© Libro N° 8997. ...Y Llámame Conrad. Roger Zelazny. Emancipación. Agosto 28 de 2021.
Título
original: © ...Y Llámame Conrad. Roger
Zelazny
Versión Original: © ...Y Llámame Conrad. Roger Zelazny
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Roger Zelazny
...Y Llámame Conrad
Roger Zelazny
…
Y LLÁMAME CONRAD
Roger
Zelazny
Los
lectores de la desaparecida revista Minotauro difícilmente
habrán olvidado
«Una
rosa para el Eclesiastés» (núm. 8), y los seguidores de Nueva
Dimensión, probablemente recuerden el relato «Mío es el reino» (número 4,
con el seudónimo Harrison Denmark), en el que se nos presenta al último hombre
sobre una Tierra muerta, que no se resigna a cedérsela a los pacíficos
invasores xenoides.
En …Y
llámame Conrad, Zelazny recoge el tema de una Tierra en ruinas, acosada (de
forma no bélica sino diplomática) por una raza extraterrestre fría y
calculadora, y construye una narración de evidente corte épico. El
protagonista, Conrad-Konstantin, es poco menos que un semidiós helénico,
empeñado, a lo largo de su secular existencia, en una colosal epopeya cuyo
escenario es una Tierra posatómica, en la que la radiactividad ha despertado,
dándoles realidad física, los antiguos mitos y leyendas…
—Tú
eres un Kallikanzari —dijo ella, de repente.
Me
volví sobre el costado izquierdo y sonreí en la oscuridad.
—Dejé
mis cascos y mis cuernos en la oficina.
—¡Tú
conoces la historia!
—Mi
nombre es Nomikos. Extendí una mano y la toqué.
—¿Vas
a destruir el mundo esta vez? Me eché a reír y la acerqué más a mí.
—Lo
pensaré. De todos modos, la Tierra se derrumba.
—Sabes
que los niños nacidos aquí en Navidad son de sangre Kallikanzaroide
—dijo
ella—, y una vez me dijiste que tu nacimiento…
—¡Está
bien!
Me
había llamado la atención que ella estuviese bromeando sólo
a medias. Sabiendo alguna de las cosas que uno conoce de los Antiguos
Lugares, de los Lugares Calientes, se
puede creer en los mitos sin realizar ningún esfuerzo
extraordinario…, como la historia de aquellos
espíritus parecidos a Pan que se reúnen cada
primavera para pasar diez días serrando el Árbol del
Mundo, y son dispersados en
el último momento con el doblar de
las campanas orientales. (Las campanas que doblan, los
dientes que rechinan, los cascos que
suenan ahogadamente sobre el suelo, etcétera.) Cassandra
y y o no teníamos por costumbre discutir de religión, política o folklore
egeiano en la cama…, pero como y o había nacido en tales
lugares, los recuerdos estaban aún algo vivos.
—Me
siento herido en mis sentimientos —dije medio en broma.
—También
tú me estás haciendo daño ahora mismo.
—Lo
siento.
Procuré
relajarme sobre el lecho. Poco después, expliqué:
—Hace
mucho tiempo, cuando y o era muy pequeño, los demás chicos solían llamarme
Konstantin Kallikanzari. Cuando me hice mayor y más feo, dejaron de llamarme
así. Al menos nunca mencionaban tal nombre en mi presencia.
—¿Konstantin?
¿Era ése tu nombre?
—Ahora
es Conrad, de manera que olvídalo.
—Pero
me gusta. Preferiría llamarte Konstantin que Conrad.
—Si
eso te hace feliz…
La
Luna asomó su deteriorado rostro por encima del alféizar de
la ventana para burlarse de mí. Yo no podía
alcanzar la Luna, ni siquiera la ventana,
de manera que miré hacia otra parte. La
noche era fría y húmeda; una neblina
espesa lo llenaba todo.
—El
comisionado de Artes, Monumentos
y Archivos para el planeta Tierra no es la
persona más indicada para derribar el Árbol del
Mundo —dije.
—Mi
Kallikanzari —respondió ella, con excesiva rapidez—. No he dicho
eso…, pero cada año hay menos campanas y
no siempre es el deseo lo que cuenta. Tengo la impresión de que
tú cambiarás las cosas de alguna manera. Quizá…
—Estás
equivocada, Cassandra.
—Y
tengo miedo, y frío…
Estaba encantadora en la
oscuridad. La sostuve entre mis brazos como si tratara
de ampararla contra el rocío de la neblina exterior.
Al
intentar reconstruir los acontecimientos de estos
últimos seis meses, me doy
cuenta ahora que mientras alzábamos muros de pasión
y rebeldía, la Tierra y a había caído en
manos de aquellos poderes que aplastan todas las rebeldías
y sujetan todas las pasiones. Dirigidas desde el interior
y el exterior, las fuerzas del quebrantamiento final aún desfilaban
con paso de ganso por entre las
ruinas…, sin rostro, irresistibles, con los
brazos alzados.
Cort
Myshtigo había atracado en Port-au-Prince, en el antiguo Sol-Bus
Line, que le había trasladado desde Titán en compañía de
una carga de camisas y zapatos, ropa interior, diferentes
clases de vinos, medicinas, y las últimas
cintas de la civilización.
Era
un periodista galáctico, rico e influyente. Lo rico que era no lo sabríamos en
muchas semanas, y la influencia que poseía era cosa que y o había averiguado
hacía solamente cinco días. Y el inactivo Radpol estaba agitándose nuevamente,
pero no lo supe hasta varios días después.
El
Radpol. El viejo Radpol…
Organización
importante entre los agitadores de la destrucción, el Radpol se había sumido en
una larga quietud.
Después
de la partida de su siniestro fundador Karaghiosis, el asesino (que
extrañamente se parecía a mí, según decían unos pocos veteranos), el Radpol se
había debilitado y dormido.
Sin
embargo, y a había realizado su labor hacía medio siglo, y los veganos se
hallaban estancados.
Pero
Vega podía comprar la Oficina de la Tierra… que dirige este culpable
mundo…
y venderla muchas veces, sin que nadie
se enterase, porque el Gobierno de
la Tierra vive lejos de
los alrededores de Vega.
Aunque
Vega no lo había intentado hacer, o no había podido.
No
desde que el Radpol había dirigido la Rebelión Restitutoria,
fundido Madagascar, y demostrado su eficacia. El
gobernador de la Tierra había
estado muy atareado vendiendo terrenos a los veganos;
esto mediante la Oficina, infección del servicio civil del Gobierno de
la Tierra, aquí, entre las islas del mundo.
Una
vez terminadas las ventas. Vega se retiró, y el Radpol se adormeció soñando su
Gran Sueño…, el del regreso de los hombres a la Tierra.
La
Oficina continuó administrando. Los días de Karaghiosis habían pasado.
Aquí
en la isla de Kos, vagamos entre los olivares, y a silvestres, elegimos nuestro
camino a través de las ruinas del castillo franco, o mezclamos nuestras huellas
con las trazadas en jeroglífico por las patas de las gaviotas-arenque; aquí,
sobre las húmedas arenas de las playas de Kos, matamos el tiempo mientras
esperamos una redención que no llegará, y que, en realidad, nunca ha sido
esperada.
Los
cabellos de Cassandra tienen el color de las olivas
de Katamara y son muy brillantes. Sus manos son
suaves, los dedos
cortos, delicadamente moldeados. Sus ojos son muy negros.
Ella solamente tiene unas cuatro pulgadas de
estatura menos que y o, lo cual le proporciona
una gracia sin par, y a que y o paso
del metro ochenta. Por supuesto,
cualquier mujer aparece graciosa, precisa y atractiva,
cuando camina a mi lado, porque y o no poseo ninguno
de los atributos de belleza anteriormente mencionados.
Mi mejilla izquierda es un mapa de África trazado en varios
tonos morados a causa de las mutables fungosidades que adquirí de una
lona enmohecida cuando desenterré al Guggenheim para el viaje a
Nueva York; el pelo me llega casi hasta
las mismas cejas, mis ojos son desiguales. (Miro a la
gente airadamente con el que tiene un frío color azul
cuando quiero intimidar; el de color
castaño es para las miradas sinceras y honradas.)
Uso una bota reforzada, pues mi pierna derecha
es demasiado corta.
Sin
embargo, en Cassandra no hay contrastes. Es bella.
La
conocí por casualidad, la perseguí
con desesperación y me casé con
ella en contra de mi voluntad. (Esta última parte fue idea
suya.) Yo ni siquiera pensaba en ello…,
ni aquel día cuando entré en el puerto
con mi caique y la vi allí,
tomando el sol como una sirena junto al sicómoro
de Hipócrates y decidí que la deseaba. Kallikanzari
nunca hizo mucho honor a la familia. Resbalé de nuevo.
Era
una mañana muy limpia y clara. Se iniciaba el tercer mes desde nuestra unión.
Sin embargo, aquél era mi último día en Kos, pues había recibido una llamada la
tarde anterior. Todo estaba húmedo aún, a causa de la lluvia caída
durante
la noche, y tomamos asiento en el patio,
bebiendo café turco y comiendo naranjas. El día
estaba comenzando a iluminar el mundo. La
brisa era intermitente, húmeda, la
sentíamos bajo el negro peso de nuestros suéteres,
y veíamos cómo se llevaba muy lejos el vapor
de nuestro caliente café.
—Me
siento destrozado —dije.
—Lo
sé —respondió ella—. Procura animarte…
—Es
inevitable. Tengo que irme y dejarte, y eso me desmorona moralmente.
—Puede
que sólo se trate de unas pocas semanas. Eso has dicho tú. Luego, regresarás.
—Eso
espero —dije—. Sin embargo, si mi ausencia se alarga, enviaré a buscarte.
Todavía no sé dónde estaré.
—¿Quién
es Cort Myshtigo?
—Un
actor de Vega, periodista. Es importante. Quiere escribir sobre lo que queda de
la Tierra. De manera que tengo
que enseñárselo
todo personalmente. Yo. Personalmente…, ¡maldita sea!
—Cualquiera
que pueda tomarse unas vacaciones de
diez meses para navegar por ahí no
debería quejarse de exceso de trabajo.
—Yo
puedo quejarme… y lo haré. Se supone que mi trabajo es una sinecura.
—¿Por
qué?
—Principalmente
porque hice
que fuera así. Trabajé duramente durante veinte
años para lograr que las Artes, los Monumentos y los
Archivos sean lo que hoy son. Hace diez años llegué a
conseguir que el personal
que me rodea estuviese capacitado
para dirigirlo todo. Y así pude retirarme a
pastar en buenas praderas, como se
dice vulgarmente. De vez en cuando regresaba
para firmar papeles y luego hacía lo que me diese la gana
durante largos intervalos de tiempo.
Y ahora esto…, este gesto servil…, tener que acompañar por
ahí a un plumífero de Vega en un viaje que podría
realizar cualquier guía profesional.
¡Los
veganos no son dioses!
—Espera
un minuto —dijo ella—. ¿De qué hablas? ¿Veinte años? ¿Diez años? Sentí un nudo
en la boca del estómago.
—Ni
siquiera has cumplido los treinta años de edad.
El
nudo del estómago se hizo mayor. Esperé. Luego me levanté.
—Bien,
hay algo que… bueno, algo que en realidad jamás mencioné ante ti.
De
todas maneras, dime, ¿qué edad tienes tú, Cassandra?
—Veinte
años.
—¡Vaya,
vaya! Yo estoy a punto de tener cuatro veces tu edad.
—No
te comprendo, no lo entiendo.
—Ni
y o tampoco. Ni tampoco parecen entenderlo los
doctores. Parece ser que me detuve en algún punto
situado entre los veinte y los treinta años, y así seguí… Sospecho que
eso es una especie de… bueno,
parte quizá de mi mutación particular. ¿Acaso eso establece
alguna diferencia entre los dos…, alguna
dificultad?
—No
lo sé… Quizá sí.
—No
te importa mi cojera, o mi excesivo vello, o el aspecto de mi rostro. Entonces,
¿por qué debe preocuparte mi edad? Soy joven para todos los efectos.
—Ocurre
que no es lo mismo una cosa que otra… —respondió ella, con indiscutible
contundencia—. ¿Y qué ocurrirá si jamás te haces viejo?
Me
mordí el labio inferior, cuando deseaba morder los suyos.
—Más
pronto o más tarde tendré que hacerme viejo.
—¿Y
si es más tarde? Yo te amo. No quiero llegar a ser una anciana a tu lado.
—Tú
vivirás por lo menos hasta los ciento cincuenta años. Hay tratamientos S-S. Tú
los tendrás a tu disposición.
—Pero no me mantendrán joven… como tú.
—Yo no
soy realmente joven. Nací y a viejo.
Mis
palabras no hicieron el menor efecto. Cassandra comenzó a llorar.
—Quedan
muchos, muchos años por delante —añadí—. ¿Quién sabe lo que ocurrirá mientras
tanto?
Mis
palabras sólo la hicieron llorar más todavía.
Siempre
fui impulsivo. Normalmente pienso
bien, pero al parecer siempre lo hago después
de haber hablado…,
y, mientras tanto, generalmente, y a he destruido toda
posible base para una ulterior conversación.
Tratando
de animarla, añadí:
—Escucha,
tú también tienes en ti una pincelada de Material Ardiente.
Me costó cuarenta años darme cuenta de que no
tenía cuarenta años. Puede que a ti
te suceda lo mismo. No soy más que un chico de
la vecindad.
—¿Conoces
algún otro caso como el tuyo?
—Bien…
—No,
no lo conoces.
—No,
no lo conozco.
Esperé
hasta que dejó de llorar y sentí cómo me miraba nuevamente. Luego, esperé un
poco más.
—¿Estás
bien? —pregunté finalmente.
—Muy
bien, gracias.
Busqué
su mano fría, pasiva, que llevé a mis labios.
—Rodos
dactylos —murmuré. Ella dijo:
—Puede
que sea una buena idea… irte durante una temporada así, de esta forma…
La
brisa barrió nuevamente el vapor del café. Era una
brisa todavía húmeda, que nos calaba, y hacía que
su mano o la mía temblasen…, no estoy seguro
de cuál era. También la brisa agitaba las hojas sobre
nuestras cabezas, vertiendo su rocío.
—¿No
has exagerado tu edad? —preguntó—. ¿No lo has hecho siquiera un poco?
Su
tono de voz sugería que el asentir a su pregunta sería la respuesta mejor
acogida.
En
consecuencia, respondí con tono de sinceridad:
—Sí.
Entonces,
ella sonrió,
algo más tranquilizada acerca de mi humanidad.
Continuamos sentados allí, tomados
de la mano, y contemplando
la mañana.
Al cabo de
un rato,
ella comenzó a cantar en voz baja, casi entre
dientes. Era una canción triste que tenía siglos. Una balada. Relataba la
historia de un joven guerrero que jamás había sido vencido,
un joven llamado Temocles. Llegó un momento
en que era considerado el mejor luchador
del mundo entero. Finalmente lanzó un desafío a la cima de
la montaña y los dioses actuaron con rapidez: al día
siguiente, un muchacho tullido entró en la ciudad
sobre el lomo de un enorme perro salvaje. Temocles
y el muchacho lucharon durante tres días y tres noches.
En el cuarto día, el muchacho le fracturó la
espina dorsal, dejándole allí en el campo. Dondequiera que
se vertió su sangre, creció la strige-fleur, como la
llama Emmet, flor bebedora de
sangre que se arrastra por las
noches, sin raíces, buscando el espíritu perdido
del caído campeón en la sangre de sus
víctimas. Pero el espíritu de Temocles se fue de
la Tierra, de manera que aquellas flores deben continuar su búsqueda eterna. Más sencillo que Esquilo,
pero es que somos personas más sencillas de lo que una vez fuimos,
especialmente
los habitantes de tierra firme. Además, ésa no es la forma en que realmente
sucedieron las cosas.
—¿Por
qué estás llorando? —me preguntó ella, súbitamente.
—Estoy
pensando en las imágenes del escudo de Aquiles —respondí—,
y de lo terrible que es ser una
bestia educada…, y conste que no estoy llorando.
Es el rocío de las hojas que cae sobre mi rostro.
—Haré
un poco más de café.
El
sol ascendió en el cielo a más altura, y al
cabo de un rato se oyó el ruido de un martillo,
procedente del patio
del viejo Aldones, el constructor de ataúdes.
El ciclamino había despertado y la brisa nos traía
su fragancia a través de los campos. Muy
alto, como un oscuro presagio, planeaba
un murciélago araña, hacia
tierra firme. Sentí
dolor al crispar mis dedos alrededor de la culata
de un
«
306 Detonador» , y vi cómo el animal retrocedía.
Las únicas armas de fuego que y o conocía se hallaban
a bordo de mi buque, el Vanitie. Al cabo de
unos instantes, el murciélago-araña se perdía de vista.
—Dicen
que no son realmente nativos de la Tierra —manifestó ella, contemplando también
la desaparición del animal— y que los han traído desde Titán para formar
parques zoológicos y …
—Así
es.
—…
y que se perdieron durante los Tres Días, y entonces
se volvieron salvajes, y que aquí crecen hasta
alcanzar un tamaño mucho mayor que en su mundo.
—Una
vez vi uno que medía diez metros con las alas extendidas.
—Mi
abuelo me contó una vez una historia que había
oído en Atenas — recordó Cassandra— sobre
un hombre que mató a uno de
esos animales sin contar con arma alguna.
El animal alzó al hombre con
sus garras desde el muelle donde
se encontraba, en El Pireo,
pero el hombre le fracturó el cuello
con ambas manos. Los dos cayeron a unos
treinta metros en el interior de la bahía.
El hombre sobrevivió.
—Eso
fue hace mucho tiempo —dije y
o, recordando—, mucho antes de que la Oficina iniciara
su campaña de exterminación. Entonces
había muchos más animales como ése, y en aquellos
días eran mucho más audaces. Ahora
huy en de las ciudades.
—Aquel
hombre se llamaba Konstantin, ahora lo recuerdo. ¿Fuiste tú?
—Su
apellido era Karaghiosis.
—¿Eres
tú Karaghiosis?
—Si
deseas que lo sea…, ¿por qué?
—Porque
más tarde ayudó a fundar el Radpol Restitutorio en Atenas y, además, tú tienes
unas manos muy fuertes.
—¿Eres
tú un Restitutorio?
—Sí.
¿Y tú?
—Yo
trabajo para la Oficina. No tengo opiniones políticas.
—Karaghiosis
bombardeó los lugares de recreo.
—Lo
sé.
—¿Sientes
que los hubiera bombardeado?
—No…
Realmente no sé muchas cosas sobre ti, ¿verdad?
—Lo
sabes todo acerca de mí. Pregunta. La realidad es que soy muy sencillo…, está
llegando ahora mismo mi taxi aéreo.
—No
oigo nada.
—Lo
oirás.
Al cabo de
un momento el aparato apareció planeando en
el cielo hacia Kos, para después situarse en la baliza
que y o había montado en un extremo del patio. Me
puse en pie y ayudé a Cassandra
a hacer lo mismo, a la vez
que el aparato zumbaba suavemente… Un « Radson
Skimmer» : una brillante concha de coquina, llena
de transparencia, de fondo liso y morro chato.
—¿Quieres
llevarte alguna cosa contigo? —preguntó ella.
—Sabes
lo que desearía llevarme, pero no puedo.
El
« Skimmer» se inmovilizó y abrió uno de sus costados. El piloto, con rostro
casi cubierto por unas grandes gafas, volvió la cabeza.
—Tengo
la impresión —dijo Cassandra— que te encaminas hacia algo
peligroso.
—Lo
dudo, Cassandra.
Ningún
fenómeno reintegrará la perdida costilla de Adán, a Dios gracias.
—Adiós,
Cassandra.
—Adiós,
mi Kallikanzari.
Subí al «
Skimmer» y saltamos hacia el cielo, musitando una oración a Afrodita.
Desde allá abajo, Cassandra alzaba
una mano, saludando. Detrás de mí, el sol
iba
ampliando más y más su red luminosa. Partimos velozmente
hacia el Oeste. Desde Kos a Port-au-Prince había cuatro horas,
agua gris, pálidas estrellas, y y o loco.
Contemplé las luces de colores…
El
vestíbulo estaba abarrotado de gente. Una enorme luna
tropical brillaba rabiosamente. Sabía dónde
podía encontrar a Ellen Emmet y me dirigí a su
balcón. Las puertas estaban entreabiertas. Ellen
debió presentirme, porque y a me esperaba.
—Una
vez más de regreso de entre los muertos —me saludó, sonriendo ligeramente—.
Ausente casi un año y ni una sola postal de Ceilán comunicando excelente estado
físico.
—¿Estuviste
enferma?
—Pude
estarlo.
Era pequeña, y al igual
que todas las que odiaban el día mostraba un
tono cremoso bajo su color oscuro. Me recordaba a
una complicada muñeca mecánica con parte de su mecanismo averiado… Dotada
de una fría gracia y con tendencia a aplicar
puntapiés a la gente en la espinilla
cuando menos lo esperaban. Había perdido
una gran cantidad de su cabello
color naranja oscuro. El restante,
recogido en un nudo gordiano de cofia, me desorientó
cuando, mentalmente, intenté deshacerlo. En aquel día
particular, sus ojos tenían el color
que más complacía al dios de su
elección…, ahora lo he
olvidado, pero creo que eran azules y de una
profundidad terrible. Cualesquiera que fuesen sus ropas,
tenían un color verde castaño, y había tela
suficiente para envolverla dos veces,
pero colgaba en pliegues desiguales desde su cuello,
lo cual la hacía aparecer sin forma alguna, fallo
de un mal modista, a menos que estuviese otra
vez embarazada, cosa que y o dudaba mucho.
—Bien,
pues puedes recuperarte y a, si lo necesitas —dije—. No estuve en Ceilán.
Estuve la mayor parte del tiempo en el Mediterráneo.
Ellen
se recostó sobre la barandilla.
—Tengo
entendido que estos días estás así…, como algo casado.
—Cierto
—respondí— y también como algo molesto. ¿Para qué me habéis llamado?
—Pregunta
a tu jefe.
—Lo
hice. Me dijo que voy a servir de guía. Lo
que deseo saber es por qué…,
la verdadera razón. No hago más que pensar en eso
y cada vez me parece más confuso.
—¿Por
qué tendría que saberlo y o?
—Tú
lo sabes todo.
—Me
estimas excesivamente, querido. ¿Cómo es ella? Me encogí de hombros. Luego
respondí:
—Puede
que como una sirena. ¿Por qué? Ellen también se encogió de hombros.
—Pura
curiosidad. ¿Cómo dices a la gente que soy y o?
—No
digo a nadie cómo eres.
—Eso
es un insulto. Debo ser algo…, a menos que sea única.
—Eso
es…, eres única.
—Entonces,
¿por qué no me llevaste contigo el año pasado?
—Porque
tú eres una persona Pueblo y necesitas a tu alrededor una ciudad.
Solamente
podrías ser feliz aquí, en Port.
—¿Sabes
una cosa? —interrogó Ellen al cabo de un largo silencio—. Eres tan
endiabladamente feo que resultas atractivo. Debe ser eso.
Me
detuve con la mano extendida a un par de pulgadas de
su hombro derecho.
—¿Sabes…?
—continuó diciendo con voz monótona y carente de toda emoción—. Eres una
pesadilla que camina como un hombre.
Dejé
caer mi mano y dije:
—Lo
sé…, que tengas felices sueños.
Comenzaba
a dar media vuelta, cuando
Ellen me retuvo, sujetándome por una manga.
—¡Espera!
Miré
su mano, luego sus ojos, y otra vez su mano. Ellen soltó la manga.
—Sabes
que nunca digo la verdad —dijo ella.
Y
a continuación se echó a reír con carcajadas secas y
forzadas. Luego añadió:
—…
Y he pensado en algo que debes saber acerca de este viaje. Donald dos Santos
está aquí, y creo que él también va…
—¿Dos
Santos? Eso es ridículo.
—Ahora
mismo está arriba en la biblioteca, con George y un árabe enorme.
Miré
por encima de ella, a lo lejos, a la sección del
puerto, donde las sombras, al igual
que mis pensamientos, se movían a lo largo de tortuosas
calles, lenta y oscuramente.
—¿Un
árabe enorme? —interrogué, al cabo de unos segundos—. ¿Manos llenas de
cicatrices? ¿Ojos amarillos?… ¿Se llama Hasán?
—Así
es, exacto. ¿Le conoces?
—Trabajamos
juntos en el pasado —reconocí.
Sonreí,
aunque mi sangre estaba
congelándose, pero no me agrada que la
gente sepa lo que estoy pensando.
—Sonríes
—dijo ella—. ¿En qué piensas? Así es Ellen.
—Estoy
pensando en George… y en cómo estará estos días su colección de insectos.
Ellen
trató de esbozar una sonrisa.
—Desarrollándose
—replicó—. A verdaderos montones. Saltan,
se arrastran, y algunos de esos bichos son
radiactivos. Yo le he dicho: « George, ¿por qué
no andas por ahí con otras mujeres en lugar de dedicar
todo tu tiempo a
esos escarabajos?» Pero él sólo mueve la cabeza, sin aclarar nada. Luego también le dije: « George, un
día cualquiera, uno de esos bichos te va a morder y
te convertirá en impotente.
¿Qué harás entonces?» Luego, él explicó que eso nunca
sucedería y a continuación me dio una conferencia sobre las
toxinas de los insectos. Puede que él mismo sea otro
insecto disfrazado. Sospecho que obtiene alguna clase
de placer sexual contemplando a esos bichos cuando
se mueven en los tanques. De otro modo, no
sé cómo explicarme una afición tan desmesurada.
Me
volví en aquel momento para mirar hacia el vestíbulo,
porque el rostro de Ellen, hablando de su marido, y a
no era « su» rostro. Cuando la oí reír un momento después, me volví
de nuevo y oprimí uno de sus hombros.
—Está
bien, y a sé más de lo que sabía
antes. Gracias. Te volveré a ver
pronto.
—¿Te
espero?
—No,
gracias. Buenas noches.
—Buenas
noches, Conrad. Y acto seguido me retiré.
Cruzar
una estancia puede ser asunto complicado y llevarle a uno mucho tiempo: sobre
todo, si la estancia está llena de gente, si todo el mundo le conoce a uno, si
todas las personas presentes sostienen vasos en la mano, y si uno tiene la
ligera tendencia a cojear.
Así era, así
estaba toda la gente, y así lo hacía y o. De manera que…
Reflexionando sobre cosas de poca importancia, elegí mi camino a lo largo
de
uno de los muros, justamente en la periferia de
aquella masa de humanidad. Logré hacerlo durante unos
siete metros, hasta llegar junto a
Phil Graber y al grupo de muchachas
jóvenes que el viejo célibe tiene siempre a
su alrededor.
Casi sin mentón, casi sin labios,
y comenzando a quedarse calvo, la expresión que en otros
tiempos había vivido en la carne que cubría toda
su cabeza, hacía tiempo
que se había retirado a la oscuridad de sus ojos, y aquella expresión fue la que se
reflejó
en ellos cuando me miró…, la sonrisa de burla inminente.
—Phil —dije, saludando
con un movimiento de cabeza—, todo el mundo puede esbozar
una máscara como ésa. He oído decir que es un
arte decadente, y ahora acabo de comprobarlo.
—Todavía
vives —dijo, con una voz setenta años más joven que el resto de su persona—, y
retrasado, como siempre.
—Lo
siento terriblemente —dije—, pero me retrasé a causa de la fiesta de cumpleaños
de una dama de siete años de edad, en casa de un viejo amigo. (Lo cual era
verdad, pero nada tiene que ver con esta historia.)
—Todos
tus amigos son viejos amigos, ¿verdad? —preguntó.
Yo sabía muy bien
que aquél era un golpe bajo, porque en otro
tiempo y o había conocido a sus padres, que él apenas
recordaba, y les había llevado por el sur del Eresteum para
enseñarles el Porche de las Doncellas y
señalar lo que había hecho Lord Elgin
con el resto. Mientras tanto, y o cargaba sobre mis
hombros con su retoño de brillantes ojos, contándole historias que y
a eran viejas cuando aquel lugar se
había construido.
—Necesito
tu ayuda —dije, ignorando sus palabras, a la vez
que me abría paso suavemente, por
entre el denso círculo de feminidad—. Me costará toda la noche cruzar
este vestíbulo hasta donde Sands charla con el vegano y lo
cierto es que no dispongo de toda la noche. ¿Qué
te parece? Llévame desde aquí hasta
allí en un mínimo de tiempo, adoptando tus
cortesanos modales y sosteniendo una conversación que nadie
se atreva a
interrumpir. ¿De acuerdo? Entonces, vamos allá.
Phil
asintió bruscamente.
Comenzamos
a atravesar la estancia por entre grupos de gente. En las alturas,
las lámparas brillaban estallando en mil satélites de
hielo. La telinstra, una ingeniosa arpa eólica, arrojaba a
los aires sus fragmentos de canción en forma de
piezas de cristal de colores. La gente zumbaba
y deambulaba de acá para allá, como algunos
de los insectos de Emmet; evitamos sus cuerpos colocando un
pie ante el otro, sin pausa, y haciendo ruido. No debimos
pisar a nadie, pues nadie chilló.
—Tengo
entendido que Dos Santos está aquí —dije.
—Exactamente.
—¿Por
qué?
—Ni
lo sé ni me importa.
—¡Vaya!
¿Qué es lo que ha ocurrido con tu maravilloso sentido político? El Departamento
de Crítica Literaria solía alabarte mucho por él.
—A mi edad, el olor
de la muerte llega a
ser más y más inestable cada vez que uno se
tropieza con ella.
—¿Y Dos
Santos huele?
—Tiende
a apestar.
—He
oído que emplea a uno de nuestros antiguos asociados…, de los tiempos del Caso
Madagascar.
Phil
inclinó la cabeza hacia un lado y me miró inquisitivamente.
—Te
enteras de las cosas muy rápidamente —dijo—. Comprendo…, eres amigo de Ellen.
Sí, Hasán está aquí. Está arriba con Don.
—¿A
quién piensa aliviar de su carga?
—Como
dije antes, realmente no sé ni me importa nada de eso.
Le miré
fijamente y después, cuando él se volvió, seguí
la mirada de sus ojos hacia los cómodos sillones
situados en el rincón nordeste de la sala, separado del
resto de la masa de la telinstra, aislaba la habitación. La que
tocaba la
telinstra era una dama anciana, con ojos soñadores.
El director de la Tierra, Lorel Sands, fumaba su pipa…
La
pipa es una de las más interesantes facetas de la
personalidad de Lorel. Es un verdadero Meerschaum, y y a no
quedan muchos en el mundo. En cuanto al resto de su
persona, su función es más bien la de un
anticomputador: se le alimenta con toda clase de datos
cuidadosamente recopilados, cifras y estadísticas,
y él las traduce en desperdicios. Tiene unos agudos ojos negros, y
una forma de hablar lenta
y apagada, mientras su mirada no
se separa de uno.
Muy rara vez hace gestos, pero cuando recurre a
ellos, parece que corta el aire con la boquilla
de su pipa; pelo blanco en las sienes y negro en la
parte superior del cráneo; de altos
pómulos. Posee una tez que hace juego con
sus trajes de lana y constantemente lucha por avanzar una
pulgada más su mandíbula inferior,
gesto que debe ser realmente incómodo.
Está
nombrado políticamente por el gobernador de la Tierra y se toma su trabajo muy
en serio, hasta el punto de demostrar su dedicación mediante periódicos ataques
de úlcera. No es el hombre más inteligente de la Tierra. Es mi jefe. También es
uno de los mejores amigos que tengo.
Junto
a él se sentaba Cort Myshtigo. Yo casi podía « sentir» cómo le odiaba Phil,
desde las plantas azul pálido de sus pies con seis dedos, hasta la faja de
cabellos teñida en color rosa que iba de sien a sien.
No
le odiaba precisamente por ser él, sino, y o estaba seguro
de ello, porque era
el pariente más cercano —nieto de Tatram Myshtigo—,
que cuarenta años antes había comenzado a demostrar que el más grande
escritor vivo en lengua inglesa era un natural de Vega. El
anciano
todavía vive y no creo que Phil
lo hay a perdonado.
Por
el rabillo del ojo (del azul) vi a Ellen ascendiendo por la amplia y ornada
escalera, situada al otro lado del vestíbulo. Y por el rabillo del otro ojo vi
cómo Lorel miraba hacia mí.
—Me
han localizado —dije— y ahora debo ir a presentar mis respetos a William
Seabrook de Taler. ¿Vienes?
—Bien…,
muy bien —dijo Phil—. Sufrir es cosa buena para el alma.
Avanzamos
hasta la estancia que formaba rincón
y permanecimos en pie entre los dos sillones, entre
la música y el ruido, allí, en el lugar del
poder. Lorel se puso en pie lentamente para estrechar
manos. Myshtigo se
puso en pie aún más lentamente,
pero no estrechó ninguna mano. Nos miró con
sus ojos ámbar al ser presentados, sin que en su
rostro se reflejara la menor expresión. Su floja
camisa color naranja flameaba acompasadamente cuando
sus pulmones expulsaban su constante respiración por las ventanillas anteriores
de la nariz, situadas en la base de su amplio tórax. Asintió
ligeramente con un movimiento de cabeza y
repitió mi nombre. Luego se volvió hacia Phil, esbozando
una mueca que quería ser una sonrisa y diciéndole:
—¿Le
importaría que y o tradujese su máscara al inglés?
Su
tono de voz fue muriendo poco a poco hasta pronunciar la última palabra. Phil
giró sobre sus talones y se alejó repentinamente.
Entonces,
y durante un segundo, supuse que el de Vega se había
puesto enfermo en aquel momento, hasta
que recordé que la risa de un vegano
suena muy parecida al balar de una cabra. Siempre
trato de alejarme de los veganos, evitando sus lugares
de recreo.
—Siéntate
—dijo Lorel bastante incómodo, detrás de su pipa. Arrastré una silla y la
coloqué frente a los dos.
—Cort
va a escribir un libro —añadió Lorel.
—Muy
bien.
—Acerca
de la Tierra.
Asentí
con leve movimiento de cabeza.
—Expresó
el deseo de que tú seas su guía por ciertas zonas de los Antiguos Lugares…
—Para
mí es un honor —murmuré, un tanto rígidamente—. Por otra parte, siento gran
curiosidad por saber qué le decidió a elegirme a mí…
—…
Y aún más curiosidad respecto a lo que y o pueda saber de usted, ¿no? —
interrumpió el vegano.
—Desde
luego —respondí—. Siento curiosidad en un doscientos por ciento.
—Comencé
examinando, en Estados Vivos, el Registro Terrestre. Al principio, cuando
concebí este proyecto…, solamente tenía la idea de establecer datos generales
humanos…; más tarde, cuando me encontré con un tema interesante, probé en los
Bancos de Personal de la Oficina de la Tierra.
—Bien…
—murmuré.
—…
Y me sentí mucho más impresionado por lo que no decían de usted, que por lo que
allí manifestaban.
Me
encogí, silenciosamente, de hombros.
—Según
su expediente personal, tiene usted setenta y siete años de edad.
Según
los Estados Vivos, tiene usted ciento once o ciento treinta años…
—Dejé a
un lado la cuestión
de mi edad para conseguir el empleo. En
aquellos momentos, se sufría una depresión económica.
—…
Y así confeccioné un perfil Nomikos, especie de sistema de
distintivos y comencé también a buscar en los
Estados Vivos un
coeficiente de análogos físicos en todos
sus Bancos de Personal.
—Algunas
personas coleccionan monedas antiguas, otras construyen modelos de cohetes,
otras se dedican a buscar datos humanos…
—Averigüé
que podría usted haber sido cuatro o cinco otras personas,
todas ellas griegas,
y especialmente una muy sorprendente. Pero, desde
luego, Konstantin Korones, uno de los más viejos,
había nacido hacía doscientos treinta
y cuatro años. En Navidad. Con un ojo azul y otro castaño.
Cojo de la pierna derecha. El mismo tipo de cabello a los
veintitrés años. La misma estatura
y demás detalles iguales.
—¿Las
mismas huellas dactilares? ¿Los mismos modelos retinales?
—Esos
factores no estaban incluidos en muchos de los antiguos registros.
¿Quizá eran más torpes en aquellos
tiempos? No lo sé. Quizá sí más descuidados en cuanto
se refería a quién podía tener acceso a los registros
de carácter público…
—Usted
sabe muy bien
que en este planeta hay ahora unos cuatro millones
de personas. Investigando en el pasado, digamos durante tres
o cuatro siglos nada más, me atrevería a asegurar que
se podrían encontrar « dobles» o incluso
«
triples» en muchas personas, ¿no?
—Bien…,
todo eso sirve para hacer que sea usted un tanto misterioso.
Casi como un espíritu del lugar…, y está usted tan curiosamente
arruinado como lo está este lugar. Sin duda alguna, y
o jamás alcanzaré su edad, sea ésta cual fuere, y
sentí curiosidad por la clase de sensibilidades que un humano puede
cultivar durante tanto
tiempo…, especialmente teniendo en cuenta
su cargo de maestro en Arte e Historia de
su mundo.
Hubo
un silencio y a continuación Cort añadió:
—Ésa
es la razón por la que hay a solicitado sus servicios.
—Bien…,
y ahora que y a me ha conocido usted, arruinado y demás, ¿puedo irme a casa?
—¡Conrad!
—exclamó la pipa que tenía al frente.
—No,
señor Nomikos, también existen consideraciones de tipo práctico.
Éste es un mundo duro y áspero y posee
usted un alto potencial de supervivencia. Quiero que esté conmigo
porque también deseo sobrevivir.
Me
encogí de hombros nuevamente.
—Bien,
eso y a está aclarado, ¿qué más? Cort lanzó un extraño gruñido y comentó:
—Me
doy cuenta de que no le soy muy simpático.
—¿Qué es lo
que le hace pensar de esa manera? Nada más porque
ha insultado a
un amigo mío, me hace preguntas impertinentes, y
solicita mis servicios…
—…
Además de explotar a sus paisanos, convertir su mundo en un burdel, y demostrar
que el carácter provinciano de la humanidad, de toda la raza humana, comparada
con la cultura galáctica…
—No
estoy hablando ni de su raza ni de la mía. Estoy hablando en un terreno
puramente personal. Y repito que usted insultó a mi amigo, me hizo preguntas
impertinentes, y presiona para que me ponga a su servicio.
—¡Catarro
de macho cabrío para los tres!… Es un insulto a las sombras de Homero y Dante
hacer que ese hombre cante para la raza humana…
—Por
el momento, es el mejor que tenemos.
—En
cuyo caso, bien podrían ustedes pasarse sin él.
—Se comporta usted como un
representante Real en una
Colonia de la Corona —decidí,
pronunciando casi las letras mayúsculas—, y eso
no me agrada. He leído todos sus libros. También leí
los de su abuelo…, como por ejemplo: Lamento de la
Prostituta Tierra…, y usted jamás será lo que fue él. Él
posee una cosa que se llama compasión. Usted, no. Cualquier sentimiento que
albergue usted hacia Phil, y o lo siento por partida doble hacia usted.
Aquellas
frases sobre su abuelo debieron tocar alguna fibra muy sensible, porque Cort
dio un respingo cuando mi ojo azul le miró con fijeza.
—De
manera que puede usted irse al mismísimo infierno —añadí en vegano. Sands
no habla suficiente vegano para que en aquel momento captase mis palabras,
pero lanzó ciertos gruñidos conciliatorios, mirando en derredor para
comprobar
que nadie nos escuchaba.
—Conrad,
por favor, adopta tu postura profesional y deja y a
eso… Srin Shtigo, ¿por qué no seguimos con
la planificación?
Myshtigo
sonrió en azul verde.
—¿Y
minimizar nuestras diferencias? Me parece muy bien.
—Entonces, vamos a
la biblioteca…, se
está más tranquilo… y podremos usar el mapa pantalla.
—Muy
bien.
Me
sentí un poco reconfortado cuando nos levantamos
para irnos, porque Dos Santos se hallaba allí arriba y odia
terriblemente a los veganos y dondequiera que esté Dos Santos, allí
está también Diane, la muchacha de la
peluca roja, que aborrece a todo el mundo; y
sabía que
encontraría arriba a George Emmet y también a
Ellen, y que George es un pez frío con los extraños (con los amigos
también), y quizá Phil entrase
allí más tarde; además estaba Hasán…
Hasán es hombre que no
habla mucho, permanece sentado muy inmóvil fumando sus
hierbas con opaca mirada… y si uno
está muy cerca de él,
y respira con fuerza un par de veces, entonces
a uno llega a importarle tres cominos lo que se pueda
decir
a los veganos o a otras personas.
Yo tenía
la esperanza de que
la memoria o percepción de Hasán estarían
entre las nubes en aquellos momentos, pero la ilusión de
que tal cosa sucediera murió en cuanto entramos en la
biblioteca. Estaba sentado rígidamente, sorbiendo limonada.
Con
ochenta o noventa años de edad, con el aspecto de
tener cuarenta, podía actuar como si tuviera treinta.
Los tratamientos Sprug-Samser habían tropezado con un material que
respondía maravillosamente bien. Y esto no
sucede a menudo. Casi nunca, en realidad.
Al parecer, y sin razón
alguna, producen en la gente un fuerte shock del
que no se recuperan ni con una fuerte inyección de
adrenalina. Otros, la mayoría, se quedan congelados a los cincuenta
o sesenta años. Pero, sin embargo, hay otros,
unos pocos, que rejuvenecen maravillosamente cuando se
aplican el tratamiento… Quizá el tanto por ciento de los
que rejuvenecen llegue a un uno por mil.
Me
chocó siempre que en la gran ruleta del destino aquél se
hubiese beneficiado en tal manera.
Habían
transcurrido unos cincuenta años desde el Caso Madagascar, en el que
Hasán
trabajó con el Radpol en su vendetta contra los taleritas.
Había figurado en la nómina de pago del gran K. (descanse en paz) en Atenas,
quien le envió a destruir la Real Compañía del gobernador de la Tierra. Lo hizo
bien. Luego hubo una instantánea renovación urbana. Llamado Hasán el
Asesino por unos pocos, es el último mercenario que queda sobre la
Tierra.
También, además de
Phil (que no siempre fue esgrimidor de
la espada sin hoja y sin empuñadura), Hasán era uno
de los muy pocos que recordaban
al viejo Karaghiosis.
Así,
con la barbilla alzada, y mostrando mis fungosidades, traté de nublar su mente
con mi primera mirada. O bien había en él antiguos y misteriosos poderes, cosa
que y o dudaba, o estaba mucho más alto de lo que y o suponía, cosa que era
posible, o quizá había olvidado mi rostro…, cosa que también era posible, pero
no probable…, o estaba poniendo en práctica una ética profesional o una astucia
puramente animal. Pero Hasán no se alteró lo más mínimo cuando nos presentaron.
—Mi
guardaespaldas Hasán —dijo Dos Santos, sonriendo brillantemente cuando y o
estreché la mano que había hecho temblar al mundo.
La
mano todavía era muy fuerte.
—Conrad
Nomikos —murmuró Hasán, entornando los ojos como si estuviese leyendo el nombre
en la lejanía.
Yo conocía
a los demás que se hallaban en la estancia. Tomé
asiento en una silla bastante apartada de Hasán y
mantuve un segundo vaso de bebida frente a
mi
rostro la mayor parte del tiempo, sólo por razones de seguridad.
Diane,
la de la peluca roja, se hallaba cerca y me dijo:
—Buenos
días, señor Nomikos.
Saludé
con leve movimiento de cabeza, tras mi vaso.
—Buenos
días, Diane —respondí, casi en voz baja.
Alta,
esbelta, vestida casi de blanco, se hallaba en pie junto
a Dos Santos, como si fuese una vela. Sé que usa
peluca porque una vez se le deslizó un tanto hacia atrás, dejando
al descubierto parte de una
interesante y fea cicatriz, que
ella trata siempre de ocultar con su peinado.
Muchas veces me pregunto sobre aquella cicatriz, cuando estoy
anclado entre constelaciones, o cuando desentierro estatuas dañadas. Diane
tiene los labios azules…, tatuados, supongo…, que jamás he visto
sonreír; los músculos de sus mandíbulas
son siempre sogas en relieve, porque Diane mantiene
constantemente los dientes apretados, su frente presenta una
línea marcada, como una « v» al revés entre sus ojos,
pues frunce constantemente el ceño; y su
barbilla es muy breve, la mantiene alta,
desafiante… Apenas mueve la boca cuando habla de
aquella manera tan tensa y típica en ella. Realmente no
podría calcular su edad. Quizá unos treinta años, o un
poco más, eso era todo.
Ella
y Don formaban una interesante pareja. Él es
moreno, locuaz, siempre fumando, incapaz de estarse quieto
durante más de dos minutos.
Ella es más alta, quizá le pase unas cinco pulgadas,
y arde sin mostrar llama. Aún no conozco toda su historia,
y sospecho que jamás la conoceré.
Diane
se acercó y permaneció inmóvil al lado de mi silla, mientras Lorel presentaba a
Cort a Dos Santos.
—¿Dirigirás
el viaje?
—Todo
el mundo sabe sobre eso más que y o —dije—. ¿Es posible que tú me pongas un
poco al tanto sobre el asunto?
—No
sé nada todavía —respondió ella—. Pregunta a Don.
—Lo
haré —repliqué.
Y
así lo hice. Aunque más tarde. Y no me sentí decepcionado, y a que nada
esperaba.
Pero al permanecer allí
sentado, tratando en lo posible de captar todo cuanto
podía, estalló una súbita visión ante mis ojos, algo
que en otras muchas ocasiones y o había clasificado como «
logro-deseo pseudotelepático» . La cosa funciona de
la manera siguiente:
Quiero
saber lo que sucede en alguna parte. Poseo la
suficiente información como para intuir o sospechar
algo. Y consigo saberlo. Solamente que
la imagen me llega como si la estuviese viendo u
oy endo a través de los ojos de una de las partes
relacionadas con ello. No es auténtica telepatía, o al
menos y o creo que no lo es, porque es susceptible de
error. Aun cuando parece totalmente real.
El
estremecimiento o la contracción que y o sufría en tales momentos podía
decírmelo
todo, excepto el porqué.
Podía
verme.
Me
hallaba en pie en el centro de la estancia… Mirando a Myshtigo…
Y
Dos Santos estaba diciendo:
—…
Todo por su protección, no como secretario de Radpol, sino como ciudadano
privado.
—Yo
no he solicitado su protección —estaba diciendo el vegano—, sin embargo, se lo
agradezco. Aceptaré su oferta para evitar mi muerte a manos de sus camaradas.
Sonrió
al pronunciar las últimas palabras, y luego añadió:
—Si es que
buscan tal cosa durante mis viajes. Dudo que lo
hagan, pero sería un loco
si me negara a aceptar la protección de
Dos Santos.
—Es
usted prudente —dijimos, inclinándonos levemente.
—Bien,
y ahora, díganme… ¿Quién es?
Señaló
hacia Ellen, que acababa de discutir algo
con George y se alejaba de él
en aquel momento.
—Esa
—respondimos— es Ellen Emmet, la esposa
de George Emmet, director del Departamento de
Conservación de la Vida Primitiva.
—¿Cuál
es su precio?
—No
creo que recientemente se hay a clasificado en un determinado precio.
—Bien,
¿cuál solía ser antes?
—Nunca
lo tuvo.
—En
la Tierra, todo tiene un precio.
—En
ese caso, creo que tendrá usted que averiguarlo por sí mismo.
—Lo
haré —respondió.
Las mujeres de
la Tierra siempre han tenido un atractivo especial para los
de Vega. Un vegano me dijo una vez que las mujeres de
la Tierra le hacían sentirse zoofilista, lo que era cosa
interesante, y a que en cierta ocasión una muchacha de
vida alegre que vivía en un lugar de recreo de
la Costa de Oro me dijo riendo entre dientes que
los veganos la hacían sentirse zoofilista. Sospecho que
aquellos chorros de aire deben hacer cosquillas o algo
por el estilo y consiguen excitar a ambas bestias.
—A
propósito —dijimos—, ¿ha dejado usted de pegar a
su esposa últimamente?
—¿A
cuál? —interrogó Myshtigo.
Hubo
un súbito nublado ante mis ojos y de nuevo me encontré en mi silla.
—¿Qué
opinas de eso? —estaba diciendo George Emmet.
Le miré. Hacía un
segundo no estaba allí. Se había presentado
súbitamente y se apoyaba en el amplio brazo
de mi sillón.
—Repite,
por favor, estaba medio dormido.
—Dije
que hemos vencido al murciélago araña. ¿Qué opinas de eso?
—Me
parece bien —respondí—. Pero, dime, ¿cómo lo hemos logrado?
George estaba
riendo. Es uno de esos tipos en los que la risa es cosa
imprevisible. Durante días andará de un lado a otro pensativo
y taciturno, hasta que alguna
cosa, generalmente sin importancia, le hace reír.
Cuando ríe parece que tose, como cuando un
bebé arranca a llorar, y tal impresión queda reforzada por
su rosada flaccidez y sus escasos cabellos. Esperé. Ellen
se hallaba lejos insultando a Lorel, y Diane
se había vuelto de espaldas contemplando los
libros de los estantes.
Finalmente,
George dijo:
—He
inventado una nueva especie de « slishi» . Sus palabras tenían un tono
confidencial.
Yo
pregunté en el mismo tono:
—¿Qué
son los « slishi» ?
—El
« slishi» es un parásito bakabiano —explicó—, muy parecido a una garrapata
grande. Los míos miden aproximadamente tres octavos de pulgada…
Hubo
un silencio y George continuó explicando orgullosamente:
—…
Se meten profundamente bajo la carne y luego segregan un producto altamente
venenoso.
—¿Fatal?
—Los
míos, sí.
—¿Podría
prestarme uno? —pregunté.
—¿Para
qué?
—Quiero
dejarlo caer en la espalda de alguien. Pero pensándolo mejor, necesitaría una
docena…, tengo muchos amigos.
—Los
míos no molestan a la gente, solamente
son para los murciélagos araña. Desprecian a
las personas. La
gente envenenaría mi « slishi» (dijo « mi slishi» muy posesivamente).
El huésped debe tener un metabolismo basado en el cobre y
no en el hierro, y
los murciélagos araña caen dentro de
tal categoría. Ésa es la razón por la que quiero acompañarte
en el viaje. El « slishi» se
multiplica muy rápidamente bajo las condiciones de
la Tierra, si se le proporciona el huésped idóneo, y
son extremadamente contagiosos si se les
puede « sembrar»
en la época más adecuada del año. Me
estaba acordando de la última temporada de acoplamiento
de murciélagos araña en el sudoeste. El próximo
acoplamiento comenzará dentro de seis u ocho semanas en
el territorio de California, un Antiguo Lugar…, que y
a dejó de ser cálido…, llamado Capistrano. Tengo entendido
que tu viaje te llevará por
allí aproximadamente en esas fechas. Cuando
los murciélagos araña regresen a Capistrano, quiero estar
esperándolos con los « slishi» . También podría aprovechar
para eso mis vacaciones.
—Bien…,
¿has hablado de todo esto con Lorel?
—Sí,
y cree que es una buena idea. En realidad, quiere reunirse allí con
nosotros
y tomar algunas fotografías. Puede que no hay
a demasiadas oportunidades de verlos… oscureciendo el cielo
con su vuelo, anidando en las ruinas, devorando a los jabalís,
y dejando sus defecaciones de
color verde en las calles… Es algo hermoso, ¿sabes?
Lorel, en aquel momento, gruñía
algunas disculpas. Se hallaba en pie, al lado de
la gran mesa de despacho situada en el centro de
la estancia, ante la cual estaba descendiendo
una ancha pantalla. Esta última era gruesa
y muy transparente, de manera que nadie tenía necesidad
de moverse de sus asientos para hallar una mejor posición. Lorel oprimió
un botón situado en un lado de
la mesa y apareció en la pantalla la parte superior
de África y la mayor parte de los
países mediterráneos.
Se
redujeron las luces y Myshtigo se acercó hasta la mesa. Miró al mapa y luego a
nadie en particular, mientras hablaba.
—Quiero
visitar ciertos lugares que por una u otra razón son
importantes en la historia de su mundo —dijo—. Me
gustaría comenzar por
Egipto, Grecia, y Roma. Luego me agradaría pasar rápidamente por
Madrid, París y Londres.
Los
mapas se movían al mismo tiempo que él hablaba, pero no a la suficiente
velocidad para mantenerse a la altura de sus explicaciones.
—Luego
quiero ir a Berlín, Bruselas, visitar San Petersburgo y Moscú,
y regresar al Atlántico para detenerme en Boston,
Nueva York, y Chicago (Lorel estaba y a
sudando en aquellos momentos), para después ir a Yucatán
y saltar hacia el territorio de California.
—¿En
ese mismo orden? —pregunté.
—Aproximadamente.
—¿Y
qué hay de malo con la India, Oriente Medio… o incluso el este de Estados
Unidos? —preguntó una voz que reconocí como la de Phil.
Acababa
de entrar cuando las luces habían reducido su intensidad.
—Nada
—replicó Myshtigo—, excepto que todas esas zonas son barro, arena, y calor, y
nada tienen que ver con lo que busco.
—¿Y
qué busca usted?
—Una
historia.
—¿Qué
clase de historia?
—Le
enviaré un ejemplar autografiado.
—Gracias.
—De
nada, por supuesto.
—¿Cuándo
quiere usted partir? —pregunté y o.
—Pasado
mañana.
—Está
bien.
—Poseo mapas detallados
de los lugares
específicos, mapas hechos para usted. Lorel me dice
que esta misma tarde los
han entregado en su oficina.
—Repito
una vez más que está bien. Pero hay algo que quizá usted ignora.
Los
lugares
que acaba de mencionar están casi todos en tierra firme. Actualmente, formamos parte
de una cultura insular, y por muy buenas razones. Durante
los Tres Días, la Tierra Firme quedó
bastante malparada y la mayor parte de esos lugares que
usted mencionó aún son excesivamente calientes. Aunque
no es ésta la única razón por la que se los considera poco seguros…
—Conozco
su historia y estoy al corriente de las precauciones contra la radiación
—interrumpió—. También estoy enterado de las mutaciones en las formas de vida
que hay en los Antiguos Lugares. Lo sé, pero no me preocupa.
Yo
me encogí de hombros en la media luz artificial.
—Por
mí, está bien…
Cuando
la pantalla desapareció detrás de él, Myshtigo me preguntó:
—¿Es
cierto que usted se relaciona con varios
« mambos» y « houngans» aquí en Port?
—Sí
—contesté—. ¿Por qué?
—Tengo
entendido —añadió él, con cierto tono de indiferencia— que el voodoo
o vudú ha sobrevivido sin cambios a través de los
siglos. Me gustaría mucho asistir a una
auténtica ceremonia; si acudiese a ella con alguien que
no fuera un extraño para los
participantes, quizá entonces podría contemplar algo
auténtico.
—¿Por
qué desea usted eso? ¿Acaso se trata de una curiosidad morbosa hacia
las costumbres bárbaras?
—No,
soy estudiante de religiones comparadas.
Estudié
la expresión de su rostro, pero nada pude sacar en limpio de mi examen.
Hacía y
a tiempo, y o había visitado el « hounfour» con Mama Julie,
con Papa Joe y con alguno de los otros. El « hounfour» no se
hallaba muy lejos, pero no sabía cómo les
sentaría que llegase allí en compañía de un
vegano. Por supuesto, nunca habían puesto dificultades
cuando me había acompañado alguien.
—Bien…
—comencé a decir.
—Solamente
quiero ver. Si es preciso, me alejaré y apenas sabrán que estoy allí.
Reflexioné
un poco y finalmente accedí. Yo conocía
a Mama Julie muy bien y no veía
nada malo en aquello.
—Está
bien —dije—. Le llevaré allá. Esta misma noche, si usted quiere.
Asintió
con un movimiento de cabeza, me dio las gracias y
salió, tras beber una « Coca-Cola» . George, que no se
había apartado del brazo de mi sillón, se inclinó
y me dijo en voz baja que
sería muy interesante
colocar a un vegano sobre
una mesa de disección. Estaba de acuerdo con él.
Cuando
Myshtigo regresó, Dos Santos venía con él.
—¿Qué
es eso de llevarse al señor Myshtigo a una ceremonia pagana? — preguntó, con
cierto tono de ira.
—Así
es —dije—. Le llevaré.
—Usted
no le llevará sin que le acompañe un guardaespaldas. Volví ambas palmas de las
manos hacia arriba y respondí:
—Puedo
solucionar y o mismo cualquier emergencia que se presente.
—Hasán
y y o le acompañaremos.
Estaba
a punto de protestar, cuando se presentó Ellen entre ellos.
—Yo
también quiero ir —dijo—. Jamás estuve en un sitio así.
Me
encogí de hombros. Si Dos Santos iba, también iría Diane,
lo que aumentaba el número de nuestro grupo.
De
forma que uno más no importaba, no debía importar. La cosa y a estaba arruinada
antes de iniciarse.
El
« hounfour» se encontraba en la sección del puerto, posiblemente
porque estaba dedicado a Agué Woy o, dios del mar.
O más probablemente porque la gente
de Mama Julie siempre había sido gente de puerto.
Agué Woy o no es un dios celoso, y así,
otras numerosas deidades se conmemoran sobre los muros
en brillantes
colores. Hay más « trabajados hounfouri»
hacia el interior, pero tienden a estar
algo comercializados.
La
nave de fuego de Agué mostraba los colores
azul, naranja, verde, amarillo y negro,
y parecía poco adecuada para navegar. Damballa Wedo, en
rojo, se retorcía y se extendía a lo largo
de casi todo el muro opuesto. Papa Joe
golpeaba rítmicamente varios tambores « rada»
en la parte anterior, al lado de la puerta
que acabábamos de cruzar…, la única puerta…
El
pequeño altar mostraba numerosas botellas de bebidas alcohólicas y vasos
sagrados para los espíritus de la « loa» . Amuletos, pipas, banderas,
fotografías de personas desconocidas, y, entre otras cosas, un paquete de
cigarrillos para Papa Legba.
El ceremonial se
encontraba en plena marcha. Un joven «
hounsi» llamado Luis nos condujo hasta allí. La
estancia medía ocho metros de longitud por cinco
de anchura, tenía techo alto y un sucio
pavimento. Las bailarinas se movían alrededor del
poste central con
pasos muy lentos. Su piel era oscura
y brillaba bajo las antiguas lámparas de
petróleo. Con nuestra llegada, la estancia quedó abarrotada.
Mama
Julie me cogió una mano y sonrió. Me condujo hasta un lugar situado junto al
altar y dijo:
—¿Erzulie
fue amable?
Asentí
con un movimiento de cabeza.
—Le
gustas, Nomikos. Vives mucho, viajas mucho, y tú siempre regresas.
—Siempre
—respondí.
—¿Esas
personas…?
Señaló
a mis compañeros con una rápida mirada de sus ojos negros.
—Amigos
—dije—; no molestarán.
Se
echó a reír al escucharme. Yo la imité.
—Si
nos permites estar aquí, les apartaré de tu camino. Permaneceremos en las
sombras, en los lados de la sala. Si prefieres que me los lleve, lo haré. Veo
que y a has bailado mucho y que has vaciado bastantes botellas…
—Quédate
—dijo ella—. Y ven a charlar conmigo alguna vez, durante el día.
—Lo
haré.
Se fue
y le hicieron sitio en el círculo de las bailarinas. Era
una mujer muy voluminosa, aunque su
voz era débil. Se movía como una
gigantesca muñeca de goma, con cierta gracia, trazando
los pasos de baile al lento compás del batir
de tambores de Papa Joe. Al cabo de un
rato, aquel sonido lo llenaba todo…, mi cabeza, la
tierra, el aire…, quizá habría latido
así el corazón de la ballena al digerir a
Jonás. Contemplé a las bailarinas. Y contemplé también a los
que contemplaban a las bailarinas.
Bebí
una pinta de ron, haciendo un esfuerzo para animarme un
poco, pero no pude lograrlo. Myshtigo seguía sorbiendo « Coca-Cola»
de una botella que había traído consigo. Nadie se dio cuenta de
que era azul, pero la verdad es que habíamos llegado
allí más bien tarde y la ceremonia estaba y
a muy avanzada.
Peluca Roja
se hallaba en un rincón, su aspecto denotaba que
su temor iba en aumento y fruncía el
ceño más que nunca. Tenía una botella a
su lado, pero estaba intacta.
Myshtigo
sostenía a Ellen y no se movía de su lado. Dos Santos estaba junto a la puerta,
vigilando a todo el mundo…, incluso a mí.
Hasán, sentado en cuclillas junto a la pared de
la derecha, fumaba una pipa de larga boquilla con
cazoleta pequeña; parecía estar en paz con
todo el mundo.
Mama
Julie, o al menos creí que era ella, comenzó a cantar. Otras voces le hicieron
coro inmediatamente:
¡Papa
Legba ouvri baye!
¡Papa
Legba, Attibon Legba ouvri baye pou nou passe! Papa Legba…
El
ceremonial continuó tiempo y más tiempo. Comencé a sentir sueño. Bebí más ron,
sentí mucha más sed y bebí más.
No
estoy seguro del tiempo que llevábamos allí
cuando sucedió. Las bailarinas estaban
besando el poste central, cantando y haciendo sonar unas calabazas;
un par de « hounsi» actuaban como poseídos, charlando
incoherentemente; la comida que anteriormente había formado unos
dibujos en el suelo estaba esparcida por todas partes; en
el aire había mucho humo. Yo
estaba
inclinado contra la pared y creo que hacía un minuto o dos que había cerrado
los ojos.
El bramido llegó
desde un lugar inesperado. Hasán gritó.
Era
un grito largo, como un
profundo lamento que me impulsó a dar un salto hacia
delante, luego a perder el equilibrio y a apoyarme de
nuevo pesadamente contra la pared.
Los
tambores continuaban sonando con el mismo ritmo del principio. Algunas de las
bailarinas se habían detenido para ver qué ocurría.
Hasán
se había puesto en pie. Mostraba los blancos dientes, sus ojos aparecían
totalmente entornados, y su rostro exhibía los valles y montañas del esfuerzo
bajo una enorme capa de sudor.
Su
barba era como un dardo que apuntara hacia delante.
Su
jaique, enganchado en un ornamento del muro, se había convertido en alas
negras.
Sus manos, con
lento movimiento hipnótico, estaban estrangulando a un ser que
no existía.
De
su garganta salían sonidos animales. Continuó estrangulando a nadie.
Finalmente,
cloqueó con la garganta y sus manos se abrieron.
Dos
Santos se colocó a su lado casi
inmediatamente, hablándole, pero en aquel momento habitaban
dos mundos diferentes.
Una
de las bailarinas comenzó a quejarse suavemente. Otra se unió a la primera… y
hubo más quejas que sonaron lúgubremente.
Mama Julie
se apartó del círculo y se acercó a
mí…, justamente cuando Hasán comenzaba nuevamente a
gesticular, esta vez con ademanes mucho más violentos.
Los tambores continuaron
sonando y haciendo temblar la
sala de arriba abajo.
Papa
Joe ni siquiera había alzado los ojos.
—Mala
señal —dijo Mama Julie—. ¿Qué sabes de ese hombre?
—Mucho
—respondí, forzando mi mente a través de un terrible esfuerzo de voluntad.
—Angelsou
—dijo Mama Julie.
—¿Cómo?
—Angelsou
—repitió—. Es un dios oscuro…, un dios al que es preciso temer.
Tu
amigo está poseído por Angelsou.
—Explica
eso, por favor.
—Rara
vez viene por nuestro « hounfour» . No le queremos aquí. Aquellos a quienes
posee se convierten en asesinos.
—Creo
que Hasán estuvo probando una nueva mezcla de pipa…, quizá
algunas
hierbas nuevas o algo así.
—Angelsou
—repitió Mama Julie—. Tu amigo se convertirá en asesino, pues Angelsou es un
dios de la muerte y solamente hace visitas a los suyos.
—Mama Julie
—dije—. Hasán es un asesino. Si tú dispusieras
de un
pedazo de goma de mascar por cada hombre que
ha matado y tuvieras que mascar toda esa goma, tendrías
que convertirte en una ardilla. Es un asesino profesional…, dentro de
los límites de la ley, usualmente. Desde que el Código Duello
rige en Tierra Firme, realiza allí casi todo su trabajo. Se rumorea que
de vez en cuando mata ilegalmente, pero eso nunca
se ha demostrado.
Dos
Santos, entonces, tratando de suspender el espectáculo, asió a Hasán por ambas
muñecas. Intentó luego separarle las manos, pero le fue imposible…, hubiese
sido igual que intentar doblar dos barras de acero.
Crucé
la sala, al igual que varios de los
otros. Hasán, finalmente, se había dado cuenta
de que alguien se hallaba frente a él, y dejó caer
ambas manos a lo largo de los costados, desenlazándolas.
Entonces, extrajo de debajo de su jaique un
largo estilete de impresionante hoja.
Si pensaba
usar el arma o no, sobre Don o sobre cualquier
otra persona, es cosa que quedó ignorada, y a que en aquel momento My shtigo asió su botella de
«
Coca-Cola» por el cuello y golpeó con ella a Hasán detrás de la oreja.
Hasán
cay ó hacia adelante y Don le cogió en brazos, a la vez que y o le arrebataba
el estilete de la mano.
—Interesante
ceremonia —observó el vegano—. Jamás hubiese sospechado que este individuo
albergara sentimientos religiosos tan fuertes.
—Esto
demuestra que jamás se puede estar seguro de nadie, ¿verdad?
Después
de disculparme con el «
hounfour» y dar las buenas
noches, recogí a Hasán. Había
perdido el conocimiento, y y o era el único allí lo
suficientemente corpulento para cargar con él.
La
calle estaba desierta. No había nadie, excepto nosotros.
Hasán
se quejó en aquel momento y flexionó sus músculos, a la vez que y o sentía un
agudo dolor en el hombro.
Le
coloqué en el quicio de una puerta y registré sus ropas. Encontré dos
cuchillos arrojadizos, otro estilete, un cuchillo nuevo y muy pesado,
un « Bowie» con bordes en forma de sierra, cables
para estrangulamiento, y una pequeña caja de metal que
contenía varias clases de polvos y frasquitos de líquido que no
inspeccioné muy detalladamente. Me gustaba el cuchillo
nuevo y pesado, así que me lo quedé. Era un
« Coricama» , muy útil.
Tarde, al día
siguiente —y a casi de noche—, recurrí al viejo Phil,
decidido a emplearle como precio de admisión a la suite que disfrutaba Dos
Santos en el Roy al.
El
Radpol todavía considera a Phil como una especie
de Tom Paine Regresista, aun cuando
se declaró inocente de tal cargo hace y
a más de medio siglo, cuando adquirió notable fama de
místico y de respetable. Aun cuando su Llamada de la Tierra probablemente es
el mejor libro que hay a
escrito, también había redactado los Artículos del
Regreso, que ayudaron a iniciar la revolución
que también y o deseaba. En estos días, posiblemente ha
perdido y a mucha de aquella antigua fuerza
idealista, pero de vez en cuando gusta de exponer ideas y
pronunciar brillantes discursos, siempre ciñéndose al mismo
tema; luego lo olvida, y considera lo hecho o lo
dicho con gran placer por su parte.
Además
de Phil, y o tenía otro pretexto… Deseaba ver cómo se encontraba Hasán, después
del lamentable incidente ocurrido en el « hounfour» .
Realmente, lo
que y o deseaba en aquellos momentos era tener la
oportunidad de charlar con Hasán y enterarme de
cuanto, si algo había, deseara contarme sobre su último empleo.
Así,
Phil y y o partimos hacia allá. No era lejos de la Oficina. El Royal se
encontraba aproximadamente a unos siete minutos de paseo.
—¿Cómo
es que te preocupa el Radpol otra vez? —preguntó Phil—. Hace y a mucho tiempo
que lo abandonaste.
—Lo dejé en
el momento más oportuno, y lo único
que me preocupa es que la cosa vuelva
a cobrar vida de
nuevo…, como en los viejos tiempos. Hasán crece porque siempre se encarga de
la entrega de algo, pero esta vez quiero saber
qué es lo que contiene « el paquete» .
—¿Te
preocupa quizá que puedan descubrirte?
—No.
Podría ser incómodo, pero dudo que eso pudiera anularme.
El
Roy al se alzaba y a ante nosotros y penetramos en él. Fuimos directamente a
la suite. Al atravesar el alfombrado vestíbulo, Phil hizo una fina
observación:
—Creo
que de nuevo estoy estorbando.
—¿Crees
eso?
—Bien.
Te apuesto diez contra uno a que no sacas nada en limpio.
—No
te diría que no. Quizá tengas razón. Llamé a la puerta de oscura madera.
—Pase…,
pase…
Me
costó diez minutos llevar la conversación hasta mencionar el lamentable
incidente del beduino, y a que allí estaba Peluca Roja, distrayéndome con su
presencia.
—Buenos
días —dijo ella.
—Buenas
tardes —respondí.
—¿Algo
nuevo en el campo de las Artes?
—No.
—¿Y
en Monumentos?
—Nada.
—¿Archivos?
—No.
—¡Qué trabajo más interesante
debe ser el tuyo!
—¡Oh!…, me parece que
se ha hecho objeto de una excesiva publicidad por parte de unos
cuantos románticos de la Oficina de Información. Realmente nos
limitamos a localizar, restaurar y conservar los archivos
y artefactos que
la humanidad ha dejado sembrados por toda
la Tierra.
—¿Una
especie de coleccionistas de restos culturales?
—Bien…,
quizá sea eso. Sí, supongo que sí.
—Bien,
¿por qué?
—¿Cómo
que por qué…?
—¿Por
qué lo haces?
—Alguien
tiene que hacerlo porque se trata de restos
de una cultura. Y eso vale la pena de
ser salvado y conservado. Conozco esos
restos mejor que nadie en la Tierra.
—Eres
tan modesto como dedicado a tu oficio…
—¿Cómo
marcha Hasán? La última vez que le vi estaba retirado de la circulación.
—Ya
está levantado. Es un tipo fuerte. Cráneo duro. No se ha hecho ningún daño.
—¿Dónde
está?
—Arriba
en el vestíbulo, a la izquierda. Cuarto de Juegos.
—Creo
que debo ir a presentarle mis simpatías. ¿Me perdonas?
—Perdonado
—replicó, asintiendo con un movimiento de cabeza.
Y
a continuación se alejó, para escuchar la conversación que Dos Santos sostenía
con Phil. Phil, por supuesto, recibió bien la adición de Peluca Roja.
Nadie
se fijó en mí cuando abandoné la estancia.
El
Cuarto de Juegos se hallaba en el otro extremo de un largo pasillo. Cuando me
aproximé, oí un sonido seco seguido por un silencio y luego otra vez el mismo
sonido seco.
Abrí
la puerta y atisbé en el interior.
Hasán
era la única persona que se encontraba dentro. Me daba la espalda en aquel
momento, pero al oír la puerta, se volvió rápidamente. Vestía una larga túnica
azul y equilibraba un cuchillo en su mano derecha. Mostraba en la parte
posterior del cráneo un gran parche blanco.
—Buenas
tardes, Hasán.
A
su lado, tenía una bandeja con cuchillos y había montado un blanco en la pared
opuesta. Dos hojas de acero se hallaban clavadas en el blanco…, una en el
centro y otra a unas seis pulgadas de distancia, en la posición aproximada de
las nueve en punto.
—Buenas
tardes —respondió lentamente.
Luego,
tras haberlo pensado unos segundos, añadió:
—¿Cómo
estás?
—¡Oh,
muy bien! Vine a hacerte la misma pregunta. ¿Cómo está tu cabeza?
—El
dolor es agudo, pero pasará. Cerré la puerta a mis espaldas.
—Me
parece que la última noche tuviste una buena pesadilla.
—Sí. El
señor Dos Santos dice que estuve peleando
con fantasmas. Pero y o no recuerdo nada.
—Lo
seguro es que no estabas fumando lo que el doctor Emmet llamaría
«
Cannabis sativa» .
—No,
Karaghiosis. Fumaba una flor que había bebido sangre humana. La encontré cerca
del Antiguo Lugar de Constantinopla y sequé sus hojas cuidadosamente. Una
anciana me dijo que me proporcionaría visiones del futuro. Mintió.
—¿Y
esa flor incita a la violencia? Bien, ésa es una cosa digna de anotar. Y a
propósito, me has llamado Karaghiosis. No me gusta. Me llamo Nomikos. Conrad
Nomikos.
—Sí,
Karaghiosis. Me sorprendió verte. Creí que habías muerto hacía mucho tiempo,
cuando tu embarcación naufragó en la bahía.
—Karaghiosis
murió entonces. No has mencionado a nadie que me parezco a él, ¿verdad?
—No,
no me gusta charlar de más.
—Esa
es una buena costumbre.
Crucé
la estancia, seleccioné un cuchillo, lo sopesé y lo lancé, para clavarlo a unas
diez pulgadas de distancia, a la derecha del centro del blanco.
—¿Hace
mucho tiempo que trabajas para el señor Dos Santos? —pregunté.
—Hace
aproximadamente un mes —replicó Hasán.
Arrojó
su cuchillo. Se clavó a unas cinco pulgadas del centro.
—Eres
su guardaespaldas, ¿eh?
—Así
es. También protejo al tipo azul.
—Don
dice que la vida de Myshtigo corre peligro. ¿Acaso existe alguna amenaza real
o, por el contrario, está seguro?
—Son
posibles las dos cosas, Karaghiosis. No lo sé. Solamente
se me paga para protegerle.
—Si
y o te pagara más, ¿me dirías quién te ha contratado para matar?
—Solamente
me han contratado para proteger, pero no te lo diría, si fuese lo que tú dices.
—Sólo
fue una simple opinión. Vamos a buscar esos cuchillos. Cruzamos juntos la
estancia y arrancamos los cuchillos del blanco.
—Ahora
bien… —añadí—, si se tratase
de mí, cosa que es posible…, ¿por qué no arreglamos las cosas ahora mismo? Los dos tenemos un cuchillo en la
mano. El
que deje esta sala puede decir que el otro
le atacó y fue asunto de defensa propia. No hay testigos. A
los dos nos han visto borrachos o
actuando desordenadamente la pasada noche.
—No,
Karaghiosis.
—No…,
¿qué? ¿Acaso no se trata de mí? ¿O es que no deseas hacerlo en esa forma?
—Podría
decir que no, que no se trata de ti. Pero tú no sabrías si decía
la verdad o no.
—Eso
es cierto.
—Podría
decir que no deseo hacerlo de esa manera.
—¿Es
eso verdad?
—Nada
digo. Pero con objeto de concederte la
satisfacción de una respuesta, te diré esto: Si deseara
matarte, no lo haría con un cuchillo en la mano, ni
trataría de luchar o boxear contigo.
—¿Cuál
es la razón?
—Porque recuerdo
hace muchos años, cuando y o era muchacho, en el lugar
de Kerch, sirviendo las mesas de los veganos ricos… bueno,
tú no me conocías entonces. Acababa de llegar desde los lugares
de Pamir. Entonces, tú y tu amigo el poeta
llegaron a Kerch.
—Sí,
ahora lo recuerdo… Sí, los padres de Phil habían muerto aquel año…, eran buenos
amigos míos… y y o llevaba a Phil a la Universidad. Pero había un vegano que le
había quitado su primera mujer, llevándosela a Kerch. Sí, el anfitrión…, olvidé
su nombre.
—Era
Thrilpai
Ligo, el boxeador shajadpa, que parecía una
montaña al final de una llanura…, alto, inamovible. Boxeaba con
la cesta vegana…, las correas de cuero con los
diez afilados punzones metálicos
que rodean la mano, la mano abierta…
—Sí,
lo recuerdo…
—Tú
nunca habías boxeado de aquella forma, pero lo
hiciste por la muchacha. Había
una gran multitud formada por veganos
y muchachas de la Tierra y y o me quedé en pie
junto a una mesa, para mirar… Al cabo de un
minuto, tu cabeza estaba empapada en sangre. Él trató de que
la sangre te cegara, y tú agitaste la
cabeza violentamente. Yo tenía entonces solamente quince
años y no había matado más que a tres hombres. Creí
que ibas a morir, pues ni siquiera le habías tocado. Entonces,
tu mano derecha partió hacia él como un martillo
pilón, ¡con terrible rapidez! Le golpeaste en
el centro de ese doble hueso que los azules
tienen en su pecho (y son más fuertes que
nosotros) y lo aplastaste como un huevo. Estoy seguro de que y
o jamás podría haber
hecho algo semejante, por eso temo tus brazos y
tus manos. Más tarde, supe que también habías
despedazado a un murciélago araña… No, Karaghiosis, y o
te mataría a distancia.
—Sucedió
hace tanto tiempo… No creí que nadie lo recordase.
—Ganaste
a la muchacha.
—Sí.
Olvidé su nombre.
—Pero no
la devolviste al poeta. La
conservaste para ti. Éste es el motivo
por el cual, probablemente, él te odia.
—¿Phil?
¿Aquella muchacha? Pero si hasta he olvidado el aspecto que pudo tener ella.
—Él
nunca la ha olvidado. Por eso creo que él te odia. Puedo oler el odio, olfatear
sus fuentes. Tú te llevaste a su primera mujer. Yo estaba allí.
—Fue
idea de ella, no mía.
—Y él envejece, mientras tú permaneces joven. Es
triste, Karaghiosis, cuando un amigo tiene
razones para odiar a un amigo.
—Sí.
—Y
conste que no he respondido a tus preguntas.
—Es
posible que fueras contratado para matar al vegano.
—Es posible.
—¿Por qué?
—Dije
únicamente que era posible, no que fuera un hecho cierto.
—Entonces,
te haré solamente una pregunta más y terminaremos con todo ello… ¿Qué beneficio
aportaría la muerte del vegano? Su libro podría ser beneficioso para las
relaciones vegano-humanas.
—Yo
no sé si de esto saldría algo bueno o algo malo, Karaghiosis. Mira… Lancemos
ahora más cuchillos.
Nos dedicamos a arrojar cuchillos.
Capté la distancia y el punto de equilibrio y coloqué
dos exactamente en el centro de la diana.
A
continuación, Hasán hincó dos junto a los míos. El último emitió el agudo grito
lastimero del metal cuando vibró su hoja contra una de las mías.
—Voy a
decirte una cosa —le dije, mientras arrancábamos los
cuchillos—. Yo soy el cabecilla de la gira
y el responsable de la seguridad de
sus miembros. Yo también me dedicaré a
custodiar al vegano.
—Harás
muy bien, Karaghiosis. Él necesita protección.
Coloqué
los cuchillos de nuevo en la bandeja y me dirigí a la puerta.
—Nos
iremos mañana por la mañana, a las nueve, ¿sabes? Tengo que llevar una caravana
de « skimmers» al primer campo del conglomerado de oficinas.
—De
acuerdo. Buenas noches, Karaghiosis.
—…
Y llámame Conrad.
Tenía él un
cuchillo preparado para arrojarlo contra
la diana. Cerré la puerta y fui avanzando
por el pasillo.
Mientras caminaba, oí el sonido seco de un
cuchillo clavándose en la madera, que
resonó mucho más cercano que
los primeros, repercutiendo a mi alrededor.
Cuando
los seis grandes « skimmers» volaban sobre los océanos hacia Egipto, me
puse a pensar en Kos y en Cassandra. Traté, con cierta dificultad,
de arrancarme aquellas meditaciones y proyectar mis pensamientos hacia
adelante.
Hacia
la tierra de arenas, el Nilo, los saurios mutantes, y algunos faraones muertos,
a quienes uno de mis proyectos estaba importunando por entonces.
Después
pensé en la humanidad, acomodada y
puesta en sitio seguro en la estación intermedia de
Titán, trabajando en las oficinas de
la Tierra, degradándose en Taler y en Bakab,
sobreviviendo en Marte, y vegetando hasta cierto
punto en Ry lpah, Divbah, Litan, y un par
de docenas de otros mundos en el complejo de Vega. Entonces
medité acerca de los veganos.
Los
sujetos de piel azul, con sus nombres raros y sus hoyuelos similares a marcas
de viruela, nos dieron refugio cuando tuvimos frío, y nos alimentaron cuando
estábamos hambrientos.
Ellos
supieron comprender que nuestras
colonias marcianas y titanianas habían padecido
por cerca de un siglo de una súbita autarquía, después del incidente
de los Tres Días, y antes de que fuera puesto a punto un
vehículo interestelar que resultase eficiente y manejable.
Al
igual que el gorgojo del algodón,
según me explicó Emmet, estábamos simplemente buscando
un hogar,
porque habíamos consumido y desgastado el que
poseíamos. ¿Acaso los veganos echaron mano a los insecticidas?
No. Por ser una raza más antigua y de mayor sabiduría
que la nuestra, nos permitieron instalarnos en sus mundos,
nos dejaron vivir y trabajar en sus ciudades. Interiores
y litorales.
Porque hasta
una cultura tan adelantada como la de los veganos
necesitaba en cierto modo la mano de obra. Una
buena servidumbre doméstica no puede ser reemplazada por máquinas, ni
las máquinas pueden sustituir a instructores,
buenos jardineros,
pescadores, trabajadores aventurándose en rudas tareas subterráneas y
subacuáticas, y animadores étnicos de
la variedad alienígena.
De acuerdo
en que la presencia de conglomerados humanos rebaja y
disminuye el valor de las adyacentes propiedades
veganas, pero los humanos compensaban esta mengua con
su contribución al mayor bienestar general. Esta meditación
llevó mi pensamiento hacia la Tierra.
Los
veganos nunca habían visto hasta
entonces una civilización completamente devastada,
por lo cual están fascinados con nuestro planeta de origen. Lo
suficientemente fascinados como para tolerar nuestro gobierno
absentista en Taler. Lo bastante
atraídos como para comprar pasajes en la Gira
Terrestre y contemplar las ruinas. Interesándose hasta el
extremo de comprar en la Tierra parcelas y
construir urbanizaciones residenciales y centros de vacaciones.
Indudablemente, existe
una cierta clase de fascinación hacia un
planeta que es administrado como un enorme museo. (Esto me recuerda que James Joy ce
comentaba
algo semejante con referencia a Roma.)
Sea
lo que fuere, la extinguida Tierra todavía aporta a sus vivientes nietos una
pequeña, pero apreciable renta cada año fiscal vegano. Ésta es la razón que
justifica la Oficina, Lorel, George, Phil y todo lo demás.
Abajo,
en lontananza, el océano era una alfombra de color gris azulado, que iba siendo
enrollada debajo de nosotros. El continente oscuro la sustituyó. Proseguimos
nuestra trayectoria hacia Nuevo Cairo.
Tomamos
tierra en las afueras de la ciudad. No hay una verdadera pista de aterrizaje.
Nos limitamos a posar los seis « skimmers» en un campo desierto, que empleamos
a modo de pista, y apostamos a George como centinela.
El
antiguo Cairo está todavía entibiado por la radiactividad, pero la
gente con la cual se puede llevar
a cabo negocios de toda índole reside
principalmente en Nuevo Cairo, por lo que las cosas se presentaban propicias para los componentes de
la expedición.
Myshtigo
se empeñó en contemplar la mezquita de Kait Bey, en la
Ciudad de los Muertos, que había sobrevivido a los Tres Días. Estuvo
de acuerdo en que y o le llevase en mi « skimmer» , y
volando en bajos y lentos círculos
por aquel desolado paraje, fue tomando fotografías y pudo
atisbar algunas cosas interesantes. Por lo que
se refiere a monumentos, los que realmente deseaba ver eran las
pirámides, Luxor, Karnak, el Valle de los
Rey es y el Valle de las Reinas.
Fue un acierto que espiásemos la
mezquita
desde el aire. Siluetas oscuras se escurrían debajo de
nosotros, deteniéndose únicamente
para arrojar piedras hacia arriba, hacia
nuestra nave.
—¿Quiénes
son? —preguntó Myshtigo.
—Los
« Incandescentes» —le aclaré—. Una especie de humanos. Varían en tamaño, forma
y mal genio.
Después
de describir círculos en el aire durante algún tiempo, se dio por satisfecho, y
regresamos al campo.
Cuando
de nuevo tomamos tierra bajo un sol
deslumbrante, afianzamos las naves y desembarcamos para avanzar
a través de similares proporciones de arenas y
pavimento roto. Dos ayudantes eventuales de la gira, Myshtigo, Dos Santos
y Peluca Roja, Ellen, Hasán y y o. En el último
instante, Ellen había decidido acompañar a su marido en
el viaje.
A ambos lados
de la carretera, que era más bien un surco
accidentado, se extendían campos de caña de azúcar de altos
y brillantes tallos. En poco tiempo
los dejamos atrás y pasamos por entre las
edificaciones de baja altura de las afueras de la ciudad.
La carretera se ensanchó. A trechos,
una palmera proporcionaba un charco de sombra.
Dos
chiquillos de grandes y pardos ojos alzaron
la mirada a nuestro paso. Hasta entonces habían estado
contemplando una vaca cansina, de seis patas, que hacía girar
una gran rueda, la noria sakieh, con
la misma estolidez con que las
vacas han hecho
siempre girar las norias en todas partes, sólo que
ésta dejaba más huellas.
Mi
supervisor del área, Rameses Smith,
nos aguardaba en la posada. Era alto y corpulento,
prietamente contenido su dorado semblante en una
fina red de arrugas. Y tenía los característicos ojos melancólicos
de su raza, pero su constante
risotada borraba rápidamente esta impresión de tristeza.
Nos
sentamos a beber cerveza en la sala principal de la posada mientras esperábamos
a George. Unos guardias locales habían sido destacados para relevarle.
—¿La
tarea progresa bien? —me preguntó Rameses.
—Excelente
—respondí, en cierto modo
complacido porque nadie me hubiera
preguntado en qué consistiría la tarea.
Mi
intención era sorprenderles.
—¿Qué
tal están tu esposa y los niños? —le pregunté.
—Están
muy bien.
—¿Y
el bebé?
—Ha
sobrevivido, sin el menor defecto —anunció orgullosamente—. Envié a mi esposa a
Córcega hasta que dio a luz. Aquí está su retrato.
Simulé
examinar la foto con atención, produciendo los esperados ruidos apreciativos de
aprobación.
A
continuación comenté:
—Hablando
de fotos, ¿necesitas más instrumental o cualquier otro suministro para las
filmaciones?
—No,
no es necesario. Estamos bien equipados. Todo marcha bien. ¿Cuándo deseas
examinar el trabajo?
—Tan pronto como hay amos comido algo.
—¿Eres musulmán? —intervino My shtigo.
—Pertenezco
a la fe copta —replicó Rameses, sin sonreír.
—¿Ah,
sí? Era la herejía monofisita, ¿verdad?
—Nosotros
no nos consideramos herejes. Intervine en el diálogo algo tenso:
—Acerca
de tu libro, Srin Shtigo…
El
uso que hice de su título honorífico desvió su atención del tema anterior.
—Sí…
Dime…
—Mi
impresión —comenté— es que no deseas discutirlo bajo ninguno de sus aspectos
por ahora. Respeto naturalmente tu tesitura, pero me coloca en una posición
algo violenta como director de esta caravana.
Sabíamos
ambos perfectamente que y o debía haberle preguntado en privado sobre este
asunto, especialmente después de su respuesta a Phil en la recepción, pero y o
me sentía algo quisquilloso y quería que él lo supiese. También deseaba llevar
la conversación por otros cauces.
Por
consiguiente, dije:
—Tengo
curiosidad por saber si será primordialmente una descripción de los sitios que
visitemos, o bien si te gustaría cierto asesoramiento que dirigiese tu atención
hacia las especiales condiciones locales: materiales, políticas o ambientales.
—En
principio me interesa escribir un libro de viajes, descriptivo, pero tendré en
cuenta tus comentarios mientras viajemos juntos. Aunque y o creía que este
aspecto de la cuestión era de tu única incumbencia. De todos modos, tengo
conocimientos generales acerca de las tradiciones de la Tierra y de sus asuntos
comunes, y en realidad no me interesan demasiado.
Dos
Santos, que estaba paseando y fumando en espera de que
nos fuese servida la comida, interrumpió su
paseo para manifestar:
—Srin
Shtigo, ¿cuál es tu opinión sobre el movimiento Retornista? ¿Simpatizas con
nuestros objetivos? ¿O los consideras como letra muerta?
—Doy
por afirmativa tu última pregunta. Creo que cuando
alguien está muerto, su única
obligación es satisfacer al consumidor. Respeto tus
propósitos, pero no veo cómo puedes tener la menor esperanza
de llevarlos a cabo. ¿Por qué tu pueblo
debería renunciar a la seguridad
que ahora posee para regresar a
este sitio? La mayoría de los miembros de la actual
generación no han
visto jamás la Tierra, excepto en diapositivas.
Y debes admitir que no
son precisamente documentos muy estimulantes.
—No
estoy de acuerdo contigo —dijo Dos Santos—. Y considero que tu
actitud es espantosamente patricia.
—Así
es como debe ser —replicó Myshtigo.
Mucho
sol, escasas sombras, calor… Este era el ambiente. No
quería que ningún coche oruga, ni ningún «
skimmer» estropease el escenario
panorámico, o sea, que di el ejemplo echando a
andar. No
estaba muy lejos el punto al que me dirigía,
y efectué un leve rodeo con la finalidad
de perfeccionar el efecto calculado.
Caminamos una
larga e intrincada milla,
a ratos ascendiendo, a ratos bajando. Le
requisé a George su red cazamariposas para evitar así
cualquier posible detención enojosa mientras pasábamos a lo
largo de varios espacios floridos, que
se amontonaban como parches de color.
Caminar
hacia atrás a través del tiempo. Eso era lo
que estábamos haciendo. Con pájaros de radiantes colores
surcando el aire como fogonazos repentinos, y
los camellos que de vez en cuando se recortaban en el
lejano horizonte.
Ellen
trataban de
mitigar las transpiraciones abanicándose incesantemente
con un gran triángulo de plumas verdes.
Peluca Roja caminaba erguida, moteado el labio superior por pequeñas gotitas de sudor, ocultos los ojos tras las negras
gafas
solares. Por fin, estábamos llegando. Ascendimos la última duna baja.
—Vean
—dijo lacónicamente Rameses.
—¡Madre
de Dios! —exclamó Dos Santos. Hasán gruñó algo incomprensible.
Peluca
Roja se volvió rápidamente para mirarme y de nuevo giró el rostro.
No
pude leer su expresión, y a que las gafas solares la enmascaraban.
—Pero,
¿qué están haciendo? —preguntó Myshtigo.
Era
la primera vez que le veía verdaderamente sorprendido.
—Resulta
evidente —dije y o—. Están desmantelando la gran pirámide de Keops.
Tras
una pausa, Peluca Roja hizo la inevitable pregunta:
—¿Por
qué?
—Escasean
por la zona los materiales de construcción, y como el que podría conseguirse en
el Antiguo Cairo es radiactivo…, lo están obteniendo aquí, derribando pieza por
pieza esta vieja muestra de geometría solidificada.
Diane
exclamó, indignada:
—¡Están profanando un monumento a
las glorias pasadas de la raza humana!
—No
hay nada más barato que las
glorias pasadas —repliqué, amablemente
—.
Lo que nos concierne y ocupa es el presente, y en la actualidad lo que ellos
necesitan es material de construcción.
—¿Qué
tiempo lleváis dedicados a esta tarea? —preguntó Myshtigo. Sus palabras se
encadenaban una tras otra, atropelladamente.
Fue
Rameses el que le contestó:
—Hace
y a tres días que empezamos los derribos.
—¿Quién
te concedió el derecho para hacer semejante cosa?
—Esta
obra fue autorizada por el Departamento Terrícola de Artes, Monumentos y
Archivos, Srin.
Myshtigo
se volvió hacia mí. Sus ojos ambarinos relucían de modo extraño.
—¡Tú!
Lo
admití sin rodeos.
—Sí,
y o soy el comisionado y, por consiguiente, responsable de lo que se está
haciendo aquí.
—¿Por
qué nadie oy ó mencionar esta actividad tuya?
—Porque
muy poca gente viene por aquí ahora —expliqué—. Lo cual es otra razón muy
justificada para proceder al derribo de esta cosa. Hoy en día nadie pierde el
tiempo viniendo a ver estas piedras.
—¡Yo
he venido aquí desde otro mundo para verlas!
—Entonces,
échales un buen vistazo —le recomendé—, porque van a desaparecer rápidamente.
Me
contempló, dilatados los ojos.
—Es
evidente que no tienes el menor concepto de su valía intrínseca.
—Conozco
exactamente cuál es su valor.
—Y
estas desgraciadas criaturas que tienes trabajando allá abajo…
Su
voz fue elevándose a medida que examinaba con mayor fijeza la escena.
—… Bajo los
ardientes rayos de tu espantoso sol… ¡están trabajando sometidos
a las condiciones más primitivas que
puedan imaginarse! ¿Es que no has oído hablar nunca
de maquinaria para derribos?
—Claro
que sí. Resulta cara.
—¡Y
tus capataces empuñan látigos! ¿Cómo puedes ser capaz de tratar a tu propio
pueblo de este modo? ¡Es perverso!
—Todos
estos hombres se presentaron voluntarios para el trabajo, con salarios
convenidos y aceptados… Y la Equidad de Actores no nos permite emplear los
látigos, pese a que los propios trabajadores argumentaron a favor de su empleo.
Todo lo que nos es permitido es hacerlos restallar en el aire cerca de ellos.
—¿Equidad
de Actores?
—Es
su sindicato unionista. ¿Quieres ver maquinaria? —Y gesticulé al añadir
—.
Mira arriba de
aquella loma. Lo hizo y en seguida preguntó:
—¿Qué
hacen?
—Estamos
filmando con cinta grabadora.
—¿Con
qué finalidad?
—Cuando terminemos haremos un montaje
en edición popular, procediendo a presentar
la acción en sentido inverso. Vamos a titularlo: «
La Construcción de la Gran Pirámide» . Resultará un
espectáculo divertido, y financieramente muy productivo. Tus
historiadores han estado
haciendo conjeturas acerca del modo en que amontonamos con
tal exactitud geométrica estas enormes piedras. La visión
de esta película les resolverá sus dudas. Decidí que resultaría
la más acertada Operación FBIM.
—¿FBIM?
—Fuerza
Bruta e Ignorancia Masiva. Fíjate en ellos martilleando
con vigor. Fíjate en ellos, ¿quieres?
Siguen el movimiento de la cámara, doblándose y
levantándose rápidamente cuando la cámara les enfoca. Cuando
la película esté terminada, todos ellos
sufrirán verdaderos colapsos. Pero hay que tener en cuenta
que es la primera película terrícola en muchos años. Trabajan con verdadera excitación.
Myshtigo
rió antes de comentar:
—Eres
más duro de lo que supuse, Nomikos. Pero no eres indispensable.
—Intenta,
a ver si puedes, hacer que despidan a un
funcionario gubernamental.
—Puede
ser más fácil de lo que te imaginas.
—Lo
veremos.
—Es
muy posible.
Nos
volvimos de nuevo hacia el gran noventa por ciento de la pirámide de
Keops-Kufu.
Myshtigo
comenzó otra vez a tomar apuntes.
—Prefiero que
lo examines desde otro lugar, por el momento —le indiqué—.
Nuestra presencia estropeará
muchos valiosos metros de cinta. Somos
anacronismos. Podremos bajar durante la pausa de descanso en que toman café y pan.
—De
acuerdo —aceptó Myshtigo—, y no te quepa duda de que sé identificar un
anacronismo cuando se me presenta. Pero aquí y a he visto todo lo que me
interesaba ver. Regresemos a la posada. Deseo hablar con los residentes de la
localidad.
Meditó
unos instantes.
—Me
entrevistaré con Sakkara antes de lo planeado. ¿No habrás empezado a
desmantelar todos los monumentos de Luxor, Karnak y el Valle de los Rey es?
—No,
todavía no.
—Bien,
entonces los visitaremos antes de lo previsto. Mientras regresábamos, Diane me
preguntó:
—¿De
veras pensabas sinceramente en todo lo que dijiste?
—A
mi modo, sí.
—¿Cómo
puedes pensar en tales cosas?
—En
griego, naturalmente. Luego lo traduzco al inglés. Tengo y a mucha práctica.
—En
realidad, ¿quién eres?
—Soy
Ozy mandias. Contempla mi labor, ¡oh tú, poderosa!, y desespera.
—No
soy poderosa.
—No
lo creo —repliqué.
Seguimos
caminando juntos y la parte de su semblante que y o podía divisar mostraba una
enigmática expresión.
Los
seis días siguientes estuvieron rebosantes de acontecimientos,
y en cierto modo resultaron
inolvidables, extremadamente activos, con una especie
de fealdad y belleza simultánea. Algo así como pueda
ser una flor con sus pétalos completamente intactos y
una mancha oscura y sarmentosa en su
centro. Las cosas sucedieron así…
Myshtigo
interrogó a casi todos los picapedreros y destripaterrones
a lo largo de las cuatro millas
del camino a Karnak. Los
dos, bajo el ardiente fulgor del día o a la tenue luz
de la linterna, caminamos por entre las ruinas
importunando murciélagos, ratas, serpientes y toda clase de
insectos, escuchando y o las monótonas anotaciones que
iba él tomando en su monótono lenguaje vegano.
Por
la noche acampábamos en las dunas arenosas, tras instalar un perímetro
de
doscientos metros de cable eléctrico de alarma y apostar
dos centinelas. Temíamos, sobre todo, al boadilo,
un raro reptil cuya cabeza es muy semejante a la del
cocodrilo, sólo que mayor. Mide aproximadamente unos
diez metros de largo. Está capacitado
para enrollarse formando una gran bola con dientes. Es
tan rápido en tierra como en
el agua. Pero el boadilo es animal de sangre fría
y las
noches eran casi glaciales. Por consiguiente, el peligro
que suponía aquel monstruo era relativo.
Grandes fogatas
de campamento iluminaban las noches, en torno a
las áreas que elegíamos, porque los veganos querían las cosas con
aspecto primitivo, supongo que por razones de ambientación.
Nuestros
« skimmers»
estaban mucho más al sur. Los habíamos trasladado
a un lugar que y o conocía, dejándolos a la custodia de personal
seguro, y alquilamos las « felucas»
para nuestro viaje. De
este modo, revivíamos el viaje del Dios Rey, desde Karnak a Luxor. Así lo había querido Myshtigo.
Por las
noches, Hasán se dedicaba a practicar con las
azagayas que había obtenido de un enorme nubio, o bien
desnudándose hasta la cintura, luchaba durante horas con su
incansable robot-rolem. El rolem era un adversario
realmente digno.
Hasán lo
tenía programado al doble
del promedio que arrojaban las estadísticas sobre la fuerza
del hombre, y había elevado el acondicionamiento de
sus reflejos en un cincuenta por ciento. La « memoria» del
rolem retenía centenares de presas de lucha, y su regulador
prevenía teóricamente la adecuada interrupción para evitar
que pudiese matar o mutilar a su oponente. Todo ello
a través de una serie de diferentes sistemas análogos a los
nerviosos. Unas células electroquímicas permitían
calibrar al miligramo la presión necesaria para romper un
hueso o rasgar un tendón.
Rolem medía
aproximadamente un metro ochenta y pesaba alrededor de
los ciento
veinte kilos. Manufacturado en Bakab, era bastante caro. Tenía un
color carne y estaba moldeado con
rasgos caricaturescos. Su cerebro estaba
situado bajo el sitio donde debería estar su ombligo, si
los robots tuvieran ombligo, para proteger
su materia pensante contra cualquier posible impacto de
lucha grecorromana. Aun con tantas precauciones pueden
ocurrir accidentes. Hay gente que
ha muerto luchando con estos artefactos como resultado
de algo que falló en el cerebro o en los
sistemas aferentes, o simplemente debido a que las propias
personas resbalaron o intentaron desprenderse a sacudidas
suministrando con ello las necesarias libras extra de peso.
Tuve en cierta
ocasión un artefacto de éstos durante casi un
año, programado para boxear. Acostumbraba a pasarme unos
quince minutos con él, cada tarde. Llegué a pensar en
él casi como si fuera una persona. Hasta que un
día me propinó un golpe malintencionado y lo
estuve aporreando por cerca de una hora
y finalmente le hice saltar la cabeza de un soberbio derechazo.
El artefacto siguió
boxeando.
Desde aquel mismo instante dejé de
pensar en él como en un
amistoso compañero deportivo. Produce una rarísima sensación
boxear con un rolem decapitado. Puedo garantizarlo. Viene a
ser como despertar de un agradable sueño y
encontrarse con una pesadilla agazapada a los pies de la cama.
El
rolem no « ve» en realidad a su oponente con aquellas cosas que tiene
por ojos. Todo él está surcado por conexiones
minúsculas
de radar, y « acecha» desde toda su
superficie. Pese a todo, la muerte de una ilusión produce
desconcierto. Yo desconecté mi rolem y nunca más volví
a conectarlo. Lo vendí a un tratante en camellos por
un precio bastante aceptable. No sé si volvió
a recuperar su cabeza. Pero era un turco,
o sea, que la cosa carecía de importancia.
Volviendo
a lo que importa, lo cierto es que Hasán se enzarzaba en sus luchas con Rolem.
Ambos relucían al resplandor de la fogata y todos nosotros contemplábamos el
espectáculo sentados en nuestras mantas. Mientras tanto, los murciélagos
acudían de forma intermitente en vuelos bajos y rasantes, como enormes y
veloces cenizas. Lívidas nubes cubrían de pronto la luna a modo de fugaces
velos, para seguir de nuevo su errante curso celeste. Todo esto sucedía la
tercera noche, aquella tercera noche, cuando me volví loco.
Lo recuerdo únicamente del mismo modo en que
uno recuerda un panorama fugaz, iluminado por
un rayo, en el momento culminante de una tormenta nocturna de
fin de verano. Como una serie de
aisladas imágenes petrificadas, luminosas por un instante.
Estuve
hablando con Cassandra durante casi una hora, y concluí la
trasmisión con la promesa de emplear un « skimmer» a la
tarde
siguiente y pasar la siguiente
noche con ella en Kos. Recuerdo nuestras
últimas palabras:
«
—Ten cuidado, Konstantin. Últimamente he tenido malos sueños.
»
—Tonterías, Cassandra. Buenas noches.»
Y
aunque no soy supersticioso, nadie puede asegurar ni desmentir que
sus sueños no fueran el resultado de una
oleada temporal sísmica moviéndose hacia la
graduación 9,6 de la escala Richter.
Con
cierto brillo cruel en sus ojos, Dos Santos
aplaudió el espectáculo. Hasán acababa de derribar a
Rolem al suelo, produciendo un crujido estruendoso. Aquella
sacudida del terreno continuó, sin embargo,
mucho después que el robot se hubiera
puesto nuevamente en pie, adoptando una
postura encorvada, serpenteando los
brazos en dirección al árabe. El suelo temblaba.
—¡Qué
fuerza! ¡Todavía noto el estampido bajo mis pies! —exclamó Dos Santos.
—Esto
es un fenómeno sísmico —comentó George—. Y aunque y o no sea geólogo…
—¡Un
terremoto! —chilló su esposa, dejando caer un dátil que estaba
ofreciendo
a Myshtigo.
No
había
motivos para echar a correr, ni tampoco sitio hacia
donde hacerlo. No había nada a nuestro alrededor que
pudiera caernos encima, y el suelo era nivelado y compacto.
Por consiguiente, nos limitamos a permanecer sentados. Fuimos
algo zarandeados y hasta derribados de lado unas cuantas veces.
Las fogatas hacían cosas asombrosas.
El
cronometraje de Rolem había cesado y se quedó rígido. Hasán vino a sentarse
entre George y y o. Los temblores duraron casi una hora, y volvieron a hacerse
sentir más débilmente, en varias ocasiones durante el resto de la noche.
Tras
el primer período de fuertes sacudidas, nos
pusimos en contacto con Port. Los instrumentos de
medición señalaban que el centro del seísmo
se hallaba a gran distancia, al norte de donde
nos encontrábamos.
A
una distancia en verdad alarmante. En el Mediterráneo.
En
el mar Egeo, para ser más concretos.
Sentí
cierto malestar y,
súbitamente, me encontré mal, realmente indispuesto en forma extraña.
Intenté
conectar con Kos. Nada.
Mi
Cassandra, mi encantadora dama, mi princesa…, ¿dónde
estaba? Durante dos horas traté de averiguarlo. Hasta
que me llamaron desde Port.
Era la voz de Lorel,
no la de algún simple operador de servicio.
—Esto…
Hola, Conrad, no sé cómo explicarte exactamente lo que ha
sucedido.
—Sólo
habla —le dije— y para de hablar cuando me lo hay as explicado.
—Un
satélite observador pasó por tu comarca hará unos
doce minutos. —Y su voz apareció con una resonancia
nasal como si la sintonización fallase—. Varias de las
islas del Egeo y a no aparecían en la foto que transmitió.
—No
—dije.
—Me
temo que Kos era una de ellas.
—No
—repetí.
—Lo lamento —me dijo—. Pero así es como se
ha presentado. No sé qué otra cosa decirte.
—Ya
basta —dije—. Esto es todo. Así es. Adiós. Ya hablaremos más tarde.
¡No!
Yo creo que… ¡No!
—¡Espera! ¡Conrad!
Enloquecí. Enloquecí de veras.
Murciélagos,
desprendiéndose de las tinieblas circundantes, pasaban en roces susurrantes por
mis cercanías. Golpeé con mi puño derecho y maté a uno cuando surcó muy cerca
el aire. Esperé unos segundos y maté a otro.
Después
alcé en vilo una gran roca y estaba a punto de aplastar con ella la
radio,
cuando George colocó su mano en mi hombro. Dejé caer la piedra, aparté su mano
y con el dorso de la mía le crucé la boca. No sé lo que pasó con él, pero
cuando me inclinaba para levantar de nuevo la roca, oí rumor de pisadas a mis
espaldas.
Me dejé
caer sobre una rodilla, recogiendo un puñado
de arena para arrojarlo a
los ojos de alguien.
Estaban
todos allí… My shtigo, Peluca Roja, Dos Santos, Rameses, Ellen, tres
funcionarios civiles locales, y Hasán. Se acercaban en grupo. Alguien gritó:
«
¡Cuidado!» , cuando vieron mi rostro, y se dispersaron.
Entonces
se convirtieron en todos y cada uno de
los seres que he odiado. Podía sentirlo,
notarlo. Vi otros rostros, oí otras
voces. Todos aquellos que conocí y odié, que quise
aplastar, que aplasté, estaban de nuevo en pie,
resucitados, ante el fuego, y sólo se divisaba el blancor
de sus dientes. Avanzaban hacia mí, entre las sombras, llevando
diversas perdiciones y sentencias en sus manos y suaves y
persuasivas palabras en sus labios.
O sea, que arrojé la arena
al más cercano y embestí.
Mi
gancho le tumbó de espaldas y a
continuación dos egipcios estaban encima de mí atacándome por
los costados.
Me
los sacudí de encima, y de soslayo vi abalanzarse a un enorme
árabe con algo como una negra
cachiporra en su mano. La blandía
hacia mi cabeza, pero me dejé caer de lado. Venía en mi dirección
llevado de su propio impulso y me las compuse
para patearle el estómago con
lo cual se quedó sentado repentinamente.
Entonces,
los dos que había apartado de mis costados volvieron
a caerme encima. Una mujer estaba
gritando en algún sitio, en la
distancia, pero no podía ver a ninguna mujer.
Usé mi brazo derecho como un mazo contra
alguien, y el hombre cayó, pero otro ocupó
su sitio inmediatamente. Recto
ante mí, un hombre azul arrojó una piedra que
vino
a golpearme en un hombro con el único resultado de enfurecerme todavía más.
Levanté en
el aire un cuerpo que pataleaba y lo arrojé contra
otro, para a continuación golpear a alguien con el puño. Me
sacudí. Mi túnica estaba rasgada y sucia, acabé de desgarrarla y
la arrojé a lo lejos.
Miré
alrededor. Habían cesado de acudir a mi encuentro,
y esto no era leal. No era leal que se
detuvieran cuando y a ansiaba con tanta vehemencia ver cosas
rompiéndose. O sea, que levanté al hombre que estaba
a mis pies y lo volví a derribar de un
bofetón. Volví a levantarlo y alguien empezó a gritar:
« ¡Eh!
¡Karaghiosis!»
, y comenzó a
insultarme en griego chapurreado. Dejé caer al suelo nuevamente al hombre que me había atacado y me volví.
Allí,
delante del fuego, había dos individuos: uno, alto y barbudo, el otro cuadrado,
macizo, calvo y moldeado en una mezcla de tierra y masilla de
cemento.
—¡Mi
amigo dice que va a deslomarte, griego! —anunció el alto barbudo, mientras
hurgaba en la espalda del otro.
Avancé
hacia ellos dos, y el hombre de cemento y barro saltó hacia mí.
Me
derribó al
primer choque, pero me levanté rápidamente y agarrándole bajo las
axilas, le desequilibré arrojándole a un lado. Pero se
puso en pie tan rápidamente como y o lo hice antes, y
volvió a la carga agarrándome detrás del cuello con
una mano. Hice lo mismo con él,
asiéndole también el codo, y nos mantuvimos así por
unos instantes, casi juntos. Era realmente fuerte.
Debido
a que era fuerte, continué intercambiando llaves, tanteando su fuerza. Era
también rápido, acomodando la réplica a cada movimiento que y o hacía, apenas
se me ocurría.
Proyecté mis brazos
hacia arriba con brusquedad, por entre los suyos,
y retrocedí. Libres por
un momento, fuimos describiendo una órbita
uno en torno del otro, buscando una apertura, un hueco por
donde atacar.
Conservaba mis brazos bajos y me inclinaba mucho hacia adelante debido
a su corta estatura. Por un instante, mis brazos
estuvieron demasiado cerca de mis costados
y él se movió con una velocidad
que hasta entonces no
había conocido en nadie, me atrapó en una
presa de cuerpo que exprimió de mis poros todo el sudor
y causó un tremendo dolor en mis costillas.
Sus brazos
seguían presionando y supe que no tardaría mucho
en romperme el espinazo a menos que
pudiese desprenderme de su llave.
Doblé mis manos
en prietos puños colocándolos contra su vientre
y empujando. Su presa
se hizo más apretada. Retrocedí los
tacones y le empujé con ambos brazos. Mis manos fueron subiendo
entre ambos y logré
colocar mi puño derecho contra
la palma de mi zurda
y empecé a empujar puño y mano juntamente elevando
con los brazos. Mi cabeza osciló hacia atrás al ir
elevándose mis brazos, y mis riñones parecían ser
dos placas de fuego.
Entonces
tensé todos los músculos dorsales y arqueándome sentí la
fuerza bajar tempestuosa por mis brazos y acudir a mis
manos. Las alcé bruscamente hacia el cielo y
su mentón se hallaba por el camino, pero no
las detuvo.
Mis
brazos se irguieron proyectados sobre mi cabeza y él cayó de espaldas.
Debería
haber roto el cuello de cualquier hombre la fuerza
de aquel enorme crujido que se
oyó. Mis manos golpearon su barbilla
y él pudo mirarse los tacones al doblarse
hacia atrás.
Pero saltó en pie inmediatamente. Comprendí
entonces que no era un luchador mortal, sino
que era una de aquellas criaturas no nacidas
de mujer. Supe que a semejanza de Anteo, había
sido arrancado del seno de la propia Tierra.
Bajé las manos con
furia sobre sus hombros y cayó arrodillado. Entonces
le agarré de través la garganta y pasé a su
costado derecho para colocarle mi rodilla
izquierda en la parte inferior de su espalda. Me incliné
hacia adelante,
cargando
todo mi peso sobre sus hombros, intentando romperle la columna vertebral.
No
pude. Se limitó a inclinarse hasta que su cabeza
tocó el suelo y y
a no podía empujarle más hacia adelante.
Ninguna
espalda se inclina de esta forma sin estallar, pero la suya ni siquiera crujió.
Entonces
aparté mi rodilla y le solté, y de nuevo estaba él abalanzándose con celeridad.
Intenté
estrangularle.
Mis brazos eran mucho más largos
que los suy os. Le sujeté de
la garganta con ambas manos, presionando mis pulgares
contra lo que debería ser su gaznate. Pese a ello, consiguió deslizar
sus brazos a través de los míos por el hueco interior
de los codos, y comenzó a empujar a un lado y
hacia abajo. Persistí en estrujarle el cuello, esperando ver cómo su
rostro se oscurecía y
sus ojos se ponían saltones. Mis codos empezaron a
doblarse bajo su presión. Luego, sus brazos avanzaron
y me cogió por la garganta.
Y permanecimos
en pie tratando de
asfixiarnos el uno al otro. Sólo que él no
se dejaba estrangular.
Sus
pulgares eran como dos alcayatas hincándose en los músculos de mi cuello. Sentí
la congestión encender mi rostro. Mis sienes empezaron a latir.
A
lo lejos, oí gritar:
—¡Páralo,
Hasán! ¡No puede continuar!
Sonaba como la
voz de Peluca Roja. Sea lo que fuera, éste
fue el nombre que acudió a mi mente: Peluca
Roja. Lo cual significaba que Donald dos
Santos estaba también por allí cerca. Y ella
había dicho Hasán, un nombre escrito sobre otra foto que
se me apareció súbitamente con claridad.
Todo aquello
significaba que y o era Conrad y que estaba en Egipto, y
que aquella faz sin expresión oscilando
delante mío era, por consiguiente, la del robot- luchador Rolem,
un artefacto que podía ser graduado hasta conseguir
cinco veces la fuerza de un
ser humano, y probablemente estaba graduado así.
Una máquina a la que podían dar los reflejos de un
gato rebosando adrenalina, y que indudablemente tenía sus reflejos a
pleno rendimiento.
Sólo que
un robot de aquella clase no estaba fabricado
para matar, excepto por accidente, y Rolem estaba
intentando matarme.
Lo
cual significaba que su regulador no funcionaba.
Dejé
de apretarle el cuello, y a que no podía dar ningún resultado. Coloqué la palma
de mi zurda bajo su codo derecho. Luego me alargué hasta el extremo de sus
brazos y agarré su muñeca derecha con mi otra mano. Me incliné todo lo que pude
empujando hacia arriba su codo y su muñeca.
Cuando
quedó desequilibrado sobre su costado izquierdo y
soltó su presa, seguí manteniéndole por
la muñeca, retorciéndola de modo que el codo
quedó a
la
vista con su cara interna
hacia arriba. Atiesé mi mano izquierda alzándola
hasta rozar mi oreja, y
la bajé en seco tajo sobre la juntura del codo.
Nada.
No hubo el menor crujido. El brazo cedió simplemente arqueado hacia atrás en un
ángulo totalmente antinatural.
Le
solté la muñeca y cay ó sobre una rodilla. Luego volvió a ponerse en pie, y al
hacerlo, su brazo se enderezó por sí mismo y se dobló hacia adelante para
recuperar la normalidad.
Si
no me equivocaba al juzgar la mentalidad de Hasán, el cronometrador de Rolem
había sido colocado al máximo de duración. Dos horas. Lo cual, bien
considerado, era mucho más tiempo del que humanamente podía y o aguantar.
Pero ahora, por
lo menos, y a sabía quién era y o y lo que estaba haciendo.
También sabía lo que pasaba en la estructura interior del
robot Rolem. Aquél era un robot luchador. Por consiguiente,
no podía boxear.
Eché
un rápido vistazo
por encima del hombro hacia el lugar donde y o
estaba cuando todo aquel barullo
había comenzado, cerca de la tienda con la radio.
Estaba a unos quince pasos.
Ocurrió en aquel instante;
un poco más y acaba conmigo. Exactamente durante
aquella fracción de
segundo mientras dediqué mi atención
a retaguardia, Rolem me agarró por detrás del
cuello con una mano y colocó la otra bajo mi barbilla.
Me
habría roto el cuello si hubiese podido continuar con la
presión, pero se presentó en aquel momento otro
temblor de tierra intenso, que nos arrojó a ambos
al suelo, y, de paso, pude así librarme de su llave.
Segundos
después me levanté, y
la tierra todavía continuaba estremeciéndose. También
Rolem estaba de nuevo en pie enfrentándose a mí.
Éramos
como dos marineros borrachos peleando en un barco zarandeado por un temporal.
Rolem
vino a mi encuentro y y o retrocedí.
Le alcancé de
lleno con un gancho de izquierda, y mientras asestaba un
zarpazo hacia mi brazo, le golpeé en el estómago. A
continuación salté hacia atrás.
Volvió a
avanzar y seguí asestándole puñetazos a la distancia conveniente. El
pugilismo era para él lo que
la cuarta dimensión es para mí. Ni
la menor idea. No podía captarlo. Continuaba avanzando, sacudiéndose
a cada puñetazo, y y
o seguía retrocediendo hacia la tienda de la radio,
y el suelo
seguía estremeciéndose, y en algún lugar
una mujer estaba gritando, y oí una exclamación de
entusiasmo: « ¡Bravo!» cuando conecté
un derechazo bajo el cinto con la esperanza
de averiarle un poco el cerebro.
Para entonces
y a estábamos allá y vi lo que quería. La gran piedra que
había intentado emplear contra la radio. Hice un amago con
la zurda, y entonces le agarré por un hombro y un muslo, alzándole
por encima de mi cabeza.
Me
incliné hacia atrás, tendí los músculos y lo tiré
hacia abajo contra la piedra.
Le
chocó de lleno en el estómago.
Comenzó
a levantarse de nuevo, pero con más lentitud que hasta entonces. Le golpeé en
el estómago tres veces, con mi bota derecha reforzada, y le observé mientras se
desplomaba hacia atrás.
Un
extraño ruido chirriante se inició en su sección central.
El
suelo volvió a sacudirse de nuevo. Rolem se tendió en forma de aspa, y el único
indicio de movimiento estaba en los dedos de su mano izquierda. Iban abriéndose
y cerrándose. No sé por qué, me recordaban las manos de Hasán aquella noche en
el hounfour.
Me
volví lentamente. Estaban todos allí en pie: Myshtigo y
Ellen, Dos Santos con una mejilla hinchada, Peluca Roja,
George, Rameses y Hasán, y los tres magullados egipcios. Di
un paso hacia ellos
y empezaron a retroceder, rebosantes de miedo sus rostros.
Meneé
la cabeza negando.
—Ya
no… Ahora y a estoy normal, pero déjenme a solas. Me voy al río a bañarme…
Di
varios pasos, y entonces alguien debió quitar el obturador, porque emití un
gorgoteo, todo se puso a dar vueltas, y el mundo entero se fue cañería abajo.
Los
días que siguieron fueron cenizas y las
noches hierro. El espíritu que había
sido arrancado de mi alma estaba enterrado mucho más hondo
que cualquier momia de las que
y acían moldeándose bajo aquellas arenas.
Dicen que
los muertos olvidan a los muertos en el otro mundo,
Cassandra, pero y o tenía la esperanza de que no fuese así. Continué
realizando la rutina de director de la gira. Lorel sugirió
que nombrase a otro para sustituirme
y me tomase
un permiso de vacaciones y reposo.
No
podía.
¿Qué
haría entonces? ¿Sentarme a
pensar en algún Viejo Lugar, compartiendo bebidas
con viajeros inquietos? No. En casos como el mío,
cierta clase de actividad es siempre esencial. Sus rutinas generan eventualmente
un continente para los interiores vacíos. Por tanto,
continué con la gira y dediqué mi atención a los pequeños misterios
que contenía.
Desmonté
a Rolem y estudié su regulador. Estaba roto. Naturalmente. Lo cual significaba
que, o bien y o lo había averiado durante las primeras fases de nuestro
combate, o bien Hasán lo había hecho mientras estaba hurgándole en la espalda
para que me quitase todo afán de violencia. Si Hasán lo había hecho, entonces
no me quería ver simplemente fuera de combate, sino muerto.
Si
tal era el caso, entonces me formulaba la pregunta: ¿Por qué? Cavilé sobre
la
posibilidad que su patrón supiera que en otros tiempos y o había sido
Karaghiosis. Si era así, ¿por qué
iba él a desear matar al fundador
y primer secretario de su propio partido?
El hombre que
había jurado que la Tierra no sería
vendida bajo sus propios pies y
convertida en un centro deportivo por
una manada de alienígenas azules… O por lo menos, no
quería verlo sin luchar hasta el fin.
El hombre que
había organizado casi por sí sólo una cábala que
sistemáticamente rebajaba el valor
a cero de todas las propiedades adquiridas
por los veganos en la Tierra.
El
hombre cuyos ideales él alegaba compartir, aunque los encauzaba corrientemente
por canales más apacibles, y modos legales de legítima defensa,
¿por
qué iba él a querer su muerte?
En
voz alta saqué dos conclusiones:
—En
consecuencia, o bien ha traicionado al partido o no sabía quién era y o y tenía
en mente algún otro fin cuando ordenó a Hasán que me matase.
Aunque también quedaba
la probabilidad de que Hasán actuase a las órdenes de
otro patrón.
Pero, ¿quién
podía ser ese otro? Y de nuevo, ¿por qué? No daba con la
solución. Necesitaba una respuesta.
La
primera demostración de condolencia procedió de George.
—Lo
siento mucho, Conrad —dijo.
Miraba más allá
de mi codo, luego abajo a
la arena, para después alzar
la mirada rápidamente hacia mi rostro.
Decir cosas humanas le acongoja y
le hace desear alejarse. Me consta. Es indudable
que el capricho pasajero de Ellen
conmigo el verano anterior ocupó escasamente la
atención de George.
Sus pasiones cesaban
apenas salía del laboratorio de biología.
Aún recuerdo cómo efectuó la disección del
último perro en la Tierra. Después de cuatro años
de rascarle las orejas, de
cepillarle el pelo para quitarle las pulgas
y escuchar sus ladridos, cierto
día George llamó cariñosamente a « Rolf» .
El animal acudió con alegre trotecillo, trayendo consigo el trapo viejo con el
cual siempre habían jugado al tira
y afloja. George tiró del trapo hasta
tener muy cerca al perro, le dio una
inyección y lo abrió a lo largo.
Quiso
estudiarlo a fondo cuando todavía estaba en la flor de la edad. Conservó el
esqueleto bien montado en delicada armazón en su laboratorio.
También
quiso criar a sus hijos, Mark, Dorothy y Jim, en Cajas de
«
Skinner» , pero Ellen había opuesto una tenaz
resistencia en arrebatos repentinos
de maternidad que duraban lo
suficiente para echar a perder los
estímulos iniciales que George albergaba.
Por
estas razones, y o no podía realmente verle en el papel del asesino ansioso de
tomarme las medidas para un saco de dormir de madera de los de la especie
subterránea. Si él me hubiera deseado muerto, habría elegido un método sutil,
rápido y exótico, algo así como el veneno leporino de Divban. Pero no, no era
hombre de rencor latente. De eso estaba y o plenamente convencido.
En
cuanto a Ellen, si bien es capaz de sentimientos intensos,
no deja de ser la clásica muñeca de cuerda
defectuosa. Siempre hay algo en su mecanismo que falla
antes de que pueda consolidar cualquiera de sus
sentimientos. Al día siguiente vuelve
a experimentar las mismas fuertes emociones,
pero sobre algo o alguien diferente.
Sus
condolencias se manifestaron más o menos del siguiente modo:
—Conrad,
no puedes formarte ni idea de lo mucho que lo siento. De verdad.
Aunque
nunca la conocí, y o sé cómo debes sentirte ahora.
Su
voz recorrió todas las gamas de la escala, y me di cuenta de que ella creía
sinceramente en lo que estaba diciendo, y por ello se lo agradecí.
Hasán
apareció de pronto a mi lado mientras y o estaba absorto contemplando el Nilo,
súbitamente hinchado y fangoso. Permanecimos en silencio hasta que, finalmente,
dijo:
—Tu mujer se
ha ido y tu corazón sufre. Las palabras no aligerarán el
fardo de tu pesar, y lo que está escrito, escrito
queda. Pero dejemos también expuesto que y o sufro contigo.
Seguimos
allí un rato más, y después nos alejamos de la ribera.
No me planteé
interrogantes acerca de él. Era la única persona que podía
ser descartada, aun cuando
su mano colocó en funcionamiento
la máquina. Nunca alentaba resentimientos, no mataba gratuitamente,
ni tenía ningún motivo personal para hacerlo conmigo.
Estaba seguro de que sus
condolencias eran sinceras. Matarme a mí, no
tendría nada que ver con la veracidad de sus sentimientos. Un
profesional concienzudo
debe respetar cierta barrera entre el propio y o
y su trabajo.
Myshtigo
no hizo la menor manifestación verbal de
simpatía. Hubiera sido algo totalmente ajeno a su
naturaleza. Entre los veganos,
la muerte es una ocasión de regocijo y festejos. Al
nivel espiritual significa la sagl, la fragmentación de
la psiquis en pequeños alfilerazos de
sensaciones placenteras que se esparcen por todos los
ámbitos para participar en el gran orgasmo universal.
Y en
el plano material, la muerte está representada por
la ansakundabad, que consiste en la
contabilización ceremoniosa de la mayoría de los objetos de
pertenencia personal del difunto, la lectura de su deseo de distribución
y la división de sus bienes, todo ello acompañado por muchos
festejos, canciones y bebidas.
Dos
Santos me dijo:
—Es
algo muy triste lo que te ha sucedido, amigo mío. Cuando se
pierde a la mujer que uno
quiere, es como si perdiésemos la sangre de
nuestras propias venas. Tu aflicción es grande y no puede
ser
consolada. Es como un fuego latente
que nunca se extinguirá. Es algo terrible y triste.
Sus
ojos estaban húmedos. Añadió:
—La
muerte es cruel y tenebrosa. Después vino Peluca Roja a decirme:
—Espantoso…
Lo siento. Nada más puedo decir, ni hacer, salvo sentirlo. Asentí.
—Gracias.
—Y
hay algo que debo preguntarte. Aunque no ahora. Más tarde.
—De
acuerdo —aprobé.
Y
volví hacia la ribera para contemplar el río. Me puse a pensar en estos dos
últimos. Sus frases me habían sonado tan lastimeras como las de los demás, pero
me parecía que tenían que estar mezclados de alguna manera en el asunto del
rolem.
Sin embargo, estaba
seguro de que había sido Diane la que había gritado mientras Rolem
estaba estrangulándome, pidiendo a Hasán que lo
detuviera. Sólo quedaba Don, y por entonces había llegado y o a
sustentar fundadas dudas del hecho que él hiciese
cualquier cosa sin antes consultarla a ella.
En
consecuencia, no quedaba nadie sospechoso. Y no existía un verdadero móvil
aparente.
Y
pudo ser sencillamente un accidente. Pero…
Pero
y o seguía teniendo aquella sensación, en la indefinible zona inferior en torno
al estómago donde brotan estas sensaciones; la sensación que alguien anhelaba
matarme. Sabía que Hasán era hombre que no vacilaría en aceptar dos trabajos al
mismo tiempo, y para diferentes patrones, si en ello no existía un conflicto de
intereses.
Y
esta sensación me producía cierto raro contento. Me daba una meta, una
finalidad, algo que hacer.
No
existe realmente nada tan estimulante como que alguien
desee matarle a uno para sentirse impulsado a seguir
viviendo. Encontraría al presunto asesino,
averiguaría el porqué, y le impediría llevar
a cabo su propósito.
La
segunda pasada de la muerte fue casi inmediata, y
por más que me hubiese gustado
poder achacarla a un agente humano, me resultó
imposible. Fue simplemente una de esas piruetas del destino
que a veces aparecen como visitantes no invitados a la hora de
cenar. Su desenlace final, no
obstante, me dejó bastante perplejo y me proporcionó
algunas confusas meditaciones con las que
entretener
mi pensamiento.
Sucedió
del modo siguiente…
Río
abajo, en la orilla de este gran flujo fertilizante, borrador de todos los
límites y padre de la geometría plana, estaba sentado el vegano Myshtigo
dibujando bosquejos de la orilla opuesta. Supongo que si hubiese estado en la
otra ribera se dedicaría a sacar apuntes de la orilla en la que se sentaba,
pero esto era pura conjetura.
Lo
que me preocupaba era el hecho de que se había alejado a solas, bajando hasta
aquel lugar cálido y pantanoso, sin decirle a nadie a dónde iba, y sin llevar
consigo ningún objeto protector, a no ser su inofensivo lápiz.
Y
ocurrió.
Un viejo y
veteado tronco que hasta entonces había ido a la deriva cerca de
tierra cesó súbitamente de ser un viejo tronco veteado.
Un largo y serpentino lomo fustigó
hacia el cielo, y un barril lleno
de dientes apareció al otro extremo, y montones
de patas cortas pisaron tierra sólida
y comenzaron a moverse como ruedas.
Lancé un
grito de aviso
llevándome la diestra al cinto.
Myshtigo dejó caer su libreta de dibujo y saltó
de repente. Pero el animal y a estaba atacándole y no
pude disparar.
Arremetí
precipitadamente, pero cuando llegué allá, y a tenía él dos espirales en torno
al cuerpo y su torso azul ostentaba dos matices más de azul oscuro, y aquellos
colmillos estaban próximos a cerrarse sobre él.
Ahora
bien, solamente existe un medio para lograr que
cualquier clase de reptil
constrictor afloje su enroscamiento, al menos durante
un rato.
Me
las compuse para agarrar su enorme cabezota,
cuyo avance se había aminorado un
poco al dedicarse
a contemplar su almuerzo. Conseguí
afianzar mis dedos bajo las
aristas escamosas a los lados de aquella cabeza.
Hinqué
mis pulgares en sus ojos con toda la fuerza que pude.
Entonces,
un gigante espasmódico me golpeó con un látigo gris verdoso.
Cuando
logré ponerme en pie me hallaba a unos tres metros del sitio donde estaba
antes. Myshtigo había sido arrojado más arriba de la ribera. Estaba poniéndose
en pie precisamente cuando la bestia atacaba de nuevo.
Sobresalía
enhiesta unos dos metros del suelo y se encorvaba hacia mí. Me arrojé a un lado
y aquella enorme y plana cabeza me falló por centímetros, rociándome su impacto
con tierra y gravilla.
Rodé
un poco más y comencé a levantarme, pero la
cola restalló arrojándome nuevamente al suelo.
Entonces retrocedí a gatas, pero
demasiado tardíamente para poder esquivar la espiral
que me laceó. Me atrapó por debajo de
las caderas y volví a caer.
Entonces
aparecieron un par de brazos azules enlazándose en torno al cuerpo por encima
de la espiral, pero no pudieron mantenerse más que unos segundos.
Acto
seguido estábamos ambos amarrados por una serie de nudos.
Luché en forcejeo desesperado. Pero, ¿cómo
se puede luchar contra un grueso y viscoso cable blindado
con profusión de pequeñas patas que persisten en
arañar y rasgar? Mi brazo derecho estaba apretado contra mi flanco,
y no podía alcanzar lo
bastante lejos con mi mano izquierda para oponer
una resistencia efectiva. Las espirales se enroscaban con mayor
opresión. La cabeza se movió hacia mí y arañé
el cuerpo, golpeé y seguí arañando hasta que
finalmente me las arreglé
para dejar en libertad mi brazo derecho, abandonando
algo de piel en la maniobra.
Hice
un bloqueo
con mi mano derecha cuando bajó la cabeza. Mi palma subió bajo su maxilar inferior, empujó y
se mantuvo allí manteniendo la cabeza hacia atrás. El gran lazo en espiral enroscado en torno
a mi cintura se apretó más, resultando de mayor
potencia que el propio abrazo del robot Rolem. Luego sacudió su
cabeza a un lado, lejos de mi mano, y la
cabeza bajó de nuevo, ampliamente abiertas las fauces.
Myshtigo,
con sus forcejeos, debió irritar a la bestia distrayéndola un poco, dándome así
tiempo para mi última llave defensiva.
Proyecté mis manos hacia arriba, dentro
de
su boca, y mantuve separadas sus quijadas.
El
paladar de su boca era viscoso y mi palma
empezó a resbalar a lo largo, lentamente. Presioné
hacia abajo con mayor
energía en la mandíbula inferior, tan reciamente como me fue
posible. La boca se abrió como cosa de medio
palmo más y pareció quedarse encajada en aquel punto.
La
bestia intentó entonces echar atrás su cabeza,
para obligarme a soltarle los maxilares, pero sus espirales nos
unían demasiado apretadamente para conseguir
la necesaria distancia.
Se
desenroscó un poco, irguiéndose algo, y echando atrás su cabeza. Conseguí
entonces apoyarme en tierra con una rodilla. Myshtigo estaba acuclillado en
comba a un metro y medio aproximadamente de donde me hallaba y o.
Mi
mano derecha resbaló algo más, casi hasta el punto en que iba a perder todo
apoyo.
Entonces
oí un alarido.
El estremecimiento se
presentó casi simultáneamente. Abrí de golpe mis brazos
liberándolos al sentir que la fuerza del monstruo cedía por un
segundo. Hubo un horrendo castañeteo de dientes y un
apretón
final. Por un momento no vi nada,
casi perdida la noción.
Poco
después estaba y o pugnando por soltarme, quitándome las espirales, liberándome
de ellas. La lanza de lisa madera que había atravesado al boadilo estaba
quitándole la vida, y sus movimientos se convirtieron súbitamente en
espasmódicos más que en agresivos.
Por
dos veces fui derribado a causa de todo aquel latigueo agónico, pero pude
liberar
a Myshtigo de los repulsivos nudos. Nos alejamos unos cincuenta pasos y
observamos cómo moría aquel reptil. Una muerte que duró un largo rato.
Hasán
permanecía erguido, inexpresivo. La pequeña lanza con la cual había empleado
tanto tiempo practicando había resultado muy útil.
Cuando más tarde George disecó al boadilo,
supimos que la punta de la lanza se había alojado a dos pulgadas de
su corazón seccionando la gran arteria. El animal tenía
dos docenas de patas.
Dos
Santos se hallaba a un lado de Hasán y Diane estaba junto a Dos Santos.
Todos
los demás del campamento estaban allí.
—Una
gran exhibición —dije—, y un tiro estupendo. Gracias.
—De
nada —replicó Hasán.
No
fue nada, había dicho. Nada, salvo un golpe de muerte a mi teoría acerca que él
descompuso el rolem. Si Hasán intentó matarme en aquella ocasión, ¿por qué
entonces me había salvado del boadilo?
De
no ser que lo que había dicho en Port fuera la
estricta verdad: que le habían
contratado para proteger al vegano. Si éste era su trabajo principal,
y matarme a mí sólo el secundario, entonces se
había visto obligado a salvarme
para poder mantener con vida a My shtigo.
A menos que
y o fuese un sujeto receloso y desconfiado, y
Rolem hubiese sido averiado de algún
otro modo.
Pero
estos robots están construidos a toda prueba. Ya están diseñados de modo que
puedan resistir toda clase de golpes.
Pero
entonces…
¡Bah,
al diablo! Olvídalo.
Arrojé una
piedra lo más lejos que pude, y luego otra. Nuestros «
skimmers» elevarían el vuelo para posarse en nuestro campamento al día
siguiente y despegaríamos rumbo a Atenas,
deteniéndose únicamente para depositar a Rameses y a los
otros tres en Nuevo Cairo. Me alegraba abandonar Egipto con
su moho, su légamo y sus muertas deidades
mitad animales. Ya estaba harto del lugar.
En
aquel momento, Rameses avisó desde la tienda de radio que Phil me llamaba desde
Port-au-Prince.
—¿Sí?
¿Quién? —hablé por el micro.
—Conrad,
aquí Phil. Voy a volar esta tarde hacia
Atenas. Me agradaría unirme con
vosotros en esta parte de
vuestro recorrido, si es que no tienes inconveniente.
—Ninguno.
De todos modos, ¿puedo preguntarte por qué has tomado esta decisión?
—He
decidido contemplar Grecia, una vez más. Puesto que
vas allá, podríamos coincidir y recordar viejos tiempos. Sea por
lo que fuere, de
todos modos quiero ver Grecia otra vez y presiento que ésta será la última ocasión que
se
me presente.
—Tengo
la convicción que te equivocas, pero allá tú. Cenaremos todos en el Jardín
Altar mañana por la noche, alrededor de las ocho.
—Estupendo.
Nos veremos allá.
—De
acuerdo.
—Hasta
la vista, Conrad.
—Hasta
pronto.
Aquella
noche, a una hora y a avanzada, me armé y salí en busca de
un poco de aire fresco.
Oí rumores de
conversación
a medida que me aproximaba al extremo oriental
del perímetro de alarma. Me senté en la
oscuridad, reclinándome contra una ancha
roca y traté de escuchar.
Había reconocido las vibraciones agudas de la voz de Myshtigo y
quería oír lo que estaba diciendo.
Pero
me fue imposible.
Se hallaban
algo lejos y la acústica del desierto
no es ni mucho menos la mejor del
mundo. Permanecí allí sentado con aquella
parte mía que escucha, tensa, y volvió a suceder lo
que algunas veces me ocurre.
Estaba
y o sentado en una manta junto a Ellen
y mi brazo rodeaba sus hombros. Mi brazo azul…
La
visión se esfumó al rechazar y o inmediatamente la idea de ser un vegano,
aunque fuese en el colmo de un deseo seudotelepático, y de nuevo regresé a la
realidad, reclinado contra la roca y escuchando.
De
todos modos me sentía solitario y Ellen me había parecido más suave que la
roca. Mi curiosidad seguía en aumento. Y al fin, pude escuchar…
—…
No podemos verla desde aquí, pero Vega es una estrella de primera magnitud,
situada en el conjunto que tu pueblo llama la constelación de Lira.
—¿Cómo
es Taler? —preguntó Ellen. Hubo una larga pausa.
—Las
cosas más plenas de significado
son frecuentemente las más difíciles de
describir. Aunque algunas veces el problema
radica en comunicar algo para lo cual no existe el correspondiente elemento de referencia
en la persona a quien uno está hablando. Taler
no es como este sitio. No hay
desiertos. Todo aquel mundo es frondoso. Pero… Voy a
ver si me entiendes… Permíteme tomar esta flor de tu
cabello. Eso es. Mírala… ¿Qué es lo que ves?
—Una
hermosa flor blanca. Esa es la razón por la cual la cogí y la puse en mi pelo.
—Pero no es una hermosa flor
blanca. Por lo menos, no lo es para
mí. Tus ojos perciben la luz a una longitud de
onda aproximada de oscilación entre las cuatro mil y las
siete mil doscientas unidades angstrom. Los ojos de
un vegano,
por ejemplo, penetran más hondo en los
ultravioleta, alrededor de las tres mil unidades. Somos
ciegos para lo que vosotros
llamáis rojo, pero, en cambio, en esta flor, para ti
blanca, y o veo dos colores para cuya descripción no
existen palabras en tu lenguaje. Mi cuerpo está
cubierto de moldeamientos que tú no puedes ver, pero que
son lo suficientemente similares a aquellos de
los demás de mi familia, de tal manera que otro
vegano, familiarizado con los shtigo-gens, está capacitado
para reconocer mi familia y
provincia en nuestro primer encuentro.
»
Algunas de nuestras pinturas aparecen
como deslumbradoramente lisas para los ojos de
los terrícolas, y hasta parecen ser todas de un solo
color, generalmente azul, debido a que los matices resultan
invisibles para ellos. La mayor parte de
nuestra música te parecería
fragmentada por grandes intervalos de silencio,
intervalos que, no obstante, están realmente repletos de melodía.
Nuestras ciudades son limpias y están lógicamente
diseñadas. Captan la luz del día y la retienen
durante largo tiempo por la noche. Hay lugares donde los
desplazamientos y toda la actividad se efectúan a ritmo lento, y los
sonidos son tamizados suave y agradablemente. Todo esto
tiene para mí un gran significado, pero no
sé como describirlo a un ser… humano.
—Pero
la gente…, la gente de la Tierra, quiero decir… vive en vuestros mundos.
—Pero ellos, en realidad,
no los ven, ni oy en, ni sienten del mismo modo que nosotros.
Existe una brecha, una especie de vacío
que podemos apreciar y comprender, pero que realmente no podemos cruzar.
Esta es la razón por la que no puedo
explicarte cómo es Taler. Sería para ti
un mundo distinto al mundo que es para mí.
—De
todos modos, me gustaría verlo. Mucho.
Hasta creo que me gustaría vivir allí.
—Me
parece que allá no serías feliz.
—¿Por
qué no?
—Porque
los inmigrantes no veganos sois eso…, inmigrantes de otra raza.
Aquí, en cambio, no sois de una casta inferior. Ya sé
que vosotros no empleáis este
calificativo, pero en definitiva esto es lo que venís
a ser allá. En este planeta, vuestro personal burocrático y sus
familias forman la
casta más elevada. Siguen en categoría los ricos
que no son burócratas, y a continuación aquellos
que trabajan para los ricos, seguidos en la
escala de valores por los que se ganan la vida cultivando la
tierra. Por fin, en la escala más inferior se
hallan aquellos desgraciados que habitan los Viejos Lugares. Vosotros aquí
ocupáis el lugar más alto. En Taler seríais la
casta más inferior.
—¿Por
qué debe ser así? —preguntó ella.
—Porque
tú ves en una flor blanca sólo una flor blanca. Con su enigmática respuesta, le
devolvió la flor.
Siguió
un largo silencio y una fría brisa.
—Sea
como fuere, me complace que hay as venido aquí —dijo ella.
—Es
un sitio interesante.
—Celebro
que te guste.
—Me
interesa, pero no me entusiasma.
—De
eso y a me he dado cuenta.
—¿El
hombre llamado Conrad fue realmente tu amante? La brusquedad de la pregunta me
sobresaltó.
—Eso
a ti no te importa —dijo ella—. Pero la respuesta es sí.
—Puedo
comprender el motivo —dijo él.
Me
sentí incómodo y quizá algo parecido a un voyeur, como decían los
franceses, aunque más bien, rizando el rizo, era un mirón espiando a otro
mirón.
—¿Qué
motivo? —inquirió ella.
—Tú
buscas lo raro, lo potente, lo exótico, porque nunca eres feliz estando donde
estás y siendo lo que eres.
—Esto
no es cierto. Pero… Sí, tal vez sí. Sí, él me dijo una vez algo parecido.
Quizá
sea verdad.
Me
sentí muy violento por
ella en aquel momento. Entonces, sin darme cuenta
de ello, como quería consolarla
de alguna manera, alargué el brazo con mi pensamiento
y le cogí la mano.
Sólo
que fue la mano de Myshtigo la que se movió, y él no había querido hacerlo. Yo
sí.
Hubo
una gran sensación similar a la de la embriaguez, a la de una
habitación dando vueltas, mientras y o
notaba cómo él se sentía « ocupado»
, como si hubiese percibido otra presencia dentro de su mente.
Quise retirarme
apresuradamente, y estaba de nuevo
allá contra mi roca, pero no antes de que
ella dejase caer la flor y la oy ese decir:
—¡Abrázame!
¡Vaya
con los deseos seudotelepáticos! Algún día dejaré de creer que son solamente
eso.
Yo había
visto dos colores en aquella flor, colores para cuya descripción
carecía de palabras.
Regresé
caminando lentamente hacia el campamento. Pasé a través del
campamento y
seguí caminando, y al llegar al otro extremo del perímetro de alarma, me senté en
el suelo y encendí un cigarrillo. La noche era
fresca y oscura.
Dos
cigarrillos después, oí una voz a mis espaldas, pero no me volví. La voz decía:
—En
la Gran Casa y en la Casa
de Fuego, en aquel Gran Día, cuando todos los
días y años
son numerados, oh, deja que mi nombre me sea devuelto.
—Muy
bien —dije, quedamente—, es una cita apropiada. He conocido el
Libro
de los Muertos y lo identifico
apenas oigo citar vanamente sus pasajes.
—No
lo he citado en vano, sino como tú mismo has
dicho, en forma apropiada.
—Muy
bien. Te felicito.
—En
aquel Gran Día, cuando todos los días y años son numerados, si te devuelven tu
nombre, ¿qué nombre será?
—No será así. Planeo retrasarme lo más posible.
De todos modos, ¿qué hay en un nombre?
—Depende
del nombre. Intenta, por ejemplo, Karaghiosis.
—¿Por
qué no te sientas en un sitio donde
pueda verte? No me gusta tener gente de pie
a mis espaldas.
—Bien,
de acuerdo. ¿Y ahora qué?
—¿Qué?
—Intenta
evocar el nombre de Karaghiosis.
—¿Por
qué tendría que hacerlo?
—Porque
significa algo. Por lo menos significó algo en determinado tiempo.
—Karaghiosis
fue un personaje de los antiguos espectáculos griegos
de sombras, una especie de
títere en las comedias europeas. Era un
payaso, un bufón.
—Era
griego, y, por lo tanto, era sutil.
—Tonterías.
Era medio cobarde y mantecoso.
—También
fue medio héroe. Astuto. Un poco basto. Con sentido del humor. Él hubiese
echado abajo una pirámide. También era fuerte cuando quería serlo.
—¿Dónde
está ahora?
—Eso
me gustaría saber.
—¿Por
qué me lo preguntas a mí?
—Porque
con ese nombre te llamó Hasán la noche que peleaste con el rolem.
—Ah,
y a veo… Bueno, se trataba tan sólo de una expresión, un
término genérico, un sinónimo para necio, un
apodo…, como si y o te llamase, por ejemplo,
rojo. Por cierto, ahora que pienso en ello, ¿qué aspecto
tienes tú para Myshtigo? Los veganos son
ciegos para el color de tu pelo, ¿sabes?
—En verdad me tiene sin cuidado el aspecto
que tenga y o ante los veganos. Será mejor que te preguntes lo que
les pareces tú a ellos. Tengo entendido
que Myshtigo posee una ficha tuya bastante nutrida. En ella hay
algo referente a que tienes varios siglos de edad.
—Indiscutiblemente,
es una exageración. Pero pareces estar muy enterada sobre estos detalles. Tu
ficha sobre Myshtigo, ¿también es copiosa?
—No
lo es mucho, por ahora.
—Al
parecer, le odias a él más de lo que odias a cualquier otra persona. ¿Es
cierto?
—Sí.
—¿Por
qué?
—Es
un vegano.
—No.
Hay algo más.
—Si
tú lo dices…
—De
acuerdo, lo digo y o. Pero es cierto, ¿no es así?
—Es
cierto. Eres muy fuerte, ¿sabes?
—Lo
sé.
—De
hecho, eres el ser humano más fuerte que jamás hay
a conocido. Lo bastante fuerte como para
romperle el cuello a
un murciélago araña, luego caer en la bahía
de Pireo, nadar hasta tierra y desayunarte.
—Has
elegido un extraño ejemplo.
—No
tanto, no creas. ¿Lo hiciste?
—Lo
siento.
—Sentirlo
no basta. Habla más.
—Ya
lo dije todo.
—No.
Nosotros necesitamos a Karaghiosis.
—¿Quiénes
son esos « nosotros» ?
—El
Radpol. Yo.
—¿Por
qué?
—Hasán es casi tan viejo como el tiempo.
Karaghiosis es aún más viejo. Hasán le conocía,
le recordaba, y te llamó Karaghiosis.
Tú eres Karaghiosis, el asesino, el defensor de
la Tierra… y ahora te
necesitamos. Te necesitamos
mucho. El Armagedón ha llegado, no con estrépitos, sino con un
talonario de cheques. El vegano debe morir. No hay otra alternativa. Ayúdanos
a impedir sus propósitos.
—¿Qué
queréis de mí?
—Que
dejes que Hasán lo destruya.
—No.
—¿Por
qué no? ¿Qué es él para ti?
—Nada.
De hecho, me disgusta sobremanera. Pero, ¿qué es él para vosotros?
—Nuestro
destructor.
—Entonces
dime por qué y cómo, y quizá y o te dé una respuesta mejor.
—No
puedo.
—¿Por
qué no?
—Porque
no lo sé.
—Entonces,
buenas noches. Hemos terminado.
—¡Aguarda! De veras que
no lo sé… Pero la orden ha llegado desde Taler,
por medio del enlace Radpol
que tenemos allá. Debe morir. Su libro
no es un libro. Su y o
no es un ser, sino muchos; no sé lo que esto
significa, pero nuestros agentes nunca nos han mentido. Tú has
vivido en Taler, en Bakab y en una
docena de otros mundos. Tú eres Karaghiosis. Tú sabes que nuestros
agentes no mienten, porque tú mismo estableciste
la red de espionaje. Ahora oyes sus
informes y
no les prestas atención. Ellos dicen que debe morir. Sostienen
que es un investigador al que no se debe
permitir fisgonear. Él representa el final de todo aquello por
lo cual hemos luchado. Ya conoces la clave. Dinero
contra Tierra. Más explotación vegana. Los agentes no
pudieron dar más datos concretos.
—No
voy a aprobar su destrucción sin una causa justa
y específica. Hasta ahora no me has expuesto
nada concreto.
—Te
he dicho cuanto sé.
—Entonces,
buenas noches.
—Aguarda,
por favor.
—Hasán
intentó matarme.
—Sí —dijo
ella—. Él debió pensar que resultaba más fácil matarte que
intentar mantenerte fuera de su camino. Después de
todo, él sabe más acerca de ti
que nosotros.
—Entonces,
¿por qué me salvó hoy del boadilo a la vez que a Myshtigo?
—Preferiría
no tener que decirlo.
—Entonces,
olvídalo.
—No,
te lo diré. La lanza corta era la única arma que tenía al alcance.
Todavía
no está muy entrenado con ella. No pretendía herir al boadilo.
—Ah…
—Pero tampoco estaba
apuntándote a ti. La bestia se retorcía en exceso. Él
quería matar al vegano, y hubiese explicado simplemente que había
intentado salvarlos a los dos, mediante la única arma que tenía
a mano y que lo ocurrido había sido un terrible accidente. Por
desgracia, no hubo tal terrible accidente. Falló
su diana.
—¿Por
qué no se limitó sencillamente a dejar que el boadilo le matase?
—Porque
tú y a habías agarrado con tus manos a la bestia. Él temía que pudieras
salvarle. Teme tus manos.
—Es
bueno saberlo. ¿Persistirá en continuar intentando, aunque me niegue a
cooperar?
—Me
temo que sí.
—Esto
es muy lamentable, querida, porque no voy a permitirlo.
—Tú
no se lo impedirás. Ni tampoco nosotros le ordenaremos que
abandone. Aun cuando eres Karaghiosis, y estés ofendido,
y mi pena por ti rebose los
horizontes, Hasán no será detenido por ti ni por mí. Es Hasán el Asesino. Nunca
ha fallado.
—Tampoco
y o.
—Sí,
tú sí. Exactamente has fallado a Radpol y a la Tierra, y a todo cuanto
significa algo y todo.
—Yo
me guío por mi propio consejo, muchacha. Sigue tu camino.
—Soy
lo bastante vieja para ser la abuela de cualquier hombre,
menos de ti. Por consiguiente,
no me llames muchacha. ¿Sabes
que mi cabellera es una peluca?
—Sí.
—¿Sabes
que en cierta ocasión contraje una enfermedad vegana y ésta es la razón por la
que debo llevar peluca?
—No.
Lo siento mucho.
—Cuando
y o era joven, hace y
a mucho tiempo, trabajé en un local de diversión
vegano. Yo era carne de placer. Nunca he podido
olvidar el jadeo de sus horrendos pulmones
contra mi cuerpo, ni el contacto de
sus carnes color cadáver. Les odio, Karaghiosis, de
tal modo que solamente uno como tú
puede comprenderlo, tú que has experimentado todos
los grandes odios.
—Lo
siento, Diane. Siento mucho que aún te duela
aquella experiencia, Pero todavía no estoy dispuesto
a tomar una decisión. No me atosigues.
—¿Eres
Karaghiosis?
—Sí.
—Entonces,
en cierto modo, y a me doy por satisfecha.
—Pero
el vegano seguirá viviendo.
—Ya
lo veremos.
—Sí,
y a lo veremos. Buenas noches.
—Buenas
noches, Conrad.
Me
levanté, dejándola allí, y yendo hacia mi tienda. Más tarde, en la noche, ella
vino.
Hubo
un susurro en el cobertor de mi tienda y en las ropas de mi cama, y ella estaba
allí. Cuando olvide todo acerca de ella…, la rojez de su peluca, la pequeña
«
uve» invertida entre sus ojos, la crispación de sus mandíbulas,
su modo incoherente de charlar y
su cuerpo cálido como el corazón de
una estrella, siempre recordaré una cosa…
Que
ella vino cerca cuando la necesité, que era tibia, suave, tierna…, que acudió a
mi lado…
Tras desayunar
a la mañana siguiente me dispuse a buscar a
Myshtigo, pero él me encontró primero. Estaba y
o abajo, a la orilla del río, hablando con los hombres que
debían hacerse cargo de las felucas.
Dijo
él, afablemente:
—Conrad,
¿puedo hablar contigo? Asintiendo, señalé hacia una honda zanja.
—Caminemos
hasta aquel sitio. Aquí y a terminé. Anduvimos en silencio.
Al
cabo de unos minutos, dijo:
—Tú
sabes que en mi mundo existen varios sistemas de
funcionamiento mental, sistemas que circunstancialmente producen
percepciones extrasensoriales…
—Eso
he oído.
—La
mayoría de los veganos, tarde o temprano, se hallan expuestos a estas
percepciones. Algunos tienen una gran aptitud para ello. Muchos, no. Pero casi
todos nosotros poseemos un sentido especial para ello, una identificación de
sus operaciones…
—¿Y…?
—Yo no
soy telepático, pero he comprobado que tú posees
esta capacidad, y a que anoche la usaste conmigo. Lo pude sentir. Es
algo totalmente desacostumbrado entre los de tu raza, por
este motivo no pude preverlo y, por tanto, no tomé
ninguna precaución
para evitarlo. Además, ejerciste este poder
sobre mí en el momento perfecto. El resultado fue
que mi mente quedó totalmente abierta para ti. Tengo que saber cuántas
cosas llegaste a averiguar.
O sea, que aparentemente había
algo extrasensorial relacionado con aquellas oscuras visiones.
Habitualmente, todo cuanto contenían era lo
que parecían ser las percepciones inmediatas
del sujeto, además de un vislumbre de los pensamientos y sentimientos
que acompañaban a las palabras que pronunciaba. Y
a veces hasta me engañaba a mí mismo.
La
pregunta de Myshtigo indicaba que no sabía hasta qué punto
llegaba mi penetración, y y o había oído decir que
algunos profesionales veganos del
fisgoneo en la psique lograban abrirse paso en el inconsciente.
O sea, que decidí fanfarronear.
Dije
sentenciosamente:
—Concluí
que no estás escribiendo un simple libro de viajes. Él no dijo nada.
—Por
desgracia, y o no soy el único que tiene conocimiento de este detalle —
proseguí—, lo cual te coloca en una posición algo peligrosa.
—¿Por
qué?
—Quizá
lo interpreten equivocadamente —aventuré. Meneó la cabeza meditativo, al
preguntarme:
—¿Quiénes
son ellos?
—Lo
siento. Lo lamento. Nada más.
—Pero
y o necesito saberlo.
—De
nuevo te repito que lo lamento. Si quieres abandonar
tus propósitos,
puedo hacer que regreses hoy mismo a Port.
—No,
no puedo hacer eso. Debo seguir adelante. ¿Qué puedo hacer?
—Cuéntame
un poco más sobre ello, y
así quizá esté en condiciones de hacerte algunas sugerencias.
—No,
y a sabes demasiado…
Y
de pronto, añadió precipitadamente:
—Entonces,
éste debe ser el verdadero motivo por el cual Dos Santos
está aquí. Es un moderado. La rama activista del Radpol
debe haber averiguado algo sobre mis planes,
y, como dices, los han interpretado equivocadamente. Él
debe saber lo referente al peligro. Tal vez debería ir
a hablarle.
—No,
y o no creo que debas hacerlo. En realidad,
no cambiaría nada. De todos modos, ¿qué le dirías?
Una pausa.
Y murmuró:
—Ya veo
lo que intentas decirme. También se me ha ocurrido la idea
que él no sea
tan moderado como pensé… Si éste es
el caso, entonces…
—Exacto.
¿Quieres volver a tu punto de origen?
—No
puedo.
—Bien,
de acuerdo, hombre azul… Entonces vas a tener que confiar en mí.
Puedes
empezar contándome más cosas acerca de tu investigación…
—¡No!
No sé cuánto conoces ni cuánto no sabes. Es evidente que estás intentando
sonsacarme más información, y, por consiguiente, no creo que sepas mucho. Lo
que estoy haciendo sigue siendo todavía confidencial.
—Yo
estoy tratando de protegerte, y, en consecuencia, quiero toda la información
posible.
—Entonces,
protege mi cuerpo y deja que me preocupe y
o por mis motivos y pensamientos.
Mi mente estará cerrada para ti en
el futuro. No es preciso que pierdas tu tiempo
intentando sondearla.
Le
tendí una automática.
—Sugiero
que lleves esta arma mientras dure el viaje. Para proteger tus motivos.
—Muy
bien. Así lo haré.
—Ahora
vete a preparar tus cosas. Nos iremos de aquí muy pronto.
Mientras
regresaba al campamento por otro camino, analicé mis propios motivos. Un libro,
sólo un libro, no podía lograr anular la Tierra, ni el Radpol, ni el
Retornismo.
Ni
siquiera La llamada de la Tierra, de Phil, lo había logrado,
ni mucho menos. Pero este asunto de Myshtigo tenía
que ser algo más que un simple libro.
¿Una
investigación? ¿Acerca de qué? ¿Un movimiento? ¿En qué dirección…?
No
lo sabía, y tenía que saberlo. Porque Myshtigo no podía seguir con
vida si pretendía destruirnos, y, sin embargo, no podía y o
permitir su destrucción si lo que estaba haciendo podía resultarnos
de alguna ayuda. Y pudiera serlo.
Por consiguiente,
alguien debía vigilar que no se precipitasen los acontecimientos hasta
que pudiéramos estar del todo seguros.
Cuando
estuvimos a la sombra de su « skimmer» , le dije:
—Diane,
tú afirmas que significo algo para ti, como quien soy, como Karaghiosis.
—Lo
reafirmo.
—Entonces, escúchame… Creo
que puedes estar equivocada sobre el vegano. No estoy
seguro, pero si tú estás equivocada, sería un gran error
matarle. Por esta razón, no puedo permitirlo. Aplaza cualquier cosa
que hay as planeado hasta que lleguemos a Atenas. Y
solicita aclaraciones del mensaje a Radpol.
Me
miró fijamente, y por fin dijo:
—De
acuerdo.
—¿Y
qué pasa con Hasán?
—Aguarda.
—Es
dueño de su propia elección del momento y lugar, ¿no es así? Aguarda solamente
la ocasión más oportuna de golpear.
—Sí.
—Entonces
debe ser advertido a fin que suspenda cualquier acción hasta que estemos seguro
a qué atenernos.
—Muy
bien.
—¿Se
lo dirás?
—Le
será comunicado.
—Excelente.
Di
media vuelta disponiéndome a alejarme. Dijo ella:
—Y
cuando venga el mensaje de respuesta, si dijese lo mismo que antes,
¿qué
pasaría entonces?
—Ya
veremos.
La
dejé junto a su « skimmer» y regresé al mío.
Cuando el mensaje de
respuesta llegase, diciendo lo que pensaba y o que diría,
sabía que tendría que enfrentarme con más problemas. Y
todo porque y o había tomado y a mi decisión.
A
lo lejos, hacia el sudeste, las tierras de Madagascar seguían ensordeciendo
los
registradores con lastimeros lamentos radiactivos. Un tributo a la habilidad de
uno de nosotros.
Estaba
y o seguro de que Hasán podía aún afrontar cualquier barrera sin que
pestañearan sus amarillos ojos inundados de sol, acostumbrados a la muerte.
Probablemente resultaría difícil contenerlo.
Allá abajo,
muerte, ardor, marcas de franjas fangosas, nuevos
litorales… Vulcanismo en Kos, Samos, Ikaria, Naxos…
Halicarnassos
reducido, empequeñecido a grandes mordiscos… El extremo occidental de Kos
nuevamente visible, pero, ¿y qué?
…
Muerte, ardor, mareas de franjas fangosas. Nuevos litorales…
Había
conducido a mi convoy dando un gran rodeo fuera de su periplo, para poder
comprobar lo que había sucedido en aquella zona del mar Egeo.
Myshtigo
tomaba notas. Lorel había dicho:
—Continúa
adelante con el viaje. Los daños físicos no han sido demasiado graves, debido a
que el Mediterráneo estaba y a lleno de basuras. Las lesiones personales o bien
fueron fatales o y a están siendo atendidas adecuadamente.
Pasé
en vuelos casi rasantes sobre lo que quedaba de Kos, el
extremo occidental de la isla. Era
una comarca salvaje, volcánica.
Había ahora nuevos cráteres humeantes. Surcos recientes y
brillantes de agua marina formaban líneas cruzando
aquella porción de tierra.
La
antigua capital de Austipalaia
estuvo allí en tiempos remotos. Tucídides
nos relata que fue destruida por un poderoso terremoto. Debería
haber visto éste, para formarse una idea de lo
que puede llegar a ser una conmoción terráquea.
Mi
norteña ciudad de Kos había contenido habitantes desde trescientos
sesenta y seis años antes de Cristo. Ahora todos
habían desaparecido, y sólo quedaba lo líquido y lo ardiente. No
había supervivientes.
Y
el sicómoro de Hipócrates y la mezquita de la Logia y el castillo de los
Caballeros de Rodas, y las fuentes, y mi casa, y mi esposa… todo había sido
barrido por gigantescas olas o hundido en abismos marinos. Se habían ido lejos,
para siempre. Lejos… Cassandra debía ser inmortal en algún sitio, pero estaba
muerta para mí.
Más al este,
algunos picachos de aquella alta cordillera montañosa que había interceptado la
llanura costera del norte seguían todavía
asomándose fuera del agua. Allí estaba el elevado
picacho de Dhikaios, o Cristo el Justo, que dominó los poblados de
las laderas norteñas. Nadie había
logrado coronar su cima y ahora no era más que
una diminuta isleta.
—Vivías
allí —comentó Myshtigo. Afirmé en silencio.
—Aunque
habías nacido en la aldea de Markry nitsa, en las colinas de Tesalia,
¿no
es así?
—Así
fue.
—Pero,
¿construiste allí tu hogar?
—Por
algún tiempo.
—«
Hogar» es un concepto universal —dijo el vegano—. Puedo comprender todo su
significado.
—Gracias.
Continué mirando hacia abajo, sintiéndome mal, triste, mareado. Luego,
y a no sentí nada.
Después
de las ausencias, Atenas vuelve a mí con una súbita familiaridad que siempre
refresca, frecuentemente se renueva y a veces incita.
Phil
me ley ó en cierta ocasión algunas líneas de uno de los últimos grandes poetas
griegos, George Seferis, que se refería a « mi» Grecia al decir:
«
… Una comarca que y a no es nuestro propio país, ni tampoco el vuestro.»
Y
apoyando su tesis afirmaba que era una alusión a los
veganos. Cuando le expuse que no había
veganos en la panorámica griega durante
la época en que vivió Seferis, Phil arguyó que la poesía
existe con independencia del tiempo y del espacio y que significa lo que
necesite en aquel momento
el lector. Pero tenía otras razones para no
necesitar aquel párrafo como testimonio inapelable.
Grecia es nuestro
país y siempre lo será. Los godos, los hunos, los búlgaros,
los serbios, los francos, los turcos y últimamente los veganos, no
lograron jamás quitarnos nuestro hondo regionalismo. Yo he sobrevivido
a los griegos. Atenas y y o hemos cambiado un
poco, los dos juntos. Sin embargo, la Grecia de
tierra firme, el continente griego, es esencialmente
Grecia y no cambia para
mí. Intentad arrebatármela, seáis
quienes fuereis, y mis dioses bajarán majestuosamente de
las colinas como antiguos vengadores del pasado.
Todos
vosotros os extinguiréis, pero las colinas de Grecia permanecerán, seguirán
idénticas. Seguirá el aroma de carne de cabra asándose con mixtura de sangre y
vino, el sabor de almendras endulzadas, un viento frío por la noche, y cielos
de un radiante azul como los ojos de un dios durante el día.
Ésa es la
razón por la que me siento vivificado cada vez
que regreso, porque ahora que soy
un hombre con muchos años
a mis espaldas, mi pasión por Grecia la extiendo
a la Tierra entera. Ésa es la razón por la que he luchado,
he matado y bombardeado, y he hecho uso de todos
los recursos, legales o no. He tratado de impedir que los
veganos comprasen la Tierra, pedazo a
pedazo, al gobierno ausente instalado allá en Taler.
Por esta
razón me fui creando una
posición bajo otro nombre, en la enorme máquina
del servicio civil administrativo que rige este planeta,
situándome en particular en el departamento de Artes,
Monumentos y Archivos. En esta posición puedo
luchar para preservar lo que aún queda, mientras
aguardo el próximo acontecimiento.
El afán vengativo
del Radpol había aterrorizado por igual a los expatriados y a los veganos. No
llegaron a comprender que los descendientes de aquellos que habían
sobrevivido a los Tres Días no iban a ceder voluntariamente
sus mejores áreas de litoral para lugares
de vacaciones veganas, ni forzar a sus hijos
e hijas a trabajar en aquellos lugares,
ni tampoco servir de guías a los veganos a través de las
ruinas de sus ciudades, señalándoles los sitios de
interés para su entretenimiento. Ésa es la razón por la
que
la Oficina esté compuesta, en su mayoría, por personal extranjero.
Habíamos
enviado una llamada a aquellos descendientes terrícolas de las colonias
marcianas y titanianas pidiéndoles el regreso, y no hubo regreso. Allá habían
crecido diferentes, en medio de una cultura mucho más avanzada que la nuestra.
Habían perdido su identidad original. Nos abandonaron.
No
obstante, ellos componían el Gobierno de la Tierra, de
jure, legalmente elegido por la mayoría ausente…, y
quizá, también de facto, si profundizábamos en la
cuestión, y era preciso llegar a este extremo, aunque y
o esperaba que los sucesos no exigiesen tal alternativa.
Durante
más de medio siglo las cosas estuvieron estancadas, como en un
callejón sin salida. Nada de
nuevos centros veganos, nada de violencias por parte del Radpol. Ningún
Retorno. Pero pronto iban a ocurrir nuevos
acontecimientos. Se presentía en
el ambiente… Sin duda, Myshtigo estaba inspeccionando, y lo del
libro era una simple excusa.
Regresé
a mi Atenas en un día sombrío, frío y lluvioso, una
Atenas recién sacudida y recompuesta por los últimos
cataclismos de la Tierra. En mi cerebro había un
interrogante y en mi cuerpo magulladuras, pero de
todos modos me sentía vivificado.
El
Museo Nacional seguía aún allí, entre Tositsa y
Vasileos Iracles. La Acrópolis estaba todavía más ruinosa
de lo que la recordaba. La Posada del Jardín
Altar, antiguamente el viejo Roy al Palace en la
esquina nordeste de los Jardines Nacionales, al otro lado de la
Plaza Syndagma, ostentaba grietas
y resquebrajaduras, pero a pesar de ello,
estaba en pie y abierta para la clientela.
Entramos
y nos inscribimos.
En
mi calidad de comisionado de Artes, Monumentos y Archivos (aunque comprendí que
se debía principalmente a que era el único griego del grupo), fui objeto de una
consideración especial.
Me
concedieron la suite número 19.
No
estaba como la había dejado ni mucho menos. Ahora relucía de orden y
limpieza.
Una
placa de metal en la puerta decía:
«
Estas habitaciones fueron el cuartel general de Konstantino Karaghiosis durante
la fundación del Radpol y gran parte de la Rebelión Retornista.»
En
el interior, otra placa sobre la cabecera de la cama indicaba:
«
Konstantino Karaghiosis durmió en esta cama.»
En
la larga y estrecha antesala localicé otro rótulo en la pared del fondo.
Decía:
« Las manchas de
esta pared fueron producidas por una botella de brebaje,
arrojada a través de la sala por Konstantino Karaghiosis,
durante la celebración del bombardeo de Madagascar.»
Lo
crean o no, así era. Otra placa insistía:
«
Konstantino Karaghiosis se sentó en este sillón.»
Sentí
algo muy parecido al miedo cuando entré en el cuarto de baño.
Aquella
noche salí a pasear por los húmedos pavimentos
de piedra tosca de mi casi desierta
ciudad. Mis antiguos recuerdos y mis pensamientos
actuales eran como dos ríos confluyendo tumultuosamente.
Había dejado a
los demás roncando en sus cuartos,
y al bajar la amplia escalinata desde
la Posada, me detuve a leer una de las
inscripciones de la oración fúnebre de Pericles:
«
La Tierra entera es la tumba de grandes hombres.»
Estaba
en un lateral del monumento al Soldado Desconocido. Contemplé por unos
instantes los enormes y carcomidos miembros de aquel arcaico guerrero, tendido
con todas sus armas en su lecho funerario, todo mármol y bajorrelieves pétreos,
en cierto modo casi cálidos, porque la noche le sienta bien a Atenas. Después,
salí fuera, pasando de largo ante Leóforos Amalias.
La
cena había sido espléndida: cordero lechal, macedonia de legumbres y frutas,
miel de arrope, yogur especial y abundante café. Phil pasó todo el rato
discutiendo con George acerca de la evolución.
—¿Acaso
no ves una convergencia de vida y mito, aquí, durante los últimos
días de este planeta?
—Concretamente, ¿qué pretendes
decir? —preguntó George, apurando el resto de sus natillas
de naranja y ajustándose los lentes, que le habían resbalado durante
la comilona.
—Quiero
decir
que al surgir la humanidad de las tinieblas trajo consigo leyendas,
mitos y evocaciones de criaturas fabulosas. Ahora estamos descendiendo nuevamente al interior
de
aquellas mismas tinieblas. La Fuerza Vital va
siendo cada vez más inestable y débil. Hay un
resurgimiento de aquellas
formas
primarias que durante tanto tiempo solamente han existido como tenues recuerdos
raciales…
—Absurdo,
Phil. ¿Fuerza Vital? ¿En qué siglo te has instalado? Hablas como si todo lo
referente a la vida fuera una simple y consciente entidad.
—Lo
es.
—Demuéstralo,
por favor.
—En
tu museo tienes los esqueletos de tres sátiros y fotografías de otros
con vida. Viven en las colinas de este país. También han sido vistos
por aquí centauros, y hay flores-vampiro, y caballos con
alas. Hay serpientes de mar en cada mar.
Murciélagos araña surcan nuestros cielos. Hasta poseemos
declaraciones juradas de personas que han visto la
Bestia Negra de Tesalia, devoradora de hombres, huesos
incluidos, lo cual es bastante mítico; toda clase de
leyendas están brotando de nuevo a la vida.
George suspiró.
—Cuanto
llevas dicho
hasta ahora, sólo demuestra que en la
grandiosidad de un infinito todo es posible.
Cualquier forma de vida puede aparecer si se dan
los factores apropiados de precipitación y un ambiente de continuidad
congénita. Las cosas que has mencionado como nativas
de la Tierra son
mutaciones, criaturas originándose cerca de
diversos Sitios Ardientes esparcidos
por el mundo, donde han encontrado
los factores y el ambiente precisos.
Un sitio como éstos se halla en lo
alto de las colinas de Tesalia. Si la
Bestia Negra irrumpiese en este momento a través de
aquella puerta, con un sátiro montado en su espalda, ello no
alteraría mi opinión ni demostraría la tuya.
En aquel momento
miré hacia la puerta, no con la esperanza
de ver a la Bestia Negra, sino a
algún inofensivo viejo que pudiera entrar con andar
renqueante, o algún camarero llevándole a Diane una bebida
no encargada por ella, con un mensaje doblado en
el interior de una servilleta.
Pero
no sucedió ninguna de las tres cosas.
Al
pasar de largo ante Leóforos Amalias, por
la Puerta de Adriano, y más allá del
Olímpeo, todavía no sabía y o cuál iba a
ser el mensaje. Diane había establecido contacto con el Radpol, pero todavía
no había llegado respuesta alguna. Dentro de unas treinta y
seis horas estaríamos surcando el cielo desde Atenas
a Lamia. Después atravesaríamos a pie áreas de
extraños y nuevos árboles
con largas hojas pálidas
y rojas venas, parras trepadoras, y
otros ejemplares de flora
que forman tupidas enramadas en lo alto,
con una enormidad de retoños germinando entre
sus raíces semidescubiertas. Luego seguiríamos adelante
a través de planicies bañadas por el sol, por
entre lugares elevados y rocosos, y descenderíamos por
hondos barrancos, pasando delante de ruinosos monasterios.
Era
una excursión bastante demencial,
pero, como siempre, Myshtigo lo había
querido. Sólo porque y o había nacido allí, él pensaba que
estaría a salvo. Intenté contarle lo referente a los animales
salvajes, a los caníbales kouretes, una tribu que vagabundeaba por
allá. Pero él quería ser como Pausanio y verlo todo a
pie, a nivel del suelo. Entonces decidí que muy bien,
de acuerdo, si el Radpol no acababa con él,
la fauna lo lograría.
Pero,
para poner a salvo mi responsabilidad, fui a la Oficina de Correos del Gobierno
Terrícola más cercana, obtuve un permiso de duelo y pagué mis impuestos de
muerte. Decidí que, dado el caso, valía más estar en regla en estos aspectos,
sobre todo siendo y o el comisionado responsable.
Si
Hasán tenía que ser eliminado, lo mataría legalmente.
La
calle estaba desierta, casi a oscuras del todo. Di la vuelta para penetrar por
el Aerópago de Leóforos Dioniso y seguí avanzando hasta alcanzar la empalizada
que corre a lo largo de la ladera sur de la Acrópolis.
Oí
unas pisadas,
bastante detrás de mí, en la esquina. Permanecí atento
cosa de medio minuto, pero solamente había silencio y una
noche muy negra. Encogiéndome de hombros, atravesé la gran entrada
y me dirigí al templete de Dioniso
Eleuterio. Del templete no queda nada, salvo los cimientos.
Seguí adelante, encaminándome hacia el Teatro.
Pasé
al proscenio. La labor de
escultura en relieve empezaba en los
peldaños narrando anécdotas de la vida de
Dioniso. Todo guía de turistas y cada miembro de una
gira debe, de acuerdo con una norma promulgada
por mí (Número 237-1, por si les interesa), « … llevar
no menos de tres luminarias
de magnesio consigo, mientras
efectúe un recorrido» . Quité la horquilla de una de ellas y
la dejé caer al suelo. El resplandor no sería visible
desde más abajo debido al ángulo de
la ladera de la colina y a la mampostería, que formaba una
especie de parapeto.
No miré hacia
la brillante llamarada, sino arriba, a las figuras pintadas
de plata. Allí
estaba Hermes, presentando el dios infante a
Zeus, mientras las corifantas trenzaban las fantasías
pírricas a cada lado del trono. Aparecía Ícaro, a
quien Dioniso había enseñado a cultivar la vid, disponiéndose
a sacrificar un macho cabrío, mientras su
hija ofrecía pasteles a los dioses (éstos permanecían a un
lado con un sátiro, elogiando los dones físicos de
la hija). Se hallaba también Sileno, intentando
sostener en alto el cielo, al igual que Atlas,
sólo que no lo hacía con tanta maestría. Y estaban allí todos los
otros dioses de las ciudades, rindiendo visita a este Teatro, y
localicé a Hestia, Teseo, y Ceres con un cuerno de la
abundancia…
—Has
de quemar una ofrenda a los dioses —dijo una voz cercana.
No
me volví. Procedía directamente de detrás de mi hombro derecho; no necesitaba
verle, porque conocía aquella voz.
—Quizá
lo haga —repliqué.
—Ha
transcurrido largo tiempo desde que pisaste esta tierra, esta Grecia.
—Es
verdad.
—Esto
es debido sin duda a que nunca existió una inmortal Penélope, paciente como las
montañas, confiada en el retorno de su guerrero errante.
—¿Eres
tú, en estos días, el narrador pueblerino de cuentos y leyendas? La voz rió.
—Me
cuido de las ovejas de muchas patas en los llanos elevados, donde los dedos de
Aurora son los primeros en pintar el cielo con rosas.
—Sí,
en efecto, eres el narrador de historias. ¿Por qué no estás ahora en los llanos
altos, corrompiendo a la juventud con tus canciones?
—Por
culpa de los sueños.
—¿Sueños?
—Sí.
Me
volví y contemplé el vetusto rostro. Sus arrugas, a la
luz de la llama agonizante, tan negras como redes de
pescador perdidas en el seno del mar. La barba tan
blanca como la nieve que, en copos
voladores, baja desde las montañas.
Los ojos parecidos al azul del turbante
anudado en torno a sus sienes. Ya no se
respaldaba en ninguna guardia personal,
del mismo modo que y a ningún guerrero se
apoya en su espada. Yo sabía que
sobrepasaba el centenar de años.
—Soñé
que aquí, ante mí, yacía Atenas —me contó—. Este
lugar, este Teatro, tú…, y allá sentadas las ancianas. La
que va midiendo la hebra de la vida
estaba enfurruñada porque había prendido la hebra de tu
vida en el horizonte y ningún extremo del hilo estaba a la
vista. Pero la que teje la hebra la había
dividido en dos hilachas muy delgadas. Uno de
los ramales corría hasta surcar los mares y
volvía a perderse nuevamente de vista. El otro
ascendía muy arriba en las colinas. En
la primera colina se hallaba el Hombre Muerto,
que sostenía tu hilo en sus pálidas manos,
extraordinariamente blancas. Más allá de él, en la siguiente
colina, el hilo yacía a través de una roca ardiente. Tras esta roca se
hallaba la Bestia Negra sacudiendo tu hilo con sus colmillos. Y a lo
largo del hilo andaba majestuosamente un gran guerrero
extranjero, sus ojos eran amarillos, blandía desnuda
la hoja de acero en sus manos y varias veces alzó
la hoja en gesto de amenaza.
Suspiró
el narrador.
—Por
eso bajé a Atenas, para encontrarme contigo
aquí. Para decirte que regreses de nuevo por donde viniste,
a través de los mares. Para avisarte que no
vayas arriba a las colinas, donde
te espera la muerte. Porque supe que aquellos sueños
no eran míos, sino que aparecieron destinados
a ti, oh, padre mío, y que y o
debía encontrarte aquí y avisarte. Vete lejos ahora, cuando aún
estás a tiempo de hacerlo. Vete, por favor.
Le
cogí del hombro.
—Jasón,
hijo mío, y o no retrocedo nunca. Acepto la plena responsabilidad
de mis propios actos, sean justos o equivocados,
incluyendo mi propia muerte, si es necesario.
Debo ir a las colinas esta
vez, ahora, allá arriba, cerca del Sitio Quemante. Te doy
las gracias por tu advertencia. Nuestra familia ha
tenido siempre esta predisposición a los sueños, y con frecuencia inducen
a error. Yo también tengo sueños…
Sueños en los cuales veo a través de
los ojos de otras personas, algunas veces claramente, otras
no tan claro. Te agradezco tu aviso y lamento no
poder seguir tu consejo.
—Entonces,
regresaré a mi rebaño.
—Ven
conmigo a la Posada. Mañana te llevaré en vuelo hasta Lamia.
—No.
Ni duermo en grandes edificios, ni vuelo.
—Entonces,
y a va siendo hora
que empieces, pero no me queda más remedio que aceptar tus
propias decisiones. Podemos acampar aquí esta
noche. Soy el comisionado de este monumento.
—Ya
oí decir que volvías a ser alguien importante en el Gran Gobierno.
¿Habrá
más matanzas?
—Espero
que no.
Hallamos
un sitio protegido y liso. Nos recostamos sobre su capa.
—¿Cómo
interpretas los sueños? —le pregunté.
—Tus
regalos nos llegan
puntualmente en las fechas señaladas, cada año, pero, ¿cuándo
fue la última vez que nos visitaste en persona?
—Hará,
aproximadamente, unos diecinueve años.
—Entonces,
¿no sabes nada referente al Hombre Muerto?
—No.
—Es más grande
que la mayoría de
los hombres, más alto, más fornido, con
la carne color vientre de pez, y dientes
de animal. Se empezó a hablar de él
hace aproximadamente unos quince
años. Aparece únicamente por la noche.
Bebe sangre. Ríe con la aguda risita de un
niño, mientras recorre los campos en busca
de sangre, sangre de personas, de animales, simplemente sangre. Entrada la noche,
sonríe a través de las ventanas de las alcobas. Incendia los
templos. Cuaja las leches. Produce abortos
por el terror. Se dice que de día duerme en un
ataúd, custodiado por miembros de la tribu kourete.
Comenté:
—Cosas
extrañas surgen de los Sitios Ardientes. Ya lo sabemos.
—«
… Donde Prometeo desparramó en exceso el fuego de la creación.»
—No.
Donde algún bastardo hizo estallar una bomba de cobalto y los muchachos y
chicas de ojos relucientes y codiciosos vitorearon el estallido con entusiasmo…
¿Y qué hay acerca de la Bestia Negra?
—Tiene el
tamaño de un elefante y es
muy rápida. Dicen que es caníbal. Aterroriza las
planicies. Tal vez algún día se encuentre con el
Hombre Muerto y se destruyan mutuamente.
—Por
lo general, no
suele suceder así, pero no deja de
ser una idea agradable. ¿Eso es todo
cuanto sabes de la Bestia Negra?
—Sí.
No sé de nadie que hay a podido verla más que fugazmente.
—Bien,
y o procuraré verla todavía menos.
—Y
ahora debo hablarte de « Bortan» .
—¿«
Bortan» ? Este nombre me resulta familiar.
—Tu perro. Yo acostumbraba a cabalgarlo cuando era niño
y golpeaba con mis piernas sus grandes flancos
acorazados. Él gruñía
y protestaba y me agarraba
el pie, cariñosamente.
—Mi
« Bortan» ha estado muerto por tanto
tiempo, que ni
siquiera podría roer sus propios huesos,
si es que acaso excavase para
sacarlos al aire en una fantástica reencarnación.
—También
y o pensaba así. Pero dos días después que te fuiste tras tu última
visita, « Bortan» irrumpió ruidosamente en la
choza. Aparentemente, había seguido tu rastro
a través de media Grecia.
—¿Estás
seguro de que era « Bortan» ?
—¿Acaso
hubo otro perro del tamaño de un caballo
pequeño, con placas óseas en sus costados,
y mandíbulas como cepos para oso?
—No,
no lo creo. Ésa es probablemente la razón por la que
la especie se hay a extinguido. Los perros necesitan estar
acorazados para alternar con sus congéneres actuales. Deberían desarrollarse muchísimo más, ser más veloces,
y terriblemente agresivos. Si « Bortan» está todavía
vivo, es posiblemente el último perro sobre
la Tierra. Él y y o fuimos cachorros al mismo tiempo,
¿sabes?, y de ello hace y a tanto tiempo, que duele pensarlo. Aquel
día, cuando desapareció mientras estábamos cazando, pensé que había
sufrido un accidente. Lo busqué con ahínco hasta
llegar a la conclusión que había muerto. Por entonces, y
a era increíblemente viejo.
—Quizá
estaba herido y anduvo errante durante años. Pero cuando
le vimos por última vez, iba siguiendo tu rastro y no queda duda
que era « Bortan» . Cuando comprobó que te
habías ido, se puso a
aullar lastimeramente y reemprendió de nuevo tu búsqueda.
Desde entonces, no lo hemos vuelto a
ver. Sin embargo, algunas veces, entrada la noche,
oigo sus ladridos de caza por las colinas…
—Ese
maldito perro testarudo y necio debería saber que no vale la pena preocuparse
tanto por nada.
—Los
perros eran seres raros.
—Sí,
ciertamente, lo eran.
Y
entonces, el viento de la noche, enfriado a través de los arcos de los años,
acudió buscándome como un sabueso. Lamió mis ojos. Cansados, se cerraron.
Grecia está
podrida de
leyendas, preñada de amenazas. Muchas áreas de
tierra firme cercanas a los Sitios Ardientes son
históricamente peligrosas. Se debe esto a que, si bien en teoría
la
Oficina gobierna la Tierra, en realidad
solamente se ocupa de las islas. El personal burocrático
de gran parte de tierra firme viene a ser algo
así como los Inspectores de Impuestos del siglo
veinte en determinadas áreas de las colinas. En
cualquier temporada, son caza fácil.
Las islas
sufrieron menos daños que el resto
del mundo durante los Tres Días,
y en consecuencia fueron las lógicas
avanzadillas para las oficinas de distrito mundiales cuando los taleritas
decidieron que no nos vendría mal un poco de administración. Los
continentales siempre estuvieron opuestos a
esta clase de idea. Además, en las
regiones en torno a los Sitios Ardientes, los nativos
no siempre son completamente humanos. Todo esto forma un conglomerado de
histórica antipatía con pautas de comportamiento anormal. Esta es la
razón por la cual Grecia es tan difícil de regentar.
Pudimos
haber navegado costa arriba hasta Bolos. Pudimos
haber volado hasta Bolos. Pero My shtigo quería darse
una caminata desde Lamia, para pasear y
disfrutar el vigorizante efecto de
un escenario extraño, rebosante de leyenda. Este es
el motivo por el que dejamos los « skimmers» en
Lamia. Y es la razón por la cual caminamos hacia Bolos.
Y
ésta fue la causa por la que topáramos con la leyenda.
Me
despedí de Jasón en Atenas. Se disponía
a remontar la costa en un barco de vela.
Muy sensato.
Phil
había insistido en soportar la caminata, en lugar de
volar. Prefirió tomarnos delantera y reunirse con
nosotros más arriba del trayecto. Fue también una
decisión bastante acertada, quizá,
y en cierto modo, según se mire…
La
ruta hacia Bolos se extravía por entre la espesura. Pasa por
entre altos peñascales, alguna que
otra aglomeración de cabañas y campos de amapolas. Cruza
pequeños arroyos, penetra por laderas de colinas,
a veces surca por encima de
montes. Se ensancha y
se estrecha sin causa visible.
Era
todavía temprano aquella mañana. El cielo tenía algo
de espejo azul, y a que la luz solar parecía
descender desde todas partes. En
los sitios sombreados, una ligera humedad seguía
destilando del césped y de las hojas inferiores de los
árboles.
Fue
en un interesante claro a lo largo del camino a Bolos donde encontré a un medio
tocayo.
Aquel
lugar había sido tiempo atrás una especie de sagrario sepulcral, allá
por los verdaderos Viejos Tiempos. Acudía allí con
bastante frecuencia en mi juventud porque me gustaba
cierta cualidad en su ambiente, algo especial que
supongo es eso llamado « paz» .
Algunas veces encontré allí la medio-gente o los
no
existentes, o soñé excelentes sueños, o bien
encontré cacharros de
antigua alfarería, o cabezas de estatuas, y otras cosas
por el estilo, las cuales podía
vender en Lamia o en Atenas.
Ningún sendero conduce
a este lugar. Es preciso saber dónde se halla. No les habría conducido hasta
allí, a no ser por que Phil venía con nosotros y y o
sabía que le encanta cualquier cosa que huela a recinto sagrado, a significado
oculto, a cortinas que se deslizan para desvelar oscuros sucesos del
pasado, etcétera.
Hay una
corta y pronunciada senda que baja hacia
un claro con forma ovoide, de unos
cincuenta metros de largo y unos veinte de ancho. Uno de
los extremos se une a una planicie producida por la erosión de
la roca. Una
honda caverna, habitualmente vacía, se abre al final.
Algunas piedras medio hundidas, casi
cuadradas, se esparcen de un modo aparentemente casual. Parras silvestres crecen en torno al perímetro del
lugar y en el centro se eleva un enorme y
antiguo árbol, cuy as ramas forman un enrejado sobre
toda el área, manteniéndola sombreada el día
entero. Por esta causa, es difícil ver con
claridad una vez dentro del calvero.
Pero
pudimos ver a un sátiro en el centro, mondándose la nariz.
Vi
la mano de George bajando hacia su pistola. Le cogí del hombro, capté su mirada
y sacudí la cabeza en negativa. Encogiéndose de hombros, asintió, apartando la
mano de la culata.
Extraje de mi cinto el caramillo de
pastor que le pedí a Jasón. Hice señales a los demás para que se
agazapasen, permaneciendo donde estaban. Avancé unos
pasos más y alcé la flauta de Pan hacia mis labios.
Mis
primeras notas fueron un tanteo melódico. Había transcurrido demasiado tiempo
desde que toqué el caramillo por última vez.
Las
orejas del sátiro se aguzaron hacia adelante y miró por todo su alrededor. Hizo
rápidos amagos en tres distintas direcciones. Como una ardilla sobresaltada que
no supiese a qué árbol brincar.
Después permaneció quieto, estremeciéndose, al oír
una vieja tonadilla que y o
lanzaba al aire.
Proseguí interpretando, recordando…,
recordando las zampoñas, las melodías, y las
cosas amargas, dulces
y embriagadoras que realmente siempre he
conocido. Todo ello volvió a mí mientras estaba
tocando para el pequeño sujeto de
patas semejantes a bombachos peludos: la digitación
y el control del viento soplado, los arpegios suaves, las escalas agudas,
las espinas de sonido, las cosas que
solamente el caramillo puede expresar con exactitud.
No puedo tocarla en las ciudades, pero súbitamente volvía a
ser y o, y vi rostros por entre las hojas y oí el
rumor de pezuñas. Avancé algo más.
Como
en un sueño, me vi de pie, mi espalda contra el árbol y todos a mi alrededor.
Se bamboleaban oscilando de pezuña en pezuña, no permaneciendo nunca quietos.
Toqué para ellos como lo había hecho tan frecuentemente años antes, sin saber si eran los mismos que me oyeron
entonces, y, en verdad, sin importarme tampoco que fuera así o no.
Hacían cabriolas en mi alrededor.
Reían mostrando blanquísimas dentaduras y
sus ojos bailaban. Trenzaban círculos, embistiendo el aire
con sus cuernos, perneando en alto con sus
patas cabrías, arqueándose muy hacia adelante,
botando en el aire, pateando la tierra.
Cesé
de tocar bajando el caramillo.
No era una
inteligencia humana la
que me examinaba desde aquellos salvajes y
oscuros ojos, al petrificarse todos como estatuas,
simplemente inmovilizados, contemplándome.
Levanté el caramillo una
vez más, lentamente. Esta vez toqué la última canción que alguna
vez compuse. La recordaba
perfectamente. Era algo así como una endecha, como un
canto fúnebre. La interpreté una noche cuando decidí que
Karaghiosis debía morir.
Había
presentido y a la falacia del Retorno. Ellos no regresarían, nunca volverían.
La Tierra moriría. Yo había bajado por los Jardines y toqué aquella última
melodía que aprendí del viento y quizá también de las estrellas. Cuando la
terminé, no volví a tocarla. Al día siguiente, el gran barco resplandeciente de
Karaghiosis se desmenuzó en la bahía de Pireo.
Los
sátiros se sentaron pausadamente en el césped. De vez en cuando, uno se frotaba
los ojos con gesto lastimero. Todos estaban a mi alrededor, escuchando
atentamente.
Ignoro
cuánto tiempo estuve tocando.
Cuando terminé, bajé el caramillo y me senté. Pasaron unos
instantes y uno de ellos alargó el brazo,
tocó el caramillo y retiró la mano rápidamente. Alzando
la vista, me miró.
—Marchaos
—dije, pero no parecían comprenderme.
Por consiguiente,
alcé la flauta de Pan y toqué
de nuevo los últimos compases.
«
La Tierra está muriéndose, agonizando. Pronto estará muerta… Volved a vuestros
hogares, la reunión ha terminado. Es tarde, es tarde, tan tarde…»
El
mayor de ellos sacudió su cabeza.
«
Marchaos, marchaos ahora. Estimad el silencio. ¿Qué esperan los dioses ganar?
Nada. Todo fue un juego. Marchaos, marchaos ahora. Es tarde, es tarde, tan
tarde…»
Pero ellos
todavía permanecían sentados allí. Me
puse en pie, entrechoqué mis palmas y grité:
—¡Idos!
Me
alejé rápidamente.
Reuniéndome
con mis compañeros, les precedí, dirigiéndome hacia la carretera.
Hay aproximadamente unos
sesenta y cinco kilómetros desde Lamia a Bolos,
incluyendo el rodeo en torno al Sitio Ardiente.
Cubrimos quizá una quinta parte de aquella distancia el primer día.
Aquella noche, instalamos
nuestro campamento en un claro a un lado de
la carretera, y Diane vino junto a mí.
Dijo
escuetamente:
—¿Y
bien?
—¿Y
bien, qué?
—Acabo
de comunicar con Atenas. Nada. El Radpol sigue en silencio. Quiero saber ahora
tu decisión.
—Estás
tú muy decidida. ¿Por qué no podemos esperar un poco más?
—Ya hemos esperado
demasiado. Supongamos que decida terminar este viaje antes
del tiempo convenido… Este paraje campestre
es perfecto. Aquí pueden sobrevenir tan fácilmente los
accidentes… Además, tú y a sabes lo que el Radpol diría.
Lo mismo que antes, y significaría lo mismo que
antes: matar.
—Mi
respuesta es también la misma que antes: no. Pestañeó rápidamente, bajando la
cabeza.
—Vuelve
a pensarlo, por favor.
—No.
—Pero,
¿hablas completamente en serio acerca de proteger a Myshtigo?
—Sí.
—Entonces
puedes hacer algo fácil —especificó ella—.
Olvídalo. Todo el asunto. Lávate las manos en este
caso. Acepta
la oferta de Lorel y consíguenos un
nuevo guía. Puedes emprender el vuelo lejos de aquí por
la mañana.
—No.
—¿Persistes
entonces en proteger a My shtigo?
—Sí.
—No
quiero que resultes herido o algo peor.
—Tampoco
a mí me agrada particularmente esa posibilidad.
O sea, que puedes ahorrarnos a ambos un
montón de molestias con abandonar el proy ecto.
—No
puedo hacerlo.
—Dos
Santos hará lo que tú le digas.
—El
problema no es de orden administrativo. ¡Maldita sea! ¡Ojalá nunca te hubiera
conocido!
—Lo
siento.
—La
Tierra está en juego y tú te colocas del lado equivocado.
—Creo
que eres tú la equivocada.
—¿Qué
piensas hacer?
—Como
no puedo convencerte, impediré simplemente que
logres tu propósito.
—No
puedes anular al secretario del Radpol y a su
consorte sin motivo evidente. Políticamente,
somos quisquillosos.
—Lo
sé.
—Por
lo tanto, no podrías perjudicar a Don, y
no creo que pretendas hacerme daño
a mí.
—Tienes
razón.
—Entonces,
solamente queda Hasán.
—De
nuevo tienes razón.
—Y
Hasán es… Hasán. ¿Qué harás?
—¿Por
qué no le entregas ahora mismo su licencia para que se vay a y me ahorras
alguna molestia?
—No
lo haré.
—Ni
pensé que lo harías.
Diane
alzó el semblante. Sus ojos estaban húmedos, pero su rostro y su voz seguían
sin variación.
—Si
acaso resultase que tú tenías razón y nosotros estábamos equivocados — afirmó
ella—, lo siento y a desde ahora.
—Yo
también. Mucho, mucho más de lo que te puedas imaginar.
Aquella
noche dormité dentro de la posible trayectoria a tiro de cuchillo
de Myshtigo, pero no ocurrió nada ni hubo ningún
intento. La mañana siguiente
transcurrió sin acontecimientos, lo mismo que
la may or parte de la tarde.
En
un momento que nos detuvimos para
tomar fotografías de una ladera, dije:
—My
shtigo, ¿por qué no vuelves a tu
hogar? ¿O bien regresas a Taler? ¿O te vas a
cualquier sitio? ¿O escribes cualquier otra clase de libro?
Cuanto más nos alejemos de la civilización,
tanto menor será mi poder para protegerte.
—Me
diste una automática, ¿no recuerdas? Amagó el gesto de disparar con su diestra.
Hubiese
dado cualquier cosa para que no fuese tan
introvertido, tan ausente, tan despreocupado sobre su propio
bienestar. Empezaba a odiarle. No podía comprenderle. No
había manera de que hablase como no fuera para solicitar
alguna información o contestando brevemente a una pregunta.
Y siempre que contestaba lo hacía de modo altivo,
insultante, hermético. Era un vanidoso, consentido, insoportable
y además azul. Realmente me hacía dudar de la tradicional
filosofía, filantropía y sentido periodístico superior atribuido a los
«
shtigo-gens» . Definitivamente no me era nada simpático.
Pero aquella
noche le hablé a Hasán, después de
haberle tenido constantemente vigilado con un ojo
(el azul) durante todo el día.
Estaba
él sentado junto al fuego, con el aspecto de un bosquejo de Delacroix. Ellen y
Dos Santos descansaban cerca, bebiendo café. Desempolvé mi árabe y
me acerqué a Hasán.
—La
paz sea contigo.
—Y
contigo.
—No
intentaste matarle hoy.
—No.
—¿Tal
vez mañana?
Se
encogió de hombros.
—Hasán…,
mírame. Lo hizo.
—Fuiste
contratado para matar al azul. Volvió a encoger los hombros.
—No es preciso
que lo niegues, ni lo admitas. Lo sé. No puedo permitirte que lo
hagas. Devuelve el dinero que Dos Santos te hay a pagado y sigue
tu camino. Puedo proporcionarte un « skimmer» por la mañana. Te llevará
a cualquier parte del mundo, donde desees ir…
—Pero
es que y o soy feliz aquí, Karaghiosis.
—Dejarás
de ser feliz muy pronto si le ocurre cualquier cosa al azul.
—Soy
un escolta, Karaghiosis.
—No,
Hasán. Tú eres un hijo de camello dispéptico.
—¿Qué
es dispéptico, Karaghiosis?
—No
conozco la palabra equivalente en árabe, y tú
no comprenderías la griega. Espera, que y
a encontraré otro
insulto mejor… Eres un cobarde y
un comedor de carroña y un acechador de callejones, porque eres mitad chacal y
mitad simio.
—Puede
que tengas razón, Karaghiosis, mi padre decía que y o había nacido para ser
desollado vivo y descuartizado en gran cantidad.
—Hasán,
resulta dificultoso insultarte adecuadamente, pero quiero
advertirte que el azul no debe sufrir daño alguno.
—No
soy sino un humilde escolta.
—No me hagas reír. Posees la
astucia y el veneno de una serpiente. Eres astuto y
traicionero. También eres maligno.
—No,
Karaghiosis. Te doy las gracias,
pero no es verdad. Tengo siempre el orgullo
de cumplir mis compromisos. Eso es todo.
Esta es la ley por la que vivo. Tampoco puedes insultarme
de modo que y o te rete a duelo, permitiéndote
elegir a manos desnudas, a daga o a sable.
No. Yo no me ofendo.
—Entonces,
anda con tiento. Tu primer movimiento agresivo hacia el vegano será el último
que harás.
—Si
así está escrito, Karaghiosis…
—Y
llámame Conrad.
Me
aparté, alejándome inundado de malos pensamientos.
Al
día siguiente recorrimos más de una docena de kilómetros, lo cual era ir
bastante aprisa. Y fue aquella misma noche cuando sucedió.
Nos
recostamos en torno a un fuego. Era un fuego precioso, que ondeaba su brillante
ala contra la noche, que nos calentaba, y olía a madera, impulsando un arabesco
de humo en el aire. Precioso.
Hasán
estaba sentado, limpiando su escopeta de cañón de aluminio. Tenía la cámara y
la culata de plástico y era realmente ligera y manejable.
Mientras
la estaba pulimentando, el cañón se puso horizontal, se movió lentamente en
arco y apuntó directamente a Myshtigo.
Lo hizo de
un modo completamente casual, limpiamente, y
debo reconocerlo así.
Aquella maniobra duró cerca de media hora, y había adelantado el cañón con
movimientos casi imperceptibles.
De
todos modos, gruñí cuando aquella posición de tiro
se grabó en mi cerebelo, y en tres
zancadas estuve a su lado.
Le
arrebaté el arma de sus manos.
Fue a
golpear contra algunas piedras pequeñas, a unos
dos metros de distancia.
La mano me quedó hormigueando del bofetón que asesté a
la escopeta.
Hasán
estaba y a en pie, sus dientes moviéndose a uno y otro lado dentro de su barba,
chasqueando juntos, como pedernal y acero. Casi podía ver las chispas.
—¡Dilo!
—le incité—. Vamos, ¡di algo! ¡Cualquier cosa! ¡Sabes condenadamente bien lo
que estabas haciendo!
Sus
manos se engarfiaron.
—¡Vamos,
golpéame! —le azucé—. Bastará con que me toques. Entonces lo que te haga, será
legítima defensa. Ni el propio George será capaz de recomponerte.
—Yo
estaba simplemente limpiando mi escopeta. La has estropeado.
—Tú
no eres de los que encañonan armas por accidente. Te disponías a matar a
Myshtigo.
—Estás
equivocado.
—Vamos,
golpéame. ¿O acaso eres un cobarde?
—No
tengo ningún motivo de disputa contigo.
—Eres
un cobarde.
—No,
no lo soy.
Tras
unos pocos segundos de silencio, sonrió.
—¿Temes
desafiarme? —preguntó.
Y
allí empezó la cosa. Era la única manera.
El primer movimiento
tenía que hacerlo yo. Hubiese preferido que no fuese así.
Había esperado que pudiese encolerizarle o avergonzarle o
provocarle para que me golpease o me retase.
Supe
entonces que no podría.
Lo
cual era mala cosa, muy mala.
Estaba
y o bien seguro de que podía vencerle con
cualquier arma que
se me ocurriera nombrar. Pero si iba a ser a
su manera, las cosas podían resultar
distintas. Todo el mundo sabe que hay algunas personas con
aptitud para la música. Pueden oír una
composición una sola vez y sentarse a interpretarla en el piano a
continuación. Pueden tomar un instrumento desconocido
y en pocas
horas lo hacen sonar como si lo hubiesen pulsado
durante
años. Son hábiles, muy hábiles en este arte, tienen
esa clase de talento. Una capacidad de coordinar una
íntima percepción con una serie de nuevas acciones.
Hasán era así, pero con
las armas. Tal vez otras personas tengan también esta
cualidad, pero no van por el mundo llevándola a
la práctica, por lo menos no durante décadas y décadas. Tenía habilidad
con cualquier arma, desde el rudimentario boomerang hasta el bazooka.
El código de duelo proporcionaría a Hasán la elección
de arma, y era
el asesino más refinadamente experto que jamás conocí.
Tenía
que ponerlo en su sitio, y comprendí que aquél era el único medio de hacerlo, a
menos de asesinarle por la espalda. Debía jugar en su propio terreno.
—Conforme
—dije—. Te desafío a duelo. Su sonrisa se hizo más amplia.
—De
acuerdo, y aceptamos ambos ante testigos. Nombra tu segundo.
—Phil
Graber. Nombra el tuyo.
—El
señor Dos Santos.
—Muy
bien. Da la casualidad que tengo en mi maletín
un permiso de duelo, los impresos adecuados y he
pagado el impuesto de muerte para una persona.
O sea, que no hay necesidad
de demorarlo mucho. ¿Cuándo, dónde, y cómo quieres
que se haga?
—Aproximadamente
a un kilómetro de aquí, pasamos ante un buen claro despejado.
—Sí,
lo recuerdo.
—Nos
podemos encontrar allí mañana al amanecer.
—Hecho.
¿Y en cuanto a armas…?
Fue a recoger su
mochila, abriéndola. De su interior brotaron las armas más dispares:
objetos afilados, ovoides incendiarios,
tiras retorcidas de metal y cuero…
Extrajo
dos objetos y cerró la mochila.
Noté
que mi corazón se aceleraba en repentina taquicardia.
—La
honda de David —anunció Hasán. Las inspeccioné.
—¿A
qué distancia?
—Cincuenta
metros.
—Has
hecho una excelente elección —le dije, y a que no he usado una honda desde hace
más de un siglo—. Me gustaría que me prestases una esta noche, para practicar.
Si no quieres prestármela, puedo confeccionarme una.
—Puedes
llevarte la que prefieras, y practicar toda la noche con ella.
—Gracias.
Seleccioné
una y la colgué de mi cinto. Fui después a recoger una de nuestras tres
linternas eléctricas.
—Si alguien me necesita,
estaré en el claro que hemos mencionado
—dije— y no olviden colocar centinelas esta noche. Es
una zona peligrosa.
—¿Quieres
que vaya contigo? —preguntó Phil.
—No.
Gracias, de todos modos. Iré solo. Ya nos veremos.
—Entonces,
buenas noches.
Eché
a caminar desandando un trecho de carretera hasta
llegar al claro. Instalé la linterna a
un extremo del lugar, de modo que reflejase sobre
un grupo de arbustos,
y me desplacé al otro extremo.
Fui
recogiendo algunas piedras y volteando la honda, tiré una hacia un árbol.
Fallé.
Lancé
una docena de piedras, dando en el blanco con cuatro de ellas.
Seguí
practicando. Al cabo de una hora más o menos, y a
daba en el blanco con algo más de
regularidad. Pero así y todo, no podría competir
con Hasán a cincuenta metros.
La
noche fue transcurriendo y y o seguí volteando la honda. Después de cierto
tiempo, alcancé lo que parecía ser mi puesta a
punto máxima en cuanto a puntería. Unos seis tiros
de cada once daban atinadamente donde y o deseaba.
Pero comprobé que
tenía algo a mi favor, mientras imprimía el giro
a la honda y enviaba otra piedra a restallar contra un árbol.
Lanzaba mis tiros con una fuerza tremenda. Eligiese lo que fuera como diana,
había mucha potencia tras el golpe. Había hecho y
a añicos varios de los
árboles más pequeños, y estaba seguro de
que Hasán no podía hacer lo mismo ni
con el doble de golpes. Si podía atinarle a él,
estupendo. Pero toda la fuerza
del mundo carecía de eficacia si no podía aplicarla
contra él.
Y en cambio, tenía
la certeza que él sí que podía acertar. Me pregunté
hasta qué límite podría y o
aguantar el ataque en granizada y seguir
actuando después de encajarlo.
Dependería,
lógicamente, del lugar anatómico donde él me golpease.
Dejé caer la
honda y saqué la automática de mi cinto cuando
oí quebrarse una rama, a lo lejos,
a mi izquierda. Hasán apareció en el claro.
—¿Qué
quieres? —le pregunté.
—Vine
a ver cómo iban tus prácticas —dijo, observando los árboles destrozados.
Encogiéndome
de hombros, enfundé mi automática y recogí la honda.
—Apenas
asome el sol, y a te enterarás.
Caminamos
a través del calvero y descolgué la linterna. Hasán estudió un arbusto que
momentos antes se había convertido en astillas. No dijo nada.
Regresamos
al campamento. Todo el mundo, menos Dos Santos, se había amparado en sus
tiendas. Don era nuestro centinela. Paseaba por el perímetro de alarma,
llevando un rifle automático. Agitamos la mano en su dirección y entramos en el
campamento.
Hasán
plantaba siempre una Gauzy, una tienda de capa unimolecular, opaca,
liviana como una pluma, y muy recia, casi impenetrable. Pero de todos modos,
nunca dormía en su interior. La empleaba simplemente para guardar sus
pertenencias.
Me
senté sobre un tronco ante la fogata y Hasán se agachó para
entrar en su tienda. Reapareció un instante después, con su
pipa y un trozo de materia endurecida de aspecto resinoso, que
procedió a desmenuzar y moler entre sus dedos. Lo mezcló con un poco
de hilachas melosas y rellenó la cazoleta
de su pipa.
Cuando
logró encender la mezcla con una astilla del fuego, se sentó a fumar a mi lado.
—No
quiero matarte, Karaghiosis —dijo.
—Comparto
este sentimiento. No deseo en modo alguno ser liquidado.
—Pero
vamos a pelear al amanecer.
—Sí.
—Podrías
retirar tu desafío.
—Podrías
irte en un « skimmer» .
—No
lo haré.
—Tampoco
y o retiraré mi reto. Al cabo de un rato, comentó:
—Es
penoso, muy penoso, que dos de nuestra categoría deban
pelear por culpa del azul. No vale ni tu vida ni la mía.
—Es verdad,
pero está implicado mucho más que su
vida solamente. El futuro de este planeta se halla
relacionado de alguna manera con lo que él está haciendo.
—De
estas cosas no entiendo, Karaghiosis. Yo peleo por dinero. No tengo
otra profesión.
—Lo
sé.
La
fogata iba extinguiéndose. La alimenté con más madera. Hasán preguntó:
—¿Recuerdas
aquella vez que bombardeamos la Costa de Oro, en Francia?
—Lo
recuerdo.
—Además
de los azules, matamos a mucha gente.
—Sí.
—El
futuro del planeta no se alteró por aquella matanza, Karaghiosis. Aquí estamos,
muchos años después de aquello, y nada ha cambiado.
—Lo
sé.
—¿Y recuerdas los
días cuando nos agazapábamos en un hoy o de
una ladera dominando la bahía
de Pireo? Tú me suministrabas las cintas de munición y y
o ametrallaba los barcos cañoneros, y
cuando empezaba a cansarme, tú manipulabas la ametralladora. Disponíamos
de mucha munición. La Guardia de la
Oficina no aterrizó aquel día ni el siguiente.
No ocuparon Atenas ni lograron abrir brecha en
el Radpol. Y nosotros charlábamos allí sentados, aquellas
noches, esperando que llegase el rayo luminoso… En aquella
ocasión, me hablaste de los Poderes en el Cielo.
—Lo
he olvidado…
—Pero y
o, no. Me contaste que había hombres como nosotros que
vivían arriba en el aire, por las estrellas. Y también, que
estaban por allá los azules. Algunos de los hombres, dijiste,
buscaban congraciarse con los azules y para ello tratarían
de venderles la Tierra, para que la
convirtiesen en un museo. Otros, añadiste, no querían que
esto sucediese, deseaban que las cosas permaneciesen como están ahora, siendo
la Tierra propiedad de
ellos y gobernada por la Oficina.
Los azules estaban divididos en dos bandos sobre esta cuestión,
porque había un problema ético y legal.
»
Existía un compromiso y les fueron vendidas a los azules
algunas áreas limpias, que
ellos emplearon como lugares turísticos, y desde
las cuales viajaban en giras por el resto de la Tierra.
» Pero tú
querías que la Tierra perteneciese solamente a los de
la Tierra. Dijiste que si les dábamos a los azules
solamente un palmo, luego querrían la Tierra
entera. Tú deseabas que
los hombres que ahora viven por las estrellas
volvieran para reconstruir las
ciudades, enterrar los Sitios Quemantes y matar a
las bestias que ahora predominan sobre los hombres.
Hasán exhaló
una densa y aromática humareda de su pipa, antes de proseguir
su evocación:
—Mientras estábamos sentados esperando el
rayo luminoso, la bola de fuego, dijiste que estábamos en
guerra, no a causa de nada que pudiéramos ver, oír, sentir
o probar, sino a causa de los Poderes en el Cielo, quienes
nunca nos habían visto, y a quienes nunca veríamos. Los Poderes
en el Cielo habían hecho aquello, y debido a ello
los hombres tenían que morir aquí en la Tierra. Dijiste
que mediante la muerte de hombres y de azules
los Poderes podrían retornar a la Tierra. Aunque
nunca lo hicieron. Quedó únicamente la muerte.
Volvió
a aplicar un tizón a su pipa, que se apagaba.
—Y fueron los Poderes
en el Cielo los que al final nos salvaron, porque
debían ser consultados antes de que la bola luminosa pudiera
ser quemada sobre Atenas. Le recordaron a la Oficina una
ley antigua, promulgada después de los
Tres Días,
especificando que la bola luminosa en forma de seta no debería
nunca más estallar en los cielos de la Tierra. Tú
pensaste que de todos modos la harían estallar, pero no
lo hicieron. Esa fue la causa por la que los
detuvimos en Pireo. Pero los Poderes nunca regresaron a
la Tierra. Y cuando la gente gana mucho dinero se
va lejos de aquí… y nunca regresan del
cielo. Nada de lo que hicimos en aquellos días ha
originado el menor cambio.
—Sin embargo, gracias a
nuestros esfuerzos, las
cosas han permanecido como estaban, sin empeorar —le dije.
—¿Qué
sucederá si este azul muere?
—No
lo sé. Quizá entonces las cosas se pongan peor. Si él está inspeccionando las
áreas por las que estamos pasando, como posibles terrenos aptos para ser
comprados por veganos, entonces se vuelve a repetir lo de antaño.
—¿Y
el Radpol volverá a combatirles, volverá a bombardearles?
—Eso
creo.
—Entonces
vayamos a matarle ahora mismo, antes de que vaya más lejos y vea más sitios.
—No es así
de sencillo…, ellos se limitarían a enviar otro.
Habría también repercusiones…, quizá detenciones en
masa de miembros del Radpol. El Radpol y
a no vive en constante estado
de alerta, como en aquellos días. La gente no
está preparada. Necesitarían tiempo para organizarse otra
vez. Este azul, por lo menos, lo tengo al
alcance. Puedo vigilarle, averiguar algo de sus planes. Y
si se hace necesario, puedo destruirle y o mismo.
Aspiró
su pipa. Volví a olfatear. Era algo como madera de sándalo.
—¿Qué
estás fumando?
—Procede de
un
lugar cercano a mi casa. Fui allá recientemente de
visita. Es una de las nuevas plantas que nunca
hasta ahora habían crecido por allí. Pruébala.
Aspiré
varias bocanadas que llegaron a mis pulmones. Al principio no ocurrió nada.
Continué aspirando, y al cabo de unos instantes experimenté una gradual
sensación de frescor y tranquilidad que se extendió a través de todos mis
miembros. El sabor era amargo, pero tranquilizaba. Le devolví la pipa. La
sensación continuó, se hizo más fuerte. Era muy agradable. No había sentido
aquella sedación, aquel relajamiento, desde hacía muchas semanas.
El
fuego, las sombras y el suelo en torno a nosotros
se volvieron súbitamente más reales. El aire nocturno,
la lejana luna, el rumor de los pasos de Dos Santos
resultaban de algún modo más claros que la propia
vida. Persistir en aquella
lucha me parecía ahora ridículo. La perderíamos
al final. Estaba escrito que la humanidad debería
ser en adelante como perros, gatos,
o chimpancés domesticados a disposición de los dominadores, los
veganos…
y en cierto modo no era tan mala idea.
Quizá
necesitábamos gente más sensata que nosotros, para vigilarnos, cuidar
de
nosotros y dirigir nuestras existencias. Habíamos convertido en un degolladero
nuestro propio mundo durante los Tres Días, y los veganos nunca habían sufrido
una guerra nuclear.
Los
veganos tenían en funcionamiento un eficiente gobierno interestelar,
con una inteligente elasticidad, que abarcaba docenas de
planetas. Cualquier cosa que hacían resultaba
estéticamente placentera. Sus propias vidas estaban
bien reglamentadas. Eran felices. ¿Por qué
no dejarles disponer plenamente de la Tierra?
Probablemente conseguirían efectuar una tarea mucho más compleja que
la que nosotros alguna vez hicimos. Y a fin de cuentas, ¿por qué no
ser sus peones laborales? No sería una mala vida. En el fondo,
sería mejor regalarles la vieja bola
de barro, llena de llagas radiactivas, poblada por tullidos
y mutilados.
¿Por
qué no?
Acepté
la pipa otra vez, para inhalar más paz. Resultaba
tan placentero poder olvidar y a todas esas cosas… No
pensar en nada que, al fin y al cabo, uno no
podía resolver. Simplemente estar allí sentado,
respirar en la noche, formar un solo elemento con el fuego y el viento
y a era suficiente. El universo estaba cantando su himno único. ¿Para
qué abrir el saco de caos y estropearlo todo?
Pero y
o había perdido
a mi Cassandra, mi morena embrujadora de Kos,
víctima de los necios e
insensatos poderes que mueven la Tierra y las aguas. Nada podía
anular mi sentimiento de gran pérdida. Era una
tristeza lejana, como aislada tras
cristales, pero seguía allí. Todas las pipas del
Oriente no podían mitigar aquella sensación. Yo no
quería conocer la paz. Necesitaba odiar. Necesitaba golpear a todas
las máscaras del universo —tierra, agua, cielo, Taler,
Gobierno de la Tierra y Oficina— de modo que tras una de
ellas pudiera encontrar aquel poder
que me la había arrebatado, y hacerle conocer
también lo que era el sufrimiento. No
quería conocer la paz. No quería estar a las
buenas con ninguno de los elementos que habían
dañado irreparablemente lo que era mío, por sangre y
por amor. Durante un rato, quise ser de nuevo Karaghiosis, acechándolo todo
a través del retículo de un teleobjetivo y pulsando un gatillo.
«
Oh, Zeus, de los rayos rojos ardientes, concédeme que
y o pueda quebrantar los Poderes en el Cielo.»
Devolví
nuevamente la pipa.
—Gracias,
Hasán, pero no estoy en forma para disfrutar del nihilismo del nirvana.
Me
puse en pie, dirigiéndome hacia el lugar donde había amontonado mi equipaje.
A
mis espaldas, oí la voz de Hasán:
—Lamento
tener que matarte al llegar la mañana.
El
mundo que nos rodeaba era radiante, claro y limpio, lleno del canto de los
pájaros.
Pero en el campamento, aquella mañana, cada semblante había perdido su
expresión.
Prohibí
el uso de la radio hasta después del duelo. Phil llevaba encima algunas piezas
esenciales del aparato, para asegurarse de que nadie lo haría funcionar.
Lorel
no sabría nada. Tampoco el Radpol. Nadie lo sabría, hasta que todo hubiese
acabado.
Ultimamos
los preliminares, se midió la distancia.
Ocupamos
nuestros sitios en los extremos opuestos del claro. El sol naciente estaba a mi
izquierda.
Dos
Santos interpeló:
—¿Preparados,
caballeros?
—Sí.
—Lo
estoy.
—Hago
un intento final para disuadir a ambos de esta clase de acción.
¿Alguno
de los dos desea volver a considerar su decisión?
—No.
—No.
—Cada
uno de vosotros dispone de diez piedras de similar tamaño y peso. El primer
lanzamiento es concedido, lógicamente, al que fue retado. Hasán.
Ambos asentimos.
—Podéis empezar.
Phil retrocedió y
y a no quedó más que cincuenta metros de aire
separándonos. Ambos nos habíamos colocado de perfil, a fin
de presentar el menor blanco posible. Hasán encajó su primera piedra en la honda.
Le aceché mientras volteaba rápidamente el aire
a un lado, y repentinamente su brazo avanzó.
Hubo
un ruido crujiente a mis espaldas. No sucedió nada más.
Había
fallado.
Coloqué
una piedra en mi propia honda y fustigué el aire
hacia atrás y en torno. El aire
suspiró agudamente mientras iba y o cortándolo.
Lancé el proyectil
con toda la fuerza de mi brazo derecho.
Arañó
su hombro izquierdo, tocándolo apenas. Fue principalmente piel lo que surcó.
La
piedra rebotó de árbol en árbol detrás suyo, antes de desaparecer.
Entonces,
todo quedó muy quieto. Los pájaros habían abandonado su
concierto matutino.
Dos
Santos interpeló:
—¡Señores!
Cada uno ha tenido una oportunidad de liquidar
su querella. Puede decirse que os
habéis enfrentado uno al otro con honor, desfogando
vuestra cólera, y ahora estáis satisfechos.
¿Deseáis parar el duelo?
—No
—dije.
Hasán
se frotaba el hombro y denegó con la cabeza.
Colocó
la segunda piedra en su honda,
la hizo girar en poderoso molinillo
y me la lanzó.
Me
dio de lleno entre la cadera y las costillas. Caí al suelo y todo se volvió
negro.
Un
segundo después, las luces volvieron a brillar, pero estaba y o
doblado y algo con un millar de
dientes me tenía agarrado por el costado y no
quería soltarme.
Los
testigos estaban corriendo hacia mí, pero Phil
con ademanes imperiosos les hizo retroceder.
Hasán
seguía en su sitio. Dos Santos se acercó.
—¿Cómo
vas? —me preguntó Phil afablemente—. ¿Puedes levantarte?
—Claro
que sí. Necesito un minuto para normalizar el resuello y que aminore este
ardor, pero me levantaré.
—¿Cuál
es la situación? —preguntó Dos Santos. Phil le explicó cómo iban las cosas.
Oprimí
mi herida con la mano y de nuevo estuve en pie, aunque lo conseguí lentamente.
Un
par de centímetros más arriba o más abajo y algo óseo hubiera podido romperse.
Tal como era, sólo dolía infernalmente.
Froté el impacto, moví mi brazo derecho
en varios círculos para comprobar el juego de
músculos de aquel costado.
Luego
recogí la honda y encajé una piedra en ella.
Esta
vez acertaría. Tenía la corazonada de que así iba a ser. La giré repetidamente
y salió veloz.
Hasán
se desplomó, aferrándose el muslo izquierdo. Dos Santos acudió a su lado.
Hablaron.
La
túnica de Hasán había amortiguado el golpe,
haciéndolo deslizarse en parte. La pierna no
estaba rota. Continuaría apenas pudiera sostenerse en pie.
Empleó
cinco minutos en darse masaje, y de nuevo se puso en pie. Durante aquel
intervalo, mi dolor había sido sustituido por un latido pulsante.
Hasán
seleccionó su tercera piedra.
La
encajó lentamente, cuidadosamente…
Me
tomó las medidas. Y entonces empezó a azotar el aire con la honda…
Y en todo aquel
breve tiempo tuve la sensación, que fue creciendo, que
debería inclinarme un poco más hacia mi derecha. Así
lo hice.
Hasán
lanzó su piedra.
Rascó
mi mejilla y rasgó mi oreja izquierda. Repentinamente, toda mi mejilla
izquierda estuvo húmeda.
Ellen
gritó, brevemente.
Si
llego a estar un poco más a la derecha, no la hubiese oído. Era mi turno, otra
vez.
Lisa,
gris, la piedra tenía el tacto de la muerte en torno a ella…
«
Yo seré la decisiva» , parecía decirme.
Era
como uno de aquellos pequeños tirones que noto a veces en mi manga, llenos de
premonición. Son unos avisos muy personales, por los cuales siento un gran
respeto.
Me
enjugué la sangre de la mejilla. Encajé la piedra.
La
muerte cabalgaba en mi brazo derecho al alzarlo. Hasán debió notarlo también
porque vaciló en leve retroceso. Pude darme cuenta a través del descampado.
Y
la voz dijo:
—Todos
van a permanecer exactamente donde están y dejen caer sus armas.
La
voz habló en griego, o sea, que nadie salvo Phil, Hasán y y o lo comprendimos.
Quizá Dos Santos o Peluca Roja también. Todavía no lo sé.
Pero
todos nosotros comprendimos perfectamente el sentido del rifle automático que
llevaba el hombre, y las espadas, mazos, y cuchillos de las tres docenas más o
menos de hombres y semihombres que estaban tras él.
Eran
kouretes.
Los
kouretes son malos.
Siempre
consiguen su ración de carne. Humana o no. Habitualmente la comen asada.
El
que hablaba parecía ser el único que llevase arma de fuego…
Y
y o tenía un puñado de muertes dando giros muy arriba de mi hombro.
Decidí
obsequiarle con la piedra.
Mi
piedra le estalló en la cabeza.
—¡Matadles!
—grité.
Y
todos empezamos a hacerlo así.
George
y Diane fueron los primeros en abrir fuego. Luego, Phil encontró una pistola.
Dos Santos corrió hacia su equipaje. También Ellen fue allá, muy velozmente.
Hasán no
había necesitado mi orden para empezar la matanza.
Las únicas armas que él y y
o llevábamos eran las hondas. Los kouretes estaban, no obstante,
a menos de cincuenta metros de nosotros, y
su formación era compacta, de masa. Hasán tumbó
a dos con piedras bien colocadas, antes de que empezaran su
embestida. Yo tumbé a un tercero.
En
seguida, estuvieron a medio camino a través del
claro, saltando por encima de sus muertos y caídos,
aullando y gritando hacia nosotros.
Como dije, no
todos ellos eran humanos; había uno alto y flaco, con alas
de tres palmos llenas de pústulas, un par
de microcéfalos, con tanto cabello, que
parecían no
tener cabeza, un tipo que probablemente llevaba adherido a
su mellizo y tres enormes y macizos brutos, que seguían
avanzando, pese a los orificios de balazos en sus pechos y vientres.
Uno de estos últimos tenía unas manos que debían medir
aproximadamente tres palmos de largo
por dos de ancho y el otro parecía estar aquejado por
algo similar a elefantiasis. De los restantes,
algunos eran algo más normales en su apariencia,
pero todos, en conjunto, tenían un aspecto maligno y feroz, y o
bien llevaban jirones de trapos o ningún jirón de
trapo. Todos sin afeitar y además olían muy mal.
Lancé
otra pedrada y no tuve oportunidad de ver dónde atinó, porque por entonces y a
estaban encima de mí.
Comencé a aporrear con
los pies, los puños, los codos; no era cuestión
de andarse con miramientos. Los disparos fueron
decreciendo, y cesaron. El
dolor de mi costado resultaba bastante insoportable. De
todos modos, conseguí derribar a tres de ellos, antes de que
algo grande y romo me acertara a un lado
de la cabeza y cay era como
cae un hombre muerto.
Empezar
a ver en un caluroso lugar sofocante…
Empezar
a respirar en un caluroso lugar sofocante, que huele como un establo…
Empezar
a tener sensaciones en un tenebroso, sofocante y caluroso lugar que huele como
una pocilga…
Todo esto
no conduce realmente a la
tranquilidad mental, al sosiego estomacal, o
la reanudación de las actividades sensoriales sobre
su engranaje seguro y normal.
Apestaba
allí dentro y el calor era infernal, y o, en verdad, no deseaba inspeccionar el
puerco suelo desde demasiado cerca, sólo que estaba en una posición muy
propicia para hacerlo así.
Gimiendo,
me palpé todos los huesos, y con esfuerzo logré sentarme.
El
techo era bajo y declinaba aún más antes de juntarse
con la pared del fondo. La única
ventana al exterior era pequeña y enrejada.
Nos hallábamos en la
parte posterior de
una cabaña de madera. Había otra ventana
con rejas en la pared opuesta, pero daba al interior.
Más allá, había una estancia más amplia, y George y
Dos Santos estaban hablando a través de ella con
alguien que se hallaba en aquel otro lado. Hasán yacía
inconsciente o muerto a unos cuatro pasos de donde estaba y o; había sangre reseca en su cabeza. Phil, My
shtigo y las mujeres estaban
hablando en voz baja en la
esquina más alejada. Me frotaba la sien mientras todo
esto iba registrándose en mi mente. Mi costado
izquierdo dolía con firme constancia, y varias otras
porciones de mi anatomía habían decidido
unirse al juego. Si cada una de ellas
hubiese relucido
con
un color distinto, y o hubiese parecido un arco iris sicodélico.
—Ya
despertó —dijo Myshtigo.
—Hola
todo el mundo, aquí estoy de nuevo —les dije.
Acudieron
hacia mí y asumí una posición erecta. Era una pura bravata, pero me las arreglé
para sostenerla.
—Nos
han hecho prisioneros —dijo Myshtigo.
—Vaya… ¿De veras? No
lo habría adivinado.
—Cosas
como éstas no ocurren en Taler —manifestó—, ni en ninguno de los mundos del
complejo vegano.
—Pues,
es una lástima que no te quejases allá —le dije—. No olvides la cantidad de
veces que te pedí regresases a tus patrios lares.
—Esto
no nos habría ocurrido a no ser por tu duelo.
Entonces
fue cuando le abofeteé. Tuve el suficiente dominio
de mí mismo para no matarle. Era
sencillamente un tipo demasiado patético. Le golpeé
con el dorso de mi mano, proyectándolo contra
la pared.
—¿Tratas
de decirme que no sabes la razón por la que estuve
allí como un poste de tiro al blanco esta mañana?
—Debido
a tu disputa personal con mi guardaespaldas —declaró, frotándose la
mejilla.
—Una
disputa acerca de si él iba o no a matarte.
—¿A
mí? ¿Matarme…?
—Olvídalo.
—Vamos
a morir aquí, ¿no es cierto? —quiso saber.
—Esa
es la costumbre de la comarca.
Me
volví, alejándome y
contemplé al hombre que estaba estudiándome
desde el otro lado de los barrotes. Hasán se había
reclinado por entonces contra la pared del fondo, agarrándose la cabeza. No me había
dado cuenta de que se había levantado.
—Buenas
tardes —dijo el hombre tras las rejas, y lo dijo en inglés.
—¿Estamos
en la tarde? —le pregunté.
—Por
completo —replicó.
—¿Por
qué no estamos muertos? —le pregunté.
—Porque
os quería con vida —especificó—. Oh, no precisamente a ti solo, Conrad Nomikos,
comisionado de Artes, Monumentos y Archivos; también a tus distinguidos amigos,
incluy endo al poeta laureado. Yo quise que todo prisionero que ellos
capturasen fuera traído aquí con vida. Vuestras identidades son, para así
decirlo, condimentos.
—¿Con
quién tengo el placer de hablar? —pregunté.
—Es
el doctor Moreby —aclaró George.
—Es
su médico-brujo —dijo Dos Santos. Moreby corrigió sonriente:
—Prefiero
« chamán» o « jefe exorcista» .
Me acerqué
al enrejado y vi que era un hombre delgado,
curtido, bien afeitado, y que tenía todo su cabello
tejido en una enorme trenza negra, enroscada como una cobra en torno
a su cabeza. Tenía los ojos oscuros, bastante
juntos al caballete de la nariz, una frente muy
despejada, y una gran papada maxilar, que
llegaba más abajo de su nuez. Llevaba sandalias
de rafia, un sari de límpido
color verde, y un collar de huesos de dedos humanos. En
sus orejas, lucía grandes aretes de
plata, en forma de serpiente.
—Tu
inglés es bastante perfecto —comenté— y Moreby no es un apellido griego.
—¡Cielo
santo! —gesticuló graciosamente, remedando una burlona sorpresa
—.
No soy indígena. ¿Cómo pudiste ni por asomo confundirme con un nativo?
—Lo
siento. Ahora me doy cuenta de que vas demasiado bien vestido. Emitió una
risita falsa.
—Oh,
te refieres a estos trapos viejos. Acabo de ponérmelos. No,
no soy nativo. Soy de Taler. Leí cierta
literatura maravillosamente excitante sobre el
tema del Retornismo, y decidí regresar y ayudar a
reconstruir la Tierra.
—Ah…
¿Y qué sucedió entonces?
—La
Oficina, en aquella época, no contrataba a nadie, y experimenté alguna
dificultad en encontrar un empleo local. Por consiguiente, decidí entregarme a
trabajos de investigación. Este sitio está lleno de oportunidades para dicha
tarea.
—¿Qué
clase de investigación?
—Poseo dos
diplomas de graduado en antropología cultural, de
Nueva Harvard. Decidí estudiar a fondo una tribu de
los Sitios Ardientes…, y después de algunos halagos conseguí que
ésta me aceptase. Me dediqué entonces a educarles. Bastante
pronto fueron acatándome por todo este ámbito.
Maravilloso para mis planes. Después de algún
tiempo, mis estudios, mi trabajo social, pasaron a
segundo plano. Había cosas más sugestivas. Bien, y o supongo que ha
leído usted El fondo de las tinieblas…, y a sabe lo que quiero
decir. Las prácticas locales son…, digamos, básicas.
Encontré mucho más estimulante participar en ellas que
observarlas. En consecuencia, me tomé la responsabilidad de
volver a modelar algunas de
sus prácticas más toscas, para hacerlas más estéticas.
Así, después de
todo, procedí a educarles verdaderamente. Desde que
he llegado a este sitio, ellos hacen cosas
con mucho más estilo.
—¿Cosas? ¿Qué
cosas…?
—Bien, en
primer lugar, antes eran simples caníbales.
Muy simples. No sabían usar cierta sofisticación con sus
cautivos antes de matarlos. Cosas como éstas
son muy importantes. Si son efectuadas
adecuadamente le dan a uno categoría, ¿comprendes lo que
quiero decir? Encontré aquí, con toda seguridad,
una gran riqueza de costumbres, y supersticiones
y tabúes procedentes de muchas culturas
y eras milenarias. ¡Y lo tenía
todo al alcance de mis dedos!
Volvió
a gesticular.
—El hombre, y
hasta el semihombre y el hombre de
los Sitios Ardientes, es un ser amante de
los ritos, y y o conocía una buena cantidad
de prácticas y ceremonias similares.
En consecuencia, puse todo ello en orden
para su empleo adecuado y ahora ocupo una posición de
elevado honor.
—¿Qué
piensas hacer con nosotros?
—Las
cosas se iban poniendo últimamente bastante aburridas y los nativos
estaban ablandándose en inquietudes. Decidí que y
a era tiempo de efectuar otra ceremonia. Hablé
con Procrustes, el jefe guerrero, y sugerí que nos
proporcionase algunos prisioneros. Creo que es en la página 577 de la
edición abreviada de El ramillete dorado donde
se especifica: «
Los tolaki, notorios cazadores de cabezas de las
islas Célebres
Centrales, beben la sangre y comen los
sesos de sus víctimas para adquirir así mayor bravura. Los
italones de las islas Filipinas beben la sangre de sus enemigos
muertos, y comen parte del sector posterior de
sus cabezas y de sus entrañas, crudas,
para adquirir el valor de sus enemigos» .
Bien, ahora disponemos de la lengua de un poeta, la sangre de
dos formidables luchadores, los sesos de un
científico muy distinguido, el hígado bilioso de un fogoso
político, y la interesante coloración carnal de un
vegano… Todo reunido en esta única sala. Todo un
botín, diría y o.
—Has
logrado expresarte en forma suficientemente clara —hice notar—. ¿Y
qué
pasará con las mujeres?
—Oh, para ellas elaboraremos un
extenso rito de fertilidad que culminará en un
prolongado sacrificio.
—Comprendo.
—Bien,
pero hay otra posibilidad: tal vez permitamos que todos vosotros continuéis
vuestro viaje, sin ser molestados.
—¿Ah,
sí?
—Sí. Procrustes tiene
predilección por dar a sus cautivos una oportunidad de medir sus
facultades, de ser probados,
y eventualmente redimirse ellos mismos. En
este aspecto es muy cristiano.
—Haciendo
honor a su nombre, supongo.
Hasán
acudió y permaneció a mi lado, acechando a Moreby a través del enrejado.
—Oh, excelente, excelente
—dijo Moreby —. De veras que me gustaría tenerte
aquí algún tiempo, ¿sabes? Tienes sentido del humor. La mayoría de los
kouretes carecen de esta cualidad, aun cuando tienen grandes condiciones. Seguramente simpatizarían contigo…
—No
te molestes. Prefiero que me digas algo sobre el medio de redención.
—Bien.
Somos los custodios del Hombre Muerto. Es mi creación culminante. Estoy seguro
de que uno de vosotros dos lo comprobará durante su breve relación con él.
Miró
alternativamente a Hasán y a mí.
—He
oído hablar de él —dije—. Dime qué hay que hacer.
—Eres
requerido a elegir un campeón para pelear con él, esta noche, cuando resucite
de nuevo de entre los muertos.
—¿Qué
es?
—Un
vampiro.
—Tonterías.
¿Qué es realmente?
—Es
un vampiro legítimo. Ya verás…
—De acuerdo, como quieras.
Es un vampiro y uno de nosotros debe
presentarle pelea. ¿Cómo?
—Lucha
libre, manos desnudas, y él no es
muy difícil de agarrar. Se limitará a quedarse
quieto y esperar el ataque. Estará muy sediento,
y también hambriento, el pobre.
—Y
si es vencido, ¿tus prisioneros quedarán libres?
—Esa
es la norma, tal como originalmente la bosquejé hará unos dieciséis o
diecisiete años. Naturalmente, esta contingencia nunca se dio…
—Comprendo.
Tratas de decirme que es duro.
—Oh,
es invencible. Esa es la gracia del asunto. No resultaría una buena ceremonia
si pudiese terminar de cualquier otra manera. Yo relato la historia completa de
la lucha antes de que tenga lugar, y entonces mi gente la presencia. Esto
reafirma su fe en el destino y mi íntima asociación con sus designios.
Bostezó,
cubriéndose la boca con una varilla emplumada.
—Ahora
debo ir a la zona de los
asados para supervisar el entarimado de la
sala y las ramas sagradas. Decide esta tarde sobre
tu campeón, y los veré a todos esta noche. Buenas tardes.
—Tropieza
y rómpete el cuello. Sonrió y abandonó la barraca.
Convoqué
a los presentes para una reunión de urgencia.
—Ya sabemos
—comencé explicándoles— que tienen un
fabuloso fenómeno producido por la radiactividad y
que además de ser llamado el
Hombre Muerto es considerado muy duro. Voy a pelear con él esta noche. Si puedo vencerle, se
da por supuesto que podremos irnos libremente, pero
para mí la palabra de Moreby no tiene ningún
valor. Por consiguiente, debemos planear
una fuga, o de lo
contrario, seremos servidos en un plato de estofado.
Phil, ¿recuerdas la ruta hacia Bolos?
—Creo
que sí. Aunque hace y a tiempo que la recorrí. Pero ahora, ¿dónde estamos
exactamente?
—Si
puedo servir para algo —intervino Myshtigo desde un lado de la ventana
—,
veo un resplandor. No es de ningún color para el cual exista una palabra
descriptiva en vuestro lenguaje, pero se halla en aquella dirección.
Señaló
hacia fuera.
—Es
un color que normalmente y o veo en la vecindad
de materiales radiactivos si la atmósfera es bastante densa
a su alrededor. Se extiende
por un área bastante amplia.
Me
fui a la ventana y miré en aquella dirección.
—Eso
puede ser el Sitio Ardiente —dije— y si es así, entonces nos han trasladado más
cerca de la costa, lo cual es favorable. ¿Alguno de vosotros estaba consciente
cuando fuimos traídos aquí?
Nadie
contestó.
—Entonces
actuaremos bajo la suposición que aquello es el Sitio Ardiente y que estamos
muy cerca. Por consiguiente, el camino hacia Bolos debe hallarse hacia allá.
Señalé
en la dirección opuesta.
—Puesto
que el sol luce a este lado de
la barraca y es de tarde, dirijan
vuestros pasos en la otra
dirección apenas lleguen al camino. Dejando a
vuestras espaldas la puesta de sol. No deben haber más allá de
veinticinco kilómetros.
—Nos
seguirán el rastro —dijo Dos Santos.
—Hay
caballos —dijo Hasán.
—¿Qué?
—Calle arriba, en un parque. Hace poco
había tres cerca de aquella barra. Ahora
están detrás del edificio. Puede que hay
a más. Si bien no parecían caballos muy fuertes…
—¿Todos
vosotros sabéis montar? —pregunté.
—Nunca
he montado un caballo —dijo Myshtigo—, pero el thrid es algo
similar. He montado thrid.
Todos
los demás habían cabalgado.
—Entonces
esta noche vais a montar —dije— y si es preciso, dos por
caballo. Si sobran caballos, soltad los sobrantes,
y provocad una estampida, que se alejen. Mientras estén
distraídos presenciando mi combate con el
Hombre Muerto, os acercáis disimuladamente
hacia el parque. Si es preciso, agarrad todas
las clases de armas que podáis y luchad para abriros paso
hasta los caballos. Phil, consigue llevarlos a lo alto de Makrynitsa
y menciona por todas partes el nombre de Korones.
Os darán acogida y protección.
—Lo
lamento —dijo Dos Santos—, pero tu plan no es factible.
—Si sabes
de alguno mejor, oigámoslo —le dije.
—Ante
todo —dijo— no podemos realmente confiar en
el señor Graben. Mientras tú estabas todavía
inconsciente, experimentaba grandes dolores y se le
veía muy débil. George cree que sufrió un ataque cardíaco durante
nuestra pelea con los kouretes. Si algo le sucede,
estamos perdidos. Te necesitamos a ti para que
nos conduzcas fuera de este lugar, suponiendo que tengamos éxito en nuestro
intento de fuga. No podemos contar con Phil Graber.
Hablaba
con firmeza casi dogmática.
—En
segundo lugar, no eres el único capaz de luchar contra una amenaza exótica.
Hasán también puede derrotar al Hombre Muerto.
—No
le puedo pedir que haga esto —dije— porque
aunque gane, estará probablemente por
entonces separado de nosotros, y ellos se
le echarán encima sin la menor duda,
lo cual significaría más que probablemente la
pérdida de su vida. Tú le contrataste para matar por tu cuenta,
no para morir.
—Yo
lucharé contra el Hombre Muerto, Karaghiosis —anunció Hasán.
—No
tienes por qué hacerlo.
—Yo
mataré al Hombre Muerto —afirmó Hasán— y os seguiré. Conozco los medios de
ocultarme de cualquier persecución. Seguiré vuestro rastro.
—Esta
pelea es asunto mío —persistí.
—Entonces,
y a que no podemos llegar a
un acuerdo, dejemos la decisión a los hados
—dijo Hasán— y echemos una moneda al aire.
—De
acuerdo. ¿Nos quitaron nuestro dinero, al igual que nuestras armas?
—Tengo
algunas monedas —dijo Ellen.
—Echa
una al aire. Lo hizo.
—Cara
—dije y o, cuando la moneda caía hacia el suelo.
—Cruz
—replicó ella.
—¡No
la toques! —exigí.
En
efecto. Salió cruz. Y en el otro lado de la moneda estaba la cara, como
comprobé, por si acaso.
—Conformes,
Hasán, tipo afortunado —comenté—. Acabas de ganarte una panoplia de héroe «
hágalo-usted-mismo» , con monstruo incluido. Buena suerte.
Encogió
los hombros, impasible.
—Estaba
escrito.
Entonces
se sentó adosado contra la pared, extrajo un diminuto cuchillo
de la suela de su sandalia izquierda, y comenzó a limpiarse las uñas.
Había sido siempre un
asesino muy atildado.
Cuando el sol
fue hundiéndose lentamente por el oeste, Moreby vino a vernos de
nuevo, acompañado por un nutrido contingente de
cuchilleros kouretes.
—Ha
llegado el momento —declaró—. ¿Ha decidido quién va a ser vuestro campeón?
—Hasán
luchará contra tu representante —dije.
—Muy
bien. Entonces, vais a venir conmigo. Por favor, no intentéis nada insensato.
Me repugnaría entregar mercancía averiada para el festival.
Caminando
dentro de un círculo de hojas
aceradas, abandonamos la barraca y subimos
calle arriba, la única del poblado, pasando delante
del parque. Ocho
caballos,
cabezas gachas, estaban en su interior. Hasta en la luz decreciente pude ver
que no eran muy buenos caballos. Sus costados estaban cubiertos de llagas y
eran bastante flacos. Todos miramos al pasar junto a ellos.
El
poblado consistía en unas treinta chozas, semejantes a la
que nos había servido de alojamiento forzoso, íbamos
caminando por una sucia senda llena de surcos y basura. La
totalidad del lugar olía a sudores,
orina, fruta podrida y humo.
Recorrimos
aproximadamente unos ochenta metros y giramos a la
izquierda. Era el término de la senda. Proseguimos a lo
largo de
una vereda hasta entrar en una gran explanada cercada y sin maleza. Una mujer gorda
y calva, con enormes pechos y
una cara que era un campo de lava
con carcinoma, estaba atendiendo un fuego lento y
terriblemente sugestivo, en la base de
un gran utensilio de barbacoa. Al pasar nosotros,
ella sonrió y chasqueó sus labios con húmedo ruido.
Cerca
de ella yacían en el suelo grandes estacas afiladas…
Más
adelante, se extendía un sector nivelado de
tierra compacta. Un enorme árbol de tipo tropical,
infestado de enredaderas, que se había adaptado a
nuestro clima, se erguía en un extremo de aquel campo. Por todo el contorno podían
verse hileras de antorchas de unos
dos metros, en cuyo extremos oscilaban grandes lenguas
de fuego como penachos. Al otro extremo se
levantaba la cabaña más elaborada de todas
ellas. Tenía aproximadamente unos cinco metros de alto
y unos diez de fachada. Estaba pintada de un rojo brillante
y cubierta en toda su superficie por signos
de brujería pensilvana. La total sección del centro de
la pared frontal era una alta
puerta corredera. Dos kouretes armados montaban guardia
ante aquella puerta.
El
sol era un diminuto gajo de naranja en el confín occidental. Moreby nos
encaminó a lo largo del campo hacia el árbol.
De
ochenta a cien espectadores estaban sentados en
el suelo al otro lado de las antorchas y
a cada lado del campo.
Moreby
gesticuló señalando la cabaña roja.
—¿Qué
os parece mi hogar? —preguntó.
—Encantador
—dije.
—Tengo
un compañero de cuarto, pero duerme durante el día. Están y a a punto de
conocerle.
Llegamos
a la base del gran árbol. Moreby nos dejó allí, rodeados por sus guardianes. Se
dirigió al centro del campo y comenzó a echarles a los kouretes un discurso en
griego.
Nosotros habíamos convenido
que esperaríamos hasta que la pelea llegase cerca de su
final, fuera a favor de quien fuese, y estuvieran
los de la tribu excitados y concentrándose en el resultado inminente,
antes de intentar la fuga. Habíamos empujado a
las mujeres al centro de nuestro grupo,
y me las arreglé
para colocarme
al lado izquierdo de un indígena
con espada, al que me proponía matar rápidamente. La mala suerte
quiso que estuviéramos al
extremo más alejado del campo. Para llegar hasta
los caballos tendríamos que abrirnos paso
a través del área de la barbacoa.
—…
Y entonces, en aquella noche —estaba diciendo Moreby —
resucitó el Hombre Muerto, aplastando a golpes y derribando a este
poderoso guerrero, Hasán, rompiéndole sus huesos
y esparciendo sus miembros por este lugar de festín.
Finalmente, bebió la sangre de su enemigo de su
garganta y comió parte de su
hígado, crudo y aún humeante en el aire de la noche.
Estas cosas hizo él en esta
noche. Grande es su poder.
—¡Grande,
el más grande! —gritó la muchedumbre, y alguien empezó a golpear un tambor.
—Ahora
le haremos regresar nuevamente a la vida…
La muchedumbre vitoreó.
—¡Nuevamente a
la vida!
—¡Salve!
—¡Salve!
—Agudos
dientes blancos…
—¡Agudos
dientes blancos!
—Blanca,
blanca piel…
—¡Blanca,
blanca piel!
—Manos
que rompen…
—¡Manos
que rompen!
—Boca
que bebe…
—¡Boca
que bebe!
—¡La
sangre de la vida!
—¡La
sangre de la vida!
—¡Grande es nuestra tribu!
—¡Grande es nuestra tribu!
—¡Grande es
el Hombre Muerto!
—¡Grande es
el Hombre Muerto!
Al
final lo vociferaban. Gargantas humanas,
semihumanas, inhumanas, exhalaban la breve letanía como una
ola de pleamar a través del campo. Nuestros
guardias también la estaban vociferando. Myshtigo estaba tapándose
sus sensitivos oídos y en su faz había una expresión de
agonía. También mi cabeza tintineaba. Dos Santos se persignó y uno de
los guardianes le hizo una señal negativa con
la cabeza. Don se encogió de hombros y volvió de nuevo
la cara hacia el campo.
Moreby
se dirigió a la barraca y golpeó por tres veces sobre la puerta corredera, con
su varilla.
Uno
de los guardianes la empujó hasta abrirla.
En
su interior, un inmenso catafalco rodeado de cráneos de hombres y animales,
ostentaba un color negro deslustrado. Soportaba un inmenso ataúd elaborado con
madera oscura y decorado con brillantes líneas retorcidas.
A
la señal de Moreby, los guardianes alzaron la tapa.
Durante
los siguientes veinte minutos, Moreby aplicó inyecciones hipodérmicas a algo
dentro del ataúd. Efectuaba sus manipulaciones con gestos lentos y rituales.
Uno de los guardianes reclinó su acero a un lado y le ayudó. Los tamborileros
mantenían una lenta y constante cadencia. La muchedumbre estaba muy silenciosa,
muy quieta.
Por
fin, Moreby se volvió.
—Ahora
el Hombre Muerto resucita —anunció.
—…
Resucita —respondió la muchedumbre.
—Ahora
aparece para aceptar el sacrificio.
—Ahora
aparece…
—Aparece,
Hombre Muerto —interpeló Moreby, volviéndose hacia el catafalco.
Y
apareció.
En
todo su inmenso largo. Porque era grande.
Ancho,
obeso.
Verdaderamente,
era grande el Hombre Muerto. Quizá pesaría unos ciento ochenta kilos.
Se
sentó en el féretro y miró a su alrededor. Se frotó el pecho, los sobacos, el
cuello y las ingles. Saltó fuera de la enorme caja y al quedar en pie junto al
catafalco, empequeñeció a Moreby hasta convertirlo en enano.
Llevaba
únicamente un taparrabos y anchas sandalias de piel de cabra.
Su
piel era blanca, con blancura de muerto, de vientre de pez, de luna… Un blancor
de cadáver.
—Un
albino —dijo George, y su voz llegó a
todo el campo porque fue el único
sonido en la noche.
Moreby
lanzó una ojeada en nuestra dirección y sonrió. Cogió
la mano de gruesos dedos del Hombre Muerto y
lo condujo fuera de la barraca, al interior
del campo. El Hombre Muerto soslay
aba el resplandor de las antorchas. Mientras avanzaba estudié la
expresión de su rostro.
—No
hay la menor inteligencia en ese rostro —dijo Peluca Roja.
—¿Puedes
verle los ojos? —preguntó George, entornando los suyos. Sus lentes se habían
roto durante la escaramuza.
—Sí.
Son de matiz sonrosado.
—¿Tiene
las comisuras de los ojos sesgadas?
—Oh,
déjame ver… Sí.
—Ya…
Es un mongoloide. Casi aseguraría que es un pobre idiota. Por esto le
resulta
tan fácil a Moreby hacer con él lo que ha hecho.
¡Mira sus dientes! Parecen limados.
Miré.
Estaba sonriendo, porque acababa de
ver el remate colorado de la cabeza de Peluca
Roja. Pudimos observar muchos dientes blancos, agudos, afilados…
—Su
albinismo es lo que justifica los hábitos nocturnos que Moreby le ha impuesto.
¡Fíjate! Hasta se encoge bajo la luz de las antorchas. Es ultrasensible a
cualquier clase de actínicos.
—¿Y
qué pasa con sus hábitos dietéticos?
—Adquiridos,
a través de la imposición. Numerosos pueblos
primitivos sangran su ganado. Los kazaki lo hicieron
hasta el siglo XX, y también los todasi. Ya viste
las llagas de los caballos cuando pasamos ante el pasto. La
sangre es alimenticia, ¿sabes?, si puedes aprender a
conservarla dentro. Y estoy seguro que Moreby ha regulado la dieta
del idiota desde que era un niño. Lógicamente, es un vampiro lo
que ha ido creciendo.
—El
Hombre Muerto ha resucitado —dijo Moreby.
—El
Hombre Muerto ha resucitado —aprobó la muchedumbre.
—¡Grande es
el Hombre Muerto!
—¡Grande es
el Hombre Muerto!
Moreby
dejó caer la mano de cadavérica blancura y vino hacia nosotros. El único
vampiro legítimo que conocíamos permaneció sonriente en medio del campo.
—Grande
es el Hombre Muerto —dijo Moreby, con un rictus mientras se aproximaba—.
Resulta algo magnífico, ¿no es verdad?
—¿Qué
le has hecho a esa pobre criatura? —preguntó Peluca Roja.
—Muy
poca cosa —replicó Moreby —, puesto que y a nació con buena disposición.
—¿De
qué eran las inyecciones que le administraste? —inquirió George.
—Le
inyecto novocaína antes de combates como el que
se avecina. La ausencia de dolor ante los
golpes complementa la imagen de su invencibilidad. También
le di una inyección de hormonas. Recientemente, ha estado
engordando y se ha hecho un poco pesado.
Así compenso este defecto.
—Hablas
de él y lo tratas como si fuera un juguete mecánico —dijo Diane.
—Lo
es. Un juguete invencible. También un juguete muy valioso. Tú, Hasán,
¿estás
y a preparado?
—Lo
estoy —replicó Hasán, quitándose la capa y el burnús, tendiendo ambas prendas a
Ellen.
Los
recios músculos de sus hombros se abultaron mientras flexionaba rápidamente los
dedos, y avanzó saliendo del círculo de aceros. Mostraba una roncha en su
hombro izquierdo y varias otras contusiones en su espalda. El resplandor de las
antorchas se reflejó en su barba tornasolándola con tonos
sangrientos.
No pude evitar el recuerdo de aquella
noche en el « honfour» cuando simuló un
estrangulamiento y Mama Julie había dicho: « Tu amigo está
poseído por Angelsou.» Para aclarar a continuación: «
Angelsou es un dios de la muerte, y
solamente visita a los de su misma índole» .
Alejándose
de nosotros, Moreby iba anunciando:
—Grande
es el guerrero Hasán.
—Grande
es el guerrero Hasán —replicó la multitud.
—Su
fuerza es la de muchos hombres.
—Su
fuerza es la de muchos hombres —replicó el gentío.
—Todavía más grande es
el Hombre Muerto.
—Todavía más grande es
el Hombre Muerto.
—Él
romperá sus huesos y lo aplastará en este lugar de festejos.
—Él
romperá sus huesos…
—Él comerá su hígado.
—Él comerá su hígado.
—Beberá
la sangre de su garganta.
—Beberá
la sangre de su garganta.
—Grande es su poder.
—Grande es su poder.
—¡Grande es
el Hombre Muerto!
—¡Grande es
el Hombre Muerto!
—Esta
noche —dijo Hasán, quedamente— se convertirá de verdad en un hombre muerto.
—¡Hombre
Muerto! —gritó Moreby al avanzar Hasán y enfrentarse con su rival—. ¡Te doy a
este hombre, Hasán, en holocausto!
A
continuación, Moreby se apartó de la trayectoria y con sus gestos ordenó a los
guardianes que nos apartasen a un lado.
El idiota esbozó
una sonrisa todavía más anchurosa y avanzó lentamente
hacia Hasán.
—Inch Allah —dijo Hasán, simulando
volverse para rehuirle, inclinándose a la vez
hacia un lado.
Tomó
impulso su puño desde el suelo hacia arriba, en un giro lateral duro y
veloz, como un
latigazo. Un golpe bestial con el canto de la mano que
restalló en la mandíbula izquierda del Hombre Muerto.
La
cabeza blanquísima se movió tan sólo unos centímetros. Y continuó sonriente.
Luego,
sus brazos cortos y voluminosos se proyectaron para
tomar a Hasán por debajo de los
sobacos. Hasán se agarró a sus hombros, trazando finos
surcos rojos y exprimió gotas rojas de los sitios donde
sus dedos se hincaban en los músculos níveos.
La
turba gritó a la vista de la sangre del Hombre Muerto. Quizá el olor de su
sangre
excitó al propio idiota. Esto, o el griterío.
Porque alzó
a Hasán dos palmos del suelo y corrió lacia
adelante llevándolo en vilo.
El
gran árbol estaba en el camino y la cabeza de Hasán se abatió al chocar.
Entonces,
el Hombre Muerto chocó contra él, retrocedió lentamente, se sacudió y empezó a
golpearle.
Fue
una verdadera paliza. Le azotaba con sus gruesos brazos, grotescamente cortos.
Hasán
alzó las manos frente a su rostro y mantuvo los codos pegados al estómago.
No
obstante, el Hombre Muerto continuaba golpeándole en los
costados y en la cabeza. Sus brazos subían
y bajaban.
Y
ni por un instante dejaba de sonreír.
Finalmente,
las manos de Hasán cayeron y las cruzó ante su estómago. Y de las comisuras de
su boca manaba la sangre.
El
juguete invencible continuaba en su juego.
Y
entonces, lejos, muy lejos, al otro lado de la noche,
tan lejos que únicamente y o pude oírlo, sonó un rugido
que reconocí al instante.
Era
el gran alarido de caza de mi sabueso « Bortan» .
En
algún lugar debió dar con mi rastro, y
estaba acudiendo, corriendo a través de
la noche, saltando como un macho cabrío,
volando como un caballo, reluciente en su abigarrado colorido,
sus ojos brasas ardientes y sus colmillos dientes
de sierra. ¡Ah, mi perro, mi magnífico perro de caza…!
Mi
« Bortan» nunca se cansaba de correr.
Perros
de su clase han nacido sin miedo, propensos a la cacería, y llevando la marca
de la muerte.
Mi
sabueso iba viniendo, y nada podía detenerle en su carrera. Pero estaba lejos,
muy lejos, al otro lado de la noche…
La
muchedumbre estaba gritando. Hasán y a no podía encajar mucho más aquel
castigo. Nadie podría.
Con
el rabillo de mi ojo —el pardo— percibí un leve gesto de Ellen. Era como si
hubiese arrojado algo con su diestra.
Dos
segundos después sucedió.
Aparté
la vista rápidamente de aquel punto de brillo
que brotó, chisporroteante, a un lado del idiota.
El
Hombre Muerto gimió, perdida la sonrisa.
La
Norma 237.1 promulgada por mí, era excelente:
«
Cada guía y cada miembro de una gira debe llevar no menos de tres luminarias de
magnesio consigo, durante el viaje.»
Lo
cual significaba que a Ellen le quedaban sólo dos. El idiota había cesado de
golpear a Hasán.
Intentó patear la
luminaria alejándola. Chilló. Se cubrió
los ojos con las manos. Rodó
por el suelo.
Hasán
le acechaba, sangrando, jadeante…
La
llamarada creció. El Hombre Muerto chilló más agudamente… Finalmente, Hasán se
movió.
Alzando
un brazo tocó una de las gruesas parras que colgaban del árbol.
Tiró de ello. Se resistía. Tiró más fuerte.
Se
desprendió.
Sus movimientos
se hicieron más firmes mientras retorcía
un extremo en torno a cada mano.
La
llamarada escupió, haciéndose de nuevo brillante.
Hasán
cayó arrodillado junto al Hombre Muerto, y con un movimiento veloz enlazó la
parra en torno a su garganta.
La
luminaria volvió a escupir. Hasán enrolló prietamente.
El Hombre Muerto
pugnó
por levantarse. Hasán enlazó más estrechamente el sarmiento.
El idiota le agarró por la cintura.
Los
recios músculos en las espaldas de Hasán se transformaron en bultos nudosos. El
sudor se mezclaba con la sangre en su rostro.
El
Hombre Muerto se puso en pie, levantando consigo al árabe. Hasán estrujó con
mayor fuerza.
El
idiota, cuya faz y a no era blanca sino moteada de rojo y con las venas
sobresaliendo como cuerdas en su frente y cuello, lo levantó en vilo. Igual que
y o levanté al rolem-robot, alzó el Hombre Muerto a Hasán, hincándose aún más
profundamente en su cuello el sarmiento al tensarse sus músculos con toda su
fuerza inhumana.
La muchedumbre
gemía, se levantaba y cantaba incoherentemente. El
redoble de tambores, que había alcanzado un latido frenético,
continuaba en su período culminante, sin descanso
ni mengua. En aquel momento volví a
oír el rugido de « Bortan» , todavía muy lejano.
La
luminaria empezó a agonizar. El Hombre Muerto
se tambaleaba.
De
pronto, al estremecerle un enorme espasmo, arrojó lejos de sí a Hasán.
El
grueso sarmiento se aflojó en torno a su garganta al quedar libre de las manos
de Hasán.
Hasán
volteó por el suelo en acrobacia ukemi de karate y quedó
arrodillado.
Permaneció
así.
El
Hombre Muerto avanzó hacia él.
Súbitamente,
su zancada falló.
Empezó
a estremecerse de arriba abajo. Hizo un gorgoteo
y se agarró la garganta. Su rostro
se hizo aún más rojizo, casi púrpura.
Tambaleante llegó hasta el árbol y adelantó
una mano. Se apoyó contra el tronco, resollando.
Pronto se puso a boquear ruidosamente. Su mano resbaló a lo
largo del tronco y cayó al suelo. Se incorporó de nuevo, pero manteniéndose encorvado.
Hasán
se levantó. Recogió el sarmiento. Avanzó hacia el idiota.
Esta
vez su presa era irrompible.
El
Hombre Muerto cayó y no volvió a levantarse.
Era
como desconectar el volumen de una radio que hubiese estado sonando al máximo.
Clic…
Un gran silencio
repentino. Todo había ocurrido rápidamente. Y la
noche era benévola. Alargué las manos a través de
ella y fracturé el cuello al indígena de la espada. Se la
quité. Giré entonces a mi izquierda y con ella
le abrí el cráneo al otro más cercano.
Entonces,
de nuevo como un clic, pero esta vez a pleno volumen.
La noche fue rasgada en su centro.
Myshtigo
derribó a su guardián con un alevoso golpe de conejo, entrelazadas sus manos, y
pateó a otro en la espinilla. George consiguió conectar un veloz rodillazo en
el bajo vientre del individuo más cercano.
Dos
Santos, no tan rápido o quizá simplemente desafortunado, recibió dos profundos
tajos, en pecho y hombro.
La
muchedumbre se levantó de donde había estado esparcida por el suelo, como en
una película acelerada del crecimiento de semillas de vegetal.
Avanzaba
contra nosotros.
Ellen arrojó el burnús
de Hasán sobre la cabeza del cuchillero que estaba a punto de
destripar a su marido. El laureado poeta
terrícola pudo entonces abatir una piedra con fuerza en la cima del burnús.
Por
entonces, Hasán se había unido a nuestro pequeño grupo, empleando su mano para
esquivar un tajo de espada que le dedicaban con muy malas intenciones. Empleó
una antigua maniobra de samurai que le salvó la vida y le proporcionó una
espada. Y también era muy eficiente en su uso, como en el de todas las armas.
Matamos o
mutilamos a todos nuestros guardianes antes de que la multitud estuviera
a medio camino hacia nosotros, y Diane, buena discípula
de Ellen, arrojó sus tres luminarias de magnesio,
a través del campo, sobre la chusma.
Entonces
echamos a correr, Ellen y Peluca Roja sosteniendo a Dos Santos.
Pero los
kouretes nos habían cortado el camino y estábamos
corriendo hacia el norte, en tangente, alejándonos de
nuestra meta.
—No
podremos lograrlo, Karaghiosis —me gritó Hasán.
—Me
doy cuenta.
—A
menos que tú y y o los entretengamos mientras los otros toman delantera.
—De
acuerdo. ¿Dónde?
—En
el hoy o de barbacoa más alejado, donde los árboles se espesan por el sendero.
Es una especie de gollete de botella. No podrán atacarnos en grupo.
—¡Conformes!
¿Oísteis? ¡Corred hacia los caballos! ¡Phil os
guiará! Hasán y y o los vamos a contener
todo el tiempo que podamos.
Peluca
Roja giró la cabeza empezando a decir algo.
—¡No
discutas! ¡Vete! ¿Quieres vivir, no? Querían vivir. Siguieron corriendo.
Hasán y
y o dimos media vuelta, yendo a un lado del hoy o
de barbacoa y esperamos. Los otros
dieron media vuelta también atajando a través del
bosque, dirigiéndose hacia el poblado y el parque de
pasto. La chusma continuó
acudiendo en línea recta hacia Hasán y
hacia mí.
La primera oleada
nos embistió y empezamos la matanza. Estábamos en
el espacio en forma de V
donde el sendero desembocaba del bosque
hacia el llano. A nuestra izquierda había un hoy o con brasas; a
nuestra derecha un espeso macizo de arbustos.
Un sitio ideal para matar. Varios se amontonaron
muertos, otros chorreaban sangre y caían hacia atrás;
los demás se detuvieron y luego intentaron flanquearnos.
Nos
situamos espalda contra espalda asestándoles tajos al irse aproximando.
—Si
uno tan sólo de ellos tiene un arma de fuego, somos hombres muertos de verdad,
Karaghiosis.
—Me
doy cuenta.
Otro
semihombre cayó bajo mi acero. Hasán envió a uno, chillando, dentro del hoy o
ardiente.
Por
entonces y a estaban todos en torno nuestro. Una hoja se deslizó, esquivando mi
guardia y me rasgó al hombro.
Alguien
gritó:
—¡Retroceded,
manada de necios! ¡Os digo que os retiréis, rebaño de tipos raros!
Lo
hicieron, obedientes, retrocediendo fuera del alcance de estocada y mandoble.
El hombre que
había hablado medía
aproximadamente un metro veinte. Su mandíbula inferior
se movía como la de una marioneta, como si funcionara
por bisagras, y sus dientes semejaban una hilera
de fichas de dominó, todos manchados de negro y
castañeteando al abrirse y cerrarse.
—Sí,
Procrustes —oí decir a uno.
—¡Id
en busca de redes! ¡Atrapadles vivos! ¡No luchéis a corta distancia con ellos!
¡Ya nos han costado demasiadas bajas!
Moreby
estaba a su lado, y gimoteaba:
—…
Yo no sabía, mi señor.
—¡Silencio,
tú, destilador de brebajes de mal sabor! ¡Tú nos has costado un dios y muchos
hombres!
—¿Atacamos?
—me preguntó Hasán.
—No,
pero prepárate a cortar las redes cuando las traigan.
—No
me agrada nada que nos quieran vivos —comentó.
—Hemos enviado muchos al infierno, para allanarnos el
camino —le dije—, y estamos todavía en pie
y empuñando aceros. ¿Qué más quieres?
—Si
los perseguimos podemos llevarnos con nosotros dos o quizá cuatro más.
Si
esperamos, nos echarán la red y moriremos sin haber matado a más.
—¿Qué
importa, una vez estés muerto? Esperemos… Mientras estemos vivos existen muchas
probabilidades que pueden presentarse de un momento a otro.
—Como
tú digas.
Encontraron
redes y nos las arrojaron. Tajamos tres de ellas antes de que nos enzarzasen en
la cuarta. Las juntaron apretadamente y avanzaron.
Noté
cómo me arrancaban la espada de la mano, y alguien me propinó un puntapié. Era
Moreby.
—Ahora
van a morir como muy pocos han muerto —dijo.
—¿Los
demás escaparon?
—Sólo
por el momento. Seguiremos su pista, los encontraremos y los traeremos de nuevo
aquí.
Reí
complacido.
—Perdiste
—le dije—. Consiguieron escapar. Volvió a atizarme una patada.
—¿Así
es cómo cumples tus promesas? —pregunté—. Hasán venció al Hombre Muerto.
—Hubo
trampa. La mujer arrojó una luz de bengala.
Mientras
nos amarraban dentro de las redes Procrustes acudió
junto a Moreby.
—¿Y
nuestros muertos? —preguntó.
—Los llevaremos al Valle del
Sueño —dijo Moreby —, y allí emplearé mis poderes para
preservarlos contra futuras comilonas.
—Está bien
—dijo Procrustes—. Sí, así debe ser.
Hasán debió
estar manipulando con su brazo izquierdo
durante aquel intervalo a través de
la red, porque lo proyectó fuera y sus
uñas surcaron la pierna de Procrustes.
Procrustes
le dio varias patadas y de paso se desfogó dándome a mí una. Se
frotó
los arañazos de la pantorrilla.
—¿Por
qué hiciste eso, Hasán? —pregunté después que Procrustes se alejó, ordenando
que nos atasen a estacas de barbacoa para ser transportados.
—Tal
vez quede todavía algo
de metacianuro en mis uñas —me explicó Hasán.
—¿Cómo
te fue a parar allí?
—De
las balas de mi cinto que no me quitaron,
Karaghiosis. Impregné mis uñas después
de haberlas afilado hoy.
—Ah…
Tú arañaste al Hombre Muerto al principio de vuestro combate…
—Sí, Karaghiosis.
Después y a fue simplemente
cuestión de intentar sobrevivir hasta
que él cayese.
—Eres
un asesino ejemplar, Hasán.
—Gracias,
Karaghiosis.
Envueltos
todavía en las redes, fuimos atados a las estacas. Cuatro hombres, a la orden
de Procrustes, nos izaron.
Con
Procrustes y Moreby encabezando la comitiva, fuimos transportados a través de
la noche.
Mientras
nos desplazábamos por
un sendero desigual, el mundo fue cambiando
gradualmente. Siempre ocurre lo mismo cuando uno
se acerca a un Lugar Ardiente. Es como caminar hacia
atrás, a través de las eras geológicas.
Mientras
avanzábamos, los árboles iban siendo más pequeños y los espacios
entre
ellos más anchos. Pero no eran árboles como los
que habíamos dejado atrás en el poblado. Eran formas retorcidas
(y retorciéndose aún) con remolinos de
algas marinas por ramas, troncos nudosos
y raíces descubiertas que reptaban lentamente por la
superficie del suelo. Diminutas cosas invisibles hacían ruidos
raspantes al escapar escurridizas de la luz de la linterna
de Moreby.
A
lo lejos, podía detectar un tenue resplandor
palpitante, exactamente al borde del
horizonte. Frente a nosotros.
Una
profusión de negras enredaderas aparecían bajo los pies. Se
contorsionaban siempre que uno de nuestros portadores las pisaba.
Los
arbustos se convirtieron en simples helechos. Luego hasta los
helechos desaparecieron. Fueron reemplazados por grandes cantidades de líquenes
peludos, de color sanguinolento, que crecían por encima de
todas las rocas. Débilmente luminosos.
Ya
no había más ruidos animales. No había ruido alguno salvo el jadear de nuestros
cuatro portadores, las pisadas, y el ocasional cliqueteo sofocado del rifle
automático de Procrustes cuando chocaba con una roca afelpada.
Nuestros
portadores llevaban espadas en sus cintos.
Moreby transportaba varios aceros y una
pistola pequeña.
El sendero giró bruscamente hacia arriba. Uno
de nuestros portadores imprecó. Muy en alto, lentamente, chapoteando en
el aire como un pez diabólico
surcando aguas estancadas,
la negra forma de un murciélago araña cruzó
sobre la faz de la luna.
Procrustes
cayó.
Moreby
le ayudó a levantarse, pero Procrustes, tambaleándose, se apoy ó en
él.
—¿Qué
te aqueja, señor?
—Un
vértigo repentino, entumecimiento en mis miembros. Toma mi rifle. Se
hace
cada vez más pesado. Hasán rió quedamente.
Procrustes
se volvió hacia Hasán, colgándole abierta su mandíbula inferior de marioneta.
Luego
volvió a caer.
Moreby
acababa de sujetarle el rifle y sus manos estaban ocupadas. Los guardianes nos
posaron en el suelo, con cierta rudeza, y corrieron al lado de Procrustes.
—Denme
un poco de agua —dijo. Y cerró los ojos. No los volvió a abrir.
Moreby
aplicó el oído a su pecho, y mantuvo la
parte emplumada de su
varilla bajo sus fosas nasales.
—Está
muerto —anunció finalmente.
—¿Muerto?
El
portador que estaba cubierto de escamas empezó a sollozar.
—Era
bueno —gimoteaba—. Era
un gran jefe guerrero. ¿Qué haremos ahora?
—Está muerto —repitió
Moreby —, y y o soy vuestro cabecilla hasta que sea proclamado un
nuevo jefe guerrero. Envolvedle en vuestras capas. Dejadle
en aquella roca plana allá arriba. Ningún animal llega
por aquí, y, por lo tanto, no será importunado.
Lo recogeremos en nuestro camino de regreso. Ahora debemos saciar
nuestra venganza en estos dos.
Gesticuló
con su varilla a modo de batuta.
—El
Valle del Sueño está cerca. ¿Habéis tomado las píldoras que os di?
—Sí.
—Sí.
—Sí.
—Muy
bien. Ahora coged vuestras capas y envolvedlo.
Lo
hicieron así, y pronto fuimos nuevamente alzados y llevados a
la cima de una colina desde
la cual un sendero bajaba hacia un
foso fluorescente que parecía picado de
viruela. Las rocas del
lugar parecían estar incendiadas.
Le
dije a Hasán:
—Esto me fue
descrito por mi hijo como el lugar
donde el enredo de mi vida yace sobre una piedra
ardiente. Me vio en sueños, amenazado por el
Hombre Muerto, pero los hados del destino trasladaron
esta amenaza sobre ti. Antaño, cuando y o
no era sino un sueño en los planes de
la muerte, este sitio estaba señalado como un
posible lugar para mi fin.
—La
caída desde el paraíso pasa por la parrilla
—dijo Hasán. Nos llevaron abajo, a la
grieta, dejándonos caer sobre las rocas.
—Soltad
al griego y atadlo en aquella columna —ordenó Moreby, quitando el seguro del
rifle y retrocediendo.
Gesticulaba
señalando con el arma.
Le
obedecieron atando mis manos y mis tobillos sólidamente. La roca era
cilíndrica, lisa y húmeda.
Hicieron
lo mismo con Hasán a unos dos metros aproximadamente a mi derecha.
Moreby
había dejado en el suelo la linterna de modo que arrojaba un semicírculo
amarillo en torno a nosotros. Los cuatro kouretes parecían estatuas demoníacas
a su lado.
Sonrió,
reclinando el rifle contra la pared rocosa de su espalda.
—Éste es
el Valle del Sueño —manifestó—. Aquellos que duermen aquí,
y a no despiertan. Sin embargo, conservan la carne
en buen estado, almacenándose para los años flacos. De todos
modos, antes de abandonarlos…
Sus
ojos se posaron en mí.
—¿Ves
dónde he dejado mi rifle? No le contesté.
—Creo
que tus entrañas llegarían hasta allí, comisionado. En todo caso, pretendo
averiguarlo.
Extrajo
una daga de su cinto y avanzó hacia mí. Los cuatro semihombres le acompañaron.
—¿Quién
crees que tiene más tripas? —preguntó—. ¿Tú o el árabe? Ninguno de los dos
replicó.
—Ambos
lo vais a ver por vosotros mismos —dijo a través de sus dientes—.
¡Primero,
tú!
Tiró
de mi camisa hasta sacar los faldones y la cortó de arriba abajo.
Imprimió
al acero una rotación en lento círculo significativo a unos dos centímetros de
mi estómago, estudiando mientras mi cara.
—Estás
asustado —dijo—. Tu rostro todavía no lo demuestra,
pero lo hará. Añadió, imperativo:
—¡Mírame! Voy a
hincarte la hoja muy poco a poco. Algún
día cenaré tu carne. ¿Qué te parece?
Me
reí. De pronto, valía la pena reírse.
Su
semblante se crispó hasta tensarse en una momentánea expresión de
asombro.
—¿El
miedo te ha enloquecido, comisionado?
—¿Pluma
o pelo? —le pregunté.
Él
sabía lo que quería y o decirle. Aunque a mí
me tuviera sin cuidado su homosexualidad. Iba él a
decir algo cuando oyó un guijarro
chasquear a unos tres metros. Giró
su cabeza repentinamente en aquella dirección.
Consumió el último
segundo de su vida chillando, mientras la fuerza del salto de «
Bortan» le convertía en pulpa contra el suelo, antes de que
su cabeza fuera extirpada de sus hombros.
Mi
sabueso había llegado.
Los
kouretes gritaron aterrorizados ante mi perro porque
sus ojos son como brasas ardientes, y sus colmillos,
dientes
de sierra. Su cabeza se mantiene tan lejos del
suelo como la de un hombre alto.
Aunque agarraron sus espadas para asestarle tajos, no les
sirvió de nada, sus flancos son como los costados de un
armadillo. Mi « Bortan» es todo un señor perro de
un cuarto de tonelada.
Estuvo
en plena actividad durante un largo minuto y cuando hubo terminado estaban
todos hechos pedazos.
—¿Qué
es eso? —quiso saber Hasán.
—Un cachorro que
encontré en un saco,
abandonado por la resaca en la playa, demasiado duro para ahogarse. Es mi perro «
Bortan» .
Había
una pequeña brecha en la parte más blanda de
su hombro. No se la había producido en la
reciente reyerta.
—Nos
buscó primero en el poblado —expuse— y trataron de detenerle.
Muchos
kouretes han muerto en el día de hoy.
Acudió al trote
y me lamió el rostro.
Meneó el rabo, hizo ruidos perrunos,
contoneándose como un cachorrillo,
y corrió en pequeños círculos. De nuevo
saltó hacia mí para volver a lamerme el rostro.
Luego se dedicó, una vez más, a mover las mandíbulas,
escupiendo pedazos de kourete.
—Es
bueno para un hombre tener un perro —dijo Hasán—. Siempre me han gustado los
perros.
«
Bortan» le estaba olfateando mientras hablaba.
—Por
fin has regresado, viejo sabueso —le dije—. ¿No te has enterado que la raza
canina se ha extinguido?
Meneó
el rabo, se me acercó de nuevo y lamió mi mano.
—Lamento no
poder rascarte las orejas. Y te consta
que me gustaría mucho hacerlo, ¿verdad?
Agitó
la cola.
Abrí
y cerré mi mano derecha dentro de sus ligaduras.
Mientras lo hacía giré la cabeza en esta dirección. «
Bortan» observaba, estremecido su húmedo
hocico.
—Manos,
« Bortan» . Necesito manos para libertarme. Manos para soltar mis ataduras.
Debes conseguirlas, « Bortan» , y traerlas aquí.
Fue a recoger un
brazo que yacía en el suelo y vino a depositarlo
ante mis pies. Entonces alzó la vista
y meneó su cola.
—No,
« Bortan» . Manos vivas. Manos amistosas. Manos para desatarme. Me comprendes,
¿verdad?
Lamió
mi mano.
—Vete
y encuentra manos para libertarme. Que estén intactas y vivas. Las manos de
unos amigos… ¡Ahora, rápidamente! ¡Vete!
Volviéndose
se alejó, se detuvo para mirar una
vez más atrás, y luego ascendió por el sendero.
—¿Acaso
te comprende? —preguntó Hasán.
—Eso
creo. El suyo no es un cerebro ordinario de perro, y ha dispuesto de muchos,
muchos más años de los que vive un hombre para aprender a comprender.
—Entonces
esperemos que encuentre a alguien pronto, antes de que nos durmamos.
—Sí.
Estábamos
suspendidos, y la noche era fría.
Esperamos durante
un largo tiempo. Finalmente, perdimos la noción del tiempo.
Nuestros
músculos estaban agarrotados y doloridos.
Nos hallábamos recubiertos con la sangre reseca de
incontables pequeñas heridas. Las
magulladuras nos formaban como una segunda piel. Estábamos amodorrados de
fatiga, de falta de sueño.
Colgábamos
hacia adelante, las cuerdas hincándose en nosotros.
—¿Crees
que llegarán a tu pueblo?
—Les
dimos una buena ventaja. Creo que tienen una probabilidad bastante grande.
—Siempre
es complicado trabajar contigo, Karaghiosis.
—Sí.
Lo he comprobado y o mismo.
—Como
aquel verano en que nos mustiamos en las mazmorras de Córcega.
—Vaya
que sí.
—O
nuestra marcha hacia la Estación Chicago, después
de perder todo nuestro equipaje en Ohio.
—Sí,
aquel fue un mal año.
—Tú siempre
andas metido en problemas, Karaghiosis. «
Nacido para hacerle un nudo a la cola del tigre» , éste es
el aforismo para la gente de tu
índole.
Resulta difícil convivir con vosotros. Yo, personalmente, amo la quietud y la
sombra, un libro de poemas, mi pipa…
—¡Eh!
¡Oigo algo!
Hubo
un repique de cascos.
Un
sátiro apareció más allá del haz luminoso de la linterna. Avanzaba
nerviosamente, sus pupilas iban de mí a Hasán, y a mí de nuevo, y arriba,
abajo, en torno, y más allá de nosotros.
—Ayúdanos,
pequeño encornado —dije en griego.
Se
acercó cautelosamente. Vio la sangre, los destrozados kouretes. Dio media
vuelta, como disponiéndose a escapar.
—¡Vuelve!
¡Te necesito! Soy y o, el tocador de caramillo.
Se detuvo
volviendo a darnos frente, estremecidas sus fosas nasales,
resollando. Sus agudas orejas vibraban.
Regresó
con una expresión apenada en su faz casi humana,
al atravesar el sitio de la matanza.
—El
acero. A mis pies —dije, señalando con mis ojos—. Recógelo.
No
le parecía gustar la idea de tocar
nada hecho por el hombre, especialmente un arma.
Silbé las
últimas líneas de mi copla.
«
Es tarde, es y a tarde, tan tarde…»
Sus
ojos se humedecieron. Los secó con el dorso de sus peludas muñecas.
—Recoge
la hoja y corta mis ligaduras. Recógela. No, así no, o vas
a cortarte tú mismo.
Por el otro extremo. Eso es.
Recogió apropiadamente el acero y me miró. Moví
todo lo que me fue posible mi mano derecha.
—Las
cuerdas. Córtalas.
Lo
hizo. Empleó quince minutos y me dejó luciendo un brazalete de sangre. Tuve que
mover constantemente mi mano para impedirle que me cortase una arteria. Pero la
liberó.
—Ahora
dame el cuchillo y y o me ocuparé del resto. Colocó el acero en mi palma
extendida.
Lo
cogí. Segundos después, quedé completamente libre, y solté a Hasán.
Cuando
me volví, el sátiro había desaparecido. Oí el rumor del frenético galopar de
sus cascos en la distancia.
Debo decir
que si nuestro grupo hubiese seguido el camino más largo
desde Lamia a Bolos por la ruta costera, las cosas hubiesen
podido ser muy distintas y Phil estaría
vivo. Pero realmente no puedo juzgar cuanto
ocurrió en este caso. Aún ahora
mirando hacia atrás, no sería capaz de
decir cómo hubiese recompuesto y modificado los
acontecimientos si todo tuviera que repetirse de
nuevo.
Llegamos
a Bolos a la tarde siguiente, y ascendimos el Monte Pelión hacia Portaria. Al
otro lado de un hondo barranco estaba Makry nitsa.
Atravesamos
la hondonada y encontramos a los demás.
Phil
les había conducido a Makry nitsa, pidió una botella de vino y su ejemplar
del Prometeo Encadenado y había permanecido sentado con ambas
cosas hasta bien avanzada la noche.
Por
la mañana, Diane le encontró sonriente y yerto.
Le
construí una pira entre los cedros cerca del ruinoso Episcopio,
porque él no hubiese querido estar enterrado. Amontoné
incienso, hierbas aromáticas, y la
pira resultó dos veces más alta que
un hombre en pie.
Aquella misma noche ardería y y o le diría adiós
a otro amigo. Parece ser, mirando atrás,
que mi vida se ha compuesto principalmente de una serie de
llegadas y partidas. Digo hola. Digo
adiós. Sólo la Tierra permanece…
Aquella
tarde caminé con el grupo hacia Pagasae,
el puerto de la antigua Iolkos, encajado en
el promontorio opuesto a Bolos. Permanecimos a
la sombra de los almendros de la colina.
Bello paisaje. La colina, los almendros, la
rocosa ladera, el litoral…
Sin
hablar con nadie en particular, comenté:
—Desde
aquí los argonautas izaron velas en su búsqueda del vellocino de oro.
—¿Quiénes
fueron? —preguntó Ellen—. Leí el relato en la escuela, pero y a lo he olvidado.
—Estaban
Heraclio, Teseo, Orfeo el cantante, Asclepio, los hijos
del Viento Norte, Jasón, el capitán y Caronte,
cuya cueva está
allí arriba cerca de la cuna del
Monte Pelión.
—¿De veras?
—Te
la enseñaré alguna vez.
—De
acuerdo.
—Los
dioses y los titanes batallaron también cerca de aquí —dijo Diane, apareciendo
a mi otro costado—. ¿Los titanes no arrancaron el Monte Pelión apilándolo sobre
Ossa en un intento de escalar el Olimpo?
—Eso
dice la narración. Pero los dioses fueron amables y restauraron el paisaje
después de la sangrienta batalla.
—Una
vela de barco —anunció Hasán, gesticulando con una naranja medio mondada en su
mano.
Oteé
las aguas en la lejanía y, en efecto, pude
observar un diminuto aleteo en el horizonte.
—Sí,
todavía se usa este lugar como puerto.
—Quizá
sea un cargamento de héroes —dijo Ellen— regresando con algunos vellocinos más.
Y por cierto, ¿qué hacían con tanto vellocino de oro?
—No
es el vellocino lo que importa —dijo Peluca Roja—, sino el conseguirlo.
Cualquier
buen narrador sabía que esto era lo importante.
—Allí, al otro
lado —expliqué—, se conserva una iglesia
bizantina en ruinas, el Episcopio.
Tengo programado restaurarla en unos dos años.
—¿Cuánto
tiempo vamos a estar aquí? —preguntó Ellen.
—Me
agradaría pasar un par de días más en Makry nitsa —dije—, y luego proseguir
hacia el norte. Podríamos estar aproximadamente una semana más en Grecia, y
después ir a Roma.
—No
—dijo Myshtigo, que había estado sentado en una roca contemplando el mar—. No,
porque el viaje ha terminado. Ésta es la última etapa.
—¿Y
por qué?
—Me
doy por satisfecho y a y ahora regreso a mi casa.
—¿Y
tu libro?
—Ya
conseguí mi relato.
—¿Qué
clase de relato?
—Ya te
enviaré un ejemplar autografiado cuando esté acabado. Mi
tiempo es muy valioso, y ahora y a dispongo de todo el
material que quiero. Por lo menos, de
todo el que necesito. Comuniqué
con Port-au-Prince esta mañana y me van a enviar
un « skimmer» esta noche. Vosotros seguid adelante
y haced lo que queráis, pero y o
he acabado.
—¿Pasa
algo malo?
—No.
Todo va bien, pero es hora que me vaya. Tengo mucho que hacer. Levantándose, se
desperezó.
—Debo
empaquetar algunas cosas. Si me perdonáis, voy a hacerlo ahora mismo. Pese a
todo, tu país es hermoso, Conrad. Te veré a la hora de cenar.
Se
alejó ladera abajo.
Caminé
unos pasos en su dirección, siguiéndole.
—¿Qué
será lo que precipitó su decisión? —me pregunté en voz alta. Oí una pisada.
—Está
agonizando —dijo George, suavemente.
Mi
hijo Jasón, que nos
había precedido en varios días, se había ido de Makry
nitsa. Unos vecinos me contaron su extraña partida, la noche
anterior. El patriarca había sido transportado a lomos de
un enorme perro de ojos incandescentes que
derribó la puerta de su alojamiento y se lo había llevado
a través de la noche. Todos mis parientes deseaban que
fuese a cenar con ellos. Dos Santos seguía
descansando. George había curado sus heridas y
no creía necesario embarcarle hacia el hospital
de Atenas.
Es
siempre grato regresar adonde uno nació.
Bajé hasta
la plaza y pasé la
tarde charlando con mis descendientes. Llevé unas
flores al cementerio, permanecí un rato allá, y fui a
la casa de Jasón para
reparar
su puerta con algunas herramientas que encontré en el establo. Después encontré
un frasco de su vino y me lo bebí todo. Y me fumé un cigarro. También me
preparé un jarro de café. Acabé el jarro.
A
pesar de ello, todavía me sentía deprimido.
George
me dijo que el vegano mostraba síntomas inequívocos de un desorden neurológico.
Una variedad cuya etiología era desconocida. Incurable. Invariablemente fatal.
George
lo sabía desde el principio del viaje, porque Phil le había pedido que
observase al vegano, pues sospechaba en él los indicios de una enfermedad
fatal.
Todo
ello me creaba un nuevo problema.
O
Myshtigo había terminado su tarea o no le quedaba tiempo suficiente para
hacerlo. Él dijo que la había terminado. Si no era así, y o había estado
protegiendo todo el tiempo a un hombre muerto, sin finalidad alguna. Si había
terminado su obra, entonces y o necesitaba conocer los resultados.
La
cena no aportó ninguna ay uda. Myshtigo había dicho todo lo que le importaba
decir, y ahora ignoraba o soslayaba nuestras preguntas. O sea, que tan pronto
nos tomamos el café, Peluca Roja y y o salimos fuera a fumar un pitillo.
—¿Qué
ha ocurrido? —me preguntó ella.
—No
lo sé. Creí que tal vez tú lo sabrías.
—No.
¿Y ahora, qué?
—Dímelo tú.
—¿Matarle?
—Tal
vez sí. Pero, ¿por qué?
—Ya
lo acabó.
—¿El
qué? ¿Qué es concretamente lo que acabó?
—¿Cómo
voy y o a saberlo?
—¡Maldita
sea! ¡Es que y o tengo que saberlo! Me gusta saber por qué mato a alguien.
—Es
evidente, ¿no? Los veganos quieren volver
a comprar en la Tierra. Él regresa para
darles un informe sobre los lugares en que
están interesados.
—Entonces, ¿por qué
no los visitó todos? ¿Por
qué interrumpir su viaje después de
Egipto y Grecia? Arena, rocas, junglas y un surtido
de monstruos. Esto es todo cuanto vio.
No es material para una apreciación estimulante.
—Entonces
es que está asustado y quiere vivir un poco más. Pudo haber sido devorado por
un boadilo o un kourete. Huy e.
—Excelente.
Dejémosle huir. Dejémosle entregar un informe desastroso.
—No
puede. Si ellos quieren comprar, no van a adquirir
nada tan desastroso. Se limitarán a enviar a otro,
alguien más resistente, para
terminar el informe. Si matamos a Myshtigo, sabrán que
seguimos protestando, que seguimos siendo resistentes nosotros mismos.
—Él
no teme por su vida.
—¿No?
Entonces, ¿a qué le teme?
—No
lo sé. Pero tendré que averiguarlo.
—¿Cómo?
—Creo
que se lo preguntaré.
—Eres
un lunático. Dio media vuelta.
—Debe
ser a mi estilo, o nada —dije.
—Cualquier
estilo, entonces. Ya no importa. Ya hemos perdido. La cogí por los hombros,
besándole el cuello.
—Todavía
no hemos perdido. Ya verás. Permanecía erguida.
—Vete
a dormir —dijo ella—, es tarde. Es demasiado tarde.
Regresé al gran caserón de
Iakov Korones donde Myshtigo y y o estábamos alojados y donde Phil
estuvo en su última jornada. Su Prometeo
Encadenado seguía en la mesa de escribir, junto a
un frasco vacío. Había aludido a sus
propios achaques cuando me visitó en Egipto y
sufrió un ataque, sobreviviendo a varios. Parecía normal que hubiese dejado un mensaje para un viejo
amigo, en un caso así.
O
sea, que abrí el libro y lo hojeé. Estaba escrito en las páginas en blanco al
final del libro, en griego. Aunque no en griego moderno, sino clásico.
«
Querido amigo, aunque aborrezco escribir algo que no
pueda retocar, presiento que es preferible
que me dedique
a hacerlo con celeridad. No me encuentro bien. George quiere
que vaya a Atenas. Lo haré, por la mañana.
Pero primero, con respecto al tema que
nos importa…
»
Saca al vegano fuera de la Tierra, vivo, a cualquier precio.
»
Es importante.
»
Es la cosa más importante en el mundo.
»
Temía decírtelo antes porque pensé que Myshtigo podía ser un telépata.
Esto es por lo que no formé parte
del viaje entero, aunque me hubiese
gustado mucho hacerlo así. Por ello fingí
odiarle, para poder permanecer lejos de él lo más posible.
Solamente después de confirmar el hecho de que
no era telepático decidí unirme a vuestro grupo.
»
Sospechaba y o, presentes Dos Santos, Diane
y Hasán, que el Radpol debía estar anhelando
suprimirle. Si él era un telépata, imaginé que lo
averiguaría rápidamente y haría lo que fuese necesario
para asegurar su vida. Si no era un telépata, tuve
una gran fe en tu habilidad para defenderle
contra
casi todo, incluyendo a Hasán. Pero no quise que él se enterase de lo que y o
sabía. Aunque intenté avisarte, si lo recuerdas.
»
Tatram Myshtigo, su abuelo, es uno de
los seres más nobles y agradables que he conocido. Es
un filósofo, un gran escritor, un administrador altruista
de los servicios públicos. Me relacioné con él durante mi estancia en Taler, hace y
a unos treinta años y más tarde nos convertimos en íntimos
amigos. Desde entonces hemos estado en comunicación
casi constante, y fui advertido por él de los planes
del complejo vegano con referencia a la disposición de
la Tierra. También me exigió juramento de mantenerlo en secreto. Nadie
debe saber que estoy enterado. El anciano sufriría en todos
los sentidos, si esto llegase a saberse.
»
Los veganos se encuentran en una
posición muy embarazosa. Se dieron cuenta y muy
claramente, durante los días de la Rebelión Radpol, de la existencia de
una población indígena con una fuerte organización propia y deseosa
de la restauración de nuestro planeta. Los veganos no quieren
la Tierra. ¿Para qué? Si quieren explotar a los terrícolas
tienen más de ellos en Taler que nosotros en la
propia Tierra, y no lo hacen en modo alguno,
masiva ni maliciosamente. Nuestra ex población
ha elegido cualquier labor de explotación antes que regresar. ¿Qué nos indica
esto? El Retornismo es un movimiento y a muerto. Nadie va a
regresar. Por eso abandoné el movimiento.
Y me parece que tú hiciste lo mismo. Los
veganos desearían quitarse
de encima el problema de
la Tierra. Indudablemente quieren visitarla. Es
instructivo, moderador, y absolutamente
terrorífico para ellos venir aquí y ver lo que
puede hacerse con un mundo.
»
Lo que ellos necesitaban era encontrar un medio de
llegar
a un acuerdo con nuestra ex población y su gobierno en Taler. Los taleritas no
estaban muy dispuestos a renunciar a su única justificación para los impuestos
y su existencia: la Oficina.
»
Pero después de muchas negociaciones y mucha persuasión económica, incluyendo
la oferta de la plena ciudadanía vegana a nuestra ex población, parece ser que
fue hallado un medio. La puesta en ejecución del plan se dejó en manos de los
“shtigo”, especialmente Tatram.
»
Finalmente, él halló el medio, según creía, de devolver
apropiadamente la Tierra a
una posición autónoma y preservar su integridad cultural. Es
por lo que envió a su nieto, Cort, a efectuar su “inspección”. Cort es un
ser extraño. Su verdadero talento es representar
teatralmente (todos los “shtigo” están muy dotados) y le encanta
simular. Creo que quería representar el papel de un
alienígena hostil, y estoy seguro que lo hizo con arte
y eficiencia. (Tatram me advirtió también que
sería el último papel de Cort. Está muriéndose
de drinfan,
que es incurable; creo también que
ésta es la razón por la que fue elegido.)
» Créeme, Konstantin
Karaghiosis Korones Nomikos Conrad (y demás nombres que no
conozco) cuando digo que él no estaba inspeccionando con
fines perjudiciales.
»
Deploro el hecho de que nunca podré acabar tu
elegía,
» Phil.»
Muy
bien, decidí entonces. Vida, y no muerte, para el vegano. Phil había hablado y
no dudé de sus palabras.
Regresé
a la mesa de la cena y permanecí con Myshtigo hasta que estuvo dispuesto para
irse. Le acompañó a la casa de Iakov Korones y le hice compañía mientras
empaquetaba varios objetos y prendas. Durante aquel lapso, intercambiamos quizá
seis palabras.
Llevamos sus pertenencias al lugar
donde tomaría tierra el « skimmer» , frente a
la casa. Antes que los demás (incluyendo Hasán)
acudieran a despedirle, me dijo:
—Conrad,
explícame por qué estás echando abajo la pirámide.
—Para fastidiar
a Vega. Para hacerte saber que si queréis este sitio y
os las componéis para quitárnoslo, lo vais a
obtener en peor estado de lo que estaba después de
los Tres Días. No quedará nada para contemplar. Quemaríamos el resto
de nuestra historia. No quedaría ni siquiera
un fragmento para vosotros.
El
aire escapando de sus pulmones salió con un agudo plañido. El equivalente
vegano a un suspiro.
—Supongo
que es loable —dijo—, pero, ¿crees que podrás
alguna vez volverlo a colocar
todo en su sitio? ¿Pronto, a lo mejor?
—¿Tú
qué crees?
—Observé
que tus trabajadores marcaban la mayoría de las piezas. Me encogí de hombros.
—Me
queda por hacerte una pregunta muy seria, entonces
—declaró—, acerca de tu propensión a la
destrucción. ¿Es esto realmente arte?
—Vete
al infierno.
Entonces
llegaron los demás. Sacudí lentamente la cabeza en negativa hacia Diane y
agarré la muñeca de Hasán lo suficiente para que dejase caer una diminuta aguja
que había adherido a la palma de su mano. Entonces le dejé que también
estrechase la diestra del vegano, brevemente.
El
« skimmer» zumbó bajando del cielo. Acompañé a bordo a Myshtigo, colocando
personalmente su equipaje, y cerrando y o mismo la puerta.
El
aparato despegó sin el menor incidente y desapareció en cuestión de segundos.
Aquél
era el término de la excursión. Ahora me tocaba incinerar a un amigo.
Erguido
en la noche, mi entarimado de troncos soportaba lo que quedaba del poeta, mi
amigo. Apagando la linterna, encendí una antorcha. Hasán estaba a mi lado. Me
había ayudado a transportar el cadáver al carromato y se ocupó de las riendas.
Dos
Santos, que no aprobaba la cremación, decidió no asistir a ella, alegando que
sus heridas le importunaban. Diane eligió permanecer con él en Makry nitsa.
Ellen
y George estaban sentados en el lecho
del carro que se hallaba apartado tras un amplio ciprés, y
se tomaban de las manos. Eran los
únicos testigos, además de Hasán.
Apliqué
la antorcha a una esquina de la pira. La llama mordió lentamente y empezó a
invadir la madera. Hasán encendió otra antorcha, hincándola en tierra,
retrocedió y fue observando.
Mientras
las llamas fulminaban su paso
hacia arriba, desparramé vino
por el suelo. Arrojé más hierbas aromáticas
en la fogata. Y entonces, también retrocedí.
La
música de
las llamas me parecía ser el mejor de
los funerales para un gran poeta.
Sus
rojos penachos alcanzaban casi la cúspide.
Entonces
vi a Jasón, en pie junto al carro, y a « Bortan» sentado a su lado.
Retrocedí
más. « Bortan» acudió a sentarse a mi derecha. Lamió mi mano.
—Gran
cazador, nos perdimos el uno al otro —le dije. Meneó afirmativamente su
cabezota.
Las
llamas alcanzaron la cúspide de la pira y empezaron a mordisquear la noche. El
aire se pobló de dulces aromas y del sonido del fuego.
Jasón
se aproximó.
—Padre,
él me condujo al sitio de las rocas quemantes, pero y a habías escapado.
—Un
no-hombre amigo nos liberó. Antes, este hombre, Hasán, destruyó al Hombre
Muerto. O sea, que tus sueños resultaron ser, a la vez, ciertos y equivocados.
—Él
es el guerrero de ojos amarillos de mi visión.
—Lo
sé, pero esta parte también quedó rebasada.
—¿Y
de la Bestia Negra?
—Ni
un bufido ni una pisada.
Contemplamos
la pira durante mucho, mucho tiempo, mientras la noche avanzaba… En varios
momentos, las orejas de « Bortan» se tendieron hacia adelante y se dilataron
sus fosas nasales. George y Ellen no se habían movido. Hasán era un espectador
silencioso, inexpresivo.
—¿Qué
harás ahora, Hasán? —le pregunté.
—Volver
de nuevo al Monte Sindjar por una temporada.
—¿Y
después? Encogió los hombros.
—Lo
que deba ser, escrito está —replicó.
Y
entonces un espantoso ruido se nos vino encima, como los gruñidos de un gigante
idiota, y lo acompañaba el crujido de árboles descuajados.
«
Bortan» saltó en pie y gruñó. Los asnos jóvenes que habían arrastrado el
carromato se removieron inquietos. Uno de ellos emitió un breve rebuzno.
Jasón
sujetó con fuerza el palo agudizado que había recogido del montón de leña, y se
envaró.
Entonces
irrumpió aquello en el descampado. Enorme y horrendo, digno de cuantos nombres
le eran aplicados:
El Devorador de
Hombres… El Sacudidor de la Tierra…
El
Poderoso, el Abominable… La Bestia Negra de Tesalia.
Por
fin, alguien podría decir cómo era realmente. Si lograba escapar con vida para
contarlo.
Debió
ser atraída por el olor de la carne incinerada.
Y
era enorme. Por lo menos, del tamaño de un elefante.
Un enorme jabalí… Con
lomo de navaja de afeitar, provisto de colmillos
largos como un brazo de hombre… Ojillos porcinos, negros,
girando locamente, enrojecidos por el resplandor de
la fogata…
Derribó
tres árboles al llegar…
No
obstante, berreó cuando Hasán,
sacando un tizón quemante de la hoguera, lo
hincó en su hocico para saltar atrás rápidamente.
La
bestia se desvió, lo cual me dio tiempo para arrancarle a Jasón el largo
garrote.
Corrí
asestándole un punterazo en el ojo izquierdo.
La
bestia volvió a desviarse a un lado
y berreó como una caldera con una grieta
de escape de vapor.
Y
« Bortan» y a estaba encima de ella, mordiéndole el lomo.
Ninguno
de mis dos estoconazos en su garganta le hicieron más que heridas
superficiales.
Luchaba contra las fauces y, finalmente, se sacudió, libre de la dentellada de
« Bortan» .
Hasán
se colocó a mi lado, esgrimiendo otro tizón. La bestia nos embistió.
Desde
algún sitio, George vació una pistola ametralladora contra la Bestia Negra.
Hasán hincó el tizón. « Bortan» saltó de nuevo, esta vez atacándole por el lado
ciego.
Y
estos hostigamientos hicieron que volviera a desviarse en su embestida,
chocando contra el carro y a vacío y matando a ambos asnos.
Corrí
entonces hacia el animal, clavándole el garrote
afilado hacia arriba, bajo su
sobaco izquierdo.
El
palo se rompió en pedazos.
«
Bortan» seguía mordiendo, y su gruñido era como un trueno
prolongado. Cada vez que los colmillos asestaban un tajo, soltaba «
Bortan» su presa, brincaba apartándose, y
volvía al ataque.
Hasán
y y o la rodeamos con las estacas más agudas que pudimos hallar en el montón de
leños. Persistíamos en pinchar a la bestia, girando en torno. « Bortan»
persistía en intentar morderle la garganta, pero la gran cabeza hocicuda
permanecía gacha, y los colmillos tajaban el aire como espadas. Sus pezuñas
hendidas abrían grandes hoy os en el suelo al ir girando en sus intentos de
destriparnos al resplandor flamígero anaranjado y oscilante.
Finalmente,
se detuvo y viró, súbitamente con gran velocidad para algo tan enorme, y su
brazo golpeó a « Bortan» en el flanco lanzándole a unos tres metros lejos.
Hasán le golpeó a través del lomo con su madero y y o lancé un estacazo hacia
su otro ojo, pero fallé.
Entonces
se dirigió hacia « Bortan» que
estaba levantándose. Gacha la cabeza, relucientes
los colmillos…
Arrojé
mi estaca y me abalancé hacia la bestia que atacaba a mi perro. Ya había bajado
al máximo la cabeza para asestar su golpe de muerte.
Agarré
ambos colmillos cuando la
cabeza casi rozaba el suelo. Nada podía
contener aquel tajo doble y feroz. Me di
cuenta mientras empujaba hacia el suelo
con todas mis fuerzas.
Pero lo
intenté, y en cierto modo lo conseguí
por espacio de un segundo… Por lo menos,
mientras fui arrojado por el aire, rasgadas y
sangrantes las
manos, vi
que « Bortan» había logrado zafarse apartándose de
la mortal acometida.
Me mareó la
caída porque fui arrojado lejos y alto.
Oí un gran berrido similar al de
un cerdo furioso. Hasán gritó y « Bortan» emitió, una
vez más, su hondo rugido batallador.
…
Y el ardiente ray o rojo de Zeus descendió por dos veces de los cielos.
…
Y todo quedó en silencio.
Lentamente,
pude ponerme en pie.
Hasán
estaba en pie junto a la pira llameante, con un tizón al rojo vivo todavía
alzado en posición de lanzamiento de jabalina.
«
Bortan» estaba olfateando
la montaña de carne estremeciéndose. Cassandra
se hallaba en pie junto al ciprés con su espalda
contra el tronco.
Llevaba
pantalones de cuero, una camisa de lana azul
y mi escopeta para elefantes aún humeando. Ostentaba
una tenue sonrisa.
—Eh…
Hola, Cassandra. ¿Dónde estuviste?
Dejó caer la
escopeta lentamente, estaba muy pálida. La tuve abrazada
antes de que el arma cay era al suelo.
—Luego
te preguntaré —dije—, ahora no.
Ahora nada. Sólo sentarnos
aquí bajo este magnífico
árbol y contemplar el fuego.
Eso
hicimos.
Un
mes después, Dos Santos fue despedido del Radpol. Él y Diane parecieron haber
desaparecido desde entonces. El rumor pregona que renunciaron al Retornismo, se
trasladaron a Taler y viven allí ahora. Nunca conocí la historia completa de
Peluca Roja, y supongo que nunca la sabré. Ni creo tampoco que vuelva a verla
nunca.
Poco
después de la reorganización del Radpol, Hasán regresó del Monte Sindjar,
permaneció algún tiempo en Port-au-Prince, luego compró un barco pequeño y
zarpó una mañana sin despedirse de nadie ni dar la menor indicación sobre su
punto de destino. Se supuso que había encontrado un nuevo empleo en algún
lugar. Varios días después hubo un huracán y oí rumores en Trinidad referentes
a que la resaca lo depositó en la costa del Brasil y halló la muerte a manos de
los fieros miembros de una tribu que rondaban por allá. Intenté comprobar la
veracidad de este rumor, pero me fue imposible.
Dos meses más tarde, Ricardo
Bonaventura, presidente de la
Alianza Contra el Progreso, un grupo disidente del
Radpol que había incurrido en la desaprobación de
Atenas, murió de apoplejía durante una reunión
del partido. Hubo algunos chismorreos acerca del
veneno Divban en las anchoas de un aperitivo (una
combinación sucesivamente
letal, me aseguró George), y al día
siguiente el nuevo capitán de la Guardia
de Palacio se esfumó misteriosamente, con un « skimmer» y
las actas de las tres últimas sesiones secretas del ACP
(sin mencionar el contenido de una
pequeña caja fuerte que también se esfumó). Le
han
descrito como un hombretón de ojos amarillos, bronceado, barbudo,
con un toque levemente arábigo en sus rasgos faciales…
Jasón
sigue pastoreando por las alturas donde los dedos de Aurora son los primeros en
pintar el cielo con rosas, y sin duda alguna corrompe a la juventud
con
sus canciones.
Ellen
está nuevamente embarazada, toda delicadeza pese a
su cintura hinchada, y no quiere hablar con nadie excepto
con George. George quiere intentar una caprichosa
cirugía embrionaria, para convertir a su próximo
retoño en un respirador de agua a la vez que respirador
de aire, lo cual le permitiría cruzar esa gran
frontera virgen bajo el
océano y él sería padre de una nueva raza y
escribiría un interesante libro sobre la materia. Pero Ellen no
está muy entusiasmada con la idea, o sea, que
tengo el presentimiento que el
océano permanecerá virgen algún tiempo más.
He
decidido seguir en la Oficina. Fundaré una especie de Parlamento después que
hay a elaborado un partido de oposición al Radpol. Quizá el Rec In, o algo
similar, para designar algo así como los Reconstruidores Independientes.
Y
Cassandra, mi princesa, mi ángel, mi encantadora dama, sigue adorándome. Y
y o a ella.
Ella era « el
cargamento de héroes» que Hasán había oteado en
el mar aquel día en Pagasae. Aquel barco de
vela. Aunque no transportaba vellones de oro, sino
simplemente mi armero personal. Sí. Era mi Vanidad Dorada aquel velero.
Ella estaba navegando en mi barco cuando los cimientos de
Kos se hundieron. Después, hizo proa a Bolos porque sabía que
Makrynitsa rebosaba de parientes míos. Fue algo maravilloso que
tuviera ella la sensación que había peligro y transportase a
tierra mis armas pesadas. (También fue algo maravilloso
que supiera cómo usarlas. Sobre todo, la
de matar elefantes.) Tendré
que aprender a tomar sus premoniciones más en serio.
He comprado una casa en un sitio muy tranquilo al
extremo de Haití opuesto a Port-au-Prince. Tiene
una gran playa y abundante jungla en torno. Necesito poseer
un distanciamiento, como toda la isla, entre la civilización y y o,
porque tengo, bueno, un problema de caza. El otro día cuando vinieron
unos abogados no prestaron mucha atención al cartelito: «
Cuidado con el perro» . Ahora, sí. El que está
bastante averiado en la clínica renunció a presentar
una demanda por daños, y George lo pondrá
nuevo en poco tiempo. Los otros
no resultaron tan gravemente perjudicados.
Por
suerte, y o andaba cerca.
Todo el planeta Tierra fue comprado por el Gobierno
Talerita, adquirido por los generosos, abundantes y ricos « shtigo» . Ahora
todo el mundo es vegano. Y pocos son los terrícolas
que desean regresar.
El
sabio viejo Tatram procuró de todos modos que los « shtigo» no fueran
propietarios de la Tierra. La compra fue hecha en nombre de su nieto, el
difunto Cort Myshtigo.
Y
Myshtigo dejó escrita su voluntad de reparto, su última voluntad y testamento,
al estilo vegano. Me citaba.
Pues
sí… He heredado el planeta.
La
Tierra, para concretar más.
Diablos,
y o no la quiero. Quiero decir que si bien de momento estoy comprometido en el
asunto, y a veré cómo salirme del apuro.
El viejo Tatram empleó diversas artimañas legales. Pero esencialmente quería
a alguien que conociese bastante la Tierra
para poder ser su administrador, y
que no quisiera apropiarse de ella para su uso personal y
codicioso.
Cort
llegó a escribir su libro.
En
realidad deseaba comprobar si y o era bueno, honrado,
noble, puro, leal, fiel, fidedigno, altruista, amable, alegre, y
« sin ambiciones personales» .
Lo
cual significa que era un extravagante lunático, porque dijo:
—Sí,
es todo eso.
Desde
luego, le engañé sin proponérmelo.
Tal
vez tuviera razón acerca de mi falta de ambiciones personales, aunque supongo
que se debe a que soy condenadamente perezoso, y no tengo el menor deseo de
contraer constantes jaquecas y migrañas de las que abundaban en la atormentada
Tierra.
Me
basta y sobra con tomarme en ella unas vacaciones.
De momento la Tierra es salvaje e
inhabitable. Es, un lugar pedregroso e inhóspito. La
basura deberá ser limpiada, sección por sección.
Lo cual significa mucho trabajo. Me propongo poner a George al frente de
un programa de Sanidad Pública.
Saldremos
adelante. Ya estoy cansado de ser un sepulturero y un tipo
nacido con propensión para los alborotos.
Cassandra
y y o disfrutamos de esta casa en la Isla Mágica. A ella le
gusta. A mí también. Ya no le
importa mi edad indeterminada. Lo cual es estupendo.
Precisamente esta misma
mañana a
hora temprana, cuando estábamos tendidos en la
play a contemplando al sol poniendo en fuga a las
estrellas, me volví hacia ella para comentar que
la tarea que me aguardaba iba a ser de las
que dan úlceras, dolores de cabeza y demás.
—No,
no lo será —replicó ella.
—Eres
demasiado optimista, Cassandra.
—No.
En aquella ocasión, te dije que
estabas encaminándote hacia grandes peligros, y fue así,
aunque entonces no me creíste. Esta vez tengo
la sensación que las cosas irán bien. Eso es todo.
—Dando
por buena tu profecía en el pasado, sigo opinando que subestimas lo que nos
espera…
Levantándose,
dio ella un leve talonazo en el suelo.
—¡Nunca
me crees!
—Claro
que sí te creo. Lo único que pasa es que ahora estás equivocada, querida…
Entonces
fue a zambullirse. Mi preciosa sirena
nadó, alejándose en las oscuras aguas. Tras cierto
tiempo, regresó.
Sonriente,
sacudiéndose el agua del cabello, dijo:
—De
acuerdo. Tienes razón.
La
cogí por el tobillo, atrayéndola sobre la arena a mi lado, y empecé a
cosquillearla.
—¡No
sigas!
—Eh,
pero si te creo siempre, Cassandra. De veras. Seguro que tienes razón.
—Tú
lo que eres es un engreído petulante… ¡ay !
Estaba encantadora allí en la
playa; la enlacé, y permanecimos hasta
que el día nos rodeó por doquier.
Y
el sitio es precioso. Ideal para terminar mi relato.

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