Libro N° 9571. La Cuestión De La Mujer. Marx Aveling, Edward Y Eleanor.
© Libro N° 9571. La Cuestión De La Mujer. Marx Aveling, Edward Y Eleanor. Emancipación.
Febrero 5 de 2022.
Título original: © La Cuestión De La Mujer. Edward Y Eleanor Marx
Aveling
Versión
Original: © La Cuestión De La Mujer. Edward Y Eleanor Marx Aveling
Circulación conocimiento libre,
Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://www.marxists.org/espanol/marx-eleanor/1886/1886-cuestionmujer-eleanormarxaveling.pdf
Licencia Creative
Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el
nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
https://i.pinimg.com/originals/10/91/c9/1091c9b191a2ac98e91bc7726f71da54.png
Portada E.O. de Imagen original:
https://estaticos-cdn.elperiodico.com/clip/cf83b8ad-f28d-4d9e-8111-8127538f337d_16-9-aspect-ratio_50p_0.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA CUESTIÓN DE LA MUJER
Edward Y Eleanor Marx Aveling
La Cuestión De La Mujer
Edward Y Eleanor Marx Aveling
La Cuestión De La Mujer
Edward Y Eleanor Marx Aveling
1886
(Versión al castellano desde “The Woman Question”, en MIA-Library –
Eleanor Marx y “La question féminine”, en Dialectiques, nº 8, primavera de
1975, París, páginas 6-20, digitalizadas y alojadas en Les classiques des
sciences sociales – UQAC; la nota a la versión francesa señala que el artículo
se publicó “por primera vez” en 1887 en forma de folleto” con una tirada de
4.000 ejemplares mientras que el MIA en inglés da como fuente Westminster
Review, 1886)
La publicación del libro de August Bebel, La mujer y el socialismo, y la
aparición de una traducción inglesa de la obra, hace que sea oportuno cualquier
esfuerzo para explicar la posición de las socialistas ante la cuestión
femenina. La acogida de la obra en Alemania e Inglaterra hace urgente dicho
esfuerzo, a menos que nuestros adversarios estén dispuestos a menospreciarnos y
que nosotros estemos dispuestos a mantenernos pasivos ante su actitud. Los
autores de este artículo han pensado que el público inglés, hábil en esa
imparcialidad de la que dicen que es privilegio de ellos, prestará atención a
los puntos de vista, argumentos y conclusiones de quienes se califican como
socialistas. Sean cuales sean las opiniones a las que ese público inglés se
adhiera en última instancia, lo hará con conocimiento de causa. Los autores
también han pensado que el examen de tal cuestión estaría mejor realizado si
era obra de un hombre y una mujer que reflexionan y trabajan conjuntamente.
Desean que, en todo lo que sigue, se dé por descontado que se trata de dos
socialistas que expresan sus opiniones personales. Aunque piensen que la
mayoría de sus camaradas comparten esas opiniones, no debe considerarse al
partido de los autores comprometido con todas las propuestas que siguen, ni, a
fortiori, con ninguna de ellas en particular
Primero que nada, unas palabras sobre la obra que sirve de referencia a
este artículo. Bebel es obrero, socialista y miembro del Reichstag. Su libro
Die Frau ha sido prohibido en Alemania1, lo que acrece las dificultades para
conseguirlo y el número de quienes lo han logrado. La prensa alemana lo ha
condenado casi unánimemente y le ha imputado a su autor todos los vicios
posibles e imaginables. Quienes recuerden las posiciones y la personalidad de
Bebel comprenderán enseguida la influencia del libro y el significado de esos
ataques. Cofundador del Partido Socialista en Alemania, uno de los primeros
difusores de la economía política de Karl Marx, puede que el mejor orador de su
país, Bebel goza de la veneración y la confianza del proletariado, también goza
del odio y temor de los capitalistas y aristócratas. No solamente es el hombre
más popular de Alemania, sino que, también, es querido por todos aquellos que
lo conocen, tanto amigos como adversarios. Se han hecho muchos esfuerzos para
calumniarle, pero, sin dudarlo un momento, podemos decir que las acusaciones
lanzadas contra él son tan falsas como venenosas.
____________
1 “… apareció [el libro de
Bebel] en circunstancias excepcionales. Pocos meses antes se había promulgado
la Ley de los Socialistas, con que se reprimió toda la literatura socialista.
Si, no obstante, alguien se atrevía a difundir un escrito prohibido o lo reeditaba
y lo pillaban en esto, su premio era seis meses de cárcel. Sin embargo, se
hicieron ambas cosas.” Bebel, prólogo a la edición L en La mujer y el
socialismo, Akal Editor, Madrid, 1977, página 35.
La traducción inglesa de su último libro ha sido acogida con invectivas
en determinados barrios. La cólera de esas críticas irritadas podría tenerse
por justa si se hubiese extendido a la negligencia sin precedentes de los
editores de la versión inglesa. Su negligencia es mucho más de señalar e
imperdonable teniendo en cuenta que la edición alemana, impresa en Zúrich,
carece particularmente de errores. Debemos excluir de nuestra condena a la
traductora, la doctora Harriet B. Adams Walther. Esta, en conjunto, ha cumplido
bastante bien su tarea, aunque un manifiesto desconocimiento del vocabulario y
fórmulas económicas haya provocado, aquí y allí, ambigüedad y haya dado pruebas
de una inexplicable reticencia a usar el plural. Pero el libro está lleno de
errores de imprenta en cuanto a los caracteres, la ortografía y la puntuación.
¡Encontrar en un libro de solo 264 páginas una suma de al menos 170 errores es
demasiado!
No pensamos ocuparnos de la parte histórica que abre el libro. Por más
interesante que sea tenemos que pasar de largo de ella, hay mucho que decir
sobre las relaciones actuales entre hombres y mujeres y sobre los cambios que
creemos inminentes. Además, la parte histórica no es verdaderamente la mejor
del libro. En ella se pueden encontrar errores aquí y allí. El libro a
consultar, el más seguro sobre este punto en particular de la cuestión de la
mujer, es el de F. Engels El origen de la familia, la propiedad privada y del
estado2. Pasemos, pues, a la sociedad y a la mujer de hoy en día.
Desde el punto de vista de Bebel, y puede muy bien decirse en este caso
desde el de los socialistas en general, la sociedad se encuentra en un estado
de agitación y fermentación. Es la agitación de la descomposición y la
fermentación de la putrefacción. El fin del modo de producción capitalista y,
por ello mismo, de la sociedad de la que es la base, creemos que es más
calculable en años que en siglos. Y este fin significa la refundición de la
sociedad en formas más simples, incluso en elementos, cuya estructuración
creará un nuevo y mejor orden de cosas. La sociedad está en quiebra moral y en
las relaciones entre los hombres y las mujeres es donde esa quiebra se
manifiesta con la más repugnante de las claridades. Son inútiles los esfuerzos
para diferir ese hundimiento construyendo castillos en el aire. Hay que ver los
hechos cara a cara.
Uno de estos hechos de la más fundamental importancia, ni es ni ha sido
nunca justamente confrontado por el hombre o la mujer promedio al considerar
estas relaciones. No ha sido comprendido ni siquiera por aquellos hombres y
mujeres por encima de la media que han hecho de la lucha por la mayor libertad
de las mujeres la tarea de sus vidas. Este hecho fundamental es que la cuestión
es de incumbencia de las estructuras económicas. Como todo en nuestra compleja
sociedad moderna, la situación de la mujer descansa sobre los datos económicos.
Solo porque Bebel no deja de insistir en este punto, su libro ya es un libro de
valor. La cuestión femenina participa de la organización de la sociedad en su
conjunto. Para quienes no han captado esta noción podemos citar a Bacon que
escribe en el primer libro del Progreso del saber, “Otro error […] es que, tras
el reparto de las artes y las ciencias particulares, los hombres han abandonado
la universalidad […] lo que solo puede detener y hacer que cese toda progreso
[…] Tampoco es posible descubrir las partes más profundas y ocultas de
cualquier ciencia de que se trate si uno se mantiene en el nivel de esa ciencia
sin elevarse.” En verdad, este error que se comete cuando “los hombres (y las
mujeres) abandonan la universalidad” no es más que es expresión de un “humor
pecaminoso”. Es una enfermedad o, para ayudarnos con una imagen que pueda
sugerir el pasaje y la frase citadas, quienes se enfrentan a la forma en que
son tratadas actualmente las mujeres sin buscar las causas en la organización
económica de nuestra sociedad contemporánea son como los médicos que tratan una
afección localizada sin examinar el estado general del paciente.
_____________
2 Accesible en la sección en
español del Marxists Internet Archive.
Esta crítica se aplica no solo a la persona común que hace broma de
cualquier discusión en la que se trate sobre la sexualidad. También se aplica a
esos caracteres superiores, en muchos casos serios y reflexivos, que ven que
las mujeres se encuentran en un estado lamentable y desean que se haga algo
para mejorar su condición. Este es el caso de la masa de personas excelentes y
trabajadoras que agitan por ese objetivo perfectamente justo, por el sufragio
femenino; por la derogación de la Ley de Enfermedades Contagiosas, una
monstruosidad engendrada por la cobardía y la brutalidad masculinas; por la
educación superior de las mujeres; por la apertura de las universidades, las
profesiones liberales y todos los oficios, desde el de maestro hasta el de
viajante de comercio. En toda esa agitación, completamente justa, sobresalen
particularmente tres cosas. Primero, los interesados en ella pertenecen, por
regla general, a las clases acomodadas. Con la única y limitada excepción
parcial de la agitación sobre las enfermedades contagiosas, casi ninguna de las
mujeres que participan de forma prominente en estos diversos movimientos
pertenece a la clase trabajadora. Esperamos el comentario de que se puede decir
algo así, en lo que respecta a Inglaterra, del movimiento más amplio que
reclama nuestros esfuerzos especiales. Ciertamente, el socialismo es
actualmente en este país poco más que un movimiento literario. No engloba más
que a una franja de obreros. Pero podemos responder a esta crítica con que en
Alemania este no es el caso, y que, incluso aquí en Inglaterra, el socialismo
está comenzando a extenderse entre los trabajadores.
El siguiente punto es que todas las ideas de esas mujeres de
“vanguardia” se basan ya sea en la propiedad, ya sea en cuestiones
sentimentales o profesionales. Ninguna de ellas va más allá de esas tres
cuestiones para alcanzar los fundamentos, no solamente de cada una de esas
cuestiones, sino de la misma sociedad: la determinación económica. Este hecho
no tiene que sorprender a quienes conocen la ignorancia de las coordenadas
económicas de quienes militan a favor de la emancipación de la mujer. Si juzgamos
de acuerdo con sus escritos y discursos, la mayoría de los defensores de la
mujer no ha prestado nunca ninguna atención al estudio de la evolución de la
sociedad. No parece generalmente ni que dominen, incluso, la economía vulgar,
economía que, según nosotros, es falaz en sus enunciados e inexacta en sus
conclusiones.
El tercer punto se desprende del segundo. Aquellos a los que nos
referimos no hacen ninguna propuesta que salga del marco de la sociedad de hoy
en día. Por este hecho, su trabajo siempre es de poco valor según nosotros.
Nosotros apoyaremos el derecho a voto para todas las mujeres (no solamente para
aquellas que tengan bienes), la derogación de la Ley sobre Enfermedades
Contagiosas y el acceso de los dos sexos a todas las profesiones. La verdadera
situación de la mujer en relación con el hombre no se tocará en profundidad,
(no nos ocupamos en estos momentos del desarrollo de la competencia y de la
agravación de las condiciones de vida, pues nada de eso, aparte de forma
indirecta la ley sobre las enfermedades contagiosas, transforma en la mujer las
relaciones entre los sexos). Tampoco negaremos en absoluto que una vez se haya
alcanzado cada uno de esos tres puntos, la vía se verá despejada para el cambio
radical que debe llegar. Pero es fundamental recordar que el cambio último
solamente se logrará una vez que se haya producido la transformación todavía
más radical, de la que es el coralario. Sin esa transformación social, las
mujeres jamás serán libres.
La verdad, no completamente reconocida incluso por quienes agitan
positivamente a favor de la mujer, es que la mujer, como las clases
trabajadoras, está en una condición oprimida; que su posición, como la de
ellos, es de degradación despiadada. Las mujeres están sometidas a una tiranía
masculina igual que los obreros están sometidos a una tiranía organizada de los
ociosos. Incluso habiendo entendido todo esto, nunca debemos cansarnos de
insistir en la no comprensión de que, para las mujeres, como para las clases
trabajadoras, bajo las actuales condiciones de la sociedad no es realmente
posible ninguna solución de las dificultades y problemas que se presentan. Todo
lo que se hace, sin importar el clamor de trompetas con el que se anuncie, es
paliativo, no correctivo. Las clases oprimidas, tanto las mujeres como los
productores directos, deben comprender que su emancipación vendrá de ellos
mismos, de su propia acción. Las mujeres encontrarán aliados en los hombres más
conscientes, como los trabajadores están encontrando aliados entre los
filósofos, artistas y poetas. Pero, unas no tienen nada que esperar del hombre
en su conjunto, y los otros no tiene nada que esperar del conjunto de las
clases medias.
La verdad de esto se desprende del hecho de que, antes de pasar a la
consideración de la condición de la mujer, tenemos que decir unas palabras de
advertencia. Lo que tenemos que decir del ahora les parecerá exagerado a
muchos; mucho de lo que tenemos que decir del futuro, visionario, y, quizás,
todo lo que se diga, peligroso. Para la gente culta, la opinión pública sigue
siendo sólo la del hombre, y la costumbre adquiere valor de moral. La mayoría
todavía insiste en las debilidades ocasionales de la mujer como un obstáculo
para su igualación con el hombre. Y se habla con entusiasmo sobre la vocación
natural de la mujer. En cuanto a lo primero, la gente olvida que las
debilidades femeninas, bajo determinadas circunstancias, se ven exageradas por
las condiciones insalubres de nuestra vida moderna, si, de hecho, no se deben
totalmente a ellas. Si esas condiciones se racionalizasen, aquellas debilidades
desaparecerían en gran parte, si no completamente. También olvida la gente que
todo esto de lo que se habla tan superficialmente cuando se discute sobre la
libertad de la mujer es convenientemente ignorado cuando se trata de la
esclavitud de la mujer. Olvidan que los empresarios capitalistas sólo tienen en
cuenta esas debilidades de la mujer para reducir el nivel general de los
salarios. Una vez más, no existe vocación natural de la mujer igual que tampoco
existe una ley natural de la producción capitalista o que tampoco está
naturalmente limitada la suma producida por el obrero y que forma sus medios de
subsistencia. Que, en el primer caso, la vocación de la mujer se supone que es
sólo el cuidado de los hijos, el mantenimiento de las condiciones del hogar y
una obediencia general a su amo; que, en el segundo, la producción de plusvalía
es un requisito necesario para la producción de capital; que en el tercero, la
cantidad que el trabajador recibe para sus medios de subsistencia es tal que
sólo le mantendrá justo por encima del punto de inanición: no se trata de leyes
naturales en el mismo sentido que las leyes del movimiento. Sólo son ciertas
convenciones temporales de la sociedad, como la convención de que el francés es
el idioma de la diplomacia.
Tratar detalladamente la situación de la mujer actualmente consiste en
repetir una historia ya mil veces contada. A pesar de todo, para nuestro
objetivo debemos resaltar de nuevo determinados puntos muy conocidos y hacer
balance de dos que lo son menos. En primer lugar, una idea general que
concierne a todas las mujeres. La vida de la mujer no coincide con la del
hombre. No se reúnen, no se ven incluso en numerosos casos. De ahí la atrofia
de la vida familiar. Según Kant: “un hombre y una mujer constituyen cuando
están unidos el ser total y acabado, un sexo complementa al otro.” Pero cuando
cada sexo está incompleto y el menos completo de los dos lo está hasta la
última extremidad y que, por regla general, ninguno de los dos llega a
instaurar con el otro una relación regular, libre, verdadera, profunda y en
pleno acuerdo, el ser jamás es total ni acabado.
En segundo lugar, una idea especial que tiene que ver sólo con un cierto
número, pero importante, de mujeres. Todo el mundo sabe el efecto que ciertos
oficios, o modos de vida, tienen en el físico y en su apariencia. El jinete, el
borracho, son reconocidos por sus andares, por su fisonomía. ¿Cuántos de
nosotros nos hemos detenido, o nos hemos atrevido a detenernos, en el grave
hecho de que, en las calles, en los lugares públicos, en el círculo de amigos,
podemos, en un momento determinado, reconocer a las mujeres solteras, si han
pasado de cierta edad que los escritores ingeniosos llaman, con una delicada
ironía peculiarmente suya, incierta? Pero no podemos distinguir a un hombre
soltero de uno casado. Antes de plantear la pregunta que surge de este hecho,
recordemos la terrible proporción de mujeres solteras. Por ejemplo, en
Inglaterra, en el año 1870, el 41% de las mujeres se encontraban en ese estado.
La pregunta a la que conduce todo esto es sencilla, legítima, y sólo es
desagradable por la respuesta que debe dársele. ¿Cómo es que nuestras hermanas
llevan en sus frentes este sello de instintos perdidos, afectos sofocados, de
cualidades naturales en parte asesinadas? ¿Cómo es que sus hermanos más
afortunados no llevan esa misma marca? Y aquí, ciertamente, no hay ninguna ley
natural. Esta libertad para con el hombre, esta prevención de legiones de
uniones nobles y legítimas no le afectan, sino que recaen pesadamente sobre la
mujer, son el resultado inevitable de nuestro sistema económico. Nuestros
matrimonios, como nuestra moral, se basan en el mercantilismo. No poder cumplir
con los compromisos comerciales es un pecado mayor que la calumnia de un amigo,
y nuestras bodas son transacciones comerciales.
Ya se mire a la mujer en su conjunto o solamente a esa triste
colectividad que lleva marcados en la frente los sellos de una perpetua
virginidad, siempre encontramos la necesidad de ideas e ideales. El motivo de
esto es, además, la dependencia económica respecto al hombre. Las mujeres, a
semejanza de los obreros, se han visto privadas de sus derechos como seres
humanos, igual que se ha privado a los obreros de sus derechos como
productores. El método utilizado en ambos casos es el único que permite la expropiación,
sin importar ni en qué momento ni bajo qué circunstancias, ese método es la
fuerza.
Actualmente, en Alemania la mujer es menor en relación con el hombre. Un
marido de baja condición puede castigar a su mujer. Todas las decisiones
concernientes a los hijos dependen de él, incluso fijar la fecha del destete.
Es el hombre quien dirige, sea la que sea la fortuna de la que pueda disponer
la mujer. La mujer no puede realizar contratos sin su consentimiento, ni formar
parte de una organización política. Es inútil que señalemos cómo todo esto ha
mejorado en Inglaterra en los últimos años, o que recordemos a nuestros
lectores que las recientes transformaciones se deben a la acción de las mismas
mujeres. Pero es necesario que recordemos que, una vez añadidos todos esos
derechos civiles, la mujer inglesa, esté o no casada, depende moralmente del
hombre y que es maltratada por él. La situación no es mucho mejor en otros
países civilizados, a excepción, extraña, de Rusia donde las mujeres son
socialmente más libres que en cualquier otro parte de Europa. En Francia las
mujeres de la parte superior de las capas medias están en peor situación que en
Inglaterra, las de la parte más desfavorecida de las capas medias y las de la
clase obrera están en una situación más cómoda que en Inglaterra o Alemania,
pero dos párrafos consecutivos del Código Civil, el 340 y el 341 muestran que
la injusticia sobre la mujer no es exclusiva de los teutones: La recherche de
la paternité est interdite y la recherche de la maternité est admise3.
Todos aquellos que quieren taparse los ojos ante la verdad saben que lo
que decía Demóstenes de los atenienses es ciertamente aplicable en nuestros
días a las capas medias y superiores de la sociedad: “Nos desposamos con la
mujer para tener hijos legítimos y una fiel guardiana de nuestro hogar,
mantenemos concubinas a nuestro servicio para uso diaria, pero tenemos hetairas
para las voluptuosidades del amor.” La mujer siempre es la que se ocupa de los
hijos, la guardiana del hogar. El marido vive y ama de acuerdo con su pícaro
placer. Incluso quienes admitan esto puede que nos discutan cuando decimos que
es igualmente de malo para las mujeres que las reglas sociales rigurosas hagan
que la iniciativa amorosa sólo pueda provenir del hombre: la pedida de mano.
Puede que se trate aquí de un principio de compensación. Tras el matrimonio, la
mujer es quien más toma la iniciativa y el hombre el reservado. Shakespeare
mostró muy bien que este hecho no es una ley natural. Miranda, liberada de las
trabas sociales, se ofrece a Fernando: “Si quieres casarte conmigo, soy tu
esposa, si no, moriré como tu sirvienta” y Helena, en Bien está lo que bien
acaba, enamorada de Bertrán, que la conduce desde el Rosellón a París y
Florencia, según Coleridge también es “la figura más encantadora de
Shakespeare”.
____________________
3 En francés en el original
inglés: “la investigación sobre la paternidad queda prohibida” y “la
investigación sobre la maternidad queda admitida”.
Hemos hablado de la naturaleza mercantil de la base del matrimonio. En
numerosos casos se trata de una operación de trueque y, teniendo en cuenta el
orden de cosas establecido actualmente, el problema de las “formas y medios”
ejerce, necesariamente, un gran papel en todos los casos. Entre las capas
superiores de la sociedad el asunto se lleva adelante sin el menor pudor. Las
imágenes de Sir Gorgius Midas en Punch rinden testimonio de ello. La naturaleza
de la publicación en la que aparecen nos recuerda que todos los horrores que
ponen al desnudo son considerados como debilidades y no como faltas. En las
partes desfavorecidas de las capas medias, los hombres mayoritariamente rehúsan
las bondades de la vida familiar hasta que han superado la edad de desearlas
ardientemente, numerosas mujeres cierran para siempre el libro de su vida en
las más bellas páginas por temor a rerum angustarum domi4.
Otra prueba más de la naturaleza mercantil de nuestro sistema
matrimonial la ofrece las edades diferentes en las que se casa la gente
habitualmente en las diferentes capas de la sociedad. El momento no está en
ningún caso reglamentado como debería estarlo por las edades de la vida.
Algunos individuos favorecidos, los reyes, príncipes, aristócratas, se casan o
son casados a la edad que la naturaleza prescribe como la más adecuada. El
capitalista virtuoso, que a esa edad recurre regularmente a la prostitución, se
explaya con afectación sobre la ligereza del trabajador manual. Quien estudia
la fisiología y la economía política encuentra en ello una prueba interesante
de cómo ni incluso el espantoso sistema capitalista ha podido aplastar una
tendencia natural y justificada. Pero para la capa social intermedia entre
estas dos, el matrimonio, como acabamos de ver, no puede tener lugar por regla
general antes de que haya pasado la flor de la edad y la pasión esté en
declive.
Todo ello enseña más sobre la mujer que sobre el hombre. Para éste la
sociedad suministra, reconoce y legaliza los medios para satisfacer el instinto
sexual. A los ojos de esa misma sociedad, si una mujer soltera adopta la
conducta habitual de sus hermanos solteros y de los hombres que danzan con ella
en los bailes, o que trabajan con ella en el almacén, es una paria. E incluso
entre la clase obrera, en la que la gente se casa a la edad normal, la vida de
la mujer en el sistema actual es la más penosa y la más ingrata de los dos. La
vieja fórmula de la leyenda “parirás con dolor” no solamente es que se realiza,
sino que se amplía. La mujer debe criar a los hijos durante largos años, sin
descanso para relajarse, sin esperanzas de realizarse plenamente, perpetuamente
bajo la misma atmósfera de trabajo y tristeza. El hombre, por más gastado que
pueda estar por su trabajo, tiene la noche para no hacer nada. La mujer está
ocupada hasta la hora de acostarse. A menudo, con los hijos jóvenes, su trabajo
continúa tarde durante la noche e incluso dura toda la noche.
Cuando tiene lugar el matrimonio todo favorece a uno y todo obliga al
otro. Algunos se sorprenden de que John Stuart Mill haya escrito: “El
matrimonio es la única forma real de servidumbre reconocida por la ley.” Para
nosotros, el motivo de la sorpresa es que haya contemplado esa servidumbre como
una cuestión de sentimientos y no de estructuras económicas, como resultado de
nuestro sistema capitalista. Tras el matrimonio, como antes, la mujer está
sometida a obligaciones, el hombre no. Para ella el adulterio es un crimen,
para él es un delito menor. Puede obtener el divorcio sobre la base del
adulterio, ella no. La mujer debe suministrar las pruebas de que ha sido
víctima de crueldad (de naturaleza física). Los matrimonios concebidos y
realizados así, acompañados de todas las consecuencias de esos hechos, nos
parecen (y sopesamos nuestras palabras) peores que la prostitución.
Calificarlos de sagrados o morales constituye una profanación.
______________
4 Del limitado confinamiento de
la vida doméstica.
En relación con la cuestión del divorcio se puede señalar un caso de
autoengaño del que son víctimas no solamente la sociedad y las clases que la
constituyen, sino, también, muchos individuos. El clero está dispuesto muy
gustosamente a casar a cualquiera, sin importar con quién, edad a la juventud,
corrosión a la virtud, sin plantear preguntas como se dice en determinado tipo
de anuncios. Sin embargo, el clero se opone ferozmente al divorcio. Enfrentarse
contra uniones tan discordantes, como las que aprueban sin cesar, constituiría
una invasión de la libertad del individuo. Sin embargo, lo que sí atenta
gravemente contra la libertad individual es oponerse a cualquier cosa que
facilite el divorcio. El conjunto de la cuestión del divorcio, compleja de
todas formas, todavía resulta más compleja a causa del hecho de que debe ser
estudiada en primer lugar en el marco de las condiciones actuales, después en
relación con las futuras condiciones socialistas. Muchos espíritus avanzados
pleitean a favor de una mayor liberalidad del divorcio desde ahora mismo.
Sostienen que el divorcio debería ser tan simple de llevar a cabo como el
matrimonio, que un compromiso establecido entre gente que no ha tenido casi, o
ninguna, ocasión para conocerse mutuamente no debería ser irrevocable, ni
incluso constituir un lazo tan riguroso; que la incompatibilidad de carácter,
la no plasmación de esperanzas profundamente enraizadas, un verdadero
desacuerdo, deberían constituir motivos suficientes para separarse; sostienen
por fin, y esto es lo más importante, que las condiciones del divorcio deberían
ser idénticas para los dos sexos. Todo ello es excelente y sería no solamente
posible, sino justo si (notad bien el si) la situación económica de los dos
sexos fuese la misma. Son diferentes. En consecuencia, aunque estemos
teóricamente de acuerdo con todas esas ideas, creemos que si se realizasen en
nuestro sistema actual comportarían en la práctica, en la mayoría de los casos,
una injusticia todavía mayor para la mujer. Es el hombre quien podría sacar de
ello ventajas, no la mujer, si no es en las raras veces en que la mujer posee
bienes personales o cualquier medio de existencia. La disolución de la unión
significaría la libertad para él, el hambre para ella y sus hijos.
Se nos puede preguntar si esos mismos principios sobre el divorcio
tendrían validez en un sistema socialista. Nuestra respuesta es la siguiente:
la unión entre un hombre y una mujer se realizaría de forma que evitase
completamente la necesidad de divorciarse, como explicaremos a continuación.
Esperamos un juicio mucho más hostil sobre nuestra forma de tratar los
dos últimos puntos, para los que hemos tenido encuentra el futuro, que sobre
todo lo precedente. Ya hemos mencionado estos dos puntos. El primero concierne
al instinto sexual. Pensamos que el método adoptado por la sociedad respecto a
este tema es ineluctablemente malo en su integridad. Es mala desde el
principio. Nuestros niños se ven reducidos sistemáticamente al silencio cuando
se plantean preguntas sobre la procreación. Esta cuestión es tan natural como
la concerniente a los latidos del corazón o a la respiración. Se debe responder
tan tranquila y claramente como al resto. Puede que exista un período, en el
caso de todos los pequeños, en el que una explicación psicológica dada como respuesta
a una pregunta pueda nos ser entendida, aunque no estamos en disposición en
estos momentos de precisarla. Pero jamás puede haber momentos propicios para
enseñar cosas falsas sobre cualquier función corporal, sea la que sea. A medida
que nuestros niños y niñas crecen, se hace de todo lo concerniente a las
relaciones sexuales algo misterioso y vergonzoso. Por ello se genera al
respecto una malsana curiosidad. El espíritu se concentra abusivamente sobre el
tema, durante mucho tiempo queda insatisfecho o no satisfecho del todo y se
llega a lo morboso. Nuestro punto de vista es que los padres y los hijos deben
hablar con la misma franqueza y libertad de los órganos sexuales como del
aparato digestivo. Oponerse a ello no es más que la manifestación de un prejuicio
vulgar contra la enseñanza de la fisiología, prejuicio que encuentra su
expresión más clara en una reciente carta de un padre a una institutriz:
“Quiere usted no enseñarle nada a mi hija sobre esos órganos, no es bueno para
ella y es deshonesto.” ¿Cuántos de nosotros no hemos sufrido la suggestio falsi
o la supressio, veri en este dominio a causa de los padres, de los enseñantes
o, incluso, de los domésticos? Preguntémonos honestamente de qué labios, bajo
qué circunstancias, hemos aprendido la verdad sobre el nacimiento de los niños,
y, sin embargo, es cierto que, nadie puede equivocarse al hablar de cosas
sagradas puesto que se trata del nacimiento de pequeños niños. ¿En cuántos
casos ha sido la madre quien lo ha enseñado, ella que tiene el derecho más
sagrado al respecto, derecho adquirido con el sufrimiento?
Ya no se puede admitir por más tiempo que hablarles a los niños
francamente sobre este tema es perjudicarlos. Citemos a Bebel que cita a la
señora Isabel Beecher Hooker: “Con el fin de contestar satisfactoriamente a la
permanente pregunta de su pequeño niño de ocho años que quería saber cómo había
venido al mundo, y para evitar contarle cuentos (lo que consideraba inmoral) le
dijo toda la verdad. El niño escuchó con la mayor atención y desde el día en
que supo las penas y preocupaciones que le había supuesto a su madre dio
pruebas en su apego hacia ella de una ternura y respeto completamente
diferentes. Respeto semejante del que dio testimonio hacia otras mujeres.” En
cuanto a nosotros, sabemos que al menos una mujer ha dicho la verdad completa a
sus hijos y que estos sienten hacia ella un respeto y amor a la vez diferente y
más profundo que anteriormente.
Con la falsa vergüenza y el misterio, contra los que protestamos,
marchan de la mano la malsana separación entre los sexos que se inicia desde el
momento en que los niños abandonan la guardería, y que termina en el mismo
momento en el que el hombre y la mujer se adentran en la tierra común. En la
Historia de una granja africana, una niña, Lindall, dice: “Conocimos la
igualdad en una ocasión, recién nacidos y sobre las rodillas de nuestras
nodrizas. La conoceremos otra vez cuando nos cierren los ojos para nuestro
último sueño.” Esta separación perpetua en las escuelas, e incluso en
determinadas iglesias, este sistema, está en vigor con todo lo que ello supone.
Por supuesto que bajo su peor forma puede verse en esas instituciones inhumanas
llamadas monasterios o conventos. Pero todas esas formas de un mismo mal
(aunque se trate de las menos violentas) son inhumanas, solo es cuestión de
grados.
Incluso en una sociedad ordinaria, las restricciones que atañen a las
relaciones entre los sexos son, igual que las medidas represivas tomadas contra
los escolares, la fuente de diversos males. Estas restricciones son
especialmente perniciosas en lo que respecta a los temas de conversación. Todo
hombre ve las consecuencias de esto, aunque se le escape la relación
causa-efecto, en el tipo de conversación que se lleva a cabo en las salas de
fumadores de la sociedad de clase media y alta. Sólo habrá esperanza de
solución cuando los hombres y mujeres de mente pura, o que, al menos, evitan
cualquier alteración, discutan la cuestión sexual en todos sus aspectos, como
seres humanos libres, mirándose francamente a la cara. Y, a la par de esto, y
como estamos repitiendo sin cesar, debe marchar la comprensión de que la base
de todo el asunto es económica. Mary Wollstonecraft, en los Derechos de la
mujer, enseñó, en parte, esta mezcla de los sexos, en lugar de su separación a
lo largo de la vida. Exigió que las mujeres tuviesen las mismas ventajas
educativas, que se educasen en las mismas escuelas y colegios que los hombres;
que desde la infancia hasta la edad adulta los dos se formasen uno al lado del
otro. Esta demanda es una dolorosa espina clavada en el pie del Sr. J. C.
Jeaffreson en su última compilación.
Las dos formas límite de distinción de sexos consecutivas a su
discriminación son, como lo muestra Bebel, el hombre afeminado y la mujer
viril. Son dos tipos contra los que se levanta incluso el individuo medio con
un horror perfectamente natural hacia lo que no lo es. Por razones que se han
indicado más de una vez, el primero es menos frecuente que el segundo. Pero
estos dos tipos no agotan la lista de trastornos debidos a nuestro trato
antinatural de las relaciones entre los sexos. La virginidad mórbida, de la que
ya se ha hablado, es otra. La locura es la cuarta. El suicidio es la quinta. En
cuanto a estos dos últimos, unas cuantas cifras en un caso y un recordatorio en
el otro. El recordatorio primero. La mayoría de los suicidios de mujeres se
producen entre los 16 y 21 años. Muchos de ellos, por supuesto, se deben al
embarazo que nuestro sistema social rebaja al nivel de un crimen. Pero otros se
deben a instintos sexuales no satisfechos, a menudo ocultos bajo el eufemismo
de decepción amorosa. Aquí hay algunos números sobre la locura, tomados de la
página 47 de la traducción inglesa de Bebel: Hannover, 1881, 1 caso de locura
por cada 457 solteros, 1 caso de locura por cada 1.316 habitantes casados;
Sajonia, 260 casos por cada millón de mujeres solteras; Prusia, en 1882, por
cada 10.000 habitantes 32,2 locos solteros, 9,5 locos casados, 29,5 locos
solteros, 9,5 mujeres casadas.
Ha llegado el momento para hombres y mujeres de reconocer que la
represión sexual siempre ha tenido efectos desastrosos. Si la extrema pasión es
una enfermedad, la extrema inversa, el sacrificio del instinto sano y natural,
es también una enfermedad. Que quienes caen en un exceso o en el contrario son
individuos abominables es tan cierto en nuestro contexto como la melancolía o
el exceso de alegría que Rosalinda echa en cara en el bosque de Arden. Y, sin
embargo, miles de mujeres son inmoladas en los fuegos del infierno, que solo
ellas conocen, en el altar del Moloch de nuestro sistema social; miles de
mujeres quedan frustradas, mes tras mes, año tras año, por su juventud pasada
para siempre. Por lo tanto, nosotros, y con nosotros, y, en cualquier caso, la
mayoría de los socialistas, sostenemos que la castidad no es saludable ni es
sagrada. Siempre entendiendo por castidad la supresión total de todos los
instintos relacionados con la procreación, consideramos la castidad como un
crimen. Como en todos los delitos, la criminal no es la que sufre
individualmente, sino la sociedad que la obliga a cometer el crimen y sufrir.
Aquí estamos de acuerdo con Shelley. En sus Notas a la Reina Mab encontramos el
siguiente pasaje: “La castidad es una superstición monacal y evangélica, un
enemigo mayor de la temperancia natural incluso que la sensualidad irracional;
porque ataca a la raíz de toda felicidad doméstica y envía a más de la mitad de
la raza humana a la miseria, que algunos pocos pueden monopolizar de acuerdo con
la ley”. Finalmente, en esta cuestión, una de las más importante, recordemos
los testimonios médicos acumulados que muestran que las mujeres sufren más que
los hombres bajo estas restricciones.
Nuestro otro punto, antes de pasar a la parte final de este artículo, es
el resultado necesario de nuestro sistema actual: la prostitución. Como ya
hemos dicho, este mal es reconocido y está legalizado en algunos países
europeos. Todo lo que necesitamos agregar aquí es el hecho aceptado comúnmente
de que sus principales partidarios son de la clase media. Por descontado que la
aristocracia no está excluida; pero el pilar de este horrible sistema es el
respetable, acomodado y aparentemente más virtuoso, capitalista. Esto no se
debe sólo a la gran acumulación de riqueza y los consiguientes hábitos de lujo.
El hecho significativo es que, en una sociedad basada en el capital y cuyo
centro es, por lo tanto, la clase media capitalista, la prostitución, uno de
los peores resultados de esa sociedad, la apoya principalmente esa misma clase.
Esto señala claramente la moraleja que una vez más, bajo una nueva forma,
instamos a extraer. Lo que podría decirse de los casos especiales que la Pall
Mall Gazette nos ha dado a conocer se aplica a la prostitución en general. Para
deshacerse de la prostitución, debemos deshacernos de las condiciones sociales
que la engendran. Las reuniones de medianoche, los refugios para los afligidos,
todos los intentos bien intencionados de lidiar con este terrible problema son,
como sus iniciadores admiten desesperadamente, inútiles. Y serán inútiles
mientras dure el sistema de producción que, creando un excedente de mano de
obra, crea con ello hombres y mujeres criminales que, muy literal y tristemente,
quedan condenados al abandono. Los socialistas dicen: desháganse de esto,
desháganse del sistema capitalista de producción y la prostitución
desaparecerá.
Esto nos lleva a nuestro último punto. ¿Qué deseamos nosotros, los
socialistas? ¿Qué prevemos? ¿Sobre qué estamos tan seguros como de que el
saldrá mañana? ¿Cuáles son los cambios en la sociedad que ya están al alcance
de la mano? ¿Qué consecuencias damos por descontadas en cuanto a los cambios en
la condición de la mujer? Rehusamos toda intención profética. No es un profeta
quien, razonando sobre una serie de fenómenos observados, ve el acontecimiento
ineluctable a que llevan esos fenómenos. Un hombre tiene tan poco derecho a
profetizar como a apostar cuando se trata de una certeza. A nosotros nos parece
claro que, como en Inglaterra la sociedad germánica, cuya base era el poseedor
de tierra libre, dio paso al sistema feudal, y éste al capitalista, así este
último, no más eterno que sus predecesores, dará paso al sistema socialista;
que así como de la esclavitud se pasó a la servidumbre, y de la servidumbre a
la esclavitud asalariada de hoy, así también esta última pasará a la condición
de que todos los medios de producción ya no pertenecerán ni al esclavista, ni
al señor de siervos, ni al amo del esclavo asalariado, el capitalista, sino a
la colectividad en su conjunto. A riesgo de levantar la habitual sonrisa y
burla, confesamos que no estamos más dispuestos a entrar en los detalles de ese
funcionamiento socialista de la sociedad de lo que estaban los primeros
capitalistas a entrar en los detalles del sistema que fundaron. Nada es más
común, nada es más inicuo, nada es más indicativo de una escasa comprensión,
que el vulgar clamor por los detalles exactos de las cosas bajo la condición
social hacia la que creemos que se mueve el mundo. Ningún exponente de una
nueva gran verdad, ninguno de sus seguidores, puede esperar elaborarla hasta
sus últimas ramificaciones. ¿Qué se pensaría de aquellos que rechazaron el
descubrimiento de la gravitación de Newton porque, mediante la aplicación de la
misma, no había descubierto Neptuno? ¿O de aquellos que rechazaron la teoría
darwiniana de la selección natural porque el instinto presentaba ciertas
dificultades? Sin embargo, esto es precisamente lo que hacen los opositores más
comunes al socialismo; siempre con una pasmosa falta de reflexión, ignorando el
hecho que, por cada dificultad o miseria que suponen que surgirá de la
socialización de los medios de producción, existe en realidad una veintena peor
en la sociedad putrefacta de hoy.
¿De qué estamos seguros que sucederá? Nos hemos alejado tanto de Bebel
por nuestras propias líneas de pensamiento, hacia las que nos ha encaminado
generalmente su sugestiva obra, que volvemos gustosa y agradecidamente a él a
causa de la respuesta a esta pregunta: “Una sociedad en la que todos los medios
de producción son propiedad de la colectividad, una sociedad que reconoce la
plena igualdad de todos sin distinción de sexo, que prevé la aplicación de toda
clase de mejoras o descubrimientos técnicos y científicos, que inscribe como
trabajadores a todos aquellos que actualmente son improductivos, o cuya
actividad asume una forma perjudicial, los holgazanes y los zánganos, y que, al
tiempo que minimiza el período de trabajo necesario para su sostenimiento, eleva
la condición mental y física de todos sus miembros al máximo nivel posible.”
No ocultamos, ni a nosotros ni a nuestros antagonistas, que el primer
paso para ello es la expropiación de toda la propiedad privada de la tierra y
de todos los demás medios de producción. Con esto se produciría la abolición
del estado tal y como es ahora. No hay confusión más común en cuanto a nuestros
objetivos que la que lleva a la gente de pensamiento confuso a imaginar que los
cambios que deseamos se pueden producir, y las condiciones posteriores a ellos
pueden existir, dentro del marco de un estado como el de hoy. El estado es
ahora una organización de fuerza para el mantenimiento de las actuales
condiciones de propiedad y reglamentación social. Sus representantes son unos
cuantos hombres de clase media y alta que se disputan los lugares que ofrecen salarios
anormales. El estado bajo el socialismo, si se mantiene una palabra de
resonancias tan espantosas, será la capacidad organizada de una colectividad de
trabajadores. Sus funcionarios no serán ni mejores ni peores que sus
compañeros. Desaparecerá el divorcio entre el arte y el trabajo, el antagonismo
entre el trabajo intelectual y el manual, que tanto aflige el alma de los
artistas, sin que ellos mismos sepan en la mayoría de los casos la causa
económica de sus penas.
Y ahora viene la cuestión de cómo la futura posición de la mujer, y por
lo tanto de la raza, se verá afectada por todo esto. De una o dos cosas podemos
estar muy seguros. La evolución de la sociedad decidirá por sí sola de manera
positiva sobre otras, aunque cada uno de nosotros pueda tener su propia idea
sobre cada punto en particular. Claramente habrá igualdad para todos, sin
distinción de sexo. Así, la mujer será independiente: gozará de su educación y
de todas las demás oportunidades como lo haga el hombre. Como él, si está sana
de mente y cuerpo (¡y cómo crecerá el número de mujeres así!) tendrá que
entregar una, dos o tres horas de trabajo social, para suplir las necesidades
de la colectividad, y por lo tanto de sí misma. A partir de esa prestación estará
libre para el arte o la ciencia, o para enseñar o escribir, o para divertirse
de cualquier forma. La prostitución habrá desaparecido con las condiciones
económicas que la hicieron, y la convierten ahora, en una necesidad.
Si prevalecerá la monogamia o la poligamia en el estado socialista es un
detalle del que sólo se puede hablar a título personal. La cuestión es de tal
calado que no puede ser resuelta dentro de las nieblas y miasmas del sistema
capitalista. Personalmente, creemos que la monogamia ganará la partida. Hay
aproximadamente el mismo número de hombres y mujeres, y el ideal más alto
parece ser la completa, armoniosa y duradera unión de dos vidas humanas. Tal
ideal, casi nunca alcanzable hoy en día, necesita al menos cuatro cosas. Son el
amor, el respeto, el acuerdo intelectual y el dominio de las necesidades de la
vida. Cada una de estas cuatro es mucho más posible bajo el sistema hacia el
que nos dirigimos que bajo el que vivimos ahora. La última está absolutamente
asegurada para todos. Como Ibsen hace que Helmer diga por Nora, “La vida en el
hogar deja de ser libre y bella directamente si sus cimientos son los préstamos
y las deudas.” Pero los préstamos y las deudas no pueden sobrevenir cuando uno
es miembro de una colectividad, y no un hombre aislado defendiendo sus propios
intereses. El acuerdo intelectual: estará mucho mejor garantizado con una
educación idéntica para el hombre y la mujer, con su formación hombro con
hombro hasta que se unan. Ese desagradable producto del capitalismo, la joven
In Memoriam de Tennyson, con su no puedo entender, simplemente amo, será un
mito. Todos habrán aprendido que no puede haber amor sin comprensión. Y el amor
y el respeto, ausentes o perdidos hoy en día a causa de las imperfecciones y
defectos, producto del sistema comercial de la sociedad, serán más fáciles de
conseguir, y casi nunca se desvanecerán. El contrato entre el hombre y la mujer
será de naturaleza puramente privada, sin la intervención de ningún funcionario
público. La mujer ya no será la esclava del hombre, sino su igual. El divorcio
no será necesario.
Y aunque tengamos razón o no en considerar la monogamia como la mejor
forma de sociedad, podemos estar seguros de que se elegirá la mejor forma
gracias a las sabidurías más maduras y ricas que la nuestra. Podemos estar
igualmente seguros de que la elección no serán los matrimonios de trueque, con
su poligamia unilateral, de nuestra triste propia época. Podemos estar seguros
sobre todo de que dos grandes maldiciones que, junto a otras, ayudan a arruinar
las relaciones entre hombre y mujer, habrán pasado. Esas maldiciones son el
tratamiento de hombres y mujeres como seres diferentes, y la falta de verdad.
Ya no habrá una ley para la mujer y otra para el hombre. Si la sociedad
venidera considera, como lo hace la sociedad europea actual, que el hombre
tiene derecho a tener amantes además de esposa, podemos estar seguros de que
esa libertad se extenderá a la mujer. Desaparecerá el horrible disimulo, la
constante mentira que hace de la vida doméstica de casi todos nuestros hogares
ingleses una hipocresía organizada. Se llevará a cabo con justicia y a la luz
del día lo que la madura y deliberada opinión de la colectividad encuentre
mejor. El marido y la mujer podrán hacer lo que pocos pueden hacer ahora: mirar
con claridad a los ojos del otro, a su corazón. Por nuestra parte, creemos que
la unión de un hombre con una mujer será lo mejor para todos, y que éstos
encontrarán en el corazón del otro lo que está en su mirada, su propia imagen.

