© Libro N° 10059. El Diablo Y Tom Walker. Irving, Washington. Emancipación. Junio 25 de 2022.
Título
original: ©
The Devil And Tom Walker, Washington
Irving (1783-1859)
Versión Original: © El Diablo Y Tom Walker. Washington
Irving
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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Washington Irving
El Diablo Y Tom Walker
Washington Irving
En Massachusetts, a unos pocos kilómetros de Boston, el mar penetra a
gran distancia tierra adentro, partiendo de la Bahía de Charles, hasta terminar
en un pantano, muy poblado de árboles. A un lado de esta ría se encuentra un
hermoso bosquecillo, mientras que del otro la costa se levanta abruptamente,
formando una alta colina, sobre la cual crecían algunos árboles de gran edad y
no menor tamaño. De acuerdo con viejas leyendas, debajo de uno de estos
gigantescos árboles se encontraba enterrada una parte de los tesoros del
Capitán Kidd, el pirata.
La ría permitía llevar secretamente el tesoro en un bote, durante la
noche, hasta el mismo pie de la colina; la altura del lugar dejaba, además,
realizar la labor, observando al mismo tiempo que no andaba nadie por las
cercanías, y los corpulentos árboles reconocer fácilmente el lugar. Además,
según viejas leyendas, el mismísimo diablo presidió el enterramiento del tesoro
y lo tomó bajo su custodia; se sabe que siempre hace esto con el dinero
enterrado, particularmente cuando ha sido mal habido. Sea como quiera, Kidd
nunca volvió a buscarlo, pues fue detenido poco después en Boston, enviado a
Inglaterra y ahorcado allí por piratería.
Por el año 1727, cuando los terremotos se producían con cierta
frecuencia en la Nueva Inglaterra, y hacían caer de rodillas a muchos
orgullosos pecadores, vivía cerca de este lugar un hombre flaco y miserable,
que se llamaba Tom Walker. Estaba casado con una mujer tan miserable como él:
ambos lo eran tanto, que trataban de estafarse mutuamente. La mujer trataba de
ocultar cualquier cosa sobre la que ponía las manos; en cuanto cacareaba una
gallina, ya estaba ella al quién vive, para asegurarse el huevo recién puesto.
El marido rondaba continuamente, buscando los escondrijos secretos de su
mujer; abundaban los conflictos ruidosos acerca de cosas que debían ser
propiedad común. Vivían en una casa, dejada de la mano de Dios, que tenía un
aspecto como si se estuviera muriendo de hambre. De su chimenea no salía humo;
ningún viajero se detenía a su puerta; llamaban suyo un miserable caballejo,
cuyas costillas eran tan visibles como los hierros de una reja. El pobre animal
se deslizaba por el campo, cubierto de un pasto corto, del cual sobresalían
rugosas piedras, que si bien excitaba el hambre del animal no llegaba a
calmarla; muchas veces sacaba la cabeza fuera de la empalizada, echando una
mirada triste sobre cualquiera que pasase por allí, como si pidiera que le
sacase de aquella tierra de hambre. Tanto la casa como sus moradores tenían
mala fama. La mujer de Tom era alta, de malísima intención, de un temperamento
fiero, de larga lengua y fuertes brazos.
Se oía a menudo su voz en una continua guerra de palabras con su marido:
su cara demostraba que esas disputas no se limitaban a simples dimes y diretes.
Sin embargo, nadie se atrevía a interponerse entre ellos. El solitario viajero
se encerraba en sí mismo al oír aquel escándalo y rechinar de dientes,
observaba a una cierta distancia aquel refugio de malas bestias y se apresuraba
a seguir su camino, alegrándose, si era soltero, de no estar casado.
Un día, Tom Walker, que había tenido que dirigirse a un lugar distante,
cortó camino, creyendo ahorrarlo, a través del pantano. Como todos los atajos,
estaba mal elegido. Los árboles crecían muy cerca los unos de los otros,
alcanzando algunos los treinta metros de altura, debido a lo cual, en pleno
día, debajo de ellos parecía de noche, y todas las lechuzas de la vecindad se
refugiaban allí. Todo el terreno estaba lleno de baches, en parte cubiertos de
bejucos y musgo, por lo que a menudo el viajero caía en un pozo de barro negro
y pegadizo; se encontraban también charcos de aguas obscuras y estancadas,
donde se refugiaban las ranas, los sapos y las serpientes acuáticas, y donde se
pudrían los troncos de los árboles semisumergidos, que parecían caimanes tomando
el sol.
Tom seguía eligiendo cuidadosamente su camino a través de aquel bosque
traicionero; saltando de un montón de troncos y raíces a otro, apoyando los
pies en cualquier precario pero firme montón de tierra; otras veces se movía
sigilosamente como un gato, a lo largo de troncos de árboles que yacían por
tierra; de cuando en cuando le asustaban los gritos de los patos silvestres,
que volaban sobre algún charco solitario.
Finalmente llegó a tierra firme, a un pedazo de tierra que tenía la
forma de una península, que se internaba profundamente en el pantano. Allí se
habían hecho fuertes los indios durante las guerras con los primeros colonos.
Allí habían construido una especie de fuerte, que ellos consideraron
inexpugnable y que utilizaron como refugio para sus mujeres e hijos. Nada
quedaba de él, sino una parte de la empalizada, que gradualmente se hundía en
el suelo, hasta quedar a su mismo nivel, en parte cubierto ya por los árboles
del bosque, cuyo follaje claro se distinguía nítidamente del otro más oscuro de
los del pantano.
Ya estaba bastante avanzada la tarde, cuando Tom Walker llegó al viejo
fuerte, donde se detuvo para descansar un rato. Cualquier otra persona hubiera
sentido una cierta aversión a descansar allí, pues el común de las gentes tenía
muy mala opinión del lugar, la que provenía de historias de los tiempos de las
guerras con los indios; se aseguraba que los salvajes aparecían por allí y
hacían sacrificios al Espíritu Malo. Sin embargo, Tom Walker no era hombre que
se preocupara de relatos de esa clase. Durante algún tiempo se acostó en el
tronco de un árbol caído, escuchó los cantos de los pájaros y con su bastón se
dedicó a formar montones de barro. Mientras inconscientemente revolvía la
tierra, su bastón tropezó con algo duro. Lo sacó de entre la tierra vegetal y
observó con sorpresa que era un cráneo, en el cual estaba firmemente clavada un
hacha india. El estado de arma demostraba que había pasado mucho tiempo desde
que había recibido aquel golpe mortal. Era un triste recuerdo de las luchas
feroces de que había sido testigo aquel último refugio de los aborígenes.
—Vaya —dijo Tom Walker, mientras de un puntapié trataba de desprender
del cráneo los últimos restos de tierra.
—Deje ese cráneo —oyó que le decía una voz gruesa.
Tom levantó la mirada y vio a un hombre negro, de gran estatura, sentado
en frente de él, en el tronco de otro árbol. Se sorprendió muchísimo, pues no
había oído ni escuchado acercarse a nadie; pero más se asombró al observar
atentamente a su interlocutor, tanto como lo permitía la poca luz, y comprender
que no era negro ni indio. Es cierto que su vestido recordaba el de los
aborígenes y que tenía alrededor del cuerpo un cinturón rojo, pero el color de
su rostro no era ni negro ni cobrizo, sino sucio obscuro, y manchado de hollín,
como si estuviera acostumbrado a andar entro el fuego y las fraguas. Un mechón
de pelo hirsuto se agitaba sobre su cabeza en todas direcciones; llevaba un
hacha sobre los hombros.
Durante un momento observó a Tom con sus grandes ojos rojos.
—¿Qué hace usted en mis terrenos? —preguntó el hombre tiznado, con una
voz ronca y cavernosa.
—¡Sus terrenos! —exclamó burlonamente Tom. Son tan suyos como míos;
pertenecen al diácono Peabody.
—Maldito sea el diácono Peabody —dijo el extraño individuo—; ya me he
prometido que así será, si no se fija un poco más en sus propios pecados y
menos en los del vecino. Mire hacia allí y verá cómo le va al diácono Peabody.
Tom miró en la dirección que indicaba aquel extraño individuo y observó
uno de los grandes árboles, bien cubierto de hojas, por su parte exterior, pero
cuyo tronco estaba enteramente carcomido, tanto que debía estar enteramente
hueco, por lo que lo derribaría el primer viento fuerte. Sobre la corteza del
árbol estaba grabado el nombre del diácono Peabody, un personaje eminente, que
se había enriquecido mediante ventajosos negocios con los indios. Tom echó una
mirada alrededor y notó que la mayoría de los altos árboles estaban marcados
con el nombre de algún encumbrado personaje de la colonia y que todos ellos
estaban próximos a caer. El tronco sobre el cual estaba sentado parecía haber
sido derribado hacía muy poco tiempo; llevaba el nombre de Growninshield; Tom
recordó que era un poderoso colono, que hacía gran ostentación de sus riquezas,
de las cuales se decía que habían sido adquiridas mediante actos de piratería.
—Está pronto para el fuego —dijo el hombre negro, con aire de triunfo—.
Como usted ve, estoy bien provisto de leña para el invierno.
—¿Pero qué derecho tiene usted a cortar árboles en las tierras del
diácono Peabody? —preguntó Tom asombrado.
—El derecho que proviene de haber ocupado anteriormente estas tierras
—respondió el otro—. Me pertenecían antes de que ningún hombre blanco pusiera
el pie en esta región.
—¿Quién es usted, si se puede saber? —preguntó Tom.
—Me conocen por diferentes nombres. En algunos países soy el cazador
furtivo; en otros, el minero negro. En esta región me llaman el leñador negro.
Soy aquel a quien los hombres de bronce consagraron este lugar, y en honor del
cual alguna que otra vez asaron un hombre blanco, puesto que gusto del olor de
los sacrificios. Desde que los indios han sido exterminados por vosotros, los
salvajes blancos, me divierto presidiendo las persecuciones de cuáqueros y
anabaptistas. Soy el protector de los negreros y Gran Maestre de las brujas de
Salem.
—En pocas palabras, si no estoy equivocado —dijo Tom audazmente—, usted
es el mismísimo demonio, como se le llama corrientemente.
—El mismo, a sus órdenes —respondió el hombre negro, con una inclinación
de cabeza que quería ser cortés.
Así empezó esta conversación de acuerdo con la antigua leyenda, aunque
parece demasiado pacífica para que podamos creerla. Uno se siente tentado a
pensar que un encuentro con tal personaje, en un lugar tan desolado y lejos de
toda habitación humana, era para hacer saltar los nervios de cualquier hombre,
pero Tom era de temple férreo, no se asustaba fácilmente, y había vivido tanto
tiempo con una harpía, que ya no temía ni al mismo diablo.
Se cuenta que después de estas palabras iniciales, mientras Tom seguía
su camino hacia su casa, ambos personajes mantuvieron una larga y seria
conferencia. El hombre negro le habló de grandes sumas de dinero, enterradas
por Kidd el pirata bajo los árboles de la colina, no lejos del pantano. Todos
estos tesoros estaban a disposición del hombre negro, quien los había puesto
bajo su custodia. Ofreció dárselos a Tom, por sentir una cierta inclinación
hacia él, pero sólo en determinadas condiciones.
Es fácil imaginarse qué condiciones eran éstas, aunque Tom nunca se las
confesó a nadie. Deben haber sido muy duras, pues pidió tiempo para pensarlas,
aunque no era hombre que se detuviera en niñerías tratándose de dinero. Cuando
llegaron al límite del pantano, el extraño individuo se detuvo.
—¿Qué prueba tengo yo de que usted me ha dicho la verdad? —dijo Tom.
—Aquí está mi firma —repuso el hombre negro, poniendo uno de sus dedos
sobre la frente de Tom.
Dicho esto dio vuelta, dirigiose a la parte más espesa del bosque y
pareció, por lo menos así lo contaba Tom, como si se hundiera en la tierra,
hasta que no se vio más que los hombros y la cabeza, desapareciendo finalmente.
Cuando llegó a su casa, encontró que el dedo del extraño hombre parecía haberle
quemado la frente, de manera que nada podía borrar su señal.
La primera noticia que le dio su mujer fue acerca de la repentina muerte
de Absalón Crowninshield, el rico bucanero. Los periódicos lo anunciaban con
los acostumbrados elogios. Tom se acordó del árbol que su negro amigo acababa
de derribar y que estaba pronto para arder.
—Que ese filibustero se tueste bien —dijo Tom—. ¿A quién puede
preocuparle eso?
Estaba ahora convencido de que no era ninguna ilusión todo lo que había
oído y visto.
No era hombre inclinado a confiar en su mujer, pero, como éste era un
secreto malvado, estaba pronto a compartirlo con ella. Toda la avaricia de su
mujer se despertó al oír hablar del oro enterrado; urgió a su marido a cumplir
las condiciones del hombre negro y asegurarse un tesoro que los haría ricos
para toda la vida. Por muy dispuesto que hubiera estado Tom a vender su alma al
diablo, estaba determinado a no hacerlo para complacer a su mujer, por lo que
se negó rotundamente por simple espíritu de contradicción. Fueron numerosas y
graves las discusiones violentas entre ambos esposos acerca de esta materia,
pero cuanto más hablaba ella, tanto más se decidía Tom a no condenarse por
hacerle el gusto a su mujer.
Finalmente ella se decidió a hacer el negocio por su cuenta, y si
lograba éxito, a guardarse todo el dinero. Como tenía tan pocos escrúpulos como
su marido, una tarde de verano se dirigió al viejo fortín indio. Estuvo ausente
muchas horas. Cuando volvió no gastó muchas palabras. Contó algunas cosas
acerca de un hombre negro, a quien había encontrado, a media luz, dedicado a
derribar árboles a hachazos. Sin embargo se mantuvo bastante reservada, sin
acceder a contar más; debía volver otra vez con una oferta propiciatoria, pero
se negó a decir lo que era.
Al otro día, a la misma hora, se dirigió al pantano, llevando
fuertemente cargado el delantal. Tom la esperó muchas horas en vano; llegó la
medianoche, pero no apareció; llegó la mañana, el mediodía, y nuevamente la
noche, pero ella no volvía. Tom empezó a tranquilizarse, especialmente cuando
observó que se había llevado consigo un juego de té de plata y todo artículo
portátil de valor. Pasó otra noche y otro día, y su mujer seguía sin aparecer.
En una palabra, nunca más volvió a oírse hablar de ella.
Son tantos los que aseguran saber lo que le ocurrió que, en resumidas
cuentas, nadie sabe nada. Es uno de los tantos hechos que aparecen confusos por
la enorme variedad de opiniones de los historiadores que se han ocupado de
ello. Algunos aseguran que se perdió en el pantano, y que dando vueltas vino a
caer en un pozo; otros, menos caritativos, suponen que huyó con el botín y se
dirigió a alguna provincia; según otros, el enemigo malo la atrajo a una
trampa, en la cual se la encontró después. Esta última hipótesis se confirma
por la observación de algunos pobladores del lugar, según los cuales aquella
misma tarde se vio a un hombre negro, con un hacha, que salía del pantano,
llevando un atadillo formado por un delantal, y con el aspecto de un altivo
triunfador.
La versión más corriente afirma, sin embargo, que Tom se puso tan
nervioso por el destino de su mujer, que finalmente se decidió a buscarla en
las cercanías del fortín indio. Permaneció toda una larga tarde de verano en
aquel tétrico lugar, sin poder encontrarla. Muchas veces la llamó por su
nombre, sin obtener ninguna respuesta. Sólo los pájaros y las ranas respondían
a sus gritos. Finalmente, en la hora del crepúsculo, cuando empezaban a salir
las lechuzas y los murciélagos, el vuelo de los caranchos le llamó la atención.
Miró hacia arriba y observó un objeto, en parte envuelto en un delantal y que
colgaba de las ramas de un árbol. Un carancho revoloteaba cerca, como si
vigilara su presa. Tom se alegró, por reconocer el delantal de su mujer y
suponer que contuviera todos los objetos valiosos que se había llevado.
—Recupere yo lo mío —dijo, tratando de consolarse—, y ya veré cómo me
las arreglo sin mi mujer.
Al subir por el árbol, el carancho extendió las alas y huyó a refugiarse
en lo más sombrío del bosque. Tom se apoderó del delantal, pero, con gran
desesperación suya, sólo encontró dentro de él un hígado y un corazón. Según
las más auténticas historias, eso es todo lo que se encontró de la mujer de
Tom. Probablemente intentó proceder con el diablo como estaba acostumbrada a
hacerlo con su marido; pero, aunque una harpía se considera generalmente como
un buen enemigo del diablo, en este caso parece que la mujer de Tom llevó la
peor parte. Debió haber muerto con las botas puestas, pues Tom notó numerosas
huellas de pies desnudos, alrededor del árbol, como si alguien hubiera tenido
que afirmarse bien; encontró además un montón de negros e hirsutos cabellos, que
indudablemente procedían del leñador. Tom conocía por experiencia la habilidad
de su mujer para el combate. Se encogió de hombros al observar señales de
garras.
—Por Dios —se dijo—, hasta él ha debido pasar trabajos por ella.
Como era un hombre estoico, Tom se consoló de la pérdida de sus objetos
de plata, con la de su mujer. Hasta sintió un poco de gratitud por el leñador
negro, considerando que le había favorecido. En consecuencia, trató de seguir
cultivando su amistad, aunque durante algún tiempo sin éxito; el hombre negro
parecía sufrir ahora de timidez, pues, aunque la gente piense lo contrario, no
aparece en cuanto se le llama: sabe cómo jugar sus cartas cuando está seguro de
tener los triunfos. Finalmente, se cuenta que cuando la inútil búsqueda había
cansado a Tom, hasta el punto de estar dispuesto a acceder a cualquier cosa
antes que renunciar al tesoro, una tarde encontró al hombre negro, vestido como
siempre de leñador, con el hacha al hombro, recorriendo el pantano y silbando
una melodía. Pareció recibir los saludos de Tom con gran indiferencia, dando
cortas respuestas y prosiguiendo con su música.
Poco a poco, sin embargo, Tom llevó la conversación adonde le
interesaba, empezando en seguida a discutir las condiciones dentro de las
cuales Tom obtendría el tesoro del pirata. Había una condición, que no es
necesario mencionar, pues se sobreentiende generalmente en todos los casos en
los que el diablo hace un favor; a ella se agregaban otras, en las que el
hombre negro insistía tercamente, aunque fueran de menor importancia. Pretendía
que el dinero encontrado con su auxilio se emplease en su servicio. En
consecuencia, propuso a Tom que lo dedicara al tráfico de esclavos, es decir,
que fletara un barco dedicado a ese negocio. Sin embargo, Tom se negó
resueltamente a ello: su conciencia era bastante elástica, pero ni el mismo
diablo podía inducirle a dedicarse al tráfico del ébano humano. El hombre
negro, al ver que Tom estaba tan decidido en este punto, no insistió,
proponiendo en su lugar que se dedicara a prestar dinero, pues el diablo tiene
gran interés en que aumente el número de usureros, considerándolos muy
particularmente como hijos suyos.
Tom no hizo a esto ninguna objeción, ya que, por el contrario, era una
proposición muy de su gusto.
—El mes próximo usted abrirá sus oficinas en Boston —dijo el hombre
negro.
—Lo haré mañana mismo, si usted lo desea —repuso Tom.
—Usted prestará dinero al dos por ciento mensual.
—Como que hay Dios, que cobraré cuatro —replicó Tom.
—Usted se hará extender pagarés, liquidará hipotecas y llevará los
comerciantes a la quiebra.
—Los mandaré al d... —gritó Tom, entusiasmado.
—Usted será usurero con mi dinero —añadió el hombre negro,
agradablemente sorprendido—. ¿Cuándo quiere usted el dinero?
—Esta misma noche.
—Trato hecho —dijo el diablo.
—Trato hecho —asintió Tom.
Se estrecharon las manos y quedó finiquitado el negocio.
Pocos días después, Tom se encontraba sentado detrás de su escritorio,
en una casa de banca, en Boston. Pronto se esparció su reputación de
prestamista, que entregaba dinero por pura consideración. Todos se acuerdan de
los tiempos del gobernador Belcher, cuando el dinero era particularmente
escaso. Eran los tiempos de los asignados. Todo el país estaba sumergido bajo
un diluvio de papel moneda: se había fundado el Banco Hipotecario y producido
una loca fiebre de especulación; la gente desvariaba con planes de colonización
y con la construcción de ciudades en la selva. Los especuladores recorrían las
casas con mapas de concesiones, de ciudades que iban a ser fundadas y de algún
El Dorado, situado nadie sabía dónde, pero que todos querían comprar.
En una palabra, la fiebre de la especulación, que aparece de vez en
cuando en nuestra patria, había creado una situación alarmante; todos soñaban
con hacer su fortuna de la nada. Como ocurre siempre, la epidemia había cedido;
el sueño se había disipado, y con él las fortunas imaginarias; los pacientes se
encontraban en un peligroso estado de convalecencia y por todo el país se oía a
la gente quejarse de los «malos tiempos».
En estos propicios momentos de calamidad pública se estableció Tom como
usurero en Boston. Pronto a su puerta se agolparon los solicitantes. El
necesitado y el aventurero, el especulador, que consideraba los negocios como
un juego de baraja; el comerciante sin fondos, o aquel cuyo crédito había
desaparecido, en una palabra, todo el que debía buscar por medios desesperados
y por sacrificios terribles, acudía a Tom. Este era el amigo universal de los
necesitados, sin perjuicio de exigir siempre buen pago y buenas seguridades. Su
dureza estaba en relación directa con el grado de dificultad de su cliente.
Acumulaba pagarés e hipotecas, esquilmaba gradualmente a sus clientes, hasta
dejarlos a su puerta corno una fruta seca.
De esta manera hizo dinero como la espuma y se convirtió en un hombre
rico y poderoso. Como es costumbre en esta clase de gentes, comenzó a edificar
una vasta casa, pero de puro miserable no acabó ni de construirla ni de
amueblarla. En el colmo de su vanidad rompió coche, aunque dejaba morir de
hambre a los caballos que tiraban de él; los ejes de aquel vehículo no llegaron
nunca a saber lo que era el sebo y chirriaban de tal modo que cualquiera
estaría tentado a tomar ese ruido por los lamentos de la pobre clientela de
Tom.
A medida que pasaban los años empezó a reflexionar. Después de haberse
asegurado todas las buenas cosas de este mundo comenzó a preocuparse del otro.
Lamentaba el trato que había hecho con su amigo negro y se dedicó a buscar el
modo y la manera de engañarle. En consecuencia, de repente se convirtió en
asiduo visitante de la iglesia. Rezaba en voz muy alta y poniendo toda su
fuerza en ello, como si se pudiera ganar el cielo a fuerza de pulmones.
Del elevado tono de sus oraciones dominicales, podía deducirse la
gravedad de sus pecados durante la semana. Los otros fieles, que modesta y
continuamente habían dirigido sus pasos por los senderos de la rectitud, se
llenaban a sí mismos de reproches al ver la rapidez con que este recién
convertido los sobrepasaba a todos. Tom mostrábase tan rígido en cuestiones de
religión como de dinero; era un estricto vigilante y censor de sus vecinos y
parecía creer que todo pecado que ellos cometieran era una partida a su favor.
Llegó a hablar de la necesidad de reiniciar la persecución de los cuáqueros y
los anabaptistas. En una palabra, el celo religioso de Tom era tan notorio como
sus riquezas.
A pesar de todos sus ahincados esfuerzos en pro de lo contrario, Tom
temía que al fin el diablo se saliera con la suya. Se dice que para que no lo
agarrara desprevenido, llevaba siempre una pequeña biblia en uno de los
bolsillos de su levitón. Además, tenía otra de gran formato encima de su
escritorio; los que le visitaban le encontraban a menudo leyéndola. En esas
ocasiones, ponía sus lentes entre las páginas del libro, para marcar el lugar y
se dirigía después a su visitante para llevar a cabo alguna operación usuraria.
Cuentan algunos que a medida que envejecía, Tom empezó a ponerse chocho
y que suponiendo que su fin estaba cercano, hizo enterrar uno de sus caballos,
con herraduras nuevas y completamente ensillado, pero con las patas para
arriba, puesto que suponía que el día del Juicio Final todo iba a estar al
revés, con lo cual tendría una cabalgadura lista para montar, pues estaba
decidido, si ocurría lo peor, a que su amigo corriera un poco si quería
llevarse su alma. Sin embargo, esto es probablemente sólo un cuento de viejas.
Si realmente tomó esa precaución, fue completamente inútil, por lo menos así lo
afirma la leyenda auténtica, que termina esta historia de la siguiente manera:
Una tarde calurosa, en la canícula, cuando se anunciaba una terrible tormenta,
Tom se encontraba en su escritorio, vestido con una bata mañanera. Estaba a
punto de desahuciar una hipoteca, con lo que acabaría de arruinar a un
desgraciado especulador en tierras, por el que había sentido gran amistad. El
pobre hombre pedía un par de meses de respiro. Tom se impacientó y se negó a
concederle ni un día más.
—Eso significa la ruina de mi familia, que quedará en la miseria —decía
el especulador.
—La caridad bien entendida empieza por casa —objetó Tom—. Debo
preocuparme por mí mismo, en estos tiempos duros.
—Usted ha ganado mucho dinero conmigo —dijo el especulador.
Tom perdió su paciencia y su piedad.
—Que el diablo me lleve si he ganado un ochavo. En aquel momento se
oyeron tres golpes dados en la puerta. Tom salió a ver quién era. En la puerta,
un hombre negro mantenía por la brida a un caballo del mismo color, que bufaba
y golpeaba el suelo con impaciencia.
—Tom, ven conmigo —dijo el hombre negro secamente.
Tom retrocedió, pero era demasiado tarde. Su Biblia pequeña estaba en el
levitón y la grande debajo de la hipoteca, que estaba a punto de liquidar;
ningún pecador fue tomado más desprevenido. El hombre le puso en la silla, como
si fuera un niño, fustigó al caballo y se alejó a galope tendido con Tom detrás
de él en medio de la tormenta que acababa de desencadenarse.
Sus empleados se pusieron la pluma detrás de la oreja y a través de las
ventanas le vieron alejarse. Así desapareció Tom Walker a través de las calles,
flotando al aire su traje mañanero, mientras su caballo a cada salto hacía
brotar chispas del suelo.
Cuando los empleados volvieron la cabeza para observar al hombre negro,
éste había desaparecido. Tom nunca volvió a liquidar la hipoteca. Una persona
que vivía en el límite del pantano contó que en el momento de desencadenarse la
tormenta oyó ruido de herraduras y aullidos, y cuando se asomó a la ventana vio
una figura como la descripta, montada en un caballo que galopaba como
desbocado, a través de campos y colinas, hacia el oscuro pantano, en dirección
al derruido fuerte indio; poco después de pasar por delante de su casa cayó en
aquel sitio un rayo que pareció incendiar todo el bosque.
Las buenas gentes sacudieron la cabeza y se encogieron de hombros, pero
estaban tan acostumbradas a las brujas, los encantamientos y toda clase de
triquiñuelas del diablo, que no se horrorizaron tanto como hubiera debido
esperarse. Se encargó a un grupo de personas que administraran las propiedades
de Tom. Nada había que administrar, sin embargo. Al revisar sus cofres, se
encontró que todos sus pagarés e hipotecas estaban reducidos a cenizas. En
lugar de oro y plata, su caja de hierro sólo contenía piedras; en vez de dos
caballos, medio muertos de hambre en sus caballerizas, se encontraron sólo dos
esqueletos. Al día siguiente su casa ardió hasta los cimientos.
Este fue el fin de Tom Walker y de sus mal habidas riquezas. Que todas
las personas excesivamente amantes del dinero se miren en este espejo. Es
imposible dudar de la veracidad de esta historia. Todavía puede verse el pozo,
bajo los árboles de donde Tom desenterró el oro del capitán Kidd; en las noches
tormentosas alrededor del pantano y del viejo fortín indio, aparece una figura
a caballo vestida con un traje mañanero, que sin duda es el alma del usurero.
De hecho, la historia ha dado origen a un proverbio, a ese dicho tan popular en
la Nueva Inglaterra, acerca de El Diablo y Tom Walker.
En cuanto puedo acordarme, esta es la esencia del relato del ballenero
del Cabo Cod. Estaba adornado de diversos detalles triviales que he omitido,
pero los cuales nos sirvieron de alegre esparcimiento toda la mañana, hasta
dejar pasar la hora más favorable para la pesca, por lo que se propuso que
volviéramos a tierra y permaneciéramos bajo los árboles, hasta que cediera el
calor del mediodía.
Conformes con esto, tomamos tierra en una agradable parte de la costa de
la isla de Manhattoes, llena de árboles y que antiguamente perteneció a los
dominios de la familia Hardenbroocks. Era un lugar que conocía bien por las
excursiones de mi mocedad. Cerca del sitio de nuestro desembarco se encontraba
un antiguo sepulcro holandés, que inspiró gran terror y dio pábulo a numerosas
fábulas entre mis compañeros de colegio. Durante uno de nuestros viajes
costeros habíamos entrado a verlo, encontrando féretros recargados de adornos y
muchos huesos; pero lo que lo hacía más interesante a nuestros ojos es que
existía una cierta relación con el casco del barco pirata, que se pudría entre
las rocas de Hell-Gate. También se decía que tenía mucho que ver con los contrabandistas,
lo que debía ser cierto cuando este apartado lugar pertenecía a uno de los
notables burgers, un tal Provost, al que se le conocía por el sobrenombre de
«el aventurero del dinero pronto» y del que se murmuraba que tenía numerosos y
misteriosos negocios de ultramar. Sin embargo, todas estas cosas habían formado
un buen revoltillo en nuestras juveniles cabezas, de esa misma vaga manera como
tales temas se entrelazan en los cuentos de la mocedad.
Mientras yo reflexionaba sobre estas cosas, mis compañeros habían
extendido un almuerzo sobre el suelo, sacándolo de una canasta muy bien
provista, y colocando todo bajo los árboles, cerca del agua. Allí pasamos las
horas calurosas del mediodía. Mientras me encontraba tirado sobre la hierba,
entregado a esa ensoñación que tanto me gusta, pasé revista a los débiles
recuerdos de mi mocedad, y se los relaté a mis compañeros como me venían a la
memoria: incompletos recuerdos de un sueño, que divirtió a mis acompañantes.
Cuando terminé, uno de los burgers, hombre de edad avanzada, llamado Juan José
Vandermoere, rompió el silencio y nos observó que él también recordaba una
historia acerca de un tesoro, suceso que había ocurrido en su vecindario y que
podía explicar algunas de las cosas que había oído en mi mocedad. Como sabíamos
que era uno de los más veraces hombres de la provincia, le rogamos que nos
contara esa historia, lo que hizo de muy buena gana, mientras fumábamos
nuestras pipas.
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Washington Irving (1783-1859)

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