Libro N° 9572. El Nacionalismo Del Proletariado Judío. Borojov, Dov Ber.
© Libro N° 9572. El Nacionalismo Del Proletariado
Judío. Borojov, Dov Ber. Emancipación. Febrero
5 de 2022.
Título original: © El Nacionalismo Del Proletariado Judío. Dov
Ber Borojov
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Original: © El Nacionalismo Del Proletariado Judío. Dov Ber Borojov
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EL NACIONALISMO DEL
PROLETARIADO JUDÍO
Dov Ber Borojov
El Nacionalismo Del Proletariado Judío
Dov Ber Borojov
Primera vez publicado: Como Capítulo V del libro Nuestra
Plataforma, 1906.
Primera Edición Dígital: Observatorio de Conflictos.
Esta Edición: Marxists Internet Archive, 2009.
Derechos: Copyleft (Licencia
Creative Commons: Atribución-NoComercial-SinDerivadas 2.5 Argentina) por Observatorio de Conflictos.
El sionismo proletario es un producto complejo de la prolongada historia
del desarrollo ideológico del proletariado judío. Pero si separamos de él todo
lo que tiene de casual, de local, y de transitorio, todos los sacudimientos que
obstaculizan inevitablemente el desarrollo normal de los procesos sociales
trascendentes, hallaremos una línea de consecuencia inalterable, en
concordancia directa con la ley de la economía de fuerzas.
Como todo otro movimiento social, así también el desarrollo del
pensamiento proletario es un producto del conflicto entre la necesidad de las
amplias masas y la imposibilidad de satisfacerla. Los factores que determinan
el conflicto operan en dos direcciones fundamentales: en la del conflicto
social directo entre el desarrollo de las fuerzas productivas y el estado de
las relaciones de producción en que viven; y en la del conflicto nacional
directo entre el desarrollo de las fuerzas productivas y el conjunto de las
condiciones de producción en las que actúan. Estos conflictos plantean ante el
proletariado judío dos problemas fundamentales: el problema social y el
problema nacional; y le Imponen dos tareas básicas: la eliminación de las
antiguas formas de producción que obstaculizan el desarrollo normal de sus
fuerzas productivas, y la anulación de la presión nacional, que constituye un
obstáculo no menor a su libre desarrollo.
El conflicto social es siempre más claro y más cercano al obrero, que el
conflicto nacional. El primero se libra dentro de la esfera de las relaciones
personales entre el obrero y el patrón; y el régimen capitalista, al entregar
al obrero el control sobre el movimiento de los instrumentos de producción, lo
coloca, de facto, en posición ventajosa para la lucha La explotación económica
del asalariado, por un lado, y la posibilidad de éste de recurrir a la huelga
por el otro, confieren al conflicto social un carácter claramente económico.
Para captarlo, el obrero no tiene necesidad de un desarrollo prolongado del
mismo. Mucho más complejo es, en cambio, el carácter político del conflicto
social. Aquí los factores determinantes se hallan más alejados de la esfera
directa del obrero, y su choque con ellos no se produce Sino en una etapa más
avanzada de la lucha económica.
Regulado por la ley de la economía de fuerzas —el gran principio que
actúa en la mecánica social, y que es, a su vez, fruto del principio más
general de la reserva de energías— cada conflicto entre la necesidad de las
amplias masas y la mposibilidad de satisfacerla, tiende, primero, a encontrar
su solución en el seno de las condiciones que lo originaron, y sólo
gradualmente madura la necesidad de modificarlas. En esta forma, el
proletariado tiende primero a la liberación económica, y sólo más tarde adquiere
su lucha un carácter político. El proletariado judío atravesó, rápidamente, por
estas dos etapas de desarrollo principales del conflicto social: su lucha
económica devino en lucha política, debido a las condiciones excepcionalmente
duras del régimen zarista ruso.
El conflicto nacional es, siempre, mucho más complejo que el conflicto
social. Aquí las relaciones personales entre el opresor y el oprimido no juegan
un papel tan importante y, junto al carácter personal de los choques
nacionales, se destaca también el carácter Impersonal de la presión nacional.
Este carácter impersonal, inmanente, de la explotación de clase, se revela en
una etapa relativamente avanzada de la evolución ideológica del proletariado,
mientras que la opresión nacional manifiesta, de inmediato, sus rasgos
super-individuales. El judío oprimido no se enfrenta con un “gentil”
particular, sobre quien recae la culpa por sus sufrimientos. Es evidente que lo
oprime todo un grupo social y que para modificar su relación social con este
grupo, no posee en la primera etapa energías suficientes. Para poder plantear
el problema en sus términos exactos, es necesaria una agudización manifiesta
del conflicto nacional, y la inversión de una suma ingente de energías.
El pensamiento progresista no ha abarcado todavía en toda su magnitud la
cuestión nacional, en tanto que la cuestión social ya fue objeto de estudios
profundos y prolongados. Se puede afirmar, sin temor a la exageración, que la
cuestión nacional está aún a la espera de su intérprete, y que se encuentra
actualmente tan a oscuras como algunos decenios atrás.
De ahí que las etapas de desarrollo del conflicto nacional sean mucho
más numerosas que las del conflicto social, Y aquí entra en función la ley de
la economía de fuerzas. El proletariado judío busca, en un principio, resolver
su problema nacional dentro del marco de las condiciones que le dieron origen,
y sólo gradualmente se orienta por el camino de la verdadera solución
revolucionaria: el de la necesidad de transformar radicalmente las condiciones
mismas de su existencia nacional.
Las adaptaciones primitivas y elementales están condenadas a la
desaparición, para ser reemplazadas por otras más complejas y más orgánicas. En
los conflictos prolongados, el futuro jamás pertenece a las adaptaciones
simples y primitivas. Pero mientras hacen su aparición las adaptaciones más
complejas, se extienden y se difunden las reacciones primitivas. El futuro
pertenece, sin embargo, a las formas de adaptación complejas, por más que,
momentáneamente, aparentan imponerse las formas primitivas
Estas diferencias entre el conflicto social y el conflicto nacional
encuentran, a veces, su expresión ideológica en el marco de un mismo programa
proletario, al incluir junto a una adaptación superior al conflicto social, una
reacción primitiva frente a la presión nacional. Semejante programa, que es
progresista en su concepción de las tareas de clase y de las relaciones de
producción, puede resultar reaccionario en su concepción del problema nacional
y de las condiciones de producción. Analizados desde este punto de vista, los
programas políticos de los diferentes partidos proletarios judíos —excluyendo
el partido de los Poalei Sionistas de la vieja ciudad de Minsk, que nada tiene
de proletario— comprobaremos que todos ellos —el programa del “Bund”, el de los
“Sionistas Socalistas” (S.S.), y el de los “Poalei Sionistas”— son de carácter
progresista en cuanto a las relaciones de producción, a la lucha de clases y a
la cuestión social; pero difieren en cuanto a la cuestión nacional. Mientras
que el programa nacional de: los “Poalei Sionistas” es de carácter progresista
y proletario, el de los “S.S.”, en cambio, denota los síntomas de un desarrollo
incompleto, y el del “Bund” es francamente primitivo y reaccionario. El hecho
de que las amplias masas del proletariado judío siguen manteniendo su fidelidad
al “Bund”, demuestra que aún no han madurado los conflictos nacionales y que se
hallan ampliamente difundidas las adaptaciones primitivas y elementales.
El futuro pertenece siempre al programa progresista. Los programas
retrógrados están condenados a desaparecer en el curso del desarrollo de los
conflictos nacionales, por más prósperos que sean en la actualidad los partidos
que los formulan. El éxito momentáneo de un programa no significa, todavía, que
el mismo exprese fielmente los intereses y la ideología verdadera de la clase
obrera, como tal.
La misión histórica de la clase proletaria está perfectamente definida,
y es de carácter específicamente clasista. Pero los obreros que la integran no
están cortados todos por la misma tijera, y a menudo presentan desviaciones
básicas del tipo de proletario militante. En los primeros tiempos de su
aparición social, los obreros no consiguen liberarse de muchas supervivencias
reaccionarias de la época en que, como individuos, militaron en las filas de
capas sociales más rezagadas. El proletario de hoy en día, abanderado de la
lucha anticapitalista, pertenecía antes a la pequeña burguesía y era un pequeño
propietario, que, una vez arruinado y “liberado de la propiedad”, permaneció
hasta su ingreso a las filas del proletariado en la capa intermedia de las masas
proletarizantes.
En esta forma, se confunden en la psicología de clase del obrero las
supervivencias de la ideología pequeño burguesa y de la ideología de las masas
proletarizantes, y sólo gradualmente y con la agudización de los conflictos
sociales, la ideología proletaria de la lucha de clases logra expulsar,
definitivamente, las antiguas supervivencias reaccionarias. Ello explica el por
qué del éxito tan frecuente, pero pasajero, de corrientes antiproletarias y
reaccionarias, como las del socialismo-cristiano, del anarquismo, etc.
Y aquí tropezamos, nuevamente, con las consecuencias de las diferencias
fundamentales existentes entre la simplicidad relativa del conflicto social y
la complejidad del problema nacional. Muchas veces se afirma, con razón, que
tal o cual interpretación o propaganda oscurece la conciencia proletaria. Este
“oscurecimiento” es posible gracias al dualismo existente en la psicología del
obrero y a las supervivencias de su anterior militancia clasista. En la mayoría
de los casos, el mismo se produce en el terreno de los conflictos nacionales.
Es cierto que a veces se manifiesta también en el terreno social, como en el
caso de la demagogia anarquista. Pero el anarquismo tiene mayor éxito entre los
elementos desocupados y entre los obreros aislados de mejor calificación de
trabajo. Entre las masas compactas de las grandes fábricas, la agitación
anarquista se estrella contra la oposición de la conciencia de clase
proletaria, formada, inmanentemente, bajo la presión de los conflictos sociales
prolongados. La demagogia chauvinista se impone, en cambio, con mayor facilidad
entre los obreros en quienes el odio nacional se desarrolla junto a la aversión
contra el explotador, y junto a conceptos bastante nebulosos del socialismo.
No es de extrañar, pues, que en el marco de un mismo programa obrero
encontremos, junto a elementos proletarios progresistas, en el terreno social,
elementos reaccionarios y pequeño burgueses, en el termo nacional. Y ello con
mayor razón todavía, tratándose del problema judío —el problema nacional más
complejo y difícil del mundo. La solución acertada del mismo exigiría la
inversión de una cantidad demasiado grande de energías: por ello las formas de
reacción iniciales, son, en los partidos proletarios judíos, primitivas y
reaccionarias, y no se basan sobre fundamentos progresistas, sino sobre
e1ementos anacrónicos y pequeño burgueses, propios del período de transición de
la pequeña burguesía a las filas del proletariado.
¿En qué consiste, pues, el problema nacional para el proletariado en
general? ¿Cómo se plantea para él, el conflicto prolongado entre el desarrollo
de sus fuerzas productivas y entre las condiciones de producción del grupo
nacional al que pertenece?
El proletariado debe ser considerado desde dos ángulos diferentes: de un
lado, como una suma de obreros que elaboran, en conjunto, la riqueza social; y,
del otro, como una clase que desarrolla una política propia, y que lucha contra
las demás clases de la sociedad. El obrero, como tal, está Interesado en la
elevación de su salario y en el mejoramiento de sus condiciones de trabajo.
Para conseguirlo debe proveerse, en primer término, de un lugar de trabajo,
entrando en competencia con otros individuos carentes de ocupación. En la
medida en que el obrero debe competir por un lugar de trabajo, continúa
perteneciendo a las masas proletarizantes, careciendo todavía de una fisonomía
proletaria definida. Esta fisonomía sólo es adquirida después de haberse
asegurado un lugar de trabajo, y de haber iniciado la lucha contra el capital
por el mejoramiento de sus condiciones de vida. Desde ese momento, el lugar de
trabajo se convierte en una base estratégica, y la solidaridad de clase
reemplaza a la antigua competencia y lucha inter-obrera. Sin embargo, esta
solidaridad no constituye una garantía contra el retorno de la competencia:
siempre amenaza al obrero el peligro de la pérdida de su lugar de trabajo,
induciéndole a una actitud defensiva frente a sus propios hermanos de clase. El
obrero vuelve a aparecer como miembro potencial del “ejército de reserva”,
aflorando nuevamente los intereses que lo impulsan a aferrarse a su lugar de
trabajo. En esta forma, en medio de altibajos pronunciados, va cristalizándose,
gradualmente, el espíritu proletario, purificado por los sufrimientos, y
templado en el yunque de la lucha por el pan y el trabajo. Lentamente y con
dificultad, se va forjando la conciencia de clase proletaria.
El obrero que, por su inseguridad económica. se halla encadenado a su
lugar de trabajo, sin haber logrado elevarlo a la categoría de una base
estratégica, no está en condiciones de desarrollar una acción política
independiente ni de desempeñar una función histórica importante. Se convierte
en un mero protagonista de los procesos inmanentes, pero no en dueño de su
propio destino. El proletariado como clase, excluye, en cambio, la competencia
entre los obreros por el lugar de trabajo, e impone la solidaridad de clase en
la lucha contra el capital. Los intereses del obrero coinciden con los
intereses del lugar de trabajo sólo en la medida en que el primero aún no ha
logrado liberarse de la capa de las masas proletarizantes, a cuyas filas ha
pertenecido y en las cuales está en peligro de volver a caer. Los intereses del
proletariado como clase social, coinciden, en cambio, con los intereses de la
base estratégica, o sea, con los intereses del conjunto de las condiciones en
las que libra su lucha. En resumen: el desarrollo de las fueras productivas de
las masas proletarizantes, impulsa a éstas a la búsqueda de un lugar de
trabajo; el desarrollo de las fuerzas productivas del proletariado, exige la
existencia de una base estratégica normal para la conducción de una lucha de
clase efectiva. Los intereses de la base estratégica no son menos materialistas
ni más idealistas que los intereses del lugar de trabajo, pero mientras que los
primeros representan los intereses de toda una capa social, los segundos lo son
únicamente de individuos o de grupos. En la esfera de los intereses del lugar
de trabajo, Se produce no sólo una competencia individual, sino, también, una
competencia nacional entre los obreros. El desarrollo de la base estratégica
elimina tanto a la una como a la otra. Pero es imposible luchar sin trabajo; y
mientras un grupo de obreros continúe sujeto a la competencia nacional, no
podrá librar exitosamente su lucha de clase, con la consiguiente repercusión
negativa sobre su base estratégica.
El proletariado como clase está, pues, alejado de la competencia
nacional, aun cuando ésta puede influir indirectamente sobre sus intereses.
Mientras que en la pequeña burguesía y en las masas proletarizantes, los
conflictos nacionales hallan su expresión concreta en la lucha nacional, en el
proletariado asumen, en cambio, la forma de una cuestión nacional. Esto no
significa, empero, que la cuestión nacional se plantea ante el proletariado en
forma menos aguda que ante las demás clases de la nación. Para él, el problema
nacional es un resultado del conflicto entre el desarrollo de sus fueras
productivas y las condiciones anormales de su base estratégica —conflicto que
conduce hacia la profundización de la conciencia nacional del proletariado.
Existe, sin embargo, una diferencia fundamental entre la conciencia
nacional del proletariado y la de las demás clases sociales. En algunas clases
que conservaron un carácter de casta, la conciencia nacional está separada de
la conciencia social, actuando ambas en forma independiente. Este fenómeno
puede ser observado en los países económicamente atrasados. Así, por ejemplo,
los ricos terratenientes feudales de Rusia son, por un lado, “genuinos
patriotas rusos”; y, por el otro, miembros de la nobleza. Como rusos se
“preocupan” por el bienestar de todo el pueblo, pero como “nobles” están
dispuestos a explotar al pueblo todo. La burguesía media, la pequeña burguesía
y las masas proletarizantes, carecen por lo general de conciencia de clase
propia, la que se halla diluida en la conciencia nacional. La conciencia de
clase es anatemizada como un peligro para la “unidad nacional”. Todas estas
clases son nacionalistas. Sólo el proletariado vincula el problema nacional a
las necesidades de la base estratégica y de la lucha de clase. En el
proletariado de los pueblos oprimidos, la opresión nacional afecta a las
condiciones de la base estratégica, estableciéndose una vinculación estrecha
entre la conciencia nacional y la conciencia social.
Es importante señalar una característica peculiar de esta vinculación.
Al no tener los intereses nacionales del proletariado nada en común con la
lucha nacional, el nacionalismo proletario no asume un carácter agresivo. Este
nacionalismo es, en esencia, negativo: desaparece con la normalización de la
base estratégica se nutre de raíces negativas: de las anomalías sociales y
económicas. Esto no significa que carezca de un contenido nacional positivo.
Todo lo contrario: al nutrirse objetivamente de raíces negativas, el
nacionalismo proletario adquiere un contenido positivo. Y ninguna clase ofrece
ni puede ofrecer un programa nacional tan real como éste que presenta el
proletariado. Pero, el carácter y la procedencia negativas del mismo,
dificultan su comprensión acertada. Sin mencionar ya a los ideólogos burgueses
que jamás han comprendido el espíritu nacional del proletariado, son todavía
muchos los pensadores proletarios —y entre ellos la gran mayoría de los
“Iskritas” judíos— que no encuentran bases positivas en el nacionalismo
proletario, resolviendo en tal forma, con ligereza que es simplemente
reaccionario.
Este acercamiento errado al nacionalismo proletario, asume, en otros
grupos, caracteres deformados y anormales. Dado que las bases del nacionalismo
proletario son, objetivamente, negativas, y al no comprender que lo negativo se
transforma en el proletariado, subjetivamente, en un programa concreto y
positivo, hay quienes se hallan inclinados a justificar su nacionalismo con
frases lastimeras e inseguras: “Desgraciadamente nos vemos obligados a realizar
un programa nacional. Hubiéramos deseado asimilarnos, pero fuimos obligados a
seguir siendo judíos”. Estas justificaciones y excusas hallan, frecuentemente,
su expresión en la propaganda y en la literatura de los “Sionistas Socialistas”
(S.S.).
Pero estas curiosidades aisladas no son sino fruto del pensamiento
inmaduro. El proletariado tiene necesidad de todo cuanto tiende a estimular el
desarrollo de sus fuerzas productivas, siéndole perjudicial todo cuanto lo
obstaculice. Por ello, le resulta ajeno y dañino, tanto el oscurecimiento de la
conciencia de clase cómo el de la conciencia nacional. El no se avergüenza de
su misión social ni de su misión nacional. Con idéntico orgullo declara: “Somos
social-demócratas y somos judíos”. Nuestra conciencia nacional es,
esencialmente, negativa, y de carácter emancipador. Si fuéramos el proletariado
de una nación libre —que no oprime ni es oprimida— no nos interesarían, en
absoluto, los problemas de la vida nacional. Y, aún hoy en día, nos preocupan
menos los problemas de la cultura espiritual, que los de la vida
socio-económica: el nuestro es un nacionalismo realista, libre de toda
injerencia “culturalista”.
Para el proletariado judío, el problema nacional es un producto del
conflicto entre las necesidades planteadas por el desarrollo de sus fuerzas
productivas, es decir la lucha de clases, y las condiciones de su base
estratégica. La base estratégica del obrero judío es insatisfactoria, tanto
desde el punto de vista económico como desde el punto de vista político. La
lucha económica del proletario judío sólo es exitosa durante los períodos de
apremio, cuando los empleadores se ven obligados a hacer ciertas concesiones,
para no malograr la temporada de trabajo. Pero una vez finalizada ésta, vuelven
a resarcirse de sus “pérdidas”. Los frutos de la lucha económica del obrero
judío desaparecen hasta la temporada próxima, en la que vuelve a repetirse el
mismo proceso, con idénticos resultados.
Pero menos satisfactoria aún es la base estratégica, desde el punto de
vista político. Dado que el obrero judío se halla empleado casi exclusivamente
en la producción de los bienes de consumo y no desempeña ninguna función
Importante en ninguno de los estadios superiores del proceso productivo,
tampoco conserva en sus manos ningún hilo fundamental de la economía del país,
en el cual vive y trabaja. El proletario judío no se halla en condiciones de
detener la marcha del aparato económico del país, como pueden hacerlo los
obreros ferroviarios y otros obreros mejor colocados. No es explotado por el
gran capital, sino por el capital medio, cuyo rol en la producción también
carece de importancia. Cuando el proletario judío paraliza con su lucha la
actividad del capital que lo explota, no alcanza a producir perturbaciones
serias en el país. El obrero judío no posee la fuerza suficiente para luchar
por sus propias demandas, sin el apoyo de obreros más afortunados de los
pueblos periféricos, y es incapaz de conseguir las mejoras más insignificantes
si sus necesidades nacionales no son compartidas por los obreros de otra
nacionalidad. Esta situación de desamparo fortalece en él los sentimientos de
la solidaridad proletaria, acercándolo a los ideales revolucionarios. Por otra
.parte, los antagonismos de clase en el seno de la sociedad judía son,
relativamente, menores que en otros pueblos: en primer lugar, por la
concentración insuficiente de capitales; y, en segundo término, porque la clase
media judía, mucho más oprimida que la de otros pueblos dependientes (lituano,
armenio, etc.) es por naturaleza de carácter opositor, proporcionando al
proletariado determinada ayuda política. Hasta hace poco tiempo atrás soportó
tranquilamente los ataques de los agitadores proletarios, ayudando
financieramente al “Bund” y a otros partidos obreros. Ahora calcula sacar mejor
provecho de una alianza con los “Kadetes”, “traicionando” definitivamente a los
partidos proletarios judíos. En estas circunstancias, el proletariado judío
está condenado a arrastrarse detrás de los poderosos movimientos políticos
obreros del país, reemplazando con una fraseología inflamada, la falta de una
fuerza de clase verdadera. En este terreno, crecen las exageraciones más
ridículas, cuya mera enunciación rebela a todo socialdemócrata consciente y
responsable.
En esta ironía dolorosa se esconden contradicciones trágicas. Por una
parte, la revolución le es necesaria al proletariado judío más que a ninguno
otro y, por la otra, la implacable presión nacional, la explotación del
insignificante, pero por lo mismo codicioso capital judío, y la nerviosidad y
el alto nivel cultural del obrero judío, morador urbano e hijo del “pueblo del
libro”, generan una poderosa reserva de energía revolucionaria y un exaltado
espíritu de autosacrificio. Y esta hipertrofia revolucionaria, encadenada a los
moldes estrechos de su base estratégica, asume frecuentemente formas grotescas.
Una enfermedad de exceso de energía, tal es la tragedia y la fuente de los
sufrimientos del proletariado judío.
Un Prometeo encadenado que, en ira impotente, arranca las plumas del ave
de rapiña que picotea su corazón: tal es el símbolo del proletariado judío.

