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Libro N° 8997. ...Y Llámame Conrad. Roger Zelazny.

 


© Libro N° 8997. ...Y Llámame Conrad. Roger Zelazny. Emancipación. Agosto 28 de 2021.

Título original: ©  ...Y Llámame Conrad. Roger Zelazny

 

Versión Original: © ...Y Llámame Conrad. Roger Zelazny

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://solocienciaficcion.blogspot.com/2020/07/y-llamame-conrad-roger-zelazny.html

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

...Y LLÁMAME CONRAD

Roger Zelazny

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

...Y Llámame Conrad

Roger Zelazny

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

… Y LLÁMAME CONRAD

Roger Zelazny

 

 

Los lectores de la desaparecida revista Minotauro difícilmente habrán olvidado

«Una rosa para el Eclesiastés» (núm. 8), y los seguidores de Nueva Dimensión, probablemente recuerden el relato «Mío es el reino» (número 4, con el seudónimo Harrison Denmark), en el que se nos presenta al último hombre sobre una Tierra muerta, que no se resigna a cedérsela a los pacíficos invasores xenoides.

En …Y llámame Conrad, Zelazny recoge el tema de una Tierra en ruinas, acosada (de forma no bélica sino diplomática) por una raza extraterrestre fría y calculadora, y construye una narración de evidente corte épico. El protagonista, Conrad-Konstantin, es poco menos que un semidiós helénico, empeñado, a lo largo de su secular existencia, en una colosal epopeya cuyo escenario es una Tierra posatómica, en la que la radiactividad ha despertado, dándoles realidad física, los antiguos mitos y leyendas…



 

 

 

 

 

—Tú eres un Kallikanzari —dijo ella, de repente.

Me volví sobre el costado izquierdo y sonreí en la oscuridad.

—Dejé mis cascos y mis cuernos en la oficina.

—¡Tú conoces la historia!

—Mi nombre es Nomikos. Extendí una mano y la toqué.

—¿Vas a destruir el mundo esta vez? Me eché a reír y la acerqué más a mí.

—Lo pensaré. De todos modos, la Tierra se derrumba.

—Sabes que los niños nacidos aquí en Navidad son de sangre Kallikanzaroide

—dijo ella—, y una vez me dijiste que tu nacimiento…

—¡Está bien!

Me había llamado la atención que ella estuviese bromeando sólo a medias. Sabiendo alguna de las cosas que uno conoce de los Antiguos Lugares, de los Lugares Calientes, se puede creer en los mitos sin realizar ningún esfuerzo extraordinario…, como la historia de aquellos espíritus parecidos a Pan que se reúnen cada primavera para pasar diez días serrando el Árbol del Mundo, y son dispersados en el último momento con el doblar de las campanas orientales. (Las campanas que doblan, los dientes que rechinan, los cascos que suenan ahogadamente sobre el suelo, etcétera.) Cassandra y y o no teníamos por costumbre discutir de religión, política o folklore egeiano en la cama…, pero como y o había nacido en tales lugares, los recuerdos estaban aún algo vivos.

—Me siento herido en mis sentimientos —dije medio en broma.

—También tú me estás haciendo daño ahora mismo.

—Lo siento.

Procuré relajarme sobre el lecho. Poco después, expliqué:

—Hace mucho tiempo, cuando y o era muy pequeño, los demás chicos solían llamarme Konstantin Kallikanzari. Cuando me hice mayor y más feo, dejaron de llamarme así. Al menos nunca mencionaban tal nombre en mi presencia.

—¿Konstantin? ¿Era ése tu nombre?

—Ahora es Conrad, de manera que olvídalo.



—Pero me gusta. Preferiría llamarte Konstantin que Conrad.

—Si eso te hace feliz…

La Luna asomó su deteriorado rostro por encima del alféizar de la  ventana para burlarse de mí. Yo no podía alcanzar la Luna, ni siquiera la ventana, de manera que miré hacia otra parte. La noche era fría y  húmeda; una  neblina espesa lo llenaba todo.

—El comisionado de Artes, Monumentos y  Archivos para  el planeta  Tierra no es la persona más indicada para derribar el Árbol del Mundo —dije.

—Mi Kallikanzari —respondió ella, con excesiva rapidez—. No he dicho eso…, pero cada año hay menos campanas y no siempre es el deseo lo que cuenta. Tengo la impresión de que tú cambiarás las cosas de alguna manera. Quizá…

—Estás equivocada, Cassandra.

—Y tengo miedo, y frío…

Estaba encantadora en la oscuridad. La sostuve entre mis brazos como si tratara de ampararla contra el rocío de la neblina exterior.

 

 

Al intentar reconstruir los acontecimientos de estos últimos  seis  meses, me doy cuenta ahora que  mientras alzábamos muros de  pasión y  rebeldía, la  Tierra y a había caído en manos de aquellos poderes que aplastan todas las rebeldías y sujetan todas las pasiones. Dirigidas desde el interior y el exterior, las fuerzas del quebrantamiento final aún desfilaban con paso de  ganso por  entre  las ruinas…,  sin rostro, irresistibles, con los brazos alzados.

Cort Myshtigo había atracado en Port-au-Prince, en el antiguo Sol-Bus Line, que le había trasladado desde Titán en compañía de una carga de camisas y zapatos, ropa interior, diferentes clases de vinos,  medicinas,  y  las últimas cintas de la civilización.

Era un periodista galáctico, rico e influyente. Lo rico que era no lo sabríamos en muchas semanas, y la influencia que poseía era cosa que y o había averiguado hacía solamente cinco días. Y el inactivo Radpol estaba agitándose nuevamente, pero no lo supe hasta varios días después.

El Radpol. El viejo Radpol…

Organización importante entre los agitadores de la destrucción, el Radpol se había sumido en una larga quietud.

Después de la partida de su siniestro fundador Karaghiosis, el asesino (que extrañamente se parecía a mí, según decían unos pocos veteranos), el Radpol se había debilitado y dormido.

Sin embargo, y a había realizado su labor hacía medio siglo, y los veganos se hallaban estancados.

Pero Vega podía comprar la Oficina de la Tierra… que dirige este culpable



mundo… y venderla muchas veces, sin que nadie se enterase, porque el Gobierno de la Tierra vive lejos de los alrededores de Vega.

Aunque Vega no lo había intentado hacer, o no había podido.

No desde que el Radpol había dirigido la Rebelión Restitutoria, fundido Madagascar, y demostrado su eficacia. El gobernador de la Tierra había estado muy atareado vendiendo terrenos a los veganos; esto mediante la Oficina, infección del servicio civil del Gobierno de la Tierra, aquí, entre las islas del mundo.

Una vez terminadas las ventas. Vega se retiró, y el Radpol se adormeció soñando su Gran Sueño…, el del regreso de los hombres a la Tierra.

La Oficina continuó administrando. Los días de Karaghiosis habían pasado.

 

 

Aquí en la isla de Kos, vagamos entre los olivares, y a silvestres, elegimos nuestro camino a través de las ruinas del castillo franco, o mezclamos nuestras huellas con las trazadas en jeroglífico por las patas de las gaviotas-arenque; aquí, sobre las húmedas arenas de las playas de Kos, matamos el tiempo mientras esperamos una redención que no llegará, y que, en realidad, nunca ha sido esperada.

Los cabellos de Cassandra tienen el color de las olivas de Katamara  y  son muy brillantes. Sus manos son suaves, los dedos cortos, delicadamente moldeados. Sus ojos son muy negros. Ella solamente  tiene  unas cuatro pulgadas de estatura menos que y o, lo cual le proporciona una gracia sin par, y a que y o paso del metro ochenta. Por  supuesto, cualquier  mujer aparece graciosa, precisa y atractiva, cuando camina a mi lado, porque y o no poseo ninguno de  los  atributos de belleza anteriormente mencionados. Mi mejilla izquierda es un mapa de África trazado en varios tonos morados a causa de las mutables fungosidades que adquirí de una lona enmohecida cuando desenterré al Guggenheim para el viaje a Nueva York; el pelo me llega casi hasta las mismas cejas, mis ojos son desiguales. (Miro a la gente airadamente con el que tiene un frío  color  azul cuando quiero intimidar; el de color castaño es para las miradas sinceras y honradas.) Uso una bota reforzada, pues mi pierna derecha es demasiado corta.

Sin embargo, en Cassandra no hay contrastes. Es bella.

La conocí por casualidad, la  perseguí con desesperación y  me casé  con ella en contra de mi voluntad. (Esta última parte fue idea suya.)  Yo ni siquiera pensaba en ello…, ni aquel día cuando entré en el puerto con mi caique y la  vi  allí, tomando el sol como una sirena junto al sicómoro de Hipócrates y decidí que la deseaba. Kallikanzari nunca hizo mucho honor a la familia. Resbalé de nuevo.

Era una mañana muy limpia y clara. Se iniciaba el tercer mes desde nuestra unión. Sin embargo, aquél era mi último día en Kos, pues había recibido una llamada la tarde anterior. Todo estaba húmedo aún, a causa de la lluvia caída



durante la noche, y tomamos asiento en el patio, bebiendo café turco y comiendo naranjas. El día estaba comenzando a iluminar el mundo. La brisa era intermitente, húmeda, la sentíamos bajo el negro peso de nuestros suéteres, y veíamos cómo se llevaba muy lejos el vapor de nuestro caliente café.

—Me siento destrozado —dije.

—Lo sé —respondió ella—. Procura animarte…

—Es inevitable. Tengo que irme y dejarte, y eso me desmorona moralmente.

—Puede que sólo se trate de unas pocas semanas. Eso has dicho tú. Luego, regresarás.

—Eso espero —dije—. Sin embargo, si mi ausencia se alarga, enviaré a buscarte. Todavía no sé dónde estaré.

—¿Quién es Cort Myshtigo?

—Un actor de Vega, periodista. Es importante. Quiere escribir sobre lo que queda de la Tierra. De manera que  tengo que  enseñárselo todo personalmente. Yo. Personalmente…, ¡maldita sea!

—Cualquiera que pueda tomarse unas vacaciones de diez  meses  para navegar por ahí no debería quejarse de exceso de trabajo.

—Yo puedo quejarme… y lo haré. Se supone que mi trabajo es una sinecura.

—¿Por qué?

—Principalmente porque hice que fuera así. Trabajé duramente  durante  veinte años para lograr que las Artes, los Monumentos y los Archivos sean lo que hoy son. Hace diez años llegué a conseguir que el personal que me  rodea  estuviese capacitado para dirigirlo todo. Y así pude retirarme a pastar en buenas praderas, como se dice vulgarmente. De vez en cuando regresaba para firmar papeles y luego hacía lo que me diese la gana durante  largos  intervalos  de  tiempo. Y ahora esto…, este gesto servil…, tener que acompañar por ahí a un plumífero de Vega en un viaje que podría realizar cualquier guía profesional.

¡Los veganos no son dioses!

—Espera un minuto —dijo ella—. ¿De qué hablas? ¿Veinte años? ¿Diez años? Sentí un nudo en la boca del estómago.

—Ni siquiera has cumplido los treinta años de edad.

El nudo del estómago se hizo mayor. Esperé. Luego me levanté.

—Bien, hay algo que… bueno, algo que en realidad jamás mencioné ante ti.

De todas maneras, dime, ¿qué edad tienes tú, Cassandra?

—Veinte años.

—¡Vaya, vaya! Yo estoy a punto de tener cuatro veces tu edad.

—No te comprendo, no lo entiendo.

—Ni y o tampoco. Ni tampoco parecen entenderlo los doctores. Parece ser que me detuve en algún punto situado entre los veinte y los treinta años, y así seguí… Sospecho que eso es una especie de… bueno, parte quizá de mi mutación particular. ¿Acaso eso establece alguna diferencia entre los dos…, alguna



dificultad?

—No lo sé… Quizá sí.

—No te importa mi cojera, o mi excesivo vello, o el aspecto de mi rostro. Entonces, ¿por qué debe preocuparte mi edad? Soy joven para todos los efectos.

—Ocurre que no es lo mismo una cosa que otra… —respondió ella, con indiscutible contundencia—. ¿Y qué ocurrirá si jamás te haces viejo?

Me mordí el labio inferior, cuando deseaba morder los suyos.

—Más pronto o más tarde tendré que hacerme viejo.

—¿Y si es más tarde? Yo te amo. No quiero llegar a ser una anciana a tu lado.

—Tú vivirás por lo menos hasta los ciento cincuenta años. Hay tratamientos S-S. Tú los tendrás a tu disposición.

—Pero no me mantendrán joven… como tú.

—Yo no soy  realmente joven. Nací y a viejo.

Mis palabras no hicieron el menor efecto. Cassandra comenzó a llorar.

—Quedan muchos, muchos años por delante —añadí—. ¿Quién sabe lo que ocurrirá mientras tanto?

Mis palabras sólo la hicieron llorar más todavía.

Siempre fui impulsivo. Normalmente pienso bien, pero al parecer siempre lo hago después de haber hablado…, y, mientras tanto, generalmente, y a he destruido toda posible base para una ulterior conversación.

Tratando de animarla, añadí:

—Escucha, tú también tienes en ti una pincelada de Material Ardiente. Me costó cuarenta años darme cuenta de que no tenía  cuarenta años. Puede que  a  ti te suceda lo mismo. No soy más que un chico de la vecindad.

—¿Conoces algún otro caso como el tuyo?

—Bien…

—No, no lo conoces.

—No, no lo conozco.

Esperé hasta que dejó de llorar y sentí cómo me miraba nuevamente. Luego, esperé un poco más.

—¿Estás bien? —pregunté finalmente.

—Muy bien, gracias.

Busqué su mano fría, pasiva, que llevé a mis labios.

—Rodos dactylos —murmuré. Ella dijo:

—Puede que sea una buena idea… irte durante una temporada así, de esta forma…

La brisa barrió nuevamente el vapor del café. Era una brisa todavía húmeda, que nos calaba, y hacía que su mano o la mía temblasen…, no estoy  seguro de cuál era. También la brisa agitaba las hojas sobre nuestras cabezas, vertiendo su rocío.



—¿No has exagerado tu edad? —preguntó—. ¿No lo has hecho siquiera un poco?

Su tono de voz sugería que el asentir a su pregunta sería la respuesta mejor acogida.

En consecuencia, respondí con tono de sinceridad:

—Sí.

Entonces, ella sonrió, algo más tranquilizada acerca de mi humanidad. Continuamos sentados allí, tomados de  la  mano, y  contemplando la  mañana.

Al cabo de un rato, ella comenzó a cantar en voz baja, casi entre dientes. Era una canción triste que tenía siglos. Una balada. Relataba la historia de un joven guerrero que jamás había sido vencido, un joven llamado Temocles. Llegó un momento en que era considerado el mejor luchador del mundo entero. Finalmente lanzó un desafío a la cima de la montaña y los dioses actuaron con rapidez: al día siguiente, un muchacho tullido entró en la ciudad sobre el lomo de un enorme perro salvaje. Temocles y el muchacho lucharon durante tres días y tres noches. En el cuarto día, el muchacho le fracturó la espina dorsal, dejándole allí en el campo. Dondequiera que se vertió su sangre, creció la  strige-fleur,  como la llama Emmet, flor bebedora de sangre  que  se  arrastra por las noches,  sin raíces, buscando el espíritu perdido del caído campeón en la sangre de sus víctimas. Pero el espíritu de Temocles se fue de la Tierra, de  manera  que  aquellas flores deben continuar su búsqueda  eterna. Más sencillo que  Esquilo,

pero   es  que   somos   personas   más   sencillas   de   lo   que   una   vez  fuimos,

especialmente los habitantes de tierra firme. Además, ésa no es la forma en que realmente sucedieron las cosas.

—¿Por qué estás llorando? —me preguntó ella, súbitamente.

—Estoy pensando en las imágenes del escudo de Aquiles —respondí—, y  de lo terrible que es ser una bestia educada…, y conste que no estoy llorando. Es el rocío de las hojas que cae sobre mi rostro.

—Haré un poco más de café.

El sol ascendió en el cielo a más altura, y al cabo de un rato se  oyó el ruido de un martillo, procedente del patio del viejo Aldones, el constructor  de  ataúdes. El ciclamino había despertado y la brisa nos traía su fragancia a través de los campos. Muy alto, como un oscuro presagio, planeaba un  murciélago  araña, hacia tierra firme. Sentí dolor al crispar mis dedos alrededor de la culata de un

« 306 Detonador» , y vi cómo el animal retrocedía. Las únicas armas de fuego que y o conocía se hallaban a bordo de mi buque, el Vanitie. Al cabo de unos instantes, el murciélago-araña se perdía de vista.

—Dicen que no son realmente nativos de la Tierra —manifestó ella, contemplando también la desaparición del animal— y que los han traído desde Titán para formar parques zoológicos y …

—Así es.



—… y que se perdieron durante los Tres Días, y entonces se  volvieron salvajes, y que aquí crecen hasta alcanzar un tamaño mucho mayor que en su mundo.

—Una vez vi uno que medía diez metros con las alas extendidas.

—Mi abuelo me contó una vez una historia que había oído en Atenas — recordó Cassandra— sobre un hombre que mató a uno de esos animales sin  contar con arma alguna. El animal alzó al hombre con sus garras desde el muelle donde se encontraba, en El Pireo, pero el hombre le fracturó el cuello con ambas manos. Los dos cayeron a unos treinta metros en el interior de la bahía. El hombre sobrevivió.

—Eso fue hace mucho tiempo —dije y o, recordando—, mucho antes de que la Oficina iniciara su campaña de exterminación. Entonces había muchos más animales como ése, y en aquellos días eran mucho más audaces. Ahora huy en  de las ciudades.

—Aquel hombre se llamaba Konstantin, ahora lo recuerdo. ¿Fuiste tú?

—Su apellido era Karaghiosis.

—¿Eres tú Karaghiosis?

—Si deseas que lo sea…, ¿por qué?

—Porque más tarde ayudó a fundar el Radpol Restitutorio en Atenas y, además, tú tienes unas manos muy fuertes.

—¿Eres tú un Restitutorio?

—Sí. ¿Y tú?

—Yo trabajo para la Oficina. No tengo opiniones políticas.

—Karaghiosis bombardeó los lugares de recreo.

—Lo sé.

—¿Sientes que los hubiera bombardeado?

—No… Realmente no sé muchas cosas sobre ti, ¿verdad?

—Lo sabes todo acerca de mí. Pregunta. La realidad es que soy muy sencillo…, está llegando ahora mismo mi taxi aéreo.

—No oigo nada.

—Lo oirás.

Al cabo de un momento el aparato apareció planeando en el cielo hacia Kos, para después situarse en la baliza que y o había montado en un extremo del patio. Me puse en pie y ayudé a Cassandra a hacer lo mismo, a la vez que el aparato zumbaba suavemente… Un « Radson Skimmer» : una brillante  concha  de coquina, llena de transparencia, de fondo liso y morro chato.

—¿Quieres llevarte alguna cosa contigo? —preguntó  ella.

—Sabes lo que desearía llevarme, pero no puedo.

El « Skimmer» se inmovilizó y abrió uno de sus costados. El piloto, con rostro casi cubierto por unas grandes gafas, volvió la cabeza.

—Tengo la impresión —dijo Cassandra— que te encaminas hacia algo



peligroso.

—Lo dudo, Cassandra.

Ningún fenómeno reintegrará la perdida costilla de Adán, a Dios gracias.

—Adiós, Cassandra.

—Adiós, mi Kallikanzari.

Subí al « Skimmer» y saltamos hacia el cielo, musitando una oración a Afrodita. Desde allá abajo, Cassandra alzaba una mano, saludando. Detrás de mí, el sol iba ampliando más y más su red luminosa. Partimos velozmente hacia el Oeste. Desde Kos a Port-au-Prince había cuatro horas, agua  gris,  pálidas  estrellas, y y o loco. Contemplé las luces de colores…

 

 

El vestíbulo estaba abarrotado de gente. Una enorme luna tropical brillaba rabiosamente. Sabía dónde podía encontrar a Ellen Emmet y me dirigí a su balcón. Las puertas estaban entreabiertas. Ellen debió presentirme, porque y a me esperaba.

—Una vez más de regreso de entre los muertos —me saludó, sonriendo ligeramente—. Ausente casi un año y ni una sola postal de Ceilán comunicando excelente estado físico.

—¿Estuviste enferma?

—Pude estarlo.

Era pequeña, y al igual que todas las que odiaban el día mostraba un tono cremoso bajo su color oscuro. Me recordaba a una complicada  muñeca  mecánica con parte de su mecanismo averiado… Dotada de una  fría  gracia  y con tendencia a aplicar puntapiés a la gente en la espinilla cuando menos lo esperaban. Había perdido una gran cantidad de su cabello color  naranja  oscuro. El restante, recogido en un nudo gordiano de cofia, me desorientó cuando, mentalmente, intenté deshacerlo. En aquel día particular, sus ojos tenían el color que más complacía al dios de su elección…, ahora lo he olvidado, pero creo que eran azules y de una profundidad terrible. Cualesquiera que fuesen sus  ropas, tenían un color verde castaño, y había tela suficiente para envolverla dos veces, pero colgaba en pliegues desiguales desde su cuello, lo cual la hacía aparecer sin forma alguna, fallo de un mal modista, a menos que estuviese otra vez embarazada, cosa que y o dudaba mucho.

—Bien, pues puedes recuperarte y a, si lo necesitas —dije—. No estuve en Ceilán. Estuve la mayor parte del tiempo en el Mediterráneo.

Ellen se recostó sobre la barandilla.

—Tengo entendido que estos días estás así…, como algo casado.

—Cierto —respondí— y también como algo molesto. ¿Para qué me habéis llamado?

—Pregunta a tu jefe.



—Lo hice. Me dijo que voy a servir de guía. Lo que  deseo  saber  es  por qué…, la verdadera razón. No hago más que pensar en eso y  cada  vez  me parece más confuso.

—¿Por qué tendría que saberlo y o?

—Tú lo sabes todo.

—Me estimas excesivamente, querido. ¿Cómo es ella? Me encogí de hombros. Luego respondí:

—Puede que como una sirena. ¿Por qué? Ellen también se encogió de hombros.

—Pura curiosidad. ¿Cómo dices a la gente que soy y o?

—No digo a nadie cómo eres.

—Eso es un insulto. Debo ser algo…, a menos que sea única.

—Eso es…, eres única.

—Entonces, ¿por qué no me llevaste contigo el año pasado?

—Porque tú eres una persona Pueblo y necesitas a tu alrededor una ciudad.

Solamente podrías ser feliz aquí, en Port.

—¿Sabes una cosa? —interrogó Ellen al cabo de un largo silencio—. Eres tan endiabladamente feo que resultas atractivo. Debe ser eso.

Me detuve con la mano extendida a un par de pulgadas de su  hombro  derecho.

—¿Sabes…? —continuó diciendo con voz monótona y carente de toda emoción—. Eres una pesadilla que camina como un hombre.

Dejé caer mi mano y dije:

—Lo sé…, que tengas felices sueños.

Comenzaba a dar media  vuelta, cuando Ellen me retuvo, sujetándome  por  una manga.

—¡Espera!

Miré su mano, luego sus ojos, y otra vez su mano. Ellen soltó la manga.

—Sabes que nunca digo la verdad —dijo ella.

Y a continuación se echó a reír con carcajadas secas y forzadas.  Luego añadió:

—… Y he pensado en algo que debes saber acerca de este viaje. Donald dos Santos está aquí, y creo que él también va…

—¿Dos Santos? Eso es ridículo.

—Ahora mismo está arriba en la biblioteca, con George y un árabe enorme.

Miré por encima de ella, a lo lejos, a la sección del puerto,  donde  las  sombras, al igual que mis pensamientos, se movían a lo largo de tortuosas calles, lenta y oscuramente.

—¿Un árabe enorme? —interrogué, al cabo de unos segundos—. ¿Manos llenas de cicatrices? ¿Ojos amarillos?… ¿Se llama Hasán?

—Así es, exacto. ¿Le conoces?



—Trabajamos juntos en el pasado —reconocí.

Sonreí, aunque mi sangre estaba congelándose, pero no me agrada que  la gente sepa lo que estoy pensando.

—Sonríes —dijo ella—. ¿En qué piensas? Así es Ellen.

—Estoy pensando en George… y en cómo estará estos días su colección de insectos.

Ellen trató de esbozar una sonrisa.

—Desarrollándose —replicó—. A verdaderos montones. Saltan, se  arrastran,  y algunos de esos bichos son radiactivos. Yo le he dicho: « George, ¿por qué no andas por ahí con otras mujeres en lugar de dedicar todo tu tiempo a esos escarabajos?» Pero él sólo mueve la cabeza, sin aclarar nada. Luego también le dije: « George, un día cualquiera, uno de esos bichos te va a morder y te  convertirá en impotente. ¿Qué harás entonces?» Luego, él explicó que eso nunca sucedería y a continuación me dio una conferencia sobre las toxinas de los insectos. Puede que él mismo sea otro insecto disfrazado. Sospecho que obtiene alguna clase de placer sexual contemplando a esos bichos cuando se  mueven en los tanques. De otro modo, no sé cómo explicarme una afición tan desmesurada.

Me volví en aquel momento para mirar hacia el vestíbulo, porque el rostro de Ellen, hablando de su marido, y a no era « su» rostro. Cuando la oí reír un momento después, me volví de nuevo y oprimí uno de sus hombros.

—Está bien, y a sé más de lo que sabía antes. Gracias. Te  volveré  a  ver pronto.

—¿Te espero?

—No, gracias. Buenas noches.

—Buenas noches, Conrad. Y acto seguido me retiré.

 

 

Cruzar una estancia puede ser asunto complicado y llevarle a uno mucho tiempo: sobre todo, si la estancia está llena de gente, si todo el mundo le conoce a uno, si todas las personas presentes sostienen vasos en la mano, y si uno tiene la ligera tendencia a cojear.

Así era, así estaba toda la gente, y así lo hacía y o. De manera que… Reflexionando  sobre  cosas  de  poca  importancia,  elegí mi camino a  lo largo

de uno de los muros, justamente en la periferia de aquella masa de humanidad. Logré hacerlo durante unos siete metros, hasta llegar junto a Phil Graber y al grupo de muchachas jóvenes que el viejo célibe tiene siempre a su  alrededor. Casi sin mentón, casi sin labios, y comenzando a quedarse calvo, la expresión que en otros tiempos había vivido en la carne que cubría toda su cabeza, hacía tiempo que se había retirado a la oscuridad de sus ojos, y aquella expresión fue la que se



reflejó en ellos cuando me miró…, la sonrisa de burla inminente.

—Phil —dije, saludando con un movimiento de cabeza—, todo el mundo puede esbozar una máscara como ésa. He oído decir que es un arte decadente, y ahora acabo de comprobarlo.

—Todavía vives —dijo, con una voz setenta años más joven que el resto de su persona—, y retrasado, como siempre.

—Lo siento terriblemente —dije—, pero me retrasé a causa de la fiesta de cumpleaños de una dama de siete años de edad, en casa de un viejo amigo. (Lo cual era verdad, pero nada tiene que ver con esta historia.)

—Todos tus amigos son viejos amigos, ¿verdad? —preguntó.

Yo sabía muy bien que aquél era un golpe bajo, porque en otro tiempo y o había conocido a sus padres, que él apenas recordaba, y les había llevado por el sur del Eresteum para enseñarles el Porche de las Doncellas y señalar  lo  que había hecho Lord Elgin con el resto. Mientras tanto, y o cargaba sobre mis hombros con su retoño de brillantes ojos, contándole historias que y a eran viejas cuando aquel lugar se había construido.

—Necesito tu ayuda —dije, ignorando sus palabras, a la vez que  me abría paso suavemente, por entre el denso círculo de feminidad—. Me costará toda la noche cruzar este vestíbulo hasta donde Sands charla con el vegano y lo cierto es que no dispongo de toda la noche. ¿Qué te parece? Llévame desde aquí hasta allí en un mínimo de tiempo, adoptando tus cortesanos modales y sosteniendo una conversación que nadie se atreva a interrumpir. ¿De acuerdo? Entonces, vamos allá.

Phil asintió bruscamente.

Comenzamos a atravesar la estancia por entre grupos de gente. En las alturas, las lámparas brillaban estallando en mil satélites de hielo. La telinstra, una ingeniosa arpa eólica, arrojaba a los aires sus fragmentos de  canción en forma  de piezas de cristal de colores. La gente zumbaba y deambulaba de acá para allá, como algunos de los insectos de Emmet; evitamos sus cuerpos colocando un pie ante el otro, sin pausa, y haciendo ruido. No debimos pisar a nadie, pues nadie chilló.

—Tengo entendido que Dos Santos está aquí —dije.

—Exactamente.

—¿Por qué?

—Ni lo sé ni me importa.

—¡Vaya! ¿Qué es lo que ha ocurrido con tu maravilloso sentido político? El Departamento de Crítica Literaria solía alabarte mucho por él.

—A mi edad, el olor de la muerte llega a ser más y más inestable cada vez que uno se tropieza con ella.

—¿Y Dos Santos huele?

—Tiende a apestar.



—He oído que emplea a uno de nuestros antiguos asociados…, de los tiempos del Caso Madagascar.

Phil inclinó la cabeza hacia un lado y me miró inquisitivamente.

—Te enteras de las cosas muy rápidamente —dijo—. Comprendo…, eres amigo de Ellen. Sí, Hasán está aquí. Está arriba con Don.

—¿A quién piensa aliviar de su carga?

—Como dije antes, realmente no sé ni me importa nada de eso.

Le miré fijamente y después, cuando él se volvió, seguí la mirada de sus ojos hacia los cómodos sillones situados en el rincón nordeste de la sala, separado del resto de la masa de la telinstra, aislaba la habitación. La que tocaba la telinstra     era una dama anciana, con ojos soñadores. El director de la Tierra, Lorel Sands, fumaba su pipa…

La pipa es una de las más interesantes facetas de la personalidad de Lorel. Es un verdadero Meerschaum, y y a no quedan muchos en el mundo. En cuanto al resto de su persona, su función es más bien la de un anticomputador:  se  le alimenta con toda clase de datos cuidadosamente recopilados, cifras  y  estadísticas, y él las traduce en desperdicios. Tiene  unos  agudos ojos negros,  y una forma de hablar lenta y apagada, mientras su mirada no se separa de uno. Muy rara vez hace gestos, pero cuando recurre a ellos, parece que corta el aire  con la boquilla de su pipa; pelo blanco en las sienes y negro en la parte  superior del cráneo; de altos pómulos. Posee una tez que hace juego con sus trajes de lana y constantemente lucha por avanzar una pulgada  más  su  mandíbula  inferior, gesto que debe ser realmente incómodo.

Está nombrado políticamente por el gobernador de la Tierra y se toma su trabajo muy en serio, hasta el punto de demostrar su dedicación mediante periódicos ataques de úlcera. No es el hombre más inteligente de la Tierra. Es mi jefe. También es uno de los mejores amigos que tengo.

Junto a él se sentaba Cort Myshtigo. Yo casi podía « sentir» cómo le odiaba Phil, desde las plantas azul pálido de sus pies con seis dedos, hasta la faja de cabellos teñida en color rosa que iba de sien a sien.

No le odiaba precisamente por ser él, sino, y o estaba seguro de  ello, porque era el pariente más cercano —nieto de Tatram Myshtigo—, que cuarenta años antes había comenzado a demostrar que el más grande escritor vivo en lengua inglesa era un natural de Vega. El anciano todavía  vive  y  no  creo que  Phil lo hay a perdonado.

Por el rabillo del ojo (del azul) vi a Ellen ascendiendo por la amplia y ornada escalera, situada al otro lado del vestíbulo. Y por el rabillo del otro ojo vi cómo Lorel miraba hacia mí.

—Me han localizado —dije— y ahora debo ir a presentar mis respetos a William Seabrook de Taler. ¿Vienes?

—Bien…, muy bien —dijo Phil—. Sufrir es cosa buena para el alma.



Avanzamos hasta la estancia que formaba rincón y permanecimos  en  pie entre los dos sillones, entre la música y  el ruido, allí, en el lugar del poder. Lorel se puso en pie lentamente para estrechar manos. Myshtigo se puso en pie  aún más lentamente, pero no estrechó ninguna mano. Nos miró con sus ojos ámbar al ser presentados, sin que en su rostro se reflejara la menor expresión. Su floja camisa color naranja flameaba acompasadamente cuando sus pulmones expulsaban su constante respiración por las ventanillas anteriores de la nariz, situadas en la base de su amplio tórax. Asintió ligeramente con un movimiento de cabeza y repitió mi nombre. Luego se volvió hacia Phil, esbozando una mueca  que quería ser una sonrisa y diciéndole:

—¿Le importaría que y o tradujese su máscara al inglés?

Su tono de voz fue muriendo poco a poco hasta pronunciar la última palabra. Phil giró sobre sus talones y se alejó repentinamente.

 

 

Entonces, y durante un segundo, supuse que el de Vega se había puesto enfermo en aquel momento, hasta que recordé que la risa de un vegano suena muy parecida al balar de una cabra. Siempre trato de alejarme de los veganos, evitando sus lugares de recreo.

—Siéntate —dijo Lorel bastante incómodo, detrás de su pipa. Arrastré una silla y la coloqué frente a los dos.

—Cort va a escribir un libro —añadió Lorel.

—Muy bien.

—Acerca de la Tierra.

Asentí con leve movimiento de cabeza.

—Expresó el deseo de que tú seas su guía por ciertas zonas de los Antiguos Lugares…

—Para mí es un honor —murmuré, un tanto rígidamente—. Por otra parte, siento gran curiosidad por saber qué le decidió a elegirme a mí…

—… Y aún más curiosidad respecto a lo que y o pueda saber de usted, ¿no? — interrumpió el vegano.

—Desde luego —respondí—. Siento curiosidad en un doscientos por ciento.

—Comencé examinando, en Estados Vivos, el Registro Terrestre. Al principio, cuando concebí este proyecto…, solamente tenía la idea de establecer datos generales humanos…; más tarde, cuando me encontré con un tema interesante, probé en los Bancos de Personal de la Oficina de la Tierra.

—Bien… —murmuré.

—… Y me sentí mucho más impresionado por lo que no decían de usted, que por lo que allí manifestaban.

Me encogí, silenciosamente, de hombros.

—Según su expediente personal, tiene usted setenta y siete años de edad.



Según los Estados Vivos, tiene usted ciento once o ciento treinta años…

—Dejé a un lado la cuestión de mi edad para conseguir el empleo.  En aquellos momentos, se sufría una depresión económica.

—… Y así confeccioné un perfil Nomikos, especie de sistema de distintivos y comencé también a buscar en los Estados Vivos un coeficiente  de  análogos  físicos en todos sus Bancos de Personal.

—Algunas personas coleccionan monedas antiguas, otras construyen modelos de cohetes, otras se dedican a buscar datos humanos…

—Averigüé que podría usted haber sido cuatro o cinco otras personas, todas ellas griegas, y especialmente una muy  sorprendente. Pero, desde luego, Konstantin Korones, uno de  los más viejos, había  nacido hacía  doscientos treinta y cuatro años. En Navidad. Con un ojo azul y otro castaño. Cojo de la pierna derecha. El mismo tipo de cabello a los veintitrés años. La misma estatura y demás detalles iguales.

—¿Las mismas huellas dactilares? ¿Los mismos modelos retinales?

—Esos factores no estaban incluidos en muchos de los antiguos registros.

¿Quizá eran más torpes en aquellos tiempos? No lo sé. Quizá sí más descuidados en cuanto se refería a quién podía tener acceso a los registros de carácter público…

—Usted sabe muy bien que en este  planeta  hay  ahora  unos cuatro millones de personas. Investigando en el pasado, digamos durante tres o cuatro siglos nada más, me atrevería a asegurar que se podrían encontrar « dobles» o incluso

« triples» en muchas personas, ¿no?

—Bien…, todo eso sirve para hacer que sea usted un tanto misterioso. Casi como un espíritu del lugar…, y está usted tan curiosamente arruinado como lo está este lugar. Sin duda alguna, y o jamás alcanzaré su edad, sea ésta cual fuere, y sentí curiosidad por la clase de sensibilidades que un humano puede cultivar durante tanto tiempo…, especialmente teniendo en cuenta su cargo de  maestro  en Arte e Historia de su mundo.

Hubo un silencio y a continuación Cort añadió:

—Ésa es la razón por la que hay a solicitado sus servicios.

—Bien…, y ahora que y a me ha conocido usted, arruinado y demás, ¿puedo irme a casa?

—¡Conrad! —exclamó la pipa que tenía al frente.

—No, señor Nomikos, también existen consideraciones de tipo práctico. Éste  es un mundo duro y áspero y posee usted un alto potencial de supervivencia. Quiero que esté conmigo porque también deseo sobrevivir.

Me encogí de hombros nuevamente.

—Bien, eso y a está aclarado, ¿qué más? Cort lanzó un extraño gruñido y comentó:

—Me doy cuenta de que no le soy muy simpático.



—¿Qué es lo que le hace pensar de esa manera? Nada más porque ha  insultado a un amigo mío, me hace preguntas impertinentes, y solicita mis servicios…

—… Además de explotar a sus paisanos, convertir su mundo en un burdel, y demostrar que el carácter provinciano de la humanidad, de toda la raza humana, comparada con la cultura galáctica…

—No estoy hablando ni de su raza ni de la mía. Estoy hablando en un terreno puramente personal. Y repito que usted insultó a mi amigo, me hizo preguntas impertinentes, y presiona para que me ponga a su servicio.

—¡Catarro de macho cabrío para los tres!… Es un insulto a las sombras de Homero y Dante hacer que ese hombre cante para la raza humana…

—Por el momento, es el mejor que tenemos.

—En cuyo caso, bien podrían ustedes pasarse sin él.

—Se comporta usted como un representante Real en una Colonia  de  la  Corona —decidí, pronunciando casi las letras mayúsculas—, y eso no  me  agrada. He leído todos sus libros. También leí los de su abuelo…, como por ejemplo: Lamento de la Prostituta Tierra…, y usted jamás será lo que fue él. Él posee una cosa que se llama compasión. Usted, no. Cualquier sentimiento que albergue usted hacia Phil, y o lo siento por partida doble hacia usted.

Aquellas frases sobre su abuelo debieron tocar alguna fibra muy sensible, porque Cort dio un respingo cuando mi ojo azul le miró con fijeza.

—De manera que puede usted irse al mismísimo infierno —añadí en vegano. Sands no habla suficiente vegano para que en aquel momento captase mis palabras, pero lanzó ciertos gruñidos conciliatorios, mirando en derredor para

comprobar que nadie nos escuchaba.

—Conrad, por favor, adopta tu postura profesional y deja y a eso…  Srin Shtigo, ¿por qué no seguimos con la planificación?

Myshtigo sonrió en azul verde.

—¿Y minimizar nuestras diferencias? Me parece muy bien.

—Entonces, vamos a la biblioteca…, se está más tranquilo…  y  podremos usar el mapa pantalla.

—Muy bien.

Me sentí un poco reconfortado cuando nos levantamos para irnos, porque Dos Santos se hallaba allí arriba y odia terriblemente a los veganos y dondequiera que esté Dos Santos, allí está también Diane, la muchacha de la peluca roja, que aborrece a todo el mundo; y sabía que encontraría arriba a George Emmet y también a Ellen, y que George es un pez frío con los extraños (con los amigos también), y quizá Phil entrase allí más tarde; además estaba Hasán… Hasán es hombre que no habla mucho, permanece sentado muy inmóvil fumando sus hierbas con opaca mirada… y si uno está muy cerca de  él, y  respira  con fuerza un par de veces, entonces a uno llega a importarle tres cominos lo que se pueda



decir a los veganos o a otras personas.

 

 

Yo tenía la esperanza de que la memoria  o  percepción de  Hasán estarían entre las nubes en aquellos momentos, pero la ilusión de que tal cosa sucediera murió en cuanto entramos en la biblioteca. Estaba sentado rígidamente, sorbiendo limonada.

Con ochenta o noventa años de edad, con el aspecto de tener cuarenta, podía actuar como si tuviera treinta. Los tratamientos Sprug-Samser habían tropezado con un material que respondía maravillosamente bien. Y esto no sucede  a menudo. Casi nunca, en realidad. Al parecer, y sin razón alguna, producen en la gente un fuerte shock del que no se recuperan ni con una fuerte inyección de adrenalina. Otros, la mayoría, se quedan congelados a los cincuenta o  sesenta años. Pero, sin embargo, hay otros, unos pocos, que rejuvenecen maravillosamente cuando se aplican el tratamiento… Quizá el tanto por ciento de los que rejuvenecen llegue a un uno por mil.

Me chocó siempre que en la gran ruleta del destino aquél se hubiese beneficiado en tal manera.

Habían transcurrido unos cincuenta años desde el Caso Madagascar, en el que

Hasán trabajó con el Radpol en su vendetta contra los taleritas. Había figurado en la nómina de pago del gran K. (descanse en paz) en Atenas, quien le envió a destruir la Real Compañía del gobernador de la Tierra. Lo hizo bien. Luego hubo una instantánea renovación urbana. Llamado Hasán el Asesino por unos pocos, es el último mercenario que queda sobre la Tierra.

También, además de Phil (que no siempre fue esgrimidor de la  espada  sin  hoja y sin empuñadura), Hasán era uno de los muy pocos  que  recordaban al viejo Karaghiosis.

Así, con la barbilla alzada, y mostrando mis fungosidades, traté de nublar su mente con mi primera mirada. O bien había en él antiguos y misteriosos poderes, cosa que y o dudaba, o estaba mucho más alto de lo que y o suponía, cosa que era posible, o quizá había olvidado mi rostro…, cosa que también era posible, pero no probable…, o estaba poniendo en práctica una ética profesional o una astucia puramente animal. Pero Hasán no se alteró lo más mínimo cuando nos presentaron.

—Mi guardaespaldas Hasán —dijo Dos Santos, sonriendo brillantemente cuando y o estreché la mano que había hecho temblar al mundo.

La mano todavía era muy fuerte.

—Conrad Nomikos —murmuró Hasán, entornando los ojos como si estuviese leyendo el nombre en la lejanía.

Yo conocía a los demás que se hallaban en la estancia. Tomé asiento en una silla bastante apartada de Hasán y mantuve un segundo vaso de bebida frente a



mi rostro la mayor parte del tiempo, sólo por razones de seguridad.

Diane, la de la peluca roja, se hallaba cerca y me dijo:

—Buenos días, señor Nomikos.

Saludé con leve movimiento de cabeza, tras mi vaso.

—Buenos días, Diane —respondí, casi en voz baja.

Alta, esbelta, vestida casi de blanco, se hallaba en pie junto a  Dos Santos, como si fuese una vela. Sé que usa peluca porque una vez se le deslizó un tanto hacia atrás, dejando al descubierto parte de una interesante  y  fea  cicatriz,  que ella trata siempre de ocultar con su peinado. Muchas veces me pregunto sobre aquella cicatriz, cuando estoy anclado entre constelaciones, o cuando desentierro estatuas dañadas. Diane tiene los labios azules…, tatuados, supongo…, que jamás he visto sonreír; los músculos de sus mandíbulas son siempre sogas en relieve, porque Diane mantiene constantemente los dientes apretados, su frente  presenta una línea marcada, como una « v» al revés entre sus ojos, pues frunce constantemente el ceño; y su barbilla es muy breve, la mantiene alta, desafiante… Apenas mueve la boca cuando habla de aquella manera tan tensa y típica en ella. Realmente no podría calcular su edad. Quizá unos treinta años, o un poco más, eso era todo.

Ella y Don formaban una interesante pareja. Él es moreno, locuaz, siempre fumando, incapaz de estarse quieto durante más de dos minutos. Ella es más alta, quizá le pase unas cinco pulgadas, y arde sin mostrar llama. Aún no conozco toda su historia, y sospecho que jamás la conoceré.

Diane se acercó y permaneció inmóvil al lado de mi silla, mientras Lorel presentaba a Cort a Dos Santos.

—¿Dirigirás el viaje?

—Todo el mundo sabe sobre eso más que y o —dije—. ¿Es posible que tú me pongas un poco al tanto sobre el asunto?

—No sé nada todavía —respondió ella—. Pregunta a Don.

—Lo haré —repliqué.

Y así lo hice. Aunque más tarde. Y no me sentí decepcionado, y a que nada esperaba.

Pero al permanecer allí sentado, tratando en lo posible de captar todo cuanto podía, estalló una súbita visión ante mis ojos, algo que en otras muchas ocasiones  y o había clasificado como « logro-deseo pseudotelepático» . La cosa funciona de la manera siguiente:

Quiero saber lo que sucede en alguna parte. Poseo la suficiente información como para intuir o sospechar algo. Y consigo saberlo. Solamente que la  imagen me llega como si la estuviese viendo u oy endo a través de los ojos de una de las partes relacionadas con ello. No es auténtica telepatía, o al menos y o creo que no lo es, porque es susceptible de error. Aun cuando parece totalmente real.

El estremecimiento o la contracción que y o sufría en tales momentos podía



decírmelo todo, excepto el porqué.

Podía verme.

Me hallaba en pie en el centro de la estancia… Mirando a Myshtigo…

Y Dos Santos estaba diciendo:

—… Todo por su protección, no como secretario de Radpol, sino como ciudadano privado.

—Yo no he solicitado su protección —estaba diciendo el vegano—, sin embargo, se lo agradezco. Aceptaré su oferta para evitar mi muerte a manos de sus camaradas.

Sonrió al pronunciar las últimas palabras, y luego añadió:

—Si es que buscan tal cosa durante mis viajes. Dudo que lo hagan, pero sería un loco si me negara a aceptar la protección de Dos Santos.

—Es usted prudente —dijimos, inclinándonos levemente.

—Bien, y ahora, díganme… ¿Quién es?

Señaló hacia Ellen, que acababa de discutir algo con George y  se  alejaba de él en aquel momento.

—Esa —respondimos— es Ellen Emmet, la esposa de George Emmet, director del Departamento de Conservación de la Vida Primitiva.

—¿Cuál es su precio?

—No creo que recientemente se hay a clasificado en un determinado precio.

—Bien, ¿cuál solía ser antes?

—Nunca lo tuvo.

—En la Tierra, todo tiene un precio.

—En ese caso, creo que tendrá usted que averiguarlo por sí mismo.

—Lo haré —respondió.

Las mujeres de la Tierra siempre han tenido un atractivo especial para los de Vega. Un vegano me dijo una vez que las mujeres de la Tierra le hacían sentirse zoofilista, lo que era cosa interesante, y a que en cierta ocasión una muchacha de vida alegre que vivía en un lugar de recreo de la Costa de  Oro me dijo riendo entre dientes que los veganos la hacían sentirse zoofilista. Sospecho que aquellos chorros de aire deben hacer cosquillas o algo por el estilo y consiguen excitar a ambas bestias.

—A propósito —dijimos—, ¿ha dejado  usted de pegar a su esposa últimamente?

—¿A cuál? —interrogó Myshtigo.

Hubo un súbito nublado ante mis ojos y de nuevo me encontré en mi silla.

—¿Qué opinas de eso? —estaba diciendo George Emmet.

Le miré. Hacía un segundo no estaba allí. Se había  presentado súbitamente  y se apoyaba en el amplio brazo de mi sillón.

—Repite, por favor, estaba medio dormido.



—Dije que hemos vencido al murciélago araña. ¿Qué opinas de eso?

—Me parece bien —respondí—. Pero, dime, ¿cómo lo hemos logrado?

George estaba riendo. Es uno de esos tipos en los que la risa es cosa imprevisible. Durante días andará de un lado a otro pensativo y  taciturno, hasta  que alguna cosa, generalmente sin importancia, le hace reír. Cuando ríe  parece que tose, como cuando un bebé arranca a llorar, y tal impresión queda reforzada por su rosada flaccidez y sus escasos cabellos. Esperé. Ellen se hallaba lejos insultando a Lorel, y Diane se  había  vuelto de  espaldas contemplando los libros de los estantes.

Finalmente, George dijo:

—He inventado una nueva especie de « slishi» . Sus palabras tenían un tono confidencial.

Yo pregunté en el mismo tono:

—¿Qué son los « slishi» ?

—El « slishi» es un parásito bakabiano —explicó—, muy parecido a una garrapata grande. Los míos miden aproximadamente tres octavos de pulgada…

Hubo un silencio y George continuó explicando orgullosamente:

—… Se meten profundamente bajo la carne y luego segregan un producto altamente venenoso.

—¿Fatal?

—Los míos, sí.

—¿Podría prestarme uno? —pregunté.

—¿Para qué?

—Quiero dejarlo caer en la espalda de alguien. Pero pensándolo mejor, necesitaría una docena…, tengo muchos amigos.

—Los míos no molestan a la gente, solamente son para  los  murciélagos  araña. Desprecian a las personas. La gente envenenaría mi « slishi» (dijo « mi slishi» muy posesivamente). El huésped debe tener un metabolismo basado en el cobre y no en el hierro, y los murciélagos araña caen dentro de tal categoría. Ésa es la razón por la que quiero acompañarte en el viaje. El « slishi» se multiplica muy rápidamente bajo las condiciones de la Tierra, si se le proporciona el  huésped idóneo, y son extremadamente  contagiosos si se  les puede  « sembrar» en la época más adecuada del año. Me estaba acordando de la última temporada de acoplamiento de murciélagos araña en el sudoeste. El próximo acoplamiento comenzará dentro de seis u ocho semanas en el territorio de California,  un Antiguo Lugar…, que y a dejó de ser cálido…, llamado Capistrano. Tengo entendido que tu viaje te llevará por allí aproximadamente en esas  fechas. Cuando los murciélagos araña regresen a Capistrano, quiero estar esperándolos con los « slishi» . También podría aprovechar para eso mis vacaciones.

—Bien…, ¿has hablado de todo esto con Lorel?

—Sí, y cree que es una buena idea. En realidad, quiere reunirse allí con



nosotros y tomar algunas fotografías. Puede que no hay a demasiadas oportunidades de verlos… oscureciendo el cielo con su vuelo, anidando en las ruinas, devorando a los jabalís, y dejando sus defecaciones de color verde en las calles… Es algo hermoso, ¿sabes?

Lorel, en aquel momento, gruñía algunas disculpas. Se hallaba en pie, al lado de la gran mesa de despacho situada en el centro de la estancia, ante  la  cual estaba descendiendo una ancha pantalla. Esta última era  gruesa y muy transparente, de manera que nadie tenía necesidad de moverse  de  sus asientos para hallar una mejor posición. Lorel oprimió un botón situado en un lado de la mesa y  apareció en la pantalla la parte superior de África y  la mayor parte de  los países mediterráneos.

Se redujeron las luces y Myshtigo se acercó hasta la mesa. Miró al mapa y luego a nadie en particular, mientras hablaba.

—Quiero visitar ciertos lugares que por una u otra razón son importantes en la historia de su mundo —dijo—. Me gustaría comenzar por Egipto, Grecia,  y Roma. Luego me agradaría pasar rápidamente por Madrid, París y Londres.

Los mapas se movían al mismo tiempo que él hablaba, pero no a la suficiente velocidad para mantenerse a la altura de sus explicaciones.

—Luego quiero ir a Berlín, Bruselas, visitar San Petersburgo y Moscú, y regresar al Atlántico para detenerme en Boston, Nueva York, y Chicago (Lorel estaba y a sudando en aquellos momentos), para después ir a Yucatán y  saltar hacia el territorio de California.

—¿En ese mismo orden? —pregunté.

—Aproximadamente.

—¿Y qué hay de malo con la India, Oriente Medio… o incluso el este de Estados Unidos? —preguntó una voz que reconocí como la de Phil.

Acababa de entrar cuando las luces habían reducido su intensidad.

—Nada —replicó Myshtigo—, excepto que todas esas zonas son barro, arena, y calor, y nada tienen que ver con lo que busco.

—¿Y qué busca usted?

—Una historia.

—¿Qué clase de historia?

—Le enviaré un ejemplar autografiado.

—Gracias.

—De nada, por supuesto.

—¿Cuándo quiere usted partir? —pregunté y o.

—Pasado mañana.

—Está bien.

—Poseo mapas detallados de los lugares específicos, mapas hechos  para usted. Lorel me dice que esta misma tarde los han entregado en su oficina.

—Repito una vez más que está bien. Pero hay algo que quizá usted ignora.



Los lugares que acaba de mencionar están casi todos en  tierra firme. Actualmente, formamos parte de una cultura insular, y por muy buenas razones. Durante los Tres Días, la Tierra Firme quedó bastante malparada y la  mayor parte de esos lugares que usted mencionó aún son excesivamente calientes. Aunque no es ésta la única razón por la que se los considera poco seguros…

—Conozco su historia y estoy al corriente de las precauciones contra la radiación —interrumpió—. También estoy enterado de las mutaciones en las formas de vida que hay en los Antiguos Lugares. Lo sé, pero no me preocupa.

Yo me encogí de hombros en la media luz artificial.

—Por mí, está bien…

Cuando la pantalla desapareció detrás de él, Myshtigo me preguntó:

—¿Es cierto que usted se relaciona con varios « mambos»  y  « houngans» aquí en Port?

—Sí —contesté—. ¿Por qué?

—Tengo entendido —añadió él, con cierto tono de indiferencia— que el voodoo o vudú ha sobrevivido sin cambios a través de los siglos. Me gustaría mucho asistir a una auténtica ceremonia; si acudiese a ella con alguien que no fuera un extraño para los participantes, quizá entonces podría contemplar algo auténtico.

—¿Por qué desea usted eso? ¿Acaso se trata de una curiosidad morbosa hacia las costumbres bárbaras?

—No, soy estudiante de religiones comparadas.

Estudié la expresión de su rostro, pero nada pude sacar en limpio de mi examen.

Hacía y a tiempo, y o había visitado el « hounfour» con Mama Julie, con Papa Joe y con alguno de los otros. El « hounfour» no se hallaba muy lejos, pero no sabía cómo les sentaría que llegase allí en compañía de un vegano. Por supuesto, nunca habían puesto dificultades cuando me había acompañado alguien.

—Bien… —comencé a decir.

—Solamente quiero ver. Si es preciso, me alejaré y apenas sabrán que estoy allí.

Reflexioné un poco y  finalmente accedí. Yo conocía a Mama Julie muy  bien  y no veía nada malo en aquello.

—Está bien —dije—. Le llevaré allá. Esta misma noche, si usted quiere.

Asintió con un movimiento de cabeza, me dio las gracias y salió, tras beber una « Coca-Cola» . George, que no se había apartado del brazo de mi sillón, se inclinó y me dijo en voz baja que sería muy interesante colocar  a  un  vegano sobre una mesa de disección. Estaba de acuerdo con él.

Cuando Myshtigo regresó, Dos Santos venía con él.

—¿Qué es eso de llevarse al señor Myshtigo a una ceremonia pagana? — preguntó, con cierto tono de ira.



—Así es —dije—. Le llevaré.

—Usted no le llevará sin que le acompañe un guardaespaldas. Volví ambas palmas de las manos hacia arriba y respondí:

—Puedo solucionar y o mismo cualquier emergencia que se presente.

—Hasán y y o le acompañaremos.

Estaba a punto de protestar, cuando se presentó Ellen entre ellos.

—Yo también quiero ir —dijo—. Jamás estuve en un sitio así.

Me encogí de hombros. Si Dos Santos iba, también iría Diane, lo que aumentaba el número de nuestro grupo.

De forma que uno más no importaba, no debía importar. La cosa y a estaba arruinada antes de iniciarse.

 

 

El « hounfour» se encontraba en la sección del puerto, posiblemente porque estaba dedicado a Agué Woy o, dios del mar. O más probablemente porque la gente de Mama Julie siempre había sido gente de puerto. Agué Woy o no es un dios celoso, y así, otras numerosas deidades se conmemoran sobre los muros en brillantes colores. Hay más « trabajados hounfouri» hacia el interior, pero tienden a estar algo comercializados.

La nave de fuego de Agué mostraba los colores azul, naranja, verde, amarillo  y negro, y parecía poco adecuada para navegar. Damballa Wedo, en rojo, se retorcía y se extendía a lo largo de casi todo el muro opuesto. Papa Joe golpeaba rítmicamente varios tambores « rada» en la parte anterior, al lado de  la  puerta que acabábamos de cruzar…, la única puerta…

El pequeño altar mostraba numerosas botellas de bebidas alcohólicas y vasos sagrados para los espíritus de la « loa» . Amuletos, pipas, banderas, fotografías de personas desconocidas, y, entre otras cosas, un paquete de cigarrillos para Papa Legba.

El ceremonial se encontraba en plena marcha. Un joven « hounsi» llamado Luis nos condujo hasta allí. La estancia medía ocho metros de longitud por cinco de anchura, tenía techo alto y un sucio pavimento. Las bailarinas se movían alrededor del poste central con pasos muy lentos. Su piel era oscura y  brillaba bajo las antiguas lámparas de petróleo. Con nuestra llegada, la estancia quedó abarrotada.

Mama Julie me cogió una mano y sonrió. Me condujo hasta un lugar situado junto al altar y dijo:

—¿Erzulie fue amable?

Asentí con un movimiento de cabeza.

—Le gustas, Nomikos. Vives mucho, viajas mucho, y tú siempre regresas.

—Siempre —respondí.

—¿Esas personas…?



Señaló a mis compañeros con una rápida mirada de sus ojos negros.

—Amigos —dije—; no molestarán.

Se echó a reír al escucharme. Yo la imité.

—Si nos permites estar aquí, les apartaré de tu camino. Permaneceremos en las sombras, en los lados de la sala. Si prefieres que me los lleve, lo haré. Veo que y a has bailado mucho y que has vaciado bastantes botellas…

—Quédate —dijo ella—. Y ven a charlar conmigo alguna vez, durante el día.

—Lo haré.

Se fue y le hicieron sitio en el círculo de las bailarinas. Era una mujer muy voluminosa, aunque su voz era débil. Se movía como una gigantesca muñeca de goma, con cierta gracia, trazando los pasos de baile al lento compás del batir de tambores de Papa Joe. Al cabo de un rato, aquel sonido lo llenaba todo…, mi cabeza, la tierra, el aire…, quizá habría latido así el corazón de la  ballena  al digerir a Jonás. Contemplé a las bailarinas. Y contemplé también a los que contemplaban a las bailarinas.

Bebí una pinta de ron, haciendo un esfuerzo para animarme un poco, pero no pude lograrlo. Myshtigo seguía sorbiendo « Coca-Cola» de una botella que había traído consigo. Nadie se dio cuenta de que era azul, pero la verdad es que habíamos llegado allí más bien tarde y la ceremonia estaba y a muy avanzada.

Peluca Roja se hallaba en un rincón, su aspecto denotaba que su temor iba en aumento y fruncía el ceño más que nunca. Tenía una botella a su  lado,  pero estaba intacta.

Myshtigo sostenía a Ellen y no se movía de su lado. Dos Santos estaba junto a la puerta, vigilando a todo el mundo…, incluso a mí. Hasán, sentado en cuclillas junto a la pared de la derecha, fumaba una pipa de larga boquilla con cazoleta pequeña; parecía estar en paz con todo el mundo.

Mama Julie, o al menos creí que era ella, comenzó a cantar. Otras voces le hicieron coro inmediatamente:

 

¡Papa Legba ouvri baye!

¡Papa Legba, Attibon Legba ouvri baye pou nou passe! Papa Legba…

 

El ceremonial continuó tiempo y más tiempo. Comencé a sentir sueño. Bebí más ron, sentí mucha más sed y bebí más.

No estoy seguro del tiempo que llevábamos allí cuando  sucedió.  Las bailarinas estaban besando el poste central, cantando y haciendo sonar unas calabazas; un par de « hounsi» actuaban como poseídos, charlando incoherentemente; la comida que anteriormente había  formado unos dibujos en el suelo estaba esparcida por todas partes; en el aire había mucho humo. Yo



estaba inclinado contra la pared y creo que hacía un minuto o dos que había cerrado los ojos.

El bramido llegó desde un lugar inesperado. Hasán gritó.

Era un grito largo, como un profundo lamento que me impulsó a dar un salto hacia delante, luego a perder el equilibrio y a apoyarme de nuevo pesadamente contra la pared.

Los tambores continuaban sonando con el mismo ritmo del principio. Algunas de las bailarinas se habían detenido para ver qué ocurría.

Hasán se había puesto en pie. Mostraba los blancos dientes, sus ojos aparecían totalmente entornados, y su rostro exhibía los valles y montañas del esfuerzo bajo una enorme capa de sudor.

Su barba era como un dardo que apuntara hacia delante.

Su jaique, enganchado en un ornamento del muro, se había convertido en alas negras.

Sus manos, con lento movimiento hipnótico, estaban estrangulando a un ser  que no existía.

De su garganta salían sonidos animales. Continuó estrangulando a nadie.

Finalmente, cloqueó con la garganta y sus manos se abrieron.

Dos Santos se colocó a su lado casi inmediatamente, hablándole, pero  en aquel momento habitaban dos mundos diferentes.

Una de las bailarinas comenzó a quejarse suavemente. Otra se unió a la primera… y hubo más quejas que sonaron lúgubremente.

Mama Julie se apartó del círculo y se acercó a mí…, justamente  cuando Hasán comenzaba nuevamente a gesticular, esta vez con ademanes mucho más violentos.

Los tambores continuaron sonando y haciendo temblar la sala  de  arriba abajo.

Papa Joe ni siquiera había alzado los ojos.

—Mala señal —dijo Mama Julie—. ¿Qué sabes de ese hombre?

—Mucho —respondí, forzando mi mente a través de un terrible esfuerzo de voluntad.

—Angelsou —dijo Mama Julie.

—¿Cómo?

—Angelsou —repitió—. Es un dios oscuro…, un dios al que es preciso temer.

Tu amigo está poseído por Angelsou.

—Explica eso, por favor.

—Rara vez viene por nuestro « hounfour» . No le queremos aquí. Aquellos a quienes posee se convierten en asesinos.

—Creo que Hasán estuvo probando una nueva mezcla de pipa…, quizá



algunas hierbas nuevas o algo así.

—Angelsou —repitió Mama Julie—. Tu amigo se convertirá en asesino, pues Angelsou es un dios de la muerte y solamente hace visitas a los suyos.

—Mama Julie —dije—. Hasán es un asesino. Si tú dispusieras de  un pedazo  de goma de mascar por cada hombre que ha matado y tuvieras que mascar toda esa goma, tendrías que convertirte en una ardilla. Es un asesino profesional…, dentro de los límites de la ley, usualmente. Desde que el Código Duello rige en Tierra Firme, realiza allí casi todo su trabajo. Se rumorea que de vez en cuando mata ilegalmente, pero eso nunca se ha demostrado.

Dos Santos, entonces, tratando de suspender el espectáculo, asió a Hasán por ambas muñecas. Intentó luego separarle las manos, pero le fue imposible…, hubiese sido igual que intentar doblar dos barras de acero.

Crucé la sala, al igual que varios de los otros. Hasán, finalmente, se  había  dado cuenta de que alguien se hallaba frente a él, y dejó caer ambas manos a lo largo de los costados, desenlazándolas. Entonces, extrajo de debajo de su jaique  un largo estilete de impresionante hoja.

Si pensaba usar el arma o no, sobre Don o sobre cualquier otra  persona, es  cosa que quedó ignorada, y a que en aquel momento My shtigo asió su botella de

« Coca-Cola» por el cuello y golpeó con ella a Hasán detrás de la oreja.

Hasán cay ó hacia adelante y Don le cogió en brazos, a la vez que y o le arrebataba el estilete de la mano.

—Interesante ceremonia —observó el vegano—. Jamás hubiese sospechado que este individuo albergara sentimientos religiosos tan fuertes.

—Esto demuestra que jamás se puede estar seguro de nadie, ¿verdad?

Después de  disculparme  con el « hounfour»  y  dar  las buenas noches, recogí a Hasán. Había perdido el conocimiento, y y o era el único allí lo suficientemente corpulento para cargar con él.

La calle estaba desierta. No había nadie, excepto nosotros.

Hasán se quejó en aquel momento y flexionó sus músculos, a la vez que y o sentía un agudo dolor en el hombro.

Le coloqué en el quicio de una puerta y registré sus ropas. Encontré dos cuchillos arrojadizos, otro estilete, un cuchillo nuevo y muy pesado, un « Bowie» con bordes en forma de sierra, cables para  estrangulamiento,  y  una  pequeña caja de metal que contenía varias clases de polvos y frasquitos de líquido que no inspeccioné muy detalladamente. Me gustaba el cuchillo nuevo y pesado, así que me lo quedé. Era un « Coricama» , muy útil.

 

 

Tarde, al día siguiente —y a casi de noche—, recurrí al viejo Phil, decidido a emplearle como precio de admisión a la suite que  disfrutaba  Dos Santos en el Roy al.



El Radpol todavía considera a Phil como una especie de  Tom  Paine  Regresista, aun cuando se declaró inocente de tal cargo hace y a más de medio siglo, cuando adquirió notable fama de místico y de respetable. Aun cuando su Llamada de la Tierra probablemente es el mejor libro que hay a escrito, también había redactado los Artículos del Regreso, que ayudaron a iniciar la  revolución que también y o deseaba. En estos días, posiblemente ha perdido y a mucha de aquella antigua fuerza idealista, pero de vez en cuando gusta de exponer ideas y pronunciar brillantes discursos, siempre ciñéndose al mismo tema; luego  lo olvida, y considera lo hecho o lo dicho con gran placer por su parte.

Además de Phil, y o tenía otro pretexto… Deseaba ver cómo se encontraba Hasán, después del lamentable incidente ocurrido en el « hounfour» .

Realmente, lo que y o deseaba en aquellos momentos era tener la oportunidad de charlar con Hasán y enterarme de cuanto, si algo había, deseara contarme sobre su último empleo.

Así, Phil y y o partimos hacia allá. No era lejos de la Oficina. El Royal se encontraba aproximadamente a unos siete minutos de paseo.

—¿Cómo es que te preocupa el Radpol otra vez? —preguntó Phil—. Hace y a mucho tiempo que lo abandonaste.

—Lo dejé en el momento más oportuno, y lo único que me preocupa es que la cosa vuelva a cobrar vida de nuevo…, como en los viejos  tiempos.  Hasán crece porque siempre se encarga de la entrega de algo,  pero  esta  vez quiero saber qué es lo que contiene « el paquete» .

—¿Te preocupa quizá que puedan descubrirte?

—No. Podría ser incómodo, pero dudo que eso pudiera anularme.

El Roy al se alzaba y a ante nosotros y penetramos en él. Fuimos directamente a la suite. Al atravesar el alfombrado vestíbulo, Phil hizo una fina observación:

—Creo que de nuevo estoy estorbando.

—¿Crees eso?

—Bien. Te apuesto diez contra uno a que no sacas nada en limpio.

—No te diría que no. Quizá tengas razón. Llamé a la puerta de oscura madera.

—Pase…, pase…

Me costó diez minutos llevar la conversación hasta mencionar el lamentable incidente del beduino, y a que allí estaba Peluca Roja, distrayéndome con su presencia.

—Buenos días —dijo ella.

—Buenas tardes —respondí.

—¿Algo nuevo en el campo de las Artes?

—No.

—¿Y en Monumentos?

—Nada.



—¿Archivos?

—No.

—¡Qué trabajo más interesante debe ser el tuyo!

—¡Oh!…, me parece que se ha hecho objeto de una excesiva publicidad por parte de unos cuantos románticos de la Oficina de Información. Realmente nos limitamos a localizar, restaurar y conservar los archivos y artefactos que la humanidad ha dejado sembrados por toda la Tierra.

—¿Una especie de coleccionistas de restos culturales?

—Bien…, quizá sea eso. Sí, supongo que sí.

—Bien, ¿por qué?

—¿Cómo que por qué…?

—¿Por qué lo haces?

—Alguien tiene que hacerlo porque se trata de restos de  una  cultura. Y eso vale la pena de ser  salvado y  conservado. Conozco esos restos mejor que  nadie en la Tierra.

—Eres tan modesto como dedicado a tu oficio…

—¿Cómo marcha Hasán? La última vez que le vi estaba retirado de la circulación.

—Ya está levantado. Es un tipo fuerte. Cráneo duro. No se ha hecho ningún daño.

—¿Dónde está?

—Arriba en el vestíbulo, a la izquierda. Cuarto de Juegos.

—Creo que debo ir a presentarle mis simpatías. ¿Me perdonas?

—Perdonado —replicó, asintiendo con un movimiento de cabeza.

Y a continuación se alejó, para escuchar la conversación que Dos Santos sostenía con Phil. Phil, por supuesto, recibió bien la adición de Peluca Roja.

Nadie se fijó en mí cuando abandoné la estancia.

El Cuarto de Juegos se hallaba en el otro extremo de un largo pasillo. Cuando me aproximé, oí un sonido seco seguido por un silencio y luego otra vez el mismo sonido seco.

Abrí la puerta y atisbé en el interior.

Hasán era la única persona que se encontraba dentro. Me daba la espalda en aquel momento, pero al oír la puerta, se volvió rápidamente. Vestía una larga túnica azul y equilibraba un cuchillo en su mano derecha. Mostraba en la parte posterior del cráneo un gran parche blanco.

—Buenas tardes, Hasán.

A su lado, tenía una bandeja con cuchillos y había montado un blanco en la pared opuesta. Dos hojas de acero se hallaban clavadas en el blanco…, una en el centro y otra a unas seis pulgadas de distancia, en la posición aproximada de las nueve en punto.

—Buenas tardes —respondió lentamente.



Luego, tras haberlo pensado unos segundos, añadió:

—¿Cómo estás?

—¡Oh, muy bien! Vine a hacerte la misma pregunta. ¿Cómo está tu cabeza?

—El dolor es agudo, pero pasará. Cerré la puerta a mis espaldas.

—Me parece que la última noche tuviste una buena pesadilla.

—Sí. El señor Dos Santos dice que  estuve  peleando con fantasmas. Pero y o no recuerdo nada.

—Lo seguro es que no estabas fumando lo que el doctor Emmet llamaría

« Cannabis sativa» .

—No, Karaghiosis. Fumaba una flor que había bebido sangre humana. La encontré cerca del Antiguo Lugar de Constantinopla y sequé sus hojas cuidadosamente. Una anciana me dijo que me proporcionaría visiones del futuro. Mintió.

—¿Y esa flor incita a la violencia? Bien, ésa es una cosa digna de anotar. Y a propósito, me has llamado Karaghiosis. No me gusta. Me llamo Nomikos. Conrad Nomikos.

—Sí, Karaghiosis. Me sorprendió verte. Creí que habías muerto hacía mucho tiempo, cuando tu embarcación naufragó en la bahía.

—Karaghiosis murió entonces. No has mencionado a nadie que me parezco a él, ¿verdad?

—No, no me gusta charlar de más.

—Esa es una buena costumbre.

Crucé la estancia, seleccioné un cuchillo, lo sopesé y lo lancé, para clavarlo a unas diez pulgadas de distancia, a la derecha del centro del blanco.

—¿Hace mucho tiempo que trabajas para el señor Dos Santos? —pregunté.

—Hace aproximadamente un mes —replicó Hasán.

Arrojó su cuchillo. Se clavó a unas cinco pulgadas del centro.

—Eres su guardaespaldas, ¿eh?

—Así es. También protejo al tipo azul.

—Don dice que la vida de Myshtigo corre peligro. ¿Acaso existe alguna amenaza real o, por el contrario, está seguro?

—Son posibles las dos cosas, Karaghiosis. No lo sé. Solamente se  me paga para protegerle.

—Si y o te pagara más, ¿me dirías quién te ha contratado para matar?

—Solamente me han contratado para proteger, pero no te lo diría, si fuese lo que tú dices.

—Sólo fue una simple opinión. Vamos a buscar esos cuchillos. Cruzamos juntos la estancia y arrancamos los cuchillos del blanco.

—Ahora bien… —añadí—, si se tratase de mí, cosa  que  es posible…, ¿por  qué no arreglamos las cosas ahora mismo? Los dos tenemos un cuchillo en la



mano. El que deje esta sala puede decir que el otro le atacó y fue asunto de defensa propia. No hay testigos. A los dos nos han visto borrachos o actuando desordenadamente la pasada noche.

—No, Karaghiosis.

—No…, ¿qué? ¿Acaso no se trata de mí? ¿O es que no deseas hacerlo en esa forma?

—Podría decir que no, que no se trata de ti. Pero tú no sabrías si decía la  verdad o no.

—Eso es cierto.

—Podría decir que no deseo hacerlo de esa manera.

—¿Es eso verdad?

—Nada digo. Pero con objeto de concederte la satisfacción de una respuesta,  te diré esto: Si deseara matarte, no lo haría con un cuchillo en la mano, ni trataría de luchar o boxear contigo.

—¿Cuál es la razón?

—Porque recuerdo hace muchos años, cuando y o era muchacho, en el lugar de Kerch, sirviendo las mesas de los veganos ricos… bueno, tú no me conocías entonces. Acababa de llegar desde los lugares de  Pamir. Entonces, tú y  tu amigo el poeta llegaron a Kerch.

—Sí, ahora lo recuerdo… Sí, los padres de Phil habían muerto aquel año…, eran buenos amigos míos… y y o llevaba a Phil a la Universidad. Pero había un vegano que le había quitado su primera mujer, llevándosela a Kerch. Sí, el anfitrión…, olvidé su nombre.

—Era Thrilpai Ligo, el boxeador shajadpa, que parecía una montaña  al final de una llanura…, alto, inamovible. Boxeaba con la cesta vegana…, las correas de cuero con los diez afilados punzones metálicos que rodean la mano, la mano abierta…

—Sí, lo recuerdo…

—Tú nunca habías boxeado de aquella forma, pero lo hiciste  por  la muchacha. Había una gran multitud formada por veganos y muchachas de la Tierra y y o me quedé en pie junto a una mesa, para mirar… Al cabo de un minuto, tu cabeza estaba empapada en sangre. Él trató de que la  sangre  te  cegara, y tú agitaste la cabeza violentamente.  Yo tenía entonces solamente quince años y no había matado más que a tres hombres. Creí que ibas a morir, pues ni siquiera le habías tocado. Entonces, tu mano derecha partió hacia él como un martillo pilón, ¡con terrible rapidez! Le golpeaste en el centro de ese doble hueso que los azules tienen en su pecho (y son más fuertes que nosotros) y lo aplastaste como un huevo. Estoy seguro de que y o jamás podría haber hecho  algo semejante, por eso temo tus brazos y tus manos. Más tarde, supe  que también habías despedazado a un murciélago araña… No, Karaghiosis, y o te mataría a distancia.



—Sucedió hace tanto tiempo… No creí que nadie lo recordase.

—Ganaste a la muchacha.

—Sí. Olvidé su nombre.

—Pero no la devolviste al poeta. La conservaste para ti. Éste es el motivo por el cual, probablemente, él te odia.

—¿Phil? ¿Aquella muchacha? Pero si hasta he olvidado el aspecto que pudo tener ella.

—Él nunca la ha olvidado. Por eso creo que él te odia. Puedo oler el odio, olfatear sus fuentes. Tú te llevaste a su primera mujer. Yo estaba allí.

—Fue idea de ella, no mía.

—Y él envejece, mientras tú permaneces joven. Es triste, Karaghiosis, cuando un amigo tiene razones para odiar a un amigo.

—Sí.

—Y conste que no he respondido a tus preguntas.

—Es posible que fueras contratado para matar al vegano.

—Es posible.

—¿Por qué?

—Dije únicamente que era posible, no que fuera un hecho cierto.

—Entonces, te haré solamente una pregunta más y terminaremos con todo ello… ¿Qué beneficio aportaría la muerte del vegano? Su libro podría ser beneficioso para las relaciones vegano-humanas.

—Yo no sé si de esto saldría algo bueno o algo malo, Karaghiosis. Mira… Lancemos ahora más cuchillos.

Nos dedicamos a arrojar cuchillos. Capté la distancia y el punto de equilibrio  y coloqué dos exactamente en el centro de la diana.

A continuación, Hasán hincó dos junto a los míos. El último emitió el agudo grito lastimero del metal cuando vibró su hoja contra una de las mías.

—Voy a decirte una cosa —le  dije, mientras arrancábamos los cuchillos—. Yo soy el cabecilla de la gira y el responsable de la seguridad de sus miembros.  Yo también me dedicaré a custodiar al vegano.

—Harás muy bien, Karaghiosis. Él necesita protección.

Coloqué los cuchillos de nuevo en la bandeja y me dirigí a la puerta.

—Nos iremos mañana por la mañana, a las nueve, ¿sabes? Tengo que llevar una caravana de « skimmers» al primer campo del conglomerado de oficinas.

—De acuerdo. Buenas noches, Karaghiosis.

—… Y llámame Conrad.

Tenía él un cuchillo preparado para arrojarlo contra la  diana. Cerré  la  puerta y fui avanzando por el pasillo. Mientras caminaba, oí el sonido seco de  un cuchillo clavándose en la madera, que resonó mucho más cercano que los primeros, repercutiendo a mi alrededor.



Cuando los seis grandes « skimmers» volaban sobre los océanos hacia Egipto, me puse a pensar en Kos y en Cassandra. Traté, con cierta dificultad, de arrancarme aquellas meditaciones y proyectar mis pensamientos hacia adelante.

Hacia la tierra de arenas, el Nilo, los saurios mutantes, y algunos faraones muertos, a quienes uno de mis proyectos estaba importunando por entonces.

Después pensé en la humanidad, acomodada y puesta en sitio seguro en la estación intermedia de Titán, trabajando en las oficinas de la Tierra, degradándose en Taler y en Bakab, sobreviviendo en Marte, y vegetando hasta cierto punto en Ry lpah, Divbah, Litan, y un par de docenas de otros mundos en el complejo de Vega. Entonces medité acerca de los veganos.

Los sujetos de piel azul, con sus nombres raros y sus hoyuelos similares a marcas de viruela, nos dieron refugio cuando tuvimos frío, y nos alimentaron cuando estábamos hambrientos.

Ellos supieron comprender que nuestras colonias marcianas y  titanianas habían padecido por cerca de un siglo de una súbita autarquía, después del incidente de los Tres Días, y antes de que fuera puesto a punto un vehículo interestelar que resultase eficiente y manejable.

Al igual que el gorgojo del algodón, según me explicó Emmet, estábamos simplemente buscando un hogar, porque habíamos consumido  y  desgastado  el que poseíamos. ¿Acaso los veganos echaron mano a los insecticidas? No. Por ser una raza más antigua y de mayor sabiduría que la nuestra, nos permitieron instalarnos en sus mundos, nos dejaron vivir y trabajar en sus ciudades. Interiores y litorales.

Porque hasta una cultura tan adelantada como la de los veganos necesitaba en cierto modo la mano de obra. Una buena servidumbre doméstica no puede ser reemplazada por máquinas, ni las máquinas pueden  sustituir  a  instructores, buenos jardineros, pescadores, trabajadores aventurándose en rudas tareas subterráneas y subacuáticas, y animadores étnicos de la variedad alienígena.

De acuerdo en que la presencia de conglomerados humanos rebaja  y disminuye el valor de las adyacentes propiedades veganas, pero los humanos compensaban esta mengua con su contribución al mayor bienestar general. Esta meditación llevó mi pensamiento hacia la Tierra.

Los veganos nunca habían visto hasta entonces  una  civilización completamente devastada, por lo cual están fascinados con nuestro planeta de origen. Lo suficientemente fascinados como para tolerar nuestro gobierno absentista en Taler. Lo bastante atraídos como para comprar pasajes en la Gira Terrestre y contemplar las ruinas. Interesándose hasta el extremo de comprar en  la Tierra parcelas  y construir urbanizaciones residenciales y centros de vacaciones.

Indudablemente, existe una cierta clase de  fascinación hacia  un planeta  que es administrado como un enorme museo. (Esto me recuerda que James Joy ce



comentaba algo semejante con referencia a Roma.)

Sea lo que fuere, la extinguida Tierra todavía aporta a sus vivientes nietos una pequeña, pero apreciable renta cada año fiscal vegano. Ésta es la razón que justifica la Oficina, Lorel, George, Phil y todo lo demás.

Abajo, en lontananza, el océano era una alfombra de color gris azulado, que iba siendo enrollada debajo de nosotros. El continente oscuro la sustituyó. Proseguimos nuestra trayectoria hacia Nuevo Cairo.

Tomamos tierra en las afueras de la ciudad. No hay una verdadera pista de aterrizaje. Nos limitamos a posar los seis « skimmers» en un campo desierto, que empleamos a modo de pista, y apostamos a George como centinela.

El antiguo Cairo está todavía entibiado por la radiactividad, pero la gente con   la cual se puede llevar a cabo negocios de toda índole reside principalmente en Nuevo Cairo, por lo que las cosas se presentaban propicias para los componentes de la expedición.

Myshtigo se empeñó en contemplar la mezquita de Kait Bey, en la Ciudad de los Muertos, que había sobrevivido a los Tres Días. Estuvo de acuerdo en que y o le llevase en mi « skimmer» , y volando en bajos y lentos círculos por aquel desolado paraje, fue tomando fotografías y pudo atisbar algunas cosas interesantes. Por lo que se refiere a monumentos, los que realmente deseaba ver eran las pirámides, Luxor, Karnak, el Valle de los Rey es y el Valle de las Reinas.

Fue un acierto que espiásemos la mezquita desde el aire. Siluetas oscuras se escurrían debajo de nosotros, deteniéndose únicamente para  arrojar  piedras hacia arriba, hacia nuestra nave.

—¿Quiénes son? —preguntó Myshtigo.

—Los « Incandescentes» —le aclaré—. Una especie de humanos. Varían en tamaño, forma y mal genio.

Después de describir círculos en el aire durante algún tiempo, se dio por satisfecho, y regresamos al campo.

Cuando de nuevo tomamos tierra bajo un sol deslumbrante, afianzamos las naves y desembarcamos para avanzar a través de similares proporciones  de arenas y pavimento roto. Dos ayudantes eventuales de la gira, Myshtigo, Dos Santos y Peluca Roja, Ellen, Hasán y y o. En el último instante, Ellen había decidido acompañar a su marido en el viaje.

A ambos lados de la carretera, que era más bien un surco accidentado, se extendían campos de caña de azúcar de altos y  brillantes tallos. En poco tiempo los dejamos atrás y pasamos por entre las edificaciones de baja altura de las afueras de la ciudad. La carretera se ensanchó. A trechos, una palmera proporcionaba un charco de sombra.

Dos chiquillos de grandes y pardos ojos alzaron la mirada a nuestro  paso. Hasta entonces habían estado contemplando una vaca cansina, de seis patas, que hacía girar una gran rueda, la noria sakieh, con la misma estolidez con que las



vacas han hecho siempre girar las norias en todas partes, sólo que ésta  dejaba más huellas.

Mi supervisor del área, Rameses Smith, nos aguardaba en la posada. Era  alto y corpulento, prietamente contenido su dorado semblante en una fina red de arrugas. Y tenía los característicos ojos melancólicos de su raza,  pero  su  constante risotada borraba rápidamente esta impresión de tristeza.

Nos sentamos a beber cerveza en la sala principal de la posada mientras esperábamos a George. Unos guardias locales habían sido destacados para relevarle.

—¿La tarea progresa bien? —me preguntó Rameses.

—Excelente —respondí, en cierto modo complacido porque  nadie  me  hubiera preguntado en qué consistiría la tarea.

Mi intención era sorprenderles.

—¿Qué tal están tu esposa y los niños? —le pregunté.

—Están muy bien.

—¿Y el bebé?

—Ha sobrevivido, sin el menor defecto —anunció orgullosamente—. Envié a mi esposa a Córcega hasta que dio a luz. Aquí está su retrato.

Simulé examinar la foto con atención, produciendo los esperados ruidos apreciativos de aprobación.

A continuación comenté:

—Hablando de fotos, ¿necesitas más instrumental o cualquier otro suministro para las filmaciones?

—No, no es necesario. Estamos bien equipados. Todo marcha bien. ¿Cuándo deseas examinar el trabajo?

—Tan pronto como hay amos comido algo.

—¿Eres musulmán? —intervino My shtigo.

—Pertenezco a la fe copta —replicó Rameses, sin sonreír.

—¿Ah, sí? Era la herejía monofisita, ¿verdad?

—Nosotros no nos consideramos herejes. Intervine en el diálogo algo tenso:

—Acerca de tu libro, Srin Shtigo…

El uso que hice de su título honorífico desvió su atención del tema anterior.

—Sí… Dime…

—Mi impresión —comenté— es que no deseas discutirlo bajo ninguno de sus aspectos por ahora. Respeto naturalmente tu tesitura, pero me coloca en una posición algo violenta como director de esta caravana.

Sabíamos ambos perfectamente que y o debía haberle preguntado en privado sobre este asunto, especialmente después de su respuesta a Phil en la recepción, pero y o me sentía algo quisquilloso y quería que él lo supiese. También deseaba llevar la conversación por otros cauces.



Por consiguiente, dije:

—Tengo curiosidad por saber si será primordialmente una descripción de los sitios que visitemos, o bien si te gustaría cierto asesoramiento que dirigiese tu atención hacia las especiales condiciones locales: materiales, políticas o ambientales.

—En principio me interesa escribir un libro de viajes, descriptivo, pero tendré en cuenta tus comentarios mientras viajemos juntos. Aunque y o creía que este aspecto de la cuestión era de tu única incumbencia. De todos modos, tengo conocimientos generales acerca de las tradiciones de la Tierra y de sus asuntos comunes, y en realidad no me interesan demasiado.

Dos Santos, que estaba paseando y fumando en espera de que nos  fuese servida la comida, interrumpió su paseo para manifestar:

—Srin Shtigo, ¿cuál es tu opinión sobre el movimiento Retornista? ¿Simpatizas con nuestros objetivos? ¿O los consideras como letra muerta?

—Doy por afirmativa tu última pregunta. Creo que cuando alguien  está muerto, su única obligación es satisfacer al consumidor. Respeto tus propósitos, pero no veo cómo puedes tener la menor esperanza de llevarlos a  cabo. ¿Por qué tu pueblo debería renunciar a la seguridad que ahora posee para regresar a este sitio? La mayoría de los miembros de la actual generación no han visto jamás la Tierra, excepto en diapositivas. Y debes admitir que no son precisamente documentos muy estimulantes.

—No estoy de acuerdo contigo —dijo Dos Santos—. Y considero que  tu actitud es espantosamente patricia.

—Así es como debe ser —replicó Myshtigo.

 

 

Mucho sol, escasas sombras, calor… Este era el ambiente. No quería que ningún coche  oruga, ni ningún « skimmer»  estropease  el escenario panorámico, o sea, que di el ejemplo echando a andar. No estaba muy  lejos el punto al que  me dirigía, y efectué un leve rodeo con la finalidad de perfeccionar el efecto calculado.

Caminamos una larga e intrincada milla, a  ratos  ascendiendo,  a  ratos bajando. Le requisé a George su red cazamariposas para evitar así cualquier posible detención enojosa mientras pasábamos a lo largo de varios espacios floridos, que se amontonaban como parches de color.

Caminar hacia atrás a través del tiempo. Eso era lo que estábamos haciendo. Con pájaros de radiantes colores surcando el aire como fogonazos repentinos,  y los camellos que de vez en cuando se recortaban en el lejano horizonte.

Ellen trataban de mitigar  las  transpiraciones  abanicándose  incesantemente con un gran triángulo de plumas verdes. Peluca Roja caminaba erguida, moteado el labio superior por pequeñas gotitas de sudor, ocultos los ojos tras las negras



gafas solares. Por fin, estábamos llegando. Ascendimos la última duna baja.

—Vean —dijo lacónicamente Rameses.

—¡Madre de Dios! —exclamó Dos Santos. Hasán gruñó algo incomprensible.

Peluca Roja se volvió rápidamente para mirarme y de nuevo giró el rostro.

No pude leer su expresión, y a que las gafas solares la enmascaraban.

—Pero, ¿qué están haciendo? —preguntó Myshtigo.

Era la primera vez que le veía verdaderamente sorprendido.

—Resulta evidente —dije y o—. Están desmantelando la gran pirámide de Keops.

Tras una pausa, Peluca Roja hizo la inevitable pregunta:

—¿Por qué?

—Escasean por la zona los materiales de construcción, y como el que podría conseguirse en el Antiguo Cairo es radiactivo…, lo están obteniendo aquí, derribando pieza por pieza esta vieja muestra de geometría solidificada.

Diane exclamó, indignada:

—¡Están profanando un monumento a las glorias pasadas de la raza humana!

—No hay  nada  más barato que  las glorias pasadas —repliqué, amablemente

—. Lo que nos concierne y ocupa es el presente, y en la actualidad lo que ellos necesitan es material de construcción.

—¿Qué tiempo lleváis dedicados a esta tarea? —preguntó Myshtigo. Sus palabras se encadenaban una tras otra, atropelladamente.

Fue Rameses el que le contestó:

—Hace y a tres días que empezamos los derribos.

—¿Quién te concedió el derecho para hacer semejante cosa?

—Esta obra fue autorizada por el Departamento Terrícola de Artes, Monumentos y Archivos, Srin.

Myshtigo se volvió hacia mí. Sus ojos ambarinos relucían de modo extraño.

—¡Tú!

Lo admití sin rodeos.

—Sí, y o soy el comisionado y, por consiguiente, responsable de lo que se está haciendo aquí.

—¿Por qué nadie oy ó mencionar esta actividad tuya?

—Porque muy poca gente viene por aquí ahora —expliqué—. Lo cual es otra razón muy justificada para proceder al derribo de esta cosa. Hoy en día nadie pierde el tiempo viniendo a ver estas piedras.

—¡Yo he venido aquí desde otro mundo para verlas!

—Entonces, échales un buen vistazo —le recomendé—, porque van a desaparecer rápidamente.

Me contempló, dilatados los ojos.

—Es evidente que no tienes el menor concepto de su valía intrínseca.



—Conozco exactamente cuál es su valor.

—Y estas desgraciadas criaturas que tienes trabajando allá abajo…

Su voz fue elevándose a medida que examinaba con mayor fijeza la escena.

—… Bajo los ardientes rayos de tu espantoso sol… ¡están trabajando sometidos a las condiciones más primitivas que puedan imaginarse! ¿Es que  no has oído hablar nunca de maquinaria para derribos?

—Claro que sí. Resulta cara.

—¡Y tus capataces empuñan látigos! ¿Cómo puedes ser capaz de tratar a tu propio pueblo de este modo? ¡Es perverso!

—Todos estos hombres se presentaron voluntarios para el trabajo, con salarios convenidos y aceptados… Y la Equidad de Actores no nos permite emplear los látigos, pese a que los propios trabajadores argumentaron a favor de su empleo. Todo lo que nos es permitido es hacerlos restallar en el aire cerca de ellos.

—¿Equidad de Actores?

—Es su sindicato unionista. ¿Quieres ver maquinaria? —Y gesticulé al añadir

—. Mira arriba de aquella loma. Lo hizo y en seguida preguntó:

—¿Qué hacen?

—Estamos filmando con cinta grabadora.

—¿Con qué finalidad?

—Cuando terminemos haremos un montaje en edición popular, procediendo  a presentar la acción en sentido inverso. Vamos a  titularlo: « La  Construcción de la Gran Pirámide» . Resultará un espectáculo divertido, y financieramente muy productivo. Tus historiadores han estado haciendo conjeturas acerca del modo en que amontonamos con tal exactitud geométrica estas enormes piedras. La visión de esta película les resolverá sus dudas. Decidí que resultaría la más acertada Operación FBIM.

—¿FBIM?

—Fuerza Bruta e Ignorancia Masiva. Fíjate en ellos martilleando con vigor. Fíjate en ellos, ¿quieres? Siguen el movimiento de la cámara, doblándose y levantándose rápidamente cuando la cámara les enfoca. Cuando la película esté terminada, todos ellos sufrirán verdaderos colapsos. Pero hay  que  tener  en cuenta que es la primera película terrícola en muchos años. Trabajan con verdadera excitación.

Myshtigo rió antes de comentar:

—Eres más duro de lo que supuse, Nomikos. Pero no eres indispensable.

—Intenta, a ver si puedes, hacer que despidan a un funcionario gubernamental.

—Puede ser más fácil de lo que te imaginas.

—Lo veremos.

—Es muy posible.



Nos volvimos de nuevo hacia el gran noventa por ciento de la pirámide de Keops-Kufu.

Myshtigo comenzó otra vez a tomar apuntes.

—Prefiero que lo examines desde otro lugar, por el momento —le indiqué—. Nuestra presencia estropeará muchos valiosos metros  de cinta. Somos anacronismos. Podremos bajar durante la pausa  de  descanso en que  toman café y pan.

—De acuerdo —aceptó Myshtigo—, y no te quepa duda de que sé identificar un anacronismo cuando se me presenta. Pero aquí y a he visto todo lo que me interesaba ver. Regresemos a la posada. Deseo hablar con los residentes de la localidad.

Meditó unos instantes.

—Me entrevistaré con Sakkara antes de lo planeado. ¿No habrás empezado a desmantelar todos los monumentos de Luxor, Karnak y el Valle de los Rey es?

—No, todavía no.

—Bien, entonces los visitaremos antes de lo previsto. Mientras regresábamos, Diane me preguntó:

—¿De veras pensabas sinceramente en todo lo que dijiste?

—A mi modo, sí.

—¿Cómo puedes pensar en tales cosas?

—En griego, naturalmente. Luego lo traduzco al inglés. Tengo y a mucha práctica.

—En realidad, ¿quién eres?

—Soy Ozy mandias. Contempla mi labor, ¡oh tú, poderosa!, y desespera.

—No soy poderosa.

—No lo creo —repliqué.

Seguimos caminando juntos y la parte de su semblante que y o podía divisar mostraba una enigmática expresión.

 

 

Los seis días siguientes estuvieron rebosantes de acontecimientos, y en cierto modo resultaron inolvidables, extremadamente activos, con una especie de  fealdad y belleza simultánea. Algo así como pueda ser una flor con sus pétalos completamente intactos y una mancha oscura y sarmentosa en su centro.  Las cosas sucedieron así…

Myshtigo interrogó a casi todos los picapedreros y destripaterrones a lo largo de las cuatro millas del camino a  Karnak. Los dos, bajo el ardiente  fulgor del día o a la tenue luz de la linterna, caminamos por entre las ruinas importunando murciélagos, ratas, serpientes y toda clase de insectos, escuchando y o las monótonas anotaciones que iba él tomando en su monótono lenguaje vegano.

Por la noche acampábamos en las dunas arenosas, tras instalar un perímetro



de doscientos metros de cable eléctrico de alarma y apostar dos centinelas. Temíamos, sobre todo, al boadilo, un raro reptil cuya cabeza es muy semejante a la del cocodrilo, sólo que mayor. Mide aproximadamente unos diez metros de largo. Está capacitado para enrollarse formando una gran bola con dientes. Es tan rápido en tierra como en el agua. Pero el boadilo es animal de sangre fría y las noches eran casi glaciales. Por consiguiente, el peligro que suponía aquel  monstruo era relativo.

Grandes fogatas de campamento iluminaban las noches, en torno a las áreas que elegíamos, porque los veganos querían las cosas con aspecto primitivo, supongo que por razones de ambientación.

Nuestros « skimmers» estaban mucho más al sur. Los habíamos trasladado a un lugar que y o conocía, dejándolos a la custodia de personal seguro,  y  alquilamos las « felucas» para nuestro viaje. De este  modo, revivíamos el viaje del Dios Rey, desde Karnak a Luxor. Así lo había querido Myshtigo.

Por las noches, Hasán se dedicaba a practicar con las azagayas que había obtenido de un enorme nubio, o bien desnudándose hasta la cintura, luchaba durante horas con su incansable robot-rolem. El rolem era un adversario realmente digno.

Hasán lo tenía programado al doble del promedio que arrojaban las estadísticas sobre la fuerza del hombre, y había elevado el acondicionamiento de sus reflejos en un cincuenta por ciento. La « memoria» del rolem retenía centenares de presas de lucha, y su regulador prevenía teóricamente la adecuada interrupción para evitar que pudiese matar o mutilar a su oponente. Todo ello a través de una serie de diferentes sistemas análogos a los nerviosos. Unas células electroquímicas permitían calibrar al miligramo  la  presión  necesaria  para romper un hueso o rasgar un tendón.

Rolem medía aproximadamente un metro ochenta y pesaba alrededor de los ciento veinte kilos. Manufacturado en Bakab, era bastante caro. Tenía un color carne y estaba moldeado con rasgos caricaturescos. Su cerebro estaba situado bajo el sitio donde debería estar su ombligo, si los robots tuvieran ombligo, para proteger su materia pensante contra cualquier posible impacto de lucha grecorromana. Aun con tantas precauciones pueden ocurrir  accidentes.  Hay gente que ha muerto luchando con estos artefactos como resultado de algo que falló en el cerebro o en los sistemas aferentes, o simplemente debido a que las propias personas resbalaron o intentaron desprenderse a sacudidas suministrando con ello las necesarias libras extra de peso.

Tuve en cierta ocasión un artefacto de éstos durante casi un año, programado para boxear. Acostumbraba a pasarme unos quince minutos con él, cada tarde. Llegué a pensar en él casi como si fuera una persona. Hasta que un día  me propinó un golpe malintencionado y  lo estuve aporreando por cerca de  una  hora y finalmente le hice saltar la cabeza de un soberbio derechazo. El artefacto siguió



boxeando.

Desde aquel mismo instante dejé de pensar en él como en un amistoso compañero deportivo. Produce una rarísima sensación boxear con un rolem decapitado. Puedo garantizarlo. Viene a ser como despertar de  un  agradable sueño y encontrarse con una pesadilla agazapada a los pies de la cama.

El rolem no « ve» en realidad a su oponente con aquellas cosas que tiene por ojos. Todo él está surcado por conexiones minúsculas de  radar,  y  « acecha» desde toda su superficie. Pese a todo, la muerte de una ilusión produce desconcierto. Yo desconecté mi rolem  y  nunca  más volví a  conectarlo. Lo vendí a un tratante en camellos por un precio bastante aceptable. No sé si volvió a recuperar su cabeza. Pero era un turco, o sea, que la cosa  carecía  de importancia.

Volviendo a lo que importa, lo cierto es que Hasán se enzarzaba en sus luchas con Rolem. Ambos relucían al resplandor de la fogata y todos nosotros contemplábamos el espectáculo sentados en nuestras mantas. Mientras tanto, los murciélagos acudían de forma intermitente en vuelos bajos y rasantes, como enormes y veloces cenizas. Lívidas nubes cubrían de pronto la luna a modo de fugaces velos, para seguir de nuevo su errante curso celeste. Todo esto sucedía la tercera noche, aquella tercera noche, cuando me volví loco.

Lo recuerdo únicamente del mismo modo en que uno recuerda un panorama fugaz, iluminado por un rayo, en el momento culminante de una tormenta nocturna de fin de verano. Como una serie de aisladas imágenes petrificadas, luminosas por un instante.

Estuve hablando con Cassandra durante casi una hora, y concluí la trasmisión con la promesa de emplear un « skimmer» a la tarde siguiente  y  pasar  la  siguiente noche con ella en Kos. Recuerdo nuestras últimas palabras:

« —Ten cuidado, Konstantin. Últimamente he tenido malos sueños.

» —Tonterías, Cassandra. Buenas noches.»

Y aunque no soy supersticioso, nadie puede asegurar ni desmentir que sus sueños no fueran el resultado de una oleada temporal sísmica  moviéndose  hacia la graduación 9,6 de la escala Richter.

Con cierto brillo cruel en sus ojos, Dos Santos aplaudió el espectáculo. Hasán acababa de derribar a Rolem al suelo, produciendo un crujido estruendoso. Aquella sacudida del terreno continuó, sin embargo, mucho después que el robot se hubiera puesto nuevamente en pie, adoptando una postura encorvada, serpenteando los brazos en dirección al árabe. El suelo temblaba.

—¡Qué fuerza! ¡Todavía noto el estampido bajo mis pies! —exclamó Dos Santos.

—Esto es un fenómeno sísmico —comentó George—. Y aunque y o no sea geólogo…

—¡Un terremoto! —chilló su esposa, dejando caer un dátil que estaba



ofreciendo a Myshtigo.

No había motivos para echar a correr, ni tampoco sitio hacia donde hacerlo. No había nada a nuestro alrededor que pudiera caernos encima, y el suelo era nivelado y compacto. Por consiguiente, nos limitamos a permanecer sentados. Fuimos algo zarandeados y hasta derribados de lado unas cuantas veces. Las fogatas hacían cosas asombrosas.

El cronometraje de Rolem había cesado y se quedó rígido. Hasán vino a sentarse entre George y y o. Los temblores duraron casi una hora, y volvieron a hacerse sentir más débilmente, en varias ocasiones durante el resto de la noche.

Tras el primer período de fuertes sacudidas, nos pusimos en  contacto  con Port. Los instrumentos de medición señalaban que  el centro del seísmo se  hallaba a gran distancia, al norte de donde nos encontrábamos.

A una distancia en verdad alarmante. En el Mediterráneo.

En el mar Egeo, para ser más concretos.

Sentí cierto malestar y, súbitamente, me encontré mal, realmente indispuesto en forma extraña.

Intenté conectar con Kos. Nada.

Mi Cassandra, mi encantadora dama, mi princesa…, ¿dónde estaba? Durante dos horas traté de averiguarlo. Hasta que me llamaron desde Port.

Era la voz de Lorel, no la de algún simple operador de servicio.

—Esto… Hola, Conrad, no sé cómo explicarte exactamente lo que ha sucedido.

—Sólo habla —le dije— y para de hablar cuando me lo hay as explicado.

—Un satélite observador pasó por tu comarca  hará  unos doce  minutos. —Y su voz apareció con una resonancia nasal como si la sintonización  fallase—. Varias de las islas del Egeo y a no aparecían en la foto que transmitió.

—No —dije.

—Me temo que Kos era una de ellas.

—No —repetí.

—Lo lamento —me dijo—. Pero así es como se ha presentado. No  sé  qué otra cosa decirte.

—Ya basta —dije—. Esto es todo. Así es. Adiós. Ya hablaremos más tarde.

¡No! Yo creo que… ¡No!

—¡Espera! ¡Conrad! Enloquecí. Enloquecí de veras.

Murciélagos, desprendiéndose de las tinieblas circundantes, pasaban en roces susurrantes por mis cercanías. Golpeé con mi puño derecho y maté a uno cuando surcó muy cerca el aire. Esperé unos segundos y maté a otro.

Después alcé en vilo una gran roca y estaba a punto de aplastar con ella la



radio, cuando George colocó su mano en mi hombro. Dejé caer la piedra, aparté su mano y con el dorso de la mía le crucé la boca. No sé lo que pasó con él, pero cuando me inclinaba para levantar de nuevo la roca, oí rumor de pisadas a mis espaldas.

Me dejé caer sobre una rodilla, recogiendo un puñado de  arena  para  arrojarlo a los ojos de alguien.

Estaban todos allí… My shtigo, Peluca Roja, Dos Santos, Rameses, Ellen, tres funcionarios civiles locales, y Hasán. Se acercaban en grupo. Alguien gritó:

« ¡Cuidado!» , cuando vieron mi rostro, y se dispersaron.

Entonces se convirtieron en todos y cada uno de los seres que  he  odiado. Podía sentirlo, notarlo. Vi  otros rostros, oí otras voces. Todos  aquellos que  conocí y odié, que quise aplastar, que  aplasté, estaban de  nuevo en pie, resucitados, ante el fuego, y sólo se divisaba el blancor de sus dientes. Avanzaban hacia  mí, entre las sombras, llevando diversas perdiciones y sentencias en sus manos y suaves y persuasivas palabras en sus labios. O sea, que arrojé la arena al más cercano y embestí.

Mi gancho le tumbó de espaldas y a continuación  dos  egipcios  estaban encima de mí atacándome por los costados.

Me los sacudí de encima, y de soslayo vi abalanzarse a un enorme árabe con algo como una negra cachiporra en su mano. La blandía hacia mi cabeza, pero me dejé caer de lado. Venía en mi dirección llevado de su propio impulso y me las compuse para patearle el  estómago con lo cual  se quedó sentado repentinamente.

Entonces, los dos que había apartado de mis costados volvieron a caerme encima. Una mujer estaba gritando en algún sitio, en la distancia, pero no podía ver a ninguna mujer.

Usé mi brazo derecho como un mazo contra alguien, y el hombre cayó, pero otro ocupó su sitio inmediatamente. Recto ante mí, un hombre azul arrojó una piedra que vino a golpearme en un hombro con el único  resultado  de enfurecerme todavía más.

Levanté en el aire un cuerpo que pataleaba y lo arrojé contra otro, para a continuación golpear a alguien con el puño. Me sacudí. Mi túnica  estaba  rasgada y sucia, acabé de desgarrarla y la arrojé a lo lejos.

Miré alrededor. Habían cesado de acudir a mi encuentro, y  esto no era  leal. No era leal que se detuvieran cuando y a ansiaba con tanta vehemencia ver cosas rompiéndose. O sea, que levanté al hombre que estaba a mis pies y lo volví a derribar de un bofetón. Volví a levantarlo y alguien empezó a gritar: « ¡Eh!

¡Karaghiosis!» , y comenzó a insultarme en griego chapurreado. Dejé caer al suelo nuevamente al hombre que me había atacado y me volví.

Allí, delante del fuego, había dos individuos: uno, alto y barbudo, el otro cuadrado, macizo, calvo y moldeado en una mezcla de tierra y masilla de



cemento.

—¡Mi amigo dice que va a deslomarte, griego! —anunció el alto barbudo, mientras hurgaba en la espalda del otro.

Avancé hacia ellos dos, y el hombre de cemento y barro saltó hacia mí.

Me derribó al primer choque, pero me levanté rápidamente y  agarrándole bajo las axilas, le desequilibré arrojándole a un lado. Pero se puso en pie tan rápidamente como y o lo hice antes, y volvió a la carga agarrándome detrás del cuello con una mano. Hice lo mismo con él, asiéndole también el codo, y nos mantuvimos así por unos instantes, casi juntos. Era realmente fuerte.

Debido a que era fuerte, continué intercambiando llaves, tanteando su fuerza. Era también rápido, acomodando la réplica a cada movimiento que y o hacía, apenas se me ocurría.

Proyecté mis brazos hacia arriba con brusquedad, por entre los suyos, y retrocedí. Libres por un momento, fuimos describiendo una órbita uno en torno  del otro, buscando una apertura, un hueco por donde atacar.

Conservaba mis brazos bajos y me inclinaba mucho hacia  adelante  debido a su corta estatura. Por un instante, mis brazos estuvieron demasiado cerca de mis costados y él se movió con una velocidad que  hasta  entonces no había  conocido en nadie, me atrapó en una presa de cuerpo que exprimió de mis poros todo el sudor y causó un tremendo dolor en mis costillas.

Sus brazos seguían presionando y supe que  no tardaría  mucho en romperme el espinazo a menos que pudiese desprenderme de su llave.

Doblé mis manos en  prietos puños colocándolos contra su vientre y empujando. Su presa se hizo más apretada. Retrocedí los tacones  y  le  empujé con ambos brazos. Mis manos fueron subiendo entre ambos y logré colocar mi puño derecho contra la palma de mi zurda y empecé a empujar puño y mano juntamente elevando con los brazos. Mi cabeza osciló hacia atrás al ir elevándose mis brazos, y mis riñones parecían ser dos placas de fuego.

Entonces tensé todos los músculos dorsales y arqueándome sentí la fuerza bajar tempestuosa por mis brazos y acudir a mis manos. Las alcé bruscamente hacia el cielo y su mentón se hallaba por el camino, pero no las detuvo.

Mis brazos se irguieron proyectados sobre mi cabeza y él cayó de espaldas.

Debería haber roto el cuello de cualquier hombre la fuerza de aquel enorme crujido que se oyó. Mis manos golpearon su barbilla y él pudo mirarse  los tacones al doblarse hacia atrás.

Pero saltó en pie inmediatamente. Comprendí entonces que no era un  luchador mortal, sino que era una de aquellas criaturas no nacidas de mujer. Supe que a semejanza de Anteo, había sido arrancado del seno de la propia Tierra.

Bajé las manos con furia sobre sus hombros y cayó arrodillado. Entonces le agarré de través la garganta y pasé a su costado derecho  para  colocarle  mi rodilla izquierda en la parte inferior de su espalda. Me incliné hacia adelante,



cargando todo mi peso sobre sus hombros, intentando romperle la columna vertebral.

No pude. Se limitó a inclinarse hasta que su cabeza tocó el suelo y  y a  no  podía empujarle más hacia adelante.

Ninguna espalda se inclina de esta forma sin estallar, pero la suya ni siquiera crujió.

Entonces aparté mi rodilla y le solté, y de nuevo estaba él abalanzándose con celeridad.

Intenté estrangularle.

Mis brazos eran mucho más largos que los suy os. Le sujeté de la  garganta  con ambas manos, presionando mis pulgares contra lo que debería ser su gaznate. Pese a ello, consiguió deslizar sus brazos a través de los míos por el hueco interior de los codos, y comenzó a empujar a un lado y hacia abajo. Persistí en estrujarle el cuello, esperando ver cómo su rostro se oscurecía y sus ojos  se  ponían  saltones. Mis codos empezaron a doblarse bajo su presión. Luego, sus brazos avanzaron y me cogió por la garganta.

Y permanecimos en pie tratando de asfixiarnos el uno al otro. Sólo que  él no se dejaba estrangular.

Sus pulgares eran como dos alcayatas hincándose en los músculos de mi cuello. Sentí la congestión encender mi rostro. Mis sienes empezaron a latir.

A lo lejos, oí gritar:

—¡Páralo, Hasán! ¡No puede continuar!

Sonaba como la voz de Peluca Roja. Sea lo que fuera, éste fue el nombre que acudió a mi mente: Peluca Roja. Lo cual significaba que Donald dos Santos  estaba también por allí cerca. Y ella había dicho Hasán, un nombre escrito sobre otra foto que se me apareció súbitamente con claridad.

Todo aquello significaba que y o era Conrad y que estaba en Egipto, y que aquella faz sin expresión oscilando delante mío era, por consiguiente, la del robot- luchador Rolem, un artefacto que podía ser graduado hasta conseguir cinco veces la fuerza de un ser humano, y  probablemente estaba graduado así. Una máquina   a la que podían dar los reflejos de un gato rebosando adrenalina, y que indudablemente tenía sus reflejos a pleno rendimiento.

Sólo que un robot de aquella clase no estaba  fabricado para  matar, excepto por accidente, y Rolem estaba intentando matarme.

Lo cual significaba que su regulador no funcionaba.

Dejé de apretarle el cuello, y a que no podía dar ningún resultado. Coloqué la palma de mi zurda bajo su codo derecho. Luego me alargué hasta el extremo de sus brazos y agarré su muñeca derecha con mi otra mano. Me incliné todo lo que pude empujando hacia arriba su codo y su muñeca.

Cuando quedó desequilibrado sobre su costado izquierdo y soltó  su  presa, seguí manteniéndole por la muñeca, retorciéndola de modo que el codo quedó a



la vista con su cara interna hacia arriba. Atiesé  mi mano izquierda  alzándola hasta rozar mi oreja, y la bajé en seco tajo sobre la juntura del codo.

Nada. No hubo el menor crujido. El brazo cedió simplemente arqueado hacia atrás en un ángulo totalmente antinatural.

Le solté la muñeca y cay ó sobre una rodilla. Luego volvió a ponerse en pie, y al hacerlo, su brazo se enderezó por sí mismo y se dobló hacia adelante para recuperar la normalidad.

Si no me equivocaba al juzgar la mentalidad de Hasán, el cronometrador de Rolem había sido colocado al máximo de duración. Dos horas. Lo cual, bien considerado, era mucho más tiempo del que humanamente podía y o aguantar.

Pero ahora, por lo menos, y a sabía quién era y o y lo que estaba haciendo. También sabía lo que pasaba en la estructura  interior del robot Rolem. Aquél era un robot luchador. Por consiguiente, no podía boxear.

Eché un rápido vistazo por encima del hombro hacia el lugar donde y o estaba cuando todo aquel barullo había comenzado, cerca de la tienda con la  radio. Estaba a unos quince pasos.

Ocurrió en aquel instante; un poco más y acaba conmigo. Exactamente durante aquella fracción de segundo mientras dediqué mi atención a retaguardia, Rolem me agarró por detrás del cuello con una mano y colocó la otra bajo mi barbilla.

Me habría roto el cuello si hubiese podido continuar con la presión, pero se presentó en aquel momento otro temblor de tierra intenso, que nos arrojó  a ambos al suelo, y, de paso, pude así librarme de su llave.

Segundos después me levanté, y la  tierra  todavía  continuaba estremeciéndose. También Rolem estaba de nuevo en pie enfrentándose a mí.

Éramos como dos marineros borrachos peleando en un barco zarandeado por un temporal.

Rolem vino a mi encuentro y y o retrocedí.

Le alcancé de lleno con un gancho de izquierda, y mientras asestaba  un zarpazo hacia mi brazo, le golpeé en el estómago. A continuación  salté  hacia atrás.

Volvió a avanzar y seguí asestándole puñetazos a la distancia conveniente. El pugilismo era para él lo que la cuarta dimensión es para mí. Ni la menor idea. No podía captarlo. Continuaba avanzando, sacudiéndose a cada puñetazo,  y  y o  seguía retrocediendo hacia la tienda de la radio, y el  suelo seguía estremeciéndose, y en algún lugar una mujer estaba gritando, y oí una exclamación de entusiasmo: « ¡Bravo!» cuando conecté un derechazo  bajo el cinto con la esperanza de averiarle un poco el cerebro.

Para entonces y a estábamos allá y vi lo que quería. La gran piedra que había intentado emplear contra la radio. Hice un amago con la zurda, y entonces le agarré por un hombro y un muslo, alzándole por encima de mi cabeza.



Me incliné hacia atrás, tendí los músculos y lo tiré hacia abajo  contra  la piedra.

Le chocó de lleno en el estómago.

Comenzó a levantarse de nuevo, pero con más lentitud que hasta entonces. Le golpeé en el estómago tres veces, con mi bota derecha reforzada, y le observé mientras se desplomaba hacia atrás.

Un extraño ruido chirriante se inició en su sección central.

El suelo volvió a sacudirse de nuevo. Rolem se tendió en forma de aspa, y el único indicio de movimiento estaba en los dedos de su mano izquierda. Iban abriéndose y cerrándose. No sé por qué, me recordaban las manos de Hasán aquella noche en el hounfour.

Me volví lentamente. Estaban todos allí en pie: Myshtigo y Ellen, Dos Santos con una mejilla hinchada, Peluca Roja, George, Rameses y Hasán, y los tres magullados egipcios. Di un paso hacia ellos y  empezaron  a  retroceder, rebosantes de miedo sus rostros.

Meneé la cabeza negando.

—Ya no… Ahora y a estoy normal, pero déjenme a solas. Me voy al río a bañarme…

Di varios pasos, y entonces alguien debió quitar el obturador, porque emití un gorgoteo, todo se puso a dar vueltas, y el mundo entero se fue cañería abajo.

 

 

Los días que siguieron fueron cenizas y las noches  hierro.  El espíritu  que había sido arrancado de mi alma estaba enterrado mucho más hondo que cualquier momia de las que y acían moldeándose bajo aquellas arenas.

Dicen que los muertos olvidan a los muertos en el otro mundo, Cassandra, pero y o tenía la esperanza de que no fuese así. Continué realizando la rutina de director de la gira. Lorel sugirió que nombrase a otro para sustituirme y  me tomase un permiso de vacaciones y reposo.

No podía.

¿Qué haría entonces? ¿Sentarme a pensar en algún Viejo Lugar, compartiendo bebidas con viajeros inquietos? No. En casos como el mío, cierta clase de actividad es siempre esencial. Sus rutinas generan eventualmente un continente para los interiores vacíos. Por tanto, continué con la gira y dediqué mi atención a los pequeños misterios que contenía.

Desmonté a Rolem y estudié su regulador. Estaba roto. Naturalmente. Lo cual significaba que, o bien y o lo había averiado durante las primeras fases de nuestro combate, o bien Hasán lo había hecho mientras estaba hurgándole en la espalda para que me quitase todo afán de violencia. Si Hasán lo había hecho, entonces no me quería ver simplemente fuera de combate, sino muerto.

Si tal era el caso, entonces me formulaba la pregunta: ¿Por qué? Cavilé sobre



la posibilidad que su patrón supiera que en otros tiempos y o había sido Karaghiosis. Si era así, ¿por qué iba él a desear matar al fundador y primer secretario de su propio partido?

El hombre que había jurado que la Tierra no sería vendida bajo sus propios pies y convertida en un centro deportivo por una manada de alienígenas azules…  O por lo menos, no quería verlo sin luchar hasta el fin.

El hombre que había organizado casi por sí sólo una cábala que sistemáticamente rebajaba el valor a cero de  todas  las  propiedades  adquiridas por los veganos en la Tierra.

El hombre cuyos ideales él alegaba compartir, aunque los encauzaba corrientemente por canales más apacibles, y modos legales de legítima defensa,

¿por qué iba él a querer su muerte?

En voz alta saqué dos conclusiones:

—En consecuencia, o bien ha traicionado al partido o no sabía quién era y o y tenía en mente algún otro fin cuando ordenó a Hasán que me matase.

Aunque también quedaba la probabilidad de que Hasán actuase a las órdenes de otro patrón.

Pero, ¿quién podía ser ese otro? Y de nuevo, ¿por qué? No daba con  la solución. Necesitaba una respuesta.

 

 

La primera demostración de condolencia procedió de George.

—Lo siento mucho, Conrad —dijo.

Miraba más allá de mi codo, luego abajo a la arena, para después alzar la mirada rápidamente hacia mi rostro.

Decir cosas humanas le acongoja y le hace desear alejarse. Me consta. Es indudable que el capricho pasajero de Ellen conmigo el verano anterior ocupó escasamente la atención de George.

Sus pasiones cesaban apenas salía del laboratorio de biología. Aún recuerdo cómo efectuó la disección del último perro en la Tierra. Después de cuatro años de rascarle las orejas, de cepillarle el pelo para quitarle las pulgas y escuchar sus ladridos, cierto día George llamó cariñosamente a « Rolf» . El animal acudió con alegre trotecillo, trayendo consigo el trapo viejo con el cual siempre habían jugado al tira y afloja. George tiró del trapo hasta tener muy  cerca  al perro, le dio una inyección y lo abrió a lo largo.

Quiso estudiarlo a fondo cuando todavía estaba en la flor de la edad. Conservó el esqueleto bien montado en delicada armazón en su laboratorio.

También quiso criar a sus hijos, Mark, Dorothy y Jim, en Cajas de

« Skinner» , pero Ellen había opuesto una tenaz resistencia en arrebatos repentinos de maternidad que duraban lo suficiente para echar a perder los estímulos  iniciales que George albergaba.



Por estas razones, y o no podía realmente verle en el papel del asesino ansioso de tomarme las medidas para un saco de dormir de madera de los de la especie subterránea. Si él me hubiera deseado muerto, habría elegido un método sutil, rápido y exótico, algo así como el veneno leporino de Divban. Pero no, no era hombre de rencor latente. De eso estaba y o plenamente convencido.

En cuanto a Ellen, si bien es capaz de sentimientos intensos, no deja de ser la clásica muñeca de cuerda defectuosa. Siempre hay algo en su mecanismo que falla antes de que pueda consolidar cualquiera de sus sentimientos.  Al  día siguiente vuelve a experimentar las mismas fuertes emociones, pero sobre algo o alguien diferente.

Sus condolencias se manifestaron más o menos del siguiente modo:

—Conrad, no puedes formarte ni idea de lo mucho que lo siento. De verdad.

Aunque nunca la conocí, y o sé cómo debes sentirte ahora.

Su voz recorrió todas las gamas de la escala, y me di cuenta de que ella creía sinceramente en lo que estaba diciendo, y por ello se lo agradecí.

Hasán apareció de pronto a mi lado mientras y o estaba absorto contemplando el Nilo, súbitamente hinchado y fangoso. Permanecimos en silencio hasta que, finalmente, dijo:

—Tu mujer se ha ido y tu corazón sufre. Las palabras no aligerarán el fardo de tu pesar, y lo que está escrito, escrito queda. Pero dejemos también expuesto que y o sufro contigo.

Seguimos allí un rato más, y después nos alejamos de la ribera.

No me planteé interrogantes acerca de él. Era la única persona que podía ser descartada, aun cuando su mano colocó en funcionamiento la máquina. Nunca alentaba resentimientos, no mataba gratuitamente, ni tenía ningún motivo personal para hacerlo conmigo. Estaba seguro de que sus condolencias eran sinceras. Matarme a mí, no tendría nada que ver con la veracidad de sus sentimientos. Un profesional concienzudo debe respetar cierta barrera entre el propio y o y su trabajo.

Myshtigo no hizo la menor manifestación verbal de simpatía. Hubiera sido  algo totalmente ajeno a su naturaleza. Entre los veganos, la  muerte  es  una ocasión de regocijo y festejos. Al nivel espiritual significa la sagl, la fragmentación de la psiquis en pequeños alfilerazos de sensaciones placenteras  que se esparcen por todos los ámbitos para participar en el gran orgasmo universal.

Y en el plano material, la muerte está representada por la ansakundabad, que consiste en la contabilización ceremoniosa de la mayoría de los objetos de pertenencia personal del difunto, la lectura de su deseo de distribución y  la  división de sus bienes, todo ello acompañado por muchos festejos, canciones y bebidas.

Dos Santos me dijo:



—Es algo muy triste lo que te ha sucedido, amigo mío. Cuando se pierde a la mujer que uno quiere, es como si perdiésemos la sangre de nuestras  propias venas. Tu aflicción es grande y no puede ser consolada.  Es  como  un  fuego latente que nunca se extinguirá. Es algo terrible y triste.

Sus ojos estaban húmedos. Añadió:

—La muerte es cruel y tenebrosa. Después vino Peluca Roja a decirme:

—Espantoso… Lo siento. Nada más puedo decir, ni hacer, salvo sentirlo. Asentí.

—Gracias.

—Y hay algo que debo preguntarte. Aunque no ahora. Más tarde.

—De acuerdo —aprobé.

Y volví hacia la ribera para contemplar el río. Me puse a pensar en estos dos últimos. Sus frases me habían sonado tan lastimeras como las de los demás, pero me parecía que tenían que estar mezclados de alguna manera en el asunto del rolem.

Sin embargo, estaba seguro de que había sido Diane la que había gritado mientras Rolem estaba estrangulándome, pidiendo a Hasán que lo detuviera. Sólo quedaba Don, y por entonces había llegado y o a sustentar fundadas dudas del hecho que él hiciese cualquier cosa sin antes consultarla a ella.

En consecuencia, no quedaba nadie sospechoso. Y no existía un verdadero móvil aparente.

Y pudo ser sencillamente un accidente. Pero…

Pero y o seguía teniendo aquella sensación, en la indefinible zona inferior en torno al estómago donde brotan estas sensaciones; la sensación que alguien anhelaba matarme. Sabía que Hasán era hombre que no vacilaría en aceptar dos trabajos al mismo tiempo, y para diferentes patrones, si en ello no existía un conflicto de intereses.

Y esta sensación me producía cierto raro contento. Me daba una meta, una finalidad, algo que hacer.

No existe realmente nada tan estimulante como que alguien desee matarle a uno para sentirse impulsado a seguir viviendo. Encontraría al presunto asesino, averiguaría el porqué, y le impediría llevar a cabo su propósito.

 

 

La segunda pasada de la muerte fue casi inmediata, y por  más  que  me hubiese gustado poder achacarla a un agente humano, me resultó imposible. Fue simplemente una de esas piruetas del destino que a veces aparecen como visitantes no invitados a la hora de cenar. Su desenlace final, no obstante, me dejó bastante perplejo y me proporcionó algunas confusas meditaciones con las que



entretener mi pensamiento.

Sucedió del modo siguiente…

Río abajo, en la orilla de este gran flujo fertilizante, borrador de todos los límites y padre de la geometría plana, estaba sentado el vegano Myshtigo dibujando bosquejos de la orilla opuesta. Supongo que si hubiese estado en la otra ribera se dedicaría a sacar apuntes de la orilla en la que se sentaba, pero esto era pura conjetura.

Lo que me preocupaba era el hecho de que se había alejado a solas, bajando hasta aquel lugar cálido y pantanoso, sin decirle a nadie a dónde iba, y sin llevar consigo ningún objeto protector, a no ser su inofensivo lápiz.

Y ocurrió.

Un viejo y veteado tronco que hasta entonces había ido a la deriva cerca de tierra cesó súbitamente de ser un viejo tronco veteado. Un  largo  y  serpentino lomo fustigó hacia el cielo, y  un barril lleno de  dientes apareció al otro extremo, y montones de patas cortas pisaron tierra sólida y comenzaron a moverse como ruedas.

Lancé un grito de aviso llevándome  la  diestra  al cinto. Myshtigo dejó caer su libreta de dibujo y saltó de repente. Pero el animal y a estaba atacándole y no pude disparar.

Arremetí precipitadamente, pero cuando llegué allá, y a tenía él dos espirales en torno al cuerpo y su torso azul ostentaba dos matices más de azul oscuro, y aquellos colmillos estaban próximos a cerrarse sobre él.

Ahora bien, solamente existe un medio para lograr que cualquier  clase  de reptil constrictor afloje su enroscamiento, al menos durante un rato.

Me las compuse para agarrar su enorme cabezota, cuyo avance se había aminorado un poco al dedicarse a contemplar su  almuerzo.  Conseguí afianzar  mis dedos bajo las aristas escamosas a los lados de aquella cabeza.

Hinqué mis pulgares en sus ojos con toda la fuerza que pude.

Entonces, un gigante espasmódico me golpeó con un látigo gris verdoso.

Cuando logré ponerme en pie me hallaba a unos tres metros del sitio donde estaba antes. Myshtigo había sido arrojado más arriba de la ribera. Estaba poniéndose en pie precisamente cuando la bestia atacaba de nuevo.

Sobresalía enhiesta unos dos metros del suelo y se encorvaba hacia mí. Me arrojé a un lado y aquella enorme y plana cabeza me falló por centímetros, rociándome su impacto con tierra y gravilla.

Rodé un poco más y comencé a levantarme, pero la cola  restalló arrojándome nuevamente al suelo. Entonces retrocedí a gatas, pero demasiado tardíamente para poder esquivar la espiral que  me laceó. Me  atrapó por  debajo de las caderas y volví a caer.

Entonces aparecieron un par de brazos azules enlazándose en torno al cuerpo por encima de la espiral, pero no pudieron mantenerse más que unos segundos.



Acto seguido estábamos ambos amarrados por una serie de nudos.

Luché en forcejeo desesperado. Pero, ¿cómo se puede luchar contra  un  grueso y viscoso cable blindado con profusión de pequeñas patas que persisten en arañar y rasgar? Mi brazo derecho estaba apretado contra mi flanco, y no podía alcanzar lo bastante lejos con mi mano izquierda para oponer una resistencia efectiva. Las espirales se enroscaban con mayor opresión. La cabeza se movió hacia mí y arañé el cuerpo, golpeé y seguí arañando hasta que finalmente me las arreglé para dejar en libertad mi brazo derecho, abandonando algo de piel en la maniobra.

Hice un bloqueo con mi mano derecha cuando bajó la cabeza. Mi  palma subió bajo su maxilar inferior, empujó y se mantuvo allí manteniendo la cabeza hacia atrás. El gran lazo en espiral enroscado en torno a mi cintura se apretó más, resultando de mayor potencia que el propio abrazo del robot Rolem. Luego sacudió su cabeza a un lado, lejos de mi mano, y la cabeza bajó de nuevo, ampliamente abiertas las fauces.

Myshtigo, con sus forcejeos, debió irritar a la bestia distrayéndola un poco, dándome así tiempo para mi última llave defensiva.

Proyecté mis manos hacia arriba, dentro de su boca, y  mantuve  separadas sus quijadas.

El paladar de su boca era viscoso y mi palma empezó a resbalar a lo largo, lentamente. Presioné hacia abajo con mayor energía en la  mandíbula  inferior, tan reciamente como me fue posible. La boca se abrió como cosa de  medio palmo más y pareció quedarse encajada en aquel punto.

La bestia intentó entonces echar atrás su cabeza, para obligarme a soltarle los maxilares, pero sus espirales nos unían demasiado apretadamente para conseguir la necesaria distancia.

Se desenroscó un poco, irguiéndose algo, y echando atrás su cabeza. Conseguí entonces apoyarme en tierra con una rodilla. Myshtigo estaba acuclillado en comba a un metro y medio aproximadamente de donde me hallaba y o.

Mi mano derecha resbaló algo más, casi hasta el punto en que iba a perder todo apoyo.

Entonces oí un alarido.

El estremecimiento se presentó casi simultáneamente. Abrí de golpe mis brazos liberándolos al sentir que la fuerza del monstruo cedía por un segundo.  Hubo un horrendo castañeteo de dientes y  un apretón final. Por  un momento no  vi nada, casi perdida la noción.

Poco después estaba y o pugnando por soltarme, quitándome las espirales, liberándome de ellas. La lanza de lisa madera que había atravesado al boadilo estaba quitándole la vida, y sus movimientos se convirtieron súbitamente en espasmódicos más que en agresivos.

Por dos veces fui derribado a causa de todo aquel latigueo agónico, pero pude



liberar a Myshtigo de los repulsivos nudos. Nos alejamos unos cincuenta pasos y observamos cómo moría aquel reptil. Una muerte que duró un largo rato.

Hasán permanecía erguido, inexpresivo. La pequeña lanza con la cual había empleado tanto tiempo practicando había resultado muy útil.

Cuando más tarde George disecó al boadilo, supimos que la punta de la lanza se había alojado a dos pulgadas de su corazón seccionando la gran arteria. El animal tenía dos docenas de patas.

Dos Santos se hallaba a un lado de Hasán y Diane estaba junto a Dos Santos.

Todos los demás del campamento estaban allí.

—Una gran exhibición —dije—, y un tiro estupendo. Gracias.

—De nada —replicó Hasán.

No fue nada, había dicho. Nada, salvo un golpe de muerte a mi teoría acerca que él descompuso el rolem. Si Hasán intentó matarme en aquella ocasión, ¿por qué entonces me había salvado del boadilo?

De no ser que lo que había dicho en Port fuera la estricta  verdad: que  le habían contratado para proteger al vegano. Si éste era su trabajo principal, y matarme a mí sólo el secundario, entonces se había visto obligado a  salvarme para poder mantener con vida a My shtigo.

A menos que y o fuese un sujeto receloso y desconfiado, y Rolem  hubiese  sido averiado de algún otro modo.

Pero estos robots están construidos a toda prueba. Ya están diseñados de modo que puedan resistir toda clase de golpes.

Pero entonces…

¡Bah, al diablo! Olvídalo.

Arrojé una piedra lo más lejos que pude, y luego otra. Nuestros « skimmers» elevarían el vuelo para posarse en nuestro campamento al día siguiente y despegaríamos rumbo a Atenas, deteniéndose únicamente para depositar a Rameses y a los otros tres en Nuevo Cairo. Me alegraba abandonar Egipto con su moho, su légamo y sus muertas deidades mitad animales. Ya estaba harto del lugar.

En aquel momento, Rameses avisó desde la tienda de radio que Phil me llamaba desde Port-au-Prince.

—¿Sí? ¿Quién? —hablé por el micro.

—Conrad, aquí Phil. Voy a volar esta tarde hacia Atenas.  Me  agradaría  unirme con vosotros en esta parte de vuestro recorrido, si es que no tienes inconveniente.

—Ninguno. De todos modos, ¿puedo preguntarte por qué has tomado esta decisión?

—He decidido contemplar Grecia, una vez más. Puesto que vas allá, podríamos coincidir y recordar viejos tiempos. Sea por lo que fuere, de todos modos quiero ver Grecia otra vez y presiento que ésta será la última ocasión que



se me presente.

—Tengo la convicción que te equivocas, pero allá tú. Cenaremos todos en el Jardín Altar mañana por la noche, alrededor de las ocho.

—Estupendo. Nos veremos allá.

—De acuerdo.

—Hasta la vista, Conrad.

—Hasta pronto.

 

 

Aquella noche, a una hora y a avanzada, me armé y salí en busca de un poco  de aire fresco.

Oí rumores de conversación a medida que me aproximaba  al  extremo oriental del perímetro de alarma. Me senté en la oscuridad, reclinándome contra una ancha roca y  traté  de  escuchar. Había  reconocido las vibraciones agudas de la voz de Myshtigo y quería oír lo que estaba diciendo.

Pero me fue imposible.

Se hallaban algo lejos y la acústica del desierto no es ni  mucho menos la mejor del mundo. Permanecí allí sentado con aquella parte mía que escucha, tensa, y volvió a suceder lo que algunas veces me ocurre.

Estaba y o sentado en una manta junto a Ellen y mi brazo rodeaba sus hombros. Mi brazo azul…

La visión se esfumó al rechazar y o inmediatamente la idea de ser un vegano, aunque fuese en el colmo de un deseo seudotelepático, y de nuevo regresé a la realidad, reclinado contra la roca y escuchando.

De todos modos me sentía solitario y Ellen me había parecido más suave que la roca. Mi curiosidad seguía en aumento. Y al fin, pude escuchar…

—… No podemos verla desde aquí, pero Vega es una estrella de primera magnitud, situada en el conjunto que tu pueblo llama la constelación de Lira.

—¿Cómo es Taler? —preguntó Ellen. Hubo una larga pausa.

—Las cosas más plenas de significado son frecuentemente  las más difíciles  de describir. Aunque algunas veces el problema radica en comunicar algo para lo cual no existe el correspondiente elemento de referencia en la persona a  quien uno está hablando. Taler no es como este sitio. No hay desiertos. Todo  aquel mundo es frondoso. Pero… Voy a ver si me entiendes… Permíteme tomar esta flor de tu cabello. Eso es. Mírala… ¿Qué es lo que ves?

—Una hermosa flor blanca. Esa es la razón por la cual la cogí y la puse en mi pelo.

—Pero no es una hermosa flor blanca. Por lo menos, no lo es para mí. Tus ojos perciben la luz a una longitud de onda aproximada de oscilación entre las cuatro mil y las siete mil doscientas unidades angstrom. Los ojos de un vegano,



por ejemplo, penetran más hondo en los ultravioleta, alrededor de las tres mil unidades. Somos ciegos para lo que vosotros llamáis rojo, pero, en cambio, en esta flor, para ti blanca, y o veo dos colores para cuya descripción no existen palabras en tu lenguaje. Mi cuerpo está cubierto de moldeamientos que tú no puedes ver, pero que son lo suficientemente similares a aquellos de los demás de mi familia, de tal manera que otro vegano, familiarizado con los shtigo-gens, está capacitado para reconocer mi familia y provincia en nuestro primer encuentro.

» Algunas de nuestras pinturas aparecen como  deslumbradoramente  lisas para los ojos de los terrícolas, y hasta parecen ser todas de un solo color, generalmente azul, debido a que los matices resultan invisibles para  ellos.  La mayor parte de nuestra música te parecería fragmentada por grandes intervalos  de silencio, intervalos que, no obstante, están realmente repletos de melodía. Nuestras ciudades son limpias y están lógicamente diseñadas.  Captan  la  luz del día y la retienen durante largo tiempo por la noche. Hay lugares donde los desplazamientos y toda la actividad se efectúan a ritmo lento, y los sonidos son tamizados suave y agradablemente. Todo esto tiene para mí un gran significado, pero no sé como describirlo a un ser… humano.

—Pero la gente…, la gente de la Tierra, quiero decir… vive en vuestros mundos.

—Pero ellos, en realidad, no los ven, ni oy en, ni sienten del mismo modo que nosotros. Existe una brecha, una especie de vacío que podemos apreciar y comprender, pero que realmente no podemos cruzar. Esta es la razón por la que no puedo explicarte cómo es Taler. Sería para ti un mundo distinto al mundo que  es para mí.

—De todos modos, me gustaría verlo. Mucho. Hasta creo que  me gustaría vivir allí.

—Me parece que allá no serías feliz.

—¿Por qué no?

—Porque los inmigrantes no veganos sois eso…, inmigrantes de otra  raza. Aquí, en cambio, no sois de una casta inferior. Ya sé que  vosotros no empleáis  este calificativo, pero en definitiva esto es lo que venís a ser allá. En este planeta, vuestro personal burocrático y sus familias forman la casta  más elevada. Siguen en categoría los ricos que no son burócratas, y a continuación aquellos que  trabajan para los ricos, seguidos en la escala de valores por los que se ganan la vida cultivando la tierra. Por fin, en la escala más inferior se hallan aquellos desgraciados que habitan los Viejos Lugares. Vosotros aquí ocupáis el lugar más alto. En Taler seríais la casta más inferior.

—¿Por qué debe ser así? —preguntó ella.

—Porque tú ves en una flor blanca sólo una flor blanca. Con su enigmática respuesta, le devolvió la flor.

Siguió un largo silencio y una fría brisa.



—Sea como fuere, me complace que hay as venido aquí —dijo ella.

—Es un sitio interesante.

—Celebro que te guste.

—Me interesa, pero no me entusiasma.

—De eso y a me he dado cuenta.

—¿El hombre llamado Conrad fue realmente tu amante? La brusquedad de la pregunta me sobresaltó.

—Eso a ti no te importa —dijo ella—. Pero la respuesta es sí.

—Puedo comprender el motivo —dijo él.

Me sentí incómodo y quizá algo parecido a un voyeur, como decían los franceses, aunque más bien, rizando el rizo, era un mirón espiando a otro mirón.

—¿Qué motivo? —inquirió ella.

—Tú buscas lo raro, lo potente, lo exótico, porque nunca eres feliz estando donde estás y siendo lo que eres.

—Esto no es cierto. Pero… Sí, tal vez sí. Sí, él me dijo una vez algo parecido.

Quizá sea verdad.

Me sentí muy violento por ella en aquel momento. Entonces,  sin  darme cuenta de ello, como quería consolarla de  alguna  manera, alargué  el brazo con mi pensamiento y le cogí la mano.

Sólo que fue la mano de Myshtigo la que se movió, y él no había querido hacerlo. Yo sí.

Hubo una gran sensación similar a la de la embriaguez, a la de una habitación dando vueltas, mientras y o notaba cómo él se sentía « ocupado» , como si  hubiese percibido otra presencia dentro de su mente.

Quise retirarme apresuradamente, y estaba de nuevo allá  contra  mi roca, pero no antes de que ella dejase caer la flor y la oy ese decir:

—¡Abrázame!

¡Vaya con los deseos seudotelepáticos! Algún día dejaré de creer que son solamente eso.

Yo había visto dos colores en aquella flor, colores para cuya descripción carecía de palabras.

Regresé caminando lentamente hacia el campamento. Pasé a través del

campamento y seguí caminando, y al llegar al otro extremo del perímetro de alarma, me senté en el suelo y encendí un cigarrillo. La noche era fresca y oscura.

Dos cigarrillos después, oí una voz a mis espaldas, pero no me volví. La voz decía:

—En la Gran Casa y en la Casa de  Fuego, en aquel Gran Día, cuando todos los días y años son numerados, oh, deja que mi nombre me sea devuelto.

—Muy bien —dije, quedamente—, es una cita apropiada. He conocido el

Libro de los Muertos y lo identifico apenas oigo citar vanamente sus pasajes.



—No lo he citado en vano, sino como tú mismo has dicho, en forma apropiada.

—Muy bien. Te felicito.

—En aquel Gran Día, cuando todos los días y años son numerados, si te devuelven tu nombre, ¿qué nombre será?

—No será así. Planeo retrasarme lo más posible. De todos modos, ¿qué  hay en un nombre?

—Depende del nombre. Intenta, por ejemplo, Karaghiosis.

—¿Por qué no te sientas en un sitio donde pueda verte? No me gusta tener gente de pie a mis espaldas.

—Bien, de acuerdo. ¿Y ahora qué?

—¿Qué?

—Intenta evocar el nombre de Karaghiosis.

—¿Por qué tendría que hacerlo?

—Porque significa algo. Por lo menos significó algo en determinado tiempo.

—Karaghiosis fue un personaje de los antiguos espectáculos griegos de sombras, una especie de títere en las comedias europeas. Era un payaso,  un bufón.

—Era griego, y, por lo tanto, era sutil.

—Tonterías. Era medio cobarde y mantecoso.

—También fue medio héroe. Astuto. Un poco basto. Con sentido del humor. Él hubiese echado abajo una pirámide. También era fuerte cuando quería serlo.

—¿Dónde está ahora?

—Eso me gustaría saber.

—¿Por qué me lo preguntas a mí?

—Porque con ese nombre te llamó Hasán la noche que peleaste con el rolem.

—Ah, y a veo… Bueno, se trataba tan sólo de una expresión, un término genérico, un sinónimo para necio, un apodo…, como si y o te llamase, por ejemplo, rojo. Por cierto, ahora que pienso en ello, ¿qué  aspecto tienes tú para  Myshtigo? Los veganos son ciegos para el color de tu pelo, ¿sabes?

—En verdad me tiene sin cuidado el aspecto que tenga y o ante los veganos. Será mejor que te preguntes lo que les pareces tú a  ellos. Tengo entendido que  Myshtigo posee una ficha tuya bastante nutrida. En ella hay algo referente a que tienes varios siglos de edad.

—Indiscutiblemente, es una exageración. Pero pareces estar muy enterada sobre estos detalles. Tu ficha sobre Myshtigo, ¿también es copiosa?

—No lo es mucho, por ahora.

—Al parecer, le odias a él más de lo que odias a cualquier otra persona. ¿Es cierto?

—Sí.

—¿Por qué?



—Es un vegano.

—No. Hay algo más.

—Si tú lo dices…

—De acuerdo, lo digo y o. Pero es cierto, ¿no es así?

—Es cierto. Eres muy fuerte, ¿sabes?

—Lo sé.

—De hecho, eres el ser humano más fuerte que jamás hay a conocido. Lo bastante fuerte como para romperle el cuello a un murciélago araña, luego caer en la bahía de Pireo, nadar hasta tierra y desayunarte.

—Has elegido un extraño ejemplo.

—No tanto, no creas. ¿Lo hiciste?

—Lo siento.

—Sentirlo no basta. Habla más.

—Ya lo dije todo.

—No. Nosotros necesitamos a Karaghiosis.

—¿Quiénes son esos « nosotros» ?

—El Radpol. Yo.

—¿Por qué?

—Hasán es casi tan viejo como el tiempo. Karaghiosis es aún más viejo. Hasán le conocía, le recordaba, y te llamó Karaghiosis. Tú eres Karaghiosis, el asesino, el defensor de la Tierra… y ahora te necesitamos.  Te  necesitamos mucho. El Armagedón ha llegado, no con estrépitos, sino con un talonario de cheques. El vegano debe morir. No hay otra alternativa. Ayúdanos a impedir sus propósitos.

—¿Qué queréis de mí?

—Que dejes que Hasán lo destruya.

—No.

—¿Por qué no? ¿Qué es él para ti?

—Nada. De hecho, me disgusta sobremanera. Pero, ¿qué es él para vosotros?

—Nuestro destructor.

—Entonces dime por qué y cómo, y quizá y o te dé una respuesta mejor.

—No puedo.

—¿Por qué no?

—Porque no lo sé.

—Entonces, buenas noches. Hemos terminado.

—¡Aguarda! De veras que no lo sé… Pero la orden ha llegado desde  Taler, por medio del enlace Radpol que tenemos allá. Debe morir. Su libro no  es un libro. Su y o no es un ser, sino muchos; no sé lo que esto significa, pero nuestros agentes nunca nos han mentido. Tú has vivido en Taler, en Bakab  y  en  una docena de otros mundos. Tú eres Karaghiosis. Tú sabes que nuestros agentes no mienten, porque tú mismo estableciste la red de espionaje. Ahora oyes sus



informes y no les prestas atención. Ellos dicen que debe morir. Sostienen que  es  un investigador al que no se debe permitir fisgonear. Él representa el final de todo aquello por lo cual hemos luchado. Ya conoces la clave. Dinero contra  Tierra. Más explotación vegana. Los agentes no pudieron dar más datos concretos.

—No voy a aprobar su destrucción sin una causa justa y específica. Hasta ahora no me has expuesto nada concreto.

—Te he dicho cuanto sé.

—Entonces, buenas noches.

—Aguarda, por favor.

—Hasán intentó matarme.

—Sí —dijo ella—. Él debió pensar que resultaba más fácil matarte  que intentar mantenerte fuera de su camino. Después de todo, él sabe  más acerca de ti que nosotros.

—Entonces, ¿por qué me salvó hoy del boadilo a la vez que a Myshtigo?

—Preferiría no tener que decirlo.

—Entonces, olvídalo.

—No, te lo diré. La lanza corta era la única arma que tenía al alcance.

Todavía no está muy entrenado con ella. No pretendía herir al boadilo.

—Ah…

—Pero tampoco estaba apuntándote a ti. La bestia se retorcía en exceso. Él quería matar al vegano, y hubiese explicado simplemente que había intentado salvarlos a los dos, mediante la única arma que tenía a mano y que lo ocurrido había sido un terrible accidente. Por desgracia, no hubo tal terrible  accidente. Falló su diana.

—¿Por qué no se limitó sencillamente a dejar que el boadilo le matase?

—Porque tú y a habías agarrado con tus manos a la bestia. Él temía que pudieras salvarle. Teme tus manos.

—Es bueno saberlo. ¿Persistirá en continuar intentando, aunque me niegue a cooperar?

—Me temo que sí.

—Esto es muy lamentable, querida, porque no voy a permitirlo.

—Tú no se lo impedirás. Ni tampoco nosotros le ordenaremos que abandone. Aun cuando eres Karaghiosis, y estés ofendido, y mi pena por ti rebose los horizontes, Hasán no será detenido por ti ni por mí. Es Hasán el Asesino.  Nunca ha fallado.

—Tampoco y o.

—Sí, tú sí. Exactamente has fallado a Radpol y a la Tierra, y a todo cuanto significa algo y todo.

—Yo me guío por mi propio consejo, muchacha. Sigue tu camino.

—Soy lo bastante vieja para ser la abuela de cualquier hombre, menos de ti. Por consiguiente, no me llames muchacha. ¿Sabes que mi cabellera es una peluca?

—Sí.

—¿Sabes que en cierta ocasión contraje una enfermedad vegana y ésta es la razón por la que debo llevar peluca?

—No. Lo siento mucho.

—Cuando y o era joven, hace y a mucho tiempo, trabajé en un local de diversión vegano. Yo era carne de placer. Nunca he  podido olvidar  el jadeo de sus horrendos pulmones contra mi cuerpo, ni el contacto de sus carnes color cadáver. Les odio, Karaghiosis, de tal modo que solamente uno como tú puede comprenderlo, tú que has experimentado todos los grandes odios.

—Lo siento, Diane. Siento mucho que aún te duela aquella experiencia, Pero todavía no estoy dispuesto a tomar una decisión. No me atosigues.

—¿Eres Karaghiosis?

—Sí.

—Entonces, en cierto modo, y a me doy por satisfecha.

—Pero el vegano seguirá viviendo.

—Ya lo veremos.

—Sí, y a lo veremos. Buenas noches.

—Buenas noches, Conrad.

Me levanté, dejándola allí, y yendo hacia mi tienda. Más tarde, en la noche, ella vino.

Hubo un susurro en el cobertor de mi tienda y en las ropas de mi cama, y ella estaba allí. Cuando olvide todo acerca de ella…, la rojez de su peluca, la pequeña

« uve» invertida entre sus ojos, la crispación de sus mandíbulas, su modo incoherente de charlar y su cuerpo cálido como el corazón de una  estrella, siempre recordaré una cosa…

Que ella vino cerca cuando la necesité, que era tibia, suave, tierna…, que acudió a mi lado…



Tras desayunar a la mañana siguiente me dispuse a buscar a Myshtigo, pero él me encontró primero. Estaba y o abajo, a la orilla del río, hablando con los hombres que debían hacerse cargo de las felucas.

Dijo él, afablemente:

—Conrad, ¿puedo hablar contigo? Asintiendo, señalé hacia una honda zanja.

—Caminemos hasta aquel sitio. Aquí y a terminé. Anduvimos en silencio.

Al cabo de unos minutos, dijo:

—Tú sabes que en mi mundo existen varios sistemas de funcionamiento mental, sistemas que circunstancialmente producen percepciones extrasensoriales…

—Eso he oído.

—La mayoría de los veganos, tarde o temprano, se hallan expuestos a estas percepciones. Algunos tienen una gran aptitud para ello. Muchos, no. Pero casi todos nosotros poseemos un sentido especial para ello, una identificación de sus operaciones…

—¿Y…?

—Yo no soy telepático, pero he comprobado que tú posees esta capacidad, y a que anoche la usaste conmigo. Lo pude sentir. Es algo  totalmente desacostumbrado entre los de tu raza, por este motivo no pude preverlo y, por tanto, no tomé ninguna precaución para evitarlo. Además, ejerciste este poder sobre mí en el momento perfecto. El resultado fue que mi mente  quedó totalmente abierta para ti. Tengo que saber cuántas cosas llegaste a averiguar.

O sea, que aparentemente había algo extrasensorial relacionado con aquellas oscuras visiones. Habitualmente, todo cuanto contenían era lo que  parecían ser  las percepciones inmediatas del sujeto, además de un vislumbre de los pensamientos y sentimientos que acompañaban a  las palabras que  pronunciaba.  Y a veces hasta me engañaba a mí mismo.

La pregunta de Myshtigo indicaba que no sabía hasta qué punto llegaba mi penetración, y y o había oído decir que algunos  profesionales  veganos  del fisgoneo en la psique lograban abrirse paso en el inconsciente. O sea, que decidí fanfarronear.

Dije sentenciosamente:

—Concluí que no estás escribiendo un simple libro de viajes. Él no dijo nada.

—Por desgracia, y o no soy el único que tiene conocimiento de este detalle — proseguí—, lo cual te coloca en una posición algo peligrosa.

—¿Por qué?

—Quizá lo interpreten equivocadamente —aventuré. Meneó la cabeza meditativo, al preguntarme:



—¿Quiénes son ellos?

—Lo siento. Lo lamento. Nada más.

—Pero y o necesito saberlo.

—De nuevo te repito que lo lamento. Si quieres abandonar tus  propósitos, puedo hacer que regreses hoy mismo a Port.

—No, no puedo hacer eso. Debo seguir adelante. ¿Qué puedo hacer?

—Cuéntame un poco más sobre ello, y así quizá esté en  condiciones  de hacerte algunas sugerencias.

—No, y a sabes demasiado…

Y de pronto, añadió precipitadamente:

—Entonces, éste debe ser el verdadero motivo por el cual Dos Santos está aquí. Es un moderado. La rama activista del Radpol debe haber averiguado algo sobre mis planes, y, como dices, los han interpretado equivocadamente. Él debe saber lo referente al peligro. Tal vez debería ir a hablarle.

—No, y o no creo que debas hacerlo. En realidad, no cambiaría nada. De todos modos, ¿qué le dirías?

Una  pausa. Y murmuró:

—Ya  veo lo que intentas decirme. También se me ha ocurrido la idea que él no sea tan moderado como pensé… Si éste es el caso, entonces…

—Exacto. ¿Quieres volver a tu punto de origen?

—No puedo.

—Bien, de acuerdo, hombre azul… Entonces vas a tener que confiar en mí.

Puedes empezar contándome más cosas acerca de tu investigación…

—¡No! No sé cuánto conoces ni cuánto no sabes. Es evidente que estás intentando sonsacarme más información, y, por consiguiente, no creo que sepas mucho. Lo que estoy haciendo sigue siendo todavía confidencial.

—Yo estoy tratando de protegerte, y, en consecuencia, quiero toda la información posible.

—Entonces, protege mi cuerpo y deja que  me preocupe y o por  mis motivos y pensamientos. Mi mente estará cerrada para ti en el futuro. No es preciso que pierdas tu tiempo intentando sondearla.

Le tendí una automática.

—Sugiero que lleves esta arma mientras dure el viaje. Para proteger tus motivos.

—Muy bien. Así lo haré.

—Ahora vete a preparar tus cosas. Nos iremos de aquí muy pronto.

 

 

Mientras regresaba al campamento por otro camino, analicé mis propios motivos. Un libro, sólo un libro, no podía lograr anular la Tierra, ni el Radpol, ni el Retornismo.



Ni siquiera La llamada de la Tierra, de Phil, lo había logrado, ni  mucho menos. Pero este asunto de Myshtigo tenía que ser algo más que un simple libro.

¿Una investigación? ¿Acerca de qué? ¿Un movimiento? ¿En qué dirección…?

No lo sabía, y tenía que saberlo. Porque Myshtigo no podía seguir con vida si pretendía destruirnos, y, sin embargo, no podía y o permitir su destrucción si lo  que estaba haciendo podía resultarnos de alguna ayuda. Y pudiera serlo.

Por consiguiente, alguien debía vigilar que no se precipitasen los acontecimientos hasta que pudiéramos estar del todo seguros.

 

 

Cuando estuvimos a la sombra de su « skimmer» , le  dije:

—Diane, tú afirmas que significo algo para ti, como quien soy, como Karaghiosis.

—Lo reafirmo.

—Entonces, escúchame… Creo que puedes estar equivocada sobre el vegano. No estoy seguro, pero si tú estás equivocada, sería un gran error matarle. Por esta razón, no puedo permitirlo. Aplaza cualquier cosa que hay as planeado hasta que lleguemos a Atenas. Y solicita aclaraciones del mensaje a Radpol.

Me miró fijamente, y por fin dijo:

—De acuerdo.

—¿Y qué pasa con Hasán?

—Aguarda.

—Es dueño de su propia elección del momento y lugar, ¿no es así? Aguarda solamente la ocasión más oportuna de golpear.

—Sí.

—Entonces debe ser advertido a fin que suspenda cualquier acción hasta que estemos seguro a qué atenernos.

—Muy bien.

—¿Se lo dirás?

—Le será comunicado.

—Excelente.

Di media vuelta disponiéndome a alejarme. Dijo ella:

—Y cuando venga el mensaje de respuesta, si dijese lo mismo que antes,

¿qué pasaría entonces?

—Ya veremos.

La dejé junto a su « skimmer» y regresé al mío.

Cuando el mensaje de respuesta llegase, diciendo lo que pensaba  y o  que diría, sabía que tendría que enfrentarme con más problemas. Y todo porque y o había tomado y a mi decisión.

A lo lejos, hacia el sudeste, las tierras de Madagascar seguían ensordeciendo



los registradores con lastimeros lamentos radiactivos. Un tributo a la habilidad de uno de nosotros.

Estaba y o seguro de que Hasán podía aún afrontar cualquier barrera sin que pestañearan sus amarillos ojos inundados de sol, acostumbrados a la muerte.

Probablemente resultaría  difícil contenerlo.

 

 

Allá abajo, muerte, ardor, marcas de franjas fangosas, nuevos litorales… Vulcanismo en Kos, Samos, Ikaria, Naxos…

Halicarnassos reducido, empequeñecido a grandes mordiscos… El extremo occidental de Kos nuevamente visible, pero, ¿y qué?

… Muerte, ardor, mareas de franjas fangosas. Nuevos litorales…

 

 

Había conducido a mi convoy dando un gran rodeo fuera de su periplo, para poder comprobar lo que había sucedido en aquella zona del mar Egeo.

Myshtigo tomaba notas. Lorel había dicho:

—Continúa adelante con el viaje. Los daños físicos no han sido demasiado graves, debido a que el Mediterráneo estaba y a lleno de basuras. Las lesiones personales o bien fueron fatales o y a están siendo atendidas adecuadamente.

Pasé en vuelos casi rasantes sobre lo que quedaba de Kos, el extremo occidental de la isla. Era una comarca salvaje, volcánica. Había ahora nuevos cráteres humeantes. Surcos recientes y brillantes de agua  marina  formaban líneas cruzando aquella porción de tierra.

La antigua capital de Austipalaia estuvo  allí en tiempos  remotos. Tucídides nos relata que fue destruida por un poderoso terremoto. Debería haber visto éste, para formarse una idea de lo que puede llegar a ser una conmoción terráquea.

Mi norteña ciudad de Kos había contenido habitantes desde trescientos sesenta  y seis años antes de Cristo. Ahora todos habían desaparecido, y sólo quedaba lo líquido y lo ardiente. No había supervivientes.

Y el sicómoro de Hipócrates y la mezquita de la Logia y el castillo de los Caballeros de Rodas, y las fuentes, y mi casa, y mi esposa… todo había sido barrido por gigantescas olas o hundido en abismos marinos. Se habían ido lejos, para siempre. Lejos… Cassandra debía ser inmortal en algún sitio, pero estaba muerta para mí.

Más al este, algunos picachos de aquella alta cordillera montañosa que había interceptado la llanura costera del norte seguían todavía asomándose fuera del agua. Allí estaba el elevado picacho de Dhikaios, o Cristo el Justo, que dominó los poblados de las laderas norteñas. Nadie había logrado coronar  su cima  y  ahora no era más que una diminuta isleta.



—Vivías allí —comentó Myshtigo. Afirmé en silencio.

—Aunque habías nacido en la aldea de Markry nitsa, en las colinas de Tesalia,

¿no es así?

—Así fue.

—Pero, ¿construiste allí tu hogar?

—Por algún tiempo.

—« Hogar» es un concepto universal —dijo el vegano—. Puedo comprender todo su significado.

—Gracias.

Continué mirando hacia abajo, sintiéndome mal, triste, mareado. Luego, y a no sentí nada.

 

 

Después de las ausencias, Atenas vuelve a mí con una súbita familiaridad que siempre refresca, frecuentemente se renueva y a veces incita.

Phil me ley ó en cierta ocasión algunas líneas de uno de los últimos grandes poetas griegos, George Seferis, que se refería a « mi» Grecia al decir:

« … Una comarca que y a no es nuestro propio país, ni tampoco el vuestro.»

Y apoyando su tesis afirmaba que era una alusión a los veganos. Cuando le expuse que no había veganos en la panorámica griega durante la época en que vivió Seferis, Phil arguyó que la poesía existe con independencia del tiempo y del espacio y que significa lo que necesite en aquel momento el lector.  Pero tenía otras razones para no necesitar aquel párrafo como testimonio inapelable.

Grecia es nuestro país y siempre lo será. Los godos, los hunos, los búlgaros, los serbios, los francos, los turcos y últimamente los veganos, no lograron jamás quitarnos nuestro hondo regionalismo. Yo  he  sobrevivido a  los griegos. Atenas y  y o hemos cambiado un poco, los dos juntos. Sin embargo, la Grecia de tierra firme, el continente griego, es esencialmente Grecia y no cambia para mí. Intentad arrebatármela, seáis quienes fuereis, y mis dioses bajarán majestuosamente de las colinas como antiguos vengadores del pasado.

Todos vosotros os extinguiréis, pero las colinas de Grecia permanecerán, seguirán idénticas. Seguirá el aroma de carne de cabra asándose con mixtura de sangre y vino, el sabor de almendras endulzadas, un viento frío por la noche, y cielos de un radiante azul como los ojos de un dios durante el día.

Ésa es la razón por la que me siento vivificado cada vez que regreso, porque ahora que soy un hombre con muchos años a mis espaldas, mi pasión por Grecia la extiendo a la Tierra entera. Ésa es la razón por la que he luchado, he matado y bombardeado, y he hecho uso de todos los recursos, legales o no. He tratado de impedir que los veganos comprasen la Tierra, pedazo a pedazo, al gobierno ausente instalado allá en Taler.



Por esta razón me fui creando una posición bajo otro nombre, en la enorme máquina del servicio civil administrativo que rige este planeta, situándome en particular en el departamento de Artes, Monumentos y  Archivos.  En  esta posición puedo luchar para preservar lo que aún queda, mientras aguardo el próximo acontecimiento.

El afán vengativo del Radpol había aterrorizado por igual a los expatriados y a los veganos. No llegaron a comprender que los descendientes de aquellos que habían sobrevivido a los Tres Días no iban a ceder voluntariamente sus mejores áreas de litoral para lugares de vacaciones veganas, ni forzar a sus hijos e hijas a trabajar en aquellos lugares, ni tampoco servir de guías a los veganos a través de las ruinas de sus ciudades, señalándoles los sitios de interés para  su entretenimiento. Ésa es la razón por la que la  Oficina  esté  compuesta,  en  su mayoría, por personal extranjero.

Habíamos enviado una llamada a aquellos descendientes terrícolas de las colonias marcianas y titanianas pidiéndoles el regreso, y no hubo regreso. Allá habían crecido diferentes, en medio de una cultura mucho más avanzada que la nuestra. Habían perdido su identidad original. Nos abandonaron.

No obstante, ellos componían el Gobierno de la Tierra, de jure, legalmente elegido por la mayoría ausente…, y quizá, también de facto, si profundizábamos en la cuestión, y era preciso llegar a este extremo, aunque y o esperaba que los sucesos no exigiesen tal alternativa.

Durante más de medio siglo las cosas estuvieron estancadas, como en un

callejón sin salida. Nada de nuevos centros veganos, nada de violencias por parte del Radpol. Ningún Retorno. Pero pronto iban a ocurrir nuevos acontecimientos.  Se presentía en el ambiente… Sin duda, Myshtigo estaba inspeccionando, y lo del libro era una simple excusa.

Regresé a mi Atenas en un día sombrío, frío y lluvioso, una Atenas recién sacudida y recompuesta por los últimos cataclismos de la Tierra. En mi cerebro había un interrogante y en mi cuerpo magulladuras, pero de todos modos me sentía vivificado.

El Museo Nacional seguía aún allí, entre Tositsa y Vasileos Iracles. La Acrópolis estaba todavía más ruinosa de lo que la recordaba. La  Posada  del Jardín Altar, antiguamente el viejo Roy al Palace en la esquina nordeste de los Jardines Nacionales, al otro lado de la Plaza Syndagma, ostentaba grietas y resquebrajaduras, pero a pesar de ello, estaba en pie y abierta para la clientela.

Entramos y nos inscribimos.

En mi calidad de comisionado de Artes, Monumentos y Archivos (aunque comprendí que se debía principalmente a que era el único griego del grupo), fui objeto de una consideración especial.

Me concedieron la suite número 19.

No estaba como la había dejado ni mucho menos. Ahora relucía de orden y



limpieza.

Una placa de metal en la puerta decía:

« Estas habitaciones fueron el cuartel general de Konstantino Karaghiosis durante la fundación del Radpol y gran parte de la Rebelión Retornista.»

En el interior, otra placa sobre la cabecera de la cama indicaba:

« Konstantino Karaghiosis durmió en esta cama.»

En la larga y estrecha antesala localicé otro rótulo en la pared del fondo.

Decía:

« Las manchas de esta pared fueron producidas por una botella de brebaje, arrojada a través de la sala por Konstantino Karaghiosis, durante la celebración  del bombardeo de Madagascar.»

Lo crean o no, así era. Otra placa insistía:

« Konstantino Karaghiosis se sentó en este sillón.»

Sentí algo muy parecido al miedo cuando entré en el cuarto de baño.

 

 

Aquella noche salí a pasear por los húmedos pavimentos de  piedra  tosca  de mi casi desierta ciudad. Mis antiguos recuerdos y mis pensamientos actuales eran como dos ríos confluyendo tumultuosamente.

Había dejado a los demás roncando en sus cuartos, y al bajar la amplia escalinata desde la Posada, me detuve a leer una de las inscripciones  de  la  oración fúnebre de Pericles:

« La Tierra entera es la tumba de grandes hombres.»

Estaba en un lateral del monumento al Soldado Desconocido. Contemplé por unos instantes los enormes y carcomidos miembros de aquel arcaico guerrero, tendido con todas sus armas en su lecho funerario, todo mármol y bajorrelieves pétreos, en cierto modo casi cálidos, porque la noche le sienta bien a Atenas. Después, salí fuera, pasando de largo ante Leóforos Amalias.

La cena había sido espléndida: cordero lechal, macedonia de legumbres y frutas, miel de arrope, yogur especial y abundante café. Phil pasó todo el rato discutiendo con George acerca de la evolución.

—¿Acaso no ves una convergencia de vida y mito, aquí, durante los últimos días de este planeta?

—Concretamente, ¿qué pretendes decir? —preguntó George, apurando el resto de sus natillas de naranja y ajustándose los lentes, que le habían resbalado durante la comilona.

—Quiero decir que al surgir  la  humanidad  de  las  tinieblas  trajo  consigo  leyendas, mitos y evocaciones de criaturas fabulosas. Ahora estamos descendiendo nuevamente al interior de aquellas mismas tinieblas.  La  Fuerza Vital va siendo cada vez más inestable y débil. Hay un resurgimiento de aquellas



formas primarias que durante tanto tiempo solamente han existido como tenues recuerdos raciales…

—Absurdo, Phil. ¿Fuerza Vital? ¿En qué siglo te has instalado? Hablas como si todo lo referente a la vida fuera una simple y consciente entidad.

—Lo es.

—Demuéstralo, por favor.

—En tu museo tienes los esqueletos de tres sátiros y fotografías de otros con vida. Viven en las colinas de este país. También han sido vistos por aquí centauros, y hay flores-vampiro, y caballos con alas. Hay serpientes de mar en cada mar. Murciélagos araña surcan nuestros cielos. Hasta poseemos declaraciones juradas de personas que han visto la Bestia Negra de Tesalia, devoradora de hombres, huesos incluidos, lo cual es bastante mítico; toda clase de leyendas están brotando de nuevo a la vida.

George suspiró.

—Cuanto llevas dicho hasta ahora, sólo demuestra que en la grandiosidad de un infinito todo es posible. Cualquier forma de vida puede aparecer si se dan los factores apropiados de precipitación y un ambiente de continuidad congénita. Las cosas que has mencionado como nativas de la Tierra son mutaciones, criaturas originándose cerca de diversos Sitios Ardientes esparcidos por el mundo,  donde han encontrado los factores y el ambiente precisos. Un sitio  como éstos se  halla en lo alto de las colinas de Tesalia. Si la Bestia Negra irrumpiese en  este  momento a través de aquella puerta, con un sátiro montado en su espalda, ello no alteraría mi opinión ni demostraría la tuya.

En aquel momento miré hacia la puerta, no con la esperanza de  ver  a  la Bestia Negra, sino a algún inofensivo viejo que pudiera entrar con andar renqueante, o algún camarero llevándole a Diane una bebida no encargada por ella, con un mensaje doblado en el interior de una servilleta.

Pero no sucedió ninguna de las tres cosas.

 

 

Al pasar de largo ante Leóforos Amalias, por la Puerta  de  Adriano, y  más allá del Olímpeo, todavía no sabía y o cuál iba a ser el mensaje. Diane había establecido contacto con el Radpol, pero todavía no había llegado  respuesta alguna. Dentro de unas treinta y seis horas estaríamos surcando el cielo desde Atenas a Lamia. Después atravesaríamos a pie áreas de extraños y  nuevos  árboles con largas hojas pálidas y rojas venas, parras trepadoras, y otros ejemplares de flora que forman tupidas enramadas en lo alto, con una enormidad de retoños germinando entre sus raíces semidescubiertas. Luego seguiríamos adelante a través de planicies bañadas por el sol, por entre lugares elevados y rocosos, y descenderíamos por hondos barrancos, pasando delante de ruinosos monasterios.



Era una excursión bastante demencial, pero, como siempre, Myshtigo  lo había querido. Sólo porque y o había nacido allí, él pensaba que estaría a salvo. Intenté contarle lo referente a los animales salvajes, a los caníbales kouretes, una tribu que vagabundeaba por allá. Pero él quería ser como Pausanio y verlo todo a pie, a nivel del suelo. Entonces decidí que muy bien, de acuerdo, si el Radpol no acababa con él, la fauna lo lograría.

Pero, para poner a salvo mi responsabilidad, fui a la Oficina de Correos del Gobierno Terrícola más cercana, obtuve un permiso de duelo y pagué mis impuestos de muerte. Decidí que, dado el caso, valía más estar en regla en estos aspectos, sobre todo siendo y o el comisionado responsable.

Si Hasán tenía que ser eliminado, lo mataría legalmente.

 

 

La calle estaba desierta, casi a oscuras del todo. Di la vuelta para penetrar por el Aerópago de Leóforos Dioniso y seguí avanzando hasta alcanzar la empalizada que corre a lo largo de la ladera sur de la Acrópolis.

Oí unas pisadas, bastante detrás de mí, en la  esquina. Permanecí atento cosa de medio minuto, pero solamente había silencio y una noche muy negra. Encogiéndome de hombros, atravesé la gran entrada y me dirigí al templete de Dioniso Eleuterio. Del templete no queda nada, salvo los cimientos. Seguí  adelante, encaminándome hacia el Teatro.

Pasé al proscenio. La labor de escultura en relieve empezaba en los peldaños narrando anécdotas de la vida de Dioniso. Todo guía de turistas y cada miembro de una gira debe, de acuerdo con una norma promulgada por mí (Número 237-1, por si les interesa), « … llevar no menos de tres luminarias de magnesio consigo, mientras efectúe un recorrido» . Quité la horquilla de una de ellas y la dejé caer  al suelo. El resplandor no sería visible desde más abajo debido al ángulo de la ladera de la colina y a la mampostería, que formaba una especie de parapeto.

No miré hacia la brillante llamarada, sino arriba, a las figuras pintadas de  plata. Allí estaba Hermes, presentando el dios infante a Zeus, mientras las corifantas trenzaban las fantasías pírricas a cada lado del trono. Aparecía Ícaro, a quien Dioniso había enseñado a cultivar la vid, disponiéndose a sacrificar un macho cabrío, mientras su hija ofrecía pasteles a los dioses (éstos permanecían a un lado con un sátiro, elogiando los dones físicos de la hija). Se hallaba también Sileno, intentando sostener en alto el cielo, al igual que Atlas, sólo que no lo hacía con tanta maestría. Y estaban allí todos los otros dioses de las ciudades, rindiendo visita a este Teatro, y localicé a Hestia, Teseo, y Ceres con un cuerno de la abundancia…

—Has de quemar una ofrenda a los dioses —dijo una voz cercana.

No me volví. Procedía directamente de detrás de mi hombro derecho; no necesitaba verle, porque conocía aquella voz.



—Quizá lo haga —repliqué.

—Ha transcurrido largo tiempo desde que pisaste esta tierra, esta Grecia.

—Es verdad.

—Esto es debido sin duda a que nunca existió una inmortal Penélope, paciente como las montañas, confiada en el retorno de su guerrero errante.

—¿Eres tú, en estos días, el narrador pueblerino de cuentos y leyendas? La voz rió.

—Me cuido de las ovejas de muchas patas en los llanos elevados, donde los dedos de Aurora son los primeros en pintar el cielo con rosas.

—Sí, en efecto, eres el narrador de historias. ¿Por qué no estás ahora en los llanos altos, corrompiendo a la juventud con tus canciones?

—Por culpa de los sueños.

—¿Sueños?

—Sí.

Me volví y contemplé el vetusto rostro. Sus arrugas, a la luz de la llama agonizante, tan negras como redes de pescador perdidas en el seno del mar. La barba tan blanca como la nieve que, en copos voladores, baja  desde  las  montañas. Los ojos parecidos al azul del turbante anudado en torno a sus sienes. Ya no se respaldaba en ninguna guardia personal, del mismo modo que y a ningún guerrero se apoya en su espada. Yo sabía que sobrepasaba el centenar de años.

—Soñé que aquí, ante mí, yacía Atenas —me contó—. Este lugar,  este  Teatro, tú…, y allá sentadas las ancianas. La que va midiendo la hebra de la vida estaba enfurruñada porque había prendido la hebra de tu vida en el horizonte y ningún extremo del hilo estaba a la vista. Pero la que teje la hebra la había dividido en dos hilachas muy delgadas. Uno de los ramales corría hasta surcar los mares y volvía a perderse nuevamente de vista. El otro ascendía muy  arriba en las colinas. En la primera colina se hallaba el Hombre Muerto, que  sostenía  tu hilo en sus pálidas manos, extraordinariamente blancas. Más allá de él, en la siguiente colina, el hilo yacía a través de una roca ardiente. Tras esta roca se hallaba la Bestia Negra sacudiendo tu hilo con sus colmillos. Y a lo largo del hilo andaba majestuosamente un gran guerrero extranjero, sus ojos eran amarillos, blandía desnuda la hoja de acero en sus manos y varias veces alzó la hoja en gesto de amenaza.

Suspiró el narrador.

—Por eso bajé a Atenas, para encontrarme contigo aquí. Para decirte que regreses de nuevo por donde viniste, a través de los mares. Para avisarte que no vayas arriba a las colinas, donde te espera la muerte. Porque supe que aquellos sueños no eran míos, sino que aparecieron destinados a  ti,  oh, padre  mío, y  que y o debía encontrarte aquí y avisarte. Vete lejos ahora, cuando aún estás a tiempo  de hacerlo. Vete, por favor.

Le cogí del hombro.



—Jasón, hijo mío, y o no retrocedo nunca. Acepto la plena responsabilidad de mis propios actos, sean justos o equivocados, incluyendo mi propia muerte, si es necesario. Debo ir a las colinas esta vez, ahora, allá arriba, cerca del Sitio Quemante. Te doy las gracias por tu advertencia. Nuestra familia ha tenido siempre esta predisposición a los sueños, y con frecuencia inducen a error. Yo también tengo sueños… Sueños en los cuales veo a través de los ojos de otras personas, algunas veces claramente, otras no tan claro. Te agradezco tu aviso y lamento no poder seguir tu consejo.

—Entonces, regresaré a mi rebaño.

—Ven conmigo a la Posada. Mañana te llevaré en vuelo hasta Lamia.

—No. Ni duermo en grandes edificios, ni vuelo.

—Entonces, y a va siendo hora que empieces, pero no me  queda  más remedio que aceptar tus propias decisiones. Podemos acampar aquí esta noche. Soy el comisionado de este monumento.

—Ya oí decir que volvías a ser alguien importante en el Gran Gobierno.

¿Habrá más matanzas?

—Espero que no.

Hallamos un sitio protegido y liso. Nos recostamos sobre su capa.

—¿Cómo interpretas los sueños? —le pregunté.

—Tus regalos nos llegan puntualmente en las fechas señaladas, cada  año, pero, ¿cuándo fue la última vez que nos visitaste en persona?

—Hará, aproximadamente, unos diecinueve años.

—Entonces, ¿no sabes nada referente al Hombre Muerto?

—No.

—Es más grande que la mayoría de los hombres, más alto, más fornido, con la carne color vientre de pez, y dientes de animal. Se empezó a hablar de él hace aproximadamente unos quince años. Aparece únicamente por la noche. Bebe sangre. Ríe con la aguda risita de un niño, mientras recorre los campos en busca de sangre, sangre de personas, de animales, simplemente sangre. Entrada  la  noche, sonríe a través de las ventanas de las alcobas. Incendia los templos. Cuaja las leches. Produce abortos por el terror. Se dice que de día duerme en un ataúd, custodiado por miembros de la tribu kourete.

Comenté:

—Cosas extrañas surgen de los Sitios Ardientes. Ya lo sabemos.

—« … Donde Prometeo desparramó en exceso el fuego de la creación.»

—No. Donde algún bastardo hizo estallar una bomba de cobalto y los muchachos y chicas de ojos relucientes y codiciosos vitorearon el estallido con entusiasmo… ¿Y qué hay acerca de la Bestia Negra?

—Tiene el tamaño de un elefante y es muy rápida. Dicen que es caníbal. Aterroriza las planicies. Tal vez algún día se encuentre  con el Hombre  Muerto y se destruyan mutuamente.



—Por lo general, no suele suceder así, pero no deja de ser  una  idea agradable. ¿Eso es todo cuanto sabes de la Bestia Negra?

—Sí. No sé de nadie que hay a podido verla más que fugazmente.

—Bien, y o procuraré verla todavía menos.

—Y ahora debo hablarte de « Bortan» .

—¿« Bortan» ? Este nombre me resulta familiar.

—Tu perro. Yo acostumbraba a cabalgarlo cuando era niño y golpeaba  con mis piernas sus grandes flancos acorazados. Él gruñía y  protestaba  y  me agarraba el pie, cariñosamente.

—Mi « Bortan» ha estado muerto por tanto tiempo,  que  ni siquiera  podría roer sus propios huesos, si es que acaso excavase para sacarlos al aire en una fantástica reencarnación.

—También y o pensaba así. Pero dos días después que te fuiste tras tu última visita, « Bortan» irrumpió ruidosamente en la choza. Aparentemente, había seguido tu rastro a través de media Grecia.

—¿Estás seguro de que era « Bortan» ?

—¿Acaso hubo otro perro del tamaño de un caballo pequeño,  con  placas óseas en sus costados, y mandíbulas como cepos para oso?

—No, no lo creo. Ésa es probablemente la razón por la que la especie se hay a extinguido. Los perros necesitan estar acorazados para alternar  con  sus congéneres actuales. Deberían desarrollarse muchísimo más, ser más veloces, y terriblemente agresivos. Si « Bortan» está todavía vivo, es posiblemente el último perro sobre la Tierra. Él y y o fuimos cachorros al mismo tiempo, ¿sabes?, y de ello hace y a tanto tiempo, que duele pensarlo. Aquel día, cuando desapareció mientras estábamos cazando, pensé que había sufrido un  accidente. Lo  busqué con ahínco hasta llegar a la conclusión que había muerto. Por entonces, y a era increíblemente viejo.

—Quizá estaba herido y anduvo errante durante años. Pero cuando le  vimos por última vez, iba siguiendo tu rastro y no queda duda que  era  « Bortan» . Cuando comprobó que te habías ido, se puso a aullar lastimeramente y reemprendió de nuevo tu búsqueda. Desde entonces, no lo hemos vuelto a ver. Sin embargo, algunas veces, entrada la noche, oigo sus ladridos de caza por las colinas…

—Ese maldito perro testarudo y necio debería saber que no vale la pena preocuparse tanto por nada.

—Los perros eran seres raros.

—Sí, ciertamente, lo eran.

Y entonces, el viento de la noche, enfriado a través de los arcos de los años, acudió buscándome como un sabueso. Lamió mis ojos. Cansados, se cerraron.



Grecia está podrida de leyendas, preñada de amenazas. Muchas  áreas de tierra firme cercanas a los Sitios Ardientes son históricamente peligrosas. Se debe esto a que, si bien en teoría la Oficina  gobierna  la  Tierra, en realidad solamente se ocupa de las islas. El personal burocrático de gran parte de tierra firme viene a ser algo así como los Inspectores de Impuestos del siglo veinte en determinadas áreas de las colinas. En cualquier temporada, son caza fácil.

Las islas sufrieron menos daños que el resto del mundo durante los Tres Días, y en consecuencia fueron las lógicas avanzadillas para las oficinas de distrito mundiales cuando los taleritas decidieron que no nos vendría mal un poco de administración. Los continentales siempre estuvieron opuestos a esta  clase  de idea. Además, en las regiones en torno a los Sitios Ardientes, los nativos no siempre son completamente humanos. Todo esto forma un conglomerado de histórica antipatía con pautas de comportamiento anormal. Esta es la razón por la cual Grecia es tan difícil de regentar.

Pudimos haber navegado costa arriba hasta Bolos. Pudimos haber volado hasta Bolos. Pero My shtigo quería darse una caminata desde Lamia, para pasear  y disfrutar el vigorizante efecto de un escenario extraño, rebosante de leyenda. Este es el motivo por el que dejamos los « skimmers» en Lamia. Y es la  razón por la cual caminamos hacia Bolos.

Y ésta fue la causa por la que topáramos con la leyenda.

Me despedí de Jasón en Atenas. Se disponía a remontar la costa en un barco de vela. Muy sensato.

Phil había insistido en soportar la caminata, en lugar de volar. Prefirió tomarnos delantera y reunirse con nosotros más arriba del trayecto. Fue también una decisión bastante acertada, quizá, y en cierto modo, según se mire…

La ruta hacia Bolos se extravía por entre la espesura. Pasa por entre altos peñascales, alguna que otra aglomeración de cabañas y campos de amapolas. Cruza pequeños arroyos, penetra por laderas de colinas, a veces surca  por  encima de montes. Se ensancha y se estrecha sin causa visible.

Era todavía temprano aquella mañana. El cielo tenía algo de espejo azul, y a que la luz solar parecía descender desde todas partes. En los sitios  sombreados, una ligera humedad seguía destilando del césped y de las hojas inferiores de los árboles.

Fue en un interesante claro a lo largo del camino a Bolos donde encontré a un medio tocayo.

Aquel lugar había sido tiempo atrás una especie de sagrario sepulcral, allá por los verdaderos Viejos Tiempos. Acudía allí con bastante frecuencia en mi juventud porque me gustaba cierta cualidad en su ambiente, algo especial que supongo es eso llamado « paz» . Algunas veces encontré allí la medio-gente o los



no existentes, o soñé excelentes sueños, o bien encontré cacharros de antigua alfarería, o cabezas de estatuas, y otras cosas por el estilo, las  cuales  podía vender en Lamia o en Atenas.

Ningún sendero conduce a este lugar. Es preciso saber dónde se halla. No les habría conducido hasta allí, a no ser por que Phil venía  con nosotros y  y o sabía que le encanta cualquier cosa que huela a recinto sagrado, a significado oculto, a cortinas que se deslizan para desvelar oscuros sucesos del pasado, etcétera.

Hay una corta y pronunciada senda que baja hacia un claro  con  forma  ovoide, de unos cincuenta metros de largo y unos veinte de ancho. Uno de los extremos se une a una planicie producida por la erosión de la roca. Una honda caverna, habitualmente vacía, se abre al final. Algunas piedras medio hundidas, casi cuadradas, se esparcen de un modo aparentemente casual. Parras silvestres crecen en torno al perímetro del lugar y en el centro se eleva un enorme  y antiguo árbol, cuy as ramas forman un enrejado sobre toda el área, manteniéndola sombreada el día entero. Por esta causa,  es  difícil  ver  con claridad una vez dentro del calvero.

Pero pudimos ver a un sátiro en el centro, mondándose la nariz.

Vi la mano de George bajando hacia su pistola. Le cogí del hombro, capté su mirada y sacudí la cabeza en negativa. Encogiéndose de hombros, asintió, apartando la mano de la culata.

Extraje de mi cinto el caramillo de pastor que le pedí a Jasón. Hice señales a los demás para que se agazapasen, permaneciendo donde estaban. Avancé unos pasos más y alcé la flauta de Pan hacia mis labios.

Mis primeras notas fueron un tanteo melódico. Había transcurrido demasiado tiempo desde que toqué el caramillo por última vez.

Las orejas del sátiro se aguzaron hacia adelante y miró por todo su alrededor. Hizo rápidos amagos en tres distintas direcciones. Como una ardilla sobresaltada que no supiese a qué árbol brincar.

Después permaneció quieto, estremeciéndose, al oír una  vieja  tonadilla  que y o lanzaba al aire.

Proseguí interpretando, recordando…, recordando las  zampoñas,  las melodías, y las cosas amargas, dulces y embriagadoras que  realmente  siempre he conocido. Todo ello volvió a mí mientras estaba tocando para  el  pequeño sujeto de patas semejantes a bombachos peludos: la digitación y el control del viento soplado, los arpegios suaves, las escalas agudas, las espinas de sonido, las cosas que solamente el caramillo puede expresar con exactitud. No puedo tocarla en las ciudades, pero súbitamente volvía a ser y o, y vi rostros por entre las hojas  y oí el rumor de pezuñas. Avancé algo más.

Como en un sueño, me vi de pie, mi espalda contra el árbol y todos a mi alrededor. Se bamboleaban oscilando de pezuña en pezuña, no permaneciendo nunca quietos. Toqué para ellos como lo había hecho tan frecuentemente años antes, sin saber si eran los mismos que me oyeron entonces, y, en verdad, sin importarme tampoco que fuera así o no.

Hacían cabriolas en mi alrededor. Reían  mostrando  blanquísimas  dentaduras y sus ojos bailaban. Trenzaban círculos, embistiendo el aire con sus cuernos, perneando en alto con sus patas cabrías, arqueándose muy hacia adelante, botando en el aire, pateando la tierra.

Cesé de tocar bajando el caramillo.

No era una inteligencia humana la que me  examinaba  desde  aquellos salvajes y oscuros ojos, al petrificarse todos como estatuas, simplemente inmovilizados, contemplándome.

Levanté el caramillo una vez más, lentamente. Esta vez toqué la última canción que alguna vez compuse. La recordaba perfectamente. Era  algo  así como una endecha, como un canto fúnebre. La interpreté una noche cuando  decidí que Karaghiosis debía morir.

Había presentido y a la falacia del Retorno. Ellos no regresarían, nunca volverían. La Tierra moriría. Yo había bajado por los Jardines y toqué aquella última melodía que aprendí del viento y quizá también de las estrellas. Cuando la terminé, no volví a tocarla. Al día siguiente, el gran barco resplandeciente de Karaghiosis se desmenuzó en la bahía de Pireo.

Los sátiros se sentaron pausadamente en el césped. De vez en cuando, uno se frotaba los ojos con gesto lastimero. Todos estaban a mi alrededor, escuchando atentamente.

Ignoro cuánto tiempo estuve tocando. Cuando  terminé, bajé  el caramillo y me senté. Pasaron unos instantes y uno de ellos alargó el brazo, tocó el caramillo y retiró la mano rápidamente. Alzando la vista, me miró.

—Marchaos —dije, pero no parecían comprenderme.

Por consiguiente, alcé la flauta de Pan y toqué de  nuevo  los  últimos compases.

« La Tierra está muriéndose, agonizando. Pronto estará muerta… Volved a vuestros hogares, la reunión ha terminado. Es tarde, es tarde, tan tarde…»

El mayor de ellos sacudió su cabeza.

« Marchaos, marchaos ahora. Estimad el silencio. ¿Qué esperan los dioses ganar? Nada. Todo fue un juego. Marchaos, marchaos ahora. Es tarde, es tarde, tan tarde…»

Pero ellos todavía permanecían sentados allí. Me puse en pie,  entrechoqué mis palmas y grité:

—¡Idos!

Me alejé rápidamente.

Reuniéndome con mis compañeros, les precedí, dirigiéndome hacia la carretera.



Hay aproximadamente unos sesenta y cinco kilómetros desde Lamia a Bolos, incluyendo el rodeo en torno al Sitio Ardiente. Cubrimos quizá una quinta parte de aquella distancia el primer día. Aquella  noche, instalamos nuestro campamento en un claro a un lado de la carretera, y Diane vino junto a mí.

Dijo escuetamente:

—¿Y bien?

—¿Y bien, qué?

—Acabo de comunicar con Atenas. Nada. El Radpol sigue en silencio. Quiero saber ahora tu decisión.

—Estás tú muy decidida. ¿Por qué no podemos esperar un poco más?

—Ya hemos esperado demasiado. Supongamos que decida  terminar  este viaje antes del tiempo convenido… Este paraje campestre es perfecto. Aquí pueden sobrevenir tan fácilmente los accidentes… Además, tú y a sabes lo que el Radpol diría. Lo mismo que antes, y significaría lo mismo que antes: matar.

—Mi respuesta es también la misma que antes: no. Pestañeó rápidamente, bajando la cabeza.

—Vuelve a pensarlo, por favor.

—No.

—Pero, ¿hablas completamente en serio acerca de proteger a Myshtigo?

—Sí.

—Entonces puedes hacer algo fácil —especificó ella—. Olvídalo. Todo el asunto. Lávate las manos en este caso. Acepta la oferta  de  Lorel y  consíguenos un nuevo guía. Puedes emprender el vuelo lejos de aquí por la mañana.

—No.

—¿Persistes entonces en proteger a My shtigo?

—Sí.

—No quiero que resultes herido o algo peor.

—Tampoco a mí me agrada particularmente esa posibilidad. O sea, que  puedes ahorrarnos a ambos un montón de molestias con abandonar el proy ecto.

—No puedo hacerlo.

—Dos Santos hará lo que tú le digas.

—El problema no es de orden administrativo. ¡Maldita sea! ¡Ojalá nunca te hubiera conocido!

—Lo siento.

—La Tierra está en juego y tú te colocas del lado equivocado.

—Creo que eres tú la equivocada.

—¿Qué piensas hacer?

—Como no puedo convencerte, impediré simplemente que logres  tu  propósito.

—No puedes anular al secretario del Radpol y a su consorte sin motivo evidente. Políticamente, somos quisquillosos.



—Lo sé.

—Por lo tanto, no podrías perjudicar a Don, y no creo  que  pretendas hacerme daño a mí.

—Tienes razón.

—Entonces, solamente queda Hasán.

—De nuevo tienes razón.

—Y Hasán es… Hasán. ¿Qué harás?

—¿Por qué no le entregas ahora mismo su licencia para que se vay a y me ahorras alguna molestia?

—No lo haré.

—Ni pensé que lo harías.

Diane alzó el semblante. Sus ojos estaban húmedos, pero su rostro y su voz seguían sin variación.

—Si acaso resultase que tú tenías razón y nosotros estábamos equivocados — afirmó ella—, lo siento y a desde ahora.

—Yo también. Mucho, mucho más de lo que te puedas imaginar.

 

 

Aquella noche dormité dentro de la posible trayectoria a tiro de cuchillo de   Myshtigo, pero no ocurrió nada ni hubo ningún intento. La mañana siguiente transcurrió sin acontecimientos, lo mismo que la may or parte de la tarde.

En un momento que nos detuvimos para tomar fotografías  de  una  ladera, dije:

—My shtigo, ¿por qué no vuelves a tu hogar? ¿O bien regresas a Taler? ¿O te vas a cualquier sitio? ¿O escribes cualquier otra clase de libro? Cuanto más nos alejemos de la civilización, tanto menor será mi poder para protegerte.

—Me diste una automática, ¿no recuerdas? Amagó el gesto de disparar con su diestra.

Hubiese dado cualquier cosa para que  no fuese  tan introvertido, tan ausente, tan despreocupado sobre su propio bienestar. Empezaba a odiarle. No podía comprenderle. No había manera de que hablase como no fuera para solicitar alguna información o contestando brevemente a una pregunta. Y siempre que contestaba lo hacía de modo altivo, insultante, hermético. Era un vanidoso, consentido, insoportable y además azul. Realmente me hacía dudar de la tradicional filosofía, filantropía y sentido periodístico superior atribuido a los

« shtigo-gens» . Definitivamente no me era nada simpático.

Pero aquella noche le hablé a Hasán, después de haberle  tenido  constantemente vigilado con un ojo (el azul) durante todo el día.

Estaba él sentado junto al fuego, con el aspecto de un bosquejo de Delacroix. Ellen y Dos Santos descansaban cerca, bebiendo café. Desempolvé mi árabe  y me acerqué a Hasán.



—La paz sea contigo.

—Y contigo.

—No intentaste matarle hoy.

—No.

—¿Tal vez mañana?

Se encogió de hombros.

—Hasán…, mírame. Lo hizo.

—Fuiste contratado para matar al azul. Volvió a encoger los hombros.

—No es preciso que lo niegues, ni lo admitas. Lo sé. No puedo permitirte que  lo hagas. Devuelve el dinero que Dos Santos te hay a pagado y sigue tu camino. Puedo proporcionarte un « skimmer» por la mañana. Te llevará a cualquier parte del mundo, donde desees ir…

—Pero es que y o soy feliz aquí, Karaghiosis.

—Dejarás de ser feliz muy pronto si le ocurre cualquier cosa al azul.

—Soy un escolta, Karaghiosis.

—No, Hasán. Tú eres un hijo de camello dispéptico.

—¿Qué es dispéptico, Karaghiosis?

—No conozco la palabra equivalente en árabe, y tú no comprenderías la griega. Espera, que y a encontraré otro insulto mejor… Eres un cobarde y un comedor de carroña y un acechador de callejones, porque eres mitad chacal y mitad simio.

—Puede que tengas razón, Karaghiosis, mi padre decía que y o había nacido para ser desollado vivo y descuartizado en gran cantidad.

—Hasán, resulta dificultoso insultarte adecuadamente, pero quiero advertirte que el azul no debe sufrir daño alguno.

—No soy  sino un humilde escolta.

—No me hagas reír. Posees la astucia y el veneno de una serpiente.  Eres astuto y traicionero. También eres maligno.

—No, Karaghiosis. Te doy las gracias, pero no es verdad. Tengo siempre el orgullo de cumplir mis compromisos. Eso es todo. Esta es la ley por la que vivo. Tampoco puedes insultarme de modo que y o te rete a duelo, permitiéndote elegir   a manos desnudas, a daga o a sable. No. Yo no me ofendo.

—Entonces, anda con tiento. Tu primer movimiento agresivo hacia el vegano será el último que harás.

—Si así está escrito, Karaghiosis…

—Y llámame Conrad.

Me aparté, alejándome inundado de malos pensamientos.



Al día siguiente recorrimos más de una docena de kilómetros, lo cual era ir bastante aprisa. Y fue aquella misma noche cuando sucedió.

Nos recostamos en torno a un fuego. Era un fuego precioso, que ondeaba su brillante ala contra la noche, que nos calentaba, y olía a madera, impulsando un arabesco de humo en el aire. Precioso.

Hasán estaba sentado, limpiando su escopeta de cañón de aluminio. Tenía la cámara y la culata de plástico y era realmente ligera y manejable.

Mientras la estaba pulimentando, el cañón se puso horizontal, se movió lentamente en arco y apuntó directamente a Myshtigo.

Lo hizo de un modo completamente casual, limpiamente, y debo reconocerlo así. Aquella maniobra duró cerca de media  hora, y  había  adelantado el cañón con movimientos casi imperceptibles.

De todos modos, gruñí cuando aquella posición de tiro se grabó en  mi cerebelo, y en tres zancadas estuve a su lado.

Le arrebaté el arma de sus manos.

Fue a golpear contra algunas piedras pequeñas, a unos dos  metros  de distancia. La mano me quedó hormigueando del bofetón que asesté a la escopeta.

Hasán estaba y a en pie, sus dientes moviéndose a uno y otro lado dentro de su barba, chasqueando juntos, como pedernal y acero. Casi podía ver las chispas.

—¡Dilo! —le incité—. Vamos, ¡di algo! ¡Cualquier cosa! ¡Sabes condenadamente bien lo que estabas haciendo!

Sus manos se engarfiaron.

—¡Vamos, golpéame! —le azucé—. Bastará con que me toques. Entonces lo que te haga, será legítima defensa. Ni el propio George será capaz de recomponerte.

—Yo estaba simplemente limpiando mi escopeta. La has estropeado.

—Tú no eres de los que encañonan armas por accidente. Te disponías a matar a Myshtigo.

—Estás equivocado.

—Vamos, golpéame. ¿O acaso eres un cobarde?

—No tengo ningún motivo de disputa contigo.

—Eres un cobarde.

—No, no lo soy.

Tras unos pocos segundos de silencio, sonrió.

—¿Temes desafiarme? —preguntó.

Y allí empezó la cosa. Era la única manera.

El primer movimiento tenía que hacerlo yo. Hubiese preferido que no fuese así. Había esperado que pudiese encolerizarle o avergonzarle o provocarle  para que me golpease o me retase.



Supe entonces que no podría.

Lo cual era mala cosa, muy mala.

Estaba y o bien seguro de que podía vencerle con cualquier arma que se me ocurriera nombrar. Pero si iba a ser a su manera, las cosas podían  resultar distintas. Todo el mundo sabe que hay algunas personas con aptitud para  la música. Pueden oír una composición una sola vez y sentarse a interpretarla en el piano a continuación. Pueden tomar un instrumento desconocido y  en  pocas horas lo hacen sonar como si lo hubiesen pulsado durante años. Son hábiles, muy hábiles en este arte, tienen esa clase de talento. Una capacidad de coordinar una íntima percepción con una serie de nuevas acciones.

Hasán era así, pero con las armas. Tal vez otras personas tengan también esta cualidad, pero no van por el mundo llevándola a la práctica, por lo menos no durante décadas y décadas. Tenía habilidad con cualquier arma, desde el rudimentario boomerang hasta el bazooka. El código de duelo proporcionaría a Hasán la elección de arma, y era el asesino más refinadamente experto  que jamás conocí.

Tenía que ponerlo en su sitio, y comprendí que aquél era el único medio de hacerlo, a menos de asesinarle por la espalda. Debía jugar en su propio terreno.

—Conforme —dije—. Te desafío a duelo. Su sonrisa se hizo más amplia.

—De acuerdo, y aceptamos ambos ante testigos. Nombra tu segundo.

—Phil Graber. Nombra el tuyo.

—El señor Dos Santos.

—Muy bien. Da la casualidad que tengo en mi maletín un permiso de  duelo, los impresos adecuados y he pagado el impuesto de muerte para una persona. O sea, que no hay necesidad de demorarlo mucho. ¿Cuándo,  dónde,  y  cómo quieres que se haga?

—Aproximadamente a un kilómetro de aquí, pasamos ante un buen claro despejado.

—Sí, lo recuerdo.

—Nos podemos encontrar allí mañana al amanecer.

—Hecho. ¿Y en cuanto a armas…?

Fue a recoger su mochila, abriéndola. De su interior brotaron las armas más dispares: objetos afilados, ovoides incendiarios, tiras retorcidas de metal y  cuero…

Extrajo dos objetos y cerró la mochila.

Noté que mi corazón se aceleraba en repentina taquicardia.

—La honda de David —anunció Hasán. Las inspeccioné.

—¿A qué distancia?

—Cincuenta metros.



—Has hecho una excelente elección —le dije, y a que no he usado una honda desde hace más de un siglo—. Me gustaría que me prestases una esta noche, para practicar. Si no quieres prestármela, puedo confeccionarme una.

—Puedes llevarte la que prefieras, y practicar toda la noche con ella.

—Gracias.

Seleccioné una y la colgué de mi cinto. Fui después a recoger una de nuestras tres linternas eléctricas.

—Si alguien me necesita, estaré en el claro que  hemos mencionado —dije— y no olviden colocar centinelas esta noche. Es una zona peligrosa.

—¿Quieres que vaya contigo? —preguntó Phil.

—No. Gracias, de todos modos. Iré solo. Ya nos veremos.

—Entonces, buenas noches.

Eché a caminar desandando un trecho de carretera hasta llegar al  claro. Instalé la linterna a un extremo del lugar, de modo que reflejase sobre un grupo   de arbustos, y me desplacé al otro extremo.

Fui recogiendo algunas piedras y volteando la honda, tiré una hacia un árbol.

Fallé.

Lancé una docena de piedras, dando en el blanco con cuatro de ellas.

Seguí practicando. Al cabo de una hora más o menos, y a daba en el blanco con algo más de regularidad. Pero así y todo, no podría competir con Hasán a cincuenta metros.

La noche fue transcurriendo y y o seguí volteando la honda. Después de cierto tiempo, alcancé lo que parecía ser mi puesta a punto máxima en cuanto  a puntería. Unos seis tiros de cada once daban atinadamente donde y o deseaba.

Pero comprobé que tenía algo a mi favor, mientras imprimía el giro a  la honda y enviaba otra piedra a restallar contra un árbol. Lanzaba mis tiros con una fuerza tremenda. Eligiese lo que fuera como diana, había mucha potencia tras el golpe. Había hecho y a añicos varios de los árboles más  pequeños,  y  estaba seguro de que Hasán no podía hacer lo mismo ni con el doble de golpes. Si podía atinarle a él, estupendo. Pero toda la fuerza del mundo carecía de eficacia si no podía aplicarla contra él.

Y en cambio, tenía la certeza que él sí que podía acertar. Me pregunté hasta  qué límite podría y o aguantar el ataque  en granizada  y  seguir actuando después de encajarlo.

Dependería, lógicamente, del lugar anatómico donde él me golpease.

Dejé caer la honda y saqué la automática  de  mi cinto cuando oí quebrarse una rama, a lo lejos, a mi izquierda. Hasán apareció en el claro.

—¿Qué quieres? —le pregunté.

—Vine a ver cómo iban tus prácticas —dijo, observando los árboles destrozados.

Encogiéndome de hombros, enfundé mi automática y recogí la honda.



—Apenas asome el sol, y a te enterarás.

Caminamos a través del calvero y descolgué la linterna. Hasán estudió un arbusto que momentos antes se había convertido en astillas. No dijo nada.

Regresamos al campamento. Todo el mundo, menos Dos Santos, se había amparado en sus tiendas. Don era nuestro centinela. Paseaba por el perímetro de alarma, llevando un rifle automático. Agitamos la mano en su dirección y entramos en el campamento.

Hasán plantaba siempre una Gauzy, una tienda de capa unimolecular, opaca, liviana como una pluma, y muy recia, casi impenetrable. Pero de todos modos, nunca dormía en su interior. La empleaba simplemente para guardar sus pertenencias.

Me senté sobre un tronco ante la fogata y Hasán se agachó para entrar en su tienda. Reapareció un instante después, con su pipa y un trozo de materia endurecida de aspecto resinoso, que procedió a desmenuzar y moler entre sus dedos. Lo mezcló con un poco de hilachas melosas y rellenó la cazoleta de  su  pipa.

Cuando logró encender la mezcla con una astilla del fuego, se sentó a fumar a mi lado.

—No quiero matarte, Karaghiosis —dijo.

—Comparto este sentimiento. No deseo en modo alguno ser liquidado.

—Pero vamos a pelear al amanecer.

—Sí.

—Podrías retirar tu desafío.

—Podrías irte en un « skimmer» .

—No lo haré.

—Tampoco y o retiraré mi reto. Al cabo de un rato, comentó:

—Es penoso, muy penoso, que dos de nuestra categoría  deban pelear  por culpa del azul. No vale ni tu vida ni la mía.

—Es verdad, pero está implicado mucho más que su vida  solamente.  El futuro de este planeta se halla relacionado de alguna manera con lo que él está haciendo.

—De estas cosas no entiendo, Karaghiosis. Yo peleo por dinero. No tengo otra profesión.

—Lo sé.

La fogata iba extinguiéndose. La alimenté con más madera. Hasán preguntó:

—¿Recuerdas aquella vez que bombardeamos la Costa de Oro, en Francia?

—Lo recuerdo.

—Además de los azules, matamos a mucha gente.

—Sí.



—El futuro del planeta no se alteró por aquella matanza, Karaghiosis. Aquí estamos, muchos años después de aquello, y nada ha cambiado.

—Lo sé.

—¿Y recuerdas los días cuando nos agazapábamos en un hoy o de una ladera dominando la bahía de Pireo? Tú me suministrabas las cintas de munición y y o ametrallaba los barcos cañoneros, y cuando empezaba a cansarme, tú manipulabas la ametralladora. Disponíamos de mucha  munición. La  Guardia  de la Oficina no aterrizó aquel día ni el siguiente. No ocuparon Atenas ni lograron abrir brecha en el Radpol. Y nosotros charlábamos allí sentados, aquellas noches, esperando que llegase el rayo luminoso… En aquella ocasión, me hablaste de los Poderes en el Cielo.

—Lo he olvidado…

—Pero y o, no. Me contaste que había hombres como nosotros que vivían arriba en el aire, por las estrellas. Y también, que estaban por allá los azules. Algunos de los hombres, dijiste, buscaban congraciarse con los azules y para ello tratarían de venderles la Tierra, para que la convirtiesen en un museo. Otros, añadiste, no querían que esto sucediese, deseaban que las cosas permaneciesen como están ahora, siendo la Tierra propiedad de ellos  y  gobernada  por  la Oficina. Los azules estaban divididos en dos bandos sobre esta cuestión, porque había un problema ético y legal.

» Existía un compromiso y les fueron vendidas a los azules algunas áreas limpias, que ellos emplearon como lugares turísticos, y desde las cuales viajaban en giras por el resto de la Tierra.

» Pero tú querías que la Tierra perteneciese solamente a los de la Tierra. Dijiste que si les dábamos a los azules solamente un palmo, luego querrían la Tierra entera. Tú deseabas que los hombres que ahora viven por las estrellas volvieran para reconstruir las ciudades, enterrar los Sitios Quemantes y  matar a las bestias que ahora predominan sobre los hombres.

Hasán exhaló una densa y aromática humareda de su pipa, antes de proseguir su evocación:

—Mientras estábamos sentados esperando el rayo luminoso, la bola de fuego, dijiste que estábamos en guerra, no a causa de nada que pudiéramos ver,  oír, sentir o probar, sino a causa de los Poderes en el Cielo, quienes nunca nos habían visto, y a quienes nunca veríamos. Los Poderes en el Cielo habían hecho aquello, y debido a ello los hombres tenían que morir aquí en la Tierra. Dijiste que mediante la muerte de hombres y de azules los Poderes podrían retornar a la Tierra. Aunque nunca lo hicieron. Quedó únicamente la muerte.

Volvió a aplicar un tizón a su pipa, que se apagaba.

—Y fueron los Poderes en el Cielo los que al final nos salvaron,  porque debían ser consultados antes de que la bola luminosa pudiera ser quemada sobre Atenas. Le recordaron a la Oficina una ley antigua, promulgada después de los



Tres Días, especificando que la bola luminosa en forma de seta no debería nunca más estallar en los cielos de la Tierra. Tú pensaste que de todos modos la harían estallar, pero no lo hicieron. Esa fue la causa por la que los detuvimos en Pireo. Pero los Poderes nunca regresaron a la Tierra. Y cuando la gente gana mucho dinero se va lejos de aquí… y  nunca regresan del cielo. Nada de lo que hicimos  en aquellos días ha originado el menor cambio.

—Sin embargo, gracias a nuestros esfuerzos, las cosas  han  permanecido como estaban, sin empeorar —le dije.

—¿Qué sucederá si este azul muere?

—No lo sé. Quizá entonces las cosas se pongan peor. Si él está inspeccionando las áreas por las que estamos pasando, como posibles terrenos aptos para ser comprados por veganos, entonces se vuelve a repetir lo de antaño.

—¿Y el Radpol volverá a combatirles, volverá a bombardearles?

—Eso creo.

—Entonces vayamos a matarle ahora mismo, antes de que vaya más lejos y vea más sitios.

—No es así de sencillo…, ellos se limitarían a enviar otro. Habría también repercusiones…, quizá detenciones en masa  de  miembros del Radpol.  El Radpol y a no vive en constante estado de alerta, como en aquellos días. La gente no está preparada. Necesitarían tiempo para organizarse otra vez. Este azul,  por  lo menos, lo tengo al alcance. Puedo vigilarle, averiguar algo de sus planes. Y si se hace necesario, puedo destruirle y o mismo.

Aspiró su pipa. Volví a olfatear. Era algo como madera de sándalo.

—¿Qué estás fumando?

—Procede de un lugar cercano a mi casa. Fui allá recientemente de visita. Es una de las nuevas plantas que nunca hasta ahora habían  crecido  por  allí. Pruébala.

Aspiré varias bocanadas que llegaron a mis pulmones. Al principio no ocurrió nada. Continué aspirando, y al cabo de unos instantes experimenté una gradual sensación de frescor y tranquilidad que se extendió a través de todos mis miembros. El sabor era amargo, pero tranquilizaba. Le devolví la pipa. La sensación continuó, se hizo más fuerte. Era muy agradable. No había sentido aquella sedación, aquel relajamiento, desde hacía muchas semanas.

El fuego, las sombras y el suelo en torno a nosotros se volvieron súbitamente más reales. El aire nocturno, la lejana luna, el rumor de los pasos de Dos Santos resultaban de algún modo más claros que la propia vida.  Persistir  en  aquella lucha me parecía ahora ridículo. La perderíamos al final. Estaba escrito que la humanidad debería ser en  adelante como perros, gatos, o chimpancés domesticados a disposición de los dominadores, los veganos… y en cierto modo  no era tan mala idea.

Quizá necesitábamos gente más sensata que nosotros, para vigilarnos, cuidar



de nosotros y dirigir nuestras existencias. Habíamos convertido en un degolladero nuestro propio mundo durante los Tres Días, y los veganos nunca habían sufrido una guerra nuclear.

Los veganos tenían en funcionamiento un eficiente gobierno interestelar, con una inteligente elasticidad, que abarcaba docenas de planetas. Cualquier cosa que hacían resultaba estéticamente placentera. Sus propias vidas estaban bien reglamentadas. Eran felices. ¿Por qué no dejarles disponer plenamente de la Tierra? Probablemente conseguirían efectuar una tarea mucho  más compleja que la que nosotros alguna vez hicimos. Y a fin de cuentas, ¿por qué no ser sus peones laborales? No sería una mala vida. En el fondo, sería mejor regalarles la vieja bola de barro, llena de llagas radiactivas, poblada por tullidos y mutilados.

¿Por qué no?

Acepté la pipa otra vez, para inhalar más paz. Resultaba tan placentero poder olvidar y a todas esas cosas… No pensar en nada que, al fin y al cabo, uno no podía resolver. Simplemente estar allí sentado, respirar en la  noche, formar un  solo elemento con el fuego y el viento y a era suficiente. El universo estaba cantando su himno único. ¿Para qué abrir el saco de caos y estropearlo todo?

Pero y o había perdido a mi Cassandra, mi morena embrujadora de Kos, víctima de los necios e insensatos poderes que mueven la Tierra y  las  aguas. Nada podía anular mi sentimiento de gran pérdida. Era una tristeza lejana, como aislada tras cristales, pero seguía allí. Todas las pipas del Oriente  no  podían mitigar aquella sensación. Yo no quería conocer la paz. Necesitaba odiar. Necesitaba golpear a todas las máscaras del universo —tierra, agua, cielo, Taler, Gobierno de la Tierra y Oficina— de modo que tras una de ellas  pudiera  encontrar aquel poder que me la había arrebatado, y hacerle conocer también lo que era el sufrimiento. No quería conocer la paz. No quería  estar  a  las buenas  con ninguno de los elementos que habían dañado irreparablemente lo que era  mío, por sangre y por amor. Durante un rato, quise ser de nuevo Karaghiosis, acechándolo todo a través del retículo de un teleobjetivo y pulsando un gatillo.

« Oh, Zeus, de los rayos rojos ardientes, concédeme que y o pueda quebrantar los Poderes en el Cielo.»

Devolví nuevamente la pipa.

—Gracias, Hasán, pero no estoy en forma para disfrutar del nihilismo del nirvana.

Me puse en pie, dirigiéndome hacia el lugar donde había amontonado mi equipaje.

A mis espaldas, oí la voz de Hasán:

—Lamento tener que matarte al llegar la mañana.

 

 

El mundo que nos rodeaba era radiante, claro y limpio, lleno del canto de los



pájaros. Pero en el campamento, aquella mañana, cada semblante había perdido su expresión.

Prohibí el uso de la radio hasta después del duelo. Phil llevaba encima algunas piezas esenciales del aparato, para asegurarse de que nadie lo haría funcionar.

Lorel no sabría nada. Tampoco el Radpol. Nadie lo sabría, hasta que todo hubiese acabado.

Ultimamos los preliminares, se midió la distancia.

Ocupamos nuestros sitios en los extremos opuestos del claro. El sol naciente estaba a mi izquierda.

Dos Santos interpeló:

—¿Preparados, caballeros?

—Sí.

—Lo estoy.

—Hago un intento final para disuadir a ambos de esta clase de acción.

¿Alguno de los dos desea volver a considerar su decisión?

—No.

—No.

—Cada uno de vosotros dispone de diez piedras de similar tamaño y peso. El primer lanzamiento es concedido, lógicamente, al que fue retado. Hasán.

Ambos asentimos.

—Podéis empezar.

Phil retrocedió y y a no quedó más que cincuenta metros  de aire separándonos. Ambos nos habíamos colocado de perfil, a fin de presentar  el menor blanco posible. Hasán encajó su primera piedra en la honda.

Le aceché mientras volteaba rápidamente el aire a un lado, y repentinamente su brazo avanzó.

Hubo un ruido crujiente a mis espaldas. No sucedió nada más.

Había fallado.

Coloqué una piedra en mi propia honda y fustigué el aire hacia atrás y  en torno. El aire suspiró agudamente mientras iba y o cortándolo.

Lancé el proyectil con toda la fuerza de mi brazo derecho.

Arañó su hombro izquierdo, tocándolo apenas. Fue principalmente piel lo que surcó.

La piedra rebotó de árbol en árbol detrás suyo, antes de desaparecer.

Entonces, todo quedó muy quieto. Los pájaros habían abandonado su concierto matutino.

Dos Santos interpeló:

—¡Señores! Cada uno ha tenido una oportunidad de liquidar su  querella.  Puede decirse que os habéis enfrentado uno al otro  con  honor,  desfogando vuestra cólera, y ahora estáis satisfechos. ¿Deseáis parar el duelo?



—No —dije.

Hasán se frotaba el hombro y denegó con la cabeza.

Colocó la segunda piedra en su honda, la hizo  girar  en poderoso molinillo y me la lanzó.

Me dio de lleno entre la cadera y las costillas. Caí al suelo y todo se volvió negro.

Un segundo después, las luces volvieron a brillar, pero estaba y o doblado y algo con un millar de dientes me tenía agarrado por el costado y no quería soltarme.

Los testigos estaban corriendo hacia mí, pero Phil con ademanes imperiosos les hizo retroceder.

Hasán seguía en su sitio. Dos Santos se acercó.

—¿Cómo vas? —me preguntó Phil afablemente—. ¿Puedes levantarte?

—Claro que sí. Necesito un minuto para normalizar el resuello y que aminore este ardor, pero me levantaré.

—¿Cuál es la situación? —preguntó Dos Santos. Phil le explicó cómo iban las cosas.

Oprimí mi herida con la mano y de nuevo estuve en pie, aunque lo conseguí lentamente.

Un par de centímetros más arriba o más abajo y algo óseo hubiera podido romperse. Tal como era, sólo dolía infernalmente.

Froté el impacto, moví mi brazo derecho en varios círculos para  comprobar el juego de músculos de aquel costado.

Luego recogí la honda y encajé una piedra en ella.

Esta vez acertaría. Tenía la corazonada de que así iba a ser. La giré repetidamente y salió veloz.

Hasán se desplomó, aferrándose el muslo izquierdo. Dos Santos acudió a su lado. Hablaron.

La túnica de Hasán había amortiguado el golpe, haciéndolo  deslizarse  en parte. La pierna no estaba rota. Continuaría apenas pudiera sostenerse en pie.

Empleó cinco minutos en darse masaje, y de nuevo se puso en pie. Durante aquel intervalo, mi dolor había sido sustituido por un latido pulsante.

Hasán seleccionó su tercera piedra.

La encajó lentamente, cuidadosamente…

Me tomó las medidas. Y entonces empezó a azotar el aire con la honda…

Y en todo aquel breve tiempo tuve la sensación, que fue creciendo,  que debería inclinarme un poco más hacia mi derecha. Así lo hice.

Hasán lanzó su piedra.

Rascó mi mejilla y rasgó mi oreja izquierda. Repentinamente, toda mi mejilla izquierda estuvo húmeda.



Ellen gritó, brevemente.

Si llego a estar un poco más a la derecha, no la hubiese oído. Era mi turno, otra vez.

Lisa, gris, la piedra tenía el tacto de la muerte en torno a ella…

« Yo seré la decisiva» , parecía decirme.

Era como uno de aquellos pequeños tirones que noto a veces en mi manga, llenos de premonición. Son unos avisos muy personales, por los cuales siento un gran respeto.

Me enjugué la sangre de la mejilla. Encajé la piedra.

La muerte cabalgaba en mi brazo derecho al alzarlo. Hasán debió notarlo también porque vaciló en leve retroceso. Pude darme cuenta a través del descampado.

Y la voz dijo:

—Todos van a permanecer exactamente donde están y dejen caer sus armas.

La voz habló en griego, o sea, que nadie salvo Phil, Hasán y y o lo comprendimos. Quizá Dos Santos o Peluca Roja también. Todavía no lo sé.

Pero todos nosotros comprendimos perfectamente el sentido del rifle automático que llevaba el hombre, y las espadas, mazos, y cuchillos de las tres docenas más o menos de hombres y semihombres que estaban tras él.

Eran kouretes.

Los kouretes son malos.

Siempre consiguen su ración de carne. Humana o no. Habitualmente la comen asada.

El que hablaba parecía ser el único que llevase arma de fuego…

Y y o tenía un puñado de muertes dando giros muy arriba de mi hombro.

Decidí obsequiarle con la piedra.

Mi piedra le estalló en la cabeza.

—¡Matadles! —grité.

Y todos empezamos a hacerlo así.

George y Diane fueron los primeros en abrir fuego. Luego, Phil encontró una pistola. Dos Santos corrió hacia su equipaje. También Ellen fue allá, muy velozmente.

Hasán no había necesitado mi orden para empezar la matanza. Las únicas armas que él y y o llevábamos eran las hondas. Los kouretes estaban, no obstante, a menos de cincuenta metros de nosotros, y su formación era compacta,  de masa. Hasán tumbó a dos con piedras bien colocadas, antes de que empezaran su embestida. Yo tumbé a un tercero.

En seguida, estuvieron a medio camino a través del claro,  saltando  por encima de sus muertos y caídos, aullando y gritando hacia nosotros.

Como dije, no todos ellos eran humanos; había uno alto y flaco, con alas de tres palmos llenas de pústulas, un par de microcéfalos, con tanto cabello, que



parecían no tener cabeza, un tipo que probablemente llevaba adherido a su  mellizo y tres enormes y macizos brutos, que seguían avanzando, pese a los orificios de balazos en sus pechos y vientres. Uno de estos últimos tenía unas manos que debían medir aproximadamente tres palmos de largo por  dos  de ancho y el otro parecía estar aquejado por algo similar a elefantiasis. De los restantes, algunos eran algo más normales en su apariencia, pero todos, en conjunto, tenían un aspecto maligno y feroz, y o bien llevaban jirones de trapos o ningún jirón de trapo. Todos sin afeitar y además olían muy mal.

Lancé otra pedrada y no tuve oportunidad de ver dónde atinó, porque por entonces y a estaban encima de mí.

Comencé a aporrear con los pies, los puños, los codos; no era cuestión de andarse con miramientos. Los disparos fueron decreciendo, y cesaron. El dolor  de mi costado resultaba bastante insoportable. De todos modos, conseguí derribar  a tres de ellos, antes de que algo grande y romo me acertara a un lado de  la  cabeza y cay era como cae un hombre muerto.

 

 

Empezar a ver en un caluroso lugar sofocante…

Empezar a respirar en un caluroso lugar sofocante, que huele como un establo…

Empezar a tener sensaciones en un tenebroso, sofocante y caluroso lugar que huele como una pocilga…

Todo esto no conduce realmente a la tranquilidad mental, al  sosiego estomacal, o la reanudación de las actividades sensoriales sobre su engranaje seguro y normal.

Apestaba allí dentro y el calor era infernal, y o, en verdad, no deseaba inspeccionar el puerco suelo desde demasiado cerca, sólo que estaba en una posición muy propicia para hacerlo así.

Gimiendo, me palpé todos los huesos, y con esfuerzo logré sentarme.

El techo era bajo y declinaba aún más antes de juntarse con la  pared del fondo. La única ventana al exterior era pequeña y enrejada.

Nos hallábamos en la parte posterior de una cabaña de madera. Había otra ventana con rejas en la pared opuesta, pero daba al interior. Más allá, había una estancia más amplia, y George y Dos Santos estaban hablando a través  de ella con alguien que se hallaba en aquel otro lado. Hasán yacía inconsciente o muerto a unos cuatro pasos de donde estaba y o; había sangre reseca en su cabeza. Phil, My shtigo y las mujeres estaban hablando en voz baja en la esquina más alejada. Me frotaba la sien mientras todo esto iba registrándose en mi mente. Mi costado izquierdo dolía con firme constancia, y varias otras porciones de mi anatomía habían decidido unirse al juego. Si cada una de ellas hubiese relucido

con un color distinto, y o hubiese parecido un arco iris sicodélico.



—Ya despertó —dijo Myshtigo.

—Hola todo el mundo, aquí estoy de nuevo —les dije.

Acudieron hacia mí y asumí una posición erecta. Era una pura bravata, pero me las arreglé para sostenerla.

—Nos han hecho prisioneros —dijo Myshtigo.

—Vaya… ¿De veras? No lo habría adivinado.

—Cosas como éstas no ocurren en Taler —manifestó—, ni en ninguno de los mundos del complejo vegano.

—Pues, es una lástima que no te quejases allá —le dije—. No olvides la cantidad de veces que te pedí regresases a tus patrios lares.

—Esto no nos habría ocurrido a no ser por tu duelo.

Entonces fue cuando le abofeteé. Tuve el suficiente dominio de  mí mismo para no matarle. Era sencillamente un tipo demasiado patético. Le golpeé con el dorso de mi mano, proyectándolo contra la pared.

—¿Tratas de decirme que no sabes la razón por la que estuve allí como un poste de tiro al blanco esta mañana?

—Debido a tu disputa  personal con mi guardaespaldas —declaró, frotándose la mejilla.

—Una disputa acerca de si él iba o no a matarte.

—¿A mí? ¿Matarme…?

—Olvídalo.

—Vamos a morir aquí, ¿no es cierto? —quiso saber.

—Esa es la costumbre de la comarca.

Me volví, alejándome y contemplé al  hombre  que  estaba  estudiándome desde el otro lado de los barrotes. Hasán se había reclinado por entonces contra la pared del fondo, agarrándose la cabeza. No me había dado cuenta  de  que  se había levantado.

—Buenas tardes —dijo el hombre tras las rejas, y lo dijo en inglés.

—¿Estamos en la tarde? —le pregunté.

—Por completo —replicó.

—¿Por qué no estamos muertos? —le pregunté.

—Porque os quería con vida —especificó—. Oh, no precisamente a ti solo, Conrad Nomikos, comisionado de Artes, Monumentos y Archivos; también a tus distinguidos amigos, incluy endo al poeta laureado. Yo quise que todo prisionero que ellos capturasen fuera traído aquí con vida. Vuestras identidades son, para así decirlo, condimentos.

—¿Con quién tengo el placer de hablar? —pregunté.

—Es el doctor Moreby —aclaró George.

—Es su médico-brujo —dijo Dos Santos. Moreby corrigió sonriente:

—Prefiero « chamán» o « jefe exorcista» .



Me acerqué al enrejado y vi que era un hombre delgado, curtido, bien afeitado, y que tenía todo su cabello tejido en una enorme  trenza  negra,  enroscada como una cobra en torno a su cabeza. Tenía los ojos oscuros, bastante juntos al caballete de la nariz, una frente muy despejada, y una gran papada maxilar, que llegaba más abajo de su nuez. Llevaba sandalias de rafia, un sari de límpido color verde, y un collar de huesos de dedos humanos. En sus orejas, lucía grandes aretes de plata, en forma de serpiente.

—Tu inglés es bastante perfecto —comenté— y Moreby no es un apellido griego.

—¡Cielo santo! —gesticuló graciosamente, remedando una burlona sorpresa

—. No soy indígena. ¿Cómo pudiste ni por asomo confundirme con un nativo?

—Lo siento. Ahora me doy cuenta de que vas demasiado bien vestido. Emitió una risita falsa.

—Oh, te refieres a estos trapos viejos. Acabo de ponérmelos. No, no soy nativo. Soy de Taler. Leí cierta literatura maravillosamente excitante  sobre  el tema del Retornismo, y decidí regresar y ayudar a reconstruir la Tierra.

—Ah… ¿Y qué sucedió entonces?

—La Oficina, en aquella época, no contrataba a nadie, y experimenté alguna dificultad en encontrar un empleo local. Por consiguiente, decidí entregarme a trabajos de investigación. Este sitio está lleno de oportunidades para dicha tarea.

—¿Qué clase de investigación?

—Poseo dos diplomas de graduado en antropología cultural, de Nueva Harvard. Decidí estudiar a fondo una tribu de los Sitios Ardientes…, y después de algunos halagos conseguí que ésta me aceptase. Me  dediqué  entonces  a educarles. Bastante pronto fueron acatándome por todo este ámbito. Maravilloso para mis planes. Después de algún tiempo, mis estudios, mi trabajo  social, pasaron a segundo plano. Había cosas más sugestivas. Bien, y o supongo que ha leído usted El fondo de las tinieblas…, y a sabe lo que quiero decir. Las prácticas locales son…, digamos, básicas. Encontré mucho más estimulante participar en ellas que observarlas. En consecuencia, me tomé la responsabilidad de volver a modelar algunas de sus prácticas más toscas, para hacerlas más estéticas. Así, después de todo, procedí a educarles verdaderamente. Desde que he  llegado  a este sitio, ellos hacen cosas con mucho más estilo.

¿Cosas? ¿Qué cosas…?

—Bien, en primer lugar, antes eran simples caníbales. Muy  simples.  No sabían usar cierta sofisticación con sus cautivos antes de matarlos. Cosas como éstas son muy importantes. Si son efectuadas adecuadamente le dan a uno categoría, ¿comprendes lo que quiero decir? Encontré aquí, con toda seguridad, una gran riqueza de costumbres, y supersticiones y  tabúes  procedentes  de muchas culturas y eras milenarias. ¡Y lo tenía todo al alcance de mis dedos!

Volvió a gesticular.



—El hombre, y hasta el semihombre y el hombre de los Sitios Ardientes, es  un ser amante de los ritos, y y o conocía una buena cantidad de prácticas y ceremonias similares. En consecuencia, puse todo ello en orden para su empleo adecuado y ahora ocupo una posición de elevado honor.

—¿Qué piensas hacer con nosotros?

—Las cosas se iban poniendo últimamente bastante aburridas y los nativos estaban ablandándose en inquietudes. Decidí que y a era tiempo de efectuar otra ceremonia. Hablé con Procrustes, el jefe guerrero, y sugerí que nos proporcionase algunos prisioneros. Creo que es en la página 577 de la edición abreviada de El ramillete dorado donde se especifica: « Los tolaki, notorios cazadores de cabezas de las islas Célebres Centrales, beben la  sangre  y  comen los sesos de sus víctimas para adquirir así mayor bravura. Los italones de las islas Filipinas beben la sangre de sus enemigos muertos, y comen parte del sector posterior de sus cabezas y de sus entrañas, crudas, para adquirir el valor de sus enemigos» . Bien, ahora disponemos de la lengua de un poeta, la sangre de dos formidables luchadores, los sesos de un científico muy distinguido, el hígado bilioso de un fogoso político, y la interesante coloración carnal de un vegano… Todo reunido en esta única sala. Todo un botín, diría y o.

—Has logrado expresarte en forma suficientemente clara —hice notar—. ¿Y

qué pasará con las mujeres?

—Oh, para ellas elaboraremos un extenso rito de fertilidad que culminará en un prolongado sacrificio.

—Comprendo.

—Bien, pero hay otra posibilidad: tal vez permitamos que todos vosotros continuéis vuestro viaje, sin ser molestados.

—¿Ah, sí?

—Sí. Procrustes tiene predilección por dar a sus cautivos una oportunidad de medir sus facultades, de ser probados, y  eventualmente  redimirse  ellos mismos. En este aspecto es muy cristiano.

—Haciendo honor a su nombre, supongo.

Hasán acudió y permaneció a mi lado, acechando a Moreby a través del enrejado.

—Oh, excelente, excelente —dijo Moreby —. De veras que me gustaría  tenerte aquí algún tiempo, ¿sabes? Tienes sentido del humor. La mayoría de los kouretes carecen de esta cualidad, aun cuando tienen grandes condiciones. Seguramente simpatizarían contigo…

—No te molestes. Prefiero que me digas algo sobre el medio de redención.

—Bien. Somos los custodios del Hombre Muerto. Es mi creación culminante. Estoy seguro de que uno de vosotros dos lo comprobará durante su breve relación con él.

Miró alternativamente a Hasán y a mí.



—He oído hablar de él —dije—. Dime qué hay que hacer.

—Eres requerido a elegir un campeón para pelear con él, esta noche, cuando resucite de nuevo de entre los muertos.

—¿Qué es?

—Un vampiro.

—Tonterías. ¿Qué es realmente?

—Es un vampiro legítimo. Ya verás…

—De acuerdo, como quieras. Es un vampiro y uno de nosotros debe presentarle pelea. ¿Cómo?

—Lucha libre, manos desnudas, y él no es muy  difícil de agarrar. Se  limitará a quedarse quieto y esperar el ataque. Estará muy sediento, y también hambriento, el pobre.

—Y si es vencido, ¿tus prisioneros quedarán libres?

—Esa es la norma, tal como originalmente la bosquejé hará unos dieciséis o diecisiete años. Naturalmente, esta contingencia nunca se dio…

—Comprendo. Tratas de decirme que es duro.

—Oh, es invencible. Esa es la gracia del asunto. No resultaría una buena ceremonia si pudiese terminar de cualquier otra manera. Yo relato la historia completa de la lucha antes de que tenga lugar, y entonces mi gente la presencia. Esto reafirma su fe en el destino y mi íntima asociación con sus designios.

Bostezó, cubriéndose la boca con una varilla emplumada.

—Ahora debo ir a la zona de los asados para supervisar el entarimado de  la sala y las ramas sagradas. Decide esta tarde sobre tu campeón, y los veré a todos esta noche. Buenas tardes.

—Tropieza y rómpete el cuello. Sonrió y abandonó la barraca.

 

 

Convoqué a los presentes para una reunión de urgencia.

—Ya sabemos —comencé explicándoles— que tienen un fabuloso fenómeno producido por la radiactividad y que además de  ser  llamado el Hombre Muerto es considerado muy duro. Voy a pelear  con él esta  noche. Si  puedo vencerle, se da por supuesto que podremos irnos libremente, pero para mí la palabra  de Moreby no tiene ningún valor. Por consiguiente, debemos planear una  fuga, o de lo contrario, seremos servidos en un plato de estofado. Phil, ¿recuerdas la ruta hacia Bolos?

—Creo que sí. Aunque hace y a tiempo que la recorrí. Pero ahora, ¿dónde estamos exactamente?

—Si puedo servir para algo —intervino Myshtigo desde un lado de la ventana

—, veo un resplandor. No es de ningún color para el cual exista una palabra descriptiva en vuestro lenguaje, pero se halla en aquella dirección.



Señaló hacia fuera.

—Es un color que normalmente y o veo en la vecindad de materiales radiactivos si la atmósfera es bastante densa a su alrededor. Se extiende por  un área bastante amplia.

Me fui a la ventana y miré en aquella dirección.

—Eso puede ser el Sitio Ardiente —dije— y si es así, entonces nos han trasladado más cerca de la costa, lo cual es favorable. ¿Alguno de vosotros estaba consciente cuando fuimos traídos aquí?

Nadie contestó.

—Entonces actuaremos bajo la suposición que aquello es el Sitio Ardiente y que estamos muy cerca. Por consiguiente, el camino hacia Bolos debe hallarse hacia allá.

Señalé en la dirección opuesta.

—Puesto que el sol luce a este lado de la barraca y es de  tarde,  dirijan vuestros pasos en la otra dirección apenas lleguen al camino. Dejando a vuestras espaldas la puesta de sol. No deben haber más allá de veinticinco kilómetros.

—Nos seguirán el rastro —dijo Dos Santos.

—Hay caballos —dijo Hasán.

—¿Qué?

—Calle arriba, en un parque. Hace poco había tres cerca de aquella barra. Ahora están detrás del edificio. Puede que hay a más. Si bien  no  parecían caballos muy fuertes…

—¿Todos vosotros sabéis montar? —pregunté.

—Nunca he montado un caballo —dijo Myshtigo—, pero el thrid es algo similar. He montado thrid.

Todos los demás habían cabalgado.

—Entonces esta noche vais a montar —dije— y si es preciso, dos por caballo. Si sobran caballos, soltad los sobrantes, y provocad una estampida, que se alejen. Mientras estén distraídos presenciando mi combate con el Hombre Muerto, os acercáis disimuladamente hacia el parque. Si es preciso, agarrad todas las clases de armas que podáis y luchad para abriros paso hasta los caballos. Phil, consigue llevarlos a lo alto de Makrynitsa y menciona por todas partes el nombre de Korones. Os darán acogida y protección.

—Lo lamento —dijo Dos Santos—, pero tu plan no es factible.

—Si sabes de alguno mejor, oigámoslo —le dije.

—Ante todo —dijo— no podemos realmente confiar en el señor Graben. Mientras tú estabas todavía inconsciente, experimentaba grandes dolores y se le veía muy débil. George cree que sufrió un ataque cardíaco durante nuestra pelea con los kouretes. Si algo le sucede, estamos perdidos. Te necesitamos a ti para que nos conduzcas fuera de este lugar, suponiendo que tengamos éxito en nuestro intento de fuga. No podemos contar con Phil Graber.



Hablaba con firmeza casi dogmática.

—En segundo lugar, no eres el único capaz de luchar contra una amenaza exótica. Hasán también puede derrotar al Hombre Muerto.

—No le puedo pedir que haga esto —dije— porque aunque gane, estará probablemente por entonces separado de nosotros, y ellos se le echarán encima sin la menor duda, lo cual significaría más que probablemente la pérdida de su vida. Tú le contrataste para matar por tu cuenta, no para morir.

—Yo lucharé contra el Hombre Muerto, Karaghiosis —anunció Hasán.

—No tienes por qué hacerlo.

—Yo mataré al Hombre Muerto —afirmó Hasán— y os seguiré. Conozco los medios de ocultarme de cualquier persecución. Seguiré vuestro rastro.

—Esta pelea es asunto mío —persistí.

—Entonces, y a que no podemos llegar a un acuerdo, dejemos la  decisión a los hados —dijo Hasán— y echemos una moneda al aire.

—De acuerdo. ¿Nos quitaron nuestro dinero, al igual que nuestras armas?

—Tengo algunas monedas —dijo Ellen.

—Echa una al aire. Lo hizo.

—Cara —dije y o, cuando la moneda caía hacia el suelo.

—Cruz —replicó ella.

—¡No la toques! —exigí.

En efecto. Salió cruz. Y en el otro lado de la moneda estaba la cara, como comprobé, por si acaso.

—Conformes, Hasán, tipo afortunado —comenté—. Acabas de ganarte una panoplia de héroe « hágalo-usted-mismo» , con monstruo incluido. Buena suerte.

Encogió los hombros, impasible.

—Estaba escrito.

Entonces se sentó adosado contra la pared, extrajo un diminuto cuchillo de la suela de su sandalia izquierda, y comenzó a limpiarse las uñas. Había  sido  siempre un asesino muy atildado.

 

 

Cuando el sol fue hundiéndose lentamente por el oeste, Moreby vino a vernos de nuevo, acompañado por un nutrido contingente de cuchilleros kouretes.

—Ha llegado el momento —declaró—. ¿Ha decidido quién va a ser vuestro campeón?

—Hasán luchará contra tu representante —dije.

—Muy bien. Entonces, vais a venir conmigo. Por favor, no intentéis nada insensato. Me repugnaría entregar mercancía averiada para el festival.

Caminando dentro de un círculo de  hojas aceradas, abandonamos la  barraca y subimos calle arriba, la única del poblado, pasando delante del parque. Ocho



caballos, cabezas gachas, estaban en su interior. Hasta en la luz decreciente pude ver que no eran muy buenos caballos. Sus costados estaban cubiertos de llagas y eran bastante flacos. Todos miramos al pasar junto a ellos.

El poblado consistía en unas treinta chozas, semejantes a la que nos había servido de alojamiento forzoso, íbamos caminando por una sucia senda llena de surcos y basura. La totalidad del lugar olía a sudores, orina,  fruta  podrida  y humo.

Recorrimos aproximadamente unos ochenta metros y giramos a la izquierda. Era el término de la senda. Proseguimos a lo largo de una vereda hasta entrar en una gran explanada cercada y sin maleza. Una mujer gorda y calva,  con  enormes pechos y una cara que era un campo de lava con carcinoma, estaba atendiendo un fuego lento y terriblemente sugestivo, en la base de un gran  utensilio de barbacoa. Al pasar nosotros, ella sonrió y chasqueó sus labios con húmedo ruido.

Cerca de ella yacían en el suelo grandes estacas afiladas…

Más adelante, se extendía un sector nivelado de tierra compacta. Un enorme árbol de tipo tropical, infestado de enredaderas, que se había adaptado a nuestro clima, se erguía en un extremo de aquel campo. Por todo el contorno  podían verse hileras de antorchas de unos dos metros, en cuyo extremos oscilaban grandes lenguas de fuego como penachos. Al otro extremo se levantaba  la  cabaña más elaborada de todas ellas. Tenía aproximadamente unos cinco metros de alto y unos diez de fachada. Estaba pintada de un rojo brillante y cubierta en toda su superficie por signos de brujería pensilvana. La total sección del centro de la pared frontal era una alta puerta corredera. Dos kouretes armados montaban guardia ante aquella puerta.

El sol era un diminuto gajo de naranja en el confín occidental. Moreby nos encaminó a lo largo del campo hacia el árbol.

De ochenta a  cien espectadores estaban sentados en el suelo al otro lado de  las antorchas y a cada lado del campo.

Moreby gesticuló señalando la cabaña roja.

—¿Qué os parece mi hogar? —preguntó.

—Encantador —dije.

—Tengo un compañero de cuarto, pero duerme durante el día. Están y a a punto de conocerle.

Llegamos a la base del gran árbol. Moreby nos dejó allí, rodeados por sus guardianes. Se dirigió al centro del campo y comenzó a echarles a los kouretes un discurso en griego.

Nosotros habíamos convenido que esperaríamos hasta que la pelea llegase cerca de su final, fuera a favor de quien fuese, y estuvieran los de la tribu excitados y concentrándose en el resultado inminente, antes de intentar la fuga. Habíamos empujado a las mujeres al centro de nuestro grupo, y me las arreglé



para colocarme al lado izquierdo de un indígena con espada, al que me proponía matar rápidamente. La mala suerte quiso que estuviéramos al extremo más alejado del campo. Para llegar hasta los caballos tendríamos que abrirnos paso a través del área de la barbacoa.

—… Y entonces, en aquella noche —estaba diciendo Moreby — resucitó el Hombre Muerto, aplastando a golpes y derribando a este poderoso guerrero, Hasán, rompiéndole sus huesos y esparciendo sus miembros por este lugar de festín. Finalmente, bebió la sangre de  su enemigo de  su garganta  y  comió parte de su hígado, crudo y aún humeante en el aire de la noche. Estas cosas hizo él en esta noche. Grande es su poder.

—¡Grande, el más grande! —gritó la muchedumbre, y alguien empezó a golpear un tambor.

—Ahora le haremos regresar nuevamente a la vida… La muchedumbre vitoreó.

—¡Nuevamente a la vida!

—¡Salve!

—¡Salve!

—Agudos dientes blancos…

—¡Agudos dientes blancos!

—Blanca, blanca piel…

—¡Blanca, blanca piel!

—Manos que rompen…

—¡Manos que rompen!

—Boca que bebe…

—¡Boca que bebe!

—¡La sangre de la  vida!

—¡La sangre de la  vida!

—¡Grande es nuestra tribu!

—¡Grande es nuestra tribu!

—¡Grande es el Hombre Muerto!

—¡Grande es el Hombre Muerto!

Al final lo vociferaban. Gargantas humanas, semihumanas, inhumanas, exhalaban la breve letanía como una ola de pleamar a través del campo.  Nuestros guardias también la estaban vociferando. Myshtigo estaba tapándose sus sensitivos oídos y en su faz había una expresión de agonía. También mi cabeza tintineaba. Dos Santos se persignó y uno de los guardianes le hizo una señal negativa con la cabeza. Don se encogió de hombros y volvió de nuevo la cara hacia el campo.

Moreby se dirigió a la barraca y golpeó por tres veces sobre la puerta corredera, con su varilla.

Uno de los guardianes la empujó hasta abrirla.



En su interior, un inmenso catafalco rodeado de cráneos de hombres y animales, ostentaba un color negro deslustrado. Soportaba un inmenso ataúd elaborado con madera oscura y decorado con brillantes líneas retorcidas.

A la señal de Moreby, los guardianes alzaron la tapa.

Durante los siguientes veinte minutos, Moreby aplicó inyecciones hipodérmicas a algo dentro del ataúd. Efectuaba sus manipulaciones con gestos lentos y rituales. Uno de los guardianes reclinó su acero a un lado y le ayudó. Los tamborileros mantenían una lenta y constante cadencia. La muchedumbre estaba muy silenciosa, muy quieta.

Por fin, Moreby se volvió.

—Ahora el Hombre Muerto resucita —anunció.

—… Resucita —respondió la muchedumbre.

—Ahora aparece para aceptar el sacrificio.

—Ahora aparece…

—Aparece, Hombre Muerto —interpeló Moreby, volviéndose hacia el catafalco.

Y apareció.

En todo su inmenso largo. Porque era grande.

Ancho, obeso.

Verdaderamente, era grande el Hombre Muerto. Quizá pesaría unos ciento ochenta kilos.

Se sentó en el féretro y miró a su alrededor. Se frotó el pecho, los sobacos, el cuello y las ingles. Saltó fuera de la enorme caja y al quedar en pie junto al catafalco, empequeñeció a Moreby hasta convertirlo en enano.

Llevaba únicamente un taparrabos y anchas sandalias de piel de cabra.

Su piel era blanca, con blancura de muerto, de vientre de pez, de luna… Un blancor de cadáver.

—Un albino —dijo George, y su voz llegó a todo el campo porque fue  el único sonido en la noche.

Moreby lanzó una ojeada en nuestra dirección y sonrió. Cogió la mano de gruesos dedos del Hombre Muerto y lo condujo fuera de  la  barraca, al interior del campo. El Hombre Muerto soslay aba el resplandor de las antorchas. Mientras avanzaba estudié la expresión de su rostro.

—No hay la menor inteligencia en ese rostro —dijo Peluca Roja.

—¿Puedes verle los ojos? —preguntó George, entornando los suyos. Sus lentes se habían roto durante la escaramuza.

—Sí. Son de matiz sonrosado.

—¿Tiene las comisuras de los ojos sesgadas?

—Oh, déjame ver… Sí.

—Ya… Es un mongoloide. Casi aseguraría que es un pobre idiota. Por esto le



resulta tan fácil a Moreby hacer con él lo que ha hecho. ¡Mira sus  dientes! Parecen limados.

Miré. Estaba sonriendo, porque acababa de ver el remate colorado de  la cabeza de Peluca Roja. Pudimos observar muchos dientes blancos, agudos, afilados…

—Su albinismo es lo que justifica los hábitos nocturnos que Moreby le ha impuesto. ¡Fíjate! Hasta se encoge bajo la luz de las antorchas. Es ultrasensible a cualquier clase de actínicos.

—¿Y qué pasa con sus hábitos dietéticos?

—Adquiridos, a través de la imposición. Numerosos pueblos primitivos sangran su ganado. Los kazaki lo hicieron hasta el siglo XX, y también los todasi. Ya viste las llagas de los caballos cuando pasamos ante el pasto. La sangre es alimenticia, ¿sabes?, si puedes aprender a conservarla dentro. Y estoy seguro que Moreby ha regulado la dieta del idiota desde que era un niño. Lógicamente, es un vampiro lo que ha ido creciendo.

—El Hombre Muerto ha resucitado —dijo Moreby.

—El Hombre Muerto ha resucitado —aprobó la muchedumbre.

—¡Grande es el Hombre Muerto!

—¡Grande es el Hombre Muerto!

Moreby dejó caer la mano de cadavérica blancura y vino hacia nosotros. El único vampiro legítimo que conocíamos permaneció sonriente en medio del campo.

—Grande es el Hombre Muerto —dijo Moreby, con un rictus mientras se aproximaba—. Resulta algo magnífico, ¿no es verdad?

—¿Qué le has hecho a esa pobre criatura? —preguntó Peluca Roja.

—Muy poca cosa —replicó Moreby —, puesto que y a nació con buena disposición.

—¿De qué eran las inyecciones que le administraste? —inquirió George.

—Le inyecto novocaína antes de combates como el que se avecina. La ausencia de dolor ante los golpes complementa la imagen de su invencibilidad. También le di una inyección de hormonas. Recientemente, ha estado engordando y se ha hecho un poco pesado. Así compenso este defecto.

—Hablas de él y lo tratas como si fuera un juguete mecánico —dijo Diane.

—Lo es. Un juguete invencible. También un juguete muy valioso. Tú, Hasán,

¿estás y a preparado?

—Lo estoy —replicó Hasán, quitándose la capa y el burnús, tendiendo ambas prendas a Ellen.

Los recios músculos de sus hombros se abultaron mientras flexionaba rápidamente los dedos, y avanzó saliendo del círculo de aceros. Mostraba una roncha en su hombro izquierdo y varias otras contusiones en su espalda. El resplandor de las antorchas se reflejó en su barba tornasolándola con tonos



sangrientos. No pude evitar el recuerdo de aquella noche en  el  « honfour»  cuando simuló un estrangulamiento y Mama Julie había dicho: « Tu amigo está poseído por Angelsou.» Para aclarar a continuación: « Angelsou es un dios de la muerte, y solamente visita a los de su misma índole» .

Alejándose de nosotros, Moreby iba anunciando:

—Grande es el guerrero Hasán.

—Grande es el guerrero Hasán —replicó la multitud.

—Su fuerza es la de muchos hombres.

—Su fuerza es la de muchos hombres —replicó el gentío.

—Todavía más grande es el Hombre Muerto.

—Todavía más grande es el Hombre Muerto.

—Él romperá sus huesos y lo aplastará en este lugar de festejos.

—Él romperá sus huesos…

—Él comerá su hígado.

—Él comerá su hígado.

—Beberá la sangre de  su garganta.

—Beberá la sangre de  su garganta.

—Grande es su poder.

—Grande es su poder.

—¡Grande es el Hombre Muerto!

—¡Grande es el Hombre Muerto!

—Esta noche —dijo Hasán, quedamente— se convertirá de verdad en un hombre muerto.

—¡Hombre Muerto! —gritó Moreby al avanzar Hasán y enfrentarse con su rival—. ¡Te doy a este hombre, Hasán, en holocausto!

A continuación, Moreby se apartó de la trayectoria y con sus gestos ordenó a los guardianes que nos apartasen a un lado.

El idiota esbozó una sonrisa todavía más anchurosa y avanzó lentamente hacia Hasán.

Inch Allah —dijo Hasán, simulando volverse para rehuirle, inclinándose  a  la vez hacia un lado.

Tomó impulso su puño desde el suelo hacia arriba, en un giro lateral duro y

veloz, como un latigazo. Un golpe bestial con el canto de la mano que restalló en la mandíbula izquierda del Hombre Muerto.

La cabeza blanquísima se movió tan sólo unos centímetros. Y continuó sonriente.

Luego, sus brazos cortos y voluminosos se proyectaron para tomar a Hasán por debajo de los sobacos. Hasán se agarró a sus hombros, trazando finos surcos rojos y exprimió gotas rojas de los sitios donde sus dedos se hincaban en los músculos níveos.

La turba gritó a la vista de la sangre del Hombre Muerto. Quizá el olor de su



sangre excitó al propio idiota. Esto, o el griterío.

Porque alzó a Hasán dos palmos del suelo y corrió lacia adelante  llevándolo en vilo.

El gran árbol estaba en el camino y la cabeza de Hasán se abatió al chocar.

Entonces, el Hombre Muerto chocó contra él, retrocedió lentamente, se sacudió y empezó a golpearle.

Fue una verdadera paliza. Le azotaba con sus gruesos brazos, grotescamente cortos.

Hasán alzó las manos frente a su rostro y mantuvo los codos pegados al estómago.

No obstante, el Hombre Muerto continuaba golpeándole en los costados y  en la cabeza. Sus brazos subían y bajaban.

Y ni por un instante dejaba de sonreír.

Finalmente, las manos de Hasán cayeron y las cruzó ante su estómago. Y de las comisuras de su boca manaba la sangre.

El juguete invencible continuaba en su juego.

Y entonces, lejos, muy lejos, al otro lado de la noche, tan lejos que únicamente y o pude oírlo, sonó un rugido que reconocí al instante.

Era el gran alarido de caza de mi sabueso « Bortan» .

En algún lugar debió dar con mi rastro, y estaba  acudiendo,  corriendo  a través de la noche, saltando como un macho cabrío, volando como un caballo, reluciente en su abigarrado colorido, sus ojos brasas ardientes y sus colmillos dientes de sierra. ¡Ah, mi perro, mi magnífico perro de caza…!

Mi « Bortan» nunca se cansaba de correr.

Perros de su clase han nacido sin miedo, propensos a la cacería, y llevando la marca de la muerte.

Mi sabueso iba viniendo, y nada podía detenerle en su carrera. Pero estaba lejos, muy lejos, al otro lado de la noche…

 

 

La muchedumbre estaba gritando. Hasán y a no podía encajar mucho más aquel castigo. Nadie podría.

Con el rabillo de mi ojo —el pardo— percibí un leve gesto de Ellen. Era como si hubiese arrojado algo con su diestra.

Dos segundos después sucedió.

Aparté la vista rápidamente de aquel punto de brillo que  brotó, chisporroteante, a un lado del idiota.

El Hombre Muerto gimió, perdida la sonrisa.

La Norma 237.1 promulgada por mí, era excelente:

« Cada guía y cada miembro de una gira debe llevar no menos de tres luminarias de magnesio consigo, durante el viaje.»



Lo cual significaba que a Ellen le quedaban sólo dos. El idiota había cesado de golpear a Hasán.

Intentó patear la luminaria alejándola. Chilló. Se cubrió los ojos con  las  manos. Rodó por el suelo.

Hasán le acechaba, sangrando, jadeante…

La llamarada creció. El Hombre Muerto chilló más agudamente… Finalmente, Hasán se movió.

Alzando un brazo tocó una de las gruesas parras que colgaban del árbol. Tiró de ello. Se resistía. Tiró más fuerte.

Se desprendió.

Sus movimientos se hicieron más firmes mientras retorcía un extremo  en torno a cada mano.

La llamarada escupió, haciéndose de nuevo brillante.

Hasán cayó arrodillado junto al Hombre Muerto, y con un movimiento veloz enlazó la parra en torno a su garganta.

La luminaria volvió a escupir. Hasán enrolló prietamente.

El Hombre Muerto pugnó por  levantarse. Hasán enlazó más estrechamente el sarmiento. El idiota le agarró por la cintura.

Los recios músculos en las espaldas de Hasán se transformaron en bultos nudosos. El sudor se mezclaba con la sangre en su rostro.

El Hombre Muerto se puso en pie, levantando consigo al árabe. Hasán estrujó con mayor fuerza.

El idiota, cuya faz y a no era blanca sino moteada de rojo y con las venas sobresaliendo como cuerdas en su frente y cuello, lo levantó en vilo. Igual que y o levanté al rolem-robot, alzó el Hombre Muerto a Hasán, hincándose aún más profundamente en su cuello el sarmiento al tensarse sus músculos con toda su fuerza inhumana.

La muchedumbre gemía, se levantaba y cantaba  incoherentemente.  El redoble de tambores, que había alcanzado un latido frenético, continuaba en su período culminante, sin descanso ni mengua. En aquel momento volví a oír el rugido de « Bortan» , todavía muy lejano.

La luminaria empezó a  agonizar. El Hombre Muerto se tambaleaba.

De pronto, al estremecerle un enorme espasmo, arrojó lejos de sí a Hasán.

El grueso sarmiento se aflojó en torno a su garganta al quedar libre de las manos de Hasán.

Hasán volteó por el suelo en acrobacia ukemi de karate y quedó arrodillado.

Permaneció así.

El Hombre Muerto avanzó hacia él.



Súbitamente, su zancada falló.

Empezó a estremecerse de arriba abajo. Hizo un gorgoteo y se agarró la garganta. Su rostro se hizo aún más rojizo, casi púrpura. Tambaleante  llegó hasta el árbol y adelantó una mano. Se apoyó contra el tronco, resollando. Pronto se puso a boquear ruidosamente. Su mano resbaló a lo largo del tronco y cayó al suelo. Se incorporó de nuevo, pero manteniéndose encorvado.

Hasán se levantó. Recogió el sarmiento. Avanzó hacia el idiota.

Esta vez su presa era irrompible.

El Hombre Muerto cayó y no volvió a levantarse.

 

 

Era como desconectar el volumen de una radio que hubiese estado sonando al máximo.

Clic…

Un gran silencio repentino. Todo había ocurrido rápidamente. Y la noche era benévola. Alargué las manos a través de ella y fracturé el cuello al indígena de la espada. Se la quité. Giré entonces a mi izquierda y con ella le  abrí el cráneo al otro más cercano.

Entonces, de nuevo como un clic, pero esta vez a pleno volumen. La  noche  fue rasgada en su centro.

Myshtigo derribó a su guardián con un alevoso golpe de conejo, entrelazadas sus manos, y pateó a otro en la espinilla. George consiguió conectar un veloz rodillazo en el bajo vientre del individuo más cercano.

Dos Santos, no tan rápido o quizá simplemente desafortunado, recibió dos profundos tajos, en pecho y hombro.

La muchedumbre se levantó de donde había estado esparcida por el suelo, como en una película acelerada del crecimiento de semillas de vegetal.

Avanzaba contra nosotros.

Ellen arrojó el burnús de Hasán sobre la cabeza del cuchillero que estaba a punto de destripar a su marido. El laureado poeta terrícola  pudo entonces abatir una piedra con fuerza en la cima del burnús.

Por entonces, Hasán se había unido a nuestro pequeño grupo, empleando su mano para esquivar un tajo de espada que le dedicaban con muy malas intenciones. Empleó una antigua maniobra de samurai que le salvó la vida y le proporcionó una espada. Y también era muy eficiente en su uso, como en el de todas las armas.

Matamos o mutilamos a todos nuestros guardianes antes de que la multitud estuviera a medio camino hacia nosotros, y Diane, buena discípula de  Ellen, arrojó sus tres luminarias de magnesio, a través del campo, sobre la chusma.



Entonces echamos a correr, Ellen y Peluca Roja sosteniendo a Dos Santos.

Pero los kouretes nos habían cortado el camino y estábamos corriendo hacia el norte, en tangente, alejándonos de nuestra meta.

—No podremos lograrlo, Karaghiosis —me gritó Hasán.

—Me doy cuenta.

—A menos que tú y y o los entretengamos mientras los otros toman delantera.

—De acuerdo. ¿Dónde?

—En el hoy o de barbacoa más alejado, donde los árboles se espesan por el sendero. Es una especie de gollete de botella. No podrán atacarnos en grupo.

—¡Conformes! ¿Oísteis? ¡Corred hacia los caballos! ¡Phil os guiará! Hasán y  y o los vamos a contener todo el tiempo que podamos.

Peluca Roja giró la cabeza empezando a decir algo.

—¡No discutas! ¡Vete! ¿Quieres vivir, no? Querían vivir. Siguieron corriendo.

Hasán y y o dimos media vuelta, yendo a un lado del hoy o de barbacoa y esperamos. Los otros dieron media vuelta también atajando a través del bosque, dirigiéndose hacia el poblado y el parque de pasto.  La  chusma  continuó acudiendo en línea recta hacia Hasán y hacia mí.

La primera oleada nos embistió y empezamos la matanza. Estábamos en el espacio en forma de V donde el sendero desembocaba del bosque hacia el llano. A nuestra izquierda había un hoy o con brasas; a nuestra derecha  un  espeso macizo de arbustos. Un sitio ideal para matar. Varios se amontonaron muertos, otros chorreaban sangre y caían hacia atrás; los demás se detuvieron y luego intentaron flanquearnos.

Nos situamos espalda contra espalda asestándoles tajos al irse aproximando.

—Si uno tan sólo de ellos tiene un arma de fuego, somos hombres muertos de verdad, Karaghiosis.

—Me doy cuenta.

Otro semihombre cayó bajo mi acero. Hasán envió a uno, chillando, dentro del hoy o ardiente.

Por entonces y a estaban todos en torno nuestro. Una hoja se deslizó, esquivando mi guardia y me rasgó al hombro.

Alguien gritó:

—¡Retroceded, manada de necios! ¡Os digo que os retiréis, rebaño de tipos raros!

Lo hicieron, obedientes, retrocediendo fuera del alcance de estocada y mandoble.

El hombre que había hablado medía aproximadamente un metro veinte. Su mandíbula inferior se movía como la de una marioneta, como si funcionara por bisagras, y sus dientes semejaban una hilera de fichas de dominó, todos manchados de negro y castañeteando al abrirse y cerrarse.



—Sí, Procrustes —oí decir a uno.

—¡Id en busca de redes! ¡Atrapadles vivos! ¡No luchéis a corta distancia con ellos! ¡Ya nos han costado demasiadas bajas!

Moreby estaba a su lado, y gimoteaba:

—… Yo no sabía, mi señor.

—¡Silencio, tú, destilador de brebajes de mal sabor! ¡Tú nos has costado un dios y muchos hombres!

—¿Atacamos? —me preguntó Hasán.

—No, pero prepárate a cortar las redes cuando las traigan.

—No me agrada nada que nos quieran vivos —comentó.

—Hemos enviado muchos al infierno, para allanarnos el camino —le dije—, y estamos todavía en pie y empuñando aceros. ¿Qué más quieres?

—Si los perseguimos podemos llevarnos con nosotros dos o quizá cuatro más.

Si esperamos, nos echarán la red y moriremos sin haber matado a más.

—¿Qué importa, una vez estés muerto? Esperemos… Mientras estemos vivos existen muchas probabilidades que pueden presentarse de un momento a otro.

—Como tú digas.

Encontraron redes y nos las arrojaron. Tajamos tres de ellas antes de que nos enzarzasen en la cuarta. Las juntaron apretadamente y avanzaron.

Noté cómo me arrancaban la espada de la mano, y alguien me propinó un puntapié. Era Moreby.

—Ahora van a morir como muy pocos han muerto —dijo.

—¿Los demás escaparon?

—Sólo por el momento. Seguiremos su pista, los encontraremos y los traeremos de nuevo aquí.

Reí complacido.

—Perdiste —le dije—. Consiguieron escapar. Volvió a atizarme una patada.

—¿Así es cómo cumples tus promesas? —pregunté—. Hasán venció al Hombre Muerto.

—Hubo trampa. La mujer arrojó una luz de bengala.

Mientras nos amarraban dentro de las redes Procrustes acudió junto  a Moreby.

—¿Y nuestros muertos? —preguntó.

—Los llevaremos al Valle del Sueño —dijo Moreby —, y allí emplearé mis poderes para preservarlos contra futuras comilonas.

—Está  bien —dijo Procrustes—. Sí, así debe ser.

Hasán debió estar manipulando con su brazo izquierdo durante  aquel intervalo a través de la red, porque lo proyectó fuera y sus uñas surcaron la pierna de Procrustes.

Procrustes le dio varias patadas y de paso se desfogó dándome a mí una. Se



frotó los arañazos de la pantorrilla.

—¿Por qué hiciste eso, Hasán? —pregunté después que Procrustes se alejó, ordenando que nos atasen a estacas de barbacoa para ser transportados.

—Tal vez quede todavía algo de metacianuro en mis uñas —me explicó Hasán.

—¿Cómo te fue a parar allí?

—De las balas de mi cinto que no me quitaron, Karaghiosis. Impregné mis uñas después de haberlas afilado hoy.

—Ah… Tú arañaste al Hombre Muerto al principio de vuestro combate…

—Sí, Karaghiosis. Después y a fue simplemente cuestión  de  intentar  sobrevivir hasta que él cayese.

—Eres un asesino ejemplar, Hasán.

—Gracias, Karaghiosis.

Envueltos todavía en las redes, fuimos atados a las estacas. Cuatro hombres, a la orden de Procrustes, nos izaron.

Con Procrustes y Moreby encabezando la comitiva, fuimos transportados a través de la noche.

 

 

Mientras nos desplazábamos por un sendero desigual, el  mundo fue cambiando gradualmente. Siempre ocurre lo mismo cuando uno se acerca a un Lugar Ardiente. Es como caminar hacia atrás, a través de las eras geológicas.

Mientras avanzábamos, los árboles iban siendo más pequeños y los espacios entre ellos más anchos. Pero no eran árboles como los que  habíamos dejado  atrás en el poblado. Eran formas retorcidas (y retorciéndose aún) con remolinos de algas marinas por ramas, troncos nudosos y raíces descubiertas que reptaban lentamente por la superficie del suelo. Diminutas cosas invisibles hacían ruidos raspantes al escapar escurridizas de la luz de la linterna de Moreby.

A lo lejos, podía detectar un tenue resplandor palpitante,  exactamente  al  borde del horizonte. Frente a nosotros.

Una profusión de negras enredaderas  aparecían bajo los pies. Se contorsionaban siempre que uno de nuestros portadores las pisaba.

Los arbustos se convirtieron en simples helechos. Luego hasta los helechos desaparecieron. Fueron reemplazados por grandes cantidades  de  líquenes peludos, de color sanguinolento, que crecían por encima de todas las rocas. Débilmente luminosos.

Ya no había más ruidos animales. No había ruido alguno salvo el jadear de nuestros cuatro portadores, las pisadas, y el ocasional cliqueteo sofocado del rifle automático de Procrustes cuando chocaba con una roca afelpada.

Nuestros portadores llevaban espadas en sus cintos. Moreby  transportaba varios aceros y una pistola pequeña.



El sendero giró bruscamente hacia arriba. Uno de nuestros  portadores imprecó. Muy en alto, lentamente, chapoteando en el aire como un pez diabólico surcando aguas estancadas, la negra forma  de  un murciélago araña  cruzó sobre la faz de la luna.

Procrustes cayó.

Moreby le ayudó a levantarse, pero Procrustes, tambaleándose, se apoy ó en



él.



—¿Qué te aqueja, señor?

—Un vértigo repentino, entumecimiento en mis miembros. Toma mi rifle. Se



hace cada vez más pesado. Hasán rió quedamente.

Procrustes se volvió hacia Hasán, colgándole abierta su mandíbula inferior de marioneta.

Luego volvió a caer.

Moreby acababa de sujetarle el rifle y sus manos estaban ocupadas. Los guardianes nos posaron en el suelo, con cierta rudeza, y corrieron al lado de Procrustes.

—Denme un poco de agua —dijo. Y cerró los ojos. No los volvió a abrir.

Moreby aplicó el oído a su pecho, y mantuvo la parte  emplumada  de  su varilla bajo sus fosas nasales.

—Está muerto —anunció finalmente.

—¿Muerto?

El portador que estaba cubierto de escamas empezó a sollozar.

—Era bueno —gimoteaba—. Era un gran jefe guerrero. ¿Qué  haremos ahora?

—Está muerto —repitió Moreby —, y y o soy vuestro cabecilla hasta que sea proclamado un nuevo jefe guerrero. Envolvedle en vuestras capas. Dejadle en aquella roca plana allá arriba. Ningún animal llega por aquí, y, por  lo tanto, no será importunado. Lo recogeremos en nuestro camino de regreso.  Ahora debemos saciar nuestra venganza en estos dos.

Gesticuló con su varilla a modo de batuta.

—El Valle del Sueño está cerca. ¿Habéis tomado las píldoras que os di?

—Sí.

—Sí.

—Sí.

—Muy bien. Ahora coged vuestras capas y envolvedlo.

Lo hicieron así, y pronto fuimos nuevamente alzados y llevados a la cima de una colina desde la cual un sendero bajaba hacia un foso  fluorescente  que  parecía picado de viruela. Las rocas del lugar parecían estar incendiadas.

Le dije a Hasán:



—Esto me fue descrito por mi hijo como el lugar donde el enredo de mi vida yace sobre una piedra ardiente. Me vio en sueños, amenazado por el Hombre Muerto, pero los hados del destino trasladaron esta amenaza sobre ti. Antaño, cuando y o no era sino un sueño en los planes de la muerte, este sitio estaba señalado como un posible lugar para mi fin.

—La caída desde el paraíso pasa por la parrilla —dijo Hasán. Nos llevaron abajo, a la grieta, dejándonos caer sobre las rocas.

—Soltad al griego y atadlo en aquella columna —ordenó Moreby, quitando el seguro del rifle y retrocediendo.

Gesticulaba señalando con el arma.

Le obedecieron atando mis manos y mis tobillos sólidamente. La roca era cilíndrica, lisa y húmeda.

Hicieron lo mismo con Hasán a unos dos metros aproximadamente a mi derecha.

Moreby había dejado en el suelo la linterna de modo que arrojaba un semicírculo amarillo en torno a nosotros. Los cuatro kouretes parecían estatuas demoníacas a su lado.

Sonrió, reclinando el rifle contra la pared rocosa de su espalda.

—Éste es el Valle del Sueño —manifestó—. Aquellos que duermen aquí, y a no despiertan. Sin embargo, conservan la carne en buen estado, almacenándose para los años flacos. De todos modos, antes de abandonarlos…

Sus ojos se posaron en mí.

—¿Ves dónde he dejado mi rifle? No le contesté.

—Creo que tus entrañas llegarían hasta allí, comisionado. En todo caso, pretendo averiguarlo.

Extrajo una daga de su cinto y avanzó hacia mí. Los cuatro semihombres le acompañaron.

—¿Quién crees que tiene más tripas? —preguntó—. ¿Tú o el árabe? Ninguno de los dos replicó.

—Ambos lo vais a ver por vosotros mismos —dijo a través de sus dientes—.

¡Primero, tú!

Tiró de mi camisa hasta sacar los faldones y la cortó de arriba abajo.

Imprimió al acero una rotación en lento círculo significativo a unos dos centímetros de mi estómago, estudiando mientras mi cara.

—Estás asustado —dijo—. Tu rostro todavía no lo demuestra, pero lo hará. Añadió, imperativo:

—¡Mírame! Voy a hincarte la hoja muy poco a poco. Algún día cenaré tu carne. ¿Qué te parece?

Me reí. De pronto, valía la pena reírse.

Su semblante se crispó hasta tensarse en una momentánea expresión de



asombro.

—¿El miedo te ha enloquecido, comisionado?

—¿Pluma o pelo? —le pregunté.

Él sabía lo que quería y o decirle. Aunque a mí me tuviera sin cuidado su homosexualidad. Iba él a decir algo cuando oyó un guijarro chasquear  a  unos  tres metros. Giró su cabeza repentinamente en aquella dirección.

Consumió el último segundo de su vida chillando, mientras la fuerza del salto de « Bortan» le convertía en pulpa contra el suelo, antes de que su cabeza fuera extirpada de sus hombros.

Mi sabueso había llegado.

 

 

Los kouretes gritaron aterrorizados ante mi perro porque sus ojos son como brasas ardientes, y sus colmillos, dientes de sierra. Su cabeza  se  mantiene  tan lejos del suelo como la de un hombre alto. Aunque agarraron sus espadas para asestarle tajos, no les sirvió de nada, sus flancos son como los costados de un armadillo. Mi « Bortan» es todo un señor perro de un cuarto de tonelada.

Estuvo en plena actividad durante un largo minuto y cuando hubo terminado estaban todos hechos pedazos.

—¿Qué es eso? —quiso saber Hasán.

—Un cachorro que encontré en un saco, abandonado  por  la  resaca  en la  playa, demasiado duro para ahogarse. Es mi perro « Bortan» .

Había una pequeña brecha en la parte más blanda de su hombro. No se  la había producido en la reciente reyerta.

—Nos buscó primero en el poblado —expuse— y trataron de detenerle.

Muchos kouretes han muerto en el día de hoy.

Acudió al trote y me lamió el rostro. Meneó el rabo, hizo ruidos perrunos, contoneándose como un cachorrillo, y corrió en pequeños círculos.  De  nuevo saltó hacia mí para volver a lamerme el rostro. Luego se dedicó, una vez más, a mover las mandíbulas, escupiendo pedazos de kourete.

—Es bueno para un hombre tener un perro —dijo Hasán—. Siempre me han gustado los perros.

« Bortan» le estaba olfateando mientras hablaba.

—Por fin has regresado, viejo sabueso —le dije—. ¿No te has enterado que la raza canina se ha extinguido?

Meneó el rabo, se me acercó de nuevo y lamió mi mano.

—Lamento no poder rascarte las orejas. Y te consta que me gustaría mucho hacerlo, ¿verdad?

Agitó la cola.

Abrí y cerré mi mano derecha dentro de sus ligaduras. Mientras lo hacía giré la cabeza en esta dirección. « Bortan» observaba, estremecido su húmedo



hocico.

—Manos, « Bortan» . Necesito manos para libertarme. Manos para soltar mis ataduras. Debes conseguirlas, « Bortan» , y traerlas aquí.

Fue a recoger un brazo que yacía en el suelo y vino a depositarlo ante  mis pies. Entonces alzó la vista y meneó su cola.

—No, « Bortan» . Manos vivas. Manos amistosas. Manos para desatarme. Me comprendes, ¿verdad?

Lamió mi mano.

—Vete y encuentra manos para libertarme. Que estén intactas y vivas. Las manos de unos amigos… ¡Ahora, rápidamente! ¡Vete!

Volviéndose se alejó, se detuvo para mirar una vez más atrás, y luego  ascendió por el sendero.

—¿Acaso te comprende? —preguntó Hasán.

—Eso creo. El suyo no es un cerebro ordinario de perro, y ha dispuesto de muchos, muchos más años de los que vive un hombre para aprender a comprender.

—Entonces esperemos que encuentre a alguien pronto, antes de que nos durmamos.

—Sí.

 

 

Estábamos suspendidos, y la noche era fría.

Esperamos durante un largo tiempo. Finalmente, perdimos la noción del tiempo.

Nuestros músculos estaban agarrotados y doloridos. Nos hallábamos recubiertos con la sangre reseca de incontables pequeñas heridas. Las magulladuras nos formaban como una segunda piel. Estábamos amodorrados de fatiga, de falta de sueño.

Colgábamos hacia adelante, las cuerdas hincándose en nosotros.

—¿Crees que llegarán a tu pueblo?

—Les dimos una buena ventaja. Creo que tienen una probabilidad bastante grande.

—Siempre es complicado trabajar contigo, Karaghiosis.

—Sí. Lo he comprobado y o mismo.

—Como aquel verano en que nos mustiamos en las mazmorras de Córcega.

—Vaya que sí.

—O nuestra marcha hacia la Estación Chicago, después de  perder  todo nuestro equipaje en Ohio.

—Sí, aquel fue un mal año.

—Tú siempre andas metido en problemas, Karaghiosis.  « Nacido  para hacerle un nudo a la cola del tigre» , éste es el aforismo para la gente de tu



índole. Resulta difícil convivir con vosotros. Yo, personalmente, amo la quietud y la sombra, un libro de poemas, mi pipa…

—¡Eh! ¡Oigo algo!

Hubo un repique de cascos.

Un sátiro apareció más allá del haz luminoso de la linterna. Avanzaba nerviosamente, sus pupilas iban de mí a Hasán, y a mí de nuevo, y arriba, abajo, en torno, y más allá de nosotros.

—Ayúdanos, pequeño encornado —dije en griego.

Se acercó cautelosamente. Vio la sangre, los destrozados kouretes. Dio media vuelta, como disponiéndose a escapar.

—¡Vuelve! ¡Te necesito! Soy y o, el tocador de caramillo.

Se detuvo volviendo a darnos frente, estremecidas sus fosas nasales, resollando. Sus agudas orejas vibraban.

Regresó con una expresión apenada en su faz casi humana, al atravesar  el sitio de la matanza.

—El acero. A mis pies —dije, señalando con mis ojos—. Recógelo.

No le parecía gustar la idea de tocar nada hecho por el   hombre, especialmente un arma.

Silbé  las últimas líneas de mi copla.

« Es tarde, es y a tarde, tan tarde…»

Sus ojos se humedecieron. Los secó con el dorso de sus peludas muñecas.

—Recoge la hoja y corta mis ligaduras. Recógela. No, así no, o vas a cortarte  tú mismo. Por el otro extremo. Eso es.

Recogió apropiadamente el acero y me miró. Moví todo lo que me  fue posible mi mano derecha.

—Las cuerdas. Córtalas.

Lo hizo. Empleó quince minutos y me dejó luciendo un brazalete de sangre. Tuve que mover constantemente mi mano para impedirle que me cortase una arteria. Pero la liberó.

—Ahora dame el cuchillo y y o me ocuparé del resto. Colocó el acero en mi palma extendida.

Lo cogí. Segundos después, quedé completamente libre, y solté a Hasán.

Cuando me volví, el sátiro había desaparecido. Oí el rumor del frenético galopar de sus cascos en la distancia.

 

 

Debo decir que si nuestro grupo hubiese seguido el camino más largo desde Lamia a Bolos por la ruta costera, las cosas hubiesen podido ser muy distintas y Phil estaría vivo. Pero realmente no puedo juzgar cuanto ocurrió  en este  caso. Aún ahora mirando hacia atrás, no sería capaz de decir cómo  hubiese recompuesto y modificado los acontecimientos si todo tuviera que repetirse de



nuevo.

Llegamos a Bolos a la tarde siguiente, y ascendimos el Monte Pelión hacia Portaria. Al otro lado de un hondo barranco estaba Makry nitsa.

Atravesamos la hondonada y encontramos a los demás.

Phil les había conducido a Makry nitsa, pidió una botella de vino y su ejemplar del Prometeo Encadenado y había permanecido sentado con ambas cosas hasta bien avanzada la noche.

Por la mañana, Diane le encontró sonriente y yerto.

Le construí una pira entre los cedros cerca del ruinoso Episcopio, porque él no hubiese querido estar enterrado. Amontoné incienso,  hierbas  aromáticas,  y  la pira resultó dos veces más alta que un hombre en pie. Aquella misma noche ardería y y o le diría adiós a  otro amigo. Parece ser, mirando atrás, que  mi vida se ha compuesto principalmente de una serie de llegadas y  partidas. Digo hola. Digo adiós. Sólo la Tierra permanece…

Aquella tarde caminé con el grupo hacia Pagasae, el puerto de la antigua Iolkos, encajado en el promontorio opuesto a Bolos. Permanecimos a la sombra de los almendros de la colina. Bello paisaje. La colina, los almendros, la rocosa ladera, el litoral…

Sin hablar con nadie en particular, comenté:

—Desde aquí los argonautas izaron velas en su búsqueda del vellocino de oro.

—¿Quiénes fueron? —preguntó Ellen—. Leí el relato en la escuela, pero y a lo he olvidado.

—Estaban Heraclio, Teseo, Orfeo el cantante, Asclepio, los hijos del Viento Norte, Jasón, el capitán y Caronte, cuya cueva está allí arriba cerca de  la  cuna del Monte Pelión.

—¿De veras?

—Te la enseñaré alguna vez.

—De acuerdo.

—Los dioses y los titanes batallaron también cerca de aquí —dijo Diane, apareciendo a mi otro costado—. ¿Los titanes no arrancaron el Monte Pelión apilándolo sobre Ossa en un intento de escalar el Olimpo?

—Eso dice la narración. Pero los dioses fueron amables y restauraron el paisaje después de la sangrienta batalla.

—Una vela de barco —anunció Hasán, gesticulando con una naranja medio mondada en su mano.

Oteé las aguas en la lejanía y, en efecto, pude observar un diminuto aleteo en el horizonte.

—Sí, todavía se usa este lugar como puerto.

—Quizá sea un cargamento de héroes —dijo Ellen— regresando con algunos vellocinos más. Y por cierto, ¿qué hacían con tanto vellocino de oro?

—No es el vellocino lo que importa —dijo Peluca Roja—, sino el conseguirlo.



Cualquier buen narrador sabía que esto era lo importante.

—Allí, al otro lado —expliqué—, se conserva una iglesia bizantina en ruinas,  el Episcopio. Tengo programado restaurarla en unos dos años.

—¿Cuánto tiempo vamos a estar aquí? —preguntó Ellen.

—Me agradaría pasar un par de días más en Makry nitsa —dije—, y luego proseguir hacia el norte. Podríamos estar aproximadamente una semana más en Grecia, y después ir a Roma.

—No —dijo Myshtigo, que había estado sentado en una roca contemplando el mar—. No, porque el viaje ha terminado. Ésta es la última etapa.

—¿Y por qué?

—Me doy por satisfecho y a y ahora regreso a mi casa.

—¿Y tu libro?

—Ya conseguí mi relato.

—¿Qué clase de relato?

—Ya te enviaré un ejemplar autografiado cuando esté acabado. Mi tiempo es muy valioso, y ahora y a dispongo de todo el material que quiero. Por lo menos, de todo el que necesito. Comuniqué con Port-au-Prince esta mañana y me van a enviar un « skimmer» esta noche. Vosotros seguid adelante y haced lo  que  queráis, pero y o he acabado.

—¿Pasa algo malo?

—No. Todo va bien, pero es hora que me vaya. Tengo mucho que hacer. Levantándose, se desperezó.

—Debo empaquetar algunas cosas. Si me perdonáis, voy a hacerlo ahora mismo. Pese a todo, tu país es hermoso, Conrad. Te veré a la hora de cenar.

Se alejó ladera abajo.

Caminé unos pasos en su dirección, siguiéndole.

—¿Qué será lo que precipitó su decisión? —me pregunté en voz alta. Oí una pisada.

—Está agonizando —dijo George, suavemente.

 

 

Mi hijo Jasón, que nos había precedido en varios  días,  se  había  ido  de  Makry nitsa. Unos vecinos me contaron su extraña partida, la noche anterior. El patriarca había sido transportado a lomos de un enorme  perro de ojos incandescentes que derribó la puerta de su alojamiento y se lo había llevado a través de la noche. Todos mis parientes deseaban que fuese a  cenar  con  ellos. Dos Santos seguía descansando. George había curado sus heridas y no creía necesario embarcarle hacia el hospital de Atenas.

Es siempre grato regresar adonde uno nació.

Bajé hasta la plaza y pasé la tarde  charlando con mis descendientes. Llevé unas flores al cementerio, permanecí un rato allá, y fui a la casa de Jasón para



reparar su puerta con algunas herramientas que encontré en el establo. Después encontré un frasco de su vino y me lo bebí todo. Y me fumé un cigarro. También me preparé un jarro de café. Acabé el jarro.

A pesar de ello, todavía me sentía deprimido.

George me dijo que el vegano mostraba síntomas inequívocos de un desorden neurológico. Una variedad cuya etiología era desconocida. Incurable. Invariablemente fatal.

George lo sabía desde el principio del viaje, porque Phil le había pedido que observase al vegano, pues sospechaba en él los indicios de una enfermedad fatal.

Todo ello me creaba un nuevo problema.

O Myshtigo había terminado su tarea o no le quedaba tiempo suficiente para hacerlo. Él dijo que la había terminado. Si no era así, y o había estado protegiendo todo el tiempo a un hombre muerto, sin finalidad alguna. Si había terminado su obra, entonces y o necesitaba conocer los resultados.

La cena no aportó ninguna ay uda. Myshtigo había dicho todo lo que le importaba decir, y ahora ignoraba o soslayaba nuestras preguntas. O sea, que tan pronto nos tomamos el café, Peluca Roja y y o salimos fuera a fumar un pitillo.

—¿Qué ha ocurrido? —me preguntó ella.

—No lo sé. Creí que tal vez tú lo sabrías.

—No. ¿Y ahora, qué?

—Dímelo tú.

—¿Matarle?

—Tal vez sí. Pero, ¿por qué?

—Ya lo acabó.

—¿El qué? ¿Qué es concretamente lo que acabó?

—¿Cómo voy y o a saberlo?

—¡Maldita sea! ¡Es que y o tengo que saberlo! Me gusta saber por qué mato a alguien.

—Es evidente, ¿no? Los veganos quieren volver a comprar en la Tierra. Él regresa para darles un informe sobre los lugares en que están interesados.

—Entonces, ¿por qué no los visitó todos? ¿Por qué  interrumpir  su  viaje después de Egipto y Grecia? Arena, rocas, junglas y un surtido de  monstruos.  Esto es todo cuanto vio. No es material para una apreciación estimulante.

—Entonces es que está asustado y quiere vivir un poco más. Pudo haber sido devorado por un boadilo o un kourete. Huy e.

—Excelente. Dejémosle huir. Dejémosle entregar un informe desastroso.

—No puede. Si ellos quieren comprar, no van a adquirir nada  tan desastroso. Se limitarán a enviar a otro, alguien más resistente, para terminar el informe. Si matamos a Myshtigo, sabrán que seguimos protestando, que seguimos siendo resistentes nosotros mismos.

—Él no teme por su vida.



—¿No? Entonces, ¿a qué le teme?

—No lo sé. Pero tendré que averiguarlo.

—¿Cómo?

—Creo que se lo preguntaré.

—Eres un lunático. Dio media vuelta.

—Debe ser a mi estilo, o nada —dije.

—Cualquier estilo, entonces. Ya no importa. Ya hemos perdido. La cogí por los hombros, besándole el cuello.

—Todavía no hemos perdido. Ya verás. Permanecía erguida.

—Vete a dormir —dijo ella—, es tarde. Es demasiado tarde.

Regresé al gran caserón de Iakov Korones donde Myshtigo y y o estábamos alojados y donde Phil estuvo en su última jornada. Su Prometeo Encadenado seguía en la mesa de escribir, junto a un frasco vacío. Había aludido a sus propios achaques cuando me visitó en Egipto y sufrió un ataque, sobreviviendo a varios. Parecía normal que hubiese dejado un mensaje para un viejo amigo, en un caso así.

O sea, que abrí el libro y lo hojeé. Estaba escrito en las páginas en blanco al final del libro, en griego. Aunque no en griego moderno, sino clásico.

 

« Querido amigo, aunque aborrezco escribir algo que no pueda retocar, presiento que es preferible que me dedique a hacerlo con celeridad. No me encuentro bien. George quiere que vaya a Atenas. Lo haré, por la mañana. Pero primero, con respecto al tema que nos importa…

» Saca al vegano fuera de la Tierra, vivo, a cualquier precio.

» Es importante.

» Es la cosa más importante en el mundo.

» Temía decírtelo antes porque pensé que Myshtigo podía ser un telépata. Esto es por lo que no formé parte del viaje entero, aunque me hubiese gustado mucho hacerlo así.  Por ello fingí odiarle, para poder permanecer lejos de él lo más posible. Solamente después de confirmar el hecho de que no era telepático decidí unirme a vuestro grupo.

» Sospechaba y o, presentes Dos Santos, Diane y Hasán, que el Radpol debía estar anhelando suprimirle. Si él era un telépata, imaginé que lo averiguaría rápidamente y haría  lo que fuese necesario para asegurar su vida. Si no era un telépata, tuve una gran fe en tu habilidad para defenderle



contra casi todo, incluyendo a Hasán. Pero no quise que él se enterase de lo que y o sabía. Aunque intenté avisarte, si lo recuerdas.

» Tatram Myshtigo, su abuelo, es uno de los seres más nobles y agradables que he conocido. Es un filósofo, un gran escritor, un administrador altruista de  los servicios públicos. Me relacioné con él durante mi estancia en Taler, hace y a unos treinta años y más tarde nos convertimos en íntimos amigos. Desde entonces hemos estado en comunicación casi constante, y fui advertido por él de los planes del complejo vegano con referencia a la disposición de la Tierra. También me exigió juramento de mantenerlo en secreto. Nadie debe saber que estoy enterado. El anciano sufriría en todos los sentidos, si esto llegase a saberse.

» Los veganos se encuentran en  una posición muy embarazosa. Se dieron cuenta y muy claramente, durante los días de la Rebelión Radpol, de la existencia de una población indígena con una fuerte organización propia y deseosa de la restauración de nuestro planeta. Los veganos no quieren la Tierra. ¿Para qué? Si quieren explotar a los terrícolas tienen más de ellos en Taler que nosotros en la propia Tierra, y no lo hacen en modo alguno, masiva  ni maliciosamente.  Nuestra ex población ha elegido cualquier labor de explotación antes que regresar. ¿Qué nos indica esto? El Retornismo es un movimiento y a muerto. Nadie va a regresar.  Por  eso abandoné el movimiento. Y me parece que tú hiciste lo mismo. Los veganos desearían quitarse de encima  el problema de la Tierra. Indudablemente quieren visitarla. Es instructivo, moderador, y absolutamente terrorífico para ellos venir aquí y ver lo que puede hacerse con un mundo.

» Lo que ellos necesitaban era encontrar un medio de

llegar a un acuerdo con nuestra ex población y su gobierno en Taler. Los taleritas no estaban muy dispuestos a renunciar a su única justificación para los impuestos y su existencia: la Oficina.

» Pero después de muchas negociaciones y mucha persuasión económica, incluyendo la oferta de la plena ciudadanía vegana a nuestra ex población, parece ser que fue hallado un medio. La puesta en ejecución del plan se dejó en manos de los “shtigo”, especialmente Tatram.

» Finalmente, él halló el medio, según creía, de devolver



apropiadamente la Tierra a una posición autónoma y  preservar su integridad cultural. Es por lo que envió a su nieto, Cort, a efectuar su “inspección”. Cort es un ser extraño. Su verdadero talento es representar teatralmente (todos los “shtigo” están muy dotados) y le encanta simular. Creo que quería representar el papel de un alienígena hostil, y estoy seguro que lo hizo con arte y eficiencia. (Tatram me advirtió también que sería el último papel de Cort. Está muriéndose de drinfan, que es incurable; creo también que ésta es la razón por la que fue elegido.)

» Créeme, Konstantin Karaghiosis Korones Nomikos Conrad (y demás nombres que no conozco) cuando digo que él no estaba inspeccionando con fines perjudiciales.

» Deploro el hecho de que nunca podré acabar  tu elegía,

 

» Phil

 

Muy bien, decidí entonces. Vida, y no muerte, para el vegano. Phil había hablado y no dudé de sus palabras.

Regresé a la mesa de la cena y permanecí con Myshtigo hasta que estuvo dispuesto para irse. Le acompañó a la casa de Iakov Korones y le hice compañía mientras empaquetaba varios objetos y prendas. Durante aquel lapso, intercambiamos quizá seis palabras.

Llevamos sus pertenencias al lugar donde tomaría tierra el  « skimmer» ,  frente a la casa. Antes que los demás (incluyendo Hasán) acudieran a despedirle, me dijo:

—Conrad, explícame por qué estás echando abajo la pirámide.

—Para fastidiar a Vega. Para hacerte saber que si queréis este sitio y os las componéis para quitárnoslo, lo vais a obtener en peor estado de lo que estaba después de los Tres Días. No quedará nada para contemplar. Quemaríamos el resto de nuestra historia. No quedaría ni siquiera un fragmento para vosotros.

El aire escapando de sus pulmones salió con un agudo plañido. El equivalente vegano a un suspiro.

—Supongo que es loable —dijo—, pero, ¿crees que podrás alguna  vez volverlo a colocar todo en su sitio? ¿Pronto, a lo mejor?

—¿Tú qué crees?

—Observé que tus trabajadores marcaban la mayoría de las piezas. Me encogí de hombros.

—Me queda por hacerte una pregunta muy seria, entonces —declaró—, acerca de tu propensión a la destrucción. ¿Es esto realmente arte?

—Vete al infierno.



Entonces llegaron los demás. Sacudí lentamente la cabeza en negativa hacia Diane y agarré la muñeca de Hasán lo suficiente para que dejase caer una diminuta aguja que había adherido a la palma de su mano. Entonces le dejé que también estrechase la diestra del vegano, brevemente.

El « skimmer» zumbó bajando del cielo. Acompañé a bordo a Myshtigo, colocando personalmente su equipaje, y cerrando y o mismo la puerta.

El aparato despegó sin el menor incidente y desapareció en cuestión de segundos.

Aquél era el término de la excursión. Ahora me tocaba incinerar a un amigo.

Erguido en la noche, mi entarimado de troncos soportaba lo que quedaba del poeta, mi amigo. Apagando la linterna, encendí una antorcha. Hasán estaba a mi lado. Me había ayudado a transportar el cadáver al carromato y se ocupó de las riendas.

Dos Santos, que no aprobaba la cremación, decidió no asistir a ella, alegando que sus heridas le importunaban. Diane eligió permanecer con él en Makry nitsa.

Ellen y George estaban sentados en el lecho del carro que se hallaba apartado tras un amplio ciprés, y se tomaban de las manos. Eran los únicos  testigos, además de Hasán.

Apliqué la antorcha a una esquina de la pira. La llama mordió lentamente y empezó a invadir la madera. Hasán encendió otra antorcha, hincándola en tierra, retrocedió y fue observando.

Mientras las llamas fulminaban su paso hacia arriba, desparramé vino por el suelo. Arrojé más hierbas aromáticas en la fogata. Y entonces, también retrocedí.

La música de las llamas me parecía ser el mejor de los funerales para  un  gran poeta.

Sus rojos penachos alcanzaban casi la cúspide.

Entonces vi a Jasón, en pie junto al carro, y a « Bortan» sentado a su lado.

Retrocedí más. « Bortan» acudió a sentarse a mi derecha. Lamió mi mano.

—Gran cazador, nos perdimos el uno al otro —le dije. Meneó afirmativamente su cabezota.

Las llamas alcanzaron la cúspide de la pira y empezaron a mordisquear la noche. El aire se pobló de dulces aromas y del sonido del fuego.

Jasón se aproximó.

—Padre, él me condujo al sitio de las rocas quemantes, pero y a habías escapado.

—Un no-hombre amigo nos liberó. Antes, este hombre, Hasán, destruyó al Hombre Muerto. O sea, que tus sueños resultaron ser, a la vez, ciertos y equivocados.

—Él es el guerrero de ojos amarillos de mi visión.



—Lo sé, pero esta parte también quedó rebasada.

—¿Y de la Bestia Negra?

—Ni un bufido ni una pisada.

Contemplamos la pira durante mucho, mucho tiempo, mientras la noche avanzaba… En varios momentos, las orejas de « Bortan» se tendieron hacia adelante y se dilataron sus fosas nasales. George y Ellen no se habían movido. Hasán era un espectador silencioso, inexpresivo.

—¿Qué harás ahora, Hasán? —le pregunté.

—Volver de nuevo al Monte Sindjar por una temporada.

—¿Y después? Encogió los hombros.

—Lo que deba ser, escrito está —replicó.

Y entonces un espantoso ruido se nos vino encima, como los gruñidos de un gigante idiota, y lo acompañaba el crujido de árboles descuajados.

« Bortan» saltó en pie y gruñó. Los asnos jóvenes que habían arrastrado el carromato se removieron inquietos. Uno de ellos emitió un breve rebuzno.

Jasón sujetó con fuerza el palo agudizado que había recogido del montón de leña, y se envaró.

Entonces irrumpió aquello en el descampado. Enorme y horrendo, digno de cuantos nombres le eran aplicados:

El Devorador de Hombres… El Sacudidor de la Tierra…

El Poderoso, el Abominable… La Bestia Negra de Tesalia.

Por fin, alguien podría decir cómo era realmente. Si lograba escapar con vida para contarlo.

Debió ser atraída por el olor de la carne incinerada.

Y era enorme. Por lo menos, del tamaño de un elefante.

Un enorme jabalí… Con lomo de navaja de afeitar, provisto de colmillos largos como un brazo de hombre… Ojillos porcinos, negros, girando locamente, enrojecidos por el resplandor de la fogata…

Derribó tres árboles al llegar…

No obstante, berreó cuando Hasán, sacando un tizón quemante de la hoguera, lo hincó en su hocico para saltar atrás rápidamente.

La bestia se desvió, lo cual me dio tiempo para arrancarle a Jasón el largo garrote.

Corrí asestándole un punterazo en el ojo izquierdo.

La bestia volvió a desviarse a un lado y berreó como una caldera con una grieta de escape de vapor.

Y « Bortan» y a estaba encima de ella, mordiéndole el lomo.

Ninguno de mis dos estoconazos en su garganta le hicieron más que heridas



superficiales. Luchaba contra las fauces y, finalmente, se sacudió, libre de la dentellada de « Bortan» .

Hasán se colocó a mi lado, esgrimiendo otro tizón. La bestia nos embistió.

Desde algún sitio, George vació una pistola ametralladora contra la Bestia Negra. Hasán hincó el tizón. « Bortan» saltó de nuevo, esta vez atacándole por el lado ciego.

Y estos hostigamientos hicieron que volviera a desviarse en su embestida, chocando contra el carro y a vacío y matando a ambos asnos.

Corrí entonces hacia el animal, clavándole el garrote afilado  hacia  arriba, bajo su sobaco izquierdo.

El palo se rompió en pedazos.

« Bortan» seguía mordiendo, y su gruñido era como un trueno prolongado. Cada vez que los colmillos asestaban un tajo, soltaba « Bortan»  su  presa,  brincaba apartándose, y volvía al ataque.

Hasán y y o la rodeamos con las estacas más agudas que pudimos hallar en el montón de leños. Persistíamos en pinchar a la bestia, girando en torno. « Bortan» persistía en intentar morderle la garganta, pero la gran cabeza hocicuda permanecía gacha, y los colmillos tajaban el aire como espadas. Sus pezuñas hendidas abrían grandes hoy os en el suelo al ir girando en sus intentos de destriparnos al resplandor flamígero anaranjado y oscilante.

Finalmente, se detuvo y viró, súbitamente con gran velocidad para algo tan enorme, y su brazo golpeó a « Bortan» en el flanco lanzándole a unos tres metros lejos. Hasán le golpeó a través del lomo con su madero y y o lancé un estacazo hacia su otro ojo, pero fallé.

Entonces se dirigió hacia « Bortan» que estaba  levantándose.  Gacha  la cabeza, relucientes los colmillos…

Arrojé mi estaca y me abalancé hacia la bestia que atacaba a mi perro. Ya había bajado al máximo la cabeza para asestar su golpe de muerte.

Agarré ambos colmillos cuando la cabeza casi rozaba el suelo. Nada podía contener aquel tajo doble y feroz. Me di cuenta mientras  empujaba  hacia  el suelo con todas mis fuerzas.

Pero lo intenté, y  en cierto modo lo conseguí por  espacio de  un segundo… Por lo menos, mientras fui arrojado por el aire, rasgadas y sangrantes las

manos, vi que « Bortan» había logrado zafarse apartándose de la  mortal acometida.

Me mareó la caída porque fui arrojado lejos y alto. Oí  un  gran  berrido similar al de un cerdo furioso. Hasán gritó y « Bortan» emitió, una vez más, su hondo rugido batallador.

… Y el ardiente ray o rojo de Zeus descendió por dos veces de los cielos.

… Y todo quedó en silencio.



Lentamente, pude ponerme en pie.

Hasán estaba en pie junto a la pira llameante, con un tizón al rojo vivo todavía alzado en posición de lanzamiento de jabalina.

« Bortan» estaba olfateando la  montaña  de  carne  estremeciéndose. Cassandra se hallaba en pie junto al ciprés con su espalda contra el tronco.

Llevaba pantalones de cuero, una camisa de lana azul y mi escopeta para  elefantes aún humeando. Ostentaba una tenue sonrisa.

—Eh… Hola, Cassandra. ¿Dónde estuviste?

Dejó caer la escopeta lentamente, estaba muy pálida. La tuve abrazada antes de que el arma cay era al suelo.

—Luego te preguntaré —dije—, ahora no. Ahora nada. Sólo sentarnos aquí bajo este magnífico árbol y contemplar el fuego.

Eso hicimos.

 

 

Un mes después, Dos Santos fue despedido del Radpol. Él y Diane parecieron haber desaparecido desde entonces. El rumor pregona que renunciaron al Retornismo, se trasladaron a Taler y viven allí ahora. Nunca conocí la historia completa de Peluca Roja, y supongo que nunca la sabré. Ni creo tampoco que vuelva a verla nunca.

Poco después de la reorganización del Radpol, Hasán regresó del Monte Sindjar, permaneció algún tiempo en Port-au-Prince, luego compró un barco pequeño y zarpó una mañana sin despedirse de nadie ni dar la menor indicación sobre su punto de destino. Se supuso que había encontrado un nuevo empleo en algún lugar. Varios días después hubo un huracán y oí rumores en Trinidad referentes a que la resaca lo depositó en la costa del Brasil y halló la muerte a manos de los fieros miembros de una tribu que rondaban por allá. Intenté comprobar la veracidad de este rumor, pero me fue imposible.

Dos meses más tarde, Ricardo Bonaventura, presidente de la Alianza  Contra el Progreso, un grupo disidente del Radpol que había incurrido en la desaprobación de Atenas, murió de apoplejía durante una reunión del  partido. Hubo algunos chismorreos acerca del veneno Divban en las anchoas de un aperitivo (una combinación sucesivamente letal, me aseguró George), y al día siguiente el nuevo capitán de la Guardia de Palacio se esfumó misteriosamente, con un « skimmer» y las actas de las tres últimas sesiones secretas del ACP (sin mencionar el contenido de una pequeña caja fuerte que también se esfumó). Le han descrito como un hombretón de ojos amarillos, bronceado, barbudo, con un toque levemente arábigo en sus rasgos faciales…

Jasón sigue pastoreando por las alturas donde los dedos de Aurora son los primeros en pintar el cielo con rosas, y sin duda alguna corrompe a la juventud



con sus canciones.

Ellen está nuevamente embarazada, toda delicadeza pese a su  cintura hinchada, y no quiere hablar con nadie excepto con George. George  quiere  intentar una caprichosa cirugía embrionaria, para convertir a  su próximo retoño  en un respirador de agua a la vez que respirador de aire, lo  cual le  permitiría cruzar esa gran frontera virgen bajo el océano y él sería padre de una nueva raza  y escribiría un interesante libro sobre la materia. Pero Ellen no está muy entusiasmada con la idea, o sea, que tengo el presentimiento que el océano permanecerá virgen algún tiempo más.

He decidido seguir en la Oficina. Fundaré una especie de Parlamento después que hay a elaborado un partido de oposición al Radpol. Quizá el Rec In, o algo similar, para designar algo así como los Reconstruidores Independientes.

Y Cassandra, mi princesa, mi ángel, mi encantadora dama, sigue adorándome. Y y o a ella.

Ella era « el cargamento de héroes» que Hasán había oteado en el mar aquel día en Pagasae. Aquel barco de vela. Aunque no transportaba vellones  de  oro, sino simplemente mi armero personal. Sí. Era mi Vanidad Dorada aquel velero. Ella estaba navegando en mi barco cuando los cimientos de Kos se hundieron. Después, hizo proa a Bolos porque sabía que Makrynitsa rebosaba de parientes míos. Fue algo maravilloso que tuviera ella la sensación que había peligro y transportase a tierra mis armas pesadas. (También fue algo maravilloso que  supiera cómo usarlas. Sobre todo, la de matar elefantes.) Tendré que aprender a tomar sus premoniciones más en serio.

He comprado una casa en un sitio muy  tranquilo al extremo de Haití opuesto  a Port-au-Prince. Tiene una gran playa y abundante jungla en torno. Necesito poseer un distanciamiento, como toda la isla, entre la civilización y y o, porque tengo, bueno, un problema de caza. El otro día cuando vinieron unos abogados no prestaron mucha atención al cartelito: « Cuidado con el perro» . Ahora, sí. El que está bastante averiado en la clínica renunció a presentar una demanda por daños,   y George lo pondrá nuevo en poco tiempo. Los otros no  resultaron  tan gravemente perjudicados.

Por suerte, y o andaba cerca.

Todo el planeta Tierra fue comprado por el Gobierno Talerita, adquirido por los generosos, abundantes y ricos « shtigo» . Ahora todo el mundo es vegano. Y pocos son los terrícolas que desean regresar.

El sabio viejo Tatram procuró de todos modos que los « shtigo» no fueran propietarios de la Tierra. La compra fue hecha en nombre de su nieto, el difunto Cort Myshtigo.

Y Myshtigo dejó escrita su voluntad de reparto, su última voluntad y testamento, al estilo vegano. Me citaba.

Pues sí… He heredado el planeta.



La Tierra, para concretar más.

Diablos, y o no la quiero. Quiero decir que si bien de momento estoy comprometido en el asunto, y a veré cómo salirme del apuro.

El viejo Tatram empleó diversas artimañas legales. Pero  esencialmente quería a alguien que conociese bastante la Tierra para  poder  ser  su  administrador, y que no quisiera apropiarse de ella para su uso personal  y codicioso.

Cort llegó a escribir su libro.

En realidad deseaba comprobar si y o era bueno, honrado, noble, puro, leal, fiel, fidedigno, altruista, amable, alegre, y « sin ambiciones personales» .

Lo cual significa que era un extravagante lunático, porque dijo:

—Sí, es todo eso.

Desde luego, le engañé sin proponérmelo.

Tal vez tuviera razón acerca de mi falta de ambiciones personales, aunque supongo que se debe a que soy condenadamente perezoso, y no tengo el menor deseo de contraer constantes jaquecas y migrañas de las que abundaban en la atormentada Tierra.

Me basta y sobra con tomarme en ella unas vacaciones.

De momento la Tierra es salvaje e inhabitable. Es, un lugar pedregroso e inhóspito. La basura deberá ser limpiada, sección por sección. Lo cual significa mucho trabajo. Me propongo poner a George al frente de un programa de Sanidad Pública.

Saldremos adelante. Ya estoy cansado de ser un sepulturero y un tipo nacido con propensión para los alborotos.

Cassandra y y o disfrutamos de esta casa en la Isla Mágica. A ella le gusta. A mí también. Ya no le importa mi edad indeterminada. Lo cual es estupendo.

Precisamente esta misma mañana a hora temprana, cuando estábamos tendidos en la play a contemplando al sol poniendo en fuga a las estrellas, me  volví hacia ella para comentar que la tarea que me aguardaba iba  a  ser  de  las que dan úlceras, dolores de cabeza y demás.

—No, no lo será —replicó ella.

—Eres demasiado optimista, Cassandra.

—No. En aquella ocasión, te dije que estabas encaminándote hacia grandes peligros, y fue así, aunque entonces no me creíste. Esta  vez tengo la  sensación  que las cosas irán bien. Eso es todo.

—Dando por buena tu profecía en el pasado, sigo opinando que subestimas lo que nos espera…

Levantándose, dio ella un leve talonazo en el suelo.

—¡Nunca me crees!

—Claro que sí te creo. Lo único que pasa es que ahora estás equivocada, querida…



Entonces fue a zambullirse. Mi preciosa sirena nadó, alejándose  en  las oscuras aguas. Tras cierto tiempo, regresó.

Sonriente, sacudiéndose el agua del cabello, dijo:

—De acuerdo. Tienes razón.

La cogí por el tobillo, atrayéndola sobre la arena a mi lado, y empecé a cosquillearla.

—¡No sigas!

—Eh, pero si te creo siempre, Cassandra. De veras. Seguro que tienes razón.

—Tú lo que eres es un engreído petulante… ¡ay !

Estaba encantadora allí en la playa; la enlacé, y permanecimos hasta que el día nos rodeó por doquier.

Y el sitio es precioso. Ideal para terminar mi relato.

 

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