© Libro N° 8994. Usted Lo Recordará Perfectamente. Dick, Philip K. Emancipación. Agosto 28 de 2021.
Título
original: © Usted Lo Recordará
Perfectamente. Philip K. Dick
Versión Original: © Usted Lo Recordará Perfectamente.
Philip K. Dick
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USTED LO RECORDARÁ PERFECTAMENTE
Philip K. Dick
Usted Lo Recordará
Perfectamente
Philip K. Dick
USTED
LO RECORDARÁ PERFECTAMENTE
Philip
K. Dick
P. K. Dick es una de las
personalidades más curiosas de la SF americana. El alambicado barroquismo de
muchas de sus narraciones contrasta con su condición de budista Zen, y sus
brillantes ideas se le escapan a menudo de las manos para
perderse en la maraña de sus laberínticas tramas.
Dick es un inspirado constructor de
pesadillas, emparentado en cierto modo con los escritores pánicos. Su
especialidad es rizar el rizo… y dejarse cabos sueltos, que
suelen irritar al lector riguroso.
Usted lo recordará perfectamente, sin embargo,
no adolece de la incoherencia característica de otras narraciones
de Dick, sin que por ello resulte menos original y sorprendente.
Philip K. Dick
obtuvo en 1963 el premio Hugo (especie de Oscar
de la SF) por su novela The
Man in the Hight Castle, interesante ucronía en la
que se describe el mundo
tal como el autor supone que sería si los nazis hubieran ganado
la Segunda Guerra Mundial.
Despertó… y deseó Marte.
Pensó en los valles. ¿Qué se
sentiría al caminar por ellos?
Creciendo incesantemente, el sueño
fue en aumento a medida que recuperaba sus
sentidos: el sueño y el ansia. Casi llegaba a sentir
la abrumadora presencia del otro mundo, que solamente habían visto
los agentes del Gobierno y los altos
funcionarios. ¿Y un empleado como él? No,
no era probable.
—¿Te levantas o no? —preguntó su esposa
Kirsten, con tono soñoliento y con su nota habitual
de malhumor—. Si estás y a
levantado, oprime el botón del café caliente en
el maldito horno.
—Está bien —respondió Douglas Quail.
Descalzo, se dirigió desde el dormitorio
a la cocina. Allí, tras haber hecho presión, obedientemente,
sobre el botón del café caliente, tomó asiento ante
la mesa, extrajo un recipiente pequeño, de color amarillo, de
buen Dean Swift. Inhaló profundamente y la mezcla
Beau Nash le produjo picor en la nariz y al
mismo tiempo le quemó el paladar. Pero continuó
inhalando; el producto le despertó y permitió que sus
sueños, sus nocturnos deseos, sus
ansias esporádicas se condensaran en algo parecido a
la racionalidad.
« Iré —se dijo a sí mismo—. Antes de morir, veré
Marte.»
Por supuesto, era imposible, y aun
soñando, esto lo sabía muy bien. Pero la luz
del día, el ruido habitual que hacía su
esposa al cepillarse el cabello ante el espejo del
tocador…, todas las cosas conspiraron
repentinamente para recordarle lo que él era.
« Un miserable empleado asalariado»
, se dijo con amargura. Kirsten le recordaba tal
circunstancia por lo menos una vez al día,
y él no la culpaba por ello; era una labor de
esposa lograr que el marido asentara los
pies firmemente sobre la tierra. En la Tierra, pensó, y
se echó a reír. La frase le hacía gracia.
—¿En qué estás pensando? —preguntó la esposa,
cuando entró en la
cocina arrastrando por el suelo un extremo de su
larga bata color rosa—. Apuesto a que estás soñando de nuevo.
Estarás en las nubes, como siempre. Tienes la cabeza
llena de pájaros.
—Sí —respondió él, mirando por la
ventana de la cocina
hacia los taxis aéreos y demás artilugios
volantes, así como a la gente que se apresuraba para
acudir a su trabajo. Al cabo de un rato, también él
estaría entre todas aquellas personas. Como siempre.
—Apuesto a que tus sueños tienen algo que ver con
alguna mujer —dijo Kirsten, sonrojándose.
—No —contestó—. Con un dios. Con el Dios de la
Guerra. Tiene maravillosos cráteres y en sus profundidades crece toda clase de
vida vegetal.
—Escucha —dijo Kirsten,
agachándose a su lado
y hablando calurosamente, a la vez que abandonaba por unos
instantes el tono normal y áspero de su
voz—. El fondo del océano… «
nuestro» océano, es infinitamente más bello. Lo sabes
bien; todo el mundo lo sabe. Alquila para los dos un
equipo de branquias artificiales, pide
una semana de permiso en el
trabajo y podremos sumergirnos y vivir en uno de esos
maravillosos lugares de recreo acuáticos que están abiertos
todo el año. Y además…
La mujer se detuvo y añadió tras una breve pausa:
—No me escuchas. Deberías
hacerlo. Eso es mucho mejor que tu obsesión por
Marte. ¡Ni siquiera me escuchas! ¡Cielo santo! ¡Estás
condenado, Doug!
¿Qué va a ser de ti?
—Me voy a trabajar —dijo él, poniéndose en pie y
olvidándose del desayuno
—. Eso es lo que va a ser de mí.
La esposa lo miró con expresión dubitativa y dijo:
—Cada día
estás peor, más y más fantástico. ¿Adónde te va
a llevar todo esto?
—A Marte —contestó, abriendo la puerta del armario
para tomar una camisa limpia.
Tras haber descendido del taxi, Douglas
Quail caminó lentamente a través de
tres abarrotadas calzadas especiales para peatones,
dirigiéndose hacia aquel umbral moderno y atractivo. Allí
se detuvo contemplando el tráfico de media mañana y
con suma calma ley ó el rótulo de
neón. Ya en el pasado lo había leído muchas veces,
pero nunca desde tan cerca. Esto era diferente. Lo que hacía ahora era algo más. Algo
que más pronto o más tarde tenía que suceder.
REKAL, INCORPORATED
¿Era ésta la respuesta? Después de todo, sólo era
una ilusión, quizá muy convincente, pero no dejaba por ello de serlo. Al menos
objetivamente. Pero subjetivamente…, todo lo contrario.
Y, de todas maneras, en los siguientes cinco
minutos tenía una cita.
Respirando profundamente cierta cantidad del aire
medio envenenado de Chicago, atravesó a continuación el policromo umbral y se
acercó hasta el mostrador de la recepcionista.
La rubia y bella muchacha del mostrador, de
atractivos senos desnudos e impecablemente ataviada, le saludó con suma
simpatía:
—Buenos días, señor Quail.
—Sí —replicó él—. Estoy
aquí para tratar acerca de un
tratamiento Rekal, como usted sabe.
—Por supuesto —dijo la recepcionista, tomando un
pequeño auricular que había a su lado.
Luego anunció:
—El señor Douglas está aquí, señor McClane.
¿Puede entrar ahora, o es demasiado pronto?
Surgieron del auricular unos extraños sonidos.
—Sí, señor Quail —dijo la joven—. Puede usted
entrar; el señor McClane le está esperando.
Al avanzar el señor Quail con ciertas dudas, la
muchacha le advirtió:
—Habitación D, señor Quail. A su derecha.
Durante unos
instantes crey ó haberse perdido, pero pronto
encontró la habitación indicada. Se abrió la
puerta automáticamente. Tras una enorme mesa de
despacho, se hallaba un hombre de mediana edad, de
aspecto afable y ataviado con
un traje gris marciano de piel
de rana; solamente aquel atavío hubiese sido
suficiente para indicar a Quail que acababa de acudir a
visitar a la persona más adecuada.
—Siéntese, Douglas —dijo McClane, señalando con
una mano regordeta hacia una silla que
había frente a su mesa de
despacho—. ¿De manera que desearía ir a Marte?
Muy bien.
Quail tomó asiento, sintiéndose muy nervioso.
—No estoy muy seguro de que esto valga la pena
—dijo—. Cuesta mucho y realmente tengo la impresión de que no conseguiré nada.
« Cuesta tanto como ir allá» , pensó.
—Usted tendrá la prueba tangible de
su viaje —aseguró enfáticamente el señor
McClane—. Todas las pruebas que necesite. Vea usted esto.
El hombre revolvió en un cajón de
su impresionante mesa, y del interior de
un gran sobre color marrón, extrajo una pequeña
cartulina impresa en relieve.
—Se trata de un billete
de viaje. Demuestra que usted
ha hecho el viaje de ida y vuelta. Postales…
Sobre la mesa extendió cuatro fotografías
tridimensionales a todo color, para que Quail las viese. Luego añadió:
—Película. Fotografías que usted tomó de algunos
lugares típicos de Marte con una cámara de
cine alquilada…
Mostró las fotos a Quail y continuó:
—… Más los nombres de las personas que ha
conocido usted, objetos de recuerdo que llegarán de Marte en
el mes próximo, y pasaporte, certificados
de las vacunas que se le hayan puesto, y algunos
detalles más.
El hombre guardó silencio y miró agudamente a
Quail. Luego, añadió:
—Sabrá usted que ha viajado, que ha ido
allá. No nos recordará a nosotros, ni a mí, ni
siquiera el haber estado aquí.
Será en su mente un verdadero viaje, le
garantizamos eso.
Dos semanas completas de recuerdos hasta
su más mínimo detalle. Y no olvide esto: si alguna vez duda
usted de realmente haber hecho el viaje a Marte, puede
volver aquí y se le devolverá la cantidad cobrada,
íntegramente. ¿Se da cuenta?
—Pero no habré ido —dijo Quail—. No habré ido, por
muchas pruebas que ustedes me den de tal cosa.
Quail lanzó un profundo suspiro y añadió tras una
breve pausa:
—Y jamás habré sido un agente secreto de la
Interplan.
Le parecía imposible que el fabuloso recuerdo que
iny ectaba Rekal pudiese desarrollar aquella labor…, a pesar de lo que había
oído decir a la gente.
—Señor Quail
—dijo pacientemente McClane—. Como usted mismo nos
explicó en su carta, no tiene oportunidad, ni
la más ligera posibilidad de ir alguna vez a Marte; no puede usted
permitírselo, y lo que es mucho más importante, nunca podrá
usted llegar a ser un agente secreto para Interplan
ni para nadie. No puede serlo ni
lo será jamás. Esta es la única forma de
alcanzar…, bien, el sueño de su vida, ¿no tengo
razón, señor?
McClane cloqueó con la garganta y añadió:
—Pero puede « haberlo sido y haberlo hecho» . Nos
preocuparemos a fin que así sea. Y nuestros honorarios son muy razonables.
Tras pronunciar sus últimas palabras, McClane
sonrió animadamente.
—¿Es tan convincente ese recuerdo inyectable?
—preguntó Quail.
—Mucho más que la realidad,
señor. Si de verdad hubiese usted ido a
Marte como agente de la Interplan, ahora habría
olvidado muchas cosas; nuestro análisis sobre
los sistemas de
la verdadera memoria (auténticos recuerdos de
principales acontecimientos de la vida
de una persona) demuestran que siempre se
pierden muchos detalles, detalles que se olvidan y
que jamás vuelven a recordarse. Parte de lo que
le ofrecemos es que todo cuanto «
plantemos» en su memoria jamás lo olvidará. La serie
de imágenes e ideas que se le inyectarán cuando esté
usted en estado de
inconsciencia es la creación de grandes expertos, hombres que
han pasado años en Marte. En cada caso verificamos los
detalles en forma realmente exhaustiva. Aparte que ha
elegido usted un sistema muy fácil
para nosotros; si hubiese usted deseado ser Emperador de la Alianza de Planetas
Interiores o hubiera elegido
Plutón para su viaje, hubiésemos
tenido muchas más dificultades…, y, por supuesto, los honorarios
habrían sido también muy superiores.
Llevándose
una mano al bolsillo interior de su chaqueta para
extraer la cartera, Quail dijo:
—Está bien. Ha sido la ambición de
toda mi vida, y sé
que realmente nunca la conseguiré.
De manera que imagino
que tendré que aceptar esto.
—No piense de esa forma —dijo McClane,
severamente—. No está usted aceptando lo que podríamos llamar un segundo plato.
El recuerdo real con todas sus vaguedades, omisiones, por no citar también sus
distorsiones, sí que es en realidad un segundo plato.
McClane aceptó el dinero y oprimió
un botón que había sobre su mesa. Luego, cuando se
abrió la puerta para dar paso a dos hombres fornidos,
añadió:
—Está bien, señor Quail. Irá usted a Marte como
agente secreto.
McClane se
levantó, estrechó la mano de Quail, húmeda a
causa de los nervios, y concluyó:
—O mejor dicho, y a está usted en camino. Esta
tarde a las cuatro y media regresará a la Tierra; un taxi le llevará hasta su
vivienda, y como y a le he dicho, nunca recordará haberme visto o haber venido
aquí; en realidad, ni siquiera sabrá algo de nuestra existencia.
Con la boca reseca por el nerviosismo, Quail siguió
a los dos técnicos; lo que sucediese a continuación dependería de ellos.
« ¿Llegaré
a creer que realmente estuve en Marte? —se
preguntó—. ¿Llegaré a estar seguro
de haber logrado al fin la ambición de
toda mi vida?»
Quail intuía que
algo, sin saber por qué, saldría mal. Pero ignoraba
de qué podía tratarse.
Tendría que esperar para saberlo.
El aparato de comunicación interior
de McClane, que
le conectaba con el área de trabajo de
la firma, sonó, y dijo una voz:
—El señor Quail está en este momento bajo los
efectos sedantes, señor.
¿Quiere usted supervisar esta operación, o seguimos
adelante?
—Es de rutina —observó McClane—. Puede usted
continuar, Lowe; no creo que tenga usted ninguna dificultad.
La programación del recuerdo artificial
de un viaje a otro planeta —con o sin la adición de ser
agente secreto— se realizaba en la firma con
monótona regularidad. En un solo mes, McClane calculaba
que probablemente se llevarían
a cabo unas
veinte veces; los viajes interplanetarios artificiales se
habían convertido en pan diario.
—Lo que usted diga, señor McClane —respondió la voz
de Lowe. El aparato de comunicación interior guardó silencio.
Acercándose hasta la sección abovedada de la cámara
situada detrás de su
despacho, McClane buscó un paquete Tres y otro
Sesenta y dos: viaje a Marte; espía secreto-interplanetario. Luego
regresó con ambos paquetes a su mesa de despacho, tomó asiento cómodamente, y
extrajo todo el contenido…, objetos y documentos que se depositarían en la
vivienda de Quail mientras los técnicos del laboratorio se ocupaban en fabricar
el falso recuerdo.
Un localizador de ideas, y McClane pensó que
aunque aquél era el objeto de mayor tamaño,
también era el que les
producía mayores beneficios económicos. Un transmisor tan
diminuto que el agente podría tragárselo si
le capturaban. Libro de claves que se parecía
asombrosamente a uno auténtico…, los modelos de
la firma eran extraordinariamente seguros:
basados, siempre que era posible, sobre
las verdaderas claves de los Estados Unidos. Diversos objetos
que no parecían tener aplicación
alguna, pero que formarían,
al unirse en la memoria de Quail, base sólida sobre su
imaginario viaje: media moneda, y a antigua, de plata, y
con un valor de cincuenta centavos, varias anotaciones de
los sermones de John Donne
escritas incorrectamente, cada una de ellas en un
trozo de papel fino y transparente, varios sobrecitos de cerillas
de bares de Marte, una cuchara de acero inoxidable en la
que se leían grabadas las siguientes palabras:
« Propiedad del Kibutsim Nacional de Marte» , un diminuto
rollo de alambre que…
Sonó, una vez más, el aparato de comunicación
interior.
—Señor McClane,
siento mucho molestarle, pero sucede
algo raro. Quizá fuese mejor que viniese usted
un momento. Quail
está ahora bajo efectos sedantes; reaccionó bien bajo la
narquidrina; está completamente inconsciente, pero…
—Voy ahora mismo.
Intuyendo alguna dificultad seria, McClane abandonó
su despacho. Un momento después aparecía en la zona de trabajo.
Sobre una cama higiénica y acía Douglas Quail,
respirando lenta y regularmente, con los ojos cerrados; parecía enterarse muy
débilmente —sólo débilmente— de la presencia de los dos técnicos y del propio
McClane.
—¿No hay espacio para insertar falsos modelos de
memoria? —interrogó McClane, con irritación—. Será suficiente recurrir a dos
semanas de trabajo; está empleado en la oficina de Emigración de la Costa
Occidental, que es una agencia del Gobierno, y debido a ello, indudablemente
durante el año pasado habrá disfrutado de dos semanas de vacaciones. Repito que
con eso será suficiente.
Los detalles menudos siempre molestaban a McClane.
—Nuestro problema —dijo
Lowe— es algo muy diferente. —Se inclinó sobre
la cama y dijo a Quail—: Repítale al señor McClane lo
que acaba de contarnos.
Los ojos grises del hombre que
y acía boca arriba sobre la cama miraron al rostro de
McClane. Éste los observó con atención. La expresión se
había endurecido y tenían un aspecto inorgánico, pulido, como piedras semipreciosas.
McClane no estaba muy seguro de que le
gustase lo que estaba viendo. Aquel brillo de
los ojos era demasiado frío.
—¿Qué desea usted ahora? —preguntó Quail,
ásperamente—. Salid de aquí antes de que os destroce a todos.
Estudió detenidamente a McClane y añadió:
—Especialmente usted. Sí, está usted a
cargo de esta operación de contraespionaje.
Lowe dijo:
—¿Cuánto tiempo ha estado usted en Marte?
—Un mes —respondió Quail, con el mismo tono.
—¿Y cuál fue su propósito al ir allí? —exigió Lowe.
Los delgados labios de Quail
se retorcieron un tanto, pero no habló.
Finalmente, arrastrando las palabras hasta lograr
que sonaran con evidente acento de
hostilidad, dijo:
—Agente de Interplan. Ya se lo he
dicho. ¿No graba usted todo cuanto se habla?
Ponga en marcha esa cinta grabada para que
la escuche su jefe y déjeme tranquilo.
Cerró los ojos. La dureza de las pupilas se esfumó.
McClane se sintió inmediatamente aliviado.
Lowe dijo calmosamente:
—Éste es un hombre duro, señor McClane.
—No lo será —respondió McClane—. No
lo será cuando de nuevo dispongamos que pierda su eslabón
de memoria. Se mostrará tan
dócil como antes.
Luego añadió, dirigiéndose a Quail:
—¿De manera que ésa era la razón por la que tanto
ansiaba ir a Marte? Sin abrir los ojos, Quail respondió:
—Nunca quise ir a Marte. Me destinaron y no tuve
más remedio que ir.
Confieso que sentía curiosidad por ir. ¿Quién no la
hubiese sentido?
De nuevo abrió los ojos y miró a los tres hombres,
en particular a McClane.
Luego, murmuró:
—Buen suero de la verdad éste que usted tiene aquí.
Me ha hecho recordar cosas que había olvidado completamente.
Hubo un silencio y luego murmuró, como si hablara
para sí:
—¿Y Kirsten? ¿Estaría complicada en todo esto? Un
contacto de Interplan vigilándome…, para tener la seguridad de que y o no
recuperase la memoria…,
¿podría ser? No me extraña que se burlara tanto de
mis deseos de ir allá.
Muy débilmente, Quail sonrió. La sonrisa más bien
de comprensión, se desvaneció casi inmediatamente.
McClane dijo:
—Por favor, créame, señor Quail; hemos tropezado
con esto completamente
por accidente. En el trabajo que realizamos…
—Le creo —respondió Quail.
Este último parecía cansado. La droga
continuaba profundizando más y más en él.
—¿Dónde dije
que había estado? —interrogó—. ¿Marte? Es
difícil recordar. Sé que me gustaría haberlo visto;
y creo que también le gustaría a
todo el mundo. Pero y o…
Su voz se debilitó extraordinariamente, y musitó:
—… Yo, un simple empleado, un empleado que no sirve
para nada… Incorporándose, Lowe dijo a su superior:
—Desea un falso recuerdo que
corresponde a un viaje que realmente ha hecho. Y una
razón falsa que es la verdadera razón. Está diciendo
la verdad; está muy sumido en la narquidrina.
El viaje aparece muy vívido en su mente, al
menos bajo el efecto de los
sedantes. Pero aparentemente no puede recordarlo en estado
de vigilia. Alguien, probablemente en los laboratorios de
ciencias militares del Gobierno, borró sus recuerdos conscientes;
todo cuanto sabía era que ir a Marte
significaba para él algo especial, lo mismo que ser
agente secreto. Eso no pudieron borrarlo;
no es un recuerdo sino un deseo, indudablemente el
mismo que le impulsó a presentarse
voluntario para tal destino.
El otro técnico, Keeler, dijo a McClane:
—¿Qué hacemos? ¿Injertar un modelo de
falso recuerdo sobre el verdadero? No se
puede predecir cuáles serán los resultados.
Podría recordar parte del verdadero viaje, y la confusión
producir un intervalo psicopático. Se vería obligado
a retener dos sujetos
opuestos en su mente y hacerlo
simultáneamente: que fue a Marte
y que no fue. Que es un
auténtico agente de Interplan y que no lo es… Creo
que debemos despertarlo sin realizar ninguna implantación
de falso recuerdo y sacarlo de aquí. Esto es un hierro candente.
—De acuerdo —respondió McClane.
Al asentir a la propuesta de Keeler se le ocurrió
otra idea y preguntó:
—¿Pueden ustedes predecir qué es lo que
recordará cuando salga del estado de estupor?
—Imposible de predecir —respondió Lowe—.
Probablemente albergue, a partir de ahora, algún débil recuerdo de su verdadero
viaje, y también es muy probable que tenga serias dudas sobre su veracidad.
Quizá decida que en nuestra programación hubo un fallo. También podría recordar
haber venido aquí; esto podría borrarse si usted lo desea.
—Cuanto menos nos relacionemos con este hombre,
mejor —dijo McClane
—. No debemos jugar con
esto. Ya hemos sido lo suficientemente estúpidos, o
infortunados, como para descubrir a un auténtico espía de
Interplan, tan perfectamente camuflado que ni siquiera él mismo sabía
quién era… o, más bien, quién es.
Cuanto antes se desembarazasen de aquel individuo
que se hacía llamar Douglas Quail, sería mejor.
—¿Piensa usted instalar los paquetes Tres y Sesenta
y dos en su alojamiento?
—preguntó Lowe.
—No —dijo McClane—. Y vamos a devolverle la mitad
de los honorarios cobrados.
—¡La mitad! ¿Por qué la mitad?
McClane respondió débilmente:
—Opino que es un buen arreglo.
Cuando el coche llegó a su
residencia, situada en un extremo de Chicago, Douglas Quail
se dijo a sí mismo que, sin duda alguna, era una
buena cosa haber regresado a la Tierra.
El largo período de estancia de
un mes en Marte y a había comenzado a
difuminarse en su memoria; sólo le quedaba una
vaga imagen de los profundos cráteres, la omnipresente
erosión de las colinas, de la vitalidad, del
movimiento mismo. Un mundo de polvo
donde pocas cosas ocurrían, un mundo en
el que buena parte del día era preciso
pasarlo comprobando una y otra vez las reservas de oxígeno.
También recordaba las formas de vida, los
modestos cactus color gris marrón y los gusanos.
De hecho había traído de Marte
varios ejemplares moribundos de
la fauna de aquel planeta; los había pasado de contrabando
por las aduanas. Después de todo, no constituían ninguna amenaza; no
podían sobrevivir en la densa atmósfera de la Tierra.
Introdujo una mano en
el bolsillo en busca del pequeño estuche que contenía los
gusanos, pero en su lugar extrajo un sobre.
Al abrirlo descubrió, perplejo, que contenía
quinientas setenta cartulinas de crédito en forma de billetes de bajo valor.
« ¿De dónde ha salido esto? —se preguntó
a sí mismo—. ¿Acaso no gasté en el viaje hasta la
última moneda que poseía?»
Junto con el dinero había una hoja de papel marcada
con las palabras:
« Retenida la mitad de los honorarios»
y firmaba « McClane» . La fecha era la
del día.
—Recuerda —dijo Quail, en voz alta.
—¿Recordar qué, señor o señora? —inquirió
respetuosamente el conductor- robot del taxi.
—¿Tiene una guía telefónica? —preguntó Quail.
—Desde luego que sí, señor o señora.
Se abrió un pequeño compartimiento, y de su
interior se deslizó una diminuta guía telefónica de Cook County.
—La redacción de esta guía es extraña —comentó
Quail, al hojearla en sus páginas amarillas.
Sintió cierto temor. Hizo un esfuerzo para
disimularlo, y luego dijo:
—Aquí está. Lléveme a Rekal, Incorporated. He
cambiado de idea, y a no quiero ir a casa.
—Sí, señor o señora —respondió el robot.
Un momento después, el taxi se lanzaba en dirección
opuesta.
—¿Puedo usar su teléfono? —preguntó Quail.
—Con sumo placer —dijo el robot, presentándole un
lujoso teléfono con tridivisión en color, completamente nuevo.
Quail marcó el número de su vivienda. Y tras una
breve pausa, vio la imagen en miniatura, pero muy auténtica, de Kirsten en la
pequeña pantalla del aparato.
—Estuve en Marte —le dijo.
—Estás borracho, o algo peor —replicó ella,
retorciendo los labios irónicamente.
—Te estoy diciendo la verdad.
—¿Cuándo? —preguntó Kirsten.
—No lo sé —dijo
Quail, realmente confuso—. Creo que fue
un viaje simulado. Por medio de un sistema
de memorias extrarreales o como diablos
se llame. Pero no tuvo resultado.
Kirsten dijo de nuevo:
—Estás borracho.
E inmediatamente colgó.
Quail lo hizo a continuación, sintiendo que se
sonrojaba. « Siempre el mismo tono» , se dijo a sí mismo, encolerizado. Siempre
las mismas recriminaciones como si ella lo supiese todo y él nada. « ¡Qué
matrimonio!» , pensó amargado.
Un momento más tarde, el taxi se detuvo junto a la
acera de un edificio color rosa, pequeño, y muy atractivo. Un rótulo policromo
de neón decía: « Rekal, Incorporated» .
La elegante recepcionista se
sorprendió al principio pero acto seguido se
dominó para saludar:
—¡Hola, señor Quail! ¿Cómo está usted? ¿Olvidó
alguna cosa?
—El resto de los honorarios que aboné. Más
compuesta y a, la recepcionista dijo:
—¿Honorarios? Creo que se equivoca, señor Quail.
Estuvo usted aquí discutiendo la posibilidad de la realización de un viaje,
pero…
La muchacha se encogió de hombros y añadió, tras
breve pausa:
—Tal y como tengo entendido, ese viaje no tuvo
lugar. Quail respondió:
—Lo recuerdo todo muy bien, señorita. Mi carta a
Rekal, que inició todo este asunto. Recuerdo mi llegada aquí y mi visita al
señor McClane. Y recuerdo,
asimismo, cómo los dos técnicos de laboratorio me
llevaron del despacho para administrarme una droga.
No tenía nada de extraño que la firma le hubiese
devuelto la mitad de la cantidad desembolsada. No había dado resultado el falso
recuerdo de su viaje a Marte, al menos no completamente, como se lo habían
asegurado.
—Señor Quail —dijo la muchacha—, aunque sea usted
un empleado de poca importancia es usted un hombre de buen ver, y cuando se
indigna estropea sus facciones. Si se sintiera usted mejor, y o podría…, bien,
podría permitirle que me llevara a algún sitio.
Quail se puso furioso.
—La recuerdo a usted muy bien
—dijo con tono de indignación—. Y recuerdo que el señor
McClane me prometió que si recordaba mi visita a
Rekal Incorporated me devolverían mi dinero en su
totalidad. ¿Dónde está el señor McClane?
Tras una demora, probablemente tan larga como
pudieron lograr, el señor Quail se encontró nuevamente sentado ante la
impresionante mesa de despacho, exactamente como lo había estado una hora antes
aquel mismo día.
—Poseen ustedes una maravillosa técnica —dijo
Quail, sardónicamente con enorme resentimiento—. Mis llamados
« recuerdos» de un viaje a
Marte como agente secreto de Interplan son vagos y
confusos, aparte de estar llenos de contradicciones. Y recuerdo
claramente el trato que hice aquí
con ustedes. Debería llevar este caso a la
Oficina de Mejores Negocios.
En aquellos momentos, Quail ardía de
indignación. La
sensación de haber sido engañado le abrumaba y
había vencido su acostumbrada aversión a discutir abiertamente.
Con gran cautela, McClane dijo:
—Capitulamos, Quail.
Le devolveremos el resto de sus honorarios. Admito
que no hemos hecho nada en absoluto por usted.
El tono de las últimas palabras de McClane era de
resignación. Quail dijo, con tono acusador:
—Ni siquiera me han proporcionado los
diversos objetos que, según
ustedes, demostrarían mi estancia en Marte. Toda esa comedia que me contaron
no llegó a materializarse en nada. Ni siquiera un billete
de viaje. Ninguna postal. Ni pasaporte. Ningún certificado
de vacuna, nada…
—Escuche, Quail —dijo McClane—. Supongamos que le
digo…
McClane se detuvo repentinamente y añadió, al cabo
de un breve silencio:
—Bien, dejémoslo así.
Hizo presión sobre el botón de la comunicación
interior y añadió:
—Shirley, por favor, ¿quiere
usted preparar un cheque por valor de quinientos
setenta para el señor Quail? Gracias.
Luego miró nuevamente a Quail.
Inmediatamente llegó el cheque; la
recepcionista lo dejó ante McClane y, una
vez más, desapareció, dejando solos a los
dos hombres que continuaban
mirándose fijamente desde ambos lados de la impresionante mesa de despacho.
—Permítame advertirle algo —dijo McClane, al firmar
el cheque y entregárselo—. No hable con nadie sobre su…, bien…, sobre su
reciente viaje a Marte.
—¿Qué viaje?
—Bien, me refiero al viaje que
ha hecho usted parcialmente. Actúe como si no
lo recordara. Simule que jamás tuvo lugar.
No me pregunte por qué, pero acepte mi consejo;
será mejor para todos nosotros.
McClane había comenzado a sudar abundantemente.
Hubo otra pausa de silencio, y añadió:
—Y ahora, señor Quail, tengo que trabajar con otros
clientes, ¿comprende? Se puso en pie y acompañó a Quail hasta la puerta.
Quail dijo al abrirla:
—Una firma que trabaja tan deficientemente no
debería tener ningún cliente. Acto seguido cerró la puerta a su espalda.
De camino hacia casa en
el taxi, Quail reflexionó sobre
la redacción de la carta que dirigiría a la
Oficina de Mejores Negocios, División de
la Tierra. Tan pronto como tomase asiento ante su
máquina de escribir lo haría; era su deber advertir a
otras personas para que se alejaran de
Rekal Incorporated.
Cuando llegó a su alojamiento, se sentó ante su
máquina de escribir portátil, abrió los cajones y comenzó a buscar papel
carbón, hasta que se dio cuenta de la presencia de una caja familiar. Una caja
que él había llenado cuidadosamente en Marte con fauna marciana, y más tarde la
había pasado de contrabando por las aduanas.
Al abrir la caja vio, sin acabar de creerlo, seis
gusanos muertos y ciertas variedades de vida unicelular con las que se
alimentaban los gusanos marcianos. Los protozoos estaban secos, casi hechos
polvo, pero los reconoció inmediatamente; le había costado un día de trabajo
recogerlos entre las grandes rocas de color oscuro. Recordaba que había sido un
maravilloso viaje de descubrimientos.
« Pero y o no he ido a Marte» , se dijo a sí mismo.
Sin embargo, por otra parte…
Se presentó Kirsten en la puerta de
la habitación cargada con una cierta cantidad de verduras.
—¿Cómo es que estás en casa a estas horas?
La voz de la esposa, con su eterno y monótono tono
de acusación.
—¿Fui y o a Marte? —preguntó Quail—. Tú debes
saberlo.
—No, por supuesto que no has ido a Marte y también
tú deberías saberlo.
¿Acaso no estás siempre diciendo que deseas ir?
Quail dijo:
—Te aseguro que creo que he ido y a. Hubo un
silencio, y Quail añadió luego:
—Y a la vez, creo que no fui.
—Decídete entre una cosa u otra.
—¿Cómo puedo hacerlo? —interrogó Quail,
con una extraña mueca—. Los
dos recuerdos están firmemente grabados en mi mente; uno es real y el otro
no, pero no puedo diferenciar cuál es el auténtico
y cuál es el falso. ¿Por qué no puedo
confiar en ti? Tú les importas muy poco.
Su esposa podía hacer, al menos, aquello por él…,
aunque en lo sucesivo no volviese a hacer y a nada en su beneficio.
Kirsten dijo con voz monótona y controlada:
—Doug, si no vuelves a ser una persona normal,
hemos terminado. Voy a dejarte.
—Estoy en apuros —replicó Quail, con voz un tanto
ronca—. Probablemente me encamino hacia un estado psicopático. Espero que no,
pero puede que así sea. De todas maneras, eso lo explicaría todo.
Depositando en el suelo la cesta de las verduras,
Kirsten caminó hacia el armario.
—No estaba bromeando —dijo con suma calma.
Sacó del armario un abrigo, se lo puso, y regresó
hasta la puerta para añadir:
—Te telefonearé uno de estos días. Ésta es mi
despedida, Doug. Espero que salgas pronto de todo esto. Realmente, lo deseo por
tu bien.
—¡Espera! —exclamó desesperadamente Quail—.
Solamente dímelo para estar seguro. Dime si fui o no…, dime cuál de mis dos
recuerdos es el verdadero, el real…
Al pronunciar estas últimas palabras, se dio cuenta
de que también podían haber alterado
los canales de su memoria.
La puerta se cerró. ¡Finalmente, su esposa se había
ido! Una voz dijo a sus espaldas:
—Bien, todo ha terminado. Ahora levante las manos,
Quail. Y por favor, dé media vuelta para mirar hacia aquí.
Quail se volvió instintivamente sin alzar las
manos.
El hombre que se
hallaba frente a él vestía el uniforme color
ciruela de la agencia policíaca Interplan, y su pistola parecía ser
un modelo de las Naciones Unidas. Por alguna
razón, aquel rostro era familiar a
Quail; familiar en una forma borrosa
que no acababa de
localizar. Sin embargo, nerviosamente, alzó ambas manos.
—Usted recuerda su viaje a Marte —dijo el policía—.
Conocemos todos sus actos de hoy y todos sus pensamientos…, en particular sus
importantes pensamientos en el recorrido que hizo desde su casa hasta Rekal
Incorporated.
Tenemos un teletransmisor en el interior de su
cerebro que nos mantiene constantemente informados.
Un transmisor telepático, aplicación del plasma
vivo que se había descubierto en la Luna.
Quail sintió un estremecimiento de
aversión. Aquella cosa vivía dentro de
él, en el interior de su propio cerebro, alimentándose,
escuchando, alimentándose… Pero la policía Interplan
usaba aquel procedimiento. Por lo tanto, era probablemente cierto,
por muy deprimente que resultara.
—¿Por qué a mí? —interrogó Quail, roncamente.
¿Qué era lo que él había hecho…
o pensado? ¿Y qué tenía que ver todo aquello
con Rekal Incorporated?
—Fundamentalmente —dijo el policía de Interplan—,
esto nada tiene que ver con Rekal; es más bien un asunto entre usted y
nosotros.
El policía señaló hacia uno de sus oídos y añadió:
—Todavía estoy recogiendo sus procesos mentales
mediante su transmisor telepático.
Quail se fijó en que el hombre llevaba en uno de
sus oídos una especie de enchufe blanco de plástico. El policía continuó:
—De manera que debo advertirle que cualquier cosa
que piense podrá emplearse contra usted.
El hombre sonrió. Hubo una larga pausa de silencio.
Luego, siguió hablando:
—No es que ahora importen mucho ciertas cosas.
Lo que sí es molesto es que, bajo los efectos de
la narquidrina, en Rekal Incorporated usted relató ante los
técnicos y el propietario, el señor McClane, detalles de
su viaje, adónde fue
usted, para quién, y algunas de las cosas que hizo. Los dos
técnicos y el señor McClane
estaban muy atemorizados. Deseaban no haberle
visto jamás…
Nueva pausa de silencio, y el policía concluyó:
—Y tienen razón. Quail dijo:
—Yo no hice jamás ningún viaje. Se trata solamente
de un falso recuerdo implantado en mí por los técnicos de McClane.
Pero inmediatamente pensó en la caja de su mesa de
despacho que contenía formas de vida marcianas. Y recordó las dificultades y
molestias sufridas para recogerlas. El recuerdo parecía real. Y la caja con
aquellas formas de vida sin duda alguna era auténtica. A menos que McClane la
hubiese instalado allí. Quizá aquella era una de las « pruebas» que había
mencionado McClane tan alegremente.
« El recuerdo de mi viaje a Marte —pensó— no me
convence. Pero desgraciadamente ha convencido a la Agencia de Policía
Interplan. Creen que realmente fui a Marte y suponen que al menos lo hice
parcialmente.»
—No solamente sabemos que ha ido usted a Marte
—añadió el policía, en respuesta a sus pensamientos—, sino también que usted
recuerda bastantes cosas
como para constituir un peligro para nosotros. Y no
vale la pena suprimir su recuerdo de todas cosas, porque usted simplemente
acudiría a Rekal Incorporated otra vez y reanudaría el experimento. Y tampoco
podemos hacer nada contra McClane y su sistema porque no tenemos jurisdicción
sobre nadie, excepto sobre nuestra propia gente. De todas maneras, McClane no
ha cometido ningún delito.
El policía hizo otra de sus habituales pausas y
añadió, tras mirar fijamente a Quail:
—Ni técnicamente, usted tampoco. Usted
acudió a Rekal Incorporated con la idea
de recuperar la memoria. Usted fue allí, y así lo
consideramos, por las mismas razones que acude el resto
de la gente…, gentes con vidas monótonas y oscuras: el ansia
de aventura. Pero desgraciadamente, la vida de usted no ha
sido ni monótona ni oscura, y y a ha disfrutado demasiadas
emociones; la última cosa que necesitaba
usted en este mundo era un tratamiento de
Rekal Incorporated. Nada hubiese podido
ser más fatídico para usted o para nosotros.
Y en realidad, también para McClane.
Quail preguntó:
—¿Por
qué es peligroso para ustedes que y
o recuerde mi viaje…, mi supuesto viaje, lo
que y o hice allí?
—Porque lo que usted hizo —respondió el policía de
Interplan— no está de acuerdo con nuestra intachable imagen pública paternal y
protectora. Usted hizo, por nosotros, lo que nosotros jamás hacemos. Como usted
recordará, gracias a la narquidrina. Esa caja de gusanos muertos y algas está
en su mesa de despacho desde hace seis meses, desde que usted regresó. Y en
ningún momento mostró usted la menor curiosidad hacia ella. Ni siquiera
sabíamos que la tenía hasta que usted la recordó cuando se dirigía a casa desde
Rekal; entonces vinimos aquí a buscarla… Vinimos dos por ella.
Otro silencio y el policía añadió innecesariamente:
—Sin suerte; no había tiempo suficiente.
Un segundo policía de Interplan se
unió al primero; los
dos conferenciaron brevemente. Mientras tanto, Quail
pensó rápidamente. En aquel instante recordaba más cosas.
El policía tenía razón acerca de la narquidrina. Ellos,
Interplan, probablemente también la
usaban. ¿Probablemente? Estaba seguro de que lo hacían. Había
visto cómo se la administraban a un detenido. ¿Dónde había ocurrido
tal cosa? ¿En algún lugar de la Tierra? Decidió
que más probablemente en la Luna, al percibir
la imagen que se perfilaba en su defectuosa memoria.
Y recordaba algo más. Las razones
de « ellos» para enviarle a Marte; el trabajo que
había hecho.
No tenía nada de extraño que hubiesen purgado su
memoria.
—¡Oh, cielos! —exclamó el primero de los dos
policías, interrumpiendo la conversación que sostenía con su compañero.
Evidentemente, acababa de captar los pensamientos
de Quail.
—Bien, ahora el problema es mucho peor, mucho peor
de lo que hubiésemos pensado.
Avanzó hacia Quail apuntándole con la pistola.
—Tenemos que matarle —dijo—. Y ahora mismo.
Nerviosamente, su compañero dijo:
—¿Por qué ahora mismo? ¿Acaso no podemos enviarle a
Interplan de Nueva York y dejar que allí…?
—Él y a sabe perfectamente por qué tiene que ser
ahora mismo —dijo el primer policía.
El hombre también
parecía sentirse muy nervioso, pero Quail se daba
cuenta de que se debía a una
razón muy diferente. Su memoria había vuelto
a él casi repentinamente. Y por tal razón,
entendía el nerviosismo del policía.
—En Marte maté a
un hombre —dijo
Quail—. Tras haberme desembarazado de quince
guardaespaldas. Algunos de ellos armados con
pistolas especiales, como lo están ustedes.
Quail había sido entrenado durante un
período de cinco
años por Interplan para convertirse en un
asesino. Un asesino profesional.
Conocía varias formas de desembarazarse de cualquier adversario armado…, como aquellos dos agentes
de la policía, y el que mostraba el diminuto
audífono también lo sabía.
Si se movía con suficiente rapidez…
La pistola disparó. Pero Quail y a se
había movido hacia un lado, décimas de segundo antes, y al
mismo tiempo había derribado al agente
mediante un golpe de karate aplicado a la garganta con la
velocidad del relámpago. En un instante se apoderó de su
pistola y apuntó al otro agente, que se
mostraba enormemente sorprendido.
—Captó mis pensamientos —dijo
Quail, jadeando con vehemencia—. Sabía lo que y o estaba a
punto de hacer, pero aun así, lo hice.
Medio tendido en el suelo, el agente golpeado
murmuró:
—No usará esa pistola contra ti, Sam; acabo de captar ese pensamiento suyo.
Sabe que está acabado y no ignora que
nosotros lo sabemos. Vamos, Quail… Trabajosamente, lanzando
algunos gruñidos de dolor, el agente se puso en pie.
Luego, extendió una mano.
—La pistola —dijo a Quail—. No puede usted usarla,
y si me la entrega, prometo no matarle; será usted juzgado ante un tribunal, y
alguien que ocupe un alto puesto en Interplan decidirá. Así, no lo haré y o…
Puede que borren su memoria una vez más. No lo sé. Pero y a sabe usted por qué
iba a matarle; no podía evitar que usted recordara cosas. De manera que, en
cierto modo, mis razones para matarle y a son cosa del pasado.
Quail, sin soltar el arma, salió corriendo de la
habitación, dirigiéndose al ascensor. « Si ustedes me seguís —pensó—, os
mataré.» Los agentes no lo hicieron. Oprimió el botón del ascensor y
se abrieron las puertas.
Inmediatamente se dio cuenta de que los policías no
le habían seguido.
Evidentemente, habían captado sus pensamientos y
decidían no correr riesgos.
El ascensor, al sentir su peso, descendió. Había
escapado…, por el momento.
Pero, ¿qué sucedería a continuación? ¿Dónde podría
ir?
El ascensor llegó a la planta baja; un momento más
tarde, Quail se unía a la multitud de peatones que caminaban apresuradamente
por los canales especiales de las calzadas. Le dolía la cabeza y se sentía
enfermo. Pero al menos había evitado la muerte; casi le habían asesinado en su
propia casa.
Pensó que, probablemente, lo
intentarían de nuevo. « Cuando me encuentren» ,
pensó. Y
con aquel transmisor en su cerebro no tardarían en descubrir
su paradero.
Irónicamente, había logrado lo que pidiera a Rekal
Incorporated. Aventura, peligro, policía de Interplan actuando, un viaje
secreto y peligroso a Marte, en el que él se jugaba la vida. Todo cuanto había
ansiado como falso recuerdo.
Ahora
podían apreciarse las ventajas del hecho que
aquello fuera un recuerdo, pero nada más.
A
solas, en un banco del parque, reflexionó mientras contemplaba
los rebaños de peatones alegres y desenfadados,
unos seres semipájaros importados de las dos
lunas de Marte, capaces de emprender el vuelo
aun en contra de la fuerte gravedad de la Tierra.
« Puede que aún pueda regresar a Marte» , pensó.
Pero, y después, ¿qué? Las cosas
serían mucho peor en Marte. La organización
política cuy o líder había asesinado le localizaría en el
mismo momento en que descendiera de la nave; allí
le perseguirían en el acto tanto
« ellos» como Interplan.
« ¿Podéis escuchar mis pensamientos?» , se
preguntó. Fácil camino hacia la paranoia; solo allí, sentado, sintió cómo le
controlaban, cómo grababan sus pensamientos, cómo discutían entre ellos…
Sintió un estremecimiento, se puso en pie, y caminó
sin rumbo, con ambas manos metidas en los bolsillos. Se daba cuenta de que no
tenía la menor importancia el lugar adonde pudiese ir. « Siempre estaréis
conmigo —pensó— mientras tenga dentro de mi cabeza este dispositivo.»
« Haré un trato con vosotros
—pensó para sí y para ellos—. ¿No podéis
implantar un falso recuerdo en mí otra vez, como lo
hicisteis antes, para vivir una vida rutinaria olvidando que alguna
vez estuve en Marte? ¿Algo que asimismo me haga olvidar
totalmente haber visto un uniforme de Interplan
y haber sostenido en la mano una pistola?»
Una voz dentro de su cerebro respondió: « Como y a
se le ha explicado cuidadosamente a usted, eso no sería suficiente» .
Asombrado, Quail se detuvo.
« Nos comunicamos antiguamente con
usted en esta forma —continuó diciendo
la voz— cuando estaba usted operando en el campo,
en Marte. Han pasado meses desde que lo hicimos por
última vez; pensábamos, de hecho, que jamás tendríamos que
volver a hacerlo. ¿Dónde está usted?»
« Paseando —respondió Quail—. Caminando
hacia mi muerte.» Y
pensó para sí: « Provocado por las pistolas de
vuestros agentes.» Luego, preguntó:
« ¿Cómo pueden asegurar que no sería suficiente?
¿Acaso no tienen resultado las técnicas de Rekal?»
« Como y a hemos dicho —respondió la
voz—, si se le proporcionan a usted un conjunto
de recuerdos normalizados, usted se sentiría… intranquilo.
Inevitablemente acudiría de nuevo a Rekal o quizá a cualquier otra firma competidora. No podemos pasar
por eso dos veces.»
« Supongamos —dijo Quail— que una vez que
se cancelen mis auténticos recuerdos, se
implante en mí algo más completo que
un recuerdo normalizado. Algo que pudiese
satisfacer mis ansias. Eso y a se ha demostrado;
y probablemente ésa es la razón por la que
ustedes me han contratado. Pero pueden
inventar algo más, algo que sea igual. Fui el hombre más rico de la Tierra,
pero finalmente doné todo mi dinero a fundaciones educativas.
O fui, quizá, un famoso explorador espacial. Cualquier
cosa por el estilo, ¿no valdría cualquier cosa
de éstas?»
Hubo un largo silencio.
« Hagan la prueba —dijo
Quail, desesperadamente—. Pongan a trabajar a
sus famosos psiquiatras militares;
exploren mi mente. Averigüen cuál
es mi sueño más ansiado.»
Quail trató de pensar.
« Mujeres —murmuró a continuación—, miles de ellas,
como las tuvo don Juan. Playboy interplanetario… Una amante en
cada ciudad de la Tierra, Luna y Marte. Y luego abandoné todo eso a causa del
agotamiento. Por favor, hagan la prueba.»
« Entonces, ¿se entregaría usted voluntariamente?
—preguntó la voz en el interior de su cabeza—. Si convenimos, y es posible, en
tal solución, ¿se entregaría?»
Tras un breve intervalo de duda, Quail respondió:
« Sí, correré el riesgo…, con la condición que no
me maten.»
« Haga usted el primer movimiento
—dijo la voz inmediatamente—, entréguese a nosotros e investigaremos
esa
línea de posibilidad. Sin embargo, si
no lo podemos hacer, si sus recuerdos comienzan a
surgir nuevamente como ha sucedido esta vez, entonces…»
Hubo otro silencio, y a continuación la voz
concluyó:
« … Tendremos que destruirle. Esto debe usted
comprenderlo. Bien, Quail,
¿todavía quiere usted probar?»
« Sí» , respondió.
De lo contrario, la única alternativa en aquellos
momentos era la muerte, una muerte segura. Por lo menos aceptando la prueba le
quedaba una posibilidad de sobrevivir por muy débil que fuese.
« Preséntese en nuestro cuartel general de
Nueva York —resumió la voz del agente de Interplan—. En el 580 de la
Quinta Avenida, planta doce. Una vez que se hay
a entregado nuestros psiquiatras comenzarán a trabajar sobre
usted. Haremos diversas clases de
pruebas. Trataremos de determinar su último deseo
por muy fantástico que sea, y entonces
le llevaremos a Rekal
y procuraremos que tal deseo se haga
realidad en su mente. Y… buena suerte. Es evidente que
le debemos algo. Actuó
usted muy bien para nosotros.»
El tono de voz carecía de malicia; si algo
expresaba, ellos —la organización— sentían simpatía hacia él.
« Gracias» , dijo Quail.
Y acto seguido comenzó a buscar un taxi-robot.
—Señor Quail —dijo el psiquiatra de Interplan,
hombre de edad madura y facciones graves—, posee usted unos sueños de fantasía
realmente interesantes. Probablemente son algo que ni siquiera usted mismo
supone. Espero que no le molestará mucho conocerlos.
El oficial de alta graduación de Interplan que se
hallaba presente dijo bruscamente:
—Será mejor que no se moleste mucho
al escuchar esto, si no desea recibir
un balazo.
El psiquiatra continuó:
—A diferencia de la fantasía
de desear ser
un agente secreto de Interplan, que,
hablando relativamente, no es más que un producto
de madurez, y que poseía
cierto carácter factible, esta producción es un sueño
grotesco de su infancia; no tiene nada de particular que
usted no lo recuerde. Su fantasía es la siguiente:
tiene usted nueve años de edad, y camina a solas por
un sendero del campo. Una variedad, poco familiar, de
nave espacial, procedente de otro sistema
estelar aterriza directamente frente a usted.
Nadie en la Tierra, excepto usted, la ve. Las
criaturas que hay en su interior
son muy pequeñas e indefensas, algo parecidas a los
ratones de campo, aun cuando están intentando invadir
la Tierra. Docenas de miles de
otras naves semejantes están a punto de
ponerse en camino, cuando esta nave de exploración dé la señal.
—Y se supone que y o debo detenerlos —dijo Quail,
experimentando una sensación mezcla de diversión y disgusto—. Simplemente de un
manotazo o aplastándolos
con el pie.
—No
—replicó el psiquiatra, pacientemente—. Usted
detiene la invasión, pero no destruyendo a
esos seres. En su lugar, usted muestra hacia ellos
amabilidad o piedad, aunque sea por telepatía
(su medio de comunicación), porque y a sabe
usted a lo que han venido. Ellos nunca han
recibido semejante trato por parte de un organismo vivo,
y para demostrar su aprecio, pactan con usted.
Quail dijo:
—No invadirán la Tierra mientras y o viva, ¿verdad?
—Exactamente.
A continuación, el psiquiatra se dirigió al oficial
de Interplan:
—Puede usted ver
que encaja en su personalidad, a pesar de su falso
desprecio.
—Así, simplemente con seguir viviendo —dijo Quail,
con creciente sensación de placer—, simplemente con seguir
viviendo, salvo a la Tierra de una invasión.
Entonces, en efecto, soy el personaje más importante
de la Tierra. Sin levantar un
dedo siquiera.
—Evidentemente, señor
—respondió el psiquiatra—. Y conste que esto es una
base en su psique; ésta es una fantasía de infancia. Algo
que, sin una terapia profunda y sin tratamiento de drogas,
usted jamás habría recordado. Pero siempre ha
existido en usted; se hallaba en estado
latente, pero sin cesar jamás.
El jefe de policía se dirigió entonces a McClane,
que se hallaba sentado, escuchando atentamente.
—¿Puede usted implantar un modelo de esta clase en
él?
—Manejamos toda clase de fantasía que pueda
existir —dijo McClane—. Francamente, he oído
cosas peores que ésta. Por supuesto que podemos
hacerlo. Dentro de veinticuatro horas, no habrá deseado haber salvado
a la Tierra. Será algo que creerá ha
sucedido realmente.
El oficial de la policía dijo:
—Entonces y a
puede usted comenzar su trabajo. Como preparación previa, y
a hemos borrado en él el recuerdo de su viaje a
Marte.
—¿Qué viaje? —preguntó Quail.
Nadie le contestó, y así, aunque
de mala gana, abandonó el asunto. Pronto se presentó
un vehículo de la policía. Él, McClane y el jefe de la
policía subieron y se dirigieron hacia Rekal Incorporated.
—Será mejor que esta vez
no cometa usted errores —dijo el jefe de la policía al nervioso McClane.
—No veo que hay a nada que pueda
salir mal —respondió McClane, sudando abundantemente—. Esto
nada tiene que ver con Marte o con Interplan. Simplemente se tratará de la
detención de una invasión de la Tierra procedente de
otro sistema estelar.
McClane movió la cabeza, y tras una breve pausa de
silencio, continuó:
—¡Cielos, qué clase de sueños!
Y tras pronunciar estas últimas palabras,
se enjugó el sudor
de la frente con un pañuelo.
Nadie dijo nada.
—En realidad, es conmovedor —añadió McClane.
—Pero arrogante —dijo el oficial de policía—.
Porque cuando él muera volverá a presentarse la amenaza de invasión. No tiene
nada de extraño que no lo recuerde; es la fantasía más grande que he oído en mi
vida.
Luego, miró a Quail con expresión de desaprobación.
—¡Y pensar que hemos anotado a este hombre en
nuestra nómina!
Cuando llegaron a Rekal Incorporated, la
recepcionista Shirley les recibió apresuradamente en la oficina exterior.
—Bien venido sea de nuevo, señor Quail —dijo
la muchacha—. Siento mucho que anteriormente las
cosas hubiesen salido mal; estoy segura que ahora todo
saldrá mejor.
Todavía enjugándose el sudor de la frente con el
pañuelo, McClane dijo:
—Todo saldrá mejor.
Actuando con rapidez, llamó a Lowe y
a Keeler, y les siguió, a ellos y a
Quail, hasta
la zona de trabajo. Después regresó a su
despacho en compañía de Shirley y del jefe de
policía. Para esperar.
—¿Tenemos algún paquete preparado para esto, señor
McClane? —preguntó Shirley, tropezando con él en su agitación y sonrojándose
modestamente.
—Creo que sí.
McClane trató de recordar. Luego abandonó el
intento y consultó el gráfico. Decidió en voz alta:
—Una combinación de los paquetes Ochenta, Veinte y
Seis.
De la sección de cámara abovedada que había tras su
despacho extrajo los adecuados paquetes y los llevó hasta su mesa de despacho
para examinarlos.
—Del Ochenta —explicó— una
varilla mágica de curación, que
le entregaron al cliente en cuestión, esta
vez el señor Quail…, la raza de seres de otro sistema
estelar. Una muestra de gratitud.
—¿Todavía surte efectos? —preguntó el oficial.
—Lo hizo en otro tiempo —respondió
McClane—. Pero él, bien, la
usó hace años curando aquí y allá. Ahora
sólo es un objeto. Aunque la recuerde vívidamente.
McClane cloqueó con la garganta, y luego abrió el
paquete Veinte.
—Documento del secretario general de las Naciones
Unidas, dándole las gracias por haber salvado a la Tierra; esto no es
precisamente una cosa muy adecuada porque parte de la fantasía de Quail se basa
en que nadie conoce la invasión, excepto él, pero en nombre de la verosimilitud
lo incluiremos.
McClane inspeccionó el paquete Seis a
continuación. ¿Qué significaba aquello? No
lo recordaba; frunciendo el ceño, introdujo
una mano en el interior de la bolsa de
plástico, mientras que Shirley y el oficial de la policía
le contemplaban con curiosidad.
—Escritura en un idioma extraño —dijo Shirley.
—Esto demuestra quiénes eran —dijo
McClane— y de dónde llegaron. Se incluy e un
detallado mapa estelar señalando su vuelo y el sistema de
origen. Por supuesto, lo han hecho « ellos» y él no
sabe
leerlo. Pero sí recuerda que se lo ley eron personalmente en su
propia lengua.
McClane depositó los tres paquetes sobre el centro
de la mesa de despacho, y añadió:
—Se debe llevar esto a la vivienda
de Quail, para que cuando
llegue a casa los encuentre. Y estas
cosas confirmarán su fantasía. Pon… procedimiento
operativo normalizado.
Luego reflexionó sobre cómo irían las operaciones
de Lowe y Keeler. Sonó el aparato de comunicación interior.
—Señor McClane, siento mucho molestarle.
Era la voz de Lowe; McClane quedó como congelado
cuando la reconoció.
Quedó paralizado y mudo.
—Sucede algo y sería mejor que viniese
usted a supervisar la operación. Como antes,
Quail reaccionó bien bajo la narquidrina, está inconsciente, relajado, y
tiene buena recepción, pero…
McClane salió disparado hacia la zona de trabajo.
Sobre una cama higiénica yacía Douglas
Quail respirando lentamente y con regularidad, con los ojos medio
cerrados, y casi sin percibir a
los que le rodeaban.
—Comenzamos a interrogarle —dijo Lowe, muy pálido—
para averiguar exactamente cuándo situar el recuerdo-fantasía de haber salvado
a la Tierra. Y cosa extraña…
—Me advirtieron que no
lo dijera —murmuró Quail, con voz extrañamente
ronca—. Ese fue el convenio. Ni siquiera se suponía que llegara
a recordarlo. Pero, ¿cómo podría olvidar un
suceso como aquél?
« Creo que fue difícil —reflexionó McClane—, pero
lo hizo usted… hasta ahora.»
—Incluso me entregaron una especie
de pergamino, como muestra de gratitud —añadió
Quail—. Lo tengo
escondido en mi alojamiento. Se lo enseñaré.
McClane dijo al oficial de la policía, que le había
seguido:
—Bien, le sugiero que no le maten. Si lo hacen, «
ellos» regresarán.
—También me entregaron una
varilla mágica para curar —añadió Quail, con
los ojos totalmente cerrados—. Así
fue como maté a aquel hombre en Marte.
Está en mi cajón, junto con la caja de
gusanos marcianos y de las plantas y a
resecas.
Sin pronunciar una
sola palabra, el oficial de Interplan abandonó
la zona de trabajo.
« Lo mejor que podría hacer ahora sería
desembarazarme de esos paquetes- prueba» , se dijo a sí mismo McClane,
resignadamente.
Caminó, lentamente, hacia su despacho, pensando en
que, después de todo, también debía desembarazarse de aquella citación del
secretario general de las Naciones Unidas…
La verdadera citación probablemente no tardaría
mucho tiempo en llegar.

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