© Libro N° 8993. Pisadas. Ellison, Harlan. Emancipación. Agosto 28 de 2021.
Título
original: © Pisadas.
Harlan Ellison
Versión Original: © Pisadas. Harlan Ellison
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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Harlan Ellison
Pisadas
Harlan Ellison
PISADAS
INTRODUCCIÓN DEL AUTOR
Éste es mi
relato más reciente. Tiene poco más de seis meses. Lo escribí entre las 12 del
mediodía y las 7.30 de la tarde en el escaparate de una librería del barrio de
Saint Germain, en París, el miércoles 14 de mayo de 1980.
Como Georges
Simenon antes que yo, que se sentó en un escaparate de la editorial Gallimard
en París a principios de siglo (si alguien sabe la fecha exacta, me sentiré muy
agradecido de recibir esa información) y escribió toda una novela en una semana
—dignificando así, como yo más tarde, el acto de crear en público—, he creado
algunas de mis obras ante multitud de gente no sólo en Boston, Los Ángeles,
Metz (Francia), San Diego, Londres y Nueva York, sino también en París...
Simenon ya no
está, pero sonrío al pensar que estoy siguiendo sus pisadas.
Las
circunstancias fueron interesantes, así como sus condicionantes. Dado que los
periodistas de París —televisión, revistas y periódicos— eran escépticos con
respecto a la empresa (¿acaso ignoraban que Simenon también lo había hecho?) y
sugirieron que podía tratarse de algo amañado de antemano (que yo usaría una
historia ya escrita o que escribiría una la noche antes) decidí hacerlo de la
siguiente manera para asegurar la autenticidad de la espontaneidad.
Los
propietarios de la librería —Temps Futurs, en el 8 de la Rué Dante— tenían que
pensar en el tema sobre el que deseaban que yo escribiera. Tenían que imaginar
un punto de partida: una historia de amor, una aventura de piratas, una
fantasía. acerca de las ninfas, lo que fuera..., y hasta que yo no entrara en
la tienda con mi fiel Olympia portátil no iban a decirme cuál iba a ser el tema
de mi trabajo de aquel día. Cuando los periodistas oyeron eso, dijeron que era
imposible trabajar de esa forma, que los artistas no creaban así.
Cuando entré en
Temps Futurs, Stan y Sophie Barets me habían preparado una plataforma en el
escaparate, una pesada mesa de caballetes, una silla... y Perrier.
Preparé mi
máquina de escribir, papel, pipa y tabaco, mi líquido corrector, plumas,
rotuladores, y Perrier. Hice que pusieran en el estéreo de la tienda una
cassette de Django Reinhardt... y esperé.
Stan, con
aspecto avergonzado, me dijo que durante la tarde anterior, mientras intentaba
pensar en algo nuevo e inteligente para que yo lo utilizara como arranque,
había recibido una llamada telefónica de un disc jockey parisino que se hada
llamar El Hombre Lobo. El disc jockey le había dicho que si yo escribía una
historia acerca de un hombre lobo, iba a hacer publicidad de la librería
durante todo el día y la noche por la radio.
De modo que
Stan dijo:
—Quiero que
escribas una historia acerca de una mujer lobo que al mismo tiempo es una
violadora.
Y uno de los
empleados de la librería, al oír eso, añadió:
—Y que tenga el
pelo rubio y muy largo.
Y Sophie dejó
oír su voz:
—Y tiene que
ocurrir en París.
Mi respuesta
no fue un desánimo completo, pero se le pareció. Porque lo que es originalidad,
había mucha y muy abundante. La idea de los licántropos, hombres o mujeres, era
una idea muy trabajada. Pero añadirle violación, violación de hombres por una
mujer, lo cual es virtualmente imposible, era casi demasiado original como para
trabajar en ello. El pelo rubio no era ningún problema, pero aquél era tan sólo
mi segundo viaje a París: apenas hablaba el idioma, y no conocía la ciudad lo
suficiente como para utilizarla en la historia con un asomo de autenticidad.
Pero acepté los
términos del trato, de modo que dije que lo haría. La mente empezó a funcionar
en esa forma que yo denomino el arte de escribir, una forma que utiliza la
habilidad y los subterfugios propios de un candidato presidencial evitando
tomar posiciones en un asunto delicado.
Por ejemplo:
¿quién dice que la mujer tiene que violar al hombre?
Y: la librería
está llena de parisinos que conocen la ciudad. ¿No es ésta una referencia muy a
mano para crear una geografía y una ambientación adecuadas?
Sin mencionar:
¿no he leído en algún lugar que los sádicos que brutalizan a sus parejas
descubren que el pene se congestiona y entra en erección en el momento de mayor
dolor o muerte? (.Fue Sade? ¿Gilíes de Rais? ¿Sacher-Masoch? ¡Oh, qué demonios!
¿Quién va a contradecirme, cuántos husmeantes expertos en cine van a estar por
ahí?
Así que tomé
la idea básica para el argumento y empecé a escribir. Durante todo el día los
periodistas acudieron y zumbaron a mi alrededor, tomaron sus fotos y yo firmé
libros para los visitantes, respondí a preguntas estúpidas, escuché a Django,
fumé mi pipa, bebí mi Perrier... y escribí. La historia que tienen ustedes ahí.
Para ella, la oscuridad nunca llegaba a la Ciudad
de la Luz. Para ella, la noche era el tiempo de la vida, un tiempo lleno de
momentos de luz más brillantes que todo el neón barato que mancillaba Champs
Elysées.
Como no había
llegado nunca a Londres, ni a Bucarest, ni a Estocolmo, ni a ninguna de las
quince ciudades que había visitado en sus vacaciones. Su gira de gourmet por
las capitales de Europa.
Pero la noche
había llegado frecuentemente a Los Ángeles.
Precipitando su
huida, obligando a la precaución, produciendo dolor y hambre, una terrible
hambre que no podía ser saciada, un dolor que no podía ser arrancado de su
cuerpo. Los Ángeles se había vuelto peligrosa. Demasiado peligrosa para uno de
los hijos de la noche.
Pero Los
Ángeles había quedado atrás, y todos los titulares de los periódicos acerca del
carnicero loco, acerca del destripador, acerca de las terribles muertes. Todo
quedaba atrás... y también Londres, Bucarest, Estocolmo, y una docena de otros
pastos. Quince maravillosos salones de banquete.
Ahora estaba en
París por primera vez, y la noche se acercaba, con toda su luz y toda su
promesa.
En el Hotel des
Saints Peres se bañó meticulosamente, tomándose el tiempo que siempre se tomaba
antes de salir a cenar, antes de salir en busca de la pasión.
Se había
quedado sorprendida al descubrir que los hoteles en Francia no proporcionaban
manoplas de baño. Al principio pensó que la doncella había olvidado dejar la
suya en la habitación, pero cuando llamó a la recepción, la chica que respondió
al teléfono no pudo comprender de qué le estaba hablando. El inglés de la
recepcionista no era bueno, y el francés era casi incomprensible para Claire.
Claire hablaba muy bien en Los Ángeles, pero eso no le servía de nada en París.
Era una suerte que el idioma no fuera también una barrera para Claire cuando se
trataba de encargar su comida. Para ello no tenía ningún problema en absoluto.
Durante diez
minutos estuvieron lanzándose mutuamente sonidos incomprensibles, hasta que la
recepcionista comprendió por fin lo que le pedía.
—¡Ah!
Oui, mademoiselle—dijo la recepcionista—. ¡Le gant de toilette!
Instantáneamente,
Claire supo que había dado en el clavo.
—Sí, eso
es.... Oui. Gant..., gant lo que sea... Oui. Una
manopla de baño.
Después de
otros diez minutos comprendió que los franceses pensaban que la manopla con la
que uno se lavaba el cuerpo era algo demasiado personal como para dejarlo en
una habitación de hotel, que los franceses llevaban consigo sus propios gants
de toilette cuando viajaban.
Se sintió
sorprendida. Y ligeramente complacida. Aquello era indicio de una distinta
forma de vivir que prometía nuevos sabores, nuevas sensaciones, posiblemente
nuevas cimas en el amor. Pensó en transportes de éxtasis. En la noche. A la
brillante luz de la oscuridad.
Se entretuvo
largo tiempo en el baño, utilizando el teléfono de la ducha para lavar a
conciencia su largo cabello rubio. La extremadamente caliente agua del baño por
toda la parte inferior de su cuerpo, entre sus muslos, la cascada de agua
caliente cayendo a chorro sobre ella, alivió la tensión del vuelo desde Zurich,
eliminó los primeros signos de claustrofobia de los aviones que había estado
insinuándose en ella desde Londres. Se tendió en la bañera y dejó que el agua
fluyera sobre su cuerpo. Renacimiento. Rejuvenecimiento.
Y se sentía
ferozmente hambrienta.
Pero París es
conocida mundialmente por su cocina.
Se sentó en la
terraza de Les Deux Magots, el café del Boulevard St. Germain donde Boris Vían,
Sartre y Simone de Beauvoir se sentaban en los años cuarenta y cincuenta para
elaborar sus pensamientos y a veces escribir sus palabras de soledad
existencialista. Permanecían allí, bebiendo Pastis o Pernod, y se sentían
llenos de una sensación de unidad entre la humanidad y el universo. Claire se
sentó y pensó en su inminente unidad con una parte selecta de la humanidad... Y
el universo no le preocupaba. Para los hijos de la noche, la soledad había
nacido con la carne, se asentaba en la médula de los huesos, fluía con la
sangre. Para ella, la idea de la soledad existencial no era una teoría
abstracta, era su forma de vida. Desde su primer momento de consciencia.
Se había
vestido para impresionar. Aquella noche con el vestido de seda azul celeste,
con un escote muy abierto. Se sentó en la primera fila, de cara a la acera, las
piernas cruzadas, un simple vaso de Perrier avec citrón ante ella. No había
ordenado pâté o terrine: nunca hay que contaminar
el paladar antes de dedicarse a una comida de gourmet. Había
evitado picar durante todo el día, manteniéndose firmemente en la temblorosa
frontera del hambre.
Y el festín
movedizo pasó ante ella.
Tendría unos
cuarenta y pocos años, de aspecto grueso, y se mantenía tan erecto como el
mariscal Foch en el libro de historia de Francia que había comprado. Aquel
hombre llevaba un traje gris, cruzado, de línea pomposa para disimular el hecho
de que la calidad no era demasiado buena.
El hombre —en
quien Claire pensaba ahora como el mariscal Foch— pasó caminando ante ella,
captó un destello de nilón cuando ella cruzó las piernas en su honor, lanzó una
mirada de reojo, se encontró con sus ojos verdes y tropezó contra una vieja con
un cesto de mimbre lleno de verduras y pan. Durante un momento pareció como si
bailaran intentando esquivarse el uno al otro, hasta que la vieja le apartó
bruscamente con el codo, murmurando una obscenidad para sí misma.
Claire se echó
a reír alegre, cálida y cautivadoramente.
El mariscal
Foch pareció turbado.
—Las viejas
siempre tienen codos afilados —le dijo al hombre—. En casa se los afilan cada
día con piedra pómez.
El se la quedó
mirando, y la expresión que pasó por su rostro la convenció de que lo había
atrapado.
—¿Habla usted
mi idioma?
El se tomó un
buen rato para cambiar sus engranajes lingüísticos y dio un paso hacia ella.
Asintió.
—Sí, en efecto.
Lo hablo.
Su voz era
profunda, pero mesurada: la voz de un hombre que miraba la acera cuando
caminaba para asegurarse de que no se ensuciaría los zapatos con excrementos de
perros.
—Lamento no
hablar francés —dijo ella, e inspiró profundamente de modo que el vestido azul
celeste se entreabriera sobre su seno.
Asegurándose de
que el gesto no había pasado inadvertido al hombre, dejó que una pálida y fina
mano se deslizara hacia sus pechos como pidiendo disculpas. Él siguió el
movimiento con entrecerrados ojos. Atrapado. Oh, sí, atrapado.
—¿Es usted
norteamericana?
—Sí. De Los
Ángeles. ¿Ha estado usted allí?
—Sí, por
supuesto. He estado varias veces en América. Asuntos de trabajo.
—¿A qué se
dedica?
Él permanecía
de pie ante la mesa, el maletín colgando de su mano izquierda, el pecho
hinchado para ocultar la blanda opulencia que la gravedad y los años habían
puesto sobre su estómago.
—¿Puedo
sentarme?
—Oh, sí, por
supuesto. No faltaría más. Siéntese, por favor.
Él apartó la
silla metálica que había junto a ella, colocó el maletín debajo y se sentó.
Cruzó sus piernas con mucho cuidado, como si realmente fuera el mariscal Foch,
asegurándose de que las rayas de sus pantalones estaban rectas. Metió su
estómago y dijo:
—Comercio con
obras de arte. Excelentes trabajos de nuevos pintores, artistas gráficos...
Viajo mucho por el mundo.
No a pie,
pensó Claire. En 747, en el Trans Europ Express, en barcos elegantes que sólo
llevan a una docena de gordos pasajeros como carga. No a pie. No tienes ni un
centímetro correoso en tu suculento cuerpo, mariscal Foch.
—Eso parece
maravilloso —dijo Claire.
Entusiasmo.
Vino embriagador. Puertas abriéndose. Invitaciones en recio papel pergamino con
elegantes letras en relieve. Y como siempre, desde el amanecer del mundo...,
arañas y moscas.
—Oh, sí, creo
que sí—dijo él, sonriendo orgullosamente.
No dijo creo,
sino que pronunció cgeo.
Ella le miró.
Él se hundió y se hundió en las verdes aguas de sus fríos ojos.
La invitó a una
copa, ella le dijo que ya estaba tomando algo, él le ofreció otro tipo de copa,
algo más fuerte. Pero ella dijo que no, que ya estaba bebiendo,
gracias. Así le daba a entender bien claro que no era una prostituta. Siempre
ocurría lo mismo, en cualquier gran ciudad. Bebidas fuertes.
Confiaba en que
él no oyera los gruñidos de su estómago.
—¿Ha cenado
usted ya? —preguntó ella.
Él no respondió
inmediatamente.
Ah, tienes una
esposa e hijos esperándote, aguardándote para empegar a cenar. Quizá en
Neuilly. Eso está bien, sucio hombrecito maduro.
Entonces él
dijo:
—Oh, no. Pero
tengo que hacer una llamada telefónica para anular una cita de negocios. ¿Le
importaría cenar conmigo?
—Me encantaría
—dijo ella, mostrándole con un estudiado giro de su cabeza el ángulo preciso
que realzaba sus excelentes pómulos.
Antes de acabar
su frase, él ya se había levantado de su silla y se dirigía a las cabines téléphoniques.
Ella permaneció
sentada, sorbiendo su Perrier y aguardando a que regresara su cena.
Ha sido
rápido, pensó al ver que él regresaba apresuradamente. Déjame adivinar lo que
has dicho, querido: ha surgido algo importante. .. Un comprador de la cadena
Doubleday en América está interesado en las reproducciones de Kawaierowicz y
Meynard... Ya sabes que odio tener que quedarme en la ciudad hasta tan tarde,
pero es preciso... Oh, no, Francoise, no seas así... Di a los niños que les
traeré una tarta... ¡Basta, basta! Debo quedarme... Vendré tan pronto como sea
posible; cenad sin mí. No pienso... discutir contigo... Adiós. Au revoir,
salut, à bientôt... Dame una oportunidad, ¿quieres? Deseo sentirme saciada...
Quiero oírtelo decir ahora, mi querido mariscal Foch.
Y pensó algo
más: Espero que no te guarden la cena caliente.
El le sonrió,
pero los rasgos de su rostro estaban tensos. No es fácil para un rostro
disimular la tensión. Pero intentó valientemente no mostrar el efecto de la
llamada telefónica.
—¿Nos vamos?
Ella se puso
lentamente en pie, dejando que las dos partes de su falda se unieran del modo
más artístico, y la sonrisa de su rostro se hizo más tentadora. Oh, sí:
atrapado.
Empezaron a
caminar. Ella ya había dado un paseo por la zona. Prepárate, que suena la
marcha de las chicas exploradoras.
Le condujo
hacia la Rue St. Benoit, creyendo que allí podría cenar sin atraer a una
multitud. Pero aún era demasiado pronto. La vida nocturna de París florece por
las calles hasta bastante después de las dos de la madrugada, y cenar al fresco era
casi imposible. A Claire nunca le había gustado comer a gran velocidad.
Había dos
restaurantes al final de la Rué St. Benoit, y él sugirió cualquiera de los dos.
Ella negó encantadoramente con la cabeza y dijo:
—¿Por qué no
paseamos un poco más? Me gustaría algo más... romántico.
Él no discutió.
Siguieron bajando por la Rue St. Benoit.
A la izquierda,
hacia la Rué Jacob. Demasiado concurrida.
A la derecha,
hacia la Rue des Saints Pères. También demasiado concurrida. Pero, directamente
al frente, el río. El oscuro Sena, al anochecer.
—¿Podemos ir
hasta el río?
Él pareció
confuso.
—Deseas cenar,
¿verdad?
—Oh, claro. Por
supuesto. Pero primero caminemos un poco junto al río. Es tan hermoso, tan
encantador por la noche, y ésta es la primera vez que vengo a París. Es
tan romántico...
Él no discutió.
A su derecha,
la enorme masa de un gran edificio estaba sumida en la oscuridad. Ella lo miró,
y más allá, hacia el cielo donde la luna llena brillaba como un mensaje de
advertencia.
Cenar bajo la
luna llena era siempre delicioso.
—Este edificio
es L'École des Beaux-Arts —dijo él—. Muy famosa.
Pronunció fau-mosa.
Ella se rió.
Oscuridad.
Siempre luz. La dulce luna llena cruzando los cielos. Una cena cálida
aguardando. Y allí estaba, un puente cruzando el negro río. Y unas escaleras
bajando hacia la orilla. Ah.
—Le Pont Royal
—dijo el mariscal Foch, señalando el puente—. Muy fau-moso.
Cruzaron, y
ella le condujo hacia abajo, por las escaleras. En la orilla, dos metros por
encima del lánguido Sena, ella se volvió y miró a derecha e izquierda. Entonces
se reclinó contra él, se puso de puntillas y le besó. Él hundió su estómago,
pero no era para ocultar su rotundidad. Ella lo tomó de la mano y le condujo
hacia el Pont Royal.
—Bajo el puente
—dijo.
El sonido de la
respiración de él.
El sonido de
los tacones altos de ella en las antiguas piedras.
El sonido de la
ciudad sobre ellos.
El sonido de la
luna llena brillando dorada y haciéndose grande en el cielo.
Y allí, bajo el
puente, envueltos en oscuridad, ella se reclinó de nuevo contra él, cogió su
gruesa cabeza entre sus finas y pálidas manos, apoyó su boca contra la de él y
dejó que su dulce aroma lo impregnara. Lo besó durante un largo rato,
mordiéndole los labios con sus dientes, y él lanzó un ahogado sonido, como un
pequeño animal al ser estrujado. Pero ella iba por delante de él: su pasión ya
se había despertado.
Y Claire se
esfumó para ser reemplazada por algo distinto.
Un hijo de la
noche.
Hijo de la
soledad.
Con la última
parpadeante conciencia de su evanescente humanidad, ella percibió el instante
de saber que estaba en un abrazo amoroso con alguien distinto, el hijo de la
noche.
Fue el instante
en que cambió.
Pero ese
instante fue demasiado corto para que él pudiera liberarse. Ahora la espina
dorsal de ella se había curvado, ahora su boca se había llenado de colmillos,
ahora habían crecido las garras, ahora el cuerpo bajo el vestido azul celeste
se había llenado de pelaje, ahora le atraía debajo de ella, ahora ella estaba
encima de él, ahora las garras desgarraban el traje gris y la carne de él,
ahora una renegrida garra abría un tajo en la garganta de él para que no pudiera
gritar. Ahora había llegado la hora de la cena.
Tenía que
hacerse de manera cuidadosa y rápida.
El estaba en
plena erección, su pene hinchado con estática lujuria. Ahora ella le tenía
desnudo y ella estaba sobre él, acuclillándose sobre él, y él entró en ella
mientras su vida se le escapaba a borbotones. Ella cabalgó, agitándose y
sudando, mientras la boca de él trabajaba futilmente y sus ojos se desorbitaban
y brillaban a la luz de la luna.
El orgasmo de
ella fue acompañado por un aullido que ascendió por encima del Sena y se perdió
en el cielo nocturno sobre París, hasta que la dominante luna se lo tragó y
brilló un poco más intensamente con la pasión.
Abajo, en la
oscuridad, satisfecha su pasión, ella cenó elegantemente.
La comida en
Berlín había sido demasiado fibrosa; en Bucarest la sangre era demasiado fluida
y no consiguió realzar el sabor; en Estocolmo la cena era demasiado insípida;
en Londres demasiado correosa; en Zurich fue tan grasa que la puso enferma.
Nada comparable con las excelencias de Los Ángeles.
Nada era
comparable con la comida de casa... hasta París.
Los franceses
eran justamente famosos por su cuisine.
De modo que
salió a cenar cada noche.
Fue una excelente
semana su primera semana en París. Un elegante hombre maduro con bigote blanco
engominado, que hablaba militarmente, incluso al final. La peluquera de una
tienda elegante, que llevaba una especie de mono de color púrpura fluorescente
y botas de cowboy, del color rojo de la manzana al caramelo. Un estudiante de
Westfield, Nueva York, que estudiaba en la Sorbona y que no paraba de decir que
estaba enamorado de ella, hasta el final en que no dijo nada. Y otros. Unos
cuantos otros. Empezó a temer que su línea se echara a perder.
Y de nuevo era
sábado. Samedi.
Había sentido
deseos de bailar. Era una buena bailarina. Todos los ritmos adecuados para el
momento adecuado. Uno de sus menús le había indicado que la bôite más
interesante en aquel momento era una especie de bar-restaurante combinado con
una discoteca: Les Bains-Douches, que podía traducirse como «los baños y
duchas», puesto que había sido una casa de baños y duchas desde el siglo XIX.
De modo que se
dirigió a la Rué du Bourg l'Abbé y se quedó de pie ante el enorme cristal de la
pesada puerta. Un hombre y una mujer estaban detrás del cristal, seleccionando
a quienes podían entrar de quienes no podían. En París, cuanto más tiempo se le
mantiene a uno fuera del club, más deseos siente de entrar.
El hombre y la
mujer la miraron, y ambos alargaron la mano para abrir la puerta. Claire sabía
cuál era su aspecto: su atractivo era evidente tanto para los hombres como para
las mujeres. En ningún momento se había preocupado por la posibilidad de que no
la admitieran. Entró.
Ahora, a su
alrededor, la excitación, el color y la carne joven y fuerte de París se movía
con majestuosa pasión, como plantas subacuáticas.
Bailó un poco,
bebió un poco, y aguardó.
Pero no mucho
tiempo.
Llevaba una
camiseta muy ajustada, con la inscripción 1977 NCAA Soccer Champions. Pero no
era norteamericano ni inglés. Era francés, y sus téjanos, como su camiseta,
eran muy ajustados. Llevaba botas de motorista, con pequeñas cadenas cruzando
la puntera. Su pelo era largo y oscilaba descuidadamente sobre sus hombros,
pero no tenía los ojos oscuros de un punk. Sus ojos eran agudos y azules,
demasiado inteligentes para el rostro en el cual estaban insertos. Bajó la vista
hacia ella.
Por algunos
momentos ella no se dio cuenta de que él estaba allí de pie, mirándola, pese a
que se hallaba frente a su mesa. Ella estaba pendiente de una elegante pareja
que daba vueltas en el extremo más alejado de la pista de baile, y él se
mantuvo allí de pie, inmóvil, observándola sin interferencias.
Pero cuando
ella alzó la mirada y él no apartó la suya, cuando los ojos de él no se
entrecerraron ni se puso nervioso cuando ella volcó toda la fuerza de su
personalidad sobre él, ella supo que aquella noche era probable que gozara de
la mejor cena que hubiera disfrutado nunca.
Su nombre era
Patrick y era un buen bailarín. Bailaron cómodamente juntos, y él la sujetó
contra sí con más fuerza de lo que ningún desconocido había tenido nunca el
derecho a hacer. Ella sonrió ante aquel pensamiento, porque no serían
desconocidos por mucho rato. Pronto, si la noche se llenaba de luz, serían muy
íntimos. Eternamente íntimos.
Y cuando
abandonaron el club, él sugirió su apartamento en Le Marais.
Cruzaron el no
hasta la parte vieja de la ciudad, ahora muy de moda. Él vivía en un ático,
pero no era rico. Se lo dijo claramente. Ella lo encontró encantador.
Allí, él
encendió una suave luz azul y otra que estaba alojada en la pared, detrás de
una larga jardinera cromada y repleta de carnosas y saludables plantas.
Él se volvió
hacia ella y ella adelantó sus brazos para tomar la cabeza de él entre sus
manos. Él también alzó sus brazos y detuvo las manos de ella. Sonrió y dijo, en
un francés que ella pudo comprender:
—¿Quieres comer
algo?
Ella sonrió.
Sí, estaba hambrienta.
Él se dirigió a
la cocina y regresó con una bandeja de zanahorias, espárragos, remolachas y
rábanos.
Se sentaron y
hablaron. Habló él la mayor parte del tiempo, en un francés que no presentaba
ninguna dificultad para ella. Podía comprenderlo. Él hablaba tan rápido y de
una forma tan compleja como cualquier otro francés, pero cuando los otros le
hablaban, en el hotel, en la calle, en la discoteca, era un galimatías; en
cambio, cuando él hablaba le comprendía perfectamente. Al cabo de un momento
dejó de preocuparse por ello y, simplemente, le dejó hablar.
Y cuando se
inclinó hacia él, finalmente, para besarle en la boca, él adelantó su brazo,
puso la mano bajo su largo cabello rubio, le sujetó la nuca, y atrajo su rostro
hacia el suyo.
A través de la
ventana, ella podía ver la luna menguante. Sonrió débilmente en pleno beso: no
precisaba la luna llena. Nunca la había necesitado. En eso era donde se
equivocaban las leyendas. Pero las leyendas eran correctas en cuanto a las
balas de plata. La plata en cualquiera de sus formas... Ahí residía la razón
por la cual un vampiro no se reflejaba en los espejos. (Excepto que ésa era
otra leyenda. No había vampiros. Únicamente hijos de la noche que habían sido mal
observados.) Debido a que Jesús fue traicionado por
Judas por treinta monedas de plata, aquel metal se
había convertido en un elemento ligado al mal, y por ello, desde entonces,
investido con el poder de alejar el mal: no era el espejo el que no arrojaba el
reflejo de los hijos de la noche, sino la capa plateada que llevaba detrás del
cristal. Claire podía verse en un espejo de acero pulido o de aluminio, podía
bañarse en el rio y ver su reflejo. Pero nunca en un espejo con dorso
plateado...
Como el que
había sobre la chimenea, justo delante del sofá donde estaba sentada con
Patrick.
Un frisson de
advertencia la recorrió.
Abrió los ojos.
Él estaba mirando más allá de ella.
Al espejo.
Donde él
permanecía sentado, abrazando la nada.
Y Claire empezó
a levantarse, para ser reemplazada por el hijo de la noche.
Veloz. Se movió
a gran velocidad.
El lomo
curvándose, el pelaje enmarañándose, los dientes creciendo, los dientes
afilándose, las garras surgiendo. Y su mano que ya no era una mano se alzó
mientras le empujaba, apartándolo de ella, y rasgaba su garganta con una garra
que era como una navaja.
La garganta del
hombre se abrió.
Y la savia
verde fluyó. Por un momento. Luego la herida se cerró mágicamente, sus labios
volvieron a unirse y formaron la línea blanca de una cicatriz, que luego
también se desvaneció.
Él la miró
mientras ella contemplaba la cicatriz curándose.
Por primera vez
en su vida, Claire tuvo miedo.
—¿Te gustaría
que pusiera un poco de música? —preguntó él.
Pero no habló.
Su boca no se había movido.
Y ella
comprendió entonces por qué su francés no había resultado incomprensible para
ella. El le hablaba desde el interior de su cabeza, sin sonidos.
No pudo
responder.
—Si no quieres
música, quizá te apetezca algo de comer —dijo él, y sonrió.
Las manos de
ella se movieron de una forma vaga, sin propósito. Miedo y una total confusión
la dominaban. Él pareció comprender.
—Este es un
mundo muy extenso —dijo—. El espíritu se mueve por muchos caminos, de muchas
formas. Tú crees que estás sola, y realmente lo estás. Hay muchos como
nosotros, uno de cada, el último de nuestra especie quizá, y cada uno está
solo. La niebla se aparta y el niño emerge, y al cabo de un tiempo el viejo
muere, dejando al último de los niños huérfano de madre y padre.
Ella no tenía
ni idea de lo que él estaba diciendo. Siempre había sabido que estaba sola. Así
eran las cosas. No el estúpido concepto de soledad de Sartre o de Camus, sino
sola, absolutamente sola en un universo que la mataría si supiera de su
existencia.
—Sí —dijo él—,
y es por eso que tengo que hacer algo contigo. Si eres la última de tu especie,
entonces esta vida de riesgos, únicamente para satisfacer tus necesidades, debe
terminar.
—¿Vas a
matarme? Entonces hazlo rápido. Siempre he sabido que eso podía ocurrir.
Sencillamente, hazlo rápido, extraño hijo de puta.
Él había leído
sus pensamientos.
—No seas
estúpida. Sé que es difícil no volverse paranoide, que toda tu vida has estado
programando eso en tu interior. Pero no seas estúpida si puedes. No hay
posibilidades de supervivencia en la estupidez, por eso han desaparecido tantos
de los últimos de tu especie.
—¿Qué cosa eres
tú? —quiso saber ella.
Él sonrió y le
ofreció la bandeja de vegetales.
—¡Eres una
zanahoria! ¡Una maldita zanahoria! —gritó ella.
—En absoluto
—dijo la voz en su cabeza—. Pero soy de una madre y de un padre distintos a los
tuyos; de una madre y un padre distintos a cualquiera de los que hay ahí
afuera, en las calles de París, esta noche. Y ninguno de nosotros dos morirá.
—¿Por qué
deseas protegerme?
—Los últimos
salvan a los últimos. Es muy sencillo.
—¿Para qué?
¿Para qué me protegerás?
—Para ti
misma... Para mí...
Él empezó a
quitarse las ropas. Ahora, a la azulada luz, ella pudo ver que era muy pálido,
sin el color que el maquillaje facial había puesto en su rostro; pero tampoco
era blanco. Quizá hubiera un ligero tono verde surgiendo débilmente bajo la
firme y dura piel.
En todos los
demás aspectos era humano, y soberbiamente constituido. Ella sintió que su
propio cuerpo respondía a aquella desnudez.
Él avanzó hacia
ella, y con cuidado, lentamente —porque ella no se resistió—, le fue quitando
las ropas. Ella se dio cuenta de que de nuevo era Claire, no el velludo hijo de
la noche. ¿Cuándo había vuelto a cambiar?
Todo estaba
ocurriendo sin su control.
Desde hacía
muchísimo tiempo, cuando se encontró abandonada a sus propios recursos, siempre
lo había controlado todo: su vida, la de aquellos a quienes encontraba, su
destino... Pero ahora estaba indefensa, y no le importaba obtener o no el
control de él. El miedo había huido de ella, y algo mucho más rápido lo había
reemplazado.
Cuando ambos
estuvieron desnudos, él la tendió en la moqueta y empezó a hacerle el amor,
lenta y cuidadosamente. En la jardinera llena de plantas que había sobre ellos,
Claire creyó detectar el movimiento de aquellas nutritivas cosas verdes
estremeciéndose ligeramente, inclinándose hacia ellos y hacía la energía que
difundían mientras se sumían al unísono en un espasmo ritual y a la vez
completamente nuevo, pues la suya era la unión de lo no familiar, aunque fuera
tan antigua como la luna.
Y cuando la
sombra de la pasión se cerró en tomo a ella, Claire le oyó susurrar:
—Hay muchas
cosas para comer...
Por primera vez
en su vida, ella no pudo oír el eco de las pisadas siguiéndola.
Fin

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