© Libro N° 9570. Un Tal Monsieur Berquin. Simenon, George. Emancipación. Febrero
5 de 2022.
Título original: © Un Tal Monsieur Berquin. George Simenon
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UN TAL MONSIEUR BERQUIN
George Simenon
Un Tal Monsieur Berquin
George Simenon
George Simenon
(Lieja, Bélgica, 1903 - Lausana, Suiza, 1989)
Un Tal Monsieur Berquin (1947)
(“Un certain Monsieur Berquin”)
Originalmente publicado en el semanario Hebdo,
Bruselas
(n.º 101, 18 de octubre de 1947);
Maigret les petits cochons sans queue
(París: Presses de la Cité, 1950, 221 págs.)
El
coche siguiente iba ocupado por un hombre, su mujer y sus dos hijos —el marido
estaba asociado a un asentador de Les Halles—, y la familia se dirigía a una
aldea de los alrededores de Elbeuf para asistir al entierro de una tía. Llovía
desde la salida de París, pero llovía más fuerte a medida que se iban
aproximando a Normandía. El limpiaparabrisas funcionaba a saltitos, con paradas
que hacían creer que iba a inmovilizarse definitivamente; pero luego se volvía
a poner lentamente en marcha, y por fin recobraba momentáneamente su ritmo de
metrónomo, borrando los surcos de la lluvia.
La
carretera descendía desde hacía rato entre bosques sombríos. Dos o tres veces,
al pasar por una recta, se había divisado el faro piloto del primer coche, que
no rodaba con excesiva velocidad. A buena marcha, pero no podía decirse que
fuese muy de prisa.
Precisamente cuando se distinguía el farolillo rojo, bastante lejos,
aproximadamente a un kilómetro, la luz pareció desplazarse de un modo anormal
en un lugar en el que la carretera trazaba una gran curva.
En
estas circunstancias, no queda mucho tiempo para reflexionar. M. Bidus —tal era
el nombre del conductor del segundo carruaje— pensó primeramente que el coche
de delante se había desviado un poco a la derecha, después de haber patinado,
pero que había podido evitar el vuelco. Su mujer, por su parte, le puso
maquinalmente la mano en el brazo.
Casi
no se veía más allá de la cortina de lluvia. Estaban a punto de seguir. El
marido y la mujer distinguieron al mismo tiempo, en la cuneta, un auto
completamente vuelto, uno de cuyos faros, encendido aún, iluminaba extrañamente
las hierbas a ras de tierra; en aquel espectáculo había algo de incongruente,
casi de indecente, como en el de un hombre que se hubiera puesto el pantalón en
la cabeza.
—Harías mejor continuando —dijo ella—. Por los niños…
Pero
él había frenado ya, y decía a su vez:
—Quédate junto a ellos…
Y,
fuera, oía el ruido continuado y monótono de la lluvia y el runrún de su propio
motor, que no había parado. ¿Por qué no se atrevía a acercarse?
Hubiera podido creerse que tenía miedo. Gritaba, como un niño en la
noche:
—¿Quién hay…?
Se
mojaba los pies y los bajos del pantalón en el césped, que, a la luz de los
faros, resultaba de un color verde pálido.
—¿Necesita usted algo?…
El
silencio, que la lluvia en vez de romper espesaba, era impresionante. M. Bidus
volvió a su coche para coger una linterna eléctrica, y murmuró:
—Nadie
responde.
—¿Qué
pasa, papá?
—¡Chist!… Vosotros, a dormir… Dejad tranquilo a vuestro padre…
Cuando
la linterna iluminó el lugar donde el coche yacía, se vio, a su lado, un hombre
sentado en tierra. Miraba a M. Bidus. Le miraba con calma, reflexivamente.
—¿Está
usted herido?
El
otro continuaba observándole sin decir palabra; se hubiera dicho que
descontento de ser interrumpido en su meditación. El segundo automovilista se
aproximó un poco más, y vio entonces que la cabeza de su interlocutor era de
extraña forma, y que algo raro colgaba de su oreja derecha, un trozo de piel
con cabellos.
—¿Le
duele?
¿Le
oía acaso el herido? Continuaba mirándole con soberana indiferencia, como si
estuviera entregado a un ensueño.
—Permanezca aquí… No se mueva… Voy a buscar socorro… ¿Hay alguien más en
el coche?
Resultaba impresionante ver con las ruedas al aire un vehículo, lo que
habitualmente se encuentra en posición normal. El hombre debió de comprender,
miró la máquina, alrededor de la cual centelleaban fragmentos de vidrio, y se
encogió de hombros.
—Vengo
en seguida…
M.
Bidus se reunió con su mujer, y murmuró:
—Creo
que se ha pegado un golpe morrocotudo…
Después caminó silenciosamente hasta descubrir una casa, apenas a
doscientos metros, a la izquierda.
Hacía
frío. Todo estaba mojado y frío. Los habitantes de la casa no se atrevían a
responder, y, sin embargo, una cortina se movía. Los niños hacían preguntas.
Por último, se estableció un diálogo a través de la ventana cerrada.
—Hubo
un accidente —chillaba M. Bidus.
—¿Tuvo
usted un accidente?
—Hubo
un accidente… Allá… Más arriba…
Había
que gritar. ¿Cuánto tiempo transcurrió antes de que la puerta acabase por
abrirse? Delante había una bomba de gasolina; detrás, un establo.
—¡Siempre en la curva! —suspiró el hombre que acababa de despertarse. Se
vistió. Calzaba botas de goma.
—Habría que telefonear a un médico…
—Podría hacerse si yo tuviese teléfono…
Antes
de salir bebió un trago de calvados en su propio mostrador, y encendió un farol
de cuadra.
—¿Hay
muertos?
—No lo
creo… Supongo que podré continuar mi camino, ¿no?
—¡Ah,
no, de ninguna manera!… Tiene que ayudarme… De lo contrario, les dejaré
plantados…
Se
trató, mientras avanzaban por la carretera, del entierro de la tía, de los
automovilistas que desde hacía años tenían la manía de tomar aquella curva al
revés.
—¡Mire…! El sujeto sigue en el mismo sitio…
Siempre con el mismo aire soñador o aturdido. Pero, aunque su rostro
estaba ya cubierto de sangre, el hombre no parecía haberse dado cuenta.
—¿Es
usted capaz de andar? Se levantó suspirando, y hubo que sostenerlo, porque
vacilaba.
—Es…
Es… —comenzó a decir con una voz extraña.
—Vamos… Agárrese a mi hombro…
Era un
hombre más bien bajo, robusto, bien vestido, de mediana edad.
—¡Oigan, ustedes…!
Al
alejarse del coche volcado salió de su interior una voz de mujer:
—¿Piensan dejarme aquí tirada, por casualidad? Y ese tipo, que no dice
nada, que se va, dejándome aquí embotellada…
Una
pierna larga asomaba por la portezuela. Había sangre en la media de seda,
sangre en el traje.
—No
tire tan fuerte… Así no… ¿No ve que me hace daño…?
Cuando
la hubieron sacado del coche, intentó ponerse de pie, pero cayó de costado,
gruñendo:
—¡Mierda! Debo de haberme roto algo…
La
dueña de la granja-taberna había hecho entrar al resto de la familia Bidus, a
causa de los niños. Tenía cabellos de estropajo, ojos claros, y senos enormes y
blandos. Decía con voz tristona:
—Esto
pasa todas las semanas…
Los
dos hombres entraron llevando a la muchacha, que conservaba el conocimiento y
que no dejaba de insultar. El otro les seguía, la piel del cráneo cayéndole
encima de la oreja, el rostro rojo de sangre, siempre con aspecto ausente, como
un sonámbulo.
—No
miréis, niños…
Volvió
a hablarse del entierro, que obligaba a los Bidus a marcharse; del doctor que
vivía a seis kilómetros, y no precisamente en la carretera general —era
necesario hacer un trayecto de un kilómetro por una carretera secundaria, a la
derecha—, y que no se molestaba de buena gana, porque a veces había sucedido
que, al llegar, los heridos se habían marchado por sus propios medios. De modo
que lo consideraba una molestia.
—Le
prometo ir a hablarle… Si hace falta, volveré con él…
La
joven —porque era una joven— tenía cardenales por todas partes, quizá algún
hueso roto o, como suele decirse, contusiones internas. Cuando quisieron
servirle un vaso de calvados para reanimarla, respondió:
—No,
gracias… Ya he bebido bastante con él…
Los
del segundo coche se marcharon. Empezaron equivocando el camino, y acabaron por
dar con el médico. Después de lo cual continuaron, llevando en el asiento
trasero a los niños, sobreexcitados por el suceso, y a Mme. Bidus, que repetía
a cada paso:
—Vas
demasiado aprisa, Víctor…
En la
taberna hubo que hervir agua por orden del médico. La mujer se desvaneció
cuando le dieron unos puntos de sutura. En cuanto al hombre, le limpiaron, le
curaron la cabeza, le acostaron, y se durmió; o acaso entró en coma, no se sabe
bien.
Los
habían acostado juntos en la misma cama, la del patrón y la patrona, tibia aún
de su calor.
—Elbeuf no me enviará una ambulancia antes de mañana… Téngalos aquí
hasta entonces… Hago todo lo que puedo hacer… Al llegar a casa telefonearé a la
gendarmería…
Unas
bombillas eléctricas demasiado débiles alumbraban escasamente la casa,
impregnada de un olor mezclado de taberna y establo.
—¿Cree
que hay fractura de cráneo?
—Mañana lo sabremos… Pueden dormir mientras tanto…
El
cochecillo del doctor marchó envuelto en la lluvia. La tabernera fue a
acostarse en la cama de su hija mayor, mientras el patrón se amodorraba en un
sillón. A las dos de la mañana golpearon en las maderas de las ventanas. Eran
dos gendarmes en bicicleta, a los que, para empezar, hubo que servir unas copas
de calvados, porque en sus rostros relucientes por la lluvia aparecían unos
labios azulados, y al caminar dejaban en el suelo menudos regueros de agua.
—¿Les
ha dicho quién es?
—No
pronunció palabra…
El
hombre seguía durmiendo, con la cabeza rodeada de un vendaje que parecía un
turbante.
—Apesta a alcohol —dijo uno de los gendarmes, que acababa de vaciar dos
buenas copas.
—Es
posible. Le hicieron beber a la llegada…
Registraron los bolsillos. Aparecieron una cartera y un carnet de
identidad, a nombre de M. José Berquin, y agrimensor en Caen, Calvados.
Los
gendarmes, por escrúpulos de conciencia, fueron a contemplar el auto volcado,
apuntaron el número de su matrícula en un cuaderno cuyas páginas mojaba la
lluvia, y se marcharon.
El
patrón de la taberna, fatigado, había ido a tumbarse al lado de su mujer, en la
cama de su hija, la cual, a pesar de todo aquel teje maneje, no se había
despertado.
En la
enorme habitación no habían dejado más que un quinqué de petróleo, el que se
usaba cuando había un enfermo.
Todo
el mundo dormía a pierna suelta. El doctor, después de haber telefoneado a
Elbeuf y a la gendarmería, había vuelto a acostarse. Uno de los gendarmes, que
sacaba un sobresueldo con las informaciones que daba al periódico local, había
telefoneado al Nouvelliste, lo que sabía.
¿A qué
hora salió el hombre de su postración? Hacia las cuatro o cinco de la
madrugada, sin duda. ¿Cuánto tiempo permaneció en aquel lecho extraño, donde
había una mujer dormida?; ¿cuánto tiempo contempló el decorado que quizá le
pareciera alucinante? ¿Pensaba en otra habitación en la que hubiera debido
encontrarse, en otra cama, en otra mujer a la que pertenecía por derecho un
lugar a su lado bajo las mantas?
El
caso es que no hizo ningún ruido. El quinqué no alumbraba lo bastante para que
pudiera verse en el espejo deformante colgado encima de la cómoda. Si llegó a
tocarse la cabeza, debió de encontrarla monstruosamente agrandada por el
espesor del apósito, que le hubiera impedido ponerse cualquier clase de
sombrero.
En
todo caso, consiguió vestirse solo, descender silenciosamente la escalera de la
que al menos dos escalones crujían, y quitar la cadena de la puerta.
Antes
de marchar, ¿había acaso contemplado por última vez, en la habitación alumbrada
por el quinqué, a aquella joven rubia que tenía dos trozos de esparadrapo en
las mejillas y otro en la sien y que, mientras dormía, enseñaba inocentemente
un seno?
Fue el
patrón del tabernucho quien, al levantarse, poco después de las cinco para ir a
sacar las vacas, descubrió la cosa.
—Se ha
largado… —anunció a su mujer y a su hija, que se vestían.
Despertaron a la rubia.
—¡Oiga, señora…! Su marido se ha…
—¿Mi
marido?
—Bueno, el señor con quien…
—¡Dios
mío, cómo me duele la cabeza…! ¡Déjenme dormir…! No me den la lata ahora con
ese tipo…
Valía
más que la hija mayor saliese de allí, porque hay cosas que una niña no debe
oír, aun en el caso de que esté acostumbrada a llevar las vacas al toro.
—Usted, ¿no le conoce?
—Sólo
desde las diez de la noche de ayer… ¡Si lo hubiera sabido…! ¡Cuando pienso que
tenía un tren a las once y treinta y tres…!
¡Y los
habían metido en el mismo lecho, en el lecho conyugal!
—Fue
en Nantes… Me quedaba todavía una hora antes del tren para Caen, donde estoy
contratada como bailarina en la Boule Rouge… tomaba un bocado en un figoncito,
cerca de la estación, cuando este tipo…
Un
figoncito con las paredes pintadas color malva agresivo, un mostrador de zinc,
y un patrón en mangas de camisa.
—Estaba completamente excitado… Acababa de llegar de París, donde le
habían entregado un nuevo coche. Creo que ya había bebido un poco… Vio la
maleta a mi lado… Me preguntó a dónde iba, y, cuando yo le dije que a Caen…
¡Oh, cómo me gustaría que me dejasen dormir…!
Ya
contaría más tarde el resto si se le preguntaba. Las mujeres que bailan en
lugares como la Boule Rouge saben más de hombres que cualesquiera otras.
El
hombre estaba excitado. Estaba contento, en plena euforia. A causa de su nuevo
coche. Y también, probablemente, porque, al menos una vez, estaba solo.
Si no
estuviese solo, no hubiera ido a tomar un bocado al agujero aquél, de paredes
color malva, sino que se hubiera dirigido al restaurante de la estación, o a
otro más respetable.
Y si
no hubiera bebido un poco…
¿Qué
le había contado durante el trayecto?… Montones de cosas… De creer lo que
decía, era un tipo estupendo… Y divertido… E incluso conduciendo el auto se
portaba como un colegial, hasta el punto de que constantemente había que
colocar su mano derecha en el volante…
—¡Pues
por lo menos se ha dado un buen porrazo…! —decía el patrón de la taberna al
sacar su vaca del establo, de donde su mujer y su hija sacaban cada cual la
suya—. Me pregunto a dónde puede haber ido…
Se
supo algo más tarde. El hombre había caminado solo, con su enorme vendaje en la
cabeza, a lo largo de la carretera. Unos obreros del horno de cal lo habían
encontrado, y más tarde, también, un empleado de los ferrocarriles que pasaba
en su bicicleta. Caminaba derecho, en aquel amanecer lluvioso, sin mirar a
nadie.
Había
una aldea a siete kilómetros, y, frente a la estación, un cafetín que abría
temprano. El tren de Elbeuf acababa de llegar. Habían colocado un montón de
periódicos, fresca aún la tinta, encima de una silla.
El
hombre estaba allí. Tomaba un café con aguardiente. Todos los madrugadores que
iban a echar un trago lo miraban, a causa de los vendajes de la cabeza, y él,
lúgubre, no parecía darse cuenta.
—¿Puedo coger un periódico? —había preguntado tímidamente con la mano
encima del lote todavía fresco del Nouvelliste d’Elbeuf.
En
aquel momento la rubia dormía. El doctor abría la consulta. Una ambulancia se
había detenido cerca del lugar del accidente.
—Leyó
el periódico, y luego salió después de haber pagado. Tomó hacia la izquierda…
Fue
fácil encontrar su pista, a causa de la enorme cabeza blanca. Andaba por la
aldea. Daba vueltas por aquí y por allá. No dirigía la palabra a nadie. El
periódico le salía del bolsillo.
Y, en
el periódico, había un suelto, fruto de las cogitaciones del gendarme:
«Esta
noche un auto procedente de París ha tenido un accidente a medio camino de
Méchin. El coche dio una vuelta completa, y quedaron heridos de más o menos
gravedad, dos honorables ciudadanos de Caen, M. Joseph Berquin, agrimensor, y
su esposa, Mme. Berquin, que han sido recibidos por…».
Después de la ambulancia, fue un taxi el que llegó, esta vez de Caen,
con una dama que hacía pregunta tras pregunta, en un tono a la vez agresivo y
sospechoso.
—¿Está
usted seguro de que salió hacia ese lado?…
Seguro
o no, había que librarse de ella. Las personas que viven un drama tienden a
olvidar que los demás han de realizar sus tareas cotidianas, y que las vacas
continúan dando leche a pesar de los que acaban de romperse la cabeza en un
viraje y que se aprovechan de que todo el mundo duerme para tomar las de
Villadiego.
—Marchó por allí, sí señora…
—Había
bebido, ¿no es así?
—De
eso no sé nada, señora.
—¿No
se ha dado usted cuenta de si olía a alcohol?
Aquella mujer iba derecha a lo suyo. No perdió la pista un solo
instante. Lo siguió con su taxi, haciendo que el chófer lo parase de vez en
cuando.
—Dígame, buen hombre, ¿no habrá visto usted a un señor que…?
Y
recobraba la pista del vendaje a lo largo del camino.
—Un
tipo que estaba de juerga… —decía la rubia en el mismo momento—. Y que no debía
de estar acostumbrado. Apuesto a que era la primera vez que llevaba en el coche
a una mujer que no era la suya…
Se
seguía buscando al hombre de la cabeza de momia, que, después del accidente, no
había dicho ni dos palabras, sino para pedir un café con aguardiente y para
comprar el periódico.
La
gendarmería se había puesto en movimiento, pero el taxi de Mme. Berquin
conservó la delantera y ganó la partida. Llegó en el momento preciso para ver
cómo sacaban del río, a quinientos metros de la aldea, una forma oscura.
—Es él
—declaró la mujer.
Y como
temblasen los párpados del ahogado, ella continuó con otra voz:
—¡Joseph…! ¡Joseph…! ¿Me oyes?… ¿No te da vergüenza…?
Siguió
haciéndose el muerto hasta el hospital a donde le llevó la ambulancia que, al
fin, servía para algo.
—En
seguida, Madame… Por favor, déjele en paz… —suplicaban los médicos.
Aún
podía creerse que se hubiera fracturado el cráneo. Él lo esperaba todavía, y
les miraba con ojos implorantes.
Pero,
según los términos del informe, no había más que una herida contusa en el cuero
cabelludo.
De
modo que lo entregaron a su mujer.
Ésta
había telefoneado ya a su abogado de Caen y a su asegurador, a propósito de la
indemnización reclamada por la rubia.
Y
cuando, más tarde, alguna persona aludía a la caída en el río y se refería al
schok consiguiente al vuelco del coche, Madame Berquin replicaba
categóricamente:
—¡Calle!… ¡Calle!… Diga más bien que le dio vergüenza…
¿No
sería más sencillo aún decir que el hombre del vendaje había tenido miedo? En
todo caso, fue lo bastante prudente como para no confesarlo nunca, y se
contentaba con mover su enorme cabeza, que había quedado deformada.
—En
resumen, que por lo menos, había tenido su noche.
¡Hay
tantos hombres que no la tienen nunca!

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