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Libro N° 10260. Una Mujer Amaestrada. Arreola, Juan José.

 


© Libro N° 10260. Una Mujer Amaestrada. Arreola, Juan José. Emancipación. Agosto 20 de 2022.

 

Título original: © Una Mujer Amaestrada. Juan José Arreola

 

Versión Original: © Una Mujer Amaestrada. Juan José Arreola

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://narrativabreve.com/2014/06/cuento-juan-jose-arreola-una-mujer-amaestrada.html

 

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Portada E.O. de Imagen original:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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UNA MUJER AMAESTRADA

Juan José Arreola

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una Mujer Amaestrada

Juan José Arreola

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hoy me detuve a contemplar este curioso espectáculo: en una plaza de las afueras, un saltimbanqui polvoriento exhibía una mujer amaestrada. Aunque la función se daba a ras del suelo y en plena calle, el hombre concedía la mayor importancia al círculo de tiza previamente trazado, según él, con permiso de las autoridades. Una y otra vez hizo retroceder a los espectadores que rebasaban los límites de esa pista improvisada. La cadena que iba de su mano izquierda al cuello de la mujer, no pasaba de ser un símbolo, ya que el menor esfuerzo habría bastado para romperla. Mucho más impresionante resultaba el látigo de seda floja que el saltimbanqui sacudía por los aires, orgulloso, pero sin lograr un chasquido.

Un pequeño monstruo de edad indefinida completaba el elenco. Golpeando su tamboril daba fondo musical a los actos de la mujer, que se reducían a caminar en posición erecta, a salvar algunos obstáculos de papel y a resolver cuestiones de aritmética elemental. Cada vez que una moneda rodaba por el suelo, había un breve paréntesis teatral a cargo del público. «¡Besos!», ordenaba el saltimbanqui. «No. A ése no. Al caballero que arrojó la moneda.» La mujer no acertaba, y una media docena de individuos se dejaba besar, con los pelos de punta, entre risas y aplausos. Un guardia se acercó diciendo que aquello estaba prohibido. El domador le tendió un papel mugriento con sellos oficiales, y el policía se fue malhumorado, encogiéndose de hombros.

A decir verdad, las gracias de la mujer no eran cosa del otro mundo. Pero acusaban una paciencia infinita, francamente anormal, por parte del hombre. Y el público sabe agradecer siempre tales esfuerzos. Paga por ver una pulga vestida; y no tanto por la belleza del traje, sino por el trabajo que ha costado ponérselo. Yo mismo he quedado largo rato viendo con admiración a un inválido que hacía con los pies lo que muy pocos podrían hacer con las manos.

Guiado por un ciego impulso de solidaridad, desatendí a la mujer y puse toda mi atención en el hombre. No cabe duda de que el tipo sufría. Mientras más difíciles eran las suertes, más trabajo le costaba disimular y reír. Cada vez que ella cometía una torpeza, el hombre temblaba angustiado. Yo comprendí que la mujer no le era del todo indiferente, y que se había encariñado con ella, tal vez en los años de su tedioso aprendizaje. Entre ambos existía una relación, íntima y degradante, que iba más allá del domador y la fiera. Quien profundice en ella, llegará indudablemente a una conclusión obscena.

El público, inocente por naturaleza, no se da cuenta de nada y pierde los pormenores que saltan a la vista del observador destacado. Admira al autor de un prodigio, pero no le importan sus dolores de cabeza ni los detalles monstruosos que puede haber en su vida privada. Se atiene simplemente a los resultados, y cuando se le da gusto, no escatima su aplauso.

Lo único que yo puedo decir con certeza es que el saltimbanqui, a juzgar por sus reacciones, se sentía orgulloso y culpable. Evidentemente, nadie podría negarle el mérito de haber amaestrado a la mujer; pero nadie tampoco podría atenuar la idea de su propia vileza. (En este punto de mi meditación, la mujer daba vueltas de carnero en una angosta alfombra de terciopelo desvaído.)

El guardián del orden público se acercó nuevamente a hostilizar al saltimbanqui. Según él, estábamos entorpeciendo la circulación, el ritmo casi, de la vida normal. «¿Una mujer amaestrada? Váyanse todos ustedes al circo.» El acusado respondió otra vez con argumentos de papel sucio, que el policía leyó de lejos con asco. (La mujer, entre tanto, recogía monedas en su gorra le lentejuelas. Algunos héroes se dejaban besar; otros se apartaban modestamente, entre dignos y avergonzados.)

El representante de las autoridades se fue para siempre, mediante la suscripción popular de un soborno. El saltimbanqui, fingiendo la mayor felicidad, ordenó al enano del tamboril que tocara un ritmo tropical. La mujer, que estaba preparándose para un número matemático, sacudía como pandero el ábaco de colores. Empezó a bailar con descompuestos ademanes difícilmente procaces. Su director se sentía defraudado a más no poder, ya que en el fondo de su corazón cifraba todas sus esperanzas en la cárcel. Abatido y furioso, increpaba la lentitud de la bailarina con adjetivos sangrientos. El público empezó a contagiarse de su falso entusiasmo, y quien más, quien menos, todos batían palmas y meneaban el cuerpo.

Para completar el efecto, y queriendo sacar de la situación el mejor partido posible, el hombre se puso a golpear a la mujer con su látigo de mentiras. Entonces me di cuenta del error que yo estaba cometiendo. Puse mis ojos en ella, sencillamente, como todos los demás. Dejé de mirarlo a él, cualquiera que fuese su tragedia. (En ese momento, las lágrimas surcaban su rostro enharinado.)

Resuelto a desmentir ante todos mis ideas de compasión y de crítica, buscando en vano con los ojos la venia del saltimbanqui, y antes de que otro arrepentido me tomara la delantera, salté por encima de la línea de tiza al círculo de contorsiones y cabriolas.

Azuzado por su padre, el enano del tamboril dio rienda suelta a su instrumento, en un crescendo de percusiones increíbles. Alentada por tan espontánea compañía, la mujer se superó a sí misma y obtuvo un éxito estruendoso. Yo acompasé mi ritmo con el suyo y no perdí pie ni pisada de aquel improvisado movimiento perpetuo, hasta que el niño dejó de tocar.

Como actitud final, nada me pareció más adecuado que caer bruscamente de rodillas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

JUAN JOSÉ ARREOLA

(Juan José Arreola Zúñiga; Ciudad Guzmán, 1918 - Guadalajara, 2001) Narrador y ensayista mexicano cuyos cuentos figuran entre los más originales y sugerentes de la literatura hispanoamericana por su factura fantástica o absurda. Su producción, ciertamente no muy extensa pero de un estilo muy depurado, que algunos estudiosos han comparado con el del argentino Jorge Luis Borges, se mueve en un delicado equilibrio, casi metafísico, entre las inquietudes de índole personal y las preocupaciones sociales. Corre por sus páginas un aliento creador próximo al del realismo mágico, pero teñido siempre de una invencible angustia y una innegable originalidad, de la que es buena muestra su novela La Feria, premio Xavier Villaurrutia de 1963, cuya propuesta formal es un ensamblaje riguroso y coherente de distintas técnicas narrativas.


Juan José Arreola

«Soy el cuarto hijo de unos padres que tuvieron catorce y que todavía viven para contarlo». Así inició el propio Arreola unos sucintos apuntes autobiográficos en los que introducía a su interlocutor en los meandros de una infancia y una juventud bastante alejadas de las preocupaciones literarias y los intereses culturales, aunque jalonadas por un rosario de numerosas y variopintas ocupaciones. Nacido en 1918 en Ciudad Guzmán, en el Estado de Jalisco, abandonó sus estudios muy pronto, apenas a los doce años, entrando a trabajar primero como aprendiz en el taller de un maestro encuadernador, y más tarde en una imprenta.

Tal vez ese contacto artesanal, aunque epidérmico, con el mundo de la edición y de los libros hiciera nacer los sueños que dominarían la vida del joven Arreola, la vocación que iba a convertirle en una de las figuras señeras de la literatura mexicana del siglo XX. Pero tenían que transcurrir muchos años aún, durante los que la trayectoria vital del muchacho se llenaría de inquietudes recientes e insólitas experiencias que irían moldeando su trabajosa formación de autodidacta. Fue sucesivamente vendedor ambulante, periodista, mozo de cuerda, cobrador de un banco, actor, camarero, panadero "y lo que ustedes quieran", como él mismo apuntó, con innegable sentido del humor, en su ya mencionada autobiografía.

En 1936 se estableció en ciudad de México, donde cursó estudios de arte dramático en el Instituto Nacional de Bellas Artes y conoció a los dramaturgos Rodolfo Usigli y Xavier Villaurrutia, que emprendían por entonces una profunda renovación de la escena mexicana. En 1943 vio la luz en la revista Eos su primer cuento, "Hizo el bien mientras vivió", y dos años más tarde, en 1945, conoció a Louis Jouvet, brillante director de teatro francés que realizaba una gira por México, y le acompañó en su regreso a París.

El joven Arreola permanecería allí durante un año, becado por el Instituto Francés de la América Latina, estudiando declamación e interpretación con Pierre Renoir, Jean Barrault y el propio Jouvet, a la vez que trabajaba como figurante en las producciones teatrales de la Comédie Française y se impregnaba del estimulante clima cultural de la capital francesa. De nuevo en tierras mexicanas, disfrutando de una beca de la sección de filología de El Colegio de México, pareció perfilarse definitivamente su dedicación a las letras. Comenzó a ganarse la vida como corrector de pruebas para la editorial Fondo de Cultura Económica, con la que colaboraría frecuente e intensamente.


Juan José Arreola

Su primera recopilación de cuentos, Varia invención (1949), da testimonio del carácter inclasificable y misceláneo de su obra, surgida en un impulso lúdico e imaginativo. Atraído por lo imprevisto y la singularidad expresiva, su prosa se halla saturada de buen humor y recorre una amplia gama de temas y situaciones. Su género es impreciso: participa libremente del cuento, de la estampa paródica, de la fábula o, incluso, del aforismo y del poema en prosa. El libro Confabulario (1952) lo confirmó como uno de los más brillantes prosistas mexicanos; más adelante ampliaría su contenido, recopilando su obra entre 1941 y 1961 bajo el título de Confabulario total (1962).

Poseedor de una prodigiosa imaginación y de una aquilatada prosa en la que cada frase ha sido pulida al máximo, Juan José Arreola fue, junto con el también jalisciense Juan Rulfo, uno de los renovadores del cuento mexicano y una de las figuras clave en el desarrollo de este género en Hispanoamérica. Por caminos muy distintos a los de su coterráneo, exploró los entretelones de la condición humana en narraciones que se distinguen por su brevedad e ingenio. Sus relatos ostentan un carácter irónico y juguetón que, en algunos casos, deriva hacia lo tragicómico y en otros hacia lo alegórico. Manejó con sutileza y elegancia el humor, la fantasía, la erudición y el sarcasmo.

Tales rasgos se aprecian en toda su obra, y de manera particular en cuentos como el citado "Hizo el bien mientras vivió", "Cocktail Party", "Un pacto con el diablo" y "El guardagujas". Dueño de una amplia cultura libresca, algunas de sus historias se presentan como parodias y recreaciones de ciertas formas narrativas, tales como la fábula, la biografía imaginaria, el falso reportaje, el ensayo-ficción, el relato de ambiente mitológico o la descripción zoológica; a esta última variante pertenece el volumen Bestiario (1958), serie de concisas descripciones de animales ilustradas con veinticuatro dibujos de Héctor Xavier.

La feria (1963), única novela de Arreola, está escrita de manera fragmentaria y sin seguir un orden cronológico. Narra la vida en Zapotlán el Grande (hoy Ciudad Guzmán), pueblo natal del autor. Es un libro en el que la intimidad de los personajes, cuyas voces orientan el relato, contrasta con el contexto social y el devenir histórico de dicha comunidad, cuyo retrato se esboza mediante viñetas correspondientes a diferentes épocas, trazadas en variedad de estilos. De su producción teatral cabe destacar farsas como la titulada La hora de todos (1954), en la que satirizó la vida de un potentado, y las piezas tituladas Tercera llamada..., tercera... o empezamos sin usted (1973) y Y ahora la mujer (1975).

Tampoco se prodigó Arreola en el ensayo, aunque dedicó estudios a Montaigne y al poeta mexicano Ramón López Velarde. Director y actor de la compañía teatral Poesía en Voz Alta, redactor y fundador de revistas literarias (Eos y Pan), editor de la colección "Cuadernos y Libros del Unicornio" y de la revista Mester, publicada por el taller de escritores que él mismo fundó, Juan José Arreola vertió asimismo sus colaboraciones en las más importantes publicaciones literarias mexicanas, como Letras de MéxicoEl Hijo Pródigo o los suplementos culturales de ¡Siempre! y Novedades.

Su dominio de la técnica narrativa, especialmente del relato corto, su sorprendente rigor semántico y el alto nivel estético de su prosa puesta al servicio de una fantasía desbordante le valieron multitud de premios y distinciones, de entre los que pueden destacarse el Premio Nacional de Lingüística y Literatura (1976), el Nacional de Periodismo (1977) y el Premio de la Universidad Nacional Autónoma de México (1987), de la que, además, fue catedrático en su Facultad de Filosofía y Letras, así como la condecoración del Ministerio de Cultura francés como Oficial de las Artes y las Letras Francesas.

 

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Cómo citar este artículo:

Fernández, Tomás y Tamaro, Elena. «Biografia de Juan José Arreola». En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea [Internet]. Barcelona, España, 2004. Disponible en https://www.biografiasyvidas.com/biografia/a/arreola.htm [fecha de acceso: 1 de agosto de 2022].

 

 

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