del rincón y rebuscaba subida al borde de una silla entre vasos y
licoreras, cuando Nicolo abrió la puerta sigilosamente y, con una luz que se
había prendido en el corredor, atravesó la sala ataviado con sombrero de pluma,
capa y espada. Sin malicia alguna ni echar de ver a Elvira, se llegó hasta la
puerta que conducía a su aposento y, al tiempo que él se sobresaltaba por
encontrarla cerrada con llave, detrás suyo Elvira, percatándose su presencia
desde el escabel al que estaba encaramada, cayó como tocada por un rayo
invisible sobre el entarimado con las botellas y vasos que sostenía en la mano.
Nicolo, pálido del susto, se dio media vuelta y ya iba a acudir en ayuda
de la infeliz mas, como el ruido que ella había causado tenía necesariamente
que atraer al anciano, el temor a sufrir una reprimenda de éste se sobrepuso a
todas las restantes consideraciones: en la turbación del apresuramiento
arrebató de su cintura un manojo de llaves que llevaba consigo y, habiendo
encontrado una que servía, arrojó el manojo de nuevo a la sala y desapareció.
Poco después, cuando Piachi, tras saltar de la cama enfermo como estaba,
la había levantado del suelo y asimismo habían aparecido con luz criados y
doncellas alertados por la campanilla, acudió también Nicolo vestido con su
camisa de dormir y preguntó qué había sucedido; mas al verse Elvira, rígida de
terror como estaba su lengua, incapaz de hablar y aparte de ella sólo él mismo
pudiera dar respuesta a tal pregunta, quedaron pues las circunstancias del
asunto envueltas en un eterno secreto; condujeron a Elvira a su cama,
temblándole todos los miembros, donde permaneció durante varios días presa de
una violenta fiebre; se repuso sin embargo del contratiempo gracias a la fuerza
natural de su salud y, aparte de una extraña melancolía que le quedó, se
restableció casi por completo.
Transcurrió así un año hasta que Constanza, la esposa de Nicolo, dio a
luz y murió de sobreparto junto con el hijo que había alumbrado. Este suceso,
lamentable en sí mismo por haberse perdido un ser virtuoso y delicado, lo fue
doblemente al abrir las puertas de par en par a las dos pasiones de Nicolo, su
beatería y su inclinación por las mujeres. Volvió a camandulear días enteros en
las celdas de los monjes carmelitas con el pretexto de consolarse, por más que
se supiera cuán escaso amor y fidelidad había profesado a su esposa en vida. En
efecto, no yacía aún Constanza bajo tierra cuando Elvira, ya a última hora,
entró en la alcoba de él ocupada en los preparativos del inminente entierro,
encontrando allí a una muchacha arremangada y pintada a la que demasiado
conocía como la criada de Xaviera Tartini.
Ante tal escena bajó Elvira los ojos, dio media vuelta sin decir palabra
y abandonó la habitación; ni Piachi ni nadie más supo una palabra de aquel
suceso; se conformó con arrodillarse junto al cadáver de Constanza, que mucho
había amado a Nicolo, y llorar con el corazón afligido. Quiso sin embargo el
azar que Piachi, a su regreso de la ciudad, se tropezara al entrar en su casa
con la muchacha y, comprendiendo bien lo que había venido a hacer, arremetió
contra ella enérgicamente y mitad con ardides, mitad por la fuerza le arrebató
la carta que llevaba consigo. Subió a su habitación para leerla y se encontró
con lo que había previsto: Nicolo rogaba encarecidamente a Xaviera que le
hiciera la merced de indicar lugar y hora para la cita que él tanto anhelaba.
Piachi tomó asiento y respondió, con letra fingida, en nombre de Xaviera:
—Ahora mismo, aún antes del anochecer, en la iglesia de la Magdalena
—lacró esta nota con un sello diferente del suyo y mandó que lo entregaran en
la habitación de Nicolo cual si procediera de la dama.
El ardid funcionó a la perfección: Nicolo tomó en el acto su capa y,
olvidado de Constanza, que yacía expuesta en la capilla ardiente, abandonó la
casa. En vista de ello Piachi, profundamente humillado, anuló el solemne
sepelio fijado para el día siguiente, mandó que los porteadores levantaran el
cadáver tal como estaba y le dieran sepultura en total recogimiento, acompañado
únicamente por Elvira, él mismo y algunos parientes, en la cripta de la iglesia
de la Magdalena dispuesta para acogerlo. Nicolo, quien esperaba envuelto en su
capa bajo el atrio de la iglesia y para su asombro vio aproximarse un cortejo
fúnebre demasiado bien conocido, preguntó al anciano, que seguía al féretro,
¿qué significaba aquello y a quién llevaban?.
Mas éste, con el devocionario en la mano, contestó tan sólo sin alzar
siquiera la testa:
—A Xaviera Tartini —tras lo cual el cadáver, cual si Nicolo no estuviera
presente, fue descubierto de nuevo, bendecido por los presentes, y a
continuación descendido y cerrado en la cripta.
Este suceso, que lo avergonzó profundamente, despertó en el pecho del
infeliz un acendrado odio hacia Elvira, pues a ella creía tener que agradecerle
el público oprobio por parte del anciano.
Varios días estuvo Piachi sin dirigirle la palabra, mas como a causa del
legado de Constanza precisara de su aquiescencia y su favor, viose pese a todo
en la necesidad de tomar una noche la diestra del anciano y jurar solemnemente,
con gesto contrito, la ruptura inmediata y para siempre jamás con Xaviera. Bien
lejos estaba empero de su ánimo mantener tal promesa; antes bien, la oposición
que se le presentaba no logró salvo enconar su obstinación y hacerlo diestro en
el arte de esquivar la atención del probo anciano. A más de ello, nunca había
encontrado a Elvira tan hermosa como en el instante en que, para su
anonadamiento, abrió la habitación donde se encontraba la muchacha y la cerró
de nuevo.
La indignación que con suave brasa se encendiera en sus mejillas derramó
un infinito encanto sobre su dulce rostro, sólo raramente alterado por las
emociones; le resultaba increíble que, con tantas tentaciones como existían, no
se aventurara ella misma de tanto en tanto en aquel camino por gozar de cuyas
flores acababa de castigarlo tan ignominiosamente. Ardía en ansias de rendirle,
de ser éste el caso, idéntico servicio ante el anciano que ella a él, y nada
anhelaba ni buscaba más que la ocasión de llevar a cabo tal propósito. Cierto
día, a una hora a la que precisamente Piachi estaba fuera de casa, pasó ante la
habitación de Elvira y, para su extrañeza, oyó que dentro hablaban.
Atravesado por apresuradas y aviesas esperanzas se inclinó con ojos y
oídos hacía la cerradura. Allí yacía ella, en actitud extática, a los pies de
alguien, y aun no logrando reconocer a la persona, pudo escuchar con toda
claridad, pronunciada con el mismísimo acento del amor, la palabra susurrada:
—Colino.
Palpitándole el corazón se acomodó en el quicio de la ventana del
corredor, desde donde podía observar la entrada de la alcoba sin traicionar su
intención; y ya creía llegado, al oír elevarse quedamente un sonido del
cerrojo, el inefable instante en que podría desenmascarar a la hipócrita,
cuando en lugar del desconocido que él esperaba salió del cuarto la propia
Elvira, sin acompañamiento alguno, lanzándole a distancia una mirada
absolutamente indiferente y tranquila. Llevaba bajo el brazo una pieza de paño
tejido por ella misma; y luego que hubo cerrado el aposento con una llave que
tomó de su cintura, descendió con el mayor sosiego escaleras abajo, apoyando la
mano en la barandilla.
Aquella simulación, aquella aparente indiferencia se le antojaron el
colmo del descaro y la perfidia, y apenas había ella desaparecido de su vista
cuando ya corrió a buscar una llave maestra y, tras atisbar brevemente en torno
con miradas furtivas, abrió a hurtadillas la puerta de la estancia. Mas cuál no
sería su sorpresa al encontrarlo todo vacío y no descubrir escudriñando en los
cuatro rincones nada que se asemejara siquiera a un ser humano: excepto el
retrato de un joven caballero en tamaño natural, colocado en un nicho de la
pared tras una cortina de seda carmesí e iluminado por una luz especial.
Nicolo se asustó sin saber él mismo por qué, y frente a los grandes ojos
del retrato que lo miraba fijamente atravesaron su pecho mil pensamientos: mas
aún antes de haberlos reunido y ordenado lo sobrecogió ya el temor a ser
descubierto y castigado por Elvira; con no poca confusión cerró de nuevo la
puerta y se alejó. Cuanto más meditaba sobre este extraño suceso, tanta mayor
importancia cobraba para él aquel retrato que había descubierto y tanto más
penosa y abrasadora se volvía su curiosidad por saber de quién se trataba. Y es
que había visto su entera silueta tendida de hinojos cuán larga era, y quedaba
sencillamente fuera de toda duda que ello había sucedido ante la figura del
joven caballero del lienzo. Presa de gran desasosiego fue a ver a Xaviera Tartini
y le contó el extraordinario acontecimiento que había presenciado.
Ésta, que coincidía con él en el interés de hundir a Elvira por provenir
de ella todas las dificultades que encontraban para sus relaciones, expresó el
deseo de ver el retrato de su alcoba. Pues podía jactarse de amplio
conocimiento entre la nobleza de Italia y, en caso de que aquel de quien allí
se trataba hubiera estado en alguna ocasión en Roma y fuese de alguna
importancia, tenía motivos para esperar conocerlo.
Pronto coincidió que el matrimonio Piachi viajó cierto domingo a la
finca para visitar a un pariente, y no bien supo de este modo Nicolo el campo
libre cuando ya se apresuró a ir a buscar a Xaviera y la introdujo en la
habitación de Elvira como a una dama desconocida, so pretexto de ver pinturas y
bordados, junto con una hijita que tenía del cardenal. Mas cuál no sería la
consternación de Nicolo al exclamar la pequeña Clara (pues así se llamaba la
hija), apenas hubo levantado la cortina:
—¡Dios mío de mi vida! Signor Nicolo, ¿quién otro ha de ser que vos?
Xaviera enmudeció.
El retrato, en efecto, cuanto más lo miraba, mostraba un ostensible
parecido con él: máxime si, como le era perfectamente posible, lo recordaba con
el atuendo de caballero que unos meses antes había lucido a escondidas en su
compañía durante el carnaval. Nicolo intentó alejar con un chascarrillo el
repentino rubor que se derramó sobre sus mejillas; dijo, besando a la pequeña:
—¡Verdaderamente, queridísima Clara, el retrato se parece a mí como tú
al que se cree tu padre!
Mas Xaviera, en cuyo pecho había empezado a agitarse el amargo
sentimiento de los celos, le lanzó una mirada; plantándose ante el espejo dijo
que en último término era indiferente de qué persona se tratara; se despidió
con notoria frialdad y abandonó la estancia. Nicolo, tan pronto hubo marchado
Xaviera, se vio poseído por la más viva euforia debido al incidente. Recordaba
exultante de qué modo tan extraño y vehemente había conmocionado a Elvira su
fantástica aparición de aquella noche. La idea de haber despertado la pasión de
aquella mujer, ejemplo vivo de virtud, lo halagaba casi tanto como el deseo de
vengarse de ella; y puesto que se le ofrecía la perspectiva de satisfacer de un
mismo golpe ambos apetitos, tanto el uno como el otro, aguardó con gran impaciencia
el regreso de Elvira y la hora en que una mirada en sus ojos coronaría su
vacilante certidumbre.
Nada lo estorbaba en el desvarío que de él se había apoderado, a no ser
el recuerdo indudable de que Elvira, aquel día en que la espiara por el ojo de
la cerradura, había dado al retrato ante el cual estaba arrodillada el nombre
de Colino; mas incluso en el sonido de aquel nombre, no precisamente muy usual
en la región, algo había que, sin saber por qué, mecía su corazón en dulces
sueños; y en la disyuntiva de desconfiar de uno de ambos sentidos, su vista o
su oído, se inclinaba como es natural por la más halagüeña para sus apetitos.
Entretanto no regresó Elvira del campo hasta pasados varios días, y lo
hizo trayendo consigo de la casa del primo al que había visitado a una joven
pariente que deseaba conocer Roma, de modo que, ocupada como estaba en finezas
para con ésta, lanzó a Nicolo, quien la ayudó a descender del coche con gran
amabilidad, tan sólo una fugaz e insignificante mirada. Transcurrieron varias
semanas, dedicadas a la huésped a quien se agasajaba, en una inquietud
inhabitual para la casa; se visitó, dentro y fuera de la ciudad, cuanto podría
resultar curioso para una muchacha joven y llena de vida como ella; y Nicolo,
al no estar invitado a todas estas pequeñas excursiones a causa de sus asuntos
en la contaduría, recayó otra vez en el peor humor respecto a Elvira.
Empezó a rememorar, con las más amargas y torturadoras sensaciones, al
desconocido que ésta idolatraba en secreta entrega; y muy especialmente
desgarraba tal sentimiento su depravado corazón en el transcurso de la velada,
larga y ansiosamente aguardada, en que partió aquella joven pariente, pues
Elvira, en lugar de hablar entonces con él, permaneció sentada durante una hora
entera a la mesa del comedor, en silencio, ocupada en una pequeña labor
femenina. Coincidió que Piachi, pocos días antes, había preguntado por una
cajita de letras de marfil con ayuda de las cuales había sido instruido Nicolo
en su infancia y que ahora al anciano, puesto que nadie la necesitaba ya, se le
había ocurrido regalar a un niño de la vecindad. La sirvienta a quien se había
encargado buscarlas entre otros muchos trastos viejos no había encontrado
entretanto más que las seis que formaban el nombre de Nicolo; probablemente
porque las demás, debido a su menor relación con el muchacho, habían recibido
menos atención y se habían perdido en la ocasión que fuere.
Mas al tomar entonces Nicolo en su mano los caracteres, que llevaban ya
varios días sobre la mesa, y juguetear con ellos mientras rumiaba lúgubres
pensamientos, apoyado con el brazo en el tablero, descubrió —ciertamente por
azar, pues se asombró tanto como nunca antes en su vida— la combinación que
formaba el nombre de Colino. Nicolo, que desconocía tal propiedad logogrífica
de su nombre, sacudido de nuevo por delirantes esperanzas lanzó de soslayo una
mirada incierta y furtiva a Elvira, sentada junto a él. La coincidencia
existente entre ambas palabras se le antojaba más que un mero azar; sopesó, con
contenida alegría, el alcance de tan extraño hallazgo y, tras retirar las manos
de la mesa, latiéndole el corazón con fuerza, acechó el instante en que Elvira
levantaría los ojos y descubriría el nombre que quedaba a la vista.
La expectación que lo dominaba no lo engañó en absoluto; pues no bien
hubo advertido Elvira en un momento de descanso la disposición de las letras y,
por ser algo corta de vista, se inclinó candida y despreocupada para acercarse
a leerlas, cuando ya sobrevoló con una mirada extrañamente angustiada el
semblante de Nicolo, quien contemplaba todo con aparente indiferencia, retomó
su trabajo con una melancolía imposible de describir y, creyéndose inadvertida,
dejó caer sobre su regazo, con un leve rubor, una lágrima tras otra.
Nicolo, que observaba de reojo todas estas emociones internas, no dudaba
ya en absoluto que dicha transposición de las letras escondía tan sólo su
propio nombre. La vio mezclar de pronto suavemente los caracteres, y sus
desbocadas esperanzas alcanzaron el colmo de la certidumbre cuando ella se
levantó, guardó su labor y desapareció en su dormitorio. A punto estaba ya de
ponerse en pie y seguirla cuando entró Piachi y, a la pregunta de dónde se
encontraba Elvira, recibió por respuesta de una criada que no se sentía bien y
se había echado en la cama.
Piachi, sin mostrar excesiva consternación, dio media vuelta y fue a ver
cómo estaba; y al regresar un cuarto de hora más tarde con la noticia de que no
acudiría a la mesa y no decir una palabra más sobre el asunto, creyó entonces
Nicolo haber dado con la clave de todos los enigmáticos incidentes de tal
índole que había presenciado. A la mañana siguiente, ocupado como estaba en su
infame gozo meditando el beneficio que esperaba sacar de tal descubrimiento,
recibió una esquela de Xaviera en la que le rogaba que fuera a verla por tener
que revelarle algo concerniente a Elvira que sería de su interés.
Estaba Xaviera, a través del obispo que la mantenía, en estrechísima
relación con los monjes del monasterio de los Carmelitas; y puesto que la madre
de Nicolo acudía allí a confesar, no dudaba él que le hubiera sido posible
obtener información sobre la secreta historia de sus afectos que confirmara sus
esperanzas contra natura.
Mas de qué modo tan ingrato, tras un saludo extraño y zumbón de Xaviera,
fue sacado de su error cuando, sonriendo, le hizo sentarse sobre el diván en
que ella estaba y le dijo que sólo tenía que revelarle que el objeto del amor
de Elvira era, desde hacía ya doce años, un muerto que dormía en la tumba.
Aloysius, marqués de Montferrat, al cual un tío de París en cuya casa se había
educado diera el sobrenombre de Collin, más tarde transformado en Italia
chuscamente en Colino, era el original del retrato que había descubierto en el
nicho, tras una cortina de seda carmesí, en la alcoba de Elvira; el joven
caballero genovés que tan noblemente la había salvado en su infancia del fuego
y que había muerto a causa de las heridas sufridas en tal empresa.
Añadió que sólo le rogaba no hacer ningún otro uso de tal secreto, ya
que le había sido confiado en el monasterio de los Carmelitas bajo el sello de
la confidencialidad más extrema por una persona que en realidad no tenía
derecho a disponer de él. Nicolo aseguró, alternándose en su semblante palidez
y sonrojo, que nada había de temer; e incapaz por completo como era de ocultar
frente a las picaras miradas de Xaviera cuán corrido quedaba tras semejante
revelación, alegó que lo reclamaba un asunto, contrayendo el labio superior en
una fea mueca tomó su sombrero, se despidió y marchó.
Vergüenza, lascivia y venganza se aunaron entonces para urdir el acto
más abyecto jamás cometido. Bien entendía que al alma pura de Elvira sólo se
podía acceder mediante una añagaza; y apenas Piachi, que marchó a la quinta por
unos días, le hubo dejado el campo libre, ya se aprestó a llevar a cabo el
satánico plan que había ideado. Se procuró otra vez exactamente el mismo traje
con el cual meses atrás, regresando por la noche del carnaval a escondidas,
había aparecido ante ella; y tras vestirse capa, coleto y sombrero de pluma de
hechura genovesa justo como los llevaba el retrato, se deslizó furtivamente,
poco antes de la hora de dormir, en la alcoba de Elvira, colgó un paño negro
sobre el cuadro que se encontraba en el nicho y esperó, bastón en mano, enteramente
en la postura del joven patricio retratado, su adoración. Había calculado muy
acertadamente con la agudeza de su inicua pasión; pues Elvira, quien entró poco
después, tras desvestirse en silencio y tranquila, apenas descorrió como solía
la cortina de seda que cubría el nicho y lo descubrió cuando ya gritó:
—¡Colino! ¡Amado mío! —desplomándose sin sentido sobre el entarimado.
Nicolo salió del nicho; permaneció un instante absorto en la
contemplación de sus encantos, y observó su delicado semblante que palidecía de
pronto bajo el beso de la muerte: mas no habiendo sin embargo tiempo que perder
la alzó sin más dilación en sus brazos y la condujo, arrancando el paño negro
del cuadro, hasta la cama que se encontraba en el rincón del dormitorio. Acto
seguido fue a echar el cerrojo a la puerta, encontrándola ya cerrada con llave;
y con la certeza de que incluso cuando le volvieran sus perturbados sentidos
ella no ofrecería resistencia a su fantástica y aparentemente sobrenatural
aparición, volvió entonces al lecho, afanado en despertarla con ardientes besos
sobre el pecho y los labios.
Pero Némesis, que sigue de cerca al crimen, quiso que Piachi, al cual el
miserable creía alejado para varios días, hubiera de regresar inesperadamente
en ese preciso momento a su hogar; muy quedo, pues creía a Elvira ya dormida,
se aproximó sigilosamente por el corredor y mediante la llave que siempre
llevaba consigo logró entrar de improviso, sin que ruido alguno lo hubiera
anunciado, en la alcoba. Nicolo se puso en pie como tocado por el rayo; como en
modo alguno se pudiera encubrir su bellaquería se arrojó a los pies del anciano
e imploró su perdón, asegurando que jamás volvería a poner los ojos en su
esposa. Y en efecto se inclinaba también el anciano por zanjar el asunto sin
alharacas; mudo como lo habían dejado algunas palabras de Elvira, la cual había
vuelto en sí rodeada por sus brazos con una pavorosa mirada sobre el miserable,
tomó simplemente, corriendo las cortinas de la cama sobre la que ella reposaba,
el látigo de la pared, abrió la puerta y le mostró el camino que había de
seguir en el acto.
Mas éste, digno por completo de un Tartufo, no bien comprendió que por
esta vía nada había de conseguir, súbitamente se alzó del suelo y declaró que
era él, el anciano, a quien correspondía abandonar la casa, puesto que
documentos de total validez lo convertían a él en dueño y señor y sabría hacer
valer sus derechos frente a quien fuese.
Piachi no daba crédito a sus oídos; como desarmado por tan inaudita
osadía soltó el látigo, tomó sombrero y bastón, se encaminó en el acto a casa
de su viejo amigo jurista, el Dr. Valerio, tocó la campanilla hasta que abrió
una criada y según llegaba a la habitación de éste se desplomó sin sentido
junto a su cama aún antes de haber logrado formular una sola palabra. El
doctor, que lo acogió en su casa a él y más tarde también a Elvira, se apresuró
sin demora a la mañana siguiente a realizar las diligencias encaminadas a
detener al infernal villano, el cual tenía alguna ventaja a su favor; mas
mientras Piachi tocaba sus impotentes resortes para desalojarlo de las
posesiones que un día le fueran concedidas, ya volaba él con una escritura
notarial sobre la completa totalidad de aquéllas al monasterio de los
Carmelitas, sus amigos, exhortándolos a protegerlo contra el viejo demente que
pretendía expulsarlo de allí.
En suma, como consintiera en casarse con Xaviera, de la que deseaba
verse libre el obispo, venció la maldad y el gobierno promulgó a instancias de
este eclesiástico un decreto mediante el cual se confirmaba a Nicolo en la
posesión y a Piachi se le prescribía que no lo importunara al respecto. Piachi
acababa precisamente días antes de enterrar a la infeliz Elvira, quien había
fallecido a consecuencia de unas ardientes fiebres causadas por dicho suceso.
Exasperado por aquel doble dolor se llegó, decreto en mano, a la casa, y con la
fuerza que le prestó la furia derribó a Nicolo, más débil por naturaleza, y le
aplastó los sesos contra la pared. Quienes estaban en la casa no se percataron
de su presencia hasta después de sucedido el hecho; lo encontraron sujetando
aún a Nicolo entre las rodillas y embutiéndole el decreto en la boca. Hecho
esto se puso en pie y entregó todas sus armas; fue conducido a prisión,
interrogado y condenado a morir en la horca.
En el estado eclesiástico rige una ley según la cual no se puede dar
muerte a ningún reo antes de que haya sido absuelto de sus pecados. Piachi,
cuando se rompió sobre su cabeza la vara de la justicia, se negó obstinadamente
a recibir la absolución.
Tras haber en vano intentado todo cuanto la religión tiene a su alcance
para hacerle comprender la punibilidad de su acto, se esperaba llevarlo a
sentir arrepentimiento a la vista de la muerte que lo esperaba y fue conducido
al patíbulo. Allí había un sacerdote que le describió, con el aliento de la
postrer trompeta, todos los horrores del infierno al que estaba a punto de
descender su alma; allá otro con el cuerpo del Señor en la mano, el santo medio
de expiación, ponderándole las moradas de la paz eterna.
—¿Quieres participar en el consuelo de la redención? —le preguntaron
ambos—. ¿Quieres recibir la Eucaristía?
—No —respondió Piachi.
—¿Por qué no?
—No quiero salvarme. Quiero bajar al más profundo abismo del infierno.
¡Quiero volver a encontrar a Nicoló, que no estará en el cielo, y continuar
allí mi venganza que sólo pude satisfacer a medias!
Y diciendo esto subió a la escalera y exigió al verdugo que hiciera su
trabajo. En resumidas cuentas, se vieron obligados a suspender la ejecución y a
conducir de nuevo a prisión al desdichado que la ley protegía. Tres días
consecutivos se hicieron las mismas tentativas y siempre con idéntico
resultado.
Cuando al tercer día tuvo que descender nuevamente de la escalera sin
que le pusieran la soga al cuello, alzó las manos al cielo con furibundo
ademán, maldiciendo la inhumana ley que no quería dejarle ir al infierno.
Conjuró a todas las huestes demoníacas a subir a buscarlo, juró y perjuró que
su único deseo era ser ejecutado y condenado y aseguró que «¡se lanzaría al
cuello del primer sacerdote que se le pusiera a tiro con tal de volver a echar
mano a Nicolo en el infierno!». Cuando se comunicó esto al Papa, ordenó que
fuera ejecutado sin absolución; no lo acompañó sacerdote alguno, en absoluto
silencio se le ahorcó en la Plaza del Popolo.
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Heinrich Von Kleist (1777-1811)

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