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Libro N° 8998. Un Húmedo Paseo. D. Etchinson.

 


© Libro N° 8998. Un Húmedo Paseo. D. Etchinson. Emancipación. Agosto 28 de 2021.

Título original: ©  Un Húmedo Paseo. D. Etchinson

 

Versión Original: © Un Húmedo Paseo. D. Etchinson

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://solocienciaficcion.blogspot.com/2020/07/un-humedo-paseo-d-etchinson.html

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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UN HÚMEDO PASEO

D. Etchinson

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un Húmedo Paseo

D. Etchinson

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las letras se mostraban casi ardientes en la noche:

 

CERVEZA DE BARRIL

 

El trabajoso ritmo de la cojera de Spane le llevó cerca del callejón que se extendía más allá del rótulo. Se detuvo el tiempo suficiente para pasarse una sarmentosa mano por la crecida barba y para enjugarse el sudor que le impedía ver.

Un hombre con muletas debe aprender a hacer cien de  tales movimientos  cada día de su vida, pero para Spane llegaba a ser una verdadera  lucha  en aquellas horas de la noche, complicada por la cantidad de vino que había ingerido  y  por el hecho de que solamente  poseía una muleta con la que poder maniobrar,   y una sola mano. Pero siguió adelante. Apretó los dientes, como si fuesen eco de la firme determinación que albergaba en su pecho, y avanzó más.

Tenía un trabajo que hacer, y, ¡por Dios!, que lo haría.

Cuando pasó bajo el rótulo, las letras reflejaron su rojizo color sobre sus brillantes rasgos y sobre la húmeda superficie del pavimento, haciendo relampaguear en rojo los charcos de agua. Spane miró su crispada  mano y  vio en el sudor que la cubría un borroso reflejo de sangre aguada, cuando sonó un grito:

—¡Eh, viejo!

Las luces de los coches que pasaban de largo en el extremo del callejón iluminaban la calle de vez en cuando, formando profundas sombras  que avanzaban hacia él a lo largo de las filas de bidones  de  desperdicios  que ocupaban la parte trasera de las casas.

Súbitamente, se movió una sombra.

Spane sintió una sacudida en el hombro cuando se movió para llevarse su otra mano a la frente, pero y a no estaba allí. « ¡Maldita sea!» , murmuró silenciosamente en algún punto situado entre la ácida respiración y las turbulentas aguas de su inconsciente. Pero su cuerpo nunca olvidaría, y él lo sabía. Moriría tratando de alcanzar algo que no estaba allí, alcanzar algo con un brazo que y a no existía.

Excepto en los negros espacios de su memoria.

—¡Eh, tú!

Se frotó los cerrados ojos mientras el sudor goteaba desde las arrugas como sucias gotas. « Concéntrate.» Tenía que saberlo. Había llegado hasta allí, casi tres millas a través de la ciudad, y a pie, y ahora tenía que saberlo.

La sombra saltó desde el muro que había entre dos bidones de  basura. El  viejo entornó los ojos un instante para ver aquella figura que, como  un murciélago, agitaba los brazos.

Cerró con fuerza los ojos, como si crispase ambos puños. ¡Tenía que estar



seguro! La visión momentánea había sido débil, atravesando la  ciudad, y  ahora, si estaba en lo cierto, si por fin le había encontrado, sentiría  saltar aquella  chispa en aquel lugar especial que había en la parte posterior de su cerebro, donde siempre la sentía cuando estaba seguro, y entonces « lo sabría» .

—¡Ehhh!

Una mano le agarró repentinamente.

Tembló tratando de desembarazarse de ella. « ¡No debo perder este pensamiento!» Sus temblorosas mejillas protestaron antes de que sus labios pudiesen formar las palabras: « No… debo perderlo… ahora» .

—¡Hola, viejo!

Unos pies que se arrastraban se detuvieron a su espalda, y la mano fuerte y poderosa le agarró por el cuello.

El puño de Spane soltó la muleta y  golpeó la noche ante él, frente a su rostro,   a la vez que lanzaba un gruñido animal que surgió desde lo más profundo de su garganta.

La anciana dio un rodeo para situarse frente a él cuando Spane vacilaba intentando de nuevo asir su muleta. La  mano de  la  mujer no abandonó su cuello y le sostuvo en pie.

Hubo un temblor de carne cuando su rostro se serenó repentinamente, y al fin pudo ver mejor y escuchar el sonido de los cláxones de los automóviles en las calles de la ciudad,  más  allá  del  callejón.  Su  respiración  fue  más  normal,  cayendo en la resignación.

—¡Me has hecho « perderlo» ! —gruñó.

—Vamos.

El voluminoso cuerpo de la mujer se volvió y la carnosa  mano y  el cuello que sostenía se volvieron con ella, impidiendo a Spane ver las sombras del  callejón.

Se  daba cuenta de que le guiaban subiendo los rajados escalones de piedra de  la entrada posterior de un bar, y en aquel momento la punzante podredumbre de  la mujer le envolvió totalmente, superando incluso el olor de su propia y fétida respiración. Pero él conocía los olores dulces  del bar, tan  bien  como si fuesen suyos, y no oyó el crujir de los tablones del vestíbulo por donde la mujer le llevaba, ni tampoco se le ocurrió pensar en las intenciones de la mujer, y a que él las conocía perfectamente bien y éstas eran cosas que para él no tenían la menor importancia. Pensaba, con abrumadora melancolía, solamente en su presa, en lo que había dejado escapar allí atrás, en el callejón.

La mujer le llevó hacia la izquierda y luego a la derecha, a lo largo del pasillo que olía débilmente a orina. Luego le soltó y le empujó  hacia  una  silla  de madera.

—Ahora…

La mujer se dejó caer en su desvencijada silla, al otro lado de la mesa, frente



a él, al mismo tiempo que la puerta de entrada aún se movía  a  impulsos  del viento.

—Cuéntame sobre los rockets… y sobre la gente.

Spane sintió que crujían las articulaciones de su espalda cuando se irguió para protestar, y para irse, pero entonces su  cuerpo se  aflojó y  decidió acompañar  a la mujer, al menos durante un rato. Vio cómo la mano de ella se introducía bajo su distendido jersey para alcanzar la botella. Escuchó voces femeninas de los cercanos cuartos y el ritmo de la música electrónica que  procedía  del  piso  de más abajo, y suspiró hondo, apoyándose en su sucio brazo y sobre la cochambrosa mesa donde lo apoyaba. La mujer era demasiado poderosa para luchar con ella. Cerró los ojos y sintió que su mente retrocedía en el espacio cuando el vino atravesó su cuerpo.

Pero se repuso a tiempo. Cuando alzó la cabeza, Zenna estaba llenando de nuevo los vasos de plástico que había sobre la mesa.

Sin embargo, él sabía que aquella noche no debía beber más. No hasta que hubiese hecho lo que tenía que hacer. Para ello había recorrido aquel largo camino. Esperaría, simulando beber con ella, hasta que ella cayera dormida, como siempre hacía, y entonces él descendería por las escaleras.

—¿Bien…?

La mujer dejó un vaso de whisky barato en su mano. Al percibir el fuerte aroma del licor, él comenzó a ponerse en pie. Al mismo tiempo, sus ojos quedaron prendidos, cuando volvió la cabeza, por el espectáculo que ofrecía el cielo nocturno desde la ventana de aquel segundo piso. Y allí estaban las estrellas. Durante un momento recordó el aspecto que tenían las estrellas desde el

« Deneb» , y parpadeó, sintiéndose un tanto relajado ante el pensamiento de contarle a ella, o a cualquiera, lo que había sido aquello. Saturno: sobre Minas con sus círculos cortando el cielo. O cómo era Deimos, o Phobos.

Pero él sabía que ella no deseaba oír nada de aquellas cosas, realmente no…   Y la gente, había dicho ella. Eso era lo que siempre decía ella.

No importaba las veces que él le hablase sobre la catástrofe,  porque  ella jamás se cansaba de escucharle una y otra vez: la colisión partiendo a las dos naves casi por la mitad, y los supervivientes retorciéndose libremente en  el espacio, girando sobre sí mismos como muñecos cósmicos en todas direcciones, mientras que su oxígeno se consumía lentamente y eran arrastrados hacia algún increíble y extraño sol.

Los que tenían trajes espaciales. Sí, aquello era lo que a ella le gustaba más escuchar, y él estaba seguro de esto. Era la forma en que los menos afortunados en aquel horrible instante, cuando la coraza protectora de las naves se  hizo  pedazos y la noche les alcanzó en una milésima de segundo…, aquello era lo que ella deseaba escuchar, por supuesto, y él sentía en aquel instante que todo su cuerpo quedaba como abrumado por una ola de náuseas.



Tomó asiento, fijando sus ojos en la calle, cuando un  único  pensamiento quedó fijado en aquella estancia y en aquella desagradable mujer.

No había olvidado.

La miró fatigosamente. La mujer y a estaba sirviendo otra ración de licor.

—Toma…, bebe… Bebamos por tu felicidad.

Cuando él no se movió, ella miró en dirección a su vacío hombro, que se hallaba más cerca del vaso que su brazo derecho, y añadió:

—Tienes que olvidar todo eso, y a lo sabes.

Los ojos del hombre, unos ojos enrojecidos y cansados, se entornaron. Desde la parte baja del piso llegaba el ruido de la música de baile, y el pie de Zenna comenzó a golpear sobre los tablones del pavimento siguiendo el ritmo. « Sí — pensó él sonriendo amargamente—, tengo que olvidarlo todo, pero, ¿por qué?»

—¿Por qué no me dejas solo?

La pregunta se la hizo tanto a la mujer como a aquella molestia que sentía allí donde debía estar su brazo. Hizo un gesto de dolor, recordando durante  un  segundo cómo había ocurrido aquello, al saltar libremente del « Deneb» ,  al mismo tiempo que su línea salvavidas se alejaba en compañía  de  su  brazo todavía sujeto a ella y a la vez que su traje reventaba y sus ojos se abrían desmesuradamente con horror tras el cristal protector. Y durante todo aquel tiempo fue hundiéndose en la inconsciencia, convirtiéndose los segundos en eternidades bajo los ray os del implacable sol, escuchando a través del espacio a las almas muertas de los otros ciento treinta, gritando silenciosamente la  agonía  de los moribundos, y él también gritando dentro de su propio cráneo. (Ellos no habían sabido, cuando le aceptaron las Fuerzas Espaciales de  los Estados Unidos, el paso de su madre a través de la Hallendorf Barrier, camino de la base  de Venus, en su séptimo mes, ni de la proyección que así había estimulado el desarrollo de la parte posterior de  su cerebro. Más tarde, cuando se  descubrieron al azar los niños, en su fantástico talento, se bautizaría con un nuevo nombre al telepoder, el Barrier declarado lugar prohibido « hasta un nuevo estudio» , y los médicos comenzarían su inútil intento de buscar el rastro de los miles de niños nacidos en la base. Ahora, con una segunda generación y a inminente, permitirían que se debilitaran sus mentes. Pero no Spane, él conocía  aquella  maldición y  no la olvidaría.)

Los nervios de su hombro sufrieron un espasmo cuando pensó olvidarlo por

billonésima vez en veinte años… « ¡No tengo derecho a olvidarlo! ¡No puedo permitirme el olvidar!» Ni siquiera aunque lo deseara…

Y, justamente en aquel instante, sintió que saltaba una  chispa  en algún punto de la parte posterior de su cerebro, y supo que jamás sería capaz de olvidar.

—Tú…, viejo…, eres un veterano… Sabes que el Gobierno pagará para arreglarte ese brazo tuy o. ¿Por qué no…?

Spane cerró los ojos con fuerza.



La luz le hirió en su interior.

Ahora y a no trataba de concentrarse, sino de soportar la señal que ascendía agudamente en espiral al taladrar la parte posterior de su cerebro.

Lo había encontrado al fin. La presencia del otro era tan intensa…

—Te pondrás bien…

Su mentón se ciñó al pecho cuando el esfuerzo mental presionó con más profundidad, una ultrafrecuencia que solamente él podía escuchar, y luego se esfumó. Pero la involuntaria señal del otro había sido y a recibida. Su cabeza y mente volvieron a la superficie. Se dio cuenta una vez más del ritmo que sonaba bajo sus pies.

—Te pagarán ese estropicio…

Las palabras que estaba pronunciando la mujer, y que le  hubiesen encolerizado hacía unos momentos, ahora sonaban con  tono  que  él escuchaba con enorme indiferencia.

Cogió la esquina de la mesa entre su dedo pulgar e índice y echó la silla hacia atrás, buscando su muleta.

—Ahora, tú… debes seguir lamentándolo por ti…

La mujer hablaba con tono de borracha y  sus ojos se  clavaban fijamente en la sucia superficie de la mesa, al mismo tiempo que sus gruesos  dedos  acariciaban incesantemente su vaso.

Spane apoy ó el extremo de su muleta sobre los tablones del pavimento y avanzó hacia la puerta.

—¡Eh! Un minuto…, aún no has terminado… Spane logró entreabrir la puerta.

—Ni siquiera has empezado… No me has contado nada sobre aquellas personas…

El rostro de la mujer se contorsionó en surcos de  carne en pliegues y  añadió al cabo de un silencio:

—¡Sí…! Eso es lo que quiero escuchar, quiero oír algo más acerca  de aquellos tipos nadando como peces en la oscuridad…

El vaso de la mujer se volcó sobre la mesa.

Spane se hallaba casi en el umbral de la puerta. La  mujer logró ponerse  en pie y avanzó vacilando. Sus rollizos brazos lucharon para  sostenerse  entre  el borde de la puerta y la pared, y cuando hizo un nuevo intento de dar otro paso, solamente la mitad de su cuerpo pudo salir al vestíbulo.

Apoy ándose contra la pared, Spane gruñó algo ininteligible y alzó la muleta, amenazando a la mujer. Abrió la boca y bramó coléricamente:

—¡Zenna!

La mujer le miró desmayadamente. Su atención se redujo totalmente, al  igual que sus fuerzas físicas, cuando cayó lentamente al suelo, murmurando:

—Sí… ¿Quién te necesita? De todas maneras, eres un viejo inútil.



Probablemente, jamás has estado en tu vida a bordo de un proyectil…  Sí…, desde luego que sí…

El hombre se volvió cuando la mujer escupió hacia él. Luego, reanudó su camino hacia las escaleras.

—Sí… —dijo la mujer, a la vez que su voz se perdía y a en el interior de la estancia—. ¡Al diablo contigo!

Y, cuando se cerró la puerta, la mujer lanzó su última exclamación:

—¡Vete al infierno!

Spane inclinó la cabeza, respirando pesadamente, y  reanudó su avance hacia la puerta trasera del edificio.

Dos soldados pasaron por su lado, conducidos por dos muchachas que  ansiaban que los hombres subiesen la escalera.

Spane no alzó la cabeza, sino que continuó prestando atención a su propio avance, hasta que tropezaron con él deliberadamente.

—Bien… ¡Miren quién ha venido por más…! —gritó una de las muchachas por encima del ruido de la música sintética.

La muchacha combó una cadera, apoyando una mano sobre ella, y luego se movió insolentemente, cruzando ambos brazos sobre sus generosos senos, añadiendo:

—¡Es Spane, el cojo!

—Vamos, Rena —dijo la otra muchacha, a la vez que empujaba a su joven soldado hacia arriba.

Spane vio la insignia de las FEUSA sobre sus uniformes y, repentinamente, sintió una enorme melancolía en su interior.

—¿Y qué le parece a Spane si hace un poco el amor…? Apuesto a que tu Zenna aprendió más de dos cosas con esa muleta tuya…

La muchacha se arrojó sobre él, murmurando palabras obscenas, simulando ofrecerle sus brazos y la barata fragancia que despedía su chillón vestido de profesional.

Spane sintió una enorme repugnancia, y un  amargo  agradecimiento  por haber podido lograr el bloqueo de sus pensamientos y los de Zenna, así como los pensamientos de los demás, los de las masas de no telépatas que le rodeaban. Había costado años, pero su cerebro había desarrollado una  especie  de  costra para protegerse a sí mismo tras aquel horror del consciente  flotando  con  los restos de las naves en el asteroide Marte-Júpiter, recibiendo la muerte  de  cada uno de los demás como si fuese la suy a propia. Pero no volvería a ocurrir más.

Apartó a la muchacha con su brazo derecho y avanzó hacia el exterior.

Se desvanecieron tanto la risa de la muchacha como la cacofonía  de  los ritmos del baile, cuando de nuevo oyó el siseo de los neumáticos de los automóviles que rodaban sobre las húmedas calles.

Una ráfaga de viento le azotó y sintió que la neblina se fijaba en sus ojos.



Vaciló un instante.

Y allí…

Allí, en la oscuridad, distinguió un movimiento. Dio un paso.

Cojeando.

Súbitamente, sonó el ruido de un bidón que se volcaba. Spane enfocó su mente.

Algo saltó al callejón, y su silueta se recortó bajo la luz de los faros de un coche que pasaba de largo.

¡Aaaaahhhhh!

Se esforzó más la mente de Spane. Era la señal de una mente como la suy a, que no podía cerrar.

¡Aaaaay y y y y !

Hizo un esfuerzo para dar otro paso. Forzó sus ojos en la oscuridad, y entonces…

Sonó un fuerte siseo.

Pasaba otro coche por la calle, y  allí, durante  un instante, reflejando chispas de luz, estaban los ojos aterrorizados de…

Spane dio otro paso más.

« ¡Dios! —pensó Spane—. Los ojos… son muy pequeños esta vez.»

La figura se quedó congelada como un gato sorprendido. Los ojos  se  cerraron.

« Espera.»

Spane pronunció la palabra mentalmente. Dio dos pasos más.

Era solamente un muchacho que no tendría más de ocho o nueve años.

« Mira» , pensó Spane. Vio los cautelosos movimientos, como los de un gato atemorizado, una criatura supersensible, con sentidos tan agudos, que había aprendido a evitar a la gente, a la gente cruel, con sus vicios y pensamientos de horror.

El muchacho le miró, confundido. Tenía subido el cuello de piel  de  su chaqueta y en una enguantada mano sostenía la pelota de caucho con  la  que estaba jugando. Se abrió su boca, pero de su garganta no surgió ningún sonido, claramente inseguro sobre lo que debía hacer al enfrentarse a otro igual por vez primera en su vida joven.

« No temas.»

« Mira —pensó Spane—, y a aprendió que debe evitar las  calles,  las multitudes, su propia  casa y  a  la  gente  que  no piensa  y  que  vive  en ella. Pero,

¿sabe él lo que le sucederá, cómo va a ser aquello? Todos los días hay  un incendio, un accidente en la cercana carretera, la agonía de la disputa de dos enamorados borrachos que  termina  a  cuchilladas o en algo aún peor, y cada vez,



cada momento, un hombre es golpeado y dejado que se desangre en un callejón como éste…, o un bebé muere chillando en un baño de agua  hirviendo, o nace… a cada minuto, a cada minuto él será esa persona. Sabrá antes de  que  tenga catorce años lo que es ser un hombre que sufre hasta el extremo de pedir que le maten para acabar con sus sufrimientos. Y él no podrá detener el proceso. Algún día podrá aprender a cerrar su mente, pero eso le costará años y más años. Y por entonces y a se habrá vuelto loco.»

El muchacho le miró y sobre sus helados labios pareció esbozarse  una  sonrisa.

« ¡Eh, señor! —pensó—. ¿Quiere usted jugar conmigo?» Spane se detuvo a reflexionar.

« No sabe lo que es, porque si lo supiera se mataría.»

Entonces, experimentando un intolerable aburrimiento, avanzó hacia el muchacho.

Contuvo la respiración durante un largo minuto. Entonces…

Alzó su muleta en la noche y la hizo descender con todas sus fuerzas y tantas veces como pudo.

E inmediatamente… los pensamientos del muchacho se desvanecieron. Spane miró hacia el cielo de la noche. Sintió que entrechocaban sus dientes.

« Y aquél también —pensó—, aquél también.»

Y a continuación, el suave siseo del tráfico sonó tan lejos de él que fue como el suave ruido de una marea que tuviese lugar en alejadas costas, y dejando que  la luz de las distantes estrellas se reflejara sobre el húmedo pavimento y sobre la inmóvil figura que allí abandonaba, Spane se fue a casa.

 

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