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Libro N° 8995. El Conflicto. Varshavsky, Ily A.

 


© Libro N° 8995. El Conflicto. Varshavsky, Ily A. Emancipación. Agosto 28 de 2021.

Título original: ©  El Conflicto. Ily A Varshavsky

 

Versión Original: © El Conflicto. Ily A Varshavsky

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://solocienciaficcion.blogspot.com/2020/08/el-conflicto-ily-varshavsky.html

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL CONFLICTO

Ily A Varshavsky

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Conflicto

Ily A Varshavsky

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL CONFLICTO

 

Ily a Varshavsky 

 

Ilya Varshavsky, escritor satírico y humorista soviético, ha publicado más de sesenta relatos de SF, y es relativamente conocido por los aficionados hispanoparlantes a través de su libro El café molecular, colección de relatos publicada en Moscú en lengua castellana.

Su breve relato El conflicto plantea una vez más el problema —ya clásico en la SF mundial— del enfrentamiento hombre-máquina, esta vez en el plano mismo de la intimidad familiar.

 

 



 

 

 

 

—¡Vaya!… Parece que hemos estado llorando, ¿qué ha pasado?

Martha apartó la mano que su esposo acababa de colocar bajo su barbilla y, todavía con la cabeza baja, contestó:

—Nada…, no ha ocurrido nada, simplemente me sentía un poco deprimida.

—¿Tiene eso algo que ver con Eric?

—¡Oh, no! Es un niño ideal. Producto muy valioso de una educación mecánica. Con una niñera como la que tiene, Eric jamás presentará a sus padres ningún problema.

—¿Está dormido?

—Ya se le relató el habitual cuento antes de acostarse… Hace unos diez minutos entró en su habitación. Estaba sentado en el lecho, rojo de excitación, mirando con gesto de adoración a su muy amada Cy bella. Al principio  ni  siquiera se dio cuenta de que estaba y o allí. Pero cuando me acerqué para darle  un beso, me apartó con sus dos manitos, como si tratara de decirme que esperase hasta que el cuento acabara. Por supuesto, una madre no es una máquina electrónica; puede esperar.

—¿Qué hizo Cybella?

—Bien, Cybella se portó como siempre, encantadora, inteligente, con la cabeza bien firme. Dijo: « Eric, da a tu madre, con la que estás unido por lazos de sangre, el beso de la noche. ¿No recuerdas lo que te conté acerca de la división   de cromosomas?»

—¿Por qué odias tanto a Cybella?

Los ojos de Martha se llenaron de lágrimas.

—¡Ya no puedo soportarlo más, Luff! —exclamó—. ¡Por  favor, compréndelo! ¡A cada paso que doy, siento siempre sobre mí la superioridad de esa máquina racional! Apenas transcurre un día sin que  ella  haga  alguna  cosa que resalte mi inferioridad. ¡Por favor, haz algo! ¿Por qué tienen que ser tan inteligentes esas horribles máquinas? ¿Acaso no pueden realizar  todas sus tareas sin esa inteligencia? ¿Quién necesita eso?

—Es algo que nosotros no podemos cambiar. Las ley es de la autoorganización son las responsables. No podemos hacer nada en lo que se refiere a  sus  tendencias individuales y, ni siquiera, por muy lamentable que sea, en lo que



concierne a su genio. ¿Quieres que solicite otro robot?

—Desgraciadamente no se puede ni soñar con eso, porque  Eric  simplemente la ama. Si pudiésemos hacer algo para que esa máquina fuese más estúpida, creo que entonces las cosas serían más fáciles para mí.

—¡Pero eso sería un crimen! ¡Ya sabes que la ley ha convertido a los robots pensantes en iguales al hombre!

—Entonces, háblale tú. Hoy me ha dicho una cosa tan terrible que ni siquiera supe cómo responder. Me sentí como perdida. No, ¡y a no puedo soportar por más tiempo esta humillación!

—¡Silencio! Ahí viene… Procura reponerte.

—¡Hola, patrón!

—¿Qué es eso, Cy bella? Seguramente sabrás que una máquina A-1 no  emplea ese vocablo.

—Bien, ¿sabe usted? Creí que a Martha le gustaría. Ella siempre está haciendo hincapié sobre la diferencia que existe entre el Señor de la creación y  una  máquina fabricada por el hombre.

Martha se llevó un pañuelo a los ojos y salió corriendo de la habitación.

—¿Eso es todo? —preguntó Cybella.

—Sí, puedes irte.

Unos diez minutos más tarde, Luff entró en la cocina.

—¿Qué haces ahora, Cybella?

Con movimientos mesurados, Cybella extrajo un carrete  de  microfilme desde un receptáculo que se abría en su sien.

—Estaba estudiando pintura flamenca. Mañana es mi día libre y me gustaría ver a mi descendiente. Sus profesores dicen que tiene talento para  pintar. Pero  me temo que en el pensionado donde estudia arte no le enseñarán lo suficiente. Quiero compensar eso en mis días libres.

—¿Qué sucedió hoy entre Martha y tú?

—Nada especial. Estaba y o limpiando la mesa por la mañana  cuando, por pura casualidad, vi una de las páginas de su tesis y me di cuenta de que había dos errores en la fórmula del ácido nucleico. Hubiese sido estúpido por mi parte no decírselo a Martha. Simplemente, quise ayudarla.

—Y después, ¿qué sucedió?

—Comenzó a llorar y dijo que ella era un ser humano y no un robot, y  que tener al lado a una máquina sermoneándola todo el tiempo era una cosa tan desagradable como besar a una nevera.

—Y tú, por supuesto, contestarías algo, ¿no?

—Sí, dije que si ella pudiese  satisfacer  sus instintos de  procreación mediante la ayuda de una nevera, quizá no resultara tan desagradable besar a tal aparato.

—Comprendo. Pero no fue muy amable por tu parte mencionar eso de los instintos.



—No quise herir sus sentimientos. Sencillamente, traté de  hacerle  ver  que todo es relativo.

—Por favor, ten un poco más de tacto con Martha. Se siente muy ofendida.

—Sí, patrón.

Luff frunció el ceño al oír la palabra « patrón» . Abandonó la estancia y se dirigió al dormitorio.

Martha estaba dormida, con el rostro oculto en la almohada. De  vez  en cuando suspiraba profundamente.

No deseando despertarla, Luff se aproximó de puntillas hasta un  diván cercano y allí se tendió.

Se sentía profundamente disgustado.

Mientras tanto, en la cocina, Cybella estaba pensando, y no por vez primera, que aquel permanente contacto con los seres humanos estaba haciéndose  cada vez más insoportable. Que nadie podía esperar que las máquinas, y a mucho más inteligentes que el hombre, estuviesen siempre expresándose en términos  de eterna gratitud hacia sus creadores.

Por supuesto, Cybella también pensaba que, de no ser por el afecto maternal que sentía hacia el pequeño descendiente, que sólo la tenía a ella en el mundo, gustosamente se habría arrojado por la ventana de aquel vigésimo piso.

 

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