© Libro N° 10260. Una Mujer Amaestrada. Arreola, Juan José. Emancipación. Agosto
20 de 2022.
Título original: © Una Mujer
Amaestrada. Juan José Arreola
Versión
Original: © Una Mujer Amaestrada. Juan José Arreola
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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UNA MUJER AMAESTRADA
Juan José Arreola
Una Mujer Amaestrada
Juan José Arreola
Hoy me detuve a contemplar este curioso espectáculo: en una plaza de las
afueras, un saltimbanqui polvoriento exhibía una mujer amaestrada. Aunque la
función se daba a ras del suelo y en plena calle, el hombre concedía la mayor
importancia al círculo de tiza previamente trazado, según él, con permiso de
las autoridades. Una y otra vez hizo retroceder a los espectadores que
rebasaban los límites de esa pista improvisada. La cadena que iba de su mano
izquierda al cuello de la mujer, no pasaba de ser un símbolo, ya que el menor
esfuerzo habría bastado para romperla. Mucho más impresionante resultaba el
látigo de seda floja que el saltimbanqui sacudía por los aires, orgulloso, pero
sin lograr un chasquido.
Un pequeño monstruo de edad indefinida completaba el elenco. Golpeando
su tamboril daba fondo musical a los actos de la mujer, que se reducían a
caminar en posición erecta, a salvar algunos obstáculos de papel y a resolver
cuestiones de aritmética elemental. Cada vez que una moneda rodaba por el
suelo, había un breve paréntesis teatral a cargo del público. «¡Besos!»,
ordenaba el saltimbanqui. «No. A ése no. Al caballero que arrojó la moneda.» La
mujer no acertaba, y una media docena de individuos se dejaba besar, con los
pelos de punta, entre risas y aplausos. Un guardia se acercó diciendo que
aquello estaba prohibido. El domador le tendió un papel mugriento con sellos
oficiales, y el policía se fue malhumorado, encogiéndose de hombros.
A decir verdad, las gracias de la mujer no eran cosa del otro mundo.
Pero acusaban una paciencia infinita, francamente anormal, por parte del
hombre. Y el público sabe agradecer siempre tales esfuerzos. Paga por ver una
pulga vestida; y no tanto por la belleza del traje, sino por el trabajo que ha
costado ponérselo. Yo mismo he quedado largo rato viendo con admiración a un
inválido que hacía con los pies lo que muy pocos podrían hacer con las manos.
Guiado por un ciego impulso de solidaridad, desatendí a la mujer y puse
toda mi atención en el hombre. No cabe duda de que el tipo sufría. Mientras más
difíciles eran las suertes, más trabajo le costaba disimular y reír. Cada vez
que ella cometía una torpeza, el hombre temblaba angustiado. Yo comprendí que
la mujer no le era del todo indiferente, y que se había encariñado con ella,
tal vez en los años de su tedioso aprendizaje. Entre ambos existía una
relación, íntima y degradante, que iba más allá del domador y la fiera. Quien
profundice en ella, llegará indudablemente a una conclusión obscena.
El público, inocente por naturaleza, no se da cuenta de nada y pierde
los pormenores que saltan a la vista del observador destacado. Admira al autor
de un prodigio, pero no le importan sus dolores de cabeza ni los detalles
monstruosos que puede haber en su vida privada. Se atiene simplemente a los
resultados, y cuando se le da gusto, no escatima su aplauso.
Lo único que yo puedo decir con certeza es que el saltimbanqui, a juzgar
por sus reacciones, se sentía orgulloso y culpable. Evidentemente, nadie podría
negarle el mérito de haber amaestrado a la mujer; pero nadie tampoco podría
atenuar la idea de su propia vileza. (En este punto de mi meditación, la mujer
daba vueltas de carnero en una angosta alfombra de terciopelo desvaído.)
El guardián del orden público se acercó nuevamente a hostilizar al
saltimbanqui. Según él, estábamos entorpeciendo la circulación, el ritmo casi,
de la vida normal. «¿Una mujer amaestrada? Váyanse todos ustedes al circo.» El
acusado respondió otra vez con argumentos de papel sucio, que el policía leyó
de lejos con asco. (La mujer, entre tanto, recogía monedas en su gorra le
lentejuelas. Algunos héroes se dejaban besar; otros se apartaban modestamente,
entre dignos y avergonzados.)
El representante de las autoridades se fue para siempre, mediante la
suscripción popular de un soborno. El saltimbanqui, fingiendo la mayor
felicidad, ordenó al enano del tamboril que tocara un ritmo tropical. La mujer,
que estaba preparándose para un número matemático, sacudía como pandero el
ábaco de colores. Empezó a bailar con descompuestos ademanes difícilmente
procaces. Su director se sentía defraudado a más no poder, ya que en el fondo
de su corazón cifraba todas sus esperanzas en la cárcel. Abatido y furioso,
increpaba la lentitud de la bailarina con adjetivos sangrientos. El público
empezó a contagiarse de su falso entusiasmo, y quien más, quien menos, todos
batían palmas y meneaban el cuerpo.
Para completar el efecto, y queriendo sacar de la situación el mejor
partido posible, el hombre se puso a golpear a la mujer con su látigo de
mentiras. Entonces me di cuenta del error que yo estaba cometiendo. Puse mis
ojos en ella, sencillamente, como todos los demás. Dejé de mirarlo a él,
cualquiera que fuese su tragedia. (En ese momento, las lágrimas surcaban su
rostro enharinado.)
Resuelto a desmentir ante todos mis ideas de compasión y de crítica,
buscando en vano con los ojos la venia del saltimbanqui, y antes de que otro
arrepentido me tomara la delantera, salté por encima de la línea de tiza al
círculo de contorsiones y cabriolas.
Azuzado por su padre, el enano del tamboril dio rienda suelta a su
instrumento, en un crescendo de percusiones increíbles. Alentada por tan
espontánea compañía, la mujer se superó a sí misma y obtuvo un éxito
estruendoso. Yo acompasé mi ritmo con el suyo y no perdí pie ni pisada de aquel
improvisado movimiento perpetuo, hasta que el niño dejó de tocar.
Como actitud final, nada me pareció más adecuado que caer bruscamente de
rodillas.
JUAN JOSÉ ARREOLA
(Juan José Arreola Zúñiga; Ciudad Guzmán, 1918 - Guadalajara, 2001)
Narrador y ensayista mexicano cuyos cuentos figuran entre los más originales y
sugerentes de la literatura hispanoamericana por su factura fantástica o
absurda. Su producción, ciertamente no muy extensa pero de un estilo muy
depurado, que algunos estudiosos han comparado con el del argentino Jorge
Luis Borges, se mueve en un delicado equilibrio, casi metafísico, entre las
inquietudes de índole personal y las preocupaciones sociales. Corre por sus
páginas un aliento creador próximo al del realismo mágico, pero teñido siempre
de una invencible angustia y una innegable originalidad, de la que es buena
muestra su novela La Feria, premio Xavier Villaurrutia de 1963,
cuya propuesta formal es un ensamblaje riguroso y coherente de distintas
técnicas narrativas.
Juan José Arreola
Tal vez ese contacto artesanal, aunque epidérmico, con el mundo de la
edición y de los libros hiciera nacer los sueños que dominarían la vida del
joven Arreola, la vocación que iba a convertirle en una de las figuras señeras
de la literatura mexicana del siglo XX. Pero tenían que transcurrir muchos años
aún, durante los que la trayectoria vital del muchacho se llenaría de
inquietudes recientes e insólitas experiencias que irían moldeando su trabajosa
formación de autodidacta. Fue sucesivamente vendedor ambulante, periodista,
mozo de cuerda, cobrador de un banco, actor, camarero, panadero "y lo que
ustedes quieran", como él mismo apuntó, con innegable sentido del humor,
en su ya mencionada autobiografía.
En 1936 se estableció en ciudad de México, donde cursó estudios de arte
dramático en el Instituto Nacional de Bellas Artes y conoció a los
dramaturgos Rodolfo Usigli y Xavier Villaurrutia, que emprendían
por entonces una profunda renovación de la escena mexicana. En 1943 vio la luz
en la revista Eos su primer cuento, "Hizo el bien
mientras vivió", y dos años más tarde, en 1945, conoció a Louis
Jouvet, brillante director de teatro francés que realizaba una gira por México,
y le acompañó en su regreso a París.
El joven Arreola permanecería allí durante un año, becado por el
Instituto Francés de la América Latina, estudiando declamación e interpretación
con Pierre Renoir, Jean Barrault y el propio Jouvet, a la vez que
trabajaba como figurante en las producciones teatrales de la Comédie Française
y se impregnaba del estimulante clima cultural de la capital francesa. De nuevo
en tierras mexicanas, disfrutando de una beca de la sección de filología de El
Colegio de México, pareció perfilarse definitivamente su dedicación a las
letras. Comenzó a ganarse la vida como corrector de pruebas para la editorial
Fondo de Cultura Económica, con la que colaboraría frecuente e intensamente.
Juan José Arreola
Su primera recopilación de cuentos, Varia invención (1949),
da testimonio del carácter inclasificable y misceláneo de su obra, surgida en
un impulso lúdico e imaginativo. Atraído por lo imprevisto y la singularidad
expresiva, su prosa se halla saturada de buen humor y recorre una amplia gama
de temas y situaciones. Su género es impreciso: participa libremente del
cuento, de la estampa paródica, de la fábula o, incluso, del aforismo y del
poema en prosa. El libro Confabulario (1952) lo confirmó como
uno de los más brillantes prosistas mexicanos; más adelante ampliaría su
contenido, recopilando su obra entre 1941 y 1961 bajo el título de Confabulario
total (1962).
Poseedor de una prodigiosa imaginación y de una aquilatada prosa en la
que cada frase ha sido pulida al máximo, Juan José Arreola fue, junto con el
también jalisciense Juan Rulfo, uno de los renovadores del cuento mexicano
y una de las figuras clave en el desarrollo de este género en Hispanoamérica.
Por caminos muy distintos a los de su coterráneo, exploró los entretelones de
la condición humana en narraciones que se distinguen por su brevedad e ingenio.
Sus relatos ostentan un carácter irónico y juguetón que, en algunos casos,
deriva hacia lo tragicómico y en otros hacia lo alegórico. Manejó con sutileza
y elegancia el humor, la fantasía, la erudición y el sarcasmo.
Tales rasgos se aprecian en toda su obra, y de manera particular en
cuentos como el citado "Hizo el bien mientras vivió", "Cocktail
Party", "Un pacto con el diablo" y "El guardagujas".
Dueño de una amplia cultura libresca, algunas de sus historias se presentan
como parodias y recreaciones de ciertas formas narrativas, tales como la
fábula, la biografía imaginaria, el falso reportaje, el ensayo-ficción, el
relato de ambiente mitológico o la descripción zoológica; a esta última
variante pertenece el volumen Bestiario (1958), serie de
concisas descripciones de animales ilustradas con veinticuatro dibujos de
Héctor Xavier.
La feria (1963), única novela
de Arreola, está escrita de manera fragmentaria y sin seguir un orden
cronológico. Narra la vida en Zapotlán el Grande (hoy Ciudad Guzmán), pueblo
natal del autor. Es un libro en el que la intimidad de los personajes, cuyas
voces orientan el relato, contrasta con el contexto social y el devenir
histórico de dicha comunidad, cuyo retrato se esboza mediante viñetas
correspondientes a diferentes épocas, trazadas en variedad de estilos. De su
producción teatral cabe destacar farsas como la titulada La hora de
todos (1954), en la que satirizó la vida de un potentado, y las piezas
tituladas Tercera llamada..., tercera... o empezamos sin usted (1973)
y Y ahora la mujer (1975).
Tampoco se prodigó Arreola en el ensayo, aunque dedicó estudios
a Montaigne y al poeta mexicano Ramón López Velarde. Director y
actor de la compañía teatral Poesía en Voz Alta, redactor y fundador de
revistas literarias (Eos y Pan), editor de la colección
"Cuadernos y Libros del Unicornio" y de la revista Mester,
publicada por el taller de escritores que él mismo fundó, Juan José Arreola
vertió asimismo sus colaboraciones en las más importantes publicaciones
literarias mexicanas, como Letras de México, El Hijo
Pródigo o los suplementos culturales de ¡Siempre! y Novedades.
Su dominio de la técnica narrativa, especialmente del relato corto, su
sorprendente rigor semántico y el alto nivel estético de su prosa puesta al
servicio de una fantasía desbordante le valieron multitud de premios y
distinciones, de entre los que pueden destacarse el Premio Nacional de
Lingüística y Literatura (1976), el Nacional de Periodismo (1977) y el Premio
de la Universidad Nacional Autónoma de México (1987), de la que, además, fue
catedrático en su Facultad de Filosofía y Letras, así como la condecoración del
Ministerio de Cultura francés como Oficial de las Artes y las Letras Francesas.
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Cómo citar este artículo:
Fernández, Tomás y Tamaro, Elena. «Biografia de Juan José Arreola».
En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea [Internet].
Barcelona, España, 2004. Disponible en https://www.biografiasyvidas.com/biografia/a/arreola.htm [fecha de acceso: 1 de agosto de 2022].

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