© Libro N° 8998. Un Húmedo Paseo. D. Etchinson. Emancipación. Agosto 28 de 2021.
Título
original: © Un Húmedo Paseo. D.
Etchinson
Versión Original: © Un Húmedo Paseo. D. Etchinson
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D. Etchinson
Un Húmedo Paseo
D. Etchinson
Las letras se mostraban casi ardientes en la noche:
CERVEZA DE BARRIL
El trabajoso ritmo de la cojera de Spane le llevó
cerca del callejón que se extendía más allá del rótulo. Se detuvo el tiempo
suficiente para pasarse una sarmentosa mano por la crecida barba y para
enjugarse el sudor que le impedía ver.
Un hombre con muletas debe aprender a hacer cien
de tales movimientos cada día de su vida, pero
para Spane llegaba a ser
una verdadera lucha en aquellas horas de
la noche, complicada por la cantidad de vino que había ingerido
y por el hecho de que solamente poseía una muleta
con la que poder maniobrar, y una sola mano. Pero siguió
adelante. Apretó los dientes, como si fuesen eco de
la firme determinación que albergaba en su pecho,
y avanzó más.
Tenía un trabajo que hacer, y, ¡por Dios!, que lo
haría.
Cuando pasó bajo el rótulo, las
letras reflejaron su rojizo color sobre sus brillantes rasgos y sobre
la húmeda superficie del pavimento, haciendo relampaguear
en rojo los charcos de agua. Spane miró su
crispada mano y vio en el sudor que la cubría
un borroso reflejo de sangre aguada, cuando sonó un grito:
—¡Eh, viejo!
Las luces de
los coches que pasaban de largo en el
extremo del callejón iluminaban la calle de
vez en cuando, formando profundas sombras que
avanzaban hacia él a lo largo de las filas de bidones de
desperdicios que ocupaban la parte trasera de
las casas.
Súbitamente, se movió una sombra.
Spane sintió una sacudida en el hombro cuando se
movió para llevarse su otra mano a la frente, pero y a no estaba allí. «
¡Maldita sea!» , murmuró silenciosamente en algún punto situado entre la ácida
respiración y las turbulentas aguas de su inconsciente. Pero su cuerpo nunca
olvidaría, y él lo sabía. Moriría tratando de alcanzar algo que no estaba allí,
alcanzar algo con un brazo que y a no existía.
Excepto en los negros espacios de su memoria.
—¡Eh, tú!
Se frotó los cerrados ojos mientras el sudor
goteaba desde las arrugas como sucias gotas. « Concéntrate.» Tenía que saberlo.
Había llegado hasta allí, casi tres millas a través de la ciudad, y a pie, y
ahora tenía que saberlo.
La sombra saltó
desde el muro que había entre dos bidones
de basura. El viejo entornó
los ojos un instante para ver aquella figura
que, como un murciélago, agitaba los brazos.
Cerró con fuerza los ojos, como si crispase ambos
puños. ¡Tenía que estar
seguro! La visión momentánea había sido
débil, atravesando la ciudad, y ahora, si
estaba en lo cierto, si por fin le había encontrado, sentiría
saltar aquella
chispa en aquel lugar especial que
había en la parte posterior de su cerebro, donde siempre la
sentía cuando estaba seguro, y entonces « lo sabría» .
—¡Ehhh!
Una mano le agarró repentinamente.
Tembló tratando de desembarazarse de ella. « ¡No
debo perder este pensamiento!» Sus temblorosas mejillas protestaron antes de
que sus labios pudiesen formar las palabras: « No… debo perderlo… ahora» .
—¡Hola, viejo!
Unos pies que se arrastraban se detuvieron a su
espalda, y la mano fuerte y poderosa le agarró por el cuello.
El puño de Spane soltó la muleta y golpeó la
noche ante él, frente a su rostro, a la vez que lanzaba
un gruñido animal que surgió desde lo más profundo de
su garganta.
La anciana dio un rodeo
para situarse frente a él cuando Spane vacilaba
intentando de nuevo asir su muleta. La mano de
la mujer no abandonó su cuello y le sostuvo en pie.
Hubo un temblor de carne cuando su rostro
se serenó repentinamente, y al fin pudo
ver mejor y escuchar el sonido de los cláxones de los
automóviles en las calles de la ciudad, más allá
del callejón. Su respiración
fue más normal, cayendo en la resignación.
—¡Me has hecho « perderlo» ! —gruñó.
—Vamos.
El voluminoso cuerpo de
la mujer se volvió y
la carnosa mano y el cuello que sostenía
se volvieron con ella, impidiendo a Spane ver
las sombras del callejón.
Se daba cuenta de que le guiaban
subiendo los rajados escalones de piedra de la entrada
posterior de un bar, y en aquel momento la
punzante podredumbre de la mujer le envolvió
totalmente, superando incluso el olor de su propia y fétida
respiración. Pero él conocía los olores dulces
del bar, tan
bien como si fuesen suyos, y no oyó el
crujir de los tablones del vestíbulo por donde la mujer le
llevaba, ni tampoco se le ocurrió pensar en las intenciones
de la mujer, y a que él las
conocía perfectamente bien y éstas eran cosas
que para él no tenían
la menor importancia. Pensaba, con abrumadora melancolía, solamente en su presa, en lo
que había dejado escapar allí atrás, en el callejón.
La mujer le llevó hacia la izquierda y
luego a la derecha, a lo largo del pasillo que olía débilmente a
orina. Luego le soltó y le empujó hacia
una silla de madera.
—Ahora…
La mujer se dejó caer en su desvencijada silla, al
otro lado de la mesa, frente
a él, al mismo tiempo que la puerta de
entrada aún se movía a impulsos del viento.
—Cuéntame sobre los rockets… y sobre la gente.
Spane sintió que crujían las
articulaciones de su espalda cuando se irguió para protestar,
y para irse, pero entonces
su cuerpo se aflojó y
decidió acompañar a la mujer, al menos durante
un rato. Vio cómo la mano de ella se
introducía bajo su distendido jersey para alcanzar la
botella. Escuchó voces femeninas de los cercanos cuartos
y el ritmo de la música electrónica que procedía
del piso de más abajo, y suspiró hondo,
apoyándose en su sucio brazo y sobre
la cochambrosa mesa donde lo apoyaba. La mujer era demasiado poderosa para luchar
con ella. Cerró los ojos y sintió que su mente
retrocedía en el espacio
cuando el vino atravesó su cuerpo.
Pero se repuso a tiempo. Cuando alzó la cabeza,
Zenna estaba llenando de nuevo los vasos de plástico que había sobre la mesa.
Sin embargo, él sabía que aquella noche
no debía beber más. No hasta que hubiese hecho lo que
tenía que hacer. Para ello había recorrido
aquel largo camino. Esperaría, simulando beber con
ella, hasta que ella cayera dormida, como siempre
hacía, y entonces él descendería por las escaleras.
—¿Bien…?
La mujer dejó un vaso
de whisky barato en su mano. Al
percibir el fuerte aroma del
licor, él comenzó a ponerse en pie.
Al mismo tiempo, sus ojos quedaron prendidos,
cuando volvió
la cabeza, por el espectáculo que ofrecía el cielo
nocturno desde la ventana de aquel segundo piso. Y allí estaban
las estrellas. Durante un momento recordó el aspecto que tenían
las estrellas desde el
« Deneb» ,
y parpadeó, sintiéndose un
tanto relajado ante el pensamiento de contarle a ella, o a
cualquiera, lo que había sido aquello. Saturno: sobre Minas con sus círculos
cortando el cielo. O cómo era Deimos, o Phobos.
Pero él sabía que ella
no deseaba oír nada de aquellas
cosas, realmente no… Y la gente, había dicho ella.
Eso era lo que siempre decía ella.
No importaba
las veces que él le hablase sobre
la catástrofe, porque
ella jamás se cansaba de escucharle una y otra
vez: la colisión partiendo a las dos naves casi por la mitad, y los
supervivientes retorciéndose libremente en el espacio, girando
sobre sí mismos como muñecos cósmicos en todas
direcciones, mientras que su oxígeno se consumía lentamente
y eran arrastrados hacia algún increíble y extraño sol.
Los que
tenían trajes espaciales. Sí, aquello era lo que
a ella le gustaba más escuchar, y él estaba seguro de
esto. Era la forma en que
los menos afortunados en aquel horrible instante,
cuando la coraza protectora de
las naves se hizo pedazos y la noche les
alcanzó en una milésima de segundo…, aquello era lo que
ella deseaba escuchar, por supuesto,
y él sentía en aquel instante que todo
su cuerpo quedaba como abrumado por una ola
de náuseas.
Tomó
asiento, fijando sus ojos en la calle, cuando un
único pensamiento quedó fijado en aquella estancia
y en aquella desagradable mujer.
No había olvidado.
La miró fatigosamente. La mujer y a estaba
sirviendo otra ración de licor.
—Toma…, bebe… Bebamos por tu felicidad.
Cuando él no se movió, ella miró en dirección a su
vacío hombro, que se hallaba más cerca del vaso que su brazo derecho, y añadió:
—Tienes que olvidar todo eso, y a lo sabes.
Los ojos del hombre, unos ojos
enrojecidos y cansados, se entornaron. Desde la parte baja del
piso llegaba el ruido de la música de baile, y el pie de
Zenna comenzó a golpear sobre los tablones del pavimento
siguiendo el ritmo. « Sí —
pensó él sonriendo amargamente—, tengo que olvidarlo
todo, pero, ¿por qué?»
—¿Por qué no me dejas solo?
La pregunta se la hizo tanto a
la mujer como a aquella molestia que sentía allí donde debía
estar su brazo. Hizo un gesto de
dolor, recordando durante un segundo cómo había
ocurrido aquello, al saltar libremente del
« Deneb» , al mismo tiempo que su línea salvavidas
se alejaba en compañía de su brazo todavía
sujeto a ella y a la vez que su traje reventaba y
sus ojos se abrían desmesuradamente con horror
tras el cristal protector. Y durante todo aquel tiempo fue
hundiéndose en la inconsciencia, convirtiéndose los
segundos en eternidades bajo los ray os del
implacable sol, escuchando a través del espacio a
las almas muertas de los otros ciento treinta, gritando
silenciosamente la agonía de los moribundos,
y él también gritando dentro de su
propio cráneo. (Ellos no habían sabido, cuando
le aceptaron las Fuerzas Espaciales de los Estados
Unidos, el paso de su madre a través de la
Hallendorf Barrier, camino de la base de
Venus, en su séptimo mes, ni de la proyección que así
había estimulado el desarrollo de la parte posterior de
su cerebro. Más tarde, cuando se
descubrieron al azar los niños, en su fantástico talento,
se bautizaría con un
nuevo nombre al telepoder, el Barrier declarado lugar
prohibido « hasta un nuevo estudio» , y los médicos
comenzarían su inútil intento de buscar el rastro de
los miles de niños nacidos en la base. Ahora, con una
segunda generación y a inminente, permitirían que se debilitaran
sus mentes. Pero no Spane, él conocía
aquella maldición y no la olvidaría.)
Los nervios de su hombro sufrieron un espasmo
cuando pensó olvidarlo por
billonésima vez en veinte años… « ¡No tengo derecho
a olvidarlo! ¡No puedo permitirme el olvidar!» Ni siquiera aunque lo deseara…
Y, justamente en aquel instante, sintió que
saltaba una chispa en algún punto de la parte posterior
de su cerebro, y supo
que jamás sería capaz de olvidar.
—Tú…, viejo…, eres un veterano… Sabes que el
Gobierno pagará para arreglarte ese brazo tuy o. ¿Por qué no…?
Spane cerró los ojos con fuerza.
La luz le hirió en su interior.
Ahora y a no trataba de concentrarse, sino de
soportar la señal que ascendía agudamente en espiral al taladrar la parte
posterior de su cerebro.
Lo había encontrado al fin. La presencia del otro
era tan intensa…
—Te pondrás bien…
Su mentón se ciñó al pecho cuando el esfuerzo
mental presionó con más profundidad, una ultrafrecuencia que solamente él podía
escuchar, y luego se esfumó. Pero la involuntaria señal del otro había sido y a
recibida. Su cabeza y mente volvieron a la superficie. Se dio cuenta una vez
más del ritmo que sonaba bajo sus pies.
—Te pagarán ese estropicio…
Las palabras que estaba pronunciando
la mujer, y que le hubiesen encolerizado hacía
unos momentos, ahora sonaban con tono
que él escuchaba con enorme indiferencia.
Cogió la esquina de la mesa entre su dedo pulgar e
índice y echó la silla hacia atrás, buscando su muleta.
—Ahora, tú… debes seguir lamentándolo por ti…
La mujer hablaba con tono
de borracha y
sus ojos se clavaban fijamente en la sucia
superficie de la mesa, al mismo tiempo que sus gruesos
dedos acariciaban incesantemente su vaso.
Spane apoy ó el extremo de su muleta sobre los
tablones del pavimento y avanzó hacia la puerta.
—¡Eh! Un minuto…, aún no has terminado… Spane logró
entreabrir la puerta.
—Ni siquiera has empezado… No me has contado nada
sobre aquellas personas…
El rostro de la mujer se
contorsionó en surcos de carne en pliegues y
añadió al cabo de un silencio:
—¡Sí…! Eso es lo que
quiero escuchar, quiero oír algo más acerca de
aquellos tipos nadando como peces en la oscuridad…
El vaso de la mujer se volcó sobre la mesa.
Spane se hallaba casi en el
umbral de la puerta. La mujer logró
ponerse en pie y avanzó vacilando. Sus rollizos
brazos lucharon para sostenerse
entre el borde de la puerta y la pared, y
cuando hizo un nuevo intento de dar otro paso, solamente la mitad de
su cuerpo pudo salir al vestíbulo.
Apoy ándose contra la pared, Spane gruñó algo
ininteligible y alzó la muleta, amenazando a la mujer. Abrió la boca y bramó
coléricamente:
—¡Zenna!
La mujer le miró
desmayadamente. Su atención
se redujo totalmente, al igual que sus fuerzas
físicas, cuando cayó lentamente al suelo, murmurando:
—Sí… ¿Quién te necesita? De todas maneras, eres un
viejo inútil.
Probablemente, jamás has
estado en tu vida a bordo de un proyectil… Sí…, desde
luego que sí…
El hombre se volvió cuando la mujer escupió hacia
él. Luego, reanudó su camino hacia las escaleras.
—Sí… —dijo la mujer, a la vez que su voz se perdía
y a en el interior de la estancia—. ¡Al diablo contigo!
Y, cuando se cerró la puerta, la mujer lanzó su
última exclamación:
—¡Vete al infierno!
Spane inclinó
la cabeza, respirando pesadamente, y reanudó su avance hacia
la puerta trasera del edificio.
Dos soldados pasaron por su lado,
conducidos por dos muchachas que ansiaban que
los hombres subiesen la escalera.
Spane no alzó la cabeza, sino que continuó
prestando atención a su propio avance, hasta que tropezaron con él
deliberadamente.
—Bien… ¡Miren quién ha venido
por más…! —gritó una de
las muchachas por encima del ruido de la
música sintética.
La muchacha combó una cadera, apoyando una mano
sobre ella, y luego se movió insolentemente, cruzando ambos brazos sobre sus
generosos senos, añadiendo:
—¡Es Spane, el cojo!
—Vamos, Rena —dijo la otra muchacha, a la vez que
empujaba a su joven soldado hacia arriba.
Spane vio la insignia de las FEUSA sobre sus
uniformes y, repentinamente, sintió una enorme melancolía en su interior.
—¿Y qué le parece a Spane
si hace un poco el amor…? Apuesto a que tu Zenna
aprendió más de dos cosas con esa muleta tuya…
La muchacha se arrojó sobre él, murmurando palabras
obscenas, simulando ofrecerle sus brazos y la barata fragancia que despedía su
chillón vestido de profesional.
Spane sintió una enorme repugnancia, y
un amargo agradecimiento por haber podido
lograr el bloqueo de sus pensamientos y los
de Zenna, así como los pensamientos de
los demás, los de las masas de no telépatas que le rodeaban. Había
costado años, pero su cerebro había desarrollado una
especie de costra para protegerse a
sí mismo tras aquel horror del consciente
flotando con los restos de las naves en el asteroide
Marte-Júpiter, recibiendo la muerte de cada uno
de los demás como si fuese la suy a propia. Pero no
volvería a ocurrir más.
Apartó a la muchacha con su brazo derecho y avanzó
hacia el exterior.
Se desvanecieron tanto la risa de la muchacha como
la cacofonía de los ritmos del baile, cuando de nuevo oyó el siseo
de los neumáticos de los automóviles que rodaban sobre las húmedas calles.
Una ráfaga de viento le azotó y sintió que la
neblina se fijaba en sus ojos.
Vaciló un instante.
Y allí…
Allí, en la oscuridad, distinguió un movimiento.
Dio un paso.
Cojeando.
Súbitamente, sonó el ruido de un bidón
que se volcaba. Spane enfocó su mente.
Algo saltó al callejón, y su silueta
se recortó bajo la luz de los faros de
un coche que pasaba de largo.
¡Aaaaahhhhh!
Se esforzó más la mente de
Spane. Era la señal de una mente como la suy a, que no
podía cerrar.
¡Aaaaay y y y y !
Hizo un esfuerzo para dar otro paso. Forzó sus ojos
en la oscuridad, y entonces…
Sonó un fuerte siseo.
Pasaba otro coche por la calle,
y allí, durante un instante, reflejando chispas
de luz, estaban los ojos aterrorizados de…
Spane dio otro paso más.
« ¡Dios! —pensó Spane—. Los ojos… son muy pequeños
esta vez.»
La figura se quedó congelada como un gato
sorprendido. Los ojos se cerraron.
« Espera.»
Spane pronunció la palabra mentalmente. Dio dos
pasos más.
Era solamente un muchacho que no tendría más de
ocho o nueve años.
« Mira» , pensó Spane. Vio los cautelosos
movimientos, como los de un gato atemorizado, una criatura supersensible, con
sentidos tan agudos, que había aprendido a evitar a la gente, a la gente cruel,
con sus vicios y pensamientos de horror.
El muchacho le miró, confundido. Tenía subido el cuello
de piel de su chaqueta y en una
enguantada mano sostenía la pelota de caucho con
la que estaba jugando. Se abrió su boca, pero de
su garganta no surgió ningún sonido, claramente inseguro sobre lo que
debía hacer al enfrentarse a otro igual por vez primera
en su vida joven.
« No temas.»
« Mira —pensó Spane—, y a aprendió que debe evitar
las calles, las multitudes, su propia casa y
a la gente que no piensa y que
vive en ella. Pero,
¿sabe él lo que
le sucederá, cómo va a ser aquello? Todos los días
hay un incendio, un accidente en la cercana
carretera, la agonía de la disputa de
dos enamorados borrachos que termina a
cuchilladas o en algo aún peor, y cada vez,
cada
momento, un hombre es golpeado y dejado que se
desangre en un callejón como éste…, o un
bebé muere chillando en un baño de agua hirviendo,
o nace… a cada minuto,
a cada minuto él será esa persona. Sabrá antes
de que tenga catorce años lo que es ser
un hombre que sufre hasta el extremo de pedir que
le maten para acabar con sus sufrimientos.
Y él no podrá detener el proceso. Algún día
podrá aprender a cerrar su mente, pero eso
le costará años y más años. Y por entonces y a se habrá vuelto loco.»
El muchacho le miró y sobre sus
helados labios pareció esbozarse una sonrisa.
« ¡Eh, señor! —pensó—. ¿Quiere usted jugar
conmigo?» Spane se detuvo a reflexionar.
« No sabe lo que es, porque si lo supiera se
mataría.»
Entonces, experimentando un intolerable
aburrimiento, avanzó hacia el muchacho.
Contuvo la respiración durante un largo minuto.
Entonces…
Alzó su muleta en la noche y la hizo descender con
todas sus fuerzas y tantas veces como pudo.
E inmediatamente… los pensamientos del muchacho se
desvanecieron. Spane miró hacia el cielo de la noche. Sintió que entrechocaban
sus dientes.
« Y aquél también —pensó—, aquél también.»
Y a continuación, el suave siseo del
tráfico sonó tan lejos de él que
fue como el suave ruido de una marea que tuviese
lugar en alejadas costas, y dejando que la luz de las
distantes estrellas
se reflejara sobre el húmedo pavimento y sobre la
inmóvil figura que allí abandonaba, Spane se fue a casa.

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